Cuentos de la clase de
Literatura Española (2012-13)
Voces de lo imposible
Portada: Phoebe Rogers
Un lápiz gastado
sobre la mesa
es el souvenir
de todas mis fugas.
En su mundo cabe entero
el mundo en el que yo viajo.
José Manuel Soriano
BILLETES DE IDA Y VUELTA
Cuentos de la clase de
Literatura Española 2012-13
Caroline Armstrong
Alex Browne
Crystal Clements
Drew Duff
Alex Hanyok
Michele Potter
Phoebe Rogers
Annie Smith
Natalie Soloperto
Jasper Stallings
Lisa Weiss
Voces de lo imposible
INDICE
El amor del asesino honesto. Caroline Armstrong .............. p. 5
El piso. Alex Browne ............................................................ p. 17
Todos oyen, pocos escuchan. Crystal A. Clements ............ p. 29
Inolvidable. Drew Duff ........................................................ p. 39
Algún día. Alex Hanyok ...................................................... p. 49
Conciencia. Michelle Potter ................................................ p. 61
El cura honorable. Phoebe Rogers ...................................... p. 83
La búsqueda. Annie Smith .................................................. p. 95
La habitación de nuestra madre. Natalie Soloperto ....... p. 107
Potosí. Jasper Stallings ....................................................... p. 119
Un desastre en el desierto. Lisa Weiss .............................. p. 133
*********
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El amor del asesino honesto
Caroline Armstrong
El día 14 de Octubre de 2013 la policía de Nueva York recu-
peró un cadáver en el lago del Parque Central, que fue visto por
primera vez por una madre y su hijo mientras caminaban por
la senda adyacente al agua. La víctima murió por una cuchillada
justo debajo del mentón. El muerto es un hombre que ha sido
identificado como Antonio Roselló. Roselló tenía veintinueve
años, y está presuntamente conectado con sociedades clandes-
tinas de la delincuencia organizada. Este suceso es el quinto de
una serie de muertes que han sucedido en los parques de Man-
hattan en los dos meses pasados. Todas las demás víctimas han
sido italianos, probablemente conectados con la Mafia Italiana
que ocupa el sureste de la ciudad. La Policía de la ciudad de
Nueva York seguirá investigando los asesinatos. Y la pregunta
ahora es, ¿Cuántos asesinatos más verá la ciudad? Pero, por
ahora, las familias de las víctimas y los ciudadanos esperan el
descubrimiento y detención de este asesino desconocido. -Jo-
sephine Wainwright, New York, New York Times
Josephine despertó a las ocho de la mañana, era Jueves, fue a
la entrada y cogió el periódico que estaba debajo de su puerta.
Josephine hojeó el New York Times, se quitó la bata de seda que
llevaba puesta. Repasó su artículo sobre la muerte de Antonio
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era tan guapa como esta chica. Tan simpática, tan elegante. Ella
cruzó la calle hacia Marcus y le abrazó con una sonrisa brillante.
Juntos cruzaron la calle hacia el bar donde tomarían un café y
hablarían sobre cosas no importantes, pero no hablarían sobre
lo que querían.
Este día la mente de Marcus estaba preocupada y seguía vol-
viendo a la noche pasada, a la sangre, a los gritos del hombre, y
a la justicia que sentía cuando la víctima respiraba su último
aliento. Sentía un dolor increíble acumulándose en su estó-
mago. Temía la cara de sorpresa que necesitaría poner cuando
Josephine le hablara del horror de este último muerto. Pero des-
pués, pensaba en su hermano, y en su familia y en sus lápidas
sepulcrales. No podía centrarse en lo que estaba diciendo Jose-
phine. Y otra vez sentía un fuerte dolor por no poder escuchar
a su gran amor.
"Adiós mi amor, ahora a trabajar", le dijo Marcus al termi-
nar, la besó y salió a la calle. No caminaba por la calle para coger
un taxi, sino que caminaba solo dos manzanas para llegar a un
restaurante elegante. Estaba vestido con ropa de trabajo lle-
vando su maletín. Entró en el restaurante. Dentro había un
joven camarero limpiando una mesa.
"Hola, Señor, ¿cómo puedo ayudarle?"
Antes de que el chico pudiera pensar, fue degollado y tum-
bado en el suelo con veinte dólares encima de su cadáver. Si la
Mafia había matado a su familia por las faltas de su hermano,
Marcus iba a matar a la familia más peligrosa y cruel de Nueva
York. El restaurante "Parma" ahora no tenía vida y luego,
cuando las operaciones de la Mafia empezasen en la trastienda
del restaurante, sus líderes encontrarían a uno de sus propios
hombres como Marcus había encontrado a todos los miembros
de su familia.
La noche siguiente Josephine recibió una llamada, otra
muerte había ocurrido. Ella no podía entenderlo, ¿por qué tan-
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diera esperar el mismo destino inexplicable. No podía soportar
la idea de ese horrible día, hace apenas dos años, antes de que
Marcus volviera de la guerra cuando ella recibió la nota. Marcus
no había llamado a Josephine en un buen número de días,
cuando recibió una nota de su madre: había leído en el perió-
dico que había habido una masacre espantosa en una familia
de clase media con el apellido de Wainwright. Josephine se
negó a creer que se trataba de la misma familia, se negó a creer
que Marcus estaba muerto. Ella saltó inmediatamente a un taxi
y se fue a su apartamento. Le pidió al portero que le dejara en-
trar al apartamento 6B. El portero había respondido que no iba
a dejar subir a nadie a ese piso por respeto al hombre que estaba
viviendo allí. Josephine respondió a eso con un agresivo empu-
jón, voló hasta la planta seis quitándose los tacones a medio ca-
mino y arrojándolos por las escaleras. Cuando llegó a la planta
seis, empezó a golpear la puerta. Golpeó con los puños, golpeó
la puerta hasta que le dolían los brazos. En este punto estaba
llorando, y su rubor rosa suave fue pintado con ríos de lágrimas
charol. No hubo respuesta. Ella gritó en la puerta, un grito pro-
fundo y desde lo más profundo del estómago. Recordó la llave
que Marcus mantenía oculta debajo de la alfombra del pasillo.
De rodillas y la buscó a tientas. Tan pronto como sus manos se
cerraron en torno al pequeño objeto, ella se levantó y la metió
en el ojo de la cerradura, logró abrir la puerta. Para su alivio es-
taba sentado un hombre, Marcus, con las piernas cruzadas,
abrazando una botella de ginebra, lágrimas silenciosas co-
rriendo por su rostro sin afeitar Marcus estaba bien, pero ella
no entendía sus lágrimas. Ella le dio un abrazo fuerte y se sentó
en el suelo con él. Cuando fue a darle un beso pudo saborear la
tristeza de la que había estado tratando de distanciarse.
En este momento ella no entendía, pero más tarde se enteró
de lo que pasó. La verdad era que la asesinada familia Wain-
wright, sobre la que su madre había leído en el periódico, eran
de hecho los mismos Wainwright de su amado Marcus. La fa-
milia de Marcus había sido cruelmente asesinada. Sus padres,
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Roselló y se estremeció al recordar la voz de su esposa cuando
la había llamado para pedir un comentario. Josephine pensaba
en todos aquellos jóvenes hombres que habían muerto y le dolía
pensar que podía haber sido Marcus. Marcus, la luz en su vida,
su novio desde hacía casi cuatro años, su único amor. Aquella
mañana Josephine iba a quedar con él como siempre en el pe-
queño café enfrente de su edificio. Y luego a trabajar. Se vistió
con un vestido marino de seda, que cayó sobre su delgado
cuerpo, justo por encima de sus rodillas. Se puso su gorrita y
salió a la calle para ir al café.
A las seis y media sonó la alarma. La apagó y durmió cinco
minutos más. El apartamento ya estaba fresco con los cambios
del otoño, y él sabía que iba a ser un largo invierno. Se puso sus
zapatillas y cruzó el cuarto hacia la cocina. Desayunó un trocito
de pan, que estaba empezando a ponerse duro, con un poco de
mantequilla y cruzó el cuarto otra vez hacia su despacho, que
era una mesa con una máquina de escribir, y empezó a trabajar.
Luego, Marcus salió de su apartamento aquella mañana para
reunirse con Josephine. Cogió un taxi y en veinte minutos, sa-
lieron del sur y entraron en el norte de la ciudad. Observaba la
transformación de paisaje. Los edificios oscuros y la densidad
del Soho se convirtieron en los árboles verdes del Parque Cen-
tral. El taxi cruzó desde la Quinta Avenida a Madison. Allí se
estaba terminando un nuevo edificio en la esquina, y el ruido
de las máquinas producía dolor a Marcus. Los ruidos le recor-
daron lo sucedido ocho meses atrás, cuando vio explotar una
bomba que mató a la mayoría de sus compañeros, pero no a él.
Él sobrevivía y podría estar con Josephine. Ahora solo podía
escribir, escribir novelas, lo que era una buena distracción para
el dolor.
El taxi siguió hasta el pequeño café en la esquina de Avenida
Park y la calle 80. El taxi acababa de llegar cuando Josephine
estaba saliendo de su gran edificio. Marcus la miró con una
fuerte admiración, miró cómo sonreía al portero, la gorrita cu-
briendo su corto pelo y la felicidad con que caminaba. Nadie
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tas muertes? Qué suerte que no era Marcus, ella había descu-
bierto que el hombre que murió fue solo unos minutos después
de haberse reunido con Marcus en el bar. Fácilmente Marcus
podría haber muerto, si se hubiera metido por accidente cerca
de la escena. Josephine pensaba en el número de veces que
había pensado en esto, pensaba en cada vez que había oído el
aviso de un muerto. Pensaba en el número de veces que dio gra-
cias al Señor de que Marcus no fuera el cadáver encontrado en-
sangrentado y sin vida en un río o en el parque o en el suelo del
baño. Le asustaba que siempre Marcus parecía estar demasiado
cerca de la escena del crimen. De hecho, pensando en los artí-
culos que había escrito sobre las muertes, la fecha aproximada
y el lugar de su muerte, a menudo correspondían con sus reu-
niones con Marcus. ¡Qué suerte, pensaba, qué suerte que siempre
había estado a salvo!
Ella recordaba la primera vez que conoció a Marcus cuando
tenía 17 años. Se acercó a ella y le preguntó si querría dar un
paseo por el parque. Marcus le dijo lo bueno que era que ella
fuera una mujer que asistía a la universidad y lo mucho que la
admiraba. Ella se echó a reír al recordar el día en que Marcus
conoció a su padre e hizo todo lo posible para ser correcto y
darle un firme apretón de manos, pero por accidente terminó
hablando con su padre, que era un banquero, de su anterior
puesto de trabajo en una carnicería. Puede que no fuera de su
clase social, pero Josephine lo amaba y confiaba en él de todos
modos, a pesar de las especulaciones que otros podrían haber
tenido. Como su hermano, el graduado de Yale, crónicamente
deprimido, que veía a su amado Marcus como un ladrón que
sólo buscaba quitarle la fortuna a Josephine. Josephine sabía,
sin embargo, que su amor era verdadero. A pesar de las sospe-
chas de su hermano Josephine sabía que Marcus era un hombre
honesto.
La razón por la que a menudo se preocupaba por la muerte
potencial de su querido Marcus era a causa de la horrible tra-
gedia que había ocurrido a la familia de Marcus. Temía que pu-
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su hermano menor y dos pequeñas hermanas estaban dur-
miendo pacíficamente en sus camas, cuando algunos demonios
desconocidos vinieron y cortaron sus gargantas. Los asesinos
nunca habían sido descubiertos, ni la razón de las muertes. La
prensa escribió que parecía haber sido un asesinato al azar efec-
tuado por un maníaco mentalmente inestable.
El suceso casi había matado a Marcus por la pena de perder
a su familia, pero había sobrevivido al dolor con la ayuda de Jo-
sephine. Ella creía que su amor lo mantuvo vivo. Estaba con él
día y noche. Pero le preocupaba que los asesinatos más recien-
tes hubieran sido llevados a cabo por el mismo asesino y que el
asesino pudiera estar intentando acabar con el último de la fa-
milia de Wainwright. Pero eso era algo por lo que iba a tratar
de no preocuparse, y sólo creía que los momentos de los asesi-
natos eran una coincidencia. Por lo que tenía que preocuparse
por ahora, era por conseguir un artículo para su editor de la úl-
tima muerte. Ella puso sus preocupaciones en la parte posterior
de su mente y se sentó a compilar los datos que le habían dado
para escribir la noticia del muerto más reciente en esta serie
misteriosa.
En el otro lado de la ciudad estaba Marcus. Estaba sentado
en la cama, en su habitación, la cabeza entre las manos. El ase-
sinato en su mente, el amor y la pasión en su corazón. Pensó
que lamentaba haber apretado el gatillo ayer. Quería ir a la co-
misaría de Policía en ese mismo momento para entregarse a las
autoridades y confesar sus delitos. Pero luego pensó en su her-
mana de doce años y la sangre que había manchado su pequeño
camisón blanco, y pensó en dejar a Josephine, lo único que traía
la felicidad a su vida, y estos pensamientos le impidieron en-
tregarse.
Recordaba el día muy bien. Era primavera y Marcus acababa
de regresar de la guerra. El día era gris y húmedo, y quedaba un
duro frío en el aire sobrante del invierno. Simplemente estaba
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desempacando sus maletas, cuando había recibido la llamada.
Era de su hermano, y tenía una necesidad desesperada de verlo.
Marcus, que estaba lleno de alegría por su regreso a casa, le dijo
con entusiasmo que podía reunirse con él en cualquier mo-
mento. Su hermano le había hablado con gravedad y dijo que
se encontrarían en el Madison Square. Marcus había conti-
nuado desempacando sus cosas, y estaba tan distraído por la
emoción de estar en casa que no se dio cuenta de la voz tensa
de su hermano.
Por la tarde fue al parque y se encontró con su hermano a la
hora acordada. Sonreía, no podía esperar para abrazarle, y había
estado esperando oír cómo iba todo en su casa. Estaba orgulloso
porque sabía que el dinero que había estado enviando, lo poco
que recibió del ejército, había estado ayudando mucho con las
finanzas de la familia. Pero cuando vio a su hermano que se
acercaba hacia él, Marcus supo que algo no iba bien. Después
de un abrazo tenso se sentaron en un banco, y antes de que
Marcus pudiera decir nada, su hermano comenzó con la histo-
ria.
Había sido duro, mientras Marcus estaba ausente durante la
guerra. La situación financiera de la familia había caído en pi-
cado, e incluso con el dinero que Marcus estaba enviando, ape-
nas fueron capaces de pagar las cuentas y habían recurrido a
pan y mantequilla como la única cena algunas noches. Aparte
de que se habían mudado a un apartamento más pequeño. El
hermano de Marcus, Joseph, había empezado a sentir la res-
ponsabilidad de ayudar a la familia. Así, Joseph empezó a hacer
trabajos pequeños para la familia Giamatti. No eran más que
pequeños trabajos secundarios, y Joseph tenía bastante claro
que no significaban nada. Podía no haber sido un trabajo ho-
nesto, pero al menos sus hermanitas no se murieron de hambre.
Finalmente, el aumento de sueldo que su padre recibió, junto
al trabajo fijo que Joseph había conseguido en la fábrica hicie-
ron que, Joseph ya no tuviera que trabajar para la familia Gia-
matti. Pero cuando Joseph había tratado a explicar esto al jefe
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de la familia, no se lo permitió. La familia, que Joseph admitió
finalmente que era la mafia más notoria del sureste de la ciudad,
no permitiría a Joseph detener su trabajo con ellos, a menos
que él le devolviera el dinero que le habían pagado. Joseph dijo
que con el tiempo, sin duda podría pagarles, pero el clan Gia-
matti no estaba interesado en esperar. Llegaron en medio de la
noche y mataron a la familia mientra dormía.
Su hermano simplemente no les había pagado en el periodo
de veinticuatro horas que habían requerido, y por eso habían
asesinado a su familia inocente. Ahora Marcus iba a pagarles
exactamente la cantidad que se merecían. Iba a matar a toda la
familia, tal como lo habían hecho con la suya. Pero cada vez
que él asesinaba a uno de ellos, iba a fijar un billete de veinte
dólares en el cadáver. Él iba a pagar de nuevo, hasta el último
centavo.
Todos habían recibido lo que se merecían, por lo tanto ya
había matado al último de los hombres que había planeado
matar. Pero no podía seguir viviendo de esta manera, él era un
asesino. Había asesinado a numerosos hombres a causa de su
furia y su pasión. Esas muertes le comían, pero lo que le causó
aún más ansiedad fue el hecho de que Josephine no tenía ni
idea. Pensó que su relación era deshonesta, y normalmente
compartían todo, y ¿cómo podría mantener algo tan grande y
tan importante oculto a la única persona que sabía todo de él?
Se sentó allí. Se quedó sentado en su pequeña habitación, la ca-
beza entre las manos, y decidió contárselo a la mañana si-
guiente, durante su desayuno habitual. Estaba loco, ella podría
odiarle, y no volver a hablar nunca con él, pero necesitaba que
ella lo supiera. No la quería seguir engañando de esta manera.
El entendía que era posible que Josephine le dejara, pero él sen-
tía que era peor mentir sobre el hombre en que se había con-
vertido.
Josephine se despertó por la mañana, y cruzó el vestíbulo,
con su túnica de seda, para llegar a la cocina, cuando se encon-
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tró una carta muy elegante dirigida a ella. La cogió y la abrió.
Apenas podía contener su emoción. Sabía lo que contenía la
carta, pero igualmente la abrió con rapidez. Sacó una tarjeta
elegante escrita en oro. Era una invitación a la fiesta de la tem-
porada. Ella iba a ir al gran baile, la celebración de una proyec-
ción privada de la Frick Collection, la colección privada de arte
de Henry Clay Frick. Josephine estaba ansiosa por recibir la in-
vitación y ahora finalmente habían llegado. Ella, por supuesto,
llevaría Marcus como acompañante, y le diría la gran noticia
de la mañana durante el desayuno.
Se puso su ropa de trabajo, se pintó los labios y las mejillas,
y luego deslizó la carta en su bolso y se dirigió al encuentro de
su amor al otro lado de la calle, en el café de costumbre. Ella
caminaba con alegría, y su rostro se iluminó cuando vio a Mar-
cus sentado en una mesa en la ventana del café. Marcus le de-
volvió la sonrisa radiante con una mirada de desesperación. Ella
no entendía por qué estaba tan triste. Por lo que ella sabía, todo
había ido bien con su trabajo, y sin duda las cosas estaban bien
entre los dos. Pero podía ver inmediatamente que algo estaba
en su mente. En lugar de la mirada de amor con que él la recibía
siempre, su rostro era distante, como si no estuviera ahí.
Observó a la persona radiante que estaba sentada frente a él,
la miraba fijamente. Pero no podía dejar de pensar en lo que
realmente necesitaba decirle. Antes de que él pudiera abrir la
boca, Josephine empezó a hablar de una fiesta a la que iban a
ir. Ella habló con entusiasmo sobre lo hermosa que era la man-
sión y lo espectacular que sería el arte. No se atrevía decirle a
Josephine la verdad. Al ver su rostro tan resplandeciente, la idea
de decirle algo que pudiera cambiar su expresión le parecía im-
posible. Así que se lo puso en el fondo de su mente y trató de
sonreír mientras ella charlaba animadamente sobre la fiesta. Él
asistiría a la fiesta con Josephine, entonces, en algún momento
después se lo diría. No quería preocuparla antes de la fiesta, ni
quería destruir su entusiasmo. Pero también le rompía el cora-
zón ser tan deshonesto y le dolía en su interior tener que man-
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tener su secreto horrible oculto.
Después de su encuentro con Josephine, Marcus caminó de
regreso a su edificio, tratando de recordar todo lo que le habían
dicho. La fiesta sería el próximo sábado, y Marcus necesitaba
llevar traje y recogerla a las siete y cuarto. Marcus sólo tenía dos
días para encontrar un traje, y estaba pensando justo dónde po-
dría comprar uno cuando llegó a su apartamento. Abrió la
puerta y encontró un sobre en el suelo del vestíbulo. Probable-
mente era del propietario una vez más pidiendo su renta. Pero
abrió el sobre, leyó la nota y, al terminar, vio que firmaba M.
Giamatti. No había nada que pudiera hacer, así que no haría
nada.
Era la mañana del día de la fiesta. Josephine no podía esperar
a ver el interior de la residencia Frick. El exterior ya era bastante
impresionante, ocupando toda una manzana de la Quinta Ave-
nida. Tenía todo listo y preparado. Su nuevo vestido acababa
de llegar de la modista, y había comprado zapatos de tacón alto
y un nuevo rubor rosado. Quería parecer perfecta. Marcus le
había dicho que tenía algo muy importante que decirle. Ella es-
taba segura de lo que era: esta noche le pediría matrimonio en
esta hermosa casa con todos sus amigos de la sociedad y sus pa-
dres. Ella no podía contener su emoción y se mantuvo son-
riendo toda la mañana.
Cuando llegó el momento de que Marcus fuera a recogerla, él
llamó a la puerta y abrió Josephine. Josephine parecía un ángel, su
rostroresplandecíaysulargovestidoblancocontrastabasucabello
oscuro. El vestido era largo pero apenas rozaba el suelo, ajustado
en la cintura, caía ampliamente alrededor de sus piernas. Marcus
nunca se había sentido tan maravillado por otro ser humano. La
saludó con hortensias, sus flores favoritas. Él sonrió, la besó con
fuerza en los labios y le dijo lo mucho que la amaba. Ella se rió de
él, feliz de tenerlo en su vida, y juntos fueron a la fiesta.
Aproximadamente dos horas después del inicio de la fiesta
Josephine miró ansiosamente a Marcus. Había estado bastante
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callado desde que se sentaron para el primer plato de la cena.
Él había hecho caso omiso de su padre, que estaba sentado a su
lado y que se sintió bastante alarmado cuando Josephine le in-
formó de la posibilidad de la propuesta. Marcus, había estado
mirando a un hombre que estaba sentado en el otro lado de la
mesa redonda. Josephine nunca había visto a ese hombre antes,
ni tampoco reconocía el nombre de la tarjeta que estaba junto
a él "M. Giamatti". Trató en vano de distraerle y le preguntó si
todo estaba bien. Marcus recobró su ánimo, y dirigió su aten-
ción hacia ella.
Después del segundo plato, y antes de los postres, la gente
había empezado a bailar otra vez. Josephine se sintió aliviada
cuando Marcus finalmente le pidió que bailasen, y ella pensaba
Ahora me lo va a proponer. Tan pronto como la siguiente can-
ción se puso en marcha se dirigieron a la pista de baile llena de
gente. Se deslizaron por la pista, moviéndose con gracia entre
las personas. Entonces se desaceleró y Marcus la atrajo hacia sí.
Pronunció su nombre en voz baja y le dijo que había llegado el
momento, que tenía que decirle algo muy importante. Ella le
miró, aunque se quedó perpleja cuando su sonrisa se encontró
con un rostro sombrío. Él le dijo que lo sentía y que aunque ella
iba a odiarle al final de esta noche, él la amaría hasta la muerte
y después de la muerte.
Él la miró profundamente con sus graves ojos azules, mien-
tras se balanceaban con la música. Tenía que decirle la verdad.
Marcus comenzó su discurso. Le contó el último encuentro que
había tenido con su hermano antes de ser asesinado, el pro-
blema que su hermano había tenido y la verdadera razón de la
muerte de su familia. Le explicó el miedo y la ira que había sen-
tido, y cómo en verdad era un asesino. Él era el asesino del que
ella había estado escribiendo los meses anteriores. Luego Mar-
cus susurró algo muy suavemente al oído de Josephine y, mien-
tras lo hacía, miró a M. Giamatti. Ella no encontró palabras, ni
podía gritar, ni podía hacer nada, así que simplemente apoyó
su rostro en el hombro de Marcus, dejó caer una sola lágrima
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por su mejilla y esperó hasta el final de la canción.
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El piso
Alex Browne
2012
Te voy a contar algo. Espera, déjame terminar. Yo sé que estas
a punto de cerrar este libro, pero por favor, para tu propio bien-
estar, tienes que escucharme. Es posible que este cuento te pa-
rezca un poco desordenado. Tienes razón. He construido este
libro de lo que he visto, un diario que he encontrado, y algunos
detalles una persona que conoces muy bien me los contó. No
soy escritor, bueno, solo he leído dos o tres libros en toda mi
vida. Sin embargo, me he decidido a escribir este pequeño
cuento para decirte algo que te he querido decir desde el mo-
mento en que te fuiste. ¿No has dejado de leer? Menos mal, em-
pezamos.
2011
En una calle en el norte de Baltimore (que a lo mejor conoces
muy bien), hay un edifico de ladrillos rojos, más alto que los
otros del barrio. A la derecha, hay una tienda de flores. A la iz-
quierda, una librería. Ahora el edificio está abandonado, con
ventanas rotas y partes desplomadas. No hay ninguna razón
para visitarlo; no hay nada que ver.
Un día nublado, un coche azul para delante de este edificio.
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Una mujer vieja baja del coche, y pasa unos segundos obser-
vando la fachada. Su cara parece a un trapo arrugado y las arru-
gas parecen como grietas en la tierra. Poco después, entra y sube
las escaleras, una por una, hasta que llega a la tercera planta.
Cuando llega, esta sin aliento y cansada de la subida. Con un
gran esfuerzo, abre la puerta pesada y la atraviesa. Para y echa
un vistazo, respirando el polvo que había acumulado. Por todas
partes hay desorden, agujeros en el suelo, y basura. La casa esta
sucia hasta no creerlo, y parece como si nadie hubiera vivido
allí durante siglos. Pero también hay objetos que indican vidas
pasadas de una familia. En un rincón a la derecha hay un ju-
guete pequeño, un soldadito, abandonado y olvidado. Un ne-
vera vieja de plomo queda en la cocina, y hay libros
diseminados en cada habitación. Quedan dos camas de metal,
sus colchones rotos y sucios. En todas partes hay pistas de otra
época, solo hay que buscarlas.
Después de unos minutos, la mujer deja de mirar y entra en
la sala. Con cuidado, rodea un agujero en el suelo y se acerca al
juguete que está en el rincón. Recoge el soldadito, sintiendo la
madera lisa. Recuerda un día, hace muchos años, cuando ella
jugaba con este mismo juguete en esta misma sala. Se sienta y
se acurruca al lado de la pared.
¿Entiendes lo que te cuento? ¿Está todo claro? Si no, no pasa
nada. Lo entenderás muy pronto, porque todavía no hemos lle-
gado al clímax de este cuento, la parte que me ha dado la inspi-
ración para escribir este pequeño relato. Sigue leyendo por
favor, y ya verás. Volvemos al invierno del año 1963, el día que
esta mujer recordaba.
1963
María (¿la recuerdas?) tenía casi diez años, una edad perfecta
según esa mujer. Para María la vida era simple y sencilla; no
hacía falta preocuparse por el mundo exterior. Esa chica estaba
jugando con su hermano en la sala, mientras sus padres estaban
cocinando en la otra habitación. María podía oír la lluvia y el
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viento afuera de la casa, pero dentro hacía calor gracias a una
estufa de hierro en un rincón de la sala. María pudo sentir el
calor de esa estufa radiando por la casa. El suelo de madera era
liso y pulido, y sobre todo, caliente. El piso era pequeño pero
cómodo, y María estaba entonces más contenta que en ningún
otro momento que podía recordar.
Su hermano de doce años ya no era frío, pero quizá un poco
introvertido. Hacían buenas migas y jugaban con algunos sol-
daditos. En la cocina, sus padres estaban hablando en voz alta,
pero María no les prestaba atención. Sin duda la vida no cam-
biaría, y siempre se podría quedar en esa casa protegida del
viento y la lluvia.
De verdad estaba contenta en aquel momento, pero a ella le
faltaba algo, algo muy importante. En ese momento todavía no
se había dado cuenta. ¿Sabes lo que fue? Piensa en todo lo que
he dicho, y quizá lo encontrarás. No es algo tangible, y a lo
mejor no te parecerá muy importante a ti. No, seguro que no
te parece importante. Pero sí que lo es, de eso estoy seguro. Yo
sé que a ella se le hacía más daño de lo que tú eres capaz de en-
tender. Ojalá entiendas, ojalá te acuerdes pronto. Volvemos a
2011, a aquel día nublado.
2011
Lo que casi siempre echa de menos es la infancia. No la infancia
suya, sino la infancia de su hija. Los niños no ven conflictos; no
saben de los problemas de una familia. Cuando María era niña,
careció de la perspectiva esencial para verse a sí misma. Estaba
contenta, porque no podía imaginar otra vida. Lo que tenía que
pasar, pasaría, y no podía cambiar nada. Ella pensó eso hasta
un momento específico, un momento que sin duda todo el
mundo recuerda, porque pasa a todo el mundo. El momento
en el que algo pasa, y dejamos de ser niños.
La mujer supone que la ausencia de su padre había cambiado
a María, bueno, es probable que hubiera cambiado a toda la fa-
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milia. ¿Pero se puede cambiar algo que no existe? Porque claro,
¿pueden ser dos personas una familia? No lo sabe. Ella debe sa-
berlo, pero no lo sabe. ¿Cómo fueron aquellos días? María to-
davía vivía en la misma casa, y dormía en la misma cama. La
casa parecía igual. (Disculpa la interrupción, pero eso no es la
verdad. Ese piso ya parecía demasiado grande, pero al mismo
tiempo, demasiado pequeño. Antes el piso tenía un tamaño
perfecto, un tamaño cómodo. Ahora había un silencio penoso,
un silencio difícil de soportar. En este sentido, este piso ya no
era el mismo de antes. Volvemos).
Un sonido, casi inaudible, interrumpió el silencio profundo.
La mujer pudo oír a alguien silbando en la calle. No reconoció
la canción, pero la música parecía frágil, y casi tangible. Sin co-
merlo ni beberlo, se echa a llorar, porque en ese momento se
da cuenta de que la culpa es suya. Recuerda la cara de su hija,
tan pura e inocente. Quiere pedirle perdón, quiere que le dis-
culpe. En un instante, por esa canción tan simple, se provocó
un gran sentido de tristeza tan fuerte que esta mujer recuerda
una conversación de lo que pasó cinco años después de aquel
día tan feliz (un día del que tú no te acordarás).
1968
La sala quedaba abandonada, también la cocina. Su madre se
quedaba en su habitación casi cada día, y quizá su hermano es-
taba encargado de mantener la casa. Sin embargo, el suelo es-
taba tan sucio como las paredes de la chimenea, y era imposible
ver por las ventanas. Fernando salía de su habitación solo para
ir a su cole, y cuando volvía, cerraba su puerta para estudiar.
No había un bocado de comida en la nevera ni una lata en la
alacena. El hambre era una amenaza constante, pero de vez en
cuando su hermano bajaría para coger comida para llevar. La
casa estaba casi en ruinas.
Quizá por esta atmósfera tan extraña, María empezó a pasar
más tiempo fuera de la casa. Uno de sus sitios favoritos era la
parte más alta de la escalera de incendios. Casi cada mañana a
20
las cinco ella abría la ventana de su habitación y subía hasta el
tejado del edificio. Traía una linterna pequeña y uno de los seis
libros que poseía, dependiendo de su humor. A veces elegía un
misterio de Agatha Cristi, si la vida se había puesto un poco
más difícil. La sensación de saber todo lo que iba a pasar la con-
solaba, y podía descansar y olvidarse del día anterior. Su parte
favorita eran los tres o cinco minutos justo antes del amanecer.
Alguna intuición que ella no entendía le decía que el sol estaba
a punto de cruzar el horizonte. Dejaba su libro al lado del pie y
esperaba la llegada del sol. El sol llegaba cada día sin falta, acla-
rando la ciudad y provocando sombras enormes. Desde esa es-
calera de incendios, la ciudad parecía como un monstruo. Se
podían ver ríos de coches por todos los sitios, en constante mo-
vimiento. Las luces traseras parecían como sangre en un gran
animal, y las miles de ventanas parecían como los ojos de algún
insecto que todavía no había sido descubierto. Pero en ese rin-
cón tan alto y cómodo, María se sentía segura y contenta. El
mundo era más simple y fácil de entender desde ese sitio. El
único momento triste era cuando tenía que volver a su habita-
ción para que su hermano no supiera de sus excursiones espon-
taneas.
María supo que algo le había pasado a su hermano, pero no
tenía la menor idea de lo que era. A veces se enfadaba sin causa,
y María se escondía en su habitación. Nunca le dio un golpe,
pero su rabia era terrible, y María tenía un cierto miedo de su
hermano. El miedo no debe existir en un hogar, el sitio que es
el centro de nuestras vidas. Es posible que María supiera la
causa de la rabia de su hermano, pero su propia reacción era
tan distinta que no pudo entender la de su hermano. Tenía
mucho que ver con su edad; nadie explicaría una situación tan
complicada a una chica de solo quince años, y por eso estaba
muy confundida. La ausencia de su padre era un hecho con-
creto, y no pensaba en las razones o consecuencias. ¿Qué tenía
que ver la rabia de su hermano con algo que había pasado seis
o siete meses antes? Las dos cosas estaban separadas en su
21
mente, y nunca se dio cuenta de que la salida de su padre había
destruido a esa familia que antes había sido tan feliz y contenta.
Lo que sí sabía María era que su familia estaba jodida. ¿Era po-
sible que todas familias fueran iguales? ¿O solo la suya?
Volvió a su habitación y cerró la ventana. El día había lle-
gado, y ahora tenía que levantarse. Pero la fatiga suya era de-
masiado grande. No quiso salir de su habitación, no quiso hacer
nada ese día. Echaba de menos los momentos justo antes del
amanecer, cuando la realidad no era tan fuerte ni, sobre todo,
tan triste. Cerró la puerta con llave y se acostó en la cama sin la
menor intención de salir ese día. Y allí se quedó, dos horas, tres,
¿quién sabe? Nadie la buscó, no había nadie a quien le intere-
sara su bienestar.
1969
Sin embargo, aquel año fue mejor que 1968. Todo cambió
cuando su hermano decidió irse y abandonar el piso. No se sabe
por qué el hermano decidió salir a esas horas, quizá no quería
que su madre se enterara. Iba a dejar a su hermana y a su familia
sin haber pensado en las consecuencias. No quería proteger a
su familia, y al final, no se preocupaba por ellos. Tuvo que cui-
darse, porque sus padres no le iban a ayudar. Sin embargo,
según él, sus padres ya le habían abandonado, y si quería vivir
mejor y ganar dinero, tendría que buscarse su propia vida.
Fuera donde fuera, encontraría una vida mejor que su vida en
Baltimore. Sus padres lo habían engañado.
Sobre todo, no quería hablar con su madre, tal vez le echara
la culpa a ella. Pero tuvo que despedirse de su hermana. Ellos
no habían tenido ninguna relación particularmente especial,
pero a lo mejor su hermano se sentía culpable. En cualquier
caso, sobre las diez de la noche, su hermano salió de su habita-
ción por última vez. Cerró la puerta antes de caminar hacía la
salida. Pero en el último momento, dio la vuelta y fue a la ha-
bitación de María. María estaba en su habitación cuando su
hermano tocó a la puerta. Estaba a punto de acostarse.
22
María abrió la puerta, sorprendida. Su hermano nunca en-
traba en su habitación y, aparte de unas palabras murmuradas
cada mañana, no habían hablado en tres meses, por lo menos.
A pesar de todo María echaba de menos a su hermano, y
cuando lo vio enfrente de su puerta, se alegró. Se clavaron la
mirada un momento hasta que su hermano la esquivó. Fue en
ese momento cuando María vio su maleta.
Se quedó sin palabras. Al instante supo que su hermano
había decidido abandonar el piso, pero no entendió por qué.
Pensaba que su hermano estaba contento, pero por lo visto no
lo fue. Siempre había sido un chico muy callado e introvertido.
María ya llevaba unos días sin hablar con él, pero eso no le pa-
recía extraño. Sin embargo María se sintió terrible y se echó a
llorar. No quería que su hermano la dejara sola, no quería que
se fuera. No sabía qué decir, no le salía ni una solita palabra. Su
hermano se quedó en silencio, como si no pudiera oír su llanto.
Y después de unos momentos, dijo “adiós”, y se fue de casa.
Yo estaba enfrente de ese edificio fumando un porro cuando
el hermano de María salió. Fue directamente a la parada del au-
tobús y se sentó sin verme. Sacó un libro de su maleta y se de-
dicó a leer mientras esperaba el bus. No vio a su hermana
mirándole todo el rato desde la ventana de su habitación. No
podía resistir, me tuve que acercar a él. No me hizo caso hasta
que llegué. Me senté a su lado, nos clavamos las miradas. Sus
ojos me parecían fríos e indiferentes. Al principio me quedé en
blanco; no sabía que decirle. Yo no era su amigo, ni mucho
menos. A lo mejor sería la segunda o tercera vez que había ha-
blado con él. De repente me puse a suplicarle que no se fuera.
No recuerdo lo que dije, pero mis palabras no cambiaron nada.
Me agradeció mi consejo y me pidió que le dejara en paz. Sin
otra opción, me levanté, y volví a sentarme enfrente de mi edi-
ficio. Cuatro o cinco minutos después, el bus llegó y subió las
escaleras. Y así, sin más, el hermano de María se fue. Yo me
quedé enfrente del edificio, mirando hacía la cara de María. No
23
me prestaba ninguna atención; miraba el sitio que unos minu-
tos antes su hermano había ocupado. Así se quedó media hora,
sin moverse, esperando que su hermano volviera.
2012
La mujer dejó de llorar. Quizá no le quedaban lágrimas. Se puso
de pie y empezó a mirar alrededor. Después de unos momentos,
encontró lo que estaba buscando. Hizo una pausa, pensando.
No había nadie por la calle, se había quedado sola. Cerró los
ojos y empezó a retorcer las manos. Una nube había cubierto
el sol y la sala estaba oscura. Serían las dos de la tarde.
Ahora nos acercamos al final de esta historia. Esta parte es
un poco difícil de contar, pero voy a intentar hacerlo. ¿Sabes lo
que va a pasar? ¿Has empezado a entender? Todo quedará muy
claro en un momento.
1970
Hace unos meses María había dejado de sentirse enfadada.
Hace un poco más había dejado de sentirse triste. Ya no sentía
nada. Es decir que todo había dejado de interesarle. Su madre
incluida. No había hablado con su madre en un poco menos de
dos años. No había visto a su madre desde el 16 de enero de
1968. Aquel día, el gobierno de Baltimore había decidido que
su madre no estaba capacitada para cuidar a sus niños y, por lo
tanto, María y su hermano quedaban bajo la protección del es-
tado. Casi como si fueran huérfanos. Ya está. Nada más.
Recuerdo el día que vi a María por primera vez después de
ese incidente. Había oído de un vecino mío que ella ya no vivía
con su madre, pero no me había dado cuenta de que ese hecho
había tenido un impacto tan grande hasta el momento en que
vi su cara. No había esperanza ni vitalidad en esa cara. Solo tris-
teza, una tristeza que no se debe ver en la cara de una chica de
17 años.
Nos habíamos encontrado en una esquina, cerca de un su-
permercado, al oeste del centro de la ciudad. Le pregunté que
24
tal iba la escuela y sus amigos, pero no tenía interés en hablar
sobre esas cosas. Me pareció que tenía prisa, pero tenía que pre-
guntarle algo, algo que no era asunto mío. Las palabras salieron
de mi boca, y me oí preguntándole si había hablado con su
madre. Me clavó la mirada con ojos fríos y penetrantes. Hizo
una pausa, y entonces, me dijo que no. Que no quiso ver a su
madre nunca más. Que no era su madre, que no era de su fa-
milia. Que ella no era su hija. Apartó la vista, y se echó a andar
hacía su nueva casa. Fue la última vez que la vi.
1965
Me estaba sentando fuera de mi edificio cuando te vi salir. Es-
taba leyendo a falta de otra cosa que hacer. No tenía trabajo,
me habían echado hacía tres días. Pasaba mucho tiempo sen-
tado fuera de ese edificio, mirando a la gente andar por la calle.
Tenía casi 50 años, pero todavía no me había jubilado. Cuando
era joven no pensé en mi futuro, no intenté ahorrar dinero. Que
tonto era. Me había quedado sin ahorros y me quedé sin tra-
bajo. No quería pensar en mi futuro. Dentro de cuatro días me
desalojarían y tendría que buscar otro alojamiento. Y, sin em-
bargo, estaba muy preocupado cuando te vi.
Te alejabas rápidamente del apartamento, como si quisieras
escapar de algo. La expresión de tu cara me dio miedo, me pa-
recías muy enfadado. Tu rabia era impresionante, y nunca me
olvidaré de lo que pasó después. Una mujer salió a la calle
dando un portazo. Se echó a correr hacía ti. Cubría su cara con
las manos, pero podía ver las lágrimas cayendo sobre la acera.
Estaba llorando, no, estaba casi chillando. Tú dejaste de andar
y diste la vuelta para verla. No sé como sabía lo que iba a pasar,
pero lo sabía. La mujer se frenó enfrente de ti y tú empezaste a
gritar. Tus palabras crearon una resonancia por toda la calle;
su crueldad era evidente con cada una. Me levanté sin pensar,
como si fuera capaz de hacer algo. Corrí un par de metros, pero
estabais demasiado lejos y no podía llegar a tiempo. Quizá no
quería llegar a tiempo, tenía miedo. No soy un hombre valiente,
25
nunca he sido fuerte ni atlético.
Levantaste la mano, y le diste una bofetada que rompió el si-
lencio. La mujer se cayó sin ruido, y tú empezaste a correr. No
te seguí, y hasta el día de hoy, no entiendo por qué. Me arre-
piento cada día, cada mañana cuando me levanto. Me pregunto
si todo hubiera podido ser mejor si te hubiera parado. Pero de
verdad, soy cobarde y tendré que aceptar esto.
Te escapaste, y no te volvería a ver nunca. Me senté al lado
de tu esposa, y le pregunté si estaba bien. Era obvio que no es-
taba bien. Su cara estaba sangrando, y había una mezcla de lá-
grimas y sangre por la acera. Se acurrucó como un animal
herido. No quería levantarse, y se negaba a responder a mis pre-
guntas. Estaba repitiendo unas palabras, una y otra vez: “Qué-
date por María si no lo haces por mí”. Pero tú no te quedaste.
2010
Un día, 35 años después, tu mujer y yo nos encontramos en un
café en el norte de Baltimore. Entonces ya era vieja, estaba harta
de vivir. En principio, no la reconocí. Había cambiado mucho.
Ya no tenía tanta energía, ni esperanza como antes. Se había si-
tuado en el fondo del café. Vestía con harapos que se podían
oler desde la entrada al café. Agarraba su café como si fuera un
chaleco salvavidas o la única cosa que le quedaba en la vida.
Igual lo fue.
Me acerque a ella y me puse enfrente. Me reconoció al ins-
tante, y empezamos a hablar. Por lo visto se había mudado des-
pués de que María la abandonó. No quería quedarse en ese piso
lleno de recuerdos, y además era demasiado caro. Vivía en otro
barrio, pero nunca me atreví a preguntarle dónde. Le conté mis
dificultades, y cómo por fin había conseguido encontrar un
puesto de conserje de un colegio. Pasaba las noches fregando
suelos y borrando pizarras. Mi vida era bastante dura, pero al
fin y al cabo estaba bien. Ella, sin embargo, llevaba mucho
tiempo sin trabajar. Al principio encontraba trabajo algún día
de vez en cuando, pero cuando llegó la crisis, las oportunidades
26
se esfumaron.
Pasamos toda la tarde charlando, y a partir de entonces éra-
mos buenos colegas. Nos reuníamos casi cada día para hablar
o tomar algo. Parecía bastante contenta, pero yo sabía que algo
le dolía. Se sentía culpable, y la culpabilidad le hacía un daño
inaguantable. Aquel dolor se le notaba en su cara, pero yo no
tenía ni la menor idea de lo que podría haber hecho para aliviar
su dolor. O igual fui un cobarde. Todo seguía igual hasta que
un día no respondió a mis llamadas. La llamé una y otra vez
aunque en el fondo sabía que nunca volvería a hablar con ella.
2012
Fui yo quien rogó que el hermano no saliera del país. Fui yo
quien escuchó a María decir que no quería ver a su madre. Y
fui yo quien encontré el cadáver de la madre, ahorcado en la
sala de ese piso aquella tarde. En ese piso, donde construiste tu
vida, tu familia, el mismo piso que abandonaste. Y ahora te
cuento todas esas cosas. Porque ese piso está destruido, igual
que tu familia. Quiero que entiendas, quiero que me escuches.
Quiero que me oigas. Porque la culpa no es suya, ni mía, sino
tuya. La culpa es tuya. Tú has dejado esa familia sin pensar en
las consecuencias. Tu has abandonado a tus hijos.
Eres culpable. Y quiero que me entiendas.
Tú te has marchado y a lo mejor no recuerdas ese piso. Vives
en otra ciudad, en un piso más grande y lujoso. Sin embargo,
cuando tú dejaste ese piso, ya no era un hogar. Te llevaste todo
lo que habías dado a esa familia a otro sitio, dejándola en ruinas.
Porque ese piso ya no era un hogar, sino una cárcel y no se
puede sobrevivir a la cárcel.
Tu hija es otra persona, no habló con su madre antes de su
muerte.
Tu hijo huyó del país para escapar.
Tu esposa se ahorcó por vergüenza y por el daño que tú le
hiciste.
¿Y tú? ¿Dónde vives ahora? ¿En Nueva York? ¿Chicago? ¿San
27
Francisco? ¿Te has casado otra vez? ¿Qué tal tu vida? ¿Que tal
todo? Estoy seguro de que vives muy bien con una nueva fami-
lia. Vives sin vergüenza, sin dolor. Sin consecuencias.
Pero por favor, piensa en lo que has hecho. Yo volveré a mi
vida. Intentaré olvidarme de esta experiencia. Quizá tendré
éxito. Pero tú no eres merecedor de vivir en la ignorancia. Has
pasado demasiados años sin pensar en tu familia, y ahora digo
que pienses. Recuerda, y siente algo por tu familia. Sobre todo
les debes eso. Recuerda ese piso.
ADIÓS
28
Todos oyen, pocos escuchan
Crystal A. Clements
“¿Sabes por qué quería tener una cita contigo?” dice el direc-
tor sentando enfrente de su escritorio.
“Pues no, dímelo por favor”.
“¿Cuál era el tema de tu clase de historia ayer?”
“No entiendo por qué tiene importancia”.
“Claro que tiene mucha importancia Cori”, me dice bajando
su mirada.
“Puede explicarme”.
“Claro, ayer mi hijo me dijo que en tú clase de historia él
aprendió las leyes y los derechos de los homosexuales y la evo-
lución de sus derechos”.
“No entiendo por qué es un problema”.
“No, no tengo un problema con la historia de los derechos
para las personas homosexuales”.
“Entonces, ¿dónde está el problema?”
“El problema es que después, mi hijo dijo que tú les dijiste
que ser una persona homosexual está bien”.
“Sí, dije eso”, confirmó sentándose en la silla al otro lado del
escritorio.
“Y ese es el problema”.
“Todavía, no entiendo”.
29
“Vale. Entiendes que esta es una escuela cristiana, ¿no? ”
“Sí, se llama la Escuela del Sagrado Corazón”.
“Bueno, y sabes que la escuela está dirigida a dar a los alum-
nos una educación cristiana”.
“Sí, ya lo sé. ¿Qué quiere decir?”
“Quiero decir que la homosexualidad no está bien, no apo-
yamos la vida de los homosexuales. La Biblia dice: Si un hombre
se acuesta con otro hombre la de la misma manera que se
acuesta con una mujer, ellos cometen una abominación,” dice
en voz más alta que antes y con sus manos apretado en la ma-
dera del escritorio.
“Pero, además la Biblia dice: tenemos que amarnos. ¿No?”
“Sí, pero no es justificación. Cuando aceptaste este trabajo,
firmaste un contrato que dice que enseñarías solo las cosas que
están de acuerdo con la vida cristiana y que además que tú vi-
virías una vida cristiana. Entonces, has roto el contrato. Has
puesto ideas falsas sobre “la vida homosexual” en las mentes de
los maleables alumnos. Y por eso, tengo que despedirte. Lo
siento has sido una buena maestra hasta este punto y estoy se-
guro que vas a encontrar otro trabajo…”
“Todo esto tiene una razón, ¿no?”
“¿Qué has dicho?”
“Que todo eso es por algo”.
“Quizás sí, pero tienes hasta mañana, viernes 8 de febrero del
2013, para coger tus objetos y tú último cheque. ¿Vale?”
“Director Jeffrey, ¿puedo contarle una historia muy impor-
tante?”
“Sí, dime lo que quieres contar”.
“Yo nací el 3 de octubre de 1953 en Harlem, Nueva York.
Es la fecha que pone en el certificado de nacimiento. Realmente
no sé el día ni la hora en que nací. Mi madre era una drogadicta.
No sé su nombre. Ella no quiso dar su nombre cuando ella me
dio a las enfermeras del hospital. En los archivos de mis docu-
mentos de salud, dice que “nació de una adicta a la cocaína y a
la heroína”. Como ella era una drogadicta, no se le ocurrió nada
30
mejor que dejar a su bebé en el hospital para que los médicos
pudieran cuidarlo. Creo que ella no tenía familia ni opciones.
Pues, es lo que yo quiero creer.
“Estuve en el sistema de adopción durante tres años. No re-
cuerdo muchos detalles específicos. Solo recuerdo que viví con
otras dos chicas, Erica y Ashley. Todavía estamos en contacto.
Erica, estaba viviendo allí con nosotras porque sus padres ha-
bían muerto en un accidente de coche. Ashley, estaba allí por-
que sus padres le pegaban. Aunque estábamos juntas dentro de
ese sistema de adopción, era muy difícil de entender que ambas
Ashley y Erica tenían una relación con sus padres y yo no. Aun-
que los de Ashley estaban mal, por lo menos ella sabía cómo
era la cara de sus padres. Durante ese tiempo, solo tenía más o
menos cuatro años y consideré a esas chicas mis hermanas.
Eran las únicas personas que yo tenía”.
“¿No quiero interrumpir pero, por qué me cuentas esa his-
toria?”
“Ahora entenderá. El tres de abril, después de casi tres años
y medio en el sistema de adopción, la mujer que nos cuidó, me
dijo que tenía que conocer a unos hombres. Yo no sabía por
qué. Siempre había muchos visitantes en nuestra “casa” ha-
blando con nosotras pero no sabía que este día sería muy im-
portante en la historia de mi vida. La mujer me dio un vestido
muy bonito con flores azules y blancas. Mientras me estaba vis-
tiendo, en la parte más profunda de la mente yo estaba espe-
rando que mi madre regresara a cogerme pero a la vez sabía
que era solo un sueño lejano.
“Bajé las antiguas escaleras de madera y esperé en la sala. ‘Los
hombres’ entraron en la puerta principal de la sala. Un hombre
tenía la piel muy blanca, pelo y ojos de color café. El otro hom-
bre, con la piel más dorada tenía ojos de un color entre verde
intenso y azul suave. Ellos me saludaron y fue un momento
que nunca olvidaré en mi vida. Algo en los ojos de los dos hom-
bres me había capturado. No en un sentido sexual, sino en una
manera de amor puro. En este momento yo supe, no sé cómo,
31
pero yo supe que desde aquel momento yo podría confiar en
‘los hombres’ a los que yo conozco como mis padres”.
“Espera. ¿Los hombres que entraron en la casa te adopta-
ron?”
“Sí”.
“¿Ambos juntos? ¿Cómo un pareja?” me pregunta.
“Sí,” digo.
“No es posible”, responde tan seguro de sí mismo.
“Claro que no era ‘posible legalmente’ pero con alguna ellos
me adoptaron. Estoy segura de que ellos a dieron la mujer que
nos cuidó dinero para adoptarme. No sé cuánto, pero como
durante esa época era ilegal, fue la única manera para adop-
tarme. ¿Me entiende?”
“Sí vale, lo entiendo”.
“Aunque había muchas dificultades, mis padres, Philip y
John tenían una vida buena juntos. Ellos se conocieron veinte
y pico años antes de que me rescataran del sistema de adopción.
Se conocieron en la universidad de Nueva York donde ambos
estudiaron Derecho Social y allí es donde su relación empezó.
Durante los primeros años de su relación como pareja, ellos no
dijeron nada a la gente. Sabían que durante esa época la vida
de los homosexuales no estaba aceptada. Ellos me admitieron
muchas veces que tenían miedo de adoptar una niña y vivir de
una manera abierta. Pero, el amor fuerte y el deseo de ser una
familia ‘normal’ no se puede parar.”
“Cuando era niña nunca pensé que mi familia era diferente.
¿Cómo yo podía pensarlo? Yo nunca había tenido una familia
real antes de mis padres. Habíamos comido la misma comida,
respirado el mismo aire, mirado la mimas series de televisión,
por eso nunca pude ver la diferencia. Pero, me di cuenta en el
sexto grado de que mi familia era diferente. En nuestra clase
habíamos tenido que hacer un proyecto sobre la historia de
nuestra familia. Yo tenía ganas de empezar el proyecto y pre-
sentar la historia de mi familia a la clase pero mis padres pen-
saban diferente. Inmediatamente después de que yo les dijera
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que tenía que hacer un proyecto sobre nuestra familia el am-
biente en la casa cambió. Había una atmosfera de estrés y ten-
siones. Mis padres hablaron poco sobre el tema y me dijeron
que si no quería ir al cole el día siguiente que no tenía que ir.
Ellos nunca habían dicho eso antes, siempre tenía que ir al cole.
Estaba muy confundida pero fui. No sabía que mis padres que-
rían protegerme de las opiniones y los castigos de los otros
alumnos pero ahora lo entiendo.”
“Me puse enfrente de la clase con un poster y una hoja con
las biografías de mis padres. Fotos de nuestra familia, Phillip,
John y yo, estaban pegadas en el poster. Yo estaba explicando
cómo mis padres se conocieron y de repente oí a los alumnos
hablando en voz baja. Había oído palabras y frases como ho-
mosexual, injusto y qué asco. Me sentía incómoda”.
La maestra cogió mi poster y la hoja de las biografías y me
dijo, ‘Tienes que venir conmigo ahora mismo’.
‘¿Por qué?’ dije.
‘No me preguntes nada, eh. ¡Ven conmigo ahora!’
“Fui con ella a la oficina del director de la escuela. Después
de diez minutos mis padres llegaron a la oficina. No sé lo que
mis padres y el director habían hablado porque yo había espe-
rado afuera en el pasillo a lado de la oficina de la secretaria.
Pero, yo sé que la semana siguiente cambié de escuela”.
“Después de este incidente fue difícil para mis padres a en-
contrar una escuela para mí. Mi escuela anterior había avisado
a las otras escuelas en nuestra zona. Fue difícil y durante este
tiempo todavía no entendí por qué mi familia estaba recibiendo
ese trato”.
“Lo siento, pero tengo que interrumpir otra vez. ¿No tiene
sentido, no podías ver el problema de tu familia?”
“No, porque no había un problema”.
“Sí que había un problema, lo que no entiendo es por qué
después de que tú hubieras oído las palabras y frases de los
alumnos en tu clase y supieras que normalmente las familias
tienen madres y padres no pensaste que había un problema en
33
tu familia. ¿Después de todo eso no podías entender por qué tu
familia había recibido ese tratamiento?”
“No, porque no éramos diferentes de cualquier familia”.
“¡Claro que sí!”
“Por favor Director Jeffrey, ¿me deja acabar la historia?”
“Sí, pero por favor deprisa. Tengo una reunión con la admi-
nistración de la escuela”.
“Sí, lo sé. Nos falta poco de la historia. Se acuerda que du-
rante todo de esto, mi familia y yo estábamos viviendo en Man-
hattan Nueva York. ¿No?”
“Sí, sí. ¿Por qué esto tiene importancia?”
“Vale, usted va a verlo. Como ya sabe, durante este tiempo
ser homosexual no estaba aceptado por mucha de la gente de
esta zona. ¿Sabe algo de las manifestaciones en el barrio de Gre-
enwich en 1969?”
“No.”
“Vale, en 1969 en el barrio Greenwich había manifestaciones
luchando por los derechos de los homosexuales. Se llama Stone
Wall Riots y ocurrieron durante la madrugada del 28 de junio.
Nunca olvidaré este día. Yo tenía dieciséis años y no asistía a
las escuelas de nuestra zona porque, como puede imaginar,
había sufrido mucho acoso escolar por causa de la relación de
mis padres. Después del incidente en el sexto grado mis padres
intentaron encontrar una escuela buena sin opiniones negativas
sobre parejas homosexuales, pero no pudieron encontrarla. Por
eso mis padres convirtieron nuestra sala en un aula para clases
en la casa. Durante estos años muchas personas habían empe-
zado a luchar por los derechos de los homosexuales. Había
mucha tensión y cada día más y más pero nunca había pensado
que los manifestaciones podían traer violencia aunque había
pensado mal.”
“El 28 de junio 1969 fue como cualquier día. Como todos los
días mi padre, John, salió de madrugada para ir a trabajar. Sentí
sus labios en mi frente antes de que saliera casa y en un susurro
dijo, ‘Te amo cariño.’ Todo fue normal hasta que oí el sonido
34
de cristal roto en la sala. Phillip corrió a mi habitación y me dio
un abrazo muy fuerte. Podía sentir el calor de su cuerpo apre-
tado contra el mío, me sentía protegida. Él encendió la radio y
escuchamos las noticias. Una noticia dijo: Violentas manifesta-
ciones en las calles de la zona Greenwich. Grupos de gente ocu-
pan las calles y luchan por los derechos de los homosexuales.
La falta de derechos les ha llevado a actuar. Gente contraria a
esos grupos se está enfrentando a ellos, aumentando la vio-
lencia de las manifestaciones. El alcalde recomienda a los vecinos
no salir de casa. Es todo por ahora, gracias”.
“Las horas pasaron. Phillip y yo nos habíamos quedado en
casa como decía la radio. La ventana de la sala todavía estaba
rota. Durante todo el día oí los gritos y sonidos de pistolas.
Podía ver que Phillip estaba preocupado. Yo no tenía miedo.
Tenía confianza en que John estaría bien. Pero no fue así”
“¿Qué le pasó?”
“Él murió”
“¿Cómo? ¿Por las manifestaciones?”
“La verdad es que todavía no sabemos exactamente lo que
pasó en las calles durante las manifestaciones de este día. Yo sé
que después de muchas horas esperando, mi padre Phillip había
hablado con el jefe de John. Él dijo a Phillip que John nunca
había llegado al trabajo y casi inmediatamente después la radio
dijo: Las manifestaciones dejan tres muertos en las calles. El
grupo de oposición a los derechos de los homosexuales atacó a
los manifestantes incontroladamente produciendo múltiples he-
ridos de diversa consideración. Tres de ellos llegaron muertos al
hospital de Greenwich. Este era el momento que Phillip y yo
habíamos temido. No sé cómo explicarle que yo ya lo sabía. Fue
como una sensación fuerte en la mitad de mi corazón. Desde
este momento y con esta sensación, yo sabía que nadie podría
convencerme de que todos somos iguales. Tenía una opresión
en el pecho como nunca había tenido antes, hasta el extremo
de impedirme respirar. Rompía la protección de mi corazón.
Rompía los pensamientos de lo que había pensado que era un
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mundo que tenía un sentimiento de moral y de justicia. Porque
la ignorancia había matado a mi padre.
“¿Ignorancia?”
“Sí, claro que sí. La ignorancia había golpeado a mi padre en
su frente, en su espalda, en su pecho, en sus brazos y piernas.
La ignorancia es algo impalpable, invisible pero ese día yo
podía ver la ignorancia viviendo muy claramente en las calles
de Greenwich. La ignorancia de las personas que creyeron que
las personas homosexuales no merecen los mismos derechos
que usted y yo. Ésta es la ignorancia a la que yo me estoy refi-
riendo. Si no hubiera existido este tipo de desigualdad mi padre
seguiría viviendo ahora mismo en un mundo que yo había pen-
sado que era más capaz de aceptar los derechos para homose-
xuales.”
“Yo creo que ahora se aceptan más”.
“Sí, estoy de acuerdo pero hoy ha cambiado mucho”.
“¿Cómo?”
“Tengo más miedo hoy que ayer de vivir en ese mundo, por-
que todavía existe la ignorancia en personas como usted”.
“No”.
“Sí”
“No, no voy a matar nadie en las calles porque no estoy de
acuerdo con la violencia para resolver las diferencias del
mundo. Me da igual si las personas homosexuales tienen fa-
milias, derechos, trabajos o cualquier cosa. No voy a matarlas”.
“Pero a través de sus acciones, es como si usted las matará”.
“No, no, no”.
“Sí, creo que sí, pero usted no puede verlo”.
“¡Basta ya! Me has contando una historia larga y ahora no
puedo más...”
“Sí, lo entiendo pero todo era necesario para que entendiera
porque les he enseñado a mis alumnos que ser una persona ho-
mosexual está bien. Usted tenía que entender lo que pasó en mi
vida con la adopción y con mis padres para entender comple-
tamente la razón por la que estoy muy interesada en el tema
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de los derechos de la gente homosexual. Entiendo que cuando
me apunté para el puesto en esa escuela cristiana, tenía que
estar de acuerdo con las reglas y eso era lo que yo estaba ha-
ciendo; pero tenía que decir algo. Usted sabe que millones de
chicos se quitaron su vida porque sintieron que tenían un pro-
blema, se sintieron que ser homosexual era un problema. Sin-
tieron que eran malas personas porque les gustaba la gente del
mismo sexo. Eso no es justo. Tenía que decir algo. ¿No quiere
salvar las vidas de los chicos antes de que hagan cosas que no
puedan borrar?”
“Sí, pero podemos ayudarles sin decir que está bien ser una
persona homosexual. ¿Entiendes?”
“¿Sabe por qué decidí hablar sobre ese tema?”
“Sí, por las experiencias de tu familia y lo que pasó con tu
padre, ¿no?
“No”.
“Pues, creo que no entendí nada de la historia que contaste
tú”
“Sí ha entendido bien la historia de mi familia, pero no fue
la razón principal por lo que decidí explicar ese tema”.
“Entonces...”
“Hace unas semanas que veo a dos chicos besándose a escon-
didas en el pasillo”.
“¿Dónde? ¿En la escuela?”
“Sí, estaba yendo a la sala de los profesores y vi a los chicos
besándose en el pasillo. Pero ellos no me vieron”.
“Y ¿por qué no has dicho algo antes?”
“Porque, como acabo de decir ahora, es un punto muy cru-
cial en las vidas de los jóvenes. Preferí esperar y hacerlo de una
manera más indirecta”.
“Y eso es por lo que has enseñado los derechos de las perso-
nas homosexuales y dijiste que está bien ser homosexual”.
“Claro”.
“Tengo que hacer algo”.
“¿Sí?”
37
“Sí, voy a hablar con ellos. Esto no se hace aquí en mi es-
cuela… Ellos no pueden asistir a mi escuela. No podemos per-
mitir estas acciones aquí”.
“¡Quizá cambie de opinión cuando se moleste en conocer
toda la verdad!”
“Gracias por avisarme, pero tu forma de actuar no ha sido
la esperada en esta escuela. Sigues estando despedida”.
“Sí, todo está claro. Adiós.”
“Por favor, ¿Puedes decir a los dos chicos que tienen que
venir a mi despacho inmediatamente?”
“Sí claro.”
Camino al aula donde los estudiantes estaban acabando un
trabajo. El timbre sonó. Los chicos se levantan y empiezan a
salir del aula. Mis ojos se llenan de lágrimas. Digo, “un mo-
mento, por favor, Alex y James tenéis que ir al despacho del di-
rector”.
“Por qué”, me preguntan.
“No sé”
Ellos salen del aula. Desde el portal puedo ver a James y a
Alex caminando en dirección al del despacho del director. Una
lágrima cae de mis ojos. Veo a los chicos andando hacía el des-
pacho. Entran cogidos de la mano. Me acerco al despacho. La
puerta está abierta. Mientras paso, veo una expresión de incre-
dulidad reflejada en el rostro del director mientras su hijo cierra
la puerta del despacho.
38
Inolvidable
Drew Duff
Epígrafe
Si te hubieras levantado yo habría podido hacer algo. Ninguno
de nosotros podía haber entendido lo que estaba pasando. Par-
padeo y estoy en mi casa, implacablemente, viendo el pasado.
No olvidaré quien me llevó a dónde estoy y las batallas inequí-
vocas a las que me enfrento todos los días. Nos enfrentamos a
batallas personales cada día, creyendo que hay una luz al final
del túnel. ¿Cómo voy a poner pan en la mesa para mis niños
hoy? ¿Estoy haciendo bastante? No importa la situación, debe-
mos confiar en nosotros mismos para entender la sinceridad
encontrada profunda e innatamente en cada uno de nosotros.
Confiamos que en la vida, Dios sabe lo que está escondido en
este mundo de consecuencias. Él sabe lo que está escondido en
los corazones débiles y borrachos. Dios finalmente será el juez
de nuestra incapacidad de ser perfectos.
39
Inolvidable
Era una noche muerta cuando vinieron los soldados llamando
a la puerta. Un golpe que una persona encontraría normal, pero
espeluznantemente amable. Parecieron listos para presentarlos
como un tipo de propuesta. Llamaron otra vez. Fue firme pero
no intentó alamar. Golpe, golpe, golpe como si fuera una mano
enguantada.
Ace sabía que eran los soldados. Él les había visto andando a
lo largo del camino, más allá de su cueva, ocho de ellos vestidos
con turbantes llevando AK 47’s.
"¡Sandman!" gritó: “Ace, están afuera. Se han parado. Están
mirando a la puerta y creo que van a venir a la avanzada”.
Hubo un momento de silencio y luego se acercaron a la
puerta. Sandman y Ace necesitaban pensar y pensar rápida-
mente.
"¡Retírate de la ventana Ace!" exclamó Sandman, con una voz
dura y urgente. "¡Aléjate ahora! Ven conmigo a la habitación de
seguridad. ¡Haz lo que está jodidamente dicho!”
Hubo un tercer golpe. Esta vez era diferente, más fuerte con
un sentido de ira. Esta vez fue más insistente y provocó un sen-
timiento de miedo. Ace y Sandman se sintieron preocupados.
Ace miró hacia arriba. Apretó los dientes y se preparó para lo
peor. Su formación le había preparado para lo que iba a suceder.
Los disparos empezaban a romper la puerta como pequeñas
agujas en la espalda. Luego empezaba la destrucción de la
puerta. No era bastante para romperla pero sí para provocar
daño. Una voz gritó, "¡Sal!” Uno de los soldados venía a la
puerta y se asomó en el cuarto, intentando ver a través de la
cubierta. Sandman miró al otro lado y vio más soldados, había
cuatro detrás preparando las armas. Ace empezaba a temblar y
su sentimiento se transmitió a Sandman. Como su primera vez
en combate, sintió sus manos, su cuerpo y sus piernas tem-
blando.
Hubo un momento de silencio antes de que la primera puerta
40
estallara, con el resto de la cerradura rebotando en el pasillo.
Los soldados subieron las tres escaleras del cuartel con las armas
cargadas, rasgos serios, duros. Dos mantenían su posición al
fondo de las escaleras mirando hacia arriba. Los dos revisaron
el primer cuarto, empujando todos y cada uno de los objetos
fuera del camino en busca de soldados. Había un escritorio cu-
bierto de ordenadores y dispositivos de seguimiento. Sandman
y Ace echaron un vistazo alrededor, todavía escondidos detrás
de la puerta de la habitación de seguridad, discutieron si debían
atacar o mantener su posición.
Los soldados se congregaron al fondo de las escaleras. Dos
fueron más adentro, al cuarto principal y se resguardaron mien-
tras los otros continuaron más allá para buscar el baño y la co-
cina. Nada. El soldado que parecía ser el comandante en jefe,
miró hacia la habitación de seguridad. Él hizo una señal al otro
soldado que subía por la escalera y empujó la puerta con la boca
de su arma. No se movió y empujó la puerta otra vez con la cu-
lata y esta vez le hizo una abolladura. Sacó su linterna y la en-
cendió.
“Aamir. No estoy seguro pero creo que hay alguien adentro.”
El comandante dijo “Pues déjales saber que aquí estamos.
Dales un tiro de aviso.”
Ace debido a los nervios apretó su arma, Sandman también
cargó su arma con 32 balas en su AR-15, rifle automático de
asalto. Los soldados dispararon cinco tiros más. Sandman
pensó, ¿qué puedo hacer? No voy a morir hoy, no moriré aquí
y giró la cerradura para liberar la puerta.”
- Aamir, han abierto la puerta. ¿Qué hago?”
- Ábrela. Hablando a Sandman y Ace. ¡Los que estén dentro
que salgan ahora mismo joder!
El soldado se acercó a la puerta y la abrió. Miró y observó,
“está vac---“
El soldado se cayó por las escaleras. Sandman bajó del techo.
El soldado intentaba disparar su arma pero el tiroteo abrumó
sus sentidos. Dos tiros directamente en su corazón. El otro sol-
41
dado tumbado de espaldas, las piernas en las escaleras, cabeza
en el suelo, salpicaduras de sangre empapando su camiseta, ojos
bien abiertos en aparente asombro debido al agujero que tenía
en el centro de su frente.
Sandman miraba hacia arriba, viendo que los soldados afuera
estaban juntándose. Todos empezaron a disparar sus armas al
cuartel, destruyendo el exterior. El camino de las balas rebotaba
en toda el área creando gran destrucción.
"¡ACE!” gritó “Sandman”, empezó a subir las escaleras y un
soldado le vio. Giró, se balanceo apuntando con su arma a Sand-
man. Reaccionó, no pensando, fue a pegarle. Los dos lucharon
por el arma y ésta estaba cada vez más cerca de su cara. El dedo
de Sandman apretó el gatillo. Confundido y en un estado de
shock Sandman buscó a Ace, miró al suelo y vio un charco de
sangre acumulado en el suelo debajo de Ace, y todo fue negro.
Y gritó “¡Ace. Ace. Ace!
Sandman abrió los ojos, todo era borroso y se sentó en la silla
de metal por dos horas, estaba desnudo. Miró a su derecha y
vio que Ace había muerto. Empezó a llorar histéricamente. No
se podía mover, pero empezaba a sentir un hormigueo. Estaba
atado a la silla y movía las falanges. Estaba en un cuarto con
muy poca luz y olor a carne muerta. No renunciaría a nada. No
diría nada. Nada. Intentaría ser valiente. Como sus jefes le ha-
bían enseñado.
“Hola chico… pobre chico… tenemos aquí un hijo de puta
Americano. Entonces, has asesinado a muchos de mis soldados.
Eran soldados magníficos. Me costaron mucho y no nos gusta
cuando los americanos vienen aquí. Pues, ¿qué haríamos? ¿Qué
haría con un perro extranjero que mató a mi perro? Hablaría
con el perro y le contaría una historia. Luego yo le daría su cas-
tigo apropiado.”
Sandman quedó en silencio.
-¿Quiere Ud. decirme donde están los demás?
Sandman no le contestó, sino que le miró fijamente con ira.
Pensó: sin miedo, sin miedo, sin miedo.
42
- Tienes cinco segundos para decirme la verdad. ¿Vale?
- ¡Vete a la mierda!
- 5…4…3…2…1…
Aamir iba a poner lo que parecía como una barra de hierro
sobre la mesa. Trajo una máquina que parecía como un solda-
dor. Calentó el palo de hierro con propano y lo acercó a Sand-
man. El calor irradiaba de la barra. Él la acercó a sus brazos
abrasándoselos.
- Por favor señor no lo haga, no veo que sea necesario. No
va a conseguir mi información.
- ¡Jajajaja!, si claro que sí. Ya verás.
Puso el palo en su hombro. Le quemó la piel. Ace gritó de
dolor, llorando.
- ¿Quiere decir algo ahora?
- Por favor no siga.
- Continuamos.
Aamir calentó el palo otra vez. Lo acercó y empezó a presio-
nar la piel y lo aguantó en la cabeza. Sandman se desmayó.
Ace y Sandman fueron llevados en un helicóptero al hospital
en Afganistán donde quedaron por tres días. El hospital estaba
siendo dirigido por los soldados médicos. Sandman estaba con
un técnico de emergencias. Había una mujer sentada cerca de
él pero no le miró ni preguntó si necesitaba algo. Sandman es-
taba hablando con unos soldados cuando él recuperó la con-
ciencia.
- Llevas durmiendo tres días. Declaró la mujer misteriosa.
- ¿Dónde está Ace? ¿Ace?
- Está en los Estados Unidos, está en estado crítico.
Sandman despertó como una persona cambiada. Despertó
con su familia alrededor, flores, velas, la prensa… Su conciencia
estaba borrosa. “¿Quiénes son estas personas?” Se imaginó a sí
mismo muerto. “¿Que pasaría si yo hubiera muerto? ¿Quien
decidió que yo viviera? Ace… Ace mi compadre”.
Sollozó se encontraba con un profundo dolor emocional,
más allá que sus lesiones corporales. Su tortura fue irreparable.
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Su llanto representaba una historia medida, no en peso, sino en
dolor. La puerta se abrió y un hombre mayor con grandes me-
dallas vino y susurró algo al oído de la mujer. Miró a Sandman.
Dijo, “venga teniente.”
Sandman intentó levantarse de la silla. Al levantarse, gritó
de dolor. Se acordó del dolor que una vez había experimen-
tado. Sintió como si alguien le cortara su piel con una es-
pada como mantequilla y pusiera sal sobre la piel.
“Soy Isabela, la secretaria. Le quiero ayudar en todo.”
Doña Isabela miró a Sandman, se había ruborizado por ha-
blar con él. Ella se acercó y le tocó el brazo.
“No sé, teniente Sandman. Es que no lo sé. Pienso en ello
cada noche. Pienso en las vidas malgastadas en la primera y se-
gunda Guerra Mundial con Alemania. Pienso en todos los hom-
bres valientes sacrificados en Francia y Bélgica. Pienso en todas
las guerras que ha habido a lo largo de la historia y me pre-
gunto… ¿qué bien han hecho? Queremos el general y yo, con-
cederle este “Corazón Púrpura”. Le vamos a mandar a los
Estados Unidos con grandes honores.”
Sandman volvió a los EEUU apenas consciente de nada.
Su cabeza estaba llena de tristeza, confusión y enfermedad.
El mundo no le interesaba nada más. No pudo reintegrarse
en la sociedad. Sandman quería un poco de paz en su vida
y la encontraba con la naturaleza, sus paseos diarios y des-
canso, eran los remedios a su salud mental. Una fila de pe-
queños bungalós limpios se extendía delante de él, a su
derecha durante medio kilómetro, y luego, campos. Al otro
lado de la calle estaba la granja de Lisa y, poco después,
campos de girasoles. Paseo de Purgatorio iba hacia adelante
a la campana. El campo era reservado y sereno recordando
un tiempo de paz. Incluso en un país con tanta industriali-
zación, no había mucha influencia de la industria en esta
área. Lo recordó Sandman de esos tiempos cuando, su
mente estaba en paz.
El campamento en Afganistán era pequeño, con una en-
44
trada de coches. Una valla metálica irregular cubierta de
alambre de púas lo rodeaba. Más allá de la valla había un
desierto con colinas que parecía interminable, sus colinas
estaban onduladas por el viento. Había un canal en Charlie
Foxtrot con sus bancos, sus peces, sus puentes en un oasis
pequeñito solo hecho para la salud de los soldados.
Sandman despertó en su hogar en Jacksonville, Florida. Se
acercó a su cocina aún con mucho sueño intentando reorgani-
zar su vida.
¿Bueno, qué hago ahora? Ahh, a ver. Queso, beicon y huevos
me parecen ideales. Sus sentidos le volvieron muy lentamente,
cosas que antes hacía inconscientemente ahora le resultaban
difíciles. Sacó un tazón de la despensa y lo colocó en el mostra-
dor. Cuando rompió el primer huevo, vio un tinte de color rojo
oscuro. Le alarmó mucho y miró a sus manos, que estaban cu-
biertas con sangre. Corrió al espejo en su habitación y vio un
monstro, con un polo manchado de sangre. Casi inconsciente-
mente limpió su cuerpo entero, quedando lo más tranquilo po-
sible. Al poco, fue a su camión y condujo hacia la comisaría de
policía.
- Desperté esta mañana cubierto de sangre. Por favor ayúdeme.
Noséloquepasoynecesitoayuda.Soyunveteranodelaguerrade
Irak y he venido recientemente a casa. Ayuda por favor.
Sandman, al doblar la esquina de su casa, se agachó, iba casi
arrastrado por el jardín y la valla. Después de la valla iba a modo
de comando más que antes. Se deslizó a través de la valla donde
un par de estacas estaban rotas y le hizo un agujero en sus jeans
con el final, un poco oxidado, del alambre que sobresalía a tra-
vés de la brecha.
"¡Abajo!" dijo a sí mismo y se aplastó en el césped detrás de
la valla. El hombre estaba poseído por la intención de matar.
En la distancia vio una casa iluminada todavía a las tres de la
mañana. Se dirigió a ella desde lejos, aún detrás de la valla, sin
saber que estaba imitándose a si mismo con su formación mi-
litar. Sandman empezaba a acercarse más y más a la casa.
45
"Mira," se avisó Sandman a si mismo fingiendo estar en for-
mación. Se arrastró por el césped hacia el borde del canal, hizo
una pausa, comprobó que no había nadie en el camino y se
quedó tumbado sobre el estómago, los brazos extendidos hacia
abajo en el agua turbia. Él gruñó por el esfuerzo de estiramiento,
y luego avanzó para retener el extremo de una cuerda. Sandman
agarró la cuerda con el fin de asegurarse a sí mismo y tiró. “Len-
tamente", comentó Sandman.
Se acercó más a la casa. Las luces de las calles y la atmósfera
eran lúgubres. Se escondió detrás de una calle, se acercó poco
a poco a la casa. De pronto vio a alguien y empezó a acechar
como un tigre hacia su presa. En cuestión de segundos se acercó
a la persona. Era un hombre que caminaba hacia su casa. Sand-
man estaba loco. Pensando que estaba en guerra, él saltó sobre
el hombre por la espalda tirándolo. Sandman lo golpeó en la ca-
beza con los puños abriendo los nudillos y el cráneo de su ene-
migo. Empezó a estrangularlo con violencia, pero el otro
hombre no estaba dispuesto a morir. Se retorció, se raspó, pero
estaba decidido a acabar con la vida de este hombre. Sandman
estaba poseído con una mirada diabólica en sus ojos. Sandman
comenzó a ahogarle violentamente dejando profundas huellas
de sus manos. El hombre siguió retorciéndose hasta que sus
piernas, que hacían un último esfuerzo por vivir, se derrumba-
ron con su vida.
- ¿Isabela? preguntó Sandman.
- Ellos sólo recuperaron el cuerpo del canal en la parte trasera
de su casa…
- ¿Quién? ¿Detrás de mi casa? ¿Qué pasó? ¡Estaba dur-
miendo!? ¿Qué pasó...? Él tartamudeó.
- Shhhhh, Sandman, shhhhhhh, tranquilo. Parece que estabas
en tu patio y estabas haciendo algo que no deberías estar ha-
ciendo. Nadie sabe exactamente lo que estabas haciendo. Ima-
ginó Doña Isabela.
Sandman se sentó aturdido.
- Tuve otra llamada de Jack. El jefe de la policía dice que los
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investigadores han hallado tu camiseta en el canal al fondo de
su jardín. Jack piensa que Sandman estaba caminando por las
calles sobre las tres de la mañana. Esto es por lo que Sandman
no podía controlar su hambre este mañana.
Sandman quedó en silencio.
- Mírame, Sandman. Mírame ahora mismo, contéstame fran-
camente. ¿Sabías algo sobre la camiseta? -- -- ¡No sabía
nada! explicó Sandman histéricamente.
- Pues mira a éste, lo conocerías.
Doña Isabela mostró a Sandman una camiseta con un sím-
bolo de un bulldog. Cuando lo vio, supo que él había asesinato
a su compadre, Ace. La pérdida de su mejor amigo penetró pro-
fundamente en el corazón de Sandman. Incluso el corazón de
un soldado endurecido, su inocencia fue arrancada de él, más
allá de la guerra. Todo su mundo se paró, no pudo contemplar
su corrupción. Cambió su destino. ¿Ahora, qué valor tenía su
vida? Lloró al cielo porque estaba solo y tenía miedo, pero solo
respondió el diablo porque no estaba Dios. En ese mismo mo-
mento supo lo que era ser vacío y frio. Él apartó de los brazos
de la otra. Se puso de pie, pistola en mano y se miró a sí mismo
profundamente a los ojos. Levantó su arma, puso el dedo en el
gatillo y disparó, para terminar con el dolor de la pérdida.
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“You just have to move forward”
(Solo hay que ir adelante)
Cam Ward
Algún día
Alex Hanyok
La primera vez que Camilia Duff fue a un partido de hockey,
no tenía ni tres meses y estaba envuelta en una manta. Horas
antes, cuando las horas todavía suponía mucho en su vida, su
padre había llamado a sus dos hermanos mayores para salir de
casa. Wayne, que en aquel tiempo tenía cuatro años, había co-
rrido por el pasillo gritando. Justo después, su otro hermano,
Brett, que era dos años mayor que Wayne, siguió con un palo
de hockey encima de la cabeza de su hermano menor. Unos se-
gundos después, la madre fue gritando a sus hijos. Mientras
todo esto sucedía, Cami había estado llorando en los brazos de
su madre. Tranquilamente, su padre cogió al bebé para que su
madre pudiera descansar, y lo puso en una manta roja y negra
que tenía el símbolo de los “Carolina Hurricanes.”
Desde el principio, los ojos de Cami absorbían todo. Primero
miró cuando los proyectores de luz empezaron a pasear sus
rayos por la pista del PNC Arena, el estadio donde jugaban los
“Carolina Hurricanes”. Después no quitaba los ojos del hielo,
desde la caída del disco hasta el zumbador final. Durante el
juego, y todos los momentos después, era el bebé perfecto para
cualquier partido de hockey sobre hielo. Sonreía cuando mar-
caban un gol y su padre, con todo el estadio, saltaba en el aire
gritando y aplaudiendo. Reía cuando tocaban música y toda la
49
peña empezaba a cantar, casi como si estuviera cantando tam-
bién. Nunca lloraba, salvo cuando los “Hurricanes” perdían el
partido. Raramente dormía y, cuando dormía, su padre expli-
caba a sus otros hijos que solo dormía porque sabía que los
“Canes” estaban en la posición de ganar. Además, dormía con
una sonrisa especial que solo aparecía cuando estaba en el PNC
Arena.
Nació para jugar. Tenía solo un año la primera vez que Brett
puso en sus manos un palo y le enseñó cómo usarlo. Antes de
que cumpliera tres años podía patinar sin ayuda y con una ve-
locidad que ningún otro niño en su equipo podía alcanzar. Cre-
ció con un palo en la mano y patines conectados a sus pies. La
madre siempre estaba preocupada con una casa llena de aguje-
ros, donde palos habían golpeado la pared. Pero no castigaba a
sus hijos, solo les mandaba afuera de la casa. Pronto en el garaje
parecía un almacén para el equipo viejo y nuevo. Porterías,
palos y cascos. Una calza sin su gamilla y patines de los dos
topos, hielo y ruedas. Había tantos discos que nadie intentaba
ponerlos en el cubo designado con un rotulador grande para
“Discos.”
Era una chica de hockey y su familia nunca le permitía olvi-
darlo. Jugaba cada día con sus hermanos. Brett le enseñó cómo
jugar hasta que ella empezó a enseñarle a él. Cada vez que visi-
taban el PNC, su padre le decía “Algún día vas a jugar aquí,
Cami”. Al otro lado, su hermano Wayne siempre le respondía
que las chicas no podían jugar hockey con la NHL, formada por
los “Canes” y los otros equipos profesionales. Pero su padre
siempre tenía esperanza en su hija. “Algún día…”
***
La pelota naranja rodó por la calle, saltando por los salientes
del pavimento. Justo después, dos pares de pies corrieron y dos
palos rascaron el suelo. Uno de los palos capturó la pelota y la
paró. Los pies, conectados a la pelota, pararon también y cam-
biaron su dirección. Hubo un grito y los pies más pequeños
también pararon. La niña pequeña era más rápida sin la pelota
50
que su hermano con la pelota y en un momento ya empujaba
atacando a su hermano otra vez. Le empujó, pero su hermano
mantenía la pelota. Iba por la portería. Brett tenía una mano en
el palo, y la otra sobre su hermana para que no pudiera pasar y
robarle la pelota. Cami gritaba “Dejámela!”
Brett paró, y sin pensar lanzó la pelota. La pelota casi golpeó
a Cami, entonces voló, pasó al portero y entró en la portería.
Antes de que Brett terminara de celebrar el gol, Cami ya había
empezado a moverse por el centro. A los lados del partido de
hockey sobre la calle, los padres de los niños gritaban “¡Muy
bien!” y siguieron con su conversación.
“Venga,” dijo, esperando para que sus hermanos y amigos se
preparasen. Mientras se preparaban, Cami miró el PNC Arena.
Las luces brillantes iluminaban todo el cielo. El edificio circular
estaba tranquilo, como si nada malo pudiera pasar dentro de
sus paredes. Cada vez que lo veía Cami sabía que quería jugar
para los “Hurricanes”.
Apretó los dientes y puso su palo en el suelo. “¿Lista ya?” Pre-
guntó.
Wayne cabeceó. Cami era una de las más pequeñas, pero to-
davía era el mejor centro para su equipo.
“Uno…”
Los dos tocaron con los palos en el suelo.
“…Dos…”. Silencio. Solo el sonido de los palos golpeándose
en el aire.
“…Tres”
Wayne ganó la pelota, pero enseguida su amigo golpeó su
palo y la pelota quedó libre. Cami corrió y se agachó debajo del
brazo de su hermano, capturó la pelota, dobló, y empezó a co-
rrer en la otra dirección.
“¡Eso es ilegal! No se me puede golpear así”, gritó su her-
mano.
A ella no le importaba que fuera legal o que no. Solo estaba
el pavimento enfrente de ella. Nadie, salvo el portero, estaba
entre ella y la portería. Y mejor, no había nadie atrás para pa-
51
rarla. Corrió. Sacudió la cabeza para quitarse el pelo de los ojos.
Sonrió. Sabía exactamente dónde poner la pelota. Con una
emoción suave, fue hacia una dirección, un movimiento falso.
Pasó la pelota de delante al palo. Su hermano cayó en el engaño
y se movió a la derecha. Cami rápidamente se cambió hacia la
otra dirección, volvió la pelota al frente del palo y la puso en
medio de la portería.
Cami empezó a correr buscando la pelota que había salido
por un agujero y caído en el pavimento. Se estaba moviendo
más rápido que ella. Estaba a punto de gritar que parara un
coche negro cuando vio quién era el conductor. Trató de decir
algo, pero las palabras no llegaron a su boca. El jugador y capi-
tán de los “Hurricanes” sonrió cuando se dio cuenta de que
Cami quería coger la pelota que se había parado enfrente del
coche. Cami la cogió y al sprint corrió hacia su familia mientras
gritaba, “¡Mamá, papá, es Staal! ¡Es Erik Staal!”
Dentro de los pasillos del estadio, Cami tenía la mano de
su padre en suya y estaba saltando de un lado al otro. Ponía
el pie derecho en un cuadro blanco, y después el pie iz-
quierdo en un cuadro negro. Seguía así por todo el pasillo
central. Cada persona que pasaba sonreía. Todos estaban
hablando de los equipos, los jugadores, la comida y otras
cosas que ella no podía entender. Era un mar rojo, igual que
el color de los “Hurricanes”. Por el pasillo andaba toda clase
de gente: niños como ella, jóvenes como su hermano, adul-
tos como su padre y abuelos también. A ella le parecía que
toda la gente de Raleigh estaba allí y, como ella, estaban
emocionados por el comienzo.
En algún momento se perdió de la mano de su padre, pero a
causa de lo divertido que era su juego infantil, no miraba arriba.
Cantaba. Jugaré con los Hurr-i-canes. Jugaré para los Hurr-i-
canes. Jugaré para los Hurr-i-canes. Y nadie, especialmente-si-su-
nombre-es-Wayne, puede decirme que no.
“¿Me oyes, Wayne? No puedes decirme que no puedo jugar
con los “Hurricanes” porque lo haré. No me importa ser una
52
chica y que las chicas aún no puedan jugar profesionalmente.
Seré la primera. ¿Me oyes, Wayne?”
Buscaba arriba a su hermano.
“¿Wayne?”
Rápidamente su juego perdió la diversión. Se paró con el pie
derecho en un cuadro negro y el otro en el aire. El pasillo ya no
le parecía tan abierto. La gente se movía con una fuerza que em-
pujaba a Cami de un lado al otro. A ella le parecía que se estaba
ahogando en el mar. Llamó a su padre y a su madre. Llamó para
pedir ayuda, pero debajo de todos los sonidos, su voz se perdió
como ella se había perdido. Una persona pasó muy rápido y se
golpeó con los brazos de Cami. El golpe fue tan pequeño que él
no lo notó, pero la diferencia de tamaño entre él y ella era tan
grande que Cami se cayó al suelo.
Nadie notaba que ella se había caído. Pensó de sí misma que
era demasiado pequeña para jugar. Pensó que si no podía andar
por un pasillo sin caerse de un golpe, ¿cómo podría jugar para
los “Hurricanes”?. En cada juego todos los jugadores se golpean
unos a otros, y mucho más fuerte que el hombre que había des-
parecido en el mar de gente. Pensó que también, y lo peor, que
era una chica y las chicas no podían jugar en la NHL. Al fin y al
cabo, su hermano estaba en lo correcto cuando había dicho que
ella nunca podía jugar para los “Canes”. Entonces, allí, en el
centro del pasillo, empezó llorar.
***
El sol ya había empezado a caer cuando el coche dobló por
la calle que iba hacia la entrada, hacia el garaje de los trabaja-
dores. Cuando giró otra vez, un periódico que estaba en al
asiento a su lado cayó al suelo. Era el viejo periódico universi-
tario que Cami había encontrado el día anterior. Sobre la por-
tada su propia cara le sonrió. Leyó el título, “¿El final del
camino?” aunque no necesitaba leerlo para saber lo que decía.
Cuando Cami entró en la Universidad de Carolina de Norte
con una beca completa para jugar, su padre estaba tan emocio-
nado que le había comprado un nuevo coche Ford. Años más
53
tarde, después de que se rompiera la rodilla, perdiera su beca y
dejara la Universidad, lo que quedaba de su vida anterior era el
coche. Era viejo y los asientos de piel tenían manchas de café,
pero a Cami le encantaba. Había sufrido años de depresión, y
el coche le recordaba a su padre muerto y el sueño que habían
compartido. Los dos habían deseado que un día Cami hubiera
sido la primera jugadora femenina de la NHL. Pero estos días
habían pasado. Cami había dejado su sueño por un trabajo ven-
diendo helado en la misma pista de hielo que una vez había ocu-
pado sus sueños. Enfrente de ella, y por encima del
estacionamiento casi vacío, se podía ver este mismo edificio.
Unos pájaros habían hecho sus nidos en los árboles y desde
allí cantaban sus canciones en un idioma desconocido. Gritos
de niños jugando en la calle le distraían. Miró por encima de la
mano izquierda en la dirección de las voces. En el mar de apar-
camientos vacíos, una media docena de adultos estaban ha-
blando desde el remolque abierto de un camión. En sus manos
llevaban vasos de plástico rojo. El olor de la barbacoa le dio
hambre, aunque ya había cenado.
La pelota naranja escapó de unos jugadores jóvenes que ju-
gaban con palos de madera y una portería rota. La pelota rodó
en su dirección. Paró el coche para que pasara la pelota sin que
hubiera el peligro que su coche la aplastara. La chica, que tenía
no más de diez, años paró momentáneamente para mirar den-
tro del coche. El momento le recordó a ella la escena de su in-
fancia. Le recordaba su propia infancia, que había pasado en el
mismo estacionamiento jugando el mismo juego. Se preguntó
si los chichos también deseaban jugar para los “Canes” y si al-
guno tenía la habilidad. Si tuviera la habilidad, ¿también tendría
la suerte? ¿Cuántos sueños se habían perdido por culpa de las
lesiones?
***
Cada día, antes de empezar a trabajar, Cami y su sobrino be-
bían una cerveza y hablaba cualquier cosa. Normalmente nin-
guno tenía algo importante por decir, pero a los dos les gustaba
54
el tiempo que pasaban juntos.
“¿Cuánto tenemos?”
“Quince minutos.”
“¡Entonces, bebamos!” Gritó Jay.
Cami sonrió y le preguntó, “¿cómo está la universidad?”
“Una mierda. ¿Cómo está el hielo?”
Desde su lugar, casi sentada al lado de las escaleras, Cami le
dijo, “Ve tú.”
Jay se movió por debajo de la escalera. Tenía una mano sobre
el vidrio que separa la gente y los jugadores y la otra sujetaba la
cerveza que llevó a su boca. Tragó la cerveza y después, gritó:
“El hielo todavía está mojado”. Su voz sonó como un eco por
la pista vacía.
“Mejor, los “Rangers” no juegan bien con hielo malo”.
“Todavía será un juego muy difícil hoy,” respondió Cami.
“¿Para los “Hurricanes” o para nosotros dos?”
“¡Vaya! Entonces, para los dos. Los hinchas de los “Rangers”
son horribles.”
“Les damos un poco de la hospitalidad del sur y les rompe-
remos las narices”, bromeaba Jay.
“Y perderemos nuestros trabajos”.
Ellos siguieron en silencio hasta que dijo Cami: “¿Sabes lo
que quiero más que nada? ¿Ves este hielo? Cuando tenía diez
años o algo así, quería más nada jugar con los “Canes”. Era mi
sueño. Y casi lo conseguí. Quizás si no me hubiera roto la rodi-
lla todavía sería posible, pero me gusta creer que podría haber
roto yo la barrera entre las mujeres y la NHL. Ahora ya no es
posible. Ahora sé que nunca voy a patinar sobre este hielo. Pero,
por lo menos, puedo ver lo bonito que está cada día cuando
voy a trabajar. ¿Cuánto falta ya?”
“Fin, tira la cerveza”.
Pusieron las cervezas debajo de una silla y corrieron a sus si-
tios.
“Buenas suerte”, dijo Jay.
“Abre la puerta. Llegan los toros.”
55
“Es verdad, los hinchas están así”.
Cami seguía con sus pensamientos sobre sí misma. “Yo sé
que no puedo, pero todavía lo sueño”.
“Y aquí hay un helado doble de chocolate para nuestro Erik,”
dijo Cami…. y, oye, ¡cuidado! Aquí, una servilleta también,
¡cuidado!”
***
Eran las siete y veinticinco, y por fin la gente estaba empe-
zando a llenar los pasillos del PNC. En solo cinco minutos Cami
se movería tres metros afuera de su lugar para llegar a la televi-
sión que le permitiría ver el juego. Aunque estaba en el edificio
donde juegan los “Hurricanes”, era imposible para los trabaja-
dores ver un juego y trabajar al mismo tiempo. Para que la gente
pudiera seguir viendo el partido a la vez que compraban comida
(o, lo mejor, gastaban su dinero en los productos caros del es-
tadio) algunas televisiones estaban situadas estratégicamente.
Sin embargo, la función más común era para que pudieran ver
el partido los trabajadores.
A falta de tres minutos para el comienzo del pre-game, el pa-
sillo estaba casi vacío y Jay vio a una chica con un jersey rojo
sentándose en medio del suelo.
“¿Máma?” gritó.
Aunque no se le permitía salir de su mostrador, Cami salió
para ayudarle.
“Shhh, calla pequeñita. ¿Qué pasa?”, dijo. Se había puesto de
rodillas para no parecer tan alta y darle miedo.
La niña miró a Cami sin decirle ninguna palabra. Sus ojos
grandes le dijeron todo lo que necesitaba saber.
“¿Cómo te llamas?”, le preguntó.
Los ojos estaban buscando algo en su cara. Su boca estaba
apretada y su frente arrugada. Por fin encontró lo que estaba
buscando y, con una voz como la de una mariposa, dijo, “Sara”
“Hola Sara, soy Cami”
Su cara seria se transformó en alegre.
“¿Cami? Cami como Cam Ward?”
56
“Entonces, señorita, siéntate aquí en esa silla y vamos a ver
si tenemos helado para ti. ¿Qué sabor te gusta más?”
Cinco minutos más tarde el padre de Sara encontró a su hija
detrás del bar de helado, en una silla, comiendo un helado de
fresa.
Cami se giró a mirar al padre y dijo, “Tu hija conoce bien a
los jugadores. Sabe todos los nombres de los jugadores de mi
infancia”.
“Venga”, dijo el padre de Sara, con la mano de su hija en
suya, “gracias por todo”.
“No pasa nada, es muy lista. Ya entiende cómo usar las pa-
redes para mover el disco. No pienso que lo aprendí cuando era
tan pequeña”.
“No soy pequeña”, gritó Sara, “¡Voy a jugar con los “Hurri-
canes”!”
Su padre reía. “Ahora estamos practicando a usar ese cerebro
para algo más que hockey. Conoce todo del equipo pero no
puede recordar las multiplicaciones”.
“Cada uno tiene sus prioridades”.
¨Venga, que va a empezar pronto. Hasta luego”.
“¡Hasta luego!¨, gritó Sara. Luego, saludó a Cami mientras
pasaba por las puertas a las gradas.
Cami se movió al lugar donde podía ver la televisión, pero
estaba en anuncios. Vio los mismos anuncios que siempre veía,
pero no veía nada. Estaba pensando en la niña y en su propia
infancia. Recordaba la vez cuando se encontró perdida en los
mismos pasillos y cómo en este momento aprendió que nunca
podría jugar con los “Hurricanes”. Quería cambiarlo. Quería
hacer algo para que Sara pudiera cumplir el sueño que Cami
no pudo llegar para cumplir para sí misma.
***
Después del partido, que ganaron los “Hurricanes” con un
gol los últimos cinco minutos, Cami fue a hablar con el jefe.
No era específicamente su jefe, porque había muchos jefes que
trabajaban en departamentos diferentes en el PNC. Este jefe era
57
el más importante. Tenía que hablar con una recepcionista, y
otras personas cuyos trabajos no entendía, antes de que le per-
mitieran pasar a la habitación del jefe de los “Hurricanes”.
“Sí, siéntate”, dijo el jefe, un hombre muy del sur. Llevaba
unos pantalones vaqueros y una camisa de traje. Aparentaba
cerca de cincuenta años pero tenía las arrugas de unos diez
años mayor. Llevaba su sobrepeso con la confianza que solo se
consigue por tener dinero y decía que no le importaba su grasa.
Al ver su risa, Cami se tranquilizó.
“Hola, señor, soy Cami”. Le respondió, le ofendió la mano y
se sentó en un sillón grande a otro lado del escritorio. Buscó
por la alrededor de la sala. La oficina parecía otro mundo del
que estaba abajo en el mismo edificio. Mientras que abajo las
paredes eran rojas, las de aquí eran blancas y cubiertas de fotos.
Encima del escritorio la pared estaba casi vacía; solo un cuadro
del capitán de la infancia de Cami, Erik Staal con la Stanley
Cup, que recibía el equipo tras ganar los playoffs, la ocupaba.
Una de las cuatro paredes era una ventana que miraba sobre el
oscuro estacionamiento.
“Vale, Cami, ¿qué puedo hacer por ti?”
“Tengo una idea”, comenzó, “quiero empezar un equipo para
las niñas de la ciudad. Hay un equipo de niños que juega aquí
a veces, pero este equipo no incluye ninguna chica. Hay chicas
que juegan hockey, pero no hay muchas oportunidades para
ellas. ¿Me ayuda usted?”
Una hora más tarde, el jefe decía, “entonces, estamos de
acuerdo. Hablaré con el equipo y las pistas de hielo cerca de
aquí. Hablaré con el grupo de publicidad y el de planificación
de eventos. Y, más importante, hablaré con Erik Staal.”
“¿Erik Staal?”
“Sí, me has dicho que Erik era tu jugador favorito, ¿no?. Bien.
Él me dijo que le interesaba ser el entrenador de un equipo.
Nosotros hablaremos el lunes”.
Cami casi no podía decirle adiós y salió de la oficina todavía
sin respirar a causa de su alegría. No había podido jugar al hoc-
58
key profesionalmente cuando era menor, pero sí podría ayudar
a las niñas que tenían el mismo deseo.
***
El estadio estaba casi vacío, solo con un grupo de padres y
amigos situados detrás de cada portería. A las niñas esto no les
molestaba. Miraban con ojos grandes cada esquina del PNC
Arena desde un sitio que nunca pensaban que podrían ocupar.
Sara empezó un circuito por la pista. Le gustaba cómo se
siente el hielo debajo de los pies. La conexión entre el hielo
y sus patines hacía un ruido que ella asociaba con la veloci-
dad. Bizqueaban sus ojos contra el viento artificial con su
movimiento. Movió una pierna con un brazo y la otra
pierna con el otro brazo. Uno, dos, uno dos. Más rápido
cada vez. Sus patines hacían ruidos más fuertes. Estaba vo-
lando. Pasó a las otras chicas, algunas practicando y otras
hablando. No les prestaba atención. Era en su propio
mundo. Solo ella y el hielo existían. Oyó a unos padres gol-
peando la pared de vidrio.
Se transportaba a otro momento. En vez de unos padres al
final de cada lado del hielo, todo el estadio estaba lleno. Un coro
de sonidos unidos a gritos y golpes sobre la pared de vidrio.
Tenía el disco en el palo. No había nada sino el hielo entre ella
y el portero. Su corazón palpitó en su pecho. Una parte de pelo
cayó sobre sus ojos. Cambiaba el disco de un lado a otro y,
cambiando su peso también de un lado a otro, lanzó. El disco
rebotó en el portero y cayó otra vez sobre el hielo. Con un mo-
vimiento fluido y fuerte, Sara golpeó el disco y lo puso al otro
lado de la portería. El zumbador soñó, acompañado con unos
miles de personas gritando y celebrando su gol.
Patinó por el centro del hielo, celebrándolo con sus brazos
en el aire. Su equipo la abrazó. Se sacaron los cascos y gritaban
de felicidad. El pelo suelto se deslizó al deshacer sus trenzas. El
equipo había ganado el torneo más popular de hockey feme-
nino. Sara patinó hacia el banco donde estaba sentada una
mujer mayor con una sonrisa conocida.
59
“Muy bien, chicas”, dijo Cami, la jefe de los “Tornados,” que
era el primero de diez equipos nacionales de hockey femenino.
“Muy bien todas”, dijo Erik Staal, el entrenador del equipo.
Sara sonrió, dejó su palo con un ayudante, y fue hacia el cen-
tro, donde la prensa estaba empezando a formar en una alfom-
bra roja que habían puesto desde las puertas de hielo hasta el
centro. El público no dejaba gritar y sus cámaras parpadeaban
como estrellas en el cielo. Sara patinó hacia el centro, donde el
trofeo la estaba esperando. Con un movimiento fluido, lo le-
vantó sobre su cabeza. Dando vueltas lentas debido a la fuerza
que necesitaba para mantener el trofeo de metal levantado, Sara
gritaba de felicidad.
60
Conciencia
Michelle Potter
Curiosidad encendida
Cada mañana, desde la ventana veo las ruinas antiguas de La
Guerra Final. Qué maravilla- siempre me ha gustado verlas.
Entre las fachadas perfectas y uniformes de nuestras flotaciones
móviles, se quedan estas paredes destruidas, la piedra que se
había cogido de la tierra- todo construido conectado a la tie-
rra- todo imperfecto. Es lo que siempre me hace pensar en
cómo fue vivir así. Los seres humanos -con un aspecto tan si-
milar al nuestro, pero con unas maneras de vivir tan diferen-
tes- andando sobre la tierra, cogiendo todo de la tierra, no había
organización, ni conformidad ni nada, no sabían de la meta úl-
tima y vivían de manera sin importancia clara. Durante la uni-
versidad, me interesó mucho esa existencia, y ahora, al celebrar
el trescientos aniversario de la terminación de la Guerra Final,
las noticias breves me hacen pensar otra vez en esta curiosi-
dad… ¿Qué les pasó a los seres humanos? Pues lo sé, como
todos lo saben, pero, ¿por qué? ¿Cómo terminó de verdad?
Cita con Fermín: mañana por la mañana después de
terminar/editar el artículo para el periódico.
61
El pájaro
El sol caía a plomo por encima del mar. La mezcla de azul se
alarga delante de la vista, rodeando el cabo. El cabo, donde hace
diez años había una ciudad maravillosa (su nombre, que no se
quiere ni se puede recordar) se veía todo derrumbado -la mitad
de los edificios caídos, las calles y grandes estructuras tragadas
por las olas, convertidos en las fundaciones para los árboles
monstruosos y fauna de la selva-.
Una sola figura se movió tras las ruinas. Saltando ágilmente
sobre las piedras, como un pájaro, siguiendo su camino cono-
cido.
62
Tiempo
Para empezar, solo para que no lo olvides durante el proceso,
sobre todo, el tiempo será lo más importante, claro. Para refle-
jarse en los seres humanos, concretamente en su final, todo
tiene que enfocar en este momento del tiempo.
Dirigirá cómo sean los personajes, los lugares, y la historia.
O sea, quiero que la finalidad de todo sea para reflejar en el
tiempo: la destrucción de los seres humanos.
Entonces, justamente después de la Guerra Final (¿el año
2053?- buscar la fecha exacta) plantearé la historia.
Nota: buscar en los archivos imágenes y materializaciones de
la tierra en la posguerra: ruinas de la zona 231, cerca del mar.
Creo que había selva, temporadas de lluvia, no sé cómo era
la situación del medioambiente, ¿tormentas? ¿cambios radicales
de clima?. Confírmalo
63
Fermín
Me coge la cara con las manos
¡Jo! Qué bueno es ver esa cara otra vez! ¡Qué recuerdos trae!
y ¿dónde has estado todo este tiempo? Pues, es que yo también
he tenido mucho trabajo con todo esto de ‘Tres Siglos desde la
Guerra Final’. Informática Central ha recibido un mogollón de
nuevos textos, materializaciones y tal.
Fermín tiene que quitar las manos de mi cara para articular
mejor cuánto trabajo ha tenido. !Jo! pero, vaya, que estás muy
bien. ¡Hombre, cuéntame tu secreto, porque, como ves, lo ne-
cesito yo!
Palmea la tripa rotunda con una mano, y me coge del brazo
con la otra, como para equilibrarse mientras cierra los ojos y ríe
como si hubiera oído el chiste más gracioso del mundo.
La esposa me ha estado mandando comprar una de esas má-
quinas de salud -no sé cómo se llama- algo de ‘fórmame’ o …
pues una de esas cosas tan ridículas, ¿sabes?
Noto que estoy sonriendo. Qué hombre más cálido y amable
y vivo. Creo que él nota que había reído un poco. Solo me impre-
siona que hemos estado aquí diez minutos y aún no he dicho ni
una palabra…
Pero, bueno, basta, basta, hijo, ¿qué quieres de mí?. Puedo le-
erte la cara exactamente como la de tu padre; sé que quieres
ayuda con algo.
64
Apuntes
Empezando… Dónde, cómo, con quién… Acción o descrip-
ción… La parte más difícil, pero más importante, ¿no? ¿Cómo
debo explorarlo todo. O mejor, crear la curiosidad en el lector
para que quiera seguir leyendo? Pues es mejor cuando se puede
conectar por el nivel personal crear una historia personal…
Lo más importante es establecer la conexión y el interés, un mé-
todo de comunicar la idea, expresarla por el protagonista. Lo
que piensa, dice, cómo se adapta y cambia. Sí, es mejor que di-
rija la idea por el protagonista. Quizá puedo empezar con el
pensamiento. O con una escena de acción para introducir lo
que pasó, y que no sea aburrido o lento. ¿Uno de sus sueños?
O mejor, una escena intima en que vemos algo rápido que nos
muestra su carácter…
65
Las rosas
En todo esto de buscar información, me ha cautivado todo
acerca de la interacción entre los seres humanos y la tierra. Era
una relación muy fuerte pero a la vez, ignorada. Casi todo lo
que hacían los seres humanos les conectaba con la naturaleza.
Vivían entre de los árboles, respiraban el aire libre, andaban
con los pies en el suelo.
Una materialización me interesó durante casi 30 minutos:
una especie de planta que existía durante esta época. Se llamaba
la rosa. Se consideraba una “flor” o una planta que crecía con
un follaje de colores y texturas impresionantes. Su forma, la
delicadeza de los pétalos, el tono rojo, profundo y la resistencia
del tallo -adornado con espinas-, me representó algo. No puedo
describirlo concretamente con palabras, pero me pareció una
manifestación de la naturaleza humana. Más que los textos his-
tóricos o los estudios de la Guerra Final, esa flor me contó
mucho del espíritu humano.
Había una belleza espléndida y delicada de los humanos, lo
que parecía más bonito y elegante. Pero cuando se intenta co-
gerlo, uno se da cuenta de las espinas y de que la planta, de ver-
dad, es algo duro, correoso y casi feo. La flor es increíble pero,
temporal. No puede aguantar mucho y, cuando se va, lo que
se queda es la planta fea y dura de espinas que, con tiempo cre-
ciendo libremente, se choca.
66
Cariño
Intentando ver algo, dirigió la vista hacia la ventana. La os-
curidad cayó suavemente como una manta gruesa. El mar,
como un espejo de ilusión, jugaba con la luz de la luna. Sin
saber lo que buscaba, dio la vuelta desde la ventana. Miró la fi-
gura delgada, respirando con dificultad debajo de unas mantas
azules y verdes. Al encontrar el par de ojos cariñosos que la
miraron, sus labios se extienden en una sonrisa triste entre las
mejillas.
“Oye, bella Rosa mía, ¿te he dicho cuánto te amo?”
También, él sonrío suavemente, sus ojos, grandes, azules, in-
tentaron esconder el cansancio de un hombre gastado.
Rosa se sentó a su lado. Lo besó en la frente. La piel era suave
con arrugas, todavía tenía fiebre.
“Y yo a ti. ¿Te sientes mejor?”
Movió las almohadas detrás de su padre para que lo sopor-
taran mejor.
Recientemente, la cara de su padre había estado llena de un
cansancio y dolor continuo que le daba una sensación insopor-
table de incapacidad.
“Necesitas dormir. Voy a buscar más lavanda y menta cerca
del mar para tu té.”
Él tocó la mano de Rosa.
“Espera. No salgas aún. Quiero contarte algo.”
Rosa no se movió.
El padre miró fijamente a su hija.
67
Encontrando a Fermín
‘Informática Central: Estudios de Las Épocas’. Espero que éste
sea el edificio correcto. Las manos sudorosas y con más antici-
pación y nervios de lo racional, entro por unas puertas enormes
de vidrio. Inclino gradualmente el rostro, viendo el espacio im-
presionante de la entrada. Las paredes blancas parecen perfec-
tamente infinitas, ninguna impureza, la luz fuerte aumentando
el sentido de importancia de todo lo que puede pasar dentro del
edificio. Comienzo andar, y de repente una materialización apa-
rece y como tengo los nervios alterados, me asusta y se escapa un
gritito de mi boca. La figura de la materialización no me hace
ni caso, continuando con su bienvenida.
“Bienvenidos a la Informática Central, sección 1128729, Estu-
dios de las Épocas. Si usted tiene identificación oficial, presén-
tela en la pantalla a la izquierda. Si usted tiene la autorización
1134b siga adelante. Si usted tiene…”
Viendo todos los pasillos que hay por delante, me preparo para
oír cada opción. Pero, saliendo de una puerta a la derecha, veo
la figura corpulenta de Fermín, moviéndose afanosamente en mi
dirección. En camino, en vez de irse hacía un lado, pasa direc-
tamente por la materialización, espantando los píxeles en sus-
pensión como si fueran unas molestas moscas. Levanta los
brazos en señal de bienvenida. Una sonrisa entusiasta aparece
de dentro su barba rebelde.
“¡Miguelito! Me alegro verte aquí, espero que no hayas tenido difi-
cultad en llegar. Mira, con todas las ramas diferentes de la IC, des-
puésdeveintitantosaños,¡mepierdodevezencuandoytengoque
llamar a mi esposa! Pero bueno, estás aquí, y ¿preparado?”
Dirigiéndome a la derecha, hacía la puerta de donde había salido
antes, intenta cogerme de los hombros con un brazo, pero, como
68
su estatura baja no lo permite, sigue con la mano en medio de
mi espalda.
“Recuerdo cómo tu padre me dijo que te interesaba mucho
todo esto de los seres humanos. La única asignatura de historia
que aprobaste, ¿no?. Mira, yo también. Como somos de verdad
una evolución de los humanos, es un estudio fundamental para
que nos entendamos. Hemos basado mucha parte de nuestra
tecnología en lo que empezaron y mucha de su función bioló-
gica es similar a la nuestra. Además, cada día estamos reci-
biendo nuevas fuentes de información. Fue una época
impresionante. Pues, bueno, aquí hay todo lo que se puede ne-
cesitar. ¿Por dónde empezamos?”
Miro el espacio en que estamos. Las paredes, en vez de blancas,
son como pantallas. Hay filas y filas al fondo en las que se con-
servan documentos y libros y cualquier reliquia que se ha descu-
bierto.
“Pues, primero, quería solo hacerte algunas preguntas de lo que
sabes tú”.
“Venga, dispara”.
69
Notas: Con Fermín
- ¿Quiénes eran líderes importantes?
En el año 2051, como el ataque primero fue tan sorprendente y
tan efectivo, lo que quedaba de los humanos eran unos grupos
fragmentados en sitios distintos de la tierra. Cada uno tenía una
estructura variable -algunos sin estructura- todo dependía de
cuántas personas había y de dónde eran. Unos nombres impor-
tantes…
De la región del norte:
Eberhard Zwicker
Ana Ivanovic
Alasdair MacIntyre
William Smith
De la region del sur:
Dan Carter
Ernesto Garzón Valdés
Joseph Alexander
Sydney Brenner
Owen Labrie
- ¿En qué zonas quedaron vivos algunos seres humanos?
Las bombas nucleares habían dejado principalmente cinco
zonas de peligro extremo, las zonas que dividían los humanos.
Creo que la última zona que mantenía humanos era lo que se
llamaba Lenape. Estaba en el área del sur de la tierra, que había
sido el país de Nueva Zelanda antes de la guerra. Aunque fue
un continente bastante pequeño, debido al desplazamiento del
mar y los cambios del clima, quedó como la zona que mejor
mantenía la vida. Este establecimiento de Lenape fue algo muy
interesante. Los humanos formaron allí este grupo bastante pe-
queño -de 30 o 40 seres- como otros seres que habían sobrevi-
vido durante y después de la guerra en diferentes partes.
70
Debido a los cambios de la atmósfera y la inclinación del eje de
la tierra, todos huyeron a este sitio. Crearon una manera de
vida intentando modificar cómo han vivido antes para ser más
estables y poder reestablecer una vida mejor. El nombre, Le-
nape, que hemos descubierto, es el nombre de un grupo de seres
humanos del siglo XIX, que significa ‘la belleza de la gente’. Los
últimos humanos, al crear una comunidad, eligieron el nombre
porque se había centrado profundamente en la belleza de la
gente.
- ¿Cómo sobrevivían en estas zonas?
Pues, como he dicho, variaba mucho dependiendo del sitio y
tal. Las zonas en que había mucha gente normalmente no du-
raban. No podían ponerse de acuerdo, había estrés y confusión
y como acabó todo antes con la Guerra Final, lucharon y se ma-
taron dentro del grupo.
Algunos grupos que se formaron después, como el de Le-
nape, con menos miembros, habían intentado establecer una
vida mejor, en la que aplicaron lo que habían aprendido de los
problemas anteriores. Tenemos unos libros y dibujos del sitio.
Tenían suerte de que, debido al aislamiento de Nueva Zelanda,
ahí todavía se podían cultivar los alimentos necesarios. Pero lo
que creo yo que les permitía sobrevivir más tiempo, fue algo
que vi en un diario. Habían visto el derrumbe de la humanidad,
y cada uno se había escapado de una situación distinta de pos-
guerra que no funcionó, y entonces, lo que leí decía que todos
Lo único que todos querían era vivir una vida buena, con un
sentido elemental: terminar con las luchas de poder, con la
mentira y codicia y los trucos, que no servían para nada. La
única cosa que era importante para los humanos eran los otros
humanos. Después de tanto tiempo sin una sociedad fijada, el
deseo de las cosas materiales prácticamente había desaparecido.
Lo importante fue la gente, Lenape. Para vivir con otros, para
tener relaciones reciprocas, para sentirse humano, transcendió
el deseo de la posesión individual.
71
- ¿Qué crees de los seres humanos?
¡Vaya, Miguel, qué preguntas me estás pidiendo! Sabes que he
escrito una tesis, de unas 20 páginas, sobre este pensamiento.
Pero, a ver si puedo decirlo de manera más bien breve. Por lo
que nosotros podemos saber, creo que los seres humanos fueron
unos seres increíbles. Demuestran una evolución superior de
la que cualquier raza antes había demostrado. Había una ri-
queza y vigor de la existencia que nunca se ha podido ver otra
vez. Pero, dicho esto, no queremos verlo otra vez. Esta evolu-
ción llegó al punto en el que debería haber parado porque,
como vimos, la riqueza y el desarrollo complicaron todo de una
manera fatal.
- ¿Qué piensas que los seres humanos deberían haber cambiado
de su manera de vida?
Un ser humaratana como yo no tendrá las respuestas definitivas
para resolver los problemas de esta raza distinta…, p ero sí que
es algo interesante en lo que pensar. Otra vez, con el ejemplo
de Lenape, creo que demostraron lo que podría haber salvado
a los seres humanos: dejar su fijación con la posesión y éxito in-
dividual. A partir del año 2030, los seres humanos habían des-
arrollado una manera de vida tan individual y separada, de usar
y usar y malgastar, que había perdido completamente la pers-
pectiva fundamental de lo elemental del ser humano.
Entonces, aunque la belleza del ser humano viene de la libertad
y la creación espontánea, en la misma raíz vemos cómo al evo-
lucionar empezaron a destruirse sin dirección clara.
Tenemos suerte, ¿no? ¿Qué hacemos nosotros sin el objetivo úl-
timo?
72
Unos pensamientos
Como las rosas sin jardinero, los seres humanos no podían
aguantar su mismo crecimiento, una creación sin planes que se
transformó en destrucción. El desarrollo libre permite el inge-
nio, sí, pero lo bueno y lo malo. ¡Ay! pero ¡qué cosa buena te-
nían! Ser una parte de la tierra. Metidos en sociedades variadas,
libres, donde se puede caminar con los pies en el suelo. Pero
bueno, sin saber lo que tenían, solo querían construir monu-
mentos de riqueza para estar más y más lejos del suelo, para
separarse de la naturaleza. Rascacielos -se llamaban- las cons-
trucciones cubriendo la superficie, asfixiándolo todo, olvidán-
dolo todo. ¿Cómo se puede ignorar una conexión tan
fundamental, tan fuerte?
¿Por qué no querrías ser una parte de algo tan magnífico? La
idea de separarse fue confundida con la de distinguirse. ¿Qué
tendría un ser humano cuando estaba solo? Pero como vi en
unas fotos y materializaciones, cuando estaban juntos, como
en los grupos que se llamaban ‘familias’, había unas expresiones
de felicidad y comodidad tan hermosas que no puedo imaginar
sentirlas. ¿Cómo se vive bien o se hace lo bueno o se disfruta lo
que se tiene sin otros? Esto fue lo bonito de los seres humanos,
los momentos de conexión y colaboración en los que se ve la
naturaleza humana que había evolucionado.
73
Lo que se encuentra en la perdida
Al llegar a la puerta, algo parecía demasiado quieto. Las hojas de
losárbolesmonstruosossusurraron,comosiquisierandecirlealgo.
Entró agotada, pero con las hierbas que su padre necesitaba. Aun-
que estaba oscuro en el pequeño espacio que habían creado como
hogar, podía ver las siluetas que la rodaron. Unas estanterías que
hizo su padre se alineaban en la pared. Mantenían una colección
de fragmentos del pasado: libros, llaves, cintas, una muñeca, fotos
rotas, unas piezas de cerámica, etc.
Dirigió los ojos a la colección, recordando sus aventuras en
las ruinas de la costa. ¿Cómo ha pasado todo este tiempo? Bus-
caba cada maravilla con una curiosidad encendida por las his-
torias de su padre. El mundo anterior. Con cada cosa que
encontró intentaba pintar un poco más de la imagen infinita, el
fondo que nunca podía distinguir. Veía mejor este mundo en
los sueños. Aquí, los objetos se mezclaban con las historias, con
las imágenes breves de su memoria; donde había entendido lo
mejor posible este mundo de dónde vino.
Sin entender nada más que las ruinas y este hogar forjado,
encontraba la única estabilidad y dirección que había llegado
de su padre. Como atraídos magnéticamente, los ojos se fijaron
en la figura tumbada. No había ningún movimiento, ningún
sonido. De repente, Rosa podía sentir el frío, un frío eléctrico,
corriendo por los huesos e impidiéndola moverse ni respirar.
Algo al lado de la cama se reflejó la luz de la luna. Un objeto
pequeño y metálico que le hizo mover las piernas. Al llegar, en-
contró una pila pequeña de cosas. Sin tocar las cosas, fue a la
figura de su padre y la tocó con la delicadeza como si al tocarla
con demasiado fuerza se esfumara. Nada. Tocó la parte encima
de la muñeca, escuchó para la respiración, como una esfuerza
final decía en voz baja, “¿Papa?”
Sabía que esto tendría que pasar un día pero, de repente, se
sentía más sola que nunca. Cogió lo que estaba al lado de la
cama y fue a la ventana para verlo con un poco más de luz.
Había el objeto de metal, un libro pequeño, azul, y una foto. Era
74
de su madre y su padre. Él estaba besándola y ella miraba a la
cámara. Los dos tenían una mano en su tripa embarazada.
Captaba el amor para hacerlo palpable. Al ver los ojos vivos de
su madre, reconoció los de sus sueños.
Dirigió la atención al libro. El tamaño de la mano, era de
una tela azul y raída. Cuando lo abrió, recordó cuando era niña
y su padre le enseño cómo leer. Era muy difícil al principio,
porque no tenían muchos libros con los que podía practicar.
Pero, como otra fuente de descripción del mundo anterior, le
encantaba. Ahora, reconoció la letra de su padre.
19 octubre 2064
Querido Rosa:
Si estás leyendo esto, te he dejado sola, una idea que nunca podía soportar,
y lo siento. Los momentos que pasé contigo me han cumplido el único
deseo de la vida, y por eso, te he intentado dar todo lo que puedo a cambio.
La luz de tus ojos, la que te dio tu madre cuando te dio a luz, me ha dado
la energía y la fuerza para aguantar todo. Entonces, no sufras por la an-
gustia que provoca la muerte, porque he vivido y he amado y ahora he
muerto como el hombre más feliz del mundo, seguramente.
Además, ¡no tienes tiempo que perder mi amor! Te he dejado una brújula
y ese libro. Sigue leyendo y encontrarás lo que siempre tu madre había es-
perado cumplir.
Con el todo el amor del cielo, de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, te
digo adiós, y que nos volvamos a ver.
Tu padre amoroso,
Paulo
PD: algo más sabio de lo que puedo escribir,
“A veces nuestra luz se apaga,
pero se vuelve a encender
al entrar en contacto con otro ser humano.
Debemos todo nuestro agradecimiento
A aquellos que han reavivado
nuestra llama interior”
~Albert Schweizer
75
El Diario
14 de mayo de 2056
Acabamos de llegar al mar, Paulo y yo, donde nos hemos en-
contrado otro grupo pequeño de humanos. Qué increíble es
poder hablar y comer y solo estar con otros- ¡me siento humana
otra vez! Tienes que aceptar cada día como viene. Entonces, no
sé qué pasará, pero creo que nos hemos escapado de la zona de
peligro de la guerra. También, al estar con otros, noto cuánto
amo a Paulo. A veces, olvidé que hombre más amable y gra-
cioso que es.
Esa tripa crece cada día. ¡Tengo que ponerme unos pantalones
dePauloporquenopuedoponermelosmíos!Unafelicidaddurante
la peor época. Pero por lo menos hemos llegado aquí. He tenido
bastante miedo por tres vidas. Solos Paulo y yo -entre las explosio-
nes, los derrumbamientos, los androides y ciborgues- parece un
sueñoahora. Todoloquehemosvivido,hace10años,meparecería
que no pudo existir o que no fue una realidad.
Perobueno,heoídohablardeunsitio. Nosésisoloesinventado
osipuedeserreal,perosedicequeesunsitio enelquesehacreado
una comunidad estable y segura. Tienes que ir en barco, pero un
chico de los que hemos conocido me dio unas coordenadas de este
sitio. Lenape (que nombre tan raro, ¿no?)
Latitud , Longitud
42.1 S, 172.5 E
Me sorprendió un poco cuando le conté todo esto a Paulo,
se puso muy quieto y, al mirarme, dijo con una voz baja, ‘no, no
podemos arriesgar nada ahora que acabamos de encontrar un
sitio bastante seguro’. Me tocó la cara y luego la tripa, y me besó
en la frente.
16 de mayo de 2056
Entiendo lo que dice Paulo y no debo ser egoísta. Nos quedare-
mos aquí, al lado del mar, y como Paulo ha empezado construir
76
un hogar forjado con un espíritu tan alegre, imagino que nos
quedamos aquí hasta que de a luz. Pues, bueno, por lo menos
para pasar el tiempo, puedo empezar planeando un poco ¿no?
Raciones:
Planear para un mes. El chico me dijo que el viaje durará más
o menos dos semanas, pero nunca se sabe, y mejor llevar más,
que no tenerlo cuando lo necesitas. En vez de unos libros o más
ropa, solo lo necesario:
Agua- 5 litros
Judías secas- 10 bolsitas
Pan- 4
Limón/lima (vitamina C)- 16
Ternera y pescado salados- 16
3 barras de jabón
Herramientas:
Brújula
Mapa
Cuchillo
Botiquín
Caña de pescar
77
Primero, el barco:
12 ramas gruesas y fuertes para la
base- 3 metros
4 ramas para cruzar las 12
3 metros de cuerda fuerte para atarlas
Tela de 3 metros por 3 metros y
medio- vela
Una rama para el mástil, otra para col-
gar la vela.
4 metros de cuerda para controlar la
vela
Para sentarse, unas ramas con hojas y
unas ramitas para soportarlas.
Lágrimas de una rosa
Leyendo las páginas y páginas de diarios y notas de su madre,
mirando la foto de sus padres, abriendo la brújula y viendo la
flecha moviéndose como si estuviera preguntándole a dónde
quería ir, se puso a llorar. Sentada en el suelo, su cuerpo estaba
agotado, lleno de una mezcla rara de emoción. Tristeza por
haber perdido a su padre, felicidad por haber encontrado algo
tan íntimo de su madre, miedo por estar sola, esperanzada por
intentar un viaje, pero un miedo impresionante por lo mismo,
lloraba más por la confusión de tantas emociones girando en
su cabeza que por una en particular. Sin saber qué hacer, lloraba
lágrimas de tristeza, de amor, de felicidad, de esperanza, hasta
que se durmió.
78
La hora
3 de Marzo de 2075
Esta mañana me he sentado con papá durante casi una hora.
Recordé cómo lloré la noche de su muerte y cómo tenía que en-
terrarlo por la mañana, en su manta favorita. Cómo, aunque
me había escrito que no lo hiciera, lloré más de lo que creía po-
sible. Pero llegué, o llegamos a la colina -la vista más grande
del cabo- donde siempre habíamos ido para ver el amanecer, y
donde me había enseñado las estrellas.
Pero, después de esta mañana, leí y leí este diario empezado
por mi madre, y he seguido sus planes; he cumplido cada detalle
de las preparaciones. Y como ahora el tiempo ha mejorado,
me he despertado con el sentido de que hoy es el día. He vivido
bastante tiempo sola y ahora, escribiendo en el diario, comienzo
a terminar lo que había empezado mi madre, y lo que deseó mi
padre.
“A veces nuestra luz se apaga,
pero se vuelve a encender
al entrar en contacto con otro ser humano.
Debemos todo nuestro agradecimiento
A aquellos que han reavivado
nuestra llama interior”
~Albert Schweizer
79
Fragmento de Los Resistentes de Lenape: La raza distinta
por Fermín Fernández Savatella
Los seres humanos de la comunidad final de Lenape, en el poco
tiempo que existieron, destacaban la belleza y la riqueza de la
naturaleza humana. Después de la Guerra Final (2051-2055),
como la manifestación horrorosa de todos los problemas que
habían aumentado durante la mayor parte del siglo XXI, los
pocos supervivientes llegaron a crear comunidades aisladas.
Formada en fases, la comunidad de Lenape se estableció de ver-
dad en el año 2056 con unos 15 miembros de distintas partes
de la tierra. Se habían reunido por casualidad durante unos
años anteriores. Se escaparon de otras comunidades que no es-
taban funcionando, para llegar….
No necesito usar toda esta parte de la introducción… me interesa
más esta parte…
Encontrando esta mentalidad modificada, evolucionada, llega-
ron a aumentar la ‘humanidad’ de los seres humanos. Después
de haber sufrido las consecuencias de la tecnología, la industria,
la codicia, la mentira, la violencia, el aislamiento, el miedo, todo
lo que se sufría durante y después de la Guerra Final, al encon-
trarse vivos, se dieron cuenta de lo fundamental del ser hu-
mano: Vivir y estar con otros seres humanos. Con los pies en
la tierra otra vez, la importancia de cosas materiales o de la po-
sesión individual había desminuido hasta casi nada. Lo que se
recuperó de la tierra de esta región demuestra una cultura en
que se disfrutaba de la música, el arte, las fiestas, los juegos, los
deportes, pero todo de formas simples y fundamentales.
De los documentos primarios se deduce el énfasis en hacer
todo con una finalidad para todos. Un diario de un miembro
mayor había comentado, al reflexionar sobre la época anterior,
“Antes, con tanta presión y competición, tanta diferencia no
comprendida, cada persona en un mundo separado, perdi-
80
mos el hecho más simple de existir y es que, al fin y al cabo,
solo podemos tener una vida buena si damos la buena vida. No
podemos hacer nada sin afectar a todos, todo lo que hacemos
deja una huella. Con tanta inteligencia de nivel alto, perdimos
la inteligencia fundamental de qué nos hace humano -las co-
nexiones humanas -hablar, amar, las fiestas, la música, el baile,
el arte, la risa-. Lo que nos diferencia de las máquinas y los otros
animales es la habilidad disfrutar conexiones profundas con
otros”.
81
Para pensar
“La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un
movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momen-
tos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad
instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo con-
tradictorio de la naturaleza humana”. Octavio Paz, La otra voz
“No el hombre, sino los hombres habitan este planeta. La plu-
ralidad es la ley de la Tierra”. Hanna Arendt, La vida del espíritu
“Todos vivimos un equilibrio: para nosotros mismos y para los
demás. Los dos llevan una importancia igual. Antes de hacer
algo -pensar en la intención- hago esto para mí mismo o para
los demás; lo interesante, como encontrarás, es que muchas
veces llega a ser los dos. No hay una línea exacta, casi nunca la
hay”. Fernando Savater, Ética para Amador
82
El cura honorable
Phoebe Rogers
Su pelo parece como las plumas de una cuervo. Ella está de pie,
dando golpecitos casi sin ruido al mármol del suelo de la iglesia.
Todo en ella me recuerda un “cuervo mujer”; en mi visión se
transforma en una cuervo con vestido de dama de honor. Las
vidrieras dan un halo al pelo, y estoy perdido en el tiempo por
tan solo un momento. La dama de honor parece aburrida, pero
no me aburre. La iglesia está totalmente silenciosa; puedo oír
el polvo acumulado en las esquinas. Me despierta la mirada fija
de la novia quemando mi mejilla. Sigo hablando sobre el amor
eterno de los novios, pero ahora mis deseos me ahogan. No
puedo enfocarme en las palabras. La cuervo me rasca con el im-
pulso de tenerla.
¡POP! Todos beben champán como reyes. Me lo sirve un ca-
marero con traje negro. Voy en busca de la cuervo, camino
entre mucha gente. Camino hacia los padres de la novia senta-
dos y bebiendo en la barra; han pagado toda la boda, y entonces
la disfrutan. Un hermano del novio baila con dos chicas pero
él mira a una tercera, una prima de la novia. La prima no le
presta atención porque está con su móvil, discutiendo con su
ex-novio. Yo miro, pero hay niebla sobre todos menos sobre la
cuervo. Al final, llego a la mujer. Lleva demasiado maquillaje y
me mira con asco.
83
- ¿Quiere bailar? Es la más elegante de todas en la pista de
baile esta noche.
- Suélteme, padre. Prefiero estar sola antes que bailar con
usted por un segundo.
Cambio mi táctica en un instante. Ya sé cómo son esas putas
alcohólicas.
- Vale, vale. Sólo te quería decir que tengo alguna botella de
vino muy preciosa en mi despacho para nuestra pareja feliz y
preguntarte si se la doy a ellos. La verdad es que me da un poco
de vergüenza porque soy un cura en la recepción de una boda,
¿no te parece un poco extraño? Bueno, pues nada...
La cuervo parece mucho más interesada. Chupa sus labios y
dice:
- Bueno, lo siento. ¿Vamos?
La recepción es en la calle que está al otro lado de la iglesia,
muy cerquita. La noche huele a madera quemada; la escarcha
crece en las ventanas de los coches aparcados en la calle. Tengo
frío, y enciendo un cigarrillo con anticipación. Cuando termine,
voy a fumar algo más... especial. Cruzamos la calle, y ella está
un poco achispada. Me pregunta si los curas pueden tener re-
laciones sexuales. Digo que no, mientras que trato de abrir la
cerradura grande de la iglesia y la mano me tiembla con emo-
ción. Entramos. Mi despacho está un poco desorganizado, con
papeles en el suelo y libros en el escritorio de madera, fuerte
aunque antiguo. Otros curas han escrito sus mejores misas en
este escritorio. Busco la botella en el fondo de los estantes, tam-
bién grandes y de madera antigua, y encuentro el sacacorchos
en el cajón más pequeño, cerca de mis cigarros especiales de
Italia. Ella se siente cómoda en una de las dos sillas frente al es-
critorio por un momento, pero después se cambia a mi silla,
casi un sillón, y pone las largas piernas y sus tacones altos sobre
un montón de documentos importantes en mi escritorio. Mira
mi despacho, mi cruz de oro pegada a la pared, unos papeles,
mi colección de Biblias diferentes, mis fotos en el escritorio.
Toma una foto de Elena y me pregunta:
84
- ¿Quién es ésta?
Mi pasión, que estaba escondida bajo mi sensibilidad, sale de
mi control y se multiplica por un millón, como una ola de emo-
ción intensa. Pego a la dama. La cuervo trata de volar, pero
antes de que pueda, yo le pego con la fuerza de Jesucristo.
Arrojo los papeles y las fotos de mi escritorio al suelo. La
pongo encima, y veo sorpresa en su cara, evoluciona a terror.
Sus ojos brillantes son del tamaño de un plato. La violo, incapaz
de esperar hasta que tenga más miedo. Por un momento, noto
que ella cree que es solo un rollo, y no la veo tan aterrorizada.
Cojo su cuello con mis manos fuertemente hasta que vuelve el
terror. Empieza a gritar como un cuervo, y me aterroriza. Mi
brazo sangra, y tengo tres cortes profundos en él. Me duelen
los oídos, y mi único deseo es que los gritos paren. Arranco la
cruz de la pared con la mano derecha mientras le agarro el pelo
negro con la mano izquierda. Su cuerpo es tan vibrante de
color y vida, casi no puedo aguantarlo. Sigue gritando, más alto,
y golpeo su cabeza contra la cruz hasta que ella está quieta. Su-
jeto su pelo con tal fuerza que no puedo sentir mi mano por
unos segundos. La cruz está manchada con sangre. La cuervo
está muerta.
Limpio la escena de pasión con rapidez. Mientras recojo los
papeles manchados de sangre del suelo, veo la foto. Elena y yo
mirándonos, sonriendo, su mano en la mía.
- No me odies, Elena. Necesitaba hacerlo. Se parecía mucho
a ti, ¿no? Con el pelo y el vestido... casi una gemela... Pero ne-
cesitaba hacerlo. Las damas de honor, todas son las putas. Las
bodas son mejores sin esas seductoras.
Por un momento, he bajado al infierno y llego al día de hace
cinco años, el diez de enero de dos mil ocho. El día de mi boda
y, últimamente, la razón por la que cambié mi carrera y ahora
soy cura. Pero hace cinco años, era un hombre de negocios. Mi
prometida, tan guapa, llevaba un vestido más blanco que la
nieve que cayó lentamente del cielo ese día. Recuerdo el olor de
su perfume, como rosas y naranjas y vainilla. No pudimos ver-
85
nos la noche antes de la boda, y mi amor solo crecía con el
tiempo que estábamos separados. Pero parece que no fue lo
mismo para ella. Elena fue a mi habitación en el hotel cuatro
horas antes de la boda para decirme que iba a huir con su dama
de honor, una amiga de primaria con la que había pasado mi-
llones de horas y de quien estaba enamorada. Me explicó todo,
sentada a mi lado en la cama. Lloré durante casi una hora. Ella
se fue, sólo repitiendo:
- Lo siento, Anselmo. Si hubiera podido controlar mis emo-
ciones y mi corazón, podríamos habernos casado.
Después de unos momentos, la seguí, intentando ponerla en
razón. Salí en mi coche, sabía que ella iba a nuestra casa en Va-
lencia, en la playa, con su “amor”. La rabia corrió por mis venas
y puse el pie en el acelerador con fuerza. No puedo recordar
mucho más de aquella tarde; cuando me esfuerzo, sólo veo imá-
genes borrosas como si estuvieran debajo de agua.
Primera imagen: He encontrado a mi amor perdido y su
“amor encontrado”. Me ven por su espejo retrovisor. Aprieto
el acelerador a fondo. Ellas avanzan rápidamente también. Veo
un destello, como si fuera de Dios. Se desplaza bruscamente.
Segunda imagen: Veo un Seat rojo, chocado con un poste de
luz a unos quince metros de mi coche. Hay chispas y fuego. Me
río, no sé porque. Rezo para dar gracias a Dios.
Tercera imagen: Al poner mis manos en la frente, se man-
chan de sangre. Estoy de pie, con la puerta deformada. Veo el
velo de Elena ardiendo.
Imagen final: La carretera está recta enfrente de mí. El viento
pasa por las ventanas abiertas y tengo carne de gallina en mis
brazos. Dos lagos de luz amarilla siguen cortando la oscuridad.
---
El sol está brillante en la nieve. Una mujer, atractiva, anda
rápidamente hasta el cementerio; mientras repasa las cosas que
escribió en su agenda que es como su Biblia. Tendrá veinti-
nueve años en un mes. Coge su móvil, dice que sólo faltan tres
minutos y estará allí. Cierra el móvil. En realidad, le costará
86
cinco minutos por lo menos, pero ella ya está en peligro en su
trabajo y no quiere más problemas. Escribe furiosamente en su
horario, para, y tacha algo.
Viernes, el 8 de febrero: quedar con Josefina antes del trabajo
para tomar un café y hablar de la boda - terminar los casos de
la semana - ir a la tienda para preguntar por el vestido de Jose-
fina - hablar con la madre de Jorge sobre las flores: no podemos
cambiarlas en 2 días - recordarles a todas la despedida de soltera
mañana - tomar una copa con el amigo de Josefina. BODA: 2
DÍAS
Sábado, el 9 de febrero: hacer lo que falta de ayer - comprar
unos zapatos - llamar a Jorge para recordarle la hora de la boda
- ir a la pastelería y ver cómo es la tarta - tomar café con Josefina
para hablar de detalles y tranquilizarla - despedida de soltera
en Bar San Juan a las once - Grabar CSI en la tele. BODA: MA-
ÑANA.
Domingo, el 10 de febrero: LA BODA ES HOY: referir a la
lista grande - Llamar a papá para decir que no estarás allí para
la comida.
La mujer llega al cementerio.
- ¡SANDRA! ¿Dónde te habías metido? Es muy tarde, yo solo
no puedo soportar esta situación.
Un hombre grande con una enorme barriga grita a la mujer,
sudando por el esfuerzo y por el sol, inusualmente fuerte hoy.
Sandra dice unas excusas y pasa por debajo de la cinta policiaca.
Directamente, a menos de un metro enfrente de ella, está el
cuerpo de una mujer guapísima, con la piel color de hielo y el
pelo negro, casi como el de Sandra, entorno a ella como un
halo. Sandra se detiene, después dice:
- Dime los detalles, Geraldo.
- Se llamaba Raquel. Tenía solo veinticuatro añitos. Su única
pariente es una mujer, Pepa Santos, pero no tenemos contacto
con ella porque está en su luna de miel. La víctima era su dama
de honor. Tiene heridas en los dos brazos y piernas, además de
otras heridas numerosas; parece que ha luchado antes de morir.
87
La mataron con un palo cuadrado con aristas afiladas, en su ca-
beza hay una brecha de cinco centímetros.
- ¿Sabemos algo de su asesino?
- Un cerdo. Parece que la violó, pero no lo sabremos hasta
que hagan los exámenes oportunos.
- ¿Hay pistas sobre quién es? No hay mucho con que poda-
mos trabajar ahora, Geraldo.
- Ya lo sé. Si hubieras estado aquí hace unas horas... Bueno,
ya sabes. Puedes quedarte aquí y buscar lo que puedas, pero con
este frío, yo no puedo soportarlo. Además, parece que ya haya-
mos encontrado todas las pistas que hay aquí.
- Vale. Pero espera. ¿Qué crees tú sobre el caso?
- ¿Yo? Hombre, creo lo que es evidente. Nuestra Raquelita fue a
laboda,tomódemasiadascopas,salióconcualquierhombre;élsolo
intentó pasar un rato con una mujer fácil, pero alguna cosa mala
pasó, no sé qué exactamente, el condón se rompió o ella no quería
hacerloalfinal.Laviolóydespués,conpánico,latiróenuncemen-
terio, esperando que la nieve la cubriera mientras huía. Estamos
buscando a un hombre que tiene éxito con las mujeres, especial-
mentelasqueestánborrachas,alguienquenoesbastanteinteligente
o por lo menos que actúa sin pensar en las consecuencias; proba-
blemente estará en Zaragoza, intentando comprar billetes de tren
o avión y esconderse durante el tiempo necesario.
- Bueno, es algo. ¿No hay nada más?
-Pues de lo demás, no hay mucho que podamos adivinar con
certeza; desde aquí el resto es conjetura. Entonces, creemos que
él es un hombre, con una mente inestable, es muy peligroso y
puede ser que ataque más veces. Estamos buscándolo con cui-
dado y rapidez. Empezaremos con todos los invitados a la boda
pero, personalmente, creo que se ha colado en la boda. Como
la mujer lleva ese vestido tan caro, el asesino debe ser alguien
de clase alta. También, hemos encontrado su bolso, debajo de
su cuerpo. No fue robado, todo el dinero está allí. Él debe de
tener bastante pasta, ni la tocó. Significa que había algo de sen-
timiento aquí; sea de venganza u odio...
88
- Vale. Siento haber llegado tarde, ¿eh Geraldo? Bueno, pues,
‘ta luego.
La mujer camina por el cementerio, entre las tumbas. Raquel
está tumbada enfrente de una tumba gris, medio cubierta con
la nieve. La tumba de la persona sepultada debajo del cuerpo
de Raquel dice “Aquí está Elena, querida por todos. Siempre
serás mía, mi prometida - Anselmo” “Qué tristeza!” piensa San-
dra, “Y una prometida, como Josefina. Debo llamarla y recor-
darle el vestido”. Y, de pronto, Sandra está por las nubes,
pensando en vestidos y colores y flores e invitados y hombres
guapos invitados y como está tan soltera... De repente, observa
que hay una colilla en el suelo. Se agacha para recogerla y ob-
serva que todavía puede leerse la marca junto al filtro: “Toscano
Extra Vecchino”. Súbitamente, saca una bolsa de plástico y re-
serva el cigarrillo para el laboratorio. “Lo llevaré a rastros
cuando acabe en la tienda de vestidos”.
---
Blanco, crema, violeta, rosa, azul claro, negro, blanco, ama-
rillo. Los colores bailan por ella, mezclándose y terminando en
un gran dolor de cabeza. No ha dormido durante la noche. Es
que había tantas cosas que hacer, que ella no podía cerrar los
ojos sin ver más colores, pasteles, cartas, vestidos y listas para
hacer. No ha comido en doce horas, no le quedaba rato ni para
comer en todo el día con la despedida de soltera y todo lo de
ayer. Además, era la noche del sábado, entonces, claro que
todos los bares estaban llenos de gente loca. Había que cuidar
a todas las chicas de los hombres raros que iban por las esquinas
por toda la noche y, al final, se quedó frustrada y cansada de la
boda. El despertador en la mesita a su derecha le guiña, los nú-
meros rojos se mofan de ella: ocho menos dos de la mañana. A
las siete de la noche anterior, Sandra finalmente pudo llevar a
todas las chicas a dormir. Josefina tendrá tanto sueño…, será
imposible levantarla hasta las doce, piensa Sandra. Incapaz de
tratar de dormir más, se levanta y empieza a escribir otra lista
en su agenda. Algo la intranquiliza, pero no puede identificarlo.
89
Aunque no lo recuerde ahora y no se diese cuenta cuando lo
vio, Sandra ha visto a un hombre, fumando un cigarrillo y mi-
rándola. Pero como había tantos hombres repugnantes en las
sombras, ella no puede distinguir una cara de otra.
---
Con ojeras oscuras y una taza de café en su mano izquierda,
Sandra ayuda a Josefina ponerse un vestido tan grande y blanco
que parece un montón de nieve. Casi sería mejor si la pusiera
afuera y no se derritiera en un charco de agua. Usa su mano de-
recha para ayudar a Josefina, mientras guarda un boli en su
boca para tachar cosas de la gran lista y piensa en más cosas
para añadir. Ella no para de hablar de Jorge, su prometido; San-
dra mantiene sus fuerzas para no decir a Josefina que nadie ha
visto a su novio desde ayer. Suenan dos golpecitos en la puerta
y Sandra la abre con su pie. Entra Geraldo, es el amigo de Jorge.
Él piensa por un momento hablarles del caso, pero se da la
vuelta cuando ve lo agobiadas que están las dos.
- ¿Qué tal guapas? Sois unas estrellas hoy, ¡nunca he visto
dos mujeres tan felices!
- ¿Qué quieres, Geraldo? Estamos un poquito preocupadas.
Por cierto, un momento Pepa, necesito fumar solo un momento
para relajarme. ¿Tienes cigarrillos, Geraldo?
Pregunta Sandra. Él dice que sí, y ambos bajan a la puerta de
la iglesia. De pronto, Sandra pregunta a Geraldo.
- ¿Dónde está Jorge? No me digas que no sabes dónde está,
es la última cosa que necesito ahora.
- Pues... Tía es que nadie lo ha visto desde esta mañana,
cuando yo mismo le ha levantado. ¿Tienes un encendedor?
Sandra abre su bolso y empieza a buscarlo. Mierda, piensa
cuando encuentra el cigarrillo de la escena de crimen, He olvidado
darlo a rastros. Justo después de la boda y la recepción lo llevaré al
laboratorio.Elpensarenelcigarrillolehacepensarenesamañana,
que parece tan lejos. Recuerda a Elena, la pobre mujer muerta, que
nunca se casó con su novio. Yo quiero casarme antes de morir.
Bueno, primero hay que encontrar algún novio.
90
- ¿Sandra? ¿El encendedor?
- ¡Ay, perdón! Aquí lo tienes. Perdón, debo estar con Jose-
fina. No hay tiempo para fumar. ¿Puedes ir a buscar a Jorge,
por favor? Estoy muy nerviosa.
- Claro mujer. Me voy corriendo.
Sandra apaga el cigarrillo en un cenicero casi vacío. Si ella
hubiera sido un poco más consciente de sus acciones, habría
visto otra colilla en el cenicero, un Toscano Extra Vecchino.
---
- Hoy estamos aquí para celebrar un día lindo, un día mara-
villoso. Este hombre y esta mujer van a unirse, bajo los ojos bri-
llantes de Dios, Nuestro Padre y Salvador. Ahora, le toca a Jorge
recitar sus votos...
Sandra deja de escuchar y se pierde en las nubes, dejando las
palabras del cura flotar en el aire y cantarle como una canción
de cuna. Pero la mirada fija y extraña del cura manda a Sandra
volver a la ceremonia. Por un momento, le parecía que el cura
estaba mirándola con odio puro y fuerte. Pero después de estar
un poco asustada, se da cuenta de que claro, él está mirándome
así porque era claro que no estaba prestando suficiente aten-
ción. ¡Qué vergüenza! ¡Qué maleducada soy!, y empieza prestar
más atención al novio y sus tonterías. Nunca le ha caído bien
Jorge. En su opinión él no es lo que se espera de un esposo, es-
pecialmente de un marido perfecto, como merece Josefina.
---
Anselmo lleva traje especial para todas las bodas, negro y rí-
gido con cuello blanco como la piel de un conejo. Durante los
meses más fríos, lleva guantes de cuero negro y lustroso. Hoy,
tiene un corte chiquitín en su barbilla por el afeitado. Su colonia
ahogaría a cualquier persona dentro de un metro; está bien pei-
nado con un toque demasiado de gel. Sus ojos azules están es-
pecialmente claros y luminosos hoy, como si los hubiera lavado
con jabón por la mañana. Entre la boda y la recepción, él buscó
la información que pudo sobre esa dama de honor. Se llama
Sandra y es una detective. Ella ha resuelto unos casos difíciles e
91
importantes; también salió en las noticias locales unas veces.
Ya se sabe que todo eso no será tan fácil, especialmente porque
ella es más lista que la otra y son pocos días entre aquel día y
este. Mientras mira a los nuevos esposos felices, cortando el
pastel, inventa una idea tan brillante que casi se le escapa un
grito de alegría. Siempre ha pensado que la perfección de una
idea está en la simplicidad.
---
- Creo que te va a gustar mucho el libro que quiero enseñarte.
Es sobre la historia de la boda. Y cómo estabas tan interesada
en esa boda, organizándola y todo...
Sandra, incapaz de ser maleducada otra vez en la cara del
cura, le sigue y finge interés.
- ¿La historia de la boda? Pero ¡qué interesante!
Ellos llegan al despacho de Anselmo.
- Por cierto, ¿cómo te llama usted?
- Anselmo. Y tú eres Sandra, ¿no? La dama de honor..., un
puesto muy importante.
El cura abre la puerta. Las llaves no tiemblan en su mano. La
puerta se abre suavemente.
- Sí, sí. Perdóneme, pero ¿por qué es tan importante para
usted que lea ese libro?
- Bueno, mi esposa me lo dio. Y me siento muy mal porque
nunca lo leo..., no sé. Pero me alegra mucho que tú vayas a le-
erlo.
Anselmo busca el libro por un armario.
- ¿Puedo sentarme? He estado de pie con estos tacones todo
el día, ¿sabe?
- Pues, claro. Solo me costará un momento, no tardarás
mucho en volver a la boda y estar con tu amiguita. ¿Cuánto
tiempo habéis sido amigas? Tú y Josefina, quiero decir.
Sandra se sienta en la silla del cura. Quita sus zapatos y da
un masaje al talón izquierdo.
- ¡Uf...! Pues llevamos mucho tiempo juntas, diez años igual
a diez siglos.
92
- ¿Qué quieres decir con que ‘lleváis tiempo juntas’? ¿Que
sois novias? ¿¡Eres lesbiana?!
Odio e impaciencia destella por los ojos de Anselmo. Es un
rasgo de él bien conocido por Sandra y siente miedo. El cura
da un portazo a la puerta del armario y da la vuelta.
- No, tranquilo, tranquilo. Por favor, padre, no.
- Aquí tienes el libro.
Sandra abre el libro, mirando las páginas principales. No sabe
por qué, pero quiere marcharse de allí en ese momento. Re-
cuerda el cigarrillo, en el fondo de su bolso, y está a punto de
decirle al cura que necesita salir, cuando sus pensamientos son
interrumpidos. Escrito en el libro, en tinta negra y fina, hay
unas letras: Para ti, mi cielo, Anselmo. Tengo tantas ganas de
estar juntos ya para siempre... Levanta la mirada lentamente,
hasta mirar al cura, cuya mirada ya está fija en ella. Intenta de-
cirle algo, pero sus palabras se ven cortadas con la mano firme
de Anselmo.
---
EL HERALDO
Miércoles, 13 de febrero de 2013
Anuncios
PERDIDA: Sandra Martinez-Fuentes. Mujer alta, con pelo liso
y rubio. La última vez, fue vista en una boda en el Barrio Anti-
guo. Sus parientes, amigos y amigas le echan de menos mucho.
Si alguien tiene información sobre su paradero, por favor, llame
al número: 655 23 87 57
93
94
La búsqueda
Annie Smith
Los cuatro amigos embarcaron en el avión hacia la Isla de Tie-
taroa, una isla privada cerca de las Canarias. Las vacaciones
eran un regalo para José y María, de un amigo, por su boda, que
habían celebrado la semana anterior. Ellos habían invitado a
Fernando y Ana, unos amigos de los recién casados, para acom-
pañarlos. Un avión privado les llevó a la isla y volvería una se-
mana después para el regreso. Durante siete días, las dos parejas
estarían aisladas sin teléfonos, ordenadores o conexión al
mundo afuera de Tietaroa, relajándose en la playa y disfrutando
de la naturaleza y belleza de Tietaroa.
“¡Muchísimas gracias por invitarnos, José!” dijo Fernando,
sonriendo.
“Es un privilegio estar con vosotros,” respondió José, mi-
rando de manera traviesa a Fernando, “esta semana va a ser
muy azarosa.”
“Hola, su capitán al habla. Llegaremos en menos de diez mi-
nutos a Tietaroa. Por favor, quedaos sentados durante el des-
censo”.
Llegaron a la isla y después de depositar a los pasajeros y sus
maletas, el avión empezó su regreso hacia España. Las dos pa-
rejas miraron al avión volar hasta que solo era una manchita
en el horizonte.
95
Ana respiró profundamente y contempló la vista. Aunque
todavía estaban en la pista del avión, podía ver que la isla era
hermosa. Ya sabía que esta semana sería perfecta.
Había un camino corto hasta la casa y llegaron rápidamente.
La casa era grande, con dos pisos y de estilo español. Las pare-
des eran blancas y lisas, el techo de terracota. La playa llegaba a
la entrada y palmas rodeaban la casa, ofreciendo sombras para
relajarse en la playa sin el sol y solo había 200 metros desde la
casa hasta el mar. El sol destellaba en el agua y la brisa pasaba
entre las hojas de las palmas, creando un ruido calmante con el
sonido de las olas rompiendo en la playa. Era el lugar perfecto
para lo que Fernando había planeado.
Dentro de la casa, había un pasillo grande que se transfor-
maba en cocina y salón, ambos grandes con ventanas del suelo
al techo mirando al mar. Subieron las escaleras de mármol para
ver las cinco habitaciones magnificas, todas con decoraciones
y colores distintos, pero todas perfectas para una casa de isla.
La habitación de Fernando y Ana tenía las paredes de color oro
claro, con una colcha azul claro y muebles blancos. La de María
y José tenía una composición de color de turquesa y blanco.
La siguiente mañana, Ana se levantó y bajó a la cocina para
desayunar. La casa estaba silenciosa y ella solo pudo oír el so-
nido del mar. En la cocina, estaba su desayuno favorito ya
hecho: un plato de tortitas con chispas de chocolate, zumo de
naranja recién exprimido y un pequeño plato de fresas. Cuando
ella terminó de comer, se dio cuenta de una carta, con una rosa
al lado, encima del mostrador. Ana abrió la carta, y los bloques
de madera cayeron al suelo. La carta decía:
Querida Ana,
Camina al lugar donde puedes ver tu vista favorita.
Guarda las letras.
Ana cogió los bloques del suelo y miró que eran letras de
Scrabble: A, A, y T.
“¿Pero qué es esto?” se preguntó a sí misma. Decidió solicitar
la ayuda de María para ver si ella sabía algo. Subió las escaleras
96
para entrar en la habitación de María y Fernando y llamó a la
puerta.
“¿Qué tal?” dijo María. “Fernando y José ya han salido para
ir a la playa o algo.”
“Pues, hay algo rarísimo en el piso debajo. No tengo ni idea
de lo que está pasando.”
Juntas, María y Ana regresaron a la cocina y miraron la carta
y las letras. María empezó a sonreír a sabiendas.
“¿Qué? ¿Sabes algo?” le preguntó Ana.
“Pero, ¿esto no es obvio para ti?”
“¿QUÉ?”
“Nada, nada,” respondió María, todavía sonriendo. “Vale,
¡Seguimos la pista! ¿Cuál es tu vista favorita?”
Ana miró hacia las ventanas para ver las sillas en el patio que
estaba orientado hacía el mar. Durante la tarde, podías ver la
puesta de sol. A Ana siempre le había encantado sentarse cerca
del mar, leyendo un libro con una copa de vino hasta que la
luna salía y ya no podía leer. Las dos amigas salieron al patio, y
en una de las sillas, había otra carta y una rosa.
“¡Qué emocionante!” dijo María, saltando en el aire.
“Tía, estás loca.”
Querida Ana,
Ve al lugar que es el hogar de tus animales favoritos.
La carta tenía las letras E, A, y I.
“Esto es fácil. Para nuestro primer aniversario, Fernando me
llevó al Acuario de Zaragoza. No había entrado desde pequeña”.
“¿Y qué pasó ahí?
“Sin decir nada, Fernando me dirigió al lugar donde habita-
ban las nutrias. Un empleado salió de una puerta privada y sa-
ludó a Fernando. Y Fernando me dijo, ‘Vamos a nadar con las
nutrias.’
Y vestidos con neoprenos y gafas de bucear, entramos en el
agua. El entrenador nos había dado algunos pescados para
atraer a las nutrias con comida. Inmediatamente, una familia
97
de tres nutrias se acercó a nosotros, dando vueltas en el agua y
sonriendo como solo las nutrias pueden. Extendí mi mano a la
más pequeña y le di un pescado. La nutria se acercó sin reserva
y con un movimiento, cogió el pescado y empezó a nadar en
círculos alrededor de mí. A la vez, los padres de la pequeña nu-
tria se juntaron con ella y todos nadaron conmigo, jugando ca-
riñosamente.
¡Las nutrias eran tan monas!, no puedo describirlas. Era la
cita perfecta. En ese momento, tenía dudas de que Fernando y
yo pudiéramos continuar con nuestra relación sin problemas,
pero ese día demostró que Fernando me conocía, porque nunca
habíamos hablado sobre mi obsesión por las nutrias, pero él la
encontró y arregló esa experiencia inolvidable para mí”.
“Eres muy rara, pero ¡tienes un novio muy romántico! ¿Y
ahora, esto con las pistas? Qué pena que ya estoy casada,” dijo
María con un guiño. “¡A la playa!”
Caminaron del patio al mar. Era un día buenísimo para estar
afuera. El sol brillaba y hacía el tiempo perfecto para estar en el
sol, sin estar acalorado. En la playa, estaba la misma composi-
ción que la de la cocina y del patio: la carta y la rosa.
Querida Ana,
¿Recuerdas lo que queríamos hacer durante estas vacaciones?
Pista: Hablábamos sobre ello en el avión. La respuesta está muy
cerca. Las letras: S, R y C.
“Jo, pero hablamos muchísimo en el avión”, dijo Ana con
frustración. Miró a todos lados, para ver si podía ver la próxima
carta y rosa. Entrecerró sus ojos para ver lo más lejos posible
en la playa, y por la esquina de su ojo vio algo que brillaba en el
sol. “¡Mira! ¡Hay algo allí!”
Se acercaron al objeto misterioso y cuando estaban suficiente
cerca para reconocerlo, vieron que era una moto acuática.
Ahora, Ana recordaba que ellos habían hablado de su deseo de
ir un día en motos acuáticas.
La carta decía:
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Querida Ana,
Vamos a ir en moto acuática mañana. Pero ahora, ve al lugar
que tiene el zumo de fruta que siempre has querido probar. Las
letras: A, M y S.
“Eso lo sé,” dijo María. “¡Siempre has querido probar el zumo
de coco! ¡Y allí hay árboles de coco!”
Ana miró adonde María señalaba con su dedo. Había un pe-
queño grupo de cocoteros al final de la playa. Mientras caminaban
hacíalapróximapista, Maríaibahablandosobrenadaenparticular
y Ana pensaba en lo que podía esperar al final de la búsqueda. ¿Era
solo una idea de Fernando para que Ana pudiera divertirse, o era
algo más? La pareja había estado junta durante mucho tiempo, y
era natural pensar en el matrimonio en este punto de su relación.
Pero…, todavía no estaba segura de que Fernando era la persona
con la que ella quería estar para el resto de su vida. Aunque Ana le
amaba,teníadudasdequehubieraalgomásesperándola.Tampoco
sesentíalistaparaestarcasadayestablecida.Empezólacarrerahace
solo un año, y Ana quería vivir y divertirse antes de estar casada.
PeroeraverdadqueAnasiqueríaaFernandoy,enelfuturo,quizás
se casaría con Fernando. Decidió a no adelantar conclusiones y
gozar del juego.
Llegaron a los cocoteros y vieron la siguiente pista. Al lado
de la pista, había dos botellas llenas de zumo de coco.
Querida Ana,
¡Hoy es tu día de probar el zumo de coco! No tengo duda de
que María está contigo ayudándote, entonces hay una botella
para ella también.
“Qué ridículo eres, Fernando”, pensó Ana cariñosamente.
Mientras bebían, Ana siguió leyendo la carta.
Ve al principio del lugar que termina en el mar. Lo siento, es
un poco largo el camino. Las letras: N, G y O
Había un río salado que pasó por la isla y terminó en el mar.
Desafortunadamente para las chicas, el principio del río estaba
lejos de donde estaban en ese momento.
99
“¡Jo, Fernando!” dijo María con aire de frustración simulado.
“¡Qué esfuerzo nos requieres!”.
Caminaron hacía el río, que estaba situado al otro lado de la
playa.
“¿María, piensas que Fernando va a pedirme en matrimo-
nio?”
“Finalmente,¿te das cuenta? Sois perfectos juntos,” dijo
María con una sonrisa.
“Pues supongo que sí.”
“No pareces muy emocionada… ¿tienes dudas?”
“Es que no estoy segura de querer casarme tan pronto. No
es Fernando, es que no estoy lista para un matrimonio”.
“Piensas así, pero si rompes con Fernando ahora, serás muy
infeliz. Me doy cuenta de cómo le miras, y él a ti, y te aseguro
que estarás más que feliz casada con él. Tenéis un amor verda-
dero que va a durar. No te preocupes. Pero si todavía tienes
dudas, es mejor esperar”.
“Gracias, María”, dijo Ana, con una sonrisa aliviada. Conti-
nuaron en silencio y Ana pensó en lo que María había dicho.
Ella tenía razón y Ana no tenía dudas de que si se casaba con
Fernando sería feliz, pero no estaba segura de sí necesitaba más
tiempo para tomar esa decisión tan grave. Lo que había empe-
zado como un juego divertido y romántico se había convertido
en algo que Ana no podía parar: Al final de la búsqueda, su re-
lación con Fernando cambiaría, aunque Ana no lo quería. Fer-
nando estaba listo para casarse y tenía el poder de pedir la mano
de Ana, pero ella no podía decir que no sin romper el corazón
de Fernando. Ella solo tendría algunos segundos después de la
pregunta para tomar la decisión final: ¿Quería a despedir a Fer-
nando de su vida para siempre, o unir sus vidas definitiva-
mente? Él ya había tenido tiempo para pensar y tomar la
decisión lentamente pero ella tenía hasta él final de la búsqueda.
“Gracias a Dios que es una búsqueda, y no una pregunta du-
rante una cena o algo, para tener tiempo de adivinar lo que él
quería preguntar y pensar ello por un poco”, pensó para sí
100
misma. Antes de que Ana pudiera colocar sus pensamientos,
llegaron a la pista.
Querida Ana,
Encuentra la botella. Las letras: N, A, y C.
“¿Una botella?”
“¿Posiblemente significa un mensaje en una botella. ¡Mira!
Hay algo enterrado en la arena! ¡Y hay una rosa saliendo de
allí!”
Corrieron al objeto, y era lo que María había adivinado. Ana
sacó la rosa y una carta de la botella de vidrio. Ella desenrolló
el mensaje y leyó:
Querida Ana,
Ve al lugar donde nos besamos por primera vez. Ve sola. Las
letras: O y I.
“¿Nuestro primer beso? Pero ésta es nuestra primera vez en
Tietaroa.”
“Pues, ¿dónde fue tu primer beso?”
Ana recordaba el primer beso, cuando ella y Fernando acep-
taron sus emociones y pasaron de ser solo amigos a ser una pa-
reja.
“Fue en diciembre de 2010. Estábamos sentados en la azotea
del edificio del apartamento de Fernando, cenando juntos,
como hacíamos cada jueves. Dos días antes, hubo una tormenta
que dejó la ciudad a oscuras. La única luz era la de las velas que
yo había traído de mi apartamento para que pudiéramos
cenar.”
“¡Ah, luz para empezar los sentimientos de amor!” dijo
María, bromeando.
“Claro que sí”, respondió Ana, riendo. “Pues, estábamos
acostados en el suelo. La vista era impresionante. Juntos, mirá-
bamos las estrellas en silencio. Hacía buen tiempo y la noche
era fresca con un poco de brisa aunque era verano. El cielo se
había despejado, y podíamos ver cada estrella brillante porque
101
la ciudad estaba oscura. No sé como pasó, pero terminamos
con las manos juntas, y poco a poco nos íbamos acercando.
Cuando la noche acabó y estábamos a al punto de despedirnos,
Fernando se acercó a mi, y nos dimos nuestro primer beso.”
“¡Yo sé donde necesitas ir! Hay algunas escaleras en la casa
que llegan a la azotea de la casa. ¡Estás al final de tu búsqueda!”
“Gracias por ayudarme, María”, dijo Ana, dando un paso
hacía María para abrazar a su amiga.
Al mismo tiempo, María dio un paso hacía Ana y las dos
chocaron. Una letra cayó de la mano de Ana y fue a parar al río.
La corriente se la llevó rápidamente y antes de que una de las
amigas pudiera hacer algo, la letra desapareció en el agua. María
y Ana se miraron asustadas y empezaron a reír porque no sa-
bían que más hacer.
“¡Espero que la letra ‘O’ no tenga mucha importancia en el
mensaje de Fernando!” dijo María entre risitas. “Vete, chica.
Vas a tomar la decisión correcta”.
Ana regresó a la casa sola, tratando de pensar en cuál sería
su respuesta. Llegó a la casa demasiado pronto para su gusto,
pero con una resolución. Subió hasta el tercer piso, dónde había
unas escaleras que iban hacía la azotea. Cuando ella abrió la
puerta de la azotea, vio que Fernando había decorado los alre-
dedores del techo con velas blancas, iguales a las de esa primera
noche y el piso estaba cubierto con pétalos de rosas rojas. Fer-
nando estaba de pie en la esquina más lejana de donde estaba
Ana, llevando un traje negro con un lirio blanco, la flor favorita
de Ana en una mano y se lo dio a Ana.
“¿Te gustaron las pistas?” le preguntó.
“Algunas eran un poco tontas, pero sí”.
“Mi amor, parece mucho más fácil pensar en pistas buenas
de lo que es”, dijo él con una sonrisa.
“Fernando…” dijo Ana.
“¿Tienes las letras?”
“Pues…, he perdido una ‘O’” dijo Ana con una sonrisa aver-
gonzada. “Pero, Fernando…”
102
Fernando no le prestó atención. “No pasa nada”. Y tomó un
pedazo de papel y un bolígrafo del bolsillo de su traje y escribió
un gran ‘O’ en él. “Vamos a jugar al Scrabble. Ven.”
Ana siguió a Fernando a una pequeña mesa donde ya estaba
el Scrabble abierto.
“¡Espera, Fernando!”
“Dame las letras, por favor”. Fernando cogió las letras y em-
pezó a ordenarlas. Poco después, él terminó y Ana se acercó a
la mesa para ver que las letras organizadas.
ANA, ¿TE CASARÁS CONMIGO?
Ana se giró para mirar a Fernando. Él estaba de rodillas, con
una caja pequeña en su mano. Lentamente, abrió la caja, y Ana
vio un anillo hermoso con un diamante brillante.
“Ana, eres mi compañera del alma. Quiero estar contigo por
el resto de mi vida. ¿Te casarás conmigo?”
La miró con una sonrisa expectante, sus ojos llenos de amor.
Hubo una pausa larga, y su sonrisa vaciló.
“¿Ana?”
“Fernando, es que… no estoy lista para un compromiso tan
grande. Te amo, pero no puedo casarme contigo cuando no
estoy segura que esto es lo que yo quiero”. Ana empezó a llorar.
“Sé que ésta no es la respuesta que quieres, pero por favor, ne-
cesitas entender…”
“¿No…, no te quieres casar conmigo?”
“No, no es así. No eres tú, soy yo¨.
“No me digas eso, Ana.”
“Todavía quiero estar contigo, pero no puedo casarme ahora.
Aunque hemos salido por mucho tiempo, me parece demasiado
pronto para dar este paso tan enorme. Quiero casarme más ade-
lante, pero todavía estoy pensando en mi futuro, y no en nues-
tro futuro.”
“Pero, ahora no podemos seguir. Pensé que querías esto.
Hemos hablado del tema, ¿o lo he imaginado todo? ¿De verdad
103
me amaste, o era todo mentira?”
“¡Sigo amándote, Fernando!” dijo Ana con desesperación.
“Quiero seguir con esta relación, pero no estaba preparada para
esto. Sí, hemos hablado de casarnos, pero pensé que estábamos
hablando de casarnos en el futuro, no ahora. Necesitas entender
que tú has tenido mucho tiempo para pensar en ello, para pre-
parar todo, y estar seguro que tú querías casarte conmigo, pero
yo he descubierto esto hoy. No he tenido tiempo como tú lo
has tenido para decidir. Quizás mañana tendré otra opinión, y
voy a querer casarme contigo, pero ahora…. No puedo decir
‘Sí,’ y pienso que no voy a querer decir sí por mucho tiempo”.
“Veo que tu no quieres está relación como yo”, dijo Fer-
nando con tristeza. “Adiós, Ana”. Y giró hasta las escaleras.
“¿Has escuchado algo de lo que he dicho?” dijo Ana frustra-
damente. Fernando paró de caminar. “TE. AMO. Pero sería in-
justo para ambos mentir y casarme cuando sé que es la decisión
incorrecta. No quiero que este momento sea el último”.
Fernando la miró y, sin decir nada, bajó las escaleras y des-
apareció.
“¡Fernando!” gritó Ana, y corrió tras él. Descendió y vio a
María y José esperándola en el segundo piso, con una bandeja
con cuatro copas de champán anticipando la celebración, con
una expresión incómoda.
“Dijiste ‘no’”, comentó María.
“No pude”, respondió Ana y empezó a llorar.
El resto de la semana fue horrible. Cuando Ana regresó a su
habitación esa noche fatal. La maleta de Fernando había des-
aparecido y él se había trasladado a otro cuarto. Fernando y
Ana se evitaron el uno al otro y cada vez que estaban en el
mismo lugar por accidente, toda conversación paraba hasta que
Fernando o Ana se iban. Las motos acuáticas que Fernando
había alquilado para él y Ana quedaron aparcadas y nadie trató
de ir a la azotea para recoger las velas y limpiar los pétalos.
Como no había teléfonos ni portátiles, no podían llamar al
avión para que volviese antes y terminar las fracasadas vacacio-
104
nes.
Finalmente, la semana terminó. Todos dieron un respiro de
alivio cuando el sonido de los motores del avión rompió el si-
lencio incomodo que había durado casi veinte minutos mien-
tras el grupo esperaba su aterrizaje. Desafortunadamente, como
era una avioneta, Ana y Fernando necesitaban estar juntos. Du-
rante el vuelo, dos horas y media, nadie habló y había mucha
tensión en la pequeña cabina. Cuando llegaron al aeropuerto
de Madrid y empezaron a despedirse, Ana puso su mano en el
brazo de Fernando.
“Espera,” susurró.
“No hay más que decir.”
“Fernando…. Lo siento. “
“Yo también. Adiós Ana”. Y Fernando giró y entró en un
taxi. Ana miraba al taxi salir del aeropuerto y empezar a entrar
en el tráfico. Un segundo antes de que el coche se fundiera en
la autopista, Fernando se volvió a mirar a Ana una última vez
y sus ojos conectaron. El taxi desapareció entre los otros coches
y Ana se quedó sola, únicamente con su maleta, mirando a las
personas que pasaban rápidamente por la autopista.
5 años más tarde
Había pasado mucho tiempo desde esas vacaciones en Tietaroa
y mucho había cambiado. María y José todavía se estaban ca-
sados, y tenían dos hijas, Rosa, que tenía tres años, y Ana, que
tenía dos años. Seis meses después de regresar de Tietaroa, Ana
había conocido a un hombre, Pablo, y se enamoró. Desde la
primera vez que habló con él, sabía que Pablo era el hombre
con quien ella quería casarse con y no tuvo contacto con Fer-
nando desde ese momento.
Ana y María salieron de la tienda, hablando sin mirar a la
calle. Ana chocó con alguien y los dos cayeron a la acera. Los
dos miraron hacía arriban, y se dieron cuenta de que se cono-
cían.
“¿Fernando?”
105
“¿Ana?”
Hubo una pausa.
“No te ha visto en 5 años. ¿Qué tal te vas?” preguntó Fernando.
“Muy bien. Llevo un año casada con mi novio de mucho
tiempo, Pablo. ¿Y tú?”
“Bien. Estoy casado ahora. Tengo un hijo. Todo va bien.”
Allí, en la acera, Ana estaba segura que había tomado la de-
cisión correcta al rechazar a Fernando en Tietaroa. En la isla,
no quería casarse con él solo porque habían salido juntos du-
rante un tiempo adecuado y ya era el momento de casarse. Así
era Fernando. Él siempre hizo las cosas por hacerlas, sin real-
mente querer hacerlo. Ahora, él estaba casado, con un hijo, y
ella podía oír en su voz que estaba tratando de convencerse a sí
mismo de que él era feliz, porque eso es lo que él pensaba que
debía ser. En contraste, Ana había esperado para casarse con
alguien para estar verdaderamente feliz, no porque estaba en la
edad adecuada para casarse.
“Ana…, todavía te amo”, dijo Fernando en un tono doloroso.
“Eso es mentira. No nos hemos visto en 5 años, no puedes
decir eso después de 5 segundos de verme. Estás casado, no
digas eso”, respondió Ana, enfadada.
“Odio mi vida. Voy a dejar a mi mujer. Ven conmigo, Ana,
por favor”, pidió Fernando.
“¿Estás loco? Eso no es realista, ¡no estoy enamorada de ti!”
“Ana…” Fernando trató de cogerla de la mano.
“Adiós, Fernando. María, nos vamos”. Y las dos amigas se
marcharon.
Al día siguiente, Ana se levantó y lanzó un grito ahogado a
ver la primera página del periódico.
La policía encuentra a hombre fallecido en su casa.
La foto que acompañaba el artículo era de Fernando. El pie
de foto decía: “Fernando Toledo se suicidó anoche”. Pero Ana
solo pudo leer una parte del artículo: “La nota de suicidio del
Sr. Toledo solo decía: Todavía te amo. No podía vivir sin ti”. Y
ella empezó a llorar por su primer amor, viendo claramente por
106
la primera vez sus sentimientos fuertes hacia Fernando.
La habitación de nuestra madre
Natalie Soloperto
Clara, vas a morir. No debes tener miedo, yo ya lo he hecho. Yo
morí en la casa de nuestros abuelos, la que me habían dado,
aunque dudo mucho que recuerdes esta casa. Íbamos en coche
cuando teníamos uno. La última vez que te vi aquí, tenías seis
años, y ahora tienes casi lo doble. Tienes que prestar atención,
voy a llevarte conmigo por el camino. Esto no parecerá real, yo
sé que estás durmiendo, y por eso, estás soñando. Esta noche
va a ser la última vez que nos conocemos, voy a empezar de
nuevo después. Vamos a rehacer el día para que puedas venir
conmigo, no puedes hablar, ni tocar nada, solo puedes mirar, y
entender lo que está pasando. ¿Estás lista?
No dejo de oír el carillón de reloj de mi entrada. Estoy de pie.
Puedo sentir el azulejo bajo mis pies. Tengo frío. Si tuviera una
chaqueta y calcetines el invierno no sería tan malo. Si tuviera
dinero, tendría calcetines y una chaqueta muy buena. Un cari-
llón, dos carillones, tres, hasta cuatro; no tengo luces en la en-
trada y por eso no puedes verme muy bien, Clara. Aunque no
tengo luces, yo sé totalmente dónde estoy, dos pasos a la iz-
quierda de la escalera, cinco pasos en frente del reloj de pie que
a nuestra abuela le encantaba cuando vivía aquí. Extiendo mi
mano hasta que llego a la barandilla de madera. Es vieja y yo sé
107
que esta barandilla ha visto más manos de las que puedo contar,
manos de bebés aprendiendo a andar, manos de mi madre
antes de que sus problemas empezaran, las manos viejas de
nuestros abuelos hasta que ellos murieron. Supongo que esta
barandilla puede recordar tus manos también, Clara. No re-
cuerdo muy bien como eras, pelo rubio, pero creo que esto ha
cambiado desde entonces, ojos morenos como tu piel después
de los veranos dando vueltas todo el día. Agarro la barandilla
mientras intento recordar el sonido de tu risa cuando estabas
corriendo por esta casa, los detalles específicos se me escapan.
Un paso, hasta dos y estoy aquí, enfrente del umbral de la es-
calera, un paso hasta dos y estoy trepando hasta el segundo piso.
El tictac de reloj viene tras de mí y crece silenciosamente con
cada paso de mis pies descalzos. El repiqueteo de la lluvia contra
el vidrio de las ventanas, mezclado con el tictac y mi correteo
suenan en el aire vacío de la casa. Debo encender la calefacción,
pero no voy a hacerlo. De todos modos estoy segura de que la
calefacción no va a funcionar.
Extiendo mis manos hacia las paredes para sentir donde
estoy en el camino. Puedo oír mis uñas contra el papel pintado.
Mis dedos del pie raspan la madera del paso final. Inhalo brus-
camente, pero después de dos segundos, respiro normalmente
porque estoy aquí, casi arriba de todo, casi en el ático, la habi-
tación vieja de nuestra madre. Cuatro pasos a mi derecha está
el baño; me voy allí para conseguir los médicos que nuestros
abuelos me han dejado. Como la casa, algunas cosas son here-
ditarias. La madera bajo de mis pies está un poco más templada,
no presto mucha atención.
***
Tropiezo en la puerta del baño y la empujo hasta dejarla to-
talmente abierta. La ventana está abierta. Puedo oír agua gote-
ando desde el alféizar. La cortina blanca pesa mucho por el
agua, no se mueve con el viento. Todavía no hace bastante frío
para nieve. No necesito la luz, todas las pastillas van a funcionar
para este propósito. Alargo mi mano hacia el espejo, y tiro al
108
lado izquierdo para abrir el armario. Siento a ciegas mientras
revuelvo la estantería en la oscuridad y, en pocos momentos,
algunas botellas se caen del estante en el lavabo. Agarro todo y
busco el váter para sentarme. Lo encuentro e intento sentarme,
batallo contra la capa de la primera botella de medicina por lo
que parecen unos diez minutos, pero en realidad en uno y
medio se cae con un ruido más grande del que tendría en cir-
cunstancias normales.
Derramo todos los contenidos en mi palma, sudo un poco y
decido hacerlo. Decido tomar todo lo que está en mi palma,
empujo todo en mi boca. No necesito agua, me da igual. Trago
todo, y empiezo de nuevo con otra botella hasta que he tomado
la totalidad de tres. Me quedo sentada durante lo que parece un
tiempo infinito, pero en realidad solo pasan diez minutos.
Tengo que levantarme para ir al ático, quiero morir allí. Estoy
muy mareada y siento como si estuviera borracha, pero camino
fuera del baño y consigo irme a la escalera final de la noche.
Veinte pasos más y puedo acostarme y esperar para el final de
todo. Diez pasos y me caigo un poco, no puedo ver todo con la
oscuridad y las drogas. Estoy muy cansada, solo quiero dormir,
pero todavía tengo diez pasos más. Me arrastro dos más y el
mundo está girando bastante rápido para continuar. La habi-
tación de nuestra madre está ocho pasos más arriba, pero voy
a renunciar a la operación, y morir aquí.
No tengo miedo de morir pero, tienes que entender, no
quiero morir. Nadie quiere morir. Siempre hay un instinto de
sobrevivir, pero no quiero sobrevivir aquí. Clara, no quiero que
pienses que suicidarte es una manera fácil de escapar de los obs-
táculos de tu vida. Tienes que entender que la vida es algo bello,
pero ya no quiero participar.
Cuando yo era una niña y mi vida estaba un poco más llena
con gente, te tenía a ti como hermana, y a una madre que me
amaba. No tenía un padre, pero ahora él está intentando me-
terse en tu vida para compensar su falta de responsabilidad. Es
mejor que no estés conmigo, aunque con esta casa podría cui-
109
dar de ti. No tengo mucho dinero ahora porque dejé mi trabajo
hace un mes y he vendido todas mis cosas para enviarte el di-
nero. Si llega un día en que necesites cuidar de ti misma, cuando
alguien te deje y necesites ayuda, por lo menos, vas a tener di-
nero para asegurar tu vida por un poco de tiempo. Entenderás
que te quiero, aunque no puedes recordarme muy bien.
Siento haberte dejado con nuestro padre para vivir fuera de
este desastre, pero tienes que pensar en la situación en la que
vivíamos cuando estábamos juntas, y aquí. Seguro, hubo una
parte muy grande de nuestras vidas que fue una etapa muy feliz;
puedo oír todavía nuestras risas por el patio trasero cuando nos
acostábamos por la hierba. Puedo oírte cantando en la ducha,
y gritando por el suelo cuando querías un juguete. Sin embargo,
después, cuando todo empezó a caerse y nuestra madre empezó
a usar las drogas para llenar un espacio vacío que ella no sabía
que tenía, yo llamé a nuestro padre. No podía dejar a nuestros
abuelos solos para cuidar a nuestra madre, que tenía casi cua-
renta años. Yo tenía más o menos trece años pero sabía que
sería mejor irme y vivir con nuestro padre, por lo menos la vida
con él sería normal. No estaría magnifica, llena de amor, ni de
oportunidades para captar todo el mundo, pero tendría una
oportunidad para ir a la escuela, aprender un poco, vivir un
poco más, quizás encontrar un chico que me gustara, salir con
él, quizás casarme. Tienes las oportunidades para vivir una vida
normal, una vida fuera de adicciones, fuera de las amenazas de
una vida que puede colapsar como una estrella fuera en el uni-
verso.
Estoy muriendo por la escalera, ahora. La lluvia está golpe-
ando la casa con una fuerza especial. Mi respiración ha dismi-
nuido, mi corazón no quiere latir, mi mente está acabada. La
madera debajo de mi cuerpo está crujiendo con todos los mo-
vimientos que hago, pero no pasa nada, me da igual. Puedo
morir de cualquier manera, pero solo puedo vivir de una. La
muerte me deja más opciones para controlar mi propio futuro.
De forma predeterminada puedo borrar los planes que el uni-
110
verso tiene para mí. No quiero jugar el partido con las reglas de
un árbitro injusto; entonces, voy a terminar el partido en total.
No siento nada, no tengo nada de miedo. Yo sé, Clara, que el
momento en que yo acabé de vivir una vida que me gustaba y
empecé a vivir de una manera para conseguir y mantener la vida
de nuestra madre, y las vidas de nuestros abuelos, empecé a
morir. No tengo muchos consejos para compartir contigo,
Clara, pero necesito que entiendas este consejo. Tienes que vivir
una vida que te de orgullo, aún si esa vida consiste solo en una
vida sencilla con un chico que te guste; aún si los detalles son
mucho menos desarrollados en contraste con las vidas de la
gente que te rodea. No hay mucho en el mundo para darte sig-
nificado excepto tu habilidad para tener orgullo de la vida que
te haces. Tienes que decidir por ti misma qué cosa quieres hacer
con tu potencial sin que te mueras. Es posible morir antes de la
renuncia a tu cuerpo. Hace casi ocho años que yo morí. Pero,
tengo que acabar el trabajo.
No voy a llorar, no voy a gritar. Voy a dar la bienvenida a la
Muerte cuando ella venga para conseguirme. Espero que todo
vaya bien, pero si éste es el final, no voy a preocuparme más y,
por lo menos, éste es un regalo del universo. Estoy tranquila,
estoy feliz. Las nubes en mi mente, la pérdida de mi autonomía,
la inhabilidad para trepar los últimos ochos pasos, todas estas
cosas están bien. Siento mis dedos más fríos de lo normal, no
puedo encontrar mis piernas. Siento como si no hubiera nada
debajo de mi cuerpo, aunque con la fuerza que todavía tengo,
estoy cubierta totalmente con el vómito de un cuerpo inten-
tando instintivamente sobrevivir. Yo pongo mi cabeza contra la
pared y cierro mis ojos. Mira Clara, este es el momento. Estoy
muy cansada, siento que no hay ningún lugar que puede cap-
tarme, estoy volando por el aire en algún espacio vacío. Así,
feliz, tranquila, callada, así es como me morí. No debes venir
para encontrar algo de mí, no tendrá ningún propósito un viaje
hacia esta casa. Espero que estés durmiendo bien, por lo menos,
una de nosotras puede dormir.
111
Voy a abrir mis ojos ahora, quiero ver dónde estoy, quiero
entender el gran misterio que rodea esta acción. Al principio,
es como si no hubiera tenido éxito. Estoy todavía por esta esca-
lera, y por eso giro mi cabeza. Acerco mi mano hacia mis ojos
para aclararlos, para ver por qué he suspendido algo tan fácil:
tomar todas las pastillas y morir, fácil. Mis ojos parecen un poco
mejor, y puedo ver la verdad. Morí, pero todavía estoy aquí.
Clara, la realidad es que mueres como vives. He muerto sola,
voy a vivir después sola hasta que yo pueda encontrar un equi-
librio. No se puede escapar de los problemas con un suicidio,
todavía tengo que resolverlos. Por el pie de la escalera, no hay
nada, sino un tictac del reloj, los sonidos de los pies sobre la
madera y niñas corriendo. Giro mi cabeza hacia el otro lado, mi
derecha, todavía está el ático, todavía tengo que terminar el
viaje. Mis miembros pesan mucho y por eso, no puedo levan-
tarme. No sé qué debo hacer para irme arriba.
De repente, hay una voz desde la puerta del ático que me está
llamando. Ahora tengo un poco de miedo, porque no hay una
voz sin un cuerpo. No puedo reconocer la voz, pero es suave y
dulce, como la miel mezclada en la manzanilla. La voz retumba
como para caerse con los destellos del relámpago afuera, en la
tormenta. Pero la voz todavía me está llamando, y por eso in-
tento otra vez lograrlo y llegar al final. Pongo mis manos en la
escalera enfrente de mí y, con todo mi esfuerzo, no puedo le-
vantarme para ir una más arriba. Todavía tengo que quedarme
un poco más lejos que la mitad. El universo no va a darme nada,
tengo que ganar los últimos más pasos si quiero ir a algún sitio
fuera de esta casa. El tictac es un poco más ruidoso, un poco
más grande, el tiempo está pasando, pero no para mí. Yo tengo
un número infinito de tiempo para gastar en esta escalara si re-
nuncio a la opción de irme a la habitación.
“Te estoy esperando cariño”. La voz dice, “te amo”. Algo no
parece bien, pero yo no voy a luchar contra el universo, y las
palabras me ayudan. Levanto mi pierna y empujo con mis bra-
zos y, después de sentarme una hora intentando a llegar al final,
112
estoy en la escalera justo encima de una en la que yo había
muerto. Clavo mis uñas en el papel pintado y raspo para subir
uno más. Los pasos crecen un poco más y creo que puedo oír
los sonidos de madera debajo de los pies sobre el primer paso.
“No tienes que ir allí”. Es una voz nueva, pero distinta y dis-
tante, lejos de mí. Lo intento otra vez.
“Mira, Eli” la voz me manda, “ven conmigo, podemos ir a
algún sitio más seguro que la escalera. Te prometo que vas a
disfrutar el tiempo que estés conmigo”. La voz me pica, encojo
mis hombros, y dejo de prestar atención a la voz detrás de mí.
Hay un poco de luz y paso por otra escalera. Todavía tengo que
intentar y poner mucho esfuerzo. Clara, la muerte no es fácil.
Cuando te mueras en setenta u ochenta años, va a ser mejor
para ti. Va a ser natural. Yo tengo que luchar para acabar lo
hecho.
Tengo miedo de la voz, parece dulce, pegajosa como un ja-
rabe. Estoy sudando ahora e intento
limpiar mi frente. Las escaleras se transforman en lo que pa-
rece arena, y siento que voy a sumirme en el olvido antes de
que logre mi meta. No puedo ver mi brazo debajo de la arena,
pero yo tiro con todo mi esfuerzo y mi mano reaparece.
“Pero, no te preocupes, por favor cariño, estás segura en la
arena”. La voz me toca, puedo ver las manos de la voz, puedo
ver un abrazo sobre mis piernas. Tengo que saltar sobre la
arena, pero no será posible. Me paro, respiro, cierro mis ojos y
espero un poco. La voz parece que está más cerca. Nunca en mi
vida había rezado para algo, pero estoy a punto de hacerlo. No
hay ninguna razón para tenerle miedo a esa voz, pero algo me
dice que no quiero quedarme con ella. Hay un instinto para
continuar, no quiero quedarme en las escaleras para siempre,
y no quiero vivir sola en esta casa para siempre, con, supongo,
la oscuridad. Intento ponerme de pie, alzo mi mano hasta la
barandilla. Siento la madera debajo de mis palmas, la madera
que ha visto muchas más manos que yo.
La arena está creciendo y en pocos minutos será más de lo
113
que puedo admitir. Siento que la arena me está golpeando, que
me está comiendo. Pero levanto una pierna y empujo afuera la
otra. Con el peso de mi cuerpo en la barandilla, salto sobre dos
escaleras más antes de tener que respirar muy profundamente
y detenerme otra vez. Siento como si hubiera más gravedad y
me está empujando hacia el suelo. No sé qué pasa cuando ya
estás muerta, y estás a punto de rehacerlo. No sé qué pasa si te
ahogas después de la primera vez. Entonces, tengo que mo-
verme más, no puedo caer debajo del peso del universo que se
está relajando encima de mis hombros.
Siento una mano en mi pie. Miro hacia atrás, hay espirales
de una sombra rodeando mi pie, tobillo y ahora rodilla. “Te
amo, ven conmigo. Tu madre me amaba, puedo llevarte a
verla”. Dejo de intentar trepar hacia la habitación. Ahora puedo
reconocer la voz. La única cosa que mi madre había amado al
final de su vida eran sus adicciones. Las sombras crecen sobre
mi tobillo, tengo más miedo. Ahora puedes ver Clara, que el in-
fierno está hecho por sus fallos, por sus adicciones a todas las
cosas que viven dentro de ti, y te hacen sentir sola, todas las
cosas que te hacen sentir aislada y frustrada. Éste es el infierno
para mí, tengo que luchar contra las cosas que me habían per-
seguido durante la vida. Aunque yo nunca había tenido adic-
ciones, todavía tengo que luchar contra la idea, porque la idea
me ha robado muchas de las cosas normales que vienen con el
crecimiento.
La casa es oscura, todavía puedo oír el tictac, todavía hay de-
monios que se esconden por las sombras. Clara, no hay ninguna
familia que venga sin problemas. Tienes que aceptar el hecho
de que la felicidad es un poco de una mentira. Tienes que acep-
tar el hecho que no hay un escape de la vida, tus problemas te
siguen.
Con mi espalda recta, trepo con toda mi fuerza hacia la
puerta y cuando alcanzo mi meta, las sombras están esperando.
Toco el pomo de la puerta y empujo. El otro lado solo tiene luz,
brillante y tremenda, tengo que cerrar mis ojos para salvarlos.
114
Los demonios se quejan, y yo doy un paso adelante.
La luz es todo, infinita, universal, alfa y omega y todo lo que
pasa entre las dos. No puedo girar, ni moverme tampoco, pero
me siento completa en la entrada de la puerta. Clara, no puedo
describir los sentimientos adentro de la luz, no puedo describir
el color, ni el calor. Tienes que sentir la luz después de tu vida,
como una bienvenida al otro lado. Si yo quisiera hablar, habla-
ría, pero yo sé que en este momento, no hay nada que decir.
Mi cuerpo está por el suelo, pero mi alma está por la luz.
Cuando estaba viviendo, Clara, creía que yo era solo las posi-
bilidades que mi cuerpo tenía, que yo era totalmente las posi-
bilidades de una cosa que estaba muriendo cada segundo que
pasaba. Pero, si te pudiera explicar algo ahora mismo, Clara, yo
diría que no eres un cuerpo, tienes un cuerpo, eres un alma con
un cuerpo para alojarte.
Ahora, estoy de pie en la luz y finalmente entiendo lo todo
que pasa; la luz es una representación de algo que no podemos
entender como humanos. Gastamos toda nuestra vida bus-
cando el significado detrás de nuestra existencia, pero la exis-
tencia es el significado. Estamos aquí en la tierra para aprender,
y vivir vidas llenas de amor. Tenemos que vivir de una manera
que lleve más conocimiento con nuestras almas después de la
vida. Cuando alcanzamos esta parte de nuestra existencia, si
nos llevamos recuerdos, sonrisas, risas, en vez de adicciones y
lastimas, si nos llevamos cosas buenas, estaremos a un paso más
cerca del significado del universo.
Mira la situación, mira, si estuvieras encima del mundo, po-
drías ver los enlaces de luces que corren de persona a persona,
persona hasta planta, planta hasta animal. Tenemos una red de
luz que existe para conectarnos, para adjuntarnos a la vida, no
solo nuestra vida, sino las vidas de la gente que nos rodean. Por
eso, cuando hacemos algo que causa dolor, tristeza, hacemos
daño a la red, hacemos daño a la luz.
Por estas razones te he traído conmigo, para ver la luz y en-
tender. Aunque has tenido una vida más difícil de lo que la
115
gente normalmente tiene, puedes tomar las dificultades y traer
tu conocimiento contigo después. Toda la humanidad va a me-
jorar con tus actuaciones, todo el valor de la vida puede aumen-
tar con tu bondad. Mueres como vives, Clara, y nada más. El
universo no va a darte favores porque has tenido cosas difíciles,
el universo no va a darte una mano para levantarte, el universo
solo va a darte una situación y, como eliges actuar, va a influen-
ciar todo lo que pase después. La vida es noventa y nueve por
ciento tu reacción al mundo, y uno por ciento las cosas que
pasan en tu vida.
La luz me abraza, la luz me ama. La luz es como nuestra
madre, nuestros abuelos, nuestros profesores y amigos porque
en realidad lo es. La luz está hecha de todos nosotros, vivos y
muertos, llena de aborrecimiento, llena de amor. La totalidad
de esta historia viene cuando entiendas que cómo vives influye
en las vidas de los otros seres humanos, que eres humana y por
eso tienes que actuar con intención para dar la buena vida.
El mundo no es malvado, nuestro mundo está hecho por
nuestras calidades redentoras. Aunque hay gente que usan y
abusan de las drogas, como nuestra madre, o usan y abusan de
otra gente, siempre hay oportunidades para dar el perdón.
Habrá un día cuando tengas que responder por todos tus pe-
cados, habrá un día cuando tengas que estar de pie enfrente de
la luz y lavarte de tu odio y tus lástimas.
Adentro de la luz, puedo ver un velo. No hay una brisa para
derribarlo, sino una idea para mantener un movimiento dra-
mático. Yo sé que cuando pase por este velo, voy a empezar de
nuevo, otra vez. Te quiero Clara, pero estamos por el final del
viaje. Te he mostrado mi muerte, y la cosa que viene después.
Te lo tenía que explicar, aunque no te he visto. Me sentiría mal
si no te mostrara la verdad detrás de la fantasía que tenemos
cuando vivimos día por día. Te quiero Clara, pero creo que ya
es tiempo para dejarte. Cuando despiertes, vas a recordar muy
poco, pero lo bastante para cambiar tu vida, estoy segura.
Ahora este sueño va a cambiar como suelen hacer los sueños,
116
va a transformarse en algo tonto, unas cosas que no valen la
pena, unas cosas que ayudan a despejar tu mente. Un sueño no
con adicciones, ni líos, sino con las cosas bonitas, cosas fáciles,
pero cuando despiertes, tienes que unirte a la vida. Tienes que
intentar vivir de una manera que sí valga la pena.
El velo está hecho por algo que parece como las estrellas,
hecho por sueños y atrás puedo oír los sonidos de alguien llo-
rando, sonidos nuevos. Me siento nueva, me siento limpia. To-
davía hay sonidos del reloj, hay un tictac que puedo oír cerca
de mi espalda. Yo alcanzo hacia el velo, yo alcanzo hacia la vida.
He muerto, y he descrito lo que existe después, y voy a vivir otra
vez. He muerto, y ahora, vivo. La luz es muy brillante, y mien-
tras lo atravieso, hay manos que me tocan, hay más sonidos,
aplausos, mucha esperanza. Me siento muy pequeña y segundo
por segundo olvido cosas hasta que no queda ninguna impre-
sión de mi vida anterior. La vida sigue, la vida siempre es nueva.
117
118
Potosí
Jasper Stallings
I
Me levante con el sol ya entrando en mi cuarto. Desde la ven-
tana, vi los barcos en el puerto. Siempre me interesaban los bar-
cos, esos gigantes de madera navegados por una tripulación tan
pequeña. Era el 28 de marzo de 1605 en la ciudad de Cádiz. Me
llamo Pascual, soy de un pueblo que se llama Medina Sidonia.
Mis padres murieron cuando tenía ocho años y la iglesia me
cuidó hasta que me hice misionero. Ese día, el 28 de marzo era
mi último día en Cádiz, el día que embarqué y empecé mi viaje
a América y mi nueva vida.
Era un día perfecto, hacía sol y una temperatura perfecta. El
viento del mar trajo el olor del puerto a toda la ciudad. El olor
de especias del este, el café de América y los miles de pescados
que iban al mercado. Era muy difícil salir de Cádiz ese día, me
estaba preguntando una y otra vez, ¿qué puede ser mejor que
mi propia ciudad en la primavera? Pero tenía una misión y por
eso yo decidí irme al puerto y embarcar para Venezuela.
Aunque había vivido al lado del mar toda mi vida ese día era
la primera vez que yo estaba en un barco. Desde el puerto yo
siempre pensaba que ir en barco era algo tranquilo y sin una
119
sensación de movimiento, pero no es así. Tres horas en el barco
y ya había vomitado tanto que no podía vomitar más y quería
volver a mi casa, pero ya no era posible. La única cosa que me
daba seguridad era mi biblia que yo leí cada día. Las historias
de la biblia tienen sentido y orden, algo que me faltaba en la
vida en ese barco.
Las semanas pasaron y me sentía mejor en el barco pero, en
el momento en que me sentí seguro y empecé a ser feliz en el
mar, llegamos a América. Toda mi vida yo había oído hablar
de ese continente. Me habían hablado de las selvas llenas de ani-
males que matan, las montañas más altas que las nubes, ríos
largos como el Nilo de Egipto y llenos de cocodrilos, pescados
que comen vacas y, sobre todo, yo había oído sobre la gente na-
tiva salvaje. Decían que algunos son caníbales, otros que hay
tribus que matan a cualquier extranjero que entra en sus tierras
y otros dicen que esos indios no son humanos, sino animales
que son muy parecidos a humanos pero que actúan con desen-
freno y sin restricción. Yo no creí nada de eso y estaba deter-
minado a llevarles la palabra de Dios y salvar sus almas.
Cuando el barco llego al muelle, un cura estaba sentado allí,
vestido con una sotana negra y un sombrero con un ala muy
grande. Yo baje del barco y él me saludo:
- Hola, supongo que eres el nuevo misionero, ¿no?
- Sí, soy yo. Me llamo Pascual Blas y tú ¿quién es?
- Encantado padre Blas, yo soy Rafael Ortiz, bienvenido a
Venezuela, el borde del mundo. Venga vamos juntos tengo que
explicarle unas cosas.
Empezamos a caminar y él empezó a contar lo que iba a
hacer en las próximas semanas y posiblemente el resto de mi
vida.
- Pues, padre Blas, tenemos un trabajo muy especial para
usted, ¿conoce la ciudad de Potosí?
Yo respondí lo que sabía, que Potosí era una ciudad muy im-
portante para España porque es la fuente de casi toda la plata y
suporta gran `parte de la economía del imperio.
120
- Muy bien Blas, es usted una persona muy instruida. Hace
unas semanas, unos misioneros en Potosí murieron cuando
unos indios hicieron un motín pequeño, pero no se preocupe
padre Blas. Sublevaciones como esa son muy raras allí en Potosí
y siempre se aplacan muy rápidamente: lo que les pasó a ellos
era muy inusual y no le pasará si cuida un poco.
- ¿Entonces voy a Potosí?
- Si señor, eso es. Saldrá de aquí mañana al amanecer. Va con
un envió de suministros a Potosí. Ellos le van a dar un burro y
todo lo que necesita para el viaje. La ruta es muy larga, depende
de si aparecen algunos problemas, pero aunque todo vaya bien
va a costar muchas semanas para viajar hasta allí.
El día siguiente fui a la Plaza Mayor, donde mis compañeros
estaban esperando y en ese grupo vi por primera vez los indios
de América. Había allí 4 hombres españoles con caballos y con
ellos más o menos cien indios, todos encadenados y con grille-
tes en las manos. Yo pregunté a los españoles:
- ¿Quiénes son ellos?
Uno de los hombres montados me miró con una expresión
de asombro, como si yo fuera estúpido.
- Ellos son mineros de los pueblos de aquí cerca de Caracas.
Los llevamos a Potosí para que hagan su trabajo obligatorio para
el estado.
- Pero ¿ellos son trabajadores o esclavos?
- A mí no me importa lo que los llames. Mi trabajo es traerlos
a Potosí vivos y eso es lo que hago. Le recomiendo que haga su
trabajo también padre, no hay que hacer preguntas. Nos vamos
ya, su burro está por, allí al final de la fila.
Yo vi al final de la fila un burro viejo, con piel gris y cubierto
de pulgas. No estaba seguro si ese burro podía llevarme todo el
rato a Potosí, pero yo monté y empezamos a caminar fuera de
la ciudad. Mi hogar estaba detrás de mí y muy lejos cuando yo
entré por primera vez en la selva. Unas semanas pasaron y cada
día pasaba lo mismo. Nos levantábamos con el amanecer y se-
guíamos hasta el anochecer. Algunos días hacia sol y estábamos
121
fuera de la selva. Eran esos días que unos indios a veces murie-
ron. Siempre era lo mismo y pasaba así:
Estamos caminando cuando uno de los indios cae. Todos los
indios se paran y quedan mirando a su compañero en silencio
mientras nuestros “guías” discuten a quién le toca su turno para
tirar el cuerpo del indio. Yo bendigo al hombre y, cuando llega
la persona a la que le toca tirar el cuerpo, yo lo veo desaparecer
entre los arbustos al lado del camino.
Cada vez lo mismo, el horror nunca perdió su fuerza y nunca
me sentía cómodo en ese camino. Nadie tenía un problema con
esos muertos. Para los guías era una cosa normal, un día de su
trabajo. Pero con los indios algo doloroso había pasado, parecía
que habían perdido la esperanza, pero la verdad era que se la
habíamos robándolo al principio del camino cuando les pusi-
mos los grilletes y nos los llevamos de sus pueblos. Yo vi el su-
frimiento en las caras de los indios. Por la noche algunos
repetían nombres de parientes una y otra vez con mucho miedo
y dolor en la voz. Es una cosa triste ver un hombre que ha per-
dido toda su vida, pero también da miedo. Él, que no tiene nada
más que perder, puede hacer lo que quiera, porque ya no tiene
razón para tener miedo.
Un día yo decidí sentarme con unos indios para cenar porque
era mi deber hablar con ellos y darles a conocer la palabra de
Dios, pero primero había que ganar su confianza con un poco
de amistad. Ellos estaban en un círculo yo me senté en el único
lugar libre con mi cena en la mano. Yo tenía unas judías blan-
cas, dos filetes de carne seca y un trozo de pan. Eso no era una
cena para un rey, pero se podría creer que era un festín por
cómo lo miraban los indios. Eso me confundió hasta que vi lo
que tenían todos los indios para comer. Entre todos había que
compartir un filete de carne vieja y un poco mohosa, y para
cada uno un trozo de pan que era tan duro como una piedra.
Eso no era comida suficiente para un ratón, sin hablar de un
hombre que lleva todo el día caminando. Yo les pregunté cómo
se llaman y pasaron unos segundos, que se sentían como horas,
122
hasta que uno me respondió:
- Me llamo Juan, mis compañeros no responden porque no
saben español pero yo lo sé porque mi madre era española.
Somos de un pueblo cerca de Caracas.
- Encantado Juan. Yo me llamo Pascual, soy un cura de
Cádiz, en España. Tu madre es española ¿no? ¿Entonces estás
bautizado?
- Pues no. Mi padre quería que yo no fuera bautizado y,
cuando él murió, mi madre respetó su deseo y yo también lo
respetaré.
- Ah, vale, lo entiendo.
- Si eres un cura, yo tengo una pregunta para ti. ¿Está bien
para tu Dios lo que pasa aquí, que nos detenéis como esclavos
para trabajar en las minas?
- Pero solo tenéis que hacer cada uno tu mita, tus ocho meses
de trabajo obligatorio y después volveréis.
- Sí, eso es lo que dicen y muchos van a las minas de Potosí
pero de nuestro pueblo nadie ha vuelto.
- Eso no es posible, después de los ocho meses la mita acaba
y estáis libres. A lo mejor todos se han quedado allí porque hay
trabajo para todos.
- Vamos a ver Padre, vamos a ver. Espero que esté en lo co-
rrecto, pero no lo creo ni un poco.
- Tiene que ser, si no ¿qué pasó a los demás?
Esa pregunta quedaba en el aire sin respuesta. Me quedé con
ellos unos minutos más, pero no había nada que decir. Enton-
ces me levante y fui a la cama. Esa noche yo no dormí ni un mi-
nuto, estaba pensando en lo que me había dicho Juan. Yo no
sabía lo que iba a ver en Potos,í pero imaginé que nos íbamos a
pie al infierno para conocer al diablo mismo. Lo más horrible
es que lo que pensaba no quedó muy lejos de la verdad.
II
Era verano cuando llegamos a Potosí, pero antes de llegar fui-
mos a pueblos de vez en cuando y al final del camino teníamos
123
muchos indios, un poco menos que dos cientos en total. Yo
hable con Juan unas veces más, hasta el punto de que nos hici-
mos amigos. Él me habló de su pueblo y de su familia. Después
de la muerte de su padre, cuando aún era un niño, su madre lo
trajo a Caracas pero él no se sentía bien en la ciudad; entonces
ellos volvieron al pueblo donde les aceptaron con los brazos
abiertos. Años después, cuando le tocó a Juan la mita, su madre
se quedó allí cuidando al hijo de Juan, junto con su esposa.
El 6 de agosto 1605 entramos oficialmente a la ciudad de Potosí
y mi primera vista de la ciudad fue algo que nunca voy a olvidar.
Las calles grandes llenas de gente, torres de un millar de iglesias,
salas de teatro y de juegos, burdeles en cada rincón y edificios
hasta el final del mundo. Antes de llegar, yo pensaba que Potosí
iba a ser un pueblo callado de mineros en las montañas pero
no era así. Potosí es una de las ciudades más grande del mundo
con muchos miles de personas. Más grande que mi ciudad de
Cádiz y aún más grande que Barcelona. Potosí es como el Paris
de América con el doble del dinero.
Cuando llegamos a la ciudad, los hombres a caballo me des-
pidieron y llevaron a los indios a sus nuevas casas. Antes de
que fueran, yo me despedí de Juan y le dije que iba a visitarlo
muy pronto, en cuando pudiera, y él se despidió. Ese día yo noté
algo en Juan que nunca había visto antes, miedo. En ese mo-
mento yo lo vi pero pensaba que me había equivocado porque
¿de qué hay que tener miedo en una ciudad tan bonita como
Potosí? Que cegado estaba yo para creer eso sobre un lugar
como ese.
Los primeros días pasaron como un sueño. Yo di paseos por
muchas horas cada día mirando a la gente y el lujo de sus vidas
allí. Toda la gente iba vestida como reyes y siempre pagaban
con plata. La belleza de esa ciudad era increíble, pero tenía al-
gunas manchas visibles. Esas manchas eran los indios.
La mayoría de los indios se quedó en una parte de la ciudad
reservada para ellos, pero a veces algunos venían al centro en
busca de comida. Al principio yo pensaba que eran cadáveres
124
y algunos sí que eran cadáveres, pero otros no. Parecían como
esqueletos vivos con una capa delgada de la piel para mantener
unidos sus cuerpos. Esos esqueletos no levantaban del suelo y
solo decían:
- Aguaa…Comida… Agua…Comida…. por… favor.
Pero nadie les ayudaba. La primera vez que yo vi a un hom-
bre así por el suelo grité:
- ¡Socorro! ¡Este hombre está vivo pero se está muriendo!
¡Socorro!
La gente me miraba como si fuera estúpido y uno me dijo,
que eso era normal y que debía seguir con mi paseo. No sabía
lo que había que hacer, entonces me levante y seguí con mi
vuelta. Esa noche yo volví a mi casa pero no podía dejar de pen-
sar en el hombre que había visto por el suelo.
Algo estaba mal en esa ciudad y yo lo supe. ¿Cómo puede
existir tanta extravagancia y derroche cuando hay gente en la
misma ciudad muriendo de hambre?. La injusticia era intole-
rable. Dice en la biblia que Jesús existe en los pobres entonces
¿cómo está bien dejarlos morir? El día siguiente era mi primer
día de trabajo y decidí irme del centro para ver al barrio de los
indios, hablar con ellos y visitar a Juan.
Ese día yo me desperté temprano y fui andando hasta el do-
minio de los indios, pero por algún razón yo tenía miedo de lo
que iba a encontrar allí. Era un camino de una media hora su-
biendo por la montaña hasta el barrio de los indios. Lo pusieron
allí para qué vivieran los trabajadores más cerca de la mina.
Yo iba jadeando como si estuviera corriendo cuando subía
por la montaña porque Potosí tiene una gran altura. Cada mi-
nuto que pasaba las casas parecían menos y menos cuidadas,
había menos iglesias y más gente por el suelo como el hombre
del día anterior. Mucho tiempo pasó hasta que llegué al centro
del barrio de los indios donde ya había miles de hombres en fila
esperando para empezar el día de trabajo. Algunos eran nuevos,
con la ropa y zapatos que trajeron de sus pueblos, todavía con
buena salud, y otros parecían peor. Algunos parecían como los
125
hombres que se veía muriendo por el suelo pero aún caminado
por lo menos un día más. Ellos no llevaban ni zapatos, ni ropa,
sino una tela para cubrirlos. Yo vi en los que parecían peor algo
raro; tenían quemaduras rojas sobre las manos y pies. En la
parte delantera de la fila, encontré unos supervisores para los
trabajadores. Les pregunté:
- ¿Todos estos hombres trabajan en la mina?
Ellos parecían muy sorprendidos al verme, quizás porque no
hay muchos curas que vayan a la mina. El que parecía el jefe
me respondió:
- Sí, son mineros, ¿qué quiere?
- Pues, si no te molesta mucho, quiero decirles unas palabras.
- Haga lo que quiera padre, pero no sé qué quiere decir a esos
animales. No se da sermones a los perros en la calle, entonces
no entendió por qué hablar con ellos es diferente. Son animales,
solo son un poco más listos que perros y menos obedientes.
- Gracias por tu consejo, pero hay algunas cosas que quiero
decir para presentarles la palabra de Dios.
Yo empecé con el Padre Nuestro, gritando para qué todos
pudieran oírme:
Padre nuestro que estás en los cielos
Santificado sea tu Nombre
Venga a nosotros tu reino
Hágase tu voluntad
Así en la tierra como en el cielo
El pan nuestro de cada día
Dánosle hoy
y perdonanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos nuestros deudores
y no nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amen.
Todos me miraban con caras sin expresión, sin interés en lo
que decía. Seguían en silencio esperando el comienzo del día
126
de trabajo. Yo había perdido toda esperanza cuando vi el mo-
vimiento de una mano el aire. ¡Juan! Nosotros nos reunimos
como amigos de hace mucho tiempo, con mucha felicidad, pero
algo había cambiado en su cara. Estaba sucísimo, pero también
vi que él había perdido algo, la sensación de esperanza en sus
ojos y la felicidad en su risa. Yo le pregunte qué tal su trabajo y
su vida en Potosí y él me respondió:
- Pascual, te explicare lo que pasa aquí después de esta jor-
nada de trabajo. Yo saldré de la mina el sábado por la tarde.
- ¡Sábado! ¡Eso no es posible! ¡Toda la semana debajo de la
tierra te vas a morir!
- Algunos sí que mueren adentro, pero solo los débiles y en-
fermos. Te contaré luego lo que pasa, voy a bajar hasta tu casa
sábado.
- Ten cuidado allí dentro Juan, voy a rezar por tu seguridad
pero aún, ten cuidado.
- Gracias Pascual, Ya es la hora de entrar, hasta el sábado.
- Hasta el sábado.
Él se fue con los demás dentro de la montaña, desapare-
ciendo como los que habían muerto en el camino desaparecie-
ron en los arbustos. Yo esperaba que él no fuera a compartir el
destino con ellos esa noche. Después de que salieron los traba-
jadores, camine por las calles del barrio. Vi una pila de cadáve-
res, todos trabajadores de la mina y muchos con esas
quemaduras rojas. En todos lados había gente demasiado débil
para trabajar, que seguro que habían tenido dolores inimagi-
nables, visto la muerte de compañeros muchas veces y habían
tenido miedo por sus propias vidas aún más veces. Ellos, que
habían pasado todo eso, ya les dejaron en el lodo al lado de la
calle para morir de hambre o sed, los dos haciendo una carrera
para ser el asesino mientras el dueño de la mina se esconde de
la culpa contando todo el dinero que ha ganado con la vida de
ese indio. Estaban esperando añadir un cuerpo más a la pila,
pero estaba justificado, él es un indio, eso quita la culpa de todos
y, si aún te sientes culpable, eso solo era su mita, ¡una tradición
127
originalmente inventada por su propia gente!
Las justificaciones que ha inventado mi propia gente para
matar a otros para ganar dinero me dan un asco horrible. Mi
gente me había prometido que podíamos ayudar a esos indios,
darles a conocer a Dios y enseñarles cómo vivir como nosotros.
Ya no sé quién debe enseñar y quién tiene que aprender. Con
esos pensamientos yo baje de la montaña para ver el centro de
Potosí una vez más, pero no iba a ver la ciudad bonita de la que
había salido esa mañana.
Poco a poco, como por la mañana, los edificios empezaban
a cambiar y había menos y menos indios por la calle hasta que
estuve en el centro otra vez. Ese centro que antes me había pa-
recido como una ciudad perfecta, en ese momento me mostró
su sentido real. Potosí era una ciudad de la riqueza, la riqueza
chupando de la teta de las vidas de los que estaban muriendo
en la montaña para ellos y usándolos para mantener sus vidas
de pecado. Cada domingo, esos pecadores vienen en fila a sus
iglesias de plata como si eso les perdonara de sus crímenes, y
salen una hora después con las conciencias claras, listos para
una semana más de homicidios.
La ciudad de Potosí está hecha como el dominio de Dios, los
pecadores quedan debajo de la montaña y los inocentes quedan
arriba. El problema es que los pecadores disfrutan de grandes
placeres mientras los inocentes sufren de grandes dolores para
mantener a los de abajo. Pero aún hay esperanza, porque dice
en la biblia que, “es más fácil que un camello pase por el ojo de
una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Esa es
la única cosa que me tranquiliza, el hecho de que se haga la jus-
ticia después de la muerte.
Yo volví a casa directamente esa noche, no podía ver nada más
deesaciudad.Noqueríacomerentoncesfuidirectamentealacama.
Me quedé despierto hasta el amanecer, pensando en todos los que
estaban dentro de la montaña, las almas que sufren mientras la
gente de la ciudad, (¡yo incluido!) se quedaban en sus camas dur-
miendo como bebés. Yo pensé en rezar por Juan, pero decidí que
128
aun eso no lo iba a ayudar en el infierno donde estaba.
Los días siguientes yo esperaba a Juan todo el tiempo. Unas
veces traté de rezar, pero no podía. La imagen de la pila de cuer-
pos siempre aparecía en mi mente cuando empezaba a rezar,
ni siquiera Dios podía calmarme. Los días pasaron y por la tarde
el sábado yo oí un golpe en la puerta y la abrí esperando a Juan,
pero cuando vi a la figura en mi puerta no la reconocí como
humano, menos como Juan. Estaba cubierto de un polvo os-
curo con quemaduras rojas sobre todo su cuerpo y heridas
sobre sus pies, le faltaban zapatos. Invité a Juan a entrar y le
preparé una bañera con agua caliente para lavarse. Cuando es-
taba limpio y con vendajes sobre sus pies, me empezó a hablar:
- No puedo entrar en esa mina otra vez Pascual, no puedo.
- ¿Por qué? ¿Qué te ha pasado allí?
- Era horrible. Mi trabajo era bajar y subir una y otra vez lle-
vando la plata fuera de la mina. El trabajo era difícil y peligroso
pero lo podía hacer. Mi segundo día en la mina yo empecé a
conocer a mis compañeros por la mañana y eso hizo mi trabajo
mucho más tolerable, pero tenía mucha hambre y el trabajo se
hizo más y más difícil. Ese día les mataron, yo pude salvar las
vidas de esos hombres pero les fallé cuando yo seguí las órdenes
del supervisor.
- ¿Murieron tus compañeros? ¿Qué pasó Juan?
- Era el penúltimo envío del día y estaba subiendo cuando
me di cuenta de algunas grietas en la pared de la mina que es-
taban creciendo cada segundo. Yo sabía que ese túnel iba a co-
lapsar muy pronto y debería de haber vuelto con mis
compañeros para advertirles del peligro pero, en lugar de eso,
subí para decírselo al supervisor y él me dijo que eso estaba bien
porque no había suficiente plata en ese túnel todavía para qué
valiera la pena trabajar allí. Él no me dio permiso de volver a
entrar para advertir a mis compañeros y unos minutos después
se colapsó el túnel. Pudimos salvarles, había bastante tiempo y
aunque el túnel había colapsado la caverna al final estaba bien,
dejamos a esos hombres vivos solo porque perderían dinero si
129
nos usaban para rescatarlos en vez de trabajar más.
- Entonces, ¿ellos fueron dejados allí porque costaría dema-
siado dinero salvarlos? ¡Qué injusticia! ¿Cómo puede vivir al-
guien consigo mismo si hace algo como eso? No hay ninguna
justificación para dar más importancia al dinero que a las vidas
humanas.
- Después de que colapsó el túnel, ellos me dieron un nuevo
trabajo inmediatamente y por eso tengo estas quemaduras.
Tenía que mezclar el mercurio con la plata usando los pies. Eso
me quemó como fuego y llevo dos días haciéndolo hasta ahora.
No puedo dejar de pensar sobre los que han muerto por nin-
guna razón sino la codicia insaciable de algunas personas.
- Lo siento Juan. Siento que te sacaran de tu pueblo y tu fa-
milia, siento que tuvideras que caminar a través de un conti-
nente mirando a tus compañeros morir, siento que te hayan
tratado como a un esclavo, siento que no te dejaran salvar a tus
amigos y, sobre todo, siento que yo no he hecho nada para ayu-
darte. Yo no soy mejor que esos que te han hecho daño. Yo
estoy apoyado por la plata que sacan de esa montaña y no he
hecho nada para ayudar a nadie, ni a la gente muriendo por la
calle, ni a los que estaban muriendo en el camino ni a ti tam-
poco. Lo siento Juan.
Ya no soy una cura porque ya no hay Dios. ¿Cómo puede
existir un Dios en un mundo de injusticias como este, un
mundo en que los pobres inocentes mueren para mantener a
los ricos pecadores?. Si existiera el Dios de la biblia, el Dios que
ama a los pobres y ayuda a los que ama, esos problemas no se-
rían como son. Potosí sería una montaña y nada más, tú estarías
con tu familia y los que han muerto en la mina con los suyos.
No puedo creer en un Dios que deja pasar todo esto y, si Dios
existe y lo deja a pesar él, no es un Dios que yo quiera adorar.
- Lo que dices es la verdad Pascual, pero ¿qué podemos hacer
ahora? Ya no tienes la iglesia para apoyarte y yo no vuelvo a esa
montaña, entonces, ¿qué hay que hacer ahora?
- Tienes que irte Juan, vuelve a tu pueblo y ama a tu familia.
130
Te doy provisiones para el camino, pero tienes que ir solo.
- Y tú Pascual, ¿qué vas a hacer?
- Ya no hay nada para mí aquí y tampoco en España. Yo
tengo que empezar otra vez en un nuevo sitio, a mí no me im-
porta dónde voy con tal de que no sea como aquí.
Después de unos meses Juan se fue de Potosí. Hasta su salida
yo le cuidé en mi casa y le escondí de los mineros que le estaban
buscando. Él era mi único amigo en este mundo y espero que
encuentre a su familia y tenga un camino seguro. Yo le dije que
iba a irme de Potosí, esa era la verdad, pero la mentira fue
cuando le dije que tengo un destino.
Ya no hay nada más para mí en la sociedad. No voy a romper
mi voto de no tener niños que hice cuando me hicieron cura y
tampoco tengo familia en este mundo. Yo me voy de aquí, sin
dirección, solamente lejos de este lugar de maldad y avidez. No
sé si voy a sobrevivir y por eso he escrito mi historia aquí. Es-
pero que el que lea esto se dé cuenta del mal que está aquí en
Potosí y si es más valiente que yo, que haga algo para pararlo.
Yo me voy ya para empezar otra vez y esta vez sin el pesar ni
con el miedo que tenía la primera vez. Gracias por leer mi his-
toria yo me voy ya de aquí.
Pascual Blas
1605
131
132
Un desastre en el desierto
Lisa Weiss
Era un buen día en España, estaba soleado y no había ni una
nube en el cielo. Era el principio del verano, las clases para los
universitarios acababan de terminar y las vacaciones habían
empezado. Un grupo de chicas se sentó en un café. Se habían
sentado en una mesa entre sol y sombra. Alejandra, una de las
chicas, veía unos niños que jugaban en la plaza enfrente de la
Basílica de Nuestra Señora del Pilar y se puso las gafas de sol.
Estaba relajada, había acabado su carrera de medicina y el mon-
tón de exámenes, y en ese momento no tenía estrés. Aunque no
había encontrado trabajo y no tenía planes para el verano, es-
taba contenta de estar con sus amigas.
Unhombresehabíasentadosoloenlamesadealladodelaschi-
cas. Llevaba unas Nike y una cámara alrededor su cuello. Leía el
menúyparecíaquenoloentendiera.Elcamarerollegóylepreguntó
quéquería beber.Parecíaconfundido,ycondificultaddijo,“uncafé
con leche”. El camarero se fue y Alejandra miró al extranjero, sus
ojos verdes, su piel que ya estaba morena, sus músculos grandes,
sus zapatos raros y la seguridad que tenía, aunque estaba solo.
Clara, una amiga de Alejandra, dijo, “¡Alejandra! ¡No le
133
mires así!”
Alejandra miró al suelo, y dijo, “Déjame en paz. Es distinto y
también es muy guapo... ¿Debería hablar con él?”
Las chicas rieron y se encogieron de hombros. Alejandra re-
plicó con vergüenza, “¡Callaos!”.
El grupo de amigas seguía hablando de cosas que a Alejandra
no le interesaban. Hablaban de tonterías de sus vidas, como
“Jorge ha dejado Marta por Berta”, y cómo “Lara llevaba un ves-
tido súper feo en la fiesta de Adrián”. Normalmente, Alejandra
participaría de estas tonterías, sin embargo hoy estaba abstraída
y seguía mirando al guiri.
Por fin, el camarero volvió a preguntar al extranjero qué que-
ría tomar. El guiri no entendía nada de lo que le dijo el cama-
rero. Alejandra quería ayudarle, hablaba inglés con fluidez y
suponía que el guiri era inglés o americano. Decidió levantarse,
caminar a la mesa y ayudar el pobre a pedir. Se levantó de re-
pente, y sus amigas la miraron y dijeron al mismo tiempo, “¿a
dónde vas?”
“Me voy a ayudar al pobre guiri, no entiende nada y me ne-
cesita”, dijo Alejandra con confianza. Sus amigas parecían con-
fundidas, no se habían dado cuenta de que chico necesitaba
ayuda, porque estaban hablando de sus tonterías. Al mismo
tiempo todas le miraron y rieron.
“Bueno si quieres hablar con él, vete”, dijo María, una de las
amigas. Alejandra se fue sin vergüenza.
“¡Estás embobada con él!”, gritó Clara.
Se acercó al hombre extraño y Alejandra dijo, en inglés,
“Hola, soy Alejandra. ¿Puedo ayudarte?”
“Bueno, sí, gracias. Me llamo Jack. Es que no hablo español,
soy de Australia”, explicó el guiri.
“Suponía que no eras de aquí. ¿Quieres algo para comer?”
“Iba a pedir tortilla de patata, pero no pude”, dijo Jack.
Alejandra reía, llamó al camarero y pidió dos pinchos de tor-
tilla de patata, uno para ella y otro para su nuevo amigo.
“Gracias por tu ayuda, Alejandra. Te lo agradezco. Estoy aquí
134
en Zaragoza para una entrevista de trabajo”.
“Nada, no te preocupes. ¿Qué haces?”
“Soy un instructor del paracaidismo”, contestó.
“¡No me jodas!”, exclamó Alejandra.
“Es la verdad, te lo juro. En Australia salto de aviones, es mi
trabajo. Y ahora me ofrecen un trabajo aquí en España para
hacer lo mismo”.
“¿Vas a trabajar aquí en Zaragoza? Jo, paracaidismo me in-
teresa mucho. Nunca lo he hecho, pero me gustaría”, dijo Ale-
jandra.
“Pues no. Trabajaría cerca de Francia, en las montañas, pero
la empresa es de Zaragoza. Aunque no sé si voy a aceptar el tra-
bajo. España no es mi casa, ¿sabes?”.
Continuaron hablando de su trabajo y los planes de verano
de Alejandra. Su conversación podría haber ido para siempre.
Cada momento que pasaba a Alejandra le gustaba este hombre
más, y parecía que Jack sentía lo mismo. Con coraje y confianza,
Jack le preguntó si quiera cenar con él; Alejandra, por supuesto,
dijo sí. Hicieron planes de reunirse a las ocho en el Hotel Pala-
fox, donde Jack se alojaba. Alejandra se fue a decir a sus amigas
qué había pasado. No creían que se gustaran, porque no creían
en amor a primera vista. Pensaban que la cita iría mal, o que
Jack tenía malas intenciones.
Sin embargo, se equivocaron, Jack y Alejandra lo pasaron
muy bien. Alejandra llevaba un vestido largo con tacones, se
había pintado los ojos para acentuar su tono marrón, llevaba el
pelo rizado, en general estaba muy guapa. Jack, también estaba
muy guapo. Llevaba un traje con una corbata morada para
acentuar sus ojos verdes. La cena duró tres horas y comieron
muy bien, y luego fueron a bailar al Casco; después, Alejandra
se quedó dormida en el cuarto del hotel.
LamañanasiguienteAlejandraselevantóymiróalrededor;Jack
no estaba. Se sentía como una puta. “¿Qué he hecho?”, murmuró.
De repente vio una nota que decía, “He ido a comprar des-
ayuno. No te preocupes, volveré pronto. Un besito”. Alejandra
135
sonrío.
Como había dicho, Jack volvió pronto con palmeras y mag-
dalenas. Las estaban comiendo cuando Jack dijo, “Mi avión se
va a las cuatro hoy”. Alejandra no pudo responder porque no
podía creerlo.
“Pero me gustas mucho…, no quiero que te vayas ya”.
“Yo tampoco Alejandra. Te lo juro. Quiero verte otra vez.
¿Vas a visitarme en Australia? Podríamos viajar a la playa y al
desierto. Sería genial si vinieras”.
“No hay nada que quiera más”, dijo Alejandra, “pero hay un
problema. Es que no tengo dinero para comprar un billete de
avión, ni dinero para viajar a través de Australia”.
“Alejandra, ¿dirías sí si te ofreciera un trabajo? Podrías tra-
ducir cosas para los turistas que quieren hacer paracaidismo
que vienen de países donde hablan español”.
“Jo, sería genial. ¿Lo dices en serio? ¿Podría trabajar para ti
este verano?”
“Sí, seguro, en agosto. Puedo llamarte cuando tenga trabajo
para ti, y luego puedo comprar un billete para que vengas”.
Esta oferta cambaría la vida de Alejandra. Quería hacer algo
arriesgado y ésta era la oportunidad perfecta. Alejandra aceptó
el trabajo y se despidieron con besos y abrazos. Jack se fue a
Australia y Alejandra continuó con su vida los próximos dos
meses.
El día después que Jack se fue, Alejandra explicó la situación
a sus amigas, Clara y María, en un café, y pensaban que Alejan-
dra estaba loca. Clara dijo que sentía que algo horrible iba a
pasar y María sentía lo mismo. Alejandra decía, “Tías, no os
preocupéis. Jack es muy majo, tengo confianza en él. No vamos
a casarnos, sólo voy a trabajar para él”. María y Clara estaban
de acuerdo con los planes de Alejandra, pero todavía se sentían
intranquilas. Sentían que Jack era un poco raro, y a lo mejor
tenía malas intenciones.
Después de explicar la situación a sus amigas, Alejandra tenía
que explicarla a sus padres. Alejandra fue deprisa a su casa.
136
Vivía sola por primera vez en su vida. Normalmente los uni-
versitarios vivían con sus padres y Alejandra había vivido con
ellos pero, como acaba de terminar su carrera, sus padres se
marcharon al pueblo y dejaron el apartamento para Alejandra.
Les llamó, pero no cogieron la llamada, entonces Alejandra dejó
un mensaje explicando que tenía que explicarles algo. Esperó
que sonara el teléfono una media ahora sin moverse cuando
por fin sus padres la llamaron. Explicó la situación, y no se en-
fadaron. Se sintió aliviada, pensaban que se enfadarían. Su
madre dijo que vendría al apartamento antes de que se fuera
para ayudarle a hacer la maleta.
Por fin, en agosto Jack llamó a Alejandra. Le dijo que tenía
un trabajo para ella y podía venir la próxima semana. Además,
dijo que había comprado el billete de avión y que, cuando lle-
gara, irían alrededor de Australia durante una semana y luego
empezaría a trabajar en la oficina de la empresa.
La madre de Alejandra llegó siguiente miércoles y ayudó a Ale-
jandra con la maleta. Se llevó todo porque no sabía qué iba a hacer.
Cogióbikinis,botasdelamontaña,tacones,ropadelaoficina,som-
breros, vestidos formales, vaqueros, camisetas de verano, jerséis…
, todo lo que tenía, aunque no fuera necesario. Antes de irse Ale-
jandrasedespidiódesuúnicocompañero,supez.Sumadrelallevó
al aeropuerto y se despidieron. Su madre parecía que estaba preo-
cupada por ella, pero no dijo nada. Cuando Alejandra se fue para
el avión, casi parecía que su madre iba a llorar. Alejandra sólo pen-
saba que ella iba a echarla de menos.
Alejandra entró en el avión y se sentó. Estaba nerviosa.
Nunca había estado en otro país y ahora iba a un lugar donde
se habla inglés y sin sus amigos. Por otro lado tenía ganas; iba
a visitar a Jack por fin. Con cada día que pasaba le gustaba este
hombre más y más. No iba a vivir en su casa, sino en otro sitio.
Jack había dicho que estaba planeando todo y que Alejandra
no necesitaba preocuparse. No estaba preocupada, no tenía una
razón para preocuparse, sólo se sentía ansiosa.
El avión aterrizó en Sydney, y después de recoger sus maletas
137
Alejandra se reunió con Jack. Cuando le vio estaba nerviosa, lo
abrazó y dijo, “te echaba de menos”. Jack dijo lo mismo, pero
no parecía tener tantas ganas de verla.
La llevó en su coche y Alejandra le preguntó, “¿a dónde
vamos?”
“Vamos a mi casa para dejar tus maletas grandes. Sólo vas a
necesitar una bolsita para nuestro viaje y luego nos vamos a la
playa y después al desierto”.
Cuando Alejandra vio la casa no podía respirar. Nunca en su
vida había visto una casa tan grande como esa. La casa era mo-
dernísima, parecía como si fuera de una revista de Ikea. Delante
de la casa había una terraza de madera y una gran piscina.
Había un cuarto abierto al lado de la piscina, las paredes eran
de vidrio y en el interior había dos sofás y una mesa. El cuarto
era el camino hacia el resto de la casa. El interior de la casa era
más bonito de lo que había podido imaginar. Las paredes esta-
ban hechas de piedra y eran tres veces de su altura. Al otro lado
de la pared había una ventana desde donde se podía ver una
vista de la playa enfrente de la piscina. Había luces que, ilumi-
nando el salón, lo hacían más cómodo. Alejandra se sentó en
uno de los varios sofás y trató de averiguar dónde estaba y qué
pasaba. Miraba alrededor, se dio cuenta de que había juguetes
de niños, pero no dijo nada. Jack le preguntó nerviosamente,
“¿hay algo que quieras? Dime si necesitas algo”. Alejandra
quedó anonadada, no podía decir nada.
“¿Vives solo?”, dijo por fin Alejandra. No entendía cómo se
podía vivir de forma tan elegante como él. Era tan joven, sólo
tenía algunos años más que ella. Se sentía fuera de lugar.
“Sí, claro que sí. ¿Por qué preguntas eso?”, dijo rápidamente.
“Vamos, Alejandra, tenemos prisa. Ya he dejado las maletas
arriba. Vámonos”.
Con eso dicho, se fueron a la playa en el coche. Si Alejandra
no hubiera estado tan cansada del viaje, a lo mejor habría pen-
sado que era raro que tuvieran prisa, que no se fueran a quedar
en la casa, que no sabía dónde iba a vivir y, además, que había
138
juegos de niños en la casa de Jack. Pero Alejandra estaba abs-
traída porque le gustaba Jack y también porque la playa era ma-
ravillosa, muy distinta a las playas de España.
“¿Te gusta la playa?”, preguntó Jack de repente.
“Sí, me gusta mucho. Quiero quedarme aquí contigo para
siempre”.
En respuesta Jack sólo sonrío. Se quedaron en un hotel de la
playa, lejos de la casa de Jack. Lo pasaban muy bien. Pasaban
los días por la playa, caminaron por la orilla con la arena entre
los dedos de los pies. Alejandra sentía que le gustaba Jack más
y más cada día y esperaba que Jack sintiera lo mismo. Jack pa-
recía un poco abstraído, como si estuviera en otro sitio.
Después de tres días en la playa, Jack dijo que deberían ir al
desierto. Alejandra dijo con miedo, “¿el desierto es un poco pe-
ligroso, no? Podríamos perdernos”.
“No, iba al desierto cuando era niño con mi padre. Conozco
las rutas, no vamos a perdernos”, dijo Jack con autoridad. Final-
mente convenció a Alejandra de ir al desierto.
El próximo día se fueron al desierto en un Jeep. El plan era ir
conduciendo hasta allí. Quería enseñarle el paisaje y luego re-
gresar en coche para comer en el restaurante favorito de Jack.
Se levantaron a las seis de la mañana para que no hiciera tanto
calor, comieron un desayuno pequeño y luego subieron en el
coche y se fueron. Cuando estuvieron en el camino sonreían y
cantaban canciones horribles de América. Sus personalidades
eran muy parecidas, así que se caían muy bien. Y no hay que ol-
vidar que el paisaje era increíble. Nunca en la vida de Alejandra
había visto un lugar tan distinto. Había hierba seca durante ki-
lómetros, arbustos pequeños en la tierra roja, y sus alrededores
estaban rodeados de suaves colinas. No había palabras para ex-
plicar este paisaje; ¡era tan distinto!, casi un planeta diferente.
Alejandra estaba muy impresionada con el ambiente. Condu-
jeron unas cinco horas, cuando se cansaron y quisieron volver
para comer. Antes de irse, Jack dijo, “quiero enseñarte una cosita
más”. Con eso dicho, empezó a conducir como un loco. Con-
139
dujo en círculos tan rápido como podía. Alejandra gritaba y reía
hasta el punto dejó de dar círculos, y empezó a dar vueltas de
campana. Los dos gritaban, pensaron que serían los últimos
momentosdesuvida.Elcocheparódevoltear,ylosdossequedaron
estupefactos.Derepente,almismotiempo,sedieroncuentadeque
tenían que bajar del coche. Bajaron corriendo lejos del coche, y
cuando estaban a treinta metros del coche explotó.
Alejandra empezó a llorar del susto, “¿pero, qué ha pasado?”
“No sé. A lo mejor el motor se había sobrecalentado”.
Los dos se quedaron sentados en el desierto, asustados y sin
coche. El coche ardió llenando de humo el aire. Alejandra no
tenía ninguna idea de dónde estaba, y Jack tampoco. Jack había
conducido fuera de la ruta que conocía y ahora estaban muy
lejos de la carretera principal. No tenían nada. No tenían agua,
ni comida, ni un móvil, ni un mapa, ni una tienda de campaña,
ni un cambio de ropa, ni nada. Y lo peor era que nadie sabía
que habían ido al desierto. Los amantes estaban abandonados
y perdidos.
Las amigas de Alejandra le habían dicho que algo malo iba a
pasar, y Alejandra se había sentido intranquila antes de ir al des-
ierto. Sentía que algo malo podría pasar. Sentía que podrían pe-
derse en el desierto y ahora su pesadilla se había cumplido.
Alejandra, la joven española, estaba en el desierto de un país
extranjero con un hombre que apenas conocía. No podía hacer
nada sino llorar. Jack, por otro lado, estaba haciendo todo lo
que podía. Supo que podrían vivir sin agua durante dos o tres
días, y podrían vivir sin comida casi una semana. Si pudieran
encontrar agua podrían vivir más tiempo. Supo que necesitaban
encontrar refugio del sol, y un lugar donde poder dormir sin
morir del frío que hacía durante la noche. También necesitarían
encontrar la carretera. Si encontraban la carretera, podrían ca-
minar hacia el pueblo, y habría gente en la carretera que podría
ayudarles. Jack pensaba en todas estas cosas, mientras Alejandra
lloraba. Jack también tenía ganas de llorar, pero supo que si llo-
raba no lograrían nada.
140
“Venga, Alejandra, tenemos que irnos. Si no vamos a morir”,
dijo Jack, esperando que Alejandra no notara el miedo en su
voz.
Alejandra se levantó y empezaron a caminar a través el des-
ierto. Caminaban en dirección a las colinas, donde Jack suponía
que habría cuevas. Las colinas parecían cerca, pero el calor y la
distorsión del aire por el calor le engañaban. El desierto era más
grande de lo qué pensaba.
Caminaron durante horas y horas. La falta de agua y la pre-
sión del calor lo ponían cada paso más difícil. La boca de Ale-
jandra se sentía más seca que nunca en su vida, pero no se
quejaba. No se quejaba, porque no podía, por no tenía energía.
Por fin llegaron a una cueva. Era el anochecer y en cinco mi-
nutos se quedaron dormidos abrazándose.
La noche fue heladora, no se podían imaginar el frío que
hacía. Los dos se despertaron al amanecer, la luz les llegaba a
sus caras cegándoles los ojos. Se levantaron con la sequedad to-
davía en sus bocas. Alejandra miraba las plantas de los pies,
cogió una hoja y chupó el rocío.
“¿Qué haces?”, preguntó Jack.
“No sé, es que tengo muchísima sed. Siento que voy a morir”,
murmuró Alejandra.
“No digas eso. No vas a morir, te lo juro. Vamos a sobrevivir.
Y para la sed…, pues tengo una idea. Pero no te va a gustar”.
“Dímela. La haré”.
“Una vez leí que si se sufre de sed, se puede beber su propia
orina”.
Alejandra pareció que iba a vomitar pero con la ayuda de una
botella que habían encontrado lo hicieron. Decidieron que ese
día tenían que caminar al lado de las montañas hasta que en-
contraran la carretera. Allí podrían encontrar a alguien que po-
dría ayudarles.
Anduvieron todo el día. Con cada momento que pasaba se
sentían más y más débiles. Todo parecía muerto en el desierto
y con este pensamiento sus esperanzas de sobrevivir bajaban.
141
Nunca se habían sentido tan cansados. Les dolían todas las par-
tes de su cuerpo, de los pies a la cabeza. Los efectos de la deshi-
dratación habían empezado y los dos habían empezado a ver
cosas que no existían. Jack alucinaba que había tiendas de he-
lado en todos los lugares y Alejandra alucinaba que había pis-
cinas. Sin embargo no había tiendas de helados, ni piscinas, ni
una carretera. Sentían que no podían más, así que se sentaron
debajo de la sombra de un árbol y se durmieron.
Cuando se despertaron era de noche. Por fin no tenían tanto
calor y se sentían un poco mejor después de descansar. Pensa-
ban que sería una buena idea andar por la noche, cuando no
hacía tanto calor. El desierto parecía muy diferente durante la
noche. No sólo porque era menos caliente, sino porque había
animales. No habían pensado en los animales del desierto hasta
el momento en que Alejandra vio un coyote. Vieron los ojos
del coyote en la oscuridad y todo el desierto parecía más espe-
luznante.
“¿Crees que va a atacarnos?”, dijo Alejandra con miedo.
“No, pues espero que no”, dijo Jack vacilante.
Continuaron viendo más y más coyotes, pero los coyotes no
hacían nada. Sólo estaban allí para asustarles. Caminaron hasta
al amanecer, cuando decidieron tratar de dormir. Encontraron
una cueva, entraron y se durmieron. Aunque, no podían. Hacía
tanto calor dentro la cueva que no podían dormir. Se levanta-
ron, sin energía y casi sin esperanza. Trataron de caminar más,
no habían comido o bebido en casi dos días, y habían caminado
por casi vente horas con pocas horas de dormir. Lo único que
todavía les permitía levantar sus pies era la esperanza de vivir,
y poca esperanza quedaba.
De repente, Alejandra se desmayó, se cayó al suelo en la
arena y Jack gritó. Todo pasó muy rápido. Jack se sentó a su
lado y dijo, “¿Alejandra, estás bien? ¡Dime algo!”
Alejandra le miró a los ojos y dijo, “te quiero”, y Jack se
quedó en silencio mientras Alejandra cerró los ojos. Se quedó
dormida en el desierto a lado de Jack.
142
Alejandra se despertó en una cama en un hospital, no podía
recordar nada de lo que había pasado. Miraba alrededor del
cuarto, no estaba Jack ni nadie. Pensaba que Jack había muerto
y no había palabras para expresar cómo se sentía. Alejandra
llamó, “¡enfermera!”. Una enfermera fue al cuarto y Alejandra
empezó a preguntarle qué había pasado. La enfermera le in-
formó que había venido al hospital con dos hombres. Un hom-
bre había encontrado Alejandra y Jack en el desierto y les había
llevado al hospital. Ahora Alejandra podía recordar hasta el
punto que ella había dicho, “te quiero” a Jack. Sin embargo no
podía recordar si había respondido.
“¿Puedo ver a Jack?”. Quería hablar con él de qué había pa-
sado y de su futuro.
“Sí, está en la 209, pero tiene visitantes,” dijo la enfermera.
Alejandra se fue del cuarto y caminó hacia la habitación 209.
Mientras caminaba, se preguntó quienes podrían ser sus visi-
tantes. Abrió la puerta del cuarto y entró sin hacer ruido. Oyó
una voz de una mujer, estaba diciendo, “es que no lo entiendo.
Pensaba que estabas en Nueva Zelandia para una cita de trabajo,
pero estabas en el desierto con otra mujer”.
“Nena, no te preocupes. Ya sabes que te lo explicaré. Te quiero
solo a ti y a nadie más”.
Alejandra no podía creer lo que estaba oyendo. Se había en-
amorado de un hombre que estaba casado con otra mujer. Es-
taba de pie contra la pared, separada del hombre que amaba por
una cortina. Se sentía muy tonta, no sabía que podría hacer.
Mientras estaba de pie, jadeante, una niña de unos dos años
apareció por detrás la cortina. Hicieron contacto visual y em-
pezó a llorar, y se fue del cuarto. Se fue del hospital. Se fue de
Australia. Se fue de la vida de Jack para siempre.
143
Cuentos 12-13
Cuentos 12-13

Cuentos 12-13

  • 1.
    Cuentos de laclase de Literatura Española (2012-13) Voces de lo imposible
  • 2.
    Portada: Phoebe Rogers Unlápiz gastado sobre la mesa es el souvenir de todas mis fugas. En su mundo cabe entero el mundo en el que yo viajo. José Manuel Soriano BILLETES DE IDA Y VUELTA Cuentos de la clase de Literatura Española 2012-13 Caroline Armstrong Alex Browne Crystal Clements Drew Duff Alex Hanyok Michele Potter Phoebe Rogers Annie Smith Natalie Soloperto Jasper Stallings Lisa Weiss Voces de lo imposible
  • 3.
    INDICE El amor delasesino honesto. Caroline Armstrong .............. p. 5 El piso. Alex Browne ............................................................ p. 17 Todos oyen, pocos escuchan. Crystal A. Clements ............ p. 29 Inolvidable. Drew Duff ........................................................ p. 39 Algún día. Alex Hanyok ...................................................... p. 49 Conciencia. Michelle Potter ................................................ p. 61 El cura honorable. Phoebe Rogers ...................................... p. 83 La búsqueda. Annie Smith .................................................. p. 95 La habitación de nuestra madre. Natalie Soloperto ....... p. 107 Potosí. Jasper Stallings ....................................................... p. 119 Un desastre en el desierto. Lisa Weiss .............................. p. 133 ********* 3
  • 4.
    El amor delasesino honesto Caroline Armstrong El día 14 de Octubre de 2013 la policía de Nueva York recu- peró un cadáver en el lago del Parque Central, que fue visto por primera vez por una madre y su hijo mientras caminaban por la senda adyacente al agua. La víctima murió por una cuchillada justo debajo del mentón. El muerto es un hombre que ha sido identificado como Antonio Roselló. Roselló tenía veintinueve años, y está presuntamente conectado con sociedades clandes- tinas de la delincuencia organizada. Este suceso es el quinto de una serie de muertes que han sucedido en los parques de Man- hattan en los dos meses pasados. Todas las demás víctimas han sido italianos, probablemente conectados con la Mafia Italiana que ocupa el sureste de la ciudad. La Policía de la ciudad de Nueva York seguirá investigando los asesinatos. Y la pregunta ahora es, ¿Cuántos asesinatos más verá la ciudad? Pero, por ahora, las familias de las víctimas y los ciudadanos esperan el descubrimiento y detención de este asesino desconocido. -Jo- sephine Wainwright, New York, New York Times Josephine despertó a las ocho de la mañana, era Jueves, fue a la entrada y cogió el periódico que estaba debajo de su puerta. Josephine hojeó el New York Times, se quitó la bata de seda que llevaba puesta. Repasó su artículo sobre la muerte de Antonio 5
  • 5.
    era tan guapacomo esta chica. Tan simpática, tan elegante. Ella cruzó la calle hacia Marcus y le abrazó con una sonrisa brillante. Juntos cruzaron la calle hacia el bar donde tomarían un café y hablarían sobre cosas no importantes, pero no hablarían sobre lo que querían. Este día la mente de Marcus estaba preocupada y seguía vol- viendo a la noche pasada, a la sangre, a los gritos del hombre, y a la justicia que sentía cuando la víctima respiraba su último aliento. Sentía un dolor increíble acumulándose en su estó- mago. Temía la cara de sorpresa que necesitaría poner cuando Josephine le hablara del horror de este último muerto. Pero des- pués, pensaba en su hermano, y en su familia y en sus lápidas sepulcrales. No podía centrarse en lo que estaba diciendo Jose- phine. Y otra vez sentía un fuerte dolor por no poder escuchar a su gran amor. "Adiós mi amor, ahora a trabajar", le dijo Marcus al termi- nar, la besó y salió a la calle. No caminaba por la calle para coger un taxi, sino que caminaba solo dos manzanas para llegar a un restaurante elegante. Estaba vestido con ropa de trabajo lle- vando su maletín. Entró en el restaurante. Dentro había un joven camarero limpiando una mesa. "Hola, Señor, ¿cómo puedo ayudarle?" Antes de que el chico pudiera pensar, fue degollado y tum- bado en el suelo con veinte dólares encima de su cadáver. Si la Mafia había matado a su familia por las faltas de su hermano, Marcus iba a matar a la familia más peligrosa y cruel de Nueva York. El restaurante "Parma" ahora no tenía vida y luego, cuando las operaciones de la Mafia empezasen en la trastienda del restaurante, sus líderes encontrarían a uno de sus propios hombres como Marcus había encontrado a todos los miembros de su familia. La noche siguiente Josephine recibió una llamada, otra muerte había ocurrido. Ella no podía entenderlo, ¿por qué tan- 6 diera esperar el mismo destino inexplicable. No podía soportar la idea de ese horrible día, hace apenas dos años, antes de que Marcus volviera de la guerra cuando ella recibió la nota. Marcus no había llamado a Josephine en un buen número de días, cuando recibió una nota de su madre: había leído en el perió- dico que había habido una masacre espantosa en una familia de clase media con el apellido de Wainwright. Josephine se negó a creer que se trataba de la misma familia, se negó a creer que Marcus estaba muerto. Ella saltó inmediatamente a un taxi y se fue a su apartamento. Le pidió al portero que le dejara en- trar al apartamento 6B. El portero había respondido que no iba a dejar subir a nadie a ese piso por respeto al hombre que estaba viviendo allí. Josephine respondió a eso con un agresivo empu- jón, voló hasta la planta seis quitándose los tacones a medio ca- mino y arrojándolos por las escaleras. Cuando llegó a la planta seis, empezó a golpear la puerta. Golpeó con los puños, golpeó la puerta hasta que le dolían los brazos. En este punto estaba llorando, y su rubor rosa suave fue pintado con ríos de lágrimas charol. No hubo respuesta. Ella gritó en la puerta, un grito pro- fundo y desde lo más profundo del estómago. Recordó la llave que Marcus mantenía oculta debajo de la alfombra del pasillo. De rodillas y la buscó a tientas. Tan pronto como sus manos se cerraron en torno al pequeño objeto, ella se levantó y la metió en el ojo de la cerradura, logró abrir la puerta. Para su alivio es- taba sentado un hombre, Marcus, con las piernas cruzadas, abrazando una botella de ginebra, lágrimas silenciosas co- rriendo por su rostro sin afeitar Marcus estaba bien, pero ella no entendía sus lágrimas. Ella le dio un abrazo fuerte y se sentó en el suelo con él. Cuando fue a darle un beso pudo saborear la tristeza de la que había estado tratando de distanciarse. En este momento ella no entendía, pero más tarde se enteró de lo que pasó. La verdad era que la asesinada familia Wain- wright, sobre la que su madre había leído en el periódico, eran de hecho los mismos Wainwright de su amado Marcus. La fa- milia de Marcus había sido cruelmente asesinada. Sus padres, 7
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    Roselló y seestremeció al recordar la voz de su esposa cuando la había llamado para pedir un comentario. Josephine pensaba en todos aquellos jóvenes hombres que habían muerto y le dolía pensar que podía haber sido Marcus. Marcus, la luz en su vida, su novio desde hacía casi cuatro años, su único amor. Aquella mañana Josephine iba a quedar con él como siempre en el pe- queño café enfrente de su edificio. Y luego a trabajar. Se vistió con un vestido marino de seda, que cayó sobre su delgado cuerpo, justo por encima de sus rodillas. Se puso su gorrita y salió a la calle para ir al café. A las seis y media sonó la alarma. La apagó y durmió cinco minutos más. El apartamento ya estaba fresco con los cambios del otoño, y él sabía que iba a ser un largo invierno. Se puso sus zapatillas y cruzó el cuarto hacia la cocina. Desayunó un trocito de pan, que estaba empezando a ponerse duro, con un poco de mantequilla y cruzó el cuarto otra vez hacia su despacho, que era una mesa con una máquina de escribir, y empezó a trabajar. Luego, Marcus salió de su apartamento aquella mañana para reunirse con Josephine. Cogió un taxi y en veinte minutos, sa- lieron del sur y entraron en el norte de la ciudad. Observaba la transformación de paisaje. Los edificios oscuros y la densidad del Soho se convirtieron en los árboles verdes del Parque Cen- tral. El taxi cruzó desde la Quinta Avenida a Madison. Allí se estaba terminando un nuevo edificio en la esquina, y el ruido de las máquinas producía dolor a Marcus. Los ruidos le recor- daron lo sucedido ocho meses atrás, cuando vio explotar una bomba que mató a la mayoría de sus compañeros, pero no a él. Él sobrevivía y podría estar con Josephine. Ahora solo podía escribir, escribir novelas, lo que era una buena distracción para el dolor. El taxi siguió hasta el pequeño café en la esquina de Avenida Park y la calle 80. El taxi acababa de llegar cuando Josephine estaba saliendo de su gran edificio. Marcus la miró con una fuerte admiración, miró cómo sonreía al portero, la gorrita cu- briendo su corto pelo y la felicidad con que caminaba. Nadie 8 tas muertes? Qué suerte que no era Marcus, ella había descu- bierto que el hombre que murió fue solo unos minutos después de haberse reunido con Marcus en el bar. Fácilmente Marcus podría haber muerto, si se hubiera metido por accidente cerca de la escena. Josephine pensaba en el número de veces que había pensado en esto, pensaba en cada vez que había oído el aviso de un muerto. Pensaba en el número de veces que dio gra- cias al Señor de que Marcus no fuera el cadáver encontrado en- sangrentado y sin vida en un río o en el parque o en el suelo del baño. Le asustaba que siempre Marcus parecía estar demasiado cerca de la escena del crimen. De hecho, pensando en los artí- culos que había escrito sobre las muertes, la fecha aproximada y el lugar de su muerte, a menudo correspondían con sus reu- niones con Marcus. ¡Qué suerte, pensaba, qué suerte que siempre había estado a salvo! Ella recordaba la primera vez que conoció a Marcus cuando tenía 17 años. Se acercó a ella y le preguntó si querría dar un paseo por el parque. Marcus le dijo lo bueno que era que ella fuera una mujer que asistía a la universidad y lo mucho que la admiraba. Ella se echó a reír al recordar el día en que Marcus conoció a su padre e hizo todo lo posible para ser correcto y darle un firme apretón de manos, pero por accidente terminó hablando con su padre, que era un banquero, de su anterior puesto de trabajo en una carnicería. Puede que no fuera de su clase social, pero Josephine lo amaba y confiaba en él de todos modos, a pesar de las especulaciones que otros podrían haber tenido. Como su hermano, el graduado de Yale, crónicamente deprimido, que veía a su amado Marcus como un ladrón que sólo buscaba quitarle la fortuna a Josephine. Josephine sabía, sin embargo, que su amor era verdadero. A pesar de las sospe- chas de su hermano Josephine sabía que Marcus era un hombre honesto. La razón por la que a menudo se preocupaba por la muerte potencial de su querido Marcus era a causa de la horrible tra- gedia que había ocurrido a la familia de Marcus. Temía que pu- 9
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    su hermano menory dos pequeñas hermanas estaban dur- miendo pacíficamente en sus camas, cuando algunos demonios desconocidos vinieron y cortaron sus gargantas. Los asesinos nunca habían sido descubiertos, ni la razón de las muertes. La prensa escribió que parecía haber sido un asesinato al azar efec- tuado por un maníaco mentalmente inestable. El suceso casi había matado a Marcus por la pena de perder a su familia, pero había sobrevivido al dolor con la ayuda de Jo- sephine. Ella creía que su amor lo mantuvo vivo. Estaba con él día y noche. Pero le preocupaba que los asesinatos más recien- tes hubieran sido llevados a cabo por el mismo asesino y que el asesino pudiera estar intentando acabar con el último de la fa- milia de Wainwright. Pero eso era algo por lo que iba a tratar de no preocuparse, y sólo creía que los momentos de los asesi- natos eran una coincidencia. Por lo que tenía que preocuparse por ahora, era por conseguir un artículo para su editor de la úl- tima muerte. Ella puso sus preocupaciones en la parte posterior de su mente y se sentó a compilar los datos que le habían dado para escribir la noticia del muerto más reciente en esta serie misteriosa. En el otro lado de la ciudad estaba Marcus. Estaba sentado en la cama, en su habitación, la cabeza entre las manos. El ase- sinato en su mente, el amor y la pasión en su corazón. Pensó que lamentaba haber apretado el gatillo ayer. Quería ir a la co- misaría de Policía en ese mismo momento para entregarse a las autoridades y confesar sus delitos. Pero luego pensó en su her- mana de doce años y la sangre que había manchado su pequeño camisón blanco, y pensó en dejar a Josephine, lo único que traía la felicidad a su vida, y estos pensamientos le impidieron en- tregarse. Recordaba el día muy bien. Era primavera y Marcus acababa de regresar de la guerra. El día era gris y húmedo, y quedaba un duro frío en el aire sobrante del invierno. Simplemente estaba 10 desempacando sus maletas, cuando había recibido la llamada. Era de su hermano, y tenía una necesidad desesperada de verlo. Marcus, que estaba lleno de alegría por su regreso a casa, le dijo con entusiasmo que podía reunirse con él en cualquier mo- mento. Su hermano le había hablado con gravedad y dijo que se encontrarían en el Madison Square. Marcus había conti- nuado desempacando sus cosas, y estaba tan distraído por la emoción de estar en casa que no se dio cuenta de la voz tensa de su hermano. Por la tarde fue al parque y se encontró con su hermano a la hora acordada. Sonreía, no podía esperar para abrazarle, y había estado esperando oír cómo iba todo en su casa. Estaba orgulloso porque sabía que el dinero que había estado enviando, lo poco que recibió del ejército, había estado ayudando mucho con las finanzas de la familia. Pero cuando vio a su hermano que se acercaba hacia él, Marcus supo que algo no iba bien. Después de un abrazo tenso se sentaron en un banco, y antes de que Marcus pudiera decir nada, su hermano comenzó con la histo- ria. Había sido duro, mientras Marcus estaba ausente durante la guerra. La situación financiera de la familia había caído en pi- cado, e incluso con el dinero que Marcus estaba enviando, ape- nas fueron capaces de pagar las cuentas y habían recurrido a pan y mantequilla como la única cena algunas noches. Aparte de que se habían mudado a un apartamento más pequeño. El hermano de Marcus, Joseph, había empezado a sentir la res- ponsabilidad de ayudar a la familia. Así, Joseph empezó a hacer trabajos pequeños para la familia Giamatti. No eran más que pequeños trabajos secundarios, y Joseph tenía bastante claro que no significaban nada. Podía no haber sido un trabajo ho- nesto, pero al menos sus hermanitas no se murieron de hambre. Finalmente, el aumento de sueldo que su padre recibió, junto al trabajo fijo que Joseph había conseguido en la fábrica hicie- ron que, Joseph ya no tuviera que trabajar para la familia Gia- matti. Pero cuando Joseph había tratado a explicar esto al jefe 11
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    de la familia,no se lo permitió. La familia, que Joseph admitió finalmente que era la mafia más notoria del sureste de la ciudad, no permitiría a Joseph detener su trabajo con ellos, a menos que él le devolviera el dinero que le habían pagado. Joseph dijo que con el tiempo, sin duda podría pagarles, pero el clan Gia- matti no estaba interesado en esperar. Llegaron en medio de la noche y mataron a la familia mientra dormía. Su hermano simplemente no les había pagado en el periodo de veinticuatro horas que habían requerido, y por eso habían asesinado a su familia inocente. Ahora Marcus iba a pagarles exactamente la cantidad que se merecían. Iba a matar a toda la familia, tal como lo habían hecho con la suya. Pero cada vez que él asesinaba a uno de ellos, iba a fijar un billete de veinte dólares en el cadáver. Él iba a pagar de nuevo, hasta el último centavo. Todos habían recibido lo que se merecían, por lo tanto ya había matado al último de los hombres que había planeado matar. Pero no podía seguir viviendo de esta manera, él era un asesino. Había asesinado a numerosos hombres a causa de su furia y su pasión. Esas muertes le comían, pero lo que le causó aún más ansiedad fue el hecho de que Josephine no tenía ni idea. Pensó que su relación era deshonesta, y normalmente compartían todo, y ¿cómo podría mantener algo tan grande y tan importante oculto a la única persona que sabía todo de él? Se sentó allí. Se quedó sentado en su pequeña habitación, la ca- beza entre las manos, y decidió contárselo a la mañana si- guiente, durante su desayuno habitual. Estaba loco, ella podría odiarle, y no volver a hablar nunca con él, pero necesitaba que ella lo supiera. No la quería seguir engañando de esta manera. El entendía que era posible que Josephine le dejara, pero él sen- tía que era peor mentir sobre el hombre en que se había con- vertido. Josephine se despertó por la mañana, y cruzó el vestíbulo, con su túnica de seda, para llegar a la cocina, cuando se encon- 12 tró una carta muy elegante dirigida a ella. La cogió y la abrió. Apenas podía contener su emoción. Sabía lo que contenía la carta, pero igualmente la abrió con rapidez. Sacó una tarjeta elegante escrita en oro. Era una invitación a la fiesta de la tem- porada. Ella iba a ir al gran baile, la celebración de una proyec- ción privada de la Frick Collection, la colección privada de arte de Henry Clay Frick. Josephine estaba ansiosa por recibir la in- vitación y ahora finalmente habían llegado. Ella, por supuesto, llevaría Marcus como acompañante, y le diría la gran noticia de la mañana durante el desayuno. Se puso su ropa de trabajo, se pintó los labios y las mejillas, y luego deslizó la carta en su bolso y se dirigió al encuentro de su amor al otro lado de la calle, en el café de costumbre. Ella caminaba con alegría, y su rostro se iluminó cuando vio a Mar- cus sentado en una mesa en la ventana del café. Marcus le de- volvió la sonrisa radiante con una mirada de desesperación. Ella no entendía por qué estaba tan triste. Por lo que ella sabía, todo había ido bien con su trabajo, y sin duda las cosas estaban bien entre los dos. Pero podía ver inmediatamente que algo estaba en su mente. En lugar de la mirada de amor con que él la recibía siempre, su rostro era distante, como si no estuviera ahí. Observó a la persona radiante que estaba sentada frente a él, la miraba fijamente. Pero no podía dejar de pensar en lo que realmente necesitaba decirle. Antes de que él pudiera abrir la boca, Josephine empezó a hablar de una fiesta a la que iban a ir. Ella habló con entusiasmo sobre lo hermosa que era la man- sión y lo espectacular que sería el arte. No se atrevía decirle a Josephine la verdad. Al ver su rostro tan resplandeciente, la idea de decirle algo que pudiera cambiar su expresión le parecía im- posible. Así que se lo puso en el fondo de su mente y trató de sonreír mientras ella charlaba animadamente sobre la fiesta. Él asistiría a la fiesta con Josephine, entonces, en algún momento después se lo diría. No quería preocuparla antes de la fiesta, ni quería destruir su entusiasmo. Pero también le rompía el cora- zón ser tan deshonesto y le dolía en su interior tener que man- 13
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    tener su secretohorrible oculto. Después de su encuentro con Josephine, Marcus caminó de regreso a su edificio, tratando de recordar todo lo que le habían dicho. La fiesta sería el próximo sábado, y Marcus necesitaba llevar traje y recogerla a las siete y cuarto. Marcus sólo tenía dos días para encontrar un traje, y estaba pensando justo dónde po- dría comprar uno cuando llegó a su apartamento. Abrió la puerta y encontró un sobre en el suelo del vestíbulo. Probable- mente era del propietario una vez más pidiendo su renta. Pero abrió el sobre, leyó la nota y, al terminar, vio que firmaba M. Giamatti. No había nada que pudiera hacer, así que no haría nada. Era la mañana del día de la fiesta. Josephine no podía esperar a ver el interior de la residencia Frick. El exterior ya era bastante impresionante, ocupando toda una manzana de la Quinta Ave- nida. Tenía todo listo y preparado. Su nuevo vestido acababa de llegar de la modista, y había comprado zapatos de tacón alto y un nuevo rubor rosado. Quería parecer perfecta. Marcus le había dicho que tenía algo muy importante que decirle. Ella es- taba segura de lo que era: esta noche le pediría matrimonio en esta hermosa casa con todos sus amigos de la sociedad y sus pa- dres. Ella no podía contener su emoción y se mantuvo son- riendo toda la mañana. Cuando llegó el momento de que Marcus fuera a recogerla, él llamó a la puerta y abrió Josephine. Josephine parecía un ángel, su rostroresplandecíaysulargovestidoblancocontrastabasucabello oscuro. El vestido era largo pero apenas rozaba el suelo, ajustado en la cintura, caía ampliamente alrededor de sus piernas. Marcus nunca se había sentido tan maravillado por otro ser humano. La saludó con hortensias, sus flores favoritas. Él sonrió, la besó con fuerza en los labios y le dijo lo mucho que la amaba. Ella se rió de él, feliz de tenerlo en su vida, y juntos fueron a la fiesta. Aproximadamente dos horas después del inicio de la fiesta Josephine miró ansiosamente a Marcus. Había estado bastante 14 callado desde que se sentaron para el primer plato de la cena. Él había hecho caso omiso de su padre, que estaba sentado a su lado y que se sintió bastante alarmado cuando Josephine le in- formó de la posibilidad de la propuesta. Marcus, había estado mirando a un hombre que estaba sentado en el otro lado de la mesa redonda. Josephine nunca había visto a ese hombre antes, ni tampoco reconocía el nombre de la tarjeta que estaba junto a él "M. Giamatti". Trató en vano de distraerle y le preguntó si todo estaba bien. Marcus recobró su ánimo, y dirigió su aten- ción hacia ella. Después del segundo plato, y antes de los postres, la gente había empezado a bailar otra vez. Josephine se sintió aliviada cuando Marcus finalmente le pidió que bailasen, y ella pensaba Ahora me lo va a proponer. Tan pronto como la siguiente can- ción se puso en marcha se dirigieron a la pista de baile llena de gente. Se deslizaron por la pista, moviéndose con gracia entre las personas. Entonces se desaceleró y Marcus la atrajo hacia sí. Pronunció su nombre en voz baja y le dijo que había llegado el momento, que tenía que decirle algo muy importante. Ella le miró, aunque se quedó perpleja cuando su sonrisa se encontró con un rostro sombrío. Él le dijo que lo sentía y que aunque ella iba a odiarle al final de esta noche, él la amaría hasta la muerte y después de la muerte. Él la miró profundamente con sus graves ojos azules, mien- tras se balanceaban con la música. Tenía que decirle la verdad. Marcus comenzó su discurso. Le contó el último encuentro que había tenido con su hermano antes de ser asesinado, el pro- blema que su hermano había tenido y la verdadera razón de la muerte de su familia. Le explicó el miedo y la ira que había sen- tido, y cómo en verdad era un asesino. Él era el asesino del que ella había estado escribiendo los meses anteriores. Luego Mar- cus susurró algo muy suavemente al oído de Josephine y, mien- tras lo hacía, miró a M. Giamatti. Ella no encontró palabras, ni podía gritar, ni podía hacer nada, así que simplemente apoyó su rostro en el hombro de Marcus, dejó caer una sola lágrima 15
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    por su mejillay esperó hasta el final de la canción. 16 El piso Alex Browne 2012 Te voy a contar algo. Espera, déjame terminar. Yo sé que estas a punto de cerrar este libro, pero por favor, para tu propio bien- estar, tienes que escucharme. Es posible que este cuento te pa- rezca un poco desordenado. Tienes razón. He construido este libro de lo que he visto, un diario que he encontrado, y algunos detalles una persona que conoces muy bien me los contó. No soy escritor, bueno, solo he leído dos o tres libros en toda mi vida. Sin embargo, me he decidido a escribir este pequeño cuento para decirte algo que te he querido decir desde el mo- mento en que te fuiste. ¿No has dejado de leer? Menos mal, em- pezamos. 2011 En una calle en el norte de Baltimore (que a lo mejor conoces muy bien), hay un edifico de ladrillos rojos, más alto que los otros del barrio. A la derecha, hay una tienda de flores. A la iz- quierda, una librería. Ahora el edificio está abandonado, con ventanas rotas y partes desplomadas. No hay ninguna razón para visitarlo; no hay nada que ver. Un día nublado, un coche azul para delante de este edificio. 17
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    Una mujer viejabaja del coche, y pasa unos segundos obser- vando la fachada. Su cara parece a un trapo arrugado y las arru- gas parecen como grietas en la tierra. Poco después, entra y sube las escaleras, una por una, hasta que llega a la tercera planta. Cuando llega, esta sin aliento y cansada de la subida. Con un gran esfuerzo, abre la puerta pesada y la atraviesa. Para y echa un vistazo, respirando el polvo que había acumulado. Por todas partes hay desorden, agujeros en el suelo, y basura. La casa esta sucia hasta no creerlo, y parece como si nadie hubiera vivido allí durante siglos. Pero también hay objetos que indican vidas pasadas de una familia. En un rincón a la derecha hay un ju- guete pequeño, un soldadito, abandonado y olvidado. Un ne- vera vieja de plomo queda en la cocina, y hay libros diseminados en cada habitación. Quedan dos camas de metal, sus colchones rotos y sucios. En todas partes hay pistas de otra época, solo hay que buscarlas. Después de unos minutos, la mujer deja de mirar y entra en la sala. Con cuidado, rodea un agujero en el suelo y se acerca al juguete que está en el rincón. Recoge el soldadito, sintiendo la madera lisa. Recuerda un día, hace muchos años, cuando ella jugaba con este mismo juguete en esta misma sala. Se sienta y se acurruca al lado de la pared. ¿Entiendes lo que te cuento? ¿Está todo claro? Si no, no pasa nada. Lo entenderás muy pronto, porque todavía no hemos lle- gado al clímax de este cuento, la parte que me ha dado la inspi- ración para escribir este pequeño relato. Sigue leyendo por favor, y ya verás. Volvemos al invierno del año 1963, el día que esta mujer recordaba. 1963 María (¿la recuerdas?) tenía casi diez años, una edad perfecta según esa mujer. Para María la vida era simple y sencilla; no hacía falta preocuparse por el mundo exterior. Esa chica estaba jugando con su hermano en la sala, mientras sus padres estaban cocinando en la otra habitación. María podía oír la lluvia y el 18 viento afuera de la casa, pero dentro hacía calor gracias a una estufa de hierro en un rincón de la sala. María pudo sentir el calor de esa estufa radiando por la casa. El suelo de madera era liso y pulido, y sobre todo, caliente. El piso era pequeño pero cómodo, y María estaba entonces más contenta que en ningún otro momento que podía recordar. Su hermano de doce años ya no era frío, pero quizá un poco introvertido. Hacían buenas migas y jugaban con algunos sol- daditos. En la cocina, sus padres estaban hablando en voz alta, pero María no les prestaba atención. Sin duda la vida no cam- biaría, y siempre se podría quedar en esa casa protegida del viento y la lluvia. De verdad estaba contenta en aquel momento, pero a ella le faltaba algo, algo muy importante. En ese momento todavía no se había dado cuenta. ¿Sabes lo que fue? Piensa en todo lo que he dicho, y quizá lo encontrarás. No es algo tangible, y a lo mejor no te parecerá muy importante a ti. No, seguro que no te parece importante. Pero sí que lo es, de eso estoy seguro. Yo sé que a ella se le hacía más daño de lo que tú eres capaz de en- tender. Ojalá entiendas, ojalá te acuerdes pronto. Volvemos a 2011, a aquel día nublado. 2011 Lo que casi siempre echa de menos es la infancia. No la infancia suya, sino la infancia de su hija. Los niños no ven conflictos; no saben de los problemas de una familia. Cuando María era niña, careció de la perspectiva esencial para verse a sí misma. Estaba contenta, porque no podía imaginar otra vida. Lo que tenía que pasar, pasaría, y no podía cambiar nada. Ella pensó eso hasta un momento específico, un momento que sin duda todo el mundo recuerda, porque pasa a todo el mundo. El momento en el que algo pasa, y dejamos de ser niños. La mujer supone que la ausencia de su padre había cambiado a María, bueno, es probable que hubiera cambiado a toda la fa- 19
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    milia. ¿Pero sepuede cambiar algo que no existe? Porque claro, ¿pueden ser dos personas una familia? No lo sabe. Ella debe sa- berlo, pero no lo sabe. ¿Cómo fueron aquellos días? María to- davía vivía en la misma casa, y dormía en la misma cama. La casa parecía igual. (Disculpa la interrupción, pero eso no es la verdad. Ese piso ya parecía demasiado grande, pero al mismo tiempo, demasiado pequeño. Antes el piso tenía un tamaño perfecto, un tamaño cómodo. Ahora había un silencio penoso, un silencio difícil de soportar. En este sentido, este piso ya no era el mismo de antes. Volvemos). Un sonido, casi inaudible, interrumpió el silencio profundo. La mujer pudo oír a alguien silbando en la calle. No reconoció la canción, pero la música parecía frágil, y casi tangible. Sin co- merlo ni beberlo, se echa a llorar, porque en ese momento se da cuenta de que la culpa es suya. Recuerda la cara de su hija, tan pura e inocente. Quiere pedirle perdón, quiere que le dis- culpe. En un instante, por esa canción tan simple, se provocó un gran sentido de tristeza tan fuerte que esta mujer recuerda una conversación de lo que pasó cinco años después de aquel día tan feliz (un día del que tú no te acordarás). 1968 La sala quedaba abandonada, también la cocina. Su madre se quedaba en su habitación casi cada día, y quizá su hermano es- taba encargado de mantener la casa. Sin embargo, el suelo es- taba tan sucio como las paredes de la chimenea, y era imposible ver por las ventanas. Fernando salía de su habitación solo para ir a su cole, y cuando volvía, cerraba su puerta para estudiar. No había un bocado de comida en la nevera ni una lata en la alacena. El hambre era una amenaza constante, pero de vez en cuando su hermano bajaría para coger comida para llevar. La casa estaba casi en ruinas. Quizá por esta atmósfera tan extraña, María empezó a pasar más tiempo fuera de la casa. Uno de sus sitios favoritos era la parte más alta de la escalera de incendios. Casi cada mañana a 20 las cinco ella abría la ventana de su habitación y subía hasta el tejado del edificio. Traía una linterna pequeña y uno de los seis libros que poseía, dependiendo de su humor. A veces elegía un misterio de Agatha Cristi, si la vida se había puesto un poco más difícil. La sensación de saber todo lo que iba a pasar la con- solaba, y podía descansar y olvidarse del día anterior. Su parte favorita eran los tres o cinco minutos justo antes del amanecer. Alguna intuición que ella no entendía le decía que el sol estaba a punto de cruzar el horizonte. Dejaba su libro al lado del pie y esperaba la llegada del sol. El sol llegaba cada día sin falta, acla- rando la ciudad y provocando sombras enormes. Desde esa es- calera de incendios, la ciudad parecía como un monstruo. Se podían ver ríos de coches por todos los sitios, en constante mo- vimiento. Las luces traseras parecían como sangre en un gran animal, y las miles de ventanas parecían como los ojos de algún insecto que todavía no había sido descubierto. Pero en ese rin- cón tan alto y cómodo, María se sentía segura y contenta. El mundo era más simple y fácil de entender desde ese sitio. El único momento triste era cuando tenía que volver a su habita- ción para que su hermano no supiera de sus excursiones espon- taneas. María supo que algo le había pasado a su hermano, pero no tenía la menor idea de lo que era. A veces se enfadaba sin causa, y María se escondía en su habitación. Nunca le dio un golpe, pero su rabia era terrible, y María tenía un cierto miedo de su hermano. El miedo no debe existir en un hogar, el sitio que es el centro de nuestras vidas. Es posible que María supiera la causa de la rabia de su hermano, pero su propia reacción era tan distinta que no pudo entender la de su hermano. Tenía mucho que ver con su edad; nadie explicaría una situación tan complicada a una chica de solo quince años, y por eso estaba muy confundida. La ausencia de su padre era un hecho con- creto, y no pensaba en las razones o consecuencias. ¿Qué tenía que ver la rabia de su hermano con algo que había pasado seis o siete meses antes? Las dos cosas estaban separadas en su 21
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    mente, y nuncase dio cuenta de que la salida de su padre había destruido a esa familia que antes había sido tan feliz y contenta. Lo que sí sabía María era que su familia estaba jodida. ¿Era po- sible que todas familias fueran iguales? ¿O solo la suya? Volvió a su habitación y cerró la ventana. El día había lle- gado, y ahora tenía que levantarse. Pero la fatiga suya era de- masiado grande. No quiso salir de su habitación, no quiso hacer nada ese día. Echaba de menos los momentos justo antes del amanecer, cuando la realidad no era tan fuerte ni, sobre todo, tan triste. Cerró la puerta con llave y se acostó en la cama sin la menor intención de salir ese día. Y allí se quedó, dos horas, tres, ¿quién sabe? Nadie la buscó, no había nadie a quien le intere- sara su bienestar. 1969 Sin embargo, aquel año fue mejor que 1968. Todo cambió cuando su hermano decidió irse y abandonar el piso. No se sabe por qué el hermano decidió salir a esas horas, quizá no quería que su madre se enterara. Iba a dejar a su hermana y a su familia sin haber pensado en las consecuencias. No quería proteger a su familia, y al final, no se preocupaba por ellos. Tuvo que cui- darse, porque sus padres no le iban a ayudar. Sin embargo, según él, sus padres ya le habían abandonado, y si quería vivir mejor y ganar dinero, tendría que buscarse su propia vida. Fuera donde fuera, encontraría una vida mejor que su vida en Baltimore. Sus padres lo habían engañado. Sobre todo, no quería hablar con su madre, tal vez le echara la culpa a ella. Pero tuvo que despedirse de su hermana. Ellos no habían tenido ninguna relación particularmente especial, pero a lo mejor su hermano se sentía culpable. En cualquier caso, sobre las diez de la noche, su hermano salió de su habita- ción por última vez. Cerró la puerta antes de caminar hacía la salida. Pero en el último momento, dio la vuelta y fue a la ha- bitación de María. María estaba en su habitación cuando su hermano tocó a la puerta. Estaba a punto de acostarse. 22 María abrió la puerta, sorprendida. Su hermano nunca en- traba en su habitación y, aparte de unas palabras murmuradas cada mañana, no habían hablado en tres meses, por lo menos. A pesar de todo María echaba de menos a su hermano, y cuando lo vio enfrente de su puerta, se alegró. Se clavaron la mirada un momento hasta que su hermano la esquivó. Fue en ese momento cuando María vio su maleta. Se quedó sin palabras. Al instante supo que su hermano había decidido abandonar el piso, pero no entendió por qué. Pensaba que su hermano estaba contento, pero por lo visto no lo fue. Siempre había sido un chico muy callado e introvertido. María ya llevaba unos días sin hablar con él, pero eso no le pa- recía extraño. Sin embargo María se sintió terrible y se echó a llorar. No quería que su hermano la dejara sola, no quería que se fuera. No sabía qué decir, no le salía ni una solita palabra. Su hermano se quedó en silencio, como si no pudiera oír su llanto. Y después de unos momentos, dijo “adiós”, y se fue de casa. Yo estaba enfrente de ese edificio fumando un porro cuando el hermano de María salió. Fue directamente a la parada del au- tobús y se sentó sin verme. Sacó un libro de su maleta y se de- dicó a leer mientras esperaba el bus. No vio a su hermana mirándole todo el rato desde la ventana de su habitación. No podía resistir, me tuve que acercar a él. No me hizo caso hasta que llegué. Me senté a su lado, nos clavamos las miradas. Sus ojos me parecían fríos e indiferentes. Al principio me quedé en blanco; no sabía que decirle. Yo no era su amigo, ni mucho menos. A lo mejor sería la segunda o tercera vez que había ha- blado con él. De repente me puse a suplicarle que no se fuera. No recuerdo lo que dije, pero mis palabras no cambiaron nada. Me agradeció mi consejo y me pidió que le dejara en paz. Sin otra opción, me levanté, y volví a sentarme enfrente de mi edi- ficio. Cuatro o cinco minutos después, el bus llegó y subió las escaleras. Y así, sin más, el hermano de María se fue. Yo me quedé enfrente del edificio, mirando hacía la cara de María. No 23
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    me prestaba ningunaatención; miraba el sitio que unos minu- tos antes su hermano había ocupado. Así se quedó media hora, sin moverse, esperando que su hermano volviera. 2012 La mujer dejó de llorar. Quizá no le quedaban lágrimas. Se puso de pie y empezó a mirar alrededor. Después de unos momentos, encontró lo que estaba buscando. Hizo una pausa, pensando. No había nadie por la calle, se había quedado sola. Cerró los ojos y empezó a retorcer las manos. Una nube había cubierto el sol y la sala estaba oscura. Serían las dos de la tarde. Ahora nos acercamos al final de esta historia. Esta parte es un poco difícil de contar, pero voy a intentar hacerlo. ¿Sabes lo que va a pasar? ¿Has empezado a entender? Todo quedará muy claro en un momento. 1970 Hace unos meses María había dejado de sentirse enfadada. Hace un poco más había dejado de sentirse triste. Ya no sentía nada. Es decir que todo había dejado de interesarle. Su madre incluida. No había hablado con su madre en un poco menos de dos años. No había visto a su madre desde el 16 de enero de 1968. Aquel día, el gobierno de Baltimore había decidido que su madre no estaba capacitada para cuidar a sus niños y, por lo tanto, María y su hermano quedaban bajo la protección del es- tado. Casi como si fueran huérfanos. Ya está. Nada más. Recuerdo el día que vi a María por primera vez después de ese incidente. Había oído de un vecino mío que ella ya no vivía con su madre, pero no me había dado cuenta de que ese hecho había tenido un impacto tan grande hasta el momento en que vi su cara. No había esperanza ni vitalidad en esa cara. Solo tris- teza, una tristeza que no se debe ver en la cara de una chica de 17 años. Nos habíamos encontrado en una esquina, cerca de un su- permercado, al oeste del centro de la ciudad. Le pregunté que 24 tal iba la escuela y sus amigos, pero no tenía interés en hablar sobre esas cosas. Me pareció que tenía prisa, pero tenía que pre- guntarle algo, algo que no era asunto mío. Las palabras salieron de mi boca, y me oí preguntándole si había hablado con su madre. Me clavó la mirada con ojos fríos y penetrantes. Hizo una pausa, y entonces, me dijo que no. Que no quiso ver a su madre nunca más. Que no era su madre, que no era de su fa- milia. Que ella no era su hija. Apartó la vista, y se echó a andar hacía su nueva casa. Fue la última vez que la vi. 1965 Me estaba sentando fuera de mi edificio cuando te vi salir. Es- taba leyendo a falta de otra cosa que hacer. No tenía trabajo, me habían echado hacía tres días. Pasaba mucho tiempo sen- tado fuera de ese edificio, mirando a la gente andar por la calle. Tenía casi 50 años, pero todavía no me había jubilado. Cuando era joven no pensé en mi futuro, no intenté ahorrar dinero. Que tonto era. Me había quedado sin ahorros y me quedé sin tra- bajo. No quería pensar en mi futuro. Dentro de cuatro días me desalojarían y tendría que buscar otro alojamiento. Y, sin em- bargo, estaba muy preocupado cuando te vi. Te alejabas rápidamente del apartamento, como si quisieras escapar de algo. La expresión de tu cara me dio miedo, me pa- recías muy enfadado. Tu rabia era impresionante, y nunca me olvidaré de lo que pasó después. Una mujer salió a la calle dando un portazo. Se echó a correr hacía ti. Cubría su cara con las manos, pero podía ver las lágrimas cayendo sobre la acera. Estaba llorando, no, estaba casi chillando. Tú dejaste de andar y diste la vuelta para verla. No sé como sabía lo que iba a pasar, pero lo sabía. La mujer se frenó enfrente de ti y tú empezaste a gritar. Tus palabras crearon una resonancia por toda la calle; su crueldad era evidente con cada una. Me levanté sin pensar, como si fuera capaz de hacer algo. Corrí un par de metros, pero estabais demasiado lejos y no podía llegar a tiempo. Quizá no quería llegar a tiempo, tenía miedo. No soy un hombre valiente, 25
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    nunca he sidofuerte ni atlético. Levantaste la mano, y le diste una bofetada que rompió el si- lencio. La mujer se cayó sin ruido, y tú empezaste a correr. No te seguí, y hasta el día de hoy, no entiendo por qué. Me arre- piento cada día, cada mañana cuando me levanto. Me pregunto si todo hubiera podido ser mejor si te hubiera parado. Pero de verdad, soy cobarde y tendré que aceptar esto. Te escapaste, y no te volvería a ver nunca. Me senté al lado de tu esposa, y le pregunté si estaba bien. Era obvio que no es- taba bien. Su cara estaba sangrando, y había una mezcla de lá- grimas y sangre por la acera. Se acurrucó como un animal herido. No quería levantarse, y se negaba a responder a mis pre- guntas. Estaba repitiendo unas palabras, una y otra vez: “Qué- date por María si no lo haces por mí”. Pero tú no te quedaste. 2010 Un día, 35 años después, tu mujer y yo nos encontramos en un café en el norte de Baltimore. Entonces ya era vieja, estaba harta de vivir. En principio, no la reconocí. Había cambiado mucho. Ya no tenía tanta energía, ni esperanza como antes. Se había si- tuado en el fondo del café. Vestía con harapos que se podían oler desde la entrada al café. Agarraba su café como si fuera un chaleco salvavidas o la única cosa que le quedaba en la vida. Igual lo fue. Me acerque a ella y me puse enfrente. Me reconoció al ins- tante, y empezamos a hablar. Por lo visto se había mudado des- pués de que María la abandonó. No quería quedarse en ese piso lleno de recuerdos, y además era demasiado caro. Vivía en otro barrio, pero nunca me atreví a preguntarle dónde. Le conté mis dificultades, y cómo por fin había conseguido encontrar un puesto de conserje de un colegio. Pasaba las noches fregando suelos y borrando pizarras. Mi vida era bastante dura, pero al fin y al cabo estaba bien. Ella, sin embargo, llevaba mucho tiempo sin trabajar. Al principio encontraba trabajo algún día de vez en cuando, pero cuando llegó la crisis, las oportunidades 26 se esfumaron. Pasamos toda la tarde charlando, y a partir de entonces éra- mos buenos colegas. Nos reuníamos casi cada día para hablar o tomar algo. Parecía bastante contenta, pero yo sabía que algo le dolía. Se sentía culpable, y la culpabilidad le hacía un daño inaguantable. Aquel dolor se le notaba en su cara, pero yo no tenía ni la menor idea de lo que podría haber hecho para aliviar su dolor. O igual fui un cobarde. Todo seguía igual hasta que un día no respondió a mis llamadas. La llamé una y otra vez aunque en el fondo sabía que nunca volvería a hablar con ella. 2012 Fui yo quien rogó que el hermano no saliera del país. Fui yo quien escuchó a María decir que no quería ver a su madre. Y fui yo quien encontré el cadáver de la madre, ahorcado en la sala de ese piso aquella tarde. En ese piso, donde construiste tu vida, tu familia, el mismo piso que abandonaste. Y ahora te cuento todas esas cosas. Porque ese piso está destruido, igual que tu familia. Quiero que entiendas, quiero que me escuches. Quiero que me oigas. Porque la culpa no es suya, ni mía, sino tuya. La culpa es tuya. Tú has dejado esa familia sin pensar en las consecuencias. Tu has abandonado a tus hijos. Eres culpable. Y quiero que me entiendas. Tú te has marchado y a lo mejor no recuerdas ese piso. Vives en otra ciudad, en un piso más grande y lujoso. Sin embargo, cuando tú dejaste ese piso, ya no era un hogar. Te llevaste todo lo que habías dado a esa familia a otro sitio, dejándola en ruinas. Porque ese piso ya no era un hogar, sino una cárcel y no se puede sobrevivir a la cárcel. Tu hija es otra persona, no habló con su madre antes de su muerte. Tu hijo huyó del país para escapar. Tu esposa se ahorcó por vergüenza y por el daño que tú le hiciste. ¿Y tú? ¿Dónde vives ahora? ¿En Nueva York? ¿Chicago? ¿San 27
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    Francisco? ¿Te hascasado otra vez? ¿Qué tal tu vida? ¿Que tal todo? Estoy seguro de que vives muy bien con una nueva fami- lia. Vives sin vergüenza, sin dolor. Sin consecuencias. Pero por favor, piensa en lo que has hecho. Yo volveré a mi vida. Intentaré olvidarme de esta experiencia. Quizá tendré éxito. Pero tú no eres merecedor de vivir en la ignorancia. Has pasado demasiados años sin pensar en tu familia, y ahora digo que pienses. Recuerda, y siente algo por tu familia. Sobre todo les debes eso. Recuerda ese piso. ADIÓS 28 Todos oyen, pocos escuchan Crystal A. Clements “¿Sabes por qué quería tener una cita contigo?” dice el direc- tor sentando enfrente de su escritorio. “Pues no, dímelo por favor”. “¿Cuál era el tema de tu clase de historia ayer?” “No entiendo por qué tiene importancia”. “Claro que tiene mucha importancia Cori”, me dice bajando su mirada. “Puede explicarme”. “Claro, ayer mi hijo me dijo que en tú clase de historia él aprendió las leyes y los derechos de los homosexuales y la evo- lución de sus derechos”. “No entiendo por qué es un problema”. “No, no tengo un problema con la historia de los derechos para las personas homosexuales”. “Entonces, ¿dónde está el problema?” “El problema es que después, mi hijo dijo que tú les dijiste que ser una persona homosexual está bien”. “Sí, dije eso”, confirmó sentándose en la silla al otro lado del escritorio. “Y ese es el problema”. “Todavía, no entiendo”. 29
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    “Vale. Entiendes queesta es una escuela cristiana, ¿no? ” “Sí, se llama la Escuela del Sagrado Corazón”. “Bueno, y sabes que la escuela está dirigida a dar a los alum- nos una educación cristiana”. “Sí, ya lo sé. ¿Qué quiere decir?” “Quiero decir que la homosexualidad no está bien, no apo- yamos la vida de los homosexuales. La Biblia dice: Si un hombre se acuesta con otro hombre la de la misma manera que se acuesta con una mujer, ellos cometen una abominación,” dice en voz más alta que antes y con sus manos apretado en la ma- dera del escritorio. “Pero, además la Biblia dice: tenemos que amarnos. ¿No?” “Sí, pero no es justificación. Cuando aceptaste este trabajo, firmaste un contrato que dice que enseñarías solo las cosas que están de acuerdo con la vida cristiana y que además que tú vi- virías una vida cristiana. Entonces, has roto el contrato. Has puesto ideas falsas sobre “la vida homosexual” en las mentes de los maleables alumnos. Y por eso, tengo que despedirte. Lo siento has sido una buena maestra hasta este punto y estoy se- guro que vas a encontrar otro trabajo…” “Todo esto tiene una razón, ¿no?” “¿Qué has dicho?” “Que todo eso es por algo”. “Quizás sí, pero tienes hasta mañana, viernes 8 de febrero del 2013, para coger tus objetos y tú último cheque. ¿Vale?” “Director Jeffrey, ¿puedo contarle una historia muy impor- tante?” “Sí, dime lo que quieres contar”. “Yo nací el 3 de octubre de 1953 en Harlem, Nueva York. Es la fecha que pone en el certificado de nacimiento. Realmente no sé el día ni la hora en que nací. Mi madre era una drogadicta. No sé su nombre. Ella no quiso dar su nombre cuando ella me dio a las enfermeras del hospital. En los archivos de mis docu- mentos de salud, dice que “nació de una adicta a la cocaína y a la heroína”. Como ella era una drogadicta, no se le ocurrió nada 30 mejor que dejar a su bebé en el hospital para que los médicos pudieran cuidarlo. Creo que ella no tenía familia ni opciones. Pues, es lo que yo quiero creer. “Estuve en el sistema de adopción durante tres años. No re- cuerdo muchos detalles específicos. Solo recuerdo que viví con otras dos chicas, Erica y Ashley. Todavía estamos en contacto. Erica, estaba viviendo allí con nosotras porque sus padres ha- bían muerto en un accidente de coche. Ashley, estaba allí por- que sus padres le pegaban. Aunque estábamos juntas dentro de ese sistema de adopción, era muy difícil de entender que ambas Ashley y Erica tenían una relación con sus padres y yo no. Aun- que los de Ashley estaban mal, por lo menos ella sabía cómo era la cara de sus padres. Durante ese tiempo, solo tenía más o menos cuatro años y consideré a esas chicas mis hermanas. Eran las únicas personas que yo tenía”. “¿No quiero interrumpir pero, por qué me cuentas esa his- toria?” “Ahora entenderá. El tres de abril, después de casi tres años y medio en el sistema de adopción, la mujer que nos cuidó, me dijo que tenía que conocer a unos hombres. Yo no sabía por qué. Siempre había muchos visitantes en nuestra “casa” ha- blando con nosotras pero no sabía que este día sería muy im- portante en la historia de mi vida. La mujer me dio un vestido muy bonito con flores azules y blancas. Mientras me estaba vis- tiendo, en la parte más profunda de la mente yo estaba espe- rando que mi madre regresara a cogerme pero a la vez sabía que era solo un sueño lejano. “Bajé las antiguas escaleras de madera y esperé en la sala. ‘Los hombres’ entraron en la puerta principal de la sala. Un hombre tenía la piel muy blanca, pelo y ojos de color café. El otro hom- bre, con la piel más dorada tenía ojos de un color entre verde intenso y azul suave. Ellos me saludaron y fue un momento que nunca olvidaré en mi vida. Algo en los ojos de los dos hom- bres me había capturado. No en un sentido sexual, sino en una manera de amor puro. En este momento yo supe, no sé cómo, 31
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    pero yo supeque desde aquel momento yo podría confiar en ‘los hombres’ a los que yo conozco como mis padres”. “Espera. ¿Los hombres que entraron en la casa te adopta- ron?” “Sí”. “¿Ambos juntos? ¿Cómo un pareja?” me pregunta. “Sí,” digo. “No es posible”, responde tan seguro de sí mismo. “Claro que no era ‘posible legalmente’ pero con alguna ellos me adoptaron. Estoy segura de que ellos a dieron la mujer que nos cuidó dinero para adoptarme. No sé cuánto, pero como durante esa época era ilegal, fue la única manera para adop- tarme. ¿Me entiende?” “Sí vale, lo entiendo”. “Aunque había muchas dificultades, mis padres, Philip y John tenían una vida buena juntos. Ellos se conocieron veinte y pico años antes de que me rescataran del sistema de adopción. Se conocieron en la universidad de Nueva York donde ambos estudiaron Derecho Social y allí es donde su relación empezó. Durante los primeros años de su relación como pareja, ellos no dijeron nada a la gente. Sabían que durante esa época la vida de los homosexuales no estaba aceptada. Ellos me admitieron muchas veces que tenían miedo de adoptar una niña y vivir de una manera abierta. Pero, el amor fuerte y el deseo de ser una familia ‘normal’ no se puede parar.” “Cuando era niña nunca pensé que mi familia era diferente. ¿Cómo yo podía pensarlo? Yo nunca había tenido una familia real antes de mis padres. Habíamos comido la misma comida, respirado el mismo aire, mirado la mimas series de televisión, por eso nunca pude ver la diferencia. Pero, me di cuenta en el sexto grado de que mi familia era diferente. En nuestra clase habíamos tenido que hacer un proyecto sobre la historia de nuestra familia. Yo tenía ganas de empezar el proyecto y pre- sentar la historia de mi familia a la clase pero mis padres pen- saban diferente. Inmediatamente después de que yo les dijera 32 que tenía que hacer un proyecto sobre nuestra familia el am- biente en la casa cambió. Había una atmosfera de estrés y ten- siones. Mis padres hablaron poco sobre el tema y me dijeron que si no quería ir al cole el día siguiente que no tenía que ir. Ellos nunca habían dicho eso antes, siempre tenía que ir al cole. Estaba muy confundida pero fui. No sabía que mis padres que- rían protegerme de las opiniones y los castigos de los otros alumnos pero ahora lo entiendo.” “Me puse enfrente de la clase con un poster y una hoja con las biografías de mis padres. Fotos de nuestra familia, Phillip, John y yo, estaban pegadas en el poster. Yo estaba explicando cómo mis padres se conocieron y de repente oí a los alumnos hablando en voz baja. Había oído palabras y frases como ho- mosexual, injusto y qué asco. Me sentía incómoda”. La maestra cogió mi poster y la hoja de las biografías y me dijo, ‘Tienes que venir conmigo ahora mismo’. ‘¿Por qué?’ dije. ‘No me preguntes nada, eh. ¡Ven conmigo ahora!’ “Fui con ella a la oficina del director de la escuela. Después de diez minutos mis padres llegaron a la oficina. No sé lo que mis padres y el director habían hablado porque yo había espe- rado afuera en el pasillo a lado de la oficina de la secretaria. Pero, yo sé que la semana siguiente cambié de escuela”. “Después de este incidente fue difícil para mis padres a en- contrar una escuela para mí. Mi escuela anterior había avisado a las otras escuelas en nuestra zona. Fue difícil y durante este tiempo todavía no entendí por qué mi familia estaba recibiendo ese trato”. “Lo siento, pero tengo que interrumpir otra vez. ¿No tiene sentido, no podías ver el problema de tu familia?” “No, porque no había un problema”. “Sí que había un problema, lo que no entiendo es por qué después de que tú hubieras oído las palabras y frases de los alumnos en tu clase y supieras que normalmente las familias tienen madres y padres no pensaste que había un problema en 33
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    tu familia. ¿Despuésde todo eso no podías entender por qué tu familia había recibido ese tratamiento?” “No, porque no éramos diferentes de cualquier familia”. “¡Claro que sí!” “Por favor Director Jeffrey, ¿me deja acabar la historia?” “Sí, pero por favor deprisa. Tengo una reunión con la admi- nistración de la escuela”. “Sí, lo sé. Nos falta poco de la historia. Se acuerda que du- rante todo de esto, mi familia y yo estábamos viviendo en Man- hattan Nueva York. ¿No?” “Sí, sí. ¿Por qué esto tiene importancia?” “Vale, usted va a verlo. Como ya sabe, durante este tiempo ser homosexual no estaba aceptado por mucha de la gente de esta zona. ¿Sabe algo de las manifestaciones en el barrio de Gre- enwich en 1969?” “No.” “Vale, en 1969 en el barrio Greenwich había manifestaciones luchando por los derechos de los homosexuales. Se llama Stone Wall Riots y ocurrieron durante la madrugada del 28 de junio. Nunca olvidaré este día. Yo tenía dieciséis años y no asistía a las escuelas de nuestra zona porque, como puede imaginar, había sufrido mucho acoso escolar por causa de la relación de mis padres. Después del incidente en el sexto grado mis padres intentaron encontrar una escuela buena sin opiniones negativas sobre parejas homosexuales, pero no pudieron encontrarla. Por eso mis padres convirtieron nuestra sala en un aula para clases en la casa. Durante estos años muchas personas habían empe- zado a luchar por los derechos de los homosexuales. Había mucha tensión y cada día más y más pero nunca había pensado que los manifestaciones podían traer violencia aunque había pensado mal.” “El 28 de junio 1969 fue como cualquier día. Como todos los días mi padre, John, salió de madrugada para ir a trabajar. Sentí sus labios en mi frente antes de que saliera casa y en un susurro dijo, ‘Te amo cariño.’ Todo fue normal hasta que oí el sonido 34 de cristal roto en la sala. Phillip corrió a mi habitación y me dio un abrazo muy fuerte. Podía sentir el calor de su cuerpo apre- tado contra el mío, me sentía protegida. Él encendió la radio y escuchamos las noticias. Una noticia dijo: Violentas manifesta- ciones en las calles de la zona Greenwich. Grupos de gente ocu- pan las calles y luchan por los derechos de los homosexuales. La falta de derechos les ha llevado a actuar. Gente contraria a esos grupos se está enfrentando a ellos, aumentando la vio- lencia de las manifestaciones. El alcalde recomienda a los vecinos no salir de casa. Es todo por ahora, gracias”. “Las horas pasaron. Phillip y yo nos habíamos quedado en casa como decía la radio. La ventana de la sala todavía estaba rota. Durante todo el día oí los gritos y sonidos de pistolas. Podía ver que Phillip estaba preocupado. Yo no tenía miedo. Tenía confianza en que John estaría bien. Pero no fue así” “¿Qué le pasó?” “Él murió” “¿Cómo? ¿Por las manifestaciones?” “La verdad es que todavía no sabemos exactamente lo que pasó en las calles durante las manifestaciones de este día. Yo sé que después de muchas horas esperando, mi padre Phillip había hablado con el jefe de John. Él dijo a Phillip que John nunca había llegado al trabajo y casi inmediatamente después la radio dijo: Las manifestaciones dejan tres muertos en las calles. El grupo de oposición a los derechos de los homosexuales atacó a los manifestantes incontroladamente produciendo múltiples he- ridos de diversa consideración. Tres de ellos llegaron muertos al hospital de Greenwich. Este era el momento que Phillip y yo habíamos temido. No sé cómo explicarle que yo ya lo sabía. Fue como una sensación fuerte en la mitad de mi corazón. Desde este momento y con esta sensación, yo sabía que nadie podría convencerme de que todos somos iguales. Tenía una opresión en el pecho como nunca había tenido antes, hasta el extremo de impedirme respirar. Rompía la protección de mi corazón. Rompía los pensamientos de lo que había pensado que era un 35
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    mundo que teníaun sentimiento de moral y de justicia. Porque la ignorancia había matado a mi padre. “¿Ignorancia?” “Sí, claro que sí. La ignorancia había golpeado a mi padre en su frente, en su espalda, en su pecho, en sus brazos y piernas. La ignorancia es algo impalpable, invisible pero ese día yo podía ver la ignorancia viviendo muy claramente en las calles de Greenwich. La ignorancia de las personas que creyeron que las personas homosexuales no merecen los mismos derechos que usted y yo. Ésta es la ignorancia a la que yo me estoy refi- riendo. Si no hubiera existido este tipo de desigualdad mi padre seguiría viviendo ahora mismo en un mundo que yo había pen- sado que era más capaz de aceptar los derechos para homose- xuales.” “Yo creo que ahora se aceptan más”. “Sí, estoy de acuerdo pero hoy ha cambiado mucho”. “¿Cómo?” “Tengo más miedo hoy que ayer de vivir en ese mundo, por- que todavía existe la ignorancia en personas como usted”. “No”. “Sí” “No, no voy a matar nadie en las calles porque no estoy de acuerdo con la violencia para resolver las diferencias del mundo. Me da igual si las personas homosexuales tienen fa- milias, derechos, trabajos o cualquier cosa. No voy a matarlas”. “Pero a través de sus acciones, es como si usted las matará”. “No, no, no”. “Sí, creo que sí, pero usted no puede verlo”. “¡Basta ya! Me has contando una historia larga y ahora no puedo más...” “Sí, lo entiendo pero todo era necesario para que entendiera porque les he enseñado a mis alumnos que ser una persona ho- mosexual está bien. Usted tenía que entender lo que pasó en mi vida con la adopción y con mis padres para entender comple- tamente la razón por la que estoy muy interesada en el tema 36 de los derechos de la gente homosexual. Entiendo que cuando me apunté para el puesto en esa escuela cristiana, tenía que estar de acuerdo con las reglas y eso era lo que yo estaba ha- ciendo; pero tenía que decir algo. Usted sabe que millones de chicos se quitaron su vida porque sintieron que tenían un pro- blema, se sintieron que ser homosexual era un problema. Sin- tieron que eran malas personas porque les gustaba la gente del mismo sexo. Eso no es justo. Tenía que decir algo. ¿No quiere salvar las vidas de los chicos antes de que hagan cosas que no puedan borrar?” “Sí, pero podemos ayudarles sin decir que está bien ser una persona homosexual. ¿Entiendes?” “¿Sabe por qué decidí hablar sobre ese tema?” “Sí, por las experiencias de tu familia y lo que pasó con tu padre, ¿no? “No”. “Pues, creo que no entendí nada de la historia que contaste tú” “Sí ha entendido bien la historia de mi familia, pero no fue la razón principal por lo que decidí explicar ese tema”. “Entonces...” “Hace unas semanas que veo a dos chicos besándose a escon- didas en el pasillo”. “¿Dónde? ¿En la escuela?” “Sí, estaba yendo a la sala de los profesores y vi a los chicos besándose en el pasillo. Pero ellos no me vieron”. “Y ¿por qué no has dicho algo antes?” “Porque, como acabo de decir ahora, es un punto muy cru- cial en las vidas de los jóvenes. Preferí esperar y hacerlo de una manera más indirecta”. “Y eso es por lo que has enseñado los derechos de las perso- nas homosexuales y dijiste que está bien ser homosexual”. “Claro”. “Tengo que hacer algo”. “¿Sí?” 37
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    “Sí, voy ahablar con ellos. Esto no se hace aquí en mi es- cuela… Ellos no pueden asistir a mi escuela. No podemos per- mitir estas acciones aquí”. “¡Quizá cambie de opinión cuando se moleste en conocer toda la verdad!” “Gracias por avisarme, pero tu forma de actuar no ha sido la esperada en esta escuela. Sigues estando despedida”. “Sí, todo está claro. Adiós.” “Por favor, ¿Puedes decir a los dos chicos que tienen que venir a mi despacho inmediatamente?” “Sí claro.” Camino al aula donde los estudiantes estaban acabando un trabajo. El timbre sonó. Los chicos se levantan y empiezan a salir del aula. Mis ojos se llenan de lágrimas. Digo, “un mo- mento, por favor, Alex y James tenéis que ir al despacho del di- rector”. “Por qué”, me preguntan. “No sé” Ellos salen del aula. Desde el portal puedo ver a James y a Alex caminando en dirección al del despacho del director. Una lágrima cae de mis ojos. Veo a los chicos andando hacía el des- pacho. Entran cogidos de la mano. Me acerco al despacho. La puerta está abierta. Mientras paso, veo una expresión de incre- dulidad reflejada en el rostro del director mientras su hijo cierra la puerta del despacho. 38 Inolvidable Drew Duff Epígrafe Si te hubieras levantado yo habría podido hacer algo. Ninguno de nosotros podía haber entendido lo que estaba pasando. Par- padeo y estoy en mi casa, implacablemente, viendo el pasado. No olvidaré quien me llevó a dónde estoy y las batallas inequí- vocas a las que me enfrento todos los días. Nos enfrentamos a batallas personales cada día, creyendo que hay una luz al final del túnel. ¿Cómo voy a poner pan en la mesa para mis niños hoy? ¿Estoy haciendo bastante? No importa la situación, debe- mos confiar en nosotros mismos para entender la sinceridad encontrada profunda e innatamente en cada uno de nosotros. Confiamos que en la vida, Dios sabe lo que está escondido en este mundo de consecuencias. Él sabe lo que está escondido en los corazones débiles y borrachos. Dios finalmente será el juez de nuestra incapacidad de ser perfectos. 39
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    Inolvidable Era una nochemuerta cuando vinieron los soldados llamando a la puerta. Un golpe que una persona encontraría normal, pero espeluznantemente amable. Parecieron listos para presentarlos como un tipo de propuesta. Llamaron otra vez. Fue firme pero no intentó alamar. Golpe, golpe, golpe como si fuera una mano enguantada. Ace sabía que eran los soldados. Él les había visto andando a lo largo del camino, más allá de su cueva, ocho de ellos vestidos con turbantes llevando AK 47’s. "¡Sandman!" gritó: “Ace, están afuera. Se han parado. Están mirando a la puerta y creo que van a venir a la avanzada”. Hubo un momento de silencio y luego se acercaron a la puerta. Sandman y Ace necesitaban pensar y pensar rápida- mente. "¡Retírate de la ventana Ace!" exclamó Sandman, con una voz dura y urgente. "¡Aléjate ahora! Ven conmigo a la habitación de seguridad. ¡Haz lo que está jodidamente dicho!” Hubo un tercer golpe. Esta vez era diferente, más fuerte con un sentido de ira. Esta vez fue más insistente y provocó un sen- timiento de miedo. Ace y Sandman se sintieron preocupados. Ace miró hacia arriba. Apretó los dientes y se preparó para lo peor. Su formación le había preparado para lo que iba a suceder. Los disparos empezaban a romper la puerta como pequeñas agujas en la espalda. Luego empezaba la destrucción de la puerta. No era bastante para romperla pero sí para provocar daño. Una voz gritó, "¡Sal!” Uno de los soldados venía a la puerta y se asomó en el cuarto, intentando ver a través de la cubierta. Sandman miró al otro lado y vio más soldados, había cuatro detrás preparando las armas. Ace empezaba a temblar y su sentimiento se transmitió a Sandman. Como su primera vez en combate, sintió sus manos, su cuerpo y sus piernas tem- blando. Hubo un momento de silencio antes de que la primera puerta 40 estallara, con el resto de la cerradura rebotando en el pasillo. Los soldados subieron las tres escaleras del cuartel con las armas cargadas, rasgos serios, duros. Dos mantenían su posición al fondo de las escaleras mirando hacia arriba. Los dos revisaron el primer cuarto, empujando todos y cada uno de los objetos fuera del camino en busca de soldados. Había un escritorio cu- bierto de ordenadores y dispositivos de seguimiento. Sandman y Ace echaron un vistazo alrededor, todavía escondidos detrás de la puerta de la habitación de seguridad, discutieron si debían atacar o mantener su posición. Los soldados se congregaron al fondo de las escaleras. Dos fueron más adentro, al cuarto principal y se resguardaron mien- tras los otros continuaron más allá para buscar el baño y la co- cina. Nada. El soldado que parecía ser el comandante en jefe, miró hacia la habitación de seguridad. Él hizo una señal al otro soldado que subía por la escalera y empujó la puerta con la boca de su arma. No se movió y empujó la puerta otra vez con la cu- lata y esta vez le hizo una abolladura. Sacó su linterna y la en- cendió. “Aamir. No estoy seguro pero creo que hay alguien adentro.” El comandante dijo “Pues déjales saber que aquí estamos. Dales un tiro de aviso.” Ace debido a los nervios apretó su arma, Sandman también cargó su arma con 32 balas en su AR-15, rifle automático de asalto. Los soldados dispararon cinco tiros más. Sandman pensó, ¿qué puedo hacer? No voy a morir hoy, no moriré aquí y giró la cerradura para liberar la puerta.” - Aamir, han abierto la puerta. ¿Qué hago?” - Ábrela. Hablando a Sandman y Ace. ¡Los que estén dentro que salgan ahora mismo joder! El soldado se acercó a la puerta y la abrió. Miró y observó, “está vac---“ El soldado se cayó por las escaleras. Sandman bajó del techo. El soldado intentaba disparar su arma pero el tiroteo abrumó sus sentidos. Dos tiros directamente en su corazón. El otro sol- 41
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    dado tumbado deespaldas, las piernas en las escaleras, cabeza en el suelo, salpicaduras de sangre empapando su camiseta, ojos bien abiertos en aparente asombro debido al agujero que tenía en el centro de su frente. Sandman miraba hacia arriba, viendo que los soldados afuera estaban juntándose. Todos empezaron a disparar sus armas al cuartel, destruyendo el exterior. El camino de las balas rebotaba en toda el área creando gran destrucción. "¡ACE!” gritó “Sandman”, empezó a subir las escaleras y un soldado le vio. Giró, se balanceo apuntando con su arma a Sand- man. Reaccionó, no pensando, fue a pegarle. Los dos lucharon por el arma y ésta estaba cada vez más cerca de su cara. El dedo de Sandman apretó el gatillo. Confundido y en un estado de shock Sandman buscó a Ace, miró al suelo y vio un charco de sangre acumulado en el suelo debajo de Ace, y todo fue negro. Y gritó “¡Ace. Ace. Ace! Sandman abrió los ojos, todo era borroso y se sentó en la silla de metal por dos horas, estaba desnudo. Miró a su derecha y vio que Ace había muerto. Empezó a llorar histéricamente. No se podía mover, pero empezaba a sentir un hormigueo. Estaba atado a la silla y movía las falanges. Estaba en un cuarto con muy poca luz y olor a carne muerta. No renunciaría a nada. No diría nada. Nada. Intentaría ser valiente. Como sus jefes le ha- bían enseñado. “Hola chico… pobre chico… tenemos aquí un hijo de puta Americano. Entonces, has asesinado a muchos de mis soldados. Eran soldados magníficos. Me costaron mucho y no nos gusta cuando los americanos vienen aquí. Pues, ¿qué haríamos? ¿Qué haría con un perro extranjero que mató a mi perro? Hablaría con el perro y le contaría una historia. Luego yo le daría su cas- tigo apropiado.” Sandman quedó en silencio. -¿Quiere Ud. decirme donde están los demás? Sandman no le contestó, sino que le miró fijamente con ira. Pensó: sin miedo, sin miedo, sin miedo. 42 - Tienes cinco segundos para decirme la verdad. ¿Vale? - ¡Vete a la mierda! - 5…4…3…2…1… Aamir iba a poner lo que parecía como una barra de hierro sobre la mesa. Trajo una máquina que parecía como un solda- dor. Calentó el palo de hierro con propano y lo acercó a Sand- man. El calor irradiaba de la barra. Él la acercó a sus brazos abrasándoselos. - Por favor señor no lo haga, no veo que sea necesario. No va a conseguir mi información. - ¡Jajajaja!, si claro que sí. Ya verás. Puso el palo en su hombro. Le quemó la piel. Ace gritó de dolor, llorando. - ¿Quiere decir algo ahora? - Por favor no siga. - Continuamos. Aamir calentó el palo otra vez. Lo acercó y empezó a presio- nar la piel y lo aguantó en la cabeza. Sandman se desmayó. Ace y Sandman fueron llevados en un helicóptero al hospital en Afganistán donde quedaron por tres días. El hospital estaba siendo dirigido por los soldados médicos. Sandman estaba con un técnico de emergencias. Había una mujer sentada cerca de él pero no le miró ni preguntó si necesitaba algo. Sandman es- taba hablando con unos soldados cuando él recuperó la con- ciencia. - Llevas durmiendo tres días. Declaró la mujer misteriosa. - ¿Dónde está Ace? ¿Ace? - Está en los Estados Unidos, está en estado crítico. Sandman despertó como una persona cambiada. Despertó con su familia alrededor, flores, velas, la prensa… Su conciencia estaba borrosa. “¿Quiénes son estas personas?” Se imaginó a sí mismo muerto. “¿Que pasaría si yo hubiera muerto? ¿Quien decidió que yo viviera? Ace… Ace mi compadre”. Sollozó se encontraba con un profundo dolor emocional, más allá que sus lesiones corporales. Su tortura fue irreparable. 43
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    Su llanto representabauna historia medida, no en peso, sino en dolor. La puerta se abrió y un hombre mayor con grandes me- dallas vino y susurró algo al oído de la mujer. Miró a Sandman. Dijo, “venga teniente.” Sandman intentó levantarse de la silla. Al levantarse, gritó de dolor. Se acordó del dolor que una vez había experimen- tado. Sintió como si alguien le cortara su piel con una es- pada como mantequilla y pusiera sal sobre la piel. “Soy Isabela, la secretaria. Le quiero ayudar en todo.” Doña Isabela miró a Sandman, se había ruborizado por ha- blar con él. Ella se acercó y le tocó el brazo. “No sé, teniente Sandman. Es que no lo sé. Pienso en ello cada noche. Pienso en las vidas malgastadas en la primera y se- gunda Guerra Mundial con Alemania. Pienso en todos los hom- bres valientes sacrificados en Francia y Bélgica. Pienso en todas las guerras que ha habido a lo largo de la historia y me pre- gunto… ¿qué bien han hecho? Queremos el general y yo, con- cederle este “Corazón Púrpura”. Le vamos a mandar a los Estados Unidos con grandes honores.” Sandman volvió a los EEUU apenas consciente de nada. Su cabeza estaba llena de tristeza, confusión y enfermedad. El mundo no le interesaba nada más. No pudo reintegrarse en la sociedad. Sandman quería un poco de paz en su vida y la encontraba con la naturaleza, sus paseos diarios y des- canso, eran los remedios a su salud mental. Una fila de pe- queños bungalós limpios se extendía delante de él, a su derecha durante medio kilómetro, y luego, campos. Al otro lado de la calle estaba la granja de Lisa y, poco después, campos de girasoles. Paseo de Purgatorio iba hacia adelante a la campana. El campo era reservado y sereno recordando un tiempo de paz. Incluso en un país con tanta industriali- zación, no había mucha influencia de la industria en esta área. Lo recordó Sandman de esos tiempos cuando, su mente estaba en paz. El campamento en Afganistán era pequeño, con una en- 44 trada de coches. Una valla metálica irregular cubierta de alambre de púas lo rodeaba. Más allá de la valla había un desierto con colinas que parecía interminable, sus colinas estaban onduladas por el viento. Había un canal en Charlie Foxtrot con sus bancos, sus peces, sus puentes en un oasis pequeñito solo hecho para la salud de los soldados. Sandman despertó en su hogar en Jacksonville, Florida. Se acercó a su cocina aún con mucho sueño intentando reorgani- zar su vida. ¿Bueno, qué hago ahora? Ahh, a ver. Queso, beicon y huevos me parecen ideales. Sus sentidos le volvieron muy lentamente, cosas que antes hacía inconscientemente ahora le resultaban difíciles. Sacó un tazón de la despensa y lo colocó en el mostra- dor. Cuando rompió el primer huevo, vio un tinte de color rojo oscuro. Le alarmó mucho y miró a sus manos, que estaban cu- biertas con sangre. Corrió al espejo en su habitación y vio un monstro, con un polo manchado de sangre. Casi inconsciente- mente limpió su cuerpo entero, quedando lo más tranquilo po- sible. Al poco, fue a su camión y condujo hacia la comisaría de policía. - Desperté esta mañana cubierto de sangre. Por favor ayúdeme. Noséloquepasoynecesitoayuda.Soyunveteranodelaguerrade Irak y he venido recientemente a casa. Ayuda por favor. Sandman, al doblar la esquina de su casa, se agachó, iba casi arrastrado por el jardín y la valla. Después de la valla iba a modo de comando más que antes. Se deslizó a través de la valla donde un par de estacas estaban rotas y le hizo un agujero en sus jeans con el final, un poco oxidado, del alambre que sobresalía a tra- vés de la brecha. "¡Abajo!" dijo a sí mismo y se aplastó en el césped detrás de la valla. El hombre estaba poseído por la intención de matar. En la distancia vio una casa iluminada todavía a las tres de la mañana. Se dirigió a ella desde lejos, aún detrás de la valla, sin saber que estaba imitándose a si mismo con su formación mi- litar. Sandman empezaba a acercarse más y más a la casa. 45
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    "Mira," se avisóSandman a si mismo fingiendo estar en for- mación. Se arrastró por el césped hacia el borde del canal, hizo una pausa, comprobó que no había nadie en el camino y se quedó tumbado sobre el estómago, los brazos extendidos hacia abajo en el agua turbia. Él gruñó por el esfuerzo de estiramiento, y luego avanzó para retener el extremo de una cuerda. Sandman agarró la cuerda con el fin de asegurarse a sí mismo y tiró. “Len- tamente", comentó Sandman. Se acercó más a la casa. Las luces de las calles y la atmósfera eran lúgubres. Se escondió detrás de una calle, se acercó poco a poco a la casa. De pronto vio a alguien y empezó a acechar como un tigre hacia su presa. En cuestión de segundos se acercó a la persona. Era un hombre que caminaba hacia su casa. Sand- man estaba loco. Pensando que estaba en guerra, él saltó sobre el hombre por la espalda tirándolo. Sandman lo golpeó en la ca- beza con los puños abriendo los nudillos y el cráneo de su ene- migo. Empezó a estrangularlo con violencia, pero el otro hombre no estaba dispuesto a morir. Se retorció, se raspó, pero estaba decidido a acabar con la vida de este hombre. Sandman estaba poseído con una mirada diabólica en sus ojos. Sandman comenzó a ahogarle violentamente dejando profundas huellas de sus manos. El hombre siguió retorciéndose hasta que sus piernas, que hacían un último esfuerzo por vivir, se derrumba- ron con su vida. - ¿Isabela? preguntó Sandman. - Ellos sólo recuperaron el cuerpo del canal en la parte trasera de su casa… - ¿Quién? ¿Detrás de mi casa? ¿Qué pasó? ¡Estaba dur- miendo!? ¿Qué pasó...? Él tartamudeó. - Shhhhh, Sandman, shhhhhhh, tranquilo. Parece que estabas en tu patio y estabas haciendo algo que no deberías estar ha- ciendo. Nadie sabe exactamente lo que estabas haciendo. Ima- ginó Doña Isabela. Sandman se sentó aturdido. - Tuve otra llamada de Jack. El jefe de la policía dice que los 46 investigadores han hallado tu camiseta en el canal al fondo de su jardín. Jack piensa que Sandman estaba caminando por las calles sobre las tres de la mañana. Esto es por lo que Sandman no podía controlar su hambre este mañana. Sandman quedó en silencio. - Mírame, Sandman. Mírame ahora mismo, contéstame fran- camente. ¿Sabías algo sobre la camiseta? -- -- ¡No sabía nada! explicó Sandman histéricamente. - Pues mira a éste, lo conocerías. Doña Isabela mostró a Sandman una camiseta con un sím- bolo de un bulldog. Cuando lo vio, supo que él había asesinato a su compadre, Ace. La pérdida de su mejor amigo penetró pro- fundamente en el corazón de Sandman. Incluso el corazón de un soldado endurecido, su inocencia fue arrancada de él, más allá de la guerra. Todo su mundo se paró, no pudo contemplar su corrupción. Cambió su destino. ¿Ahora, qué valor tenía su vida? Lloró al cielo porque estaba solo y tenía miedo, pero solo respondió el diablo porque no estaba Dios. En ese mismo mo- mento supo lo que era ser vacío y frio. Él apartó de los brazos de la otra. Se puso de pie, pistola en mano y se miró a sí mismo profundamente a los ojos. Levantó su arma, puso el dedo en el gatillo y disparó, para terminar con el dolor de la pérdida. 47
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    48 “You just haveto move forward” (Solo hay que ir adelante) Cam Ward Algún día Alex Hanyok La primera vez que Camilia Duff fue a un partido de hockey, no tenía ni tres meses y estaba envuelta en una manta. Horas antes, cuando las horas todavía suponía mucho en su vida, su padre había llamado a sus dos hermanos mayores para salir de casa. Wayne, que en aquel tiempo tenía cuatro años, había co- rrido por el pasillo gritando. Justo después, su otro hermano, Brett, que era dos años mayor que Wayne, siguió con un palo de hockey encima de la cabeza de su hermano menor. Unos se- gundos después, la madre fue gritando a sus hijos. Mientras todo esto sucedía, Cami había estado llorando en los brazos de su madre. Tranquilamente, su padre cogió al bebé para que su madre pudiera descansar, y lo puso en una manta roja y negra que tenía el símbolo de los “Carolina Hurricanes.” Desde el principio, los ojos de Cami absorbían todo. Primero miró cuando los proyectores de luz empezaron a pasear sus rayos por la pista del PNC Arena, el estadio donde jugaban los “Carolina Hurricanes”. Después no quitaba los ojos del hielo, desde la caída del disco hasta el zumbador final. Durante el juego, y todos los momentos después, era el bebé perfecto para cualquier partido de hockey sobre hielo. Sonreía cuando mar- caban un gol y su padre, con todo el estadio, saltaba en el aire gritando y aplaudiendo. Reía cuando tocaban música y toda la 49
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    peña empezaba acantar, casi como si estuviera cantando tam- bién. Nunca lloraba, salvo cuando los “Hurricanes” perdían el partido. Raramente dormía y, cuando dormía, su padre expli- caba a sus otros hijos que solo dormía porque sabía que los “Canes” estaban en la posición de ganar. Además, dormía con una sonrisa especial que solo aparecía cuando estaba en el PNC Arena. Nació para jugar. Tenía solo un año la primera vez que Brett puso en sus manos un palo y le enseñó cómo usarlo. Antes de que cumpliera tres años podía patinar sin ayuda y con una ve- locidad que ningún otro niño en su equipo podía alcanzar. Cre- ció con un palo en la mano y patines conectados a sus pies. La madre siempre estaba preocupada con una casa llena de aguje- ros, donde palos habían golpeado la pared. Pero no castigaba a sus hijos, solo les mandaba afuera de la casa. Pronto en el garaje parecía un almacén para el equipo viejo y nuevo. Porterías, palos y cascos. Una calza sin su gamilla y patines de los dos topos, hielo y ruedas. Había tantos discos que nadie intentaba ponerlos en el cubo designado con un rotulador grande para “Discos.” Era una chica de hockey y su familia nunca le permitía olvi- darlo. Jugaba cada día con sus hermanos. Brett le enseñó cómo jugar hasta que ella empezó a enseñarle a él. Cada vez que visi- taban el PNC, su padre le decía “Algún día vas a jugar aquí, Cami”. Al otro lado, su hermano Wayne siempre le respondía que las chicas no podían jugar hockey con la NHL, formada por los “Canes” y los otros equipos profesionales. Pero su padre siempre tenía esperanza en su hija. “Algún día…” *** La pelota naranja rodó por la calle, saltando por los salientes del pavimento. Justo después, dos pares de pies corrieron y dos palos rascaron el suelo. Uno de los palos capturó la pelota y la paró. Los pies, conectados a la pelota, pararon también y cam- biaron su dirección. Hubo un grito y los pies más pequeños también pararon. La niña pequeña era más rápida sin la pelota 50 que su hermano con la pelota y en un momento ya empujaba atacando a su hermano otra vez. Le empujó, pero su hermano mantenía la pelota. Iba por la portería. Brett tenía una mano en el palo, y la otra sobre su hermana para que no pudiera pasar y robarle la pelota. Cami gritaba “Dejámela!” Brett paró, y sin pensar lanzó la pelota. La pelota casi golpeó a Cami, entonces voló, pasó al portero y entró en la portería. Antes de que Brett terminara de celebrar el gol, Cami ya había empezado a moverse por el centro. A los lados del partido de hockey sobre la calle, los padres de los niños gritaban “¡Muy bien!” y siguieron con su conversación. “Venga,” dijo, esperando para que sus hermanos y amigos se preparasen. Mientras se preparaban, Cami miró el PNC Arena. Las luces brillantes iluminaban todo el cielo. El edificio circular estaba tranquilo, como si nada malo pudiera pasar dentro de sus paredes. Cada vez que lo veía Cami sabía que quería jugar para los “Hurricanes”. Apretó los dientes y puso su palo en el suelo. “¿Lista ya?” Pre- guntó. Wayne cabeceó. Cami era una de las más pequeñas, pero to- davía era el mejor centro para su equipo. “Uno…” Los dos tocaron con los palos en el suelo. “…Dos…”. Silencio. Solo el sonido de los palos golpeándose en el aire. “…Tres” Wayne ganó la pelota, pero enseguida su amigo golpeó su palo y la pelota quedó libre. Cami corrió y se agachó debajo del brazo de su hermano, capturó la pelota, dobló, y empezó a co- rrer en la otra dirección. “¡Eso es ilegal! No se me puede golpear así”, gritó su her- mano. A ella no le importaba que fuera legal o que no. Solo estaba el pavimento enfrente de ella. Nadie, salvo el portero, estaba entre ella y la portería. Y mejor, no había nadie atrás para pa- 51
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    rarla. Corrió. Sacudióla cabeza para quitarse el pelo de los ojos. Sonrió. Sabía exactamente dónde poner la pelota. Con una emoción suave, fue hacia una dirección, un movimiento falso. Pasó la pelota de delante al palo. Su hermano cayó en el engaño y se movió a la derecha. Cami rápidamente se cambió hacia la otra dirección, volvió la pelota al frente del palo y la puso en medio de la portería. Cami empezó a correr buscando la pelota que había salido por un agujero y caído en el pavimento. Se estaba moviendo más rápido que ella. Estaba a punto de gritar que parara un coche negro cuando vio quién era el conductor. Trató de decir algo, pero las palabras no llegaron a su boca. El jugador y capi- tán de los “Hurricanes” sonrió cuando se dio cuenta de que Cami quería coger la pelota que se había parado enfrente del coche. Cami la cogió y al sprint corrió hacia su familia mientras gritaba, “¡Mamá, papá, es Staal! ¡Es Erik Staal!” Dentro de los pasillos del estadio, Cami tenía la mano de su padre en suya y estaba saltando de un lado al otro. Ponía el pie derecho en un cuadro blanco, y después el pie iz- quierdo en un cuadro negro. Seguía así por todo el pasillo central. Cada persona que pasaba sonreía. Todos estaban hablando de los equipos, los jugadores, la comida y otras cosas que ella no podía entender. Era un mar rojo, igual que el color de los “Hurricanes”. Por el pasillo andaba toda clase de gente: niños como ella, jóvenes como su hermano, adul- tos como su padre y abuelos también. A ella le parecía que toda la gente de Raleigh estaba allí y, como ella, estaban emocionados por el comienzo. En algún momento se perdió de la mano de su padre, pero a causa de lo divertido que era su juego infantil, no miraba arriba. Cantaba. Jugaré con los Hurr-i-canes. Jugaré para los Hurr-i- canes. Jugaré para los Hurr-i-canes. Y nadie, especialmente-si-su- nombre-es-Wayne, puede decirme que no. “¿Me oyes, Wayne? No puedes decirme que no puedo jugar con los “Hurricanes” porque lo haré. No me importa ser una 52 chica y que las chicas aún no puedan jugar profesionalmente. Seré la primera. ¿Me oyes, Wayne?” Buscaba arriba a su hermano. “¿Wayne?” Rápidamente su juego perdió la diversión. Se paró con el pie derecho en un cuadro negro y el otro en el aire. El pasillo ya no le parecía tan abierto. La gente se movía con una fuerza que em- pujaba a Cami de un lado al otro. A ella le parecía que se estaba ahogando en el mar. Llamó a su padre y a su madre. Llamó para pedir ayuda, pero debajo de todos los sonidos, su voz se perdió como ella se había perdido. Una persona pasó muy rápido y se golpeó con los brazos de Cami. El golpe fue tan pequeño que él no lo notó, pero la diferencia de tamaño entre él y ella era tan grande que Cami se cayó al suelo. Nadie notaba que ella se había caído. Pensó de sí misma que era demasiado pequeña para jugar. Pensó que si no podía andar por un pasillo sin caerse de un golpe, ¿cómo podría jugar para los “Hurricanes”?. En cada juego todos los jugadores se golpean unos a otros, y mucho más fuerte que el hombre que había des- parecido en el mar de gente. Pensó que también, y lo peor, que era una chica y las chicas no podían jugar en la NHL. Al fin y al cabo, su hermano estaba en lo correcto cuando había dicho que ella nunca podía jugar para los “Canes”. Entonces, allí, en el centro del pasillo, empezó llorar. *** El sol ya había empezado a caer cuando el coche dobló por la calle que iba hacia la entrada, hacia el garaje de los trabaja- dores. Cuando giró otra vez, un periódico que estaba en al asiento a su lado cayó al suelo. Era el viejo periódico universi- tario que Cami había encontrado el día anterior. Sobre la por- tada su propia cara le sonrió. Leyó el título, “¿El final del camino?” aunque no necesitaba leerlo para saber lo que decía. Cuando Cami entró en la Universidad de Carolina de Norte con una beca completa para jugar, su padre estaba tan emocio- nado que le había comprado un nuevo coche Ford. Años más 53
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    tarde, después deque se rompiera la rodilla, perdiera su beca y dejara la Universidad, lo que quedaba de su vida anterior era el coche. Era viejo y los asientos de piel tenían manchas de café, pero a Cami le encantaba. Había sufrido años de depresión, y el coche le recordaba a su padre muerto y el sueño que habían compartido. Los dos habían deseado que un día Cami hubiera sido la primera jugadora femenina de la NHL. Pero estos días habían pasado. Cami había dejado su sueño por un trabajo ven- diendo helado en la misma pista de hielo que una vez había ocu- pado sus sueños. Enfrente de ella, y por encima del estacionamiento casi vacío, se podía ver este mismo edificio. Unos pájaros habían hecho sus nidos en los árboles y desde allí cantaban sus canciones en un idioma desconocido. Gritos de niños jugando en la calle le distraían. Miró por encima de la mano izquierda en la dirección de las voces. En el mar de apar- camientos vacíos, una media docena de adultos estaban ha- blando desde el remolque abierto de un camión. En sus manos llevaban vasos de plástico rojo. El olor de la barbacoa le dio hambre, aunque ya había cenado. La pelota naranja escapó de unos jugadores jóvenes que ju- gaban con palos de madera y una portería rota. La pelota rodó en su dirección. Paró el coche para que pasara la pelota sin que hubiera el peligro que su coche la aplastara. La chica, que tenía no más de diez, años paró momentáneamente para mirar den- tro del coche. El momento le recordó a ella la escena de su in- fancia. Le recordaba su propia infancia, que había pasado en el mismo estacionamiento jugando el mismo juego. Se preguntó si los chichos también deseaban jugar para los “Canes” y si al- guno tenía la habilidad. Si tuviera la habilidad, ¿también tendría la suerte? ¿Cuántos sueños se habían perdido por culpa de las lesiones? *** Cada día, antes de empezar a trabajar, Cami y su sobrino be- bían una cerveza y hablaba cualquier cosa. Normalmente nin- guno tenía algo importante por decir, pero a los dos les gustaba 54 el tiempo que pasaban juntos. “¿Cuánto tenemos?” “Quince minutos.” “¡Entonces, bebamos!” Gritó Jay. Cami sonrió y le preguntó, “¿cómo está la universidad?” “Una mierda. ¿Cómo está el hielo?” Desde su lugar, casi sentada al lado de las escaleras, Cami le dijo, “Ve tú.” Jay se movió por debajo de la escalera. Tenía una mano sobre el vidrio que separa la gente y los jugadores y la otra sujetaba la cerveza que llevó a su boca. Tragó la cerveza y después, gritó: “El hielo todavía está mojado”. Su voz sonó como un eco por la pista vacía. “Mejor, los “Rangers” no juegan bien con hielo malo”. “Todavía será un juego muy difícil hoy,” respondió Cami. “¿Para los “Hurricanes” o para nosotros dos?” “¡Vaya! Entonces, para los dos. Los hinchas de los “Rangers” son horribles.” “Les damos un poco de la hospitalidad del sur y les rompe- remos las narices”, bromeaba Jay. “Y perderemos nuestros trabajos”. Ellos siguieron en silencio hasta que dijo Cami: “¿Sabes lo que quiero más que nada? ¿Ves este hielo? Cuando tenía diez años o algo así, quería más nada jugar con los “Canes”. Era mi sueño. Y casi lo conseguí. Quizás si no me hubiera roto la rodi- lla todavía sería posible, pero me gusta creer que podría haber roto yo la barrera entre las mujeres y la NHL. Ahora ya no es posible. Ahora sé que nunca voy a patinar sobre este hielo. Pero, por lo menos, puedo ver lo bonito que está cada día cuando voy a trabajar. ¿Cuánto falta ya?” “Fin, tira la cerveza”. Pusieron las cervezas debajo de una silla y corrieron a sus si- tios. “Buenas suerte”, dijo Jay. “Abre la puerta. Llegan los toros.” 55
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    “Es verdad, loshinchas están así”. Cami seguía con sus pensamientos sobre sí misma. “Yo sé que no puedo, pero todavía lo sueño”. “Y aquí hay un helado doble de chocolate para nuestro Erik,” dijo Cami…. y, oye, ¡cuidado! Aquí, una servilleta también, ¡cuidado!” *** Eran las siete y veinticinco, y por fin la gente estaba empe- zando a llenar los pasillos del PNC. En solo cinco minutos Cami se movería tres metros afuera de su lugar para llegar a la televi- sión que le permitiría ver el juego. Aunque estaba en el edificio donde juegan los “Hurricanes”, era imposible para los trabaja- dores ver un juego y trabajar al mismo tiempo. Para que la gente pudiera seguir viendo el partido a la vez que compraban comida (o, lo mejor, gastaban su dinero en los productos caros del es- tadio) algunas televisiones estaban situadas estratégicamente. Sin embargo, la función más común era para que pudieran ver el partido los trabajadores. A falta de tres minutos para el comienzo del pre-game, el pa- sillo estaba casi vacío y Jay vio a una chica con un jersey rojo sentándose en medio del suelo. “¿Máma?” gritó. Aunque no se le permitía salir de su mostrador, Cami salió para ayudarle. “Shhh, calla pequeñita. ¿Qué pasa?”, dijo. Se había puesto de rodillas para no parecer tan alta y darle miedo. La niña miró a Cami sin decirle ninguna palabra. Sus ojos grandes le dijeron todo lo que necesitaba saber. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó. Los ojos estaban buscando algo en su cara. Su boca estaba apretada y su frente arrugada. Por fin encontró lo que estaba buscando y, con una voz como la de una mariposa, dijo, “Sara” “Hola Sara, soy Cami” Su cara seria se transformó en alegre. “¿Cami? Cami como Cam Ward?” 56 “Entonces, señorita, siéntate aquí en esa silla y vamos a ver si tenemos helado para ti. ¿Qué sabor te gusta más?” Cinco minutos más tarde el padre de Sara encontró a su hija detrás del bar de helado, en una silla, comiendo un helado de fresa. Cami se giró a mirar al padre y dijo, “Tu hija conoce bien a los jugadores. Sabe todos los nombres de los jugadores de mi infancia”. “Venga”, dijo el padre de Sara, con la mano de su hija en suya, “gracias por todo”. “No pasa nada, es muy lista. Ya entiende cómo usar las pa- redes para mover el disco. No pienso que lo aprendí cuando era tan pequeña”. “No soy pequeña”, gritó Sara, “¡Voy a jugar con los “Hurri- canes”!” Su padre reía. “Ahora estamos practicando a usar ese cerebro para algo más que hockey. Conoce todo del equipo pero no puede recordar las multiplicaciones”. “Cada uno tiene sus prioridades”. ¨Venga, que va a empezar pronto. Hasta luego”. “¡Hasta luego!¨, gritó Sara. Luego, saludó a Cami mientras pasaba por las puertas a las gradas. Cami se movió al lugar donde podía ver la televisión, pero estaba en anuncios. Vio los mismos anuncios que siempre veía, pero no veía nada. Estaba pensando en la niña y en su propia infancia. Recordaba la vez cuando se encontró perdida en los mismos pasillos y cómo en este momento aprendió que nunca podría jugar con los “Hurricanes”. Quería cambiarlo. Quería hacer algo para que Sara pudiera cumplir el sueño que Cami no pudo llegar para cumplir para sí misma. *** Después del partido, que ganaron los “Hurricanes” con un gol los últimos cinco minutos, Cami fue a hablar con el jefe. No era específicamente su jefe, porque había muchos jefes que trabajaban en departamentos diferentes en el PNC. Este jefe era 57
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    el más importante.Tenía que hablar con una recepcionista, y otras personas cuyos trabajos no entendía, antes de que le per- mitieran pasar a la habitación del jefe de los “Hurricanes”. “Sí, siéntate”, dijo el jefe, un hombre muy del sur. Llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa de traje. Aparentaba cerca de cincuenta años pero tenía las arrugas de unos diez años mayor. Llevaba su sobrepeso con la confianza que solo se consigue por tener dinero y decía que no le importaba su grasa. Al ver su risa, Cami se tranquilizó. “Hola, señor, soy Cami”. Le respondió, le ofendió la mano y se sentó en un sillón grande a otro lado del escritorio. Buscó por la alrededor de la sala. La oficina parecía otro mundo del que estaba abajo en el mismo edificio. Mientras que abajo las paredes eran rojas, las de aquí eran blancas y cubiertas de fotos. Encima del escritorio la pared estaba casi vacía; solo un cuadro del capitán de la infancia de Cami, Erik Staal con la Stanley Cup, que recibía el equipo tras ganar los playoffs, la ocupaba. Una de las cuatro paredes era una ventana que miraba sobre el oscuro estacionamiento. “Vale, Cami, ¿qué puedo hacer por ti?” “Tengo una idea”, comenzó, “quiero empezar un equipo para las niñas de la ciudad. Hay un equipo de niños que juega aquí a veces, pero este equipo no incluye ninguna chica. Hay chicas que juegan hockey, pero no hay muchas oportunidades para ellas. ¿Me ayuda usted?” Una hora más tarde, el jefe decía, “entonces, estamos de acuerdo. Hablaré con el equipo y las pistas de hielo cerca de aquí. Hablaré con el grupo de publicidad y el de planificación de eventos. Y, más importante, hablaré con Erik Staal.” “¿Erik Staal?” “Sí, me has dicho que Erik era tu jugador favorito, ¿no?. Bien. Él me dijo que le interesaba ser el entrenador de un equipo. Nosotros hablaremos el lunes”. Cami casi no podía decirle adiós y salió de la oficina todavía sin respirar a causa de su alegría. No había podido jugar al hoc- 58 key profesionalmente cuando era menor, pero sí podría ayudar a las niñas que tenían el mismo deseo. *** El estadio estaba casi vacío, solo con un grupo de padres y amigos situados detrás de cada portería. A las niñas esto no les molestaba. Miraban con ojos grandes cada esquina del PNC Arena desde un sitio que nunca pensaban que podrían ocupar. Sara empezó un circuito por la pista. Le gustaba cómo se siente el hielo debajo de los pies. La conexión entre el hielo y sus patines hacía un ruido que ella asociaba con la veloci- dad. Bizqueaban sus ojos contra el viento artificial con su movimiento. Movió una pierna con un brazo y la otra pierna con el otro brazo. Uno, dos, uno dos. Más rápido cada vez. Sus patines hacían ruidos más fuertes. Estaba vo- lando. Pasó a las otras chicas, algunas practicando y otras hablando. No les prestaba atención. Era en su propio mundo. Solo ella y el hielo existían. Oyó a unos padres gol- peando la pared de vidrio. Se transportaba a otro momento. En vez de unos padres al final de cada lado del hielo, todo el estadio estaba lleno. Un coro de sonidos unidos a gritos y golpes sobre la pared de vidrio. Tenía el disco en el palo. No había nada sino el hielo entre ella y el portero. Su corazón palpitó en su pecho. Una parte de pelo cayó sobre sus ojos. Cambiaba el disco de un lado a otro y, cambiando su peso también de un lado a otro, lanzó. El disco rebotó en el portero y cayó otra vez sobre el hielo. Con un mo- vimiento fluido y fuerte, Sara golpeó el disco y lo puso al otro lado de la portería. El zumbador soñó, acompañado con unos miles de personas gritando y celebrando su gol. Patinó por el centro del hielo, celebrándolo con sus brazos en el aire. Su equipo la abrazó. Se sacaron los cascos y gritaban de felicidad. El pelo suelto se deslizó al deshacer sus trenzas. El equipo había ganado el torneo más popular de hockey feme- nino. Sara patinó hacia el banco donde estaba sentada una mujer mayor con una sonrisa conocida. 59
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    “Muy bien, chicas”,dijo Cami, la jefe de los “Tornados,” que era el primero de diez equipos nacionales de hockey femenino. “Muy bien todas”, dijo Erik Staal, el entrenador del equipo. Sara sonrió, dejó su palo con un ayudante, y fue hacia el cen- tro, donde la prensa estaba empezando a formar en una alfom- bra roja que habían puesto desde las puertas de hielo hasta el centro. El público no dejaba gritar y sus cámaras parpadeaban como estrellas en el cielo. Sara patinó hacia el centro, donde el trofeo la estaba esperando. Con un movimiento fluido, lo le- vantó sobre su cabeza. Dando vueltas lentas debido a la fuerza que necesitaba para mantener el trofeo de metal levantado, Sara gritaba de felicidad. 60 Conciencia Michelle Potter Curiosidad encendida Cada mañana, desde la ventana veo las ruinas antiguas de La Guerra Final. Qué maravilla- siempre me ha gustado verlas. Entre las fachadas perfectas y uniformes de nuestras flotaciones móviles, se quedan estas paredes destruidas, la piedra que se había cogido de la tierra- todo construido conectado a la tie- rra- todo imperfecto. Es lo que siempre me hace pensar en cómo fue vivir así. Los seres humanos -con un aspecto tan si- milar al nuestro, pero con unas maneras de vivir tan diferen- tes- andando sobre la tierra, cogiendo todo de la tierra, no había organización, ni conformidad ni nada, no sabían de la meta úl- tima y vivían de manera sin importancia clara. Durante la uni- versidad, me interesó mucho esa existencia, y ahora, al celebrar el trescientos aniversario de la terminación de la Guerra Final, las noticias breves me hacen pensar otra vez en esta curiosi- dad… ¿Qué les pasó a los seres humanos? Pues lo sé, como todos lo saben, pero, ¿por qué? ¿Cómo terminó de verdad? Cita con Fermín: mañana por la mañana después de terminar/editar el artículo para el periódico. 61
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    El pájaro El solcaía a plomo por encima del mar. La mezcla de azul se alarga delante de la vista, rodeando el cabo. El cabo, donde hace diez años había una ciudad maravillosa (su nombre, que no se quiere ni se puede recordar) se veía todo derrumbado -la mitad de los edificios caídos, las calles y grandes estructuras tragadas por las olas, convertidos en las fundaciones para los árboles monstruosos y fauna de la selva-. Una sola figura se movió tras las ruinas. Saltando ágilmente sobre las piedras, como un pájaro, siguiendo su camino cono- cido. 62 Tiempo Para empezar, solo para que no lo olvides durante el proceso, sobre todo, el tiempo será lo más importante, claro. Para refle- jarse en los seres humanos, concretamente en su final, todo tiene que enfocar en este momento del tiempo. Dirigirá cómo sean los personajes, los lugares, y la historia. O sea, quiero que la finalidad de todo sea para reflejar en el tiempo: la destrucción de los seres humanos. Entonces, justamente después de la Guerra Final (¿el año 2053?- buscar la fecha exacta) plantearé la historia. Nota: buscar en los archivos imágenes y materializaciones de la tierra en la posguerra: ruinas de la zona 231, cerca del mar. Creo que había selva, temporadas de lluvia, no sé cómo era la situación del medioambiente, ¿tormentas? ¿cambios radicales de clima?. Confírmalo 63
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    Fermín Me coge lacara con las manos ¡Jo! Qué bueno es ver esa cara otra vez! ¡Qué recuerdos trae! y ¿dónde has estado todo este tiempo? Pues, es que yo también he tenido mucho trabajo con todo esto de ‘Tres Siglos desde la Guerra Final’. Informática Central ha recibido un mogollón de nuevos textos, materializaciones y tal. Fermín tiene que quitar las manos de mi cara para articular mejor cuánto trabajo ha tenido. !Jo! pero, vaya, que estás muy bien. ¡Hombre, cuéntame tu secreto, porque, como ves, lo ne- cesito yo! Palmea la tripa rotunda con una mano, y me coge del brazo con la otra, como para equilibrarse mientras cierra los ojos y ríe como si hubiera oído el chiste más gracioso del mundo. La esposa me ha estado mandando comprar una de esas má- quinas de salud -no sé cómo se llama- algo de ‘fórmame’ o … pues una de esas cosas tan ridículas, ¿sabes? Noto que estoy sonriendo. Qué hombre más cálido y amable y vivo. Creo que él nota que había reído un poco. Solo me impre- siona que hemos estado aquí diez minutos y aún no he dicho ni una palabra… Pero, bueno, basta, basta, hijo, ¿qué quieres de mí?. Puedo le- erte la cara exactamente como la de tu padre; sé que quieres ayuda con algo. 64 Apuntes Empezando… Dónde, cómo, con quién… Acción o descrip- ción… La parte más difícil, pero más importante, ¿no? ¿Cómo debo explorarlo todo. O mejor, crear la curiosidad en el lector para que quiera seguir leyendo? Pues es mejor cuando se puede conectar por el nivel personal crear una historia personal… Lo más importante es establecer la conexión y el interés, un mé- todo de comunicar la idea, expresarla por el protagonista. Lo que piensa, dice, cómo se adapta y cambia. Sí, es mejor que di- rija la idea por el protagonista. Quizá puedo empezar con el pensamiento. O con una escena de acción para introducir lo que pasó, y que no sea aburrido o lento. ¿Uno de sus sueños? O mejor, una escena intima en que vemos algo rápido que nos muestra su carácter… 65
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    Las rosas En todoesto de buscar información, me ha cautivado todo acerca de la interacción entre los seres humanos y la tierra. Era una relación muy fuerte pero a la vez, ignorada. Casi todo lo que hacían los seres humanos les conectaba con la naturaleza. Vivían entre de los árboles, respiraban el aire libre, andaban con los pies en el suelo. Una materialización me interesó durante casi 30 minutos: una especie de planta que existía durante esta época. Se llamaba la rosa. Se consideraba una “flor” o una planta que crecía con un follaje de colores y texturas impresionantes. Su forma, la delicadeza de los pétalos, el tono rojo, profundo y la resistencia del tallo -adornado con espinas-, me representó algo. No puedo describirlo concretamente con palabras, pero me pareció una manifestación de la naturaleza humana. Más que los textos his- tóricos o los estudios de la Guerra Final, esa flor me contó mucho del espíritu humano. Había una belleza espléndida y delicada de los humanos, lo que parecía más bonito y elegante. Pero cuando se intenta co- gerlo, uno se da cuenta de las espinas y de que la planta, de ver- dad, es algo duro, correoso y casi feo. La flor es increíble pero, temporal. No puede aguantar mucho y, cuando se va, lo que se queda es la planta fea y dura de espinas que, con tiempo cre- ciendo libremente, se choca. 66 Cariño Intentando ver algo, dirigió la vista hacia la ventana. La os- curidad cayó suavemente como una manta gruesa. El mar, como un espejo de ilusión, jugaba con la luz de la luna. Sin saber lo que buscaba, dio la vuelta desde la ventana. Miró la fi- gura delgada, respirando con dificultad debajo de unas mantas azules y verdes. Al encontrar el par de ojos cariñosos que la miraron, sus labios se extienden en una sonrisa triste entre las mejillas. “Oye, bella Rosa mía, ¿te he dicho cuánto te amo?” También, él sonrío suavemente, sus ojos, grandes, azules, in- tentaron esconder el cansancio de un hombre gastado. Rosa se sentó a su lado. Lo besó en la frente. La piel era suave con arrugas, todavía tenía fiebre. “Y yo a ti. ¿Te sientes mejor?” Movió las almohadas detrás de su padre para que lo sopor- taran mejor. Recientemente, la cara de su padre había estado llena de un cansancio y dolor continuo que le daba una sensación insopor- table de incapacidad. “Necesitas dormir. Voy a buscar más lavanda y menta cerca del mar para tu té.” Él tocó la mano de Rosa. “Espera. No salgas aún. Quiero contarte algo.” Rosa no se movió. El padre miró fijamente a su hija. 67
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    Encontrando a Fermín ‘InformáticaCentral: Estudios de Las Épocas’. Espero que éste sea el edificio correcto. Las manos sudorosas y con más antici- pación y nervios de lo racional, entro por unas puertas enormes de vidrio. Inclino gradualmente el rostro, viendo el espacio im- presionante de la entrada. Las paredes blancas parecen perfec- tamente infinitas, ninguna impureza, la luz fuerte aumentando el sentido de importancia de todo lo que puede pasar dentro del edificio. Comienzo andar, y de repente una materialización apa- rece y como tengo los nervios alterados, me asusta y se escapa un gritito de mi boca. La figura de la materialización no me hace ni caso, continuando con su bienvenida. “Bienvenidos a la Informática Central, sección 1128729, Estu- dios de las Épocas. Si usted tiene identificación oficial, presén- tela en la pantalla a la izquierda. Si usted tiene la autorización 1134b siga adelante. Si usted tiene…” Viendo todos los pasillos que hay por delante, me preparo para oír cada opción. Pero, saliendo de una puerta a la derecha, veo la figura corpulenta de Fermín, moviéndose afanosamente en mi dirección. En camino, en vez de irse hacía un lado, pasa direc- tamente por la materialización, espantando los píxeles en sus- pensión como si fueran unas molestas moscas. Levanta los brazos en señal de bienvenida. Una sonrisa entusiasta aparece de dentro su barba rebelde. “¡Miguelito! Me alegro verte aquí, espero que no hayas tenido difi- cultad en llegar. Mira, con todas las ramas diferentes de la IC, des- puésdeveintitantosaños,¡mepierdodevezencuandoytengoque llamar a mi esposa! Pero bueno, estás aquí, y ¿preparado?” Dirigiéndome a la derecha, hacía la puerta de donde había salido antes, intenta cogerme de los hombros con un brazo, pero, como 68 su estatura baja no lo permite, sigue con la mano en medio de mi espalda. “Recuerdo cómo tu padre me dijo que te interesaba mucho todo esto de los seres humanos. La única asignatura de historia que aprobaste, ¿no?. Mira, yo también. Como somos de verdad una evolución de los humanos, es un estudio fundamental para que nos entendamos. Hemos basado mucha parte de nuestra tecnología en lo que empezaron y mucha de su función bioló- gica es similar a la nuestra. Además, cada día estamos reci- biendo nuevas fuentes de información. Fue una época impresionante. Pues, bueno, aquí hay todo lo que se puede ne- cesitar. ¿Por dónde empezamos?” Miro el espacio en que estamos. Las paredes, en vez de blancas, son como pantallas. Hay filas y filas al fondo en las que se con- servan documentos y libros y cualquier reliquia que se ha descu- bierto. “Pues, primero, quería solo hacerte algunas preguntas de lo que sabes tú”. “Venga, dispara”. 69
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    Notas: Con Fermín -¿Quiénes eran líderes importantes? En el año 2051, como el ataque primero fue tan sorprendente y tan efectivo, lo que quedaba de los humanos eran unos grupos fragmentados en sitios distintos de la tierra. Cada uno tenía una estructura variable -algunos sin estructura- todo dependía de cuántas personas había y de dónde eran. Unos nombres impor- tantes… De la región del norte: Eberhard Zwicker Ana Ivanovic Alasdair MacIntyre William Smith De la region del sur: Dan Carter Ernesto Garzón Valdés Joseph Alexander Sydney Brenner Owen Labrie - ¿En qué zonas quedaron vivos algunos seres humanos? Las bombas nucleares habían dejado principalmente cinco zonas de peligro extremo, las zonas que dividían los humanos. Creo que la última zona que mantenía humanos era lo que se llamaba Lenape. Estaba en el área del sur de la tierra, que había sido el país de Nueva Zelanda antes de la guerra. Aunque fue un continente bastante pequeño, debido al desplazamiento del mar y los cambios del clima, quedó como la zona que mejor mantenía la vida. Este establecimiento de Lenape fue algo muy interesante. Los humanos formaron allí este grupo bastante pe- queño -de 30 o 40 seres- como otros seres que habían sobrevi- vido durante y después de la guerra en diferentes partes. 70 Debido a los cambios de la atmósfera y la inclinación del eje de la tierra, todos huyeron a este sitio. Crearon una manera de vida intentando modificar cómo han vivido antes para ser más estables y poder reestablecer una vida mejor. El nombre, Le- nape, que hemos descubierto, es el nombre de un grupo de seres humanos del siglo XIX, que significa ‘la belleza de la gente’. Los últimos humanos, al crear una comunidad, eligieron el nombre porque se había centrado profundamente en la belleza de la gente. - ¿Cómo sobrevivían en estas zonas? Pues, como he dicho, variaba mucho dependiendo del sitio y tal. Las zonas en que había mucha gente normalmente no du- raban. No podían ponerse de acuerdo, había estrés y confusión y como acabó todo antes con la Guerra Final, lucharon y se ma- taron dentro del grupo. Algunos grupos que se formaron después, como el de Le- nape, con menos miembros, habían intentado establecer una vida mejor, en la que aplicaron lo que habían aprendido de los problemas anteriores. Tenemos unos libros y dibujos del sitio. Tenían suerte de que, debido al aislamiento de Nueva Zelanda, ahí todavía se podían cultivar los alimentos necesarios. Pero lo que creo yo que les permitía sobrevivir más tiempo, fue algo que vi en un diario. Habían visto el derrumbe de la humanidad, y cada uno se había escapado de una situación distinta de pos- guerra que no funcionó, y entonces, lo que leí decía que todos Lo único que todos querían era vivir una vida buena, con un sentido elemental: terminar con las luchas de poder, con la mentira y codicia y los trucos, que no servían para nada. La única cosa que era importante para los humanos eran los otros humanos. Después de tanto tiempo sin una sociedad fijada, el deseo de las cosas materiales prácticamente había desaparecido. Lo importante fue la gente, Lenape. Para vivir con otros, para tener relaciones reciprocas, para sentirse humano, transcendió el deseo de la posesión individual. 71
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    - ¿Qué creesde los seres humanos? ¡Vaya, Miguel, qué preguntas me estás pidiendo! Sabes que he escrito una tesis, de unas 20 páginas, sobre este pensamiento. Pero, a ver si puedo decirlo de manera más bien breve. Por lo que nosotros podemos saber, creo que los seres humanos fueron unos seres increíbles. Demuestran una evolución superior de la que cualquier raza antes había demostrado. Había una ri- queza y vigor de la existencia que nunca se ha podido ver otra vez. Pero, dicho esto, no queremos verlo otra vez. Esta evolu- ción llegó al punto en el que debería haber parado porque, como vimos, la riqueza y el desarrollo complicaron todo de una manera fatal. - ¿Qué piensas que los seres humanos deberían haber cambiado de su manera de vida? Un ser humaratana como yo no tendrá las respuestas definitivas para resolver los problemas de esta raza distinta…, p ero sí que es algo interesante en lo que pensar. Otra vez, con el ejemplo de Lenape, creo que demostraron lo que podría haber salvado a los seres humanos: dejar su fijación con la posesión y éxito in- dividual. A partir del año 2030, los seres humanos habían des- arrollado una manera de vida tan individual y separada, de usar y usar y malgastar, que había perdido completamente la pers- pectiva fundamental de lo elemental del ser humano. Entonces, aunque la belleza del ser humano viene de la libertad y la creación espontánea, en la misma raíz vemos cómo al evo- lucionar empezaron a destruirse sin dirección clara. Tenemos suerte, ¿no? ¿Qué hacemos nosotros sin el objetivo úl- timo? 72 Unos pensamientos Como las rosas sin jardinero, los seres humanos no podían aguantar su mismo crecimiento, una creación sin planes que se transformó en destrucción. El desarrollo libre permite el inge- nio, sí, pero lo bueno y lo malo. ¡Ay! pero ¡qué cosa buena te- nían! Ser una parte de la tierra. Metidos en sociedades variadas, libres, donde se puede caminar con los pies en el suelo. Pero bueno, sin saber lo que tenían, solo querían construir monu- mentos de riqueza para estar más y más lejos del suelo, para separarse de la naturaleza. Rascacielos -se llamaban- las cons- trucciones cubriendo la superficie, asfixiándolo todo, olvidán- dolo todo. ¿Cómo se puede ignorar una conexión tan fundamental, tan fuerte? ¿Por qué no querrías ser una parte de algo tan magnífico? La idea de separarse fue confundida con la de distinguirse. ¿Qué tendría un ser humano cuando estaba solo? Pero como vi en unas fotos y materializaciones, cuando estaban juntos, como en los grupos que se llamaban ‘familias’, había unas expresiones de felicidad y comodidad tan hermosas que no puedo imaginar sentirlas. ¿Cómo se vive bien o se hace lo bueno o se disfruta lo que se tiene sin otros? Esto fue lo bonito de los seres humanos, los momentos de conexión y colaboración en los que se ve la naturaleza humana que había evolucionado. 73
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    Lo que seencuentra en la perdida Al llegar a la puerta, algo parecía demasiado quieto. Las hojas de losárbolesmonstruosossusurraron,comosiquisierandecirlealgo. Entró agotada, pero con las hierbas que su padre necesitaba. Aun- que estaba oscuro en el pequeño espacio que habían creado como hogar, podía ver las siluetas que la rodaron. Unas estanterías que hizo su padre se alineaban en la pared. Mantenían una colección de fragmentos del pasado: libros, llaves, cintas, una muñeca, fotos rotas, unas piezas de cerámica, etc. Dirigió los ojos a la colección, recordando sus aventuras en las ruinas de la costa. ¿Cómo ha pasado todo este tiempo? Bus- caba cada maravilla con una curiosidad encendida por las his- torias de su padre. El mundo anterior. Con cada cosa que encontró intentaba pintar un poco más de la imagen infinita, el fondo que nunca podía distinguir. Veía mejor este mundo en los sueños. Aquí, los objetos se mezclaban con las historias, con las imágenes breves de su memoria; donde había entendido lo mejor posible este mundo de dónde vino. Sin entender nada más que las ruinas y este hogar forjado, encontraba la única estabilidad y dirección que había llegado de su padre. Como atraídos magnéticamente, los ojos se fijaron en la figura tumbada. No había ningún movimiento, ningún sonido. De repente, Rosa podía sentir el frío, un frío eléctrico, corriendo por los huesos e impidiéndola moverse ni respirar. Algo al lado de la cama se reflejó la luz de la luna. Un objeto pequeño y metálico que le hizo mover las piernas. Al llegar, en- contró una pila pequeña de cosas. Sin tocar las cosas, fue a la figura de su padre y la tocó con la delicadeza como si al tocarla con demasiado fuerza se esfumara. Nada. Tocó la parte encima de la muñeca, escuchó para la respiración, como una esfuerza final decía en voz baja, “¿Papa?” Sabía que esto tendría que pasar un día pero, de repente, se sentía más sola que nunca. Cogió lo que estaba al lado de la cama y fue a la ventana para verlo con un poco más de luz. Había el objeto de metal, un libro pequeño, azul, y una foto. Era 74 de su madre y su padre. Él estaba besándola y ella miraba a la cámara. Los dos tenían una mano en su tripa embarazada. Captaba el amor para hacerlo palpable. Al ver los ojos vivos de su madre, reconoció los de sus sueños. Dirigió la atención al libro. El tamaño de la mano, era de una tela azul y raída. Cuando lo abrió, recordó cuando era niña y su padre le enseño cómo leer. Era muy difícil al principio, porque no tenían muchos libros con los que podía practicar. Pero, como otra fuente de descripción del mundo anterior, le encantaba. Ahora, reconoció la letra de su padre. 19 octubre 2064 Querido Rosa: Si estás leyendo esto, te he dejado sola, una idea que nunca podía soportar, y lo siento. Los momentos que pasé contigo me han cumplido el único deseo de la vida, y por eso, te he intentado dar todo lo que puedo a cambio. La luz de tus ojos, la que te dio tu madre cuando te dio a luz, me ha dado la energía y la fuerza para aguantar todo. Entonces, no sufras por la an- gustia que provoca la muerte, porque he vivido y he amado y ahora he muerto como el hombre más feliz del mundo, seguramente. Además, ¡no tienes tiempo que perder mi amor! Te he dejado una brújula y ese libro. Sigue leyendo y encontrarás lo que siempre tu madre había es- perado cumplir. Con el todo el amor del cielo, de la tierra, el sol, la luna y las estrellas, te digo adiós, y que nos volvamos a ver. Tu padre amoroso, Paulo PD: algo más sabio de lo que puedo escribir, “A veces nuestra luz se apaga, pero se vuelve a encender al entrar en contacto con otro ser humano. Debemos todo nuestro agradecimiento A aquellos que han reavivado nuestra llama interior” ~Albert Schweizer 75
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    El Diario 14 demayo de 2056 Acabamos de llegar al mar, Paulo y yo, donde nos hemos en- contrado otro grupo pequeño de humanos. Qué increíble es poder hablar y comer y solo estar con otros- ¡me siento humana otra vez! Tienes que aceptar cada día como viene. Entonces, no sé qué pasará, pero creo que nos hemos escapado de la zona de peligro de la guerra. También, al estar con otros, noto cuánto amo a Paulo. A veces, olvidé que hombre más amable y gra- cioso que es. Esa tripa crece cada día. ¡Tengo que ponerme unos pantalones dePauloporquenopuedoponermelosmíos!Unafelicidaddurante la peor época. Pero por lo menos hemos llegado aquí. He tenido bastante miedo por tres vidas. Solos Paulo y yo -entre las explosio- nes, los derrumbamientos, los androides y ciborgues- parece un sueñoahora. Todoloquehemosvivido,hace10años,meparecería que no pudo existir o que no fue una realidad. Perobueno,heoídohablardeunsitio. Nosésisoloesinventado osipuedeserreal,perosedicequeesunsitio enelquesehacreado una comunidad estable y segura. Tienes que ir en barco, pero un chico de los que hemos conocido me dio unas coordenadas de este sitio. Lenape (que nombre tan raro, ¿no?) Latitud , Longitud 42.1 S, 172.5 E Me sorprendió un poco cuando le conté todo esto a Paulo, se puso muy quieto y, al mirarme, dijo con una voz baja, ‘no, no podemos arriesgar nada ahora que acabamos de encontrar un sitio bastante seguro’. Me tocó la cara y luego la tripa, y me besó en la frente. 16 de mayo de 2056 Entiendo lo que dice Paulo y no debo ser egoísta. Nos quedare- mos aquí, al lado del mar, y como Paulo ha empezado construir 76 un hogar forjado con un espíritu tan alegre, imagino que nos quedamos aquí hasta que de a luz. Pues, bueno, por lo menos para pasar el tiempo, puedo empezar planeando un poco ¿no? Raciones: Planear para un mes. El chico me dijo que el viaje durará más o menos dos semanas, pero nunca se sabe, y mejor llevar más, que no tenerlo cuando lo necesitas. En vez de unos libros o más ropa, solo lo necesario: Agua- 5 litros Judías secas- 10 bolsitas Pan- 4 Limón/lima (vitamina C)- 16 Ternera y pescado salados- 16 3 barras de jabón Herramientas: Brújula Mapa Cuchillo Botiquín Caña de pescar 77 Primero, el barco: 12 ramas gruesas y fuertes para la base- 3 metros 4 ramas para cruzar las 12 3 metros de cuerda fuerte para atarlas Tela de 3 metros por 3 metros y medio- vela Una rama para el mástil, otra para col- gar la vela. 4 metros de cuerda para controlar la vela Para sentarse, unas ramas con hojas y unas ramitas para soportarlas.
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    Lágrimas de unarosa Leyendo las páginas y páginas de diarios y notas de su madre, mirando la foto de sus padres, abriendo la brújula y viendo la flecha moviéndose como si estuviera preguntándole a dónde quería ir, se puso a llorar. Sentada en el suelo, su cuerpo estaba agotado, lleno de una mezcla rara de emoción. Tristeza por haber perdido a su padre, felicidad por haber encontrado algo tan íntimo de su madre, miedo por estar sola, esperanzada por intentar un viaje, pero un miedo impresionante por lo mismo, lloraba más por la confusión de tantas emociones girando en su cabeza que por una en particular. Sin saber qué hacer, lloraba lágrimas de tristeza, de amor, de felicidad, de esperanza, hasta que se durmió. 78 La hora 3 de Marzo de 2075 Esta mañana me he sentado con papá durante casi una hora. Recordé cómo lloré la noche de su muerte y cómo tenía que en- terrarlo por la mañana, en su manta favorita. Cómo, aunque me había escrito que no lo hiciera, lloré más de lo que creía po- sible. Pero llegué, o llegamos a la colina -la vista más grande del cabo- donde siempre habíamos ido para ver el amanecer, y donde me había enseñado las estrellas. Pero, después de esta mañana, leí y leí este diario empezado por mi madre, y he seguido sus planes; he cumplido cada detalle de las preparaciones. Y como ahora el tiempo ha mejorado, me he despertado con el sentido de que hoy es el día. He vivido bastante tiempo sola y ahora, escribiendo en el diario, comienzo a terminar lo que había empezado mi madre, y lo que deseó mi padre. “A veces nuestra luz se apaga, pero se vuelve a encender al entrar en contacto con otro ser humano. Debemos todo nuestro agradecimiento A aquellos que han reavivado nuestra llama interior” ~Albert Schweizer 79
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    Fragmento de LosResistentes de Lenape: La raza distinta por Fermín Fernández Savatella Los seres humanos de la comunidad final de Lenape, en el poco tiempo que existieron, destacaban la belleza y la riqueza de la naturaleza humana. Después de la Guerra Final (2051-2055), como la manifestación horrorosa de todos los problemas que habían aumentado durante la mayor parte del siglo XXI, los pocos supervivientes llegaron a crear comunidades aisladas. Formada en fases, la comunidad de Lenape se estableció de ver- dad en el año 2056 con unos 15 miembros de distintas partes de la tierra. Se habían reunido por casualidad durante unos años anteriores. Se escaparon de otras comunidades que no es- taban funcionando, para llegar…. No necesito usar toda esta parte de la introducción… me interesa más esta parte… Encontrando esta mentalidad modificada, evolucionada, llega- ron a aumentar la ‘humanidad’ de los seres humanos. Después de haber sufrido las consecuencias de la tecnología, la industria, la codicia, la mentira, la violencia, el aislamiento, el miedo, todo lo que se sufría durante y después de la Guerra Final, al encon- trarse vivos, se dieron cuenta de lo fundamental del ser hu- mano: Vivir y estar con otros seres humanos. Con los pies en la tierra otra vez, la importancia de cosas materiales o de la po- sesión individual había desminuido hasta casi nada. Lo que se recuperó de la tierra de esta región demuestra una cultura en que se disfrutaba de la música, el arte, las fiestas, los juegos, los deportes, pero todo de formas simples y fundamentales. De los documentos primarios se deduce el énfasis en hacer todo con una finalidad para todos. Un diario de un miembro mayor había comentado, al reflexionar sobre la época anterior, “Antes, con tanta presión y competición, tanta diferencia no comprendida, cada persona en un mundo separado, perdi- 80 mos el hecho más simple de existir y es que, al fin y al cabo, solo podemos tener una vida buena si damos la buena vida. No podemos hacer nada sin afectar a todos, todo lo que hacemos deja una huella. Con tanta inteligencia de nivel alto, perdimos la inteligencia fundamental de qué nos hace humano -las co- nexiones humanas -hablar, amar, las fiestas, la música, el baile, el arte, la risa-. Lo que nos diferencia de las máquinas y los otros animales es la habilidad disfrutar conexiones profundas con otros”. 81
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    Para pensar “La libertadno es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momen- tos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo con- tradictorio de la naturaleza humana”. Octavio Paz, La otra voz “No el hombre, sino los hombres habitan este planeta. La plu- ralidad es la ley de la Tierra”. Hanna Arendt, La vida del espíritu “Todos vivimos un equilibrio: para nosotros mismos y para los demás. Los dos llevan una importancia igual. Antes de hacer algo -pensar en la intención- hago esto para mí mismo o para los demás; lo interesante, como encontrarás, es que muchas veces llega a ser los dos. No hay una línea exacta, casi nunca la hay”. Fernando Savater, Ética para Amador 82 El cura honorable Phoebe Rogers Su pelo parece como las plumas de una cuervo. Ella está de pie, dando golpecitos casi sin ruido al mármol del suelo de la iglesia. Todo en ella me recuerda un “cuervo mujer”; en mi visión se transforma en una cuervo con vestido de dama de honor. Las vidrieras dan un halo al pelo, y estoy perdido en el tiempo por tan solo un momento. La dama de honor parece aburrida, pero no me aburre. La iglesia está totalmente silenciosa; puedo oír el polvo acumulado en las esquinas. Me despierta la mirada fija de la novia quemando mi mejilla. Sigo hablando sobre el amor eterno de los novios, pero ahora mis deseos me ahogan. No puedo enfocarme en las palabras. La cuervo me rasca con el im- pulso de tenerla. ¡POP! Todos beben champán como reyes. Me lo sirve un ca- marero con traje negro. Voy en busca de la cuervo, camino entre mucha gente. Camino hacia los padres de la novia senta- dos y bebiendo en la barra; han pagado toda la boda, y entonces la disfrutan. Un hermano del novio baila con dos chicas pero él mira a una tercera, una prima de la novia. La prima no le presta atención porque está con su móvil, discutiendo con su ex-novio. Yo miro, pero hay niebla sobre todos menos sobre la cuervo. Al final, llego a la mujer. Lleva demasiado maquillaje y me mira con asco. 83
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    - ¿Quiere bailar?Es la más elegante de todas en la pista de baile esta noche. - Suélteme, padre. Prefiero estar sola antes que bailar con usted por un segundo. Cambio mi táctica en un instante. Ya sé cómo son esas putas alcohólicas. - Vale, vale. Sólo te quería decir que tengo alguna botella de vino muy preciosa en mi despacho para nuestra pareja feliz y preguntarte si se la doy a ellos. La verdad es que me da un poco de vergüenza porque soy un cura en la recepción de una boda, ¿no te parece un poco extraño? Bueno, pues nada... La cuervo parece mucho más interesada. Chupa sus labios y dice: - Bueno, lo siento. ¿Vamos? La recepción es en la calle que está al otro lado de la iglesia, muy cerquita. La noche huele a madera quemada; la escarcha crece en las ventanas de los coches aparcados en la calle. Tengo frío, y enciendo un cigarrillo con anticipación. Cuando termine, voy a fumar algo más... especial. Cruzamos la calle, y ella está un poco achispada. Me pregunta si los curas pueden tener re- laciones sexuales. Digo que no, mientras que trato de abrir la cerradura grande de la iglesia y la mano me tiembla con emo- ción. Entramos. Mi despacho está un poco desorganizado, con papeles en el suelo y libros en el escritorio de madera, fuerte aunque antiguo. Otros curas han escrito sus mejores misas en este escritorio. Busco la botella en el fondo de los estantes, tam- bién grandes y de madera antigua, y encuentro el sacacorchos en el cajón más pequeño, cerca de mis cigarros especiales de Italia. Ella se siente cómoda en una de las dos sillas frente al es- critorio por un momento, pero después se cambia a mi silla, casi un sillón, y pone las largas piernas y sus tacones altos sobre un montón de documentos importantes en mi escritorio. Mira mi despacho, mi cruz de oro pegada a la pared, unos papeles, mi colección de Biblias diferentes, mis fotos en el escritorio. Toma una foto de Elena y me pregunta: 84 - ¿Quién es ésta? Mi pasión, que estaba escondida bajo mi sensibilidad, sale de mi control y se multiplica por un millón, como una ola de emo- ción intensa. Pego a la dama. La cuervo trata de volar, pero antes de que pueda, yo le pego con la fuerza de Jesucristo. Arrojo los papeles y las fotos de mi escritorio al suelo. La pongo encima, y veo sorpresa en su cara, evoluciona a terror. Sus ojos brillantes son del tamaño de un plato. La violo, incapaz de esperar hasta que tenga más miedo. Por un momento, noto que ella cree que es solo un rollo, y no la veo tan aterrorizada. Cojo su cuello con mis manos fuertemente hasta que vuelve el terror. Empieza a gritar como un cuervo, y me aterroriza. Mi brazo sangra, y tengo tres cortes profundos en él. Me duelen los oídos, y mi único deseo es que los gritos paren. Arranco la cruz de la pared con la mano derecha mientras le agarro el pelo negro con la mano izquierda. Su cuerpo es tan vibrante de color y vida, casi no puedo aguantarlo. Sigue gritando, más alto, y golpeo su cabeza contra la cruz hasta que ella está quieta. Su- jeto su pelo con tal fuerza que no puedo sentir mi mano por unos segundos. La cruz está manchada con sangre. La cuervo está muerta. Limpio la escena de pasión con rapidez. Mientras recojo los papeles manchados de sangre del suelo, veo la foto. Elena y yo mirándonos, sonriendo, su mano en la mía. - No me odies, Elena. Necesitaba hacerlo. Se parecía mucho a ti, ¿no? Con el pelo y el vestido... casi una gemela... Pero ne- cesitaba hacerlo. Las damas de honor, todas son las putas. Las bodas son mejores sin esas seductoras. Por un momento, he bajado al infierno y llego al día de hace cinco años, el diez de enero de dos mil ocho. El día de mi boda y, últimamente, la razón por la que cambié mi carrera y ahora soy cura. Pero hace cinco años, era un hombre de negocios. Mi prometida, tan guapa, llevaba un vestido más blanco que la nieve que cayó lentamente del cielo ese día. Recuerdo el olor de su perfume, como rosas y naranjas y vainilla. No pudimos ver- 85
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    nos la nocheantes de la boda, y mi amor solo crecía con el tiempo que estábamos separados. Pero parece que no fue lo mismo para ella. Elena fue a mi habitación en el hotel cuatro horas antes de la boda para decirme que iba a huir con su dama de honor, una amiga de primaria con la que había pasado mi- llones de horas y de quien estaba enamorada. Me explicó todo, sentada a mi lado en la cama. Lloré durante casi una hora. Ella se fue, sólo repitiendo: - Lo siento, Anselmo. Si hubiera podido controlar mis emo- ciones y mi corazón, podríamos habernos casado. Después de unos momentos, la seguí, intentando ponerla en razón. Salí en mi coche, sabía que ella iba a nuestra casa en Va- lencia, en la playa, con su “amor”. La rabia corrió por mis venas y puse el pie en el acelerador con fuerza. No puedo recordar mucho más de aquella tarde; cuando me esfuerzo, sólo veo imá- genes borrosas como si estuvieran debajo de agua. Primera imagen: He encontrado a mi amor perdido y su “amor encontrado”. Me ven por su espejo retrovisor. Aprieto el acelerador a fondo. Ellas avanzan rápidamente también. Veo un destello, como si fuera de Dios. Se desplaza bruscamente. Segunda imagen: Veo un Seat rojo, chocado con un poste de luz a unos quince metros de mi coche. Hay chispas y fuego. Me río, no sé porque. Rezo para dar gracias a Dios. Tercera imagen: Al poner mis manos en la frente, se man- chan de sangre. Estoy de pie, con la puerta deformada. Veo el velo de Elena ardiendo. Imagen final: La carretera está recta enfrente de mí. El viento pasa por las ventanas abiertas y tengo carne de gallina en mis brazos. Dos lagos de luz amarilla siguen cortando la oscuridad. --- El sol está brillante en la nieve. Una mujer, atractiva, anda rápidamente hasta el cementerio; mientras repasa las cosas que escribió en su agenda que es como su Biblia. Tendrá veinti- nueve años en un mes. Coge su móvil, dice que sólo faltan tres minutos y estará allí. Cierra el móvil. En realidad, le costará 86 cinco minutos por lo menos, pero ella ya está en peligro en su trabajo y no quiere más problemas. Escribe furiosamente en su horario, para, y tacha algo. Viernes, el 8 de febrero: quedar con Josefina antes del trabajo para tomar un café y hablar de la boda - terminar los casos de la semana - ir a la tienda para preguntar por el vestido de Jose- fina - hablar con la madre de Jorge sobre las flores: no podemos cambiarlas en 2 días - recordarles a todas la despedida de soltera mañana - tomar una copa con el amigo de Josefina. BODA: 2 DÍAS Sábado, el 9 de febrero: hacer lo que falta de ayer - comprar unos zapatos - llamar a Jorge para recordarle la hora de la boda - ir a la pastelería y ver cómo es la tarta - tomar café con Josefina para hablar de detalles y tranquilizarla - despedida de soltera en Bar San Juan a las once - Grabar CSI en la tele. BODA: MA- ÑANA. Domingo, el 10 de febrero: LA BODA ES HOY: referir a la lista grande - Llamar a papá para decir que no estarás allí para la comida. La mujer llega al cementerio. - ¡SANDRA! ¿Dónde te habías metido? Es muy tarde, yo solo no puedo soportar esta situación. Un hombre grande con una enorme barriga grita a la mujer, sudando por el esfuerzo y por el sol, inusualmente fuerte hoy. Sandra dice unas excusas y pasa por debajo de la cinta policiaca. Directamente, a menos de un metro enfrente de ella, está el cuerpo de una mujer guapísima, con la piel color de hielo y el pelo negro, casi como el de Sandra, entorno a ella como un halo. Sandra se detiene, después dice: - Dime los detalles, Geraldo. - Se llamaba Raquel. Tenía solo veinticuatro añitos. Su única pariente es una mujer, Pepa Santos, pero no tenemos contacto con ella porque está en su luna de miel. La víctima era su dama de honor. Tiene heridas en los dos brazos y piernas, además de otras heridas numerosas; parece que ha luchado antes de morir. 87
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    La mataron conun palo cuadrado con aristas afiladas, en su ca- beza hay una brecha de cinco centímetros. - ¿Sabemos algo de su asesino? - Un cerdo. Parece que la violó, pero no lo sabremos hasta que hagan los exámenes oportunos. - ¿Hay pistas sobre quién es? No hay mucho con que poda- mos trabajar ahora, Geraldo. - Ya lo sé. Si hubieras estado aquí hace unas horas... Bueno, ya sabes. Puedes quedarte aquí y buscar lo que puedas, pero con este frío, yo no puedo soportarlo. Además, parece que ya haya- mos encontrado todas las pistas que hay aquí. - Vale. Pero espera. ¿Qué crees tú sobre el caso? - ¿Yo? Hombre, creo lo que es evidente. Nuestra Raquelita fue a laboda,tomódemasiadascopas,salióconcualquierhombre;élsolo intentó pasar un rato con una mujer fácil, pero alguna cosa mala pasó, no sé qué exactamente, el condón se rompió o ella no quería hacerloalfinal.Laviolóydespués,conpánico,latiróenuncemen- terio, esperando que la nieve la cubriera mientras huía. Estamos buscando a un hombre que tiene éxito con las mujeres, especial- mentelasqueestánborrachas,alguienquenoesbastanteinteligente o por lo menos que actúa sin pensar en las consecuencias; proba- blemente estará en Zaragoza, intentando comprar billetes de tren o avión y esconderse durante el tiempo necesario. - Bueno, es algo. ¿No hay nada más? -Pues de lo demás, no hay mucho que podamos adivinar con certeza; desde aquí el resto es conjetura. Entonces, creemos que él es un hombre, con una mente inestable, es muy peligroso y puede ser que ataque más veces. Estamos buscándolo con cui- dado y rapidez. Empezaremos con todos los invitados a la boda pero, personalmente, creo que se ha colado en la boda. Como la mujer lleva ese vestido tan caro, el asesino debe ser alguien de clase alta. También, hemos encontrado su bolso, debajo de su cuerpo. No fue robado, todo el dinero está allí. Él debe de tener bastante pasta, ni la tocó. Significa que había algo de sen- timiento aquí; sea de venganza u odio... 88 - Vale. Siento haber llegado tarde, ¿eh Geraldo? Bueno, pues, ‘ta luego. La mujer camina por el cementerio, entre las tumbas. Raquel está tumbada enfrente de una tumba gris, medio cubierta con la nieve. La tumba de la persona sepultada debajo del cuerpo de Raquel dice “Aquí está Elena, querida por todos. Siempre serás mía, mi prometida - Anselmo” “Qué tristeza!” piensa San- dra, “Y una prometida, como Josefina. Debo llamarla y recor- darle el vestido”. Y, de pronto, Sandra está por las nubes, pensando en vestidos y colores y flores e invitados y hombres guapos invitados y como está tan soltera... De repente, observa que hay una colilla en el suelo. Se agacha para recogerla y ob- serva que todavía puede leerse la marca junto al filtro: “Toscano Extra Vecchino”. Súbitamente, saca una bolsa de plástico y re- serva el cigarrillo para el laboratorio. “Lo llevaré a rastros cuando acabe en la tienda de vestidos”. --- Blanco, crema, violeta, rosa, azul claro, negro, blanco, ama- rillo. Los colores bailan por ella, mezclándose y terminando en un gran dolor de cabeza. No ha dormido durante la noche. Es que había tantas cosas que hacer, que ella no podía cerrar los ojos sin ver más colores, pasteles, cartas, vestidos y listas para hacer. No ha comido en doce horas, no le quedaba rato ni para comer en todo el día con la despedida de soltera y todo lo de ayer. Además, era la noche del sábado, entonces, claro que todos los bares estaban llenos de gente loca. Había que cuidar a todas las chicas de los hombres raros que iban por las esquinas por toda la noche y, al final, se quedó frustrada y cansada de la boda. El despertador en la mesita a su derecha le guiña, los nú- meros rojos se mofan de ella: ocho menos dos de la mañana. A las siete de la noche anterior, Sandra finalmente pudo llevar a todas las chicas a dormir. Josefina tendrá tanto sueño…, será imposible levantarla hasta las doce, piensa Sandra. Incapaz de tratar de dormir más, se levanta y empieza a escribir otra lista en su agenda. Algo la intranquiliza, pero no puede identificarlo. 89
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    Aunque no lorecuerde ahora y no se diese cuenta cuando lo vio, Sandra ha visto a un hombre, fumando un cigarrillo y mi- rándola. Pero como había tantos hombres repugnantes en las sombras, ella no puede distinguir una cara de otra. --- Con ojeras oscuras y una taza de café en su mano izquierda, Sandra ayuda a Josefina ponerse un vestido tan grande y blanco que parece un montón de nieve. Casi sería mejor si la pusiera afuera y no se derritiera en un charco de agua. Usa su mano de- recha para ayudar a Josefina, mientras guarda un boli en su boca para tachar cosas de la gran lista y piensa en más cosas para añadir. Ella no para de hablar de Jorge, su prometido; San- dra mantiene sus fuerzas para no decir a Josefina que nadie ha visto a su novio desde ayer. Suenan dos golpecitos en la puerta y Sandra la abre con su pie. Entra Geraldo, es el amigo de Jorge. Él piensa por un momento hablarles del caso, pero se da la vuelta cuando ve lo agobiadas que están las dos. - ¿Qué tal guapas? Sois unas estrellas hoy, ¡nunca he visto dos mujeres tan felices! - ¿Qué quieres, Geraldo? Estamos un poquito preocupadas. Por cierto, un momento Pepa, necesito fumar solo un momento para relajarme. ¿Tienes cigarrillos, Geraldo? Pregunta Sandra. Él dice que sí, y ambos bajan a la puerta de la iglesia. De pronto, Sandra pregunta a Geraldo. - ¿Dónde está Jorge? No me digas que no sabes dónde está, es la última cosa que necesito ahora. - Pues... Tía es que nadie lo ha visto desde esta mañana, cuando yo mismo le ha levantado. ¿Tienes un encendedor? Sandra abre su bolso y empieza a buscarlo. Mierda, piensa cuando encuentra el cigarrillo de la escena de crimen, He olvidado darlo a rastros. Justo después de la boda y la recepción lo llevaré al laboratorio.Elpensarenelcigarrillolehacepensarenesamañana, que parece tan lejos. Recuerda a Elena, la pobre mujer muerta, que nunca se casó con su novio. Yo quiero casarme antes de morir. Bueno, primero hay que encontrar algún novio. 90 - ¿Sandra? ¿El encendedor? - ¡Ay, perdón! Aquí lo tienes. Perdón, debo estar con Jose- fina. No hay tiempo para fumar. ¿Puedes ir a buscar a Jorge, por favor? Estoy muy nerviosa. - Claro mujer. Me voy corriendo. Sandra apaga el cigarrillo en un cenicero casi vacío. Si ella hubiera sido un poco más consciente de sus acciones, habría visto otra colilla en el cenicero, un Toscano Extra Vecchino. --- - Hoy estamos aquí para celebrar un día lindo, un día mara- villoso. Este hombre y esta mujer van a unirse, bajo los ojos bri- llantes de Dios, Nuestro Padre y Salvador. Ahora, le toca a Jorge recitar sus votos... Sandra deja de escuchar y se pierde en las nubes, dejando las palabras del cura flotar en el aire y cantarle como una canción de cuna. Pero la mirada fija y extraña del cura manda a Sandra volver a la ceremonia. Por un momento, le parecía que el cura estaba mirándola con odio puro y fuerte. Pero después de estar un poco asustada, se da cuenta de que claro, él está mirándome así porque era claro que no estaba prestando suficiente aten- ción. ¡Qué vergüenza! ¡Qué maleducada soy!, y empieza prestar más atención al novio y sus tonterías. Nunca le ha caído bien Jorge. En su opinión él no es lo que se espera de un esposo, es- pecialmente de un marido perfecto, como merece Josefina. --- Anselmo lleva traje especial para todas las bodas, negro y rí- gido con cuello blanco como la piel de un conejo. Durante los meses más fríos, lleva guantes de cuero negro y lustroso. Hoy, tiene un corte chiquitín en su barbilla por el afeitado. Su colonia ahogaría a cualquier persona dentro de un metro; está bien pei- nado con un toque demasiado de gel. Sus ojos azules están es- pecialmente claros y luminosos hoy, como si los hubiera lavado con jabón por la mañana. Entre la boda y la recepción, él buscó la información que pudo sobre esa dama de honor. Se llama Sandra y es una detective. Ella ha resuelto unos casos difíciles e 91
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    importantes; también salióen las noticias locales unas veces. Ya se sabe que todo eso no será tan fácil, especialmente porque ella es más lista que la otra y son pocos días entre aquel día y este. Mientras mira a los nuevos esposos felices, cortando el pastel, inventa una idea tan brillante que casi se le escapa un grito de alegría. Siempre ha pensado que la perfección de una idea está en la simplicidad. --- - Creo que te va a gustar mucho el libro que quiero enseñarte. Es sobre la historia de la boda. Y cómo estabas tan interesada en esa boda, organizándola y todo... Sandra, incapaz de ser maleducada otra vez en la cara del cura, le sigue y finge interés. - ¿La historia de la boda? Pero ¡qué interesante! Ellos llegan al despacho de Anselmo. - Por cierto, ¿cómo te llama usted? - Anselmo. Y tú eres Sandra, ¿no? La dama de honor..., un puesto muy importante. El cura abre la puerta. Las llaves no tiemblan en su mano. La puerta se abre suavemente. - Sí, sí. Perdóneme, pero ¿por qué es tan importante para usted que lea ese libro? - Bueno, mi esposa me lo dio. Y me siento muy mal porque nunca lo leo..., no sé. Pero me alegra mucho que tú vayas a le- erlo. Anselmo busca el libro por un armario. - ¿Puedo sentarme? He estado de pie con estos tacones todo el día, ¿sabe? - Pues, claro. Solo me costará un momento, no tardarás mucho en volver a la boda y estar con tu amiguita. ¿Cuánto tiempo habéis sido amigas? Tú y Josefina, quiero decir. Sandra se sienta en la silla del cura. Quita sus zapatos y da un masaje al talón izquierdo. - ¡Uf...! Pues llevamos mucho tiempo juntas, diez años igual a diez siglos. 92 - ¿Qué quieres decir con que ‘lleváis tiempo juntas’? ¿Que sois novias? ¿¡Eres lesbiana?! Odio e impaciencia destella por los ojos de Anselmo. Es un rasgo de él bien conocido por Sandra y siente miedo. El cura da un portazo a la puerta del armario y da la vuelta. - No, tranquilo, tranquilo. Por favor, padre, no. - Aquí tienes el libro. Sandra abre el libro, mirando las páginas principales. No sabe por qué, pero quiere marcharse de allí en ese momento. Re- cuerda el cigarrillo, en el fondo de su bolso, y está a punto de decirle al cura que necesita salir, cuando sus pensamientos son interrumpidos. Escrito en el libro, en tinta negra y fina, hay unas letras: Para ti, mi cielo, Anselmo. Tengo tantas ganas de estar juntos ya para siempre... Levanta la mirada lentamente, hasta mirar al cura, cuya mirada ya está fija en ella. Intenta de- cirle algo, pero sus palabras se ven cortadas con la mano firme de Anselmo. --- EL HERALDO Miércoles, 13 de febrero de 2013 Anuncios PERDIDA: Sandra Martinez-Fuentes. Mujer alta, con pelo liso y rubio. La última vez, fue vista en una boda en el Barrio Anti- guo. Sus parientes, amigos y amigas le echan de menos mucho. Si alguien tiene información sobre su paradero, por favor, llame al número: 655 23 87 57 93
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    94 La búsqueda Annie Smith Loscuatro amigos embarcaron en el avión hacia la Isla de Tie- taroa, una isla privada cerca de las Canarias. Las vacaciones eran un regalo para José y María, de un amigo, por su boda, que habían celebrado la semana anterior. Ellos habían invitado a Fernando y Ana, unos amigos de los recién casados, para acom- pañarlos. Un avión privado les llevó a la isla y volvería una se- mana después para el regreso. Durante siete días, las dos parejas estarían aisladas sin teléfonos, ordenadores o conexión al mundo afuera de Tietaroa, relajándose en la playa y disfrutando de la naturaleza y belleza de Tietaroa. “¡Muchísimas gracias por invitarnos, José!” dijo Fernando, sonriendo. “Es un privilegio estar con vosotros,” respondió José, mi- rando de manera traviesa a Fernando, “esta semana va a ser muy azarosa.” “Hola, su capitán al habla. Llegaremos en menos de diez mi- nutos a Tietaroa. Por favor, quedaos sentados durante el des- censo”. Llegaron a la isla y después de depositar a los pasajeros y sus maletas, el avión empezó su regreso hacia España. Las dos pa- rejas miraron al avión volar hasta que solo era una manchita en el horizonte. 95
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    Ana respiró profundamentey contempló la vista. Aunque todavía estaban en la pista del avión, podía ver que la isla era hermosa. Ya sabía que esta semana sería perfecta. Había un camino corto hasta la casa y llegaron rápidamente. La casa era grande, con dos pisos y de estilo español. Las pare- des eran blancas y lisas, el techo de terracota. La playa llegaba a la entrada y palmas rodeaban la casa, ofreciendo sombras para relajarse en la playa sin el sol y solo había 200 metros desde la casa hasta el mar. El sol destellaba en el agua y la brisa pasaba entre las hojas de las palmas, creando un ruido calmante con el sonido de las olas rompiendo en la playa. Era el lugar perfecto para lo que Fernando había planeado. Dentro de la casa, había un pasillo grande que se transfor- maba en cocina y salón, ambos grandes con ventanas del suelo al techo mirando al mar. Subieron las escaleras de mármol para ver las cinco habitaciones magnificas, todas con decoraciones y colores distintos, pero todas perfectas para una casa de isla. La habitación de Fernando y Ana tenía las paredes de color oro claro, con una colcha azul claro y muebles blancos. La de María y José tenía una composición de color de turquesa y blanco. La siguiente mañana, Ana se levantó y bajó a la cocina para desayunar. La casa estaba silenciosa y ella solo pudo oír el so- nido del mar. En la cocina, estaba su desayuno favorito ya hecho: un plato de tortitas con chispas de chocolate, zumo de naranja recién exprimido y un pequeño plato de fresas. Cuando ella terminó de comer, se dio cuenta de una carta, con una rosa al lado, encima del mostrador. Ana abrió la carta, y los bloques de madera cayeron al suelo. La carta decía: Querida Ana, Camina al lugar donde puedes ver tu vista favorita. Guarda las letras. Ana cogió los bloques del suelo y miró que eran letras de Scrabble: A, A, y T. “¿Pero qué es esto?” se preguntó a sí misma. Decidió solicitar la ayuda de María para ver si ella sabía algo. Subió las escaleras 96 para entrar en la habitación de María y Fernando y llamó a la puerta. “¿Qué tal?” dijo María. “Fernando y José ya han salido para ir a la playa o algo.” “Pues, hay algo rarísimo en el piso debajo. No tengo ni idea de lo que está pasando.” Juntas, María y Ana regresaron a la cocina y miraron la carta y las letras. María empezó a sonreír a sabiendas. “¿Qué? ¿Sabes algo?” le preguntó Ana. “Pero, ¿esto no es obvio para ti?” “¿QUÉ?” “Nada, nada,” respondió María, todavía sonriendo. “Vale, ¡Seguimos la pista! ¿Cuál es tu vista favorita?” Ana miró hacia las ventanas para ver las sillas en el patio que estaba orientado hacía el mar. Durante la tarde, podías ver la puesta de sol. A Ana siempre le había encantado sentarse cerca del mar, leyendo un libro con una copa de vino hasta que la luna salía y ya no podía leer. Las dos amigas salieron al patio, y en una de las sillas, había otra carta y una rosa. “¡Qué emocionante!” dijo María, saltando en el aire. “Tía, estás loca.” Querida Ana, Ve al lugar que es el hogar de tus animales favoritos. La carta tenía las letras E, A, y I. “Esto es fácil. Para nuestro primer aniversario, Fernando me llevó al Acuario de Zaragoza. No había entrado desde pequeña”. “¿Y qué pasó ahí? “Sin decir nada, Fernando me dirigió al lugar donde habita- ban las nutrias. Un empleado salió de una puerta privada y sa- ludó a Fernando. Y Fernando me dijo, ‘Vamos a nadar con las nutrias.’ Y vestidos con neoprenos y gafas de bucear, entramos en el agua. El entrenador nos había dado algunos pescados para atraer a las nutrias con comida. Inmediatamente, una familia 97
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    de tres nutriasse acercó a nosotros, dando vueltas en el agua y sonriendo como solo las nutrias pueden. Extendí mi mano a la más pequeña y le di un pescado. La nutria se acercó sin reserva y con un movimiento, cogió el pescado y empezó a nadar en círculos alrededor de mí. A la vez, los padres de la pequeña nu- tria se juntaron con ella y todos nadaron conmigo, jugando ca- riñosamente. ¡Las nutrias eran tan monas!, no puedo describirlas. Era la cita perfecta. En ese momento, tenía dudas de que Fernando y yo pudiéramos continuar con nuestra relación sin problemas, pero ese día demostró que Fernando me conocía, porque nunca habíamos hablado sobre mi obsesión por las nutrias, pero él la encontró y arregló esa experiencia inolvidable para mí”. “Eres muy rara, pero ¡tienes un novio muy romántico! ¿Y ahora, esto con las pistas? Qué pena que ya estoy casada,” dijo María con un guiño. “¡A la playa!” Caminaron del patio al mar. Era un día buenísimo para estar afuera. El sol brillaba y hacía el tiempo perfecto para estar en el sol, sin estar acalorado. En la playa, estaba la misma composi- ción que la de la cocina y del patio: la carta y la rosa. Querida Ana, ¿Recuerdas lo que queríamos hacer durante estas vacaciones? Pista: Hablábamos sobre ello en el avión. La respuesta está muy cerca. Las letras: S, R y C. “Jo, pero hablamos muchísimo en el avión”, dijo Ana con frustración. Miró a todos lados, para ver si podía ver la próxima carta y rosa. Entrecerró sus ojos para ver lo más lejos posible en la playa, y por la esquina de su ojo vio algo que brillaba en el sol. “¡Mira! ¡Hay algo allí!” Se acercaron al objeto misterioso y cuando estaban suficiente cerca para reconocerlo, vieron que era una moto acuática. Ahora, Ana recordaba que ellos habían hablado de su deseo de ir un día en motos acuáticas. La carta decía: 98 Querida Ana, Vamos a ir en moto acuática mañana. Pero ahora, ve al lugar que tiene el zumo de fruta que siempre has querido probar. Las letras: A, M y S. “Eso lo sé,” dijo María. “¡Siempre has querido probar el zumo de coco! ¡Y allí hay árboles de coco!” Ana miró adonde María señalaba con su dedo. Había un pe- queño grupo de cocoteros al final de la playa. Mientras caminaban hacíalapróximapista, Maríaibahablandosobrenadaenparticular y Ana pensaba en lo que podía esperar al final de la búsqueda. ¿Era solo una idea de Fernando para que Ana pudiera divertirse, o era algo más? La pareja había estado junta durante mucho tiempo, y era natural pensar en el matrimonio en este punto de su relación. Pero…, todavía no estaba segura de que Fernando era la persona con la que ella quería estar para el resto de su vida. Aunque Ana le amaba,teníadudasdequehubieraalgomásesperándola.Tampoco sesentíalistaparaestarcasadayestablecida.Empezólacarrerahace solo un año, y Ana quería vivir y divertirse antes de estar casada. PeroeraverdadqueAnasiqueríaaFernandoy,enelfuturo,quizás se casaría con Fernando. Decidió a no adelantar conclusiones y gozar del juego. Llegaron a los cocoteros y vieron la siguiente pista. Al lado de la pista, había dos botellas llenas de zumo de coco. Querida Ana, ¡Hoy es tu día de probar el zumo de coco! No tengo duda de que María está contigo ayudándote, entonces hay una botella para ella también. “Qué ridículo eres, Fernando”, pensó Ana cariñosamente. Mientras bebían, Ana siguió leyendo la carta. Ve al principio del lugar que termina en el mar. Lo siento, es un poco largo el camino. Las letras: N, G y O Había un río salado que pasó por la isla y terminó en el mar. Desafortunadamente para las chicas, el principio del río estaba lejos de donde estaban en ese momento. 99
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    “¡Jo, Fernando!” dijoMaría con aire de frustración simulado. “¡Qué esfuerzo nos requieres!”. Caminaron hacía el río, que estaba situado al otro lado de la playa. “¿María, piensas que Fernando va a pedirme en matrimo- nio?” “Finalmente,¿te das cuenta? Sois perfectos juntos,” dijo María con una sonrisa. “Pues supongo que sí.” “No pareces muy emocionada… ¿tienes dudas?” “Es que no estoy segura de querer casarme tan pronto. No es Fernando, es que no estoy lista para un matrimonio”. “Piensas así, pero si rompes con Fernando ahora, serás muy infeliz. Me doy cuenta de cómo le miras, y él a ti, y te aseguro que estarás más que feliz casada con él. Tenéis un amor verda- dero que va a durar. No te preocupes. Pero si todavía tienes dudas, es mejor esperar”. “Gracias, María”, dijo Ana, con una sonrisa aliviada. Conti- nuaron en silencio y Ana pensó en lo que María había dicho. Ella tenía razón y Ana no tenía dudas de que si se casaba con Fernando sería feliz, pero no estaba segura de sí necesitaba más tiempo para tomar esa decisión tan grave. Lo que había empe- zado como un juego divertido y romántico se había convertido en algo que Ana no podía parar: Al final de la búsqueda, su re- lación con Fernando cambiaría, aunque Ana no lo quería. Fer- nando estaba listo para casarse y tenía el poder de pedir la mano de Ana, pero ella no podía decir que no sin romper el corazón de Fernando. Ella solo tendría algunos segundos después de la pregunta para tomar la decisión final: ¿Quería a despedir a Fer- nando de su vida para siempre, o unir sus vidas definitiva- mente? Él ya había tenido tiempo para pensar y tomar la decisión lentamente pero ella tenía hasta él final de la búsqueda. “Gracias a Dios que es una búsqueda, y no una pregunta du- rante una cena o algo, para tener tiempo de adivinar lo que él quería preguntar y pensar ello por un poco”, pensó para sí 100 misma. Antes de que Ana pudiera colocar sus pensamientos, llegaron a la pista. Querida Ana, Encuentra la botella. Las letras: N, A, y C. “¿Una botella?” “¿Posiblemente significa un mensaje en una botella. ¡Mira! Hay algo enterrado en la arena! ¡Y hay una rosa saliendo de allí!” Corrieron al objeto, y era lo que María había adivinado. Ana sacó la rosa y una carta de la botella de vidrio. Ella desenrolló el mensaje y leyó: Querida Ana, Ve al lugar donde nos besamos por primera vez. Ve sola. Las letras: O y I. “¿Nuestro primer beso? Pero ésta es nuestra primera vez en Tietaroa.” “Pues, ¿dónde fue tu primer beso?” Ana recordaba el primer beso, cuando ella y Fernando acep- taron sus emociones y pasaron de ser solo amigos a ser una pa- reja. “Fue en diciembre de 2010. Estábamos sentados en la azotea del edificio del apartamento de Fernando, cenando juntos, como hacíamos cada jueves. Dos días antes, hubo una tormenta que dejó la ciudad a oscuras. La única luz era la de las velas que yo había traído de mi apartamento para que pudiéramos cenar.” “¡Ah, luz para empezar los sentimientos de amor!” dijo María, bromeando. “Claro que sí”, respondió Ana, riendo. “Pues, estábamos acostados en el suelo. La vista era impresionante. Juntos, mirá- bamos las estrellas en silencio. Hacía buen tiempo y la noche era fresca con un poco de brisa aunque era verano. El cielo se había despejado, y podíamos ver cada estrella brillante porque 101
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    la ciudad estabaoscura. No sé como pasó, pero terminamos con las manos juntas, y poco a poco nos íbamos acercando. Cuando la noche acabó y estábamos a al punto de despedirnos, Fernando se acercó a mi, y nos dimos nuestro primer beso.” “¡Yo sé donde necesitas ir! Hay algunas escaleras en la casa que llegan a la azotea de la casa. ¡Estás al final de tu búsqueda!” “Gracias por ayudarme, María”, dijo Ana, dando un paso hacía María para abrazar a su amiga. Al mismo tiempo, María dio un paso hacía Ana y las dos chocaron. Una letra cayó de la mano de Ana y fue a parar al río. La corriente se la llevó rápidamente y antes de que una de las amigas pudiera hacer algo, la letra desapareció en el agua. María y Ana se miraron asustadas y empezaron a reír porque no sa- bían que más hacer. “¡Espero que la letra ‘O’ no tenga mucha importancia en el mensaje de Fernando!” dijo María entre risitas. “Vete, chica. Vas a tomar la decisión correcta”. Ana regresó a la casa sola, tratando de pensar en cuál sería su respuesta. Llegó a la casa demasiado pronto para su gusto, pero con una resolución. Subió hasta el tercer piso, dónde había unas escaleras que iban hacía la azotea. Cuando ella abrió la puerta de la azotea, vio que Fernando había decorado los alre- dedores del techo con velas blancas, iguales a las de esa primera noche y el piso estaba cubierto con pétalos de rosas rojas. Fer- nando estaba de pie en la esquina más lejana de donde estaba Ana, llevando un traje negro con un lirio blanco, la flor favorita de Ana en una mano y se lo dio a Ana. “¿Te gustaron las pistas?” le preguntó. “Algunas eran un poco tontas, pero sí”. “Mi amor, parece mucho más fácil pensar en pistas buenas de lo que es”, dijo él con una sonrisa. “Fernando…” dijo Ana. “¿Tienes las letras?” “Pues…, he perdido una ‘O’” dijo Ana con una sonrisa aver- gonzada. “Pero, Fernando…” 102 Fernando no le prestó atención. “No pasa nada”. Y tomó un pedazo de papel y un bolígrafo del bolsillo de su traje y escribió un gran ‘O’ en él. “Vamos a jugar al Scrabble. Ven.” Ana siguió a Fernando a una pequeña mesa donde ya estaba el Scrabble abierto. “¡Espera, Fernando!” “Dame las letras, por favor”. Fernando cogió las letras y em- pezó a ordenarlas. Poco después, él terminó y Ana se acercó a la mesa para ver que las letras organizadas. ANA, ¿TE CASARÁS CONMIGO? Ana se giró para mirar a Fernando. Él estaba de rodillas, con una caja pequeña en su mano. Lentamente, abrió la caja, y Ana vio un anillo hermoso con un diamante brillante. “Ana, eres mi compañera del alma. Quiero estar contigo por el resto de mi vida. ¿Te casarás conmigo?” La miró con una sonrisa expectante, sus ojos llenos de amor. Hubo una pausa larga, y su sonrisa vaciló. “¿Ana?” “Fernando, es que… no estoy lista para un compromiso tan grande. Te amo, pero no puedo casarme contigo cuando no estoy segura que esto es lo que yo quiero”. Ana empezó a llorar. “Sé que ésta no es la respuesta que quieres, pero por favor, ne- cesitas entender…” “¿No…, no te quieres casar conmigo?” “No, no es así. No eres tú, soy yo¨. “No me digas eso, Ana.” “Todavía quiero estar contigo, pero no puedo casarme ahora. Aunque hemos salido por mucho tiempo, me parece demasiado pronto para dar este paso tan enorme. Quiero casarme más ade- lante, pero todavía estoy pensando en mi futuro, y no en nues- tro futuro.” “Pero, ahora no podemos seguir. Pensé que querías esto. Hemos hablado del tema, ¿o lo he imaginado todo? ¿De verdad 103
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    me amaste, oera todo mentira?” “¡Sigo amándote, Fernando!” dijo Ana con desesperación. “Quiero seguir con esta relación, pero no estaba preparada para esto. Sí, hemos hablado de casarnos, pero pensé que estábamos hablando de casarnos en el futuro, no ahora. Necesitas entender que tú has tenido mucho tiempo para pensar en ello, para pre- parar todo, y estar seguro que tú querías casarte conmigo, pero yo he descubierto esto hoy. No he tenido tiempo como tú lo has tenido para decidir. Quizás mañana tendré otra opinión, y voy a querer casarme contigo, pero ahora…. No puedo decir ‘Sí,’ y pienso que no voy a querer decir sí por mucho tiempo”. “Veo que tu no quieres está relación como yo”, dijo Fer- nando con tristeza. “Adiós, Ana”. Y giró hasta las escaleras. “¿Has escuchado algo de lo que he dicho?” dijo Ana frustra- damente. Fernando paró de caminar. “TE. AMO. Pero sería in- justo para ambos mentir y casarme cuando sé que es la decisión incorrecta. No quiero que este momento sea el último”. Fernando la miró y, sin decir nada, bajó las escaleras y des- apareció. “¡Fernando!” gritó Ana, y corrió tras él. Descendió y vio a María y José esperándola en el segundo piso, con una bandeja con cuatro copas de champán anticipando la celebración, con una expresión incómoda. “Dijiste ‘no’”, comentó María. “No pude”, respondió Ana y empezó a llorar. El resto de la semana fue horrible. Cuando Ana regresó a su habitación esa noche fatal. La maleta de Fernando había des- aparecido y él se había trasladado a otro cuarto. Fernando y Ana se evitaron el uno al otro y cada vez que estaban en el mismo lugar por accidente, toda conversación paraba hasta que Fernando o Ana se iban. Las motos acuáticas que Fernando había alquilado para él y Ana quedaron aparcadas y nadie trató de ir a la azotea para recoger las velas y limpiar los pétalos. Como no había teléfonos ni portátiles, no podían llamar al avión para que volviese antes y terminar las fracasadas vacacio- 104 nes. Finalmente, la semana terminó. Todos dieron un respiro de alivio cuando el sonido de los motores del avión rompió el si- lencio incomodo que había durado casi veinte minutos mien- tras el grupo esperaba su aterrizaje. Desafortunadamente, como era una avioneta, Ana y Fernando necesitaban estar juntos. Du- rante el vuelo, dos horas y media, nadie habló y había mucha tensión en la pequeña cabina. Cuando llegaron al aeropuerto de Madrid y empezaron a despedirse, Ana puso su mano en el brazo de Fernando. “Espera,” susurró. “No hay más que decir.” “Fernando…. Lo siento. “ “Yo también. Adiós Ana”. Y Fernando giró y entró en un taxi. Ana miraba al taxi salir del aeropuerto y empezar a entrar en el tráfico. Un segundo antes de que el coche se fundiera en la autopista, Fernando se volvió a mirar a Ana una última vez y sus ojos conectaron. El taxi desapareció entre los otros coches y Ana se quedó sola, únicamente con su maleta, mirando a las personas que pasaban rápidamente por la autopista. 5 años más tarde Había pasado mucho tiempo desde esas vacaciones en Tietaroa y mucho había cambiado. María y José todavía se estaban ca- sados, y tenían dos hijas, Rosa, que tenía tres años, y Ana, que tenía dos años. Seis meses después de regresar de Tietaroa, Ana había conocido a un hombre, Pablo, y se enamoró. Desde la primera vez que habló con él, sabía que Pablo era el hombre con quien ella quería casarse con y no tuvo contacto con Fer- nando desde ese momento. Ana y María salieron de la tienda, hablando sin mirar a la calle. Ana chocó con alguien y los dos cayeron a la acera. Los dos miraron hacía arriban, y se dieron cuenta de que se cono- cían. “¿Fernando?” 105
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    “¿Ana?” Hubo una pausa. “Note ha visto en 5 años. ¿Qué tal te vas?” preguntó Fernando. “Muy bien. Llevo un año casada con mi novio de mucho tiempo, Pablo. ¿Y tú?” “Bien. Estoy casado ahora. Tengo un hijo. Todo va bien.” Allí, en la acera, Ana estaba segura que había tomado la de- cisión correcta al rechazar a Fernando en Tietaroa. En la isla, no quería casarse con él solo porque habían salido juntos du- rante un tiempo adecuado y ya era el momento de casarse. Así era Fernando. Él siempre hizo las cosas por hacerlas, sin real- mente querer hacerlo. Ahora, él estaba casado, con un hijo, y ella podía oír en su voz que estaba tratando de convencerse a sí mismo de que él era feliz, porque eso es lo que él pensaba que debía ser. En contraste, Ana había esperado para casarse con alguien para estar verdaderamente feliz, no porque estaba en la edad adecuada para casarse. “Ana…, todavía te amo”, dijo Fernando en un tono doloroso. “Eso es mentira. No nos hemos visto en 5 años, no puedes decir eso después de 5 segundos de verme. Estás casado, no digas eso”, respondió Ana, enfadada. “Odio mi vida. Voy a dejar a mi mujer. Ven conmigo, Ana, por favor”, pidió Fernando. “¿Estás loco? Eso no es realista, ¡no estoy enamorada de ti!” “Ana…” Fernando trató de cogerla de la mano. “Adiós, Fernando. María, nos vamos”. Y las dos amigas se marcharon. Al día siguiente, Ana se levantó y lanzó un grito ahogado a ver la primera página del periódico. La policía encuentra a hombre fallecido en su casa. La foto que acompañaba el artículo era de Fernando. El pie de foto decía: “Fernando Toledo se suicidó anoche”. Pero Ana solo pudo leer una parte del artículo: “La nota de suicidio del Sr. Toledo solo decía: Todavía te amo. No podía vivir sin ti”. Y ella empezó a llorar por su primer amor, viendo claramente por 106 la primera vez sus sentimientos fuertes hacia Fernando. La habitación de nuestra madre Natalie Soloperto Clara, vas a morir. No debes tener miedo, yo ya lo he hecho. Yo morí en la casa de nuestros abuelos, la que me habían dado, aunque dudo mucho que recuerdes esta casa. Íbamos en coche cuando teníamos uno. La última vez que te vi aquí, tenías seis años, y ahora tienes casi lo doble. Tienes que prestar atención, voy a llevarte conmigo por el camino. Esto no parecerá real, yo sé que estás durmiendo, y por eso, estás soñando. Esta noche va a ser la última vez que nos conocemos, voy a empezar de nuevo después. Vamos a rehacer el día para que puedas venir conmigo, no puedes hablar, ni tocar nada, solo puedes mirar, y entender lo que está pasando. ¿Estás lista? No dejo de oír el carillón de reloj de mi entrada. Estoy de pie. Puedo sentir el azulejo bajo mis pies. Tengo frío. Si tuviera una chaqueta y calcetines el invierno no sería tan malo. Si tuviera dinero, tendría calcetines y una chaqueta muy buena. Un cari- llón, dos carillones, tres, hasta cuatro; no tengo luces en la en- trada y por eso no puedes verme muy bien, Clara. Aunque no tengo luces, yo sé totalmente dónde estoy, dos pasos a la iz- quierda de la escalera, cinco pasos en frente del reloj de pie que a nuestra abuela le encantaba cuando vivía aquí. Extiendo mi mano hasta que llego a la barandilla de madera. Es vieja y yo sé 107
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    que esta barandillaha visto más manos de las que puedo contar, manos de bebés aprendiendo a andar, manos de mi madre antes de que sus problemas empezaran, las manos viejas de nuestros abuelos hasta que ellos murieron. Supongo que esta barandilla puede recordar tus manos también, Clara. No re- cuerdo muy bien como eras, pelo rubio, pero creo que esto ha cambiado desde entonces, ojos morenos como tu piel después de los veranos dando vueltas todo el día. Agarro la barandilla mientras intento recordar el sonido de tu risa cuando estabas corriendo por esta casa, los detalles específicos se me escapan. Un paso, hasta dos y estoy aquí, enfrente del umbral de la es- calera, un paso hasta dos y estoy trepando hasta el segundo piso. El tictac de reloj viene tras de mí y crece silenciosamente con cada paso de mis pies descalzos. El repiqueteo de la lluvia contra el vidrio de las ventanas, mezclado con el tictac y mi correteo suenan en el aire vacío de la casa. Debo encender la calefacción, pero no voy a hacerlo. De todos modos estoy segura de que la calefacción no va a funcionar. Extiendo mis manos hacia las paredes para sentir donde estoy en el camino. Puedo oír mis uñas contra el papel pintado. Mis dedos del pie raspan la madera del paso final. Inhalo brus- camente, pero después de dos segundos, respiro normalmente porque estoy aquí, casi arriba de todo, casi en el ático, la habi- tación vieja de nuestra madre. Cuatro pasos a mi derecha está el baño; me voy allí para conseguir los médicos que nuestros abuelos me han dejado. Como la casa, algunas cosas son here- ditarias. La madera bajo de mis pies está un poco más templada, no presto mucha atención. *** Tropiezo en la puerta del baño y la empujo hasta dejarla to- talmente abierta. La ventana está abierta. Puedo oír agua gote- ando desde el alféizar. La cortina blanca pesa mucho por el agua, no se mueve con el viento. Todavía no hace bastante frío para nieve. No necesito la luz, todas las pastillas van a funcionar para este propósito. Alargo mi mano hacia el espejo, y tiro al 108 lado izquierdo para abrir el armario. Siento a ciegas mientras revuelvo la estantería en la oscuridad y, en pocos momentos, algunas botellas se caen del estante en el lavabo. Agarro todo y busco el váter para sentarme. Lo encuentro e intento sentarme, batallo contra la capa de la primera botella de medicina por lo que parecen unos diez minutos, pero en realidad en uno y medio se cae con un ruido más grande del que tendría en cir- cunstancias normales. Derramo todos los contenidos en mi palma, sudo un poco y decido hacerlo. Decido tomar todo lo que está en mi palma, empujo todo en mi boca. No necesito agua, me da igual. Trago todo, y empiezo de nuevo con otra botella hasta que he tomado la totalidad de tres. Me quedo sentada durante lo que parece un tiempo infinito, pero en realidad solo pasan diez minutos. Tengo que levantarme para ir al ático, quiero morir allí. Estoy muy mareada y siento como si estuviera borracha, pero camino fuera del baño y consigo irme a la escalera final de la noche. Veinte pasos más y puedo acostarme y esperar para el final de todo. Diez pasos y me caigo un poco, no puedo ver todo con la oscuridad y las drogas. Estoy muy cansada, solo quiero dormir, pero todavía tengo diez pasos más. Me arrastro dos más y el mundo está girando bastante rápido para continuar. La habi- tación de nuestra madre está ocho pasos más arriba, pero voy a renunciar a la operación, y morir aquí. No tengo miedo de morir pero, tienes que entender, no quiero morir. Nadie quiere morir. Siempre hay un instinto de sobrevivir, pero no quiero sobrevivir aquí. Clara, no quiero que pienses que suicidarte es una manera fácil de escapar de los obs- táculos de tu vida. Tienes que entender que la vida es algo bello, pero ya no quiero participar. Cuando yo era una niña y mi vida estaba un poco más llena con gente, te tenía a ti como hermana, y a una madre que me amaba. No tenía un padre, pero ahora él está intentando me- terse en tu vida para compensar su falta de responsabilidad. Es mejor que no estés conmigo, aunque con esta casa podría cui- 109
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    dar de ti.No tengo mucho dinero ahora porque dejé mi trabajo hace un mes y he vendido todas mis cosas para enviarte el di- nero. Si llega un día en que necesites cuidar de ti misma, cuando alguien te deje y necesites ayuda, por lo menos, vas a tener di- nero para asegurar tu vida por un poco de tiempo. Entenderás que te quiero, aunque no puedes recordarme muy bien. Siento haberte dejado con nuestro padre para vivir fuera de este desastre, pero tienes que pensar en la situación en la que vivíamos cuando estábamos juntas, y aquí. Seguro, hubo una parte muy grande de nuestras vidas que fue una etapa muy feliz; puedo oír todavía nuestras risas por el patio trasero cuando nos acostábamos por la hierba. Puedo oírte cantando en la ducha, y gritando por el suelo cuando querías un juguete. Sin embargo, después, cuando todo empezó a caerse y nuestra madre empezó a usar las drogas para llenar un espacio vacío que ella no sabía que tenía, yo llamé a nuestro padre. No podía dejar a nuestros abuelos solos para cuidar a nuestra madre, que tenía casi cua- renta años. Yo tenía más o menos trece años pero sabía que sería mejor irme y vivir con nuestro padre, por lo menos la vida con él sería normal. No estaría magnifica, llena de amor, ni de oportunidades para captar todo el mundo, pero tendría una oportunidad para ir a la escuela, aprender un poco, vivir un poco más, quizás encontrar un chico que me gustara, salir con él, quizás casarme. Tienes las oportunidades para vivir una vida normal, una vida fuera de adicciones, fuera de las amenazas de una vida que puede colapsar como una estrella fuera en el uni- verso. Estoy muriendo por la escalera, ahora. La lluvia está golpe- ando la casa con una fuerza especial. Mi respiración ha dismi- nuido, mi corazón no quiere latir, mi mente está acabada. La madera debajo de mi cuerpo está crujiendo con todos los mo- vimientos que hago, pero no pasa nada, me da igual. Puedo morir de cualquier manera, pero solo puedo vivir de una. La muerte me deja más opciones para controlar mi propio futuro. De forma predeterminada puedo borrar los planes que el uni- 110 verso tiene para mí. No quiero jugar el partido con las reglas de un árbitro injusto; entonces, voy a terminar el partido en total. No siento nada, no tengo nada de miedo. Yo sé, Clara, que el momento en que yo acabé de vivir una vida que me gustaba y empecé a vivir de una manera para conseguir y mantener la vida de nuestra madre, y las vidas de nuestros abuelos, empecé a morir. No tengo muchos consejos para compartir contigo, Clara, pero necesito que entiendas este consejo. Tienes que vivir una vida que te de orgullo, aún si esa vida consiste solo en una vida sencilla con un chico que te guste; aún si los detalles son mucho menos desarrollados en contraste con las vidas de la gente que te rodea. No hay mucho en el mundo para darte sig- nificado excepto tu habilidad para tener orgullo de la vida que te haces. Tienes que decidir por ti misma qué cosa quieres hacer con tu potencial sin que te mueras. Es posible morir antes de la renuncia a tu cuerpo. Hace casi ocho años que yo morí. Pero, tengo que acabar el trabajo. No voy a llorar, no voy a gritar. Voy a dar la bienvenida a la Muerte cuando ella venga para conseguirme. Espero que todo vaya bien, pero si éste es el final, no voy a preocuparme más y, por lo menos, éste es un regalo del universo. Estoy tranquila, estoy feliz. Las nubes en mi mente, la pérdida de mi autonomía, la inhabilidad para trepar los últimos ochos pasos, todas estas cosas están bien. Siento mis dedos más fríos de lo normal, no puedo encontrar mis piernas. Siento como si no hubiera nada debajo de mi cuerpo, aunque con la fuerza que todavía tengo, estoy cubierta totalmente con el vómito de un cuerpo inten- tando instintivamente sobrevivir. Yo pongo mi cabeza contra la pared y cierro mis ojos. Mira Clara, este es el momento. Estoy muy cansada, siento que no hay ningún lugar que puede cap- tarme, estoy volando por el aire en algún espacio vacío. Así, feliz, tranquila, callada, así es como me morí. No debes venir para encontrar algo de mí, no tendrá ningún propósito un viaje hacia esta casa. Espero que estés durmiendo bien, por lo menos, una de nosotras puede dormir. 111
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    Voy a abrirmis ojos ahora, quiero ver dónde estoy, quiero entender el gran misterio que rodea esta acción. Al principio, es como si no hubiera tenido éxito. Estoy todavía por esta esca- lera, y por eso giro mi cabeza. Acerco mi mano hacia mis ojos para aclararlos, para ver por qué he suspendido algo tan fácil: tomar todas las pastillas y morir, fácil. Mis ojos parecen un poco mejor, y puedo ver la verdad. Morí, pero todavía estoy aquí. Clara, la realidad es que mueres como vives. He muerto sola, voy a vivir después sola hasta que yo pueda encontrar un equi- librio. No se puede escapar de los problemas con un suicidio, todavía tengo que resolverlos. Por el pie de la escalera, no hay nada, sino un tictac del reloj, los sonidos de los pies sobre la madera y niñas corriendo. Giro mi cabeza hacia el otro lado, mi derecha, todavía está el ático, todavía tengo que terminar el viaje. Mis miembros pesan mucho y por eso, no puedo levan- tarme. No sé qué debo hacer para irme arriba. De repente, hay una voz desde la puerta del ático que me está llamando. Ahora tengo un poco de miedo, porque no hay una voz sin un cuerpo. No puedo reconocer la voz, pero es suave y dulce, como la miel mezclada en la manzanilla. La voz retumba como para caerse con los destellos del relámpago afuera, en la tormenta. Pero la voz todavía me está llamando, y por eso in- tento otra vez lograrlo y llegar al final. Pongo mis manos en la escalera enfrente de mí y, con todo mi esfuerzo, no puedo le- vantarme para ir una más arriba. Todavía tengo que quedarme un poco más lejos que la mitad. El universo no va a darme nada, tengo que ganar los últimos más pasos si quiero ir a algún sitio fuera de esta casa. El tictac es un poco más ruidoso, un poco más grande, el tiempo está pasando, pero no para mí. Yo tengo un número infinito de tiempo para gastar en esta escalara si re- nuncio a la opción de irme a la habitación. “Te estoy esperando cariño”. La voz dice, “te amo”. Algo no parece bien, pero yo no voy a luchar contra el universo, y las palabras me ayudan. Levanto mi pierna y empujo con mis bra- zos y, después de sentarme una hora intentando a llegar al final, 112 estoy en la escalera justo encima de una en la que yo había muerto. Clavo mis uñas en el papel pintado y raspo para subir uno más. Los pasos crecen un poco más y creo que puedo oír los sonidos de madera debajo de los pies sobre el primer paso. “No tienes que ir allí”. Es una voz nueva, pero distinta y dis- tante, lejos de mí. Lo intento otra vez. “Mira, Eli” la voz me manda, “ven conmigo, podemos ir a algún sitio más seguro que la escalera. Te prometo que vas a disfrutar el tiempo que estés conmigo”. La voz me pica, encojo mis hombros, y dejo de prestar atención a la voz detrás de mí. Hay un poco de luz y paso por otra escalera. Todavía tengo que intentar y poner mucho esfuerzo. Clara, la muerte no es fácil. Cuando te mueras en setenta u ochenta años, va a ser mejor para ti. Va a ser natural. Yo tengo que luchar para acabar lo hecho. Tengo miedo de la voz, parece dulce, pegajosa como un ja- rabe. Estoy sudando ahora e intento limpiar mi frente. Las escaleras se transforman en lo que pa- rece arena, y siento que voy a sumirme en el olvido antes de que logre mi meta. No puedo ver mi brazo debajo de la arena, pero yo tiro con todo mi esfuerzo y mi mano reaparece. “Pero, no te preocupes, por favor cariño, estás segura en la arena”. La voz me toca, puedo ver las manos de la voz, puedo ver un abrazo sobre mis piernas. Tengo que saltar sobre la arena, pero no será posible. Me paro, respiro, cierro mis ojos y espero un poco. La voz parece que está más cerca. Nunca en mi vida había rezado para algo, pero estoy a punto de hacerlo. No hay ninguna razón para tenerle miedo a esa voz, pero algo me dice que no quiero quedarme con ella. Hay un instinto para continuar, no quiero quedarme en las escaleras para siempre, y no quiero vivir sola en esta casa para siempre, con, supongo, la oscuridad. Intento ponerme de pie, alzo mi mano hasta la barandilla. Siento la madera debajo de mis palmas, la madera que ha visto muchas más manos que yo. La arena está creciendo y en pocos minutos será más de lo 113
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    que puedo admitir.Siento que la arena me está golpeando, que me está comiendo. Pero levanto una pierna y empujo afuera la otra. Con el peso de mi cuerpo en la barandilla, salto sobre dos escaleras más antes de tener que respirar muy profundamente y detenerme otra vez. Siento como si hubiera más gravedad y me está empujando hacia el suelo. No sé qué pasa cuando ya estás muerta, y estás a punto de rehacerlo. No sé qué pasa si te ahogas después de la primera vez. Entonces, tengo que mo- verme más, no puedo caer debajo del peso del universo que se está relajando encima de mis hombros. Siento una mano en mi pie. Miro hacia atrás, hay espirales de una sombra rodeando mi pie, tobillo y ahora rodilla. “Te amo, ven conmigo. Tu madre me amaba, puedo llevarte a verla”. Dejo de intentar trepar hacia la habitación. Ahora puedo reconocer la voz. La única cosa que mi madre había amado al final de su vida eran sus adicciones. Las sombras crecen sobre mi tobillo, tengo más miedo. Ahora puedes ver Clara, que el in- fierno está hecho por sus fallos, por sus adicciones a todas las cosas que viven dentro de ti, y te hacen sentir sola, todas las cosas que te hacen sentir aislada y frustrada. Éste es el infierno para mí, tengo que luchar contra las cosas que me habían per- seguido durante la vida. Aunque yo nunca había tenido adic- ciones, todavía tengo que luchar contra la idea, porque la idea me ha robado muchas de las cosas normales que vienen con el crecimiento. La casa es oscura, todavía puedo oír el tictac, todavía hay de- monios que se esconden por las sombras. Clara, no hay ninguna familia que venga sin problemas. Tienes que aceptar el hecho de que la felicidad es un poco de una mentira. Tienes que acep- tar el hecho que no hay un escape de la vida, tus problemas te siguen. Con mi espalda recta, trepo con toda mi fuerza hacia la puerta y cuando alcanzo mi meta, las sombras están esperando. Toco el pomo de la puerta y empujo. El otro lado solo tiene luz, brillante y tremenda, tengo que cerrar mis ojos para salvarlos. 114 Los demonios se quejan, y yo doy un paso adelante. La luz es todo, infinita, universal, alfa y omega y todo lo que pasa entre las dos. No puedo girar, ni moverme tampoco, pero me siento completa en la entrada de la puerta. Clara, no puedo describir los sentimientos adentro de la luz, no puedo describir el color, ni el calor. Tienes que sentir la luz después de tu vida, como una bienvenida al otro lado. Si yo quisiera hablar, habla- ría, pero yo sé que en este momento, no hay nada que decir. Mi cuerpo está por el suelo, pero mi alma está por la luz. Cuando estaba viviendo, Clara, creía que yo era solo las posi- bilidades que mi cuerpo tenía, que yo era totalmente las posi- bilidades de una cosa que estaba muriendo cada segundo que pasaba. Pero, si te pudiera explicar algo ahora mismo, Clara, yo diría que no eres un cuerpo, tienes un cuerpo, eres un alma con un cuerpo para alojarte. Ahora, estoy de pie en la luz y finalmente entiendo lo todo que pasa; la luz es una representación de algo que no podemos entender como humanos. Gastamos toda nuestra vida bus- cando el significado detrás de nuestra existencia, pero la exis- tencia es el significado. Estamos aquí en la tierra para aprender, y vivir vidas llenas de amor. Tenemos que vivir de una manera que lleve más conocimiento con nuestras almas después de la vida. Cuando alcanzamos esta parte de nuestra existencia, si nos llevamos recuerdos, sonrisas, risas, en vez de adicciones y lastimas, si nos llevamos cosas buenas, estaremos a un paso más cerca del significado del universo. Mira la situación, mira, si estuvieras encima del mundo, po- drías ver los enlaces de luces que corren de persona a persona, persona hasta planta, planta hasta animal. Tenemos una red de luz que existe para conectarnos, para adjuntarnos a la vida, no solo nuestra vida, sino las vidas de la gente que nos rodean. Por eso, cuando hacemos algo que causa dolor, tristeza, hacemos daño a la red, hacemos daño a la luz. Por estas razones te he traído conmigo, para ver la luz y en- tender. Aunque has tenido una vida más difícil de lo que la 115
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    gente normalmente tiene,puedes tomar las dificultades y traer tu conocimiento contigo después. Toda la humanidad va a me- jorar con tus actuaciones, todo el valor de la vida puede aumen- tar con tu bondad. Mueres como vives, Clara, y nada más. El universo no va a darte favores porque has tenido cosas difíciles, el universo no va a darte una mano para levantarte, el universo solo va a darte una situación y, como eliges actuar, va a influen- ciar todo lo que pase después. La vida es noventa y nueve por ciento tu reacción al mundo, y uno por ciento las cosas que pasan en tu vida. La luz me abraza, la luz me ama. La luz es como nuestra madre, nuestros abuelos, nuestros profesores y amigos porque en realidad lo es. La luz está hecha de todos nosotros, vivos y muertos, llena de aborrecimiento, llena de amor. La totalidad de esta historia viene cuando entiendas que cómo vives influye en las vidas de los otros seres humanos, que eres humana y por eso tienes que actuar con intención para dar la buena vida. El mundo no es malvado, nuestro mundo está hecho por nuestras calidades redentoras. Aunque hay gente que usan y abusan de las drogas, como nuestra madre, o usan y abusan de otra gente, siempre hay oportunidades para dar el perdón. Habrá un día cuando tengas que responder por todos tus pe- cados, habrá un día cuando tengas que estar de pie enfrente de la luz y lavarte de tu odio y tus lástimas. Adentro de la luz, puedo ver un velo. No hay una brisa para derribarlo, sino una idea para mantener un movimiento dra- mático. Yo sé que cuando pase por este velo, voy a empezar de nuevo, otra vez. Te quiero Clara, pero estamos por el final del viaje. Te he mostrado mi muerte, y la cosa que viene después. Te lo tenía que explicar, aunque no te he visto. Me sentiría mal si no te mostrara la verdad detrás de la fantasía que tenemos cuando vivimos día por día. Te quiero Clara, pero creo que ya es tiempo para dejarte. Cuando despiertes, vas a recordar muy poco, pero lo bastante para cambiar tu vida, estoy segura. Ahora este sueño va a cambiar como suelen hacer los sueños, 116 va a transformarse en algo tonto, unas cosas que no valen la pena, unas cosas que ayudan a despejar tu mente. Un sueño no con adicciones, ni líos, sino con las cosas bonitas, cosas fáciles, pero cuando despiertes, tienes que unirte a la vida. Tienes que intentar vivir de una manera que sí valga la pena. El velo está hecho por algo que parece como las estrellas, hecho por sueños y atrás puedo oír los sonidos de alguien llo- rando, sonidos nuevos. Me siento nueva, me siento limpia. To- davía hay sonidos del reloj, hay un tictac que puedo oír cerca de mi espalda. Yo alcanzo hacia el velo, yo alcanzo hacia la vida. He muerto, y he descrito lo que existe después, y voy a vivir otra vez. He muerto, y ahora, vivo. La luz es muy brillante, y mien- tras lo atravieso, hay manos que me tocan, hay más sonidos, aplausos, mucha esperanza. Me siento muy pequeña y segundo por segundo olvido cosas hasta que no queda ninguna impre- sión de mi vida anterior. La vida sigue, la vida siempre es nueva. 117
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    118 Potosí Jasper Stallings I Me levantecon el sol ya entrando en mi cuarto. Desde la ven- tana, vi los barcos en el puerto. Siempre me interesaban los bar- cos, esos gigantes de madera navegados por una tripulación tan pequeña. Era el 28 de marzo de 1605 en la ciudad de Cádiz. Me llamo Pascual, soy de un pueblo que se llama Medina Sidonia. Mis padres murieron cuando tenía ocho años y la iglesia me cuidó hasta que me hice misionero. Ese día, el 28 de marzo era mi último día en Cádiz, el día que embarqué y empecé mi viaje a América y mi nueva vida. Era un día perfecto, hacía sol y una temperatura perfecta. El viento del mar trajo el olor del puerto a toda la ciudad. El olor de especias del este, el café de América y los miles de pescados que iban al mercado. Era muy difícil salir de Cádiz ese día, me estaba preguntando una y otra vez, ¿qué puede ser mejor que mi propia ciudad en la primavera? Pero tenía una misión y por eso yo decidí irme al puerto y embarcar para Venezuela. Aunque había vivido al lado del mar toda mi vida ese día era la primera vez que yo estaba en un barco. Desde el puerto yo siempre pensaba que ir en barco era algo tranquilo y sin una 119
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    sensación de movimiento,pero no es así. Tres horas en el barco y ya había vomitado tanto que no podía vomitar más y quería volver a mi casa, pero ya no era posible. La única cosa que me daba seguridad era mi biblia que yo leí cada día. Las historias de la biblia tienen sentido y orden, algo que me faltaba en la vida en ese barco. Las semanas pasaron y me sentía mejor en el barco pero, en el momento en que me sentí seguro y empecé a ser feliz en el mar, llegamos a América. Toda mi vida yo había oído hablar de ese continente. Me habían hablado de las selvas llenas de ani- males que matan, las montañas más altas que las nubes, ríos largos como el Nilo de Egipto y llenos de cocodrilos, pescados que comen vacas y, sobre todo, yo había oído sobre la gente na- tiva salvaje. Decían que algunos son caníbales, otros que hay tribus que matan a cualquier extranjero que entra en sus tierras y otros dicen que esos indios no son humanos, sino animales que son muy parecidos a humanos pero que actúan con desen- freno y sin restricción. Yo no creí nada de eso y estaba deter- minado a llevarles la palabra de Dios y salvar sus almas. Cuando el barco llego al muelle, un cura estaba sentado allí, vestido con una sotana negra y un sombrero con un ala muy grande. Yo baje del barco y él me saludo: - Hola, supongo que eres el nuevo misionero, ¿no? - Sí, soy yo. Me llamo Pascual Blas y tú ¿quién es? - Encantado padre Blas, yo soy Rafael Ortiz, bienvenido a Venezuela, el borde del mundo. Venga vamos juntos tengo que explicarle unas cosas. Empezamos a caminar y él empezó a contar lo que iba a hacer en las próximas semanas y posiblemente el resto de mi vida. - Pues, padre Blas, tenemos un trabajo muy especial para usted, ¿conoce la ciudad de Potosí? Yo respondí lo que sabía, que Potosí era una ciudad muy im- portante para España porque es la fuente de casi toda la plata y suporta gran `parte de la economía del imperio. 120 - Muy bien Blas, es usted una persona muy instruida. Hace unas semanas, unos misioneros en Potosí murieron cuando unos indios hicieron un motín pequeño, pero no se preocupe padre Blas. Sublevaciones como esa son muy raras allí en Potosí y siempre se aplacan muy rápidamente: lo que les pasó a ellos era muy inusual y no le pasará si cuida un poco. - ¿Entonces voy a Potosí? - Si señor, eso es. Saldrá de aquí mañana al amanecer. Va con un envió de suministros a Potosí. Ellos le van a dar un burro y todo lo que necesita para el viaje. La ruta es muy larga, depende de si aparecen algunos problemas, pero aunque todo vaya bien va a costar muchas semanas para viajar hasta allí. El día siguiente fui a la Plaza Mayor, donde mis compañeros estaban esperando y en ese grupo vi por primera vez los indios de América. Había allí 4 hombres españoles con caballos y con ellos más o menos cien indios, todos encadenados y con grille- tes en las manos. Yo pregunté a los españoles: - ¿Quiénes son ellos? Uno de los hombres montados me miró con una expresión de asombro, como si yo fuera estúpido. - Ellos son mineros de los pueblos de aquí cerca de Caracas. Los llevamos a Potosí para que hagan su trabajo obligatorio para el estado. - Pero ¿ellos son trabajadores o esclavos? - A mí no me importa lo que los llames. Mi trabajo es traerlos a Potosí vivos y eso es lo que hago. Le recomiendo que haga su trabajo también padre, no hay que hacer preguntas. Nos vamos ya, su burro está por, allí al final de la fila. Yo vi al final de la fila un burro viejo, con piel gris y cubierto de pulgas. No estaba seguro si ese burro podía llevarme todo el rato a Potosí, pero yo monté y empezamos a caminar fuera de la ciudad. Mi hogar estaba detrás de mí y muy lejos cuando yo entré por primera vez en la selva. Unas semanas pasaron y cada día pasaba lo mismo. Nos levantábamos con el amanecer y se- guíamos hasta el anochecer. Algunos días hacia sol y estábamos 121
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    fuera de laselva. Eran esos días que unos indios a veces murie- ron. Siempre era lo mismo y pasaba así: Estamos caminando cuando uno de los indios cae. Todos los indios se paran y quedan mirando a su compañero en silencio mientras nuestros “guías” discuten a quién le toca su turno para tirar el cuerpo del indio. Yo bendigo al hombre y, cuando llega la persona a la que le toca tirar el cuerpo, yo lo veo desaparecer entre los arbustos al lado del camino. Cada vez lo mismo, el horror nunca perdió su fuerza y nunca me sentía cómodo en ese camino. Nadie tenía un problema con esos muertos. Para los guías era una cosa normal, un día de su trabajo. Pero con los indios algo doloroso había pasado, parecía que habían perdido la esperanza, pero la verdad era que se la habíamos robándolo al principio del camino cuando les pusi- mos los grilletes y nos los llevamos de sus pueblos. Yo vi el su- frimiento en las caras de los indios. Por la noche algunos repetían nombres de parientes una y otra vez con mucho miedo y dolor en la voz. Es una cosa triste ver un hombre que ha per- dido toda su vida, pero también da miedo. Él, que no tiene nada más que perder, puede hacer lo que quiera, porque ya no tiene razón para tener miedo. Un día yo decidí sentarme con unos indios para cenar porque era mi deber hablar con ellos y darles a conocer la palabra de Dios, pero primero había que ganar su confianza con un poco de amistad. Ellos estaban en un círculo yo me senté en el único lugar libre con mi cena en la mano. Yo tenía unas judías blan- cas, dos filetes de carne seca y un trozo de pan. Eso no era una cena para un rey, pero se podría creer que era un festín por cómo lo miraban los indios. Eso me confundió hasta que vi lo que tenían todos los indios para comer. Entre todos había que compartir un filete de carne vieja y un poco mohosa, y para cada uno un trozo de pan que era tan duro como una piedra. Eso no era comida suficiente para un ratón, sin hablar de un hombre que lleva todo el día caminando. Yo les pregunté cómo se llaman y pasaron unos segundos, que se sentían como horas, 122 hasta que uno me respondió: - Me llamo Juan, mis compañeros no responden porque no saben español pero yo lo sé porque mi madre era española. Somos de un pueblo cerca de Caracas. - Encantado Juan. Yo me llamo Pascual, soy un cura de Cádiz, en España. Tu madre es española ¿no? ¿Entonces estás bautizado? - Pues no. Mi padre quería que yo no fuera bautizado y, cuando él murió, mi madre respetó su deseo y yo también lo respetaré. - Ah, vale, lo entiendo. - Si eres un cura, yo tengo una pregunta para ti. ¿Está bien para tu Dios lo que pasa aquí, que nos detenéis como esclavos para trabajar en las minas? - Pero solo tenéis que hacer cada uno tu mita, tus ocho meses de trabajo obligatorio y después volveréis. - Sí, eso es lo que dicen y muchos van a las minas de Potosí pero de nuestro pueblo nadie ha vuelto. - Eso no es posible, después de los ocho meses la mita acaba y estáis libres. A lo mejor todos se han quedado allí porque hay trabajo para todos. - Vamos a ver Padre, vamos a ver. Espero que esté en lo co- rrecto, pero no lo creo ni un poco. - Tiene que ser, si no ¿qué pasó a los demás? Esa pregunta quedaba en el aire sin respuesta. Me quedé con ellos unos minutos más, pero no había nada que decir. Enton- ces me levante y fui a la cama. Esa noche yo no dormí ni un mi- nuto, estaba pensando en lo que me había dicho Juan. Yo no sabía lo que iba a ver en Potos,í pero imaginé que nos íbamos a pie al infierno para conocer al diablo mismo. Lo más horrible es que lo que pensaba no quedó muy lejos de la verdad. II Era verano cuando llegamos a Potosí, pero antes de llegar fui- mos a pueblos de vez en cuando y al final del camino teníamos 123
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    muchos indios, unpoco menos que dos cientos en total. Yo hable con Juan unas veces más, hasta el punto de que nos hici- mos amigos. Él me habló de su pueblo y de su familia. Después de la muerte de su padre, cuando aún era un niño, su madre lo trajo a Caracas pero él no se sentía bien en la ciudad; entonces ellos volvieron al pueblo donde les aceptaron con los brazos abiertos. Años después, cuando le tocó a Juan la mita, su madre se quedó allí cuidando al hijo de Juan, junto con su esposa. El 6 de agosto 1605 entramos oficialmente a la ciudad de Potosí y mi primera vista de la ciudad fue algo que nunca voy a olvidar. Las calles grandes llenas de gente, torres de un millar de iglesias, salas de teatro y de juegos, burdeles en cada rincón y edificios hasta el final del mundo. Antes de llegar, yo pensaba que Potosí iba a ser un pueblo callado de mineros en las montañas pero no era así. Potosí es una de las ciudades más grande del mundo con muchos miles de personas. Más grande que mi ciudad de Cádiz y aún más grande que Barcelona. Potosí es como el Paris de América con el doble del dinero. Cuando llegamos a la ciudad, los hombres a caballo me des- pidieron y llevaron a los indios a sus nuevas casas. Antes de que fueran, yo me despedí de Juan y le dije que iba a visitarlo muy pronto, en cuando pudiera, y él se despidió. Ese día yo noté algo en Juan que nunca había visto antes, miedo. En ese mo- mento yo lo vi pero pensaba que me había equivocado porque ¿de qué hay que tener miedo en una ciudad tan bonita como Potosí? Que cegado estaba yo para creer eso sobre un lugar como ese. Los primeros días pasaron como un sueño. Yo di paseos por muchas horas cada día mirando a la gente y el lujo de sus vidas allí. Toda la gente iba vestida como reyes y siempre pagaban con plata. La belleza de esa ciudad era increíble, pero tenía al- gunas manchas visibles. Esas manchas eran los indios. La mayoría de los indios se quedó en una parte de la ciudad reservada para ellos, pero a veces algunos venían al centro en busca de comida. Al principio yo pensaba que eran cadáveres 124 y algunos sí que eran cadáveres, pero otros no. Parecían como esqueletos vivos con una capa delgada de la piel para mantener unidos sus cuerpos. Esos esqueletos no levantaban del suelo y solo decían: - Aguaa…Comida… Agua…Comida…. por… favor. Pero nadie les ayudaba. La primera vez que yo vi a un hom- bre así por el suelo grité: - ¡Socorro! ¡Este hombre está vivo pero se está muriendo! ¡Socorro! La gente me miraba como si fuera estúpido y uno me dijo, que eso era normal y que debía seguir con mi paseo. No sabía lo que había que hacer, entonces me levante y seguí con mi vuelta. Esa noche yo volví a mi casa pero no podía dejar de pen- sar en el hombre que había visto por el suelo. Algo estaba mal en esa ciudad y yo lo supe. ¿Cómo puede existir tanta extravagancia y derroche cuando hay gente en la misma ciudad muriendo de hambre?. La injusticia era intole- rable. Dice en la biblia que Jesús existe en los pobres entonces ¿cómo está bien dejarlos morir? El día siguiente era mi primer día de trabajo y decidí irme del centro para ver al barrio de los indios, hablar con ellos y visitar a Juan. Ese día yo me desperté temprano y fui andando hasta el do- minio de los indios, pero por algún razón yo tenía miedo de lo que iba a encontrar allí. Era un camino de una media hora su- biendo por la montaña hasta el barrio de los indios. Lo pusieron allí para qué vivieran los trabajadores más cerca de la mina. Yo iba jadeando como si estuviera corriendo cuando subía por la montaña porque Potosí tiene una gran altura. Cada mi- nuto que pasaba las casas parecían menos y menos cuidadas, había menos iglesias y más gente por el suelo como el hombre del día anterior. Mucho tiempo pasó hasta que llegué al centro del barrio de los indios donde ya había miles de hombres en fila esperando para empezar el día de trabajo. Algunos eran nuevos, con la ropa y zapatos que trajeron de sus pueblos, todavía con buena salud, y otros parecían peor. Algunos parecían como los 125
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    hombres que seveía muriendo por el suelo pero aún caminado por lo menos un día más. Ellos no llevaban ni zapatos, ni ropa, sino una tela para cubrirlos. Yo vi en los que parecían peor algo raro; tenían quemaduras rojas sobre las manos y pies. En la parte delantera de la fila, encontré unos supervisores para los trabajadores. Les pregunté: - ¿Todos estos hombres trabajan en la mina? Ellos parecían muy sorprendidos al verme, quizás porque no hay muchos curas que vayan a la mina. El que parecía el jefe me respondió: - Sí, son mineros, ¿qué quiere? - Pues, si no te molesta mucho, quiero decirles unas palabras. - Haga lo que quiera padre, pero no sé qué quiere decir a esos animales. No se da sermones a los perros en la calle, entonces no entendió por qué hablar con ellos es diferente. Son animales, solo son un poco más listos que perros y menos obedientes. - Gracias por tu consejo, pero hay algunas cosas que quiero decir para presentarles la palabra de Dios. Yo empecé con el Padre Nuestro, gritando para qué todos pudieran oírme: Padre nuestro que estás en los cielos Santificado sea tu Nombre Venga a nosotros tu reino Hágase tu voluntad Así en la tierra como en el cielo El pan nuestro de cada día Dánosle hoy y perdonanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos nuestros deudores y no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amen. Todos me miraban con caras sin expresión, sin interés en lo que decía. Seguían en silencio esperando el comienzo del día 126 de trabajo. Yo había perdido toda esperanza cuando vi el mo- vimiento de una mano el aire. ¡Juan! Nosotros nos reunimos como amigos de hace mucho tiempo, con mucha felicidad, pero algo había cambiado en su cara. Estaba sucísimo, pero también vi que él había perdido algo, la sensación de esperanza en sus ojos y la felicidad en su risa. Yo le pregunte qué tal su trabajo y su vida en Potosí y él me respondió: - Pascual, te explicare lo que pasa aquí después de esta jor- nada de trabajo. Yo saldré de la mina el sábado por la tarde. - ¡Sábado! ¡Eso no es posible! ¡Toda la semana debajo de la tierra te vas a morir! - Algunos sí que mueren adentro, pero solo los débiles y en- fermos. Te contaré luego lo que pasa, voy a bajar hasta tu casa sábado. - Ten cuidado allí dentro Juan, voy a rezar por tu seguridad pero aún, ten cuidado. - Gracias Pascual, Ya es la hora de entrar, hasta el sábado. - Hasta el sábado. Él se fue con los demás dentro de la montaña, desapare- ciendo como los que habían muerto en el camino desaparecie- ron en los arbustos. Yo esperaba que él no fuera a compartir el destino con ellos esa noche. Después de que salieron los traba- jadores, camine por las calles del barrio. Vi una pila de cadáve- res, todos trabajadores de la mina y muchos con esas quemaduras rojas. En todos lados había gente demasiado débil para trabajar, que seguro que habían tenido dolores inimagi- nables, visto la muerte de compañeros muchas veces y habían tenido miedo por sus propias vidas aún más veces. Ellos, que habían pasado todo eso, ya les dejaron en el lodo al lado de la calle para morir de hambre o sed, los dos haciendo una carrera para ser el asesino mientras el dueño de la mina se esconde de la culpa contando todo el dinero que ha ganado con la vida de ese indio. Estaban esperando añadir un cuerpo más a la pila, pero estaba justificado, él es un indio, eso quita la culpa de todos y, si aún te sientes culpable, eso solo era su mita, ¡una tradición 127
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    originalmente inventada porsu propia gente! Las justificaciones que ha inventado mi propia gente para matar a otros para ganar dinero me dan un asco horrible. Mi gente me había prometido que podíamos ayudar a esos indios, darles a conocer a Dios y enseñarles cómo vivir como nosotros. Ya no sé quién debe enseñar y quién tiene que aprender. Con esos pensamientos yo baje de la montaña para ver el centro de Potosí una vez más, pero no iba a ver la ciudad bonita de la que había salido esa mañana. Poco a poco, como por la mañana, los edificios empezaban a cambiar y había menos y menos indios por la calle hasta que estuve en el centro otra vez. Ese centro que antes me había pa- recido como una ciudad perfecta, en ese momento me mostró su sentido real. Potosí era una ciudad de la riqueza, la riqueza chupando de la teta de las vidas de los que estaban muriendo en la montaña para ellos y usándolos para mantener sus vidas de pecado. Cada domingo, esos pecadores vienen en fila a sus iglesias de plata como si eso les perdonara de sus crímenes, y salen una hora después con las conciencias claras, listos para una semana más de homicidios. La ciudad de Potosí está hecha como el dominio de Dios, los pecadores quedan debajo de la montaña y los inocentes quedan arriba. El problema es que los pecadores disfrutan de grandes placeres mientras los inocentes sufren de grandes dolores para mantener a los de abajo. Pero aún hay esperanza, porque dice en la biblia que, “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Esa es la única cosa que me tranquiliza, el hecho de que se haga la jus- ticia después de la muerte. Yo volví a casa directamente esa noche, no podía ver nada más deesaciudad.Noqueríacomerentoncesfuidirectamentealacama. Me quedé despierto hasta el amanecer, pensando en todos los que estaban dentro de la montaña, las almas que sufren mientras la gente de la ciudad, (¡yo incluido!) se quedaban en sus camas dur- miendo como bebés. Yo pensé en rezar por Juan, pero decidí que 128 aun eso no lo iba a ayudar en el infierno donde estaba. Los días siguientes yo esperaba a Juan todo el tiempo. Unas veces traté de rezar, pero no podía. La imagen de la pila de cuer- pos siempre aparecía en mi mente cuando empezaba a rezar, ni siquiera Dios podía calmarme. Los días pasaron y por la tarde el sábado yo oí un golpe en la puerta y la abrí esperando a Juan, pero cuando vi a la figura en mi puerta no la reconocí como humano, menos como Juan. Estaba cubierto de un polvo os- curo con quemaduras rojas sobre todo su cuerpo y heridas sobre sus pies, le faltaban zapatos. Invité a Juan a entrar y le preparé una bañera con agua caliente para lavarse. Cuando es- taba limpio y con vendajes sobre sus pies, me empezó a hablar: - No puedo entrar en esa mina otra vez Pascual, no puedo. - ¿Por qué? ¿Qué te ha pasado allí? - Era horrible. Mi trabajo era bajar y subir una y otra vez lle- vando la plata fuera de la mina. El trabajo era difícil y peligroso pero lo podía hacer. Mi segundo día en la mina yo empecé a conocer a mis compañeros por la mañana y eso hizo mi trabajo mucho más tolerable, pero tenía mucha hambre y el trabajo se hizo más y más difícil. Ese día les mataron, yo pude salvar las vidas de esos hombres pero les fallé cuando yo seguí las órdenes del supervisor. - ¿Murieron tus compañeros? ¿Qué pasó Juan? - Era el penúltimo envío del día y estaba subiendo cuando me di cuenta de algunas grietas en la pared de la mina que es- taban creciendo cada segundo. Yo sabía que ese túnel iba a co- lapsar muy pronto y debería de haber vuelto con mis compañeros para advertirles del peligro pero, en lugar de eso, subí para decírselo al supervisor y él me dijo que eso estaba bien porque no había suficiente plata en ese túnel todavía para qué valiera la pena trabajar allí. Él no me dio permiso de volver a entrar para advertir a mis compañeros y unos minutos después se colapsó el túnel. Pudimos salvarles, había bastante tiempo y aunque el túnel había colapsado la caverna al final estaba bien, dejamos a esos hombres vivos solo porque perderían dinero si 129
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    nos usaban pararescatarlos en vez de trabajar más. - Entonces, ¿ellos fueron dejados allí porque costaría dema- siado dinero salvarlos? ¡Qué injusticia! ¿Cómo puede vivir al- guien consigo mismo si hace algo como eso? No hay ninguna justificación para dar más importancia al dinero que a las vidas humanas. - Después de que colapsó el túnel, ellos me dieron un nuevo trabajo inmediatamente y por eso tengo estas quemaduras. Tenía que mezclar el mercurio con la plata usando los pies. Eso me quemó como fuego y llevo dos días haciéndolo hasta ahora. No puedo dejar de pensar sobre los que han muerto por nin- guna razón sino la codicia insaciable de algunas personas. - Lo siento Juan. Siento que te sacaran de tu pueblo y tu fa- milia, siento que tuvideras que caminar a través de un conti- nente mirando a tus compañeros morir, siento que te hayan tratado como a un esclavo, siento que no te dejaran salvar a tus amigos y, sobre todo, siento que yo no he hecho nada para ayu- darte. Yo no soy mejor que esos que te han hecho daño. Yo estoy apoyado por la plata que sacan de esa montaña y no he hecho nada para ayudar a nadie, ni a la gente muriendo por la calle, ni a los que estaban muriendo en el camino ni a ti tam- poco. Lo siento Juan. Ya no soy una cura porque ya no hay Dios. ¿Cómo puede existir un Dios en un mundo de injusticias como este, un mundo en que los pobres inocentes mueren para mantener a los ricos pecadores?. Si existiera el Dios de la biblia, el Dios que ama a los pobres y ayuda a los que ama, esos problemas no se- rían como son. Potosí sería una montaña y nada más, tú estarías con tu familia y los que han muerto en la mina con los suyos. No puedo creer en un Dios que deja pasar todo esto y, si Dios existe y lo deja a pesar él, no es un Dios que yo quiera adorar. - Lo que dices es la verdad Pascual, pero ¿qué podemos hacer ahora? Ya no tienes la iglesia para apoyarte y yo no vuelvo a esa montaña, entonces, ¿qué hay que hacer ahora? - Tienes que irte Juan, vuelve a tu pueblo y ama a tu familia. 130 Te doy provisiones para el camino, pero tienes que ir solo. - Y tú Pascual, ¿qué vas a hacer? - Ya no hay nada para mí aquí y tampoco en España. Yo tengo que empezar otra vez en un nuevo sitio, a mí no me im- porta dónde voy con tal de que no sea como aquí. Después de unos meses Juan se fue de Potosí. Hasta su salida yo le cuidé en mi casa y le escondí de los mineros que le estaban buscando. Él era mi único amigo en este mundo y espero que encuentre a su familia y tenga un camino seguro. Yo le dije que iba a irme de Potosí, esa era la verdad, pero la mentira fue cuando le dije que tengo un destino. Ya no hay nada más para mí en la sociedad. No voy a romper mi voto de no tener niños que hice cuando me hicieron cura y tampoco tengo familia en este mundo. Yo me voy de aquí, sin dirección, solamente lejos de este lugar de maldad y avidez. No sé si voy a sobrevivir y por eso he escrito mi historia aquí. Es- pero que el que lea esto se dé cuenta del mal que está aquí en Potosí y si es más valiente que yo, que haga algo para pararlo. Yo me voy ya para empezar otra vez y esta vez sin el pesar ni con el miedo que tenía la primera vez. Gracias por leer mi his- toria yo me voy ya de aquí. Pascual Blas 1605 131
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    132 Un desastre enel desierto Lisa Weiss Era un buen día en España, estaba soleado y no había ni una nube en el cielo. Era el principio del verano, las clases para los universitarios acababan de terminar y las vacaciones habían empezado. Un grupo de chicas se sentó en un café. Se habían sentado en una mesa entre sol y sombra. Alejandra, una de las chicas, veía unos niños que jugaban en la plaza enfrente de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar y se puso las gafas de sol. Estaba relajada, había acabado su carrera de medicina y el mon- tón de exámenes, y en ese momento no tenía estrés. Aunque no había encontrado trabajo y no tenía planes para el verano, es- taba contenta de estar con sus amigas. Unhombresehabíasentadosoloenlamesadealladodelaschi- cas. Llevaba unas Nike y una cámara alrededor su cuello. Leía el menúyparecíaquenoloentendiera.Elcamarerollegóylepreguntó quéquería beber.Parecíaconfundido,ycondificultaddijo,“uncafé con leche”. El camarero se fue y Alejandra miró al extranjero, sus ojos verdes, su piel que ya estaba morena, sus músculos grandes, sus zapatos raros y la seguridad que tenía, aunque estaba solo. Clara, una amiga de Alejandra, dijo, “¡Alejandra! ¡No le 133
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    mires así!” Alejandra miróal suelo, y dijo, “Déjame en paz. Es distinto y también es muy guapo... ¿Debería hablar con él?” Las chicas rieron y se encogieron de hombros. Alejandra re- plicó con vergüenza, “¡Callaos!”. El grupo de amigas seguía hablando de cosas que a Alejandra no le interesaban. Hablaban de tonterías de sus vidas, como “Jorge ha dejado Marta por Berta”, y cómo “Lara llevaba un ves- tido súper feo en la fiesta de Adrián”. Normalmente, Alejandra participaría de estas tonterías, sin embargo hoy estaba abstraída y seguía mirando al guiri. Por fin, el camarero volvió a preguntar al extranjero qué que- ría tomar. El guiri no entendía nada de lo que le dijo el cama- rero. Alejandra quería ayudarle, hablaba inglés con fluidez y suponía que el guiri era inglés o americano. Decidió levantarse, caminar a la mesa y ayudar el pobre a pedir. Se levantó de re- pente, y sus amigas la miraron y dijeron al mismo tiempo, “¿a dónde vas?” “Me voy a ayudar al pobre guiri, no entiende nada y me ne- cesita”, dijo Alejandra con confianza. Sus amigas parecían con- fundidas, no se habían dado cuenta de que chico necesitaba ayuda, porque estaban hablando de sus tonterías. Al mismo tiempo todas le miraron y rieron. “Bueno si quieres hablar con él, vete”, dijo María, una de las amigas. Alejandra se fue sin vergüenza. “¡Estás embobada con él!”, gritó Clara. Se acercó al hombre extraño y Alejandra dijo, en inglés, “Hola, soy Alejandra. ¿Puedo ayudarte?” “Bueno, sí, gracias. Me llamo Jack. Es que no hablo español, soy de Australia”, explicó el guiri. “Suponía que no eras de aquí. ¿Quieres algo para comer?” “Iba a pedir tortilla de patata, pero no pude”, dijo Jack. Alejandra reía, llamó al camarero y pidió dos pinchos de tor- tilla de patata, uno para ella y otro para su nuevo amigo. “Gracias por tu ayuda, Alejandra. Te lo agradezco. Estoy aquí 134 en Zaragoza para una entrevista de trabajo”. “Nada, no te preocupes. ¿Qué haces?” “Soy un instructor del paracaidismo”, contestó. “¡No me jodas!”, exclamó Alejandra. “Es la verdad, te lo juro. En Australia salto de aviones, es mi trabajo. Y ahora me ofrecen un trabajo aquí en España para hacer lo mismo”. “¿Vas a trabajar aquí en Zaragoza? Jo, paracaidismo me in- teresa mucho. Nunca lo he hecho, pero me gustaría”, dijo Ale- jandra. “Pues no. Trabajaría cerca de Francia, en las montañas, pero la empresa es de Zaragoza. Aunque no sé si voy a aceptar el tra- bajo. España no es mi casa, ¿sabes?”. Continuaron hablando de su trabajo y los planes de verano de Alejandra. Su conversación podría haber ido para siempre. Cada momento que pasaba a Alejandra le gustaba este hombre más, y parecía que Jack sentía lo mismo. Con coraje y confianza, Jack le preguntó si quiera cenar con él; Alejandra, por supuesto, dijo sí. Hicieron planes de reunirse a las ocho en el Hotel Pala- fox, donde Jack se alojaba. Alejandra se fue a decir a sus amigas qué había pasado. No creían que se gustaran, porque no creían en amor a primera vista. Pensaban que la cita iría mal, o que Jack tenía malas intenciones. Sin embargo, se equivocaron, Jack y Alejandra lo pasaron muy bien. Alejandra llevaba un vestido largo con tacones, se había pintado los ojos para acentuar su tono marrón, llevaba el pelo rizado, en general estaba muy guapa. Jack, también estaba muy guapo. Llevaba un traje con una corbata morada para acentuar sus ojos verdes. La cena duró tres horas y comieron muy bien, y luego fueron a bailar al Casco; después, Alejandra se quedó dormida en el cuarto del hotel. LamañanasiguienteAlejandraselevantóymiróalrededor;Jack no estaba. Se sentía como una puta. “¿Qué he hecho?”, murmuró. De repente vio una nota que decía, “He ido a comprar des- ayuno. No te preocupes, volveré pronto. Un besito”. Alejandra 135
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    sonrío. Como había dicho,Jack volvió pronto con palmeras y mag- dalenas. Las estaban comiendo cuando Jack dijo, “Mi avión se va a las cuatro hoy”. Alejandra no pudo responder porque no podía creerlo. “Pero me gustas mucho…, no quiero que te vayas ya”. “Yo tampoco Alejandra. Te lo juro. Quiero verte otra vez. ¿Vas a visitarme en Australia? Podríamos viajar a la playa y al desierto. Sería genial si vinieras”. “No hay nada que quiera más”, dijo Alejandra, “pero hay un problema. Es que no tengo dinero para comprar un billete de avión, ni dinero para viajar a través de Australia”. “Alejandra, ¿dirías sí si te ofreciera un trabajo? Podrías tra- ducir cosas para los turistas que quieren hacer paracaidismo que vienen de países donde hablan español”. “Jo, sería genial. ¿Lo dices en serio? ¿Podría trabajar para ti este verano?” “Sí, seguro, en agosto. Puedo llamarte cuando tenga trabajo para ti, y luego puedo comprar un billete para que vengas”. Esta oferta cambaría la vida de Alejandra. Quería hacer algo arriesgado y ésta era la oportunidad perfecta. Alejandra aceptó el trabajo y se despidieron con besos y abrazos. Jack se fue a Australia y Alejandra continuó con su vida los próximos dos meses. El día después que Jack se fue, Alejandra explicó la situación a sus amigas, Clara y María, en un café, y pensaban que Alejan- dra estaba loca. Clara dijo que sentía que algo horrible iba a pasar y María sentía lo mismo. Alejandra decía, “Tías, no os preocupéis. Jack es muy majo, tengo confianza en él. No vamos a casarnos, sólo voy a trabajar para él”. María y Clara estaban de acuerdo con los planes de Alejandra, pero todavía se sentían intranquilas. Sentían que Jack era un poco raro, y a lo mejor tenía malas intenciones. Después de explicar la situación a sus amigas, Alejandra tenía que explicarla a sus padres. Alejandra fue deprisa a su casa. 136 Vivía sola por primera vez en su vida. Normalmente los uni- versitarios vivían con sus padres y Alejandra había vivido con ellos pero, como acaba de terminar su carrera, sus padres se marcharon al pueblo y dejaron el apartamento para Alejandra. Les llamó, pero no cogieron la llamada, entonces Alejandra dejó un mensaje explicando que tenía que explicarles algo. Esperó que sonara el teléfono una media ahora sin moverse cuando por fin sus padres la llamaron. Explicó la situación, y no se en- fadaron. Se sintió aliviada, pensaban que se enfadarían. Su madre dijo que vendría al apartamento antes de que se fuera para ayudarle a hacer la maleta. Por fin, en agosto Jack llamó a Alejandra. Le dijo que tenía un trabajo para ella y podía venir la próxima semana. Además, dijo que había comprado el billete de avión y que, cuando lle- gara, irían alrededor de Australia durante una semana y luego empezaría a trabajar en la oficina de la empresa. La madre de Alejandra llegó siguiente miércoles y ayudó a Ale- jandra con la maleta. Se llevó todo porque no sabía qué iba a hacer. Cogióbikinis,botasdelamontaña,tacones,ropadelaoficina,som- breros, vestidos formales, vaqueros, camisetas de verano, jerséis… , todo lo que tenía, aunque no fuera necesario. Antes de irse Ale- jandrasedespidiódesuúnicocompañero,supez.Sumadrelallevó al aeropuerto y se despidieron. Su madre parecía que estaba preo- cupada por ella, pero no dijo nada. Cuando Alejandra se fue para el avión, casi parecía que su madre iba a llorar. Alejandra sólo pen- saba que ella iba a echarla de menos. Alejandra entró en el avión y se sentó. Estaba nerviosa. Nunca había estado en otro país y ahora iba a un lugar donde se habla inglés y sin sus amigos. Por otro lado tenía ganas; iba a visitar a Jack por fin. Con cada día que pasaba le gustaba este hombre más y más. No iba a vivir en su casa, sino en otro sitio. Jack había dicho que estaba planeando todo y que Alejandra no necesitaba preocuparse. No estaba preocupada, no tenía una razón para preocuparse, sólo se sentía ansiosa. El avión aterrizó en Sydney, y después de recoger sus maletas 137
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    Alejandra se reuniócon Jack. Cuando le vio estaba nerviosa, lo abrazó y dijo, “te echaba de menos”. Jack dijo lo mismo, pero no parecía tener tantas ganas de verla. La llevó en su coche y Alejandra le preguntó, “¿a dónde vamos?” “Vamos a mi casa para dejar tus maletas grandes. Sólo vas a necesitar una bolsita para nuestro viaje y luego nos vamos a la playa y después al desierto”. Cuando Alejandra vio la casa no podía respirar. Nunca en su vida había visto una casa tan grande como esa. La casa era mo- dernísima, parecía como si fuera de una revista de Ikea. Delante de la casa había una terraza de madera y una gran piscina. Había un cuarto abierto al lado de la piscina, las paredes eran de vidrio y en el interior había dos sofás y una mesa. El cuarto era el camino hacia el resto de la casa. El interior de la casa era más bonito de lo que había podido imaginar. Las paredes esta- ban hechas de piedra y eran tres veces de su altura. Al otro lado de la pared había una ventana desde donde se podía ver una vista de la playa enfrente de la piscina. Había luces que, ilumi- nando el salón, lo hacían más cómodo. Alejandra se sentó en uno de los varios sofás y trató de averiguar dónde estaba y qué pasaba. Miraba alrededor, se dio cuenta de que había juguetes de niños, pero no dijo nada. Jack le preguntó nerviosamente, “¿hay algo que quieras? Dime si necesitas algo”. Alejandra quedó anonadada, no podía decir nada. “¿Vives solo?”, dijo por fin Alejandra. No entendía cómo se podía vivir de forma tan elegante como él. Era tan joven, sólo tenía algunos años más que ella. Se sentía fuera de lugar. “Sí, claro que sí. ¿Por qué preguntas eso?”, dijo rápidamente. “Vamos, Alejandra, tenemos prisa. Ya he dejado las maletas arriba. Vámonos”. Con eso dicho, se fueron a la playa en el coche. Si Alejandra no hubiera estado tan cansada del viaje, a lo mejor habría pen- sado que era raro que tuvieran prisa, que no se fueran a quedar en la casa, que no sabía dónde iba a vivir y, además, que había 138 juegos de niños en la casa de Jack. Pero Alejandra estaba abs- traída porque le gustaba Jack y también porque la playa era ma- ravillosa, muy distinta a las playas de España. “¿Te gusta la playa?”, preguntó Jack de repente. “Sí, me gusta mucho. Quiero quedarme aquí contigo para siempre”. En respuesta Jack sólo sonrío. Se quedaron en un hotel de la playa, lejos de la casa de Jack. Lo pasaban muy bien. Pasaban los días por la playa, caminaron por la orilla con la arena entre los dedos de los pies. Alejandra sentía que le gustaba Jack más y más cada día y esperaba que Jack sintiera lo mismo. Jack pa- recía un poco abstraído, como si estuviera en otro sitio. Después de tres días en la playa, Jack dijo que deberían ir al desierto. Alejandra dijo con miedo, “¿el desierto es un poco pe- ligroso, no? Podríamos perdernos”. “No, iba al desierto cuando era niño con mi padre. Conozco las rutas, no vamos a perdernos”, dijo Jack con autoridad. Final- mente convenció a Alejandra de ir al desierto. El próximo día se fueron al desierto en un Jeep. El plan era ir conduciendo hasta allí. Quería enseñarle el paisaje y luego re- gresar en coche para comer en el restaurante favorito de Jack. Se levantaron a las seis de la mañana para que no hiciera tanto calor, comieron un desayuno pequeño y luego subieron en el coche y se fueron. Cuando estuvieron en el camino sonreían y cantaban canciones horribles de América. Sus personalidades eran muy parecidas, así que se caían muy bien. Y no hay que ol- vidar que el paisaje era increíble. Nunca en la vida de Alejandra había visto un lugar tan distinto. Había hierba seca durante ki- lómetros, arbustos pequeños en la tierra roja, y sus alrededores estaban rodeados de suaves colinas. No había palabras para ex- plicar este paisaje; ¡era tan distinto!, casi un planeta diferente. Alejandra estaba muy impresionada con el ambiente. Condu- jeron unas cinco horas, cuando se cansaron y quisieron volver para comer. Antes de irse, Jack dijo, “quiero enseñarte una cosita más”. Con eso dicho, empezó a conducir como un loco. Con- 139
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    dujo en círculostan rápido como podía. Alejandra gritaba y reía hasta el punto dejó de dar círculos, y empezó a dar vueltas de campana. Los dos gritaban, pensaron que serían los últimos momentosdesuvida.Elcocheparódevoltear,ylosdossequedaron estupefactos.Derepente,almismotiempo,sedieroncuentadeque tenían que bajar del coche. Bajaron corriendo lejos del coche, y cuando estaban a treinta metros del coche explotó. Alejandra empezó a llorar del susto, “¿pero, qué ha pasado?” “No sé. A lo mejor el motor se había sobrecalentado”. Los dos se quedaron sentados en el desierto, asustados y sin coche. El coche ardió llenando de humo el aire. Alejandra no tenía ninguna idea de dónde estaba, y Jack tampoco. Jack había conducido fuera de la ruta que conocía y ahora estaban muy lejos de la carretera principal. No tenían nada. No tenían agua, ni comida, ni un móvil, ni un mapa, ni una tienda de campaña, ni un cambio de ropa, ni nada. Y lo peor era que nadie sabía que habían ido al desierto. Los amantes estaban abandonados y perdidos. Las amigas de Alejandra le habían dicho que algo malo iba a pasar, y Alejandra se había sentido intranquila antes de ir al des- ierto. Sentía que algo malo podría pasar. Sentía que podrían pe- derse en el desierto y ahora su pesadilla se había cumplido. Alejandra, la joven española, estaba en el desierto de un país extranjero con un hombre que apenas conocía. No podía hacer nada sino llorar. Jack, por otro lado, estaba haciendo todo lo que podía. Supo que podrían vivir sin agua durante dos o tres días, y podrían vivir sin comida casi una semana. Si pudieran encontrar agua podrían vivir más tiempo. Supo que necesitaban encontrar refugio del sol, y un lugar donde poder dormir sin morir del frío que hacía durante la noche. También necesitarían encontrar la carretera. Si encontraban la carretera, podrían ca- minar hacia el pueblo, y habría gente en la carretera que podría ayudarles. Jack pensaba en todas estas cosas, mientras Alejandra lloraba. Jack también tenía ganas de llorar, pero supo que si llo- raba no lograrían nada. 140 “Venga, Alejandra, tenemos que irnos. Si no vamos a morir”, dijo Jack, esperando que Alejandra no notara el miedo en su voz. Alejandra se levantó y empezaron a caminar a través el des- ierto. Caminaban en dirección a las colinas, donde Jack suponía que habría cuevas. Las colinas parecían cerca, pero el calor y la distorsión del aire por el calor le engañaban. El desierto era más grande de lo qué pensaba. Caminaron durante horas y horas. La falta de agua y la pre- sión del calor lo ponían cada paso más difícil. La boca de Ale- jandra se sentía más seca que nunca en su vida, pero no se quejaba. No se quejaba, porque no podía, por no tenía energía. Por fin llegaron a una cueva. Era el anochecer y en cinco mi- nutos se quedaron dormidos abrazándose. La noche fue heladora, no se podían imaginar el frío que hacía. Los dos se despertaron al amanecer, la luz les llegaba a sus caras cegándoles los ojos. Se levantaron con la sequedad to- davía en sus bocas. Alejandra miraba las plantas de los pies, cogió una hoja y chupó el rocío. “¿Qué haces?”, preguntó Jack. “No sé, es que tengo muchísima sed. Siento que voy a morir”, murmuró Alejandra. “No digas eso. No vas a morir, te lo juro. Vamos a sobrevivir. Y para la sed…, pues tengo una idea. Pero no te va a gustar”. “Dímela. La haré”. “Una vez leí que si se sufre de sed, se puede beber su propia orina”. Alejandra pareció que iba a vomitar pero con la ayuda de una botella que habían encontrado lo hicieron. Decidieron que ese día tenían que caminar al lado de las montañas hasta que en- contraran la carretera. Allí podrían encontrar a alguien que po- dría ayudarles. Anduvieron todo el día. Con cada momento que pasaba se sentían más y más débiles. Todo parecía muerto en el desierto y con este pensamiento sus esperanzas de sobrevivir bajaban. 141
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    Nunca se habíansentido tan cansados. Les dolían todas las par- tes de su cuerpo, de los pies a la cabeza. Los efectos de la deshi- dratación habían empezado y los dos habían empezado a ver cosas que no existían. Jack alucinaba que había tiendas de he- lado en todos los lugares y Alejandra alucinaba que había pis- cinas. Sin embargo no había tiendas de helados, ni piscinas, ni una carretera. Sentían que no podían más, así que se sentaron debajo de la sombra de un árbol y se durmieron. Cuando se despertaron era de noche. Por fin no tenían tanto calor y se sentían un poco mejor después de descansar. Pensa- ban que sería una buena idea andar por la noche, cuando no hacía tanto calor. El desierto parecía muy diferente durante la noche. No sólo porque era menos caliente, sino porque había animales. No habían pensado en los animales del desierto hasta el momento en que Alejandra vio un coyote. Vieron los ojos del coyote en la oscuridad y todo el desierto parecía más espe- luznante. “¿Crees que va a atacarnos?”, dijo Alejandra con miedo. “No, pues espero que no”, dijo Jack vacilante. Continuaron viendo más y más coyotes, pero los coyotes no hacían nada. Sólo estaban allí para asustarles. Caminaron hasta al amanecer, cuando decidieron tratar de dormir. Encontraron una cueva, entraron y se durmieron. Aunque, no podían. Hacía tanto calor dentro la cueva que no podían dormir. Se levanta- ron, sin energía y casi sin esperanza. Trataron de caminar más, no habían comido o bebido en casi dos días, y habían caminado por casi vente horas con pocas horas de dormir. Lo único que todavía les permitía levantar sus pies era la esperanza de vivir, y poca esperanza quedaba. De repente, Alejandra se desmayó, se cayó al suelo en la arena y Jack gritó. Todo pasó muy rápido. Jack se sentó a su lado y dijo, “¿Alejandra, estás bien? ¡Dime algo!” Alejandra le miró a los ojos y dijo, “te quiero”, y Jack se quedó en silencio mientras Alejandra cerró los ojos. Se quedó dormida en el desierto a lado de Jack. 142 Alejandra se despertó en una cama en un hospital, no podía recordar nada de lo que había pasado. Miraba alrededor del cuarto, no estaba Jack ni nadie. Pensaba que Jack había muerto y no había palabras para expresar cómo se sentía. Alejandra llamó, “¡enfermera!”. Una enfermera fue al cuarto y Alejandra empezó a preguntarle qué había pasado. La enfermera le in- formó que había venido al hospital con dos hombres. Un hom- bre había encontrado Alejandra y Jack en el desierto y les había llevado al hospital. Ahora Alejandra podía recordar hasta el punto que ella había dicho, “te quiero” a Jack. Sin embargo no podía recordar si había respondido. “¿Puedo ver a Jack?”. Quería hablar con él de qué había pa- sado y de su futuro. “Sí, está en la 209, pero tiene visitantes,” dijo la enfermera. Alejandra se fue del cuarto y caminó hacia la habitación 209. Mientras caminaba, se preguntó quienes podrían ser sus visi- tantes. Abrió la puerta del cuarto y entró sin hacer ruido. Oyó una voz de una mujer, estaba diciendo, “es que no lo entiendo. Pensaba que estabas en Nueva Zelandia para una cita de trabajo, pero estabas en el desierto con otra mujer”. “Nena, no te preocupes. Ya sabes que te lo explicaré. Te quiero solo a ti y a nadie más”. Alejandra no podía creer lo que estaba oyendo. Se había en- amorado de un hombre que estaba casado con otra mujer. Es- taba de pie contra la pared, separada del hombre que amaba por una cortina. Se sentía muy tonta, no sabía que podría hacer. Mientras estaba de pie, jadeante, una niña de unos dos años apareció por detrás la cortina. Hicieron contacto visual y em- pezó a llorar, y se fue del cuarto. Se fue del hospital. Se fue de Australia. Se fue de la vida de Jack para siempre. 143