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CUENTOS DE VERANO
ITALIA NARDOCCI FIGUEROA
SANTIAGO, 2000
Prólogo
Casi la mayoría de estos cuentos nacen en pleno verano entre un
jolgorio de flores y pájaros que vuelan rozando el siglo pasado
hasta desaparecer en la lejanía. Múltiples lágrimas ayudaron a
rebalsar el estanque que riega toda una vida, empapando cientos
de hojas recicladas por ahí. Después de andar a oscuras y ensayar
con la palabra poética, atisbo a mi destino relampagueante en el
cielo con tormentas boreales sin precedentes en la historia del
mundo, las que provocan una aurora narrativa que anheló renacer
precisamente, cuando ya no existe un mañana. Aunque anhelar mi
felicidad, a pesar de todo, continúa siendo la obligación más
urgente del momento, es necesario desoír al viento que se lleva,
día tras día, las semillas que germinaron los sueños.
¿Es posible que sólo en el papel se hilvanen mejor las horas y los
pensamientos inútiles de la vida cotidiana?
El único lugar que existe capaz de derribar los muros sin
ventilación donde rebotan en vano, dispersándolos en la memoria
colectiva sin proporcionarles ni la más remota posibilidad de
retorno.
LAS TORRES GEMELAS
El segundo martes de septiembre, María de los Ángeles, se levantó más temprano
que de costumbre para ir a su oficina igual que semana tras semana, entre alegrías y penas,
desde su juventud casi nunca se toma un descanso. Sus días transcurren entre el apego a su
trabajo, con almuerzos o comidas de la oficina y de vez en cuando algunas salidas con un
grupo reducido de selectos amigos que conoce desde que comenzó a residir en Nueva York
cinco años atrás. De origen latino, 35 años, soltera, buena moza (como dicen en Chile) y sin
sobresaltos económicos gracias a su habilidad para los negocios, se dedica tiempo completo
a la venta de seguros en la oficina S.K. con varias sucursales y capitales en otras ciudades
del mundo, como la ubicada en la torre uno, World Trade Center, hacia donde ahora se
dirige vestida con un elegante traje de dos piezas azul y una fina blusa blanca que acentúa
más el color mate de su rostro, enmarcado gracias a un abundante cabello negro y rizado. A
las siete y diez minutos en punto de la mañana salió de su lujoso departamento llevando un
maletín de cuero negro lleno de documentos. Mientras camina en dirección a la estación del
metro, hizo y recibió variadas llamadas de su celular, para recordarle las flores, galletas y
otros detalles a su secretaria, encargada de preparar una reunión programada a las nueve de
la mañana y la que tenía que resultar perfecta, pues se trata de altos ejecutivos de una
empresa constructora japonesa muy importante. En su ánimo tranquilo como en sus ojos
serenos, nada hacía presagiar los tristes acontecimientos que viviría unas pocas horas más
tarde. En el metro la mayoría de la gente permanecía silenciosa, demostrando con la mirada
un aire de indiferencia y preocupación, como si todos hubiesen pasado la noche en vela.
Además, nadie se mira entre sí por miedo a revelar el secreto más íntimo escondido en la
profundidad de sus conciencias. M. A., encontró a duras penas un asiento al lado de una
ventanilla y en seguida se hundió en sus pensamientos. En la noche anterior, su madre
viuda como también Carola, su única hermana, le habían confirmado al fin su visita
El
largamente esperada y postergada por diferentes razones, entre ellas la enfermedad
incurable de esta última quien reside y trabaja en Boston hasta que su madre decidió
hacerse cargo de sus cuidados y de la compañía tan necesaria en esos difíciles momentos.
Antes pasarían algunos días en Los Ángeles, ciudad donde su hermana había sido invitada
insistentemente por una ex compañera de colegio. Desde que tenía memoria ayudó a ambas
con algún dinero para sus gastos e incluso con los pasajes para viajar de vacaciones, por lo
demás siempre abrigó las esperanzas de que alguna vez se instalaran definitivamente a vivir
todas juntas o al menos en la misma ciudad. Sólo era cosa de tiempo. Una vez fuera del
metro, M. de los Ángeles, volvió a sus preocupaciones habituales e inmediatamente sus
pasos se confundieron con el tráfago inmenso de la ciudad algo fría y otoñal.
A las ocho y diez en punto, como todos los días entró a la torre resplandeciente y
saludando algunas personas conocidas se perdió de inmediato en uno de los múltiples
ascensores repletos de gente. Todo era pulcritud y orden, especialmente en su oficina y
comenzando por su secretaria, quien bien maquillada y vestida para la ocasión la saludó
amablemente. Comenzaron de inmediato los últimos preparativos de la reunión, y mientras
los minutos transcurrían entre un torrente de papeles, el sol de pronto hizo notar su débil
aparición. Entonces M.A, sumida silenciosamente en su trabajo escuchó el aún lejano
motor de un avión que la trajo a la realidad, y aunque faltaban algunos minutos para las
nueve, ya el timbre anuncia con insistencia la llegada de alguna persona justo en el
momento preciso cuando el ruido del avión antes lejano se va acrecentando, entonces llama
a su secretaria mientras, asomándose a la ventana mira con sorpresa un avión Airlines
aproximándose como una flecha entre los rascacielos, a muy baja altura y en dirección
directa al edificio, casi encima de ella, entonces horrorizada presenció una gran llamarada
producto de la colisión y un gran estruendo que sobrevino enseguida.
De allí en adelante todo fue caos mientras la gente corre despavorida en busca de
salvación, dejando zapatos y cosas regadas por el suelo en medio de una atroz confusión y
sonajera de vidrios mientras un olor profundo a combustible continúa acrecentándose. M.A,
como una trastornada corre y comienza a descender como puede las escaleras presurizadas
de emergencia, mientras una forma de bruma ya casi no deja ver claramente los rostros. De
pronto, la voz amada de “alguien” que la tomó cariñosamente de una mano le recuerda a su
querida madre cuando se acerca hacia una salida donde llegó sin explicarse cómo. Una vez
abajo continuó corriendo para salir de ese infierno hasta llegar a la calle donde otros
afortunados como ella corrían aterrorizados sin mirar atrás hasta perderse, empolvados
como estatuas de sal desde la cabeza hasta los pies y justo en el mismo instante cuando se
escuchó un segundo impacto de avión en la otra torre gemela.
Muchas horas más tarde, una vez en su departamento M.A, se enteró por las noticias
de la televisión que se trató de un ataque terrorista que secuestró aviones comerciales, y en
uno de ellos que procedía de Boston, confirmó con estupor que viajaban su madre y
hermana...
EN UN PAÍS LEJANO
Una luz otoñal entró en sus pupilas con algunos rodeos, ascendiendo desde el alba
hasta las mentas y tulipanes del jardín brillante con el rocío de agosto. Nancy G, despertó
con el aroma a pan tostado y el sonido de las tazas del desayuno que la obligan a salir de
aquel ensueño que no permite a nadie aterrizar en sus dos pies antes de beber un café
caliente. A las ocho de la mañana del domingo, con tres grados de temperatura más el peso
de una camiseta de yeso que le colocaron hace más de quince días en un centro
traumatológico de urgencia, fueron motivos suficientes para sentirse asfixiada y además
muy deprimida. Nadie se esperaba el fuerte porrazo que se dio a las cuatro de la tarde de un
día sábado, justo y cuando un bocinazo le anunció la ruidosa llegada de su hermana Silvia.
En ese momento salió corriendo escalera abajo mientras comienza a descender con cartera,
diarios, chaqueta y un plato de postre en las manos que voló haciéndose añicos en miles de
partes las que volaron por el aire, solo porque se desconcentró por un segundo casi fatal
antes de rodar cuesta abajo como un saco de papas desde el quinto escalón, armando un
estrépito tremendo que sacó a todo el mundo del siempre relajado descanso sabatino. Allí
mismo, entre la escala y una puerta quedó inmóvil, como un pájaro con las alas rotas y
abiertas, boca abajo y sin decir ni pío, sólo un débil quejido reveló que al menos aún
permanecía con vida. Carolita, su nieta querida, la primera en llegar gritó: ¡abuelita,
abuelita!, produciéndole a Nancy cierta hilaridad la niña con su carita manchada con
chocolate, a pesar de que un dolor aún indefinido iba aumentando cada segundo en
intensidad hasta que pareció faltarle el aire para respirar. De a poco comenzaron a llegar
todos a contemplar la penosa escena, la noble y bondadosa Berta quien con más de veinte
años en la casa, muy alarmada gritaba a toda voz: ¡se mató la señora! ¡se murió...! Claudio,
el menor de sus hijos, también salió disparado del baño donde en ese momento se secaba el
pelo después de un partido de fútbol, y lanzando ropa y toallas lejos llegó a su lado tratando
de levantarla, mas los quejidos y señas de dolor de su madre se lo impidieron. Enseguida
Jaime, su sobrino, el hijo de Silvia, justo cuando entra a la casa vuelve a salir corriendo
gritando fuerte a su madre y hermana menor para que lo escuchen:_ ¡Entren a ver lo que
pasó con mi tía!
-Yaahh... Déjense de bromas. Díganle que se apure mejor, contestó Silvia mi
hermana, desde la puerta de calle. A pesar del bullicio que había subido un poco de tono:
¡qué párala, qué no, traigan un chal, mejor un almohadón, que se pegó en la cabeza, llamen
una ambulancia, denla vuelta...!
- ¡BASTA, YA ESTÁ BUENO! Son tontos o se hacen, debemos actuar
razonablemente, dijo Silvia apenas entró arrodillándose a su lado para observarla bien y
preguntarle:
- ¿Te pegaste en la cabeza?
- Sí un poco, contesta Nancy, pero lo peor es aquí en el brazo continuó indicando con
muchas dificultades el hombro izquierdo. Me duele mucho, así que ni siquiera me toquen...
¡Ay! ¡Ay! Entre varios, apenas consiguieron ponerla de pie, ya que aparte del dolor Nancy
se sentía un poco mareada, pero igual comenzó a caminar con ayuda y ante los ojos atónitos
de todos, los que además la miran como si se tratara de un milagro que aún permanezca
viva. Con mucha dificultad y paciencia la llevaron hasta el auto de Silvia, donde antes de
subirla, un grupo de personas que caminaba por la vereda del frente la miró con lástima. El
viaje hasta el centro asistencial de urgencia se le hizo insoportable. A pesar de la hora, tres
de la tarde y día sábado, en las calles circula una gran cantidad de vehículos con gente que
había salido en busca de aire libre, un poco de sol o tal vez, de un mall donde perder en la
mejor forma posible las horas de la tarde. Al revés de Nancy, que nunca conseguirá olvidar
el dolor tremendo que sintió minutos más tarde, cuando entre dos traumatólogos le
movieron el brazo inerte igual al de un muñeco de trapo, de atrás para adelante entre fuertes
y sentidos ¡ay ay ay!
Quince días después de operada, puesto que el yeso nunca corrigió la lesión del
hombro, aún continúa postrada bajo el peso asfixiante del dolor que punza como el sin
sentido de una respuesta que nunca llega, salvo el tíu, tíu tí de un zorzal que canta en el
jardín, demostrando que las horas avanzan como una película en blanco y negro, a pesar del
ritmo vertiginoso de la luz que pasa dejándola aislada en ese negativo desquiciado en que
se transforma muchas veces la realidad cotidiana, paralizando toda posibilidad de expresar
lo que siente como ella quisiera. Un lenguaje desconocido que resulta casi imposible a la
hora de transcribirlo en el papel y que viene junto con las remembranzas, dejándola sin
ánimos para mover el lápiz siempre indiscreto que escarba en la memoria hasta el extremo
de hallar en “el tiempo perdido” un camino de escape. Aún descansa la ciudad esta mañana,
un domingo de octubre, y seguramente que están más hermosos que nunca los tulipanes
morados que plantó Alejandro en una jardinera, aquellos que resultan tan placenteros a la
vista, ahora que está tan cansadora y aburrida la televisión en estos días de encierro. La
primavera fluye en ramilletes y agota la gama de colores de la paleta, sólo hay que dejarse
empapar sin tratar de resolver el crucigrama enredado de luz y su consiguiente avalancha de
renuevos zanjando toda posibilidad de perder las esperanzas y las que llenan las múltiples
charcas donde rebuscar nuevamente las ganas de vivir exactamente igual como hacen las
aves alegres saliendo de sus nidos anunciando tiempos mejores. Sin embargo, a veces la
realidad que vemos y palpamos no es la única que existe, pues en la otra cara del planeta,
en un país muy pobre y lejano llamado Afganistán, miles de niños, mujeres y ancianos
huyen de sus casas buscando un refugio, mientras esperan la llegada del invierno bajo un
cielo brillante de cohetes y bombas de racimo, piensa Nancy justo en ese momento en que
las nubes arreboladas y tornasoles de octubre humedecen un poco sus pupilas enrojecidas,
al pasar frente a su ventana.
LA MEMORIA
Delia lanzó lejos sus zapatos y con dificultad se coloca unas chalas de plástico
negras antes de bajar corriendo a abrir la puerta cuando escucha sonar el timbre.
-Soy Omar Silva, el técnico, dijo un hombre de baja estatura que parece agrandarse
una vez que está en el segundo piso mientras éste le explica a Delia con muy pocas palabras
que ese antiguo modelo de programa computacional no servía para nada, y por eso mismo
él como técnico se siente en la obligación de barrer con toda la información contenida.
-Mire señora, este programa ya no se utiliza, además lo único que vale la pena es la
pantalla, entonces mejor hay que “barrerlo” por completo, entregándole más memoria.
-Usted haga lo necesario, no entiendo mucho porque yo sólo escribo y tengo
algunas cosas archivadas como algunos y poemas, dijo Delia resignadamente, recordando a
sus hijos que siempre le repetían lo mismo, pero ella se encontraba tan cómoda y encantada
con ese sistema Word, programa que le ayuda un poco a ejercitar su memoria, a la que a su
parecer en estos tiempos se le da muy poca importancia. Hoy por hoy, no es importante
aprenderse ni las tablas le repiten los jóvenes hasta el cansancio, pero esas ideas no le
pueden entrar en su pobre y anticuada cabeza.
_Deje todo guardado en “diskettes”, dijo el técnico con voz grave y mirándola con
extrañeza, volveré el próximo lunes. El trabajo completo vale ciento cincuenta mil pesos,
además su hijo necesita Autocad ¿No es eso?
_ Siiii Claro...
_ Son cincuenta más, entonces.
Al día siguiente, una de sus hijas pasó a comprar los discos y ella misma en la tarde
grabó las cosas con una rapidez increíble, pero antes advirtiéndole a Delia que no se
preocupara por ese motivo, porque después volvería a pasarlo de nuevo en Windows y
entonces todo quedaría igual que antes.
_Quizás, alguna vez vuelva a encontrarme con esos trabajos de tantos años, y no
ocurra igual que las miles de hojas llevadas por la brisa, pensó con tristeza Delia. Y las
dudas siempre lacerantes, fueron siendo desechadas una por una, anhelando aquellos
progresos que deseaba alcanzar algún día como escritora mediocre y desconocida, tal como
ella misma se consideraba sin ninguna pretensión de su parte. Entonces, todo lo que
escribía fue quedando quietamente en esa memoria algo frágil al parecer, esperando a ser
rescatado por alguna mano bienhechora. Pero, tanto por lo perezosa como por su desgano al
corregir, los textos que se borraron sin dejar huellas pasaron a ser más de la cuenta. Por
supuesto, muchos más de los que ella misma hubiera deseado en realidad.
El lunes a las diez de la mañana en punto, Omar S., inició su trabajo y un día
después le dijo a Delia con seriedad:
_ Es imposible instalar la impresora con W´95, intentaré de nuevo en mi casa donde
tengo las mejores condiciones para hacerlo, dijo el hombrecillo.
Aunque a Delia no le hizo mucha gracia la idea, dejó que éste se llevara a duras
penas el aparato a su casa. Al otro día, llegó el hombre temprano y muy seriamente le dijo:
_ Está un poco complicado el tema, me voy a demorar un poco y no le garantizo que
quede muy bien, tengo que llevármelo otra vez a la casa.
_ Lo he pensado mejor y preferiría dejarlo tal y como está, especialmente por las
dificultades en que el trabajo se realice como habíamos convenido, dijo Delia tímidamente.
Algunas personas han tenido problemas con ese programa.
_ Usted sabrá lo que hace dijo el hombre muy enojado, casi furioso, pero desde este
mismo instante le advierto que todos ustedes quedarán en mis manos y mientras tecleaba
con mucha seguridad por unos breves minutos, sin añadir más, él mismo apagó el aparato y
levantándose del asiento agregó tajante:
_ Dejémoslo “sólo” en treinta mil.
Delia salió disparada a buscar el dinero al segundo piso, mientras sus mejillas ardían
con la convicción absoluta de que todo no era más que una simple y vulgar estafa, entonces
volvió entregándole la plata justa, ya que no podía hacer nada al respecto. Especialmente en
ese momento que se encontraba sola en la casa. Francisco, le avisó que llegaría tarde y las
niñas estaban en casa de su abuela, y ya no tenía el menor deseo de discutir en ese
momento pensó, mientras abría la puerta con sus manos tiritonas de rabia e impotencia.
Además, tenía unos deseos casi incontrolables de llorar.
_ Desde hoy dependerán exclusivamente de mí, repitió el hombre con tono
amenazante, saliendo sin despedirse y dando un fuerte portazo.
Durante todo el resto del día Delia se sintió pésimo, se tomó un Alprazolam, comió
cinco duraznos y varios vasos de bebida, a pesar de su régimen para adelgazar,
martirizándose con la idea fija del computador, porque estaba segura que nunca más
serviría para nada porque quizás qué le había hecho ese hombre a juzgar por sus amenazas.
_ No me digas nada, no sé en qué hora lo llamé, pero me lo recomendaron tanto.
Siempre aparecía apurado y cada vez que realizaba las grabaciones sacaba de su maletín un
libro de ciencias ocultas, se quejaba días después Delia con su buena amiga Marcia. Por eso
quedó tan mal hecha la instalación, dejó el W´98 encima del 95, entonces quedó la
embarrada porque además, es el único que conoce el código más bien, la clave para arreglar
todo ese lío espantoso. A mí no más me suceden estas cosas, continuaba Delia sin parar, la
gente me agrede, me estafa y más encima todos me insultan, maestros, gásfiter, incluso en
la feria el otro día, sin darme cuenta, inocentemente ocupé el estacionamiento de un tipo
que me sacó a la familia entera, a pesar de que andaba en un autazo y además muy bien
arreglado.
_ Hay que tener más cuidado, hoy día hay tantos esquizofrénicos, limítrofes y
drogados sueltos por ahí, contestó Marcia, cambiando de raíz el tema. ¿Cómo van tus
libros?
_ Así no más, está muy mala la venta, en los carros de Ñuñoa no se ha vendido ni
uno solo, me los devolvieron sucios y amarillentos. Igual que los demás, los cientos que
continúan empaquetados bajo la caja escala, me cansé de tanto moverlos de aquí para allá
haciendo aseo, entonces ahora dejé un paquete para enaltar un poco el televisor de mi
dormitorio, así me recuerdo que tengo que hacer algo al respecto y no se apolillen
guardados en un closet. Voy a continuar regalándolos por ahí, a la gente que le agrada la
poesía...
_ Mañana sábado hay una exposición de pinturas que me interesa ver, te paso a
buscar después del trabajo, siempre que quieras ir, dijo despidiéndose Marcia. Te hace falta
salir ya que pasas encerrada bajo las cuatro paredes. Nadie te va a mover la casa de su
lugar… Al día siguiente, sentadas en un café, Marcia dijo:
_ Qué bueno está el café con amareto, tómate otro, yo invito. Está tan agradable la
tarde.
_ Sí, por lo mismo espero dormir bien esta noche, con uno es suficiente, gracias.
Después ando como loro en el alambre, muy distraída, con tantas cosas que me han pasado
últimamente contestó Delia.
_ ¿A ti no más? Fíjate que hoy en la mañana me detuve un segundo a comprarle el
diario a mi papá en un kiosco de la esquina y el auto de atrás comenzó con bocinazos
desaforados y no contento con esto me embistió muy fuerte y enseguida me persiguió como
loco por las calles alcanzándome en un semáforo, entonces, una vez que estuvo bien cerca
me lanzó un escupitajo en plena cara a través de la ventanilla, dijo Marcia roja de solo
recordar la molestia.
_ ¡Qué asco, no te puedo creer! Mejor hablemos de la exposición, agregó Delia.
Qué te pareció el hermoso cuadro de la memoria, de Magrite. No sé porqué me recordó
tanto a mi madre quien últimamente se olvida de todo, hasta de lo que come. Es tan triste.
Por eso, me imagino aquella hoja a punto de ser llevada por el viento en cualquier
momento, y la sangre. ¿Por qué razón la sangre?
_ Porque si recuerdas bien, la memoria durante todos los tiempos siempre ha sido
sangrienta, dijo Marcia, pensativa mientras enciende un cigarrillo y sorbe lentamente su
café.
EL PROVEEDOR DE ALFOMBRAS
Cada vez resulta más difícil abrir los ojos piensa María Cristina, mientras un tapiz
nácar baña el aire de los sentimientos algo resecos por la indiferencia más absoluta del
amanecer. Ahora que despierta al lado de Jamiat, prefiere permanecer impasible ante la
deshilachada línea divisoria entre el pasado y el presente…
Tengo tantos deseos de seguir durmiendo pero, ya es hora de levantarse pensó
María Cristina S., durante la madrugada del viernes veinticuatro de agosto justo media hora
antes de que el sonido del teléfono le avisa que un transfer la espera en la puerta para ir al
aeropuerto. Sin demora, diez minutos después salió casi corriendo, no sin antes besar a un
hombre alto y de tez bien morena que la acompaña hasta la salida, haciéndole prometer
desde el umbral que lo llamará por teléfono una vez que llegue a su destino. Más bien, él
parece una sombra invisible que se integra difícilmente en aquel paisaje engañoso del ayer
haciendo lo imposible por revivir los recuerdos que la mantienen viva, gracias a que nunca
más quisiera abrir los ojos, a pesar de que el amanecer ya se va en retirada marginándola a
su más completa soledad. En la calle una fina llovizna humedece tanto el pavimento como
hasta el último rincón de su tristeza. Ahora que realizaría este tercer viaje, una vez más por
razones de trabajo en una importante casa comercial de la capital, en la cual se encarga
además de otras cosas, de elegir y comprar alfombras en el Medio Oriente, en este caso
Irán. A pesar de su juventud, 28 años y muy bien considerada en la empresa gracias a sus
estudios de economía e idiomas en una prestigiosa universidad de Santiago de Chile, realiza
desde un principio su trabajo en forma responsable y eficiente. Después de una escala de
ocho horas de duración en Frankfurt, el avión continuó su vuelo y el lunes antes del
aterrizaje en el aeropuerto de Teherán, todas las mujeres a bordo recibieron órdenes
estrictas de taparse completamente la cabeza con un paño o cualquier otra cosa que
encontraran a su mano. M. Cristina, sin extrañarse buscó con urgencia un pañuelo en su
cartera, empeñándose en el afán de envolver completamente su cabeza y hermoso pelo
oscuro, dejando sólo sus ojos almendrados y su rostro de facciones perfectas al descubierto.
Además había cuidado con esmero su vestimenta, falda oscura larga y un chaquetón amplio
de lana para ocultar piernas y brazos. Afuera del avión, dispuesta una vez más a no hacerse
preguntas del por qué de aquellas costumbres ancestrales, se desplazó silenciosa y sumisa
suponiéndose una mujer como las demás que caminaban cabizbajas mirando fijamente el
suelo. Un aire frío y otoñal le congeló las mejillas cuando salió de la puerta del sencillo
aeropuerto y como siempre antes de llegar sintió una mezcla indefinida de temor y emoción
en su corazón. Sin embargo, esta aflicción se transformaba a veces en una aventura
grandiosa antes de abordar el avión, porque rescataba desde el fondo de sus fuerzas todos
aquellos íntimos deseos de vencer a la derrota siempre tan presente en todas las acciones
que se emprenden en la vida. Pero, como era muy tenaz nunca se desanimaba fácilmente.
Ni siquiera ahora, que no la esperaba ni su jefe y su pelo no le cosquilleaba en la frente
como de costumbre, primando sus deseos de solidarizar, por decirlo así, con tantas mujeres
vestidas de negro circulando su tragedia por las calles.
-Andan vestidas así desde la guerra con Irak, poblando la atmósfera de tristeza
llevan su duelo por hijos o esposos, le explicó alguien ante su mirada perpleja.
Menos mal que en ese momento divisa a su jefe acercándose sonriente y amable a
recibirle sus bolsos. Ya son más de las ocho de la mañana y se acomoda algo más aliviada
en el asiento del taxi junto a él, mientras el tránsito de los automóviles más le parecen
sirenas rememorando la muerte en los bellos y enigmáticos ojos de las mujeres de ese país.
La Visa con una permanencia de dos semanas, igual que las veces anteriores, la obtuvo
gracias a una carta de buena presentación y excelentes antecedentes tanto laborales como
comerciales. Quien ahora la acompañaba, el jefe, sería el encargado de llevarla hasta Quinn
Hotel y después de presentarle a su proveedor de alfombras, se transformaría en su
acompañante durante toda ocasión, ante la imposibilidad de salir sola por ningún motivo a
la calle. Por lo insoportable y bullicioso del tránsito, un chorro de recuerdos de agua fresca
empapó hasta las nubes donde se encontró de pronto, mientras sería imposible que alguien
más fuera de ella en el mundo experimentara una sensación tan plena de libertad como
aquella cuando miró por primera vez aquella montaña semejante a la chilena, las cual le
ratifica su imagen de lejanía pues, ya a esas alturas no existe ningún límite para revivir la
curva donde se vierten, uno por uno, los anhelos de alcanzar la dicha inmensa que
experimenta desde que conoció a Jamiat K, un iraní multimillonario proveedor de
alfombras, exactamente dos años atrás cuando realizó su primer viaje de negocios a esta
ciudad. Entonces, él mirándola profundamente con sus ojos oscurísimos, le había
preguntado en perfecto inglés:
_ Hay alguna que a usted le agrade más, señorita.
M. Cristina, nunca había experimentado una sensación más indescifrable que la de
entonces, mientras su corazón saltó como un trompo sin hallar tan fácilmente la salida del
laberinto. Entonces, tratando de devolver una respuesta coherente de manera que ojalá él no
advirtiera su turbación, dijo también en inglés:
_ Son todas tan hermosas, es muy difícil hacer una elección inmediatamente.
Después enterró sus ojos en los ajedrezados y multicolores tejidos.
_No se apresure, tómese su tiempo. Además, hay catálogos suficientes y lugares de
exhibición muy cercanos adonde podríamos ir, siempre que usted así lo desee, continuó
Jamiat, sin dejar de mirarla con muy poca disimulada admiración, mientras ella se había
inclinado para hundir una de sus manos en aquella amalgama infinita de alfombras
apiñadas una sobre otras y escudriñando el crucigrama en reposo que estaba muy segura
nunca sabría dilucidar. Igual que esos ojos inescrutables que aún no dejaban de mirarla con
insistencia.
Después de negociar una cantidad importante de dólares y riales en alfombras, algo
más fácil de lo que ella misma pensó y a pesar, de negarse varias veces a las invitaciones de
Jamiat, finalmente accedió a salir a comer con él en un elegante restaurante de la ciudad.
Allí, M. Cristina comprobó los finos y exquisitos modales que éste poseía, puesto que había
sido educado en selectos colegios y universidades para hijos de millonarios petroleros del
Medio Oriente e igual que ella hablaba varios idiomas, más que suficientes cualidades para
cautivarla. Fueron dos semanas en que M. Cristina no sólo se enamoró de lugares
maravillosos, como una mezquita, sino también del hombre con que muchas mujeres
sueñan alguna vez. Con frecuencia se fundió en el destello de esos ojos profundos,
embriagada por el deseo contagioso y febril que los unía, entrelazada a él como una
enredadera temblorosa en su desnudez y con un placer agitado en sus entrañas, se deslizó
en aquel sonoro bienestar de todos sus sentidos. Como si el goce experimentado en esos
momentos hubiera sido su única razón de existir. Escuchando el suave torrente de la sangre
correr entre un estallido de suspiros, duerme con brazos y piernas trenzada a él. Hasta el
amanecer quizá, algo enternecido con la visión de los amantes impregnados de su aroma en
un abrazo hirviente y dulce en el lecho donde sueñan. Llevándose como una ola inmensa el
bullicio de los automóviles que ya se precipitaban a la calle. Pero, inevitablemente llegó el
día tan temido de la partida, entonces Jamiat, con los ojos encendidos aún de pasión le rogó
llorando que se quedara con él más tiempo, sin embargo ella guardándose en el sitio vedado
de la desolación más honda y con su voz trémula prometió volver pronto. Aunque estaba
segura y presentía, que había llegado su hora a las flores negras del nostálgico amor.
Especialmente en este viaje, después que no obtuvo ni una sola noticia de Jamiat dando a
entender que la tierra se lo había tragado pues nadie sabía nada de él. Esta vez una
contingencia policial fuera de lo común en el aeropuerto, como una revisión exagerada de
su persona y de sus bolsos por el personal de aduana, que la obligó a salir por una puerta
más pequeña que aquella de donde salían los hombres, le produjeron mucha extrañeza a M.
Cristina antes de abandonar Teherán.
Siempre había recibido variadas llamadas telefónicas de Jamiat, mas nunca con la
promesa de visitarla en Chile, porque sus negocios y múltiples viajes entre los países del
Oriente y Miami no se lo permitían. Entonces M. Cristina, durante meses tomaba pequeñas
dosis de tabletas mágicas para prevenir los síntomas de esos recuerdos purulentos del amor
que aparecían cada vez más seguido igual que úlceras en su piel de tanto pensar en él.
Dejándose llevar por los días con sus alegrías y tristezas y guardando como único tesoro
aquel secreto memorioso y abismal. Cuidándose de cualquier extraño que quisiera entrar a
perturbar ese espacio interior cercado por una débil neblina. Varias horas más tarde, el
avión aterrizó en Pudahuel el martes once de septiembre y también allí fue sometida a un
inusitado y prolijo control aduanero. Comienza a despejarse un poco el cielo del mediodía y
los tenues rayos de sol le recordaron “las mil y una noches” vividas en aquellas hermosas
tierras, sin embargo, un presentimiento tenebroso de que algo no marchaba bien le produjo
escalofríos, ahora no sabe bien si se trataba del rostro serio del taxista o de la gente
apresurada en las calles gesticulando al hablar, quienes igual como a ella el aire les grita
con voz horrorizada una mala noticia. Una vez en su departamento tampoco encontró
mensajes ni llamadas telefónicas de Jamiat, lo que aún acrecentó más y más su
intranquilidad, pero el cansancio del viaje la condujo por cauces inhabituales y
ensoñadores, evitando por completo elevarse de la conciencia profunda que arroja lo más
lejos posible todos los malos pensamientos. Como si quisiera conservar para siempre esa
facultad privativa del momento antes de dormir: sin alegrías ni tristezas, sino concentrada
únicamente en un torbellino de plácidos recuerdos... Al día siguiente, se levantó a las siete a
trabajar y poco después se encontró caminando desolada hacia el metro, sin dejar de pensar
en él. Un hombre gordo y calvo sentado en el asiento del lado leía el diario con el atentado
de las torres de Manhatan en su portada. M. Cristina, comenzó a sentir un deterioro
emocional cada vez más profundo, sin abandonarse por completo a sus impulsos
compulsivos de llorar por alguien que en ese momento era el único norte en su vida.
¿Dónde se encontraría Jamiat? Parece que mientras más lo buscaba, su recuerdo se
difuminaba cada vez con la llegada de la oscuridad.
_ Según EE. UU, todo fue planeado por un saudí llamado Bin Laden, jefe de una
organización muy poderosa como para estrellar dos aviones de pasajeros en cada una de las
torres gemelas y otro en el Pentágono, dejando miles de muertos y desaparecidos, dijo el
hombre con voz grave a una mujer de mirada impávida sentada frente a él que no hizo
ningún comentario.
_Qué horror pensó M.Cristina, desviando su mirada hacia la ventanilla
ensimismada el resto que le quedaba del trayecto.
Días más tarde, cuando observa la fotografía de uno de los terroristas en el noticiero
de la televisión M. Cristina, quiso reconocer con gran estupor más que sorpresa, que el
rostro de uno de ellos era muy parecido a Jamiat, sí mirándolo bien era idéntico, entonces
ella consternada no podía creer lo que veían sus ojos, seguramente todo esto no se trataba
más que de una horrible pesadilla, imposible que él hiciera algo parecido piensa, mientras
gruesas lágrimas que caen de sus ojos humedecen de incredulidad el suelo. Ojalá que la
silueta masculina en el umbral, camine hacia ella y se incline despertándola con un beso
tibio de aliento apegado a sus labios para no perder el avión. Entonces, dejándose llevar por
una ola imperceptible que la arrastra en su marea soñolienta, se ve prendida detrás del
misterio de una aureola luminosa que escapó de una galaxia precipitándola en su último
viaje. Hasta un abismo donde ahora no tiene cómo sujetarse...
NUEVA OLA
_ ¡Estoy muerta!, dijo Gisela, dejándose caer en el sillón rojo del living apenas entró
como un trueno. No he dormido nada desde ayer a las dos y media de la madrugada porque
acompañé a Patricia al Hospital. Tengo la impresión de que el niño empeora cada día, tiene
sus manos imposibles y puede perder alguno de sus deditos y a pesar, que ya tiene
afectados los ganglios y continúa con la quimioterapia, al menos aún no ha tenido vómitos.
_ Qué lástima, pobre Patricia y ni hablar del niño. Qué triste su destino, ahora que
poseía una familia tan buena que lo acogió con cariño, la verdad es que no encuentro
palabras...No tengo valor suficiente para verlo así, contesté.
_ Lo único que puede salvarlo es un milagro. Algunas veces ocurren, continuó
Gisela con una voz cansada y cerrando por algunos segundos los ojos se echó para atrás
apoyando la cabeza en un cojín.
_ Oye, te ves agotadísima, si quieres podemos dejar el festival para otro día.
_ ¡Noo! Quiero olvidarme un poco de las penas y divertirme un rato. Por favor
tráeme agua con bastante hielo como de costumbre. Vamos no más, agregó Gisela y
recibiendo el vaso rebosante con hielo en sus manos, continuó. Más encima, anoche
apareció el desgraciado del “ché” y la Claudina, otra vez, anda loca detrás de él
acompañándolo para todos lados, olvidándose de nuevo todo lo que le ya le hizo en el
pasado, lo que no ha sido poco. Es tan tonta mi pobre hija...
_ ¿Qué pasó?
_ Me agarré con él y me creerás que me hizo así con el dedo (¿..?) porque la defendí
en una pelea, pero más tarde reconciliándose partieron muy contentos al norte, a San Pedro
de Atacama, dijo Gisela roja y sin disimular su rabia.
_ Como siempre tú sufriste la molestia y ella lo pasa regio. Eso te pasa por
“metete”, le contesté levantándonos al mismo tiempo para salir.
_ A las siete de la tarde, el sol estaba muy alto todavía cuando Gisela estacionó el
auto en una calle cercana a la Casa Cultural de una gran comuna de la ciudad santiaguina.
Acordamos llegar temprano y así no tener que encaramarnos en las graderías sin un
respaldo. Más que nunca Gisela, aquel día no estaba para esas cosas. Una brisa suave de
febrero, meció suavemente la arboleda de palmeras y pinos al pasar por un camino de tierra
y junto a algunas estatuas de la señorial casona.
_ Fíjate que una vez más me ha decepcionado mi hija, dijo Gisela, intentando
continuar con el tema. Ella misma siempre me cuenta que se pasan discutiendo con el
“ché”. Te hago una apuesta que otra vez llegan peleados del norte.
_ Mira, es mejor no llevarles la contraria a estos adolescentes. Ahora apuremos el
paso porque si no quedaremos sin asientos, contesté sin hacer más comentarios ya que nos
encontrábamos encima de las sillas perfectamente ordenadas en semicírculo frente al
escenario. Como el lugar estaba semivacío aún, encontramos una excelente ubicación al
centro, en la quinta fila. Nada más agradable que una tarde de verano, para atraer a un
público algo entrado en años que comenzó a llenar en breve tiempo todos los asientos y
después las graderías, mucho tiempo antes de comenzar el espectáculo. A las veintiún horas
en punto, la gente se cansó de tan larga espera obligando a salir al animador y a encender
las luces. Éste después de los saludos anunció a Luis D., un cantante de la década de los
sesenta muy animado y “entradito en carnes”, quien inmediatamente se largó a cantar a
viva voz, aplaudido y coreado por una multitud entusiasta y muchas veces ensordecida
gracias al acompañamiento de un excelente grupo musical. Mientras tanto, el cantante se
revolcaba de espalda en el suelo en medio de unos espasmos parecidos a los estomacales y
dando la impresión que ya nunca más volvería a levantarse, mas ante el insistente bis del
público continuaba a duras penas el show, afirmándose bien los pantalones que
amenazaban con caerse definitivamente pues, ya iban algo más abajo de la cintura.
Entonces el público extasiado pedía más y más, haciendo bailar hasta el alcalde, muy jovial
y alegre, quien recibió algunas pifias haciéndose el sordo y leso, mientras que el extenuado
artista volvió a cantar una última canción para luego desaparecer, transpirando
copiosamente, con la camisa afuera y sin disimular los “rollos” ni las contracciones
musculares que ahora llevaban a sus pantalones casi en las rodillas. A esas alturas el
público aplaudía y gritaba en forma febril. A continuación, el próximo cantante Germán C,
más calmado y con una sonrisa eterna, no logró apaciguar los ánimos sino al revés, éste dio
paso a los recuerdos ardientes a las señoras de algo más de cincuenta y quienes fueron las
más efusivas en sus demostraciones y bailes, levantando a duras penas sus brazos, haciendo
olas y coreando canciones como “la lluvia, cae y cae...” En ese instante me fijé en Gisela
que salía disparada de su asiento y pedía a viva voz otro rock, bailando en el estrecho
pasillo lleno de gente y detrás de un coche con un niño durmiendo plácidamente.
_ Levántate, no seas fome me dijo de pronto, sujetándome con fuerza de un brazo y
moviéndose frenéticamente, mientras yo me siento algo avergonzada y aún adolorida
debido a mi cercana operación del hombro.
El sereno hombre sentado a mi lado a veces como única expresión de entusiasmo,
aplaude un poco más fuerte o bien, se levanta siempre que todos los demás también hagan
lo mismo, por supuesto.
_ ¿Señora, está desocupado el asiento? Preguntó amablemente antes de que se
apagaran las luces y sentándose a mi lado. De contextura delgada y mediana edad tiene sus
ojos y cabellos oscuros, sacó de una bolsa de género desteñido una polera negra que se la
puso de inmediato, entrecerrando las pestañas y mirando el cielo en señal de pocos amigos.
Entregando la impresión que a él sólo le interesa esa magia que escapa a los mortales ojos,
entretenido en captar la trascendencia de aquel momento más que nada en una noche
estrellada. No precisamente en la fosforescencia del escenario con su bullicio estridente y
chillón. En realidad es muy hermosa luminosidad de esta noche veraniega, pensé también
atrapada en un trozo de cielo que se avista entre las hojas, justo cuando ya en aquellos
instantes casi resulta irresistible no levantarse, o sencillamente gritar y aplaudir a rabiar
como todos los demás. Gisela, transpirando y con el rostro enrojecido de la emoción se
inclinó a recoger algo del suelo:
_ ¡Se me había caído la pulsera mexicana! Qué bueno el espectáculo, otra, otra...
_ Síii…muy bueno dije agarrando mi bolso y dando paso al hombre de rostro sereno
del asiento del lado, quien mirándome profundamente a los ojos hizo un breve comentario
del show desapareciendo rápidamente entre el gentío que aún aplaudía loco de frenesí.
Mientras Gisela conversa animadamente con algunas personas sobre el espectáculo, el cielo
pareció recoger con gratitud mis ojos, descubriendo por primera vez un deslumbrante
universo equiparable sólo a él mismo. Ferozmente bello, acercándome peligrosamente a su
abismo ilusorio me dejó atrapada sin piedad por unos segundos en la celda de los
melancólicos sueños, así como en la incertidumbre terrible de las limitaciones de nuestra
triste precariedad como también de sus ansias de eternidad.
Han transcurrido más de veinte días y llega marzo con una luz tenue y mágica que
pintó de amarillo los árboles, ahora que se va el estío aún sumido en un remolino
enmarañado de plantas, entrelazándose a nuestros pensamientos como flores aterciopeladas
y esparciendo su aureola transparente hasta el cielo grisáceo. Desde la terraza escucho el
teléfono y sorteando un macizo de margaritas a la altura de mi rostro, me levanto corriendo
a contestar. Se trata de Gisela contándome de la muerte de Felipito, quien había cumplido
recién seis meses de edad, cuatro de los cuales en su corta existencia, los pasó internado
para realizarse tratamientos y operaciones en hospitales y clínicas. Cómo explicarse este
destino implacable, sin dejarse atrapar del vacío que traspasa todo límite despeñándonos
con su pesimismo y falta de esperanzas casi maléficos, si no fuera por lo que me contó a
continuación. ¿Por qué razón Felipito terminó hecho un ovillo de carne cercenada por un
bisturí del médico que nunca pudo hacer nada por él?
Sumergida en la oscura nostalgia por algunos segundos, lo imagino con un cuerpo
resplandeciente, mientras en medio de sus muñones ahora comienzan a descolgarse dos alas
livianas y sedosas de sus hombros...
_ Cuando Patricia, su esposo y los abuelos llegaron el lunes desde Valparaíso, más
resignados y casi se podría decir contentos con otro pequeño recién adoptado y acurrucado
entre sus amorosos brazos, fíjate que al abrir la puerta de la casa cerrada durante todo el fin
de semana, encontraron el living, pasillo y hasta todos los dormitorios impregnados con el
perfume de Felipito, quien seguramente también quiso participar de la inmensa alegría y del
recibimiento de su nuevo hermanito en su hogar. Entonces, padres y abuelos se abrazaron
dejando rodar algunas lágrimas, las que ya no fueron de dolor sino de agradecimiento por
este verdadero regalo de Dios justo en vísperas de Navidad, me dijo contentísima Gisela
antes de cortar el teléfono.
LICEO DE SE eee…ÑORITAS
Oye cómo va,...bueno pa´gozar, repite un dial mañanero haciendo un esfuerzo
descomunal por desperezarse a esa hora hasta que desaparece entre el ruido monótono e
interminable de los automóviles circulando por avenida A.Vespucio. Aquel domingo de
mayo el cuerpo y extremidades de Claudia N, mientras hace gimnasia al compás del
contagioso ritmo tropical, más bien parece que increparan a las dudas como a los
pensamientos inútiles que siempre lloviznan sobre su cabeza aún adormilada, a las nueve y
treinta de la mañana. En ese momento recién se produce el obsesivo encuentro entre los
sueños y la realidad absurda, que insiste en su particular mirada sobre el cielo arrebolado y
otoñal, lo que parece sorprenderla en toda su desnudez, haciéndola sonrojar incluso de su
gordura mientras se acomoda las panty que encontró en medio de un bulto amontonado de
ropas, blusas, pantalones e incluso, una chaqueta de cuero negro, que lanzó lejos a las
cuatro de la madrugada, después que llegó muerta de frío y agotada de la convivencia
celebrada con un grupo de ex –compañeras de un Liceo capitalino, de “seeeeñoritas”, como
en muchas oportunidades les recordó su directora a toda boca por el micrófono, a todas
aquelles alumnas que insistían en maquillarse o se ajustaban de más el “jumper” a sus
caderas, obligando a varias de ellas a lavarse bien la cara o si no, a descoser la basta con sus
propias manos todas las veces que fuera necesario, gritándoles después a todo pulmón ¡éste
es un liceo de Seeeñoriitas!!!, no lo olviden nunca.
Frotándose un poco las manos aún húmedas de crema, a Claudia le llama la atención
un breve silencio que sólo es interrumpido por el bocinazo de un camión que reparte el gas
y que seguramente trae un balón para la estufa con dos días de atraso, más encima aún
cuando es imposible encender la eléctrica, por motivo del racionamiento que está afectando
a la ciudad. Se acerca a la ventana para cerciorarse bien y desde allí mira el jardín del frente
de la casa cubierto con enredaderas y además el pasto reseco por falta de lluvias. Hay una
respuesta rápida pero carente de lógica del hombre, que avanza a duras penas mientras
empuja el balón de cuarenta y tantos kilos a través del pasto hasta una caseta de cemento
bajo del cobertizo. Una vez ya encendida la estufa se prepara un café hirviendo y no
alcanzó a sentarse en la mesa cuando comienza a sonar el teléfono, de paso evocando con
nostalgia sobre la atmósfera un halo memorioso y somnoliento, parecido a las hortensias de
invierno recién aparecidas y tan apreciadas por ella en esta época del año...
Aquel día y con la voz de Isabel, una ex –compañera de humanidades quien
interrumpió el ensimismamiento de aquella tarde calurosa de febrero del verano recién
pasado, comenzó a planearse la próxima convivencia.
_ Aló. ¿Cómo estás? Espera un poco, voy a pasarle el teléfono a alguien que hace
tiempo te desea saludar, aprovechando ahora que está en Chile de vacaciones. Es Regina,
está muy mal la pobre, acuérdate que te conté que atropellaron a su hijo menor odontólogo,
frente al teatro Santiago.
La voz muy suave de Regina que ahora se quiebra un poco en el auricular, dice:
_ Hola, qué gusto en saludarte Claudia.
_ Recuerdo que te retiraste del liceo en sexto humanidades para casarte y te fuiste a
Uruguay a vivir contestó muy emocionada. Nunca se me olvidarán tus gruesas y brillantes
trenzas. No he vuelto a ver otras iguales.
_ Gracias. Te cuento que vuelvo a Chile porque me separé el año pasado.
_ Igual que la mayoría, respondí.
_ Me encantaría que nos juntáramos todas alguna vez, para contarnos penas y
alegrías, para acompañarnos en esta soledad que a veces cava hasta en los últimos rincones
del alma, dice Regina con tristeza.
_ Ya me imagino por lo que has pasado, lo siento contesta Claudia.
_ Estaría feliz de volver a verlas, como a ti y a tantas otras, se despide
cariñosamente.
_ Sería maravilloso, eso sí que en un tiempo más cuando todas las demás vuelvan de
sus vacaciones, contestó Claudia. En marzo o abril.
En mayo y después de muchas postergaciones, ya sea por un motivo u otro, se fijó
la convivencia tan esperada por la mayoría y a la que Claudia llegó a las nueve en punto
con tres paquetes de papas fritas bajo del brazo. Después de saludar a la dueña de casa, una
abogada de la que nunca fue una gran amiga, se sentó junto a Regina quien se veía bastante
alegre, entonces evité de todas formas llevar el cauce de una conversación sobre temas muy
personales, hablando de todo un poco mientras, se van sumando las demás invitadas.
Incluso se llegó a tratar el tema de los negocios de turismo, cuando Marcela K., dueña de
un famoso hotel con nombre mapuche, conversa animadamente con alguien a quien
Claudia no recuerda ni siquiera muy bien el nombre y la que trabaja para unos gringos
vendiendo su publicidad a muy buen precio. Después de algunos pisco “sour”, la
conversación fue haciéndose más fluida y las risas brotaron a flor de labios de las quince
mujeres sentadas alrededor de una gran mesa de centro llena de vasos, colillas de cigarros
más una vela encendida para evitar le humareda del living, carcajadas que fueron
aumentando de tono hasta que llegó el momento en que más parecían agudos chillidos.
Como a las once y treinta, el esposo de la dueña de casa y único hombre presente, se
levantó despidiéndose discretamente aludiendo frío y cansancio, sin embargo, a todas luces
sólo una excusa para dejarlas conversar más libremente entre ellas, lo que hizo rápidamente
el efecto deseado porque risas y palabrotas de ahí en adelante fueron subiendo
ostensiblemente de tono, así como los chistes sabrosos que comenzó a contar Carmen Luz,
ahora bastante gorda y con su pelo rojo, quien comenzó muy tímida y después se fue
soltando a medida que los gritos y vivas la impulsaban a continuar.
_ Ahora cuéntate el de la muerta le gritó alguien mientras las risas volvían a
repetirse en coro chabacano y chillón hasta el cansancio en aquella madrugada bastante fría
de mayo.
_ ¡Sí, sigue no más, cuenta la del viajero, la muda y el chino con el alemán! decían
todas al unísono, animadas por una alegría contagiosa y donde no quedaba otra alternativa
que unirse a las demás para no parecer fuera de ambiente o una tonta grave, porque ya no le
agradaron porque quizá le parecían inapropiados esos chistes algo repetidos. Entonces,
mejor fue aparentar alegría, así a nadie se le ocurriría pensar que a ella le podía molestar,
total a quien le interesa a esas horas si mañana no hay plata para pagar el colegio de los
niños o el lunes no hay tampoco ni para las cuentas que ya aumentan un cerro con los
intereses, a pesar que tenía demandado a su ex – esposo, quien el otro día no más la había
mandado a la m... por el teléfono, diciéndole que de dónde quería que sacara la plata si
estaba cesante, dejando la escoba mientras los niños lloraban a moco tendido porque ella
vuelta loca con tantos problemas los amenazó con retirarlos de ese colegio tan caro y ojalá,
que de una vez por todas se sacaran de la cabeza que no eran ricos y blá- blá... Más encima,
después de las tremendas molestias todo quedaba en nada porque el desquiciado, a quien no
podía llamarse de otra manera, en la tarde pasó a buscarlos para ir a comer hamburguesas y
después al cine, quedando siempre ella como la mala de la película, totalmente deprimida y
obligada a tomarse casi el frasco completo de ansiolíticos mientras la suya ya no podía
continuar llamándose vida, transformando el paisaje en una vía que siempre conduce al
mismo lugar poblado de desánimo. Cada día era más difícil de sobrellevar la monotonía
insoportable y carente de fantasía del presente, en su espalda curvada por las dificultades.
Como si su mirada tan solo fuera en blanco y negro. Alguien famoso que no recuerda su
nombre dijo: “El éxito es el sol de los muertos”, pero ella no pensaba morirse aún porque a
pesar de todo se siente motivada a proyectarse a través del cauce turbulento y memorioso...
En aquel instante fuertes carcajadas la traen a la realidad, sin embargo no le impiden
escuchar una conversación entre Marcia y Lucía, su mejor amiga y que a todas luces se
refieren a su persona.
_ Parece que la “pobre” está bastante mal, su ex –esposo no la ayuda ni con un
peso. Un día lo llamó por teléfono para cobrarle la mesada y se quedó escuchando toda
clase de barbaridades que hablaba con la mujer que vive actualmente, una promotora rubia
y tostada de la que te conté la otra vez, te acuerdas; tan borracha como él y entre ellos se
tratan a garabato limpio diciendo tremendas groserías de la “pobre” que más encima
escuchó todo por el teléfono porque una vez se les quedó descolgado.
_ A lo mejor lo hicieron a propósito, contestó Marcia.
_ No se me había ocurrido, sabes. Lo que sí tengo claro es que la “pobre” debería
meterlo preso de una vez por todas, no tenerle lástima a ese frescolín, dijo Lucía.
Marcia percatándose de mis ojos vueltos en la brusca realidad, cambió de tema:
ahora sé por qué ando tan volada últimamente. Ayer me contó mi hija mayor que se cayó
un niño de dos años desde el quinto piso del edificio y está muy grave. Le he dicho hasta el
cansancio que debe colocar rejillas de protección, porque a mi nieto le llaman mucho la
atención las ventanas y le encanta encaramarse para atisbar las alturas desde el séptimo piso
donde viven, dijo Marcia para cambiar de tema.
_También hacen estragos las preocupaciones en mi persona, pierdo los escasos
reflejos que me quedan. Antes de salir no fui capaz de detener el portón eléctrico con el
control, éste se me vino encima rayando las puertas de un lado del auto hasta atrás y más
encima arrancó un espejo de raíz. Quedé paralogizada ante la tremenda mole que se me fue
encima con todas sus fuerzas. Creo que estoy reventada, agregó Lucía. ¿Qué irá a ser de
nosotras en poco tiempo más?
Ahora se acerca Elsa, dueña de casa y abogado quien pregunta si desean servirse
algo más. Se sienta entre Lucía y yo.
_ Alcancé a escuchar parte de la conversación y estoy de acuerdo en que la vida a
veces se transforma en una verdadera locura. Fíjense que hace un mes, más o menos, saqué
a pasear como de costumbre a Boby, quien como siempre pasa encerrado, de pronto se
soltó lanzándose encima de una perrita muy mona y lanuda, de raza china igual a él, pero
ésta furiosa lo mordió por todas partes dejándolo imposible. Lo internamos en una clínica
más de una semana, pero eso no sería nada. Después de traerlo a casa para cuidarlo, ustedes
saben lo regalón que siempre ha sido de nosotros desde que se casaron las niñas, una tarde,
Francisco lo sacó a pasear aún vendado y además con curaciones, pero con tal mala suerte
que se soltó de la cadena y después lo atropelló un auto en plena avenida Colón. Cuando
Francisco se acercó a socorrerlo, Boby enloquecido de dolor le muerde el brazo, dejándole
tremendas heridas. Por eso aún se siente un poco alicaído, porque el Boby no resistió tanto
y murió finalmente en la clínica la semana pasada, dijo Elsa con mirada triste.
_ Increíble las cosas que pasan, agregó simplemente Marcia.
_ Alguien ha tenido noticias de Elena, pregunté tímidamente.
_ Sí, hace unos días conversé por teléfono con su esposo. Tiene mal de Alzheimer y
no reconoce a nadie, la mantienen amarrada en una silla de ruedas, con suero y en una
clínica particular que les va a costar una fortuna. Él jubiló hace poco, pero igual no es
suficiente y parece que va a vender el auto...
El tiempo cura todos los males, pienso mientras apago la luz y la radio del velador.
Comienzo a desvestirme tiritando de frío y enseguida introduzco hasta la cabeza entre la
frazada y el plumón, con la decisión plena de romper con la realidad pululante de recuerdos
y ruidos externos esta madrugada, sirenas, ladridos, como los últimos automóviles que
corren a perderse. También el canto de una cigarra que últimamente se niega a
abandonarme. Seguramente debería comer con menos sal como dijo el médico. Quizá todo
hubiera sido diferente, si la vida no me tiende aquel manto tejido de soledad lleno de
rascacielos, autopistas y cerros de desechos en esta ciudad donde comencé a escribir mis
memorias tratando en lo posible de destruir mi pasado. Quizá será el germen que permita a
las ideas tomar cuerpo para poblar un día mi porvenir con nuevo significado, ya que desde
hace un tiempo hago lo imposible por dejar atrás los sueños flotando en la humareda espesa
que palpita dentro de mí. Igual que a la fuerza musical que estalla como una catarata antes
de salir de la cabeza de su autor. Quizá, si abriera ventanas de aquellas vírgenes regiones
algo soñolientas desde mi juventud, podría recorrer el presente reconociendo únicamente la
existencia de mi memoria blanquecina. Al revés de los futuristas, sin salir de este espacio, a
pesar que todo parece ser arrebatado ahora de mis manos mientras cae una neblina matinal
fría y atónita sobre la ciudad de Santiago...
A las diez de la mañana en punto me despierta el teléfono. Cuando aún hay visiones
somnolientas que desparraman magnolias azufres. ¡Lo lamento, dice el buzón de voz! No
se molesta si le hago una consulta. _ ¿Ha escuchado hablar del Parque del Recuerdo?
UN SIQUIATRA SINGULAR
“Desde siglos sale el Sol y se esconde”
La segunda quincena de diciembre chorrea luz de las inmensas vasijas moldeadas
durante el duro invierno, con el fin de iluminar a la poesía emergiendo perpleja de una
tanda de comerciales en la silueta del viejo pascuero. Año tras año lo mismo, pienso ante el
libro manchado que desenrolla horrores, guerras... Muchas veces, una canción enciende
estrellitas multicolores antes de escuchar campanadas, mientras la danza del viento trae el
grito esperanzador de tantos que murieron en vano. Gente mutilada, labios sellados, manos
vacías de los hombres que van con una bandeja clavada en sus brazos que no sirven para
nada, salvo para encender más velas a medida que avanza la injusticia estableciendo
brechas insalvables entre ellos. Si descendemos más aún en la escala mohosa se vislumbra
el futuro bastante incierto de la humanidad, escuchando el noticiero como si nada sucediera
en verdaderas programaciones de ciencia ficción. Así, el dolor no acarrea molestias en la
moral colectiva y personal. ¿Qué es el tiempo, sino gotas de luz encendiendo los lirios?
“Con sus manos entrañables, el miedo vela sus párpados y teme la imagen nubosa
del espejo. Extrae su germen del carbón en los días venideros de un firmamento inexistente,
donde pernocta la noche y enmudece toda canción.” Apenas alcanzo a colocar comillas y
suena el teléfono.
_ Hola. Cómo te fue con la sicóloga, pregunto.
_ Más o menos, me contesta Paulina O, buena amiga. Aún es bastante joven, sólo
diagnostica y enseguida deriva los casos a un Hospital Clínico donde tú te imaginarás son
puros estudiantes. Con mi bagaje mental y todas las vueltas de la “life” no estoy para
prestarme de conejillo de India. ¡UF! Necesito por lo menos un Master en siquiatría.
_ Bueno, pero qué te dijo, insisto.
_ A pesar de su falta de experiencia me hizo varias preguntas que sacaron a luz
algunas de mis “pifias”. Sin embargo, a veces me contradecía de lo que estaba diciendo,
entonces... Paulina, tomando un poco de aire continuó. Cuando uno está de duelo con el
pasado, siempre piensas en lo malo que te sucede solamente, mientras anhelas cerrar bien
las puertas y ventanas que dan al exterior a los cuarenta años, pero intuyes que tienes cosas
más importantes que realizar aún. Por este motivo vives en pugna continua contigo misma
y muchas personas cambian radicalmente de actividad, incluso comenzando una nueva vida
en esta edad.
_ Mmhuu... Un duelo significa enterrar cosas buenas y malas, le dije no muy
convencida. (Las cosas buenas siempre deben quedar a flor de tierra para acudir a ellas
cuando es necesario)
_ Sí... Inconscientemente estás ciega, deseas continuar sufriendo para que te vaya
mal, además siempre eliges a las personas menos indicadas como pareja, por ejemplo, y así
todos sienten lástima por ti.
_ ¿En serio? No puedo creer tanta negatividad. Pienso que exageras un poco, a lo
mejor necesitarías un exorcismo. (Risas) Mejor escucha lo que escribí, se llama “Desnudez
del Sueño”.
_ Bueno, pero que no sea muy largo. Mi papá necesita el teléfono. Tú sabes que
nunca puedo conversar tranquila con nadie desde que está enfermo, dice Paulina molesta.
_ (Lectura) _ _ _ _ _ _ _ _ _ ¿Te gustó?, pregunto.
_ No entendí nada, lo encuentro bien depresivo, muy a tu estilo y me extraña mucho
que no aparezca la palabra muerte. Aunque escuché algo parecido. ¿O fue idea mía?
El segundo lunes de diciembre me desperté con las carcajadas y gritos del hijo del
vecino del frente (17 años) y un grupo de sus amigos, que hostigan a un ratón con una
varilla larga. El insignificante y repulsivo animalito de acequia, fue rematado con un rifle
de postines finalizando después su larga agonía a la orilla de la calzada. Una persona del
barrio sacó a un gato en brazos, seguramente para que se diera un festín, pero éste huyó
aterrorizado como un bólido hasta perderse. Igual que el despertar de Gregorio Samsa,
tardé varias horas en reponerme del primer golpe de la mañana al introducirnos en una
pesadilla interminable, constatando una vez más la maldad humana así como nuestra
existencia absurda con sus grandes ansias de felicidad...
_ Hola. ¿Qué te pasó ayer en la tarde?, interrogo a Paulina por teléfono.
_ No tuve plata ni para la micro y tampoco me atreví a pedirle prestado otra vez a
mi mamá como hice toda la semana para ir a trabajar. No te puedo creer, apuesto que tenías
flojera, más encima quedaste de invitar a Gina quien no sale nunca de la casa, le digo con
un tono que sonó algo molesto.
_ Perdona, se me olvidó llamarte, además ella me pidió que le ayudara con el
vestido de Marilyn Monroe, cosido totalmente a mano. Un compañero de oficina la invitó a
un baile de disfraces para el Año Nuevo, parece que un admirador nuevo, contesta Paulina.
_ Bueno, dejémoslo para después de las fiestas. ¿Cómo te va con el siquiatra?
_ Súper bien. Es amoroso, vamos a reunirnos con él y otros pacientes para celebrar
Navidad, el 25. En estas fiestas aumentan las angustias de la gente sola, enferma...Fíjate
que me invitó a Viña y al Casino el fin de semana, con todos los gastos pagados. También
conocí el Hotel Sheraton, tiene hermosa vista hacia el cerro San Cristóbal. Conversamos
mucho hasta las tres de la mañana. Oye, a propósito me puedes prestar el pijama azul de
seda para fin de mes, lo encuentro tan elegante, me dice Paulina casi sin respiro.
_ Por supuesto, ven a buscarlo cuando quieras, digo antes de cortar.
“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.”
Especialmente el tiempo, pienso un día de abril mientras releo a Borges cuando comienza
el otoño con su vértigo de hojas amarillentas que riegan alfombrando el suelo.
_ Hola, tanto tiempo sin saber nada de ti, saludo a Paulina por el auricular. ¿Cómo
pasaste Semana Santa?
_ Más o menos. Mi papá ha estado muy enfermo. Después de la operación lo
dejaron con una bolsa en el esófago...es tremendo verlo así. Menos mal que el siquiatra me
dio más licencia, otros seis meses. Así puedo ayudar y cuidarlo junto con la enfermera.
_ ¿Otra licencia?, le digo.
_ Sí, a causa del acoso sexual que sufrí en el trabajo.
_ No me acuerdo mucho lo que sucedió.
_ Si te lo conté, acuérdate, me dice Paulina. Un guatón asqueroso de la oficina cerró
la puerta donde nos reuníamos persiguiéndome alrededor de una mesa hasta que logré
zafarme de él y arrancar a duras penas. Más encima, cuando lo acusé al gerente, éste no le
dijo nada y todos lo tomaron para la chacota, pero tú bien me conoces. Ahora, Sergio L
(siquiatra) me dice que no pueden despedirme y además tienen que pagarme hasta el último
peso si lo hicieran.
_ ¡Qué suerte la tuya! Dónde conseguiste alguien tan eficiente.
_ Me lo recomendó una colega y amiga. Él tiene su consulta cerca de Providencia,
en una hermosa y señorial casa de dos pisos. Nos hicimos bien amigos, me presentó a su
hermana casada y a sus padres, también a varios amigos y sus señoras con quienes nos
reunimos a comer una vez a la semana. Fíjate que nos quedamos con los pasajes comprados
para ir a Machu Pichu cuando mi papá se agravó, me cuenta Paulina.
_ ¡Qué pena!, contesto. Oye, pero continuando con el siquiatra. ¿Estás pololeando?
_ ¡Noooo! Es buen amigo solamente. Se separó hace varios años, no tiene hijos y
nunca se volvió a casar, me responde Paulina.
Continuando con Borges: “Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis
días merezcan el olvido.” Así llegan y se fueron rápidamente las vacaciones de invierno y
pocos días antes del Dieciocho de septiembre, me enteré de la triste noticia de la muerte del
padre de Paulina. “Sentí, como otras veces, la nostálgica sorpresa de comprender que
somos como un sueño”. La iglesia donde se celebró la misa por el alma de don Alfonso se
repletó de gente hasta la calle y Paulina salió muy serena del brazo de su madre, al menos
así lo aparentó. Solamente, casi dos años más tarde y cuando perdí a mis propios padres,
comprendí que cada cual tiene su parte de dolor en esta vida. Y que a veces, éste muerde
con furia. El valor de la verdadera amistad sirve para fijar en la memoria aquellos días que
se pierden soñando con un destino diferente del que nos tocó vivir. Deshabitada la calle de
las rondas con falda y can- can, el juego de la pelota, de las Naciones o de las escondidas en
una vieja despensa. Hoy, con cerrojo y una capa de musgo que sepulta el paso inevitable
que ocupó la adolescencia y el consiguiente vértigo que continúa al entrar en la adultez más
el tiempo inexorable que avanza y nos apresa en una ciudad que ha crecido desmesurada y
desquiciadamente amenazando con devorar todo vestigio de nuestro pasado. Menos el lugar
intacto que me vio nacer. A pesar de todo, el viento no ha logrado derribarlo, tampoco la
nieve ni el agua han trepado los dos escalones embaldosados que llevan hasta su puerta.
Sólo el pino afiebrado por un temporal de modernidad de los jardines de antaño, cayó en
unas manos sin compasión que lo cortaron de raíz. Ahora pululan los edificios de
departamentos por todas partes y se levantan cada día inmensas moles cementadas que
abren sus brazos invadiendo la privacidad del cielo entre las nubes, esparciendo el grito
silencioso de sus moradores como lluvia fina, empapando calzadas y veredas.
_ Qué pasa con tu teléfono, siempre contesta la grabadora y es imposible preguntar
por ti, le digo una tarde de octubre a Paulina.
_ No sé, todo el mundo me dice lo mismo. ¿Vas a estar en tu casa el sábado en la
tarde?, me pregunta.
_ Sí. Ven a tomarte un café y conversamos. Hace tiempo que no copuchamos un
poco. Paulina no apareció el sábado. Su mamá todavía no está en condiciones de quedar
sola en casa, pero a mediados de octubre, mientras la primavera que enciende algunas
chispas que revolotean originalmente sobre el césped desbordando su melancolía, llega
Paulina a punto del quebranto en su mirada llorosa en cuanto le pregunto cómo va su vida.
_ ¡Ah! No sabes lo terrible que ha sido para mí este último tiempo. Me lo he llorado
todo, dice sentándose cansada en el sillón. Ya no tengo más lágrimas para derramar y
prefiero recordar tiempos mejores. A veces voy al cementerio a cantarle el himno del
Instituto (?) a mi papá, a quien le encantaba.
_ Claro es mejor. Además, es normal que los padres se vayan algún día, respondo.
_ No es eso solamente. Fíjate que el mismo día que falleció el papá, Sergio L., el
siquiatra, me envió a decir con la amiga que me lo recomendó, que nunca más me aparezca
en su consulta pues, no desea verme ni en pintura y por lo tanto, ni siquiera lo llame por
teléfono, me dice Paulina de corrido.
_ ¡Qué extraño! pasó algo o discutieron, le contesto.
_Nada, te prometo. Sucedió así, sencillamente no desea verme más.
_ Pero intentaste pedirle una explicación. Aunque me parece difícil la situación.
_ Esto me ha dolido tanto, como nadie puede imaginárselo, continúa Paulina con
rabia en sus ojos. Nos hicimos tan buenos amigos, siempre me llamaba para salir y también
para ayudarle en sus trámites bancarios, incluso me encargó comprarle un computador para
su oficina.
_ ¡Ahí está!, un lío de platas, le contesto por decirle algo y a pesar, de reconocer su
rectitud al respecto.
_ ¡No! Tú me conoces, me dice con seguridad Paulina. Todo esto es tan extraño, se
cambió de oficina, secretaria, teléfono, como si ahora fuera otra persona, continúa. Un día
me encontré con él por casualidad en la puerta de un ascensor, en el edificio donde me
entregaron el resultado de unos exámenes del colesterol. Te juro que yo no tenía idea que se
había cambiado allí. Y ahora viene lo bueno. ¿Me vas a creer que cuando me vio puso una
cara de espanto? Entonces aterrorizado, como si hubiera visto al mismo diablo en persona
salió disparado del ascensor. (Risas de Paulina)
_ (¿ ?)
_ Ríete no más con confianza me dice, no lo encuentras muy cómico.
_ No mucho. Qué quieres que te diga, creo que a tu siquiatra le está fallando el coco
firme ¡Ah, ahora entiendo! En eso consistió la terapia, él se queda con la locura y tú
continúas con tu vida. Además te encuentro muy bien. ¿Continúas con los medicamentos?
le pregunto.
_ Sí, pero media dosis solamente.
_ Entonces adelante y olvídate de ese excéntrico personaje. ¿O te enamoraste?
-No, te prometo que siento que perdí a un gran amigo y un confidente. Estoy
demasiado dolida con él para perdonarlo y comprender mejor de qué se trata todo esto, dice
Paulina con la mirada confusa.
_Al parecer se involucró demasiado contigo como paciente y cruzó peligrosamente
el límite personal a lo íntimo. ¿Verdad qué no pololeaste con él?, digo majaderamente.
_ Nada, ni siquiera un beso, me dice Paulina con seriedad.
_ Pero no niegues, que a lo mejor inconscientemente deseaste que esta amistad
pasara a una relación más profunda. Quizá él esperaba que tú tomaras la iniciativa,
actuando con muy poca ética profesional, por lo demás.
_ Creo que ni uno ni lo otro, porque nunca me sentí enamorada de él.
_ Entonces porqué lloras tanto por su persona, pregunto. Además reconozcamos que
puede ser buen siquiatra, pero como persona deja bastante que desear.
_ Bueno, no sé... Fue una hermosa amistad y pensé inocentemente que podría durar
más tiempo, eternamente, dice Paulina tratando de engañarse a sí misma todavía por un
tiempo indefinido. O bien para toda la vida.
HISTORIA VIRTUAL (Paulo y Alcione)
¿Cómo sabes? A lo mejor, el próximo puede resultar “ser” tu año, contesto distraídamente,
mientras miro una fotografía de S. Tunick con los desnudos del forestal. A pesar del frío
invernal me contagia la expresión alegre de millares de ojos sin nada que esconder. Sus
cuerpos se ven tan ligeros como las aves del cielo devorados por el aire. Allí donde se
disipa el miedo y muchas veces la pena negra que embota por lo general, la vida del
hombre y mujer santiaguinos.
Sí, contesta Paulo (28, arquitecto recién egresado) sin mayor entusiasmo, sentado como de
costumbre frente al computador encendido y donde se observa un plano panorámico de la
plaza de Llo- Lleo.
Oye, a propósito aún no me cuentas nada acerca de la “garota” que conociste a través de
Internet. Me contaron que viene en julio a conocerte...
Sí, chateamos un tiempo, seis meses más o menos. Presiento que ella es algo especial, no
sé. Estoy seguro que he conocido primero su alma antes que su pelo o sus piernas, contesta
Paulo.
Qué romántico, quisiera saber más...
Alcione Mattos Ferreira, 26 años, vive en Río de Janeiro con sus padres y hermano menor
(19) Trabaja en Alpina Briggs, empresa inglesa de defensa ambiental. Habla portugués,
inglés y un poco de español. Su nombre significa: “pájaro carpintero, estrella más grande de
la constelación de Tauro y planta marina” además, tiene una voz de gatita mimosa más
dulce que la miel, me dice Paulo casi sin respirar y quien ha dejado de pulsar el teclado.
Entonces, girando una vuelta completa en la silla se explaya con gran entusiasmo hablando
de ella con su mirada resplandeciente y casi como susurrando.
¡Ay, que emocionante! Mejor cuéntamelo todo, digo cerrando el álbum para continuar
mañana con el trabajo. Total, aún resta algún tiempo para plotear los planos y dar el último
toque a las fotografías hoy en la noche.
El primer sábado de julio, Paulo salió camino al aeropuerto en busca de Alcione. Tan sólo
porta una mochila azul en la espalda y se despidió de su madre en la puerta advirtiéndole
que no llegará a dormir aquella noche, como ninguna de las noches siguientes que duró la
estadía de la morenaza en Chile. Subió a un bus hasta la Alameda y en seguida a un
colectivo donde se entretuvo imaginando cómo sería aquel primer encuentro, enfrascándose
en el paisaje mientras el automóvil avanza con dificultad entre una columna de vehículos y
después, más adelante en una avenida de palmeras. Siente un vacío tremendo en el
estómago que le resultó muy difícil de soportar. Entonces, recordó que a veces resulta muy
bueno recorrer hacia atrás en el tiempo, rebobinando la realidad para ver las cosas con
cierta distancia y así calmarse un poco tanto para disfrutar de la hermosa arboleda a la
entrada del aeropuerto como imaginándose a Alcione. Dios, pensó, mueve las piezas del
ajedrez con mucha precisión y sabiduría, así nosotros podemos hacer muy poco, salvo
ponernos en camino y ejecutar sus deseos. Por muy variado que sea el abanico de
posibilidades que se abre, siempre será superior esa fuerza que emana de su voluntad
cuando deseamos emprender algo en la vida. Ahora se encontraba a muy pocos pasos de la
entrada principal y comenzó a sentir un ardor insoportable bajo la piel mientras caminaba
con los ojos enrojecidos, además que comenzó a sentir los pies y manos helados a causa del
frío y de la emoción. A pesar que el sol había salido solamente para recibir a Alcione
aquella mañana. De pronto, obligado a salir de la superficie memorial, divisó frente al panel
de aterrizajes a Mónica y Belfor, pareja de amigos chileno- brasileño encargados de recibir
y dar hospitalidad a Alcione. Después de saludar e intercambiar algunas brevísimas frases
Paulo, consultó inmediatamente si había aterrizado el avión. El sol cada vez más irreal y
pálido, apenas entibiaba ese mediodía.
Cuando se encontró frente a frente con sus ojos sonrientes se sintió desfallecer, nunca
imaginó que Alcione fuera tan bella y luminosa. La atrajo hacia sí torpemente, con timidez
y luego se fundieron en un largo abrazo sin despegar la mirada uno del otro. Se quedaron
así varios segundos (o minutos) sin escuchar la voz del mundo a su alrededor, así quietos y
silenciosos como en el firmamento mismo.
Durante su permanencia en Chile, Paulo y Alcione se volvieron inseparables. Un ávido
deseo los redujo a una sola persona amorosa, unas veces abrazados o simplemente
besándose, destilaban a todas luces un torrente de pasión en sus miradas. A veces, ella
reclinaba su cabello encrespado y revuelto sobre el pecho semidesnudo de Paulo,
consumido por la dicha inmensa de sentirse amado por primera vez. Desde un principio,
sintió que la amaba más que a nadie en el mundo y los veinte días que pasaron juntos se
esfumaron con rapidez.
Soy tuyo para siempre, le dijo un día y quiero casarme contigo.
Antes de despedirse, mirándolo profundamente, Alcione se despidió con los ojos
humedecidos y entregándole un sí como respuesta se perdió detrás de una hermética puerta
del aeropuerto Pudahuel, dejándolo consumido en una pena negra que incluso le acalambró
brazos y piernas, paralizándolo por varios minutos.
En el bus de regreso, Paulo oculta su tristeza bajo unos lentes oscuros, cuando hasta parece
que el sol se arrancó detrás de Alcione. Pero, algo le dice que esa despedida no será para
siempre, ya que está decidido a seguirla hasta los confines para conseguir el gozo de su
compañía. Porque ya no concibe la vida sin ella y comienza de inmediato a lanzar las redes
en torno a su destino que ahora cambia bruscamente el rumbo, dejándolo ante un muro
divisorio: antes y después de conocerla. Así, decide que nada puede volver a separarlos y
viajó a visitarla para conocer a sus padres en septiembre, con un anillo de piedra cristalina
en su bolsillo que le regaló su madre. Lo que sella el compromiso, fijando inmediatamente
la fecha de la boda: ocho de febrero del año dos mil tres. Ahora se acerca Navidad y a
Paulo solo queda esperar. Brotaron hojas, plantas y el verano alienta sueños desquiciados
en la mayoría de la gente. Más, Paulo y Alcione confían en su Amor y en el futuro. Ojalá
ella encuentre pronto un trabajo en Chile y quizás a él, le aumenten un poco el sueldo o se
cambie a un empleo algo mejor. Pero, lo más importante de todo es que este amor perdure
en el tiempo real para siempre jamás.
“Madre de Chile”
I. Antes de Navidad
Carmen, con los ojos adormilados mira la contratapa del diario dominical en el piso
que dice con letras blancas: ¿Cuál fue nuestra victoria? Un libro. (Pablo Neruda)
Por supuesto, no le dicen mucho esas palabras y aunque conoce de sobra al poeta nunca ha
leído nada de él, porque salió a los doce años de su casa en Temuco a trabajar en la capital
y volver sólo en las vacaciones. Sin desperezarse aún por completo se sienta al borde de la
cama para tomarse el pelo largo y ensortijado con un cole azul. Después de una ducha corta
y tibia, mira con ternura a Panchito (2), quien duerme a pie suelto en su cuna y saliendo
silenciosamente del dormitorio cruza el patio de atrás de la casa donde trabaja hace quince
años.
Los chubascos de la madrugada humedecieron el pasto y la piscina cubierta de hojas
tiene un aspecto amarillento. A las siete y media en punto, están desayunados los tres hijos
adolescentes de sus patrones quienes se van al colegio con el papá…” Y la lluvia caerá,
luego vendrá el sereno…” de los Iracundos, suena de fondo en la radio de la cocina,
mientras Carmen se toma un té antes que despierte Panchito, quien no la dejará tranquila
hacer las cosas. Cada vez más crece en su alma el deseo de volver al sur, ya que la plata no
le alcanza para nada y el niño llora cuando no le permite desordenar ni tomar nada pues se
enojan los patrones. Muchas veces al día tiene que rociar spray si el niño se hace caca, ya
que aún no avisa, entonces lo reprende un poco, pero su amor de madre es tan fuerte que
después le acaricia. Seguramente por eso no aprende, piensa ella con tristeza mientras sale
bruscamente de sus cavilaciones con Panchito llamándola a gritos. Después del abandono
irresponsable del padre que lo concibió una noche cualquiera y que más tarde le confesó
que estaba casado y no dejaría por nada a su mujer, Carmen nunca piensa ni ha vuelto a
saber de él. Ahora con treinta y ocho años, de apariencia delgada, el cuerpo firme y el
rostro de una mujer joven todavía, mira el futuro con optimismo porque está acostumbrada
a luchar y tropezar con muchas dificultades desde muy pequeña. Panchito, con su carita
inocente le hace olvidar los sinsabores y las penas de su vida cotidiana, con menos soledad
que antes pero con más sobresaltos. Cuando el niño se enferma, tiene fiebre o le salieron
sus primeros dientes y no comprendió porqué lloraba tanto. Desvelada algunas veces en la
noche por el cansancio y el trajín, con los ojos abiertos mira la luna brillante a través de las
cortinas. Y cuenta los días y los meses del largo e interminable invierno, llorando sin hacer
ruido hasta que la vence el cansancio y ya clarea el alba. ¡Qué ganas de quedarse otro
momento en la cama al lado de su niño y hay que levantarse con tanto frío!
II. Navidad
Un pájaro que pasa rozando la ventana como una metralla de luces la despierta a las
seis de la mañana. Se aproxima Navidad. Aunque Carmen, aún llora a veces en las noches,
aprendió que sólo a través de la imaginación puede gozar de momentos bellos que no
existen realmente pero, que tienen el gran poder de producirle algún grado de felicidad. A
pesar, de sentirse muy deprimida y vulnerable, se anima a continuar sin desmayo en sus
desvelos de madre como en su trabajo. Además, le encanta pensar que todo se va a arreglar
como por encanto en un futuro próximo. Con la proximidad de Navidad. Así, este año
piensa arreglar el árbol con más entusiasmo que nunca, aunque ya nadie la ayude como
antes, pues los “niños” ahora tienen otros intereses, fiestas, pololas, paseos en auto.
Han cambiado tanto que ya ni los ve mucho en la casa y si están, ni la miran
siquiera o pasan delante de ella como si no existiese, entran y salen todo el día como
huracán. Por esta razón se siente feliz de tener a Panchito, el único capaz de detener el
círculo de los pensamientos interminables que abren la brecha, entre el ajetreo diario y la
noche oscura que oculta los sueños de Carmen.
Ahora que faltan apenas dos días para Navidad ya no tiene tiempo para pensar ni
llorar. Con tanto ajetreo, compras y preparativos, se embotan sus sentidos negándose a sí
misma hasta que pasen las fiestas. Especialmente por Panchito que mira como alucinado el
árbol cuando ya no le interesa apretar las esferas multicolores ni sacar las guirnaldas,
después que le gritaron tanto y hasta le dieron unas pequeñas palmadas en sus manitos por
desobediente, las que seguramente no le dolieron tanto como a la Carmen, la que se puso
roja de rabia y les sacó en cara su poca paciencia con el niño, recordándoles cómo fueron
de mal enseñados por ella cuando pequeños, los malagradecidos.
_ Te apuesto que para variar otra vez hay pavo con papas duquesa y ensaladas igual que el
año pasado. ¡Puchas que estay creativa! le dice Patito (16) a Carmen, quien así
cariñosamente le llama aún.
_ Bueno, come si querís no más, le contesta ella molesta y desapareciendo de un portazo
tras la puerta de la cocina.
En ese momento, Panchito de la mano de Magda (13) mira ensimismado el pesebre
bajo un hibisco al fondo del patio y frente a la ventana de la cocina. Carmen, lo mira con
ternura y se le pasa la rabia como por arte de magia.
Tantas cosas que esperó de este año, diluidas irremediablemente con la lluvia y el
viento invernal. Ahora, sin resonar de trompetas resucitan todas las esperanzas en la forma
de alegres pájaros y flores. Un arcoiris celestial que dispersa por estos días un poco las
penas. Panchito, es el primero en llegar corriendo a la mesa cuando Carmen llama a tomar
“onces – comida” en la mesa del patio, a las siete de la tarde. Falta un día para Navidad y la
señora le dio permiso para pasar la Nochebuena en casa de una prima lejana que vive en
Santiago. Sólo tiene que dejar todo listo y la mesa puesta. Algunos amigos bastarán para
calmar su corazón apesadumbrado con el recuerdo más vivo en estos días del papá de
Panchito. Mañana en la noche, vestirá la misma blusa de seda celeste con el que tanto lo
impresionó cuando éste la vio por primera vez. Se la había regalado su patrona cuando le
contó que estaba invitada a una fiesta de cumpleaños y no tenía con qué ir. Con la llegada
del Niño, entre el sonido de campanitas de cristal y burbujas risueñas, se cierra la fuente de
tristeza por algunas horas mientras, cada uno abre su regalo antes de que se apaguen las
luces multicolores. Sólo los ojitos vivaces y oscuros de Panchito, ayudan a mantener el
fuego encendido que alumbra las noches de Carmen después de la Espera tan anhelada.
III. Ultimo día del año
El 31 de diciembre, Carmen despierta y abre las ventanas del dormitorio hasta atrás.
A las ocho de la mañana Panchito, ya salió de su cama y el aire fresco no mueve ni una
hoja de los árboles. Mientras el niño juega con un camión de plástico bajo la mirada atenta
de su madre, ésta arregla los últimos detalles para la cena de Año Nuevo en la mesa del
patio. Sólo falta el mantel rojo que ofreció una hermana de la señora. Parece increíble que
con tanto calor la gente aún tenga deseos de comer, piensa Carmen. Hasta los automóviles
vuelan hacia un destino fantasioso que promete un gozo que comenzará a las doce con los
fuegos artificiales y las burbujas chispeantes del “champagne”. Toda la gente circula con
agitación por las calles, en una verdadera carrera detrás de sus esperanzas hirvientes y el
calor sofocante.
Carmen, se sienta un momento frente a la mesa que adornó con esmero para la
ocasión. Se siente agotada, tiene las piernas hinchadas y un ardor en el estómago. Panchito
se quedó dormido. Ya son más de las siete y es el único lugar donde se puede respirar a esa
hora. Una pequeña brisa juguetea entre la arboleda del jardín. Esta noche ayudará a la
señora con la cena y mañana le dirá finalmente que está decidida, se irá a vivir y a trabajar
al sur. El niño necesita conocer sus raíces para conectarse con la tierra de sus antepasados.
Si no, irá por la vida buscando algo que no sabe muy bien qué es. Como ella que siempre se
avergüenza cuando alguien le pregunta en qué trabaja. Al papá de Panchito le contó que era
secretaria, siendo una razón primordial, según él, por la que se alejó de ella cuando supo la
verdad. Después de tantos años sacrificándose desea comenzar una nueva vida, por
supuesto trabajando en lo mismo, como Asesora del Hogar, al fin y al cabo es lo único que
sabe hacer bien, pero aceptándose a sí misma en un ambiente más familiar y cercana a los
pocos parientes que le van quedando, hermanos, primos. Quizás, de esta forma finalice el
tremendo dolor que ha significado el desarraigo en su vida, a pesar de que sus patrones se
puede decir que han sido muy buenos con ella, pero aún así siempre la hicieron sentirse la
“empleada” de la casa. Bueno, más bien ella nunca quiso ocupar otro lugar que el que le
correspondía. Ejemplo, nunca se bañó en la piscina ahora llena de luces y velas para
encender en la noche. Ni los pies siquiera, pero eso ya no tiene ninguna importancia, lo que
pasa es que ahora piensa en Panchito, quien le dice con sus ojitos “Mamá, así voy
creciendo” y necesito un espacio libre de prejuicios donde desarrollarme con alegría.
Donde no me digan a cada instante y por cualquier motivo que estoy estorbando. Quiero
jugar y correr libremente como todos los niños del mundo. Un aire fresco que mueve las
ramas del árbol “navideño”, sacó a Carmen de sus cavilaciones y en seguida se levanta a
cortar algunas hojas del mismo laurel, las que se apresura a poner en un plato como un
augurio de abundancia para el Año próximo.
Pasadas las diez de la noche y después de una larga sesión de fotografías, recuerdos
para la posteridad de los dueños de casa y de sus familiares, todos se sientan a la mesa
como habían acordado. Cenar antes de las doce.
_ Somos trece, por favor sienten también a Panchito para mejorar la suerte, dijo alguien.
Carmen, se apresura a sacar al niño del coche y lo sienta en su falda, pero él lanza
un gritillo nervioso que no se sabe si es risa o llanto.
En la mesa abundan grandes y hermosas fuentes con ensaladas, pavo, carne y papas
duquesas. Cada uno se sirve su plato y comienzan a cenar. Cuando ya faltan pocos minutos
para las doce todos comienzan a levantarse de sus sillas y a destapar el “champagne”. La
mayoría busca a quien abrazar primero, las niñas a un hombre, para encontrar en el
transcurso del año, al fin un pololo o un esposo si está en edad de casarse. Carmen no suelta
a Panchito de sus brazos por nada del mundo, mientras torrentosas lágrimas caen de sus
ojos todo el tiempo que duran los saludos. Más o menos media hora. Después nadie vuelve
a sentarse en la mesa, ni siquiera para el postre, formándose grupos pequeños de
conversación. Una fuente llena de frutillas y frambuesas con azúcar flor, tortas heladas con
nueces, aparecen de mano de la Carmen en la mesa. Todos se sirven un poco de aquí y de
allá, mientras en el cielo se elevan algunos globos llevándose el año Viejo. Ya no hay
vuelta atrás. Todo lo sucedido, cena, abrazos, conversaciones, ya pasaron a formar parte del
pasado. Carmen, ayudada por algunas personas, recoge rápidamente las cosas de la mesa y
se retira a la cocina a lavar la loza. El niño, sentado cerca de ella en el coche, juega con un
autito.
En la mañana temprano del día primero de enero, mientras Panchito aún duerme con
su pelo revuelto, Carmen presiente sin saber por qué, que este año que comienza va a ser
mejor. Todas las lágrimas derramadas en la noche anterior dejaron limpio el espejo donde
se devela su futuro. Allí, divisa el rostro feliz de un niño con sus alegrías y penas,
representando a la vida en todo su esplendor. Como nunca se siente renovada y con fuerzas
para continuar llevando la pesada mochila de criarlo en su espalda. Tiene la certeza de
hacerlo con éxito. Quizá, más tarde hable con la señora de sus proyectos, mañana. Por
ahora, el cielo más transparente, lava sus ojos con optimismo. En aquella fuente celestial y
milagrosa que acoge a toda mujer que posterga un poco su vida al decidir por la
maternidad.
LA PIEL
I Parte
Con los ojos aún adormecidos, Paulina lee distraídamente la contratapa de un diario en el
suelo, esto termina por desperezarla y pensar en que todas las historias no son iguales. Hay
algunas mujeres que se levantan sin titubear, con la mirada impávida y sin denotar el
desasosiego que las aflige. Parecen diosas lejanas, siempre arregladas y pulcras, como
salidas de una revista de modas o de la peluquería. Calle arriba, sin mirar el suelo,
manteniéndose en el tiempo igual que un retrato guardado en un baúl, solamente salen de su
lugar sagrado para mirarse en el espejo esperando que algo interesante les suceda. Viajar,
conocer gente y ganar dinero. En cambio a ella, lo único que le resulta bien es fotografiar,
pues su vida es una seguidilla de fracasos, contrasentidos, problemas económicos y
desilusiones amorosas…
Mi nombre es Paulina Altamirano Esta tarde, enero despide aromas a lavanda y pino, pero
no tengo idea qué hora es. El tiempo gira lentamente como remolino del estío, arrastrándose
a través de un cristal abierto del dormitorio y donde titilan las sombras de una rama del
árbol de la calle. Ultimo día del mes y nada amenaza con romper la rutina habitual. Una
mujer, con bolsas del supermercado, camina rápidamente por la vereda asoleada. La casa
inventa ruidos ilusorios, pasos, crujidos del closet y voces imperceptibles que acompañan a
frágiles siluetas flotando a la orilla de la cama. Quisiera dormitar aunque fuera por unos
minutos pero, los sedantes ya no me hacen efecto, menos cuando la memoria comienza a
deslizarse en una cascada que empaña toda razón. Quedó atrás la hora transcurrida entre
vapores ensoñadores que se apegan a mis pestañas y a los muslos tibios. Sólo los latidos del
corazón me obligan a salir de este letargo casi fatal, donde se escuchan hasta los silbidos al
respirar. Soy Licenciada en Artes, pinto y últimamente me dedico a la fotografía. Obtengo
el material gracias a mi trabajo en un museo donde no gano mucho pero, al menos me
pagan la salud y puedo vivir como una persona normal, aunque modestamente. En este
momento me siento confortada bajo las sábanas albas que abrigan mi desnudez completa y
no me embarga ninguna emoción en particular. Un aire tibio que me acaricia la piel de la
espalda me acuna en sus brazos. Así, el recuerdo aprovecha las circunstancias favorables
para aligerar su pesada carga. Sin voracidad, la luz se filtra a través de las cortinas
desteñidas del dormitorio. Falta todavía para el ocaso y no me interesa saber la hora. Un
automóvil pasa tocando muy fuerte la bocina, camina gente por la vereda conversando y
ladra un perro pero, en seguida vuelve a arremeter el silencio. De pronto, tengo inmensas
ganas de llorar pero, no sé porqué, creo que necesito dormir un poco, al menos aquello
tiene mayor sentido. El sueño, acercándose por el pasillo sin aspavientos con su
acostumbrada paciencia se deja caer en cuerpo y alma. Entonces, besándome en la frente la
realidad se desvanece al instante como un ángel.
Acunada en sus alas sedosas, recorro patios llenos de naranjos y muros descascarados del
ayer. Aquí no hay sombras que envenenen el aire en su constante vaivén, sólo paisajes
asoleados y calles empedradas. Casas con alegre colorido, faroles y buganvilias en macetas,
me hacen percibir este viaje como el camino de mi existencia, lo que me lleva hacia un
abismo de interrogantes ante la percepción arrolladora de colores y espacios. Después, todo
esto se traduce en la necesidad de enfrentar la vida de todos los días, cuando sobreviene
esta sensación de vacío que, a pesar de todo, es una forma de felicidad que resulta de mirar
hacia adentro y reconocerme maravillosamente libre durante esta travesía a campo abierto.
Al revés de vivir en esta urbe colapsada y enorme de tanta frialdad.
Dormí hasta las nueve y media de la mañana. Mientras estiro un poco sobre el pasto el
pareo brasileño que me regaló Rodrigo, me recuesto a la semisombra de un castaño y cruzo
los brazos mirando el cielo. Ya lo dije antes, me dedico a fotografiar la piel. Aterciopelada,
lisa, brillante, arrugada, suave, curtida, húmeda. Toda una infinidad desfilando ante mi
desorbitado lente con su deseo entrañable de luminosidad, escudriñando ínfimos poros,
lunares, venas, vellos, manchas; mientras avanza en aquel campo veteado asomándose con
inocencia y ante mi propio asombro, que bulle a borbotones con estas visiones. La piel.
Siempre me deja perpleja, sin cruzar el límite real que desenreda el ovillo del entramado
tembloroso de aquel contorno ilusorio que protege nuestra carne sangrienta. Han pasado las
horas y nuevamente llega el crepúsculo. Siento escalofríos y los pies helados mientras riego
el pasto, más tarde cuando entre a la casa beberé un té hirviendo de bergamota. El mismo
que tanto le gusta a Quely. Hoy, Rodrigo insistió tanto en lo templada que encontró la
piscina esta tarde. Seguramente tontas disculpas para arrancarse por unas horas a Viña,
según él por trabajo. No es para menos con treinta y cuatro grados y una relación que se
vuelve cada vez más asfixiante. En este momento suena el teléfono. Una llamada de Quely
desde Florencia, le dije que no se preocupe por nada, todo bien, yo y también su casa.
Ahora el sol ya se escondió tras del techado y un airecillo fresco remece las enredaderas. La
piscina parece una taza de leche y en su quietud apacible se reflejan las primeras estrellas
del atardecer. Voy a encender algunas luces y después de fumar este cigarrillo me encerraré
en la casa, porque siento un poco de frío. Rodrigo, finalmente se fue a Viña y no vuelve
hasta mañana. Prometió que no me dejaría un día más tan sola, última vez, mi amor, dijo.
Pero dudo que pueda cumplir su promesa. Cada vez nos alejamos más, como las nubes
donde se pierde un avión descarriado.
Releo algunas líneas de un poema que Rodrigo me escribió hace tiempo: “Esta mañana se
fue el verano/ mis ojos tristes en la lejanía/ mirar los tuyos ya no consigo/ y hace que
parezca noche el día”. Salgo del dormitorio y mientras camino a oscuras por el pasillo hasta
la cocina, vuelve a resucitar veladamente mi tristeza sumiéndome en un estado casi
paranoico. Lloro sinsentido como un niño inocente que no sabe por qué siente pena.
Entonces, después de apagar la luz de la lámpara cruzo el puente, adentrándome en el
mundo inquietante que comienza después de cerrar los ojos todas las noches. Porque soñar
es encontrarme, frente a frente, ante una muralla que deja al otro lado una realidad
desfigurada y hambrienta que oculta lo que “soy” en la oscuridad más absoluta de mi
conciencia. Por esta razón, nació la necesidad de escribir de ahora en adelante mis sueños,
para escudriñar en ellos lo que me resta de destino todavía. Adentrándome en ese mundo
virtual que me aspira con su luz incandescente, puedo leer de corrido tanto las huellas que
va dejando en la pantalla como las marcas del amor de Rodrigo en mi piel.
II Parte
Otro verano que se aleja recogiendo con su estela toda la hojarasca que dejó el estío. Una
blanca paloma que está en los cables telegráficos, absorbe como una esponja la luz del sol
que adquiere un brillo lunar que me asombra. Los trajines de la ciudad santiaguina:
compras, útiles escolares, uniformes, anuncian el comienzo real del año que se viene
encima como un río desbordante que aniega de ansiedad calles y malls, donde camina la
gente con mucha prisa y con rostro desfigurado de preocupación. La iglesia llama en este
tiempo a practicar la limosna, es decir el bien, junto con la llegada de Cuaresma pero, aún
así, todo lleva a pensar en comprar cosas, salir y pasar lo más entretenido posible.
Trompetear por delante que todo está bien, es sólo un modo de sobrevivir en estos días. La
gente se desnuda en el secreto de su habitación de todo lo sobrante, mirándose sin
reconocer su rostro en el espejo empañado. Marzo, tiene su cuota de misterio, pero en la
búsqueda de cada uno tras de su destino hay una verdad: “Soy esto y es todo lo que tengo,
parecen decir las paredes de la habitación donde aún sin máscara, es imposible ver la
realidad.” Así comienza el otoño que deja también bajo las hojas, las ansias locas de una
ciudad que no duerme nunca y donde los sueños se derritieron con el verano caluroso.
Entonces desde la lejanía, con palomas blancas en el cielo nos dicen adiós para siempre.
Hoy sábado en la mañana, junto con las hojas ha llegado una carta que está en el suelo bajo
la puerta de entrada. Más tarde bajaré a recogerla. Seguramente algún aviso de una cuenta.
El viento dispersó las nubes que proliferan en un cielo de abril cada vez más grisáceo. La
carta trajo noticias de Rodrigo aún en España, picando piedras en una cantera de Gilbraltar.
Le pagan por cada pieza que esculpe, pero hay un problema: todas deben ser parecidas o
más bien exactas, lo que para él significa un verdadero insulto a su creatividad y por lo
tanto, trabajar así se ha trasformado en un tormento, y sólo por necesidad continúa allá. No
le alcanza más que para vivir decentemente o casi… Igual que siempre le reitera hasta el
cansancio sus ganas de volverla a ver, y en adelante se promete a sí mismo como a ella,
juntar dinero para volver a Chile y tratar de encajar en el “sistema” de una vez por todas.
Con esa capacidad tan suya para mantenerse al margen de responsabilidades como trabajo,
matrimonio y compromisos en general, siempre fue el asombro de siquiatras o sicólogos, lo
que además representaba un verdadero orgullo a estas alturas de su vida, con cuarenta y tres
años cumplidos, tiene impreso con fuego un sello en la frente que lo hace diferente. Sobre
todo para las mujeres que llevadas por un cariño maternal lo acogen en su seno, mientras él
se deja querer sin poner nada de su parte, ni el más mínimo sacrificio. Por eso Paulina, se
llevó la tremenda sorpresa cuando éste le anunció su partida. En febrero del año anterior,
sentados en un banco del Parque Forestal, justo al frente del departamento de Paulina y
donde se realizaba una Feria de Libros usados, una tarde calurosa y mientras bebían
abundante agua mineral, Rodrigo le dijo:
-Me voy a España a trabajar un tiempo largo.
-Te vas con ella supongo, le dijo Paulina.
-No, al contrario, contestó él. Marcia me echó de la casa definitivamente, ya te he dicho mil
veces que no queda nada entre nosotros, nuestra relación se ha hecho insostenible. Tengo
que pensar qué hacer con mi vida, porque me siento vacío, sin expectativas ni metas.
-Dedícate en adelante y una vez por todas a lo que es tu pasión. Con cuerpo y alma a lo que
tienes que hacer. Aquello que te enaltece y te hace sentir realmente vivo, le contestó ella
casi susurrando y mirándolo profundamente a los ojos.
-Esta vez te prometo que voy a hacer todo lo posible de mi parte. Quiero horadar la piedra
hasta encontrar el diamante espléndido que siempre se resquebraja entre mis dedos, pues
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Cuentos de verano

  • 1. CUENTOS DE VERANO ITALIA NARDOCCI FIGUEROA SANTIAGO, 2000
  • 2. Prólogo Casi la mayoría de estos cuentos nacen en pleno verano entre un jolgorio de flores y pájaros que vuelan rozando el siglo pasado hasta desaparecer en la lejanía. Múltiples lágrimas ayudaron a rebalsar el estanque que riega toda una vida, empapando cientos de hojas recicladas por ahí. Después de andar a oscuras y ensayar con la palabra poética, atisbo a mi destino relampagueante en el cielo con tormentas boreales sin precedentes en la historia del mundo, las que provocan una aurora narrativa que anheló renacer precisamente, cuando ya no existe un mañana. Aunque anhelar mi felicidad, a pesar de todo, continúa siendo la obligación más urgente del momento, es necesario desoír al viento que se lleva, día tras día, las semillas que germinaron los sueños. ¿Es posible que sólo en el papel se hilvanen mejor las horas y los pensamientos inútiles de la vida cotidiana? El único lugar que existe capaz de derribar los muros sin ventilación donde rebotan en vano, dispersándolos en la memoria colectiva sin proporcionarles ni la más remota posibilidad de retorno.
  • 3. LAS TORRES GEMELAS El segundo martes de septiembre, María de los Ángeles, se levantó más temprano que de costumbre para ir a su oficina igual que semana tras semana, entre alegrías y penas, desde su juventud casi nunca se toma un descanso. Sus días transcurren entre el apego a su trabajo, con almuerzos o comidas de la oficina y de vez en cuando algunas salidas con un grupo reducido de selectos amigos que conoce desde que comenzó a residir en Nueva York cinco años atrás. De origen latino, 35 años, soltera, buena moza (como dicen en Chile) y sin sobresaltos económicos gracias a su habilidad para los negocios, se dedica tiempo completo a la venta de seguros en la oficina S.K. con varias sucursales y capitales en otras ciudades del mundo, como la ubicada en la torre uno, World Trade Center, hacia donde ahora se dirige vestida con un elegante traje de dos piezas azul y una fina blusa blanca que acentúa más el color mate de su rostro, enmarcado gracias a un abundante cabello negro y rizado. A las siete y diez minutos en punto de la mañana salió de su lujoso departamento llevando un maletín de cuero negro lleno de documentos. Mientras camina en dirección a la estación del metro, hizo y recibió variadas llamadas de su celular, para recordarle las flores, galletas y otros detalles a su secretaria, encargada de preparar una reunión programada a las nueve de la mañana y la que tenía que resultar perfecta, pues se trata de altos ejecutivos de una empresa constructora japonesa muy importante. En su ánimo tranquilo como en sus ojos serenos, nada hacía presagiar los tristes acontecimientos que viviría unas pocas horas más tarde. En el metro la mayoría de la gente permanecía silenciosa, demostrando con la mirada un aire de indiferencia y preocupación, como si todos hubiesen pasado la noche en vela. Además, nadie se mira entre sí por miedo a revelar el secreto más íntimo escondido en la profundidad de sus conciencias. M. A., encontró a duras penas un asiento al lado de una ventanilla y en seguida se hundió en sus pensamientos. En la noche anterior, su madre viuda como también Carola, su única hermana, le habían confirmado al fin su visita El
  • 4. largamente esperada y postergada por diferentes razones, entre ellas la enfermedad incurable de esta última quien reside y trabaja en Boston hasta que su madre decidió hacerse cargo de sus cuidados y de la compañía tan necesaria en esos difíciles momentos. Antes pasarían algunos días en Los Ángeles, ciudad donde su hermana había sido invitada insistentemente por una ex compañera de colegio. Desde que tenía memoria ayudó a ambas con algún dinero para sus gastos e incluso con los pasajes para viajar de vacaciones, por lo demás siempre abrigó las esperanzas de que alguna vez se instalaran definitivamente a vivir todas juntas o al menos en la misma ciudad. Sólo era cosa de tiempo. Una vez fuera del metro, M. de los Ángeles, volvió a sus preocupaciones habituales e inmediatamente sus pasos se confundieron con el tráfago inmenso de la ciudad algo fría y otoñal. A las ocho y diez en punto, como todos los días entró a la torre resplandeciente y saludando algunas personas conocidas se perdió de inmediato en uno de los múltiples ascensores repletos de gente. Todo era pulcritud y orden, especialmente en su oficina y comenzando por su secretaria, quien bien maquillada y vestida para la ocasión la saludó amablemente. Comenzaron de inmediato los últimos preparativos de la reunión, y mientras los minutos transcurrían entre un torrente de papeles, el sol de pronto hizo notar su débil aparición. Entonces M.A, sumida silenciosamente en su trabajo escuchó el aún lejano motor de un avión que la trajo a la realidad, y aunque faltaban algunos minutos para las nueve, ya el timbre anuncia con insistencia la llegada de alguna persona justo en el momento preciso cuando el ruido del avión antes lejano se va acrecentando, entonces llama a su secretaria mientras, asomándose a la ventana mira con sorpresa un avión Airlines aproximándose como una flecha entre los rascacielos, a muy baja altura y en dirección directa al edificio, casi encima de ella, entonces horrorizada presenció una gran llamarada producto de la colisión y un gran estruendo que sobrevino enseguida. De allí en adelante todo fue caos mientras la gente corre despavorida en busca de salvación, dejando zapatos y cosas regadas por el suelo en medio de una atroz confusión y sonajera de vidrios mientras un olor profundo a combustible continúa acrecentándose. M.A,
  • 5. como una trastornada corre y comienza a descender como puede las escaleras presurizadas de emergencia, mientras una forma de bruma ya casi no deja ver claramente los rostros. De pronto, la voz amada de “alguien” que la tomó cariñosamente de una mano le recuerda a su querida madre cuando se acerca hacia una salida donde llegó sin explicarse cómo. Una vez abajo continuó corriendo para salir de ese infierno hasta llegar a la calle donde otros afortunados como ella corrían aterrorizados sin mirar atrás hasta perderse, empolvados como estatuas de sal desde la cabeza hasta los pies y justo en el mismo instante cuando se escuchó un segundo impacto de avión en la otra torre gemela. Muchas horas más tarde, una vez en su departamento M.A, se enteró por las noticias de la televisión que se trató de un ataque terrorista que secuestró aviones comerciales, y en uno de ellos que procedía de Boston, confirmó con estupor que viajaban su madre y hermana... EN UN PAÍS LEJANO Una luz otoñal entró en sus pupilas con algunos rodeos, ascendiendo desde el alba hasta las mentas y tulipanes del jardín brillante con el rocío de agosto. Nancy G, despertó con el aroma a pan tostado y el sonido de las tazas del desayuno que la obligan a salir de aquel ensueño que no permite a nadie aterrizar en sus dos pies antes de beber un café caliente. A las ocho de la mañana del domingo, con tres grados de temperatura más el peso de una camiseta de yeso que le colocaron hace más de quince días en un centro traumatológico de urgencia, fueron motivos suficientes para sentirse asfixiada y además muy deprimida. Nadie se esperaba el fuerte porrazo que se dio a las cuatro de la tarde de un día sábado, justo y cuando un bocinazo le anunció la ruidosa llegada de su hermana Silvia. En ese momento salió corriendo escalera abajo mientras comienza a descender con cartera, diarios, chaqueta y un plato de postre en las manos que voló haciéndose añicos en miles de partes las que volaron por el aire, solo porque se desconcentró por un segundo casi fatal
  • 6. antes de rodar cuesta abajo como un saco de papas desde el quinto escalón, armando un estrépito tremendo que sacó a todo el mundo del siempre relajado descanso sabatino. Allí mismo, entre la escala y una puerta quedó inmóvil, como un pájaro con las alas rotas y abiertas, boca abajo y sin decir ni pío, sólo un débil quejido reveló que al menos aún permanecía con vida. Carolita, su nieta querida, la primera en llegar gritó: ¡abuelita, abuelita!, produciéndole a Nancy cierta hilaridad la niña con su carita manchada con chocolate, a pesar de que un dolor aún indefinido iba aumentando cada segundo en intensidad hasta que pareció faltarle el aire para respirar. De a poco comenzaron a llegar todos a contemplar la penosa escena, la noble y bondadosa Berta quien con más de veinte años en la casa, muy alarmada gritaba a toda voz: ¡se mató la señora! ¡se murió...! Claudio, el menor de sus hijos, también salió disparado del baño donde en ese momento se secaba el pelo después de un partido de fútbol, y lanzando ropa y toallas lejos llegó a su lado tratando de levantarla, mas los quejidos y señas de dolor de su madre se lo impidieron. Enseguida Jaime, su sobrino, el hijo de Silvia, justo cuando entra a la casa vuelve a salir corriendo gritando fuerte a su madre y hermana menor para que lo escuchen:_ ¡Entren a ver lo que pasó con mi tía! -Yaahh... Déjense de bromas. Díganle que se apure mejor, contestó Silvia mi hermana, desde la puerta de calle. A pesar del bullicio que había subido un poco de tono: ¡qué párala, qué no, traigan un chal, mejor un almohadón, que se pegó en la cabeza, llamen una ambulancia, denla vuelta...! - ¡BASTA, YA ESTÁ BUENO! Son tontos o se hacen, debemos actuar razonablemente, dijo Silvia apenas entró arrodillándose a su lado para observarla bien y preguntarle: - ¿Te pegaste en la cabeza? - Sí un poco, contesta Nancy, pero lo peor es aquí en el brazo continuó indicando con muchas dificultades el hombro izquierdo. Me duele mucho, así que ni siquiera me toquen... ¡Ay! ¡Ay! Entre varios, apenas consiguieron ponerla de pie, ya que aparte del dolor Nancy
  • 7. se sentía un poco mareada, pero igual comenzó a caminar con ayuda y ante los ojos atónitos de todos, los que además la miran como si se tratara de un milagro que aún permanezca viva. Con mucha dificultad y paciencia la llevaron hasta el auto de Silvia, donde antes de subirla, un grupo de personas que caminaba por la vereda del frente la miró con lástima. El viaje hasta el centro asistencial de urgencia se le hizo insoportable. A pesar de la hora, tres de la tarde y día sábado, en las calles circula una gran cantidad de vehículos con gente que había salido en busca de aire libre, un poco de sol o tal vez, de un mall donde perder en la mejor forma posible las horas de la tarde. Al revés de Nancy, que nunca conseguirá olvidar el dolor tremendo que sintió minutos más tarde, cuando entre dos traumatólogos le movieron el brazo inerte igual al de un muñeco de trapo, de atrás para adelante entre fuertes y sentidos ¡ay ay ay! Quince días después de operada, puesto que el yeso nunca corrigió la lesión del hombro, aún continúa postrada bajo el peso asfixiante del dolor que punza como el sin sentido de una respuesta que nunca llega, salvo el tíu, tíu tí de un zorzal que canta en el jardín, demostrando que las horas avanzan como una película en blanco y negro, a pesar del ritmo vertiginoso de la luz que pasa dejándola aislada en ese negativo desquiciado en que se transforma muchas veces la realidad cotidiana, paralizando toda posibilidad de expresar lo que siente como ella quisiera. Un lenguaje desconocido que resulta casi imposible a la hora de transcribirlo en el papel y que viene junto con las remembranzas, dejándola sin ánimos para mover el lápiz siempre indiscreto que escarba en la memoria hasta el extremo de hallar en “el tiempo perdido” un camino de escape. Aún descansa la ciudad esta mañana, un domingo de octubre, y seguramente que están más hermosos que nunca los tulipanes morados que plantó Alejandro en una jardinera, aquellos que resultan tan placenteros a la vista, ahora que está tan cansadora y aburrida la televisión en estos días de encierro. La primavera fluye en ramilletes y agota la gama de colores de la paleta, sólo hay que dejarse empapar sin tratar de resolver el crucigrama enredado de luz y su consiguiente avalancha de renuevos zanjando toda posibilidad de perder las esperanzas y las que llenan las múltiples
  • 8. charcas donde rebuscar nuevamente las ganas de vivir exactamente igual como hacen las aves alegres saliendo de sus nidos anunciando tiempos mejores. Sin embargo, a veces la realidad que vemos y palpamos no es la única que existe, pues en la otra cara del planeta, en un país muy pobre y lejano llamado Afganistán, miles de niños, mujeres y ancianos huyen de sus casas buscando un refugio, mientras esperan la llegada del invierno bajo un cielo brillante de cohetes y bombas de racimo, piensa Nancy justo en ese momento en que las nubes arreboladas y tornasoles de octubre humedecen un poco sus pupilas enrojecidas, al pasar frente a su ventana. LA MEMORIA Delia lanzó lejos sus zapatos y con dificultad se coloca unas chalas de plástico negras antes de bajar corriendo a abrir la puerta cuando escucha sonar el timbre. -Soy Omar Silva, el técnico, dijo un hombre de baja estatura que parece agrandarse una vez que está en el segundo piso mientras éste le explica a Delia con muy pocas palabras que ese antiguo modelo de programa computacional no servía para nada, y por eso mismo él como técnico se siente en la obligación de barrer con toda la información contenida. -Mire señora, este programa ya no se utiliza, además lo único que vale la pena es la pantalla, entonces mejor hay que “barrerlo” por completo, entregándole más memoria. -Usted haga lo necesario, no entiendo mucho porque yo sólo escribo y tengo algunas cosas archivadas como algunos y poemas, dijo Delia resignadamente, recordando a sus hijos que siempre le repetían lo mismo, pero ella se encontraba tan cómoda y encantada con ese sistema Word, programa que le ayuda un poco a ejercitar su memoria, a la que a su parecer en estos tiempos se le da muy poca importancia. Hoy por hoy, no es importante
  • 9. aprenderse ni las tablas le repiten los jóvenes hasta el cansancio, pero esas ideas no le pueden entrar en su pobre y anticuada cabeza. _Deje todo guardado en “diskettes”, dijo el técnico con voz grave y mirándola con extrañeza, volveré el próximo lunes. El trabajo completo vale ciento cincuenta mil pesos, además su hijo necesita Autocad ¿No es eso? _ Siiii Claro... _ Son cincuenta más, entonces. Al día siguiente, una de sus hijas pasó a comprar los discos y ella misma en la tarde grabó las cosas con una rapidez increíble, pero antes advirtiéndole a Delia que no se preocupara por ese motivo, porque después volvería a pasarlo de nuevo en Windows y entonces todo quedaría igual que antes. _Quizás, alguna vez vuelva a encontrarme con esos trabajos de tantos años, y no ocurra igual que las miles de hojas llevadas por la brisa, pensó con tristeza Delia. Y las dudas siempre lacerantes, fueron siendo desechadas una por una, anhelando aquellos progresos que deseaba alcanzar algún día como escritora mediocre y desconocida, tal como ella misma se consideraba sin ninguna pretensión de su parte. Entonces, todo lo que escribía fue quedando quietamente en esa memoria algo frágil al parecer, esperando a ser rescatado por alguna mano bienhechora. Pero, tanto por lo perezosa como por su desgano al corregir, los textos que se borraron sin dejar huellas pasaron a ser más de la cuenta. Por supuesto, muchos más de los que ella misma hubiera deseado en realidad. El lunes a las diez de la mañana en punto, Omar S., inició su trabajo y un día después le dijo a Delia con seriedad: _ Es imposible instalar la impresora con W´95, intentaré de nuevo en mi casa donde tengo las mejores condiciones para hacerlo, dijo el hombrecillo. Aunque a Delia no le hizo mucha gracia la idea, dejó que éste se llevara a duras penas el aparato a su casa. Al otro día, llegó el hombre temprano y muy seriamente le dijo:
  • 10. _ Está un poco complicado el tema, me voy a demorar un poco y no le garantizo que quede muy bien, tengo que llevármelo otra vez a la casa. _ Lo he pensado mejor y preferiría dejarlo tal y como está, especialmente por las dificultades en que el trabajo se realice como habíamos convenido, dijo Delia tímidamente. Algunas personas han tenido problemas con ese programa. _ Usted sabrá lo que hace dijo el hombre muy enojado, casi furioso, pero desde este mismo instante le advierto que todos ustedes quedarán en mis manos y mientras tecleaba con mucha seguridad por unos breves minutos, sin añadir más, él mismo apagó el aparato y levantándose del asiento agregó tajante: _ Dejémoslo “sólo” en treinta mil. Delia salió disparada a buscar el dinero al segundo piso, mientras sus mejillas ardían con la convicción absoluta de que todo no era más que una simple y vulgar estafa, entonces volvió entregándole la plata justa, ya que no podía hacer nada al respecto. Especialmente en ese momento que se encontraba sola en la casa. Francisco, le avisó que llegaría tarde y las niñas estaban en casa de su abuela, y ya no tenía el menor deseo de discutir en ese momento pensó, mientras abría la puerta con sus manos tiritonas de rabia e impotencia. Además, tenía unos deseos casi incontrolables de llorar. _ Desde hoy dependerán exclusivamente de mí, repitió el hombre con tono amenazante, saliendo sin despedirse y dando un fuerte portazo. Durante todo el resto del día Delia se sintió pésimo, se tomó un Alprazolam, comió cinco duraznos y varios vasos de bebida, a pesar de su régimen para adelgazar, martirizándose con la idea fija del computador, porque estaba segura que nunca más serviría para nada porque quizás qué le había hecho ese hombre a juzgar por sus amenazas. _ No me digas nada, no sé en qué hora lo llamé, pero me lo recomendaron tanto. Siempre aparecía apurado y cada vez que realizaba las grabaciones sacaba de su maletín un libro de ciencias ocultas, se quejaba días después Delia con su buena amiga Marcia. Por eso quedó tan mal hecha la instalación, dejó el W´98 encima del 95, entonces quedó la
  • 11. embarrada porque además, es el único que conoce el código más bien, la clave para arreglar todo ese lío espantoso. A mí no más me suceden estas cosas, continuaba Delia sin parar, la gente me agrede, me estafa y más encima todos me insultan, maestros, gásfiter, incluso en la feria el otro día, sin darme cuenta, inocentemente ocupé el estacionamiento de un tipo que me sacó a la familia entera, a pesar de que andaba en un autazo y además muy bien arreglado. _ Hay que tener más cuidado, hoy día hay tantos esquizofrénicos, limítrofes y drogados sueltos por ahí, contestó Marcia, cambiando de raíz el tema. ¿Cómo van tus libros? _ Así no más, está muy mala la venta, en los carros de Ñuñoa no se ha vendido ni uno solo, me los devolvieron sucios y amarillentos. Igual que los demás, los cientos que continúan empaquetados bajo la caja escala, me cansé de tanto moverlos de aquí para allá haciendo aseo, entonces ahora dejé un paquete para enaltar un poco el televisor de mi dormitorio, así me recuerdo que tengo que hacer algo al respecto y no se apolillen guardados en un closet. Voy a continuar regalándolos por ahí, a la gente que le agrada la poesía... _ Mañana sábado hay una exposición de pinturas que me interesa ver, te paso a buscar después del trabajo, siempre que quieras ir, dijo despidiéndose Marcia. Te hace falta salir ya que pasas encerrada bajo las cuatro paredes. Nadie te va a mover la casa de su lugar… Al día siguiente, sentadas en un café, Marcia dijo: _ Qué bueno está el café con amareto, tómate otro, yo invito. Está tan agradable la tarde. _ Sí, por lo mismo espero dormir bien esta noche, con uno es suficiente, gracias. Después ando como loro en el alambre, muy distraída, con tantas cosas que me han pasado últimamente contestó Delia. _ ¿A ti no más? Fíjate que hoy en la mañana me detuve un segundo a comprarle el diario a mi papá en un kiosco de la esquina y el auto de atrás comenzó con bocinazos
  • 12. desaforados y no contento con esto me embistió muy fuerte y enseguida me persiguió como loco por las calles alcanzándome en un semáforo, entonces, una vez que estuvo bien cerca me lanzó un escupitajo en plena cara a través de la ventanilla, dijo Marcia roja de solo recordar la molestia. _ ¡Qué asco, no te puedo creer! Mejor hablemos de la exposición, agregó Delia. Qué te pareció el hermoso cuadro de la memoria, de Magrite. No sé porqué me recordó tanto a mi madre quien últimamente se olvida de todo, hasta de lo que come. Es tan triste. Por eso, me imagino aquella hoja a punto de ser llevada por el viento en cualquier momento, y la sangre. ¿Por qué razón la sangre? _ Porque si recuerdas bien, la memoria durante todos los tiempos siempre ha sido sangrienta, dijo Marcia, pensativa mientras enciende un cigarrillo y sorbe lentamente su café. EL PROVEEDOR DE ALFOMBRAS Cada vez resulta más difícil abrir los ojos piensa María Cristina, mientras un tapiz nácar baña el aire de los sentimientos algo resecos por la indiferencia más absoluta del amanecer. Ahora que despierta al lado de Jamiat, prefiere permanecer impasible ante la deshilachada línea divisoria entre el pasado y el presente… Tengo tantos deseos de seguir durmiendo pero, ya es hora de levantarse pensó María Cristina S., durante la madrugada del viernes veinticuatro de agosto justo media hora antes de que el sonido del teléfono le avisa que un transfer la espera en la puerta para ir al aeropuerto. Sin demora, diez minutos después salió casi corriendo, no sin antes besar a un hombre alto y de tez bien morena que la acompaña hasta la salida, haciéndole prometer desde el umbral que lo llamará por teléfono una vez que llegue a su destino. Más bien, él parece una sombra invisible que se integra difícilmente en aquel paisaje engañoso del ayer
  • 13. haciendo lo imposible por revivir los recuerdos que la mantienen viva, gracias a que nunca más quisiera abrir los ojos, a pesar de que el amanecer ya se va en retirada marginándola a su más completa soledad. En la calle una fina llovizna humedece tanto el pavimento como hasta el último rincón de su tristeza. Ahora que realizaría este tercer viaje, una vez más por razones de trabajo en una importante casa comercial de la capital, en la cual se encarga además de otras cosas, de elegir y comprar alfombras en el Medio Oriente, en este caso Irán. A pesar de su juventud, 28 años y muy bien considerada en la empresa gracias a sus estudios de economía e idiomas en una prestigiosa universidad de Santiago de Chile, realiza desde un principio su trabajo en forma responsable y eficiente. Después de una escala de ocho horas de duración en Frankfurt, el avión continuó su vuelo y el lunes antes del aterrizaje en el aeropuerto de Teherán, todas las mujeres a bordo recibieron órdenes estrictas de taparse completamente la cabeza con un paño o cualquier otra cosa que encontraran a su mano. M. Cristina, sin extrañarse buscó con urgencia un pañuelo en su cartera, empeñándose en el afán de envolver completamente su cabeza y hermoso pelo oscuro, dejando sólo sus ojos almendrados y su rostro de facciones perfectas al descubierto. Además había cuidado con esmero su vestimenta, falda oscura larga y un chaquetón amplio de lana para ocultar piernas y brazos. Afuera del avión, dispuesta una vez más a no hacerse preguntas del por qué de aquellas costumbres ancestrales, se desplazó silenciosa y sumisa suponiéndose una mujer como las demás que caminaban cabizbajas mirando fijamente el suelo. Un aire frío y otoñal le congeló las mejillas cuando salió de la puerta del sencillo aeropuerto y como siempre antes de llegar sintió una mezcla indefinida de temor y emoción en su corazón. Sin embargo, esta aflicción se transformaba a veces en una aventura grandiosa antes de abordar el avión, porque rescataba desde el fondo de sus fuerzas todos aquellos íntimos deseos de vencer a la derrota siempre tan presente en todas las acciones que se emprenden en la vida. Pero, como era muy tenaz nunca se desanimaba fácilmente. Ni siquiera ahora, que no la esperaba ni su jefe y su pelo no le cosquilleaba en la frente
  • 14. como de costumbre, primando sus deseos de solidarizar, por decirlo así, con tantas mujeres vestidas de negro circulando su tragedia por las calles. -Andan vestidas así desde la guerra con Irak, poblando la atmósfera de tristeza llevan su duelo por hijos o esposos, le explicó alguien ante su mirada perpleja. Menos mal que en ese momento divisa a su jefe acercándose sonriente y amable a recibirle sus bolsos. Ya son más de las ocho de la mañana y se acomoda algo más aliviada en el asiento del taxi junto a él, mientras el tránsito de los automóviles más le parecen sirenas rememorando la muerte en los bellos y enigmáticos ojos de las mujeres de ese país. La Visa con una permanencia de dos semanas, igual que las veces anteriores, la obtuvo gracias a una carta de buena presentación y excelentes antecedentes tanto laborales como comerciales. Quien ahora la acompañaba, el jefe, sería el encargado de llevarla hasta Quinn Hotel y después de presentarle a su proveedor de alfombras, se transformaría en su acompañante durante toda ocasión, ante la imposibilidad de salir sola por ningún motivo a la calle. Por lo insoportable y bullicioso del tránsito, un chorro de recuerdos de agua fresca empapó hasta las nubes donde se encontró de pronto, mientras sería imposible que alguien más fuera de ella en el mundo experimentara una sensación tan plena de libertad como aquella cuando miró por primera vez aquella montaña semejante a la chilena, las cual le ratifica su imagen de lejanía pues, ya a esas alturas no existe ningún límite para revivir la curva donde se vierten, uno por uno, los anhelos de alcanzar la dicha inmensa que experimenta desde que conoció a Jamiat K, un iraní multimillonario proveedor de alfombras, exactamente dos años atrás cuando realizó su primer viaje de negocios a esta ciudad. Entonces, él mirándola profundamente con sus ojos oscurísimos, le había preguntado en perfecto inglés: _ Hay alguna que a usted le agrade más, señorita. M. Cristina, nunca había experimentado una sensación más indescifrable que la de entonces, mientras su corazón saltó como un trompo sin hallar tan fácilmente la salida del
  • 15. laberinto. Entonces, tratando de devolver una respuesta coherente de manera que ojalá él no advirtiera su turbación, dijo también en inglés: _ Son todas tan hermosas, es muy difícil hacer una elección inmediatamente. Después enterró sus ojos en los ajedrezados y multicolores tejidos. _No se apresure, tómese su tiempo. Además, hay catálogos suficientes y lugares de exhibición muy cercanos adonde podríamos ir, siempre que usted así lo desee, continuó Jamiat, sin dejar de mirarla con muy poca disimulada admiración, mientras ella se había inclinado para hundir una de sus manos en aquella amalgama infinita de alfombras apiñadas una sobre otras y escudriñando el crucigrama en reposo que estaba muy segura nunca sabría dilucidar. Igual que esos ojos inescrutables que aún no dejaban de mirarla con insistencia. Después de negociar una cantidad importante de dólares y riales en alfombras, algo más fácil de lo que ella misma pensó y a pesar, de negarse varias veces a las invitaciones de Jamiat, finalmente accedió a salir a comer con él en un elegante restaurante de la ciudad. Allí, M. Cristina comprobó los finos y exquisitos modales que éste poseía, puesto que había sido educado en selectos colegios y universidades para hijos de millonarios petroleros del Medio Oriente e igual que ella hablaba varios idiomas, más que suficientes cualidades para cautivarla. Fueron dos semanas en que M. Cristina no sólo se enamoró de lugares maravillosos, como una mezquita, sino también del hombre con que muchas mujeres sueñan alguna vez. Con frecuencia se fundió en el destello de esos ojos profundos, embriagada por el deseo contagioso y febril que los unía, entrelazada a él como una enredadera temblorosa en su desnudez y con un placer agitado en sus entrañas, se deslizó en aquel sonoro bienestar de todos sus sentidos. Como si el goce experimentado en esos momentos hubiera sido su única razón de existir. Escuchando el suave torrente de la sangre correr entre un estallido de suspiros, duerme con brazos y piernas trenzada a él. Hasta el amanecer quizá, algo enternecido con la visión de los amantes impregnados de su aroma en un abrazo hirviente y dulce en el lecho donde sueñan. Llevándose como una ola inmensa el
  • 16. bullicio de los automóviles que ya se precipitaban a la calle. Pero, inevitablemente llegó el día tan temido de la partida, entonces Jamiat, con los ojos encendidos aún de pasión le rogó llorando que se quedara con él más tiempo, sin embargo ella guardándose en el sitio vedado de la desolación más honda y con su voz trémula prometió volver pronto. Aunque estaba segura y presentía, que había llegado su hora a las flores negras del nostálgico amor. Especialmente en este viaje, después que no obtuvo ni una sola noticia de Jamiat dando a entender que la tierra se lo había tragado pues nadie sabía nada de él. Esta vez una contingencia policial fuera de lo común en el aeropuerto, como una revisión exagerada de su persona y de sus bolsos por el personal de aduana, que la obligó a salir por una puerta más pequeña que aquella de donde salían los hombres, le produjeron mucha extrañeza a M. Cristina antes de abandonar Teherán. Siempre había recibido variadas llamadas telefónicas de Jamiat, mas nunca con la promesa de visitarla en Chile, porque sus negocios y múltiples viajes entre los países del Oriente y Miami no se lo permitían. Entonces M. Cristina, durante meses tomaba pequeñas dosis de tabletas mágicas para prevenir los síntomas de esos recuerdos purulentos del amor que aparecían cada vez más seguido igual que úlceras en su piel de tanto pensar en él. Dejándose llevar por los días con sus alegrías y tristezas y guardando como único tesoro aquel secreto memorioso y abismal. Cuidándose de cualquier extraño que quisiera entrar a perturbar ese espacio interior cercado por una débil neblina. Varias horas más tarde, el avión aterrizó en Pudahuel el martes once de septiembre y también allí fue sometida a un inusitado y prolijo control aduanero. Comienza a despejarse un poco el cielo del mediodía y los tenues rayos de sol le recordaron “las mil y una noches” vividas en aquellas hermosas tierras, sin embargo, un presentimiento tenebroso de que algo no marchaba bien le produjo escalofríos, ahora no sabe bien si se trataba del rostro serio del taxista o de la gente apresurada en las calles gesticulando al hablar, quienes igual como a ella el aire les grita con voz horrorizada una mala noticia. Una vez en su departamento tampoco encontró mensajes ni llamadas telefónicas de Jamiat, lo que aún acrecentó más y más su
  • 17. intranquilidad, pero el cansancio del viaje la condujo por cauces inhabituales y ensoñadores, evitando por completo elevarse de la conciencia profunda que arroja lo más lejos posible todos los malos pensamientos. Como si quisiera conservar para siempre esa facultad privativa del momento antes de dormir: sin alegrías ni tristezas, sino concentrada únicamente en un torbellino de plácidos recuerdos... Al día siguiente, se levantó a las siete a trabajar y poco después se encontró caminando desolada hacia el metro, sin dejar de pensar en él. Un hombre gordo y calvo sentado en el asiento del lado leía el diario con el atentado de las torres de Manhatan en su portada. M. Cristina, comenzó a sentir un deterioro emocional cada vez más profundo, sin abandonarse por completo a sus impulsos compulsivos de llorar por alguien que en ese momento era el único norte en su vida. ¿Dónde se encontraría Jamiat? Parece que mientras más lo buscaba, su recuerdo se difuminaba cada vez con la llegada de la oscuridad. _ Según EE. UU, todo fue planeado por un saudí llamado Bin Laden, jefe de una organización muy poderosa como para estrellar dos aviones de pasajeros en cada una de las torres gemelas y otro en el Pentágono, dejando miles de muertos y desaparecidos, dijo el hombre con voz grave a una mujer de mirada impávida sentada frente a él que no hizo ningún comentario. _Qué horror pensó M.Cristina, desviando su mirada hacia la ventanilla ensimismada el resto que le quedaba del trayecto. Días más tarde, cuando observa la fotografía de uno de los terroristas en el noticiero de la televisión M. Cristina, quiso reconocer con gran estupor más que sorpresa, que el rostro de uno de ellos era muy parecido a Jamiat, sí mirándolo bien era idéntico, entonces ella consternada no podía creer lo que veían sus ojos, seguramente todo esto no se trataba más que de una horrible pesadilla, imposible que él hiciera algo parecido piensa, mientras gruesas lágrimas que caen de sus ojos humedecen de incredulidad el suelo. Ojalá que la silueta masculina en el umbral, camine hacia ella y se incline despertándola con un beso tibio de aliento apegado a sus labios para no perder el avión. Entonces, dejándose llevar por
  • 18. una ola imperceptible que la arrastra en su marea soñolienta, se ve prendida detrás del misterio de una aureola luminosa que escapó de una galaxia precipitándola en su último viaje. Hasta un abismo donde ahora no tiene cómo sujetarse... NUEVA OLA _ ¡Estoy muerta!, dijo Gisela, dejándose caer en el sillón rojo del living apenas entró como un trueno. No he dormido nada desde ayer a las dos y media de la madrugada porque acompañé a Patricia al Hospital. Tengo la impresión de que el niño empeora cada día, tiene sus manos imposibles y puede perder alguno de sus deditos y a pesar, que ya tiene afectados los ganglios y continúa con la quimioterapia, al menos aún no ha tenido vómitos. _ Qué lástima, pobre Patricia y ni hablar del niño. Qué triste su destino, ahora que poseía una familia tan buena que lo acogió con cariño, la verdad es que no encuentro palabras...No tengo valor suficiente para verlo así, contesté. _ Lo único que puede salvarlo es un milagro. Algunas veces ocurren, continuó Gisela con una voz cansada y cerrando por algunos segundos los ojos se echó para atrás apoyando la cabeza en un cojín. _ Oye, te ves agotadísima, si quieres podemos dejar el festival para otro día. _ ¡Noo! Quiero olvidarme un poco de las penas y divertirme un rato. Por favor tráeme agua con bastante hielo como de costumbre. Vamos no más, agregó Gisela y recibiendo el vaso rebosante con hielo en sus manos, continuó. Más encima, anoche apareció el desgraciado del “ché” y la Claudina, otra vez, anda loca detrás de él acompañándolo para todos lados, olvidándose de nuevo todo lo que le ya le hizo en el pasado, lo que no ha sido poco. Es tan tonta mi pobre hija... _ ¿Qué pasó?
  • 19. _ Me agarré con él y me creerás que me hizo así con el dedo (¿..?) porque la defendí en una pelea, pero más tarde reconciliándose partieron muy contentos al norte, a San Pedro de Atacama, dijo Gisela roja y sin disimular su rabia. _ Como siempre tú sufriste la molestia y ella lo pasa regio. Eso te pasa por “metete”, le contesté levantándonos al mismo tiempo para salir. _ A las siete de la tarde, el sol estaba muy alto todavía cuando Gisela estacionó el auto en una calle cercana a la Casa Cultural de una gran comuna de la ciudad santiaguina. Acordamos llegar temprano y así no tener que encaramarnos en las graderías sin un respaldo. Más que nunca Gisela, aquel día no estaba para esas cosas. Una brisa suave de febrero, meció suavemente la arboleda de palmeras y pinos al pasar por un camino de tierra y junto a algunas estatuas de la señorial casona. _ Fíjate que una vez más me ha decepcionado mi hija, dijo Gisela, intentando continuar con el tema. Ella misma siempre me cuenta que se pasan discutiendo con el “ché”. Te hago una apuesta que otra vez llegan peleados del norte. _ Mira, es mejor no llevarles la contraria a estos adolescentes. Ahora apuremos el paso porque si no quedaremos sin asientos, contesté sin hacer más comentarios ya que nos encontrábamos encima de las sillas perfectamente ordenadas en semicírculo frente al escenario. Como el lugar estaba semivacío aún, encontramos una excelente ubicación al centro, en la quinta fila. Nada más agradable que una tarde de verano, para atraer a un público algo entrado en años que comenzó a llenar en breve tiempo todos los asientos y después las graderías, mucho tiempo antes de comenzar el espectáculo. A las veintiún horas en punto, la gente se cansó de tan larga espera obligando a salir al animador y a encender las luces. Éste después de los saludos anunció a Luis D., un cantante de la década de los sesenta muy animado y “entradito en carnes”, quien inmediatamente se largó a cantar a viva voz, aplaudido y coreado por una multitud entusiasta y muchas veces ensordecida gracias al acompañamiento de un excelente grupo musical. Mientras tanto, el cantante se revolcaba de espalda en el suelo en medio de unos espasmos parecidos a los estomacales y
  • 20. dando la impresión que ya nunca más volvería a levantarse, mas ante el insistente bis del público continuaba a duras penas el show, afirmándose bien los pantalones que amenazaban con caerse definitivamente pues, ya iban algo más abajo de la cintura. Entonces el público extasiado pedía más y más, haciendo bailar hasta el alcalde, muy jovial y alegre, quien recibió algunas pifias haciéndose el sordo y leso, mientras que el extenuado artista volvió a cantar una última canción para luego desaparecer, transpirando copiosamente, con la camisa afuera y sin disimular los “rollos” ni las contracciones musculares que ahora llevaban a sus pantalones casi en las rodillas. A esas alturas el público aplaudía y gritaba en forma febril. A continuación, el próximo cantante Germán C, más calmado y con una sonrisa eterna, no logró apaciguar los ánimos sino al revés, éste dio paso a los recuerdos ardientes a las señoras de algo más de cincuenta y quienes fueron las más efusivas en sus demostraciones y bailes, levantando a duras penas sus brazos, haciendo olas y coreando canciones como “la lluvia, cae y cae...” En ese instante me fijé en Gisela que salía disparada de su asiento y pedía a viva voz otro rock, bailando en el estrecho pasillo lleno de gente y detrás de un coche con un niño durmiendo plácidamente. _ Levántate, no seas fome me dijo de pronto, sujetándome con fuerza de un brazo y moviéndose frenéticamente, mientras yo me siento algo avergonzada y aún adolorida debido a mi cercana operación del hombro. El sereno hombre sentado a mi lado a veces como única expresión de entusiasmo, aplaude un poco más fuerte o bien, se levanta siempre que todos los demás también hagan lo mismo, por supuesto. _ ¿Señora, está desocupado el asiento? Preguntó amablemente antes de que se apagaran las luces y sentándose a mi lado. De contextura delgada y mediana edad tiene sus ojos y cabellos oscuros, sacó de una bolsa de género desteñido una polera negra que se la puso de inmediato, entrecerrando las pestañas y mirando el cielo en señal de pocos amigos. Entregando la impresión que a él sólo le interesa esa magia que escapa a los mortales ojos, entretenido en captar la trascendencia de aquel momento más que nada en una noche
  • 21. estrellada. No precisamente en la fosforescencia del escenario con su bullicio estridente y chillón. En realidad es muy hermosa luminosidad de esta noche veraniega, pensé también atrapada en un trozo de cielo que se avista entre las hojas, justo cuando ya en aquellos instantes casi resulta irresistible no levantarse, o sencillamente gritar y aplaudir a rabiar como todos los demás. Gisela, transpirando y con el rostro enrojecido de la emoción se inclinó a recoger algo del suelo: _ ¡Se me había caído la pulsera mexicana! Qué bueno el espectáculo, otra, otra... _ Síii…muy bueno dije agarrando mi bolso y dando paso al hombre de rostro sereno del asiento del lado, quien mirándome profundamente a los ojos hizo un breve comentario del show desapareciendo rápidamente entre el gentío que aún aplaudía loco de frenesí. Mientras Gisela conversa animadamente con algunas personas sobre el espectáculo, el cielo pareció recoger con gratitud mis ojos, descubriendo por primera vez un deslumbrante universo equiparable sólo a él mismo. Ferozmente bello, acercándome peligrosamente a su abismo ilusorio me dejó atrapada sin piedad por unos segundos en la celda de los melancólicos sueños, así como en la incertidumbre terrible de las limitaciones de nuestra triste precariedad como también de sus ansias de eternidad. Han transcurrido más de veinte días y llega marzo con una luz tenue y mágica que pintó de amarillo los árboles, ahora que se va el estío aún sumido en un remolino enmarañado de plantas, entrelazándose a nuestros pensamientos como flores aterciopeladas y esparciendo su aureola transparente hasta el cielo grisáceo. Desde la terraza escucho el teléfono y sorteando un macizo de margaritas a la altura de mi rostro, me levanto corriendo a contestar. Se trata de Gisela contándome de la muerte de Felipito, quien había cumplido recién seis meses de edad, cuatro de los cuales en su corta existencia, los pasó internado para realizarse tratamientos y operaciones en hospitales y clínicas. Cómo explicarse este destino implacable, sin dejarse atrapar del vacío que traspasa todo límite despeñándonos con su pesimismo y falta de esperanzas casi maléficos, si no fuera por lo que me contó a
  • 22. continuación. ¿Por qué razón Felipito terminó hecho un ovillo de carne cercenada por un bisturí del médico que nunca pudo hacer nada por él? Sumergida en la oscura nostalgia por algunos segundos, lo imagino con un cuerpo resplandeciente, mientras en medio de sus muñones ahora comienzan a descolgarse dos alas livianas y sedosas de sus hombros... _ Cuando Patricia, su esposo y los abuelos llegaron el lunes desde Valparaíso, más resignados y casi se podría decir contentos con otro pequeño recién adoptado y acurrucado entre sus amorosos brazos, fíjate que al abrir la puerta de la casa cerrada durante todo el fin de semana, encontraron el living, pasillo y hasta todos los dormitorios impregnados con el perfume de Felipito, quien seguramente también quiso participar de la inmensa alegría y del recibimiento de su nuevo hermanito en su hogar. Entonces, padres y abuelos se abrazaron dejando rodar algunas lágrimas, las que ya no fueron de dolor sino de agradecimiento por este verdadero regalo de Dios justo en vísperas de Navidad, me dijo contentísima Gisela antes de cortar el teléfono. LICEO DE SE eee…ÑORITAS Oye cómo va,...bueno pa´gozar, repite un dial mañanero haciendo un esfuerzo descomunal por desperezarse a esa hora hasta que desaparece entre el ruido monótono e interminable de los automóviles circulando por avenida A.Vespucio. Aquel domingo de mayo el cuerpo y extremidades de Claudia N, mientras hace gimnasia al compás del contagioso ritmo tropical, más bien parece que increparan a las dudas como a los pensamientos inútiles que siempre lloviznan sobre su cabeza aún adormilada, a las nueve y treinta de la mañana. En ese momento recién se produce el obsesivo encuentro entre los sueños y la realidad absurda, que insiste en su particular mirada sobre el cielo arrebolado y otoñal, lo que parece sorprenderla en toda su desnudez, haciéndola sonrojar incluso de su gordura mientras se acomoda las panty que encontró en medio de un bulto amontonado de ropas, blusas, pantalones e incluso, una chaqueta de cuero negro, que lanzó lejos a las
  • 23. cuatro de la madrugada, después que llegó muerta de frío y agotada de la convivencia celebrada con un grupo de ex –compañeras de un Liceo capitalino, de “seeeeñoritas”, como en muchas oportunidades les recordó su directora a toda boca por el micrófono, a todas aquelles alumnas que insistían en maquillarse o se ajustaban de más el “jumper” a sus caderas, obligando a varias de ellas a lavarse bien la cara o si no, a descoser la basta con sus propias manos todas las veces que fuera necesario, gritándoles después a todo pulmón ¡éste es un liceo de Seeeñoriitas!!!, no lo olviden nunca. Frotándose un poco las manos aún húmedas de crema, a Claudia le llama la atención un breve silencio que sólo es interrumpido por el bocinazo de un camión que reparte el gas y que seguramente trae un balón para la estufa con dos días de atraso, más encima aún cuando es imposible encender la eléctrica, por motivo del racionamiento que está afectando a la ciudad. Se acerca a la ventana para cerciorarse bien y desde allí mira el jardín del frente de la casa cubierto con enredaderas y además el pasto reseco por falta de lluvias. Hay una respuesta rápida pero carente de lógica del hombre, que avanza a duras penas mientras empuja el balón de cuarenta y tantos kilos a través del pasto hasta una caseta de cemento bajo del cobertizo. Una vez ya encendida la estufa se prepara un café hirviendo y no alcanzó a sentarse en la mesa cuando comienza a sonar el teléfono, de paso evocando con nostalgia sobre la atmósfera un halo memorioso y somnoliento, parecido a las hortensias de invierno recién aparecidas y tan apreciadas por ella en esta época del año... Aquel día y con la voz de Isabel, una ex –compañera de humanidades quien interrumpió el ensimismamiento de aquella tarde calurosa de febrero del verano recién pasado, comenzó a planearse la próxima convivencia. _ Aló. ¿Cómo estás? Espera un poco, voy a pasarle el teléfono a alguien que hace tiempo te desea saludar, aprovechando ahora que está en Chile de vacaciones. Es Regina, está muy mal la pobre, acuérdate que te conté que atropellaron a su hijo menor odontólogo, frente al teatro Santiago. La voz muy suave de Regina que ahora se quiebra un poco en el auricular, dice:
  • 24. _ Hola, qué gusto en saludarte Claudia. _ Recuerdo que te retiraste del liceo en sexto humanidades para casarte y te fuiste a Uruguay a vivir contestó muy emocionada. Nunca se me olvidarán tus gruesas y brillantes trenzas. No he vuelto a ver otras iguales. _ Gracias. Te cuento que vuelvo a Chile porque me separé el año pasado. _ Igual que la mayoría, respondí. _ Me encantaría que nos juntáramos todas alguna vez, para contarnos penas y alegrías, para acompañarnos en esta soledad que a veces cava hasta en los últimos rincones del alma, dice Regina con tristeza. _ Ya me imagino por lo que has pasado, lo siento contesta Claudia. _ Estaría feliz de volver a verlas, como a ti y a tantas otras, se despide cariñosamente. _ Sería maravilloso, eso sí que en un tiempo más cuando todas las demás vuelvan de sus vacaciones, contestó Claudia. En marzo o abril. En mayo y después de muchas postergaciones, ya sea por un motivo u otro, se fijó la convivencia tan esperada por la mayoría y a la que Claudia llegó a las nueve en punto con tres paquetes de papas fritas bajo del brazo. Después de saludar a la dueña de casa, una abogada de la que nunca fue una gran amiga, se sentó junto a Regina quien se veía bastante alegre, entonces evité de todas formas llevar el cauce de una conversación sobre temas muy personales, hablando de todo un poco mientras, se van sumando las demás invitadas. Incluso se llegó a tratar el tema de los negocios de turismo, cuando Marcela K., dueña de un famoso hotel con nombre mapuche, conversa animadamente con alguien a quien Claudia no recuerda ni siquiera muy bien el nombre y la que trabaja para unos gringos vendiendo su publicidad a muy buen precio. Después de algunos pisco “sour”, la conversación fue haciéndose más fluida y las risas brotaron a flor de labios de las quince mujeres sentadas alrededor de una gran mesa de centro llena de vasos, colillas de cigarros más una vela encendida para evitar le humareda del living, carcajadas que fueron
  • 25. aumentando de tono hasta que llegó el momento en que más parecían agudos chillidos. Como a las once y treinta, el esposo de la dueña de casa y único hombre presente, se levantó despidiéndose discretamente aludiendo frío y cansancio, sin embargo, a todas luces sólo una excusa para dejarlas conversar más libremente entre ellas, lo que hizo rápidamente el efecto deseado porque risas y palabrotas de ahí en adelante fueron subiendo ostensiblemente de tono, así como los chistes sabrosos que comenzó a contar Carmen Luz, ahora bastante gorda y con su pelo rojo, quien comenzó muy tímida y después se fue soltando a medida que los gritos y vivas la impulsaban a continuar. _ Ahora cuéntate el de la muerta le gritó alguien mientras las risas volvían a repetirse en coro chabacano y chillón hasta el cansancio en aquella madrugada bastante fría de mayo. _ ¡Sí, sigue no más, cuenta la del viajero, la muda y el chino con el alemán! decían todas al unísono, animadas por una alegría contagiosa y donde no quedaba otra alternativa que unirse a las demás para no parecer fuera de ambiente o una tonta grave, porque ya no le agradaron porque quizá le parecían inapropiados esos chistes algo repetidos. Entonces, mejor fue aparentar alegría, así a nadie se le ocurriría pensar que a ella le podía molestar, total a quien le interesa a esas horas si mañana no hay plata para pagar el colegio de los niños o el lunes no hay tampoco ni para las cuentas que ya aumentan un cerro con los intereses, a pesar que tenía demandado a su ex – esposo, quien el otro día no más la había mandado a la m... por el teléfono, diciéndole que de dónde quería que sacara la plata si estaba cesante, dejando la escoba mientras los niños lloraban a moco tendido porque ella vuelta loca con tantos problemas los amenazó con retirarlos de ese colegio tan caro y ojalá, que de una vez por todas se sacaran de la cabeza que no eran ricos y blá- blá... Más encima, después de las tremendas molestias todo quedaba en nada porque el desquiciado, a quien no podía llamarse de otra manera, en la tarde pasó a buscarlos para ir a comer hamburguesas y después al cine, quedando siempre ella como la mala de la película, totalmente deprimida y obligada a tomarse casi el frasco completo de ansiolíticos mientras la suya ya no podía
  • 26. continuar llamándose vida, transformando el paisaje en una vía que siempre conduce al mismo lugar poblado de desánimo. Cada día era más difícil de sobrellevar la monotonía insoportable y carente de fantasía del presente, en su espalda curvada por las dificultades. Como si su mirada tan solo fuera en blanco y negro. Alguien famoso que no recuerda su nombre dijo: “El éxito es el sol de los muertos”, pero ella no pensaba morirse aún porque a pesar de todo se siente motivada a proyectarse a través del cauce turbulento y memorioso... En aquel instante fuertes carcajadas la traen a la realidad, sin embargo no le impiden escuchar una conversación entre Marcia y Lucía, su mejor amiga y que a todas luces se refieren a su persona. _ Parece que la “pobre” está bastante mal, su ex –esposo no la ayuda ni con un peso. Un día lo llamó por teléfono para cobrarle la mesada y se quedó escuchando toda clase de barbaridades que hablaba con la mujer que vive actualmente, una promotora rubia y tostada de la que te conté la otra vez, te acuerdas; tan borracha como él y entre ellos se tratan a garabato limpio diciendo tremendas groserías de la “pobre” que más encima escuchó todo por el teléfono porque una vez se les quedó descolgado. _ A lo mejor lo hicieron a propósito, contestó Marcia. _ No se me había ocurrido, sabes. Lo que sí tengo claro es que la “pobre” debería meterlo preso de una vez por todas, no tenerle lástima a ese frescolín, dijo Lucía. Marcia percatándose de mis ojos vueltos en la brusca realidad, cambió de tema: ahora sé por qué ando tan volada últimamente. Ayer me contó mi hija mayor que se cayó un niño de dos años desde el quinto piso del edificio y está muy grave. Le he dicho hasta el cansancio que debe colocar rejillas de protección, porque a mi nieto le llaman mucho la atención las ventanas y le encanta encaramarse para atisbar las alturas desde el séptimo piso donde viven, dijo Marcia para cambiar de tema. _También hacen estragos las preocupaciones en mi persona, pierdo los escasos reflejos que me quedan. Antes de salir no fui capaz de detener el portón eléctrico con el control, éste se me vino encima rayando las puertas de un lado del auto hasta atrás y más
  • 27. encima arrancó un espejo de raíz. Quedé paralogizada ante la tremenda mole que se me fue encima con todas sus fuerzas. Creo que estoy reventada, agregó Lucía. ¿Qué irá a ser de nosotras en poco tiempo más? Ahora se acerca Elsa, dueña de casa y abogado quien pregunta si desean servirse algo más. Se sienta entre Lucía y yo. _ Alcancé a escuchar parte de la conversación y estoy de acuerdo en que la vida a veces se transforma en una verdadera locura. Fíjense que hace un mes, más o menos, saqué a pasear como de costumbre a Boby, quien como siempre pasa encerrado, de pronto se soltó lanzándose encima de una perrita muy mona y lanuda, de raza china igual a él, pero ésta furiosa lo mordió por todas partes dejándolo imposible. Lo internamos en una clínica más de una semana, pero eso no sería nada. Después de traerlo a casa para cuidarlo, ustedes saben lo regalón que siempre ha sido de nosotros desde que se casaron las niñas, una tarde, Francisco lo sacó a pasear aún vendado y además con curaciones, pero con tal mala suerte que se soltó de la cadena y después lo atropelló un auto en plena avenida Colón. Cuando Francisco se acercó a socorrerlo, Boby enloquecido de dolor le muerde el brazo, dejándole tremendas heridas. Por eso aún se siente un poco alicaído, porque el Boby no resistió tanto y murió finalmente en la clínica la semana pasada, dijo Elsa con mirada triste. _ Increíble las cosas que pasan, agregó simplemente Marcia. _ Alguien ha tenido noticias de Elena, pregunté tímidamente. _ Sí, hace unos días conversé por teléfono con su esposo. Tiene mal de Alzheimer y no reconoce a nadie, la mantienen amarrada en una silla de ruedas, con suero y en una clínica particular que les va a costar una fortuna. Él jubiló hace poco, pero igual no es suficiente y parece que va a vender el auto... El tiempo cura todos los males, pienso mientras apago la luz y la radio del velador. Comienzo a desvestirme tiritando de frío y enseguida introduzco hasta la cabeza entre la frazada y el plumón, con la decisión plena de romper con la realidad pululante de recuerdos y ruidos externos esta madrugada, sirenas, ladridos, como los últimos automóviles que
  • 28. corren a perderse. También el canto de una cigarra que últimamente se niega a abandonarme. Seguramente debería comer con menos sal como dijo el médico. Quizá todo hubiera sido diferente, si la vida no me tiende aquel manto tejido de soledad lleno de rascacielos, autopistas y cerros de desechos en esta ciudad donde comencé a escribir mis memorias tratando en lo posible de destruir mi pasado. Quizá será el germen que permita a las ideas tomar cuerpo para poblar un día mi porvenir con nuevo significado, ya que desde hace un tiempo hago lo imposible por dejar atrás los sueños flotando en la humareda espesa que palpita dentro de mí. Igual que a la fuerza musical que estalla como una catarata antes de salir de la cabeza de su autor. Quizá, si abriera ventanas de aquellas vírgenes regiones algo soñolientas desde mi juventud, podría recorrer el presente reconociendo únicamente la existencia de mi memoria blanquecina. Al revés de los futuristas, sin salir de este espacio, a pesar que todo parece ser arrebatado ahora de mis manos mientras cae una neblina matinal fría y atónita sobre la ciudad de Santiago... A las diez de la mañana en punto me despierta el teléfono. Cuando aún hay visiones somnolientas que desparraman magnolias azufres. ¡Lo lamento, dice el buzón de voz! No se molesta si le hago una consulta. _ ¿Ha escuchado hablar del Parque del Recuerdo? UN SIQUIATRA SINGULAR “Desde siglos sale el Sol y se esconde” La segunda quincena de diciembre chorrea luz de las inmensas vasijas moldeadas durante el duro invierno, con el fin de iluminar a la poesía emergiendo perpleja de una tanda de comerciales en la silueta del viejo pascuero. Año tras año lo mismo, pienso ante el libro manchado que desenrolla horrores, guerras... Muchas veces, una canción enciende
  • 29. estrellitas multicolores antes de escuchar campanadas, mientras la danza del viento trae el grito esperanzador de tantos que murieron en vano. Gente mutilada, labios sellados, manos vacías de los hombres que van con una bandeja clavada en sus brazos que no sirven para nada, salvo para encender más velas a medida que avanza la injusticia estableciendo brechas insalvables entre ellos. Si descendemos más aún en la escala mohosa se vislumbra el futuro bastante incierto de la humanidad, escuchando el noticiero como si nada sucediera en verdaderas programaciones de ciencia ficción. Así, el dolor no acarrea molestias en la moral colectiva y personal. ¿Qué es el tiempo, sino gotas de luz encendiendo los lirios? “Con sus manos entrañables, el miedo vela sus párpados y teme la imagen nubosa del espejo. Extrae su germen del carbón en los días venideros de un firmamento inexistente, donde pernocta la noche y enmudece toda canción.” Apenas alcanzo a colocar comillas y suena el teléfono. _ Hola. Cómo te fue con la sicóloga, pregunto. _ Más o menos, me contesta Paulina O, buena amiga. Aún es bastante joven, sólo diagnostica y enseguida deriva los casos a un Hospital Clínico donde tú te imaginarás son puros estudiantes. Con mi bagaje mental y todas las vueltas de la “life” no estoy para prestarme de conejillo de India. ¡UF! Necesito por lo menos un Master en siquiatría. _ Bueno, pero qué te dijo, insisto. _ A pesar de su falta de experiencia me hizo varias preguntas que sacaron a luz algunas de mis “pifias”. Sin embargo, a veces me contradecía de lo que estaba diciendo, entonces... Paulina, tomando un poco de aire continuó. Cuando uno está de duelo con el pasado, siempre piensas en lo malo que te sucede solamente, mientras anhelas cerrar bien las puertas y ventanas que dan al exterior a los cuarenta años, pero intuyes que tienes cosas más importantes que realizar aún. Por este motivo vives en pugna continua contigo misma y muchas personas cambian radicalmente de actividad, incluso comenzando una nueva vida en esta edad.
  • 30. _ Mmhuu... Un duelo significa enterrar cosas buenas y malas, le dije no muy convencida. (Las cosas buenas siempre deben quedar a flor de tierra para acudir a ellas cuando es necesario) _ Sí... Inconscientemente estás ciega, deseas continuar sufriendo para que te vaya mal, además siempre eliges a las personas menos indicadas como pareja, por ejemplo, y así todos sienten lástima por ti. _ ¿En serio? No puedo creer tanta negatividad. Pienso que exageras un poco, a lo mejor necesitarías un exorcismo. (Risas) Mejor escucha lo que escribí, se llama “Desnudez del Sueño”. _ Bueno, pero que no sea muy largo. Mi papá necesita el teléfono. Tú sabes que nunca puedo conversar tranquila con nadie desde que está enfermo, dice Paulina molesta. _ (Lectura) _ _ _ _ _ _ _ _ _ ¿Te gustó?, pregunto. _ No entendí nada, lo encuentro bien depresivo, muy a tu estilo y me extraña mucho que no aparezca la palabra muerte. Aunque escuché algo parecido. ¿O fue idea mía? El segundo lunes de diciembre me desperté con las carcajadas y gritos del hijo del vecino del frente (17 años) y un grupo de sus amigos, que hostigan a un ratón con una varilla larga. El insignificante y repulsivo animalito de acequia, fue rematado con un rifle de postines finalizando después su larga agonía a la orilla de la calzada. Una persona del barrio sacó a un gato en brazos, seguramente para que se diera un festín, pero éste huyó aterrorizado como un bólido hasta perderse. Igual que el despertar de Gregorio Samsa, tardé varias horas en reponerme del primer golpe de la mañana al introducirnos en una pesadilla interminable, constatando una vez más la maldad humana así como nuestra existencia absurda con sus grandes ansias de felicidad... _ Hola. ¿Qué te pasó ayer en la tarde?, interrogo a Paulina por teléfono. _ No tuve plata ni para la micro y tampoco me atreví a pedirle prestado otra vez a mi mamá como hice toda la semana para ir a trabajar. No te puedo creer, apuesto que tenías
  • 31. flojera, más encima quedaste de invitar a Gina quien no sale nunca de la casa, le digo con un tono que sonó algo molesto. _ Perdona, se me olvidó llamarte, además ella me pidió que le ayudara con el vestido de Marilyn Monroe, cosido totalmente a mano. Un compañero de oficina la invitó a un baile de disfraces para el Año Nuevo, parece que un admirador nuevo, contesta Paulina. _ Bueno, dejémoslo para después de las fiestas. ¿Cómo te va con el siquiatra? _ Súper bien. Es amoroso, vamos a reunirnos con él y otros pacientes para celebrar Navidad, el 25. En estas fiestas aumentan las angustias de la gente sola, enferma...Fíjate que me invitó a Viña y al Casino el fin de semana, con todos los gastos pagados. También conocí el Hotel Sheraton, tiene hermosa vista hacia el cerro San Cristóbal. Conversamos mucho hasta las tres de la mañana. Oye, a propósito me puedes prestar el pijama azul de seda para fin de mes, lo encuentro tan elegante, me dice Paulina casi sin respiro. _ Por supuesto, ven a buscarlo cuando quieras, digo antes de cortar. “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.” Especialmente el tiempo, pienso un día de abril mientras releo a Borges cuando comienza el otoño con su vértigo de hojas amarillentas que riegan alfombrando el suelo. _ Hola, tanto tiempo sin saber nada de ti, saludo a Paulina por el auricular. ¿Cómo pasaste Semana Santa? _ Más o menos. Mi papá ha estado muy enfermo. Después de la operación lo dejaron con una bolsa en el esófago...es tremendo verlo así. Menos mal que el siquiatra me dio más licencia, otros seis meses. Así puedo ayudar y cuidarlo junto con la enfermera. _ ¿Otra licencia?, le digo. _ Sí, a causa del acoso sexual que sufrí en el trabajo. _ No me acuerdo mucho lo que sucedió. _ Si te lo conté, acuérdate, me dice Paulina. Un guatón asqueroso de la oficina cerró la puerta donde nos reuníamos persiguiéndome alrededor de una mesa hasta que logré
  • 32. zafarme de él y arrancar a duras penas. Más encima, cuando lo acusé al gerente, éste no le dijo nada y todos lo tomaron para la chacota, pero tú bien me conoces. Ahora, Sergio L (siquiatra) me dice que no pueden despedirme y además tienen que pagarme hasta el último peso si lo hicieran. _ ¡Qué suerte la tuya! Dónde conseguiste alguien tan eficiente. _ Me lo recomendó una colega y amiga. Él tiene su consulta cerca de Providencia, en una hermosa y señorial casa de dos pisos. Nos hicimos bien amigos, me presentó a su hermana casada y a sus padres, también a varios amigos y sus señoras con quienes nos reunimos a comer una vez a la semana. Fíjate que nos quedamos con los pasajes comprados para ir a Machu Pichu cuando mi papá se agravó, me cuenta Paulina. _ ¡Qué pena!, contesto. Oye, pero continuando con el siquiatra. ¿Estás pololeando? _ ¡Noooo! Es buen amigo solamente. Se separó hace varios años, no tiene hijos y nunca se volvió a casar, me responde Paulina. Continuando con Borges: “Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis días merezcan el olvido.” Así llegan y se fueron rápidamente las vacaciones de invierno y pocos días antes del Dieciocho de septiembre, me enteré de la triste noticia de la muerte del padre de Paulina. “Sentí, como otras veces, la nostálgica sorpresa de comprender que somos como un sueño”. La iglesia donde se celebró la misa por el alma de don Alfonso se repletó de gente hasta la calle y Paulina salió muy serena del brazo de su madre, al menos así lo aparentó. Solamente, casi dos años más tarde y cuando perdí a mis propios padres, comprendí que cada cual tiene su parte de dolor en esta vida. Y que a veces, éste muerde con furia. El valor de la verdadera amistad sirve para fijar en la memoria aquellos días que se pierden soñando con un destino diferente del que nos tocó vivir. Deshabitada la calle de las rondas con falda y can- can, el juego de la pelota, de las Naciones o de las escondidas en una vieja despensa. Hoy, con cerrojo y una capa de musgo que sepulta el paso inevitable que ocupó la adolescencia y el consiguiente vértigo que continúa al entrar en la adultez más el tiempo inexorable que avanza y nos apresa en una ciudad que ha crecido desmesurada y
  • 33. desquiciadamente amenazando con devorar todo vestigio de nuestro pasado. Menos el lugar intacto que me vio nacer. A pesar de todo, el viento no ha logrado derribarlo, tampoco la nieve ni el agua han trepado los dos escalones embaldosados que llevan hasta su puerta. Sólo el pino afiebrado por un temporal de modernidad de los jardines de antaño, cayó en unas manos sin compasión que lo cortaron de raíz. Ahora pululan los edificios de departamentos por todas partes y se levantan cada día inmensas moles cementadas que abren sus brazos invadiendo la privacidad del cielo entre las nubes, esparciendo el grito silencioso de sus moradores como lluvia fina, empapando calzadas y veredas. _ Qué pasa con tu teléfono, siempre contesta la grabadora y es imposible preguntar por ti, le digo una tarde de octubre a Paulina. _ No sé, todo el mundo me dice lo mismo. ¿Vas a estar en tu casa el sábado en la tarde?, me pregunta. _ Sí. Ven a tomarte un café y conversamos. Hace tiempo que no copuchamos un poco. Paulina no apareció el sábado. Su mamá todavía no está en condiciones de quedar sola en casa, pero a mediados de octubre, mientras la primavera que enciende algunas chispas que revolotean originalmente sobre el césped desbordando su melancolía, llega Paulina a punto del quebranto en su mirada llorosa en cuanto le pregunto cómo va su vida. _ ¡Ah! No sabes lo terrible que ha sido para mí este último tiempo. Me lo he llorado todo, dice sentándose cansada en el sillón. Ya no tengo más lágrimas para derramar y prefiero recordar tiempos mejores. A veces voy al cementerio a cantarle el himno del Instituto (?) a mi papá, a quien le encantaba. _ Claro es mejor. Además, es normal que los padres se vayan algún día, respondo. _ No es eso solamente. Fíjate que el mismo día que falleció el papá, Sergio L., el siquiatra, me envió a decir con la amiga que me lo recomendó, que nunca más me aparezca en su consulta pues, no desea verme ni en pintura y por lo tanto, ni siquiera lo llame por teléfono, me dice Paulina de corrido. _ ¡Qué extraño! pasó algo o discutieron, le contesto.
  • 34. _Nada, te prometo. Sucedió así, sencillamente no desea verme más. _ Pero intentaste pedirle una explicación. Aunque me parece difícil la situación. _ Esto me ha dolido tanto, como nadie puede imaginárselo, continúa Paulina con rabia en sus ojos. Nos hicimos tan buenos amigos, siempre me llamaba para salir y también para ayudarle en sus trámites bancarios, incluso me encargó comprarle un computador para su oficina. _ ¡Ahí está!, un lío de platas, le contesto por decirle algo y a pesar, de reconocer su rectitud al respecto. _ ¡No! Tú me conoces, me dice con seguridad Paulina. Todo esto es tan extraño, se cambió de oficina, secretaria, teléfono, como si ahora fuera otra persona, continúa. Un día me encontré con él por casualidad en la puerta de un ascensor, en el edificio donde me entregaron el resultado de unos exámenes del colesterol. Te juro que yo no tenía idea que se había cambiado allí. Y ahora viene lo bueno. ¿Me vas a creer que cuando me vio puso una cara de espanto? Entonces aterrorizado, como si hubiera visto al mismo diablo en persona salió disparado del ascensor. (Risas de Paulina) _ (¿ ?) _ Ríete no más con confianza me dice, no lo encuentras muy cómico. _ No mucho. Qué quieres que te diga, creo que a tu siquiatra le está fallando el coco firme ¡Ah, ahora entiendo! En eso consistió la terapia, él se queda con la locura y tú continúas con tu vida. Además te encuentro muy bien. ¿Continúas con los medicamentos? le pregunto. _ Sí, pero media dosis solamente. _ Entonces adelante y olvídate de ese excéntrico personaje. ¿O te enamoraste? -No, te prometo que siento que perdí a un gran amigo y un confidente. Estoy demasiado dolida con él para perdonarlo y comprender mejor de qué se trata todo esto, dice Paulina con la mirada confusa.
  • 35. _Al parecer se involucró demasiado contigo como paciente y cruzó peligrosamente el límite personal a lo íntimo. ¿Verdad qué no pololeaste con él?, digo majaderamente. _ Nada, ni siquiera un beso, me dice Paulina con seriedad. _ Pero no niegues, que a lo mejor inconscientemente deseaste que esta amistad pasara a una relación más profunda. Quizá él esperaba que tú tomaras la iniciativa, actuando con muy poca ética profesional, por lo demás. _ Creo que ni uno ni lo otro, porque nunca me sentí enamorada de él. _ Entonces porqué lloras tanto por su persona, pregunto. Además reconozcamos que puede ser buen siquiatra, pero como persona deja bastante que desear. _ Bueno, no sé... Fue una hermosa amistad y pensé inocentemente que podría durar más tiempo, eternamente, dice Paulina tratando de engañarse a sí misma todavía por un tiempo indefinido. O bien para toda la vida. HISTORIA VIRTUAL (Paulo y Alcione) ¿Cómo sabes? A lo mejor, el próximo puede resultar “ser” tu año, contesto distraídamente, mientras miro una fotografía de S. Tunick con los desnudos del forestal. A pesar del frío invernal me contagia la expresión alegre de millares de ojos sin nada que esconder. Sus cuerpos se ven tan ligeros como las aves del cielo devorados por el aire. Allí donde se disipa el miedo y muchas veces la pena negra que embota por lo general, la vida del hombre y mujer santiaguinos.
  • 36. Sí, contesta Paulo (28, arquitecto recién egresado) sin mayor entusiasmo, sentado como de costumbre frente al computador encendido y donde se observa un plano panorámico de la plaza de Llo- Lleo. Oye, a propósito aún no me cuentas nada acerca de la “garota” que conociste a través de Internet. Me contaron que viene en julio a conocerte... Sí, chateamos un tiempo, seis meses más o menos. Presiento que ella es algo especial, no sé. Estoy seguro que he conocido primero su alma antes que su pelo o sus piernas, contesta Paulo. Qué romántico, quisiera saber más... Alcione Mattos Ferreira, 26 años, vive en Río de Janeiro con sus padres y hermano menor (19) Trabaja en Alpina Briggs, empresa inglesa de defensa ambiental. Habla portugués, inglés y un poco de español. Su nombre significa: “pájaro carpintero, estrella más grande de la constelación de Tauro y planta marina” además, tiene una voz de gatita mimosa más dulce que la miel, me dice Paulo casi sin respirar y quien ha dejado de pulsar el teclado. Entonces, girando una vuelta completa en la silla se explaya con gran entusiasmo hablando de ella con su mirada resplandeciente y casi como susurrando. ¡Ay, que emocionante! Mejor cuéntamelo todo, digo cerrando el álbum para continuar mañana con el trabajo. Total, aún resta algún tiempo para plotear los planos y dar el último toque a las fotografías hoy en la noche. El primer sábado de julio, Paulo salió camino al aeropuerto en busca de Alcione. Tan sólo porta una mochila azul en la espalda y se despidió de su madre en la puerta advirtiéndole que no llegará a dormir aquella noche, como ninguna de las noches siguientes que duró la estadía de la morenaza en Chile. Subió a un bus hasta la Alameda y en seguida a un colectivo donde se entretuvo imaginando cómo sería aquel primer encuentro, enfrascándose en el paisaje mientras el automóvil avanza con dificultad entre una columna de vehículos y después, más adelante en una avenida de palmeras. Siente un vacío tremendo en el
  • 37. estómago que le resultó muy difícil de soportar. Entonces, recordó que a veces resulta muy bueno recorrer hacia atrás en el tiempo, rebobinando la realidad para ver las cosas con cierta distancia y así calmarse un poco tanto para disfrutar de la hermosa arboleda a la entrada del aeropuerto como imaginándose a Alcione. Dios, pensó, mueve las piezas del ajedrez con mucha precisión y sabiduría, así nosotros podemos hacer muy poco, salvo ponernos en camino y ejecutar sus deseos. Por muy variado que sea el abanico de posibilidades que se abre, siempre será superior esa fuerza que emana de su voluntad cuando deseamos emprender algo en la vida. Ahora se encontraba a muy pocos pasos de la entrada principal y comenzó a sentir un ardor insoportable bajo la piel mientras caminaba con los ojos enrojecidos, además que comenzó a sentir los pies y manos helados a causa del frío y de la emoción. A pesar que el sol había salido solamente para recibir a Alcione aquella mañana. De pronto, obligado a salir de la superficie memorial, divisó frente al panel de aterrizajes a Mónica y Belfor, pareja de amigos chileno- brasileño encargados de recibir y dar hospitalidad a Alcione. Después de saludar e intercambiar algunas brevísimas frases Paulo, consultó inmediatamente si había aterrizado el avión. El sol cada vez más irreal y pálido, apenas entibiaba ese mediodía. Cuando se encontró frente a frente con sus ojos sonrientes se sintió desfallecer, nunca imaginó que Alcione fuera tan bella y luminosa. La atrajo hacia sí torpemente, con timidez y luego se fundieron en un largo abrazo sin despegar la mirada uno del otro. Se quedaron así varios segundos (o minutos) sin escuchar la voz del mundo a su alrededor, así quietos y silenciosos como en el firmamento mismo. Durante su permanencia en Chile, Paulo y Alcione se volvieron inseparables. Un ávido deseo los redujo a una sola persona amorosa, unas veces abrazados o simplemente besándose, destilaban a todas luces un torrente de pasión en sus miradas. A veces, ella reclinaba su cabello encrespado y revuelto sobre el pecho semidesnudo de Paulo, consumido por la dicha inmensa de sentirse amado por primera vez. Desde un principio,
  • 38. sintió que la amaba más que a nadie en el mundo y los veinte días que pasaron juntos se esfumaron con rapidez. Soy tuyo para siempre, le dijo un día y quiero casarme contigo. Antes de despedirse, mirándolo profundamente, Alcione se despidió con los ojos humedecidos y entregándole un sí como respuesta se perdió detrás de una hermética puerta del aeropuerto Pudahuel, dejándolo consumido en una pena negra que incluso le acalambró brazos y piernas, paralizándolo por varios minutos. En el bus de regreso, Paulo oculta su tristeza bajo unos lentes oscuros, cuando hasta parece que el sol se arrancó detrás de Alcione. Pero, algo le dice que esa despedida no será para siempre, ya que está decidido a seguirla hasta los confines para conseguir el gozo de su compañía. Porque ya no concibe la vida sin ella y comienza de inmediato a lanzar las redes en torno a su destino que ahora cambia bruscamente el rumbo, dejándolo ante un muro divisorio: antes y después de conocerla. Así, decide que nada puede volver a separarlos y viajó a visitarla para conocer a sus padres en septiembre, con un anillo de piedra cristalina en su bolsillo que le regaló su madre. Lo que sella el compromiso, fijando inmediatamente la fecha de la boda: ocho de febrero del año dos mil tres. Ahora se acerca Navidad y a Paulo solo queda esperar. Brotaron hojas, plantas y el verano alienta sueños desquiciados en la mayoría de la gente. Más, Paulo y Alcione confían en su Amor y en el futuro. Ojalá ella encuentre pronto un trabajo en Chile y quizás a él, le aumenten un poco el sueldo o se cambie a un empleo algo mejor. Pero, lo más importante de todo es que este amor perdure en el tiempo real para siempre jamás.
  • 39. “Madre de Chile” I. Antes de Navidad Carmen, con los ojos adormilados mira la contratapa del diario dominical en el piso que dice con letras blancas: ¿Cuál fue nuestra victoria? Un libro. (Pablo Neruda) Por supuesto, no le dicen mucho esas palabras y aunque conoce de sobra al poeta nunca ha leído nada de él, porque salió a los doce años de su casa en Temuco a trabajar en la capital y volver sólo en las vacaciones. Sin desperezarse aún por completo se sienta al borde de la cama para tomarse el pelo largo y ensortijado con un cole azul. Después de una ducha corta y tibia, mira con ternura a Panchito (2), quien duerme a pie suelto en su cuna y saliendo silenciosamente del dormitorio cruza el patio de atrás de la casa donde trabaja hace quince años. Los chubascos de la madrugada humedecieron el pasto y la piscina cubierta de hojas tiene un aspecto amarillento. A las siete y media en punto, están desayunados los tres hijos adolescentes de sus patrones quienes se van al colegio con el papá…” Y la lluvia caerá, luego vendrá el sereno…” de los Iracundos, suena de fondo en la radio de la cocina, mientras Carmen se toma un té antes que despierte Panchito, quien no la dejará tranquila hacer las cosas. Cada vez más crece en su alma el deseo de volver al sur, ya que la plata no le alcanza para nada y el niño llora cuando no le permite desordenar ni tomar nada pues se enojan los patrones. Muchas veces al día tiene que rociar spray si el niño se hace caca, ya que aún no avisa, entonces lo reprende un poco, pero su amor de madre es tan fuerte que después le acaricia. Seguramente por eso no aprende, piensa ella con tristeza mientras sale bruscamente de sus cavilaciones con Panchito llamándola a gritos. Después del abandono irresponsable del padre que lo concibió una noche cualquiera y que más tarde le confesó
  • 40. que estaba casado y no dejaría por nada a su mujer, Carmen nunca piensa ni ha vuelto a saber de él. Ahora con treinta y ocho años, de apariencia delgada, el cuerpo firme y el rostro de una mujer joven todavía, mira el futuro con optimismo porque está acostumbrada a luchar y tropezar con muchas dificultades desde muy pequeña. Panchito, con su carita inocente le hace olvidar los sinsabores y las penas de su vida cotidiana, con menos soledad que antes pero con más sobresaltos. Cuando el niño se enferma, tiene fiebre o le salieron sus primeros dientes y no comprendió porqué lloraba tanto. Desvelada algunas veces en la noche por el cansancio y el trajín, con los ojos abiertos mira la luna brillante a través de las cortinas. Y cuenta los días y los meses del largo e interminable invierno, llorando sin hacer ruido hasta que la vence el cansancio y ya clarea el alba. ¡Qué ganas de quedarse otro momento en la cama al lado de su niño y hay que levantarse con tanto frío! II. Navidad Un pájaro que pasa rozando la ventana como una metralla de luces la despierta a las seis de la mañana. Se aproxima Navidad. Aunque Carmen, aún llora a veces en las noches, aprendió que sólo a través de la imaginación puede gozar de momentos bellos que no existen realmente pero, que tienen el gran poder de producirle algún grado de felicidad. A pesar, de sentirse muy deprimida y vulnerable, se anima a continuar sin desmayo en sus desvelos de madre como en su trabajo. Además, le encanta pensar que todo se va a arreglar como por encanto en un futuro próximo. Con la proximidad de Navidad. Así, este año piensa arreglar el árbol con más entusiasmo que nunca, aunque ya nadie la ayude como antes, pues los “niños” ahora tienen otros intereses, fiestas, pololas, paseos en auto. Han cambiado tanto que ya ni los ve mucho en la casa y si están, ni la miran siquiera o pasan delante de ella como si no existiese, entran y salen todo el día como huracán. Por esta razón se siente feliz de tener a Panchito, el único capaz de detener el
  • 41. círculo de los pensamientos interminables que abren la brecha, entre el ajetreo diario y la noche oscura que oculta los sueños de Carmen. Ahora que faltan apenas dos días para Navidad ya no tiene tiempo para pensar ni llorar. Con tanto ajetreo, compras y preparativos, se embotan sus sentidos negándose a sí misma hasta que pasen las fiestas. Especialmente por Panchito que mira como alucinado el árbol cuando ya no le interesa apretar las esferas multicolores ni sacar las guirnaldas, después que le gritaron tanto y hasta le dieron unas pequeñas palmadas en sus manitos por desobediente, las que seguramente no le dolieron tanto como a la Carmen, la que se puso roja de rabia y les sacó en cara su poca paciencia con el niño, recordándoles cómo fueron de mal enseñados por ella cuando pequeños, los malagradecidos. _ Te apuesto que para variar otra vez hay pavo con papas duquesa y ensaladas igual que el año pasado. ¡Puchas que estay creativa! le dice Patito (16) a Carmen, quien así cariñosamente le llama aún. _ Bueno, come si querís no más, le contesta ella molesta y desapareciendo de un portazo tras la puerta de la cocina. En ese momento, Panchito de la mano de Magda (13) mira ensimismado el pesebre bajo un hibisco al fondo del patio y frente a la ventana de la cocina. Carmen, lo mira con ternura y se le pasa la rabia como por arte de magia. Tantas cosas que esperó de este año, diluidas irremediablemente con la lluvia y el viento invernal. Ahora, sin resonar de trompetas resucitan todas las esperanzas en la forma de alegres pájaros y flores. Un arcoiris celestial que dispersa por estos días un poco las penas. Panchito, es el primero en llegar corriendo a la mesa cuando Carmen llama a tomar “onces – comida” en la mesa del patio, a las siete de la tarde. Falta un día para Navidad y la señora le dio permiso para pasar la Nochebuena en casa de una prima lejana que vive en
  • 42. Santiago. Sólo tiene que dejar todo listo y la mesa puesta. Algunos amigos bastarán para calmar su corazón apesadumbrado con el recuerdo más vivo en estos días del papá de Panchito. Mañana en la noche, vestirá la misma blusa de seda celeste con el que tanto lo impresionó cuando éste la vio por primera vez. Se la había regalado su patrona cuando le contó que estaba invitada a una fiesta de cumpleaños y no tenía con qué ir. Con la llegada del Niño, entre el sonido de campanitas de cristal y burbujas risueñas, se cierra la fuente de tristeza por algunas horas mientras, cada uno abre su regalo antes de que se apaguen las luces multicolores. Sólo los ojitos vivaces y oscuros de Panchito, ayudan a mantener el fuego encendido que alumbra las noches de Carmen después de la Espera tan anhelada. III. Ultimo día del año El 31 de diciembre, Carmen despierta y abre las ventanas del dormitorio hasta atrás. A las ocho de la mañana Panchito, ya salió de su cama y el aire fresco no mueve ni una hoja de los árboles. Mientras el niño juega con un camión de plástico bajo la mirada atenta de su madre, ésta arregla los últimos detalles para la cena de Año Nuevo en la mesa del patio. Sólo falta el mantel rojo que ofreció una hermana de la señora. Parece increíble que con tanto calor la gente aún tenga deseos de comer, piensa Carmen. Hasta los automóviles vuelan hacia un destino fantasioso que promete un gozo que comenzará a las doce con los fuegos artificiales y las burbujas chispeantes del “champagne”. Toda la gente circula con agitación por las calles, en una verdadera carrera detrás de sus esperanzas hirvientes y el calor sofocante. Carmen, se sienta un momento frente a la mesa que adornó con esmero para la ocasión. Se siente agotada, tiene las piernas hinchadas y un ardor en el estómago. Panchito se quedó dormido. Ya son más de las siete y es el único lugar donde se puede respirar a esa hora. Una pequeña brisa juguetea entre la arboleda del jardín. Esta noche ayudará a la
  • 43. señora con la cena y mañana le dirá finalmente que está decidida, se irá a vivir y a trabajar al sur. El niño necesita conocer sus raíces para conectarse con la tierra de sus antepasados. Si no, irá por la vida buscando algo que no sabe muy bien qué es. Como ella que siempre se avergüenza cuando alguien le pregunta en qué trabaja. Al papá de Panchito le contó que era secretaria, siendo una razón primordial, según él, por la que se alejó de ella cuando supo la verdad. Después de tantos años sacrificándose desea comenzar una nueva vida, por supuesto trabajando en lo mismo, como Asesora del Hogar, al fin y al cabo es lo único que sabe hacer bien, pero aceptándose a sí misma en un ambiente más familiar y cercana a los pocos parientes que le van quedando, hermanos, primos. Quizás, de esta forma finalice el tremendo dolor que ha significado el desarraigo en su vida, a pesar de que sus patrones se puede decir que han sido muy buenos con ella, pero aún así siempre la hicieron sentirse la “empleada” de la casa. Bueno, más bien ella nunca quiso ocupar otro lugar que el que le correspondía. Ejemplo, nunca se bañó en la piscina ahora llena de luces y velas para encender en la noche. Ni los pies siquiera, pero eso ya no tiene ninguna importancia, lo que pasa es que ahora piensa en Panchito, quien le dice con sus ojitos “Mamá, así voy creciendo” y necesito un espacio libre de prejuicios donde desarrollarme con alegría. Donde no me digan a cada instante y por cualquier motivo que estoy estorbando. Quiero jugar y correr libremente como todos los niños del mundo. Un aire fresco que mueve las ramas del árbol “navideño”, sacó a Carmen de sus cavilaciones y en seguida se levanta a cortar algunas hojas del mismo laurel, las que se apresura a poner en un plato como un augurio de abundancia para el Año próximo. Pasadas las diez de la noche y después de una larga sesión de fotografías, recuerdos para la posteridad de los dueños de casa y de sus familiares, todos se sientan a la mesa como habían acordado. Cenar antes de las doce. _ Somos trece, por favor sienten también a Panchito para mejorar la suerte, dijo alguien.
  • 44. Carmen, se apresura a sacar al niño del coche y lo sienta en su falda, pero él lanza un gritillo nervioso que no se sabe si es risa o llanto. En la mesa abundan grandes y hermosas fuentes con ensaladas, pavo, carne y papas duquesas. Cada uno se sirve su plato y comienzan a cenar. Cuando ya faltan pocos minutos para las doce todos comienzan a levantarse de sus sillas y a destapar el “champagne”. La mayoría busca a quien abrazar primero, las niñas a un hombre, para encontrar en el transcurso del año, al fin un pololo o un esposo si está en edad de casarse. Carmen no suelta a Panchito de sus brazos por nada del mundo, mientras torrentosas lágrimas caen de sus ojos todo el tiempo que duran los saludos. Más o menos media hora. Después nadie vuelve a sentarse en la mesa, ni siquiera para el postre, formándose grupos pequeños de conversación. Una fuente llena de frutillas y frambuesas con azúcar flor, tortas heladas con nueces, aparecen de mano de la Carmen en la mesa. Todos se sirven un poco de aquí y de allá, mientras en el cielo se elevan algunos globos llevándose el año Viejo. Ya no hay vuelta atrás. Todo lo sucedido, cena, abrazos, conversaciones, ya pasaron a formar parte del pasado. Carmen, ayudada por algunas personas, recoge rápidamente las cosas de la mesa y se retira a la cocina a lavar la loza. El niño, sentado cerca de ella en el coche, juega con un autito. En la mañana temprano del día primero de enero, mientras Panchito aún duerme con su pelo revuelto, Carmen presiente sin saber por qué, que este año que comienza va a ser mejor. Todas las lágrimas derramadas en la noche anterior dejaron limpio el espejo donde se devela su futuro. Allí, divisa el rostro feliz de un niño con sus alegrías y penas, representando a la vida en todo su esplendor. Como nunca se siente renovada y con fuerzas para continuar llevando la pesada mochila de criarlo en su espalda. Tiene la certeza de hacerlo con éxito. Quizá, más tarde hable con la señora de sus proyectos, mañana. Por ahora, el cielo más transparente, lava sus ojos con optimismo. En aquella fuente celestial y
  • 45. milagrosa que acoge a toda mujer que posterga un poco su vida al decidir por la maternidad. LA PIEL I Parte Con los ojos aún adormecidos, Paulina lee distraídamente la contratapa de un diario en el suelo, esto termina por desperezarla y pensar en que todas las historias no son iguales. Hay algunas mujeres que se levantan sin titubear, con la mirada impávida y sin denotar el desasosiego que las aflige. Parecen diosas lejanas, siempre arregladas y pulcras, como salidas de una revista de modas o de la peluquería. Calle arriba, sin mirar el suelo, manteniéndose en el tiempo igual que un retrato guardado en un baúl, solamente salen de su lugar sagrado para mirarse en el espejo esperando que algo interesante les suceda. Viajar, conocer gente y ganar dinero. En cambio a ella, lo único que le resulta bien es fotografiar, pues su vida es una seguidilla de fracasos, contrasentidos, problemas económicos y desilusiones amorosas… Mi nombre es Paulina Altamirano Esta tarde, enero despide aromas a lavanda y pino, pero no tengo idea qué hora es. El tiempo gira lentamente como remolino del estío, arrastrándose a través de un cristal abierto del dormitorio y donde titilan las sombras de una rama del árbol de la calle. Ultimo día del mes y nada amenaza con romper la rutina habitual. Una mujer, con bolsas del supermercado, camina rápidamente por la vereda asoleada. La casa inventa ruidos ilusorios, pasos, crujidos del closet y voces imperceptibles que acompañan a frágiles siluetas flotando a la orilla de la cama. Quisiera dormitar aunque fuera por unos minutos pero, los sedantes ya no me hacen efecto, menos cuando la memoria comienza a deslizarse en una cascada que empaña toda razón. Quedó atrás la hora transcurrida entre vapores ensoñadores que se apegan a mis pestañas y a los muslos tibios. Sólo los latidos del corazón me obligan a salir de este letargo casi fatal, donde se escuchan hasta los silbidos al
  • 46. respirar. Soy Licenciada en Artes, pinto y últimamente me dedico a la fotografía. Obtengo el material gracias a mi trabajo en un museo donde no gano mucho pero, al menos me pagan la salud y puedo vivir como una persona normal, aunque modestamente. En este momento me siento confortada bajo las sábanas albas que abrigan mi desnudez completa y no me embarga ninguna emoción en particular. Un aire tibio que me acaricia la piel de la espalda me acuna en sus brazos. Así, el recuerdo aprovecha las circunstancias favorables para aligerar su pesada carga. Sin voracidad, la luz se filtra a través de las cortinas desteñidas del dormitorio. Falta todavía para el ocaso y no me interesa saber la hora. Un automóvil pasa tocando muy fuerte la bocina, camina gente por la vereda conversando y ladra un perro pero, en seguida vuelve a arremeter el silencio. De pronto, tengo inmensas ganas de llorar pero, no sé porqué, creo que necesito dormir un poco, al menos aquello tiene mayor sentido. El sueño, acercándose por el pasillo sin aspavientos con su acostumbrada paciencia se deja caer en cuerpo y alma. Entonces, besándome en la frente la realidad se desvanece al instante como un ángel. Acunada en sus alas sedosas, recorro patios llenos de naranjos y muros descascarados del ayer. Aquí no hay sombras que envenenen el aire en su constante vaivén, sólo paisajes asoleados y calles empedradas. Casas con alegre colorido, faroles y buganvilias en macetas, me hacen percibir este viaje como el camino de mi existencia, lo que me lleva hacia un abismo de interrogantes ante la percepción arrolladora de colores y espacios. Después, todo esto se traduce en la necesidad de enfrentar la vida de todos los días, cuando sobreviene esta sensación de vacío que, a pesar de todo, es una forma de felicidad que resulta de mirar hacia adentro y reconocerme maravillosamente libre durante esta travesía a campo abierto. Al revés de vivir en esta urbe colapsada y enorme de tanta frialdad. Dormí hasta las nueve y media de la mañana. Mientras estiro un poco sobre el pasto el pareo brasileño que me regaló Rodrigo, me recuesto a la semisombra de un castaño y cruzo los brazos mirando el cielo. Ya lo dije antes, me dedico a fotografiar la piel. Aterciopelada, lisa, brillante, arrugada, suave, curtida, húmeda. Toda una infinidad desfilando ante mi
  • 47. desorbitado lente con su deseo entrañable de luminosidad, escudriñando ínfimos poros, lunares, venas, vellos, manchas; mientras avanza en aquel campo veteado asomándose con inocencia y ante mi propio asombro, que bulle a borbotones con estas visiones. La piel. Siempre me deja perpleja, sin cruzar el límite real que desenreda el ovillo del entramado tembloroso de aquel contorno ilusorio que protege nuestra carne sangrienta. Han pasado las horas y nuevamente llega el crepúsculo. Siento escalofríos y los pies helados mientras riego el pasto, más tarde cuando entre a la casa beberé un té hirviendo de bergamota. El mismo que tanto le gusta a Quely. Hoy, Rodrigo insistió tanto en lo templada que encontró la piscina esta tarde. Seguramente tontas disculpas para arrancarse por unas horas a Viña, según él por trabajo. No es para menos con treinta y cuatro grados y una relación que se vuelve cada vez más asfixiante. En este momento suena el teléfono. Una llamada de Quely desde Florencia, le dije que no se preocupe por nada, todo bien, yo y también su casa. Ahora el sol ya se escondió tras del techado y un airecillo fresco remece las enredaderas. La piscina parece una taza de leche y en su quietud apacible se reflejan las primeras estrellas del atardecer. Voy a encender algunas luces y después de fumar este cigarrillo me encerraré en la casa, porque siento un poco de frío. Rodrigo, finalmente se fue a Viña y no vuelve hasta mañana. Prometió que no me dejaría un día más tan sola, última vez, mi amor, dijo. Pero dudo que pueda cumplir su promesa. Cada vez nos alejamos más, como las nubes donde se pierde un avión descarriado. Releo algunas líneas de un poema que Rodrigo me escribió hace tiempo: “Esta mañana se fue el verano/ mis ojos tristes en la lejanía/ mirar los tuyos ya no consigo/ y hace que parezca noche el día”. Salgo del dormitorio y mientras camino a oscuras por el pasillo hasta la cocina, vuelve a resucitar veladamente mi tristeza sumiéndome en un estado casi paranoico. Lloro sinsentido como un niño inocente que no sabe por qué siente pena. Entonces, después de apagar la luz de la lámpara cruzo el puente, adentrándome en el mundo inquietante que comienza después de cerrar los ojos todas las noches. Porque soñar es encontrarme, frente a frente, ante una muralla que deja al otro lado una realidad
  • 48. desfigurada y hambrienta que oculta lo que “soy” en la oscuridad más absoluta de mi conciencia. Por esta razón, nació la necesidad de escribir de ahora en adelante mis sueños, para escudriñar en ellos lo que me resta de destino todavía. Adentrándome en ese mundo virtual que me aspira con su luz incandescente, puedo leer de corrido tanto las huellas que va dejando en la pantalla como las marcas del amor de Rodrigo en mi piel. II Parte Otro verano que se aleja recogiendo con su estela toda la hojarasca que dejó el estío. Una blanca paloma que está en los cables telegráficos, absorbe como una esponja la luz del sol que adquiere un brillo lunar que me asombra. Los trajines de la ciudad santiaguina: compras, útiles escolares, uniformes, anuncian el comienzo real del año que se viene encima como un río desbordante que aniega de ansiedad calles y malls, donde camina la gente con mucha prisa y con rostro desfigurado de preocupación. La iglesia llama en este tiempo a practicar la limosna, es decir el bien, junto con la llegada de Cuaresma pero, aún así, todo lleva a pensar en comprar cosas, salir y pasar lo más entretenido posible. Trompetear por delante que todo está bien, es sólo un modo de sobrevivir en estos días. La gente se desnuda en el secreto de su habitación de todo lo sobrante, mirándose sin reconocer su rostro en el espejo empañado. Marzo, tiene su cuota de misterio, pero en la búsqueda de cada uno tras de su destino hay una verdad: “Soy esto y es todo lo que tengo, parecen decir las paredes de la habitación donde aún sin máscara, es imposible ver la realidad.” Así comienza el otoño que deja también bajo las hojas, las ansias locas de una ciudad que no duerme nunca y donde los sueños se derritieron con el verano caluroso. Entonces desde la lejanía, con palomas blancas en el cielo nos dicen adiós para siempre. Hoy sábado en la mañana, junto con las hojas ha llegado una carta que está en el suelo bajo la puerta de entrada. Más tarde bajaré a recogerla. Seguramente algún aviso de una cuenta. El viento dispersó las nubes que proliferan en un cielo de abril cada vez más grisáceo. La
  • 49. carta trajo noticias de Rodrigo aún en España, picando piedras en una cantera de Gilbraltar. Le pagan por cada pieza que esculpe, pero hay un problema: todas deben ser parecidas o más bien exactas, lo que para él significa un verdadero insulto a su creatividad y por lo tanto, trabajar así se ha trasformado en un tormento, y sólo por necesidad continúa allá. No le alcanza más que para vivir decentemente o casi… Igual que siempre le reitera hasta el cansancio sus ganas de volverla a ver, y en adelante se promete a sí mismo como a ella, juntar dinero para volver a Chile y tratar de encajar en el “sistema” de una vez por todas. Con esa capacidad tan suya para mantenerse al margen de responsabilidades como trabajo, matrimonio y compromisos en general, siempre fue el asombro de siquiatras o sicólogos, lo que además representaba un verdadero orgullo a estas alturas de su vida, con cuarenta y tres años cumplidos, tiene impreso con fuego un sello en la frente que lo hace diferente. Sobre todo para las mujeres que llevadas por un cariño maternal lo acogen en su seno, mientras él se deja querer sin poner nada de su parte, ni el más mínimo sacrificio. Por eso Paulina, se llevó la tremenda sorpresa cuando éste le anunció su partida. En febrero del año anterior, sentados en un banco del Parque Forestal, justo al frente del departamento de Paulina y donde se realizaba una Feria de Libros usados, una tarde calurosa y mientras bebían abundante agua mineral, Rodrigo le dijo: -Me voy a España a trabajar un tiempo largo. -Te vas con ella supongo, le dijo Paulina. -No, al contrario, contestó él. Marcia me echó de la casa definitivamente, ya te he dicho mil veces que no queda nada entre nosotros, nuestra relación se ha hecho insostenible. Tengo que pensar qué hacer con mi vida, porque me siento vacío, sin expectativas ni metas. -Dedícate en adelante y una vez por todas a lo que es tu pasión. Con cuerpo y alma a lo que tienes que hacer. Aquello que te enaltece y te hace sentir realmente vivo, le contestó ella casi susurrando y mirándolo profundamente a los ojos. -Esta vez te prometo que voy a hacer todo lo posible de mi parte. Quiero horadar la piedra hasta encontrar el diamante espléndido que siempre se resquebraja entre mis dedos, pues