CUENTOS DE VERANO
ITALIA NARDOCCI FIGUEROA
SANTIAGO, 2000
Prólogo
Casi la mayoría de estos cuentos nacen en pleno verano entre un
jolgorio de flores y pájaros que vuelan rozando el siglo pasado
hasta desaparecer en la lejanía. Múltiples lágrimas ayudaron a
rebalsar el estanque que riega toda una vida, empapando cientos
de hojas recicladas por ahí. Después de andar a oscuras y ensayar
con la palabra poética, atisbo a mi destino relampagueante en el
cielo con tormentas boreales sin precedentes en la historia del
mundo, las que provocan una aurora narrativa que anheló renacer
precisamente, cuando ya no existe un mañana. Aunque anhelar mi
felicidad, a pesar de todo, continúa siendo la obligación más
urgente del momento, es necesario desoír al viento que se lleva,
día tras día, las semillas que germinaron los sueños.
¿Es posible que sólo en el papel se hilvanen mejor las horas y los
pensamientos inútiles de la vida cotidiana?
El único lugar que existe capaz de derribar los muros sin
ventilación donde rebotan en vano, dispersándolos en la memoria
colectiva sin proporcionarles ni la más remota posibilidad de
retorno.
LAS TORRES GEMELAS
El segundo martes de septiembre, María de los Ángeles, se levantó más temprano
que de costumbre para ir a su oficina igual que semana tras semana, entre alegrías y penas,
desde su juventud casi nunca se toma un descanso. Sus días transcurren entre el apego a su
trabajo, con almuerzos o comidas de la oficina y de vez en cuando algunas salidas con un
grupo reducido de selectos amigos que conoce desde que comenzó a residir en Nueva York
cinco años atrás. De origen latino, 35 años, soltera, buena moza (como dicen en Chile) y sin
sobresaltos económicos gracias a su habilidad para los negocios, se dedica tiempo completo
a la venta de seguros en la oficina S.K. con varias sucursales y capitales en otras ciudades
del mundo, como la ubicada en la torre uno, World Trade Center, hacia donde ahora se
dirige vestida con un elegante traje de dos piezas azul y una fina blusa blanca que acentúa
más el color mate de su rostro, enmarcado gracias a un abundante cabello negro y rizado. A
las siete y diez minutos en punto de la mañana salió de su lujoso departamento llevando un
maletín de cuero negro lleno de documentos. Mientras camina en dirección a la estación del
metro, hizo y recibió variadas llamadas de su celular, para recordarle las flores, galletas y
otros detalles a su secretaria, encargada de preparar una reunión programada a las nueve de
la mañana y la que tenía que resultar perfecta, pues se trata de altos ejecutivos de una
empresa constructora japonesa muy importante. En su ánimo tranquilo como en sus ojos
serenos, nada hacía presagiar los tristes acontecimientos que viviría unas pocas horas más
tarde. En el metro la mayoría de la gente permanecía silenciosa, demostrando con la mirada
un aire de indiferencia y preocupación, como si todos hubiesen pasado la noche en vela.
Además, nadie se mira entre sí por miedo a revelar el secreto más íntimo escondido en la
profundidad de sus conciencias. M. A., encontró a duras penas un asiento al lado de una
ventanilla y en seguida se hundió en sus pensamientos. En la noche anterior, su madre
viuda como también Carola, su única hermana, le habían confirmado al fin su visita
El
largamente esperada y postergada por diferentes razones, entre ellas la enfermedad
incurable de esta última quien reside y trabaja en Boston hasta que su madre decidió
hacerse cargo de sus cuidados y de la compañía tan necesaria en esos difíciles momentos.
Antes pasarían algunos días en Los Ángeles, ciudad donde su hermana había sido invitada
insistentemente por una ex compañera de colegio. Desde que tenía memoria ayudó a ambas
con algún dinero para sus gastos e incluso con los pasajes para viajar de vacaciones, por lo
demás siempre abrigó las esperanzas de que alguna vez se instalaran definitivamente a vivir
todas juntas o al menos en la misma ciudad. Sólo era cosa de tiempo. Una vez fuera del
metro, M. de los Ángeles, volvió a sus preocupaciones habituales e inmediatamente sus
pasos se confundieron con el tráfago inmenso de la ciudad algo fría y otoñal.
A las ocho y diez en punto, como todos los días entró a la torre resplandeciente y
saludando algunas personas conocidas se perdió de inmediato en uno de los múltiples
ascensores repletos de gente. Todo era pulcritud y orden, especialmente en su oficina y
comenzando por su secretaria, quien bien maquillada y vestida para la ocasión la saludó
amablemente. Comenzaron de inmediato los últimos preparativos de la reunión, y mientras
los minutos transcurrían entre un torrente de papeles, el sol de pronto hizo notar su débil
aparición. Entonces M.A, sumida silenciosamente en su trabajo escuchó el aún lejano
motor de un avión que la trajo a la realidad, y aunque faltaban algunos minutos para las
nueve, ya el timbre anuncia con insistencia la llegada de alguna persona justo en el
momento preciso cuando el ruido del avión antes lejano se va acrecentando, entonces llama
a su secretaria mientras, asomándose a la ventana mira con sorpresa un avión Airlines
aproximándose como una flecha entre los rascacielos, a muy baja altura y en dirección
directa al edificio, casi encima de ella, entonces horrorizada presenció una gran llamarada
producto de la colisión y un gran estruendo que sobrevino enseguida.
De allí en adelante todo fue caos mientras la gente corre despavorida en busca de
salvación, dejando zapatos y cosas regadas por el suelo en medio de una atroz confusión y
sonajera de vidrios mientras un olor profundo a combustible continúa acrecentándose. M.A,
como una trastornada corre y comienza a descender como puede las escaleras presurizadas
de emergencia, mientras una forma de bruma ya casi no deja ver claramente los rostros. De
pronto, la voz amada de “alguien” que la tomó cariñosamente de una mano le recuerda a su
querida madre cuando se acerca hacia una salida donde llegó sin explicarse cómo. Una vez
abajo continuó corriendo para salir de ese infierno hasta llegar a la calle donde otros
afortunados como ella corrían aterrorizados sin mirar atrás hasta perderse, empolvados
como estatuas de sal desde la cabeza hasta los pies y justo en el mismo instante cuando se
escuchó un segundo impacto de avión en la otra torre gemela.
Muchas horas más tarde, una vez en su departamento M.A, se enteró por las noticias
de la televisión que se trató de un ataque terrorista que secuestró aviones comerciales, y en
uno de ellos que procedía de Boston, confirmó con estupor que viajaban su madre y
hermana...
EN UN PAÍS LEJANO
Una luz otoñal entró en sus pupilas con algunos rodeos, ascendiendo desde el alba
hasta las mentas y tulipanes del jardín brillante con el rocío de agosto. Nancy G, despertó
con el aroma a pan tostado y el sonido de las tazas del desayuno que la obligan a salir de
aquel ensueño que no permite a nadie aterrizar en sus dos pies antes de beber un café
caliente. A las ocho de la mañana del domingo, con tres grados de temperatura más el peso
de una camiseta de yeso que le colocaron hace más de quince días en un centro
traumatológico de urgencia, fueron motivos suficientes para sentirse asfixiada y además
muy deprimida. Nadie se esperaba el fuerte porrazo que se dio a las cuatro de la tarde de un
día sábado, justo y cuando un bocinazo le anunció la ruidosa llegada de su hermana Silvia.
En ese momento salió corriendo escalera abajo mientras comienza a descender con cartera,
diarios, chaqueta y un plato de postre en las manos que voló haciéndose añicos en miles de
partes las que volaron por el aire, solo porque se desconcentró por un segundo casi fatal
antes de rodar cuesta abajo como un saco de papas desde el quinto escalón, armando un
estrépito tremendo que sacó a todo el mundo del siempre relajado descanso sabatino. Allí
mismo, entre la escala y una puerta quedó inmóvil, como un pájaro con las alas rotas y
abiertas, boca abajo y sin decir ni pío, sólo un débil quejido reveló que al menos aún
permanecía con vida. Carolita, su nieta querida, la primera en llegar gritó: ¡abuelita,
abuelita!, produciéndole a Nancy cierta hilaridad la niña con su carita manchada con
chocolate, a pesar de que un dolor aún indefinido iba aumentando cada segundo en
intensidad hasta que pareció faltarle el aire para respirar. De a poco comenzaron a llegar
todos a contemplar la penosa escena, la noble y bondadosa Berta quien con más de veinte
años en la casa, muy alarmada gritaba a toda voz: ¡se mató la señora! ¡se murió...! Claudio,
el menor de sus hijos, también salió disparado del baño donde en ese momento se secaba el
pelo después de un partido de fútbol, y lanzando ropa y toallas lejos llegó a su lado tratando
de levantarla, mas los quejidos y señas de dolor de su madre se lo impidieron. Enseguida
Jaime, su sobrino, el hijo de Silvia, justo cuando entra a la casa vuelve a salir corriendo
gritando fuerte a su madre y hermana menor para que lo escuchen:_ ¡Entren a ver lo que
pasó con mi tía!
-Yaahh... Déjense de bromas. Díganle que se apure mejor, contestó Silvia mi
hermana, desde la puerta de calle. A pesar del bullicio que había subido un poco de tono:
¡qué párala, qué no, traigan un chal, mejor un almohadón, que se pegó en la cabeza, llamen
una ambulancia, denla vuelta...!
- ¡BASTA, YA ESTÁ BUENO! Son tontos o se hacen, debemos actuar
razonablemente, dijo Silvia apenas entró arrodillándose a su lado para observarla bien y
preguntarle:
- ¿Te pegaste en la cabeza?
- Sí un poco, contesta Nancy, pero lo peor es aquí en el brazo continuó indicando con
muchas dificultades el hombro izquierdo. Me duele mucho, así que ni siquiera me toquen...
¡Ay! ¡Ay! Entre varios, apenas consiguieron ponerla de pie, ya que aparte del dolor Nancy
se sentía un poco mareada, pero igual comenzó a caminar con ayuda y ante los ojos atónitos
de todos, los que además la miran como si se tratara de un milagro que aún permanezca
viva. Con mucha dificultad y paciencia la llevaron hasta el auto de Silvia, donde antes de
subirla, un grupo de personas que caminaba por la vereda del frente la miró con lástima. El
viaje hasta el centro asistencial de urgencia se le hizo insoportable. A pesar de la hora, tres
de la tarde y día sábado, en las calles circula una gran cantidad de vehículos con gente que
había salido en busca de aire libre, un poco de sol o tal vez, de un mall donde perder en la
mejor forma posible las horas de la tarde. Al revés de Nancy, que nunca conseguirá olvidar
el dolor tremendo que sintió minutos más tarde, cuando entre dos traumatólogos le
movieron el brazo inerte igual al de un muñeco de trapo, de atrás para adelante entre fuertes
y sentidos ¡ay ay ay!
Quince días después de operada, puesto que el yeso nunca corrigió la lesión del
hombro, aún continúa postrada bajo el peso asfixiante del dolor que punza como el sin
sentido de una respuesta que nunca llega, salvo el tíu, tíu tí de un zorzal que canta en el
jardín, demostrando que las horas avanzan como una película en blanco y negro, a pesar del
ritmo vertiginoso de la luz que pasa dejándola aislada en ese negativo desquiciado en que
se transforma muchas veces la realidad cotidiana, paralizando toda posibilidad de expresar
lo que siente como ella quisiera. Un lenguaje desconocido que resulta casi imposible a la
hora de transcribirlo en el papel y que viene junto con las remembranzas, dejándola sin
ánimos para mover el lápiz siempre indiscreto que escarba en la memoria hasta el extremo
de hallar en “el tiempo perdido” un camino de escape. Aún descansa la ciudad esta mañana,
un domingo de octubre, y seguramente que están más hermosos que nunca los tulipanes
morados que plantó Alejandro en una jardinera, aquellos que resultan tan placenteros a la
vista, ahora que está tan cansadora y aburrida la televisión en estos días de encierro. La
primavera fluye en ramilletes y agota la gama de colores de la paleta, sólo hay que dejarse
empapar sin tratar de resolver el crucigrama enredado de luz y su consiguiente avalancha de
renuevos zanjando toda posibilidad de perder las esperanzas y las que llenan las múltiples
charcas donde rebuscar nuevamente las ganas de vivir exactamente igual como hacen las
aves alegres saliendo de sus nidos anunciando tiempos mejores. Sin embargo, a veces la
realidad que vemos y palpamos no es la única que existe, pues en la otra cara del planeta,
en un país muy pobre y lejano llamado Afganistán, miles de niños, mujeres y ancianos
huyen de sus casas buscando un refugio, mientras esperan la llegada del invierno bajo un
cielo brillante de cohetes y bombas de racimo, piensa Nancy justo en ese momento en que
las nubes arreboladas y tornasoles de octubre humedecen un poco sus pupilas enrojecidas,
al pasar frente a su ventana.
LA MEMORIA
Delia lanzó lejos sus zapatos y con dificultad se coloca unas chalas de plástico
negras antes de bajar corriendo a abrir la puerta cuando escucha sonar el timbre.
-Soy Omar Silva, el técnico, dijo un hombre de baja estatura que parece agrandarse
una vez que está en el segundo piso mientras éste le explica a Delia con muy pocas palabras
que ese antiguo modelo de programa computacional no servía para nada, y por eso mismo
él como técnico se siente en la obligación de barrer con toda la información contenida.
-Mire señora, este programa ya no se utiliza, además lo único que vale la pena es la
pantalla, entonces mejor hay que “barrerlo” por completo, entregándole más memoria.
-Usted haga lo necesario, no entiendo mucho porque yo sólo escribo y tengo
algunas cosas archivadas como algunos y poemas, dijo Delia resignadamente, recordando a
sus hijos que siempre le repetían lo mismo, pero ella se encontraba tan cómoda y encantada
con ese sistema Word, programa que le ayuda un poco a ejercitar su memoria, a la que a su
parecer en estos tiempos se le da muy poca importancia. Hoy por hoy, no es importante
aprenderse ni las tablas le repiten los jóvenes hasta el cansancio, pero esas ideas no le
pueden entrar en su pobre y anticuada cabeza.
_Deje todo guardado en “diskettes”, dijo el técnico con voz grave y mirándola con
extrañeza, volveré el próximo lunes. El trabajo completo vale ciento cincuenta mil pesos,
además su hijo necesita Autocad ¿No es eso?
_ Siiii Claro...
_ Son cincuenta más, entonces.
Al día siguiente, una de sus hijas pasó a comprar los discos y ella misma en la tarde
grabó las cosas con una rapidez increíble, pero antes advirtiéndole a Delia que no se
preocupara por ese motivo, porque después volvería a pasarlo de nuevo en Windows y
entonces todo quedaría igual que antes.
_Quizás, alguna vez vuelva a encontrarme con esos trabajos de tantos años, y no
ocurra igual que las miles de hojas llevadas por la brisa, pensó con tristeza Delia. Y las
dudas siempre lacerantes, fueron siendo desechadas una por una, anhelando aquellos
progresos que deseaba alcanzar algún día como escritora mediocre y desconocida, tal como
ella misma se consideraba sin ninguna pretensión de su parte. Entonces, todo lo que
escribía fue quedando quietamente en esa memoria algo frágil al parecer, esperando a ser
rescatado por alguna mano bienhechora. Pero, tanto por lo perezosa como por su desgano al
corregir, los textos que se borraron sin dejar huellas pasaron a ser más de la cuenta. Por
supuesto, muchos más de los que ella misma hubiera deseado en realidad.
El lunes a las diez de la mañana en punto, Omar S., inició su trabajo y un día
después le dijo a Delia con seriedad:
_ Es imposible instalar la impresora con W´95, intentaré de nuevo en mi casa donde
tengo las mejores condiciones para hacerlo, dijo el hombrecillo.
Aunque a Delia no le hizo mucha gracia la idea, dejó que éste se llevara a duras
penas el aparato a su casa. Al otro día, llegó el hombre temprano y muy seriamente le dijo:
_ Está un poco complicado el tema, me voy a demorar un poco y no le garantizo que
quede muy bien, tengo que llevármelo otra vez a la casa.
_ Lo he pensado mejor y preferiría dejarlo tal y como está, especialmente por las
dificultades en que el trabajo se realice como habíamos convenido, dijo Delia tímidamente.
Algunas personas han tenido problemas con ese programa.
_ Usted sabrá lo que hace dijo el hombre muy enojado, casi furioso, pero desde este
mismo instante le advierto que todos ustedes quedarán en mis manos y mientras tecleaba
con mucha seguridad por unos breves minutos, sin añadir más, él mismo apagó el aparato y
levantándose del asiento agregó tajante:
_ Dejémoslo “sólo” en treinta mil.
Delia salió disparada a buscar el dinero al segundo piso, mientras sus mejillas ardían
con la convicción absoluta de que todo no era más que una simple y vulgar estafa, entonces
volvió entregándole la plata justa, ya que no podía hacer nada al respecto. Especialmente en
ese momento que se encontraba sola en la casa. Francisco, le avisó que llegaría tarde y las
niñas estaban en casa de su abuela, y ya no tenía el menor deseo de discutir en ese
momento pensó, mientras abría la puerta con sus manos tiritonas de rabia e impotencia.
Además, tenía unos deseos casi incontrolables de llorar.
_ Desde hoy dependerán exclusivamente de mí, repitió el hombre con tono
amenazante, saliendo sin despedirse y dando un fuerte portazo.
Durante todo el resto del día Delia se sintió pésimo, se tomó un Alprazolam, comió
cinco duraznos y varios vasos de bebida, a pesar de su régimen para adelgazar,
martirizándose con la idea fija del computador, porque estaba segura que nunca más
serviría para nada porque quizás qué le había hecho ese hombre a juzgar por sus amenazas.
_ No me digas nada, no sé en qué hora lo llamé, pero me lo recomendaron tanto.
Siempre aparecía apurado y cada vez que realizaba las grabaciones sacaba de su maletín un
libro de ciencias ocultas, se quejaba días después Delia con su buena amiga Marcia. Por eso
quedó tan mal hecha la instalación, dejó el W´98 encima del 95, entonces quedó la
embarrada porque además, es el único que conoce el código más bien, la clave para arreglar
todo ese lío espantoso. A mí no más me suceden estas cosas, continuaba Delia sin parar, la
gente me agrede, me estafa y más encima todos me insultan, maestros, gásfiter, incluso en
la feria el otro día, sin darme cuenta, inocentemente ocupé el estacionamiento de un tipo
que me sacó a la familia entera, a pesar de que andaba en un autazo y además muy bien
arreglado.
_ Hay que tener más cuidado, hoy día hay tantos esquizofrénicos, limítrofes y
drogados sueltos por ahí, contestó Marcia, cambiando de raíz el tema. ¿Cómo van tus
libros?
_ Así no más, está muy mala la venta, en los carros de Ñuñoa no se ha vendido ni
uno solo, me los devolvieron sucios y amarillentos. Igual que los demás, los cientos que
continúan empaquetados bajo la caja escala, me cansé de tanto moverlos de aquí para allá
haciendo aseo, entonces ahora dejé un paquete para enaltar un poco el televisor de mi
dormitorio, así me recuerdo que tengo que hacer algo al respecto y no se apolillen
guardados en un closet. Voy a continuar regalándolos por ahí, a la gente que le agrada la
poesía...
_ Mañana sábado hay una exposición de pinturas que me interesa ver, te paso a
buscar después del trabajo, siempre que quieras ir, dijo despidiéndose Marcia. Te hace falta
salir ya que pasas encerrada bajo las cuatro paredes. Nadie te va a mover la casa de su
lugar… Al día siguiente, sentadas en un café, Marcia dijo:
_ Qué bueno está el café con amareto, tómate otro, yo invito. Está tan agradable la
tarde.
_ Sí, por lo mismo espero dormir bien esta noche, con uno es suficiente, gracias.
Después ando como loro en el alambre, muy distraída, con tantas cosas que me han pasado
últimamente contestó Delia.
_ ¿A ti no más? Fíjate que hoy en la mañana me detuve un segundo a comprarle el
diario a mi papá en un kiosco de la esquina y el auto de atrás comenzó con bocinazos
desaforados y no contento con esto me embistió muy fuerte y enseguida me persiguió como
loco por las calles alcanzándome en un semáforo, entonces, una vez que estuvo bien cerca
me lanzó un escupitajo en plena cara a través de la ventanilla, dijo Marcia roja de solo
recordar la molestia.
_ ¡Qué asco, no te puedo creer! Mejor hablemos de la exposición, agregó Delia.
Qué te pareció el hermoso cuadro de la memoria, de Magrite. No sé porqué me recordó
tanto a mi madre quien últimamente se olvida de todo, hasta de lo que come. Es tan triste.
Por eso, me imagino aquella hoja a punto de ser llevada por el viento en cualquier
momento, y la sangre. ¿Por qué razón la sangre?
_ Porque si recuerdas bien, la memoria durante todos los tiempos siempre ha sido
sangrienta, dijo Marcia, pensativa mientras enciende un cigarrillo y sorbe lentamente su
café.
EL PROVEEDOR DE ALFOMBRAS
Cada vez resulta más difícil abrir los ojos piensa María Cristina, mientras un tapiz
nácar baña el aire de los sentimientos algo resecos por la indiferencia más absoluta del
amanecer. Ahora que despierta al lado de Jamiat, prefiere permanecer impasible ante la
deshilachada línea divisoria entre el pasado y el presente…
Tengo tantos deseos de seguir durmiendo pero, ya es hora de levantarse pensó
María Cristina S., durante la madrugada del viernes veinticuatro de agosto justo media hora
antes de que el sonido del teléfono le avisa que un transfer la espera en la puerta para ir al
aeropuerto. Sin demora, diez minutos después salió casi corriendo, no sin antes besar a un
hombre alto y de tez bien morena que la acompaña hasta la salida, haciéndole prometer
desde el umbral que lo llamará por teléfono una vez que llegue a su destino. Más bien, él
parece una sombra invisible que se integra difícilmente en aquel paisaje engañoso del ayer
haciendo lo imposible por revivir los recuerdos que la mantienen viva, gracias a que nunca
más quisiera abrir los ojos, a pesar de que el amanecer ya se va en retirada marginándola a
su más completa soledad. En la calle una fina llovizna humedece tanto el pavimento como
hasta el último rincón de su tristeza. Ahora que realizaría este tercer viaje, una vez más por
razones de trabajo en una importante casa comercial de la capital, en la cual se encarga
además de otras cosas, de elegir y comprar alfombras en el Medio Oriente, en este caso
Irán. A pesar de su juventud, 28 años y muy bien considerada en la empresa gracias a sus
estudios de economía e idiomas en una prestigiosa universidad de Santiago de Chile, realiza
desde un principio su trabajo en forma responsable y eficiente. Después de una escala de
ocho horas de duración en Frankfurt, el avión continuó su vuelo y el lunes antes del
aterrizaje en el aeropuerto de Teherán, todas las mujeres a bordo recibieron órdenes
estrictas de taparse completamente la cabeza con un paño o cualquier otra cosa que
encontraran a su mano. M. Cristina, sin extrañarse buscó con urgencia un pañuelo en su
cartera, empeñándose en el afán de envolver completamente su cabeza y hermoso pelo
oscuro, dejando sólo sus ojos almendrados y su rostro de facciones perfectas al descubierto.
Además había cuidado con esmero su vestimenta, falda oscura larga y un chaquetón amplio
de lana para ocultar piernas y brazos. Afuera del avión, dispuesta una vez más a no hacerse
preguntas del por qué de aquellas costumbres ancestrales, se desplazó silenciosa y sumisa
suponiéndose una mujer como las demás que caminaban cabizbajas mirando fijamente el
suelo. Un aire frío y otoñal le congeló las mejillas cuando salió de la puerta del sencillo
aeropuerto y como siempre antes de llegar sintió una mezcla indefinida de temor y emoción
en su corazón. Sin embargo, esta aflicción se transformaba a veces en una aventura
grandiosa antes de abordar el avión, porque rescataba desde el fondo de sus fuerzas todos
aquellos íntimos deseos de vencer a la derrota siempre tan presente en todas las acciones
que se emprenden en la vida. Pero, como era muy tenaz nunca se desanimaba fácilmente.
Ni siquiera ahora, que no la esperaba ni su jefe y su pelo no le cosquilleaba en la frente
como de costumbre, primando sus deseos de solidarizar, por decirlo así, con tantas mujeres
vestidas de negro circulando su tragedia por las calles.
-Andan vestidas así desde la guerra con Irak, poblando la atmósfera de tristeza
llevan su duelo por hijos o esposos, le explicó alguien ante su mirada perpleja.
Menos mal que en ese momento divisa a su jefe acercándose sonriente y amable a
recibirle sus bolsos. Ya son más de las ocho de la mañana y se acomoda algo más aliviada
en el asiento del taxi junto a él, mientras el tránsito de los automóviles más le parecen
sirenas rememorando la muerte en los bellos y enigmáticos ojos de las mujeres de ese país.
La Visa con una permanencia de dos semanas, igual que las veces anteriores, la obtuvo
gracias a una carta de buena presentación y excelentes antecedentes tanto laborales como
comerciales. Quien ahora la acompañaba, el jefe, sería el encargado de llevarla hasta Quinn
Hotel y después de presentarle a su proveedor de alfombras, se transformaría en su
acompañante durante toda ocasión, ante la imposibilidad de salir sola por ningún motivo a
la calle. Por lo insoportable y bullicioso del tránsito, un chorro de recuerdos de agua fresca
empapó hasta las nubes donde se encontró de pronto, mientras sería imposible que alguien
más fuera de ella en el mundo experimentara una sensación tan plena de libertad como
aquella cuando miró por primera vez aquella montaña semejante a la chilena, las cual le
ratifica su imagen de lejanía pues, ya a esas alturas no existe ningún límite para revivir la
curva donde se vierten, uno por uno, los anhelos de alcanzar la dicha inmensa que
experimenta desde que conoció a Jamiat K, un iraní multimillonario proveedor de
alfombras, exactamente dos años atrás cuando realizó su primer viaje de negocios a esta
ciudad. Entonces, él mirándola profundamente con sus ojos oscurísimos, le había
preguntado en perfecto inglés:
_ Hay alguna que a usted le agrade más, señorita.
M. Cristina, nunca había experimentado una sensación más indescifrable que la de
entonces, mientras su corazón saltó como un trompo sin hallar tan fácilmente la salida del
laberinto. Entonces, tratando de devolver una respuesta coherente de manera que ojalá él no
advirtiera su turbación, dijo también en inglés:
_ Son todas tan hermosas, es muy difícil hacer una elección inmediatamente.
Después enterró sus ojos en los ajedrezados y multicolores tejidos.
_No se apresure, tómese su tiempo. Además, hay catálogos suficientes y lugares de
exhibición muy cercanos adonde podríamos ir, siempre que usted así lo desee, continuó
Jamiat, sin dejar de mirarla con muy poca disimulada admiración, mientras ella se había
inclinado para hundir una de sus manos en aquella amalgama infinita de alfombras
apiñadas una sobre otras y escudriñando el crucigrama en reposo que estaba muy segura
nunca sabría dilucidar. Igual que esos ojos inescrutables que aún no dejaban de mirarla con
insistencia.
Después de negociar una cantidad importante de dólares y riales en alfombras, algo
más fácil de lo que ella misma pensó y a pesar, de negarse varias veces a las invitaciones de
Jamiat, finalmente accedió a salir a comer con él en un elegante restaurante de la ciudad.
Allí, M. Cristina comprobó los finos y exquisitos modales que éste poseía, puesto que había
sido educado en selectos colegios y universidades para hijos de millonarios petroleros del
Medio Oriente e igual que ella hablaba varios idiomas, más que suficientes cualidades para
cautivarla. Fueron dos semanas en que M. Cristina no sólo se enamoró de lugares
maravillosos, como una mezquita, sino también del hombre con que muchas mujeres
sueñan alguna vez. Con frecuencia se fundió en el destello de esos ojos profundos,
embriagada por el deseo contagioso y febril que los unía, entrelazada a él como una
enredadera temblorosa en su desnudez y con un placer agitado en sus entrañas, se deslizó
en aquel sonoro bienestar de todos sus sentidos. Como si el goce experimentado en esos
momentos hubiera sido su única razón de existir. Escuchando el suave torrente de la sangre
correr entre un estallido de suspiros, duerme con brazos y piernas trenzada a él. Hasta el
amanecer quizá, algo enternecido con la visión de los amantes impregnados de su aroma en
un abrazo hirviente y dulce en el lecho donde sueñan. Llevándose como una ola inmensa el
bullicio de los automóviles que ya se precipitaban a la calle. Pero, inevitablemente llegó el
día tan temido de la partida, entonces Jamiat, con los ojos encendidos aún de pasión le rogó
llorando que se quedara con él más tiempo, sin embargo ella guardándose en el sitio vedado
de la desolación más honda y con su voz trémula prometió volver pronto. Aunque estaba
segura y presentía, que había llegado su hora a las flores negras del nostálgico amor.
Especialmente en este viaje, después que no obtuvo ni una sola noticia de Jamiat dando a
entender que la tierra se lo había tragado pues nadie sabía nada de él. Esta vez una
contingencia policial fuera de lo común en el aeropuerto, como una revisión exagerada de
su persona y de sus bolsos por el personal de aduana, que la obligó a salir por una puerta
más pequeña que aquella de donde salían los hombres, le produjeron mucha extrañeza a M.
Cristina antes de abandonar Teherán.
Siempre había recibido variadas llamadas telefónicas de Jamiat, mas nunca con la
promesa de visitarla en Chile, porque sus negocios y múltiples viajes entre los países del
Oriente y Miami no se lo permitían. Entonces M. Cristina, durante meses tomaba pequeñas
dosis de tabletas mágicas para prevenir los síntomas de esos recuerdos purulentos del amor
que aparecían cada vez más seguido igual que úlceras en su piel de tanto pensar en él.
Dejándose llevar por los días con sus alegrías y tristezas y guardando como único tesoro
aquel secreto memorioso y abismal. Cuidándose de cualquier extraño que quisiera entrar a
perturbar ese espacio interior cercado por una débil neblina. Varias horas más tarde, el
avión aterrizó en Pudahuel el martes once de septiembre y también allí fue sometida a un
inusitado y prolijo control aduanero. Comienza a despejarse un poco el cielo del mediodía y
los tenues rayos de sol le recordaron “las mil y una noches” vividas en aquellas hermosas
tierras, sin embargo, un presentimiento tenebroso de que algo no marchaba bien le produjo
escalofríos, ahora no sabe bien si se trataba del rostro serio del taxista o de la gente
apresurada en las calles gesticulando al hablar, quienes igual como a ella el aire les grita
con voz horrorizada una mala noticia. Una vez en su departamento tampoco encontró
mensajes ni llamadas telefónicas de Jamiat, lo que aún acrecentó más y más su
intranquilidad, pero el cansancio del viaje la condujo por cauces inhabituales y
ensoñadores, evitando por completo elevarse de la conciencia profunda que arroja lo más
lejos posible todos los malos pensamientos. Como si quisiera conservar para siempre esa
facultad privativa del momento antes de dormir: sin alegrías ni tristezas, sino concentrada
únicamente en un torbellino de plácidos recuerdos... Al día siguiente, se levantó a las siete a
trabajar y poco después se encontró caminando desolada hacia el metro, sin dejar de pensar
en él. Un hombre gordo y calvo sentado en el asiento del lado leía el diario con el atentado
de las torres de Manhatan en su portada. M. Cristina, comenzó a sentir un deterioro
emocional cada vez más profundo, sin abandonarse por completo a sus impulsos
compulsivos de llorar por alguien que en ese momento era el único norte en su vida.
¿Dónde se encontraría Jamiat? Parece que mientras más lo buscaba, su recuerdo se
difuminaba cada vez con la llegada de la oscuridad.
_ Según EE. UU, todo fue planeado por un saudí llamado Bin Laden, jefe de una
organización muy poderosa como para estrellar dos aviones de pasajeros en cada una de las
torres gemelas y otro en el Pentágono, dejando miles de muertos y desaparecidos, dijo el
hombre con voz grave a una mujer de mirada impávida sentada frente a él que no hizo
ningún comentario.
_Qué horror pensó M.Cristina, desviando su mirada hacia la ventanilla
ensimismada el resto que le quedaba del trayecto.
Días más tarde, cuando observa la fotografía de uno de los terroristas en el noticiero
de la televisión M. Cristina, quiso reconocer con gran estupor más que sorpresa, que el
rostro de uno de ellos era muy parecido a Jamiat, sí mirándolo bien era idéntico, entonces
ella consternada no podía creer lo que veían sus ojos, seguramente todo esto no se trataba
más que de una horrible pesadilla, imposible que él hiciera algo parecido piensa, mientras
gruesas lágrimas que caen de sus ojos humedecen de incredulidad el suelo. Ojalá que la
silueta masculina en el umbral, camine hacia ella y se incline despertándola con un beso
tibio de aliento apegado a sus labios para no perder el avión. Entonces, dejándose llevar por
una ola imperceptible que la arrastra en su marea soñolienta, se ve prendida detrás del
misterio de una aureola luminosa que escapó de una galaxia precipitándola en su último
viaje. Hasta un abismo donde ahora no tiene cómo sujetarse...
NUEVA OLA
_ ¡Estoy muerta!, dijo Gisela, dejándose caer en el sillón rojo del living apenas entró
como un trueno. No he dormido nada desde ayer a las dos y media de la madrugada porque
acompañé a Patricia al Hospital. Tengo la impresión de que el niño empeora cada día, tiene
sus manos imposibles y puede perder alguno de sus deditos y a pesar, que ya tiene
afectados los ganglios y continúa con la quimioterapia, al menos aún no ha tenido vómitos.
_ Qué lástima, pobre Patricia y ni hablar del niño. Qué triste su destino, ahora que
poseía una familia tan buena que lo acogió con cariño, la verdad es que no encuentro
palabras...No tengo valor suficiente para verlo así, contesté.
_ Lo único que puede salvarlo es un milagro. Algunas veces ocurren, continuó
Gisela con una voz cansada y cerrando por algunos segundos los ojos se echó para atrás
apoyando la cabeza en un cojín.
_ Oye, te ves agotadísima, si quieres podemos dejar el festival para otro día.
_ ¡Noo! Quiero olvidarme un poco de las penas y divertirme un rato. Por favor
tráeme agua con bastante hielo como de costumbre. Vamos no más, agregó Gisela y
recibiendo el vaso rebosante con hielo en sus manos, continuó. Más encima, anoche
apareció el desgraciado del “ché” y la Claudina, otra vez, anda loca detrás de él
acompañándolo para todos lados, olvidándose de nuevo todo lo que le ya le hizo en el
pasado, lo que no ha sido poco. Es tan tonta mi pobre hija...
_ ¿Qué pasó?
_ Me agarré con él y me creerás que me hizo así con el dedo (¿..?) porque la defendí
en una pelea, pero más tarde reconciliándose partieron muy contentos al norte, a San Pedro
de Atacama, dijo Gisela roja y sin disimular su rabia.
_ Como siempre tú sufriste la molestia y ella lo pasa regio. Eso te pasa por
“metete”, le contesté levantándonos al mismo tiempo para salir.
_ A las siete de la tarde, el sol estaba muy alto todavía cuando Gisela estacionó el
auto en una calle cercana a la Casa Cultural de una gran comuna de la ciudad santiaguina.
Acordamos llegar temprano y así no tener que encaramarnos en las graderías sin un
respaldo. Más que nunca Gisela, aquel día no estaba para esas cosas. Una brisa suave de
febrero, meció suavemente la arboleda de palmeras y pinos al pasar por un camino de tierra
y junto a algunas estatuas de la señorial casona.
_ Fíjate que una vez más me ha decepcionado mi hija, dijo Gisela, intentando
continuar con el tema. Ella misma siempre me cuenta que se pasan discutiendo con el
“ché”. Te hago una apuesta que otra vez llegan peleados del norte.
_ Mira, es mejor no llevarles la contraria a estos adolescentes. Ahora apuremos el
paso porque si no quedaremos sin asientos, contesté sin hacer más comentarios ya que nos
encontrábamos encima de las sillas perfectamente ordenadas en semicírculo frente al
escenario. Como el lugar estaba semivacío aún, encontramos una excelente ubicación al
centro, en la quinta fila. Nada más agradable que una tarde de verano, para atraer a un
público algo entrado en años que comenzó a llenar en breve tiempo todos los asientos y
después las graderías, mucho tiempo antes de comenzar el espectáculo. A las veintiún horas
en punto, la gente se cansó de tan larga espera obligando a salir al animador y a encender
las luces. Éste después de los saludos anunció a Luis D., un cantante de la década de los
sesenta muy animado y “entradito en carnes”, quien inmediatamente se largó a cantar a
viva voz, aplaudido y coreado por una multitud entusiasta y muchas veces ensordecida
gracias al acompañamiento de un excelente grupo musical. Mientras tanto, el cantante se
revolcaba de espalda en el suelo en medio de unos espasmos parecidos a los estomacales y
dando la impresión que ya nunca más volvería a levantarse, mas ante el insistente bis del
público continuaba a duras penas el show, afirmándose bien los pantalones que
amenazaban con caerse definitivamente pues, ya iban algo más abajo de la cintura.
Entonces el público extasiado pedía más y más, haciendo bailar hasta el alcalde, muy jovial
y alegre, quien recibió algunas pifias haciéndose el sordo y leso, mientras que el extenuado
artista volvió a cantar una última canción para luego desaparecer, transpirando
copiosamente, con la camisa afuera y sin disimular los “rollos” ni las contracciones
musculares que ahora llevaban a sus pantalones casi en las rodillas. A esas alturas el
público aplaudía y gritaba en forma febril. A continuación, el próximo cantante Germán C,
más calmado y con una sonrisa eterna, no logró apaciguar los ánimos sino al revés, éste dio
paso a los recuerdos ardientes a las señoras de algo más de cincuenta y quienes fueron las
más efusivas en sus demostraciones y bailes, levantando a duras penas sus brazos, haciendo
olas y coreando canciones como “la lluvia, cae y cae...” En ese instante me fijé en Gisela
que salía disparada de su asiento y pedía a viva voz otro rock, bailando en el estrecho
pasillo lleno de gente y detrás de un coche con un niño durmiendo plácidamente.
_ Levántate, no seas fome me dijo de pronto, sujetándome con fuerza de un brazo y
moviéndose frenéticamente, mientras yo me siento algo avergonzada y aún adolorida
debido a mi cercana operación del hombro.
El sereno hombre sentado a mi lado a veces como única expresión de entusiasmo,
aplaude un poco más fuerte o bien, se levanta siempre que todos los demás también hagan
lo mismo, por supuesto.
_ ¿Señora, está desocupado el asiento? Preguntó amablemente antes de que se
apagaran las luces y sentándose a mi lado. De contextura delgada y mediana edad tiene sus
ojos y cabellos oscuros, sacó de una bolsa de género desteñido una polera negra que se la
puso de inmediato, entrecerrando las pestañas y mirando el cielo en señal de pocos amigos.
Entregando la impresión que a él sólo le interesa esa magia que escapa a los mortales ojos,
entretenido en captar la trascendencia de aquel momento más que nada en una noche
estrellada. No precisamente en la fosforescencia del escenario con su bullicio estridente y
chillón. En realidad es muy hermosa luminosidad de esta noche veraniega, pensé también
atrapada en un trozo de cielo que se avista entre las hojas, justo cuando ya en aquellos
instantes casi resulta irresistible no levantarse, o sencillamente gritar y aplaudir a rabiar
como todos los demás. Gisela, transpirando y con el rostro enrojecido de la emoción se
inclinó a recoger algo del suelo:
_ ¡Se me había caído la pulsera mexicana! Qué bueno el espectáculo, otra, otra...
_ Síii…muy bueno dije agarrando mi bolso y dando paso al hombre de rostro sereno
del asiento del lado, quien mirándome profundamente a los ojos hizo un breve comentario
del show desapareciendo rápidamente entre el gentío que aún aplaudía loco de frenesí.
Mientras Gisela conversa animadamente con algunas personas sobre el espectáculo, el cielo
pareció recoger con gratitud mis ojos, descubriendo por primera vez un deslumbrante
universo equiparable sólo a él mismo. Ferozmente bello, acercándome peligrosamente a su
abismo ilusorio me dejó atrapada sin piedad por unos segundos en la celda de los
melancólicos sueños, así como en la incertidumbre terrible de las limitaciones de nuestra
triste precariedad como también de sus ansias de eternidad.
Han transcurrido más de veinte días y llega marzo con una luz tenue y mágica que
pintó de amarillo los árboles, ahora que se va el estío aún sumido en un remolino
enmarañado de plantas, entrelazándose a nuestros pensamientos como flores aterciopeladas
y esparciendo su aureola transparente hasta el cielo grisáceo. Desde la terraza escucho el
teléfono y sorteando un macizo de margaritas a la altura de mi rostro, me levanto corriendo
a contestar. Se trata de Gisela contándome de la muerte de Felipito, quien había cumplido
recién seis meses de edad, cuatro de los cuales en su corta existencia, los pasó internado
para realizarse tratamientos y operaciones en hospitales y clínicas. Cómo explicarse este
destino implacable, sin dejarse atrapar del vacío que traspasa todo límite despeñándonos
con su pesimismo y falta de esperanzas casi maléficos, si no fuera por lo que me contó a
continuación. ¿Por qué razón Felipito terminó hecho un ovillo de carne cercenada por un
bisturí del médico que nunca pudo hacer nada por él?
Sumergida en la oscura nostalgia por algunos segundos, lo imagino con un cuerpo
resplandeciente, mientras en medio de sus muñones ahora comienzan a descolgarse dos alas
livianas y sedosas de sus hombros...
_ Cuando Patricia, su esposo y los abuelos llegaron el lunes desde Valparaíso, más
resignados y casi se podría decir contentos con otro pequeño recién adoptado y acurrucado
entre sus amorosos brazos, fíjate que al abrir la puerta de la casa cerrada durante todo el fin
de semana, encontraron el living, pasillo y hasta todos los dormitorios impregnados con el
perfume de Felipito, quien seguramente también quiso participar de la inmensa alegría y del
recibimiento de su nuevo hermanito en su hogar. Entonces, padres y abuelos se abrazaron
dejando rodar algunas lágrimas, las que ya no fueron de dolor sino de agradecimiento por
este verdadero regalo de Dios justo en vísperas de Navidad, me dijo contentísima Gisela
antes de cortar el teléfono.
LICEO DE SE eee…ÑORITAS
Oye cómo va,...bueno pa´gozar, repite un dial mañanero haciendo un esfuerzo
descomunal por desperezarse a esa hora hasta que desaparece entre el ruido monótono e
interminable de los automóviles circulando por avenida A.Vespucio. Aquel domingo de
mayo el cuerpo y extremidades de Claudia N, mientras hace gimnasia al compás del
contagioso ritmo tropical, más bien parece que increparan a las dudas como a los
pensamientos inútiles que siempre lloviznan sobre su cabeza aún adormilada, a las nueve y
treinta de la mañana. En ese momento recién se produce el obsesivo encuentro entre los
sueños y la realidad absurda, que insiste en su particular mirada sobre el cielo arrebolado y
otoñal, lo que parece sorprenderla en toda su desnudez, haciéndola sonrojar incluso de su
gordura mientras se acomoda las panty que encontró en medio de un bulto amontonado de
ropas, blusas, pantalones e incluso, una chaqueta de cuero negro, que lanzó lejos a las
cuatro de la madrugada, después que llegó muerta de frío y agotada de la convivencia
celebrada con un grupo de ex –compañeras de un Liceo capitalino, de “seeeeñoritas”, como
en muchas oportunidades les recordó su directora a toda boca por el micrófono, a todas
aquelles alumnas que insistían en maquillarse o se ajustaban de más el “jumper” a sus
caderas, obligando a varias de ellas a lavarse bien la cara o si no, a descoser la basta con sus
propias manos todas las veces que fuera necesario, gritándoles después a todo pulmón ¡éste
es un liceo de Seeeñoriitas!!!, no lo olviden nunca.
Frotándose un poco las manos aún húmedas de crema, a Claudia le llama la atención
un breve silencio que sólo es interrumpido por el bocinazo de un camión que reparte el gas
y que seguramente trae un balón para la estufa con dos días de atraso, más encima aún
cuando es imposible encender la eléctrica, por motivo del racionamiento que está afectando
a la ciudad. Se acerca a la ventana para cerciorarse bien y desde allí mira el jardín del frente
de la casa cubierto con enredaderas y además el pasto reseco por falta de lluvias. Hay una
respuesta rápida pero carente de lógica del hombre, que avanza a duras penas mientras
empuja el balón de cuarenta y tantos kilos a través del pasto hasta una caseta de cemento
bajo del cobertizo. Una vez ya encendida la estufa se prepara un café hirviendo y no
alcanzó a sentarse en la mesa cuando comienza a sonar el teléfono, de paso evocando con
nostalgia sobre la atmósfera un halo memorioso y somnoliento, parecido a las hortensias de
invierno recién aparecidas y tan apreciadas por ella en esta época del año...
Aquel día y con la voz de Isabel, una ex –compañera de humanidades quien
interrumpió el ensimismamiento de aquella tarde calurosa de febrero del verano recién
pasado, comenzó a planearse la próxima convivencia.
_ Aló. ¿Cómo estás? Espera un poco, voy a pasarle el teléfono a alguien que hace
tiempo te desea saludar, aprovechando ahora que está en Chile de vacaciones. Es Regina,
está muy mal la pobre, acuérdate que te conté que atropellaron a su hijo menor odontólogo,
frente al teatro Santiago.
La voz muy suave de Regina que ahora se quiebra un poco en el auricular, dice:
_ Hola, qué gusto en saludarte Claudia.
_ Recuerdo que te retiraste del liceo en sexto humanidades para casarte y te fuiste a
Uruguay a vivir contestó muy emocionada. Nunca se me olvidarán tus gruesas y brillantes
trenzas. No he vuelto a ver otras iguales.
_ Gracias. Te cuento que vuelvo a Chile porque me separé el año pasado.
_ Igual que la mayoría, respondí.
_ Me encantaría que nos juntáramos todas alguna vez, para contarnos penas y
alegrías, para acompañarnos en esta soledad que a veces cava hasta en los últimos rincones
del alma, dice Regina con tristeza.
_ Ya me imagino por lo que has pasado, lo siento contesta Claudia.
_ Estaría feliz de volver a verlas, como a ti y a tantas otras, se despide
cariñosamente.
_ Sería maravilloso, eso sí que en un tiempo más cuando todas las demás vuelvan de
sus vacaciones, contestó Claudia. En marzo o abril.
En mayo y después de muchas postergaciones, ya sea por un motivo u otro, se fijó
la convivencia tan esperada por la mayoría y a la que Claudia llegó a las nueve en punto
con tres paquetes de papas fritas bajo del brazo. Después de saludar a la dueña de casa, una
abogada de la que nunca fue una gran amiga, se sentó junto a Regina quien se veía bastante
alegre, entonces evité de todas formas llevar el cauce de una conversación sobre temas muy
personales, hablando de todo un poco mientras, se van sumando las demás invitadas.
Incluso se llegó a tratar el tema de los negocios de turismo, cuando Marcela K., dueña de
un famoso hotel con nombre mapuche, conversa animadamente con alguien a quien
Claudia no recuerda ni siquiera muy bien el nombre y la que trabaja para unos gringos
vendiendo su publicidad a muy buen precio. Después de algunos pisco “sour”, la
conversación fue haciéndose más fluida y las risas brotaron a flor de labios de las quince
mujeres sentadas alrededor de una gran mesa de centro llena de vasos, colillas de cigarros
más una vela encendida para evitar le humareda del living, carcajadas que fueron
aumentando de tono hasta que llegó el momento en que más parecían agudos chillidos.
Como a las once y treinta, el esposo de la dueña de casa y único hombre presente, se
levantó despidiéndose discretamente aludiendo frío y cansancio, sin embargo, a todas luces
sólo una excusa para dejarlas conversar más libremente entre ellas, lo que hizo rápidamente
el efecto deseado porque risas y palabrotas de ahí en adelante fueron subiendo
ostensiblemente de tono, así como los chistes sabrosos que comenzó a contar Carmen Luz,
ahora bastante gorda y con su pelo rojo, quien comenzó muy tímida y después se fue
soltando a medida que los gritos y vivas la impulsaban a continuar.
_ Ahora cuéntate el de la muerta le gritó alguien mientras las risas volvían a
repetirse en coro chabacano y chillón hasta el cansancio en aquella madrugada bastante fría
de mayo.
_ ¡Sí, sigue no más, cuenta la del viajero, la muda y el chino con el alemán! decían
todas al unísono, animadas por una alegría contagiosa y donde no quedaba otra alternativa
que unirse a las demás para no parecer fuera de ambiente o una tonta grave, porque ya no le
agradaron porque quizá le parecían inapropiados esos chistes algo repetidos. Entonces,
mejor fue aparentar alegría, así a nadie se le ocurriría pensar que a ella le podía molestar,
total a quien le interesa a esas horas si mañana no hay plata para pagar el colegio de los
niños o el lunes no hay tampoco ni para las cuentas que ya aumentan un cerro con los
intereses, a pesar que tenía demandado a su ex – esposo, quien el otro día no más la había
mandado a la m... por el teléfono, diciéndole que de dónde quería que sacara la plata si
estaba cesante, dejando la escoba mientras los niños lloraban a moco tendido porque ella
vuelta loca con tantos problemas los amenazó con retirarlos de ese colegio tan caro y ojalá,
que de una vez por todas se sacaran de la cabeza que no eran ricos y blá- blá... Más encima,
después de las tremendas molestias todo quedaba en nada porque el desquiciado, a quien no
podía llamarse de otra manera, en la tarde pasó a buscarlos para ir a comer hamburguesas y
después al cine, quedando siempre ella como la mala de la película, totalmente deprimida y
obligada a tomarse casi el frasco completo de ansiolíticos mientras la suya ya no podía
continuar llamándose vida, transformando el paisaje en una vía que siempre conduce al
mismo lugar poblado de desánimo. Cada día era más difícil de sobrellevar la monotonía
insoportable y carente de fantasía del presente, en su espalda curvada por las dificultades.
Como si su mirada tan solo fuera en blanco y negro. Alguien famoso que no recuerda su
nombre dijo: “El éxito es el sol de los muertos”, pero ella no pensaba morirse aún porque a
pesar de todo se siente motivada a proyectarse a través del cauce turbulento y memorioso...
En aquel instante fuertes carcajadas la traen a la realidad, sin embargo no le impiden
escuchar una conversación entre Marcia y Lucía, su mejor amiga y que a todas luces se
refieren a su persona.
_ Parece que la “pobre” está bastante mal, su ex –esposo no la ayuda ni con un
peso. Un día lo llamó por teléfono para cobrarle la mesada y se quedó escuchando toda
clase de barbaridades que hablaba con la mujer que vive actualmente, una promotora rubia
y tostada de la que te conté la otra vez, te acuerdas; tan borracha como él y entre ellos se
tratan a garabato limpio diciendo tremendas groserías de la “pobre” que más encima
escuchó todo por el teléfono porque una vez se les quedó descolgado.
_ A lo mejor lo hicieron a propósito, contestó Marcia.
_ No se me había ocurrido, sabes. Lo que sí tengo claro es que la “pobre” debería
meterlo preso de una vez por todas, no tenerle lástima a ese frescolín, dijo Lucía.
Marcia percatándose de mis ojos vueltos en la brusca realidad, cambió de tema:
ahora sé por qué ando tan volada últimamente. Ayer me contó mi hija mayor que se cayó
un niño de dos años desde el quinto piso del edificio y está muy grave. Le he dicho hasta el
cansancio que debe colocar rejillas de protección, porque a mi nieto le llaman mucho la
atención las ventanas y le encanta encaramarse para atisbar las alturas desde el séptimo piso
donde viven, dijo Marcia para cambiar de tema.
_También hacen estragos las preocupaciones en mi persona, pierdo los escasos
reflejos que me quedan. Antes de salir no fui capaz de detener el portón eléctrico con el
control, éste se me vino encima rayando las puertas de un lado del auto hasta atrás y más
encima arrancó un espejo de raíz. Quedé paralogizada ante la tremenda mole que se me fue
encima con todas sus fuerzas. Creo que estoy reventada, agregó Lucía. ¿Qué irá a ser de
nosotras en poco tiempo más?
Ahora se acerca Elsa, dueña de casa y abogado quien pregunta si desean servirse
algo más. Se sienta entre Lucía y yo.
_ Alcancé a escuchar parte de la conversación y estoy de acuerdo en que la vida a
veces se transforma en una verdadera locura. Fíjense que hace un mes, más o menos, saqué
a pasear como de costumbre a Boby, quien como siempre pasa encerrado, de pronto se
soltó lanzándose encima de una perrita muy mona y lanuda, de raza china igual a él, pero
ésta furiosa lo mordió por todas partes dejándolo imposible. Lo internamos en una clínica
más de una semana, pero eso no sería nada. Después de traerlo a casa para cuidarlo, ustedes
saben lo regalón que siempre ha sido de nosotros desde que se casaron las niñas, una tarde,
Francisco lo sacó a pasear aún vendado y además con curaciones, pero con tal mala suerte
que se soltó de la cadena y después lo atropelló un auto en plena avenida Colón. Cuando
Francisco se acercó a socorrerlo, Boby enloquecido de dolor le muerde el brazo, dejándole
tremendas heridas. Por eso aún se siente un poco alicaído, porque el Boby no resistió tanto
y murió finalmente en la clínica la semana pasada, dijo Elsa con mirada triste.
_ Increíble las cosas que pasan, agregó simplemente Marcia.
_ Alguien ha tenido noticias de Elena, pregunté tímidamente.
_ Sí, hace unos días conversé por teléfono con su esposo. Tiene mal de Alzheimer y
no reconoce a nadie, la mantienen amarrada en una silla de ruedas, con suero y en una
clínica particular que les va a costar una fortuna. Él jubiló hace poco, pero igual no es
suficiente y parece que va a vender el auto...
El tiempo cura todos los males, pienso mientras apago la luz y la radio del velador.
Comienzo a desvestirme tiritando de frío y enseguida introduzco hasta la cabeza entre la
frazada y el plumón, con la decisión plena de romper con la realidad pululante de recuerdos
y ruidos externos esta madrugada, sirenas, ladridos, como los últimos automóviles que
corren a perderse. También el canto de una cigarra que últimamente se niega a
abandonarme. Seguramente debería comer con menos sal como dijo el médico. Quizá todo
hubiera sido diferente, si la vida no me tiende aquel manto tejido de soledad lleno de
rascacielos, autopistas y cerros de desechos en esta ciudad donde comencé a escribir mis
memorias tratando en lo posible de destruir mi pasado. Quizá será el germen que permita a
las ideas tomar cuerpo para poblar un día mi porvenir con nuevo significado, ya que desde
hace un tiempo hago lo imposible por dejar atrás los sueños flotando en la humareda espesa
que palpita dentro de mí. Igual que a la fuerza musical que estalla como una catarata antes
de salir de la cabeza de su autor. Quizá, si abriera ventanas de aquellas vírgenes regiones
algo soñolientas desde mi juventud, podría recorrer el presente reconociendo únicamente la
existencia de mi memoria blanquecina. Al revés de los futuristas, sin salir de este espacio, a
pesar que todo parece ser arrebatado ahora de mis manos mientras cae una neblina matinal
fría y atónita sobre la ciudad de Santiago...
A las diez de la mañana en punto me despierta el teléfono. Cuando aún hay visiones
somnolientas que desparraman magnolias azufres. ¡Lo lamento, dice el buzón de voz! No
se molesta si le hago una consulta. _ ¿Ha escuchado hablar del Parque del Recuerdo?
UN SIQUIATRA SINGULAR
“Desde siglos sale el Sol y se esconde”
La segunda quincena de diciembre chorrea luz de las inmensas vasijas moldeadas
durante el duro invierno, con el fin de iluminar a la poesía emergiendo perpleja de una
tanda de comerciales en la silueta del viejo pascuero. Año tras año lo mismo, pienso ante el
libro manchado que desenrolla horrores, guerras... Muchas veces, una canción enciende
estrellitas multicolores antes de escuchar campanadas, mientras la danza del viento trae el
grito esperanzador de tantos que murieron en vano. Gente mutilada, labios sellados, manos
vacías de los hombres que van con una bandeja clavada en sus brazos que no sirven para
nada, salvo para encender más velas a medida que avanza la injusticia estableciendo
brechas insalvables entre ellos. Si descendemos más aún en la escala mohosa se vislumbra
el futuro bastante incierto de la humanidad, escuchando el noticiero como si nada sucediera
en verdaderas programaciones de ciencia ficción. Así, el dolor no acarrea molestias en la
moral colectiva y personal. ¿Qué es el tiempo, sino gotas de luz encendiendo los lirios?
“Con sus manos entrañables, el miedo vela sus párpados y teme la imagen nubosa
del espejo. Extrae su germen del carbón en los días venideros de un firmamento inexistente,
donde pernocta la noche y enmudece toda canción.” Apenas alcanzo a colocar comillas y
suena el teléfono.
_ Hola. Cómo te fue con la sicóloga, pregunto.
_ Más o menos, me contesta Paulina O, buena amiga. Aún es bastante joven, sólo
diagnostica y enseguida deriva los casos a un Hospital Clínico donde tú te imaginarás son
puros estudiantes. Con mi bagaje mental y todas las vueltas de la “life” no estoy para
prestarme de conejillo de India. ¡UF! Necesito por lo menos un Master en siquiatría.
_ Bueno, pero qué te dijo, insisto.
_ A pesar de su falta de experiencia me hizo varias preguntas que sacaron a luz
algunas de mis “pifias”. Sin embargo, a veces me contradecía de lo que estaba diciendo,
entonces... Paulina, tomando un poco de aire continuó. Cuando uno está de duelo con el
pasado, siempre piensas en lo malo que te sucede solamente, mientras anhelas cerrar bien
las puertas y ventanas que dan al exterior a los cuarenta años, pero intuyes que tienes cosas
más importantes que realizar aún. Por este motivo vives en pugna continua contigo misma
y muchas personas cambian radicalmente de actividad, incluso comenzando una nueva vida
en esta edad.
_ Mmhuu... Un duelo significa enterrar cosas buenas y malas, le dije no muy
convencida. (Las cosas buenas siempre deben quedar a flor de tierra para acudir a ellas
cuando es necesario)
_ Sí... Inconscientemente estás ciega, deseas continuar sufriendo para que te vaya
mal, además siempre eliges a las personas menos indicadas como pareja, por ejemplo, y así
todos sienten lástima por ti.
_ ¿En serio? No puedo creer tanta negatividad. Pienso que exageras un poco, a lo
mejor necesitarías un exorcismo. (Risas) Mejor escucha lo que escribí, se llama “Desnudez
del Sueño”.
_ Bueno, pero que no sea muy largo. Mi papá necesita el teléfono. Tú sabes que
nunca puedo conversar tranquila con nadie desde que está enfermo, dice Paulina molesta.
_ (Lectura) _ _ _ _ _ _ _ _ _ ¿Te gustó?, pregunto.
_ No entendí nada, lo encuentro bien depresivo, muy a tu estilo y me extraña mucho
que no aparezca la palabra muerte. Aunque escuché algo parecido. ¿O fue idea mía?
El segundo lunes de diciembre me desperté con las carcajadas y gritos del hijo del
vecino del frente (17 años) y un grupo de sus amigos, que hostigan a un ratón con una
varilla larga. El insignificante y repulsivo animalito de acequia, fue rematado con un rifle
de postines finalizando después su larga agonía a la orilla de la calzada. Una persona del
barrio sacó a un gato en brazos, seguramente para que se diera un festín, pero éste huyó
aterrorizado como un bólido hasta perderse. Igual que el despertar de Gregorio Samsa,
tardé varias horas en reponerme del primer golpe de la mañana al introducirnos en una
pesadilla interminable, constatando una vez más la maldad humana así como nuestra
existencia absurda con sus grandes ansias de felicidad...
_ Hola. ¿Qué te pasó ayer en la tarde?, interrogo a Paulina por teléfono.
_ No tuve plata ni para la micro y tampoco me atreví a pedirle prestado otra vez a
mi mamá como hice toda la semana para ir a trabajar. No te puedo creer, apuesto que tenías
flojera, más encima quedaste de invitar a Gina quien no sale nunca de la casa, le digo con
un tono que sonó algo molesto.
_ Perdona, se me olvidó llamarte, además ella me pidió que le ayudara con el
vestido de Marilyn Monroe, cosido totalmente a mano. Un compañero de oficina la invitó a
un baile de disfraces para el Año Nuevo, parece que un admirador nuevo, contesta Paulina.
_ Bueno, dejémoslo para después de las fiestas. ¿Cómo te va con el siquiatra?
_ Súper bien. Es amoroso, vamos a reunirnos con él y otros pacientes para celebrar
Navidad, el 25. En estas fiestas aumentan las angustias de la gente sola, enferma...Fíjate
que me invitó a Viña y al Casino el fin de semana, con todos los gastos pagados. También
conocí el Hotel Sheraton, tiene hermosa vista hacia el cerro San Cristóbal. Conversamos
mucho hasta las tres de la mañana. Oye, a propósito me puedes prestar el pijama azul de
seda para fin de mes, lo encuentro tan elegante, me dice Paulina casi sin respiro.
_ Por supuesto, ven a buscarlo cuando quieras, digo antes de cortar.
“Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.”
Especialmente el tiempo, pienso un día de abril mientras releo a Borges cuando comienza
el otoño con su vértigo de hojas amarillentas que riegan alfombrando el suelo.
_ Hola, tanto tiempo sin saber nada de ti, saludo a Paulina por el auricular. ¿Cómo
pasaste Semana Santa?
_ Más o menos. Mi papá ha estado muy enfermo. Después de la operación lo
dejaron con una bolsa en el esófago...es tremendo verlo así. Menos mal que el siquiatra me
dio más licencia, otros seis meses. Así puedo ayudar y cuidarlo junto con la enfermera.
_ ¿Otra licencia?, le digo.
_ Sí, a causa del acoso sexual que sufrí en el trabajo.
_ No me acuerdo mucho lo que sucedió.
_ Si te lo conté, acuérdate, me dice Paulina. Un guatón asqueroso de la oficina cerró
la puerta donde nos reuníamos persiguiéndome alrededor de una mesa hasta que logré
zafarme de él y arrancar a duras penas. Más encima, cuando lo acusé al gerente, éste no le
dijo nada y todos lo tomaron para la chacota, pero tú bien me conoces. Ahora, Sergio L
(siquiatra) me dice que no pueden despedirme y además tienen que pagarme hasta el último
peso si lo hicieran.
_ ¡Qué suerte la tuya! Dónde conseguiste alguien tan eficiente.
_ Me lo recomendó una colega y amiga. Él tiene su consulta cerca de Providencia,
en una hermosa y señorial casa de dos pisos. Nos hicimos bien amigos, me presentó a su
hermana casada y a sus padres, también a varios amigos y sus señoras con quienes nos
reunimos a comer una vez a la semana. Fíjate que nos quedamos con los pasajes comprados
para ir a Machu Pichu cuando mi papá se agravó, me cuenta Paulina.
_ ¡Qué pena!, contesto. Oye, pero continuando con el siquiatra. ¿Estás pololeando?
_ ¡Noooo! Es buen amigo solamente. Se separó hace varios años, no tiene hijos y
nunca se volvió a casar, me responde Paulina.
Continuando con Borges: “Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis
días merezcan el olvido.” Así llegan y se fueron rápidamente las vacaciones de invierno y
pocos días antes del Dieciocho de septiembre, me enteré de la triste noticia de la muerte del
padre de Paulina. “Sentí, como otras veces, la nostálgica sorpresa de comprender que
somos como un sueño”. La iglesia donde se celebró la misa por el alma de don Alfonso se
repletó de gente hasta la calle y Paulina salió muy serena del brazo de su madre, al menos
así lo aparentó. Solamente, casi dos años más tarde y cuando perdí a mis propios padres,
comprendí que cada cual tiene su parte de dolor en esta vida. Y que a veces, éste muerde
con furia. El valor de la verdadera amistad sirve para fijar en la memoria aquellos días que
se pierden soñando con un destino diferente del que nos tocó vivir. Deshabitada la calle de
las rondas con falda y can- can, el juego de la pelota, de las Naciones o de las escondidas en
una vieja despensa. Hoy, con cerrojo y una capa de musgo que sepulta el paso inevitable
que ocupó la adolescencia y el consiguiente vértigo que continúa al entrar en la adultez más
el tiempo inexorable que avanza y nos apresa en una ciudad que ha crecido desmesurada y
desquiciadamente amenazando con devorar todo vestigio de nuestro pasado. Menos el lugar
intacto que me vio nacer. A pesar de todo, el viento no ha logrado derribarlo, tampoco la
nieve ni el agua han trepado los dos escalones embaldosados que llevan hasta su puerta.
Sólo el pino afiebrado por un temporal de modernidad de los jardines de antaño, cayó en
unas manos sin compasión que lo cortaron de raíz. Ahora pululan los edificios de
departamentos por todas partes y se levantan cada día inmensas moles cementadas que
abren sus brazos invadiendo la privacidad del cielo entre las nubes, esparciendo el grito
silencioso de sus moradores como lluvia fina, empapando calzadas y veredas.
_ Qué pasa con tu teléfono, siempre contesta la grabadora y es imposible preguntar
por ti, le digo una tarde de octubre a Paulina.
_ No sé, todo el mundo me dice lo mismo. ¿Vas a estar en tu casa el sábado en la
tarde?, me pregunta.
_ Sí. Ven a tomarte un café y conversamos. Hace tiempo que no copuchamos un
poco. Paulina no apareció el sábado. Su mamá todavía no está en condiciones de quedar
sola en casa, pero a mediados de octubre, mientras la primavera que enciende algunas
chispas que revolotean originalmente sobre el césped desbordando su melancolía, llega
Paulina a punto del quebranto en su mirada llorosa en cuanto le pregunto cómo va su vida.
_ ¡Ah! No sabes lo terrible que ha sido para mí este último tiempo. Me lo he llorado
todo, dice sentándose cansada en el sillón. Ya no tengo más lágrimas para derramar y
prefiero recordar tiempos mejores. A veces voy al cementerio a cantarle el himno del
Instituto (?) a mi papá, a quien le encantaba.
_ Claro es mejor. Además, es normal que los padres se vayan algún día, respondo.
_ No es eso solamente. Fíjate que el mismo día que falleció el papá, Sergio L., el
siquiatra, me envió a decir con la amiga que me lo recomendó, que nunca más me aparezca
en su consulta pues, no desea verme ni en pintura y por lo tanto, ni siquiera lo llame por
teléfono, me dice Paulina de corrido.
_ ¡Qué extraño! pasó algo o discutieron, le contesto.
_Nada, te prometo. Sucedió así, sencillamente no desea verme más.
_ Pero intentaste pedirle una explicación. Aunque me parece difícil la situación.
_ Esto me ha dolido tanto, como nadie puede imaginárselo, continúa Paulina con
rabia en sus ojos. Nos hicimos tan buenos amigos, siempre me llamaba para salir y también
para ayudarle en sus trámites bancarios, incluso me encargó comprarle un computador para
su oficina.
_ ¡Ahí está!, un lío de platas, le contesto por decirle algo y a pesar, de reconocer su
rectitud al respecto.
_ ¡No! Tú me conoces, me dice con seguridad Paulina. Todo esto es tan extraño, se
cambió de oficina, secretaria, teléfono, como si ahora fuera otra persona, continúa. Un día
me encontré con él por casualidad en la puerta de un ascensor, en el edificio donde me
entregaron el resultado de unos exámenes del colesterol. Te juro que yo no tenía idea que se
había cambiado allí. Y ahora viene lo bueno. ¿Me vas a creer que cuando me vio puso una
cara de espanto? Entonces aterrorizado, como si hubiera visto al mismo diablo en persona
salió disparado del ascensor. (Risas de Paulina)
_ (¿ ?)
_ Ríete no más con confianza me dice, no lo encuentras muy cómico.
_ No mucho. Qué quieres que te diga, creo que a tu siquiatra le está fallando el coco
firme ¡Ah, ahora entiendo! En eso consistió la terapia, él se queda con la locura y tú
continúas con tu vida. Además te encuentro muy bien. ¿Continúas con los medicamentos?
le pregunto.
_ Sí, pero media dosis solamente.
_ Entonces adelante y olvídate de ese excéntrico personaje. ¿O te enamoraste?
-No, te prometo que siento que perdí a un gran amigo y un confidente. Estoy
demasiado dolida con él para perdonarlo y comprender mejor de qué se trata todo esto, dice
Paulina con la mirada confusa.
_Al parecer se involucró demasiado contigo como paciente y cruzó peligrosamente
el límite personal a lo íntimo. ¿Verdad qué no pololeaste con él?, digo majaderamente.
_ Nada, ni siquiera un beso, me dice Paulina con seriedad.
_ Pero no niegues, que a lo mejor inconscientemente deseaste que esta amistad
pasara a una relación más profunda. Quizá él esperaba que tú tomaras la iniciativa,
actuando con muy poca ética profesional, por lo demás.
_ Creo que ni uno ni lo otro, porque nunca me sentí enamorada de él.
_ Entonces porqué lloras tanto por su persona, pregunto. Además reconozcamos que
puede ser buen siquiatra, pero como persona deja bastante que desear.
_ Bueno, no sé... Fue una hermosa amistad y pensé inocentemente que podría durar
más tiempo, eternamente, dice Paulina tratando de engañarse a sí misma todavía por un
tiempo indefinido. O bien para toda la vida.
HISTORIA VIRTUAL (Paulo y Alcione)
¿Cómo sabes? A lo mejor, el próximo puede resultar “ser” tu año, contesto distraídamente,
mientras miro una fotografía de S. Tunick con los desnudos del forestal. A pesar del frío
invernal me contagia la expresión alegre de millares de ojos sin nada que esconder. Sus
cuerpos se ven tan ligeros como las aves del cielo devorados por el aire. Allí donde se
disipa el miedo y muchas veces la pena negra que embota por lo general, la vida del
hombre y mujer santiaguinos.
Sí, contesta Paulo (28, arquitecto recién egresado) sin mayor entusiasmo, sentado como de
costumbre frente al computador encendido y donde se observa un plano panorámico de la
plaza de Llo- Lleo.
Oye, a propósito aún no me cuentas nada acerca de la “garota” que conociste a través de
Internet. Me contaron que viene en julio a conocerte...
Sí, chateamos un tiempo, seis meses más o menos. Presiento que ella es algo especial, no
sé. Estoy seguro que he conocido primero su alma antes que su pelo o sus piernas, contesta
Paulo.
Qué romántico, quisiera saber más...
Alcione Mattos Ferreira, 26 años, vive en Río de Janeiro con sus padres y hermano menor
(19) Trabaja en Alpina Briggs, empresa inglesa de defensa ambiental. Habla portugués,
inglés y un poco de español. Su nombre significa: “pájaro carpintero, estrella más grande de
la constelación de Tauro y planta marina” además, tiene una voz de gatita mimosa más
dulce que la miel, me dice Paulo casi sin respirar y quien ha dejado de pulsar el teclado.
Entonces, girando una vuelta completa en la silla se explaya con gran entusiasmo hablando
de ella con su mirada resplandeciente y casi como susurrando.
¡Ay, que emocionante! Mejor cuéntamelo todo, digo cerrando el álbum para continuar
mañana con el trabajo. Total, aún resta algún tiempo para plotear los planos y dar el último
toque a las fotografías hoy en la noche.
El primer sábado de julio, Paulo salió camino al aeropuerto en busca de Alcione. Tan sólo
porta una mochila azul en la espalda y se despidió de su madre en la puerta advirtiéndole
que no llegará a dormir aquella noche, como ninguna de las noches siguientes que duró la
estadía de la morenaza en Chile. Subió a un bus hasta la Alameda y en seguida a un
colectivo donde se entretuvo imaginando cómo sería aquel primer encuentro, enfrascándose
en el paisaje mientras el automóvil avanza con dificultad entre una columna de vehículos y
después, más adelante en una avenida de palmeras. Siente un vacío tremendo en el
estómago que le resultó muy difícil de soportar. Entonces, recordó que a veces resulta muy
bueno recorrer hacia atrás en el tiempo, rebobinando la realidad para ver las cosas con
cierta distancia y así calmarse un poco tanto para disfrutar de la hermosa arboleda a la
entrada del aeropuerto como imaginándose a Alcione. Dios, pensó, mueve las piezas del
ajedrez con mucha precisión y sabiduría, así nosotros podemos hacer muy poco, salvo
ponernos en camino y ejecutar sus deseos. Por muy variado que sea el abanico de
posibilidades que se abre, siempre será superior esa fuerza que emana de su voluntad
cuando deseamos emprender algo en la vida. Ahora se encontraba a muy pocos pasos de la
entrada principal y comenzó a sentir un ardor insoportable bajo la piel mientras caminaba
con los ojos enrojecidos, además que comenzó a sentir los pies y manos helados a causa del
frío y de la emoción. A pesar que el sol había salido solamente para recibir a Alcione
aquella mañana. De pronto, obligado a salir de la superficie memorial, divisó frente al panel
de aterrizajes a Mónica y Belfor, pareja de amigos chileno- brasileño encargados de recibir
y dar hospitalidad a Alcione. Después de saludar e intercambiar algunas brevísimas frases
Paulo, consultó inmediatamente si había aterrizado el avión. El sol cada vez más irreal y
pálido, apenas entibiaba ese mediodía.
Cuando se encontró frente a frente con sus ojos sonrientes se sintió desfallecer, nunca
imaginó que Alcione fuera tan bella y luminosa. La atrajo hacia sí torpemente, con timidez
y luego se fundieron en un largo abrazo sin despegar la mirada uno del otro. Se quedaron
así varios segundos (o minutos) sin escuchar la voz del mundo a su alrededor, así quietos y
silenciosos como en el firmamento mismo.
Durante su permanencia en Chile, Paulo y Alcione se volvieron inseparables. Un ávido
deseo los redujo a una sola persona amorosa, unas veces abrazados o simplemente
besándose, destilaban a todas luces un torrente de pasión en sus miradas. A veces, ella
reclinaba su cabello encrespado y revuelto sobre el pecho semidesnudo de Paulo,
consumido por la dicha inmensa de sentirse amado por primera vez. Desde un principio,
sintió que la amaba más que a nadie en el mundo y los veinte días que pasaron juntos se
esfumaron con rapidez.
Soy tuyo para siempre, le dijo un día y quiero casarme contigo.
Antes de despedirse, mirándolo profundamente, Alcione se despidió con los ojos
humedecidos y entregándole un sí como respuesta se perdió detrás de una hermética puerta
del aeropuerto Pudahuel, dejándolo consumido en una pena negra que incluso le acalambró
brazos y piernas, paralizándolo por varios minutos.
En el bus de regreso, Paulo oculta su tristeza bajo unos lentes oscuros, cuando hasta parece
que el sol se arrancó detrás de Alcione. Pero, algo le dice que esa despedida no será para
siempre, ya que está decidido a seguirla hasta los confines para conseguir el gozo de su
compañía. Porque ya no concibe la vida sin ella y comienza de inmediato a lanzar las redes
en torno a su destino que ahora cambia bruscamente el rumbo, dejándolo ante un muro
divisorio: antes y después de conocerla. Así, decide que nada puede volver a separarlos y
viajó a visitarla para conocer a sus padres en septiembre, con un anillo de piedra cristalina
en su bolsillo que le regaló su madre. Lo que sella el compromiso, fijando inmediatamente
la fecha de la boda: ocho de febrero del año dos mil tres. Ahora se acerca Navidad y a
Paulo solo queda esperar. Brotaron hojas, plantas y el verano alienta sueños desquiciados
en la mayoría de la gente. Más, Paulo y Alcione confían en su Amor y en el futuro. Ojalá
ella encuentre pronto un trabajo en Chile y quizás a él, le aumenten un poco el sueldo o se
cambie a un empleo algo mejor. Pero, lo más importante de todo es que este amor perdure
en el tiempo real para siempre jamás.
“Madre de Chile”
I. Antes de Navidad
Carmen, con los ojos adormilados mira la contratapa del diario dominical en el piso
que dice con letras blancas: ¿Cuál fue nuestra victoria? Un libro. (Pablo Neruda)
Por supuesto, no le dicen mucho esas palabras y aunque conoce de sobra al poeta nunca ha
leído nada de él, porque salió a los doce años de su casa en Temuco a trabajar en la capital
y volver sólo en las vacaciones. Sin desperezarse aún por completo se sienta al borde de la
cama para tomarse el pelo largo y ensortijado con un cole azul. Después de una ducha corta
y tibia, mira con ternura a Panchito (2), quien duerme a pie suelto en su cuna y saliendo
silenciosamente del dormitorio cruza el patio de atrás de la casa donde trabaja hace quince
años.
Los chubascos de la madrugada humedecieron el pasto y la piscina cubierta de hojas
tiene un aspecto amarillento. A las siete y media en punto, están desayunados los tres hijos
adolescentes de sus patrones quienes se van al colegio con el papá…” Y la lluvia caerá,
luego vendrá el sereno…” de los Iracundos, suena de fondo en la radio de la cocina,
mientras Carmen se toma un té antes que despierte Panchito, quien no la dejará tranquila
hacer las cosas. Cada vez más crece en su alma el deseo de volver al sur, ya que la plata no
le alcanza para nada y el niño llora cuando no le permite desordenar ni tomar nada pues se
enojan los patrones. Muchas veces al día tiene que rociar spray si el niño se hace caca, ya
que aún no avisa, entonces lo reprende un poco, pero su amor de madre es tan fuerte que
después le acaricia. Seguramente por eso no aprende, piensa ella con tristeza mientras sale
bruscamente de sus cavilaciones con Panchito llamándola a gritos. Después del abandono
irresponsable del padre que lo concibió una noche cualquiera y que más tarde le confesó
que estaba casado y no dejaría por nada a su mujer, Carmen nunca piensa ni ha vuelto a
saber de él. Ahora con treinta y ocho años, de apariencia delgada, el cuerpo firme y el
rostro de una mujer joven todavía, mira el futuro con optimismo porque está acostumbrada
a luchar y tropezar con muchas dificultades desde muy pequeña. Panchito, con su carita
inocente le hace olvidar los sinsabores y las penas de su vida cotidiana, con menos soledad
que antes pero con más sobresaltos. Cuando el niño se enferma, tiene fiebre o le salieron
sus primeros dientes y no comprendió porqué lloraba tanto. Desvelada algunas veces en la
noche por el cansancio y el trajín, con los ojos abiertos mira la luna brillante a través de las
cortinas. Y cuenta los días y los meses del largo e interminable invierno, llorando sin hacer
ruido hasta que la vence el cansancio y ya clarea el alba. ¡Qué ganas de quedarse otro
momento en la cama al lado de su niño y hay que levantarse con tanto frío!
II. Navidad
Un pájaro que pasa rozando la ventana como una metralla de luces la despierta a las
seis de la mañana. Se aproxima Navidad. Aunque Carmen, aún llora a veces en las noches,
aprendió que sólo a través de la imaginación puede gozar de momentos bellos que no
existen realmente pero, que tienen el gran poder de producirle algún grado de felicidad. A
pesar, de sentirse muy deprimida y vulnerable, se anima a continuar sin desmayo en sus
desvelos de madre como en su trabajo. Además, le encanta pensar que todo se va a arreglar
como por encanto en un futuro próximo. Con la proximidad de Navidad. Así, este año
piensa arreglar el árbol con más entusiasmo que nunca, aunque ya nadie la ayude como
antes, pues los “niños” ahora tienen otros intereses, fiestas, pololas, paseos en auto.
Han cambiado tanto que ya ni los ve mucho en la casa y si están, ni la miran
siquiera o pasan delante de ella como si no existiese, entran y salen todo el día como
huracán. Por esta razón se siente feliz de tener a Panchito, el único capaz de detener el
círculo de los pensamientos interminables que abren la brecha, entre el ajetreo diario y la
noche oscura que oculta los sueños de Carmen.
Ahora que faltan apenas dos días para Navidad ya no tiene tiempo para pensar ni
llorar. Con tanto ajetreo, compras y preparativos, se embotan sus sentidos negándose a sí
misma hasta que pasen las fiestas. Especialmente por Panchito que mira como alucinado el
árbol cuando ya no le interesa apretar las esferas multicolores ni sacar las guirnaldas,
después que le gritaron tanto y hasta le dieron unas pequeñas palmadas en sus manitos por
desobediente, las que seguramente no le dolieron tanto como a la Carmen, la que se puso
roja de rabia y les sacó en cara su poca paciencia con el niño, recordándoles cómo fueron
de mal enseñados por ella cuando pequeños, los malagradecidos.
_ Te apuesto que para variar otra vez hay pavo con papas duquesa y ensaladas igual que el
año pasado. ¡Puchas que estay creativa! le dice Patito (16) a Carmen, quien así
cariñosamente le llama aún.
_ Bueno, come si querís no más, le contesta ella molesta y desapareciendo de un portazo
tras la puerta de la cocina.
En ese momento, Panchito de la mano de Magda (13) mira ensimismado el pesebre
bajo un hibisco al fondo del patio y frente a la ventana de la cocina. Carmen, lo mira con
ternura y se le pasa la rabia como por arte de magia.
Tantas cosas que esperó de este año, diluidas irremediablemente con la lluvia y el
viento invernal. Ahora, sin resonar de trompetas resucitan todas las esperanzas en la forma
de alegres pájaros y flores. Un arcoiris celestial que dispersa por estos días un poco las
penas. Panchito, es el primero en llegar corriendo a la mesa cuando Carmen llama a tomar
“onces – comida” en la mesa del patio, a las siete de la tarde. Falta un día para Navidad y la
señora le dio permiso para pasar la Nochebuena en casa de una prima lejana que vive en
Santiago. Sólo tiene que dejar todo listo y la mesa puesta. Algunos amigos bastarán para
calmar su corazón apesadumbrado con el recuerdo más vivo en estos días del papá de
Panchito. Mañana en la noche, vestirá la misma blusa de seda celeste con el que tanto lo
impresionó cuando éste la vio por primera vez. Se la había regalado su patrona cuando le
contó que estaba invitada a una fiesta de cumpleaños y no tenía con qué ir. Con la llegada
del Niño, entre el sonido de campanitas de cristal y burbujas risueñas, se cierra la fuente de
tristeza por algunas horas mientras, cada uno abre su regalo antes de que se apaguen las
luces multicolores. Sólo los ojitos vivaces y oscuros de Panchito, ayudan a mantener el
fuego encendido que alumbra las noches de Carmen después de la Espera tan anhelada.
III. Ultimo día del año
El 31 de diciembre, Carmen despierta y abre las ventanas del dormitorio hasta atrás.
A las ocho de la mañana Panchito, ya salió de su cama y el aire fresco no mueve ni una
hoja de los árboles. Mientras el niño juega con un camión de plástico bajo la mirada atenta
de su madre, ésta arregla los últimos detalles para la cena de Año Nuevo en la mesa del
patio. Sólo falta el mantel rojo que ofreció una hermana de la señora. Parece increíble que
con tanto calor la gente aún tenga deseos de comer, piensa Carmen. Hasta los automóviles
vuelan hacia un destino fantasioso que promete un gozo que comenzará a las doce con los
fuegos artificiales y las burbujas chispeantes del “champagne”. Toda la gente circula con
agitación por las calles, en una verdadera carrera detrás de sus esperanzas hirvientes y el
calor sofocante.
Carmen, se sienta un momento frente a la mesa que adornó con esmero para la
ocasión. Se siente agotada, tiene las piernas hinchadas y un ardor en el estómago. Panchito
se quedó dormido. Ya son más de las siete y es el único lugar donde se puede respirar a esa
hora. Una pequeña brisa juguetea entre la arboleda del jardín. Esta noche ayudará a la
señora con la cena y mañana le dirá finalmente que está decidida, se irá a vivir y a trabajar
al sur. El niño necesita conocer sus raíces para conectarse con la tierra de sus antepasados.
Si no, irá por la vida buscando algo que no sabe muy bien qué es. Como ella que siempre se
avergüenza cuando alguien le pregunta en qué trabaja. Al papá de Panchito le contó que era
secretaria, siendo una razón primordial, según él, por la que se alejó de ella cuando supo la
verdad. Después de tantos años sacrificándose desea comenzar una nueva vida, por
supuesto trabajando en lo mismo, como Asesora del Hogar, al fin y al cabo es lo único que
sabe hacer bien, pero aceptándose a sí misma en un ambiente más familiar y cercana a los
pocos parientes que le van quedando, hermanos, primos. Quizás, de esta forma finalice el
tremendo dolor que ha significado el desarraigo en su vida, a pesar de que sus patrones se
puede decir que han sido muy buenos con ella, pero aún así siempre la hicieron sentirse la
“empleada” de la casa. Bueno, más bien ella nunca quiso ocupar otro lugar que el que le
correspondía. Ejemplo, nunca se bañó en la piscina ahora llena de luces y velas para
encender en la noche. Ni los pies siquiera, pero eso ya no tiene ninguna importancia, lo que
pasa es que ahora piensa en Panchito, quien le dice con sus ojitos “Mamá, así voy
creciendo” y necesito un espacio libre de prejuicios donde desarrollarme con alegría.
Donde no me digan a cada instante y por cualquier motivo que estoy estorbando. Quiero
jugar y correr libremente como todos los niños del mundo. Un aire fresco que mueve las
ramas del árbol “navideño”, sacó a Carmen de sus cavilaciones y en seguida se levanta a
cortar algunas hojas del mismo laurel, las que se apresura a poner en un plato como un
augurio de abundancia para el Año próximo.
Pasadas las diez de la noche y después de una larga sesión de fotografías, recuerdos
para la posteridad de los dueños de casa y de sus familiares, todos se sientan a la mesa
como habían acordado. Cenar antes de las doce.
_ Somos trece, por favor sienten también a Panchito para mejorar la suerte, dijo alguien.
Carmen, se apresura a sacar al niño del coche y lo sienta en su falda, pero él lanza
un gritillo nervioso que no se sabe si es risa o llanto.
En la mesa abundan grandes y hermosas fuentes con ensaladas, pavo, carne y papas
duquesas. Cada uno se sirve su plato y comienzan a cenar. Cuando ya faltan pocos minutos
para las doce todos comienzan a levantarse de sus sillas y a destapar el “champagne”. La
mayoría busca a quien abrazar primero, las niñas a un hombre, para encontrar en el
transcurso del año, al fin un pololo o un esposo si está en edad de casarse. Carmen no suelta
a Panchito de sus brazos por nada del mundo, mientras torrentosas lágrimas caen de sus
ojos todo el tiempo que duran los saludos. Más o menos media hora. Después nadie vuelve
a sentarse en la mesa, ni siquiera para el postre, formándose grupos pequeños de
conversación. Una fuente llena de frutillas y frambuesas con azúcar flor, tortas heladas con
nueces, aparecen de mano de la Carmen en la mesa. Todos se sirven un poco de aquí y de
allá, mientras en el cielo se elevan algunos globos llevándose el año Viejo. Ya no hay
vuelta atrás. Todo lo sucedido, cena, abrazos, conversaciones, ya pasaron a formar parte del
pasado. Carmen, ayudada por algunas personas, recoge rápidamente las cosas de la mesa y
se retira a la cocina a lavar la loza. El niño, sentado cerca de ella en el coche, juega con un
autito.
En la mañana temprano del día primero de enero, mientras Panchito aún duerme con
su pelo revuelto, Carmen presiente sin saber por qué, que este año que comienza va a ser
mejor. Todas las lágrimas derramadas en la noche anterior dejaron limpio el espejo donde
se devela su futuro. Allí, divisa el rostro feliz de un niño con sus alegrías y penas,
representando a la vida en todo su esplendor. Como nunca se siente renovada y con fuerzas
para continuar llevando la pesada mochila de criarlo en su espalda. Tiene la certeza de
hacerlo con éxito. Quizá, más tarde hable con la señora de sus proyectos, mañana. Por
ahora, el cielo más transparente, lava sus ojos con optimismo. En aquella fuente celestial y
milagrosa que acoge a toda mujer que posterga un poco su vida al decidir por la
maternidad.
LA PIEL
I Parte
Con los ojos aún adormecidos, Paulina lee distraídamente la contratapa de un diario en el
suelo, esto termina por desperezarla y pensar en que todas las historias no son iguales. Hay
algunas mujeres que se levantan sin titubear, con la mirada impávida y sin denotar el
desasosiego que las aflige. Parecen diosas lejanas, siempre arregladas y pulcras, como
salidas de una revista de modas o de la peluquería. Calle arriba, sin mirar el suelo,
manteniéndose en el tiempo igual que un retrato guardado en un baúl, solamente salen de su
lugar sagrado para mirarse en el espejo esperando que algo interesante les suceda. Viajar,
conocer gente y ganar dinero. En cambio a ella, lo único que le resulta bien es fotografiar,
pues su vida es una seguidilla de fracasos, contrasentidos, problemas económicos y
desilusiones amorosas…
Mi nombre es Paulina Altamirano Esta tarde, enero despide aromas a lavanda y pino, pero
no tengo idea qué hora es. El tiempo gira lentamente como remolino del estío, arrastrándose
a través de un cristal abierto del dormitorio y donde titilan las sombras de una rama del
árbol de la calle. Ultimo día del mes y nada amenaza con romper la rutina habitual. Una
mujer, con bolsas del supermercado, camina rápidamente por la vereda asoleada. La casa
inventa ruidos ilusorios, pasos, crujidos del closet y voces imperceptibles que acompañan a
frágiles siluetas flotando a la orilla de la cama. Quisiera dormitar aunque fuera por unos
minutos pero, los sedantes ya no me hacen efecto, menos cuando la memoria comienza a
deslizarse en una cascada que empaña toda razón. Quedó atrás la hora transcurrida entre
vapores ensoñadores que se apegan a mis pestañas y a los muslos tibios. Sólo los latidos del
corazón me obligan a salir de este letargo casi fatal, donde se escuchan hasta los silbidos al
respirar. Soy Licenciada en Artes, pinto y últimamente me dedico a la fotografía. Obtengo
el material gracias a mi trabajo en un museo donde no gano mucho pero, al menos me
pagan la salud y puedo vivir como una persona normal, aunque modestamente. En este
momento me siento confortada bajo las sábanas albas que abrigan mi desnudez completa y
no me embarga ninguna emoción en particular. Un aire tibio que me acaricia la piel de la
espalda me acuna en sus brazos. Así, el recuerdo aprovecha las circunstancias favorables
para aligerar su pesada carga. Sin voracidad, la luz se filtra a través de las cortinas
desteñidas del dormitorio. Falta todavía para el ocaso y no me interesa saber la hora. Un
automóvil pasa tocando muy fuerte la bocina, camina gente por la vereda conversando y
ladra un perro pero, en seguida vuelve a arremeter el silencio. De pronto, tengo inmensas
ganas de llorar pero, no sé porqué, creo que necesito dormir un poco, al menos aquello
tiene mayor sentido. El sueño, acercándose por el pasillo sin aspavientos con su
acostumbrada paciencia se deja caer en cuerpo y alma. Entonces, besándome en la frente la
realidad se desvanece al instante como un ángel.
Acunada en sus alas sedosas, recorro patios llenos de naranjos y muros descascarados del
ayer. Aquí no hay sombras que envenenen el aire en su constante vaivén, sólo paisajes
asoleados y calles empedradas. Casas con alegre colorido, faroles y buganvilias en macetas,
me hacen percibir este viaje como el camino de mi existencia, lo que me lleva hacia un
abismo de interrogantes ante la percepción arrolladora de colores y espacios. Después, todo
esto se traduce en la necesidad de enfrentar la vida de todos los días, cuando sobreviene
esta sensación de vacío que, a pesar de todo, es una forma de felicidad que resulta de mirar
hacia adentro y reconocerme maravillosamente libre durante esta travesía a campo abierto.
Al revés de vivir en esta urbe colapsada y enorme de tanta frialdad.
Dormí hasta las nueve y media de la mañana. Mientras estiro un poco sobre el pasto el
pareo brasileño que me regaló Rodrigo, me recuesto a la semisombra de un castaño y cruzo
los brazos mirando el cielo. Ya lo dije antes, me dedico a fotografiar la piel. Aterciopelada,
lisa, brillante, arrugada, suave, curtida, húmeda. Toda una infinidad desfilando ante mi
desorbitado lente con su deseo entrañable de luminosidad, escudriñando ínfimos poros,
lunares, venas, vellos, manchas; mientras avanza en aquel campo veteado asomándose con
inocencia y ante mi propio asombro, que bulle a borbotones con estas visiones. La piel.
Siempre me deja perpleja, sin cruzar el límite real que desenreda el ovillo del entramado
tembloroso de aquel contorno ilusorio que protege nuestra carne sangrienta. Han pasado las
horas y nuevamente llega el crepúsculo. Siento escalofríos y los pies helados mientras riego
el pasto, más tarde cuando entre a la casa beberé un té hirviendo de bergamota. El mismo
que tanto le gusta a Quely. Hoy, Rodrigo insistió tanto en lo templada que encontró la
piscina esta tarde. Seguramente tontas disculpas para arrancarse por unas horas a Viña,
según él por trabajo. No es para menos con treinta y cuatro grados y una relación que se
vuelve cada vez más asfixiante. En este momento suena el teléfono. Una llamada de Quely
desde Florencia, le dije que no se preocupe por nada, todo bien, yo y también su casa.
Ahora el sol ya se escondió tras del techado y un airecillo fresco remece las enredaderas. La
piscina parece una taza de leche y en su quietud apacible se reflejan las primeras estrellas
del atardecer. Voy a encender algunas luces y después de fumar este cigarrillo me encerraré
en la casa, porque siento un poco de frío. Rodrigo, finalmente se fue a Viña y no vuelve
hasta mañana. Prometió que no me dejaría un día más tan sola, última vez, mi amor, dijo.
Pero dudo que pueda cumplir su promesa. Cada vez nos alejamos más, como las nubes
donde se pierde un avión descarriado.
Releo algunas líneas de un poema que Rodrigo me escribió hace tiempo: “Esta mañana se
fue el verano/ mis ojos tristes en la lejanía/ mirar los tuyos ya no consigo/ y hace que
parezca noche el día”. Salgo del dormitorio y mientras camino a oscuras por el pasillo hasta
la cocina, vuelve a resucitar veladamente mi tristeza sumiéndome en un estado casi
paranoico. Lloro sinsentido como un niño inocente que no sabe por qué siente pena.
Entonces, después de apagar la luz de la lámpara cruzo el puente, adentrándome en el
mundo inquietante que comienza después de cerrar los ojos todas las noches. Porque soñar
es encontrarme, frente a frente, ante una muralla que deja al otro lado una realidad
desfigurada y hambrienta que oculta lo que “soy” en la oscuridad más absoluta de mi
conciencia. Por esta razón, nació la necesidad de escribir de ahora en adelante mis sueños,
para escudriñar en ellos lo que me resta de destino todavía. Adentrándome en ese mundo
virtual que me aspira con su luz incandescente, puedo leer de corrido tanto las huellas que
va dejando en la pantalla como las marcas del amor de Rodrigo en mi piel.
II Parte
Otro verano que se aleja recogiendo con su estela toda la hojarasca que dejó el estío. Una
blanca paloma que está en los cables telegráficos, absorbe como una esponja la luz del sol
que adquiere un brillo lunar que me asombra. Los trajines de la ciudad santiaguina:
compras, útiles escolares, uniformes, anuncian el comienzo real del año que se viene
encima como un río desbordante que aniega de ansiedad calles y malls, donde camina la
gente con mucha prisa y con rostro desfigurado de preocupación. La iglesia llama en este
tiempo a practicar la limosna, es decir el bien, junto con la llegada de Cuaresma pero, aún
así, todo lleva a pensar en comprar cosas, salir y pasar lo más entretenido posible.
Trompetear por delante que todo está bien, es sólo un modo de sobrevivir en estos días. La
gente se desnuda en el secreto de su habitación de todo lo sobrante, mirándose sin
reconocer su rostro en el espejo empañado. Marzo, tiene su cuota de misterio, pero en la
búsqueda de cada uno tras de su destino hay una verdad: “Soy esto y es todo lo que tengo,
parecen decir las paredes de la habitación donde aún sin máscara, es imposible ver la
realidad.” Así comienza el otoño que deja también bajo las hojas, las ansias locas de una
ciudad que no duerme nunca y donde los sueños se derritieron con el verano caluroso.
Entonces desde la lejanía, con palomas blancas en el cielo nos dicen adiós para siempre.
Hoy sábado en la mañana, junto con las hojas ha llegado una carta que está en el suelo bajo
la puerta de entrada. Más tarde bajaré a recogerla. Seguramente algún aviso de una cuenta.
El viento dispersó las nubes que proliferan en un cielo de abril cada vez más grisáceo. La
carta trajo noticias de Rodrigo aún en España, picando piedras en una cantera de Gilbraltar.
Le pagan por cada pieza que esculpe, pero hay un problema: todas deben ser parecidas o
más bien exactas, lo que para él significa un verdadero insulto a su creatividad y por lo
tanto, trabajar así se ha trasformado en un tormento, y sólo por necesidad continúa allá. No
le alcanza más que para vivir decentemente o casi… Igual que siempre le reitera hasta el
cansancio sus ganas de volverla a ver, y en adelante se promete a sí mismo como a ella,
juntar dinero para volver a Chile y tratar de encajar en el “sistema” de una vez por todas.
Con esa capacidad tan suya para mantenerse al margen de responsabilidades como trabajo,
matrimonio y compromisos en general, siempre fue el asombro de siquiatras o sicólogos, lo
que además representaba un verdadero orgullo a estas alturas de su vida, con cuarenta y tres
años cumplidos, tiene impreso con fuego un sello en la frente que lo hace diferente. Sobre
todo para las mujeres que llevadas por un cariño maternal lo acogen en su seno, mientras él
se deja querer sin poner nada de su parte, ni el más mínimo sacrificio. Por eso Paulina, se
llevó la tremenda sorpresa cuando éste le anunció su partida. En febrero del año anterior,
sentados en un banco del Parque Forestal, justo al frente del departamento de Paulina y
donde se realizaba una Feria de Libros usados, una tarde calurosa y mientras bebían
abundante agua mineral, Rodrigo le dijo:
-Me voy a España a trabajar un tiempo largo.
-Te vas con ella supongo, le dijo Paulina.
-No, al contrario, contestó él. Marcia me echó de la casa definitivamente, ya te he dicho mil
veces que no queda nada entre nosotros, nuestra relación se ha hecho insostenible. Tengo
que pensar qué hacer con mi vida, porque me siento vacío, sin expectativas ni metas.
-Dedícate en adelante y una vez por todas a lo que es tu pasión. Con cuerpo y alma a lo que
tienes que hacer. Aquello que te enaltece y te hace sentir realmente vivo, le contestó ella
casi susurrando y mirándolo profundamente a los ojos.
-Esta vez te prometo que voy a hacer todo lo posible de mi parte. Quiero horadar la piedra
hasta encontrar el diamante espléndido que siempre se resquebraja entre mis dedos, pues
todo lo que tocan se vuelve arena. Deseo que a la distancia moldees este espíritu que vaga
sin destino en la neblina de las indecisiones y dudas, porque me encuentro vencido de
antemano. Para mí ya no hay follaje ni río. Sólo cenizas que se apilan bajo mi ventana
impidiéndome ver el cielo. Aquél que conocí sólo al lado tuyo, finalizó Rodrigo
abrazándola como siempre que se entusiasmaba mientras la convencía con hermosas
palabras, terminando aquella tarde sumergidos uno en la piel del otro, jurándole amor hasta
morir. Además, le dijo que deseaba apartarse definitivamente del episodio que según él lo
tenía marcado para siempre. Como la primera vez a principio de la década de los ochenta,
una segunda detención de Investigaciones por motivos políticos, en plena democracia y con
el respectivo hostigamiento e interrogatorio de aquellos hombres vestidos de negro que
nunca le explicaron el verdadero motivo de tan absurda medida. Un día de invierno
caminando en una calle solitaria de la comuna de La Reina, de pronto lo secuestraron sin
explicación alguna, estuvo varios días incomunicado los que fueron más que suficientes
para tomar la decisión de exiliarse, aunque en estos días le ofrecieron una pensión como
reparo y, a pesar, que le parece el colmo haber sido sometido a un interrogatorio
psicológico colectivo, quedando en estado de shock apenas entró en una sala llena de gente,
igual continuó con los trámites para obtenerla. Entonces, un día contó a media voz lo mejor
que pudo, todo lo que había pasado durante esas detenciones tan injustas y vejatorias. Sólo
por el hecho de pensar diferente, tratando de vivir y actuar como un artista. Con el pelo
largo y amistades del medio cultural e intelectual como él, se sintió humillado y con la
dignidad por el suelo, mientras su dolor e impotencia lo llevaron a una horrible depresión
de la que le costó bastante salir, así como tanto dinero y esfuerzo que invirtió para salir del
hoyo oscuro en el que estuvo sumido mucho tiempo. Quizá, si él tan sólo lo hubiera
imaginado siquiera, no habría hecho nada, ni la denuncia ni el tratamiento con la sicóloga
que lo engañó, porque no le dijo a lo que sería expuesto tras la denuncia de los atropellos a
los “Derechos Humanos”. Todas esas personas lo trataron de aquella manera, más encima
como un cabro chico para conseguir una pensión que consideraba casi tan humillante como
todo que le había sucedido antes.
Aquella tarde de verano, el cielo pareció cerrarse ante ellos y después una vez más vuelve a
tornarse limpio, como difuminando las dudas que siente Paulina mirando a través del
ventanal. A las diez de la noche, sólo se distinguen difusas siluetas de los árboles y parejas
de enamorados sentados en un banco o recostados en el pasto del Parque Forestal,
esperando que llegue la oscuridad que los protegerá de miradas indiscretas. Entre lágrimas
y promesas, las que Paulina piensa se convertirán sólo en eso, transcurre aquella tarde de la
despedida, promesas que él sabe que será incapaz de cumplir porque siempre actúa como
un niño alojado en un cuerpo de adulto. Morada que sepulta cualquier proyecto de vida que
alguna vez albergó. Entonces al fin, con charcos de lágrimas, palabras repetidas una y otra
vez y gestos de cuerpos inmóviles, separados sólo por la piel ardorosa, nunca más volverán
a repetirse. Paulina, hunde sus ojos en el hombro dorado de Rodrigo y sucumbe ante las
emociones que comienzan a amontonarse para obligarla a flaquear justo en esos precisos
momentos, cuando más necesita demostrar entereza. Está empeñada en sacar energía de
cualquier lado y venga de donde venga, porque es necesario agotar todas las posibilidades
de esperanzas, proponiéndose como meta no desfallecer ahora que ante ella se cierran con
ímpetu las puertas del futuro. Él mismo que oculta detrás de los nubarrones, tanto la pena
negra que la aflige como el perverso temor de perder a Rodrigo para siempre. Una semana
después, ante una última llamada desde el aeropuerto, Paulina siente la extraña sensación
de que el camino se estrecha cada vez más ante su ojo empeñado en limpiar el cristal que
los separa. Escucha aquella voz que se desgrana a través del teléfono, despeñándola en un
desconsolado precipicio que hiela su garganta mezclando los sentimientos encontrados que
la afligen: tanto furia como ternura, terminando por derrumbarla completamente en un sitio
desolado. Ante la mudez de su respuesta, él la increpa del otro lado.
Se atrasó el vuelo, aún estoy aquí. ¿Me escuchas, sí o no? Te llamaré llegando.
¿ ……….?
Entonces, después de algunos segundos, finalmente le desea buen viaje y lo mejor del
mundo, a pesar de que lo único que desea es mandarlo a freír monos al África, pero,
dominada por una intensa calma desecha palabras de las que después pueda arrepentirse e
incluso le envía un beso que él responde antes de escabullirse en el cielo enredado de
crespones del aeropuerto.
Ha pasado el largo y crudo invierno que aún no amaina totalmente. Lluvias,
inundaciones, frío que caló los huesos, más que nada en la pobreza de la periferia
santiaguina. Niños muy pequeños y ancianos que no alcanzaron a llegar a la esperada
primavera. Paulina, se sintió más sola que nunca y el amor por Rodrigo corre peligro de
extinguirse con las últimas lloviznas. La fotografía, su verdadera pasión, es lo único que la
protege de la tristeza que la embarga de vez en cuando, mientras se imagina a Rodrigo que
cambia totalmente, como por arte de magia y como si se tratara de otra persona con la cual
sería capaz de convivir armoniosamente sin mayores problemas. Entonces, a veces se
sumerge en la pena más increíble, combatiéndola con largos paseos a través del Parque,
donde aprovecha de fotografiar cuerpos enlazados plácida y apasionadamente. Además, la
calma y monotonía cotidiana hacen lo imposible por recobrar, destejiendo minuto a minuto,
aquellos recuerdos que la perturban y que se aglomeran dejándola inválida de sentimientos
y emociones, mientras transita en pasillos desconocidos donde se encuentra consigo misma,
aunque sin reconocerse. De esta total confusión, nace el deseo ferviente de encender velas
en torno al recuerdo de Rodrigo antes que éste se esfume en la bruma de noches
interminables, solamente interrumpidas por el sonido odioso del teléfono que estremece no
sólo el silencio, sino su corazón ávido de escuchar la voz amada y lejana de él. Porque, ya
no siente tanto miedo de perderlo sino de olvidarlo definitivamente. Así, se desvanecieron
horas y días invernales, hasta que de pronto al fin llega agosto con ese fulgor suave de luz
que hace retornar los recuerdos a su lugar, dejando chapotear a las penas en el charco que
les corresponde. Obligando a Paulina, a esperar la llegada de la primavera agazapada bajo
la sombra de un naranjo, un día soleado de agosto. Justo cuando llamó Rodrigo para
avisarle que ya tenía reservados los pasajes para regresar a Chile en septiembre, pues ya no
puede vivir sin ella y que la ama más que a nadie en el mundo. Paulina, se desploma a
llorar desconsoladamente encima de la cama, sin saber muy bien por qué y con el corazón a
punto de estallar. Desconfía sobremanera de tanta felicidad y prefiere desoír aquella
perversa voz que la ahoga de dudas sumergiéndola en un oleaje incierto. Más, a pesar de
todo, después de pensarlo mucho ha decidido intentarlo nuevamente. Quizá, Rodrigo no
haya cambiado tanto, con seguridad no lo ha hecho pero, ella intentará con todas las fuerzas
del mundo aceptarlo tal como es, con sus cualidades y defectos, de tal manera que
emprender un nuevo camino juntos será difícil pero, no imposible. De pronto, una sirena
distante cambia el rostro del amanecer. Ahora en la cordillera se asoma alegremente el sol y
el sólo hecho de abrir los ojos inventa una ilusión que borra el pasado invierno, llevándose
junto con el viento las frustraciones envejecidas y condenadas a morir irremediablemente.
Como este relato entretejido con hilos imaginarios tratando de rescatar lo incomprensible
que hay en cada vida de hombres y mujeres de la ciudad santiaguina. Con espacios
truculentos y memoria ligera donde se bañan los deseos entrañables de cada uno. Mientras
interminables filas de automóviles con las luces encendidas, avanzan lentamente hacia un
precipicio insaciable que los devora. Dando vida a un paisaje del cual muy pocos se
acordarán el día de mañana. Solamente rescatado gracias al lente certero de Paulina.
UN NIÑO DISTINTO
“Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella
difiere de otra en resplandor.” I Corintios, 41
Una vez, un día cualquiera antes de cumplir dos años, Cristián, sentado en un sillón
balbuceó algo que su madre no comprendió bien y ésta dejando su tejido un momento de
lado, se acercó al niño que tenía una rara expresión en sus ojos amarillentos. Como las
moléculas de polvo agitándose en un rayo de sol que entraba por el ventanal, el asombro de
la pobre mujer quedó flotando en el aire esperando inútilmente que su hijo volviera a
repetir lo dicho. Pero el niño, sumido en un mutismo aún mayor, tardó varios días en
balbucear con gran dificultad: ¡Au mahmle…m…oníila! Gorjeando como un pajarillo
recién nacido, apenas se entendió lo que decía con acento lastimoso, como si fuera un
canto. Otras veces, horas completas del día, cortando tiritas de papel o alineando las piezas
de los legos o rompecabezas, sin ninguna imaginación ni sentido, repitiendo
incansablemente la misma rutina todo el tiempo: haciendo girar las cuatro ruedas del autito
hacia arriba, sin hacerlo avanzar por el suelo, mirándolo extrañamente y haciendo el mismo
ruido monótono de siempre. Igual que todas las noches, antes de acostarse alimentando sin
muestras de cariño a su oso de peluche y después de arroparlo bien junto a él en un rincón
de su cama. Por supuesto que nadie nunca lo contradecía para evitar una pataleta segura.
Sin embargo, lo más preocupante de todo es que Cristián, nunca tuvo días felices.
A las once de la noche, la luz inquieta entra por la ventana de una casa humilde de la
población La Pintana. Los moradores: un niño de cinco años, su hermana de tres, su madre,
su abuela y su padrastro. Se aprontan a mirar el eclipse de luna, con un telescopio regalo
del niño en la última navidad, como una forma de hacerlo interesarse más por el mundo que
lo rodea. Hace diez meses exactamente ¿Señales en el cielo? Las nubes, dejan oculto por
completo el contorno centelleante del satélite, a los curiosos santiaguinos que saborean en
silencio sólo el lado oculto de los pensamientos indescifrables de cada uno. Más que nada
los de Cristián, a medida que los minutos corren detrás de la luz irresistible y lejana del
firmamento.
-En la televisión explicaron que se alinearon perfectamente el sol, la tierra y la luna. Ésta
última queda detrás y no recibe la luz solar, explica con paciencia su abuela a los niños que
miran ensimismados turnándose en el telescopio, en su ávido deseo de explorar los
misterios que esconden los astros del infinito. Sobre todo Bernardita y también los adultos
que tampoco se libran del magnetismo del cielo a medianoche, como para que nadie sienta
deseos de ir a descansar todavía. Sólo Cristián, permanece sentado en silencio y su mirada
de pronto adquiere todo el brillo que perdió la luna, poco a poco. Como siempre tiene miles
de astillas punzándole en su garganta, impedido de decir lo que siente, deja resbalar sus
pensamientos hasta la alfombra de dibujos impenetrables. Cuando alguien le pregunta si
quiere mirar otra vez en el telescopio, él, moviendo negativamente la cabeza hunde su
mirada desolada en el suelo, mientras sus manos, parecen clavadas en ambos respaldos del
sillón. Y mayor es el contraste de su mudez, con la alegría contagiosa de su hermanita que
habla y ríe sin parar un momento.
Yo solamente quería una niña, dijo la madre de Cristián conversando un día con la
sicóloga. El día que me lo entregaron en el hospital, hubiera deseado que me dijeran que se
había muerto. Entonces no quise mudarlo ni menos alimentarlo. Ya le conté que este niño
fue el producto de una violación, no lo quise nunca. Ahora me arrepiento, en aquél tiempo
yo era muy joven e inmadura todavía. Además, siempre he sido muy coqueta y seductora,
incluso una vez me enamoré de un siquiatra de mi hijo. Muchas personas han tratado de
iluminarme el camino para llegar a conocerlo y comprenderlo mejor. También gracias a la
ayuda de profesores especializados Cristián, logró hablar al principio palabras sueltas y
después frases más largas, como ahora. Claro que en el colegio tiene problemas con la
escritura y como tiene un caminar bastante torpe, los compañeros se burlan de él. Por ese
aleteo raro de sus manos haciendo señas, igual que los giros de un lado a otro de su cabecita
en el patio de la escuela. Ya me lo imagino con sus ojos ausentes, deambulando solo sin
amigos, ni nadie que quiera jugar con él. Cómo le decía, a mi marido lo conocí y a los diez
días estábamos casados. Es un hombre bueno y trabajador con el que tengo una niña de
cinco años. Se puede decir que tengo un matrimonio normal, sin mayores problemas. En
cuanto a Cristián, siento que yo soy la culpable de sus limitaciones. Ahora me doy cuenta
de que su ceguera espiritual como sicológica es culpa mía, porque así como no fui capaz de
entregarle las caricias que se merecía como todo niño, él, ahora no puede responder el amor
de los demás. Nunca sé lo que quiere o si siente pena, rabia o desilusión. Me mira como si
fuera su peluche, con sus ojitos ausentes de cualquier expresión, igual que si un nudo
amarrándole las palabras, deshiciera todas las ideas e imaginación dentro de su cabeza.
Una tarde, la profesora de Cristián mandó a llamar a su madre para avisarle que estaban
listos los exámenes y test sicológicos aplicados al niño, ante las continuas peleas con sus
compañeros y el bajo rendimiento obtenido en el transcurso del Primer Año Básico. Frente
a una mesa llena de papeles la mujer se limitó a escuchar con resignación los resultados con
gran angustia en su pobre corazón.
Cristián, nació distinto de los demás niños. Tiene un trastorno conocido con el nombre de
Asperger, le dijo simplemente la profesora. Por este motivo tiene problemas para
comunicarse y de aprendizaje. Tampoco puede expresar bien sus emociones y sentimientos,
de allí las continuas rabietas. Además, no siente interés alguno por su entorno y por lo
tanto, el mundo que le rodea lo deja indiferente. Necesita mucho apoyo de parte suya y de
los demás, porque le cuesta adaptarse, ver las cosas bien. En las situaciones tiende a
desorganizarse, no se adapta al medio y tiene alterado el juicio de la realidad y sentido. No
maneja bien los impulsos, por esto siempre tiene continuas peleas con sus compañeros. No
es capaz de incorporar experiencias afectivas de la niñez temprana. Pocas y empobrecidas
imágenes materna y paterna, continuó la profesora, tratando de explicarle más que leer el
informe de la sicóloga. Hay que ayudarlo mucho en esta etapa de su desarrollo, dijo
pasándole el test de las “manchas”, con su rostro bastante serio y tratando de adivinar en el
fondo de la mirada de la madre de Cristián, algo de compasión…
Miro dos aves. ( Lámina I)
Unos pulmones y un corazón (Lámina II)
Pulmones
Corazón: el corazón hace tip-tap
Uno que traga, come y traga (amígdalas)
Pajaritos, porque veo la boca y están sentados (Lámina III)
Un cuerpo de una persona porque, los cuerpos son así, toda la gente tienen el cuerpo así, el
cuerpo de un hombre, ése es el pene y ésos son los pies.
Ése que está caminando va a algún lado.
Pene… (Lámina IV)
Murcílago, porque tiene alas de murciégalo.
También veo su cara, sus pies y sus orejas. (Lámina V)
Animal, sólo veo sus ojos, boca, las dos manos y sus pies. (no sé qué animal es).
Ángel: por la nariz, ojos, boca y las dos alas de su cuerpo (Lámina VI)
Cuerpo de una persona.
Son personas. Hay dos personas (mujeres), están sentadas y hablando (Lámina VII)
Un cuerpo por dentro, eso para tragar, los pulmones.
Parece que ésos son animales de color café, porque veo los ojos y la nariz pero, no sé como
se llaman esos animales. (Lámina VIII)
Un cuerpo por dentro, pulmones. Eso no más veo. (Lámina IX)
¡Ah, ya sé! eso que hay aquí, cuando comen las personas. Es la garganta, los pulmones. Eso
no más me sé. (Lámina X)
Su cuerpo endeble, parece encogerse hasta desaparecer en la espesura de una isla desierta
del inmenso mar. Con el pelo revuelto, la mirada húmeda de Cristián extrae el aire salvaje
que inunda de luz las plantas acuáticas. El runruneo palpitante de aves e insectos alrededor
suyo, es parte de esa melodía que trepa levísima hasta las nubes en su desolación. Porque
toda persona tiene su propia melodía. Y la de Cristián, casi mudo, despierto largas horas en
la noche, se diluye con la lluvia silenciosa que cae sobre los abundantes matorrales. Su
madre, muchas veces ha querido ver alguna demostración, un brillo especial en sus pupilas.
Pero no ha sido nada más que la imaginación, producto del amor con lástima que le profesa,
porque Cristián, nunca llegará a explicarse el mundo que lo rodea. Sólo vive en él, como las
desnudas hojas de una enredadera agitándose en el jardín que brotó espontáneamente en la
parte más sombría. Quizá, no tenga idea lo que es la luna (ni los astros). Hay que
explicárselo: es un satélite de la tierra que no tiene brillo propio. También que el universo
es infinito, como el número de las estrellas. Pero si él quiere creer, que está formada de
miga de pan y por eso los pájaros de la noche van a comer allá lejos, hay que dejarlo.
Respetando lo poco o nada que pueda sentir en casos determinados, sobre todo si es rabia la
que siente. Porque a nadie le agrada ser distinto, porque es fácil decirlo pero, otra cosa es
ser así. Su silencio, es el mundo al que no estamos aptos para entrar los “normales”.
Nuestro egoísmo, sólo llega hasta detenerse en el umbral, donde sobrecogidos no somos
capaces de leer los signos ni resolver el enigma. Apenas palpamos en la espesura, el dolor
de un niño encerrado dentro de su propio cuerpo: entre amígdalas, pulmones y un corazón,
siente sus propios latidos y no es capaz de reconocerlos. De la misma manera que se mira
en el espejo haciendo tristes muecas tratando de esbozar una sonrisa cuando se lo pide
alguien. O bien tratando de tener conciencia del porqué del llanto. Cuando en realidad no se
trata de él, sino de una máscara de piel que encubre por completo su verdadero ser.
Sobrellevando el peso de su mal, desprotegido, débil y totalmente incomprendido por la
gente que lo rodea. En este mundo que avanza con sus brazos robotizados y en el cuál es
muy difícil que Cristián algún día tenga un lugar en él.
AL FIN SOY “PISCÓLOGA”
La señorita Claudia C., se desmorona agotada sobre el blanco cobertor de su cama y
después de lanzar un mamotreto con papeles en el piso piensa en voz fuerte: ¡Al fin soy
sicóloga! Todavía no muy convencida aún, entre confusos sentimientos que no le permiten
siquiera alcanzar la felicidad, después de aquel estresante Examen de grado pleno de
sobresaltos y durante el cual se sintió obligada durante un tiempo a cambiar sus estados de
ánimo más seguido que de costumbre. De pronto, encolerizada y en estado visible de
paranoia pero nunca depresivo, aterroriza a los demás habitantes de la casa que tienen la
desgracia de convivir con ella, es decir, hermano, madre y sus dos sobrinos pequeños,
aquellos que muchas veces cometen el error de ofuscarla, ya sea porque le cambian alguna
cosa de su lugar o lo que es más grave aún, cuando le roban los chocolates. En tanto sus
múltiples admiradores, “andantes”, atracamante, pololo o como se les quiera denominar, la
mayoría, pareciera que huyen aterrorizados ante su carácter indómito y más que nada,
dando la impresión los corretea a propósito, según piensa madre, dejándoles en claro en la
primera cita a “ciega “ o de las otras, que no necesita que le abran la puerta del auto ni que
le paguen la cuenta del pub, confesando a sus amigas que se siente como una verdadera
prostituta si así lo hiciera, por lo tanto quiere conservarse independiente durante mucho
tiempo, lo que tiene aterrada a su madre que le pide a todos los santos que llegue algún
hombre que logre dominarla y sobretodo que la quiera mucho para que case con ella y sean
“felices” para siempre.
- Hija ya es hora que formes una familia, le dice su madre tímidamente y sólo si la
encuentra de buen genio.
- Mamá, ya te lo he dicho tantas veces ¡NO quiero casarme! Mira a todas mis amigas
y primas, no quiero estar subyugada a un hombre alcohólico, flojo o mentiroso.
Alguna vez tendré un hijo pero soltera, decía entonces a su pobre madre que no
continuaba insistiendo con el mismo tema y para no hacer aflorar su mal carácter.
Algún día cambiará de idea seguramente, se decía su madre para conformarse a sí
misma y cambie esta niña su rebeldía quedando solamente en el recuerdo.
Después de titularse con una Buena nota y vencer a duras penas las etapas de
alarma, resistencia y de agotamiento del Síndrome de Estrés, que incluso la amenazaron
de muerte, en esta última etapa de sus estudios sólo quiere esperar unos días, incluso
unos meses antes de encontrar un trabajo estable con horario completo, donde un jefe
pueda causarle problemas con sus múltiples mandatos y para lo que todavía no se
encuentra preparada de afrontar. Después de estudiar tan a fondo las causas y teorías
que le provocaron el síndrome, la señorita C. piensa que lo mejor que puede hacer para
impedir los estragos que pueda causarle un empleo, es descansar mucho. Por supuesto,
eso no significa que ella no pueda celebrar como se merece el éxito de sus estudios con
amigos y ex compañeras de colegio o de universidad, porque se trata de beneficiar a su
organismo que últimamente se ha sentido tan amenazado por el estrés y con pérdidas
casi irreparables de la alegría de vivir, porque no se podía tomar un copete ni bailar
cumbia con los “minos” un poco confusos, dislálicos, disléxicos e incluso daltónicos
que acostumbra conocer en los pub o discoteques a las que acude con sus amigas del
alma y psicólogas también, algunas bastante histeriquitas y muchas obsesivas
compulsivas según su propio análisis, entretejido después de largas horas de
conversación hasta la madrugada en lugares hediondos por el humo del cigarrillo, con
fondo y música estridente.
Auque estos minos tengan graves defectos igual cumplen la función de entretener a
la señorita C. y sus amigas, a las que últimamente ya no les resulta bien la meditación ni
la relajación para reducir las tensiones. Tampoco los ansiolíticos que no son de su
veneración. Solamente el pisco más Coca-Cola, es lo único que cumple efecto de
sedante en el parasimpático del delicado sistema nervioso de la señorita C. que cuando
se descontrola, le tirita la boca y su nariz adquiere un tono rojizo profundo, porque
también sufre de pánico escénico motivo por el cual debe someterse a una terapia
urgente, porque según le dijo un profesor a ella que si continúa así no llegará a ningún
lado, especialmente cuando C. ni siquiera nunca pensó llegar a ninguna parte, más que
nada cuando imagina que hasta la línea del horizonte se le ha corrido sin razón aparente,
ya que generalmente nunca sabe lo que quiere y más adelante cuando tenga ganas, plata
o tiempo quizás algún día acepte que la mande tal vez un gerente o un hombre que
tenga los pantalones bien puestos, siendo por lo único que renuncie a sus ideales, que
son más que nada gozar de su libertad absoluta y así nadie ponga a prueba sus nervios
que la traicionan.
El próximo año, ya que en enero o febrero seguramente se encuentre de viaje en
algún punto del norte o del sur del país y en marzo, con toda calma abrirá su consulta:
“El Diván Rojo” donde atenderá pacientes de FONASA, a quienes en vez de un bono
les solicitará un vale de 1 pisco más Coca-Cola y a los que tengan Isapre: 1 tabla de
queso, 1 pisco y 1 Coca-Cola. A los guapetones (no atenderá feos) hasta 35 años, deben
llevar un bono de atención infantil y una colación, bombones y chocolate para la
señorita C. que los atenderá siempre con dedicación y cariño.
La señorita Claudia, es una chica moderna y piensa que no vale la pena vivir
aburrida ni menos amargada porque no ha conseguido marido aún, además su lema es
pasarlo bien y salir mucho mientras se pueda. Rebosante de salud, simpática (al menos
para aquellos que no la conocen mucho), hermosa y poseedora “según ella” de sentido
común, en general es una mujer atractiva para el sexo opuesto pero, aquí viene el
problema, porque el interés de los hombres por ella sólo dura tres meses, comprobado y
firmado, después de ese tiempo prudente, la señorita C. exige que se pongan las pilas,
cambien su modo de ser, dejen las pendejerías, las mentiras, sean fieles, no abusen del
alcohol, que se las jueguen, que se pongan bien los pantalones y por lo tanto, como un
verdadero “Transforman”, son obligados a que asistan con ella a las fiestas de
matrimonio de sus amigas, a que la visiten en casa y también que siempre la pasen a
buscar abriéndole la puerta del auto, que ojalá no sea el de ella, es decir, alguien
totalmente diferente a quién ella un día conoció y que, por un tiempo, la hizo gozar de
este sueño del pibe, hasta que una mañana cualquiera despierta y se encuentra otra vez
como C., misma dice “mejor sola que mal acompañada”. Una frase que ni ella misma se
la cree y que seguramente quien la inventó debe haber sido alguien igual: indómita,
rebelde pero que con seguridad, nunca perdió las esperanzas de encontrar el verdadero
Amor de su vida.
UN PASEO A LA PLAYA
A las ocho de la mañana del viernes 31 de octubre, me despertó el teléfono. Bárbara
quisiera saber si nosotras aún le arrendaríamos su departamento en Orcón durante el fin
de semana.
_Qué pena parece que te desperté.
_ No importa. Creo que vamos a esperar para que el tiempo mejore. En realidad mis
hermanas y yo tenemos un viaje planeado a Quintero, para rememorar viejos tiempos y
dar una vuelta completa rodeando sus hermosas playas, desde “El Durazno hasta “La
Cueva del Pirata” y después almorzar en el yathing, si es que todavía existe, le contesté
medio dormida aún.
_ Hoy día viajo para entregar el otro departamento, continuó Bárbara. Me quedaré
hasta el domingo, así no me sucede como la última vez que los arrendatarios se
arrancaron sin pagar. La gente está tan sinvergüenza y necesito la plata ¿sabes?
_ Por supuesto, le contesté haciendo un esfuerzo descomunal para seguir el hilo de
su conversación, mientras imaginé la brisa fresca y el cielo lleno de gaviotas, tratando
de conservar el juicio de la realidad para dispersar los mágicos pensamientos de la
fantasía a punto de hundirme nuevamente en la ensoñación provocada además, por la
falta de aire en el dormitorio con las ventanas cerradas.
_Que te vaya bien alcancé a decir apenas Bárbara ya había cortado, seguramente sin
entender mi débil expresión verbal y las escasas ideas con sentido que proferí a esa hora
de la mañana. Un poco avergonzada, recosté la cabeza en la almohada y cerré los ojos.
En la playa El Durazno colmada de sol, rechina un parlante remoto con música de
los Beatles. Después Lucía, Quely y yo, continuamos caminando desde Las Conchitas
hasta Los Enamorados, a través de un sendero enmarcado de olas espumosas y
embravecidas, las que sólo nos permiten humedecer algo nuestros pies con los
pantalones arremangados hasta las rodillas. En la playa de Los Enamorados, muy
contentas y a la vez nostálgicas, nos sentamos en un banco de piedra a mirar de frente el
oleaje turbulento del horizonte, como si se tratase de un cuadro que pretendía
ilusoriamente aprisionar nuestra memoria incierta, casi desvalida. Entonces la
conversación se transformó inevitablemente en algo viscoso, entre el conciente y los
sueños, situándonos a cada una en diferentes dimensiones y en un pasado teñido de
luces y de sombras. Como el crepúsculo que ya se dejaba caer desde el cielo nebuloso
hasta el fondo del mar azul. Dejando una aguada con imágenes y sentimientos
empañados pues, se negaban a mostrarse en su totalidad mientras más los invocábamos.
Especialmente aquellos que habían sido la razón y motivo principal para realizar este
viaje. Un recorrido luminoso de la tarde juvenil y noche romántica en la playa, largos
veraneos junto a los padres, con la casa llena de amigos o primos desde fines de
diciembre, hasta regresar en marzo a Santiago. Pero el pasado no vuelve, eso nos quedó
muy claro después de regresar.
_ Te acuerdas de las fogatas en la noche, con guitarreo y ponchos de lana de castilla
que traía el papá de sus viajes, no sé como nos daban permiso, pregunté sabiendo de
antemano que quizá nadie me respondería, porque Quely estaba imbuida en su
memoria. Mal que mal es diez años menor que yo y seis menor que Lucía, pensé. Como
imaginé, la respuesta de Quely fue solamente ¡hummm¡ y pasándose la mano por la
barbilla y el pelo, algo muy propio de ella, siguió mirando las olas. Lucía, hizo un breve
comentario de lo hermoso del paisaje y dijo que ya era hora de bajar porque el sol se
había escondido mucho y hacía un poco de frío. Además tenía mucho apetito con tanto
aire. El camino de bajada bordeando la playa hasta El Durazno, de vuelta a la ciudad de
Quintero, personalmente fue menos ansioso después de revelar los misterios escondidos
bajo las piedras. Realizamos una vuelta corta para recorrer el centro y el escaso
comercio de la ciudad y llegamos agotadas al yathing, donde nos hospedamos luego de
saborear unas machas a la parmesana, ensalada con pescado al vapor y un café antes de
acostarnos. Miramos un rato la televisión antes de dormir. Al día siguiente tomamos
desayuno con cuchen casero muy rico y partimos de allí, no sin antes pasar por nuestra
antigua casa con la pintura descascarada y el jardín tan tupido de malezas que le daba
un aspecto de abandono total. Después disfrutamos mucho del paisaje hasta Con-Con
donde nos bajamos a comer empanadas de queso y ostiones con vino blanco, Lucía
como de costumbre sólo tomó Coca Cola light. Después de una breve sobremesa
continuamos camino hacia Viña del Mar bordeando la costa. El mar nos regaló un
oleaje verde esmeralda bajo el sol radiante. De pronto Lucía comenzó a explayarse
acerca de su problema reciente con Felipe, su esposo. Claro como ella últimamente bajó
tanto la guardia, él, demasiado confiado había realizado varias llamadas sospechosas
desde su celular a un mismo número. Entonces, Lucía mostraba muy orgullosa las
evidencias, un grueso conjunto de papeles que consiguió después de un agotador
trámite en una conocida compañía de teléfonos móviles, la que le extendió una lista con
números, hora y día en que se efectuaron las llamadas desde el celular de Felipe, quien
al verse sorprendido no le quedó otra que explicar lo inexplicable.
_ Mi amor, sabe que yo la quiero mucho, siempre será la única, usted es la Catedral
y las demás sólo son las capillitas, le había dicho con cara de arrepentimiento. A veces
uno tiene ganas de hablar con alguien y contarle sus cosas, mi hijita.
_ Chiiiis, el muy patudo prosiguió Lucía, con la cara aún roja de rabia de sólo
recordarlo, sin embargo, lo mejor de todo es que nunca pudo negar nada porque siempre
lo encaré con las evidencias en la mano. Entonces, díganme qué puedo hacer, me sentí
mal y humillada después de tantos años haciendo el estúpido papel de “geisha”. Quiero
ser bien sincera con ustedes, no he sentido pena sino una rabia tremenda. La semana
pasada fui a la fábrica y lo esperé hasta la salida. Una hora escondida detrás de un árbol,
se imaginan lo que es ESO, continuó con los ojos fuera ya de su lugar. Bueno, como les
cuento, después de mucho rato y cuando pensé que me iba a desmayar, Felipe salió con
el administrador que le llevaba unos paquetes hasta el auto… menos mal, porque estaba
dispuesta a lanzarme encima con auto y todo sobre el h….
_ Encuentro que esas cosas hay que pensarlas mejor, si se tratara de una secretaria o
de alguien que no tiene nada que ver en el asunto, dijo Quely tímidamente.
_ ¡Ah! no sé nada, así sabrá quién soy yo.
Después de algunos análisis que hizo últimamente de su vida de casada, como que
deseaba reconciliarse consigo misma y dejar de lado rencores, penas y remordimientos
que no ayudaban en nada y porque ya estábamos llegando a Viña, no seguimos dándole
vueltas al tema después que Lucía, finalizando antes de estacionarnos dijo: desde hoy
en adelante quiero dar curso libre a los sueños fascinantes, pues ahora en esta edad no
sólo quiero vivir de recuerdos difuminados en el aire. Es necesario buscar estímulos
para adornar las mañanas y tardes de mi Vida, no la de mis hijos ni esposo, aquella que
traté de vivir por ellos.
Fuimos de vitrina en vitrina, felices por la calle Valparaíso y en pleno centro, cada
una se compró un par de hermosas chalas para el verano, a nueve mil pesos cada una.
Muy contentas por motivo de nuestra compra que consideramos tan conveniente y,
como nos faltaba el postre aún, pasamos a tomarnos unos deliciosos helados “light”,
con crema y salsa de chocolates, en una conocida gelatería de la ciudad.
Cerca de las diez comenzamos nuestro regreso. Lucía, condujo en silencio y Quely
se explayó sobre el grave problema de su hijo mayor, Marcelo. Parece que no está nada
de conforme con la carrera que él mismo eligió, odontología, en la cual le va muy mal.
_ Se le llena la cara de furúnculos espantosos, según él no va a clases por vergüenza
a que lo vean así. Lo he acompañado a un sinfín de dermatólogas pero, se pellizca y
además se infecta con las uñas. Está muy alterado, se le nota que anda mal, ¡Ah!, ya les
conté del otro problema, por lo general demora hasta tres horas metido en el baño que
nadie más puede ocupar, por lo tanto, llega atrasado a todas partes, entonces comienzan
las peleas con su hermano y hay que separarlos cuando se agarran, muchas veces se han
resbalado a la piscina con los puñetazos que se dan y tengo miedo de que un día se
ahoguen. Estoy preocupada, no sé qué hacer, la otra vez ya se dio vuelta en el auto
cuando lo hizo trizas y me salió tan caro el arreglo. Lo peor de todo es que ahora último
no llega en las noches a dormir farreando por ahí y el otro día, me llamó como a las diez
de la mañana porque después de una fiesta se fue al Santuario de la Naturaleza donde se
quedó en pana de bencina. Se imaginan lo que es conducir por un camino tan difícil y
más encima con tantos“copetes” en el cuerpo, lo pueden asaltar y uno sin saber nada.
_ Tú no puedes hacer nada, contestó Lucía. Los hijos son prestados y cada uno
vive lo que le tocó, los padres llegamos con ellos sólo hasta su mayoría de edad, solo
basta con entregarles buenos valores y educación, continuó mientras el automóvil
parecía querer detenerse de pronto y para siempre en su carrera loca. Las primeras luces
de Santiago emergieron en todo su esplendor en la ciudad sosegada que adormecía
hasta los sueños más increíbles de sus habitantes. Entonces el silencio sepulcral de la
noche nos envolvió a las tres, como un cuadro valioso que comienza a pintarse con los
secretos transparentes y vacíos de cada una, empapados en nuestro mundo interior con
el matiz del espacio memorioso esbozado a lo largo de nuestra breve existencia. Donde
no sobra ni falta ni una sola de las piezas del puzzle, las que se sostienen por sí mismas
en el cielo de la eternidad.
LA PRESENTACIÓN
Tiene que haber sido el licor de nuez, pensó Isabel A, apoyando la cabeza en la
almohada tratando de descansar un poco antes de acostarse, después de una larga
caminata hasta su casa que le pareció interminable y motivo por el cual ahora los pies
comienzan a punzarle como agujas. Sí, solamente el licor de nuez es lo único que fue
capaz de haber producido tales desmanes entre la asistencia al evento y la extraña suerte
de Ana María B.
El ruido del tránsito al lado del bus que corre por Avenida Vicuña Mackenna, la
hace sentirse ligada a su existencia en ese momento. Baja los párpados un instante y los
pensamientos forman un muro muy alto y níveo, semejante a un papel a la espera de
alguien que lo comience a rayar sin apresuramiento del minutero que molesta a los
oídos, igual que una bomba a punto de estallar. Mientras nuestra cotidiana realidad no
tiene salida del agujero para arrancar de los espectros. Un día más ésta se ha llevado
entre sus manos los deseos de perdurar siempre con los ojos bien abiertos, ante el
atardecer de soles infinitos y donde irán a dar nuestros anhelos sin límites. Una anciana
de pelo albo vestida de negro y quien se había sentado a su lado en el bus, comenzó a
decirle con voz pausada:
_ Mire linda, tengo más de ochenta y la única compañía que poseo de vez en cuando
son mis sobrinos, son cuarenta y cinco, a pesar de todo estoy contenta, fíjese que hace
poco me caí en la calle y me quebré todos los dientes, además me rompí la cara y un
codo. Me llevaron inconsciente al hospital y ahora estoy como usted me ve porque creo
que aún todo no se ha terminado. Algo que jalona de mis vestidos me obliga a
levantarme todos los días, a perderle el temor al tiempo y a no dudar de nosotros
mismos, dijo antes de descender del bus casi en marcha, haciéndole señas de despedida
con una mano desde la vereda y un poco antes que ella misma se bajara en Plaza Italia
donde estaba ubicada la sede de la Sociedad de Escritores.
El lanzamiento del libro de Ana María resultó todo un éxito. A pesar de la
improvisada invitación que ahora no se arrepiente para nada de haber aceptado, aquel
viernes quince de abril en la tarde, llegó más temprano de la hora acordada con la gente
del taller literario al que asistía todos los días martes y precisamente donde conoció a la
escritora. Después de saludar a algunas personas conocidas, se sentó en un lugar muy
poco visible y algo oscuro, al final de la sala, sin embargo, allí sería posible hacer señas
a los talleristas. Ana M, como no era muy conversadora, nunca le contó a nadie de
aquel libro a punto de publicarse motivo por el que todos en el taller se llevaron una
sorpresa cuando fueron invitados al evento. Porque Ana, además de no hablar con
nadie, siempre se sentaba sola y además llegaba atrasada retirándose antes que todos.
Incluso en aquella parte más importante de la clase, cuando entre todas compartían
algunas galletas con un reconfortante café para conversar y conocerse un poco más.
Todo por causa de su gran timidez, la que en una ocasión no le permitió leer un poema,
excusándose de no hacerlo porque estaba resfriada y se sentía muy mal. Mas, ahora la
personalidad de la escritora aparecía totalmente cambiada pensó Isabel, igual que si
fuera otra persona. Con un vestido rojo, largo y angosto que delineaba sus curvas hasta
la exageración, su hermoso pelo castaño oscuro se movía al compás de una suave
música de fondo que inundó la sala cuando ella declamó sus poemas en forma casi
teatral, hasta que se hizo un silencio pesado y largo, mientras los suspiros tomaron
cuerpo real con dimensiones estratosféricas. Isabel, comenzó a cansarse, varias veces se
acomodó en el asiento cambiando las piernas de posición, pues le dolía un poco la
espalda con las primeras heladas del otoño. El tiempo se hace largo y tedioso y otras
veces camina sobre las nubes, llevándose todo tan de pronto que nadie alcanza a darse
ni cuenta siquiera que la vida derrota y zarandea la barca a todos por igual.
_ Sí, el licor de nuez es el culpable de que todavía no pueda dormir, o quizás me
desveló el deseo de contarle a alguien lo que pasó. Además ya es muy tarde para llamar
a nadie por teléfono, pensó Isabel antes de dormirse después de la presentación.
Cuando finalizaron las palabras del Presidente de la Sociedad de Escritores, los
invitados pasaron al comedor a tomar un vino de honor. La conversación se había
vuelto bastante animada y como no llegó nadie del taller, Isabel se acercó a dos
escritoras conocidas, una de ellas sobrina de Mariano L. y la otra tan alta como bien
parecida que venía llegando de Londres la saludaron amablemente y después
continuaron hablando de libros y del próximo viaje a Europa de una de ellas. El
Director Cultural llenándoles los vasos con licor de naranja o de nuez, las invitó a pasar
junto a un grupo escogido de personas, a una habitación pequeña y la cual según él le
servía como oficina.
El lugar lucía sobrecargado con una colección de botellas de todos colores y formas,
más algunos sillones y mesas de centro, a pesar, de lo reducido del lugar. Sinnúmero de
libros, llaves, cuadros, frascos con bolitas de vidrios, monedas y dos alfombras, se
apretaban tanto en la pieza que incluso faltaba el aire para respirar. Isabel, saboreó el
tercer licor de nuez y a veces, alargaba su mano con dificultad para sacar maní y pasas
rubias de un frasco grande, participando poco de la conversación porque se encontraba
muy incómoda en un asiento al fondo de la pieza y al lado de una persona que le había
ofrecido gentilmente la mitad de su asiento.
Antes de subir al segundo piso, mientras aún tomaban el cóctel, una mujer joven
con una cámara de videos, la que se presentó como sobrina de Ana, le había solicitado
su opinión sobre el libro y la ceremonia en general, más ahora no lograba recordar con
claridad qué es lo que había dicho al respecto, debido al licor de nuez, pero segura y
amable en sus apreciaciones se había guardado muy bien para sí, algunas cosas en las
que estaba por completo en desacuerdo. Como la teatralidad de Ana M. Enseguida
continuó diciendo algunas leseras, como aquello de las puertas que se le han abierto
gracias a la publicación de su propio libro de cuentos. (Aquél que nadie conoce por su
escasa venta, mientras casi todos los ejemplares permanecen bajo la caja escala de su
casa porque no tiene donde guardarlos, ya que nunca le hizo una presentación y le
produce vergüenza ajena cuando comienzan con aquello de enaltecer a un escritor que,
por lo general, nunca se lo merece y quien permanece impasible ante un público que lo
único que espera es pasar al cóctel más tarde). Menos mal que eso no lo dijo en cámara,
piensa.
Después que varios invitados comenzaron a retirarse, Ana M., la invitó a subir al
segundo piso y junto a un grupo de personas entraron en un angosto pasillo hasta la
última habitación. En la primera que hacía de cocina, algunas personas devoraban
grandes trozos de torta con las manos. Ana, invitó a todos a entrar en la habitación
pequeña participándoles una sorpresa que les había preparado, se trataba de un grupo
musical que canta y baila música mapuche, dijo seriamente Nadie alcanzó a sentarse,
pues en ese momento comenzaron a entrar animadamente, unos detrás de otros, los
integrantes del grupo ataviados con ponchos y trapalacuchas, con los cabellos tomados
en cintillos y excesivamente alegres a causa del alcohol que se denotaba en sus miradas
algo rojizas y trastornadas. Sus cuerpos iban y venían en un balanceo, topándose y
apretujándose con fuerzas por la falta de equilibrio de, unos contra los otros, en medio
de la estrechez del lugar. El griterío y confusión se hicieron casi insoportables. A esa
altura de la noche el lugar lleno de humareda y gran cantidad de personas que
prácticamente quedaron atrapadas adentro y desde donde era totalmente imposible salir
por la puerta tapiada con el gentío que, continuaba llegando para tratar de observar el
“espectáculo” que se repetía incansable y monótono con los mismos acordes, mientras
los saltos se tornaban cada vez más altos y violentos. Alguien, quien al parecer cayó en
el suelo, dio un grito despavorido y dejó por un segundo el lugar en silencio pero, con la
confusión tan grande todos pensaron que se trataba de una broma y nadie le prestó
mayor importancia al asunto. Ante la extrañaza de todos, el lugar comenzó a despejarse
rápidamente y en el centro de éste quedó el cuerpo inerte de Ana. Con una expresión de
pavor en sus ojos, haciendo un ademán de levantarse dejó al descubierto un hoyo
profundo en la nuca, que parecía hecho con un punzón y del cual manaba profusamente
un hilillo de sangre que formó una poza púrpura en el piso ante los ojos espantados de
los asistentes y los alaridos que iban en aumento. Algunos se quedaron paralogizados y
se preguntaban con la mirada qué había sucedido. Un hombre verde pálido salió
corriendo a llamar a los carabineros, mientras en el silencio sepulcral de la madrugada
se escuchó la sirena de la ambulancia que se acercaba a toda velocidad. Un poco más
tarde llegó la fuerza especial de la policía quien cercó el lugar y comenzó un
interrogatorio hasta el otro día temprano. Todos abandonaban el establecimiento con el
rostro demacrado del susto, apurando el paso en el callejón todavía oscuro. Un tiempo
después, los diarios de la capital aclararon en parte el misterioso asesinato de la
malograda escritora, en manos de un ex amante despechado que se encubrió detrás de
mantas y trutrucas para lograr su funesto propósito. A lo mejor, por aquella misma
razón Ana siempre anheló ser narradora y escapar así del infortunado destino de los
poetas. Aquellos que sólo en el “Más Allá” pueden conseguir un espacio donde flotar
por toda una eternidad y grabar los jeroglíficos que se leerán en el futuro.
SUEÑO ESCRITO A MÁQUINA
Aún no finaliza la primera quincena de diciembre y ya hace un calor insoportable.
”El tiempo es un cerro de burbujas que estalla minuto a minuto después que sale el sol.
Colgado del alero permanece el nuevo año, esperando con paciencia tomar su lugar
como corresponde y los añejos anhelos sin cumplir languidecen en un rincón oscuro.
Mientras reposo con las piernas en alto, pienso disparates increíbles a cien kilómetros
por hora, como si la fiebre alta fuera la culpable porque me encuentro en pleno desierto
florido, donde vuelan multicolores aves que beben de un manantial. El más bello
camino que he visto nunca, una senda estrecha recorro sin temor y alcanzo una
distancia inalcanzable que no me lleva a lugar alguno, pisoteando hojas y semillas. Un
estero asoleado corre a mi lado sin prisa donde ahora me he sentado a descansar bajo la
sombra de los espinos.”
_Sueño en la noche puras leseras, es la fiebre que me consume. El cielo lanza un
destello ultravioleta y todos los cimientos del orbe aparecen a la vista, mientras escapo
de olas oscuras y gigantescas, le digo a Melisa.
_Ves, siempre insisto en que debes trabajar y hacer algo útil.
_Claro porque piensas como la mayoría de la gente de que los escritores no sirven
para nada. Co este calor no me puedo concentrar para escribir y tengo el ánimo por los
suelos, le contesto ¿Qué has hecho últimamente?
_Nada, sólo trabajar y espero que te mejores para salir a celebrar con Paty su nuevo
trabajo. Le pagan doscientos mil y tiene que tomar doble locomoción, así que se va
todos los días en auto con una amiga hasta el metro para ahorrar un poco. Sus padres se
instalaron con negocio de semillas para arreglarse un poco la situación, creo que venden
menos de cinco mil pesos diarios. Es una porquería…que no sirve para nada, pero como
él es también es milico jubilado….
_Mejor juntémonos un día, vamos a pagar cuentas y después a copuchar un poco, le
digo al despedirme.
_ Sí, pero mejórate primero, se despide Melisa.
El sábado amaneció con sol esplendoroso y como ya había terminado el tratamiento
de los diez días de antibióticos me sentí mejor, alegre y con buen ánimo. Sentada en la
terraza entre helechos y un manto de Eva escribí: “Bajo el árbol que siempre nos cobijó,
cavo la tumba de nuestro amor y siembro unas pocas semillas de margaritas. Y de
traición” En seguida rompí en mil pedazos el papel ya que me parece que todo suena
tan falso y tan cursi pero, en seguida continué tratando de adentrarme en el juego
poético, algo que apenas me permite la brisa fragante del patio encargada no sólo de
llevarse las hojas sino, las semillas de poca y nada de inspiración que aún me quedan.
Aquella misma tarde, sentadas con Melisa en un patio de comidas de un conocido mall
y después de pagar cuentas, me dijo algo seria:
_Me contó Marcelo, que el dueño de la Agencia Matrimonial a la que escribiste
anda en un Volvo verde y no tiene oficina porque así nadie lo puede ubicar. Su mujer es
la “secretaria” quien, más encima, le cobró diez mil pesos por borrarlo de la lista.
También dijo que no nos preocupemos porque nadie nos va llamará pues nosotras
pedimos relaciones “serias” y tú comprenderás que nadie acudiría a un sistema como
este para encontrar algo serio ¿No crees tú?
_Bueno claro, ya te pedí disculpas por inscribirte con nombre y apellido. Nunca me
imaginé de qué se trataba todo esto. Creo que él exagera las cosas un poco, y ahora me
enojé yo, le voy a decir unas cuantas cuando vuelva a llamarme. En todo caso tuve las
mejores intenciones, sólo jugarte una broma que me resultó algo más pesada de lo que
creí. Perdóname otra vez, amiga. Además este hombre, a quien quiere engañar, como si
no supiéramos que tampoco él es alguien tan serio como quiere aparentar, cuando todos
sabemos como es. ¡Con cuántas mujeres habrá salido hasta ahora! Creo que se hace el
leso solamente. Mira Melisa, sigo pensando que tenemos derecho a conocer personas
parecidas a nosotras, que se sientan solas, para conversar y pasar momentos agradables,
gente sana, bueno al menos al principio, digo bromeando. Pero indudablemente esta no
es la manera ya que se trata sólo de un buen negocio, bastante turbio además.
_En cambio, yo cada vez estoy más segura que lo que tienes que hacer es trabajar,
estás demasiado ociosa. Eso es todo. Figúrate como será de fresco el tipo ése, Marcelo
no sé cuanto, tiene un apellido emperifollado. A los cinco minutos de conversación ya
me había invitado a salir a dar una vuelta, calcula como será, ayer en la noche me dijo
que se quedó en pana en el túnel cuando venía de Viña, entonces me pidió que por favor
lo acompañara a buscar la camioneta, casi a las once de la noche. Es un h…. fresco.
_Yo lo habría retado bien y cortado la comunicación enseguida, le dije riendo.
_Fíjate que es bien caballero, educado en el Instituto Nacional, juega tenis en el
estadio donde somos socios y tiene a su hija menor en el Craighouse, comprobado por
la Bárbara quien no despegó los oídos del teléfono además, le encantó su voz. Hasta me
cantó el himno del Instituto por teléfono, como yo también me lo sé de memoria porque
cuando voy al Parque del Recuerdo se lo canto a mi papá.
Tiempo después, hablando por teléfono con Melisa, leo en voz alta un párrafo que
escribí: “Tengo la luna como telón de fondo, un vaso en la mano y contesto una llamada
con el pensamiento. Allí donde gravita todo el cosmos con su fulgor maravilloso,
unidos en una gran mirada, se desprende el rocío humedeciendo el pasto que crece justo
bajo mi ventana.”
_ ¿Qué es eso’, pregunta Melisa.
_ Cosas que escribo de pronto, el comienzo de un cuento tal vez, le digo.
_ “Bregando mar adentro del universo de los secretos, miro el césped jaspeado de
estrellas mientras el cielo me cobija bajo sus alas. En los hilos de un puente colorido, se
pierde mi paso subterráneo. Deliro y sueño en los ojos de una isla. Sedienta de un
hechizo de sus labios en los míos ¿Acaso nadie comprende que se muere de tedio? Igual
como va el mar sobre las olas, esa inquietud inunda las horas vacías en ese cuarto
oscuro…”
_ ¿Quién es aquél con el que sueñas tanto? pregunta Melisa.
_ Un viudo que conocí este verano. Trabaja en una gran empresa de publicidad
española, está aquí por un tiempo solamente. Tiene tres hijos, vive con una hija casada
en Madrid y me contó que tuvo una gran depresión después que murió su esposa. Se
llama Gerardo, pero no te pases rollos, no me pesca mucho. ¿Y tú, decidiste salir
finalmente con Marcelo, le digo?
_ Sí, este miércoles y a pesar, de que trabajo mucho en la tarde porque estoy
ensayando la cueca con los niños más pequeños y quedo muerta de cansancio ¡Estoy tan
gorda! Me va a pasar a buscar a las nueve, justo ahora que llegó Mario, mi hermano y
mi sobrina del sur, y lo más seguro es que todos salgan a la puerta a despedirme.¡Qué
vergüenza!
_¿Porqué no te juntas en otra parte con él?
_Porque no lo conozco aún y no tengo la más mínima idea de dónde salió.
_Por lo mismo, cítense en un lugar público, le digo. Al fin vas a conocerlo y eso es
lo que importa. Si no te gusta, no sales más con él y punto.
_Ya es muy tarde para cambiar las cosas. Reservó una mesa en la “Divina Comida”
y vamos a ver qué tal resulta. Ves lo que te perdiste ¿No estás arrepentida?
_No, para nada. Sale no más y diviértete, te hace falta, le digo al despedirme.
_Sí, el sábado te cuento. Ayer vino la María P. y está inmensa de gorda otra vez
después de tener la guagua. Me dijo que si continúa así se corcheteará la guata, como el
marido es médico le sale gratis, según ella, en la Clínica LG. Además, me contó que
pasó por casualidad a la casa de las pelucas y se compró una novedad, no te imaginas de
qué se trata. Se compró unas gomas que se ponen en las fosas nasales para respingarse
la nariz, corrigiendo sus defectos pero, a mí me pareció que le queda igual a la de un
chancho. Se ve más o menos. ¿Vamos un día a probarnos una? A fin de mes eso sí,
después del pago, mira que me quitaron varias horas, esas viejas del Opus Dei que
hacen tantos votos de castidad y caridad, sin embargo, sin más explicaciones echaron a
varias colegas en diciembre, todas casadas con hijos que necesitan mucho trabajar. Me
estoy aguantando un poco para jubilar mas, me falta mucho todavía. Tengo ganas de ir
al Supermercado que está cerca de mi casa, allí siempre toman personas mayores para
pesar frutas y verduras, dice Melissa despidiéndose.
“Vislumbro un lugar sacrosanto cubierto de girasoles. El césped mancillado por una
larga y tediosa fila de almas, esperan una visa para trepar al cielo. Me refugio en una
ciudad con un calor endemoniado. Hermoso laberinto de callejuelas que serpentean a lo
largo de casas pequeñas y pintorescas, con balcones de maderas que lucen frescas
gardenias, promesas de amor y faroles a la entrada. En el centro, una plazoleta circular
sembrada de trébol y coloridos naranjos con una jarra azul que luce unos geranios rojos.
Mi espíritu languidece, el pajarillo tiene una casa y la golondrina un nido, y mis pies
cansados buscan un lugar donde reposar tranquilos. De pronto, el cielo se inclina ante
mí como una reverencia que yo desdeño sin entender por qué. Muy lúcida escucho la
consternación del viento que busca salir al espacio fulgurante y batir sus alas libre de
cadenas. Voy escalando la muralla de las horas y ahora en una ciudad devastada, huyo
de la angustia por no encontrarlo a él entre los escombros.” Mientras concluyo de
escribir esta historia pienso en Melisa, tan deseosa de encontrar a alguien que la ame
como se merece después de tantos años de soledad y ojalá que pueda ser Marcelo.
VIAJE A LA INMORTALIDAD
“Es necesario volver siempre sobre el entretejido de nuestros sueños, si no es así la
vida puede resultar muy tediosa” (Italia)
Con tal de salir en febrero de la capital santiaguina Soledad, planeó ese viaje para
huir de la presión familiar, especialmente la de su padre, quien desea casarla a toda
costa con Nicolás E., un hombre práctico, trabajador y propietario de unas tierras
vecinas a las suyas en el Sur. Recién titulada de psicóloga y con veintiséis años
cumplidos, por el momento lo que más anhela es tomar pronto las riendas de su destino.
A pesar, que ama mucho a sus padres, de quienes heredó la tenacidad para el trabajo, ha
decidido realizarse en una profesión que terminó con éxito en la Universidad, lugar
además donde le ofrecieron la oportunidad de una beca para estudiar inglés durante un
mes en Inglaterra. Después de conseguirse un préstamo bancario para los gastos extras,
se inscribió sin pensarlo dos veces en el “Institute Learn a Language” en la ciudad de
Manchester. ¡Ah! Con qué entusiasmo preparó todos los detalles de su viaje bajo el
calor ardiente y desolador de la capital. Ropa apropiada, algunos recuerdos típicos de
Chile, máquinas grabadora y fotográfica, incluso hasta algunos alimentos en caso de
atrasarse en su ubicación después de desembarcar en Londres, donde tendrá que
continuar viaje en bus hasta la ciudad de Manchester. La parte más difícil fue
comunicarle su decisión a Nicolás, quién se quedó mirándola con tristeza un buen rato a
los ojos, sin hacer el menor esfuerzo por disuadirla, sospechando en el fondo de su ser
que esto era el fin, pues está seguro que ella ya no lo ama y esta separación, aunque
corta, será lo mejor para ambos. Así, la despedida tuvo un sabor amargo, más cuando
Soledad, nunca quiso ni tuvo la menor intención de hacerlo sufrir. En los días
siguientes, un delicioso cosquilleo en el estómago, muchas veces la hizo pensar que su
determinación había sido un poco apresurada, sin embargo, se fue acrecentando cada
vez más en ella la idea de partir pronto y así terminar con las propias recriminaciones
que continuamente se hace. Viajar al otro confín de la tierra, le ayudaría a plasmar una
imagen más transparente del mañana y obligadamente dará otro cauce a los recuerdos
que dejaría en la distancia. Continuamente un breve temblor la atrapa con la luz
fulgurante del ángel protector que desde siempre la acompaña pero, Soledad, demasiado
ocupada hizo cuentas que no lo advertía, igual como en su infancia.
En los tiempos difíciles de la universidad, supo vencer muy bien a la adversidad con
su carácter tenaz y responsable, ideó muchos proyectos para su vida laboral, entonces
quiso partir a este viaje no solamente con ilusiones sino con herramientas para enfrentar
el desafío que tiene por delante y realizarse mejor en un futuro trabajo. Así se abrieron
las puertas que ahora son su mayor orgullo, como esta beca conseguida a través de la
universidad que, por supuesto, también hizo muy felices a sus padres.
En cuanto se refiere al carácter de Soledad siempre fue un poco melancólico. Desde
sus primeros años que transcurrieron en la hermosa hacienda de sus padres y, apenas
cumplido los diez años, comenzó su enseñanza básica en un internado de monjas en la
ciudad de Osorno. Tiene los mejores recuerdos de aquel período de su vida, a pesar, que
sólo volvía al campo durante las vacaciones, donde entra en profundo contacto con la
naturaleza y además regalonea con sus padres, quienes le entregaron siempre todo el
cariño necesario durante su niñez y adolescencia. Con el pelo rubio miel y los rasgos
muy finos y delicados de sus ancestros alemanes, desde su adolescencia se volvió muy
atractiva para sus admiradores pero, por su actitud un poco soñadora, casi siempre
queda fuera del alcance de todos porque no saben como llegar a ella. A los dieciséis
años, tuvo firmes pensamientos de entrar a la vida contemplativa y profesar los votos
definitivos. Un día, la madre Superiora del convento trató de convencer a su padre de
esta vocación, quien negándose terminantemente decidió enviarla inmediatamente a
terminar sus estudios de Enseñanza Media y Universitaria a Santiago, dando por
terminado el asunto. Cuántas veces la sorprendieron orando y también llorando
fervorosamente sobre las borrosas estampas de santos y beatos que le habían regalado
las Hermanas en su niñez. Así, abruptamente finalizó su adolescencia como el retiro
espiritual en las vastedades de su lejana tierra natal, tan amada y de la que guarda los
más bellos recuerdos, comenzando una nueva vida lejos de sus inolvidables y amorosos
padres.
Rumbo a Manchester, las imágenes de la campiña inglesa que contempla por la
ventanilla del bus, reproducen en su memoria un efecto dulce y a la vez dramático, de
todo su pasado reciente que irremediablemente dejó atrás en el Sur de Chile y, aunque
un poco nostálgica, es más fuerte el entusiasmo y las emociones encontradas que
experimenta ante lo que le aguarda en la villa del Instituto donde realizará el curso.
Como quien hojea un álbum de fotografías, este viaje para Soledad transcurre entre la
hierba y el color de los geranios, que se abren con un rayo débil de sol, sin imaginarse
que el terruño natal ahora no volverá a ser más que una imagen borrosa de su destino,
mientras, la vida siempre incomprensible la espera para desviarla de su ruta.
Poco después del mediodía, el bus se detuvo frente a un hermoso castillo donde se
albergará durante un mes, cerca del Instituto. Un viento apacible mueve las hojas del
parque y una fina lluvia humedece el pasto bajo el cielo ceniciento. De un rosal llega un
aroma tan penetrante como cuando se abre un frasco de perfumes. Todo seguido de un
largo silencio que sólo rompe un crujido al caminar sobre las hojas. Una vez instalada
en la quietud silenciosa del dormitorio, Soledad descansó antes de almorzar y la
evocación de cada segundo de su vida desfiló ante su vertiginoso pensamiento. De
pronto, con la cabeza reclinada en la almohada, rompe en un sollozo incontrolado e
interminable.
Cuando más tarde bajó al comedor éste se encuentra lleno de gente y desde la
distancia ubicó un asiento desocupado al fondo, al lado de una ventana con vista al
parque. Una vez sentada, se encontró de frente y por primera vez, con los ojos oscuros y
sonrientes de Kalit, un estudiante iraní matriculado en el mismo curso y a quien
Soledad, sin explicarse muy bien porqué, le responde con una coqueta mirada. Después
que todos los demás se levantaron de la sobremesa, la conversación entre ambos
continuó hasta tarde y los días siguientes fueron sólo la continuación de una violenta y
peligrosa atracción. Kalit, el Inmortal, (significado de su nombre) y Soledad, se
volvieron inseparables, y a pesar, que no conversan en inglés, sin embargo, ambos se
comunican en un idioma básico, con diccionario en mano, incluso hasta por señas,
mientras Soledad, declama en español hermosos y largos poemas de amor, los que
Kalit, escucha respondiendo en un idioma ininteligible, mirándola arrobado con sus
hermosos y profundos ojos negros, los que ocultan todo el universo en ellos. Por cierto
a Soledad, le parecía más bien alguien bajado del cielo.
Sin separarse más, los días comenzaron a sucederse en una cadena de matices azules
y grises tomados de algún paisaje soñado, alargando desde la mañana las horas
infinitamente breves y presintiendo el final implacable siempre presente entre ellos.
“Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua y el acento / que de noche
me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”, gemía Soledad, muy cerca del
oído de Kalit abrazada llorosamente a él, con las mejillas húmedas por las lágrimas
entremezcladas, repitiéndole parte de aquel hermoso soneto de García Lorca, una noche
cercana a la despedida. Aunque sabe que no le comprende ni una palabra, continúa
diciéndole: _No deseo oír otra voz más que la tuya para siempre y que nada nos separe
en este abrazo, que tiene mi pecho como una brasa y espinas en mi cabeza, porque
presiente el rumor amargo de nuestra separación en este camino incierto, mientras el
agua se escarcha, siento miedo y quisiera gritar al mundo a toda voz que te amo más
que a mi vida ¿Por qué no me dices que me vaya contigo? Ojalá se aparten las ramas de
los árboles y la luna adorne nuestro camino junto a la eternidad, escuchando los latidos
de tu sangre en mi conciencia, te quiero, te quiero y deseo que estas palabras se graben
con fuego en tu memoria aunque, no comprendas nada de lo que te digo, te seguiré
queriendo, así la noche sea como morir un poco cada día que me quede de vida, no me
importa lo que digan ni el veneno con que me despierte, cuando ya no te vea soñando
que estoy a tus pies en silencio mientras tu mano acaricia mis cabellos, sin escuchar el
grito desgarrador del ruiseñor aquella noche que derrumbará una lluvia de estrellas a
nuestro paso.
Así transcurrieron las horas que precipitaron el último día de febrero que amaneció
decorado por una pálida niebla, la que los envolvió en un abrazo final, antes de que
Soledad abordara el bus que la llevará de vuelta al aeropuerto de Londres. Ella, enterró
su rostro con fuerzas en uno de los dos pañuelos, negro y blanco, que le regaló Kalit
para cubrirse la cabeza aquellos, que se lleva de recuerdo, como símbolos del amor
incondicional que él siempre prometió profesarle. Kalit, por su parte desapareció como
un fantasma apenas el bus arrancó bajo la neblina espesa.
En el avión zarandeado entre las nubes, igual que si el tiempo se detuviera en las
alturas, Soledad, cree morir de dolor, con la impresión que nunca gozaría de un amor
posible mientras sólo exista un sembradío de tristezas a su alrededor. Ahora sueña morir
en los brazos de Kalit, embriagada del soplo de sus besos. Bebiendo todas esas lágrimas
que forman el inmenso torrente que ahora los separa mientras, la luz se extingue ante el
terrible contacto de la realidad, porque con cada segundo se agranda la distancia entre
los dos. Toda la sangre que arde en sus venas y el amor trémulo que encierra en su
corazón, comienzan a teñir la negra ausencia que sólo será capaz de disipar la mirada
profunda de sus ojos negros. Como la aurora llegará pronto derramando bendiciones,
Soledad exhala un ruego que dice: “Señor, bendice este amor que de lágrimas se nutre,
que tiembla como débil hoja llevada por el aire, consumido en sus labios impacientes e
incapaz de sostenerse lejos de sus divinos ojos.”
Después del aterrizaje en Pudahuel, siente que nada tiene ahora coherencia, todo se
ha vuelto embrollado y no encuentra el norte, si no fuera por su cariñosa madre que la
espera con ansias, justo cuando Soledad quisiera dormir varios días para
desembarazarse del mañana y revivir cada minuto pasado junto a Kalit. Pero la vida
continúa y debe retomar el hilo que el tiempo despliega con sus alas, enfrentando cara a
cara al recuerdo, así disipar las dudas y que todo no fue solo un sueño. Volver a
comenzar de la nada es su mayor desafío ahora aunque, sea bajo los efectos de los
medicamentos que le receta el siquiatra cuando se le presentan los síntomas paranoicos
con disminución de la conciencia crítica hacia sus propios juicios. Divaga mientras
siente que a lo lejos su madre le habla y a quien no puede responder porque tiene un
nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas pues, ya no soporta el dolor de cabeza
provocado por la angustia. Sus pies aún posados en las nubes no le obedecen, avanzar
se convierte en un suplicio, le arden las manos y los pies, voces tristes y lejanas la
llaman ahora que se inclinan sus rodillas hasta el suelo ante la mirada atónita de su
madre quien, hace inútiles esfuerzos por levantarla. Sólo despierta dos días después con
su madre sentada en la orilla de la cama. En vano intenta cerrar nuevamente los ojos
cuando ésta se acerca solícita acariciándole la frente. Soledad, sabe perfectamente que
este es el principio del fin, de un viaje del cual nunca debió retornar, porque su futuro
ya está develado, ahora nadie tiene el derecho a oponerse a esta decisión: al fin
profesará los votos definitivos en el Convento H.M. Mientras su madre la mira
desolada, Soledad, se levanta con el rostro lívido y un pañuelo negro en la cabeza,
entonces, después de besar a su madre en la frente abrazándola con emoción y mientras
se dirige a la puerta de salida, se da vuelta por última vez suplicándole perdón con la
mirada.
Cásese no sometido a clasificación.
Sus nervios la traicionan cuando introduce otra ficha nuevamente en el teléfono, mientras
sostiene el auricular con su mano izquierda y con la otra se arrima a la pared para escuchar
mejor, pues el ruido de los automóviles en Avenida Vespucio al mediodía resulta
estremecedor. ¿Tu, tu, tu...?, suena sin descanso el tono prolongado de marcar, junto a los
latidos de su corazón que pierden su calma habitual mientras, vuelve con nitidez a su memoria
aquella breve respuesta a su carta: " Me gustaría conocerla, muy linda e interesante su carta, en
todo sentido. Excúseme que sea tan parco, creo que será mucho mejor cuando conversemos
personalmente. La saluda con simpatía y afecto. José Labarca B.
Con una voz quejumbrosa apenas pregunta: _ ¿Aló? Podría hablar con “don” José Labarca.
_ ¿De parte de quién?, respondió una voz varonil.
_ De la señora F.B.I.
_ ¡Ah! De la policía secreta norteamericana, dijo con ironía.
_ Más o menos.
_ Un momento, por favor.
Un alboroto de pasos, cables y voces confabuladas, se escucharon por un momento al otro
lado de la línea, mientras siente que sus piernas un poco enclenques con la emoción apenas
logran mantenerla en pie. Quizás si estuviera en su casa en este momento y, no en el
Supermercado de la esquina, ahora se encontraría sentada cómodamente en la silla rodante del
escritorio, sin las manos cargando varias bolsas plásticas ¡Qué tonta!
_ ¿Aló, con quién hablo?, preguntó una voz.
_ Con la señora F.B.I., responde casi en forma automática y carraspeando un poco, igual
como siempre le sucede cuando habla por primera vez con alguien.
_ ¿Cómo está usted? Mucho gusto.
_ Igualm...
_ Nosotros no hemos tenido ningún contacto aún. ¿Verdad?
_ No, que yo sepa. Y ella prosiguió, con su mente algo embotada y bastante confundida. _ Su
carta es tan escueta que en el fondo no dice nada, pues en general, a los hombres les disgusta
mucho escribir. Hoy día justamente pasé por el correo y ahora me encuentro en un teléfono
público, así que si es posible, habla bien fuerte y disculpa si te tuteo.
- Claro, por supuesto. Veo FVI, veo que no estás muy tranquila que digamos y con su tono de
voz algo molesto continuó. Ustedes las mujeres siempre están criticando todo a los hombres,
esperan a un príncipe que las mime y uno nunca puede darles gusto absolutamente en nada.
_ Mira, a mi me produce una lata atroz llamarte desde la casa porque se darían cuenta mis
hijos.
_ ¿Y? ... Ellos te reprenden, tal vez.
_ Por supuesto que no, creo que se reirán de mí, lo que es muy diferente. De igual manera,
siempre les cuento estas leseras que hago, pues no creo que sea un pecado contestar a un aviso
del diario. ¿Acaso no leíste bien mi carta? Las iniciales son F.B.I., seguramente me confundes
con otra persona, como habrás recibido tanta correspondencia últimamente, continúa molesta.
En ese momento, la mujer saca otra moneda de cien pesos de la chauchera y respira con
fuerzas, ya que su voz se iba apagando como una vela de invierno y así después deja caer
todas las bolsas al suelo, pues, sencillamente, ya no soporta más esa conversación que le crispa
el genio. Tenía que encontrarse muy aburrida, o quizá, muy sola como ese hombre, para hacer
este tipo de estupidez.
_ No, tus iniciales las conozco bien, prosiguió él, pero no así tu nombre. ¿Cómo te llamas?,
preguntó como para decir algo.
_ Federica Bustamante.
_ Me suena muy imperial y me gustaría conocerte pronto...
_ En realidad se trata de un seudónimo solamente y, la última inicial, es la de mi nombre
auténtico. Soy escritora, dijo finalmente, poniendo broche final a ese interrogatorio. Además,
fíjate que pasado mañana me voy de vacaciones con amigos, por quince días al Cajón del
Maipo y el jueves tengo todo el día ocupado. Me iré a cortar el pelo y después, a escuchar una
obra de teatro al Parque Araucano. Más tarde, llegando en la noche arreglaré mis cosas para el
viaje.
_ Ya veo, ahora me explico una carta tan especial.
_ ¿Y hablando ya no me encuentras igual?
_ Sí, solamente que te vuelvo a repetir, me pareces algo intranquila, mejor otro día te
devolveré la llamada a tu casa y por favor, no te cortes el pelo, es lo más hermoso que tiene
una mujer. ¿A dónde me dijiste que irás?
_A la Cascada de las Ánimas, llámame alrededor del quince, después de las diez de la mañana
o de la noche. Mi número es...., dijo repitiéndolo mentalmente y asegurándose bien de que no
fuera el número de su madre o de otra persona, como le sucedía continuamente. El sonido de
un pitazo, avisando el término del tiempo, vino a ser una salvación caída del cielo para ella.
_ Bueno, entonces mucho gusto de conocerte, demuestras que eres una persona muy valiosa y
muy culta y ojalá algún día nos conozcamos, eso me agradaría mucho dijo el hombre
despidiéndose melindrosamente.
_ Chao, respondió sencillamente ella, con la convicción que nunca la llamaría de regreso,
porque todos los hombres sueñan con una geisha complaciente o, tal vez, alguien parecido a
una modelo de televisión y, dando un suspiro de alivio, salió del local apresuradamente, no sin
antes tomar con fuerzas las bolsas plásticas llenas con las compras de la semana. El reflejo del
sol intenso le dio plenamente en sus ojos enrojecidos por el calor y se fue bordeando la sombra
de los árboles del barrio, ensimismada con el secreto de sus pensamientos. Pasó delante de las
inmensas palmeras del edificio donde vivía, aún conturbada, con el pelo apelmazado en la
frente y el cuello, mientras comenzó a subir dificultosamente las escaleras hasta el tercer piso
del edificio. Una vez en el departamento, dejó las bolsas sobre el suelo y antes de colocar el
cerrojo de la puerta, sonó el teléfono. Se quedó paralogizada en el lugar, mientras Francisco,
su hijo, pasó volado a su lado para contestar. Sintiéndose agitada por una curiosidad malsana
que no desaparecería durante mucho tiempo...
En la tarde, una vez que terminó de hablar por teléfono con su madre, suspiró profundo y
buscó en el velador el frasco con pastillas minúsculas de belladona y, contando exactamente
diez de ellas en la palma de su mano, las puso en su boca disfrutando del dulzor que hizo su
efecto casi de inmediato, aliviada del nudo que apretaba su garganta desde el día anterior, más
bien, desde que en las mañanas y en las tardes, comenzara a soplar un aire juguetón que subía
por sus piernas entumeciéndolas y obligándola a leer dentro de la casa, porque las sillas de
playa de la terraza, así como su cabeza, quedan llenas de hojas secas y amarillentas. En
seguida se levanta a sacudirlas con furia, pues desea con todo su ser que el verano nunca se
termine, ya que últimamente no soporta ese frío intruso colándose por todos los agujeros de su
piel. Había cumplido los cincuenta recién este año y los escollos que a veces aparecían de
improviso y que, por lo general, les gusta jugar a las escondidas, no sólo siempre la encuentran
bajando el telón de fondo, poco a poco en el horizonte, sino también la intensidad de la
lámpara de cristal de su dormitorio para leer. Se necesita mucho tiempo para fraguar los
anhelos escondidos de marzo, con sus tardes suspendidas en las enredaderas un poco mustias
quizá, debido a la luz quemante que penetra por la ventana tratando de contagiarla con su
ánimo y, a pesar, de sentirse algo embriagada del sueño, muchas veces no logra conciliar una
siesta como eran sus deseos. Pues aparte de los sonidos habituales del teléfono, calefón, radio
y televisión, los cuales no cesan ni un segundo, el peor es el sonido que produce el silencio de
la paz que no se apaga con la brisa, sino al revés, destella en su pelo como una flor de los
sueños marchitos cuando se acurruca entre las sábanas, como tiene costumbre en la mañana
del domingo antes de levantarse para escuchar mejor el ruido que hacen los recuerdos, que
atraviesan los intrincados acueductos de la memoria, así, tan sigilosos, tratando de explorar
hasta el último rincón recóndito, haciéndola perder por completo el resto de lucidez que aún le
queda, agujereando el cráter lagrimoso que luego empapa la almohada.
Los acordes de Chopin sobrevuelan las paredes del dormitorio, tocan el fin del verano con sus
calores sofocantes y se arrebuja brazos y piernas con el cubrecama japonés de plumas para
pasar los escalofríos que le dan el aspecto de una anciana y, a pesar que en su mirada refulgía
el brillo de una persona joven aún. Desde su viudez, hace exactamente 8 años, siempre
acostumbra a leer los avisos del diario, al estilo del "Cásese si puede" y otros semejantes que
ofrecen amistad o amores a destajo sin tope de edad. Por supuesto, que nunca pensó contestar
alguno en serio, pero en aquél domingo se le puso en la cabeza una idea distinta e
inmediatamente se sintió tentada a tomar el lápiz, porque siempre pospone el trabajo para otra
ocasión, hasta que pasó un mes y de pronto encontró la dirección con las iniciales F.D.B.,
decidiéndose de una vez por todas a escribir, sin pensar en las consecuencias que ello pudiera
acarrearle. Entonces quiso romper con el mito que dice, que en aquella edad se vive sólo de
los descuentos y siempre se pregunta a sí misma en el silencio, si será posible volver a
encontrarle el sabor a la aventura de un romance o un amor o como quiera llamársele aún, de
la forma más cursi: "una razón para vivir" y superada la indecisión, se puso manos a la obra,
aprovechando que todos sus hijos están veraneando y ya que se encuentra en la casa
acompañada solamente del "Colita”, su perrito pekinés, tan viejo y entumido como ella, ya
que ahora último apenas come y camina.
Aún le queda algo de juventud a flor de piel y son visibles sus anhelos por escapar de
la sombra de los acontecimientos, cuando camina por la vereda del frente haciendo brincar
sus anhelos envejecidos y continuando como siempre guareciéndose de las preguntas
esenciales sobre el porvenir incierto, mientras siente una desazón tremenda cuando se mira
en el espejo o en la ducha, la que ahora rocía su cuerpo deshidratado como la uva que dejó
el verano reciente en el parrón y entonces se escuda en una especie de pudor, porque teme
expresar su pena o el terror propio de una edad camino a la ancianidad. A veces, parece
una niña caprichosa con sus cambios de humor repentinos, ensimismada en el cielo
luminoso de estrellas con la Luna en su centro rememorando aquellas noches de amor
intenso y juvenil, con el único ser que ella había amado, aquél que llenó sus días y sus
noches, hasta rebalsar todo lo sobrante, cuando en el presente sólo las caricias de la brisa
inagotable del atardecer, curiosamente parecen prolongar la monotonía intermitente que
hace cumplir al pie de la letra lo del verso aquél que dice:"el resto es silencio". Y cuando
parece que todo sanseacabó, el reloj espolvorea con calma los pro y los contra en su rostro,
desnudándole el alma como su criterio del sentido común y también enarbolando su
destino con la bandera de la mediocridad, esa que nunca pudo ser arriada en todo largo o
anchura de su vida, porque nunca se sintió tan a la deriva, a pesar, que ella desearía tocar
el silbato aunque el barco esté a medio hundirse con todos esos ideales acumulados en la
cubierta antes de sucumbir con ellos hasta las profundidades intergalácticas, en pos de sí
misma y de su asombrado modo de concebir la vida, casi desatinado, al modo de pensar de
la mayoría de la gente común y corriente que la rodea. Más si toma en cuenta que todos
sus proyectos nunca alcanzaron más allá de la puerta de la calle y por tantos otros motivos
contestó este aviso, idea que fue depurando, a medida que crecía su entusiasmo por
alcanzar la felicidad desmoronada con gran estrépito alrededor de su entorno como sobre
la maleza del jardín, que ya casi le llega al cuello de puro tupida que está, mientras siente
que la vida se le escapa por una caña hacia el otro extremo de las horas perdidas...
Donde está Luisa
A la mañana siguiente de su cumpleaños, Luisa amaneció con la mismísima depresión, la que
causa siempre tantos estragos en su vida cotidiana. Como no tener apetito, o ánimo para
levantarse, porque miles de alfileres clavaban dolorosamente su cuerpo al colchón,
impidiéndole todo movimiento inclusive al hablar, motivo suficiente para que nadie la
molestara hasta que se aliviaba completamente. En estas circunstancias, ella permanecía
durante horas con las cortinas cerradas, favoreciendo la penumbra y la completa somnolencia,
que aplastaba sus párpados igual que dos pesadas piedras y en estos casos, lo único que hacía
su efecto, eran aquellos medicamentos con receta retenida y una estrella en la caja, y por
supuesto, la más completa soledad, mientras sentía que sus sienes podrían estallar del dolor de
cabeza. Cuando todos en la casa perdieron la cuenta de sus ataques e incluso ya a nadie le
importaban sus males, en ese preciso instante, éstos se hicieron cada vez más intensos y se
hizo una costumbre llamar a la Unidad Coronaria, la cual le recetaba calmantes inyectables y
tabletas sublinguales, hasta que quedaba en un estado de total ensoñación, con la mirada
brillante y perdida en otros lugares del planeta y con sus pensamientos tan febriles como
melancólicos. Tan solo porque ella, nunca fue capaz de aceptar el mundo tal como era y todo
la afectaba sobremanera: su esposo enfermo de diabetes, las hijas sin un trabajo estable o la
empleada robando la mercadería del closet, como tantas otras cosas que se iban sumando para
que, el día del ataque, se transformase en un caos total. En ese caso decidía no salir de la cama
y durante todo el tiempo que ella estimaba necesario, se llevaba al dormitorio una cocinilla,
con todos los utensilios necesarios para servirse un té, o algo liviano de comer, sin salir de allí
hasta que todo volvía a la normalidad y, por lo tanto, su optimismo habitual. Ella que siempre
fue por el mundo despellejada por las manos ansiosas de la vida con sus múltiples facetas, de
la incomprensión, melancolía y sobretodo, de la mediocridad atroz que ya no soportaba,
porque siempre quiso ser exitosa, como una gran bailarina o pintora por ejemplo, pero nunca
pudo bailar bien, ni siquiera cuando era una niña, debido a ese gran defecto a los pies que la
hacía renguear un poco al caminar y aunque, estudió piano y canto por un tiempo, tampoco se
cumplió su más preciado sueño: bailar o cantar en los más famosos teatros del mundo como
primera bailarina o como una gran diva. Por esta causa el matrimonio vino a ser como una
salvación y algo muy importante para alguien de estas condiciones, pues quedarse solterona
así como así, habría sido para ella. Fue un día de esos nefastos, cuando ella amaneció con
ganas de ir a la peluquería a cortarse el pelo, de manera que su estado de ánimo no se reflejara
en un rostro descuidado. Así, como algunas veces eso se borraba de un plumazo con un nuevo
vestido o cartera, otras invertía todas sus energías en transformarse, un poco antes que la cosa
pasara a mayores y, aunque sólo fuera por unas horas solamente, tratando de evadir su
desánimo, para no ahondar aún más el pozo profundo que comenzaba a abrirse ante ella,
mostrándole toda una vidriera de frustraciones, ante las cuales no era capaz de salir muy ilesa.
Entonces, mientras ansiaba el sosiego en la superficialidad de las cosas, una bandada de
pájaros cruzaba el cielo de su triste existencia, buscando donde anidarse para sentir que su
vida no pasaba en vano, ahogando su personalidad tan disgregada en las profundidades del
conciente y petrificando ante sí el enigma de su malestar. Como una estatua de piel y huesos.
Por estos motivos, había decidido cambiar de raíz la rutina de los acontecimientos, mientras
llovían las ansias del cielo en forma de miles de hojas amarillentas, y dejando ocultas sus
verdaderas intenciones, que ya no eran las mismas. Por este motivo hizo muy temprano la
maleta y, se las arregló de tal manera, que nadie la viera salir de la casa. Más tarde, cuando se
bajó del automóvil, con el sol, que ya se difundía casi por completo en el cielo santiaguino del
mediodía, éste la obligó a alzar los ojos, para cerciorarse bien con aquel panorama que parecía
ilusorio. Se encontró ante una casa de estilo señorial, muy cerca de Bilbao, junto a tantas otras
de moda en los años sesenta y, las que ahora habían sido habilitadas para la compra y venta de
automóviles, desde que sus moradores arrancaron a perderse en las altitudes de La Dehesa.
Su mirada pensativa quedó prendida en los amplios y cuidados prados, a pocos centímetros de
la reja, que respondió de inmediato a su llamado con la voz quejumbrosa del citófono.
Mientras el pasillo empedrado, abrió con lilas y madreselvas, los recuerdos guardados
celosamente durante tanto tiempo en barbecho, todo lo sucedido últimamente, hizo que su
ánimo se hiciera añicos otra vez, mientras Luisa tropezaba en silencio con sus pensamientos
hasta la puerta.
Después del matrimonio de Javiera, su hija menor y la única soltera, lloró como una
magdalena día y noche, durante un mes completo, como si le hubieran arrancado un trozo de
piel y todo el tiempo estaba con un nudo en el pecho, mirando la pieza vacía de las niñas,
dando vueltas y más vueltas, como un perro casero que busca inútilmente como llenar las
horas... Al menos ahora pensó, nadie extrañaría mucho su desaparecimiento, salvo Andrés, su
viejo, el que deambularía libremente en pijama por las calles, al fin y sin que nadie se lo
impidiese, conversando con un amigo, también jubilado, hasta bien alto el Sol.
-¡Qué me importa lo que diga la gente! contestaba él, mientras entraba rezongando igual que
un niño taimado a la casa. Juntos habían explorado las diversas rutas que les ofreció el
destino, algunas menos bellas y otras no tan crueles, pero siempre unidos por un nudo ciego
que nada fue capaz de desatar y, a pesar, del desamor que se enquista implacable en la pasión
primera, después de un tiempo, la costumbre de estar juntos sobrevivió como un gomero que
se riega todo el tiempo, siempre en medio de la soledad que revisa a través del crisol toda su
memoria vacilante, porque se niega a aceptar esa tragedia de vivir entre el silencio y el ruido
estrepitoso de una ciudad declarada en estado de emergencia, fuera de los perversos anhelos
sin cumplir, apilándose en las paredes de la casa y desanimándola cada vez más. Pues del
amor al olvido, hay sólo una corta travesía, en el pensamiento de esta mujer, con su cuerpo
ingerido por los grandes espacios de una ciudad abierta al caos y, bajo la que desaparecen sus
recuerdos, con el tremendo peso de los cimientos. Una leyenda obsesiva del tiempo que
trituró hasta la última esperanza, cuando ella hizo lo imposible por llegar a alguna parte para
tratar de recoger lo que aún quedaba de ese sueño mal pensado que fue su vida. Mientras ve
como se desencadenan los barrotes de su origen y, los muertos caminan poéticamente sobre la
cruz del Sur del presente, ella permaneció en un delirio continuo de sopor durante toda su
estadía en la clínica, debido sobretodo, a una gran cantidad de somníferos que ingería
diariamente.
Muchas veces, incluso no reconoció a la gente que la visitó y algunas otras, confundió los
sueños con esa triste realidad que la circundaba, alejándola de lo cotidiano, hasta desmadejar
uno a uno los puntos del tejido del mundo exterior, pues se pasaba las horas entre la
somnolencia y las fluctuaciones del inconsciente, destruyendo la poca cordura que aún le
quedaba. Una tarde llegó Andrés muy compungido, a rogarle que volviera pronto a la casa,
pero ella estaba tan ensimismada en su cuarto, que no respondió una sola sílaba hasta que se
despidieron con los ojos humedecidos, ahondando el vacío de las ideas inconsistentes que se
apoderaba de ambos viejos, hasta ensañarse con ellos. Mientras él salía hacia el camino
empedrado, Luisa comenzó a avistar el agujero donde sus huellas adquirían la consistencia del
breve tiempo que aún les deparaba el destino.
Una vez instalada en la pieza, le hicieron un lavado de estómago y, en seguida,
comenzó con una alimentación de frutas y alimentos naturales, más litros y litros de agua.
Continuaba el tratamiento con baños a vapor y duchas bien heladas, seguidos de cremas y
masajes por todo el cuerpo, hasta que comenzó a sentirse más liviana que una pluma. Antes
del almuerzo, bajaba a la pileta a tomar el sol y refrescarse un poco, donde una paciente llegó
una tarde con un ataque de angustia y, totalmente desnuda, se lanzó de un piquero hasta
desaparecer en las aguas, de manera que solo quedó a flote su largo cabello en la superficie y,
entre varios enfermeros no lograban sacarla del fondo, porque ella sacó una fuerza contenida
quizá desde cuanto tiempo, mientras sus gritos se escucharon en toda la cuadra a la redonda,
hasta que más tarde llegaron los carabineros e inclusive, bomberos e investigaciones. Después
corrió la noticia que se trataba de un caso de drogas, por lo que la mujer necesitó de una
continua vigilancia, igual como un joven, algo pálido y enjuto, que intentó suicidarse varias
veces lanzándose desde las alturas de la clínica. Estos espectáculos, resultaban nefastos para
todos los demás pacientes que quedaron impresionados y corrieron a encerrarse en sus cuartos
hasta la noche, e incluso, encerrados sin deseos de ver a nadie durante días.
Después de tres semanas y una vez que salió de ese lugar, le pidió al chofer que
marchara más lento, para deleitarse por última vez, con el paisaje de las calles atestadas de
automóviles, junto a una muchedumbre enloquecida por los letreros lumínicos, ofreciendo una
vida mejor o como ser más feliz, comprando cosas a destajo. Igual que la tía Flora, la cual
tomó tan en serio el cuento ese, cuando en este mismo lugar, la habían dejado como nueva
hace algunos años atrás. A ella también la habían internado por los nervios, diciéndole que
rejuvenecería como unos quince años y, parece que se posesionó tanto del papel que, en
cuanto salió de allí, encontró un marido diez años menor que ella y dejó al tío Ramoncito,
igual como a los tejidos y los queques esponjosos, que la hicieron tan famosa y querida por
toda la familia. Cuando ya no fue ni la sombra de la tía Flora, se dedicó a bailar y a viajar a
Cancún, u otros balnearios de moda, vistiendo shorts y dando muestras del gran placer que la
estaba consumiendo por dentro, navegando con énfasis en espacios ficticios, borrando por
completo su pasado y, dejándose llevar sobre el oleaje inexplicable y descontrolado de la
última pasión y, debido seguramente, a todos esos brebajes extraños que le dieron a tomar en
la clínica. Durante mucho tiempo fue el cominillo en todas las reuniones y sobremesas de
familiares y amigos.
Después que Luisa volvió a la casa, se notó un cambio notable en su carácter, rodeada
por una nueva coreografía de la realidad que no era la suya, pues ella rejuveneció en tal forma,
que volvió a ser una niña caprichosa, a la cual se le olvidaban las cosas o donde había
escondido la plata, disfrazando el círculo del acontecer diario y rompiendo aquella barrera que
la encerró durante tantos años en la monotonía de su existencia con una ingenuidad increíble.
Inventó a su alrededor toda una faramalla, imitando otras vidas que no eran la suya y
actuando, eso sí, lo más disimulado posible. Porque había llegado la hora de abrir la bóveda,
para dejar volar la prudencia que la mantuvo encasillada y llena de frustraciones, pues ahora
pensaba que en la vida nunca es demasiado tarde para salir de la fosa enlozada de las ideas
reprimidas...
Vitrola
En nuestra permanencia en el internado de monjas Misioneras Franciscanas de María, a ella
siempre le agradó narrar cuentos e inventar interminables historias muchas veces por semanas
y recuerdo muy bien aquella, cuando durante más de un mes, una cola inmensa de niñas
seguía a la Vitrolita por todos los patios o pasillos largos, estrechos y fríos, rogándole por
favor que continuara la historia, mas ella siempre se las arregló de tal manera que las
suspendía justo en el momento de mayor suspenso, y por lo tanto, todas quedaban ávidas de
curiosidad de saber pronto el desenlace, entonces, durante los recreos formábamos un gran
círculo a su alrededor, sin que Vitrola pudiera moverse de su sitio por ningún motivo, ni
siquiera para ir al baño, razón por las que el recreo a la mayoría siempre se les hacía
demasiado corto. De ahí su sobrenombre, que nació un día y en vista de que nunca se callaba,
mientras permaneció siendo la líder del curso durante dos años seguidos. Cuando era la hora
de dormir, en cuanto las monjas apagaban las luces y nos quedábamos a solas en el inmenso
dormitorio, la Vitrola se deslizaba silenciosamente bajo la hilera de camas de sus compañeras,
golpeando a una por una el colchón con un fuerte puñetazo para despertarlas, en plena
oscuridad se escuchaban los agudos chillidos de susto, seguidos de almohadones que volaban
por el aire mientras llegaban las monjas a castigarlas, especialmente a ella, porque sabían de
antemano que se trataba de la instigadora, y entonces lo más seguro que al día siguiente tenía
que madrugar, lavar baños y gallineros sucios, donde se guardaban unas descomunales bolsas
llenas con el pan duro sobrante, como también otras con los restos de género que Vitrola se
guardaba en los bolsillos, los que más tarde se convertían en elegantes vestidos para los títeres
y muñecas de sus obras de teatro. Muchas veces, fue sorprendida con estos tesoros en su
delantal, entonces haciéndola salir de la formación y de pie adelante de todo el alumnado,
sufría la más grande de las humillaciones, mientras una monja le vaciaba los bolsillos,
sacándole tiras y más tiras tildándola de ladrona, también por el pan duro como piedra que ella
remojaba muy bien en la boca hasta ablandarlo como un manjar, con mayor razón si las
comidas habían sido algo escuálidas. Aunque Vitrola, para olvidarse de sí misma disimulaba
muy bien que los castigos no le importaban gran cosa, una vez en el silencio de la noche
muchas veces lloró a mares por la desgracia de no tener una mamá como las otras niñas. Por
Este motivo se amanecía junto a todas esas pequeñas que llenaban el vacío de sus ojitos tristes
bien acurrucadas a su lado, mientras ella les irradiaba un poco de calor con una narración
interminable, y todas por igual anhelaban con todo el corazón, que ojalá nunca llegaran las
cinco de la mañana. Entonces, cuando una monja las despertaba dando fuertes gritos y
palmetazos con sus manos, lo único que siempre las animó a levantarse era la promesa de
Vitrola de continuar ese día con alguna historia inconclusa. Muchas veces, otro de los castigos
habituales que debió sufrir, debido a su excesiva imaginación, fue el de ayudar a pelar un saco
gigante de papas que cambiaba rápidamente el color rosado de sus uñas por uno terroso. Así,
un día de junio inventó la más bella de todas sus historias, en la cual ella tomaría parte,
paradójicamente, al ser elegida por las monjas para encarnar el papel principal de un ángel.
Por suerte, aquel día de la Asunción de la Virgen amaneció esplendoroso, mientras los
preparativos que comenzaban cada día desde muy temprano en las mañanas, casi un mes antes
y levantándose con mucho frío en pleno invierno, ayudó para que todo saliera muy bien.
Todas pusieron mucho de su parte y siempre en orden caminaron formadas a sus respectivas
salas de clases, algunas de ellas, especialmente las encargadas del vestuario y escenografía,
entre ellas Vitrolita, que una a una, salían disimuladamente de la fila para esconderse en una
sala apartada y solitaria, donde ninguna monja se daría cuenta de tales desapariciones. Allí
nació la historia de la Anunciación bellamente narrada por ella y la que duró casi un mes,
manteniéndolas a todas entretenidas durante días y noches completos.
¿Por qué escribes? Siempre que le preguntaron lo mismo, incluso años más tarde, pero
Vitrola, nunca supo contestar esa interrogante, solamente igual que algunos cuentistas,
inventores o dicharacheros que tienen a flor de labios una repuesta, dijo que para vivir más y
mejor, asombrada de la palabra que agarra un vuelo propio como un ave inalcanzable que ya
no le pertenece. Como Erik Orsenna: "escribir más, porque me siento muy triste de tener sólo
una vida y al inventar un personaje tengo la impresión de ser un embajador lejano de mí
mismo. Y además escribo para vivir mejor, pues si no lo hiciera me volvería loco, si no
invento una realidad distinta". Cuando Vitrola llegó a adulta le encantaron estos pensamientos,
claro que después que los meditó, tuvo claro que se obligó a sí misma a repetir la realidad
mezquina adornada bellamente por su imaginación en una historia solamente para hacer
felices a las demás niñas. Porque la vida siempre le quitó lo más preciado, como su madre por
ejemplo, hasta hacer brotar los sequedales en su retina, entonces las esperanzas de un mañana
mejor y todas esas patrañas que le enseñaron las monjas nunca significaron nada para ella
como tampoco el olvido refleja su sombra en el agua. Ella escribía, quizá, para hacerse notar
por los demás, los que pasaron como fantasmas a su lado, mientras la realidad cotidiana se
derritió junto a la cascada de las apariencias, dejándola desnuda y sin ni siquiera una máscara
sino con sus verdaderos rasgos a la vista de todos.
_ Por eso escribo, para desleír las penas y las alegrías, esbozando un croquis de la realidad y
así blandir con el lápiz la desesperanza hasta hacerla desaparecer del mapa, me dijo una vez la
Vitrola, poco tiempo antes de enfermarse.
_ Muchas veces dices las cosas pan pan, vino vino, contesté.
_ Tal vez trato de demostrar que soy inteligente, algo muy, muy peligroso, más tratándose de
una mujer. Nuestras abuelas, haciéndose las lesas eran mucho más hábiles que hoy en día. Con
un amo y señor posesionado de sus cuerpos y almas pensantes, se les escapaban los años,
como pececillos de ríos tras del mar incesante de ansias insatisfechas, como de los deseos de
libertad, casi bajo pena de muerte si alguna vez llegaban a confesarlos, mientras el viento
cotidiano que todo borra a su paso con una estela visible y amarga, finalmente las dejaba
cubiertas totalmente de negro. Toma en cuenta la cantidad de escritoras que terminaron
suicidándose y encerradas en un convento. _ ¿No estarás exagerando? Contesté.
_ Siempre trato de inventar un mundo paralelo y sin límites, esbozando con el lápiz un
manantial donde nacen las ideas burbujeantes que algún día escalarán una montaña
cumpliendo su misión, contra viento y marea, ya sea para conmover o para encender la
lámpara de las controversias entre la diversidad de sus lectores. Después de todo, también
escribo para ganarle la partida al silencio, el cual fue enquistándose en la carne y no deja
pensar con claridad, mientras se ordenan los signos sobre el albo y virgen papel, al cual ya
nada le asombra a estas alturas. En suma, para ser feliz, el bolígrafo marca las huellas tras de sí
y abre el ventanal, en un dos por tres, hacia el mundo turbulento y yo puedo lograr que se
convierta en un hontanar para alborozo de todos. Y por tantos otros motivos, que no tengo
palabras ni tiempo para descifrarlos. Pues se necesita mucha paciencia, terminó diciendo
Vitrola, aquella última vez que la recuerdo erguida en sus dos pies. - ¿Tú también tienes buena
vista hacia el poniente desde tu ventana? me dijo ella fijando su mirada en el cielo tornasolado
del atardecer. Todas las tardes salen a relucir las huellas en el camino resbaladizo de la
posteridad, con las esperanzas estériles clamando hasta la vastedad, cediendo su paso al frío.
_ Sí, igual que aquí, contesto cerrándole las cortinas, para evitar esa nostalgia de mirar en
forma semejante a ella, invadida quizá de qué pensamientos pesimistas, a pesar, de la efusión
del aire que enarbola las hojas brillantes por el sol camino hacia su escondite. Como una
búsqueda incansable de las ánimas incrédulas de eternidad, frente a la proximidad del torrente
vaciando sus múltiples variaciones del color sobre el horizonte, seguramente aumenta a esta
hora su melancolía, a medida, que la luz agoniza en la fuente crepuscular devorada por una
gran nube con el rostro de un monstruo marino. Baila una mariposa de flor en flor en la cortina
y la casa queda atrás, en la otra orilla rellena de nubes hasta las laderas. Y el drama de Vitrola
hoy a los 70 años se hace latente, mientras la observo tullida e inmóvil en su cama después del
infarto cerebral, y aquel monstruo que ahora ha robado su libertad, abre sus inmensas fauces
alejándose volando sobre el tejado, perdiendo forma y retornando quizá, a la oscuridad del
azulado refugio.
Sus manos parecen dos pájaros desplumados y deformes que permanecen todo el tiempo
encima de su pecho. Su cuidado y alimentación están a cargo de una hermana soltera que viajó
del Sur para cuidarla, mas ella tenía que volver pronto a su trabajo y no está muy claro el lugar
donde Vitrola terminará sus días. Menos mal que después llegó Jaqueline T, otra amiga del
internado con la que conversamos sacando gran cantidad de recuerdos de la fuente inagotable,
nombres y anécdotas guardados de aquel tiempo puro y diáfano de encantamiento infantil,
mientras ella nos mira con sus ojos brillantes de alegría. Después que su hermana llegó con la
bandeja de la comida nos retiramos, con la disculpa mentirosa y tonta de la hora, pero en el
fondo, reconociendo íntimamente nuestros deseos locos de salir arrancando de allí lo más
pronto posible para no largarnos a llorar de pena.
_ Bueno debes cuidarte mucho, fue lo único que se me ocurrió decir al despedirme. Y ella
alargando sus manos al aire como claveles marchitos, me dejó un poco paralogizada en el
umbral, como una estatua ataviada en medio de las olas furiosas de la incredulidad. Un mal,
que en la vejez le entregó alas inmarchitables, pensé llevada por la pena, a lo mejor la ayudan
a llegar muy pronto al día y hora en que ella vuelva a ser en plenitud, la Vitrola de aquellos
tiempos inolvidables de la niñez. Algún tiempo después, una voz lejana y fría, eleva mis
presentimientos hasta dimensiones desérticas y vastos paisajes, más allá de las estrellas,
comunicándome por el teléfono que la Vitrola ha dejado de existir. Sólo un árbol fue testigo
de los siglos que pasé frente a la ventana entrañable del recuerdo, tan frío como una raíz
frondosa del jardín. Así se pintó un fresco que llenó de antorchas la oscuridad terrible que
significa perder a una amiga de la infancia, con todo un haz de voces suaves venidas desde
lejos que me hicieron perder los pasos humeantes, dejando las huellas marcadas en el camino
que me falta aún. Sólo que las señales ahora son casi invisibles, se han ido perdiendo las
fuerzas y no se sabe quien será el próximo, hilando con cuidado el cuerpo de carne y huesos.
Es decir nada de celestial, como su entierro en el Parque del "recuerdo", en que todos los
discursos hablaron de un viaje más allá de la Luz y su nombre, quedó grabado en un mármol
con letra griega en grandes dimensiones, aunque creo, que ahora igual sería necesario escarbar
la maleza para cerciorarse bien si la Vitrola aún permanece allí...Pues en mi memoria
inconsolable, ella subsiste y camina aún inventando historias que cuenta al viento y las que
lleva el mar hasta su lecho final.
Lila del Valle
En cuanto descendió del bus, Lila sintió el aire santiaguino penetrante en sus mejillas, las que
traslucían todo el colorido y el encanto del Valle aún fresco en su memoria, al mismo tiempo
que su expresión iba del asombro a la angustia, ante el constante hormigueo del gentío, junto
al ruido estrepitoso del tránsito, a las siete de la tarde en el Terminal Norte de la capital. Ella
hubiera postergado los acontecimientos un tiempo más, pero fue imposible y dando unas
largos y vigorosos trancos comenzó a cruzar la Alameda Bernardo O'Higgins, hasta que el
hombrecillo verde e intermitente de la esquina, la obligó a correr olvidando por un instante los
inmensos tacones de sus zapatos. Estaba admirada, después de tantos años, de aquella ciudad
tan congestionada de vehículos y de la muchedumbre, llevando con tanta prisa una mirada
inanimada entre las cejas, mientras sintió que las luces perforaban sus pupilas, llegando
incluso a encandilarse en un momento con ellas, durante los interminables minutos que estuvo
en el paradero de buses, esperando que alguno la llevara hasta La Reina. A medida que subía
por Irarrázaval, ese claroscuro del atardecer le permitió distinguir claramente los diversos
letreros con sus calles y números, frente a una imponente cordillera con algo de nieve pura
todavía en sus altas cumbres, aflorando su pasado nítido con las antiguas formas
arquitectónicas de los edificios remodelados, con sus grandes mamparas de vidrio, como
algunos otros bastante deteriorados, los que hicieron cobrar forma propia al recuerdo y en el
cual primaba el color verde claro de los árboles en primavera, de las casas siempre blancas con
sus persianas de madera, igual que entonces, antes de partir junto a Víctor a la más remota
lejanía donde el mundo de plástico se fundió junto con los sueños de la vida verdadera.
_¡Vendemos la casa, automóviles y nos vamos a vivir a una parcela cercana al Valle del
Elqui! le dijo él como si tal cosa, sin esperar una respuesta, la que quedó flotando en el aire de
la incertidumbre, ya que Lila no alcanzó ni a darse cuenta, cómo ni cuándo, se encontró arriba
de un camión gigantesco, cargado hasta con la palmera del patio de atrás, más perro, suegra y
dos hijos pequeños, junto a todos los cachureos de quince años de matrimonio, puesto que
fueron en vano los gritos, maldiciones y alegatos que ella profirió antes de partir, tras de una
quimera y de un esposo, ex guitarrista y hippie de las flores. Una vez allá, él compró una
parcela con sitio para camping y construyó un restaurante donde Lila se amanecía cocinando y
atendiendo a los clientes para salir de las deudas gigantescas. Ella que siempre realizó
hermosas artesanías o pinturas, dejó a un lado todos sus desgastados sueños, convirtiéndose en
la Reina del pollo arverjado del Norte Chico mientras, no encontraba una sola palabra para dar
cauce a su desilusión cristalizada en forma de gotas saladas, cuando las lágrimas se deslizaban
desde sus mejillas hacia los platos servidos por ella frente a la ventanilla, desde allí miraba a la
gente con vergüenza, mientras apenas se escuchaban los gritos de Víctor dando órdenes y más
órdenes a todo el mundo, hasta que un día cualquiera éste se aburrió por completo de todo, de
ella principalmente, que había engordado más que nunca con el aroma de las fritangas,
entonces partió en busca de sí mismo a trabajar al Norte, dejándola con un negocio, niños
chicos y por supuesto suegra incluida, para reconstruir un porvenir lejos de ella, quien le
recordaría siempre, tanto su derrota como los sueños inacabados, haciéndola sentir culpable y
sin compadecerse siquiera de sus griteríos, una noche de septiembre, hizo la maleta pequeña
como el más extraño de los seres, taladrándola con la mirada y arrastrándola de golpe a un
abismo del cual tardó varios años en salir. Aquella noche fue interminable, igual que el canto
de un grillo y los ladridos del perro de una parcela cercana, que nunca se cansó de aullar hasta
la medianoche, mientras todo lo demás era silencio y eso bastó, para rebalsar la copa que
colmó la medida de sus penas desparramadas por todos los rincones del dormitorio, junto a esa
gran angustia contenida en los cachureos, los que nunca terminaron de sacar de las cajas
debido a la oscuridad, la que aún tardó en ser desplazada por fin hasta la madrugada, cuando el
sol semejante a un padre, le prometió su protección a cambio del derrumbe estrepitoso de sus
esperanzas. Y cargando con mucho entusiasmo esta suerte, echó abajo las cortinas del
ventanal para levantarse con el primer canto de los pájaros y durante las noches, echarse en la
cama mirando de cara a la fenomenal Luna, apelándola a inventar otras formas para dar un
nuevo ritmo a su vida, ayudada por el brillo insólito del cielo en esa zona. Entonces, fue
cuando encontró las llaves del muro y miró absorta por primera vez el paisaje del Valle,
mientras el dolor se iba incrustando en la corteza de los papayos y de los arbustos, que ella
comenzó a pintar con óleo en la pieza solitaria de Víctor habilitada como taller y donde
recobró las ganas de seguir respirando entre pinceles y bastidores, e incluso canturreando a
media voz. Después volvió a colocar otras cortinas, ahora mucho más gruesas, para dormir
hasta bien avanzada la mañana, porque se amanecía trabajando, pues no sin grandes esfuerzos
logró reunir todas las fisuras del alma desparramadas, levantando sus deseos de vivir desde las
honduras del padecimiento que significó olvidarse de Víctor, por el que sentía ahora una
gratitud muy difícil de explicar, siempre escuchando la voz de su conciencia revelándole las
verdaderas razones por las que ese amor colapsó para siempre. En ese momento implicaba
actuar con la misma pasión de la naturaleza en pleno invierno, preparando los renuevos y los
vestidos de la flor, y por su propio bien, comprendió que levantarse cada día era otra cosa que
ponerse los zapatos solamente. Significaba escuchar la lluvia tenue inundando el cofre
precioso del recuerdo, la que no dejaba mayores huellas sino, el mero deseo de la razón tardía
y plasmar a concho el tiempo enmarcado en un gran espacio abierto de posibilidades
descubiertas recientemente, a causa del profundo quiebre, y que no pensó desaprovechar por
ningún motivo. El mundo camina, ama y trabaja gracias a la mujer, pero es el hombre quien
mueve cómodamente los hilos, musitó ella, en voz tan baja, que hasta el silencio se quedó
mudo de asombro.
Un temblor bastante ruidoso interrumpió las cavilaciones de Lila, aquel día viernes cuando
Víctor le anuncia su partida. Permanecía aún en el velador, la sortija de ágata, que él le había
comprado en su último viaje a Montevideo, cuando fue a participar en un congreso de turismo
y donde conoció a Zonia U., dueña de un complejo turístico en Punta del Este, bastante
atractiva por lo demás, lo que pudo constatar más adelante y una vez que viajó a con ella a
Chile. El anillo cambió súbitamente de color azul intenso a rojo furioso con destellos calipsos,
mientras ella no dejaba de observarlo con incredulidad, volteándolo y acariciándolo, como
para variar aun más su colorido y ojalá por lo tanto, también los tristes acontecimientos que se
avecinaban.
- Cambia de color según la temperatura del cuerpo, le dijo él simplemente cuando se lo pasó
con gran indiferencia, junto con un montón de recuerdos pequeños que ella nunca entregaría
personalmente, para no tener que dar explicaciones a la gente que indaga por el paradero de
Víctor. Después sacó un batik de su bolso, bordado maravillosamente con la Luna flotando
sobre el Río de la Plata, el que ella se queda mirando como si contuviera todo el vacío del
mundo.
- Atrás hay una pequeña loma, pues allá no hay cerros explica él, por esta causa siempre me
desorientaba, incluso presentía que algo me faltaba en la ciudad, agregó sin dar más
importancia al asunto y dando por terminada la conversación, pues el viaje había sido muy
largo y pesado, aparte que un amorcillo había clavado una vez más certeramente una flecha en
su corazón. Al menos, de esto se dio cuenta ella tiempo después, una vez que lo sorprendió in
fraganti escribiéndole una postal a una tal Zonia. En otra oportunidad le encontró una carta en
el bolsillo del pantalón, donde ésta lo invita a vivir a Uruguay, con frases muy ardientes y
amorosas. De modo que para Lila no fue ninguna novedad este anuncio despedida, sólo que
para ella ojalá nunca hubiera llegado ese día. Para ahorrarse tantas lágrimas vertidas sobre
prado infértil.
El temor se apodera de su corazón, ahora que está pisando el umbral de la Casa de la Cultura
de Nuñoa, piensa que quizá fue muy apresurado traer sus obras a Santiago, donde existen
excelentes pintores y todo podría resultar un rotundo fracaso, pero ya no puede amedrentarse
en este largo sendero que comienza a abrirse ante su mirada, ya que todo lo que diga la gente
está de sobra, salvo sus ganas de pintar y por ende ser feliz. A pesar de todo, está optando por
regresar desde sus orígenes, hasta vislumbrar el espejismo indecible que encarna desde los
ecos de su infancia como de su futuro incierto, enfrascada en ese fulgor del colorido junto con
el lenguaje de la belleza, desde donde emergió su vida atascada en un hoyo, ventilando a todas
voces la alegría de su corazón ahora palpitante, porque la primavera le responde a gritos con
un manojo de flores silvestres y el entusiasmo de quienes aplauden su entrada al salón,
mientras ella sonríe a un fotógrafo, tan segura, como lo haría tal vez una insigne actriz de
teleserie muy reconocida por su fama y belleza...
UNA LEVE MIRADA
Aquel sábado de abril, Valeria se levantó más temprano para asistir al gimnasio. Vistió un
buzo verde esmeralda y se tomó el moño con un cole negro de raso elástico. Mientras trota
escarba en sus sentimientos, mientras éstos se escabullen junto al aleteo de las palomas detrás
de un árbol y, como por arte de birlibirloque, nació esa idea de cambiar la rutina habitual y
atravesando la avenida Tobalaba se fue bordeando la orilla del Canal San Carlos cada vez más
torrentoso. Junto a ese panorama, su conciencia siempre abre y cierra la jaula, donde nacen
los sueños turbios y deseosos de sacar los anhelos del inconsciente, para vivir en completa
intimidad con las vegetación, ahora que las palabras se precipitaban en una cadena florida que
corona de alegría el alma, como la de cualquier persona que deambule por esos entornos, a las
ocho de la mañana en punto. Pero, hasta el paradero de los buses se encuentra vacío a esas
horas y, mientras, se atraganta con los gusanos del consuelo amontonados en el bolsillo, su
cuerpo algo embotado, por el sueño vivo y el abundante desayuno, fue disminuyendo
paulatinamente la carrera. De pronto, este amplio universo se rompe con el abrelatas de fuego
que suena sin parar, como el grito de una sirena policial, arremolinando los recuerdos bien
conservados, allí donde se entrecruzan, el principio y el fin, de las esperanzas que vuelven
pegajosa la calma matinal. Al revés de los sueños que adensan las tinieblas, durante la noche
de insomnio anterior. Puesto que los recuerdos se esconden furibundos bajo las sábanas,
forcejeándola con sus manos esqueléticas, para sacarla de raíz del parasol y apenas llega la
madrugada, ella se siente resucitar con la luz, mientras se abandona a sus brazos como si fuera
el último día.
A pesar que ya está exhausta con la caminata y el trote, unos ligeros pasos detrás de ella, le
hacen dar vuelta la cabeza y, muy grande es su sorpresa, al encontrarse con un animal peludo,
que más bien parecía un oso colosal y, no un perro chino, aquellos que a todo el mundo le
había dado por comprar como mascotas para sus casas últimamente, seguramente por lo
exótico, cuando de pronto cayó de espalda al suelo. Sin más, el animalote, comenzó por oler
con mucha paciencia, desde las albas zapatillas hasta su cara más alba aún con el susto y con
la crema de limpieza, que ahora está viscosa y pegoteada bajo la lengua espumosa del animal.
Enseguida continuó subiendo en su inspección, con el hálito hediondo a grasa justo en los
muslos, sus lengüetazos dan la impresión de volverse cada vez más pegajosos, hasta que el
corazón de la mujer parece una bomba a punto de estallar. Después, el viejo y arrugado perro,
se quedó viéndola fijamente con sus ojos incoloros mientras, un brillante relámpago del cielo
cruzó en ese instante. Con el fondo de una melodía incansable de las piedras volcánicas, de
pronto éste parecía que ahora la reprobaba de los pies a la cabeza, motivo que remeció hasta el
tuétano los cimientos de su valor y viendo que no existía ningún salvavidas posible a su
alrededor, decidió abandonarse por completo a las circunstancias y esperar que los hechos
sucedieran como el animal lo tuviera dispuesto. Dejando de lado las flaquezas y transformada
hasta la expresión de sus ojos, trató inútilmente de hacer a un lado a la bestia que seguía
chorreándole con espesa y abundante baba su pelo ensortijado, y temiendo que todo finalizara
allí, al fin escuchó una voz varonil llamándolo con autoridad. Trató con dificultad levantarse,
mientras sus piernas se negaban a sostenerla en pie, en tanto Valeria se puso tan carmesí de la
indignación como las rosas de su jardín, aquellas que están en el balcón ansiando alcanzar el
cielo, entonces lo primero que hizo es enrostrar a ese hombre irresponsable por soltar la correa
de su mascota. Pero en cuanto miró el rostro inmutable de éste, el rosa fue derivando al
morado y apenas musitó "estúpido", comiéndose las letras para digerir mejor esa molestia que
la consumía por dentro y gritándole con prepotencia: -¡Cómo se le ocurre soltar a este
semejante bruto!
- Es inofensivo, señorita...
- ¡Eso dice usted! Cómo puede estar tan seguro. Pobre de usted si me muerde.
- Creo que debe calmarse, si desea puede llamar a los carabineros...
- No, mi deseo es no volver a verlo nunca más, ni a usted ni menos a ése, dijo indicando al
animal, quien completamente ajeno a la discusión olía ansiosamente el césped.
-Quizá, un día no muy lejano usted piense muy diferente, respondió él proféticamente,
alargando una blanca y elegante tarjeta con la mano derecha, mientras ella lo miró atónita,
perdiéndose detrás de unos arbustos. No sin cierta dificultad ella leyó:
Raúl Jiménez C., más una dirección y teléfono con letra cursiva.
Después de 17 años de aquel fugaz y, a la vez, importante encuentro que cambió su vida, ya
que la relación con Raúl durante un tiempo fue algo sólida y después efímera, pues el amor se
fue enfriando como la sopa servida mucho tiempo sobre la mesa. Actualmente en que le ha
dado por filosofar, no cesa de arrepentirse por recorrer el mismo camino, sólo que ya era
bastante mayor para desobedecer a su intuición, puesto que fue incapaz de conectarse
eficazmente con el auricular escondido en las nubes, lo que trajo el diluvio otra vez a su vida y
a la casa que habitaba desde hacía mucho tiempo. Ninguno de los dos se había enamorado
tanto como para traspasar los barrotes que necesitan dos almas para formar una sola y producir
el cortocircuito necesario para vivir en continuo quehacer amoroso. En la oscuridad, que un
día fue un rayo multicolor, ahora devela ese recuerdo suyo que le hostiga y le impide conciliar
el sueño, haciendo eternos los días. Ahora tiene la certeza que desea apretar el botón para
bombardear el refugio que encierra su existencia, donde se arremolinan los recuerdos bien
conservados que entrecruzan de principio a fin todo en la vida. Porque el segundo encuentro
fue menos casual de lo que ella creyó.
Un día lunes salió a pagar la luz y se encontró nuevamente con él justo a la salida del Banco, y
éste abriéndole muy gentilmente la puerta y después de saludarla, le preguntó si ya se le había
pasado el susto. Entonces conversaron algunos instantes de cosas sin importancia y después le
dijo si sería posible que salieran juntos alguna vez sin ningún compromiso, sólo para continuar
conversando y pasar un momento agradable juntos, mientras ahora, ella, siempre se culpa por
no haber perdido su habitual compostura disimulando sus ganas de lanzarse como un animal
herido sobre su presa para rasguñarle toda la cara hasta dejársela como una frutilla podrida y
en cambio se quedó mirándolo con los ojos desorbitados, mientras él se deslizó sutilmente
hasta la puerta tratando de diluirse haciéndola su cómplice en esta desaparición para siempre.
Sólo la puerta y quizás, sólo algunas personas que salían apuradas del lugar, fueron las únicas
mudas testigos de los chillidos espantosos que hubieran querido salir de su garganta, ante la
impotencia que abrió una herida punzante, pues aún se niega a sucumbir a esa terrible
costumbre de la soledad, buscando cobijo en todo los lugares donde ella acostumbraba a
pasear con Raúl, ya fuera en la cima o en las calles de la ciudad de Santiago. Y, a pesar, que
un día se sintió tan liviana como el viento, el cual, nunca se sabe a dónde se va con tanta prisa,
ahora está maniatada con fuerzas y para toda la vida, a la endemoniada indiferencia que siente
por ese hombre que se cruzó en su vida por una gran casualidad del destino.
Visita al Hospital
El primer lunes de junio amaneció nublado y una llovizna muy suave comenzó a caer de
pronto sobre la calzada brillante y resbalosa. Cuando Mariana corrió la cortina del dormitorio,
dos pájaros oscuros, al parecer "palomas", volaron desde el alambrado telefónico hasta el
tejado de zinc, en su casa antigua de dos pisos en La Reina baja, muy cercana a la Plaza
Egaña. Ella fijó su mirada en el cielo grisáceo que presentaba a esa hora el centro de Santiago
y, por su nariz, aspiró una brisa fuerte y hedionda que entró por la ventana cuando la abrió
hasta atrás.
_ Hay que ventilar y producir corrientes de aire y, luego, cerrar muy bien y no permitir, que la
contaminación entre a la casa pensó ella, entre incrédula y muy poco convencida, más bien,
negándose a creer y menos a aceptar, las múltiples normas impartidas en los diversos medios
de comunicación para combatir el "smog" y tranquilizar un poco a la población. Mientras se
servía un café con leche, recordó que tenía restricción adicional, a pesar de que necesitaba salir
a comprar urgente al supermercado, pues el domingo había arrasado con varias cosas de la
despensa, incluso hasta con el pan, que una vez congelado lo iba calentando a medida de su
consumo, algo además impredecible adivinar cuando de improviso no quedaba ni un solo en el
frízer, entonces Juan C, su hijo menor, siempre rezongaba por lo mismo y con toda la razón
del mundo replicaba: _¡Mamá, otra vez hay pan duro en la mesa! Entonces, Mariana, siempre
aducía que todos los moradores de la casa eran unos perezosos y que ella era la única capaz de
salir a comprar, incluso hasta las bebidas, porque los demás preferían tomar agua pura de la
llave, con tal de no molestarse y de no salir ni a la puerta. Ahora mismo, entre ordenar, hacer
camas y adelantar un poco el almuerzo, ya había pasado casi la mitad de la mañana y aún no
se vestía completamente, motivo por el que siempre seguía resfriada y nunca se le quitaría la
tos completamente. Ojalá pudiera salir a la playa el próximo fin de semana, mas eso dependía
fundamentalmente de cómo se dieran las cosas, si le llegaba esa plata, como caída del cielo, de
la devolución de impuestos que le prometió Marisa, su hermana, con la cual hicieron algunos
negocios el año pasado, puesto que se dedicaba a la venta y compra de propiedades, y una vez
le solicitó ayuda como secretaria, de manera tal que Mariana terminó haciéndole todo el
trabajo, por eso un día le contó que "H.L" no quería que ella siguiera trabajando, lo cual sólo
fue una mera disculpa para renunciar y buscarse un trabajo mejor remunerado. Mariana
siempre anheló que el cielo sólo fuera un espejismo donde se refrescaran los labios, sin
embargo, allí más abajo del mapa sobraba un espacio para flotar con los pies, los mismos que
siempre vuelven atrás cuando no divisan las huellas escondidas entre los espesos edificios,
cansados además con la travesía dentro de una ciudad que hace agua su destino, piensa ella,
enfrascada en pensamientos espinudos, sobre veredas serpenteantes que dejan escurrir el agua
a través de las canaletas llenas de hojas, por consiguiente, es casi seguro que volverán a
inundarse las calles durante este invierno. Una vez más tiene la sensación extraña de ir
caminando contra la corriente, mientras el gentío que pasa a su lado, lleva la impaciencia
esbozada en sus ojos, mezcla de nieve y tormenta enfilando hacia los glaciares del mediodía.
Algo sonámbula aún, se detiene ante tres sujetos que conversan tapiando la puerta de entrada
al Banco, ellos llaman su atención porque visten en forma extraña, entonces trata de esquivar
su mirada de la de ellos y queda paralogizada en el umbral, a pesar de que en la televisión
siempre están alertando a la población sobre ladrones y asaltantes que ahora se visten como
verdaderos ejecutivos, es decir, no existe un método seguro para evitar los atracos que ocurren
todos los días y, es mucho mejor, retroceder sobre los pasos húmedos todavía y volver mañana
martes en el auto, ya que para una mayor seguridad el Banco cuenta con estacionamiento
propio con un cuidador, aunque nunca se sabe cuando están por pasarle a uno las cosas,
continúa pensando ella, haciéndose la que está llenando una papeleta, como el caso que le
contaron el otro día, mientras un señor está en la cola de un Banco y llega un ladrón
enfundado bajo un elegante abrigo que tiene las mangas en los bolsillos, entonces con las
manos que tiene escondidas lo apunta con una pistola y, más encima, lo invita descaradamente
a tomarse un café, a vista y paciencia de todos los demás clientes que no se percatan de nada o,
no desean imaginar siquiera, que se trata de un vil asalto, porque nadie está "ni ahí" como
dicen los jóvenes hoy en día, en defender las causas ajenas. Con tales nefastos pensamientos,
Mariana se devuelve por ese largo pasillo a un costado del Banco antes de salir a la calle, no
sin antes mirar hacia atrás, mientras escucha los sigilosos pasos de alguien que se acerca y que
pasa volado a su lado sin mirarla. Es muy posible que mañana temprano ruegue a H.L. que la
acompañe, pero es seguro que él no dispone de tiempo, está tan sobrecargado de trabajo
últimamente que casi no para en la casa. También es casi seguro, que mañana a ella se le
perderán otra vez las llaves del auto con los nervios, con tanta plata que no es suya en la
cartera, ya que Marisa le dijo por teléfono el domingo en la noche:
_ ¿Hola, estás bien? Llegó el cheque de la devolución de impuestos, viene a tu nombre, así que
puedes cambiarlo mañana, te lo dejé en un sobre y son cien para ti.
_ ¿No será mucho?, contestó ella.
_ Así está calculado. Mira, tratamos de cambiarlo con don Enrique, el contador, pero viene
mal escrito nuestro apellido, con letra inicial N en vez de M. Ojalá no tengas algún problema.
_ No te preocupes por nada, puedo depositarlo en mi cuenta, la tranquilizó ella, en caso de
cualquier impedimento.
Pero el mayor de todos los obstáculos fue la restricción, la que a ella siempre se le olvida
cuando ésta cambiaba a fin de mes y Marisa pensaría ahora que era mala voluntad. Justo en
ese momento pasó frente a un negocio que le recordó el pan y algunas otras cosas para el
almuerzo, ya que nunca le alcanzaría el tiempo para ir al supermercado a pie, luego, enseguida
continuó caminando por Américo Vespucio hasta Hanover, una calle tan solitaria como
sombría, especialmente por los grandes plátanos orientales, lo que hace de ésta una calle ideal
para transitar en el verano, aunque otra vez su pensamiento se vuelve pesimista, ya que según
dicen han asaltado a varias dueñas de casas, a quienes arrancaron sus bolsos o carteras y las
que nada sacaron dando gritos de auxilio, pues nadie hace nada por temor a las represalias.
Además, que ya ni en el automóvil se puede estar muy segura porque los delincuentes se
acercan y amenazan con cuchillo o pistola al chofer, generalmente mujer. Muchas veces,
incluso lanzando ratones sobre el parabrisas o por la ventana abierta, sintiéndose obligadas
ante el pánico a bajarse mientras ellos arrancan con tarjetas de crédito, chequera, dejando más
tarde el automóvil abandonado en una población cualquiera, todo desmantelado. Menos mal,
que ya puede avistar la casa, a la que le está haciendo falta a gritos una mano de pintura,
piensa ella, aunque sólo por fuera, a lo mejor le podría alcanzar con la plata de los impuestos
si no le hubiera prometido a Juan C. llevarlo a La Serena, a ella también le estaba haciendo
bastante falta un descanso, menos mal que ahora ya llega para almorzar temprano antes de ir a
visitar a su tía Flora, quien se encuentra hospitalizada desde el viernes y allí son muy estrictos
con respecto a las horas de entrada, le explicaron, de quince a dieciocho solamente. Una
lástima que será imposible visitarla el domingo, pues hay tanta gente conocida que desea verla
y tiene prohibida muchas emociones. ¡Pobre tía! Nada es tan triste como ver pasar el tiempo
con su vestido polvoriento y él que nunca está quieto, sino que con sus pies y manos
encallecidas tiene el poder de pincelar con una pátina hasta la memoria la que vuelve a ser la
de un niño, así como las piernas macilentas que ya no obedecen al cuerpo igual que antes,
porque lo único que ansían es sentarse a la berma para observar cómo corre el mundo tras de
una quimera que poco a poco se apaga con sus propios destellos. Un poeta canadiense de
apellido Cohen dice: "Silencio, y un silencio más profundo/ cuando los grillos/ dudan". Con
mayor razón hoy en día, en una ciudad tan congestionada como Santiago, a punto de colapsar
bajo el "smog" invernal, junto a los helicópteros, avionetas y aviones que se han venido a
sumar al bullicio de este tránsito terrenal, es muy difícil encontrar momentos de paz. Además,
sin contar con una gran cantidad de cerros con basurales que crecen día a día en las periferias,
con la diferencia que no hay nieve en las cimas, como en la hermosa Cordillera de Los Andes
que encierra la ciudad entre sus brazos sin permitirle ni respirar. Parece increíble que esta
metrópoli se haya transformado en un lugar donde ya no se puede vivir, sin embargo, escapar
de ella tampoco sería lícito, es caer en la misma trampa que cayeron tantos que sucumbieron y
que ahora deambulan de barrio en barrio en busca de uno que los acoja, pues siguen
condenados a permanecer siempre con la vista fija en la cordillera y con el corazón en el mar,
tratando de alcanzar el cielo azul con sus manos y no con el pensamiento, el que rueda sobre el
suelo pavimentado y donde las semillas en barbecho continuarán con la esperanza eterna de
renacer algún día de los despojos.
A las tres en punto de la tarde, Mariana subió a un bus del recorrido Irarrázaval, V. Mackenna
y Alameda Bernardo O’Higgins, el que arrancó apenas ella puso un pie en la pisadera. El
chofer le lanzó una mirada furibunda al billete de mil pesos porque ella no tenía una pizca de
sencillo. La máquina sólo llevaba unos pocos pasajeros así, que se sentó en el primer asiento
vacío que encuentra al lado de una ventanilla, para leer sin dificultad los letreros con las calles
y su numeración respectiva. Con toda seguridad llegará bien a la hora para visitar a tía Flora,
única hermana de su padre y quien se encontraba con un serio cuadro de pulmonía, además
que siempre padeció de asma, lo que se había agravado bastante últimamente, gracias al
aumento de los índices contaminantes del aire, entonces sufrió varias crisis antes de caer
definitivamente en la "Clínica M" con respirador artificial. Tía Flora se había vuelto a casar
hace muy poco tiempo después de casi veinte años de casta viudez. Exactamente tres años
atrás, conoció a un general en retiro también viudo y dedicado a la venta de Seguros, por lo
tanto gozaban de una situación económica estable e incluso viajaron en dos oportunidades
anteriores a Europa en tan breve plazo, algo que ella jamás habría podido realizar con el
montepío escuálido que le había dejado tío Ramoncito.
_ Me voy a casar con Armando, mi hijita, él es muy bueno y estamos tan solos, así nos
cuidaremos el uno al otro hasta el fin, le dijo el mismo día de su cumpleaños número setenta,
cuando se reunió toda la familia para celebrarla. _Además que la felicidad mientras más breve
parece que fuera más grande, agregó tía Flora con su cara de gata regalona.
_ Pero tiíta lo ha pensado usted bien, le contestó ella, feliz y convencida hasta el fondo del
corazón, con la decisión acertada que estaba tomando tía Flora al fin de su vida, ya que así ella
encontraba un motivo para refugiarse en los sueños infinitos y algo tardíos, que abarcan todos
los valles y los ríos del camino, aunque después lleguen otra vez malos tiempos que se clavan
como aguijones y amenazan con arrastrar junto con ellos todo lo que se consiguió a costa de
sacrificios y porrazos. Más a ella todavía cuando tanto le costó cerrar el portón herrumbroso
de la memoria, cansada de las procesiones y mandas, como encender velas a los Santos
después que todos se van, entonces comienza a nevar tupido y un velo tembloroso cubre por
completo, pasado y futuro y todo se divisa tan incierto después que se tienen algunos años de
más y ahora que ni el mar entero ni menos el alba pueden salvarla. Quizá un poco tarde, y aún
medio confundida vistió con dulzura las rosas de la primavera que la hicieron sentirse como
una niña de quince, con la ingenuidad de una novia que trata de alcanzar la Luna, burlando los
demonios furiosos que flotan en los pantanos pestilentes de la inconciencia, en la que ahora
permanece, ya que no reconoce a nadie de los que allí se encuentran a su lado con los ojos
llorosos y, a quienes Flora mira ensimismada. Mariana, se detiene un poco más tiempo
mirando su rostro, como si quisiera decirle una palabra y aunque sus labios inertes no logran
abrirse, ni menos consiguen apagar el fragor inmenso de la ciudad, mientras comienza a
declinar la tarde y los primeros santiaguinos comienzan a regresar del trabajo en una
interminable fila de automóviles con las luces bajas. Entonces Mariana cree que ya no soporta
la pena, siente una lágrima cosquillear en su mejilla antes de caer y prefiere salir de la pieza
para devolver su lugar a don Armando, quien tiene la desdicha dibujada en su lívido rostro por
la desazón, lo que no es motivo, para que la tía se vaya apaciblemente de su lado con las
manos macilentas entrelazadas con las suyas.
Una vez en la calle, una ráfaga helada secó instantáneamente sus lágrimas, mientras titilan las
primeras estrellas que engendran el milagro: un cielo límpido, aunque efímero piensa ella, con
una finura de espíritu inherente a tía Flora, quién seguramente es la que pasó revoloteando
como un soplo de aire y diciéndole adiós en ese instante. ¡O hasta pronto!
Guión
Elisa, salió el viernes antes de Navidad a las 18,30 en punto, de la Clínica siquiátrica Vida
Renovada y sube a un taxi, justo en calle Bilbao con Tobalaba, rogándole al chofer que acelere
todo lo posible la marcha. Se deleita, después de tanto tiempo encerrada, mirando las calles
atestadas de automóviles mientras, la muchedumbre enloquecida le recuerda el fragor
navideño llevando todo ese desencanto contemporáneo en las pupilas. Debe llegar a la casa
antes que Felipe para sorprenderlo. Una voz interior, le susurra romper el sueño del ocaso en
aquella bóveda donde quedó atrapada para siempre la monotonía de su existencia, después de
aquella implacable depresión que la afectó con crueldad. La mujer tiene los ojos enrojecidos
mientras se pierde en el oleaje interminable del tránsito.
El chofer, en ese momento mira por el espejo a un automóvil rojo que toca con insistencia la
bocina y hace señas desesperadas para adelantarlos, el hombre lo deja pasar y Elisa en cambio
mira con desencanto a los niños que pasan en el auto rojo al lado de la ventana saludándola
alegremente con sus manos.
Los recuerdos se agolpan en las pupilas algo extraviadas de la mujer, motivado por los
sedantes y un brebaje extraño que le dieron de beber en la mañana antes de salir de la clínica.
Ahora mira ansiosamente el reloj y vuelve a suplicar al chofer que acelere aún más la marcha.
Comienza a sentirse invadida por la soledad lluviosa de una nube oscura que ya no le permite
ver casi absolutamente nada a través de los vidrios. Con su mano algo temblorosa, abre un
poco la ventanilla para respirar un poco de aire fresco hasta el fondo de sus pulmones y lo que
le produce ansias fumar un cigarrillo. Su angustia e inquietud, desfiguran no solo su mirada
sino todo el paisaje real envuelto en un torbellino que le arrebata por completo la calma que
tanto le costó lograr durante su encierro en la clínica, la que ahora mismo se disipa junto a las
nubes que comienzan a cubrir completamente el cielo santiaguino que comienza a oscurecer,
al menos para Elisa mientras más se acerca a la dirección que entregó al chofer.
Disimuladamente, el taxista, mira el rostro de bellas facciones pero algo demacrado de la
mujer en el espejo. Sus ojos tienen algo de malsano que lo inquieta y prefiere volver la vista
hacia el techo de la cabina y enseguida sobre la calzada.
Elisa, con la tez bien blanca y ojos azul acero, viste con elegancia un traje de lino de dos
piezas color marfil que resalta más sus ojos acerados y que ahora se cubre con lentes oscuros.
El chofer cansado del mutismo de la mujer, comienza a marcar el ritmo de una canción de
moda con las manos sobre el volante, que apenas se escucha por el bajo volumen de la radio.
En aquel momento, Elisa le ruega al taxista que se detenga un momento en el quiosco de la
esquina para comprar cigarrillos. Éste, aprovechando la luz roja, baja el vidrio gritándole a
toda voz al vendedor el nombre de la marca de cajetilla que la mujer desea comprar.
Algunas cuadras más adelante, ella aspirando con ansias el humo busca y revuelve
nerviosamente dentro de la cartera, hasta que encuentra unas llaves que aprieta nerviosamente
entre sus manos, mientras le pasa el dinero del viaje al taxista. Una vez que camina por la
vereda comienza a sentir una angustia que la asfixia por algunos segundos, alejándola del
mundo que la rodea cada vez más ajeno y hostil, mientras casi ya no siente sus pies pisando
sobre la tierra. Tiene la triste sensación de que no existe, que nadie la ve como ella es en
realidad sino como un fantasma sin pensamientos válidos ni alma, lo que le produce un temor
terrible, doloroso. Como si fuera un ser invisible no tiene rostro ni pasado, menos un futuro
que la ayude a continuar en ese camino inseguro que ahora tiene por delante en una ciudad
colapsada de automóviles y personas de mirada vacía con una piedra en vez de corazón,
cuando ahora se arrepiente más que nunca de haber salido de la clínica ya que el siquiatra se lo
advirtió tanto. _No va a resultar nada de fácil, cualquier cosa me llamas y hablamos a la hora
que sea que me necesites. ¿Por qué mejor no viene él a buscarte? Elisa, en aquel momento se
siente tan liviana y frágil, tanto que parece volar a través de las hojas aparecidas recién de los
árboles. Diciembre, mes de las buenas noticias que traen las nubes alegrando el cielo azul,
aunque Elisa tampoco cree que esta visión sea muy real, sino más bien siente que ahora está
soñando y aún no ha salido de la clínica.
La atmósfera de la ciudad que antes le pareció tan clara y diáfana, ahora comienza a
enrarecer mientras se acerca a las calles cercanas a su casa, además que el camino de
pronto se ensanchó sintiéndose aspirada repentinamente por el cemento, entonces al tomar
aliento quiso captar aunque sea por breves segundos aquella agradable sensación de
completa libertad que experimentó al salir al exterior después de meses de reclusión,
donde hasta la respiración parecía negársele, un lugar donde también sintió alejarse sus
esperanzas de recuperación hasta la lejanía. Al mirar el paisaje atestado de gente en su
ajetreo por las calles de la ciudad, no quiso por ningún motivo perder ese entusiasmo
liberador y de este modo, su pecho oprimido solo es un signo que la sumerge en un viaje
asfixiante a través de veredas, edificios y plazas, donde miles de seres humanos huyen
espantados unos de los otros, con ganas de desaparecer un tiempo indefinido de los ojos
del mundo. Por su parte, ya no se siente capaz de enfrentar la mirada inquisitiva de los
demás y nuevamente se obliga a dar otra vuelta a la manzana, con la simple disculpa que
ha olvidado la dirección. Al pasar frente a su casa, retuvo el aliento mientras se agazapa
detrás de un árbol para mirar las persianas enrolladas hasta arriba de su dormitorio y las
que dejan pasar los rayos de luz del farol de la calle hasta el interior y donde divisó la
silueta de Felipe paseándose nervioso seguramente desde hace horas, a quién seguramente
cada minuto que pase se le hará más difícil de enfrentar la espera si ella no llega luego.
Entonces la mujer vuelve a huir lo más rápido posible y comienza a sentirse mejor a
medida que se aleja del lugar mientras su respiración se normaliza. Después de varias
cuadras se disipa por completo su angustia con sólo alejarse más y más, perdiéndose junto
a los rayos deslumbrantes de la Luna llena en el cielo estrellado que ahora impiden que
nada extraño la perturbe y se deja guiar por esa paz que solo es posible alcanzar en los
sueños apacibles y bañados con un tinte de luz que no es de este mundo. Sopla un viento
ligero que en este momento trae un aroma primaveral: son las rosas de octubre que aún
florecen y se detiene un momento a observarlas un instante: rosadas, amarillas, blancas. Se
le anegan los ojos con este frenesí de belleza que le augura nuevas esperanzas y se
abandona a un placentero sosiego ante este placer momentáneo que le recuerda a su
infancia. Todo parece flotar ante la inseguridad que le ofrece este paisaje irreal que le
nubla un poco la razón ante la visión de algunas nubes oscilantes y pasajeras impregnadas
de libertad. Con su corazón contrito, muy aturdida avanza por un callejón purulento de
ciruelas reventadas en el suelo y con la mente completamente vacía se deja caer
pesadamente sobre el escaño de una puerta. Está agotada y siente sueño, ya no le importan
ni el suelo frío y duro, ni tampoco el mareo a causa de la sed y el hambre. El resplandor
del sol hiere sus ojos sin compasión. Algo cálido que penetra en sus pulmones ya
desacostumbrados al aire libre, hacen posible que al mismo tiempo sea abrasada con
intensidad por la realidad, como cientos de agujas en su piel. Apoya su cuerpo desanimado
y lacio en una pared desteñida y la invade aquella sensación de soledad más absoluta
cuando siente que su respiración amenaza con ahogarla debido a los latidos trastornados
de su corazón a punto de explotar. Cuando recobra un poco la calma continúa caminando
libre del mundo real, encontrándose de improviso en el interior de su conciencia rodeada
de una niebla espesa que oscurece su alma, como si se hallara en su propia sepultura sobre
la tierra húmeda y cubierta de musgos. En el aire flota un pájaro pavoroso que la
estremece de pies a cabeza con su grito de mal agüero. Respira con mucha dificultad
porque no encuentra el camino de salida hacia la luz, mientras se sumerge más y más,
adentrándose en las tinieblas sin saber el tiempo exacto que deambula por las calles
cuando ya cree que perdió para siempre la razón. Cuando sale por fin al otro extremo del
túnel, se queda mirando la calle vacía con extrañeza, abandonada a una sensación
indefinible de desarraigo y un pánico difícil de controlar. Como si el ruido atronador de un
derrumbe completo de la montaña la aplastara con miles de toneladas de piedra y lodo
hasta dejarla sepultada por completo, mientras su cuerpo disminuye hasta volverse
totalmente invisible para los demás. Es solo entonces que decide volver y enfrentar la dura
realidad que significa mirar profundamente otra vez a los ojos de Felipe y a sus dos hijos
pequeños que la esperan ya desde hace mucho tiempo.
La pastora aimara
“La madre se tardó, curvada en el barbecho; / el niño al despertar, buscó el pezón de
rosa/ y rompió en llanto… Yo lo estreché contra el pecho/ (El niño solo) G. Mistral
Aquella mañana del 23 de julio, Gabriela se levantó como de costumbre en la
madrugada y enseguida despertó a su pequeño hijo para comenzar a vestirlo. Debe
llevar a pastar las llamas a un monte de la Hacienda Caicone, lugar donde trabaja desde
hace dos años. Sin comer más que un trozo de charqui de guanaco, la mujer y el niño
salen de la humilde casa de adobe en busca de los animales antes del amanecer. Del
cielo cubierto de nubes cae una fina gota de “camanchaca” que humedece las mantas de
lana que los protege un poco del frío, mientras ambos cuerpos apenas se distinguen en
la oscuridad. Domingo, de 4 años, es un niño fuerte, a pesar de la dura vida que debe
afrontar a su corta edad. Con sus mejillas rojas y curtidas por el exceso de frío, camina
casi al trote y mantiene todo el tiempo su mirada fija en el suelo para no tropezar y caer.
Un gorro blanco de lana de oveja tejido por su madre cubre su cabeza, dejando entrever
apenas sus ojitos negros, rasgados y soñolientos aún, mientras, en una de sus manos
lleva el trozo de charqui que a duras penas desmenuza con sus dientes pequeñitos,
dando vueltas y más vueltas dentro de su boca antes de tragárselo. Gabriela, de 25 años,
se gana la vida duramente como pastora y proviene de la comunidad de Alcérreca, lugar
donde vive toda su familia. Tiene en su rostro algunas manchas provocadas por el sol y
también lleva parte de su pelo, hermoso y brillante, cubierto con un gorro de lana.
Aquel día, en su mirada melancólica hay dos rayos fatídicos que cruzan el cielo de lado
a lado, oscureciendo el porvenir de la mujer. Una vez que sacan todas las llamas de su
corral, madre e hijo salen finalmente a la inmensidad de la pampa pisando un
dificultoso y largo camino de arena, sal y arcilla en pleno desierto, donde sólo se
divisan las sombras de los escasos arbustos y piedras, porque el sol aún no sale detrás
de la cordillera de Los Andes. El gran volcán Tacora y más allá uno más pequeño, el
volcán Guallatiri, se muestran imponentes a través de todo el recorrido, con sus cimas
totalmente nevadas, mientras una pálida luna comienza a perder su fulgor a medida que
se acerca la luz del amanecer. Domingo, con mucho sueño aún, poco a poco se queda
algo rezagado mientras su madre, con una vara en la mano, se adelanta un poco para
guiar a las llamas con el fin de que no se dispersen. La mujer lleva en su espalda un
aguayo con un trozo de queso de cabra, un pan algo duro y un puñado de quínoa tostada
para comer, y como el niño camina cada vez más lentamente, su madre se sienta en una
piedra bajo de un tamarugo para esperarlo y darle de beber un poco de leche fría de
cabra, y una vez que descansan un rato, la mujer lo alza en su espalda sujeto del aguayo
para avanzar más rápido y llegar pronto al monte donde pacerán los animales. La altura,
el viento helado que cala los huesos y, desde hace algunos momentos, el sol
esplendoroso, comienzan a terminar con las pocas energías que aún le van quedando a
Gabriela, quién obligadamente tiene que volver a descansar antes de continuar el
camino, ya que no puede bajar a Domingo porque duerme plácidamente. Como Inti ya
pasó hace rato por la Puerta, Gabriela debe seguir detrás de las llamas deseosas de
pastar que la llevan casi corriendo, entonces, la mujer se lleva un puñado de hojas de
coca a la boca para aliviarse un poco del calor que inunda la pampa completamente,
mientras Inti brilla en el cielo desplegando todo su gran esplendor. Menos mal que ya
queda poco, piensa la mujer, a quién ya se le terminan las fuerzas y no soporta dar un
solo paso más a causa del agotamiento, entonces baja al niño que corre y llora detrás de
ella. Solo pocos minutos después de una caminata que se hace eterna, la mujer
comienza a divisar un pequeño bosquecillo de yaretas, Tola e Ichus= “paja brava”,
donde pastan las primeras llamas que comienzan a comer ávida y tranquilamente. Un
verdadero oasis, fecundado por la Pacha Mama (Madre Tierra) y Wari (dios del
ganado), que provee a todos sus hijos del sustento necesario para vivir. Gabriela y el
niño se sientan bajo la sombra de un guacay- a (quisco de flores amarillas) y después
del ritual de agradecimiento por los alimentos a sus dioses, los dos también comienzan
a comer un poco de queso de cabra, quínoa y papas. La mujer siente una pesadez
tremenda en su cabeza, y su corazón late con tal rapidez que parece a punto de estallar
de un momento a otro por el esfuerzo. Frente a ellos el volcán Tacora parece
amenazante, a la vez que sereno y lejano en toda su majestad, como si el dios estuviera
dormido sin ejercer ninguna clase de piedad para sus hijos en ese momento. Domingo,
con sus ojitos tristes, como siempre enterrados en el suelo, no se movió del lado de su
madre, mientras la mujer, entrecierra los ojos del agotamiento. De este modo transcurre
casi una hora hasta que Gabriela despierta muy sobresaltada con el dios Waira (viento)
que pasa furioso, levantando una nube de arena y polvo a su paso y dejando una estela
que se introduce entre los dientes y en las pupilas del niño, quien se restriega la carita
llorosa y enrojecida con su manta. En ese momento su madre, muy asustada porque el
cielo se ha puesto amenazante anunciando lluvias, decide comenzar el regreso de
inmediato. Tal como de costumbre, y como el tiempo sigue empeorando a cada instante,
las llamas comienzan a dispersarse alteradas por el dios Waira y llevadas por la prisa.
Entonces Gabriela hace lo imposible por mantenerlas unidas. El niño llora asustado,
Illapa, dios del rayo, despertó de su letargo comenzando su espectáculo siniestro de
luces y truenos iluminando el cielo. Gabriela siente temor, pero tranquiliza a su hijo sin
pensar en ella, sin imaginar siquiera que esto solo es un anticipo de los dioses de todo lo
que vivirá más adelante. Entonces, continúa regresando con rapidez antes de que
comience a llover más tupido, y a pesar que el camino se torna cada vez más difícil la
mujer asume humildemente su desventura. No así el niño, que como está cada vez más
cansado, continúa llorando negándose a seguir caminando, motivo que conmueve el
corazón de Gabriela que decide dejarlo unos momentos sentado en el suelo para ir en
busca de las llamas que se quedaron rezagadas en el camino.
-Hijito, debo traer de vuelta las dos llamas que se han perdido de las demás, dice
Gabriela, envolviendo bien al niño en el ahuayo para abrigarlo. Domingo la mira partir
con sus ojos tristes de melancolía sin decir ni una palabra, como un hombre resignado a
su suerte. Algunos minutos después, cuando el niño le toma su verdadero peso a la
soledad, comienza a sollozar desconsolado pero, en seguida, su alma comienza a
entretejer bellos y apacibles ensueños, mientras la dulce voz de la Pacha Mama
acogiéndolo en su seno enternece el corazón del niño que se duerme profundamente
ante el rumor de hermosas canciones que trae el espíritu del viento (Waira). Poco a
poco, van haciendo presencia los demás dioses, Wari, dios del ganado, Illapu, dios del
trueno, Mama Sara, madre maíz, quien trae papas y té de coca y, finalmente, Mama
Quilla, Luna, que comienza a salir detrás de la Cordillera de Los Andes, iluminando el
hermoso lugar que ahora embriaga de Paz y Amor el contrito y sobrecogido corazón del
niño. Un bello Chuy-Chú (arcoíris) adorna un florido jardín donde hay una mesa
servida con los más exquisitos manjares y elixires, los que Domingo en su vida jamás
había visto ni menos imaginaba siquiera su existencia. En ese momento, también
quisieron estar presentes la Estrella de Oro de la Tarde (Venus), y hasta Inti Sol tardó
en esconderse detrás de la Puerta aquella tarde, como también los tres días que duraron
los festejos antes de que Domingo partiera de este mundo para siempre, cuando el Tata
Santiago (dios del rayo) iluminó la mortaja blanca elevándose al cielo entre salmodias
de arpa y cítara, mientras el volcán Tacora despertando de pronto de su letargo remeció
hasta los cimientos de la tierra. Una vez que el cortejo llega al gran Altar, un niño
llamado Manuel ofrece a Domingo un pan blanco purísimo como la nieve para comer, y
además abre una puerta invitándolo a recorrer un camino largo que lleva a la alegría
infinita y a un mundo de justicia, paraíso nuevo de delicias donde reina el dios
Viracocha, que ordenó tierra, mar y estrellas del cielo. Este fue el motivo por el que el
niño pastor no sintió hambre, frío, cansancio ni sed durante los tres días que permaneció
perdido en la inmensidad del desierto, acompañado por los dioses de sus antepasados,
iluminado por Inti, bebiendo la flor del rocío de la mañana y también el jugo de algunos
cactus y quiscos como el Sancayo y la Guacaya, de flores amarillas.
Apenas Gabriela se va, la hoja de coca de pronto se ha vuelto muy amarga en su
boca y no comprende por qué razón siente una gran aflicción en su corazón. Caminando
en aquel paraje sin fin y solitario, llegó con mucha dificultad a un pequeño bosquecillo
de yaretas donde encuentra pastando tranquilamente a las dos llamas extraviadas de las
demás. De vuelta, Gabriela, haciendo un esfuerzo extraordinario, apuró el paso lo más
que pudo pensando en su hijo que ha quedado solo y, además, porque de pronto el cielo
se ha cubierto de nubes amenazantes y el sol ya ha bajado bastante, mientras un viento
helado hiere las rojas y curtidas mejillas de la mujer. Entonces casi trotando da unas
grandes zancadas para llegar luego, pero se sorprende mucho cuando desde lejos aún
observa el aguayo rojo en el suelo sin el niño dentro. Una vez que se acerca más,
corriendo muy apesadumbrada comienza a buscarlo en las cercanías y después también
cada vez un poco más lejos pues estaba muy segura que allí lo había dejado. Entonces
gritó llamándolo por su nombre, una y otra vez, llorando angustiada y recorriendo con
sus ojos tristes la inmensidad infinita de la pampa desierta, desconsolada y abatida por
el desaliento, porque a Domingo parece que se lo había tragado la tierra, y a pesar del
dolor que hierve en las entrañas de la mujer, ésta continuó la búsqueda infructuosa de su
hijo durante tres horas más que le parecieron eternas. Como el frío, la oscuridad y el
resollar del viento comenzaron a debilitarla, Gabriela decidió irse a la Estancia para
volver a buscarlo a la mañana siguiente. Como al día siguiente tampoco lo encuentra
por ningún lado, decide caminar largos 15 kilómetros hasta la Comunidad de Alcérreca,
de donde proviene, para avisarles a sus familiares lo que ha ocurrido y ellos la
acompañan al Retén de carabineros del lugar para hacer la denuncia de la desaparición
del niño. Como no encuentran a Domingo en los siguientes seis días ni nunca más,
Gabriela es encarcelada injustamente de inmediato por abandonar a su hijo en un lugar
solitario. De aquella prisión la mujer sale en libertad después de tres largos años gracias
a un indulto presidencial, pero en aquel lugar Gabriela conoce la solidaridad y amistad
de muchas mujeres que iguales a ella se han visto en la necesidad de abandonar a sus
hijos para salir a trabajar, ya sea en la ciudad, campo o en el desierto donde muchas
veces no existe la facilidad de una sala cuna ni tampoco un lugar seguro para dejar a los
hijos pequeños bajo el cuidado de una persona responsable.
MAL PRESENTIMIENTO
“Cuando el hombre no tenía ni garras ni dientes para defenderse se compensó con la
inteligencia y actualmente, como pierde la inteligencia se compensa con la tecnología.”
(Cristóbal Lepe Nardocci)
Menos mal que en primavera todo vuelve a renacer después de un largo, duro e
interminable invierno. Tanto verdor me sobrecoge y como hasta los pájaros amanecen
tan alegres esta mañana de febrero, me siento obligada a pensar que en este momento
no hay ningún sentimiento que predomine más que otro en mi ánimo, sino más bien,
que algo muy parecido a la felicidad late en mi corazón. Mientras camino lentamente
por la vereda del frente, miro asombrada la rapidez con que se irguió sobre cientos de
fierros, el gran edificio de un mall en construcción, justo en la esquina de mi casa. Se
escucha la voz de varios trabajadores en el último piso, quienes hablan a gritos por el
ruido atronador de una máquina taladradora, motivo por lo que apuro el paso, sin antes
pensar en el peligro que corre uno de los jóvenes que se asoma con el cuerpo casi
colgando de una viga, mientras el corazón me late con fuerza ante la imprudencia que
está cometiendo al acercarse tanto a la orilla. Entonces, con bastante dificultad trato de
apurar el paso por la vereda, ahora cubierta de una gruesa capa de barro y piedras que
ensucia mis zapatos. Anteriormente, frente a estas hermosas casas, existían árboles
añosos y también un césped que los dueños regaban y cuidaban no sólo con esmero,
sino con el dinero de sus propios bolsillos, pero la construcción terminó con el verdor
de la cuadra y motivo porque el calor ahora casi es insoportable a esta hora del día, con
más razón al llegar a la esquina de Vespucio, donde profundos hoyos preparan una de
las entradas del centro comercial que terminó con la tranquilidad del barrio. Un obrero,
me hace señas para cruzar la calle y saludándome amablemente detiene un inmenso
camión tolva con materiales que destilan agua y cemento. Una grúa cruza el cielo
pasando silenciosamente sobre mi cabeza y camino asustada por la vereda, orillando la
construcción hasta llegar a Plaza Egaña, mientras, a mi derecha observo un hoyo
profundo donde en este momento otra excavadora saca toneladas de tierra en el lugar
que será una de las entradas o salidas del futuro mall. Una vez copiado el aviso para
arrendar o vender mi casa y casi una hora después atravieso nuevamente en sentido
contrario la plaza. Al pasar frente a la construcción, diviso a un grupo de trabajadores
del mall conversando ante una cámara televisiva rodeados de gente, mientras un carro
policial un poco más allá los observa atentamente ¡Bah! Pensé que los trabajadores
reclamarían por mejores salarios, igual que las camionetas de una conocida empresa
telefónica pasan tocando bocinas mientras gritan a toda voz sus malas condiciones
económicas y escasas remuneraciones. Entonces mientras continúo mi camino y busco
la sombra de los escasos árboles que dejó la construcción del mall y por donde pasará la
próxima carretera, buen motivo para decidirme de una vez a cambiarme y vivir en otro
cuando, me olvido totalmente del tema. Sólo me enteré de la muerte de un joven
trabajador, que cayó del edificio en construcción muriendo instantáneamente por “no
usar cinturón de seguridad” dijo la empresa, seguramente para no indemnizar a los
familiares, ya que de la noticia nunca más se supo y por supuesto tampoco se supo ni
siquiera el nombre del desdichado que miré al pasar, justo cuando agitó sus manos
seguramente pidiendo clemencia al cielo.
MIRANDO LA CORDILLERA
…”queremos mantener vivo algún sueño, porque sabemos cuán rojo y dulce es
el vino de los sueños”… Hermann Hesse (Klingsor a Edith)
Escriban sobre algo que les guste mucho, dijo antes de retirarse, la profesora del taller de
cuentos de la Casa de la Cultura de Ñuñoa que comenzó en agosto. De vuelta a casa me fui
caminando por Irarrázaval para pensar en algún tema, pero aunque le di vueltas y vueltas al
asunto, no se me ocurrió nada, pues últimamente mis pensamientos se encuentran algo
dispersos. Un aire helado me obligó a apurar el paso para llegar más pronto y después que
me acuesto, aún no tengo idea sobre qué voy a escribir para llevar el próximo viernes. A la
mañana siguiente, al correr las cortinas de mi dormitorio, quedé extasiada ante los picachos
nevados hasta los faldeos de la cordillera, y durante varios minutos, la hermosa visión
sobrecoge tanto mi corazón, que hasta incluso tengo deseos de llorar, pero no de pena, sino
de emoción. Cuando finalmente decidí arrendar mi casa, después del traumático asalto a
mano armada que sufrí junto a mi hija menor, un día feriado de Fiestas Patrias, tuve muchas
aprensiones y dudas con respecto a vivir actualmente en este departamento del sexto piso
muy cercano a Irarrázaval, más que nada por temor a los temblores después del terremoto
del 27F en el 2010 y también, por qué no decirlo, un cierto recelo de no lograr
acostumbrarme a vivir rodeada de gente extraña y perder la independencia impagable que
significaba vivir en una casa con jardín y terraza donde recibir a mis nietos e invitados.
Entonces, después de seis meses que me mudé a este lugar, me parece que sólo el hecho de
mirar el hermoso panorama cordillerano, las casas del barrio con hermosos árboles,
palmeras y naranjos pintones, como también la Biblioteca Gabriela Mistral de Ñuñoa,
donde hay incluso una hermosa araucaria y pinos milenarios que se erigen majestuosos en
su hermoso jardín, pienso que ha sido muy positivo el cambio que tanto temí y postergué
por años. Hoy cuando miro la ciudad que se asemeja a un gran árbol Navideño mientras se
ilumina, poco a poco, con miles de luces multicolores al atardecer, siento que las noches
que antes eran angustiosamente largas, ahora comienzan a florecer como alegrías del alma
después de este duro invierno, así como los cerezos florecidos de las calles, anunciando que
se acerca alegremente y a grandes pasos la próxima primavera. A pesar del frío mes de
agosto, agravado por la falta total de sol en esta vivienda que, pese a todo, cuenta con muy
buena iluminación, por lo que pienso que no será tan calurosa durante el verano. Por este
motivo deseo escribir y estampar todo lo que siento últimamente, que como las olas del mar
se mece junto a mis pensamientos, de un lado a otro del ventanal cada vez que abro la
ventana. Pues, en realidad, es muy fácil ser feliz y también cuesta tan poco, si la mayoría
del mundo lo supiera, todo sería muy diferente y quizás no querríamos tener tantas cosas
materiales, que generalmente buscamos para olvidar nuestro descontento, angustia, envidia,
soledad, temor, desconfianza, etc. Entonces, espero mantener siempre la cortina abierta,
porque vivir aquí ya no será considerado una cárcel, ni tampoco una antesala del Hogar de
Ancianos ni menos de la muerte, como pensé más de una vez, pues desde este pequeño
ventanal puedo imaginar justo la mitad del mundo, es decir, cielo, tierra, árboles, montañas.
Mientras acecho las casas del vecindario, que detrás de sus ventanas se refugian las
misteriosas vidas de sus moradores, me considero una persona semejante a ellos en esta
ciudad, la que no está sola sino, que también forma parte de aquel universo. Como aquellos
que caminan cabizbajos con su mochila al hombro y tantos otros, que van al trabajo en
bicicleta, corriendo quizás qué suerte en las calles mientras un tropel de automóviles que
siempre tienen prisa, pasan casi rozándolos y tocando bocina casi encima de ellos, dejando
en claro que nadie les arrebatará la meta, pase lo que pase. Como si hoy poseyera alas, igual
que las aves que cruzan felices el cielo para ir a reposar a la copa del árbol, me encuentro
en libertad de elegir una fórmula para escapar a las alturas con el pensamiento, el que
siempre deambula en busca de un asilo contra el viento y la tormenta, deseando traer de
vuelta los malos presagios del invierno. Como también la angustia que devora las horas,
mientras tambalea la tranquilidad de las mañanas. Cuando converso con Carmelita, que al
fin floreció recién el 20 de agosto, después que varios botones de camelias se cayeron al
suelo, pensé que jamás daría otra flor, ya que se enojó mucho por la falta de sol en la
terraza, y además que muchas veces, distraídamente la pasé a llevar sin querer, cuando salí
a dejar la bolsa con basura, a lavar y tender ropa o para buscar los útiles de aseo. Un día le
dije que se portaba muy mal, como niña chica, que yo entendía que era mi culpa cuando le
contagié mi descontento, pues tuve mucha nostalgia por la casa y también fue muy difícil
acostumbrarme aquí en este lugar. Pero desde ahora prometí ser más amable con ella,
protegiéndola mucho del frío el próximo año, como así también del calor de este verano,
regándola con más amor y agüita fresca. Menos mal, que no me deshice de ella, porque la
quiero mucho y además me acompaña ya que siempre me recordará no sólo a mi hermana,
quién me la regaló, sino, también a mi casa. Así cuando pensé que me iba a aburrir, porque
tenía que salir mucho para no asfixiarme, como tantos recelos más, quedaron en el pasado
al encontrar la fórmula y penetrar en las honduras, ya que ahora me siento segura de lo que
realmente quiero hacer y anhelo de la vida estos últimos años. Uno cuando es joven todo es
muy diferente, no se maravilla ante el nacimiento del sol de cada día, ni menos con algo
que parece tan simple, como una flor que abre sus pétalos, pues aún no se aprende el valor
que tiene abrir los ojos cada día, que también puede ser el último, pero que igual será
maravilloso. Tampoco aprecia el milagro que significa ver, oler, caminar, hablar, recordar y
respirar, algo que para los jóvenes es natural y fácil, para un ancianos, que en cambio no
está en buena condición física o mental, puede ser muy dificultoso e incluso puede sentirse
a veces muy humillado y vergonzoso en esa condición ante los demás que se burlan de él.
Para ellos que muchas veces se sienten incomprendidos, ya que no siempre se envejece sin
dificultades, puede ser muy difícil lograr un equilibrio. Mucho mejor sería ampliar el
sentido del dicho que siempre se recuerda “que los ancianos vuelven a ser niños”, porque
ojalá comprendan los jóvenes, que no es sólo porque a los viejos se les olvidan las cosas, ni
menos porque se les cae la comida de la cuchara, sino que existe algo mucho más profundo,
como es volver a los tiempos de asombrarse ante la belleza que tiene la naturaleza y
además, tener el coraje para afrontar la hazaña de vivir con optimismo y alegría, cada día
que amanece y se esconde el sol en el horizonte.
Ñuñoa, septiembre 2013

Cuentos de verano

  • 1.
    CUENTOS DE VERANO ITALIANARDOCCI FIGUEROA SANTIAGO, 2000
  • 2.
    Prólogo Casi la mayoríade estos cuentos nacen en pleno verano entre un jolgorio de flores y pájaros que vuelan rozando el siglo pasado hasta desaparecer en la lejanía. Múltiples lágrimas ayudaron a rebalsar el estanque que riega toda una vida, empapando cientos de hojas recicladas por ahí. Después de andar a oscuras y ensayar con la palabra poética, atisbo a mi destino relampagueante en el cielo con tormentas boreales sin precedentes en la historia del mundo, las que provocan una aurora narrativa que anheló renacer precisamente, cuando ya no existe un mañana. Aunque anhelar mi felicidad, a pesar de todo, continúa siendo la obligación más urgente del momento, es necesario desoír al viento que se lleva, día tras día, las semillas que germinaron los sueños. ¿Es posible que sólo en el papel se hilvanen mejor las horas y los pensamientos inútiles de la vida cotidiana? El único lugar que existe capaz de derribar los muros sin ventilación donde rebotan en vano, dispersándolos en la memoria colectiva sin proporcionarles ni la más remota posibilidad de retorno.
  • 3.
    LAS TORRES GEMELAS Elsegundo martes de septiembre, María de los Ángeles, se levantó más temprano que de costumbre para ir a su oficina igual que semana tras semana, entre alegrías y penas, desde su juventud casi nunca se toma un descanso. Sus días transcurren entre el apego a su trabajo, con almuerzos o comidas de la oficina y de vez en cuando algunas salidas con un grupo reducido de selectos amigos que conoce desde que comenzó a residir en Nueva York cinco años atrás. De origen latino, 35 años, soltera, buena moza (como dicen en Chile) y sin sobresaltos económicos gracias a su habilidad para los negocios, se dedica tiempo completo a la venta de seguros en la oficina S.K. con varias sucursales y capitales en otras ciudades del mundo, como la ubicada en la torre uno, World Trade Center, hacia donde ahora se dirige vestida con un elegante traje de dos piezas azul y una fina blusa blanca que acentúa más el color mate de su rostro, enmarcado gracias a un abundante cabello negro y rizado. A las siete y diez minutos en punto de la mañana salió de su lujoso departamento llevando un maletín de cuero negro lleno de documentos. Mientras camina en dirección a la estación del metro, hizo y recibió variadas llamadas de su celular, para recordarle las flores, galletas y otros detalles a su secretaria, encargada de preparar una reunión programada a las nueve de la mañana y la que tenía que resultar perfecta, pues se trata de altos ejecutivos de una empresa constructora japonesa muy importante. En su ánimo tranquilo como en sus ojos serenos, nada hacía presagiar los tristes acontecimientos que viviría unas pocas horas más tarde. En el metro la mayoría de la gente permanecía silenciosa, demostrando con la mirada un aire de indiferencia y preocupación, como si todos hubiesen pasado la noche en vela. Además, nadie se mira entre sí por miedo a revelar el secreto más íntimo escondido en la profundidad de sus conciencias. M. A., encontró a duras penas un asiento al lado de una ventanilla y en seguida se hundió en sus pensamientos. En la noche anterior, su madre viuda como también Carola, su única hermana, le habían confirmado al fin su visita El
  • 4.
    largamente esperada ypostergada por diferentes razones, entre ellas la enfermedad incurable de esta última quien reside y trabaja en Boston hasta que su madre decidió hacerse cargo de sus cuidados y de la compañía tan necesaria en esos difíciles momentos. Antes pasarían algunos días en Los Ángeles, ciudad donde su hermana había sido invitada insistentemente por una ex compañera de colegio. Desde que tenía memoria ayudó a ambas con algún dinero para sus gastos e incluso con los pasajes para viajar de vacaciones, por lo demás siempre abrigó las esperanzas de que alguna vez se instalaran definitivamente a vivir todas juntas o al menos en la misma ciudad. Sólo era cosa de tiempo. Una vez fuera del metro, M. de los Ángeles, volvió a sus preocupaciones habituales e inmediatamente sus pasos se confundieron con el tráfago inmenso de la ciudad algo fría y otoñal. A las ocho y diez en punto, como todos los días entró a la torre resplandeciente y saludando algunas personas conocidas se perdió de inmediato en uno de los múltiples ascensores repletos de gente. Todo era pulcritud y orden, especialmente en su oficina y comenzando por su secretaria, quien bien maquillada y vestida para la ocasión la saludó amablemente. Comenzaron de inmediato los últimos preparativos de la reunión, y mientras los minutos transcurrían entre un torrente de papeles, el sol de pronto hizo notar su débil aparición. Entonces M.A, sumida silenciosamente en su trabajo escuchó el aún lejano motor de un avión que la trajo a la realidad, y aunque faltaban algunos minutos para las nueve, ya el timbre anuncia con insistencia la llegada de alguna persona justo en el momento preciso cuando el ruido del avión antes lejano se va acrecentando, entonces llama a su secretaria mientras, asomándose a la ventana mira con sorpresa un avión Airlines aproximándose como una flecha entre los rascacielos, a muy baja altura y en dirección directa al edificio, casi encima de ella, entonces horrorizada presenció una gran llamarada producto de la colisión y un gran estruendo que sobrevino enseguida. De allí en adelante todo fue caos mientras la gente corre despavorida en busca de salvación, dejando zapatos y cosas regadas por el suelo en medio de una atroz confusión y sonajera de vidrios mientras un olor profundo a combustible continúa acrecentándose. M.A,
  • 5.
    como una trastornadacorre y comienza a descender como puede las escaleras presurizadas de emergencia, mientras una forma de bruma ya casi no deja ver claramente los rostros. De pronto, la voz amada de “alguien” que la tomó cariñosamente de una mano le recuerda a su querida madre cuando se acerca hacia una salida donde llegó sin explicarse cómo. Una vez abajo continuó corriendo para salir de ese infierno hasta llegar a la calle donde otros afortunados como ella corrían aterrorizados sin mirar atrás hasta perderse, empolvados como estatuas de sal desde la cabeza hasta los pies y justo en el mismo instante cuando se escuchó un segundo impacto de avión en la otra torre gemela. Muchas horas más tarde, una vez en su departamento M.A, se enteró por las noticias de la televisión que se trató de un ataque terrorista que secuestró aviones comerciales, y en uno de ellos que procedía de Boston, confirmó con estupor que viajaban su madre y hermana... EN UN PAÍS LEJANO Una luz otoñal entró en sus pupilas con algunos rodeos, ascendiendo desde el alba hasta las mentas y tulipanes del jardín brillante con el rocío de agosto. Nancy G, despertó con el aroma a pan tostado y el sonido de las tazas del desayuno que la obligan a salir de aquel ensueño que no permite a nadie aterrizar en sus dos pies antes de beber un café caliente. A las ocho de la mañana del domingo, con tres grados de temperatura más el peso de una camiseta de yeso que le colocaron hace más de quince días en un centro traumatológico de urgencia, fueron motivos suficientes para sentirse asfixiada y además muy deprimida. Nadie se esperaba el fuerte porrazo que se dio a las cuatro de la tarde de un día sábado, justo y cuando un bocinazo le anunció la ruidosa llegada de su hermana Silvia. En ese momento salió corriendo escalera abajo mientras comienza a descender con cartera, diarios, chaqueta y un plato de postre en las manos que voló haciéndose añicos en miles de partes las que volaron por el aire, solo porque se desconcentró por un segundo casi fatal
  • 6.
    antes de rodarcuesta abajo como un saco de papas desde el quinto escalón, armando un estrépito tremendo que sacó a todo el mundo del siempre relajado descanso sabatino. Allí mismo, entre la escala y una puerta quedó inmóvil, como un pájaro con las alas rotas y abiertas, boca abajo y sin decir ni pío, sólo un débil quejido reveló que al menos aún permanecía con vida. Carolita, su nieta querida, la primera en llegar gritó: ¡abuelita, abuelita!, produciéndole a Nancy cierta hilaridad la niña con su carita manchada con chocolate, a pesar de que un dolor aún indefinido iba aumentando cada segundo en intensidad hasta que pareció faltarle el aire para respirar. De a poco comenzaron a llegar todos a contemplar la penosa escena, la noble y bondadosa Berta quien con más de veinte años en la casa, muy alarmada gritaba a toda voz: ¡se mató la señora! ¡se murió...! Claudio, el menor de sus hijos, también salió disparado del baño donde en ese momento se secaba el pelo después de un partido de fútbol, y lanzando ropa y toallas lejos llegó a su lado tratando de levantarla, mas los quejidos y señas de dolor de su madre se lo impidieron. Enseguida Jaime, su sobrino, el hijo de Silvia, justo cuando entra a la casa vuelve a salir corriendo gritando fuerte a su madre y hermana menor para que lo escuchen:_ ¡Entren a ver lo que pasó con mi tía! -Yaahh... Déjense de bromas. Díganle que se apure mejor, contestó Silvia mi hermana, desde la puerta de calle. A pesar del bullicio que había subido un poco de tono: ¡qué párala, qué no, traigan un chal, mejor un almohadón, que se pegó en la cabeza, llamen una ambulancia, denla vuelta...! - ¡BASTA, YA ESTÁ BUENO! Son tontos o se hacen, debemos actuar razonablemente, dijo Silvia apenas entró arrodillándose a su lado para observarla bien y preguntarle: - ¿Te pegaste en la cabeza? - Sí un poco, contesta Nancy, pero lo peor es aquí en el brazo continuó indicando con muchas dificultades el hombro izquierdo. Me duele mucho, así que ni siquiera me toquen... ¡Ay! ¡Ay! Entre varios, apenas consiguieron ponerla de pie, ya que aparte del dolor Nancy
  • 7.
    se sentía unpoco mareada, pero igual comenzó a caminar con ayuda y ante los ojos atónitos de todos, los que además la miran como si se tratara de un milagro que aún permanezca viva. Con mucha dificultad y paciencia la llevaron hasta el auto de Silvia, donde antes de subirla, un grupo de personas que caminaba por la vereda del frente la miró con lástima. El viaje hasta el centro asistencial de urgencia se le hizo insoportable. A pesar de la hora, tres de la tarde y día sábado, en las calles circula una gran cantidad de vehículos con gente que había salido en busca de aire libre, un poco de sol o tal vez, de un mall donde perder en la mejor forma posible las horas de la tarde. Al revés de Nancy, que nunca conseguirá olvidar el dolor tremendo que sintió minutos más tarde, cuando entre dos traumatólogos le movieron el brazo inerte igual al de un muñeco de trapo, de atrás para adelante entre fuertes y sentidos ¡ay ay ay! Quince días después de operada, puesto que el yeso nunca corrigió la lesión del hombro, aún continúa postrada bajo el peso asfixiante del dolor que punza como el sin sentido de una respuesta que nunca llega, salvo el tíu, tíu tí de un zorzal que canta en el jardín, demostrando que las horas avanzan como una película en blanco y negro, a pesar del ritmo vertiginoso de la luz que pasa dejándola aislada en ese negativo desquiciado en que se transforma muchas veces la realidad cotidiana, paralizando toda posibilidad de expresar lo que siente como ella quisiera. Un lenguaje desconocido que resulta casi imposible a la hora de transcribirlo en el papel y que viene junto con las remembranzas, dejándola sin ánimos para mover el lápiz siempre indiscreto que escarba en la memoria hasta el extremo de hallar en “el tiempo perdido” un camino de escape. Aún descansa la ciudad esta mañana, un domingo de octubre, y seguramente que están más hermosos que nunca los tulipanes morados que plantó Alejandro en una jardinera, aquellos que resultan tan placenteros a la vista, ahora que está tan cansadora y aburrida la televisión en estos días de encierro. La primavera fluye en ramilletes y agota la gama de colores de la paleta, sólo hay que dejarse empapar sin tratar de resolver el crucigrama enredado de luz y su consiguiente avalancha de renuevos zanjando toda posibilidad de perder las esperanzas y las que llenan las múltiples
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    charcas donde rebuscarnuevamente las ganas de vivir exactamente igual como hacen las aves alegres saliendo de sus nidos anunciando tiempos mejores. Sin embargo, a veces la realidad que vemos y palpamos no es la única que existe, pues en la otra cara del planeta, en un país muy pobre y lejano llamado Afganistán, miles de niños, mujeres y ancianos huyen de sus casas buscando un refugio, mientras esperan la llegada del invierno bajo un cielo brillante de cohetes y bombas de racimo, piensa Nancy justo en ese momento en que las nubes arreboladas y tornasoles de octubre humedecen un poco sus pupilas enrojecidas, al pasar frente a su ventana. LA MEMORIA Delia lanzó lejos sus zapatos y con dificultad se coloca unas chalas de plástico negras antes de bajar corriendo a abrir la puerta cuando escucha sonar el timbre. -Soy Omar Silva, el técnico, dijo un hombre de baja estatura que parece agrandarse una vez que está en el segundo piso mientras éste le explica a Delia con muy pocas palabras que ese antiguo modelo de programa computacional no servía para nada, y por eso mismo él como técnico se siente en la obligación de barrer con toda la información contenida. -Mire señora, este programa ya no se utiliza, además lo único que vale la pena es la pantalla, entonces mejor hay que “barrerlo” por completo, entregándole más memoria. -Usted haga lo necesario, no entiendo mucho porque yo sólo escribo y tengo algunas cosas archivadas como algunos y poemas, dijo Delia resignadamente, recordando a sus hijos que siempre le repetían lo mismo, pero ella se encontraba tan cómoda y encantada con ese sistema Word, programa que le ayuda un poco a ejercitar su memoria, a la que a su parecer en estos tiempos se le da muy poca importancia. Hoy por hoy, no es importante
  • 9.
    aprenderse ni lastablas le repiten los jóvenes hasta el cansancio, pero esas ideas no le pueden entrar en su pobre y anticuada cabeza. _Deje todo guardado en “diskettes”, dijo el técnico con voz grave y mirándola con extrañeza, volveré el próximo lunes. El trabajo completo vale ciento cincuenta mil pesos, además su hijo necesita Autocad ¿No es eso? _ Siiii Claro... _ Son cincuenta más, entonces. Al día siguiente, una de sus hijas pasó a comprar los discos y ella misma en la tarde grabó las cosas con una rapidez increíble, pero antes advirtiéndole a Delia que no se preocupara por ese motivo, porque después volvería a pasarlo de nuevo en Windows y entonces todo quedaría igual que antes. _Quizás, alguna vez vuelva a encontrarme con esos trabajos de tantos años, y no ocurra igual que las miles de hojas llevadas por la brisa, pensó con tristeza Delia. Y las dudas siempre lacerantes, fueron siendo desechadas una por una, anhelando aquellos progresos que deseaba alcanzar algún día como escritora mediocre y desconocida, tal como ella misma se consideraba sin ninguna pretensión de su parte. Entonces, todo lo que escribía fue quedando quietamente en esa memoria algo frágil al parecer, esperando a ser rescatado por alguna mano bienhechora. Pero, tanto por lo perezosa como por su desgano al corregir, los textos que se borraron sin dejar huellas pasaron a ser más de la cuenta. Por supuesto, muchos más de los que ella misma hubiera deseado en realidad. El lunes a las diez de la mañana en punto, Omar S., inició su trabajo y un día después le dijo a Delia con seriedad: _ Es imposible instalar la impresora con W´95, intentaré de nuevo en mi casa donde tengo las mejores condiciones para hacerlo, dijo el hombrecillo. Aunque a Delia no le hizo mucha gracia la idea, dejó que éste se llevara a duras penas el aparato a su casa. Al otro día, llegó el hombre temprano y muy seriamente le dijo:
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    _ Está unpoco complicado el tema, me voy a demorar un poco y no le garantizo que quede muy bien, tengo que llevármelo otra vez a la casa. _ Lo he pensado mejor y preferiría dejarlo tal y como está, especialmente por las dificultades en que el trabajo se realice como habíamos convenido, dijo Delia tímidamente. Algunas personas han tenido problemas con ese programa. _ Usted sabrá lo que hace dijo el hombre muy enojado, casi furioso, pero desde este mismo instante le advierto que todos ustedes quedarán en mis manos y mientras tecleaba con mucha seguridad por unos breves minutos, sin añadir más, él mismo apagó el aparato y levantándose del asiento agregó tajante: _ Dejémoslo “sólo” en treinta mil. Delia salió disparada a buscar el dinero al segundo piso, mientras sus mejillas ardían con la convicción absoluta de que todo no era más que una simple y vulgar estafa, entonces volvió entregándole la plata justa, ya que no podía hacer nada al respecto. Especialmente en ese momento que se encontraba sola en la casa. Francisco, le avisó que llegaría tarde y las niñas estaban en casa de su abuela, y ya no tenía el menor deseo de discutir en ese momento pensó, mientras abría la puerta con sus manos tiritonas de rabia e impotencia. Además, tenía unos deseos casi incontrolables de llorar. _ Desde hoy dependerán exclusivamente de mí, repitió el hombre con tono amenazante, saliendo sin despedirse y dando un fuerte portazo. Durante todo el resto del día Delia se sintió pésimo, se tomó un Alprazolam, comió cinco duraznos y varios vasos de bebida, a pesar de su régimen para adelgazar, martirizándose con la idea fija del computador, porque estaba segura que nunca más serviría para nada porque quizás qué le había hecho ese hombre a juzgar por sus amenazas. _ No me digas nada, no sé en qué hora lo llamé, pero me lo recomendaron tanto. Siempre aparecía apurado y cada vez que realizaba las grabaciones sacaba de su maletín un libro de ciencias ocultas, se quejaba días después Delia con su buena amiga Marcia. Por eso quedó tan mal hecha la instalación, dejó el W´98 encima del 95, entonces quedó la
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    embarrada porque además,es el único que conoce el código más bien, la clave para arreglar todo ese lío espantoso. A mí no más me suceden estas cosas, continuaba Delia sin parar, la gente me agrede, me estafa y más encima todos me insultan, maestros, gásfiter, incluso en la feria el otro día, sin darme cuenta, inocentemente ocupé el estacionamiento de un tipo que me sacó a la familia entera, a pesar de que andaba en un autazo y además muy bien arreglado. _ Hay que tener más cuidado, hoy día hay tantos esquizofrénicos, limítrofes y drogados sueltos por ahí, contestó Marcia, cambiando de raíz el tema. ¿Cómo van tus libros? _ Así no más, está muy mala la venta, en los carros de Ñuñoa no se ha vendido ni uno solo, me los devolvieron sucios y amarillentos. Igual que los demás, los cientos que continúan empaquetados bajo la caja escala, me cansé de tanto moverlos de aquí para allá haciendo aseo, entonces ahora dejé un paquete para enaltar un poco el televisor de mi dormitorio, así me recuerdo que tengo que hacer algo al respecto y no se apolillen guardados en un closet. Voy a continuar regalándolos por ahí, a la gente que le agrada la poesía... _ Mañana sábado hay una exposición de pinturas que me interesa ver, te paso a buscar después del trabajo, siempre que quieras ir, dijo despidiéndose Marcia. Te hace falta salir ya que pasas encerrada bajo las cuatro paredes. Nadie te va a mover la casa de su lugar… Al día siguiente, sentadas en un café, Marcia dijo: _ Qué bueno está el café con amareto, tómate otro, yo invito. Está tan agradable la tarde. _ Sí, por lo mismo espero dormir bien esta noche, con uno es suficiente, gracias. Después ando como loro en el alambre, muy distraída, con tantas cosas que me han pasado últimamente contestó Delia. _ ¿A ti no más? Fíjate que hoy en la mañana me detuve un segundo a comprarle el diario a mi papá en un kiosco de la esquina y el auto de atrás comenzó con bocinazos
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    desaforados y nocontento con esto me embistió muy fuerte y enseguida me persiguió como loco por las calles alcanzándome en un semáforo, entonces, una vez que estuvo bien cerca me lanzó un escupitajo en plena cara a través de la ventanilla, dijo Marcia roja de solo recordar la molestia. _ ¡Qué asco, no te puedo creer! Mejor hablemos de la exposición, agregó Delia. Qué te pareció el hermoso cuadro de la memoria, de Magrite. No sé porqué me recordó tanto a mi madre quien últimamente se olvida de todo, hasta de lo que come. Es tan triste. Por eso, me imagino aquella hoja a punto de ser llevada por el viento en cualquier momento, y la sangre. ¿Por qué razón la sangre? _ Porque si recuerdas bien, la memoria durante todos los tiempos siempre ha sido sangrienta, dijo Marcia, pensativa mientras enciende un cigarrillo y sorbe lentamente su café. EL PROVEEDOR DE ALFOMBRAS Cada vez resulta más difícil abrir los ojos piensa María Cristina, mientras un tapiz nácar baña el aire de los sentimientos algo resecos por la indiferencia más absoluta del amanecer. Ahora que despierta al lado de Jamiat, prefiere permanecer impasible ante la deshilachada línea divisoria entre el pasado y el presente… Tengo tantos deseos de seguir durmiendo pero, ya es hora de levantarse pensó María Cristina S., durante la madrugada del viernes veinticuatro de agosto justo media hora antes de que el sonido del teléfono le avisa que un transfer la espera en la puerta para ir al aeropuerto. Sin demora, diez minutos después salió casi corriendo, no sin antes besar a un hombre alto y de tez bien morena que la acompaña hasta la salida, haciéndole prometer desde el umbral que lo llamará por teléfono una vez que llegue a su destino. Más bien, él parece una sombra invisible que se integra difícilmente en aquel paisaje engañoso del ayer
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    haciendo lo imposiblepor revivir los recuerdos que la mantienen viva, gracias a que nunca más quisiera abrir los ojos, a pesar de que el amanecer ya se va en retirada marginándola a su más completa soledad. En la calle una fina llovizna humedece tanto el pavimento como hasta el último rincón de su tristeza. Ahora que realizaría este tercer viaje, una vez más por razones de trabajo en una importante casa comercial de la capital, en la cual se encarga además de otras cosas, de elegir y comprar alfombras en el Medio Oriente, en este caso Irán. A pesar de su juventud, 28 años y muy bien considerada en la empresa gracias a sus estudios de economía e idiomas en una prestigiosa universidad de Santiago de Chile, realiza desde un principio su trabajo en forma responsable y eficiente. Después de una escala de ocho horas de duración en Frankfurt, el avión continuó su vuelo y el lunes antes del aterrizaje en el aeropuerto de Teherán, todas las mujeres a bordo recibieron órdenes estrictas de taparse completamente la cabeza con un paño o cualquier otra cosa que encontraran a su mano. M. Cristina, sin extrañarse buscó con urgencia un pañuelo en su cartera, empeñándose en el afán de envolver completamente su cabeza y hermoso pelo oscuro, dejando sólo sus ojos almendrados y su rostro de facciones perfectas al descubierto. Además había cuidado con esmero su vestimenta, falda oscura larga y un chaquetón amplio de lana para ocultar piernas y brazos. Afuera del avión, dispuesta una vez más a no hacerse preguntas del por qué de aquellas costumbres ancestrales, se desplazó silenciosa y sumisa suponiéndose una mujer como las demás que caminaban cabizbajas mirando fijamente el suelo. Un aire frío y otoñal le congeló las mejillas cuando salió de la puerta del sencillo aeropuerto y como siempre antes de llegar sintió una mezcla indefinida de temor y emoción en su corazón. Sin embargo, esta aflicción se transformaba a veces en una aventura grandiosa antes de abordar el avión, porque rescataba desde el fondo de sus fuerzas todos aquellos íntimos deseos de vencer a la derrota siempre tan presente en todas las acciones que se emprenden en la vida. Pero, como era muy tenaz nunca se desanimaba fácilmente. Ni siquiera ahora, que no la esperaba ni su jefe y su pelo no le cosquilleaba en la frente
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    como de costumbre,primando sus deseos de solidarizar, por decirlo así, con tantas mujeres vestidas de negro circulando su tragedia por las calles. -Andan vestidas así desde la guerra con Irak, poblando la atmósfera de tristeza llevan su duelo por hijos o esposos, le explicó alguien ante su mirada perpleja. Menos mal que en ese momento divisa a su jefe acercándose sonriente y amable a recibirle sus bolsos. Ya son más de las ocho de la mañana y se acomoda algo más aliviada en el asiento del taxi junto a él, mientras el tránsito de los automóviles más le parecen sirenas rememorando la muerte en los bellos y enigmáticos ojos de las mujeres de ese país. La Visa con una permanencia de dos semanas, igual que las veces anteriores, la obtuvo gracias a una carta de buena presentación y excelentes antecedentes tanto laborales como comerciales. Quien ahora la acompañaba, el jefe, sería el encargado de llevarla hasta Quinn Hotel y después de presentarle a su proveedor de alfombras, se transformaría en su acompañante durante toda ocasión, ante la imposibilidad de salir sola por ningún motivo a la calle. Por lo insoportable y bullicioso del tránsito, un chorro de recuerdos de agua fresca empapó hasta las nubes donde se encontró de pronto, mientras sería imposible que alguien más fuera de ella en el mundo experimentara una sensación tan plena de libertad como aquella cuando miró por primera vez aquella montaña semejante a la chilena, las cual le ratifica su imagen de lejanía pues, ya a esas alturas no existe ningún límite para revivir la curva donde se vierten, uno por uno, los anhelos de alcanzar la dicha inmensa que experimenta desde que conoció a Jamiat K, un iraní multimillonario proveedor de alfombras, exactamente dos años atrás cuando realizó su primer viaje de negocios a esta ciudad. Entonces, él mirándola profundamente con sus ojos oscurísimos, le había preguntado en perfecto inglés: _ Hay alguna que a usted le agrade más, señorita. M. Cristina, nunca había experimentado una sensación más indescifrable que la de entonces, mientras su corazón saltó como un trompo sin hallar tan fácilmente la salida del
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    laberinto. Entonces, tratandode devolver una respuesta coherente de manera que ojalá él no advirtiera su turbación, dijo también en inglés: _ Son todas tan hermosas, es muy difícil hacer una elección inmediatamente. Después enterró sus ojos en los ajedrezados y multicolores tejidos. _No se apresure, tómese su tiempo. Además, hay catálogos suficientes y lugares de exhibición muy cercanos adonde podríamos ir, siempre que usted así lo desee, continuó Jamiat, sin dejar de mirarla con muy poca disimulada admiración, mientras ella se había inclinado para hundir una de sus manos en aquella amalgama infinita de alfombras apiñadas una sobre otras y escudriñando el crucigrama en reposo que estaba muy segura nunca sabría dilucidar. Igual que esos ojos inescrutables que aún no dejaban de mirarla con insistencia. Después de negociar una cantidad importante de dólares y riales en alfombras, algo más fácil de lo que ella misma pensó y a pesar, de negarse varias veces a las invitaciones de Jamiat, finalmente accedió a salir a comer con él en un elegante restaurante de la ciudad. Allí, M. Cristina comprobó los finos y exquisitos modales que éste poseía, puesto que había sido educado en selectos colegios y universidades para hijos de millonarios petroleros del Medio Oriente e igual que ella hablaba varios idiomas, más que suficientes cualidades para cautivarla. Fueron dos semanas en que M. Cristina no sólo se enamoró de lugares maravillosos, como una mezquita, sino también del hombre con que muchas mujeres sueñan alguna vez. Con frecuencia se fundió en el destello de esos ojos profundos, embriagada por el deseo contagioso y febril que los unía, entrelazada a él como una enredadera temblorosa en su desnudez y con un placer agitado en sus entrañas, se deslizó en aquel sonoro bienestar de todos sus sentidos. Como si el goce experimentado en esos momentos hubiera sido su única razón de existir. Escuchando el suave torrente de la sangre correr entre un estallido de suspiros, duerme con brazos y piernas trenzada a él. Hasta el amanecer quizá, algo enternecido con la visión de los amantes impregnados de su aroma en un abrazo hirviente y dulce en el lecho donde sueñan. Llevándose como una ola inmensa el
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    bullicio de losautomóviles que ya se precipitaban a la calle. Pero, inevitablemente llegó el día tan temido de la partida, entonces Jamiat, con los ojos encendidos aún de pasión le rogó llorando que se quedara con él más tiempo, sin embargo ella guardándose en el sitio vedado de la desolación más honda y con su voz trémula prometió volver pronto. Aunque estaba segura y presentía, que había llegado su hora a las flores negras del nostálgico amor. Especialmente en este viaje, después que no obtuvo ni una sola noticia de Jamiat dando a entender que la tierra se lo había tragado pues nadie sabía nada de él. Esta vez una contingencia policial fuera de lo común en el aeropuerto, como una revisión exagerada de su persona y de sus bolsos por el personal de aduana, que la obligó a salir por una puerta más pequeña que aquella de donde salían los hombres, le produjeron mucha extrañeza a M. Cristina antes de abandonar Teherán. Siempre había recibido variadas llamadas telefónicas de Jamiat, mas nunca con la promesa de visitarla en Chile, porque sus negocios y múltiples viajes entre los países del Oriente y Miami no se lo permitían. Entonces M. Cristina, durante meses tomaba pequeñas dosis de tabletas mágicas para prevenir los síntomas de esos recuerdos purulentos del amor que aparecían cada vez más seguido igual que úlceras en su piel de tanto pensar en él. Dejándose llevar por los días con sus alegrías y tristezas y guardando como único tesoro aquel secreto memorioso y abismal. Cuidándose de cualquier extraño que quisiera entrar a perturbar ese espacio interior cercado por una débil neblina. Varias horas más tarde, el avión aterrizó en Pudahuel el martes once de septiembre y también allí fue sometida a un inusitado y prolijo control aduanero. Comienza a despejarse un poco el cielo del mediodía y los tenues rayos de sol le recordaron “las mil y una noches” vividas en aquellas hermosas tierras, sin embargo, un presentimiento tenebroso de que algo no marchaba bien le produjo escalofríos, ahora no sabe bien si se trataba del rostro serio del taxista o de la gente apresurada en las calles gesticulando al hablar, quienes igual como a ella el aire les grita con voz horrorizada una mala noticia. Una vez en su departamento tampoco encontró mensajes ni llamadas telefónicas de Jamiat, lo que aún acrecentó más y más su
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    intranquilidad, pero elcansancio del viaje la condujo por cauces inhabituales y ensoñadores, evitando por completo elevarse de la conciencia profunda que arroja lo más lejos posible todos los malos pensamientos. Como si quisiera conservar para siempre esa facultad privativa del momento antes de dormir: sin alegrías ni tristezas, sino concentrada únicamente en un torbellino de plácidos recuerdos... Al día siguiente, se levantó a las siete a trabajar y poco después se encontró caminando desolada hacia el metro, sin dejar de pensar en él. Un hombre gordo y calvo sentado en el asiento del lado leía el diario con el atentado de las torres de Manhatan en su portada. M. Cristina, comenzó a sentir un deterioro emocional cada vez más profundo, sin abandonarse por completo a sus impulsos compulsivos de llorar por alguien que en ese momento era el único norte en su vida. ¿Dónde se encontraría Jamiat? Parece que mientras más lo buscaba, su recuerdo se difuminaba cada vez con la llegada de la oscuridad. _ Según EE. UU, todo fue planeado por un saudí llamado Bin Laden, jefe de una organización muy poderosa como para estrellar dos aviones de pasajeros en cada una de las torres gemelas y otro en el Pentágono, dejando miles de muertos y desaparecidos, dijo el hombre con voz grave a una mujer de mirada impávida sentada frente a él que no hizo ningún comentario. _Qué horror pensó M.Cristina, desviando su mirada hacia la ventanilla ensimismada el resto que le quedaba del trayecto. Días más tarde, cuando observa la fotografía de uno de los terroristas en el noticiero de la televisión M. Cristina, quiso reconocer con gran estupor más que sorpresa, que el rostro de uno de ellos era muy parecido a Jamiat, sí mirándolo bien era idéntico, entonces ella consternada no podía creer lo que veían sus ojos, seguramente todo esto no se trataba más que de una horrible pesadilla, imposible que él hiciera algo parecido piensa, mientras gruesas lágrimas que caen de sus ojos humedecen de incredulidad el suelo. Ojalá que la silueta masculina en el umbral, camine hacia ella y se incline despertándola con un beso tibio de aliento apegado a sus labios para no perder el avión. Entonces, dejándose llevar por
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    una ola imperceptibleque la arrastra en su marea soñolienta, se ve prendida detrás del misterio de una aureola luminosa que escapó de una galaxia precipitándola en su último viaje. Hasta un abismo donde ahora no tiene cómo sujetarse... NUEVA OLA _ ¡Estoy muerta!, dijo Gisela, dejándose caer en el sillón rojo del living apenas entró como un trueno. No he dormido nada desde ayer a las dos y media de la madrugada porque acompañé a Patricia al Hospital. Tengo la impresión de que el niño empeora cada día, tiene sus manos imposibles y puede perder alguno de sus deditos y a pesar, que ya tiene afectados los ganglios y continúa con la quimioterapia, al menos aún no ha tenido vómitos. _ Qué lástima, pobre Patricia y ni hablar del niño. Qué triste su destino, ahora que poseía una familia tan buena que lo acogió con cariño, la verdad es que no encuentro palabras...No tengo valor suficiente para verlo así, contesté. _ Lo único que puede salvarlo es un milagro. Algunas veces ocurren, continuó Gisela con una voz cansada y cerrando por algunos segundos los ojos se echó para atrás apoyando la cabeza en un cojín. _ Oye, te ves agotadísima, si quieres podemos dejar el festival para otro día. _ ¡Noo! Quiero olvidarme un poco de las penas y divertirme un rato. Por favor tráeme agua con bastante hielo como de costumbre. Vamos no más, agregó Gisela y recibiendo el vaso rebosante con hielo en sus manos, continuó. Más encima, anoche apareció el desgraciado del “ché” y la Claudina, otra vez, anda loca detrás de él acompañándolo para todos lados, olvidándose de nuevo todo lo que le ya le hizo en el pasado, lo que no ha sido poco. Es tan tonta mi pobre hija... _ ¿Qué pasó?
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    _ Me agarrécon él y me creerás que me hizo así con el dedo (¿..?) porque la defendí en una pelea, pero más tarde reconciliándose partieron muy contentos al norte, a San Pedro de Atacama, dijo Gisela roja y sin disimular su rabia. _ Como siempre tú sufriste la molestia y ella lo pasa regio. Eso te pasa por “metete”, le contesté levantándonos al mismo tiempo para salir. _ A las siete de la tarde, el sol estaba muy alto todavía cuando Gisela estacionó el auto en una calle cercana a la Casa Cultural de una gran comuna de la ciudad santiaguina. Acordamos llegar temprano y así no tener que encaramarnos en las graderías sin un respaldo. Más que nunca Gisela, aquel día no estaba para esas cosas. Una brisa suave de febrero, meció suavemente la arboleda de palmeras y pinos al pasar por un camino de tierra y junto a algunas estatuas de la señorial casona. _ Fíjate que una vez más me ha decepcionado mi hija, dijo Gisela, intentando continuar con el tema. Ella misma siempre me cuenta que se pasan discutiendo con el “ché”. Te hago una apuesta que otra vez llegan peleados del norte. _ Mira, es mejor no llevarles la contraria a estos adolescentes. Ahora apuremos el paso porque si no quedaremos sin asientos, contesté sin hacer más comentarios ya que nos encontrábamos encima de las sillas perfectamente ordenadas en semicírculo frente al escenario. Como el lugar estaba semivacío aún, encontramos una excelente ubicación al centro, en la quinta fila. Nada más agradable que una tarde de verano, para atraer a un público algo entrado en años que comenzó a llenar en breve tiempo todos los asientos y después las graderías, mucho tiempo antes de comenzar el espectáculo. A las veintiún horas en punto, la gente se cansó de tan larga espera obligando a salir al animador y a encender las luces. Éste después de los saludos anunció a Luis D., un cantante de la década de los sesenta muy animado y “entradito en carnes”, quien inmediatamente se largó a cantar a viva voz, aplaudido y coreado por una multitud entusiasta y muchas veces ensordecida gracias al acompañamiento de un excelente grupo musical. Mientras tanto, el cantante se revolcaba de espalda en el suelo en medio de unos espasmos parecidos a los estomacales y
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    dando la impresiónque ya nunca más volvería a levantarse, mas ante el insistente bis del público continuaba a duras penas el show, afirmándose bien los pantalones que amenazaban con caerse definitivamente pues, ya iban algo más abajo de la cintura. Entonces el público extasiado pedía más y más, haciendo bailar hasta el alcalde, muy jovial y alegre, quien recibió algunas pifias haciéndose el sordo y leso, mientras que el extenuado artista volvió a cantar una última canción para luego desaparecer, transpirando copiosamente, con la camisa afuera y sin disimular los “rollos” ni las contracciones musculares que ahora llevaban a sus pantalones casi en las rodillas. A esas alturas el público aplaudía y gritaba en forma febril. A continuación, el próximo cantante Germán C, más calmado y con una sonrisa eterna, no logró apaciguar los ánimos sino al revés, éste dio paso a los recuerdos ardientes a las señoras de algo más de cincuenta y quienes fueron las más efusivas en sus demostraciones y bailes, levantando a duras penas sus brazos, haciendo olas y coreando canciones como “la lluvia, cae y cae...” En ese instante me fijé en Gisela que salía disparada de su asiento y pedía a viva voz otro rock, bailando en el estrecho pasillo lleno de gente y detrás de un coche con un niño durmiendo plácidamente. _ Levántate, no seas fome me dijo de pronto, sujetándome con fuerza de un brazo y moviéndose frenéticamente, mientras yo me siento algo avergonzada y aún adolorida debido a mi cercana operación del hombro. El sereno hombre sentado a mi lado a veces como única expresión de entusiasmo, aplaude un poco más fuerte o bien, se levanta siempre que todos los demás también hagan lo mismo, por supuesto. _ ¿Señora, está desocupado el asiento? Preguntó amablemente antes de que se apagaran las luces y sentándose a mi lado. De contextura delgada y mediana edad tiene sus ojos y cabellos oscuros, sacó de una bolsa de género desteñido una polera negra que se la puso de inmediato, entrecerrando las pestañas y mirando el cielo en señal de pocos amigos. Entregando la impresión que a él sólo le interesa esa magia que escapa a los mortales ojos, entretenido en captar la trascendencia de aquel momento más que nada en una noche
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    estrellada. No precisamenteen la fosforescencia del escenario con su bullicio estridente y chillón. En realidad es muy hermosa luminosidad de esta noche veraniega, pensé también atrapada en un trozo de cielo que se avista entre las hojas, justo cuando ya en aquellos instantes casi resulta irresistible no levantarse, o sencillamente gritar y aplaudir a rabiar como todos los demás. Gisela, transpirando y con el rostro enrojecido de la emoción se inclinó a recoger algo del suelo: _ ¡Se me había caído la pulsera mexicana! Qué bueno el espectáculo, otra, otra... _ Síii…muy bueno dije agarrando mi bolso y dando paso al hombre de rostro sereno del asiento del lado, quien mirándome profundamente a los ojos hizo un breve comentario del show desapareciendo rápidamente entre el gentío que aún aplaudía loco de frenesí. Mientras Gisela conversa animadamente con algunas personas sobre el espectáculo, el cielo pareció recoger con gratitud mis ojos, descubriendo por primera vez un deslumbrante universo equiparable sólo a él mismo. Ferozmente bello, acercándome peligrosamente a su abismo ilusorio me dejó atrapada sin piedad por unos segundos en la celda de los melancólicos sueños, así como en la incertidumbre terrible de las limitaciones de nuestra triste precariedad como también de sus ansias de eternidad. Han transcurrido más de veinte días y llega marzo con una luz tenue y mágica que pintó de amarillo los árboles, ahora que se va el estío aún sumido en un remolino enmarañado de plantas, entrelazándose a nuestros pensamientos como flores aterciopeladas y esparciendo su aureola transparente hasta el cielo grisáceo. Desde la terraza escucho el teléfono y sorteando un macizo de margaritas a la altura de mi rostro, me levanto corriendo a contestar. Se trata de Gisela contándome de la muerte de Felipito, quien había cumplido recién seis meses de edad, cuatro de los cuales en su corta existencia, los pasó internado para realizarse tratamientos y operaciones en hospitales y clínicas. Cómo explicarse este destino implacable, sin dejarse atrapar del vacío que traspasa todo límite despeñándonos con su pesimismo y falta de esperanzas casi maléficos, si no fuera por lo que me contó a
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    continuación. ¿Por quérazón Felipito terminó hecho un ovillo de carne cercenada por un bisturí del médico que nunca pudo hacer nada por él? Sumergida en la oscura nostalgia por algunos segundos, lo imagino con un cuerpo resplandeciente, mientras en medio de sus muñones ahora comienzan a descolgarse dos alas livianas y sedosas de sus hombros... _ Cuando Patricia, su esposo y los abuelos llegaron el lunes desde Valparaíso, más resignados y casi se podría decir contentos con otro pequeño recién adoptado y acurrucado entre sus amorosos brazos, fíjate que al abrir la puerta de la casa cerrada durante todo el fin de semana, encontraron el living, pasillo y hasta todos los dormitorios impregnados con el perfume de Felipito, quien seguramente también quiso participar de la inmensa alegría y del recibimiento de su nuevo hermanito en su hogar. Entonces, padres y abuelos se abrazaron dejando rodar algunas lágrimas, las que ya no fueron de dolor sino de agradecimiento por este verdadero regalo de Dios justo en vísperas de Navidad, me dijo contentísima Gisela antes de cortar el teléfono. LICEO DE SE eee…ÑORITAS Oye cómo va,...bueno pa´gozar, repite un dial mañanero haciendo un esfuerzo descomunal por desperezarse a esa hora hasta que desaparece entre el ruido monótono e interminable de los automóviles circulando por avenida A.Vespucio. Aquel domingo de mayo el cuerpo y extremidades de Claudia N, mientras hace gimnasia al compás del contagioso ritmo tropical, más bien parece que increparan a las dudas como a los pensamientos inútiles que siempre lloviznan sobre su cabeza aún adormilada, a las nueve y treinta de la mañana. En ese momento recién se produce el obsesivo encuentro entre los sueños y la realidad absurda, que insiste en su particular mirada sobre el cielo arrebolado y otoñal, lo que parece sorprenderla en toda su desnudez, haciéndola sonrojar incluso de su gordura mientras se acomoda las panty que encontró en medio de un bulto amontonado de ropas, blusas, pantalones e incluso, una chaqueta de cuero negro, que lanzó lejos a las
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    cuatro de lamadrugada, después que llegó muerta de frío y agotada de la convivencia celebrada con un grupo de ex –compañeras de un Liceo capitalino, de “seeeeñoritas”, como en muchas oportunidades les recordó su directora a toda boca por el micrófono, a todas aquelles alumnas que insistían en maquillarse o se ajustaban de más el “jumper” a sus caderas, obligando a varias de ellas a lavarse bien la cara o si no, a descoser la basta con sus propias manos todas las veces que fuera necesario, gritándoles después a todo pulmón ¡éste es un liceo de Seeeñoriitas!!!, no lo olviden nunca. Frotándose un poco las manos aún húmedas de crema, a Claudia le llama la atención un breve silencio que sólo es interrumpido por el bocinazo de un camión que reparte el gas y que seguramente trae un balón para la estufa con dos días de atraso, más encima aún cuando es imposible encender la eléctrica, por motivo del racionamiento que está afectando a la ciudad. Se acerca a la ventana para cerciorarse bien y desde allí mira el jardín del frente de la casa cubierto con enredaderas y además el pasto reseco por falta de lluvias. Hay una respuesta rápida pero carente de lógica del hombre, que avanza a duras penas mientras empuja el balón de cuarenta y tantos kilos a través del pasto hasta una caseta de cemento bajo del cobertizo. Una vez ya encendida la estufa se prepara un café hirviendo y no alcanzó a sentarse en la mesa cuando comienza a sonar el teléfono, de paso evocando con nostalgia sobre la atmósfera un halo memorioso y somnoliento, parecido a las hortensias de invierno recién aparecidas y tan apreciadas por ella en esta época del año... Aquel día y con la voz de Isabel, una ex –compañera de humanidades quien interrumpió el ensimismamiento de aquella tarde calurosa de febrero del verano recién pasado, comenzó a planearse la próxima convivencia. _ Aló. ¿Cómo estás? Espera un poco, voy a pasarle el teléfono a alguien que hace tiempo te desea saludar, aprovechando ahora que está en Chile de vacaciones. Es Regina, está muy mal la pobre, acuérdate que te conté que atropellaron a su hijo menor odontólogo, frente al teatro Santiago. La voz muy suave de Regina que ahora se quiebra un poco en el auricular, dice:
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    _ Hola, quégusto en saludarte Claudia. _ Recuerdo que te retiraste del liceo en sexto humanidades para casarte y te fuiste a Uruguay a vivir contestó muy emocionada. Nunca se me olvidarán tus gruesas y brillantes trenzas. No he vuelto a ver otras iguales. _ Gracias. Te cuento que vuelvo a Chile porque me separé el año pasado. _ Igual que la mayoría, respondí. _ Me encantaría que nos juntáramos todas alguna vez, para contarnos penas y alegrías, para acompañarnos en esta soledad que a veces cava hasta en los últimos rincones del alma, dice Regina con tristeza. _ Ya me imagino por lo que has pasado, lo siento contesta Claudia. _ Estaría feliz de volver a verlas, como a ti y a tantas otras, se despide cariñosamente. _ Sería maravilloso, eso sí que en un tiempo más cuando todas las demás vuelvan de sus vacaciones, contestó Claudia. En marzo o abril. En mayo y después de muchas postergaciones, ya sea por un motivo u otro, se fijó la convivencia tan esperada por la mayoría y a la que Claudia llegó a las nueve en punto con tres paquetes de papas fritas bajo del brazo. Después de saludar a la dueña de casa, una abogada de la que nunca fue una gran amiga, se sentó junto a Regina quien se veía bastante alegre, entonces evité de todas formas llevar el cauce de una conversación sobre temas muy personales, hablando de todo un poco mientras, se van sumando las demás invitadas. Incluso se llegó a tratar el tema de los negocios de turismo, cuando Marcela K., dueña de un famoso hotel con nombre mapuche, conversa animadamente con alguien a quien Claudia no recuerda ni siquiera muy bien el nombre y la que trabaja para unos gringos vendiendo su publicidad a muy buen precio. Después de algunos pisco “sour”, la conversación fue haciéndose más fluida y las risas brotaron a flor de labios de las quince mujeres sentadas alrededor de una gran mesa de centro llena de vasos, colillas de cigarros más una vela encendida para evitar le humareda del living, carcajadas que fueron
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    aumentando de tonohasta que llegó el momento en que más parecían agudos chillidos. Como a las once y treinta, el esposo de la dueña de casa y único hombre presente, se levantó despidiéndose discretamente aludiendo frío y cansancio, sin embargo, a todas luces sólo una excusa para dejarlas conversar más libremente entre ellas, lo que hizo rápidamente el efecto deseado porque risas y palabrotas de ahí en adelante fueron subiendo ostensiblemente de tono, así como los chistes sabrosos que comenzó a contar Carmen Luz, ahora bastante gorda y con su pelo rojo, quien comenzó muy tímida y después se fue soltando a medida que los gritos y vivas la impulsaban a continuar. _ Ahora cuéntate el de la muerta le gritó alguien mientras las risas volvían a repetirse en coro chabacano y chillón hasta el cansancio en aquella madrugada bastante fría de mayo. _ ¡Sí, sigue no más, cuenta la del viajero, la muda y el chino con el alemán! decían todas al unísono, animadas por una alegría contagiosa y donde no quedaba otra alternativa que unirse a las demás para no parecer fuera de ambiente o una tonta grave, porque ya no le agradaron porque quizá le parecían inapropiados esos chistes algo repetidos. Entonces, mejor fue aparentar alegría, así a nadie se le ocurriría pensar que a ella le podía molestar, total a quien le interesa a esas horas si mañana no hay plata para pagar el colegio de los niños o el lunes no hay tampoco ni para las cuentas que ya aumentan un cerro con los intereses, a pesar que tenía demandado a su ex – esposo, quien el otro día no más la había mandado a la m... por el teléfono, diciéndole que de dónde quería que sacara la plata si estaba cesante, dejando la escoba mientras los niños lloraban a moco tendido porque ella vuelta loca con tantos problemas los amenazó con retirarlos de ese colegio tan caro y ojalá, que de una vez por todas se sacaran de la cabeza que no eran ricos y blá- blá... Más encima, después de las tremendas molestias todo quedaba en nada porque el desquiciado, a quien no podía llamarse de otra manera, en la tarde pasó a buscarlos para ir a comer hamburguesas y después al cine, quedando siempre ella como la mala de la película, totalmente deprimida y obligada a tomarse casi el frasco completo de ansiolíticos mientras la suya ya no podía
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    continuar llamándose vida,transformando el paisaje en una vía que siempre conduce al mismo lugar poblado de desánimo. Cada día era más difícil de sobrellevar la monotonía insoportable y carente de fantasía del presente, en su espalda curvada por las dificultades. Como si su mirada tan solo fuera en blanco y negro. Alguien famoso que no recuerda su nombre dijo: “El éxito es el sol de los muertos”, pero ella no pensaba morirse aún porque a pesar de todo se siente motivada a proyectarse a través del cauce turbulento y memorioso... En aquel instante fuertes carcajadas la traen a la realidad, sin embargo no le impiden escuchar una conversación entre Marcia y Lucía, su mejor amiga y que a todas luces se refieren a su persona. _ Parece que la “pobre” está bastante mal, su ex –esposo no la ayuda ni con un peso. Un día lo llamó por teléfono para cobrarle la mesada y se quedó escuchando toda clase de barbaridades que hablaba con la mujer que vive actualmente, una promotora rubia y tostada de la que te conté la otra vez, te acuerdas; tan borracha como él y entre ellos se tratan a garabato limpio diciendo tremendas groserías de la “pobre” que más encima escuchó todo por el teléfono porque una vez se les quedó descolgado. _ A lo mejor lo hicieron a propósito, contestó Marcia. _ No se me había ocurrido, sabes. Lo que sí tengo claro es que la “pobre” debería meterlo preso de una vez por todas, no tenerle lástima a ese frescolín, dijo Lucía. Marcia percatándose de mis ojos vueltos en la brusca realidad, cambió de tema: ahora sé por qué ando tan volada últimamente. Ayer me contó mi hija mayor que se cayó un niño de dos años desde el quinto piso del edificio y está muy grave. Le he dicho hasta el cansancio que debe colocar rejillas de protección, porque a mi nieto le llaman mucho la atención las ventanas y le encanta encaramarse para atisbar las alturas desde el séptimo piso donde viven, dijo Marcia para cambiar de tema. _También hacen estragos las preocupaciones en mi persona, pierdo los escasos reflejos que me quedan. Antes de salir no fui capaz de detener el portón eléctrico con el control, éste se me vino encima rayando las puertas de un lado del auto hasta atrás y más
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    encima arrancó unespejo de raíz. Quedé paralogizada ante la tremenda mole que se me fue encima con todas sus fuerzas. Creo que estoy reventada, agregó Lucía. ¿Qué irá a ser de nosotras en poco tiempo más? Ahora se acerca Elsa, dueña de casa y abogado quien pregunta si desean servirse algo más. Se sienta entre Lucía y yo. _ Alcancé a escuchar parte de la conversación y estoy de acuerdo en que la vida a veces se transforma en una verdadera locura. Fíjense que hace un mes, más o menos, saqué a pasear como de costumbre a Boby, quien como siempre pasa encerrado, de pronto se soltó lanzándose encima de una perrita muy mona y lanuda, de raza china igual a él, pero ésta furiosa lo mordió por todas partes dejándolo imposible. Lo internamos en una clínica más de una semana, pero eso no sería nada. Después de traerlo a casa para cuidarlo, ustedes saben lo regalón que siempre ha sido de nosotros desde que se casaron las niñas, una tarde, Francisco lo sacó a pasear aún vendado y además con curaciones, pero con tal mala suerte que se soltó de la cadena y después lo atropelló un auto en plena avenida Colón. Cuando Francisco se acercó a socorrerlo, Boby enloquecido de dolor le muerde el brazo, dejándole tremendas heridas. Por eso aún se siente un poco alicaído, porque el Boby no resistió tanto y murió finalmente en la clínica la semana pasada, dijo Elsa con mirada triste. _ Increíble las cosas que pasan, agregó simplemente Marcia. _ Alguien ha tenido noticias de Elena, pregunté tímidamente. _ Sí, hace unos días conversé por teléfono con su esposo. Tiene mal de Alzheimer y no reconoce a nadie, la mantienen amarrada en una silla de ruedas, con suero y en una clínica particular que les va a costar una fortuna. Él jubiló hace poco, pero igual no es suficiente y parece que va a vender el auto... El tiempo cura todos los males, pienso mientras apago la luz y la radio del velador. Comienzo a desvestirme tiritando de frío y enseguida introduzco hasta la cabeza entre la frazada y el plumón, con la decisión plena de romper con la realidad pululante de recuerdos y ruidos externos esta madrugada, sirenas, ladridos, como los últimos automóviles que
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    corren a perderse.También el canto de una cigarra que últimamente se niega a abandonarme. Seguramente debería comer con menos sal como dijo el médico. Quizá todo hubiera sido diferente, si la vida no me tiende aquel manto tejido de soledad lleno de rascacielos, autopistas y cerros de desechos en esta ciudad donde comencé a escribir mis memorias tratando en lo posible de destruir mi pasado. Quizá será el germen que permita a las ideas tomar cuerpo para poblar un día mi porvenir con nuevo significado, ya que desde hace un tiempo hago lo imposible por dejar atrás los sueños flotando en la humareda espesa que palpita dentro de mí. Igual que a la fuerza musical que estalla como una catarata antes de salir de la cabeza de su autor. Quizá, si abriera ventanas de aquellas vírgenes regiones algo soñolientas desde mi juventud, podría recorrer el presente reconociendo únicamente la existencia de mi memoria blanquecina. Al revés de los futuristas, sin salir de este espacio, a pesar que todo parece ser arrebatado ahora de mis manos mientras cae una neblina matinal fría y atónita sobre la ciudad de Santiago... A las diez de la mañana en punto me despierta el teléfono. Cuando aún hay visiones somnolientas que desparraman magnolias azufres. ¡Lo lamento, dice el buzón de voz! No se molesta si le hago una consulta. _ ¿Ha escuchado hablar del Parque del Recuerdo? UN SIQUIATRA SINGULAR “Desde siglos sale el Sol y se esconde” La segunda quincena de diciembre chorrea luz de las inmensas vasijas moldeadas durante el duro invierno, con el fin de iluminar a la poesía emergiendo perpleja de una tanda de comerciales en la silueta del viejo pascuero. Año tras año lo mismo, pienso ante el libro manchado que desenrolla horrores, guerras... Muchas veces, una canción enciende
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    estrellitas multicolores antesde escuchar campanadas, mientras la danza del viento trae el grito esperanzador de tantos que murieron en vano. Gente mutilada, labios sellados, manos vacías de los hombres que van con una bandeja clavada en sus brazos que no sirven para nada, salvo para encender más velas a medida que avanza la injusticia estableciendo brechas insalvables entre ellos. Si descendemos más aún en la escala mohosa se vislumbra el futuro bastante incierto de la humanidad, escuchando el noticiero como si nada sucediera en verdaderas programaciones de ciencia ficción. Así, el dolor no acarrea molestias en la moral colectiva y personal. ¿Qué es el tiempo, sino gotas de luz encendiendo los lirios? “Con sus manos entrañables, el miedo vela sus párpados y teme la imagen nubosa del espejo. Extrae su germen del carbón en los días venideros de un firmamento inexistente, donde pernocta la noche y enmudece toda canción.” Apenas alcanzo a colocar comillas y suena el teléfono. _ Hola. Cómo te fue con la sicóloga, pregunto. _ Más o menos, me contesta Paulina O, buena amiga. Aún es bastante joven, sólo diagnostica y enseguida deriva los casos a un Hospital Clínico donde tú te imaginarás son puros estudiantes. Con mi bagaje mental y todas las vueltas de la “life” no estoy para prestarme de conejillo de India. ¡UF! Necesito por lo menos un Master en siquiatría. _ Bueno, pero qué te dijo, insisto. _ A pesar de su falta de experiencia me hizo varias preguntas que sacaron a luz algunas de mis “pifias”. Sin embargo, a veces me contradecía de lo que estaba diciendo, entonces... Paulina, tomando un poco de aire continuó. Cuando uno está de duelo con el pasado, siempre piensas en lo malo que te sucede solamente, mientras anhelas cerrar bien las puertas y ventanas que dan al exterior a los cuarenta años, pero intuyes que tienes cosas más importantes que realizar aún. Por este motivo vives en pugna continua contigo misma y muchas personas cambian radicalmente de actividad, incluso comenzando una nueva vida en esta edad.
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    _ Mmhuu... Unduelo significa enterrar cosas buenas y malas, le dije no muy convencida. (Las cosas buenas siempre deben quedar a flor de tierra para acudir a ellas cuando es necesario) _ Sí... Inconscientemente estás ciega, deseas continuar sufriendo para que te vaya mal, además siempre eliges a las personas menos indicadas como pareja, por ejemplo, y así todos sienten lástima por ti. _ ¿En serio? No puedo creer tanta negatividad. Pienso que exageras un poco, a lo mejor necesitarías un exorcismo. (Risas) Mejor escucha lo que escribí, se llama “Desnudez del Sueño”. _ Bueno, pero que no sea muy largo. Mi papá necesita el teléfono. Tú sabes que nunca puedo conversar tranquila con nadie desde que está enfermo, dice Paulina molesta. _ (Lectura) _ _ _ _ _ _ _ _ _ ¿Te gustó?, pregunto. _ No entendí nada, lo encuentro bien depresivo, muy a tu estilo y me extraña mucho que no aparezca la palabra muerte. Aunque escuché algo parecido. ¿O fue idea mía? El segundo lunes de diciembre me desperté con las carcajadas y gritos del hijo del vecino del frente (17 años) y un grupo de sus amigos, que hostigan a un ratón con una varilla larga. El insignificante y repulsivo animalito de acequia, fue rematado con un rifle de postines finalizando después su larga agonía a la orilla de la calzada. Una persona del barrio sacó a un gato en brazos, seguramente para que se diera un festín, pero éste huyó aterrorizado como un bólido hasta perderse. Igual que el despertar de Gregorio Samsa, tardé varias horas en reponerme del primer golpe de la mañana al introducirnos en una pesadilla interminable, constatando una vez más la maldad humana así como nuestra existencia absurda con sus grandes ansias de felicidad... _ Hola. ¿Qué te pasó ayer en la tarde?, interrogo a Paulina por teléfono. _ No tuve plata ni para la micro y tampoco me atreví a pedirle prestado otra vez a mi mamá como hice toda la semana para ir a trabajar. No te puedo creer, apuesto que tenías
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    flojera, más encimaquedaste de invitar a Gina quien no sale nunca de la casa, le digo con un tono que sonó algo molesto. _ Perdona, se me olvidó llamarte, además ella me pidió que le ayudara con el vestido de Marilyn Monroe, cosido totalmente a mano. Un compañero de oficina la invitó a un baile de disfraces para el Año Nuevo, parece que un admirador nuevo, contesta Paulina. _ Bueno, dejémoslo para después de las fiestas. ¿Cómo te va con el siquiatra? _ Súper bien. Es amoroso, vamos a reunirnos con él y otros pacientes para celebrar Navidad, el 25. En estas fiestas aumentan las angustias de la gente sola, enferma...Fíjate que me invitó a Viña y al Casino el fin de semana, con todos los gastos pagados. También conocí el Hotel Sheraton, tiene hermosa vista hacia el cerro San Cristóbal. Conversamos mucho hasta las tres de la mañana. Oye, a propósito me puedes prestar el pijama azul de seda para fin de mes, lo encuentro tan elegante, me dice Paulina casi sin respiro. _ Por supuesto, ven a buscarlo cuando quieras, digo antes de cortar. “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.” Especialmente el tiempo, pienso un día de abril mientras releo a Borges cuando comienza el otoño con su vértigo de hojas amarillentas que riegan alfombrando el suelo. _ Hola, tanto tiempo sin saber nada de ti, saludo a Paulina por el auricular. ¿Cómo pasaste Semana Santa? _ Más o menos. Mi papá ha estado muy enfermo. Después de la operación lo dejaron con una bolsa en el esófago...es tremendo verlo así. Menos mal que el siquiatra me dio más licencia, otros seis meses. Así puedo ayudar y cuidarlo junto con la enfermera. _ ¿Otra licencia?, le digo. _ Sí, a causa del acoso sexual que sufrí en el trabajo. _ No me acuerdo mucho lo que sucedió. _ Si te lo conté, acuérdate, me dice Paulina. Un guatón asqueroso de la oficina cerró la puerta donde nos reuníamos persiguiéndome alrededor de una mesa hasta que logré
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    zafarme de ély arrancar a duras penas. Más encima, cuando lo acusé al gerente, éste no le dijo nada y todos lo tomaron para la chacota, pero tú bien me conoces. Ahora, Sergio L (siquiatra) me dice que no pueden despedirme y además tienen que pagarme hasta el último peso si lo hicieran. _ ¡Qué suerte la tuya! Dónde conseguiste alguien tan eficiente. _ Me lo recomendó una colega y amiga. Él tiene su consulta cerca de Providencia, en una hermosa y señorial casa de dos pisos. Nos hicimos bien amigos, me presentó a su hermana casada y a sus padres, también a varios amigos y sus señoras con quienes nos reunimos a comer una vez a la semana. Fíjate que nos quedamos con los pasajes comprados para ir a Machu Pichu cuando mi papá se agravó, me cuenta Paulina. _ ¡Qué pena!, contesto. Oye, pero continuando con el siquiatra. ¿Estás pololeando? _ ¡Noooo! Es buen amigo solamente. Se separó hace varios años, no tiene hijos y nunca se volvió a casar, me responde Paulina. Continuando con Borges: “Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis días merezcan el olvido.” Así llegan y se fueron rápidamente las vacaciones de invierno y pocos días antes del Dieciocho de septiembre, me enteré de la triste noticia de la muerte del padre de Paulina. “Sentí, como otras veces, la nostálgica sorpresa de comprender que somos como un sueño”. La iglesia donde se celebró la misa por el alma de don Alfonso se repletó de gente hasta la calle y Paulina salió muy serena del brazo de su madre, al menos así lo aparentó. Solamente, casi dos años más tarde y cuando perdí a mis propios padres, comprendí que cada cual tiene su parte de dolor en esta vida. Y que a veces, éste muerde con furia. El valor de la verdadera amistad sirve para fijar en la memoria aquellos días que se pierden soñando con un destino diferente del que nos tocó vivir. Deshabitada la calle de las rondas con falda y can- can, el juego de la pelota, de las Naciones o de las escondidas en una vieja despensa. Hoy, con cerrojo y una capa de musgo que sepulta el paso inevitable que ocupó la adolescencia y el consiguiente vértigo que continúa al entrar en la adultez más el tiempo inexorable que avanza y nos apresa en una ciudad que ha crecido desmesurada y
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    desquiciadamente amenazando condevorar todo vestigio de nuestro pasado. Menos el lugar intacto que me vio nacer. A pesar de todo, el viento no ha logrado derribarlo, tampoco la nieve ni el agua han trepado los dos escalones embaldosados que llevan hasta su puerta. Sólo el pino afiebrado por un temporal de modernidad de los jardines de antaño, cayó en unas manos sin compasión que lo cortaron de raíz. Ahora pululan los edificios de departamentos por todas partes y se levantan cada día inmensas moles cementadas que abren sus brazos invadiendo la privacidad del cielo entre las nubes, esparciendo el grito silencioso de sus moradores como lluvia fina, empapando calzadas y veredas. _ Qué pasa con tu teléfono, siempre contesta la grabadora y es imposible preguntar por ti, le digo una tarde de octubre a Paulina. _ No sé, todo el mundo me dice lo mismo. ¿Vas a estar en tu casa el sábado en la tarde?, me pregunta. _ Sí. Ven a tomarte un café y conversamos. Hace tiempo que no copuchamos un poco. Paulina no apareció el sábado. Su mamá todavía no está en condiciones de quedar sola en casa, pero a mediados de octubre, mientras la primavera que enciende algunas chispas que revolotean originalmente sobre el césped desbordando su melancolía, llega Paulina a punto del quebranto en su mirada llorosa en cuanto le pregunto cómo va su vida. _ ¡Ah! No sabes lo terrible que ha sido para mí este último tiempo. Me lo he llorado todo, dice sentándose cansada en el sillón. Ya no tengo más lágrimas para derramar y prefiero recordar tiempos mejores. A veces voy al cementerio a cantarle el himno del Instituto (?) a mi papá, a quien le encantaba. _ Claro es mejor. Además, es normal que los padres se vayan algún día, respondo. _ No es eso solamente. Fíjate que el mismo día que falleció el papá, Sergio L., el siquiatra, me envió a decir con la amiga que me lo recomendó, que nunca más me aparezca en su consulta pues, no desea verme ni en pintura y por lo tanto, ni siquiera lo llame por teléfono, me dice Paulina de corrido. _ ¡Qué extraño! pasó algo o discutieron, le contesto.
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    _Nada, te prometo.Sucedió así, sencillamente no desea verme más. _ Pero intentaste pedirle una explicación. Aunque me parece difícil la situación. _ Esto me ha dolido tanto, como nadie puede imaginárselo, continúa Paulina con rabia en sus ojos. Nos hicimos tan buenos amigos, siempre me llamaba para salir y también para ayudarle en sus trámites bancarios, incluso me encargó comprarle un computador para su oficina. _ ¡Ahí está!, un lío de platas, le contesto por decirle algo y a pesar, de reconocer su rectitud al respecto. _ ¡No! Tú me conoces, me dice con seguridad Paulina. Todo esto es tan extraño, se cambió de oficina, secretaria, teléfono, como si ahora fuera otra persona, continúa. Un día me encontré con él por casualidad en la puerta de un ascensor, en el edificio donde me entregaron el resultado de unos exámenes del colesterol. Te juro que yo no tenía idea que se había cambiado allí. Y ahora viene lo bueno. ¿Me vas a creer que cuando me vio puso una cara de espanto? Entonces aterrorizado, como si hubiera visto al mismo diablo en persona salió disparado del ascensor. (Risas de Paulina) _ (¿ ?) _ Ríete no más con confianza me dice, no lo encuentras muy cómico. _ No mucho. Qué quieres que te diga, creo que a tu siquiatra le está fallando el coco firme ¡Ah, ahora entiendo! En eso consistió la terapia, él se queda con la locura y tú continúas con tu vida. Además te encuentro muy bien. ¿Continúas con los medicamentos? le pregunto. _ Sí, pero media dosis solamente. _ Entonces adelante y olvídate de ese excéntrico personaje. ¿O te enamoraste? -No, te prometo que siento que perdí a un gran amigo y un confidente. Estoy demasiado dolida con él para perdonarlo y comprender mejor de qué se trata todo esto, dice Paulina con la mirada confusa.
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    _Al parecer seinvolucró demasiado contigo como paciente y cruzó peligrosamente el límite personal a lo íntimo. ¿Verdad qué no pololeaste con él?, digo majaderamente. _ Nada, ni siquiera un beso, me dice Paulina con seriedad. _ Pero no niegues, que a lo mejor inconscientemente deseaste que esta amistad pasara a una relación más profunda. Quizá él esperaba que tú tomaras la iniciativa, actuando con muy poca ética profesional, por lo demás. _ Creo que ni uno ni lo otro, porque nunca me sentí enamorada de él. _ Entonces porqué lloras tanto por su persona, pregunto. Además reconozcamos que puede ser buen siquiatra, pero como persona deja bastante que desear. _ Bueno, no sé... Fue una hermosa amistad y pensé inocentemente que podría durar más tiempo, eternamente, dice Paulina tratando de engañarse a sí misma todavía por un tiempo indefinido. O bien para toda la vida. HISTORIA VIRTUAL (Paulo y Alcione) ¿Cómo sabes? A lo mejor, el próximo puede resultar “ser” tu año, contesto distraídamente, mientras miro una fotografía de S. Tunick con los desnudos del forestal. A pesar del frío invernal me contagia la expresión alegre de millares de ojos sin nada que esconder. Sus cuerpos se ven tan ligeros como las aves del cielo devorados por el aire. Allí donde se disipa el miedo y muchas veces la pena negra que embota por lo general, la vida del hombre y mujer santiaguinos.
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    Sí, contesta Paulo(28, arquitecto recién egresado) sin mayor entusiasmo, sentado como de costumbre frente al computador encendido y donde se observa un plano panorámico de la plaza de Llo- Lleo. Oye, a propósito aún no me cuentas nada acerca de la “garota” que conociste a través de Internet. Me contaron que viene en julio a conocerte... Sí, chateamos un tiempo, seis meses más o menos. Presiento que ella es algo especial, no sé. Estoy seguro que he conocido primero su alma antes que su pelo o sus piernas, contesta Paulo. Qué romántico, quisiera saber más... Alcione Mattos Ferreira, 26 años, vive en Río de Janeiro con sus padres y hermano menor (19) Trabaja en Alpina Briggs, empresa inglesa de defensa ambiental. Habla portugués, inglés y un poco de español. Su nombre significa: “pájaro carpintero, estrella más grande de la constelación de Tauro y planta marina” además, tiene una voz de gatita mimosa más dulce que la miel, me dice Paulo casi sin respirar y quien ha dejado de pulsar el teclado. Entonces, girando una vuelta completa en la silla se explaya con gran entusiasmo hablando de ella con su mirada resplandeciente y casi como susurrando. ¡Ay, que emocionante! Mejor cuéntamelo todo, digo cerrando el álbum para continuar mañana con el trabajo. Total, aún resta algún tiempo para plotear los planos y dar el último toque a las fotografías hoy en la noche. El primer sábado de julio, Paulo salió camino al aeropuerto en busca de Alcione. Tan sólo porta una mochila azul en la espalda y se despidió de su madre en la puerta advirtiéndole que no llegará a dormir aquella noche, como ninguna de las noches siguientes que duró la estadía de la morenaza en Chile. Subió a un bus hasta la Alameda y en seguida a un colectivo donde se entretuvo imaginando cómo sería aquel primer encuentro, enfrascándose en el paisaje mientras el automóvil avanza con dificultad entre una columna de vehículos y después, más adelante en una avenida de palmeras. Siente un vacío tremendo en el
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    estómago que leresultó muy difícil de soportar. Entonces, recordó que a veces resulta muy bueno recorrer hacia atrás en el tiempo, rebobinando la realidad para ver las cosas con cierta distancia y así calmarse un poco tanto para disfrutar de la hermosa arboleda a la entrada del aeropuerto como imaginándose a Alcione. Dios, pensó, mueve las piezas del ajedrez con mucha precisión y sabiduría, así nosotros podemos hacer muy poco, salvo ponernos en camino y ejecutar sus deseos. Por muy variado que sea el abanico de posibilidades que se abre, siempre será superior esa fuerza que emana de su voluntad cuando deseamos emprender algo en la vida. Ahora se encontraba a muy pocos pasos de la entrada principal y comenzó a sentir un ardor insoportable bajo la piel mientras caminaba con los ojos enrojecidos, además que comenzó a sentir los pies y manos helados a causa del frío y de la emoción. A pesar que el sol había salido solamente para recibir a Alcione aquella mañana. De pronto, obligado a salir de la superficie memorial, divisó frente al panel de aterrizajes a Mónica y Belfor, pareja de amigos chileno- brasileño encargados de recibir y dar hospitalidad a Alcione. Después de saludar e intercambiar algunas brevísimas frases Paulo, consultó inmediatamente si había aterrizado el avión. El sol cada vez más irreal y pálido, apenas entibiaba ese mediodía. Cuando se encontró frente a frente con sus ojos sonrientes se sintió desfallecer, nunca imaginó que Alcione fuera tan bella y luminosa. La atrajo hacia sí torpemente, con timidez y luego se fundieron en un largo abrazo sin despegar la mirada uno del otro. Se quedaron así varios segundos (o minutos) sin escuchar la voz del mundo a su alrededor, así quietos y silenciosos como en el firmamento mismo. Durante su permanencia en Chile, Paulo y Alcione se volvieron inseparables. Un ávido deseo los redujo a una sola persona amorosa, unas veces abrazados o simplemente besándose, destilaban a todas luces un torrente de pasión en sus miradas. A veces, ella reclinaba su cabello encrespado y revuelto sobre el pecho semidesnudo de Paulo, consumido por la dicha inmensa de sentirse amado por primera vez. Desde un principio,
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    sintió que laamaba más que a nadie en el mundo y los veinte días que pasaron juntos se esfumaron con rapidez. Soy tuyo para siempre, le dijo un día y quiero casarme contigo. Antes de despedirse, mirándolo profundamente, Alcione se despidió con los ojos humedecidos y entregándole un sí como respuesta se perdió detrás de una hermética puerta del aeropuerto Pudahuel, dejándolo consumido en una pena negra que incluso le acalambró brazos y piernas, paralizándolo por varios minutos. En el bus de regreso, Paulo oculta su tristeza bajo unos lentes oscuros, cuando hasta parece que el sol se arrancó detrás de Alcione. Pero, algo le dice que esa despedida no será para siempre, ya que está decidido a seguirla hasta los confines para conseguir el gozo de su compañía. Porque ya no concibe la vida sin ella y comienza de inmediato a lanzar las redes en torno a su destino que ahora cambia bruscamente el rumbo, dejándolo ante un muro divisorio: antes y después de conocerla. Así, decide que nada puede volver a separarlos y viajó a visitarla para conocer a sus padres en septiembre, con un anillo de piedra cristalina en su bolsillo que le regaló su madre. Lo que sella el compromiso, fijando inmediatamente la fecha de la boda: ocho de febrero del año dos mil tres. Ahora se acerca Navidad y a Paulo solo queda esperar. Brotaron hojas, plantas y el verano alienta sueños desquiciados en la mayoría de la gente. Más, Paulo y Alcione confían en su Amor y en el futuro. Ojalá ella encuentre pronto un trabajo en Chile y quizás a él, le aumenten un poco el sueldo o se cambie a un empleo algo mejor. Pero, lo más importante de todo es que este amor perdure en el tiempo real para siempre jamás.
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    “Madre de Chile” I.Antes de Navidad Carmen, con los ojos adormilados mira la contratapa del diario dominical en el piso que dice con letras blancas: ¿Cuál fue nuestra victoria? Un libro. (Pablo Neruda) Por supuesto, no le dicen mucho esas palabras y aunque conoce de sobra al poeta nunca ha leído nada de él, porque salió a los doce años de su casa en Temuco a trabajar en la capital y volver sólo en las vacaciones. Sin desperezarse aún por completo se sienta al borde de la cama para tomarse el pelo largo y ensortijado con un cole azul. Después de una ducha corta y tibia, mira con ternura a Panchito (2), quien duerme a pie suelto en su cuna y saliendo silenciosamente del dormitorio cruza el patio de atrás de la casa donde trabaja hace quince años. Los chubascos de la madrugada humedecieron el pasto y la piscina cubierta de hojas tiene un aspecto amarillento. A las siete y media en punto, están desayunados los tres hijos adolescentes de sus patrones quienes se van al colegio con el papá…” Y la lluvia caerá, luego vendrá el sereno…” de los Iracundos, suena de fondo en la radio de la cocina, mientras Carmen se toma un té antes que despierte Panchito, quien no la dejará tranquila hacer las cosas. Cada vez más crece en su alma el deseo de volver al sur, ya que la plata no le alcanza para nada y el niño llora cuando no le permite desordenar ni tomar nada pues se enojan los patrones. Muchas veces al día tiene que rociar spray si el niño se hace caca, ya que aún no avisa, entonces lo reprende un poco, pero su amor de madre es tan fuerte que después le acaricia. Seguramente por eso no aprende, piensa ella con tristeza mientras sale bruscamente de sus cavilaciones con Panchito llamándola a gritos. Después del abandono irresponsable del padre que lo concibió una noche cualquiera y que más tarde le confesó
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    que estaba casadoy no dejaría por nada a su mujer, Carmen nunca piensa ni ha vuelto a saber de él. Ahora con treinta y ocho años, de apariencia delgada, el cuerpo firme y el rostro de una mujer joven todavía, mira el futuro con optimismo porque está acostumbrada a luchar y tropezar con muchas dificultades desde muy pequeña. Panchito, con su carita inocente le hace olvidar los sinsabores y las penas de su vida cotidiana, con menos soledad que antes pero con más sobresaltos. Cuando el niño se enferma, tiene fiebre o le salieron sus primeros dientes y no comprendió porqué lloraba tanto. Desvelada algunas veces en la noche por el cansancio y el trajín, con los ojos abiertos mira la luna brillante a través de las cortinas. Y cuenta los días y los meses del largo e interminable invierno, llorando sin hacer ruido hasta que la vence el cansancio y ya clarea el alba. ¡Qué ganas de quedarse otro momento en la cama al lado de su niño y hay que levantarse con tanto frío! II. Navidad Un pájaro que pasa rozando la ventana como una metralla de luces la despierta a las seis de la mañana. Se aproxima Navidad. Aunque Carmen, aún llora a veces en las noches, aprendió que sólo a través de la imaginación puede gozar de momentos bellos que no existen realmente pero, que tienen el gran poder de producirle algún grado de felicidad. A pesar, de sentirse muy deprimida y vulnerable, se anima a continuar sin desmayo en sus desvelos de madre como en su trabajo. Además, le encanta pensar que todo se va a arreglar como por encanto en un futuro próximo. Con la proximidad de Navidad. Así, este año piensa arreglar el árbol con más entusiasmo que nunca, aunque ya nadie la ayude como antes, pues los “niños” ahora tienen otros intereses, fiestas, pololas, paseos en auto. Han cambiado tanto que ya ni los ve mucho en la casa y si están, ni la miran siquiera o pasan delante de ella como si no existiese, entran y salen todo el día como huracán. Por esta razón se siente feliz de tener a Panchito, el único capaz de detener el
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    círculo de lospensamientos interminables que abren la brecha, entre el ajetreo diario y la noche oscura que oculta los sueños de Carmen. Ahora que faltan apenas dos días para Navidad ya no tiene tiempo para pensar ni llorar. Con tanto ajetreo, compras y preparativos, se embotan sus sentidos negándose a sí misma hasta que pasen las fiestas. Especialmente por Panchito que mira como alucinado el árbol cuando ya no le interesa apretar las esferas multicolores ni sacar las guirnaldas, después que le gritaron tanto y hasta le dieron unas pequeñas palmadas en sus manitos por desobediente, las que seguramente no le dolieron tanto como a la Carmen, la que se puso roja de rabia y les sacó en cara su poca paciencia con el niño, recordándoles cómo fueron de mal enseñados por ella cuando pequeños, los malagradecidos. _ Te apuesto que para variar otra vez hay pavo con papas duquesa y ensaladas igual que el año pasado. ¡Puchas que estay creativa! le dice Patito (16) a Carmen, quien así cariñosamente le llama aún. _ Bueno, come si querís no más, le contesta ella molesta y desapareciendo de un portazo tras la puerta de la cocina. En ese momento, Panchito de la mano de Magda (13) mira ensimismado el pesebre bajo un hibisco al fondo del patio y frente a la ventana de la cocina. Carmen, lo mira con ternura y se le pasa la rabia como por arte de magia. Tantas cosas que esperó de este año, diluidas irremediablemente con la lluvia y el viento invernal. Ahora, sin resonar de trompetas resucitan todas las esperanzas en la forma de alegres pájaros y flores. Un arcoiris celestial que dispersa por estos días un poco las penas. Panchito, es el primero en llegar corriendo a la mesa cuando Carmen llama a tomar “onces – comida” en la mesa del patio, a las siete de la tarde. Falta un día para Navidad y la señora le dio permiso para pasar la Nochebuena en casa de una prima lejana que vive en
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    Santiago. Sólo tieneque dejar todo listo y la mesa puesta. Algunos amigos bastarán para calmar su corazón apesadumbrado con el recuerdo más vivo en estos días del papá de Panchito. Mañana en la noche, vestirá la misma blusa de seda celeste con el que tanto lo impresionó cuando éste la vio por primera vez. Se la había regalado su patrona cuando le contó que estaba invitada a una fiesta de cumpleaños y no tenía con qué ir. Con la llegada del Niño, entre el sonido de campanitas de cristal y burbujas risueñas, se cierra la fuente de tristeza por algunas horas mientras, cada uno abre su regalo antes de que se apaguen las luces multicolores. Sólo los ojitos vivaces y oscuros de Panchito, ayudan a mantener el fuego encendido que alumbra las noches de Carmen después de la Espera tan anhelada. III. Ultimo día del año El 31 de diciembre, Carmen despierta y abre las ventanas del dormitorio hasta atrás. A las ocho de la mañana Panchito, ya salió de su cama y el aire fresco no mueve ni una hoja de los árboles. Mientras el niño juega con un camión de plástico bajo la mirada atenta de su madre, ésta arregla los últimos detalles para la cena de Año Nuevo en la mesa del patio. Sólo falta el mantel rojo que ofreció una hermana de la señora. Parece increíble que con tanto calor la gente aún tenga deseos de comer, piensa Carmen. Hasta los automóviles vuelan hacia un destino fantasioso que promete un gozo que comenzará a las doce con los fuegos artificiales y las burbujas chispeantes del “champagne”. Toda la gente circula con agitación por las calles, en una verdadera carrera detrás de sus esperanzas hirvientes y el calor sofocante. Carmen, se sienta un momento frente a la mesa que adornó con esmero para la ocasión. Se siente agotada, tiene las piernas hinchadas y un ardor en el estómago. Panchito se quedó dormido. Ya son más de las siete y es el único lugar donde se puede respirar a esa hora. Una pequeña brisa juguetea entre la arboleda del jardín. Esta noche ayudará a la
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    señora con lacena y mañana le dirá finalmente que está decidida, se irá a vivir y a trabajar al sur. El niño necesita conocer sus raíces para conectarse con la tierra de sus antepasados. Si no, irá por la vida buscando algo que no sabe muy bien qué es. Como ella que siempre se avergüenza cuando alguien le pregunta en qué trabaja. Al papá de Panchito le contó que era secretaria, siendo una razón primordial, según él, por la que se alejó de ella cuando supo la verdad. Después de tantos años sacrificándose desea comenzar una nueva vida, por supuesto trabajando en lo mismo, como Asesora del Hogar, al fin y al cabo es lo único que sabe hacer bien, pero aceptándose a sí misma en un ambiente más familiar y cercana a los pocos parientes que le van quedando, hermanos, primos. Quizás, de esta forma finalice el tremendo dolor que ha significado el desarraigo en su vida, a pesar de que sus patrones se puede decir que han sido muy buenos con ella, pero aún así siempre la hicieron sentirse la “empleada” de la casa. Bueno, más bien ella nunca quiso ocupar otro lugar que el que le correspondía. Ejemplo, nunca se bañó en la piscina ahora llena de luces y velas para encender en la noche. Ni los pies siquiera, pero eso ya no tiene ninguna importancia, lo que pasa es que ahora piensa en Panchito, quien le dice con sus ojitos “Mamá, así voy creciendo” y necesito un espacio libre de prejuicios donde desarrollarme con alegría. Donde no me digan a cada instante y por cualquier motivo que estoy estorbando. Quiero jugar y correr libremente como todos los niños del mundo. Un aire fresco que mueve las ramas del árbol “navideño”, sacó a Carmen de sus cavilaciones y en seguida se levanta a cortar algunas hojas del mismo laurel, las que se apresura a poner en un plato como un augurio de abundancia para el Año próximo. Pasadas las diez de la noche y después de una larga sesión de fotografías, recuerdos para la posteridad de los dueños de casa y de sus familiares, todos se sientan a la mesa como habían acordado. Cenar antes de las doce. _ Somos trece, por favor sienten también a Panchito para mejorar la suerte, dijo alguien.
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    Carmen, se apresuraa sacar al niño del coche y lo sienta en su falda, pero él lanza un gritillo nervioso que no se sabe si es risa o llanto. En la mesa abundan grandes y hermosas fuentes con ensaladas, pavo, carne y papas duquesas. Cada uno se sirve su plato y comienzan a cenar. Cuando ya faltan pocos minutos para las doce todos comienzan a levantarse de sus sillas y a destapar el “champagne”. La mayoría busca a quien abrazar primero, las niñas a un hombre, para encontrar en el transcurso del año, al fin un pololo o un esposo si está en edad de casarse. Carmen no suelta a Panchito de sus brazos por nada del mundo, mientras torrentosas lágrimas caen de sus ojos todo el tiempo que duran los saludos. Más o menos media hora. Después nadie vuelve a sentarse en la mesa, ni siquiera para el postre, formándose grupos pequeños de conversación. Una fuente llena de frutillas y frambuesas con azúcar flor, tortas heladas con nueces, aparecen de mano de la Carmen en la mesa. Todos se sirven un poco de aquí y de allá, mientras en el cielo se elevan algunos globos llevándose el año Viejo. Ya no hay vuelta atrás. Todo lo sucedido, cena, abrazos, conversaciones, ya pasaron a formar parte del pasado. Carmen, ayudada por algunas personas, recoge rápidamente las cosas de la mesa y se retira a la cocina a lavar la loza. El niño, sentado cerca de ella en el coche, juega con un autito. En la mañana temprano del día primero de enero, mientras Panchito aún duerme con su pelo revuelto, Carmen presiente sin saber por qué, que este año que comienza va a ser mejor. Todas las lágrimas derramadas en la noche anterior dejaron limpio el espejo donde se devela su futuro. Allí, divisa el rostro feliz de un niño con sus alegrías y penas, representando a la vida en todo su esplendor. Como nunca se siente renovada y con fuerzas para continuar llevando la pesada mochila de criarlo en su espalda. Tiene la certeza de hacerlo con éxito. Quizá, más tarde hable con la señora de sus proyectos, mañana. Por ahora, el cielo más transparente, lava sus ojos con optimismo. En aquella fuente celestial y
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    milagrosa que acogea toda mujer que posterga un poco su vida al decidir por la maternidad. LA PIEL I Parte Con los ojos aún adormecidos, Paulina lee distraídamente la contratapa de un diario en el suelo, esto termina por desperezarla y pensar en que todas las historias no son iguales. Hay algunas mujeres que se levantan sin titubear, con la mirada impávida y sin denotar el desasosiego que las aflige. Parecen diosas lejanas, siempre arregladas y pulcras, como salidas de una revista de modas o de la peluquería. Calle arriba, sin mirar el suelo, manteniéndose en el tiempo igual que un retrato guardado en un baúl, solamente salen de su lugar sagrado para mirarse en el espejo esperando que algo interesante les suceda. Viajar, conocer gente y ganar dinero. En cambio a ella, lo único que le resulta bien es fotografiar, pues su vida es una seguidilla de fracasos, contrasentidos, problemas económicos y desilusiones amorosas… Mi nombre es Paulina Altamirano Esta tarde, enero despide aromas a lavanda y pino, pero no tengo idea qué hora es. El tiempo gira lentamente como remolino del estío, arrastrándose a través de un cristal abierto del dormitorio y donde titilan las sombras de una rama del árbol de la calle. Ultimo día del mes y nada amenaza con romper la rutina habitual. Una mujer, con bolsas del supermercado, camina rápidamente por la vereda asoleada. La casa inventa ruidos ilusorios, pasos, crujidos del closet y voces imperceptibles que acompañan a frágiles siluetas flotando a la orilla de la cama. Quisiera dormitar aunque fuera por unos minutos pero, los sedantes ya no me hacen efecto, menos cuando la memoria comienza a deslizarse en una cascada que empaña toda razón. Quedó atrás la hora transcurrida entre vapores ensoñadores que se apegan a mis pestañas y a los muslos tibios. Sólo los latidos del corazón me obligan a salir de este letargo casi fatal, donde se escuchan hasta los silbidos al
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    respirar. Soy Licenciadaen Artes, pinto y últimamente me dedico a la fotografía. Obtengo el material gracias a mi trabajo en un museo donde no gano mucho pero, al menos me pagan la salud y puedo vivir como una persona normal, aunque modestamente. En este momento me siento confortada bajo las sábanas albas que abrigan mi desnudez completa y no me embarga ninguna emoción en particular. Un aire tibio que me acaricia la piel de la espalda me acuna en sus brazos. Así, el recuerdo aprovecha las circunstancias favorables para aligerar su pesada carga. Sin voracidad, la luz se filtra a través de las cortinas desteñidas del dormitorio. Falta todavía para el ocaso y no me interesa saber la hora. Un automóvil pasa tocando muy fuerte la bocina, camina gente por la vereda conversando y ladra un perro pero, en seguida vuelve a arremeter el silencio. De pronto, tengo inmensas ganas de llorar pero, no sé porqué, creo que necesito dormir un poco, al menos aquello tiene mayor sentido. El sueño, acercándose por el pasillo sin aspavientos con su acostumbrada paciencia se deja caer en cuerpo y alma. Entonces, besándome en la frente la realidad se desvanece al instante como un ángel. Acunada en sus alas sedosas, recorro patios llenos de naranjos y muros descascarados del ayer. Aquí no hay sombras que envenenen el aire en su constante vaivén, sólo paisajes asoleados y calles empedradas. Casas con alegre colorido, faroles y buganvilias en macetas, me hacen percibir este viaje como el camino de mi existencia, lo que me lleva hacia un abismo de interrogantes ante la percepción arrolladora de colores y espacios. Después, todo esto se traduce en la necesidad de enfrentar la vida de todos los días, cuando sobreviene esta sensación de vacío que, a pesar de todo, es una forma de felicidad que resulta de mirar hacia adentro y reconocerme maravillosamente libre durante esta travesía a campo abierto. Al revés de vivir en esta urbe colapsada y enorme de tanta frialdad. Dormí hasta las nueve y media de la mañana. Mientras estiro un poco sobre el pasto el pareo brasileño que me regaló Rodrigo, me recuesto a la semisombra de un castaño y cruzo los brazos mirando el cielo. Ya lo dije antes, me dedico a fotografiar la piel. Aterciopelada, lisa, brillante, arrugada, suave, curtida, húmeda. Toda una infinidad desfilando ante mi
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    desorbitado lente consu deseo entrañable de luminosidad, escudriñando ínfimos poros, lunares, venas, vellos, manchas; mientras avanza en aquel campo veteado asomándose con inocencia y ante mi propio asombro, que bulle a borbotones con estas visiones. La piel. Siempre me deja perpleja, sin cruzar el límite real que desenreda el ovillo del entramado tembloroso de aquel contorno ilusorio que protege nuestra carne sangrienta. Han pasado las horas y nuevamente llega el crepúsculo. Siento escalofríos y los pies helados mientras riego el pasto, más tarde cuando entre a la casa beberé un té hirviendo de bergamota. El mismo que tanto le gusta a Quely. Hoy, Rodrigo insistió tanto en lo templada que encontró la piscina esta tarde. Seguramente tontas disculpas para arrancarse por unas horas a Viña, según él por trabajo. No es para menos con treinta y cuatro grados y una relación que se vuelve cada vez más asfixiante. En este momento suena el teléfono. Una llamada de Quely desde Florencia, le dije que no se preocupe por nada, todo bien, yo y también su casa. Ahora el sol ya se escondió tras del techado y un airecillo fresco remece las enredaderas. La piscina parece una taza de leche y en su quietud apacible se reflejan las primeras estrellas del atardecer. Voy a encender algunas luces y después de fumar este cigarrillo me encerraré en la casa, porque siento un poco de frío. Rodrigo, finalmente se fue a Viña y no vuelve hasta mañana. Prometió que no me dejaría un día más tan sola, última vez, mi amor, dijo. Pero dudo que pueda cumplir su promesa. Cada vez nos alejamos más, como las nubes donde se pierde un avión descarriado. Releo algunas líneas de un poema que Rodrigo me escribió hace tiempo: “Esta mañana se fue el verano/ mis ojos tristes en la lejanía/ mirar los tuyos ya no consigo/ y hace que parezca noche el día”. Salgo del dormitorio y mientras camino a oscuras por el pasillo hasta la cocina, vuelve a resucitar veladamente mi tristeza sumiéndome en un estado casi paranoico. Lloro sinsentido como un niño inocente que no sabe por qué siente pena. Entonces, después de apagar la luz de la lámpara cruzo el puente, adentrándome en el mundo inquietante que comienza después de cerrar los ojos todas las noches. Porque soñar es encontrarme, frente a frente, ante una muralla que deja al otro lado una realidad
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    desfigurada y hambrientaque oculta lo que “soy” en la oscuridad más absoluta de mi conciencia. Por esta razón, nació la necesidad de escribir de ahora en adelante mis sueños, para escudriñar en ellos lo que me resta de destino todavía. Adentrándome en ese mundo virtual que me aspira con su luz incandescente, puedo leer de corrido tanto las huellas que va dejando en la pantalla como las marcas del amor de Rodrigo en mi piel. II Parte Otro verano que se aleja recogiendo con su estela toda la hojarasca que dejó el estío. Una blanca paloma que está en los cables telegráficos, absorbe como una esponja la luz del sol que adquiere un brillo lunar que me asombra. Los trajines de la ciudad santiaguina: compras, útiles escolares, uniformes, anuncian el comienzo real del año que se viene encima como un río desbordante que aniega de ansiedad calles y malls, donde camina la gente con mucha prisa y con rostro desfigurado de preocupación. La iglesia llama en este tiempo a practicar la limosna, es decir el bien, junto con la llegada de Cuaresma pero, aún así, todo lleva a pensar en comprar cosas, salir y pasar lo más entretenido posible. Trompetear por delante que todo está bien, es sólo un modo de sobrevivir en estos días. La gente se desnuda en el secreto de su habitación de todo lo sobrante, mirándose sin reconocer su rostro en el espejo empañado. Marzo, tiene su cuota de misterio, pero en la búsqueda de cada uno tras de su destino hay una verdad: “Soy esto y es todo lo que tengo, parecen decir las paredes de la habitación donde aún sin máscara, es imposible ver la realidad.” Así comienza el otoño que deja también bajo las hojas, las ansias locas de una ciudad que no duerme nunca y donde los sueños se derritieron con el verano caluroso. Entonces desde la lejanía, con palomas blancas en el cielo nos dicen adiós para siempre. Hoy sábado en la mañana, junto con las hojas ha llegado una carta que está en el suelo bajo la puerta de entrada. Más tarde bajaré a recogerla. Seguramente algún aviso de una cuenta. El viento dispersó las nubes que proliferan en un cielo de abril cada vez más grisáceo. La
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    carta trajo noticiasde Rodrigo aún en España, picando piedras en una cantera de Gilbraltar. Le pagan por cada pieza que esculpe, pero hay un problema: todas deben ser parecidas o más bien exactas, lo que para él significa un verdadero insulto a su creatividad y por lo tanto, trabajar así se ha trasformado en un tormento, y sólo por necesidad continúa allá. No le alcanza más que para vivir decentemente o casi… Igual que siempre le reitera hasta el cansancio sus ganas de volverla a ver, y en adelante se promete a sí mismo como a ella, juntar dinero para volver a Chile y tratar de encajar en el “sistema” de una vez por todas. Con esa capacidad tan suya para mantenerse al margen de responsabilidades como trabajo, matrimonio y compromisos en general, siempre fue el asombro de siquiatras o sicólogos, lo que además representaba un verdadero orgullo a estas alturas de su vida, con cuarenta y tres años cumplidos, tiene impreso con fuego un sello en la frente que lo hace diferente. Sobre todo para las mujeres que llevadas por un cariño maternal lo acogen en su seno, mientras él se deja querer sin poner nada de su parte, ni el más mínimo sacrificio. Por eso Paulina, se llevó la tremenda sorpresa cuando éste le anunció su partida. En febrero del año anterior, sentados en un banco del Parque Forestal, justo al frente del departamento de Paulina y donde se realizaba una Feria de Libros usados, una tarde calurosa y mientras bebían abundante agua mineral, Rodrigo le dijo: -Me voy a España a trabajar un tiempo largo. -Te vas con ella supongo, le dijo Paulina. -No, al contrario, contestó él. Marcia me echó de la casa definitivamente, ya te he dicho mil veces que no queda nada entre nosotros, nuestra relación se ha hecho insostenible. Tengo que pensar qué hacer con mi vida, porque me siento vacío, sin expectativas ni metas. -Dedícate en adelante y una vez por todas a lo que es tu pasión. Con cuerpo y alma a lo que tienes que hacer. Aquello que te enaltece y te hace sentir realmente vivo, le contestó ella casi susurrando y mirándolo profundamente a los ojos. -Esta vez te prometo que voy a hacer todo lo posible de mi parte. Quiero horadar la piedra hasta encontrar el diamante espléndido que siempre se resquebraja entre mis dedos, pues
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    todo lo quetocan se vuelve arena. Deseo que a la distancia moldees este espíritu que vaga sin destino en la neblina de las indecisiones y dudas, porque me encuentro vencido de antemano. Para mí ya no hay follaje ni río. Sólo cenizas que se apilan bajo mi ventana impidiéndome ver el cielo. Aquél que conocí sólo al lado tuyo, finalizó Rodrigo abrazándola como siempre que se entusiasmaba mientras la convencía con hermosas palabras, terminando aquella tarde sumergidos uno en la piel del otro, jurándole amor hasta morir. Además, le dijo que deseaba apartarse definitivamente del episodio que según él lo tenía marcado para siempre. Como la primera vez a principio de la década de los ochenta, una segunda detención de Investigaciones por motivos políticos, en plena democracia y con el respectivo hostigamiento e interrogatorio de aquellos hombres vestidos de negro que nunca le explicaron el verdadero motivo de tan absurda medida. Un día de invierno caminando en una calle solitaria de la comuna de La Reina, de pronto lo secuestraron sin explicación alguna, estuvo varios días incomunicado los que fueron más que suficientes para tomar la decisión de exiliarse, aunque en estos días le ofrecieron una pensión como reparo y, a pesar, que le parece el colmo haber sido sometido a un interrogatorio psicológico colectivo, quedando en estado de shock apenas entró en una sala llena de gente, igual continuó con los trámites para obtenerla. Entonces, un día contó a media voz lo mejor que pudo, todo lo que había pasado durante esas detenciones tan injustas y vejatorias. Sólo por el hecho de pensar diferente, tratando de vivir y actuar como un artista. Con el pelo largo y amistades del medio cultural e intelectual como él, se sintió humillado y con la dignidad por el suelo, mientras su dolor e impotencia lo llevaron a una horrible depresión de la que le costó bastante salir, así como tanto dinero y esfuerzo que invirtió para salir del hoyo oscuro en el que estuvo sumido mucho tiempo. Quizá, si él tan sólo lo hubiera imaginado siquiera, no habría hecho nada, ni la denuncia ni el tratamiento con la sicóloga que lo engañó, porque no le dijo a lo que sería expuesto tras la denuncia de los atropellos a los “Derechos Humanos”. Todas esas personas lo trataron de aquella manera, más encima
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    como un cabrochico para conseguir una pensión que consideraba casi tan humillante como todo que le había sucedido antes. Aquella tarde de verano, el cielo pareció cerrarse ante ellos y después una vez más vuelve a tornarse limpio, como difuminando las dudas que siente Paulina mirando a través del ventanal. A las diez de la noche, sólo se distinguen difusas siluetas de los árboles y parejas de enamorados sentados en un banco o recostados en el pasto del Parque Forestal, esperando que llegue la oscuridad que los protegerá de miradas indiscretas. Entre lágrimas y promesas, las que Paulina piensa se convertirán sólo en eso, transcurre aquella tarde de la despedida, promesas que él sabe que será incapaz de cumplir porque siempre actúa como un niño alojado en un cuerpo de adulto. Morada que sepulta cualquier proyecto de vida que alguna vez albergó. Entonces al fin, con charcos de lágrimas, palabras repetidas una y otra vez y gestos de cuerpos inmóviles, separados sólo por la piel ardorosa, nunca más volverán a repetirse. Paulina, hunde sus ojos en el hombro dorado de Rodrigo y sucumbe ante las emociones que comienzan a amontonarse para obligarla a flaquear justo en esos precisos momentos, cuando más necesita demostrar entereza. Está empeñada en sacar energía de cualquier lado y venga de donde venga, porque es necesario agotar todas las posibilidades de esperanzas, proponiéndose como meta no desfallecer ahora que ante ella se cierran con ímpetu las puertas del futuro. Él mismo que oculta detrás de los nubarrones, tanto la pena negra que la aflige como el perverso temor de perder a Rodrigo para siempre. Una semana después, ante una última llamada desde el aeropuerto, Paulina siente la extraña sensación de que el camino se estrecha cada vez más ante su ojo empeñado en limpiar el cristal que los separa. Escucha aquella voz que se desgrana a través del teléfono, despeñándola en un desconsolado precipicio que hiela su garganta mezclando los sentimientos encontrados que la afligen: tanto furia como ternura, terminando por derrumbarla completamente en un sitio desolado. Ante la mudez de su respuesta, él la increpa del otro lado. Se atrasó el vuelo, aún estoy aquí. ¿Me escuchas, sí o no? Te llamaré llegando. ¿ ……….?
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    Entonces, después dealgunos segundos, finalmente le desea buen viaje y lo mejor del mundo, a pesar de que lo único que desea es mandarlo a freír monos al África, pero, dominada por una intensa calma desecha palabras de las que después pueda arrepentirse e incluso le envía un beso que él responde antes de escabullirse en el cielo enredado de crespones del aeropuerto. Ha pasado el largo y crudo invierno que aún no amaina totalmente. Lluvias, inundaciones, frío que caló los huesos, más que nada en la pobreza de la periferia santiaguina. Niños muy pequeños y ancianos que no alcanzaron a llegar a la esperada primavera. Paulina, se sintió más sola que nunca y el amor por Rodrigo corre peligro de extinguirse con las últimas lloviznas. La fotografía, su verdadera pasión, es lo único que la protege de la tristeza que la embarga de vez en cuando, mientras se imagina a Rodrigo que cambia totalmente, como por arte de magia y como si se tratara de otra persona con la cual sería capaz de convivir armoniosamente sin mayores problemas. Entonces, a veces se sumerge en la pena más increíble, combatiéndola con largos paseos a través del Parque, donde aprovecha de fotografiar cuerpos enlazados plácida y apasionadamente. Además, la calma y monotonía cotidiana hacen lo imposible por recobrar, destejiendo minuto a minuto, aquellos recuerdos que la perturban y que se aglomeran dejándola inválida de sentimientos y emociones, mientras transita en pasillos desconocidos donde se encuentra consigo misma, aunque sin reconocerse. De esta total confusión, nace el deseo ferviente de encender velas en torno al recuerdo de Rodrigo antes que éste se esfume en la bruma de noches interminables, solamente interrumpidas por el sonido odioso del teléfono que estremece no sólo el silencio, sino su corazón ávido de escuchar la voz amada y lejana de él. Porque, ya no siente tanto miedo de perderlo sino de olvidarlo definitivamente. Así, se desvanecieron horas y días invernales, hasta que de pronto al fin llega agosto con ese fulgor suave de luz que hace retornar los recuerdos a su lugar, dejando chapotear a las penas en el charco que les corresponde. Obligando a Paulina, a esperar la llegada de la primavera agazapada bajo la sombra de un naranjo, un día soleado de agosto. Justo cuando llamó Rodrigo para
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    avisarle que yatenía reservados los pasajes para regresar a Chile en septiembre, pues ya no puede vivir sin ella y que la ama más que a nadie en el mundo. Paulina, se desploma a llorar desconsoladamente encima de la cama, sin saber muy bien por qué y con el corazón a punto de estallar. Desconfía sobremanera de tanta felicidad y prefiere desoír aquella perversa voz que la ahoga de dudas sumergiéndola en un oleaje incierto. Más, a pesar de todo, después de pensarlo mucho ha decidido intentarlo nuevamente. Quizá, Rodrigo no haya cambiado tanto, con seguridad no lo ha hecho pero, ella intentará con todas las fuerzas del mundo aceptarlo tal como es, con sus cualidades y defectos, de tal manera que emprender un nuevo camino juntos será difícil pero, no imposible. De pronto, una sirena distante cambia el rostro del amanecer. Ahora en la cordillera se asoma alegremente el sol y el sólo hecho de abrir los ojos inventa una ilusión que borra el pasado invierno, llevándose junto con el viento las frustraciones envejecidas y condenadas a morir irremediablemente. Como este relato entretejido con hilos imaginarios tratando de rescatar lo incomprensible que hay en cada vida de hombres y mujeres de la ciudad santiaguina. Con espacios truculentos y memoria ligera donde se bañan los deseos entrañables de cada uno. Mientras interminables filas de automóviles con las luces encendidas, avanzan lentamente hacia un precipicio insaciable que los devora. Dando vida a un paisaje del cual muy pocos se acordarán el día de mañana. Solamente rescatado gracias al lente certero de Paulina. UN NIÑO DISTINTO “Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor.” I Corintios, 41 Una vez, un día cualquiera antes de cumplir dos años, Cristián, sentado en un sillón balbuceó algo que su madre no comprendió bien y ésta dejando su tejido un momento de
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    lado, se acercóal niño que tenía una rara expresión en sus ojos amarillentos. Como las moléculas de polvo agitándose en un rayo de sol que entraba por el ventanal, el asombro de la pobre mujer quedó flotando en el aire esperando inútilmente que su hijo volviera a repetir lo dicho. Pero el niño, sumido en un mutismo aún mayor, tardó varios días en balbucear con gran dificultad: ¡Au mahmle…m…oníila! Gorjeando como un pajarillo recién nacido, apenas se entendió lo que decía con acento lastimoso, como si fuera un canto. Otras veces, horas completas del día, cortando tiritas de papel o alineando las piezas de los legos o rompecabezas, sin ninguna imaginación ni sentido, repitiendo incansablemente la misma rutina todo el tiempo: haciendo girar las cuatro ruedas del autito hacia arriba, sin hacerlo avanzar por el suelo, mirándolo extrañamente y haciendo el mismo ruido monótono de siempre. Igual que todas las noches, antes de acostarse alimentando sin muestras de cariño a su oso de peluche y después de arroparlo bien junto a él en un rincón de su cama. Por supuesto que nadie nunca lo contradecía para evitar una pataleta segura. Sin embargo, lo más preocupante de todo es que Cristián, nunca tuvo días felices. A las once de la noche, la luz inquieta entra por la ventana de una casa humilde de la población La Pintana. Los moradores: un niño de cinco años, su hermana de tres, su madre, su abuela y su padrastro. Se aprontan a mirar el eclipse de luna, con un telescopio regalo del niño en la última navidad, como una forma de hacerlo interesarse más por el mundo que lo rodea. Hace diez meses exactamente ¿Señales en el cielo? Las nubes, dejan oculto por completo el contorno centelleante del satélite, a los curiosos santiaguinos que saborean en silencio sólo el lado oculto de los pensamientos indescifrables de cada uno. Más que nada los de Cristián, a medida que los minutos corren detrás de la luz irresistible y lejana del firmamento. -En la televisión explicaron que se alinearon perfectamente el sol, la tierra y la luna. Ésta última queda detrás y no recibe la luz solar, explica con paciencia su abuela a los niños que miran ensimismados turnándose en el telescopio, en su ávido deseo de explorar los
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    misterios que escondenlos astros del infinito. Sobre todo Bernardita y también los adultos que tampoco se libran del magnetismo del cielo a medianoche, como para que nadie sienta deseos de ir a descansar todavía. Sólo Cristián, permanece sentado en silencio y su mirada de pronto adquiere todo el brillo que perdió la luna, poco a poco. Como siempre tiene miles de astillas punzándole en su garganta, impedido de decir lo que siente, deja resbalar sus pensamientos hasta la alfombra de dibujos impenetrables. Cuando alguien le pregunta si quiere mirar otra vez en el telescopio, él, moviendo negativamente la cabeza hunde su mirada desolada en el suelo, mientras sus manos, parecen clavadas en ambos respaldos del sillón. Y mayor es el contraste de su mudez, con la alegría contagiosa de su hermanita que habla y ríe sin parar un momento. Yo solamente quería una niña, dijo la madre de Cristián conversando un día con la sicóloga. El día que me lo entregaron en el hospital, hubiera deseado que me dijeran que se había muerto. Entonces no quise mudarlo ni menos alimentarlo. Ya le conté que este niño fue el producto de una violación, no lo quise nunca. Ahora me arrepiento, en aquél tiempo yo era muy joven e inmadura todavía. Además, siempre he sido muy coqueta y seductora, incluso una vez me enamoré de un siquiatra de mi hijo. Muchas personas han tratado de iluminarme el camino para llegar a conocerlo y comprenderlo mejor. También gracias a la ayuda de profesores especializados Cristián, logró hablar al principio palabras sueltas y después frases más largas, como ahora. Claro que en el colegio tiene problemas con la escritura y como tiene un caminar bastante torpe, los compañeros se burlan de él. Por ese aleteo raro de sus manos haciendo señas, igual que los giros de un lado a otro de su cabecita en el patio de la escuela. Ya me lo imagino con sus ojos ausentes, deambulando solo sin amigos, ni nadie que quiera jugar con él. Cómo le decía, a mi marido lo conocí y a los diez días estábamos casados. Es un hombre bueno y trabajador con el que tengo una niña de cinco años. Se puede decir que tengo un matrimonio normal, sin mayores problemas. En cuanto a Cristián, siento que yo soy la culpable de sus limitaciones. Ahora me doy cuenta
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    de que suceguera espiritual como sicológica es culpa mía, porque así como no fui capaz de entregarle las caricias que se merecía como todo niño, él, ahora no puede responder el amor de los demás. Nunca sé lo que quiere o si siente pena, rabia o desilusión. Me mira como si fuera su peluche, con sus ojitos ausentes de cualquier expresión, igual que si un nudo amarrándole las palabras, deshiciera todas las ideas e imaginación dentro de su cabeza. Una tarde, la profesora de Cristián mandó a llamar a su madre para avisarle que estaban listos los exámenes y test sicológicos aplicados al niño, ante las continuas peleas con sus compañeros y el bajo rendimiento obtenido en el transcurso del Primer Año Básico. Frente a una mesa llena de papeles la mujer se limitó a escuchar con resignación los resultados con gran angustia en su pobre corazón. Cristián, nació distinto de los demás niños. Tiene un trastorno conocido con el nombre de Asperger, le dijo simplemente la profesora. Por este motivo tiene problemas para comunicarse y de aprendizaje. Tampoco puede expresar bien sus emociones y sentimientos, de allí las continuas rabietas. Además, no siente interés alguno por su entorno y por lo tanto, el mundo que le rodea lo deja indiferente. Necesita mucho apoyo de parte suya y de los demás, porque le cuesta adaptarse, ver las cosas bien. En las situaciones tiende a desorganizarse, no se adapta al medio y tiene alterado el juicio de la realidad y sentido. No maneja bien los impulsos, por esto siempre tiene continuas peleas con sus compañeros. No es capaz de incorporar experiencias afectivas de la niñez temprana. Pocas y empobrecidas imágenes materna y paterna, continuó la profesora, tratando de explicarle más que leer el informe de la sicóloga. Hay que ayudarlo mucho en esta etapa de su desarrollo, dijo pasándole el test de las “manchas”, con su rostro bastante serio y tratando de adivinar en el fondo de la mirada de la madre de Cristián, algo de compasión… Miro dos aves. ( Lámina I) Unos pulmones y un corazón (Lámina II)
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    Pulmones Corazón: el corazónhace tip-tap Uno que traga, come y traga (amígdalas) Pajaritos, porque veo la boca y están sentados (Lámina III) Un cuerpo de una persona porque, los cuerpos son así, toda la gente tienen el cuerpo así, el cuerpo de un hombre, ése es el pene y ésos son los pies. Ése que está caminando va a algún lado. Pene… (Lámina IV) Murcílago, porque tiene alas de murciégalo. También veo su cara, sus pies y sus orejas. (Lámina V) Animal, sólo veo sus ojos, boca, las dos manos y sus pies. (no sé qué animal es). Ángel: por la nariz, ojos, boca y las dos alas de su cuerpo (Lámina VI) Cuerpo de una persona. Son personas. Hay dos personas (mujeres), están sentadas y hablando (Lámina VII) Un cuerpo por dentro, eso para tragar, los pulmones. Parece que ésos son animales de color café, porque veo los ojos y la nariz pero, no sé como se llaman esos animales. (Lámina VIII) Un cuerpo por dentro, pulmones. Eso no más veo. (Lámina IX) ¡Ah, ya sé! eso que hay aquí, cuando comen las personas. Es la garganta, los pulmones. Eso no más me sé. (Lámina X)
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    Su cuerpo endeble,parece encogerse hasta desaparecer en la espesura de una isla desierta del inmenso mar. Con el pelo revuelto, la mirada húmeda de Cristián extrae el aire salvaje que inunda de luz las plantas acuáticas. El runruneo palpitante de aves e insectos alrededor suyo, es parte de esa melodía que trepa levísima hasta las nubes en su desolación. Porque toda persona tiene su propia melodía. Y la de Cristián, casi mudo, despierto largas horas en la noche, se diluye con la lluvia silenciosa que cae sobre los abundantes matorrales. Su madre, muchas veces ha querido ver alguna demostración, un brillo especial en sus pupilas. Pero no ha sido nada más que la imaginación, producto del amor con lástima que le profesa, porque Cristián, nunca llegará a explicarse el mundo que lo rodea. Sólo vive en él, como las desnudas hojas de una enredadera agitándose en el jardín que brotó espontáneamente en la parte más sombría. Quizá, no tenga idea lo que es la luna (ni los astros). Hay que explicárselo: es un satélite de la tierra que no tiene brillo propio. También que el universo es infinito, como el número de las estrellas. Pero si él quiere creer, que está formada de miga de pan y por eso los pájaros de la noche van a comer allá lejos, hay que dejarlo. Respetando lo poco o nada que pueda sentir en casos determinados, sobre todo si es rabia la que siente. Porque a nadie le agrada ser distinto, porque es fácil decirlo pero, otra cosa es ser así. Su silencio, es el mundo al que no estamos aptos para entrar los “normales”. Nuestro egoísmo, sólo llega hasta detenerse en el umbral, donde sobrecogidos no somos capaces de leer los signos ni resolver el enigma. Apenas palpamos en la espesura, el dolor de un niño encerrado dentro de su propio cuerpo: entre amígdalas, pulmones y un corazón, siente sus propios latidos y no es capaz de reconocerlos. De la misma manera que se mira en el espejo haciendo tristes muecas tratando de esbozar una sonrisa cuando se lo pide alguien. O bien tratando de tener conciencia del porqué del llanto. Cuando en realidad no se trata de él, sino de una máscara de piel que encubre por completo su verdadero ser. Sobrellevando el peso de su mal, desprotegido, débil y totalmente incomprendido por la gente que lo rodea. En este mundo que avanza con sus brazos robotizados y en el cuál es muy difícil que Cristián algún día tenga un lugar en él.
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    AL FIN SOY“PISCÓLOGA” La señorita Claudia C., se desmorona agotada sobre el blanco cobertor de su cama y después de lanzar un mamotreto con papeles en el piso piensa en voz fuerte: ¡Al fin soy sicóloga! Todavía no muy convencida aún, entre confusos sentimientos que no le permiten siquiera alcanzar la felicidad, después de aquel estresante Examen de grado pleno de sobresaltos y durante el cual se sintió obligada durante un tiempo a cambiar sus estados de ánimo más seguido que de costumbre. De pronto, encolerizada y en estado visible de paranoia pero nunca depresivo, aterroriza a los demás habitantes de la casa que tienen la desgracia de convivir con ella, es decir, hermano, madre y sus dos sobrinos pequeños, aquellos que muchas veces cometen el error de ofuscarla, ya sea porque le cambian alguna cosa de su lugar o lo que es más grave aún, cuando le roban los chocolates. En tanto sus múltiples admiradores, “andantes”, atracamante, pololo o como se les quiera denominar, la mayoría, pareciera que huyen aterrorizados ante su carácter indómito y más que nada, dando la impresión los corretea a propósito, según piensa madre, dejándoles en claro en la primera cita a “ciega “ o de las otras, que no necesita que le abran la puerta del auto ni que le paguen la cuenta del pub, confesando a sus amigas que se siente como una verdadera prostituta si así lo hiciera, por lo tanto quiere conservarse independiente durante mucho tiempo, lo que tiene aterrada a su madre que le pide a todos los santos que llegue algún hombre que logre dominarla y sobretodo que la quiera mucho para que case con ella y sean “felices” para siempre.
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    - Hija yaes hora que formes una familia, le dice su madre tímidamente y sólo si la encuentra de buen genio. - Mamá, ya te lo he dicho tantas veces ¡NO quiero casarme! Mira a todas mis amigas y primas, no quiero estar subyugada a un hombre alcohólico, flojo o mentiroso. Alguna vez tendré un hijo pero soltera, decía entonces a su pobre madre que no continuaba insistiendo con el mismo tema y para no hacer aflorar su mal carácter. Algún día cambiará de idea seguramente, se decía su madre para conformarse a sí misma y cambie esta niña su rebeldía quedando solamente en el recuerdo. Después de titularse con una Buena nota y vencer a duras penas las etapas de alarma, resistencia y de agotamiento del Síndrome de Estrés, que incluso la amenazaron de muerte, en esta última etapa de sus estudios sólo quiere esperar unos días, incluso unos meses antes de encontrar un trabajo estable con horario completo, donde un jefe pueda causarle problemas con sus múltiples mandatos y para lo que todavía no se encuentra preparada de afrontar. Después de estudiar tan a fondo las causas y teorías que le provocaron el síndrome, la señorita C. piensa que lo mejor que puede hacer para impedir los estragos que pueda causarle un empleo, es descansar mucho. Por supuesto, eso no significa que ella no pueda celebrar como se merece el éxito de sus estudios con amigos y ex compañeras de colegio o de universidad, porque se trata de beneficiar a su organismo que últimamente se ha sentido tan amenazado por el estrés y con pérdidas casi irreparables de la alegría de vivir, porque no se podía tomar un copete ni bailar cumbia con los “minos” un poco confusos, dislálicos, disléxicos e incluso daltónicos que acostumbra conocer en los pub o discoteques a las que acude con sus amigas del alma y psicólogas también, algunas bastante histeriquitas y muchas obsesivas compulsivas según su propio análisis, entretejido después de largas horas de conversación hasta la madrugada en lugares hediondos por el humo del cigarrillo, con fondo y música estridente.
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    Auque estos minostengan graves defectos igual cumplen la función de entretener a la señorita C. y sus amigas, a las que últimamente ya no les resulta bien la meditación ni la relajación para reducir las tensiones. Tampoco los ansiolíticos que no son de su veneración. Solamente el pisco más Coca-Cola, es lo único que cumple efecto de sedante en el parasimpático del delicado sistema nervioso de la señorita C. que cuando se descontrola, le tirita la boca y su nariz adquiere un tono rojizo profundo, porque también sufre de pánico escénico motivo por el cual debe someterse a una terapia urgente, porque según le dijo un profesor a ella que si continúa así no llegará a ningún lado, especialmente cuando C. ni siquiera nunca pensó llegar a ninguna parte, más que nada cuando imagina que hasta la línea del horizonte se le ha corrido sin razón aparente, ya que generalmente nunca sabe lo que quiere y más adelante cuando tenga ganas, plata o tiempo quizás algún día acepte que la mande tal vez un gerente o un hombre que tenga los pantalones bien puestos, siendo por lo único que renuncie a sus ideales, que son más que nada gozar de su libertad absoluta y así nadie ponga a prueba sus nervios que la traicionan. El próximo año, ya que en enero o febrero seguramente se encuentre de viaje en algún punto del norte o del sur del país y en marzo, con toda calma abrirá su consulta: “El Diván Rojo” donde atenderá pacientes de FONASA, a quienes en vez de un bono les solicitará un vale de 1 pisco más Coca-Cola y a los que tengan Isapre: 1 tabla de queso, 1 pisco y 1 Coca-Cola. A los guapetones (no atenderá feos) hasta 35 años, deben llevar un bono de atención infantil y una colación, bombones y chocolate para la señorita C. que los atenderá siempre con dedicación y cariño. La señorita Claudia, es una chica moderna y piensa que no vale la pena vivir aburrida ni menos amargada porque no ha conseguido marido aún, además su lema es pasarlo bien y salir mucho mientras se pueda. Rebosante de salud, simpática (al menos para aquellos que no la conocen mucho), hermosa y poseedora “según ella” de sentido común, en general es una mujer atractiva para el sexo opuesto pero, aquí viene el
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    problema, porque elinterés de los hombres por ella sólo dura tres meses, comprobado y firmado, después de ese tiempo prudente, la señorita C. exige que se pongan las pilas, cambien su modo de ser, dejen las pendejerías, las mentiras, sean fieles, no abusen del alcohol, que se las jueguen, que se pongan bien los pantalones y por lo tanto, como un verdadero “Transforman”, son obligados a que asistan con ella a las fiestas de matrimonio de sus amigas, a que la visiten en casa y también que siempre la pasen a buscar abriéndole la puerta del auto, que ojalá no sea el de ella, es decir, alguien totalmente diferente a quién ella un día conoció y que, por un tiempo, la hizo gozar de este sueño del pibe, hasta que una mañana cualquiera despierta y se encuentra otra vez como C., misma dice “mejor sola que mal acompañada”. Una frase que ni ella misma se la cree y que seguramente quien la inventó debe haber sido alguien igual: indómita, rebelde pero que con seguridad, nunca perdió las esperanzas de encontrar el verdadero Amor de su vida. UN PASEO A LA PLAYA A las ocho de la mañana del viernes 31 de octubre, me despertó el teléfono. Bárbara quisiera saber si nosotras aún le arrendaríamos su departamento en Orcón durante el fin de semana. _Qué pena parece que te desperté. _ No importa. Creo que vamos a esperar para que el tiempo mejore. En realidad mis hermanas y yo tenemos un viaje planeado a Quintero, para rememorar viejos tiempos y dar una vuelta completa rodeando sus hermosas playas, desde “El Durazno hasta “La Cueva del Pirata” y después almorzar en el yathing, si es que todavía existe, le contesté medio dormida aún.
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    _ Hoy díaviajo para entregar el otro departamento, continuó Bárbara. Me quedaré hasta el domingo, así no me sucede como la última vez que los arrendatarios se arrancaron sin pagar. La gente está tan sinvergüenza y necesito la plata ¿sabes? _ Por supuesto, le contesté haciendo un esfuerzo descomunal para seguir el hilo de su conversación, mientras imaginé la brisa fresca y el cielo lleno de gaviotas, tratando de conservar el juicio de la realidad para dispersar los mágicos pensamientos de la fantasía a punto de hundirme nuevamente en la ensoñación provocada además, por la falta de aire en el dormitorio con las ventanas cerradas. _Que te vaya bien alcancé a decir apenas Bárbara ya había cortado, seguramente sin entender mi débil expresión verbal y las escasas ideas con sentido que proferí a esa hora de la mañana. Un poco avergonzada, recosté la cabeza en la almohada y cerré los ojos. En la playa El Durazno colmada de sol, rechina un parlante remoto con música de los Beatles. Después Lucía, Quely y yo, continuamos caminando desde Las Conchitas hasta Los Enamorados, a través de un sendero enmarcado de olas espumosas y embravecidas, las que sólo nos permiten humedecer algo nuestros pies con los pantalones arremangados hasta las rodillas. En la playa de Los Enamorados, muy contentas y a la vez nostálgicas, nos sentamos en un banco de piedra a mirar de frente el oleaje turbulento del horizonte, como si se tratase de un cuadro que pretendía ilusoriamente aprisionar nuestra memoria incierta, casi desvalida. Entonces la conversación se transformó inevitablemente en algo viscoso, entre el conciente y los sueños, situándonos a cada una en diferentes dimensiones y en un pasado teñido de luces y de sombras. Como el crepúsculo que ya se dejaba caer desde el cielo nebuloso hasta el fondo del mar azul. Dejando una aguada con imágenes y sentimientos empañados pues, se negaban a mostrarse en su totalidad mientras más los invocábamos. Especialmente aquellos que habían sido la razón y motivo principal para realizar este viaje. Un recorrido luminoso de la tarde juvenil y noche romántica en la playa, largos veraneos junto a los padres, con la casa llena de amigos o primos desde fines de
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    diciembre, hasta regresaren marzo a Santiago. Pero el pasado no vuelve, eso nos quedó muy claro después de regresar. _ Te acuerdas de las fogatas en la noche, con guitarreo y ponchos de lana de castilla que traía el papá de sus viajes, no sé como nos daban permiso, pregunté sabiendo de antemano que quizá nadie me respondería, porque Quely estaba imbuida en su memoria. Mal que mal es diez años menor que yo y seis menor que Lucía, pensé. Como imaginé, la respuesta de Quely fue solamente ¡hummm¡ y pasándose la mano por la barbilla y el pelo, algo muy propio de ella, siguió mirando las olas. Lucía, hizo un breve comentario de lo hermoso del paisaje y dijo que ya era hora de bajar porque el sol se había escondido mucho y hacía un poco de frío. Además tenía mucho apetito con tanto aire. El camino de bajada bordeando la playa hasta El Durazno, de vuelta a la ciudad de Quintero, personalmente fue menos ansioso después de revelar los misterios escondidos bajo las piedras. Realizamos una vuelta corta para recorrer el centro y el escaso comercio de la ciudad y llegamos agotadas al yathing, donde nos hospedamos luego de saborear unas machas a la parmesana, ensalada con pescado al vapor y un café antes de acostarnos. Miramos un rato la televisión antes de dormir. Al día siguiente tomamos desayuno con cuchen casero muy rico y partimos de allí, no sin antes pasar por nuestra antigua casa con la pintura descascarada y el jardín tan tupido de malezas que le daba un aspecto de abandono total. Después disfrutamos mucho del paisaje hasta Con-Con donde nos bajamos a comer empanadas de queso y ostiones con vino blanco, Lucía como de costumbre sólo tomó Coca Cola light. Después de una breve sobremesa continuamos camino hacia Viña del Mar bordeando la costa. El mar nos regaló un oleaje verde esmeralda bajo el sol radiante. De pronto Lucía comenzó a explayarse acerca de su problema reciente con Felipe, su esposo. Claro como ella últimamente bajó tanto la guardia, él, demasiado confiado había realizado varias llamadas sospechosas desde su celular a un mismo número. Entonces, Lucía mostraba muy orgullosa las evidencias, un grueso conjunto de papeles que consiguió después de un agotador
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    trámite en unaconocida compañía de teléfonos móviles, la que le extendió una lista con números, hora y día en que se efectuaron las llamadas desde el celular de Felipe, quien al verse sorprendido no le quedó otra que explicar lo inexplicable. _ Mi amor, sabe que yo la quiero mucho, siempre será la única, usted es la Catedral y las demás sólo son las capillitas, le había dicho con cara de arrepentimiento. A veces uno tiene ganas de hablar con alguien y contarle sus cosas, mi hijita. _ Chiiiis, el muy patudo prosiguió Lucía, con la cara aún roja de rabia de sólo recordarlo, sin embargo, lo mejor de todo es que nunca pudo negar nada porque siempre lo encaré con las evidencias en la mano. Entonces, díganme qué puedo hacer, me sentí mal y humillada después de tantos años haciendo el estúpido papel de “geisha”. Quiero ser bien sincera con ustedes, no he sentido pena sino una rabia tremenda. La semana pasada fui a la fábrica y lo esperé hasta la salida. Una hora escondida detrás de un árbol, se imaginan lo que es ESO, continuó con los ojos fuera ya de su lugar. Bueno, como les cuento, después de mucho rato y cuando pensé que me iba a desmayar, Felipe salió con el administrador que le llevaba unos paquetes hasta el auto… menos mal, porque estaba dispuesta a lanzarme encima con auto y todo sobre el h…. _ Encuentro que esas cosas hay que pensarlas mejor, si se tratara de una secretaria o de alguien que no tiene nada que ver en el asunto, dijo Quely tímidamente. _ ¡Ah! no sé nada, así sabrá quién soy yo. Después de algunos análisis que hizo últimamente de su vida de casada, como que deseaba reconciliarse consigo misma y dejar de lado rencores, penas y remordimientos que no ayudaban en nada y porque ya estábamos llegando a Viña, no seguimos dándole vueltas al tema después que Lucía, finalizando antes de estacionarnos dijo: desde hoy en adelante quiero dar curso libre a los sueños fascinantes, pues ahora en esta edad no sólo quiero vivir de recuerdos difuminados en el aire. Es necesario buscar estímulos para adornar las mañanas y tardes de mi Vida, no la de mis hijos ni esposo, aquella que traté de vivir por ellos.
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    Fuimos de vitrinaen vitrina, felices por la calle Valparaíso y en pleno centro, cada una se compró un par de hermosas chalas para el verano, a nueve mil pesos cada una. Muy contentas por motivo de nuestra compra que consideramos tan conveniente y, como nos faltaba el postre aún, pasamos a tomarnos unos deliciosos helados “light”, con crema y salsa de chocolates, en una conocida gelatería de la ciudad. Cerca de las diez comenzamos nuestro regreso. Lucía, condujo en silencio y Quely se explayó sobre el grave problema de su hijo mayor, Marcelo. Parece que no está nada de conforme con la carrera que él mismo eligió, odontología, en la cual le va muy mal. _ Se le llena la cara de furúnculos espantosos, según él no va a clases por vergüenza a que lo vean así. Lo he acompañado a un sinfín de dermatólogas pero, se pellizca y además se infecta con las uñas. Está muy alterado, se le nota que anda mal, ¡Ah!, ya les conté del otro problema, por lo general demora hasta tres horas metido en el baño que nadie más puede ocupar, por lo tanto, llega atrasado a todas partes, entonces comienzan las peleas con su hermano y hay que separarlos cuando se agarran, muchas veces se han resbalado a la piscina con los puñetazos que se dan y tengo miedo de que un día se ahoguen. Estoy preocupada, no sé qué hacer, la otra vez ya se dio vuelta en el auto cuando lo hizo trizas y me salió tan caro el arreglo. Lo peor de todo es que ahora último no llega en las noches a dormir farreando por ahí y el otro día, me llamó como a las diez de la mañana porque después de una fiesta se fue al Santuario de la Naturaleza donde se quedó en pana de bencina. Se imaginan lo que es conducir por un camino tan difícil y más encima con tantos“copetes” en el cuerpo, lo pueden asaltar y uno sin saber nada. _ Tú no puedes hacer nada, contestó Lucía. Los hijos son prestados y cada uno vive lo que le tocó, los padres llegamos con ellos sólo hasta su mayoría de edad, solo basta con entregarles buenos valores y educación, continuó mientras el automóvil parecía querer detenerse de pronto y para siempre en su carrera loca. Las primeras luces de Santiago emergieron en todo su esplendor en la ciudad sosegada que adormecía hasta los sueños más increíbles de sus habitantes. Entonces el silencio sepulcral de la
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    noche nos envolvióa las tres, como un cuadro valioso que comienza a pintarse con los secretos transparentes y vacíos de cada una, empapados en nuestro mundo interior con el matiz del espacio memorioso esbozado a lo largo de nuestra breve existencia. Donde no sobra ni falta ni una sola de las piezas del puzzle, las que se sostienen por sí mismas en el cielo de la eternidad. LA PRESENTACIÓN Tiene que haber sido el licor de nuez, pensó Isabel A, apoyando la cabeza en la almohada tratando de descansar un poco antes de acostarse, después de una larga caminata hasta su casa que le pareció interminable y motivo por el cual ahora los pies comienzan a punzarle como agujas. Sí, solamente el licor de nuez es lo único que fue capaz de haber producido tales desmanes entre la asistencia al evento y la extraña suerte de Ana María B. El ruido del tránsito al lado del bus que corre por Avenida Vicuña Mackenna, la hace sentirse ligada a su existencia en ese momento. Baja los párpados un instante y los pensamientos forman un muro muy alto y níveo, semejante a un papel a la espera de alguien que lo comience a rayar sin apresuramiento del minutero que molesta a los oídos, igual que una bomba a punto de estallar. Mientras nuestra cotidiana realidad no tiene salida del agujero para arrancar de los espectros. Un día más ésta se ha llevado entre sus manos los deseos de perdurar siempre con los ojos bien abiertos, ante el atardecer de soles infinitos y donde irán a dar nuestros anhelos sin límites. Una anciana de pelo albo vestida de negro y quien se había sentado a su lado en el bus, comenzó a decirle con voz pausada: _ Mire linda, tengo más de ochenta y la única compañía que poseo de vez en cuando son mis sobrinos, son cuarenta y cinco, a pesar de todo estoy contenta, fíjese que hace
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    poco me caíen la calle y me quebré todos los dientes, además me rompí la cara y un codo. Me llevaron inconsciente al hospital y ahora estoy como usted me ve porque creo que aún todo no se ha terminado. Algo que jalona de mis vestidos me obliga a levantarme todos los días, a perderle el temor al tiempo y a no dudar de nosotros mismos, dijo antes de descender del bus casi en marcha, haciéndole señas de despedida con una mano desde la vereda y un poco antes que ella misma se bajara en Plaza Italia donde estaba ubicada la sede de la Sociedad de Escritores. El lanzamiento del libro de Ana María resultó todo un éxito. A pesar de la improvisada invitación que ahora no se arrepiente para nada de haber aceptado, aquel viernes quince de abril en la tarde, llegó más temprano de la hora acordada con la gente del taller literario al que asistía todos los días martes y precisamente donde conoció a la escritora. Después de saludar a algunas personas conocidas, se sentó en un lugar muy poco visible y algo oscuro, al final de la sala, sin embargo, allí sería posible hacer señas a los talleristas. Ana M, como no era muy conversadora, nunca le contó a nadie de aquel libro a punto de publicarse motivo por el que todos en el taller se llevaron una sorpresa cuando fueron invitados al evento. Porque Ana, además de no hablar con nadie, siempre se sentaba sola y además llegaba atrasada retirándose antes que todos. Incluso en aquella parte más importante de la clase, cuando entre todas compartían algunas galletas con un reconfortante café para conversar y conocerse un poco más. Todo por causa de su gran timidez, la que en una ocasión no le permitió leer un poema, excusándose de no hacerlo porque estaba resfriada y se sentía muy mal. Mas, ahora la personalidad de la escritora aparecía totalmente cambiada pensó Isabel, igual que si fuera otra persona. Con un vestido rojo, largo y angosto que delineaba sus curvas hasta la exageración, su hermoso pelo castaño oscuro se movía al compás de una suave música de fondo que inundó la sala cuando ella declamó sus poemas en forma casi teatral, hasta que se hizo un silencio pesado y largo, mientras los suspiros tomaron cuerpo real con dimensiones estratosféricas. Isabel, comenzó a cansarse, varias veces se
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    acomodó en elasiento cambiando las piernas de posición, pues le dolía un poco la espalda con las primeras heladas del otoño. El tiempo se hace largo y tedioso y otras veces camina sobre las nubes, llevándose todo tan de pronto que nadie alcanza a darse ni cuenta siquiera que la vida derrota y zarandea la barca a todos por igual. _ Sí, el licor de nuez es el culpable de que todavía no pueda dormir, o quizás me desveló el deseo de contarle a alguien lo que pasó. Además ya es muy tarde para llamar a nadie por teléfono, pensó Isabel antes de dormirse después de la presentación. Cuando finalizaron las palabras del Presidente de la Sociedad de Escritores, los invitados pasaron al comedor a tomar un vino de honor. La conversación se había vuelto bastante animada y como no llegó nadie del taller, Isabel se acercó a dos escritoras conocidas, una de ellas sobrina de Mariano L. y la otra tan alta como bien parecida que venía llegando de Londres la saludaron amablemente y después continuaron hablando de libros y del próximo viaje a Europa de una de ellas. El Director Cultural llenándoles los vasos con licor de naranja o de nuez, las invitó a pasar junto a un grupo escogido de personas, a una habitación pequeña y la cual según él le servía como oficina. El lugar lucía sobrecargado con una colección de botellas de todos colores y formas, más algunos sillones y mesas de centro, a pesar, de lo reducido del lugar. Sinnúmero de libros, llaves, cuadros, frascos con bolitas de vidrios, monedas y dos alfombras, se apretaban tanto en la pieza que incluso faltaba el aire para respirar. Isabel, saboreó el tercer licor de nuez y a veces, alargaba su mano con dificultad para sacar maní y pasas rubias de un frasco grande, participando poco de la conversación porque se encontraba muy incómoda en un asiento al fondo de la pieza y al lado de una persona que le había ofrecido gentilmente la mitad de su asiento. Antes de subir al segundo piso, mientras aún tomaban el cóctel, una mujer joven con una cámara de videos, la que se presentó como sobrina de Ana, le había solicitado su opinión sobre el libro y la ceremonia en general, más ahora no lograba recordar con
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    claridad qué eslo que había dicho al respecto, debido al licor de nuez, pero segura y amable en sus apreciaciones se había guardado muy bien para sí, algunas cosas en las que estaba por completo en desacuerdo. Como la teatralidad de Ana M. Enseguida continuó diciendo algunas leseras, como aquello de las puertas que se le han abierto gracias a la publicación de su propio libro de cuentos. (Aquél que nadie conoce por su escasa venta, mientras casi todos los ejemplares permanecen bajo la caja escala de su casa porque no tiene donde guardarlos, ya que nunca le hizo una presentación y le produce vergüenza ajena cuando comienzan con aquello de enaltecer a un escritor que, por lo general, nunca se lo merece y quien permanece impasible ante un público que lo único que espera es pasar al cóctel más tarde). Menos mal que eso no lo dijo en cámara, piensa. Después que varios invitados comenzaron a retirarse, Ana M., la invitó a subir al segundo piso y junto a un grupo de personas entraron en un angosto pasillo hasta la última habitación. En la primera que hacía de cocina, algunas personas devoraban grandes trozos de torta con las manos. Ana, invitó a todos a entrar en la habitación pequeña participándoles una sorpresa que les había preparado, se trataba de un grupo musical que canta y baila música mapuche, dijo seriamente Nadie alcanzó a sentarse, pues en ese momento comenzaron a entrar animadamente, unos detrás de otros, los integrantes del grupo ataviados con ponchos y trapalacuchas, con los cabellos tomados en cintillos y excesivamente alegres a causa del alcohol que se denotaba en sus miradas algo rojizas y trastornadas. Sus cuerpos iban y venían en un balanceo, topándose y apretujándose con fuerzas por la falta de equilibrio de, unos contra los otros, en medio de la estrechez del lugar. El griterío y confusión se hicieron casi insoportables. A esa altura de la noche el lugar lleno de humareda y gran cantidad de personas que prácticamente quedaron atrapadas adentro y desde donde era totalmente imposible salir por la puerta tapiada con el gentío que, continuaba llegando para tratar de observar el “espectáculo” que se repetía incansable y monótono con los mismos acordes, mientras
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    los saltos setornaban cada vez más altos y violentos. Alguien, quien al parecer cayó en el suelo, dio un grito despavorido y dejó por un segundo el lugar en silencio pero, con la confusión tan grande todos pensaron que se trataba de una broma y nadie le prestó mayor importancia al asunto. Ante la extrañaza de todos, el lugar comenzó a despejarse rápidamente y en el centro de éste quedó el cuerpo inerte de Ana. Con una expresión de pavor en sus ojos, haciendo un ademán de levantarse dejó al descubierto un hoyo profundo en la nuca, que parecía hecho con un punzón y del cual manaba profusamente un hilillo de sangre que formó una poza púrpura en el piso ante los ojos espantados de los asistentes y los alaridos que iban en aumento. Algunos se quedaron paralogizados y se preguntaban con la mirada qué había sucedido. Un hombre verde pálido salió corriendo a llamar a los carabineros, mientras en el silencio sepulcral de la madrugada se escuchó la sirena de la ambulancia que se acercaba a toda velocidad. Un poco más tarde llegó la fuerza especial de la policía quien cercó el lugar y comenzó un interrogatorio hasta el otro día temprano. Todos abandonaban el establecimiento con el rostro demacrado del susto, apurando el paso en el callejón todavía oscuro. Un tiempo después, los diarios de la capital aclararon en parte el misterioso asesinato de la malograda escritora, en manos de un ex amante despechado que se encubrió detrás de mantas y trutrucas para lograr su funesto propósito. A lo mejor, por aquella misma razón Ana siempre anheló ser narradora y escapar así del infortunado destino de los poetas. Aquellos que sólo en el “Más Allá” pueden conseguir un espacio donde flotar por toda una eternidad y grabar los jeroglíficos que se leerán en el futuro. SUEÑO ESCRITO A MÁQUINA Aún no finaliza la primera quincena de diciembre y ya hace un calor insoportable. ”El tiempo es un cerro de burbujas que estalla minuto a minuto después que sale el sol. Colgado del alero permanece el nuevo año, esperando con paciencia tomar su lugar
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    como corresponde ylos añejos anhelos sin cumplir languidecen en un rincón oscuro. Mientras reposo con las piernas en alto, pienso disparates increíbles a cien kilómetros por hora, como si la fiebre alta fuera la culpable porque me encuentro en pleno desierto florido, donde vuelan multicolores aves que beben de un manantial. El más bello camino que he visto nunca, una senda estrecha recorro sin temor y alcanzo una distancia inalcanzable que no me lleva a lugar alguno, pisoteando hojas y semillas. Un estero asoleado corre a mi lado sin prisa donde ahora me he sentado a descansar bajo la sombra de los espinos.” _Sueño en la noche puras leseras, es la fiebre que me consume. El cielo lanza un destello ultravioleta y todos los cimientos del orbe aparecen a la vista, mientras escapo de olas oscuras y gigantescas, le digo a Melisa. _Ves, siempre insisto en que debes trabajar y hacer algo útil. _Claro porque piensas como la mayoría de la gente de que los escritores no sirven para nada. Co este calor no me puedo concentrar para escribir y tengo el ánimo por los suelos, le contesto ¿Qué has hecho últimamente? _Nada, sólo trabajar y espero que te mejores para salir a celebrar con Paty su nuevo trabajo. Le pagan doscientos mil y tiene que tomar doble locomoción, así que se va todos los días en auto con una amiga hasta el metro para ahorrar un poco. Sus padres se instalaron con negocio de semillas para arreglarse un poco la situación, creo que venden menos de cinco mil pesos diarios. Es una porquería…que no sirve para nada, pero como él es también es milico jubilado…. _Mejor juntémonos un día, vamos a pagar cuentas y después a copuchar un poco, le digo al despedirme. _ Sí, pero mejórate primero, se despide Melisa. El sábado amaneció con sol esplendoroso y como ya había terminado el tratamiento de los diez días de antibióticos me sentí mejor, alegre y con buen ánimo. Sentada en la terraza entre helechos y un manto de Eva escribí: “Bajo el árbol que siempre nos cobijó,
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    cavo la tumbade nuestro amor y siembro unas pocas semillas de margaritas. Y de traición” En seguida rompí en mil pedazos el papel ya que me parece que todo suena tan falso y tan cursi pero, en seguida continué tratando de adentrarme en el juego poético, algo que apenas me permite la brisa fragante del patio encargada no sólo de llevarse las hojas sino, las semillas de poca y nada de inspiración que aún me quedan. Aquella misma tarde, sentadas con Melisa en un patio de comidas de un conocido mall y después de pagar cuentas, me dijo algo seria: _Me contó Marcelo, que el dueño de la Agencia Matrimonial a la que escribiste anda en un Volvo verde y no tiene oficina porque así nadie lo puede ubicar. Su mujer es la “secretaria” quien, más encima, le cobró diez mil pesos por borrarlo de la lista. También dijo que no nos preocupemos porque nadie nos va llamará pues nosotras pedimos relaciones “serias” y tú comprenderás que nadie acudiría a un sistema como este para encontrar algo serio ¿No crees tú? _Bueno claro, ya te pedí disculpas por inscribirte con nombre y apellido. Nunca me imaginé de qué se trataba todo esto. Creo que él exagera las cosas un poco, y ahora me enojé yo, le voy a decir unas cuantas cuando vuelva a llamarme. En todo caso tuve las mejores intenciones, sólo jugarte una broma que me resultó algo más pesada de lo que creí. Perdóname otra vez, amiga. Además este hombre, a quien quiere engañar, como si no supiéramos que tampoco él es alguien tan serio como quiere aparentar, cuando todos sabemos como es. ¡Con cuántas mujeres habrá salido hasta ahora! Creo que se hace el leso solamente. Mira Melisa, sigo pensando que tenemos derecho a conocer personas parecidas a nosotras, que se sientan solas, para conversar y pasar momentos agradables, gente sana, bueno al menos al principio, digo bromeando. Pero indudablemente esta no es la manera ya que se trata sólo de un buen negocio, bastante turbio además. _En cambio, yo cada vez estoy más segura que lo que tienes que hacer es trabajar, estás demasiado ociosa. Eso es todo. Figúrate como será de fresco el tipo ése, Marcelo no sé cuanto, tiene un apellido emperifollado. A los cinco minutos de conversación ya
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    me había invitadoa salir a dar una vuelta, calcula como será, ayer en la noche me dijo que se quedó en pana en el túnel cuando venía de Viña, entonces me pidió que por favor lo acompañara a buscar la camioneta, casi a las once de la noche. Es un h…. fresco. _Yo lo habría retado bien y cortado la comunicación enseguida, le dije riendo. _Fíjate que es bien caballero, educado en el Instituto Nacional, juega tenis en el estadio donde somos socios y tiene a su hija menor en el Craighouse, comprobado por la Bárbara quien no despegó los oídos del teléfono además, le encantó su voz. Hasta me cantó el himno del Instituto por teléfono, como yo también me lo sé de memoria porque cuando voy al Parque del Recuerdo se lo canto a mi papá. Tiempo después, hablando por teléfono con Melisa, leo en voz alta un párrafo que escribí: “Tengo la luna como telón de fondo, un vaso en la mano y contesto una llamada con el pensamiento. Allí donde gravita todo el cosmos con su fulgor maravilloso, unidos en una gran mirada, se desprende el rocío humedeciendo el pasto que crece justo bajo mi ventana.” _ ¿Qué es eso’, pregunta Melisa. _ Cosas que escribo de pronto, el comienzo de un cuento tal vez, le digo. _ “Bregando mar adentro del universo de los secretos, miro el césped jaspeado de estrellas mientras el cielo me cobija bajo sus alas. En los hilos de un puente colorido, se pierde mi paso subterráneo. Deliro y sueño en los ojos de una isla. Sedienta de un hechizo de sus labios en los míos ¿Acaso nadie comprende que se muere de tedio? Igual como va el mar sobre las olas, esa inquietud inunda las horas vacías en ese cuarto oscuro…” _ ¿Quién es aquél con el que sueñas tanto? pregunta Melisa. _ Un viudo que conocí este verano. Trabaja en una gran empresa de publicidad española, está aquí por un tiempo solamente. Tiene tres hijos, vive con una hija casada en Madrid y me contó que tuvo una gran depresión después que murió su esposa. Se
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    llama Gerardo, perono te pases rollos, no me pesca mucho. ¿Y tú, decidiste salir finalmente con Marcelo, le digo? _ Sí, este miércoles y a pesar, de que trabajo mucho en la tarde porque estoy ensayando la cueca con los niños más pequeños y quedo muerta de cansancio ¡Estoy tan gorda! Me va a pasar a buscar a las nueve, justo ahora que llegó Mario, mi hermano y mi sobrina del sur, y lo más seguro es que todos salgan a la puerta a despedirme.¡Qué vergüenza! _¿Porqué no te juntas en otra parte con él? _Porque no lo conozco aún y no tengo la más mínima idea de dónde salió. _Por lo mismo, cítense en un lugar público, le digo. Al fin vas a conocerlo y eso es lo que importa. Si no te gusta, no sales más con él y punto. _Ya es muy tarde para cambiar las cosas. Reservó una mesa en la “Divina Comida” y vamos a ver qué tal resulta. Ves lo que te perdiste ¿No estás arrepentida? _No, para nada. Sale no más y diviértete, te hace falta, le digo al despedirme. _Sí, el sábado te cuento. Ayer vino la María P. y está inmensa de gorda otra vez después de tener la guagua. Me dijo que si continúa así se corcheteará la guata, como el marido es médico le sale gratis, según ella, en la Clínica LG. Además, me contó que pasó por casualidad a la casa de las pelucas y se compró una novedad, no te imaginas de qué se trata. Se compró unas gomas que se ponen en las fosas nasales para respingarse la nariz, corrigiendo sus defectos pero, a mí me pareció que le queda igual a la de un chancho. Se ve más o menos. ¿Vamos un día a probarnos una? A fin de mes eso sí, después del pago, mira que me quitaron varias horas, esas viejas del Opus Dei que hacen tantos votos de castidad y caridad, sin embargo, sin más explicaciones echaron a varias colegas en diciembre, todas casadas con hijos que necesitan mucho trabajar. Me estoy aguantando un poco para jubilar mas, me falta mucho todavía. Tengo ganas de ir al Supermercado que está cerca de mi casa, allí siempre toman personas mayores para pesar frutas y verduras, dice Melissa despidiéndose.
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    “Vislumbro un lugarsacrosanto cubierto de girasoles. El césped mancillado por una larga y tediosa fila de almas, esperan una visa para trepar al cielo. Me refugio en una ciudad con un calor endemoniado. Hermoso laberinto de callejuelas que serpentean a lo largo de casas pequeñas y pintorescas, con balcones de maderas que lucen frescas gardenias, promesas de amor y faroles a la entrada. En el centro, una plazoleta circular sembrada de trébol y coloridos naranjos con una jarra azul que luce unos geranios rojos. Mi espíritu languidece, el pajarillo tiene una casa y la golondrina un nido, y mis pies cansados buscan un lugar donde reposar tranquilos. De pronto, el cielo se inclina ante mí como una reverencia que yo desdeño sin entender por qué. Muy lúcida escucho la consternación del viento que busca salir al espacio fulgurante y batir sus alas libre de cadenas. Voy escalando la muralla de las horas y ahora en una ciudad devastada, huyo de la angustia por no encontrarlo a él entre los escombros.” Mientras concluyo de escribir esta historia pienso en Melisa, tan deseosa de encontrar a alguien que la ame como se merece después de tantos años de soledad y ojalá que pueda ser Marcelo. VIAJE A LA INMORTALIDAD “Es necesario volver siempre sobre el entretejido de nuestros sueños, si no es así la vida puede resultar muy tediosa” (Italia) Con tal de salir en febrero de la capital santiaguina Soledad, planeó ese viaje para huir de la presión familiar, especialmente la de su padre, quien desea casarla a toda costa con Nicolás E., un hombre práctico, trabajador y propietario de unas tierras vecinas a las suyas en el Sur. Recién titulada de psicóloga y con veintiséis años cumplidos, por el momento lo que más anhela es tomar pronto las riendas de su destino.
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    A pesar, queama mucho a sus padres, de quienes heredó la tenacidad para el trabajo, ha decidido realizarse en una profesión que terminó con éxito en la Universidad, lugar además donde le ofrecieron la oportunidad de una beca para estudiar inglés durante un mes en Inglaterra. Después de conseguirse un préstamo bancario para los gastos extras, se inscribió sin pensarlo dos veces en el “Institute Learn a Language” en la ciudad de Manchester. ¡Ah! Con qué entusiasmo preparó todos los detalles de su viaje bajo el calor ardiente y desolador de la capital. Ropa apropiada, algunos recuerdos típicos de Chile, máquinas grabadora y fotográfica, incluso hasta algunos alimentos en caso de atrasarse en su ubicación después de desembarcar en Londres, donde tendrá que continuar viaje en bus hasta la ciudad de Manchester. La parte más difícil fue comunicarle su decisión a Nicolás, quién se quedó mirándola con tristeza un buen rato a los ojos, sin hacer el menor esfuerzo por disuadirla, sospechando en el fondo de su ser que esto era el fin, pues está seguro que ella ya no lo ama y esta separación, aunque corta, será lo mejor para ambos. Así, la despedida tuvo un sabor amargo, más cuando Soledad, nunca quiso ni tuvo la menor intención de hacerlo sufrir. En los días siguientes, un delicioso cosquilleo en el estómago, muchas veces la hizo pensar que su determinación había sido un poco apresurada, sin embargo, se fue acrecentando cada vez más en ella la idea de partir pronto y así terminar con las propias recriminaciones que continuamente se hace. Viajar al otro confín de la tierra, le ayudaría a plasmar una imagen más transparente del mañana y obligadamente dará otro cauce a los recuerdos que dejaría en la distancia. Continuamente un breve temblor la atrapa con la luz fulgurante del ángel protector que desde siempre la acompaña pero, Soledad, demasiado ocupada hizo cuentas que no lo advertía, igual como en su infancia. En los tiempos difíciles de la universidad, supo vencer muy bien a la adversidad con su carácter tenaz y responsable, ideó muchos proyectos para su vida laboral, entonces quiso partir a este viaje no solamente con ilusiones sino con herramientas para enfrentar
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    el desafío quetiene por delante y realizarse mejor en un futuro trabajo. Así se abrieron las puertas que ahora son su mayor orgullo, como esta beca conseguida a través de la universidad que, por supuesto, también hizo muy felices a sus padres. En cuanto se refiere al carácter de Soledad siempre fue un poco melancólico. Desde sus primeros años que transcurrieron en la hermosa hacienda de sus padres y, apenas cumplido los diez años, comenzó su enseñanza básica en un internado de monjas en la ciudad de Osorno. Tiene los mejores recuerdos de aquel período de su vida, a pesar, que sólo volvía al campo durante las vacaciones, donde entra en profundo contacto con la naturaleza y además regalonea con sus padres, quienes le entregaron siempre todo el cariño necesario durante su niñez y adolescencia. Con el pelo rubio miel y los rasgos muy finos y delicados de sus ancestros alemanes, desde su adolescencia se volvió muy atractiva para sus admiradores pero, por su actitud un poco soñadora, casi siempre queda fuera del alcance de todos porque no saben como llegar a ella. A los dieciséis años, tuvo firmes pensamientos de entrar a la vida contemplativa y profesar los votos definitivos. Un día, la madre Superiora del convento trató de convencer a su padre de esta vocación, quien negándose terminantemente decidió enviarla inmediatamente a terminar sus estudios de Enseñanza Media y Universitaria a Santiago, dando por terminado el asunto. Cuántas veces la sorprendieron orando y también llorando fervorosamente sobre las borrosas estampas de santos y beatos que le habían regalado las Hermanas en su niñez. Así, abruptamente finalizó su adolescencia como el retiro espiritual en las vastedades de su lejana tierra natal, tan amada y de la que guarda los más bellos recuerdos, comenzando una nueva vida lejos de sus inolvidables y amorosos padres. Rumbo a Manchester, las imágenes de la campiña inglesa que contempla por la ventanilla del bus, reproducen en su memoria un efecto dulce y a la vez dramático, de
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    todo su pasadoreciente que irremediablemente dejó atrás en el Sur de Chile y, aunque un poco nostálgica, es más fuerte el entusiasmo y las emociones encontradas que experimenta ante lo que le aguarda en la villa del Instituto donde realizará el curso. Como quien hojea un álbum de fotografías, este viaje para Soledad transcurre entre la hierba y el color de los geranios, que se abren con un rayo débil de sol, sin imaginarse que el terruño natal ahora no volverá a ser más que una imagen borrosa de su destino, mientras, la vida siempre incomprensible la espera para desviarla de su ruta. Poco después del mediodía, el bus se detuvo frente a un hermoso castillo donde se albergará durante un mes, cerca del Instituto. Un viento apacible mueve las hojas del parque y una fina lluvia humedece el pasto bajo el cielo ceniciento. De un rosal llega un aroma tan penetrante como cuando se abre un frasco de perfumes. Todo seguido de un largo silencio que sólo rompe un crujido al caminar sobre las hojas. Una vez instalada en la quietud silenciosa del dormitorio, Soledad descansó antes de almorzar y la evocación de cada segundo de su vida desfiló ante su vertiginoso pensamiento. De pronto, con la cabeza reclinada en la almohada, rompe en un sollozo incontrolado e interminable. Cuando más tarde bajó al comedor éste se encuentra lleno de gente y desde la distancia ubicó un asiento desocupado al fondo, al lado de una ventana con vista al parque. Una vez sentada, se encontró de frente y por primera vez, con los ojos oscuros y sonrientes de Kalit, un estudiante iraní matriculado en el mismo curso y a quien Soledad, sin explicarse muy bien porqué, le responde con una coqueta mirada. Después que todos los demás se levantaron de la sobremesa, la conversación entre ambos continuó hasta tarde y los días siguientes fueron sólo la continuación de una violenta y peligrosa atracción. Kalit, el Inmortal, (significado de su nombre) y Soledad, se volvieron inseparables, y a pesar, que no conversan en inglés, sin embargo, ambos se comunican en un idioma básico, con diccionario en mano, incluso hasta por señas,
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    mientras Soledad, declamaen español hermosos y largos poemas de amor, los que Kalit, escucha respondiendo en un idioma ininteligible, mirándola arrobado con sus hermosos y profundos ojos negros, los que ocultan todo el universo en ellos. Por cierto a Soledad, le parecía más bien alguien bajado del cielo. Sin separarse más, los días comenzaron a sucederse en una cadena de matices azules y grises tomados de algún paisaje soñado, alargando desde la mañana las horas infinitamente breves y presintiendo el final implacable siempre presente entre ellos. “Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua y el acento / que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”, gemía Soledad, muy cerca del oído de Kalit abrazada llorosamente a él, con las mejillas húmedas por las lágrimas entremezcladas, repitiéndole parte de aquel hermoso soneto de García Lorca, una noche cercana a la despedida. Aunque sabe que no le comprende ni una palabra, continúa diciéndole: _No deseo oír otra voz más que la tuya para siempre y que nada nos separe en este abrazo, que tiene mi pecho como una brasa y espinas en mi cabeza, porque presiente el rumor amargo de nuestra separación en este camino incierto, mientras el agua se escarcha, siento miedo y quisiera gritar al mundo a toda voz que te amo más que a mi vida ¿Por qué no me dices que me vaya contigo? Ojalá se aparten las ramas de los árboles y la luna adorne nuestro camino junto a la eternidad, escuchando los latidos de tu sangre en mi conciencia, te quiero, te quiero y deseo que estas palabras se graben con fuego en tu memoria aunque, no comprendas nada de lo que te digo, te seguiré queriendo, así la noche sea como morir un poco cada día que me quede de vida, no me importa lo que digan ni el veneno con que me despierte, cuando ya no te vea soñando que estoy a tus pies en silencio mientras tu mano acaricia mis cabellos, sin escuchar el grito desgarrador del ruiseñor aquella noche que derrumbará una lluvia de estrellas a nuestro paso.
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    Así transcurrieron lashoras que precipitaron el último día de febrero que amaneció decorado por una pálida niebla, la que los envolvió en un abrazo final, antes de que Soledad abordara el bus que la llevará de vuelta al aeropuerto de Londres. Ella, enterró su rostro con fuerzas en uno de los dos pañuelos, negro y blanco, que le regaló Kalit para cubrirse la cabeza aquellos, que se lleva de recuerdo, como símbolos del amor incondicional que él siempre prometió profesarle. Kalit, por su parte desapareció como un fantasma apenas el bus arrancó bajo la neblina espesa. En el avión zarandeado entre las nubes, igual que si el tiempo se detuviera en las alturas, Soledad, cree morir de dolor, con la impresión que nunca gozaría de un amor posible mientras sólo exista un sembradío de tristezas a su alrededor. Ahora sueña morir en los brazos de Kalit, embriagada del soplo de sus besos. Bebiendo todas esas lágrimas que forman el inmenso torrente que ahora los separa mientras, la luz se extingue ante el terrible contacto de la realidad, porque con cada segundo se agranda la distancia entre los dos. Toda la sangre que arde en sus venas y el amor trémulo que encierra en su corazón, comienzan a teñir la negra ausencia que sólo será capaz de disipar la mirada profunda de sus ojos negros. Como la aurora llegará pronto derramando bendiciones, Soledad exhala un ruego que dice: “Señor, bendice este amor que de lágrimas se nutre, que tiembla como débil hoja llevada por el aire, consumido en sus labios impacientes e incapaz de sostenerse lejos de sus divinos ojos.” Después del aterrizaje en Pudahuel, siente que nada tiene ahora coherencia, todo se ha vuelto embrollado y no encuentra el norte, si no fuera por su cariñosa madre que la espera con ansias, justo cuando Soledad quisiera dormir varios días para desembarazarse del mañana y revivir cada minuto pasado junto a Kalit. Pero la vida continúa y debe retomar el hilo que el tiempo despliega con sus alas, enfrentando cara a cara al recuerdo, así disipar las dudas y que todo no fue solo un sueño. Volver a comenzar de la nada es su mayor desafío ahora aunque, sea bajo los efectos de los medicamentos que le receta el siquiatra cuando se le presentan los síntomas paranoicos
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    con disminución dela conciencia crítica hacia sus propios juicios. Divaga mientras siente que a lo lejos su madre le habla y a quien no puede responder porque tiene un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas pues, ya no soporta el dolor de cabeza provocado por la angustia. Sus pies aún posados en las nubes no le obedecen, avanzar se convierte en un suplicio, le arden las manos y los pies, voces tristes y lejanas la llaman ahora que se inclinan sus rodillas hasta el suelo ante la mirada atónita de su madre quien, hace inútiles esfuerzos por levantarla. Sólo despierta dos días después con su madre sentada en la orilla de la cama. En vano intenta cerrar nuevamente los ojos cuando ésta se acerca solícita acariciándole la frente. Soledad, sabe perfectamente que este es el principio del fin, de un viaje del cual nunca debió retornar, porque su futuro ya está develado, ahora nadie tiene el derecho a oponerse a esta decisión: al fin profesará los votos definitivos en el Convento H.M. Mientras su madre la mira desolada, Soledad, se levanta con el rostro lívido y un pañuelo negro en la cabeza, entonces, después de besar a su madre en la frente abrazándola con emoción y mientras se dirige a la puerta de salida, se da vuelta por última vez suplicándole perdón con la mirada. Cásese no sometido a clasificación. Sus nervios la traicionan cuando introduce otra ficha nuevamente en el teléfono, mientras sostiene el auricular con su mano izquierda y con la otra se arrima a la pared para escuchar mejor, pues el ruido de los automóviles en Avenida Vespucio al mediodía resulta estremecedor. ¿Tu, tu, tu...?, suena sin descanso el tono prolongado de marcar, junto a los latidos de su corazón que pierden su calma habitual mientras, vuelve con nitidez a su memoria aquella breve respuesta a su carta: " Me gustaría conocerla, muy linda e interesante su carta, en todo sentido. Excúseme que sea tan parco, creo que será mucho mejor cuando conversemos personalmente. La saluda con simpatía y afecto. José Labarca B.
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    Con una vozquejumbrosa apenas pregunta: _ ¿Aló? Podría hablar con “don” José Labarca. _ ¿De parte de quién?, respondió una voz varonil. _ De la señora F.B.I. _ ¡Ah! De la policía secreta norteamericana, dijo con ironía. _ Más o menos. _ Un momento, por favor. Un alboroto de pasos, cables y voces confabuladas, se escucharon por un momento al otro lado de la línea, mientras siente que sus piernas un poco enclenques con la emoción apenas logran mantenerla en pie. Quizás si estuviera en su casa en este momento y, no en el Supermercado de la esquina, ahora se encontraría sentada cómodamente en la silla rodante del escritorio, sin las manos cargando varias bolsas plásticas ¡Qué tonta! _ ¿Aló, con quién hablo?, preguntó una voz. _ Con la señora F.B.I., responde casi en forma automática y carraspeando un poco, igual como siempre le sucede cuando habla por primera vez con alguien. _ ¿Cómo está usted? Mucho gusto. _ Igualm... _ Nosotros no hemos tenido ningún contacto aún. ¿Verdad? _ No, que yo sepa. Y ella prosiguió, con su mente algo embotada y bastante confundida. _ Su carta es tan escueta que en el fondo no dice nada, pues en general, a los hombres les disgusta mucho escribir. Hoy día justamente pasé por el correo y ahora me encuentro en un teléfono público, así que si es posible, habla bien fuerte y disculpa si te tuteo. - Claro, por supuesto. Veo FVI, veo que no estás muy tranquila que digamos y con su tono de voz algo molesto continuó. Ustedes las mujeres siempre están criticando todo a los hombres, esperan a un príncipe que las mime y uno nunca puede darles gusto absolutamente en nada. _ Mira, a mi me produce una lata atroz llamarte desde la casa porque se darían cuenta mis hijos. _ ¿Y? ... Ellos te reprenden, tal vez.
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    _ Por supuestoque no, creo que se reirán de mí, lo que es muy diferente. De igual manera, siempre les cuento estas leseras que hago, pues no creo que sea un pecado contestar a un aviso del diario. ¿Acaso no leíste bien mi carta? Las iniciales son F.B.I., seguramente me confundes con otra persona, como habrás recibido tanta correspondencia últimamente, continúa molesta. En ese momento, la mujer saca otra moneda de cien pesos de la chauchera y respira con fuerzas, ya que su voz se iba apagando como una vela de invierno y así después deja caer todas las bolsas al suelo, pues, sencillamente, ya no soporta más esa conversación que le crispa el genio. Tenía que encontrarse muy aburrida, o quizá, muy sola como ese hombre, para hacer este tipo de estupidez. _ No, tus iniciales las conozco bien, prosiguió él, pero no así tu nombre. ¿Cómo te llamas?, preguntó como para decir algo. _ Federica Bustamante. _ Me suena muy imperial y me gustaría conocerte pronto... _ En realidad se trata de un seudónimo solamente y, la última inicial, es la de mi nombre auténtico. Soy escritora, dijo finalmente, poniendo broche final a ese interrogatorio. Además, fíjate que pasado mañana me voy de vacaciones con amigos, por quince días al Cajón del Maipo y el jueves tengo todo el día ocupado. Me iré a cortar el pelo y después, a escuchar una obra de teatro al Parque Araucano. Más tarde, llegando en la noche arreglaré mis cosas para el viaje. _ Ya veo, ahora me explico una carta tan especial. _ ¿Y hablando ya no me encuentras igual? _ Sí, solamente que te vuelvo a repetir, me pareces algo intranquila, mejor otro día te devolveré la llamada a tu casa y por favor, no te cortes el pelo, es lo más hermoso que tiene una mujer. ¿A dónde me dijiste que irás? _A la Cascada de las Ánimas, llámame alrededor del quince, después de las diez de la mañana o de la noche. Mi número es...., dijo repitiéndolo mentalmente y asegurándose bien de que no
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    fuera el númerode su madre o de otra persona, como le sucedía continuamente. El sonido de un pitazo, avisando el término del tiempo, vino a ser una salvación caída del cielo para ella. _ Bueno, entonces mucho gusto de conocerte, demuestras que eres una persona muy valiosa y muy culta y ojalá algún día nos conozcamos, eso me agradaría mucho dijo el hombre despidiéndose melindrosamente. _ Chao, respondió sencillamente ella, con la convicción que nunca la llamaría de regreso, porque todos los hombres sueñan con una geisha complaciente o, tal vez, alguien parecido a una modelo de televisión y, dando un suspiro de alivio, salió del local apresuradamente, no sin antes tomar con fuerzas las bolsas plásticas llenas con las compras de la semana. El reflejo del sol intenso le dio plenamente en sus ojos enrojecidos por el calor y se fue bordeando la sombra de los árboles del barrio, ensimismada con el secreto de sus pensamientos. Pasó delante de las inmensas palmeras del edificio donde vivía, aún conturbada, con el pelo apelmazado en la frente y el cuello, mientras comenzó a subir dificultosamente las escaleras hasta el tercer piso del edificio. Una vez en el departamento, dejó las bolsas sobre el suelo y antes de colocar el cerrojo de la puerta, sonó el teléfono. Se quedó paralogizada en el lugar, mientras Francisco, su hijo, pasó volado a su lado para contestar. Sintiéndose agitada por una curiosidad malsana que no desaparecería durante mucho tiempo... En la tarde, una vez que terminó de hablar por teléfono con su madre, suspiró profundo y buscó en el velador el frasco con pastillas minúsculas de belladona y, contando exactamente diez de ellas en la palma de su mano, las puso en su boca disfrutando del dulzor que hizo su efecto casi de inmediato, aliviada del nudo que apretaba su garganta desde el día anterior, más bien, desde que en las mañanas y en las tardes, comenzara a soplar un aire juguetón que subía por sus piernas entumeciéndolas y obligándola a leer dentro de la casa, porque las sillas de playa de la terraza, así como su cabeza, quedan llenas de hojas secas y amarillentas. En seguida se levanta a sacudirlas con furia, pues desea con todo su ser que el verano nunca se termine, ya que últimamente no soporta ese frío intruso colándose por todos los agujeros de su piel. Había cumplido los cincuenta recién este año y los escollos que a veces aparecían de
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    improviso y que,por lo general, les gusta jugar a las escondidas, no sólo siempre la encuentran bajando el telón de fondo, poco a poco en el horizonte, sino también la intensidad de la lámpara de cristal de su dormitorio para leer. Se necesita mucho tiempo para fraguar los anhelos escondidos de marzo, con sus tardes suspendidas en las enredaderas un poco mustias quizá, debido a la luz quemante que penetra por la ventana tratando de contagiarla con su ánimo y, a pesar, de sentirse algo embriagada del sueño, muchas veces no logra conciliar una siesta como eran sus deseos. Pues aparte de los sonidos habituales del teléfono, calefón, radio y televisión, los cuales no cesan ni un segundo, el peor es el sonido que produce el silencio de la paz que no se apaga con la brisa, sino al revés, destella en su pelo como una flor de los sueños marchitos cuando se acurruca entre las sábanas, como tiene costumbre en la mañana del domingo antes de levantarse para escuchar mejor el ruido que hacen los recuerdos, que atraviesan los intrincados acueductos de la memoria, así, tan sigilosos, tratando de explorar hasta el último rincón recóndito, haciéndola perder por completo el resto de lucidez que aún le queda, agujereando el cráter lagrimoso que luego empapa la almohada. Los acordes de Chopin sobrevuelan las paredes del dormitorio, tocan el fin del verano con sus calores sofocantes y se arrebuja brazos y piernas con el cubrecama japonés de plumas para pasar los escalofríos que le dan el aspecto de una anciana y, a pesar que en su mirada refulgía el brillo de una persona joven aún. Desde su viudez, hace exactamente 8 años, siempre acostumbra a leer los avisos del diario, al estilo del "Cásese si puede" y otros semejantes que ofrecen amistad o amores a destajo sin tope de edad. Por supuesto, que nunca pensó contestar alguno en serio, pero en aquél domingo se le puso en la cabeza una idea distinta e inmediatamente se sintió tentada a tomar el lápiz, porque siempre pospone el trabajo para otra ocasión, hasta que pasó un mes y de pronto encontró la dirección con las iniciales F.D.B., decidiéndose de una vez por todas a escribir, sin pensar en las consecuencias que ello pudiera acarrearle. Entonces quiso romper con el mito que dice, que en aquella edad se vive sólo de los descuentos y siempre se pregunta a sí misma en el silencio, si será posible volver a
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    encontrarle el sabora la aventura de un romance o un amor o como quiera llamársele aún, de la forma más cursi: "una razón para vivir" y superada la indecisión, se puso manos a la obra, aprovechando que todos sus hijos están veraneando y ya que se encuentra en la casa acompañada solamente del "Colita”, su perrito pekinés, tan viejo y entumido como ella, ya que ahora último apenas come y camina. Aún le queda algo de juventud a flor de piel y son visibles sus anhelos por escapar de la sombra de los acontecimientos, cuando camina por la vereda del frente haciendo brincar sus anhelos envejecidos y continuando como siempre guareciéndose de las preguntas esenciales sobre el porvenir incierto, mientras siente una desazón tremenda cuando se mira en el espejo o en la ducha, la que ahora rocía su cuerpo deshidratado como la uva que dejó el verano reciente en el parrón y entonces se escuda en una especie de pudor, porque teme expresar su pena o el terror propio de una edad camino a la ancianidad. A veces, parece una niña caprichosa con sus cambios de humor repentinos, ensimismada en el cielo luminoso de estrellas con la Luna en su centro rememorando aquellas noches de amor intenso y juvenil, con el único ser que ella había amado, aquél que llenó sus días y sus noches, hasta rebalsar todo lo sobrante, cuando en el presente sólo las caricias de la brisa inagotable del atardecer, curiosamente parecen prolongar la monotonía intermitente que hace cumplir al pie de la letra lo del verso aquél que dice:"el resto es silencio". Y cuando parece que todo sanseacabó, el reloj espolvorea con calma los pro y los contra en su rostro, desnudándole el alma como su criterio del sentido común y también enarbolando su destino con la bandera de la mediocridad, esa que nunca pudo ser arriada en todo largo o anchura de su vida, porque nunca se sintió tan a la deriva, a pesar, que ella desearía tocar el silbato aunque el barco esté a medio hundirse con todos esos ideales acumulados en la cubierta antes de sucumbir con ellos hasta las profundidades intergalácticas, en pos de sí misma y de su asombrado modo de concebir la vida, casi desatinado, al modo de pensar de la mayoría de la gente común y corriente que la rodea. Más si toma en cuenta que todos sus proyectos nunca alcanzaron más allá de la puerta de la calle y por tantos otros motivos
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    contestó este aviso,idea que fue depurando, a medida que crecía su entusiasmo por alcanzar la felicidad desmoronada con gran estrépito alrededor de su entorno como sobre la maleza del jardín, que ya casi le llega al cuello de puro tupida que está, mientras siente que la vida se le escapa por una caña hacia el otro extremo de las horas perdidas... Donde está Luisa A la mañana siguiente de su cumpleaños, Luisa amaneció con la mismísima depresión, la que causa siempre tantos estragos en su vida cotidiana. Como no tener apetito, o ánimo para levantarse, porque miles de alfileres clavaban dolorosamente su cuerpo al colchón, impidiéndole todo movimiento inclusive al hablar, motivo suficiente para que nadie la molestara hasta que se aliviaba completamente. En estas circunstancias, ella permanecía durante horas con las cortinas cerradas, favoreciendo la penumbra y la completa somnolencia, que aplastaba sus párpados igual que dos pesadas piedras y en estos casos, lo único que hacía su efecto, eran aquellos medicamentos con receta retenida y una estrella en la caja, y por supuesto, la más completa soledad, mientras sentía que sus sienes podrían estallar del dolor de cabeza. Cuando todos en la casa perdieron la cuenta de sus ataques e incluso ya a nadie le importaban sus males, en ese preciso instante, éstos se hicieron cada vez más intensos y se hizo una costumbre llamar a la Unidad Coronaria, la cual le recetaba calmantes inyectables y tabletas sublinguales, hasta que quedaba en un estado de total ensoñación, con la mirada brillante y perdida en otros lugares del planeta y con sus pensamientos tan febriles como melancólicos. Tan solo porque ella, nunca fue capaz de aceptar el mundo tal como era y todo la afectaba sobremanera: su esposo enfermo de diabetes, las hijas sin un trabajo estable o la empleada robando la mercadería del closet, como tantas otras cosas que se iban sumando para que, el día del ataque, se transformase en un caos total. En ese caso decidía no salir de la cama y durante todo el tiempo que ella estimaba necesario, se llevaba al dormitorio una cocinilla,
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    con todos losutensilios necesarios para servirse un té, o algo liviano de comer, sin salir de allí hasta que todo volvía a la normalidad y, por lo tanto, su optimismo habitual. Ella que siempre fue por el mundo despellejada por las manos ansiosas de la vida con sus múltiples facetas, de la incomprensión, melancolía y sobretodo, de la mediocridad atroz que ya no soportaba, porque siempre quiso ser exitosa, como una gran bailarina o pintora por ejemplo, pero nunca pudo bailar bien, ni siquiera cuando era una niña, debido a ese gran defecto a los pies que la hacía renguear un poco al caminar y aunque, estudió piano y canto por un tiempo, tampoco se cumplió su más preciado sueño: bailar o cantar en los más famosos teatros del mundo como primera bailarina o como una gran diva. Por esta causa el matrimonio vino a ser como una salvación y algo muy importante para alguien de estas condiciones, pues quedarse solterona así como así, habría sido para ella. Fue un día de esos nefastos, cuando ella amaneció con ganas de ir a la peluquería a cortarse el pelo, de manera que su estado de ánimo no se reflejara en un rostro descuidado. Así, como algunas veces eso se borraba de un plumazo con un nuevo vestido o cartera, otras invertía todas sus energías en transformarse, un poco antes que la cosa pasara a mayores y, aunque sólo fuera por unas horas solamente, tratando de evadir su desánimo, para no ahondar aún más el pozo profundo que comenzaba a abrirse ante ella, mostrándole toda una vidriera de frustraciones, ante las cuales no era capaz de salir muy ilesa. Entonces, mientras ansiaba el sosiego en la superficialidad de las cosas, una bandada de pájaros cruzaba el cielo de su triste existencia, buscando donde anidarse para sentir que su vida no pasaba en vano, ahogando su personalidad tan disgregada en las profundidades del conciente y petrificando ante sí el enigma de su malestar. Como una estatua de piel y huesos. Por estos motivos, había decidido cambiar de raíz la rutina de los acontecimientos, mientras llovían las ansias del cielo en forma de miles de hojas amarillentas, y dejando ocultas sus verdaderas intenciones, que ya no eran las mismas. Por este motivo hizo muy temprano la maleta y, se las arregló de tal manera, que nadie la viera salir de la casa. Más tarde, cuando se bajó del automóvil, con el sol, que ya se difundía casi por completo en el cielo santiaguino del mediodía, éste la obligó a alzar los ojos, para cerciorarse bien con aquel panorama que parecía
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    ilusorio. Se encontróante una casa de estilo señorial, muy cerca de Bilbao, junto a tantas otras de moda en los años sesenta y, las que ahora habían sido habilitadas para la compra y venta de automóviles, desde que sus moradores arrancaron a perderse en las altitudes de La Dehesa. Su mirada pensativa quedó prendida en los amplios y cuidados prados, a pocos centímetros de la reja, que respondió de inmediato a su llamado con la voz quejumbrosa del citófono. Mientras el pasillo empedrado, abrió con lilas y madreselvas, los recuerdos guardados celosamente durante tanto tiempo en barbecho, todo lo sucedido últimamente, hizo que su ánimo se hiciera añicos otra vez, mientras Luisa tropezaba en silencio con sus pensamientos hasta la puerta. Después del matrimonio de Javiera, su hija menor y la única soltera, lloró como una magdalena día y noche, durante un mes completo, como si le hubieran arrancado un trozo de piel y todo el tiempo estaba con un nudo en el pecho, mirando la pieza vacía de las niñas, dando vueltas y más vueltas, como un perro casero que busca inútilmente como llenar las horas... Al menos ahora pensó, nadie extrañaría mucho su desaparecimiento, salvo Andrés, su viejo, el que deambularía libremente en pijama por las calles, al fin y sin que nadie se lo impidiese, conversando con un amigo, también jubilado, hasta bien alto el Sol. -¡Qué me importa lo que diga la gente! contestaba él, mientras entraba rezongando igual que un niño taimado a la casa. Juntos habían explorado las diversas rutas que les ofreció el destino, algunas menos bellas y otras no tan crueles, pero siempre unidos por un nudo ciego que nada fue capaz de desatar y, a pesar, del desamor que se enquista implacable en la pasión primera, después de un tiempo, la costumbre de estar juntos sobrevivió como un gomero que se riega todo el tiempo, siempre en medio de la soledad que revisa a través del crisol toda su memoria vacilante, porque se niega a aceptar esa tragedia de vivir entre el silencio y el ruido estrepitoso de una ciudad declarada en estado de emergencia, fuera de los perversos anhelos sin cumplir, apilándose en las paredes de la casa y desanimándola cada vez más. Pues del amor al olvido, hay sólo una corta travesía, en el pensamiento de esta mujer, con su cuerpo ingerido por los grandes espacios de una ciudad abierta al caos y, bajo la que desaparecen sus
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    recuerdos, con eltremendo peso de los cimientos. Una leyenda obsesiva del tiempo que trituró hasta la última esperanza, cuando ella hizo lo imposible por llegar a alguna parte para tratar de recoger lo que aún quedaba de ese sueño mal pensado que fue su vida. Mientras ve como se desencadenan los barrotes de su origen y, los muertos caminan poéticamente sobre la cruz del Sur del presente, ella permaneció en un delirio continuo de sopor durante toda su estadía en la clínica, debido sobretodo, a una gran cantidad de somníferos que ingería diariamente. Muchas veces, incluso no reconoció a la gente que la visitó y algunas otras, confundió los sueños con esa triste realidad que la circundaba, alejándola de lo cotidiano, hasta desmadejar uno a uno los puntos del tejido del mundo exterior, pues se pasaba las horas entre la somnolencia y las fluctuaciones del inconsciente, destruyendo la poca cordura que aún le quedaba. Una tarde llegó Andrés muy compungido, a rogarle que volviera pronto a la casa, pero ella estaba tan ensimismada en su cuarto, que no respondió una sola sílaba hasta que se despidieron con los ojos humedecidos, ahondando el vacío de las ideas inconsistentes que se apoderaba de ambos viejos, hasta ensañarse con ellos. Mientras él salía hacia el camino empedrado, Luisa comenzó a avistar el agujero donde sus huellas adquirían la consistencia del breve tiempo que aún les deparaba el destino. Una vez instalada en la pieza, le hicieron un lavado de estómago y, en seguida, comenzó con una alimentación de frutas y alimentos naturales, más litros y litros de agua. Continuaba el tratamiento con baños a vapor y duchas bien heladas, seguidos de cremas y masajes por todo el cuerpo, hasta que comenzó a sentirse más liviana que una pluma. Antes del almuerzo, bajaba a la pileta a tomar el sol y refrescarse un poco, donde una paciente llegó una tarde con un ataque de angustia y, totalmente desnuda, se lanzó de un piquero hasta desaparecer en las aguas, de manera que solo quedó a flote su largo cabello en la superficie y, entre varios enfermeros no lograban sacarla del fondo, porque ella sacó una fuerza contenida quizá desde cuanto tiempo, mientras sus gritos se escucharon en toda la cuadra a la redonda, hasta que más tarde llegaron los carabineros e inclusive, bomberos e investigaciones. Después
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    corrió la noticiaque se trataba de un caso de drogas, por lo que la mujer necesitó de una continua vigilancia, igual como un joven, algo pálido y enjuto, que intentó suicidarse varias veces lanzándose desde las alturas de la clínica. Estos espectáculos, resultaban nefastos para todos los demás pacientes que quedaron impresionados y corrieron a encerrarse en sus cuartos hasta la noche, e incluso, encerrados sin deseos de ver a nadie durante días. Después de tres semanas y una vez que salió de ese lugar, le pidió al chofer que marchara más lento, para deleitarse por última vez, con el paisaje de las calles atestadas de automóviles, junto a una muchedumbre enloquecida por los letreros lumínicos, ofreciendo una vida mejor o como ser más feliz, comprando cosas a destajo. Igual que la tía Flora, la cual tomó tan en serio el cuento ese, cuando en este mismo lugar, la habían dejado como nueva hace algunos años atrás. A ella también la habían internado por los nervios, diciéndole que rejuvenecería como unos quince años y, parece que se posesionó tanto del papel que, en cuanto salió de allí, encontró un marido diez años menor que ella y dejó al tío Ramoncito, igual como a los tejidos y los queques esponjosos, que la hicieron tan famosa y querida por toda la familia. Cuando ya no fue ni la sombra de la tía Flora, se dedicó a bailar y a viajar a Cancún, u otros balnearios de moda, vistiendo shorts y dando muestras del gran placer que la estaba consumiendo por dentro, navegando con énfasis en espacios ficticios, borrando por completo su pasado y, dejándose llevar sobre el oleaje inexplicable y descontrolado de la última pasión y, debido seguramente, a todos esos brebajes extraños que le dieron a tomar en la clínica. Durante mucho tiempo fue el cominillo en todas las reuniones y sobremesas de familiares y amigos. Después que Luisa volvió a la casa, se notó un cambio notable en su carácter, rodeada por una nueva coreografía de la realidad que no era la suya, pues ella rejuveneció en tal forma, que volvió a ser una niña caprichosa, a la cual se le olvidaban las cosas o donde había escondido la plata, disfrazando el círculo del acontecer diario y rompiendo aquella barrera que la encerró durante tantos años en la monotonía de su existencia con una ingenuidad increíble. Inventó a su alrededor toda una faramalla, imitando otras vidas que no eran la suya y
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    actuando, eso sí,lo más disimulado posible. Porque había llegado la hora de abrir la bóveda, para dejar volar la prudencia que la mantuvo encasillada y llena de frustraciones, pues ahora pensaba que en la vida nunca es demasiado tarde para salir de la fosa enlozada de las ideas reprimidas... Vitrola En nuestra permanencia en el internado de monjas Misioneras Franciscanas de María, a ella siempre le agradó narrar cuentos e inventar interminables historias muchas veces por semanas y recuerdo muy bien aquella, cuando durante más de un mes, una cola inmensa de niñas seguía a la Vitrolita por todos los patios o pasillos largos, estrechos y fríos, rogándole por favor que continuara la historia, mas ella siempre se las arregló de tal manera que las suspendía justo en el momento de mayor suspenso, y por lo tanto, todas quedaban ávidas de curiosidad de saber pronto el desenlace, entonces, durante los recreos formábamos un gran círculo a su alrededor, sin que Vitrola pudiera moverse de su sitio por ningún motivo, ni siquiera para ir al baño, razón por las que el recreo a la mayoría siempre se les hacía demasiado corto. De ahí su sobrenombre, que nació un día y en vista de que nunca se callaba, mientras permaneció siendo la líder del curso durante dos años seguidos. Cuando era la hora de dormir, en cuanto las monjas apagaban las luces y nos quedábamos a solas en el inmenso dormitorio, la Vitrola se deslizaba silenciosamente bajo la hilera de camas de sus compañeras, golpeando a una por una el colchón con un fuerte puñetazo para despertarlas, en plena oscuridad se escuchaban los agudos chillidos de susto, seguidos de almohadones que volaban por el aire mientras llegaban las monjas a castigarlas, especialmente a ella, porque sabían de antemano que se trataba de la instigadora, y entonces lo más seguro que al día siguiente tenía que madrugar, lavar baños y gallineros sucios, donde se guardaban unas descomunales bolsas llenas con el pan duro sobrante, como también otras con los restos de género que Vitrola se guardaba en los bolsillos, los que más tarde se convertían en elegantes vestidos para los títeres
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    y muñecas desus obras de teatro. Muchas veces, fue sorprendida con estos tesoros en su delantal, entonces haciéndola salir de la formación y de pie adelante de todo el alumnado, sufría la más grande de las humillaciones, mientras una monja le vaciaba los bolsillos, sacándole tiras y más tiras tildándola de ladrona, también por el pan duro como piedra que ella remojaba muy bien en la boca hasta ablandarlo como un manjar, con mayor razón si las comidas habían sido algo escuálidas. Aunque Vitrola, para olvidarse de sí misma disimulaba muy bien que los castigos no le importaban gran cosa, una vez en el silencio de la noche muchas veces lloró a mares por la desgracia de no tener una mamá como las otras niñas. Por Este motivo se amanecía junto a todas esas pequeñas que llenaban el vacío de sus ojitos tristes bien acurrucadas a su lado, mientras ella les irradiaba un poco de calor con una narración interminable, y todas por igual anhelaban con todo el corazón, que ojalá nunca llegaran las cinco de la mañana. Entonces, cuando una monja las despertaba dando fuertes gritos y palmetazos con sus manos, lo único que siempre las animó a levantarse era la promesa de Vitrola de continuar ese día con alguna historia inconclusa. Muchas veces, otro de los castigos habituales que debió sufrir, debido a su excesiva imaginación, fue el de ayudar a pelar un saco gigante de papas que cambiaba rápidamente el color rosado de sus uñas por uno terroso. Así, un día de junio inventó la más bella de todas sus historias, en la cual ella tomaría parte, paradójicamente, al ser elegida por las monjas para encarnar el papel principal de un ángel. Por suerte, aquel día de la Asunción de la Virgen amaneció esplendoroso, mientras los preparativos que comenzaban cada día desde muy temprano en las mañanas, casi un mes antes y levantándose con mucho frío en pleno invierno, ayudó para que todo saliera muy bien. Todas pusieron mucho de su parte y siempre en orden caminaron formadas a sus respectivas salas de clases, algunas de ellas, especialmente las encargadas del vestuario y escenografía, entre ellas Vitrolita, que una a una, salían disimuladamente de la fila para esconderse en una sala apartada y solitaria, donde ninguna monja se daría cuenta de tales desapariciones. Allí nació la historia de la Anunciación bellamente narrada por ella y la que duró casi un mes, manteniéndolas a todas entretenidas durante días y noches completos.
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    ¿Por qué escribes?Siempre que le preguntaron lo mismo, incluso años más tarde, pero Vitrola, nunca supo contestar esa interrogante, solamente igual que algunos cuentistas, inventores o dicharacheros que tienen a flor de labios una repuesta, dijo que para vivir más y mejor, asombrada de la palabra que agarra un vuelo propio como un ave inalcanzable que ya no le pertenece. Como Erik Orsenna: "escribir más, porque me siento muy triste de tener sólo una vida y al inventar un personaje tengo la impresión de ser un embajador lejano de mí mismo. Y además escribo para vivir mejor, pues si no lo hiciera me volvería loco, si no invento una realidad distinta". Cuando Vitrola llegó a adulta le encantaron estos pensamientos, claro que después que los meditó, tuvo claro que se obligó a sí misma a repetir la realidad mezquina adornada bellamente por su imaginación en una historia solamente para hacer felices a las demás niñas. Porque la vida siempre le quitó lo más preciado, como su madre por ejemplo, hasta hacer brotar los sequedales en su retina, entonces las esperanzas de un mañana mejor y todas esas patrañas que le enseñaron las monjas nunca significaron nada para ella como tampoco el olvido refleja su sombra en el agua. Ella escribía, quizá, para hacerse notar por los demás, los que pasaron como fantasmas a su lado, mientras la realidad cotidiana se derritió junto a la cascada de las apariencias, dejándola desnuda y sin ni siquiera una máscara sino con sus verdaderos rasgos a la vista de todos. _ Por eso escribo, para desleír las penas y las alegrías, esbozando un croquis de la realidad y así blandir con el lápiz la desesperanza hasta hacerla desaparecer del mapa, me dijo una vez la Vitrola, poco tiempo antes de enfermarse. _ Muchas veces dices las cosas pan pan, vino vino, contesté. _ Tal vez trato de demostrar que soy inteligente, algo muy, muy peligroso, más tratándose de una mujer. Nuestras abuelas, haciéndose las lesas eran mucho más hábiles que hoy en día. Con un amo y señor posesionado de sus cuerpos y almas pensantes, se les escapaban los años, como pececillos de ríos tras del mar incesante de ansias insatisfechas, como de los deseos de libertad, casi bajo pena de muerte si alguna vez llegaban a confesarlos, mientras el viento cotidiano que todo borra a su paso con una estela visible y amarga, finalmente las dejaba
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    cubiertas totalmente denegro. Toma en cuenta la cantidad de escritoras que terminaron suicidándose y encerradas en un convento. _ ¿No estarás exagerando? Contesté. _ Siempre trato de inventar un mundo paralelo y sin límites, esbozando con el lápiz un manantial donde nacen las ideas burbujeantes que algún día escalarán una montaña cumpliendo su misión, contra viento y marea, ya sea para conmover o para encender la lámpara de las controversias entre la diversidad de sus lectores. Después de todo, también escribo para ganarle la partida al silencio, el cual fue enquistándose en la carne y no deja pensar con claridad, mientras se ordenan los signos sobre el albo y virgen papel, al cual ya nada le asombra a estas alturas. En suma, para ser feliz, el bolígrafo marca las huellas tras de sí y abre el ventanal, en un dos por tres, hacia el mundo turbulento y yo puedo lograr que se convierta en un hontanar para alborozo de todos. Y por tantos otros motivos, que no tengo palabras ni tiempo para descifrarlos. Pues se necesita mucha paciencia, terminó diciendo Vitrola, aquella última vez que la recuerdo erguida en sus dos pies. - ¿Tú también tienes buena vista hacia el poniente desde tu ventana? me dijo ella fijando su mirada en el cielo tornasolado del atardecer. Todas las tardes salen a relucir las huellas en el camino resbaladizo de la posteridad, con las esperanzas estériles clamando hasta la vastedad, cediendo su paso al frío. _ Sí, igual que aquí, contesto cerrándole las cortinas, para evitar esa nostalgia de mirar en forma semejante a ella, invadida quizá de qué pensamientos pesimistas, a pesar, de la efusión del aire que enarbola las hojas brillantes por el sol camino hacia su escondite. Como una búsqueda incansable de las ánimas incrédulas de eternidad, frente a la proximidad del torrente vaciando sus múltiples variaciones del color sobre el horizonte, seguramente aumenta a esta hora su melancolía, a medida, que la luz agoniza en la fuente crepuscular devorada por una gran nube con el rostro de un monstruo marino. Baila una mariposa de flor en flor en la cortina y la casa queda atrás, en la otra orilla rellena de nubes hasta las laderas. Y el drama de Vitrola hoy a los 70 años se hace latente, mientras la observo tullida e inmóvil en su cama después del infarto cerebral, y aquel monstruo que ahora ha robado su libertad, abre sus inmensas fauces
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    alejándose volando sobreel tejado, perdiendo forma y retornando quizá, a la oscuridad del azulado refugio. Sus manos parecen dos pájaros desplumados y deformes que permanecen todo el tiempo encima de su pecho. Su cuidado y alimentación están a cargo de una hermana soltera que viajó del Sur para cuidarla, mas ella tenía que volver pronto a su trabajo y no está muy claro el lugar donde Vitrola terminará sus días. Menos mal que después llegó Jaqueline T, otra amiga del internado con la que conversamos sacando gran cantidad de recuerdos de la fuente inagotable, nombres y anécdotas guardados de aquel tiempo puro y diáfano de encantamiento infantil, mientras ella nos mira con sus ojos brillantes de alegría. Después que su hermana llegó con la bandeja de la comida nos retiramos, con la disculpa mentirosa y tonta de la hora, pero en el fondo, reconociendo íntimamente nuestros deseos locos de salir arrancando de allí lo más pronto posible para no largarnos a llorar de pena. _ Bueno debes cuidarte mucho, fue lo único que se me ocurrió decir al despedirme. Y ella alargando sus manos al aire como claveles marchitos, me dejó un poco paralogizada en el umbral, como una estatua ataviada en medio de las olas furiosas de la incredulidad. Un mal, que en la vejez le entregó alas inmarchitables, pensé llevada por la pena, a lo mejor la ayudan a llegar muy pronto al día y hora en que ella vuelva a ser en plenitud, la Vitrola de aquellos tiempos inolvidables de la niñez. Algún tiempo después, una voz lejana y fría, eleva mis presentimientos hasta dimensiones desérticas y vastos paisajes, más allá de las estrellas, comunicándome por el teléfono que la Vitrola ha dejado de existir. Sólo un árbol fue testigo de los siglos que pasé frente a la ventana entrañable del recuerdo, tan frío como una raíz frondosa del jardín. Así se pintó un fresco que llenó de antorchas la oscuridad terrible que significa perder a una amiga de la infancia, con todo un haz de voces suaves venidas desde lejos que me hicieron perder los pasos humeantes, dejando las huellas marcadas en el camino que me falta aún. Sólo que las señales ahora son casi invisibles, se han ido perdiendo las fuerzas y no se sabe quien será el próximo, hilando con cuidado el cuerpo de carne y huesos. Es decir nada de celestial, como su entierro en el Parque del "recuerdo", en que todos los
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    discursos hablaron deun viaje más allá de la Luz y su nombre, quedó grabado en un mármol con letra griega en grandes dimensiones, aunque creo, que ahora igual sería necesario escarbar la maleza para cerciorarse bien si la Vitrola aún permanece allí...Pues en mi memoria inconsolable, ella subsiste y camina aún inventando historias que cuenta al viento y las que lleva el mar hasta su lecho final. Lila del Valle En cuanto descendió del bus, Lila sintió el aire santiaguino penetrante en sus mejillas, las que traslucían todo el colorido y el encanto del Valle aún fresco en su memoria, al mismo tiempo que su expresión iba del asombro a la angustia, ante el constante hormigueo del gentío, junto al ruido estrepitoso del tránsito, a las siete de la tarde en el Terminal Norte de la capital. Ella hubiera postergado los acontecimientos un tiempo más, pero fue imposible y dando unas largos y vigorosos trancos comenzó a cruzar la Alameda Bernardo O'Higgins, hasta que el hombrecillo verde e intermitente de la esquina, la obligó a correr olvidando por un instante los inmensos tacones de sus zapatos. Estaba admirada, después de tantos años, de aquella ciudad tan congestionada de vehículos y de la muchedumbre, llevando con tanta prisa una mirada inanimada entre las cejas, mientras sintió que las luces perforaban sus pupilas, llegando incluso a encandilarse en un momento con ellas, durante los interminables minutos que estuvo en el paradero de buses, esperando que alguno la llevara hasta La Reina. A medida que subía por Irarrázaval, ese claroscuro del atardecer le permitió distinguir claramente los diversos letreros con sus calles y números, frente a una imponente cordillera con algo de nieve pura todavía en sus altas cumbres, aflorando su pasado nítido con las antiguas formas arquitectónicas de los edificios remodelados, con sus grandes mamparas de vidrio, como algunos otros bastante deteriorados, los que hicieron cobrar forma propia al recuerdo y en el cual primaba el color verde claro de los árboles en primavera, de las casas siempre blancas con
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    sus persianas demadera, igual que entonces, antes de partir junto a Víctor a la más remota lejanía donde el mundo de plástico se fundió junto con los sueños de la vida verdadera. _¡Vendemos la casa, automóviles y nos vamos a vivir a una parcela cercana al Valle del Elqui! le dijo él como si tal cosa, sin esperar una respuesta, la que quedó flotando en el aire de la incertidumbre, ya que Lila no alcanzó ni a darse cuenta, cómo ni cuándo, se encontró arriba de un camión gigantesco, cargado hasta con la palmera del patio de atrás, más perro, suegra y dos hijos pequeños, junto a todos los cachureos de quince años de matrimonio, puesto que fueron en vano los gritos, maldiciones y alegatos que ella profirió antes de partir, tras de una quimera y de un esposo, ex guitarrista y hippie de las flores. Una vez allá, él compró una parcela con sitio para camping y construyó un restaurante donde Lila se amanecía cocinando y atendiendo a los clientes para salir de las deudas gigantescas. Ella que siempre realizó hermosas artesanías o pinturas, dejó a un lado todos sus desgastados sueños, convirtiéndose en la Reina del pollo arverjado del Norte Chico mientras, no encontraba una sola palabra para dar cauce a su desilusión cristalizada en forma de gotas saladas, cuando las lágrimas se deslizaban desde sus mejillas hacia los platos servidos por ella frente a la ventanilla, desde allí miraba a la gente con vergüenza, mientras apenas se escuchaban los gritos de Víctor dando órdenes y más órdenes a todo el mundo, hasta que un día cualquiera éste se aburrió por completo de todo, de ella principalmente, que había engordado más que nunca con el aroma de las fritangas, entonces partió en busca de sí mismo a trabajar al Norte, dejándola con un negocio, niños chicos y por supuesto suegra incluida, para reconstruir un porvenir lejos de ella, quien le recordaría siempre, tanto su derrota como los sueños inacabados, haciéndola sentir culpable y sin compadecerse siquiera de sus griteríos, una noche de septiembre, hizo la maleta pequeña como el más extraño de los seres, taladrándola con la mirada y arrastrándola de golpe a un abismo del cual tardó varios años en salir. Aquella noche fue interminable, igual que el canto de un grillo y los ladridos del perro de una parcela cercana, que nunca se cansó de aullar hasta la medianoche, mientras todo lo demás era silencio y eso bastó, para rebalsar la copa que colmó la medida de sus penas desparramadas por todos los rincones del dormitorio, junto a esa
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    gran angustia contenidaen los cachureos, los que nunca terminaron de sacar de las cajas debido a la oscuridad, la que aún tardó en ser desplazada por fin hasta la madrugada, cuando el sol semejante a un padre, le prometió su protección a cambio del derrumbe estrepitoso de sus esperanzas. Y cargando con mucho entusiasmo esta suerte, echó abajo las cortinas del ventanal para levantarse con el primer canto de los pájaros y durante las noches, echarse en la cama mirando de cara a la fenomenal Luna, apelándola a inventar otras formas para dar un nuevo ritmo a su vida, ayudada por el brillo insólito del cielo en esa zona. Entonces, fue cuando encontró las llaves del muro y miró absorta por primera vez el paisaje del Valle, mientras el dolor se iba incrustando en la corteza de los papayos y de los arbustos, que ella comenzó a pintar con óleo en la pieza solitaria de Víctor habilitada como taller y donde recobró las ganas de seguir respirando entre pinceles y bastidores, e incluso canturreando a media voz. Después volvió a colocar otras cortinas, ahora mucho más gruesas, para dormir hasta bien avanzada la mañana, porque se amanecía trabajando, pues no sin grandes esfuerzos logró reunir todas las fisuras del alma desparramadas, levantando sus deseos de vivir desde las honduras del padecimiento que significó olvidarse de Víctor, por el que sentía ahora una gratitud muy difícil de explicar, siempre escuchando la voz de su conciencia revelándole las verdaderas razones por las que ese amor colapsó para siempre. En ese momento implicaba actuar con la misma pasión de la naturaleza en pleno invierno, preparando los renuevos y los vestidos de la flor, y por su propio bien, comprendió que levantarse cada día era otra cosa que ponerse los zapatos solamente. Significaba escuchar la lluvia tenue inundando el cofre precioso del recuerdo, la que no dejaba mayores huellas sino, el mero deseo de la razón tardía y plasmar a concho el tiempo enmarcado en un gran espacio abierto de posibilidades descubiertas recientemente, a causa del profundo quiebre, y que no pensó desaprovechar por ningún motivo. El mundo camina, ama y trabaja gracias a la mujer, pero es el hombre quien mueve cómodamente los hilos, musitó ella, en voz tan baja, que hasta el silencio se quedó mudo de asombro.
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    Un temblor bastanteruidoso interrumpió las cavilaciones de Lila, aquel día viernes cuando Víctor le anuncia su partida. Permanecía aún en el velador, la sortija de ágata, que él le había comprado en su último viaje a Montevideo, cuando fue a participar en un congreso de turismo y donde conoció a Zonia U., dueña de un complejo turístico en Punta del Este, bastante atractiva por lo demás, lo que pudo constatar más adelante y una vez que viajó a con ella a Chile. El anillo cambió súbitamente de color azul intenso a rojo furioso con destellos calipsos, mientras ella no dejaba de observarlo con incredulidad, volteándolo y acariciándolo, como para variar aun más su colorido y ojalá por lo tanto, también los tristes acontecimientos que se avecinaban. - Cambia de color según la temperatura del cuerpo, le dijo él simplemente cuando se lo pasó con gran indiferencia, junto con un montón de recuerdos pequeños que ella nunca entregaría personalmente, para no tener que dar explicaciones a la gente que indaga por el paradero de Víctor. Después sacó un batik de su bolso, bordado maravillosamente con la Luna flotando sobre el Río de la Plata, el que ella se queda mirando como si contuviera todo el vacío del mundo. - Atrás hay una pequeña loma, pues allá no hay cerros explica él, por esta causa siempre me desorientaba, incluso presentía que algo me faltaba en la ciudad, agregó sin dar más importancia al asunto y dando por terminada la conversación, pues el viaje había sido muy largo y pesado, aparte que un amorcillo había clavado una vez más certeramente una flecha en su corazón. Al menos, de esto se dio cuenta ella tiempo después, una vez que lo sorprendió in fraganti escribiéndole una postal a una tal Zonia. En otra oportunidad le encontró una carta en el bolsillo del pantalón, donde ésta lo invita a vivir a Uruguay, con frases muy ardientes y amorosas. De modo que para Lila no fue ninguna novedad este anuncio despedida, sólo que para ella ojalá nunca hubiera llegado ese día. Para ahorrarse tantas lágrimas vertidas sobre prado infértil. El temor se apodera de su corazón, ahora que está pisando el umbral de la Casa de la Cultura de Nuñoa, piensa que quizá fue muy apresurado traer sus obras a Santiago, donde existen
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    excelentes pintores ytodo podría resultar un rotundo fracaso, pero ya no puede amedrentarse en este largo sendero que comienza a abrirse ante su mirada, ya que todo lo que diga la gente está de sobra, salvo sus ganas de pintar y por ende ser feliz. A pesar de todo, está optando por regresar desde sus orígenes, hasta vislumbrar el espejismo indecible que encarna desde los ecos de su infancia como de su futuro incierto, enfrascada en ese fulgor del colorido junto con el lenguaje de la belleza, desde donde emergió su vida atascada en un hoyo, ventilando a todas voces la alegría de su corazón ahora palpitante, porque la primavera le responde a gritos con un manojo de flores silvestres y el entusiasmo de quienes aplauden su entrada al salón, mientras ella sonríe a un fotógrafo, tan segura, como lo haría tal vez una insigne actriz de teleserie muy reconocida por su fama y belleza... UNA LEVE MIRADA Aquel sábado de abril, Valeria se levantó más temprano para asistir al gimnasio. Vistió un buzo verde esmeralda y se tomó el moño con un cole negro de raso elástico. Mientras trota escarba en sus sentimientos, mientras éstos se escabullen junto al aleteo de las palomas detrás de un árbol y, como por arte de birlibirloque, nació esa idea de cambiar la rutina habitual y atravesando la avenida Tobalaba se fue bordeando la orilla del Canal San Carlos cada vez más torrentoso. Junto a ese panorama, su conciencia siempre abre y cierra la jaula, donde nacen los sueños turbios y deseosos de sacar los anhelos del inconsciente, para vivir en completa intimidad con las vegetación, ahora que las palabras se precipitaban en una cadena florida que corona de alegría el alma, como la de cualquier persona que deambule por esos entornos, a las ocho de la mañana en punto. Pero, hasta el paradero de los buses se encuentra vacío a esas horas y, mientras, se atraganta con los gusanos del consuelo amontonados en el bolsillo, su cuerpo algo embotado, por el sueño vivo y el abundante desayuno, fue disminuyendo paulatinamente la carrera. De pronto, este amplio universo se rompe con el abrelatas de fuego que suena sin parar, como el grito de una sirena policial, arremolinando los recuerdos bien
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    conservados, allí dondese entrecruzan, el principio y el fin, de las esperanzas que vuelven pegajosa la calma matinal. Al revés de los sueños que adensan las tinieblas, durante la noche de insomnio anterior. Puesto que los recuerdos se esconden furibundos bajo las sábanas, forcejeándola con sus manos esqueléticas, para sacarla de raíz del parasol y apenas llega la madrugada, ella se siente resucitar con la luz, mientras se abandona a sus brazos como si fuera el último día. A pesar que ya está exhausta con la caminata y el trote, unos ligeros pasos detrás de ella, le hacen dar vuelta la cabeza y, muy grande es su sorpresa, al encontrarse con un animal peludo, que más bien parecía un oso colosal y, no un perro chino, aquellos que a todo el mundo le había dado por comprar como mascotas para sus casas últimamente, seguramente por lo exótico, cuando de pronto cayó de espalda al suelo. Sin más, el animalote, comenzó por oler con mucha paciencia, desde las albas zapatillas hasta su cara más alba aún con el susto y con la crema de limpieza, que ahora está viscosa y pegoteada bajo la lengua espumosa del animal. Enseguida continuó subiendo en su inspección, con el hálito hediondo a grasa justo en los muslos, sus lengüetazos dan la impresión de volverse cada vez más pegajosos, hasta que el corazón de la mujer parece una bomba a punto de estallar. Después, el viejo y arrugado perro, se quedó viéndola fijamente con sus ojos incoloros mientras, un brillante relámpago del cielo cruzó en ese instante. Con el fondo de una melodía incansable de las piedras volcánicas, de pronto éste parecía que ahora la reprobaba de los pies a la cabeza, motivo que remeció hasta el tuétano los cimientos de su valor y viendo que no existía ningún salvavidas posible a su alrededor, decidió abandonarse por completo a las circunstancias y esperar que los hechos sucedieran como el animal lo tuviera dispuesto. Dejando de lado las flaquezas y transformada hasta la expresión de sus ojos, trató inútilmente de hacer a un lado a la bestia que seguía chorreándole con espesa y abundante baba su pelo ensortijado, y temiendo que todo finalizara allí, al fin escuchó una voz varonil llamándolo con autoridad. Trató con dificultad levantarse, mientras sus piernas se negaban a sostenerla en pie, en tanto Valeria se puso tan carmesí de la indignación como las rosas de su jardín, aquellas que están en el balcón ansiando alcanzar el
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    cielo, entonces loprimero que hizo es enrostrar a ese hombre irresponsable por soltar la correa de su mascota. Pero en cuanto miró el rostro inmutable de éste, el rosa fue derivando al morado y apenas musitó "estúpido", comiéndose las letras para digerir mejor esa molestia que la consumía por dentro y gritándole con prepotencia: -¡Cómo se le ocurre soltar a este semejante bruto! - Es inofensivo, señorita... - ¡Eso dice usted! Cómo puede estar tan seguro. Pobre de usted si me muerde. - Creo que debe calmarse, si desea puede llamar a los carabineros... - No, mi deseo es no volver a verlo nunca más, ni a usted ni menos a ése, dijo indicando al animal, quien completamente ajeno a la discusión olía ansiosamente el césped. -Quizá, un día no muy lejano usted piense muy diferente, respondió él proféticamente, alargando una blanca y elegante tarjeta con la mano derecha, mientras ella lo miró atónita, perdiéndose detrás de unos arbustos. No sin cierta dificultad ella leyó: Raúl Jiménez C., más una dirección y teléfono con letra cursiva. Después de 17 años de aquel fugaz y, a la vez, importante encuentro que cambió su vida, ya que la relación con Raúl durante un tiempo fue algo sólida y después efímera, pues el amor se fue enfriando como la sopa servida mucho tiempo sobre la mesa. Actualmente en que le ha dado por filosofar, no cesa de arrepentirse por recorrer el mismo camino, sólo que ya era bastante mayor para desobedecer a su intuición, puesto que fue incapaz de conectarse eficazmente con el auricular escondido en las nubes, lo que trajo el diluvio otra vez a su vida y a la casa que habitaba desde hacía mucho tiempo. Ninguno de los dos se había enamorado tanto como para traspasar los barrotes que necesitan dos almas para formar una sola y producir el cortocircuito necesario para vivir en continuo quehacer amoroso. En la oscuridad, que un día fue un rayo multicolor, ahora devela ese recuerdo suyo que le hostiga y le impide conciliar el sueño, haciendo eternos los días. Ahora tiene la certeza que desea apretar el botón para bombardear el refugio que encierra su existencia, donde se arremolinan los recuerdos bien
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    conservados que entrecruzande principio a fin todo en la vida. Porque el segundo encuentro fue menos casual de lo que ella creyó. Un día lunes salió a pagar la luz y se encontró nuevamente con él justo a la salida del Banco, y éste abriéndole muy gentilmente la puerta y después de saludarla, le preguntó si ya se le había pasado el susto. Entonces conversaron algunos instantes de cosas sin importancia y después le dijo si sería posible que salieran juntos alguna vez sin ningún compromiso, sólo para continuar conversando y pasar un momento agradable juntos, mientras ahora, ella, siempre se culpa por no haber perdido su habitual compostura disimulando sus ganas de lanzarse como un animal herido sobre su presa para rasguñarle toda la cara hasta dejársela como una frutilla podrida y en cambio se quedó mirándolo con los ojos desorbitados, mientras él se deslizó sutilmente hasta la puerta tratando de diluirse haciéndola su cómplice en esta desaparición para siempre. Sólo la puerta y quizás, sólo algunas personas que salían apuradas del lugar, fueron las únicas mudas testigos de los chillidos espantosos que hubieran querido salir de su garganta, ante la impotencia que abrió una herida punzante, pues aún se niega a sucumbir a esa terrible costumbre de la soledad, buscando cobijo en todo los lugares donde ella acostumbraba a pasear con Raúl, ya fuera en la cima o en las calles de la ciudad de Santiago. Y, a pesar, que un día se sintió tan liviana como el viento, el cual, nunca se sabe a dónde se va con tanta prisa, ahora está maniatada con fuerzas y para toda la vida, a la endemoniada indiferencia que siente por ese hombre que se cruzó en su vida por una gran casualidad del destino. Visita al Hospital El primer lunes de junio amaneció nublado y una llovizna muy suave comenzó a caer de pronto sobre la calzada brillante y resbalosa. Cuando Mariana corrió la cortina del dormitorio, dos pájaros oscuros, al parecer "palomas", volaron desde el alambrado telefónico hasta el tejado de zinc, en su casa antigua de dos pisos en La Reina baja, muy cercana a la Plaza Egaña. Ella fijó su mirada en el cielo grisáceo que presentaba a esa hora el centro de Santiago y, por su nariz, aspiró una brisa fuerte y hedionda que entró por la ventana cuando la abrió hasta atrás.
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    _ Hay queventilar y producir corrientes de aire y, luego, cerrar muy bien y no permitir, que la contaminación entre a la casa pensó ella, entre incrédula y muy poco convencida, más bien, negándose a creer y menos a aceptar, las múltiples normas impartidas en los diversos medios de comunicación para combatir el "smog" y tranquilizar un poco a la población. Mientras se servía un café con leche, recordó que tenía restricción adicional, a pesar de que necesitaba salir a comprar urgente al supermercado, pues el domingo había arrasado con varias cosas de la despensa, incluso hasta con el pan, que una vez congelado lo iba calentando a medida de su consumo, algo además impredecible adivinar cuando de improviso no quedaba ni un solo en el frízer, entonces Juan C, su hijo menor, siempre rezongaba por lo mismo y con toda la razón del mundo replicaba: _¡Mamá, otra vez hay pan duro en la mesa! Entonces, Mariana, siempre aducía que todos los moradores de la casa eran unos perezosos y que ella era la única capaz de salir a comprar, incluso hasta las bebidas, porque los demás preferían tomar agua pura de la llave, con tal de no molestarse y de no salir ni a la puerta. Ahora mismo, entre ordenar, hacer camas y adelantar un poco el almuerzo, ya había pasado casi la mitad de la mañana y aún no se vestía completamente, motivo por el que siempre seguía resfriada y nunca se le quitaría la tos completamente. Ojalá pudiera salir a la playa el próximo fin de semana, mas eso dependía fundamentalmente de cómo se dieran las cosas, si le llegaba esa plata, como caída del cielo, de la devolución de impuestos que le prometió Marisa, su hermana, con la cual hicieron algunos negocios el año pasado, puesto que se dedicaba a la venta y compra de propiedades, y una vez le solicitó ayuda como secretaria, de manera tal que Mariana terminó haciéndole todo el trabajo, por eso un día le contó que "H.L" no quería que ella siguiera trabajando, lo cual sólo fue una mera disculpa para renunciar y buscarse un trabajo mejor remunerado. Mariana siempre anheló que el cielo sólo fuera un espejismo donde se refrescaran los labios, sin embargo, allí más abajo del mapa sobraba un espacio para flotar con los pies, los mismos que siempre vuelven atrás cuando no divisan las huellas escondidas entre los espesos edificios, cansados además con la travesía dentro de una ciudad que hace agua su destino, piensa ella, enfrascada en pensamientos espinudos, sobre veredas serpenteantes que dejan escurrir el agua
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    a través delas canaletas llenas de hojas, por consiguiente, es casi seguro que volverán a inundarse las calles durante este invierno. Una vez más tiene la sensación extraña de ir caminando contra la corriente, mientras el gentío que pasa a su lado, lleva la impaciencia esbozada en sus ojos, mezcla de nieve y tormenta enfilando hacia los glaciares del mediodía. Algo sonámbula aún, se detiene ante tres sujetos que conversan tapiando la puerta de entrada al Banco, ellos llaman su atención porque visten en forma extraña, entonces trata de esquivar su mirada de la de ellos y queda paralogizada en el umbral, a pesar de que en la televisión siempre están alertando a la población sobre ladrones y asaltantes que ahora se visten como verdaderos ejecutivos, es decir, no existe un método seguro para evitar los atracos que ocurren todos los días y, es mucho mejor, retroceder sobre los pasos húmedos todavía y volver mañana martes en el auto, ya que para una mayor seguridad el Banco cuenta con estacionamiento propio con un cuidador, aunque nunca se sabe cuando están por pasarle a uno las cosas, continúa pensando ella, haciéndose la que está llenando una papeleta, como el caso que le contaron el otro día, mientras un señor está en la cola de un Banco y llega un ladrón enfundado bajo un elegante abrigo que tiene las mangas en los bolsillos, entonces con las manos que tiene escondidas lo apunta con una pistola y, más encima, lo invita descaradamente a tomarse un café, a vista y paciencia de todos los demás clientes que no se percatan de nada o, no desean imaginar siquiera, que se trata de un vil asalto, porque nadie está "ni ahí" como dicen los jóvenes hoy en día, en defender las causas ajenas. Con tales nefastos pensamientos, Mariana se devuelve por ese largo pasillo a un costado del Banco antes de salir a la calle, no sin antes mirar hacia atrás, mientras escucha los sigilosos pasos de alguien que se acerca y que pasa volado a su lado sin mirarla. Es muy posible que mañana temprano ruegue a H.L. que la acompañe, pero es seguro que él no dispone de tiempo, está tan sobrecargado de trabajo últimamente que casi no para en la casa. También es casi seguro, que mañana a ella se le perderán otra vez las llaves del auto con los nervios, con tanta plata que no es suya en la cartera, ya que Marisa le dijo por teléfono el domingo en la noche:
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    _ ¿Hola, estásbien? Llegó el cheque de la devolución de impuestos, viene a tu nombre, así que puedes cambiarlo mañana, te lo dejé en un sobre y son cien para ti. _ ¿No será mucho?, contestó ella. _ Así está calculado. Mira, tratamos de cambiarlo con don Enrique, el contador, pero viene mal escrito nuestro apellido, con letra inicial N en vez de M. Ojalá no tengas algún problema. _ No te preocupes por nada, puedo depositarlo en mi cuenta, la tranquilizó ella, en caso de cualquier impedimento. Pero el mayor de todos los obstáculos fue la restricción, la que a ella siempre se le olvida cuando ésta cambiaba a fin de mes y Marisa pensaría ahora que era mala voluntad. Justo en ese momento pasó frente a un negocio que le recordó el pan y algunas otras cosas para el almuerzo, ya que nunca le alcanzaría el tiempo para ir al supermercado a pie, luego, enseguida continuó caminando por Américo Vespucio hasta Hanover, una calle tan solitaria como sombría, especialmente por los grandes plátanos orientales, lo que hace de ésta una calle ideal para transitar en el verano, aunque otra vez su pensamiento se vuelve pesimista, ya que según dicen han asaltado a varias dueñas de casas, a quienes arrancaron sus bolsos o carteras y las que nada sacaron dando gritos de auxilio, pues nadie hace nada por temor a las represalias. Además, que ya ni en el automóvil se puede estar muy segura porque los delincuentes se acercan y amenazan con cuchillo o pistola al chofer, generalmente mujer. Muchas veces, incluso lanzando ratones sobre el parabrisas o por la ventana abierta, sintiéndose obligadas ante el pánico a bajarse mientras ellos arrancan con tarjetas de crédito, chequera, dejando más tarde el automóvil abandonado en una población cualquiera, todo desmantelado. Menos mal, que ya puede avistar la casa, a la que le está haciendo falta a gritos una mano de pintura, piensa ella, aunque sólo por fuera, a lo mejor le podría alcanzar con la plata de los impuestos si no le hubiera prometido a Juan C. llevarlo a La Serena, a ella también le estaba haciendo bastante falta un descanso, menos mal que ahora ya llega para almorzar temprano antes de ir a visitar a su tía Flora, quien se encuentra hospitalizada desde el viernes y allí son muy estrictos con respecto a las horas de entrada, le explicaron, de quince a dieciocho solamente. Una
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    lástima que seráimposible visitarla el domingo, pues hay tanta gente conocida que desea verla y tiene prohibida muchas emociones. ¡Pobre tía! Nada es tan triste como ver pasar el tiempo con su vestido polvoriento y él que nunca está quieto, sino que con sus pies y manos encallecidas tiene el poder de pincelar con una pátina hasta la memoria la que vuelve a ser la de un niño, así como las piernas macilentas que ya no obedecen al cuerpo igual que antes, porque lo único que ansían es sentarse a la berma para observar cómo corre el mundo tras de una quimera que poco a poco se apaga con sus propios destellos. Un poeta canadiense de apellido Cohen dice: "Silencio, y un silencio más profundo/ cuando los grillos/ dudan". Con mayor razón hoy en día, en una ciudad tan congestionada como Santiago, a punto de colapsar bajo el "smog" invernal, junto a los helicópteros, avionetas y aviones que se han venido a sumar al bullicio de este tránsito terrenal, es muy difícil encontrar momentos de paz. Además, sin contar con una gran cantidad de cerros con basurales que crecen día a día en las periferias, con la diferencia que no hay nieve en las cimas, como en la hermosa Cordillera de Los Andes que encierra la ciudad entre sus brazos sin permitirle ni respirar. Parece increíble que esta metrópoli se haya transformado en un lugar donde ya no se puede vivir, sin embargo, escapar de ella tampoco sería lícito, es caer en la misma trampa que cayeron tantos que sucumbieron y que ahora deambulan de barrio en barrio en busca de uno que los acoja, pues siguen condenados a permanecer siempre con la vista fija en la cordillera y con el corazón en el mar, tratando de alcanzar el cielo azul con sus manos y no con el pensamiento, el que rueda sobre el suelo pavimentado y donde las semillas en barbecho continuarán con la esperanza eterna de renacer algún día de los despojos. A las tres en punto de la tarde, Mariana subió a un bus del recorrido Irarrázaval, V. Mackenna y Alameda Bernardo O’Higgins, el que arrancó apenas ella puso un pie en la pisadera. El chofer le lanzó una mirada furibunda al billete de mil pesos porque ella no tenía una pizca de sencillo. La máquina sólo llevaba unos pocos pasajeros así, que se sentó en el primer asiento vacío que encuentra al lado de una ventanilla, para leer sin dificultad los letreros con las calles y su numeración respectiva. Con toda seguridad llegará bien a la hora para visitar a tía Flora,
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    única hermana desu padre y quien se encontraba con un serio cuadro de pulmonía, además que siempre padeció de asma, lo que se había agravado bastante últimamente, gracias al aumento de los índices contaminantes del aire, entonces sufrió varias crisis antes de caer definitivamente en la "Clínica M" con respirador artificial. Tía Flora se había vuelto a casar hace muy poco tiempo después de casi veinte años de casta viudez. Exactamente tres años atrás, conoció a un general en retiro también viudo y dedicado a la venta de Seguros, por lo tanto gozaban de una situación económica estable e incluso viajaron en dos oportunidades anteriores a Europa en tan breve plazo, algo que ella jamás habría podido realizar con el montepío escuálido que le había dejado tío Ramoncito. _ Me voy a casar con Armando, mi hijita, él es muy bueno y estamos tan solos, así nos cuidaremos el uno al otro hasta el fin, le dijo el mismo día de su cumpleaños número setenta, cuando se reunió toda la familia para celebrarla. _Además que la felicidad mientras más breve parece que fuera más grande, agregó tía Flora con su cara de gata regalona. _ Pero tiíta lo ha pensado usted bien, le contestó ella, feliz y convencida hasta el fondo del corazón, con la decisión acertada que estaba tomando tía Flora al fin de su vida, ya que así ella encontraba un motivo para refugiarse en los sueños infinitos y algo tardíos, que abarcan todos los valles y los ríos del camino, aunque después lleguen otra vez malos tiempos que se clavan como aguijones y amenazan con arrastrar junto con ellos todo lo que se consiguió a costa de sacrificios y porrazos. Más a ella todavía cuando tanto le costó cerrar el portón herrumbroso de la memoria, cansada de las procesiones y mandas, como encender velas a los Santos después que todos se van, entonces comienza a nevar tupido y un velo tembloroso cubre por completo, pasado y futuro y todo se divisa tan incierto después que se tienen algunos años de más y ahora que ni el mar entero ni menos el alba pueden salvarla. Quizá un poco tarde, y aún medio confundida vistió con dulzura las rosas de la primavera que la hicieron sentirse como una niña de quince, con la ingenuidad de una novia que trata de alcanzar la Luna, burlando los demonios furiosos que flotan en los pantanos pestilentes de la inconciencia, en la que ahora permanece, ya que no reconoce a nadie de los que allí se encuentran a su lado con los ojos
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    llorosos y, aquienes Flora mira ensimismada. Mariana, se detiene un poco más tiempo mirando su rostro, como si quisiera decirle una palabra y aunque sus labios inertes no logran abrirse, ni menos consiguen apagar el fragor inmenso de la ciudad, mientras comienza a declinar la tarde y los primeros santiaguinos comienzan a regresar del trabajo en una interminable fila de automóviles con las luces bajas. Entonces Mariana cree que ya no soporta la pena, siente una lágrima cosquillear en su mejilla antes de caer y prefiere salir de la pieza para devolver su lugar a don Armando, quien tiene la desdicha dibujada en su lívido rostro por la desazón, lo que no es motivo, para que la tía se vaya apaciblemente de su lado con las manos macilentas entrelazadas con las suyas. Una vez en la calle, una ráfaga helada secó instantáneamente sus lágrimas, mientras titilan las primeras estrellas que engendran el milagro: un cielo límpido, aunque efímero piensa ella, con una finura de espíritu inherente a tía Flora, quién seguramente es la que pasó revoloteando como un soplo de aire y diciéndole adiós en ese instante. ¡O hasta pronto! Guión Elisa, salió el viernes antes de Navidad a las 18,30 en punto, de la Clínica siquiátrica Vida Renovada y sube a un taxi, justo en calle Bilbao con Tobalaba, rogándole al chofer que acelere todo lo posible la marcha. Se deleita, después de tanto tiempo encerrada, mirando las calles atestadas de automóviles mientras, la muchedumbre enloquecida le recuerda el fragor navideño llevando todo ese desencanto contemporáneo en las pupilas. Debe llegar a la casa antes que Felipe para sorprenderlo. Una voz interior, le susurra romper el sueño del ocaso en aquella bóveda donde quedó atrapada para siempre la monotonía de su existencia, después de aquella implacable depresión que la afectó con crueldad. La mujer tiene los ojos enrojecidos mientras se pierde en el oleaje interminable del tránsito. El chofer, en ese momento mira por el espejo a un automóvil rojo que toca con insistencia la bocina y hace señas desesperadas para adelantarlos, el hombre lo deja pasar y Elisa en cambio mira con desencanto a los niños que pasan en el auto rojo al lado de la ventana saludándola alegremente con sus manos. Los recuerdos se agolpan en las pupilas algo extraviadas de la mujer, motivado por los sedantes y un brebaje extraño que le dieron de beber en la mañana antes de salir de la clínica.
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    Ahora mira ansiosamenteel reloj y vuelve a suplicar al chofer que acelere aún más la marcha. Comienza a sentirse invadida por la soledad lluviosa de una nube oscura que ya no le permite ver casi absolutamente nada a través de los vidrios. Con su mano algo temblorosa, abre un poco la ventanilla para respirar un poco de aire fresco hasta el fondo de sus pulmones y lo que le produce ansias fumar un cigarrillo. Su angustia e inquietud, desfiguran no solo su mirada sino todo el paisaje real envuelto en un torbellino que le arrebata por completo la calma que tanto le costó lograr durante su encierro en la clínica, la que ahora mismo se disipa junto a las nubes que comienzan a cubrir completamente el cielo santiaguino que comienza a oscurecer, al menos para Elisa mientras más se acerca a la dirección que entregó al chofer. Disimuladamente, el taxista, mira el rostro de bellas facciones pero algo demacrado de la mujer en el espejo. Sus ojos tienen algo de malsano que lo inquieta y prefiere volver la vista hacia el techo de la cabina y enseguida sobre la calzada. Elisa, con la tez bien blanca y ojos azul acero, viste con elegancia un traje de lino de dos piezas color marfil que resalta más sus ojos acerados y que ahora se cubre con lentes oscuros. El chofer cansado del mutismo de la mujer, comienza a marcar el ritmo de una canción de moda con las manos sobre el volante, que apenas se escucha por el bajo volumen de la radio. En aquel momento, Elisa le ruega al taxista que se detenga un momento en el quiosco de la esquina para comprar cigarrillos. Éste, aprovechando la luz roja, baja el vidrio gritándole a toda voz al vendedor el nombre de la marca de cajetilla que la mujer desea comprar. Algunas cuadras más adelante, ella aspirando con ansias el humo busca y revuelve nerviosamente dentro de la cartera, hasta que encuentra unas llaves que aprieta nerviosamente entre sus manos, mientras le pasa el dinero del viaje al taxista. Una vez que camina por la vereda comienza a sentir una angustia que la asfixia por algunos segundos, alejándola del mundo que la rodea cada vez más ajeno y hostil, mientras casi ya no siente sus pies pisando sobre la tierra. Tiene la triste sensación de que no existe, que nadie la ve como ella es en realidad sino como un fantasma sin pensamientos válidos ni alma, lo que le produce un temor terrible, doloroso. Como si fuera un ser invisible no tiene rostro ni pasado, menos un futuro que la ayude a continuar en ese camino inseguro que ahora tiene por delante en una ciudad colapsada de automóviles y personas de mirada vacía con una piedra en vez de corazón, cuando ahora se arrepiente más que nunca de haber salido de la clínica ya que el siquiatra se lo advirtió tanto. _No va a resultar nada de fácil, cualquier cosa me llamas y hablamos a la hora que sea que me necesites. ¿Por qué mejor no viene él a buscarte? Elisa, en aquel momento se siente tan liviana y frágil, tanto que parece volar a través de las hojas aparecidas recién de los árboles. Diciembre, mes de las buenas noticias que traen las nubes alegrando el cielo azul,
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    aunque Elisa tampococree que esta visión sea muy real, sino más bien siente que ahora está soñando y aún no ha salido de la clínica. La atmósfera de la ciudad que antes le pareció tan clara y diáfana, ahora comienza a enrarecer mientras se acerca a las calles cercanas a su casa, además que el camino de pronto se ensanchó sintiéndose aspirada repentinamente por el cemento, entonces al tomar aliento quiso captar aunque sea por breves segundos aquella agradable sensación de completa libertad que experimentó al salir al exterior después de meses de reclusión, donde hasta la respiración parecía negársele, un lugar donde también sintió alejarse sus esperanzas de recuperación hasta la lejanía. Al mirar el paisaje atestado de gente en su ajetreo por las calles de la ciudad, no quiso por ningún motivo perder ese entusiasmo liberador y de este modo, su pecho oprimido solo es un signo que la sumerge en un viaje asfixiante a través de veredas, edificios y plazas, donde miles de seres humanos huyen espantados unos de los otros, con ganas de desaparecer un tiempo indefinido de los ojos del mundo. Por su parte, ya no se siente capaz de enfrentar la mirada inquisitiva de los demás y nuevamente se obliga a dar otra vuelta a la manzana, con la simple disculpa que ha olvidado la dirección. Al pasar frente a su casa, retuvo el aliento mientras se agazapa detrás de un árbol para mirar las persianas enrolladas hasta arriba de su dormitorio y las que dejan pasar los rayos de luz del farol de la calle hasta el interior y donde divisó la silueta de Felipe paseándose nervioso seguramente desde hace horas, a quién seguramente cada minuto que pase se le hará más difícil de enfrentar la espera si ella no llega luego. Entonces la mujer vuelve a huir lo más rápido posible y comienza a sentirse mejor a medida que se aleja del lugar mientras su respiración se normaliza. Después de varias cuadras se disipa por completo su angustia con sólo alejarse más y más, perdiéndose junto a los rayos deslumbrantes de la Luna llena en el cielo estrellado que ahora impiden que nada extraño la perturbe y se deja guiar por esa paz que solo es posible alcanzar en los sueños apacibles y bañados con un tinte de luz que no es de este mundo. Sopla un viento ligero que en este momento trae un aroma primaveral: son las rosas de octubre que aún florecen y se detiene un momento a observarlas un instante: rosadas, amarillas, blancas. Se
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    le anegan losojos con este frenesí de belleza que le augura nuevas esperanzas y se abandona a un placentero sosiego ante este placer momentáneo que le recuerda a su infancia. Todo parece flotar ante la inseguridad que le ofrece este paisaje irreal que le nubla un poco la razón ante la visión de algunas nubes oscilantes y pasajeras impregnadas de libertad. Con su corazón contrito, muy aturdida avanza por un callejón purulento de ciruelas reventadas en el suelo y con la mente completamente vacía se deja caer pesadamente sobre el escaño de una puerta. Está agotada y siente sueño, ya no le importan ni el suelo frío y duro, ni tampoco el mareo a causa de la sed y el hambre. El resplandor del sol hiere sus ojos sin compasión. Algo cálido que penetra en sus pulmones ya desacostumbrados al aire libre, hacen posible que al mismo tiempo sea abrasada con intensidad por la realidad, como cientos de agujas en su piel. Apoya su cuerpo desanimado y lacio en una pared desteñida y la invade aquella sensación de soledad más absoluta cuando siente que su respiración amenaza con ahogarla debido a los latidos trastornados de su corazón a punto de explotar. Cuando recobra un poco la calma continúa caminando libre del mundo real, encontrándose de improviso en el interior de su conciencia rodeada de una niebla espesa que oscurece su alma, como si se hallara en su propia sepultura sobre la tierra húmeda y cubierta de musgos. En el aire flota un pájaro pavoroso que la estremece de pies a cabeza con su grito de mal agüero. Respira con mucha dificultad porque no encuentra el camino de salida hacia la luz, mientras se sumerge más y más, adentrándose en las tinieblas sin saber el tiempo exacto que deambula por las calles cuando ya cree que perdió para siempre la razón. Cuando sale por fin al otro extremo del túnel, se queda mirando la calle vacía con extrañeza, abandonada a una sensación indefinible de desarraigo y un pánico difícil de controlar. Como si el ruido atronador de un derrumbe completo de la montaña la aplastara con miles de toneladas de piedra y lodo hasta dejarla sepultada por completo, mientras su cuerpo disminuye hasta volverse totalmente invisible para los demás. Es solo entonces que decide volver y enfrentar la dura
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    realidad que significamirar profundamente otra vez a los ojos de Felipe y a sus dos hijos pequeños que la esperan ya desde hace mucho tiempo. La pastora aimara “La madre se tardó, curvada en el barbecho; / el niño al despertar, buscó el pezón de rosa/ y rompió en llanto… Yo lo estreché contra el pecho/ (El niño solo) G. Mistral Aquella mañana del 23 de julio, Gabriela se levantó como de costumbre en la madrugada y enseguida despertó a su pequeño hijo para comenzar a vestirlo. Debe llevar a pastar las llamas a un monte de la Hacienda Caicone, lugar donde trabaja desde hace dos años. Sin comer más que un trozo de charqui de guanaco, la mujer y el niño salen de la humilde casa de adobe en busca de los animales antes del amanecer. Del cielo cubierto de nubes cae una fina gota de “camanchaca” que humedece las mantas de lana que los protege un poco del frío, mientras ambos cuerpos apenas se distinguen en la oscuridad. Domingo, de 4 años, es un niño fuerte, a pesar de la dura vida que debe afrontar a su corta edad. Con sus mejillas rojas y curtidas por el exceso de frío, camina casi al trote y mantiene todo el tiempo su mirada fija en el suelo para no tropezar y caer. Un gorro blanco de lana de oveja tejido por su madre cubre su cabeza, dejando entrever apenas sus ojitos negros, rasgados y soñolientos aún, mientras, en una de sus manos lleva el trozo de charqui que a duras penas desmenuza con sus dientes pequeñitos, dando vueltas y más vueltas dentro de su boca antes de tragárselo. Gabriela, de 25 años, se gana la vida duramente como pastora y proviene de la comunidad de Alcérreca, lugar donde vive toda su familia. Tiene en su rostro algunas manchas provocadas por el sol y también lleva parte de su pelo, hermoso y brillante, cubierto con un gorro de lana. Aquel día, en su mirada melancólica hay dos rayos fatídicos que cruzan el cielo de lado a lado, oscureciendo el porvenir de la mujer. Una vez que sacan todas las llamas de su
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    corral, madre ehijo salen finalmente a la inmensidad de la pampa pisando un dificultoso y largo camino de arena, sal y arcilla en pleno desierto, donde sólo se divisan las sombras de los escasos arbustos y piedras, porque el sol aún no sale detrás de la cordillera de Los Andes. El gran volcán Tacora y más allá uno más pequeño, el volcán Guallatiri, se muestran imponentes a través de todo el recorrido, con sus cimas totalmente nevadas, mientras una pálida luna comienza a perder su fulgor a medida que se acerca la luz del amanecer. Domingo, con mucho sueño aún, poco a poco se queda algo rezagado mientras su madre, con una vara en la mano, se adelanta un poco para guiar a las llamas con el fin de que no se dispersen. La mujer lleva en su espalda un aguayo con un trozo de queso de cabra, un pan algo duro y un puñado de quínoa tostada para comer, y como el niño camina cada vez más lentamente, su madre se sienta en una piedra bajo de un tamarugo para esperarlo y darle de beber un poco de leche fría de cabra, y una vez que descansan un rato, la mujer lo alza en su espalda sujeto del aguayo para avanzar más rápido y llegar pronto al monte donde pacerán los animales. La altura, el viento helado que cala los huesos y, desde hace algunos momentos, el sol esplendoroso, comienzan a terminar con las pocas energías que aún le van quedando a Gabriela, quién obligadamente tiene que volver a descansar antes de continuar el camino, ya que no puede bajar a Domingo porque duerme plácidamente. Como Inti ya pasó hace rato por la Puerta, Gabriela debe seguir detrás de las llamas deseosas de pastar que la llevan casi corriendo, entonces, la mujer se lleva un puñado de hojas de coca a la boca para aliviarse un poco del calor que inunda la pampa completamente, mientras Inti brilla en el cielo desplegando todo su gran esplendor. Menos mal que ya queda poco, piensa la mujer, a quién ya se le terminan las fuerzas y no soporta dar un solo paso más a causa del agotamiento, entonces baja al niño que corre y llora detrás de ella. Solo pocos minutos después de una caminata que se hace eterna, la mujer comienza a divisar un pequeño bosquecillo de yaretas, Tola e Ichus= “paja brava”, donde pastan las primeras llamas que comienzan a comer ávida y tranquilamente. Un
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    verdadero oasis, fecundadopor la Pacha Mama (Madre Tierra) y Wari (dios del ganado), que provee a todos sus hijos del sustento necesario para vivir. Gabriela y el niño se sientan bajo la sombra de un guacay- a (quisco de flores amarillas) y después del ritual de agradecimiento por los alimentos a sus dioses, los dos también comienzan a comer un poco de queso de cabra, quínoa y papas. La mujer siente una pesadez tremenda en su cabeza, y su corazón late con tal rapidez que parece a punto de estallar de un momento a otro por el esfuerzo. Frente a ellos el volcán Tacora parece amenazante, a la vez que sereno y lejano en toda su majestad, como si el dios estuviera dormido sin ejercer ninguna clase de piedad para sus hijos en ese momento. Domingo, con sus ojitos tristes, como siempre enterrados en el suelo, no se movió del lado de su madre, mientras la mujer, entrecierra los ojos del agotamiento. De este modo transcurre casi una hora hasta que Gabriela despierta muy sobresaltada con el dios Waira (viento) que pasa furioso, levantando una nube de arena y polvo a su paso y dejando una estela que se introduce entre los dientes y en las pupilas del niño, quien se restriega la carita llorosa y enrojecida con su manta. En ese momento su madre, muy asustada porque el cielo se ha puesto amenazante anunciando lluvias, decide comenzar el regreso de inmediato. Tal como de costumbre, y como el tiempo sigue empeorando a cada instante, las llamas comienzan a dispersarse alteradas por el dios Waira y llevadas por la prisa. Entonces Gabriela hace lo imposible por mantenerlas unidas. El niño llora asustado, Illapa, dios del rayo, despertó de su letargo comenzando su espectáculo siniestro de luces y truenos iluminando el cielo. Gabriela siente temor, pero tranquiliza a su hijo sin pensar en ella, sin imaginar siquiera que esto solo es un anticipo de los dioses de todo lo que vivirá más adelante. Entonces, continúa regresando con rapidez antes de que comience a llover más tupido, y a pesar que el camino se torna cada vez más difícil la mujer asume humildemente su desventura. No así el niño, que como está cada vez más cansado, continúa llorando negándose a seguir caminando, motivo que conmueve el
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    corazón de Gabrielaque decide dejarlo unos momentos sentado en el suelo para ir en busca de las llamas que se quedaron rezagadas en el camino. -Hijito, debo traer de vuelta las dos llamas que se han perdido de las demás, dice Gabriela, envolviendo bien al niño en el ahuayo para abrigarlo. Domingo la mira partir con sus ojos tristes de melancolía sin decir ni una palabra, como un hombre resignado a su suerte. Algunos minutos después, cuando el niño le toma su verdadero peso a la soledad, comienza a sollozar desconsolado pero, en seguida, su alma comienza a entretejer bellos y apacibles ensueños, mientras la dulce voz de la Pacha Mama acogiéndolo en su seno enternece el corazón del niño que se duerme profundamente ante el rumor de hermosas canciones que trae el espíritu del viento (Waira). Poco a poco, van haciendo presencia los demás dioses, Wari, dios del ganado, Illapu, dios del trueno, Mama Sara, madre maíz, quien trae papas y té de coca y, finalmente, Mama Quilla, Luna, que comienza a salir detrás de la Cordillera de Los Andes, iluminando el hermoso lugar que ahora embriaga de Paz y Amor el contrito y sobrecogido corazón del niño. Un bello Chuy-Chú (arcoíris) adorna un florido jardín donde hay una mesa servida con los más exquisitos manjares y elixires, los que Domingo en su vida jamás había visto ni menos imaginaba siquiera su existencia. En ese momento, también quisieron estar presentes la Estrella de Oro de la Tarde (Venus), y hasta Inti Sol tardó en esconderse detrás de la Puerta aquella tarde, como también los tres días que duraron los festejos antes de que Domingo partiera de este mundo para siempre, cuando el Tata Santiago (dios del rayo) iluminó la mortaja blanca elevándose al cielo entre salmodias de arpa y cítara, mientras el volcán Tacora despertando de pronto de su letargo remeció hasta los cimientos de la tierra. Una vez que el cortejo llega al gran Altar, un niño llamado Manuel ofrece a Domingo un pan blanco purísimo como la nieve para comer, y además abre una puerta invitándolo a recorrer un camino largo que lleva a la alegría infinita y a un mundo de justicia, paraíso nuevo de delicias donde reina el dios Viracocha, que ordenó tierra, mar y estrellas del cielo. Este fue el motivo por el que el
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    niño pastor nosintió hambre, frío, cansancio ni sed durante los tres días que permaneció perdido en la inmensidad del desierto, acompañado por los dioses de sus antepasados, iluminado por Inti, bebiendo la flor del rocío de la mañana y también el jugo de algunos cactus y quiscos como el Sancayo y la Guacaya, de flores amarillas. Apenas Gabriela se va, la hoja de coca de pronto se ha vuelto muy amarga en su boca y no comprende por qué razón siente una gran aflicción en su corazón. Caminando en aquel paraje sin fin y solitario, llegó con mucha dificultad a un pequeño bosquecillo de yaretas donde encuentra pastando tranquilamente a las dos llamas extraviadas de las demás. De vuelta, Gabriela, haciendo un esfuerzo extraordinario, apuró el paso lo más que pudo pensando en su hijo que ha quedado solo y, además, porque de pronto el cielo se ha cubierto de nubes amenazantes y el sol ya ha bajado bastante, mientras un viento helado hiere las rojas y curtidas mejillas de la mujer. Entonces casi trotando da unas grandes zancadas para llegar luego, pero se sorprende mucho cuando desde lejos aún observa el aguayo rojo en el suelo sin el niño dentro. Una vez que se acerca más, corriendo muy apesadumbrada comienza a buscarlo en las cercanías y después también cada vez un poco más lejos pues estaba muy segura que allí lo había dejado. Entonces gritó llamándolo por su nombre, una y otra vez, llorando angustiada y recorriendo con sus ojos tristes la inmensidad infinita de la pampa desierta, desconsolada y abatida por el desaliento, porque a Domingo parece que se lo había tragado la tierra, y a pesar del dolor que hierve en las entrañas de la mujer, ésta continuó la búsqueda infructuosa de su hijo durante tres horas más que le parecieron eternas. Como el frío, la oscuridad y el resollar del viento comenzaron a debilitarla, Gabriela decidió irse a la Estancia para volver a buscarlo a la mañana siguiente. Como al día siguiente tampoco lo encuentra por ningún lado, decide caminar largos 15 kilómetros hasta la Comunidad de Alcérreca, de donde proviene, para avisarles a sus familiares lo que ha ocurrido y ellos la acompañan al Retén de carabineros del lugar para hacer la denuncia de la desaparición
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    del niño. Comono encuentran a Domingo en los siguientes seis días ni nunca más, Gabriela es encarcelada injustamente de inmediato por abandonar a su hijo en un lugar solitario. De aquella prisión la mujer sale en libertad después de tres largos años gracias a un indulto presidencial, pero en aquel lugar Gabriela conoce la solidaridad y amistad de muchas mujeres que iguales a ella se han visto en la necesidad de abandonar a sus hijos para salir a trabajar, ya sea en la ciudad, campo o en el desierto donde muchas veces no existe la facilidad de una sala cuna ni tampoco un lugar seguro para dejar a los hijos pequeños bajo el cuidado de una persona responsable. MAL PRESENTIMIENTO “Cuando el hombre no tenía ni garras ni dientes para defenderse se compensó con la inteligencia y actualmente, como pierde la inteligencia se compensa con la tecnología.” (Cristóbal Lepe Nardocci) Menos mal que en primavera todo vuelve a renacer después de un largo, duro e interminable invierno. Tanto verdor me sobrecoge y como hasta los pájaros amanecen tan alegres esta mañana de febrero, me siento obligada a pensar que en este momento no hay ningún sentimiento que predomine más que otro en mi ánimo, sino más bien, que algo muy parecido a la felicidad late en mi corazón. Mientras camino lentamente por la vereda del frente, miro asombrada la rapidez con que se irguió sobre cientos de fierros, el gran edificio de un mall en construcción, justo en la esquina de mi casa. Se escucha la voz de varios trabajadores en el último piso, quienes hablan a gritos por el ruido atronador de una máquina taladradora, motivo por lo que apuro el paso, sin antes pensar en el peligro que corre uno de los jóvenes que se asoma con el cuerpo casi colgando de una viga, mientras el corazón me late con fuerza ante la imprudencia que está cometiendo al acercarse tanto a la orilla. Entonces, con bastante dificultad trato de apurar el paso por la vereda, ahora cubierta de una gruesa capa de barro y piedras que ensucia mis zapatos. Anteriormente, frente a estas hermosas casas, existían árboles
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    añosos y tambiénun césped que los dueños regaban y cuidaban no sólo con esmero, sino con el dinero de sus propios bolsillos, pero la construcción terminó con el verdor de la cuadra y motivo porque el calor ahora casi es insoportable a esta hora del día, con más razón al llegar a la esquina de Vespucio, donde profundos hoyos preparan una de las entradas del centro comercial que terminó con la tranquilidad del barrio. Un obrero, me hace señas para cruzar la calle y saludándome amablemente detiene un inmenso camión tolva con materiales que destilan agua y cemento. Una grúa cruza el cielo pasando silenciosamente sobre mi cabeza y camino asustada por la vereda, orillando la construcción hasta llegar a Plaza Egaña, mientras, a mi derecha observo un hoyo profundo donde en este momento otra excavadora saca toneladas de tierra en el lugar que será una de las entradas o salidas del futuro mall. Una vez copiado el aviso para arrendar o vender mi casa y casi una hora después atravieso nuevamente en sentido contrario la plaza. Al pasar frente a la construcción, diviso a un grupo de trabajadores del mall conversando ante una cámara televisiva rodeados de gente, mientras un carro policial un poco más allá los observa atentamente ¡Bah! Pensé que los trabajadores reclamarían por mejores salarios, igual que las camionetas de una conocida empresa telefónica pasan tocando bocinas mientras gritan a toda voz sus malas condiciones económicas y escasas remuneraciones. Entonces mientras continúo mi camino y busco la sombra de los escasos árboles que dejó la construcción del mall y por donde pasará la próxima carretera, buen motivo para decidirme de una vez a cambiarme y vivir en otro cuando, me olvido totalmente del tema. Sólo me enteré de la muerte de un joven trabajador, que cayó del edificio en construcción muriendo instantáneamente por “no usar cinturón de seguridad” dijo la empresa, seguramente para no indemnizar a los familiares, ya que de la noticia nunca más se supo y por supuesto tampoco se supo ni siquiera el nombre del desdichado que miré al pasar, justo cuando agitó sus manos seguramente pidiendo clemencia al cielo.
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    MIRANDO LA CORDILLERA …”queremosmantener vivo algún sueño, porque sabemos cuán rojo y dulce es el vino de los sueños”… Hermann Hesse (Klingsor a Edith) Escriban sobre algo que les guste mucho, dijo antes de retirarse, la profesora del taller de cuentos de la Casa de la Cultura de Ñuñoa que comenzó en agosto. De vuelta a casa me fui caminando por Irarrázaval para pensar en algún tema, pero aunque le di vueltas y vueltas al asunto, no se me ocurrió nada, pues últimamente mis pensamientos se encuentran algo dispersos. Un aire helado me obligó a apurar el paso para llegar más pronto y después que me acuesto, aún no tengo idea sobre qué voy a escribir para llevar el próximo viernes. A la mañana siguiente, al correr las cortinas de mi dormitorio, quedé extasiada ante los picachos nevados hasta los faldeos de la cordillera, y durante varios minutos, la hermosa visión sobrecoge tanto mi corazón, que hasta incluso tengo deseos de llorar, pero no de pena, sino de emoción. Cuando finalmente decidí arrendar mi casa, después del traumático asalto a mano armada que sufrí junto a mi hija menor, un día feriado de Fiestas Patrias, tuve muchas aprensiones y dudas con respecto a vivir actualmente en este departamento del sexto piso muy cercano a Irarrázaval, más que nada por temor a los temblores después del terremoto del 27F en el 2010 y también, por qué no decirlo, un cierto recelo de no lograr acostumbrarme a vivir rodeada de gente extraña y perder la independencia impagable que significaba vivir en una casa con jardín y terraza donde recibir a mis nietos e invitados. Entonces, después de seis meses que me mudé a este lugar, me parece que sólo el hecho de mirar el hermoso panorama cordillerano, las casas del barrio con hermosos árboles, palmeras y naranjos pintones, como también la Biblioteca Gabriela Mistral de Ñuñoa, donde hay incluso una hermosa araucaria y pinos milenarios que se erigen majestuosos en su hermoso jardín, pienso que ha sido muy positivo el cambio que tanto temí y postergué por años. Hoy cuando miro la ciudad que se asemeja a un gran árbol Navideño mientras se ilumina, poco a poco, con miles de luces multicolores al atardecer, siento que las noches que antes eran angustiosamente largas, ahora comienzan a florecer como alegrías del alma después de este duro invierno, así como los cerezos florecidos de las calles, anunciando que se acerca alegremente y a grandes pasos la próxima primavera. A pesar del frío mes de agosto, agravado por la falta total de sol en esta vivienda que, pese a todo, cuenta con muy buena iluminación, por lo que pienso que no será tan calurosa durante el verano. Por este motivo deseo escribir y estampar todo lo que siento últimamente, que como las olas del mar se mece junto a mis pensamientos, de un lado a otro del ventanal cada vez que abro la ventana. Pues, en realidad, es muy fácil ser feliz y también cuesta tan poco, si la mayoría del mundo lo supiera, todo sería muy diferente y quizás no querríamos tener tantas cosas materiales, que generalmente buscamos para olvidar nuestro descontento, angustia, envidia, soledad, temor, desconfianza, etc. Entonces, espero mantener siempre la cortina abierta, porque vivir aquí ya no será considerado una cárcel, ni tampoco una antesala del Hogar de
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    Ancianos ni menosde la muerte, como pensé más de una vez, pues desde este pequeño ventanal puedo imaginar justo la mitad del mundo, es decir, cielo, tierra, árboles, montañas. Mientras acecho las casas del vecindario, que detrás de sus ventanas se refugian las misteriosas vidas de sus moradores, me considero una persona semejante a ellos en esta ciudad, la que no está sola sino, que también forma parte de aquel universo. Como aquellos que caminan cabizbajos con su mochila al hombro y tantos otros, que van al trabajo en bicicleta, corriendo quizás qué suerte en las calles mientras un tropel de automóviles que siempre tienen prisa, pasan casi rozándolos y tocando bocina casi encima de ellos, dejando en claro que nadie les arrebatará la meta, pase lo que pase. Como si hoy poseyera alas, igual que las aves que cruzan felices el cielo para ir a reposar a la copa del árbol, me encuentro en libertad de elegir una fórmula para escapar a las alturas con el pensamiento, el que siempre deambula en busca de un asilo contra el viento y la tormenta, deseando traer de vuelta los malos presagios del invierno. Como también la angustia que devora las horas, mientras tambalea la tranquilidad de las mañanas. Cuando converso con Carmelita, que al fin floreció recién el 20 de agosto, después que varios botones de camelias se cayeron al suelo, pensé que jamás daría otra flor, ya que se enojó mucho por la falta de sol en la terraza, y además que muchas veces, distraídamente la pasé a llevar sin querer, cuando salí a dejar la bolsa con basura, a lavar y tender ropa o para buscar los útiles de aseo. Un día le dije que se portaba muy mal, como niña chica, que yo entendía que era mi culpa cuando le contagié mi descontento, pues tuve mucha nostalgia por la casa y también fue muy difícil acostumbrarme aquí en este lugar. Pero desde ahora prometí ser más amable con ella, protegiéndola mucho del frío el próximo año, como así también del calor de este verano, regándola con más amor y agüita fresca. Menos mal, que no me deshice de ella, porque la quiero mucho y además me acompaña ya que siempre me recordará no sólo a mi hermana, quién me la regaló, sino, también a mi casa. Así cuando pensé que me iba a aburrir, porque tenía que salir mucho para no asfixiarme, como tantos recelos más, quedaron en el pasado al encontrar la fórmula y penetrar en las honduras, ya que ahora me siento segura de lo que realmente quiero hacer y anhelo de la vida estos últimos años. Uno cuando es joven todo es muy diferente, no se maravilla ante el nacimiento del sol de cada día, ni menos con algo que parece tan simple, como una flor que abre sus pétalos, pues aún no se aprende el valor que tiene abrir los ojos cada día, que también puede ser el último, pero que igual será maravilloso. Tampoco aprecia el milagro que significa ver, oler, caminar, hablar, recordar y respirar, algo que para los jóvenes es natural y fácil, para un ancianos, que en cambio no está en buena condición física o mental, puede ser muy dificultoso e incluso puede sentirse a veces muy humillado y vergonzoso en esa condición ante los demás que se burlan de él. Para ellos que muchas veces se sienten incomprendidos, ya que no siempre se envejece sin dificultades, puede ser muy difícil lograr un equilibrio. Mucho mejor sería ampliar el sentido del dicho que siempre se recuerda “que los ancianos vuelven a ser niños”, porque ojalá comprendan los jóvenes, que no es sólo porque a los viejos se les olvidan las cosas, ni menos porque se les cae la comida de la cuchara, sino que existe algo mucho más profundo, como es volver a los tiempos de asombrarse ante la belleza que tiene la naturaleza y
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    además, tener elcoraje para afrontar la hazaña de vivir con optimismo y alegría, cada día que amanece y se esconde el sol en el horizonte. Ñuñoa, septiembre 2013