La parábola compara a un fariseo y un publicano orando en el templo. El fariseo se enorgullece de su propia justicia, mientras que el publicano se arrepiente humildemente de sus pecados. Aunque ambos oran, solo el publicano se va justificado porque reconoció su necesidad de perdón divino. La lección es que la humildad es superior a la arrogancia ante Dios.