92
Con profunda tristeza elevo mi mirada
desde lo alto del bosque, para contarles mi
triste historia, plagada de vaivenes y
viscisitudes. En primer lugar debo decir que
habito en un ciénago de Astilleros, en la comuna
de Maullín, desde hace más de trescientos años.
Cerca de mis pies, diviso los enormes tocones
quemados de mis padres milenarios, quienes
hace muchísimos años, fueron abatidos por
desquiciados hombres que provocaron un
dantesco incendio. Seguramente, fueron muchos
los alerces aniquilados en aquel verdadero
holocausto forestal. Los hombres son los seres
vivos más inteligentes del planeta y debían
hacer desaparecer parte de los bosques para
habilitar zonas de pastoreo y agrícolas, que les
proporcionaran tierras desprovistas de
vegetación para vivir mejor…En aquellos años,
cuando mis padres aún estaban con vida, la
convivencia en este tupido bosque era similar a
un paraíso. Los árboles crecían, se desa-
rrollaban, se reproducían y morían natu-
ralmente, sin causar perjuicio a los demás. El
bosque siempre ha sido autónomo y
autosuficiente, no necesitando de factores ex-
93
externos para desarrollarse y convertirse en un
sistema ecológico. El bosque contribuye
esencialmente a proteger la diversidad
biológica, tanto vegetal como animal. Existían
abundancia de pumas, pudúes, chingues y otros
mamíferos. Los alerces de esa época crecían
fuertes y majestuosos, dominando con su fina
estirpe todas las especies arbóreas del sector.
Los primeros hombres que nos atacaron
cruelmente, fueron los pueblos indígenas,
quienes con sus hachas de piedra nos dañaban
las cortezas y a los más delgados y débiles los
cortaban para sus fogatas. Luego no encontraron
nada mejor que provocar enormes incendios,
donde muchos alerces fueron arrasados y
convertidos en cenizas. Los que se salvaban, sin
perder un minuto más, arrojaban sus semillas
para conservar la especie. Fue así como día tras
día, los ejemplares iban disminuyendo en su
número, salvándose sólo los más robustos y
resistentes.
Años más tarde, los conquistadores
españoles al llegar a esta zona, necesitaban
despejar las rutas para que pudieran transitar
con sus cabalgaduras, en su lucha con el indo-
94
mable pueblo araucano. Los españoles traían ya
grandes hachas de metal con sus filos
lacerantes, que se demoraban mucho menos en
derribarnos. Muchos alerces y otros árboles
nativos desaparecieron por esos años. Otros
incendios provocados por los españoles
causaron gran daño a nuestra población.
Alrededor del año 1920 comenzaron a
llegar los primeros colonos a Astilleros y allí
pudieron apreciar los tocones quemados con su
rostro negro. Muchos otros al igual que yo, nos
hallábamos en pleno crecimiento y fueron
cayendo paulatinamente bajo el fiero acero de
las hachas, más grandes y más afiladas.
Los primeros en arribar al sector, se
ubicaron en lugares adyacentes al Canal de
Chacao, porque debían estar cerca del mar para
poder salir en bote, único medio de transporte
que les servía para transportar carga más
pesada. También podían salir a caballo, por unas
huellas tortuosas a los pueblos más cercanos
como Pargua y Carelmapu.
Poco a poco fueron llegando más
familias al lugar, algunas con numerosos hijos,
que comenzaron a explotar los bosques circun-
95
dantes. Lo que más se veía por aquí era a la
gente trabajando en las faenas del carbón
vegetal. Gigantescas hornadas eran construidas
con ayuda de toda la familia. El jefe de hogar o
los hijos mayores debían permanecer día y
noche custodiando las hornadas, para asegurar
que la combustión de la leña sea adecuada y el
carbón resultante sea de buena calidad. Como
consecuencia de este trabajo, desaparecieron
enormes extensiones de lumantos, tepuales y
otros árboles que los circundaban. Del mismo
modo, cuanto más se alejaban de la playa y se
adentraban al bosque prístino, se iniciaba el
peligro para los jóvenes alerces, que habían
sobrevivido a los grandes incendios de otrora.
Muchos de nosotros fuimos convertidos en
remos, basas para ventanas y puertas, madera
para barriles y tinas.
Pero el hecho que más me angustió,
en estos más de trescientos años de existencia,
fue el observar a estos hombres descubriendo
las sagradas sepulturas de nuestros antepasados,
cubiertas por la densa vegetación, extrayendo la
noble y rojiza madera de los alerces muertos
para confeccionar tejuelas. Para todos lo que
96
aún tenemos vida, estos acontecimientos
resultaron un horrendo sacrilegio…
Fueron años y años sufriendo el aberrante
comportamiento humano, donde aquellos
hombres escarpaban los enormes alerces
sepultados por todo el bosque, extrayendo la
tierra y el barro que lo cubrían. Luego con
enormes serruchones procedían a cortar trozos y
en el mismo lugar confeccionaban las famosas
tejuelas que les servían para cubrir el techo y el
tingle de sus viviendas. Pero no se conformaron
con aquello, porque seguidamente comenzaron
a explotar con más fuerza los alerces muertos y
algunos vivos, para vender las tejuelas y basas a
otros lugares de la comuna y provincias de
Llanquihue y Chiloé.
Todo este gran drama finalizó el año
1976, cuando se declaró Monumento Natural al
alerce, prohibiéndose la tala, transporte y
comercialización de alerces en pie. A partir de
entonces, nuestra existencia estuvo más
protegida y vivimos por muchos años sin
mayores problemas, creciendo lentamente.
Además, surgió el zinc, un nuevo material de
construcción que desplazó a la tejuela de alerce
97
por su menor valor económico y mayor avance
en las construcciones.
No obstante, el gran dolor que hoy me
aqueja al igual que otros miembros de estos
núcleos de alerces existentes en Astilleros, es la
desprotección en que nos encontramos, debido a
que el hombre ha arrasado con todos los
arbustos y árboles que nos rodean, los que nos
servían de protección ante los fuertes vientos.
Poco a poco han ido desapareciendo los tupidos
tepuales convertidos en leña para calefaccionar
los hogares del sur, los mañíos machos y
hembras para embarcaciones, puertas y
ventanas, los coigües y canelos para construir
casas, las lumas para estacones, los avellanos
para confeccionar yugos y remos, los ciruelillos
o notros para muebles, etc.
Han sido extensas áreas de bosque
nativo arrasadas por los hombres de campo,
quienes realizan este trabajo por necesidad, para
alimentar a sus familias, velar por la educación
de sus hijos, aspirar a mejorar su calidad de vida
con mejores viviendas, electricidad, agua
potable, comunicaciones y utensilios
electrodomésticos que hacen más fácil el trabajo
98
de las esforzadas dueñas de casa.
Sin lugar a dudas, este es un tema
muy complejo de analizar. Por un lado está la
conservación del bosque nativo, con todo el
aporte al servicio ecosistémico, y por otro lado,
el aporte económico a las familias rurales,
constituyéndose en la mayoría de los casos, en
la única y exclusiva fuente de ingresos de la
gente del campo. En una zona donde
prácticamente no existen industrias, las personas
de más edad deben recurrir al bosque nativo
como un recurso económico indispensable.
Lo que reclamo como árbol declarado
Monumento Natural por las autoridades de este
país, es que haya mayor capacitación y se
entreguen conocimientos a los campesinos sobre
el manejo sustentable del bosque nativo, como
un valioso recurso económico al que se le debe
dar un trato adecuado para lograr mantenerlo en
el tiempo, realizar un aprovechamiento integral
de los ejemplares aptos para la explotación y
desterrar de los bosques la tala rasa, tan
perjudicial para el ecosistema.
Para lograr este gran objetivo, se
deben aunar los esfuerzos entre las autoridades,
99
organizaciones relacionadas con el área y los
propietarios, que son los que conocen sus
predios y las especies arbóreas que los pueblan.
Últimamente han surgido muy cerca
de nuestros dominios, las plantaciones de
eucaliptos y pinos, cuyas grandes raíces
imposibilitan el uso posterior de los suelos. No
está demás decir que sobre estos grandes
árboles, las aves prácticamente no nidifican y
los mamíferos y otras especies se alejan de
estos lugares, causando un grave daño a la
diversidad biológica.
Durante el pasado invierno, cuando los
temporales del mes de julio arreciaron en
nuestra zona, pude apreciar desde las alturas de
mi copa, como decenas de alerces, de los más
jóvenes y débiles fueron derribados, al no tener
una protección natural y encontrarse semi
desnudos luchando contra el viento
inexpugnable.
Al llegar el verano una gran franja
blanca, reemplazó al verde característico
existente. Enormes máquinas y camiones
comenzaron a abrir un camino en medio del
bosque, para sacar los productos de los agricul-
100
tores a lugares más transitables y
comercializarlos. Junto con el camino, al poco
tiempo después aparecieron los grandes postes
de cemento y alambres de cobre que conducen
la electricidad a las casa vecinas. Sin embargo,
nuestro mayor temor se evidencia cuando
escuchamos el motor incesante de las
motosierras que cada día llegan más cerca de
nuestro dominio y botan y botan árboles sin
piedad alguna.
Ahora nuestra gran esperanza es la
aprobación de la Ley del Bosque Nativo, con
bonificaciones en dinero para los propietarios,
que cuiden y protejan el bosque de sus predios,
talando solamente lo necesario.
Por el momento, no hago otra
cosa más que cavilar largamente en mi vida,
pensar en lo solitario y desprotegido que estoy
quedando, y como las fuerzas cada día me van
abandonando hasta perder las ganas de seguir
viviendo. Sucumbir ante la angustia letal del
desánimo y la escasa felicidad que me rodea.
Apelo al criterio de los adultos del
sector, pero por sobretodo, imploro a la
transparencia, la lealtad, el respeto y a la
101
educación de los niños y jóvenes de nuestras
escuelas rurales, para que se hagan eco de este
agónico llamado y salven esta gran riqueza y
patrimonio que lucha por sobrevivir. Si es así,
les prometo transmitir mi agradecimiento y el de
mis hermanos a las futuras generaciones que nos
observarán en pie, cuando ya adulto cumpla
quinientos, mil, dos mil o tres mil años de
existencia…
F I N

El lamento del alerce

  • 1.
    92 Con profunda tristezaelevo mi mirada desde lo alto del bosque, para contarles mi triste historia, plagada de vaivenes y viscisitudes. En primer lugar debo decir que habito en un ciénago de Astilleros, en la comuna de Maullín, desde hace más de trescientos años. Cerca de mis pies, diviso los enormes tocones quemados de mis padres milenarios, quienes hace muchísimos años, fueron abatidos por desquiciados hombres que provocaron un dantesco incendio. Seguramente, fueron muchos los alerces aniquilados en aquel verdadero holocausto forestal. Los hombres son los seres vivos más inteligentes del planeta y debían hacer desaparecer parte de los bosques para habilitar zonas de pastoreo y agrícolas, que les proporcionaran tierras desprovistas de vegetación para vivir mejor…En aquellos años, cuando mis padres aún estaban con vida, la convivencia en este tupido bosque era similar a un paraíso. Los árboles crecían, se desa- rrollaban, se reproducían y morían natu- ralmente, sin causar perjuicio a los demás. El bosque siempre ha sido autónomo y autosuficiente, no necesitando de factores ex-
  • 2.
    93 externos para desarrollarsey convertirse en un sistema ecológico. El bosque contribuye esencialmente a proteger la diversidad biológica, tanto vegetal como animal. Existían abundancia de pumas, pudúes, chingues y otros mamíferos. Los alerces de esa época crecían fuertes y majestuosos, dominando con su fina estirpe todas las especies arbóreas del sector. Los primeros hombres que nos atacaron cruelmente, fueron los pueblos indígenas, quienes con sus hachas de piedra nos dañaban las cortezas y a los más delgados y débiles los cortaban para sus fogatas. Luego no encontraron nada mejor que provocar enormes incendios, donde muchos alerces fueron arrasados y convertidos en cenizas. Los que se salvaban, sin perder un minuto más, arrojaban sus semillas para conservar la especie. Fue así como día tras día, los ejemplares iban disminuyendo en su número, salvándose sólo los más robustos y resistentes. Años más tarde, los conquistadores españoles al llegar a esta zona, necesitaban despejar las rutas para que pudieran transitar con sus cabalgaduras, en su lucha con el indo-
  • 3.
    94 mable pueblo araucano.Los españoles traían ya grandes hachas de metal con sus filos lacerantes, que se demoraban mucho menos en derribarnos. Muchos alerces y otros árboles nativos desaparecieron por esos años. Otros incendios provocados por los españoles causaron gran daño a nuestra población. Alrededor del año 1920 comenzaron a llegar los primeros colonos a Astilleros y allí pudieron apreciar los tocones quemados con su rostro negro. Muchos otros al igual que yo, nos hallábamos en pleno crecimiento y fueron cayendo paulatinamente bajo el fiero acero de las hachas, más grandes y más afiladas. Los primeros en arribar al sector, se ubicaron en lugares adyacentes al Canal de Chacao, porque debían estar cerca del mar para poder salir en bote, único medio de transporte que les servía para transportar carga más pesada. También podían salir a caballo, por unas huellas tortuosas a los pueblos más cercanos como Pargua y Carelmapu. Poco a poco fueron llegando más familias al lugar, algunas con numerosos hijos, que comenzaron a explotar los bosques circun-
  • 4.
    95 dantes. Lo quemás se veía por aquí era a la gente trabajando en las faenas del carbón vegetal. Gigantescas hornadas eran construidas con ayuda de toda la familia. El jefe de hogar o los hijos mayores debían permanecer día y noche custodiando las hornadas, para asegurar que la combustión de la leña sea adecuada y el carbón resultante sea de buena calidad. Como consecuencia de este trabajo, desaparecieron enormes extensiones de lumantos, tepuales y otros árboles que los circundaban. Del mismo modo, cuanto más se alejaban de la playa y se adentraban al bosque prístino, se iniciaba el peligro para los jóvenes alerces, que habían sobrevivido a los grandes incendios de otrora. Muchos de nosotros fuimos convertidos en remos, basas para ventanas y puertas, madera para barriles y tinas. Pero el hecho que más me angustió, en estos más de trescientos años de existencia, fue el observar a estos hombres descubriendo las sagradas sepulturas de nuestros antepasados, cubiertas por la densa vegetación, extrayendo la noble y rojiza madera de los alerces muertos para confeccionar tejuelas. Para todos lo que
  • 5.
    96 aún tenemos vida,estos acontecimientos resultaron un horrendo sacrilegio… Fueron años y años sufriendo el aberrante comportamiento humano, donde aquellos hombres escarpaban los enormes alerces sepultados por todo el bosque, extrayendo la tierra y el barro que lo cubrían. Luego con enormes serruchones procedían a cortar trozos y en el mismo lugar confeccionaban las famosas tejuelas que les servían para cubrir el techo y el tingle de sus viviendas. Pero no se conformaron con aquello, porque seguidamente comenzaron a explotar con más fuerza los alerces muertos y algunos vivos, para vender las tejuelas y basas a otros lugares de la comuna y provincias de Llanquihue y Chiloé. Todo este gran drama finalizó el año 1976, cuando se declaró Monumento Natural al alerce, prohibiéndose la tala, transporte y comercialización de alerces en pie. A partir de entonces, nuestra existencia estuvo más protegida y vivimos por muchos años sin mayores problemas, creciendo lentamente. Además, surgió el zinc, un nuevo material de construcción que desplazó a la tejuela de alerce
  • 6.
    97 por su menorvalor económico y mayor avance en las construcciones. No obstante, el gran dolor que hoy me aqueja al igual que otros miembros de estos núcleos de alerces existentes en Astilleros, es la desprotección en que nos encontramos, debido a que el hombre ha arrasado con todos los arbustos y árboles que nos rodean, los que nos servían de protección ante los fuertes vientos. Poco a poco han ido desapareciendo los tupidos tepuales convertidos en leña para calefaccionar los hogares del sur, los mañíos machos y hembras para embarcaciones, puertas y ventanas, los coigües y canelos para construir casas, las lumas para estacones, los avellanos para confeccionar yugos y remos, los ciruelillos o notros para muebles, etc. Han sido extensas áreas de bosque nativo arrasadas por los hombres de campo, quienes realizan este trabajo por necesidad, para alimentar a sus familias, velar por la educación de sus hijos, aspirar a mejorar su calidad de vida con mejores viviendas, electricidad, agua potable, comunicaciones y utensilios electrodomésticos que hacen más fácil el trabajo
  • 7.
    98 de las esforzadasdueñas de casa. Sin lugar a dudas, este es un tema muy complejo de analizar. Por un lado está la conservación del bosque nativo, con todo el aporte al servicio ecosistémico, y por otro lado, el aporte económico a las familias rurales, constituyéndose en la mayoría de los casos, en la única y exclusiva fuente de ingresos de la gente del campo. En una zona donde prácticamente no existen industrias, las personas de más edad deben recurrir al bosque nativo como un recurso económico indispensable. Lo que reclamo como árbol declarado Monumento Natural por las autoridades de este país, es que haya mayor capacitación y se entreguen conocimientos a los campesinos sobre el manejo sustentable del bosque nativo, como un valioso recurso económico al que se le debe dar un trato adecuado para lograr mantenerlo en el tiempo, realizar un aprovechamiento integral de los ejemplares aptos para la explotación y desterrar de los bosques la tala rasa, tan perjudicial para el ecosistema. Para lograr este gran objetivo, se deben aunar los esfuerzos entre las autoridades,
  • 8.
    99 organizaciones relacionadas conel área y los propietarios, que son los que conocen sus predios y las especies arbóreas que los pueblan. Últimamente han surgido muy cerca de nuestros dominios, las plantaciones de eucaliptos y pinos, cuyas grandes raíces imposibilitan el uso posterior de los suelos. No está demás decir que sobre estos grandes árboles, las aves prácticamente no nidifican y los mamíferos y otras especies se alejan de estos lugares, causando un grave daño a la diversidad biológica. Durante el pasado invierno, cuando los temporales del mes de julio arreciaron en nuestra zona, pude apreciar desde las alturas de mi copa, como decenas de alerces, de los más jóvenes y débiles fueron derribados, al no tener una protección natural y encontrarse semi desnudos luchando contra el viento inexpugnable. Al llegar el verano una gran franja blanca, reemplazó al verde característico existente. Enormes máquinas y camiones comenzaron a abrir un camino en medio del bosque, para sacar los productos de los agricul-
  • 9.
    100 tores a lugaresmás transitables y comercializarlos. Junto con el camino, al poco tiempo después aparecieron los grandes postes de cemento y alambres de cobre que conducen la electricidad a las casa vecinas. Sin embargo, nuestro mayor temor se evidencia cuando escuchamos el motor incesante de las motosierras que cada día llegan más cerca de nuestro dominio y botan y botan árboles sin piedad alguna. Ahora nuestra gran esperanza es la aprobación de la Ley del Bosque Nativo, con bonificaciones en dinero para los propietarios, que cuiden y protejan el bosque de sus predios, talando solamente lo necesario. Por el momento, no hago otra cosa más que cavilar largamente en mi vida, pensar en lo solitario y desprotegido que estoy quedando, y como las fuerzas cada día me van abandonando hasta perder las ganas de seguir viviendo. Sucumbir ante la angustia letal del desánimo y la escasa felicidad que me rodea. Apelo al criterio de los adultos del sector, pero por sobretodo, imploro a la transparencia, la lealtad, el respeto y a la
  • 10.
    101 educación de losniños y jóvenes de nuestras escuelas rurales, para que se hagan eco de este agónico llamado y salven esta gran riqueza y patrimonio que lucha por sobrevivir. Si es así, les prometo transmitir mi agradecimiento y el de mis hermanos a las futuras generaciones que nos observarán en pie, cuando ya adulto cumpla quinientos, mil, dos mil o tres mil años de existencia… F I N