El guardia se presenta ante Dios para ser juzgado. Admite que a veces descuidó sus deberes religiosos por las exigencias de su trabajo y que cometió errores, aunque siempre ayudó a los necesitados arriesgando su vida. Pide a Dios que cuide a su familia y compañeros si no hay lugar para él. Dios lo elogia por haber cumplido con el mandato de amar al prójimo y le dice que ya cumplió su misión en la tierra, por lo que puede ir en paz a su reino.