El policía se presenta ante Dios para ser juzgado. Admite que no siempre pudo cumplir con sus deberes religiosos debido a su trabajo, y que a veces habló de forma impropia o fue violento debido a lo duro de su trabajo. Pide perdón, y aunque reconoce que no merece el cielo, agradecería cualquier lugar que Dios le pueda dar. Dios lo declara justo por haber servido a los demás con amor, sentimiento y dedicación, y le permite entrar al paraíso.