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Karen Carter: una recuerdo que me nombra
Karen tenía 13 años y se iba a morir. Su apellido era muy probablemente el de algún señor
origen inglés, al que alguno de sus ancestros habría tenido a su servicio. Karen era negrita y
había nacido y vivido en Puerto Limón,una localidadsituada a 160 km del lugar en el que estaba
internada cuando nos conocimos en el Hospital General de Niños, situado en la ciudad de San
José, Capital de Costa Rica. El Colegio de Médicos de Costa Rica me había invitado a dar una
serie de seminarios a través de una doctora que había fundado, por entonces, el primer
“Hospice” que se había abierto en el mundo para niños: “El Albergue San Gabriel”; situado,
como todos los demás “Hospices”1 afuera del Hospital. Más allá de mi condición de extranjero,
la invitación me permitía revisar las Historia Clínicas y evaluar a algunos de aquellos chicos
pudiendo sugerir eventuales cambios en los fármacos que recibían, en respuesta a un pedido
explícito de las autoridades de aquel hospital.
Karen ocupaba una cama en una habitación estrecha que la aislaba, por motivos
inmunológicos, de una sala enorme ocupada por muchos otras chicas y chicos que, como ella,
tambiéniban a morir enpoco tiempo. Perola mayoría de aquellos chicosestaban acompañados
por sus padres y ese no era su caso. Se había hecho de noche, llevaba varias horas revisando
Historias Clínicas y evaluando a quienes venían recibiendo asociaciones farmacológicas a las
que se considera poco convenientes cuando se administran a menores de edad. Karen era una
de las tantas nenas que recibía una estas mezclas inquietantes de fármacos potentes, por lo
que después de leer su HC me asomé a su habitación y le pedí permiso para hablar un rato con
ella a finde evaluarla yella loaceptó.Tenía una voz muyronquita provocada por su enfermedad
y fue ella quien inició la conversación planteando, sin la menor sombra de duda, que su
enfermedad se había desatado a partir de la sucesión de dos acontecimientos penosos: Su
mamá se había muerto y la mujer con la que se había casado su papá al poco tiempo no la
1 El inicio de los Hospices modernos se inició con la fundación del St. Christopher’s Hospice en Londres en 1967
por parte de la Dra. Cicely Saunder, quien había concebido la idea antes de recibirse de médica mientras se había
desenvuelto como enfermera el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Un hospice es un centro asistencial
especial, exento de azulejos y de guardapolvos, donde sus residentes cuidan el jardín, escriben, y encuentran
espacios de coordinación grupal orientados al desarrollo de actividades artísticas como la música y el drama.
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quería. Era por eso estaba sola. Además – se ocupó de añadir – ella estaba sola porque Puerto
Limón quedaba muy lejos.
Después de conversar un rato con ella no encontré ningún indicio que me llevara a
pensar que la combinación de fármacos que recibía la estaba afectando psiquiátricamente
(corticoides, antidepresivos y morfina en dosis considerables). No sé cuánto tiempo había
trascurrido en el momento en que pensé que nuestro encuentro había sido bastante extenso,
a partir de lo cual lefui leexplicandoa Karen que era tarde,que convenía que sefuera relajando
y que se dispusiera a descansar para recuperar fuerzas, haciéndole saber que iba a seguir por
un rato más en la sala y que me podía llamar si lo deseaba. Me incorporé de la silla que estaba
al lado de su cama, me despedí de ella y caminé los 3 o 4 pasos que me llevaban hasta la puerta
de la habitación cuando su voz inconfundible me obligó a darme vuelta: - “Venga, venga,
venga…”, reiteró mientras hacía gestos para que me acercara. Obedecí, me acerqué tanto
como me pedía, y cuando estábamos frente a frente y a muy pocos centímetros, levantó con
dificultad su brazo derecho y trazó sobre mi frente la señal de la cruz, al tiempo en que con su
voz ronquita me dijo —“Que Dios lo bendiga”.
No recuerdo con fidelidad mucho más, creo no haberle hecho ningún comentario, me
reincorporé y retomé el camino que me llevó a salir de su habitación. Quedaban otras Historias
Clínicas para revisar y había otros chicos a evaluar; volví al escritorio en el que estaban las HC y
noté que, en el piso, al costado del escritorio, había una estrecha alfombra de esterilla sobre la
que suspendí mi atención y, en aquel momento, recuerdo haber deseado fervientemente
quedarmeen aquel lugar por un tiempo indefinido.Durante algunos minutos lleguéa fantasear
con que aquella alfombrita podía servirme de cama durante los días que pasara en aquella sala
silenciosa en la que parecía que el tiempo se hubiera suspendido y hubiese dejado de correr.
Estaba en esos fantaseos cuando me interrumpieron unos golpecitos ansiosos que alguien
pegaba sobre las paredesvidriadasde la sala.Esos golpecitos me fastidiaron.Erande la doctora
que me había invitado a Costa Rica. Ella quería que me apurara, porque después de unas
confidencias previas se había propuesto presentarme a uno de sus compañeros de militancia
política. Creo no haber podido disimular mi fastidio cuando me acerqué para decirle que aquel
encuentro no iba a ser posible porque todavía me quedaban varioschicos por ver.No sé cuánto
tiempo más pasé en aquella sala, a la doctora no la volví a ver hasta el día siguiente cuando me
toco exponer otro de los seminarios previstos.
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Hay un aforismo de un escritor polaco – Stanislaw Lec - que de algún modo me nombra
y me va a ayudar a expresar lo que quiero compartir: “Algunos creen que creen y otros creen
que no creen”.
a) Yo creo que, en algún lugar, aquella sala debe seguir estando tal cual la conocí.
b) Creo que, en aquel sitio, hasta la misma muerte lamentaba su oficio y se movía en
puntas de pie entre las camas de aquellos chicos para no interrumpirles el descanso.
c) Tambiéncreo que no tengo nada contra el compañerode militancia deaquella doctora,
pujante y generosa, que me distinguió invitándome a su país.
d) Para el caso, aun cuando su compañero de militancia política hubiese sido un obispo,
creo que aquellos golpecitos suyos, seguidos de una propuesta equivalente, me
hubiesen fastidiado igual.
e) Por último, en lo que es sobre todo un deseo que creo posible, yo quisiera que, a mi
hora, cuando yo esté en el lugar de Karen, ella encuentre la manera de acercarse hasta
mi cama y me vuelva a trazar sobre la frente la señal de la cruz.
—“Felipe, el que me ve a mí ve al Padre” Juan 14:9 Al margen de la coincidencia entre
el nombre del apóstol y el mío, este es un versículo evangélico que me nombra cuando
evoco este recuerdo que agradezco compartir hoy con vos.
Abrazo grande,
Felipe Rilova

Karen Carter

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    1 Karen Carter: unarecuerdo que me nombra Karen tenía 13 años y se iba a morir. Su apellido era muy probablemente el de algún señor origen inglés, al que alguno de sus ancestros habría tenido a su servicio. Karen era negrita y había nacido y vivido en Puerto Limón,una localidadsituada a 160 km del lugar en el que estaba internada cuando nos conocimos en el Hospital General de Niños, situado en la ciudad de San José, Capital de Costa Rica. El Colegio de Médicos de Costa Rica me había invitado a dar una serie de seminarios a través de una doctora que había fundado, por entonces, el primer “Hospice” que se había abierto en el mundo para niños: “El Albergue San Gabriel”; situado, como todos los demás “Hospices”1 afuera del Hospital. Más allá de mi condición de extranjero, la invitación me permitía revisar las Historia Clínicas y evaluar a algunos de aquellos chicos pudiendo sugerir eventuales cambios en los fármacos que recibían, en respuesta a un pedido explícito de las autoridades de aquel hospital. Karen ocupaba una cama en una habitación estrecha que la aislaba, por motivos inmunológicos, de una sala enorme ocupada por muchos otras chicas y chicos que, como ella, tambiéniban a morir enpoco tiempo. Perola mayoría de aquellos chicosestaban acompañados por sus padres y ese no era su caso. Se había hecho de noche, llevaba varias horas revisando Historias Clínicas y evaluando a quienes venían recibiendo asociaciones farmacológicas a las que se considera poco convenientes cuando se administran a menores de edad. Karen era una de las tantas nenas que recibía una estas mezclas inquietantes de fármacos potentes, por lo que después de leer su HC me asomé a su habitación y le pedí permiso para hablar un rato con ella a finde evaluarla yella loaceptó.Tenía una voz muyronquita provocada por su enfermedad y fue ella quien inició la conversación planteando, sin la menor sombra de duda, que su enfermedad se había desatado a partir de la sucesión de dos acontecimientos penosos: Su mamá se había muerto y la mujer con la que se había casado su papá al poco tiempo no la 1 El inicio de los Hospices modernos se inició con la fundación del St. Christopher’s Hospice en Londres en 1967 por parte de la Dra. Cicely Saunder, quien había concebido la idea antes de recibirse de médica mientras se había desenvuelto como enfermera el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Un hospice es un centro asistencial especial, exento de azulejos y de guardapolvos, donde sus residentes cuidan el jardín, escriben, y encuentran espacios de coordinación grupal orientados al desarrollo de actividades artísticas como la música y el drama.
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    2 quería. Era poreso estaba sola. Además – se ocupó de añadir – ella estaba sola porque Puerto Limón quedaba muy lejos. Después de conversar un rato con ella no encontré ningún indicio que me llevara a pensar que la combinación de fármacos que recibía la estaba afectando psiquiátricamente (corticoides, antidepresivos y morfina en dosis considerables). No sé cuánto tiempo había trascurrido en el momento en que pensé que nuestro encuentro había sido bastante extenso, a partir de lo cual lefui leexplicandoa Karen que era tarde,que convenía que sefuera relajando y que se dispusiera a descansar para recuperar fuerzas, haciéndole saber que iba a seguir por un rato más en la sala y que me podía llamar si lo deseaba. Me incorporé de la silla que estaba al lado de su cama, me despedí de ella y caminé los 3 o 4 pasos que me llevaban hasta la puerta de la habitación cuando su voz inconfundible me obligó a darme vuelta: - “Venga, venga, venga…”, reiteró mientras hacía gestos para que me acercara. Obedecí, me acerqué tanto como me pedía, y cuando estábamos frente a frente y a muy pocos centímetros, levantó con dificultad su brazo derecho y trazó sobre mi frente la señal de la cruz, al tiempo en que con su voz ronquita me dijo —“Que Dios lo bendiga”. No recuerdo con fidelidad mucho más, creo no haberle hecho ningún comentario, me reincorporé y retomé el camino que me llevó a salir de su habitación. Quedaban otras Historias Clínicas para revisar y había otros chicos a evaluar; volví al escritorio en el que estaban las HC y noté que, en el piso, al costado del escritorio, había una estrecha alfombra de esterilla sobre la que suspendí mi atención y, en aquel momento, recuerdo haber deseado fervientemente quedarmeen aquel lugar por un tiempo indefinido.Durante algunos minutos lleguéa fantasear con que aquella alfombrita podía servirme de cama durante los días que pasara en aquella sala silenciosa en la que parecía que el tiempo se hubiera suspendido y hubiese dejado de correr. Estaba en esos fantaseos cuando me interrumpieron unos golpecitos ansiosos que alguien pegaba sobre las paredesvidriadasde la sala.Esos golpecitos me fastidiaron.Erande la doctora que me había invitado a Costa Rica. Ella quería que me apurara, porque después de unas confidencias previas se había propuesto presentarme a uno de sus compañeros de militancia política. Creo no haber podido disimular mi fastidio cuando me acerqué para decirle que aquel encuentro no iba a ser posible porque todavía me quedaban varioschicos por ver.No sé cuánto tiempo más pasé en aquella sala, a la doctora no la volví a ver hasta el día siguiente cuando me toco exponer otro de los seminarios previstos.
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    3 Hay un aforismode un escritor polaco – Stanislaw Lec - que de algún modo me nombra y me va a ayudar a expresar lo que quiero compartir: “Algunos creen que creen y otros creen que no creen”. a) Yo creo que, en algún lugar, aquella sala debe seguir estando tal cual la conocí. b) Creo que, en aquel sitio, hasta la misma muerte lamentaba su oficio y se movía en puntas de pie entre las camas de aquellos chicos para no interrumpirles el descanso. c) Tambiéncreo que no tengo nada contra el compañerode militancia deaquella doctora, pujante y generosa, que me distinguió invitándome a su país. d) Para el caso, aun cuando su compañero de militancia política hubiese sido un obispo, creo que aquellos golpecitos suyos, seguidos de una propuesta equivalente, me hubiesen fastidiado igual. e) Por último, en lo que es sobre todo un deseo que creo posible, yo quisiera que, a mi hora, cuando yo esté en el lugar de Karen, ella encuentre la manera de acercarse hasta mi cama y me vuelva a trazar sobre la frente la señal de la cruz. —“Felipe, el que me ve a mí ve al Padre” Juan 14:9 Al margen de la coincidencia entre el nombre del apóstol y el mío, este es un versículo evangélico que me nombra cuando evoco este recuerdo que agradezco compartir hoy con vos. Abrazo grande, Felipe Rilova