En los primeros siglos del cristianismo, la confirmación se administraba inmediatamente después del bautismo, resaltando la conexión entre ambos sacramentos. Hoy en día, algunas diócesis retrasan la confirmación, lo que puede llevar a perder el sentido de esta relación. La confirmación sella el proceso de iniciación cristiana, otorgando al confirmado un sello indelible que simboliza su pertenencia a Dios y su misión como miembro de la Iglesia.