Marcelino Sanz de Sautuola descubrió las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira en Cantabria en 1875. Aunque publicó su hallazgo en 1880 atribuyendo las pinturas al Paleolítico, sus contemporáneos no lo aceptaron. En 1902, el arqueólogo francés Cartailhac reconoció la antigüedad de las pinturas, dándoles reconocimiento universal. Actualmente, el Museo de Altamira custodia y estudia las pinturas, declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO.