El documento explora la práctica de la imposición de manos en el contexto bíblico, comenzando desde el Antiguo Testamento donde se utilizaba para la expiación de pecados y la transferencia de autoridad. Examina cómo Jesús y sus apóstoles continuaron esta práctica como un acto de fe para sanar enfermos y bendecir. Finalmente, establece que la imposición de manos es un signo de la presencia de Dios y de la sana doctrina en la iglesia.