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LA TROMPETILLA
ACÚSTICA
(1956)
“Ab eo, quod” (1956) Leonora Carrington
Leonora Carrington
Traducción:
© Julio Tamayo
cinelacion@yahoo.es
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INTROITO
Por mucho que seas abierto de mente, y de oído, para un castellano de
Valladolid ver una película seria con doblaje latino es un auténtico suplicio,
aberración, cachondeo, todo se transforma en una paródica serie de dibujos
animados. Lo mismo sucede en literatura, no necesitas más de un párrafo para
saber si una traducción al español la ha realizado un no nacido o pacido en
España, algo que te saca de la lectura, no se puede traducir al español con acento,
con localismos, hay que ser neutro, puro. Leonora Carrington era inglesa y
escribía, y pensaba, en inglés, no en mejicano, por mucho que el libro esté escrito
en Méjico, país que nunca comprendió, amó. Cuando vivía en Francia también
escribía en inglés, no en francés. La traducción del venezolano Renato Rodríguez
aunque legible es indecente, está llena de errores pueriles, de censura, se salta
párrafos enteros y se inventa otros tantos, y a mayores es una traducción del
inglés al español latino no al español a secas. Si los personajes fueran mejicanos,
latinos, tendría su lógica, pero da la casualidad de que solo uno de ellos es nativo,
la criada, el resto todos extranjeros, incluida una española, la entrañable, genial,
amiga de la protagonista, Carmela Velásquez, ni más ni menos que la pintora
Remedios Varó, junto con la propia Carrington y Frida Kahlo, la santísima
trinidad del surrealismo pictórico femenino, las tres amigas y residentes en
Méjico, no siempre por voluntad propia. Sirva esto como justificación para la
nueva traducción, o segunda traducción al español (hay otra que no he podido
leer), al español de España, para que nadie se ofenda, algo que me resbala.
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En cuanto al libro hablamos de la novela más sorprendente, original, que he
leído nunca, un continuo torbellino en el que nada es lo que parece, te crees que
estás leyendo unas irónicas y costumbristas memorias de una anciana rebelde, la
primera parte es casi melliza del libro “El ángel de piedra” de Margaret
Laurence, y de repente se transforma en la típica novela de aprendizaje de
internado, cambiando adolescentes por mujeres seniles, cambiando la tragedia
por el humor negro inglés. Pero todo esto es solo el principio, la cosa evoluciona
hacia el cuento de hadas, hacia la novela mística, esotérica, hacia el nonsense, el
sinsentido, hacia la utopía ecologista, feminista. Todo ello con total normalidad,
fluidez, no hablamos de una novela de novelas cervantina, por lo que
denominarla simplemente una novela fantástica, o surrealista, es profundamente
castrador, pueril. Leer “La trompetilla acústica” es lo más parecido a vivir dentro
de los mágicos, misteriosos, cuadros de Remedios Varó. Un continuo viaje por el
inconsciente colectivo, por un universo propio, y a la vez universal, lleno de
símbolos, de mitos, de arcanos. Por no faltar no falta ni el satanismo, ni la
brujería, ni la alquimia, ni la teosofía (Gambito es una parodia de Gurdjieff),
hablamos de un libro hereje, libertino, cachondo, en todas sus acepciones. Un
viaje astral a pie de tierra lleno de personajes entrañables, delirantes,
achuchables. Si el concepto seminal, capital, tiene algún sentido, es para definir
este libro girl power, principio y fin de raza.
Julio Tamayo
5
CUANDO Carmela me hizo el presente de una trompetilla acústica
pudo haber previsto las consecuencias. Carmela no es lo que pudiera
llamarse maliciosa, simplemente ocurre que tiene un curioso sentido
del humor. La trompetilla era ciertamente un bello espécimen entre los
de su clase, sin ser realmente moderna. Era, sin embargo,
excepcionalmente bonita, con sus incrustaciones de plata y nácar y
suntuosamente curvada como el cuerno de un búfalo. La estética
presencia de este objeto no era su única cualidad, la trompetilla
magnificaba hasta tal punto los sonidos que las conversaciones más
ordinarias se hacían harto audibles incluso para mis oídos.
Debo aclarar que no todos mis sentidos están en modo alguno
deteriorados por la edad. Mi vista es todavía excelente aunque uso
impertinentes para leer, cuando leo, lo que prácticamente nunca hago.
Verdad es que el reumatismo ha doblegado mi esqueleto en cierta
forma. Pero esto no me impide dar un paseo cuando hace buen tiempo
y barrer mi cuarto una vez por semana, los jueves, una forma de
ejercicio a la vez útil y edificante. Podría añadir que me considero
todavía un miembro útil de la sociedad y creo aún ser capaz de ser
agradable y entretenida cuando la ocasión parece adecuada. El hecho
de no tener dientes y no poder usar nunca dentadura de ningún modo
me incomoda; no tengo que morder a nadie y hay toda clase de suaves
comestibles fáciles de procurar y de digerir por el estómago. Puré de
verduras, chocolate y pan humedecido en agua tibia constituyen la
base de mi simple dieta. Nunca como carne pues considero un error
privar de su vida a los animales cuando además son tan difíciles de
masticar.
6
Tengo ahora noventa y dos años y por espacio de unos quince he
vivido con mi hijo y su familia. Nuestra casa está situada en un distrito
residencial que en Inglaterra sería descrita como un adosado con un
pequeño jardín. No sé cómo lo llaman aquí pero probablemente un
equivalente español de “espaciosa residencia con parque”. No es
verdad, la casa no es espaciosa, es estrecha, y no hay nada que se
parezca ni por asomo a un parque. Hay, sin embargo, un hermoso
patio trasero que comparto con mis dos gatos, una gallina, la criada y
sus dos hijos, algunas moscas y una planta de cactus llamada magüey.
Mi cuarto da a este hermoso patio trasero lo cual resulta muy
conveniente pues no hay escaleras que negociar - simplemente tengo
que abrir la puerta cuando quiero disfrutar de las estrellas por la noche
o del tempranero sol de la mañana, la única manifestación de luz solar
que puedo soportar. La criada, Rosina, es una mujer indígena con un
carácter malhumorado que parece generalmente opuesto al del resto
de la humanidad. No creo que me ponga en una categoría humana
pero nuestra relación no es desagradable. La planta de magüey, las
moscas y yo misma somos las cosas que ocupamos el patio trasero,
somos elementos del paisaje y hay que aceptarnos así. Los gatos son
un caso aparte. Su individualidad provoca a Rosina ataques de
excitación o de furia según su temperamento. Habla con los gatos,
nunca con sus hijos, aún así pienso que les quiere a su modo.
Nunca pude comprender este país y ahora comienzo a temer que
nunca regresaré al Norte, que nunca me alejaré de aquí. No debo
perder la esperanza, los milagros pueden ocurrir y muy a menudo
ocurren. La gente piensa que cincuenta años es demasiado tiempo para
visitar un país porque con frecuencia es más de media vida. Para mí
cincuenta años no es más que un espacio de tiempo pegada en un
lugar donde no quiero estar en absoluto. Durante estos últimos
cincuenta años he tratado de irme. Sin embargo nunca pude, debe
haber un embrujo vinculante que me retiene en este país. A veces me
gustaría averiguar porqué he permanecido tanto tiempo aquí, cuando
soy feliz contemplando renos y nieve, cerezos, praderas, el canto del
tordo.
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Inglaterra no es siempre el foco de estos sueños. De hecho, no
deseo particularmente instalarme en Inglaterra aunque tendré que
visitar a mi madre en Londres, se está haciendo mayor, aunque goza
de excelente salud. Ciento diez no es una edad excesiva después de
todo, desde un punto de vista bíblico. Margrave, el mayordomo de mi
madre, que me manda postales del Palacio de Buckingham, me dice
que todavía está muy ágil en su silla de ruedas, aunque cómo se puede
estar ágil en una silla de ruedas realmente no lo sé. Dice que está
bastante ciega pero no tiene barba lo que debe ser una alusión a una
foto mía que les envié como regalo de Navidad el año pasado.
En efecto poseo una barba corta y gris que gente convencional
podría encontrar repulsiva. Personalmente la encuentro harto elegante.
Inglaterra sería cuestión de unas pocas semanas, luego
realizaría el gran sueño de mi vida de ir a Laponia para ser arrastrada
en un trineo por perros, perros lanudos.
Todo esto es una digresión no quiero que nadie piense que mi
mente desvaría, desvaría pero nunca más allá de donde quiero.
Así que, vivo con mi Galahad, principalmente en el patio trasero.
Ahora Galahad tiene una familia bastante numerosa y no es en
absoluto rico. Vive del escaso sueldo pagado a los empleados del
consulado, aquellos que no son embajadores. (Estos, me han dicho,
reciben un salario más amplio del gobierno.) Galahad está
casado con la hija del gerente de una fábrica de cemento. Su nombre
es Muriel y ambos padres son ingleses. Muriel tiene cinco hijos uno
de los cuales, el más joven, todavía vive aquí con nosotros. Este
muchacho, Robert, tiene veinticinco y no está casado aún. Robert no
tiene un carácter agradable e incluso de niño era cruel con los gatos.
Además circula en motocicleta e introdujo un televisor en la casa.
Desde entonces mis visitas a las regiones frontales de nuestra
residencia fueron cada vez más escasas. Y si ahora aparecía por allí
era siempre en calidad de espectro, si se puede decir así. Esto parece
haber concedido un cierto alivio al resto de la familia dado que
mis modales en la mesa se estaban convirtiendo en poco
convencionales. Con la edad una se vuelve menos sensible a la
idiosincrasia de los demás; por ejemplo a la edad de cuarenta hubiera
dudado si comer naranjas en un abarrotado tranvía o autobús, ahora no
solo comería naranjas con impunidad sino que tomaría una comida
entera descaradamente en cualquier vehículo público regada con un
vaso de Oporto que tomo de vez en cuando como algo especial.
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No obstante trato de ser útil y ayudo en la cocina que está al lado
de mi habitación. Pelo vegetales, alimento a la gallina, y, como
mencioné antes, llevo a cabo otras violentas actividades como barrer
mi habitación los jueves. No doy problemas para nada y me mantengo
limpia sin la asistencia de nadie.
Cada semana trae cierta cantidad de placeres moderados; cada
noche, cuando hace buen tiempo, el cielo, las estrellas y por supuesto
la luna en todo su esplendor. Los lunes, cuando el tiempo es benigno,
camino dos bloques adelante y visito a mi amiga Carmela. Vive en una
casa muy pequeña con su sobrina que hornea tartas para un salón de té
sueco a pesar de ser española. Carmela lleva una vida muy placentera
y es realmente muy intelectual. Lee libros a través de unos elegantes
impertinentes y casi nunca habla consigo misma como yo hago.
También teje muy hábilmente jerseys pero el gran placer de su vida es
escribir cartas. Carmela escribe cartas a gente de todo el mundo que
nunca ha conocido y las firma con toda clase de nombres románticos,
nunca el suyo. Carmela desprecia las cartas anónimas, y por supuesto
¿quién sería tan poco práctico cómo para contestar una carta sin
nombre y firma al final? Estas maravillosas cartas vuelan, de un modo
celestial, por correo aéreo, con la delicada caligrafía de Carmela.
Nadie responde nunca. Esta es realmente la incomprensible cara de la
humanidad, gente que no tiene nunca tiempo para nada.
Pues bien un buen lunes por la mañana fui a hacer mi habitual
visita a Carmela que estaba esperándome en la puerta. Pude darme
cuenta en seguida de que estaba en un estado de gran excitación
porque había olvidado ponerse la peluca. Carmela es calva. En
ocasiones ordinarias nunca saldría a la calle sin su peluca siendo como
es un poco vanidosa, su peluca roja es como un gesto de reina hacia su
larga cabellera perdida, que casi era tan roja como su peluca si mi
memoria es correcta. Ese lunes por la mañana Carmela no estaba
coronada con su habitual gloria y estaba muy excitada y hablando para
sí misma, lo que no es habitual en ella. Le traía un huevo que la
gallina había puesto esa misma mañana, se me cayó cuando aferró mi
brazo. Fue una gran desgracia porque el huevo ya no podía repararse.
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“Te he estado esperando, Marian, llegas veinte minutos tarde”, dijo
sin advertir el huevo roto, “Algún día olvidarás venir del todo”.
Su voz era un delgado hilillo y esto fue más o menos lo que dijo,
porque por supuesto no escuché nada. Me arrastró dentro de la casa y
tras varios intentos me hizo comprender que tenía un presente para mí.
“Un presente, un presente, un presente”. Ahora Carmela me hace
muchos regalos; algunas veces tejidos y otras veces comestibles, pero
nunca la había visto tan excitada. Cuando desenvolvía la trompetilla
acústica no sabía a ciencia cierta si podía ser usada para comer o beber
o simplemente como adorno. Después de una serie de complicados
gestos finalmente la puso en mi oreja y lo que siempre había
escuchado como un delgado hilillo ahora atravesaba mi cabeza como
el bramido de un toro furioso. “¿Puedes oírme Marian?”
En efecto podía, era aterrador.
“¿Puedes oírme Marian?”
Asentí, sin habla, este espantoso ruido era peor que la motocicleta
de Robert.
“Esta magnífica trompetilla va a cambiar tu vida”.
Finalmente dije “Por el amor de Dios no grites me pones nerviosa”.
“¡Un milagro!” dijo Carmela, todavía excitada, luego usando un
tono más bajo, “Tu vida cambiará”.
Ambas nos sentamos y chupamos un caramelo con sabor a violeta
de los que le gustan a Carmela porque perfuman el aliento; me estoy
acostumbrando a ellos a pesar de su sabor más bien desagradable y
comenzando a disfrutarlos por mi afecto a Carmela. Pensamos acerca
de todas las revolucionarias posibilidades de la trompetilla.
“No solamente podrás sentarte a escuchar bella música e
inteligentes conversaciones sino que también tendrás el privilegio de
poder espiar lo que toda tu familia dice acerca de ti, y eso será muy
divertido”. Carmela finalizó su caramelo y encendió un pequeño puro
que reserva para las ocasiones especiales. “Por supuesto debes
mantener en secreto todo lo relativo a la trompetilla porque te la
quitarían si no quieren que oigas lo que dicen”.
“¿Por qué querrían esconder nada sobre mí?” Pregunté, pensando
en la incurable pasión de Carmela por el drama. “No les causo ningún
problema y casi nunca me ven”.
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“Nunca se sabe”, dijo Carmela. “La gente menor de setenta y la
mayor de siete son muy poco de fiar si no son gatos. Todas las
precauciones son pocas. Además, piensa en el estimulante poder de
escuchar a los demás hablar cuando creen que no puedes oírles”.
“Difícilmente no van a ver la trompeta”, dije dubitativa. “Debe ser
una trompa de búfalo, los búfalos son animales muy grandes”.
“Por supuesto no debes dejar que te vean usándola, debes
esconderte en algún lugar y escuchar”. No había pensado en eso,
ciertamente prometía infinitas posibilidades.
“Bueno, Carmela, pienso que es muy amable por tu parte y este
diseño de madreperla floral es de hecho muy bonito, parece
jacobino”.
“También podrás escuchar mi última carta que no he enviado aún
porque estaba esperando para leértela. Desde que robé la guía de
teléfonos de París en el Consulado he incrementado mi producción.
No tienes idea de los bellos nombres de París. Esta carta va dirigida al
Señor Belvedere Oise Noisis, calle de la Rechte Potin, París II
Distrito. A duras penas podría inventar algo más sonoro aunque lo
intentara. Le veo como un frágil caballero, todavía elegante, con una
pasión por los hongos tropicales que cultiva en un armario estilo
Imperio. Viste chalecos bordados y viaja con maletas de color
púrpura”.
“Sabes Carmela que a veces pienso que podrías recibir una
respuesta si no impusieras tu imaginación a personas que nunca
has visto. Señor Belvedere Noise Oisis es sin duda un nombre
encantador, ¿pero supón que es gordo y colecciona canastas de
mimbre? ¿Supón que nunca viaja y que no tiene equipaje, supón que
es un joven con anhelos náuticos? Debes ser más realista creo”.
“A veces tienes una mentalidad muy negativa Marian, aunque sé
que tienes un corazón generoso, no hay razón para que el Señor
Belvedere Oise Noisis haga algo tan trivial como coleccionar cestas de
mimbre. Él es frágil pero intrépido, tengo intención de enviarle
algunas esporas de hongos para enriquecer las especies que ha
mandado desde Himalaya”. No había más que decir así que Carmela
leyó la carta. Pretendía ser una famosa alpinista peruana que había
perdido un brazo tratando de salvar la vida de un cachorro de oso
grizzly atrapado al borde de un precipicio. La osa madre cruelmente le
había arrancado el brazo de un mordisco. Continuaba dando toda
suerte de información acerca de los hongos de las grandes altitudes y
ofrecía enviar muestras. Me parecía que daba demasiadas cosas por
sentado.
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Cuando dejé la casa de Carmela era casi la hora del almuerzo.
Llevé mi misterioso paquete bajo el chal, caminando muy lentamente
para reservar energía. Estaba bastante excitada en ese momento y casi
olvidé que había sopa de tomate para el almuerzo. Siempre me ha
encantado la sopa enlatada de tomate, no la tomamos muy a menudo.
Mi estado de leve euforia me dio la idea de entrar por la puerta
frontal en lugar de hacerlo por la puerta de atrás que es mi
procedimiento habitual. Tuve la tenue idea de robar uno o dos
chocolates de Muriel que esconde tras la librería. Muriel es muy
tacaña con los dulces y no estaría tan gorda si fuera más generosa.
Sabía que había ido al centro a comprar fundas para ocultar las
manchas de grasa en las sillas. Personalmente me disgustan las fundas
y prefiero sillas lavables de mimbre porque son menos deprimentes
que la tela cuando está sucia. Desgraciadamente Robert estaba en
la salita agasajando a dos de sus amigos con cocktails. Todos me
miraron fijamente y apartaron rápidamente la mirada cuando empecé a
explicar que había dado mi usual paseo de los lunes. Mi dicción no era
tan buena como solía ser porque no tenía dientes. Mi monólogo no
había ido muy lejos cuando Robert me cogió rudamente por el brazo y
me arrojó del pasillo a la cocina. Era obvio que estaba furioso, lucía
embarazado al principio y luego furioso. Como Carmela dice, nunca
puedes confiar en personas menores de setenta y mayores de siete.
Como de costumbre tomé mi almuerzo en la cocina y me fui a
mi cuarto a cepillar a Marmeen y Tchatcha, los gatos. Peino a los
gatos cada día para mantener su largo pelaje listo y brillante y reservo
el pelo que saco de los peines para Carmela, que ha prometido tejer
con él un suéter cuando haya suficiente. He llenado ya dos pequeños
tarros de mermelada con el agradable y suave pelo. Me parece un
placentero y económico modo de tener ropa de abrigo para el invierno.
Carmela piensa que un cárdigan sin mangas es una prenda práctica
para cuando hace frío. He tardado cuatro años en rellenar los dos
tarros así que me llevará algún tiempo tener la suficiente lana para
hacer una prenda completa. Sería posible tejerla con un poco de lana
de llama, aunque Carmela dice que eso sería hacer trampa. El primo
de Rosina una vez me trajo como regalo una simple rueca india. He
estado practicando con restos de algodón e hilo bonitas y útiles sogas.
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Cuando tenga suficiente lana de gato para hilar habré aprendido lo
suficiente para hilar hilo fino. Esta es una ocupación emprendedora y
debo decir que sería bastante feliz si no sintiera tanta nostalgia por el
norte. Dicen que puedes ver la estrella Polar desde aquí y que nunca se
mueve. Nunca he sido capaz de encontrarla. Carmela tiene un
planisferio pero no hemos podido descubrir cómo usarlo, y hay muy
pocas personas a quien poder consultar sobre estas materias.
Una vez hube escondido cuidadosamente la trompetilla me dispuse
a realizar mis tareas del mediodía.
La gallina roja parecía estar poniendo otro huevo sobre mi cama y
Marmeen se resistía a tener su cola bien peinada, todo como de
costumbre. La súbita aparición de Galahad en la habitación casi me
hace caer de la silla. La última vez que mi hijo me visitó fue cuando la
cisterna estalló y vino con el fontanero. Se puso de pie en la puerta
murmurando. Supongo que estaba diciendo algo.
Luego puso una botella de Oporto sobre la cómoda, murmuró algo
más y salió. Este sorprendente comportamiento de Galahad me dejó
pensativa hasta la tarde. No se me ocurría ninguna razón que pudiera
explicar su visita. No era mi cumpleaños, y nunca me había hecho un
regalo de cumpleaños; a juzgar por el tiempo, no era Navidad. ¿Por
qué haría tales extravagantes cambios en sus hábitos?
En ese momento no pensé en atribuir ninguna ominosa
interpretación al hecho, simplemente sentía curiosidad y sorpresa.
Por supuesto si hubiera tenido el don de la percepción psicológica de
Carmela podría, incluso entonces, haberme preocupado un poco.
En cualquier caso aunque hubiera previsto los acontecimientos que
siguieron no podía haber hecho nada salvo esperar.
Una buena parte de mi vida la he gastado en esperas, la mayoría de
ellas bastante infructuosas. Últimamente no tenía muchos
pensamientos coherentes, pero en esta ocasión tracé un plan de acción.
Quería encontrar los motivos de la insólita gentileza de Galahad. No
es que de ordinario le falten sentimientos humanos, simplemente
considera la gentileza hacia las criaturas inanimadas una pérdida de
tiempo. Quizás tenga razón, pero por otro lado el cactus magüey me
parece vivo, así que siento que también puedo reclamar su existencia.
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Cuando terminó la tarde y la hora de cenar pasó esperé que Rosina
se retirara y entonces, desenvolví mi trompetilla cuidadosamente, dejé
mi habitación y fui a esconderme en el oscuro pasillo entre la sala y la
cocina. La puerta aquí estaba siempre abierta así que no tuve
dificultad para sacar una bonita fotografía de vida familiar. Galahad
estaba sentado frente a Muriel cerca de la chimenea que tenía unas
brasas eléctricas. Estaba apagada, pues el tiempo no era demasiado
frío. Robert estaba sentado en el estrecho sofá rasgando el periódico
de la mañana en tiras. Las nuevas fundas colgaban diligentemente de
las sillas y el sofá. Eran beis oscuro con franjas, práctico supongo, y
fácil de lavar. Los tres miembros de mi familia estaban enfrascados en
una especie de discusión.
“Incluso aunque nunca volviera a pasar resulta intolerable”, dijo
Robert, tan fuerte que la trompetilla vibró. “Nunca me atreveré a
invitar a ninguno de mis amigos otra vez”.
“Pensé que ya estaba todo decidido”, dijo Galahad. “No tienes
porqué excitarte tanto cuando todos estamos de acuerdo en que estará
mucho mejor en una residencia”.
“Siempre decides todo veinte años demasiado tarde”, dijo
Muriel. “Tu madre ha sido una constante fuente de ansiedad para
nosotros durante los últimos veinte años y has sido lo suficientemente
testarudo e inerte para mantenerla aquí en nuestras manos solo para
satisfacer tu propio sentimentalismo”.
“Muriel, estás siendo injusta”, dijo Galahad débilmente. “Sabes
que nunca tuvimos los medios para mantenerla en una institución
antes de la muerte de Charles”.
“El gobierno proporciona instituciones para los ancianos e
inválidos”, soltó Muriel. “Debería haberse largado hace tiempo”.
“No estamos en Inglaterra”, dijo Galahad. “Las instituciones aquí
no son aptas para seres humanos”.
“La abuela”, dijo Robert, “difícilmente puede ser clasificada como
un ser humano. Es una bolsa babeante de carne descompuesta”.
“Robert”, dijo Galahad sin convicción, “ya vale, Robert”.
“Bueno ya he tenido bastante”, dijo Robert. “Invitar a gente aquí
para una charla normal y una copa y que aparezca el monstruo de
Glamis, farfullando a plena luz del día hasta que tuve que echarla.
Amablemente por supuesto”.
14
“Recuerda Galahad”, añadió Muriel, “esta gente mayor no tienen
sentimientos como tú o yo. Será mucho más feliz en una institución
donde hay la ayuda adecuada para cuidarla. Están muy bien
organizados hoy en día. Este lugar del que te hablé en Santa Brígida
está llevado por la Hermandad del Pozo de Luz y están financiados
por una prominente compañía de Cereales Americana (Cereales para
el Desayuno Rebotando Cía.) Todo está organizado muy
eficientemente y es razonablemente económico”.
“Sí me lo dijiste”, dijo Galahad que parecía aburrido con la
discusión. “Estoy de acuerdo en que parece el tipo de lugar donde
enviarla, estará bastante bien cuidada allí espero”.
“¿Entonces cuando la empaquetamos fuera? Dijo Robert. Podría
convertir esa habitación en un taller para la motocicleta”.
“No hay una prisa desesperada”, dijo Galahad. “Tendremos que
hablar con ella”.
“¿Hablar?” dijo Muriel sorprendida. “No tiene ni idea ni de dónde
está, ni siquiera creo que note el cambio”.
“Podría ser”, dijo Galahad. “Nunca sabes hasta que punto
comprende todo”.
“Tu madre”, replicó Muriel, “está senil. Cuanto antes lo aceptes
mejor”.
Por un instante retiré la trompetilla de mi oído, en parte porque me
dolía el brazo. ¿Senil? sí me atrevo a decir que tienen razón, ¿pero qué
significa senil?
Me apliqué la trompetilla de nuevo al otro oído, “Debería estar
muerta”, dijo Robert. “A esa edad la gente está mejor muerta”.
De vuelta en mi cuarto con el camisón de lana puesto, me di
cuenta de que estaba temblando con una calentura que parecía
pertenecer a otro. El primer terrible pensamiento recurrente fue: “Los
gatos, ¿qué será de los gatos?” luego Carmela, “¿qué pasará con
Carmela los lunes por la mañana, y la gallina roja? ¿y por qué creen
saber que estás mejor muerto? ¿cómo pueden saberlo?” y Oh Querida
Venus (Siempre le rezo a Venus, una estrella tan brillante y
reconocible) ¿qué es la “Hermandad del Pozo de Luz”? suena más
terrorífico que la muerte misma, una hermandad con el sombrío
conocimiento de lo que es mejor para las otras personas y la
determinación de hierro de mejorarlas les guste o no. Oh Venus, ¿qué
he hecho para merecer esto? ¿y qué pasará con los gatos, qué será de
Marmeen y Tchatcha? Nunca convertiré su lana en un cárdigan para
calentar mis huesos, nunca vestiré lana de gato, probablemente llevaré
un uniforme, ninguna gallina roja pondrá un huevo diario sobre mi
cama”.
15
Atormentada por todas estas terribles visiones y pensamientos caí
en algo más cercano a la catalepsia que al sueño.
Naturalmente visité a Carmela al día siguiente para contarle las
horribles novedades. Llevé mi trompetilla, con la esperanza de recibir
algún consejo.
“Hay veces”, dijo Carmela, “que soy clarividente. Cuando vi la
trompetilla en el mercadillo me dije a mí misma ‘es justamente lo que
Marian necesita’. Tuve que comprarla de inmediato, tuve una
premonición. Son terribles noticias, tengo que tratar de pensar en
algún plan”.
“¿Cuál es tu pálpito sobre la Hermandad del Pozo de Luz?”
pregunté. “Me da miedo”.
“La Hermandad del Pozo de Luz”, dijo Carmela, “obviamente es
algo extremadamente siniestro. No supongo una compañía para
transformar señoras mayores en cereales, sino algo moralmente
siniestro. Debo pensar en algo para salvarte de las garras del Pozo de
Luz”. Parecía divertirse sin ninguna razón en absoluto y reía entre
dientes aunque pude ver que estaba bastante molesta.
“¿Piensas que no me permitirán llevar los gatos?”
“Gatos no”, dijo Carmela. “En las Instituciones, de hecho, no está
permitido que te guste nada. No tienen tiempo”.
“¿Qué puedo hacer?” dije. “Sería una lástima cometer un suicidio
cuando ya he vivido durante noventa y dos años y realmente no he
comprendido nada”.
“Puedes escapar a Laponia”, dijo Carmela. “Podríamos tejer una
tienda aquí para que no tengas que comprar una cuando llegues”.
“No tengo dinero, nunca podría llegar a Laponia sin dinero”.
“El dinero es un gran fastidio”, dijo Carmela. “Si yo tuviera
alguno te lo daría y tomaríamos unas vacaciones en la Riviera de
camino a Laponia. Incluso podríamos apostar un poco”.
Ni siquiera Carmela podía darme consejo práctico alguno.
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Las casas son realmente cuerpos. Nos conectamos a los muros,
techos y objetos del mismo modo que a nuestros hígados, esqueletos,
carne y torrente sanguíneo. No soy una belleza, no necesito ningún
espejo que me asegure lo absoluto de este hecho. No obstante me
aferro a muerte a este demacrado bastidor como si se tratase del
límpido cuerpo de la misma Venus. Esto vale también para el patio
posterior y el pequeño cuarto que ocupaba entonces, mi cuerpo, los
gatos, la gallina roja, todos parte de mi cuerpo, de mi propio y
perezoso torrente sanguíneo. La separación de estas cosas tan
conocidas y queridas, sí queridas, era “la muerte y la muerte de
hecho” según la vieja rima de el Hombre de Doble Lenguaje. No
había remedio para esa aguja en mi corazón con su largo hilo de
sangre vieja. Entonces ¿qué pasa con Laponia y su equipo de perros
peludos? Sería también una violación de estos queridos hábitos, sí
efectivamente, pero qué diferente de una institución para decrépitas
señoras mayores.
“En el caso de que te encerraran en un cuarto del décimo piso”,
dijo Carmela encendiendo un cigarro, “podrías coger un montón de
esas cuerdas que tejes, y escapar. Podría esperarte abajo con una
metralleta y un automóvil, un automóvil alquilado claro está, no creo
que resultara demasiado caro por una hora o dos”.
“¿De dónde sacarías la metralleta?” pregunté, intrigada ante la
idea de Carmela armada con tan mortífero artefacto. ¿Y cómo
funcionan? Nunca logramos poner en marcha aquel planisferio.
Supongo que una metralleta será más complicada”.
“Las metralletas”, dijo Carmela, “son la sencillez misma. Las
cargas con un montón de balas y aprietas el gatillo. No necesita una
manipulación intelectual y en realidad no tienes porque dar a nadie. El
ruido impresiona a la gente, creen que eres peligroso si tienes una
metralleta”.
“Realmente podrías ser peligrosa”, repliqué alarmada. “¿Supón
que me das por error?”.
17
“Solamente apretaría el gatillo en caso de absoluta necesidad. Si
soltaran tras de nosotras una manada de perros policía en tal caso
estaría obligada a disparar. Una jauría entera de perros es un blanco
bastante grande, cuarenta perros a una distancia de tres yardas no sería
difícil acertar. Siempre podría distinguirte de un furioso sabueso
policía”.
No me siento muy cómoda con el argumento de Carmela,
“Suponiendo que solo hubiera un perro policía persiguiéndome
alrededor y alrededor en círculos. Fácilmente podrías darme en lugar
de al sabueso”.
“Tú”, dijo Carmela apuñalando el aire con su cigarro, “estarías
descendiendo diez pisos con tu ropa. Los perros me atacarían a mí, no
a ti”.
“Bueno”, dije todavía no muy convencida, “después que dejemos
el patio de ejercicios (habrá un patio de ejercicios supongo, rodeado
por altos muros), plagado de perros policía muertos, ¿qué haremos
luego y dónde iremos?”
“Nos uniremos a una banda en un costoso complejo hotelero y
pincharemos los teléfonos para saber los ganadores de las carreras de
caballos antes de que los corredores de apuestas paguen”.
Carmela se salía por la tangente. Hice un intento de traerla de
nuevo al asunto de nuestra discusión.
“Creí que habías dicho que los animales no estaban permitidos en
las instituciones. ¿Cuarenta perros policías son sin duda animales?”
“Los perros policía hablando con propiedad no son animales. Los
perros policía son animales pervertidos sin mentalidad animal. ¿Los
policías no son seres humanos entonces cómo pueden ser los perros
policía animales?”
Esto era imposible de contestar. Carmela debería haber sido
abogada, era muy buena en debates complicados.
“Podrías asimismo decir que los collies son ovejas pervertidas”,
dije finalmente. “Si mantienen tantos perros en una institución no veo
que diferencia habría con un gato o dos”.
“Piensa en los gatos viviendo en constante angustia en medio de
cuarenta feroces sabuesos policía”.
Carmela mirando fijamente ante ella con expresión agónica, “Su
sistema nervioso no sobreviviría a una situación como esa”. Tenía
razón, por supuesto, como de costumbre.
18
Sintiéndome todavía aplastada por la desesperación, me arrastré de
vuelta a casa. Cuánto echaría de menos a Carmela y sus estimulantes
consejos, los puros, las pastillas con sabor a violeta. Probablemente
me harán chupar vitaminas en una institución. Vitaminas y sabuesos
policía, muros grises, metralletas. No podía pensar coherentemente, el
horror de la situación flotaba en enredadas masas en mi cabeza,
provocándome un dolor como si estuviera llena de espantosas algas.
La fuerza de la costumbre más que mi propia capacidad me llevó a
casa y me senté en el patio trasero. Por extraño que parezca estaba en
Inglaterra y era domingo por la tarde. Estaba sentada con un libro en
un asiento de piedra bajo un macizo de lilas. Cerca una mata de
romero saturaba el aire con su perfume. Jugaban al tenis en las
inmediaciones, el sonido de las raquetas y bolas era bastante audible.
Esto era el jardín holandés hundido. ¿Por qué holandés me pregunto?
¿Las rosas? ¿los geométricos parterres? ¿o quizás por qué está
sumergido? Las campanas de la iglesia repican, es la iglesia
Protestante, ¿hemos tomado el té ya? (sándwiches de pepino, torta de
semillas y almendrados) Sí, el té debe haber terminado.
Mi largo y oscuro cabello es suave como el pelo de un gato, soy
bella. Esto es bastante chocante porque acabo de darme cuenta de que
soy bella y tengo que hacer algo al respecto, ¿pero qué? La belleza es
una responsabilidad como otra cualquiera, las mujeres bellas llevan
vidas especiales como los primeros ministros pero eso no es lo que
realmente quiero, tiene que haber otra cosa… El libro. Ahora puedo
verlo, los Cuentos de Hans Christian Andersen, La Reina de las
Nieves.
La Reina de las Nieves, Laponia. El pequeño Kay haciendo
multiplicaciones en el helado castillo.
Ahora puedo ver que también me han dado un problema
matemático que no puedo resolver aunque lo he estado intentando
durante muchos años. Realmente no estoy aquí en Inglaterra en este
perfumado jardín aunque no desaparece como casi siempre hace, estoy
inventando todo esto y está a punto de desaparecer, pero no lo hace.
Sentirse tan fuerte y feliz es muy peligroso, algo horrible está a
punto de ocurrir y debo encontrar una solución rápidamente.
19
Todas las cosas que amo van a desintegrarse y no hay nada que
pueda hacer para evitarlo a menos que resuelva el problema de la
Reina de las Nieves. Ella es la Esfinge del Norte de crujiente piel
blanca y diamantes en las diez garras de cada pie, su sonrisa está
congelada y sus lágrimas repiquetean como granizo sobre los extraños
diagramas dibujados a sus pies. En alguna parte, alguna vez, debo
haber traicionado a la Reina de las Nieves, ¿seguramente a estas
alturas debería saberlo?
El joven con pantalones blancos de franela ha venido a
preguntarme algo, ¿quiero jugar al tenis? bien, realmente no soy muy
buena ya lo sabes, por eso prefiero leer un libro. No, un libro
intelectual no, solo cuentos de hadas. ¿Cuentos de hadas a tu edad?
¿Por qué no? ¿Qué es edad de todos modos? Algo que no
comprendes, Amor Mío.
Los bosques están ahora llenos de anémonas silvestres, ¿vamos?
No querida, no dije enemas silvestres, dije anémonas silvestres, flores,
cientos y miles de flores silvestres por todo el suelo bajo los árboles
hasta el mirador. No tienen olor pero su presencia es como un perfume
e igual de obsesivo, las recordaré toda mi vida.
¿Te diriges a alguna parte Querida?
Sí, a los bosques.
Entonces ¿por qué dices que las recordarás toda tu vida?
Porque eres parte de su memoria y vas a desaparecer, las
anémonas florecerán eternamente, nosotros no.
Querida deja de filosofar no te sienta bien, hace que tu nariz
enrojezca.
Desde que descubrí que era realmente bella no me importa tener la
nariz roja si mantiene una forma tan bella.
Eres odiosamente vanidosa.
No Querido, no realmente porque tengo un espantoso
presentimiento que desaparecerá antes de que sepa qué hacer con él.
Estoy tan horriblemente asustada que no tengo tiempo de disfrutar de
ser vanidosa.
Eres una maníaca depresiva y me aburriría como una ostra si no
fueras tan bonita.
Nadie podría aburrirse conmigo tengo demasiado espíritu.
20
Demasiado, pero también mucho cuerpo, gracias al Cielo. La luz
verde y dorada de los bosques, mira los grandes helechos. Dicen que
las brujas hacen magia con semillas de helecho, son hermafroditas.
¿Las brujas?
No, los helechos. Alguien trajo aquel colosal abeto azulado del
Canadá, costó millones y millones, qué tontería traer un árbol de
América. ¿No odias América?
No, porqué debería odiar América, nunca he estado allí, son
espantosamente civilizados.
Bien odio América porque sé que si alguna vez entras nunca
podrás salir y llorarás toda tu vida por las anémonas que nunca
volverás a ver.
Quizás América está cubierta de cabo a rabo de flores silvestres,
sobre todo anémonas por supuesto.
Sé que no es así.
¿Cómo es posible que lo sepas?
No la parte de América en que estoy pensando. Hay otras clases de
plantas, y polvo. Polvo, polvo. Probablemente unas pocas palmeras y
vaqueros galopando aquí y allá sobre vacas.
Montan a caballo.
Bueno, caballos. ¿Qué importa cuándo estás tan enfermo por
volver al hogar de nuevo que no notarías si estuvieran montando
cucarachas?
Bueno, no tienes que irte a América, así que alégrate.
¿No? Quién sabe, algo me dice que voy a ver buena parte de
América y que estaré allí muy triste a menos que ocurra un milagro.
Milagros, brujas, cuentos de hadas, ¡madura Querida!
Puedes no creer en la magia pero en este mismo momento algo
muy extraño está pasando. Tu cabeza se ha disuelto en el aire y puedo
ver los rododendros a través de tu estómago. No es que estés muerto o
algo dramático por el estilo, simplemente te estás desvaneciendo y ni
siquiera puedo recordar tu nombre. Recuerdo tus franela blancos
mejor de lo que puedo recordarte a ti. Recuerdo todas las cosas que
sentí sobre el franela blanco pero sobre quien quiera que los hacía
caminar ha desaparecido totalmente.
Conque me recuerdas como un traje de lino rosado sin mangas y
mi rostro se confunde con docenas de otros rostros, ni siquiera tengo
nombre. ¿Por qué entonces tanto alboroto con la individualidad?
21
Me pareció oír a la Reina de las Nieves reír, rara vez ríe.
Allí estaba yo cabeceando en mi terrible y vieja carcasa y Galahad
estaba tratando de decirme algo. Estaba gritando al tope de su voz:
“No, no estoy invitándote a jugar al tenis, estoy tratando de decirte
algo muy agradable e importante”.
¿Agradable? ¿Importante?
“Te vas de vacaciones, Madre. Te vas a divertir mucho”.
“Querido Galahad, no me cuentes estúpidas historias. Vais a
mandarme a un hogar para mujeres seniles porque todos piensan que
soy una repulsiva bolsa vieja y me atrevo a decir que desde su punto
de vista tienen razón”.
Se quedó murmurando, mirándome como si hubiera sacado una
cabra viva de mi gorro.
“Esperamos que seas razonable en todo esto”, gritó al final.
“Estarás muy a gusto y tendrás mucha compañía”.
“Mi querido Galahad, ¿me pregunto qué consideras ser
irrazonable? ¿Quiere decir que podría echar la casa abajo ladrillo por
ladrillo y estamparlos? ¿Arrojar la televisión desde el techo? ¿Montar
desnuda en la repulsiva motocicleta de Robert? No, Galahad. No
tengo la fortaleza para ninguna de esas reacciones. No tengo
absolutamente elección salvo ser lo que tú llamas razonable, no tienes
que preocuparte”.
“Ya verás, serás muy feliz Madre, tendrás toda clase de
interesantes pasatiempos y un entrenado personal que vigilará que
nunca estés sola”.
“Nunca estoy sola, Galahad. O mejor dicho nunca sufro de
soledad. Sufro más por la idea de que mi soledad me pueda ser
arrebatada por un grupo inmisericorde de gente bien intencionada. Por
supuesto no espero que me comprendas jamás, todo lo que pido es que
no imagines que me estás persuadiendo cuando en realidad me estás
forzando contra mi voluntad”.
“Realmente Madre, se trata de tu propio bien, sé que lo apreciarás
más tarde”.
“Lo dudo mucho. En todo caso, nada de lo que diga cambiará tu
opinión, así que ¿cuándo debo irme?”
“Bueno, hemos pensado que podríamos llevarte el martes, solo a
echarle un vistazo. Si no estás satisfecha con el lugar puedes volver
directa a casa”.
22
“Hoy es domingo”.
“Sí hoy es domingo. Me alegra verte animada Madre, verás qué
buenos ratos vas a pasar, harás muchos amigos y ejercicio saludable
en Santa Brígida. Es casi como el campo ya verás”.
“¿Qué quiere decir ‘ejercicio saludable’?” pregunté, presa de la
horrible premonición de que pudieran tener un equipo de hockey;
nunca se sabe con la terapéutica moderna. “Hago un montón de
ejercicio aquí”.
“Deportes organizados de algún tipo”, replicó Galahad,
confirmando mis temores. “Vas a sentirte como una niña de dos años
después de un mes o dos”.
No era capaz de mantener mi respiración adecuadamente, me
quedé callada para reservar energía, tenía muchas cosas que averiguar
antes de caer redonda en la tumba. Además argumentar con Galahad
era obviamente estéril. Continuó hablando por algún tiempo pero ya
no escuchaba lo que decía porque había dejado de gritar.
Hace unos cincuenta o sesenta años compré un práctico baúl de
lata en el barrio judío de Nueva York. Este baúl ha resistido el paso del
tiempo en toda clase de diferentes servicios. Recientemente lo he
estado usando como mesa de té cuando Carmela viene a visitarme.
Solo esperaba empacarlo de nuevo cuando partiera para Laponia.
Nunca puedes estar segura del futuro. No había abierto el baúl desde
hace unos siete años, debió ser cuando Carmela me dio una botella
con una pócima para dormir que hizo ella misma y que nunca me
atreví a probar. La botella estaba todavía en el fondo del baúl y se
había vuelto un sedimento cristalino que parecía extraordinariamente
venenoso, tenía un tinte pardusco con un cultivo de hongos grises
alrededor de la tapa. Decidí dejarla igual, nunca sabes lo que puede
resultar útil, nunca tiro nada. El baúl por dentro estaba hecho de
madera sólida y empapelado con un diseño de buen gusto que estaba
ligeramente manchado en algunas partes.
El primer objeto que coloqué al lado de la pócima para dormir fue
desde luego la trompetilla fatal. Lo que me hizo pensar en el Arcángel
Gabriel aunque creo que se supone que la tocaba y no escuchaba a
través de ella, esto, según la Biblia, sería el último día cuando la
humanidad se acerque a la catástrofe final. Extraño como la Biblia
siempre parece terminar en miseria y cataclismo. A menudo me
pregunto cómo este Dios iracundo y vicioso se ha vuelto tan popular.
23
La humanidad es muy extraña y no pretendo comprender nada, sin
embargo ¿por qué adoran algo que solo manda plagas y masacres?
¿y por qué a Eva se le echa la culpa de todo?
Luego tuve que abrir la cómoda y sacar las cosas, y todas las cajas
de cartón con sus diferentes etiquetas, mermelada, vidrio, judías
enlatadas, salsa de tomate. No contenían, desde luego, lo que las
etiquetas decían, sino diferentes trastos que se van acumulando con el
tiempo.
Una tiene que ser muy cuidadosa al escoger las cosas que se lleva
cuando se va para siempre, algo aparentemente inútil puede resultar
esencial bajo circunstancias específicas. Decidí empacar como si me
fuera a Laponia. Había un destornillador, un martillo, clavos, alpiste,
un montón de cuerdas que yo misma había hecho, algunas tiras de
cuero, partes de un reloj despertador, agujas e hilo, una bolsa de
azúcar, fósforos, cuentas de color, conchas marinas y así
sucesivamente. Finalmente metí unas cuantas prendas para evitar que
las cosas sonaran dentro del baúl.
A sabiendas de que Muriel era una entrometida profesional y para
evitar una posible revisión de mis pertenencias, llené las cajas de
cartón vacías con piedras del patio trasero y las até de nuevo con
cuerdas, de modo que pareciera que había dejado toda mi miscelánea
colección atrás. Muriel calificaría todo como “basura” y lo arrojaría
fuera.
Por supuesto sabía que no iba a sobornar a los esquimales, pero
puse todo dentro como si fuera a hacerlo. Las instituciones así como el
lejano Norte están aislados de la civilización y nunca sabes lo que la
gente puede desear. No fui educada en un colegio de monjas para
nada.
El tiempo, como todos sabemos, pasa. Que regrese de la misma
manera es bastante dudoso. Un amigo mío a quien no he mencionado
hasta ahora debido a su ausencia me dijo que un universo rosado y
uno azul se cruzan mutuamente en partículas como dos enjambres de
abejas y cuando un par de abejas de diferente color chocan entre ellas
los milagros suceden. Todo esto tiene algo que ver con el tiempo
aunque dudo que pueda explicarlo coherentemente.
24
Este amigo en particular, el señor Marlborough, ha estado
viviendo en Venecia con su hermana de modo que no le he visto hace
mucho tiempo. El señor Marlborough es un gran poeta y ha alcanzado
la fama en años recientes. A veces he pensado en escribir poesía yo
misma pero encontrar palabras que rimen entre ellas es difícil, como
tratar de conducir una manada de pavos y canguros por una concurrida
vía pública y mantenerlos perfectamente juntos sin que se detengan a
mirar los escaparates. Hay tantas palabras, y todas significan algo.
Marlborough me contó que su hermana está lisiada de nacimiento
aunque lo dice tan misteriosamente que a veces me pregunto qué es lo
que realmente le pasa.
Si recuerdo correctamente los escritores usualmente encuentran
algunas excusas para sus libros, aunque realmente no sé porqué debes
excusarte a ti mismo por tener una ocupación tan tranquila y pacífica.
Los militares al parecer nunca se disculpan por matarse entre ellos sin
embargo los novelistas se sienten avergonzados por escribir algunos
hermosos e inertes libros en papel que no es seguro que vayan a ser
leídos por nadie. Los valores son muy extraños, cambian tan
rápidamente que no puedo seguirlos.
Digo todo esto porque pienso que podría escribir algunos poemas
después de todo. Creo que una balada sería bastante mi estilo, con
versos cortos y simples, algo así:
No hay nada sobre el suelo,
Aunque he mirado puerta a puerta.
Abandonada por mis parientes y amigos
No les dejaré ni un imperdible.
Nada pretencioso con largas palabras. Es solo un ejemplo, de hecho
preferiría algo más romántico.
Con todos estos pensamientos zumbando en mi cabeza como arena
a través de un tamiz continué empacando. Fue un trabajo bastante
largo pero no deseaba dormir, estaba demasiado preocupada.
Dormirse y despertar no son del todo tan distintos como solían
serlo, a menudo los confundo. Mi memoria está llena de toda clase de
cosas que no están, quizás, en orden cronológico, pero hay mucho de
eso. Me enorgullezco de tener una excelente facultad, la de los
recuerdos misceláneos.
25
Los gatos cantaban himnos a la luna.
En la orilla del mar solo una cuchara de plata,
Esta imagen rimada nunca fue acabada, debí quedarme dormida
después de todo.
Santa Brígida es un suburbio al extremo sur de esta ciudad. En
realidad es una antigua aldea hispano-india vinculada por estaciones
de servicio y factorías a la metrópolis. Unas casas son de adobe y otras
de piedra maciza, las calles empedradas y estrechas, bordeadas por
árboles y altos muros que ocultan mansiones coloniales y parques. El
lugar tiene cierto encanto cuando no huele tan fuertemente durante los
días húmedos al papel de la fábrica Gómez y Compañía. Basta una
gota de lluvia para que todo el lugar quede invadido por un hedor
espantoso.
La última casa de la calle Albahaca era la Institución. Era bastante
diferente a cualquier cosa que Carmela y yo hubiéramos imaginado.
Había muros, naturalmente, pero todo lo demás era diferente. Desde
fuera no se podía ver gran cosa salvo unas grandes paredes antiguas
sobre las que goteaban plumbagos y yedras. La puerta frontal era una
mole de madera maciza reforzada con herrajes que alguna vez podrían
haber sido cabezas. Debieron ser frotados porque aparecían casi lisos.
Solo pude ver una torre que sobresalía sobre un piso por encima del
muro. Todo esto parecía más un castillo medieval que el hospital o
prisión que esperaba.
La señora que nos hizo entrar era tan sorprendentemente diferente
de la inmaculada guardiana que esperaba que no podía dejar de
mirarla. Era un tanto más joven que yo, diría que unos diez años;
vestía un par de pantalones de pijama de franela, un esmoquin de
caballero y un suéter gris con cuello de tortuga. Tenía más bien mucho
pelo que salía de debajo de una gorra de marinero que llevaba inscritas
las palabras H. M. S. Pulgarcita, y una corona. Parecía muy excitada y
no paraba nunca de hablar. Galahad y Muriel trataban de hacer un
comentario de vez en cuando pero no les dejaba meter baza.
26
Primeras impresiones nunca suelen ser muy claras, solo puedo
decir que parecía haber varios patios, claustros, fuentes estancadas,
árboles, arbustos, jardines. El edificio principal era en efecto un
castillo, rodeado de varios pabellones de formas incongruentes.
Viviendas de las que les gustan a los duendes con forma de seta,
chalets suizos, vagones de ferrocarril, uno o dos bungalós corrientes,
algo con forma de bota, otro que tomé por una sobredimensionada
momia egipcia. Todo era tan extraño que por un momento dudé de la
veracidad de mi observación. Nuestra guía continuó hablando
excitadamente y parecía explicarme algo a mí, ignorando a Muriel y
Galahad. Podía ver el asombro escrito en sus rostros, pero lo cierto es
que las molestias que se habían tomado para traer mi baúl les prevenía
de cambiar de opinión.
Después de caminar durante mucho tiempo llegamos a una torre
que estaba sola en medio de un huerto. No era la torre del edificio
principal. Era una nueva torre de no más de tres plantas de altura y
encalada. Tenía una cierta semejanza con un faro, algo que
difícilmente esperarías en un jardín. Nuestra guía abrió la puerta y,
después de hablar durante un cuarto de hora, nos dejó entrar. Este
extraordinario lugar era evidentemente donde se supone que iba a
vivir. El único equipamiento real era una silla de mimbre y una
pequeña mesa. Todo el resto estaba pintado. Quiero decir que las
paredes estaban pintadas con el equipamiento que no estaba allí. Era
tan ingenioso que casi caí al principio. Traté de abrir el armario
pintado, una estantería con libros y sus títulos. Una puerta pintada y
un estante con toda clase de ornamentos. Todo este equipamiento
unidimensional provocaba un extraño efecto depresivo, como una
nariz golpeando contra una puerta de cristal.
No pasó mucho tiempo antes de que Galahad y Muriel se fueran,
pero nuestra acompañante permaneció, hablando como una loca. Me
preguntaba si sabría que no podía escuchar ni una palabra de lo que
decía. Pero la verdad es que habría sido imposible comunicar nada a
través del torrente de palabras, aunque mi enunciación hubiera sido
fuerte y pesada. Finalmente la dejé sola hablando todavía y subí las
escaleras para examinar el resto de la torre. Había un cuarto con una
ventana real, una cama y un ropero. Las paredes no estaban decoradas.
En la esquina había una escalera que conducía a una trampilla que
decidí dejar para otra ocasión, me sentía débil después de tanto
esfuerzo.
27
Fui capaz de hacer veinticinco viajes subiendo y bajando escaleras
y desempacar por completo mi baúl y todavía seguía hablando. Decidí
correr el riesgo de usar mi trompetilla. El baño estaba en la planta baja
y era un buen lugar para testar la acústica.
“No es que significara una gran diferencia porque aquí no se le
permitía en ningún caso por los patos. Me envió una hermosa larga
carta, sin embargo, y debería haber leído cómo persiguió a un chacal
durante diez kilómetros”.
“Es casi la hora del té y el Dr. Gambito espera que estemos
reunidos antes de que suene la campanilla. El Dr. Gambito es una
persona altamente irrazonable en lo concerniente al tiempo así que lo
mejor es que nos demos prisa. Personalmente pienso que el tiempo
carece de importancia y cuando pienso en las hojas en otoño y la
nieve, la primavera y el verano, los pájaros y las abejas me doy cuenta
de que el tiempo carece de importancia, sin embargo la gente le da
tanta importancia a los relojes. Ahora creo en la inspiración, una
conversación inspirada entre dos personas con cierta misteriosa
afinidad puede acarrear más alegría en la vida que incluso el tipo más
caro de reloj. Desgraciadamente hay muy pocas personas inspiradas y
una tiene que retroceder hasta su propia reserva de fuego vital, esto es
de lo más extenuante especialmente cuando, como sabes, tengo que
trabajar día y noche incluso si todos mis huesos me duelen y mi
cabeza da vueltas y me desmayo de fatiga y nadie comprende mi lucha
a muerte para mantenerme en pie y no perder mi inspirada alegría de
vivir incluso si tengo palpitaciones en el corazón y me conducen como
a una pobre bestia de carga a menudo me siento como Juana de Arco
tan terriblemente incomprendida y todos esos terribles cardenales y
obispos atosigando su pobre mente agonizante con tantas preguntas
innecesarias. No puedo evitar sentir una profunda afinidad con Juana
de Arco y a menudo siento que soy quemada en la hoguera solo por
ser tan diferente de todos los demás porque siempre he rehusado
renunciar a este maravilloso extraño poder que llevo dentro de mí y
que empieza a manifestarse cuando estoy en armoniosa comunicación
con otro ser inspirado como yo”.
28
Hice varios intentos fútiles de decirle que de todo corazón estaba
de acuerdo con su filosofía de vida. También quise preguntarle si
podía llevar mi trompetilla al té sin provocar demasiados comentarios
pero fue imposible, continuó hablando aunque de pie frente a ella
continuaba abriendo y cerrando mi boca esperanzadamente. Además
empezaba a preocuparme el Dr. Gambito al que le disgustaba que las
personas llegaran tarde al té pero mi acompañante no daba señales de
moverse y estaba parada bloqueando la única salida. Podríamos no
tomar té alguno si no íbamos inmediatamente. Esto sería muy
desagradable. Suponiendo que solo dieran merienda y no cena, tendría
hambre hasta el desayuno.
“Si tan solo la gente en este mundo se diera cuenta de la
importancia de comprenderse entre sí. Ahora por ejemplo, nadie me
comprende aquí, ni siquiera hacen un esfuerzo por compartir una
pequeña parte de la terrible carga de trabajo que me aplasta como a
Juana de Arco. Sin embargo mi fuente de inspiración permanece
intacta porque la capacidad de lucha está dentro de mí. Burbujas de
ideas puramente creativas brotan de mí, doy, doy, doy, sin embargo
otras personas no comparten esta facultad para la comprensión.
Arrojan sobre mí más y más trabajo, cuando me levanto por las
mañanas me invade una terrible náusea porque estoy sobrecargada de
trabajo, el simple exceso de trabajo es suficiente para desangrarte.
Soy tan alocadamente generosa que todo el mundo se aprovecha de mí
todo el tiempo y todas las interminables tareas del día (y de la noche)
son colocadas sobre mis hombros”.
Esto era de lo más alarmante, ¿qué clase de terrible trabajo había
trastornado a la pobre mujer? ¿Tendría que trabajar también día y
noche hasta que no pudiera parar de hablar? Quizás la hagan alimentar
de carbón una enorme caldera, probablemente mantienen un
crematorio privado, la gente mayor se muere. Tal vez tengan también
una cuadrilla de presos y tendremos que picar piedra y cantar salomas
(esto explicaría porqué lleva la gorra de marinero). Todas estas
extrañas cabañas de afuera comenzaban a tener un significado
siniestro. Bungalós de canción de cuna para inducir a pensar a las
familias de las señoras mayores que llevamos una vida infantil y
pacífica y entre bastidores un enorme crematorio y una cuadrilla de
presos.
29
Empecé a sentirme mal y a dejar de importarme si nos perdíamos
el té después de todo. Mi brazo estaba paralizado de sostener la
trompetilla pero algún tipo de infeliz fascinación me impedía
quitármela y caer de nuevo en lo que ahora me parecía un
bendito silencio. En alguna parte a lo lejos sonó una campana y, sin
dejar de hablar, mi acompañante me cogió por el brazo y nos
dirigimos hacia el edificio principal. Mantuve la trompeta en mi oído
como si estuviera hipnotizada. Su charla era como la rueda de la
fortuna que tiene ciertas variaciones pero que siempre vuelve al
mismo punto. Su entusiasmo nunca desfallecía, ni tampoco la
expresión de intensa sinceridad de su agradable rostro arrugado.
Después supe que el nombre de mi acompañante era Anna Wertz.
No me lo dijo ella misma pues nunca habría tenido tiempo para
comunicar algo tan práctico y banal.
El salón comedor era una amplia estancia panelada con ventanales
que se abrían hacia el jardín. Cortinas de terciopelo verde algo
desgastadas por el uso nos separaban de otro gran salón en el cual
todo estaba cubierto de cretona. Llegamos justo a tiempo para ocupar
nuestro lugar mientras los demás se sentaban. Estaba situada entre
Anna Wertz y otra señora. Estábamos sentadas en fila dando la
espalda a los ventanales y esto me dio una sensación de claustrofobia.
Por un día o dos las nueve personalidades de mis nuevas
compañeras fueron algo confusas. Todas eran bastante diferentes por
supuesto, pero lleva tiempo distinguir a la gente. Después de un breve
primer examen no me atrevía a mirar muy de cerca al Dr. Gambito,
temerosa de parecer insolente. Se sentaba a la cabeza de la mesa, lo
cual era natural supongo, siendo el único caballero presente.
La primera impresión que me dio fue la de ser calvo, casi
completamente calvo, muy voluminoso y nervioso. Era difícil ver sus
ojos pues llevaba unos gruesos anteojos. Cuando finalmente pude
espiar tras sus gruesas lentes vi que tenía unos dulces ojos verdes de
oscuras pestañas, bastante incongruentes en una cara semejante;
parecían los ojos de un niño. Eran ojos que miraban a ninguna parte.
Supongo que era tan miope que había poco que pudiera ver de todos
modos, pobre hombre.
Tan pronto como estuvimos frente a nuestra ración de mermelada
de fresa y dos rebanadas de pan Anna Wertz se lanzó inmediatamente
a algo que pudo haber sido un discurso.
30
“Silencio, Anna Wertz, permanezca callada”, dijo el Dr. Gambito,
tan de improviso y con una voz nasal tan penetrante que dejé caer mi
cuchara. Aun sin la trompetilla pude oírlo perfectamente.
“Hoy en honor a un nuevo miembro de Nuestra Pequeña Sociedad,
voy a delinear los principios básicos del Salón Luminoso. La mayoría
de vosotras lleva aquí un tiempo y estáis familiarizadas con nuestro
Propósito. Buscamos seguir el significado interno de la Cristiandad y
comprender la Enseñanza Original del Maestro. Me habéis oído
repetir estas frases muchas, muchas veces, sin embargo ¿realmente
captamos el significado de tal Obra? Obra es y Obra permanecerá.
Antes de que comencemos a percibir un débil rayo de Verdad
debemos esforzarnos durante muchos años y perder la fe una
y otra vez antes de que la primera recompensa nos sea concedida”.
Advertí que tenía un ligero acento extranjero que era difícil de
situar. No obstante su voz nasal era tan audible como cualquier sirena.
Parecía inspirar gran respeto a todo el mundo, todas masticaban su
comida y miraban sus platos con gesto serio.
Mientras hablaba tuve ocasión de examinar un gran óleo colgado
en la pared que estaba frente a mí. La pintura representaba a una
monja con una cara muy extraña y maliciosa.
“Estos principios aparentemente simples, pero infinitamente
difíciles, son el núcleo de Nuestra Enseñanza”, continuó el Dr.
Gambito. “Hay dos pequeñas palabras que siempre proveerán la Clave
para la comprensión de la Cristiandad Interna. Recuerdo de Sí, amigas
mías, son las palabras que debemos empeñarnos en mantener
presentes a través de todas nuestras actividades diarias”.
El rostro de la monja de la pintura al óleo estaba tan curiosamente
iluminado que daba la impresión de guiñar un ojo, aunque esto era
difícilmente posible. Debía tener un ojo ciego y el pintor reflejó su
enfermedad de forma realista. Aún así la idea de que estaba guiñando
persistió, me estaba guiñando con la más desconcertante mezcla de
burla y malevolencia.
“El Recuerdo de Sí no debe, sin embargo”, continuó el doctor,
“convertirnos en deprimentes fanáticos. Podemos recordarnos a
Nosotros Mismos y ser excelentes y alegres compañeros al mismo
tiempo”. La idea de que el Dr. Gambito fuera alegre era más bien
horripilante así que dediqué una mirada a Anna Wertz para disipar tal
imagen. Miraba su plato, absolutamente furiosa.
31
Una o dos señoras preguntaron al Dr. Gambito y tímidamente
apliqué mi trompetilla para que pudieran ver que las estaba prestando
un inteligente interés. La primera de las señoras que habló llevaba una
blusa a rayas bastante elegante y un chaleco y tenía su pelo cortado
como el de un hombre. Luego supe que se trataba de una marquesa
francesa llamada Claude de la Checherelle. Esto me impresionó
profundamente pues en toda mi vida había conocido a muy pocos
aristócratas.
“¿Deberíamos tratar de hacer Recuerdo de Sí mientras jugamos a
serpientes y escaleras?” preguntó.
“Debemos hacer Recuerdo de Sí a todas horas y en todas las
ocupaciones o recreos”, replicó el doctor. Noté que sus anteojos
echaban un vistazo interesado a mi trompetilla.
Una señora menuda de expresión preocupada y cabello escaso y
suave fue la siguiente en hablar. Vi que trataba de dominar su
azoramiento. “Usted sabe doctor, que en efecto hago grandes
esfuerzos pero con frecuencia olvido Recordarme a Mí Misma, y es
muy humillante”.
“El simple hecho de observar esta falta en tu propio carácter es ya
una mejoría”, dijo el Dr. Gambito. “Nos Recordamos a Nosotros
Mismos a fin de tratar de crear una observación objetiva de la
Personalidad”.
“Bueno seguiré intentando ser más sincera para mejorar a pesar de
que me doy cuenta de que tengo una naturaleza terriblemente débil”.
Se la veía, sin embargo, muy contenta. Me preguntaba si había hecho
su propia blusa, que era rosa con un lazo azul en el cuello. Siempre
admiré a la gente que sabe coser. Carmela era una costurera
admirable. Pero será mejor no pensar todavía en Carmela.
Se estaban levantando de la mesa y tuve el tiempo justo de
meterme en la boca el último bocado de pan antes de ser recibida por
la marquesa francesa. “Claude de la Checherelle”, dijo, extendiendo
su mano de una manera franca y amistosa. Si hubiera sabido entonces
que era una marquesa me habría azorado por tener mi boca llena, sin
embargo no lo sabía, así que tragué el pan sin ahogarme y dije
“Buenas tardes” cortésmente.
32
“Déjame decirte”, dijo, cogiéndome firmemente por el brazo,
“cómo derrotamos al ejército alemán en África allá por el año
cuarenta y uno. Fue hace muchos años pero el recuerdo permanece
vívido…”
Así fue una de las típicas reuniones para el té en el Salón. Hay
pocas actividades humanas que puedan mantenerse típicas por mucho
tiempo, no obstante.
Tres días pasaron antes de que tuviera mi primera entrevista
privada con el Dr. Gambito. Durante ese tiempo comencé a diferenciar
la identidad de mis otras compañeras e incluso llegué a conocerlas un
poco. En total diez de nosotras estábamos por encima de setenta y por
debajo de cien. La habitante más vieja tenía noventa y ocho. Su
nombre era Verónica Adams. Había sido artista en su tiempo y todavía
continuaba pintando acuarelas a pesar de que estaba completamente
ciega. El hecho de que no pudiera ver lo que estaba haciendo no le
impedía hacer una gran producción de obras sobre el ordinario papel
higiénico destinado a nuestro uso. Tomaba la medida de una yarda al
día y de esta manera no pintaba siempre sobre lo que había hecho el
día anterior.
Después de Verónica por orden de edad estaban Christabel Burns,
Georgina Sykes, Natacha González, Claude la Checherelle (la
marquesa ya mencionada), Maude Wilkins, Vera Van Tocht, Anna
Wertz.
Nuestra actividad diaria era supervisada por la Sra. Gambito, que
se pasaba la mayor parte del tiempo en cama con dolor de cabeza, de
modo que estábamos a nuestro aire. Cada vez que aparecía, sin
embargo, la atmósfera se volvía notablemente tensa. Todas teníamos
miedo de ella a pesar de su sonrisa constante.
Aparte del Dr. y la Sra. Gambito y tres sirvientes nadie,
aparentemente, vivía en el edificio principal. Todas ocupábamos
nuestra cabaña individual, o bungalós como las llamaban. Pasaron
varias semanas antes de que averiguara quién vivía en la torre del
castillo y para entonces ya conocía a todo el mundo y los alojamientos
asignados a cada quien; a todo el mundo, excepto la persona que vivía
en la torre.
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Verónica Adams vivía en la cabaña con forma de bota que me
había sorprendido cuando llegué por primera vez; Anna Wertz
ocupaba un chalet suizo que en una observación más cercana resultó
ser un reloj de cuco. No, desde luego, un reloj de cuco que realmente
funcionara, pero había un pájaro de plomo mirando por una ventana
bajo el techo. La ventana no era una ventana real, en realidad estaba
modelada en la pared de la cabaña y no miraba hacia dentro ni hacia
afuera ni hacia nada. La marquesa vivía en un hongo rojo con puntos
amarillos. Tenía que trepar por una escalerilla para entrar y esto debía
ser muy incómodo.
Maude, a quien mencioné durante la primera reunión para tomar el
té, y que hacía sus propios vestidos, muy ingeniosamente creo usando
patrones de papel marrón, compartía habitaciones con Vera Van Tocht,
en un doble bungaló que debió haber sido alguna vez una tarta de
cumpleaños. Originalmente la habían pintado de color rosa y blanco
pero estos colores no habían podido resistir las lluvias del verano.
Había una vela de cemento en el techo con una llama de cemento que
era difícil de reconocer al principio porque la pintura amarilla de la
llama de la vela se había vuelto verde oscuro. Algunas veces pensaba
que la cabaña tarta de cumpleaños debía haber mejorado con el tiempo
y esperaba que nunca fuera repintada con los colores originales.
Georgina Sykes ocupaba una carpa de circo, o más bien una
representación en cemento de una carpa con franjas rojas y blancas.
Las palabras “tre y isfrute el áculo” estaban pintadas sobre la puerta, y
durante mucho tiempo pensé que eran unas misteriosas palabras
extranjeras. En realidad decía “Entre y disfrute el espectáculo”, pero el
tiempo y la hiedra habían cubierto las palabras.
Natacha González tenía un iglú de esquimal.
Durante el buen tiempo había una cantidad de bancos de concreto
para sentarse en el jardín. No, por supuesto, no pasábamos la mayor
parte de nuestro tiempo sentadas. Siempre teníamos mucho que hacer,
jardinería, cocina y otras ocupaciones la mayoría de naturaleza
doméstica.
Mi lugar preferido era el que llamábamos el estanque de las
abejas. En realidad era una fuente de aguas estancadas cubierta de lilas
acuáticas y encerrada entre paredes bellamente cubiertas de geranios
blancos, rosas silvestres y jazmines. Este lugar aislado era la guarida
de millares de abejas melíferas que zumbaban durante todos los días
cálidos a su aire. Podía sentarme entre las abejas durante horas y horas
y sentirme feliz, aunque porqué me gustaban tanto no sabría decirlo.
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Durante las horas de la mañana estábamos ocupadas, si bien me di
cuenta de que Anna Wertz estaba a menudo echada en su tumbona
frente al reloj de cuco tomando sol. Cuando no estaba en su tumbona,
única en su género en el Salón, estaba parada a la puerta de la cabaña
de alguien hablando. Esto parecía enojar a algunas personas pero
personalmente me acostumbré a ello.
En la tarde del segundo día, más adelante perdí la noción del
tiempo, recibí una visita de Georgina Sykes. Entonces no sabía su
nombre y la identificaba por su estatura. Era más alta que nadie y
vestía ropa muy elegante con una alegre soltura que no pude menos
que admirar. Aquel día, recuerdo, iba vestida con un largo kimono
negro y pantalones rojos, estilo chino. Me impactó porque me pareció
muy elegante. Su cabello estaba cortado en una melena corta y aunque
ya no era abundante estaba arreglado ingeniosamente para cubrir una
pequeña calva dando la impresión de un peinado informal de paje. Sus
ojos debieron ser grandes y bellos antes del colgante de carne malva
reunido debajo. Sin embargo aún conservaban una expresión bastante
atrevida, acentuada por el rimmel aplicado con cierta imprecisión
alrededor de los párpados.
“Hay momentos en que este lugar me saca de quicio”, oí decir a
Georgina después de haberme aplicado la trompetilla. “La bestia de la
mujer de Gambito quiere hacerme pelar patatas pero me resulta
imposible gorronear en la cocina cuando me acabo de hacer las uñas”.
Para mi sorpresa también llevaba un esmalte de uñas rojo que casi
cubría la parte superior de sus grandes dedos huesudos.
“Pensaba que la Sra. Gambito era una persona bondadosa”, dije.
“Sonríe tanto”.
“La llamamos Rachel Rictus”, dijo Georgina aplastando un
cigarrillo sobre mi mesa. “Su nombre es Rachel, su sonrisa un Rictus.
Es una criatura peligrosa y horrible”.
“¿En qué sentido es peligrosa?” mi mente regresó al invisible
crematorio. Sentí ansiedad de nuevo. Me preguntaba si la Sra.
Gambito asumía los castigos de los reclusos Luminosos.
“Me detesta totalmente por el doctor. Es un tipo libidinoso y me
mira y me mira durante las comidas, esto le hace a Rachel Rictus
retorcerse de furia. Y claro está ¿cómo puedo impedir a la bestia de su
marido que me devore durante las comidas?” Georgina encendió otro
cigarrillo con una sonora risotada de alegría, “Y siempre está
inventando excusas para hacerme entrar en su gabinete para charlar
más cómodos”.
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Todo esto me parecía muy extraño. El Dr. Gambito era un
hombre de mediana edad por lo menos cuarenta años más joven que
Georgina. No obstante nunca se sabe con la naturaleza humana y en
mis tiempos me he llevado demasiadas sorpresas que no esperaba en
todos los órdenes de mi vida.
“¿Qué tipo particular de medicina es la especialidad del doctor?”
pregunté tratando de disimular mi sorpresa, que sería descortés.
“Gambito es una especie de Psicólogo Santificado”, dijo Georgina.
“El resultado es la Sagrada Razón, como las Freudianas mesas
giratorias. Bastante aterrador y tan falso como el Infierno. Si se
pudiera salir de este hoyo dejaría de ser importante, siendo el único
macho de los alrededores, ya sabes. Todas estas mujeres, es realmente
demasiado tremendamente horrible. El lugar está tan plagado de
ovarios que dan ganas de gritar. También podríamos estar viviendo en
una colmena de abejas”.
Nuestra charla fue interrumpida en ese momento por la Sra.
Gambito que apareció en el dintel con un balde de patatas.
Sinceramente deseé que no hubiera escuchado nuestra conversación.
“Hay al menos dos miembros de la comunidad que faltan a las
tareas matinales”, dijo, presionando su mano en la frente, con
expresión agonizante. “Es posible que tenga que hacerlo todo sola
mientras estáis todas sentadas alrededor chismorreando. Todo es
posible. Pero para vuestro provecho no puedo permitir que el hábito
de la pereza mate las pocas posibilidades que aún os quedan de salvar
vuestras almas. O lo que pudiera convertirse en almas con
perseverancia y Trabajo. A duras penas podría dársele ese digno título
a esas volubles emociones que la mayoría de vosotras usa en lugar de
un inmortal Yo.”
Con una penosa sonrisa se volvió hacia la zona de la cocina.
Georgina le sacó la lengua a sus espaldas. No obstante nos levantamos
y la seguimos, hablando quedamente sobre el tiempo.
“Habrá Movimientos a las cinco esta tarde en el estudio”, dijo la
Sra. Gambito por encima de su hombro. “Quienquiera que llegue tarde
perderá su cena como de costumbre.”
“¿Qué son los Movimientos?” Pregunté a Georgina pero
simplemente hizo una horrible mueca. La Sra. Gambito oyó mi
pregunta y deteniéndose, dejó el balde de patatas.
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“Será mejor que escuches de una vez sobre los Movimientos”, me
dijo. “Quienquiera que no entienda su Significado jamás obtendrá el
sentido total del Cristianismo Interno.
“Los Movimientos nos fueron dados en el pasado por Alguien en la
Tradición. Tienen muchos sentidos pero no soy libre de revelártelos
todavía puesto que solo acabas de llegar, pero puedo decir que uno de
sus sentidos últimos es la armoniosa evolución del organismo Entero
gracias a los diferentes ritmos Especiales que tocaré para ti en el
armonio. No esperes captar el verdadero sentido de los Movimientos
cuando los hagas por primera vez, simplemente comienza como lo
harías con cualquier tarea ordinaria.”
No me atreví a preguntarle si los Movimientos eran gimnásticos.
Estaba muy preocupada y solo asentí con la cabeza varias veces.
Habría querido hacerlo una sola vez, mirándola con lo que esperaba
fuera una expresión inteligente. Pero mi cabeza siguió asintiendo
nerviosamente y me costó trabajo detenerla.
Georgina me dio un codazo y dijo algo que no pude oír porque
había olvidado mi trompetilla en el faro. Comenzaba a gustarme
Georgina, parecía tan alegre. Debió pertenecer a un grupo de personas
renombradas antes de que su familia la encontrara demasiado senil
como para mantenerla en casa. Debió tener una vida muy excitante y
sofisticada. Confiaba en que me la contara algún día, lo que hizo,
varias veces después.
En la cocina nos sentamos todas alrededor de una gran mesa
fregada pelando verduras. Las que no estaban presentes debían estar
ocupadas en otras tareas fuera. Incluyendo a la Sra. Gambito éramos
cinco de nosotras. Georgina, Vera van Tocht, Natacha González y yo
misma. La Sra. Van Tocht, a la que nunca pude llamar por su nombre
de pila, era muy imponente. Era gorda, tan gorda que su cara y sus
hombros eran casi de la misma anchura. En medio de toda esa cara se
hallaban un poco arrugados, unos ojos astutos y una boca fruncida.
Natacha González estaba también en el lado pesado pero parecía
bastante pequeña comparada con la Sra. Van Tocht. Natacha llevaba su
pelo en un moño. Teniendo sangre Indígena tenía más pelo que
ninguna otra y la envidiábamos. Su cara era de color limón pálido, lo
que denotaba problemas de hígado. Sus ojos eran grandes como
ciruelas, con pesados párpados.
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Todo el mundo hablaba y trabajaba al mismo tiempo pero como no
podía oírlas me dediqué a mi misma limpiando judías verdes; las
judías verdes en este país son bastante bastas y tienen hebras a ambos
lados como cuerdas. Habíamos estado trabajando cerca de una hora
cuando ocurrió un extraño incidente. Natacha González vertió todas
sus verduras y el agua sucia en mi regazo y se levantó con los
brazos alzados y los ojos desorbitados. Se mantuvo rígida durante al
menos dos minutos y se derrumbó en su silla. Sus ojos estaban ahora
cerrados y su cabeza hundida en el pecho.
“Escucha voces”, gritó Georgina en mi oído. “Cuando hace esto
cree que va a ser estigmatizada y empieza a engordar por Pascuas”.
A pesar de su condición de desmayada vi la boca de Natacha apretada,
como si escuchara. La Sra. Van Tocht miró a Georgina airadamente y
se levantó para administrar trapos mojados en la cabeza de Natacha.
La Sra. Gambito dijo algo que no pude oír pero parecía desinteresada.
Después de un rato el pelado de verduras se reanudó. Cuando el
reloj dio las doce salimos fuera para pasear alrededor del jardín antes
del almuerzo. Tuve que cambiarme de vestido porque estaba
empapada, había recibido una gran olla repleta de agua en mi regazo.
No deseaba pillar un resfriado. Anna Wertz estaba confortablemente
estirada en su tumbona y parecía hablar consigo misma.
Aquella tarde llegué al estudio puntualmente a las cinco para los
Movimientos. Había sillas a lo largo de las paredes pero por lo demás
el recinto estaba vacío excepto por el armonio. Estábamos todas
sentadas en silencio hasta que la Sra. Gambito apareció y se puso al
lado del armonio. Llevé cuidadosamente mi trompetilla para no
perderme nada. Me sentía muy ansiosa.
“Esta tarde vamos a comenzar con el Cero Primario”, dijo la Sra.
Gambito pasándose la mano por la frente. “Tenemos una recién
llegada entre nosotras que no tiene experiencia aún con la Obra. En su
provecho haré una demostración del Cero Primario”. Hizo una pausa,
miró el suelo por un momento como reconcentrándose en sí misma,
luego comenzó a frotarse el estómago con un movimiento circular en
el sentido de las agujas del reloj y a golpearse en la parte superior de
la cabeza con la otra mano. Me sentí aliviada pues esto ya lo había
hecho en la guardería y no iba a tener ninguna dificultad en repetir los
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movimientos de la Sra. Gambito. Después de un momento de
demostración se sentó en el armonio y se aplicó al instrumento con
inusitada energía para alguien de tan delicada constitución. No sólo
sus brazos, codos y hombros se agitaban, realmente botaba arriba y
abajo en su asiento, como si cabalgara un caballo mecánico. Todas
hicimos los movimientos, cambiando de mano en el estómago cada
diez vueltas. No era demasiado agotador pero me alegró cuando
paramos.
La Sra. Gambito dio la vuelta en su asiento y se dirigió a mí antes
de que tuviera la trompetilla en el oído. “¿Eh? ¿eh? ¿eh?” Decía
mientras repetía: “Marian Leatherby [De cuero], los primeros
movimientos no son movimientos a Contrarreloj. Por favor observa a
Maude Wilkins atentamente, está familiarizada con la mayoría de
ejercicios”.
Repetimos el mismo ejercicio cuatro veces seguidas y cada vez el
armonio sonaba más pesado. “Ahora todo el mundo de pie y pasemos
a los números cuatro y cinco bis. Marian Leatherby ten la bondad de
quedarte junto a mí y observa a los otros, participarás la próxima vez”.
Me acerqué y permanecí a su lado obedientemente y comenzaron
algo imposible de seguir para mí. Lo único claro es que permanecían
sobre un solo pie como las cigüeñas y se tambaleaban peligrosamente.
El resto fue una serie de sacudidas en las que los brazos se agitaban en
todas direcciones y las cabezas daban vueltas y giraban hasta el punto
que pensé que iban a romperse el cuello. Entonces algo terrible me
pasó. Comencé a reírme y no podía parar. Las lágrimas resbalaban por
mi rostro y cubrí mi boca con la mano, confiando en que pudieran
pensar que tenía un dolor secreto y estaba llorando y no riendo.
La Sra. Gambito detuvo su ejercicio con el armonio. “Sra.
Leatherby, si es incapaz de controlar sus emociones tenga la bondad
de abandonar la sala”.
Salí y me senté en el banco más cercano donde reí y reí y reí. Por
supuesto fue un comportamiento irreverente, pero nada podía hacer al
respecto. Incluso cuando todavía era joven ocasionalmente me sentía
sobrepasada por espasmos de incontrolable risa, siempre en público.
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Una vez recuerdo que en un teatro acompañado por mi amigo
Marlborough casi tuve que ser llevada fuera porque un hombre con
frac se levantó para recitar cierta poesía dramática. Si fue un reflejo
nervioso o la poesía me pareció realmente cómica no lo puedo
recordar. Marlborough siempre parecía estar presente cuando me
sobrepasaban mis espasmos, que se complacía en llamar la risa
maníaca de Marian. Siempre disfrutaba viéndome hacer una
exhibición de mí misma. Esto me hacía preguntar cómo Marlborough
estaría disfrutando en Venecia. Debía estar constantemente flotando en
góndola, posiblemente acompañado de su hermana lisiada. De nuevo
me pregunté a mí misma que posiblemente algo raro debía pasar con
su hermana pues nunca había visto una instantánea de ella durante
treinta años de amistad con Marlborough. Debe ser algo bastante
espectacular como tener dos cabezas. En ese caso, difícilmente la
sacaría en góndola a menos que, quizás, se sentara tras una cortina de
gasa. Una gruesa gasa, o incluso estopa.
Marlborough proviene de una familia bastante aristocrática por lo
que puede esperarse algún tipo de peculiaridad. Aunque tuve una
abuela loca, y mi familia no era aristocrática en absoluto. Pero,
¿pueden las vacas ser aristócratas? terneros de dos cabezas son
bastante habituales en las ferias.
Estaba pensando en todo esto cuando se me unió la Sra. Van Tocht,
que se sentó pesadamente. Todavía respiraba con dificultad por el
esfuerzo de los Movimientos.
“Alguien está cantando 'O Sole Mio' a Marlborough que está
flotando en una góndola con su hermana de dos cabezas. Dije, y me
detuve abruptamente. Realmente debo aprender a no decir mis
pensamientos en voz alta. La imagen había sido tan clara que había
visto las dos cabezas a través de las cortinas de estopa amarillas de
la góndola. La Sra. Van Tocht ignoró lo que dije y se inclinó hacia mí
de manera conspirativa por lo que tuve dificultades para ajustar mi
trompetilla.
“Puede confiarme la tragedia de su vida”, dijo, resoplando y
jadeando. “Todos tenemos nuestras pruebas y dolores en el camino de
la vida hasta que vemos la luz”.
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“He tenido mis dificultades”, repliqué con la intención de quejarme
sobre Muriel y Robert. Esto habría sido muy agradable, pero justo
cuando estaba empezando por el televisor me interrumpió con gesto
impaciente: “Sí, lo entiendo todo. Hay pocos rincones oscuros en el
corazón humano que no haya sondeado con mi especial perspicacia.
No soy una visionaria como la Sra. González, Natacha. Querida
Natacha. Pero tengo una visión astral que me permite ayudar y
confortar a mis semejantes. A mi humilde manera he conducido a
muchas almas descarriadas a la luz, pero todavía mis pobres dones no
son nada comparados con los maravillosos poderes de Natacha. Ella
controla tu entendimiento, el control espiritual es un don hermoso y
raro. Natacha es la Pura Vasija a través de la cual se nos manifiestan
poderes invisibles. “NO YO SINO ESO QUE FUNCIONA DENTRO
DE MÍ”. Esas son las constantes palabras de Natacha, tiene una gran y
límpida humildad como el Maestro cuyos milagros trabajó con las
palabras 'No yo, sino mi padre que está en el Cielo'”.
Durante la pausa me apresuré a volver con Robert y el televisor.
“Mi nieto Robert”, dije, “tiene una desagradable adicción a la
televisión. Antes de que instalara ese horrible aparato en la casa solía
sentarme en el salón después de cenar y mantenía a toda la familia
entretenida con cuentos de hadas y anécdotas de mi vida pasada. Me
enorgullezco de poder contar una historia muy divertida cuando deseo.
Nada vulgar, por supuesto, pero sí ingeniosa e incluso picante cuando
no estoy demasiado preocupada con mi reumatismo. El reumatismo
por supuesto es un gran obstáculo para las historias divertidas. Ahora
mi nuera, Muriel, es muy poco empática con el reumatismo. También
es muy golosa con los chocolates que siempre se esconde, un hábito
muy desagradable. A menudo me pregunto cómo Galahad pudo alguna
vez considerar casarse con una persona como Muriel...”
Estaba empezando a divertirme pero la Sra. Van Tocht pronto me
detuvo con un gesto imperioso, “Nunca debes enorgullecerte de nada.
Incluso algo tan trivial como una anécdota cómica es una plaga
espiritual si se usa como fuente de amor propio. La humildad es la
fuente de luz. El orgullo es una enfermedad del alma. Mucha gente
viene a mí en busca de consejos y consuelo espiritual. Cuando pongo
mis manos sobre ellos para calmar su ansiedad y llenarlos de Amor y
Luz siempre digo 'Primero sé humilde. Una taza llena no puede
recibir.'”
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Estaba casi sentada encima de mí, apenas podía respirar, pero
estaba decidida a contarle más sobre Muriel: “Mi nuera comenzó
dando fiestas de brisca después de que Robert trajera el televisor a
casa. Al menos hubiera sido brisca, en mi época. Ahora lo llaman
Fiesta de Canasta. De hecho me sacaron fuera del salón cuando la
gente entró para jugar ese ridículo juego. La primera noche me negué
a salir de la habitación y conté catorce cuentos de Loros sin olvidar el
final de más de seis”.
Esperaba que me pidiera que contara una de esas historias, y
acababa de decidir contarle la historia del Yorkshire Loro cuando
comenzó de nuevo: “Los miércoles por la noche Natacha recibe a
pequeños grupos en nuestro bungaló. Estoy segura de que encontrarías
un gran beneficio espiritual si te unieras a nosotras. Solo estarían
Natacha, Maude, tú y yo, todo muy acogedor e íntimo. Natacha nos da
los Mensajes, nos los envía a cada una de nosotras individualmente
desde el gran invisible, y luego nos cogemos las manos alrededor de
una mesita e intercambiamos nuestras vibraciones. Hay momentos en
los que somos favorecidas con materializaciones desde el plano
astral”.
Solo había llegado a la mitad de la historia del Loro cuando se
levantó del banco y dijo: “Entonces te esperaremos a las ocho y media
el Miércoles por la noche en mi bungaló. No menciones esto a la Sra.
Gambito pues tiene un gran orgullo espiritual y está celosa de los
maravillosos poderes de Natacha. Además mantenemos el Círculo en
secreto para concentrar la energía astral”.
Con estas misteriosas palabras se alejó pesadamente, dejándome
sin saber cómo terminaba la historia del Yorkshire Loro. Anna Wertz
apareció de repente en el camino y me levanté y volví hacia mi
bungaló, fingiendo que no la había visto. Pero ella caminó más rápido
que yo y pronto me alcanzó. Anna realmente no me impedía disfrutar
del aire de la tarde y sin mi trompetilla su voz era un murmullo
distante como una multitud en un campo de fútbol lejano. Sin intentar
escuchar, vi con deleite que Venus estaba fuera y centelleaba sobre las
copas de los árboles. Anhelaba decirle a Anna cuánto amaba este
brillante planeta pero sabía que eso estaría fuera de lugar. Parecía
bastante cruzada, probablemente había estado trabajando
terriblemente duro de nuevo, aunque no podía imaginar qué había
hecho para estar tan exhausta.
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Qué delicioso sería encontrar a unas pocas personas, o incluso a
una persona, incondicionalmente emocionada por lo que dices. Me
imaginé contando a una emocionada audiencia historias de Loros
durante horas y horas sin que nadie interrumpiera o bostezara. O de
nuevo para explicar cuán injustos Muriel y Robert han sido siempre
conmigo, y cómo Galahad solía tener un fuerte carácter que se fue
gradualmente debilitando por las quejas de Muriel. Meras
ensoñaciones, se podría decir, aunque aún hay gente que habla mucho
y nadie se atreve jamás a interrumpirles. ¿Qué podrían tener que decir
que sea tan interesante? Quizás si hubieran tenido visitas fantasmales
como la Sra. González, sería posible despertar el interés en otras
personas, especialmente si se les habla de ellos mismos. Ahí,
supongo, está el secreto. A la gente solo le gusta lo que les concierne a
sí mismos y no soy una excepción a esta regla.
A todos nos gusta ser populares pero el precio a pagar, hablar
siempre sobre otra persona y nunca sobre uno mismo. Es dudoso que
obtengas en absoluto algún disfrute, a menos que por supuesto seas
constantemente invitada a tomar el té con repostería Francesa. Se
puede servir vino de Oporto en lugar de té si sucede que una persona
muy interesante prefiere eso. Especialmente si yo fuera esa persona
interesante y solo hablara de otras personas. En ese caso quizás podría
considerar cambiar las bebidas.
Me vi a mí misma sentada en un cálido salón con cortinas
escarlata rodeada de rostros felices, confidenciales pero imprecisos.
Bebía vaso tras vaso de rico vino Portugués ocasionalmente regado
con un diminuto petisús Francés. Todo el mundo se volvía cada vez
más feliz, estallaron en aplausos cuando llegué al faro, Anna Wertz
había desaparecido. Debió notar que no prestaba atención a lo que
estaba diciéndome. Pobre Anna, qué terrible tiene que ser para ella
que a nadie le guste escucharla hablar.
Venus titilaba sobre los árboles y era casi la hora de la cena. Me
apetecía un bonito huevo duro para la cena, pero tenía que comer lo
que apareciera en la mesa. Aunque el Dr. Gambito me permitía
abstenerme de la carne no podía tomar dos raciones de verduras en su
lugar así que a veces me levantaba con hambre de la mesa. Nos contó
que a medida que envejeces necesitas menos comida, que comer en
exceso mata a los ancianos más rápido que cualquier otra cosa. Me
atrevería a decir que tenía razón, pero nosotros las personas mayores
obtenemos un gran placer comiendo.
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Me preguntaba cómo el Dr. Gambito y la Sra. Van Tocht se
mantenían tan gordos con nuestras frugales comidas. Supuse que
comían en privado en sus habitaciones, aunque cómo hacía la Sra. Van
Tocht para conseguir comida extra era un misterio. La Sra. Gambito
estaba siempre vigilando la cocina como un lince y la despensa se
mantenía candada.
Decidí discutir de todo esto con Georgina que en general parecía
estar bien informada. Había otra cuestión importante que decidí
discutir con Georgina, la concerniente al retrato de la monja que
colgaba frente a mí a la hora de las comidas. Durante las comidas el
Dr. Gambito solía dar largos discursos sobre cuestiones teóricas que
no entendía. Mientras el doctor peroraba tenía tiempo de sobra para
examinar a la monja guiñando. Mi interés se incrementó con el paso
del tiempo. Georgina era culta y a menudo mencionaba a famosos
artistas que habían estado locamente enamorados de ella. Así que
fingiendo un interés puramente artístico, le pregunté sobre el cuadro.
“Podría ser de la escuela de Zurbarán”, dijo, mirando de un modo
poco considerado. “Probablemente pintado a finales del siglo XVIII.
Español por supuesto, un Italiano nunca podría haber hecho algo tan
encantadoramente siniestro. A una monja con mirada lasciva. Maestro
desconocido”.
“¿Crees que realmente está guiñando, o es ciega de un ojo?”
pregunté, ansiosa por la opinión de Georgina sobre un aspecto más
personal de la dama.
“Definitivamente está guiñando un ojo; la vieja obscena
probablemente está en el monasterio mirando a escondidas a través de
un agujero en la pared, viendo a los monjes dar cabriolas en calzones”.
Georgina tenía una mente unidireccional. “Es hermoso”, añadió. “Me
pregunto si los Gam lo dejaron colgando entre sus horribles
posesiones. Todo en la casa debería haber sido quemado hace mucho
tiempo excepto la abadesa lasciva”.
Ciertamente la pintura tenía fuerza propia y me complació que
Georgina también estuviera impresionada. Era una persona muy culta,
casi una aristócrata.
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Realmente era extraño la frecuencia con que la lasciva abadesa
ocupaba mis pensamientos. Incluso le di un nombre, manteniéndolo
estrictamente para mí. La llamé doña Rosalinda Álvarez de la Cueva,
un bonito y largo nombre, estilo Español. Fue abadesa, imaginé, de un
enorme convento Barroco en un solitario y estéril monte de Castilla.
El convento se llamaba El Convento de Santa Bárbara de los Tártaros,
la patrona barbuda del Limbo dijo que jugaran con los niños no
bautizados de esta región inferior. Cómo se me ocurrieron todas estas
fantasías no lo sé, pero me divirtieron, especialmente durante las
noches de insomnio. Las personas mayores no duermen mucho.
“Sí”, dijo Georgina, “cómo entendieron los Españoles la pintura de
cortinas negras. Mucho más soberbiamente deprimente que cualquier
otro negro. El hábito de la anciana tiene la textura de los pétalos de
orquídea y el color del Limbo. Realmente es una pintura maravillosa.
Su rostro rodeado por ese blanco volante almidonado es tan luminoso
como la luna llena, e igual de hechizante”. De alguna manera sentí que
Georgina comprendía la pintura de la abadesa lasciva mejor de lo que
yo pudiera hacerlo.
Tres días después de mi llegada al Salón Luminoso tuve mi primera
entrevista privada con el Dr. Gambito. Fui convocada a su estudio
mediante una pequeña nota de papel rosa con este mensaje: “Marian
Leatherby amablemente preséntese en mi oficina a las seis de la tarde.
L. Gambito, Mentalista.”
La oficina, o estudio como se le llamaba en ocasiones ordinarias,
estaba situada en la planta baja del edificio principal. Era una pequeña
habitación mirando hacia afuera a un balcón circular y, más adelante,
al césped y los cipreses que bordeaban el ala oeste. La habitación
estaba llena hasta el punto de asfixia con bibelots y muebles pesados.
Libros, revistas, Budas de latón y Cristos de mármol, miscelánea
arqueológica, plumas estilográficas y todo tipo de otros pequeños
accesorios ocupaban cada centímetro cuadrado de espacio. El Dr.
Gambito se sentó tras un enorme escritorio de caoba que era la mitad
de grande que la habitación. Me miró profesionalmente y me pidió
que me sentara. Encontré un espacio libre con cierta dificultad.
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“Durante semanas e incluso años no esperamos resultados de la
Obra”, dijo el Dr. Gambito. “Sin embargo, esperamos Esfuerzo. Este
Instituto fue fundado con la intención de introducir a las personas en
la Obra. Cristianismo interior. Nosotros elegimos a nuestros iniciados
entre personas ya experimentadas en los dolores y dificultades de la
vida en tres dimensiones, personas, de hecho, ya tan decepcionadas
con la existencia que los lazos emocionales se debilitarían con
tiempo y frustración. Esta condición es apta para poder abrir puertas
psíquicas para la Nueva Verdad”.
Me miró con severidad pero solo pude cabecear, como hago
siempre cuando estoy nerviosa. Escribió algo en un cuaderno y luego
continuó: “Cada miembro de esta comunidad es Vigilado de cerca y
Estudiado para poder recibir Ayuda. Ninguna Ayuda puede ser de
utilidad si no hay colaboración y Esfuerzo por parte del individuo. Los
informes en su caso particular muestran la siguiente lista de impurezas
interiores: Codicia, Insinceridad, Egoísmo, Pereza y Vanidad. En la
parte superior de la lista la Codicia, que significa una pasión
dominante. No se pueden superar tantas deformidades psíquicas en un
corto espacio de tiempo. No estás sola como víctima de tus
degenerados hábitos, todo el mundo tiene defectos, aquí buscamos
observar esos defectos y finalmente disolverlos bajo la luz de la
Observación Objetiva, Consciente.
“El hecho de que Haya Sido Elegida para unirse a esta comunidad
debería ser estímulo suficiente para enfrentar valientemente sus
propios vicios y buscar disminuir su control sobre ti”.
Me sentí algo confundida por este discurso y podría decir que
ofendida. Después de mascullar un poco para poner mis pensamientos
en orden dije: “Dr. Gambito, está en un error si piensa que alguien me
eligió como iniciada para su Institución. Me enviaron aquí
simplemente porque mi familia deseaba quitarme de encima sin tener
un asesinato sobre su conciencia. Mi nuera Muriel eligió su Institución
porque era el único hogar para damas seniles que financieramente
estaba dentro de sus posibilidades y las de mi hijo Galahad. Es
extremadamente dudoso que alguien dentro de estos muros hubiera
oído hablar de mí, entonces, ¿cómo puede insinuar que fui elegida por
la Institución?”
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“Hay ciertas cosas que no debe esperar comprender por ahora”,
replicó misteriosamente el médico. “Viva sus tareas cotidianas con
atención y Esfuerzo. No intente interpretar los Planos Superiores y
sus misterios antes de que pueda salir de sus Hábitos Automáticos.
Vicio y Hábito significan lo mismo. Mientras seamos víctimas del
Hábito, seremos esclavos del Vicio. Le aconsejo que empiece por
dejar la coliflor. Noto que tiene un apetito desmedido por esa verdura,
su pasión reinante, de hecho, la Codicia”.
La Sra. Gambito debe haberme visto robar un pequeño tallo de
coliflor hervida durante las tareas de la mañana en la cocina. Debo ser
más cuidadosa, pensé, cabeceando.
“Me alegra y me anima ver que ya está enfrentando su Deficiente
Personalidad”, dijo el Dr. Gambito. “La personalidad es un Vampiro y
el Verdadero Yo nunca puede emerger mientras la Personalidad sea
dominante”.
Quise decir: “Sí, todo eso es bastante cierto, pero ¿cómo puedes
criticar mi codicia cuando eres mucho más gordo que yo?” Solo pude
mascullar, sin embargo, pensó que le estaba pidiendo consejo
espiritual.
“No se desanime”, dijo. “El Esfuerzo siempre se premia cuando
hemos renunciado a la Recompensa. Aunque la codicia está
profundamente arraigada en su naturaleza, el hecho de que la
reconozca como un crecimiento destructivo le ayudará a desalojarla,
como un dentista extrayendo un diente cariado”.
¿Seguramente alguien tan gordo debe ser al menos tan codicioso
como yo? ¿O es Glandular? Las personas gordas siempre dicen que
tienen problemas “Glandulares”, aunque siempre comen más que
nadie, como Muriel, llenándose constantemente con chocolates y
nunca compartiéndolos con nadie.
En cualquier caso, toda esta charla sobre la viciosa codicia sin duda
debe ayudar a la economía de alimentar a ancianas seniles. Los
cajones de su colosal escritorio deben estar sin duda llenos de frutas
en conserva, bizcochos dulces, jujubes y caramelos. Los cajones
superiores estarían reservados, supuse, para alimentos perecederos
como sándwiches de queso y pollo asado frío, para que no se olviden
bajo algún libro de cuentas en un cajón inferior.
47
“¡Glandular por supuesto!” dije en voz alta. “Nunca escuché
semejantes tonterías”.
Para mi sorpresa el Dr. Gambito pareció complacido y replicó
inmediatamente: “Ahí tiene una de las bases prácticas más
importantes para la Propia Observación. Las glándulas y su función
son una de las primeras pruebas de Voluntad sobre la Materia”.
“¡Glándulas tú mismo!” repliqué, pero estaba tan cruzada que mi
enunciación debió ser peor de lo habitual y continuó diciéndome cómo
observar mis glándulas. ¡El Pequeño Gordo Gerontofóbico hablando
de mis glándulas!
Debí quedarme dormida después de esto, ya que la habitación
estaba muy caldeada. Desperté repentinamente cuando la puerta se
abrió violentamente. Entró Natacha González vestida como en una
aparición. Llevaba un camisón largo y blanco y su abundante pelo gris
hierro le caía sobre los hombros. Su cara amarilla tenía dos manchas
púrpuras de rabia en cada mejilla, y señaló al Dr. Gambito con furia
vengativa: “Si no te deshaces de esta mujer”, gritó, “Dejaré el Instituto
esta noche”.
Fingiendo estar todavía dormida, puse la trompetilla
cautelosamente en mi oído izquierdo. El Dr. Gambito se puso de pie
con cierta agitación y sentó a la Sra. González en la silla más cercana
encima de algunas novelas de bolsillo. “Serénate, Natacha, recuerda tu
Especial Misión”, dijo, encendiendo un cigarrillo y metiéndoselo en la
boca. Observé todo esto con un solo ojo. Debo decir que el Dr.
Gambito tuvo una inesperada actitud hacia Natacha González.
“Querida Señora, la Serenidad es el Tributo que debes pagar por
los maravillosos Presentes que fluyen a través de ti. Serenidad
Natacha”, repitió, fijándola con las dos gruesas lentes de sus gafas.
“Serenidad Natacha, estás serena, perfectamente y dichosamente
calmada y serena”.
La Sra. González se había relajado un poco y ahora estaba
felizmente fumando el cigarrillo. “Estás Serena Natacha, estás
bastante calmada y te estás relajando suavemente. Ahora dime lo que
ibas a decir cuando entraste”.
LA TROMPETILLA ACÚSTICA (1956) Leonora Carrington
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LA TROMPETILLA ACÚSTICA (1956) Leonora Carrington

  • 1. LA TROMPETILLA ACÚSTICA (1956) “Ab eo, quod” (1956) Leonora Carrington Leonora Carrington Traducción: © Julio Tamayo cinelacion@yahoo.es
  • 2. 2
  • 3. 3 INTROITO Por mucho que seas abierto de mente, y de oído, para un castellano de Valladolid ver una película seria con doblaje latino es un auténtico suplicio, aberración, cachondeo, todo se transforma en una paródica serie de dibujos animados. Lo mismo sucede en literatura, no necesitas más de un párrafo para saber si una traducción al español la ha realizado un no nacido o pacido en España, algo que te saca de la lectura, no se puede traducir al español con acento, con localismos, hay que ser neutro, puro. Leonora Carrington era inglesa y escribía, y pensaba, en inglés, no en mejicano, por mucho que el libro esté escrito en Méjico, país que nunca comprendió, amó. Cuando vivía en Francia también escribía en inglés, no en francés. La traducción del venezolano Renato Rodríguez aunque legible es indecente, está llena de errores pueriles, de censura, se salta párrafos enteros y se inventa otros tantos, y a mayores es una traducción del inglés al español latino no al español a secas. Si los personajes fueran mejicanos, latinos, tendría su lógica, pero da la casualidad de que solo uno de ellos es nativo, la criada, el resto todos extranjeros, incluida una española, la entrañable, genial, amiga de la protagonista, Carmela Velásquez, ni más ni menos que la pintora Remedios Varó, junto con la propia Carrington y Frida Kahlo, la santísima trinidad del surrealismo pictórico femenino, las tres amigas y residentes en Méjico, no siempre por voluntad propia. Sirva esto como justificación para la nueva traducción, o segunda traducción al español (hay otra que no he podido leer), al español de España, para que nadie se ofenda, algo que me resbala.
  • 4. 4 En cuanto al libro hablamos de la novela más sorprendente, original, que he leído nunca, un continuo torbellino en el que nada es lo que parece, te crees que estás leyendo unas irónicas y costumbristas memorias de una anciana rebelde, la primera parte es casi melliza del libro “El ángel de piedra” de Margaret Laurence, y de repente se transforma en la típica novela de aprendizaje de internado, cambiando adolescentes por mujeres seniles, cambiando la tragedia por el humor negro inglés. Pero todo esto es solo el principio, la cosa evoluciona hacia el cuento de hadas, hacia la novela mística, esotérica, hacia el nonsense, el sinsentido, hacia la utopía ecologista, feminista. Todo ello con total normalidad, fluidez, no hablamos de una novela de novelas cervantina, por lo que denominarla simplemente una novela fantástica, o surrealista, es profundamente castrador, pueril. Leer “La trompetilla acústica” es lo más parecido a vivir dentro de los mágicos, misteriosos, cuadros de Remedios Varó. Un continuo viaje por el inconsciente colectivo, por un universo propio, y a la vez universal, lleno de símbolos, de mitos, de arcanos. Por no faltar no falta ni el satanismo, ni la brujería, ni la alquimia, ni la teosofía (Gambito es una parodia de Gurdjieff), hablamos de un libro hereje, libertino, cachondo, en todas sus acepciones. Un viaje astral a pie de tierra lleno de personajes entrañables, delirantes, achuchables. Si el concepto seminal, capital, tiene algún sentido, es para definir este libro girl power, principio y fin de raza. Julio Tamayo
  • 5. 5 CUANDO Carmela me hizo el presente de una trompetilla acústica pudo haber previsto las consecuencias. Carmela no es lo que pudiera llamarse maliciosa, simplemente ocurre que tiene un curioso sentido del humor. La trompetilla era ciertamente un bello espécimen entre los de su clase, sin ser realmente moderna. Era, sin embargo, excepcionalmente bonita, con sus incrustaciones de plata y nácar y suntuosamente curvada como el cuerno de un búfalo. La estética presencia de este objeto no era su única cualidad, la trompetilla magnificaba hasta tal punto los sonidos que las conversaciones más ordinarias se hacían harto audibles incluso para mis oídos. Debo aclarar que no todos mis sentidos están en modo alguno deteriorados por la edad. Mi vista es todavía excelente aunque uso impertinentes para leer, cuando leo, lo que prácticamente nunca hago. Verdad es que el reumatismo ha doblegado mi esqueleto en cierta forma. Pero esto no me impide dar un paseo cuando hace buen tiempo y barrer mi cuarto una vez por semana, los jueves, una forma de ejercicio a la vez útil y edificante. Podría añadir que me considero todavía un miembro útil de la sociedad y creo aún ser capaz de ser agradable y entretenida cuando la ocasión parece adecuada. El hecho de no tener dientes y no poder usar nunca dentadura de ningún modo me incomoda; no tengo que morder a nadie y hay toda clase de suaves comestibles fáciles de procurar y de digerir por el estómago. Puré de verduras, chocolate y pan humedecido en agua tibia constituyen la base de mi simple dieta. Nunca como carne pues considero un error privar de su vida a los animales cuando además son tan difíciles de masticar.
  • 6. 6 Tengo ahora noventa y dos años y por espacio de unos quince he vivido con mi hijo y su familia. Nuestra casa está situada en un distrito residencial que en Inglaterra sería descrita como un adosado con un pequeño jardín. No sé cómo lo llaman aquí pero probablemente un equivalente español de “espaciosa residencia con parque”. No es verdad, la casa no es espaciosa, es estrecha, y no hay nada que se parezca ni por asomo a un parque. Hay, sin embargo, un hermoso patio trasero que comparto con mis dos gatos, una gallina, la criada y sus dos hijos, algunas moscas y una planta de cactus llamada magüey. Mi cuarto da a este hermoso patio trasero lo cual resulta muy conveniente pues no hay escaleras que negociar - simplemente tengo que abrir la puerta cuando quiero disfrutar de las estrellas por la noche o del tempranero sol de la mañana, la única manifestación de luz solar que puedo soportar. La criada, Rosina, es una mujer indígena con un carácter malhumorado que parece generalmente opuesto al del resto de la humanidad. No creo que me ponga en una categoría humana pero nuestra relación no es desagradable. La planta de magüey, las moscas y yo misma somos las cosas que ocupamos el patio trasero, somos elementos del paisaje y hay que aceptarnos así. Los gatos son un caso aparte. Su individualidad provoca a Rosina ataques de excitación o de furia según su temperamento. Habla con los gatos, nunca con sus hijos, aún así pienso que les quiere a su modo. Nunca pude comprender este país y ahora comienzo a temer que nunca regresaré al Norte, que nunca me alejaré de aquí. No debo perder la esperanza, los milagros pueden ocurrir y muy a menudo ocurren. La gente piensa que cincuenta años es demasiado tiempo para visitar un país porque con frecuencia es más de media vida. Para mí cincuenta años no es más que un espacio de tiempo pegada en un lugar donde no quiero estar en absoluto. Durante estos últimos cincuenta años he tratado de irme. Sin embargo nunca pude, debe haber un embrujo vinculante que me retiene en este país. A veces me gustaría averiguar porqué he permanecido tanto tiempo aquí, cuando soy feliz contemplando renos y nieve, cerezos, praderas, el canto del tordo.
  • 7. 7 Inglaterra no es siempre el foco de estos sueños. De hecho, no deseo particularmente instalarme en Inglaterra aunque tendré que visitar a mi madre en Londres, se está haciendo mayor, aunque goza de excelente salud. Ciento diez no es una edad excesiva después de todo, desde un punto de vista bíblico. Margrave, el mayordomo de mi madre, que me manda postales del Palacio de Buckingham, me dice que todavía está muy ágil en su silla de ruedas, aunque cómo se puede estar ágil en una silla de ruedas realmente no lo sé. Dice que está bastante ciega pero no tiene barba lo que debe ser una alusión a una foto mía que les envié como regalo de Navidad el año pasado. En efecto poseo una barba corta y gris que gente convencional podría encontrar repulsiva. Personalmente la encuentro harto elegante. Inglaterra sería cuestión de unas pocas semanas, luego realizaría el gran sueño de mi vida de ir a Laponia para ser arrastrada en un trineo por perros, perros lanudos. Todo esto es una digresión no quiero que nadie piense que mi mente desvaría, desvaría pero nunca más allá de donde quiero. Así que, vivo con mi Galahad, principalmente en el patio trasero. Ahora Galahad tiene una familia bastante numerosa y no es en absoluto rico. Vive del escaso sueldo pagado a los empleados del consulado, aquellos que no son embajadores. (Estos, me han dicho, reciben un salario más amplio del gobierno.) Galahad está casado con la hija del gerente de una fábrica de cemento. Su nombre es Muriel y ambos padres son ingleses. Muriel tiene cinco hijos uno de los cuales, el más joven, todavía vive aquí con nosotros. Este muchacho, Robert, tiene veinticinco y no está casado aún. Robert no tiene un carácter agradable e incluso de niño era cruel con los gatos. Además circula en motocicleta e introdujo un televisor en la casa. Desde entonces mis visitas a las regiones frontales de nuestra residencia fueron cada vez más escasas. Y si ahora aparecía por allí era siempre en calidad de espectro, si se puede decir así. Esto parece haber concedido un cierto alivio al resto de la familia dado que mis modales en la mesa se estaban convirtiendo en poco convencionales. Con la edad una se vuelve menos sensible a la idiosincrasia de los demás; por ejemplo a la edad de cuarenta hubiera dudado si comer naranjas en un abarrotado tranvía o autobús, ahora no solo comería naranjas con impunidad sino que tomaría una comida entera descaradamente en cualquier vehículo público regada con un vaso de Oporto que tomo de vez en cuando como algo especial.
  • 8. 8 No obstante trato de ser útil y ayudo en la cocina que está al lado de mi habitación. Pelo vegetales, alimento a la gallina, y, como mencioné antes, llevo a cabo otras violentas actividades como barrer mi habitación los jueves. No doy problemas para nada y me mantengo limpia sin la asistencia de nadie. Cada semana trae cierta cantidad de placeres moderados; cada noche, cuando hace buen tiempo, el cielo, las estrellas y por supuesto la luna en todo su esplendor. Los lunes, cuando el tiempo es benigno, camino dos bloques adelante y visito a mi amiga Carmela. Vive en una casa muy pequeña con su sobrina que hornea tartas para un salón de té sueco a pesar de ser española. Carmela lleva una vida muy placentera y es realmente muy intelectual. Lee libros a través de unos elegantes impertinentes y casi nunca habla consigo misma como yo hago. También teje muy hábilmente jerseys pero el gran placer de su vida es escribir cartas. Carmela escribe cartas a gente de todo el mundo que nunca ha conocido y las firma con toda clase de nombres románticos, nunca el suyo. Carmela desprecia las cartas anónimas, y por supuesto ¿quién sería tan poco práctico cómo para contestar una carta sin nombre y firma al final? Estas maravillosas cartas vuelan, de un modo celestial, por correo aéreo, con la delicada caligrafía de Carmela. Nadie responde nunca. Esta es realmente la incomprensible cara de la humanidad, gente que no tiene nunca tiempo para nada. Pues bien un buen lunes por la mañana fui a hacer mi habitual visita a Carmela que estaba esperándome en la puerta. Pude darme cuenta en seguida de que estaba en un estado de gran excitación porque había olvidado ponerse la peluca. Carmela es calva. En ocasiones ordinarias nunca saldría a la calle sin su peluca siendo como es un poco vanidosa, su peluca roja es como un gesto de reina hacia su larga cabellera perdida, que casi era tan roja como su peluca si mi memoria es correcta. Ese lunes por la mañana Carmela no estaba coronada con su habitual gloria y estaba muy excitada y hablando para sí misma, lo que no es habitual en ella. Le traía un huevo que la gallina había puesto esa misma mañana, se me cayó cuando aferró mi brazo. Fue una gran desgracia porque el huevo ya no podía repararse.
  • 9. 9 “Te he estado esperando, Marian, llegas veinte minutos tarde”, dijo sin advertir el huevo roto, “Algún día olvidarás venir del todo”. Su voz era un delgado hilillo y esto fue más o menos lo que dijo, porque por supuesto no escuché nada. Me arrastró dentro de la casa y tras varios intentos me hizo comprender que tenía un presente para mí. “Un presente, un presente, un presente”. Ahora Carmela me hace muchos regalos; algunas veces tejidos y otras veces comestibles, pero nunca la había visto tan excitada. Cuando desenvolvía la trompetilla acústica no sabía a ciencia cierta si podía ser usada para comer o beber o simplemente como adorno. Después de una serie de complicados gestos finalmente la puso en mi oreja y lo que siempre había escuchado como un delgado hilillo ahora atravesaba mi cabeza como el bramido de un toro furioso. “¿Puedes oírme Marian?” En efecto podía, era aterrador. “¿Puedes oírme Marian?” Asentí, sin habla, este espantoso ruido era peor que la motocicleta de Robert. “Esta magnífica trompetilla va a cambiar tu vida”. Finalmente dije “Por el amor de Dios no grites me pones nerviosa”. “¡Un milagro!” dijo Carmela, todavía excitada, luego usando un tono más bajo, “Tu vida cambiará”. Ambas nos sentamos y chupamos un caramelo con sabor a violeta de los que le gustan a Carmela porque perfuman el aliento; me estoy acostumbrando a ellos a pesar de su sabor más bien desagradable y comenzando a disfrutarlos por mi afecto a Carmela. Pensamos acerca de todas las revolucionarias posibilidades de la trompetilla. “No solamente podrás sentarte a escuchar bella música e inteligentes conversaciones sino que también tendrás el privilegio de poder espiar lo que toda tu familia dice acerca de ti, y eso será muy divertido”. Carmela finalizó su caramelo y encendió un pequeño puro que reserva para las ocasiones especiales. “Por supuesto debes mantener en secreto todo lo relativo a la trompetilla porque te la quitarían si no quieren que oigas lo que dicen”. “¿Por qué querrían esconder nada sobre mí?” Pregunté, pensando en la incurable pasión de Carmela por el drama. “No les causo ningún problema y casi nunca me ven”.
  • 10. 10 “Nunca se sabe”, dijo Carmela. “La gente menor de setenta y la mayor de siete son muy poco de fiar si no son gatos. Todas las precauciones son pocas. Además, piensa en el estimulante poder de escuchar a los demás hablar cuando creen que no puedes oírles”. “Difícilmente no van a ver la trompeta”, dije dubitativa. “Debe ser una trompa de búfalo, los búfalos son animales muy grandes”. “Por supuesto no debes dejar que te vean usándola, debes esconderte en algún lugar y escuchar”. No había pensado en eso, ciertamente prometía infinitas posibilidades. “Bueno, Carmela, pienso que es muy amable por tu parte y este diseño de madreperla floral es de hecho muy bonito, parece jacobino”. “También podrás escuchar mi última carta que no he enviado aún porque estaba esperando para leértela. Desde que robé la guía de teléfonos de París en el Consulado he incrementado mi producción. No tienes idea de los bellos nombres de París. Esta carta va dirigida al Señor Belvedere Oise Noisis, calle de la Rechte Potin, París II Distrito. A duras penas podría inventar algo más sonoro aunque lo intentara. Le veo como un frágil caballero, todavía elegante, con una pasión por los hongos tropicales que cultiva en un armario estilo Imperio. Viste chalecos bordados y viaja con maletas de color púrpura”. “Sabes Carmela que a veces pienso que podrías recibir una respuesta si no impusieras tu imaginación a personas que nunca has visto. Señor Belvedere Noise Oisis es sin duda un nombre encantador, ¿pero supón que es gordo y colecciona canastas de mimbre? ¿Supón que nunca viaja y que no tiene equipaje, supón que es un joven con anhelos náuticos? Debes ser más realista creo”. “A veces tienes una mentalidad muy negativa Marian, aunque sé que tienes un corazón generoso, no hay razón para que el Señor Belvedere Oise Noisis haga algo tan trivial como coleccionar cestas de mimbre. Él es frágil pero intrépido, tengo intención de enviarle algunas esporas de hongos para enriquecer las especies que ha mandado desde Himalaya”. No había más que decir así que Carmela leyó la carta. Pretendía ser una famosa alpinista peruana que había perdido un brazo tratando de salvar la vida de un cachorro de oso grizzly atrapado al borde de un precipicio. La osa madre cruelmente le había arrancado el brazo de un mordisco. Continuaba dando toda suerte de información acerca de los hongos de las grandes altitudes y ofrecía enviar muestras. Me parecía que daba demasiadas cosas por sentado.
  • 11. 11 Cuando dejé la casa de Carmela era casi la hora del almuerzo. Llevé mi misterioso paquete bajo el chal, caminando muy lentamente para reservar energía. Estaba bastante excitada en ese momento y casi olvidé que había sopa de tomate para el almuerzo. Siempre me ha encantado la sopa enlatada de tomate, no la tomamos muy a menudo. Mi estado de leve euforia me dio la idea de entrar por la puerta frontal en lugar de hacerlo por la puerta de atrás que es mi procedimiento habitual. Tuve la tenue idea de robar uno o dos chocolates de Muriel que esconde tras la librería. Muriel es muy tacaña con los dulces y no estaría tan gorda si fuera más generosa. Sabía que había ido al centro a comprar fundas para ocultar las manchas de grasa en las sillas. Personalmente me disgustan las fundas y prefiero sillas lavables de mimbre porque son menos deprimentes que la tela cuando está sucia. Desgraciadamente Robert estaba en la salita agasajando a dos de sus amigos con cocktails. Todos me miraron fijamente y apartaron rápidamente la mirada cuando empecé a explicar que había dado mi usual paseo de los lunes. Mi dicción no era tan buena como solía ser porque no tenía dientes. Mi monólogo no había ido muy lejos cuando Robert me cogió rudamente por el brazo y me arrojó del pasillo a la cocina. Era obvio que estaba furioso, lucía embarazado al principio y luego furioso. Como Carmela dice, nunca puedes confiar en personas menores de setenta y mayores de siete. Como de costumbre tomé mi almuerzo en la cocina y me fui a mi cuarto a cepillar a Marmeen y Tchatcha, los gatos. Peino a los gatos cada día para mantener su largo pelaje listo y brillante y reservo el pelo que saco de los peines para Carmela, que ha prometido tejer con él un suéter cuando haya suficiente. He llenado ya dos pequeños tarros de mermelada con el agradable y suave pelo. Me parece un placentero y económico modo de tener ropa de abrigo para el invierno. Carmela piensa que un cárdigan sin mangas es una prenda práctica para cuando hace frío. He tardado cuatro años en rellenar los dos tarros así que me llevará algún tiempo tener la suficiente lana para hacer una prenda completa. Sería posible tejerla con un poco de lana de llama, aunque Carmela dice que eso sería hacer trampa. El primo de Rosina una vez me trajo como regalo una simple rueca india. He estado practicando con restos de algodón e hilo bonitas y útiles sogas.
  • 12. 12 Cuando tenga suficiente lana de gato para hilar habré aprendido lo suficiente para hilar hilo fino. Esta es una ocupación emprendedora y debo decir que sería bastante feliz si no sintiera tanta nostalgia por el norte. Dicen que puedes ver la estrella Polar desde aquí y que nunca se mueve. Nunca he sido capaz de encontrarla. Carmela tiene un planisferio pero no hemos podido descubrir cómo usarlo, y hay muy pocas personas a quien poder consultar sobre estas materias. Una vez hube escondido cuidadosamente la trompetilla me dispuse a realizar mis tareas del mediodía. La gallina roja parecía estar poniendo otro huevo sobre mi cama y Marmeen se resistía a tener su cola bien peinada, todo como de costumbre. La súbita aparición de Galahad en la habitación casi me hace caer de la silla. La última vez que mi hijo me visitó fue cuando la cisterna estalló y vino con el fontanero. Se puso de pie en la puerta murmurando. Supongo que estaba diciendo algo. Luego puso una botella de Oporto sobre la cómoda, murmuró algo más y salió. Este sorprendente comportamiento de Galahad me dejó pensativa hasta la tarde. No se me ocurría ninguna razón que pudiera explicar su visita. No era mi cumpleaños, y nunca me había hecho un regalo de cumpleaños; a juzgar por el tiempo, no era Navidad. ¿Por qué haría tales extravagantes cambios en sus hábitos? En ese momento no pensé en atribuir ninguna ominosa interpretación al hecho, simplemente sentía curiosidad y sorpresa. Por supuesto si hubiera tenido el don de la percepción psicológica de Carmela podría, incluso entonces, haberme preocupado un poco. En cualquier caso aunque hubiera previsto los acontecimientos que siguieron no podía haber hecho nada salvo esperar. Una buena parte de mi vida la he gastado en esperas, la mayoría de ellas bastante infructuosas. Últimamente no tenía muchos pensamientos coherentes, pero en esta ocasión tracé un plan de acción. Quería encontrar los motivos de la insólita gentileza de Galahad. No es que de ordinario le falten sentimientos humanos, simplemente considera la gentileza hacia las criaturas inanimadas una pérdida de tiempo. Quizás tenga razón, pero por otro lado el cactus magüey me parece vivo, así que siento que también puedo reclamar su existencia.
  • 13. 13 Cuando terminó la tarde y la hora de cenar pasó esperé que Rosina se retirara y entonces, desenvolví mi trompetilla cuidadosamente, dejé mi habitación y fui a esconderme en el oscuro pasillo entre la sala y la cocina. La puerta aquí estaba siempre abierta así que no tuve dificultad para sacar una bonita fotografía de vida familiar. Galahad estaba sentado frente a Muriel cerca de la chimenea que tenía unas brasas eléctricas. Estaba apagada, pues el tiempo no era demasiado frío. Robert estaba sentado en el estrecho sofá rasgando el periódico de la mañana en tiras. Las nuevas fundas colgaban diligentemente de las sillas y el sofá. Eran beis oscuro con franjas, práctico supongo, y fácil de lavar. Los tres miembros de mi familia estaban enfrascados en una especie de discusión. “Incluso aunque nunca volviera a pasar resulta intolerable”, dijo Robert, tan fuerte que la trompetilla vibró. “Nunca me atreveré a invitar a ninguno de mis amigos otra vez”. “Pensé que ya estaba todo decidido”, dijo Galahad. “No tienes porqué excitarte tanto cuando todos estamos de acuerdo en que estará mucho mejor en una residencia”. “Siempre decides todo veinte años demasiado tarde”, dijo Muriel. “Tu madre ha sido una constante fuente de ansiedad para nosotros durante los últimos veinte años y has sido lo suficientemente testarudo e inerte para mantenerla aquí en nuestras manos solo para satisfacer tu propio sentimentalismo”. “Muriel, estás siendo injusta”, dijo Galahad débilmente. “Sabes que nunca tuvimos los medios para mantenerla en una institución antes de la muerte de Charles”. “El gobierno proporciona instituciones para los ancianos e inválidos”, soltó Muriel. “Debería haberse largado hace tiempo”. “No estamos en Inglaterra”, dijo Galahad. “Las instituciones aquí no son aptas para seres humanos”. “La abuela”, dijo Robert, “difícilmente puede ser clasificada como un ser humano. Es una bolsa babeante de carne descompuesta”. “Robert”, dijo Galahad sin convicción, “ya vale, Robert”. “Bueno ya he tenido bastante”, dijo Robert. “Invitar a gente aquí para una charla normal y una copa y que aparezca el monstruo de Glamis, farfullando a plena luz del día hasta que tuve que echarla. Amablemente por supuesto”.
  • 14. 14 “Recuerda Galahad”, añadió Muriel, “esta gente mayor no tienen sentimientos como tú o yo. Será mucho más feliz en una institución donde hay la ayuda adecuada para cuidarla. Están muy bien organizados hoy en día. Este lugar del que te hablé en Santa Brígida está llevado por la Hermandad del Pozo de Luz y están financiados por una prominente compañía de Cereales Americana (Cereales para el Desayuno Rebotando Cía.) Todo está organizado muy eficientemente y es razonablemente económico”. “Sí me lo dijiste”, dijo Galahad que parecía aburrido con la discusión. “Estoy de acuerdo en que parece el tipo de lugar donde enviarla, estará bastante bien cuidada allí espero”. “¿Entonces cuando la empaquetamos fuera? Dijo Robert. Podría convertir esa habitación en un taller para la motocicleta”. “No hay una prisa desesperada”, dijo Galahad. “Tendremos que hablar con ella”. “¿Hablar?” dijo Muriel sorprendida. “No tiene ni idea ni de dónde está, ni siquiera creo que note el cambio”. “Podría ser”, dijo Galahad. “Nunca sabes hasta que punto comprende todo”. “Tu madre”, replicó Muriel, “está senil. Cuanto antes lo aceptes mejor”. Por un instante retiré la trompetilla de mi oído, en parte porque me dolía el brazo. ¿Senil? sí me atrevo a decir que tienen razón, ¿pero qué significa senil? Me apliqué la trompetilla de nuevo al otro oído, “Debería estar muerta”, dijo Robert. “A esa edad la gente está mejor muerta”. De vuelta en mi cuarto con el camisón de lana puesto, me di cuenta de que estaba temblando con una calentura que parecía pertenecer a otro. El primer terrible pensamiento recurrente fue: “Los gatos, ¿qué será de los gatos?” luego Carmela, “¿qué pasará con Carmela los lunes por la mañana, y la gallina roja? ¿y por qué creen saber que estás mejor muerto? ¿cómo pueden saberlo?” y Oh Querida Venus (Siempre le rezo a Venus, una estrella tan brillante y reconocible) ¿qué es la “Hermandad del Pozo de Luz”? suena más terrorífico que la muerte misma, una hermandad con el sombrío conocimiento de lo que es mejor para las otras personas y la determinación de hierro de mejorarlas les guste o no. Oh Venus, ¿qué he hecho para merecer esto? ¿y qué pasará con los gatos, qué será de Marmeen y Tchatcha? Nunca convertiré su lana en un cárdigan para calentar mis huesos, nunca vestiré lana de gato, probablemente llevaré un uniforme, ninguna gallina roja pondrá un huevo diario sobre mi cama”.
  • 15. 15 Atormentada por todas estas terribles visiones y pensamientos caí en algo más cercano a la catalepsia que al sueño. Naturalmente visité a Carmela al día siguiente para contarle las horribles novedades. Llevé mi trompetilla, con la esperanza de recibir algún consejo. “Hay veces”, dijo Carmela, “que soy clarividente. Cuando vi la trompetilla en el mercadillo me dije a mí misma ‘es justamente lo que Marian necesita’. Tuve que comprarla de inmediato, tuve una premonición. Son terribles noticias, tengo que tratar de pensar en algún plan”. “¿Cuál es tu pálpito sobre la Hermandad del Pozo de Luz?” pregunté. “Me da miedo”. “La Hermandad del Pozo de Luz”, dijo Carmela, “obviamente es algo extremadamente siniestro. No supongo una compañía para transformar señoras mayores en cereales, sino algo moralmente siniestro. Debo pensar en algo para salvarte de las garras del Pozo de Luz”. Parecía divertirse sin ninguna razón en absoluto y reía entre dientes aunque pude ver que estaba bastante molesta. “¿Piensas que no me permitirán llevar los gatos?” “Gatos no”, dijo Carmela. “En las Instituciones, de hecho, no está permitido que te guste nada. No tienen tiempo”. “¿Qué puedo hacer?” dije. “Sería una lástima cometer un suicidio cuando ya he vivido durante noventa y dos años y realmente no he comprendido nada”. “Puedes escapar a Laponia”, dijo Carmela. “Podríamos tejer una tienda aquí para que no tengas que comprar una cuando llegues”. “No tengo dinero, nunca podría llegar a Laponia sin dinero”. “El dinero es un gran fastidio”, dijo Carmela. “Si yo tuviera alguno te lo daría y tomaríamos unas vacaciones en la Riviera de camino a Laponia. Incluso podríamos apostar un poco”. Ni siquiera Carmela podía darme consejo práctico alguno.
  • 16. 16 Las casas son realmente cuerpos. Nos conectamos a los muros, techos y objetos del mismo modo que a nuestros hígados, esqueletos, carne y torrente sanguíneo. No soy una belleza, no necesito ningún espejo que me asegure lo absoluto de este hecho. No obstante me aferro a muerte a este demacrado bastidor como si se tratase del límpido cuerpo de la misma Venus. Esto vale también para el patio posterior y el pequeño cuarto que ocupaba entonces, mi cuerpo, los gatos, la gallina roja, todos parte de mi cuerpo, de mi propio y perezoso torrente sanguíneo. La separación de estas cosas tan conocidas y queridas, sí queridas, era “la muerte y la muerte de hecho” según la vieja rima de el Hombre de Doble Lenguaje. No había remedio para esa aguja en mi corazón con su largo hilo de sangre vieja. Entonces ¿qué pasa con Laponia y su equipo de perros peludos? Sería también una violación de estos queridos hábitos, sí efectivamente, pero qué diferente de una institución para decrépitas señoras mayores. “En el caso de que te encerraran en un cuarto del décimo piso”, dijo Carmela encendiendo un cigarro, “podrías coger un montón de esas cuerdas que tejes, y escapar. Podría esperarte abajo con una metralleta y un automóvil, un automóvil alquilado claro está, no creo que resultara demasiado caro por una hora o dos”. “¿De dónde sacarías la metralleta?” pregunté, intrigada ante la idea de Carmela armada con tan mortífero artefacto. ¿Y cómo funcionan? Nunca logramos poner en marcha aquel planisferio. Supongo que una metralleta será más complicada”. “Las metralletas”, dijo Carmela, “son la sencillez misma. Las cargas con un montón de balas y aprietas el gatillo. No necesita una manipulación intelectual y en realidad no tienes porque dar a nadie. El ruido impresiona a la gente, creen que eres peligroso si tienes una metralleta”. “Realmente podrías ser peligrosa”, repliqué alarmada. “¿Supón que me das por error?”.
  • 17. 17 “Solamente apretaría el gatillo en caso de absoluta necesidad. Si soltaran tras de nosotras una manada de perros policía en tal caso estaría obligada a disparar. Una jauría entera de perros es un blanco bastante grande, cuarenta perros a una distancia de tres yardas no sería difícil acertar. Siempre podría distinguirte de un furioso sabueso policía”. No me siento muy cómoda con el argumento de Carmela, “Suponiendo que solo hubiera un perro policía persiguiéndome alrededor y alrededor en círculos. Fácilmente podrías darme en lugar de al sabueso”. “Tú”, dijo Carmela apuñalando el aire con su cigarro, “estarías descendiendo diez pisos con tu ropa. Los perros me atacarían a mí, no a ti”. “Bueno”, dije todavía no muy convencida, “después que dejemos el patio de ejercicios (habrá un patio de ejercicios supongo, rodeado por altos muros), plagado de perros policía muertos, ¿qué haremos luego y dónde iremos?” “Nos uniremos a una banda en un costoso complejo hotelero y pincharemos los teléfonos para saber los ganadores de las carreras de caballos antes de que los corredores de apuestas paguen”. Carmela se salía por la tangente. Hice un intento de traerla de nuevo al asunto de nuestra discusión. “Creí que habías dicho que los animales no estaban permitidos en las instituciones. ¿Cuarenta perros policías son sin duda animales?” “Los perros policía hablando con propiedad no son animales. Los perros policía son animales pervertidos sin mentalidad animal. ¿Los policías no son seres humanos entonces cómo pueden ser los perros policía animales?” Esto era imposible de contestar. Carmela debería haber sido abogada, era muy buena en debates complicados. “Podrías asimismo decir que los collies son ovejas pervertidas”, dije finalmente. “Si mantienen tantos perros en una institución no veo que diferencia habría con un gato o dos”. “Piensa en los gatos viviendo en constante angustia en medio de cuarenta feroces sabuesos policía”. Carmela mirando fijamente ante ella con expresión agónica, “Su sistema nervioso no sobreviviría a una situación como esa”. Tenía razón, por supuesto, como de costumbre.
  • 18. 18 Sintiéndome todavía aplastada por la desesperación, me arrastré de vuelta a casa. Cuánto echaría de menos a Carmela y sus estimulantes consejos, los puros, las pastillas con sabor a violeta. Probablemente me harán chupar vitaminas en una institución. Vitaminas y sabuesos policía, muros grises, metralletas. No podía pensar coherentemente, el horror de la situación flotaba en enredadas masas en mi cabeza, provocándome un dolor como si estuviera llena de espantosas algas. La fuerza de la costumbre más que mi propia capacidad me llevó a casa y me senté en el patio trasero. Por extraño que parezca estaba en Inglaterra y era domingo por la tarde. Estaba sentada con un libro en un asiento de piedra bajo un macizo de lilas. Cerca una mata de romero saturaba el aire con su perfume. Jugaban al tenis en las inmediaciones, el sonido de las raquetas y bolas era bastante audible. Esto era el jardín holandés hundido. ¿Por qué holandés me pregunto? ¿Las rosas? ¿los geométricos parterres? ¿o quizás por qué está sumergido? Las campanas de la iglesia repican, es la iglesia Protestante, ¿hemos tomado el té ya? (sándwiches de pepino, torta de semillas y almendrados) Sí, el té debe haber terminado. Mi largo y oscuro cabello es suave como el pelo de un gato, soy bella. Esto es bastante chocante porque acabo de darme cuenta de que soy bella y tengo que hacer algo al respecto, ¿pero qué? La belleza es una responsabilidad como otra cualquiera, las mujeres bellas llevan vidas especiales como los primeros ministros pero eso no es lo que realmente quiero, tiene que haber otra cosa… El libro. Ahora puedo verlo, los Cuentos de Hans Christian Andersen, La Reina de las Nieves. La Reina de las Nieves, Laponia. El pequeño Kay haciendo multiplicaciones en el helado castillo. Ahora puedo ver que también me han dado un problema matemático que no puedo resolver aunque lo he estado intentando durante muchos años. Realmente no estoy aquí en Inglaterra en este perfumado jardín aunque no desaparece como casi siempre hace, estoy inventando todo esto y está a punto de desaparecer, pero no lo hace. Sentirse tan fuerte y feliz es muy peligroso, algo horrible está a punto de ocurrir y debo encontrar una solución rápidamente.
  • 19. 19 Todas las cosas que amo van a desintegrarse y no hay nada que pueda hacer para evitarlo a menos que resuelva el problema de la Reina de las Nieves. Ella es la Esfinge del Norte de crujiente piel blanca y diamantes en las diez garras de cada pie, su sonrisa está congelada y sus lágrimas repiquetean como granizo sobre los extraños diagramas dibujados a sus pies. En alguna parte, alguna vez, debo haber traicionado a la Reina de las Nieves, ¿seguramente a estas alturas debería saberlo? El joven con pantalones blancos de franela ha venido a preguntarme algo, ¿quiero jugar al tenis? bien, realmente no soy muy buena ya lo sabes, por eso prefiero leer un libro. No, un libro intelectual no, solo cuentos de hadas. ¿Cuentos de hadas a tu edad? ¿Por qué no? ¿Qué es edad de todos modos? Algo que no comprendes, Amor Mío. Los bosques están ahora llenos de anémonas silvestres, ¿vamos? No querida, no dije enemas silvestres, dije anémonas silvestres, flores, cientos y miles de flores silvestres por todo el suelo bajo los árboles hasta el mirador. No tienen olor pero su presencia es como un perfume e igual de obsesivo, las recordaré toda mi vida. ¿Te diriges a alguna parte Querida? Sí, a los bosques. Entonces ¿por qué dices que las recordarás toda tu vida? Porque eres parte de su memoria y vas a desaparecer, las anémonas florecerán eternamente, nosotros no. Querida deja de filosofar no te sienta bien, hace que tu nariz enrojezca. Desde que descubrí que era realmente bella no me importa tener la nariz roja si mantiene una forma tan bella. Eres odiosamente vanidosa. No Querido, no realmente porque tengo un espantoso presentimiento que desaparecerá antes de que sepa qué hacer con él. Estoy tan horriblemente asustada que no tengo tiempo de disfrutar de ser vanidosa. Eres una maníaca depresiva y me aburriría como una ostra si no fueras tan bonita. Nadie podría aburrirse conmigo tengo demasiado espíritu.
  • 20. 20 Demasiado, pero también mucho cuerpo, gracias al Cielo. La luz verde y dorada de los bosques, mira los grandes helechos. Dicen que las brujas hacen magia con semillas de helecho, son hermafroditas. ¿Las brujas? No, los helechos. Alguien trajo aquel colosal abeto azulado del Canadá, costó millones y millones, qué tontería traer un árbol de América. ¿No odias América? No, porqué debería odiar América, nunca he estado allí, son espantosamente civilizados. Bien odio América porque sé que si alguna vez entras nunca podrás salir y llorarás toda tu vida por las anémonas que nunca volverás a ver. Quizás América está cubierta de cabo a rabo de flores silvestres, sobre todo anémonas por supuesto. Sé que no es así. ¿Cómo es posible que lo sepas? No la parte de América en que estoy pensando. Hay otras clases de plantas, y polvo. Polvo, polvo. Probablemente unas pocas palmeras y vaqueros galopando aquí y allá sobre vacas. Montan a caballo. Bueno, caballos. ¿Qué importa cuándo estás tan enfermo por volver al hogar de nuevo que no notarías si estuvieran montando cucarachas? Bueno, no tienes que irte a América, así que alégrate. ¿No? Quién sabe, algo me dice que voy a ver buena parte de América y que estaré allí muy triste a menos que ocurra un milagro. Milagros, brujas, cuentos de hadas, ¡madura Querida! Puedes no creer en la magia pero en este mismo momento algo muy extraño está pasando. Tu cabeza se ha disuelto en el aire y puedo ver los rododendros a través de tu estómago. No es que estés muerto o algo dramático por el estilo, simplemente te estás desvaneciendo y ni siquiera puedo recordar tu nombre. Recuerdo tus franela blancos mejor de lo que puedo recordarte a ti. Recuerdo todas las cosas que sentí sobre el franela blanco pero sobre quien quiera que los hacía caminar ha desaparecido totalmente. Conque me recuerdas como un traje de lino rosado sin mangas y mi rostro se confunde con docenas de otros rostros, ni siquiera tengo nombre. ¿Por qué entonces tanto alboroto con la individualidad?
  • 21. 21 Me pareció oír a la Reina de las Nieves reír, rara vez ríe. Allí estaba yo cabeceando en mi terrible y vieja carcasa y Galahad estaba tratando de decirme algo. Estaba gritando al tope de su voz: “No, no estoy invitándote a jugar al tenis, estoy tratando de decirte algo muy agradable e importante”. ¿Agradable? ¿Importante? “Te vas de vacaciones, Madre. Te vas a divertir mucho”. “Querido Galahad, no me cuentes estúpidas historias. Vais a mandarme a un hogar para mujeres seniles porque todos piensan que soy una repulsiva bolsa vieja y me atrevo a decir que desde su punto de vista tienen razón”. Se quedó murmurando, mirándome como si hubiera sacado una cabra viva de mi gorro. “Esperamos que seas razonable en todo esto”, gritó al final. “Estarás muy a gusto y tendrás mucha compañía”. “Mi querido Galahad, ¿me pregunto qué consideras ser irrazonable? ¿Quiere decir que podría echar la casa abajo ladrillo por ladrillo y estamparlos? ¿Arrojar la televisión desde el techo? ¿Montar desnuda en la repulsiva motocicleta de Robert? No, Galahad. No tengo la fortaleza para ninguna de esas reacciones. No tengo absolutamente elección salvo ser lo que tú llamas razonable, no tienes que preocuparte”. “Ya verás, serás muy feliz Madre, tendrás toda clase de interesantes pasatiempos y un entrenado personal que vigilará que nunca estés sola”. “Nunca estoy sola, Galahad. O mejor dicho nunca sufro de soledad. Sufro más por la idea de que mi soledad me pueda ser arrebatada por un grupo inmisericorde de gente bien intencionada. Por supuesto no espero que me comprendas jamás, todo lo que pido es que no imagines que me estás persuadiendo cuando en realidad me estás forzando contra mi voluntad”. “Realmente Madre, se trata de tu propio bien, sé que lo apreciarás más tarde”. “Lo dudo mucho. En todo caso, nada de lo que diga cambiará tu opinión, así que ¿cuándo debo irme?” “Bueno, hemos pensado que podríamos llevarte el martes, solo a echarle un vistazo. Si no estás satisfecha con el lugar puedes volver directa a casa”.
  • 22. 22 “Hoy es domingo”. “Sí hoy es domingo. Me alegra verte animada Madre, verás qué buenos ratos vas a pasar, harás muchos amigos y ejercicio saludable en Santa Brígida. Es casi como el campo ya verás”. “¿Qué quiere decir ‘ejercicio saludable’?” pregunté, presa de la horrible premonición de que pudieran tener un equipo de hockey; nunca se sabe con la terapéutica moderna. “Hago un montón de ejercicio aquí”. “Deportes organizados de algún tipo”, replicó Galahad, confirmando mis temores. “Vas a sentirte como una niña de dos años después de un mes o dos”. No era capaz de mantener mi respiración adecuadamente, me quedé callada para reservar energía, tenía muchas cosas que averiguar antes de caer redonda en la tumba. Además argumentar con Galahad era obviamente estéril. Continuó hablando por algún tiempo pero ya no escuchaba lo que decía porque había dejado de gritar. Hace unos cincuenta o sesenta años compré un práctico baúl de lata en el barrio judío de Nueva York. Este baúl ha resistido el paso del tiempo en toda clase de diferentes servicios. Recientemente lo he estado usando como mesa de té cuando Carmela viene a visitarme. Solo esperaba empacarlo de nuevo cuando partiera para Laponia. Nunca puedes estar segura del futuro. No había abierto el baúl desde hace unos siete años, debió ser cuando Carmela me dio una botella con una pócima para dormir que hizo ella misma y que nunca me atreví a probar. La botella estaba todavía en el fondo del baúl y se había vuelto un sedimento cristalino que parecía extraordinariamente venenoso, tenía un tinte pardusco con un cultivo de hongos grises alrededor de la tapa. Decidí dejarla igual, nunca sabes lo que puede resultar útil, nunca tiro nada. El baúl por dentro estaba hecho de madera sólida y empapelado con un diseño de buen gusto que estaba ligeramente manchado en algunas partes. El primer objeto que coloqué al lado de la pócima para dormir fue desde luego la trompetilla fatal. Lo que me hizo pensar en el Arcángel Gabriel aunque creo que se supone que la tocaba y no escuchaba a través de ella, esto, según la Biblia, sería el último día cuando la humanidad se acerque a la catástrofe final. Extraño como la Biblia siempre parece terminar en miseria y cataclismo. A menudo me pregunto cómo este Dios iracundo y vicioso se ha vuelto tan popular.
  • 23. 23 La humanidad es muy extraña y no pretendo comprender nada, sin embargo ¿por qué adoran algo que solo manda plagas y masacres? ¿y por qué a Eva se le echa la culpa de todo? Luego tuve que abrir la cómoda y sacar las cosas, y todas las cajas de cartón con sus diferentes etiquetas, mermelada, vidrio, judías enlatadas, salsa de tomate. No contenían, desde luego, lo que las etiquetas decían, sino diferentes trastos que se van acumulando con el tiempo. Una tiene que ser muy cuidadosa al escoger las cosas que se lleva cuando se va para siempre, algo aparentemente inútil puede resultar esencial bajo circunstancias específicas. Decidí empacar como si me fuera a Laponia. Había un destornillador, un martillo, clavos, alpiste, un montón de cuerdas que yo misma había hecho, algunas tiras de cuero, partes de un reloj despertador, agujas e hilo, una bolsa de azúcar, fósforos, cuentas de color, conchas marinas y así sucesivamente. Finalmente metí unas cuantas prendas para evitar que las cosas sonaran dentro del baúl. A sabiendas de que Muriel era una entrometida profesional y para evitar una posible revisión de mis pertenencias, llené las cajas de cartón vacías con piedras del patio trasero y las até de nuevo con cuerdas, de modo que pareciera que había dejado toda mi miscelánea colección atrás. Muriel calificaría todo como “basura” y lo arrojaría fuera. Por supuesto sabía que no iba a sobornar a los esquimales, pero puse todo dentro como si fuera a hacerlo. Las instituciones así como el lejano Norte están aislados de la civilización y nunca sabes lo que la gente puede desear. No fui educada en un colegio de monjas para nada. El tiempo, como todos sabemos, pasa. Que regrese de la misma manera es bastante dudoso. Un amigo mío a quien no he mencionado hasta ahora debido a su ausencia me dijo que un universo rosado y uno azul se cruzan mutuamente en partículas como dos enjambres de abejas y cuando un par de abejas de diferente color chocan entre ellas los milagros suceden. Todo esto tiene algo que ver con el tiempo aunque dudo que pueda explicarlo coherentemente.
  • 24. 24 Este amigo en particular, el señor Marlborough, ha estado viviendo en Venecia con su hermana de modo que no le he visto hace mucho tiempo. El señor Marlborough es un gran poeta y ha alcanzado la fama en años recientes. A veces he pensado en escribir poesía yo misma pero encontrar palabras que rimen entre ellas es difícil, como tratar de conducir una manada de pavos y canguros por una concurrida vía pública y mantenerlos perfectamente juntos sin que se detengan a mirar los escaparates. Hay tantas palabras, y todas significan algo. Marlborough me contó que su hermana está lisiada de nacimiento aunque lo dice tan misteriosamente que a veces me pregunto qué es lo que realmente le pasa. Si recuerdo correctamente los escritores usualmente encuentran algunas excusas para sus libros, aunque realmente no sé porqué debes excusarte a ti mismo por tener una ocupación tan tranquila y pacífica. Los militares al parecer nunca se disculpan por matarse entre ellos sin embargo los novelistas se sienten avergonzados por escribir algunos hermosos e inertes libros en papel que no es seguro que vayan a ser leídos por nadie. Los valores son muy extraños, cambian tan rápidamente que no puedo seguirlos. Digo todo esto porque pienso que podría escribir algunos poemas después de todo. Creo que una balada sería bastante mi estilo, con versos cortos y simples, algo así: No hay nada sobre el suelo, Aunque he mirado puerta a puerta. Abandonada por mis parientes y amigos No les dejaré ni un imperdible. Nada pretencioso con largas palabras. Es solo un ejemplo, de hecho preferiría algo más romántico. Con todos estos pensamientos zumbando en mi cabeza como arena a través de un tamiz continué empacando. Fue un trabajo bastante largo pero no deseaba dormir, estaba demasiado preocupada. Dormirse y despertar no son del todo tan distintos como solían serlo, a menudo los confundo. Mi memoria está llena de toda clase de cosas que no están, quizás, en orden cronológico, pero hay mucho de eso. Me enorgullezco de tener una excelente facultad, la de los recuerdos misceláneos.
  • 25. 25 Los gatos cantaban himnos a la luna. En la orilla del mar solo una cuchara de plata, Esta imagen rimada nunca fue acabada, debí quedarme dormida después de todo. Santa Brígida es un suburbio al extremo sur de esta ciudad. En realidad es una antigua aldea hispano-india vinculada por estaciones de servicio y factorías a la metrópolis. Unas casas son de adobe y otras de piedra maciza, las calles empedradas y estrechas, bordeadas por árboles y altos muros que ocultan mansiones coloniales y parques. El lugar tiene cierto encanto cuando no huele tan fuertemente durante los días húmedos al papel de la fábrica Gómez y Compañía. Basta una gota de lluvia para que todo el lugar quede invadido por un hedor espantoso. La última casa de la calle Albahaca era la Institución. Era bastante diferente a cualquier cosa que Carmela y yo hubiéramos imaginado. Había muros, naturalmente, pero todo lo demás era diferente. Desde fuera no se podía ver gran cosa salvo unas grandes paredes antiguas sobre las que goteaban plumbagos y yedras. La puerta frontal era una mole de madera maciza reforzada con herrajes que alguna vez podrían haber sido cabezas. Debieron ser frotados porque aparecían casi lisos. Solo pude ver una torre que sobresalía sobre un piso por encima del muro. Todo esto parecía más un castillo medieval que el hospital o prisión que esperaba. La señora que nos hizo entrar era tan sorprendentemente diferente de la inmaculada guardiana que esperaba que no podía dejar de mirarla. Era un tanto más joven que yo, diría que unos diez años; vestía un par de pantalones de pijama de franela, un esmoquin de caballero y un suéter gris con cuello de tortuga. Tenía más bien mucho pelo que salía de debajo de una gorra de marinero que llevaba inscritas las palabras H. M. S. Pulgarcita, y una corona. Parecía muy excitada y no paraba nunca de hablar. Galahad y Muriel trataban de hacer un comentario de vez en cuando pero no les dejaba meter baza.
  • 26. 26 Primeras impresiones nunca suelen ser muy claras, solo puedo decir que parecía haber varios patios, claustros, fuentes estancadas, árboles, arbustos, jardines. El edificio principal era en efecto un castillo, rodeado de varios pabellones de formas incongruentes. Viviendas de las que les gustan a los duendes con forma de seta, chalets suizos, vagones de ferrocarril, uno o dos bungalós corrientes, algo con forma de bota, otro que tomé por una sobredimensionada momia egipcia. Todo era tan extraño que por un momento dudé de la veracidad de mi observación. Nuestra guía continuó hablando excitadamente y parecía explicarme algo a mí, ignorando a Muriel y Galahad. Podía ver el asombro escrito en sus rostros, pero lo cierto es que las molestias que se habían tomado para traer mi baúl les prevenía de cambiar de opinión. Después de caminar durante mucho tiempo llegamos a una torre que estaba sola en medio de un huerto. No era la torre del edificio principal. Era una nueva torre de no más de tres plantas de altura y encalada. Tenía una cierta semejanza con un faro, algo que difícilmente esperarías en un jardín. Nuestra guía abrió la puerta y, después de hablar durante un cuarto de hora, nos dejó entrar. Este extraordinario lugar era evidentemente donde se supone que iba a vivir. El único equipamiento real era una silla de mimbre y una pequeña mesa. Todo el resto estaba pintado. Quiero decir que las paredes estaban pintadas con el equipamiento que no estaba allí. Era tan ingenioso que casi caí al principio. Traté de abrir el armario pintado, una estantería con libros y sus títulos. Una puerta pintada y un estante con toda clase de ornamentos. Todo este equipamiento unidimensional provocaba un extraño efecto depresivo, como una nariz golpeando contra una puerta de cristal. No pasó mucho tiempo antes de que Galahad y Muriel se fueran, pero nuestra acompañante permaneció, hablando como una loca. Me preguntaba si sabría que no podía escuchar ni una palabra de lo que decía. Pero la verdad es que habría sido imposible comunicar nada a través del torrente de palabras, aunque mi enunciación hubiera sido fuerte y pesada. Finalmente la dejé sola hablando todavía y subí las escaleras para examinar el resto de la torre. Había un cuarto con una ventana real, una cama y un ropero. Las paredes no estaban decoradas. En la esquina había una escalera que conducía a una trampilla que decidí dejar para otra ocasión, me sentía débil después de tanto esfuerzo.
  • 27. 27 Fui capaz de hacer veinticinco viajes subiendo y bajando escaleras y desempacar por completo mi baúl y todavía seguía hablando. Decidí correr el riesgo de usar mi trompetilla. El baño estaba en la planta baja y era un buen lugar para testar la acústica. “No es que significara una gran diferencia porque aquí no se le permitía en ningún caso por los patos. Me envió una hermosa larga carta, sin embargo, y debería haber leído cómo persiguió a un chacal durante diez kilómetros”. “Es casi la hora del té y el Dr. Gambito espera que estemos reunidos antes de que suene la campanilla. El Dr. Gambito es una persona altamente irrazonable en lo concerniente al tiempo así que lo mejor es que nos demos prisa. Personalmente pienso que el tiempo carece de importancia y cuando pienso en las hojas en otoño y la nieve, la primavera y el verano, los pájaros y las abejas me doy cuenta de que el tiempo carece de importancia, sin embargo la gente le da tanta importancia a los relojes. Ahora creo en la inspiración, una conversación inspirada entre dos personas con cierta misteriosa afinidad puede acarrear más alegría en la vida que incluso el tipo más caro de reloj. Desgraciadamente hay muy pocas personas inspiradas y una tiene que retroceder hasta su propia reserva de fuego vital, esto es de lo más extenuante especialmente cuando, como sabes, tengo que trabajar día y noche incluso si todos mis huesos me duelen y mi cabeza da vueltas y me desmayo de fatiga y nadie comprende mi lucha a muerte para mantenerme en pie y no perder mi inspirada alegría de vivir incluso si tengo palpitaciones en el corazón y me conducen como a una pobre bestia de carga a menudo me siento como Juana de Arco tan terriblemente incomprendida y todos esos terribles cardenales y obispos atosigando su pobre mente agonizante con tantas preguntas innecesarias. No puedo evitar sentir una profunda afinidad con Juana de Arco y a menudo siento que soy quemada en la hoguera solo por ser tan diferente de todos los demás porque siempre he rehusado renunciar a este maravilloso extraño poder que llevo dentro de mí y que empieza a manifestarse cuando estoy en armoniosa comunicación con otro ser inspirado como yo”.
  • 28. 28 Hice varios intentos fútiles de decirle que de todo corazón estaba de acuerdo con su filosofía de vida. También quise preguntarle si podía llevar mi trompetilla al té sin provocar demasiados comentarios pero fue imposible, continuó hablando aunque de pie frente a ella continuaba abriendo y cerrando mi boca esperanzadamente. Además empezaba a preocuparme el Dr. Gambito al que le disgustaba que las personas llegaran tarde al té pero mi acompañante no daba señales de moverse y estaba parada bloqueando la única salida. Podríamos no tomar té alguno si no íbamos inmediatamente. Esto sería muy desagradable. Suponiendo que solo dieran merienda y no cena, tendría hambre hasta el desayuno. “Si tan solo la gente en este mundo se diera cuenta de la importancia de comprenderse entre sí. Ahora por ejemplo, nadie me comprende aquí, ni siquiera hacen un esfuerzo por compartir una pequeña parte de la terrible carga de trabajo que me aplasta como a Juana de Arco. Sin embargo mi fuente de inspiración permanece intacta porque la capacidad de lucha está dentro de mí. Burbujas de ideas puramente creativas brotan de mí, doy, doy, doy, sin embargo otras personas no comparten esta facultad para la comprensión. Arrojan sobre mí más y más trabajo, cuando me levanto por las mañanas me invade una terrible náusea porque estoy sobrecargada de trabajo, el simple exceso de trabajo es suficiente para desangrarte. Soy tan alocadamente generosa que todo el mundo se aprovecha de mí todo el tiempo y todas las interminables tareas del día (y de la noche) son colocadas sobre mis hombros”. Esto era de lo más alarmante, ¿qué clase de terrible trabajo había trastornado a la pobre mujer? ¿Tendría que trabajar también día y noche hasta que no pudiera parar de hablar? Quizás la hagan alimentar de carbón una enorme caldera, probablemente mantienen un crematorio privado, la gente mayor se muere. Tal vez tengan también una cuadrilla de presos y tendremos que picar piedra y cantar salomas (esto explicaría porqué lleva la gorra de marinero). Todas estas extrañas cabañas de afuera comenzaban a tener un significado siniestro. Bungalós de canción de cuna para inducir a pensar a las familias de las señoras mayores que llevamos una vida infantil y pacífica y entre bastidores un enorme crematorio y una cuadrilla de presos.
  • 29. 29 Empecé a sentirme mal y a dejar de importarme si nos perdíamos el té después de todo. Mi brazo estaba paralizado de sostener la trompetilla pero algún tipo de infeliz fascinación me impedía quitármela y caer de nuevo en lo que ahora me parecía un bendito silencio. En alguna parte a lo lejos sonó una campana y, sin dejar de hablar, mi acompañante me cogió por el brazo y nos dirigimos hacia el edificio principal. Mantuve la trompeta en mi oído como si estuviera hipnotizada. Su charla era como la rueda de la fortuna que tiene ciertas variaciones pero que siempre vuelve al mismo punto. Su entusiasmo nunca desfallecía, ni tampoco la expresión de intensa sinceridad de su agradable rostro arrugado. Después supe que el nombre de mi acompañante era Anna Wertz. No me lo dijo ella misma pues nunca habría tenido tiempo para comunicar algo tan práctico y banal. El salón comedor era una amplia estancia panelada con ventanales que se abrían hacia el jardín. Cortinas de terciopelo verde algo desgastadas por el uso nos separaban de otro gran salón en el cual todo estaba cubierto de cretona. Llegamos justo a tiempo para ocupar nuestro lugar mientras los demás se sentaban. Estaba situada entre Anna Wertz y otra señora. Estábamos sentadas en fila dando la espalda a los ventanales y esto me dio una sensación de claustrofobia. Por un día o dos las nueve personalidades de mis nuevas compañeras fueron algo confusas. Todas eran bastante diferentes por supuesto, pero lleva tiempo distinguir a la gente. Después de un breve primer examen no me atrevía a mirar muy de cerca al Dr. Gambito, temerosa de parecer insolente. Se sentaba a la cabeza de la mesa, lo cual era natural supongo, siendo el único caballero presente. La primera impresión que me dio fue la de ser calvo, casi completamente calvo, muy voluminoso y nervioso. Era difícil ver sus ojos pues llevaba unos gruesos anteojos. Cuando finalmente pude espiar tras sus gruesas lentes vi que tenía unos dulces ojos verdes de oscuras pestañas, bastante incongruentes en una cara semejante; parecían los ojos de un niño. Eran ojos que miraban a ninguna parte. Supongo que era tan miope que había poco que pudiera ver de todos modos, pobre hombre. Tan pronto como estuvimos frente a nuestra ración de mermelada de fresa y dos rebanadas de pan Anna Wertz se lanzó inmediatamente a algo que pudo haber sido un discurso.
  • 30. 30 “Silencio, Anna Wertz, permanezca callada”, dijo el Dr. Gambito, tan de improviso y con una voz nasal tan penetrante que dejé caer mi cuchara. Aun sin la trompetilla pude oírlo perfectamente. “Hoy en honor a un nuevo miembro de Nuestra Pequeña Sociedad, voy a delinear los principios básicos del Salón Luminoso. La mayoría de vosotras lleva aquí un tiempo y estáis familiarizadas con nuestro Propósito. Buscamos seguir el significado interno de la Cristiandad y comprender la Enseñanza Original del Maestro. Me habéis oído repetir estas frases muchas, muchas veces, sin embargo ¿realmente captamos el significado de tal Obra? Obra es y Obra permanecerá. Antes de que comencemos a percibir un débil rayo de Verdad debemos esforzarnos durante muchos años y perder la fe una y otra vez antes de que la primera recompensa nos sea concedida”. Advertí que tenía un ligero acento extranjero que era difícil de situar. No obstante su voz nasal era tan audible como cualquier sirena. Parecía inspirar gran respeto a todo el mundo, todas masticaban su comida y miraban sus platos con gesto serio. Mientras hablaba tuve ocasión de examinar un gran óleo colgado en la pared que estaba frente a mí. La pintura representaba a una monja con una cara muy extraña y maliciosa. “Estos principios aparentemente simples, pero infinitamente difíciles, son el núcleo de Nuestra Enseñanza”, continuó el Dr. Gambito. “Hay dos pequeñas palabras que siempre proveerán la Clave para la comprensión de la Cristiandad Interna. Recuerdo de Sí, amigas mías, son las palabras que debemos empeñarnos en mantener presentes a través de todas nuestras actividades diarias”. El rostro de la monja de la pintura al óleo estaba tan curiosamente iluminado que daba la impresión de guiñar un ojo, aunque esto era difícilmente posible. Debía tener un ojo ciego y el pintor reflejó su enfermedad de forma realista. Aún así la idea de que estaba guiñando persistió, me estaba guiñando con la más desconcertante mezcla de burla y malevolencia. “El Recuerdo de Sí no debe, sin embargo”, continuó el doctor, “convertirnos en deprimentes fanáticos. Podemos recordarnos a Nosotros Mismos y ser excelentes y alegres compañeros al mismo tiempo”. La idea de que el Dr. Gambito fuera alegre era más bien horripilante así que dediqué una mirada a Anna Wertz para disipar tal imagen. Miraba su plato, absolutamente furiosa.
  • 31. 31 Una o dos señoras preguntaron al Dr. Gambito y tímidamente apliqué mi trompetilla para que pudieran ver que las estaba prestando un inteligente interés. La primera de las señoras que habló llevaba una blusa a rayas bastante elegante y un chaleco y tenía su pelo cortado como el de un hombre. Luego supe que se trataba de una marquesa francesa llamada Claude de la Checherelle. Esto me impresionó profundamente pues en toda mi vida había conocido a muy pocos aristócratas. “¿Deberíamos tratar de hacer Recuerdo de Sí mientras jugamos a serpientes y escaleras?” preguntó. “Debemos hacer Recuerdo de Sí a todas horas y en todas las ocupaciones o recreos”, replicó el doctor. Noté que sus anteojos echaban un vistazo interesado a mi trompetilla. Una señora menuda de expresión preocupada y cabello escaso y suave fue la siguiente en hablar. Vi que trataba de dominar su azoramiento. “Usted sabe doctor, que en efecto hago grandes esfuerzos pero con frecuencia olvido Recordarme a Mí Misma, y es muy humillante”. “El simple hecho de observar esta falta en tu propio carácter es ya una mejoría”, dijo el Dr. Gambito. “Nos Recordamos a Nosotros Mismos a fin de tratar de crear una observación objetiva de la Personalidad”. “Bueno seguiré intentando ser más sincera para mejorar a pesar de que me doy cuenta de que tengo una naturaleza terriblemente débil”. Se la veía, sin embargo, muy contenta. Me preguntaba si había hecho su propia blusa, que era rosa con un lazo azul en el cuello. Siempre admiré a la gente que sabe coser. Carmela era una costurera admirable. Pero será mejor no pensar todavía en Carmela. Se estaban levantando de la mesa y tuve el tiempo justo de meterme en la boca el último bocado de pan antes de ser recibida por la marquesa francesa. “Claude de la Checherelle”, dijo, extendiendo su mano de una manera franca y amistosa. Si hubiera sabido entonces que era una marquesa me habría azorado por tener mi boca llena, sin embargo no lo sabía, así que tragué el pan sin ahogarme y dije “Buenas tardes” cortésmente.
  • 32. 32 “Déjame decirte”, dijo, cogiéndome firmemente por el brazo, “cómo derrotamos al ejército alemán en África allá por el año cuarenta y uno. Fue hace muchos años pero el recuerdo permanece vívido…” Así fue una de las típicas reuniones para el té en el Salón. Hay pocas actividades humanas que puedan mantenerse típicas por mucho tiempo, no obstante. Tres días pasaron antes de que tuviera mi primera entrevista privada con el Dr. Gambito. Durante ese tiempo comencé a diferenciar la identidad de mis otras compañeras e incluso llegué a conocerlas un poco. En total diez de nosotras estábamos por encima de setenta y por debajo de cien. La habitante más vieja tenía noventa y ocho. Su nombre era Verónica Adams. Había sido artista en su tiempo y todavía continuaba pintando acuarelas a pesar de que estaba completamente ciega. El hecho de que no pudiera ver lo que estaba haciendo no le impedía hacer una gran producción de obras sobre el ordinario papel higiénico destinado a nuestro uso. Tomaba la medida de una yarda al día y de esta manera no pintaba siempre sobre lo que había hecho el día anterior. Después de Verónica por orden de edad estaban Christabel Burns, Georgina Sykes, Natacha González, Claude la Checherelle (la marquesa ya mencionada), Maude Wilkins, Vera Van Tocht, Anna Wertz. Nuestra actividad diaria era supervisada por la Sra. Gambito, que se pasaba la mayor parte del tiempo en cama con dolor de cabeza, de modo que estábamos a nuestro aire. Cada vez que aparecía, sin embargo, la atmósfera se volvía notablemente tensa. Todas teníamos miedo de ella a pesar de su sonrisa constante. Aparte del Dr. y la Sra. Gambito y tres sirvientes nadie, aparentemente, vivía en el edificio principal. Todas ocupábamos nuestra cabaña individual, o bungalós como las llamaban. Pasaron varias semanas antes de que averiguara quién vivía en la torre del castillo y para entonces ya conocía a todo el mundo y los alojamientos asignados a cada quien; a todo el mundo, excepto la persona que vivía en la torre.
  • 33. 33 Verónica Adams vivía en la cabaña con forma de bota que me había sorprendido cuando llegué por primera vez; Anna Wertz ocupaba un chalet suizo que en una observación más cercana resultó ser un reloj de cuco. No, desde luego, un reloj de cuco que realmente funcionara, pero había un pájaro de plomo mirando por una ventana bajo el techo. La ventana no era una ventana real, en realidad estaba modelada en la pared de la cabaña y no miraba hacia dentro ni hacia afuera ni hacia nada. La marquesa vivía en un hongo rojo con puntos amarillos. Tenía que trepar por una escalerilla para entrar y esto debía ser muy incómodo. Maude, a quien mencioné durante la primera reunión para tomar el té, y que hacía sus propios vestidos, muy ingeniosamente creo usando patrones de papel marrón, compartía habitaciones con Vera Van Tocht, en un doble bungaló que debió haber sido alguna vez una tarta de cumpleaños. Originalmente la habían pintado de color rosa y blanco pero estos colores no habían podido resistir las lluvias del verano. Había una vela de cemento en el techo con una llama de cemento que era difícil de reconocer al principio porque la pintura amarilla de la llama de la vela se había vuelto verde oscuro. Algunas veces pensaba que la cabaña tarta de cumpleaños debía haber mejorado con el tiempo y esperaba que nunca fuera repintada con los colores originales. Georgina Sykes ocupaba una carpa de circo, o más bien una representación en cemento de una carpa con franjas rojas y blancas. Las palabras “tre y isfrute el áculo” estaban pintadas sobre la puerta, y durante mucho tiempo pensé que eran unas misteriosas palabras extranjeras. En realidad decía “Entre y disfrute el espectáculo”, pero el tiempo y la hiedra habían cubierto las palabras. Natacha González tenía un iglú de esquimal. Durante el buen tiempo había una cantidad de bancos de concreto para sentarse en el jardín. No, por supuesto, no pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo sentadas. Siempre teníamos mucho que hacer, jardinería, cocina y otras ocupaciones la mayoría de naturaleza doméstica. Mi lugar preferido era el que llamábamos el estanque de las abejas. En realidad era una fuente de aguas estancadas cubierta de lilas acuáticas y encerrada entre paredes bellamente cubiertas de geranios blancos, rosas silvestres y jazmines. Este lugar aislado era la guarida de millares de abejas melíferas que zumbaban durante todos los días cálidos a su aire. Podía sentarme entre las abejas durante horas y horas y sentirme feliz, aunque porqué me gustaban tanto no sabría decirlo.
  • 34. 34 Durante las horas de la mañana estábamos ocupadas, si bien me di cuenta de que Anna Wertz estaba a menudo echada en su tumbona frente al reloj de cuco tomando sol. Cuando no estaba en su tumbona, única en su género en el Salón, estaba parada a la puerta de la cabaña de alguien hablando. Esto parecía enojar a algunas personas pero personalmente me acostumbré a ello. En la tarde del segundo día, más adelante perdí la noción del tiempo, recibí una visita de Georgina Sykes. Entonces no sabía su nombre y la identificaba por su estatura. Era más alta que nadie y vestía ropa muy elegante con una alegre soltura que no pude menos que admirar. Aquel día, recuerdo, iba vestida con un largo kimono negro y pantalones rojos, estilo chino. Me impactó porque me pareció muy elegante. Su cabello estaba cortado en una melena corta y aunque ya no era abundante estaba arreglado ingeniosamente para cubrir una pequeña calva dando la impresión de un peinado informal de paje. Sus ojos debieron ser grandes y bellos antes del colgante de carne malva reunido debajo. Sin embargo aún conservaban una expresión bastante atrevida, acentuada por el rimmel aplicado con cierta imprecisión alrededor de los párpados. “Hay momentos en que este lugar me saca de quicio”, oí decir a Georgina después de haberme aplicado la trompetilla. “La bestia de la mujer de Gambito quiere hacerme pelar patatas pero me resulta imposible gorronear en la cocina cuando me acabo de hacer las uñas”. Para mi sorpresa también llevaba un esmalte de uñas rojo que casi cubría la parte superior de sus grandes dedos huesudos. “Pensaba que la Sra. Gambito era una persona bondadosa”, dije. “Sonríe tanto”. “La llamamos Rachel Rictus”, dijo Georgina aplastando un cigarrillo sobre mi mesa. “Su nombre es Rachel, su sonrisa un Rictus. Es una criatura peligrosa y horrible”. “¿En qué sentido es peligrosa?” mi mente regresó al invisible crematorio. Sentí ansiedad de nuevo. Me preguntaba si la Sra. Gambito asumía los castigos de los reclusos Luminosos. “Me detesta totalmente por el doctor. Es un tipo libidinoso y me mira y me mira durante las comidas, esto le hace a Rachel Rictus retorcerse de furia. Y claro está ¿cómo puedo impedir a la bestia de su marido que me devore durante las comidas?” Georgina encendió otro cigarrillo con una sonora risotada de alegría, “Y siempre está inventando excusas para hacerme entrar en su gabinete para charlar más cómodos”.
  • 35. 35 Todo esto me parecía muy extraño. El Dr. Gambito era un hombre de mediana edad por lo menos cuarenta años más joven que Georgina. No obstante nunca se sabe con la naturaleza humana y en mis tiempos me he llevado demasiadas sorpresas que no esperaba en todos los órdenes de mi vida. “¿Qué tipo particular de medicina es la especialidad del doctor?” pregunté tratando de disimular mi sorpresa, que sería descortés. “Gambito es una especie de Psicólogo Santificado”, dijo Georgina. “El resultado es la Sagrada Razón, como las Freudianas mesas giratorias. Bastante aterrador y tan falso como el Infierno. Si se pudiera salir de este hoyo dejaría de ser importante, siendo el único macho de los alrededores, ya sabes. Todas estas mujeres, es realmente demasiado tremendamente horrible. El lugar está tan plagado de ovarios que dan ganas de gritar. También podríamos estar viviendo en una colmena de abejas”. Nuestra charla fue interrumpida en ese momento por la Sra. Gambito que apareció en el dintel con un balde de patatas. Sinceramente deseé que no hubiera escuchado nuestra conversación. “Hay al menos dos miembros de la comunidad que faltan a las tareas matinales”, dijo, presionando su mano en la frente, con expresión agonizante. “Es posible que tenga que hacerlo todo sola mientras estáis todas sentadas alrededor chismorreando. Todo es posible. Pero para vuestro provecho no puedo permitir que el hábito de la pereza mate las pocas posibilidades que aún os quedan de salvar vuestras almas. O lo que pudiera convertirse en almas con perseverancia y Trabajo. A duras penas podría dársele ese digno título a esas volubles emociones que la mayoría de vosotras usa en lugar de un inmortal Yo.” Con una penosa sonrisa se volvió hacia la zona de la cocina. Georgina le sacó la lengua a sus espaldas. No obstante nos levantamos y la seguimos, hablando quedamente sobre el tiempo. “Habrá Movimientos a las cinco esta tarde en el estudio”, dijo la Sra. Gambito por encima de su hombro. “Quienquiera que llegue tarde perderá su cena como de costumbre.” “¿Qué son los Movimientos?” Pregunté a Georgina pero simplemente hizo una horrible mueca. La Sra. Gambito oyó mi pregunta y deteniéndose, dejó el balde de patatas.
  • 36. 36 “Será mejor que escuches de una vez sobre los Movimientos”, me dijo. “Quienquiera que no entienda su Significado jamás obtendrá el sentido total del Cristianismo Interno. “Los Movimientos nos fueron dados en el pasado por Alguien en la Tradición. Tienen muchos sentidos pero no soy libre de revelártelos todavía puesto que solo acabas de llegar, pero puedo decir que uno de sus sentidos últimos es la armoniosa evolución del organismo Entero gracias a los diferentes ritmos Especiales que tocaré para ti en el armonio. No esperes captar el verdadero sentido de los Movimientos cuando los hagas por primera vez, simplemente comienza como lo harías con cualquier tarea ordinaria.” No me atreví a preguntarle si los Movimientos eran gimnásticos. Estaba muy preocupada y solo asentí con la cabeza varias veces. Habría querido hacerlo una sola vez, mirándola con lo que esperaba fuera una expresión inteligente. Pero mi cabeza siguió asintiendo nerviosamente y me costó trabajo detenerla. Georgina me dio un codazo y dijo algo que no pude oír porque había olvidado mi trompetilla en el faro. Comenzaba a gustarme Georgina, parecía tan alegre. Debió pertenecer a un grupo de personas renombradas antes de que su familia la encontrara demasiado senil como para mantenerla en casa. Debió tener una vida muy excitante y sofisticada. Confiaba en que me la contara algún día, lo que hizo, varias veces después. En la cocina nos sentamos todas alrededor de una gran mesa fregada pelando verduras. Las que no estaban presentes debían estar ocupadas en otras tareas fuera. Incluyendo a la Sra. Gambito éramos cinco de nosotras. Georgina, Vera van Tocht, Natacha González y yo misma. La Sra. Van Tocht, a la que nunca pude llamar por su nombre de pila, era muy imponente. Era gorda, tan gorda que su cara y sus hombros eran casi de la misma anchura. En medio de toda esa cara se hallaban un poco arrugados, unos ojos astutos y una boca fruncida. Natacha González estaba también en el lado pesado pero parecía bastante pequeña comparada con la Sra. Van Tocht. Natacha llevaba su pelo en un moño. Teniendo sangre Indígena tenía más pelo que ninguna otra y la envidiábamos. Su cara era de color limón pálido, lo que denotaba problemas de hígado. Sus ojos eran grandes como ciruelas, con pesados párpados.
  • 37. 37 Todo el mundo hablaba y trabajaba al mismo tiempo pero como no podía oírlas me dediqué a mi misma limpiando judías verdes; las judías verdes en este país son bastante bastas y tienen hebras a ambos lados como cuerdas. Habíamos estado trabajando cerca de una hora cuando ocurrió un extraño incidente. Natacha González vertió todas sus verduras y el agua sucia en mi regazo y se levantó con los brazos alzados y los ojos desorbitados. Se mantuvo rígida durante al menos dos minutos y se derrumbó en su silla. Sus ojos estaban ahora cerrados y su cabeza hundida en el pecho. “Escucha voces”, gritó Georgina en mi oído. “Cuando hace esto cree que va a ser estigmatizada y empieza a engordar por Pascuas”. A pesar de su condición de desmayada vi la boca de Natacha apretada, como si escuchara. La Sra. Van Tocht miró a Georgina airadamente y se levantó para administrar trapos mojados en la cabeza de Natacha. La Sra. Gambito dijo algo que no pude oír pero parecía desinteresada. Después de un rato el pelado de verduras se reanudó. Cuando el reloj dio las doce salimos fuera para pasear alrededor del jardín antes del almuerzo. Tuve que cambiarme de vestido porque estaba empapada, había recibido una gran olla repleta de agua en mi regazo. No deseaba pillar un resfriado. Anna Wertz estaba confortablemente estirada en su tumbona y parecía hablar consigo misma. Aquella tarde llegué al estudio puntualmente a las cinco para los Movimientos. Había sillas a lo largo de las paredes pero por lo demás el recinto estaba vacío excepto por el armonio. Estábamos todas sentadas en silencio hasta que la Sra. Gambito apareció y se puso al lado del armonio. Llevé cuidadosamente mi trompetilla para no perderme nada. Me sentía muy ansiosa. “Esta tarde vamos a comenzar con el Cero Primario”, dijo la Sra. Gambito pasándose la mano por la frente. “Tenemos una recién llegada entre nosotras que no tiene experiencia aún con la Obra. En su provecho haré una demostración del Cero Primario”. Hizo una pausa, miró el suelo por un momento como reconcentrándose en sí misma, luego comenzó a frotarse el estómago con un movimiento circular en el sentido de las agujas del reloj y a golpearse en la parte superior de la cabeza con la otra mano. Me sentí aliviada pues esto ya lo había hecho en la guardería y no iba a tener ninguna dificultad en repetir los
  • 38. 38 movimientos de la Sra. Gambito. Después de un momento de demostración se sentó en el armonio y se aplicó al instrumento con inusitada energía para alguien de tan delicada constitución. No sólo sus brazos, codos y hombros se agitaban, realmente botaba arriba y abajo en su asiento, como si cabalgara un caballo mecánico. Todas hicimos los movimientos, cambiando de mano en el estómago cada diez vueltas. No era demasiado agotador pero me alegró cuando paramos. La Sra. Gambito dio la vuelta en su asiento y se dirigió a mí antes de que tuviera la trompetilla en el oído. “¿Eh? ¿eh? ¿eh?” Decía mientras repetía: “Marian Leatherby [De cuero], los primeros movimientos no son movimientos a Contrarreloj. Por favor observa a Maude Wilkins atentamente, está familiarizada con la mayoría de ejercicios”. Repetimos el mismo ejercicio cuatro veces seguidas y cada vez el armonio sonaba más pesado. “Ahora todo el mundo de pie y pasemos a los números cuatro y cinco bis. Marian Leatherby ten la bondad de quedarte junto a mí y observa a los otros, participarás la próxima vez”. Me acerqué y permanecí a su lado obedientemente y comenzaron algo imposible de seguir para mí. Lo único claro es que permanecían sobre un solo pie como las cigüeñas y se tambaleaban peligrosamente. El resto fue una serie de sacudidas en las que los brazos se agitaban en todas direcciones y las cabezas daban vueltas y giraban hasta el punto que pensé que iban a romperse el cuello. Entonces algo terrible me pasó. Comencé a reírme y no podía parar. Las lágrimas resbalaban por mi rostro y cubrí mi boca con la mano, confiando en que pudieran pensar que tenía un dolor secreto y estaba llorando y no riendo. La Sra. Gambito detuvo su ejercicio con el armonio. “Sra. Leatherby, si es incapaz de controlar sus emociones tenga la bondad de abandonar la sala”. Salí y me senté en el banco más cercano donde reí y reí y reí. Por supuesto fue un comportamiento irreverente, pero nada podía hacer al respecto. Incluso cuando todavía era joven ocasionalmente me sentía sobrepasada por espasmos de incontrolable risa, siempre en público.
  • 39. 39 Una vez recuerdo que en un teatro acompañado por mi amigo Marlborough casi tuve que ser llevada fuera porque un hombre con frac se levantó para recitar cierta poesía dramática. Si fue un reflejo nervioso o la poesía me pareció realmente cómica no lo puedo recordar. Marlborough siempre parecía estar presente cuando me sobrepasaban mis espasmos, que se complacía en llamar la risa maníaca de Marian. Siempre disfrutaba viéndome hacer una exhibición de mí misma. Esto me hacía preguntar cómo Marlborough estaría disfrutando en Venecia. Debía estar constantemente flotando en góndola, posiblemente acompañado de su hermana lisiada. De nuevo me pregunté a mí misma que posiblemente algo raro debía pasar con su hermana pues nunca había visto una instantánea de ella durante treinta años de amistad con Marlborough. Debe ser algo bastante espectacular como tener dos cabezas. En ese caso, difícilmente la sacaría en góndola a menos que, quizás, se sentara tras una cortina de gasa. Una gruesa gasa, o incluso estopa. Marlborough proviene de una familia bastante aristocrática por lo que puede esperarse algún tipo de peculiaridad. Aunque tuve una abuela loca, y mi familia no era aristocrática en absoluto. Pero, ¿pueden las vacas ser aristócratas? terneros de dos cabezas son bastante habituales en las ferias. Estaba pensando en todo esto cuando se me unió la Sra. Van Tocht, que se sentó pesadamente. Todavía respiraba con dificultad por el esfuerzo de los Movimientos. “Alguien está cantando 'O Sole Mio' a Marlborough que está flotando en una góndola con su hermana de dos cabezas. Dije, y me detuve abruptamente. Realmente debo aprender a no decir mis pensamientos en voz alta. La imagen había sido tan clara que había visto las dos cabezas a través de las cortinas de estopa amarillas de la góndola. La Sra. Van Tocht ignoró lo que dije y se inclinó hacia mí de manera conspirativa por lo que tuve dificultades para ajustar mi trompetilla. “Puede confiarme la tragedia de su vida”, dijo, resoplando y jadeando. “Todos tenemos nuestras pruebas y dolores en el camino de la vida hasta que vemos la luz”.
  • 40. 40 “He tenido mis dificultades”, repliqué con la intención de quejarme sobre Muriel y Robert. Esto habría sido muy agradable, pero justo cuando estaba empezando por el televisor me interrumpió con gesto impaciente: “Sí, lo entiendo todo. Hay pocos rincones oscuros en el corazón humano que no haya sondeado con mi especial perspicacia. No soy una visionaria como la Sra. González, Natacha. Querida Natacha. Pero tengo una visión astral que me permite ayudar y confortar a mis semejantes. A mi humilde manera he conducido a muchas almas descarriadas a la luz, pero todavía mis pobres dones no son nada comparados con los maravillosos poderes de Natacha. Ella controla tu entendimiento, el control espiritual es un don hermoso y raro. Natacha es la Pura Vasija a través de la cual se nos manifiestan poderes invisibles. “NO YO SINO ESO QUE FUNCIONA DENTRO DE MÍ”. Esas son las constantes palabras de Natacha, tiene una gran y límpida humildad como el Maestro cuyos milagros trabajó con las palabras 'No yo, sino mi padre que está en el Cielo'”. Durante la pausa me apresuré a volver con Robert y el televisor. “Mi nieto Robert”, dije, “tiene una desagradable adicción a la televisión. Antes de que instalara ese horrible aparato en la casa solía sentarme en el salón después de cenar y mantenía a toda la familia entretenida con cuentos de hadas y anécdotas de mi vida pasada. Me enorgullezco de poder contar una historia muy divertida cuando deseo. Nada vulgar, por supuesto, pero sí ingeniosa e incluso picante cuando no estoy demasiado preocupada con mi reumatismo. El reumatismo por supuesto es un gran obstáculo para las historias divertidas. Ahora mi nuera, Muriel, es muy poco empática con el reumatismo. También es muy golosa con los chocolates que siempre se esconde, un hábito muy desagradable. A menudo me pregunto cómo Galahad pudo alguna vez considerar casarse con una persona como Muriel...” Estaba empezando a divertirme pero la Sra. Van Tocht pronto me detuvo con un gesto imperioso, “Nunca debes enorgullecerte de nada. Incluso algo tan trivial como una anécdota cómica es una plaga espiritual si se usa como fuente de amor propio. La humildad es la fuente de luz. El orgullo es una enfermedad del alma. Mucha gente viene a mí en busca de consejos y consuelo espiritual. Cuando pongo mis manos sobre ellos para calmar su ansiedad y llenarlos de Amor y Luz siempre digo 'Primero sé humilde. Una taza llena no puede recibir.'”
  • 41. 41 Estaba casi sentada encima de mí, apenas podía respirar, pero estaba decidida a contarle más sobre Muriel: “Mi nuera comenzó dando fiestas de brisca después de que Robert trajera el televisor a casa. Al menos hubiera sido brisca, en mi época. Ahora lo llaman Fiesta de Canasta. De hecho me sacaron fuera del salón cuando la gente entró para jugar ese ridículo juego. La primera noche me negué a salir de la habitación y conté catorce cuentos de Loros sin olvidar el final de más de seis”. Esperaba que me pidiera que contara una de esas historias, y acababa de decidir contarle la historia del Yorkshire Loro cuando comenzó de nuevo: “Los miércoles por la noche Natacha recibe a pequeños grupos en nuestro bungaló. Estoy segura de que encontrarías un gran beneficio espiritual si te unieras a nosotras. Solo estarían Natacha, Maude, tú y yo, todo muy acogedor e íntimo. Natacha nos da los Mensajes, nos los envía a cada una de nosotras individualmente desde el gran invisible, y luego nos cogemos las manos alrededor de una mesita e intercambiamos nuestras vibraciones. Hay momentos en los que somos favorecidas con materializaciones desde el plano astral”. Solo había llegado a la mitad de la historia del Loro cuando se levantó del banco y dijo: “Entonces te esperaremos a las ocho y media el Miércoles por la noche en mi bungaló. No menciones esto a la Sra. Gambito pues tiene un gran orgullo espiritual y está celosa de los maravillosos poderes de Natacha. Además mantenemos el Círculo en secreto para concentrar la energía astral”. Con estas misteriosas palabras se alejó pesadamente, dejándome sin saber cómo terminaba la historia del Yorkshire Loro. Anna Wertz apareció de repente en el camino y me levanté y volví hacia mi bungaló, fingiendo que no la había visto. Pero ella caminó más rápido que yo y pronto me alcanzó. Anna realmente no me impedía disfrutar del aire de la tarde y sin mi trompetilla su voz era un murmullo distante como una multitud en un campo de fútbol lejano. Sin intentar escuchar, vi con deleite que Venus estaba fuera y centelleaba sobre las copas de los árboles. Anhelaba decirle a Anna cuánto amaba este brillante planeta pero sabía que eso estaría fuera de lugar. Parecía bastante cruzada, probablemente había estado trabajando terriblemente duro de nuevo, aunque no podía imaginar qué había hecho para estar tan exhausta.
  • 42. 42 Qué delicioso sería encontrar a unas pocas personas, o incluso a una persona, incondicionalmente emocionada por lo que dices. Me imaginé contando a una emocionada audiencia historias de Loros durante horas y horas sin que nadie interrumpiera o bostezara. O de nuevo para explicar cuán injustos Muriel y Robert han sido siempre conmigo, y cómo Galahad solía tener un fuerte carácter que se fue gradualmente debilitando por las quejas de Muriel. Meras ensoñaciones, se podría decir, aunque aún hay gente que habla mucho y nadie se atreve jamás a interrumpirles. ¿Qué podrían tener que decir que sea tan interesante? Quizás si hubieran tenido visitas fantasmales como la Sra. González, sería posible despertar el interés en otras personas, especialmente si se les habla de ellos mismos. Ahí, supongo, está el secreto. A la gente solo le gusta lo que les concierne a sí mismos y no soy una excepción a esta regla. A todos nos gusta ser populares pero el precio a pagar, hablar siempre sobre otra persona y nunca sobre uno mismo. Es dudoso que obtengas en absoluto algún disfrute, a menos que por supuesto seas constantemente invitada a tomar el té con repostería Francesa. Se puede servir vino de Oporto en lugar de té si sucede que una persona muy interesante prefiere eso. Especialmente si yo fuera esa persona interesante y solo hablara de otras personas. En ese caso quizás podría considerar cambiar las bebidas. Me vi a mí misma sentada en un cálido salón con cortinas escarlata rodeada de rostros felices, confidenciales pero imprecisos. Bebía vaso tras vaso de rico vino Portugués ocasionalmente regado con un diminuto petisús Francés. Todo el mundo se volvía cada vez más feliz, estallaron en aplausos cuando llegué al faro, Anna Wertz había desaparecido. Debió notar que no prestaba atención a lo que estaba diciéndome. Pobre Anna, qué terrible tiene que ser para ella que a nadie le guste escucharla hablar. Venus titilaba sobre los árboles y era casi la hora de la cena. Me apetecía un bonito huevo duro para la cena, pero tenía que comer lo que apareciera en la mesa. Aunque el Dr. Gambito me permitía abstenerme de la carne no podía tomar dos raciones de verduras en su lugar así que a veces me levantaba con hambre de la mesa. Nos contó que a medida que envejeces necesitas menos comida, que comer en exceso mata a los ancianos más rápido que cualquier otra cosa. Me atrevería a decir que tenía razón, pero nosotros las personas mayores obtenemos un gran placer comiendo.
  • 43. 43 Me preguntaba cómo el Dr. Gambito y la Sra. Van Tocht se mantenían tan gordos con nuestras frugales comidas. Supuse que comían en privado en sus habitaciones, aunque cómo hacía la Sra. Van Tocht para conseguir comida extra era un misterio. La Sra. Gambito estaba siempre vigilando la cocina como un lince y la despensa se mantenía candada. Decidí discutir de todo esto con Georgina que en general parecía estar bien informada. Había otra cuestión importante que decidí discutir con Georgina, la concerniente al retrato de la monja que colgaba frente a mí a la hora de las comidas. Durante las comidas el Dr. Gambito solía dar largos discursos sobre cuestiones teóricas que no entendía. Mientras el doctor peroraba tenía tiempo de sobra para examinar a la monja guiñando. Mi interés se incrementó con el paso del tiempo. Georgina era culta y a menudo mencionaba a famosos artistas que habían estado locamente enamorados de ella. Así que fingiendo un interés puramente artístico, le pregunté sobre el cuadro. “Podría ser de la escuela de Zurbarán”, dijo, mirando de un modo poco considerado. “Probablemente pintado a finales del siglo XVIII. Español por supuesto, un Italiano nunca podría haber hecho algo tan encantadoramente siniestro. A una monja con mirada lasciva. Maestro desconocido”. “¿Crees que realmente está guiñando, o es ciega de un ojo?” pregunté, ansiosa por la opinión de Georgina sobre un aspecto más personal de la dama. “Definitivamente está guiñando un ojo; la vieja obscena probablemente está en el monasterio mirando a escondidas a través de un agujero en la pared, viendo a los monjes dar cabriolas en calzones”. Georgina tenía una mente unidireccional. “Es hermoso”, añadió. “Me pregunto si los Gam lo dejaron colgando entre sus horribles posesiones. Todo en la casa debería haber sido quemado hace mucho tiempo excepto la abadesa lasciva”. Ciertamente la pintura tenía fuerza propia y me complació que Georgina también estuviera impresionada. Era una persona muy culta, casi una aristócrata.
  • 44. 44 Realmente era extraño la frecuencia con que la lasciva abadesa ocupaba mis pensamientos. Incluso le di un nombre, manteniéndolo estrictamente para mí. La llamé doña Rosalinda Álvarez de la Cueva, un bonito y largo nombre, estilo Español. Fue abadesa, imaginé, de un enorme convento Barroco en un solitario y estéril monte de Castilla. El convento se llamaba El Convento de Santa Bárbara de los Tártaros, la patrona barbuda del Limbo dijo que jugaran con los niños no bautizados de esta región inferior. Cómo se me ocurrieron todas estas fantasías no lo sé, pero me divirtieron, especialmente durante las noches de insomnio. Las personas mayores no duermen mucho. “Sí”, dijo Georgina, “cómo entendieron los Españoles la pintura de cortinas negras. Mucho más soberbiamente deprimente que cualquier otro negro. El hábito de la anciana tiene la textura de los pétalos de orquídea y el color del Limbo. Realmente es una pintura maravillosa. Su rostro rodeado por ese blanco volante almidonado es tan luminoso como la luna llena, e igual de hechizante”. De alguna manera sentí que Georgina comprendía la pintura de la abadesa lasciva mejor de lo que yo pudiera hacerlo. Tres días después de mi llegada al Salón Luminoso tuve mi primera entrevista privada con el Dr. Gambito. Fui convocada a su estudio mediante una pequeña nota de papel rosa con este mensaje: “Marian Leatherby amablemente preséntese en mi oficina a las seis de la tarde. L. Gambito, Mentalista.” La oficina, o estudio como se le llamaba en ocasiones ordinarias, estaba situada en la planta baja del edificio principal. Era una pequeña habitación mirando hacia afuera a un balcón circular y, más adelante, al césped y los cipreses que bordeaban el ala oeste. La habitación estaba llena hasta el punto de asfixia con bibelots y muebles pesados. Libros, revistas, Budas de latón y Cristos de mármol, miscelánea arqueológica, plumas estilográficas y todo tipo de otros pequeños accesorios ocupaban cada centímetro cuadrado de espacio. El Dr. Gambito se sentó tras un enorme escritorio de caoba que era la mitad de grande que la habitación. Me miró profesionalmente y me pidió que me sentara. Encontré un espacio libre con cierta dificultad.
  • 45. 45 “Durante semanas e incluso años no esperamos resultados de la Obra”, dijo el Dr. Gambito. “Sin embargo, esperamos Esfuerzo. Este Instituto fue fundado con la intención de introducir a las personas en la Obra. Cristianismo interior. Nosotros elegimos a nuestros iniciados entre personas ya experimentadas en los dolores y dificultades de la vida en tres dimensiones, personas, de hecho, ya tan decepcionadas con la existencia que los lazos emocionales se debilitarían con tiempo y frustración. Esta condición es apta para poder abrir puertas psíquicas para la Nueva Verdad”. Me miró con severidad pero solo pude cabecear, como hago siempre cuando estoy nerviosa. Escribió algo en un cuaderno y luego continuó: “Cada miembro de esta comunidad es Vigilado de cerca y Estudiado para poder recibir Ayuda. Ninguna Ayuda puede ser de utilidad si no hay colaboración y Esfuerzo por parte del individuo. Los informes en su caso particular muestran la siguiente lista de impurezas interiores: Codicia, Insinceridad, Egoísmo, Pereza y Vanidad. En la parte superior de la lista la Codicia, que significa una pasión dominante. No se pueden superar tantas deformidades psíquicas en un corto espacio de tiempo. No estás sola como víctima de tus degenerados hábitos, todo el mundo tiene defectos, aquí buscamos observar esos defectos y finalmente disolverlos bajo la luz de la Observación Objetiva, Consciente. “El hecho de que Haya Sido Elegida para unirse a esta comunidad debería ser estímulo suficiente para enfrentar valientemente sus propios vicios y buscar disminuir su control sobre ti”. Me sentí algo confundida por este discurso y podría decir que ofendida. Después de mascullar un poco para poner mis pensamientos en orden dije: “Dr. Gambito, está en un error si piensa que alguien me eligió como iniciada para su Institución. Me enviaron aquí simplemente porque mi familia deseaba quitarme de encima sin tener un asesinato sobre su conciencia. Mi nuera Muriel eligió su Institución porque era el único hogar para damas seniles que financieramente estaba dentro de sus posibilidades y las de mi hijo Galahad. Es extremadamente dudoso que alguien dentro de estos muros hubiera oído hablar de mí, entonces, ¿cómo puede insinuar que fui elegida por la Institución?”
  • 46. 46 “Hay ciertas cosas que no debe esperar comprender por ahora”, replicó misteriosamente el médico. “Viva sus tareas cotidianas con atención y Esfuerzo. No intente interpretar los Planos Superiores y sus misterios antes de que pueda salir de sus Hábitos Automáticos. Vicio y Hábito significan lo mismo. Mientras seamos víctimas del Hábito, seremos esclavos del Vicio. Le aconsejo que empiece por dejar la coliflor. Noto que tiene un apetito desmedido por esa verdura, su pasión reinante, de hecho, la Codicia”. La Sra. Gambito debe haberme visto robar un pequeño tallo de coliflor hervida durante las tareas de la mañana en la cocina. Debo ser más cuidadosa, pensé, cabeceando. “Me alegra y me anima ver que ya está enfrentando su Deficiente Personalidad”, dijo el Dr. Gambito. “La personalidad es un Vampiro y el Verdadero Yo nunca puede emerger mientras la Personalidad sea dominante”. Quise decir: “Sí, todo eso es bastante cierto, pero ¿cómo puedes criticar mi codicia cuando eres mucho más gordo que yo?” Solo pude mascullar, sin embargo, pensó que le estaba pidiendo consejo espiritual. “No se desanime”, dijo. “El Esfuerzo siempre se premia cuando hemos renunciado a la Recompensa. Aunque la codicia está profundamente arraigada en su naturaleza, el hecho de que la reconozca como un crecimiento destructivo le ayudará a desalojarla, como un dentista extrayendo un diente cariado”. ¿Seguramente alguien tan gordo debe ser al menos tan codicioso como yo? ¿O es Glandular? Las personas gordas siempre dicen que tienen problemas “Glandulares”, aunque siempre comen más que nadie, como Muriel, llenándose constantemente con chocolates y nunca compartiéndolos con nadie. En cualquier caso, toda esta charla sobre la viciosa codicia sin duda debe ayudar a la economía de alimentar a ancianas seniles. Los cajones de su colosal escritorio deben estar sin duda llenos de frutas en conserva, bizcochos dulces, jujubes y caramelos. Los cajones superiores estarían reservados, supuse, para alimentos perecederos como sándwiches de queso y pollo asado frío, para que no se olviden bajo algún libro de cuentas en un cajón inferior.
  • 47. 47 “¡Glandular por supuesto!” dije en voz alta. “Nunca escuché semejantes tonterías”. Para mi sorpresa el Dr. Gambito pareció complacido y replicó inmediatamente: “Ahí tiene una de las bases prácticas más importantes para la Propia Observación. Las glándulas y su función son una de las primeras pruebas de Voluntad sobre la Materia”. “¡Glándulas tú mismo!” repliqué, pero estaba tan cruzada que mi enunciación debió ser peor de lo habitual y continuó diciéndome cómo observar mis glándulas. ¡El Pequeño Gordo Gerontofóbico hablando de mis glándulas! Debí quedarme dormida después de esto, ya que la habitación estaba muy caldeada. Desperté repentinamente cuando la puerta se abrió violentamente. Entró Natacha González vestida como en una aparición. Llevaba un camisón largo y blanco y su abundante pelo gris hierro le caía sobre los hombros. Su cara amarilla tenía dos manchas púrpuras de rabia en cada mejilla, y señaló al Dr. Gambito con furia vengativa: “Si no te deshaces de esta mujer”, gritó, “Dejaré el Instituto esta noche”. Fingiendo estar todavía dormida, puse la trompetilla cautelosamente en mi oído izquierdo. El Dr. Gambito se puso de pie con cierta agitación y sentó a la Sra. González en la silla más cercana encima de algunas novelas de bolsillo. “Serénate, Natacha, recuerda tu Especial Misión”, dijo, encendiendo un cigarrillo y metiéndoselo en la boca. Observé todo esto con un solo ojo. Debo decir que el Dr. Gambito tuvo una inesperada actitud hacia Natacha González. “Querida Señora, la Serenidad es el Tributo que debes pagar por los maravillosos Presentes que fluyen a través de ti. Serenidad Natacha”, repitió, fijándola con las dos gruesas lentes de sus gafas. “Serenidad Natacha, estás serena, perfectamente y dichosamente calmada y serena”. La Sra. González se había relajado un poco y ahora estaba felizmente fumando el cigarrillo. “Estás Serena Natacha, estás bastante calmada y te estás relajando suavemente. Ahora dime lo que ibas a decir cuando entraste”.