Lalo y Lola eran grandes amigos que disfrutaban jugando juntos, pero cuando empezaron la escuela los sentaron en mesas separadas por género. Lalo extrañaba a su amiga Lola y trajo sus canicas a la escuela para enseñarles a todos a jugar, uniendo así a niños y niñas. A partir de entonces pudieron convivir y jugar juntos de nuevo, dándose cuenta que el género no debe separar la amistad.