La mujer sirofenicia, de origen griego, se acercó a Jesús para pedirle que cure a su hija, quien estaba siendo atormentada por un demonio. Jesús inicialmente rechazó su petición, llamándola "perro" y diciendo que no era correcto dar el pan de los hijos a los perros. Sin embargo, ella respondió con humildad que aun los perros comen las migajas de la mesa, demostrando su gran fe. Jesús quedó impresionado por su respuesta y le dijo que su hija estaba curada por su fe.