Roma alcanzó su máximo apogeo durante el Imperio Romano, cuando se extendió desde Gran Bretaña hasta el desierto del Sahara y desde la península ibérica hasta el Éufrates. Roma pasó de ser inicialmente una monarquía etrusca gobernada por reyes, a una república controlada por cónsules y el senado con una constitución y separación de poderes, para finalmente transformarse en un imperio bajo el control de César Augusto.