Maqueta: RAG
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Los Berrocales del Jarama
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Fuenlabrada (Madrid)
Sexto Empírico
HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
Edición de Rafael Sartorio Maulini
UA
Para Carmen,
Lnia y Guillermo
83
Ebro 1
CAPÍTULO 1.ACERCA DE LA DIFERENCIA
MÁS IMPORTANTE ENTRE LAS FILOSOFÍAS
Es natural que quienes investigan acerca de cual-
quier asunto concluyan o bien en su descubrimiento, o
bien en la negación del mismoy el reconocimiento de
su incognoscibilidad, o bien en <la necesidad> de pro-
2 seguir la investigación. Quizá por eso, también con
relación a los objetos investigados por la filosofía,
algunos han afirmado haber descubierto la verdad,
otros han asegurado que ésta no puede conocerse y
otros, finalmente, siguen aún investigando.
3 Quienes creen que la hau descubierto son los propia-
mente llamados dogmáficos, como, por ejemplo, los aris-
totélicos, epicúreos, estoicos y otros; los seguidores de
Chitómaco!, Carnéades y demás académicos la consideran
incognoscible; los escépticos, por su parte, siguen inda-
> Carméades (214/3-129/8) y Clitómaco (187/6-110/09 a. de C.).
El primero fue el fundador de la llamada «Academía Nueva» o «Terce-
ra Academia», al introducir en la escuela fundada por Platón una orien-
tación escéptica distinta a la de Árcesiao. No dejó nada escrito. Su
silencio viene compensado por su discípulo Cltómaco, que escrivió
.más de 400 libros —de Jos que, de todas formas, nada nos ha llegado—
Las enseñanzas de ambos nos son conocidas a través de Cicerón —y,
por supuesto, de nuestro Sexto—; cabe destacar entre etlas la crítica de
la psicología estoica, en particular de la imposibilidad de reconocer qué
percepciones son comprensivas, crítica que Sexto admite y reformula,
4.
84 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
gando.De lo cual parece plausible concluir que tres son
las principales filosofías: la dogmática, la académica y la
escéptica. Sobre las demás, corresponderá a otros hablar;
nosotros trataremos ahora acerca de los fundamentos? de
la orientación3 escéptica, advirtiendo de antemano que no
aseveramos en absoluto de ninguna de las afirmaciones
siguientes que sean así en verdad como decimos, sino que
las enunciamos narrativamente*, de acuerdo con lo que en
cada momento sobre cada asunto nos aparece,
CAPÍTULO Il. ACERCA DE LOS TRATADOS
DE LA ESCEPSIS
Un tratado de filosofía escéptica se denomina gene-
ral o especial: en el general, exponemos el carácter de
la filosofía escéptica, estableciendo su noción, sus fun-
damentos y argumentaciones, su criterio y su fin, los
tropos de la suspensión del juicio, el modo en que
entendemos los enunciados escépticos y la distinción
de la escepsis con respecto a las filosofías afines; en el
especial, argumentamos contra cada una de las divisio-
nes de la llamada filosofía, Tratemos primero acerca de
la parte general, iniciando la exposición con las deno-
minaciones de la orientación escéptica.
CAPÍTULO HI. SOBRE LAS DENOMINACIONES
DE LA FILOSOFÍA ESCÉPTICA
La orientación escéptica se denomina asimismo
inquisitivaS, a causa de su tesón en investigar e inda-
2 EFiypotypotikos: sumariamente, en bosquejo.
3 Agoge: vía, modo, dirección, con un sentido menos restringido
que el de «secta» o «escuela», que implicaría adbesión a un conjunto
de dogmas o doctrinas.
4 Hystorikós, de hystoría: investigación, relato.
5 De z3teyis: investigación, examen.
LIBRO 1 85
gar; suspensivaf, debido al estado de ánimo subsecuen-
te a la investigación; aporética, ya sea porque de todo
duda e indaga como dicen unos-, ya sea porque man-
tiene la incertidumbre entre la afirmación y la nega-
ción; prrrónica, finalmente, por el hecho de que Pirrón
parece haberse entregado a la escepsis de un modo más
tangible y conspicuo que sus predecesores.
: CAPÍTULO IV. QUÉ ES LA ESCEPSIS
La escepsis es la facultad de oponer, de cualquier
modo posible, apariencias? y juicios$, de forma que, a
través de la equivalencia entre las cosas y los argumen-
tos opuestos, alcancemos primero la suspensión del jui-
cio y, tras ello, la imperturbabilidad?, La llamamos, por
cierto, facultad no en un sentido artificioso, sino, senci-
llamente, por cuanto es una capacidad*0, Por apariencias
entendemos, en este momento!!, los objetos de la per-
cepción sensible, de donde les oponemos los objetos del
intelecto!?, La expresión «de cualquier modo posible»
puede hacer referencia a la facultad, a fin de que tome-
mos la palabra «facultad» en su acepción más simple; y
también a «oponer apariencias y juicios» (pues, dado
que los oponemos de muchas maneras —apariencias a
apariencias, juicios a juicios y, alternativamente, apa-
$ De epékho: suspender el juicio. La indagación acerca de cual-
quier tema conduce a la suspensión del juicio o gpokhZ.
1 To phainóntenon: «lo que aparece».
3 Nóouménon: lo pensado o concebido, como opuesto a lo perci-
bido. Cfr, Introducción. ,
> Ataraxía: Cfr. Introducción.
19 Dynamis: «facultad», de dynamai, «poder, ser capaz», Es casi
una obsesión en Sexto subrayar que no usa los términos en un senti-
do técnico-filosófico (lo que contradiría el ideal de la epokhé, sino en
la acepcjón ordinaria.
il Ar. La puntualización es importante; 1d phainómenña no siem-
pre se circunseriben al ámbito de la apariencia sensible, 18 aistha tá.
12 Tá nozi4, Cf, Introducción.
5.
86 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS-
10
11
12
riencias a juicios—, decimos «de cualquier modo posi-
ble» para que queden incluidas todas las contraposicio-
nes); o 2 «de cualquier modo posible apariencias y jul
cios» a fin de que no indaguemos cómo se manifiestan
las apariencias o cómo se conciben: los juicios, sino que
los tomemos sencillamente! No empleamos la expre-
sión «argumentos opuestos» en el sentido de afirmacio-
nes y negaciones, sino en el más simple de «razones
enfrentadas». Llamamos «equivalencia» a la igualdad de
probabilidad e improbabilidad, de manera que ninguno
de los argumentos en conflicto se anteponga a otro como
más convincente. «Suspensión del juicio» es el estado de
la mente en que ni rechazamos ni admitimos cosa algu-
na, <Imperturbabilidad», finalmente, es la tranquilidad y
serenidad del ánimo. De qué modo a la suspensión del
juicio sigue de manera inmediata la imperturbabilidad, lo
explicaremos en el capítulo dedicado al fin!4,
CAPÍTULO V. SOBRE EL ESCÉPTICO
También la noción del filósofo escéptico está vir-
tualmente incluida en la de la orientación escéptica; es
quish participa de aquella facultad.
CAPÍTULO VI SOBRE LOS PRINCIPIOS DE LA ESCEPSIS
Decimos que la causa originaria del escepticismo es
la esperanza de alcanzar la imperturbabilidad. Pues los
más grandes talentos, confundidos por el carácter con-
13 De acuerdo con la interpretación de Mau (l[gnaz Man, «Adden-
da et Corrigenda» al texto de Mutschimann, MM, 211). La expresión
«de cualquier modo posible» $ 10,6 comprendería los tres sentidos:
1. la facultad de oponer apariencias a juicios: 4 10, 7
2. «oponer apariencias y juicios»: $ 10, 8
3. «de cualquier modo posible apariencias y juicios»: $ 10, 12,
1 Capítulo XIL
13
14
15
LIBRO] 87
tradictorio de las cosas y dudosos respecto a cuáles de
ellas era mejor asentir, se vieron abocados a indagar
qué es lo verdadero y qué lo falso, buscando alcanzar, a
través de este examen, la imperturbabilidad. Sin embar-
go, el principio básico de la disposición escéptica es el
de que a cada razón se opone otra razón equivalente;
pues creemos que de ahí se sigue el no dogmatizar,
CAPÍTULO VII DE SI EL ESCÉPTICO DOGMATIZA
Afirmamos que el escéptico no dogmatiza, pero no
en aquella acepción de «dogma» que sostienen algu-
nos, y según la cual es dogma el más simple asenti-
miento a cualquier cosa (pues el escéptico da crédito a
las impresiones que se imponen inexorablemente
según la percepción; por ejemplo, no dirá «creo no
sentir calor o frío» cuando los sienta), sino que deci-
mos que no dogmatiza entendiendo por «dogma»,
como hacen algunos, el asentimiento a cualquiera de
los objetos no evidentes investigados en las ciencias;
pues el pirrónico no asiente a ninguno de éstos. Ni
tampoco dogmatiza al proferir los enunciados escépti-
cos tales como «no más <una cosa que otra>» o «nada
determino» o cualesquiera otros, de los que luego
hablaremos. Porque, mientras el dogmático establece
como existente el objeto sobre el que dogmatiza, el
escéptico, en cambio, no da por sentados en absoluto
estos enunciados; pues no se le escapa que, así como el
enunciado «todo es falso» afirma que también él
mismo es igualmente falso, y lo propio ocurre con
«nada es verdadero», así también el enunciado «no
más» significa que él mismo, como los otros, es «no
más <verdadero que falso>» y, por ello, junto con los
demás se anula a sí mismo. E igualmente decimos del
resto de los enunciados escépticos. Así pues, si quien
dogmatiza afirma como existente aquello de lo que
6.
16
88 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
dogmatiza, pero el escéptico profiere sus enunciados
de modo que virtualmente se autoanulan, ho puede
afirmarse que dogmatice al proferirlos, Lo esencial es
que en la formulación de estos enunciados expresa lo
que le aparece y manifiesta su propia impresión!5 de
modo no dogmático, sin afirmar nada acerca de los
objetos externos en silé,
CAPÍTULO VOI. S1 EL ESCÉPTICO SUSTENTA
DOCTRINA
Igualmente nos conducimos también en la cuestión
de si el escéptico sustenta doctrina. Pues si se define
«doctrina» como la adhesión a un cierto número de
dogmas relacionados entre sí y con las apariencias y se
define «dogma» como el asentimiento a algo no eviden-
5 Tó páthos. Su sentido primario, como derivado de paskheín es
el acto de sentir, percibir, sufrir y, en general, ser afectado por algo,
En esa acepción más general lo traducimos por «afección». En las
filosofías helenísticas se usa específicamente para referirse a las
afecciones anímicas, particularmente de dolor y placer: de ahí, a tra-
vés del latín, nuestras «pasiones» (que el uso actual aconsejaría vertir
per «sentimientos» u «emociones»). Añádase además la confusión
entre procesos o estados del atma y efectos objetivos (productos,
cualidades) de esos procesos y se verá la amplitud del campo semán-
tico que abarca el término, Entre el Escila de (no) traducir consisten-
temente por «pasiones» y el Caribdis de la glosa hemos tomado el
partido de una interpretación contextual que tenga en cuenta el uso
técnico filosófico dominante en la época, por ej., el uso estoico.
Señalemos aquí que el criterio mencionado, que hemos defendido en
otro lugar, lo aplicamos asimismo en la solución de diyersos proble-
mas terminológicos a lo largo de la presente iraducción. Sirya esto
como fundamento general de algunas decisiones cuya justificación
pormenorizada, a fin de no alargar el aparato
de notas, no podernos
llevar a cabo. Cf. igualmente 3. O. Urmson, The Greek Philosophical
Vocabulary, Duckworth (London, 1990), y A. A. Long €: D. N. Sed-
ley, The Helenistics Philosophers, 1, M (Cambridge University Press,
Cambridge, 1987).
18 Tá éxothen hypokeímena: las cosas externas o realidades sub-
yacentes a las apartencias.
17
18
19
LIBRO 1 89
te, entonces diremos que no sustenta doctrina. Pero si se
define «doctrina» como orientación que sigue un cierto
razonamiento de acuerdo con las apariencias, razona-
miento que muestra cómo parece que se vive rectamen-
te (tomando «rectamente» no sólo en su referencia a la
virtud, sino en su acepción más simple) y que conlleva
la posibilidad de suspender el juicio, diremos que sí
sustenta doctrina. Ya que seguimos cualquier razona-
miento que, de acuerdo con las apariencias, nos indique
vivir según las costumbres tradicionales, las leyes y
reglas de conducta?” y las propias afecciones.
CAPÍTULO IX. SI EL ESCÉPTICO SE OCUPA
DE LA FÍSICA
Algo similar respondemos también a la cuestión de
si el escéptico debe ocuparse de la física, Pues, desde
luego, en lo que se refiere a pronunciarse con firme
convicción respecto a cualquiera de los dogmas que en
la física se sustentan, no profesamos la física; sin
embargo, en cuanto nos ocupamos de oponer a cada
argumento otro de igual valor, en razón asimismo de la
imperturbabilidad, nos ocupamos de la física. Éste,
también, es el modo en que nos acercamos a las partes
lógica y ética de la denominada filosofía.
CAPÍTULO X. ACERCA DE SELOS ESCÉPTICOS
RECHAZAN LAS APARIENCIAS
Quienes afirman que los escépticos rechazan las
apariencias, me parece que no han atendido a nuestras
razones. Pues, como antes dijimos, no negamos lo que,
Y Tás agOgás - AgOg€, aparte de la significación más amplia
reseñada en nota 3, posee, ya en Platón y Aristóteles, el sentido de
«regla o direción de la conducta», de donde también «educación».
Cf., además, $ 24, cuádrupie división del criterio práctico,
7.
20
21
22
90 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
de acuerdo con la sensación pasival8, nos conduce
involuntariamente al asentimiento: y eso son las apa-
riencias. Cuando, sin embargo, preguntamos si el obje-
to real es tal como aparece, admitimos lo que aparece e
investigamos no sobre la apariencia, sino sobre lo que
se afirma acerca de la apariencia; pero esto difiere de
investigar acerca de la apariencia misma. Por ejemplo,
nos aparece que la miel sabe dulce (y lo admitimos,
pues la percibimos dulce sensiblemente), pero investi-
gamos si asimismo es dulce según la razón, lo que no
es la apariencia, sino lo que se dice acerca de la apa-
riencia. E incluso si oponemos argumentos contra las
apariencias, no lo hacemos deseando abolirlas, sino
para mostrar la precipitación de los dogmmáticos: pues
si la razón es de tal modo engañosa que casi burla las
apariencias que están ante nuestros ojos, ¿hasta qué
punto no será preciso considerarla con suspicacia en el
caso de los objetos no evidentes, a fin de no extrayiar-
nos siguiéndola?
CAPÍTULO XL SOBRE EL CRITERIO DE LA ESCÉPTICA
Que, en efecto, asentimos a las apariencias queda de
manifiesto por cuanto decimos sobre el criterio de la
orientación escéptica. Ahora bien, el criterio se dice de
dos maneras: una, aquello que acredita la realidad o irre-
alidad (acerca del cual hablaremos en el apartado refuta-
torio19); otra, el del obrar, según el cual actuamos o no en
la vida, al que ahora nos referiremos. Decimos, pues, que
el criterio de la orientación escéptica es la apariencia, lla-
mando así virtualmente a la percepción, pues lo que yace
en la convicción y en la sensación involuntaria es inin-
vestigable; por lo cual nadie disputa sobre si el objeto
18 Kata phantastan patheikén.
1 CE libro ll, cap, 3.2
23
25
LIBRO 1 91
aparece de tal o cual manera, sino acerca de si el objeto
es en realidad tal como aparece. De este modo, dando
crédito a las apariencias según la observación vital, vivi-
mos sin dogmatizar, ya que no podemos quedar comple-
tamente inactivos. Parece, sin embargo, que esta obser-
vación vital es cuádruple y que una parte descansa en la
guía de la naturaleza, otra en la compulsión de las sensa-
ciones, otra en la tradición de las leyes y costumbres y
otra en la instrucción de las artes. En virtud de la guía de
la naturaleza somos naturalmente capaces de sensación y
conocimiento; por la compulsión de las sensaciones, el
hambre nos dirige a la comida y la sed a la bebida; por la
tradición de las leyes y costumbres, consideramos la pie-
dad en la vida como buena y la impiedad como mala;
finalmente, gracias a la instrucción de las artes no somos
incompetentes en aquellas artes que cultivamos. Todo lo
cual decimos sin dogmatizar,
CAPÍTULO XIX. CUÁL ES EL FIN DELA FILOSOFÍA
ESCÉPTICA
De acuerdo con esto podríamos también tratar acer-
ca del fin de la orientación escéptica. Fin es aquello en
vista de lo cual todo se hace o se piensa, ya sea por
ningún otro, ya sea por el último de los objetivos ape-
tecidos. Decimos ahora que el fin del escéptico'es la
imperturbabilidad? en lo opinable y la moderación en
26 lo necesario. En efecto, habiendo empezado el escépti-
co a filosofar con objeto de decidir entre las percepcio-
nes y determinar cuáles eran verdadera y cuáles falsas,
a fin de alcanzar así la imperturbabilidad, se vio aboca-
do a una ecuánime incertidumbre, no pudiendo resol-
ver la cual, suspendió el juicio; mas, tras haber suspen-
dido el juicio, le sobrevino de inmediato y por azar la
22 Ataraxía. Cf. Introducción.
8.
27
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29
30
92 HIPOTIPOS]S PIRRÓNICAS*
imperturbabilidad acerca de lo opinable. Pues quien
estima que algo es por naturaleza bueno o malo se
inquieta por todo: cuando no poses aquello que juzga
bueno, se cree atormentado por lo naturalmente malo y
persigue lo que supone naturalmente bueno; mas,
cuando lo obtiene, se agita aún en mayor medida, a
causa de un irracional e inmoderado anhelo y, en su
temor de una mutación de la fortuna, se desviye por
completo a fin de evitar la pérdida de lo que cree
bueno. Por el contrario, quien nada estima bueno o
malo por naturaleza ni rehúye ni persigue ardientemen-
te cosa alguna, con lo cual se mantiene imperturbable,
Le ocurre al escéptico lo mismo que, según se dice,
sucedió al pintor Apeles?l; pues cuentan que pintando
éste un caballo, de tal modo fracasaba en su intento de
representar la espuma del corcel, que desesperó de
lograrlo y arrojó contra el cuadro la esponja en que
limpiaba los colores del pincel; pero entonces la espon-
ja, al dar contra la pintura, dibujó la imagen de la espu-
ma: así, también los escépticos esperaban alcanzar la
imperturbabilidad resolviendo la contradicción entre
las apariencias y los juicios; pero, no pudiendo conse-
guirlo, suspendieron el juicio; y a quienes habían sus-
pendido el juicio les advino al poco, fortuitamente, la
imperturbabilidad, tal como la sombra sigue al cuerpo.
No sostenemos, por supuesto, que el escéptico sea del
todo imperturbable, sino que admitimos que se ve afec-
tado por lo inevitable, pues concedemos que también a
veces padece frío, sed y cosas por el estilo. Pero inclu-
so en estas cosas los insensatos quedan sometidos a
una doble turbación: la producida por las sensaciones
mismas y aquella otra, no menor, provocada por la
convicción de que tales situaciones son malas por natu-
raleza; por el contrario, el escéptico, al rechazar la cre-
21 Apeles (floruit, según Plinio, circa 332): pintor de la corte de
Alejandro.
31
32
33
LIBROI . 93
encia añadida en la maldad natural de cada una de esas
circunstancias, les hace frente con mayor moderación,
Por ello, pues, decimos que el fin del escéptico es la
imperturbabilidad en lo opinable y la moderación en lo
necesario. Algunos reputados escépticos2, por su
parte, han añadido a esto la suspensión del juicio en las
indagaciones.
CAPÍTULO XII. SOBRE LOS TROPOS GENERALES
DE LA SUSPENSIÓN DEL JUICIO
Después de haber dicho que a la suspensión del jui-
cio acerca de todo sigue la imperturbabilidad, conven-
dtía exponer cómo alcanzamos la suspensión del jui-
cio. Esta se alcanza, de modo general, mediante la
contraposición de las cosas. Contraponemos aparien-
cias a apariencias o juicios a juicios o alternativamente.
Por ejemplo, oponemos apariencias a apariencias cuan-
do decimos «la misma torre aparece cilíndrica de lejos
pero cuadrangular de cerca»; o juicios a juicios cuan-
do, en respuesta a quien concluye la existencia de la
providencia a partir del orden de los cuerpos celestes,
oponemos que muchas veces los buenos son desdicha-
dos y los malos afortunados, y de ahí deducimos que
no hay tal providencia, juicios a apariencias, como
cuando Anaxágoras23 oponía a que la nieve era blanca
el argumento de que la nieve es agua congelada, ahora
2 Timón y Enesiderno. Cf. Diógenes Laercio, IX, 107,
23 Anáxagoras (c. 500-c. 428). Primer filósofo residente en Ate-
nas, tnaestro y amigo de Pericles. Sostenía que los elementos no eran
sólo los cuatro tradicionales, sino innumerables: de hecho todas las
sustancias, que, a la vez, eran divisibles infinitamente, de modo que
«todo estaba en todo» (razón por la cual los elementos de Anáxago-
ras fueron llamados por Aristóteles «homeomerías»). Las semillas
formaban la mezcla primitiva, pero el intelecto (noús), por medio de
un torbellino, separó la mezcla y puso orden, reuniendo las semillas
de iguales sustancias, .
9.
34
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36
94 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
bien,el agua es negra, luego la nieve es también negra.
Según otro orden de ideas, sin embargo, oponemos
también ya sea lo presente a lo presente, ya lo presente
a lo pasado o a lo futuro, como, por ejemplo, cuando
replicamos a alguien que nos propone un argumento
que no podemos refitar que, así como antes.de nacer el
fundador de la doctrina a la que pertenece, el argumen-
to dependiente de esta doctrina no aparecía aún como
válido, aunque de suyo lo era, igualmente es posible
que el argumento contrario al que ahora tú propones
exista de suyo realmente, aunque a nosotros no nos
resulte todavía manifiesto: de modo que no debemos
aún otorgar nuestra adhesión al argumento que al pre-
sente nos parece válido. Pero para que podamos obte-
ner un conocimiento más preciso de estas contraposi-
ciones, deseribiré los modos por los cuales se alcanza
la suspensión del juicio, sin asegurar nada, empero,
acerca de su número o su validez; pues bien es posible
que sean ellos mismos inseguros y más numerosos de
los que se van a mencionar.
CAPÍTULO XIV. ACERCA DE LOS DIEZ TROPOS
Habitualmente, pues, por la tradición de los más
antiguos escépticos, se transmiten los tropos, en núme-
ro de diez, por los que parece alcanzarse la suspensión
del juicio; tropos a los que se da también la denomina-
ción sinónima de «argumentos» y « lugares». Son
éstos: primero, el referido a la variedad de los anima-
les; segundo, el de las diferencias entre los seres huma-
nos; tercero, el de las diversas conformaciones de los
sentidos; cuarto, el de las circunstancias; quinto, el de
las posiciones, distancias y lugares; sexto, el de las
24 Trópoi: maneras o modos de argumentación que conducen a la
suspensión del juicio (cf. Introducción). A partir de aquí, mantendre-
mos el tecnicismo usando la análoga palabra castellana «topos».
37
38
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LIBRO I
95
miXturas; séptimo, el de las cantidades y constituciones
de las sustancias; octavo, el de la relación; noveno, el
de la frecuencia o rareza de los sucesos; décimo, el de
las conductas, costumbres, leyes, creencias míticas y
convicciones dogmáticas. Establecemos, sin embargo,
este orden por simple convención.
Por encima de éstos hay aún tres tropos: el de quien
juzga, el de lo que se juzga y el compuesto de ambos;
pues los cuatro primeros tropos se subordinan al de quien
juzga (dado que éste es um hombre, un animal o un senti-
do y está en alguna circunstancia); el séptimo y décimo
tropos se refieren al tropo de lo que se juzga; el quinto,
sexto, octavo y noveno remiten al tropo basado en el
compuesto de ambos. De nuevo, estos tres tropos se
reducen al de la relación, de forma que el tropo de la rela-
ción es el más general, los tres son específicos y los diez
básicos. Esto es, pues, lo que decimos acerca de la proba-
ble cantidad de los tropos; sobre su poder, esto otro:
El primer argumento es, como hemos dicho, el que
muestra cómo, debido a la diversidad de los animales,
ho se producen idénticas percepciones por idénticos
Objetos, Y esto lo deducimos de la diferencia de sus
orígenes y de la divergencia entre sus constituciones
somáticas. Así, respecto al origen, algunos animales se
engendran sin unión sexual, otros a través de ella. De
los que se engendran sin unión, algunos proceden del
fuego, como los animalúnculos que aparecen en los
hornos; otros, del agta infecta, como los mosquitos;
otros, del vino alterado, como los tnosquitos del vino;
otros de la tierra, como los gusanos de tierra25; otros
del légamo, como las ranas; otros del lodo, como los
gusarapos; otros de los asnos, como los escarabajos25;
25 Supliendo con éntera gés, de acuerdo a la conjetura de
Kochalsky (apud MM, 211 ; cf. Lactancio, /astit. diy., VI, 7, 9).
Fabricio, por sa parte, propuso «ratón», lo que se corresponde con
Eliano, HA, M, 56. Bury les «cigarras»,
10.
43
96 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS—
otros de las legumbres, como las orgas?7; otros de los
frutos, como los cínifes de las higueras silvestres?8;
otros, de los animales en descomposición, como las
abejas de los toros? y las avispas de los caballos%. De
los animales que nacen de la unión sexual, algunos (Ja
mayoría) provienen de progenitores homogéneos;
otros, de heterogéneos, como los mulos. De los anima-
les en general, además, algunos nacen vivos, como los
hombres; otros provienen de huevos, como los pájaros;
y otros de la carne, como los 0sos3!, Es natural, pues,
que tal diversidad en los modos de generación produz-
ca enormes diferencias de sensibilidad y que de ahí se ;
derive incompatibilidad, incoherencia y Oposición. :
Además, las diferencias presentes en las principales
partes del cuerpo, y especialmente en aquellas cuya
función natural es juzgar y percibir, son capaces de
producir la mayor discrepancia entre las percepciones,
[de acuerdo con la variedad de los animales?2]. Asf, los
ictéricos dicen que son amarillos los objetos que a
nosotros nos aparecen blancos, y quienes tienen hipos-
fagma* dicen que rojos. Ahora bien, dado que hay ani-
26 Según Eliano (AA, X, 15), sin embargo, el escarabajo fecunda
a la pelota que hace rodar, De igual opinión era Arístóteles, HA, 552
al7.
21 Más concretamente, en los garbanzos, según Eliano, HA, IX,
39.
28 Cf igualmente Etiano, HA, 1X, 39,
29 Cf. Blíano, HA, 11, 57 y nota ad loc, en la ed. castellana de J.
Vara (Madrid, 1989 ), pág. 111.
30 Cf. Elíano, HA, I, 28.
11 Cf al inevitable Eliano, HA, IL, 19 y nota ad foc. de la ed. cita-
da: al nacer Jos osos presentan el aspecto de un amasijo dé came
informe, y ello dio pie a creer que no nacían vivos, sino que se iban
formando en el interior de esta envoltura.
32 Pasaje considerado por Mutschmann una interpolación,
3 To hypósphagma es la sangre coagulada, consecuencia de una
herida; Sexto usa el término para referirse particularmente a la de la
zona ocular (cf. $5 I, 10£, 126). Como enfermedad, definida por el
Pseudo-Galeno, cf. Galeno, XIV, 773. .
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49
LIBRO I 97
males cuyos ojos son amarillos, otros, rojos, Otros,
blancos, y otros los tienen de diverso color, es verosí-
mil, creo, que se produzca en ellos diferencia en la per-
cepción del color. Además, si dirigimos la vista a un
libro tras haber mirado fijamente durante un tiempo al
sol, las letras nos parecerán doradas y dotadas de
movimiento circular, pero puesto que ciertos animales
tienen un brillo natural en sus ojos, y emiten un sutil y
lábil destello —con lo que pueden ver incluso de noche—
es forzoso suponer que no han de producir los objetos
externos la misma impresión en nosotros que en ellos,
También los ilusionistas, untando las mechas con car-
denillo o con jugo de sepia, hacen, con el solo añadido
de una pizca, que los presentes parezcan cobrizos o
negros. Por ello, mucho más razonable aún es suponer
que cuando diferentes jugos se mezclan en la visión de
los animales, sus percepciones de los objetos serán
diferentes, Asimismo, cuando apretamos el ojo per un
lado, las formas, figuras y tamaños de los objetos visi-
bles parecen oblongos y estrechos: de modo que es
probable que cuantos animales tengan la pupila oblicua
y oblonga, como las cabras, gatos y similares, imagi-
nen a los objetos distintos y desiguales a como los per-
ciben aquellos otros animales de redondas pupilas. Los
espejos, también, a causa de las diferencias en su factu-
ra, muestran los objetos exteriores muy pequeños, si
son cóncavos, o largos y estrechos, si convexos; otros,
en cambio, representan invertida la imagen que se
refleja: ahora bien, puesto que algunos Órganos de la
visión se adelantan hacia afuera de sus órbitas, debido
a su convexidad, mientras que otros son completamen-
te cóncavos y otros, finalmente, se sitúan en un nivel
horizontal, es verosímil que sus imágenes difieran y
que perros, peces, leones, hombres y langostas no vean
H Phantasíal.
11.
50
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52
98 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS-
los mismos objetos ni iguales en tamaño ni similares
forme una particular¡impresión
5n de cada objeto.
El mismo argumento es válido también respecto a
los demás órganos de los sentidos. Así, ¿cómo se
puede sostener que son igualmente afectados por su
sentido del tacto tanto los crustáceos como los carno-
sos y los que tienen el cuerpo cubierto de espinas, plu-
mas o escamas? ¿Cómo afirmar que, por lo que se
refiere al oído, percibirán del mismo modo los anima-
les con un angostísimo conducto auditivo que aquéllos
dotados de un ancho canal; o quienes poseen orejas
pilosas que los que las tienen despejadas? Porque tam-
bién nosotros somos afectados acústicamente de un
modo obstruyéndonos las orejas y de otro usándolas
normalmente. Asimismo, el olfato puede diferir según
la variedad de los animales: pues si nosotros mismos
somos afectados de cierta manera cuando estamos
constipados y nuestra flema es excesiva, pero de una
“manera distinta cuando las zonas en torno a nuestra
cabeza padecen una excesiva afluencia de sangre (de
modo que nos repugna lo que a los demás parece fra-
gante y, tal como nos afecta, así lo creemos), es verosí-
mil pensar que también a los animales --siendo por
naturaleza húmedos y flemáticos unos, muy sanguí-
neos otros, mientras otros aún están bajo el influjo y
rebosan de bilis amarilla o negra— les aparecerán dife-
rentes los objetos del olfato. E igualmente ocurrirá con
los objetos del gusto, pues ciertos animales poseen len-
35 ...all” ofan hekástou polel túposin he dekhomént 10 phainó-
menon ópsis: pasaje significativo, porque Parece que, si nuestra
interpretación es Silológicamente ajustada, Npasis tenga un sentido
más próximo a «impresión sensible» y, en cambio, phainómenon se
refiera a algo más «objetivo», anterior y, en cierto modo, exterior a
la impresión subjetiva sensible: «sino que la vista, recibiendo la apa-
rencia, forme una particular ¡impresión de cada objeto»; parece, en
todo caso, clara la secuencia phainómenon ...ijpasis.
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LIBRO 1 99
gua áspera y seca, mientras otros la tienen muy húme-
da; y a nosotros mismos, cuando nuestra lengua está
muy seca, como en caso de fiebre, nos parece terroso,
desabrido y amargo cuanto nos llevamos a la boca, sin-
tiéndolo así por la diferente dominancia de los humo-
res que se dice hay en nosotros. Así pues, dado que
también los animales tienen diferente el sentido gusta-
tivo, y rebosante de humores varios, diferentes habrán
de ser, por lo que hace al sentido del gusto, las percep-
ciones que reciban de los objetos. Pues así como el
mismo alimento, al asimilarse, se convierte unas veces
en vena, otras veces en arterja, otras en hueso, otras en
nervio y así en cada una de las demás partes, mostran-
do una potencia diversa según esa diversidad de las
partes que lo en; y así como la misma e idéntica
agua, al distribuirse por los árboles, se transforma en
corteza, o rama o ftuto y, finalmente, en higo, granada
o cualquier otra cosa; y como el mismo y único hálito
del músico, insuflado en una flauta, se torna ora agudo,
ora grave y la misma presión de su mano sobre la lira
produce a veces un sonido profundo y otras veces uno
penetrante; así también es probable que los objetos
externos aparezcan diferentes según la diferente consti-
tución de los animales que experimentan las percepcio-
nes,
Pero esto se comprende más claramente a través de
las preferencias y aversiones de los animales: así, el
ungiiento resulta muy grato a los hombres, pero inso-
portable a escarabajos y abejas; el aceite es beneficioso
para el hombre, pero extermina a avispas y abejas si se
las rocía con él; el agua de mar es bebida desagradable
y letal para los hombres, pero grata y potable para los
peces; los cerdos, por su parte, prefieren bañarse en el
fango más hediondo que en agua cristalina y pura.
Algunos animales son herbívoros, otros ramonean,
otros pacen en los bosques, otros son granívoros, otros
12.
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100 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
carnívoros,Otros se alimentan de leche; unos prefieren
el alimento corrompido, otros, el fresco; unos, crudo;
los otros, preparado según el arte culinario. Y así, en
general, lo que para unos es agrádable a otros les resul-
ta desagradable, aversivo y tóxico. En efecto: la cicuta
engorda a las codornices y el beleño a las cerdas, que,
por cierto, gustan de comer salamandras, del mismo
modo que a los ciervos les agradan los animales vene-
nosos y a las golondrinas, las cantáridas. Las hormigas
y las cochiniilas3%, ingeridas, causan al hombre males-
tar y cólicos; pero el oso, si cae en alguna enfermedad,
se restablece comiéndolas. La víbora se adormece con
el mero roce de una rama de encina; y el murciélago,
con el de una hoja del plátano. El elefante huye del
carnero; el león, del gallo; la ballena, del crujido de las
habas que se po el tigre, del redoble del tambor.
agrado sagrado existen
las percepciones de los animales acerca «
exteriores son diversas.
Ahora bien, si las mismas cosas aparecen diferentes
de acuerdo con la diversidad de los animales, podre-
mos, ciertamente, decir cómo se nos aparece el objeto,
pero nos abstendremos de afirmar cómo sea en su natu-
raleza: pues no podemos decidir entre nuestras propias
percepciones y las de otros animales, desde el momen-
to en que somos parte del litigio y estamos, por consi-
guiente, más necesitados de un juez que capacitados
para juzgar nosot 1
: los objetos
ismos. Y no podemos, además,
ni con demostración ai sin demostración, preferir nues-
tras propias percepciones a las de los animales irracio-
% Sknípes: no parece que sea el insecto homónimo que en
$ 41 hemos traducido, de acuerdo con el contexto, par «mosquito del
vino». Cf. Bailly, Dictionnaire, sy.
gradable y para otros desagradsble] y el
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LIBRO 1 101
nales. Pues,. aparte de que quizá, como mostraremos?”,
no exista la demostración, esta presunta demostración
habrá de ser, ella misma, evidente para nosotros o no
serlo: ahora bien, si no es evidente, no confiaremos en
ella; y sí lo es, en tanto lo que estamos discutiendo es
lo que resulta evidente a los animales, y la demostra-
ción es evidente a nosotros mismos que somos anima-
les, se sigue que igualmente deberemos cuestionar si es
verdadera la demostración, en cuanto es evidente. Ya
que es, desde luego, absurdo intentar establecer lo que
se indaga por medio de lo mismo que se indaga, puesto
que entonces lo mismo resultará a la vez digno e indig-
no de crédito: digno de crédito, en cuanto quiere pro-
bar; no digno de crédito, en cuanto requiere demostra-
ción. No estaremos, pues, en posesión de demostración
alguna en base a la cual preferir nuestras percepciones
a las que se originan en los Hamados animales irracio-
nales. Si, por lo tanto, las percepciones difieren de
acuerdo con la variedad de los animales, y es imposi-
ble decidir entre ellas, debemos por fuerza suspender el
juicio acerca de los objetos exteriores.
Á mayor abundamiento, comparamos también a los
llamados animales irracionales y a los hombres por lo
que respecta a su percepción; pues no rechazamos, tras
exponer nuestros sólidos argumentos, burlarnos de los
dogmáticos, vanos y jactanciosos. Así pues, los nues-
tros suelen comparar, en general, al conjunto de los
animales irracionales con el hombre; mas ya que los
dogmáticos, especiosamente, señalan que la compara-
ción es destgual, nosotros, llevando, muy puntillosa-
mente, la broma más allá, basaremos nuestra argumen-
tación en un solo animal, por ejemplo, si os parece, el
perro, que se tiene por el más humilde de los animales;
pues incluso en este caso descubriremos que los ani-
33 Cf RP, 1%, caps. xii-xbi,
13.
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102 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
malessobre los que argumentamos no son en modo
alguno inferiores a nosotros por lo que hace a la credi-
bilidad de sus impresiones.
En efecto, los dogmáticos admiten que este animal
difiere de nosotros en cuanto a su sensibilidad: pues
por su olfato es más sensible que nosotros, ya que
gracias a él persigue el rastro de las fieras que no
están a la vista, las ve con sus ojos antes que nosotros
y las percibe agudamente con su oído. Pasemos, pues,
al discurso; éste es o interno u oral. Examinemos pri-
mero el interno: según los dogmáticos que son ahora
nuestros principales oponentes, los estoicos, el dis-
curso interno parece contener lo siguiente: la elección
de lo provechoso y el rechazo de lo extraño; el cono-
cimiento de las artes concernientes a lo mismo; la
comprensión de las virtudes pertenecientes a nuestra
propia naturaleza y de las relativas a las pasiones.
Ahora bien, el perro —anímal en el que, a modo de
ejemplo, hemos decidido basar nuestra argumenta-
ción— realiza la elección de lo provechoso y el recha-
zo de lo nocivo, persiguiendo su alimento y huyendo
del látigo biandiente; además, posee también el arte
que le provee de lo provechoso: la caza; y ni siquiera
está falto de virtud: pues si la justicia consiste en dar
a cada uno según su mérito, el perro, que hopea y
protege a allegados y bienhechores, pero se revuelve
contra extraños y malhechores, no puede estar falto
de justicia, Mas si posee esta virtud, y puesto que las
virtudes son interdependientes, posee también tas
demás virtudes —-que, según los filósofos, la mayoría
de los hombres no poseen. Y así, vemos que es vale-
rosa en la defensa e inteligente como el mismo
Homero testimonió, imaginando a Ulises desconocido
de todos los de su casa y reconocido sólo por su perro
Argos, quien ni se dejó engañar por los cambios cor-
porales del héroe ni había perdido su percepción com-
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71
Ey)
LIBRO ! 103
prehensiva, la cual, evidentemente, poseía en mayor
grado que los hombres-. Según Crisipo3, quien, sin
embargo, tanto denuesta a' los animales irracionales,
también el perro participa de la famosa dialéctica,
pues afirma utiliza el quinto de los varios silogis-
mos indemostrables%, cuando, al llegar a una encru-
cijada de tres caminos, tras haber seguido la pista por
los dos caminos que no transitó la presa, de inmediato
se dirige decididamente al tercer camino sin detenerse
a husmear, Por lo tanto —afirma el antiguo—, el perro
razona virtualmente así: «la presa fue por este cami-
no, por ése o por aquel otro; no fue por éste ni por
ése: luego fue por aquél». Además, es el perro cons-
ciente y aliviador de sus padecimientos: pues, si se
clava una astilla en la pezuña, pugna por arrancársela
con sus dientes y frotando la pata contra el suelo. Y si
tiene una herida en alguna parte, como las heridas
sucias curan con dificultad mientras que las limpias
lo hacen fácilmente, el perro lame con cuidado el pus
que se va acumulando. E incluso observa a la perfec-
ción las prescripciones hipocráticas: puesto que el
mejor remedio para el pie es el reposo, si alguna vez
se lo lastima, lo alza y mantiene tan inmóvil como le
es posible.Y cuando siente malestar a causa de
humores impropios, come hierba, mediante lo cual,
purgándose, se restablece. Si, por lo tanto, es evidente
32 La kutaleptikd phantasía de los estoicos, resultado en que cul-
mina todo el complejo proceso de la psicología estoica de la percep-
ción, se atribuye aquí, irónicamente, a un animal irracional,
39 Crisipo (e. 280-c, 207 a. de C.): filósofo estoico, sucesor de
Cleantes en la dirección de Ja escuela. Hábil lógico y dialéctico, se
opuso a dos ataques que contra la Estoa Hevaba a cabo el escepticis-
mo de Arcesilao y la Academia Media.
30 En la lógica estoica, silogismos «apodícticos» o «indemostra-
bles» son los que no necesitan demostración y sirven de fundamento
a los demás. Uno de ellos es el que Sexto cita luego, y que aún hoy
se usa en lógica proposicienal con el nombre de silogismo disyunti-
vo (5D).
14.
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104 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
queel animal sobre el que, como ejemplo, hemos
basado nuestra argumentación no sólo elige lo prove-
choso y evita lo nocivo, sino que también posee el
arte de procurarse lo provechoso, y es inteligente y
mitigador de sus padecimientos, y no está falto de
virtud; y como en esas cosas consiste la perfección
del discurso interno; entonces, según eso, el perro
habrá de ser perfecto: de ahí, supongo, que ciertos
filósofos*i se honren con el nombre de ese animal.
Por lo que respecta al discurso oral, no merece la
pena detenerse, pues ha sido desdeñado por ciertos
dogmáticos —quienes practicaron por ello el silencio
durante el tiempo de su discipulado como obstáculo
a la adquisición de la virtud; y, por otra parte, supo-
niendo que el hombre fuese mudo, nadie le creería por
ello irracional. Pero, aun prescindiendo de eso, bien
vemos animales -ya que sobre ellos versa nuestra
argumentación que profieren voces humanas, como
las urracas y algunos más. Y, dejando también esto
aparte, incluso aunque no comprendamos los sonidos
de los animales llamados irracionales, no es en absolu-
to improbable que conversen aunque nosotros no les
entendamos: pues tampoco cuando oímos el habla de
los extranjeros la entendemos, sino que nos parece
inarticulada. Además, oímos que los perros emiten una
voz cuando ahuyentan a alguien, otra cuando aúllan,
otra cuando se les golpea y otra aún cuando hopean. Y,
en general, si uno analiza el asunto cuidadosamente,
encontrará en los demás animales una gran variedad de
voces, según las diferentes circunstancias, de modo
que, en consecuencia, se puede afirmar que los llama-
dos animales irracionales participan también del dis-
76 curso oral. Pero si éstos, pues, en nada son inferiores al
41 Se refiere a los fitósofos cínicos (de kyó, perro).
42 Referencia a los pitagóricos, Cf. Diog. Laert., VII, (O.
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EIBRO I 105
hombre ni en lo que hace a la exactitud de los sentidos
ni por el discurso interno ni siquiera por el lenguaje
oral, entonces tampoco merecen menos crédito que
nosotros en lo que se refiere a las percepciones. Y sería
posible mostrar lo mismo argumentando de igual modo
en base a cada uno de los animales irracionales. Así,
por ejemplo, ¿quién negará que los pájaros se distin-
guen por su inteligencia o que son capaces de discurso
oral? Los cuales, por cierto, no sólo conocen el presen-
te, sino también el porvenir, que manifiestan, a quienes
son capaces de comprenderlos, por medio de diversos
signos y profetizando con la voz.
He realizado esta comparación, como ya antes
advertí, a mayor abundamiento, habiendo ya suficien-
temente probado, según creo, que no podemos antepo-
ner nuestras propias percepciones a las de los animales
irracionales. Pero sí los animales irracionales no son
menos dignos de crédito que nosotros en lo que se
reftere a las percepciones, y se dan diferentes percep-
ciones a causa de la variedad de los animales, podré,
ciertamente, decir cómo se me aparece cada una de las
sustancias; pero acerca de cómo sea por naturaleza
deberé, por las razones expuestas, abstenerme.
Tal es, pues, el primer tropo de la suspensión del jui-
cio. El segundo. se basa, como adelantamos, en la dife-
rencia existente entre los hombres; pues aunque, por
hipótésis;'se acepte que los hombres son más fidedignos
que los animales irracionales, descubriremos también
que, debido a nuestra diferencia, sobreviene la suspen-
sión del juicio. Se afirma, en efecto, que dos son los
componentes del hombre: alma y cuerpo; por ambos
diferimos los hombres unos de otros. Así, en lo que res-
pecta al cuerpo, diferimos en formas e idiosincrasiasi;
45 Idiosygkrisía: temperamento o constitución particulares, deter-
minados por una diferente mezcla o combinación de elementos,
humores, etc. En esta forma, la palabra aparece por primera vez ates-
15.
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106 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
puesel cuerpo del escita se diferencia por su forma del
indio, diferencia causada, según se-dice, por el diverso
predominio de los humores. Abora bien, junto al diverso
predominio de los humores hallamos también diversas
percepciones, tal como establecimos én nuestro primer
argumento. Igualmente, por lo que hace al deseo y la
aversión hacia los objetos externos, los hombres mues-
tran grandes divergencias: a los indios les gustan unas
cosas, a los de aquí, otras; y el regocijarse con cosas
diversas es indicio de que se reciben impresiones distin-
tas de los mismos objetos. Diferimos de tal modo por lo
que respecta a nuestras idiosincrasias que algunos digie-
ren la carne de buey mejor que Jos pescaditos de las
rocasé, y <otros> con un simple vinillo de Lesbos con-
traen el cólera. Había, se cuenta, una anciana ática que
ingería sin daño treinta dracraas* de cicuta y Lisis toma-
ba tranquilamente cuatro dracmas de opio, Demofonte, el
maestresala de Alejandro, se atería al sol o en las termas,
pero se calentaba a la sombra; Atenágoras el argivo era
inmune a las picaduras de alacranes y tarántulas; los lla-
mados psilos* son inmunes a las mordeduras de serpien-
tes y áspides; los tentiritas? egipcios no sufren daño
alguno de los cocodrilos. También los etíopes. que habi-
tan más allá del Méroe*8, a orillas del Astape%, se ali-
tiguada en Sexto. De la forma idiosyglrasía, wsada por Ptolomeo,
proviene el término moderno homónino.
+ Cf. Aristóteles, HA, 1, L, 31,
45 Holk£: peso de una dracma: 4,36 grs, según el patrón más
general. (Cf. Dic. Bailly, s. v.). Respecto a la anciana ática, es citada
repetidamente en la Antigiiedad (Galeno, XI, 601). El Lisis que
viene a continuación podría ser el homónimo filósofo pitegórico de
D,L., VUL 1,7, 39. o
46 Tríbu del norte de África. Cf. Heródoto, Historias, TV, 173,
42 Región del Alto Egipto, Cf. Séneca, Naturales Quaestiones,
IV, 2, y Juvenal, Sásiras, XV, 35.
45 Tsla y ciudad de Etiopía. Cf. Hdt,, 2,29.
* Leyendo Astape o Ástapo (según la corrección de Hercher; los
manuscritos traen Hydaspes): uno de los brazos del Nilo (cf, Plinio,
Nativalís Historia, 5, 53).
LIBRO! 107
mentan sin daño de escorpiones, serpientes y cosas por el
estilo. Rufino de Calcis0 no vomitaba ni se purgaba
bebiendo eléboro, sino que lo ingería y digería como lo
84 más natural. Crisermo, el médico herofiliano, se ponía al
borde del colapso si probaba la pimienta; Sotérico, el
cirujano, contraía el cólera con solo oler los siluros, A
Andrón, el argivo, de tal modo nunca la acuciaba la sed
que atravesó la árida Libia sin necesitar bebida, El César
Tiberio veía en la oscuridad%!. Aristóteles nos habla de
cierto tasio52 que creía que la imagen de un hombre le
precedía constantemente,
Así pues, dándose tamaña variedad en los hombres
por lo que hace a sus cuerpos —por contentarnos con
sólo unos pocos ejemplos de los muchos señalados por
los dogmáticos— es verosímil que también difieran
entre sí en lo que respecta al alma; pues el cuerpo es
una cierta imagen del alma, como la ciencia fisiognó-
mica muestraS3, Sin embargo, la mayor demostración
de la enorme y aun inmensa diferencia entre las mentes
de los hombres la proporciona la discrepancia de los
dogmáticos acerca de qué conviene elegir y qué evitar
86 —así como acerca de todo lo demás: en vista de lo cual,
también los poetas se expresaron oportunamente; pues
Píndaro dice5*:
«A uno le regocijan los honores y coronas
ganados con caballos de huracanada carrera,
a otros la vida en aposentos de oro;
y también hay quien gusta de hotlar la ola marina
con veloz nave.»
30 Personaje desconocido, al igual que los tres que siguen.
$1 C£ Suetonio, Tiberio Nerón, 48.
2 Cf Mereorol, 1H, 4 (aunque allí no se mencione que fuera de
Tasos).
3 No hay que excluir la ironía, Cf, MM, 51, 85.
5 Fr. 221, ed. E. Suárez de Píndaro, Obra completa, Madrid,
1983.
16.
108 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
Ydice el poeta$5: «Place a cada uno una cosa distin-
ta», También la tragedia está repleta de tales senten-
cias; Así, por ejemplo5%:
«Si lo bello y sabio a la vez fuese igual para todos
no habría entre los hombres cuestión disputada. »
Y, de nuevo??:
«Es desventura que lo que a unos place
a otros resulte odioso.»
87 — Dado que, por lo tanto, la elección y el rechazo
están en el placer y el displacer, y el placer y el displa-
cer residen en la sensibilidad y la percepción, cuando
lo mismo €s elegido por unos y rechazado por otros, es
lógico que concluyamos que son afectados de modo
diverso por las mismas cosas, pues de ofro modo todos
unánimemente las elegirían o evitarían. Mas si lo
mismo afecta a los hombres diversamente, debido a las
diferencias entre ellos, entonces, también por este
motivo, seremos conducidos a la suspensión del juicio.
Pues mientras nosotros podemos decir cómo cada cosa
parece en su particular diferencia, somos incapaces de
88 determinar qué es por naturaleza. Ya que o daremos
crédito a todos los hombres o a algunos: si a todos,
intentaremos lo imposible y nos veremos abocados a
contradicciones; sí a algunos, dígasenos cuáles opinio-
nes debemos admitir. Pues el platónico dirá que las de
Platón, el epicúreo que las de Epicuro% y análogamen-
Cf. Homero, Odisea, XTV, 228.
Cf. Eurípides, Fenicias, 449 ss.
C£. Fraghn. Trag. adesp. 462 (Nauck).
Epicuro de Samos (241-230): filósofo y fundador, en el aíio
306, de ta escuela ateniense conocida por Ef Jardín. Aunque escribió
una obra ingente, sólo tres epístolas han legado hasta nosotros (a
través de Diog. Laert,, guíen dedica a Epicuro el último de sus
83828
Y
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LIBRO 1 109
te el resto; y así, litigando sin fin, nos llevarán de
nuevo a la suspensión del juicio. Por su parte, quien
afirma que debernos atender la opinión de la mayoría
hace una propuesta pueril, puesto que nadie puede ir a
consultar a toda la humanidad y determinar qué prefie-
re la mayoría; siendo posible que en algunas razas que
desconocemos sea usual lo que es entre la mayoría de
nosotros raro, y sea rara lo que entre la mayoría de
nosotros es usual --como, por ejemplo, que la mayoría
no experimente dolor con las picaduras de las tarántu-
las, aunque algunos excepcionalmente lo sientan; y
análogamente con las demás idiosincrasias menciona-
das. Por consiguiente, las diferencias entre los hombres
Los fuerzan también a la suspensión del juicio.
Cuando ciertos dogmáticos petulantes afirman que,
al emitir juicio sobre estas cuestiones, se les debería
otorgar la razón frente a los demás, sabemos que su
pretensión es absurda, pues ellos mismos son parte de
la controversia y, si juzgaran las apariencias atribuyén-
dose la razón, dirimirían el litigio a su favor escamo-
teando la cuestión antes de comenzar su examen. Mas
igualmente, a fin de que también podamos alcanzar la
suspensión del juicio basando nuestro argumento acer-
ca de un hombre, a saber, aquel que imagine ser entre
ellos sabio, iniciamos el tropo tercero en orden.
Denominamos a éste el de las diferencias entre los
sentidos, Que éstos difieren entre sí es cosa manifiesta,
libros), así como un resumen de sus doctrinas (las Máximas Capita-
les) y fragmentos de su tratado Sobre la Naturaleza (conservado en
papiros procedentes de las excavaciones de Herculano). En física,
seelabora el atomismo de Leucipo y Demócrito, introduciendo el efí-
namen (desviación fortuita del movimiento de los átomos), para sal-
vaguardar así la fibertad frente al determinismo del atomismo clási-
co. En ética, tras elaborar un diagnóstico de las causas de la
infelicidad humana, propone el cuádruple remedio: no hay que temer
a los dioses, no hay que temer a la muerte, el placer es fácil de obte-
ner, el dolor es fácil de soportar. La felicidad reside en el sereno dis-
frute det placer. :
17.
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110 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
Así,las pinturas parecen poseer relieve a la vista, pero
no al tacto; la miel les resulta a algunos agradablea da
lengua, pero desagradable a los ojos, de modo que
resulta imposible decir en puridad si es agradable o no.
Y lo mismo por lo que hace al ungijento, pues deléita
el olfato pero repugna al gusto; y al euforbio: puesto
que es perjudicial a los ojos, pero inocuo en cualquier
otra parte del cuerpo, no podemos decit de modo abso-
luto sí es naturalmente perjudicial o inocuo. Y el agua
de lluvia es benéfica para los ojos, pero irrita la arteria
y el pulmón, igual que el aceite, el cual, sin embargo,
suaviza la piel. El pez torpedo, análogamente, cuando
se aplica a las extremidades produce entumecimiento,
pero no si al resto del cuerpo. De este modo, no podre-
mos decir cuál sea la naturaleza de cada una de estas
cosas, sino sólo cómo nos aparece en cada ocasión,
Sería posible aportar multitud de otros ejemplos;
pero, para no demorarnos, dada la naturaleza de este
tratado, debemos decir lo siguiente: cada uno de nues-
tros fenómenos sensibles parece afectarnos de modo
diverso, la manzana, por ejemplo, parece tersa, fragan-
te, dulce y amarilla. Pero es dudoso si realmente posée
esas solas cualidades; o sí posee de hecho una sola
cualidad, pero ésta aparece diversa debido a la diferen-
te composición de los órganos de los sentidos; o si
posee algunas cualidades además de las aparentes, pero
que escapan a nuestra percepción. Que, en efecto, la
manzana no posee sino una cualidad podría ser argu-
mentado en base a lo que antes dijimos sobre el ali-
mento asimilado en los cuerpos, el agua difundida por
los árboles y el hálito que se insufla a la flauta, la sirin-
ga e instrumentos similares: pues de igual modo, la
manzana bien podría ser uniforme, pero aparecer
diversa debido a la diferencia de los órganos sensibles
en los que se produce su representación. Y que la man-
zana puede poseer más cualidades de las que nos son
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aparentes, lo defenderíamos como sigue: supongamos
que un hombre posee desde su nacimiento el sentido
del tacto, gusto y olfato, pero no puede oír ni ver; pen-
sará que nada hay visible o audible, sino sólo aquellas
tres clases de cualidades que puede percibir, Quizá
también nosotros, poseyendo solamente cinco sentidos,
percibamos tan sólo aquellas cualidades de la manzana
que podemos captar; pero es posible que subyazcan
otras cualidades que afecten a otros órganos de los sen-
tidos, careciendo de los cuales, no podamos nosotros
percibir cualidad sensible alguna que a través de ellos
se manifieste.
«Pero -se objetará— la Naturaleza acomodó los senti-
dos a lo sensible». ¿Qué naturaleza, cuando hay tal indi-
rimible disputa entre los dogmáticos acerca de su exis-
tencia? Pues quien decida tal cuestión no será, si es lego,
digno de crédito a los dogmáticos; y, si es filósofo, será,
en cuanto parte de la controversia, juzgado y no juez.
Ahora bien, si es posible que tan sólo aquellas cuali-
dades que creemos percibir existan en la manzana, o que
existan en mayor número, o que ni siquiera existan las
cualidades que nos afectan, entonces es para nosotros
dudoso qué sea la manzana. Y el mismo argumento es
aplicable al resto de los objetos sensibles, Ahora bien, si
los sentidos no comprenden los objetos externos, tampo-
co la mente puede comprenderlos%: de ahí que también
en gracia a este argumento parezca inferirse la suspen-
sión del juicio acerca de los objetos externos.
Además, para que podamos llegar a la suspensión
del juicio basando nuestro razonamiento en cada sen-
tido particular, o incluso prescindiendo de los senti-
% Porque la razón trabaja en base a fos materiales de la percep-
ción sensible. Aquí, como en otras partes, queda manifiesta la prece-
dencia epistemológica de la percepción con respecto a la razón.
6 Parece que la frase no tenga mucho sentido, pues se trata del
examen de los sentidos según las disposiciones; sin embargo, cf.
18.
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112 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
dosé0,adoptamos el cuarto tropo de la misma. Tal es
el tropo que denominamos de las circunstancias,
entendiendo nosotros por «circunstancias» las disposi-
cionesél, Decimos que este tropo se manifiesta en lo
que es conforme o contrario a la naturaleza, en el estar
despierto o el dormir, en las diversas edades, en el
movimiento o el reposo, en el odio o el amor, en el
hambre o la saciedad, en la ebriedad o la sobriedad, en
las predisposiciones, en el valor o la cobardía, en el
sufrimiento o el gozo. Así, según se esté en un estado
natural o contrario a la naturaleza, los objetos se pre-
sentan de modo diferente, puesto que los frenéticos y
los posesos creen oír las voces de los demones%?,
mientras que nosotros no. Igualmente, afirman a
menudo percibir el aroma de estoraque, incienso o
similar y muchas cosas más, que nosotros no percibi-
mos. Y la misma agua que parece abrasar cuando se
aplica sobre las zonas inflamadas a nosotros nos pare-
ce tibia; y el mismo manto que parece amarillo a
quien padece hiposfagma mo me lo parece a mi; la
misma miel me parece dulce, pero amarga a los ictéri-
cos. Si alguien arguye que una mixtura de ciertos
humores produce en quienes se hallan en un estado
antinatural percepciones impropias de los objetos,
replicaremos que, como también los sanos poseen
humores combinados, esos humores causarán que los
objetos externos —siendo de hecho tales como apare-
cen a los que supuestamente se hallan en un estado
antinatural— parezcan también a los sanos distintos a
$ 104, donde las imágenes se forman sin intervención de sentido
alguno.
st Diathéseis: estados físicos y mentales del sujeto en cada per-
cepción.
e Dafmones: dioses inferiores, genios o, en general, espíritus.
Hemos adoptado el neologismo para evitar las connotaciones asocia-
das al término castellano.
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como en realidad son, Pues otorgar el poder de alterar
los objetos reales a unos humores y no a otros es qui-
mérico: así como los sanos se hallan en un estado
natural para ellos, pero antinatural para los enfermos,
igualmente los enfermos se hallan en un estado antina-
tural para los sanos, pero natural para los enfermos; de
modo que también a estos últimos debemos otorgarles
crédito, por cuanto se hallan, relativamente, en un
estado natural.
También difieren las percepciones del sueño y la
vigilia, ya que no percibimos despiertos lo mismo que
en sueños ni viceversa; así que el ser a no ser de éstas
no es absoluto, sino relativo, pues depende del sueño o
la vigilia. En efecto, vemos quizá en sueños cosas
irreales en estado de vigilia —pero no del todo irreales,
pues existen en nuestros sueños, del mismo modo que
existen las realidades del estado de vigilia aunque no
existan en nuestros sueños.
Por lo que respecta a la edad, el mismo alre parece
frío a los ancianos pero templado a los adultos; y el
mismo color se muestra pálido a los mayores, pero
vívido a los jóvenes; e, igualmente, idéntico sonido es
percibido tenue por aquéllos, nítido por éstos.
Además, quienes difieren en edad difieren también
en sus preferencias y repulsiones. Pues mientras, por
ejemplo, los niños disfrutan con pelotas y aros, los
adultos desean otras cosas, y otras los ancianos: de
ello concluimos que también las diferencias de edad
originan percepciones distintas de los mismos objetos
reales,
También parecen diferentes las cosas en virtud de su
movimiento o reposo; pues aquellos objetos que vemos
en reposo cuando permanecemos inmóviles parecen
moverse cuando nos desplazamos a través de ellos.
E igualmente ocure con la atracción o el rechazo,
puesto que unos abominan en extremo de la carne de
19.
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cerdo,mientras otros la consideran el manjar más
exquisito, De ahí que diga Menandro:
«Mas, ¿cuál parece ser 54 aspecio?
¿De qué se ha transformado así? ¡Qué monstruo!
¡No hacer el mal también nos hace bellost».63,
Y también muchos que tienen amantes feas las
creen bellísimas.
<igualmente aparecen diferentes las cosas> según
que se esté hambriento o harto; pues idéntico manjar
parece exquisito a los hambrientos, pero repugna a los
saciados. Según que se esté ebrio o sobrio; pues lo que
ños parece vergonzoso cuando estamos serenos no nos
lo parece cuando nos embriagamos, De acuerdo con las
disposiciones; pues el mismo vino parece agrio a quie-
nes previamente han comido dátiles o higos, pero dulce
a quienes acaban de tomar nueces o garbanzos, Y el ves-
tíbulo del baño calienta a quienes provienen del exterior,
pero enfría, si permanecen en él, a los que salen.
Igual ocurre con el miedo y el valor; pues lo mismo
que le parece espantoso y terrible al cobarde no se lo
parece así al valeroso. Respecto a estar triste o alegre;
pues las mismas cosas que resultan odiosas a los afligi-
dos son gratas a los joviales,
Habiendo, pues, tamaña divergencia en las disposi-
ciones y teniendo los hombres diferentes disposiciones
en cada momento, quizá sea fácil decir qué naturaleza
le parece a cada uno que poseen los objetos reales;
pero no podemos seguir afirmando cuál es su naturale-
za verdadera, ya que también la divergencia es irreso-
luble. Pues quien pretenda dirimirla, o bien está en
alguna de las disposiciones consideradas o bien no está
en ninguna de ellas; pero afirmar que no está en ningu-
$ Frag. 790 (Koerte).
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na de las disposiciones anteriores (que, por ejemplo, ni
está sano ni enfermo, ni en movimiento ni en reposo,
que no tiene edad o que se halla privado de todas las
demás disposiciones) es el colmo de la insensatez, Y si
quiere juzgar las percepciones cuando está en alguna
disposición, será parte en la disputa y no será además
Juez imparcial de Jos objetos externos, al estar confun-
dido por las disposiciones en que se halla, Así, ni el
despierto puede contrastar las percepciones de los dur-
mientes con las de los despiertos; ni el sano, las de los
enfermos y los sanos; ya que concedemos más crédito
a las cosas presentes y que a la sazón nos afectan que a
las ausentes.
Pero el desacuerdo entre las percepciones es indiri-
mible también por otra causa. Quien prefiere una per-
cepción a otra, o una circunstancia a otra, lo hace o sin
juicio ni demostración o con juicio y con demostra-
ción; pero ni lo hace sin ellos (pues no sería digno de
confianza) ni con ellos. Pues si juzga las percepciones,
debe juzgarlas mediante un criterio: ahora bien, este
criterio dirá que es verdadero o falso. Pero si dice que
falso, no merecerá crédito; y, si dice que verdadero, lo
afirmará con demostración o sin demostración. Si sin
demostración, no merecerá confianza; si con demostra-
ción, será necesario también que la demostración sea
verdadera <o falsa; no dirá que falsa, sin embargo,>
pues no será fidedigno. Ahora bien, ¿afirmará la ver-
dad de la demostración esgrimida para establecer el
criterio con o sin juicio? Si sin juicio, no merecerá cré-
dito; y si con juicio, obviamente dirá que la ha juzgado
mediante un criterio: así que exigiremos la demostra-
ción de este criterio, y de tal demostración, de nuevo,
pediremos un criterio. Pues la demostración siempre
requiere un criterio para sustentarla, y el criterio nece-
sita a su vez una demostración que lo muestre verdade-
ro; y ni una demostración puede ser firme sin la previa
20.
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116 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
existenciade un criterio verdadero, ni el criterio puede
ser verdadero sin el fundamento previo de una demos-
tración. De este modo, el criterio y la demostración
incurren ambos en el tropo del razonamiento circularó4
y, con ello, resultan ambos faltos de crédito; ya que
cada uno basa su crédito en el otro, todo lo que sigue
resulta igualmente insostenible. Luego si nadie puede,
ni sin demostración y criterio ni con-ambos, preferir
una percepción a otra, entonces las diversas percepcio-
nes causadas por las diferentes disposiciones serán
indírimibles;, así que también como resultado de este
tropo nos adviene la suspensión del juicio respecto a la
naturaleza de los objetos externos.
El quinto argumento se refiere a las posiciones, dis-
tancias y lugares, pues también, según sean éstos, los
mismos objetos parecen diferentes. Por ejemplo, el
mismo pórtico parece achatado visto desde su extremo,
pero completamente simétrico visto desde el centro; el
mismo barco parece pequeño y estático contemplado a
distancia, pero desde cerca, grande y en movimiento;
la misma torre parece redonda de lejos, pero de cerca,
cuandrangular: esto por lo que hace a las distancias. Y, *
por lo que hace a los lugares, la luz de la lámpara pare-
ce apagada al sol, pero brillante en la oscuridad; el
mismo remo, quebrado en el mar y fuera del mar recto;
el huevo, tierno en el seno del pájaro, pero duro en el
exterior; el ámbarS5, fluido en el lince, pero duro en el
aire; el coral, blando en el mar, pero rígido en el aire; y
la voz suena de un modo en la siringa, de otro en la
flauta y de otro distinto simplemente en el aire. Final-
mente, por lo que se refiere a las posiciones, la misma
pintura parece plana cuando está tendida, pero con
depresiones y prominencias cuando se inclina de cierto
6 són diálizlon trópon: tropa de lo recíproco. Cf. $5 169 ss.
65 Lyggoúrion, propiamente «orina del lince»; tal se creía el ori-
gen del ámbar,
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modo; y los cuellos de las palomas, parecen de diverso
color según las diversas inflexiones.
Así, puesto que todos los objetos percibidos lo son
en cierto lugar, desde una cierta distancia o en una cier-
ta posición, y dado que cada una <de esas condiciones>
ocasiona una gran divergencia en las percepciones, tal
como antes dijimos, también a través de este tropo
somos forzosamente conducidos a la suspensión del
juicio, Pues quien pretenda anteponer cualquiera de
esas percepciones intenta lo imposible. Porque si esta-
blece el juicio simplemente y sin demostración, no
merecerá crédito; pero si desea aducir una demostra-
ción, se refutará a sí mismo diciendo que es falsa; y, si
dice que es verdadera, se le demandará aportar una
demostración de su verdad, y, de nuevo, una demostra-
ción de esta última demostración, puesto que también
ésta debe ser verdadera, y así ad infinitum. Ahora bien,
es imposible establecer infinitas demostraciones. Así
que tampoco mediante demostración podrá anteponer
una percepción a otra. Mas si ní sin demostración ni
con demostración es posible dirimir entre las menciona-
das percepciones, sobreviene la suspensión del juicio,
pudiendo, ciertamente, decir cómo aparece cada cosa
en cierta posición, o a cierta distancia o en cierto lugar;
pero quedando incapaces de afirmar, por las razones
expuestas, cómo sea en lo tocante a su naturaleza,
El sexto tropo es el de las mixturas, por el cual con-
cluimos que, puesto que ninguno de los objetos exter-
nos nos afecta por sí mismo, sino siempre en unión con
algo más, podrá, acaso, decirse cuál es la mezcla resul-
tante de lo externo y aquello unido a lo cual se percibe,
pero no podremos afirmar cuál es el objeto externo en
su puridad. Que ninguno de los objetos externos nos
afecta por sí mismo, sino siempre en unión con algo
más, y que, por ello, presenta una apariencia diferente
es algo que me parece del todo evidente. Pues el color
21.
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denuestra tez se ve distinto en el aire caliente que en el
frío, y no sabríamos decir cuál es nuestro color en su
naturaleza, sino cómo se percibe con cada uno de
aquéllos; la misma voz aparece de una manera en
unión del aire ligero y de otra en unión del denso; los
olores son más penetrantes en el baño y al sol que en el
aire frío; el mismo cuerpo es ligero sumergido en el
agua y pesado en el aire. :
Para dejar de lado, sin embargo, la mixtura externa,
nuestros ojos contienen en su seno membranas y flui-
dos; luego lo visible, que no se percibe sin ellos, no
será percibido con exactitud; pues lo que percibimos es
la mixtura resultante; y, por ello, tos ictéricos lo ven
todo amarillo y los que padecen hiposfagma, todo lo
ven del color de la sangre. Y así como el mismo sonido
parece tener cierta cualidad en los lugares despejados y
otra distinta en los angostos y tortuosos; una en el aire
puro y otra en el viciado, es posible que no percibamos
el sonido en su pureza: pues también los oídos son tor-
tuosos y angostos, y están viciados por efluyios emiti-
dos, según se dice, en las regiones de la cabeza. Ade-
más, puesto que en las fosas nasales y en los Órganos
gustativos hay <diversas> sustancias, percibimos en
unión de ellas lo sápido y lo oloroso, pero no en su
pureza. Así que, a causa de las mixturas, los sentidos
no perciben con nitidez cuál es la naturaleza de los
objetos externos. Pero tampoco lo hace la mente: pues,
en primer lugar, sus guías, que son los sentidos, se
engañan; y quizá también la misma mente añada cierta
mixtura peculiar a lo transmitido por los sentidos: pues
observamos, en cada uno de los lugares en que los dog-
máticos Opinan que se halla la facultad rectoraó6 ya
6 To hegemonikón: de acuerdo con la doctrina estoica, superior
facultad a parte del alma en que se halla el centro y la sede de la
moción y la percepción, Está situada en el corazón, desde el que, a
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sea el cerebro, el corazón o cualquier otra parte del ser
vivo-, la presencia de ciertos humores. Por lo tanto,
también según este tropo nos vemos forzados a la sus-
pensión del juicio en razón de nuestra imposibilidad de
afirmar nada acerca de la naturaleza de los objetos
externos.
El séptimo tropo es el concerniente a las cantidades
y composiciones de los objetos externos, llamando
«composiciones», en general, a los resultados de la
combinaciónó”,
Ahora bien, es evidente que a través de este tropo
concluimos por fuerza en la suspensión del juicio,
Pues, por ejemplo, las raspaduras del cuerno de la
cabra parecen blancas cuando se las ye por sí solas y al
margen de combinación, pero negras cuando se obser-
van combinadas formando el objeto cuerno. Las lima-
duras de la plata parecen negras por sí mismas, pero
blancas en el conjunto, Las minucias del mármol de
Tenara8 parecen blancas cuando se trituran, pero ama-
rillas en bloque. La arena, esparcida, parece áspera,
pero agrupada en montón excita la sensibilidad suave-
mente. Si se toma el eléboro seco y en polvo, produce
asfixia, pero no así cuando está amasado. El vino toni-
fica tomado en pequeña cantidad, pero aletarga bebido
en exceso. Del mismo modo, el alimento produce
diversos efectos según la cantidad ingerida: a menudo,
por tomarlo en exceso, purga el cuerpo con indigestio-
nes y ataques de cólera. Por lo tanto, podremos decir
cómo son las minucias del cuerno y cómo el compues-
to formado por ellas; cómo las partículas de la plata y
través de las arterias, el pneuma se extiende por todas las partes del
cuerpo, Cf. SYF 2, 836 = LS, 53 H.
$ Synthesis; composición, combinación, organización de las par-
tes de una cosa.
é Promontorio del sur de Laconia cuyo mármol era, según Pli-
nio, de color amarillo yerdoso,
22.
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cómo el compuesto de las mismas; cómo los pedazos
del mármol de Tenara y cómo el compuesto de muchos
de tales pedazos; y la naturaleza relativa de las arenas,
el eléboro, el vino y el alimento: pero nada en absoluto
respecto a la naturaleza de las cosas en sí mismas,
debido a la divergencia entre las percepciones origina-
da por las combinaciones.
Y es que, en general, parece que lo provechoso se
vuelve nocivo cuando se usa en cantidad inadecuada, y
lo que parece nocivo tomado en exceso, escasamente
no daña. Es testimonio de este razonamiento lo que
observamos respecto a los efectos de las medicinas,
donde la mezcla precisa de los fármacos simples hace
beneficioso al compuesto, pero si acaso se produce el
menor descuido en la dosis, el compuesto es no sólo
ineficaz, sino muy nocivo y aun, muchas veces, letal,
Así el argumento relativo a las cantidades y composi-
ciones vuelve confusaó? la naturaleza de los objetos
externos. De ahí que verosímilmente este tropo nos
lleve también a la suspensión del juicio, puesto que
nada podemos afirmar en puridad sobre la naturaleza
de los objectos realmente existentes.
El tropo octavo es el basado en la relación, según el
cual concluimos que, puesto que todo es relativo, sus-
penderemos el juicio acerca de cómo son las cosas en
sentido absoluto y según su naturaleza, Es preciso,
empero, entender que aquí, como en otros lugares,
cometemos un abuso de lenguaje usando el término
«es» en lugar de «aparece», y que lo que queremos
decir es «todo aparece relativo». Ahora bien, esto se
dice de dos maneras: a veces, con respecto a lo que
juzga (pues el objeto externo que se juzga aparece en
relación a lo que juzga); y, en un segundo sentido, con
respecto a lo que se observa simultáneamente, como lo
62 O, quizá, «determina», según la versión latina.
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derecho en relación a lo izquierdo. Que todo es relati-
vo, ya lo argumentamos también antes7%: respecto a lo
que juzga, porque cada cosa parece relativa a tal ser
vivo en particular y a tal hombre en particular y a tal
sentido en particular, y a tal circunstancia en concreto;
respecto a lo que se observa simultáneamente, porque
cada cosa aparece relativa a tal mixtura, a tal manera, a
tal combinación, a tal cantidad y a tal situación.
Pero también de modo independiente puede probar-
se que todo es relativo así: ¿difiere lo específico?! de lo
relativo o no? Si no difiere, es también relativo; y, si
difiere, puesto que todo lo que difiere es relativo a algo
(pues se dice que difiere en relación a aquello de lo que
difiere), también lo específico es relativo. Además, de
entre las cosas, algunas, según los dogmáticos, son
géneros supremos; otras, especies últimas; otras, géne-
ros y especies; ahora bien, todo esto es relativo: luego
todo es relativo. Igualmente, como ellos dicen, ciertas
cosas son evidentes?2; otras, oscuras?3; y las aparen-
tes?* son significantes, mientras que las oscuras son
significadas por las aparentes pues, de acuerdo con
ellos, lo evidente es la visión de lo no evidente—. Pero
139 lo significante y lo significado son relativos: luego
todo es relativo, Asimismo, unas cosas son similares;
otras, disímiles; unas iguales; otras, desiguales; y todo
ello es relativo: luego todo es relativo. Y quien afirme
que no todo es relativo confirma la relatividad de todo,
ya que, por el hecho de oponérsenos, muestra que
10 Cf. 339, supra.
A Ta kata diaphorán: to diferenciado o específico («caracteriza-
do y definido de manera individual», según el Casares) como opues-
to a «relativo», .
2 TA pródila: las cosas completamente manifiestos y evidentes
(cf. CL, M, 14D).
23 Ta ádela: las cosas ocultas, no evidentes (en oposición a ?á
phatnómena y 1d pródela).
24 .Tá phainómena.
23.
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incluso el mismo ser todo relativo lo es con relación a
nosotros y no en general.
Pero, habiendo establecido de este modo que todo
es relativo, es evidente que no podremos determinar
cuál es la naturaleza de cada cosa en sí misma y en su
puridad, sino sólo cómo aparece en su relatividad: de
lo que se concluye que debemos suspender el juicio
acerca de la naturaleza de las cosas,
Sobre el tropo referente a los acontecimientos cons-
tantes o raros, que, decíamos, era el noveno, expondre-
mos lo siguiente: el sol es, desde luego, mucho más
ierrible que el cometa; pero, como vemos el sol cons-
tantemente mientras que al cometa sólo raramente, nos
asusta de tal modo que lo consideramos un portento,
cosa que en absoluto nos ocurre con el sol. Si imagina-
mos, sin embargo, al sol apareciendo y poniéndose
muy raramente e iluminándolo todo y dejándolo de
pronto todo a oscuras, nos veremos presa del mayor
esparto. Un terremoto no aterroriza del mismo modo a
quienes lo experimentan por vez primera que a quienes
se han acostumbrado a él. ¡Y qué admiración sobreco-
ge al hombre cuando ye el mar por primera vez! Asi-
mismo, la belleza del cuerpo humano nos arrebata más
al contemplarla al principio que cuando su contempla-
ción se ha convertido en costumbre. Consideramos,
igualmente, precioso lo escaso, pero no lo familiar y
asequible. Así, si imagináramos que el agua fuese exi-
gua, ¡cuánto más imprescindible nos parecería que
todas las cosas que estimamos valiosas! O, si nos figu-
rásemos al oro sencillamente desparramado en gran
cantidad por la tierra, como las piedras, ¿a quién con-
venceríamos de que, en tal caso, fuera atrayente o
digno de atesorarse? Luego, puesto que las mismas
cosas parecen a veces admirables o preciosas y a veces
no, según que acontezcan frecuente o raramente, con-
cluimos que, aunque podamos quizá decir qué parece
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cada cosa en virtud de su frecuencia o rareza, no pode-
mos establecer qué es propiamente cada una de las
cosas externas, Así pues, también de acuerdo con este
tropo debemos suspender el juicio en torno a ellas.
Hay un décimo tropo, que concierne sobre todo a lo
ético, basado en comportamientos, costumbres, leyes,
creencias míticas y suposiciones dogmáticas. Un com-
portamiento es una elección de modo de vida o de
cualquier acción adoptada por uno o por muchos,
coro, por ejemplo, Diógenes” o los espartanos; ley es
la convención escrita vigente entre los ciudadanos,
cuya transgresión es castigada; costumbre o hábito
(pues ambos términos son equivalentes) es la adopción
común de cierta conducta por muchos hombres, cuya
transgresión no es castigada: por ejemplo, ley es no
cometer adulterio y costumbre es no yacer con mujer
en público; creencia mítica es la admisión de hechos
inexistentes e imaginarios, como son, entre otros, los
que se narran acerca de Cronos, y a los que muchos
dan crédito; suposición dogmática es la aceptación de
una cosa que se cree establecida por medio del razona-
miento o de cierta demostración, como, por ejemplo,
que los elementos de los seres son átomos, homeome-
rías, mínimos o algo distinto.
Ahora bien, oponemos cada una de estas cosas tanto
a sí misma como a las demás. Por ejemplo, oponemos
costumbre a costumbre de este modo: clertos etíopes
tatúan a los recién nacidos, pero nosotros no. Los per-
sas consideran distinguido usar vestidura polícroma y
talar; nosotros, improcedente. Los indios yacen con sus
75 Diógenes de Sínope (c. 400-c, 325), supuesto discípulo de
Antístenes y el más famosos de los filósofos cínicos. De él se cuen-
tan numerosas anécdotas, asociadas, más que a una filosofía, a un
medo de vivir basado en el seguimiento de la naturaleza, la franque-
za, la independencia y la autarquía (cf. nuestra edición en Diógenes
Laercio, Los cínicos, Alhambra, Madrid, 1989).
24.
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mujeres en público; la mayor parte de los pueblos, sin
embargo, lo considera indecoroso.
Igualmente, oponemos ley a ley de la siguiente
manera: entre los romanos, quien renuncia a la heren-
cia paterna no asume las deudas del padre; pero, entre
los rodios, las paga en todo caso. Entre los escitas de
Táuride?6, era ley sacrificar a los extranjeros a Árte-
mis; entre nosotros, sin embargo, se.prohíbe inmolar
seres humanos.
Oponemos comportamiento a comportamiento
cuando contraponemos el de Diógenes al de Aristipo””,
o el de los espartanos al de los itálicos?8, Creencia
mítica a creencia roftica, por cuanto a veces se invoca a
Zeus como padre de los dioses y los hombres, y a
veces a Océano, diciendo:
«Océano, genitor de los dioses, y madre Tetis?»
Oponemos entre sí suposiciones dogmáticas cuando
decimos que unos afirman que existe un elemento;
otros, que infinitos; unos, el alina mortal; otros, inmor-
tal; unos, que por la providencia de los dioses se rigen
las cosas humanas; otros, que sín providencia.
Y oponemos la costumbre a lo demás —por ejemplo,
a la ley— cuando decimos que, entre los persas, es cos-
fumbre la unión entre varones, mientras que, entre los
16 Quersoneso táurico, en Crimea (ef. Herádoto, IV, 103 y, como
ejemplo además de la costumbre mencionada, la tragedia de Eurípi-
des ifigenia en Táuride).
2% Aristipo de Cirene, contemporáneo de Platón, discípulo tam-
bién de Sócrates y fundador de la escuela cirenaica. Citado aquí
como antítesis del ascetismo cínico de Diógenes, ya que sostenía que
el fin de la vida humana era la búsqueda del placer. Cf. infra,
cap. XXXI
23 Análogamente, ejemplos extremos de costumbres ascéticas y
disipadas,
PJ, XIV, 201
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romanos, se prohíbe por ley; que, mientras entre noso-
tros el adulterio está penado, entre los masagetasól es
considerado como jndiferente por la costumbre, como
Eudoxo de Cnido8!l relata en el primer libro de su
Exploración; que, así como entre nosotros está prohi-
bida la unión con la madre, entre los persas es muy
acostumbrado tal matrimonto; y que, asimismo, entre
los egipcios, los hombres se casan con sus hermanas,
cosa que la ley prohibe entre nosotros.
Se opone la costumbre al comportamiento por cuan-
to, mientras los más de los hombres yacen con sus
mujeres en privado, Crates$2 lo hacía en público con
Hiparquia; y Diógenes se paseaba con una simple
blusaS3, mientras que nosotros, según es costumbre. Y
también a la creencia mítica, como cuando dicen los
mitos que Cronos devoraba a sus hijos, mientras que
nuestra costumbre es velar por los niños; y es costum-
bre entre nosotros venerar a los dioses como buenos e
impasibles frente a los males, mientras que son presen-
tados por los poetas sufriendo daños y envidiándose
mutuamente. También se opone la costumbre a la supo-
sición dogmática por cuanto, mientras es costumbre
entre nosotros suplicar favores a los dioses, Epicuro
afirma que la divinidad en nada se ocupa de nosotros; y
mientras que Áristipo constdera indiferente vestir ropas
ferieninas, nosotros lo juzgamos indecoroso.
80 Pueblo escita, Sobre la costumbre, cf, Herod,, 1, 216.
81 Eudoxo de Cnido (e. 390-c, 340): famoso matemático, físico y
astrónomo. Cf. Diog. Laert., VII, 8 6 ss.
E Crates de Tebas (c, 365-285): filósofo cínico, discípulo de
Diógenes. Su «unión cínica» con Hiparquia dio hugar a numerosas
anécdotas (cf. Diog. Laert., VÍ, 85-93).
2 La exómis era una sencilla túnica (KhitGh) o blusa de trabajo
que usaban los artesanos, tales como pescadores y sastres, cuya Ocupa-
ción requería que el brazo derecho quedara al descubierto, Era una
especie de ropa interior (erdynata), sobre la que se colocaba la mpa
de calle, epibléónata, periblemata, Cf, E, Gubl and W. Koner, The
Greeks and Romans, Their Life and Customs, London, 1989 (161, ss.).
25.
156
126 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
Oponemoscomportamiento a ley cuando, aunque
existe una ley que impide golpear al hombre librey de
nobie linaje, los luchadores de paneracio se golpean
entre sí a causa del comportamiento <exigido por> su
género de vida; y cuando, si bien la ley proscribe el
homicidio, los gladiadores se matan entre sí por la
157¡ misma razón. Y oponemos la creencia mítica al com-
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portarniento cuando decimos que la leyenda relata que
Hércules, junto a Omfale,
cardaba la lana y soportaba esclavitudS?,
y hacía lo que nadie elegiría hacer ni en mucho menor
grado; mientras que, sin embargo, su comportamiento
en la vida era noble, Oponemos comportamiento a
suposición dogmática por cuanto mientras los atletas,
creyendo la gloria un bien, eligen por su causa un
comportamiento esforzado, muchos de los filósofos
sientan el dogma de que la gloria es despreciable.
Oponemos la ley a la creencia mítica cuando los poe-
tas representan a los dioses cometiendo adulterio y
yaciendo con varones, mientras que la ley prohíbe
entre nosotros tales cosas; a la suposición dogmática,
cuando los seguidores de Crisipo dicen que yacer con
madres o hermanas es cosa indiferente, mientras que
la ley veta tales cosas, Finalmente, oponemos la creen-
cia mítica a la suposición dogmática por cuanto los
poetas dicen que Zeus, bajando del cielo, yacía con
mujeres mortales, mientras que los dogmáticos creen
que tal cosa es imposible; y el poeta afirma que Zeus,
llorando por Sarpedón, derramó grandes gotas de
sangre sobre la tierra, mientras que es dogma de los
filósofos que la divinidad es impasible; y asimismo
cuando <los filósofos> deniegan el mito de los hipo-
$ Od, X,423.
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LIBRO I 127
centauros, presentando al hipocentauro como paradig-
ma de irrealidad.
Hubiera sido posible, ciertamente, tomar muchos
otros ejemplos referentes a cada una de las oposiciones
mencionadas; pero basten éstos en un tratado breye
como el presente. En conclusión, dado que también por
este tropo se demuestra tamaña divergencia en las
cosas, ho podremos establecer cuál es la naturaleza del
objeto, sino sólo cuál aparece en relación a tal compor-
tamiento, a tal ley, a tal costumbre y a todo lo restante.
Así, también por éste somos forzados a suspender el '
juicio acerca de la naturaleza de los objetos afuera sub-
sistentes. De este modo, pues, mediante los diez tropos
concluimos en la suspensión del juicio.
CAPÍTULO XV. SOBRE LOS CINCO TROPOS
Los escépticos más recientes$5 transmiten, por su
parte, estos cinco tropos de la suspensión del juicio:
primero, el de la discrepancia; segundo, el del regreso
al infinito; tercero, el de lo relativo; cuarto, el de lo
hipotético; quinto, el del razonamiento circular. El de
la discrepancia es aquel por el que descubrimos que se
da una irresoluble disputa, tanto entre la gente ordina-
ría como entre los filósofos, acerca del objeto propues-
to; por lo que, al no poder elegir o rechazar nada, con-
cluimos en la suspensión del juicio. Bl del regreso al
infinito es aquel en que afirmamos que lo aducido
como prueba de la cosa propuesta precisa de una nueva
prueba, y ésta, a sn vez, de otra, y así hasta el infinito,
para concluir en la suspensión del juicio, dado que no
tenemos por dónde empezar nuestra construcción. El
tropo basado en lo relativo es, como ya dijimos, aquél
$5 Los posteriores a Enesídemo. Diog. Laert. (IX, 88) atribuye
explícitamente a Agripa la reorganización de los antiguos diez tropos
en cinco.
26.
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123 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
envirtud del cual el objeto poses tal y tal apariencia en
relación a lo que juzga y a lo que se observa simultánea-
mente, pero acerca de cómo sea de acuerdo a su natura-
leza, suspendemos el juicio.
El tropo hipotético, a su vez, se da cuando los dog-
máticos, obligados a un regreso al infinito, toman
como punto de partida algo que no prueban, sino que
afirman establecer simplemente y sin argumentos, por
concesión. El tropo del razonamiento circular? se esta-
blece cuando aquello que debería probar lo que se
indaga requiere confirmación de lo mismo que se inda-
ga; con lo cual, no pudiendo aceptar ninguna de las dos
cosas para establecer la otra, suspendemos el juicio
sobre ambas.
Ahora bien, mostraremos, brevemente, que es posi-
ble reducir todo objeto de indagación a uno de estos
tropos de la siguiente manera: el objeto propuesto o es
sensible o es inteligible; pero, como quiera que sea, es
objeto de discrepancia: pues unos dicen que sólo lo
sensible es verdadero; otros, que sólo lo inteligible;
otros, que ciertas cosas sensibles y ciertas inteli-
gibles*?. Pero ¿dirán que la discrepancia es resoluble o
irresoluble? Si irresofuble, concluimos que es preciso
suspender el juicio, pues acerca de controversias ¡rre-
solubles es imposible afirmar nada; sí resoluble, pre-
guntamos cómo será resuelta.
Por ejemplo, lo sensible (para empezar con ello el
argumento) ¿será juzgado por lo sensible o por lo inte-
ligible? Si por lo sensible, puesto que inquirimos por lo
sensible, el mismo objeto necesitará de otro que lo
confirme; y si este otro es asimismo sensible, requerirá
36 La expesión «dislelo» (0 diállelos) es ya usado por Aristóte-
les en su forma sín sustantivar (éx / di' allelon) como sinónimo de
argumento circular (AykiG1).
3? La primera postura es la defendida por Epicuro; la segunda,
por Platón; la tercera, por peripatéticos y estoicos.
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y76
LIBRO 1 129
también de otro para su confirmación y así hasta el
infinito. Si, por el contrario, ha de ser juzgado por lo
inteligible, dado que también lo inteligible es objeto de
discrepancia, precisará, en cuanto inteligible, de dicta-
men y confirmación. ¿De dónde, sin embargo, le ven-
drá ésta? Si de lo inteligible, se producirá un similar
regreso al infinito; si de lo sensible, puesto que lo inte-
ligible se esgrimía en confirmación de lo sensible y lo
sensible <se esgrime> como confirmación de lo inteli-
gible, se abocará al tropo del razonamiento circular.
Si, todavía, buscando nuestro contradictor escapar a
esta conclusión, pretendiera por concesión y sin prueba
dar por sentado algo a fin de demostrar lo siguiente,
sobrevendrá el tropo hipotético, del que no bay salida.
Pues si quien establece la hipótesis es fidedigno, no lo
seremos nosotros menos al establecer la hipótesis con-
traria; además, aun quien establece una hipótesis ver-
dadera, la vuelve sospechosa al suponerla hipótesis en
vez de probarla; y sí es falsa, la base de su argumenta-
ción quedará viciada. Por otra parte, si Ja hipótesis con-
duce a una demostración, admitamos por hipótesis el
objeto mismo de la investigación y no otra cosa que no
es sino un medio para probar aquél; pero si es absurdo
suponer por hipótesis el tema de investigación, será
absurdo asimismo admitir por hipótesis aquello sobre
lo cual éste descansa.
Que también todo lo sensible es relativo es cosa evi-
dente, pues lo es con relación a los que sienten, Por con-
siguiente, es obvio que cualquier objeto sensible que se
nos proponga puede fácilmente reducirse a los cinco
tropos, E igualmente argumentaremos respecto a lo inte-
ligible. Pues si se afirmase que es objeto de controversia
indicimible, se nos concederá que es preciso suspender
acerca de él el juicio. Pero si la controversia fuera diri-
mible, entonces, si la decisión se funda en lo inteligible,
nos vemos abocados a una regresión al infinito; y si en
27.
177
178
130 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS-
lo sensible, al tropo del razonamiento circular, pues al
disentir a su vez lo sensible y no poder dirimirse por sí
mismo, incurriendo en un regreso al infinito, necesitará
de lo inteligible, como asimismo lo inteligible de lo sen-
sible. Pero quien, por ello, suponga algo por hipótesis
incurrirá de nuevo en un absurdo, Además, lo inteligible
es también relativo, pues se dice inteligible en relación
al intelecto y si fuese por naturaleza como se afirma que
es, no sería controvertido; luego también lo inteligible
viene a parar en los cinco tropos, así que nos es absolu-
tamente forzoso abstenernos acerca del objeto presenta-
do a nuestra consideración.
Tales, pues, son los cinco trapos transmitidos por
los <escépticos> más recientes; los cuales se proponen
no en exclusión de los diez tropos, sino para, con más
variedad, combatir también por medio de éstos, junto
con aquéllos, la temeridad de los dogmáticos.
CAPÍTULO XVI. CUÁLES SON LOS DOS TROPOS
También transmiten88 otros dos tropos.de la suspen-
sión del juício. Dado que todo lo que se comprende
parece que o se comprende porsí mismo o por medio *
de otra cosa, mostrando que nada se comprende por sí
mismo ni por medio de otrá cosa, creen introducir la
duda acerca de todo. Que nada se comprende por sí
mismo es evidente, dicen, por la controversia que me
terno” hay entre los físicos$? tanto acerca de lo sensible
como acerca de lo inteligible; controversia que es irre-
soluble por cuanto no podemos adoptar criterio sensi-
ble ni inteligible, dado que cualquier criterio que adop-
22 Es difícil la atribución de este último desarrollo. Diog. Laert.
no menciona esta reducción final a dos tropos. Acaso deba ser obra
de Menodoto, como supuso Ritter (cf. EP, 66, n, ad cap. 16).
89 Recuérdese la división tripartita de la filosofía helenística:
lógica, física y ética.
179
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LIBRO 1 131
temos es controvertido y, por ello, insostenible, Por
otra parte, no admiten tampoco que algo sé comprenda
por medio de otra cosa a causa de lo siguiente: si aque-
llo por lo que algo se comprende necesitase ser siem-
pre comprendido por medio de otra cosa, se incurriría
en el tropo del razonamiento circular o en el del regre-
so al infinito; si, empero, alguien pretendiera que se
comprende algo por sí mismo, y a través de ello se
comprende otra cosa, lo refuta el que nada se compren-
da por sí mismo, de acuerdo con lo que dijimos. Duda-
mos, por otra parte, de que lo que se combate pueda ser
comprendido por sí mismo o por otra cosa, dado que el
criterio de verdad o de lo que se comprende no es evi-
dente y los signos se destruyen al quedar sia prueba,
como más adelante veremos%,
De momento, sin embargo, será suficiente lo dicho
acerca de los tropos de la suspensión del juicio.
CAPÍTULO XVH. CUÁLES SON LOS TROPOS DE LA
REFUTACIÓN DE LAS TEORÍAS SOBRE LAS CAUSAS?!
Así como transmitimos los tropos de la suspensión
del juicio, también algunos proponen tropos en virtud
de los cuales, al dudar de las teorías de las causas en
particular, podamos frenar a los dogmáticos, ya que se
jactan sobre todo de ellas, Así, Enesidemo transmite
ocho tropos a través de los cuales cree, refutándolas,
mostrar como viciosas todas las teorías de las causas
dogmáticas. De éstos, el primero dice ser aquel según
el cual, puesto que el género de la etiología se dirige
s HP, M, cap, X,
9% Lit. «de lo etiológico»; pero el término no se cireunscribe ai
campo de la medicina: Eriologfas son aquí las teorías, hipótesis o supo-
siciones dogmáticas que intentan explicar las causas. Estos ocho tropos
figurarían en la ya mencionada obra de Enesidemo Discursos pirrómi-
cos, que conocernos también por Pocio (Biblioteca, 1, 170, b 17).
28.
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132 HIPOTIPOSIS PERRÓNICAS*
hacia lo no evidente%, no posee la evidencia unánime
que deriva de las apariencias; el segundo, aquel en vir-
tud del cual muchas veces, habiendo una amplia posibi-
lidad de encontrar la causa de lo que se investiga en
múltiples instancias, algunos la buscan sólo en una de
ellas; el tercero, según el cual dan una causa desordena-
da de lo que sucede ordenadamente; el cuarto, por el
que, habiendo aprehendido cómo se produce lo aparen-
te, suponen que han aprehendido también cómo se pro-
duce lo que no es aparente, siendo así que, si bien lo no
aparente puede quizá producirse de modo similar a lo
aparente, puede ser también que no se produzca así,
sino de un modo específicamente peculiar; el quinto,
por el que <se muestra> que, por lo general, todos
Investigan las causas de acuerdo con sus propias hipó-
tesis sobre los elementos, y no según métodos comunes
y acordes; el sexto, por el que se manifiesta cómo
muchas veces admiten sólo aquellos hechos que pue-
den ser explicados por sus propias hipótesis, ignorando
Jos que se les oponen, aun cuando tengan idéntica pro-
babilidad; el séptimo, en virtud del cual a menudo atri-
buyen causas que contradicen no sólo las apariencias,
sino incluso sus propias hipótesis; el octavo, por el que,
habiendo muchas veces idéntica incertidumbre acerca
de lo que se cree que aparece y acerca de lo que se
investiga, se explica lo igualmente dudoso por lo dudo-
so mismo. Sin embargo, no es imposible —dice-- que en
sus teorías causales incurran algunos también en ciertos
tropos mixtos dependientes de los mencionados.
Pero quizá los cinco íropos de la suspensión del jui-
cio% puedan bastar también contra las doctrinas causa-
les. Pues se dirá que la causa es acorde con todas las
sectas filosóficas y con la escepsis y con las aparien-
9 Es decir, las causas, en general, permanecen ocultas.
Y CE supra, cap. XV.
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LIBRO I 133
cias O que no; pero acorde no lo será, probablemente,
pues todo lo aparente y lo dudoso es objeto de disputa;
y si es discrepante, se preguntará la causa de esta
causa, y si se supone una causa aparente para la apa-
rente, o una oscura para la oscura, se abocará a un
regreso al infinito; o se incurrirá en un razonamiento
circular si se procede de modo alternativo*%, Por otra
parte, se establezca como se establezca, o bien se dirá
que la causa se fundamenta en supuestos anteriores, y
entonces se introduce la relación y arruina la preten-
sión de referirse a su naturaleza, o bien, al tener que
asumir algo por hipótesis, se incurrirá en nuestra refu-
tación. Así que también a través de estos tropos es
posible rechazar la temeridad de los dogmáticos en sus
doctrinas sobre las causas.
CAPÍTULO XVII, ACERCA DE LAS EXPRESIONES
ESCÉPTICAS
Puesto que al hacer uso de estos últimos tropos, así
como de los de la suspensión del juicio, proferimos
ciertas expresiones indicadoras de la disposición
escéptica y de nuestro parecer%, diciendo, por ejemplo,
«no más», «nada se debe determinar» y otras semejan-
tes, procedería tratar acerca de ellas en lo que sigue.
Así, comenzaremos por la de «no más».
CAPÍTULO XIX. ACERCA DE LA EXPRESIÓN «NO MÁS»
Proferimos, pues, esta expresión a veces de la
manera que he indicado y a veces en la forma «nada
más»; pues no usamos, como algunos creen, la «no
% Es decir, proponiendo una causa aparente para explicar una
Oscura, y viceversa,
95 páthos.
29.
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134 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
más»en las investigaciones específicas y la «nada
más» en las generales, sino que proferimos ambas
indistintamente y las discutiremos ahora como idénti-
cas. Esta expresión es, ciertamente, elíptica: porque
así como cuando decimos «doble» queremos decir
«casa doble» y cuando decimos «llano» queremos
decir «terreno llano», igualmente, cuando decimos
«no más» queremos decir «no más esto que aquello de
arriba a abajo». Algunos escépticos, sin embargo,
entienden el «no»% en Iugar de la interrogación —en
lugar de la forma «qué más esto que aquello», enten-
«diendo ahora el «qué» como causa, para que lo que se
diga sea «¿por qué más esto que aquello?»-97, Cierta-
mente, es usual emplear las interrogaciones en vez de
las afirmaciones, como en:
«¿Qué mortal no conoce al compañero de Zeus?»9
y las afirmaciones en lugar de interrogaciones, por ejem-
plo, «pregunto dónde vive Dión» y «pregunto por qué es
preciso admirar al poeta», Y, además, en Menandro se
halla el uso de «qué» en lugar de «por qué»:
«¿[Por] qué, pues, quedaba yo ?»100,
La expresión «no mmás esto que aquello» indica tam-
bién nuestra afección según la cual, a través del equili-
brio de los opuestos, llegamos a la indecisión, llaman-
do «equilibrio» a la igualdad respecto a lo que nos
aparece probable; «opuestos», en general, a las cosas
% - Suprimiendo, de acuerdo con Bwy, to4 pysmatos.
2 Texto corrupto que traducimos, sin embargo, procurando ajus-
tamnos a la lectura de los códices,
2 Fragmento de obra desconocida de Rurípides (Herc. fr. 1).
29 Aristófanes, Ranas, 1008.
100 Fr. 791 (Koerte).
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LIBRO I 135
que se enfrentan; e «indecisión»1%! al na asentir ni a
una cosa mi a otra.
Así pues, aunque la expresión «nada más» presente
los caracteres del asentimiento o la denegación, noso-
tros no la empleamos de ese modo, sino en un más
amplio e impreciso sentido, ya sea en lugar de una pre-
gunta o en lugar de la frase «no sé a cuál de estas cosas
conviene asentir y a cuál no», Pues pretendemos mani-
festar lo que nos aparece, pero nos es indiferente la
expresión por medio de la cual lo manifestamos. Mas
debe ser igualmente notado que proferimos la expre-
sión «nada más» sin afirmar en absoluto que ella
misma sea verdadera y segura, sino hablando también
acerca de eila según lo que nos aparece.
CAPÍTULO XX. ACERCA DE LA NO ASERCIÓNI02
Respecto de la no aserción, decimos lo siguiente: la
aseveración se dice en dos sentidos, general y especial;
en sentido general, indica afirmación o negación,
como, por ejemplo, «es de día», «no es de día»; en sen-
tido especial, indica sólo la afirmación y, en este senti-
do, no se llama aseveración a la negación. Pues bien, la
no aserción es la evitación de la aseveración en sentido
general, en que decimos se incluye la afirmación y la
negación; de modo que no aserción es la afección!03
nuestra por medio de la cual decimos que nada afirma-
mos ni negamos. De lo cual se sigue claramente que
adoptamos la no aserción no como si las cosas fuesen
de tal naturaleza que llevaran necesariamente a ella,
sino indicando que nosotros, en el momento en que la
0 Arrepsta: disposición ecuánime característica del escéptico en
que no puede decidirse por ninguna de las alternativas en conflicto,
102 Afasía: «renuncia a afirmar la certeza de algo». El neologismo
correspondiente ha pasado a designar la pérdida del habla debida a
lesión cerebral o perturbación mental.
30.
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136 - HIPOTIPOSISPIRRÓNICAS *
profertmos, sentimos eso respecto a los objetos de
investigación. Es preciso también recordar que. deci-
mos no afirmar ni negar nada acerca de lo que se afir-
ma dogmáticamente sobre lo dudoso; pues admitimos
lo que nos afecta pasivamentel0i y conduce forzosa-
mente al asentimiento.
CAPÍTULO XXI, ACERCA DE LAS EXPRESIONES
«QUIZÁ», «ES POSIBLE» Y «PUEDE SER»
Adoptamos las expresiones «quizá» O «quizá no» y
«es posible» y «es posible que no» en lugar de «Quizá
es y quizá no es», de «es posible que sea y es posible
que no sea» y de «puede ser y puede no set»; de modo
que, por razón de su brevedad, usamos la expresión
«no es posible» en lugar de «es posible que no» y «no
puede ser» en lugar de «puede ser que no». y «no
quizá» en lugar de «quizá no»!05, Mas, de nuevo, no
discutimos aquí acerca de palabras, ni cuestionamos si
las expresiones muestran las cosas en su naturaleza,
sino que las adoptamos, como hemos dicho, sin hacer
distingos. Creo, pues, evidente que estas expresiones
son indicadoras de la no aserción, Pues ciertamente,
quien dice «quizá sea», puesto que no afirma que de
hecho sea, está afirmando también la expresión contra-
ria «quizá no sea». Y lo mismo se aplica también a las
demás expresiones.
103 Páthos: en general, sensación, afección o impresión sensible;
aquí, más precisamente, «ocstado mental», €£. nota supra,
10% Paihérikos kinodsi, es decir, lo que afecta a nuestro páthos o
capacidad de sentir.
105 Si mi interpretación es correcta, Sexto pretende decir que, aun-
que a veces el escéptico parece estar afirmando la imposibilidad de
algo, de hecho desea mostrar tanto la posibilidad como la imposíbili-
dad. Las versiones que cotejo entienden el pasaje como una mera
elipsis del verbo ser, análogamente al tratamiento de la expresión
«no más» en el capítulo XIX.
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CAPÍTULO XXIL. ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«SUSPENDO EL JUICIO»
Adoptamos la expresión «suspendo el juicio» en
lugar de «no puedo decir qué hay que creer o dejar de
creer acerca de lo que se propone», indicando que las
cosas nos aparecen igual en lo que se refiere a su credi-
bilidad e incredibilidad; pero respecto a si son de
hecho iguales o no, nada afirmamos: sólo decimos lo
que nos aparece cuando nos afectan. "También, por otra
parte, se dice «suspensión» porque la mente queda en
suspenso de modo que ni afirma ni niega nada, a causa
de la equipolencia de lo que se investiga.
CAPÍTULO XXIM. ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«NADA DETERMINO»
Respecto a la expresión «nada determino», decimos
lo siguiente: sostenemos que «determinar» no es sim-
plernente decir algo, sino afirmar con asentimiento una
cosa oscura, En este sentido, desde luego, resultará que
el escéptico nada determina, ni siquiera la misma frase
«nada determino»; pues no es ésta una aseveración
dogmática, es decit, asentimiento a lo no evidente, sino
una expresión indicativa de nuestra afección. Así pues,
cuando el escéptico dice «nada determino», lo que
quiere decir es «yo he sido ahora de tal modo afectado
que nada afirmo ni niego dogmáticamente de los obje-
tos sometidos a esta particular indagación». Y esto lo
dice de modo enunciativo, simplemente expresando lo
que le aparece10 en relación a los objetos considera-
dos; no afirmando dogmáticamente con persuasión,
sino manifestando lo que siente.
108 To phainómenon.
31.
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138 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS|
CAPÍTULO XXIV. ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«TODO ES INDETERMINADO»
También la indeterminación es una afección de la
mente con la que nada afirmamos ni negamos de lo
que se investiga dogmáticamente, es decir, de lo dudo-
so. Así, cuando el escéptico dice «todo es indetermina-
do», usa la palabra «es» en lugar de «le aparece»; con
«todo» se refiere no a lo que €s, sino a cuanto de dudo-
so haya en lo indagado por los dogmáticos; y con
«Indeterminado» a que nada es preferible por su credi-
bilidad o ineredibilidad de lo que se contrapone o, en
general, de lo que se disputa. Y así como quien dice
«paseo» quiere decir «yo paseo», quien dice «todo es
indeterminado» quiere decir también, entre nosotros,
«para mí» o «según me aparece»; de modo que lo que
se dice es esto: «todo cuanto examiné de lo que se
investiga entre los dogmáticos me aparece de tal modo
que ninguna alternativa considero preferible a la
opuesta en razón de su credibilidad o falta de ella»,
CAPÍTULO XXV. ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«TODO ES INCOMPRENSIBLE»
Así procedemos también cuando decimos «todo es
incomprensible», pues proferimos análogamente el
«todo» y sobreentendemos a la yez «para mí», de:
modo que lo que se diga sea: «todo objeto dudoso de
investigación dogmática cuanto he examinado me
parece incomprensible». Y esto sia afirmar que lo que
se indaga entre los dogmáticos tenga tal naturaleza
que resulte incomprensible, sino mostrando la propia
afección, según la cual dice «entiendo que hasta el
presente nada he comprendido yo de aquello, a causa
de la equivalencia de los contrarios»; por lo que,
igualmente, cuanto se esgrime para refutarnos me
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LIBRO I 139
parece que nada tiene que ver con lo que nosotros sos-
tenemos,
CAPÍTULO XXVL ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«NO PUEDO COMPRENDER» Y «NO COMPRENDO»
Asimismo, la expresión «no puedo comprender» y
la «no comprendo» son indicativas de una afección
propia, de acuerdo con la cual el escéptico se abstiene
ahora de afimar o negar cosa alguna de las inciertas
que se investigan; como es evidente por lo que antes
dijimos acerca de las otras expresiones,
CAPÍTULO XXVH. ACERCA DE LA EXPRESIÓN
«A TODA RAZÓN SE OPONE UNA RAZÓN EQUIVALENTE»
Ahora bien, cuando decimos «a toda razón se opone
una razón equivalente», nos referimos a toda razón que
ha sido examinada por nosotros; y por «razón» signifi-
camos no la razón sin más, sino la que establece algo al
modo dogmático —es decir, referido a lo incierto— y lo
establece no con premisas y conclusión!9, sino de cual-
quier manera; decimos «equivalente» con referencia a
su credibilidad o incredibilidad; tomamos «se opone» en
el sentido amplio de «está en conflicto»; y entendemos a
la vez «según me aparece». Así, cuando digo «a toda
razón se opone una razón equivalente», quiero decir: «a
toda razón examinada por mí que establece algo dogmá-
tícamente, me aparece oponerse otra razón, equivalente
a ella en verosimilitud e inverosimilitud, que establece
dogmáticamente algo»; de tal manera que el enunciado
de la frase no es dogmático, sino indicativo de una afec-
ción humana evidente para quien la padece.
107 Es decir, 1o sólo mediante silogismos o razonamientos forma-
les, sino también informalmente.
32.
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140 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
Mas algunos formulan también la expresión «oponer
a toda razón una razón equivalente» reclamando de
modo imperativo: «opongamos, a la manera dogmática,
a toda razón que establezca algo dogmáticamente, otra
razón indagadora que la refute, equivalente en verosimú-
litad e inverosímilitud», a fin de que su discurso se dirija
al escéntico, aunque empleen el infinitivo por el impera-
tivo, «oponer» en vez de «opongamos»:; incitan así al
escéptico no sea que, acaso, confundido de algún modo
por el dogmático, ceje en la indagación escéptical0S y,
con su precipitación, pierda la para ellos evidente imper- '
turbabilidad que -como antes dijimos!0— creen sigue a
la universal suspensión del juicio.
CAPÍTULO XVII. SUPLEMENTO
A LAS EXPRESIONES ESCÉPTICAS
Bastará con haber expuesto, como en esbozo, tal
cantidad de expresiones; sobre todo, porque es posible
explicar también el resto a partir de las que ahora men-
cionamos. Pues acerca de todas las expresiones escép-
ticas es preciso empezar dejando sentado que no afir-
mamos en modo alguno que sean verdaderas, ya que
admitimos que pueden autorrefutarse, restringiéndose
junto con aquello de lo cual se dicen, tal como los fár-
macos purgativos no sólo expelen los humores del
cuerpo, sino que también ellos mismos se arrojan junto
con los humores, Y decimos asimismo que las usamos
no para expresar de modo absoluto aquello a lo cual se
aplican, sino impropia y, si se quiere, abusivamente:
pues no conviene al escéptico discutir sobre palabras;
y, por otra parte, tanto más a nuestro favor si se afirma
que tales expresiones no tienen sentido de modo abso-
ws Leyendo autoís, de acuerdo con la conjetura de Heintz,
102 CF seipra, $ 29.
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LIBRO 1 141
luto, sino relativamente, y en relación a los escépticos.
Además, debe también recordarse que no las pronun-
ciamos acerca de todo en general, sino sólo acerca de
lo dudoso y de lo que se indaga al modo dogmático, y
que expresamos lo que nos aparece y no nos pronun-
ciamos afirmativamente con respecto a la naturaleza de
los objetos externos; creo que con esto puede ser refu-
tado todo sofisma dirigido contra el modo escéptico de
expresarse,
Pero tras haber examinado la noción, las partes, el
criterio y el fin <de la escepsis>, y los tropos de la sus-
pensión del juicio, así como enunciado las expresiones
escépticas, clarificando con ello el carácter del escepti-
cismo, creemos que procede mostrar también bteve-
mente la diferencia que hay entre éste y las filosofías
que le son afines, para que podamos determinar con
más nitidez la actitud suspensiva. Comencemos, pues,
con la filosofía heraclitea.
CAPÍTULO XXIX. QUE LA POSTURA ESCÉPTICA
DIFIERE DE LA FILOSOFÍA HERACLITEA
Pues bien, que ésta difiere de nuestra postura es
evidente, pues Heráclito!1% se pronuncia dogmática-
mente acerca de muchas cosas dudosas, mientras que
nosotros, como ha quedado dicho, no lo hacemos.
Pero, dado que Enesidemo y los suyos dijeron que la
doctrina escéptica era la vía hacia la filosofía de Herá-
clito, porque el hecho de que acerca del mismo objeto
se den evidencias contrarias lleva a la existencia de los
.e Heráclito de Éfeso (floruit c. SO0): el más grande, junto con
Parménides, de los llamados «presocráticos». Concibe el universo
como un incesante conflicto de opuestos, gobernado por el Lágos
eterno. Es difícil saber hasta qué punto Enesidemo sostuvo las tesis
heracliteas, y cómo las concilió con su proclamado escepticismo,
aunque no han faltado intentos de explicación.
33.
211
212
142 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
contrarios en lo mismo (y, en efecto, los escépticos
dicen que aparecen los contrarios respecto de lo
mismo, pero los heracliteos van más allá de esto, afir-
mando su realidad), les replicamos que el que se den
apariencias contrarias acerca de lo mismo no es
dogma de los escépticos, sino algo que les ocurre no
sólo a éstos, sino también a los demás filósofos y a
todos los hombres. Pues, ciertamente, nadie osará
decir que la miel no aparece dulce a los sanos y amar-
ga a los enfermos; de modo que los heracliteos, así
como nosotros, e igualmente las demás filosofías, par-
ten de la común prenoción de los hombres. Por lo
cual, si ellos hubiesen derivado de alguna de las
expresiones escépticas, como la de «todo es incom-
prensible» o la de «nada determino» u otra similar, la
existencia de los contrarios en lo mismo, podrían,
quizá, concluir lo que afirman; pero ya que sus premi-
sas son impresiones experimentadas no sólo por noso-
tros, sino también por los demás filósofos y por los
hombres corrientes, ¿por qué se habría de decir que
nuestra posición, más que cualquiera de las demás
filosofías o incluso que la del sentido común!!!, es un
camino hacía la filosofía de Heráclito, si todos noso-
tros hacemos uso de idéntico material común?
No sólo la postura escéptica no conduce en modo
alguno al reconocimiento de la filosofía de Heráclito,
sino que es obstáculo para ella, puesto que el escéptico
rechaza como afirmaciones temerarias todos los dog-
mas de Heráclito, contradiciendo la conflagración!!?,
contradiciendo la existencia de los contrarios en lo
14 Tón bíonfiói bíot: la filosofía de la vida ordinaria, de la gente
común, como opuesta a la de los hitósofos en general.
12 ekpyrósis: doctrina según fa cual el universo periódicamente
atraviesa por una fase de aniquilación y posterior regeneración por
medio del fuego. Tal teoría es, en realidad, estoica, y se basa en un
malentendido de la postura de Heráciito, que, con toda probabilidad,
no creía en una génesis del universo en el tiempo,
213
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LIBRO 1 . 143
mismo y denostando la precipitación dogmática de
toda la doctrina de Heráclito; e invocando, como ya
dije antes, el «no comprendo» y el «nada determino»;
lo cual se opone a los heracliteos. Ahora bien, es
absurdo decir que la postura contraria es una vía que
conduce a la filosofía de Heráclito.
CAPÍTULO XXX. EN QUÉ DIFIERE LA POSTURA
ESCÉPTICA DE LA FILOSOFÍA DE DEMÓCRITO!!3
Mas también se afirma que la filosofía democritea
tiene concomitancias con la escepsis, ya que parece
que usa el mismo material que nosotros; pues del
hecho de que la miel aparece dulce a unos y amarga a
otros, Demócrito —dicen— concluye que la miel no es ni
dulce ni amarga, y, consecuentemente, pronuncia la
expresión «no más», que es escéptica. Los escépticos y
los seguidores de Demócrito, sin embargo, usan la
expresión «no más» de modo diferente; pues mientras
éstos usan la expresión para sostener que nieguna de
ambas cosas es, nosotros la usamos para manifestar
nuestra ignorancia acerca de si es alguna de las dos o
niuguna de las que aparecen. Así que también en esto
diferimos; pero la diferencia se vuelve aún más clara
cuando Demócrito dice «pero en realidad, átomos y
vacío» (pues dice «en verdad» en vez de «verdadera-
mente»!*4); ahora bien, que, aunque parta de la incon-
sistencia de las apariencias, difiere de nosotros al decir
que los átomos y el vacío subsisten en verdad, es
superfluo, me parece, afirmarlo,
3 Demócrito de Abdera (4607-457?). Junto con Leucipo, funda-
dor del atomismo, Le acerca al escepticismo una cierta desconfianza
en el poder de Los sentidos para alcanzar la verdad.
114 Le, efeñi en vez de alglheíai, El sentido es en ambas el mismo,
pero es la de Demócrito una expresión más arcaica y solemne.
34.
215
216
144 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
CAPÍTULOXXXI. EN QUÉ DIFIERE LA ESCEPSIS
DE LA DOCTRINA CIRENAICA!!15
Dicen asimismo algunos que la doctrina cirenaica es
idéntica a la escepsis, puesto que aquella afirma tam-
bién que sólo se aprehenden las pasiones!i6, Difiere,
empero, de la escepsis en tanto afirma que el fin es el
placer y el suave movimiento de la carne, mientras
nosotros decimos que el fin es la imperturbabilidad, fin
al que el suyo se opone: pues quien asegura que el fin
es el placer, se agita por el placer presente y por el
ausente, como ya concluí al referirme al fin!!?, Ade-
más, mientras que nosotros suspendemos el juicio
acerca de los objetos de fuera, los cirenaicos afirman
que poseen una naturaleza incomprensible.
CAPÍTULO XXXII EN QUÉ DIFIERE LA PSCEPSIS
DE LA DOCTRINA DE PROTÁGORAS!!3
También Protágoras sostiene que el hombre es la
medida de todas las cosas: de las que son, como son;
de las que no son, como no son; entendiendo por
«medida» el criterio y por «cosas» los objetos; de
115 Los citenaicos forman —junto con megáricos y cínicos mía de
las ilamadas «Escuelas Socráticos Menores» («Socráticas» porque
sus fundadores fueron discípulos de Sócrates y «Menores» por refe-
rencia a las más importantes de la Academia y el Liceo). Ya nos
hemos referido a su fundador en nota ad $ 150.
136 Ta páthe.
117 Bn el capítulo XI!, «acerca del fin de la escepsis», $4 25-30,
118 Protágoras de Abdera (c. 485-e, 415 ): el más relevante de los
sofistas, El relativismo expresado en el dicrun «el hombre es la medi-
da de todas las cosas», así como su expreso agnosticismo le aproximan
al talante escéptico, Es, sin embargo, dudoso que sea correcta la inter-
prefación que Sexto hace de su máxima en el sentido de un subjetivis-
no indiyidualista; probablemente deba entenderse el relativisino en un
sentido antropológico o social (cf. José Barrio, Prátagoras. Fragmen-
tos y testimonios, Buenos Aires, 1973, págs. 17-24).
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LIBRO 1 145
modo que, virtualmente, afirma que el hombre es el
criterio de todos los objetos: de los que son, como que
son; de los que no son, como que no son. Y con ello,
admite sólo lo que aparece a cada uno y, de este modo,
introduce la relatividad, Por esta razón, parece tener
algo en común con los pirrónicos; sin embargo, difiere
de los mismos, y veremos la diferencia precisando
apropiadamente la opinión de Protágoras.
Afirma, en efecto, éste, que la materia es fluida y que,
al fluir la misma continuamente, de sus emanaciones se
forman compuestos, y los sentidos se transforman y alte-
ran según las edades y las diversas constituciones de los
cuerpos. También dice que las razones de todo lo que
aparece se hallan en la materia, de modo que, en sí
misma, la materia puede ser todo cuanto aparece a todos;
pero los hombres perciben una cosa u otra de acuerdo
con sus diferentes disposiciones: pues quien está en un
estado natural percibe lo que de la materia puede apare-
cer a quienes están en ese estado natural; y quien se halla
en un estado antinatural, lo que puede aparecer a quienes
se hallan en tal estado. Y el mismo razonamiento se apli-
ca a las edades, al sueño o la vigilia y a cada clase de dis-
posiciones. El hombre resulta ser, de acuerdo con ello, el
criterio de los seres: pues todas las cosas que aparecen a
los hombres también son, y las que no aparecen a nadie,
no son. Veremos luego que también dogmatiza acerca de
la labilidad de la materia y de la existencia en ella de las
razones de todas las apariencias, cosas dudosas y sobre
las que nosotros debemos suspender el juicio,
CAPÍTULO XXXI, EN QUÉ DIFIFRE LA ESCEPSIS
DE LA FILOSOFÍA ACADÉMICA
Dicen algunos que la filosofía académica es idéntica
a la escepsis, de modo que puede ser oportuno tratar
acerca de ello.
35.
221
146 HIPOTIPOS)S PIRRÓNICAS*
Según sostiene Ja mayoría, ha habido tres Acade-
mias: la primera y más antigua, la de Platón y sus dis-
cípulos; la segunda, o Academia Media, la de Arcesi-
lao119, discípulo de Polemón!2, y sus discípulos; la
tercera, o Nueva, la de Carnéades y Clitómaco!?!,
Otros, empero, añaden como cuarta la de Filón!22 y
Carmadas!23 y sus seguidores. Y aún otros, finalmente,
cuentan como quinta la de Antíoco! Empezando,
pues, por la Antigua, examinemos <nuestra> diferencia
con las mencionadas filosofías.
Pues bien, unos consideran a Platón dogmático;
otros, aporético; otros, en parte aporético y en parte
dogmático. En efecto —dicen—, en sus discursos ejerci- *
t19 Arcesilao de Pitane (316/5-242/1): jefe de la Academia hacia
mediados del siglo m a. de C., introdujo en ella el escepticismo (que
se mantendrá hasta Antíoco de Ascalón), dando lugar a la segunda
fase denominada (posteriormente, por Antioco) «Academia Media».
Lúcido lector de Platón, pensaba que éste no había mantenido opi-
nión dogmática alguna; por su parte, pretendía, a través de la defensa
de posturas contrarias, que sus discípulos concheyeran en la suspen-
sión del juicio escéptica. La especie según la cual Arcesilao profesa-
ba en realidad doctrinas dogmáticas que transmitía en secreto a los
discípulos más avanzados (cf. $ 234) es una invención posterior (a la
que quizá contribuyeron dos escépticos, a fin de marcar las distancias
mutuas).
129 Polemón de Atenas (?-270): jefe de la Academia desde la
muerte de Jenócrates (en 314/3) hasta la suya, No parece haberse
destacado por contribución alguna importante a la filosofía,
21 Cf, nota ad 8 3.
122 Filón de Larisa (160/150-80): sucesor de Clitómaco al frente
de la Academia (11079), continuó el escepticismo de sus antecesores,
combatiendo la doctrina estoica de la verdad, Hacia el año 88 viajó a
Roma, siendo maestro de Cicerón, quien nos ha transmitido sus doc-
ttinas en sus obras Ácademicus, Lucullus, De Natura Deorum y De
Finibus,
123 Carmadas (FL e. 107): discípulo de Carnéades, poco más sabe-
mos de él que lo que nos dice aquí Sexto.
ls Antíoco de Ascalón (e. 130-<. 68): discípulo de Filón de Larisa,
pronto abandonó el escepticismo que habia desarrollado la Academia
desde Arcesilao; pero no por ello volvió a las doctrinas de la Acade-
mia Antigua, sino que elaboró una filosofía ecléctica que buscaba con-
ciltar la estoica, perípatética y platónica anterior a Arcesilao.
222
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LIBRO 1 147
tatorios!25, donde Sócrates se presenta o burlándose de
alguien o combatiendo a los sofistas, muestra aquél un
carácter ejercitatorio y aporético; aparece, por el con-
trario, dogmático cuando habla seriamente por boca de
Sócrates o de Timeo o de cualquiera de ellos. Respecto
a quienes dicen que es dogmático o en parte dogmático
y en parte aporético, sería inútil ahora decir nada, pues
ellos mismos admiten la diferencia que le separa de
nosotros. Y acerca de si es cabalmente escéptico, lo
hemos discutido más ampliamente en nuestros Comen-
larios126, mas ahora, frente a los seguidores de Menó-
doto!?? y Enesidemo (pues ellos son quienes más
defendieron esta posición), decimos, en síntesis, que
cuando Platón habla de las ideas o de que existe la pro-
videncia, o de que la vida virtuosa es preferible a la
entregada a los vicios, dogmatiza si afirma estas cosas
como existentes; mnientras que, si las afirma como más
probables, igualmente se aparta del talante del escépti-
co, pues otorga su preferencia a una cosa sobre otra en
lo que respecta a su probabilidad o improbabilidad,
actitud que asimismo nos es ajena, como resulta evi»
dente de lo que más arriba se ha dicho.
Y si Platón profiere algo escépticamente cuando
como ellos dicen— se ejercita, eso no le convierte en
un escéptico. Pues quien dogmatiza acerca de algo, ya
sea prefiriendo de cualquier modo una percepción a
_ Otra en lo que respecta a su credibilidad o desconfian-
za, ya sea afirmando algo acerca de lo incierto, se con-
25 En sols gynnastikoís lógois: se trata de aquellos diálogos que
pretenden «ejercitar» la mente en la reflexión y la dialéctica. CE la
subdivisión de los mismos (Diog. Laert., HT, 49-51) en «mayéuticos»
y «tentativos»: Alcibíades, Lisis. y Laques, entre los primeros; Enti-
frón, Menón, lón, Córmides y Teefeto, entre los segundos.
Us Aunque, según EP y otros comentaristas, podría tratarse de los
cinco libros Contra los dognúíticos, lo más probable es que se haga
referencia a un tratado que no ha llegado basta nosotros.
127 Filósofo y médico empírico (cf. Introducción).
36.
148 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
vierte en un carácter dogmático, como muestra tam-
224 bién Timón!?8 por lo que dice sobre Jenófanes!2>.
Pues, tras alabarlo repetidamente, hasta el punto de
dedicarle sus Sátiras, le representó lamentándose y
diciendo:
¡ojalá hubiera también yo aleanzado una razón
[prudente,
mirando hacia ambas partes!; pero fui en pérfido
[canino confundido
siendo ya de provecta edad y aún poco versado en
toda indagación; pues en cualquier dirección que fíja-
ta mi mente, en uno y lo mismo se resolvía todo; mas
todo lo existente surgía siempre arrancándose de múl-
fíples modos a una naturaleza única idéntica a sí
mismal30,
Por eso también le llama «exento de orgullo»131 y
no totalmente libre de él, cuando dice:
Jenófanes, exento de orgullo, ridiculizador del engaño
homérico, forjó un dios distinto de los hombres, igual
así mismo en todo, impávido, inmarcesible, más inteli-
gente que la inteligencia.
125 Timón de Fliunte (c. 320-230): sofista, poeta y filósofo escép-
tico, seguidor de Pirrón. Autor de tratados filosóficos, diálogos, tra-
gedíias y sátiras (Sílloi) en exámetros contra los filósofos dogmáticos.
122 Jenófanes de Colofón (17. c. 530); autor de un poema filosófico
en hexámetros sobre la natnrateza, así como de elegías y sátiras
(Silloi) en yambos. Criticó el antropoformismo y el politeísmo de la
religión griega,
0 Dieis, 11 A 35,
132 Aypátyphos, que Bury traduce «semi-vain» y L. Gil «no exen-
to de orgullo». Nos inclinamos por la traducción que de la palabra
ofrece Baiily (s.v.).
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Le ¡lamó «exento de orgullo» como libre, en cierto
modo, de la vanidad, y «burlador del engaño homéjri-
co» porque censuraba el engaño de Homero. Tenía por
dogma, sin embargo, Jenófanes, frente a las preconcep-
ciones de los demás hombres, que el todo es uno y que
la divinidad es de la misma sustancia que todas las
demás cosas, de forma esférica, impasible, inmutable y
racional; con todo ello, es fácil mostrar la diferencia de
Jenófanes respecto a nosotros. Además, es evidente por
lo que se ha dicho que, aunque Platón manifieste dudas
acerca de ciertos asuntos, en cuanto se muestra a veces
ya sea haciendo afirmaciones sobre la realidad de obje-
tos inciertos, ya sea estimando más creíble cierta cosa
dudosa que otra, no puede ser escéptico.
Los de la Nueva Academia, aunque afirman que todo
es incomprensible, difieren quizá de los escépticos, pre-
cisamente en esta misma afirmación de que todo es
incomprensible (pues ellos lo afirman taxativamente,
mientras que los escépticos estiman posible que aigo
pueda ser comprendido); pero, en todo caso, difieren cla-
ramente de nosotros en su valoración de lo bueno y lo
malo. Pues los académicos dicen que algo es bueno o
malo no como nosotros, sino con la convicción de que es
más probable que lo que ellos estiman bueno lo sea real-
mente más que lo opuesto; e igualmente en el caso de lo
malo: mientras que, cuando nosotros decimos de algo
que es bueno o malo, no creemos que lo que afirmamos
sea probable, sino que, simplemente, nos plegamos sin
dogmas a la vida, de modo que no hayamos de permane-
cer inactivos. Y, asimismo, nosotros decimos que las per-
cepciones son, por lo que hace a la razón, idénticas en
punto a crédito o desconfianza; aquéllos afirman, por el
contrario, que unas son probables y otras improbables.
Y respecto a las percepciones probables establecen
distinciones; pues argumentan que unas son simple-
mente probables; otras, probables y contrastadas; otras,
37.
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150 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
probables, contrastadas e incontrovertiblesi32, Por
ejemplo, hay en una habitación oscura una cuerda de
cierto tamaño enroscada; ésta produce, en quien entra
de súbito, la impresión probable de una serpiente; pero,
en quien la ha examinado cuidadosamente y ha consi-
derado las circunstancias tales como la inmovilidad, el
color y cada una de sus particularidades—, produce la
impresión probable y contrastada de una cuerda. Por sú
parte, la percepción incontrovertible es como sigue: se
dice que, tras morir Alcestis133, Hércules la arrebató del
Hades y la mostró a Admeto, quien recibió así una per-
cepción de Alcestes probable y contrastada; mas como
él la sabía muería, su mente se negó al asentimiento y
se mantuvo en la incredulidad!%%, De este modo, los de
la Nueva Academia prefieren la percepción probable y
contrastada a la simplemente probable; y anteponen a
ambas la probable, contrastada e incontrovertible.
Y si bien académicos y escépticos afirman creer
algo, también en esto es evidente la diferencia entre
ambas filosofías; pues «creer»135 se usa en diversos
132 Aperíspastos fantasta: aquella percepción que no puede ser
cuestionada o impugnada, es decir, indudable.
133 Alcestis, hija de Pelias y Anaxibia, se ofreció a morir en vez
de su marido Admeto; fue, sin embargo, rescatada del Hades por
Hércules -según la versión que sigue aquí Sexto— o según una ver-
sión alternativa— por Perséfone, quien, conmovida pos su abnegado
gesto, la devolvió a la tierra aún más bella que antes.
ls El texto es muy confuso; y los pasajes paralelos de C.L, (1, 176-
181) en que se ofrece un ejemplo parecido de percepción incontroverti-
ble (Menelao desconfiando de Ja imagen de Helena en Paros, pues cree
que la ha dejado en el barco —en realidad allíha dejado a un espectro)
no son más clarificadores. Caben, de acuerdo con EP, dos posibilida-
des: que el ejemplo de percepción incontrovertible sea la de la Alcestis
muerta, o más probablemente— que Sexto hable hipotéticamente, de
modo que lo que presenta son ejemplos de lo que xo son percepciones
inconirovertibles, al faltarles la condición de que no haya ninguna cir-
cunstancia que pueda oponerse a la percepción (cf. EP, 87-90).
15 En griego, pefthomai, que traducimos por «creer», alude antes
que al resultado (la posesión de la creencia) al hecho de persuadirse
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LIBRO 1 151
sentidos: tanto significa el de no oponerse, cediendo sin
una vehemente inclinación y atracción —como cuando
se dice que el niño cree a su pedagogo—, como, otras
veces, en cambio, significa asentir a algo tras una deli-
beración y con un tipo de convicción debida a un vehe-
mente impulso —coomo cuando el disoluto cree a quien
elogia el vivir pródigamente—. Por lo tanto, puesto que
los de Carnéades y Clitómaco afirman que creen con
una vehemente inclinación, y que hay cosas probables,
mientras que nosotros cedemos simplemente, sin incli-
nación, también en esto vendríamos a diferir de ellos.
Mas asimisino en lo que respecta al fin nos distin-
guimos de la Nueva Academia: pues mientras quienes
dicen regirse por su doctrina se guían en la vida por lo
probable!36, nosotros, por el contrario, siguiendo las
leyes y las costumbres y las afecciones naturales, vivi-
mos sin dogmatizar. Y más cosas diríamos respecto a
la diferencia, si no fuera por mor de la brevedad.
Sin embargo, Arcesilao, que, como dijimos, era el
jefe y fundador de la Academia Media, sí me parece
haber compartido las doctrinas de Pirrón, de tal modo
que su postura es casi idéntica a la nuestra: pues no le
encontramos pronunciándose acerca de la existencia o
inexistencia de nada, ni prefiere una cosa a otra en
punto a crédito o desconfianza, sino que se abstiene
acerca de todo. Y también dice que el fin es la suspen-
sión del juicio —a la que nosotros decíamos que acom-
paña la imperturbabilidad—. Asimismo, afirma que la
suspensión del juicio respecto a lo particular es buena,
mientras que el asentimiento a lo particular es malo.
o convencerse de algo. De ahfí la dificultad de dar cuenta en la tra-
ducción de los dos acepciones de «creer». La primera se refexiría a la
suasión externa, pasiva e isreflexiva (en el sentido de algunos idio-
mas donde, como en griego, «creer» significa también «hacer caso»,
«obedecer»; ef. el catalán «creure»); la segunda, a la convicción ínti-
ma surgida de la propia deliberación y animada por el deseo,
38.
234
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152 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS
Salvoque se diga que, mientras nosotros hacemos
estas afirmaciones no categóricamente, sino según lo
que nos aparece, él las formula como si expresasen la
naturaleza de las cosas, de modo que afirma que la sus-
pensión es en sí misma buena y el asentimiento, malo.
Y si hay que creer lo que sobre él se afirma, dicen que,
aparentemente, parecía pirrónico, pero en verdad era
dogmático; y puesto que contrastaba'a sus seguidores
por medio de la duda a fin de ver si estaban natural-
mente bien dotados para la recepción de los dogmas
platónicos, era tenido por un aporético; pero, de hecho,
a los más dotados de entre ellos les impartía las ense-
ñanzas de Platón. De ahí que Aristónl3 dijese acerca
de él:
«Por delante, Platón; por detrás, Pirrón; en medio,
[Diodoro»!38,
ya que se servía de la dialéctica de Diodora!?%, aunque
de hecho fuese platónico,
Los de Filón afirman que, por lo que hace al criterio
estoico, esto es, la percepción comprensiva, los objetos
son incomprensibles; pero, por lo que respecta a su
propia naturaleza, son comprensibles. Por su parte,
Antíoco, incluso, trasladó la Estoa a la Academia, de
modo que se dijo de él «imparte estoicismo en la Áca-
136 To pithanón: el escepticismo mitigado de la Nueva Academia
admitía que, a efectos prácticos, ciertas representaciones son más
probables que otras, y podemos otorgarles un relativo mayor crédito.
57 Aristón de Quíos (11. e. 250): discípulo de Zenón de Citio, dio
al estoicismo una dirección afín al cinismo, Sostenía que el fin
moral era la adiaforía, concepto próximo al de la imperturbabilidad
escéptica.
133 (Von Amím, Stoic. Veter. Frag., 1,344.)
% Diodoro Crono (f1. c. 300): filósofo de la escuela Megárica, y
uno de sus más hábiles dialécticos. Maestro de Zenón de Citio y del
mismo Arscesilao.
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LIBRO I 153
demia»!40, pues mostraba que los dogmas de los estoi-
cos se hallaban ya presentes en Platón, Así que es
obvia la diferencia de la postura escéptica respecto de
las llamadas cuarta y quinta Academias.
CAPÍTULO XXXIV. SILA MEDICINA EMPÍRICA
ES IDÉNTICA A LA ESCEPSIS!4l
Mas puesto que algunos afirman que la filosofía
escéptica es idéntica al empirismo de la escuela médi-
ca, debe saberse que, si bien aquel empirismo sostiene
la incomprensibilidad de lo dudoso, ni es idéntico al
escepticismo, ni sería coherente que un escéptico adop-
tara aquella doctrina; mejor, creo yo, podría aceptar el
llamado «Método», pues sólo éste, de entre las sectas
médicas, parece no precipitarse en la consideración de
lo oscuro arriesgando afirmar que sea comprensible o
incomprensible, sino que, siguiendo las apariencias,
acepta de éstas lo que parece conveniente, siguiendo el
modelo de los escépticos. Pues decíamos antes que la
vida ordinaria, de la cual el escéptico también partici-
pa, es cuádruple, consistiendo una parte en la guía de
la naturaleza, otra en la compulsión de las sensaciones,
otra en la tradición de leyes y costumbres y otra en la
instrucción de las artes142,
Así, tal como el escéptico, en virtud del constreñi-
miento de las sensaciones, es guiado por la sed hacia la
bebida y por el hambre hacia la comida, e igualmente
140 Antíoco (Fr. 55, Luck).
M1 Tres eran las principales escuelas de medicina en el helenismo:
la dogmática, la empírica y la metódica. La primera, influida por el
estoicismo, buscaba las causas subyacentes de las enfermedades; era,
pues, «dogmática». El empirismo médico consideraba que las causas
eran imposibles de descubrir, y se limitaba a la observación y clasifi-
cación de-Jos síntomas evidentes. La metódica ni afirmaba ni negaba
la existencia de tales causas,
12 Cf 523,
39.
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241
154 HIPOTIPOSIS PIRRÓNICAS*
en todo do demás, también el médico metódico es guia-
do por sus pasiones a los correspondientes <reme-
dios>: por la contracción, a la dilatación, igual que
cualquiera se refugia en lo cálido ante la contracción
sufrida por lo frío; por el fiujo, a su contención, como
los que en el baño, chorreando de la mucha transpira-
ción y languideciéndo, buscan poner fin a su estado y
por ello van en busca del aire fresco.
Es asimismo evi-
dente que lo que es contrario a la naturaleza fuerza a su
supresión, como el perro que se clava una astilla se
afana en su extracción. Y, para no excederme del trata-
miento breve propio de un esbozo con una prolija enu-
meración, creo que todo lo afirmado por los metódicos
puede circunscribirse a la compulsión de las pasiones,
naturales o antinaturales. Además, también es común a
ambas corrientes el uso de las palabras en sentido no
dogmático e indeterminado; pues así como el escépti-
co, tal como dijimos, usa las expresiones «nada deter-
míno» y «nada comprendo» en un sentido no dogmáti-
co, igualmente el metódico dice «generalidad»,
«difundirse» y todo lo demás en el sentido ordinario1%,
Así, también adopta el término «indicación» de manera
no dogmática, en el sentido de guía desde las afeccio-
nes manifiestas, naturales o antinaturales, a lo que
parece ser su correspondiente <remedio>, como en el
caso de la sed, el hambre y las demás que antes men-
cioné: de donde debe afirmarse, según lo establecido
por estos argumentos y otros similares, que la escuela
de medicina de los metódicos tiene cierta afinidad con
143 Aperiérgos, sin artificio o refinamiento, es decir, se pretende
que las palabras y expresiones no se usan como tecnicismos. Por otra
parte, la «generalidad» hace referencia a la agrupación más general
de los sintomas del estado mórbido; Ésta se agotaba en la disyuntiva
contracción versus dilatación de los poros. La «generalidad» se
«difundía» en cada síndrome (conjunto de sintomas, enfermedad).
Sobre las escuelas metódica y empírica de medicina, cf. Introduc-
ción, pág. 23 ss.
LIBRO 1 155
el escepticismo, más que las otras escuelas médicas, si
se la considera no en sí misma, sino en comparación
con ellas,
Y habiendo expuesto todo esto acerca de cuantos
parecen adoptar una posición afín a la de los escépti-
cos, damos por finalizado el tratado general sobre la
escepsis y el libro primero de las Ripotiposis.
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