Caminante no hay camino
se hace camino al andar,
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar…
Nunca perseguí la gloria
ni dejar mi canción
Caminante, son tus huellas,
el camino y nada más…
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...
Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...
Golpe a golpe,
verso a verso...
Diap 1
Versos del poema
Caminante No Hay Camino
de Antonio Machado
(1875-1939)
Caminante no hay camino
se hace camino al andar…
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Diap 3
Diap 4
Diap 4
DE BASTON
CUENTOS
de
Rosalino Carigi
Escritos: 2004 - 2007
REVISIÓN MAYO 2016
Diap 5
DEDICATORIA
Al bastón…
Siempre a la mano
y compañero callado
del camino.
Diap 5
26 LA REALIDAD (U) 94
27 EL CAFÉ (U) 96
28 MI PADRE, EL DOCTOR (U) 98
29 LA VIDRIERA (U) 102
30 EL POZO (U) 104
31 EL DUELO (U) 106
32 LA CAÑA (U) 108
33 NEGRO VUELO (V) 110
34 LOS HERMANOS (U) 112
35 LA EXCURSIÓN (V) 114
36 LAS TÍOPANCHO (U) 116
37 LOS DIENTUDOS (V) 118
38 LA CARIÑOSA (V) 124
39 LA COMPAÑÍA (U) 126
40 AL VIENTO (V) 128
41 EL APELLIDO (U) 130
42 EL CASTIGO (U) 132
43 OTRO CUENTO DE… (V) 138
44 LA BODEGA (U) 140
45 EL MODELISTA (U) 144
46 EL CORVO (V) 148
47 ORANDO (U) 150
48 UNA VEZ (U) 154
49 LA FE (U) 158
50 LA GUACHITA (U) 162
51 LA SONRISA (U) 164
52 OTRA RAMA (U) 166
53 ESAS COSAS (U) 168
DE BASTÓNDE BASTÓN Diap 6
INICIO 1
DEDICATORIA 5
PRESENTACIÓN 7
01 LOS AFORTUNADOS (U) 8
02 VÍA CRUCIS 2000 (V) 10
03 OTRA NAVIDAD (V) 12
04 NOCHE PERRA (U) 14
05 HACIA EL ESTE (V) 16
06 DOS CARAS (U) 18
07 DINOSAURIOS (V) 20
08 EL SEMBRADOR (V) 22
09 EL EUCALIPTO (U) 26
10 EL INDIO )V) 30
11 COTA 905 (V) 39
12 LA GARZA, EL TERO (V) 47
13 LAS LAJAS (U) 49
14 EL BÚLGARO (U) 51
15 EL PENSADOR (V) 55
16 HISTORIA DE AMOR . (V) 59
17 INDICATIVO (V) 68
18 LO MISMO (V) 70
19 SOBREVIVIENTES (U) 72
20 EL REBELDE (U) 76
21 CRISPIANO (U) 80
22 MARÍA Y JOSÉ (V) 82
23 LA TIERRA (V) 84
24 EL REGALO (U) 86
25 EL ÚLTIMO RANCHO (U) 88
54 LA TARJETA (V) 172
55 EL VIAJERO (G) 176
56 ONOTO (V) 180
57 EL CLAVO (V) 184
58 EL MÁS IMPORTANTE (U) 190
59 TRINIDAD (V) 192
60 EL PRÍNCIPE FÉLIX (V) 194
61 EL PICHÓN Y EL VIEJO (V) 196
62 PUENTES (V) 188
63 LA RAMA (V) 200
64 TODO UN HOMBRE (U) 202
65 LA MAESTRA (U) 204
66 CIUDAD VIEJA (U) 206
67 EL OBITUARIO (V) 210
68 EL VALE (V) 212
69 FELIZ AÑO (U) 214
70 UN TANGO (U) 216
71 LA TRINITARIA (V) 218
72 MORAIMA (V) 220
73 ZAMURITO (V) 222
74 SOLITARIOS (V) 224
75 UNA PIEDRITA (V) 226
76 EL PAISAJE (V) 228
77 A LA LLANERA (V) 230
78 PÁJAROS (V) 232
79 MILLÁN 2515 (U) 234
ÚLTIMA PÁGINA 236
SE DICE DE MI (El Escritor) 237
FIN 239
ÍNDICE
No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap. No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap. No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap.
DESDE EL FONDODESDE EL FONDO Diap 7
Este es un compendio de cuentos escritos
desde el año 2003 y hasta el 2005.
Como decía el maestro griego:
El hombre es el único animal que empieza
caminando en cuatro patas, luego va en dos y
termina yendo con tres.
Por lo mismo, es un resumen que se hizo
de acuerdo a la edad de quien los escribió.
O sea: con bastón.
Y, como si fueran hojas caídas, con la
punta del bastón se eligieron algunas, se
dejaron aparte otras, y hasta se buscó en las
ya barridas anteriormente.
El resultado fue... una mezcolanza.
Como siempre... y aún sin terminar.
Rosalino Carigi
Agosto 2004
PRESENTACIÓN
Diap 8
La primera vez que la vi, no le presté atención.
Sólo era una indigente más sentada en el
rellano de la puerta de un viejo comercio cerrado
y en reparación.
Una miserable más de las que abundaban en
esa gris ciudad.
Yo iba caminando para la calle transversal
siguiente, en dirección a la rambla, bajando
hacia un cruce de los tantos:
En una esquina había una farmacia; en la otra
un café que, de estar en un barrio sería un boliche;
enfrente, una mansión vuelta conventillo; y en la
cuarta, un quiosco.
Compré lo que necesitaba y volví por la misma
vereda. Fue entonces que reparé en ella.
No era una mendiga como las otras.
Las bolsas con escombros le protegían como
un murito bajo, algunas fungían de apoya brazos,
mientras la pared de la puerta le servía de
respaldo, y otra bolsa de asiento.
DE BASTÓNDE BASTÓN
No tenía una lata frente a ella ni imploraba
caridad. No apretaba junto a sí un niño para
inspirar compasión, y ningún perro callejero
dormitaba a su lado.
Estaba vestida de viejas ropas, con esa mezcla
de colores mustios y diferentes tejidos, propia de
los vagabundos, pero no se hallaban harapientas
ni sucias.
Su edad era indefinible, quizás tuviese sesenta
o más. El pelo envuelto en un opaco pañuelo y su
cara gruesa, tostada de sol, viento y frío, encerraba
los años idos.
Sobre la amplia falda de las múltiples polleras
que cubrían sus pies, tenía un cuaderno abierto:
de esos anchos, de hojas grandes, con renglones
de rayas azules.
Me asombró verla escribir, abstraída.
Tuve admiración por el trazo de la escritura:
limpio, pulcro, claro, nítido.
Tal vez sintió que la observaba.
Levantó la vista
LOS AFORTUNADOS
01 LOS AFORTUNADOS (U)
...un país utópico lleno de gente irreal.
Jorge Borges
Hecho real.
Tenía una mirada limpia, sin malicia, sin
amargura, sin tristeza... y sin brillo.
Una mirada perdida en el tiempo.
Con rostro sereno, murmuró algo.
No la comprendí. No supe si era un saludo. Y,
temiendo que fuese un pedido de limosna, negué
con mi cabeza y seguí mi camino.
Muchas veces fui a ese cruce en los días
siguientes.
Yendo yo a la farmacia, al quiosco, al café... y
frenando mi alma bohemia que quería curiosear
en el conventillo.
Y siempre volvía por la misma vereda... y
pasaba cerca de la indigente mujer... y miraba
tras ella el viejo comercio lleno de escombros y
papeles sucios.
Y siempre veía a ella escribiendo en su
cuaderno... y me asombraba su letra... y la vieja
levantaba su vista... y me murmuraba algo... y yo
sin entender, negaba... y me iba.
Pero, una tarde, volviendo de un recorrido por
las grises calles que añoraba coloridas en mi
juventud, me detuve frente a ella.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y, con la confianza que da la vejez, pregunté:
–Disculpe... siempre la veo escribiendo. ¿Qué
escribe?
–Una novela. –respondió con voz clara y
segura.
–¿Y cómo se llama? –dije, sonrojado por mi
audacia.
–“Los Afortunados” –aclaró, ofreciéndome el
cuaderno desde su asiento entre los sacos de
restos.
Sólo leí los últimos párrafos escritos. Poseían
una prosa fluida, describiendo maravillosamente
sus ideas.
Y, de pronto, todo cambió.
Me parecía que los papeles eran hojas de
otoño, que las bolsas contenían arena del ayer
con cemento del mañana y piedras del presente.
Le devolví las notas. Nos miramos. Y, sin
palabras, comprendiendo, la saludé y me fui.
Aquella vieja indigente entre escombros, era
otra de los afortunados. Yo, era otro de los
afortunados.
Teníamos la fortuna de vivir.
...oo0oo...
LOS AFORTUNADOSLOS AFORTUNADOS
Diap 9
Cuando los apóstoles, o sus beatos seguidores,
escribieron los evangelios, estaban impregnados
de mitologías orientales, misticismo hebreo,
simbolismos griegos, las costumbres del momento.
Y… tenían la idealización de los recuerdos.
Pero si se repitiesen los sucesos de aquella
época en la actualidad, serían efectuados y
narrados acordes a nuestra mentalidad y con los
medios presentes.
Jesucristo entraría en Jerusalén en un coche
blindado, de pie y saludando protegido tras
vidrios antibalas.
Los discípulos usarían megáfonos y equipos de
sonido para propagar el mensaje de humildad,
promocionando al hijo de Belén en carteles y
programas radio televisivos.
Adeptos instantáneos venderían su imagen en
camisas, banderines y chucherías.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Otros ofrecerían porcentajes para colocar en
su camino puestos de comida rápida y bebidas.
Pero, la exaltación popular, el momentáneo
aplauso, la confabulación de los enraizados en el
poder, el temor a que despertase el pueblo, la
traición de un discípulo, la negación de otro, la
cobardía de los compañeros, el vaivén de opinión
de la masa, el fanatismo, y el cambiar a un justo
por un delincuente, sería siempre igual.
Lo intrínseco del hombre no cambia jamás.
Las secuencias de Herodes a Pilatos, el juicio y
su vía crucis hacia el Gólgota, serían cubiertas
por la televisión, disputándose narradores y
camarógrafos los mejores lugares para transmitir,
ahogando las personas con los micrófonos.
Entrevistarían a Simón Cirineo luego de
cargar la cruz, preguntándole si pesaba mucho, si
creía que Jesús podría llegar con ella hasta al
Monte Calvario.
Le insistirían en si había hablado con él y que
cosas le había dicho.
VÍA CRUCIS 2000
Diap 10
Pero los sacerdotes se decían:
Durante la fiesta no,
para que el pueblo no se alborote. Mateo
02 VÍA CRUCIS 2000 (V)
Los camarógrafos tomarían primeros planos
del sudor y heridas del condenado.
Otros, desde los helicópteros mostrarían a la
muchedumbre yendo agolpada para ver la
ejecución.
Las locutoras, una vez maquilladas y frente a
la cámara, preguntarían, a Verónica por qué
había secado el rostro del convicto, qué le había
impulsado a hacerlo, cómo había quedado el
paño, con qué producto lo lavaría.
Lógicamente, las escenas cruentas de ponerle
la corona de espinas, azotarlo, clavarle manos y
pies, herirlo con la lanza, serían cortadas por ser
un espectáculo no apto para menores.
A pesar que fuesen las preferidas por la masa.
En su lugar pasarían las propagandas de los
promotores, comidas, refrescantes bebidas y un
panegírico al canal.
Igual que ese entonces, al morir lo dejarían
abandonado en la cruz. Se había acabado el
espectáculo sin suceder ningún milagro.
Milagro que todos habrían estado esperando.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Caído un ídolo, los medios de comunicación
buscarían algún sustituto para mantener su raiting.
Lo hallarían en las polémicas respecto a la
desaparición del cuerpo, entrevistando a los
viejos sacerdotes en el templo o a los discípulos
de la nueva fe en sus escondites.
Los dirigentes, viendo el error de haber creado
un mártir que podía ser usado por la oposición y
los revolucionarios, temiendo el arrepentimiento
de Judas y que éste hablase, encargarían el
problema a la policía de seguridad del estado.
Y Judas aparecería... habiéndose suicidado.
Los apóstoles tomarían cursos de idiomas
para emigrar a otras tierras.
Tierras donde difundirían sus ideas, las ideas
se volverían religión, la religión apoyaría al estado,
y los poderosos condenarían a otros humildes a
otras vía crucis.
Mientras tanto, los sacerdotes dedicarían una
semana al año para recordarlo...
Y el pueblo lo convertiría en un mito.
...oo0oo...
VÍA CRUCIS 2000VÍA CRUCIS 2000
Diap 11
Después de cumplir su misión de entregar sus
obsequios al Niño Dios, venían de vuelta los tres
Reyes Magos.
Se habían retirado sigilosamente del pesebre,
ya nadie les prestaba atención, había pasado la
novedad de su llegada.
Todos los presentes estaban absortos,
admirando las luces celestiales y oyendo el canto
de los ángeles.
Sin decir nada, dejaron a la madre con la
criatura y a su esposo arrodillado con la cabeza
gacha ante la divinidad.
Y así, silenciosos y solos, a través de la noche,
sobre lentos camellos, retornaban los Reyes a sus
lejanos lares.
Ignoraban que en el valle siguiente se toparían
con un pequeño ángel que ni siquiera nombre
tenía.
Estaba perdido; desde su creación resultó
curioso y, al bajar del cielo se había separado de
los otros querubines.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, se le veía contento. En su curiosidad
encontró en ese valle un hogar común donde
había nacido un niño.
La madre tenía cariñosamente en sus brazos a
la criatura, y el padre lo mostraba con orgullo a
los pocos vecinos.
El pequeño ángel sólo sabía que esa noche
debía adorar a un niño recién nacido y que
vendrían unos reyes.
Por eso, al verlos aparecer en el camino, voló
rápido hacia éstos y les dijo con celestial
inocencia:
–¡Eh!... Los de los camellos... aquí hay un
nacimiento.
Y, sin dejarlos hablar, los condujo a una casa
de tantas, donde había nacido un niño de tantos.
Los reyes, mirándose, no quisieron defraudar
al pequeño ángel diciéndole que ése era sólo otro
niño más.
Bajaron de sus camellos yendo a rodear la
criatura junto a al padre y la madre.
Pero, ya no tenían regalos para ofrecer.
OTRA NAVIDAD
Diap 12
03 OTRA NAVIDAD (V)
Dentro de cada niño
hay un pequeño ángel.
Sin embargo, también le presentaron sus
obsequios:
–En vez de oro, –dijo Melchor– le daré el
amor. Tendrá una familia, esposa, hijos y nietos
que le entregarán cariño.
–En lugar de incienso, –siguió Gaspar– le
daré la amistad. Tendrá amigos, compañeros e
iguales que le apreciarán.
–En cambio de mirra, –agregó Baltasar– le
daré el aprecio. Tendrá una vida junto a los
demás, y en ella lo estimarán.
Luego de estar largo rato compartiendo, se
despidieron de todos.
El pequeño ángel, asombrado, les preguntó:
–¿Sólo eso le dan al Hijo de Dios?
Y los Reyes, sonriendo con sabiduría, le
respondieron:
–Todo eso le damos al hijo del hombre.
Sin agregar más, los regios viajeros se alejaron
en sus camellos hasta que sólo fueron tres puntos
en el horizonte.
El pequeño ángel quedó pensativo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
No había hallado el niño de dios, pero se
sentía feliz junto al niño de la humanidad.
Al volver al cielo, pidió a su creador con lo
convirtiese en otro ser humano...
–¡Dejarás de ser un espíritu!... –retumbó el
todopoderoso.
Con sus alas temblorosas el pequeño ángel
insistió.
–¡Tendrás un cuerpo que te hará sufrir! –
volvió a clamar.
Nuevamente el pequeño ángel le pidió lo
mismo.
–¡Serás mortal, sólo vivirás una vida! –tronó
la voz suprema.
–Pero, será mi vida... –musitó el pequeño
ángel, pensando en los dones que le habían dado
los Reyes al niño común.
El omnipotente lo miró recordando un ser que
había formado mucho tiempo antes, también
muy distraído, que por curioso no le había
importado perder el paraíso.
Y el creador le concedió su deseo.
...oo0oo...
OTRA NAVIDADOTRA NAVIDAD
Diap 13
Mediados de enero. Nueve de la noche. Hace
frío. Ha llovido.
Y fue miércoles. Un día atravesado...
Una calle paralela a la gran avenida. Tiene la
apariencia típica de los segundones que,
queriendo ser primeros y no pudiéndolo, quedan
como frustradas imitaciones sin brillo.
Los comercios han apagado sus luminosos
anuncios de colores. ¿Para qué gastar energía?
Las pocas sombras que aún circulan en la
penumbra de la vía, no compran.
Sin embargo, las esquinas se iluminan con la
lúgubre luz artificial que se filtra por los vidrios
de algunos locales.
Si tienen mozos con uniforme, se llaman
cafés. Si no, bares.
A mitad de cuadra queda uno que otro
mercadito abierto en el intento de salvar el día
con ventas nocturnas.
Me dirijo al más cercano. En todos sobran
envasados con que aplacar el refunfuño del
estómago... o del vicio.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Camino sobre las baldosas rotas de la vereda,
pisándolas despacio para que no me salpiquen
con lo oculto...
A veces, en la calle, llueve desde abajo... y
llueve barro.
Se me adelantan, callados, dos perros
vagabundos,.
Llegan a la entrada de un local en abandono.
Se paran firmes, defendiendo en silencio su
territorio.
Algo instintivo pone freno a mis pasos.
Siento pasar una sombra junto a mí, y me
separo mientras la observo.
Es una vieja mendiga harapienta. La he visto
en el día pidiendo limosna.
Más que pedirla, exigiéndola. Ya que al
hacerlo, su mirada es ruda, reclamante... amarga.
Trae dos grandes y gastadas bolsas. En la
oscuridad se adivina que dentro deben tener
restos de comida.
Los perros le dan lugar. Allí hay sacos de
desperdicios haciendo de asiento y abrigo.
Es su refugio nocturno.
NOCHE PERRA
Diap 14
04 NOCHE PERRA (U)
Perros y vagabundos,
compañeros de la noche...
Hecho real.
Ella se arrellana en el mísero trono callejero.
Y los perros, cual vigilantes escuderos, se
ponen a su lado. Los tres son felices.
Están en otro mundo... en otra noche.
La vieja va sacando de las bolsas los reales
presentes de las sobras, dándoselos a sus fieles
edecanes. Y ellos los reciben con respeto,
comiéndolos con mesura y dicha.
Sigo mi camino. Entro al comercio. Compro,
aún puedo comprar. Pago. El cajero saluda.
Cobra. Pone la mercancía en una bolsa plástica.
Y recuerdo las bolsas de la vieja...
Salgo a la calle. La noche parece más tenebrosa,
más fría, más húmeda, más solitaria. Algunas
sombras cruzan la calle, o se encierran en los
bares para sentirse seres vivos.
Retorno por el camino andado.
Sé que baldosas pisar, y cuales no. Sin embargo,
aún me equivoco. Y el barro me salpica en la
noche... Ya no me importa, el barro se seca.
Me acerco a la vieja mendiga. Oigo su voz,
habla con sus perros.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Les habla dulcemente, con cariño...
Uno, el más grande, el más viejo, está enrollado
sobre los pies de su ama y así, adormilado, le da
su calor.
El otro, aún joven, refriega su cabeza en el
brazo de la indigente.
La anciana saca el resto de un bizcocho desde
una bolsa, lo parte en tres.
El trozo más grande lo da al perro viejo, otro
menor al pedigüeño... y el más chico lo come ella.
El perro viejo vuelve a dormirse sobre los pies.
El perro joven se acurruca junto al lado izquierdo
de la pordiosera, cerca de su corazón. Y ella les
murmura cosas tiernas.
Sin quererlo, me he detenido viéndolos.
La vieja mendiga me mira. Su mirada se torna
ruda, reclamante.
Pero, comprende lo que siento y, con una
sonrisa, vuelve a ser dulce, dichosa...
Yo también sonrío.
Y me voy en una noche de perros... y de amor.
...oo0oo...
26/03/2004
NOCHE PERRANOCHE PERRA
Diap 15
Camino por la avenida, yendo... hacia el este.
Pasó mediodía.
Aquellos que pueden almorzar, llegaron
corriendo a los cubículos de sus apartamentos y,
corriendo retornaron a las jaulas de las oficinas.
Dos de la tarde.
Pausados grupos de vehículos marchan en
forma rítmica dirigidos por la batuta de los
semáforos.
El rugir de sus motores hace levantar vuelo a
las palomas que picotean lo caído de las viandas
de la gente pobre que calman su hambre en la vía.
Están acostumbradas a eso. Enseguida vuelven
a buscar su alimento en el suelo.
Camino entre las aves, que se separan
dándome paso. Algunas me miran, lanzando un
curucutú de protesta.
Cerca, veo un banco. Alrededor está limpio.
Deben haber barrido hace poco. Domina una
agradable paz.
Me siento.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La avenida está a pocos metros; pero, los
ruidos llegan amortiguados.
Desde lejos viene un peatón. Nos miramos con
desconfianza citadina, y se va en sentido contrario.
Es la hora del reposo, de los que duermen, de
la siesta.
También es la de las caravanas de coches que
llevan los muertos al cementerio que está unos
kilómetros adelante.
Ése, yendo... hacia el este.
Se aproxima una. La lentitud característica la
denuncia.
Los autos que no son parte de ella tratan de
sobrepasarla. Y al lograrlo, como asustados,
huyen a toda velocidad.
Es una caravana suntuosa.
El coche que lleva el féretro es de renombrada
marca, último modelo, color gris plata, brillantes
ornamentos y circunspecto chofer solemne.
Le siguen dos señoriales vehículos repletos
con grandes coronas de duelo y ostentosos
arreglos florales.
HACIA EL ESTE
Diap 16
05 HACIA EL ESTE (V)
Somos criados por la vida,
pero hijos de la muerte.
Hecho real.
Detrás, vienen diez coches remises; todos
iguales, todos lujosos, todos ocupados por
personas en silencio.
El séquito finaliza con gran cantidad de autos
modernos y costosos. Dentro, sus ocupantes
hablan en susurros.
Y la caravana llega, y pasa, y sigue.
Lenta, impertérrita, sin hacer caso a calles
transversales ni luces.
El muerto debe haber sido importante.
Y ahora, para los del cortejo, lo importante es
ser vistos en su entierro.
Y la caravana se va, yendo... hacia el este.
Me levanto. Continúo mi camino. Al llegar a la
esquina me para el semáforo. Miro la avenida.
Llega otra caravana. Pero, ésta se detiene
respetando la señal...
El coche fúnebre parece sacado de una venta
de carros reconstruidos, negro, con marcas de
pasados golpes.
El pobre chofer tiene una camisa que la
sostiene el almidón.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Detrás, dos viejos taxis destartalados aceleran
el motor para que no se apague en la parada;
ahogando con eso el llanto de los familiares que
van en su interior.
Y después... un antiquísimo autobús de línea
suburbana, de esos que dicen 42 pasajeros y
llevan el doble.
Esta vez lleva mucho más. Tanto, que van
apretujados en los escalones de las puertas.
La única corona está colgada de una ventanilla.
Una corona chica, de flores mustias, con un
letrero escrito a mano: “TUS PANAS” (1)
Y adentro la gente charla, mira.
El semáforo cambia de color, y la caravana se
marcha...
¡Qué gran caravana!
Su corona no tiene precio. Su séquito no tiene
fin.
El muerto no fue importante. Pero, sus amigos
sienten que lo importante es acompañarlo hasta
el final...
Y la caravana se pierde, yendo... hacia el este.
...oo0oo...
(1) PANA: Lunfardo venezolano. = Compañero fiel, amigo.
HACIA EL ESTEHACIA EL ESTE
Diap 17
Se llamaba Miguel Leguim y era profesor de
matemáticas y filosofía, dos materias donde se
debe reflexionar y razonar... aunque de distinta
manera.
Alto, atlético, ancho de hombros, cejas
espesas, cabello negro ondulado, voz gruesa y
profunda la cual despertaba el líbido de las
mujeres y el respeto de los varones.
Enseñaba en Montevideo, capital del país,
donde lunes, miércoles y viernes impartía clases
de filosofía en el liceo vespertino; y luego, de
matemáticas en el liceo nocturno.
Pero, además, los martes, jueves, y sábados,
era profesor en un instituto de Maldonado;
ciudad algo distante para ese entonces, lo cual le
obligaba pernoctar allí.
Debía sumarse que tenía una oficina de
importaciones que atendía en las mañanas que
se hallaba en la capital, y que era entrenador de
gimnasia en ambas ciudades.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Formal, amable, culto, buen pedagogo, se
distinguía por su excepcional actividad.
Pero se distinguía por algo más extraordinario:
¡Tenía dos caras!
Literal y físicamente tenía dos caras.
De frente parecía la misma pero, su perfil
izquierdo era diferente por completo al derecho.
Dos individuos según el lado que se le viese.
Al igual que su nombre y apellido, aparentaba
simétrico y no era igual.
Todo el mundo lo conocía por Dos Caras, aunque
nadie se atreviera a decírselo en la misma.
Había dos cosas más que también extrañaban.
Dos Caras no necesitaba ser profesor, su empresa
de importaciones le daba buenos ingresos.
Seguramente le agradaba enseñar.
La otra era su vida familiar y personal.
Constituía un ser sociable; aunque, sólo se
sabía de él lo que él dejaba saber.
E imponía tácitamente respeto a su privacidad.
DOS CARAS
Diap 18
La naturaleza tiende a la simetría, no a la igualdad.
Las manos no son iguales, son simétricas.
06 DOS CARAS (U)
Se comentaba que poseía un hermoso chalet
en una zona residencial de la ciudad.
También que su esposa era una hermosa
mujer rubia, y que tenía dos hijas y un hijo.
Que en política estaba afiliado a un partido
conservador; sin embargo, nunca aceptó ser
candidato a cargo alguno.
Su foto y nombre jamás aparecían en reseña
periodística.
Se atribuyó esa reserva a su extraña
anormalidad facial. Pero, era algo más.
Tanto él, su anomalía, su nombre, como su
empresa... pasaban desapercibidos.
Algunos de sus alumnos llegaron a profesionales.
Otros, engrosaron la masa anónima de los
frustrados.
Muchos cambios sociales surgieron.
Dos Caras no cambiaba. Su vida y sus dos
perfiles permanecían invariables.
Un día, el cambio se volvió revolución; y el
estado, reacción. Y la verdad explotó..
DE BASTÓNDE BASTÓN
En una redada militar en Maldonado cayó el
líder de un grupo subversivo...
¡Y resultó ser Miguel Leguim!
No sólo eso; bajo el alias "Cachafaz", era autor
de libros extremistas y responsable de muchos
atentados.
Se descubrió que allí tenía otra esposa, trigueña
ésta. Y con ella tres hijos: dos varones y una niña.
De edades similares a los de la capital.
Simétrico, pero no igual.
El alboroto recorrió todos lo ámbitos del país.
Dos Caras fue condenado, política y legalmente.
Luego, como todas las cosas, todo pasó.
Pasó la revolución, pasó el estado de fuerza.
Pasó el tiempo de estar en prisión.
Y el profesor Miguel Leguim pasó al anonimato.
Volvió a ser como siempre, desapercibido y en
su privacidad.
Un escándalo sin razón.
Acaso... ¿era su culpa tener dos caras?
...oo0oo...
DOS CARASDOS CARAS
Diap 19
Mediodía.
Paso bajo la sombra de un frondoso árbol. La
calle es en declive. Al doblar la esquina, un largo,
liso, y perpendicular muro de planas piedras
contiene la tierra.
El caliente sol tropical señorea en la ancha
acera. Pasado el encandilamiento momentáneo,
veo un lagartijo sobre las baldosas de cemento y
contra la pared.
Brillante, muestra los hermosos tonos verdes
de su piel. Tal vez salió de la protección de las
hierbas en búsqueda de sustento. Pero,
extasiado, quedó disfrutando del sol.
Tiene cerca de veinticinco centímetros de
largo, la mitad es cola. Su cuerpo se mueve al
ritmo de la respiración.
Nos sorprendemos mutuamente. Me detengo.
Me mira. Y él, extático por el temor, hasta deja
de respirar.
–¿Tú que haces por aquí?... –digo en voz alta.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Al reptil le debe sonar como un estruendoso
alarido, y debe verme como un gigantesco
animal peligroso.
Avanzo. Y el lagartijo escapa corriendo. La lisa
pared no ofrece nada por donde subir. El piso de
cemento ni una hoja de grama. Y huye, y huye,
despavorido.
–¡Corre!... ¡corre!... –lo azuzo entre curioso y
compasivo.
Levanta su cola y corre aún más. Sus patitas ni
se ven. Pero, es inútil, con cada paso mío me
vuelvo a acercar.
Ha corrido más de ochenta metros. Deben ser
como tres kilómetros para mí. Tiene la boca
abierta, está agotado, cada vez me mira más y
corre menos rápido.
Yo también lo miro y avanzo lento. De pronto,
la pared es de cantos rodados. El lagartijo,
sacando fuerza de su cansancio, trepa por ellas y
sube al terreno.
Pero... extrañamente, en vez de esconderse en
la espesura del pasto... gira y queda viéndome de
frente.
DINOSAURIOS
Diap 20
Todos somos dinosaurios...
07 DINOSAURIOS (V)
Hecho real.
Jadeante, con la cabeza erguida, me mira...
Inclino la mía observándole de más cerca... y
él no se mueve.
Sonrío, me doy vuelta, yéndome.
Y, alejándome, pienso.
Quizás hace muchos millones de años, un
ancestro de él se topó en una quebrada con un
antepasado mío.
Y el mío era un pequeño, débil e indefenso
homínido. Y el de él un gigantesco, poderoso y
fuerte lagarto.
Sus parientes dominaban la tierra desde tiempos
inmemoriales, los míos recién comenzaban a
caminar en ella.
Ambos se sorprendieron. Y el monstruoso
reptil avanzó, y el temeroso bípedo escapó
corriendo.
Pero, las paredes del farallón eran altas,
rectas, lisas. No podía ir a protegerse entre los
árboles ni en las cuevas.
Y corrió... y corrió... Cada tanto giraba su
cabeza, viendo que la enorme bestia con cada
paso lo alcanzaba. Y ésta abría su espantosa boca
en rugido ensordecedor.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Quizás cuando el primitivo hombre estaba a
punto de desfallecer y resignarse a ser devorado,
vio escalones en el barranco... y con las pocas
fuerzas que le quedaban, subió.
Podía ir a esconderse en la maraña. Pero, algo
extraño le hizo dar vuelta.
Ese monstruo pudo aplastarle en cualquier
momento... pero no lo había hecho.
Y él quedó viéndole.
Ya no temía... aunque tampoco comprendía.
El gigantesco reptil lo miró también, movió su
espantosa cabeza, y se marchó.
Ya lejos giró, lanzando un alarido.
Me detengo varios metros adelante. Giro hacia
atrás.
El lagartijo permanece en el mismo lugar,
sereno.
Le grito, sonriendo. Pero él se mantiene
tranquilo.
Quizás sean sus genes ancestrales, quizás los
míos.
El teatro de la naturaleza siempre es el mismo.
Sólo que a veces se cambian los personajes.
...oo0oo…
DINOSAURIOSDINOSAURIOS
Diap 21
Tenía yo veinticinco años cuando se acercó a
mi lado.
No me fue del todo desconocido. Creí haberlo
visto hablando alguna vez con mi padre, con
otras personas mayores.
Me miró con una expresión indefinida. No era
sonrisa ni saludo formal.
Me asombró su rostro. No pertenecía a
ninguna raza, color... ¡ni edad!...
Era un rostro sin tiempo.
–Hola, sembrador. –me dijo– ¿Cómo va el
surco?
En primer momento pensé que era uno de los
tantos locos que uno encuentra en el camino.
Pero, su voz poseía una maravillosa serenidad.
Una serenidad sin tiempo.
–No soy sembrador. –respondí.
–Todos somos sembradores. Para eso estamos
en la tierra. –afirmó– Para sembrar sólo hace
falta las manos, un palo. Y es suficiente con
arrojar las semillas al viento.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Preguntó por mi surco. Nunca guié un arado.
–aclaré.
–¿Estás seguro?... Cada ser tiene un arado
distinto. Cada uno abre el surco a su manera y
según su tiempo. Frena un momento tu impulso
juvenil y mira hacia atrás...
Por conmiseración le hice caso.
Sólo encontraría la calle por donde veníamos.
Me detuve y giré.
La visión me dejó sin palabras.
Era un sembradío que se perdía hasta el
infinito.
Y volví a oír aquella voz:
–¿Qué ves?...
–Surcos y más surcos. Derechos y torcidos.
Unos llenos de plantas y flores. Otros, aún
vacíos. Hasta los hay áridos.
–¿Y que más? –siguió inquiriendo.
–Entre ellos, muchos senderos de piedras.
–Cada sembrador hizo el suyo con las piedras
que iba hallando en el surco. Así se hacen los
caminos. –sentenció.
EL SEMBRADOR
Diap 22
Mirar delante o detrás,
es un problema de edad.
08 EL SEMBRADOR (V)
–¿Entre tantos surcos estaba el mío? –dije,
dudoso.
–¿No lo viste?... Sin él no hubieras llegado a lo
que hoy eres. –y, sin dejarme responder, indicó–
Era ése torcido, sin profundidad, que corría
saltando entre los demás.
–Entonces... –reflexioné– Fui yendo por
surcos ajenos, en tanto recogía frutos que otros
habían sembrado.
–Así debía ser. –instruyó– Era tu edad, tu
forma de aprender a arar. Algún sembrador
protestó. Siempre hay de los que siembran sólo
para recoger ellos mismos.
–Tenía razón en enojarse. –argüí.
–¡No!... –reaccionó– Se siembra para el
futuro. Y era tu tiempo. La mayoría fue feliz al
verte revolver su surco... como cada uno revolvió
el de otros en su tiempo.
Nos quedamos viendo el sembradío del ayer.
Poco duró el silencio. Su voz se tornó
determinante:
–Es hora que gires de vuelta... tienes campos
esperando.
Le obedecí. Encontré otra sorpresa.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El paisaje diario se había transformado en
otro terreno infinito. En él ya había otros seres
abriendo surcos.
Y tomé mi arado, avanzado.
–Nos veremos dentro de algunos años. –
escuché su voz alejándose– Y no olvides... arroja
tus semillas al viento.
Respondí con una inclinación de cabeza. No
podía darme vuelta. Había mucho por arar. El
terreno era duro. Difícil abrir el surco.
No importaba... el arado era nuevo.
::::::
Habían pasado muchos años. Tantos, que
poco recordaba aquel personaje. No así sus
palabras. Las mismas resurgían en cada
situación dificultosa o frente a una duda.
Iba caminando hacia al parque. La mañana,
fresca; el día, feriado. Ya no tenía el furor de
cuando éstos me parecían perdidos. El mes
anterior había cumplido cincuenta años.
–Hola, sembrador. –oí su voz– ¿Cómo va el
surco?
Miré a mi lado. Ahí estaba, como siempre...
sin tiempo.
EL SEMBRADOREL SEMBRADOR
Diap 23
Tuve la sensación de estar continuando
aquella charla.
–Creo que derecho. –contesté con un
suspiro– Aunque me parece que cada vez la
tierra se encuentra más dura. O que estoy arando
demasiado hondo.
–La tierra es la misma. –aseveró él– Y no
puedes arar más profundo que la cuchilla que
elegiste. ¿No será que el sembrador tiene más
años y la quilla menos filo?
–Eso es evidente. –respondí, riéndome de mí
mismo– Pero no importaría si tuviese la
seguridad que aré en tierra fértil y que algunas
semillas germinaron.
–No hay tierra estéril. –sentenció– Se le va
abonando con el sudor del que siembra. Y si
sembraste al viento, alguna semilla creció...
aunque no siempre en tu surco.
Me sentí algo reconfortado y levanté las cejas.
–¿Quieres saberlo?... –inquirió comprensivo–
Frena un momento tus pasos y mira hacia atrás...
Lo hice de inmediato. Ansiaba ver aquel terreno
sin huellas que había visto en mi juventud.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, en lugar de eso, encontré uno repleto de
surcos y senderos de piedra.
–¿Qué ves?... –repitió la consabida pregunta.
–Surcos de todo tipo... Senderos de cualquier
forma...
–¿Y no ves plantas?... ¿Frutos?... ¿Hierbas?...
¿Flores?... –su pregunta tenía la sabiduría del
tiempo sin tiempo.
–También, muchos y muchas... –respondí–
Las hay hasta entre las piedras de los senderos.
–Entonces, no has sembrado en vano. –y
luego, ordenó perentorio– Gira, vuelve al
presente. Aún tienes que abrir más surcos. Te
faltará fuerza, pero te sobra experiencia.
Retomé el vetusto arado.
Y, yéndome, oí su voz:
–Nos veremos dentro de algunos años. –
escuché su voz alejándose– Y no olvides... arroja
tus semillas al viento.
Volví a afirmar con una inclinación de cabeza.
Hundí la cuchilla en la tierra, y... no la encontré
tan dura.
EL SEMBRADOREL SEMBRADOR
Diap 24
::::::
Tarde apacible de otoño. Hace meses que he
cumplido setenta y cinco años. Apoyado en el
bastón miro la calle.
–Hola, sembrador. –oigo su voz– ¿Cómo va el
surco?
No me toma de improviso. Más bien esperaba
su venida.
–Ya no soy sembrador... Hace tiempo que deje
de arar... que no abro un surco... –le respondo
con apagado tono.
–Todos somos sembradores. –repite la vieja
sentencia– Para eso estamos en la tierra. Y
mientras estés sobre ella, siempre sembrarás.
Aunque no hundas ya el arado.
–Tus palabras reconfortan. –murmuro– Sin
embargo, no llenan el vacío de ir echando las
semillas al viento. Ni quitan la duda de haber
arado en el mar.
–¿Crees que aún algunas no están en el
viento?... ¿Qué aún no siguen cayendo en tierra y
germinando?... ¿Quieres verlo?... Sólo gira tu
cabeza y mira para atrás.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Así lo hice.
Y vi el viejo sembradío con surcos y senderos
de piedras. Las piedras más suaves y los surcos
menos abruptos. Y, a pesar del invierno, con
hierbas y flores.
–¿Qué ves?...
–Surcos y más surcos. Senderos y más
senderos. Piedras y más piedras. Hierbas y más
hierbas. Flores y más flores.
–Son tus aciertos y tus errores. –completó él–
Hoy... ¿cuáles crees que te sirvieron más en el
surco?
–¡Los errores!... –exclamé– Los aciertos me
dieron la felicidad. Los errores, la verdad. Con
ellos aprendía. Pero, creí hacer mi surco derecho,
y al final lo veo tan torcido.
–Como el de todos. –escuché su voz
alejándose– Nos veremos dentro de algunos
años.
–¿No me dices que siembre al viento?
–No hace falta... el viento vendrá por ti.
...oo0oo...
EL SEMBRADOREL SEMBRADOR
Diap 25
En el barrio había una cuadra que, subiendo y
a mano izquierda, tenía en la esquina de abajo
un almacén; luego, aledaño, un gran huerto lleno
de frutales y cultivos.
A continuación venían dos pequeños terrenos,
cada uno con una casita de corredor, un
dormitorio y una cocina. Tan hermanadas que
compartían la pared central.
En la esquina de arriba existía una vieja
casona sobre una elevación de rocas, vuelta un
rancho rodeado de abrojos, donde vivían unos
perros bravos y unos seres misteriosos.
Entre las casitas y el rancho estaba un baldío.
Un terreno que, en forma de ángulo, rodeaba
el rancho. Servía como cortada para ir a la calle
transversal y para echar los restos de las nuevas
construcciones.
Pero, sobre todo, como salvaje cancha de
juegos para los botijas. Se le conocía como "el
campito".
DE BASTÓNDE BASTÓN
Para los niños de aquel barrio, ir al campito
era el premio de portarse bien.
La casita pegada al campito fue una de las
primeras que se transformó en casa. Por lógica, y
pereza, los escombros quedaron cerca de la alta
pared que la aislaba del baldío.
Al final de esa pared, y lejos de ambas calles, a
veces y a escondidas, la gente tiraba desperdicios.
Nunca se supo como nació allí ese eucalipto,
pero nació… y fue creciendo.
En la otra casita, la que aún era de corredor
envarillado, vivía un botija.
No iba a menudo al campito. Prefería ir de
tarde, cuando no había nadie; pero iba... y fue
creciendo.
Un sábado encontró al eucalipto con una rama
desgajada, apenas unas fibras la mantenían
unida al tronco.
El botija era un niño flaco, introspectivo y
maltratado.
El eucalipto era un árbol escuálido, solitario y
golpeado.
Y el niño cuidó al árbol.
EL EUCALIPTO
Diap 26
Los árboles son seres vivos...
09 EL EUCALIPTO (U)
::::::
Seguramente, en la mañana, los botijas
jugando fútbol en el campito con una pelota de
trapo, ésta habría quedado en el árbol, y
rompieron la rama tratando de sacarla.
Era primavera. La savia brotaba por la herida.
Las hojas golpeadas soltaban su perfume.
El niño recordó que un año antes él se había
fracturado una pierna y lo enyesaron.
Recordó como su madre hacia los injertos en
las plantas que tenían en el fondo de la casita.
Y corrió hacia allí.
Le pidió a su padre la escalera y unas cuerdas
para volver la rama a su lugar, para que no
muriese caída.
Y el padre le dio eso porque amaba la vida.
Le pidió a su madre trapos para vendar la
rama al tronco, para unirla al árbol, y enyesarla
con tierra.
Y la madre le dio eso porque amaba la tierra.
Y el niño volvió al baldío... y subió la rama... y
la enyesó.
Llegaron los vecinos y los botijas para ver lo
que hacía.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los viejos sonrieron, y los que habían roto la
rama se burlaron.
El eucalipto sanó, creció, y esa rama fue la
más fuerte. Le quedó una gruesa cicatriz.
Cada año soltaba las cáscaras de su tronco y
ramas... y era más gruesa la cicatriz.
Y, olvidando esa herida, daba la belleza de sus
flores, el perfume de sus botones, hojas para que
la gente se hiciera vahos, y hojarasca para iniciar
la parrilla.
El niño, seguía cuidándolo. Le quitaba los
"vicios" que nacían en su tronco, las hojas secas,
algún parásito; y hasta le llevaba unos baldes de
agua en las tardes de verano.
El árbol, ya alto, le regalaba su silenciosa
compañía, su sombra, el susurro del viento en su
copa, el canto de los pájaros... y el dejarle
arrancar una hoja para mordisquearla.
El niño se hizo hombre..
Los hombres tienen pies, y se van. Lo árboles
tienen raíces, y no se pueden ir.
Pero sus hojas se vuelven alas, y vuelan
pareciendo aves.
EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO
Diap 27
::::::
El tiempo pasó en una sucesión de cambios.
La casita de un dormitorio, cocina y corredor
envarillado se transformó en una enorme casa de
dos pisos y balcón.
Perdió el jardín del frente, algunas plantas del
del fondo se secaron. Otros seres vivían allí.
El padre de aquel niño murió, y la madre
sepultó su vejez en un ancianato.
Hay cosas que parecen resistir el tiempo. El
rancho de la esquina y el campito permanecían
igual. Pero, no era el de antes, había menos niños
y no jugaban en el baldío.
El eucalipto era un alto árbol que daba la
sensación de hundir su copa en las nubes. La
rama enyesada se había vuelto la principal... y la
cicatriz era cada vez más gruesa.
Cada tres o cuatro años aquel niño, y hombre
más viejo, volvía hasta su tronco.
Le acariciaba la cicatriz, recogía del suelo una
bolsa de "conitos" olorosos... y otra vez se iba.
Comentaban los vecinos que cuando el
hombre volvía, el árbol parecía ponerse más
frondoso, las hojas brillar más, el perfume ser
más intenso y la copa subir más al cielo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Coincidencias... pero también los árboles son
seres vivos.
Y el tiempo siguió pasando.
Una vez, volvió el viejo. Subió la cuadra
apoyándose en un bastón.
Ni se detuvo frente a la casa con balcón.
No era suya. La suya fue una casita de
corredor envarillado.
Al llegar al campito, sintió un escalofrío. El
progreso lo había invadido.
Estaban construyendo dos casas en él. El
rancho seguía en la esquina.
Y dobló rápidamente en ella.
El otro lado de ese ángulo de su niñez seguía
baldío.
Y, allá en el fondo, en el centro de la cuadra,
donde terminaba la antigua pared, vio al
eucalipto.
Saltando sobre restos y escombros se dirigió
hacia él.
Al llegar junto a su tronco se le llenaron los
ojos de lágrimas.
Era un árbol moribundo, rodeado de cascajos
y suciedad.
EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO
Diap 28
::::::
El hombre viejo acarició la cicatriz del árbol
viejo. Miró hacia arriba. Casi todas las ramas
habían sido cortadas. Sólo aquella enyesada
permanecía con algunas hojas.
Y, sin decir nada, el hombre comenzó a
limpiar alrededor del tronco y raíces. Fue
sacando restos de bloques, arena, cal, ladrillos,
cemento, cabillas, basura de la civilización.
Le dio la noche haciendo eso. Tocando la vieja
cicatriz, le musitó al árbol que vendría el
siguiente día.
Así lo hizo. Y siguió limpiando y cuidando el
golpeado árbol.
Algunos vecinos, niños de entonces, viejos de
ahora, lo reconocieron.
El capataz de la construcción se acercó. Le dijo
que no se preocupara por el eucalipto. Que
debían cortarlo para levantar la pared lindera.
Y el viejo, que una vez fue un niño... le contó
una historia.
El capataz movió la cabeza en gesto de
conmiseración. Se levantó de hombros y,
dándose vuelta, se marchó.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El viejo continuó arreglando el árbol y la tierra
cerca del mismo.
Estuvo todo el día en eso. Luego, al llegar la
noche, se fue murmurándole la misma cosa a su
silencioso amigo.
Al llegar la siguiente mañana vio que los
vecinos y el capataz estaban al pie del árbol. Pero
parecía ser otro árbol.
Aquella, su ahora única rama, estaba frondosa
y florida.
El perfume del eucalipto impregnaba el aire.
Las hojas brillaban. El viento susurraba en la
renovada copa. Y en ella se oía el piar de los
pájaros.
El viejo sonrió.
Arrancó una fresca hoja y la mordisqueó.
Acarició la cicatriz, y volvió a irse.
Meses después, en una lejana tierra, recibía un
sobre con "conitos" del eucalipto. *
Venían con una foto del baldío, y de una pared
lindera con una curva para esquivar el árbol.
Cosas de ese barrio.
...oo0oo...
* Conitos. Semillas en forma de cono que caen del eucalipto.
EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO
Diap 29
Lima, 1969.
Las valijas están listas. El trabajo fue uno más.
Y la ciudad... otra de nuestra América Latina.
Pero, dentro mío siguen repitiéndose las
palabras de un criollo mestizo, jefe de un taller
donde estuve.
Cuando al despedirme, dije el gusto por
conocerle y la satisfacción de poder ver la cultura
inca, respondió:
–Gracias... Aunque, nadie ni nada es en
ninguna capital. Si quiere saber como somos, no
se marche sin visitar Cuzco y Machu Pichu.
Regálese dos días del tiempo.
Le respondo en silencio, moviendo la cabeza
frente a la duda de hacerle caso o de cumplir mi
itinerario.
Y él, con brillo peculiar en los ojos de su
cobrizo rostro, completa:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Pero, no vaya con las excursiones que
ofrecen en el hotel. Vaya por su cuenta,
descubriéndonos en cada paso. Vaya... Cuando
vuelva, yo estaré aquí... como siempre...
Cuzco me suena con ecos de historia, Machu
Pichu con misterio, y el “como siempre” con
eternidad indígena.
Tomo el último vuelo a Cuzco. Los demás
están copados por turistas. El avión va por
estrechos desfiladeros, temo que en cualquier
momento sus alas rocen las montañas.
Nos reciben guías hablando idiomas
comerciales.
Veo uno que está retraído, tiene ruana de indio,
cara de indio, silencio de indio, mirada de indio.
Es parecida al que me dio el consejo pero, en
ésta hay reclamo, personalidad.
Le señalo. Se acerca.
Sólo habla español y... quechua.
Pregunta si lo quiero como guía.
Y, sin saber porqué, digo que sí.
EL INDIO
Diap 30
Me llevaré conmigo... otra imagen de Pedro,
la del indio dormido debajo del sombrero;
ya que va en mi conciencia:
Lleva a Pedro... ¡despierto!
(Canción de Alberto Cortez)
10 EL INDIO (V)
Hecho real.
Se presenta como Titu Machic, haciendo
resaltar la “u” del nombre.
Salimos del incipiente aeropuerto. Nos recibe la
noche, el frío y una hilera de indios zaparrastrosos.
Los guías, indios mejor vestidos, les ordenan
perentorios. Y cada uno de los indios pobres se
convierte en animal de carga con las maletas y
valijas de los turistas. Y éstos ríen.
No sé a quien tener más lástima, si a los
zarrapastrosos, a los guías, o a los turistas.
Miro a Titu, parece adivinar mis pensamientos.
Toma mi pequeña valija, y la lleva él.
Vamos en la noche por calles estrechas de
adoquines, con veredas y muros de piedra.
Atravesamos la ciudad. Es chica, muerta, pero
se percibe una histórica grandiosidad.
Parco, mi guía apenas habla. En la penumbra
llegamos a un local que ostenta el letrero de
“Hotel de Los Turistas”
Miro hacia arriba. No tiene más pisos ni luces.
–Es bueno, señor. –asegura Titu, notando mi
recelo– Hay otro, pero lo compró una cadena
internacional. Siempre está lleno de extranjeros.
Éste es nuestro... y no hay más.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Me pregunto si no hay más hoteles o más que
decir.
Abre la puerta, pasando él primero. Le sigo.
No existe portero. La recepción es una sala
con cuadros y motivos indígenas, aunque sin el
comercialismo de los souvenirs.
Detrás de un mostrador en madera y piedra,
me saluda un empleado con sonrisa e idioma
mercantil.
Mi guía dice algo en quechua.
El recepcionista cambia la sonrisa por otra
amplia, amiga, sincera... hablando en nuestro
idioma.
Le doy el pasaporte. Me inscribe. Dice que él
me llevará a la habitación. No tienen ordenanza.
Cada vez me siento más a gusto.
Le pregunto dónde puedo cenar.
–Aquí mismo, señor... en el último piso. –
responde.
–Mañana vendré a buscarlo a las nueve. –
indica Titu, despidiéndose– Descanse. No haga
movimientos bruscos.
Soy reacio a las órdenes, pero le haré caso.
Es mi guía.
EL INDIOEL INDIO
Diap 31
::::::
A las ocho y media de la mañana estoy en la
recepción esperando a Titu Machic, el guía indio.
Me siento aturdido. En parte por el golpe que
di contra la pared al levantarme de la cama.
Aprendí, con dolor, porqué no debo moverme
rápido. Es difícil mantener el equilibrio. A cuatro
mil metros sobre el mar, el oxígeno escasea. Por
eso lo indios tienen grandes cajas torácicas.
También marean los distintos conceptos.
Desayuné y cené en el último piso del hotel. Mi
cuarto se encuentra en el tercero. Pero, son hacia
abajo a partir de la recepción. No hay ascensor.
A ellos se llega por talladas escaleras de madera
que unen los pisos construidos en terrazas hechas
en la ladera de la montaña, semejantes a los
cultivos que se ven desde las ventanas.
Recorro el lugar viendo la exposición de arte
inca. Quedo admirando un cuadro hecho al
carboncillo; sólo es un rostro, sin embargo
transmite algo que me absorbe.
–Lo pintó su guía. Es de un indio con gorro
quechua.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La voz del recepcionista me trae a la realidad.
Por hábito de viajero, pregunto si está a la venta.
No me asombra que el pintor sea Titu, me
encuentro en un mundo diferente.
–Ése no. –responde– Ya lo compró el coronel
como regalo para la señora. Esos dos que están
en su mismo piso.
Recuerdo la pareja en la cena. Él, el típico
militar; ella, la típica turista.
Y una maliciosa mirada me une al empleado.
–¿Le gusta?... –pregunta a mis espaldas Titu,
quien ha entrado tan sigilosamente que ni
siquiera oí abrir la puerta.
Le expreso lo que siento.
Percibo una tenue emoción en su cara de
eterna serenidad india.
Y él musita:
–Gracias... ¿Empezamos el recorrido de la
ciudad?
Más que una sugerencia, tiene cierto tono de
orden.
Y, otra vez, sin saber porqué, obedezco.
EL INDIOEL INDIO
Diap 32
Me muestra el clásico muro de piedras donde
no entra una hojilla.
Lo único que me asombra es el olor a orines.
Veo pasar por la calle a paupérrimos indios
llevando sobre sus espaldas enormes pacas
dentro una especie de bolsa que cuelgan en la
frente de sus cabezas.
Caminan como saltando en cada paso.
Van masticando continuamente, y están
inclinados por la carga.
Tienen una sonrisa indefinible entre tonta y
triste... más bien, perdida.
Los miro sintiendo dolor por ellos, con una
inexplicable sensación de culpa por yo tener guía
y estar paseando.
–Lo que mastican son hojas de coca, eso los
mantiene en pie aunque estén mal alimentados.
–explica Titu con agria voz– Caminamos así
porque se respira mejor y se tiene más equilibrio.
Inténtelo, señor. Verá que es más cómodo.
Recién me doy cuenta que mi guía camina
igual. Hago unos pasos de esa forma,
sintiéndome bien.
Y pregunto:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–¿Por qué llevan ese tremendo peso de esa
manera? ¿No les duele la cabeza? ¿No pueden
usar carros?
–Señor... –responde– Los incas no utilizaban
la rueda. Los conquistadores aprendieron de
ellos a usar la frente de los indios en lugar de
carros. Ahora los comerciantes les pagan para
que lleven las mercancías. Hace siglos que los
indios tienen la cabeza para llevar cargas... no
para pensar.
Era imposible dejar de percibir rebeldía en sus
palabras.
–Utilizados como taxis humanos. –musité
recriminante.
–Vamos hacia la Catedral; –dijo él,
desviándose– donde estuvo el Templo de
Viracocha, dios de nuestro pueblo.
Llegamos a la plaza monumental. En ella se
levanta una barroca iglesia. Se nota que fue
construida con las piedras arrasadas del antiguo
templo... pero, sin su grandiosidad.
–Entre, señor... –dice Titu, quedándose
fuera– Allí hay curas que sirven de guías.
Y nuevamente le hago caso.
EL INDIOEL INDIO
Diap 33
El enorme portalón intimida. Mas, han tenido
la cristiana compasión de poner en él un par de
puertas para el común de la gente. Una está
abierta. Y, cruzo el grueso travesaño.
Quedo atónito. El brillo del oro, deslumbra.
Paredes, techo, altares, púlpitos, todo está
cubierto de ese metal.
Pronto tengo junto a mí un sacerdote. Es
grande, fuerte, imponente en su sotana oscura.
En castellano sibilante, dice que me mostrará
el templo. Le sigo. Explica que todo nos es de oro
macizo, sino pan de oro. Y va detallando.
Al poco tiempo estoy cansado de oír que cada
cosa fue de oro por la devoción de aquellos
conquistadores a tal o cual santo, y a la fervorosa
demostración en la fe.
Finalmente, termina el recorrido. Con gesto
monacal, me señala una caja para limosnas.
Pongo en ella unos billetes internacionales.
Sonriente, me acompaña a la puerta.
Sobre el travesaño hay un indiecito vestido de
harapos, sonrosado de frío, descalzo; de un pie
lastimado le sale un hilo de líquido rojo... y me
alarga su flaca mano, pidiendo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El cura lo agarra, sacudiéndole como a un
trapo mientras lo regaña furioso por ensuciar la
puerta... ¡de sangre!
Y... termina arrojándolo fuera.
Mi propio asombro no me deja reaccionar.
Salgo, levanto al indiecito. Titu me ayuda.
–No se extrañe, señor... –dice éste– Nos
conquistaron con espejitos. Y nos evangelizaron
con la cruz de las espadas.
Con instintivo rencor miro al cura, quien
cierra la puerta.
Llevamos el niño a curar. Luego a comer. El
indiecito se va feliz.
Viendo al pequeño mendigo alejarse, Titu
explica:
–Es de la tribu aimara, indios mansos. Los
dominaron los incas, los españoles, los criollos.
Es el fin de los mansos, vivir oprimidos por los
más fuertes... o los más astutos.
–¿Quiere almorzar?... –sigue mi guía–
Podemos ir a una fonda de platos típicos. Y tiene
artesanías para la venta.
Acepto contento. Ya no me dice señor en cada
frase.
EL INDIOEL INDIO
Diap 34
Andando me explica las comidas populares.
Las probaré. Un pueblo se conoce comiendo lo
que come el pueblo.
Vamos. Comemos. Veo pocos extranjeros en
las mesas, abundan indios y criollos. La dueña es
más india que Titu.
Hablamos. Le compro un bastón de mando
inca. Tiene punta de hierro y de una cadenita
cuelga un crucifijo. Algo anacrónico.
Titu me mira en un ruego comprensivo.
–Venga... –me dice amistosamente– sigamos
el recorrido.
Vamos a otra iglesia. Me lleva hasta el púlpito.
Quedo maravillado. Está cubierto de pequeños y
místicos rostros labrados en madera. Hay miles...
¡y un cráneo en el techo!
–Es del indio que las talló. –aclara mi guía– El
maestro español que le enseñó, cuando el indio
terminó el púlpito, le cortó la cabeza para que no
volviera a hacer nada igual.
Sin reponerme aún, vamos a una plaza. La
rodean casas antiguas de dos pisos y balcones
cerrados por celosías.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Aquí fue descuartizado Tupac Amarú, el indio
que osó rebelarse contra los dominadores. Ataron
un caballo a cada una de sus extremidades,
haciéndolos tirar. En tanto, las pudorosas
damas, en los balcones, se cubrían el rostro.
Atardeciendo retornamos hacia el hotel.
Por la acera de una estrecha viene un cargador
hacia nosotros. La acera es de lajas de piedra, la
calle de adoquines.
Bajo a la calle para dejarle la más cómoda
vereda. Pero, él baja también.
Forzado, subo a la acera contraria. El indio pasa
por los adoquines con su triste sonrisa, diciéndome:
–Dios lo tenga en su gracia... señor.
Miro a mi guía buscando una explicación, y
éste exclama:
–Usted es blanco, rubio, de ojos claros, alto,
extranjero... Jamás él le dejaría caminar sobre
los incómodos adoquines. Para él, usted es un
señor... y él, un siervo, un indio.
Llegamos al hotel. Tomé unas copas de chicha.
Cené. Me acosté. Estaba cansado... pero, no me
podía dormir.
EL INDIOEL INDIO
Diap 35
::::::
La mañana siguiente Titu me acompaña a la
estación del ferrocarril para Machu Pichu, Me
dice que no irá conmigo.
–Es mejor que vaya solo. –aclara– No se deje
llevar por ningún guía. Sé que usted sentirá lo
que hablan esas piedras. Dentro pocos años,
Machu Pichu será otro paseo de turistas... y se
habrán ido de allí hasta los espíritus.
Tomo el tren. Al rato estamos yendo sobre una
sinuosa vía en la cordillera. Miro por la
ventanilla tratando de ver donde se soportan los
rieles... ¡y sólo veo el precipicio!
Llegamos a un apeadero. Bajamos. Los
choferes de unos pequeños autobuses explican
que las ruinas se hallan en la cumbre de la
montaña que tenemos enfrente... y subimos.
El asombro ante lo que encuentro me deja sin
palabras, los turistas gritan y sacan fotos.
Me alejo, voy solo, subiendo terrazas y por
muros hechos de enormes piedras.
Llego a la que debió ser plaza de ceremonias.
En su centro hay un monolito. Subo en él. El
paisaje impacta.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El silencio sobrecoge... y algo inexplicable me
invade.
Despacio giro sobre lo que quizás fue altar u
observatorio de una civilización que desapareció
destruida por la codicia de los conquistadores y
la intolerancia de una religión.
Norte, oeste, sur, este...
Recorro los puntos cardinales; y en cada uno
me detengo para asimilar lo que transmiten.
Oigo que ya se acercan los turistas. Bajo,
yendo al transporte.
No saco fotografías, Machu Pichu está en mí.
Anocheciendo estoy de vuelta en el hotel. Mi
guía espera sentado en un sillón. Nos miramos...
y sobran las palabras.
Voy a ver el cuadro del indio. No está más.
El recepcionista explica que la pareja del
militar y la rubia turista se fue... y se llevaron el
cuadro.
–Era de ellos. – aclara.
–¡No!... no era de ellos... –reacciono con
vehemencia– Ellos sólo lo habían comprado. Era
del indio.
EL INDIOEL INDIO
Diap 36
Titu calla. Luego dice que vendrá mañana a las
ocho para llevarme al aeropuerto. El avión sale a
las nueve y media.
Y se despide sonriendo de una manera
incomprensible.
Ceno. Apronto mi valija y me acuesto. No
logro dormir, repaso los momentos vividos allí.
Me duele tener que irme.
Pero, al final, me domina el cansancio.
A las cinco de la mañana siento golpear en la
puerta de la habitación. Sin saber porqué, abro
sin temor. Encuentro a Titu Machic, tiene la
misma sonrisa con que me dejó.
Pero sus ojos están rojizos, el rostro denota la
fatiga del desvelo.
Me entrega un tubo de cartón, murmurando:
–Es para usted... un regalo... de mí y de mi
pueblo.
Y, sin más, me deja estupefacto... yéndose.
Entro al cuarto. Saco el contenido del tubo.
Es un cuadro al carboncillo, similar a aquel
otro del indio. Pero, en éste las facciones son las
de Titu... ¡es su autorretrato!
¡Y dice tanto en su expresión mirando lejos en
el tiempo!
DE BASTÓNDE BASTÓN
Horas después viene para llevarme al
aeropuerto. Se ha puesto la mejor ropa quechua.
Al despedirnos, ya pasando yo a la pista, le
entrego un sobre. Dentro sólo hay billetes.
–Gracias, Titu... –digo, ronco de emoción–
por el cuadro y por estos dos días sin tiempo... de
ti... y de tu pueblo.
::::::
Hace mucho que sucedió eso.
El cuadro está en mi casa.
Nunca lo enmarcamos.
No se puede encerrar la tristeza, el reclamo y
la rebeldía que de él emana.
Cerca, hay un espejo.
Cuando paso por allí me detengo frente al
cuadro.
Y me surge aquella inexplicable sensación de
culpa. Y siento otra vez aquel instintivo rencor...
Me veo en el espejo. He envejecido.
Miro el cuadro.
El indio sigue igual... en su eterna serenidad.
...oo0oo...
Suceso real y personal acontecido en 1969, el
nombre verdadero de Titu era J. Michacado
EL INDIOEL INDIO
Diap 37
Diap 38
Indio quechua cuzqueño, año 1969, pintado por
J. Michacado, autorretrato al carboncillo sobre cartulina,
foto en el 2016 del original en poder del autor del libro.
Los urbanistas tienen la obsesión de alterar la
naturaleza.
A veces logran grandes obras; y otras, adefesios.
Caracas es un lugar donde se comprueba eso.
Aquella hermosa ciudad tropical que crecía
pausada, de oeste a este en un alto y fresco valle
a los pies del Ávila, de pronto se transformó en la
capital de un país petrolero.
En el auge de esa inesperada riqueza, se
construyeron dos elevadas avenidas que limitasen
la invasión de la urbe a las montañas y fuesen
atalayas para ver el crecimiento.
Acorde al plano topográfico, la del sur se
designó Cota 905; y la del norte, Cota 1000.
Luego, los políticos les pusieron nombres
recordando batallas y gobernantes.
Pero el pueblo siguió llamándolas Cota 905 y
Cota 1000.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Tuvieron destinos diferentes.
No los políticos ni el pueblo, ésos son siempre
iguales; sino las cotas.
La Cota 1000, o Cota Mil como escriben los
distinguidos, es la regla con que se mide la clase
media y rica.
Vivir a su altura, es ser poderoso. Cerca de
ella, propio de triunfadores.
En cambio la Cota 905, así simple y vulgar con
números, o sólo nombrada 905 sin la distinción
de cota, reúne a su alrededor la miseria y el
malandraje sin importar el nivel.
En su borde nacen calles y escaleras cavadas
en los cerros; las que suben dentro barrios donde
viven obreros, y delincuentes con los agentes
más inferiores de la ley.
Por ambas cotas todas las mañanas salen sus
habitantes a buscar el sustento diario. Y, por
ambas, cada noche vuelven.
Unos a su quinta o apartamento; otros, a su
rancho.
Ambos tienen de noche una vista hermosa de
la ciudad...
Algo debe ser igual. Pero, no todo.
COTA 905
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Ciudad tiene dos letras d; una es por desarrollo,
la otra por degradación.
11 COTA 905 (V)
::::::
Los pobres son tontamente románticos,
y primitivamente instintivos
Marlú Gómez decía tener dieciséis años.
La verdad era que sólo tenía catorce, con
experiencia de veinte; propio de las que deben
criarse en los ranchos de los cerros.
De acuerdo a una machista y anacrónica ley no
escrita, con dieciséis sería vista como una mujer.
Por tanto, responsable de las consecuencias de
sus relaciones.
Su madre, viendo una telenovela, contaba que
Marlú era combinación de “mar” y “luna” por
haber sido concebida una noche de luna en una
playa del mar Caribe...
Ya normal, aclaraba que de María y Lucas, un
soldador que fue su marido por aquellos años y
la embarazó de ella.
La madre tenía 32 años, se llamaba Marbel
Gómez, de María y Belisario, un marido de turno
de su abuela.
Y su abuela María Gómez, sin combinación
aunque inició esa costumbre, había llegado a los
47 años... una vieja.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, aún con habilidad para tener un hombre
a su lado.
La vieja aseguraba que era hija del general
Gómez. Esto creíble, al andino le atraían las
sirvientas, tenía acerbo odio a los maricas... y fue
dictador del país por tres décadas.
Marlú tuvo el desarrollo a los nueve años,
normal en las mujeres del trópico.
Y así se mantenía a los catorce. De cuerpo
pequeño, curvas bien formadas, andar sensual.
No necesitó aprender que era el sexo. Sabía
que su figura infantil despertaba lujuria en los
hombres, y le agradaba.
Eso pasó con José, el policía que en esos
momentos vivía con su madre en el rancho...
hombre cercano a los cuarenta.
Marbel ya tenía los senos flácidos; Marlú, la
carne firme.
Luego de un drama de gritos, típico de allí, el
policía se fue con Marlú a otro rancho... más
cerca de la Cota 905.
COTA 905COTA 905
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::::::
Los caminos y los seres
que los recorren, se parecen.
La Cota Mil es sin exageradas curvas, se apoya
elegante en la ladera, salta sobre las quebradas
con puentes armoniosos, y avanza mirando hacia
el este.
Altiva, deja la ciudad debajo; y, de tanto en
tanto, luego de rebuscados rodeos en los
distribuidores, le permite llegar a una avenida
que ha subido hasta ella.
La Cota 905, casi con cien metros menos, es
más humilde; sus curvas primitivas se recuestan
a los cerros, y deja que las calles entren y salgan
de ella cuando quieran.
Sencilla, va por igual a través de un parque,
del zoológico de animales, el de los ranchos, o el
de los bloques para obreros. Y, mira hacia el oeste.
Se detiene frente al monstruo del Helicoide.
Hubiese sido lindo ir, dentro su altura, hasta la
ciudad universitaria; pero, la Avenida Fuerzas
Armadas no se lo permite.
Resignada, desciende; y, con calles de otros
nombres, siguiendo el río, intentan llegar allí.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y al final acaban en La Charneca, con su
ladera llena de rancheríos.
La Charneca tiene en su izquierda a San
Agustín, otro barrio de escalinatas.
Arriba, la gente deja en los ranchos el
cansancio; y, abajo, en los bares, su frustración.
A la derecha, con tajante división, está el
Jardín Botánico. Un oasis cercado en el cual son
tan extrañas las plantas como las personas que
raramente se ven por los senderos.
A la espalda, tiene la Ciudad Universitaria;
donde pocos de ese barrio irán.
Y a su frente, a través del río, la antañona
urbanización El Conde que el progreso hace
desaparecer.
La Charneca…
Todos dicen que es un barrio peligroso.
Pocos lo conocen.
Muchos pasan por la avenida a su pie.
Nadie sabe cuantos viven en él.
Menos, como sienten.
COTA 905COTA 905
Diap 41
::::::
La mezcla de indios, blancos, negros...
dará algo especial... o explosivo.
Jorge tenía los ojos azules, el cabello rubio y
ensortijado.
El padre fue un italiano de los que vinieron a
trabajar en los túneles de la autopista a la Guaira.
De los que traían hambre de comida, de dinero...
y de pasión tropical.
Dicen que por cada metro de túnel quedó
enterrado un italiano. Otros se hicieron ricos.
Y, la mayoría hizo parte de la heterogénea
masa de emigrantes en esa ciudad.
Si su padre estuviese, su madre fuera blanca,
vivieran en un apartamento de una urbanización
del este, hubiese ido a un liceo pagado, y a Jorge
le llamarían el Catire. *
Pero, el italiano se fue al acabar el túnel, su
madre era negra barloventeña, vivían en un
rancho de la Charneca, y él escasamente terminó
el colegio público.
Por tanto, Jorge era conocido como el
Bachaco.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En la jerga popular, bachaco es una hormiga
de color marrón claro.
Pero, también se les dice a los mulatos de ojos
claros y pelo amarillo encaracolado o "chicharrón".
El rancho estaba en una parte alta, escarpada,
lejos de los demás.
La negra tuvo pocos hombres en su vida,
costaba llegar al rancho, o quizás a ella le sobraba
guáramo.
Tenía una venta callejera de empanadas en el
Terminal de Autobuses. Con eso crió al Bachaco.
No tuvo más hijos.
Era brava, le sobraba coraje. Hasta los
malandros cobradores de peaje de su calle; ésos
que, arma en mano, exigían un pago a la gente
por dejarla subir su propia escalinata, le temían.
El Bachaco se hizo en la escuela de esa calle.
Pudo haber sido otro delincuente juvenil. No
salió tan malo.
Era sólo un raterito que a veces se drogaba
con pega.
COTA 905COTA 905
Diap 42
::::::
No se debe defecar donde se come.
El Bachaco no robaba a las personas ni en los
comercios de la Charneca o del barrio aledaño,
San Agustín del Sur.
Le faltaba poco para cumplir dieciocho años.
Ya no sería menor de edad, debía tener cuidado
de no caer preso... o que el botín fuese suficiente
para darle una parte al policía.
Probó ser carterista por las Torres del
Silencio. Pero, era una zona competida por los
expertos, y le causaba temor la proximidad a la
venta de empanadas de su madre.
Otro ratero lo llevó a la Urbanización El
Paraíso. Le gustó el lugar. La gente andaba en las
calles.
Había mercados, abastos... y hasta ferreterías
donde vendían pega.
Además, si era sorprendido, resultaba fácil
huir al cerro, a la Cota 905, y perderse allí.
Se habituó ir y volver por esa sinuosa vía, tal
vez le surgían los genes de aquel italiano.
Una mañana, en la Avenida Páez, le. arrebató
la cartera a una señora
DE BASTÓNDE BASTÓN
Corrió hacia la montaña mientras sacaba el
dinero del bolso para arrojar éste con los
documentos.
Normalmente eso finalizaba la persecución.
Sin embargo, esta vez se había sumado a ella
el vigilante de un comercio próximo, quien
quería lucirse y también sabía subir cerros.
Seguía trepando tras él. Al Bachaco le faltaba
el aire. Se arrepintió de haberse drogado en la
madrugada con los vapores de la pega.
Entró en una escalinata hacia la cota.
A punto de llegar a ésta, vio una muchachita
frente a un rancho. Era pequeña, le atrajo
terriblemente.
Volteó hacia atrás. El vigilante aún no había
llegado a las escaleras.
El Bachaco y la muchacha se miraron... Ella
abrió la puerta, él entró... Cerraron...
Quizás ella lo necesitaba, o a él la carrera le
excitó, o eran jóvenes... Pero, al rato se poseían
con pasión.
Así, conoció a Marlú.
COTA 905COTA 905
Diap 43
::::::
Los hombres son peores que los perros para
olfatear cuando una hembra está ardiente.
Marlú ahora tenía dieciséis años de verdad.
Y no le era infiel por primera vez a José, el
pobre y cuarentón policía.
En dos años, rápidamente se fue la novedad
de tener un hombre mayor, y él perdió el
atractivo de la experiencia.
Tal vez a su madre, esa vieja de 32, la podría
conformar. Pero, ella tenía 16, era joven... y
quedaba insatisfecha.
El policía se iba temprano y volvía tarde. Marlú
salía a la puerta a desahogar su aburrimiento.
El rancho estaba a pocos metros de la Cota
905, allí pasaban cosas... y jóvenes. Unos pasaban
en moto; otros, corriendo como el Bachaco.
Pero, está vez ella se enamoró de él. De su
rubio y chicharrón pelo, de sus ojos claros, de su
piel morena.
Él se enamoró de ella con todo el fervor de su
juventud. No le importó que fuese la mujer de un
policía. Y que los podía sorprender en esas tardes
de entregas apasionadas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Brito era un policía motorizado, conocía a
José, vivía en la 905, tenía treinta años, le decían
el Macho porque no perdonaba mujer... y cada
tanto lo hacía con Marlú.
Una tarde fue por el rancho; llamó, quería
tenerla. Marlú salió, cerrando la puerta tras ella y
rechazándole. El Macho quedó arrecho.
Y, malicioso, simuló irse.
Al rato, desde lejos, vio salir al Bachaco.
Dicen que no hay animal más peligroso que
una mujer despechada.
Pero lo hay: es un hombre que se cree macho.
Por varios días siguió al muchacho hasta
donde vivía.
Supo cuando la negra se iba para el Terminal,
cuando el Bachaco quedaba solo, cuando se
acostaba con Marlú.
Y una noche, luego de haberle hecho tomar
unas cuantas copas a José, le dijo al cuarentón lo
que había visto.
Y, como buen compañero, le aconsejó...
COTA 905COTA 905
Diap 44
::::::
No hay cotas para la maldad.
Luego haberle repetido los inútiles consejos de
siempre, la madre del Bachaco salió para su
puesto en el Terminal. Era el mejor momento
para vender las empanadas.
A esa hora, el lugar estaba lleno de obreros y
empleados que tomaban los autobuses para ir a
sus lugares de trabajo. Y la mayoría se hallaba
mal desayunada.
El muchacho la despidió con bromas. Se quedó
en la cumbre, viéndola hasta que ella cruzó la
pasarela sobre el río... Y entró, para destapar una
escondida lata de pega.
Una hora después el Bachaco oyó el ruido de
una moto en la puerta del rancho en la Charneca.
Ninguno de sus amigos venía en la mañana.
Medio drogado, fue a ver.
No alcanzó siquiera a dar un paso afuera. Dos
policías se abalanzaron sobre él, arrastrándole a
golpes hacia adentro.
Reconoció al marido de Marlú, y éste llamaba
Macho al otro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Dentro, fue una sucesión de torturas sádicas.
El Bachaco deseaba que llegase la muerte para
no sufrir más.
Oyó al Macho diciendo que quizás Marlú se
habría encandilado con esos ojos claros.
Y el cuarentón, frustrado, miserable, José
tomó la abierta lata de pega...
¡Pegándole las pestañas de los ojos!...
El grito del Bachaco fue horripilante.
Loco de dolor, ciego, intentó huir.
Le dispararon, cayó abaleado.
Muerto, los policías se lo llevaron en la moto,
poniéndolo entre los dos.
Al ir bajando, los vecinos amenazaban con
denunciarlos, que tenían sangre en los uniformes.
Y ellos les respondían que éstos se lavan,
desaparece la sangre... ¡y los muertos!
Nunca encontraron el cadáver del Bachaco.
Su madre se fue para Barlovento.
Marlú siguió viviendo con José cerca de la
Cota 905. Pocos meses después parió.
Tuvo una niña.
COTA 905COTA 905
Diap 45
::::::
América... me hueles a mujer enamorada,
querida siempre, y siempre abandonada.
(Canción de José Luis Perales)
Ha pasado el tiempo.
La Cota Mil siguió avanzando hacia el este,
sirviendo de unión y vía de alivio a las cada vez
más distinguidas urbanizaciones.
En cambio, la cota 905 no avanzó nada.
Más aún, los barrios pobres, los rancheríos, el
malandraje la fue cubriendo. Al punto que cuesta
definirla en los cerros.
Ya nadie sube a ella para ver la ciudad.
Y si lo hiciera, nada vería. Menos la recorren
los coches de la clase media. Sólo los camiones
con cerveza se atreven a cruzarla.
En un rancho cerca de la 905, hay una mulatita.
Afirma tener 16 años.
La verdad, sólo tiene 14.
Pero, con la experiencia de veinte.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Su madre, de 32, se llama Marlú.
Ya tiene los senos flácidos.
Y vive con otro marido de turno.
Su abuela, Marbel, de 47, es una vieja.
Pero, aún logra un hombre a su lado.
Y asegura que es nieta del general Gómez.
La mulatita tiene una figura infantil que
despierta lujuria.
Cuerpo pequeño, curvas bien formadas, andar
sensual.
Y no necesita aprender que es el sexo.
Se llama Marjó.
Su madre dice que es por María y José...
El policía que vivió con ella en aquel entonces.
Pero calla que existió Jorge, el que llamaban
Bachaco...
El que iba y venía por la Cota 905.
...oo0oo...
Basado en un suceso policial verídico.
COTA 905COTA 905
Diap 46
Hacía varios días que la garcita llegaba en un
armonioso planeo hasta la plaza.
Me extrañaba que siempre fuese al mismo
lugar y a la misma hora.
Era como una cita. A las tres de la tarde, ya
con la serena paz de la siesta.
E iba hasta un árbol frondoso. Nada se podía
ver bajo él. Menos desde los edificios cercanos.
Sin embargo, no sé, parecía que había alguien
con la garcita.
Era una sensación etérea. Alguien a quien el
ave miraba cada vez que interrumpía su picotear
en la grama.
Creí vislumbrarla entre las aberturas que se
intercalaban entre las hojas.
Entre los ramalazos de realidades presentes y
los recuerdos que volvían continuamente.
Salí. La calle vacía, el barrio silencioso, la
plaza solitaria.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Caminé. Al llegar cerca de la garza, me invade
la emoción.
No estamos solos... también está Moro.
La lógica me dice que es imposible...
Ella se fue en un lugar muy lejano de aquí. Y
se fue para siempre.
Pero... ¿hay lógica para los sentimientos?
Me sonríe. Con esa triste y melancólica
sonrisa tan de ella.
Y oigo que me dice:
–Llevo varias tardes charlando con la garcita.
Los veía a ustedes allá arriba, mirando lejos... Y
que recordaban los lindos momentos que
pasamos en esas ventanas.
No puedo hablar. Es demasiado profundo lo
que siento.
Ella continúa con esa serenidad propia:
–Lo mismo le pasa a Otto. Lo veo salir, mirar
la placita de los teros. Mirar lejos, mirar cerca. Se
siente solo... Aún no sabe que ahora estoy junto a
él más que nunca.
La observo con una muda interrogación en
mis ojos.
LA GARZA, EL TERO Y …
Diap 47
La realidad más absoluta
se encierra en tres palabras:
Ya no está.
12 LA GARZA, EL TERO Y... (V)
Para Otto
–No te extrañe. –sigue– Para la realidad
diaria, no estoy en una realidad presente. Sin
embargo, lo estoy cada vez que me recuerdan... y
lo estoy como me recuerden.
Vuelvo a observarla. Como si fuese natural, la
veo con el rostro de jovencita, como la alegre
compañera de trabajo, como la amiga hermana
de mi esposa.
Y resurgen tantos momentos... Y la veo con la
presencia que tenía en cada uno de ellos... Y
sonrío, dichoso.
–¿Te das cuenta? –pregunta, viendo mi
rostro– Ya no hace falta tomar un avión ni mirar
una vieja fotografía. Estoy con ustedes... sin
distancia y sin tiempo.
Levanto las cejas, moviendo la cabeza al
comprender esa verdad. Eterna verdad que
cuesta aceptar. Los ojos se me humedecen.
Observo la pequeña garza disimulando.
–¡Viste qué linda la garcita! –me comenta,
agregando– Y buena compañera. Fue el tero de
la placita que me dijo que viniese aquí, que ella
me guiaría...
DE BASTÓNDE BASTÓN
Vuelvo a mirar a Moro con una interrogación
tácita.
–Sí... –aclara, sonriendo ante mi duda– Yo
puedo ir y estar donde me recuerden. Pero, el
tero tendría que volar muchos kilómetros. Él,
como ustedes, aún tiene un cuerpo.
Siento un aleteo a mis espaldas. La garcita ha
levantado vuelo.
Y en el aire me parece que se transforma en un
tero. El tero de una placita que está mucha
distancia de aquí.
Cuando giro, también se ha ido la figura de
Moro.
Pero, pienso en sus palabras.
Y retorno a recordarla... y con cada recuerdo
ella está... y como era en cada momento.
Retorno a mi presente. Vuelvo a la realidad.
Lejos, veo en el aire una manchita blanca.
¿Será la garcita?... ¿Será el tero?...
¿Será Moro que va con ella?
Todo es posible.
No hay lógica para los sentimientos.
...oo0oo...
LA GARZA, EL TERO Y …LA GARZA, EL TERO Y …
Diap 48
Sucedió faltando un año para que el siglo
veinte llegara a su mitad.
La guerra en Europa había terminado y la
bonanza en los países sudamericanos comenzaba
a decaer.
Y sucedió a unos jóvenes que iban a
Preparatorios. Aquel filtro que existía, luego de
terminar el liceo, para poder ingresar a las
distintas facultades.
Ése ubicado en la calle Tristán Narvaja;
llamada con cruel ironía: Triste Navaja, ya que la
mayor parte de los jóvenes degollaban sus
sueños abandonando sus estudios allí.
El primer corte era dejar las clases diurnas, ir
a trabajar y concluir el bachillerato yendo a
Preparatorios Nocturno con clases de ocho a
doce de la noche.
Un mito.
Pero ese país era utópico y su gente irreal.
Tanto, que sus pobladores habían sido ricos y
nunca se dieron cuenta.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En todo grupo hay líderes y sumisos, alegres y
serios, poderosos y sencillos, rebeldes y serenos,
locos y formales. Además, ellos aún tenían la
fortuna de su juventud.
Gracián era de los locos; Daniel, de los
formales.
Una vez, un día feriado, los muchachos se
juntaron para hacer una excursión.
Poco se necesita cuando se es joven.
Fueron para una sierra en un departamento
hacia el este. En realidad era la parte alta de una
simple cuchilla.
En ese país lo pequeño se eleva, y lo grande se
achica.
Tomaron el ferrocarril. Salieron de la capital.
Llegaron a la pueblerina estación.
Y de inmediato se dirigieron hacia la sierra, a
un lugar famoso: Las Lajas del Diablo.
Eran unas rocas negras, planas, lisas, muy
empinadas.
Los más audaces las subieron corriendo.
Y aquellos que no lo eran, los siguieron
arrastrados por el amor propio.
LAS LAJAS
Diap 49
Las cosas hay que hacerlas.
Aunque sea mal, pero hacerlas.
(Domingo F. Sarmiento)
13 LAS LAJAS (U)
Hecho real.
::::::
Gracián fue uno de los primeros en llegar a la
cima.
Entre éstos se hallaba uno que tenía una
filmadora; un lujo en esa época, aunque fuese a
cuerda y de enfoque manual.
Mientras él filmaba, los demás ayudaban a los
rezagados.
En la mitad de la subida había quedado
Daniel. Estaba boca abajo en la laja. El miedo lo
hacía deslizar.
Y surgieron las reacciones típicas de hombres:
Bromas, gritos, consejos, risas, nervios. Pero,
nadie iba en su ayuda.
Gracián recordó que tenía una soga en su
bolso. La sacó.
Dando una punta a un compañero, con la otra
bajó hasta Daniel. Lo ató con la cuerda.
Le ordenó subir gateando. Y, viendo que
dudaba, le soltó una grosería. Daniel reaccionó.
El de la cámara siguió filmando como subía,
poco a poco y halado por sus amigos.
En tanto, Gracián, sin ayuda alguna volvió
arriba en diagonal. Esa misma tarde retornaron a
la capital.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Días después se proyectó la película.
La cara de Daniel llegando a lo alto, merecía
un premio cinematográfico.
Pasó el tiempo.
La mayoría de esos jóvenes engrosaron la
masa gris de los que no pudieron terminar
Preparatorios, convirtiéndose en otros cínicos
intelectuales.
Daniel se casó, tuvo hijos, y trabajaba en un
lugar donde sobreviviría cuidando los años para
la futura jubilación.
Gracián también se casó, se fue alejando de
ese grupo de compañeros, de Preparatorios... y
un día se alejó del país.
Cierta vez que éste había vuelto de visita,
Daniel lo invitó a almorzar en un restorant.
El brindar, le reiteró:
–Vos me salvaste la vida...
–Yo, no. –dijo Gracián– Fue una cuerda y una
grosería.
Gracián era de los locos; Daniel, de los
formales.
Pero, ambos rieron.
Las lajas los habían hermanado.
...oo0oo...
LAS LAJASLAS LAJAS
Diap 50
Era otoño de 1940.
Estábamos en la clase de quinto año del turno
matutino de la escuela pública. Ya había pasado
el recreo de media mañana.
Y, mientras digeríamos los napoleones comidos
con el vaso de leche dado por ley, tratábamos de
resolver los ejercicios de aritmética.
Luego de unos leves golpes en la puerta, entró
el director trayendo un nuevo alumno.
Nos pusimos de pie, era la norma. Además, el
porte marcial del director lo imponía.
Saludó. Habló con nuestro educador. Dejó al
nuevo.
Y se retiró dejando una estela de autoridad.
El muchacho seguía en el frente. No era muy
alto, pero sí corpulento.
El maestro le ordenó escribir su nombre en el
pizarrón, y a los demás que nos sentáramos.
Stefan Svichtov.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Eso puso en letra de imprenta, con trazo
firme, seguro.
Y al preguntarle el maestro el origen y como se
pronunciaba, respondió con igual personalidad.
El maestro desenrolló la lámina de Europa,
pidiéndole que señalara a la clase donde estaba
su país.
Con el dedo, el muchacho marcó el contorno
de uno en color verde: Bulgaria.
Luego recorrió una sinuosa línea azul: El río
Danubio. En su margen derecha señaló un
punto, una ciudad: Svichtov.
Por el apellido le tocó sentarse casi al fondo de
la clase.
Allá se dirigió, siendo recibido con una mirada
mezcla de compañerismo y admiración. Era un
emigrante más.
¡Y una ciudad se llamaba como él!
Fue el búlgaro Estefan. No sabíamos hablar
sin vocales.
A mediodía, al finalizar el turno, se formaban
grupos yendo hacia las casas.
Yo era de los pocos solitarios. Me asombré al
ver que Estefan tomaba la misma calle.
EL BÚLGARO
Diap 51
Aquellos duros bizcochos color marrón,
que alguna vez habrán tenido el perfil de Napoleón.
14 EL BÚLGARO (U)
Hecho real.
::::::
Los niños no necesitan presentaciones.
A los pocos minutos estábamos charlando
mientras íbamos pateando una piedrita que
fungía de pelota.
La voz de él era grave, ronca. Y, aún riendo, de
tono bajo. Se explayó más al saber que yo
también era europeo.
Ser extranjero es algo que une a los que viven
en otro país.
Dijo que hacía poco que habían llegado, que
antes habían estado en una pensión del puerto;
y, al encontrar sus padres trabajo en el
frigorífico, se mudaron al barrio.
Me extrañó lo bien que hablaba el español..
Pero, es sabida la facilidad de los eslavos para los
idiomas.
Más me asombró que al llegar a la esquina de
mi cuadra, doblase también. Le pregunté dónde
vivía.
Con aplomo, Estefan dijo que en el conventillo.
Llegamos a mi casa. Mi madre me esperaba en
la puerta. Le presenté a Estefan, resumiendo lo
que sabía de él.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Era mediodía. De adentro llegaba un aroma
apetitoso.
Y, cosa poco común, mi madre le dijo si quería
almorzar conmigo.
Estefan, muy formal, agradeció respondiendo
que tenía comida dejada por su mamá. Nos
despedimos.
Mi madre y yo quedamos viendo hasta que
llegó al baldío y dobló.
Por allí se cortaba para ir al conventillo.
Los conventillos solían ser viejas casonas que
convertían las salas en habitaciones.
Pero, el de mi barrio era distinto; era nuevo,
construido en un largo y estrecho terreno.
Por un descubierto corredor lateral, pegado al
baldío, se llegaba a las puertas de los ínfimos
apartamentos. Y al final había una escalera que
subía al único en el segundo piso.
Ese día almorcé en silencio.
Recién comprendía que si su madre y su padre
trabajaban, él quedaba solo en su cuarto.
Un cuarto más entre los tantos de esa casa de
inquilinato.
EL BÚLGAROEL BÚLGARO
Diap 52
::::::
Esas grandes habitaciones tan frías..
Se hizo habitual que volviéramos juntos de la
escuela.
Un mediodía, mi madre le dijo a Estefan que
viniese a tomar la merienda conmigo.
Y él, quiso saber a que hora.
Le dijimos que a las cinco.
Nos preguntó si podía llegar a las cinco y
cuarto, ya que a la cinco finalizaba su clase de
música.
Sin salir del asombro, respondimos que sí.
Sus padres eran obreros que ganaban muy
poco, vivían en uno de los apartamentos
pequeños del conventillo...
¡Sin embargo, le pagaban clases de música!
Y así vino, puntual, trayendo bajo el brazo su
libro de pentagramas.
Tomamos café con leche, dulces, galletitas... y
nos admiró hablando sobre temas musicales.
A los pocos días Estefan dijo si yo podía
merendar en su casa. Mi madre me aconsejó un
montón de cosas. Ni la oí. La curiosidad de
entrar en el conventillo me dominaba.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cuando pasé la puerta quedé parado.
Un mínimo cuarto era entrada, recibo y
cocina. En un rincón había una cama casi pegada
al techo.
Estefan me dijo que allí dormía él.
Con confianza, me mostró otra habitación
más pequeña: el dormitorio de los viejos.
Y, finalizando, un microscópico cuarto de baño
donde había que hacer piruetas para entrar.
Al poco rato llegaron sus padres.
Eran igual de fornidos. Del hombre emanaba
fortaleza y simpatía.
La alegre mamá, de inmediato comenzó a
calentar la leche y el café.
Tenían sólo un Primus, aquellos quemadores
que teñían de negro las ollas, impregnaban el
aire de olor a kerosén, y en invierno entibiaban
los ladrillos para la cama.
El viejo contaba cosas, la señora nos servía la
comida. Estuve hasta tarde. No había lugar ni
para moverse.
Pero había un agradable calor... y no venía del
Primus.
EL BÚLGAROEL BÚLGARO
Diap 53
::::::
Paganini, Stradivarius... y unos perros
Algunos sábados de mañana, Estefan venía a
mi casa a hacer juntos los deberes y luego jugar
en el patio. Otros, iba yo a su minúsculo
apartamento del conventillo.
La razón principal era esperar que su madre
hiciera unos deliciosos morrones sobre una lata
calentada en el Primus.
Una vez el padre llegó trayendo un violín.
Dijo que era para Estefan. El muchacho lloró
de felicidad.
Y desde ese día fue a las clases de música con
ese estuche.
Para tocar ese instrumento se necesita mucha
paciencia, mucho sensibilidad y mucha práctica.
Las dos primeras le sobraban, la tercera era
imposible en el conventillo.
Por tanto, iba al baldío.
Al inicio, los sonidos eran como si estuviera
pisando la cola a un gato; haciendo alborotar las
gallinas y ladrar los perros del rancho de la
esquina.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Con los meses las gallinas se calmaron, los
perros sólo cada tanto aullaban tristes, y a veces
hasta el negro que vivía en el rancho salía con la
vigüela a puntear con él.
Llegamos a sexto.
En la ceremonia de fin de año, Estefan tocó el
himno nacional con la vieja profesora de piano.
Luego nos separamos, yo fui al liceo; él, al
Conservatorio de Música.
Un día supe que se habían ido del conventillo.
::::::
Han pasado muchos años.
Estoy muy lejos en el tiempo y la distancia de
aquel baldío, del conventillo, de mi niñez.
Pero, aún hoy, cada vez que oigo interpretar
un solo de violín por algún artista afamado... y
luego escucho los aplausos, no puedo evitar que
surja en mí una pregunta:
¿Será capaz ese virtuoso de hacer callar las
gallinas y los perros del rancho, como lo hizo el
búlgaro Estefan?
...oo0oo...
EL BÚLGAROEL BÚLGARO
Diap 54
Venía asombrado por la luminosidad del sol,
el color y la grandiosidad de la naturaleza, la
transparencia del aire y la reverbancia del calor
en la carretera.
Y, por la forma que conducía mi amigo en esa
sinuosa vía. Burlón, dijo que antes había sido un
camino de burros, agregando que los malos
choferes estaban muertos.
De pronto, luego de una curva, disminuyó la
velocidad. Y, en rápido giro, cruzó la vía
frenando frente a una cadena entre un tronco y
un trozo de viga de hierro.
Yo no podía reaccionar.
Habíamos atravesado la carretera cruzando
entre enormes camiones marchando... y ahora el
paisaje que tenía delante mío era espectacular e
incongruente.
A la izquierda, un sendero en cemento llevaba
hasta una antañona casa colonial.
DE BASTÓNDE BASTÓN
A la derecha, el terreno iba bajando hasta
llegar a un arroyuelo bordeado de bambúes.
Frente, en forma de loma, un fabuloso jardín
con árboles del pan, palmas, nísperos y laureles;
todos creciendo entre verde césped y salientes
negras rocas romas.
Mi amigo bajó a soltar la cadena... ¡No había
portón ni vigilante!...
Sentí una mezcla de desconcierto y tristeza...
¿En ese lugar tan bucólico debía construirse una
industria?
Volvió y condujo el coche hasta la entrada de
las oficinas, la antigua casona.
Bajamos, observé maravillado. El frente había
sido hecho con cantos rodados del cercano río.
Tenía dos inmensas ventanas, de más de tres
metros de largo por dos de alto... ¡de un solo
vidrio enterizo! El dintel era un añoso y rústico
tronco, cuadrado a golpes de hacha.
Bajo un futurista dosel llegamos a la gruesa
puerta, leí en ella un año grabado a fuego... ¡era
de dos siglos atrás!
Y en medio del respeto y la curiosidad, pasé.
EL PENSADOR
Diap 55
Algunas veces pienso.
Qué mala costumbre, esa de pensar! (Poemas Grises
15 EL PENSADOR (V)
Hecho real.
::::::
Al entrar, lo primero que llamó mi atención
fue el piso.
Estaba hecho con ladrillos quemados y
comunes, pero lisos y brillantes de tanto pulirlos
y encerarlos.
Seguramente fue la sala de esa casona lejos de
la ciudad. Tendría cuatro yardas de ancho por
diez de largo.
A mi derecha, otra gran ventana mostraba el
elevado jardín.
Mi amigo era pintor, artista, escenógrafo...
Y volcó su arte allí. En la pared del frente los
cantos rodados seguían por dentro, en tanto la
opuesta era totalmente lisa y mate.
En el centro de ésta, una puerta corrediza
daba a una escalera que bajaba a un gran patio
que servía de estudio, a un par de habitaciones,
al baño y a un pequeño taller.
Por las enormes ventanas de la sala se veían
árboles de caucho, de los cuales colgaban raíces
aéreas. El cielorraso, de finas y largas tablas,
tenía embutidas luces teatrales.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cada tanto, contra las paredes, había sobrios
butacones con cojines grises. Y en el centro del
cuarto, un rectangular y moderno escritorio con
tres sillones.
Miré la pared del fondo. Tenía la proporción
regia.
¡Quedé atónito!... Toda ella, de arriba a abajo,
de extremo a extremo, estaba cubierta por la
fotografía en blanco y negro del torso del
Pensador de Rodin.
Gigantesco, introspectivo, con su codo
afirmándose en el piso, daba la impresión de
surgir de la tierra.
Agachado, apoyaba su mentón en una mano
cuyos índice y pulgar parecían guardar algo.
Sus ojos, perdidos en lo profundo, daban la
sensación de estar fijos en la rectangular mesa.
Mi amigo dijo que bajaría al estudio, preguntó
si quería permanecer en el escritorio.
Contesté que sí. Y, sentándome en un sillón
seguí frente al Pensador...
¡Tenía tantas cosas que pensar!
EL PENSADOREL PENSADOR
Diap 56
::::::
Lo que aprieta entre los dedos el Pensador...
¿No será una moneda devaluada?
(Reflexiones de Humgrand Penn De Joc)
Se sucedieron los meses y los hechos.
Se puso una caseta y un vigilante. El terreno se
aplanó. Se erigieron galpones. Se levantó una
fábrica.
Los bambúes se secaron.
El estudio y las habitaciones se transformaron
en oficinas administrativas.
Una industria mantiene a un artista, pero un
artista no mantiene a una industria.
Y el artista se fue.
Los años pasaron tortuosos por la serpenteante
carretera. Vinieron con cosas buenas y cosas
malas. Pero, siempre trayendo cambios. No hay
dos presentes iguales.
Sin embargo, había cosas que seguían igual:
La cadena a la entrada, entre el tronco y la viga
de hierro. El extraño jardín con el árbol del pan.
Y El Pensador en el largo salón.
Yo alternaba mis días entre mi familia y la
fábrica.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cuando estaba con ellos, en enseñar a mis
hijos, frutos del tiempo, y llevarlos a la fábrica
diciéndoles que ese hilo de agua sucia había sido
un arroyo con bambúes y pájaros.
Cuando estaba en ésta, en enseñar y aprender
junto a los obreros, yendo de la mesa de dibujo al
escritorio junto al Pensador, con instantes de
decisiones y otros de reflexión.
En el país surgió un auge económico.
Inversores extraños entraron a la empresa. Los
obreros se volvieron operarios; los capataces,
supervisores; los maestros, técnicos.
Llegó alguien con la figura del Gerente
General que, como es común, son más generales
que gerentes.
Mandó poner portón en la entrada, uniformar
y armar al vigilante, levantar una cerca de púas
frente a la carretera, dividir el gran salón en su
oficina personal y una recepción para el público,
cubrir con madera todas las paredes.
¡Y El Pensador quedó bajo ese forro de
apariencias!
EL PENSADOREL PENSADOR
Diap 57
::::::
Según Lenin, las necesidades del hombre son
insaciables.
Ese hombre necesitaba ser. En la pared de la
fotografía, a la izquierda, hizo colocar una puerta
para su baño privado. Y en el centro del muro...
¡incrustar una ínfima caja fuerte!
Dentro mío me pareció oír los gritos del
Pensador.
En la caja guardaba un revólver y, los viernes,
los sobres de pago al personal; cosa que él dirigía
personalmente.
En esas ocasiones, yo, silencioso, reflexionaba
que detrás de él estaba viéndolo un pensador
prisionero y destrozado.
El tiempo siguió pasando.
A los pocos años la sinusoide de la economía
tomó la curva descendente. Se fueron los
extraños inversores, los gerentes, ese hombre...
Cuando la línea tocó fondo, se pidió a los
obreros y a los maestros que no la dejaran hundir...
Como no sabíamos de finanzas pero sí de
sentimientos, nos abocamos a ello.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Lo primero que hicimos fue sacar el
revestimiento que tapaba aquella pared.
Casi lloramos por la ironía:
¡La caja fuerte había quedado justamente como
agarrada por la mano del Pensador!...
Y yo creí ver una sarcástica mueca en su rostro
introspectivo.
Luego fueron meses y meses de sacrificios y
dedicación.
Pero, el mal era mucho y los remedios muy
pocos.
Una mañana nos reunimos frente a aquella
fotografía, nos repartimos unos sobres que
contenían billetes por cada año de trabajo.
Y, con una triste sonrisa, nos despedimos.
Todo eso pertenece al ayer.
El tiempo no se detiene.
Jamás olvidaré ese lugar.
Muchas veces tuve que sentarme en los
sillones de ese escritorio; algunas, mirando de
frente al Pensador; otras, dándole la espalda.
Pero, siempre, siempre... sentí su mirada.
...oo0oo...
EL PENSADOREL PENSADOR
Diap 58
La nueva criatura, al abrir los ojos, vio sobre ella
una diáfana bóveda celeste veteada por blancas
manchas que se movían cambiando de forma.
Quedó asombrada, tanto que ni prestó atención
al níveo ser que tenía su lado.
Pero éste emitió un sonido, áspero y tierno a
la vez, diciéndole cariñosamente: Aigrette.
Oyó un graznar parecido y dirigió su mirada
allí.
Otra ave cercana, y semejante, la llamaba de la
misma manera... y comprendió que ellos eran
sus padres y ése su nombre.
Instintivamente lanzó un fuerte chillido
famélico.
Hacía tiempo que se había acabado el alimento
dentro del huevo, obligándole el hambre a romper
la cáscara.
Su madre le regurgitó una sabrosa mezcla en
el abierto pico mientras su padre, el que estaba
en esa rama próxima, levantó un pesado vuelo
después de un lento aleteo.
En pocos días, Aigrette aprendió que pertenecía
a la familia de las garzas, que sus padres la
alimentaban por igual, que se turnaban para no
dejarla sola.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Ya que, bajo aquel bello cielo azul, también
había depredadores.
Una vez asomó su cabeza sobre el nido y vio
los de las otras garzas.
En ellos había tres o más pichones, hasta uno
con cinco. Todos gordos y con bastante plumones.
Se miró a sí misma...
Era única, solitaria, magra, apenas tenía unos
brotes de plumas...
Quizás fuese que los padres de ella eran los
más viejos de la bandada.
O, que los demás pichones siempre estaban
pidiendo comida y tragándola, en tanto a ella le
gustaba más mirar las nubes y unos pájaros
oscuros que planeaban muy alto.
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
Diap 59
Yo nací en la ribera...
Soy hermano de las garzas...
(Canción Alma Llanera)
16 HISTORIA DE AMOR
EN EL GUAIRE (V)
Su madre le indicó que se llamaban zamuros,
que debía cuidarse de ellos, que eran sucios, feos,
negros, comían carroña... y, a veces, huevos y
pichones de otras aves.
Aigrette sintió que la recorría un escalofrío.
Aunque, no podía evitar seguir admirándolos al
verlos volar en lo alto, en círculos, serenamente,
elegantes.
Pasó el tiempo. La pichona se convirtió en una
blanca y estilizada garza. Como sus congéneres,
tenía el cuerpo poco voluminoso; pero las patas,
el cuello y el pico, largos.
En ese tiempo descubrió que su colonia vivía
en un gran árbol a orillas del río Guaire.
Extrañada, vio que la colonia de los zamuros
habitaba en otro frondoso árbol cercano.
Le fue fácil aprender a volar. Y hacerlo como
su especie, con el cuello encogido. Con pocos
aleteos se elevó del nido.
Tal vez le ayudó su delgadez.
En cambio, algunos de sus primos caían al
suelo. Muchos morían al dar contra el cemento
de la canalización del río, siendo llevados por el
agua o comidos por la rapiña.
Aigrette era aún chica, le faltaba llegar al medio
metro de estatura de sus padres.
Pero, sus plumas escapulares con barbas en
fleco, eran más hermosas que las de los viejos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Aprendió con ellos a cazar y pescar en el río y
en sus orillas.
Esbelta, se le veía vadeando con lentitud o en
pose estática, lanzando en forma brusca un
picotazo.
Iba con sus padres a la desembocadura de la
quebrada de Sebucán que, embaulada, descargaba
en el Guaire.
Ellos le decían que todo eso había sido un
gran y bello campo. Pero ese bípedo implume y
áptero ser, llamado hombre, fue invadiéndolo con
sus nidos de concreto.
Sin embargo, allá al oeste, en su inicio, el río
seguía aún siendo natural.
Aigrette, una mañana, en impulso incontenible,
voló hacia las cabeceras, a las montañas próximas
a los Teques.
Ignoraba que ese vuelo iba a marcar su
destino.
Diap 60
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
::::::
De una forma u otra,
todos somos emigrantes...
Urubú, en lo alto del chaguaramo de ese
bosquecito, que ahora era una ínfima isla de
vegetación junto al río Guaire, miraba la
corriente barrosa de éste.
Los demás zamuros, sus compañeros, ya se
habían marchado al árbol ribereño que le servía
de dormidero.
Sabía que, con el anochecer, cuanto más
tardase, más le costaría volar hacia la rama
donde pernoctaba. Pero, no le importó...
diferente a los demás, gustaba de la soledad.
Uno, había aprendido a planear con la brisa
que traía el Guaire sobre sí. Dos, era un zamuro
más delgado que la mayoría. Y tres, fue de los
pocos pichones sin hermano.
Urubú recordaba el primer instante que vio la
claridad. Más bien, la negrura. Ya que ambas
aves que lo miraban eran terriblemente negras...
aunque, él las vio hermosas.
En el nido seguía otro huevo de color gris.
La incubación, de seis semanas, había sido
efectuada por ambos padres. Pero su hermano,
que debió ser el mayor, jamás eclosionó.
Cuando pudo ver los demás nidos hechos por
los otros zamuros en las ramas de ese árbol, notó
que todos tenían dos pichones.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Él era un solitario... y así creció.
Por eso amó más a sus padres. Le intimidaban
algo esas aves de plumaje negro, cuello y cabeza
desnudos y con pliegues. Sólo el iris de los ojos y
pies eran color pardo.
Tenían de largo setenta centímetros. Las alas
abiertas medían un metro y medio. Pesaban casi
dos kilos. Poseían un pico aguzado con punta
curva que infundía temor.
Pero de ambos picos, Urubú recibía alimento
y ternura.
El pichón blanco, los zamuros nacen con
plumón blanco, les saludaba con un suave y
ronco sonido cuando llegaban al nido.
Y ellos le respondían con una especie de
arrullo.
Diap 61
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
Desde pequeño le atrajo la albura de las aves
que vivían en un árbol cercano.
Se extasiaba con su armonioso vuelo de aleteos.
Y de las poses estáticas con que se paraban.
Su madre le previno que no confiara en la
quietud de esos pájaros.
Que eran flacos y desgarbados. Y asesinos.
Que comían seres vivos. Hasta los pichones de
otras aves.
Urubú sintió repugnancia y terror a la vez,
imaginándose atravesado por el estilete de esos
picos. Sin embargo, no dejó de admirar a las
garzas por su blancura y serenidad.
Urubú creció pequeño y delgado. Pero, ya a los
cuatro meses dejó el nido. Salió volando en el
primer intento.
Mientras muchos de sus jóvenes compañeros
preferían hacer largas caminatas a pie, pudiendo
ya volar; a él le encantaba ascender hasta llegar a
las nubes.
Era el que llegaba más arriba con las corrientes
térmicas. Y el que llegaba más tarde a comer.
Los que vuelan más alto, son los últimos en
bajar al festín de la carroña.
Una vez, preguntó a su padre por qué le
habían puesto Urubú.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El viejo zamuro contestó que era el nombre de
un raro ancestro aventurero, ya que los zamuros
no emigran, que siglos atrás llegó volando desde
tierras muy al sur.
Agregó que antes, ellos deambulaban por los
bosques exuberantes y colinas de ese valle,
limpiándolos de los restos de animales muertos
por viejos o enfermos.
Pero, el hombre cubrió el valle con sus casas,
su basura. Y su abuelo, también llamado Urubú,
tuvo que irse con su colonia a ese árbol... para
encontrar alimento a su familia, aunque fuese en
los desperdicios.
Urubú quedo pensativo.
La siguiente mañana se elevó con la primer
corriente de aire.
Y remontando el curso del Guaire, se dirigió a
los bosques en las montañas.
Él no lo sabía, pero iba hacia su destino.
Diap 62
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
::::::
Que si él me manchará de negro,
yo estoy manchándolo de blanco.
(Poemas Venezuela Tiene Nombre de Mujer)
Aigrette disfrutaba de los pequeños pececitos
que sacaba en las límpidas y transparentes aguas
del inicio del Guaire.
Entre tanto, muy alto, Urubú llegó planeando
en círculos. Vio una estática mancha blanca
junto a la orilla.
Creyendo que fuese un animal muerto se lanzó
velozmente.
La garza oyó el silbido de la picada y levantó
su grácil cuello.
Quedó asombrada al ver que la negra forma de
un zamuro bajaba desde el cielo, y hacia ella.
Urubú la reconoció. Era la más delicada de sus
vecinas garzas.
Y, sacando fuerzas de su orgullo y timidez,
frenó... yendo a caer parado y en forma aparatosa
cerca de ella.
Aigrette también lo reconoció. Muchas veces
lo había admirado por ser el que planeaba más
alto. Pero no pudo evitar lanzar una risa gutural
al verlo ahora tan cómico.
Él se acercó con sus típico saltos de zamuro y
riendo de sí mismo.
Ése fue el comienzo de una charla indefinida.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Vio asombrada que él, aprovechando un
cercano charco, se bañaba con deleite. Y, al salir,
que abría las alas para secarlas...
Y sintió una agradable emoción dentro ella.
Él era macizo, fuerte, sus negras plumas
brillaban al sol.
Sintiéndose magra y desgarbada, ella se posó
ocultando las largas patas debajo y recogiendo el
pico en su pecho.
Tal actitud despertó ternura y pasión en
Urubú, yendo a posarse también a su lado.
A veces hablaban y a veces no lo necesitaban
hacer... las palabras sobraban.
En el atardecer volvieron volando juntos hacia
sus nidos. Pero el deseo los dominaba.
Se detuvieron a los pies de unos bambúes,
cerca del puente de Chuao... y se amaron.
Y allí decidieron no decirlo, por ahora, a sus
familias.
Diap 63
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
Difícil es ocultar el amor, y aún más si es
prohibido.
Un anochecer, Aigrette, cuando quiso volver a
su nido luego de estar con Urubú, las demás
garzas no se le permitieron.
La expulsaban del árbol con gruesos gritos
guturales; le increpaban, furiosas, diciéndole que
por haberse unido a un zamuro contagiaría de
infecciones a sus pichones. Y reforzaban sus
gritos con picotazos en el cuerpo de la repudiada.
Buscó apoyo en sus padres... éstos ocultaban,
avergonzados, la cabeza entre las plumas del
pecho. Ninguno la defendía.
Es inútil razonar con una bandada que no
piensa.
Herida en la carne y en el alma, volvió con
Urubú; quien la esperaba en el terraplén del Guaire.
Alicaídos, tristes, fueron al árbol de los zamuros
con la esperanza de encontrar asilo para su amor.
No hallaron allí más comprensión.
Las hembras zamuros, con sibilantes bufidos,
los echaron gritando que ella, con su largo pico,
devoraría sus polluelos y huevos.
Los machos abrían amenazantes sus picos y
extendían sus alas.
Urubú ni buscó los padres de él. Pocos antes
habían muerto... quizás de vejez... o de callada
ignominia.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Exilados de sus colonias, en la penumbra,
solos y juntos, los enamorados se refugiaron a los
pies de los bambúes, donde había sido el inicio
de su romance.
Y en el silencio de la noche, desahogaron su
amargura y frustración. Nunca se sabría cuántas
reflexiones tuvieron.
Al llegar la madrugada, comprendieron que su
amor nunca sería posible.
Que no podían ir contra la naturaleza, contra
la realidad, contra el miedo de los ignorantes.
Con los primeros rayos del sol, Aigrette levantó
vuelo remontado el río, casi pegada al río.
Poco después lo hizo Urubú por el mismo
camino, pero aleteando más alto.
Se habían prometido a sí mismos... no
juntarse más.
Diap 64
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
::::::
Triste es recordar lo que no fue.
Y más, recordar que pudo ser.
(Reflexiones de Humgrand...)
Aigrette, despreciada por los suyos y los demás,
se aisló.
Sola, fue a vivir donde el embaulamiento de la
quebrada de Baruta descarga las hoy fétidas
aguas en el Guaire.
Sus blancas plumas se volvieron mustias y
sucias. Sus patas estilizadas se hundían en la
repugnante orilla.
Poco comía, y sólo si venía arrastrado por la
correntada.
De tanto en tanto torcía su elegante, y ahora
manchado cuello, para ver las antenas en el alto
edificio de enfrente.
Y la invadía una amargura, una tristeza sin
consuelo, al ver allí siempre la perenne y negra
presencia de su amado.
Siempre fiel, siempre vigilante y... siempre lejos.
Una tarde, después de la canícula del mediodía,
sintió un dolor en su pecho.
Instintiva, voló hacia donde había sido su hogar...
y Urubú la acompañó planeando en lo alto.
Aigrette no pudo llegar.
Pocos metros antes, cayó muerta sobre la
pared de cemento del río. Su elegante figura era
una desmadejada forma inerte.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los zamuros se acercaron.
Urubú se lanzó a proteger los restos de su
amada. Loco de dolor, espantaba a sus congéneres
atacándolos con las alas abiertas y bufidos
sibilantes. Y ellos se alejaron.
Así permaneció hasta que llegó el anochecer.
Y él, con los últimos arreboles, remontó vuelo.
Cuando fue un punto negro en el rojo cielo, se
arrojó en picada.
El silbido que producía al ir tomando velocidad
le trajo recuerdos de felices momentos idos.
De cuando la conoció, de cuando se amaron
en los bambúes.
Se oyó un golpe seco al dar contra el cemento.
Con el rebote, su negro cuerpo sin vida fue a
dar sobre el blanco de Aigrette.
Y ahí quedaron... juntos.
Diap 65
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
Esa noche llovió.
El río Guaire, crecido, arrastró sus despojos;
llevándolos hacia su desembocadura.
Y allí, antes de deshacerse, se mezclaron y
unieron para siempre.
En la mañana, las aguas corrían transparentes
a la altura de la quebrada de Sebucán.
A las pocas horas habían vuelto a su bajo nivel
y a ensuciarse de desperdicios.
En los árboles de las orillas los pájaros
reconstruyeron sus rotos nidos.
Tanto los zamuros como las garzas volvieron
luego a sus hábitos de siempre.
El hombre continuó construyendo más casas.
La ciudad creciendo más y acompañando la
orilla del río.
Y el Guaire siendo cada vez más escuálido,
más sucio.
::::::
El tiempo siguió pasando.
Nacieron otras crías... y otras... y otras.
Y aquella garza y aquel zamuro pasaron al
olvido.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Aunque, a veces, en el atardecer, ya cayendo la
noche, sobre el Guaire, cerca de la quebrada de
Sebucán, parece verse una blanca garza volando
junto a un negro zamuro.
Y que ambos se pierden en la penumbra,
siguiendo la corriente del río, yendo hacia su
desembocadura, hacia la oscuridad.
Pero... es sólo fantasía, imaginación.
Como fue Aigrette...
Como fue Urubú...
Como fue su Historia de Amor en el Guaire.
...oo0oo...
Diap 66
HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
X
VISTA DE CARACAS CON LA GARZA AIGRETTE Y EL ZAMURO URUBÚ (MONTAJE)
EN EL AÑO 2004 DESDE LA VENTANA DEL APARTAMENTO DONDE VIVÍA EL AUTOR
Diap 67
Despierto; siento en mí ese sentimiento
agridulce que llena mis vacíos. Lo conozco, es el
de la soledad. Y voy en busca de ella donde debe
estar: En la naturaleza.
Salgo; me he puesto zapatos cómodos, una
ropa vieja, una gorra desteñida. Y, he agarrado el
bastón. Poco es lo que se necesita para ir al
monte, a nuestro origen.
Camino; voy dejando cuadras de aceras
embaldosadas, jardines artificiales, muros
enrejados y portones. Detrás de ellos se levantan
esas jaulas que llaman apartamentos.
Llego; en el cerro entra una senda. Es de
cemento. No me aflige, lo es por algunos metros;
sólo para figurar decente a los seres que pasan
por la pavimentada avenida.
Subo; el bastón me sirve de cayado. A los
pocos minutos encuentro el sinuoso sendero de
tierra. Pero, mi alegría se opaca por cierta
decepción.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Miro; el sendero es más ancho que tiempo
atrás. Sobre él, las ramas de los arbustos han
sido cortadas. En sus orillas, el pasto y las hojas
secas están aplastados.
Sigo; me invade la tristeza. Una huella, cual
herida, corre dentro el sendero. Apenas aflora en
las partes duras, pero se profundiza dentro las
más blandas del camino.
Escucho; es el ruido de cascajos al rodar y un
metálico roce. Son ciclistas montañeros bajando.
Frenan al verme en su camino... ¿o es mi
camino?... ¿o sólo, el camino?
Espero; dejo paso a la civilización. Al cruzar
me saludan y dicen algo amable. Respondo de
igual manera. El hombre es un ser que necesita
hablar y oír que le hablen.
Comprendo; el sendero ha sido acondicionado
para que pasen los ciclistas. Ya no sentiré el
arañazo de una rama rebelde que se atreve a
crecer hacia el espacio abierto.
Diap 68
INDICATIVO
¿Es presente del indicativo...
o indicativo del presente?
17 INDICATIVO (V)
Añoro; ya no caerá sobre mi cabeza alguna
hoja, ni una flor, ni una ramita seca. Ya no
encontraré una guacharaca mirándome brava
por estar yo cerca de su nido.
Evoco; ya no correrán las lagartijas ni volarán
los pájaros el verme aproximar. Ya no escucharé
a mi lado el grito del cristofué ni veré los
zamuros en los árboles orilleros.
Continúo; escapo de las huellas de las ruedas y
trepo por piedras y trochas de tierra. Llego a la
cumbre del cerro. En medio del monte hay un
círculo y tres bancos de cemento.
Limpio; saco el polvo de uno con un pañuelo.
Cansado, me siento. A lo lejos diviso colinas con
lujosas mansiones. Abajo, los valles repletos con
edificios de apartamentos.
Observo; más allá se ve un enorme y rectangular
edificio de cuatro pisos.
Pienso; o es un cuartel o un colegio. Da lo
mismo, en ambos amoldan la conciencia del
individuo.
Veo; los patios se llenan de pequeños seres... y
juegan. Son niños.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Decido; me levanto. El sendero ahora es
descendiendo. Me apoyo en el bastón. Es más
difícil bajar que subir.
Bajo; poco a poco el camino se estrecha.
Llegando al final, apenas se notan las huellas de
las bicicletas. Está silencioso. Los árboles han
formado una verde bóveda.
Contemplo; un viejo sendero fue abandonado.
Y, ha sido reconquistado por el gamelotal y el
monte.
Cruzo; voy por él. Oigo ruidos entre la maleza.
Una liana me pega en la cara. Veo mariposas
revoloteando... Se me humedecen los ojos.
Reflexiono; la naturaleza estaba antes que
apareciera la civilización. Antes que el hombre.
Antes que existiesen los dinosaurios... ellos
desaparecieron y ella aún persiste.
Retorno; llego a la avenida. Camino por las
aceras. Detrás de una reja, un perro ladra. Un
gato mira. Una mujer limpia. Un jardinero
trabaja.
Sonrío. Recuerdo los dinosaurios...
...oo0oo...
Diap 69
INDICATIVOINDICATIVO
El hombre despertó en ese hotel internacional.
Encendió la luz. Miró su reloj, aún no era de día;
aunque, de serlo, daba lo mismo. Las cortinas
mantendrían la oscuridad.
Quedó viendo. Las mismas paredes, los
mismos cuadros, los mismos muebles... el mismo
cuarto que en cualquier ciudad donde hubiese
esa cadena de hoteles.
Se levantó yendo al baño. No tuvo que mirar
para saber donde estaban las cosas. Todas se
encontraban en el mismo lugar y colocadas de la
misma manera.
Tampoco tuvo que cuidarse si podía molestar
al huésped vecino al usar el inodoro, o la ducha.
Nada hacía ruido. Allí, con gente o vacío, el
silencio era el mismo.
Se miró en el espejo. Tenía más arrugas y
menos sonrisas; más experiencia y menos vigor,
más recuerdos y menos ideales... y, sin embargo,
era el mismo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Habían pasado treinta años de la primera vez
que llegó a ese país, a esa ciudad, a ese hotel, a
una empresa donde la casa matriz lo enviaba a
asesorar.
Como en aquel entonces, se vistió procurando
impresionar bien. Pero esta vez no lo impulsaba
la ambición sino lo hacía por costumbre... y le
pareció ponerse el mismo traje.
Fue a desayunar. El salón no se diferenciaba
de ningún otro de esos hoteles en cualquier parte
del mundo. Ordenó lo mismo de siempre a un
mozo igual a cualquier otro.
La atención y la comida, como siempre, supo
lo mismo.
Había poca gente. Era la hora de los técnicos y
asesores. Los comerciantes y vendedores venían
más tarde. En una mesa vio a un hombre y una
mujer mirándose con ternura.
Los recuerdos nadaron en el fondo de la taza
de café.
Pero, se levantó, yéndose. Debía cumplir su
deber.
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LO MISMO
Fuimos un hombre y una mujer... (Canción)
(A mi lejano amigo Giorgio De Nichilo)
18 LO MISMO (V)
Llegó temprano a la empresa. El portero lo
había dejado entrar sin siquiera preguntarle
quien era. Llevaba colgado del cuello el mismo
identificador que los demás.
Las puertas tenían los mismos letreros. Las
paredes, los mismos avisos. Los escritorios, los
mismos papeles. Los empleados, los mismos
uniformes, y la misma indiferencia.
Algunos viejos le reconocieron. Les dijo que
esa visita era la final. La casa matriz le había
indicado recorrer todas las empresas antes de él
pasar a retiro. La última cena...
Lo acompañaron hasta donde fue recibido la
primera vez. La misma oficina, el mismo escritorio,
los mismos sillones... Pero, la empleada no era la
misma.
Treinta años antes había llegado trayendo en
su maletín ideas nuevas, y dentro suyo grandes
ilusiones. Y allí fue recibido por una sonrisa de
mujer que llenó todo eso.
Las visitas por asesoramiento se sucedieron,
empujadas por la necesidad de la empresa y por
el ansia de ellos dos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Nada importaba que ella estuviera casada,
tuviese hijos y fuese mayor que él. Amarse era lo
único importante.
Luego de cinco años, la casa matriz lo designó
a otra área del mundo.
La distancia y el tiempo son la solución de las
grandes compañías para el mismo problema
humano.
Y los años pasaron.
El hombre envejeció. Y ahí estaba despidiéndose
de todos. Y todos le parecían lo mismo.
Luego fue por lugares que le recordaban
aquella mujer que por veinticinco años nunca
volvió a ver y que hacía tiempo se había ido
llevándose su sonrisa...
Las mismas calles, los mismos parques, los
mismos bancos. En algunos había abuelas viendo
jugar los nietos.
Se sentó junto a una y comenzó a charlar de
tiempos idos.
Y creyó estar hablando con aquella...
Era lo mismo.
...oo0oo...
Diap 71
LO MISMOLO MISMO
La primera vez que me di cuenta que estaba
en una barca, era muy chico.
Ni siquiera sabía que me hallaba sobre el mar
de la existencia.
Para mí, vivir había sido algo natural.
Era una barca pequeña. En el medio iba mi
madre, quien me protegía entre sus brazos.
Delante, mi padre remaba con grandes y
denodados esfuerzos tratando de avanzar contra
las olas que se alzaban frente a nosotros.
Abriendo los ojos a la realidad, alcé mi cabeza
mirando alrededor.
Estábamos rodeados por incalculables barcas.
Se perdían en el horizonte, de este a oeste, de
norte a sur, tan próximas entre ellas que rozaban
babor con estribor.
La mayoría eran como la nuestra. Pero, había
grandes y con varios seres. Y, tan chicas que sólo
iba un navegante.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Unas eran fuertes, y otras muy débiles. Pocas
sobresalían mucho del mar, y muchas estaban a
poco de zozobrar.
En todas había quienes iban sentados,
dejándose llevar por el responsable de los remos.
Éste, en general, era uno solo. Pero, y sobre
todo en las nuevas barcas, lo hacían dos o más...
hasta se veían mujeres remando con energía.
El sol comenzó a desaparecer en el poniente.
El mar fue calmándose. La noche trajo una fresca
brisa. Fuese por ésta o el impulso que llevaban,
las barcas seguían avanzando. Cada tanto se oía
el chapotear del agua contra las proas.
Mi padre recogió los remos. Nos miró...
Y, brindándonos una feliz sonrisa, dijo con voz
llena de cansancio:
–Hemos sobrevivido otro día.
Yo era muy chico y no comprendí bien el valor
de eso. Pero, recostado en mis padres, me dormí
acunado por el movimiento de la barca.
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SOBREVIVIENTES
...tenía una barca, y en ella
realizaba su verdadero trabajo.
(Libro La Barca de Caronte)
19 SOBREVIVIENTES (U)
::::::
Padre, viejo remero
con remos rotos...
La segunda vez que me di cuenta que estaba
en una barca me encontraba parado en su proa.
Habían pasado los años sin notar que si
navegábamos sobre el mar de la existencia, se
debía a que mi padre siempre estaba en los
remos.
Me sentía feliz de hallarme ahí. Joven, como
un espolón, ansiaba adelantarme a la barca. Y,
cada ola peligrosa que se erguía despertaba mi
deseo de vencerla. Ignoraba que no caía en ella
porque alguien sabía sortearla.
Giré indagador hacia atrás mirando la barca.
Mi madre seguía sentado en el medio. Hacía
algunos años que había dejado de protegerme
con sus brazos. Ahora tenía en ellos otro
pequeño... y ambos me sonrían con cariño.
Observé la barca. Era la misma de la primera
vez; pero, se le notaba deterioro. Había tablas
reparadas, por algunas fisuras entraba agua, la
borda tenía marcas de golpes.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En la popa estaba mi padre... y como siempre,
remando. Había ido hasta el último lugar de la
barca sin yo notarlo. Sin verlo pasar a mi lado
mientras yo crecía.
Ahí estaba, callado, y sonrió feliz de verme en
la proa.
Recorrí con la vista el mar alrededor. Había
más barcas... Y había menos.
Muchas nuevas flotaban, y muchas de antes
faltaban. Algunas eran aquellas débiles y
maltrechas. Pero también, de las poderosas,
habían zozobrado.
Llegó otra noche. Y mi padre otra vez recogió
los remos. No dijo nada, estaba demasiado
cansado. Sin embargo, con la brisa me pareció
oír que murmuraba:
–Hemos sobrevivido otro día.
Yo había crecido, comenzaba a comprender.
Pero, al ver las estrellas, giré viendo hacia
delante. Y, con mis padres aún tras mío, quedé
en la proa con mis sueños.
Diap 73
SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
::::::
…y al mirar para atrás
vemos surcos en la mar.
La tercera vez que me di cuenta que estaba en
una barca, yo era un hombre y me hallaba en
otra barca.
De cómo había subido en ésta, los recuerdos
se mezclaban en un torbellino de sucesos propios
de la existencia.
Un día se aparejó a la antigua barca, una en la
que venía quien sería mi compañera de viaje.
Otro día, con ella, decidimos tomar nuestro
propio bajel. Y, sin saber ninguno de los dos
como remar, saltamos dentro una nueva barca.
Y ahí estábamos, yo en la proa. No como un
espolón, sino sentado y remando con esfuerzo
junto a las demás embarcaciones que debíamos
cruzar el mar. A veces sentía que la quilla rozaba
rocas y bajíos... pero seguía.
Miré mi propia barca. Era pequeña, de las
hechas con sacrificios; pero, estaba pintada con
los colores de la ilusión.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Sonreí a mi compañera que iba en el medio
protegiendo en sus brazos nuestro primer
pequeño Ellos me devolvieron una feliz sonrisa.
Y sentí renovadas fuerzas para ir avanzando
contra las olas que se alzaban delante de la proa.
No habría tormenta ni vendavales que nos
hundieran en tanto los tuviera junto a mí.
A popa traíamos remolcada una vieja barca
golpeada. El mar casi llegaba a su borda. En
cualquier momento podía zozobrar. Suspiré
viéndola. Era mi antigua barca. En ella iban mis
padres, solos... y ya mi padre no podía remar.
El sol otra vez se ocultó. El mar se calmó.
Surgió la noche con su brisa, sus estrellas.
Miré en la penumbra a los míos. Recogí los
remos. Y me oí a mí mismo diciendo:
–Hemos sobrevivido otro día.
La barca continuó avanzando, quizás por la
brisa, o por el impulso que llevaba. Y fui a
descansar junto a mi compañera y nuestro hijo.
Me quedaba mucho por remar...
Diap 74
SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
::::::
Después de la tormenta,
serena vuelve la mar.
La última vez que me di cuenta que estaba en
una barca estaba remando en la popa. Los años
habían pasado como un ciclón cambiando todos
a mi alrededor. Pero, cada vez eran más las
barcas... Y cada vez menos.
Hubo más criaturas en los brazos de mi
compañera, los pequeños se hicieron grandes, y
cada uno fue a remar en su propio bajel a su
manera. Ni me había dado cuenta como yo había
pasado al último lugar de mi barca.
Zozobraron muchas embarcaciones, unas en
tormentas y otras en calma. Ya no quedaba sobre
el mar ninguna de las que remolqué con amor. Y,
aunque estuviese rodeado de nuevas barcas...
muchas veces, extrañaba las perdidas.
Pero, seguía remando. Con remos rotos y
remendados. Con la borda llena de marcas de
dar con otras barcas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Con la quilla llena de astillas de golpear
escollos. Con el casco lleno de grietas...
Y, sin embargo, con menos dudas.
Ahora sabía que estaba en una barca.
Una más entre las que cada día llenan el mar
que debemos cruzar. Tantas, que vamos babor
con estribor, proa con popa.
Que cada día surgen nuevas barcas... Y otras
desaparecen.
Que no importa que unas sean pequeñas y otras
grandes, débiles o poderosas, fuertes o golpeadas.
Que su remero vaya a proa, en el medio o a
popa. Si va con pasajeros o solo. Ni si aún es
capaz de remar o debe ser remolcado.
Lo que importa es que al llegar cada noche, y
la barca aún siga por la brisa o el impulso, cada
uno pueda decir:
–Hemos sobrevivido otro día.
Por que en el mar de la existencia...
Todos somos sobrevivientes.
...oo0oo...
Diap 75
SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
Contaba mi padre... cuentos que, de tan
extraños, sonaban a fantasías.
Pero... ¿los hechos del ayer no se transforman
en leyendas?... ¿y la historia no es una suma de
leyendas?
Yo era niño y, para mí, los mayores siempre
decían cosas ciertas.
Él era mayor, necesitaba contarme de la
familia, de nuestros ancestros, de tierras lejanas.
Sus añoranzas se unían a mi imaginación y
recorríamos, juntos, caminos del pasado;
trayendo seres y sucesos que para él eran reales,
y que yo sentía mitológicos.
Contaba mi padre... en aquellas noches de
invierno, cerca del fogón a leña...
¡Ah,. inolvidable fogón de fierro fundido
donde mi madre cocinaba y del que salía tanto
calor!
Tenía adelante un tubo brillante, y en él
colgaban trapos amarillentos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Trapos que se usaban para sacar las calientes
ollas de arriba la plancha o las asaderas del
oscuro horno.
También, para abrir la puertita por donde se
agregaba la leña.
Me gustaba hacerlo, me parecía alimentar el
fuego...
Pero, era triste recoger las cenizas.
Contaba mi padre... en aquella mesa para
cuatro, y en la cual, entonces, sólo éramos tres...
¡Ah... recordada mesa que servía para la
comida, trabajar y hacer los deberes!
En las hendijas de la madera había restos de
harina con la que mi madre hacía tallarines,
marcas de cosas que mi padre había reparado,
tinta caída al yo escribir una plana.
Era una mesa fuerte, su tabla gruesa, sus patas
firmes. En un lado tenía un cajoncito. En él había
cucharas, tenedores, cuchillos... y herramientas
que acicateaban mi curiosidad.
Cierta vez mi padre contó un cuento que
quedó en mí.
Necesité llegar a viejo para entender su
significado.
Pero, mi padre ya no contaba más cuentos.
Diap 76
EL REBELDE
Contaba mi padre...
¡Ah... los cuentos de mi padre!
20 EL REBELDE (U)
::::::
El mundo se ha entreverado tanto,
que todos tenemos algo de Nerón… y de un santo.
Contaba mi padre... que el origen de la familia
se inició en aquellos rubios galos que Roma
doblegó en la Italia cisalpina, y que algunos se
asentaron en la Romaña.
Región que siempre acogió a los que no
aceptan el yugo de los poderosos.
Y allí quedaron, y los siglos pasaron, y se
mezclaron como todos los pueblos.
Y ellos fueron herreros.
Ya en la Edad Media se les conocía como los
Cari Rigi de Ghini, los apreciados por hacer los
radios a las ruedas de carros en ese pueblo,
teniendo como emblema una rueda.
Contaba mi padre... que uno ayudó a defender
el fortín del lugar en una revuelta.
El rey le nombró castellano de esa marca... y
fue el señor Cari Rigi de Ghini.
Con el tiempo se transformó en marqués de
Ghini, para diferenciarse de los otros Cari Rigi;
los que seguían siendo herreros y vasallos de la
villa...
Pero, jamás, nuncz villanos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y así se sucedieron, nobles y plebeyos,
llamándose Pablo, David, o Franco, esto último
por su origen.
Pero, una vez, el señor Pablo tuvo como
primogénitos a unos gemelos...
Contaba mi padre... que ambos eran destinados
a crecer en la molicie y soberbia de la corte.
Sin embargo, mientras Franco la disfrutaba,
David escapaba para las herrerías.
El viejo marqués murió. Franco tomó su lugar.
David se fue con los suyos a la villa.
El nuevo señor era un tirano insaciable... y
David se volvió el adalid del pueblo.
Pronto éste fue apresado llevándole a las
mazmorras. El pueblo se agolpó frente al castillo
pidiendo por David.
El déspota lo hizo traer encadenado sobre la
muralla.
–¿Lo queréis a él, y no a mí?... –preguntó a la
plebe.
–¡A él!... ¡A él!... ¡Sí!... ¡Sí!... –gritaron
enardecidos.
–Entonces... ¡tomadlo! –y, sin más, lo arrojó
desde lo alto.
Diap 77
EL REBELDEEL REBELDE
::::::
Pueblos chicos y quietos,
que guardan grandes secretos...
Contaba mi padre... que los villanos y siervos
huyeron y pronto olvidaron al líder rebelde.
Todos volvieron a su esclavitud feudal, igual
los señores como la plebe.
Pero, los Cari Rigi de la villa juntaron sus
herramientas y se fueron.
Un herrero será bien recibido en cualquier
parte, tanto para hacer una armadura como
herrar un animal.
Algunos tomaron caminos que los retornarían
a la Galia. Otros se asentaron en un poblado de
nombre Talamello, sito en una colina de un fértil
valle cercano a los Apeninos.
Contaba mi padre... que poco duró el opresor
Marqués Franco de Ghini, muriendo ahogado en
su propia sangre por los excesos y lujurias de una
viciosa vida.
Tuvo la fortuna de no engendrar hijos.
Y la marquesa, su viuda, casó con un noble de
Carrara, yéndose del castillo con un séquito de
mulas y llevándose todo lo de valor.
El castillo tuvo otros señores. El pueblo, otros
herreros. Los campos, los mismos siervos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, estos tenían más derechos. El rebelde no
había caído en vano.
Contaba mi padre... que en Talamello se
volvieron Carigi.
Y que en los libros de la iglesia se encuentran
antecesores nacidos allí. Desde herreros hasta
revolucionarios.
Unos volvieron a la Galia, y otros fueron por el
mundo.
El tiempo pasó.
Mi padre se sentaba al calor del mismo fogón,
en la misma mesa.
Pero, ahora éramos cuatro en ella.
Una noche, luego de repetir ese cuento; nos
dijo:
–Yo me llamo Pablo... y mi padre David...
como ustedes.
–Como aquel ancestro rebelde. –afirmé,
orgulloso.
–Sí... –sentenció– Como él, nunca aceptamos
la injusticia y preferimos irnos antes que caer en
la maldad. Pero... jamás olviden que tuvo un
hermano gemelo, y era lo opuesto.
Diap 78
EL REBELDEEL REBELDE
::::::
Nada es verdad ni mentira,
depende del cristal y de la edad con que se mira.
Contaba mi padre... y un día, como todos, dejó
de contar.
Y por distintos caminos, sus hijos vueltos
padres, contaban sus propios cuentos a otros
descendientes. Por esos caminos, las leyendas se
volvían historia.
Vi el pueblo de Talamello, no quedaba ningún
Carigi en él. Supe del castillo de los Ghini, estaba
viejo y derruido.
En el pueblo la vida seguía.
Fuese en la época feudal o en la moderna, era
igual. Había señores y siervos, poderosos y plebe,
sumisos y rebeldes, malos y buenos.
Y como siempre, hijos del ayer y padres del
mañana.
Una tarde, envejecido, volví a la casa, una casa
que ya no era nuestra.
Me dejaron pasar a la cocina. El fogón de
fierro fundido no existía más y la mesa era otra.
Pero, me pareció sentir el calor de las llamas,
ver en las hendijas de la madera los restos de
harina, las marcas de cosas reparadas, la tinta
caída al yo escribir una plana.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Me pareció estar en una noche de invierno,
sentado en una mesa para cuatro, que, entonces,
sólo éramos tres... y oyendo a mi padre repetir el
cuento del rebelde.
Los años habían pasado.
En ellos encontré muchas cosas buenas y
malas, muchas fantasías y realidades, muchos
aciertos y errores... míos y de los demás.
Ya no creía que los mayores siempre dicen
cosas ciertas.
Pero, recordé el consejo de mi padre al
finalizar el cuento.
Y comprendí la única verdad:
Que nadie es del todo bueno ni del todo malo.
Que todos llevamos dentro, oculto y callado,
los genes de dos gemelos... opuestos y distintos.
...oo0oo...
Talamello es un pueblo y municipio situado en la provincia de
Rímini, región Emilia-Romaña, Superficie: 10,5 km², habitantes
1.108 (año 2014) Coordinadas 43°54′17.46″N 12°17′10.88″E
Se considera el originario de los Carigi. Cerca hay una villa
con una torre conocida como la Torre Carigi. Se encontraron 37
apellidos Carigi en Italia, 76 en Francia, 1 en Inglatera, 2 en
Canadá, 4 en en Urguay, 1 en Mexico, 1 en Venezuela.
Fotografia de Talamello, año 2013
EL REBELDEEL REBELDE
Crispiano era zapatero... y era bueno.
Como persona y como zapatero.
Ninguno de sus clientes se quejaba de él ni de
los zapatos ni de sus reparaciones.
Los clientes, que a la vez eran sus amigos, no
pasaban de una docena y habitaban en las
humildes huertas dispersas por kilómetros en ese
perdido cruce de caminos de tierra.
Ellos le pagaban con uno que otro conejo o
algún gallo decrépito.
Y era afortunado cuando obtenía el cuero de
un becerro o el de un caballo con los años de
Matusalén.
También le daban verduras y huevos.
Además, si estaba en una granja haciendo a
alguien los zapatos, le invitaban a la mesa a
comer sentándolo como uno de la familia.
Porque Crispiano era zapatero... y era bueno.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Como sus amigos, nunca tenía dinero.
Él aprovechaba las pieles y cueros para
fabricar excelentes calzados. Desde delicados
escarpines a fuertes botas para arar en el campo.
La mejor época del año era la de la recolección
de frutos.
Le daban botellas de vino y granos para el
invierno. Y él lo retribuía con botines forrados en
piel de cordero.
Cuando llegaban los días grises y fríos se
refugiaba en su casucha frente a la pulpería.
Eran las únicas viviendas en ese distante cruce
de caminos.
Sólo esos meses se le encontraba allí. Cuando
el tiempo era normal, iba por las trochas de
tierra, llevando colgada del hombro la caja de
herramientas y materiales.
Cada tanto se detenía, cambiaba la correa de
hombro, se secaba el sudor, descansaba mirando
el horizonte infinito... y siempre veía a lo lejos
una mano saludándole.
Porque Crispiano era zapatero... y era bueno.
Diap 80
CRISPIANO
Los millonarios nunca tienen dinero en los bolsillos.
Los pobres tampoco. (Las Mil y Una Carigiadas...)
21 CRISPIANO (U)
::::::
Después de habernos provisto contra el frío, el hambre
y la sed, el resto es exceso y vanidad. (Séneca)
Una invernal mañana, que estaba en la pulpería,
sentado en un banco, terminándole unos zapatos
al dueño, sucedió algo insólito.
Desde lejos vieron llegar un automóvil.
El coche se detuvo y de él bajó un sonriente
hombre con grandes valijas.
Se presentó y, abriéndolas, exhibió un muestrario
de relucientes herramientas y cacharros.
Pocos eran los clientes y nada compraron.
Pero el hombre y su hambre querían comer.
Almorzando, le dijo a Crispiano sobre la calidad
de lo que estaba haciendo.
Al irse el viajero, éste le había dejado unos
billetes como adelanto y el pedido de una docena
de zapatos... que los vendría a buscar en quince
días y le traería cueros finos.
Crispiano no estaba acostumbrado a tanta
cantidad y al dinero. Pero, como el hombre le
había invitado a comer, los aceptó.
Porque Crispiano era zapatero... y era bueno.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los viajes y pedidos aumentaron.
Y él iba aprendiendo cosas con el viandante.
Conoció palabras como capital de trabajo,
mano de obra, insumos, costos y gastos.
Para él, antes, lo que costaba algo era lo que se
gastaba en hacerlo.
Aprendió términos como producción, ganancia,
rendimiento.
Y, sobre todo... aprendió a pagar y cobrar.
Necesitó obreros para hacer más zapatos.
Máquinas para mayor productividad.
Distribuidores para la venta.
Y él dejó de hacer zapatos para controlar a
quienes los hacían.
Ese cruce de camino comenzó a llenarse de
ranchos con gente pobre.
Pobre gente que dejaba las granjas para vivir
de un jornal que le daban en ese taller.
Gente que ahora no veía saludándole con una
mano.
Porque Crispiano era zapatero, pero… ya no
era bueno.
...oo0oo...
Diap 81
CRISPIANOCRISPIANO
María, que era casi una niña; y José, su viejo
esposo, se habían visto obligados a viajar porque
cierto jerarca decretó que todos debían registrarse
en la comuna más cercana.
María estaba en los últimos días de embarazo
y José, el añoso carpintero, la cuidaba.
Sólo llevaron lo necesario, ya que al mulo lo
usarían para transportarla a ella.
Nuevamente se detuvieron en el camino.
Lo habían hecho cada vez que a la joven se le
escapaba un gemido.
El mulo resoplóaliviado, el camino era escarpado.
María sonrió con dulzura a José.
Era un hombre bueno, él sabía que la criatura
que ella llevaba en su vientre no era suya. Pero,
con virtud excepcional, la desposó y respetaba.
Llegaron a la ciudad ya entrada la tarde.
Ésta se hallaba repleta de personas que habían
venido por la misma razón. Además, en la noche
habría festejos en honor de alguien.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Realizaron la inscripción.
Cuando buscaron hospedaje no lo obtuvieron.
Ni en la más pobre posada le daban cobijo... y
menos a ellos que olían a polvo de camino y
mulo.
Una mendiga les tuvo compasión y les dijo
que en las afueras de la ciudad había antiguos
portales derruidos, los cuales se usaban como
pesebres... allí podían pernoctar.
Humildes, agradecieron y fueron hacia allí.
Encontraron uno donde sólo descansaba una
vaca.
Era limpio y había forraje suficiente como
para hacer un lecho.
José quitó los arreos al mulo, encendió el
fuego; y, luego de comer de las magras provisiones
que traían, reposaron.
María se durmió enseguida. José la arropó con
ternura. Y, el carpintero quedó velando el sueño
de la niña mujer.
Frente al portal miraba una estrella, que cada
vez era más brillante.
Diap 82
MARÍA Y JOSÉ
En todos los pueblos hay un carpintero...
y alguna muchacha embarazada
22 MARÍA Y JOSÉ (V)
::::::
Gabriel era un extraño ser que vestía de blanco,
que solía deambular tocando una trompeta y
diciendo cosas raras.
Al percibir luz en el pesebre, se acercó.
Viendo a María con los dolores del parto, se
alejó lo prudente. Pero, en su desquiciada razón,
quiso animarla a recibir la criatura.
Se colocó la trompeta sobre los labios y una
maravillosa música dominó la noche.
Al escucharlo, de los alrededores vinieron los
granjeros y cuidadores de animales.
Hasta tres viajeros que hacían artes de magia,
fueron ahí. Congregados, rodeaban al pesebre,
absortos en la música.
De pronto, siendo las doce de la noche, la
música calló ante el estruendo del festejo. El
cielo se iluminó con cientos de luces fulgurantes.
Todos miraron hacia el firmamento.
Y en ese instante... María tuvo a su hijo.
Sólo la vaca, el mulo, Gabriel, y José, habían
presenciado su venida al mundo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El niño lanzó un grito... y todos tornaron su
vista a él.
Cada trashumante le dio un regalo. Los pobres
pastores y granjeros le dieron su mayor riqueza:
Una sonrisa llena de cariño.
Después todos comenzaron a irse.
Primero los viajeros, luego la gente humilde, y
finalmente Gabriel con su trompeta.
José, mirando al niño que dormía entre
pañales y sobre la paja en el suelo, preguntó a la
niña madre:
–¿Cómo lo llamaremos?...
–Y… Jesús. –respondió María, recordando el
festejo.
Y así fue inscrito.
Además, en el registro dice que nació el 24 de
diciembre de 2004 a las 24 horas...
Porque esta María y este José no son los de la
leyenda.
Estos son de cualquier pueblo.
De esos pueblos de antes, de ahora, de siempre...
...oo0oo...
Diap 83
MARÍA Y JOSÉMARÍA Y JOSÉ
Se despertó.
Y, como siempre, era muy temprano.
Hacía mucho tiempo que no se acostaba con el
cansancio de haber hecho cosas.
Ése que trae el ansia de dormir, y que al
despertar se tiene ganas de dormir un poco más.
Se levantó.
Y, como siempre, fue hasta la ventana.
Hacía mucho tiempo que veía el mismo
paisaje, estaba igual.
Las luces alumbraban las calles húmedas,
quizás por una lluvia nocturna, tal vez por que
las habían lavado.
Se desperezó.
Y, como siempre, debía cumplir con el ritual.
Hacía mucho tiempo que no corría, con todo
iluminado, para bañarse, desayunar, vestirse,
salir a trabajar. Ahora iba por la casa a oscuras,
las cosas no cambiaban de lugar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Se vistió.
Y, como siempre, estaba vacío de todo.
Hacía mucho tiempo que no se refrescaba con
ilusiones ni se alimentaba de realidades.
Ahora sólo se cubría con el ropaje de los
recuerdos… que, a veces, eran andrajos.
Se marchó.
Y, como siempre, sin saber donde ir.
Hacía mucho tiempo que todas las calles, las
veredas, las esquinas, las sentía bajo sus pies con
la dureza y el frío del cemento y las lozas de
piedra.
Cruzó el jardín del edificio.
Pisó el césped de la acera, no esquivó las
baldosas rotas ni los huecos con barro.
Luego, arriba de hojas secas y polvo, esperó el
transporte.
Se sintió mejor, estaba sobre la tierra…
Y debía esperar como los demás.
Diap 84
LA TIERRA
La única tierra que hay en los apartamentos
de la ciudad es la que entra por la ventana...
Y la barren todos los días. (Las Mil y Una Carigiadas...)
23 LA TIERRA (V)
Hecho real.
::::::
El coche frenó.
Venía muy lleno por ser otro día de trabajo
para ellos, los otros. Como era una persona
anciana, alguien le ofreció un asiento... y lo
aceptó para hacerle sentir bien.
Los pasajeros subían y bajaban, cual actores
fugaces que se pasaban el papel. En ciertas
partes vestían como para un teatro, en otras
como payasos… pero la obra era igual.
El escenario desde la ventanilla iba cambiando
también.
Primero fueron arboladas avenidas, luego calles
repletas de apilados apartamentos, después el
centro con sus viejas y amontonadas edificaciones.
El viaje seguía, y los personajes y los escenarios se
fueron repitiendo en forma inversa.
Pero, esta vez, quiso hacer el viaje completo…
y continuó hasta la última parada.
La escena se volvía más natural. Casitas bajas
separadas por terrenos. Y en ellos había seres, había
animales, y había niños jugando y ensuciándose.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Bajó del coche. Respiró profundo…
Se olía a pasto, a fuego, a agua, a campo.
Se oían ladridos, gritos, risas, ruidos.
Con un suspiro tomó el coche de vuelta.
Debía volver.
Llegó al apartamento.
Sacó el llavero del bolsillo.
Luego de abrir tres cerraduras y dos puertas
de seguridad, pudo pasar.
Lo recibió la pulcritud, el silencio de ventanas
cerradas, el perfume artificial de los productos de
limpieza.
Se detuvo.
Otra vez se había olvidado de limpiarse en el
felpudo de afuera.
Sonrió triste...
Se dio vuelta.
Los zapatos traían polvo del camino.
Y, como siempre… allí, la tierra no podía
entrar.
...oo0oo...
Diap 85
LA TIERRALA TIERRA
Se llamaba Roberto.
Y su cumpleaños era un día después del mío.
Coincidíamos en algunas cosas; y en otras, no.
Él era delgado, alto y de cabello negro. Hablaba
poco y tenía los ojos oscuros, de mirar profundo
y sereno.
Yo era más bajo, fornido, rubio, con ojos
claros, alocado y audaz.
Nos casamos con dos hermanas de una gran
familia. Una familia grande por la cantidad de
hermosas mujeres que tenía, y por la forma de
pensar y vivir de todas ellas.
Él se casó con la mayor, yo con la del medio.
Él fue el primero que contrajo matrimonio.
Yo fui el primero que se ennovió y entró en esa
casa.
Luego, el tiempo y los avatares de la vida nos
separaron en la distancia.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Él quedó cuidando los recuerdos del ayer, yo
me alejé tras los sueños de un mañana.
Cada tanto, con los míos, volvíamos en la
búsqueda de esa gran familia.
Y él siempre estaba allí, sereno.
Y siempre nos reencontrábamos con alegría.
Pero, una vez llegamos sabiendo que él tenía
una enfermedad fatal.
Como de costumbre, la gran familia se juntó
en una casa grande de playa.
La casa estaba llena de seres unidos por la
sangre, por el cariño... y por la nostalgia.
Llevamos el sillón hamaca del jardín para el
fondo, junto a las sillas y a las mesas que contenían
apetitosos platos.
En la hamaca pusimos las cosas que habíamos
traído para obsequiarles.
Tenían lo fortuito del momento y venían en el
papel de regalo de la añoranza.
Casi todos estaban allí. Los viajeros que
vuelven, tienen la ventura de reunir la familia.
Y esa familia grande, se había vuelto más
grande con los hijos y sobrinos.
Diap 86
EL REGALO
Seres buenos, unidos a la tierra
por la bombilla del mate...
24 EL REGALO (U)
Hecho real.
Paró un coche enfrente de la casa.
Desde el jardín vimos que dentro del auto
venía él. Otro cuñado lo había ido a buscar...
Cosas invalorables que se hacen sin decir.
Estaba muy demacrado. Sin embargo, en su
rostro mostró la alegría del encuentro.
Quiso bajar del coche, y no podía hacerlo.
Tragándome la angustia, fui a ayudarle.
¡Qué abrazo nos dimos!
Un abrazo de hombres.
Luego, llevándole apoyado en nosotros, lo
acompañamos hasta el sillón hamaca.
Del mismo habían desaparecido los paquetes,
siendo sustituidos por mullidos almohadones.
Se recostó; torcido por el mal que lo minaba
por dentro, y derecho por los sentimientos que
había sembrado en hijos y sobrinos. Ellos lo
rodeaban brindándole su cariño.
Hablamos de tantas cosas.
Son inagotables los temas de los que regresan;
y aún más, los de quienes se quedaron.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Atardeciendo, llegó el momento que él debía
irse. Nuevamente fuimos tres para volver hasta el
coche.
Los demás comprendieron y quedaron junto a
la hamaca vacía.
Nuevamente nos dimos un abrazo de hombres.
Con dificultad entró al auto. Cerré con cuidado
la puerta.
Me miró por la ventanilla... Y me sonrió.
¡Cuánto dijo en esa sonrisa!
En ella me daba su recuerdo de nuestra
juventud...
En ella me daba su felicidad del último
reencuentro...
En ella me daba su adiós sin palabras...
::::::
Se llamaba Roberto.
Y su cumpleaños era un día después del mío.
Quizás alguna vez le llevé algo.
Pero, él me dejó el regalo de esa sonrisa.
Un regalo que guardé para siempre.
...oo0oo...
Diap 87
EL REGALOEL REGALO
El primer día de clase del cuarto año en la
escuela Checoslovaquia, pública y del estado, nos
quedamos en el patio esperando saber donde nos
tocaba ir.
Era una mezcla de alumnos.
Veníamos de haber estado divididos en cuatro
salones para primer año, e igual en segundo y en
tercero. Y siempre con los mismos botijas.
Pero, para cuarto, solo había dos salones.
Vi que muchos niños de los años anteriores
faltaban. Eran los más pobres.
Al crecer supe la razón... habían empezado a
trabajar.
La diáspora no terminaba allí. Existía un solo
quinto año lleno de muchachos; que, al pasar los
meses, quedaría casi en la mitad.
Y, finalmente, restaba un magro sexto año.
No tuvimos que esperar mucho.
Llegó, con paso seguro, el veterano maestro
Arrieta; mansamente seguido por un joven que
se veía recién titulado.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Como el viejo también fungía como profesor
de gimnasia, nos mandó formar por estatura en
dos filas.
Aquello fue un desbarajuste, todos habíamos
crecido en las vacaciones.
Cuando al fin se logró, el joven se llevó los
veinte más chicos al salón B, que era pequeño.
Los demás, cerca de cuarenta, seguimos tras
Arrieta al salón A; el más grande.
Y así, avanzando en fila doble, fuimos
sentándonos en aquellos bancos de madera para
dos alumnos.
Al hacerlo, recién me fijé en el compañero que
me había tocado.
Los dos nos miramos.
Él era de piel aceituna, musculoso, rasgos
indios, pelo negro y lacio, ojos oscuros, un típico
criollo.
Yo, rubio, blanco, enjuto, ojos azules... un
gringo.
Sólo nos igualaba la moña azul y el uniforme
blanco.
El mío, siendo mi madre profesora de corte,
era nuevo cada año.
El de él, con remiendos, mostraba su
antigüedad.
Diap 88
EL ÚLTIMO RANCHO
Gente que pasaba hambre, hambre
del verbo hambre... (Rodó Blanco Albarden)
25 EL ÚLTIMO RANCHO (U)
Luego, miramos alrededor.
Nos había tocado en el centro de la clase,
formada por tres columnas de siete bancos.
Era una posición fea.
El maestro, mientras dictaba, solía caminar
por los corredores de cada lado. Y, si estaba en su
escritorio sobre la tarima, su vista parecía fija en
nosotros.
Al fondo habían quedado algunos alumnos sin
pupitre, los más altos; unos gandulones
desfachatados, repetidores. El maestro les hizo
traer unas sillas... y los dejó en el fondo.
A continuación, comenzó a hacer la lista.
Cada botija se ponía de pie diciendo su
apellido y nombre, y el viejo los anotaba en la
libreta. Le tocó el turno a mi compañero:
–Montes de Oca, Belisario. –pronunció con
aplomo.
–¡Vaya apellido que tenés! –comentó el
maestro– Hay varios en la historia. ¿Sabés lo que
es una oca?
–No, señor. –respondió mi compañero, ya
tenso.
–Un ganso... Tu apellido significa Montes de
Ganso.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La clase largó la carcajada. Yo, no.
Y el maestro tronó:
–No se reían... que los gansos fueron muy
importantes. Ya lo verán al estudiar Roma. Podés
sentarte, Belisario.
–Disculpe, señor... Me llamo Montes de Oca.
–remarcó mi compañero, y luego tomó asiento.
Me levanté, dije mi apellido y nombre; éste
motivó risas.
No entendiendo el primero, el maestro me
pidió escribirlo en el pizarrón. Rabioso, fui, lo
escribí, volví y me senté.
Miré a mi compañero, esbozamos una sonrisa,
íbamos a ser buenos amigos.
Por nueve meses compartiríamos ese banco,
como mellizos diferentes de un mismo embarazo.
En el recreo, los gandulones intentaron
llamarlo ganso, pero la mirada fría de Montes de
Oca los frenó.
Frustrados, quisieron abusar de mí; y mi
amigo les salió al paso.
A la hora de salida, nos fuimos por la misma
calle. Una cuadra antes de mi casa, él dobló hacia
arriba y me dijo:
–Si querés ir… vivo allá… en el último rancho.
Diap 89
EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
Ese año fue de grandes cambios. No sólo en la
escuela. Nació mi hermano, supe como se hacían
los botijas y, la casita donde vivía se convirtió en
una casa de dos pisos.
Perdida la inocencia y liberado de la tutela
exagerada por ser hijo único, comencé a disfrutar
esa libertad.
Una tarde remonté mi calle. Los temores se
habían vuelto audacia.
Encontré a Montes de Oca sentado en un
tocón frente al rancho, con el cuaderno de
deberes en las rodillas. Sólo sus oscuros ojos
demostraron un brillo de alegría.
Él me aclaró un verbo y yo le ayudé con los
quebrados. Luego quedamos mirando hacia
abajo, viendo las cuadras del barrio salpicadas de
techos de cinc y verdes baldíos.
Observé el rancho. Las paredes, estaban
hechas con lajas de piedra de la tierra aledaña. El
techo, de chapas oxidadas y lleno de cascotes
para que el viento no se las llevara.
Una tosca puerta y una ventana eran las
únicas entradas. Ambas hechas con un marco
rústico de madera y forradas con latas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Como hacia calor, las dos estaban abiertas. Y
un trapo, que pudo tener cualquier origen, hacía
de cortina.
Un ombú cubría el rancho. Alrededor,
eucaliptos, sauces, pinos y hasta un quebracho
ponían fondo de misterio.
–¿Querés pasar adentro?... –me sorprendió
mi amigo.
–Bueno… –respondí, con ansias de ver tras
esa cortina.
Entramos. Era un solo, chico y bajo cuarto.
Junto a la ventana había un fogón hecho con
piedras, y sobre él una negra y retorcida reja de
cabillas.
Encima, estaban una olla cuadrada construida
de una lata de querosén, otra más chica hecha
con una de galletas; y, una tapa redonda de algo,
hacía de sartén. Una pava, con su esmalte
saltado por todas partes, señoreaba allí.
Cerca, estaba la lata con yerba y otras latitas
tapadas.
Había dos catres, cada uno en una pared.
Frente a frente. Y ambos cubiertos con cobijas de
cualquier color.
Diap 90
EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
El único reboque de esas paredes era, de tanto
en tanto, barro metido con las manos en las
rendijas entre las lajas para que no se colara el
viento en las noches frías.
En el centro del cuarto, trataban de mantenerse
en pie una oscilante mesa construida de palos y
dos tembleques taburetes salidos del mismo origen.
El rancho olía a leña quemada, a mate, a
puchero, a caña.
Pero, junto a la puerta, se destacaba en su
percha; blanco y lisito, el uniforme blanco con su
moña azul.
Me convidó a sentarme. Lo hice con miedo.
Sin embargo, al rato me sentí lo más seguro. Ese
taburete parecía débil… pero no aflojaba.
–Mi mamá no está… Hace mucho que se fue…
Mucho… –murmuró, para quedar en un
profundo silencio.
Yo también quedé callado, tratando de
comprender. ¿Se habría muerto o se había ido
del rancho, abandonándolo?
–Pero… –continuo él– yo me acuerdo de ella…
mi viejo también… por eso se la pasa empedado…
DE BASTÓNDE BASTÓN
Mi amigo me sirvió un mate. Lo acepté por no
desairarlo. Pero, en el primor chupón, la cara me
traicionó.
–¿No te gusta? –dijo– Cuesta acostumbrarse a
lo amargo… Si lo querés dulce… en esa latita hay
azúcar.
Con eso, lo pude pasar. Y como allí no había
galletitas ni mermeladas, endulzamos la tarde
charlando.
Quise retribuirle su invitación, y algunos días
después le pedí que fuera a tomar el café con
leche a mi casa. Me miró socarrón; pero, en la
tarde estaba en nuestra cocina.
Mi madre había hecho galletas. Montes de
Oca, amable, rechazó el café. Como mi vieja
tomaba mate, le ofreció eso, y él aceptó. Luego,
ella fue a amamantar a mi hermano.
–Es lindo ver a una mamá… –dijo, mirándola
desde lejos.
Quedamos en silencio. Las galletas me
supieron amargas.
Luego, él volvió donde vivía, allá… en el
último rancho.
Diap 91
EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
Fue un año distinto, y en él creciendo el
compañerismo. Cada tanto, él iba a mi casa;
pero, al rato se marchaba. En cambio, yo pasaba
muchas horas en su rancho.
Hasta en invierno. Esas paredes de piedra
encerraban un calor especial tras la puerta y la
ventana forradas de lata, uno que ni el viento que
corría afuera podía enfriar.
Yo llevaba galletas hechas por mi madre,
queso y dulce de membrillo. Él me brindaba
mate… dulce.
Algunas veces, mi vieja esperaba en la esquina
cuando volvíamos del colegio, y le decía a él si
quería almorzar conmigo. Y a veces ganaba el
orgullo; y otras, la necesidad.
Mi amigo sabía estar en la mesa. Mi madre le
servía las porciones más grandes. Y en los ojos de
él se veía el ansia de un hambre normalmente
insatisfecha.
Mi padre me había hecho una cuchilla para
sacar punta a los lápices. Con la misma, al llegar
la primavera, comencé a grabar mis iniciales en
los árboles cercanos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En el ombú fue sencillo, lo mismo con el
eucalipto y el sauce. Pero, cuando quise hacerlo
en el quebracho, ni siquiera entró la punta.
Vino mi amigo y, señalando un lugar del
tronco, me dijo:
–El quebracho parece muy duro… pero, tiene
sus partes blandas… ahí se puede clavar el
cuchillo…
Entusiasmado, grabé el primer trazo. De
inmediato brotó la savia roja.
Y él siguió diciendo:
–Es como la sangre… al final, se seca…pero, le
quedará una cicatriz donde fue la herida…
siempre…
No pude seguir lastimando al árbol, infundía
respeto.
Y, así, llegó el fin del año escolar. Los dos lo
ganamos.
El año siguiente cursé quinto. Pero mi amigo
no estaba. No siguió la escuela… otro más.
Llegué a sexto, entré al liceo, me casé, me fui
del barrio…
Y de Montes de Oca no supe más.
Diap 92
EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
::::::
Pasó por los años cincuenta. Yo trabajaba en
una fábrica de artículos de hierro esmaltado.
La crisis crecía en el país. Y, no había lámina.
A alguien se le ocurrió comprar las latas de los
ranchos, dando a cambio tablas de cajones.
Un día supe que iban a mi viejo barrio.
Los acompañé. Comprando e intercambiando,
subieron por mi calle,.
Finalmente, llegamos al rancho de mi amigo.
Y, sentado en el viejo tocón, estaba Montes de
Oca. Con su rostro criollo, curtido de frío, viento
y penas.
Solo, perdido en su interior, y sólo unido a la
realidad por la bombilla del mate.
Aceptó indiferente el negocio. Sus valores eran
otros.
Me senté delante de él mientras desvestían el
rancho y el escusado, poniéndole la donada ropa
de tablas de cajón.
Hablamos poco, pero recordamos mucho en
silencio.
Los obreros indicaron que habían terminado.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los miré, y comprendieron.
Bajaron todas las tablas que traíamos en el
camión… no quedaban más ranchos en esa calle.
Mi amigo fue hasta el quebracho.
Con el facón rebanó del tronco un pedazo y
me lo dio, en él había una cicatriz… y, por
dentro, le brotaba la savia roja como la sangre.
No necesité explicaciones.
Y, levantándome, murmuré:
–Chao, Belisario… ¿Querés alguna otra
cosa?...
Él esbozó una sonrisa triste, respondiendo:
–Chao, Rosalino… No, gracias… Vos me diste
mucho…
–No lo creo… –musité– Vos me diste más.
Éramos amigos, por eso nos permitíamos
llamarnos por el apelativo.
Nos despedimos. Y me fui en el camión.
Cuando llegué abajo, me di vuelta; la distancia
era grande.
Pero, él seguiría arriba… allá… en el último
rancho.
...oo0oo...
Diap 93
EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
El viajero había vuelto después de mucho
tiempo.
Pero, ahora, no traía el mito de lo lejano ni la
añoranza de lo dejado al irse.
Venía en busca de un reencuentro con los
seres que aún quedaban y con su realidad.
La época donde cada vez que él volvía eran
más los que encontraba, la de las bodas y
nacimientos; había sido, poco a poco, sustituida
por la de velatorios y defunciones.
El viajero fue afortunado en tener amigos y
formar parte de una gran familia.
Todo lo dejó yendo tras el mito de un más allá,
para luego convertir en mito lo que había dejado.
De sus amigos, sólo uno quedaba vivo.
Y la gran familia se había reducido a la mitad.
Mes a mes, año a año, uno tras otro, se habían
ido para donde no se puede volver.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Buscaba ese reencuentro antes que fueran
menos… o que fueran más… según como se viese
la realidad.
Comenzó por los que todavía estaban presentes.
Los que están en el cementerio siempre pueden
esperar.
En aquella gran familia había ocho hermanas.
Todas eran bonitas. Y, como es natural, una lo
era más.
Ésta se casó, tuvo esposo, tuvo hijas. Sintió el
amor y el dolor. Tuvo días de gloria y de resignación.
Vivió su vida… y en cada momento enfrentó su
realidad.
El viajero fue a verla. Estaba en una de esas
casas donde, seres que aún tienen muchos días,
cuidan a seres que le quedan menos días… para
que tengan un día más.
La casa era vieja pero aún hermosa.
Y ella también aún lo era. La belleza no la
destruye el tiempo ni los sufrimientos.
Ella le saludó como si hiciera poco que lo hubiese
visto. Y comenzaron a charlar de la familia.
Él hablaba mucho en tiempo pasado…
Y ella siempre en un indefinido tiempo.
Diap 94
LA REALIDAD
¿Cómo puede llamarse Chiquita,
siendo alta, mayor, y bonita?...
26 LA REALIDAD (U)
Hecho real.
A él le habían dicho de la enfermedad de ella.
Pero el que vuelve mira con ojos del pasado. Y
la memoria, cuanto más envejece, más atrás va
en los recuerdos.
Conversaron de cuando ellos eran jóvenes y
estudiantes. De los compañeros de aquel entonces.
De uno que se convirtió en esposo de ella y padre
de sus hijas.
Y ella le dijo que, la noche anterior, su esposo
había ido a verla.
Que había estado allí, sentado en la cama…
Y a ella le brillaban los ojos al decirlo.
El viajero sonrió en silencio.
Hacía muchos años que su compañero había
muerto. Pero, para ella, él había estado la noche
anterior… en su realidad.
Recordaron los tiempos juveniles, cuando la
casa de las ocho hermanas estaba tan concurrida
por los novios que hubo que poner dos turnos
para ellos.
Y ella le dijo que, esa mañana, una hermana
mayor había ido a visitarla.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Que había estado allí, en el cuarto, las dos
conversando…
Y ella era feliz al decirlo.
El viajero volvió a sonreír en silencio.
Esa hermana había fallecido mucho tiempo
atrás. Pero, para ella, esa mañana las dos habían
estado conversando… en su realidad.
Luego siguieron charlando de otros familiares
y de otros amigos.
Y así cada uno todavía existiese o no, ella le
daba a todos una perenne vivencia.
Él hablaba mucho en tiempo pasado…
Y ella siempre en un indefinido tiempo.
Pero, él debía irse. Quedaban otros para
reencontrar; aunque, cada vez fuesen menos.
El viajero se despidió, dejándola en su mundo.
Un mundo donde todos los seres que ella
quería, tantos vivos como muertos, tanto de hoy
como del ayer, estaban por igual presentes… en
su realidad.
Y la admiró.
Ella no necesitaba reencuentros.
…oo0oo…
Diap 95
LA REALIDADLA REALIDAD
Abrió la puerta sobre la avenida, entrando al
local.
Fue hasta una mesita junto a una de las
ventanas, y se sentó en una silla desde la cual
veía la paz de la calle transversal.
Cuatro de la tarde, hora serena.
Un mozo se acercó con mustio rostro, dándole
la carpeta del menú. Él ni siquiera lo agarró,
indicándole en forma rutinaria:
–Un café…
El dependiente se marchó llevando una mueca
aburrida.
Poco después se oía el ruido típico del vapor
de la máquina express y el aire se impregnaba del
aroma peculiar.
El mozo lo trajo en una bandeja demasiado
grande para una tacita tan pequeña.
Y lo depositó en la mesita con tal protocolo
que parecía estar sirviendo el elixir de los dioses.
Luego de recibir las consabidas gracias,
retornó con sus colegas; dejando al cliente en su
íntima soledad.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Éste, revolviendo el líquido en monótonos
giros, miraba pasar por la vía los ejemplares de la
especie humana.
Y, como era natural, con más atención al
género femenino.
Fue cuando la vio venir… La reconoció
enseguida…
Hacía tantos años que no la veía… Sintió una
emoción inmensa…
Y golpeó en el vidrio con la cucharita.
Ella lo miró. Su primer asombro se tornó
alegría.
Él le hizo señas para que entrase…Y ella,
sonriendo, aceptó.
Fueron momentos donde el tiempo pareció
retroceder.
Ella entró con paso elegante. Él se paró y fue
hasta la otra silla, separándola.
Ella, dichosa, se sentó agradeciendo. Y él
terminó de acomodarle el asiento.
Nuevamente el mozo se acercó, esta vez con
una sonrisa agradable.
Pero, obtuvo de ella la frase estereotipada:
–Un café…
Diap 96
EL CAFÉ
Cuando los amantes empiezan a hablar
de sus consortes… es hora de decirse adiós.
27 EL CAFÉ (U)
Otra tacita. Y, al fin, un mundo de ellos dos.
–¡Cuántos años sin vernos! –dijo ella en un
murmullo.
–Diez… –afirmó él, melancólico, mirándola a
los ojos.
–¿Tantos?... ¿Llevaste la cuenta?... Pensé que
te habrías olvidado de aquello. –y, femenina,
bajó la vista.
–Nunca podría olvidarlo… ni olvidarte. Lo
nuestro fue algo tan… tan… ¡nuestro! –aseveró él
con voz grave.
–¿Recuerdas los primeros meses? –añoró
ella– Bastaba mirarnos, y en la tarde estábamos
amándonos en un hotel.
–La angustia de las mentiras para poder
encontrarnos. – agregó él– Esa excitación de
hacer algo prohibido.
–Después resolvimos en amarnos un día por
semana… y eso se volvió normal. –ella tenía un
dejo de tristeza.
–Fue necesario así. Pero, en esas horas nos
dábamos por completo en una pasión sin límite.
–él vibraba al decirlo.
–Y, con el tiempo, luego de poseernos,
hablábamos cada vez menos de nosotros y más
de ellos. –musitó ella.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Me contabas tanto de tu marido, que sentía
celos de él.
–Y tú, tantas cosas de tu esposa, que la
envidiaba.
–Hasta que un día, al separarnos… –empezó
él.
–Sin palabras, nos dijimos adiós… –completó
ella.
–Diez años sin ti… ¿no te gustaría? –él
insinuó, dudando.
–No…–respondió ella, sonriendp dulcemente-
Mantengamos eso tan hermoso en nuestro
pasado.
–Tienes razón. Hacerlo ahora, sólo sería
engañarnos a nosotros mismos.
–Sí… –suspiró ella, parándose para irse- La
pasión, como el café, si se recalienta… sabe
amargo.
Apoyó su mano en el hombro de él, no
dejando que se levantara para despedirse.
Él se la acarició por un instante.
Ella se marchó, sola… Él quedó solo…
Delante tenía, frío:
Un café…
…oo0oo…
Diap 97
EL CAFÉEL CAFÉ
Desde los primeros años de la infancia, Juan
supo que su padre era doctor; que eso era muy
importante, y que por lo mismo debía tratarlo
con respeto.
Su madre, Juana, de quien había heredado el
nombre, le contó miles de veces que él había
nacido justo cuando su padre daba el examen
final en la Facultad.
Agregaba que fue bautizado, también justo, el
mismo día de la ceremonia de graduación de su
padre como doctor.
Que, lógico, su padre no pudo estar junto a
ellos en esos acontecimientos; más, dada la
relevancia de éstos. Y tanto lo repetía la mujer,
que el hijo lo consideraba normal…
La cosa se acentuó cuando el niño fue a la
escuela, una escuelita de suburbio a la cual había
ido su padre.
Pero, su padre se llamaba Alejandro Pérez
Enclán, ahora doctor neurocirujano.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y, él era… Juan Pérez Pérez.
Los Pérez hay en demasía, y más los Juanes.
Por tanto, se referían a él, siempre diciendo:
–Juancito; el hijo de Pérez Enclán, el doctor.
Los maestros más viejos contaban anécdotas
de su padre, haciendo la acotación que había
sido un gran alumno.
Y, muchos papás de los compañeros de Juan,
al cruzarse con éste, luego de afirmar que fueron
amigos en la escuela, terminaban con la consabida
frase:
–Dale mis saludos a Pérez Enclán, el doctor.
Al niño le impresionaban tres cosas:
Una, la acentuación recalcada en Enclán.
Sonaba como algo distintivo.
Otra, que su progenitor parecía estar en una
cima, a la cual no debía subir y menos para ir a
molestar.
Y, por último, que éste tuviese la amabilidad
de bajar a diario para convivir con él, su madre...
y los demás.
Diap 98
MI PADRE, EL DOCTOR.
Florencio, disculpame el título…
es que los tiempos han cambiado.
28 MI PADRE, EL DOCTOR (U)
Vivían en una humilde casita de un humilde
barrio de humildes obreros. Personas comunes y
corrientes.
Y allí, Juan fue un niño más del montón.
Todo niño ve grande a su padre.
Pero, en su caso, el suyo era un ser mítico… un
médico, alguien que tenía el título de poder curar
a la gente.
Y Juan, admirándolo respetuoso, ni siquiera
los fines de semanas recurría a él para que le
ayudase en un problema.
En su mente tenía grabada la recomendación
de su madre:
–Dejalo tranquilo. No molestes a tu padre, el
doctor.
::::::
A los 12 años, la vida de Juan tuvo una serie
de cambios.
Finalizó la escuela para ingresar a un liceo
suburbano, al cual asistían democráticamente los
hijos de los pobres y los de la clase media… y
donde había ido su padre.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Éste, Alejandro Pérez Enclán, fue nombrado
catedrático en neurocirugía. Como era lógico, el
catedrático entró a formar filas con posición de
prestigio en un tradicional partido político.
Consecuentemente, el doctor con su familia se
mudaron a un sector habitado por seres
importantes, y cambiaron la simple casita por
una añeja casona acorde a su posición.
Coche, zona residencial, renombre, especialidad,
hicieron que la cima se fuera haciendo más alta y
se sintiera más difícil subir a ella… o ir a molestar.
Para acentuar ese respeto, en el liceo se enteró
que su padre había sido allí un líder estudiantil
destacado.
Pero, él era Juan Pérez Pérez, un liceal común.
Uno más de los tantos que forman parte del
alborotador bullicio en los patios, y del aburrido
silencio en las clases.
Eso no evitó que algunos profesores, y hasta el
director, se acercasen a él y le dijesen:
–Así que usted es el hijo de Alejandro. Lo
felicito. Por favor, trasmítale mis saludos a Pérez
Enclán, el doctor.
Diap 99
MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
Finalizando secundaria, a Juan le surgieron
jaquecas. Sin embargo, ni por ellas quiso
molestar a su padre.
Si se volvían insoportables, iba a algún puesto
asistencial popular, donde un Juan Pérez Pérez
era uno más.
Su padre obtuvo un alto cargo en el Ministerio
de Salud.
Eso fue el disparador para una explosión de
más cambios. Las personas lo saludaban con
deferencia, remarcándole:
–Mis saludos a Alejandro, el doctor.
De pronto, todos lo habían conocido antes, y a
tal punto, que lo llamaban por su nombre.
Pero, la cima se volvió tan alta que la esposa
de barrio no sabía llegar allí… y otras sí.
Juana tuvo el suficiente amor propio para
marcharse a la humilde casita.
Y Juan, lleno comprensión, la acompañó.
No por ello perdió el respeto y la admiración a
su padre.
El doctor se divorció de la suburbana mujer
para casarse al poco tiempo con la señorita
Roxana Ergón, perteneciente a la alta sociedad
y… poco mayor que Juan.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y éste, al ingresar en Facultad de Medicina,
tuvo como regalo un medio hermano llamado
Alejandro Pérez Ergón.
Con el acento recalcado en Ergón. Sonaba
distintivo.
Juana fallecía unos meses después.
Y a Juan le resonaban las palabras de su
madre en sus minutos finales:
–Dejalo tranquilo. No molestes a tu padre, el
doctor.
::::::
Juan quedó en la casita. No regresó con su
padre. Él no pertenecía al mundo de Alejandro
Pérez Enclán, el doctor.
En facultad, Juan fue un estudiante anodino.
Pasó los dos primeros años gracias a amargas
repeticiones y esfuerzos que intensificaban sus
jaquecas.
Ya en tercero, fuese por la presencia de los
cadáveres, el poco respeto de sus compañeros
hacía ellos, o el ver que la medicina era sólo una
profesión más, se sintió frustrado.
Y abandonó la carrera.
Diap 100
MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
Por primera vez su padre le llamó para
inquirir la causa. Y el hijo contó de su frustración
y de sus limitaciones.
Pero, para no preocuparlo, nada dijo de sus
jaquecas.
Omnipotente, el doctor le indicó que siguiera
alguna de las tantas profesiones técnicas que
abundan en la medicina.
Y Juan, siempre respetuoso, le hizo caso…
agradeciéndole además.
Había escuchado a su padre por primera vez
dándole un consejo. Había sido llamado a la
cima.
Y salió de allí para cumplirlo, sabiendo que no
era probable que volviese.
Con muchos fracasos, pequeños aciertos y
algunos años, pudo por fin obtener el título de
técnico radiólogo.
Lo festejó en la casita con todos sus amigos del
barrio. Los humildes tienen la riqueza de la
amistad.
Pero, al otro día, la jaqueca era insoportable.
Ninguno de los medicamentos que solía tomar,
hacía efecto.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Un amigo insistió que se hiciera ver con un
especialista. Juan, vencido por el dolor, aceptó
con una sola condición:
–Iré. Pero… no molesten a mi padre, el doctor.
Siempre hay un medicamento más fuerte. Y
siempre hay un médico para una enfermedad. Y
siempre hay nuevas técnicas para encontrar las
causas.
Las placas estaban en la pantalla. El médico
junto a Juan. A éste no se le podía disimular.
Sabía lo que estaba viendo.
–Es un tumor cerebral maligno. –confirmó el
especialista– De crecimiento agresivo. Quizás si
lo viese su padre…
La mirada determinante de Juan no le dejó
seguir.
Nunca más, ni nadie más, volvió a hablar de
eso.
Meses después, Juan moría en la humilde
casita rodeado de sus amigos.
Dicen éstos que a pesar de las drogas y del
intenso dolor, hasta último momento repitió:
–No molesten a mi padre, el doctor.
…oo0oo…
Diap 101
MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
El viejo estaba vivo.
Los seres vivos deben comer.
Y hoy la comida se encuentra en esos monstruos
híbridos que, entre tantos nombres, tienen el de
supermercados.
Salió a la calle, las desnudas ramas de los
árboles eran el reflejo del invierno.
Miró a una pareja de teros buscando su
sustento diario en el pasto mustio de la plaza.
Les sonrió con nostalgia. También él lo había
buscado en el ayer con su compañera.
Tiempos idos.
Bajó a la calle.
Recordaba cuando frutas y verduras que no se
cultivaban en el fondo, se compraban en la feria.
La carne, día a día, en la carnicería. Y lo demás,
en el almacén de la esquina.
Y se compraba en amenas charlas con los
vendedores que eran amigos de años.
Tiempos idos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Llegó a su destino.
Se vio reflejado en la amplia cara vidriada
del comercio.
Observó sorprendido a ese otro que estaba en
el cristal.*
Paso cansino, encorvado y brazos caídos.
No le sacó la vista de encima. A medida que
continuaba caminando se iban acercando.
Terminaron frente a frente.*
No había dudas.
Era él. Una realidad irrefutable.*
Quedó viéndose en ese espejo.
Pero, de pronto, el de la vidriera le sonrió con
esa sonrisa apacible que ponen los viejos cuando
hablan con otro anciano.
¿De qué hablaron?... Había tantas cosas que
recordar de los últimos años.
El tamiz que se usa en la vejez para cernir las
cosas de valor tiene enormes huecos del tiempo.
Sólo quedan arriba las realmente importantes.
Sin embargo… por esos huecos también se van
los seres queridos que nos acompañaron en el
camino.
Diap 102
LA VIDRIERA
Si me encontrase con el niño que fui,
con el joven que fui, y con el hombre que fui;
seríamos cuatro desconocidos.
(Las Mil Y Una Carigiadas O Carajeadas)
29 LA VIDRIERA (U)
El anciano de la vidriera se despidió con un
gesto. Y en su lugar surgió un hombre ya mayor,
enérgico, dinámico.
De esa figura emanaba certeza, experiencia,
decisión.
Fuerte, viril, paso atlético. Tenía la confianza
de saberse capaz de resolver cualquier problema.
Imponía respeto.
El viejo tardó poco en reconocerlo.
Era él mismo, pero… muchos años atrás,
cuando creía que el mundo era suyo.
También este reflejo hizo un gesto,
despidiéndose.
Y fue sustituido por alguien juvenil, de
abundante cabellera, de rostro sonriente, alegre,
desfachatado y tímido a la vez.
Su mirada brillaba de sueños. Su paso era
audaz.
El viejo tardó algo más en reconocerlo. Pero,
su corazón volvió a temblar.
Era él… cuando joven.
Y el joven le hizo adiós. El viejo tuvo que bajar
la mirada para ver al niño que había aparecido
en la vidriera.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Lo miró con ternura. En silencio empezaron a
hablar de cosas simples para uno y asombrosas
para el otro.
No lo reconocía hasta que se dio cuenta que
estaba frente al niño de su infancia. Y quedó allí,
recordando.
–Disculpe… ¿Me permite pasar?
Una voz firme y segura lo trajo a la realidad.
Un hombre como de cuarenta años, empujaba
un carrito con alimentos. Venía con su esposa y,
detrás, dos niños pequeños.
¿Cómo no iba a darle paso el presente, y aún
más si venía seguido por el futuro?
Se separó de inmediato.
Pasaron entre el anciano y la vidriera.
Luego, nuevamente, el viejo quedó frente al
cristal.
Los personajes del ayer habían desaparecido.
Sólo estaba el reflejo de su realidad irrefutable.
Si reflejaba, estaba vivo.
Los seres vivos deben comer.
Entró al comercio.
Y la vidriera quedó vacía.
…oo0oo…
(* Renglones tomados de un mail de Otto Bauer)
Diap 103
LA VIDRIERALA VIDRIERA
Enero de 1938.
Sábado a mediodía, al terminar el trabajo.
El calor hacía mover el aire sobre los hierros
recalentados por el sol en el patio del taller.
Yo tenía nueve años. Y estaba de aprendiz
como sanción por no haber pasado el tercer año
en la escuela.
Pero, por hallarme entre máquinas, más bien
me parecía un premio.
Lo que salía de las regaderas donde nos
bañábamos era un líquido caliente, ya que el
tanque y los tubos estaban en el techo del galpón.
Uno de los obreros dijo de irnos a zambullir
en el pozo, que ahí el agua siempre era fresquita.
El pozo estaba al final del terreno.
La roldana por donde pasaba la cuerda para el
balde, colgaba de una tosca viga mal atornillada
en dos rieles clavados en el piso.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Inaudito en un taller mecánico. Pero, como
dice el refrán:
En casa de herrero, cuchillo de palo.
Con el otro aprendiz sacábamos a diario agua
de allí para preparar el puchero de mediodía y
baldear los pisos.
Su brocal era tan bajo que uno temía caer.
Salimos en tropel, en calzoncillos, acicateados
por la picana del calor y de la aventura.
Los obreros viejos, los maestros, reían
deseando tener nuestra edad.
Dos oficiales jóvenes fueron los primeros en
largarse por el hueco del pozo.
Con el otro aprendiz nos asomamos al pretil.
Muy en el fondo vimos sus cabezas sobre el agua.
Sus risas, y comentarios de lo lindo que estaba
el agua, retumbaban con sonido a vacío.
Dijeron que esperasen a que salieran ellos, que
no había lugar para otro más.
Como nosotros éramos aprendices tuvimos
que esperar que se refrescaran todos los demás,
mientras nos corroía la envidia a su disfrute… y
el miedo a aquella profundidad.
Diap 104
EL POZO
El hombre flota por que es hueco,
y se hunde porque se desespera.
(Las Mil y una Carigiadas o Carajeadas)
30 EL POZO (U)
Hecho totalmente real.
Hecho real.
Finalmente nos llegó el turno. Mi compañero se
sentó en el borde del pozo y se zambulló de pie.
Esperé que saliera sobre el agua y, esquivándolo,
salté igual.
Me sorprendió el frío del líquido y como seguía
éste hacia abajo. Yo había aprendido a nadar en el
muelle y en la playa, con la inmensidad del mar.
Asustado, en la oscuridad, sintiendo la
circular pared a mi alrededor aprisionándome,
me impulsé para arriba.
Respiré una gran bocanada de aire, mientras
trataba de mantenerme a flote. Pero, me costaba
en esa agua dulce.
Miré hacia la boca de donde había saltado.
Era un disco de luz… ¡y lo veía más chico de
cuando me encontraba arriba!
Recién reflexioné. Estaba metido en un pozo
perforado en la tierra hasta encontrar el manantial.
¿Cuántos metros tendría de profundidad?
Reí con el otro aprendiz, mi compañero. En la
penumbra vislumbré que tenía el mismo pavor.
Pero, nada dijimos ante la burla que nos
harían los que estaban afuera.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Éstos se asomaban al lejano brocal y nos
decían bromas.
Alguien gritó que el miedo nos hacía flotar.
Nosotros les seguíamos la chacota, buscando
el coraje dentro nuestro.
Y de pronto, sin saber porqué, respiramos
profundo y nos zambullimos en las oscuras aguas.
Tocamos el fondo, era sucio y barroso.
Volvimos rápido a la superficie.
El aire resultó maravilloso. Ya no sentíamos
miedo…
Sin embargo, la prueba no había terminado.
Debíamos salir de allí.
Los mayores eran más grandes y, apoyando
sus pies y manos en la pared, habían trepado el
hueco.
Intentamos hacer lo mismo. Caímos al agua
varias veces.
No nos dimos por vencidos. Y, usando la
cuerda del balde, subimos poco a poco.
No nos importó la risa de los demás.
Porque… cada uno, a su manera, salió del
pozo.
…oo0ooo…
Diap 105
EL POZOEL POZO
No recuerdo si fue en el año 1948 o 1949.
Lo que estoy seguro es que fue un sábado a
mediodía, al salir del trabajo.
La fábrica ocupaba una larga cuadra en el barrio
Arroyo Seco, cerca de la bahía y del ferrocarril.
En esos años había demanda de obreros, y
mucha gente del campo venía a llenar los puestos
inferiores de la planta.
Solían ser personas introspectivas, dadas a
desconfiar… y aún más si el que lo decía era de la
ciudad.
Preferían tratar con los capataces que algunos
años antes tuvieron la audacia de salir de un
pueblito del interior del país y habían aprendido
un oficio… y a mandar.
También la mayor parte era conocida por el
apodo, tenían cierto recelo que los llamasen por
el apellido o el nombre… parecía como si lo
guardasen sólo para algo importante.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Hacía ya tres meses que el Chacho trabajaba
en la sección de los hornos.
Era un hombre cuarentón, formal, y pronto
fue apreciado por su dedicación al trabajo.
Cuando en los descansos, los demás charlaban
y reían de sus respectivas bromas; Chacho,
callado, se hundía con la bombilla del mate en
los recuerdos de tierra adentro.
Por sus méritos le ofrecieron trabajar en el
decapado, una sección nocturna donde se
laboraba de doce de la noche a seis de la
madrugada, con pago de ocho horas.
Chacho quedó pensando. Hacía un mes que
había traído a su mujer… una chinita joven.
Pero, al final, aceptó.
Le dijeron si sabía de alguien para sustituirlo
en su puesto del día.
Y el Chacho respondió que en su pueblo tenía
un amigo que quería venirse a la ciudad.
Así, a los pocos días, comenzó a trabajar el
Tito. Hombre poco mayor de treinta años, alegre,
locuaz, dicharachero.
Costaba entender que fuese amigo de Chacho.
Diap 106
EL DUELO
Cosa rara: El silencio se oye, aísla… y pesa.
Hecho real. Los nombres, apellidos y apodos son ficticios
31 EL DUELO (U)
Los dos hombres se encontraban a las seis y
media de la madrugada.
Uno yendo a descansar junto a su mujer en la
pensión.
El otro viniendo de allí para iniciar su labor
diaria.
Pero, ese sábado el Chacho llevó al Tito a un
recoveco…
Jamás supimos que se dijeron. El Tito no
abrió la boca en toda la mañana. A las doce, fue a
hablar con el capataz.
Al salir, a mediodía, nos enteramos que el
Chacho estaba en un galpón solitario donde a
veces paraba el tren.
Allí esperaba al Tito… para batirse en duelo
criollo.
Fuimos todos en silencio. Con respeto…
Cosas del honor.
Y en silencio se hizo rueda alrededor de los
contrincantes.
–¿Estás listo, Juan González? –preguntó el
Chacho, seco, envolviéndose la campera en un
brazo y sacando el facón.
–Listo estoy, José Rodríguez. –respondió el
Tito, haciendo lo mismo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En silencio empezaron a girar uno frente a
otro, lanzando puñaladas y atajándolas con los
improvisados escudos.
Y en silencio, de pronto, el Chacho alargó el
brazo con el facón y le hizo un barbijo al Tito.
Pero, no pudo evitar que éste le clavara el
puñal en el vientre.
Los separamos. Ya era demasiado.
Alguien improvisó un vendaje al Tito y se lo
llevó para la Asistencia Pública.
Otros vieron al Chacho a pesar de su reticencia.
Sólo era un puntazo. Sangraba, pero no había
penetrado. La faja de gaucho, que aún usaba, lo
había salvado. Volvió a fajarse.
Oímos el pito de un tren que venía de la
Estación Central. El Chacho hizo señas para que
se detuviese… ¡y se detuvo!
Un hombre subió a él, y el tren reanudó su
marcha sobre unos rieles que se perdían tierra
adentro.
Nunca más supimos del Chacho ni del Tito.
Nunca más se habló de eso. Lo enterramos en
el ayer.
Pero hubo algo que nunca podré olvidar…
El silencio.
…oo0oo…
Diap 107
EL DUELOEL DUELO
Se llamaba Anahí y era paraguaya.
Se madre, india guaraní. Y su padre, gaucho
mezcla de charrúa y español que, llevado por los
genes aventureros, había remontado por el río a
trabajar en una zafra en el Paraguay.
De allí volvió con la mujer y la niña.
Tal vez la india fuese hija de un cacique, o sólo
una más de las que se ofrecían a los hombres que
bajaban del barco con un:
–Por lo que esté, señor…
Humillante oferta nacida de la pobreza y la
opresión.
Anahí, al cumplir dieciocho años, bonita y con
piel tersa, comenzó a trabajar en la recepción de
una industria.
Había en las oficinas un joven que idealizaba
la amistad.
El joven y Anahí se hicieron buenos compañeros.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Un día, el jefe del empleado le dijo, malicioso
y socarrón:
–Esa botija quiere contigo.
–Por favor, señor. Si somos amigos, nada más.
–Mirá, muchacho. –afirmó el viejo– La
amistad entre un hombre y una mujer sólo es
posible hasta los seis meses de edad. Después se
dan cuenta que ahí abajo son distintos… y cada
uno desea lo que tiene el otro.
El joven pensó que había personas para
quienes todo era sexo. Pero, los días siguientes
aumentaron los comentarios.
Ya cansado de ellos, invitó a Anahí para ir al
cine.
Estando allí, para comprobar, puso su mano
sobre la de ella…
Y ella quedó mansita, quieta, esperando más.
Y, sin decir palabra, él se levantó y se fue
dejándola… sola.
Se sintió frustrado en sus ideales de amistad,
de la mujer.
Al poco tiempo, supo que Anahí salía con uno
que tenía un rosario de amoríos.
Finalmente, ella renunció.
Diap 108
LA CAÑA
Hecho real. Nombres ficticios.
Al recordar todas las oportunidades donde
rechacé hacer algo prohibido, me pregunto:
¿Fui bueno, fui inocente, o fui estúpido?
(Reflexiones De Humgrand Penn De Joc)
32 LA CAÑA (U)
::::::
Diez años después, noche tenebrosa, centro de
la ciudad, veredas solitarias.
Aquel joven, ya vuelto hombre, cruzaba una
calle frecuentada por las yiras.
Al subir la esquina se topó de frente con
Anahí.
Su forma de vestir y pararse denunciaba su
profesión.
La reconoció de inmediato. Y, en los ojos de
ella vio que también lo reconocía a él.
Se detuvieron los dos.
Por unos instantes, que parecieron siglos,
quedaron mirándose en silencio.
Luego, esbozando ambos la mueca de una
triste sonrisa, cada uno siguió su camino.
El hombre avanzó algunas cuadras más.
Vio la luz de un boliche. Un boliche propio de
esa hora y lugar.
Entró, dirigiéndose con paso vencido al
mostrador.
–Una caña… doble… –pidió con amargura en
su boca.
–¿Para olvidar?... –preguntó el cantinero con
remedo del tango y burlón sarcasmo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El cliente no respondió, permanecía mirando
las vetas de la madera del bar.
El bolichero comprendió.
–¿Sola? –agregó, queriendo suavizar lo dicho
antes.
–Sola… Sí… Sola… –musitó el hombre.
El sonido del vaso, al ser posado frente a él
con el líquido ambarino, lo volvió a la realidad.
Recién se dio cuenta que el bolichero se refería
a la bebida.
Pero, él había respondido pensando en aquella
mujer.
Tomó la caña poco a poco… queriendo, en
cada sorbo, ahogar los recuerdos que habían
resurgido del pasado.
Y, ésos nunca se hunden… flotan en nuestra
conciencia.
Pagó y se fue. Se alejó aún más en la oscura
calle.
Sentía malestar dentro del pecho.
Él sabía el motivo.
Pero, prefirió atribuirlo a… la caña.
…oo0oo…
Diap 109
LA CAÑALA CAÑA
El hombre terminó de atarse la moña a los
zapatos. Luego, con gesto de dolor contenido, se
fue enderezando poco a poco. Lentamente,
buscando fuerza en los años idos.
El verse en el espejo no pudo evitar una
sonrisa irónica. Se reía de sí mismo. Era la
fortuna más grande que le quedaba a esa edad.
Las otras se ganaron y perdieron en el tiempo.
Sarcástico, se observó:
Chaqueta negra, pantalón negro, camisa
negra, cinto negro, zapatos negros, medias
negras... hasta lo que no se veía, la ropa interior,
era negra.
¿Hábito, costumbre, manía?...
¿Acaso, importaba ahora?
Sólo su rala barba y escasa cabellera eran
blancas.
Tomó el bastón, negro como era lógico, y salió
a la calle.
No cerró la puerta con llave. Dentro él, algo le
decía que ya no era necesario.
Ese algo que le empujaba hacia el cerro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Subió la empinada calle.
Cada tanto se detenía, soltando un resuello y
para mirar el cielo...
Y allá, en lo alto, muy alto, sobre el monte,
veía los zamuros volando en círculos.
Desde joven, los había admirado.
Con su armonioso vuelo llegaban hasta las
nubes... como los ideales.
Aunque, al bajar a tierra, pareciesen feos y
desgarbados.
Muchos, como él ahora, no aleteaban dejándose
llevar por las corrientes.
Y, sin embargo, eran los que estaban más
alto... siendo puntos solitarios en el cielo.
Llegó al sendero que penetraba en la espesura
del cerro. Giró para atrás, observando el camino
recorrido. Respiró hondo.
Todo había quedado allá abajo, lejos...
No sentía ni tristeza ni satisfacción. No sentía
nada.
Alzó la vista. Los zamuros seguían volando.
Y comenzó a subir por el sendero.
Diap 110
NEGRO VUELO
Tigre no come tigre
ni zamuro pica zamuro.
(Refrán popular)
33 NEGRO VUELO (V)
Al hombre le costó llegar a la cima. Atrás habían
quedado los años que la subía de una sola vez.
Pero, ahora llegó con de la ayuda de la
experiencia y del bastón.
Allí, el terreno era plano. Se sentó en el medio.
Aquel algo que lo había traído, se volvió un
malestar hondo. Se recostó viendo como los
pájaros negros planeaban en la altura.
Sintió un dolor agudo en el pecho...
Creyó estar más cerca de las aves... ¿Era por
que él estaba más alto?... ¿o eran ellas que iban
bajando poco a poco?...
En la tarde, los transeúntes de la calle se
asombraron de la cantidad de zamuros que
planeaban sobre el cerro.
Tal vez hubiese muerto algún animal grande.
En la mañana siguiente, por lo contrario, les
extrañó que no estuviesen en el aire aprovechando
las corrientes.
Era sábado. Un grupo de jóvenes exploradores
solía subir el monte.
Al llegar a la cima les impactó el espectáculo:
DE BASTÓNDE BASTÓN
En el centro de la explanada se hallaba el
cadáver de un hombre todo vestido de negro.
Y, a respetuosa distancia, sin tocarlo, formando
un gran círculo, de pie, con las alas extendidas...
los zamuros.
Los humanos espantaron a las aves, y éstas
fueron remontando vuelo, lenta. suavemente,
armoniosamente.
Los jóvenes bajaron el cuerpo de aquel ser.
Contaron lo visto.
Sin embargo, la gente es escéptica.
Unos dijeron que los pájaros estaban secando
sus plumas al sol. Otros que estarían ahítos de
comer en los basureros.
Hasta hubo algunos que se rieron diciendo
que, como el hombre estaba de negro, les pareció
otro de ellos.
Pero, desde ese día, hay un zamuro en el
grupo que vuela muy alto... muy alto... hasta ser
un punto en el cielo... un punto en el espacio...
Un punto negro.
…oo0oo…
Diap 111
NEGRO VUELONEGRO VUELO
Al mayor le decían Tito; al menor, Toto.
Tenían la piel blanca, ojos claros y el pelo
rubio. Además, poseían una contextura fuerte y
musculosa. Así eran esos hermanos.
Nadie los llamaba por sus nombres de pila. Y
aún menos por el apellido, era impronunciable.
Algunos decían que sus padres habían huido
de Rusia, otros, de Polonia.
Lo cierto fue que desde chicos eran vistos con
recelo por todas las madres del vecindario y, hasta
los botijas más reos los esquivaban apartándose
de ellos.
Vivían en uno de esos terrenos largos de la
cuadra, los de ocho metros de frente por cuarenta
de fondo, buenos para el cultivo. Pero, el de ellos
era un erial. La tierra seca, plana.
Lo único que se veía era la casilla del perro,
una higuera y, bien al fondo, una pobre casita
construida sobre pilares de madera. Para entrar
había que subir una tosca escalera.
DE BASTÓNDE BASTÓN
No se conocía al padre. Ellos contaban que
había muerto.
Pero, según las malas lenguas, fue un borracho
que peleaba todas las noches con su mujer y que,
un día, los abandonó.
La madre era una petisa regordeta, parecía una
luchadora enana, la cual tuvo que ir a trabajar al
frigorífico para poder mantenerlos.
Por tanto, los muchachos se criaron solos.
Ella, de carácter eufórico, estaba siempre dada
a ayudar y más si había que hacer esfuerzo físico.
Se llamaba Tatiana, nombre raro en el barrio,
así que fue llamada doña Tati.
A medida que crecieron los hermanos, fue
creciendo la suma de sus maldades.
Pero, nadie osaba decírselo a doña Tati. Le
menor insinuación, hacía explotar a la eslava.
Sólo existía algo más malo que ellos: El perro
que tenían.
Lo habían entrenado para destrozar cualquier
animal más chico… y realizar indecencias en las
piernas de las personas.
Diap 112
LOS HERMANOS
Malo el Tito, malo el Toto;
a cual de los dos, más loco.
(Estribillo del barrio)
34 LOS HERMANOS (U)
Molestar a alguien y hacer todo tipo de crueldad
causaba a los hermanos risa, burlándose de los
demás. El barrio optó por pensar que ellos eran
una cosa y la madre, otra.
Frente a ellos vivía un niño serio, apocado,
introspectivo, que tenía un gato el cual era su
compañero. El botija sólo una vez fue a jugar con
los hermanos… y jamás volvió a ir.
Sucedió cierto verano, un domingo, en la
playa. El niño, a quien le agradaba aventurarse,
avanzaba por el rompeolas que formaban las
rocas negras entrando en el mar.
En la punta patinó cayendo al agua. Fue
atrapado por un remolino. Ya casi ahogado,
sintió que lo agarraban del pelo sacándole fuera.
Y vio a su salvadora… doña Tati.
Después del rezongo correspondiente, volvió
con ella para las casas. En el portón del terreno
estaban los dos hermanos.
Esa tarde, la barra de botijas armó un partido
de fútbol en el baldío. Tito y Toto eran malos,
pero los aceptaban por ser buenos delanteros.
Y, cosa rara, llevaron al perro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Les pidieron que lo ataran a un árbol, y así lo
hicieron.
Llevarían media hora de juego cuando entre
los abrojos surgió el gato del botija… era algo
normal, se extrañaban.
En un instante estalló el drama. Los hermanos
soltaron al perro azuzándole contra el gato.
El minino salió corriendo. Próximo a una
pared saltó para cruzarla.
Pero, el perro también saltó en el aire
mordiéndole por la espalda y sacudiéndolo hasta
partirle las vértebras. Luego, ya en el suelo, lo
desnucó.
El botija miró con dolor y rabia a los hermanos.
Y ambos reían con una mirada de malvado
desquite.
El tiempo pasó.
El niño se hizo hombre. Se marchó lejos.
Un día volvió. Ya usaba bastón.
Los vecinos le dijeron que Tito y Toto, un día,
mayores, echaron a la madre de la casa.
No le asombró.
Así eran esos hermanos.
…oo0oo...
Diap 113
LOS HERMANOSLOS HERMANOS
Era su cumpleaños, tantos que los contaban
por décadas y no por años.
Sus hijos y los amigos de sus hijos lo invitaron a
tomar un café en un conocido lugar de la ciudad.
Lo pasarían a buscar a las seis de la tarde.
Contento, dijo que sí. Luego se le oprimió el
corazón. Ningún amigo de su propia vida
quedaba para invitarlo. Todos se habían ido.
A las seis y cuarto entraban en el café.
Un lugar de fama, o de moda, uno donde se va
para encontrarse con los iguales en posición
social… y que pueden pagarlo.
Era la hora del cierre de los parques, de
mujeres con hijos.
Los hijos tomaban bebidas dulces y comían
pizzas, mientras las señoras analizaban el lado
derecho del menú.
Se sentaron en el centro del salón. Cerca, una
madre decía a un niño que se portara bien.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y vio años atrás, a la madre de sus hijos... y
más atrás, a su propia madre.
Seis y media. Hora de la salida de las oficinas.
Llegan los empleados sonriendo. Los jefes,
ostentando. Las empleadas, con susurros y
risitas. Hora previa al motivo real…
Y se sientan. Y hablan. Y piden mirando el
lado izquierdo de la carta. Y los mozos corren
más.
Y él se vio años atrás, junto a compañeros y
compañeras del momento.
Siete de la noche. Las madres, los maridos, y
los hijos se van. Los pequeños dormitan en el
hombro del padre.
Y le parece sentir en el suyo, el peso de una
cabecita infantil.
Y, retrocediendo, la sensación de abrigo y
seguridad que hallaba junto al cuello de su padre.
Y que, como todos los hijos, nunca recordó
cuando lo abrigaba al acostarlo.
La taza de café se ha ido convirtiendo en copas
de bebidas fuertes y platillos con comida para
despertar más el ansia de beber… y en las demás
mesas, las parejas se juntan más.
Diap 114
LA EXCURSIÓN
recuerdos, recuerdos...
telarañas, telarañas...
(Poema de Blanco en Canas)
35 LA EXCURSIÓN (V)
En una, en un rincón, frente a frente, un
hombre y una mujer charlan.
Los dos atentos a lo que hablan, pero ella no
está interesada en lo que él dice, sino en él… y él,
en ella.
Veinte años atrás, otras caras, otro ropa, otros
peinados, la misma representación. Y veinte aún
más, lo mismo.
Y sin importar la época o el teatro… el mismo
final.
En otra mesa, alguien escribe en una computadora
y otro opina. Ayer, otros hicieron lo mismo con
un bolígrafo… y en otro siglo, con una pluma y
tinta… comedia, comedia.
Las luces halógenas alumbran el local, lo
suficiente para verse las caras y ocultar lo que se
siente.
Años antes, fueron de neón; y antes,
incandescentes… y antes, hasta de gas.
Ocho de la noche. Las parejas se han marchado…
juntos. Es la hora de los solitarios en compañía
que, con platos de rebuscado sabor y bebidas con
alcohol, unen su soledad.
Vienen los mozos y, cual marineros de todos
los puertos, cantan por su cumpleaños.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y él sonríe. Los mozos sonríen. La gente
sonríe. Una sonrisa muy igual… muy igual.
Diez de la noche. Es hora de dejar a los
noctámbulos en su lugar. Él ya no lo es.
Y se levantan. Y hacen un recorrido por las
calles iluminadas por anuncios comerciales.
Y recuerda cuando allí vivían sus amigos con
sus familias.
Once de la noche. Es hora de volver a la casa.
Al bajar del auto, sus hijos y los amigos de sus
hijos, con la euforia típica de su edad y de su
momento, le preguntan:
–¿Y, qué tal el paseo?... ¿Viste cuántas cosas
nuevas hay?
–Sí… Muchas…Me gustó mucho… Gracias.
Pero, no fue un paseo… Fue una excursión… Una
excursión al pasado.
Todos rieron. Y él rió con ellos para que se
sintieran bien.
Para ellos eran locuras de viejo. Para él, su
realidad. Y, apoyado en el bastón, murmuró
mientras les hacía adiós:
–Pasado, presente… siempre igual, siempre
diferente.
…oo0oo...
Diap 115
LA EXCURSIÓNLA EXCURSIÓN
La familia siempre se referían a ellas como:
Las Tíopancho.
Así, de corrido.
Parecía que ese fuese su apellido.
Pero no.
Con el tiempo, se llegaba a saber que éste era
uno de alta alcurnia. Y ellas, tres rancias señoritas.
Su padre, llamado Francisco, familiarmente
Pancho, fue quien las distinguió con esa referencia:
Las de tío Pancho.
Los demás la abreviaron y se comieron el “de”.
Que se comiera algo de ese nombre no era de
extrañar.
El viejo había sido dueño de uno de los
grandes saladeros para el tasajo, situado en la
costa cercana a la capital.
Cuando surgieron los frigoríficos, y el lógico
final de los saladeros, el gran señor se retiró con
una inmensa fortuna, una fabulosa mansión, tres
estancias y... tres hijas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Todo eso a pesar que, según las narraciones,
no fue el más dedicado al negocio del Saladero ya
que sufría de jaquecas.
Lo que no le impidió tener esas hijas con su
esposa.
Los nombres de ellas fueron acordes a la época:
Isidora, Amalia, y la menor cariñosamente llamada
Sarita.
La mansión ocupaba toda la extensión de una
cuadra con un ancho frente con balcones sobre
una importante avenida, y tras un jardín lleno de
rosas y jazmines.
Muchos charrets y coches se detuvieron allí, a
inicios de siglo, para descender de ellos linajudas
familias invitadas a los saraos en honor de las
tres bellas señoritas.
Las tres tocaban el piano, sabían tomar el té y
mantener finas conversaciones.
No hablaban de política, ni de religión y menos
de sexo... eso era de mala educación.
Para los jóvenes pretendientes la dote de una
estancia era tentadora.
Pero, tal vez fueron demasiado ambiciosas, o
muy exigentes.
Sus padres murieron sin ver casar a ninguna.
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LAS TÍOPANCHO
Balcones de los que surgen seres humanos,
ansiando que la calle les diga que aún están vivos.
(Poemas)
36 LAS TÍOPANCHO (U)
Las rancias señoritas convirtieron la mansión
en su claustro personal.
Poco a poco las amistades se fueron alejando.
Sólo algunos familiares venían, de tanto en
tanto, a visitarlas.
Dejaron la administración en manos del abogado
de su padre. Nunca habían visto las estancias ni
tenían interés en conocerlas.
Eso era cosa de hombres.
En cuanto a la mansión, era llevada por una
gallega de nombre Juana, la cual tenía una hija
llamada Rosa.
La vida de las señoritas era metódica. Oían misa
en la capilla de la mansión. Le servían el almuerzo.
Dormían la siesta... Tomaban el té, y luego...
Salían al balcón del jardín.
Apoyadas en esa balaustra, mirando la avenida,
vieron desaparecer los coches de caballos, llegar
e irse los tranvías, el paso fugaz de los trolebuses,
y el auge de los ómnibus.
Cada noche, al cerrar las persianas al presente,
cerraban otro día de sus inútiles vidas.
Se quedaron en el pasado.
La primera en irse fue Isidora, tal vez de un
infarto, quizás por que la faltó algún sentimiento
más a su corazón.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La gallega Rosa había sustituido a su madre. Y
el hijo del abogado a su padre.
Más jóvenes y locuaces, ambos se habían
granjeado la simpatía de las dos hermanas
restantes.
Hubo que vender una estancia para pagar los
impuestos de las tres, y ahora sólo eran dos
hermanas.
Con el sobrante, los cuidadores les compraron
refrigeradora moderna y televisión.
En esa mansión aún usaban hielo y apenas
escuchaban la radio.
Amalia y Sarita enloquecieron con la novedad.
Llamaron por teléfono a sus familiares.
No todos fueron. Los salones olían a moho, y
las rancias señoritas a pipí.
Los años siguieron pasando.
Amalia marchó a acompañar a Isidora.
Y, poco después, se fue Sarita.
Muchos parientes se molestaron al saber que
había testado a favor de Rosa.
Ésta convirtió la mansión en un ancianato.
Tenía práctica.
La llamó: Casa de Retiro Las Tíopancho.
Así, de corrido.
…oo0oo...
Diap 117
LAS TÍOPANCHOLAS TÍOPANCHO
Suntuosa y recargada sala que podría hallarse
en Londres, París, Roma, Buenos Aires, México...
y sería lo mismo.
Ésta, se encuentra en Madrid.
Aparatosos y formales muebles, junto a cuadros
clásicos de poses estereotipadas, ostentan lo que
se puede comprar con una fortuita riqueza.
Aquí, la de un cargo político.
Pesados y lujosos cortinajes velan la avenida
residencial en donde viven familias del círculo
gubernamental y del cuerpo diplomático.
En este caso, la de un agregado militar.
Rebuscadas y brillantes arañas cuelgan del
techo que, con los apliques, sustituyen la ocultada
luz del día y alumbran a dos circunspectas
señoritas sentadas en sendos sillones.
Son las hijas del militar; un coronel que de
golpe, o por un golpe, ascendió a general.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Son las diez de la mañana. Pero, están vestidas
y arregladas hasta en el último detalle.
Son Ernestina y Enriqueta.
Apenas han pasado los veinte años.
Siempre han vivido consentidas. Siempre han
tenido sirvientes.
Y han sido educadas para vivir en la sociedad.
–Podrán pasar los años; –dice Ernestina, con
voz melosa– pero, cada mañana, cuando veo
salir a nuestro padre con su uniforme, llevando
tantas condecoraciones en su pecho, tan marcial,
me impone respeto, emoción, y gran orgullo.
–Es natural, a mí me sucede lo mismo; –
agrega Enriqueta, la menor, con similar tono–
quizás sea por su autoridad, su cara adusta, las
doradas charreteras, su espíritu castrense.
–Por eso nos envidian nuestras amigas.
–Y también por la familia de nuestra madre.
¿Cuándo ellas podrán encontrar sus ascendientes
en los libros de historia?
El ama de llaves entra luego de golpear en la
puerta.
Diap 118
LOS DIENTUDOS
Todos somos actores.
Algunos son profesionales.
(Las Mil y Una Carigiadas...)
37 LOS DIENTUDOS (V)
(ERNESTINA, ENRIQUETA Y LOS DIENTUDOS)
(COMEDIA EN TRES ACTOS)
–¿Qué desea, señora Maruja? –pregunta
Ernestina petulante, con voz de superioridad y
enderezándose aún más en el sillón.
–Su señora madre, la señora Úrsula, desearía
saber si las señoritas almorzarán hoy aquí.
–¡No!... –se apresta a responder Enriqueta,
sacudiendo su cabellera con suficiencia– Papá
nos enviará la limosina para ir al Club de
Oficiales. Allí, degustaremos algo en la tarde.
–Gracias, señoritas. –indica el ama de llaves
inclinando la cabeza– Lo trasmitiré a la señora
Úrsula... y a doña Concha, la cocinera, para que
no trabaje tanto.
–¡Ah!... ¡Señora Maruja! –solicita fingidamente,
Ernestina– ¿Podría traernos un par de guantes?
Son para luegodesechar?
–Buena idea, hermana. –completa la menor
con un gesto de repugnancia– Esos oficiales
siempre tienen la costumbre de invitarnos a
comer mariscos... ¡Con el olor que dejan!
–Sí. Pero aprendimos el otro día con nuestra
amiga, la hija de la Marquesa de Angurrurena.
Comemos con los oficiales, usamos los guantes
y... los tiramos a la basura.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–¿A los oficiales o a los guantes? –inquiere el
ama, burlona.
–¡Señora Maruja! –reacciona Enriqueta– ¡A
los guantes!
–Que se diviertan, señoritas. Y tengan muy
buen provecho. –les dice el ama de llave, saliendo
con una extraña sonrisa.
–A veces creo que la señora Maruja y doña
Concha se burlan de nosotros. –susurra Ernestina.
–Es envidia, solamente envidia. –afirma
Enriqueta, bajando la voz– Son unos pelagatos
que deberían estar agradecidos de poder matar el
hambre en nuestra casa.
–¿Tú has visto los hijos que tienen? –pregunta
Ernestina, y sigue– Unos gordos ordinarios...
mal vestidos... dientudos.
Golpean la puerta y entra el ama de llaves con
los guantes.
–Perdón, señoritas. La limosina llegó y les
espera.
Las presumidas señoritas salen felices.
Y, se oye una voz:
–Adiós, señoritas... Los dientudos no se
van.
Diap 119
LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
:::::: 2 ::::::
Han pasado veinte años.
La sala se ha transformado en un recibo de
apartamento que podría estar en cualquier
capital de un país latino americano.
Éste, se encuentra en Caracas.
Los muebles coloniales, junto a cuadros
típicos originales, intentan demostrar una buena
situación económica en medio de la decadencia.
Aquí, la de una separación.
Las cortinas apenas dejan ver la montaña y la
calle donde viven familias de clase media que
subsisten por mediocres ingresos.
En este caso, la de una pequeña renta.
Arañas y apliques más simples alumbran la
misma escena:
Las dos señoritas circunspectas sentadas en
los sillones son las mismas. Y las dos siguen
siendo señoritas.
Y siendo las hijas de un coronel que de golpe
ascendió a general.
Y que con otro golpe dejó de ser agregado
militar... y pasó a retiro... y casó con otra mujer...
y tuvo otras hijas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Son las diez de la mañana.
Pero, las dos señoritas siguen estando vestidas
y arregladas hasta en el último detalle.
Son Ernestina y Enriqueta.
Ya han pasado de los cuarenta años. Ellas
vivieron consentidas. Ellas tuvieron sirvientes.
Y fueron educadas para vivir en la sociedad.
–Se ha perdido toda cortesía. –dice Ernestina,
con voz agria pero aún melindrosa– Esta
mañana, al volver de comprar los víveres, la
conserje ni se molestó en abrirme la puerta.
–Deberían aprender de los ujieres que
teníamos en Madrid. –agrega Enriqueta, con
tono igual– De los de aquí no puedes esperar
más, son analfabetas, una pobre gente envidiosa.
Suena el carillón de la entrada. Desde un
cuarto próximo se escucha una voz de matrona
enferma pero aún arrogante:
–Nenas... Están llamando... Atiendan
enseguida... Quizás sea una visita... Por favor,
háganla pasar...
Las hermanas sacuden la cabeza con molestia.
Y Enriqueta, resignada, se levanta yendo a
abrir la puerta.
Diap 120
LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
–¡Señora Margot!... ¡Qué gusto en verla!...
¡Pase!... –dice la menor, con fingida euforia de
trato social.
–No, gracias... –indica la señora– Sólo quería
saber cómo sigue su mamá... Y como todavía no
arreglaron mi teléfono; les ruego que disculpen
este atrevimiento.
–Nenas... ¿Quién es?... –vuelve a sonar la voz
del cuarto.
–La señora Margot... –responde Enriqueta–
La vecina del apartamento de enfrente.
–Háganla pasar... –la voz, aunque perentoria,
tiene un dejo de dama antañona– Ella es una
persona muy bien educada.
La señora entra y se sienta delante de las dos
hermanas que se ubican en el sofá. Ambas,
derechas como una tabla.
–Pobre mamá. –susurra Ernestina– La
enfermedad la tiene postrada en la cama... ¡Con
lo que le gustaba socializar!
–El divorcio la hundió. –agrega en voz baja,
Enriqueta– Ella adoraba a nuestro padre. Fue
algo tan inesperado...
–Es que los hombres... –dice Margot, por
decir algo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Nuestro padre fue un gran general, un señor.
–reacciona Ernestina– Lo embaucó esa mujer,
ese que ahora se hace llamar señora Concepción.
Ya no recuerda cuando era doña Concha, la
cocinera.
El desprecio se nota en su voz.
–A pesar de divorciase, mientras él vivió no
nos dejó faltar nada. –agrega Enriqueta– Pero, al
fallecer, esa palurda y sus hijos nos robaron todo.
Y, luego, con el cambio de gobierno...
–Seguramente ustedes pondrían abogado. –
opina Margot.
–No íbamos a rebajarnos y colocarnos a su
nivel, ni litigar con malvestidos, rústicos,
dientudos. –Ernestina transpira– Dejamos todo
en manos de un familiar doctor en leyes.
–Algo salvamos. Sobre todo la afiliación al
club. –suspira Enriqueta– Imagínese, esos
dientudos en un club de señores.
–Nenas... Me gustaría hablar con la señora
Margot... –se escucha decir a la madre.
Las tres mujeres se levantan, yéndose por una
puerta en el fondo de la sala. Y, se oye una voz:
–Adiós, señoritas... Los dientudos no se
van.
Diap 121
LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
:::::: 3 ::::::
Han pasado veinte años más. El mismo
recibo. Los cuadros han sido cambiados por
fotografías de años idos.
Las cortinas dejan ver la calle donde
sobreviven ancianos con sus pensiones. En este
caso, la misma pequeña renta.
Y en los sillones, ahora protegidos con grises
forros, están sentadas las dos mismas señoritas
circunspectas y derechas.
Las cremas disimulan las arrugas. Teñidas,
siguen siendo rubias… y señoritas.
Son Ernestina y Enriqueta. Ya tienen más de
sesenta años Y siempre están vestidas y
arregladas hasta el último detalle.
De jóvenes vivieron consentidas. Y tuvieron
sirvientes.
Y fueron educadas para vivir en la sociedad.
–¿A que hora le dijiste a la señora Margot que
la queríamos recibir? –dice Ernestina, con voz
agria, vieja y aún melosa.
–A las diez. –agrega Enriqueta, con tono
igual– Ya debería estar aquí. Ella es muy correcta
y educada.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Posiblemente la retiene algún problema con
el esposo. –la mayor acota– Desde que él se
pensionó, se ha vuelto muy osco.
–Sí… parecía culto y servicial. Pero, aunque
tenía en buen puesto, trabajaba en una industria.
Con personal obrero. Es seguro que se le pegó
algo de esos dientudos.
Suena el timbre.
Las dos se levantan y, luego de verse en el
espejo y arreglarse, abren la puerta.
–¡Señora Margot… siempre tan puntual! –
exclama con voz hipócrita, Ernestina, haciéndole
pasar.
–No, por favor. Perdonen que me retrasé unos
minutos. –se excusa la señora– Es que somos
dos mayores en la casa.
–Es comprensible. Tome asiento, señora. –
indica Enriqueta– Le ruego que disculpe que no
quitemos los forros… ahora hay que cuidar más
los cosas… no se está seguro de nada.
–Lo mismo le digo a mi esposo… Sin embargo,
no me hace caso. Ustedes saben. Los hombres
son tan porfiados.
Diap 122
LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
–Nosotras no lo podemos saber. –ríe
Ernestina– Somos señoritas.
–Nuestra madre nunca contradecía a nuestro
padre. Ella era tan fina. –afirma la menor, con
un mohín de alcurnia.
–Sí... se le veía toda una dama. –apoya,
sociable, Margot.
–Lo que se trae de cuna no se compra en el
marcado. –dicta con soberbia, Ernestina– La
cultura se amamanta.
–Y ni podemos llevarle flores a su tumba. –
Enriqueta, triste gesticula – El cementerio fue
invadidos por los dientudos.
–Qué barbaridad... –dice Margot– ¿Nadie va
al panteón?
–Sí. Como ahí también está enterrado nuestro
padre, –la cara y voz de Ernestina se torna
despectiva– lo deben estar cuidando los cochinos
hijos de esa palurda de la cocinera.
–Son unos gordos dientudos. –Enriqueta se
asquea– Ellos ignoran que se come para vivir, no
se vive para comer.
Suena el timbre. Ernestina se levanta y va a
abrir la puerta.
–Hola... –saluda un hombre– ¿Mi señora está
aquí?
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Buenos días, señor. Discúlpenos, nos
entretuvimos hablando con su esposa. Es que los
dientudos nos quitan de quicio.
–¿Los dientudos? –inquiere la voz mayor y
varonil.
–Sí... los dientudos. Esos incultos, sin roce,
sin dientes. –afirma Enriqueta, acercándose con
Margot a la puerta.
–¡Ah!... –la voz el hombre suena irónica–
Pero, en ese caso no serían dientudos... sino
desdentados.
–¡Bah!... es lo mismo. Adiós, señor. Gracias,
señora Margot.
Margot se va. Las señoritas cierran yéndose a
los sillones.
–Algunas veces creo que la señora Margot y su
marido se burlan de nosotros. –opina Ernestina.
–Es envidia. –dice Enriqueta– Nuestro padre
fue general.
–Y también por la familia de nuestra madre.
¿Cuándo ellos podrán encontrar sus ascendientes
en los libros de historia?
Se levantan para salir por el fondo. Y se oye
una voz:
–Adiós, señoritas... Los dientudos no se
van.
…oo0oo...
Diap 123
LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
Cuando la vi, fue amor a primera vista.
Ahí estaba ella. Blanca, fuerte y, tremolando al
viento, tenía encima una tela azul. Su cuerpo era
de armoniosas curvas atractivas.
Viéndola de frente tuve que contener mi
emoción.
Alta, desafiante, se alzaba segura de sí misma.
Pero, hombre al fin, seguí de largo y mirándola
de lado.
Apenas la pasé, me di vuelta para observarla.
Y, sobre su parte trasera, maciza, dura, mostraba
en sinuosas, sensuales e insinuantes letras, su
nombre:
La Cariñosa.
Sabía que antes había sido de otros. No me
importó. Yo ahora podía hacerla mía. Y el sábado
siguiente, lo fue.
La depositaron en el agua, junto al malecón.
Flotando, me pareció aún más hermosa.
Yo tenía en mi bolsillo el nuevo e hipotético
título de Capitán… fruto de un examen teórico.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Temiendo hacerle daño con mi inexperiencia,
pregunté si alguien podía enseñarme a pilotearla.
Rebusqué esa palabra entre las recién aprendidas
de babor, estribor, eslora, etc.
Sonriendo burlón, un muchacho barloventeño
me dijo:
–El mejor es el Negro Ron… Es fácil de
encontrar… Si no está en alguna lancha… está en
el muelle al lado del bar.
Y hacia allí me dirigí, luego de haber dejado
amarrada mi nueva pasión con un cabo y…
muchas penurias.
Hallé al Negro Ron. A pesar de la hora
temprana de la mañana, ya tenía junto a él varias
botellitas de cerveza… vaciadas para matar el
ratón o resaca de la noche anterior.
Llevaba un viejo sombrerero de bordes rotos,
una franela descolorida donde aún se notaba un
aviso comercial, unos pantalones mal recortados,
y un par de cholas indefinibles.
Ridículo, con mi ropa playera, le expliqué lo
que deseaba.
–Ah… La Cariñosa… –dijo– Es buena… muy
marinera…
Diap 124
EL NEGRO RON
El hombre flota en el agua por que es hueco,
y se hunde porque se desespera.
(Rocas, Cascotes y Adoquines)
38 EL NEGRO RON (V)
Sin más, la abordamos luego de adquirir los
implementos básicos: Una cava de cervezas… y él
una botellita de ron.
Era un maestro extraño. Nunca manejaba la
lancha. Iba en el asiento trasero, indicándome lo
que debía hacer.
–¿Le tiene miedo al mar? –preguntó ante un
gesto mío– Al mar no se le debe temer, pero sí
tener mucho respeto.
Luego de un par de horas yo timoneaba a La
Cariñosa con soltura. El Negro Ron dijo que
fuésemos al Cabo Codera, lugar peligroso.
Me sentí halagado por su confianza.
Íbamos en silencio, lejos de la costa. La oscura
mole del istmo se iba haciendo más grande.
Llegué casi a sus pies.
El agua tenía un color verde viscoso, propio de
una gran profundidad. Altas olas venían de mar
adentro, chocaban con la negra pared granítica y
se devolvían.
Cuando una se retiró, aceleré al máximo para
cruzar en ese instante. De pronto me hallé en
hondonada y rodeado de altas paredes de agua.
No avanzaba, a veces las propelas quedaban
en el aire… y otras, las olas me clavaban de proa.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Giré la cabeza buscando al Negro Ron. Estaba
dormido en el asiento.
La botella a la mitad lo explicaba. Lo llamé:
–¡Suelte el volante!... ¡No acelere!... ¡Déjela ir
sola!...
Su grito fue tan perentorio que obedecí en el
acto.
De inmediato la lancha tomó un curso en el
agua y las olas parecieron achatarse.
Poco a poco salimos del Cabo.
–¿No le dije que era muy marinera? –acotó ya
al pasar del otro lado– Cuando las cosas se ponen
difíciles, lo mejor es que la barca decida…Ella
tampoco quiere hundirse.
Volvimos. Pasé otra vez el farallón. Lo hice sin
temor pero con respeto.
Al atracar, me dijo con su aliento a alcohol:
–Ya no le puedo enseñar más… Cruzó el Cabo
dos veces.
Se alejó.
En el piso de la lancha quedaba una botella
vacía.
Y supe por que le decían el Negro Ron… y era
el mejor.
…oo0oo...
Diap 125
EL NEGRO RONEL NEGRO RON
Sintió que algo lo despertaba, algo que no
podía definir. Miró a su alrededor.
No era ni de noche ni de de día. No estaba
oscuro ni claro. Sólo había una luminosidad
extraña que no era ni brillante ni opaca.
Quiso ubicarse.
Le fue imposible. Si hubiese sido un valle, éste
no tenía límites y tanto podía ser infinitamente
plano como un abismo sin final.
También parecía lo contrario.
Un espacio que se perdía a lo ancho, largo,
alto… y profundo. Aunque, esas dimensiones no
tenían ningún significado allí.
Sintió que un instintivo temor le hacía
permanecer quieto, y que otra parte de él quería
dar un paso, ese paso.
Siempre atrae y se teme a lo desconocido.
Y no era por que le faltase compañía.
Por lo contrario, ésta era incalculable… no
había cifra para definirla, porque en ese lugar
tampoco tenía sentido la cantidad.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Más que los granos de arena en el mar, que las
estrellas en el universo, que las gotas en la
lluvia…
Pero no se podían contar porque ellos ya no
eran… habían sido.
Reconoció, mejor dicho, percibió a los más
cercanos a él. Y los percibió con la ayuda de los
recuerdos, puesto que ahora no tenían ni forma
ni cuerpo ni realidad.
El sentirlos así no lo produjo ni tristeza ni
alegría, más bien era una paz indefinible… la que
surge de la resignación ante lo inmutable.
E, inquieto, se observó a sí mismo.
–No temas… tú aún eres. –oyó decir a una voz
sin tono.
Buscó a su alrededor.
¿Quién había hablado entre tantos y ninguno?
Y volvió a escuchar esa voz:
–Sin embargo, podrás ver la llamada de la
compañía.
Y todos ellos se agruparon en un paraninfo
infinito.
Diap 126
LA COMPAÑÍA
Era una Compañía tan unida que,
si alguien faltaba, los demás decían:
¡Presente!…
39 LA COMPAÑÍA (U)
–¡Don Pablo!...–llamó aquella voz.
–¡Presente!... –gritó la invisible muchedumbre.
–¡Doña Leticia!... –siguió diciendo la voz sin tono.
–¡Presente!...–exclamaronlos infinitosincorpóreos.
–¡Doña Esther!... –dijo el inmaterial declamador.
–¡Presente!... –exclamó la impalpable multitud.
–¡Alejandro!...¡Roberto!...¡Carlitos!...–siguiólalista.
–¡Presente!...¡Presente!...¡Presente!... –saludaban.
–¡Margarita!... ¡Ligia!... –llamó el imperturbable.
–¡Presente!... ¡Presente!... –resonó en los del vacío.
–Leonardo!... ¡Billy!...–la voz continuaba la lista.
–¡Presente!... ¡Presente!...¡–repetíanlosetéreos.
–¡David!... –¡Moro!... –sonó en el infinito la llamada.
–¡Presente!... Presente!... –retumbó la incontable.
La lista siguió hasta que percibió eso otra vez.
–¿A quienes oíste llamar? –la voz le preguntó.
–A mis seres queridos… a los que ya no están.
–¿Cómo que no están?... Acaso… ¿No oías como
todos gritaban “Presente”?... Presentes aquí… y en
tu recuerdo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–No es igual… –musitó él, con tristeza.
– o, no es igual. –afirmó la voz– La lista es
distinta para cada uno. Y aumenta a cada
momento de la vida de cada ser.
–Sí, a cada momento… –aceptó él, resignado.
Sin embargo, –siguió la voz– todos están
presentes cuando los nombran en la llamada de
la Compañía.
–Pero no dicen presente en mi presente. –
murmuró él.
–Es tu realidad, tú aún eres. Aquí los que
fueron, son… y los que son, serán.
Un rayo de sol le dio en el rostro y lo despertó.
De golpe se esfumó aquel lugar extraño y le
rodeaba la realidad diaria.
Sólo había sido un sueño.
Había que seguir viviendo.
Y sonrió. Porque, alguna vez, él también
estaría en la llamada de la Compañía…
Y, junto a todos ellos, diría:
–Presente.
…oo0oo...
Diap 127
LA COMPAÑÍALA COMPAÑÍA
Tres de la tarde. Una plaza serena.
Una plaza con la fortuna de no estar cerca de
la vía principal y con árboles añosos que cubren
de sombra los bancos.
Los niños en la escuela, los jóvenes en el liceo,
los mayores en el trabajo, los viejos en la siesta…
Pero uno, en un banco, revuelve recuerdos con
la punta del bastón.
¿Cómo se llamaba ella?...
Y el viejo sonríe triste… ¿Por qué con el
tiempo se le olvidan los nombres?... ¿O ése, de
tanto callarlo dentro él, le cuesta pronunciarlo?
–Ella… –murmura, y su rostro brilla de
añoranzas.
¿Cuándo y dónde se conocieron?...
No recuerda ni el lugar ni el año, pero no
puede olvidar cada detalle de la primera vez que
se poseyeron.
–Aquello… –susurra, y rejuvenece en
pensarlo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
¿Por qué llegaron a eso?...
¿Fue deseo, locura?... Solamente pasó, fue
hermoso, y los dos se sintieron plenos al hacerlo.
Y aunque la razón señalara eso como vedado.
–Eso… –musita, y una pesadumbre le hace
bajar la cara.
Los dos pertenecían a otros. No podían
entregarse de esa forma. La moral, el respeto, la
sociedad, los marcaría con un nombre que deriva
del amor.
–Amantes… –sisea, y aún se sonroja al
decirlo.
Juntos, hicieron de esa plaza la de sus
encuentros. Juntos, desde allí, fueron a los
lugares de citas prohibidas. Juntos, rebuscaron
los más recónditos placeres de la pasión.
–Pasión… –suspira, y tiembla todavía de
placer.
Sin embargo, el tiempo y la comprensión todo
lo calma. Juntos, luego, crearon un mundo de
ellos donde el mundo de afuera no existía. Y
juntos, conocieron la ternura.
–Ternura… –arrulla, y su sonrisa se torna
dulce.
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AL VIENTO
Fuimos un hombre y una mujer…
(Canción)
40 AL VIENTO 2 (V)
La brisa trae hojas secas, flores caídas, papeles
rotos Todos mezclados y dando giros sobre el
sendero.
Con la punta del bastón, el viejo retiene un
trozo de papel.
El papel le lleva años atrás. Habían vivido
tanto tiempo así, que lo convirtieron en algo
natural. Ni nombre propio se daban.
Ambos eran tú. Y él, era él. Y ella, era ella.
Habían pasado varias semanas sin tener
noticias de ella. Le dijeron que estaba de viaje.
En el reencuentro nada dijo ella. Se quisieron
como nunca… y al despedirse le dio una carta.
–La carta… –evoca, y la vuelve a leer en su
memoria:
“Yo era acostumbrada a dar, y tú me enseñaste a
recibir. Yo estaba habituada a oír, y tú me supiste
escuchar. Yo había sido hecha para satisfacer, y
tú me hiciste sentir.”
–Sentir… sentir…–repite, y la nostalgia le
invade.
“Hace un mes que no nos vemos, que no
hablamos, que no he estado contigo. Y porque
frente a los demás vivimos de la mentira,
siempre entre nosotros nos dijimos la verdad”
DE BASTÓNDE BASTÓN
–La verdad… –dice el viejo, y surge un rictus
de amargura.
“Tengo una metástasis avanzada. Las cirugías
y el mal irán deteriorando mi cuerpo. Me voy
lejos de ti. Recuérdame por lo que fuimos… un
hombre y una mujer.”
–Fuimos… –susurra, y una congoja lo
domina.
“Tuve la fuerza de tu pasión, la suavidad de tu
ternura... No quiero tener la tristeza de tu
lástima. Rompe esta carta y arrójala al viento en
la plaza de los encuentros… Adiós.”
–Adiós… –musita, y al evocar que así lo hizo.
Después fueron años y silencios.
Pero, no de olvido. J
amás volvió a saber de ella. Ni ir a la plaza de
los encuentros… hasta que el tiempo y la vejez lo
llevaron ahí.
–Recuerdos… –murmura, y el rostro del viejo
se apaga.
Aún mantiene el trozo de papel con la punta
del bastón.
Sonríe triste.
Lo suelta.
Y se va… al viento.
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Diap 129
AL VIENTOAL VIENTO
Los dos se llamaban Cecilio.
Pero, uno era de apellido Báez y fue presidente
del Paraguay. El del otro era Páez y fue un
bañero en la playa Capurro.
Los diferenciaba una letra...
Uno estuvo sólo un año en la presidencia, cosa
normal en ese país, y nadie lo recuerda. En
cambo el otro, el bañero, se mantuvo algunos
veranos… y no fue olvidado.
Porque en esa época, ser buen bañero era muy
importante. Únicamente se les daba ese cargo a
hombres de confianza, serios, educados… y de
pocas palabras.
Cecilio Páez, el bañero, tenía todas esas
cualidades. Hacían parte de su personalidad. Las
llevaba en la sangre aborigen que corría por sus
venas y en su rostro de indio.
El bañero era el responsable de empujar hasta
el agua de la orilla el carromato que trasladaba a
la recatada señorita que había tenido la audacia
de tomar baños de mar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
El carro, montado en cuatro grandes ruedas,
era un cuarto con altas y pequeñas ventanas a los
lados; que tenía, delante y detrás, unas puertas
que abrían a respectivas escaleras.
Las niñas subían con sus miriñaques por la
entrada que daba a la arena, cerraban, y se
cambiaban dentro poniéndose un traje de baño
que las cubría desde el cuello a los pies.
Ya listas, tiraban del cordel que hacía sonar
una campana afuera.
Venía el bañero, y empujaba el carro hasta el
mar.
Debía hacerlo de tal forma que al bajar la
dama, por la otra puerta y escalera, la que daba
al agua y que tenía un toldo de tela, se mojase
como máximo hasta las rodillas.
El bañero se iba, evitando ver las femeninas
formas.
Sin embargo quedaba, a prudente distancia,
esperando la campana anunciante del fin del
pudoroso baño efectuado a la sombra para no
quemar la tersa y delicada piel de las doncellas.
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EL APELLIDO
El niño es padre del hombre.
Pero no siempre el hombre es padre del niño.
(Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
41 EL APELLIDO (U)
Hubo una temporada donde fue muy asidua a
la playa una señorita de la sociedad, una niña de
las grandes familias. Su nombre francés y
resonante apellido definían su clase.
Ella era rubia, blanca, de ojos claros, modales
finos. Cecilio Páez era cobrizo, cabello oscuro,
ojos negros, introspectivo.
Pero… la campana de ese carromato, tembló.
Al llegar otoño, los carros se recogían en
galpones y los bañeros debían salir en busca de
otros ingresos. Y ese otoño, la señorita anunciaba
la novedad a sus pudientes padres.
Éstos, con educación puritana, rápidamente le
encontraron una enfermedad y que, para su cura,
debía pasar una larga temporada en una estancia
del interior.
El dinero todo lo arregla.
El siguiente verano volvía con un bebé y otro
apellido, el de su esposo. Un terrateniente con
pocas tierras y muchas deudas.
El tiempo fue pasando y el niño creciendo.
Su tez de tono aceitunado fue atribuida a los
ancestros del estanciero, los cuales se remontaron
hasta la Conquista.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los carromatos desaparecieron y con ellos los
bañeros.
Las playas se transformaron en balnearios. El
modernismo y el lujo hundieron a algunos y
encumbraron a otros.
El niño se volvió hombre. Sus ojos celestes y
piel siempre tostada lo hacían cotizar entre las
señoritas de la sociedad. Ayudaba, además, la
fortuna heredada por su madre.
Una noche, al dejar su lujoso auto en el
estacionamiento de un gran hotel sito en un
famoso balneario y frecuentado por la juventud
adinerada, miró al anciano y cobrizo vigilante:
–¡Cuidame el coche!... ¿Oíste, indio? –le gritó,
burlón.
–Con mucho gusto… m’hijo. –respondió el
viejo.
–¿Yo tu hijo?... –rió el joven junto al coro de
sus amigos.
Los dos se llamaban Cecilio.
Pero el joven era de apellido Sáez, ricos
hacendados. El del viejo era Páez, y había sido un
bañero en la playa Capurro.
Los diferenciaba una letra...
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Diap 131
EL APELLIDOEL APELLIDO
Cuando los viejos Ernestino y María del Pilar
cumplieron setenta y cinco años de vida, y
cincuenta de matrimonio, sus cuatro hijos le
dieron un regalo:
Los internaron en un geriátrico o ancianato.
Fue el resultado final de los conciliábulos
tenidos en los meses previos.
cvReuniones donde, lógicamente, los padres
ni siquiera fueron invitados.
Y lógico, así mismo, allí no se habló de cuando
Ernestino, conocido como Tino; y María del
Pilar, abreviada Pilar por cariño, fueron jóvenes
y se casaron.
Además de comenzar el matrimonio con la
ayuda de los humildes obsequios de sus
familiares y amigos, los novios sólo aportaron la
inmensa fortuna de su amor.
También, unos pocos ahorros reunidos
durante dos años de noviazgo respetuoso.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Porque, en esa época, la apasionada entrega
constituía el mayor regalo de la noche de bodas.
Y así, mientras ambos se iban conociendo
como eran en realidad, Tino fue encerrando su
sueño de ser un pintor y haciéndose más
responsable en su trabajo de dibujante.
Pilar le ayudaba con su menguado salario de
empleada en una farmacia. Aunque, poco tiempo
lo pudo hacerlo.
A los nueve meses tenían su primer hija; antes
de los dos años de casados, la segunda; al
cumplirse los tres, la tercera.
Y el siguiente año, el día de Reyes, éstos les
trajeron como regalo el cuarto… ¡un hijo varón!
Ahí se detuvieron. Quizás por tener ya quien
continuara el apellido, o tal vez por que se había
calmado la pasión.
Tino, a pesar que ganaba un sueldo mayor,
hacía trabajos extras para mantener su familia.
Y Pilar se transformó en una ahorrativa ama
de casa y preocupada madre.
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EL CASTIGO
Sólo una raza civilizada es capaz
de aprisionar a otros y a si misma.
42 EL CASTIGO (U)
Los niños fueron creciendo. Para que tuvieran
un futuro mejor, sus padres los enviaron a
colegios privados y pagos; sin preocuparles que
eso les implicara más sacrificios.
Ya estando los cuatro en el liceo, particular
también, Tino fue promovido a Jefe de Oficina.
El ingreso superior les dio para la cuota mensual
de un apartamento propio.
Pero, no les alivió de seguir haciendo ahorros
y privarse de gustos personales. El hijo varón,
posiblemente influido por el haber nacido en
Reyes, era dado a una vida regalada.
Consentido, para ganar los exámenes había
que ponerle profesores particulares… que, por
lógica, eran pagados con el esfuerzo de sus padres.
Con satisfacción, Tino y Pilar, vieron a cada
hija terminar sus carreras.
La mayor se recibió de Abogada; la segunda,
de Contadora; la tercera, de Maestra.
En cuanto al hijo, luego de sus infructuosas
incursiones en varias Universidades, montó una
oficina como Promotor.
Y a todos, mantuvieron ellos en su hogar y los
ayudaron.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La existencia siguió su ciclo.
Algunos hijos se casaron; y otros, no. Pero,
todos se fueron a sus propios apartamentos.
Como era de esperarse, Tino y Pilar
colaboraron para eso.
Algunos les dieron nietos y otros, no. Algunos
aceptaron los sinsabores del matrimonio; y
otros, no.
Se divorciaban. Y decían que ellos eran más
auténticos, no como sus padres.
Tino y Pilar oían sin comprenderlo. Para ellos,
lo natural, la autenticidad, había sido criar a sus
hijos y aceptar cualquier sacrificio.
Sin embargo, los años cambian los valores.
Y cambian a las personas. Ya no eran aquellos
jóvenes que tuvieron cuatro hijos.
Iban a cumplir setenta y cinco años. Hora de
disfrutar de la paz de la vejez.
Pero, la vida es cruel e injusta. Pilar llevaba ya
tiempo con senilidad. Tino sufría de artritis.
Necesitaban cuidados.
Y fue cuando los cuatro hijos le dieron ese
regalo:
Los internaron en un geriátrico o ancianato.
Diap 133
EL CASTIGOEL CASTIGO
::::::
Los dos viejos lo aceptaron con una extraña
sonrisa. Podía ser de agradecimiento como de
resignación, o también de irónico sarcasmo.
Además, nada podían decir. La hija abogada
los había declarado en incapacidad y su curador,
término legal para responsable, sería el hijo.
Al fin, algo haría el promotor.
Los llevaron al ancianato, geriátrico, casa de
reposo, hogar de ancianos, y otras denominaciones.
Cuando algo necesita de tantos nombres es
por que no se sabe como llamarlo.
Las cosas naturales tienen nombres simples.
Desde afuera les gustó. Una vieja casa señorial,
más vieja que ellos, con vetustos jardines, rejas
francesas, y una entrada con escalones gastados.
Pero, el interior de la mansión los decepcionó.
Las antiguas y grandes salas habían sido dividas
en ínfimos cuartos.
El ambiente olía a esterilizado, se veía inocuo,
pintado en un color neutro.
Allí, todo poseía una similitud repetitiva. Y todos
los seres mostraban una sonrisa inexpresiva.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Por normas, cada persona tenía una sola
habitación.
Los viejos, ahora, dormirían en cuartos
separados. Aunque, por deferencia, los de ellos
estaban uno al lado del otro.
La hija maestra había dicho que a Tino le
había dado por pintar últimamente.
Por tanto, lo colocaron en un cuarto de la
esquina, donde tendría dos ventanas y luz solar.
Mientras la hija fue hasta el coche para traer el
caballete y los enseres de pintura, los otros tres y
la empleada llevaron a los dos ancianos a sus
cuartos respectivos.
Luego de ubicarlos a ellos y sus pertenencias,
tanto hijos como empleados su fueron.
Los viejos se asomaron a las puertas de sus
habitaciones. Necesitaban saberse vivos.
La puerta del cuarto de Pilar quedaba sobre el
corredor a la derecha.
Al verse, ambos sonrieron tristemente.
Fue cuando de la puerta a la izquierda salió
Ivón, otra vieja.
Diap 134
EL CASTIGOEL CASTIGO
La primer reacción fue mirarse con mutua
desconfianza.
Luego, comprendiendo que, como ellos, ella
era otra anciana abandonada al cuidado de
terceros, se saludaron.
Ivón, a pesar de su vejez, mantenía el atractivo
femenino. Su cuerpo conservaba las curvas
firmes de antaño. Y en los ojos le brillaba un
ansia que no había apagado el tiempo.
Contrastaba con Pilar, flaca, encorvada, de
mirada perdida. Pero, mujeres al fin, pronto
estuvieron hablando.
Tino, como marido fogueado por los años,
permanecía en silencio.
Cuando su esposa comentó de la afición de él
a la pintura, y que lo hacía bastante bien, Ivón se
transformó.
Sin mesura, lo miró profundamente mientras
el pecho se le agitaba.
La conversación cambió de temática, yendo de
los pintores famosos, a cuadros, técnicas,
materiales, y museos. Ella dijo que, con uno de
sus maridos, los había recorrido casi todos.
Concientes que Pilar había quedado excluida,
volvieron a la charla común entre los tres.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Su esposa quiso saber por qué Ivón había
dicho uno de sus maridos.
Así supieron que era viuda por tres veces. Que
poseía tres pensiones. Que no había tenido hijos.
Y que, para no ser una carga a los sobrinos, ella
misma había elegido ese ancianato.
Con el paso de los días y semanas, fueron
conociendo las anécdotas de sus matrimonios,
cosa que entretenía a Pilar.
Y, con las descripciones de los museos,
embelesaba a Tino.
Se mostraban las medicinas. Ivón, debía
tomar cada noche gotas para subir su baja
tensión. Pilar, hipertensa, lo hacía con otras de
efecto opuesto. Y los frascos eran similares.
Juntos desayunaban, almorzaban, salían al
jardín, cenaban temprano, y luego cada uno
retornaba a su cuarto. A veces, en la tarde, iban a
ver el cuadro que estuviese pintando él.
Un atardecer, el brillo de los ojos de Ivón fue
más intenso. Tino volvió al cuarto de la esquina.
Luego, en la penumbra de la noche, salió para
entrar por la puerta de la izquierda.
Y el silencio calló la satisfacción de dos
vetustas ansias.
Diap 135
EL CASTIGOEL CASTIGO
::::::
Nunca se supo cuan fuerte fue ese romance de
ancianato, ese triángulo existente en una esquina
del geriátrico.
Ivón y Tino olvidaron que por mucho recato y
experiencia, y edad que se tenga, es muy difícil
ocultar la tos y la pasión. Si los empleados de allí
se dieron cuenta, lo callaron.
Además, aunque su mente les decía que era
imposible que a la vejez hubiesen encontrado la
realidad de sus sueños, el corazón contradecía
todo razonamiento.
Pero el ser humano posee un cerebro intrincado
y, por más que lo domine algún furor, al final le
aflora la conciencia.
Ivón se sentía mal en fingir amistad delante de
Pilar, quien le brindaba su compañía sin reparos
y abiertamente.
A él lo comenzaron a surgir remordimientos.
Si bien su esposa era simple, también había sido
una mujer sacrificada. No merecía que la
engañara luego de tantos años.
Y había una coincidencia inexplicable. Cada
noche que se unía con Ivón, al día siguiente le
subía la presión a Pilar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Fue en otoño, luego del almuerzo.
Pilar dijo que no bajaría al jardín. Lo hicieron
Tino e Ivón.
Ésta, acongojada, decidió que no debían
unirse más… y él, comprensivo, lo aceptó.
Durante la cena, estando junto los tres, Ivón
se levantó con la excusa que debía ir hasta su
habitación.
Cuando volvió tenía una expresión extraña.
Se acostaron, cada cual en su cuarto.
La mañana siguiente la encontraron muerta
en su cama.
Había tenido un paro cardíaco.
A su lado tenía la medicina de Pilar.
¿Qué había pasado? ¿La enfermera habría
confundido los medicamentos? ¿Los había
cambiado Pilar en la siesta? ¿O lo habría hecho
Ivón cuando fue hasta su cuarto?
Las preguntas y respuestas se las llevaron en
la camilla, junto al cadáver cubierto, los
empleados de la funeraria.
Nadie se iba a preocupar por la muerte de una
vieja más en una casa de retiro llena de ancianos
enfermos.
Diap 136
EL CASTIGOEL CASTIGO
Con el tiempo, Pilar se fue perdiendo cada vez
más en su mundo de fantasías y mezcla de
recuerdos, donde pasado y presente se
confundían en particular igualdad.
Tino trató de encontrar en la pintura su
propio yo, pero ya no estaba, había escapado.
Y cada vez que intentaba dibujar algo, sólo el
esbozo de unos ojos salía de los pinceles.
Brochas y pastas se secaban. Finalmente, con
el caballete, se las llevaron los hijos y nietos.
Éstos venían cada tanto, y sólo algún
domingo, para ver si estaban bien… y aún vivos.
Su vida fue la rutina de tomar medicamentos,
ir con Pilar al viejo patio a esa comida que
servían a la seis de la tarde, a desayunar, a
almorzar… a oír tonterías sin contradecirlas.
Luego, mientras su anciana esposa dormía la
siesta, bajaba al jardín buscando algo sin saber lo
qué.
Y buscando ese algo se sucedían inviernos,
primaveras, veranos, otoños.
Hubo una vez que, ya torcido por la artritis,
quiso salir a la calle. Quizás aún estaría perdido
por ahí su propio yo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero el portero, con mucha amabilidad, no se
lo permitió.
Y se dio cuenta. Era un prisionero.
Lo era desde cuando los cuatro hijos le dieron
ese regalo:
Cuando los internaron en un geriátrico o
ancianato.
Pero, él siempre lo había sido.
Había sido prisionero de su vida, de sus
responsabilidades, de su esposa, de sus hijos, de
su trabajo.
Había sido prisionero de sus ansias calladas,
de sus sueños incumplidos, de sus deseos ocultos.
Había sido prisionero de lo cotidiano, de lo
normal.
Sólo una vez, al final del camino, había
intentado escapar.
Pero la realidad, disfrazada de cordura, lo
capturó.
Quedaría prisionero por el poco resto de su
existencia.
El ancianato sería su prisión.
Y el haber perdido a ella… el castigo.
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Diap 137
EL CASTIGOEL CASTIGO
Dicen que hace dos mil cinco años, o dos mil
nueve según los historiadores científicos, nació
en medio de la noche y en un pesebre del
pueblito Belén un niño que llamaron Joshua, que
significa Dios Salva en arameo, dialecto del hebreo.
Dicen que su nacimiento coincidió con
extrañas luces y cantos que bajaban del cielo, las
que atrajeron a los pastores del lugar
encontrando allí al niño rodeado por su madre,
un hombre, un asno, un buey… y un gran
resplandor.
Dicen que desde el camino llegaron tres Reyes
Magos que venían en camellos desde Oriente
siguiendo una estrella que los guiaba hacia el que
sería el salvador y, honrándolo, pusieron sus
presentes a los pies de la criatura.
Dicen que en otro valle se encontraba un
pequeño pastor apodado Didimo, o sea: Mellizo,
por serlo de su hermano Matías. Éste había
corrido hacia las luces. Pero Didimo, más
desconfiado, quedó cuidando las ovejas y
recontándolas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Dicen que al rato volvió Matías y, con un
extraño brillo en los ojos le narró a su hermano
las maravillas que sucedían en el pesebre,
invitándole a que le acompañase a verlas.
Didimo le miró incrédulo, pero fue… y vio que
era verdad.
Dicen que, como todo, pasó la novedad del
momento.
Las luces y los cantos se apagaron.
La noche volvió a ser oscura.
Los Reyes volvieron para Oriente.
Los pastores, a cuidar las ovejas.
Y la madre, con el niño, a Nazaret.
Dicen que Joshua, llamado Jesús en hebreo,
mostró desde su niñes destellos de grandiosidad.
Y su madre, por temor a un destino fatal, lo crió
en la fe de su religión y en la paz humilde de
trabajar junto a José, su esposo carpintero.
Dicen que entre tanto los mellizos marcharon
a Jerusalén. Matías iba al templo buscando la
devoción en las escrituras. Y Didimo tratando de
encontrar la verdad entre sus dudas, siendo
llamado por su nombre: Tomás.
Diap 138
OTRO CUENTO DE NAVIDAD
La diferencia entre la verdad, la historia y un cuento,
depende de cómo se dice, quien lo cree, y en que tiempo.
43 OTRO CUENTO DE NAVIDAD (G)
Dicen que Jesús creció, que predicó un
evangelio de paz, de justicia, de amor.
Que lo acompañaban doce discípulos.
Que uno se llamaba Tomás.
Que otro lo vendió.
Y que todos le abandonaron.
Que Jesús fue crucificado. Y que murió.
Dicen que días después, resucitando de entre
los muertos, se presentó ante sus temerosos
discípulos. Y éstos corrieron, alborozados, a
llevar la noticia a los que, no estando con ellos,
no habían podido presenciar el milagro.
Dicen que Tomás, el Didimo, les miró
desconfiado y les expresó:
–Si yo no veo en sus manos las marcas de los
clavos, y no meto en ellas mi dedo, y no pongo
mi mano en su costado, de ninguna manera
creeré.
Dicen que días después, Jesús volvió a
aparecerse a ellos estando Tomás, y dirigiéndose
a éste le indicó que tocara las heridas.
Y haciéndolo, Tomás exclamó:
–¡Creo, Señor mío!...
Y, ante el asombro de ellos, Jesús sentenció:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–“Bienaventurados aquellos que, viéndolo,
creyeron.
Bienaventurado tú, Tomás, que, por no verlo,
dudaste.
Bienaventurado tú, que, pudiéndolo comprobar,
creíste.
Y bienaventurados los que creen sin haberlo
visto.”
Lo que siguió luego se volvió historia,
leyendas, cuentos, que se narraron según los
lugares, las personas y el tiempo; cambiando
nombres, frases y valores.
Los discípulos fueron los primeros en llevar
esas palabras, cada uno a su manera.
Tomás marchó a Persia y la India.
Han pasado más de dos mil años que un
humilde pesebre se iluminó de manera extraña.
Que hubo un pequeño pastor, muy desconfiado,
al que apodaban Didimo.
Pero aún hoy, en India hay quienes se llaman
a sí mismos:
Los cristianos de Tomás.
Son muy ascéticos…
Y muy escépticos…
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Diap 139
OTRO CUENTO DE NAVIDADOTRO CUENTO DE NAVIDAD
Al salir de mi casa, subiendo media cuadra,
doblando hacia la plaza, y luego de media cuadra
más sobre la vereda de la izquierda, estaba la
bodega.
La Bodega de Lingeri.
Don Lingeri, siempre lo conocí como Don, era
un italiano de igual época y origen que mis padres
y mis tíos. Pero tenía algo que lo distinguía de los
demás:
Una bodega de vinos.
Eran unos grandes galpones donde se elaboraba
y después se guardaba el vino. Nadie le daba
importancia durante la mayor parte del año.
Pero, en la vendimia era otra cosa.
Desde los viñedos llegaban unos feos camiones
repletos de cajones rebosantes de uva madura.
Su aroma invadía el aire y despertaba el ansia de
ir a comerlas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los botijas del barrio salíamos corriendo
hasta el frente de la bodega donde, en hilera, los
camiones esperaban turno para descargar en la
rampa su delicioso contenido.
Los peones, a quienes envidiábamos, sentados
sobre las cajas, nos tiraban unos calientes y a
veces marchitos racimos.
Pero, como todo lo ajeno, éstos nos parecían
exquisitos.
Era una fiesta de verano que duraba a lo mucho
quince días. Luego, los muchachos quedábamos
a la espera del gran acontecimiento:
La salida del primer vino.
Por semanas oíamos el ruido de máquinas
vibrar en los galpones y salir de ellos el olor ácido
de la fermentación. Algo misterioso que acicateaba
nuestra curiosidad.
Finalmente, un domingo de mañana, Don
Lingeri salía con su camión a recoger a todos los
botijas, sólo los varones, hijos de los italianos y
gallegos amigos de él.
Y, felices, todos íbamos a la fiesta del primer
vino.
Diap 140
LA BODEGA
Los italianos, cuando nace un varón,
mojan el dedo en un vaso de vino,
luego lo ponen en los labios de niño.
Si lo escupe, será un buen catador.
Si lo paladea, será un buen bebedor.
Y si, serio, lo traga… un buen borracho.
Gracián Solirio
44 LA BODEGA (U)
Atracaba de culata el camión en la rampa de la
bodega, la cual con sus enormes portones abiertos
era una invitación a penetrar en su mundo fabuloso.
Bajábamos en enloquecedora algarabía, yendo
entre los toneles, las prensas, los tanques, los
alambiques, y las altas estanterías llenas de
botellas y damajuanas.
Pasada la emoción de la novedad inicial, con
la presencia de nuestros padres y su bendición,
abría de un gran tonel una llavecita.
Años después supe que se llamaba espita.
De ella empezaba a salir un líquido aromático,
dulce, tibio, oscuro, espumoso, que su olor
dominaba el lugar.
Y de ese elixir, el Don nos iba dando vasos a
los niños.
Demás está decir que al rato estábamos todos
los botijas con una borrachera excepcional.
Entonces, don Lingeri nos hacía subir al
camión para devolvernos a nuestras casas.
El don y nuestros padres reían de nuestras
dificultades en hablar, o para bajar y subir del
vehículo; cosas que habíamos hechos con agilidad
unos minutos antes.
DE BASTÓNDE BASTÓN
::::::
La bodega ocupaba media cuadra por cada
lado. Cuarenta metros sobre la calle Bogotá e
igual por la Nueva Granada, a la cual luego
cambiaron el nombre por Juan B. Viacaba.
En la cuadra siguiente estaba la Iglesia,
ubicada con acierto. Cerca, tenía la bodega. En
una esquina, la cervecería. En la otra, un boliche.
Enfrente, la plaza. Y detrás, la comisaría.
En la esquina de la bodega había un local para
la venta al público. En los estantes mostraban
botellas de El Barquito, un delicioso moscatel del
que las mujeres gustaban.
También había chocolatines. Eran para los
botijas, Porque allí vendían el vino común, ese
tinto, carrasposo, para almorzar.
Lo vendían embotellado, en damajuanas, y
hasta suelto. En ese caso debíamos llevar el envase.
Y los muchachos, antes de mediodía, íbamos
con las botellas recién lavadas y bien escurridas
por nuestra madre.
El mozo la llenaba hasta el pico. Eso servía de
excusa para tomarnos esa parte, a fin que no se
desparramara el vino durante el recorrido de
retorno a nuestras casas.
Diap 141
LA BODEGALA BODEGA
La tapábamos con un corcho.
Pero a veces tenían un artefacto hecho con
alambres, una esfera de vidrio y un aro de goma
que cerraban herméticamente contra el pico.
No duraban mucho. La verdad era que las
rompíamos para utilizar la bolita como bochones
para nuestras competencias infantiles en la
vereda a la sombra de los plátanos.
La puerta de la casa de don Lingeri quedaba
sobre la calle Nueva Granada, la de adoquines,
abombada, con asfalto en el medio y en subida
recta hacia a la Fortaleza.
En las tardecitas salía la familia a refrescarse.
Entre ellos una muchacha. Era amiga de mis
primas y tenía cuatro años más que yo.
Mayor para mí, pero soñar no tiene edad…
En verano abrían la cervecería, que estaba
cubierta por un parral lleno de glicinas.
E perfume de ellas despertaba el romance,
mezclándose con el del incienso que llegaba de la
iglesia.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Grupos y parejas acostumbraban subir los
escalones de la esquina para tomarse en las
mesas unos chops, en compañía bajo los racimos
de flores y a la brisa que allí corría.
No era competencia para la bodega.
La cervecería sólo se abría a nosotros un par
de meses, como una aventura. La bodega era
nuestra todo el tiempo, como una madre.
Fue un verano.
Tendría nueve o diez años.
Era la época que hacíamos carreras en las
bajadas con las chatas, aquellas carruchas hechas
con tablas de cajón y relumanes viejos.
Los domingos de mañana había carreras en la
calle Nueva Granada saliendo desde lo más
arriba y llegando hasta la calle Grecia.
Hasta los padres iban a hinchar por cada hijo.
La habilidad para quitar el competidor más
próximo era empujarlo hacia la banquina de
adoquines, donde la chata saltaba y uno se
revolcaba llenándose de golpes y peladas.
Diap 142
LA BODEGALA BODEGA
Yo venía entre los punteros y a toda velocidad.
Estando ya cerca de la plaza, vi en la puerta de la
casa de don Lingeri a su hija.
Ella tenía el pelo suelto y… sonreía.
Cuando reaccioné estaba en el cruce de la calle
Bogotá. Vi que una jardinera aparecía delante mío.
Pasé entre las patas del caballo, aún no sé como.
El animal resopló. El conductor tiró de las
riendas. Yo fui a terminar contra el cordón de la
otra esquina, revolcado en los adoquines.
El tipo bajó del carro... y lo que me dijo no se
puede escribir.
Mi padre, don Lingeri, y otros viejos, se
acercaron a verme. No tenía nada roto. Eran
lastimaduras propias de la infancia.
De ésas que se curaban con palán-palán.
Primero me rezongaron, luego rieron.
Allá lejos, pude ver que la hija también reía. Y
yo también reí. Aquellos eran otros tiempos, que,
aun lastimados... todos reían y nadie lloraba.
Los años pasaron.
Los sucesos del ayer y las personas se fueron
acostados sobre la chata en la gran bajada de la
vida.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Un día volví al barrio.
Subí, ayudado por el bastón, el repecho hacia
la plaza. Había desaparecido la cervecería y el
boliche, siendo absorbidos por la iglesia.
Me paré en la esquina. Miré la calle Bogotá.
En la entrada de la vieja Bodega, estaba un
camión.
Y creí ver aquellos feos camiones repletos de
cajones rebosantes de uva madura.
Miré hacía la subida…
Y me pareció ver a una muchacha con el pelo
suelto, riendo de un botija que había rodado por
mirarla… y creí sentir el perfume de las glicinas.
Miré la pared de la esquina
Y me pareció ver allí la chapa esmaltada en
azul diciendo: Calle Nueva Granada.
El polvillo de los plátanos cayó en mis ojos.
Me los limpié.
Al abrirlos, las calles estaban vacías, las casas
eran viejas, la chapa estaba pintada en verde y
decía otro nombre.
Pero, en mí, seguirán perennes don Lingeri y
su bodega.
…oo0oo...
Rosalino Carigi (Titi) (10/12/2005)
Diap 143
LA BODEGALA BODEGA
Se llamaba Ignacio, su apellido era largo y sólo
recuerdo que terminaba en eta.
Le decíamos don Nacho, era vasco, de Bayona,
del Euskadi Norte, del lado francés de los Pirineos.
Hablaba con igual soltura el español que el
francés. Así mismo otra lengua rara que, con
orgullo, nos explicaba que era el eúscaro, idioma
vascuence que nadie sabía su origen.
De más está indicar que era fornido, fuerte,
antifranquista, introspectivo, católico, y que le
gustaba beber y comer. Pero, su condición más
resaltante constituía en que era modelista.
Mi padre, mis tíos, y todos los hombres
relacionados con la industria mecánica y la
fundición le tenían gran deferencia. Además, de
él emanaba algo propio que lo hacia respetar.
Algunos frustrados e ignorantes, al ver que
trabajaba con madera decían que solamente era
un carpintero, sabiendo que con eso lo ofendían.
Cosa horrible la envidia.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Las circunstancias del trabajo me llevaron a
conocerlo.
Yo, joven y audaz, había dibujado el modelo
para el troquel del lebrillo y tomando en cuenta
las contracciones del hierro.
Era una época de formulismo, los muchachos
temían a los mayores y más si éstos tenían una
especialidad. Por tanto, firmé mi dibujo pero lo
llevó un proyectista.
Sorpresa tuve a los dos días cuando mi jefe me
dijo que Don Ignacio quería que yo pasara por su
taller, y temí haber hecho una equivocación ya
que el vasco era muy severo.
Soportando las bromas de mis compañeros,
estoico, salí de la fábrica yendo al taller del viejo.
Me recibió llevándome al banco donde estaba
el modelo.
Y serio, me dijo:
–Yo conozco a tu padre… ¿tú dibujaste esto?
–Sí… –mi voz era un hilo– ¿Tiene algún
error?...
–Tu padre, no… –calló en suspenso– Y esto…
tampoco.
Diap 144
EL MODELISTA
Aunque el hombre haya bajado del árbol,
siempre necesita de su madera.
45 EL MODELISTA (U)
Me quedé viéndole con una interrogante en la
mirada.
–Mirá, botija. –siguió– Los escultores y los
modelistas nos parecemos. Hasta usamos las
mismas herramientas: gubias formones, cinceles,
cuchillas, escarpelos.
–¿Los de los cirujanos? –me atreví a preguntar.
–En su origen eran lo mismo. –aclaró– Luego,
los médicos le cambiaron una letra. Pero,
sigamos. ¿Sabés lo que Rodin, el escultor francés,
decía de la modelo perfecta.
Es seguro que un brillo erótico debe haber
surgido en mis ojos mientras esperaba la
conclusión de su frase.
–Era aquella que estando parada, si le
echaban un cántaro de aceite en la cabeza, el
aceite le llegaba hasta los pies sin caer ni una
gota en su recorrido.
–¡Vaya perfección de curvas! –exclamé,
imaginándomelas.
–Así es… –afirmó don Nacho– Y así deben ser
las de todo modelo. Las piezas hechas gracias a él
deben salir de la tierra de fundición como una
Venus surgiendo del mar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La poesía de la similitud me hizo tomar
confianza.
–¿Y con mi dibujo le hubieran caído algunas
gotas?
–No… pero le hubieran quedado colgadas. –y,
señalando, continuó– Te dejé una parte del
modelo para que lo vieras. Pasa la mano aquí… y
luego acá.
Hice lo que me indicaba. La primera era una
curva suave, pero le faltaba algo más. La
segunda, en cambio, poseía una concordancia
sensual. Provocaba seguir acariciándola.
–¿Te das cuenta?... Y aquella sólo necesita un
poco de esto. –dijo, tomando un papel de lija
microscópica y pasándoselo.
Volví a tocar con los dedos a las dos
superficies, estaban iguales, de una suavidad
voluptuosa.
Y Don Nacho y yo nos miramos con la
satisfacción de maestro y alumno.
–¡Ah!... –terminó– La próxima vez que
dibujes un modelo, trae el plano tú mismo. Los
padres deben sentirse orgullosos de sus hijos…
aunque puedan tener defectos.
Diap 145
EL MODELISTAEL MODELISTA
Con el paso de los meses, fueron dándome a
hacer más dibujos de modelos para troqueles.
Y con cada uno de ellos tenía la oportunidad
de aprender algo más del vasco Ignacio.
Por otra parte, como mi turno de trabajo
finalizaba a la tres de la tarde, muchas veces iba
hasta su taller para verle surgir de sus manos
aquellas obras de arte.
Me enseñó a conocer las mejores maderas
para construir los modelos, la nobleza del cedro,
la duración del roble, y hasta valorar el humilde
pino si estaba bien curado.
Que, al igual que los músculos en el ser
humano, su fuerza se escondía en las vetas;
mientras los nudos eran tumores que luego
terminarían destruyendo la obra.
A todas ellas les tallaba en una parte no visible
la figura de un león, y sonriendo explicaba que
ése era el emblema de su familia.
O sea, se reproducía en cada pieza fundida.
No tenía hijos, y pocos aprendices le rodeaban.
Poseía el don de vislumbrar en el joven eso que
diferencia a un modelista de un simple carpintero.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Una vez me dejó hacer en el torno el modelo
para unos noyos de resina. Lo tomó, lo acarició,
lo midió…
Y, dándome un coscorrón, me dijo:
–Está bien, sirve. Aunque, sigue dibujando.
Tienes alma de artista. Pero tú eres para crear en
el papel, no en la madera.
Una tarde de otoño me invitó ir a ver el día
siguiente como moldearían en la fundición el
modelo de la puerta inferior de la nevera.
Dibujo que yo había hecho.
–Simple, pero me costó darle tan poquita
salida. –protestó.
–No podía ser más. –argüí, firme– Más, se
hubiera notado.
–¡Arrayúa!... –exclamó– Has crecido.
Mantienes tu posición sin temor a los demás. Eso
es bueno. Pero, cuídate. Hay gente que no le
gusta que haya otros que no piensen igual.
Le respondí con vehemencia:
–Con defectos o no… son mis ideas… son mis
hijos…
–Vas aprendiendo. Te espero en la fundición.
Diap 146
EL MODELISTAEL MODELISTA
En la fundición, don Nacho fue recibido como
un dios. Maravillaba el respeto que le tenían.
Comprendí que a él lo veían como el creador de
las obras que ellos fundían.
Me fue enseñando los tipos de cajas, las
diferentes mezclas de tierra, las fumarolas por
donde salían los gases del metal colado, los
artilugios para lograr mejores piezas.
Allí me sentí parte de la gente que hace cosas,
en aquel ambiente de calor y fuego, de olores a
hombres sudando, de cubilotes con metales
líquidos refulgentes y llameantes.
–Se nota que te gusta. –me dijo con sonrisa
paternal– El dominio del fuego es lo que nos
diferencia de los animales. Y el dominio de los
metales, de los cavernícolas.
–Los metales son como las personas. –
continuó– Unos son buenos y otros, no. A veces
depende de quien lo cuela, otras de quien lo
moldeó… y a veces de las circunstancias.
Lo miré, pensando que había algo más en sus
palabras.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–El hierro es noble, puede quemarte pero te
curas rápido. –siguió– Con el cobre pasa lo
mismo. Pero si te quemas con el bronce o los
derivados del cinc, nunca cicatrizas del todo.
–¿Sabes por qué? –concluyó con acritud–
Porque aquellos son puros y éstos son mezclas.
Callados, los dos nos fuimos. Tiempo después
supe que el viejo estaba casado con una criolla, y
que ella le era infiel.
Una tarde, mientras yo hojeaba unos planos,
don Ignacio estaba sentado y tallando un
pequeño molde en sus manos.
Sentí un estertor.
El levantar la cara vi al vasco lívido, con la
gubia clavada en su pecho a la altura del corazón.
Desesperado, grité.
Con algunos aprendices lo llevamos al hospital.
Todo fue inútil… Estaba muerto.
Al morir nos había dado su última enseñanza:
Las cosas que hieren no se deben usar contra
uno.
O… habría sido otra la lección del modelista.
…oo0oo...
Diap 147
EL MODELISTAEL MODELISTA
Hace setenta años que sucedió.
Fue en diciembre del 2087, de acuerdo al
sistema que se llevaba en esa época.
Para el actual cómputo sería en el mes décimo
del año uno, ya que ese acontecimiento hizo
cambiar muchas cosas en la tierra, entre ellas las
formas de medir el tiempo.
Hoy es natural que el año inicie en un
equinoccio y tenga doce meses iguales, cada uno
con cuatro semanas, que éstas sean de siete días,
y que los meses y los días sean conocidos por
numerales.
Parece ridículo que hace menos de un siglo se
usaran meses dispares y días con nombres raros.
El suceso sirvió para unir en el mismo
problema a todos los seres de la humanidad
igualándolos en colores y razas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Empezó cierta noche.
Una alumna de astronomía miraba las imágenes
digitales de la misma zona espacial y tomadas
por varias semanas sucesivas.
Le extrañó un punto que se desplazaba en
ellas. Y no fue porque brillara, por lo contrario
era oscuro. Le llevó el caso a su tutor académico.
Y luego de dudar mucho, pero frente a la
evidencia, se atrevieron a informar su hallazgo:
Habían descubierto un cometa… ¡que no
emitía luz!
Con telescopios orbitales pudieron ver que
arrastraba una cola de partículas, también oscuras,
tal vez originadas por su lenta destrucción o
quizás recogidas en su trayectoria.
Los astrónomos no aceptaban que era un
cometa, tampoco un meteorito, y le dieron un
nuevo nombre:
Un Corvo.
Constituía la abreviatura de su definición
astrofísica. Pero, algunos pensaron que se debía
a la semejanza con el ave.
Los cálculos dieron que en pocos meses
pasaría próximo a la tierra. Y que estaba formado
totalmente de magnetita.
Diap 148
EL CORVO
Sólo seremos libres cuando desaparezcan
el poder religioso, el poder militar, el poder político,
el poder económico... y el poder tecnológico.
(Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
46 EL CORVO (V)
¡Corvo poseía una inconmensurable atracción
magnética! Era un enorme imán.
Surgió el terror.
Todos los sistemas de comunicación, economía,
banca, ciencia, militar, técnicos, estaban basados
en la digitalización y el electro magnetismo.
Al llegar Corvo, además del cataclismo, borraría
memorias y dejaría nulos todos los registros y
equipos existentes.
Los primeros en tomar medidas fueron los
dirigentes de la banca y las fuerzas armadas.
Enterrarían sus bases de datos y valores en
cámaras de plomo y a gran profundidad.
Tras ellos surgieron los sacerdotes de todas las
religiones pidiendo guardar allí los símbolos de
su fe, y les seguían los poderosos queriendo poner
a recaudo sus secretos técnicos.
Los científicos los desilusionaron.
Corvo, al pasar próximo a otro cuerpo, lo
alteraba… Y el núcleo de la tierra era hierro.
Se revirtió el proceso.
Bibliotecas y archivos, que habían pasado por
años los textos a registros digitales, comenzaron
apresuradamente a convertirlos en libros de papel.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Llegó el 28 de diciembre de 2087.
Fue cuando Corvo estuvo más cerca a la tierra.
Se tuvo la suerte que pasara bastante alejado.
Quedaron muertos todos los sistemas
cibernéticos.
Pero, movió la ubicación del polo magnético,
enderezó el eje terrestre, redujo en seis días la
trayectoria en la elíptica, y provocó movimientos
en todas las placas tectónicas.
El hielo de los polos aumentó. Norte y sur
tuvieron iguales estaciones. Los días fueron de la
misma duración en toda la tierra.
Menos de la décima parte de la población
humana sobrevivió.
Los sobrevivientes volvieron a lo natural, sin
religión, sin políticos, sin militares, sin poderosos
y sin técnicos.
Estos setenta años se ha vivido de la tierra y
con libertad.
En diez millones de años, Corvo regresará.
En ese período quizás otra especie podrá
evolucionar y, tal vez… ser mejor.
Debo suspender, debo enderezar una tecla de
la máquina de escribir que se se torció.
Día Primal, 07 del mes 02 del año 70
…oo0oo...
Diap 149
EL CORVOEL CORVO
Nicolás Paganini nació en Génova 1782.
Pero no era un virtuoso del violín, ni fue
compositor, ni se hizo famoso por sus Caprichos
musicales.
Este Paganini nació en la calle Génova, en un
barrio cerca del camino Maldonado, en una
casita que lo más distinguido que tenía era el
número 1782 en la chapa de esmalte blanco.
Fue el primogénito de una familia de italianos
emigrantes, los cuales llegaron de la Liguria con
un atadito de ropa más chico que el vientre que
ostentaba la señora.
En el vientre traía el futuro Nicolás, hijo del
tano Niccoló, nieto de Niccoló, y así seguía
repitiéndose por generaciones ese nombre en el
primer hijo.
Decían que eran descendientes del violinista.
Los que no son nada en el presente, buscan en
los ancestros que fueron mucho en el pasado,
intentando ellos ser algo en el futuro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Aunque fue inscrito como Niccoló, pronto se
le castellanizó a Nicolás y conocido por Nico.
En parte para diferenciarlo de su padre y sobre
todo por que en el barrio todo se simplifica.
En la escuela nunca peleó por las bromas que
le hacían por su nombre y apellido, haciéndolo
derivar del verbo pagar.
Por lo contrario, simpático, reía con sus
compañeros.
El viejo no hizo fortuna, fue un don Nadie más
de la masa gris que forma la base de las pueblos.
Como albañil pudo transformar la casita de
techo de cinc en una de material.
Y como padre se esforzó para que sus hijos
fueran al liceo, que fuesen más que él, en especial
Nico.
Este era hábil con los cuentas como con los
cuentos. Fuerte en los números.
Y era tan convincente que hasta las cosas más
ilógicas las hacía parecer reales.
El muchacho había nacido con dos cualidades:
Sabía contar y… sabía hablar.
Diap 150
ORANDO
Era el tiempo de la fiebre amarilla:
el verbo orar significaba hacer oro.
(Carlos Maggi –“Gardel, Onetti y algo más”)
47 ORANDO (U)
No siguió ninguna carrera. Al terminar el liceo
tomó un curso de contabilidad, mientras con su
verborrea enseguida logró un puesto de
vendedor en una zapatería de renombre.
Tampoco terminó el curso. Antes del año era
el empleado mejor pagado, y a los tres lo
nombraron gerente de la nueva sucursal en el
Paso Molino, zona de rápida expansión.
Las damas, hipnotizadas con la labia de ese
hombre que tenían a sus pies, compraban
cualquier calzado.
Nadie le superaba en las ventas. Era tan buen
vendedor que le decía a un hombre que tenía un
pie más fornido que el otro, y a una mujer que lo
tenía más pequeño... y a ambos convencía de
comprar dos pares de zapatos.
Como era lógico se casó con la joven más
hermosa y de la mejor familia del lugar.
Elegante, buena, católica piadosa, de voz dulce
y carácter amable. Tuvieron cinco hijos.
El matrimonio acentuó su otra habilidad:
La de contar con los números y que éstos se
convirtieran en dinero, en oro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y un día llegó a los directores de la zapatería y
les dijo que renunciaba. Que se había asociado
con un amigo e iban a poner un depósito de
mayoristas en alimentos.
Como era natural lo hicieron una gran
despedida y con un gran cheque de premio por su
labor en esa sucursal, la de mayor venta. Cinco
años después tenían que cerrar la zapatería.
Nico dejó el traje de chaleco, la camisa blanca, la
corbata simétrica, los zapatos pulidos, el perfume
inglés. Todo para ir tras un viejo escritorio en un
oscuro galpón.
Su socio, hijo de un emigrante gallego, se
llamaba Hernán Cortés, nada tenía de común
con el conquistador de México; no fuese lo de
feroz para las conquistas y en los negocios.
La casa Cortés y Paganini se hizo famosa e
indispensable para los pequeños almaceneros de
los barrios suburbanos. Y, cosa extraña, Cortés
era el que pagaba y Paganini el cortés.
Nico comenzó con pocas acciones, pero llegó a
tener partes iguales y ser el director de la empresa.
Sabía contar.
Diap 151
ORANDOORANDO
Hernán fue perdiendo notoriedad. Si se le
citaba, siempre agregaban “el socio de Paganini”
para ubicarlo.
Además, se casó con una fina niña bien de la
alta sociedad, poseedora de un apellido histórico.
Y tuvo que resignarse a que lo conocieran
como “el señor Cortés, el esposo de…”
Entre tanto Nicolás, don Nico o don Paganini
dependiendo del grado de confianza o adulonería,
ganaba más fama. Y en ello colaboraban las
relaciones religiosas de su esposa.
Era tan renombrado en el medio de los
importadores, las aduanas y el ámbito bancario,
como en los colegios de monjas y las iglesias del
Paso Molino y aledaños.
Porque don Nico y señora colaboraban con su
ayuda y su dinero en las obras benéficas y
piadosas parroquiales. Y toda su familia se educó
y convivió en ese ambiente.
Hasta tenía en su casa una pequeña capilla
que, por esas cosas, quedaba adjunta al escritorio
donde él hacía cuentas.
O sea, en una oraba y en la otra contaba el oro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
No importaba que los obreros del galpón
estuviesen mal pagados. Nico era capaz de
echarse una bolsa al hombro y cargar los
camiones con ellos… Y ellos lo admiraban.
No importaba que las pobres empleadas no
tuviesen baño para sus necesidades y debieran
aguantarlas por horas. Don Nico hacía el favor de
darles trabajo… Y ellas lo agradecían.
No importaba que en época de escasez de un
alimento lo guardara en espera del alza de precio.
Ningún mandamiento dice: No acapararás…
Y el domingo comulgaba en misa.
Sus padres, los viejos emigrantes venidos de la
Liguria, y los otros Paganini nacidos en la calle
Génova 1782, cerca del Camino Maldonado,
nunca se fueron de allí.
Se hicieron parte del barrio, de su lejanía,
tanta que ni salía en algunos planos de la ciudad.
Sus hermanos y hermanas se casaron, tuvieron
hijos… y todos se sentían orgullosos.
Nico era un Paganini.
No famoso como el violinista, pero había
llegado a ser importante, rico. Sabía hablar.
Diap 152
ORANDOORANDO
El tiempo fue pasando.
Y, mientras Nico seguía siendo el pez grande
en la pecera del Paso Molino, Hernán se hacía un
pez mayor en el mar de la alta sociedad.
Los hijos crecieron. A los de Paganini no les
gustaba decir lo que hacía su padre. Menos aún a
la señora de histórico apellido y sus niños.
Tan solo eran almaceneros mayoristas.
Y como un día se asociaron, otro se separaron
vendiendo el galpón a unos armenios quienes le
cambiaron el nombre.
Cortés se convirtió en señor de los salones
distinguidos e invirtió su parte en algo que
correspondía a su status, o sea en tierras y ganado
que trabajarían los campesinos para él.
Nico intentó seguir explotando sus habilidades
de contar y de hablar. Puso varios comercios,
hasta montó una zapatería fina.
Pero, era otra época o él había envejecido.
Los hijos hacían locuras con tal de lucirse.
Los mayores se casaron con personas similares,
y don Nico les financiaba sus negocios.
Y la menor, su consentida, le dio la sorpresa de
hacerlo con un peón del antiguo Cortés y Paganini.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Como el muchacho sólo sabía de papas y
bolsas, le compró un puesto en el mercado
principal.
Todos ellos fracasaron… menos el peón y la
nena. Los dos trabajaban allí.
Luego, la hermosa, dulce y elegante
compañera de su vida enfermó de cáncer.
Don Nico la vio demacrarse. Cada tanto alguna
vetusta monja o un esclerótico cura venían a
verlos.
Pero nadie más. La pecera de Paso Molino
parecía haber quedado vacía.
Nico y señora sólo eran dos decrépitos peces
solitarios donde antes nadaron admirados por
los demás.
La muerte la alivió a ella de sus dolores. Y él se
encerró en la casa.
Pasaba en la pequeña capilla junto al escritorio.
Nicolás Paganini nació en Génova 1782, una
calle cerca del camino Maldonado
Había nacido con dos cualidades:
Sabía contar y sabía hablar.
Viejo, había aprendido que orar no significa
hacer oro.
…oo0oo…
Diap 153
ORANDOORANDO
Anunzziata Bertina Castellamare D’Arenys no
era nombre adecuado para haberle puesto a una
niña tan delicada como la cuarta que le nació a
ese matrimonio.
Un matrimonio ya muy peculiar.
Su padre, un napolitano, había llegado al país
sureño huyendo de la policía fascista por haber
matado a uno de sus integrantes.
En el barco conoció a una catalana, rebelde y
protestataria, que por sus ideas socialistas
también venía escapando de la represión de la
dictadura franquista.
Eran dos seres disimiles. Ella de ojos azules,
cabello rubio y lacio, fina, culta, y hablaba varios
idiomas. Él, retacón, pelo y ojos negros, tosco,
casi analfabeta, apenas en un dialecto.
Poco tenían en común además del pasaporte.
A ambos se lo había dado Francia.
Pero el viaje en barco desde Marsella a
Montevideo es muy largo y la luna brillaba en el
Atlántico.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Fueron a una pensión cercana al puerto. Se
casaron sólo por el civil, estaban decepcionados
de la iglesia.
A los tres meses se mudaron a un conventillo
en Nuevo París.
Ella siempre decía que era francesa y consiguió
trabajo en una librería de Paso Molino.
Él logró entrar como obrero en una metalúrgica
de la zona y nunca pudo negar ser tano.
Compraron un terrenito barato cerca de
donde terminaban los rieles del 18, el tranvía de
la zona.
Levantaron primero un ranchito, allí nació la
primera nena.
Trabajadores y ahorrativos como buenos
emigrantes, en poco tiempo transformaron el
rancho en una hermosa casa de material con
jardín al frente… y tuvieron tres hijas más.
Desde chica a la menor la llamaron Tina.
Su madre intentó que fuese Bertine, o Bertén
como suena en galo.
No lo logró, pero obtuvo una criatura grácil,
hermosa y atractiva.
Diap 154
UNA VEZ
Los ángeles deben ser aburridos,
no tienen sexo.
(Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
48 UNA VEZ (U)
Tina poseía la piel blanca y tersa, el cabello
largo, sedoso, negro azabache, pero los ojos de
color cielo. Cejas perfectas, pestañas arqueadas,
labios carnosos, cara de muñeca.
También desde pequeña mostró características
propias, era introspectiva, de pulcritud exagerada,
no le agradaba que le tocaran sus juguetes que
mantenía siempre limpios.
Evitaba las caricias y, si alguien se las hacía,
de inmediato iba a lavarse.
Y callaba con una fría mirada de sus claros ojos
a los que le hacían bromas por su forma de ser.
Estudiosa, no era dada a los juegos y jamás
donde hubiese contacto físico.
Sus manos, libros y cuadernos nunca tenían
una mácula a pesar que era la época de la tinta y
la pluma.
Al llegar a la pubertad, por si fueran pocos sus
atributos, se convirtió en una esbelta mujer,
elegante, alta, curvilínea.
Los genes galos de la madre se habían superado
en Tina, y los itálicos de su padre le otorgaron
senos seductores.
Las medidas perfectas son 90 – 60 – 90.
Ella tenía 99 – 50 – 90
DE BASTÓNDE BASTÓN
Porque además poseía una cintura de avispa.
Los hombres y muchachos empezaron a andar
tras ella piropeándola, en tanto sus hermanas y
amigas se mordían de envidia.
Sin embargo, siempre estaba rodeada por
ellas. Parecía una abeja reina.
Y como Tina no hacía caso a los zánganos,
éstos al final se conformaban con enamorar a
una obrera.
Es que no sólo tenía figura de avispa. Le
hubiera gustado ser una y tener las piernas en el
tórax.
Consideraba que de la cintura hacía abajo sólo
había inmundicias.
Una vez comentó a su madre por qué se nacía
de ese lugar tan sucio, y eso debía estar allí.
Y la catalana le respondió:
–Pero mi hija… Si estando un lugar oloroso,
antiestético, rodeado de sudor, orines y
excremento, el sexo atrae tanto. ¡Lo qué hubiera
sido si estuviese en otro lado!
Tina se sonrojó como era habitual cuando se
hablaba de esos temas y fue a leer a la hamaca
del fondo donde, luego de limpiar el asiento con
una inmaculada toalla, se sentó.
Diap 155
UNA VEZUNA VEZ
De las cuatro hijas, parece que al napolitano se
le quedó el molde de los varones en la bota
italiana, la única que había heredado el gusto de
la catalana por los libros era la menor.
Las otras sólo obtuvieron el rubio pelo de la
madre, pero retaconas, fornidas, mostraban el
origen del viejo para quien el mayor logro era
que hubiese comida y vino en la mesa.
La catalana, gracias a su trabajo en la librería,
se mantuvo actualizada en lo intelectual y la
política.
Era miembro del club socialista del barrio y
activa militante de izquierda.
La hija mayor tomó la responsabilidad de
cuidar la casa y a las hermanas menores, las
cuales le ayudaban a medida que crecían.
Lógicamente, a Tina le dieron la limpieza.
Pero, era tan exagerada que optaron por
decirle que no lo hiciera más y volviese a su
gusto: la lectura. Y le pidieron un favor:
Que fuese la última en entrar al cuarto de
baño.
Porque cuando ella iba ahí, repugnada por
cumplir con sus necesidades, tardaba un siglo en
salir,
DE BASTÓNDE BASTÓN
Eso sí, lo hacía como si se hubiese bañado otra
vez y dejando todo brillante.
Mientras sus hermanas al terminar la escuela
prefirieron ir a la Academia de Corte y Confección,
Tina dijo que asistiría al liceo.
Y la enjuta y cuarentona catalana sonrió feliz.
Había que tener 14 años para dar el examen de
ingreso, y Tina tenía doce. Debía esperar.
Su madre, al ver el desarrollo de su hija,
precavida la llevó con ella a la librería. Los dueños
estaban felices de tener otra empleada atractiva
y… gratis.
Finalmente entró al Liceo Bauzá.
Fue famosa por sus notas, por su molestia si la
tocaban, su manía de limpiar el pupitre antes de
sentarse y… ¡por usar guantes en el tranvía!
Explicaba que no se sabía si los hombres que
habían tocado los brillantes pasamanos de
bronce se lavaban las manos luego de orinar.
Y era tan firme, que todos la respetaban.
Lectora voraz, devoró todos los libros de la
biblioteca del liceo, luego todos los de la pública
de Belveder.
En la últma se hizo amiga de unas muchachas
que iban al colegio de las Monjas.
Diap 156
UNA VEZUNA VEZ
Para horror de sus padres, llegó hasta ir allí y
leer la Biblia.
Finalizando el liceo dejó esa amistad y se le vio
acompañada por un hombre en el tranvía.
Los viejos respiraron con alivio.
Un sábado el hombre vino de visita a la casa.
Conoció a la hermana mayor de Tina. Se ennovió
con ésta y se casaron. Y la pulcra y hermosa
menor entró en la Facultad de Química.
Siguió yendo en tranvía, usando guantes,
vistiendo como si tuviese un modisto francés.
Delgada, curvilínea, elegante, atractiva… y
siempre sola. Se especializó en Laboratorio.
Ese ambiente estéril era adecuado a su
pulcritud. Cuando se recibió con excelentes
menciones, todas sus hermanas y amigas se
habían casado y tenían hijos.
Compró apartamento en el Prado. Los viejos
no quisieron irse con ella, el napolitano prefirió
vivir con su jubilación, el vino, los nietos. La
catalana, arengando en el club socialista.
Pero un día, ya cercana a los cuarenta años,
las hormonas reprimidas de Tina se alborotaron.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Había un jefe que era otro fanático de la
limpieza, además de culto, fino y… veterano.
Fue una cita prácticamente intelectual,
cumbre de un romance platónico en donde lo
máximo había sido dejarse acariciar las manos…
¡enguantadas!
La puerta del apartamento del Prado se abrió
para permitir entrar, por primera vez, a un
hombre. Comieron, bebieron, se bañaron, cada
uno aparte, y fueron a la impoluta sábana.
Él fue tan cortés y prudente que llevó su
propio piyama, y ella tan fina y recatada que se
acostó con un largo camisón.
A los pocos minutos, Tina se levantó asqueada
del olor a sudor, a esperma, a saliva, a sentirse
tocada hasta en lo más íntimo de su ser.
Se encerró en el baño y se lavó por horas.
Cuando salió, el hombre se había marchado.
Luego, detrás de él se fueron los tranvías y el
tiempo.
Tina murió de 92 años.
Delgada, pulcra, con sus guantes.
Sólo lo había hecho una vez… ¡y no le gustó!
…oo0oo…
Diap 157
UNA VEZUNA VEZ
Se llamaba José Miguel Gonzalo Baranzazú,
sin embargo siempre se le dijo: Chiquito.
Y eso era lo más ilógico, ya que sobresalía por
su estatura en todas las fotos de la escuela.
Decían sus tías que el apodo le quedó desde el
momento que nació.
Todas ellas eran mayores, piadosas y solteras.
Además, la mayor también oficiaba como
partera.
Tenía poca clientela, sólo pedían sus servicios
las católicas de fe, ya que siendo cristiana devota
no solucionaba ningún problema de una señorita
o de un embarazo no deseado.
José Miguel fue hijo de la hermana menor.
Y al recibirlo en sus manos la tía comadrona, y
ver que medía casi sesenta centímetros de largo,
lanzó una exclamación riendo:
–¡Vaya que el botija salió chiquito!...
Y ese apodo lo quedó:
El Chiquito Baranzazú.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Porque lo de Gonzalo nunca se le dijo aunque
él lo firmase. Nunca se supo si era nombre o
apellido, puesto que puede ser las dos cosas.
Su madre aseguraba que ese era el apellido del
hombre con quien se casó cuando estuvo unos
meses en el interior del país, el cual marchó a
una zafra en el Paraguay y lo mataron.
Pero las chismosas del barrio decían que
quien se llamaba así era el Padre Gonzalo, un
cura alto, joven y apuesto que enviaron al norte
argentino luego que nació el niño.
Chiquito fue el único hombre en esa casona
que debió ser señorial en viejos tiempos, y que
poseía un gran terreno al fondo que colindaba
con el huerto trasero de la iglesia.
En la cerca existía un portón, el cual usaban
las solteronas para ir a recoger las vestimentas
sacerdotales y la lencería de los altares.
Con ello se evitaban dar la vuelta a la cuadra.
Porque desde que se construyó el templo,
desde la abuela Baranzazú, todas las mujeres de
esa familia tuvieron la piadosa caridad de lavar la
ropa sucia de los curas.
Diap 158
LA FE
Admiro a las personas de fe.
Debe ser hermoso creer en lo que no existe.
(Las mil y Una…)
49 LA FE (U)
Así mismo el portón también sirvió para que
el Chiquito fuese y volviera de la iglesia. Ya que
ésta y los sacerdotes representaron su segundo
hogar y padres putativos.
Los curas, en su obra de apostolado, permitían
jugar fútbol en el patio de su colegio a todos los
muchachos del barrio así practicasen o no la
misma fe.
Chiquito, por su estatura, era preferido como
arquero. Pero nunca lo iban a buscar a la casa de
las Baranzazú como era conocida en el barrio, o
como él llamaba: La casa de mis tías.
Se le encontraba dentro del templo, en el
colegio adosado a él, en la cocina con el fraile, en
la capilla, en el despacho del párroco, o en el
bautisterio y hasta en el campanario.
Jamás rezando. No pecaba de beato, por lo
contrario era el más reo de la barra. Eso no
quitaba que en la misa a la seis de la madrugada
fuese el monaguillo del dormido cura.
Porque se conocía todo el ceremonial eclesiástico
al dedillo y en latín, tanto que más de una vez le
susurraba un término a algún viejo, esclerótico y
olvidadizo sacerdote.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los clérigos retribuyeron su fe invitándolo a
desayunar, a almorzar con ellos en las fiestas
religiosas, y dándole la beca de asistir gratis al
colegio pago de los curas.
Chiquito nunca hablaba de religión con sus
compañeros. Fue otro que jugaba bolitas, balero,
trompo.
Sin embargo, hizo más por la fe que aquellos
dogmáticos sotanados.
Gracias a él, y a la curiosidad, los chiquilines
no tuvieron temor de entrar al templo.
Aprendieron que los adornos y la vestimenta
clerical tenían nombres como cualquier cosa.
Amito, cíngulo, estola, casullas, alba, sobrepelliz,
mantel, corporal, altar, ara, cáliz, dejaron de ser
palabras misteriosas, y muchos botijas hasta
hicieron pininos como monaguillos.
Si alguien pensó que Chiquito al crecer iría al
seminario o terminaría de fraile o sacristán, se
equivocó.
El desarrollo le dio una voz profunda, grave,
varonil.
Y, sus genes vascos le otorgaron un cuerpo
atlético, alto, de anchas espaldas.
Diap 159
LA FELA FE
Las muchachas, al verlo y oírlo se derretían
como las velas del altar de la Virgen. Pero, siendo
introspectivo, no fue un tenorio picaflor como
otros amigos charlatanes.
Estudió Contabilidad con un maestro que,
para redondear el magro sueldo, daba eso en los
salones del colegio y que ostentosamente
llamaba Academia de Administración.
A los dieciocho años se empleó en una
empresa del centro de la ciudad. Y, entró al
boliche de la esquina y cada tanto al quilombo
que estaba cerca de la comisaría.
Lo hizo oficialmente, ya que desde algunos
años antes lo hacía a escondidas y pasando por el
fondo de la iglesia para que su madre y tías
creyeran que iba a la misma.
Los únicos vicios que se le conocieron fueron:
Tomar caña y jugar al billar. Lo de frente a la
comisaría era un pecado natural. Además, la
iglesia tiene el paliativo de la confesión.
Y mientras los demás se iban ennoviando, él
progresaba en el trabajo. Y seguía yendo a la
iglesia… y de farras con Juan. Un día se supo que
éste, entraría al seminario.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Sorprendió a todos. Se podía esperar eso de
Chiquito, pero no de Juan. Era el más mujeriego
y sinvergüenza del grupo. Pero, el camino de la fe
hace extraños viruetos. 1
Dicen que el sacerdote que vive con austeridad,
pobreza, y haciendo el bien, llega a santo.
Y el que vive con picardía, habilidad, y haciendo
fortuna, a obispo.
Juan fue capellán.
Al ir envejeciendo, las mujeres Baranzazú
profundizaron aún más su fe y devoción.
Mantenían los altares, figuras, estatuas,
ornamentos, constantemente pulidos y brillantes.
Pero, al igual que el Chiquito, no pecaban de
beatas. De carácter alegre, conversadoras,
serviciales, se hicieron querer por todos. Aún por
los que despotricaban contra la religión.
Los años pasaron. Los otros amigos se fueron
casando. Las tías, muriendo. El templo perdió
brillo.
Y Chiquito se casó con la muchacha más linda
del barrio.
La ceremonia fue la más hermosa vista en esa
iglesia. La fe tiene sus cosas.
Diap 160
LA FELA FE
Y también por esas cosas, sólo tuvo hijas… y
las hijas sólo le dieron nietas. Los yernos
aportaron sus apellidos.
Sin embargo, la gente las conocía a todas por
“las Baranzazú” y lo devotas que eran en la iglesia.
Chiquito murió teniendo más de noventa
años. Rodeado por sus hijas y nietas recibió la
extremaunción. Antes de enterrarlo, llevaron el
féretro al templo y los sacerdotes en coro le
hicieron misa de difuntos con cuerpo presente.
La iglesia se llenó de personas. Hasta asistieron
los que no creían en la religión. Pero faltaban
muchos de los amigos que gracias a él habían
perdido el temor a la iglesia y su ceremonial. Se le
habían adelantado en dar el último paso.
Y ahí estaba en el ataúd. Frente al altar por
donde siendo niño pasó haciendo una fugaz
genuflexión. Altar que ahora miraba al público, y
que tuvo manteles lavados por sus tías.
Cerca de los confesionarios donde de botijas
se ocultaban jugando a las escondidas. Y donde,
luego de jóvenes, iban a arrepentirse de un
pecado… que volverían a cometer.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Lo transportaron en hombros hasta el
cementerio.
Pero al llegar a la esquina del boliche en el
cual tantas veces tomó caña, la procesión se
detuvo.
Y más de un viejo sonrió.
El ataúd era largo. Se necesitaba otro par de
amigos para cargarlo. Y tal vez, desde el más allá,
resonó la exclamación de la tía comadrona:
–¡Vaya que el botija salió chiquito!...
Lo enterraron junto a su madre, a sus tías, a
su abuela.
En un viejo panteón lleno de placas con el
apellido Baranzazú y nombres de mujeres.
Pusieron la de él. Una placa que dice:
José Miguel Gonzalo Baranzazú (Chiquito)
Debajo reposan los restos del Chiquito, del
Chiquito Baranzazú.
Nunca se le llamó de otra forma; ni se supo si
Gonzalo era nombre o apellido, puesto que
puede ser las dos cosas.
Un hombre grande que vivió en la fe.
…oo0oo…
Diap 161
LA FELA FE
La llamaban Nieves y, aunque tenía la piel de
ese color, no era un apodo.
Resultaba la apócope de su nombre completo:
Blanca Nieves Desmoulins Rodríguez.
Nunca le dijeron Blanca. Quizás por que su
madre se llamó así y no traer su triste recuerdo,
ya que murió al darle a luz.
En cuanto a su padre fue un francés que se
marchó para su tierra a los pocos meses de ella
haber nacido y, jamás volvió.
Nieves fue criada por una tía solterona,
perteneciente a la congregación de Hijas de
María, que comulgaba todos los días en la misa
de la seis y rezaba cada tarde en el ángelus.
Vieja, flaca, desgarbada, de rostro agrio,
vestida de oscuro, parecía una bruja.
Sin embargo, aunque vivía de una magra
pensión, se hizo cargo de la crianza de Nieves, de
quien se refería, entre sarcástica y cariñosa,
como la guachita.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Gracias a sus conexiones con la iglesia logró
conseguir una beca para la niña en el Colegio de
las Monjas, al cual asistían las hijas de las
familias pudientes de la zona.
Nieves al ser huérfana no fue despreciada por
sus compañeras. No hacía falta.
Al ser becada debía realizar labores que las
demás no efectuaban.
Bajo la sonrisa compasiva de las otras, barría
los patios, borraba el pizarrón, ordenaba en la
biblioteca.
Tuvo la fortuna de poseer mente ágil y una
gran habilidad para aprender tanto de cosas
intelectuales como manuales. Y la Hermana
Bibliotecaria le enseñó a encuadernar.
Se destacó en matemáticas y gimnasia. Para
dicha de su tía, se encariñó con el colegio.
Hasta sábados y domingos iba a él a jugar
deportes con las monjas o leer en la biblioteca,
en ese ambiente lleno de libros sobre castidad y
mística.
Aunque de soslayo entraban Bécquer y Amado
Nervo.
Diap 162
LA GUACHITA
Las muchachas sueñan ser Blancanieves
y que les llegue un Príncipe,
pero… sólo encuentran a los 7 enanitos.
(Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
50 LA GUACHITA U)
Terminó el liceo allí. No siguió el noviciado
como deseaban las monjas ni fue a Preparatorios
para completar bachillerato.
Dejando atrás el convento, quiso vivir.
Pero es difícil salir de los rieles donde se nos
ha enseñado a andar. Entró en la Acción Católica
de Señoritas.
Y para ayudar a la tía solterona, que cada día
era más sarcástica en decirle guachita, fue a
trabajar en una imprenta.
Además, sábados y domingos era catequista
en la iglesia. Ahí conoció a unos muchachos que
iban al salón de Jóvenes Católicos, y en el patio
jugaban fútbol, básquetbol y voleibol. Deporte,
este último, donde ella era muy buena.
No escapó a los jóvenes la mirada de interés
de Nieves en las jugadas y que sabía del juego.
Tampoco que ella era una muchacha con todos
los atributos que atraen a los hombres.
El equipo consiste de seis jugadores. Pero en
éste había uno mas. Uno que siempre quedaba
afuera, sentado, como sustituto. Un joven delgado,
rubio, de ojos claros.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y él comenzó a charlar con Nieves.
Una vez, uno de los jugadores se lastimó.
Y el rubio le dijo que ella entrara al juego.
Venciendo todos los prejuicios, así lo hizo y jugó
perfecto. De esa forma comenzó a ser la novia de
cada uno de ellos… y la dejada luego.
Entre tanto el rubio seguía fuera del juego,
escribiendo versos que pasaba a máquina usando
el lado rojo de la cinta para no gastarla.
Un día, ella se los pidió para leerlos.
A la semana se los devolvía encuadernados. Y
él, con una mirada que los dos entendieron, le
regaló el libro.
Pasó el tiempo y la vida.
Nieves murió soltera, anciana y sola. En sus
manos tenía un rosario y la encuadernación de
unos versos escritos en rojo.
Se apellidaba Desmoulins Rodríguez.
Su nombre completo fue Blanca Nieves.
Pero, nunca mordió la manzana, nunca llegó
un príncipe que la besara.
Sólo conoció siete enanitos.
Y uno, el más flaco, le dio un libro de poesías.
…oo0oo…
Diap 163
LA GUACHITALA GUACHITA
Llegó del interior ya con el apodo del Tato.
Su nombre creo que era Torcuato Trelles, por
lo menos tenía dos T grabadas en la enorme
hebilla de bronce de su ancho cinto.
Nunca se supo de donde vino. Tampoco
interesó. Fue de esos hombres que es mejor
ignorar su existencia.
Decían que llegó recomendado por un
terrateniente socio de esa fábrica.
Se rumoraba que había salido de Treinta y
Tres, otros que de Tacuarembó. Y él, las pocas
veces que habló, dijo cosas de un pueblo
mentado los Tucutruces.
Había comentarios que tuvo que salir
escapado porque un gaucho se la había jurado.
Tampoco se supo la causa pero, al ir
conociéndolo, nada de eso extrañó.
Tato, cuando estaba solo, era una persona
taciturna, hosca. Sin embargo, si tenía alguien
cerca mostraba una sonrisa que no se podía
definir si era servil, falsa o traidora.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Siempre estaba de campera cerrada. Bajo ella
llevaba la faja con el oculto facón, y sobre la
misma el cinto de cuero.
La camisa y al ancho pantalón evocaban la
ropa campesina.
Fue de vigilante a los baños de los obreros.
Allí, sentado en un pupitre, se encargaba de darle
un papel de astrasa a los que iban al retrete… y
anotar la placa del operario.
Había un gran reloj frente al escritorio. Alto,
no fuesen a ensuciarlo los trabajadores.
Luego de un corto tiempo, Tato golpeaba la
puerta del excusado diciendo con voz ladina:
–¿Necesitás más papel?... ¿Te sentís bien?...
El pobre y avergonzado obrero, salía de
inmediato para ser recibido por la ambigua
sonrisa de Tato quien le prestaba un áspero
jabón y una hoja de diario viejo para secarse.
Los que iban a orinar ni siquiera tenían
privacidad. Debían hacerlo contra una pared
cercana al pupitre.
Era el lugar más silencioso, nadie hablaba por
temor a ser oídos por el Tato.
Diap 164
LA SONRISA
Desconfía del que siempre está serio,
como del que siempre sonríe.
(Gracián Solirio)
51 LA SONRISA (U)
Una vez, por no perder tiempo, un joven
técnico fue a ese baño en vez de ir al de los
empleados.
Muchacho al fin, al ver a Tato golpear una
puerta, no se contuvo y le reclamó:
–¡Déjelo hacer sus necesidades en paz!...
Unos días después, el joven y el obrero eran
despedidos.
A los pocos meses Tato fue ascendido como
vigilante en la entrada. Su misión consistía en
ver si el personal marcaba bien las tarjetas y
revisar a cualquiera si sospechaba algo.
La forma más simple y artera de sacar a un
trabajador con ideas sindicalistas, y sin que
nadie se atreviese a protestar, era encontrarle al
salir con alguna cosa sustraída.
¡Qué eficiencia tuvo el Tato en ello!
Rara fue la semana que no hallaba en los
bolsillos de un operario, o en la cartera de una
obrera, algo robado… ¡o puesto por las manos de
Tato!
Naturalmente que ese empeño era recompensado
por los jefes con premios y aumentos de sueldo.
Así pudo comprar un terreno cerca de la bahía,
lejos de las demás casitas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Construyó un ranchito. Nadie se acercó a
ayudarle.
Y vivió solo. Sus únicos acompañantes eran
unos teros bravos que graznaban desaforados si
alguien se acercaba.
No iba a ningún boliche. Día a día se hizo más
huraño.
Con todo, es difícil escaparse al destino. Y más
si se lleva una jurada escondida en el pasado.
Una mañana no fue a la fábrica, y él era el
primero en llegar. Lo fueron a buscar.
Lo encontraron cerca de la bahía. Con un
facón metido en medio del pecho. A su lado
estaba el suyo.
Y en cada mejilla le habían hecho barbijos en
forma de T.
Si los teros gritaron esa noche, a ninguno le
interesó.
Tato, cuando estaba solo, era una persona
taciturna, hosca. Sin embargo, si tenía alguien
cerca mostraba una sonrisa que no se podía
definir si era servil, falsa o traidora.
Pero, al final, muerto, con los barbijos, parecía
tener una tétrica sonrisa
…oo0oo…
Diap 165
LA SONRISALA SONRISA
Era incongruente que María Elena Sanjerjes
Abucherena pudiera ser a la vez la líder Malena.
Sin embargo, lo fue.
Además de poseer esos dos apellidos de
terratenientes, si se subía en su árbol genealógico
se podía hallar avanzados de la época de la
conquista, generales de la emancipación,
grandes políticos de la República, y hasta santos
y escritores.
Pero, su padre y su madre fueron de las ramas
pobres de ambos árboles.
No poseían fortunas ni estancias. Y el único
ganado… era el sueldo que ganaba su padre por
mes.
No por ello dejaban de ufanarse por sus apellidos
y vivir en un status acorde a su importancia,
aunque muchas veces debiesen endeudarse y el
padre trabajar extra.
Porque la madre no laboraba afuera. A una
portadora de tal nombre le hubiese sido humillante.
Pero era tan buena esposa que lograba hacer
comida con lo que traía su marido.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Eso sí, el té a las cinco estaba rodeado de
exquisiteces y servido con toda la parsimonia
propia de la gente fina.
Ni que decir de las tazas y la platería… y de lo
que se charlaba.
Por lógica, vivían en un barrio con personas
del mismo nivel.
O sea, de apellidos renombrados, dueños de
pequeños chalets y con hipotecas por muchos
años.
Lo que no constituía obstáculo para que todos
perteneciesen al club de yates, aunque ni
siquiera tuviesen un bote de remos.
Y menos traba para asistir a la inauguración
de óperas, teatro, ballet y cualquier acto cultural
acorde a su posición.
Lo otro básico eraser dueños de un coche que
debía estar en la entrada del garaje y a la vista.
Si se usaba o no, siempre existía la excusa de
la contaminación de la nafta.
En cuanto a la ropa, la de afuera debía ser de
lo mejor.
La interior, de cualquier tipo… Porque, a ésa
nadie le veía.
Y… por no ver su interior, María Elena se
volvió Malena.
Diap 166
OTRA RAMA
Malena canta el tango como ninguna…
(Canción)
52 OTRA RAMA (U)
Asistió al colegio de monjas, fue a misa todos
los domingos y se crió en un ambiente donde se
consideraban groserías las expresiones de:
comunismo, problemas sociales, revolución.
Sin embargo, al llegar a señorita, en vez de
comentar sobre los pretendientes de igual clase,
su conversación versaba en los tres temas
evitados en los diálogos por las personas bien
educadas: Religión, Política, Sexo.
No sólo eso, sino con posiciones radicales,
aunque fuesen totalmente reales.
Su padre reaccionó yendo al otro extremo, y
su madre con enfermedades para evitar las
reuniones.
Y el mal se hizo general.
Y la reacción genera reacción.
Y los generales degeneraron en una dictadura.
Y los opositores desaparecieron en las cárceles
o en la clandestinidad.
María Elena tuvo la suerte de pertenecer a los
últimos.
Allí su labor fue tan eficaz que se le conoció
como la comandante Malena, para oprobio de los
Sanjerjes y los Abucherenas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La comandante Malena llegó a ser famosa y
estar en movimientos revolucionarios de otros
países con opresión e injusticias, o sea: en todos
los del tercer mundo.
Pero todo pasa, hasta las dictaduras.
Y más rápido cuando los problemas están en
la forma de pensar de la gente y no se pueden
resolver dando órdenes.
La moda cambia. En la nueva época era de
buen gusto ser de la izquierda, un honor haber
vivido en la clandestinidad, distinguido haber
estado en el exilio.
Para no decir groserías, la gente bien hablaba
de socialismo y otros ismos que servían de
istmos a su vida de sociedad.
Y María Elena, fuese por sus apellidos o por su
trayectoria en la oposición, obtuvo relevantes
cargos en organizaciones internacionales de
derechos humanos.
Hasta los familiares ricos, los ganaderos y
terratenientes, la citaban atreviéndose a llamarla
Malena. Nada importaba.
Era una más de ellos… aunque perteneciese a
otra rama.
…oo0oo…
Diap 167
OTRA RAMAOTRA RAMA
José Manuel Rodríguez De la Sierra fue alguien
que pudo ser otro Pepe Rodríguez cualquiera.
Pero, por esas cosas, lo conocieron por el
nombre y el apellido de atrás.
Cuando llegó al barrio tenía ocho años y ya le
decían Lolo.
Vino de uno más al este, donde la gente se
ufanaba de vivir frente a la playa aun estando a
varias cuadras de ella.
El apodo lo originó su mamá quien, para
diferenciarlo de su esposo, otro José Rodríguez,
comenzó a llamarle Manuel. De allí pasó a
Manolo, y luego a ese muy fino: Lolo.
Hay que comprender a la pobre señora.
Manolo es nombre de almacenero. Manuel
suena a emigrante. En cambio, Lolo tiene cierta
distinción propia.
Pero, el José Rodríguez padre, que un día salió
del barrio por negocios desconocidos, murió de
forma desconocida. Y Lolo y su madre vinieron a
vivir a la casa de la abuela.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Llegó hablando con expresiones extrañas,
gestos raros y usando diferente ropa.
La botijada del barrio era generosa, y lo
atribuyó a que así debían actuar del otro lado de
la bahía.
Además, en pocas semanas se adaptó a la
nueva barra, a ir al colegio público y a chamullar
en reo con los otros botijas, fuese jugando bolitas
en la esquina o al fútbol en el campito.
Pero, por esas cosas, a veces lo envidiábamos.
No tenía un viejo que le castigara cuando se
portaba mal. Era el mimado de su abuela.
Y, sobre todo, su madre era hermosísima.
Ya estábamos en la edad que surgía el libido
en nosotros.
Y aquel mito que no había mamá como la de
uno desaparecía frente a la regordeta que
encontrábamos en la casa.
Sin embargo, la de Lolo era poseedora de una
elegancia y atractivo indescriptible.
Esto causaba comentarios maliciosos en las
vecinas y que, los domingos, a nuestros padres se
les salieran los ojos al verla ir por la vereda
camino al almacén.
Diap 168
ESAS COSAS
El problema de los homosexuales no tiene solución.
Si siguen adelante, mal. Y si dan marcha atrás, peor.
(Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
53 ESAS COSAS (U)
Dicen que lo que se hereda no se roba. Lolo
heredó de su madre la elegancia y los atributos
de belleza. Lo último, si se tenía, los varones
tratábamos de ocultarlo bajo el reaje.
Llegamos a la juventud, pocos fueron al liceo,
algunos a la Escuela Técnica, y muchos a la
Academia de Contabilidad. Lolo fue a ésta. Le
envidiamos otra vez.
Poseía una aptitud innata para los números,
haciéndonos quedar como retrasados. Pero, por
esas cosas, le resurgieron también las diferencias
que tenía cuando llegó.
Amable, de expresiones delicadas, educado,
enloquecía a las botijas. Aunaba a eso su
cabellera negra y ondulada, los ojos oscuros y
brillantes, cejas gruesas, pestañas largas, piel
tersa y una voz grave con cierto tono sensual.
Era más bien bajo pero distinguido, sin ese
andar chueco y las musculosas pantorrillas del
fútbol ni con los voluminosos pectorales y
cicatrices del boxeo.
Por lo contrario, caminaba elegante y fino.
Las muchachas quedaban en las puertas
esperando que parara a charlar con ellas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Algo que solíamos aprovechar los compañeros
de él.
Y así fuimos creciendo.
Dejamos la pubertad atrás y cada uno fue
buscando hacer su propia vida.
Muchos romances juveniles nacieron y, como
flores de un día, se marchitaron.
Lolo también tuvo los suyos. No tenía
dificultad para que una hermosa niña consintiera
a sus galanteos.
Sin embargo, éstos duraban muy poco… y
ellas luego reían al hablar de él.
Siempre mantuvimos la tradición de
sentarnos los lunes de noche en el muro de la
plaza, bajo los laureles, frente a la iglesia, a dar
rienda suelta a nuestras confidencias.
Teniendo dieciocho años, estando allí, Lolo
nos sorprendió con la noticia que comenzaba de
empleado en un gran hotel. Lo envidiamos
nuevamente, esta vez por las propinas.
Tiempo después dijo que trabajaría en otro de
un famoso balneario del Este. E hizo un mohín.
Pero, por esas cosas, como debía estar entre
gente fina, lo atribuimos a esto.
Diap 169
ESAS COSASESAS COSAS
Pasaron los meses. Se fue el verano. Tras él, el
Carnaval y su locura. Se aproximaba la paz de la
Semana Santa.
Estábamos programando el campamento a
realizar en ésta cuando, un lunes, en la noche y
en la plaza, reapareció Lolo.
Era él, pero costó reconocerlo. Quizás por la
penumbra o, tal vez porque interiormente nos
negábamos a hacerlo.
Vestía una camisa de amplias mangas que
parecía ser de un antiguo pirata. Un ancho cinto,
tachonado de monedas, la ceñía a la cintura.
Traía un ajustado pantalón a sus caderas que
finalizaba en unas grandes calzas. Y, para
rematar, había crecido varios centímetros con los
tacones de las altas botas.
Nosotros, que comprábamos la ropa en la
tienda cerca de la heladería y usábamos zapatos
baratos, no salíamos del asombro. Pero, por esas
cosas, lo recibimos con camaradería.
Nos comentó con una risita extraña, y gestos
aún más, que la vestimenta se la había hecho un
amigo en el balneario, el cual poseía el nombre
de Chris Demacré y pronunciado Cris.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Al igual que en la infancia, la barra fue
generosa y disculpó el amaneramiento de Lolo,
preguntándole sobre las artistas de cine y las
ricas que acostumbraban veranear en ese hotel.
Luego de sus muchos circunloquios, logramos
deducir que había estado con varias de ellas de
lunes a viernes, ya que los sábados y domingos
venían los maridos en avión.
Rió, con una risa que lo retornó a reo,
narrando que a ese avión le daban un apodo
despectivo ya que en él, los lunes, ellos volvían a
atender sus negocios… y ellas a su diversión.
Contó sobre un renombrado actor cómico que,
altanero y pedante, y queriendo hacerse ver
delante de las mujeres, devolvió un churrasco
diciendo que estaba frío y sin sabor.
Lolo vio como luego, en la cocina, el chef
pasaba el glande de su pene sobre la carne y
reenviaba el plato al engreído comensal… quien
aseguró que ahora sí estaba bien.
Tuvimos que explicarle al Petiso que era pene
y glande.
Y, por esas cosas, a no devolver más la comida
en un restorant.
Diap 170
ESAS COSASESAS COSAS
El Petiso había sido el mejor compañero de
Lolo. Quizás por que fuesen los de menor
estatura de la barra, o por que vivían cerca, pero
Lolo siempre se colocaba pegado a él.
Más disimiles no podían ser. El Petiso era
chueco, picado de viruela, musculoso, poco fino
al hablar, sus temas eran el fútbol, la mecánica
automotriz y las carreras de coches.
Pero, las mujeres enloquecían por estar con él.
Tanto que el Petiso, con su carácter bromista,
nos hacía reír diciendo que él no sabía lo que les
daba a ellas… además de asco.
La noche se hizo larga y, poco a poco, uno a
uno, fuimos dejando la plaza. Al final quedaron
sentados en el muro bajo los laureles, solos y
juntos, el Lolo y el Petiso.
Al otro día nos enteramos, por esas cosas, que
el Lolo se había marchado otra vez al balneario
del Este. Que iba con la cara oculta, como si la
tuviese golpeada.
Nada nos costó sonsacarle al Petiso.
El Lolo, al poco rato de estar solos, dijo que las
mujeres ya lo tenían asqueado… Y, sin más, se le
pegó diciéndole cosas obscenas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La única respuesta que obtuvo fue un
tremendo puñetazo del Petiso, quien escapó de
allí como de la peste.
Los años siguieron pasando.
La abuela del Lolo no volvió a salir a la calle y
finalmente murió. En cuanto a la hermosa y ya
vieja madre de él fue a vivir con su hijo en el
Este.
Una vez se recibió una tarjeta.
En ella invitaban al Petiso y a la barra a la
apertura del Atelier de Moda Masculina que
ponían Chris Demacré y Lolo de la Sierra en ese
balneario.
Nos asombró el convite. Esos seres son
extraños. Y, lógico, ninguno fue ni volvió a
hablar del Lolo... ni a envidiarle.
Hace poco, ya viejos todos, supimos que Chris
Demacré había muerto de una enfermedad que
los afecta a ellos.
Y recordamos a José Manuel Rodríguez De la
Sierra quien pudo ser otro Pepe Rodríguez
cualquiera.
Pero, ahora, por esas cosas, era conocido por
el nombre y el apellido de atrás.
…oo0oo…
Diap 171
ESAS COSASESAS COSAS
Podría pensarse que el gestor es otro fruto de
la corrupción moderna.
Sin embargo, si revolvemos en la historia,
siempre se les hallará en su función de facilitar
las necesidades de los pocos relacionados con la
maraña de trámites, sean éstos de la burocracia
actual, o de las cortes, o de los imperios.
Nada extrañaría que al excavar una caverna
encontrasen dibujos rupestres donde un muy
suelto troglodita presenta a otro algo retraído
con un jefe de altas lanzas y bien sentado.
Julio César Canales Albañar tenía esa soltura.
Por tanto, se hallaba relacionado con todas las
dependencias estatales así como con los
dirigentes de la banca, industria y ejército.
No importaba el color, la política o tendencia
que mandase. Él sabía que persona y que canal
utilizar. Y, como es normal, cuánto le costaría
eso al necesitado de sus servicios
DE BASTÓNDE BASTÓN
Los seres se amoldan a sus funciones.
Julio César tenía un perenne brillo de picardía
en los ojos y una eterna sonrisa en su rozagante
rostro, que siempre parecía recién afeitado.
Alto, medía más de un metro ochenta, fornido,
de anchos hombros, practicaba y hablaba con
igual facilidad de fútbol, béisbol, tenis, golf… y de
bochas o bolas criollas.
No se sabía cual era su equipo, pero dejaba la
impresión de pertenecer al de su interlocutor del
momento.
Conocía los mejores restoranes… al igual que
los antros más vulgares.
Y, como con dinero, alcohol y mujeres se
consigue lo que se quiere, era experto en sobornar
al corrupto sin que nadie lo comprobase, en beber
hasta la embriaguez de los demás… y en tener
amigas donde ellos desahogar instintos y vicios.
Julio César era muy solicitado por los gerentes
que querían obviar dificultades a sus empresas.
Todos ellos guardaban su tarjeta. Una que sólo
tenía un nombre y… un teléfono.
Diap 172
LA TARJETA
Y de él decían:
”Es el hombre de todas las mujeres,
y la mujer de todos los hombres.”
(Historia de Julio César)
54 LA TARJETA (V)
Hechos reales. Nombres ficticios.
Un día lo llamó el vicepresidente de una gran
industria, a fin que le simplificase ciertos
trámites gubernamentales.
El demagogo de turno había revivido una ley
laboral, e incumplida como todas, la cual
indicaba que los trabajadores nativos no podían
ser mandados por un extranjero.
¡Cómo si el vicio de mandar tuviesenacionalidad!
Los amos de las plantaciones, en la época de
los esclavos, no los maltrataban ni se ensuciaban
las manos con el látigo, preferían quedar como
bienhechores al darles casa y comida.
Para exigirles y castigarlos estaban los
mayordomos.
Y la Regla del Algodón lo dice:
Llámese comisario, jefe o capataz, siempre
será más opresor el mayordomo que el amo.
Mejor aún si el mayordomo era de la misma
raza y color de los patrones, aunque usara y
abusara de los subyugados.
Toda ley tiene su trampa. En este caso, una
que permitía nacionalizarse a los extranjeros y
tener los mismos derechos de los autóctonos…
menos ejercer cargos gubernamentales.
¡No fuese que un forastero disfrutara de la
ganga!
DE BASTÓNDE BASTÓN
Julio César quedó encargado de obtener la
nacionalización de los jefes extranjeros de esa
empresa, o sea: de casi todos, y sin que ellos
perdiesen tiempo en oficinas.
Nada satisface tanto al empleado como el
sentirse necesario.
Así fue que lo conoció Juan Carlos Catónico
Allende.
Éste era un hombre severo, drástico, justo, a
quien tenían como jefe más por sus conocimientos
técnicos que por su habilidad en manipular al
personal a su cargo.
El gestor bromeó al ver que poseían las
mismas iniciales y, viendo los años de Juan
Carlos en el país, preguntó por qué no se había
ya nacionalizado.
La respuesta fue tajante:
–Esperaba sentirme digno de tener esa
nacionalidad.
–Y ahora se siente. –aseveró Julio César,
adulándole.
–Yo sí. Pero, no de la forma que la estoy
obteniendo.
Julio César quedó sin palabras y, asombrado,
le dio su tarjeta. Una que sólo tenía un nombre
y… un teléfono.
Diap 173
LA TARJETALA TARJETA
Los siguientes meses el gestor vino cada
semana en busca de más y más fotocopias,
documentos y comprobantes de los interesados.
La burocracia se alimenta de papel.
Y, por esas cosas, mientras a los demás jefes
les solventó todo la empresa, Juan Carlos fue el
único que tuvo que ir y acompañar al gestor a
una oficina estatal.
Finalmente, Julio César indicó que ya estaban
los edictos y que en la próxima fecha patria
asistirían a una sesión oficial donde un jerarca
del gobierno les tomaría el juramento.
Cientos de extranjeros hubo en el acto, y el
himno nacional fue entonado con acentos
diferentes. Juan Carlos recordó que patria no es
donde se nace sino donde se lucha.
Terminada la ceremonia, Julio César los llevó
en grupo a almorzar en un famoso local.
El licor y los brindis del gestor abundaron
antes, durante, y luego de la comida.
Ya era de noche cuando salieron. El alcohol y
los platos exquisitos habían despertado la euforia
y el líbido. El sexo parece ser la demostración
mayor de hombría.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Julio César sabía satisfacer todas las
demandas. Con risa procaz dijo de culminar la
fiesta en el apartamento de unas amigas de él… y
que era muchachas muy reservadas.
Para allí marcharon. Juan Carlos, callado, iba
en el asiento delantero del auto del gestor, quien
hacía chistes obscenos que eran festejados por
los demás. Y, entre risas, Julio César ponía su
mano sobre el cierre del pantalón de Juan Carlos.
Llegaron al edificio. Tomaron el ascensor.
Pero, antes de entrar al apartamento, Juan
Carlos se despidió.
–Pasa… –insistió el gestor- Con otras copas te
animarás.
–No, gracias. –respondió– Aún quiero
sentirme digno…
Julio César, asombrado, quedó otra vez sin
palabras.
Juan Carlos se fue sonriendo agriamente. ¿Por
lo sucedido? ¿Por lo que decían de Julio César en
la antigua Roma?
Al llegar a una esquina arrojó a la alcantarilla
una tarjeta. Una que sólo tenía un nombre y… un
teléfono.
Diap 174
LA TARJETA
S
LA TARJETA
::::::
Han pasado más de veinte años.
Un viejo canoso espera que aparezca su
número en el marcador digital de la pared.
–¡Juan Carlos Catónico Allende!... –oye
llamarse.
Se para. Ve acercarse una figura detenida en el
tiempo.
La misma eterna sonrisa en el mismo
rozagante rostro, que siempre parecía recién
afeitado. Aunque ahora también tiene el cráneo
rasurado para seguir la moda y no verse anciano.
Detrás de él viene un par de negras sensuales
y un mulato. Seguramente son ilegales escapados
de una isla conocida.
–¡Soy Julio César Canales Albañar!... – el
gestor se presenta por si el viejo no lo recuerda–
Y tú… ¿qué esperas aquí?
–La cédula renovada… es la tercera vez que
vengo.
–Me hubieras llamado. Dame el ticket. Ya te la
traigo.
Juan Carlos, resignado, se lo entrega.
A los pocos minutos, Julio César retorna con
el documento.
Y dice a los negros:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–¿Ven?... A él le obtuvimos la nacionalización
hace años. Con ustedes va a ser un poco más
complicado, pero yo les soluciono su problema…
y no les costará mucho.
El anciano encanecido mira a los mulatos. Se
imagina como pagarán ellas… y como se lo hará
el fornido negro.
–Gracias. –dice Juan Carlos al recibir la cédula–
Pero, no te hubieras molestado. Obtenerla así no
es justo ni muy digno.
–Sigues siendo único… deberías quedar en la
historia.
–No lo creo… En cambio, tú ya estás en ella.
–¿Sí?... ¿Dónde?... –pregunta Julio César, con
asombro.
–En la Antigua Roma. –es respondido con
ironía.
–¿Había alguien como yo?... –inquiere,
dándole su tarjeta.
–Siempre los habrá… –dice Juan Carlos,
guardándola.
Se despiden. El viejo canoso se va.
Una cosa le molesta en el bolsillo. Al llegar a
una alcantarilla arroja una tarjeta.
Una que sólo tenía un nombre y… un teléfono.
…oo0oo…
Diap 175
LA TARJETALA TARJETA
El transporte llegó a destino.
¿Barco, tren, avión?... Daba lo mismo.
La masa humana, apurada, bajó cargando y
arrastrando morrales, maletines, bultos e hijos.
Todos iban hacia la aduana. Un encanecido
viajero los dejó pasar.
Muchos años atrás él, junto con los suyos,
también formó parte de esa muchedumbre
anhelante.
Ahora lo único que traía junto a sí era un
bastón.
Y sólo cargaba un pasaje y un pasaporte.
Uno, sólo uno… y recordó cuando fueron
dos… tres… cuatro… cinco.
Llegó a la puerta de entrada de la aduana. La
cruzó. Los otros pasajeros ya se marchaban por
la de salida.
La valija del viejo, solitaria y abandonada,
esperaba su dueño.
Al ir a buscarla, vio en una pared un antiguo
espejo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Lo reconoció. Sus bordes astillados. El azogue
bajo la opaca superficie con añejas vetas y
manchas amarillentas, el brillo perdido y gastado
de tanto reflejar viajeros
Era el mismo donde se había mirado, cincuenta
años antes, al irse en busca de un más allá.
Y, con la euforia de la edad y del momento,
había saludado a la imagen que dejaba.
Y se vio nuevamente como aquel momento.
También entonces cargaba un solo pasaje y un
pasaporte, aunque llevaba la enorme carga de
sus sueños y el peso de la despedida de tantos
familiares y amigos.
Se le habían salido las lágrimas al ver decenas
de manos haciéndole adiós.
Sólo los separaba la barrera de la aduana, sin
embargo ya comenzaba a sentir la lejanía.
Pero, la esperanza hace liviana cualquier
carga. Decidido, había girado para ir a tomar el
transporte.
Y se halló delante, por primera vez, de ese
espejo aún nuevo y reluciente.
Vio un joven con brillo en los ojos. Le hizo una
mueca que quería ser sonrisa. Se marchó…
Y el espejo quedó vacío.
Diap 176
EL VIAJERO
Sentir que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada…
(Tango: Volver. de Lepera y Gardel)
55 EL VIAJERO (G)
Transcurrieron diez años para volver a verse
allí. Fue luego de entrar por la puerta por donde
se había ido.
Y estaba con cinco seres a su lado:
Su compañera y tres hijos.
Habían bajado junto a los demás, apurados,
anhelantes de encontrarse con familiares y amigos.
Para unos, del ayer. Para otros, desconocidos.
Traían arrastrando la carga de bultos, valijas,
muchas cosas con que demostrar que el irse no
había sido en vano. Y con regalos para llenar el
vacío de ese tiempo pasado lejos.
A todos les salían las lágrimas. Eran más los
que llegaban, y más los que esperaban. Y eran
muchas más las manos que les saludaban
recibiéndolos. Felices, pasaron a la aduana.
A las pocas semanas salían por allí. Y hubo
más lágrimas y más manos diciendo adiós. Triste
destino es el del que deja una tierra y hace su
vida en otra. Miraron otra vez el espejo.
La imagen tenía menos brillo. Le hicieron una
mueca que quería ser sonrisa. Salieron…
Y el espejo quedó vacío.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pasaron diez años más para verse otra vez en
él. Y otra vez él tenía la felicidad de cargar
encima cinco pasajes y cinco pasaportes.
Aunque, los niños se habían vuelto jóvenes.
Otra vez, como siempre, la masa humana bajó
arrastrando morrales, maletines e hijos. Y él y su
familia entre ella. Otra vez les recibían decenas
de manos saludándolos.
Pero, había más manos juveniles. Y faltaban
algunas viejas idas en el viaje sin retorno.
Pero, el que viene trae la explosiva euforia de
la novedad y la emoción del encuentro. Los
jóvenes ponen la ilusión de su juventud, y los
mayores la añoranza de sus recuerdos.
Todos reían recordando el tango:
Veinte años no es nada.
A las pocas semanas él retornaba a salir por
allí. Su familia quedaría un tiempo más. Ya no
necesitaban su tutela diaria. Él debía volver a sus
responsabilidades… Miró el espejo.
Vio un hombre con menos brillo en los ojos.
Le hizo una mueca que quería ser sonrisa. Salió.
Y el espejo quedó vacío.
Diap 177
EL VIAJEROEL VIAJERO
Diez años más. Otro viaje. Otro retorno. Poco
equipaje. Ya no había nada que demostrar y aún
menos que mostrar. La realidad era tanto lo
logrado como lo que no.
Treinta años desde la primer despedida. Y
pocas manos saludándoles. Unas muy infantiles
y otras muy viejas. Los jóvenes estaban muy
ocupados enfrentando la vida.
Los abrazos más sentidos. Tal vez por que en
cada uno se abrazaba también a los que se
habían ido para no volver.
Venían en busca de paz. Añoranzas. Visitar
viejos lugares. Comer. Beber. Hablar. Reír.
O, juntos, sólo estar callados viendo a lo lejos
un ayer que cada día se hacía más distante.
Y luego volver a partir. Despedirse se
convierte en hábito para el viajero. Menos fueron
a saludarlos. Los familiares ocupados lo habían
hecho en una reunión anterior.
El viajero y su compañera se pararon frente al
espejo. En éste vieron a una pareja de viejos… y
solos. E hicieron una mueca que quiso ser sonrisa.
Salieron hacia el transporte.
Y el espejo quedó vacío.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Vieron contadas manos diciéndoles adiós.
Y, sin saber por qué, sintieron muy adentro
ese adiós.
Pasaron diez años más, envejeciendo los
viejos, haciéndose mayores los jóvenes, y jóvenes
los niños.
Nacieron nuevos niños, pero esos niños eran
seres lejanos para los viejos.
Años donde se iban los amigos y familiares en
el viaje con solo pasaje de ida. Y el viajero y su
compañera decidieron hacer uno más de
reencuentro con los aún presentes.
Sin embargo, como siempre, luego, tuvieron
que retornar a su propio presente.
Sólo un par de manos los despidió. Los demás
estaban ocupados, o enfermos, o ya no estaban.
El viajero y su compañera se miraron en el
espejo.
Arrugas y canas mostraban el paso de
cuarenta años desde la vez primera. Pero ellos,
aún tenían la fortuna de estar vivos.
Hicieron la mueca que quería ser sonrisa.
Fueron al transporte…
Y el espejo quedó vacío.
Diap 178
EL VIAJEROEL VIAJERO
Otros diez años.
Y ahí estaba el anciano.
En la aduana. De retorno. Frente al espejo, el
cual él veía con astillas y roto.
Volvió a observarlo. Y… había cambiado. No le
asombró. Ya no le asombraban los cambios.
Era un espejo nuevo, sin manchas ni vetas
amarillentas del tiempo en el azogue.
Un espejo nuevo que reflejaba la imagen de un
viejo.
Le surgió la mueca que intentaba ser sonrisa.
Giró.
Avanzó unos pasos. Se dio vuelta viendo el
espejo. Había quedado vacío. Era un cristal que
sólo reflejaba lo que tenía delante.
Y pensó en las veces que se había visto en él.
Volvió a girar. Debía ir a recoger su equipaje.
Un equipaje liviano. Ahora traía pocas cosas, las
grandes habían quedado en el ayer. Aún así, le
costó cargarlo.
Alguien le ayudó.
Compasión. Servicio. Propina. Un saludo.
Sólo uno… y de un desconocido.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y quedó en la vereda. Solo. Con la única
compañía de su valija, su bastón y sus recuerdos.
Se acercó un taxi. Lo tomó.
Y fue otro viajero atrás.
Dio la dirección de un hotel.
En algún lado debía dormir.
Pocos de sus amigos quedaban, y estaban muy
viejos.
Y de los familiares… cada uno tenía su propio
problema, su propia familia, y sus propios
recuerdos.
Se recostó en el asiento trasero.
¿Cansado del viaje?
Sacó una libreta. Leyó varias hojas.
Tenía que visitar muchas tumbas.
Y a él le quedaba poco tiempo.
Levantó el rostro mirando la calle.
Una de tantas, igual, conocida.
Se vio en el espejo retrovisor del coche.
Le resurgió la indefinida mueca.
Veinte años no es nada…
Pero, cincuenta es demasiado.
…oo0oo…
Diap 179
EL VIAJEROEL VIAJERO
Su madre fue una perra de carretera.
Una que iba en busca de restos, echada de
todas partes y, cuando estaba en celo, poseída
por todos los perros guardianes.
El único lugar donde no le tiraban piedras era
una fábrica que, en vez de rejas, tenía una cadena
de un poste a otro. En uno, del lado de afuera, le
ponían una lata con sobrantes…
Una vez, ya vieja, con el lomo torcido de
tantos embarazos, apenas pudiendo andar por la
enorme barriga donde llevaba los frutos de su
última preñez, la dejaron entrar.
Y la perra fue a esconderse tras el muro de la
oficina, que era una antigua casona, cerca del río,
en una madriguera entre las piedras y que ella
acomodó con pasto seco.
Allí tuvo sus cachorros. No había dos iguales.
Los obreros, a la gente pobre le falta dinero
pero le sobra corazón, le daban de su propia
comida.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y reían viendo como las crías se disputaban
los hinchados pezones.
Incluso el gerente de planta le traía alimentos.
Éste era un hombre raro, metía las manos en
el trabajo, no le importaba compartir con los
operarios.
Rubio, le llamaban: El Catire.
Apenas los cachorros pudieron tenerse en pie,
la madre los fue dejando para ir a deambular.
Quien está acostumbrado a buscar su propio
alimento, no gusta del fácil y regalado.
Cada vez las ausencias iban haciéndose más
largas… hasta que un mediodía no volvió.
Los zamuros, revoleteando en la cima del
cerro, indicaban su final.
No muy distante había una faenadora de
pollos, y muchos se acercaban tratando de hallar
aunque sea unos despojos.
Pero su guardián, un ser con fama de feroz, los
espantaba con sus cuatro perros doberman
entrenados para matar… y con tiros de su
escopeta de perdigones.
Hay animales de todo tipo.
Diap 180
ONOTO
Los animales no hablan… pero,
sienten más que los humanos.
56 ONOTO (V)
A ONOTO. CON TODO MI CARIÑO
Hecho real y personal
Esa tarde, los operarios de esa fábrica con la
cadena, quienes habían estando oyendo los
plañideros reclamos de las crías por su madre, se
las llevaron para sus casas.
En esa empresa se trabajaba de siete de la
mañana a cuatro de la tarde.
Pero el Catire permanecía en la gerencia hasta
las seis o más, dibujado o programando cosas.
Oyó un lamento que partía el alma. Salió
afuera, al jardín.
El quejido venía de donde la perra había
tenido su cubil.
Fue hasta ahí. Y se encontró con el cachorro
más feo imaginable.
De patas anchas y cortas, cuerpo rechoncho,
sin rabo, una cabeza desproporcionada, con
belfos, unas enormes orejas le colgaban sin
gracia, con un hirsuto pelo de extraño color.
Hay perros de raza. Los hay de cruzas.
Y la mayoría, los callejeros, nacen de infinitas
mezclas.
Aunque, en este caso los genes no se habían
mezclado… ¡se habían entreverado!
Era comprensible que nadie lo hubiera
querido llevar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, tenía en los ojos tal implorante y
famélica mirada que el Catire lo agarró.
Si lo dejaba allí, las ratas u otro rastrero lo
devorarían en la noche. Y lo apretó contra él.
El cachorro se acurrucó buscando la tibieza
del brazo. Fue con él a la oficina. Buscó una latita
y le dio leche. Luego, en una caja vacía le hizo
una cama de arrugados papeles.
Lo puso dentro y lo llevó a la caseta del
vigilante, pidiendo que lo cuidara en la noche.
Éste, mirándolo, exclamó:
–¡Vaya que es feo!... Parece un puñado de
onoto.
El onoto es un árbol de tres metros de altura
que da unas valvas rojas oscuras y peludas, las
cuales al madurar toman un color marrón rojizo,
y que sirven para colorear alimentos.
Y ese nombre le quedó al cachorro.
El Catire crió a Onoto. Al crecer cambió
notablemente. Sus patas se estiraron. El cuerpo
mostró una firme musculatura. Las orejas se
pararon y el morro se estilizó.
Inteligente, sabía que su lugar era afuera.
Pero, luego de las cuatro, entraba a la gerencia
para acompañar al Catire.
Diap 181
ONOTOONOTO
Onoto se despertaba muy temprano.
Se encaminaba hasta la caseta del vigilante.
Esperaba la llegada de los obreros.
A los conocidos les hacía fiestas, saludándolos.
Si había algún operario nuevo, daba vueltas a
su alrededor y le seguía hasta el vestuario. Y, al
verlo con el uniforme de trabajo, le brindaba un
ladrido como aceptado.
Luego marchaba al comedor del personal. Y
allí, con su lata en el suelo, esperaba que le
diesen algo de desayuno.
Cuando sonaba el timbre, los obreros iban a
sus labores. Y Onoto a recorrer el jardín, la cerca,
los linderos. Terminado esto, quedaba vigilando
junto a la cadena.
Al sonar el timbre del almuerzo corría feliz al
comedor. Se hacía parte de la algarabía de los
trabajadores, los cuales le daban el sobrante de lo
traído.
Otra vez a sonar el timbre de retorno al
trabajo.
Otra vez Onoto a hacer su recorrido. P
ero, en la tarde, no volvía a la caseta.
Iba hasta la entrada de las oficinas y se paraba
allí.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Miraba hacia adentro, por el enorme vidrio de
techo a piso. Y, si veía al Catire, se paraba con las
orejas tiesas.
A las cuatro de la tarde se dirigía a la vigilancia,
como para despedirse de los obreros que
tornaban a sus hogares.
Cuando se había marchado el último, volvía a
la oficina. Y si el Catire estaba sólo, entraba muy
tranquilo y seguro para recostarse junto a las
patas de la mesa de dibujo.
Era un empleado más. Sólo le faltaba marcar
tarjeta.
Como el Catire quedaba haciendo horas
extras. Como él, odiaba a las ratas. Y como él, en
cambio, dejaba corretear los ratoncitos. Y
cuando se iba él, quedaba cuidando la oficina.
Y así, Onoto se hizo un perro grande, fuerte,
viril.
Una tarde, el Catire se extrañó de no verlo en
la entrada. Preguntó al vigilante.
Éste le dijo que tal vez una doberman estaría
en celo… todos los machos subían hacia el monte.
Al poco tiempo llegó el ruido de luchas entre
perros, luego el resonar de varios tiros, quejidos…
y silencio.
Diap 182
ONOTOONOTO
Varias veces salió al Catire oteando el cerro.
Finalmente, vio llegar a Onoto. Venía despacio,
cojeando, con quejidos.
El hombre corrió. Lo levantó en sus brazos
llevándole a la entrada de la oficina, acostándolo
y acariciándole.
Aquello era espantoso. Le habían arrancado
una oreja por completo. Una pata estaba
desgarrada. Y parte de la cabeza, destrozada por
un tiro, mostraba la masa encefálica.
Con todo, al oír el timbre de las cuatro hizo el
intento de pararse para ir a la caseta para
despedirse de los obreros.
No pudo. Muchos vinieron a verlo. Y luego se
marcharon moviendo la cabeza ante la fatal
realidad.
El Catire lo curó en lo posible.
Esa noche lo dejó dentro su oficina sobre unos
papeles suaves y con una lata de leche.
Al llegar la siguiente mañana, Onoto estaba de
pie. Firme, recibiéndole con fiestas… y gemidos
lastimeros.
El guachimán señaló la cabeza del perro.
Estaba agusanada.
Y el vigilante sacando el revólver de la funda,
hizo un gesto.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–No… –murmuró el Catire– Lo haré yo… Yo
lo crié…
Tomó el arma. Se la colocó al cinto.
Agarró la lata. La llenó de leche. Fue con ella
hasta donde había recogido a Onoto, quien le
seguía en silencio. Puso la lata en la tierra.
El perro se acercó a beber.
El Catire sacó el arma y apuntó. Onoto giró la
cabeza y quedó viéndole, quieto, sereno, con
aquellos ojos implorantes, como pidiéndole que
lo hiciera.
El disparo sonó, penetrando la bala en el
cráneo del animal y el estampido en el corazón
del hombre.
El Catire lo enterró allí.
Y, para que no lo devoraran las ratas u otro
rastrero, tapó la tumba con piedras.
Tiempo después, entre ellas crecía una planta
de onoto.
Los años pasaron. La fábrica cerró. El Catire
se fue.
Pero la planta de onoto aún sigue allí, alta, con
sus frutos oscuros, peludos, de color marrón
rojizo.
Cosas de la vida.
…oo0oo…
Diap 183
ONOTOONOTO
Su nombre era José. Pero, todos le decían:
Maestro Matías.
Matías era el apellido de su madre.
Por tanto se llamaba José Matías, así de simple.
Sólo un nombre y un apellido.
Algo extraño en un país donde los hijos
legítimos hacían alarde de dos nombres y dos
apellidos, en tanto las mujeres pobres del pueblo
ponían a sus hijos naturales tres nombres y su
único apellido para que se oyeran como cuatro.
Naturales, ya que habían sido gestados en un
acto natural, y eran de padre desconocido.
Aunque había sido conocido… y visto irse al
enterarse que la mujer estaba embarazada.
Matías no era maestro, era herrero.
De los buenos, tanto que ganó ese título que
sólo da la universidad de la vida.
Había aprendido su profesión en Oriente,
cerca de Puerto la Cruz, en los campos
petroleros, junto a los emigrantes que venían
tras el auge de los yacimientos.
Hacía años de ello.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cerca de Caracas, algunos idealistas estábamos
tratando de volver realidad una empresa de
esmaltes. Uno de los socios, pintor amigo mío,
llegó un día y me indicó:
–Te gusta estar en el taller con los obreros.
Pero lo tuyo es pensar, proyectar. Es mejor que
haya un capataz que dirija como hacer las cosas.
El lunes vendrá el Maestro Matías.
–Bueno… –dije con alivio y tristeza– ¿Tiene
experiencia?
–Es un herrero extraordinario. Sabe hacerse
respetar entre los operarios a su cargo. Tiene
cuarenta y cinco años. Trabaja desde los doce. Y
es buena gente como todo oriental. 1
–¡Vaya currículo conciso y preciso! –bromeé.
–¡Ah!... otra cosa. –continuó mi amigo– Allá,
en Barcelona, estuvo diez años en la cárcel por
matar a un jefe.
–¿Y me lo vas a dar de ayudante? –exclamé
asustado.
–Sí… Como tú, él es muy particular. Se van a
llevar bien.
Y el lunes apareció el Maestro Matías en aquel
galpón.
Diap 184
EL CLAVO
Un clavo saca otro clavo, pero queda el agujero.
(Las mil y Una Carigiadas o Carajeadas)
57 EL CLAVO (V)
Era más bien bajo, retacón y fornido.
Sonriente y sencillo. Un criollo oriental típico.
En él se reunían todas las razas.
Europa la había dado la mirada audaz y segura
del blanco aventurero. África, la amansada
fuerza y el canela del negro traído como esclavo.
América, la piel tersa y la serenidad del indio
siempre olvidado. Y el trópico… su carácter
alegre.
De inmediato quedó a cargo del personal del
taller, siendo recibido con expresiones de afecto.
Era conocido por ellos.
De entrada nos tuteamos. La confianza era
algo que surgía de él en forma natural. Y supo
poner las cosas en su lugar cuando yo le pedí
algo a un obrero:
–Catire, lo que quieras… dímelo a mí. Sino la
gente va a enloquecer. No puede haber dos tigres
en el mismo monte.
Y así, cada tanto, aparecía en el escritorio a
preguntarme si había otra cosa para hacer. Un
día, me preguntó socarrón:
–Catire… ¿Viniste a quedarte o, como la
mayoría de los musiúes y gringos, a hacerte rico
para irte de vuelta?
DE BASTÓNDE BASTÓN
–A quedarme. –respondí, firme– Yo quiero a
Venezuela.
–Caracas no es Venezuela. –dijo– Ya está
cerca Carnaval. Pasearemos por el interior. Ésa
es la verdadera Venezuela.
Y así lo hizo. Y lo completamos en Semana
Santa. Y conocí los llanos, los Andes, el lago
minado de torres petroleras, el oriente repleto de
playas y cocoteros. Y conocí su gente.
Entonces pude decir con razón que yo quería a
ese país que sería el de mi futuro y el de mis
hijos.
Y, en esos cuarenta días, se realizaron una
serie enorme de trabajos. Se lo comenté a mi
amigo. Y éste sentenció:
–Mandar es un arte. Tú eres jefe, Matías un
gran artesano. Cuando los obreros hacían algo
que tú habías dicho, sabían que estaba hecho
como tú querías. Cuando lo hacen según les dice
el Maestro Matías, sienten que está hecho por
ellos.
Los meses pasaron y el Maestro Matías se fue
afianzando en su cargo de supervisor. Tal era su
seguridad que tomó el hábito de venir a charlar a
mi escritorio luego de almorzar.
Diap 185
EL CLAVOEL CLAVO
–Sabes. –me decía– Lo primero que descubrió
el hombre no fue el fuego ni el garrote, fue el
clavo. Y lo descubrió aún antes que bajara del
árbol, cuando se clavó una púa o espina.
–Catire. –seguía– Los pasadores son clavos
sin puntas. Los tornillos, clavos roscados. Las
agujas, clavos con un agujero. Y los remaches,
clavos que a golpes le hicieron dos cabezas.
–Con un clavo se hace de todo. –continuaba–
Doblándolo, un anzuelo o un gancho. Si lo
cierras, un aro. Y en una tabla con clavos en
hilera puedes colgar la ropa y cualquier cosa.
–Matías… Según tú, hasta nuestra vida es por
un clavo.
–Claro que sí. –reía– Y ése clavo nos define
como hombres.
Una vez me dijo que me esperaba el sábado
para almorzar con él un pastel de morrocoy.
–¿Te invitó a su casa? –exclamó mi amigo, el
pintor– Eso es una distinción, no lleva a nadie.
Verás sus peculiaridades… pues tiene y vive con
tres mujeres.
La siguiente mañana me animé a preguntarle
al capataz:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Matías… ¿Es verdad que mataste a un jefe?
–Así es… –su rostro era impávido- A un clavo
torcido hay que sacarlo.  Consulté a mi mamá
5, y dijo que hay cosas que deben hacerse. Fue
una cosa de hombres que, como siempre, es por
cosas de mujeres.
Animado por su confidencia, quise calmar mi
curiosidad.
–¿Y es cierto que vives con tres mujeres? –
inquirí.
–También. La primera es la que me esperó con
mi mamá los diez años que estuve en la cárcel. La
segunda, una con quien me junté cuando vine a
buscar trabajo en Caracas. Y la tercera es un
carajita 6 que se me arrimó hace poco.
–¿Y todas viven juntas sin peleas? –no salía de
mi asombro.
–¿Para qué se van a pelear? –aclaró con
naturalidad– Si el clavo del que cuelgan las tres
es uno… y aún está firme.
–¿Tienes hijos? –yo continuaba interrogante.
–No… Ni siquiera regados. 7 Este clavo nunca
pudo hacer clavitos. –y con una rara sonrisa, se
marchó para el taller.
Diap 186
EL CLAVOEL CLAVO
El sábado fui a su casa. Y vi que era fiel a sus
ideas. Todas las cosas colgaban de clavos.
Y conocí a sus mujeres. Y se llevaban como
tres amigas… del mismo clavo.
En el fondo tenía un galponcito. En él, una
máquina de soldar, una fragua, un yunque, y sus
herramientas.
–Aquí vuelvo a ser yo. –indicó con orgullo– A
veces hago clavos antiguos, como los de la época
de los caballeros. Tal vez, más adelante, te regale
alguno.
Me extrañó su seriedad. Y se lo agradecí de
antemano.
Un día, mi amigo artista pintó en un gran
panel de hierro esmaltado a un caballo blanco
bajo la luna y saltando con brío hacia la libertad
en medio de la noche y del llano.
Pero, extrañamente, lo envió al fondo de la
fábrica, donde poníamos el material de desecho.
Se lo pedí, y me respondió que sería mío el día
que él se fuese.
La empresa iba en aumento. Y medida que lo
hacía, más se alejaba el artista y más perdía su
carácter alegre el Maestro Matías.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y, cuando entraron accionistas que querían
beneficios inmediatos, el artista no volvió más.
Fui a buscar el cuadro del caballo blanco.
No lo encontré.
Unos meses después me dijeron que estaba de
pared en un rancho. Sus dueños me lo dieron a
cambio de varias láminas. Y quedamos todos felices.
Aunque, un tractor lo había torcido a la altura
de las patas.
Con Matías, y otros muchachos de los inicios
de la fábrica, fuimos un sábado de mañana a
arreglarlo.
Lo metimos en el horno pero, al enderezarlo,
saltó la porcelana en las grietas.
Las rellenamos con esmalte marrón y
volvimos a ponerlo en el fuego.
Al salir otra vez, estando aún el cuadro al rojo
vivo, el Maestro Matías murmuró:
–Parecen zarzas que no lo dejasen saltar a la
libertad.
Quedamos todos en silencio.
Luego, ya estando frío, llevé el cuadro a mi
casa y lo atornillé a una pared. Me quedé largo
tiempo viéndolo y pensando en las zarzas.
Diap 187
EL CLAVOEL CLAVO
El siguiente lunes, temprano, antes de la hora
de inicio, Matías entró en mi oficina y muy
sereno me dijo:
–Catire… Me voy. No quiero seguir trabajando
aquí.
Lo observé. No traía puesta la camisa gris con
la bordada palabra de Supervisor, última
exigencia de la directiva.
–Vamos, Matías… -intenté suavizar– Anda a
la planta.
Me miró sin decir nada. Luego, girando, salió.
Al poco rato llegaba un obrero contándome con
asombro:
–El Maestro Matías está parado en medio de
la fábrica. Y dice que no trabaja más, que vaya
usted a hacerlo.
Era un total desafío. Yo debía ir. Y recordé las
palabras de su mamá: Hay cosas que deben
hacerse.
Lo encontré jugando y haciendo bromas con
la gente.
–Matías… –afirmé seco, y viéndole a la cara–
O te pones a trabajar o estás despedido.
–Catirito… No eres tú el hombre que me va a
sacar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
La provocación volvió gélido el ambiente.
Tomé con mi mano derecha su hombro.
Sentí sus músculos tensos. Luego, aflojó.
Y así fuimos, juntos, hasta la puerta.
Allí le aseguré:
–Mañana tienes tu liquidación completa.
Gracias, Maestro Matías, me enseñaste mucho.
A mediodía me informaban que Matías estaba
en un bar cercano y que me esperaba allí al
terminar la jornada.
Fui. Me senté frente a él. Me miró con
socarrona expresión.
–Catire. –sentenció– Eres arrecho 8, pero un
clavo derecho. ¿Te acuerdas? Te dije que no
puede haber dos tigres en el mismo monte. Y yo
fui a rugir en tu monte. Discúlpame…
–No. –musité– Discúlpame tú. No comprendí
que querías salirte de las zarzas y saltar en busca
de tu libertad.
Y con un par de cervezas nos dijimos hasta
luego.
Quince días después recibía una caja con
cuatro grandes clavos antiguos, me los mandaba
para el cuadro del caballo.
Se los coloqué. Y aún hoy, en él están.
Diap 188
EL CLAVOEL CLAVO
Con el paso del tiempo murió mi amigo
pintor, se fueron los interesados, luego los
idealistas, y al final la fábrica cerró.
Una mañana me encontraba con el coche en
un semáforo esperando el cambio de luz. Por la
ventanilla abierta oí una voz, no escuchada por
años, gritándome: Catire.
Giré mi rostro. Y allí, a mi derecha, frente al
volante de un taxi se hallaba el Maestro Matías
con su sonriente y redonda cara de color canela
en la cual no se notaba la edad.
–¿Tú manejando un taxi? –exclamé impulsivo.
–Así es la vida. Tú sabes. –respondió, refranero–
Cuando se va de caída, uno se agarra hasta de un
clavo ardiendo… Y yo me agarré de éste.
Íntimamente reflexioné que en el mundo
actual no había lugar para los maestros herreros.
Y desvié el tema:
–¿Cómo están tus tres mujeres?
–Sólo quedó la vieja, la fiel. Las otras se
fueron buscando clavos más firmes cuando el
que tenían empezó a aflojarse.
Largamos la carcajada. Los coches rugían
impacientes.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Adiós, Catire. –se despidió– ¿Aún sigues
siendo arrecho, pero un clavo derecho?
El semáforo cambió. La masa salió corriendo
al tener luz verde para continuar su camino en la
velocidad del presente.
Y yo, entreverado entre ellos… no le pude
responder.
…oo0oo…
Oriental: Persona del oriente de Venezuela.
Catire: Persona blanca de cabello rubio y ojos claros.
Musiú: Extranjero en el argot popular. Del “monsieur”
francés.
Morrocoy: Pequeña tortuga de tierra, de sabor
agradable.
Mamá: En Venezuela, la palabra “madre” se asocia a
una ofensa.
Carajita: Muchachita, niña. Expresión de cariño para
una mujer.
Regado: Hijo gestado sin saber donde ni con quien ni
nada de él.
Arrecho: Hombre de carácter fuerte, explosivo,
determinante.
 Refranes populares de Venezuela.
Diap 189
EL CLAVOEL CLAVO
Uno se llamaba José Miguel Peña de León, el
otro tan solo y simplemente Juan Pedrera.
Se conocieron en el liceo.
Les tocó ser compañeros en el mismo banco.
Aquellos bancos para dos, que convertían en
mellizos a los que se sentaban en ellos.
No importaba que los sentados fuesen de origen
diferente, apellidos disimiles, posición económica
desigual, y barrios alejados.
Al mes de estar en ese banco, eran amigos.
Aunque, como en el caso de José Miguel Peña
de León y Juan Pedrera, resultasen opuestos
como individuos.
Tal vez sus antecesores surgieron del mismo
lugar, ya que donde hay peñas se hallan piedras.
Y, viceversa, donde haya piedras se encuentran
peñas… con o sin leones.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, con el transcurso de las generaciones, los
portadores fueron haciéndose fieles representantes
de sus apellidos.
José Miguel Peña de León pertenecía a una rica
familia y renombrada en los ámbitos económicos,
políticos, literarios, cultos, judiciales… en fin, en
todos los sociales y poderosos.
Acorde a ello, José Miguel era simpático, locuaz,
educado, suelto, elegante.
Además, por ser sencillo, era aceptado por los
compañeros… y codiciado por sus compañeras.
La familia de Juan Pedrera constituía una más
de las tantas perdidas en el anonimato suburbano,
donde el mayor logro era sobrevivir cada día
trabajando en lo que fuese.
Por tanto, Juan era retraído, algo tosco, vestía
barato, y su sociabilidad únicamente surgía
cuando se hablaba de fútbol y deportes.
Sin embargo, le sobraban amigos… y amigas.
Estaba ya finalizando el liceo cuando formó
una barra con los de igual condición.
Y con ésta fueron de campamento.
Diap 190
EL MÁS IMPORTANTE
Un loco siempre es de verdad.
Un cuerdo, a veces… y quizás.
(Gracián Solirio)
58 EL MÁS IMPORTANTE (U)
Tal vez llevado por la unión nacida en el banco
doble, tuvo la audacia de invitar a José Miguel
para que fuese con ellos.
Y el fino joven fue. Y fue otro más igual a ellos.
Como cualquier hijo de vecino, dormía en
carpa, pelaba las verduras del puchero, iba al
monte a buscar leña, saltaba al río, pescaba,
cazaba, y en las noches hablaban de mujeres.
Y si el resto del año cada uno hacía su vida en
su propio ámbito, ambos aguardaban la semana
de campamento.
Terminaron el liceo.
José Miguel Peña de León, tal como se
esperaba de él, fue a Preparatorios y luego a la
Facultad de Derecho donde se graduó Summun
cum Lauden.
Juan Pedrera fue a la Escuela Industrial. No la
terminó, y pasó a ingresar la muchedumbre
ignota de los barrios. Ya viejo, los de la cuadra, le
dieron el título de Don.
El Dr. José Miguel Peña de León llegó a ser
famoso. Sin embargo, mantuvo la costumbre de
ir al campamento y ser allí uno más.
Su renombre lo llevó a la política.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y, como era lógico, las masas populares fueron
conquistadas por su carisma.
Y llegó a diputado… a senador… a ministro… a
presidente.
En cada caso mandaba la invitación a Don
Juan Pedrera, sabiendo ambos que éste no
asistiría, que éste lo apoyaba… y que lo esperaría
en el próximo campamento.
Ya siendo ex presidente, canosos los dos,
miraban la nueva generación que iba llenando
los puestos vacíos que dejaban los que cada vez
eran más en el campamento de los idos.
Y, viendo el río, como mellizos del mismo
banco, hablan del ayer. Ya que a esa edad,
recordar es volver a vivir.
–¿Quién hubiera dicho que aquel botija fino que
pelaba papas iba a llegar a ser tan importante? –
rió Juan Pedrera.
–No… Para mí, el más importante fuiste tú.
–¿Yo?... ¿Un loco más?... ¿Un cualquiera?
Y José Miguel Peña de León musitó con un
dejo triste:
–Quizás. Pero cuando estaba contigo… yo era
yo mismo.
…oo0oo…
Diap 191
EL MÁS IMPORTANTEEL MÁS IMPORTANTE
Nadie hubiese pensado que alguien llamado
así fuese un hombre y por demás tan prolifero.
Sin embargo, lo era.
Es que que su nacimiento fue el domingo
siguiente a Pentecostés en el pueblito de San
Urbano, un villorrio poco distante de la ciudad
capital del estado.
Sus padres, católicos piadosos, que vivían a
dos cuadras de la antiquísima y pobre iglesia, le
pusieron el nombre del santo patrono del pueblo
y el de la festividad de ese día.
Urbano de la Santísima TrinidadBruno Quintero.
Así fue bautizado. Aunque, nunca tuvo quinta
y su color fuera ese tono café con leche del criollo
mezcla de todas las razas.
Tampoco pertenecía a la urbe. Y en ese
pueblito alejado de la ciudad, se le conoció desde
chico como Trinidad.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cosa que él convirtió en un significado viril,
masculino, macho.
Trinidad era simpático, afable, alegre,
deportista y dado a toda actividad en grupos.
Se le recibía con igual afecto en las canchas de
bolas criollas como en las reuniones de familia.
Bromista, afable, lograba amigos enseguida.
Cuando llegó a la juventud, pronto fue buscado
por las muchachas por su justa fama de pícaro,
conquistador... y buen amante.
Como todo hombre tenía ciertas preferencias
particulares respecto a las mujeres.
Le gustaban dicharacheras, bajas, alegres, de
carácter, gordas y... ¡maestras!
Joven aún, se casó con una del pequeño
colegio del pueblo.
Y Trinidad fue a buscar trabajo en las
industrias que, como hongos, crecían alrededor
de la ciudad ya no tan lejana.
Su mundo se hizo ancho como las autopistas
que nacían.
Diap 192
TRINIDAD
Es normal que todo hombre honrado sea insulso,
y que todo pícaro sea entretenido.
Por eso es necesario que existan ambos,
sino las mujeres se aburrirían.
(Reflexiones de Humgrand Penn De Joc)
59 TRINIDAD (V)
Una de estas vías unió la zona industrial con el
puerto en la costa. Pero San Urbano tuvo la
suerte que pasara en el otro valle, quedando así
el pueblo detrás de un cerro.
El viejo camino de burros se conectó a una
insignificante salida lateral de la autopista. Y San
Urbano se convirtió en un lugar de paseos
domingueros para los citadinos.
En compensación, Trinidad comenzó a
frecuentar los clubes y bares de la ciudad con sus
compañeros de trabajo.
Tenía ya tres hijas con la de su pueblito
cuando conoció a otra maestra de un barrio
suburbano. Y ésta tenía tal carácter que fungía
como subdirectora, y era alegre, y baja, y gorda.
La del pueblito se divorció con horror del cura
y las viejas acostumbradas a no ver las aventuras
de sus maridos. Pero Trinidad era simpático, y
ella siguió viéndole con cariño.
Él, en tres años, tuvo tres hijas más con la
segunda maestra. Fue tan responsable que, en el
trabajo, llegó a ser jefe. Y en lo personal,
atendiendo y siendo querido por ambas familias.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Tanto era el afecto, que las mujeres iban
juntas de compras. Y cada una se preocupaba
que no le faltase nada a la otra.
Pero, un día Trinidad conoció una mujer
dicharachera, muy alegre, de gran carácter, baja,
gorda y... ¡maestra!
No sólo maestra, además delegada sindical.
Y, por lógica, se fue a vivir con ésta. Ella era
tan segura de sí misma que ni le pidió casarse,
eso no impidió que le diera otras tres hijas.
Los años pasaron. Las niñas creciendo. Y
Trinidad en su trabajo, siendo cotizado como
responsable y simpático.
Siempre atento a sus tres familias, a sus tres
mujeres que se trataban como amigas, al
bienestar de las nueve niñas.
Murió en paz a los sesenta y tres años. Tuvo
tres mujeres. Con cada una tuvo tres hijas. Todas
juntas lo enterraron en el viejo cementerio del
pueblo de San Urbano.
Sucedió el primer domingo siguiente a
Pentecostés. Y el cura bendijo la tumba en
nombre de la Santísima Trinidad.
…oo0oo…
Diap 193
TRINIDADTRINIDAD
Sucedió en un país de nuestra civilización,
ésa que se proclama defensora de los derechos a
la vida y del respeto a la naturaleza.
Y le sucedió a una vieja solterona, de las
tantas que viven con la compañía de un gato
silencioso y la añoranza de lo que nunca fue.
El gato era de belleza excepcional y que,
logicamente, perteneciendo a alguien de la clase
fina, se le esterilizó para evitar problemas.
La operación la efectuó el mejor veterinario
de la ciudad, en una clínica, con anestesia y
atención postoperatoria adecuada.
Y Félix, como se llamaba el felino, pasó a
formar parte del grupo selecto de gatos
mimados, de raza, mansos… y castrados.
Su dueña, Úrsula Altatierra Perleón, pasó su
vida con el minino. Y pasó de señorita a doña
sin que pasara un hombre por ella.
Los gatos no tienen dueño, se dignan en
brindarnos el privilegio de permitirnos que ellos
vivan con nosotros.
Y el grande, suave, sereno y educado Félix
respondía cada vez que la reseca Úrsula lo
llamaba con ternura:
Mi Príncipe.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Subía sobre su falda, y se acurrucaba en sus
piernas, dándole allí una tibieza que no podía
sustituir la falta de un calor viril.
Cierto día, en el desván, la vieja encontró una
lámpara antigua de aceite. Con incredulidad y
esperanzas, la fregó para darle brillo.
¡Y sucedió lo increíble!... Surgió un genio
entre nubes.
–Sólo te concederé un deseo… -tronó el
espíritu- Piénsalo bien.
La antañona meditó. No le faltaban bienes
materiales, tampoco quería volver a la
juventud, pero… nunca había tenido eso.
Miró a Félix, muchas veces ansió que él
fuese… Y pidió:
–¡Convierte a mi gato en un príncipe que me
ame!...
El genio desapareció entre truenos. El
esfumarse los vahos, tenía frente a ella a Félix,
vuelto un hermoso, elegante y atlético príncipe.
–¡Amor mío!... –exclamo Úrsula, echándose
deseosa a sus brazos.
Pero Félix, el príncipe, la contuvo diciendo
triste y mordaz:
–Ahora te vas a arrepentir de aquella
operación que me hiciste...
Úrsula murió fregando la lámpara…
Pero ,el genio ido nunca volvió..
Diap 194
EL PRÍNCIPE FÉLIX
Así lo contaba mi madre…
60 EL PRÍNCIPE FÉLIX (V)
Y esto, así pasó…
Lo llamaron Moisés. Y no porque lo hubiesen
encontrado en una cesta flotando en el Nilo.
Sólo fue un gatito de pocas semanas que, por
la curiosidad, penetró en el techo de una oficina
y cayó sobre un escritorio.
Ser curioso, caer parado, y huir veloces, son
cualidades de los felinos.
Pero quizás por ser chico, o estar aturdido, o
por un sentimiento inexplicable, quedó mirando
al empleado.
Y tal vez, viéndolo blanco, de cabellos y barba
rubia, ojos claros, le hizo pensar que tenía
enfrente a un semejante que le cuidaría como su
madre, la cual hacía días que faltaba.
Y sin más, abandonó su timidez y fue a
acurrucarse sobre las rodillas del hombre.
Sintió que éste lo levantaba con gran ternura
y, para su felicidad, lo dio de comer.
Y el cachorro, colmada su hambre, retornó al
escritorio. El empleado estaba allí, agachado
buscando en un cajón.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y para Moisés fue natural demostrar su
cariño, lamiéndole el pelo rubio de la cabeza.
Por semanas fue intensificándose la unión y el
afecto de esos dos seres.
Un día, el hombre renunció a su trabajo.
Pero, no a su gato. Y el cachorro fue llevado a
la casa del hombre, donde vivía la familia del
hombre… y una vieja gata esterilizada.
Moisés era un elegante gato, cruza de angora
y siamés. Por tanto, él lucía su erecta, ondulante
y peluda cola, mostrando en la base de ella sus
atributos masculinos.
El cachorro creció. Y sintió despertar el instinto.
Y comenzó a marcar su territorio. Y quería
escapar buscando hembras.
La de allí era vieja y estéril.
Una tarde llevaron a Moisés al veterinario… y
volvió con dos cosas menos.
Pobre Moisés. Pobre gatito.
Había dado su afecto a los seres humanos.
Y los seres humanos castran a quienes los
aman.
…oo0oo…
Diap 195
EL PRÍNCIPE FÉLIXEL PRÍNCIPE FÉLIX
Era una mañana hermosa. El sol brillaba en
un transparente cielo veteado de nubes blancas.
El tibio calor invitaba a salir, a pasear bajo los
árboles de las aceras.
El viejo miró por la ventana y le dijo a su vieja
compañera de ir a caminar. Y juntos, despacio,
ambos fueron recordando en cada paso.
Y el viejo se sintió feliz.
Remontando lentamente la empinada avenida,
pasaron por la puerta del colegio al que habían
ido sus hijos, luego por la capilla donde, jóvenes,
asistían a misa cada domingo.
Estaban por llegar al parque en el que tantas
veces vieron correr a sus niños. Enfrente se
levantaba el centro comercial donde luego,
todos, se refrescaban con un helado.
De pronto vieron un pichón, aún con
plumones, en la acera caliente, contra un muro.
Desesperado, batía sus pequeñas alas en un
inútil intento de volar.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Se habría caído del nido de alguno de los
frondosos árboles que sombreaban la avenida y
el jardín del edificio próximo. Y, llevado por sus
ansias de vuelo, terminó en suelo.
El viejo recordó un cuento.
Y, como aquel loco personaje, no lo dejaría allí
para que lo devoraran las ratas. Y lo recogió con
ternura en el hueco de su mano.
Y el viejo se sintió feliz.
Lo criaría hasta que pudiese levantar vuelo sin
peligros.
Hacía mucho tiempo que ya no criaba a nadie
pequeño. No sabía como criar a un pájaro.
Tampoco sabía como criar a sus hijos pero,
junto a su compañera lo habían hecho.
Y, protegiéndolo entre sus dedos entrecerrados,
se lo llevó.
El viejo pidió consejos a otros viejos. Le daba
de comer en el pico. Le improvisó una jaula con
una caja y delante una rejilla.
Porque el pichón quería volar aunque no lo
supiese hacer y olvidando lo sufrido.
La libertad no tiene precio, ni con comida.
Diap 196
EL PICHÓN Y EL VIEJO
Muchas veces, por proteger a los que queremos,
terminamos ahogándolos sin permitirles volar...
(De una carta)
61 EL PICHÓN Y EL VIEJO (V)
Aunque, el pichón cuando veía al viejo vibraba
de emoción, piaba, y abría desmesuradamente el
pico en espera del seguro alimento que le darían
hasta repletar su buche.
El pichón iba creciendo con el paso de los
días, largas alas le surgieron, aprendió a saltar
sobre unos palitos que el viejo le había
atravesado dentro de la caja.
O, llevado por su espíritu libre, aleteaba con
furia trepando por los alambres de la reja
queriendo salir. Hasta que, al verlo imposible,
resignado asomaba su cabeza entre ellos.
En ocasiones, mordisqueaba con su pico el
meñique del viejo.
Un día éste le puso un trozo de pan y de fruta
en la reja. Y el pichón comenzó a comer solo.
Y el viejo se sintió feliz.
Cada día, el viejo limpiaba la jaula, poniéndole
en el piso una limpia hoja de papel para proteger
al pichón de la suciedad e infecciones.
Para ello levantaba la rejilla y tomaba al
pichón con cuidado, encerrándole en otra caja.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero una mañana, al entreabrir la reja, el
pichón escapó en un veloz y desmañado vuelo.
El viejo lanzó instintivamente un manotazo,
agarrando el pichón en su vuelo.
Y él era un hombre fuerte, y el pichón un débil
ser que sólo quería volar.
El pichón pió tres veces, mordió suavemente
con su pico un dedo del viejo y… dejando caer su
pequeña cabeza, murió en la palma de la mano,
ahora abierta, del viejo.
Había muerto sin llegar a volar libre.
El viejo nunca olvidó al pichón.
Y cada vez que lo recuerda piensa en sus
propios hijos que hace tiempo crió, en tantas
seres que de una forma u otra también formó a
su lado.
Y reflexiona si muchas veces, por querer
protegerlos de los peligros cuando ellos ya querían
volar, no los habría oprimido hasta ahogarles.
Y, sin respuestas…
El viejo ya no se siente feliz.
…oo0oo…
Diap 197
EL PICHÓN Y EL VIEJOEL PICHÓN Y EL VIEJO
Al ver al viejo cruzando la entrada del trébol
distribuidor, el chofer frenó al auto. De inmediato
se formó una cola de vehículos tras éste.
El anciano había detenido el tiempo.
Podría decirse que tan sólo había detenido el
movimiento.
Pero… ¿el tiempo no es movimiento?... ¿Y el
movimiento no es vida? Los muertos no se
mueven. Y el viejo aún se movía.
El anciano aceleró el paso. Sin detenerse,
levantó la mano agradeciendo hacia el oculto
conductor tras el parabrisas. Y vio que éste le
respondía con una inclinación de cabeza.
Podría decirse que tan sólo eran simples
gestos de ambos.
Pero… ¿la verdadera comunicación no son
gestos?... ¿Y no nos entendemos con gestos sin
importar el idioma?
El viejo subió a la acera. Y el coche pasó veloz
a su espalda seguido por los demás de la cola.
Todos acelerados.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Otra vez la velocidad, pauta del presente, se
hacía presente.
Pero, el anciano no tenía apuro. Venía de
caminar mucho. ¿Cuánto?...
En distancia, cuadras. Y tenía que andar
algunas más.
En la vida, años. Y sólo ésta sabría cuantos
más.
Fue atravesando el puente sobre la autopista.
Al llegar a su centro se detuvo mirando las
vías debajo de él. En todos los carriles y en
ambos sentidos los coches corrían enloquecidos.
¿Por qué corrían?... ¿Hacia donde?... Ya no le
importaba.
Así fuese hacia el este, oeste, norte, sur, todos
los caminos terminan en un lugar.
Y de lejos, sólo es un punto.
Todo llega, todo pasa.
Descansó mirando el horizonte, el despejado
paisaje por la abertura de la vía de alta velocidad.
Pero, había que seguir. Y continuó su camino.
Poco más adelante halló otro trébol, otro
distribuidor, otra escena igual.
Llega un tiempo en que todo se repite, que
todo parece ya visto, ya vivido.
Y tuvo otro puente para cruzar.
Diap 198
PUENTES
No importa el largo, ni el alto,
ni la forma, ni que cruce…
debajo de un puente,
siempre habrá un vacío.
62 > PUENTES > 2 (V)
¿Era otro?... ¿O el mismo que se continuaba?...
Ya no le importaba.
A sus pies era distinto: una calle con casas y
galpones, con gente y autos yendo más despacio.
Y al llegar al centro de ese puente también se
detuvo. Los depósitos le obstruían el horizonte.
Sin embargo, había árboles en las aceras, flores
en los canteros. Y el viejo quedó disfrutándolas.
Pero, había que seguir. Y otra vez continuó su
camino. Y encontró otro puente. Ya no se
preguntó si era el mismo que se continuaba, o
una sucesión de puentes… uno tras otro.
Previo a éste no había distribuidor, ni autos
frenando, ni escenas, ni gestos. Por que este
puente cruzaba un río. Un río de aguas sucias
por los desechos de la civilización.
Y el anciano también paró en el medio.
Pero, aunque en el horizonte se veía un lejano
paisaje, esta vez se detuvo con precaución…
¡Al puente le faltaban las barandas!
Años idos lo había visto con ellas, cuando el
viejo era joven y también corría veloz con un
volante en las manos creyendo conducir el mundo.
Pero, el tiempo todo lo cambia…
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y los años, paso a paso, todo lo destruyen; a
los seres, a las barandas que sirven de apoyo para
no caer en la vía de alta velocidad, o en la calle, o
en el sucio río.
Poco estuvo el viejo viendo. Ya no le importaba
eso. Todo se confundía en las turbias aguas
donde los restos flotaban. Pero, el anciano aún
vivía, se movía… debía continuar su camino.
Y, finalmente el último puente se acabó…
¿O se acabó la sucesión de puentes?...
Terminó en una avenida rodeada de edificios
de apartamentos, cerca de un sanatorio, con un
ancianato. Y el viejo fue yéndose.
Había hecho su paseo de los jueves.
Venía de vuelta
¿Dónde había ido?... ¿Por qué?...
¿Dónde volvía?... ¿Por qué?...
No sabía las respuestas. Y si las supo, ya las
olvidó.
Lo único que recordaba era que el camino fue
una sucesión de puentes, que todos los puentes
servían para cruzar algo…
Pero, al final, en todos ellos, debajo… sólo
había un vacío.
…oo0oo…
Diap 199
PUENTESPUENTES
Cuando lo enterraron de pie en ese hueco
entre las lajas de piedras aún estaba temblando
por el largo viaje en la caja de un camión donde,
con sus compañeros, fueron azotados por el viento
y golpeándose unos con otros en cada sacudida.
Luego lo bajaron sin ninguna consideración,
separándolo de los demás, y le dejaron solo a la
orilla de la calle, bajo un sol inclemente que le
resacaba y sin una gota de líquido que refrescase
su base envuelta en un saco de arpillera.
Al rato vinieron unos hombres que le quitaron
eso para meterlo en el agujero, llenando éste con
la tierra que estaba al lado.
Miraron si había quedado derecho y, en un
acto de conmiseración, por fin le echaron unos
baldes de agua.
Pasó la tarde tratando de reponerse y
comprender. Estaba frente a una gran avenida.
DE BASTÓNDE BASTÓN
En las aceras había árboles recién plantados
como él. Pero con mucha distancia entre ellos, y
no tenía cerca ninguno de su especie.
No supo si fue el ácido señalamiento de un
perro callejero en su delgado tronco, o el extrañar a
los de su misma familia con su proximidad en el
vivero, pero al anochecer sus hojas se pusieron
mustias perdiendo brillo y vigor.
Cambió en la madrugada por el fresco rocío o
por que con los primeros rayos de sol vio del otro
lado de la avenida, a más de cincuenta metros,
otro árbol de su especie.
Era igual a él, enterrado entre lajas como él…
y no se sintió tan solo.
La vida continuaba. Había que crecer.
Y vivió y creció.
Y sus ramas se elevaron al cielo, llenándose de
hojas, de flores, de frutos, de nidos, de pájaros.
Y su tronco se ensanchó, y allí dejaron sus
iniciales los jóvenes enamorados.
Y fue tan fuerte que con sus raíces levantaba
las lajas de la vereda.
Cada tanto le podaban… y él rebrotaba más
fuerte.
Diap 200
LA RAMA
La parte de adelante de un árbol
es donde esperamos a alguien.
¿Y la de atrás?...¡Ah, la de atrás… la de atrás!...
¡Si la parte de atrás contara todo lo hecho allí!...
63 LA RAMA (V)
Tenía muchos años cuando le brotó esa rama.
Fue luego de una poda. Salió de lado, en lo
alto del tronco. En la parte que estaba hacia la
avenida.
Y rápido se desarrolló en busca del anhídrido
carbónico de los escapes de los coches.
Pronto esa rama engrosó y le surgieron brotes
laterales que crecían repletos de hojas.
Entre tanto, al árbol, en el centro le salieron las
ramas de siempre formando la copa de siempre.
Y él se esforzaba para soportar la nueva y
pesada rama.
Era tal la angurria de ella que absorbía la
mayor parte de la savia que subía por el tronco,
quedando muy poca para las otras que formaban
la copa.
Éstas mostraban sus hojas ocres, mientras ella
las tenía verdes y brillantes.
Era una rama tan frondosa que dejaba a las
demás sin el aire necesario.
Y aún así, seguía alargándose para la avenida.
Cuando llegó la primavera se cubrió de muchas
y rozagantes flores.
Hasta los autos se detenían para verla.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pero, en ella no había aves. El continuo
sacudir por el paso veloz de los coches y el humo
de los escapes los ahuyentaba.
Mientras, por lo contrario, en las otras ramas
de menguadas flores, había nidos a granel con
pájaros trinando.
Llegó el verano, pero esa rama tuvo escasa
cosecha, y ésta no maduraba.
Sin embargo, las de la copa se agachaban bajo
el peso de sus frutos, siendo apetecidos por los
niños y las aves, y asegurando la propagación de
las simientes.
Una noche hubo un vendaval. A la mañana
encontraron la altanera rama caída, desgajada.
Pero las otras, unidas, seguían firmes en la copa.
Con el tiempo el árbol tuvo más brotes, más
ramas. Pero jamás dejó salir otra en ese lugar.
El árbol hoy está viejo, y sigue en la avenida.
¿Aquella rama?...
Fue pisoteada y arrollada por los mismos que
antes se detenían para verla. Deshecha, el agua
de lluvia la arrastró a la alcantarilla donde se
mezcló con otros restos.
Y, olvidada… desapareció.
…oo0oo…
Diap 201
LA RAMALA RAMA
Abriendo con firmeza la puerta, penetró a su
apartamento. Caminando entre la penumbra
que llegaba desde la calle y a través de las
cortinas, fue hasta el dormitorio.
Encendió la lámpara, desvistiéndose enseguida
con habitual soltura.
Fue al cuarto de baño. Prendió las luces. Por
un momento quedó encandilado por la intensidad.
Le era necesaria. Y, sonriendo, comprobó si el
esterilizador funcionaba.
Luego, en el lado izquierdo de su vientre,
desconectó el receptáculo que acumulaba sus
heces desde el ano artificial. Esto por que gran
parte del colon le había sido extirpada.
Del lado derecho quitó el conducto de la bolsa
que recogía la orina, ya que también le faltaba la
vejiga.
Hizo la higiene a ambos orificios. Lavó los
recipientes y los puso a secar.
Entró en la ducha y se bañó bien, teniendo
precaución que el agua no dañara partes delicadas.
Eran muchas. Y se secó.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Se miró en el espejo.
Colocó un dedo sobre el agujero que tenía en
el cuello y emitió una fuerte voz gutural a pesar
de quedarle un solo pulmón y del cáncer de
garganta operado.
Carraspeó.
Y, quitándose ambas planchas dentales, las
cepilló y las puso en un vaso con agua.
Volvió a verse. Sus mejillas con cicatrices, y
ahora chupadas, lo envejecían más.
Sin embargo, se burló de sí mismo.
Se sacó los gruesos y ocres lentes. Después,
con cuidado, el globo que sustituía al faltante ojo
izquierdo.
Y se puso de inmediato los lentes.Sin ellos no
veía nada. Colocó el ojo artificial en otro vaso.
De inmediato, pasó a conectar a sus orificios
del vientre los recipientes ya esterilizados. Los
necesitaría para dormir.
Volvió al dormitorio. Hizo la llamada de todas
las noches a su hermano. De no hacerlo, éste no
se acostaba. Hablaron.
Luego se quitó los aparatos auditivos de las
dos orejas. Sin ellos, el ruido de un tambor
sonaba como un susurro.
Diap 202
TODO UN HOMBRE
Pienso; ergo, existo.
(Griego)
64 TODO UN HOMBRE (G)
Pero, aún le faltaba más para poder descansar.
Se sentó en la cama y sacó debajo de la misma
un estante corredizo. Uno muy importante el día
siguiente al despertar.
Luego se acomodó en el medio del lecho.
Quitó los arneses y conexiones que mantenían
unidas sus piernas postizas a los respectivos
muñones.
Las colocó en el estante y procedió a ponerse
cremas en las amputaciones.
Luego, apoyándose en las dos manos fue
corriéndose hacia arriba hasta que su tronco
estuvo en una posición cómoda para dormir.
Eso le produjo el esfuerzo de siempre.
Lo hizo lento, pausadamente. Debía tomar en
cuenta que tenía tres marcapasos en el corazón,
el cual poseía gracias a la donación de un pobre
muerto en un accidente.
Meditó que resultaba afortunado en tener
aunque sea un riñón, y éste se lo había dado el
generoso de su hermano.
No le era difícil vivir sin el páncreas perdido
cuando joven.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y sabía comer con una mandíbula armada por
alambres, un estómago que era una parte del
original, y un ínfimo hígado.
Empezó a aflojarse el corsé que mantenía
recta su columna.
Miró la hoja de control en la mesa de veladora.
Hoy le correspondía quitarse el brazo artificial
derecho. Y lo hizo.
Los dos eran prótesis. No podía sacarse los
dos. Quedaría inútil.
Miró su entrepierna donde permanecía un
mísero residuo de lo que fue un viril miembro
que sintió placer e hizo gozar y engendró seres
con unas gónadas hoy estériles.
Apagó la luz de la mesita.
Y bajo la lámina de titanio que cubría parte de
su cerebro, reflexionó como todas las noches.
Reflexionó en lo que había sido y en su presente.
Y en su rostro, y en la oscuridad, le brilló una
sonrisa de superación, de logro.
No importaba todo lo que le faltase.
No dependía de nadie y aún podía pensar.
Era… todo un hombre.
…oo0oo…
Diap 203
TODO UN HOMBRETODO UN HOMBRE
Fue un niño que no tenía cinco años y fue a la
escuela.
En esa época los hijos se criaban junto a su
madre hasta los seis años. Para poder entrar al
colegio se debía tener éstos ya cumplidos.
Había otros valores.
Sin embargo este niño, que le faltaba un mes
para cumplir los cinco, fue. Y para colmo,
empezó en la escuela de niñas. Él, que era de
naturaleza introspectiva y de pocas palabras.
Porque entonces los colegios se separaban
para varones y para muchachas.
Y la escuela a pesar de ser laica, del estado,
universalista y atea, tenía esa atávica división.
Haber iniciado la escuela en la de niñas fue un
estigma que le marcó toda su infancia.
Luego, mucho le costó demostrar su hombría
a fuerza de peleas y sangre de su nariz.
Pero a ese plantel iban sus dos primas mayores,
las cuales vivían junto a su casa.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Por tanto, ellas le llevaban y traían del colegio.
Otra burla con la que debió luchar.
Lamentablemente las madres, en el afán de
proteger a los hijos, les causan más daño con ello
en lugar de dejarlos vivir la vida natural y en el
mundo normal de su momento.
Y para completar, la directora de la escuela y
la maestra de primer año, apenas vieron al niño,
quedaron prendadas de él, poniéndole en los
asientos de adelante.
Era rubio, de ojos celestes, educado y sabía dos
idiomas. Además, el uniforme, ese guardapolvo
blanco y moña azul, estaba hecho por su madre,
profesora de corte y confección.
Contrastaba con los otros niños de la escuela
de varones, hijos de emigrantes en su mayoría
analfabetas, para quienes la fuerza y lo grosero
eran atributos de virilidad y supremacía.
Lo sentaron en un banco de aquellos dobles,
que hacían a sus ocupantes fraternos.
La compañera fue una linda niñita, delicada,
de pelo ondulado, y que le sonreía siempre.
Diap 204
LA MAESTRA
El hombre sólo es un niño grande.
Gracián Solirio
65 LA MAESTRA (U)
Hecho real y personal.
Pero él sólo tenía ojos para una mujer.
Para la maestra.
Se enamoró de ella enseguida… y en silencio.
Se llamaba Joaquina, alta, esbelta, con una
voz dulce, ojos oscuros y profundos, de larga
cabellera color de oro que caía sobre él cuando se
agachaba a enseñarle a leer y escribir.
Con ella aprendió a recitar versos. Y él los
decía pensando que se los declamaba a ella. Y su
dicha era inmensa cuando Joaquina lo felicitaba
con su encantadora sonrisa.
Cuando ella lo llamaba iba rápido al lado del
escritorio, contento de estar junto la señorita
Joaquina, hasta que ésta le acariciaba el pelo
diciéndole que volviese a su asiento.
Y, fuese por que era el único varón de la clase,
o por lo que él sentía por la maestra, se destacaba
tanto que llegó a fin de año como el mejor alumno.
En diciembre vinieron los inspectores a tomar
exámenes.
El niño fue elegido para ser el primero en ser
interrogado y, además, recitar un verso en su
idioma natal.
Entró al salón un inspector. Era alto, atlético.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Con cariño se acercó a la señorita Joaquina y…
¡La abrazó dándole un beso en la mejilla!
¡Y ella le respondió de igual forma!.
El niño creyó que se le partía el corazón. La
garganta se le resecó. Y odió a ese hombre.
No lo envidiaba, lo odiaba.
Cuando el hombre le examinó no hubo forma
que hablase.
Y luego de mucho pedirle Joaquina, dijo con
voz ronca:
–A ése… ¡yo no le respondo nada!
Perdió el año. Lo repitió en el colegio de los
varones.
Y a fuerza de golpes y luchas llegó a hombre, y
a anciano.
Uno que sonríe al pensar que todos los niños
se enamoran de su primer maestra.
Lo que demuestra que a los hombres siempre
les atrae la primer mujer que les enseña algo.
Porque él también, hace mucho tiempo…
Fue un niño que no tenía cinco años y fue a la
escuela.
Y se enamoró de la señorita Joaquina…
Y aún la recuerda.
…oo0oo…
Diap 205
LA MAESTRALA MAESTRA
Montevideo, Ciudad Vieja, cualquier día entre
semana, de cualquier semana, de cualquier mes,
de cualquier año, finalizando el siglo veinte.
Diez de la mañana, el sol se asoma entre las
nubes y hace brillar el agua entre las baldosas y
los adoquines.
Tal vez restos de la garúa de la madrugada,
quizás lavaron la calle.
Calle Cerrito, pocos transeúntes y cada uno
encerrado en su mundo.
Un hombre viejo sale de un banco, llega hasta
la esquina de la calle Zabala.
Se detiene antes de cruzar. Observa.
En cada esquina se levanta un edificio antiguo,
enorme, pesado, serio, de fachada ornamentada.
Todos son o fueron bancos.
Cerrito es la calle de los bancos.
El viejo dobla por la calle Zabala.
En la siguiente cuadra toma la pequeña
diagonal de 1º de Mayo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Sonríe ante la ironía.
En una zona de financieros, importadores,
prestamistas, hay una calle con el nombre del
Día de los Trabajadores.
Pero, esa corta calle atravesada lo lleva hasta
la placita de Don Bruno Mauricio de Zabala,
Fundador de Montevideo.
Así lo dice la placa, y lo repiten los niños en la
escuela.
Plaza tranquila, plaza serena.
Plaza de encuentros. Y plaza de despedidas.
Sus bancos, esos que sirven para descansar y no
como los otros para obtener dinero, son eternos.
Las mismas patas de hierro fundido y con sus
arabescos. Los mismos travesaños de madera
con iniciales. El mismo color verde oscuro, con
incontables manos de pintura.
El viejo se sienta. Siempre hay un banco libre.
Saca de un bolsillo un recibo y lo lee. Es lo que
cobró de pensión.
Lo que le dan después de una vida de trabajo.
Si compra las medicinas no le queda para
comer, si compra comida no le alcanza para los
medicamentos.
Y, con resignada mueca, mira la estatua…
Diap 206
CIUDAD VIEJA
Y cerca del Cubo Sur, los invasores abrieron
una brecha al muro de la Plaza Fuerte…
(1807, Historia de Montevideo)
66 CIUDAD VIEJA (U)
Suspira largo. Prefiere divagar.
Quizás Don Bruno estuvo sentado allí mismo,
sobre una piedra.
Tal vez antes lo estuvo un indio charrúa
oteando la costa.
Luego, la Historia. La cuadriculada ciudad de
apenas ocho por once cuadras, de calles con
nombres de santos, dentro de murallas, con su
ciudadela fortificada, sus baterías.
Y pasó el tiempo.
Las calles perdieron su santidad. Los muros se
derrumbaron. Llegó el progreso. La urbe creció.
Y la Ciudad Vieja quedó como un barrio feo,
obsoleto, pobre.
El viejo recuerda se propia historia; o sea, su
pasado que no hace mucho fue presente.
Y en ese banco y en esa plaza, él y ella se
dijeron palabras de amor… y se despidieron.
Después… la vida. Distancia. Tiempo. Sucesos.
Nunca se volvieron a reencontrar. Y si ahora
se volviesen a ver, tal vez no querrían reconocerse.
Triste es lo que pudo ser, y no fue.
El viejo se apoya en el bastón y se pone de pie.
Le cuesta enderezarse. Se va.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Camina junto a los canteros de laureles. Y por
la calle Washington se dirige hacia la escollera.
A las tres cuadras pasa por el Hospital Maciel.
Una mezcla de recuerdos dolorosos y de
sarcasmo aflora a su rostro. A la izquierda estuvo
la Plaza de Toros, donde sufrían éstos.
La Plaza desapareció hace mucho. Pero hoy, a
la derecha, se yergue donde sufren y mueren los
humanos.
Y el viejo se pregunta si no será un desquite de
aquellos animales.
Dobla por la calle Guaraní. En la costa ve la
chimenea que sirve de referencia para encontrar
esa vía de los tamboriles.
Y, tomando por Sarandí, va acercándose a la
escollera. La calle es en bajada y de adoquines.
Las veredas son de lajas de piedra. Se respira un
aire rancio, salado, de antiguo, de humedad, de
mar rompiendo contra el farallón.
Sobre el rompeolas hay muchos pescadores.
Unos pescan realidades; otros, sueños.
Pero el hombre viejo ya no tiene caña, ni
anzuelo, ni carnada.
Y, cansado de andar, se sienta en un muro.
Diap 207
CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
Viendo lejos, llega el mediodía. El sol calienta
las piedras. Y el asiento se siente duro.
El viejo se para. El descanso y el lugar le traen
un lejano y efímero vigor del ayer.
Retorna por Sarandí. Ahora es subida. Pronto
se cansa. Pasa por el Mercado Chico. Sigue
adelante. En cada cruce mira.
Y allí, a la derecha, a dos o tres cuadras, al sur,
ve la costa.
Y a la izquierda, a cinco cuadras, al norte, está
el puerto, la bahía. Y a su espalda, ha dejado la
escollera.
Mar por todos lados menos uno...
Y para ése, marcha.
Al llegar a la calle Misiones se detiene. A una
cuadra hacia la rambla está el Correo Central.
Hace tiempo que tiene en su bolsillo una carta
sin destino. Quizás… un día… Pero… hoy, no.
Y mientras él sigue, la calle se transforma.
Hasta cambia de título, es Paseo Sarandí.
Se torna actual, de comercios, de tiendas
finas, de souvenirs para turistas.
La diferencia entre un recuerdo y un souvenir
es que el recuerdo se lleva en el alma, y el
souvenir en la valija.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Lo recibe la Plaza Matriz. ¿Alguno sabrá que
también se llama Constitución?
La catedral elevada. ¿Por qué siempre tienen
escalones? ¿Es un castigo por los pecados?
Ve venir por la calle una mujer elegante. Alta,
bien vestida, de andar seguro. Hermosa, bien
formada, con la plenitud de sus treinta años.
Y el hombre se queda mirándola.
Mucho murió en él con el tiempo. Pero el
deseo y el buen gusto permanecen vivos.
Y la admira con la serenidad de su vejez. Y ella
lo agradece con una imperceptible sonrisa.
Y la mujer pasa. Y se va. No se da vuelta a
verla. Otra que pasó.
Queda viendo las veredas tapizadas de mesas,
de sombrillas, de sillas. Si sentara en una le
costaría su pensión.
En una esquina hay un hotel para clase media.
Cruzando la plaza, otro para clase pudiente. Y en
las calles del puerto, los de los pobres de siempre
y las aventuras del momento.
Cada uno lo conoció en su época y en su
circunstancia.
Fue mendigo y fue señor, fue servido y fue
servidor. Y sólo fue.
Diap 208
CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
No quiere seguir más allá. Un modernismo
interesado y confuso domina esa calle a la cual
pretenden artificialmente hacer parecida a la
antigua de un tiempo ido y destruido.
Y el hombre viejo, doblando por la calle
Ituzaingó, baja al ayer. Llega a La Brecha. Y se
devuelve por Reconquista.
Y en una esquina encuentra un viejo boliche…
La enorme puerta. Las ventanas laterales con
sus gruesos postigos de madera agrietada y que
cierran por dentro con ennegrecidos travesaños
de hierro.
Para entrar hay que subir unos escalones
desde la vereda. Es el seguro para no tomar de
más, de lo contrario se puede caer al salir.
Y a nadie le gusta caer.
Entra. Se para frente al mostrador.
Cuelga el bastón del borde. Debe tenerlo cerca
y no olvidarlo. Es su único apoyo.
Y él, el único parroquiano de la barra.
Solo hay dos o tres más en las mesitas junto a
las ventanas, apoyados contra el vidrio y quizás
tratando de ver a través de éste su futuro.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Pide una caña doble.
No es la hora ni lo adecuado.
Mañana le faltara para una medicina o no
podrá comprar alguna comida. No le importa.
La caña es el alimento de los recuerdos y el
remedio para las nostalgias.
El bolichero comprende.
De arriba de la vetusta nevera de roble de seis
puertas, saca una añeja.
Se la sirve rebosante, queda un círculo de
amarillo líquido alrededor del vaso.
Luego abre la antigua vitrina exposición, con
sus enormes cerraduras y bisagras cromadas,
con sus rejillas pintadas más de una vez.
Agarra un queso y un fiambre.
Corta unos cuadraditos y, poniéndolos en un
plato, se los sirve al viejo diciendo que van por la
casa.
Y sin palabras, los dos sonríen.
Y el viejo va tomando de a sorbos, comiendo
despacio.
Y se siente contento…
La Ciudad Vieja aún sigue viva.
…oo0oo…
Diap 209
CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
El hombre viejo colocó el diario sobre la mesa
con la primer página hacia abajo.
Lo leería comenzando desde el final.
El resumen del inicio le desencantaba.
Sin siquiera desdoblarla, puso aparte la sección
de Avisos Clasificados.
Ya no le interesaba vender ni comprar algo. No
necesitaba nada ni tenía nada que ofrecer.
Lo mismo hizo con el grueso cuerpo de
Deportes. Había pasado la época en que allí
perdía largo tiempo. Ahora sabía que si no
ganaba uno, ganaba otro.
Y llegó a la hoja donde se detenía mirando
cada recuadro. En el encabezamiento la mayoría
llevaba una cruz. Algunos, otros símbolos.
Y muy pocos, los agnósticos… nada.
Era la página de los obituarios.
Normalmente sólo se fijaba en el nombre del
fallecido. Buscaba, tratando de hallar y de no
hallar, el de un compañero del camino.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y, fuese así o no, seguía la lectura. Pocos le
sorprendían.
Casi todos sus amigos ya habían pasado por
allí. Y si alguno aún estaba vivo, se había perdido
en el ayer.
Pero, esta vez quedó absorto en un aviso.
Había muerto ella.
Hacía treinta años que no la veía.
Sin embargo al morir, con ella moría la callada
esperanza de volver a cruzarse en una calle
cualquiera y verse con una nostálgica mirada.
Recorrió una y otra vez aquel nombre que
había dicho en los distintos tonos del amor
prohibido y la pasión.
Y repitió en silencio la sentencia que resume
todo final:
Ya no está…
Volvió a leerlo. Indicaba ese nombre, apellido
y que era de otro apellido.
Y al hombre viejo le afloró una dulce y triste
sonrisa.
Ella nunca perteneció a nadie.
Sólo fue de quien ella quiso ser.
Diap 210
EL OBITUARIO
Ha fallecido la señora…
(Q,E.P.D.)
67 EL OBITUARIO (V)
Luego el obituario continuaba con los familiares
y demás que invitaban al acto de sepelio.
Primero, su esposo… Sí, el fue su esposo. Otro
que la amó. Y por amarla, aceptó ese papel. Y
ella, a su manera, también lo quiso y lo respetó.
Jamás dijo algo mal de él.
Pero, paloma infiel, buscaba el amor en otros.
Quizás fuese por una pasión poco satisfecha.
Tal vez por una ilusión no lograda. O tan solo por
sentirse querida por alguien más.
Por que ella sólo fue de quien quiso ser.
Pero al que quería, sabía quererlo. Querer
sobre todas las cosas, normales o no. Y era capaz
de darse totalmente al afortunado querido.
Y el hombre viejo recordó cuando él fue eso.
Luego, los hijos… Sí, fueron hijos de ella y de
su esposo. Los amó con devoción. Por ellos luchó
para que tuviesen un futuro mejor. Y para que se
sintieran satisfechos de ella.
Podía ser paloma infiel, pero nunca madre
desamorada.
Y jamás pensó en concebir un bastardo entre
ellos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Aunque, a veces, en medio de la pasión lo
dijera vehemente.
Y el hombre viejo recordó cuando ella le decía
eso.
Después, los hijos políticos, los nietos, los
hermanos… Una familia como tantas, una que
había crecido con matrimonios y nacimientos.
Una más en un obituario.
Y el hombre viejo pensó.
¿Cuánto tiempo se habían querido él y ella?
Ya no se acordaba.
¿Por qué se había acabado aquel querer?
Ya no se acordaba.
Sólo recordaba que hacía treinta años que no la
veía.
Y el obituario concluía con las palabras de
siempre.
Un sepelio.
Una fecha. Una hora. Un cementerio.
El hombre viejo suspiró… y repitió la sentencia:
Ya no está…
Y pasó a la otra hoja.
…oo0oo…
Diap 211
EL OBITUARIOEL OBITUARIO
Año 1999.
Uno más y se terminará el siglo veinte.
La hija menor ha invitado sus padres al litoral
de Caracas. Es domingo, ella no trabaja.
No importa el mes.
En el trópico siempre se puede ir a la playa.
Están en un balneario privado de Marina
Grande. Nombre de una costa donde, en años
idos, el viejo levantaba la carpa para que pasaran
las vacaciones ella y sus hermanos.
Nada hay que llevar. Nada hay que hacer.
Todo se puede comprar. Todo lo hacen otros.
La camioneta va vacía.
Lejos están los años con tres niños rodeados
de bultos y artefactos.
Hasta el mar fue cambiado. Dos enormes
rompeolas lo han amansado y llega a la costa sin
aquel ruido y las altas olas en las cuales se
zambullían intrépidamente.
Su hija alquila una sombrilla y tres sillas
plegables.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y el padre rememora aquella enorme carpa
donde los cinco se dormían luego de un día de
bromas y aventuras.
Los vendedores pasan con sus bocadillos de
afrodisíacos del mar.
Ni se detienen. Los viejos ya no los necesitan
por su edad. Y la hija menos aún, por su juventud.
Poco tiempo resiste el padre estar quieto con
la sola misión de girar la sombrilla para que el
sol no los queme.
Se levanta y se dirige a unas casetas en la
entrada del lugar. Ha visto salir de allí personas
con alimentos y bebidas.
Se arrima al mostrador y pide:
–Una empanada de cazón… y una bien fría.
–¿La empanada bien fría?... –dice la mujer
con malicia.
–No, doñita… –sigue él la broma– La cerveza
bien fría y la otra calentita, así es como debe ser
la cosa.
Ella pone la empanada en un platito de cartón
y se lo sirve con un mohín propio de coquetería
tropical.
El viejo da un mordisco y hace un gesto de
aprobación.
Diap 212
EL VALE
Era de El Pilar, pueblo del Estado Anzoátegui.
68 EL VALE (V)
De la salsera improvisada con una botella de
refresco, pone un chorrito del contenido a la
empanada.
Da otra mordida… y abriendo los ojos, exclama
una conocida interjección.
Luego, de un solo trago termina la cerveza.
Y sigue:
–Hacía mucho que no probaba un mojo como
éste. Sabroso y fuerte. La última vez fue en un
pueblo llamado El Pilar.
–¿El Pilar cerca de Barcelona? –inquiere ella
entre risas– De allí soy. Y de allí traje la receta.
–¿Y qué hace tan lejos, vendiendo empanadas
de cazón?
–Y don… La necesidad tiene cara de hereje. –
le aclara– Al marido se le dio por ir a buscar oro.
Nunca volvió. Me vine a Caracas con los
carajitos. Un día bajé al Litoral. Y acá estoy.
–A este país lo salvan las mujeres… –murmura
el viejo– Lo dije hace cuarenta años... y lo sigo
diciendo.
–Señor… usted es musiú y siempre lo será. No
importa los años que tenga aquí. Y nosotros
siempre seremos iguales.
–¿Cuánto le debo, señora? –pregunta él, ya
reflexivo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Ella realiza la cuenta. El le da un billete.
La oriental abre un cajón. Hace un gesto.
Toma una servilleta. Rompe un trozo. Escribe
en éste.
Y, muy seria, se lo entrega al viejo.
–No tengo cambio. –se sonroja al dárselo- La
próxima vez que venga, se lo descuento.
El hombre no puede menos que sonreír frente
a ese vale.
Y, satisfecho, contento, lo guarda en su
billetera.
::::::
Año 2005.
Ya hace cinco que estamos en el siglo
veintiuno.
Otra vez la hija invita a los padres al Litoral.
Hace mucho que no van.
La última vez fue aquella en Marina Grande.
La misma rutina. La misma mujer vendiendo
empanadas de cazón y cerveza bien fría.
El viejo, más viejo aún, pide la cuenta. Se
acuerda del vale. Lo saca de la billetera y se lo da.
Y ella, sonriendo, se lo descuenta.
Sí, la oriental tenía razón…
Ellos siempre serán iguales.
…oo0oo…
Diap 213
EL VALEEL VALE
Diciembre.
Otra vez Navidad, Fin de Año, Reyes.
¿Cuántas veces se habrá repetido esto?
Según la historia, por siglos.
Según mi propia historia, setenta años.
Los anteriores era muy chico para recordarlos.
Pero sí, como abría los regalos.
Juguetes, libros, cosas, una tarjeta. Esa fue la
evolución de lo que me dieron. Y de lo que yo di
con el paso del tiempo.
Y por mucho tiempo, cada Navidad hice una
tarjeta. De papel, de cartulina, hasta de aluminio.
Dibujada, grabada, hasta con un cuento.
Pero, esta vez no quería hacerla.
¿Por qué?... No sé.
Quizás la vejez, o no tenga más temas.
Así que, con el vuelo de la imaginación; fui a
visitar a mi amigo Juan, el Loco de la Esquina.
El que un día encerraron en el manicomio, los
cuerdos y los tontos con sus iguales.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Me dejaron pasar sin problema.
¿Habrá sido que me vieron uno más?
¿O porque era época de fiestas decembrinas, y
todo el mundo se vuelve tonto y hace locuras?
Me dijeron que estaba con los demás en el
patio cubierto, en el medio del edificio, que los
cantos me guiarían, que los enfermos habían
hecho un pesebre con el Nacimiento.
Hacia allí me encaminé mientras pensaba en
el eufemismo de decirles “enfermos” a unos seres
que habían hallado en la locura la libertad y la
sabiduría de su propio yo.
Estupefacto, en el patio encontré un nacimiento
viviente. José, los Reyes, los Pastores, todos con
vestiduras antiguas.
Y todos locos.
María, una demente de la sección mujeres…
El niño Jesús, lo representaba un desquiciado.
enano
Hasta la vaca y el mulo eran locos disfrazados
como tal.
Y todos cantaban.
No villancicos, sino gritaban con fuerza:
–¡Navidad!... ¡Navidad!... ¡Linda Navidad!...
¡Comeremos pan dulce a costilla de papá!...
Diap 214
FELIZ AÑO
Ya que en este mundo de entrevero...
¿Quién es más tonto, más loco,
más sabio, o más cuerdo que otro?
69 FELIZ AÑO (U)
Sonreí feliz.
No era la melosa y pegadiza balada surgida del
comercio ni la grave y gregoriana de los estériles
monjes Era el canto que repetíamos con burla en
nuestra infancia.
Juan, quien tenía el papel de José, rápidamente
vino junto a mí y exclamó con tono satisfecho e
irónicamente místico:
–¡Gloria Dios en las alturas!... Te guió a
nosotros… Me faltaba el cayado… Dame tu bastón.
Y, me lo quitó volviendo al Nacimiento. Fui
tras él.
–Necesito mi apoyo. –le reclamé, en broma–
Te lo presto un rato. Comprendo que debes estar
con la Virgen María.
–¿Ella la Virgen María? –una delirante risa
resonó– Esta es la loca María, la que dice que un
gobierno le crucificó el hijo.
–Sin embargo… –meditando, continuó– ¿No
crees que la otra María también era media loca
para parir entre una vaca y un mulo, en medio de
la noche, sola y con frío. Y pensar aún que era
bendecida por Dios. Entonces lo vieron como un
milagro. Hoy la hubieran encerrado aquí, en el
manicomio.
Un alto y fuerte negro se separó del grupo y
vino a nuestro lado.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Abriendo una caja, nos enseñó con orgullo su
regalo:
–Eres Baltasar y traes la mirra. –indiqué
tontamente.
–Son semiconductores. ¿De qué serviría ahora
esa resina?
–Eres Melchor y traes oro. –aseguré a otro
loco coronado.
–Huele. –ordenó imperativo, dándome una
botella.
–¡Es petróleo!...–exclamé– ¿Qué hará un niño
con él.
–Es el oro del momento. Se hará rico o…
revolucionario.
–Y tú, Gaspar… ¿Qué le darás en lugar del
incienso?
–Plutonio… Y como el incienso, al evaporarse
nada queda.
El enano lanzó una carcajada cruel.
Y volvimos a cantar:
–¡Navidad!... ¡Navidad!... ¡Linda Navidad!...
¡Comeremos pan dulce a costilla de papá!...
De pronto, con el vuelo de la realidad, retorné
al presente. Allá había olvidado el bastón.
Y recordando a todos, musité:
–Amigos míos… Feliz Navidad… Feliz Año…
Feliz Año…
…oo0oo…
Diap 215
FELIZ AÑOFELIZ AÑO
Se llamaba María Elena, pero le decían Malena.
Y hay nombres que marcan el destino de
quien lo lleva.
La madre de Malena era una negra oscura,
lindo rostro, pelo lacio, alta, fornida, trabajadora,
de carácter, respetada y temida en el conventillo.
Del padre nada se subía. Era un secreto my
guardado por la negra. Había rumores que fue el
hijo joven, rubio, blanco e irresponsable de una
rica familia donde la negra trabajó.
El resultado fue Malena.
Y se madre, orgullosa de su raza y de su
humilde clase, nunca más se acercó a esos
pudientes engreídos ni les dijo de la criatura
gestada.
Sobran casas para limpiar y ropa para lavar. Y
sobra gente buena en el conventillo para cuidar a
los niños cuya madre debe trabajar afuera para
mantenerlos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Malena desde la escuela mostró una elegancia
excepcional, delgada, alta, cara de muñeca,
cabello oscuro y sedoso, ojos hermosos, bien
formada, andar cadencioso, voz dulce.
Al llegar la juventud completó sus encantos.
Los genes de África tornearon con armonía
sus piernas, llenaron sus senos y curvaron
sexualmente sus caderas y nalgas.
Morena clara, era todo un modelo de mujer.
Podía haber desfilado en cualquier pasarela de
concursos de bellezas.
Pero… le decían Malena.
Pronto la sedujo un chulo caficio, y desfilaba
como yira caminadora por las nocturnas calles.
No oía a su madre, quien debía tragar otra
amargura.
Cierta vez, el explotador golpeó a la muchacha.
Y surgió como una fiera la vieja negra.
El chulo estuvo un mes hospitalizado, y salió
sin ganas de acercarse a la muchacha.
Pero… le decían Malena.
Y era una prostituta.
Diap 216
UN TANGO
Es injusto que las prostitutas no tengan
beneficios sociales ni jubilación.
Trabajan día y noche, jornada completa,
sin descanso, y es el único servicio público
que deja satisfecho al cliente.
(Reflexiones de Humgrand Penn de Joc)
70 UN TANGO (U)
Intentó ser sirvienta. Y debía huir de las casas
como perra apaleada, ya que el patrón o los hijos
olían su profesión.
Finalmente fue a trabajar en un quilombo, un
burdel en la calle Serrucho, cerca del conventillo.
Su regente, una italiana vieja brava y corpulenta,
cuidaba a sus muchachas de los chulos.
No eran explotadas por caficios ni policías.
Tenían control de Salud Pública. Y un viejo negro
boxeador, marido de la italiana, no permitía
abusos ni que alguno se fuese sin pagar.
Un día apareció el hijo de una de las familias
ricas donde había trabajado. Y volvió otro día. Y
otro…
Prendado de ella, tanto hizo que la convenció
de irse a vivir con él.
Para escándalo del conventillo y del barrio
residencial, le puso un apartamento y él… ¡hasta
fue a trabajar de empleado!
Ella fue una esposa ejemplar. A los nueve
meses daba a luz mellizos, un niño y una niña.
De distintos sacos vitelinos. En los primeros
días, ambos tenían similitud y piel clara rosada.
Sin embargo, con el paso de las semanas, el
varón cada vez fue siendo más blanco, rubio, ojos
claros.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Mientras la niña se ponía más morena, de
rasgos negroides, pelo azabache.
Y en la miserable mente del joven nació el
prejuicio que el niño era su hijo, en tanto la otra
de algún negro del burdel.
El joven volvió a su familia, a su clase. Y con
su riqueza y los abogados corruptos, obtuvo la
custodia del varón.
Luego, a Malena con su bebita oscura las
echaron del apartamento.
Volvió al conventillo. Fueron recibidas por
todos con gran cariño. Y se hizo una fiesta de
tamboriles… una fiesta negra.
Al otro día salió a la puerta del cuarto. Era aún
una morena hermosa, bien formada.
Pero algo había cambiado. De todo su ser
emanaba el orgullo de su raza y de su humilde
clase.
Nunca más fue prostituta.
Fue otra madre que limpió casas y lavó ropa
afuera para mantener a su hija negrita.
Se llamaba María Elena, pero le decían
Malena.
Y cuando oye ese tango… llora por el hijo que
le quitaron.
…oo0oo…
Diap 217
UN TANGOUN TANGO
El hombre cruzó la acera y se apoyó contra la
malla de alambre.
Estaban oxidados. El hombre y la malla.
Sintió que se clavaban en sus piernas las púas
de la trinitaria. Antes no le hubieran pinchado.
No porque las trinitarias fuesen del tipo enana,
sino por que un diligente jardinero las recortaba
a la altura de las pantorrillas.
Miró el estacionamiento.
Bajo la parte techada sobraban puestos libres
y carros vetustos.
Muy lejos estaba el tiempo donde estacionar
ahí demostraba la categoría y el cargo.
Y ahora, ni siquiera unto a la malla, debajo la
sombra de las flor amarillo, había un coche.
Allí, donde estacionaban los esperanzados en
ocupar un puesto de gerencia.
El viejo, apoyado en el bastón, fue caminando
hacia la reja de entrada.
El vigilante, repetido en muchas empresas, pero
enfundado en un uniforme distinto, le pregunto:
DE BASTÓNDE BASTÓN
–¿Deseaba algo, señor?
El “señor” sonó sin respeto, con tono aburrido,
como sabiendo que ese anciano no podía ser
nadie importante. Sólo un viejo que venía a
interrumpir se monótona vida de vigilar la nada.
–No…gracias. –respondió sonriente– Sólo
quiero mirar… ¿podría pasar un momento?
–¡No, señor!... –respondió el guardia, tajante –
La dueña no está. Y si ella no lo autoriza, es muy
difícil entrar.
–Hum… –murmuró el viejo– Los tiempos
cambian, antes lo difícil era salir… Siempre había
trabajo de sobra… Sólo los flojos se iban al sonar
el timbre.
–¿Usted trabajó aquÍ? –inquirió el uniformado,
sentándose para oír otra sarta de sandeces del
pasado.
–¡Sí!... –y le brillaron los ojos– Éramos 2400
obreros, 400 empleados, y 24 gerentes. Dos mil
ochocientos veinticuatro personas. Y sin un día
no sacábamos esa misma cantidad de productos,
sabíamos que no habíamos trabajado bien.
–¡Vaya sistema de producción! –rió el guardia.
Diap 218
LA TRINITARIA
Las hay de diferentes colores,
pero… todas tienen espinas.
71 LA TRINITARIA (V)
–Sí… pero no fallaba… y por veinte años nos
dio trabajo y de comer… y de vivir bien… al
dueño y a nosotros.
–¿Y que pasó? –al vigilante le gustaba chismear.
–Los tiempos cambiaron. Vinieron los ingenieros.
Los estudios de movimientos. Los controles de
calidad. La tan cacareada productividad.
Y el viejo se explayó narrando cosas de su época,
una que ahora era a tan gris como sus cabellos.
Y, finalmente, cansado, con una sonrisa, se
despidió del vigilante de la nada.
–Adios, señor… –dijo el anciano, yendose.
–Vaya con dios… maestro. –lo saludó el guardia.
Y el viejo, erguido, moviendo el bastón, cruzó
la calle, sabiendo que su vida no había sido en
vano… algo quedó.
De una puerta lateral del vetusto galpón salió
otro hombre que le inquirió al vigilante sobre el
visitante. Y el guardia le contó todo lo que le
habían narrado.
El empleado sintió agitar su corazón dentro de
su camisa gris de la compañía y, con emocionada
voz, preguntó.
–¿Cómo era?... ¿Tenía los ojos claros?
-Sí… y con la mirada lejos.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–¡Era el catire!... –exclamó– Un carajo
arrecho. Pero el único musiú que nos enseñaba
cosas. Aunque a veces nos aburría con sus
pendejadas de la historia… ¿Dónde se fue?
–Ahí está… – señaló la acera de enfrente– Me
preguntó que debía hacer para llegar al terminal.
El empleado se arrimó a la cerca alambrada y
gritó:
–¡Eh!... ¡Catire!... ¡Espera!...
Pero, por la calle cruzó una buseta y se detuvo
a recoger las personas.
Al arrancar e irse, nadie quedaba en la parada.
Ya era demasiado tarde. Todos se habían ido.
Y sintió una púa de la trinitaria clavándose en él.
…oo0oo…
Diap 219
LA TRINITARIALA TRINITARIA
TRINITARIAS: Enredaderas arbustivas de 1 hasta 12 m de
alto. Originaria de los bosques tropicales húmedos de
América del Sur (Brasil, Perú, norte Argentina). Se enredan
en otras plantas con sus afiladas púas. Conocida como:
Debuganvilla (España, México, Perú, Chile, Guatemala),
Veranera (Ecuador, Colombia, Nicaragua, Costa Rica),
Trinitaria (Cuba, Panamá, Puerto Rico, Venezuela)
Santa Rita (Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay).
Se llamaba Moraima Del Río y había nacido
en un pueblito de los Andes, cerca de Mérida,
donde corría entre piedras un frío arroyo que
bajaba en cascadas desde la cumbre.
Una prima que vivía en Valencia le consiguió
trabajo en esta ciudad.
Y entró como Control de Calidad en la
máquina de inyección de freón de una fábrica de
refrigeradoras.
Moraima era pequeña, apenas medía un
metro cincuenta, de carnes firmes, pecho bien
formado, caderas redondeadas y, como la mayor
parte de las andinas, de nalgas chatas.
Poseía bellos ojos oscuros, cabello renegrido,
cejas gruesas, boca carnosa, piel blanca, voz
suave, con ese melodioso tono que identifica a
los seres de aquella región.
Humilde, respondía con respeto y una sonrisa.
Y tenía una característica peculiar que resaltaba
al verla:
Su cuello.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Era un cuello que atraía por su tersura, su
sensualidad y,,, por su largo.
Y ella sabía moverlo con tanta elegancia que
pronto le pusieron un motete:
La cuello de cisne.
Pocos inspectores duraban en ese puesto. Era
un trabajo monótono, había que estar atento a
una serie de registros y conectar y desconectar la
pistola de carga a cada heladera.
Para ello se tenía que enchufar el dispositivo
hembra en la válvula macho que traía cada
unidad. La máquina hacía el vacío y, si éste era
correcto, luego inyectaba el refrigerante.
La persona responsable de ese puesto tenía
que agacharse para hacer la conexión, girar el
cuerpo para ver los controles que existían a su
espalda, y otra vez girar hacia el frente.
Desde lejos, parecía estar danzando un ballet
voluptuoso.
Además, la máquina era sumamente delicada.
Se averiaba con facilidad. Por eso había dos.
Aunque, inspector uno sólo.
Mejor dicho, inspectora. Ningún hombre
servía allí.
La cuello de cisne fue una de las que duró
más.
Diap 220
MORAIMA
Es más fácil decir un sí después de un no,
que un no después de un sí…
72 MORAIMA (V)
Hechos verídicos
Sin embargo, después de algunos meses
comenzó a faltar a menudo. Y faltaba los lunes.
Y a veces se tomaba también el martes.
Y las máquinas de inyección fallaban muy
seguido. Cuando no estaba un mecánico de
mantenimiento, estaba otro.
Hasta el supervisor y el jefe de esta sección,
pasaban las horas en ese lugar para que
funcionasen bien.
Empezó a haber rumores. Y quienes los
propagaban eran las otras inspectoras.
No hay peor enemigo de una mujer que otra
mujer.
Ni peor infidente que un hombre. Y más si
quiere ufanarse ante los otros de macho sexual.
Murmuraban que Moraima sabía rechazar
una heladera si estaba mal.
Pero, no sabía rechazar a un hombre.
Cuando el agua baja desde las cumbres salta
de canto en canto. A veces alguno la acompaña
un corto trayecto. Mas, al final, el guijarro busca
la orilla y abandona la corriente.
Cierta vez que había un día laborable entre un
feriado y el fin de semana, faltaron un supervisor
de mantenimiento y Moraima.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y recién aparecieron el martes siguiente.
La gota había rebasado el vaso.
Al supervisor le llamaron la atención. Era un
hombre… y un buen técnico.
A la cuello de cisne la despidieron. Era una
mujer… y tenía su fama.
Pero, por esos recónditos misterios de la
mente humana, Moraima se rebeló y exigió que
le explicaran la causa de su despido y por qué no
se aplicaba la ley por igual.
Tanto hizo que llegó hasta la Gerencia General
de la Planta.
Y frente al ceñudo hombre, le espetó:
–¡Muy bonito!... Después que todos se acostaron
conmigo, menos usted y mi jefe, me echan… ¿le
parece justo?...
Nunca se supo la respuesta.
Moraima volvió a los Andes, a un pueblito
cerca de Mérida, donde corre un río que baja de
la cumbre.
Y desapareció entre la niebla fría del tiempo.
Pobre cuello de cisne, ella era una Control de
Calidad.
Y la echaron por algo… que no podía rechazar.
…oo0oo…
Diap 221
MORAIMAMORAIMA
Tarde calurosa. El hombre abrió la ventana.
Mejor dicho, corrió uno de los vidrios y oscuros.
Antes, por si acaso, cerró la puerta; no fuera a
venir alguno de los gatos de la casa y saltase
desde ese décimo piso.
El hombre se sentó frente a la computadora.
La encendió. Y mientras la pantalla se coloreaba,
desvió la vista a la ventana donde el paisaje se
dividía en dos franjas.
La oscura, por la superposición de los vidrios
ahumados. La luminosa, con el horizonte de
verdes cerros, las nubes, la transparencia del aire,
los zamuros planeando en el cielo.
Planeando alto, muy alto… en armonioso
vuelo.
El aparato cibernético emitió un sonido como
llamada de reclamo al usuario por no prestarle la
atención debida.
Y el hombre le hizo caso, sumergiéndose en
algún programa.
DE BASTÓNDE BASTÓN
¿Cuál?... Daba lo mismo, los había para
calcular, otros para escribir, para dibujar, y hasta
algunos para perder el tiempo; todo para
convertir al amo en esclavo del instrumento.
El ser humano se abstrajo en uno de ellos,
encandilado por el resplandor de la pantalla.
Pasó lento el tiempo. De pronto, el fuerte batir
de unas alas lo retornó a la realidad.
Y ahí, sobre el pretil, erguido…
estaba Zamurito.
Lo reconoció de inmediato.
Y en los rojizos y penetrantes ojos del enorme
pájaro vio que él lo conocía también. Pensó que
había hecho bien en cerrar la puerta.
De verlo allí, cualquiera de los dos gatos y los
demás de su familia habrían salido corriendo
despavoridos.
Era un pájaro negro, grande, feo.
Tan feo que al final agradaba, atraía.
Costaba comprender que era la misma ave
que, planeando en círculos, se elevaba hasta ser
un punto en lo alto del cielo.
Pero, el hombre lo entendía…
tenían mucho en común.
–¿Qué estás viendo por esa ventanita? –
graznó el alado.
Diap 222
ZAMURITO
Zamurito, zamurito, tan alto en el cielo…
zamurito, zamurito, tan feo en el suelo…
(Canción)
Del libro inconcluso "Zamurito" y dedicado
a mi alado amigo el zamuro que nació y
creció en el techo del edificio vecino.
73 ZAMURITO (V)
Y el hombre viejo, sin asombrarle que el
pájaro le hablase, puesto que había llegado a una
edad en que nada asombra, le respondió con
afecto cordial:
–Añoranzas, nostalgias, fantasías… Nada,
Zamurito…
–¿Nada?... A tu edad es todo. –el ave volvió a
graznar– ¿Y por qué que me llamas Zamurito?
–Te puse ese nombre desde que naciste. –el
viejo miró el techo del edificio cercano y siguió-
Yo vi cuando tus padres te concibieron allí… un
romance de ciudad.
El carroñero movió la cabeza como extrañado
del recuerdo.
–Y allí, a la sombra de la antena parabólica, te
incubaron y naciste… un nido de ciudad. –el
anciano sonrió recordando– Eras blanco… y con
el tiempo creciste… y te volviste negro.
–En cambio, tú pelo se iba volviendo blanco
mientras veías por esta ventana. –graznó
Zamurito– Yo también te miraba desde la azotea
en tanto aprendía a volar.
–Sí, me parecía que lo hacías cada vez que te
parabas en el borde del techo para echarte al
espacio. –evocó el viejo– Pero tú volaste… y yo,
no. Me faltaron las alas.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–No digas eso. Tú volaste a tu manera. –los
ojos del pájaro brillaron al decirlo– Tú poseíste
otro tipo de alas. Aunque a veces, como yo,
tuviste que comer carroña para poder volar.
–Sí…–meditó el anciano– ¿Sabes, Zamurito?...
Pronto me iré de aquí… volaré lejos… te dejaré…
dejaré todo esto.
El ave giró viendo hacia el horizonte, mientras
graznaba:
–No… sólo irás a ver otro cielo… Y si miras
alto, también en ése me verás. No… tú no sólo
estuviste aquí… tú viviste aquí… Y quien ha
vivido en un lugar, no lo deja nunca.
Y, lanzándose al aire, batiendo sus alas,
Zamurito se alejó.
El viejo cerró la ventana. Oyó zarpazos.
Abrió la puerta. Los animales saltaron veloces.
Querían agarrar el ave que volaba.
El vidrio lo impedía. Aunque, como siempre…
No se puede impedir ansiar lo imposible.
…oo0oo…
Diap 223
ZAMURITOZAMURITO
Zamuro
Zopilote
Urubú
Dejó de llover y surgió el tropical sol.
Oí un pesado aletear cerca de la ventana y la
habitación se oscureció un instante al pasar frente
a los vidrios, en vuelo raudo, un negro cuerpo.
Debía ser Zamurito.
Desde mi vuelta había estado mirando las
bandadas de sus congéneres que subían en el aire
aprovechando las corrientes térmicas, y varias
veces creí distinguirlo a él.
Estuve seguro que era el que reposaba bajo la
sombra de la antena parabólica en el techo del
edificio de al lado. Pero, sin razón alguna, ni él ni
yo, nada hicimos por saludarnos.
Yo tenía mucho que reflexionar.
Es fácil irse, es fácil volver. Pero es muy difícil
retransmitir las sensaciones obtenidas y que los
demás las perciban de manera equivalente.*
Ya era hora que charlase con mi feo, negro y
alado amigo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Cerré la puerta del cuarto y abrí la ventana.
Luego fui a sentarme frente a la computadora,
pero viendo hacia el panorama.
No tardé mucho en verlo llegar.
Venía en un planeo lento, pesado, con sus alas
abiertas, con una envergadura tal que causaba
admiración y, por qué no, cierto temor.
Cada tanto se inclinaba hacia babor y luego a
estribor. Recordé que mi padre contaba que era
el saludo de los viejos pilotos al encontrarse.
Y me sentí honrado de ello.
Estiré mis brazos y le saludé de forma similar.
Estando cerca frenó en el aire, cosa rara en su
especie, y se posó en el pretil. Estuvo un instante
bamboleándose. Sin embargo, enseguida, quedó
firme, parado, y elegante, allí.
–No seas loco. –me graznó, burlón- Tú tienes
brazos, no alas… y la fortuna de poseer manos
para escribir. Tú vuelas de otra forma. Pero, de
todas formas… estás de vuelta.
–Y tú eres muy fanfarrón en venir planeando y
detenerte de esa manera. –le seguí la broma.
Diap 224
SOLITARIOS
Zamuro, zopilote, urubú, buitre, gallinazo,
y nadie piensa que es familia del cóndor…
74 SOLITARIOS (V)
–Por favor, bípedo implume y amigo mío –
volvió a graznar sacudiendo su desgarbada
cabeza– La única ostentación de los que vivimos
de la carroña es volar sobre ella.
–¿Entonces por qué frenaste así? Pudiste
haberte caído.
–Simplemente fue porque tenía las plumas
mojadas por la reciente lluvia. –e inquirió con
áspero sonido– ¿Cómo te fue en tu viaje a otras
tierras, volando en otros cielos?
–No sé responder. –le dije– Hoy podría repetir
la canción: “Ni soy de aquí, ni soy de allá”.
–¿No será todo lo contrario? –graznó él,
mirando lejos– Que tu problema consiste en que
eres de aquí y eres de allá.
Quedamos los dos en silencio. Sin embargo
nos decíamos mucho.
Hay momentos en que sobran las palabras.
–Zamurito… –pregunté luego de un rato y
tratando de salir de esa meditación que nos unía
y hundía– ¿Tienes familia?
–Sí. –contestó con suave graznido gutural–
Los zamuros formamos pareja de por vida. Y con
mi compañera hemos tenido varias crías.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Pero nunca te he visto con tus pichones.
–Las aves somos seres naturales, cuando los
pichones comienzan a volar se van a formar sus
propios nidos.
–Tampoco te he visto con tu compañera.
–Ella prefiere hacer parte de la bandada.
Aunque sabe que siempre la llevaré donde haya
seguridad para ella y las crías.
–Eres un pájaro extraño, Zamurito. Piensas
mucho.
–No tanto. Soy un ave, mi cerebro es pequeño,
lo único que sé es volar. Para hacerlo, aprendí a
comer carroña. Y sólo soy como tú, un solitario
en medio de los demás.
–¡Cómo me gustaría tener tus alas para poder
estar sobre las cosas y desde lo alto tomar la
mejor decisión para todos!
–Amigo mío… eso es imposible. Cada uno
debe de asumir para siempre la responsabilidad
sobre el camino a tomar.*
Y, sin más, se echó al aire alejándose en
sereno vuelo.
…oo0oo…
* Frases del mail de Otto Bauer, del 9 de mayo de 2007
Diap 225
SOLITARIOSSOLITARIOS
Me había despertado temprano.
El lucero aún brillaba en el oscuro cielo.
Los gatos, compañeros de los solitarios, ni se
molestaron en mirarme desde los sillones.
Encendí la computadora y, a través de su
pantalla, traté de hallar la compañía artificial de
un mundo virtual.
Llegó el amanecer, el sol salió.
Alguien daba de comer a los gatos.
Y compañía sin comida, se aleja enseguida.
Fui a desayunar. Antes, abrí la ventana y cerré
la puerta para que los felinos no se sintieran
tentados en saltar tras los pajaritos que afuera
revoloteaban.
El instinto ciega.
Poco rato después volvía.
Los gatos dormitaban otra vez en las poltronas.
Estómago lleno, corazón contento.
Con todo, tuvieron la gentileza de hacerme un
guiño.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Al entrar al cuarto, me eché hacia atrás.
Ahí, sobre el pretil estaba él, Zamurito.
Sereno, firme, seguro de sí mismo.
Y yo, ya repuesto, pasando, cerré la puerta.
–¡Vaya!... –exclamé– me asustaste.
–¿Por qué? –graznó– Mientras estés vivo no
tienes por que temerme. Y cuando ya no estés…
no me verás.
–Cruel, pero es la verdad. –dije, y pregunté–
¿Qué haces aquí tan temprano? Debe haberte
costado levantar vuelo.
–No olvides que también sé aletear. –indicó–
Es que estaba caminando por la plaza y me
encontré con una garcita…
–¿Una garcita blanca?... –interrumpí,
emocionado.
–Sí… ella… y me pidió que te entregara esto…
Y Zamurito, balanceándose, me lanzó una
piedrita que llevaba en una de sus patas.
–Ella dijo que tú entenderías… –concluyó mi
amigo alado.
–Así es… –mi voz estaba ronca, mis ojos
húmedos- mañana hará tres años que ella levantó
vuelo para siempre… y ella fue la compañera de
toda la vida de un amigo mío.
Diap 226
UNA PIEDRITA
Todos somos polvo de estrellas,
desde una piedra hasta un ser querido…
75 UNA PIEDRITA (V)
–¡Ah, comprendo!... –su graznido era suave–
Pero no digas que fue… ella es, y será. Con o sin
alas, sólo los que estamos en la tierra somos o
no. Los que vuelan para siempre, son.
Quedamos en silencio. Juntos en esa unión
que traspasa las distancias, los distintos seres,
que va más allá del tiempo y de los lugares.
Y luego de un rato me animé a preguntar:
–¿Aún está ella en la plaza?
–No… –contestó alicaído– Remontó muy alto,
mucho más allá, donde sólo ella puede llegar.
–Tú también llegas alto… –reflexioné.
–Yo, por más que me eleve, no dejo de ser un
punto negro. –rispotó– En cambio, ella llega tan
alto que se confunde con el cielo… junto con los
demás que volaron para siempre.
Íbamos a caer en otro silencio, pero él inquirió:
–¿Qué harás con la piedrita?
–La guardaré… y le pediré a mi amigo que
coloque otra en su lugar… donde el cuerpo de
ella reposa… él entenderá.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Y será la misma piedra. –meditó mi negro,
feo y alado amigo– Por que aunque tengan
distintos colores, sean de diferentes rocas… todas
están formada de lo mismo.
–Tienes razón. –completé– Al igual que
nosotros. Seamos de distintas especies, distintas
razas, distintos orígenes, todos estamos
formados de lo mismo: De polvo...
–Es cierto. –sentenció– Pero, aunque el polvo
se vuelva arena o barro, es polvo de estrellas.
Polvo que vino del espacio. Del espacio vinimos y
al espacio volvemos.
Y sin más, giró y se fue volando lento.
Fui a la repisa desde donde me miraban las
fotografías de seres queridos que habían volado
para siempre, y puse allí la piedrita.
Quedé un rato mirándolos.
Volví a la ventana.
Lejos, muy, muy alto, vi un punto negro.
Y muy, muy al sur, creí ver un punto blanco.
Cosas de la imaginación… o del corazón…
…oo0oo…
Diap 227
UNA PIEDRITAUNA PIEDRITA
Y el viejo subió a la azotea del edificio.
Seis de la tarde.
Dentro de poco comenzaría el anochecer.
Es el privilegio de los países tropicales. No
importa el día ni el mes. Siempre amanece a la
misma hora, siempre el sol está en el cenit a
mediodía, siempre atardecerá igual.
Y el anciano tenía el privilegio de tener la llave.
La llave de la azotea. La del tiempo nadie la tiene.
Se la habían dado quizás porque ya no necesitaba
ir allí a buscar emociones, ni estaba tan frustrado
que le tentase saltar desde esa altura.
Llegó hasta el muro que, como un balcón,
bordeaba todo el contorno del inmueble.
Los diez pisos, más la colina donde se hallaba,
le permitían ver el paisaje hasta el horizonte.
Y el hombre, apoyado en el pretil, se sintió en
el centro de una semiesfera repleta de naturaleza
exuberante.
Y su espíritu se fue llenando.
Porque se sentía vacío.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Había estado reflexionando mucho tiempo, de
muchas cosas.
Y cuando se reflexiona mucho, se queda vacío.
Oyó a sus espaldas un fuerte batir de alas, el
cual se detuvo enseguida.
Lo reconoció de inmediato.
Debía ser Zamurito.
Hacía varias semanas que no se encontraban.
La antena parabólica donde el ave solía pararse
oteando a su alrededor, o viendo la ventana del
hombre; había sido usada por gavilanes, pechos
amarillos, y hasta cristofués.
El viejo giró para ver, a pocos pasos, su feo y
negro amigo.
No parecía tan grande ni imponente en la
enorme extensión del techo cubierto de refulgente
capa aislante.
El anciano se apoyó contra el muro. Pensó que
si éste cedía, la caída de treinta metros sería un
instante para el instante final…
Uno sobre un auto en el estacionamiento.
No le importaba morir, quizás en eso estaba la
solución. Le preocupó que su familia debería
pagar los gastos de la reparación de ese coche… y
que Zamurito no aprovecharía su cadáver.
Diap 228
EL PAISAJE
Las ideas, como las palabras,
también llegan a ser cárcel.
(José Enrique Rodó)
76 EL PAISAJE (V)
–Siéntate en el piso… –graznó, imperativo, el
emplumado– si te caes, no tengo garras de águila
para tomarte en el aire.
–No creo que pudieses sostenerme. –respondió
el viejo– Peso demasiado. Y no temas, el muro es
de cemento.
Pero, se sentó.
Por un agujero en el piso vio, allá, muy abajo,
los autos como juguetes.
Por esos agujeros se pasaban las cuerdas para
los andamios y subir muebles pesados.
Sentado, comprobó que Zamurito y él casi
tenían el mismo alto.
La grandeza es una cuestión de perspectiva.
Por eso los gobernantes y políticos se suben en
estrados.
–Hace muchos días que no te veo en la
ventana. –volvió a graznar el feo y negro pájaro–
Creí que nuevamente habías volado a otros
cielos, a otras tierras.
–Jamás lo haría sin despedirme de ti. –aseguró
el hombre– Pero, en parte, estuve volando en
esos otros cielos y en esas otras tierras… con la
imaginación… y reflexionando.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Ah, bípedos implumes de gran cerebro!... –su
áspero sonido era agrio– Por pensar, se han
olvidado de ser naturales.
–Tienes razón. –dijo el anciano– Y terminamos
siendo prisioneros de nuestras ideas.
–Las aves, –afirmó Zamurito– con sus pequeños
cerebros; sólo necesitan comer, un nido, y una
pareja para criar.
–Por eso vuelan. –sentenció el canoso– Y
enseñan a volar.
–A nuestros pichones los alimentamos cuando
son crías. –el ave continuaba– Pero, apenas
pueden, vuelan en busca de sus propios nidos y
sus propios árboles.
–¿Qué dirías si un día los pichones te empujaran
del nido, afirmándote que en otros cielos y en
otras tierras hay árboles más seguros? –inquirió
meditativo, el anciano cansado.
–Debe ser triste. –calló un instante– A mí me
gusta volver cada noche al mismo árbol y a la
misma rama.
Y, como ya anochecía, Zamurito se fue volando.
Y el viejo quedó solo, viendo oscurecerse el
paisaje.
…oo0oo…
Diap 229
EL PAISAJEEL PAISAJE
Cinco de la tarde.
Unas horas más… y el día se habrá ido.
Y con él, se habrá ido otra semana… y otro mes.
Y se habrá ido parte del tiempo…
¿De que tiempo?...
Acaso… ¿alguien puede ser dueño del tiempo?
El tiempo no es de nadie…
El tiempo sólo es del tiempo.
Pensamos que hay un tiempo pasado y uno
futuro.
Y únicamente se tiene un efímero tiempo
presente.
Cada uno se apropian del tiempo creyendo
que es suyo.
Pero no es suyo, es de los demás y de las
circunstancias.
Y las circunstancias han llevado al viejo a irse,
a retornar.
Acaso… ¿irse no es retornar?... ¿retornar no es
irse?...
DE BASTÓNDE BASTÓN
Y el viejo mira el paisaje… un paisaje que en él
se llevará.
Y en el cielo ve planear a Zamurito. El pájaro
vuela.
El hombre viejo abre la ventana. Él no puede
volar.
Y, enseguida, va a cerrar la puerta de la
habitación.
Eso extraño que lleva dentro sí, le dice que
debe hacerlo.
En la casa hay una vieja gata y un gato.
Están castrados. Pero, el estar castrado no
impide querer saltar más allá.
¿Por qué el ser humano castra a quien ama?
De una manera u otra, lo hace. Física o
sentimentalmente.
Limitando sus instintos, callando sus deseos.
Haciendo lo que debe, sin saber que es lo que
quiere.
Todo lo que amamos lo hacemos nuestro,
parte nuestra…
Mi vida… mi hogar… mi casa… mi calle… mi…
mi…
Mi tanto con nombre… y mi tanto sin
nombre…
Diap 230
A LA LLANERA
Despedirme no quisiera,
pero, como no sé hacerlo,
me despido a la llanera…
(canto popular venezolano)
77 A LA LLANERA (V)
Y cuando lo perdemos, nos separamos…
duele… Por que hemos perdido algo que creímos
nuestro… Nos sentimos castrados…
Un aleteo en la ventana volvió al viejo a la
realidad
Apoyado en el pretil, aún bamboleándose,
estaba el alado amigo, y con un grave graznido le
inquirió:
–¿Por donde volabas con tu mente?... Ni me
oíste llegar.
–Muy lejos… –musitó el hombre– Muy lejos
en el tiempo, viendo el aún mi presente. Muy
lejos en la distancia, viendo el ya mi futuro. Uno
que fue pasado… y otro que lo será.
–Te vas… No hace falta que digas adiós… lo
dice tu voz…
Una mirada triste unió al negro pájaro y al
canoso humano.
–Sí, Zamurito… me voy… todo lo dejo… sólo
me llevo los cuadros… los gatos… y el paisaje…
éste, en mi corazón.
–No te llevas nada… lo dejas todo. Porque
siempre estará en lo que hiciste, exista o ya no;
con quienes viviste, existan o ya no. Y no dejas
nada… te lo llevas todo. Porque siempre lo
llevarás dentro de ti… vayas donde vayas…
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Tienes razón, Zamurito. Y eso no se puede
guardar en el equipaje. –la voz del antañón cambió–
¿Sabes?... A las pocas semanas de haber yo llegado…
una mañana, temprano, aún con el rocío… en un
campo cerca de la carretera… vi un grupo de
zamuros… decenas… todos en tierra… en fila… con
las alas extendidas… y me acerqué a ellos…
–Y ninguno huyó… y estuviste con ellos hasta
que el sol los secó… y todos levantaron vuelo… –
completó el emplumado.
–¿Cómo lo sabes? –al viejo le temblaron las
palabras.
–No sólo ustedes se cuentan cosas… tú y yo
somos bichos raros… a veces debemos comer
carroña… para poder volar.
Y, sin más, el negro pájaro se lanzó al aire.
Atardeciendo, el cielo se llenó de zamuros que
giraban en círculos remontando hasta las nubes.
Cada tanto, uno salía de la formación y planeaba
hasta cerca de la ventana.
Y lo hacía moviendo las alas en un vaivén.
Los vecinos, extrañados,decían cosas sin sentido.
Pero el viejo, apoyado en el pretil, sabía que
Zamurito y los suyos se estaban despidiendo de él…
a la llanera.
…oo0oo…
Diap 231
A LA LLANERAA LA LLANERA
El viejo canoso abrió la ventana y apoyó su
hombro en el marco a su derecha.
Dos negros pájaros volaban bajo y en círculos
sobre la plaza próxima.
Reconoció a Zamurito.
El viejo miró si estaba cerrada la puerta del
cuarto, lo hacia siempre antes de correr los vidrios.
Pero, por los nervios de los últimos días, podía
haberse olvidado. Quedó tranquilo, los dos
felinos no podrían entrar.
Al dar vuelta para retornar a ver el paisaje, sus
ojos se detuvieron en las paredes de la habitación.
Vacías, con recuadros de otro tono donde
hubo cuadros. Con agujeros donde hubo clavos
para colgarlos. Vacías.
Volvió a la ventana. Iba a apoyarse de nuevo
en el marco. Se echó para atrás.
Zamurito venía directo hacia la ventana.
Raudo. Con decisión. Con las alas extendidas.
El ave se posó en el pretil al unísono con el
hombre que se sentaba en la silla.
Los dos se observaron.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Te veo alicaído… –graznó el pájaro.
El viejo esbozó una sonrisa al escucharlo. Y
dijo:
–Alicaído… un término propio de quienes
pueden volar.
–Tú también, dentro de pocos días, volarás.
Y al anciano le surgió una irónica reflexión:
–El que vaya en un avión, no significa que
pueda volar… Para eso debería tener alas como
las tuyas.
–Tú tienes otras alas. Son tu imaginación, tus
añoranzas… Y con ellas vuelas. Entonces… ¿Por
qué estás alicaído?
Y el antañón, mirando la montaña en el
horizonte, susurró:
–Es mucha la responsabilidad… o mucha la
edad…
El salto de Zamurito al piso le evitó caer en la
melancolía.
Le alegró que el pájaro se sintiera tan amigo
que no temía entrar a su cuarto… un cuarto
ahora vacío.
–¿Responsabilidad?... –graznó– ¿Cómo la
responsabilidad que tenemos los zamuros de
limpiar la carroña?...
El viejo volvió a esbozar una sonrisa, y el ave
siguió:
Diap 232
PÁJAROS
Ser pájaro o pajarón,
es cuestión de interpretación…
78 PÁJAROS (V)
–Un responsable es un pajarón que cree ser
importante por que hace las cosas como los
demás esperan deba hacer.
–Estás muy filósofo… –ironizó el canoso.
–Debe ser lo que comí hoy temprano… aún
estaba fresco.
Un graznido y una carcajada se repitieron en
el cuarto.
–Eres un amigo. Gracias por sacarme de mi
pesadumbre. –el anciano subió las cejas–
Muchas veces me entran dudas…
El carroñero caminó con su andar patoso.
Y, con un batir de alas, saltó a una banqueta
próxima a la ventana.
De allí, viendo a su bípedo e implume amigo,
habló mirando lejos.
–Cuando decides volar no te puedes detener
ni dudar. Si lo haces al tomar impulso, te vas de
bruces. Y si es cuando estás remontando vuelo,
caes como una piedra al suelo.
El viejo volvió a levantar las cejas ante la
verdad.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Algunos zamuros, –el ave continuaba– al
volver al nido en el anochecer, dudan buscando
la rama donde descansar… y al perder el
impulso, mueren en el golpe contra la tierra.
–Y ya no puedo deshacer lo hecho… –
reflexionó el viejo.
–Se puede caminar de espaldas, –concluyó el
negro pájaro– pero no volar de esa forma.
–Es cierto. –el canoso anciano contó– Una
vez, un director de cine, para ahorrarse la
filmación del atardecer, como tenía una del
amanecer, quiso usar ésta pasándola al revés...
–Y no le sirvió. –sentenció Zamurito– Porque
las aves aleteaban al revés. Y los pájaros no
vuelan para atrás. Y tú, como yo, eres un pájaro…
a tu manera.
Y con otro batir de alas, saltó al pretil. Y desde
ahí se lanzó al espacio.
El hombre viejo quedó viéndolo remontarse.
Y pensó que él…
una vez mas,
tenía que volar.
…oo0oo…
Diap 233
PÁJAROSPÁJAROS
Sucedió un día, uno de esos.
Fui hasta la parada.
Tomé el primer transporte que llegó, podía ser
el de la imaginación o el de los recuerdos.
Acaso… ¿no tienen el mismo final?
A esa hora, y a mi edad, estaba casi vacío.
Había pasado el tiempo de los pasajeros del
presente, todos apretados en su realidad. Y
muchos del ayer, ya no lo tomarían más.
Con todo, me detuve para ver el destino.
A veces, y cada tanto, aún se detenía allí el
coche que lleva al futuro. Antes llegaba a cada
momento. Pero, últimamente tardaba mucho.
Me senté. Y, apoyando mi cabeza contra la
ventanilla, me adormilé. Al igual que los otros
compañeros de viaje, cuando llegase despertaría
o no.
Acaso… ¿no daba lo mismo?
Al abrir los ojos me pareció que sólo había
transcurrido un instante. Sin embargo, el camino
efectuado era largo.
DE BASTÓNDE BASTÓN
Miré. Quedaban menos pasajeros, muchos
más se habían ido.
Bajé unas calles antes, donde nacía la avenida…
¿Las calles nacen y mueren como los seres?
Me encaminé hacia el norte. Los árboles en la
vereda, con sus ramas desnudas hacían más frío
el invierno. Y las viejas casonas me veían pasar
indiferentes tras sus gruesos muros.
Con el bastón anduve cinco cuadras. Éstas
eran de forma anormal y las calles se cruzaban
de manera desquiciada. Y llegué a mi destino.
Era la cuadra más irregular de todas.
Y también la más grande. La recorrí alrededor.
El terreno tenía nueve lados, con esquinas y
rincones en ángulos raros. En su interior, una
enorme y vieja edificación se imponía.
Me acerqué al portón. En una caseta vi una
figura.
Llamé. Había llegado al hospital siquiátrico.
Ese eufemismo de manicomio.
Era natural que todo fuese así.
Más arriba estaba un nombre y la dirección:
Millán 2515.
Diap 234
MILLÁN 2515
Ni son todos los que están,
ni están todos lo que son.
79 MILLÁN 2515 (U)
Alguien salió de la vigilancia.
Estaba enfundado dentro un abrigo con
apariencia de uniforme.
–¿Qué deseaba, señor? –preguntó con extraña
sonrisa, y siguió– Ya pasó la hora de visita.
–Es que yo vengo de muy lejos. –me
justifiqué.
–¿Lejos en el tiempo o en la distancia? –
inquirió de forma acorde al lugar– ¿A quien
quiere ver?
–A mi amigo Juan. –respondí con cierto
desasosiego.
–¿Juan?... –sus ojos se abrieron– Aquí hay
muchos Juanes.
–Juan el Loco de la Esquina. –aclaré,
avergonzado.
–¡Señor!... –exclamó– Todas las esquinas
tienen un loco, y todos los locos tienen una
esquina. Estén aquí, o no.
–Tiene razón. Se llama Juan… –y dije su
apellido.
–¡Ah!... Juan el Escribidor… es amigo mío. –
exclamó.
En ese momento venía un fornido hombre
jadeando y con paso apurado por el amplio
corredor del jardín,.
DE BASTÓNDE BASTÓN
–Perdone, señor. –se disculpó nervioso– No
puedo dejar la caseta un momento sin que este
enfermo entre enseguida en ella… Espero que no
lo haya molestado.
–En absoluto. –dije– Teníamos una charla
muy agradable.
Luego que se llevaran al alienado, y repitiese
mis razones al nuevo, me dejaron ver a Juan.
Había envejecido. La locura sobrevive al
tiempo. Pero el tiempo no perdona ni a los locos.
Estaba sentado frente a una mesa de otro
siglo, y sobre ella escribía y corregía lo escrito en
un cuaderno.
–¡Que suerte que viniste! –exclamó feliz y
como si los años sin vernos no hubieran pasado–
Necesito que me ayudes.
–Con mucho gusto… lo que tú quieras.
–¿Qué nombre le ponemos a esto? –me
entregó el libro.
–¿Qué te parece: Millán 2515?
–Es lindo. Y ya que estás aquí… lo escribiremos
juntos.
Y así se escribió este cuento…
Y este libro… *
Y todos los demás…*
…oo0oo…
* Frases escritas en el año 2016
Diap 235
MILLÁN 2515MILLÁN 2515
Diap 236
DE BASTÓNDE BASTÓN
Prefiero poner última página y no
conclusión ni final.
Los seres tienen un final, las ideas
no.
Y mientras haya ideas habrá
palabras.
Y mientras haya palabras habrá
cuentos y poesías.
ÚLTIMA PÁGINA
Soy otro ejemplo de los criados durante los
años treinta y cuarenta en la República
Oriental del Uruguay.
República que sembró en aquellos niños,
principios que los harían críticos despiadados
consigo mismo y con los demás.
De 1925 a 1938, en la gran huida de Europa,
llegaron al Cerro seres de diferentes pueblos,
religiones, sueños, odios.
Venían todos con ideales de un futuro mejor.
Ideales que fueron transmitidos a los niños,
sentados en las baldosas de las veredas, por
viejos frustrados del marxismo, socialismo,
fascismo, comunismo, por italianos, armenios,
judíos, rusos, alemanes, polacos, gallegos,
catalanes.
Y que nos dejaron una mezcla incongruente
de ideas
Asistí a la escuela Checoslovaquia, laica y
del estado, y así mismo pertenecí a un grupo de
la iglesia católica parroquial.
Me gustó ser aprendiz de todo, desde
zapatero remendón a monaguillo, y sin
beneficio alguno. Sólo por conocer.
Completé mi educación en el Liceo Bauzá, el
hoy derruido de la avda. Agraciada. Tuvimos
profesores que nos enseñaron normas, y otros
a pensar... y dudar de las verdades absolutas.
Estando aún vivo, creo innecesario que otro
escriba sobre mí. Se justificaría si fuese joven y
precisase un panegírico. Y, afortunadamente, ya
no me afecta esa enfermedad.
Trataré de ser justo y escueto, cosa difícil
cuando se habla de uno mismo.
Nombre: Rosalino David Carigi Aquilini.
Apodos: Titi (Uruguay). Catire (Venezuela)
Seudónimo: Gracián Solirio (anagrama)
Nacido el: 28 de marzo de 1929.
En: Fornacci di Barga, Lucca, Toscana, Italia.
Nacionalidad: Italiano y Venezolano.
Profesión: Téc. Industrial Metal Mecánico,
Hornos y Esmalte. Plantas Electrodomésticos.
Vida laboral: Dibujante, Proyectista, Jefe, Gte.
de Planta, Jubilado.
Estado: Casado con María Teresita Delgado
San Martín.
Hijos: Juan Pablo, María Leticia, María
Esther
El 13 de octubre de 1931, teniendo dos años y
medio, vine con mis padres a Montevideo. Y viví
hasta mis 25 años en la Villa del Cerro, barrio
emblemático.
SE DICE DE MÍ
SE DICE DE MI
(EL AUTOR)
Diap 237
Expresando ese sentimiento, emulaba una
canción:
–Ni soy de aquí, ni soy de allá…
Y alguien me corrigió:
–¿No será que es de aquí y de allá? Usted es
un extrañero no un extranjero. El que se forma
en un lado y hace su vida en otro, será un
extrañero en ambos. Porque cuando esté en una
parte extrañará la otra.
Hoy, viejo, miro hacia atrás y no me
arrepiento de ningún instante vivido. Son mi
vivencia.
Fui un niño tímido, observador, retraído, y
solitario.
Fui un joven rebelde, inquieto, inconforme y
soñador.
Fui un hombre introvertido, irascible, estricto
e idealista.
Soy un viejo agnóstico, impaciente, nostálgico
y bohemio.
Y ahora, a mi edad, solo queda… lo que fui.
Y lo viví a mi manera
…oo0oo….
Rosalino Carigi
Septiembre de 2013
Nota: “Se Dice de Mí” se copió del libro
“LOS DONES DEL AYER”
Una de las pocas cosas a la que quisiera
volver, es al Liceo Bauzá en 1945 y en segundo
año “C” del turno vespertino.
En 1957 me marché tras un sueño a Venezuela.
Fueron cincuenta años allí. Toda una vida.
Mi vida.
Viví los mejores años de dos grandes países,
el Uruguay y Venezuela.
Tuve la felicidad de vivir sus progresos.
Y la fortuna de no hacerme rico.
Tuve la tristeza de vivir sus decadencias.
Y la suerte de no volverme ruin.
Ayudé a abrir el camino de la industria, del
esmalte y del progreso.
Tuve la dicha de enseñar a usarlo...
y la amargura de ser usado en él.
En el 2008 volví al Uruguay.
El tiempo todo lo cambia.
El Uruguay que encontré no es el que dejé.
La Venezuela que dejé no es la que encontré.
Pero los que yo viví, nunca me los podrán
cambiar. Nunca me los podrán quitar.
Por que al Uruguay que me formó, y la
Venezuela donde me desarrollé, los llevo en mí.
Los dos me dieron todo. Y yo me di todo a ellos.
SE DICE DE MÍSE DICE DE MÍ
Diap 238
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar
Diap 242
Versos del poema
Caminante No Hay Camino
de Antonio Machado
(1875-1939)
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar
Caminante no hay camino
se hace camino al andar…
Diap 243
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar
Caminante no hay camino
se hace camino al andar…
verso a verso…
Diap 244
FIN
Diap 245
Cuento a cuento…

13 de baston par sil

  • 1.
    Caminante no haycamino se hace camino al andar, Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar… Nunca perseguí la gloria ni dejar mi canción Caminante, son tus huellas, el camino y nada más… Caminante no hay camino sino estelas en la mar... Caminante no hay camino, se hace camino al andar... Golpe a golpe, verso a verso... Diap 1 Versos del poema Caminante No Hay Camino de Antonio Machado (1875-1939)
  • 2.
    Caminante no haycamino se hace camino al andar…
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    Todo pasa ytodo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar. Diap 3
  • 4.
    Diap 4 Diap 4 DEBASTON CUENTOS de Rosalino Carigi Escritos: 2004 - 2007 REVISIÓN MAYO 2016
  • 5.
    Diap 5 DEDICATORIA Al bastón… Siemprea la mano y compañero callado del camino. Diap 5
  • 6.
    26 LA REALIDAD(U) 94 27 EL CAFÉ (U) 96 28 MI PADRE, EL DOCTOR (U) 98 29 LA VIDRIERA (U) 102 30 EL POZO (U) 104 31 EL DUELO (U) 106 32 LA CAÑA (U) 108 33 NEGRO VUELO (V) 110 34 LOS HERMANOS (U) 112 35 LA EXCURSIÓN (V) 114 36 LAS TÍOPANCHO (U) 116 37 LOS DIENTUDOS (V) 118 38 LA CARIÑOSA (V) 124 39 LA COMPAÑÍA (U) 126 40 AL VIENTO (V) 128 41 EL APELLIDO (U) 130 42 EL CASTIGO (U) 132 43 OTRO CUENTO DE… (V) 138 44 LA BODEGA (U) 140 45 EL MODELISTA (U) 144 46 EL CORVO (V) 148 47 ORANDO (U) 150 48 UNA VEZ (U) 154 49 LA FE (U) 158 50 LA GUACHITA (U) 162 51 LA SONRISA (U) 164 52 OTRA RAMA (U) 166 53 ESAS COSAS (U) 168 DE BASTÓNDE BASTÓN Diap 6 INICIO 1 DEDICATORIA 5 PRESENTACIÓN 7 01 LOS AFORTUNADOS (U) 8 02 VÍA CRUCIS 2000 (V) 10 03 OTRA NAVIDAD (V) 12 04 NOCHE PERRA (U) 14 05 HACIA EL ESTE (V) 16 06 DOS CARAS (U) 18 07 DINOSAURIOS (V) 20 08 EL SEMBRADOR (V) 22 09 EL EUCALIPTO (U) 26 10 EL INDIO )V) 30 11 COTA 905 (V) 39 12 LA GARZA, EL TERO (V) 47 13 LAS LAJAS (U) 49 14 EL BÚLGARO (U) 51 15 EL PENSADOR (V) 55 16 HISTORIA DE AMOR . (V) 59 17 INDICATIVO (V) 68 18 LO MISMO (V) 70 19 SOBREVIVIENTES (U) 72 20 EL REBELDE (U) 76 21 CRISPIANO (U) 80 22 MARÍA Y JOSÉ (V) 82 23 LA TIERRA (V) 84 24 EL REGALO (U) 86 25 EL ÚLTIMO RANCHO (U) 88 54 LA TARJETA (V) 172 55 EL VIAJERO (G) 176 56 ONOTO (V) 180 57 EL CLAVO (V) 184 58 EL MÁS IMPORTANTE (U) 190 59 TRINIDAD (V) 192 60 EL PRÍNCIPE FÉLIX (V) 194 61 EL PICHÓN Y EL VIEJO (V) 196 62 PUENTES (V) 188 63 LA RAMA (V) 200 64 TODO UN HOMBRE (U) 202 65 LA MAESTRA (U) 204 66 CIUDAD VIEJA (U) 206 67 EL OBITUARIO (V) 210 68 EL VALE (V) 212 69 FELIZ AÑO (U) 214 70 UN TANGO (U) 216 71 LA TRINITARIA (V) 218 72 MORAIMA (V) 220 73 ZAMURITO (V) 222 74 SOLITARIOS (V) 224 75 UNA PIEDRITA (V) 226 76 EL PAISAJE (V) 228 77 A LA LLANERA (V) 230 78 PÁJAROS (V) 232 79 MILLÁN 2515 (U) 234 ÚLTIMA PÁGINA 236 SE DICE DE MI (El Escritor) 237 FIN 239 ÍNDICE No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap. No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap. No. TÍTULO DEL CUENTO País Diap.
  • 7.
    DESDE EL FONDODESDEEL FONDO Diap 7 Este es un compendio de cuentos escritos desde el año 2003 y hasta el 2005. Como decía el maestro griego: El hombre es el único animal que empieza caminando en cuatro patas, luego va en dos y termina yendo con tres. Por lo mismo, es un resumen que se hizo de acuerdo a la edad de quien los escribió. O sea: con bastón. Y, como si fueran hojas caídas, con la punta del bastón se eligieron algunas, se dejaron aparte otras, y hasta se buscó en las ya barridas anteriormente. El resultado fue... una mezcolanza. Como siempre... y aún sin terminar. Rosalino Carigi Agosto 2004 PRESENTACIÓN
  • 8.
    Diap 8 La primeravez que la vi, no le presté atención. Sólo era una indigente más sentada en el rellano de la puerta de un viejo comercio cerrado y en reparación. Una miserable más de las que abundaban en esa gris ciudad. Yo iba caminando para la calle transversal siguiente, en dirección a la rambla, bajando hacia un cruce de los tantos: En una esquina había una farmacia; en la otra un café que, de estar en un barrio sería un boliche; enfrente, una mansión vuelta conventillo; y en la cuarta, un quiosco. Compré lo que necesitaba y volví por la misma vereda. Fue entonces que reparé en ella. No era una mendiga como las otras. Las bolsas con escombros le protegían como un murito bajo, algunas fungían de apoya brazos, mientras la pared de la puerta le servía de respaldo, y otra bolsa de asiento. DE BASTÓNDE BASTÓN No tenía una lata frente a ella ni imploraba caridad. No apretaba junto a sí un niño para inspirar compasión, y ningún perro callejero dormitaba a su lado. Estaba vestida de viejas ropas, con esa mezcla de colores mustios y diferentes tejidos, propia de los vagabundos, pero no se hallaban harapientas ni sucias. Su edad era indefinible, quizás tuviese sesenta o más. El pelo envuelto en un opaco pañuelo y su cara gruesa, tostada de sol, viento y frío, encerraba los años idos. Sobre la amplia falda de las múltiples polleras que cubrían sus pies, tenía un cuaderno abierto: de esos anchos, de hojas grandes, con renglones de rayas azules. Me asombró verla escribir, abstraída. Tuve admiración por el trazo de la escritura: limpio, pulcro, claro, nítido. Tal vez sintió que la observaba. Levantó la vista LOS AFORTUNADOS 01 LOS AFORTUNADOS (U) ...un país utópico lleno de gente irreal. Jorge Borges Hecho real.
  • 9.
    Tenía una miradalimpia, sin malicia, sin amargura, sin tristeza... y sin brillo. Una mirada perdida en el tiempo. Con rostro sereno, murmuró algo. No la comprendí. No supe si era un saludo. Y, temiendo que fuese un pedido de limosna, negué con mi cabeza y seguí mi camino. Muchas veces fui a ese cruce en los días siguientes. Yendo yo a la farmacia, al quiosco, al café... y frenando mi alma bohemia que quería curiosear en el conventillo. Y siempre volvía por la misma vereda... y pasaba cerca de la indigente mujer... y miraba tras ella el viejo comercio lleno de escombros y papeles sucios. Y siempre veía a ella escribiendo en su cuaderno... y me asombraba su letra... y la vieja levantaba su vista... y me murmuraba algo... y yo sin entender, negaba... y me iba. Pero, una tarde, volviendo de un recorrido por las grises calles que añoraba coloridas en mi juventud, me detuve frente a ella. DE BASTÓNDE BASTÓN Y, con la confianza que da la vejez, pregunté: –Disculpe... siempre la veo escribiendo. ¿Qué escribe? –Una novela. –respondió con voz clara y segura. –¿Y cómo se llama? –dije, sonrojado por mi audacia. –“Los Afortunados” –aclaró, ofreciéndome el cuaderno desde su asiento entre los sacos de restos. Sólo leí los últimos párrafos escritos. Poseían una prosa fluida, describiendo maravillosamente sus ideas. Y, de pronto, todo cambió. Me parecía que los papeles eran hojas de otoño, que las bolsas contenían arena del ayer con cemento del mañana y piedras del presente. Le devolví las notas. Nos miramos. Y, sin palabras, comprendiendo, la saludé y me fui. Aquella vieja indigente entre escombros, era otra de los afortunados. Yo, era otro de los afortunados. Teníamos la fortuna de vivir. ...oo0oo... LOS AFORTUNADOSLOS AFORTUNADOS Diap 9
  • 10.
    Cuando los apóstoles,o sus beatos seguidores, escribieron los evangelios, estaban impregnados de mitologías orientales, misticismo hebreo, simbolismos griegos, las costumbres del momento. Y… tenían la idealización de los recuerdos. Pero si se repitiesen los sucesos de aquella época en la actualidad, serían efectuados y narrados acordes a nuestra mentalidad y con los medios presentes. Jesucristo entraría en Jerusalén en un coche blindado, de pie y saludando protegido tras vidrios antibalas. Los discípulos usarían megáfonos y equipos de sonido para propagar el mensaje de humildad, promocionando al hijo de Belén en carteles y programas radio televisivos. Adeptos instantáneos venderían su imagen en camisas, banderines y chucherías. DE BASTÓNDE BASTÓN Otros ofrecerían porcentajes para colocar en su camino puestos de comida rápida y bebidas. Pero, la exaltación popular, el momentáneo aplauso, la confabulación de los enraizados en el poder, el temor a que despertase el pueblo, la traición de un discípulo, la negación de otro, la cobardía de los compañeros, el vaivén de opinión de la masa, el fanatismo, y el cambiar a un justo por un delincuente, sería siempre igual. Lo intrínseco del hombre no cambia jamás. Las secuencias de Herodes a Pilatos, el juicio y su vía crucis hacia el Gólgota, serían cubiertas por la televisión, disputándose narradores y camarógrafos los mejores lugares para transmitir, ahogando las personas con los micrófonos. Entrevistarían a Simón Cirineo luego de cargar la cruz, preguntándole si pesaba mucho, si creía que Jesús podría llegar con ella hasta al Monte Calvario. Le insistirían en si había hablado con él y que cosas le había dicho. VÍA CRUCIS 2000 Diap 10 Pero los sacerdotes se decían: Durante la fiesta no, para que el pueblo no se alborote. Mateo 02 VÍA CRUCIS 2000 (V)
  • 11.
    Los camarógrafos tomaríanprimeros planos del sudor y heridas del condenado. Otros, desde los helicópteros mostrarían a la muchedumbre yendo agolpada para ver la ejecución. Las locutoras, una vez maquilladas y frente a la cámara, preguntarían, a Verónica por qué había secado el rostro del convicto, qué le había impulsado a hacerlo, cómo había quedado el paño, con qué producto lo lavaría. Lógicamente, las escenas cruentas de ponerle la corona de espinas, azotarlo, clavarle manos y pies, herirlo con la lanza, serían cortadas por ser un espectáculo no apto para menores. A pesar que fuesen las preferidas por la masa. En su lugar pasarían las propagandas de los promotores, comidas, refrescantes bebidas y un panegírico al canal. Igual que ese entonces, al morir lo dejarían abandonado en la cruz. Se había acabado el espectáculo sin suceder ningún milagro. Milagro que todos habrían estado esperando. DE BASTÓNDE BASTÓN Caído un ídolo, los medios de comunicación buscarían algún sustituto para mantener su raiting. Lo hallarían en las polémicas respecto a la desaparición del cuerpo, entrevistando a los viejos sacerdotes en el templo o a los discípulos de la nueva fe en sus escondites. Los dirigentes, viendo el error de haber creado un mártir que podía ser usado por la oposición y los revolucionarios, temiendo el arrepentimiento de Judas y que éste hablase, encargarían el problema a la policía de seguridad del estado. Y Judas aparecería... habiéndose suicidado. Los apóstoles tomarían cursos de idiomas para emigrar a otras tierras. Tierras donde difundirían sus ideas, las ideas se volverían religión, la religión apoyaría al estado, y los poderosos condenarían a otros humildes a otras vía crucis. Mientras tanto, los sacerdotes dedicarían una semana al año para recordarlo... Y el pueblo lo convertiría en un mito. ...oo0oo... VÍA CRUCIS 2000VÍA CRUCIS 2000 Diap 11
  • 12.
    Después de cumplirsu misión de entregar sus obsequios al Niño Dios, venían de vuelta los tres Reyes Magos. Se habían retirado sigilosamente del pesebre, ya nadie les prestaba atención, había pasado la novedad de su llegada. Todos los presentes estaban absortos, admirando las luces celestiales y oyendo el canto de los ángeles. Sin decir nada, dejaron a la madre con la criatura y a su esposo arrodillado con la cabeza gacha ante la divinidad. Y así, silenciosos y solos, a través de la noche, sobre lentos camellos, retornaban los Reyes a sus lejanos lares. Ignoraban que en el valle siguiente se toparían con un pequeño ángel que ni siquiera nombre tenía. Estaba perdido; desde su creación resultó curioso y, al bajar del cielo se había separado de los otros querubines. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, se le veía contento. En su curiosidad encontró en ese valle un hogar común donde había nacido un niño. La madre tenía cariñosamente en sus brazos a la criatura, y el padre lo mostraba con orgullo a los pocos vecinos. El pequeño ángel sólo sabía que esa noche debía adorar a un niño recién nacido y que vendrían unos reyes. Por eso, al verlos aparecer en el camino, voló rápido hacia éstos y les dijo con celestial inocencia: –¡Eh!... Los de los camellos... aquí hay un nacimiento. Y, sin dejarlos hablar, los condujo a una casa de tantas, donde había nacido un niño de tantos. Los reyes, mirándose, no quisieron defraudar al pequeño ángel diciéndole que ése era sólo otro niño más. Bajaron de sus camellos yendo a rodear la criatura junto a al padre y la madre. Pero, ya no tenían regalos para ofrecer. OTRA NAVIDAD Diap 12 03 OTRA NAVIDAD (V) Dentro de cada niño hay un pequeño ángel.
  • 13.
    Sin embargo, tambiénle presentaron sus obsequios: –En vez de oro, –dijo Melchor– le daré el amor. Tendrá una familia, esposa, hijos y nietos que le entregarán cariño. –En lugar de incienso, –siguió Gaspar– le daré la amistad. Tendrá amigos, compañeros e iguales que le apreciarán. –En cambio de mirra, –agregó Baltasar– le daré el aprecio. Tendrá una vida junto a los demás, y en ella lo estimarán. Luego de estar largo rato compartiendo, se despidieron de todos. El pequeño ángel, asombrado, les preguntó: –¿Sólo eso le dan al Hijo de Dios? Y los Reyes, sonriendo con sabiduría, le respondieron: –Todo eso le damos al hijo del hombre. Sin agregar más, los regios viajeros se alejaron en sus camellos hasta que sólo fueron tres puntos en el horizonte. El pequeño ángel quedó pensativo. DE BASTÓNDE BASTÓN No había hallado el niño de dios, pero se sentía feliz junto al niño de la humanidad. Al volver al cielo, pidió a su creador con lo convirtiese en otro ser humano... –¡Dejarás de ser un espíritu!... –retumbó el todopoderoso. Con sus alas temblorosas el pequeño ángel insistió. –¡Tendrás un cuerpo que te hará sufrir! – volvió a clamar. Nuevamente el pequeño ángel le pidió lo mismo. –¡Serás mortal, sólo vivirás una vida! –tronó la voz suprema. –Pero, será mi vida... –musitó el pequeño ángel, pensando en los dones que le habían dado los Reyes al niño común. El omnipotente lo miró recordando un ser que había formado mucho tiempo antes, también muy distraído, que por curioso no le había importado perder el paraíso. Y el creador le concedió su deseo. ...oo0oo... OTRA NAVIDADOTRA NAVIDAD Diap 13
  • 14.
    Mediados de enero.Nueve de la noche. Hace frío. Ha llovido. Y fue miércoles. Un día atravesado... Una calle paralela a la gran avenida. Tiene la apariencia típica de los segundones que, queriendo ser primeros y no pudiéndolo, quedan como frustradas imitaciones sin brillo. Los comercios han apagado sus luminosos anuncios de colores. ¿Para qué gastar energía? Las pocas sombras que aún circulan en la penumbra de la vía, no compran. Sin embargo, las esquinas se iluminan con la lúgubre luz artificial que se filtra por los vidrios de algunos locales. Si tienen mozos con uniforme, se llaman cafés. Si no, bares. A mitad de cuadra queda uno que otro mercadito abierto en el intento de salvar el día con ventas nocturnas. Me dirijo al más cercano. En todos sobran envasados con que aplacar el refunfuño del estómago... o del vicio. DE BASTÓNDE BASTÓN Camino sobre las baldosas rotas de la vereda, pisándolas despacio para que no me salpiquen con lo oculto... A veces, en la calle, llueve desde abajo... y llueve barro. Se me adelantan, callados, dos perros vagabundos,. Llegan a la entrada de un local en abandono. Se paran firmes, defendiendo en silencio su territorio. Algo instintivo pone freno a mis pasos. Siento pasar una sombra junto a mí, y me separo mientras la observo. Es una vieja mendiga harapienta. La he visto en el día pidiendo limosna. Más que pedirla, exigiéndola. Ya que al hacerlo, su mirada es ruda, reclamante... amarga. Trae dos grandes y gastadas bolsas. En la oscuridad se adivina que dentro deben tener restos de comida. Los perros le dan lugar. Allí hay sacos de desperdicios haciendo de asiento y abrigo. Es su refugio nocturno. NOCHE PERRA Diap 14 04 NOCHE PERRA (U) Perros y vagabundos, compañeros de la noche... Hecho real.
  • 15.
    Ella se arrellanaen el mísero trono callejero. Y los perros, cual vigilantes escuderos, se ponen a su lado. Los tres son felices. Están en otro mundo... en otra noche. La vieja va sacando de las bolsas los reales presentes de las sobras, dándoselos a sus fieles edecanes. Y ellos los reciben con respeto, comiéndolos con mesura y dicha. Sigo mi camino. Entro al comercio. Compro, aún puedo comprar. Pago. El cajero saluda. Cobra. Pone la mercancía en una bolsa plástica. Y recuerdo las bolsas de la vieja... Salgo a la calle. La noche parece más tenebrosa, más fría, más húmeda, más solitaria. Algunas sombras cruzan la calle, o se encierran en los bares para sentirse seres vivos. Retorno por el camino andado. Sé que baldosas pisar, y cuales no. Sin embargo, aún me equivoco. Y el barro me salpica en la noche... Ya no me importa, el barro se seca. Me acerco a la vieja mendiga. Oigo su voz, habla con sus perros. DE BASTÓNDE BASTÓN Les habla dulcemente, con cariño... Uno, el más grande, el más viejo, está enrollado sobre los pies de su ama y así, adormilado, le da su calor. El otro, aún joven, refriega su cabeza en el brazo de la indigente. La anciana saca el resto de un bizcocho desde una bolsa, lo parte en tres. El trozo más grande lo da al perro viejo, otro menor al pedigüeño... y el más chico lo come ella. El perro viejo vuelve a dormirse sobre los pies. El perro joven se acurruca junto al lado izquierdo de la pordiosera, cerca de su corazón. Y ella les murmura cosas tiernas. Sin quererlo, me he detenido viéndolos. La vieja mendiga me mira. Su mirada se torna ruda, reclamante. Pero, comprende lo que siento y, con una sonrisa, vuelve a ser dulce, dichosa... Yo también sonrío. Y me voy en una noche de perros... y de amor. ...oo0oo... 26/03/2004 NOCHE PERRANOCHE PERRA Diap 15
  • 16.
    Camino por laavenida, yendo... hacia el este. Pasó mediodía. Aquellos que pueden almorzar, llegaron corriendo a los cubículos de sus apartamentos y, corriendo retornaron a las jaulas de las oficinas. Dos de la tarde. Pausados grupos de vehículos marchan en forma rítmica dirigidos por la batuta de los semáforos. El rugir de sus motores hace levantar vuelo a las palomas que picotean lo caído de las viandas de la gente pobre que calman su hambre en la vía. Están acostumbradas a eso. Enseguida vuelven a buscar su alimento en el suelo. Camino entre las aves, que se separan dándome paso. Algunas me miran, lanzando un curucutú de protesta. Cerca, veo un banco. Alrededor está limpio. Deben haber barrido hace poco. Domina una agradable paz. Me siento. DE BASTÓNDE BASTÓN La avenida está a pocos metros; pero, los ruidos llegan amortiguados. Desde lejos viene un peatón. Nos miramos con desconfianza citadina, y se va en sentido contrario. Es la hora del reposo, de los que duermen, de la siesta. También es la de las caravanas de coches que llevan los muertos al cementerio que está unos kilómetros adelante. Ése, yendo... hacia el este. Se aproxima una. La lentitud característica la denuncia. Los autos que no son parte de ella tratan de sobrepasarla. Y al lograrlo, como asustados, huyen a toda velocidad. Es una caravana suntuosa. El coche que lleva el féretro es de renombrada marca, último modelo, color gris plata, brillantes ornamentos y circunspecto chofer solemne. Le siguen dos señoriales vehículos repletos con grandes coronas de duelo y ostentosos arreglos florales. HACIA EL ESTE Diap 16 05 HACIA EL ESTE (V) Somos criados por la vida, pero hijos de la muerte. Hecho real.
  • 17.
    Detrás, vienen diezcoches remises; todos iguales, todos lujosos, todos ocupados por personas en silencio. El séquito finaliza con gran cantidad de autos modernos y costosos. Dentro, sus ocupantes hablan en susurros. Y la caravana llega, y pasa, y sigue. Lenta, impertérrita, sin hacer caso a calles transversales ni luces. El muerto debe haber sido importante. Y ahora, para los del cortejo, lo importante es ser vistos en su entierro. Y la caravana se va, yendo... hacia el este. Me levanto. Continúo mi camino. Al llegar a la esquina me para el semáforo. Miro la avenida. Llega otra caravana. Pero, ésta se detiene respetando la señal... El coche fúnebre parece sacado de una venta de carros reconstruidos, negro, con marcas de pasados golpes. El pobre chofer tiene una camisa que la sostiene el almidón. DE BASTÓNDE BASTÓN Detrás, dos viejos taxis destartalados aceleran el motor para que no se apague en la parada; ahogando con eso el llanto de los familiares que van en su interior. Y después... un antiquísimo autobús de línea suburbana, de esos que dicen 42 pasajeros y llevan el doble. Esta vez lleva mucho más. Tanto, que van apretujados en los escalones de las puertas. La única corona está colgada de una ventanilla. Una corona chica, de flores mustias, con un letrero escrito a mano: “TUS PANAS” (1) Y adentro la gente charla, mira. El semáforo cambia de color, y la caravana se marcha... ¡Qué gran caravana! Su corona no tiene precio. Su séquito no tiene fin. El muerto no fue importante. Pero, sus amigos sienten que lo importante es acompañarlo hasta el final... Y la caravana se pierde, yendo... hacia el este. ...oo0oo... (1) PANA: Lunfardo venezolano. = Compañero fiel, amigo. HACIA EL ESTEHACIA EL ESTE Diap 17
  • 18.
    Se llamaba MiguelLeguim y era profesor de matemáticas y filosofía, dos materias donde se debe reflexionar y razonar... aunque de distinta manera. Alto, atlético, ancho de hombros, cejas espesas, cabello negro ondulado, voz gruesa y profunda la cual despertaba el líbido de las mujeres y el respeto de los varones. Enseñaba en Montevideo, capital del país, donde lunes, miércoles y viernes impartía clases de filosofía en el liceo vespertino; y luego, de matemáticas en el liceo nocturno. Pero, además, los martes, jueves, y sábados, era profesor en un instituto de Maldonado; ciudad algo distante para ese entonces, lo cual le obligaba pernoctar allí. Debía sumarse que tenía una oficina de importaciones que atendía en las mañanas que se hallaba en la capital, y que era entrenador de gimnasia en ambas ciudades. DE BASTÓNDE BASTÓN Formal, amable, culto, buen pedagogo, se distinguía por su excepcional actividad. Pero se distinguía por algo más extraordinario: ¡Tenía dos caras! Literal y físicamente tenía dos caras. De frente parecía la misma pero, su perfil izquierdo era diferente por completo al derecho. Dos individuos según el lado que se le viese. Al igual que su nombre y apellido, aparentaba simétrico y no era igual. Todo el mundo lo conocía por Dos Caras, aunque nadie se atreviera a decírselo en la misma. Había dos cosas más que también extrañaban. Dos Caras no necesitaba ser profesor, su empresa de importaciones le daba buenos ingresos. Seguramente le agradaba enseñar. La otra era su vida familiar y personal. Constituía un ser sociable; aunque, sólo se sabía de él lo que él dejaba saber. E imponía tácitamente respeto a su privacidad. DOS CARAS Diap 18 La naturaleza tiende a la simetría, no a la igualdad. Las manos no son iguales, son simétricas. 06 DOS CARAS (U)
  • 19.
    Se comentaba queposeía un hermoso chalet en una zona residencial de la ciudad. También que su esposa era una hermosa mujer rubia, y que tenía dos hijas y un hijo. Que en política estaba afiliado a un partido conservador; sin embargo, nunca aceptó ser candidato a cargo alguno. Su foto y nombre jamás aparecían en reseña periodística. Se atribuyó esa reserva a su extraña anormalidad facial. Pero, era algo más. Tanto él, su anomalía, su nombre, como su empresa... pasaban desapercibidos. Algunos de sus alumnos llegaron a profesionales. Otros, engrosaron la masa anónima de los frustrados. Muchos cambios sociales surgieron. Dos Caras no cambiaba. Su vida y sus dos perfiles permanecían invariables. Un día, el cambio se volvió revolución; y el estado, reacción. Y la verdad explotó.. DE BASTÓNDE BASTÓN En una redada militar en Maldonado cayó el líder de un grupo subversivo... ¡Y resultó ser Miguel Leguim! No sólo eso; bajo el alias "Cachafaz", era autor de libros extremistas y responsable de muchos atentados. Se descubrió que allí tenía otra esposa, trigueña ésta. Y con ella tres hijos: dos varones y una niña. De edades similares a los de la capital. Simétrico, pero no igual. El alboroto recorrió todos lo ámbitos del país. Dos Caras fue condenado, política y legalmente. Luego, como todas las cosas, todo pasó. Pasó la revolución, pasó el estado de fuerza. Pasó el tiempo de estar en prisión. Y el profesor Miguel Leguim pasó al anonimato. Volvió a ser como siempre, desapercibido y en su privacidad. Un escándalo sin razón. Acaso... ¿era su culpa tener dos caras? ...oo0oo... DOS CARASDOS CARAS Diap 19
  • 20.
    Mediodía. Paso bajo lasombra de un frondoso árbol. La calle es en declive. Al doblar la esquina, un largo, liso, y perpendicular muro de planas piedras contiene la tierra. El caliente sol tropical señorea en la ancha acera. Pasado el encandilamiento momentáneo, veo un lagartijo sobre las baldosas de cemento y contra la pared. Brillante, muestra los hermosos tonos verdes de su piel. Tal vez salió de la protección de las hierbas en búsqueda de sustento. Pero, extasiado, quedó disfrutando del sol. Tiene cerca de veinticinco centímetros de largo, la mitad es cola. Su cuerpo se mueve al ritmo de la respiración. Nos sorprendemos mutuamente. Me detengo. Me mira. Y él, extático por el temor, hasta deja de respirar. –¿Tú que haces por aquí?... –digo en voz alta. DE BASTÓNDE BASTÓN Al reptil le debe sonar como un estruendoso alarido, y debe verme como un gigantesco animal peligroso. Avanzo. Y el lagartijo escapa corriendo. La lisa pared no ofrece nada por donde subir. El piso de cemento ni una hoja de grama. Y huye, y huye, despavorido. –¡Corre!... ¡corre!... –lo azuzo entre curioso y compasivo. Levanta su cola y corre aún más. Sus patitas ni se ven. Pero, es inútil, con cada paso mío me vuelvo a acercar. Ha corrido más de ochenta metros. Deben ser como tres kilómetros para mí. Tiene la boca abierta, está agotado, cada vez me mira más y corre menos rápido. Yo también lo miro y avanzo lento. De pronto, la pared es de cantos rodados. El lagartijo, sacando fuerza de su cansancio, trepa por ellas y sube al terreno. Pero... extrañamente, en vez de esconderse en la espesura del pasto... gira y queda viéndome de frente. DINOSAURIOS Diap 20 Todos somos dinosaurios... 07 DINOSAURIOS (V) Hecho real.
  • 21.
    Jadeante, con lacabeza erguida, me mira... Inclino la mía observándole de más cerca... y él no se mueve. Sonrío, me doy vuelta, yéndome. Y, alejándome, pienso. Quizás hace muchos millones de años, un ancestro de él se topó en una quebrada con un antepasado mío. Y el mío era un pequeño, débil e indefenso homínido. Y el de él un gigantesco, poderoso y fuerte lagarto. Sus parientes dominaban la tierra desde tiempos inmemoriales, los míos recién comenzaban a caminar en ella. Ambos se sorprendieron. Y el monstruoso reptil avanzó, y el temeroso bípedo escapó corriendo. Pero, las paredes del farallón eran altas, rectas, lisas. No podía ir a protegerse entre los árboles ni en las cuevas. Y corrió... y corrió... Cada tanto giraba su cabeza, viendo que la enorme bestia con cada paso lo alcanzaba. Y ésta abría su espantosa boca en rugido ensordecedor. DE BASTÓNDE BASTÓN Quizás cuando el primitivo hombre estaba a punto de desfallecer y resignarse a ser devorado, vio escalones en el barranco... y con las pocas fuerzas que le quedaban, subió. Podía ir a esconderse en la maraña. Pero, algo extraño le hizo dar vuelta. Ese monstruo pudo aplastarle en cualquier momento... pero no lo había hecho. Y él quedó viéndole. Ya no temía... aunque tampoco comprendía. El gigantesco reptil lo miró también, movió su espantosa cabeza, y se marchó. Ya lejos giró, lanzando un alarido. Me detengo varios metros adelante. Giro hacia atrás. El lagartijo permanece en el mismo lugar, sereno. Le grito, sonriendo. Pero él se mantiene tranquilo. Quizás sean sus genes ancestrales, quizás los míos. El teatro de la naturaleza siempre es el mismo. Sólo que a veces se cambian los personajes. ...oo0oo… DINOSAURIOSDINOSAURIOS Diap 21
  • 22.
    Tenía yo veinticincoaños cuando se acercó a mi lado. No me fue del todo desconocido. Creí haberlo visto hablando alguna vez con mi padre, con otras personas mayores. Me miró con una expresión indefinida. No era sonrisa ni saludo formal. Me asombró su rostro. No pertenecía a ninguna raza, color... ¡ni edad!... Era un rostro sin tiempo. –Hola, sembrador. –me dijo– ¿Cómo va el surco? En primer momento pensé que era uno de los tantos locos que uno encuentra en el camino. Pero, su voz poseía una maravillosa serenidad. Una serenidad sin tiempo. –No soy sembrador. –respondí. –Todos somos sembradores. Para eso estamos en la tierra. –afirmó– Para sembrar sólo hace falta las manos, un palo. Y es suficiente con arrojar las semillas al viento. DE BASTÓNDE BASTÓN –Preguntó por mi surco. Nunca guié un arado. –aclaré. –¿Estás seguro?... Cada ser tiene un arado distinto. Cada uno abre el surco a su manera y según su tiempo. Frena un momento tu impulso juvenil y mira hacia atrás... Por conmiseración le hice caso. Sólo encontraría la calle por donde veníamos. Me detuve y giré. La visión me dejó sin palabras. Era un sembradío que se perdía hasta el infinito. Y volví a oír aquella voz: –¿Qué ves?... –Surcos y más surcos. Derechos y torcidos. Unos llenos de plantas y flores. Otros, aún vacíos. Hasta los hay áridos. –¿Y que más? –siguió inquiriendo. –Entre ellos, muchos senderos de piedras. –Cada sembrador hizo el suyo con las piedras que iba hallando en el surco. Así se hacen los caminos. –sentenció. EL SEMBRADOR Diap 22 Mirar delante o detrás, es un problema de edad. 08 EL SEMBRADOR (V)
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    –¿Entre tantos surcosestaba el mío? –dije, dudoso. –¿No lo viste?... Sin él no hubieras llegado a lo que hoy eres. –y, sin dejarme responder, indicó– Era ése torcido, sin profundidad, que corría saltando entre los demás. –Entonces... –reflexioné– Fui yendo por surcos ajenos, en tanto recogía frutos que otros habían sembrado. –Así debía ser. –instruyó– Era tu edad, tu forma de aprender a arar. Algún sembrador protestó. Siempre hay de los que siembran sólo para recoger ellos mismos. –Tenía razón en enojarse. –argüí. –¡No!... –reaccionó– Se siembra para el futuro. Y era tu tiempo. La mayoría fue feliz al verte revolver su surco... como cada uno revolvió el de otros en su tiempo. Nos quedamos viendo el sembradío del ayer. Poco duró el silencio. Su voz se tornó determinante: –Es hora que gires de vuelta... tienes campos esperando. Le obedecí. Encontré otra sorpresa. DE BASTÓNDE BASTÓN El paisaje diario se había transformado en otro terreno infinito. En él ya había otros seres abriendo surcos. Y tomé mi arado, avanzado. –Nos veremos dentro de algunos años. – escuché su voz alejándose– Y no olvides... arroja tus semillas al viento. Respondí con una inclinación de cabeza. No podía darme vuelta. Había mucho por arar. El terreno era duro. Difícil abrir el surco. No importaba... el arado era nuevo. :::::: Habían pasado muchos años. Tantos, que poco recordaba aquel personaje. No así sus palabras. Las mismas resurgían en cada situación dificultosa o frente a una duda. Iba caminando hacia al parque. La mañana, fresca; el día, feriado. Ya no tenía el furor de cuando éstos me parecían perdidos. El mes anterior había cumplido cincuenta años. –Hola, sembrador. –oí su voz– ¿Cómo va el surco? Miré a mi lado. Ahí estaba, como siempre... sin tiempo. EL SEMBRADOREL SEMBRADOR Diap 23
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    Tuve la sensaciónde estar continuando aquella charla. –Creo que derecho. –contesté con un suspiro– Aunque me parece que cada vez la tierra se encuentra más dura. O que estoy arando demasiado hondo. –La tierra es la misma. –aseveró él– Y no puedes arar más profundo que la cuchilla que elegiste. ¿No será que el sembrador tiene más años y la quilla menos filo? –Eso es evidente. –respondí, riéndome de mí mismo– Pero no importaría si tuviese la seguridad que aré en tierra fértil y que algunas semillas germinaron. –No hay tierra estéril. –sentenció– Se le va abonando con el sudor del que siembra. Y si sembraste al viento, alguna semilla creció... aunque no siempre en tu surco. Me sentí algo reconfortado y levanté las cejas. –¿Quieres saberlo?... –inquirió comprensivo– Frena un momento tus pasos y mira hacia atrás... Lo hice de inmediato. Ansiaba ver aquel terreno sin huellas que había visto en mi juventud. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, en lugar de eso, encontré uno repleto de surcos y senderos de piedra. –¿Qué ves?... –repitió la consabida pregunta. –Surcos de todo tipo... Senderos de cualquier forma... –¿Y no ves plantas?... ¿Frutos?... ¿Hierbas?... ¿Flores?... –su pregunta tenía la sabiduría del tiempo sin tiempo. –También, muchos y muchas... –respondí– Las hay hasta entre las piedras de los senderos. –Entonces, no has sembrado en vano. –y luego, ordenó perentorio– Gira, vuelve al presente. Aún tienes que abrir más surcos. Te faltará fuerza, pero te sobra experiencia. Retomé el vetusto arado. Y, yéndome, oí su voz: –Nos veremos dentro de algunos años. – escuché su voz alejándose– Y no olvides... arroja tus semillas al viento. Volví a afirmar con una inclinación de cabeza. Hundí la cuchilla en la tierra, y... no la encontré tan dura. EL SEMBRADOREL SEMBRADOR Diap 24
  • 25.
    :::::: Tarde apacible deotoño. Hace meses que he cumplido setenta y cinco años. Apoyado en el bastón miro la calle. –Hola, sembrador. –oigo su voz– ¿Cómo va el surco? No me toma de improviso. Más bien esperaba su venida. –Ya no soy sembrador... Hace tiempo que deje de arar... que no abro un surco... –le respondo con apagado tono. –Todos somos sembradores. –repite la vieja sentencia– Para eso estamos en la tierra. Y mientras estés sobre ella, siempre sembrarás. Aunque no hundas ya el arado. –Tus palabras reconfortan. –murmuro– Sin embargo, no llenan el vacío de ir echando las semillas al viento. Ni quitan la duda de haber arado en el mar. –¿Crees que aún algunas no están en el viento?... ¿Qué aún no siguen cayendo en tierra y germinando?... ¿Quieres verlo?... Sólo gira tu cabeza y mira para atrás. DE BASTÓNDE BASTÓN Así lo hice. Y vi el viejo sembradío con surcos y senderos de piedras. Las piedras más suaves y los surcos menos abruptos. Y, a pesar del invierno, con hierbas y flores. –¿Qué ves?... –Surcos y más surcos. Senderos y más senderos. Piedras y más piedras. Hierbas y más hierbas. Flores y más flores. –Son tus aciertos y tus errores. –completó él– Hoy... ¿cuáles crees que te sirvieron más en el surco? –¡Los errores!... –exclamé– Los aciertos me dieron la felicidad. Los errores, la verdad. Con ellos aprendía. Pero, creí hacer mi surco derecho, y al final lo veo tan torcido. –Como el de todos. –escuché su voz alejándose– Nos veremos dentro de algunos años. –¿No me dices que siembre al viento? –No hace falta... el viento vendrá por ti. ...oo0oo... EL SEMBRADOREL SEMBRADOR Diap 25
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    En el barriohabía una cuadra que, subiendo y a mano izquierda, tenía en la esquina de abajo un almacén; luego, aledaño, un gran huerto lleno de frutales y cultivos. A continuación venían dos pequeños terrenos, cada uno con una casita de corredor, un dormitorio y una cocina. Tan hermanadas que compartían la pared central. En la esquina de arriba existía una vieja casona sobre una elevación de rocas, vuelta un rancho rodeado de abrojos, donde vivían unos perros bravos y unos seres misteriosos. Entre las casitas y el rancho estaba un baldío. Un terreno que, en forma de ángulo, rodeaba el rancho. Servía como cortada para ir a la calle transversal y para echar los restos de las nuevas construcciones. Pero, sobre todo, como salvaje cancha de juegos para los botijas. Se le conocía como "el campito". DE BASTÓNDE BASTÓN Para los niños de aquel barrio, ir al campito era el premio de portarse bien. La casita pegada al campito fue una de las primeras que se transformó en casa. Por lógica, y pereza, los escombros quedaron cerca de la alta pared que la aislaba del baldío. Al final de esa pared, y lejos de ambas calles, a veces y a escondidas, la gente tiraba desperdicios. Nunca se supo como nació allí ese eucalipto, pero nació… y fue creciendo. En la otra casita, la que aún era de corredor envarillado, vivía un botija. No iba a menudo al campito. Prefería ir de tarde, cuando no había nadie; pero iba... y fue creciendo. Un sábado encontró al eucalipto con una rama desgajada, apenas unas fibras la mantenían unida al tronco. El botija era un niño flaco, introspectivo y maltratado. El eucalipto era un árbol escuálido, solitario y golpeado. Y el niño cuidó al árbol. EL EUCALIPTO Diap 26 Los árboles son seres vivos... 09 EL EUCALIPTO (U)
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    :::::: Seguramente, en lamañana, los botijas jugando fútbol en el campito con una pelota de trapo, ésta habría quedado en el árbol, y rompieron la rama tratando de sacarla. Era primavera. La savia brotaba por la herida. Las hojas golpeadas soltaban su perfume. El niño recordó que un año antes él se había fracturado una pierna y lo enyesaron. Recordó como su madre hacia los injertos en las plantas que tenían en el fondo de la casita. Y corrió hacia allí. Le pidió a su padre la escalera y unas cuerdas para volver la rama a su lugar, para que no muriese caída. Y el padre le dio eso porque amaba la vida. Le pidió a su madre trapos para vendar la rama al tronco, para unirla al árbol, y enyesarla con tierra. Y la madre le dio eso porque amaba la tierra. Y el niño volvió al baldío... y subió la rama... y la enyesó. Llegaron los vecinos y los botijas para ver lo que hacía. DE BASTÓNDE BASTÓN Los viejos sonrieron, y los que habían roto la rama se burlaron. El eucalipto sanó, creció, y esa rama fue la más fuerte. Le quedó una gruesa cicatriz. Cada año soltaba las cáscaras de su tronco y ramas... y era más gruesa la cicatriz. Y, olvidando esa herida, daba la belleza de sus flores, el perfume de sus botones, hojas para que la gente se hiciera vahos, y hojarasca para iniciar la parrilla. El niño, seguía cuidándolo. Le quitaba los "vicios" que nacían en su tronco, las hojas secas, algún parásito; y hasta le llevaba unos baldes de agua en las tardes de verano. El árbol, ya alto, le regalaba su silenciosa compañía, su sombra, el susurro del viento en su copa, el canto de los pájaros... y el dejarle arrancar una hoja para mordisquearla. El niño se hizo hombre.. Los hombres tienen pies, y se van. Lo árboles tienen raíces, y no se pueden ir. Pero sus hojas se vuelven alas, y vuelan pareciendo aves. EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO Diap 27
  • 28.
    :::::: El tiempo pasóen una sucesión de cambios. La casita de un dormitorio, cocina y corredor envarillado se transformó en una enorme casa de dos pisos y balcón. Perdió el jardín del frente, algunas plantas del del fondo se secaron. Otros seres vivían allí. El padre de aquel niño murió, y la madre sepultó su vejez en un ancianato. Hay cosas que parecen resistir el tiempo. El rancho de la esquina y el campito permanecían igual. Pero, no era el de antes, había menos niños y no jugaban en el baldío. El eucalipto era un alto árbol que daba la sensación de hundir su copa en las nubes. La rama enyesada se había vuelto la principal... y la cicatriz era cada vez más gruesa. Cada tres o cuatro años aquel niño, y hombre más viejo, volvía hasta su tronco. Le acariciaba la cicatriz, recogía del suelo una bolsa de "conitos" olorosos... y otra vez se iba. Comentaban los vecinos que cuando el hombre volvía, el árbol parecía ponerse más frondoso, las hojas brillar más, el perfume ser más intenso y la copa subir más al cielo. DE BASTÓNDE BASTÓN Coincidencias... pero también los árboles son seres vivos. Y el tiempo siguió pasando. Una vez, volvió el viejo. Subió la cuadra apoyándose en un bastón. Ni se detuvo frente a la casa con balcón. No era suya. La suya fue una casita de corredor envarillado. Al llegar al campito, sintió un escalofrío. El progreso lo había invadido. Estaban construyendo dos casas en él. El rancho seguía en la esquina. Y dobló rápidamente en ella. El otro lado de ese ángulo de su niñez seguía baldío. Y, allá en el fondo, en el centro de la cuadra, donde terminaba la antigua pared, vio al eucalipto. Saltando sobre restos y escombros se dirigió hacia él. Al llegar junto a su tronco se le llenaron los ojos de lágrimas. Era un árbol moribundo, rodeado de cascajos y suciedad. EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO Diap 28
  • 29.
    :::::: El hombre viejoacarició la cicatriz del árbol viejo. Miró hacia arriba. Casi todas las ramas habían sido cortadas. Sólo aquella enyesada permanecía con algunas hojas. Y, sin decir nada, el hombre comenzó a limpiar alrededor del tronco y raíces. Fue sacando restos de bloques, arena, cal, ladrillos, cemento, cabillas, basura de la civilización. Le dio la noche haciendo eso. Tocando la vieja cicatriz, le musitó al árbol que vendría el siguiente día. Así lo hizo. Y siguió limpiando y cuidando el golpeado árbol. Algunos vecinos, niños de entonces, viejos de ahora, lo reconocieron. El capataz de la construcción se acercó. Le dijo que no se preocupara por el eucalipto. Que debían cortarlo para levantar la pared lindera. Y el viejo, que una vez fue un niño... le contó una historia. El capataz movió la cabeza en gesto de conmiseración. Se levantó de hombros y, dándose vuelta, se marchó. DE BASTÓNDE BASTÓN El viejo continuó arreglando el árbol y la tierra cerca del mismo. Estuvo todo el día en eso. Luego, al llegar la noche, se fue murmurándole la misma cosa a su silencioso amigo. Al llegar la siguiente mañana vio que los vecinos y el capataz estaban al pie del árbol. Pero parecía ser otro árbol. Aquella, su ahora única rama, estaba frondosa y florida. El perfume del eucalipto impregnaba el aire. Las hojas brillaban. El viento susurraba en la renovada copa. Y en ella se oía el piar de los pájaros. El viejo sonrió. Arrancó una fresca hoja y la mordisqueó. Acarició la cicatriz, y volvió a irse. Meses después, en una lejana tierra, recibía un sobre con "conitos" del eucalipto. * Venían con una foto del baldío, y de una pared lindera con una curva para esquivar el árbol. Cosas de ese barrio. ...oo0oo... * Conitos. Semillas en forma de cono que caen del eucalipto. EL EUCALIPTOEL EUCALIPTO Diap 29
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    Lima, 1969. Las valijasestán listas. El trabajo fue uno más. Y la ciudad... otra de nuestra América Latina. Pero, dentro mío siguen repitiéndose las palabras de un criollo mestizo, jefe de un taller donde estuve. Cuando al despedirme, dije el gusto por conocerle y la satisfacción de poder ver la cultura inca, respondió: –Gracias... Aunque, nadie ni nada es en ninguna capital. Si quiere saber como somos, no se marche sin visitar Cuzco y Machu Pichu. Regálese dos días del tiempo. Le respondo en silencio, moviendo la cabeza frente a la duda de hacerle caso o de cumplir mi itinerario. Y él, con brillo peculiar en los ojos de su cobrizo rostro, completa: DE BASTÓNDE BASTÓN –Pero, no vaya con las excursiones que ofrecen en el hotel. Vaya por su cuenta, descubriéndonos en cada paso. Vaya... Cuando vuelva, yo estaré aquí... como siempre... Cuzco me suena con ecos de historia, Machu Pichu con misterio, y el “como siempre” con eternidad indígena. Tomo el último vuelo a Cuzco. Los demás están copados por turistas. El avión va por estrechos desfiladeros, temo que en cualquier momento sus alas rocen las montañas. Nos reciben guías hablando idiomas comerciales. Veo uno que está retraído, tiene ruana de indio, cara de indio, silencio de indio, mirada de indio. Es parecida al que me dio el consejo pero, en ésta hay reclamo, personalidad. Le señalo. Se acerca. Sólo habla español y... quechua. Pregunta si lo quiero como guía. Y, sin saber porqué, digo que sí. EL INDIO Diap 30 Me llevaré conmigo... otra imagen de Pedro, la del indio dormido debajo del sombrero; ya que va en mi conciencia: Lleva a Pedro... ¡despierto! (Canción de Alberto Cortez) 10 EL INDIO (V) Hecho real.
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    Se presenta comoTitu Machic, haciendo resaltar la “u” del nombre. Salimos del incipiente aeropuerto. Nos recibe la noche, el frío y una hilera de indios zaparrastrosos. Los guías, indios mejor vestidos, les ordenan perentorios. Y cada uno de los indios pobres se convierte en animal de carga con las maletas y valijas de los turistas. Y éstos ríen. No sé a quien tener más lástima, si a los zarrapastrosos, a los guías, o a los turistas. Miro a Titu, parece adivinar mis pensamientos. Toma mi pequeña valija, y la lleva él. Vamos en la noche por calles estrechas de adoquines, con veredas y muros de piedra. Atravesamos la ciudad. Es chica, muerta, pero se percibe una histórica grandiosidad. Parco, mi guía apenas habla. En la penumbra llegamos a un local que ostenta el letrero de “Hotel de Los Turistas” Miro hacia arriba. No tiene más pisos ni luces. –Es bueno, señor. –asegura Titu, notando mi recelo– Hay otro, pero lo compró una cadena internacional. Siempre está lleno de extranjeros. Éste es nuestro... y no hay más. DE BASTÓNDE BASTÓN Me pregunto si no hay más hoteles o más que decir. Abre la puerta, pasando él primero. Le sigo. No existe portero. La recepción es una sala con cuadros y motivos indígenas, aunque sin el comercialismo de los souvenirs. Detrás de un mostrador en madera y piedra, me saluda un empleado con sonrisa e idioma mercantil. Mi guía dice algo en quechua. El recepcionista cambia la sonrisa por otra amplia, amiga, sincera... hablando en nuestro idioma. Le doy el pasaporte. Me inscribe. Dice que él me llevará a la habitación. No tienen ordenanza. Cada vez me siento más a gusto. Le pregunto dónde puedo cenar. –Aquí mismo, señor... en el último piso. – responde. –Mañana vendré a buscarlo a las nueve. – indica Titu, despidiéndose– Descanse. No haga movimientos bruscos. Soy reacio a las órdenes, pero le haré caso. Es mi guía. EL INDIOEL INDIO Diap 31
  • 32.
    :::::: A las ochoy media de la mañana estoy en la recepción esperando a Titu Machic, el guía indio. Me siento aturdido. En parte por el golpe que di contra la pared al levantarme de la cama. Aprendí, con dolor, porqué no debo moverme rápido. Es difícil mantener el equilibrio. A cuatro mil metros sobre el mar, el oxígeno escasea. Por eso lo indios tienen grandes cajas torácicas. También marean los distintos conceptos. Desayuné y cené en el último piso del hotel. Mi cuarto se encuentra en el tercero. Pero, son hacia abajo a partir de la recepción. No hay ascensor. A ellos se llega por talladas escaleras de madera que unen los pisos construidos en terrazas hechas en la ladera de la montaña, semejantes a los cultivos que se ven desde las ventanas. Recorro el lugar viendo la exposición de arte inca. Quedo admirando un cuadro hecho al carboncillo; sólo es un rostro, sin embargo transmite algo que me absorbe. –Lo pintó su guía. Es de un indio con gorro quechua. DE BASTÓNDE BASTÓN La voz del recepcionista me trae a la realidad. Por hábito de viajero, pregunto si está a la venta. No me asombra que el pintor sea Titu, me encuentro en un mundo diferente. –Ése no. –responde– Ya lo compró el coronel como regalo para la señora. Esos dos que están en su mismo piso. Recuerdo la pareja en la cena. Él, el típico militar; ella, la típica turista. Y una maliciosa mirada me une al empleado. –¿Le gusta?... –pregunta a mis espaldas Titu, quien ha entrado tan sigilosamente que ni siquiera oí abrir la puerta. Le expreso lo que siento. Percibo una tenue emoción en su cara de eterna serenidad india. Y él musita: –Gracias... ¿Empezamos el recorrido de la ciudad? Más que una sugerencia, tiene cierto tono de orden. Y, otra vez, sin saber porqué, obedezco. EL INDIOEL INDIO Diap 32
  • 33.
    Me muestra elclásico muro de piedras donde no entra una hojilla. Lo único que me asombra es el olor a orines. Veo pasar por la calle a paupérrimos indios llevando sobre sus espaldas enormes pacas dentro una especie de bolsa que cuelgan en la frente de sus cabezas. Caminan como saltando en cada paso. Van masticando continuamente, y están inclinados por la carga. Tienen una sonrisa indefinible entre tonta y triste... más bien, perdida. Los miro sintiendo dolor por ellos, con una inexplicable sensación de culpa por yo tener guía y estar paseando. –Lo que mastican son hojas de coca, eso los mantiene en pie aunque estén mal alimentados. –explica Titu con agria voz– Caminamos así porque se respira mejor y se tiene más equilibrio. Inténtelo, señor. Verá que es más cómodo. Recién me doy cuenta que mi guía camina igual. Hago unos pasos de esa forma, sintiéndome bien. Y pregunto: DE BASTÓNDE BASTÓN –¿Por qué llevan ese tremendo peso de esa manera? ¿No les duele la cabeza? ¿No pueden usar carros? –Señor... –responde– Los incas no utilizaban la rueda. Los conquistadores aprendieron de ellos a usar la frente de los indios en lugar de carros. Ahora los comerciantes les pagan para que lleven las mercancías. Hace siglos que los indios tienen la cabeza para llevar cargas... no para pensar. Era imposible dejar de percibir rebeldía en sus palabras. –Utilizados como taxis humanos. –musité recriminante. –Vamos hacia la Catedral; –dijo él, desviándose– donde estuvo el Templo de Viracocha, dios de nuestro pueblo. Llegamos a la plaza monumental. En ella se levanta una barroca iglesia. Se nota que fue construida con las piedras arrasadas del antiguo templo... pero, sin su grandiosidad. –Entre, señor... –dice Titu, quedándose fuera– Allí hay curas que sirven de guías. Y nuevamente le hago caso. EL INDIOEL INDIO Diap 33
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    El enorme portalónintimida. Mas, han tenido la cristiana compasión de poner en él un par de puertas para el común de la gente. Una está abierta. Y, cruzo el grueso travesaño. Quedo atónito. El brillo del oro, deslumbra. Paredes, techo, altares, púlpitos, todo está cubierto de ese metal. Pronto tengo junto a mí un sacerdote. Es grande, fuerte, imponente en su sotana oscura. En castellano sibilante, dice que me mostrará el templo. Le sigo. Explica que todo nos es de oro macizo, sino pan de oro. Y va detallando. Al poco tiempo estoy cansado de oír que cada cosa fue de oro por la devoción de aquellos conquistadores a tal o cual santo, y a la fervorosa demostración en la fe. Finalmente, termina el recorrido. Con gesto monacal, me señala una caja para limosnas. Pongo en ella unos billetes internacionales. Sonriente, me acompaña a la puerta. Sobre el travesaño hay un indiecito vestido de harapos, sonrosado de frío, descalzo; de un pie lastimado le sale un hilo de líquido rojo... y me alarga su flaca mano, pidiendo. DE BASTÓNDE BASTÓN El cura lo agarra, sacudiéndole como a un trapo mientras lo regaña furioso por ensuciar la puerta... ¡de sangre! Y... termina arrojándolo fuera. Mi propio asombro no me deja reaccionar. Salgo, levanto al indiecito. Titu me ayuda. –No se extrañe, señor... –dice éste– Nos conquistaron con espejitos. Y nos evangelizaron con la cruz de las espadas. Con instintivo rencor miro al cura, quien cierra la puerta. Llevamos el niño a curar. Luego a comer. El indiecito se va feliz. Viendo al pequeño mendigo alejarse, Titu explica: –Es de la tribu aimara, indios mansos. Los dominaron los incas, los españoles, los criollos. Es el fin de los mansos, vivir oprimidos por los más fuertes... o los más astutos. –¿Quiere almorzar?... –sigue mi guía– Podemos ir a una fonda de platos típicos. Y tiene artesanías para la venta. Acepto contento. Ya no me dice señor en cada frase. EL INDIOEL INDIO Diap 34
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    Andando me explicalas comidas populares. Las probaré. Un pueblo se conoce comiendo lo que come el pueblo. Vamos. Comemos. Veo pocos extranjeros en las mesas, abundan indios y criollos. La dueña es más india que Titu. Hablamos. Le compro un bastón de mando inca. Tiene punta de hierro y de una cadenita cuelga un crucifijo. Algo anacrónico. Titu me mira en un ruego comprensivo. –Venga... –me dice amistosamente– sigamos el recorrido. Vamos a otra iglesia. Me lleva hasta el púlpito. Quedo maravillado. Está cubierto de pequeños y místicos rostros labrados en madera. Hay miles... ¡y un cráneo en el techo! –Es del indio que las talló. –aclara mi guía– El maestro español que le enseñó, cuando el indio terminó el púlpito, le cortó la cabeza para que no volviera a hacer nada igual. Sin reponerme aún, vamos a una plaza. La rodean casas antiguas de dos pisos y balcones cerrados por celosías. DE BASTÓNDE BASTÓN –Aquí fue descuartizado Tupac Amarú, el indio que osó rebelarse contra los dominadores. Ataron un caballo a cada una de sus extremidades, haciéndolos tirar. En tanto, las pudorosas damas, en los balcones, se cubrían el rostro. Atardeciendo retornamos hacia el hotel. Por la acera de una estrecha viene un cargador hacia nosotros. La acera es de lajas de piedra, la calle de adoquines. Bajo a la calle para dejarle la más cómoda vereda. Pero, él baja también. Forzado, subo a la acera contraria. El indio pasa por los adoquines con su triste sonrisa, diciéndome: –Dios lo tenga en su gracia... señor. Miro a mi guía buscando una explicación, y éste exclama: –Usted es blanco, rubio, de ojos claros, alto, extranjero... Jamás él le dejaría caminar sobre los incómodos adoquines. Para él, usted es un señor... y él, un siervo, un indio. Llegamos al hotel. Tomé unas copas de chicha. Cené. Me acosté. Estaba cansado... pero, no me podía dormir. EL INDIOEL INDIO Diap 35
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    :::::: La mañana siguienteTitu me acompaña a la estación del ferrocarril para Machu Pichu, Me dice que no irá conmigo. –Es mejor que vaya solo. –aclara– No se deje llevar por ningún guía. Sé que usted sentirá lo que hablan esas piedras. Dentro pocos años, Machu Pichu será otro paseo de turistas... y se habrán ido de allí hasta los espíritus. Tomo el tren. Al rato estamos yendo sobre una sinuosa vía en la cordillera. Miro por la ventanilla tratando de ver donde se soportan los rieles... ¡y sólo veo el precipicio! Llegamos a un apeadero. Bajamos. Los choferes de unos pequeños autobuses explican que las ruinas se hallan en la cumbre de la montaña que tenemos enfrente... y subimos. El asombro ante lo que encuentro me deja sin palabras, los turistas gritan y sacan fotos. Me alejo, voy solo, subiendo terrazas y por muros hechos de enormes piedras. Llego a la que debió ser plaza de ceremonias. En su centro hay un monolito. Subo en él. El paisaje impacta. DE BASTÓNDE BASTÓN El silencio sobrecoge... y algo inexplicable me invade. Despacio giro sobre lo que quizás fue altar u observatorio de una civilización que desapareció destruida por la codicia de los conquistadores y la intolerancia de una religión. Norte, oeste, sur, este... Recorro los puntos cardinales; y en cada uno me detengo para asimilar lo que transmiten. Oigo que ya se acercan los turistas. Bajo, yendo al transporte. No saco fotografías, Machu Pichu está en mí. Anocheciendo estoy de vuelta en el hotel. Mi guía espera sentado en un sillón. Nos miramos... y sobran las palabras. Voy a ver el cuadro del indio. No está más. El recepcionista explica que la pareja del militar y la rubia turista se fue... y se llevaron el cuadro. –Era de ellos. – aclara. –¡No!... no era de ellos... –reacciono con vehemencia– Ellos sólo lo habían comprado. Era del indio. EL INDIOEL INDIO Diap 36
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    Titu calla. Luegodice que vendrá mañana a las ocho para llevarme al aeropuerto. El avión sale a las nueve y media. Y se despide sonriendo de una manera incomprensible. Ceno. Apronto mi valija y me acuesto. No logro dormir, repaso los momentos vividos allí. Me duele tener que irme. Pero, al final, me domina el cansancio. A las cinco de la mañana siento golpear en la puerta de la habitación. Sin saber porqué, abro sin temor. Encuentro a Titu Machic, tiene la misma sonrisa con que me dejó. Pero sus ojos están rojizos, el rostro denota la fatiga del desvelo. Me entrega un tubo de cartón, murmurando: –Es para usted... un regalo... de mí y de mi pueblo. Y, sin más, me deja estupefacto... yéndose. Entro al cuarto. Saco el contenido del tubo. Es un cuadro al carboncillo, similar a aquel otro del indio. Pero, en éste las facciones son las de Titu... ¡es su autorretrato! ¡Y dice tanto en su expresión mirando lejos en el tiempo! DE BASTÓNDE BASTÓN Horas después viene para llevarme al aeropuerto. Se ha puesto la mejor ropa quechua. Al despedirnos, ya pasando yo a la pista, le entrego un sobre. Dentro sólo hay billetes. –Gracias, Titu... –digo, ronco de emoción– por el cuadro y por estos dos días sin tiempo... de ti... y de tu pueblo. :::::: Hace mucho que sucedió eso. El cuadro está en mi casa. Nunca lo enmarcamos. No se puede encerrar la tristeza, el reclamo y la rebeldía que de él emana. Cerca, hay un espejo. Cuando paso por allí me detengo frente al cuadro. Y me surge aquella inexplicable sensación de culpa. Y siento otra vez aquel instintivo rencor... Me veo en el espejo. He envejecido. Miro el cuadro. El indio sigue igual... en su eterna serenidad. ...oo0oo... Suceso real y personal acontecido en 1969, el nombre verdadero de Titu era J. Michacado EL INDIOEL INDIO Diap 37
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    Diap 38 Indio quechuacuzqueño, año 1969, pintado por J. Michacado, autorretrato al carboncillo sobre cartulina, foto en el 2016 del original en poder del autor del libro.
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    Los urbanistas tienenla obsesión de alterar la naturaleza. A veces logran grandes obras; y otras, adefesios. Caracas es un lugar donde se comprueba eso. Aquella hermosa ciudad tropical que crecía pausada, de oeste a este en un alto y fresco valle a los pies del Ávila, de pronto se transformó en la capital de un país petrolero. En el auge de esa inesperada riqueza, se construyeron dos elevadas avenidas que limitasen la invasión de la urbe a las montañas y fuesen atalayas para ver el crecimiento. Acorde al plano topográfico, la del sur se designó Cota 905; y la del norte, Cota 1000. Luego, los políticos les pusieron nombres recordando batallas y gobernantes. Pero el pueblo siguió llamándolas Cota 905 y Cota 1000. DE BASTÓNDE BASTÓN Tuvieron destinos diferentes. No los políticos ni el pueblo, ésos son siempre iguales; sino las cotas. La Cota 1000, o Cota Mil como escriben los distinguidos, es la regla con que se mide la clase media y rica. Vivir a su altura, es ser poderoso. Cerca de ella, propio de triunfadores. En cambio la Cota 905, así simple y vulgar con números, o sólo nombrada 905 sin la distinción de cota, reúne a su alrededor la miseria y el malandraje sin importar el nivel. En su borde nacen calles y escaleras cavadas en los cerros; las que suben dentro barrios donde viven obreros, y delincuentes con los agentes más inferiores de la ley. Por ambas cotas todas las mañanas salen sus habitantes a buscar el sustento diario. Y, por ambas, cada noche vuelven. Unos a su quinta o apartamento; otros, a su rancho. Ambos tienen de noche una vista hermosa de la ciudad... Algo debe ser igual. Pero, no todo. COTA 905 Diap 39 Ciudad tiene dos letras d; una es por desarrollo, la otra por degradación. 11 COTA 905 (V)
  • 40.
    :::::: Los pobres sontontamente románticos, y primitivamente instintivos Marlú Gómez decía tener dieciséis años. La verdad era que sólo tenía catorce, con experiencia de veinte; propio de las que deben criarse en los ranchos de los cerros. De acuerdo a una machista y anacrónica ley no escrita, con dieciséis sería vista como una mujer. Por tanto, responsable de las consecuencias de sus relaciones. Su madre, viendo una telenovela, contaba que Marlú era combinación de “mar” y “luna” por haber sido concebida una noche de luna en una playa del mar Caribe... Ya normal, aclaraba que de María y Lucas, un soldador que fue su marido por aquellos años y la embarazó de ella. La madre tenía 32 años, se llamaba Marbel Gómez, de María y Belisario, un marido de turno de su abuela. Y su abuela María Gómez, sin combinación aunque inició esa costumbre, había llegado a los 47 años... una vieja. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, aún con habilidad para tener un hombre a su lado. La vieja aseguraba que era hija del general Gómez. Esto creíble, al andino le atraían las sirvientas, tenía acerbo odio a los maricas... y fue dictador del país por tres décadas. Marlú tuvo el desarrollo a los nueve años, normal en las mujeres del trópico. Y así se mantenía a los catorce. De cuerpo pequeño, curvas bien formadas, andar sensual. No necesitó aprender que era el sexo. Sabía que su figura infantil despertaba lujuria en los hombres, y le agradaba. Eso pasó con José, el policía que en esos momentos vivía con su madre en el rancho... hombre cercano a los cuarenta. Marbel ya tenía los senos flácidos; Marlú, la carne firme. Luego de un drama de gritos, típico de allí, el policía se fue con Marlú a otro rancho... más cerca de la Cota 905. COTA 905COTA 905 Diap 40
  • 41.
    :::::: Los caminos ylos seres que los recorren, se parecen. La Cota Mil es sin exageradas curvas, se apoya elegante en la ladera, salta sobre las quebradas con puentes armoniosos, y avanza mirando hacia el este. Altiva, deja la ciudad debajo; y, de tanto en tanto, luego de rebuscados rodeos en los distribuidores, le permite llegar a una avenida que ha subido hasta ella. La Cota 905, casi con cien metros menos, es más humilde; sus curvas primitivas se recuestan a los cerros, y deja que las calles entren y salgan de ella cuando quieran. Sencilla, va por igual a través de un parque, del zoológico de animales, el de los ranchos, o el de los bloques para obreros. Y, mira hacia el oeste. Se detiene frente al monstruo del Helicoide. Hubiese sido lindo ir, dentro su altura, hasta la ciudad universitaria; pero, la Avenida Fuerzas Armadas no se lo permite. Resignada, desciende; y, con calles de otros nombres, siguiendo el río, intentan llegar allí. DE BASTÓNDE BASTÓN Y al final acaban en La Charneca, con su ladera llena de rancheríos. La Charneca tiene en su izquierda a San Agustín, otro barrio de escalinatas. Arriba, la gente deja en los ranchos el cansancio; y, abajo, en los bares, su frustración. A la derecha, con tajante división, está el Jardín Botánico. Un oasis cercado en el cual son tan extrañas las plantas como las personas que raramente se ven por los senderos. A la espalda, tiene la Ciudad Universitaria; donde pocos de ese barrio irán. Y a su frente, a través del río, la antañona urbanización El Conde que el progreso hace desaparecer. La Charneca… Todos dicen que es un barrio peligroso. Pocos lo conocen. Muchos pasan por la avenida a su pie. Nadie sabe cuantos viven en él. Menos, como sienten. COTA 905COTA 905 Diap 41
  • 42.
    :::::: La mezcla deindios, blancos, negros... dará algo especial... o explosivo. Jorge tenía los ojos azules, el cabello rubio y ensortijado. El padre fue un italiano de los que vinieron a trabajar en los túneles de la autopista a la Guaira. De los que traían hambre de comida, de dinero... y de pasión tropical. Dicen que por cada metro de túnel quedó enterrado un italiano. Otros se hicieron ricos. Y, la mayoría hizo parte de la heterogénea masa de emigrantes en esa ciudad. Si su padre estuviese, su madre fuera blanca, vivieran en un apartamento de una urbanización del este, hubiese ido a un liceo pagado, y a Jorge le llamarían el Catire. * Pero, el italiano se fue al acabar el túnel, su madre era negra barloventeña, vivían en un rancho de la Charneca, y él escasamente terminó el colegio público. Por tanto, Jorge era conocido como el Bachaco. DE BASTÓNDE BASTÓN En la jerga popular, bachaco es una hormiga de color marrón claro. Pero, también se les dice a los mulatos de ojos claros y pelo amarillo encaracolado o "chicharrón". El rancho estaba en una parte alta, escarpada, lejos de los demás. La negra tuvo pocos hombres en su vida, costaba llegar al rancho, o quizás a ella le sobraba guáramo. Tenía una venta callejera de empanadas en el Terminal de Autobuses. Con eso crió al Bachaco. No tuvo más hijos. Era brava, le sobraba coraje. Hasta los malandros cobradores de peaje de su calle; ésos que, arma en mano, exigían un pago a la gente por dejarla subir su propia escalinata, le temían. El Bachaco se hizo en la escuela de esa calle. Pudo haber sido otro delincuente juvenil. No salió tan malo. Era sólo un raterito que a veces se drogaba con pega. COTA 905COTA 905 Diap 42
  • 43.
    :::::: No se debedefecar donde se come. El Bachaco no robaba a las personas ni en los comercios de la Charneca o del barrio aledaño, San Agustín del Sur. Le faltaba poco para cumplir dieciocho años. Ya no sería menor de edad, debía tener cuidado de no caer preso... o que el botín fuese suficiente para darle una parte al policía. Probó ser carterista por las Torres del Silencio. Pero, era una zona competida por los expertos, y le causaba temor la proximidad a la venta de empanadas de su madre. Otro ratero lo llevó a la Urbanización El Paraíso. Le gustó el lugar. La gente andaba en las calles. Había mercados, abastos... y hasta ferreterías donde vendían pega. Además, si era sorprendido, resultaba fácil huir al cerro, a la Cota 905, y perderse allí. Se habituó ir y volver por esa sinuosa vía, tal vez le surgían los genes de aquel italiano. Una mañana, en la Avenida Páez, le. arrebató la cartera a una señora DE BASTÓNDE BASTÓN Corrió hacia la montaña mientras sacaba el dinero del bolso para arrojar éste con los documentos. Normalmente eso finalizaba la persecución. Sin embargo, esta vez se había sumado a ella el vigilante de un comercio próximo, quien quería lucirse y también sabía subir cerros. Seguía trepando tras él. Al Bachaco le faltaba el aire. Se arrepintió de haberse drogado en la madrugada con los vapores de la pega. Entró en una escalinata hacia la cota. A punto de llegar a ésta, vio una muchachita frente a un rancho. Era pequeña, le atrajo terriblemente. Volteó hacia atrás. El vigilante aún no había llegado a las escaleras. El Bachaco y la muchacha se miraron... Ella abrió la puerta, él entró... Cerraron... Quizás ella lo necesitaba, o a él la carrera le excitó, o eran jóvenes... Pero, al rato se poseían con pasión. Así, conoció a Marlú. COTA 905COTA 905 Diap 43
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    :::::: Los hombres sonpeores que los perros para olfatear cuando una hembra está ardiente. Marlú ahora tenía dieciséis años de verdad. Y no le era infiel por primera vez a José, el pobre y cuarentón policía. En dos años, rápidamente se fue la novedad de tener un hombre mayor, y él perdió el atractivo de la experiencia. Tal vez a su madre, esa vieja de 32, la podría conformar. Pero, ella tenía 16, era joven... y quedaba insatisfecha. El policía se iba temprano y volvía tarde. Marlú salía a la puerta a desahogar su aburrimiento. El rancho estaba a pocos metros de la Cota 905, allí pasaban cosas... y jóvenes. Unos pasaban en moto; otros, corriendo como el Bachaco. Pero, está vez ella se enamoró de él. De su rubio y chicharrón pelo, de sus ojos claros, de su piel morena. Él se enamoró de ella con todo el fervor de su juventud. No le importó que fuese la mujer de un policía. Y que los podía sorprender en esas tardes de entregas apasionadas. DE BASTÓNDE BASTÓN Brito era un policía motorizado, conocía a José, vivía en la 905, tenía treinta años, le decían el Macho porque no perdonaba mujer... y cada tanto lo hacía con Marlú. Una tarde fue por el rancho; llamó, quería tenerla. Marlú salió, cerrando la puerta tras ella y rechazándole. El Macho quedó arrecho. Y, malicioso, simuló irse. Al rato, desde lejos, vio salir al Bachaco. Dicen que no hay animal más peligroso que una mujer despechada. Pero lo hay: es un hombre que se cree macho. Por varios días siguió al muchacho hasta donde vivía. Supo cuando la negra se iba para el Terminal, cuando el Bachaco quedaba solo, cuando se acostaba con Marlú. Y una noche, luego de haberle hecho tomar unas cuantas copas a José, le dijo al cuarentón lo que había visto. Y, como buen compañero, le aconsejó... COTA 905COTA 905 Diap 44
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    :::::: No hay cotaspara la maldad. Luego haberle repetido los inútiles consejos de siempre, la madre del Bachaco salió para su puesto en el Terminal. Era el mejor momento para vender las empanadas. A esa hora, el lugar estaba lleno de obreros y empleados que tomaban los autobuses para ir a sus lugares de trabajo. Y la mayoría se hallaba mal desayunada. El muchacho la despidió con bromas. Se quedó en la cumbre, viéndola hasta que ella cruzó la pasarela sobre el río... Y entró, para destapar una escondida lata de pega. Una hora después el Bachaco oyó el ruido de una moto en la puerta del rancho en la Charneca. Ninguno de sus amigos venía en la mañana. Medio drogado, fue a ver. No alcanzó siquiera a dar un paso afuera. Dos policías se abalanzaron sobre él, arrastrándole a golpes hacia adentro. Reconoció al marido de Marlú, y éste llamaba Macho al otro. DE BASTÓNDE BASTÓN Dentro, fue una sucesión de torturas sádicas. El Bachaco deseaba que llegase la muerte para no sufrir más. Oyó al Macho diciendo que quizás Marlú se habría encandilado con esos ojos claros. Y el cuarentón, frustrado, miserable, José tomó la abierta lata de pega... ¡Pegándole las pestañas de los ojos!... El grito del Bachaco fue horripilante. Loco de dolor, ciego, intentó huir. Le dispararon, cayó abaleado. Muerto, los policías se lo llevaron en la moto, poniéndolo entre los dos. Al ir bajando, los vecinos amenazaban con denunciarlos, que tenían sangre en los uniformes. Y ellos les respondían que éstos se lavan, desaparece la sangre... ¡y los muertos! Nunca encontraron el cadáver del Bachaco. Su madre se fue para Barlovento. Marlú siguió viviendo con José cerca de la Cota 905. Pocos meses después parió. Tuvo una niña. COTA 905COTA 905 Diap 45
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    :::::: América... me huelesa mujer enamorada, querida siempre, y siempre abandonada. (Canción de José Luis Perales) Ha pasado el tiempo. La Cota Mil siguió avanzando hacia el este, sirviendo de unión y vía de alivio a las cada vez más distinguidas urbanizaciones. En cambio, la cota 905 no avanzó nada. Más aún, los barrios pobres, los rancheríos, el malandraje la fue cubriendo. Al punto que cuesta definirla en los cerros. Ya nadie sube a ella para ver la ciudad. Y si lo hiciera, nada vería. Menos la recorren los coches de la clase media. Sólo los camiones con cerveza se atreven a cruzarla. En un rancho cerca de la 905, hay una mulatita. Afirma tener 16 años. La verdad, sólo tiene 14. Pero, con la experiencia de veinte. DE BASTÓNDE BASTÓN Su madre, de 32, se llama Marlú. Ya tiene los senos flácidos. Y vive con otro marido de turno. Su abuela, Marbel, de 47, es una vieja. Pero, aún logra un hombre a su lado. Y asegura que es nieta del general Gómez. La mulatita tiene una figura infantil que despierta lujuria. Cuerpo pequeño, curvas bien formadas, andar sensual. Y no necesita aprender que es el sexo. Se llama Marjó. Su madre dice que es por María y José... El policía que vivió con ella en aquel entonces. Pero calla que existió Jorge, el que llamaban Bachaco... El que iba y venía por la Cota 905. ...oo0oo... Basado en un suceso policial verídico. COTA 905COTA 905 Diap 46
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    Hacía varios díasque la garcita llegaba en un armonioso planeo hasta la plaza. Me extrañaba que siempre fuese al mismo lugar y a la misma hora. Era como una cita. A las tres de la tarde, ya con la serena paz de la siesta. E iba hasta un árbol frondoso. Nada se podía ver bajo él. Menos desde los edificios cercanos. Sin embargo, no sé, parecía que había alguien con la garcita. Era una sensación etérea. Alguien a quien el ave miraba cada vez que interrumpía su picotear en la grama. Creí vislumbrarla entre las aberturas que se intercalaban entre las hojas. Entre los ramalazos de realidades presentes y los recuerdos que volvían continuamente. Salí. La calle vacía, el barrio silencioso, la plaza solitaria. DE BASTÓNDE BASTÓN Caminé. Al llegar cerca de la garza, me invade la emoción. No estamos solos... también está Moro. La lógica me dice que es imposible... Ella se fue en un lugar muy lejano de aquí. Y se fue para siempre. Pero... ¿hay lógica para los sentimientos? Me sonríe. Con esa triste y melancólica sonrisa tan de ella. Y oigo que me dice: –Llevo varias tardes charlando con la garcita. Los veía a ustedes allá arriba, mirando lejos... Y que recordaban los lindos momentos que pasamos en esas ventanas. No puedo hablar. Es demasiado profundo lo que siento. Ella continúa con esa serenidad propia: –Lo mismo le pasa a Otto. Lo veo salir, mirar la placita de los teros. Mirar lejos, mirar cerca. Se siente solo... Aún no sabe que ahora estoy junto a él más que nunca. La observo con una muda interrogación en mis ojos. LA GARZA, EL TERO Y … Diap 47 La realidad más absoluta se encierra en tres palabras: Ya no está. 12 LA GARZA, EL TERO Y... (V) Para Otto
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    –No te extrañe.–sigue– Para la realidad diaria, no estoy en una realidad presente. Sin embargo, lo estoy cada vez que me recuerdan... y lo estoy como me recuerden. Vuelvo a observarla. Como si fuese natural, la veo con el rostro de jovencita, como la alegre compañera de trabajo, como la amiga hermana de mi esposa. Y resurgen tantos momentos... Y la veo con la presencia que tenía en cada uno de ellos... Y sonrío, dichoso. –¿Te das cuenta? –pregunta, viendo mi rostro– Ya no hace falta tomar un avión ni mirar una vieja fotografía. Estoy con ustedes... sin distancia y sin tiempo. Levanto las cejas, moviendo la cabeza al comprender esa verdad. Eterna verdad que cuesta aceptar. Los ojos se me humedecen. Observo la pequeña garza disimulando. –¡Viste qué linda la garcita! –me comenta, agregando– Y buena compañera. Fue el tero de la placita que me dijo que viniese aquí, que ella me guiaría... DE BASTÓNDE BASTÓN Vuelvo a mirar a Moro con una interrogación tácita. –Sí... –aclara, sonriendo ante mi duda– Yo puedo ir y estar donde me recuerden. Pero, el tero tendría que volar muchos kilómetros. Él, como ustedes, aún tiene un cuerpo. Siento un aleteo a mis espaldas. La garcita ha levantado vuelo. Y en el aire me parece que se transforma en un tero. El tero de una placita que está mucha distancia de aquí. Cuando giro, también se ha ido la figura de Moro. Pero, pienso en sus palabras. Y retorno a recordarla... y con cada recuerdo ella está... y como era en cada momento. Retorno a mi presente. Vuelvo a la realidad. Lejos, veo en el aire una manchita blanca. ¿Será la garcita?... ¿Será el tero?... ¿Será Moro que va con ella? Todo es posible. No hay lógica para los sentimientos. ...oo0oo... LA GARZA, EL TERO Y …LA GARZA, EL TERO Y … Diap 48
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    Sucedió faltando unaño para que el siglo veinte llegara a su mitad. La guerra en Europa había terminado y la bonanza en los países sudamericanos comenzaba a decaer. Y sucedió a unos jóvenes que iban a Preparatorios. Aquel filtro que existía, luego de terminar el liceo, para poder ingresar a las distintas facultades. Ése ubicado en la calle Tristán Narvaja; llamada con cruel ironía: Triste Navaja, ya que la mayor parte de los jóvenes degollaban sus sueños abandonando sus estudios allí. El primer corte era dejar las clases diurnas, ir a trabajar y concluir el bachillerato yendo a Preparatorios Nocturno con clases de ocho a doce de la noche. Un mito. Pero ese país era utópico y su gente irreal. Tanto, que sus pobladores habían sido ricos y nunca se dieron cuenta. DE BASTÓNDE BASTÓN En todo grupo hay líderes y sumisos, alegres y serios, poderosos y sencillos, rebeldes y serenos, locos y formales. Además, ellos aún tenían la fortuna de su juventud. Gracián era de los locos; Daniel, de los formales. Una vez, un día feriado, los muchachos se juntaron para hacer una excursión. Poco se necesita cuando se es joven. Fueron para una sierra en un departamento hacia el este. En realidad era la parte alta de una simple cuchilla. En ese país lo pequeño se eleva, y lo grande se achica. Tomaron el ferrocarril. Salieron de la capital. Llegaron a la pueblerina estación. Y de inmediato se dirigieron hacia la sierra, a un lugar famoso: Las Lajas del Diablo. Eran unas rocas negras, planas, lisas, muy empinadas. Los más audaces las subieron corriendo. Y aquellos que no lo eran, los siguieron arrastrados por el amor propio. LAS LAJAS Diap 49 Las cosas hay que hacerlas. Aunque sea mal, pero hacerlas. (Domingo F. Sarmiento) 13 LAS LAJAS (U) Hecho real.
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    :::::: Gracián fue unode los primeros en llegar a la cima. Entre éstos se hallaba uno que tenía una filmadora; un lujo en esa época, aunque fuese a cuerda y de enfoque manual. Mientras él filmaba, los demás ayudaban a los rezagados. En la mitad de la subida había quedado Daniel. Estaba boca abajo en la laja. El miedo lo hacía deslizar. Y surgieron las reacciones típicas de hombres: Bromas, gritos, consejos, risas, nervios. Pero, nadie iba en su ayuda. Gracián recordó que tenía una soga en su bolso. La sacó. Dando una punta a un compañero, con la otra bajó hasta Daniel. Lo ató con la cuerda. Le ordenó subir gateando. Y, viendo que dudaba, le soltó una grosería. Daniel reaccionó. El de la cámara siguió filmando como subía, poco a poco y halado por sus amigos. En tanto, Gracián, sin ayuda alguna volvió arriba en diagonal. Esa misma tarde retornaron a la capital. DE BASTÓNDE BASTÓN Días después se proyectó la película. La cara de Daniel llegando a lo alto, merecía un premio cinematográfico. Pasó el tiempo. La mayoría de esos jóvenes engrosaron la masa gris de los que no pudieron terminar Preparatorios, convirtiéndose en otros cínicos intelectuales. Daniel se casó, tuvo hijos, y trabajaba en un lugar donde sobreviviría cuidando los años para la futura jubilación. Gracián también se casó, se fue alejando de ese grupo de compañeros, de Preparatorios... y un día se alejó del país. Cierta vez que éste había vuelto de visita, Daniel lo invitó a almorzar en un restorant. El brindar, le reiteró: –Vos me salvaste la vida... –Yo, no. –dijo Gracián– Fue una cuerda y una grosería. Gracián era de los locos; Daniel, de los formales. Pero, ambos rieron. Las lajas los habían hermanado. ...oo0oo... LAS LAJASLAS LAJAS Diap 50
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    Era otoño de1940. Estábamos en la clase de quinto año del turno matutino de la escuela pública. Ya había pasado el recreo de media mañana. Y, mientras digeríamos los napoleones comidos con el vaso de leche dado por ley, tratábamos de resolver los ejercicios de aritmética. Luego de unos leves golpes en la puerta, entró el director trayendo un nuevo alumno. Nos pusimos de pie, era la norma. Además, el porte marcial del director lo imponía. Saludó. Habló con nuestro educador. Dejó al nuevo. Y se retiró dejando una estela de autoridad. El muchacho seguía en el frente. No era muy alto, pero sí corpulento. El maestro le ordenó escribir su nombre en el pizarrón, y a los demás que nos sentáramos. Stefan Svichtov. DE BASTÓNDE BASTÓN Eso puso en letra de imprenta, con trazo firme, seguro. Y al preguntarle el maestro el origen y como se pronunciaba, respondió con igual personalidad. El maestro desenrolló la lámina de Europa, pidiéndole que señalara a la clase donde estaba su país. Con el dedo, el muchacho marcó el contorno de uno en color verde: Bulgaria. Luego recorrió una sinuosa línea azul: El río Danubio. En su margen derecha señaló un punto, una ciudad: Svichtov. Por el apellido le tocó sentarse casi al fondo de la clase. Allá se dirigió, siendo recibido con una mirada mezcla de compañerismo y admiración. Era un emigrante más. ¡Y una ciudad se llamaba como él! Fue el búlgaro Estefan. No sabíamos hablar sin vocales. A mediodía, al finalizar el turno, se formaban grupos yendo hacia las casas. Yo era de los pocos solitarios. Me asombré al ver que Estefan tomaba la misma calle. EL BÚLGARO Diap 51 Aquellos duros bizcochos color marrón, que alguna vez habrán tenido el perfil de Napoleón. 14 EL BÚLGARO (U) Hecho real.
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    :::::: Los niños nonecesitan presentaciones. A los pocos minutos estábamos charlando mientras íbamos pateando una piedrita que fungía de pelota. La voz de él era grave, ronca. Y, aún riendo, de tono bajo. Se explayó más al saber que yo también era europeo. Ser extranjero es algo que une a los que viven en otro país. Dijo que hacía poco que habían llegado, que antes habían estado en una pensión del puerto; y, al encontrar sus padres trabajo en el frigorífico, se mudaron al barrio. Me extrañó lo bien que hablaba el español.. Pero, es sabida la facilidad de los eslavos para los idiomas. Más me asombró que al llegar a la esquina de mi cuadra, doblase también. Le pregunté dónde vivía. Con aplomo, Estefan dijo que en el conventillo. Llegamos a mi casa. Mi madre me esperaba en la puerta. Le presenté a Estefan, resumiendo lo que sabía de él. DE BASTÓNDE BASTÓN Era mediodía. De adentro llegaba un aroma apetitoso. Y, cosa poco común, mi madre le dijo si quería almorzar conmigo. Estefan, muy formal, agradeció respondiendo que tenía comida dejada por su mamá. Nos despedimos. Mi madre y yo quedamos viendo hasta que llegó al baldío y dobló. Por allí se cortaba para ir al conventillo. Los conventillos solían ser viejas casonas que convertían las salas en habitaciones. Pero, el de mi barrio era distinto; era nuevo, construido en un largo y estrecho terreno. Por un descubierto corredor lateral, pegado al baldío, se llegaba a las puertas de los ínfimos apartamentos. Y al final había una escalera que subía al único en el segundo piso. Ese día almorcé en silencio. Recién comprendía que si su madre y su padre trabajaban, él quedaba solo en su cuarto. Un cuarto más entre los tantos de esa casa de inquilinato. EL BÚLGAROEL BÚLGARO Diap 52
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    :::::: Esas grandes habitacionestan frías.. Se hizo habitual que volviéramos juntos de la escuela. Un mediodía, mi madre le dijo a Estefan que viniese a tomar la merienda conmigo. Y él, quiso saber a que hora. Le dijimos que a las cinco. Nos preguntó si podía llegar a las cinco y cuarto, ya que a la cinco finalizaba su clase de música. Sin salir del asombro, respondimos que sí. Sus padres eran obreros que ganaban muy poco, vivían en uno de los apartamentos pequeños del conventillo... ¡Sin embargo, le pagaban clases de música! Y así vino, puntual, trayendo bajo el brazo su libro de pentagramas. Tomamos café con leche, dulces, galletitas... y nos admiró hablando sobre temas musicales. A los pocos días Estefan dijo si yo podía merendar en su casa. Mi madre me aconsejó un montón de cosas. Ni la oí. La curiosidad de entrar en el conventillo me dominaba. DE BASTÓNDE BASTÓN Cuando pasé la puerta quedé parado. Un mínimo cuarto era entrada, recibo y cocina. En un rincón había una cama casi pegada al techo. Estefan me dijo que allí dormía él. Con confianza, me mostró otra habitación más pequeña: el dormitorio de los viejos. Y, finalizando, un microscópico cuarto de baño donde había que hacer piruetas para entrar. Al poco rato llegaron sus padres. Eran igual de fornidos. Del hombre emanaba fortaleza y simpatía. La alegre mamá, de inmediato comenzó a calentar la leche y el café. Tenían sólo un Primus, aquellos quemadores que teñían de negro las ollas, impregnaban el aire de olor a kerosén, y en invierno entibiaban los ladrillos para la cama. El viejo contaba cosas, la señora nos servía la comida. Estuve hasta tarde. No había lugar ni para moverse. Pero había un agradable calor... y no venía del Primus. EL BÚLGAROEL BÚLGARO Diap 53
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    :::::: Paganini, Stradivarius... yunos perros Algunos sábados de mañana, Estefan venía a mi casa a hacer juntos los deberes y luego jugar en el patio. Otros, iba yo a su minúsculo apartamento del conventillo. La razón principal era esperar que su madre hiciera unos deliciosos morrones sobre una lata calentada en el Primus. Una vez el padre llegó trayendo un violín. Dijo que era para Estefan. El muchacho lloró de felicidad. Y desde ese día fue a las clases de música con ese estuche. Para tocar ese instrumento se necesita mucha paciencia, mucho sensibilidad y mucha práctica. Las dos primeras le sobraban, la tercera era imposible en el conventillo. Por tanto, iba al baldío. Al inicio, los sonidos eran como si estuviera pisando la cola a un gato; haciendo alborotar las gallinas y ladrar los perros del rancho de la esquina. DE BASTÓNDE BASTÓN Con los meses las gallinas se calmaron, los perros sólo cada tanto aullaban tristes, y a veces hasta el negro que vivía en el rancho salía con la vigüela a puntear con él. Llegamos a sexto. En la ceremonia de fin de año, Estefan tocó el himno nacional con la vieja profesora de piano. Luego nos separamos, yo fui al liceo; él, al Conservatorio de Música. Un día supe que se habían ido del conventillo. :::::: Han pasado muchos años. Estoy muy lejos en el tiempo y la distancia de aquel baldío, del conventillo, de mi niñez. Pero, aún hoy, cada vez que oigo interpretar un solo de violín por algún artista afamado... y luego escucho los aplausos, no puedo evitar que surja en mí una pregunta: ¿Será capaz ese virtuoso de hacer callar las gallinas y los perros del rancho, como lo hizo el búlgaro Estefan? ...oo0oo... EL BÚLGAROEL BÚLGARO Diap 54
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    Venía asombrado porla luminosidad del sol, el color y la grandiosidad de la naturaleza, la transparencia del aire y la reverbancia del calor en la carretera. Y, por la forma que conducía mi amigo en esa sinuosa vía. Burlón, dijo que antes había sido un camino de burros, agregando que los malos choferes estaban muertos. De pronto, luego de una curva, disminuyó la velocidad. Y, en rápido giro, cruzó la vía frenando frente a una cadena entre un tronco y un trozo de viga de hierro. Yo no podía reaccionar. Habíamos atravesado la carretera cruzando entre enormes camiones marchando... y ahora el paisaje que tenía delante mío era espectacular e incongruente. A la izquierda, un sendero en cemento llevaba hasta una antañona casa colonial. DE BASTÓNDE BASTÓN A la derecha, el terreno iba bajando hasta llegar a un arroyuelo bordeado de bambúes. Frente, en forma de loma, un fabuloso jardín con árboles del pan, palmas, nísperos y laureles; todos creciendo entre verde césped y salientes negras rocas romas. Mi amigo bajó a soltar la cadena... ¡No había portón ni vigilante!... Sentí una mezcla de desconcierto y tristeza... ¿En ese lugar tan bucólico debía construirse una industria? Volvió y condujo el coche hasta la entrada de las oficinas, la antigua casona. Bajamos, observé maravillado. El frente había sido hecho con cantos rodados del cercano río. Tenía dos inmensas ventanas, de más de tres metros de largo por dos de alto... ¡de un solo vidrio enterizo! El dintel era un añoso y rústico tronco, cuadrado a golpes de hacha. Bajo un futurista dosel llegamos a la gruesa puerta, leí en ella un año grabado a fuego... ¡era de dos siglos atrás! Y en medio del respeto y la curiosidad, pasé. EL PENSADOR Diap 55 Algunas veces pienso. Qué mala costumbre, esa de pensar! (Poemas Grises 15 EL PENSADOR (V) Hecho real.
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    :::::: Al entrar, loprimero que llamó mi atención fue el piso. Estaba hecho con ladrillos quemados y comunes, pero lisos y brillantes de tanto pulirlos y encerarlos. Seguramente fue la sala de esa casona lejos de la ciudad. Tendría cuatro yardas de ancho por diez de largo. A mi derecha, otra gran ventana mostraba el elevado jardín. Mi amigo era pintor, artista, escenógrafo... Y volcó su arte allí. En la pared del frente los cantos rodados seguían por dentro, en tanto la opuesta era totalmente lisa y mate. En el centro de ésta, una puerta corrediza daba a una escalera que bajaba a un gran patio que servía de estudio, a un par de habitaciones, al baño y a un pequeño taller. Por las enormes ventanas de la sala se veían árboles de caucho, de los cuales colgaban raíces aéreas. El cielorraso, de finas y largas tablas, tenía embutidas luces teatrales. DE BASTÓNDE BASTÓN Cada tanto, contra las paredes, había sobrios butacones con cojines grises. Y en el centro del cuarto, un rectangular y moderno escritorio con tres sillones. Miré la pared del fondo. Tenía la proporción regia. ¡Quedé atónito!... Toda ella, de arriba a abajo, de extremo a extremo, estaba cubierta por la fotografía en blanco y negro del torso del Pensador de Rodin. Gigantesco, introspectivo, con su codo afirmándose en el piso, daba la impresión de surgir de la tierra. Agachado, apoyaba su mentón en una mano cuyos índice y pulgar parecían guardar algo. Sus ojos, perdidos en lo profundo, daban la sensación de estar fijos en la rectangular mesa. Mi amigo dijo que bajaría al estudio, preguntó si quería permanecer en el escritorio. Contesté que sí. Y, sentándome en un sillón seguí frente al Pensador... ¡Tenía tantas cosas que pensar! EL PENSADOREL PENSADOR Diap 56
  • 57.
    :::::: Lo que aprietaentre los dedos el Pensador... ¿No será una moneda devaluada? (Reflexiones de Humgrand Penn De Joc) Se sucedieron los meses y los hechos. Se puso una caseta y un vigilante. El terreno se aplanó. Se erigieron galpones. Se levantó una fábrica. Los bambúes se secaron. El estudio y las habitaciones se transformaron en oficinas administrativas. Una industria mantiene a un artista, pero un artista no mantiene a una industria. Y el artista se fue. Los años pasaron tortuosos por la serpenteante carretera. Vinieron con cosas buenas y cosas malas. Pero, siempre trayendo cambios. No hay dos presentes iguales. Sin embargo, había cosas que seguían igual: La cadena a la entrada, entre el tronco y la viga de hierro. El extraño jardín con el árbol del pan. Y El Pensador en el largo salón. Yo alternaba mis días entre mi familia y la fábrica. DE BASTÓNDE BASTÓN Cuando estaba con ellos, en enseñar a mis hijos, frutos del tiempo, y llevarlos a la fábrica diciéndoles que ese hilo de agua sucia había sido un arroyo con bambúes y pájaros. Cuando estaba en ésta, en enseñar y aprender junto a los obreros, yendo de la mesa de dibujo al escritorio junto al Pensador, con instantes de decisiones y otros de reflexión. En el país surgió un auge económico. Inversores extraños entraron a la empresa. Los obreros se volvieron operarios; los capataces, supervisores; los maestros, técnicos. Llegó alguien con la figura del Gerente General que, como es común, son más generales que gerentes. Mandó poner portón en la entrada, uniformar y armar al vigilante, levantar una cerca de púas frente a la carretera, dividir el gran salón en su oficina personal y una recepción para el público, cubrir con madera todas las paredes. ¡Y El Pensador quedó bajo ese forro de apariencias! EL PENSADOREL PENSADOR Diap 57
  • 58.
    :::::: Según Lenin, lasnecesidades del hombre son insaciables. Ese hombre necesitaba ser. En la pared de la fotografía, a la izquierda, hizo colocar una puerta para su baño privado. Y en el centro del muro... ¡incrustar una ínfima caja fuerte! Dentro mío me pareció oír los gritos del Pensador. En la caja guardaba un revólver y, los viernes, los sobres de pago al personal; cosa que él dirigía personalmente. En esas ocasiones, yo, silencioso, reflexionaba que detrás de él estaba viéndolo un pensador prisionero y destrozado. El tiempo siguió pasando. A los pocos años la sinusoide de la economía tomó la curva descendente. Se fueron los extraños inversores, los gerentes, ese hombre... Cuando la línea tocó fondo, se pidió a los obreros y a los maestros que no la dejaran hundir... Como no sabíamos de finanzas pero sí de sentimientos, nos abocamos a ello. DE BASTÓNDE BASTÓN Lo primero que hicimos fue sacar el revestimiento que tapaba aquella pared. Casi lloramos por la ironía: ¡La caja fuerte había quedado justamente como agarrada por la mano del Pensador!... Y yo creí ver una sarcástica mueca en su rostro introspectivo. Luego fueron meses y meses de sacrificios y dedicación. Pero, el mal era mucho y los remedios muy pocos. Una mañana nos reunimos frente a aquella fotografía, nos repartimos unos sobres que contenían billetes por cada año de trabajo. Y, con una triste sonrisa, nos despedimos. Todo eso pertenece al ayer. El tiempo no se detiene. Jamás olvidaré ese lugar. Muchas veces tuve que sentarme en los sillones de ese escritorio; algunas, mirando de frente al Pensador; otras, dándole la espalda. Pero, siempre, siempre... sentí su mirada. ...oo0oo... EL PENSADOREL PENSADOR Diap 58
  • 59.
    La nueva criatura,al abrir los ojos, vio sobre ella una diáfana bóveda celeste veteada por blancas manchas que se movían cambiando de forma. Quedó asombrada, tanto que ni prestó atención al níveo ser que tenía su lado. Pero éste emitió un sonido, áspero y tierno a la vez, diciéndole cariñosamente: Aigrette. Oyó un graznar parecido y dirigió su mirada allí. Otra ave cercana, y semejante, la llamaba de la misma manera... y comprendió que ellos eran sus padres y ése su nombre. Instintivamente lanzó un fuerte chillido famélico. Hacía tiempo que se había acabado el alimento dentro del huevo, obligándole el hambre a romper la cáscara. Su madre le regurgitó una sabrosa mezcla en el abierto pico mientras su padre, el que estaba en esa rama próxima, levantó un pesado vuelo después de un lento aleteo. En pocos días, Aigrette aprendió que pertenecía a la familia de las garzas, que sus padres la alimentaban por igual, que se turnaban para no dejarla sola. DE BASTÓNDE BASTÓN Ya que, bajo aquel bello cielo azul, también había depredadores. Una vez asomó su cabeza sobre el nido y vio los de las otras garzas. En ellos había tres o más pichones, hasta uno con cinco. Todos gordos y con bastante plumones. Se miró a sí misma... Era única, solitaria, magra, apenas tenía unos brotes de plumas... Quizás fuese que los padres de ella eran los más viejos de la bandada. O, que los demás pichones siempre estaban pidiendo comida y tragándola, en tanto a ella le gustaba más mirar las nubes y unos pájaros oscuros que planeaban muy alto. HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE Diap 59 Yo nací en la ribera... Soy hermano de las garzas... (Canción Alma Llanera) 16 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE (V)
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    Su madre leindicó que se llamaban zamuros, que debía cuidarse de ellos, que eran sucios, feos, negros, comían carroña... y, a veces, huevos y pichones de otras aves. Aigrette sintió que la recorría un escalofrío. Aunque, no podía evitar seguir admirándolos al verlos volar en lo alto, en círculos, serenamente, elegantes. Pasó el tiempo. La pichona se convirtió en una blanca y estilizada garza. Como sus congéneres, tenía el cuerpo poco voluminoso; pero las patas, el cuello y el pico, largos. En ese tiempo descubrió que su colonia vivía en un gran árbol a orillas del río Guaire. Extrañada, vio que la colonia de los zamuros habitaba en otro frondoso árbol cercano. Le fue fácil aprender a volar. Y hacerlo como su especie, con el cuello encogido. Con pocos aleteos se elevó del nido. Tal vez le ayudó su delgadez. En cambio, algunos de sus primos caían al suelo. Muchos morían al dar contra el cemento de la canalización del río, siendo llevados por el agua o comidos por la rapiña. Aigrette era aún chica, le faltaba llegar al medio metro de estatura de sus padres. Pero, sus plumas escapulares con barbas en fleco, eran más hermosas que las de los viejos. DE BASTÓNDE BASTÓN Aprendió con ellos a cazar y pescar en el río y en sus orillas. Esbelta, se le veía vadeando con lentitud o en pose estática, lanzando en forma brusca un picotazo. Iba con sus padres a la desembocadura de la quebrada de Sebucán que, embaulada, descargaba en el Guaire. Ellos le decían que todo eso había sido un gran y bello campo. Pero ese bípedo implume y áptero ser, llamado hombre, fue invadiéndolo con sus nidos de concreto. Sin embargo, allá al oeste, en su inicio, el río seguía aún siendo natural. Aigrette, una mañana, en impulso incontenible, voló hacia las cabeceras, a las montañas próximas a los Teques. Ignoraba que ese vuelo iba a marcar su destino. Diap 60 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 61.
    :::::: De una formau otra, todos somos emigrantes... Urubú, en lo alto del chaguaramo de ese bosquecito, que ahora era una ínfima isla de vegetación junto al río Guaire, miraba la corriente barrosa de éste. Los demás zamuros, sus compañeros, ya se habían marchado al árbol ribereño que le servía de dormidero. Sabía que, con el anochecer, cuanto más tardase, más le costaría volar hacia la rama donde pernoctaba. Pero, no le importó... diferente a los demás, gustaba de la soledad. Uno, había aprendido a planear con la brisa que traía el Guaire sobre sí. Dos, era un zamuro más delgado que la mayoría. Y tres, fue de los pocos pichones sin hermano. Urubú recordaba el primer instante que vio la claridad. Más bien, la negrura. Ya que ambas aves que lo miraban eran terriblemente negras... aunque, él las vio hermosas. En el nido seguía otro huevo de color gris. La incubación, de seis semanas, había sido efectuada por ambos padres. Pero su hermano, que debió ser el mayor, jamás eclosionó. Cuando pudo ver los demás nidos hechos por los otros zamuros en las ramas de ese árbol, notó que todos tenían dos pichones. DE BASTÓNDE BASTÓN Él era un solitario... y así creció. Por eso amó más a sus padres. Le intimidaban algo esas aves de plumaje negro, cuello y cabeza desnudos y con pliegues. Sólo el iris de los ojos y pies eran color pardo. Tenían de largo setenta centímetros. Las alas abiertas medían un metro y medio. Pesaban casi dos kilos. Poseían un pico aguzado con punta curva que infundía temor. Pero de ambos picos, Urubú recibía alimento y ternura. El pichón blanco, los zamuros nacen con plumón blanco, les saludaba con un suave y ronco sonido cuando llegaban al nido. Y ellos le respondían con una especie de arrullo. Diap 61 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 62.
    Desde pequeño leatrajo la albura de las aves que vivían en un árbol cercano. Se extasiaba con su armonioso vuelo de aleteos. Y de las poses estáticas con que se paraban. Su madre le previno que no confiara en la quietud de esos pájaros. Que eran flacos y desgarbados. Y asesinos. Que comían seres vivos. Hasta los pichones de otras aves. Urubú sintió repugnancia y terror a la vez, imaginándose atravesado por el estilete de esos picos. Sin embargo, no dejó de admirar a las garzas por su blancura y serenidad. Urubú creció pequeño y delgado. Pero, ya a los cuatro meses dejó el nido. Salió volando en el primer intento. Mientras muchos de sus jóvenes compañeros preferían hacer largas caminatas a pie, pudiendo ya volar; a él le encantaba ascender hasta llegar a las nubes. Era el que llegaba más arriba con las corrientes térmicas. Y el que llegaba más tarde a comer. Los que vuelan más alto, son los últimos en bajar al festín de la carroña. Una vez, preguntó a su padre por qué le habían puesto Urubú. DE BASTÓNDE BASTÓN El viejo zamuro contestó que era el nombre de un raro ancestro aventurero, ya que los zamuros no emigran, que siglos atrás llegó volando desde tierras muy al sur. Agregó que antes, ellos deambulaban por los bosques exuberantes y colinas de ese valle, limpiándolos de los restos de animales muertos por viejos o enfermos. Pero, el hombre cubrió el valle con sus casas, su basura. Y su abuelo, también llamado Urubú, tuvo que irse con su colonia a ese árbol... para encontrar alimento a su familia, aunque fuese en los desperdicios. Urubú quedo pensativo. La siguiente mañana se elevó con la primer corriente de aire. Y remontando el curso del Guaire, se dirigió a los bosques en las montañas. Él no lo sabía, pero iba hacia su destino. Diap 62 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 63.
    :::::: Que si élme manchará de negro, yo estoy manchándolo de blanco. (Poemas Venezuela Tiene Nombre de Mujer) Aigrette disfrutaba de los pequeños pececitos que sacaba en las límpidas y transparentes aguas del inicio del Guaire. Entre tanto, muy alto, Urubú llegó planeando en círculos. Vio una estática mancha blanca junto a la orilla. Creyendo que fuese un animal muerto se lanzó velozmente. La garza oyó el silbido de la picada y levantó su grácil cuello. Quedó asombrada al ver que la negra forma de un zamuro bajaba desde el cielo, y hacia ella. Urubú la reconoció. Era la más delicada de sus vecinas garzas. Y, sacando fuerzas de su orgullo y timidez, frenó... yendo a caer parado y en forma aparatosa cerca de ella. Aigrette también lo reconoció. Muchas veces lo había admirado por ser el que planeaba más alto. Pero no pudo evitar lanzar una risa gutural al verlo ahora tan cómico. Él se acercó con sus típico saltos de zamuro y riendo de sí mismo. Ése fue el comienzo de una charla indefinida. DE BASTÓNDE BASTÓN Vio asombrada que él, aprovechando un cercano charco, se bañaba con deleite. Y, al salir, que abría las alas para secarlas... Y sintió una agradable emoción dentro ella. Él era macizo, fuerte, sus negras plumas brillaban al sol. Sintiéndose magra y desgarbada, ella se posó ocultando las largas patas debajo y recogiendo el pico en su pecho. Tal actitud despertó ternura y pasión en Urubú, yendo a posarse también a su lado. A veces hablaban y a veces no lo necesitaban hacer... las palabras sobraban. En el atardecer volvieron volando juntos hacia sus nidos. Pero el deseo los dominaba. Se detuvieron a los pies de unos bambúes, cerca del puente de Chuao... y se amaron. Y allí decidieron no decirlo, por ahora, a sus familias. Diap 63 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 64.
    Difícil es ocultarel amor, y aún más si es prohibido. Un anochecer, Aigrette, cuando quiso volver a su nido luego de estar con Urubú, las demás garzas no se le permitieron. La expulsaban del árbol con gruesos gritos guturales; le increpaban, furiosas, diciéndole que por haberse unido a un zamuro contagiaría de infecciones a sus pichones. Y reforzaban sus gritos con picotazos en el cuerpo de la repudiada. Buscó apoyo en sus padres... éstos ocultaban, avergonzados, la cabeza entre las plumas del pecho. Ninguno la defendía. Es inútil razonar con una bandada que no piensa. Herida en la carne y en el alma, volvió con Urubú; quien la esperaba en el terraplén del Guaire. Alicaídos, tristes, fueron al árbol de los zamuros con la esperanza de encontrar asilo para su amor. No hallaron allí más comprensión. Las hembras zamuros, con sibilantes bufidos, los echaron gritando que ella, con su largo pico, devoraría sus polluelos y huevos. Los machos abrían amenazantes sus picos y extendían sus alas. Urubú ni buscó los padres de él. Pocos antes habían muerto... quizás de vejez... o de callada ignominia. DE BASTÓNDE BASTÓN Exilados de sus colonias, en la penumbra, solos y juntos, los enamorados se refugiaron a los pies de los bambúes, donde había sido el inicio de su romance. Y en el silencio de la noche, desahogaron su amargura y frustración. Nunca se sabría cuántas reflexiones tuvieron. Al llegar la madrugada, comprendieron que su amor nunca sería posible. Que no podían ir contra la naturaleza, contra la realidad, contra el miedo de los ignorantes. Con los primeros rayos del sol, Aigrette levantó vuelo remontado el río, casi pegada al río. Poco después lo hizo Urubú por el mismo camino, pero aleteando más alto. Se habían prometido a sí mismos... no juntarse más. Diap 64 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 65.
    :::::: Triste es recordarlo que no fue. Y más, recordar que pudo ser. (Reflexiones de Humgrand...) Aigrette, despreciada por los suyos y los demás, se aisló. Sola, fue a vivir donde el embaulamiento de la quebrada de Baruta descarga las hoy fétidas aguas en el Guaire. Sus blancas plumas se volvieron mustias y sucias. Sus patas estilizadas se hundían en la repugnante orilla. Poco comía, y sólo si venía arrastrado por la correntada. De tanto en tanto torcía su elegante, y ahora manchado cuello, para ver las antenas en el alto edificio de enfrente. Y la invadía una amargura, una tristeza sin consuelo, al ver allí siempre la perenne y negra presencia de su amado. Siempre fiel, siempre vigilante y... siempre lejos. Una tarde, después de la canícula del mediodía, sintió un dolor en su pecho. Instintiva, voló hacia donde había sido su hogar... y Urubú la acompañó planeando en lo alto. Aigrette no pudo llegar. Pocos metros antes, cayó muerta sobre la pared de cemento del río. Su elegante figura era una desmadejada forma inerte. DE BASTÓNDE BASTÓN Los zamuros se acercaron. Urubú se lanzó a proteger los restos de su amada. Loco de dolor, espantaba a sus congéneres atacándolos con las alas abiertas y bufidos sibilantes. Y ellos se alejaron. Así permaneció hasta que llegó el anochecer. Y él, con los últimos arreboles, remontó vuelo. Cuando fue un punto negro en el rojo cielo, se arrojó en picada. El silbido que producía al ir tomando velocidad le trajo recuerdos de felices momentos idos. De cuando la conoció, de cuando se amaron en los bambúes. Se oyó un golpe seco al dar contra el cemento. Con el rebote, su negro cuerpo sin vida fue a dar sobre el blanco de Aigrette. Y ahí quedaron... juntos. Diap 65 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE
  • 66.
    Esa noche llovió. Elrío Guaire, crecido, arrastró sus despojos; llevándolos hacia su desembocadura. Y allí, antes de deshacerse, se mezclaron y unieron para siempre. En la mañana, las aguas corrían transparentes a la altura de la quebrada de Sebucán. A las pocas horas habían vuelto a su bajo nivel y a ensuciarse de desperdicios. En los árboles de las orillas los pájaros reconstruyeron sus rotos nidos. Tanto los zamuros como las garzas volvieron luego a sus hábitos de siempre. El hombre continuó construyendo más casas. La ciudad creciendo más y acompañando la orilla del río. Y el Guaire siendo cada vez más escuálido, más sucio. :::::: El tiempo siguió pasando. Nacieron otras crías... y otras... y otras. Y aquella garza y aquel zamuro pasaron al olvido. DE BASTÓNDE BASTÓN Aunque, a veces, en el atardecer, ya cayendo la noche, sobre el Guaire, cerca de la quebrada de Sebucán, parece verse una blanca garza volando junto a un negro zamuro. Y que ambos se pierden en la penumbra, siguiendo la corriente del río, yendo hacia su desembocadura, hacia la oscuridad. Pero... es sólo fantasía, imaginación. Como fue Aigrette... Como fue Urubú... Como fue su Historia de Amor en el Guaire. ...oo0oo... Diap 66 HISTORIA DE AMOR EN EL GUAIREHISTORIA DE AMOR EN EL GUAIRE X
  • 67.
    VISTA DE CARACASCON LA GARZA AIGRETTE Y EL ZAMURO URUBÚ (MONTAJE) EN EL AÑO 2004 DESDE LA VENTANA DEL APARTAMENTO DONDE VIVÍA EL AUTOR Diap 67
  • 68.
    Despierto; siento enmí ese sentimiento agridulce que llena mis vacíos. Lo conozco, es el de la soledad. Y voy en busca de ella donde debe estar: En la naturaleza. Salgo; me he puesto zapatos cómodos, una ropa vieja, una gorra desteñida. Y, he agarrado el bastón. Poco es lo que se necesita para ir al monte, a nuestro origen. Camino; voy dejando cuadras de aceras embaldosadas, jardines artificiales, muros enrejados y portones. Detrás de ellos se levantan esas jaulas que llaman apartamentos. Llego; en el cerro entra una senda. Es de cemento. No me aflige, lo es por algunos metros; sólo para figurar decente a los seres que pasan por la pavimentada avenida. Subo; el bastón me sirve de cayado. A los pocos minutos encuentro el sinuoso sendero de tierra. Pero, mi alegría se opaca por cierta decepción. DE BASTÓNDE BASTÓN Miro; el sendero es más ancho que tiempo atrás. Sobre él, las ramas de los arbustos han sido cortadas. En sus orillas, el pasto y las hojas secas están aplastados. Sigo; me invade la tristeza. Una huella, cual herida, corre dentro el sendero. Apenas aflora en las partes duras, pero se profundiza dentro las más blandas del camino. Escucho; es el ruido de cascajos al rodar y un metálico roce. Son ciclistas montañeros bajando. Frenan al verme en su camino... ¿o es mi camino?... ¿o sólo, el camino? Espero; dejo paso a la civilización. Al cruzar me saludan y dicen algo amable. Respondo de igual manera. El hombre es un ser que necesita hablar y oír que le hablen. Comprendo; el sendero ha sido acondicionado para que pasen los ciclistas. Ya no sentiré el arañazo de una rama rebelde que se atreve a crecer hacia el espacio abierto. Diap 68 INDICATIVO ¿Es presente del indicativo... o indicativo del presente? 17 INDICATIVO (V)
  • 69.
    Añoro; ya nocaerá sobre mi cabeza alguna hoja, ni una flor, ni una ramita seca. Ya no encontraré una guacharaca mirándome brava por estar yo cerca de su nido. Evoco; ya no correrán las lagartijas ni volarán los pájaros el verme aproximar. Ya no escucharé a mi lado el grito del cristofué ni veré los zamuros en los árboles orilleros. Continúo; escapo de las huellas de las ruedas y trepo por piedras y trochas de tierra. Llego a la cumbre del cerro. En medio del monte hay un círculo y tres bancos de cemento. Limpio; saco el polvo de uno con un pañuelo. Cansado, me siento. A lo lejos diviso colinas con lujosas mansiones. Abajo, los valles repletos con edificios de apartamentos. Observo; más allá se ve un enorme y rectangular edificio de cuatro pisos. Pienso; o es un cuartel o un colegio. Da lo mismo, en ambos amoldan la conciencia del individuo. Veo; los patios se llenan de pequeños seres... y juegan. Son niños. DE BASTÓNDE BASTÓN Decido; me levanto. El sendero ahora es descendiendo. Me apoyo en el bastón. Es más difícil bajar que subir. Bajo; poco a poco el camino se estrecha. Llegando al final, apenas se notan las huellas de las bicicletas. Está silencioso. Los árboles han formado una verde bóveda. Contemplo; un viejo sendero fue abandonado. Y, ha sido reconquistado por el gamelotal y el monte. Cruzo; voy por él. Oigo ruidos entre la maleza. Una liana me pega en la cara. Veo mariposas revoloteando... Se me humedecen los ojos. Reflexiono; la naturaleza estaba antes que apareciera la civilización. Antes que el hombre. Antes que existiesen los dinosaurios... ellos desaparecieron y ella aún persiste. Retorno; llego a la avenida. Camino por las aceras. Detrás de una reja, un perro ladra. Un gato mira. Una mujer limpia. Un jardinero trabaja. Sonrío. Recuerdo los dinosaurios... ...oo0oo... Diap 69 INDICATIVOINDICATIVO
  • 70.
    El hombre despertóen ese hotel internacional. Encendió la luz. Miró su reloj, aún no era de día; aunque, de serlo, daba lo mismo. Las cortinas mantendrían la oscuridad. Quedó viendo. Las mismas paredes, los mismos cuadros, los mismos muebles... el mismo cuarto que en cualquier ciudad donde hubiese esa cadena de hoteles. Se levantó yendo al baño. No tuvo que mirar para saber donde estaban las cosas. Todas se encontraban en el mismo lugar y colocadas de la misma manera. Tampoco tuvo que cuidarse si podía molestar al huésped vecino al usar el inodoro, o la ducha. Nada hacía ruido. Allí, con gente o vacío, el silencio era el mismo. Se miró en el espejo. Tenía más arrugas y menos sonrisas; más experiencia y menos vigor, más recuerdos y menos ideales... y, sin embargo, era el mismo. DE BASTÓNDE BASTÓN Habían pasado treinta años de la primera vez que llegó a ese país, a esa ciudad, a ese hotel, a una empresa donde la casa matriz lo enviaba a asesorar. Como en aquel entonces, se vistió procurando impresionar bien. Pero esta vez no lo impulsaba la ambición sino lo hacía por costumbre... y le pareció ponerse el mismo traje. Fue a desayunar. El salón no se diferenciaba de ningún otro de esos hoteles en cualquier parte del mundo. Ordenó lo mismo de siempre a un mozo igual a cualquier otro. La atención y la comida, como siempre, supo lo mismo. Había poca gente. Era la hora de los técnicos y asesores. Los comerciantes y vendedores venían más tarde. En una mesa vio a un hombre y una mujer mirándose con ternura. Los recuerdos nadaron en el fondo de la taza de café. Pero, se levantó, yéndose. Debía cumplir su deber. Diap 70 LO MISMO Fuimos un hombre y una mujer... (Canción) (A mi lejano amigo Giorgio De Nichilo) 18 LO MISMO (V)
  • 71.
    Llegó temprano ala empresa. El portero lo había dejado entrar sin siquiera preguntarle quien era. Llevaba colgado del cuello el mismo identificador que los demás. Las puertas tenían los mismos letreros. Las paredes, los mismos avisos. Los escritorios, los mismos papeles. Los empleados, los mismos uniformes, y la misma indiferencia. Algunos viejos le reconocieron. Les dijo que esa visita era la final. La casa matriz le había indicado recorrer todas las empresas antes de él pasar a retiro. La última cena... Lo acompañaron hasta donde fue recibido la primera vez. La misma oficina, el mismo escritorio, los mismos sillones... Pero, la empleada no era la misma. Treinta años antes había llegado trayendo en su maletín ideas nuevas, y dentro suyo grandes ilusiones. Y allí fue recibido por una sonrisa de mujer que llenó todo eso. Las visitas por asesoramiento se sucedieron, empujadas por la necesidad de la empresa y por el ansia de ellos dos. DE BASTÓNDE BASTÓN Nada importaba que ella estuviera casada, tuviese hijos y fuese mayor que él. Amarse era lo único importante. Luego de cinco años, la casa matriz lo designó a otra área del mundo. La distancia y el tiempo son la solución de las grandes compañías para el mismo problema humano. Y los años pasaron. El hombre envejeció. Y ahí estaba despidiéndose de todos. Y todos le parecían lo mismo. Luego fue por lugares que le recordaban aquella mujer que por veinticinco años nunca volvió a ver y que hacía tiempo se había ido llevándose su sonrisa... Las mismas calles, los mismos parques, los mismos bancos. En algunos había abuelas viendo jugar los nietos. Se sentó junto a una y comenzó a charlar de tiempos idos. Y creyó estar hablando con aquella... Era lo mismo. ...oo0oo... Diap 71 LO MISMOLO MISMO
  • 72.
    La primera vezque me di cuenta que estaba en una barca, era muy chico. Ni siquiera sabía que me hallaba sobre el mar de la existencia. Para mí, vivir había sido algo natural. Era una barca pequeña. En el medio iba mi madre, quien me protegía entre sus brazos. Delante, mi padre remaba con grandes y denodados esfuerzos tratando de avanzar contra las olas que se alzaban frente a nosotros. Abriendo los ojos a la realidad, alcé mi cabeza mirando alrededor. Estábamos rodeados por incalculables barcas. Se perdían en el horizonte, de este a oeste, de norte a sur, tan próximas entre ellas que rozaban babor con estribor. La mayoría eran como la nuestra. Pero, había grandes y con varios seres. Y, tan chicas que sólo iba un navegante. DE BASTÓNDE BASTÓN Unas eran fuertes, y otras muy débiles. Pocas sobresalían mucho del mar, y muchas estaban a poco de zozobrar. En todas había quienes iban sentados, dejándose llevar por el responsable de los remos. Éste, en general, era uno solo. Pero, y sobre todo en las nuevas barcas, lo hacían dos o más... hasta se veían mujeres remando con energía. El sol comenzó a desaparecer en el poniente. El mar fue calmándose. La noche trajo una fresca brisa. Fuese por ésta o el impulso que llevaban, las barcas seguían avanzando. Cada tanto se oía el chapotear del agua contra las proas. Mi padre recogió los remos. Nos miró... Y, brindándonos una feliz sonrisa, dijo con voz llena de cansancio: –Hemos sobrevivido otro día. Yo era muy chico y no comprendí bien el valor de eso. Pero, recostado en mis padres, me dormí acunado por el movimiento de la barca. Diap 72 SOBREVIVIENTES ...tenía una barca, y en ella realizaba su verdadero trabajo. (Libro La Barca de Caronte) 19 SOBREVIVIENTES (U)
  • 73.
    :::::: Padre, viejo remero conremos rotos... La segunda vez que me di cuenta que estaba en una barca me encontraba parado en su proa. Habían pasado los años sin notar que si navegábamos sobre el mar de la existencia, se debía a que mi padre siempre estaba en los remos. Me sentía feliz de hallarme ahí. Joven, como un espolón, ansiaba adelantarme a la barca. Y, cada ola peligrosa que se erguía despertaba mi deseo de vencerla. Ignoraba que no caía en ella porque alguien sabía sortearla. Giré indagador hacia atrás mirando la barca. Mi madre seguía sentado en el medio. Hacía algunos años que había dejado de protegerme con sus brazos. Ahora tenía en ellos otro pequeño... y ambos me sonrían con cariño. Observé la barca. Era la misma de la primera vez; pero, se le notaba deterioro. Había tablas reparadas, por algunas fisuras entraba agua, la borda tenía marcas de golpes. DE BASTÓNDE BASTÓN En la popa estaba mi padre... y como siempre, remando. Había ido hasta el último lugar de la barca sin yo notarlo. Sin verlo pasar a mi lado mientras yo crecía. Ahí estaba, callado, y sonrió feliz de verme en la proa. Recorrí con la vista el mar alrededor. Había más barcas... Y había menos. Muchas nuevas flotaban, y muchas de antes faltaban. Algunas eran aquellas débiles y maltrechas. Pero también, de las poderosas, habían zozobrado. Llegó otra noche. Y mi padre otra vez recogió los remos. No dijo nada, estaba demasiado cansado. Sin embargo, con la brisa me pareció oír que murmuraba: –Hemos sobrevivido otro día. Yo había crecido, comenzaba a comprender. Pero, al ver las estrellas, giré viendo hacia delante. Y, con mis padres aún tras mío, quedé en la proa con mis sueños. Diap 73 SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
  • 74.
    :::::: …y al mirarpara atrás vemos surcos en la mar. La tercera vez que me di cuenta que estaba en una barca, yo era un hombre y me hallaba en otra barca. De cómo había subido en ésta, los recuerdos se mezclaban en un torbellino de sucesos propios de la existencia. Un día se aparejó a la antigua barca, una en la que venía quien sería mi compañera de viaje. Otro día, con ella, decidimos tomar nuestro propio bajel. Y, sin saber ninguno de los dos como remar, saltamos dentro una nueva barca. Y ahí estábamos, yo en la proa. No como un espolón, sino sentado y remando con esfuerzo junto a las demás embarcaciones que debíamos cruzar el mar. A veces sentía que la quilla rozaba rocas y bajíos... pero seguía. Miré mi propia barca. Era pequeña, de las hechas con sacrificios; pero, estaba pintada con los colores de la ilusión. DE BASTÓNDE BASTÓN Sonreí a mi compañera que iba en el medio protegiendo en sus brazos nuestro primer pequeño Ellos me devolvieron una feliz sonrisa. Y sentí renovadas fuerzas para ir avanzando contra las olas que se alzaban delante de la proa. No habría tormenta ni vendavales que nos hundieran en tanto los tuviera junto a mí. A popa traíamos remolcada una vieja barca golpeada. El mar casi llegaba a su borda. En cualquier momento podía zozobrar. Suspiré viéndola. Era mi antigua barca. En ella iban mis padres, solos... y ya mi padre no podía remar. El sol otra vez se ocultó. El mar se calmó. Surgió la noche con su brisa, sus estrellas. Miré en la penumbra a los míos. Recogí los remos. Y me oí a mí mismo diciendo: –Hemos sobrevivido otro día. La barca continuó avanzando, quizás por la brisa, o por el impulso que llevaba. Y fui a descansar junto a mi compañera y nuestro hijo. Me quedaba mucho por remar... Diap 74 SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
  • 75.
    :::::: Después de latormenta, serena vuelve la mar. La última vez que me di cuenta que estaba en una barca estaba remando en la popa. Los años habían pasado como un ciclón cambiando todos a mi alrededor. Pero, cada vez eran más las barcas... Y cada vez menos. Hubo más criaturas en los brazos de mi compañera, los pequeños se hicieron grandes, y cada uno fue a remar en su propio bajel a su manera. Ni me había dado cuenta como yo había pasado al último lugar de mi barca. Zozobraron muchas embarcaciones, unas en tormentas y otras en calma. Ya no quedaba sobre el mar ninguna de las que remolqué con amor. Y, aunque estuviese rodeado de nuevas barcas... muchas veces, extrañaba las perdidas. Pero, seguía remando. Con remos rotos y remendados. Con la borda llena de marcas de dar con otras barcas. DE BASTÓNDE BASTÓN Con la quilla llena de astillas de golpear escollos. Con el casco lleno de grietas... Y, sin embargo, con menos dudas. Ahora sabía que estaba en una barca. Una más entre las que cada día llenan el mar que debemos cruzar. Tantas, que vamos babor con estribor, proa con popa. Que cada día surgen nuevas barcas... Y otras desaparecen. Que no importa que unas sean pequeñas y otras grandes, débiles o poderosas, fuertes o golpeadas. Que su remero vaya a proa, en el medio o a popa. Si va con pasajeros o solo. Ni si aún es capaz de remar o debe ser remolcado. Lo que importa es que al llegar cada noche, y la barca aún siga por la brisa o el impulso, cada uno pueda decir: –Hemos sobrevivido otro día. Por que en el mar de la existencia... Todos somos sobrevivientes. ...oo0oo... Diap 75 SOBREVIVIENTESSOBREVIVIENTES
  • 76.
    Contaba mi padre...cuentos que, de tan extraños, sonaban a fantasías. Pero... ¿los hechos del ayer no se transforman en leyendas?... ¿y la historia no es una suma de leyendas? Yo era niño y, para mí, los mayores siempre decían cosas ciertas. Él era mayor, necesitaba contarme de la familia, de nuestros ancestros, de tierras lejanas. Sus añoranzas se unían a mi imaginación y recorríamos, juntos, caminos del pasado; trayendo seres y sucesos que para él eran reales, y que yo sentía mitológicos. Contaba mi padre... en aquellas noches de invierno, cerca del fogón a leña... ¡Ah,. inolvidable fogón de fierro fundido donde mi madre cocinaba y del que salía tanto calor! Tenía adelante un tubo brillante, y en él colgaban trapos amarillentos. DE BASTÓNDE BASTÓN Trapos que se usaban para sacar las calientes ollas de arriba la plancha o las asaderas del oscuro horno. También, para abrir la puertita por donde se agregaba la leña. Me gustaba hacerlo, me parecía alimentar el fuego... Pero, era triste recoger las cenizas. Contaba mi padre... en aquella mesa para cuatro, y en la cual, entonces, sólo éramos tres... ¡Ah... recordada mesa que servía para la comida, trabajar y hacer los deberes! En las hendijas de la madera había restos de harina con la que mi madre hacía tallarines, marcas de cosas que mi padre había reparado, tinta caída al yo escribir una plana. Era una mesa fuerte, su tabla gruesa, sus patas firmes. En un lado tenía un cajoncito. En él había cucharas, tenedores, cuchillos... y herramientas que acicateaban mi curiosidad. Cierta vez mi padre contó un cuento que quedó en mí. Necesité llegar a viejo para entender su significado. Pero, mi padre ya no contaba más cuentos. Diap 76 EL REBELDE Contaba mi padre... ¡Ah... los cuentos de mi padre! 20 EL REBELDE (U)
  • 77.
    :::::: El mundo seha entreverado tanto, que todos tenemos algo de Nerón… y de un santo. Contaba mi padre... que el origen de la familia se inició en aquellos rubios galos que Roma doblegó en la Italia cisalpina, y que algunos se asentaron en la Romaña. Región que siempre acogió a los que no aceptan el yugo de los poderosos. Y allí quedaron, y los siglos pasaron, y se mezclaron como todos los pueblos. Y ellos fueron herreros. Ya en la Edad Media se les conocía como los Cari Rigi de Ghini, los apreciados por hacer los radios a las ruedas de carros en ese pueblo, teniendo como emblema una rueda. Contaba mi padre... que uno ayudó a defender el fortín del lugar en una revuelta. El rey le nombró castellano de esa marca... y fue el señor Cari Rigi de Ghini. Con el tiempo se transformó en marqués de Ghini, para diferenciarse de los otros Cari Rigi; los que seguían siendo herreros y vasallos de la villa... Pero, jamás, nuncz villanos. DE BASTÓNDE BASTÓN Y así se sucedieron, nobles y plebeyos, llamándose Pablo, David, o Franco, esto último por su origen. Pero, una vez, el señor Pablo tuvo como primogénitos a unos gemelos... Contaba mi padre... que ambos eran destinados a crecer en la molicie y soberbia de la corte. Sin embargo, mientras Franco la disfrutaba, David escapaba para las herrerías. El viejo marqués murió. Franco tomó su lugar. David se fue con los suyos a la villa. El nuevo señor era un tirano insaciable... y David se volvió el adalid del pueblo. Pronto éste fue apresado llevándole a las mazmorras. El pueblo se agolpó frente al castillo pidiendo por David. El déspota lo hizo traer encadenado sobre la muralla. –¿Lo queréis a él, y no a mí?... –preguntó a la plebe. –¡A él!... ¡A él!... ¡Sí!... ¡Sí!... –gritaron enardecidos. –Entonces... ¡tomadlo! –y, sin más, lo arrojó desde lo alto. Diap 77 EL REBELDEEL REBELDE
  • 78.
    :::::: Pueblos chicos yquietos, que guardan grandes secretos... Contaba mi padre... que los villanos y siervos huyeron y pronto olvidaron al líder rebelde. Todos volvieron a su esclavitud feudal, igual los señores como la plebe. Pero, los Cari Rigi de la villa juntaron sus herramientas y se fueron. Un herrero será bien recibido en cualquier parte, tanto para hacer una armadura como herrar un animal. Algunos tomaron caminos que los retornarían a la Galia. Otros se asentaron en un poblado de nombre Talamello, sito en una colina de un fértil valle cercano a los Apeninos. Contaba mi padre... que poco duró el opresor Marqués Franco de Ghini, muriendo ahogado en su propia sangre por los excesos y lujurias de una viciosa vida. Tuvo la fortuna de no engendrar hijos. Y la marquesa, su viuda, casó con un noble de Carrara, yéndose del castillo con un séquito de mulas y llevándose todo lo de valor. El castillo tuvo otros señores. El pueblo, otros herreros. Los campos, los mismos siervos. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, estos tenían más derechos. El rebelde no había caído en vano. Contaba mi padre... que en Talamello se volvieron Carigi. Y que en los libros de la iglesia se encuentran antecesores nacidos allí. Desde herreros hasta revolucionarios. Unos volvieron a la Galia, y otros fueron por el mundo. El tiempo pasó. Mi padre se sentaba al calor del mismo fogón, en la misma mesa. Pero, ahora éramos cuatro en ella. Una noche, luego de repetir ese cuento; nos dijo: –Yo me llamo Pablo... y mi padre David... como ustedes. –Como aquel ancestro rebelde. –afirmé, orgulloso. –Sí... –sentenció– Como él, nunca aceptamos la injusticia y preferimos irnos antes que caer en la maldad. Pero... jamás olviden que tuvo un hermano gemelo, y era lo opuesto. Diap 78 EL REBELDEEL REBELDE
  • 79.
    :::::: Nada es verdadni mentira, depende del cristal y de la edad con que se mira. Contaba mi padre... y un día, como todos, dejó de contar. Y por distintos caminos, sus hijos vueltos padres, contaban sus propios cuentos a otros descendientes. Por esos caminos, las leyendas se volvían historia. Vi el pueblo de Talamello, no quedaba ningún Carigi en él. Supe del castillo de los Ghini, estaba viejo y derruido. En el pueblo la vida seguía. Fuese en la época feudal o en la moderna, era igual. Había señores y siervos, poderosos y plebe, sumisos y rebeldes, malos y buenos. Y como siempre, hijos del ayer y padres del mañana. Una tarde, envejecido, volví a la casa, una casa que ya no era nuestra. Me dejaron pasar a la cocina. El fogón de fierro fundido no existía más y la mesa era otra. Pero, me pareció sentir el calor de las llamas, ver en las hendijas de la madera los restos de harina, las marcas de cosas reparadas, la tinta caída al yo escribir una plana. DE BASTÓNDE BASTÓN Me pareció estar en una noche de invierno, sentado en una mesa para cuatro, que, entonces, sólo éramos tres... y oyendo a mi padre repetir el cuento del rebelde. Los años habían pasado. En ellos encontré muchas cosas buenas y malas, muchas fantasías y realidades, muchos aciertos y errores... míos y de los demás. Ya no creía que los mayores siempre dicen cosas ciertas. Pero, recordé el consejo de mi padre al finalizar el cuento. Y comprendí la única verdad: Que nadie es del todo bueno ni del todo malo. Que todos llevamos dentro, oculto y callado, los genes de dos gemelos... opuestos y distintos. ...oo0oo... Talamello es un pueblo y municipio situado en la provincia de Rímini, región Emilia-Romaña, Superficie: 10,5 km², habitantes 1.108 (año 2014) Coordinadas 43°54′17.46″N 12°17′10.88″E Se considera el originario de los Carigi. Cerca hay una villa con una torre conocida como la Torre Carigi. Se encontraron 37 apellidos Carigi en Italia, 76 en Francia, 1 en Inglatera, 2 en Canadá, 4 en en Urguay, 1 en Mexico, 1 en Venezuela. Fotografia de Talamello, año 2013 EL REBELDEEL REBELDE
  • 80.
    Crispiano era zapatero...y era bueno. Como persona y como zapatero. Ninguno de sus clientes se quejaba de él ni de los zapatos ni de sus reparaciones. Los clientes, que a la vez eran sus amigos, no pasaban de una docena y habitaban en las humildes huertas dispersas por kilómetros en ese perdido cruce de caminos de tierra. Ellos le pagaban con uno que otro conejo o algún gallo decrépito. Y era afortunado cuando obtenía el cuero de un becerro o el de un caballo con los años de Matusalén. También le daban verduras y huevos. Además, si estaba en una granja haciendo a alguien los zapatos, le invitaban a la mesa a comer sentándolo como uno de la familia. Porque Crispiano era zapatero... y era bueno. DE BASTÓNDE BASTÓN Como sus amigos, nunca tenía dinero. Él aprovechaba las pieles y cueros para fabricar excelentes calzados. Desde delicados escarpines a fuertes botas para arar en el campo. La mejor época del año era la de la recolección de frutos. Le daban botellas de vino y granos para el invierno. Y él lo retribuía con botines forrados en piel de cordero. Cuando llegaban los días grises y fríos se refugiaba en su casucha frente a la pulpería. Eran las únicas viviendas en ese distante cruce de caminos. Sólo esos meses se le encontraba allí. Cuando el tiempo era normal, iba por las trochas de tierra, llevando colgada del hombro la caja de herramientas y materiales. Cada tanto se detenía, cambiaba la correa de hombro, se secaba el sudor, descansaba mirando el horizonte infinito... y siempre veía a lo lejos una mano saludándole. Porque Crispiano era zapatero... y era bueno. Diap 80 CRISPIANO Los millonarios nunca tienen dinero en los bolsillos. Los pobres tampoco. (Las Mil y Una Carigiadas...) 21 CRISPIANO (U)
  • 81.
    :::::: Después de habernosprovisto contra el frío, el hambre y la sed, el resto es exceso y vanidad. (Séneca) Una invernal mañana, que estaba en la pulpería, sentado en un banco, terminándole unos zapatos al dueño, sucedió algo insólito. Desde lejos vieron llegar un automóvil. El coche se detuvo y de él bajó un sonriente hombre con grandes valijas. Se presentó y, abriéndolas, exhibió un muestrario de relucientes herramientas y cacharros. Pocos eran los clientes y nada compraron. Pero el hombre y su hambre querían comer. Almorzando, le dijo a Crispiano sobre la calidad de lo que estaba haciendo. Al irse el viajero, éste le había dejado unos billetes como adelanto y el pedido de una docena de zapatos... que los vendría a buscar en quince días y le traería cueros finos. Crispiano no estaba acostumbrado a tanta cantidad y al dinero. Pero, como el hombre le había invitado a comer, los aceptó. Porque Crispiano era zapatero... y era bueno. DE BASTÓNDE BASTÓN Los viajes y pedidos aumentaron. Y él iba aprendiendo cosas con el viandante. Conoció palabras como capital de trabajo, mano de obra, insumos, costos y gastos. Para él, antes, lo que costaba algo era lo que se gastaba en hacerlo. Aprendió términos como producción, ganancia, rendimiento. Y, sobre todo... aprendió a pagar y cobrar. Necesitó obreros para hacer más zapatos. Máquinas para mayor productividad. Distribuidores para la venta. Y él dejó de hacer zapatos para controlar a quienes los hacían. Ese cruce de camino comenzó a llenarse de ranchos con gente pobre. Pobre gente que dejaba las granjas para vivir de un jornal que le daban en ese taller. Gente que ahora no veía saludándole con una mano. Porque Crispiano era zapatero, pero… ya no era bueno. ...oo0oo... Diap 81 CRISPIANOCRISPIANO
  • 82.
    María, que eracasi una niña; y José, su viejo esposo, se habían visto obligados a viajar porque cierto jerarca decretó que todos debían registrarse en la comuna más cercana. María estaba en los últimos días de embarazo y José, el añoso carpintero, la cuidaba. Sólo llevaron lo necesario, ya que al mulo lo usarían para transportarla a ella. Nuevamente se detuvieron en el camino. Lo habían hecho cada vez que a la joven se le escapaba un gemido. El mulo resoplóaliviado, el camino era escarpado. María sonrió con dulzura a José. Era un hombre bueno, él sabía que la criatura que ella llevaba en su vientre no era suya. Pero, con virtud excepcional, la desposó y respetaba. Llegaron a la ciudad ya entrada la tarde. Ésta se hallaba repleta de personas que habían venido por la misma razón. Además, en la noche habría festejos en honor de alguien. DE BASTÓNDE BASTÓN Realizaron la inscripción. Cuando buscaron hospedaje no lo obtuvieron. Ni en la más pobre posada le daban cobijo... y menos a ellos que olían a polvo de camino y mulo. Una mendiga les tuvo compasión y les dijo que en las afueras de la ciudad había antiguos portales derruidos, los cuales se usaban como pesebres... allí podían pernoctar. Humildes, agradecieron y fueron hacia allí. Encontraron uno donde sólo descansaba una vaca. Era limpio y había forraje suficiente como para hacer un lecho. José quitó los arreos al mulo, encendió el fuego; y, luego de comer de las magras provisiones que traían, reposaron. María se durmió enseguida. José la arropó con ternura. Y, el carpintero quedó velando el sueño de la niña mujer. Frente al portal miraba una estrella, que cada vez era más brillante. Diap 82 MARÍA Y JOSÉ En todos los pueblos hay un carpintero... y alguna muchacha embarazada 22 MARÍA Y JOSÉ (V)
  • 83.
    :::::: Gabriel era unextraño ser que vestía de blanco, que solía deambular tocando una trompeta y diciendo cosas raras. Al percibir luz en el pesebre, se acercó. Viendo a María con los dolores del parto, se alejó lo prudente. Pero, en su desquiciada razón, quiso animarla a recibir la criatura. Se colocó la trompeta sobre los labios y una maravillosa música dominó la noche. Al escucharlo, de los alrededores vinieron los granjeros y cuidadores de animales. Hasta tres viajeros que hacían artes de magia, fueron ahí. Congregados, rodeaban al pesebre, absortos en la música. De pronto, siendo las doce de la noche, la música calló ante el estruendo del festejo. El cielo se iluminó con cientos de luces fulgurantes. Todos miraron hacia el firmamento. Y en ese instante... María tuvo a su hijo. Sólo la vaca, el mulo, Gabriel, y José, habían presenciado su venida al mundo. DE BASTÓNDE BASTÓN El niño lanzó un grito... y todos tornaron su vista a él. Cada trashumante le dio un regalo. Los pobres pastores y granjeros le dieron su mayor riqueza: Una sonrisa llena de cariño. Después todos comenzaron a irse. Primero los viajeros, luego la gente humilde, y finalmente Gabriel con su trompeta. José, mirando al niño que dormía entre pañales y sobre la paja en el suelo, preguntó a la niña madre: –¿Cómo lo llamaremos?... –Y… Jesús. –respondió María, recordando el festejo. Y así fue inscrito. Además, en el registro dice que nació el 24 de diciembre de 2004 a las 24 horas... Porque esta María y este José no son los de la leyenda. Estos son de cualquier pueblo. De esos pueblos de antes, de ahora, de siempre... ...oo0oo... Diap 83 MARÍA Y JOSÉMARÍA Y JOSÉ
  • 84.
    Se despertó. Y, comosiempre, era muy temprano. Hacía mucho tiempo que no se acostaba con el cansancio de haber hecho cosas. Ése que trae el ansia de dormir, y que al despertar se tiene ganas de dormir un poco más. Se levantó. Y, como siempre, fue hasta la ventana. Hacía mucho tiempo que veía el mismo paisaje, estaba igual. Las luces alumbraban las calles húmedas, quizás por una lluvia nocturna, tal vez por que las habían lavado. Se desperezó. Y, como siempre, debía cumplir con el ritual. Hacía mucho tiempo que no corría, con todo iluminado, para bañarse, desayunar, vestirse, salir a trabajar. Ahora iba por la casa a oscuras, las cosas no cambiaban de lugar. DE BASTÓNDE BASTÓN Se vistió. Y, como siempre, estaba vacío de todo. Hacía mucho tiempo que no se refrescaba con ilusiones ni se alimentaba de realidades. Ahora sólo se cubría con el ropaje de los recuerdos… que, a veces, eran andrajos. Se marchó. Y, como siempre, sin saber donde ir. Hacía mucho tiempo que todas las calles, las veredas, las esquinas, las sentía bajo sus pies con la dureza y el frío del cemento y las lozas de piedra. Cruzó el jardín del edificio. Pisó el césped de la acera, no esquivó las baldosas rotas ni los huecos con barro. Luego, arriba de hojas secas y polvo, esperó el transporte. Se sintió mejor, estaba sobre la tierra… Y debía esperar como los demás. Diap 84 LA TIERRA La única tierra que hay en los apartamentos de la ciudad es la que entra por la ventana... Y la barren todos los días. (Las Mil y Una Carigiadas...) 23 LA TIERRA (V) Hecho real.
  • 85.
    :::::: El coche frenó. Veníamuy lleno por ser otro día de trabajo para ellos, los otros. Como era una persona anciana, alguien le ofreció un asiento... y lo aceptó para hacerle sentir bien. Los pasajeros subían y bajaban, cual actores fugaces que se pasaban el papel. En ciertas partes vestían como para un teatro, en otras como payasos… pero la obra era igual. El escenario desde la ventanilla iba cambiando también. Primero fueron arboladas avenidas, luego calles repletas de apilados apartamentos, después el centro con sus viejas y amontonadas edificaciones. El viaje seguía, y los personajes y los escenarios se fueron repitiendo en forma inversa. Pero, esta vez, quiso hacer el viaje completo… y continuó hasta la última parada. La escena se volvía más natural. Casitas bajas separadas por terrenos. Y en ellos había seres, había animales, y había niños jugando y ensuciándose. DE BASTÓNDE BASTÓN Bajó del coche. Respiró profundo… Se olía a pasto, a fuego, a agua, a campo. Se oían ladridos, gritos, risas, ruidos. Con un suspiro tomó el coche de vuelta. Debía volver. Llegó al apartamento. Sacó el llavero del bolsillo. Luego de abrir tres cerraduras y dos puertas de seguridad, pudo pasar. Lo recibió la pulcritud, el silencio de ventanas cerradas, el perfume artificial de los productos de limpieza. Se detuvo. Otra vez se había olvidado de limpiarse en el felpudo de afuera. Sonrió triste... Se dio vuelta. Los zapatos traían polvo del camino. Y, como siempre… allí, la tierra no podía entrar. ...oo0oo... Diap 85 LA TIERRALA TIERRA
  • 86.
    Se llamaba Roberto. Ysu cumpleaños era un día después del mío. Coincidíamos en algunas cosas; y en otras, no. Él era delgado, alto y de cabello negro. Hablaba poco y tenía los ojos oscuros, de mirar profundo y sereno. Yo era más bajo, fornido, rubio, con ojos claros, alocado y audaz. Nos casamos con dos hermanas de una gran familia. Una familia grande por la cantidad de hermosas mujeres que tenía, y por la forma de pensar y vivir de todas ellas. Él se casó con la mayor, yo con la del medio. Él fue el primero que contrajo matrimonio. Yo fui el primero que se ennovió y entró en esa casa. Luego, el tiempo y los avatares de la vida nos separaron en la distancia. DE BASTÓNDE BASTÓN Él quedó cuidando los recuerdos del ayer, yo me alejé tras los sueños de un mañana. Cada tanto, con los míos, volvíamos en la búsqueda de esa gran familia. Y él siempre estaba allí, sereno. Y siempre nos reencontrábamos con alegría. Pero, una vez llegamos sabiendo que él tenía una enfermedad fatal. Como de costumbre, la gran familia se juntó en una casa grande de playa. La casa estaba llena de seres unidos por la sangre, por el cariño... y por la nostalgia. Llevamos el sillón hamaca del jardín para el fondo, junto a las sillas y a las mesas que contenían apetitosos platos. En la hamaca pusimos las cosas que habíamos traído para obsequiarles. Tenían lo fortuito del momento y venían en el papel de regalo de la añoranza. Casi todos estaban allí. Los viajeros que vuelven, tienen la ventura de reunir la familia. Y esa familia grande, se había vuelto más grande con los hijos y sobrinos. Diap 86 EL REGALO Seres buenos, unidos a la tierra por la bombilla del mate... 24 EL REGALO (U) Hecho real.
  • 87.
    Paró un cocheenfrente de la casa. Desde el jardín vimos que dentro del auto venía él. Otro cuñado lo había ido a buscar... Cosas invalorables que se hacen sin decir. Estaba muy demacrado. Sin embargo, en su rostro mostró la alegría del encuentro. Quiso bajar del coche, y no podía hacerlo. Tragándome la angustia, fui a ayudarle. ¡Qué abrazo nos dimos! Un abrazo de hombres. Luego, llevándole apoyado en nosotros, lo acompañamos hasta el sillón hamaca. Del mismo habían desaparecido los paquetes, siendo sustituidos por mullidos almohadones. Se recostó; torcido por el mal que lo minaba por dentro, y derecho por los sentimientos que había sembrado en hijos y sobrinos. Ellos lo rodeaban brindándole su cariño. Hablamos de tantas cosas. Son inagotables los temas de los que regresan; y aún más, los de quienes se quedaron. DE BASTÓNDE BASTÓN Atardeciendo, llegó el momento que él debía irse. Nuevamente fuimos tres para volver hasta el coche. Los demás comprendieron y quedaron junto a la hamaca vacía. Nuevamente nos dimos un abrazo de hombres. Con dificultad entró al auto. Cerré con cuidado la puerta. Me miró por la ventanilla... Y me sonrió. ¡Cuánto dijo en esa sonrisa! En ella me daba su recuerdo de nuestra juventud... En ella me daba su felicidad del último reencuentro... En ella me daba su adiós sin palabras... :::::: Se llamaba Roberto. Y su cumpleaños era un día después del mío. Quizás alguna vez le llevé algo. Pero, él me dejó el regalo de esa sonrisa. Un regalo que guardé para siempre. ...oo0oo... Diap 87 EL REGALOEL REGALO
  • 88.
    El primer díade clase del cuarto año en la escuela Checoslovaquia, pública y del estado, nos quedamos en el patio esperando saber donde nos tocaba ir. Era una mezcla de alumnos. Veníamos de haber estado divididos en cuatro salones para primer año, e igual en segundo y en tercero. Y siempre con los mismos botijas. Pero, para cuarto, solo había dos salones. Vi que muchos niños de los años anteriores faltaban. Eran los más pobres. Al crecer supe la razón... habían empezado a trabajar. La diáspora no terminaba allí. Existía un solo quinto año lleno de muchachos; que, al pasar los meses, quedaría casi en la mitad. Y, finalmente, restaba un magro sexto año. No tuvimos que esperar mucho. Llegó, con paso seguro, el veterano maestro Arrieta; mansamente seguido por un joven que se veía recién titulado. DE BASTÓNDE BASTÓN Como el viejo también fungía como profesor de gimnasia, nos mandó formar por estatura en dos filas. Aquello fue un desbarajuste, todos habíamos crecido en las vacaciones. Cuando al fin se logró, el joven se llevó los veinte más chicos al salón B, que era pequeño. Los demás, cerca de cuarenta, seguimos tras Arrieta al salón A; el más grande. Y así, avanzando en fila doble, fuimos sentándonos en aquellos bancos de madera para dos alumnos. Al hacerlo, recién me fijé en el compañero que me había tocado. Los dos nos miramos. Él era de piel aceituna, musculoso, rasgos indios, pelo negro y lacio, ojos oscuros, un típico criollo. Yo, rubio, blanco, enjuto, ojos azules... un gringo. Sólo nos igualaba la moña azul y el uniforme blanco. El mío, siendo mi madre profesora de corte, era nuevo cada año. El de él, con remiendos, mostraba su antigüedad. Diap 88 EL ÚLTIMO RANCHO Gente que pasaba hambre, hambre del verbo hambre... (Rodó Blanco Albarden) 25 EL ÚLTIMO RANCHO (U)
  • 89.
    Luego, miramos alrededor. Noshabía tocado en el centro de la clase, formada por tres columnas de siete bancos. Era una posición fea. El maestro, mientras dictaba, solía caminar por los corredores de cada lado. Y, si estaba en su escritorio sobre la tarima, su vista parecía fija en nosotros. Al fondo habían quedado algunos alumnos sin pupitre, los más altos; unos gandulones desfachatados, repetidores. El maestro les hizo traer unas sillas... y los dejó en el fondo. A continuación, comenzó a hacer la lista. Cada botija se ponía de pie diciendo su apellido y nombre, y el viejo los anotaba en la libreta. Le tocó el turno a mi compañero: –Montes de Oca, Belisario. –pronunció con aplomo. –¡Vaya apellido que tenés! –comentó el maestro– Hay varios en la historia. ¿Sabés lo que es una oca? –No, señor. –respondió mi compañero, ya tenso. –Un ganso... Tu apellido significa Montes de Ganso. DE BASTÓNDE BASTÓN La clase largó la carcajada. Yo, no. Y el maestro tronó: –No se reían... que los gansos fueron muy importantes. Ya lo verán al estudiar Roma. Podés sentarte, Belisario. –Disculpe, señor... Me llamo Montes de Oca. –remarcó mi compañero, y luego tomó asiento. Me levanté, dije mi apellido y nombre; éste motivó risas. No entendiendo el primero, el maestro me pidió escribirlo en el pizarrón. Rabioso, fui, lo escribí, volví y me senté. Miré a mi compañero, esbozamos una sonrisa, íbamos a ser buenos amigos. Por nueve meses compartiríamos ese banco, como mellizos diferentes de un mismo embarazo. En el recreo, los gandulones intentaron llamarlo ganso, pero la mirada fría de Montes de Oca los frenó. Frustrados, quisieron abusar de mí; y mi amigo les salió al paso. A la hora de salida, nos fuimos por la misma calle. Una cuadra antes de mi casa, él dobló hacia arriba y me dijo: –Si querés ir… vivo allá… en el último rancho. Diap 89 EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
  • 90.
    Ese año fuede grandes cambios. No sólo en la escuela. Nació mi hermano, supe como se hacían los botijas y, la casita donde vivía se convirtió en una casa de dos pisos. Perdida la inocencia y liberado de la tutela exagerada por ser hijo único, comencé a disfrutar esa libertad. Una tarde remonté mi calle. Los temores se habían vuelto audacia. Encontré a Montes de Oca sentado en un tocón frente al rancho, con el cuaderno de deberes en las rodillas. Sólo sus oscuros ojos demostraron un brillo de alegría. Él me aclaró un verbo y yo le ayudé con los quebrados. Luego quedamos mirando hacia abajo, viendo las cuadras del barrio salpicadas de techos de cinc y verdes baldíos. Observé el rancho. Las paredes, estaban hechas con lajas de piedra de la tierra aledaña. El techo, de chapas oxidadas y lleno de cascotes para que el viento no se las llevara. Una tosca puerta y una ventana eran las únicas entradas. Ambas hechas con un marco rústico de madera y forradas con latas. DE BASTÓNDE BASTÓN Como hacia calor, las dos estaban abiertas. Y un trapo, que pudo tener cualquier origen, hacía de cortina. Un ombú cubría el rancho. Alrededor, eucaliptos, sauces, pinos y hasta un quebracho ponían fondo de misterio. –¿Querés pasar adentro?... –me sorprendió mi amigo. –Bueno… –respondí, con ansias de ver tras esa cortina. Entramos. Era un solo, chico y bajo cuarto. Junto a la ventana había un fogón hecho con piedras, y sobre él una negra y retorcida reja de cabillas. Encima, estaban una olla cuadrada construida de una lata de querosén, otra más chica hecha con una de galletas; y, una tapa redonda de algo, hacía de sartén. Una pava, con su esmalte saltado por todas partes, señoreaba allí. Cerca, estaba la lata con yerba y otras latitas tapadas. Había dos catres, cada uno en una pared. Frente a frente. Y ambos cubiertos con cobijas de cualquier color. Diap 90 EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
  • 91.
    El único reboquede esas paredes era, de tanto en tanto, barro metido con las manos en las rendijas entre las lajas para que no se colara el viento en las noches frías. En el centro del cuarto, trataban de mantenerse en pie una oscilante mesa construida de palos y dos tembleques taburetes salidos del mismo origen. El rancho olía a leña quemada, a mate, a puchero, a caña. Pero, junto a la puerta, se destacaba en su percha; blanco y lisito, el uniforme blanco con su moña azul. Me convidó a sentarme. Lo hice con miedo. Sin embargo, al rato me sentí lo más seguro. Ese taburete parecía débil… pero no aflojaba. –Mi mamá no está… Hace mucho que se fue… Mucho… –murmuró, para quedar en un profundo silencio. Yo también quedé callado, tratando de comprender. ¿Se habría muerto o se había ido del rancho, abandonándolo? –Pero… –continuo él– yo me acuerdo de ella… mi viejo también… por eso se la pasa empedado… DE BASTÓNDE BASTÓN Mi amigo me sirvió un mate. Lo acepté por no desairarlo. Pero, en el primor chupón, la cara me traicionó. –¿No te gusta? –dijo– Cuesta acostumbrarse a lo amargo… Si lo querés dulce… en esa latita hay azúcar. Con eso, lo pude pasar. Y como allí no había galletitas ni mermeladas, endulzamos la tarde charlando. Quise retribuirle su invitación, y algunos días después le pedí que fuera a tomar el café con leche a mi casa. Me miró socarrón; pero, en la tarde estaba en nuestra cocina. Mi madre había hecho galletas. Montes de Oca, amable, rechazó el café. Como mi vieja tomaba mate, le ofreció eso, y él aceptó. Luego, ella fue a amamantar a mi hermano. –Es lindo ver a una mamá… –dijo, mirándola desde lejos. Quedamos en silencio. Las galletas me supieron amargas. Luego, él volvió donde vivía, allá… en el último rancho. Diap 91 EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
  • 92.
    Fue un añodistinto, y en él creciendo el compañerismo. Cada tanto, él iba a mi casa; pero, al rato se marchaba. En cambio, yo pasaba muchas horas en su rancho. Hasta en invierno. Esas paredes de piedra encerraban un calor especial tras la puerta y la ventana forradas de lata, uno que ni el viento que corría afuera podía enfriar. Yo llevaba galletas hechas por mi madre, queso y dulce de membrillo. Él me brindaba mate… dulce. Algunas veces, mi vieja esperaba en la esquina cuando volvíamos del colegio, y le decía a él si quería almorzar conmigo. Y a veces ganaba el orgullo; y otras, la necesidad. Mi amigo sabía estar en la mesa. Mi madre le servía las porciones más grandes. Y en los ojos de él se veía el ansia de un hambre normalmente insatisfecha. Mi padre me había hecho una cuchilla para sacar punta a los lápices. Con la misma, al llegar la primavera, comencé a grabar mis iniciales en los árboles cercanos. DE BASTÓNDE BASTÓN En el ombú fue sencillo, lo mismo con el eucalipto y el sauce. Pero, cuando quise hacerlo en el quebracho, ni siquiera entró la punta. Vino mi amigo y, señalando un lugar del tronco, me dijo: –El quebracho parece muy duro… pero, tiene sus partes blandas… ahí se puede clavar el cuchillo… Entusiasmado, grabé el primer trazo. De inmediato brotó la savia roja. Y él siguió diciendo: –Es como la sangre… al final, se seca…pero, le quedará una cicatriz donde fue la herida… siempre… No pude seguir lastimando al árbol, infundía respeto. Y, así, llegó el fin del año escolar. Los dos lo ganamos. El año siguiente cursé quinto. Pero mi amigo no estaba. No siguió la escuela… otro más. Llegué a sexto, entré al liceo, me casé, me fui del barrio… Y de Montes de Oca no supe más. Diap 92 EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
  • 93.
    :::::: Pasó por losaños cincuenta. Yo trabajaba en una fábrica de artículos de hierro esmaltado. La crisis crecía en el país. Y, no había lámina. A alguien se le ocurrió comprar las latas de los ranchos, dando a cambio tablas de cajones. Un día supe que iban a mi viejo barrio. Los acompañé. Comprando e intercambiando, subieron por mi calle,. Finalmente, llegamos al rancho de mi amigo. Y, sentado en el viejo tocón, estaba Montes de Oca. Con su rostro criollo, curtido de frío, viento y penas. Solo, perdido en su interior, y sólo unido a la realidad por la bombilla del mate. Aceptó indiferente el negocio. Sus valores eran otros. Me senté delante de él mientras desvestían el rancho y el escusado, poniéndole la donada ropa de tablas de cajón. Hablamos poco, pero recordamos mucho en silencio. Los obreros indicaron que habían terminado. DE BASTÓNDE BASTÓN Los miré, y comprendieron. Bajaron todas las tablas que traíamos en el camión… no quedaban más ranchos en esa calle. Mi amigo fue hasta el quebracho. Con el facón rebanó del tronco un pedazo y me lo dio, en él había una cicatriz… y, por dentro, le brotaba la savia roja como la sangre. No necesité explicaciones. Y, levantándome, murmuré: –Chao, Belisario… ¿Querés alguna otra cosa?... Él esbozó una sonrisa triste, respondiendo: –Chao, Rosalino… No, gracias… Vos me diste mucho… –No lo creo… –musité– Vos me diste más. Éramos amigos, por eso nos permitíamos llamarnos por el apelativo. Nos despedimos. Y me fui en el camión. Cuando llegué abajo, me di vuelta; la distancia era grande. Pero, él seguiría arriba… allá… en el último rancho. ...oo0oo... Diap 93 EL ÚLTIMO RANCHOEL ÚLTIMO RANCHO
  • 94.
    El viajero habíavuelto después de mucho tiempo. Pero, ahora, no traía el mito de lo lejano ni la añoranza de lo dejado al irse. Venía en busca de un reencuentro con los seres que aún quedaban y con su realidad. La época donde cada vez que él volvía eran más los que encontraba, la de las bodas y nacimientos; había sido, poco a poco, sustituida por la de velatorios y defunciones. El viajero fue afortunado en tener amigos y formar parte de una gran familia. Todo lo dejó yendo tras el mito de un más allá, para luego convertir en mito lo que había dejado. De sus amigos, sólo uno quedaba vivo. Y la gran familia se había reducido a la mitad. Mes a mes, año a año, uno tras otro, se habían ido para donde no se puede volver. DE BASTÓNDE BASTÓN Buscaba ese reencuentro antes que fueran menos… o que fueran más… según como se viese la realidad. Comenzó por los que todavía estaban presentes. Los que están en el cementerio siempre pueden esperar. En aquella gran familia había ocho hermanas. Todas eran bonitas. Y, como es natural, una lo era más. Ésta se casó, tuvo esposo, tuvo hijas. Sintió el amor y el dolor. Tuvo días de gloria y de resignación. Vivió su vida… y en cada momento enfrentó su realidad. El viajero fue a verla. Estaba en una de esas casas donde, seres que aún tienen muchos días, cuidan a seres que le quedan menos días… para que tengan un día más. La casa era vieja pero aún hermosa. Y ella también aún lo era. La belleza no la destruye el tiempo ni los sufrimientos. Ella le saludó como si hiciera poco que lo hubiese visto. Y comenzaron a charlar de la familia. Él hablaba mucho en tiempo pasado… Y ella siempre en un indefinido tiempo. Diap 94 LA REALIDAD ¿Cómo puede llamarse Chiquita, siendo alta, mayor, y bonita?... 26 LA REALIDAD (U) Hecho real.
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    A él lehabían dicho de la enfermedad de ella. Pero el que vuelve mira con ojos del pasado. Y la memoria, cuanto más envejece, más atrás va en los recuerdos. Conversaron de cuando ellos eran jóvenes y estudiantes. De los compañeros de aquel entonces. De uno que se convirtió en esposo de ella y padre de sus hijas. Y ella le dijo que, la noche anterior, su esposo había ido a verla. Que había estado allí, sentado en la cama… Y a ella le brillaban los ojos al decirlo. El viajero sonrió en silencio. Hacía muchos años que su compañero había muerto. Pero, para ella, él había estado la noche anterior… en su realidad. Recordaron los tiempos juveniles, cuando la casa de las ocho hermanas estaba tan concurrida por los novios que hubo que poner dos turnos para ellos. Y ella le dijo que, esa mañana, una hermana mayor había ido a visitarla. DE BASTÓNDE BASTÓN Que había estado allí, en el cuarto, las dos conversando… Y ella era feliz al decirlo. El viajero volvió a sonreír en silencio. Esa hermana había fallecido mucho tiempo atrás. Pero, para ella, esa mañana las dos habían estado conversando… en su realidad. Luego siguieron charlando de otros familiares y de otros amigos. Y así cada uno todavía existiese o no, ella le daba a todos una perenne vivencia. Él hablaba mucho en tiempo pasado… Y ella siempre en un indefinido tiempo. Pero, él debía irse. Quedaban otros para reencontrar; aunque, cada vez fuesen menos. El viajero se despidió, dejándola en su mundo. Un mundo donde todos los seres que ella quería, tantos vivos como muertos, tanto de hoy como del ayer, estaban por igual presentes… en su realidad. Y la admiró. Ella no necesitaba reencuentros. …oo0oo… Diap 95 LA REALIDADLA REALIDAD
  • 96.
    Abrió la puertasobre la avenida, entrando al local. Fue hasta una mesita junto a una de las ventanas, y se sentó en una silla desde la cual veía la paz de la calle transversal. Cuatro de la tarde, hora serena. Un mozo se acercó con mustio rostro, dándole la carpeta del menú. Él ni siquiera lo agarró, indicándole en forma rutinaria: –Un café… El dependiente se marchó llevando una mueca aburrida. Poco después se oía el ruido típico del vapor de la máquina express y el aire se impregnaba del aroma peculiar. El mozo lo trajo en una bandeja demasiado grande para una tacita tan pequeña. Y lo depositó en la mesita con tal protocolo que parecía estar sirviendo el elixir de los dioses. Luego de recibir las consabidas gracias, retornó con sus colegas; dejando al cliente en su íntima soledad. DE BASTÓNDE BASTÓN Éste, revolviendo el líquido en monótonos giros, miraba pasar por la vía los ejemplares de la especie humana. Y, como era natural, con más atención al género femenino. Fue cuando la vio venir… La reconoció enseguida… Hacía tantos años que no la veía… Sintió una emoción inmensa… Y golpeó en el vidrio con la cucharita. Ella lo miró. Su primer asombro se tornó alegría. Él le hizo señas para que entrase…Y ella, sonriendo, aceptó. Fueron momentos donde el tiempo pareció retroceder. Ella entró con paso elegante. Él se paró y fue hasta la otra silla, separándola. Ella, dichosa, se sentó agradeciendo. Y él terminó de acomodarle el asiento. Nuevamente el mozo se acercó, esta vez con una sonrisa agradable. Pero, obtuvo de ella la frase estereotipada: –Un café… Diap 96 EL CAFÉ Cuando los amantes empiezan a hablar de sus consortes… es hora de decirse adiós. 27 EL CAFÉ (U)
  • 97.
    Otra tacita. Y,al fin, un mundo de ellos dos. –¡Cuántos años sin vernos! –dijo ella en un murmullo. –Diez… –afirmó él, melancólico, mirándola a los ojos. –¿Tantos?... ¿Llevaste la cuenta?... Pensé que te habrías olvidado de aquello. –y, femenina, bajó la vista. –Nunca podría olvidarlo… ni olvidarte. Lo nuestro fue algo tan… tan… ¡nuestro! –aseveró él con voz grave. –¿Recuerdas los primeros meses? –añoró ella– Bastaba mirarnos, y en la tarde estábamos amándonos en un hotel. –La angustia de las mentiras para poder encontrarnos. – agregó él– Esa excitación de hacer algo prohibido. –Después resolvimos en amarnos un día por semana… y eso se volvió normal. –ella tenía un dejo de tristeza. –Fue necesario así. Pero, en esas horas nos dábamos por completo en una pasión sin límite. –él vibraba al decirlo. –Y, con el tiempo, luego de poseernos, hablábamos cada vez menos de nosotros y más de ellos. –musitó ella. DE BASTÓNDE BASTÓN –Me contabas tanto de tu marido, que sentía celos de él. –Y tú, tantas cosas de tu esposa, que la envidiaba. –Hasta que un día, al separarnos… –empezó él. –Sin palabras, nos dijimos adiós… –completó ella. –Diez años sin ti… ¿no te gustaría? –él insinuó, dudando. –No…–respondió ella, sonriendp dulcemente- Mantengamos eso tan hermoso en nuestro pasado. –Tienes razón. Hacerlo ahora, sólo sería engañarnos a nosotros mismos. –Sí… –suspiró ella, parándose para irse- La pasión, como el café, si se recalienta… sabe amargo. Apoyó su mano en el hombro de él, no dejando que se levantara para despedirse. Él se la acarició por un instante. Ella se marchó, sola… Él quedó solo… Delante tenía, frío: Un café… …oo0oo… Diap 97 EL CAFÉEL CAFÉ
  • 98.
    Desde los primerosaños de la infancia, Juan supo que su padre era doctor; que eso era muy importante, y que por lo mismo debía tratarlo con respeto. Su madre, Juana, de quien había heredado el nombre, le contó miles de veces que él había nacido justo cuando su padre daba el examen final en la Facultad. Agregaba que fue bautizado, también justo, el mismo día de la ceremonia de graduación de su padre como doctor. Que, lógico, su padre no pudo estar junto a ellos en esos acontecimientos; más, dada la relevancia de éstos. Y tanto lo repetía la mujer, que el hijo lo consideraba normal… La cosa se acentuó cuando el niño fue a la escuela, una escuelita de suburbio a la cual había ido su padre. Pero, su padre se llamaba Alejandro Pérez Enclán, ahora doctor neurocirujano. DE BASTÓNDE BASTÓN Y, él era… Juan Pérez Pérez. Los Pérez hay en demasía, y más los Juanes. Por tanto, se referían a él, siempre diciendo: –Juancito; el hijo de Pérez Enclán, el doctor. Los maestros más viejos contaban anécdotas de su padre, haciendo la acotación que había sido un gran alumno. Y, muchos papás de los compañeros de Juan, al cruzarse con éste, luego de afirmar que fueron amigos en la escuela, terminaban con la consabida frase: –Dale mis saludos a Pérez Enclán, el doctor. Al niño le impresionaban tres cosas: Una, la acentuación recalcada en Enclán. Sonaba como algo distintivo. Otra, que su progenitor parecía estar en una cima, a la cual no debía subir y menos para ir a molestar. Y, por último, que éste tuviese la amabilidad de bajar a diario para convivir con él, su madre... y los demás. Diap 98 MI PADRE, EL DOCTOR. Florencio, disculpame el título… es que los tiempos han cambiado. 28 MI PADRE, EL DOCTOR (U)
  • 99.
    Vivían en unahumilde casita de un humilde barrio de humildes obreros. Personas comunes y corrientes. Y allí, Juan fue un niño más del montón. Todo niño ve grande a su padre. Pero, en su caso, el suyo era un ser mítico… un médico, alguien que tenía el título de poder curar a la gente. Y Juan, admirándolo respetuoso, ni siquiera los fines de semanas recurría a él para que le ayudase en un problema. En su mente tenía grabada la recomendación de su madre: –Dejalo tranquilo. No molestes a tu padre, el doctor. :::::: A los 12 años, la vida de Juan tuvo una serie de cambios. Finalizó la escuela para ingresar a un liceo suburbano, al cual asistían democráticamente los hijos de los pobres y los de la clase media… y donde había ido su padre. DE BASTÓNDE BASTÓN Éste, Alejandro Pérez Enclán, fue nombrado catedrático en neurocirugía. Como era lógico, el catedrático entró a formar filas con posición de prestigio en un tradicional partido político. Consecuentemente, el doctor con su familia se mudaron a un sector habitado por seres importantes, y cambiaron la simple casita por una añeja casona acorde a su posición. Coche, zona residencial, renombre, especialidad, hicieron que la cima se fuera haciendo más alta y se sintiera más difícil subir a ella… o ir a molestar. Para acentuar ese respeto, en el liceo se enteró que su padre había sido allí un líder estudiantil destacado. Pero, él era Juan Pérez Pérez, un liceal común. Uno más de los tantos que forman parte del alborotador bullicio en los patios, y del aburrido silencio en las clases. Eso no evitó que algunos profesores, y hasta el director, se acercasen a él y le dijesen: –Así que usted es el hijo de Alejandro. Lo felicito. Por favor, trasmítale mis saludos a Pérez Enclán, el doctor. Diap 99 MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
  • 100.
    Finalizando secundaria, aJuan le surgieron jaquecas. Sin embargo, ni por ellas quiso molestar a su padre. Si se volvían insoportables, iba a algún puesto asistencial popular, donde un Juan Pérez Pérez era uno más. Su padre obtuvo un alto cargo en el Ministerio de Salud. Eso fue el disparador para una explosión de más cambios. Las personas lo saludaban con deferencia, remarcándole: –Mis saludos a Alejandro, el doctor. De pronto, todos lo habían conocido antes, y a tal punto, que lo llamaban por su nombre. Pero, la cima se volvió tan alta que la esposa de barrio no sabía llegar allí… y otras sí. Juana tuvo el suficiente amor propio para marcharse a la humilde casita. Y Juan, lleno comprensión, la acompañó. No por ello perdió el respeto y la admiración a su padre. El doctor se divorció de la suburbana mujer para casarse al poco tiempo con la señorita Roxana Ergón, perteneciente a la alta sociedad y… poco mayor que Juan. DE BASTÓNDE BASTÓN Y éste, al ingresar en Facultad de Medicina, tuvo como regalo un medio hermano llamado Alejandro Pérez Ergón. Con el acento recalcado en Ergón. Sonaba distintivo. Juana fallecía unos meses después. Y a Juan le resonaban las palabras de su madre en sus minutos finales: –Dejalo tranquilo. No molestes a tu padre, el doctor. :::::: Juan quedó en la casita. No regresó con su padre. Él no pertenecía al mundo de Alejandro Pérez Enclán, el doctor. En facultad, Juan fue un estudiante anodino. Pasó los dos primeros años gracias a amargas repeticiones y esfuerzos que intensificaban sus jaquecas. Ya en tercero, fuese por la presencia de los cadáveres, el poco respeto de sus compañeros hacía ellos, o el ver que la medicina era sólo una profesión más, se sintió frustrado. Y abandonó la carrera. Diap 100 MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
  • 101.
    Por primera vezsu padre le llamó para inquirir la causa. Y el hijo contó de su frustración y de sus limitaciones. Pero, para no preocuparlo, nada dijo de sus jaquecas. Omnipotente, el doctor le indicó que siguiera alguna de las tantas profesiones técnicas que abundan en la medicina. Y Juan, siempre respetuoso, le hizo caso… agradeciéndole además. Había escuchado a su padre por primera vez dándole un consejo. Había sido llamado a la cima. Y salió de allí para cumplirlo, sabiendo que no era probable que volviese. Con muchos fracasos, pequeños aciertos y algunos años, pudo por fin obtener el título de técnico radiólogo. Lo festejó en la casita con todos sus amigos del barrio. Los humildes tienen la riqueza de la amistad. Pero, al otro día, la jaqueca era insoportable. Ninguno de los medicamentos que solía tomar, hacía efecto. DE BASTÓNDE BASTÓN Un amigo insistió que se hiciera ver con un especialista. Juan, vencido por el dolor, aceptó con una sola condición: –Iré. Pero… no molesten a mi padre, el doctor. Siempre hay un medicamento más fuerte. Y siempre hay un médico para una enfermedad. Y siempre hay nuevas técnicas para encontrar las causas. Las placas estaban en la pantalla. El médico junto a Juan. A éste no se le podía disimular. Sabía lo que estaba viendo. –Es un tumor cerebral maligno. –confirmó el especialista– De crecimiento agresivo. Quizás si lo viese su padre… La mirada determinante de Juan no le dejó seguir. Nunca más, ni nadie más, volvió a hablar de eso. Meses después, Juan moría en la humilde casita rodeado de sus amigos. Dicen éstos que a pesar de las drogas y del intenso dolor, hasta último momento repitió: –No molesten a mi padre, el doctor. …oo0oo… Diap 101 MI PADRE, EL DOCTORMI PADRE, EL DOCTOR
  • 102.
    El viejo estabavivo. Los seres vivos deben comer. Y hoy la comida se encuentra en esos monstruos híbridos que, entre tantos nombres, tienen el de supermercados. Salió a la calle, las desnudas ramas de los árboles eran el reflejo del invierno. Miró a una pareja de teros buscando su sustento diario en el pasto mustio de la plaza. Les sonrió con nostalgia. También él lo había buscado en el ayer con su compañera. Tiempos idos. Bajó a la calle. Recordaba cuando frutas y verduras que no se cultivaban en el fondo, se compraban en la feria. La carne, día a día, en la carnicería. Y lo demás, en el almacén de la esquina. Y se compraba en amenas charlas con los vendedores que eran amigos de años. Tiempos idos. DE BASTÓNDE BASTÓN Llegó a su destino. Se vio reflejado en la amplia cara vidriada del comercio. Observó sorprendido a ese otro que estaba en el cristal.* Paso cansino, encorvado y brazos caídos. No le sacó la vista de encima. A medida que continuaba caminando se iban acercando. Terminaron frente a frente.* No había dudas. Era él. Una realidad irrefutable.* Quedó viéndose en ese espejo. Pero, de pronto, el de la vidriera le sonrió con esa sonrisa apacible que ponen los viejos cuando hablan con otro anciano. ¿De qué hablaron?... Había tantas cosas que recordar de los últimos años. El tamiz que se usa en la vejez para cernir las cosas de valor tiene enormes huecos del tiempo. Sólo quedan arriba las realmente importantes. Sin embargo… por esos huecos también se van los seres queridos que nos acompañaron en el camino. Diap 102 LA VIDRIERA Si me encontrase con el niño que fui, con el joven que fui, y con el hombre que fui; seríamos cuatro desconocidos. (Las Mil Y Una Carigiadas O Carajeadas) 29 LA VIDRIERA (U)
  • 103.
    El anciano dela vidriera se despidió con un gesto. Y en su lugar surgió un hombre ya mayor, enérgico, dinámico. De esa figura emanaba certeza, experiencia, decisión. Fuerte, viril, paso atlético. Tenía la confianza de saberse capaz de resolver cualquier problema. Imponía respeto. El viejo tardó poco en reconocerlo. Era él mismo, pero… muchos años atrás, cuando creía que el mundo era suyo. También este reflejo hizo un gesto, despidiéndose. Y fue sustituido por alguien juvenil, de abundante cabellera, de rostro sonriente, alegre, desfachatado y tímido a la vez. Su mirada brillaba de sueños. Su paso era audaz. El viejo tardó algo más en reconocerlo. Pero, su corazón volvió a temblar. Era él… cuando joven. Y el joven le hizo adiós. El viejo tuvo que bajar la mirada para ver al niño que había aparecido en la vidriera. DE BASTÓNDE BASTÓN Lo miró con ternura. En silencio empezaron a hablar de cosas simples para uno y asombrosas para el otro. No lo reconocía hasta que se dio cuenta que estaba frente al niño de su infancia. Y quedó allí, recordando. –Disculpe… ¿Me permite pasar? Una voz firme y segura lo trajo a la realidad. Un hombre como de cuarenta años, empujaba un carrito con alimentos. Venía con su esposa y, detrás, dos niños pequeños. ¿Cómo no iba a darle paso el presente, y aún más si venía seguido por el futuro? Se separó de inmediato. Pasaron entre el anciano y la vidriera. Luego, nuevamente, el viejo quedó frente al cristal. Los personajes del ayer habían desaparecido. Sólo estaba el reflejo de su realidad irrefutable. Si reflejaba, estaba vivo. Los seres vivos deben comer. Entró al comercio. Y la vidriera quedó vacía. …oo0oo… (* Renglones tomados de un mail de Otto Bauer) Diap 103 LA VIDRIERALA VIDRIERA
  • 104.
    Enero de 1938. Sábadoa mediodía, al terminar el trabajo. El calor hacía mover el aire sobre los hierros recalentados por el sol en el patio del taller. Yo tenía nueve años. Y estaba de aprendiz como sanción por no haber pasado el tercer año en la escuela. Pero, por hallarme entre máquinas, más bien me parecía un premio. Lo que salía de las regaderas donde nos bañábamos era un líquido caliente, ya que el tanque y los tubos estaban en el techo del galpón. Uno de los obreros dijo de irnos a zambullir en el pozo, que ahí el agua siempre era fresquita. El pozo estaba al final del terreno. La roldana por donde pasaba la cuerda para el balde, colgaba de una tosca viga mal atornillada en dos rieles clavados en el piso. DE BASTÓNDE BASTÓN Inaudito en un taller mecánico. Pero, como dice el refrán: En casa de herrero, cuchillo de palo. Con el otro aprendiz sacábamos a diario agua de allí para preparar el puchero de mediodía y baldear los pisos. Su brocal era tan bajo que uno temía caer. Salimos en tropel, en calzoncillos, acicateados por la picana del calor y de la aventura. Los obreros viejos, los maestros, reían deseando tener nuestra edad. Dos oficiales jóvenes fueron los primeros en largarse por el hueco del pozo. Con el otro aprendiz nos asomamos al pretil. Muy en el fondo vimos sus cabezas sobre el agua. Sus risas, y comentarios de lo lindo que estaba el agua, retumbaban con sonido a vacío. Dijeron que esperasen a que salieran ellos, que no había lugar para otro más. Como nosotros éramos aprendices tuvimos que esperar que se refrescaran todos los demás, mientras nos corroía la envidia a su disfrute… y el miedo a aquella profundidad. Diap 104 EL POZO El hombre flota por que es hueco, y se hunde porque se desespera. (Las Mil y una Carigiadas o Carajeadas) 30 EL POZO (U) Hecho totalmente real. Hecho real.
  • 105.
    Finalmente nos llegóel turno. Mi compañero se sentó en el borde del pozo y se zambulló de pie. Esperé que saliera sobre el agua y, esquivándolo, salté igual. Me sorprendió el frío del líquido y como seguía éste hacia abajo. Yo había aprendido a nadar en el muelle y en la playa, con la inmensidad del mar. Asustado, en la oscuridad, sintiendo la circular pared a mi alrededor aprisionándome, me impulsé para arriba. Respiré una gran bocanada de aire, mientras trataba de mantenerme a flote. Pero, me costaba en esa agua dulce. Miré hacia la boca de donde había saltado. Era un disco de luz… ¡y lo veía más chico de cuando me encontraba arriba! Recién reflexioné. Estaba metido en un pozo perforado en la tierra hasta encontrar el manantial. ¿Cuántos metros tendría de profundidad? Reí con el otro aprendiz, mi compañero. En la penumbra vislumbré que tenía el mismo pavor. Pero, nada dijimos ante la burla que nos harían los que estaban afuera. DE BASTÓNDE BASTÓN Éstos se asomaban al lejano brocal y nos decían bromas. Alguien gritó que el miedo nos hacía flotar. Nosotros les seguíamos la chacota, buscando el coraje dentro nuestro. Y de pronto, sin saber porqué, respiramos profundo y nos zambullimos en las oscuras aguas. Tocamos el fondo, era sucio y barroso. Volvimos rápido a la superficie. El aire resultó maravilloso. Ya no sentíamos miedo… Sin embargo, la prueba no había terminado. Debíamos salir de allí. Los mayores eran más grandes y, apoyando sus pies y manos en la pared, habían trepado el hueco. Intentamos hacer lo mismo. Caímos al agua varias veces. No nos dimos por vencidos. Y, usando la cuerda del balde, subimos poco a poco. No nos importó la risa de los demás. Porque… cada uno, a su manera, salió del pozo. …oo0ooo… Diap 105 EL POZOEL POZO
  • 106.
    No recuerdo sifue en el año 1948 o 1949. Lo que estoy seguro es que fue un sábado a mediodía, al salir del trabajo. La fábrica ocupaba una larga cuadra en el barrio Arroyo Seco, cerca de la bahía y del ferrocarril. En esos años había demanda de obreros, y mucha gente del campo venía a llenar los puestos inferiores de la planta. Solían ser personas introspectivas, dadas a desconfiar… y aún más si el que lo decía era de la ciudad. Preferían tratar con los capataces que algunos años antes tuvieron la audacia de salir de un pueblito del interior del país y habían aprendido un oficio… y a mandar. También la mayor parte era conocida por el apodo, tenían cierto recelo que los llamasen por el apellido o el nombre… parecía como si lo guardasen sólo para algo importante. DE BASTÓNDE BASTÓN Hacía ya tres meses que el Chacho trabajaba en la sección de los hornos. Era un hombre cuarentón, formal, y pronto fue apreciado por su dedicación al trabajo. Cuando en los descansos, los demás charlaban y reían de sus respectivas bromas; Chacho, callado, se hundía con la bombilla del mate en los recuerdos de tierra adentro. Por sus méritos le ofrecieron trabajar en el decapado, una sección nocturna donde se laboraba de doce de la noche a seis de la madrugada, con pago de ocho horas. Chacho quedó pensando. Hacía un mes que había traído a su mujer… una chinita joven. Pero, al final, aceptó. Le dijeron si sabía de alguien para sustituirlo en su puesto del día. Y el Chacho respondió que en su pueblo tenía un amigo que quería venirse a la ciudad. Así, a los pocos días, comenzó a trabajar el Tito. Hombre poco mayor de treinta años, alegre, locuaz, dicharachero. Costaba entender que fuese amigo de Chacho. Diap 106 EL DUELO Cosa rara: El silencio se oye, aísla… y pesa. Hecho real. Los nombres, apellidos y apodos son ficticios 31 EL DUELO (U)
  • 107.
    Los dos hombresse encontraban a las seis y media de la madrugada. Uno yendo a descansar junto a su mujer en la pensión. El otro viniendo de allí para iniciar su labor diaria. Pero, ese sábado el Chacho llevó al Tito a un recoveco… Jamás supimos que se dijeron. El Tito no abrió la boca en toda la mañana. A las doce, fue a hablar con el capataz. Al salir, a mediodía, nos enteramos que el Chacho estaba en un galpón solitario donde a veces paraba el tren. Allí esperaba al Tito… para batirse en duelo criollo. Fuimos todos en silencio. Con respeto… Cosas del honor. Y en silencio se hizo rueda alrededor de los contrincantes. –¿Estás listo, Juan González? –preguntó el Chacho, seco, envolviéndose la campera en un brazo y sacando el facón. –Listo estoy, José Rodríguez. –respondió el Tito, haciendo lo mismo. DE BASTÓNDE BASTÓN En silencio empezaron a girar uno frente a otro, lanzando puñaladas y atajándolas con los improvisados escudos. Y en silencio, de pronto, el Chacho alargó el brazo con el facón y le hizo un barbijo al Tito. Pero, no pudo evitar que éste le clavara el puñal en el vientre. Los separamos. Ya era demasiado. Alguien improvisó un vendaje al Tito y se lo llevó para la Asistencia Pública. Otros vieron al Chacho a pesar de su reticencia. Sólo era un puntazo. Sangraba, pero no había penetrado. La faja de gaucho, que aún usaba, lo había salvado. Volvió a fajarse. Oímos el pito de un tren que venía de la Estación Central. El Chacho hizo señas para que se detuviese… ¡y se detuvo! Un hombre subió a él, y el tren reanudó su marcha sobre unos rieles que se perdían tierra adentro. Nunca más supimos del Chacho ni del Tito. Nunca más se habló de eso. Lo enterramos en el ayer. Pero hubo algo que nunca podré olvidar… El silencio. …oo0oo… Diap 107 EL DUELOEL DUELO
  • 108.
    Se llamaba Anahíy era paraguaya. Se madre, india guaraní. Y su padre, gaucho mezcla de charrúa y español que, llevado por los genes aventureros, había remontado por el río a trabajar en una zafra en el Paraguay. De allí volvió con la mujer y la niña. Tal vez la india fuese hija de un cacique, o sólo una más de las que se ofrecían a los hombres que bajaban del barco con un: –Por lo que esté, señor… Humillante oferta nacida de la pobreza y la opresión. Anahí, al cumplir dieciocho años, bonita y con piel tersa, comenzó a trabajar en la recepción de una industria. Había en las oficinas un joven que idealizaba la amistad. El joven y Anahí se hicieron buenos compañeros. DE BASTÓNDE BASTÓN Un día, el jefe del empleado le dijo, malicioso y socarrón: –Esa botija quiere contigo. –Por favor, señor. Si somos amigos, nada más. –Mirá, muchacho. –afirmó el viejo– La amistad entre un hombre y una mujer sólo es posible hasta los seis meses de edad. Después se dan cuenta que ahí abajo son distintos… y cada uno desea lo que tiene el otro. El joven pensó que había personas para quienes todo era sexo. Pero, los días siguientes aumentaron los comentarios. Ya cansado de ellos, invitó a Anahí para ir al cine. Estando allí, para comprobar, puso su mano sobre la de ella… Y ella quedó mansita, quieta, esperando más. Y, sin decir palabra, él se levantó y se fue dejándola… sola. Se sintió frustrado en sus ideales de amistad, de la mujer. Al poco tiempo, supo que Anahí salía con uno que tenía un rosario de amoríos. Finalmente, ella renunció. Diap 108 LA CAÑA Hecho real. Nombres ficticios. Al recordar todas las oportunidades donde rechacé hacer algo prohibido, me pregunto: ¿Fui bueno, fui inocente, o fui estúpido? (Reflexiones De Humgrand Penn De Joc) 32 LA CAÑA (U)
  • 109.
    :::::: Diez años después,noche tenebrosa, centro de la ciudad, veredas solitarias. Aquel joven, ya vuelto hombre, cruzaba una calle frecuentada por las yiras. Al subir la esquina se topó de frente con Anahí. Su forma de vestir y pararse denunciaba su profesión. La reconoció de inmediato. Y, en los ojos de ella vio que también lo reconocía a él. Se detuvieron los dos. Por unos instantes, que parecieron siglos, quedaron mirándose en silencio. Luego, esbozando ambos la mueca de una triste sonrisa, cada uno siguió su camino. El hombre avanzó algunas cuadras más. Vio la luz de un boliche. Un boliche propio de esa hora y lugar. Entró, dirigiéndose con paso vencido al mostrador. –Una caña… doble… –pidió con amargura en su boca. –¿Para olvidar?... –preguntó el cantinero con remedo del tango y burlón sarcasmo. DE BASTÓNDE BASTÓN El cliente no respondió, permanecía mirando las vetas de la madera del bar. El bolichero comprendió. –¿Sola? –agregó, queriendo suavizar lo dicho antes. –Sola… Sí… Sola… –musitó el hombre. El sonido del vaso, al ser posado frente a él con el líquido ambarino, lo volvió a la realidad. Recién se dio cuenta que el bolichero se refería a la bebida. Pero, él había respondido pensando en aquella mujer. Tomó la caña poco a poco… queriendo, en cada sorbo, ahogar los recuerdos que habían resurgido del pasado. Y, ésos nunca se hunden… flotan en nuestra conciencia. Pagó y se fue. Se alejó aún más en la oscura calle. Sentía malestar dentro del pecho. Él sabía el motivo. Pero, prefirió atribuirlo a… la caña. …oo0oo… Diap 109 LA CAÑALA CAÑA
  • 110.
    El hombre terminóde atarse la moña a los zapatos. Luego, con gesto de dolor contenido, se fue enderezando poco a poco. Lentamente, buscando fuerza en los años idos. El verse en el espejo no pudo evitar una sonrisa irónica. Se reía de sí mismo. Era la fortuna más grande que le quedaba a esa edad. Las otras se ganaron y perdieron en el tiempo. Sarcástico, se observó: Chaqueta negra, pantalón negro, camisa negra, cinto negro, zapatos negros, medias negras... hasta lo que no se veía, la ropa interior, era negra. ¿Hábito, costumbre, manía?... ¿Acaso, importaba ahora? Sólo su rala barba y escasa cabellera eran blancas. Tomó el bastón, negro como era lógico, y salió a la calle. No cerró la puerta con llave. Dentro él, algo le decía que ya no era necesario. Ese algo que le empujaba hacia el cerro. DE BASTÓNDE BASTÓN Subió la empinada calle. Cada tanto se detenía, soltando un resuello y para mirar el cielo... Y allá, en lo alto, muy alto, sobre el monte, veía los zamuros volando en círculos. Desde joven, los había admirado. Con su armonioso vuelo llegaban hasta las nubes... como los ideales. Aunque, al bajar a tierra, pareciesen feos y desgarbados. Muchos, como él ahora, no aleteaban dejándose llevar por las corrientes. Y, sin embargo, eran los que estaban más alto... siendo puntos solitarios en el cielo. Llegó al sendero que penetraba en la espesura del cerro. Giró para atrás, observando el camino recorrido. Respiró hondo. Todo había quedado allá abajo, lejos... No sentía ni tristeza ni satisfacción. No sentía nada. Alzó la vista. Los zamuros seguían volando. Y comenzó a subir por el sendero. Diap 110 NEGRO VUELO Tigre no come tigre ni zamuro pica zamuro. (Refrán popular) 33 NEGRO VUELO (V)
  • 111.
    Al hombre lecostó llegar a la cima. Atrás habían quedado los años que la subía de una sola vez. Pero, ahora llegó con de la ayuda de la experiencia y del bastón. Allí, el terreno era plano. Se sentó en el medio. Aquel algo que lo había traído, se volvió un malestar hondo. Se recostó viendo como los pájaros negros planeaban en la altura. Sintió un dolor agudo en el pecho... Creyó estar más cerca de las aves... ¿Era por que él estaba más alto?... ¿o eran ellas que iban bajando poco a poco?... En la tarde, los transeúntes de la calle se asombraron de la cantidad de zamuros que planeaban sobre el cerro. Tal vez hubiese muerto algún animal grande. En la mañana siguiente, por lo contrario, les extrañó que no estuviesen en el aire aprovechando las corrientes. Era sábado. Un grupo de jóvenes exploradores solía subir el monte. Al llegar a la cima les impactó el espectáculo: DE BASTÓNDE BASTÓN En el centro de la explanada se hallaba el cadáver de un hombre todo vestido de negro. Y, a respetuosa distancia, sin tocarlo, formando un gran círculo, de pie, con las alas extendidas... los zamuros. Los humanos espantaron a las aves, y éstas fueron remontando vuelo, lenta. suavemente, armoniosamente. Los jóvenes bajaron el cuerpo de aquel ser. Contaron lo visto. Sin embargo, la gente es escéptica. Unos dijeron que los pájaros estaban secando sus plumas al sol. Otros que estarían ahítos de comer en los basureros. Hasta hubo algunos que se rieron diciendo que, como el hombre estaba de negro, les pareció otro de ellos. Pero, desde ese día, hay un zamuro en el grupo que vuela muy alto... muy alto... hasta ser un punto en el cielo... un punto en el espacio... Un punto negro. …oo0oo… Diap 111 NEGRO VUELONEGRO VUELO
  • 112.
    Al mayor ledecían Tito; al menor, Toto. Tenían la piel blanca, ojos claros y el pelo rubio. Además, poseían una contextura fuerte y musculosa. Así eran esos hermanos. Nadie los llamaba por sus nombres de pila. Y aún menos por el apellido, era impronunciable. Algunos decían que sus padres habían huido de Rusia, otros, de Polonia. Lo cierto fue que desde chicos eran vistos con recelo por todas las madres del vecindario y, hasta los botijas más reos los esquivaban apartándose de ellos. Vivían en uno de esos terrenos largos de la cuadra, los de ocho metros de frente por cuarenta de fondo, buenos para el cultivo. Pero, el de ellos era un erial. La tierra seca, plana. Lo único que se veía era la casilla del perro, una higuera y, bien al fondo, una pobre casita construida sobre pilares de madera. Para entrar había que subir una tosca escalera. DE BASTÓNDE BASTÓN No se conocía al padre. Ellos contaban que había muerto. Pero, según las malas lenguas, fue un borracho que peleaba todas las noches con su mujer y que, un día, los abandonó. La madre era una petisa regordeta, parecía una luchadora enana, la cual tuvo que ir a trabajar al frigorífico para poder mantenerlos. Por tanto, los muchachos se criaron solos. Ella, de carácter eufórico, estaba siempre dada a ayudar y más si había que hacer esfuerzo físico. Se llamaba Tatiana, nombre raro en el barrio, así que fue llamada doña Tati. A medida que crecieron los hermanos, fue creciendo la suma de sus maldades. Pero, nadie osaba decírselo a doña Tati. Le menor insinuación, hacía explotar a la eslava. Sólo existía algo más malo que ellos: El perro que tenían. Lo habían entrenado para destrozar cualquier animal más chico… y realizar indecencias en las piernas de las personas. Diap 112 LOS HERMANOS Malo el Tito, malo el Toto; a cual de los dos, más loco. (Estribillo del barrio) 34 LOS HERMANOS (U)
  • 113.
    Molestar a alguieny hacer todo tipo de crueldad causaba a los hermanos risa, burlándose de los demás. El barrio optó por pensar que ellos eran una cosa y la madre, otra. Frente a ellos vivía un niño serio, apocado, introspectivo, que tenía un gato el cual era su compañero. El botija sólo una vez fue a jugar con los hermanos… y jamás volvió a ir. Sucedió cierto verano, un domingo, en la playa. El niño, a quien le agradaba aventurarse, avanzaba por el rompeolas que formaban las rocas negras entrando en el mar. En la punta patinó cayendo al agua. Fue atrapado por un remolino. Ya casi ahogado, sintió que lo agarraban del pelo sacándole fuera. Y vio a su salvadora… doña Tati. Después del rezongo correspondiente, volvió con ella para las casas. En el portón del terreno estaban los dos hermanos. Esa tarde, la barra de botijas armó un partido de fútbol en el baldío. Tito y Toto eran malos, pero los aceptaban por ser buenos delanteros. Y, cosa rara, llevaron al perro. DE BASTÓNDE BASTÓN Les pidieron que lo ataran a un árbol, y así lo hicieron. Llevarían media hora de juego cuando entre los abrojos surgió el gato del botija… era algo normal, se extrañaban. En un instante estalló el drama. Los hermanos soltaron al perro azuzándole contra el gato. El minino salió corriendo. Próximo a una pared saltó para cruzarla. Pero, el perro también saltó en el aire mordiéndole por la espalda y sacudiéndolo hasta partirle las vértebras. Luego, ya en el suelo, lo desnucó. El botija miró con dolor y rabia a los hermanos. Y ambos reían con una mirada de malvado desquite. El tiempo pasó. El niño se hizo hombre. Se marchó lejos. Un día volvió. Ya usaba bastón. Los vecinos le dijeron que Tito y Toto, un día, mayores, echaron a la madre de la casa. No le asombró. Así eran esos hermanos. …oo0oo... Diap 113 LOS HERMANOSLOS HERMANOS
  • 114.
    Era su cumpleaños,tantos que los contaban por décadas y no por años. Sus hijos y los amigos de sus hijos lo invitaron a tomar un café en un conocido lugar de la ciudad. Lo pasarían a buscar a las seis de la tarde. Contento, dijo que sí. Luego se le oprimió el corazón. Ningún amigo de su propia vida quedaba para invitarlo. Todos se habían ido. A las seis y cuarto entraban en el café. Un lugar de fama, o de moda, uno donde se va para encontrarse con los iguales en posición social… y que pueden pagarlo. Era la hora del cierre de los parques, de mujeres con hijos. Los hijos tomaban bebidas dulces y comían pizzas, mientras las señoras analizaban el lado derecho del menú. Se sentaron en el centro del salón. Cerca, una madre decía a un niño que se portara bien. DE BASTÓNDE BASTÓN Y vio años atrás, a la madre de sus hijos... y más atrás, a su propia madre. Seis y media. Hora de la salida de las oficinas. Llegan los empleados sonriendo. Los jefes, ostentando. Las empleadas, con susurros y risitas. Hora previa al motivo real… Y se sientan. Y hablan. Y piden mirando el lado izquierdo de la carta. Y los mozos corren más. Y él se vio años atrás, junto a compañeros y compañeras del momento. Siete de la noche. Las madres, los maridos, y los hijos se van. Los pequeños dormitan en el hombro del padre. Y le parece sentir en el suyo, el peso de una cabecita infantil. Y, retrocediendo, la sensación de abrigo y seguridad que hallaba junto al cuello de su padre. Y que, como todos los hijos, nunca recordó cuando lo abrigaba al acostarlo. La taza de café se ha ido convirtiendo en copas de bebidas fuertes y platillos con comida para despertar más el ansia de beber… y en las demás mesas, las parejas se juntan más. Diap 114 LA EXCURSIÓN recuerdos, recuerdos... telarañas, telarañas... (Poema de Blanco en Canas) 35 LA EXCURSIÓN (V)
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    En una, enun rincón, frente a frente, un hombre y una mujer charlan. Los dos atentos a lo que hablan, pero ella no está interesada en lo que él dice, sino en él… y él, en ella. Veinte años atrás, otras caras, otro ropa, otros peinados, la misma representación. Y veinte aún más, lo mismo. Y sin importar la época o el teatro… el mismo final. En otra mesa, alguien escribe en una computadora y otro opina. Ayer, otros hicieron lo mismo con un bolígrafo… y en otro siglo, con una pluma y tinta… comedia, comedia. Las luces halógenas alumbran el local, lo suficiente para verse las caras y ocultar lo que se siente. Años antes, fueron de neón; y antes, incandescentes… y antes, hasta de gas. Ocho de la noche. Las parejas se han marchado… juntos. Es la hora de los solitarios en compañía que, con platos de rebuscado sabor y bebidas con alcohol, unen su soledad. Vienen los mozos y, cual marineros de todos los puertos, cantan por su cumpleaños. DE BASTÓNDE BASTÓN Y él sonríe. Los mozos sonríen. La gente sonríe. Una sonrisa muy igual… muy igual. Diez de la noche. Es hora de dejar a los noctámbulos en su lugar. Él ya no lo es. Y se levantan. Y hacen un recorrido por las calles iluminadas por anuncios comerciales. Y recuerda cuando allí vivían sus amigos con sus familias. Once de la noche. Es hora de volver a la casa. Al bajar del auto, sus hijos y los amigos de sus hijos, con la euforia típica de su edad y de su momento, le preguntan: –¿Y, qué tal el paseo?... ¿Viste cuántas cosas nuevas hay? –Sí… Muchas…Me gustó mucho… Gracias. Pero, no fue un paseo… Fue una excursión… Una excursión al pasado. Todos rieron. Y él rió con ellos para que se sintieran bien. Para ellos eran locuras de viejo. Para él, su realidad. Y, apoyado en el bastón, murmuró mientras les hacía adiós: –Pasado, presente… siempre igual, siempre diferente. …oo0oo... Diap 115 LA EXCURSIÓNLA EXCURSIÓN
  • 116.
    La familia siemprese referían a ellas como: Las Tíopancho. Así, de corrido. Parecía que ese fuese su apellido. Pero no. Con el tiempo, se llegaba a saber que éste era uno de alta alcurnia. Y ellas, tres rancias señoritas. Su padre, llamado Francisco, familiarmente Pancho, fue quien las distinguió con esa referencia: Las de tío Pancho. Los demás la abreviaron y se comieron el “de”. Que se comiera algo de ese nombre no era de extrañar. El viejo había sido dueño de uno de los grandes saladeros para el tasajo, situado en la costa cercana a la capital. Cuando surgieron los frigoríficos, y el lógico final de los saladeros, el gran señor se retiró con una inmensa fortuna, una fabulosa mansión, tres estancias y... tres hijas. DE BASTÓNDE BASTÓN Todo eso a pesar que, según las narraciones, no fue el más dedicado al negocio del Saladero ya que sufría de jaquecas. Lo que no le impidió tener esas hijas con su esposa. Los nombres de ellas fueron acordes a la época: Isidora, Amalia, y la menor cariñosamente llamada Sarita. La mansión ocupaba toda la extensión de una cuadra con un ancho frente con balcones sobre una importante avenida, y tras un jardín lleno de rosas y jazmines. Muchos charrets y coches se detuvieron allí, a inicios de siglo, para descender de ellos linajudas familias invitadas a los saraos en honor de las tres bellas señoritas. Las tres tocaban el piano, sabían tomar el té y mantener finas conversaciones. No hablaban de política, ni de religión y menos de sexo... eso era de mala educación. Para los jóvenes pretendientes la dote de una estancia era tentadora. Pero, tal vez fueron demasiado ambiciosas, o muy exigentes. Sus padres murieron sin ver casar a ninguna. Diap 116 LAS TÍOPANCHO Balcones de los que surgen seres humanos, ansiando que la calle les diga que aún están vivos. (Poemas) 36 LAS TÍOPANCHO (U)
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    Las rancias señoritasconvirtieron la mansión en su claustro personal. Poco a poco las amistades se fueron alejando. Sólo algunos familiares venían, de tanto en tanto, a visitarlas. Dejaron la administración en manos del abogado de su padre. Nunca habían visto las estancias ni tenían interés en conocerlas. Eso era cosa de hombres. En cuanto a la mansión, era llevada por una gallega de nombre Juana, la cual tenía una hija llamada Rosa. La vida de las señoritas era metódica. Oían misa en la capilla de la mansión. Le servían el almuerzo. Dormían la siesta... Tomaban el té, y luego... Salían al balcón del jardín. Apoyadas en esa balaustra, mirando la avenida, vieron desaparecer los coches de caballos, llegar e irse los tranvías, el paso fugaz de los trolebuses, y el auge de los ómnibus. Cada noche, al cerrar las persianas al presente, cerraban otro día de sus inútiles vidas. Se quedaron en el pasado. La primera en irse fue Isidora, tal vez de un infarto, quizás por que la faltó algún sentimiento más a su corazón. DE BASTÓNDE BASTÓN La gallega Rosa había sustituido a su madre. Y el hijo del abogado a su padre. Más jóvenes y locuaces, ambos se habían granjeado la simpatía de las dos hermanas restantes. Hubo que vender una estancia para pagar los impuestos de las tres, y ahora sólo eran dos hermanas. Con el sobrante, los cuidadores les compraron refrigeradora moderna y televisión. En esa mansión aún usaban hielo y apenas escuchaban la radio. Amalia y Sarita enloquecieron con la novedad. Llamaron por teléfono a sus familiares. No todos fueron. Los salones olían a moho, y las rancias señoritas a pipí. Los años siguieron pasando. Amalia marchó a acompañar a Isidora. Y, poco después, se fue Sarita. Muchos parientes se molestaron al saber que había testado a favor de Rosa. Ésta convirtió la mansión en un ancianato. Tenía práctica. La llamó: Casa de Retiro Las Tíopancho. Así, de corrido. …oo0oo... Diap 117 LAS TÍOPANCHOLAS TÍOPANCHO
  • 118.
    Suntuosa y recargadasala que podría hallarse en Londres, París, Roma, Buenos Aires, México... y sería lo mismo. Ésta, se encuentra en Madrid. Aparatosos y formales muebles, junto a cuadros clásicos de poses estereotipadas, ostentan lo que se puede comprar con una fortuita riqueza. Aquí, la de un cargo político. Pesados y lujosos cortinajes velan la avenida residencial en donde viven familias del círculo gubernamental y del cuerpo diplomático. En este caso, la de un agregado militar. Rebuscadas y brillantes arañas cuelgan del techo que, con los apliques, sustituyen la ocultada luz del día y alumbran a dos circunspectas señoritas sentadas en sendos sillones. Son las hijas del militar; un coronel que de golpe, o por un golpe, ascendió a general. DE BASTÓNDE BASTÓN Son las diez de la mañana. Pero, están vestidas y arregladas hasta en el último detalle. Son Ernestina y Enriqueta. Apenas han pasado los veinte años. Siempre han vivido consentidas. Siempre han tenido sirvientes. Y han sido educadas para vivir en la sociedad. –Podrán pasar los años; –dice Ernestina, con voz melosa– pero, cada mañana, cuando veo salir a nuestro padre con su uniforme, llevando tantas condecoraciones en su pecho, tan marcial, me impone respeto, emoción, y gran orgullo. –Es natural, a mí me sucede lo mismo; – agrega Enriqueta, la menor, con similar tono– quizás sea por su autoridad, su cara adusta, las doradas charreteras, su espíritu castrense. –Por eso nos envidian nuestras amigas. –Y también por la familia de nuestra madre. ¿Cuándo ellas podrán encontrar sus ascendientes en los libros de historia? El ama de llaves entra luego de golpear en la puerta. Diap 118 LOS DIENTUDOS Todos somos actores. Algunos son profesionales. (Las Mil y Una Carigiadas...) 37 LOS DIENTUDOS (V) (ERNESTINA, ENRIQUETA Y LOS DIENTUDOS) (COMEDIA EN TRES ACTOS)
  • 119.
    –¿Qué desea, señoraMaruja? –pregunta Ernestina petulante, con voz de superioridad y enderezándose aún más en el sillón. –Su señora madre, la señora Úrsula, desearía saber si las señoritas almorzarán hoy aquí. –¡No!... –se apresta a responder Enriqueta, sacudiendo su cabellera con suficiencia– Papá nos enviará la limosina para ir al Club de Oficiales. Allí, degustaremos algo en la tarde. –Gracias, señoritas. –indica el ama de llaves inclinando la cabeza– Lo trasmitiré a la señora Úrsula... y a doña Concha, la cocinera, para que no trabaje tanto. –¡Ah!... ¡Señora Maruja! –solicita fingidamente, Ernestina– ¿Podría traernos un par de guantes? Son para luegodesechar? –Buena idea, hermana. –completa la menor con un gesto de repugnancia– Esos oficiales siempre tienen la costumbre de invitarnos a comer mariscos... ¡Con el olor que dejan! –Sí. Pero aprendimos el otro día con nuestra amiga, la hija de la Marquesa de Angurrurena. Comemos con los oficiales, usamos los guantes y... los tiramos a la basura. DE BASTÓNDE BASTÓN –¿A los oficiales o a los guantes? –inquiere el ama, burlona. –¡Señora Maruja! –reacciona Enriqueta– ¡A los guantes! –Que se diviertan, señoritas. Y tengan muy buen provecho. –les dice el ama de llave, saliendo con una extraña sonrisa. –A veces creo que la señora Maruja y doña Concha se burlan de nosotros. –susurra Ernestina. –Es envidia, solamente envidia. –afirma Enriqueta, bajando la voz– Son unos pelagatos que deberían estar agradecidos de poder matar el hambre en nuestra casa. –¿Tú has visto los hijos que tienen? –pregunta Ernestina, y sigue– Unos gordos ordinarios... mal vestidos... dientudos. Golpean la puerta y entra el ama de llaves con los guantes. –Perdón, señoritas. La limosina llegó y les espera. Las presumidas señoritas salen felices. Y, se oye una voz: –Adiós, señoritas... Los dientudos no se van. Diap 119 LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
  • 120.
    :::::: 2 :::::: Hanpasado veinte años. La sala se ha transformado en un recibo de apartamento que podría estar en cualquier capital de un país latino americano. Éste, se encuentra en Caracas. Los muebles coloniales, junto a cuadros típicos originales, intentan demostrar una buena situación económica en medio de la decadencia. Aquí, la de una separación. Las cortinas apenas dejan ver la montaña y la calle donde viven familias de clase media que subsisten por mediocres ingresos. En este caso, la de una pequeña renta. Arañas y apliques más simples alumbran la misma escena: Las dos señoritas circunspectas sentadas en los sillones son las mismas. Y las dos siguen siendo señoritas. Y siendo las hijas de un coronel que de golpe ascendió a general. Y que con otro golpe dejó de ser agregado militar... y pasó a retiro... y casó con otra mujer... y tuvo otras hijas. DE BASTÓNDE BASTÓN Son las diez de la mañana. Pero, las dos señoritas siguen estando vestidas y arregladas hasta en el último detalle. Son Ernestina y Enriqueta. Ya han pasado de los cuarenta años. Ellas vivieron consentidas. Ellas tuvieron sirvientes. Y fueron educadas para vivir en la sociedad. –Se ha perdido toda cortesía. –dice Ernestina, con voz agria pero aún melindrosa– Esta mañana, al volver de comprar los víveres, la conserje ni se molestó en abrirme la puerta. –Deberían aprender de los ujieres que teníamos en Madrid. –agrega Enriqueta, con tono igual– De los de aquí no puedes esperar más, son analfabetas, una pobre gente envidiosa. Suena el carillón de la entrada. Desde un cuarto próximo se escucha una voz de matrona enferma pero aún arrogante: –Nenas... Están llamando... Atiendan enseguida... Quizás sea una visita... Por favor, háganla pasar... Las hermanas sacuden la cabeza con molestia. Y Enriqueta, resignada, se levanta yendo a abrir la puerta. Diap 120 LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
  • 121.
    –¡Señora Margot!... ¡Quégusto en verla!... ¡Pase!... –dice la menor, con fingida euforia de trato social. –No, gracias... –indica la señora– Sólo quería saber cómo sigue su mamá... Y como todavía no arreglaron mi teléfono; les ruego que disculpen este atrevimiento. –Nenas... ¿Quién es?... –vuelve a sonar la voz del cuarto. –La señora Margot... –responde Enriqueta– La vecina del apartamento de enfrente. –Háganla pasar... –la voz, aunque perentoria, tiene un dejo de dama antañona– Ella es una persona muy bien educada. La señora entra y se sienta delante de las dos hermanas que se ubican en el sofá. Ambas, derechas como una tabla. –Pobre mamá. –susurra Ernestina– La enfermedad la tiene postrada en la cama... ¡Con lo que le gustaba socializar! –El divorcio la hundió. –agrega en voz baja, Enriqueta– Ella adoraba a nuestro padre. Fue algo tan inesperado... –Es que los hombres... –dice Margot, por decir algo. DE BASTÓNDE BASTÓN –Nuestro padre fue un gran general, un señor. –reacciona Ernestina– Lo embaucó esa mujer, ese que ahora se hace llamar señora Concepción. Ya no recuerda cuando era doña Concha, la cocinera. El desprecio se nota en su voz. –A pesar de divorciase, mientras él vivió no nos dejó faltar nada. –agrega Enriqueta– Pero, al fallecer, esa palurda y sus hijos nos robaron todo. Y, luego, con el cambio de gobierno... –Seguramente ustedes pondrían abogado. – opina Margot. –No íbamos a rebajarnos y colocarnos a su nivel, ni litigar con malvestidos, rústicos, dientudos. –Ernestina transpira– Dejamos todo en manos de un familiar doctor en leyes. –Algo salvamos. Sobre todo la afiliación al club. –suspira Enriqueta– Imagínese, esos dientudos en un club de señores. –Nenas... Me gustaría hablar con la señora Margot... –se escucha decir a la madre. Las tres mujeres se levantan, yéndose por una puerta en el fondo de la sala. Y, se oye una voz: –Adiós, señoritas... Los dientudos no se van. Diap 121 LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
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    :::::: 3 :::::: Hanpasado veinte años más. El mismo recibo. Los cuadros han sido cambiados por fotografías de años idos. Las cortinas dejan ver la calle donde sobreviven ancianos con sus pensiones. En este caso, la misma pequeña renta. Y en los sillones, ahora protegidos con grises forros, están sentadas las dos mismas señoritas circunspectas y derechas. Las cremas disimulan las arrugas. Teñidas, siguen siendo rubias… y señoritas. Son Ernestina y Enriqueta. Ya tienen más de sesenta años Y siempre están vestidas y arregladas hasta el último detalle. De jóvenes vivieron consentidas. Y tuvieron sirvientes. Y fueron educadas para vivir en la sociedad. –¿A que hora le dijiste a la señora Margot que la queríamos recibir? –dice Ernestina, con voz agria, vieja y aún melosa. –A las diez. –agrega Enriqueta, con tono igual– Ya debería estar aquí. Ella es muy correcta y educada. DE BASTÓNDE BASTÓN –Posiblemente la retiene algún problema con el esposo. –la mayor acota– Desde que él se pensionó, se ha vuelto muy osco. –Sí… parecía culto y servicial. Pero, aunque tenía en buen puesto, trabajaba en una industria. Con personal obrero. Es seguro que se le pegó algo de esos dientudos. Suena el timbre. Las dos se levantan y, luego de verse en el espejo y arreglarse, abren la puerta. –¡Señora Margot… siempre tan puntual! – exclama con voz hipócrita, Ernestina, haciéndole pasar. –No, por favor. Perdonen que me retrasé unos minutos. –se excusa la señora– Es que somos dos mayores en la casa. –Es comprensible. Tome asiento, señora. – indica Enriqueta– Le ruego que disculpe que no quitemos los forros… ahora hay que cuidar más los cosas… no se está seguro de nada. –Lo mismo le digo a mi esposo… Sin embargo, no me hace caso. Ustedes saben. Los hombres son tan porfiados. Diap 122 LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
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    –Nosotras no lopodemos saber. –ríe Ernestina– Somos señoritas. –Nuestra madre nunca contradecía a nuestro padre. Ella era tan fina. –afirma la menor, con un mohín de alcurnia. –Sí... se le veía toda una dama. –apoya, sociable, Margot. –Lo que se trae de cuna no se compra en el marcado. –dicta con soberbia, Ernestina– La cultura se amamanta. –Y ni podemos llevarle flores a su tumba. – Enriqueta, triste gesticula – El cementerio fue invadidos por los dientudos. –Qué barbaridad... –dice Margot– ¿Nadie va al panteón? –Sí. Como ahí también está enterrado nuestro padre, –la cara y voz de Ernestina se torna despectiva– lo deben estar cuidando los cochinos hijos de esa palurda de la cocinera. –Son unos gordos dientudos. –Enriqueta se asquea– Ellos ignoran que se come para vivir, no se vive para comer. Suena el timbre. Ernestina se levanta y va a abrir la puerta. –Hola... –saluda un hombre– ¿Mi señora está aquí? DE BASTÓNDE BASTÓN –Buenos días, señor. Discúlpenos, nos entretuvimos hablando con su esposa. Es que los dientudos nos quitan de quicio. –¿Los dientudos? –inquiere la voz mayor y varonil. –Sí... los dientudos. Esos incultos, sin roce, sin dientes. –afirma Enriqueta, acercándose con Margot a la puerta. –¡Ah!... –la voz el hombre suena irónica– Pero, en ese caso no serían dientudos... sino desdentados. –¡Bah!... es lo mismo. Adiós, señor. Gracias, señora Margot. Margot se va. Las señoritas cierran yéndose a los sillones. –Algunas veces creo que la señora Margot y su marido se burlan de nosotros. –opina Ernestina. –Es envidia. –dice Enriqueta– Nuestro padre fue general. –Y también por la familia de nuestra madre. ¿Cuándo ellos podrán encontrar sus ascendientes en los libros de historia? Se levantan para salir por el fondo. Y se oye una voz: –Adiós, señoritas... Los dientudos no se van. …oo0oo... Diap 123 LOS DIENTUDOSLOS DIENTUDOS
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    Cuando la vi,fue amor a primera vista. Ahí estaba ella. Blanca, fuerte y, tremolando al viento, tenía encima una tela azul. Su cuerpo era de armoniosas curvas atractivas. Viéndola de frente tuve que contener mi emoción. Alta, desafiante, se alzaba segura de sí misma. Pero, hombre al fin, seguí de largo y mirándola de lado. Apenas la pasé, me di vuelta para observarla. Y, sobre su parte trasera, maciza, dura, mostraba en sinuosas, sensuales e insinuantes letras, su nombre: La Cariñosa. Sabía que antes había sido de otros. No me importó. Yo ahora podía hacerla mía. Y el sábado siguiente, lo fue. La depositaron en el agua, junto al malecón. Flotando, me pareció aún más hermosa. Yo tenía en mi bolsillo el nuevo e hipotético título de Capitán… fruto de un examen teórico. DE BASTÓNDE BASTÓN Temiendo hacerle daño con mi inexperiencia, pregunté si alguien podía enseñarme a pilotearla. Rebusqué esa palabra entre las recién aprendidas de babor, estribor, eslora, etc. Sonriendo burlón, un muchacho barloventeño me dijo: –El mejor es el Negro Ron… Es fácil de encontrar… Si no está en alguna lancha… está en el muelle al lado del bar. Y hacia allí me dirigí, luego de haber dejado amarrada mi nueva pasión con un cabo y… muchas penurias. Hallé al Negro Ron. A pesar de la hora temprana de la mañana, ya tenía junto a él varias botellitas de cerveza… vaciadas para matar el ratón o resaca de la noche anterior. Llevaba un viejo sombrerero de bordes rotos, una franela descolorida donde aún se notaba un aviso comercial, unos pantalones mal recortados, y un par de cholas indefinibles. Ridículo, con mi ropa playera, le expliqué lo que deseaba. –Ah… La Cariñosa… –dijo– Es buena… muy marinera… Diap 124 EL NEGRO RON El hombre flota en el agua por que es hueco, y se hunde porque se desespera. (Rocas, Cascotes y Adoquines) 38 EL NEGRO RON (V)
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    Sin más, laabordamos luego de adquirir los implementos básicos: Una cava de cervezas… y él una botellita de ron. Era un maestro extraño. Nunca manejaba la lancha. Iba en el asiento trasero, indicándome lo que debía hacer. –¿Le tiene miedo al mar? –preguntó ante un gesto mío– Al mar no se le debe temer, pero sí tener mucho respeto. Luego de un par de horas yo timoneaba a La Cariñosa con soltura. El Negro Ron dijo que fuésemos al Cabo Codera, lugar peligroso. Me sentí halagado por su confianza. Íbamos en silencio, lejos de la costa. La oscura mole del istmo se iba haciendo más grande. Llegué casi a sus pies. El agua tenía un color verde viscoso, propio de una gran profundidad. Altas olas venían de mar adentro, chocaban con la negra pared granítica y se devolvían. Cuando una se retiró, aceleré al máximo para cruzar en ese instante. De pronto me hallé en hondonada y rodeado de altas paredes de agua. No avanzaba, a veces las propelas quedaban en el aire… y otras, las olas me clavaban de proa. DE BASTÓNDE BASTÓN Giré la cabeza buscando al Negro Ron. Estaba dormido en el asiento. La botella a la mitad lo explicaba. Lo llamé: –¡Suelte el volante!... ¡No acelere!... ¡Déjela ir sola!... Su grito fue tan perentorio que obedecí en el acto. De inmediato la lancha tomó un curso en el agua y las olas parecieron achatarse. Poco a poco salimos del Cabo. –¿No le dije que era muy marinera? –acotó ya al pasar del otro lado– Cuando las cosas se ponen difíciles, lo mejor es que la barca decida…Ella tampoco quiere hundirse. Volvimos. Pasé otra vez el farallón. Lo hice sin temor pero con respeto. Al atracar, me dijo con su aliento a alcohol: –Ya no le puedo enseñar más… Cruzó el Cabo dos veces. Se alejó. En el piso de la lancha quedaba una botella vacía. Y supe por que le decían el Negro Ron… y era el mejor. …oo0oo... Diap 125 EL NEGRO RONEL NEGRO RON
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    Sintió que algolo despertaba, algo que no podía definir. Miró a su alrededor. No era ni de noche ni de de día. No estaba oscuro ni claro. Sólo había una luminosidad extraña que no era ni brillante ni opaca. Quiso ubicarse. Le fue imposible. Si hubiese sido un valle, éste no tenía límites y tanto podía ser infinitamente plano como un abismo sin final. También parecía lo contrario. Un espacio que se perdía a lo ancho, largo, alto… y profundo. Aunque, esas dimensiones no tenían ningún significado allí. Sintió que un instintivo temor le hacía permanecer quieto, y que otra parte de él quería dar un paso, ese paso. Siempre atrae y se teme a lo desconocido. Y no era por que le faltase compañía. Por lo contrario, ésta era incalculable… no había cifra para definirla, porque en ese lugar tampoco tenía sentido la cantidad. DE BASTÓNDE BASTÓN Más que los granos de arena en el mar, que las estrellas en el universo, que las gotas en la lluvia… Pero no se podían contar porque ellos ya no eran… habían sido. Reconoció, mejor dicho, percibió a los más cercanos a él. Y los percibió con la ayuda de los recuerdos, puesto que ahora no tenían ni forma ni cuerpo ni realidad. El sentirlos así no lo produjo ni tristeza ni alegría, más bien era una paz indefinible… la que surge de la resignación ante lo inmutable. E, inquieto, se observó a sí mismo. –No temas… tú aún eres. –oyó decir a una voz sin tono. Buscó a su alrededor. ¿Quién había hablado entre tantos y ninguno? Y volvió a escuchar esa voz: –Sin embargo, podrás ver la llamada de la compañía. Y todos ellos se agruparon en un paraninfo infinito. Diap 126 LA COMPAÑÍA Era una Compañía tan unida que, si alguien faltaba, los demás decían: ¡Presente!… 39 LA COMPAÑÍA (U)
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    –¡Don Pablo!...–llamó aquellavoz. –¡Presente!... –gritó la invisible muchedumbre. –¡Doña Leticia!... –siguió diciendo la voz sin tono. –¡Presente!...–exclamaronlos infinitosincorpóreos. –¡Doña Esther!... –dijo el inmaterial declamador. –¡Presente!... –exclamó la impalpable multitud. –¡Alejandro!...¡Roberto!...¡Carlitos!...–siguiólalista. –¡Presente!...¡Presente!...¡Presente!... –saludaban. –¡Margarita!... ¡Ligia!... –llamó el imperturbable. –¡Presente!... ¡Presente!... –resonó en los del vacío. –Leonardo!... ¡Billy!...–la voz continuaba la lista. –¡Presente!... ¡Presente!...¡–repetíanlosetéreos. –¡David!... –¡Moro!... –sonó en el infinito la llamada. –¡Presente!... Presente!... –retumbó la incontable. La lista siguió hasta que percibió eso otra vez. –¿A quienes oíste llamar? –la voz le preguntó. –A mis seres queridos… a los que ya no están. –¿Cómo que no están?... Acaso… ¿No oías como todos gritaban “Presente”?... Presentes aquí… y en tu recuerdo. DE BASTÓNDE BASTÓN –No es igual… –musitó él, con tristeza. – o, no es igual. –afirmó la voz– La lista es distinta para cada uno. Y aumenta a cada momento de la vida de cada ser. –Sí, a cada momento… –aceptó él, resignado. Sin embargo, –siguió la voz– todos están presentes cuando los nombran en la llamada de la Compañía. –Pero no dicen presente en mi presente. – murmuró él. –Es tu realidad, tú aún eres. Aquí los que fueron, son… y los que son, serán. Un rayo de sol le dio en el rostro y lo despertó. De golpe se esfumó aquel lugar extraño y le rodeaba la realidad diaria. Sólo había sido un sueño. Había que seguir viviendo. Y sonrió. Porque, alguna vez, él también estaría en la llamada de la Compañía… Y, junto a todos ellos, diría: –Presente. …oo0oo... Diap 127 LA COMPAÑÍALA COMPAÑÍA
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    Tres de latarde. Una plaza serena. Una plaza con la fortuna de no estar cerca de la vía principal y con árboles añosos que cubren de sombra los bancos. Los niños en la escuela, los jóvenes en el liceo, los mayores en el trabajo, los viejos en la siesta… Pero uno, en un banco, revuelve recuerdos con la punta del bastón. ¿Cómo se llamaba ella?... Y el viejo sonríe triste… ¿Por qué con el tiempo se le olvidan los nombres?... ¿O ése, de tanto callarlo dentro él, le cuesta pronunciarlo? –Ella… –murmura, y su rostro brilla de añoranzas. ¿Cuándo y dónde se conocieron?... No recuerda ni el lugar ni el año, pero no puede olvidar cada detalle de la primera vez que se poseyeron. –Aquello… –susurra, y rejuvenece en pensarlo. DE BASTÓNDE BASTÓN ¿Por qué llegaron a eso?... ¿Fue deseo, locura?... Solamente pasó, fue hermoso, y los dos se sintieron plenos al hacerlo. Y aunque la razón señalara eso como vedado. –Eso… –musita, y una pesadumbre le hace bajar la cara. Los dos pertenecían a otros. No podían entregarse de esa forma. La moral, el respeto, la sociedad, los marcaría con un nombre que deriva del amor. –Amantes… –sisea, y aún se sonroja al decirlo. Juntos, hicieron de esa plaza la de sus encuentros. Juntos, desde allí, fueron a los lugares de citas prohibidas. Juntos, rebuscaron los más recónditos placeres de la pasión. –Pasión… –suspira, y tiembla todavía de placer. Sin embargo, el tiempo y la comprensión todo lo calma. Juntos, luego, crearon un mundo de ellos donde el mundo de afuera no existía. Y juntos, conocieron la ternura. –Ternura… –arrulla, y su sonrisa se torna dulce. Diap 128 AL VIENTO Fuimos un hombre y una mujer… (Canción) 40 AL VIENTO 2 (V)
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    La brisa traehojas secas, flores caídas, papeles rotos Todos mezclados y dando giros sobre el sendero. Con la punta del bastón, el viejo retiene un trozo de papel. El papel le lleva años atrás. Habían vivido tanto tiempo así, que lo convirtieron en algo natural. Ni nombre propio se daban. Ambos eran tú. Y él, era él. Y ella, era ella. Habían pasado varias semanas sin tener noticias de ella. Le dijeron que estaba de viaje. En el reencuentro nada dijo ella. Se quisieron como nunca… y al despedirse le dio una carta. –La carta… –evoca, y la vuelve a leer en su memoria: “Yo era acostumbrada a dar, y tú me enseñaste a recibir. Yo estaba habituada a oír, y tú me supiste escuchar. Yo había sido hecha para satisfacer, y tú me hiciste sentir.” –Sentir… sentir…–repite, y la nostalgia le invade. “Hace un mes que no nos vemos, que no hablamos, que no he estado contigo. Y porque frente a los demás vivimos de la mentira, siempre entre nosotros nos dijimos la verdad” DE BASTÓNDE BASTÓN –La verdad… –dice el viejo, y surge un rictus de amargura. “Tengo una metástasis avanzada. Las cirugías y el mal irán deteriorando mi cuerpo. Me voy lejos de ti. Recuérdame por lo que fuimos… un hombre y una mujer.” –Fuimos… –susurra, y una congoja lo domina. “Tuve la fuerza de tu pasión, la suavidad de tu ternura... No quiero tener la tristeza de tu lástima. Rompe esta carta y arrójala al viento en la plaza de los encuentros… Adiós.” –Adiós… –musita, y al evocar que así lo hizo. Después fueron años y silencios. Pero, no de olvido. J amás volvió a saber de ella. Ni ir a la plaza de los encuentros… hasta que el tiempo y la vejez lo llevaron ahí. –Recuerdos… –murmura, y el rostro del viejo se apaga. Aún mantiene el trozo de papel con la punta del bastón. Sonríe triste. Lo suelta. Y se va… al viento. …oo0oo... Diap 129 AL VIENTOAL VIENTO
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    Los dos sellamaban Cecilio. Pero, uno era de apellido Báez y fue presidente del Paraguay. El del otro era Páez y fue un bañero en la playa Capurro. Los diferenciaba una letra... Uno estuvo sólo un año en la presidencia, cosa normal en ese país, y nadie lo recuerda. En cambo el otro, el bañero, se mantuvo algunos veranos… y no fue olvidado. Porque en esa época, ser buen bañero era muy importante. Únicamente se les daba ese cargo a hombres de confianza, serios, educados… y de pocas palabras. Cecilio Páez, el bañero, tenía todas esas cualidades. Hacían parte de su personalidad. Las llevaba en la sangre aborigen que corría por sus venas y en su rostro de indio. El bañero era el responsable de empujar hasta el agua de la orilla el carromato que trasladaba a la recatada señorita que había tenido la audacia de tomar baños de mar. DE BASTÓNDE BASTÓN El carro, montado en cuatro grandes ruedas, era un cuarto con altas y pequeñas ventanas a los lados; que tenía, delante y detrás, unas puertas que abrían a respectivas escaleras. Las niñas subían con sus miriñaques por la entrada que daba a la arena, cerraban, y se cambiaban dentro poniéndose un traje de baño que las cubría desde el cuello a los pies. Ya listas, tiraban del cordel que hacía sonar una campana afuera. Venía el bañero, y empujaba el carro hasta el mar. Debía hacerlo de tal forma que al bajar la dama, por la otra puerta y escalera, la que daba al agua y que tenía un toldo de tela, se mojase como máximo hasta las rodillas. El bañero se iba, evitando ver las femeninas formas. Sin embargo quedaba, a prudente distancia, esperando la campana anunciante del fin del pudoroso baño efectuado a la sombra para no quemar la tersa y delicada piel de las doncellas. Diap 130 EL APELLIDO El niño es padre del hombre. Pero no siempre el hombre es padre del niño. (Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 41 EL APELLIDO (U)
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    Hubo una temporadadonde fue muy asidua a la playa una señorita de la sociedad, una niña de las grandes familias. Su nombre francés y resonante apellido definían su clase. Ella era rubia, blanca, de ojos claros, modales finos. Cecilio Páez era cobrizo, cabello oscuro, ojos negros, introspectivo. Pero… la campana de ese carromato, tembló. Al llegar otoño, los carros se recogían en galpones y los bañeros debían salir en busca de otros ingresos. Y ese otoño, la señorita anunciaba la novedad a sus pudientes padres. Éstos, con educación puritana, rápidamente le encontraron una enfermedad y que, para su cura, debía pasar una larga temporada en una estancia del interior. El dinero todo lo arregla. El siguiente verano volvía con un bebé y otro apellido, el de su esposo. Un terrateniente con pocas tierras y muchas deudas. El tiempo fue pasando y el niño creciendo. Su tez de tono aceitunado fue atribuida a los ancestros del estanciero, los cuales se remontaron hasta la Conquista. DE BASTÓNDE BASTÓN Los carromatos desaparecieron y con ellos los bañeros. Las playas se transformaron en balnearios. El modernismo y el lujo hundieron a algunos y encumbraron a otros. El niño se volvió hombre. Sus ojos celestes y piel siempre tostada lo hacían cotizar entre las señoritas de la sociedad. Ayudaba, además, la fortuna heredada por su madre. Una noche, al dejar su lujoso auto en el estacionamiento de un gran hotel sito en un famoso balneario y frecuentado por la juventud adinerada, miró al anciano y cobrizo vigilante: –¡Cuidame el coche!... ¿Oíste, indio? –le gritó, burlón. –Con mucho gusto… m’hijo. –respondió el viejo. –¿Yo tu hijo?... –rió el joven junto al coro de sus amigos. Los dos se llamaban Cecilio. Pero el joven era de apellido Sáez, ricos hacendados. El del viejo era Páez, y había sido un bañero en la playa Capurro. Los diferenciaba una letra... …oo0oo... Diap 131 EL APELLIDOEL APELLIDO
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    Cuando los viejosErnestino y María del Pilar cumplieron setenta y cinco años de vida, y cincuenta de matrimonio, sus cuatro hijos le dieron un regalo: Los internaron en un geriátrico o ancianato. Fue el resultado final de los conciliábulos tenidos en los meses previos. cvReuniones donde, lógicamente, los padres ni siquiera fueron invitados. Y lógico, así mismo, allí no se habló de cuando Ernestino, conocido como Tino; y María del Pilar, abreviada Pilar por cariño, fueron jóvenes y se casaron. Además de comenzar el matrimonio con la ayuda de los humildes obsequios de sus familiares y amigos, los novios sólo aportaron la inmensa fortuna de su amor. También, unos pocos ahorros reunidos durante dos años de noviazgo respetuoso. DE BASTÓNDE BASTÓN Porque, en esa época, la apasionada entrega constituía el mayor regalo de la noche de bodas. Y así, mientras ambos se iban conociendo como eran en realidad, Tino fue encerrando su sueño de ser un pintor y haciéndose más responsable en su trabajo de dibujante. Pilar le ayudaba con su menguado salario de empleada en una farmacia. Aunque, poco tiempo lo pudo hacerlo. A los nueve meses tenían su primer hija; antes de los dos años de casados, la segunda; al cumplirse los tres, la tercera. Y el siguiente año, el día de Reyes, éstos les trajeron como regalo el cuarto… ¡un hijo varón! Ahí se detuvieron. Quizás por tener ya quien continuara el apellido, o tal vez por que se había calmado la pasión. Tino, a pesar que ganaba un sueldo mayor, hacía trabajos extras para mantener su familia. Y Pilar se transformó en una ahorrativa ama de casa y preocupada madre. Diap 132 EL CASTIGO Sólo una raza civilizada es capaz de aprisionar a otros y a si misma. 42 EL CASTIGO (U)
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    Los niños fueroncreciendo. Para que tuvieran un futuro mejor, sus padres los enviaron a colegios privados y pagos; sin preocuparles que eso les implicara más sacrificios. Ya estando los cuatro en el liceo, particular también, Tino fue promovido a Jefe de Oficina. El ingreso superior les dio para la cuota mensual de un apartamento propio. Pero, no les alivió de seguir haciendo ahorros y privarse de gustos personales. El hijo varón, posiblemente influido por el haber nacido en Reyes, era dado a una vida regalada. Consentido, para ganar los exámenes había que ponerle profesores particulares… que, por lógica, eran pagados con el esfuerzo de sus padres. Con satisfacción, Tino y Pilar, vieron a cada hija terminar sus carreras. La mayor se recibió de Abogada; la segunda, de Contadora; la tercera, de Maestra. En cuanto al hijo, luego de sus infructuosas incursiones en varias Universidades, montó una oficina como Promotor. Y a todos, mantuvieron ellos en su hogar y los ayudaron. DE BASTÓNDE BASTÓN La existencia siguió su ciclo. Algunos hijos se casaron; y otros, no. Pero, todos se fueron a sus propios apartamentos. Como era de esperarse, Tino y Pilar colaboraron para eso. Algunos les dieron nietos y otros, no. Algunos aceptaron los sinsabores del matrimonio; y otros, no. Se divorciaban. Y decían que ellos eran más auténticos, no como sus padres. Tino y Pilar oían sin comprenderlo. Para ellos, lo natural, la autenticidad, había sido criar a sus hijos y aceptar cualquier sacrificio. Sin embargo, los años cambian los valores. Y cambian a las personas. Ya no eran aquellos jóvenes que tuvieron cuatro hijos. Iban a cumplir setenta y cinco años. Hora de disfrutar de la paz de la vejez. Pero, la vida es cruel e injusta. Pilar llevaba ya tiempo con senilidad. Tino sufría de artritis. Necesitaban cuidados. Y fue cuando los cuatro hijos le dieron ese regalo: Los internaron en un geriátrico o ancianato. Diap 133 EL CASTIGOEL CASTIGO
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    :::::: Los dos viejoslo aceptaron con una extraña sonrisa. Podía ser de agradecimiento como de resignación, o también de irónico sarcasmo. Además, nada podían decir. La hija abogada los había declarado en incapacidad y su curador, término legal para responsable, sería el hijo. Al fin, algo haría el promotor. Los llevaron al ancianato, geriátrico, casa de reposo, hogar de ancianos, y otras denominaciones. Cuando algo necesita de tantos nombres es por que no se sabe como llamarlo. Las cosas naturales tienen nombres simples. Desde afuera les gustó. Una vieja casa señorial, más vieja que ellos, con vetustos jardines, rejas francesas, y una entrada con escalones gastados. Pero, el interior de la mansión los decepcionó. Las antiguas y grandes salas habían sido dividas en ínfimos cuartos. El ambiente olía a esterilizado, se veía inocuo, pintado en un color neutro. Allí, todo poseía una similitud repetitiva. Y todos los seres mostraban una sonrisa inexpresiva. DE BASTÓNDE BASTÓN Por normas, cada persona tenía una sola habitación. Los viejos, ahora, dormirían en cuartos separados. Aunque, por deferencia, los de ellos estaban uno al lado del otro. La hija maestra había dicho que a Tino le había dado por pintar últimamente. Por tanto, lo colocaron en un cuarto de la esquina, donde tendría dos ventanas y luz solar. Mientras la hija fue hasta el coche para traer el caballete y los enseres de pintura, los otros tres y la empleada llevaron a los dos ancianos a sus cuartos respectivos. Luego de ubicarlos a ellos y sus pertenencias, tanto hijos como empleados su fueron. Los viejos se asomaron a las puertas de sus habitaciones. Necesitaban saberse vivos. La puerta del cuarto de Pilar quedaba sobre el corredor a la derecha. Al verse, ambos sonrieron tristemente. Fue cuando de la puerta a la izquierda salió Ivón, otra vieja. Diap 134 EL CASTIGOEL CASTIGO
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    La primer reacciónfue mirarse con mutua desconfianza. Luego, comprendiendo que, como ellos, ella era otra anciana abandonada al cuidado de terceros, se saludaron. Ivón, a pesar de su vejez, mantenía el atractivo femenino. Su cuerpo conservaba las curvas firmes de antaño. Y en los ojos le brillaba un ansia que no había apagado el tiempo. Contrastaba con Pilar, flaca, encorvada, de mirada perdida. Pero, mujeres al fin, pronto estuvieron hablando. Tino, como marido fogueado por los años, permanecía en silencio. Cuando su esposa comentó de la afición de él a la pintura, y que lo hacía bastante bien, Ivón se transformó. Sin mesura, lo miró profundamente mientras el pecho se le agitaba. La conversación cambió de temática, yendo de los pintores famosos, a cuadros, técnicas, materiales, y museos. Ella dijo que, con uno de sus maridos, los había recorrido casi todos. Concientes que Pilar había quedado excluida, volvieron a la charla común entre los tres. DE BASTÓNDE BASTÓN Su esposa quiso saber por qué Ivón había dicho uno de sus maridos. Así supieron que era viuda por tres veces. Que poseía tres pensiones. Que no había tenido hijos. Y que, para no ser una carga a los sobrinos, ella misma había elegido ese ancianato. Con el paso de los días y semanas, fueron conociendo las anécdotas de sus matrimonios, cosa que entretenía a Pilar. Y, con las descripciones de los museos, embelesaba a Tino. Se mostraban las medicinas. Ivón, debía tomar cada noche gotas para subir su baja tensión. Pilar, hipertensa, lo hacía con otras de efecto opuesto. Y los frascos eran similares. Juntos desayunaban, almorzaban, salían al jardín, cenaban temprano, y luego cada uno retornaba a su cuarto. A veces, en la tarde, iban a ver el cuadro que estuviese pintando él. Un atardecer, el brillo de los ojos de Ivón fue más intenso. Tino volvió al cuarto de la esquina. Luego, en la penumbra de la noche, salió para entrar por la puerta de la izquierda. Y el silencio calló la satisfacción de dos vetustas ansias. Diap 135 EL CASTIGOEL CASTIGO
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    :::::: Nunca se supocuan fuerte fue ese romance de ancianato, ese triángulo existente en una esquina del geriátrico. Ivón y Tino olvidaron que por mucho recato y experiencia, y edad que se tenga, es muy difícil ocultar la tos y la pasión. Si los empleados de allí se dieron cuenta, lo callaron. Además, aunque su mente les decía que era imposible que a la vejez hubiesen encontrado la realidad de sus sueños, el corazón contradecía todo razonamiento. Pero el ser humano posee un cerebro intrincado y, por más que lo domine algún furor, al final le aflora la conciencia. Ivón se sentía mal en fingir amistad delante de Pilar, quien le brindaba su compañía sin reparos y abiertamente. A él lo comenzaron a surgir remordimientos. Si bien su esposa era simple, también había sido una mujer sacrificada. No merecía que la engañara luego de tantos años. Y había una coincidencia inexplicable. Cada noche que se unía con Ivón, al día siguiente le subía la presión a Pilar. DE BASTÓNDE BASTÓN Fue en otoño, luego del almuerzo. Pilar dijo que no bajaría al jardín. Lo hicieron Tino e Ivón. Ésta, acongojada, decidió que no debían unirse más… y él, comprensivo, lo aceptó. Durante la cena, estando junto los tres, Ivón se levantó con la excusa que debía ir hasta su habitación. Cuando volvió tenía una expresión extraña. Se acostaron, cada cual en su cuarto. La mañana siguiente la encontraron muerta en su cama. Había tenido un paro cardíaco. A su lado tenía la medicina de Pilar. ¿Qué había pasado? ¿La enfermera habría confundido los medicamentos? ¿Los había cambiado Pilar en la siesta? ¿O lo habría hecho Ivón cuando fue hasta su cuarto? Las preguntas y respuestas se las llevaron en la camilla, junto al cadáver cubierto, los empleados de la funeraria. Nadie se iba a preocupar por la muerte de una vieja más en una casa de retiro llena de ancianos enfermos. Diap 136 EL CASTIGOEL CASTIGO
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    Con el tiempo,Pilar se fue perdiendo cada vez más en su mundo de fantasías y mezcla de recuerdos, donde pasado y presente se confundían en particular igualdad. Tino trató de encontrar en la pintura su propio yo, pero ya no estaba, había escapado. Y cada vez que intentaba dibujar algo, sólo el esbozo de unos ojos salía de los pinceles. Brochas y pastas se secaban. Finalmente, con el caballete, se las llevaron los hijos y nietos. Éstos venían cada tanto, y sólo algún domingo, para ver si estaban bien… y aún vivos. Su vida fue la rutina de tomar medicamentos, ir con Pilar al viejo patio a esa comida que servían a la seis de la tarde, a desayunar, a almorzar… a oír tonterías sin contradecirlas. Luego, mientras su anciana esposa dormía la siesta, bajaba al jardín buscando algo sin saber lo qué. Y buscando ese algo se sucedían inviernos, primaveras, veranos, otoños. Hubo una vez que, ya torcido por la artritis, quiso salir a la calle. Quizás aún estaría perdido por ahí su propio yo. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero el portero, con mucha amabilidad, no se lo permitió. Y se dio cuenta. Era un prisionero. Lo era desde cuando los cuatro hijos le dieron ese regalo: Cuando los internaron en un geriátrico o ancianato. Pero, él siempre lo había sido. Había sido prisionero de su vida, de sus responsabilidades, de su esposa, de sus hijos, de su trabajo. Había sido prisionero de sus ansias calladas, de sus sueños incumplidos, de sus deseos ocultos. Había sido prisionero de lo cotidiano, de lo normal. Sólo una vez, al final del camino, había intentado escapar. Pero la realidad, disfrazada de cordura, lo capturó. Quedaría prisionero por el poco resto de su existencia. El ancianato sería su prisión. Y el haber perdido a ella… el castigo. …oo0oo... Diap 137 EL CASTIGOEL CASTIGO
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    Dicen que hacedos mil cinco años, o dos mil nueve según los historiadores científicos, nació en medio de la noche y en un pesebre del pueblito Belén un niño que llamaron Joshua, que significa Dios Salva en arameo, dialecto del hebreo. Dicen que su nacimiento coincidió con extrañas luces y cantos que bajaban del cielo, las que atrajeron a los pastores del lugar encontrando allí al niño rodeado por su madre, un hombre, un asno, un buey… y un gran resplandor. Dicen que desde el camino llegaron tres Reyes Magos que venían en camellos desde Oriente siguiendo una estrella que los guiaba hacia el que sería el salvador y, honrándolo, pusieron sus presentes a los pies de la criatura. Dicen que en otro valle se encontraba un pequeño pastor apodado Didimo, o sea: Mellizo, por serlo de su hermano Matías. Éste había corrido hacia las luces. Pero Didimo, más desconfiado, quedó cuidando las ovejas y recontándolas. DE BASTÓNDE BASTÓN Dicen que al rato volvió Matías y, con un extraño brillo en los ojos le narró a su hermano las maravillas que sucedían en el pesebre, invitándole a que le acompañase a verlas. Didimo le miró incrédulo, pero fue… y vio que era verdad. Dicen que, como todo, pasó la novedad del momento. Las luces y los cantos se apagaron. La noche volvió a ser oscura. Los Reyes volvieron para Oriente. Los pastores, a cuidar las ovejas. Y la madre, con el niño, a Nazaret. Dicen que Joshua, llamado Jesús en hebreo, mostró desde su niñes destellos de grandiosidad. Y su madre, por temor a un destino fatal, lo crió en la fe de su religión y en la paz humilde de trabajar junto a José, su esposo carpintero. Dicen que entre tanto los mellizos marcharon a Jerusalén. Matías iba al templo buscando la devoción en las escrituras. Y Didimo tratando de encontrar la verdad entre sus dudas, siendo llamado por su nombre: Tomás. Diap 138 OTRO CUENTO DE NAVIDAD La diferencia entre la verdad, la historia y un cuento, depende de cómo se dice, quien lo cree, y en que tiempo. 43 OTRO CUENTO DE NAVIDAD (G)
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    Dicen que Jesúscreció, que predicó un evangelio de paz, de justicia, de amor. Que lo acompañaban doce discípulos. Que uno se llamaba Tomás. Que otro lo vendió. Y que todos le abandonaron. Que Jesús fue crucificado. Y que murió. Dicen que días después, resucitando de entre los muertos, se presentó ante sus temerosos discípulos. Y éstos corrieron, alborozados, a llevar la noticia a los que, no estando con ellos, no habían podido presenciar el milagro. Dicen que Tomás, el Didimo, les miró desconfiado y les expresó: –Si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no meto en ellas mi dedo, y no pongo mi mano en su costado, de ninguna manera creeré. Dicen que días después, Jesús volvió a aparecerse a ellos estando Tomás, y dirigiéndose a éste le indicó que tocara las heridas. Y haciéndolo, Tomás exclamó: –¡Creo, Señor mío!... Y, ante el asombro de ellos, Jesús sentenció: DE BASTÓNDE BASTÓN –“Bienaventurados aquellos que, viéndolo, creyeron. Bienaventurado tú, Tomás, que, por no verlo, dudaste. Bienaventurado tú, que, pudiéndolo comprobar, creíste. Y bienaventurados los que creen sin haberlo visto.” Lo que siguió luego se volvió historia, leyendas, cuentos, que se narraron según los lugares, las personas y el tiempo; cambiando nombres, frases y valores. Los discípulos fueron los primeros en llevar esas palabras, cada uno a su manera. Tomás marchó a Persia y la India. Han pasado más de dos mil años que un humilde pesebre se iluminó de manera extraña. Que hubo un pequeño pastor, muy desconfiado, al que apodaban Didimo. Pero aún hoy, en India hay quienes se llaman a sí mismos: Los cristianos de Tomás. Son muy ascéticos… Y muy escépticos… …oo0oo... Diap 139 OTRO CUENTO DE NAVIDADOTRO CUENTO DE NAVIDAD
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    Al salir demi casa, subiendo media cuadra, doblando hacia la plaza, y luego de media cuadra más sobre la vereda de la izquierda, estaba la bodega. La Bodega de Lingeri. Don Lingeri, siempre lo conocí como Don, era un italiano de igual época y origen que mis padres y mis tíos. Pero tenía algo que lo distinguía de los demás: Una bodega de vinos. Eran unos grandes galpones donde se elaboraba y después se guardaba el vino. Nadie le daba importancia durante la mayor parte del año. Pero, en la vendimia era otra cosa. Desde los viñedos llegaban unos feos camiones repletos de cajones rebosantes de uva madura. Su aroma invadía el aire y despertaba el ansia de ir a comerlas. DE BASTÓNDE BASTÓN Los botijas del barrio salíamos corriendo hasta el frente de la bodega donde, en hilera, los camiones esperaban turno para descargar en la rampa su delicioso contenido. Los peones, a quienes envidiábamos, sentados sobre las cajas, nos tiraban unos calientes y a veces marchitos racimos. Pero, como todo lo ajeno, éstos nos parecían exquisitos. Era una fiesta de verano que duraba a lo mucho quince días. Luego, los muchachos quedábamos a la espera del gran acontecimiento: La salida del primer vino. Por semanas oíamos el ruido de máquinas vibrar en los galpones y salir de ellos el olor ácido de la fermentación. Algo misterioso que acicateaba nuestra curiosidad. Finalmente, un domingo de mañana, Don Lingeri salía con su camión a recoger a todos los botijas, sólo los varones, hijos de los italianos y gallegos amigos de él. Y, felices, todos íbamos a la fiesta del primer vino. Diap 140 LA BODEGA Los italianos, cuando nace un varón, mojan el dedo en un vaso de vino, luego lo ponen en los labios de niño. Si lo escupe, será un buen catador. Si lo paladea, será un buen bebedor. Y si, serio, lo traga… un buen borracho. Gracián Solirio 44 LA BODEGA (U)
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    Atracaba de culatael camión en la rampa de la bodega, la cual con sus enormes portones abiertos era una invitación a penetrar en su mundo fabuloso. Bajábamos en enloquecedora algarabía, yendo entre los toneles, las prensas, los tanques, los alambiques, y las altas estanterías llenas de botellas y damajuanas. Pasada la emoción de la novedad inicial, con la presencia de nuestros padres y su bendición, abría de un gran tonel una llavecita. Años después supe que se llamaba espita. De ella empezaba a salir un líquido aromático, dulce, tibio, oscuro, espumoso, que su olor dominaba el lugar. Y de ese elixir, el Don nos iba dando vasos a los niños. Demás está decir que al rato estábamos todos los botijas con una borrachera excepcional. Entonces, don Lingeri nos hacía subir al camión para devolvernos a nuestras casas. El don y nuestros padres reían de nuestras dificultades en hablar, o para bajar y subir del vehículo; cosas que habíamos hechos con agilidad unos minutos antes. DE BASTÓNDE BASTÓN :::::: La bodega ocupaba media cuadra por cada lado. Cuarenta metros sobre la calle Bogotá e igual por la Nueva Granada, a la cual luego cambiaron el nombre por Juan B. Viacaba. En la cuadra siguiente estaba la Iglesia, ubicada con acierto. Cerca, tenía la bodega. En una esquina, la cervecería. En la otra, un boliche. Enfrente, la plaza. Y detrás, la comisaría. En la esquina de la bodega había un local para la venta al público. En los estantes mostraban botellas de El Barquito, un delicioso moscatel del que las mujeres gustaban. También había chocolatines. Eran para los botijas, Porque allí vendían el vino común, ese tinto, carrasposo, para almorzar. Lo vendían embotellado, en damajuanas, y hasta suelto. En ese caso debíamos llevar el envase. Y los muchachos, antes de mediodía, íbamos con las botellas recién lavadas y bien escurridas por nuestra madre. El mozo la llenaba hasta el pico. Eso servía de excusa para tomarnos esa parte, a fin que no se desparramara el vino durante el recorrido de retorno a nuestras casas. Diap 141 LA BODEGALA BODEGA
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    La tapábamos conun corcho. Pero a veces tenían un artefacto hecho con alambres, una esfera de vidrio y un aro de goma que cerraban herméticamente contra el pico. No duraban mucho. La verdad era que las rompíamos para utilizar la bolita como bochones para nuestras competencias infantiles en la vereda a la sombra de los plátanos. La puerta de la casa de don Lingeri quedaba sobre la calle Nueva Granada, la de adoquines, abombada, con asfalto en el medio y en subida recta hacia a la Fortaleza. En las tardecitas salía la familia a refrescarse. Entre ellos una muchacha. Era amiga de mis primas y tenía cuatro años más que yo. Mayor para mí, pero soñar no tiene edad… En verano abrían la cervecería, que estaba cubierta por un parral lleno de glicinas. E perfume de ellas despertaba el romance, mezclándose con el del incienso que llegaba de la iglesia. DE BASTÓNDE BASTÓN Grupos y parejas acostumbraban subir los escalones de la esquina para tomarse en las mesas unos chops, en compañía bajo los racimos de flores y a la brisa que allí corría. No era competencia para la bodega. La cervecería sólo se abría a nosotros un par de meses, como una aventura. La bodega era nuestra todo el tiempo, como una madre. Fue un verano. Tendría nueve o diez años. Era la época que hacíamos carreras en las bajadas con las chatas, aquellas carruchas hechas con tablas de cajón y relumanes viejos. Los domingos de mañana había carreras en la calle Nueva Granada saliendo desde lo más arriba y llegando hasta la calle Grecia. Hasta los padres iban a hinchar por cada hijo. La habilidad para quitar el competidor más próximo era empujarlo hacia la banquina de adoquines, donde la chata saltaba y uno se revolcaba llenándose de golpes y peladas. Diap 142 LA BODEGALA BODEGA
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    Yo venía entrelos punteros y a toda velocidad. Estando ya cerca de la plaza, vi en la puerta de la casa de don Lingeri a su hija. Ella tenía el pelo suelto y… sonreía. Cuando reaccioné estaba en el cruce de la calle Bogotá. Vi que una jardinera aparecía delante mío. Pasé entre las patas del caballo, aún no sé como. El animal resopló. El conductor tiró de las riendas. Yo fui a terminar contra el cordón de la otra esquina, revolcado en los adoquines. El tipo bajó del carro... y lo que me dijo no se puede escribir. Mi padre, don Lingeri, y otros viejos, se acercaron a verme. No tenía nada roto. Eran lastimaduras propias de la infancia. De ésas que se curaban con palán-palán. Primero me rezongaron, luego rieron. Allá lejos, pude ver que la hija también reía. Y yo también reí. Aquellos eran otros tiempos, que, aun lastimados... todos reían y nadie lloraba. Los años pasaron. Los sucesos del ayer y las personas se fueron acostados sobre la chata en la gran bajada de la vida. DE BASTÓNDE BASTÓN Un día volví al barrio. Subí, ayudado por el bastón, el repecho hacia la plaza. Había desaparecido la cervecería y el boliche, siendo absorbidos por la iglesia. Me paré en la esquina. Miré la calle Bogotá. En la entrada de la vieja Bodega, estaba un camión. Y creí ver aquellos feos camiones repletos de cajones rebosantes de uva madura. Miré hacía la subida… Y me pareció ver a una muchacha con el pelo suelto, riendo de un botija que había rodado por mirarla… y creí sentir el perfume de las glicinas. Miré la pared de la esquina Y me pareció ver allí la chapa esmaltada en azul diciendo: Calle Nueva Granada. El polvillo de los plátanos cayó en mis ojos. Me los limpié. Al abrirlos, las calles estaban vacías, las casas eran viejas, la chapa estaba pintada en verde y decía otro nombre. Pero, en mí, seguirán perennes don Lingeri y su bodega. …oo0oo... Rosalino Carigi (Titi) (10/12/2005) Diap 143 LA BODEGALA BODEGA
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    Se llamaba Ignacio,su apellido era largo y sólo recuerdo que terminaba en eta. Le decíamos don Nacho, era vasco, de Bayona, del Euskadi Norte, del lado francés de los Pirineos. Hablaba con igual soltura el español que el francés. Así mismo otra lengua rara que, con orgullo, nos explicaba que era el eúscaro, idioma vascuence que nadie sabía su origen. De más está indicar que era fornido, fuerte, antifranquista, introspectivo, católico, y que le gustaba beber y comer. Pero, su condición más resaltante constituía en que era modelista. Mi padre, mis tíos, y todos los hombres relacionados con la industria mecánica y la fundición le tenían gran deferencia. Además, de él emanaba algo propio que lo hacia respetar. Algunos frustrados e ignorantes, al ver que trabajaba con madera decían que solamente era un carpintero, sabiendo que con eso lo ofendían. Cosa horrible la envidia. DE BASTÓNDE BASTÓN Las circunstancias del trabajo me llevaron a conocerlo. Yo, joven y audaz, había dibujado el modelo para el troquel del lebrillo y tomando en cuenta las contracciones del hierro. Era una época de formulismo, los muchachos temían a los mayores y más si éstos tenían una especialidad. Por tanto, firmé mi dibujo pero lo llevó un proyectista. Sorpresa tuve a los dos días cuando mi jefe me dijo que Don Ignacio quería que yo pasara por su taller, y temí haber hecho una equivocación ya que el vasco era muy severo. Soportando las bromas de mis compañeros, estoico, salí de la fábrica yendo al taller del viejo. Me recibió llevándome al banco donde estaba el modelo. Y serio, me dijo: –Yo conozco a tu padre… ¿tú dibujaste esto? –Sí… –mi voz era un hilo– ¿Tiene algún error?... –Tu padre, no… –calló en suspenso– Y esto… tampoco. Diap 144 EL MODELISTA Aunque el hombre haya bajado del árbol, siempre necesita de su madera. 45 EL MODELISTA (U)
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    Me quedé viéndolecon una interrogante en la mirada. –Mirá, botija. –siguió– Los escultores y los modelistas nos parecemos. Hasta usamos las mismas herramientas: gubias formones, cinceles, cuchillas, escarpelos. –¿Los de los cirujanos? –me atreví a preguntar. –En su origen eran lo mismo. –aclaró– Luego, los médicos le cambiaron una letra. Pero, sigamos. ¿Sabés lo que Rodin, el escultor francés, decía de la modelo perfecta. Es seguro que un brillo erótico debe haber surgido en mis ojos mientras esperaba la conclusión de su frase. –Era aquella que estando parada, si le echaban un cántaro de aceite en la cabeza, el aceite le llegaba hasta los pies sin caer ni una gota en su recorrido. –¡Vaya perfección de curvas! –exclamé, imaginándomelas. –Así es… –afirmó don Nacho– Y así deben ser las de todo modelo. Las piezas hechas gracias a él deben salir de la tierra de fundición como una Venus surgiendo del mar. DE BASTÓNDE BASTÓN La poesía de la similitud me hizo tomar confianza. –¿Y con mi dibujo le hubieran caído algunas gotas? –No… pero le hubieran quedado colgadas. –y, señalando, continuó– Te dejé una parte del modelo para que lo vieras. Pasa la mano aquí… y luego acá. Hice lo que me indicaba. La primera era una curva suave, pero le faltaba algo más. La segunda, en cambio, poseía una concordancia sensual. Provocaba seguir acariciándola. –¿Te das cuenta?... Y aquella sólo necesita un poco de esto. –dijo, tomando un papel de lija microscópica y pasándoselo. Volví a tocar con los dedos a las dos superficies, estaban iguales, de una suavidad voluptuosa. Y Don Nacho y yo nos miramos con la satisfacción de maestro y alumno. –¡Ah!... –terminó– La próxima vez que dibujes un modelo, trae el plano tú mismo. Los padres deben sentirse orgullosos de sus hijos… aunque puedan tener defectos. Diap 145 EL MODELISTAEL MODELISTA
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    Con el pasode los meses, fueron dándome a hacer más dibujos de modelos para troqueles. Y con cada uno de ellos tenía la oportunidad de aprender algo más del vasco Ignacio. Por otra parte, como mi turno de trabajo finalizaba a la tres de la tarde, muchas veces iba hasta su taller para verle surgir de sus manos aquellas obras de arte. Me enseñó a conocer las mejores maderas para construir los modelos, la nobleza del cedro, la duración del roble, y hasta valorar el humilde pino si estaba bien curado. Que, al igual que los músculos en el ser humano, su fuerza se escondía en las vetas; mientras los nudos eran tumores que luego terminarían destruyendo la obra. A todas ellas les tallaba en una parte no visible la figura de un león, y sonriendo explicaba que ése era el emblema de su familia. O sea, se reproducía en cada pieza fundida. No tenía hijos, y pocos aprendices le rodeaban. Poseía el don de vislumbrar en el joven eso que diferencia a un modelista de un simple carpintero. DE BASTÓNDE BASTÓN Una vez me dejó hacer en el torno el modelo para unos noyos de resina. Lo tomó, lo acarició, lo midió… Y, dándome un coscorrón, me dijo: –Está bien, sirve. Aunque, sigue dibujando. Tienes alma de artista. Pero tú eres para crear en el papel, no en la madera. Una tarde de otoño me invitó ir a ver el día siguiente como moldearían en la fundición el modelo de la puerta inferior de la nevera. Dibujo que yo había hecho. –Simple, pero me costó darle tan poquita salida. –protestó. –No podía ser más. –argüí, firme– Más, se hubiera notado. –¡Arrayúa!... –exclamó– Has crecido. Mantienes tu posición sin temor a los demás. Eso es bueno. Pero, cuídate. Hay gente que no le gusta que haya otros que no piensen igual. Le respondí con vehemencia: –Con defectos o no… son mis ideas… son mis hijos… –Vas aprendiendo. Te espero en la fundición. Diap 146 EL MODELISTAEL MODELISTA
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    En la fundición,don Nacho fue recibido como un dios. Maravillaba el respeto que le tenían. Comprendí que a él lo veían como el creador de las obras que ellos fundían. Me fue enseñando los tipos de cajas, las diferentes mezclas de tierra, las fumarolas por donde salían los gases del metal colado, los artilugios para lograr mejores piezas. Allí me sentí parte de la gente que hace cosas, en aquel ambiente de calor y fuego, de olores a hombres sudando, de cubilotes con metales líquidos refulgentes y llameantes. –Se nota que te gusta. –me dijo con sonrisa paternal– El dominio del fuego es lo que nos diferencia de los animales. Y el dominio de los metales, de los cavernícolas. –Los metales son como las personas. – continuó– Unos son buenos y otros, no. A veces depende de quien lo cuela, otras de quien lo moldeó… y a veces de las circunstancias. Lo miré, pensando que había algo más en sus palabras. DE BASTÓNDE BASTÓN –El hierro es noble, puede quemarte pero te curas rápido. –siguió– Con el cobre pasa lo mismo. Pero si te quemas con el bronce o los derivados del cinc, nunca cicatrizas del todo. –¿Sabes por qué? –concluyó con acritud– Porque aquellos son puros y éstos son mezclas. Callados, los dos nos fuimos. Tiempo después supe que el viejo estaba casado con una criolla, y que ella le era infiel. Una tarde, mientras yo hojeaba unos planos, don Ignacio estaba sentado y tallando un pequeño molde en sus manos. Sentí un estertor. El levantar la cara vi al vasco lívido, con la gubia clavada en su pecho a la altura del corazón. Desesperado, grité. Con algunos aprendices lo llevamos al hospital. Todo fue inútil… Estaba muerto. Al morir nos había dado su última enseñanza: Las cosas que hieren no se deben usar contra uno. O… habría sido otra la lección del modelista. …oo0oo... Diap 147 EL MODELISTAEL MODELISTA
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    Hace setenta añosque sucedió. Fue en diciembre del 2087, de acuerdo al sistema que se llevaba en esa época. Para el actual cómputo sería en el mes décimo del año uno, ya que ese acontecimiento hizo cambiar muchas cosas en la tierra, entre ellas las formas de medir el tiempo. Hoy es natural que el año inicie en un equinoccio y tenga doce meses iguales, cada uno con cuatro semanas, que éstas sean de siete días, y que los meses y los días sean conocidos por numerales. Parece ridículo que hace menos de un siglo se usaran meses dispares y días con nombres raros. El suceso sirvió para unir en el mismo problema a todos los seres de la humanidad igualándolos en colores y razas. DE BASTÓNDE BASTÓN Empezó cierta noche. Una alumna de astronomía miraba las imágenes digitales de la misma zona espacial y tomadas por varias semanas sucesivas. Le extrañó un punto que se desplazaba en ellas. Y no fue porque brillara, por lo contrario era oscuro. Le llevó el caso a su tutor académico. Y luego de dudar mucho, pero frente a la evidencia, se atrevieron a informar su hallazgo: Habían descubierto un cometa… ¡que no emitía luz! Con telescopios orbitales pudieron ver que arrastraba una cola de partículas, también oscuras, tal vez originadas por su lenta destrucción o quizás recogidas en su trayectoria. Los astrónomos no aceptaban que era un cometa, tampoco un meteorito, y le dieron un nuevo nombre: Un Corvo. Constituía la abreviatura de su definición astrofísica. Pero, algunos pensaron que se debía a la semejanza con el ave. Los cálculos dieron que en pocos meses pasaría próximo a la tierra. Y que estaba formado totalmente de magnetita. Diap 148 EL CORVO Sólo seremos libres cuando desaparezcan el poder religioso, el poder militar, el poder político, el poder económico... y el poder tecnológico. (Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 46 EL CORVO (V)
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    ¡Corvo poseía unainconmensurable atracción magnética! Era un enorme imán. Surgió el terror. Todos los sistemas de comunicación, economía, banca, ciencia, militar, técnicos, estaban basados en la digitalización y el electro magnetismo. Al llegar Corvo, además del cataclismo, borraría memorias y dejaría nulos todos los registros y equipos existentes. Los primeros en tomar medidas fueron los dirigentes de la banca y las fuerzas armadas. Enterrarían sus bases de datos y valores en cámaras de plomo y a gran profundidad. Tras ellos surgieron los sacerdotes de todas las religiones pidiendo guardar allí los símbolos de su fe, y les seguían los poderosos queriendo poner a recaudo sus secretos técnicos. Los científicos los desilusionaron. Corvo, al pasar próximo a otro cuerpo, lo alteraba… Y el núcleo de la tierra era hierro. Se revirtió el proceso. Bibliotecas y archivos, que habían pasado por años los textos a registros digitales, comenzaron apresuradamente a convertirlos en libros de papel. DE BASTÓNDE BASTÓN Llegó el 28 de diciembre de 2087. Fue cuando Corvo estuvo más cerca a la tierra. Se tuvo la suerte que pasara bastante alejado. Quedaron muertos todos los sistemas cibernéticos. Pero, movió la ubicación del polo magnético, enderezó el eje terrestre, redujo en seis días la trayectoria en la elíptica, y provocó movimientos en todas las placas tectónicas. El hielo de los polos aumentó. Norte y sur tuvieron iguales estaciones. Los días fueron de la misma duración en toda la tierra. Menos de la décima parte de la población humana sobrevivió. Los sobrevivientes volvieron a lo natural, sin religión, sin políticos, sin militares, sin poderosos y sin técnicos. Estos setenta años se ha vivido de la tierra y con libertad. En diez millones de años, Corvo regresará. En ese período quizás otra especie podrá evolucionar y, tal vez… ser mejor. Debo suspender, debo enderezar una tecla de la máquina de escribir que se se torció. Día Primal, 07 del mes 02 del año 70 …oo0oo... Diap 149 EL CORVOEL CORVO
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    Nicolás Paganini nacióen Génova 1782. Pero no era un virtuoso del violín, ni fue compositor, ni se hizo famoso por sus Caprichos musicales. Este Paganini nació en la calle Génova, en un barrio cerca del camino Maldonado, en una casita que lo más distinguido que tenía era el número 1782 en la chapa de esmalte blanco. Fue el primogénito de una familia de italianos emigrantes, los cuales llegaron de la Liguria con un atadito de ropa más chico que el vientre que ostentaba la señora. En el vientre traía el futuro Nicolás, hijo del tano Niccoló, nieto de Niccoló, y así seguía repitiéndose por generaciones ese nombre en el primer hijo. Decían que eran descendientes del violinista. Los que no son nada en el presente, buscan en los ancestros que fueron mucho en el pasado, intentando ellos ser algo en el futuro. DE BASTÓNDE BASTÓN Aunque fue inscrito como Niccoló, pronto se le castellanizó a Nicolás y conocido por Nico. En parte para diferenciarlo de su padre y sobre todo por que en el barrio todo se simplifica. En la escuela nunca peleó por las bromas que le hacían por su nombre y apellido, haciéndolo derivar del verbo pagar. Por lo contrario, simpático, reía con sus compañeros. El viejo no hizo fortuna, fue un don Nadie más de la masa gris que forma la base de las pueblos. Como albañil pudo transformar la casita de techo de cinc en una de material. Y como padre se esforzó para que sus hijos fueran al liceo, que fuesen más que él, en especial Nico. Este era hábil con los cuentas como con los cuentos. Fuerte en los números. Y era tan convincente que hasta las cosas más ilógicas las hacía parecer reales. El muchacho había nacido con dos cualidades: Sabía contar y… sabía hablar. Diap 150 ORANDO Era el tiempo de la fiebre amarilla: el verbo orar significaba hacer oro. (Carlos Maggi –“Gardel, Onetti y algo más”) 47 ORANDO (U)
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    No siguió ningunacarrera. Al terminar el liceo tomó un curso de contabilidad, mientras con su verborrea enseguida logró un puesto de vendedor en una zapatería de renombre. Tampoco terminó el curso. Antes del año era el empleado mejor pagado, y a los tres lo nombraron gerente de la nueva sucursal en el Paso Molino, zona de rápida expansión. Las damas, hipnotizadas con la labia de ese hombre que tenían a sus pies, compraban cualquier calzado. Nadie le superaba en las ventas. Era tan buen vendedor que le decía a un hombre que tenía un pie más fornido que el otro, y a una mujer que lo tenía más pequeño... y a ambos convencía de comprar dos pares de zapatos. Como era lógico se casó con la joven más hermosa y de la mejor familia del lugar. Elegante, buena, católica piadosa, de voz dulce y carácter amable. Tuvieron cinco hijos. El matrimonio acentuó su otra habilidad: La de contar con los números y que éstos se convirtieran en dinero, en oro. DE BASTÓNDE BASTÓN Y un día llegó a los directores de la zapatería y les dijo que renunciaba. Que se había asociado con un amigo e iban a poner un depósito de mayoristas en alimentos. Como era natural lo hicieron una gran despedida y con un gran cheque de premio por su labor en esa sucursal, la de mayor venta. Cinco años después tenían que cerrar la zapatería. Nico dejó el traje de chaleco, la camisa blanca, la corbata simétrica, los zapatos pulidos, el perfume inglés. Todo para ir tras un viejo escritorio en un oscuro galpón. Su socio, hijo de un emigrante gallego, se llamaba Hernán Cortés, nada tenía de común con el conquistador de México; no fuese lo de feroz para las conquistas y en los negocios. La casa Cortés y Paganini se hizo famosa e indispensable para los pequeños almaceneros de los barrios suburbanos. Y, cosa extraña, Cortés era el que pagaba y Paganini el cortés. Nico comenzó con pocas acciones, pero llegó a tener partes iguales y ser el director de la empresa. Sabía contar. Diap 151 ORANDOORANDO
  • 152.
    Hernán fue perdiendonotoriedad. Si se le citaba, siempre agregaban “el socio de Paganini” para ubicarlo. Además, se casó con una fina niña bien de la alta sociedad, poseedora de un apellido histórico. Y tuvo que resignarse a que lo conocieran como “el señor Cortés, el esposo de…” Entre tanto Nicolás, don Nico o don Paganini dependiendo del grado de confianza o adulonería, ganaba más fama. Y en ello colaboraban las relaciones religiosas de su esposa. Era tan renombrado en el medio de los importadores, las aduanas y el ámbito bancario, como en los colegios de monjas y las iglesias del Paso Molino y aledaños. Porque don Nico y señora colaboraban con su ayuda y su dinero en las obras benéficas y piadosas parroquiales. Y toda su familia se educó y convivió en ese ambiente. Hasta tenía en su casa una pequeña capilla que, por esas cosas, quedaba adjunta al escritorio donde él hacía cuentas. O sea, en una oraba y en la otra contaba el oro. DE BASTÓNDE BASTÓN No importaba que los obreros del galpón estuviesen mal pagados. Nico era capaz de echarse una bolsa al hombro y cargar los camiones con ellos… Y ellos lo admiraban. No importaba que las pobres empleadas no tuviesen baño para sus necesidades y debieran aguantarlas por horas. Don Nico hacía el favor de darles trabajo… Y ellas lo agradecían. No importaba que en época de escasez de un alimento lo guardara en espera del alza de precio. Ningún mandamiento dice: No acapararás… Y el domingo comulgaba en misa. Sus padres, los viejos emigrantes venidos de la Liguria, y los otros Paganini nacidos en la calle Génova 1782, cerca del Camino Maldonado, nunca se fueron de allí. Se hicieron parte del barrio, de su lejanía, tanta que ni salía en algunos planos de la ciudad. Sus hermanos y hermanas se casaron, tuvieron hijos… y todos se sentían orgullosos. Nico era un Paganini. No famoso como el violinista, pero había llegado a ser importante, rico. Sabía hablar. Diap 152 ORANDOORANDO
  • 153.
    El tiempo fuepasando. Y, mientras Nico seguía siendo el pez grande en la pecera del Paso Molino, Hernán se hacía un pez mayor en el mar de la alta sociedad. Los hijos crecieron. A los de Paganini no les gustaba decir lo que hacía su padre. Menos aún a la señora de histórico apellido y sus niños. Tan solo eran almaceneros mayoristas. Y como un día se asociaron, otro se separaron vendiendo el galpón a unos armenios quienes le cambiaron el nombre. Cortés se convirtió en señor de los salones distinguidos e invirtió su parte en algo que correspondía a su status, o sea en tierras y ganado que trabajarían los campesinos para él. Nico intentó seguir explotando sus habilidades de contar y de hablar. Puso varios comercios, hasta montó una zapatería fina. Pero, era otra época o él había envejecido. Los hijos hacían locuras con tal de lucirse. Los mayores se casaron con personas similares, y don Nico les financiaba sus negocios. Y la menor, su consentida, le dio la sorpresa de hacerlo con un peón del antiguo Cortés y Paganini. DE BASTÓNDE BASTÓN Como el muchacho sólo sabía de papas y bolsas, le compró un puesto en el mercado principal. Todos ellos fracasaron… menos el peón y la nena. Los dos trabajaban allí. Luego, la hermosa, dulce y elegante compañera de su vida enfermó de cáncer. Don Nico la vio demacrarse. Cada tanto alguna vetusta monja o un esclerótico cura venían a verlos. Pero nadie más. La pecera de Paso Molino parecía haber quedado vacía. Nico y señora sólo eran dos decrépitos peces solitarios donde antes nadaron admirados por los demás. La muerte la alivió a ella de sus dolores. Y él se encerró en la casa. Pasaba en la pequeña capilla junto al escritorio. Nicolás Paganini nació en Génova 1782, una calle cerca del camino Maldonado Había nacido con dos cualidades: Sabía contar y sabía hablar. Viejo, había aprendido que orar no significa hacer oro. …oo0oo… Diap 153 ORANDOORANDO
  • 154.
    Anunzziata Bertina CastellamareD’Arenys no era nombre adecuado para haberle puesto a una niña tan delicada como la cuarta que le nació a ese matrimonio. Un matrimonio ya muy peculiar. Su padre, un napolitano, había llegado al país sureño huyendo de la policía fascista por haber matado a uno de sus integrantes. En el barco conoció a una catalana, rebelde y protestataria, que por sus ideas socialistas también venía escapando de la represión de la dictadura franquista. Eran dos seres disimiles. Ella de ojos azules, cabello rubio y lacio, fina, culta, y hablaba varios idiomas. Él, retacón, pelo y ojos negros, tosco, casi analfabeta, apenas en un dialecto. Poco tenían en común además del pasaporte. A ambos se lo había dado Francia. Pero el viaje en barco desde Marsella a Montevideo es muy largo y la luna brillaba en el Atlántico. DE BASTÓNDE BASTÓN Fueron a una pensión cercana al puerto. Se casaron sólo por el civil, estaban decepcionados de la iglesia. A los tres meses se mudaron a un conventillo en Nuevo París. Ella siempre decía que era francesa y consiguió trabajo en una librería de Paso Molino. Él logró entrar como obrero en una metalúrgica de la zona y nunca pudo negar ser tano. Compraron un terrenito barato cerca de donde terminaban los rieles del 18, el tranvía de la zona. Levantaron primero un ranchito, allí nació la primera nena. Trabajadores y ahorrativos como buenos emigrantes, en poco tiempo transformaron el rancho en una hermosa casa de material con jardín al frente… y tuvieron tres hijas más. Desde chica a la menor la llamaron Tina. Su madre intentó que fuese Bertine, o Bertén como suena en galo. No lo logró, pero obtuvo una criatura grácil, hermosa y atractiva. Diap 154 UNA VEZ Los ángeles deben ser aburridos, no tienen sexo. (Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 48 UNA VEZ (U)
  • 155.
    Tina poseía lapiel blanca y tersa, el cabello largo, sedoso, negro azabache, pero los ojos de color cielo. Cejas perfectas, pestañas arqueadas, labios carnosos, cara de muñeca. También desde pequeña mostró características propias, era introspectiva, de pulcritud exagerada, no le agradaba que le tocaran sus juguetes que mantenía siempre limpios. Evitaba las caricias y, si alguien se las hacía, de inmediato iba a lavarse. Y callaba con una fría mirada de sus claros ojos a los que le hacían bromas por su forma de ser. Estudiosa, no era dada a los juegos y jamás donde hubiese contacto físico. Sus manos, libros y cuadernos nunca tenían una mácula a pesar que era la época de la tinta y la pluma. Al llegar a la pubertad, por si fueran pocos sus atributos, se convirtió en una esbelta mujer, elegante, alta, curvilínea. Los genes galos de la madre se habían superado en Tina, y los itálicos de su padre le otorgaron senos seductores. Las medidas perfectas son 90 – 60 – 90. Ella tenía 99 – 50 – 90 DE BASTÓNDE BASTÓN Porque además poseía una cintura de avispa. Los hombres y muchachos empezaron a andar tras ella piropeándola, en tanto sus hermanas y amigas se mordían de envidia. Sin embargo, siempre estaba rodeada por ellas. Parecía una abeja reina. Y como Tina no hacía caso a los zánganos, éstos al final se conformaban con enamorar a una obrera. Es que no sólo tenía figura de avispa. Le hubiera gustado ser una y tener las piernas en el tórax. Consideraba que de la cintura hacía abajo sólo había inmundicias. Una vez comentó a su madre por qué se nacía de ese lugar tan sucio, y eso debía estar allí. Y la catalana le respondió: –Pero mi hija… Si estando un lugar oloroso, antiestético, rodeado de sudor, orines y excremento, el sexo atrae tanto. ¡Lo qué hubiera sido si estuviese en otro lado! Tina se sonrojó como era habitual cuando se hablaba de esos temas y fue a leer a la hamaca del fondo donde, luego de limpiar el asiento con una inmaculada toalla, se sentó. Diap 155 UNA VEZUNA VEZ
  • 156.
    De las cuatrohijas, parece que al napolitano se le quedó el molde de los varones en la bota italiana, la única que había heredado el gusto de la catalana por los libros era la menor. Las otras sólo obtuvieron el rubio pelo de la madre, pero retaconas, fornidas, mostraban el origen del viejo para quien el mayor logro era que hubiese comida y vino en la mesa. La catalana, gracias a su trabajo en la librería, se mantuvo actualizada en lo intelectual y la política. Era miembro del club socialista del barrio y activa militante de izquierda. La hija mayor tomó la responsabilidad de cuidar la casa y a las hermanas menores, las cuales le ayudaban a medida que crecían. Lógicamente, a Tina le dieron la limpieza. Pero, era tan exagerada que optaron por decirle que no lo hiciera más y volviese a su gusto: la lectura. Y le pidieron un favor: Que fuese la última en entrar al cuarto de baño. Porque cuando ella iba ahí, repugnada por cumplir con sus necesidades, tardaba un siglo en salir, DE BASTÓNDE BASTÓN Eso sí, lo hacía como si se hubiese bañado otra vez y dejando todo brillante. Mientras sus hermanas al terminar la escuela prefirieron ir a la Academia de Corte y Confección, Tina dijo que asistiría al liceo. Y la enjuta y cuarentona catalana sonrió feliz. Había que tener 14 años para dar el examen de ingreso, y Tina tenía doce. Debía esperar. Su madre, al ver el desarrollo de su hija, precavida la llevó con ella a la librería. Los dueños estaban felices de tener otra empleada atractiva y… gratis. Finalmente entró al Liceo Bauzá. Fue famosa por sus notas, por su molestia si la tocaban, su manía de limpiar el pupitre antes de sentarse y… ¡por usar guantes en el tranvía! Explicaba que no se sabía si los hombres que habían tocado los brillantes pasamanos de bronce se lavaban las manos luego de orinar. Y era tan firme, que todos la respetaban. Lectora voraz, devoró todos los libros de la biblioteca del liceo, luego todos los de la pública de Belveder. En la últma se hizo amiga de unas muchachas que iban al colegio de las Monjas. Diap 156 UNA VEZUNA VEZ
  • 157.
    Para horror desus padres, llegó hasta ir allí y leer la Biblia. Finalizando el liceo dejó esa amistad y se le vio acompañada por un hombre en el tranvía. Los viejos respiraron con alivio. Un sábado el hombre vino de visita a la casa. Conoció a la hermana mayor de Tina. Se ennovió con ésta y se casaron. Y la pulcra y hermosa menor entró en la Facultad de Química. Siguió yendo en tranvía, usando guantes, vistiendo como si tuviese un modisto francés. Delgada, curvilínea, elegante, atractiva… y siempre sola. Se especializó en Laboratorio. Ese ambiente estéril era adecuado a su pulcritud. Cuando se recibió con excelentes menciones, todas sus hermanas y amigas se habían casado y tenían hijos. Compró apartamento en el Prado. Los viejos no quisieron irse con ella, el napolitano prefirió vivir con su jubilación, el vino, los nietos. La catalana, arengando en el club socialista. Pero un día, ya cercana a los cuarenta años, las hormonas reprimidas de Tina se alborotaron. DE BASTÓNDE BASTÓN Había un jefe que era otro fanático de la limpieza, además de culto, fino y… veterano. Fue una cita prácticamente intelectual, cumbre de un romance platónico en donde lo máximo había sido dejarse acariciar las manos… ¡enguantadas! La puerta del apartamento del Prado se abrió para permitir entrar, por primera vez, a un hombre. Comieron, bebieron, se bañaron, cada uno aparte, y fueron a la impoluta sábana. Él fue tan cortés y prudente que llevó su propio piyama, y ella tan fina y recatada que se acostó con un largo camisón. A los pocos minutos, Tina se levantó asqueada del olor a sudor, a esperma, a saliva, a sentirse tocada hasta en lo más íntimo de su ser. Se encerró en el baño y se lavó por horas. Cuando salió, el hombre se había marchado. Luego, detrás de él se fueron los tranvías y el tiempo. Tina murió de 92 años. Delgada, pulcra, con sus guantes. Sólo lo había hecho una vez… ¡y no le gustó! …oo0oo… Diap 157 UNA VEZUNA VEZ
  • 158.
    Se llamaba JoséMiguel Gonzalo Baranzazú, sin embargo siempre se le dijo: Chiquito. Y eso era lo más ilógico, ya que sobresalía por su estatura en todas las fotos de la escuela. Decían sus tías que el apodo le quedó desde el momento que nació. Todas ellas eran mayores, piadosas y solteras. Además, la mayor también oficiaba como partera. Tenía poca clientela, sólo pedían sus servicios las católicas de fe, ya que siendo cristiana devota no solucionaba ningún problema de una señorita o de un embarazo no deseado. José Miguel fue hijo de la hermana menor. Y al recibirlo en sus manos la tía comadrona, y ver que medía casi sesenta centímetros de largo, lanzó una exclamación riendo: –¡Vaya que el botija salió chiquito!... Y ese apodo lo quedó: El Chiquito Baranzazú. DE BASTÓNDE BASTÓN Porque lo de Gonzalo nunca se le dijo aunque él lo firmase. Nunca se supo si era nombre o apellido, puesto que puede ser las dos cosas. Su madre aseguraba que ese era el apellido del hombre con quien se casó cuando estuvo unos meses en el interior del país, el cual marchó a una zafra en el Paraguay y lo mataron. Pero las chismosas del barrio decían que quien se llamaba así era el Padre Gonzalo, un cura alto, joven y apuesto que enviaron al norte argentino luego que nació el niño. Chiquito fue el único hombre en esa casona que debió ser señorial en viejos tiempos, y que poseía un gran terreno al fondo que colindaba con el huerto trasero de la iglesia. En la cerca existía un portón, el cual usaban las solteronas para ir a recoger las vestimentas sacerdotales y la lencería de los altares. Con ello se evitaban dar la vuelta a la cuadra. Porque desde que se construyó el templo, desde la abuela Baranzazú, todas las mujeres de esa familia tuvieron la piadosa caridad de lavar la ropa sucia de los curas. Diap 158 LA FE Admiro a las personas de fe. Debe ser hermoso creer en lo que no existe. (Las mil y Una…) 49 LA FE (U)
  • 159.
    Así mismo elportón también sirvió para que el Chiquito fuese y volviera de la iglesia. Ya que ésta y los sacerdotes representaron su segundo hogar y padres putativos. Los curas, en su obra de apostolado, permitían jugar fútbol en el patio de su colegio a todos los muchachos del barrio así practicasen o no la misma fe. Chiquito, por su estatura, era preferido como arquero. Pero nunca lo iban a buscar a la casa de las Baranzazú como era conocida en el barrio, o como él llamaba: La casa de mis tías. Se le encontraba dentro del templo, en el colegio adosado a él, en la cocina con el fraile, en la capilla, en el despacho del párroco, o en el bautisterio y hasta en el campanario. Jamás rezando. No pecaba de beato, por lo contrario era el más reo de la barra. Eso no quitaba que en la misa a la seis de la madrugada fuese el monaguillo del dormido cura. Porque se conocía todo el ceremonial eclesiástico al dedillo y en latín, tanto que más de una vez le susurraba un término a algún viejo, esclerótico y olvidadizo sacerdote. DE BASTÓNDE BASTÓN Los clérigos retribuyeron su fe invitándolo a desayunar, a almorzar con ellos en las fiestas religiosas, y dándole la beca de asistir gratis al colegio pago de los curas. Chiquito nunca hablaba de religión con sus compañeros. Fue otro que jugaba bolitas, balero, trompo. Sin embargo, hizo más por la fe que aquellos dogmáticos sotanados. Gracias a él, y a la curiosidad, los chiquilines no tuvieron temor de entrar al templo. Aprendieron que los adornos y la vestimenta clerical tenían nombres como cualquier cosa. Amito, cíngulo, estola, casullas, alba, sobrepelliz, mantel, corporal, altar, ara, cáliz, dejaron de ser palabras misteriosas, y muchos botijas hasta hicieron pininos como monaguillos. Si alguien pensó que Chiquito al crecer iría al seminario o terminaría de fraile o sacristán, se equivocó. El desarrollo le dio una voz profunda, grave, varonil. Y, sus genes vascos le otorgaron un cuerpo atlético, alto, de anchas espaldas. Diap 159 LA FELA FE
  • 160.
    Las muchachas, alverlo y oírlo se derretían como las velas del altar de la Virgen. Pero, siendo introspectivo, no fue un tenorio picaflor como otros amigos charlatanes. Estudió Contabilidad con un maestro que, para redondear el magro sueldo, daba eso en los salones del colegio y que ostentosamente llamaba Academia de Administración. A los dieciocho años se empleó en una empresa del centro de la ciudad. Y, entró al boliche de la esquina y cada tanto al quilombo que estaba cerca de la comisaría. Lo hizo oficialmente, ya que desde algunos años antes lo hacía a escondidas y pasando por el fondo de la iglesia para que su madre y tías creyeran que iba a la misma. Los únicos vicios que se le conocieron fueron: Tomar caña y jugar al billar. Lo de frente a la comisaría era un pecado natural. Además, la iglesia tiene el paliativo de la confesión. Y mientras los demás se iban ennoviando, él progresaba en el trabajo. Y seguía yendo a la iglesia… y de farras con Juan. Un día se supo que éste, entraría al seminario. DE BASTÓNDE BASTÓN Sorprendió a todos. Se podía esperar eso de Chiquito, pero no de Juan. Era el más mujeriego y sinvergüenza del grupo. Pero, el camino de la fe hace extraños viruetos. 1 Dicen que el sacerdote que vive con austeridad, pobreza, y haciendo el bien, llega a santo. Y el que vive con picardía, habilidad, y haciendo fortuna, a obispo. Juan fue capellán. Al ir envejeciendo, las mujeres Baranzazú profundizaron aún más su fe y devoción. Mantenían los altares, figuras, estatuas, ornamentos, constantemente pulidos y brillantes. Pero, al igual que el Chiquito, no pecaban de beatas. De carácter alegre, conversadoras, serviciales, se hicieron querer por todos. Aún por los que despotricaban contra la religión. Los años pasaron. Los otros amigos se fueron casando. Las tías, muriendo. El templo perdió brillo. Y Chiquito se casó con la muchacha más linda del barrio. La ceremonia fue la más hermosa vista en esa iglesia. La fe tiene sus cosas. Diap 160 LA FELA FE
  • 161.
    Y también poresas cosas, sólo tuvo hijas… y las hijas sólo le dieron nietas. Los yernos aportaron sus apellidos. Sin embargo, la gente las conocía a todas por “las Baranzazú” y lo devotas que eran en la iglesia. Chiquito murió teniendo más de noventa años. Rodeado por sus hijas y nietas recibió la extremaunción. Antes de enterrarlo, llevaron el féretro al templo y los sacerdotes en coro le hicieron misa de difuntos con cuerpo presente. La iglesia se llenó de personas. Hasta asistieron los que no creían en la religión. Pero faltaban muchos de los amigos que gracias a él habían perdido el temor a la iglesia y su ceremonial. Se le habían adelantado en dar el último paso. Y ahí estaba en el ataúd. Frente al altar por donde siendo niño pasó haciendo una fugaz genuflexión. Altar que ahora miraba al público, y que tuvo manteles lavados por sus tías. Cerca de los confesionarios donde de botijas se ocultaban jugando a las escondidas. Y donde, luego de jóvenes, iban a arrepentirse de un pecado… que volverían a cometer. DE BASTÓNDE BASTÓN Lo transportaron en hombros hasta el cementerio. Pero al llegar a la esquina del boliche en el cual tantas veces tomó caña, la procesión se detuvo. Y más de un viejo sonrió. El ataúd era largo. Se necesitaba otro par de amigos para cargarlo. Y tal vez, desde el más allá, resonó la exclamación de la tía comadrona: –¡Vaya que el botija salió chiquito!... Lo enterraron junto a su madre, a sus tías, a su abuela. En un viejo panteón lleno de placas con el apellido Baranzazú y nombres de mujeres. Pusieron la de él. Una placa que dice: José Miguel Gonzalo Baranzazú (Chiquito) Debajo reposan los restos del Chiquito, del Chiquito Baranzazú. Nunca se le llamó de otra forma; ni se supo si Gonzalo era nombre o apellido, puesto que puede ser las dos cosas. Un hombre grande que vivió en la fe. …oo0oo… Diap 161 LA FELA FE
  • 162.
    La llamaban Nievesy, aunque tenía la piel de ese color, no era un apodo. Resultaba la apócope de su nombre completo: Blanca Nieves Desmoulins Rodríguez. Nunca le dijeron Blanca. Quizás por que su madre se llamó así y no traer su triste recuerdo, ya que murió al darle a luz. En cuanto a su padre fue un francés que se marchó para su tierra a los pocos meses de ella haber nacido y, jamás volvió. Nieves fue criada por una tía solterona, perteneciente a la congregación de Hijas de María, que comulgaba todos los días en la misa de la seis y rezaba cada tarde en el ángelus. Vieja, flaca, desgarbada, de rostro agrio, vestida de oscuro, parecía una bruja. Sin embargo, aunque vivía de una magra pensión, se hizo cargo de la crianza de Nieves, de quien se refería, entre sarcástica y cariñosa, como la guachita. DE BASTÓNDE BASTÓN Gracias a sus conexiones con la iglesia logró conseguir una beca para la niña en el Colegio de las Monjas, al cual asistían las hijas de las familias pudientes de la zona. Nieves al ser huérfana no fue despreciada por sus compañeras. No hacía falta. Al ser becada debía realizar labores que las demás no efectuaban. Bajo la sonrisa compasiva de las otras, barría los patios, borraba el pizarrón, ordenaba en la biblioteca. Tuvo la fortuna de poseer mente ágil y una gran habilidad para aprender tanto de cosas intelectuales como manuales. Y la Hermana Bibliotecaria le enseñó a encuadernar. Se destacó en matemáticas y gimnasia. Para dicha de su tía, se encariñó con el colegio. Hasta sábados y domingos iba a él a jugar deportes con las monjas o leer en la biblioteca, en ese ambiente lleno de libros sobre castidad y mística. Aunque de soslayo entraban Bécquer y Amado Nervo. Diap 162 LA GUACHITA Las muchachas sueñan ser Blancanieves y que les llegue un Príncipe, pero… sólo encuentran a los 7 enanitos. (Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 50 LA GUACHITA U)
  • 163.
    Terminó el liceoallí. No siguió el noviciado como deseaban las monjas ni fue a Preparatorios para completar bachillerato. Dejando atrás el convento, quiso vivir. Pero es difícil salir de los rieles donde se nos ha enseñado a andar. Entró en la Acción Católica de Señoritas. Y para ayudar a la tía solterona, que cada día era más sarcástica en decirle guachita, fue a trabajar en una imprenta. Además, sábados y domingos era catequista en la iglesia. Ahí conoció a unos muchachos que iban al salón de Jóvenes Católicos, y en el patio jugaban fútbol, básquetbol y voleibol. Deporte, este último, donde ella era muy buena. No escapó a los jóvenes la mirada de interés de Nieves en las jugadas y que sabía del juego. Tampoco que ella era una muchacha con todos los atributos que atraen a los hombres. El equipo consiste de seis jugadores. Pero en éste había uno mas. Uno que siempre quedaba afuera, sentado, como sustituto. Un joven delgado, rubio, de ojos claros. DE BASTÓNDE BASTÓN Y él comenzó a charlar con Nieves. Una vez, uno de los jugadores se lastimó. Y el rubio le dijo que ella entrara al juego. Venciendo todos los prejuicios, así lo hizo y jugó perfecto. De esa forma comenzó a ser la novia de cada uno de ellos… y la dejada luego. Entre tanto el rubio seguía fuera del juego, escribiendo versos que pasaba a máquina usando el lado rojo de la cinta para no gastarla. Un día, ella se los pidió para leerlos. A la semana se los devolvía encuadernados. Y él, con una mirada que los dos entendieron, le regaló el libro. Pasó el tiempo y la vida. Nieves murió soltera, anciana y sola. En sus manos tenía un rosario y la encuadernación de unos versos escritos en rojo. Se apellidaba Desmoulins Rodríguez. Su nombre completo fue Blanca Nieves. Pero, nunca mordió la manzana, nunca llegó un príncipe que la besara. Sólo conoció siete enanitos. Y uno, el más flaco, le dio un libro de poesías. …oo0oo… Diap 163 LA GUACHITALA GUACHITA
  • 164.
    Llegó del interiorya con el apodo del Tato. Su nombre creo que era Torcuato Trelles, por lo menos tenía dos T grabadas en la enorme hebilla de bronce de su ancho cinto. Nunca se supo de donde vino. Tampoco interesó. Fue de esos hombres que es mejor ignorar su existencia. Decían que llegó recomendado por un terrateniente socio de esa fábrica. Se rumoraba que había salido de Treinta y Tres, otros que de Tacuarembó. Y él, las pocas veces que habló, dijo cosas de un pueblo mentado los Tucutruces. Había comentarios que tuvo que salir escapado porque un gaucho se la había jurado. Tampoco se supo la causa pero, al ir conociéndolo, nada de eso extrañó. Tato, cuando estaba solo, era una persona taciturna, hosca. Sin embargo, si tenía alguien cerca mostraba una sonrisa que no se podía definir si era servil, falsa o traidora. DE BASTÓNDE BASTÓN Siempre estaba de campera cerrada. Bajo ella llevaba la faja con el oculto facón, y sobre la misma el cinto de cuero. La camisa y al ancho pantalón evocaban la ropa campesina. Fue de vigilante a los baños de los obreros. Allí, sentado en un pupitre, se encargaba de darle un papel de astrasa a los que iban al retrete… y anotar la placa del operario. Había un gran reloj frente al escritorio. Alto, no fuesen a ensuciarlo los trabajadores. Luego de un corto tiempo, Tato golpeaba la puerta del excusado diciendo con voz ladina: –¿Necesitás más papel?... ¿Te sentís bien?... El pobre y avergonzado obrero, salía de inmediato para ser recibido por la ambigua sonrisa de Tato quien le prestaba un áspero jabón y una hoja de diario viejo para secarse. Los que iban a orinar ni siquiera tenían privacidad. Debían hacerlo contra una pared cercana al pupitre. Era el lugar más silencioso, nadie hablaba por temor a ser oídos por el Tato. Diap 164 LA SONRISA Desconfía del que siempre está serio, como del que siempre sonríe. (Gracián Solirio) 51 LA SONRISA (U)
  • 165.
    Una vez, porno perder tiempo, un joven técnico fue a ese baño en vez de ir al de los empleados. Muchacho al fin, al ver a Tato golpear una puerta, no se contuvo y le reclamó: –¡Déjelo hacer sus necesidades en paz!... Unos días después, el joven y el obrero eran despedidos. A los pocos meses Tato fue ascendido como vigilante en la entrada. Su misión consistía en ver si el personal marcaba bien las tarjetas y revisar a cualquiera si sospechaba algo. La forma más simple y artera de sacar a un trabajador con ideas sindicalistas, y sin que nadie se atreviese a protestar, era encontrarle al salir con alguna cosa sustraída. ¡Qué eficiencia tuvo el Tato en ello! Rara fue la semana que no hallaba en los bolsillos de un operario, o en la cartera de una obrera, algo robado… ¡o puesto por las manos de Tato! Naturalmente que ese empeño era recompensado por los jefes con premios y aumentos de sueldo. Así pudo comprar un terreno cerca de la bahía, lejos de las demás casitas. DE BASTÓNDE BASTÓN Construyó un ranchito. Nadie se acercó a ayudarle. Y vivió solo. Sus únicos acompañantes eran unos teros bravos que graznaban desaforados si alguien se acercaba. No iba a ningún boliche. Día a día se hizo más huraño. Con todo, es difícil escaparse al destino. Y más si se lleva una jurada escondida en el pasado. Una mañana no fue a la fábrica, y él era el primero en llegar. Lo fueron a buscar. Lo encontraron cerca de la bahía. Con un facón metido en medio del pecho. A su lado estaba el suyo. Y en cada mejilla le habían hecho barbijos en forma de T. Si los teros gritaron esa noche, a ninguno le interesó. Tato, cuando estaba solo, era una persona taciturna, hosca. Sin embargo, si tenía alguien cerca mostraba una sonrisa que no se podía definir si era servil, falsa o traidora. Pero, al final, muerto, con los barbijos, parecía tener una tétrica sonrisa …oo0oo… Diap 165 LA SONRISALA SONRISA
  • 166.
    Era incongruente queMaría Elena Sanjerjes Abucherena pudiera ser a la vez la líder Malena. Sin embargo, lo fue. Además de poseer esos dos apellidos de terratenientes, si se subía en su árbol genealógico se podía hallar avanzados de la época de la conquista, generales de la emancipación, grandes políticos de la República, y hasta santos y escritores. Pero, su padre y su madre fueron de las ramas pobres de ambos árboles. No poseían fortunas ni estancias. Y el único ganado… era el sueldo que ganaba su padre por mes. No por ello dejaban de ufanarse por sus apellidos y vivir en un status acorde a su importancia, aunque muchas veces debiesen endeudarse y el padre trabajar extra. Porque la madre no laboraba afuera. A una portadora de tal nombre le hubiese sido humillante. Pero era tan buena esposa que lograba hacer comida con lo que traía su marido. DE BASTÓNDE BASTÓN Eso sí, el té a las cinco estaba rodeado de exquisiteces y servido con toda la parsimonia propia de la gente fina. Ni que decir de las tazas y la platería… y de lo que se charlaba. Por lógica, vivían en un barrio con personas del mismo nivel. O sea, de apellidos renombrados, dueños de pequeños chalets y con hipotecas por muchos años. Lo que no constituía obstáculo para que todos perteneciesen al club de yates, aunque ni siquiera tuviesen un bote de remos. Y menos traba para asistir a la inauguración de óperas, teatro, ballet y cualquier acto cultural acorde a su posición. Lo otro básico eraser dueños de un coche que debía estar en la entrada del garaje y a la vista. Si se usaba o no, siempre existía la excusa de la contaminación de la nafta. En cuanto a la ropa, la de afuera debía ser de lo mejor. La interior, de cualquier tipo… Porque, a ésa nadie le veía. Y… por no ver su interior, María Elena se volvió Malena. Diap 166 OTRA RAMA Malena canta el tango como ninguna… (Canción) 52 OTRA RAMA (U)
  • 167.
    Asistió al colegiode monjas, fue a misa todos los domingos y se crió en un ambiente donde se consideraban groserías las expresiones de: comunismo, problemas sociales, revolución. Sin embargo, al llegar a señorita, en vez de comentar sobre los pretendientes de igual clase, su conversación versaba en los tres temas evitados en los diálogos por las personas bien educadas: Religión, Política, Sexo. No sólo eso, sino con posiciones radicales, aunque fuesen totalmente reales. Su padre reaccionó yendo al otro extremo, y su madre con enfermedades para evitar las reuniones. Y el mal se hizo general. Y la reacción genera reacción. Y los generales degeneraron en una dictadura. Y los opositores desaparecieron en las cárceles o en la clandestinidad. María Elena tuvo la suerte de pertenecer a los últimos. Allí su labor fue tan eficaz que se le conoció como la comandante Malena, para oprobio de los Sanjerjes y los Abucherenas. DE BASTÓNDE BASTÓN La comandante Malena llegó a ser famosa y estar en movimientos revolucionarios de otros países con opresión e injusticias, o sea: en todos los del tercer mundo. Pero todo pasa, hasta las dictaduras. Y más rápido cuando los problemas están en la forma de pensar de la gente y no se pueden resolver dando órdenes. La moda cambia. En la nueva época era de buen gusto ser de la izquierda, un honor haber vivido en la clandestinidad, distinguido haber estado en el exilio. Para no decir groserías, la gente bien hablaba de socialismo y otros ismos que servían de istmos a su vida de sociedad. Y María Elena, fuese por sus apellidos o por su trayectoria en la oposición, obtuvo relevantes cargos en organizaciones internacionales de derechos humanos. Hasta los familiares ricos, los ganaderos y terratenientes, la citaban atreviéndose a llamarla Malena. Nada importaba. Era una más de ellos… aunque perteneciese a otra rama. …oo0oo… Diap 167 OTRA RAMAOTRA RAMA
  • 168.
    José Manuel RodríguezDe la Sierra fue alguien que pudo ser otro Pepe Rodríguez cualquiera. Pero, por esas cosas, lo conocieron por el nombre y el apellido de atrás. Cuando llegó al barrio tenía ocho años y ya le decían Lolo. Vino de uno más al este, donde la gente se ufanaba de vivir frente a la playa aun estando a varias cuadras de ella. El apodo lo originó su mamá quien, para diferenciarlo de su esposo, otro José Rodríguez, comenzó a llamarle Manuel. De allí pasó a Manolo, y luego a ese muy fino: Lolo. Hay que comprender a la pobre señora. Manolo es nombre de almacenero. Manuel suena a emigrante. En cambio, Lolo tiene cierta distinción propia. Pero, el José Rodríguez padre, que un día salió del barrio por negocios desconocidos, murió de forma desconocida. Y Lolo y su madre vinieron a vivir a la casa de la abuela. DE BASTÓNDE BASTÓN Llegó hablando con expresiones extrañas, gestos raros y usando diferente ropa. La botijada del barrio era generosa, y lo atribuyó a que así debían actuar del otro lado de la bahía. Además, en pocas semanas se adaptó a la nueva barra, a ir al colegio público y a chamullar en reo con los otros botijas, fuese jugando bolitas en la esquina o al fútbol en el campito. Pero, por esas cosas, a veces lo envidiábamos. No tenía un viejo que le castigara cuando se portaba mal. Era el mimado de su abuela. Y, sobre todo, su madre era hermosísima. Ya estábamos en la edad que surgía el libido en nosotros. Y aquel mito que no había mamá como la de uno desaparecía frente a la regordeta que encontrábamos en la casa. Sin embargo, la de Lolo era poseedora de una elegancia y atractivo indescriptible. Esto causaba comentarios maliciosos en las vecinas y que, los domingos, a nuestros padres se les salieran los ojos al verla ir por la vereda camino al almacén. Diap 168 ESAS COSAS El problema de los homosexuales no tiene solución. Si siguen adelante, mal. Y si dan marcha atrás, peor. (Las Mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 53 ESAS COSAS (U)
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    Dicen que loque se hereda no se roba. Lolo heredó de su madre la elegancia y los atributos de belleza. Lo último, si se tenía, los varones tratábamos de ocultarlo bajo el reaje. Llegamos a la juventud, pocos fueron al liceo, algunos a la Escuela Técnica, y muchos a la Academia de Contabilidad. Lolo fue a ésta. Le envidiamos otra vez. Poseía una aptitud innata para los números, haciéndonos quedar como retrasados. Pero, por esas cosas, le resurgieron también las diferencias que tenía cuando llegó. Amable, de expresiones delicadas, educado, enloquecía a las botijas. Aunaba a eso su cabellera negra y ondulada, los ojos oscuros y brillantes, cejas gruesas, pestañas largas, piel tersa y una voz grave con cierto tono sensual. Era más bien bajo pero distinguido, sin ese andar chueco y las musculosas pantorrillas del fútbol ni con los voluminosos pectorales y cicatrices del boxeo. Por lo contrario, caminaba elegante y fino. Las muchachas quedaban en las puertas esperando que parara a charlar con ellas. DE BASTÓNDE BASTÓN Algo que solíamos aprovechar los compañeros de él. Y así fuimos creciendo. Dejamos la pubertad atrás y cada uno fue buscando hacer su propia vida. Muchos romances juveniles nacieron y, como flores de un día, se marchitaron. Lolo también tuvo los suyos. No tenía dificultad para que una hermosa niña consintiera a sus galanteos. Sin embargo, éstos duraban muy poco… y ellas luego reían al hablar de él. Siempre mantuvimos la tradición de sentarnos los lunes de noche en el muro de la plaza, bajo los laureles, frente a la iglesia, a dar rienda suelta a nuestras confidencias. Teniendo dieciocho años, estando allí, Lolo nos sorprendió con la noticia que comenzaba de empleado en un gran hotel. Lo envidiamos nuevamente, esta vez por las propinas. Tiempo después dijo que trabajaría en otro de un famoso balneario del Este. E hizo un mohín. Pero, por esas cosas, como debía estar entre gente fina, lo atribuimos a esto. Diap 169 ESAS COSASESAS COSAS
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    Pasaron los meses.Se fue el verano. Tras él, el Carnaval y su locura. Se aproximaba la paz de la Semana Santa. Estábamos programando el campamento a realizar en ésta cuando, un lunes, en la noche y en la plaza, reapareció Lolo. Era él, pero costó reconocerlo. Quizás por la penumbra o, tal vez porque interiormente nos negábamos a hacerlo. Vestía una camisa de amplias mangas que parecía ser de un antiguo pirata. Un ancho cinto, tachonado de monedas, la ceñía a la cintura. Traía un ajustado pantalón a sus caderas que finalizaba en unas grandes calzas. Y, para rematar, había crecido varios centímetros con los tacones de las altas botas. Nosotros, que comprábamos la ropa en la tienda cerca de la heladería y usábamos zapatos baratos, no salíamos del asombro. Pero, por esas cosas, lo recibimos con camaradería. Nos comentó con una risita extraña, y gestos aún más, que la vestimenta se la había hecho un amigo en el balneario, el cual poseía el nombre de Chris Demacré y pronunciado Cris. DE BASTÓNDE BASTÓN Al igual que en la infancia, la barra fue generosa y disculpó el amaneramiento de Lolo, preguntándole sobre las artistas de cine y las ricas que acostumbraban veranear en ese hotel. Luego de sus muchos circunloquios, logramos deducir que había estado con varias de ellas de lunes a viernes, ya que los sábados y domingos venían los maridos en avión. Rió, con una risa que lo retornó a reo, narrando que a ese avión le daban un apodo despectivo ya que en él, los lunes, ellos volvían a atender sus negocios… y ellas a su diversión. Contó sobre un renombrado actor cómico que, altanero y pedante, y queriendo hacerse ver delante de las mujeres, devolvió un churrasco diciendo que estaba frío y sin sabor. Lolo vio como luego, en la cocina, el chef pasaba el glande de su pene sobre la carne y reenviaba el plato al engreído comensal… quien aseguró que ahora sí estaba bien. Tuvimos que explicarle al Petiso que era pene y glande. Y, por esas cosas, a no devolver más la comida en un restorant. Diap 170 ESAS COSASESAS COSAS
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    El Petiso habíasido el mejor compañero de Lolo. Quizás por que fuesen los de menor estatura de la barra, o por que vivían cerca, pero Lolo siempre se colocaba pegado a él. Más disimiles no podían ser. El Petiso era chueco, picado de viruela, musculoso, poco fino al hablar, sus temas eran el fútbol, la mecánica automotriz y las carreras de coches. Pero, las mujeres enloquecían por estar con él. Tanto que el Petiso, con su carácter bromista, nos hacía reír diciendo que él no sabía lo que les daba a ellas… además de asco. La noche se hizo larga y, poco a poco, uno a uno, fuimos dejando la plaza. Al final quedaron sentados en el muro bajo los laureles, solos y juntos, el Lolo y el Petiso. Al otro día nos enteramos, por esas cosas, que el Lolo se había marchado otra vez al balneario del Este. Que iba con la cara oculta, como si la tuviese golpeada. Nada nos costó sonsacarle al Petiso. El Lolo, al poco rato de estar solos, dijo que las mujeres ya lo tenían asqueado… Y, sin más, se le pegó diciéndole cosas obscenas. DE BASTÓNDE BASTÓN La única respuesta que obtuvo fue un tremendo puñetazo del Petiso, quien escapó de allí como de la peste. Los años siguieron pasando. La abuela del Lolo no volvió a salir a la calle y finalmente murió. En cuanto a la hermosa y ya vieja madre de él fue a vivir con su hijo en el Este. Una vez se recibió una tarjeta. En ella invitaban al Petiso y a la barra a la apertura del Atelier de Moda Masculina que ponían Chris Demacré y Lolo de la Sierra en ese balneario. Nos asombró el convite. Esos seres son extraños. Y, lógico, ninguno fue ni volvió a hablar del Lolo... ni a envidiarle. Hace poco, ya viejos todos, supimos que Chris Demacré había muerto de una enfermedad que los afecta a ellos. Y recordamos a José Manuel Rodríguez De la Sierra quien pudo ser otro Pepe Rodríguez cualquiera. Pero, ahora, por esas cosas, era conocido por el nombre y el apellido de atrás. …oo0oo… Diap 171 ESAS COSASESAS COSAS
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    Podría pensarse queel gestor es otro fruto de la corrupción moderna. Sin embargo, si revolvemos en la historia, siempre se les hallará en su función de facilitar las necesidades de los pocos relacionados con la maraña de trámites, sean éstos de la burocracia actual, o de las cortes, o de los imperios. Nada extrañaría que al excavar una caverna encontrasen dibujos rupestres donde un muy suelto troglodita presenta a otro algo retraído con un jefe de altas lanzas y bien sentado. Julio César Canales Albañar tenía esa soltura. Por tanto, se hallaba relacionado con todas las dependencias estatales así como con los dirigentes de la banca, industria y ejército. No importaba el color, la política o tendencia que mandase. Él sabía que persona y que canal utilizar. Y, como es normal, cuánto le costaría eso al necesitado de sus servicios DE BASTÓNDE BASTÓN Los seres se amoldan a sus funciones. Julio César tenía un perenne brillo de picardía en los ojos y una eterna sonrisa en su rozagante rostro, que siempre parecía recién afeitado. Alto, medía más de un metro ochenta, fornido, de anchos hombros, practicaba y hablaba con igual facilidad de fútbol, béisbol, tenis, golf… y de bochas o bolas criollas. No se sabía cual era su equipo, pero dejaba la impresión de pertenecer al de su interlocutor del momento. Conocía los mejores restoranes… al igual que los antros más vulgares. Y, como con dinero, alcohol y mujeres se consigue lo que se quiere, era experto en sobornar al corrupto sin que nadie lo comprobase, en beber hasta la embriaguez de los demás… y en tener amigas donde ellos desahogar instintos y vicios. Julio César era muy solicitado por los gerentes que querían obviar dificultades a sus empresas. Todos ellos guardaban su tarjeta. Una que sólo tenía un nombre y… un teléfono. Diap 172 LA TARJETA Y de él decían: ”Es el hombre de todas las mujeres, y la mujer de todos los hombres.” (Historia de Julio César) 54 LA TARJETA (V) Hechos reales. Nombres ficticios.
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    Un día lollamó el vicepresidente de una gran industria, a fin que le simplificase ciertos trámites gubernamentales. El demagogo de turno había revivido una ley laboral, e incumplida como todas, la cual indicaba que los trabajadores nativos no podían ser mandados por un extranjero. ¡Cómo si el vicio de mandar tuviesenacionalidad! Los amos de las plantaciones, en la época de los esclavos, no los maltrataban ni se ensuciaban las manos con el látigo, preferían quedar como bienhechores al darles casa y comida. Para exigirles y castigarlos estaban los mayordomos. Y la Regla del Algodón lo dice: Llámese comisario, jefe o capataz, siempre será más opresor el mayordomo que el amo. Mejor aún si el mayordomo era de la misma raza y color de los patrones, aunque usara y abusara de los subyugados. Toda ley tiene su trampa. En este caso, una que permitía nacionalizarse a los extranjeros y tener los mismos derechos de los autóctonos… menos ejercer cargos gubernamentales. ¡No fuese que un forastero disfrutara de la ganga! DE BASTÓNDE BASTÓN Julio César quedó encargado de obtener la nacionalización de los jefes extranjeros de esa empresa, o sea: de casi todos, y sin que ellos perdiesen tiempo en oficinas. Nada satisface tanto al empleado como el sentirse necesario. Así fue que lo conoció Juan Carlos Catónico Allende. Éste era un hombre severo, drástico, justo, a quien tenían como jefe más por sus conocimientos técnicos que por su habilidad en manipular al personal a su cargo. El gestor bromeó al ver que poseían las mismas iniciales y, viendo los años de Juan Carlos en el país, preguntó por qué no se había ya nacionalizado. La respuesta fue tajante: –Esperaba sentirme digno de tener esa nacionalidad. –Y ahora se siente. –aseveró Julio César, adulándole. –Yo sí. Pero, no de la forma que la estoy obteniendo. Julio César quedó sin palabras y, asombrado, le dio su tarjeta. Una que sólo tenía un nombre y… un teléfono. Diap 173 LA TARJETALA TARJETA
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    Los siguientes mesesel gestor vino cada semana en busca de más y más fotocopias, documentos y comprobantes de los interesados. La burocracia se alimenta de papel. Y, por esas cosas, mientras a los demás jefes les solventó todo la empresa, Juan Carlos fue el único que tuvo que ir y acompañar al gestor a una oficina estatal. Finalmente, Julio César indicó que ya estaban los edictos y que en la próxima fecha patria asistirían a una sesión oficial donde un jerarca del gobierno les tomaría el juramento. Cientos de extranjeros hubo en el acto, y el himno nacional fue entonado con acentos diferentes. Juan Carlos recordó que patria no es donde se nace sino donde se lucha. Terminada la ceremonia, Julio César los llevó en grupo a almorzar en un famoso local. El licor y los brindis del gestor abundaron antes, durante, y luego de la comida. Ya era de noche cuando salieron. El alcohol y los platos exquisitos habían despertado la euforia y el líbido. El sexo parece ser la demostración mayor de hombría. DE BASTÓNDE BASTÓN Julio César sabía satisfacer todas las demandas. Con risa procaz dijo de culminar la fiesta en el apartamento de unas amigas de él… y que era muchachas muy reservadas. Para allí marcharon. Juan Carlos, callado, iba en el asiento delantero del auto del gestor, quien hacía chistes obscenos que eran festejados por los demás. Y, entre risas, Julio César ponía su mano sobre el cierre del pantalón de Juan Carlos. Llegaron al edificio. Tomaron el ascensor. Pero, antes de entrar al apartamento, Juan Carlos se despidió. –Pasa… –insistió el gestor- Con otras copas te animarás. –No, gracias. –respondió– Aún quiero sentirme digno… Julio César, asombrado, quedó otra vez sin palabras. Juan Carlos se fue sonriendo agriamente. ¿Por lo sucedido? ¿Por lo que decían de Julio César en la antigua Roma? Al llegar a una esquina arrojó a la alcantarilla una tarjeta. Una que sólo tenía un nombre y… un teléfono. Diap 174 LA TARJETA S LA TARJETA
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    :::::: Han pasado másde veinte años. Un viejo canoso espera que aparezca su número en el marcador digital de la pared. –¡Juan Carlos Catónico Allende!... –oye llamarse. Se para. Ve acercarse una figura detenida en el tiempo. La misma eterna sonrisa en el mismo rozagante rostro, que siempre parecía recién afeitado. Aunque ahora también tiene el cráneo rasurado para seguir la moda y no verse anciano. Detrás de él viene un par de negras sensuales y un mulato. Seguramente son ilegales escapados de una isla conocida. –¡Soy Julio César Canales Albañar!... – el gestor se presenta por si el viejo no lo recuerda– Y tú… ¿qué esperas aquí? –La cédula renovada… es la tercera vez que vengo. –Me hubieras llamado. Dame el ticket. Ya te la traigo. Juan Carlos, resignado, se lo entrega. A los pocos minutos, Julio César retorna con el documento. Y dice a los negros: DE BASTÓNDE BASTÓN –¿Ven?... A él le obtuvimos la nacionalización hace años. Con ustedes va a ser un poco más complicado, pero yo les soluciono su problema… y no les costará mucho. El anciano encanecido mira a los mulatos. Se imagina como pagarán ellas… y como se lo hará el fornido negro. –Gracias. –dice Juan Carlos al recibir la cédula– Pero, no te hubieras molestado. Obtenerla así no es justo ni muy digno. –Sigues siendo único… deberías quedar en la historia. –No lo creo… En cambio, tú ya estás en ella. –¿Sí?... ¿Dónde?... –pregunta Julio César, con asombro. –En la Antigua Roma. –es respondido con ironía. –¿Había alguien como yo?... –inquiere, dándole su tarjeta. –Siempre los habrá… –dice Juan Carlos, guardándola. Se despiden. El viejo canoso se va. Una cosa le molesta en el bolsillo. Al llegar a una alcantarilla arroja una tarjeta. Una que sólo tenía un nombre y… un teléfono. …oo0oo… Diap 175 LA TARJETALA TARJETA
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    El transporte llegóa destino. ¿Barco, tren, avión?... Daba lo mismo. La masa humana, apurada, bajó cargando y arrastrando morrales, maletines, bultos e hijos. Todos iban hacia la aduana. Un encanecido viajero los dejó pasar. Muchos años atrás él, junto con los suyos, también formó parte de esa muchedumbre anhelante. Ahora lo único que traía junto a sí era un bastón. Y sólo cargaba un pasaje y un pasaporte. Uno, sólo uno… y recordó cuando fueron dos… tres… cuatro… cinco. Llegó a la puerta de entrada de la aduana. La cruzó. Los otros pasajeros ya se marchaban por la de salida. La valija del viejo, solitaria y abandonada, esperaba su dueño. Al ir a buscarla, vio en una pared un antiguo espejo. DE BASTÓNDE BASTÓN Lo reconoció. Sus bordes astillados. El azogue bajo la opaca superficie con añejas vetas y manchas amarillentas, el brillo perdido y gastado de tanto reflejar viajeros Era el mismo donde se había mirado, cincuenta años antes, al irse en busca de un más allá. Y, con la euforia de la edad y del momento, había saludado a la imagen que dejaba. Y se vio nuevamente como aquel momento. También entonces cargaba un solo pasaje y un pasaporte, aunque llevaba la enorme carga de sus sueños y el peso de la despedida de tantos familiares y amigos. Se le habían salido las lágrimas al ver decenas de manos haciéndole adiós. Sólo los separaba la barrera de la aduana, sin embargo ya comenzaba a sentir la lejanía. Pero, la esperanza hace liviana cualquier carga. Decidido, había girado para ir a tomar el transporte. Y se halló delante, por primera vez, de ese espejo aún nuevo y reluciente. Vio un joven con brillo en los ojos. Le hizo una mueca que quería ser sonrisa. Se marchó… Y el espejo quedó vacío. Diap 176 EL VIAJERO Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada… (Tango: Volver. de Lepera y Gardel) 55 EL VIAJERO (G)
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    Transcurrieron diez añospara volver a verse allí. Fue luego de entrar por la puerta por donde se había ido. Y estaba con cinco seres a su lado: Su compañera y tres hijos. Habían bajado junto a los demás, apurados, anhelantes de encontrarse con familiares y amigos. Para unos, del ayer. Para otros, desconocidos. Traían arrastrando la carga de bultos, valijas, muchas cosas con que demostrar que el irse no había sido en vano. Y con regalos para llenar el vacío de ese tiempo pasado lejos. A todos les salían las lágrimas. Eran más los que llegaban, y más los que esperaban. Y eran muchas más las manos que les saludaban recibiéndolos. Felices, pasaron a la aduana. A las pocas semanas salían por allí. Y hubo más lágrimas y más manos diciendo adiós. Triste destino es el del que deja una tierra y hace su vida en otra. Miraron otra vez el espejo. La imagen tenía menos brillo. Le hicieron una mueca que quería ser sonrisa. Salieron… Y el espejo quedó vacío. DE BASTÓNDE BASTÓN Pasaron diez años más para verse otra vez en él. Y otra vez él tenía la felicidad de cargar encima cinco pasajes y cinco pasaportes. Aunque, los niños se habían vuelto jóvenes. Otra vez, como siempre, la masa humana bajó arrastrando morrales, maletines e hijos. Y él y su familia entre ella. Otra vez les recibían decenas de manos saludándolos. Pero, había más manos juveniles. Y faltaban algunas viejas idas en el viaje sin retorno. Pero, el que viene trae la explosiva euforia de la novedad y la emoción del encuentro. Los jóvenes ponen la ilusión de su juventud, y los mayores la añoranza de sus recuerdos. Todos reían recordando el tango: Veinte años no es nada. A las pocas semanas él retornaba a salir por allí. Su familia quedaría un tiempo más. Ya no necesitaban su tutela diaria. Él debía volver a sus responsabilidades… Miró el espejo. Vio un hombre con menos brillo en los ojos. Le hizo una mueca que quería ser sonrisa. Salió. Y el espejo quedó vacío. Diap 177 EL VIAJEROEL VIAJERO
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    Diez años más.Otro viaje. Otro retorno. Poco equipaje. Ya no había nada que demostrar y aún menos que mostrar. La realidad era tanto lo logrado como lo que no. Treinta años desde la primer despedida. Y pocas manos saludándoles. Unas muy infantiles y otras muy viejas. Los jóvenes estaban muy ocupados enfrentando la vida. Los abrazos más sentidos. Tal vez por que en cada uno se abrazaba también a los que se habían ido para no volver. Venían en busca de paz. Añoranzas. Visitar viejos lugares. Comer. Beber. Hablar. Reír. O, juntos, sólo estar callados viendo a lo lejos un ayer que cada día se hacía más distante. Y luego volver a partir. Despedirse se convierte en hábito para el viajero. Menos fueron a saludarlos. Los familiares ocupados lo habían hecho en una reunión anterior. El viajero y su compañera se pararon frente al espejo. En éste vieron a una pareja de viejos… y solos. E hicieron una mueca que quiso ser sonrisa. Salieron hacia el transporte. Y el espejo quedó vacío. DE BASTÓNDE BASTÓN Vieron contadas manos diciéndoles adiós. Y, sin saber por qué, sintieron muy adentro ese adiós. Pasaron diez años más, envejeciendo los viejos, haciéndose mayores los jóvenes, y jóvenes los niños. Nacieron nuevos niños, pero esos niños eran seres lejanos para los viejos. Años donde se iban los amigos y familiares en el viaje con solo pasaje de ida. Y el viajero y su compañera decidieron hacer uno más de reencuentro con los aún presentes. Sin embargo, como siempre, luego, tuvieron que retornar a su propio presente. Sólo un par de manos los despidió. Los demás estaban ocupados, o enfermos, o ya no estaban. El viajero y su compañera se miraron en el espejo. Arrugas y canas mostraban el paso de cuarenta años desde la vez primera. Pero ellos, aún tenían la fortuna de estar vivos. Hicieron la mueca que quería ser sonrisa. Fueron al transporte… Y el espejo quedó vacío. Diap 178 EL VIAJEROEL VIAJERO
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    Otros diez años. Yahí estaba el anciano. En la aduana. De retorno. Frente al espejo, el cual él veía con astillas y roto. Volvió a observarlo. Y… había cambiado. No le asombró. Ya no le asombraban los cambios. Era un espejo nuevo, sin manchas ni vetas amarillentas del tiempo en el azogue. Un espejo nuevo que reflejaba la imagen de un viejo. Le surgió la mueca que intentaba ser sonrisa. Giró. Avanzó unos pasos. Se dio vuelta viendo el espejo. Había quedado vacío. Era un cristal que sólo reflejaba lo que tenía delante. Y pensó en las veces que se había visto en él. Volvió a girar. Debía ir a recoger su equipaje. Un equipaje liviano. Ahora traía pocas cosas, las grandes habían quedado en el ayer. Aún así, le costó cargarlo. Alguien le ayudó. Compasión. Servicio. Propina. Un saludo. Sólo uno… y de un desconocido. DE BASTÓNDE BASTÓN Y quedó en la vereda. Solo. Con la única compañía de su valija, su bastón y sus recuerdos. Se acercó un taxi. Lo tomó. Y fue otro viajero atrás. Dio la dirección de un hotel. En algún lado debía dormir. Pocos de sus amigos quedaban, y estaban muy viejos. Y de los familiares… cada uno tenía su propio problema, su propia familia, y sus propios recuerdos. Se recostó en el asiento trasero. ¿Cansado del viaje? Sacó una libreta. Leyó varias hojas. Tenía que visitar muchas tumbas. Y a él le quedaba poco tiempo. Levantó el rostro mirando la calle. Una de tantas, igual, conocida. Se vio en el espejo retrovisor del coche. Le resurgió la indefinida mueca. Veinte años no es nada… Pero, cincuenta es demasiado. …oo0oo… Diap 179 EL VIAJEROEL VIAJERO
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    Su madre fueuna perra de carretera. Una que iba en busca de restos, echada de todas partes y, cuando estaba en celo, poseída por todos los perros guardianes. El único lugar donde no le tiraban piedras era una fábrica que, en vez de rejas, tenía una cadena de un poste a otro. En uno, del lado de afuera, le ponían una lata con sobrantes… Una vez, ya vieja, con el lomo torcido de tantos embarazos, apenas pudiendo andar por la enorme barriga donde llevaba los frutos de su última preñez, la dejaron entrar. Y la perra fue a esconderse tras el muro de la oficina, que era una antigua casona, cerca del río, en una madriguera entre las piedras y que ella acomodó con pasto seco. Allí tuvo sus cachorros. No había dos iguales. Los obreros, a la gente pobre le falta dinero pero le sobra corazón, le daban de su propia comida. DE BASTÓNDE BASTÓN Y reían viendo como las crías se disputaban los hinchados pezones. Incluso el gerente de planta le traía alimentos. Éste era un hombre raro, metía las manos en el trabajo, no le importaba compartir con los operarios. Rubio, le llamaban: El Catire. Apenas los cachorros pudieron tenerse en pie, la madre los fue dejando para ir a deambular. Quien está acostumbrado a buscar su propio alimento, no gusta del fácil y regalado. Cada vez las ausencias iban haciéndose más largas… hasta que un mediodía no volvió. Los zamuros, revoleteando en la cima del cerro, indicaban su final. No muy distante había una faenadora de pollos, y muchos se acercaban tratando de hallar aunque sea unos despojos. Pero su guardián, un ser con fama de feroz, los espantaba con sus cuatro perros doberman entrenados para matar… y con tiros de su escopeta de perdigones. Hay animales de todo tipo. Diap 180 ONOTO Los animales no hablan… pero, sienten más que los humanos. 56 ONOTO (V) A ONOTO. CON TODO MI CARIÑO Hecho real y personal
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    Esa tarde, losoperarios de esa fábrica con la cadena, quienes habían estando oyendo los plañideros reclamos de las crías por su madre, se las llevaron para sus casas. En esa empresa se trabajaba de siete de la mañana a cuatro de la tarde. Pero el Catire permanecía en la gerencia hasta las seis o más, dibujado o programando cosas. Oyó un lamento que partía el alma. Salió afuera, al jardín. El quejido venía de donde la perra había tenido su cubil. Fue hasta ahí. Y se encontró con el cachorro más feo imaginable. De patas anchas y cortas, cuerpo rechoncho, sin rabo, una cabeza desproporcionada, con belfos, unas enormes orejas le colgaban sin gracia, con un hirsuto pelo de extraño color. Hay perros de raza. Los hay de cruzas. Y la mayoría, los callejeros, nacen de infinitas mezclas. Aunque, en este caso los genes no se habían mezclado… ¡se habían entreverado! Era comprensible que nadie lo hubiera querido llevar. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, tenía en los ojos tal implorante y famélica mirada que el Catire lo agarró. Si lo dejaba allí, las ratas u otro rastrero lo devorarían en la noche. Y lo apretó contra él. El cachorro se acurrucó buscando la tibieza del brazo. Fue con él a la oficina. Buscó una latita y le dio leche. Luego, en una caja vacía le hizo una cama de arrugados papeles. Lo puso dentro y lo llevó a la caseta del vigilante, pidiendo que lo cuidara en la noche. Éste, mirándolo, exclamó: –¡Vaya que es feo!... Parece un puñado de onoto. El onoto es un árbol de tres metros de altura que da unas valvas rojas oscuras y peludas, las cuales al madurar toman un color marrón rojizo, y que sirven para colorear alimentos. Y ese nombre le quedó al cachorro. El Catire crió a Onoto. Al crecer cambió notablemente. Sus patas se estiraron. El cuerpo mostró una firme musculatura. Las orejas se pararon y el morro se estilizó. Inteligente, sabía que su lugar era afuera. Pero, luego de las cuatro, entraba a la gerencia para acompañar al Catire. Diap 181 ONOTOONOTO
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    Onoto se despertabamuy temprano. Se encaminaba hasta la caseta del vigilante. Esperaba la llegada de los obreros. A los conocidos les hacía fiestas, saludándolos. Si había algún operario nuevo, daba vueltas a su alrededor y le seguía hasta el vestuario. Y, al verlo con el uniforme de trabajo, le brindaba un ladrido como aceptado. Luego marchaba al comedor del personal. Y allí, con su lata en el suelo, esperaba que le diesen algo de desayuno. Cuando sonaba el timbre, los obreros iban a sus labores. Y Onoto a recorrer el jardín, la cerca, los linderos. Terminado esto, quedaba vigilando junto a la cadena. Al sonar el timbre del almuerzo corría feliz al comedor. Se hacía parte de la algarabía de los trabajadores, los cuales le daban el sobrante de lo traído. Otra vez a sonar el timbre de retorno al trabajo. Otra vez Onoto a hacer su recorrido. P ero, en la tarde, no volvía a la caseta. Iba hasta la entrada de las oficinas y se paraba allí. DE BASTÓNDE BASTÓN Miraba hacia adentro, por el enorme vidrio de techo a piso. Y, si veía al Catire, se paraba con las orejas tiesas. A las cuatro de la tarde se dirigía a la vigilancia, como para despedirse de los obreros que tornaban a sus hogares. Cuando se había marchado el último, volvía a la oficina. Y si el Catire estaba sólo, entraba muy tranquilo y seguro para recostarse junto a las patas de la mesa de dibujo. Era un empleado más. Sólo le faltaba marcar tarjeta. Como el Catire quedaba haciendo horas extras. Como él, odiaba a las ratas. Y como él, en cambio, dejaba corretear los ratoncitos. Y cuando se iba él, quedaba cuidando la oficina. Y así, Onoto se hizo un perro grande, fuerte, viril. Una tarde, el Catire se extrañó de no verlo en la entrada. Preguntó al vigilante. Éste le dijo que tal vez una doberman estaría en celo… todos los machos subían hacia el monte. Al poco tiempo llegó el ruido de luchas entre perros, luego el resonar de varios tiros, quejidos… y silencio. Diap 182 ONOTOONOTO
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    Varias veces salióal Catire oteando el cerro. Finalmente, vio llegar a Onoto. Venía despacio, cojeando, con quejidos. El hombre corrió. Lo levantó en sus brazos llevándole a la entrada de la oficina, acostándolo y acariciándole. Aquello era espantoso. Le habían arrancado una oreja por completo. Una pata estaba desgarrada. Y parte de la cabeza, destrozada por un tiro, mostraba la masa encefálica. Con todo, al oír el timbre de las cuatro hizo el intento de pararse para ir a la caseta para despedirse de los obreros. No pudo. Muchos vinieron a verlo. Y luego se marcharon moviendo la cabeza ante la fatal realidad. El Catire lo curó en lo posible. Esa noche lo dejó dentro su oficina sobre unos papeles suaves y con una lata de leche. Al llegar la siguiente mañana, Onoto estaba de pie. Firme, recibiéndole con fiestas… y gemidos lastimeros. El guachimán señaló la cabeza del perro. Estaba agusanada. Y el vigilante sacando el revólver de la funda, hizo un gesto. DE BASTÓNDE BASTÓN –No… –murmuró el Catire– Lo haré yo… Yo lo crié… Tomó el arma. Se la colocó al cinto. Agarró la lata. La llenó de leche. Fue con ella hasta donde había recogido a Onoto, quien le seguía en silencio. Puso la lata en la tierra. El perro se acercó a beber. El Catire sacó el arma y apuntó. Onoto giró la cabeza y quedó viéndole, quieto, sereno, con aquellos ojos implorantes, como pidiéndole que lo hiciera. El disparo sonó, penetrando la bala en el cráneo del animal y el estampido en el corazón del hombre. El Catire lo enterró allí. Y, para que no lo devoraran las ratas u otro rastrero, tapó la tumba con piedras. Tiempo después, entre ellas crecía una planta de onoto. Los años pasaron. La fábrica cerró. El Catire se fue. Pero la planta de onoto aún sigue allí, alta, con sus frutos oscuros, peludos, de color marrón rojizo. Cosas de la vida. …oo0oo… Diap 183 ONOTOONOTO
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    Su nombre eraJosé. Pero, todos le decían: Maestro Matías. Matías era el apellido de su madre. Por tanto se llamaba José Matías, así de simple. Sólo un nombre y un apellido. Algo extraño en un país donde los hijos legítimos hacían alarde de dos nombres y dos apellidos, en tanto las mujeres pobres del pueblo ponían a sus hijos naturales tres nombres y su único apellido para que se oyeran como cuatro. Naturales, ya que habían sido gestados en un acto natural, y eran de padre desconocido. Aunque había sido conocido… y visto irse al enterarse que la mujer estaba embarazada. Matías no era maestro, era herrero. De los buenos, tanto que ganó ese título que sólo da la universidad de la vida. Había aprendido su profesión en Oriente, cerca de Puerto la Cruz, en los campos petroleros, junto a los emigrantes que venían tras el auge de los yacimientos. Hacía años de ello. DE BASTÓNDE BASTÓN Cerca de Caracas, algunos idealistas estábamos tratando de volver realidad una empresa de esmaltes. Uno de los socios, pintor amigo mío, llegó un día y me indicó: –Te gusta estar en el taller con los obreros. Pero lo tuyo es pensar, proyectar. Es mejor que haya un capataz que dirija como hacer las cosas. El lunes vendrá el Maestro Matías. –Bueno… –dije con alivio y tristeza– ¿Tiene experiencia? –Es un herrero extraordinario. Sabe hacerse respetar entre los operarios a su cargo. Tiene cuarenta y cinco años. Trabaja desde los doce. Y es buena gente como todo oriental. 1 –¡Vaya currículo conciso y preciso! –bromeé. –¡Ah!... otra cosa. –continuó mi amigo– Allá, en Barcelona, estuvo diez años en la cárcel por matar a un jefe. –¿Y me lo vas a dar de ayudante? –exclamé asustado. –Sí… Como tú, él es muy particular. Se van a llevar bien. Y el lunes apareció el Maestro Matías en aquel galpón. Diap 184 EL CLAVO Un clavo saca otro clavo, pero queda el agujero. (Las mil y Una Carigiadas o Carajeadas) 57 EL CLAVO (V)
  • 185.
    Era más bienbajo, retacón y fornido. Sonriente y sencillo. Un criollo oriental típico. En él se reunían todas las razas. Europa la había dado la mirada audaz y segura del blanco aventurero. África, la amansada fuerza y el canela del negro traído como esclavo. América, la piel tersa y la serenidad del indio siempre olvidado. Y el trópico… su carácter alegre. De inmediato quedó a cargo del personal del taller, siendo recibido con expresiones de afecto. Era conocido por ellos. De entrada nos tuteamos. La confianza era algo que surgía de él en forma natural. Y supo poner las cosas en su lugar cuando yo le pedí algo a un obrero: –Catire, lo que quieras… dímelo a mí. Sino la gente va a enloquecer. No puede haber dos tigres en el mismo monte. Y así, cada tanto, aparecía en el escritorio a preguntarme si había otra cosa para hacer. Un día, me preguntó socarrón: –Catire… ¿Viniste a quedarte o, como la mayoría de los musiúes y gringos, a hacerte rico para irte de vuelta? DE BASTÓNDE BASTÓN –A quedarme. –respondí, firme– Yo quiero a Venezuela. –Caracas no es Venezuela. –dijo– Ya está cerca Carnaval. Pasearemos por el interior. Ésa es la verdadera Venezuela. Y así lo hizo. Y lo completamos en Semana Santa. Y conocí los llanos, los Andes, el lago minado de torres petroleras, el oriente repleto de playas y cocoteros. Y conocí su gente. Entonces pude decir con razón que yo quería a ese país que sería el de mi futuro y el de mis hijos. Y, en esos cuarenta días, se realizaron una serie enorme de trabajos. Se lo comenté a mi amigo. Y éste sentenció: –Mandar es un arte. Tú eres jefe, Matías un gran artesano. Cuando los obreros hacían algo que tú habías dicho, sabían que estaba hecho como tú querías. Cuando lo hacen según les dice el Maestro Matías, sienten que está hecho por ellos. Los meses pasaron y el Maestro Matías se fue afianzando en su cargo de supervisor. Tal era su seguridad que tomó el hábito de venir a charlar a mi escritorio luego de almorzar. Diap 185 EL CLAVOEL CLAVO
  • 186.
    –Sabes. –me decía–Lo primero que descubrió el hombre no fue el fuego ni el garrote, fue el clavo. Y lo descubrió aún antes que bajara del árbol, cuando se clavó una púa o espina. –Catire. –seguía– Los pasadores son clavos sin puntas. Los tornillos, clavos roscados. Las agujas, clavos con un agujero. Y los remaches, clavos que a golpes le hicieron dos cabezas. –Con un clavo se hace de todo. –continuaba– Doblándolo, un anzuelo o un gancho. Si lo cierras, un aro. Y en una tabla con clavos en hilera puedes colgar la ropa y cualquier cosa. –Matías… Según tú, hasta nuestra vida es por un clavo. –Claro que sí. –reía– Y ése clavo nos define como hombres. Una vez me dijo que me esperaba el sábado para almorzar con él un pastel de morrocoy. –¿Te invitó a su casa? –exclamó mi amigo, el pintor– Eso es una distinción, no lleva a nadie. Verás sus peculiaridades… pues tiene y vive con tres mujeres. La siguiente mañana me animé a preguntarle al capataz: DE BASTÓNDE BASTÓN –Matías… ¿Es verdad que mataste a un jefe? –Así es… –su rostro era impávido- A un clavo torcido hay que sacarlo.  Consulté a mi mamá 5, y dijo que hay cosas que deben hacerse. Fue una cosa de hombres que, como siempre, es por cosas de mujeres. Animado por su confidencia, quise calmar mi curiosidad. –¿Y es cierto que vives con tres mujeres? – inquirí. –También. La primera es la que me esperó con mi mamá los diez años que estuve en la cárcel. La segunda, una con quien me junté cuando vine a buscar trabajo en Caracas. Y la tercera es un carajita 6 que se me arrimó hace poco. –¿Y todas viven juntas sin peleas? –no salía de mi asombro. –¿Para qué se van a pelear? –aclaró con naturalidad– Si el clavo del que cuelgan las tres es uno… y aún está firme. –¿Tienes hijos? –yo continuaba interrogante. –No… Ni siquiera regados. 7 Este clavo nunca pudo hacer clavitos. –y con una rara sonrisa, se marchó para el taller. Diap 186 EL CLAVOEL CLAVO
  • 187.
    El sábado fuia su casa. Y vi que era fiel a sus ideas. Todas las cosas colgaban de clavos. Y conocí a sus mujeres. Y se llevaban como tres amigas… del mismo clavo. En el fondo tenía un galponcito. En él, una máquina de soldar, una fragua, un yunque, y sus herramientas. –Aquí vuelvo a ser yo. –indicó con orgullo– A veces hago clavos antiguos, como los de la época de los caballeros. Tal vez, más adelante, te regale alguno. Me extrañó su seriedad. Y se lo agradecí de antemano. Un día, mi amigo artista pintó en un gran panel de hierro esmaltado a un caballo blanco bajo la luna y saltando con brío hacia la libertad en medio de la noche y del llano. Pero, extrañamente, lo envió al fondo de la fábrica, donde poníamos el material de desecho. Se lo pedí, y me respondió que sería mío el día que él se fuese. La empresa iba en aumento. Y medida que lo hacía, más se alejaba el artista y más perdía su carácter alegre el Maestro Matías. DE BASTÓNDE BASTÓN Y, cuando entraron accionistas que querían beneficios inmediatos, el artista no volvió más. Fui a buscar el cuadro del caballo blanco. No lo encontré. Unos meses después me dijeron que estaba de pared en un rancho. Sus dueños me lo dieron a cambio de varias láminas. Y quedamos todos felices. Aunque, un tractor lo había torcido a la altura de las patas. Con Matías, y otros muchachos de los inicios de la fábrica, fuimos un sábado de mañana a arreglarlo. Lo metimos en el horno pero, al enderezarlo, saltó la porcelana en las grietas. Las rellenamos con esmalte marrón y volvimos a ponerlo en el fuego. Al salir otra vez, estando aún el cuadro al rojo vivo, el Maestro Matías murmuró: –Parecen zarzas que no lo dejasen saltar a la libertad. Quedamos todos en silencio. Luego, ya estando frío, llevé el cuadro a mi casa y lo atornillé a una pared. Me quedé largo tiempo viéndolo y pensando en las zarzas. Diap 187 EL CLAVOEL CLAVO
  • 188.
    El siguiente lunes,temprano, antes de la hora de inicio, Matías entró en mi oficina y muy sereno me dijo: –Catire… Me voy. No quiero seguir trabajando aquí. Lo observé. No traía puesta la camisa gris con la bordada palabra de Supervisor, última exigencia de la directiva. –Vamos, Matías… -intenté suavizar– Anda a la planta. Me miró sin decir nada. Luego, girando, salió. Al poco rato llegaba un obrero contándome con asombro: –El Maestro Matías está parado en medio de la fábrica. Y dice que no trabaja más, que vaya usted a hacerlo. Era un total desafío. Yo debía ir. Y recordé las palabras de su mamá: Hay cosas que deben hacerse. Lo encontré jugando y haciendo bromas con la gente. –Matías… –afirmé seco, y viéndole a la cara– O te pones a trabajar o estás despedido. –Catirito… No eres tú el hombre que me va a sacar. DE BASTÓNDE BASTÓN La provocación volvió gélido el ambiente. Tomé con mi mano derecha su hombro. Sentí sus músculos tensos. Luego, aflojó. Y así fuimos, juntos, hasta la puerta. Allí le aseguré: –Mañana tienes tu liquidación completa. Gracias, Maestro Matías, me enseñaste mucho. A mediodía me informaban que Matías estaba en un bar cercano y que me esperaba allí al terminar la jornada. Fui. Me senté frente a él. Me miró con socarrona expresión. –Catire. –sentenció– Eres arrecho 8, pero un clavo derecho. ¿Te acuerdas? Te dije que no puede haber dos tigres en el mismo monte. Y yo fui a rugir en tu monte. Discúlpame… –No. –musité– Discúlpame tú. No comprendí que querías salirte de las zarzas y saltar en busca de tu libertad. Y con un par de cervezas nos dijimos hasta luego. Quince días después recibía una caja con cuatro grandes clavos antiguos, me los mandaba para el cuadro del caballo. Se los coloqué. Y aún hoy, en él están. Diap 188 EL CLAVOEL CLAVO
  • 189.
    Con el pasodel tiempo murió mi amigo pintor, se fueron los interesados, luego los idealistas, y al final la fábrica cerró. Una mañana me encontraba con el coche en un semáforo esperando el cambio de luz. Por la ventanilla abierta oí una voz, no escuchada por años, gritándome: Catire. Giré mi rostro. Y allí, a mi derecha, frente al volante de un taxi se hallaba el Maestro Matías con su sonriente y redonda cara de color canela en la cual no se notaba la edad. –¿Tú manejando un taxi? –exclamé impulsivo. –Así es la vida. Tú sabes. –respondió, refranero– Cuando se va de caída, uno se agarra hasta de un clavo ardiendo… Y yo me agarré de éste. Íntimamente reflexioné que en el mundo actual no había lugar para los maestros herreros. Y desvié el tema: –¿Cómo están tus tres mujeres? –Sólo quedó la vieja, la fiel. Las otras se fueron buscando clavos más firmes cuando el que tenían empezó a aflojarse. Largamos la carcajada. Los coches rugían impacientes. DE BASTÓNDE BASTÓN –Adiós, Catire. –se despidió– ¿Aún sigues siendo arrecho, pero un clavo derecho? El semáforo cambió. La masa salió corriendo al tener luz verde para continuar su camino en la velocidad del presente. Y yo, entreverado entre ellos… no le pude responder. …oo0oo… Oriental: Persona del oriente de Venezuela. Catire: Persona blanca de cabello rubio y ojos claros. Musiú: Extranjero en el argot popular. Del “monsieur” francés. Morrocoy: Pequeña tortuga de tierra, de sabor agradable. Mamá: En Venezuela, la palabra “madre” se asocia a una ofensa. Carajita: Muchachita, niña. Expresión de cariño para una mujer. Regado: Hijo gestado sin saber donde ni con quien ni nada de él. Arrecho: Hombre de carácter fuerte, explosivo, determinante.  Refranes populares de Venezuela. Diap 189 EL CLAVOEL CLAVO
  • 190.
    Uno se llamabaJosé Miguel Peña de León, el otro tan solo y simplemente Juan Pedrera. Se conocieron en el liceo. Les tocó ser compañeros en el mismo banco. Aquellos bancos para dos, que convertían en mellizos a los que se sentaban en ellos. No importaba que los sentados fuesen de origen diferente, apellidos disimiles, posición económica desigual, y barrios alejados. Al mes de estar en ese banco, eran amigos. Aunque, como en el caso de José Miguel Peña de León y Juan Pedrera, resultasen opuestos como individuos. Tal vez sus antecesores surgieron del mismo lugar, ya que donde hay peñas se hallan piedras. Y, viceversa, donde haya piedras se encuentran peñas… con o sin leones. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, con el transcurso de las generaciones, los portadores fueron haciéndose fieles representantes de sus apellidos. José Miguel Peña de León pertenecía a una rica familia y renombrada en los ámbitos económicos, políticos, literarios, cultos, judiciales… en fin, en todos los sociales y poderosos. Acorde a ello, José Miguel era simpático, locuaz, educado, suelto, elegante. Además, por ser sencillo, era aceptado por los compañeros… y codiciado por sus compañeras. La familia de Juan Pedrera constituía una más de las tantas perdidas en el anonimato suburbano, donde el mayor logro era sobrevivir cada día trabajando en lo que fuese. Por tanto, Juan era retraído, algo tosco, vestía barato, y su sociabilidad únicamente surgía cuando se hablaba de fútbol y deportes. Sin embargo, le sobraban amigos… y amigas. Estaba ya finalizando el liceo cuando formó una barra con los de igual condición. Y con ésta fueron de campamento. Diap 190 EL MÁS IMPORTANTE Un loco siempre es de verdad. Un cuerdo, a veces… y quizás. (Gracián Solirio) 58 EL MÁS IMPORTANTE (U)
  • 191.
    Tal vez llevadopor la unión nacida en el banco doble, tuvo la audacia de invitar a José Miguel para que fuese con ellos. Y el fino joven fue. Y fue otro más igual a ellos. Como cualquier hijo de vecino, dormía en carpa, pelaba las verduras del puchero, iba al monte a buscar leña, saltaba al río, pescaba, cazaba, y en las noches hablaban de mujeres. Y si el resto del año cada uno hacía su vida en su propio ámbito, ambos aguardaban la semana de campamento. Terminaron el liceo. José Miguel Peña de León, tal como se esperaba de él, fue a Preparatorios y luego a la Facultad de Derecho donde se graduó Summun cum Lauden. Juan Pedrera fue a la Escuela Industrial. No la terminó, y pasó a ingresar la muchedumbre ignota de los barrios. Ya viejo, los de la cuadra, le dieron el título de Don. El Dr. José Miguel Peña de León llegó a ser famoso. Sin embargo, mantuvo la costumbre de ir al campamento y ser allí uno más. Su renombre lo llevó a la política. DE BASTÓNDE BASTÓN Y, como era lógico, las masas populares fueron conquistadas por su carisma. Y llegó a diputado… a senador… a ministro… a presidente. En cada caso mandaba la invitación a Don Juan Pedrera, sabiendo ambos que éste no asistiría, que éste lo apoyaba… y que lo esperaría en el próximo campamento. Ya siendo ex presidente, canosos los dos, miraban la nueva generación que iba llenando los puestos vacíos que dejaban los que cada vez eran más en el campamento de los idos. Y, viendo el río, como mellizos del mismo banco, hablan del ayer. Ya que a esa edad, recordar es volver a vivir. –¿Quién hubiera dicho que aquel botija fino que pelaba papas iba a llegar a ser tan importante? – rió Juan Pedrera. –No… Para mí, el más importante fuiste tú. –¿Yo?... ¿Un loco más?... ¿Un cualquiera? Y José Miguel Peña de León musitó con un dejo triste: –Quizás. Pero cuando estaba contigo… yo era yo mismo. …oo0oo… Diap 191 EL MÁS IMPORTANTEEL MÁS IMPORTANTE
  • 192.
    Nadie hubiese pensadoque alguien llamado así fuese un hombre y por demás tan prolifero. Sin embargo, lo era. Es que que su nacimiento fue el domingo siguiente a Pentecostés en el pueblito de San Urbano, un villorrio poco distante de la ciudad capital del estado. Sus padres, católicos piadosos, que vivían a dos cuadras de la antiquísima y pobre iglesia, le pusieron el nombre del santo patrono del pueblo y el de la festividad de ese día. Urbano de la Santísima TrinidadBruno Quintero. Así fue bautizado. Aunque, nunca tuvo quinta y su color fuera ese tono café con leche del criollo mezcla de todas las razas. Tampoco pertenecía a la urbe. Y en ese pueblito alejado de la ciudad, se le conoció desde chico como Trinidad. DE BASTÓNDE BASTÓN Cosa que él convirtió en un significado viril, masculino, macho. Trinidad era simpático, afable, alegre, deportista y dado a toda actividad en grupos. Se le recibía con igual afecto en las canchas de bolas criollas como en las reuniones de familia. Bromista, afable, lograba amigos enseguida. Cuando llegó a la juventud, pronto fue buscado por las muchachas por su justa fama de pícaro, conquistador... y buen amante. Como todo hombre tenía ciertas preferencias particulares respecto a las mujeres. Le gustaban dicharacheras, bajas, alegres, de carácter, gordas y... ¡maestras! Joven aún, se casó con una del pequeño colegio del pueblo. Y Trinidad fue a buscar trabajo en las industrias que, como hongos, crecían alrededor de la ciudad ya no tan lejana. Su mundo se hizo ancho como las autopistas que nacían. Diap 192 TRINIDAD Es normal que todo hombre honrado sea insulso, y que todo pícaro sea entretenido. Por eso es necesario que existan ambos, sino las mujeres se aburrirían. (Reflexiones de Humgrand Penn De Joc) 59 TRINIDAD (V)
  • 193.
    Una de estasvías unió la zona industrial con el puerto en la costa. Pero San Urbano tuvo la suerte que pasara en el otro valle, quedando así el pueblo detrás de un cerro. El viejo camino de burros se conectó a una insignificante salida lateral de la autopista. Y San Urbano se convirtió en un lugar de paseos domingueros para los citadinos. En compensación, Trinidad comenzó a frecuentar los clubes y bares de la ciudad con sus compañeros de trabajo. Tenía ya tres hijas con la de su pueblito cuando conoció a otra maestra de un barrio suburbano. Y ésta tenía tal carácter que fungía como subdirectora, y era alegre, y baja, y gorda. La del pueblito se divorció con horror del cura y las viejas acostumbradas a no ver las aventuras de sus maridos. Pero Trinidad era simpático, y ella siguió viéndole con cariño. Él, en tres años, tuvo tres hijas más con la segunda maestra. Fue tan responsable que, en el trabajo, llegó a ser jefe. Y en lo personal, atendiendo y siendo querido por ambas familias. DE BASTÓNDE BASTÓN Tanto era el afecto, que las mujeres iban juntas de compras. Y cada una se preocupaba que no le faltase nada a la otra. Pero, un día Trinidad conoció una mujer dicharachera, muy alegre, de gran carácter, baja, gorda y... ¡maestra! No sólo maestra, además delegada sindical. Y, por lógica, se fue a vivir con ésta. Ella era tan segura de sí misma que ni le pidió casarse, eso no impidió que le diera otras tres hijas. Los años pasaron. Las niñas creciendo. Y Trinidad en su trabajo, siendo cotizado como responsable y simpático. Siempre atento a sus tres familias, a sus tres mujeres que se trataban como amigas, al bienestar de las nueve niñas. Murió en paz a los sesenta y tres años. Tuvo tres mujeres. Con cada una tuvo tres hijas. Todas juntas lo enterraron en el viejo cementerio del pueblo de San Urbano. Sucedió el primer domingo siguiente a Pentecostés. Y el cura bendijo la tumba en nombre de la Santísima Trinidad. …oo0oo… Diap 193 TRINIDADTRINIDAD
  • 194.
    Sucedió en unpaís de nuestra civilización, ésa que se proclama defensora de los derechos a la vida y del respeto a la naturaleza. Y le sucedió a una vieja solterona, de las tantas que viven con la compañía de un gato silencioso y la añoranza de lo que nunca fue. El gato era de belleza excepcional y que, logicamente, perteneciendo a alguien de la clase fina, se le esterilizó para evitar problemas. La operación la efectuó el mejor veterinario de la ciudad, en una clínica, con anestesia y atención postoperatoria adecuada. Y Félix, como se llamaba el felino, pasó a formar parte del grupo selecto de gatos mimados, de raza, mansos… y castrados. Su dueña, Úrsula Altatierra Perleón, pasó su vida con el minino. Y pasó de señorita a doña sin que pasara un hombre por ella. Los gatos no tienen dueño, se dignan en brindarnos el privilegio de permitirnos que ellos vivan con nosotros. Y el grande, suave, sereno y educado Félix respondía cada vez que la reseca Úrsula lo llamaba con ternura: Mi Príncipe. DE BASTÓNDE BASTÓN Subía sobre su falda, y se acurrucaba en sus piernas, dándole allí una tibieza que no podía sustituir la falta de un calor viril. Cierto día, en el desván, la vieja encontró una lámpara antigua de aceite. Con incredulidad y esperanzas, la fregó para darle brillo. ¡Y sucedió lo increíble!... Surgió un genio entre nubes. –Sólo te concederé un deseo… -tronó el espíritu- Piénsalo bien. La antañona meditó. No le faltaban bienes materiales, tampoco quería volver a la juventud, pero… nunca había tenido eso. Miró a Félix, muchas veces ansió que él fuese… Y pidió: –¡Convierte a mi gato en un príncipe que me ame!... El genio desapareció entre truenos. El esfumarse los vahos, tenía frente a ella a Félix, vuelto un hermoso, elegante y atlético príncipe. –¡Amor mío!... –exclamo Úrsula, echándose deseosa a sus brazos. Pero Félix, el príncipe, la contuvo diciendo triste y mordaz: –Ahora te vas a arrepentir de aquella operación que me hiciste... Úrsula murió fregando la lámpara… Pero ,el genio ido nunca volvió.. Diap 194 EL PRÍNCIPE FÉLIX Así lo contaba mi madre… 60 EL PRÍNCIPE FÉLIX (V)
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    Y esto, asípasó… Lo llamaron Moisés. Y no porque lo hubiesen encontrado en una cesta flotando en el Nilo. Sólo fue un gatito de pocas semanas que, por la curiosidad, penetró en el techo de una oficina y cayó sobre un escritorio. Ser curioso, caer parado, y huir veloces, son cualidades de los felinos. Pero quizás por ser chico, o estar aturdido, o por un sentimiento inexplicable, quedó mirando al empleado. Y tal vez, viéndolo blanco, de cabellos y barba rubia, ojos claros, le hizo pensar que tenía enfrente a un semejante que le cuidaría como su madre, la cual hacía días que faltaba. Y sin más, abandonó su timidez y fue a acurrucarse sobre las rodillas del hombre. Sintió que éste lo levantaba con gran ternura y, para su felicidad, lo dio de comer. Y el cachorro, colmada su hambre, retornó al escritorio. El empleado estaba allí, agachado buscando en un cajón. DE BASTÓNDE BASTÓN Y para Moisés fue natural demostrar su cariño, lamiéndole el pelo rubio de la cabeza. Por semanas fue intensificándose la unión y el afecto de esos dos seres. Un día, el hombre renunció a su trabajo. Pero, no a su gato. Y el cachorro fue llevado a la casa del hombre, donde vivía la familia del hombre… y una vieja gata esterilizada. Moisés era un elegante gato, cruza de angora y siamés. Por tanto, él lucía su erecta, ondulante y peluda cola, mostrando en la base de ella sus atributos masculinos. El cachorro creció. Y sintió despertar el instinto. Y comenzó a marcar su territorio. Y quería escapar buscando hembras. La de allí era vieja y estéril. Una tarde llevaron a Moisés al veterinario… y volvió con dos cosas menos. Pobre Moisés. Pobre gatito. Había dado su afecto a los seres humanos. Y los seres humanos castran a quienes los aman. …oo0oo… Diap 195 EL PRÍNCIPE FÉLIXEL PRÍNCIPE FÉLIX
  • 196.
    Era una mañanahermosa. El sol brillaba en un transparente cielo veteado de nubes blancas. El tibio calor invitaba a salir, a pasear bajo los árboles de las aceras. El viejo miró por la ventana y le dijo a su vieja compañera de ir a caminar. Y juntos, despacio, ambos fueron recordando en cada paso. Y el viejo se sintió feliz. Remontando lentamente la empinada avenida, pasaron por la puerta del colegio al que habían ido sus hijos, luego por la capilla donde, jóvenes, asistían a misa cada domingo. Estaban por llegar al parque en el que tantas veces vieron correr a sus niños. Enfrente se levantaba el centro comercial donde luego, todos, se refrescaban con un helado. De pronto vieron un pichón, aún con plumones, en la acera caliente, contra un muro. Desesperado, batía sus pequeñas alas en un inútil intento de volar. DE BASTÓNDE BASTÓN Se habría caído del nido de alguno de los frondosos árboles que sombreaban la avenida y el jardín del edificio próximo. Y, llevado por sus ansias de vuelo, terminó en suelo. El viejo recordó un cuento. Y, como aquel loco personaje, no lo dejaría allí para que lo devoraran las ratas. Y lo recogió con ternura en el hueco de su mano. Y el viejo se sintió feliz. Lo criaría hasta que pudiese levantar vuelo sin peligros. Hacía mucho tiempo que ya no criaba a nadie pequeño. No sabía como criar a un pájaro. Tampoco sabía como criar a sus hijos pero, junto a su compañera lo habían hecho. Y, protegiéndolo entre sus dedos entrecerrados, se lo llevó. El viejo pidió consejos a otros viejos. Le daba de comer en el pico. Le improvisó una jaula con una caja y delante una rejilla. Porque el pichón quería volar aunque no lo supiese hacer y olvidando lo sufrido. La libertad no tiene precio, ni con comida. Diap 196 EL PICHÓN Y EL VIEJO Muchas veces, por proteger a los que queremos, terminamos ahogándolos sin permitirles volar... (De una carta) 61 EL PICHÓN Y EL VIEJO (V)
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    Aunque, el pichóncuando veía al viejo vibraba de emoción, piaba, y abría desmesuradamente el pico en espera del seguro alimento que le darían hasta repletar su buche. El pichón iba creciendo con el paso de los días, largas alas le surgieron, aprendió a saltar sobre unos palitos que el viejo le había atravesado dentro de la caja. O, llevado por su espíritu libre, aleteaba con furia trepando por los alambres de la reja queriendo salir. Hasta que, al verlo imposible, resignado asomaba su cabeza entre ellos. En ocasiones, mordisqueaba con su pico el meñique del viejo. Un día éste le puso un trozo de pan y de fruta en la reja. Y el pichón comenzó a comer solo. Y el viejo se sintió feliz. Cada día, el viejo limpiaba la jaula, poniéndole en el piso una limpia hoja de papel para proteger al pichón de la suciedad e infecciones. Para ello levantaba la rejilla y tomaba al pichón con cuidado, encerrándole en otra caja. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero una mañana, al entreabrir la reja, el pichón escapó en un veloz y desmañado vuelo. El viejo lanzó instintivamente un manotazo, agarrando el pichón en su vuelo. Y él era un hombre fuerte, y el pichón un débil ser que sólo quería volar. El pichón pió tres veces, mordió suavemente con su pico un dedo del viejo y… dejando caer su pequeña cabeza, murió en la palma de la mano, ahora abierta, del viejo. Había muerto sin llegar a volar libre. El viejo nunca olvidó al pichón. Y cada vez que lo recuerda piensa en sus propios hijos que hace tiempo crió, en tantas seres que de una forma u otra también formó a su lado. Y reflexiona si muchas veces, por querer protegerlos de los peligros cuando ellos ya querían volar, no los habría oprimido hasta ahogarles. Y, sin respuestas… El viejo ya no se siente feliz. …oo0oo… Diap 197 EL PICHÓN Y EL VIEJOEL PICHÓN Y EL VIEJO
  • 198.
    Al ver alviejo cruzando la entrada del trébol distribuidor, el chofer frenó al auto. De inmediato se formó una cola de vehículos tras éste. El anciano había detenido el tiempo. Podría decirse que tan sólo había detenido el movimiento. Pero… ¿el tiempo no es movimiento?... ¿Y el movimiento no es vida? Los muertos no se mueven. Y el viejo aún se movía. El anciano aceleró el paso. Sin detenerse, levantó la mano agradeciendo hacia el oculto conductor tras el parabrisas. Y vio que éste le respondía con una inclinación de cabeza. Podría decirse que tan sólo eran simples gestos de ambos. Pero… ¿la verdadera comunicación no son gestos?... ¿Y no nos entendemos con gestos sin importar el idioma? El viejo subió a la acera. Y el coche pasó veloz a su espalda seguido por los demás de la cola. Todos acelerados. DE BASTÓNDE BASTÓN Otra vez la velocidad, pauta del presente, se hacía presente. Pero, el anciano no tenía apuro. Venía de caminar mucho. ¿Cuánto?... En distancia, cuadras. Y tenía que andar algunas más. En la vida, años. Y sólo ésta sabría cuantos más. Fue atravesando el puente sobre la autopista. Al llegar a su centro se detuvo mirando las vías debajo de él. En todos los carriles y en ambos sentidos los coches corrían enloquecidos. ¿Por qué corrían?... ¿Hacia donde?... Ya no le importaba. Así fuese hacia el este, oeste, norte, sur, todos los caminos terminan en un lugar. Y de lejos, sólo es un punto. Todo llega, todo pasa. Descansó mirando el horizonte, el despejado paisaje por la abertura de la vía de alta velocidad. Pero, había que seguir. Y continuó su camino. Poco más adelante halló otro trébol, otro distribuidor, otra escena igual. Llega un tiempo en que todo se repite, que todo parece ya visto, ya vivido. Y tuvo otro puente para cruzar. Diap 198 PUENTES No importa el largo, ni el alto, ni la forma, ni que cruce… debajo de un puente, siempre habrá un vacío. 62 > PUENTES > 2 (V)
  • 199.
    ¿Era otro?... ¿Oel mismo que se continuaba?... Ya no le importaba. A sus pies era distinto: una calle con casas y galpones, con gente y autos yendo más despacio. Y al llegar al centro de ese puente también se detuvo. Los depósitos le obstruían el horizonte. Sin embargo, había árboles en las aceras, flores en los canteros. Y el viejo quedó disfrutándolas. Pero, había que seguir. Y otra vez continuó su camino. Y encontró otro puente. Ya no se preguntó si era el mismo que se continuaba, o una sucesión de puentes… uno tras otro. Previo a éste no había distribuidor, ni autos frenando, ni escenas, ni gestos. Por que este puente cruzaba un río. Un río de aguas sucias por los desechos de la civilización. Y el anciano también paró en el medio. Pero, aunque en el horizonte se veía un lejano paisaje, esta vez se detuvo con precaución… ¡Al puente le faltaban las barandas! Años idos lo había visto con ellas, cuando el viejo era joven y también corría veloz con un volante en las manos creyendo conducir el mundo. Pero, el tiempo todo lo cambia… DE BASTÓNDE BASTÓN Y los años, paso a paso, todo lo destruyen; a los seres, a las barandas que sirven de apoyo para no caer en la vía de alta velocidad, o en la calle, o en el sucio río. Poco estuvo el viejo viendo. Ya no le importaba eso. Todo se confundía en las turbias aguas donde los restos flotaban. Pero, el anciano aún vivía, se movía… debía continuar su camino. Y, finalmente el último puente se acabó… ¿O se acabó la sucesión de puentes?... Terminó en una avenida rodeada de edificios de apartamentos, cerca de un sanatorio, con un ancianato. Y el viejo fue yéndose. Había hecho su paseo de los jueves. Venía de vuelta ¿Dónde había ido?... ¿Por qué?... ¿Dónde volvía?... ¿Por qué?... No sabía las respuestas. Y si las supo, ya las olvidó. Lo único que recordaba era que el camino fue una sucesión de puentes, que todos los puentes servían para cruzar algo… Pero, al final, en todos ellos, debajo… sólo había un vacío. …oo0oo… Diap 199 PUENTESPUENTES
  • 200.
    Cuando lo enterraronde pie en ese hueco entre las lajas de piedras aún estaba temblando por el largo viaje en la caja de un camión donde, con sus compañeros, fueron azotados por el viento y golpeándose unos con otros en cada sacudida. Luego lo bajaron sin ninguna consideración, separándolo de los demás, y le dejaron solo a la orilla de la calle, bajo un sol inclemente que le resacaba y sin una gota de líquido que refrescase su base envuelta en un saco de arpillera. Al rato vinieron unos hombres que le quitaron eso para meterlo en el agujero, llenando éste con la tierra que estaba al lado. Miraron si había quedado derecho y, en un acto de conmiseración, por fin le echaron unos baldes de agua. Pasó la tarde tratando de reponerse y comprender. Estaba frente a una gran avenida. DE BASTÓNDE BASTÓN En las aceras había árboles recién plantados como él. Pero con mucha distancia entre ellos, y no tenía cerca ninguno de su especie. No supo si fue el ácido señalamiento de un perro callejero en su delgado tronco, o el extrañar a los de su misma familia con su proximidad en el vivero, pero al anochecer sus hojas se pusieron mustias perdiendo brillo y vigor. Cambió en la madrugada por el fresco rocío o por que con los primeros rayos de sol vio del otro lado de la avenida, a más de cincuenta metros, otro árbol de su especie. Era igual a él, enterrado entre lajas como él… y no se sintió tan solo. La vida continuaba. Había que crecer. Y vivió y creció. Y sus ramas se elevaron al cielo, llenándose de hojas, de flores, de frutos, de nidos, de pájaros. Y su tronco se ensanchó, y allí dejaron sus iniciales los jóvenes enamorados. Y fue tan fuerte que con sus raíces levantaba las lajas de la vereda. Cada tanto le podaban… y él rebrotaba más fuerte. Diap 200 LA RAMA La parte de adelante de un árbol es donde esperamos a alguien. ¿Y la de atrás?...¡Ah, la de atrás… la de atrás!... ¡Si la parte de atrás contara todo lo hecho allí!... 63 LA RAMA (V)
  • 201.
    Tenía muchos añoscuando le brotó esa rama. Fue luego de una poda. Salió de lado, en lo alto del tronco. En la parte que estaba hacia la avenida. Y rápido se desarrolló en busca del anhídrido carbónico de los escapes de los coches. Pronto esa rama engrosó y le surgieron brotes laterales que crecían repletos de hojas. Entre tanto, al árbol, en el centro le salieron las ramas de siempre formando la copa de siempre. Y él se esforzaba para soportar la nueva y pesada rama. Era tal la angurria de ella que absorbía la mayor parte de la savia que subía por el tronco, quedando muy poca para las otras que formaban la copa. Éstas mostraban sus hojas ocres, mientras ella las tenía verdes y brillantes. Era una rama tan frondosa que dejaba a las demás sin el aire necesario. Y aún así, seguía alargándose para la avenida. Cuando llegó la primavera se cubrió de muchas y rozagantes flores. Hasta los autos se detenían para verla. DE BASTÓNDE BASTÓN Pero, en ella no había aves. El continuo sacudir por el paso veloz de los coches y el humo de los escapes los ahuyentaba. Mientras, por lo contrario, en las otras ramas de menguadas flores, había nidos a granel con pájaros trinando. Llegó el verano, pero esa rama tuvo escasa cosecha, y ésta no maduraba. Sin embargo, las de la copa se agachaban bajo el peso de sus frutos, siendo apetecidos por los niños y las aves, y asegurando la propagación de las simientes. Una noche hubo un vendaval. A la mañana encontraron la altanera rama caída, desgajada. Pero las otras, unidas, seguían firmes en la copa. Con el tiempo el árbol tuvo más brotes, más ramas. Pero jamás dejó salir otra en ese lugar. El árbol hoy está viejo, y sigue en la avenida. ¿Aquella rama?... Fue pisoteada y arrollada por los mismos que antes se detenían para verla. Deshecha, el agua de lluvia la arrastró a la alcantarilla donde se mezcló con otros restos. Y, olvidada… desapareció. …oo0oo… Diap 201 LA RAMALA RAMA
  • 202.
    Abriendo con firmezala puerta, penetró a su apartamento. Caminando entre la penumbra que llegaba desde la calle y a través de las cortinas, fue hasta el dormitorio. Encendió la lámpara, desvistiéndose enseguida con habitual soltura. Fue al cuarto de baño. Prendió las luces. Por un momento quedó encandilado por la intensidad. Le era necesaria. Y, sonriendo, comprobó si el esterilizador funcionaba. Luego, en el lado izquierdo de su vientre, desconectó el receptáculo que acumulaba sus heces desde el ano artificial. Esto por que gran parte del colon le había sido extirpada. Del lado derecho quitó el conducto de la bolsa que recogía la orina, ya que también le faltaba la vejiga. Hizo la higiene a ambos orificios. Lavó los recipientes y los puso a secar. Entró en la ducha y se bañó bien, teniendo precaución que el agua no dañara partes delicadas. Eran muchas. Y se secó. DE BASTÓNDE BASTÓN Se miró en el espejo. Colocó un dedo sobre el agujero que tenía en el cuello y emitió una fuerte voz gutural a pesar de quedarle un solo pulmón y del cáncer de garganta operado. Carraspeó. Y, quitándose ambas planchas dentales, las cepilló y las puso en un vaso con agua. Volvió a verse. Sus mejillas con cicatrices, y ahora chupadas, lo envejecían más. Sin embargo, se burló de sí mismo. Se sacó los gruesos y ocres lentes. Después, con cuidado, el globo que sustituía al faltante ojo izquierdo. Y se puso de inmediato los lentes.Sin ellos no veía nada. Colocó el ojo artificial en otro vaso. De inmediato, pasó a conectar a sus orificios del vientre los recipientes ya esterilizados. Los necesitaría para dormir. Volvió al dormitorio. Hizo la llamada de todas las noches a su hermano. De no hacerlo, éste no se acostaba. Hablaron. Luego se quitó los aparatos auditivos de las dos orejas. Sin ellos, el ruido de un tambor sonaba como un susurro. Diap 202 TODO UN HOMBRE Pienso; ergo, existo. (Griego) 64 TODO UN HOMBRE (G)
  • 203.
    Pero, aún lefaltaba más para poder descansar. Se sentó en la cama y sacó debajo de la misma un estante corredizo. Uno muy importante el día siguiente al despertar. Luego se acomodó en el medio del lecho. Quitó los arneses y conexiones que mantenían unidas sus piernas postizas a los respectivos muñones. Las colocó en el estante y procedió a ponerse cremas en las amputaciones. Luego, apoyándose en las dos manos fue corriéndose hacia arriba hasta que su tronco estuvo en una posición cómoda para dormir. Eso le produjo el esfuerzo de siempre. Lo hizo lento, pausadamente. Debía tomar en cuenta que tenía tres marcapasos en el corazón, el cual poseía gracias a la donación de un pobre muerto en un accidente. Meditó que resultaba afortunado en tener aunque sea un riñón, y éste se lo había dado el generoso de su hermano. No le era difícil vivir sin el páncreas perdido cuando joven. DE BASTÓNDE BASTÓN Y sabía comer con una mandíbula armada por alambres, un estómago que era una parte del original, y un ínfimo hígado. Empezó a aflojarse el corsé que mantenía recta su columna. Miró la hoja de control en la mesa de veladora. Hoy le correspondía quitarse el brazo artificial derecho. Y lo hizo. Los dos eran prótesis. No podía sacarse los dos. Quedaría inútil. Miró su entrepierna donde permanecía un mísero residuo de lo que fue un viril miembro que sintió placer e hizo gozar y engendró seres con unas gónadas hoy estériles. Apagó la luz de la mesita. Y bajo la lámina de titanio que cubría parte de su cerebro, reflexionó como todas las noches. Reflexionó en lo que había sido y en su presente. Y en su rostro, y en la oscuridad, le brilló una sonrisa de superación, de logro. No importaba todo lo que le faltase. No dependía de nadie y aún podía pensar. Era… todo un hombre. …oo0oo… Diap 203 TODO UN HOMBRETODO UN HOMBRE
  • 204.
    Fue un niñoque no tenía cinco años y fue a la escuela. En esa época los hijos se criaban junto a su madre hasta los seis años. Para poder entrar al colegio se debía tener éstos ya cumplidos. Había otros valores. Sin embargo este niño, que le faltaba un mes para cumplir los cinco, fue. Y para colmo, empezó en la escuela de niñas. Él, que era de naturaleza introspectiva y de pocas palabras. Porque entonces los colegios se separaban para varones y para muchachas. Y la escuela a pesar de ser laica, del estado, universalista y atea, tenía esa atávica división. Haber iniciado la escuela en la de niñas fue un estigma que le marcó toda su infancia. Luego, mucho le costó demostrar su hombría a fuerza de peleas y sangre de su nariz. Pero a ese plantel iban sus dos primas mayores, las cuales vivían junto a su casa. DE BASTÓNDE BASTÓN Por tanto, ellas le llevaban y traían del colegio. Otra burla con la que debió luchar. Lamentablemente las madres, en el afán de proteger a los hijos, les causan más daño con ello en lugar de dejarlos vivir la vida natural y en el mundo normal de su momento. Y para completar, la directora de la escuela y la maestra de primer año, apenas vieron al niño, quedaron prendadas de él, poniéndole en los asientos de adelante. Era rubio, de ojos celestes, educado y sabía dos idiomas. Además, el uniforme, ese guardapolvo blanco y moña azul, estaba hecho por su madre, profesora de corte y confección. Contrastaba con los otros niños de la escuela de varones, hijos de emigrantes en su mayoría analfabetas, para quienes la fuerza y lo grosero eran atributos de virilidad y supremacía. Lo sentaron en un banco de aquellos dobles, que hacían a sus ocupantes fraternos. La compañera fue una linda niñita, delicada, de pelo ondulado, y que le sonreía siempre. Diap 204 LA MAESTRA El hombre sólo es un niño grande. Gracián Solirio 65 LA MAESTRA (U) Hecho real y personal.
  • 205.
    Pero él sólotenía ojos para una mujer. Para la maestra. Se enamoró de ella enseguida… y en silencio. Se llamaba Joaquina, alta, esbelta, con una voz dulce, ojos oscuros y profundos, de larga cabellera color de oro que caía sobre él cuando se agachaba a enseñarle a leer y escribir. Con ella aprendió a recitar versos. Y él los decía pensando que se los declamaba a ella. Y su dicha era inmensa cuando Joaquina lo felicitaba con su encantadora sonrisa. Cuando ella lo llamaba iba rápido al lado del escritorio, contento de estar junto la señorita Joaquina, hasta que ésta le acariciaba el pelo diciéndole que volviese a su asiento. Y, fuese por que era el único varón de la clase, o por lo que él sentía por la maestra, se destacaba tanto que llegó a fin de año como el mejor alumno. En diciembre vinieron los inspectores a tomar exámenes. El niño fue elegido para ser el primero en ser interrogado y, además, recitar un verso en su idioma natal. Entró al salón un inspector. Era alto, atlético. DE BASTÓNDE BASTÓN Con cariño se acercó a la señorita Joaquina y… ¡La abrazó dándole un beso en la mejilla! ¡Y ella le respondió de igual forma!. El niño creyó que se le partía el corazón. La garganta se le resecó. Y odió a ese hombre. No lo envidiaba, lo odiaba. Cuando el hombre le examinó no hubo forma que hablase. Y luego de mucho pedirle Joaquina, dijo con voz ronca: –A ése… ¡yo no le respondo nada! Perdió el año. Lo repitió en el colegio de los varones. Y a fuerza de golpes y luchas llegó a hombre, y a anciano. Uno que sonríe al pensar que todos los niños se enamoran de su primer maestra. Lo que demuestra que a los hombres siempre les atrae la primer mujer que les enseña algo. Porque él también, hace mucho tiempo… Fue un niño que no tenía cinco años y fue a la escuela. Y se enamoró de la señorita Joaquina… Y aún la recuerda. …oo0oo… Diap 205 LA MAESTRALA MAESTRA
  • 206.
    Montevideo, Ciudad Vieja,cualquier día entre semana, de cualquier semana, de cualquier mes, de cualquier año, finalizando el siglo veinte. Diez de la mañana, el sol se asoma entre las nubes y hace brillar el agua entre las baldosas y los adoquines. Tal vez restos de la garúa de la madrugada, quizás lavaron la calle. Calle Cerrito, pocos transeúntes y cada uno encerrado en su mundo. Un hombre viejo sale de un banco, llega hasta la esquina de la calle Zabala. Se detiene antes de cruzar. Observa. En cada esquina se levanta un edificio antiguo, enorme, pesado, serio, de fachada ornamentada. Todos son o fueron bancos. Cerrito es la calle de los bancos. El viejo dobla por la calle Zabala. En la siguiente cuadra toma la pequeña diagonal de 1º de Mayo. DE BASTÓNDE BASTÓN Sonríe ante la ironía. En una zona de financieros, importadores, prestamistas, hay una calle con el nombre del Día de los Trabajadores. Pero, esa corta calle atravesada lo lleva hasta la placita de Don Bruno Mauricio de Zabala, Fundador de Montevideo. Así lo dice la placa, y lo repiten los niños en la escuela. Plaza tranquila, plaza serena. Plaza de encuentros. Y plaza de despedidas. Sus bancos, esos que sirven para descansar y no como los otros para obtener dinero, son eternos. Las mismas patas de hierro fundido y con sus arabescos. Los mismos travesaños de madera con iniciales. El mismo color verde oscuro, con incontables manos de pintura. El viejo se sienta. Siempre hay un banco libre. Saca de un bolsillo un recibo y lo lee. Es lo que cobró de pensión. Lo que le dan después de una vida de trabajo. Si compra las medicinas no le queda para comer, si compra comida no le alcanza para los medicamentos. Y, con resignada mueca, mira la estatua… Diap 206 CIUDAD VIEJA Y cerca del Cubo Sur, los invasores abrieron una brecha al muro de la Plaza Fuerte… (1807, Historia de Montevideo) 66 CIUDAD VIEJA (U)
  • 207.
    Suspira largo. Prefieredivagar. Quizás Don Bruno estuvo sentado allí mismo, sobre una piedra. Tal vez antes lo estuvo un indio charrúa oteando la costa. Luego, la Historia. La cuadriculada ciudad de apenas ocho por once cuadras, de calles con nombres de santos, dentro de murallas, con su ciudadela fortificada, sus baterías. Y pasó el tiempo. Las calles perdieron su santidad. Los muros se derrumbaron. Llegó el progreso. La urbe creció. Y la Ciudad Vieja quedó como un barrio feo, obsoleto, pobre. El viejo recuerda se propia historia; o sea, su pasado que no hace mucho fue presente. Y en ese banco y en esa plaza, él y ella se dijeron palabras de amor… y se despidieron. Después… la vida. Distancia. Tiempo. Sucesos. Nunca se volvieron a reencontrar. Y si ahora se volviesen a ver, tal vez no querrían reconocerse. Triste es lo que pudo ser, y no fue. El viejo se apoya en el bastón y se pone de pie. Le cuesta enderezarse. Se va. DE BASTÓNDE BASTÓN Camina junto a los canteros de laureles. Y por la calle Washington se dirige hacia la escollera. A las tres cuadras pasa por el Hospital Maciel. Una mezcla de recuerdos dolorosos y de sarcasmo aflora a su rostro. A la izquierda estuvo la Plaza de Toros, donde sufrían éstos. La Plaza desapareció hace mucho. Pero hoy, a la derecha, se yergue donde sufren y mueren los humanos. Y el viejo se pregunta si no será un desquite de aquellos animales. Dobla por la calle Guaraní. En la costa ve la chimenea que sirve de referencia para encontrar esa vía de los tamboriles. Y, tomando por Sarandí, va acercándose a la escollera. La calle es en bajada y de adoquines. Las veredas son de lajas de piedra. Se respira un aire rancio, salado, de antiguo, de humedad, de mar rompiendo contra el farallón. Sobre el rompeolas hay muchos pescadores. Unos pescan realidades; otros, sueños. Pero el hombre viejo ya no tiene caña, ni anzuelo, ni carnada. Y, cansado de andar, se sienta en un muro. Diap 207 CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
  • 208.
    Viendo lejos, llegael mediodía. El sol calienta las piedras. Y el asiento se siente duro. El viejo se para. El descanso y el lugar le traen un lejano y efímero vigor del ayer. Retorna por Sarandí. Ahora es subida. Pronto se cansa. Pasa por el Mercado Chico. Sigue adelante. En cada cruce mira. Y allí, a la derecha, a dos o tres cuadras, al sur, ve la costa. Y a la izquierda, a cinco cuadras, al norte, está el puerto, la bahía. Y a su espalda, ha dejado la escollera. Mar por todos lados menos uno... Y para ése, marcha. Al llegar a la calle Misiones se detiene. A una cuadra hacia la rambla está el Correo Central. Hace tiempo que tiene en su bolsillo una carta sin destino. Quizás… un día… Pero… hoy, no. Y mientras él sigue, la calle se transforma. Hasta cambia de título, es Paseo Sarandí. Se torna actual, de comercios, de tiendas finas, de souvenirs para turistas. La diferencia entre un recuerdo y un souvenir es que el recuerdo se lleva en el alma, y el souvenir en la valija. DE BASTÓNDE BASTÓN Lo recibe la Plaza Matriz. ¿Alguno sabrá que también se llama Constitución? La catedral elevada. ¿Por qué siempre tienen escalones? ¿Es un castigo por los pecados? Ve venir por la calle una mujer elegante. Alta, bien vestida, de andar seguro. Hermosa, bien formada, con la plenitud de sus treinta años. Y el hombre se queda mirándola. Mucho murió en él con el tiempo. Pero el deseo y el buen gusto permanecen vivos. Y la admira con la serenidad de su vejez. Y ella lo agradece con una imperceptible sonrisa. Y la mujer pasa. Y se va. No se da vuelta a verla. Otra que pasó. Queda viendo las veredas tapizadas de mesas, de sombrillas, de sillas. Si sentara en una le costaría su pensión. En una esquina hay un hotel para clase media. Cruzando la plaza, otro para clase pudiente. Y en las calles del puerto, los de los pobres de siempre y las aventuras del momento. Cada uno lo conoció en su época y en su circunstancia. Fue mendigo y fue señor, fue servido y fue servidor. Y sólo fue. Diap 208 CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
  • 209.
    No quiere seguirmás allá. Un modernismo interesado y confuso domina esa calle a la cual pretenden artificialmente hacer parecida a la antigua de un tiempo ido y destruido. Y el hombre viejo, doblando por la calle Ituzaingó, baja al ayer. Llega a La Brecha. Y se devuelve por Reconquista. Y en una esquina encuentra un viejo boliche… La enorme puerta. Las ventanas laterales con sus gruesos postigos de madera agrietada y que cierran por dentro con ennegrecidos travesaños de hierro. Para entrar hay que subir unos escalones desde la vereda. Es el seguro para no tomar de más, de lo contrario se puede caer al salir. Y a nadie le gusta caer. Entra. Se para frente al mostrador. Cuelga el bastón del borde. Debe tenerlo cerca y no olvidarlo. Es su único apoyo. Y él, el único parroquiano de la barra. Solo hay dos o tres más en las mesitas junto a las ventanas, apoyados contra el vidrio y quizás tratando de ver a través de éste su futuro. DE BASTÓNDE BASTÓN Pide una caña doble. No es la hora ni lo adecuado. Mañana le faltara para una medicina o no podrá comprar alguna comida. No le importa. La caña es el alimento de los recuerdos y el remedio para las nostalgias. El bolichero comprende. De arriba de la vetusta nevera de roble de seis puertas, saca una añeja. Se la sirve rebosante, queda un círculo de amarillo líquido alrededor del vaso. Luego abre la antigua vitrina exposición, con sus enormes cerraduras y bisagras cromadas, con sus rejillas pintadas más de una vez. Agarra un queso y un fiambre. Corta unos cuadraditos y, poniéndolos en un plato, se los sirve al viejo diciendo que van por la casa. Y sin palabras, los dos sonríen. Y el viejo va tomando de a sorbos, comiendo despacio. Y se siente contento… La Ciudad Vieja aún sigue viva. …oo0oo… Diap 209 CIUDAD VIEJACIUDAD VIEJA
  • 210.
    El hombre viejocolocó el diario sobre la mesa con la primer página hacia abajo. Lo leería comenzando desde el final. El resumen del inicio le desencantaba. Sin siquiera desdoblarla, puso aparte la sección de Avisos Clasificados. Ya no le interesaba vender ni comprar algo. No necesitaba nada ni tenía nada que ofrecer. Lo mismo hizo con el grueso cuerpo de Deportes. Había pasado la época en que allí perdía largo tiempo. Ahora sabía que si no ganaba uno, ganaba otro. Y llegó a la hoja donde se detenía mirando cada recuadro. En el encabezamiento la mayoría llevaba una cruz. Algunos, otros símbolos. Y muy pocos, los agnósticos… nada. Era la página de los obituarios. Normalmente sólo se fijaba en el nombre del fallecido. Buscaba, tratando de hallar y de no hallar, el de un compañero del camino. DE BASTÓNDE BASTÓN Y, fuese así o no, seguía la lectura. Pocos le sorprendían. Casi todos sus amigos ya habían pasado por allí. Y si alguno aún estaba vivo, se había perdido en el ayer. Pero, esta vez quedó absorto en un aviso. Había muerto ella. Hacía treinta años que no la veía. Sin embargo al morir, con ella moría la callada esperanza de volver a cruzarse en una calle cualquiera y verse con una nostálgica mirada. Recorrió una y otra vez aquel nombre que había dicho en los distintos tonos del amor prohibido y la pasión. Y repitió en silencio la sentencia que resume todo final: Ya no está… Volvió a leerlo. Indicaba ese nombre, apellido y que era de otro apellido. Y al hombre viejo le afloró una dulce y triste sonrisa. Ella nunca perteneció a nadie. Sólo fue de quien ella quiso ser. Diap 210 EL OBITUARIO Ha fallecido la señora… (Q,E.P.D.) 67 EL OBITUARIO (V)
  • 211.
    Luego el obituariocontinuaba con los familiares y demás que invitaban al acto de sepelio. Primero, su esposo… Sí, el fue su esposo. Otro que la amó. Y por amarla, aceptó ese papel. Y ella, a su manera, también lo quiso y lo respetó. Jamás dijo algo mal de él. Pero, paloma infiel, buscaba el amor en otros. Quizás fuese por una pasión poco satisfecha. Tal vez por una ilusión no lograda. O tan solo por sentirse querida por alguien más. Por que ella sólo fue de quien quiso ser. Pero al que quería, sabía quererlo. Querer sobre todas las cosas, normales o no. Y era capaz de darse totalmente al afortunado querido. Y el hombre viejo recordó cuando él fue eso. Luego, los hijos… Sí, fueron hijos de ella y de su esposo. Los amó con devoción. Por ellos luchó para que tuviesen un futuro mejor. Y para que se sintieran satisfechos de ella. Podía ser paloma infiel, pero nunca madre desamorada. Y jamás pensó en concebir un bastardo entre ellos. DE BASTÓNDE BASTÓN Aunque, a veces, en medio de la pasión lo dijera vehemente. Y el hombre viejo recordó cuando ella le decía eso. Después, los hijos políticos, los nietos, los hermanos… Una familia como tantas, una que había crecido con matrimonios y nacimientos. Una más en un obituario. Y el hombre viejo pensó. ¿Cuánto tiempo se habían querido él y ella? Ya no se acordaba. ¿Por qué se había acabado aquel querer? Ya no se acordaba. Sólo recordaba que hacía treinta años que no la veía. Y el obituario concluía con las palabras de siempre. Un sepelio. Una fecha. Una hora. Un cementerio. El hombre viejo suspiró… y repitió la sentencia: Ya no está… Y pasó a la otra hoja. …oo0oo… Diap 211 EL OBITUARIOEL OBITUARIO
  • 212.
    Año 1999. Uno másy se terminará el siglo veinte. La hija menor ha invitado sus padres al litoral de Caracas. Es domingo, ella no trabaja. No importa el mes. En el trópico siempre se puede ir a la playa. Están en un balneario privado de Marina Grande. Nombre de una costa donde, en años idos, el viejo levantaba la carpa para que pasaran las vacaciones ella y sus hermanos. Nada hay que llevar. Nada hay que hacer. Todo se puede comprar. Todo lo hacen otros. La camioneta va vacía. Lejos están los años con tres niños rodeados de bultos y artefactos. Hasta el mar fue cambiado. Dos enormes rompeolas lo han amansado y llega a la costa sin aquel ruido y las altas olas en las cuales se zambullían intrépidamente. Su hija alquila una sombrilla y tres sillas plegables. DE BASTÓNDE BASTÓN Y el padre rememora aquella enorme carpa donde los cinco se dormían luego de un día de bromas y aventuras. Los vendedores pasan con sus bocadillos de afrodisíacos del mar. Ni se detienen. Los viejos ya no los necesitan por su edad. Y la hija menos aún, por su juventud. Poco tiempo resiste el padre estar quieto con la sola misión de girar la sombrilla para que el sol no los queme. Se levanta y se dirige a unas casetas en la entrada del lugar. Ha visto salir de allí personas con alimentos y bebidas. Se arrima al mostrador y pide: –Una empanada de cazón… y una bien fría. –¿La empanada bien fría?... –dice la mujer con malicia. –No, doñita… –sigue él la broma– La cerveza bien fría y la otra calentita, así es como debe ser la cosa. Ella pone la empanada en un platito de cartón y se lo sirve con un mohín propio de coquetería tropical. El viejo da un mordisco y hace un gesto de aprobación. Diap 212 EL VALE Era de El Pilar, pueblo del Estado Anzoátegui. 68 EL VALE (V)
  • 213.
    De la salseraimprovisada con una botella de refresco, pone un chorrito del contenido a la empanada. Da otra mordida… y abriendo los ojos, exclama una conocida interjección. Luego, de un solo trago termina la cerveza. Y sigue: –Hacía mucho que no probaba un mojo como éste. Sabroso y fuerte. La última vez fue en un pueblo llamado El Pilar. –¿El Pilar cerca de Barcelona? –inquiere ella entre risas– De allí soy. Y de allí traje la receta. –¿Y qué hace tan lejos, vendiendo empanadas de cazón? –Y don… La necesidad tiene cara de hereje. – le aclara– Al marido se le dio por ir a buscar oro. Nunca volvió. Me vine a Caracas con los carajitos. Un día bajé al Litoral. Y acá estoy. –A este país lo salvan las mujeres… –murmura el viejo– Lo dije hace cuarenta años... y lo sigo diciendo. –Señor… usted es musiú y siempre lo será. No importa los años que tenga aquí. Y nosotros siempre seremos iguales. –¿Cuánto le debo, señora? –pregunta él, ya reflexivo. DE BASTÓNDE BASTÓN Ella realiza la cuenta. El le da un billete. La oriental abre un cajón. Hace un gesto. Toma una servilleta. Rompe un trozo. Escribe en éste. Y, muy seria, se lo entrega al viejo. –No tengo cambio. –se sonroja al dárselo- La próxima vez que venga, se lo descuento. El hombre no puede menos que sonreír frente a ese vale. Y, satisfecho, contento, lo guarda en su billetera. :::::: Año 2005. Ya hace cinco que estamos en el siglo veintiuno. Otra vez la hija invita a los padres al Litoral. Hace mucho que no van. La última vez fue aquella en Marina Grande. La misma rutina. La misma mujer vendiendo empanadas de cazón y cerveza bien fría. El viejo, más viejo aún, pide la cuenta. Se acuerda del vale. Lo saca de la billetera y se lo da. Y ella, sonriendo, se lo descuenta. Sí, la oriental tenía razón… Ellos siempre serán iguales. …oo0oo… Diap 213 EL VALEEL VALE
  • 214.
    Diciembre. Otra vez Navidad,Fin de Año, Reyes. ¿Cuántas veces se habrá repetido esto? Según la historia, por siglos. Según mi propia historia, setenta años. Los anteriores era muy chico para recordarlos. Pero sí, como abría los regalos. Juguetes, libros, cosas, una tarjeta. Esa fue la evolución de lo que me dieron. Y de lo que yo di con el paso del tiempo. Y por mucho tiempo, cada Navidad hice una tarjeta. De papel, de cartulina, hasta de aluminio. Dibujada, grabada, hasta con un cuento. Pero, esta vez no quería hacerla. ¿Por qué?... No sé. Quizás la vejez, o no tenga más temas. Así que, con el vuelo de la imaginación; fui a visitar a mi amigo Juan, el Loco de la Esquina. El que un día encerraron en el manicomio, los cuerdos y los tontos con sus iguales. DE BASTÓNDE BASTÓN Me dejaron pasar sin problema. ¿Habrá sido que me vieron uno más? ¿O porque era época de fiestas decembrinas, y todo el mundo se vuelve tonto y hace locuras? Me dijeron que estaba con los demás en el patio cubierto, en el medio del edificio, que los cantos me guiarían, que los enfermos habían hecho un pesebre con el Nacimiento. Hacia allí me encaminé mientras pensaba en el eufemismo de decirles “enfermos” a unos seres que habían hallado en la locura la libertad y la sabiduría de su propio yo. Estupefacto, en el patio encontré un nacimiento viviente. José, los Reyes, los Pastores, todos con vestiduras antiguas. Y todos locos. María, una demente de la sección mujeres… El niño Jesús, lo representaba un desquiciado. enano Hasta la vaca y el mulo eran locos disfrazados como tal. Y todos cantaban. No villancicos, sino gritaban con fuerza: –¡Navidad!... ¡Navidad!... ¡Linda Navidad!... ¡Comeremos pan dulce a costilla de papá!... Diap 214 FELIZ AÑO Ya que en este mundo de entrevero... ¿Quién es más tonto, más loco, más sabio, o más cuerdo que otro? 69 FELIZ AÑO (U)
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    Sonreí feliz. No erala melosa y pegadiza balada surgida del comercio ni la grave y gregoriana de los estériles monjes Era el canto que repetíamos con burla en nuestra infancia. Juan, quien tenía el papel de José, rápidamente vino junto a mí y exclamó con tono satisfecho e irónicamente místico: –¡Gloria Dios en las alturas!... Te guió a nosotros… Me faltaba el cayado… Dame tu bastón. Y, me lo quitó volviendo al Nacimiento. Fui tras él. –Necesito mi apoyo. –le reclamé, en broma– Te lo presto un rato. Comprendo que debes estar con la Virgen María. –¿Ella la Virgen María? –una delirante risa resonó– Esta es la loca María, la que dice que un gobierno le crucificó el hijo. –Sin embargo… –meditando, continuó– ¿No crees que la otra María también era media loca para parir entre una vaca y un mulo, en medio de la noche, sola y con frío. Y pensar aún que era bendecida por Dios. Entonces lo vieron como un milagro. Hoy la hubieran encerrado aquí, en el manicomio. Un alto y fuerte negro se separó del grupo y vino a nuestro lado. DE BASTÓNDE BASTÓN Abriendo una caja, nos enseñó con orgullo su regalo: –Eres Baltasar y traes la mirra. –indiqué tontamente. –Son semiconductores. ¿De qué serviría ahora esa resina? –Eres Melchor y traes oro. –aseguré a otro loco coronado. –Huele. –ordenó imperativo, dándome una botella. –¡Es petróleo!...–exclamé– ¿Qué hará un niño con él. –Es el oro del momento. Se hará rico o… revolucionario. –Y tú, Gaspar… ¿Qué le darás en lugar del incienso? –Plutonio… Y como el incienso, al evaporarse nada queda. El enano lanzó una carcajada cruel. Y volvimos a cantar: –¡Navidad!... ¡Navidad!... ¡Linda Navidad!... ¡Comeremos pan dulce a costilla de papá!... De pronto, con el vuelo de la realidad, retorné al presente. Allá había olvidado el bastón. Y recordando a todos, musité: –Amigos míos… Feliz Navidad… Feliz Año… Feliz Año… …oo0oo… Diap 215 FELIZ AÑOFELIZ AÑO
  • 216.
    Se llamaba MaríaElena, pero le decían Malena. Y hay nombres que marcan el destino de quien lo lleva. La madre de Malena era una negra oscura, lindo rostro, pelo lacio, alta, fornida, trabajadora, de carácter, respetada y temida en el conventillo. Del padre nada se subía. Era un secreto my guardado por la negra. Había rumores que fue el hijo joven, rubio, blanco e irresponsable de una rica familia donde la negra trabajó. El resultado fue Malena. Y se madre, orgullosa de su raza y de su humilde clase, nunca más se acercó a esos pudientes engreídos ni les dijo de la criatura gestada. Sobran casas para limpiar y ropa para lavar. Y sobra gente buena en el conventillo para cuidar a los niños cuya madre debe trabajar afuera para mantenerlos. DE BASTÓNDE BASTÓN Malena desde la escuela mostró una elegancia excepcional, delgada, alta, cara de muñeca, cabello oscuro y sedoso, ojos hermosos, bien formada, andar cadencioso, voz dulce. Al llegar la juventud completó sus encantos. Los genes de África tornearon con armonía sus piernas, llenaron sus senos y curvaron sexualmente sus caderas y nalgas. Morena clara, era todo un modelo de mujer. Podía haber desfilado en cualquier pasarela de concursos de bellezas. Pero… le decían Malena. Pronto la sedujo un chulo caficio, y desfilaba como yira caminadora por las nocturnas calles. No oía a su madre, quien debía tragar otra amargura. Cierta vez, el explotador golpeó a la muchacha. Y surgió como una fiera la vieja negra. El chulo estuvo un mes hospitalizado, y salió sin ganas de acercarse a la muchacha. Pero… le decían Malena. Y era una prostituta. Diap 216 UN TANGO Es injusto que las prostitutas no tengan beneficios sociales ni jubilación. Trabajan día y noche, jornada completa, sin descanso, y es el único servicio público que deja satisfecho al cliente. (Reflexiones de Humgrand Penn de Joc) 70 UN TANGO (U)
  • 217.
    Intentó ser sirvienta.Y debía huir de las casas como perra apaleada, ya que el patrón o los hijos olían su profesión. Finalmente fue a trabajar en un quilombo, un burdel en la calle Serrucho, cerca del conventillo. Su regente, una italiana vieja brava y corpulenta, cuidaba a sus muchachas de los chulos. No eran explotadas por caficios ni policías. Tenían control de Salud Pública. Y un viejo negro boxeador, marido de la italiana, no permitía abusos ni que alguno se fuese sin pagar. Un día apareció el hijo de una de las familias ricas donde había trabajado. Y volvió otro día. Y otro… Prendado de ella, tanto hizo que la convenció de irse a vivir con él. Para escándalo del conventillo y del barrio residencial, le puso un apartamento y él… ¡hasta fue a trabajar de empleado! Ella fue una esposa ejemplar. A los nueve meses daba a luz mellizos, un niño y una niña. De distintos sacos vitelinos. En los primeros días, ambos tenían similitud y piel clara rosada. Sin embargo, con el paso de las semanas, el varón cada vez fue siendo más blanco, rubio, ojos claros. DE BASTÓNDE BASTÓN Mientras la niña se ponía más morena, de rasgos negroides, pelo azabache. Y en la miserable mente del joven nació el prejuicio que el niño era su hijo, en tanto la otra de algún negro del burdel. El joven volvió a su familia, a su clase. Y con su riqueza y los abogados corruptos, obtuvo la custodia del varón. Luego, a Malena con su bebita oscura las echaron del apartamento. Volvió al conventillo. Fueron recibidas por todos con gran cariño. Y se hizo una fiesta de tamboriles… una fiesta negra. Al otro día salió a la puerta del cuarto. Era aún una morena hermosa, bien formada. Pero algo había cambiado. De todo su ser emanaba el orgullo de su raza y de su humilde clase. Nunca más fue prostituta. Fue otra madre que limpió casas y lavó ropa afuera para mantener a su hija negrita. Se llamaba María Elena, pero le decían Malena. Y cuando oye ese tango… llora por el hijo que le quitaron. …oo0oo… Diap 217 UN TANGOUN TANGO
  • 218.
    El hombre cruzóla acera y se apoyó contra la malla de alambre. Estaban oxidados. El hombre y la malla. Sintió que se clavaban en sus piernas las púas de la trinitaria. Antes no le hubieran pinchado. No porque las trinitarias fuesen del tipo enana, sino por que un diligente jardinero las recortaba a la altura de las pantorrillas. Miró el estacionamiento. Bajo la parte techada sobraban puestos libres y carros vetustos. Muy lejos estaba el tiempo donde estacionar ahí demostraba la categoría y el cargo. Y ahora, ni siquiera unto a la malla, debajo la sombra de las flor amarillo, había un coche. Allí, donde estacionaban los esperanzados en ocupar un puesto de gerencia. El viejo, apoyado en el bastón, fue caminando hacia la reja de entrada. El vigilante, repetido en muchas empresas, pero enfundado en un uniforme distinto, le pregunto: DE BASTÓNDE BASTÓN –¿Deseaba algo, señor? El “señor” sonó sin respeto, con tono aburrido, como sabiendo que ese anciano no podía ser nadie importante. Sólo un viejo que venía a interrumpir se monótona vida de vigilar la nada. –No…gracias. –respondió sonriente– Sólo quiero mirar… ¿podría pasar un momento? –¡No, señor!... –respondió el guardia, tajante – La dueña no está. Y si ella no lo autoriza, es muy difícil entrar. –Hum… –murmuró el viejo– Los tiempos cambian, antes lo difícil era salir… Siempre había trabajo de sobra… Sólo los flojos se iban al sonar el timbre. –¿Usted trabajó aquÍ? –inquirió el uniformado, sentándose para oír otra sarta de sandeces del pasado. –¡Sí!... –y le brillaron los ojos– Éramos 2400 obreros, 400 empleados, y 24 gerentes. Dos mil ochocientos veinticuatro personas. Y sin un día no sacábamos esa misma cantidad de productos, sabíamos que no habíamos trabajado bien. –¡Vaya sistema de producción! –rió el guardia. Diap 218 LA TRINITARIA Las hay de diferentes colores, pero… todas tienen espinas. 71 LA TRINITARIA (V)
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    –Sí… pero nofallaba… y por veinte años nos dio trabajo y de comer… y de vivir bien… al dueño y a nosotros. –¿Y que pasó? –al vigilante le gustaba chismear. –Los tiempos cambiaron. Vinieron los ingenieros. Los estudios de movimientos. Los controles de calidad. La tan cacareada productividad. Y el viejo se explayó narrando cosas de su época, una que ahora era a tan gris como sus cabellos. Y, finalmente, cansado, con una sonrisa, se despidió del vigilante de la nada. –Adios, señor… –dijo el anciano, yendose. –Vaya con dios… maestro. –lo saludó el guardia. Y el viejo, erguido, moviendo el bastón, cruzó la calle, sabiendo que su vida no había sido en vano… algo quedó. De una puerta lateral del vetusto galpón salió otro hombre que le inquirió al vigilante sobre el visitante. Y el guardia le contó todo lo que le habían narrado. El empleado sintió agitar su corazón dentro de su camisa gris de la compañía y, con emocionada voz, preguntó. –¿Cómo era?... ¿Tenía los ojos claros? -Sí… y con la mirada lejos. DE BASTÓNDE BASTÓN –¡Era el catire!... –exclamó– Un carajo arrecho. Pero el único musiú que nos enseñaba cosas. Aunque a veces nos aburría con sus pendejadas de la historia… ¿Dónde se fue? –Ahí está… – señaló la acera de enfrente– Me preguntó que debía hacer para llegar al terminal. El empleado se arrimó a la cerca alambrada y gritó: –¡Eh!... ¡Catire!... ¡Espera!... Pero, por la calle cruzó una buseta y se detuvo a recoger las personas. Al arrancar e irse, nadie quedaba en la parada. Ya era demasiado tarde. Todos se habían ido. Y sintió una púa de la trinitaria clavándose en él. …oo0oo… Diap 219 LA TRINITARIALA TRINITARIA TRINITARIAS: Enredaderas arbustivas de 1 hasta 12 m de alto. Originaria de los bosques tropicales húmedos de América del Sur (Brasil, Perú, norte Argentina). Se enredan en otras plantas con sus afiladas púas. Conocida como: Debuganvilla (España, México, Perú, Chile, Guatemala), Veranera (Ecuador, Colombia, Nicaragua, Costa Rica), Trinitaria (Cuba, Panamá, Puerto Rico, Venezuela) Santa Rita (Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay).
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    Se llamaba MoraimaDel Río y había nacido en un pueblito de los Andes, cerca de Mérida, donde corría entre piedras un frío arroyo que bajaba en cascadas desde la cumbre. Una prima que vivía en Valencia le consiguió trabajo en esta ciudad. Y entró como Control de Calidad en la máquina de inyección de freón de una fábrica de refrigeradoras. Moraima era pequeña, apenas medía un metro cincuenta, de carnes firmes, pecho bien formado, caderas redondeadas y, como la mayor parte de las andinas, de nalgas chatas. Poseía bellos ojos oscuros, cabello renegrido, cejas gruesas, boca carnosa, piel blanca, voz suave, con ese melodioso tono que identifica a los seres de aquella región. Humilde, respondía con respeto y una sonrisa. Y tenía una característica peculiar que resaltaba al verla: Su cuello. DE BASTÓNDE BASTÓN Era un cuello que atraía por su tersura, su sensualidad y,,, por su largo. Y ella sabía moverlo con tanta elegancia que pronto le pusieron un motete: La cuello de cisne. Pocos inspectores duraban en ese puesto. Era un trabajo monótono, había que estar atento a una serie de registros y conectar y desconectar la pistola de carga a cada heladera. Para ello se tenía que enchufar el dispositivo hembra en la válvula macho que traía cada unidad. La máquina hacía el vacío y, si éste era correcto, luego inyectaba el refrigerante. La persona responsable de ese puesto tenía que agacharse para hacer la conexión, girar el cuerpo para ver los controles que existían a su espalda, y otra vez girar hacia el frente. Desde lejos, parecía estar danzando un ballet voluptuoso. Además, la máquina era sumamente delicada. Se averiaba con facilidad. Por eso había dos. Aunque, inspector uno sólo. Mejor dicho, inspectora. Ningún hombre servía allí. La cuello de cisne fue una de las que duró más. Diap 220 MORAIMA Es más fácil decir un sí después de un no, que un no después de un sí… 72 MORAIMA (V) Hechos verídicos
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    Sin embargo, despuésde algunos meses comenzó a faltar a menudo. Y faltaba los lunes. Y a veces se tomaba también el martes. Y las máquinas de inyección fallaban muy seguido. Cuando no estaba un mecánico de mantenimiento, estaba otro. Hasta el supervisor y el jefe de esta sección, pasaban las horas en ese lugar para que funcionasen bien. Empezó a haber rumores. Y quienes los propagaban eran las otras inspectoras. No hay peor enemigo de una mujer que otra mujer. Ni peor infidente que un hombre. Y más si quiere ufanarse ante los otros de macho sexual. Murmuraban que Moraima sabía rechazar una heladera si estaba mal. Pero, no sabía rechazar a un hombre. Cuando el agua baja desde las cumbres salta de canto en canto. A veces alguno la acompaña un corto trayecto. Mas, al final, el guijarro busca la orilla y abandona la corriente. Cierta vez que había un día laborable entre un feriado y el fin de semana, faltaron un supervisor de mantenimiento y Moraima. DE BASTÓNDE BASTÓN Y recién aparecieron el martes siguiente. La gota había rebasado el vaso. Al supervisor le llamaron la atención. Era un hombre… y un buen técnico. A la cuello de cisne la despidieron. Era una mujer… y tenía su fama. Pero, por esos recónditos misterios de la mente humana, Moraima se rebeló y exigió que le explicaran la causa de su despido y por qué no se aplicaba la ley por igual. Tanto hizo que llegó hasta la Gerencia General de la Planta. Y frente al ceñudo hombre, le espetó: –¡Muy bonito!... Después que todos se acostaron conmigo, menos usted y mi jefe, me echan… ¿le parece justo?... Nunca se supo la respuesta. Moraima volvió a los Andes, a un pueblito cerca de Mérida, donde corre un río que baja de la cumbre. Y desapareció entre la niebla fría del tiempo. Pobre cuello de cisne, ella era una Control de Calidad. Y la echaron por algo… que no podía rechazar. …oo0oo… Diap 221 MORAIMAMORAIMA
  • 222.
    Tarde calurosa. Elhombre abrió la ventana. Mejor dicho, corrió uno de los vidrios y oscuros. Antes, por si acaso, cerró la puerta; no fuera a venir alguno de los gatos de la casa y saltase desde ese décimo piso. El hombre se sentó frente a la computadora. La encendió. Y mientras la pantalla se coloreaba, desvió la vista a la ventana donde el paisaje se dividía en dos franjas. La oscura, por la superposición de los vidrios ahumados. La luminosa, con el horizonte de verdes cerros, las nubes, la transparencia del aire, los zamuros planeando en el cielo. Planeando alto, muy alto… en armonioso vuelo. El aparato cibernético emitió un sonido como llamada de reclamo al usuario por no prestarle la atención debida. Y el hombre le hizo caso, sumergiéndose en algún programa. DE BASTÓNDE BASTÓN ¿Cuál?... Daba lo mismo, los había para calcular, otros para escribir, para dibujar, y hasta algunos para perder el tiempo; todo para convertir al amo en esclavo del instrumento. El ser humano se abstrajo en uno de ellos, encandilado por el resplandor de la pantalla. Pasó lento el tiempo. De pronto, el fuerte batir de unas alas lo retornó a la realidad. Y ahí, sobre el pretil, erguido… estaba Zamurito. Lo reconoció de inmediato. Y en los rojizos y penetrantes ojos del enorme pájaro vio que él lo conocía también. Pensó que había hecho bien en cerrar la puerta. De verlo allí, cualquiera de los dos gatos y los demás de su familia habrían salido corriendo despavoridos. Era un pájaro negro, grande, feo. Tan feo que al final agradaba, atraía. Costaba comprender que era la misma ave que, planeando en círculos, se elevaba hasta ser un punto en lo alto del cielo. Pero, el hombre lo entendía… tenían mucho en común. –¿Qué estás viendo por esa ventanita? – graznó el alado. Diap 222 ZAMURITO Zamurito, zamurito, tan alto en el cielo… zamurito, zamurito, tan feo en el suelo… (Canción) Del libro inconcluso "Zamurito" y dedicado a mi alado amigo el zamuro que nació y creció en el techo del edificio vecino. 73 ZAMURITO (V)
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    Y el hombreviejo, sin asombrarle que el pájaro le hablase, puesto que había llegado a una edad en que nada asombra, le respondió con afecto cordial: –Añoranzas, nostalgias, fantasías… Nada, Zamurito… –¿Nada?... A tu edad es todo. –el ave volvió a graznar– ¿Y por qué que me llamas Zamurito? –Te puse ese nombre desde que naciste. –el viejo miró el techo del edificio cercano y siguió- Yo vi cuando tus padres te concibieron allí… un romance de ciudad. El carroñero movió la cabeza como extrañado del recuerdo. –Y allí, a la sombra de la antena parabólica, te incubaron y naciste… un nido de ciudad. –el anciano sonrió recordando– Eras blanco… y con el tiempo creciste… y te volviste negro. –En cambio, tú pelo se iba volviendo blanco mientras veías por esta ventana. –graznó Zamurito– Yo también te miraba desde la azotea en tanto aprendía a volar. –Sí, me parecía que lo hacías cada vez que te parabas en el borde del techo para echarte al espacio. –evocó el viejo– Pero tú volaste… y yo, no. Me faltaron las alas. DE BASTÓNDE BASTÓN –No digas eso. Tú volaste a tu manera. –los ojos del pájaro brillaron al decirlo– Tú poseíste otro tipo de alas. Aunque a veces, como yo, tuviste que comer carroña para poder volar. –Sí…–meditó el anciano– ¿Sabes, Zamurito?... Pronto me iré de aquí… volaré lejos… te dejaré… dejaré todo esto. El ave giró viendo hacia el horizonte, mientras graznaba: –No… sólo irás a ver otro cielo… Y si miras alto, también en ése me verás. No… tú no sólo estuviste aquí… tú viviste aquí… Y quien ha vivido en un lugar, no lo deja nunca. Y, lanzándose al aire, batiendo sus alas, Zamurito se alejó. El viejo cerró la ventana. Oyó zarpazos. Abrió la puerta. Los animales saltaron veloces. Querían agarrar el ave que volaba. El vidrio lo impedía. Aunque, como siempre… No se puede impedir ansiar lo imposible. …oo0oo… Diap 223 ZAMURITOZAMURITO Zamuro Zopilote Urubú
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    Dejó de llovery surgió el tropical sol. Oí un pesado aletear cerca de la ventana y la habitación se oscureció un instante al pasar frente a los vidrios, en vuelo raudo, un negro cuerpo. Debía ser Zamurito. Desde mi vuelta había estado mirando las bandadas de sus congéneres que subían en el aire aprovechando las corrientes térmicas, y varias veces creí distinguirlo a él. Estuve seguro que era el que reposaba bajo la sombra de la antena parabólica en el techo del edificio de al lado. Pero, sin razón alguna, ni él ni yo, nada hicimos por saludarnos. Yo tenía mucho que reflexionar. Es fácil irse, es fácil volver. Pero es muy difícil retransmitir las sensaciones obtenidas y que los demás las perciban de manera equivalente.* Ya era hora que charlase con mi feo, negro y alado amigo. DE BASTÓNDE BASTÓN Cerré la puerta del cuarto y abrí la ventana. Luego fui a sentarme frente a la computadora, pero viendo hacia el panorama. No tardé mucho en verlo llegar. Venía en un planeo lento, pesado, con sus alas abiertas, con una envergadura tal que causaba admiración y, por qué no, cierto temor. Cada tanto se inclinaba hacia babor y luego a estribor. Recordé que mi padre contaba que era el saludo de los viejos pilotos al encontrarse. Y me sentí honrado de ello. Estiré mis brazos y le saludé de forma similar. Estando cerca frenó en el aire, cosa rara en su especie, y se posó en el pretil. Estuvo un instante bamboleándose. Sin embargo, enseguida, quedó firme, parado, y elegante, allí. –No seas loco. –me graznó, burlón- Tú tienes brazos, no alas… y la fortuna de poseer manos para escribir. Tú vuelas de otra forma. Pero, de todas formas… estás de vuelta. –Y tú eres muy fanfarrón en venir planeando y detenerte de esa manera. –le seguí la broma. Diap 224 SOLITARIOS Zamuro, zopilote, urubú, buitre, gallinazo, y nadie piensa que es familia del cóndor… 74 SOLITARIOS (V)
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    –Por favor, bípedoimplume y amigo mío – volvió a graznar sacudiendo su desgarbada cabeza– La única ostentación de los que vivimos de la carroña es volar sobre ella. –¿Entonces por qué frenaste así? Pudiste haberte caído. –Simplemente fue porque tenía las plumas mojadas por la reciente lluvia. –e inquirió con áspero sonido– ¿Cómo te fue en tu viaje a otras tierras, volando en otros cielos? –No sé responder. –le dije– Hoy podría repetir la canción: “Ni soy de aquí, ni soy de allá”. –¿No será todo lo contrario? –graznó él, mirando lejos– Que tu problema consiste en que eres de aquí y eres de allá. Quedamos los dos en silencio. Sin embargo nos decíamos mucho. Hay momentos en que sobran las palabras. –Zamurito… –pregunté luego de un rato y tratando de salir de esa meditación que nos unía y hundía– ¿Tienes familia? –Sí. –contestó con suave graznido gutural– Los zamuros formamos pareja de por vida. Y con mi compañera hemos tenido varias crías. DE BASTÓNDE BASTÓN –Pero nunca te he visto con tus pichones. –Las aves somos seres naturales, cuando los pichones comienzan a volar se van a formar sus propios nidos. –Tampoco te he visto con tu compañera. –Ella prefiere hacer parte de la bandada. Aunque sabe que siempre la llevaré donde haya seguridad para ella y las crías. –Eres un pájaro extraño, Zamurito. Piensas mucho. –No tanto. Soy un ave, mi cerebro es pequeño, lo único que sé es volar. Para hacerlo, aprendí a comer carroña. Y sólo soy como tú, un solitario en medio de los demás. –¡Cómo me gustaría tener tus alas para poder estar sobre las cosas y desde lo alto tomar la mejor decisión para todos! –Amigo mío… eso es imposible. Cada uno debe de asumir para siempre la responsabilidad sobre el camino a tomar.* Y, sin más, se echó al aire alejándose en sereno vuelo. …oo0oo… * Frases del mail de Otto Bauer, del 9 de mayo de 2007 Diap 225 SOLITARIOSSOLITARIOS
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    Me había despertadotemprano. El lucero aún brillaba en el oscuro cielo. Los gatos, compañeros de los solitarios, ni se molestaron en mirarme desde los sillones. Encendí la computadora y, a través de su pantalla, traté de hallar la compañía artificial de un mundo virtual. Llegó el amanecer, el sol salió. Alguien daba de comer a los gatos. Y compañía sin comida, se aleja enseguida. Fui a desayunar. Antes, abrí la ventana y cerré la puerta para que los felinos no se sintieran tentados en saltar tras los pajaritos que afuera revoloteaban. El instinto ciega. Poco rato después volvía. Los gatos dormitaban otra vez en las poltronas. Estómago lleno, corazón contento. Con todo, tuvieron la gentileza de hacerme un guiño. DE BASTÓNDE BASTÓN Al entrar al cuarto, me eché hacia atrás. Ahí, sobre el pretil estaba él, Zamurito. Sereno, firme, seguro de sí mismo. Y yo, ya repuesto, pasando, cerré la puerta. –¡Vaya!... –exclamé– me asustaste. –¿Por qué? –graznó– Mientras estés vivo no tienes por que temerme. Y cuando ya no estés… no me verás. –Cruel, pero es la verdad. –dije, y pregunté– ¿Qué haces aquí tan temprano? Debe haberte costado levantar vuelo. –No olvides que también sé aletear. –indicó– Es que estaba caminando por la plaza y me encontré con una garcita… –¿Una garcita blanca?... –interrumpí, emocionado. –Sí… ella… y me pidió que te entregara esto… Y Zamurito, balanceándose, me lanzó una piedrita que llevaba en una de sus patas. –Ella dijo que tú entenderías… –concluyó mi amigo alado. –Así es… –mi voz estaba ronca, mis ojos húmedos- mañana hará tres años que ella levantó vuelo para siempre… y ella fue la compañera de toda la vida de un amigo mío. Diap 226 UNA PIEDRITA Todos somos polvo de estrellas, desde una piedra hasta un ser querido… 75 UNA PIEDRITA (V)
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    –¡Ah, comprendo!... –sugraznido era suave– Pero no digas que fue… ella es, y será. Con o sin alas, sólo los que estamos en la tierra somos o no. Los que vuelan para siempre, son. Quedamos en silencio. Juntos en esa unión que traspasa las distancias, los distintos seres, que va más allá del tiempo y de los lugares. Y luego de un rato me animé a preguntar: –¿Aún está ella en la plaza? –No… –contestó alicaído– Remontó muy alto, mucho más allá, donde sólo ella puede llegar. –Tú también llegas alto… –reflexioné. –Yo, por más que me eleve, no dejo de ser un punto negro. –rispotó– En cambio, ella llega tan alto que se confunde con el cielo… junto con los demás que volaron para siempre. Íbamos a caer en otro silencio, pero él inquirió: –¿Qué harás con la piedrita? –La guardaré… y le pediré a mi amigo que coloque otra en su lugar… donde el cuerpo de ella reposa… él entenderá. DE BASTÓNDE BASTÓN –Y será la misma piedra. –meditó mi negro, feo y alado amigo– Por que aunque tengan distintos colores, sean de diferentes rocas… todas están formada de lo mismo. –Tienes razón. –completé– Al igual que nosotros. Seamos de distintas especies, distintas razas, distintos orígenes, todos estamos formados de lo mismo: De polvo... –Es cierto. –sentenció– Pero, aunque el polvo se vuelva arena o barro, es polvo de estrellas. Polvo que vino del espacio. Del espacio vinimos y al espacio volvemos. Y sin más, giró y se fue volando lento. Fui a la repisa desde donde me miraban las fotografías de seres queridos que habían volado para siempre, y puse allí la piedrita. Quedé un rato mirándolos. Volví a la ventana. Lejos, muy, muy alto, vi un punto negro. Y muy, muy al sur, creí ver un punto blanco. Cosas de la imaginación… o del corazón… …oo0oo… Diap 227 UNA PIEDRITAUNA PIEDRITA
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    Y el viejosubió a la azotea del edificio. Seis de la tarde. Dentro de poco comenzaría el anochecer. Es el privilegio de los países tropicales. No importa el día ni el mes. Siempre amanece a la misma hora, siempre el sol está en el cenit a mediodía, siempre atardecerá igual. Y el anciano tenía el privilegio de tener la llave. La llave de la azotea. La del tiempo nadie la tiene. Se la habían dado quizás porque ya no necesitaba ir allí a buscar emociones, ni estaba tan frustrado que le tentase saltar desde esa altura. Llegó hasta el muro que, como un balcón, bordeaba todo el contorno del inmueble. Los diez pisos, más la colina donde se hallaba, le permitían ver el paisaje hasta el horizonte. Y el hombre, apoyado en el pretil, se sintió en el centro de una semiesfera repleta de naturaleza exuberante. Y su espíritu se fue llenando. Porque se sentía vacío. DE BASTÓNDE BASTÓN Había estado reflexionando mucho tiempo, de muchas cosas. Y cuando se reflexiona mucho, se queda vacío. Oyó a sus espaldas un fuerte batir de alas, el cual se detuvo enseguida. Lo reconoció de inmediato. Debía ser Zamurito. Hacía varias semanas que no se encontraban. La antena parabólica donde el ave solía pararse oteando a su alrededor, o viendo la ventana del hombre; había sido usada por gavilanes, pechos amarillos, y hasta cristofués. El viejo giró para ver, a pocos pasos, su feo y negro amigo. No parecía tan grande ni imponente en la enorme extensión del techo cubierto de refulgente capa aislante. El anciano se apoyó contra el muro. Pensó que si éste cedía, la caída de treinta metros sería un instante para el instante final… Uno sobre un auto en el estacionamiento. No le importaba morir, quizás en eso estaba la solución. Le preocupó que su familia debería pagar los gastos de la reparación de ese coche… y que Zamurito no aprovecharía su cadáver. Diap 228 EL PAISAJE Las ideas, como las palabras, también llegan a ser cárcel. (José Enrique Rodó) 76 EL PAISAJE (V)
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    –Siéntate en elpiso… –graznó, imperativo, el emplumado– si te caes, no tengo garras de águila para tomarte en el aire. –No creo que pudieses sostenerme. –respondió el viejo– Peso demasiado. Y no temas, el muro es de cemento. Pero, se sentó. Por un agujero en el piso vio, allá, muy abajo, los autos como juguetes. Por esos agujeros se pasaban las cuerdas para los andamios y subir muebles pesados. Sentado, comprobó que Zamurito y él casi tenían el mismo alto. La grandeza es una cuestión de perspectiva. Por eso los gobernantes y políticos se suben en estrados. –Hace muchos días que no te veo en la ventana. –volvió a graznar el feo y negro pájaro– Creí que nuevamente habías volado a otros cielos, a otras tierras. –Jamás lo haría sin despedirme de ti. –aseguró el hombre– Pero, en parte, estuve volando en esos otros cielos y en esas otras tierras… con la imaginación… y reflexionando. DE BASTÓNDE BASTÓN Ah, bípedos implumes de gran cerebro!... –su áspero sonido era agrio– Por pensar, se han olvidado de ser naturales. –Tienes razón. –dijo el anciano– Y terminamos siendo prisioneros de nuestras ideas. –Las aves, –afirmó Zamurito– con sus pequeños cerebros; sólo necesitan comer, un nido, y una pareja para criar. –Por eso vuelan. –sentenció el canoso– Y enseñan a volar. –A nuestros pichones los alimentamos cuando son crías. –el ave continuaba– Pero, apenas pueden, vuelan en busca de sus propios nidos y sus propios árboles. –¿Qué dirías si un día los pichones te empujaran del nido, afirmándote que en otros cielos y en otras tierras hay árboles más seguros? –inquirió meditativo, el anciano cansado. –Debe ser triste. –calló un instante– A mí me gusta volver cada noche al mismo árbol y a la misma rama. Y, como ya anochecía, Zamurito se fue volando. Y el viejo quedó solo, viendo oscurecerse el paisaje. …oo0oo… Diap 229 EL PAISAJEEL PAISAJE
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    Cinco de latarde. Unas horas más… y el día se habrá ido. Y con él, se habrá ido otra semana… y otro mes. Y se habrá ido parte del tiempo… ¿De que tiempo?... Acaso… ¿alguien puede ser dueño del tiempo? El tiempo no es de nadie… El tiempo sólo es del tiempo. Pensamos que hay un tiempo pasado y uno futuro. Y únicamente se tiene un efímero tiempo presente. Cada uno se apropian del tiempo creyendo que es suyo. Pero no es suyo, es de los demás y de las circunstancias. Y las circunstancias han llevado al viejo a irse, a retornar. Acaso… ¿irse no es retornar?... ¿retornar no es irse?... DE BASTÓNDE BASTÓN Y el viejo mira el paisaje… un paisaje que en él se llevará. Y en el cielo ve planear a Zamurito. El pájaro vuela. El hombre viejo abre la ventana. Él no puede volar. Y, enseguida, va a cerrar la puerta de la habitación. Eso extraño que lleva dentro sí, le dice que debe hacerlo. En la casa hay una vieja gata y un gato. Están castrados. Pero, el estar castrado no impide querer saltar más allá. ¿Por qué el ser humano castra a quien ama? De una manera u otra, lo hace. Física o sentimentalmente. Limitando sus instintos, callando sus deseos. Haciendo lo que debe, sin saber que es lo que quiere. Todo lo que amamos lo hacemos nuestro, parte nuestra… Mi vida… mi hogar… mi casa… mi calle… mi… mi… Mi tanto con nombre… y mi tanto sin nombre… Diap 230 A LA LLANERA Despedirme no quisiera, pero, como no sé hacerlo, me despido a la llanera… (canto popular venezolano) 77 A LA LLANERA (V)
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    Y cuando loperdemos, nos separamos… duele… Por que hemos perdido algo que creímos nuestro… Nos sentimos castrados… Un aleteo en la ventana volvió al viejo a la realidad Apoyado en el pretil, aún bamboleándose, estaba el alado amigo, y con un grave graznido le inquirió: –¿Por donde volabas con tu mente?... Ni me oíste llegar. –Muy lejos… –musitó el hombre– Muy lejos en el tiempo, viendo el aún mi presente. Muy lejos en la distancia, viendo el ya mi futuro. Uno que fue pasado… y otro que lo será. –Te vas… No hace falta que digas adiós… lo dice tu voz… Una mirada triste unió al negro pájaro y al canoso humano. –Sí, Zamurito… me voy… todo lo dejo… sólo me llevo los cuadros… los gatos… y el paisaje… éste, en mi corazón. –No te llevas nada… lo dejas todo. Porque siempre estará en lo que hiciste, exista o ya no; con quienes viviste, existan o ya no. Y no dejas nada… te lo llevas todo. Porque siempre lo llevarás dentro de ti… vayas donde vayas… DE BASTÓNDE BASTÓN –Tienes razón, Zamurito. Y eso no se puede guardar en el equipaje. –la voz del antañón cambió– ¿Sabes?... A las pocas semanas de haber yo llegado… una mañana, temprano, aún con el rocío… en un campo cerca de la carretera… vi un grupo de zamuros… decenas… todos en tierra… en fila… con las alas extendidas… y me acerqué a ellos… –Y ninguno huyó… y estuviste con ellos hasta que el sol los secó… y todos levantaron vuelo… – completó el emplumado. –¿Cómo lo sabes? –al viejo le temblaron las palabras. –No sólo ustedes se cuentan cosas… tú y yo somos bichos raros… a veces debemos comer carroña… para poder volar. Y, sin más, el negro pájaro se lanzó al aire. Atardeciendo, el cielo se llenó de zamuros que giraban en círculos remontando hasta las nubes. Cada tanto, uno salía de la formación y planeaba hasta cerca de la ventana. Y lo hacía moviendo las alas en un vaivén. Los vecinos, extrañados,decían cosas sin sentido. Pero el viejo, apoyado en el pretil, sabía que Zamurito y los suyos se estaban despidiendo de él… a la llanera. …oo0oo… Diap 231 A LA LLANERAA LA LLANERA
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    El viejo canosoabrió la ventana y apoyó su hombro en el marco a su derecha. Dos negros pájaros volaban bajo y en círculos sobre la plaza próxima. Reconoció a Zamurito. El viejo miró si estaba cerrada la puerta del cuarto, lo hacia siempre antes de correr los vidrios. Pero, por los nervios de los últimos días, podía haberse olvidado. Quedó tranquilo, los dos felinos no podrían entrar. Al dar vuelta para retornar a ver el paisaje, sus ojos se detuvieron en las paredes de la habitación. Vacías, con recuadros de otro tono donde hubo cuadros. Con agujeros donde hubo clavos para colgarlos. Vacías. Volvió a la ventana. Iba a apoyarse de nuevo en el marco. Se echó para atrás. Zamurito venía directo hacia la ventana. Raudo. Con decisión. Con las alas extendidas. El ave se posó en el pretil al unísono con el hombre que se sentaba en la silla. Los dos se observaron. DE BASTÓNDE BASTÓN –Te veo alicaído… –graznó el pájaro. El viejo esbozó una sonrisa al escucharlo. Y dijo: –Alicaído… un término propio de quienes pueden volar. –Tú también, dentro de pocos días, volarás. Y al anciano le surgió una irónica reflexión: –El que vaya en un avión, no significa que pueda volar… Para eso debería tener alas como las tuyas. –Tú tienes otras alas. Son tu imaginación, tus añoranzas… Y con ellas vuelas. Entonces… ¿Por qué estás alicaído? Y el antañón, mirando la montaña en el horizonte, susurró: –Es mucha la responsabilidad… o mucha la edad… El salto de Zamurito al piso le evitó caer en la melancolía. Le alegró que el pájaro se sintiera tan amigo que no temía entrar a su cuarto… un cuarto ahora vacío. –¿Responsabilidad?... –graznó– ¿Cómo la responsabilidad que tenemos los zamuros de limpiar la carroña?... El viejo volvió a esbozar una sonrisa, y el ave siguió: Diap 232 PÁJAROS Ser pájaro o pajarón, es cuestión de interpretación… 78 PÁJAROS (V)
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    –Un responsable esun pajarón que cree ser importante por que hace las cosas como los demás esperan deba hacer. –Estás muy filósofo… –ironizó el canoso. –Debe ser lo que comí hoy temprano… aún estaba fresco. Un graznido y una carcajada se repitieron en el cuarto. –Eres un amigo. Gracias por sacarme de mi pesadumbre. –el anciano subió las cejas– Muchas veces me entran dudas… El carroñero caminó con su andar patoso. Y, con un batir de alas, saltó a una banqueta próxima a la ventana. De allí, viendo a su bípedo e implume amigo, habló mirando lejos. –Cuando decides volar no te puedes detener ni dudar. Si lo haces al tomar impulso, te vas de bruces. Y si es cuando estás remontando vuelo, caes como una piedra al suelo. El viejo volvió a levantar las cejas ante la verdad. DE BASTÓNDE BASTÓN –Algunos zamuros, –el ave continuaba– al volver al nido en el anochecer, dudan buscando la rama donde descansar… y al perder el impulso, mueren en el golpe contra la tierra. –Y ya no puedo deshacer lo hecho… – reflexionó el viejo. –Se puede caminar de espaldas, –concluyó el negro pájaro– pero no volar de esa forma. –Es cierto. –el canoso anciano contó– Una vez, un director de cine, para ahorrarse la filmación del atardecer, como tenía una del amanecer, quiso usar ésta pasándola al revés... –Y no le sirvió. –sentenció Zamurito– Porque las aves aleteaban al revés. Y los pájaros no vuelan para atrás. Y tú, como yo, eres un pájaro… a tu manera. Y con otro batir de alas, saltó al pretil. Y desde ahí se lanzó al espacio. El hombre viejo quedó viéndolo remontarse. Y pensó que él… una vez mas, tenía que volar. …oo0oo… Diap 233 PÁJAROSPÁJAROS
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    Sucedió un día,uno de esos. Fui hasta la parada. Tomé el primer transporte que llegó, podía ser el de la imaginación o el de los recuerdos. Acaso… ¿no tienen el mismo final? A esa hora, y a mi edad, estaba casi vacío. Había pasado el tiempo de los pasajeros del presente, todos apretados en su realidad. Y muchos del ayer, ya no lo tomarían más. Con todo, me detuve para ver el destino. A veces, y cada tanto, aún se detenía allí el coche que lleva al futuro. Antes llegaba a cada momento. Pero, últimamente tardaba mucho. Me senté. Y, apoyando mi cabeza contra la ventanilla, me adormilé. Al igual que los otros compañeros de viaje, cuando llegase despertaría o no. Acaso… ¿no daba lo mismo? Al abrir los ojos me pareció que sólo había transcurrido un instante. Sin embargo, el camino efectuado era largo. DE BASTÓNDE BASTÓN Miré. Quedaban menos pasajeros, muchos más se habían ido. Bajé unas calles antes, donde nacía la avenida… ¿Las calles nacen y mueren como los seres? Me encaminé hacia el norte. Los árboles en la vereda, con sus ramas desnudas hacían más frío el invierno. Y las viejas casonas me veían pasar indiferentes tras sus gruesos muros. Con el bastón anduve cinco cuadras. Éstas eran de forma anormal y las calles se cruzaban de manera desquiciada. Y llegué a mi destino. Era la cuadra más irregular de todas. Y también la más grande. La recorrí alrededor. El terreno tenía nueve lados, con esquinas y rincones en ángulos raros. En su interior, una enorme y vieja edificación se imponía. Me acerqué al portón. En una caseta vi una figura. Llamé. Había llegado al hospital siquiátrico. Ese eufemismo de manicomio. Era natural que todo fuese así. Más arriba estaba un nombre y la dirección: Millán 2515. Diap 234 MILLÁN 2515 Ni son todos los que están, ni están todos lo que son. 79 MILLÁN 2515 (U)
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    Alguien salió dela vigilancia. Estaba enfundado dentro un abrigo con apariencia de uniforme. –¿Qué deseaba, señor? –preguntó con extraña sonrisa, y siguió– Ya pasó la hora de visita. –Es que yo vengo de muy lejos. –me justifiqué. –¿Lejos en el tiempo o en la distancia? – inquirió de forma acorde al lugar– ¿A quien quiere ver? –A mi amigo Juan. –respondí con cierto desasosiego. –¿Juan?... –sus ojos se abrieron– Aquí hay muchos Juanes. –Juan el Loco de la Esquina. –aclaré, avergonzado. –¡Señor!... –exclamó– Todas las esquinas tienen un loco, y todos los locos tienen una esquina. Estén aquí, o no. –Tiene razón. Se llama Juan… –y dije su apellido. –¡Ah!... Juan el Escribidor… es amigo mío. – exclamó. En ese momento venía un fornido hombre jadeando y con paso apurado por el amplio corredor del jardín,. DE BASTÓNDE BASTÓN –Perdone, señor. –se disculpó nervioso– No puedo dejar la caseta un momento sin que este enfermo entre enseguida en ella… Espero que no lo haya molestado. –En absoluto. –dije– Teníamos una charla muy agradable. Luego que se llevaran al alienado, y repitiese mis razones al nuevo, me dejaron ver a Juan. Había envejecido. La locura sobrevive al tiempo. Pero el tiempo no perdona ni a los locos. Estaba sentado frente a una mesa de otro siglo, y sobre ella escribía y corregía lo escrito en un cuaderno. –¡Que suerte que viniste! –exclamó feliz y como si los años sin vernos no hubieran pasado– Necesito que me ayudes. –Con mucho gusto… lo que tú quieras. –¿Qué nombre le ponemos a esto? –me entregó el libro. –¿Qué te parece: Millán 2515? –Es lindo. Y ya que estás aquí… lo escribiremos juntos. Y así se escribió este cuento… Y este libro… * Y todos los demás…* …oo0oo… * Frases escritas en el año 2016 Diap 235 MILLÁN 2515MILLÁN 2515
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    Diap 236 DE BASTÓNDEBASTÓN Prefiero poner última página y no conclusión ni final. Los seres tienen un final, las ideas no. Y mientras haya ideas habrá palabras. Y mientras haya palabras habrá cuentos y poesías. ÚLTIMA PÁGINA
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    Soy otro ejemplode los criados durante los años treinta y cuarenta en la República Oriental del Uruguay. República que sembró en aquellos niños, principios que los harían críticos despiadados consigo mismo y con los demás. De 1925 a 1938, en la gran huida de Europa, llegaron al Cerro seres de diferentes pueblos, religiones, sueños, odios. Venían todos con ideales de un futuro mejor. Ideales que fueron transmitidos a los niños, sentados en las baldosas de las veredas, por viejos frustrados del marxismo, socialismo, fascismo, comunismo, por italianos, armenios, judíos, rusos, alemanes, polacos, gallegos, catalanes. Y que nos dejaron una mezcla incongruente de ideas Asistí a la escuela Checoslovaquia, laica y del estado, y así mismo pertenecí a un grupo de la iglesia católica parroquial. Me gustó ser aprendiz de todo, desde zapatero remendón a monaguillo, y sin beneficio alguno. Sólo por conocer. Completé mi educación en el Liceo Bauzá, el hoy derruido de la avda. Agraciada. Tuvimos profesores que nos enseñaron normas, y otros a pensar... y dudar de las verdades absolutas. Estando aún vivo, creo innecesario que otro escriba sobre mí. Se justificaría si fuese joven y precisase un panegírico. Y, afortunadamente, ya no me afecta esa enfermedad. Trataré de ser justo y escueto, cosa difícil cuando se habla de uno mismo. Nombre: Rosalino David Carigi Aquilini. Apodos: Titi (Uruguay). Catire (Venezuela) Seudónimo: Gracián Solirio (anagrama) Nacido el: 28 de marzo de 1929. En: Fornacci di Barga, Lucca, Toscana, Italia. Nacionalidad: Italiano y Venezolano. Profesión: Téc. Industrial Metal Mecánico, Hornos y Esmalte. Plantas Electrodomésticos. Vida laboral: Dibujante, Proyectista, Jefe, Gte. de Planta, Jubilado. Estado: Casado con María Teresita Delgado San Martín. Hijos: Juan Pablo, María Leticia, María Esther El 13 de octubre de 1931, teniendo dos años y medio, vine con mis padres a Montevideo. Y viví hasta mis 25 años en la Villa del Cerro, barrio emblemático. SE DICE DE MÍ SE DICE DE MI (EL AUTOR) Diap 237
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    Expresando ese sentimiento,emulaba una canción: –Ni soy de aquí, ni soy de allá… Y alguien me corrigió: –¿No será que es de aquí y de allá? Usted es un extrañero no un extranjero. El que se forma en un lado y hace su vida en otro, será un extrañero en ambos. Porque cuando esté en una parte extrañará la otra. Hoy, viejo, miro hacia atrás y no me arrepiento de ningún instante vivido. Son mi vivencia. Fui un niño tímido, observador, retraído, y solitario. Fui un joven rebelde, inquieto, inconforme y soñador. Fui un hombre introvertido, irascible, estricto e idealista. Soy un viejo agnóstico, impaciente, nostálgico y bohemio. Y ahora, a mi edad, solo queda… lo que fui. Y lo viví a mi manera …oo0oo…. Rosalino Carigi Septiembre de 2013 Nota: “Se Dice de Mí” se copió del libro “LOS DONES DEL AYER” Una de las pocas cosas a la que quisiera volver, es al Liceo Bauzá en 1945 y en segundo año “C” del turno vespertino. En 1957 me marché tras un sueño a Venezuela. Fueron cincuenta años allí. Toda una vida. Mi vida. Viví los mejores años de dos grandes países, el Uruguay y Venezuela. Tuve la felicidad de vivir sus progresos. Y la fortuna de no hacerme rico. Tuve la tristeza de vivir sus decadencias. Y la suerte de no volverme ruin. Ayudé a abrir el camino de la industria, del esmalte y del progreso. Tuve la dicha de enseñar a usarlo... y la amargura de ser usado en él. En el 2008 volví al Uruguay. El tiempo todo lo cambia. El Uruguay que encontré no es el que dejé. La Venezuela que dejé no es la que encontré. Pero los que yo viví, nunca me los podrán cambiar. Nunca me los podrán quitar. Por que al Uruguay que me formó, y la Venezuela donde me desarrollé, los llevo en mí. Los dos me dieron todo. Y yo me di todo a ellos. SE DICE DE MÍSE DICE DE MÍ Diap 238
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    Todo pasa ytodo queda, pero lo nuestro es pasar Diap 242 Versos del poema Caminante No Hay Camino de Antonio Machado (1875-1939)
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    Todo pasa ytodo queda, pero lo nuestro es pasar Caminante no hay camino se hace camino al andar… Diap 243
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    Todo pasa ytodo queda, pero lo nuestro es pasar Caminante no hay camino se hace camino al andar… verso a verso… Diap 244
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