El padre le pide a Dios que le ayude a comprender y escuchar a sus hijos con paciencia y cariño. Que le enseñe a ser amable con ellos y no regañarlos ni avergonzarlos, sino enseñarles con amor. Que le dé valor para admitir sus errores y no burlarse de los de sus hijos, y que no dé mal ejemplo ni los agreda física o verbalmente. Finalmente, pide ser un líder y no un jefe para sus hijos, para que valga la pena que su hijo sea como él.