El hueco creado por la desaparición de las escuelas municipales tras la caída del Imperio Romano fue cubierto por las distintas instituciones eclesiásticas, dando lugar a escuelas parroquiales, episcopales y monásticas. Estas escuelas garantizaban la formación básica de los clérigos y admitían a menudo a niños laicos. Carlomagno promovió la enseñanza de lectura, gramática, música y cálculo en estas escuelas para reafirmar la uniformidad religiosa