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Con el viento en contra
El siglo XX se constituyó en el período de la historia de la humanidad, que podría
ser definido como la historia de la inequidad, en el que los derechos alcanzaron su
mayor nivel de desarrollo, por lo menos en términos formales. Fue el siglo en el que
las reivindicaciones que venían arrastrándose desde tiempos inmemoriales se
cristalizaron en declaraciones, leyes y tratados. El siglo del sindicalismo, del
reconocimiento del crimen del genocidio, del discurso de Martín Luther King sobre
la igualdad, de la descolonización, del fin del Apartheid.
Esto no quiere decir, sin embargo, que el hombre haya logrado en esas décadas
una capacidad de convivencia más profunda, pues fue también el siglo de las dos
guerras mundiales, de las armas uímicas y nucleares, del holocaustojudío, del
incremento inmisericorde de los niños en combate.
La Organización de Naciones Unidas se erigió, desde la segunda mitad de esa
centuria, como el foro donde se llevaron a cabo, en mayor medida, tanto la lucha
por la igualdad de hombres y mujeres, como los debates sobre la mejor forma de
proceder ante la violación de sus derechos. Su labor, que podría describirse entre
luces y sombra –la mayor de estas últimas el derecho al veto de los cinco miembros
permanentes de su Consejo de Seguridad–, ha sido vital para reivindicaciones como
el voto femenino.
A esa demanda por el voto de parte de asociaciones de mujeres –que había
empezado en el siglo XIX– adhirieron otras de diversos tipos, en la esperanza de
que la unión hiciera realmente la fuerza. En la década de 1960, por ejemplo, la
contracultura fusionó los discursos de los movimientos sufragistas, que propendían
por una mayor participación política y social de las mujeres con los del
reconocimiento de afroamericanos y homosexuales, constituyéndose en un crisol
que articulaba diversas voces en busca de un nuevo paradigma, pues el camino
hacia la igualdad había sido tortuoso.
Como una ironía se podría considerar la aprobación, por primera vez, del sufragio
femenino. En 1776, en New Jersey, se autorizó el voto de “todos los habitantes
libres de la Colonia”, pero en realidad el artículo pretendía referirse al de “todos los
hombres libres de la Colonia”. Entre ese año y 1807, cuando se corrigió “este error
arrafal”, alcanzaron a votar tanto mujeres solteras como hombres de raza negra que
aprovecharon el lapsus. Casi cien años después, en 1869, en el territorio de
Wyoming, se aprobó en efecto el voto de las mujeres a través del llamado “sufragio
igual”, en virtud del cual podían hacer valer su voluntad en las urnas tanto hombres
como mujeres, siempre y cuando se abstuvieran de hacerlo las personas
pertenecientes a los numerosos grupos indígenas ubicados en “el gran río plano”.
Ya en Nueva Zelanda la fecha se fijó en 1883 como la que le dio luz al sufragio
femenino en general gracias a la persistencia de la activista Kate Sheppard.
Sin embargo, y para graficar la complicada lucha por la verdadera igualdad, vale la
pena citar el Estatuto Municipal español de 1924, publicado bajo el mandato de
Primo de Rivera, que decretó que solo podían votar las mujeres que hubieran
cumplido 23 años y permanecieran solteras, excluyendo a las mujeres casadas y a
las prostitutas.
Las casadas, según el Decreto, gozaban, sin embargo, de algunas excepciones:
“cuando viva separada de su marido por sentencia firme de divorcio en la que se
declare culpable al esposo; cuando judicialmente el marido ha sido declarado en
ausencia, de acuerdo con los criterios señalados al respecto en el Código Civil;
cuando el marido sufra pena de interdicción civil impuesta por sentencia firme;
finalmente, cuando la mujer ejerza la tutela del marido loco o sordomudo”2.
En diversas latitudes, concepciones como la anterior intentaban ser rebatidas por
agrupaciones que, al principio tímidamente y con el tiempo más beligerantes,
compuestas en general por mujeres, pero también por algunos hombres que
comprendían el valor de la igualdad –el derecho al trabajo remunerado, la mejora
en la educación, la lucha contra la subordinación y, por supuesto, el derecho al voto–
lograban ir moviendo los cánones reinantes.
En 1946, la ONU, cuyo objetivo último es el fortalecimiento de la democracia, hizo
un llamado para que el sufragio femenino fuera incorporado a todas las
constituciones de América, teniendo en cuenta que este representaría al 50% de la
población. Poco a poco, no solo en este hemisferio sino alrededor del mundo, la
exhortación se fue haciendo realidad. Y se crearon instancias en el seno de las
Naciones Unidas enfocadas a la igualdad de géneros y al fortalecimiento de los
derechos de las mujeres, consideras por su historia como vulnerables.
Sinembargo, algunos países se demoraron muchas décadas en seguir este camino,
como Kuwait, que concedió el voto femenino hace solo pocos años, en el 2005, lo
que es, por decirlo suavemente, un anacronismo. Pero, dada la mirada cultural de
los países islámicos en relación con los derechos políticos de las mujeres es algo
menos sorprendente que el hecho de que un cantón de Suiza, el Appenzell, lo haya
aprobado apenas en 1989.
El camino hacia la igualdad en Colombia
Como era de esperarse, en consonancia con las dificultades que se acaban de
reseñar, la conquista del voto femenino en Colombia fue complicada, lenta y llena
de altibajos. La influencia que ejercía la Iglesia católica en la vida cotidiana de las
mujeres desde la conquista, y aun entrado el siglo XX, impedía que estas se
asumieran en un papel protagónico, que les permitiría ayudar a construir su propio
entorno político.
El “de”, que aún utilizan algunas mujeres para adoptar el apellido de su marido,
describe la sociedad patriarcal que ha tomado como una de sus bases que tanto la
subsistencia como la definición del papel de la mujer en la sociedad proceden
siempre de alguien más, con claridad de un hombre.
Ante la llegada de la industrialización al país, a finales del siglo XIX y principios del
XX, se fue formando una clase obrera femenina que ocupaba cargos siempre
inferiores a los del sexo opuesto y, en consecuencia, peor remunerados. En 1920,
aburridas de una situación laboral que les prohibía hasta calzarse, se fueron a la
huelga cerca de 500 empleadas de la planta de Fabricato, en Bello, Antioquia, con
diversas reivindicaciones como consigna, buscando desde mejoras salariales hasta
la exigencia de medidas contra el abuso sexual del que se sentían objeto por parte
de algunos de sus jefes.
Betsabé Espinosa, “una muy bella e íntegra muchacha”, según el diario El
Luchador3, fue la heroína de esas jornadas. El propietario de la fábrica, Emilio
Restrepo, tuvo que recurrir al párroco de Bello y al arzobispo de Medellín para
enfrentar la crisis y el acuerdo al que se llegó, tras casi un mes de arduas
negociaciones, fue abriendo el camino a la participación de la mujer en la vida
pública, pues el levantamiento logró ser ampliamente reseñado por los medios y
generó largas discusiones al interior del gobierno.
Haciendo eco a los anteriores hechos, en 1924 cerca de 1400 mujeres indígenas
firmaron un manifiesto en el que afirmaban que si los hombres de sus comunidades
no eran capaces de levantarse contra “el orden ilegal e injusto” impuesto por la
civilización, ellas sí tenían el coraje de hacerlo4.
Nueve años más tarde del levantamiento de Bello, el ejemplo fue repetido por 186
obreras de la fábrica de Rosellón, en Envigado, en protesta por la rebaja de sus
salarios, y aunque las reclamaciones esta vez no fueron tan exitosas como las
anteriores en términos de resultados, tuvieron también una buena resonancia. Y en
1935 las trabajadoras de dos trilladoras, 315 en total, se levantaron de nuevo para
exigir vacaciones remuneradas, pago dominical y el conocimiento de su sindicato5.
La mujer colombiana, en suma, entendió que había que empezar a subir la cuesta.
En 1930 había llegado Olaya Herrera al poder “con oposición de la curia y de los
conservadores de ultraderecha”6. Aun así, logró darle vida a los movimientos
sindicales y al derecho a la huelga, regulándolos mediante la Ley 83 de 1931. Las
reivindicaciones de tipo laboral fueron una puerta de entrada a otras demandas de
la sociedad civil y ante esta plataforma de gobierno, más amplia e incluyente,
personas como Georgina Fletcher, española radicada en Colombia –estigmatizada
y perseguida por sus ideas–, lograron una escenario favorable para sus
aspiraciones feministas.
Fletcher, junto con Ofelia Uribe de Acosta, presentó entonces al Congreso el
“Régimen de capitulaciones matrimoniales”, en busca de una reforma constitucional
que llevara a que las mujeres pudieran acceder directamente a sus bienes, pues
hasta entonces solo se les permitía hacerlo a través de sus padres, hermanos o
esposos. A pesar de las voces airadas que despertó esta iniciativa, como la del
representante Muñoz Obando, quien afirmó que “las mujeres colombianas están
empeñadas en quebrar el cristal que las ampara y las defiende”7, se logró e todos
modos la promulgación de este régimen, cristalizándose en la Ley 28 de 1932, a
través de la cual “se reconoció la igualdad en el campo de los derechos civiles”.
Pero el voto era un sueño que todavía se observaba a distancia, aunque en 1936
se logró que las mujeres pudieran desempeñar cargos públicos. En 1944 se fundó
la Unión Femenina en el país y en la reforma de la Constitución de 1945, con la
presión ejercida por esta en el Congreso, las colombianas conquistaron el título de
“ciudadanas”, aunque el proyecto de su derecho al sufragio fue archivado luego de
un arduo debate en Cámara y Senado.
Se generaba así una nueva cultura, en la que las mujeres empezaban a mirarse a
sí mismas en forma diferente, a concebirse como parte de la sociedad política en la
que se buscaba la igualdad, aunque con cierta timidez todavía y con la sensación,
según se puede percibir en documentos de la época, de que los roles no estaban
aún tan definidos. En la revista Letras y Encajes, que propendía por el voto
femenino, Margarita Gómez de Álvarez escribió el 27 de agosto de 1948: “Aunque
ya se hace sentir entre nosotros el movimiento feminista, son poquísimas las
mujeres que realmente van bien orientadas; una gran mayoría de ellas tiende a
masculinizarse, idea donde reside, principalmente, su error. No se trata de imitar,
se trata de crear”8.
Por otra parte, Magdala Velásquez Toro en Condición jurídica y social de la mujer9,
cita apartes de los editoriales de Calibán10, en su columna “Danza de las horas”, de
El Tiempo, muy esclarecedores sobre el pensamiento de un norme sector de la
sociedad colombiana de entonces. Refiriéndose a la organización social, Calibán
escribió: “salvémosla y no la sometamos al voto femenino, que será el paso inicial
en la transformación funesta de nuestras costumbres y en la pugna entre los sexos”.
Afirmaba el columnista que el del sufragio era un proyecto izquierdista y que era
evidente la inferioridad natural de la mujer: “ninguna hembra ha igualado al macho
en las manifestaciones del atletismo, en toda la escala animal. Solo una yegua ha
ganado el Gran Derby (1915) y esto porque el hándicap la favorecía”.
No fue, como se ve, fácil la lucha. En el Congreso se daban debates marginales
entre liberales, más inclinados a aceptar que las mujeres hicieran realmente parte
de la esfera política, y los conservadores, más reacios a contradecir a la Iglesia
católica respecto a que la mujer debería permanecer en el seno del hogar. Pero con
el tiempo, los partidos fueron variando sus propuestas. El papa Pío XII, al terminar
la segunda guerra mundial, exhortó a las mujeres a que votaran en Italia por el
Partido Socialcristiano, lo que desde su óptica la podría salvar del comunismo. Esto
generó un curioso viraje en el juego político en Colombia. El Partido Conservador
decidió apoyar, en 1948, los plenos derechos de las mujeres, mientras que los
liberales abogaron por un reconocimiento progresivo.
En el Congreso de 1949 se negó de nuevo el derecho al voto de las mujeres. Así
que en 1953 se pasó, junto con el paquete de reformas a la Constitución, la iniciativa
del sufragio femenino con mucha presión para su aprobación, no solo por parte de
asociaciones de mujeres, sino también de hombres convencidos de la necesidad de
ese espacio político, como el diputado Félix Ángel Vallejo que se apersonó del
Proyecto.
El reconocimiento al voto de la mujer en Colombia se logró por fin, y
paradójicamente, bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en 1954, a través del
acto legislativo No. 3 de la Asamblea Nacional Constituyente, lo que fue recibido
como un gran triunfo, a pesar de que durante esa época no se dieron elecciones.
Sin embargo, mujeres como Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y María
Eugenia Rojas ocuparon cargos oficiales. El derecho al voto se estrenó en el
plebiscito de 1957.
La transformación, entonces, no ha sido radical. La incorporación femenina en la
sociedad económica y política no la ha desligado de su papel de principal cuidadora
de su familia y responsable del funcionamiento de su hogar, por lo que se termina
asumiendo un doble rol. La siguiente cita logra describir bien la situación: “El
proceso de modernización vivido no había traído mecánicamente la transformación
de las viejas exclusiones políticas y culturales. Si bien el resultado de esa captación,
en la que jugaron un papel determinante los movimientos sociales y las ideologías
revolucionarias, no fue una transformación radical de la sociedad, sí se sembraron
los anhelos de cambios más profundos”11.
Realizado por: Beatriz Eugenia Vallejo Franco. Candidata a doctora en estudios
políticos, Universidad Externado de Colombia. Maestría en ciencia política y
relaciones internacionales, Instituto de Altos Estudios. Comunicadora social,
periodista y diplomada en historia, Universidad de la Sabana.
Referencias
1 Arciniegas, Germán. América mágica, las mujeres y las horas, Bogotá, Planeta,
1999, p. 15.
2 Durán y Lalaguna, Paloma. El voto femenino en España, Madrid, Asamblea de
Madrid, Servicio de Publicaciones, 2007, p. 19.
3 Acevedo Carmona, Darío. “Betsabé Espinoza”, Especiales Revista Semana,
diciembre de 2005.
4 Peláez Mejía, María Margarita. “Derechos políticos y ciudadanía de las mujeres
en Colombia”, http://websuvigo.es/pmayobre
5 Jaramillo, Ana María,. “Industria, proletariado, mujeres y religión. Mujeres obreras,
empresarios e industrias en la primera mitad del siglo XX en Antioquia”, en Las
mujeres en la historia de Colombia, t. II, Bogotá, Editorial Norma, 1995, p. 407.
6 “Colombia 1930”, Credencial Historia, Edición 201, septiembre de 2006, Bogotá.
7 Peláez Mejía, María Margarita. Ibíd.
8 Citado por Ramírez Brouchoud, María Fernanda. Mujeres, política y feminismo en
Colombia, 1930- 1957, “Todos somos Historia”, t. II, Vida del diario acontecer,
Eduardo Domínguez (editor académico), Medellín, Canal Universitario de Antioquia,
2010, p. 237.
9 Nueva historia de Colombia, vol. IV, Bogotá, Editorial Planeta, 1995, p. 52.
10 Calibán fue el seudónimo de Enrique Santos Montejo en su columna de El
Tiempo.
11 Archila N., Mauricio. “Colombia 1900-1930: la búsqueda de la modernización”,
en Las mujeres en la historia de Colombia, Ibíd.

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Con el viento en contra

  • 1. Con el viento en contra El siglo XX se constituyó en el período de la historia de la humanidad, que podría ser definido como la historia de la inequidad, en el que los derechos alcanzaron su mayor nivel de desarrollo, por lo menos en términos formales. Fue el siglo en el que las reivindicaciones que venían arrastrándose desde tiempos inmemoriales se cristalizaron en declaraciones, leyes y tratados. El siglo del sindicalismo, del reconocimiento del crimen del genocidio, del discurso de Martín Luther King sobre la igualdad, de la descolonización, del fin del Apartheid. Esto no quiere decir, sin embargo, que el hombre haya logrado en esas décadas una capacidad de convivencia más profunda, pues fue también el siglo de las dos guerras mundiales, de las armas uímicas y nucleares, del holocaustojudío, del incremento inmisericorde de los niños en combate. La Organización de Naciones Unidas se erigió, desde la segunda mitad de esa centuria, como el foro donde se llevaron a cabo, en mayor medida, tanto la lucha por la igualdad de hombres y mujeres, como los debates sobre la mejor forma de proceder ante la violación de sus derechos. Su labor, que podría describirse entre luces y sombra –la mayor de estas últimas el derecho al veto de los cinco miembros permanentes de su Consejo de Seguridad–, ha sido vital para reivindicaciones como el voto femenino. A esa demanda por el voto de parte de asociaciones de mujeres –que había empezado en el siglo XIX– adhirieron otras de diversos tipos, en la esperanza de que la unión hiciera realmente la fuerza. En la década de 1960, por ejemplo, la contracultura fusionó los discursos de los movimientos sufragistas, que propendían por una mayor participación política y social de las mujeres con los del reconocimiento de afroamericanos y homosexuales, constituyéndose en un crisol que articulaba diversas voces en busca de un nuevo paradigma, pues el camino hacia la igualdad había sido tortuoso. Como una ironía se podría considerar la aprobación, por primera vez, del sufragio femenino. En 1776, en New Jersey, se autorizó el voto de “todos los habitantes libres de la Colonia”, pero en realidad el artículo pretendía referirse al de “todos los hombres libres de la Colonia”. Entre ese año y 1807, cuando se corrigió “este error arrafal”, alcanzaron a votar tanto mujeres solteras como hombres de raza negra que aprovecharon el lapsus. Casi cien años después, en 1869, en el territorio de Wyoming, se aprobó en efecto el voto de las mujeres a través del llamado “sufragio igual”, en virtud del cual podían hacer valer su voluntad en las urnas tanto hombres como mujeres, siempre y cuando se abstuvieran de hacerlo las personas pertenecientes a los numerosos grupos indígenas ubicados en “el gran río plano”. Ya en Nueva Zelanda la fecha se fijó en 1883 como la que le dio luz al sufragio femenino en general gracias a la persistencia de la activista Kate Sheppard.
  • 2. Sin embargo, y para graficar la complicada lucha por la verdadera igualdad, vale la pena citar el Estatuto Municipal español de 1924, publicado bajo el mandato de Primo de Rivera, que decretó que solo podían votar las mujeres que hubieran cumplido 23 años y permanecieran solteras, excluyendo a las mujeres casadas y a las prostitutas. Las casadas, según el Decreto, gozaban, sin embargo, de algunas excepciones: “cuando viva separada de su marido por sentencia firme de divorcio en la que se declare culpable al esposo; cuando judicialmente el marido ha sido declarado en ausencia, de acuerdo con los criterios señalados al respecto en el Código Civil; cuando el marido sufra pena de interdicción civil impuesta por sentencia firme; finalmente, cuando la mujer ejerza la tutela del marido loco o sordomudo”2. En diversas latitudes, concepciones como la anterior intentaban ser rebatidas por agrupaciones que, al principio tímidamente y con el tiempo más beligerantes, compuestas en general por mujeres, pero también por algunos hombres que comprendían el valor de la igualdad –el derecho al trabajo remunerado, la mejora en la educación, la lucha contra la subordinación y, por supuesto, el derecho al voto– lograban ir moviendo los cánones reinantes. En 1946, la ONU, cuyo objetivo último es el fortalecimiento de la democracia, hizo un llamado para que el sufragio femenino fuera incorporado a todas las constituciones de América, teniendo en cuenta que este representaría al 50% de la población. Poco a poco, no solo en este hemisferio sino alrededor del mundo, la exhortación se fue haciendo realidad. Y se crearon instancias en el seno de las Naciones Unidas enfocadas a la igualdad de géneros y al fortalecimiento de los derechos de las mujeres, consideras por su historia como vulnerables. Sinembargo, algunos países se demoraron muchas décadas en seguir este camino, como Kuwait, que concedió el voto femenino hace solo pocos años, en el 2005, lo que es, por decirlo suavemente, un anacronismo. Pero, dada la mirada cultural de los países islámicos en relación con los derechos políticos de las mujeres es algo menos sorprendente que el hecho de que un cantón de Suiza, el Appenzell, lo haya aprobado apenas en 1989. El camino hacia la igualdad en Colombia Como era de esperarse, en consonancia con las dificultades que se acaban de reseñar, la conquista del voto femenino en Colombia fue complicada, lenta y llena de altibajos. La influencia que ejercía la Iglesia católica en la vida cotidiana de las mujeres desde la conquista, y aun entrado el siglo XX, impedía que estas se asumieran en un papel protagónico, que les permitiría ayudar a construir su propio entorno político. El “de”, que aún utilizan algunas mujeres para adoptar el apellido de su marido, describe la sociedad patriarcal que ha tomado como una de sus bases que tanto la
  • 3. subsistencia como la definición del papel de la mujer en la sociedad proceden siempre de alguien más, con claridad de un hombre. Ante la llegada de la industrialización al país, a finales del siglo XIX y principios del XX, se fue formando una clase obrera femenina que ocupaba cargos siempre inferiores a los del sexo opuesto y, en consecuencia, peor remunerados. En 1920, aburridas de una situación laboral que les prohibía hasta calzarse, se fueron a la huelga cerca de 500 empleadas de la planta de Fabricato, en Bello, Antioquia, con diversas reivindicaciones como consigna, buscando desde mejoras salariales hasta la exigencia de medidas contra el abuso sexual del que se sentían objeto por parte de algunos de sus jefes. Betsabé Espinosa, “una muy bella e íntegra muchacha”, según el diario El Luchador3, fue la heroína de esas jornadas. El propietario de la fábrica, Emilio Restrepo, tuvo que recurrir al párroco de Bello y al arzobispo de Medellín para enfrentar la crisis y el acuerdo al que se llegó, tras casi un mes de arduas negociaciones, fue abriendo el camino a la participación de la mujer en la vida pública, pues el levantamiento logró ser ampliamente reseñado por los medios y generó largas discusiones al interior del gobierno. Haciendo eco a los anteriores hechos, en 1924 cerca de 1400 mujeres indígenas firmaron un manifiesto en el que afirmaban que si los hombres de sus comunidades no eran capaces de levantarse contra “el orden ilegal e injusto” impuesto por la civilización, ellas sí tenían el coraje de hacerlo4. Nueve años más tarde del levantamiento de Bello, el ejemplo fue repetido por 186 obreras de la fábrica de Rosellón, en Envigado, en protesta por la rebaja de sus salarios, y aunque las reclamaciones esta vez no fueron tan exitosas como las anteriores en términos de resultados, tuvieron también una buena resonancia. Y en 1935 las trabajadoras de dos trilladoras, 315 en total, se levantaron de nuevo para exigir vacaciones remuneradas, pago dominical y el conocimiento de su sindicato5. La mujer colombiana, en suma, entendió que había que empezar a subir la cuesta. En 1930 había llegado Olaya Herrera al poder “con oposición de la curia y de los conservadores de ultraderecha”6. Aun así, logró darle vida a los movimientos sindicales y al derecho a la huelga, regulándolos mediante la Ley 83 de 1931. Las reivindicaciones de tipo laboral fueron una puerta de entrada a otras demandas de la sociedad civil y ante esta plataforma de gobierno, más amplia e incluyente, personas como Georgina Fletcher, española radicada en Colombia –estigmatizada y perseguida por sus ideas–, lograron una escenario favorable para sus aspiraciones feministas. Fletcher, junto con Ofelia Uribe de Acosta, presentó entonces al Congreso el “Régimen de capitulaciones matrimoniales”, en busca de una reforma constitucional que llevara a que las mujeres pudieran acceder directamente a sus bienes, pues hasta entonces solo se les permitía hacerlo a través de sus padres, hermanos o esposos. A pesar de las voces airadas que despertó esta iniciativa, como la del
  • 4. representante Muñoz Obando, quien afirmó que “las mujeres colombianas están empeñadas en quebrar el cristal que las ampara y las defiende”7, se logró e todos modos la promulgación de este régimen, cristalizándose en la Ley 28 de 1932, a través de la cual “se reconoció la igualdad en el campo de los derechos civiles”. Pero el voto era un sueño que todavía se observaba a distancia, aunque en 1936 se logró que las mujeres pudieran desempeñar cargos públicos. En 1944 se fundó la Unión Femenina en el país y en la reforma de la Constitución de 1945, con la presión ejercida por esta en el Congreso, las colombianas conquistaron el título de “ciudadanas”, aunque el proyecto de su derecho al sufragio fue archivado luego de un arduo debate en Cámara y Senado. Se generaba así una nueva cultura, en la que las mujeres empezaban a mirarse a sí mismas en forma diferente, a concebirse como parte de la sociedad política en la que se buscaba la igualdad, aunque con cierta timidez todavía y con la sensación, según se puede percibir en documentos de la época, de que los roles no estaban aún tan definidos. En la revista Letras y Encajes, que propendía por el voto femenino, Margarita Gómez de Álvarez escribió el 27 de agosto de 1948: “Aunque ya se hace sentir entre nosotros el movimiento feminista, son poquísimas las mujeres que realmente van bien orientadas; una gran mayoría de ellas tiende a masculinizarse, idea donde reside, principalmente, su error. No se trata de imitar, se trata de crear”8. Por otra parte, Magdala Velásquez Toro en Condición jurídica y social de la mujer9, cita apartes de los editoriales de Calibán10, en su columna “Danza de las horas”, de El Tiempo, muy esclarecedores sobre el pensamiento de un norme sector de la sociedad colombiana de entonces. Refiriéndose a la organización social, Calibán escribió: “salvémosla y no la sometamos al voto femenino, que será el paso inicial en la transformación funesta de nuestras costumbres y en la pugna entre los sexos”. Afirmaba el columnista que el del sufragio era un proyecto izquierdista y que era evidente la inferioridad natural de la mujer: “ninguna hembra ha igualado al macho en las manifestaciones del atletismo, en toda la escala animal. Solo una yegua ha ganado el Gran Derby (1915) y esto porque el hándicap la favorecía”. No fue, como se ve, fácil la lucha. En el Congreso se daban debates marginales entre liberales, más inclinados a aceptar que las mujeres hicieran realmente parte de la esfera política, y los conservadores, más reacios a contradecir a la Iglesia católica respecto a que la mujer debería permanecer en el seno del hogar. Pero con el tiempo, los partidos fueron variando sus propuestas. El papa Pío XII, al terminar la segunda guerra mundial, exhortó a las mujeres a que votaran en Italia por el Partido Socialcristiano, lo que desde su óptica la podría salvar del comunismo. Esto generó un curioso viraje en el juego político en Colombia. El Partido Conservador decidió apoyar, en 1948, los plenos derechos de las mujeres, mientras que los liberales abogaron por un reconocimiento progresivo. En el Congreso de 1949 se negó de nuevo el derecho al voto de las mujeres. Así que en 1953 se pasó, junto con el paquete de reformas a la Constitución, la iniciativa
  • 5. del sufragio femenino con mucha presión para su aprobación, no solo por parte de asociaciones de mujeres, sino también de hombres convencidos de la necesidad de ese espacio político, como el diputado Félix Ángel Vallejo que se apersonó del Proyecto. El reconocimiento al voto de la mujer en Colombia se logró por fin, y paradójicamente, bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en 1954, a través del acto legislativo No. 3 de la Asamblea Nacional Constituyente, lo que fue recibido como un gran triunfo, a pesar de que durante esa época no se dieron elecciones. Sin embargo, mujeres como Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y María Eugenia Rojas ocuparon cargos oficiales. El derecho al voto se estrenó en el plebiscito de 1957. La transformación, entonces, no ha sido radical. La incorporación femenina en la sociedad económica y política no la ha desligado de su papel de principal cuidadora de su familia y responsable del funcionamiento de su hogar, por lo que se termina asumiendo un doble rol. La siguiente cita logra describir bien la situación: “El proceso de modernización vivido no había traído mecánicamente la transformación de las viejas exclusiones políticas y culturales. Si bien el resultado de esa captación, en la que jugaron un papel determinante los movimientos sociales y las ideologías revolucionarias, no fue una transformación radical de la sociedad, sí se sembraron los anhelos de cambios más profundos”11. Realizado por: Beatriz Eugenia Vallejo Franco. Candidata a doctora en estudios políticos, Universidad Externado de Colombia. Maestría en ciencia política y relaciones internacionales, Instituto de Altos Estudios. Comunicadora social, periodista y diplomada en historia, Universidad de la Sabana. Referencias 1 Arciniegas, Germán. América mágica, las mujeres y las horas, Bogotá, Planeta, 1999, p. 15. 2 Durán y Lalaguna, Paloma. El voto femenino en España, Madrid, Asamblea de Madrid, Servicio de Publicaciones, 2007, p. 19. 3 Acevedo Carmona, Darío. “Betsabé Espinoza”, Especiales Revista Semana, diciembre de 2005. 4 Peláez Mejía, María Margarita. “Derechos políticos y ciudadanía de las mujeres en Colombia”, http://websuvigo.es/pmayobre 5 Jaramillo, Ana María,. “Industria, proletariado, mujeres y religión. Mujeres obreras, empresarios e industrias en la primera mitad del siglo XX en Antioquia”, en Las mujeres en la historia de Colombia, t. II, Bogotá, Editorial Norma, 1995, p. 407.
  • 6. 6 “Colombia 1930”, Credencial Historia, Edición 201, septiembre de 2006, Bogotá. 7 Peláez Mejía, María Margarita. Ibíd. 8 Citado por Ramírez Brouchoud, María Fernanda. Mujeres, política y feminismo en Colombia, 1930- 1957, “Todos somos Historia”, t. II, Vida del diario acontecer, Eduardo Domínguez (editor académico), Medellín, Canal Universitario de Antioquia, 2010, p. 237. 9 Nueva historia de Colombia, vol. IV, Bogotá, Editorial Planeta, 1995, p. 52. 10 Calibán fue el seudónimo de Enrique Santos Montejo en su columna de El Tiempo. 11 Archila N., Mauricio. “Colombia 1900-1930: la búsqueda de la modernización”, en Las mujeres en la historia de Colombia, Ibíd.