DAGHY
ALEXANDER D. RODRIGUEZ
PRÓLOGO
Una cita con lágrimas
Se escuchaba el molesto celular por la mañana.
Estaba boca abajo, durmiendo con aquella almohada de plumas, con su torso desnudo,
apenas dejándose cubrir por esa suave y hermosa sábana de seda. Extendió su brazo,
buscándolo ciegamente, hasta encontrarlo en su mesa de luz, acomodada a su costado.
— ¿Ho… hola? —dijo adormilada.
—Dai, hoy a las seis en Plaza de Mayo, ¿dale?
—Ah, sí. Sí, dale. Te espero, Maghy —. Añadió, al pescar quien era.
—Nos vemos —dijo Maghy, colgando el teléfono.
Dai amaneció de buen humor al saber que hoy la volvería a ver.
Trabajaba en su puesto de secretaria, con un amigo que lo acompañaba desde la
secundaria.
Esta mañana estaba totalmente distraída, unas dos, tres, y hasta cuatro veces le habían
llamado la atención, pero no le importaba, hoy era el día en que la volvería a ver.
Volvería a verla, como en aquella época donde los problemas eran mayores al intentar
verse, siendo muy jóvenes aún. Poco después, la dificultad para encontrarse ocasionó su
distanciamiento.
Aquella separación dejó heridas en Dai por un largo tiempo, tanto que había dejado
de comer, y los reproches de su madre se hacían notar al ver por lo que pasaba.
Dai pensaba que si el destino quisiera, ellas volverían a estar juntas. Pero ya habían
pasado más de tres años, y no llegaron a verse más.
«—Hasta hoy —razonó.».
Saliendo del trabajo, caminó más de veinte cuadras hasta llegar a su casa, esta vez no
subió al colectivo, como normalmente haría.
Quería que pasara el tiempo más rápido, así la podría ver.
Apenas pasó la puerta, su madre la escuchó entrar.
—¡Dai! Hoy llamaron y preguntaron por vos.
—¿Quien? —dijo, acercándose a la cocina donde su mamá estaba cocinando.
—Una chica, no quiso decir su nombre —respondió su madre, mientras picaba la
carne.
—Maghy —murmuró.
—¿Me dijiste algo? —preguntó.
—No. Nadie, mamá, tal vez alguna estúpida publicidad o alguna compañera del
trabajo. Igual, gracias.
Dai dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Mientras subía, cantaba una canción
que le salía del corazón.
Se acercaba la hora.
«Faltan tres horas. Faltan sólo tres horas.»
Se había puesto un hermoso vestido negro que se había comprado en algún local de
La Plata, donde estaba viviendo.
Tras un pesado viaje a la Capital, llegó al lugar donde acordaron. Se sentó y empezó
a mirar hacia todos lados, tratando de buscarla. Pensaba que quizás había llegado más
temprano, como ella lo había hecho. Media hora antes, para ser exactos.
Contemplaba ansiosa a unos niños jugando a la pelota. Uno pasó corriendo por al lado
de ella. Una anciana chillando. Alguien en una bici, que subió la rampa y estuvo a punto
de chocar a una señora. La señora regañándolo. Los niños todavía jugando. Dai seguía sin
ver a Maghy. Habían pasado ya más de dos horas.
«¿Me habrá dejado plantada? ¿Por qué? ¿Soy tan idiota…?» pensó, con una tristeza
que se reflejaba en su rostro.
Ya se estaba ocultando el sol, poco a poco.
En aquel momento, Dai pudo observar a un anciano a lo lejos, alimentando con pan a
las palomas, rompiendo pedacitos por pedacitos para que lo coman, hasta que, de pronto,
todas las palomas volaron en diagonal asustadas, por una bici que pasó a gran velocidad.
Antes de que la última vuele, sintió cómo unas manos, que salieron detrás de ella, le
tapaban la visión. Unas manos suaves, manos de mujer.
—Adiviná quién soy —dijo.
Dai sabía que esa dulce voz era de aquella mujer, la mujer por la que pasó tanto tiempo
llorando, por la que no dormía, por la que no comía, por la que, a veces, también olvidaba
los malos momentos. —Maghy… —dijo con una sonrisa.
Miró a Maghy, ahí parada delante de ella, una hermosa mujer de pelo color rojo, como
la mismísima sangre. Ella estaba ahí, sus labios carnosos, su cintura de modelo, su vestido
blanco con lunas negras, sus brazaletes negros, su campera de cuero encima… no había
cambiado en nada, pensaba. Dai quiso decirlo, pero le molestaba que haya tardado tanto,
obligándola a pensar en irse de ahí, más de una vez.
—Pensé que no venias… estaba por…
—Shhhh…—tapando su boca suavemente con un largo beso—. Estoy acá, ¿no?
—Está oscureciendo —dijo, sorprendida por el beso inesperado.
—Eso lo hace aún más interesante —añadió sonriente Maghy.
Dai asintió.
Maghy ya había alquilado un hotel cerca de Plaza de Mayo. Invitó a Dai a pasar la
noche en su lugar.
Se le podía ver a las dos felices, caminando de la mano hasta el departamento. Gente
mirándola, gente riéndose al ver a dos chicas juntas, pero, sin importar nada, estaban muy
felices.
Subieron los escalones del edificio hasta la habitación alquilada. Maghy empezó a
besarla, hasta que sus dos cuerpos cayeron tendidos y juntos.
—¿Es tu primera vez con una chica?
—Sí. —respondió, nerviosa.
—Pensé… — la besó—, que… —siguió besándola —, me habías olvidado. —La miró
un segundo, continuó besándola fuertemente, mordiendo sus labios.
—Nunca te olvidé —contestó Dai, mirando como Maghy le levantaba su vestido.
Empezó a besarle las piernas, llegando a subirle la temperatura.
Los gemidos de ambas mujeres se compartían en aquella habitación, donde apenas se
proyectaban las luces. En un momento, estaban completamente desnudas. Maghy bajó
lentamente sus dedos, rozando sus pezones firmes hasta llegar a su vulva. Un camino de
punta a punta que a Dai la hizo gemir como nunca antes.
Estaba ardiendo en placer, mientras observaba el tatuaje de Maghy, quien empezó a
tocar con la punta de su lengua el clítoris de ella. A la vez, comenzó a penetrar con sus
suaves dedos, una y otra vez, ya húmeda de la excitación. Dai le hacía mimos y revolvía
su cabello, mientras se agarraba con fuerza los pechos. Maghy siguió dibujando, con esa
carnosa lengua.
El sol empezó a reflejarse en la ventana.
Despertaron abrazadas, haciéndose mimos, sin decir nada. Se escuchó un celular.
—¿Tienes que atender? —preguntó Dai.
—Tengo…
Ella asintió, suspirando.
—Me necesitan en casa urgente —dijo con una voz tranquila—, ¿No te enojas?
—No, está bien —con una corta sonrisa.
Dai miraba cómo Maghy, desnuda frente al espejo, comenzaba a vestirse. Ella yacía
en la cama con sus pechos y una pierna al descubierto.
«Que mujer más perfecta» pensó.
—Me voy —se despidió desde la puerta.
—No. Esperá.
—¿Qué paso?
—No, nada pasa. Sólo que te olvidás de algo.
Maghy volvió y se besaron tanto, que parecía que no se iría nunca de la habitación.
—¿Cuándo voy a volver a verte?
—Pronto. —respondió, acomodándose el cabello hacia atrás—, Ahora me mude hace
poco a Plaza Italia, así que podríamos vernos uno de estos días. —¿Cuándo es “uno de
estos días”?—dijo, tranquila.
—Cuanto antes mejor. —dijo, besándole en la frente—Te quiero.
«Me quedaría si fuera un mago que pueda detener el tiempo, me quedaría con vos en
ese tiempo anclado» pensó, regresando a la puerta.
Pero el silencio se hizo cuando cerró la puerta y ella estaba ya del otro lado.
Dai se quedó pensando en Maghy toda la mañana.
Buscó su celular, pero no lo encontraba.
Cuando se levantó de la cama, lo encontró debajo de su almohada y notó que Maghy
se había olvidado la campera de cuero.
La intentó llamar para avisarle, pero no atendió.
Decidió probarse la campera, mirándose en aquel enorme espejo. De pronto, metiendo
las manos en sus bolsillos, encontró adentro un papel plegado color blanco.
Comenzó a leer, empezó a derramar lágrimas sobre la carta, sus ojos empezaron a
ponerse rojos. Tiró la campera con enojo y rabia. Cada vez que sus labios se movían en
silencio, era un hilo de lágrimas que bajaba por sus mejillas, una y otra vez. —Qué
estúpida fui… Que estúpida soy… Que estúpida ilusión —cayendo al piso.

Daghy Capitulo 1

  • 2.
  • 3.
    PRÓLOGO Una cita conlágrimas Se escuchaba el molesto celular por la mañana. Estaba boca abajo, durmiendo con aquella almohada de plumas, con su torso desnudo, apenas dejándose cubrir por esa suave y hermosa sábana de seda. Extendió su brazo, buscándolo ciegamente, hasta encontrarlo en su mesa de luz, acomodada a su costado. — ¿Ho… hola? —dijo adormilada. —Dai, hoy a las seis en Plaza de Mayo, ¿dale? —Ah, sí. Sí, dale. Te espero, Maghy —. Añadió, al pescar quien era. —Nos vemos —dijo Maghy, colgando el teléfono. Dai amaneció de buen humor al saber que hoy la volvería a ver. Trabajaba en su puesto de secretaria, con un amigo que lo acompañaba desde la secundaria. Esta mañana estaba totalmente distraída, unas dos, tres, y hasta cuatro veces le habían llamado la atención, pero no le importaba, hoy era el día en que la volvería a ver. Volvería a verla, como en aquella época donde los problemas eran mayores al intentar verse, siendo muy jóvenes aún. Poco después, la dificultad para encontrarse ocasionó su distanciamiento. Aquella separación dejó heridas en Dai por un largo tiempo, tanto que había dejado de comer, y los reproches de su madre se hacían notar al ver por lo que pasaba. Dai pensaba que si el destino quisiera, ellas volverían a estar juntas. Pero ya habían pasado más de tres años, y no llegaron a verse más. «—Hasta hoy —razonó.». Saliendo del trabajo, caminó más de veinte cuadras hasta llegar a su casa, esta vez no subió al colectivo, como normalmente haría. Quería que pasara el tiempo más rápido, así la podría ver. Apenas pasó la puerta, su madre la escuchó entrar. —¡Dai! Hoy llamaron y preguntaron por vos. —¿Quien? —dijo, acercándose a la cocina donde su mamá estaba cocinando. —Una chica, no quiso decir su nombre —respondió su madre, mientras picaba la carne. —Maghy —murmuró. —¿Me dijiste algo? —preguntó. —No. Nadie, mamá, tal vez alguna estúpida publicidad o alguna compañera del trabajo. Igual, gracias. Dai dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Mientras subía, cantaba una canción que le salía del corazón. Se acercaba la hora. «Faltan tres horas. Faltan sólo tres horas.» Se había puesto un hermoso vestido negro que se había comprado en algún local de La Plata, donde estaba viviendo. Tras un pesado viaje a la Capital, llegó al lugar donde acordaron. Se sentó y empezó a mirar hacia todos lados, tratando de buscarla. Pensaba que quizás había llegado más temprano, como ella lo había hecho. Media hora antes, para ser exactos.
  • 4.
    Contemplaba ansiosa aunos niños jugando a la pelota. Uno pasó corriendo por al lado de ella. Una anciana chillando. Alguien en una bici, que subió la rampa y estuvo a punto de chocar a una señora. La señora regañándolo. Los niños todavía jugando. Dai seguía sin ver a Maghy. Habían pasado ya más de dos horas. «¿Me habrá dejado plantada? ¿Por qué? ¿Soy tan idiota…?» pensó, con una tristeza que se reflejaba en su rostro. Ya se estaba ocultando el sol, poco a poco. En aquel momento, Dai pudo observar a un anciano a lo lejos, alimentando con pan a las palomas, rompiendo pedacitos por pedacitos para que lo coman, hasta que, de pronto, todas las palomas volaron en diagonal asustadas, por una bici que pasó a gran velocidad. Antes de que la última vuele, sintió cómo unas manos, que salieron detrás de ella, le tapaban la visión. Unas manos suaves, manos de mujer. —Adiviná quién soy —dijo. Dai sabía que esa dulce voz era de aquella mujer, la mujer por la que pasó tanto tiempo llorando, por la que no dormía, por la que no comía, por la que, a veces, también olvidaba los malos momentos. —Maghy… —dijo con una sonrisa. Miró a Maghy, ahí parada delante de ella, una hermosa mujer de pelo color rojo, como la mismísima sangre. Ella estaba ahí, sus labios carnosos, su cintura de modelo, su vestido blanco con lunas negras, sus brazaletes negros, su campera de cuero encima… no había cambiado en nada, pensaba. Dai quiso decirlo, pero le molestaba que haya tardado tanto, obligándola a pensar en irse de ahí, más de una vez. —Pensé que no venias… estaba por… —Shhhh…—tapando su boca suavemente con un largo beso—. Estoy acá, ¿no? —Está oscureciendo —dijo, sorprendida por el beso inesperado. —Eso lo hace aún más interesante —añadió sonriente Maghy. Dai asintió. Maghy ya había alquilado un hotel cerca de Plaza de Mayo. Invitó a Dai a pasar la noche en su lugar. Se le podía ver a las dos felices, caminando de la mano hasta el departamento. Gente mirándola, gente riéndose al ver a dos chicas juntas, pero, sin importar nada, estaban muy felices. Subieron los escalones del edificio hasta la habitación alquilada. Maghy empezó a besarla, hasta que sus dos cuerpos cayeron tendidos y juntos. —¿Es tu primera vez con una chica? —Sí. —respondió, nerviosa. —Pensé… — la besó—, que… —siguió besándola —, me habías olvidado. —La miró un segundo, continuó besándola fuertemente, mordiendo sus labios. —Nunca te olvidé —contestó Dai, mirando como Maghy le levantaba su vestido. Empezó a besarle las piernas, llegando a subirle la temperatura. Los gemidos de ambas mujeres se compartían en aquella habitación, donde apenas se proyectaban las luces. En un momento, estaban completamente desnudas. Maghy bajó lentamente sus dedos, rozando sus pezones firmes hasta llegar a su vulva. Un camino de punta a punta que a Dai la hizo gemir como nunca antes. Estaba ardiendo en placer, mientras observaba el tatuaje de Maghy, quien empezó a tocar con la punta de su lengua el clítoris de ella. A la vez, comenzó a penetrar con sus suaves dedos, una y otra vez, ya húmeda de la excitación. Dai le hacía mimos y revolvía su cabello, mientras se agarraba con fuerza los pechos. Maghy siguió dibujando, con esa carnosa lengua.
  • 5.
    El sol empezóa reflejarse en la ventana. Despertaron abrazadas, haciéndose mimos, sin decir nada. Se escuchó un celular. —¿Tienes que atender? —preguntó Dai. —Tengo… Ella asintió, suspirando. —Me necesitan en casa urgente —dijo con una voz tranquila—, ¿No te enojas? —No, está bien —con una corta sonrisa. Dai miraba cómo Maghy, desnuda frente al espejo, comenzaba a vestirse. Ella yacía en la cama con sus pechos y una pierna al descubierto. «Que mujer más perfecta» pensó. —Me voy —se despidió desde la puerta. —No. Esperá. —¿Qué paso? —No, nada pasa. Sólo que te olvidás de algo. Maghy volvió y se besaron tanto, que parecía que no se iría nunca de la habitación. —¿Cuándo voy a volver a verte? —Pronto. —respondió, acomodándose el cabello hacia atrás—, Ahora me mude hace poco a Plaza Italia, así que podríamos vernos uno de estos días. —¿Cuándo es “uno de estos días”?—dijo, tranquila. —Cuanto antes mejor. —dijo, besándole en la frente—Te quiero. «Me quedaría si fuera un mago que pueda detener el tiempo, me quedaría con vos en ese tiempo anclado» pensó, regresando a la puerta. Pero el silencio se hizo cuando cerró la puerta y ella estaba ya del otro lado. Dai se quedó pensando en Maghy toda la mañana. Buscó su celular, pero no lo encontraba. Cuando se levantó de la cama, lo encontró debajo de su almohada y notó que Maghy se había olvidado la campera de cuero. La intentó llamar para avisarle, pero no atendió. Decidió probarse la campera, mirándose en aquel enorme espejo. De pronto, metiendo las manos en sus bolsillos, encontró adentro un papel plegado color blanco. Comenzó a leer, empezó a derramar lágrimas sobre la carta, sus ojos empezaron a ponerse rojos. Tiró la campera con enojo y rabia. Cada vez que sus labios se movían en silencio, era un hilo de lágrimas que bajaba por sus mejillas, una y otra vez. —Qué estúpida fui… Que estúpida soy… Que estúpida ilusión —cayendo al piso.