En la antigua Roma, para ser considerado un sujeto de derecho con plena capacidad jurídica, un individuo debía cumplir con tres condiciones: 1) ser libre, es decir no ser esclavo, 2) ser ciudadano romano, y 3) ser sui iuris, o autónomo respecto a cualquier potestad familiar como un padre. Solamente los individuos que cumplían con estas tres condiciones podían poseer y ejercer plenamente derechos y obligaciones legales.