Arzobispado de Arequipa
Domingo 28
de febrero
del 2016
EL AYUNO Y LA MODA
Comenzamos la tercera semana de la Cuaresma,
tiempo de gracia a través del cual la Iglesia se
prepara para la Pascua en la que Jesucristo
quiere hacernos partícipes de su victoria sobre el
pecado y la muerte. Cuando uno vive bien la
Cuaresma, en la Pascua experimenta realmente
la liberación del pecado que esclaviza y el
derribamiento del muro de la muerte que nos
impide gozar de la vida eterna ya desde este
mundo. Para vivir bien la Cuaresma, la Iglesia
nos da tres armas: oración, ayuno y limosna. La
semana pasada dediqué esta columna a la
oración. Esta semana lo haré al ayuno porque,
como es sabido, la Iglesia nos invita a ayunar los
viernesdeCuaresma.
En general, el ayuno consiste en abstenernos de
la comida, al menos de una de las comidas
principales del día, como un medio para
ejercitarnos en abstenernos de una cosa buena
para alcanzar algo mejor, en especial la libertad.
Así como la oración hace referencia a nuestra
conversión con relación a Dios, porque rezar es
hablar con Dios, el ayuno hace referencia a
nuestra conversión con relación a nosotros
mismos. Ayunando nos libramos de las
presiones de nuestra materia corporal y
facilitamos que se reanime la fuerza espiritual
que hay en nosotros. En este sentido, el ayuno
nos purifica porque somete al hombre de la
carne, ese hombre viejo que habita en nosotros y
que muchas veces nos impone sus instintos, nos
aleja de Dios, nos lleva al pecado y termina
haciéndonos daño a nosotros mismos. Someter
al hombre de la carne hace posible que crezca en
nosotros el hombre espiritual, ese hombre
celeste que Dios quiere realizar en nosotros a
través de la nueva creación iniciada en Cristo
muerto y resucitado. Esto es muy importante
porque, como dice Jesús, “el espíritu está pronto,
perolacarneesdébil”(Mt26,41).
Ayunar no es fácil, porque estamos habituados al
ritmo de comidas que llevamos a lo largo del
año. Cambiar ese ritmo, saltarnos una comida,
implica hacernos cierta violencia, es decir
combatir contra nosotros mismos, y como eso
cuesta, entonces nos da miedo hacerlo. Podemos
encontrar muchas excusas y oponer diversos
argumentos, pero la realidad es que, al menos en
la mayoría de los casos, no nos atrevemos a
ayunar porque pensamos que es algo malo, que
atenta contra nosotros mismos. En una cultura
del bienestar, en la que se exalta el placer y se
huye del sufrimiento, el ayuno se presenta como
inhumano. Tal vez por eso se ve al ayuno como
algo pasado de moda. La verdad, en cambio, es
que el ayuno nos es algo malo sino bueno,
porque en la medida en que dominemos al
hombre de la carne y potenciemos al hombre del
espíritu, iremos siendo verdaderamente libres.
El ayuno, entonces, es un medio y no un fin en sí
mismo.
Los invito a que, pensando en los frutos que una
buena Pascua puede dar en nosotros, vivamos
seriamente el tiempo de Cuaresma y
recuperemos el ayuno de los viernes. La mejor
manera de ayunar es leer la Biblia durante el
tiempo que normalmente dedicamos a la comida
de la que nos vamos a abstener. Si lo hacemos
así, seremos testigos de que, como dijo Jesús al
demonio, “no sólo de pan vive el hombre, sino
de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt
4,4).
+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa
LA ColumnA
De Mons. Javier Del Río Alba

El ayuno y la moda

  • 1.
    Arzobispado de Arequipa Domingo28 de febrero del 2016 EL AYUNO Y LA MODA Comenzamos la tercera semana de la Cuaresma, tiempo de gracia a través del cual la Iglesia se prepara para la Pascua en la que Jesucristo quiere hacernos partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte. Cuando uno vive bien la Cuaresma, en la Pascua experimenta realmente la liberación del pecado que esclaviza y el derribamiento del muro de la muerte que nos impide gozar de la vida eterna ya desde este mundo. Para vivir bien la Cuaresma, la Iglesia nos da tres armas: oración, ayuno y limosna. La semana pasada dediqué esta columna a la oración. Esta semana lo haré al ayuno porque, como es sabido, la Iglesia nos invita a ayunar los viernesdeCuaresma. En general, el ayuno consiste en abstenernos de la comida, al menos de una de las comidas principales del día, como un medio para ejercitarnos en abstenernos de una cosa buena para alcanzar algo mejor, en especial la libertad. Así como la oración hace referencia a nuestra conversión con relación a Dios, porque rezar es hablar con Dios, el ayuno hace referencia a nuestra conversión con relación a nosotros mismos. Ayunando nos libramos de las presiones de nuestra materia corporal y facilitamos que se reanime la fuerza espiritual que hay en nosotros. En este sentido, el ayuno nos purifica porque somete al hombre de la carne, ese hombre viejo que habita en nosotros y que muchas veces nos impone sus instintos, nos aleja de Dios, nos lleva al pecado y termina haciéndonos daño a nosotros mismos. Someter al hombre de la carne hace posible que crezca en nosotros el hombre espiritual, ese hombre celeste que Dios quiere realizar en nosotros a través de la nueva creación iniciada en Cristo muerto y resucitado. Esto es muy importante porque, como dice Jesús, “el espíritu está pronto, perolacarneesdébil”(Mt26,41). Ayunar no es fácil, porque estamos habituados al ritmo de comidas que llevamos a lo largo del año. Cambiar ese ritmo, saltarnos una comida, implica hacernos cierta violencia, es decir combatir contra nosotros mismos, y como eso cuesta, entonces nos da miedo hacerlo. Podemos encontrar muchas excusas y oponer diversos argumentos, pero la realidad es que, al menos en la mayoría de los casos, no nos atrevemos a ayunar porque pensamos que es algo malo, que atenta contra nosotros mismos. En una cultura del bienestar, en la que se exalta el placer y se huye del sufrimiento, el ayuno se presenta como inhumano. Tal vez por eso se ve al ayuno como algo pasado de moda. La verdad, en cambio, es que el ayuno nos es algo malo sino bueno, porque en la medida en que dominemos al hombre de la carne y potenciemos al hombre del espíritu, iremos siendo verdaderamente libres. El ayuno, entonces, es un medio y no un fin en sí mismo. Los invito a que, pensando en los frutos que una buena Pascua puede dar en nosotros, vivamos seriamente el tiempo de Cuaresma y recuperemos el ayuno de los viernes. La mejor manera de ayunar es leer la Biblia durante el tiempo que normalmente dedicamos a la comida de la que nos vamos a abstener. Si lo hacemos así, seremos testigos de que, como dijo Jesús al demonio, “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). + Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa LA ColumnA De Mons. Javier Del Río Alba