Las fotos
Y escuché decir, que había en la ciudad un sitio en el cual la vida física se estaba desmembrando Me
lo dijeron, en secreto. Dijo Cilantro Balbuena, que estuvo allí y que sintió frío penetrante. Con su
vasija de aluminio, entraba por los desperdicios sobrantes de la ignominiosa alimentación que allí
brindan a esos sujetos envueltos en mallas y alambres punzantes. Y que, seguía diciendo Balbuena.
entraba a los patios habilitados para ver el Sol y recibir, limpiamente, el viento tempranero. Y sí que
vi carne por ahí volando; en lo que yo creía eran pedazos de carne desechada, al elaborar la comida.
“En ese enhebramiento mío, día a día entraba. En madrugada angosta; por lo mucho que había de
bregar todo el día. Por toda la ciudad. Con ese caballito llevando lo que yo suponía que eran
deshechos vinculados con la satisfacción de la comidita, de esos hombres encerrados. Cumpliendo la
pena dictada por el señor juez…”.
Pacté, con el sujeto aludido, la búsqueda de datos. Y, si fuese posible, fotos de todo el sitio; incluidos
esa inmundicia de baños e inodoros. Para mí era algo así como ejercer de héroe de las mil caras. En
consideración a mi condición de sujeto envuelto en ese aspaviento llamado historia ajena.
Pretendiendo ufanarme por mi condición férrea, penetrante.
Balboa regresó sin las fotos acordadas. Simplemente porque le robaron la camarita con la cual iba a
hacer el enfoque necesario; y rogándole al dios Sol, para que no se dejara tapar por esas nubes
opacas, gruesas. Lo observé (…a Balboa) en una expresión de casi mudez. Como cuando uno ve a
alguien confundido y temeroso. Y, sí que me dijo, de ductos en putrefacción más de lo normal.
Desencajado en todo el cuerpo; incluido el cerebro, que ya le advertía que estaba en capacidad de
surtir miedo, en su individualidad y en el entorno secreto Comoquiera que percibió un ultraje a los
cuerpos de quienes ahí estaban. En veces con voces y acciones virulentas. Otras, en una pasividad
infinita. Tal vez, por los recuerdos de lo que hicieron en pasado.
Y me dije, en reflexión mía, íntima; habré de ir más allá. Traspasando ese horizonte casi perdido.
Asfixiado. Busqué, entre esos trebejos que tengo y que llamo valores. Me encontré con uno que me
ha servido, a través del tiempo. La solidaridad y la esperanza. Cuando las tuve a bien, logré entrar a
“esa casa maldita”. Todo alrededor estaba hecho de percepciones perdidas. De la memoria íngrima.
De esa noche ululando, como pájaro agorero. Me fui deslizando hacia todos los rincones. En ese
surtido de vejámenes de los cuales están hechos.
Una sombra perversa empezó a adueñarse de los patios al aire libre, pero sofocados por una
hediondez absoluta. Fui a parar a las letrinas, que eran constantemente utilizados como fuga por
esos huecos infames. Cuadro entré quedé absorto. Había en el piso, tirados al piso. Cuerpos
incompletos. Piernas, brazos. Con los dedos apuntados y las uñas arrancadas. Vi como se hacía
tenebroso el lugar. Corrí hacia la salida. Me detuvieron allí unos hombres quemados por el Sol y por
el frío intenso de las madrugadas. Simplemente me llevaron hasta el “el cuarto de tormento”. Allí me
tiraron al piso. Como duele tanta maldad. Estando en esa reflexión, sentí mi cabeza volar por todo el
ámbito. Y me arrastraron, cabeza y cuerpo hasta el sitio que vi; no sabiendo que eso no se puede
hacer

El escenario

  • 1.
    Las fotos Y escuchédecir, que había en la ciudad un sitio en el cual la vida física se estaba desmembrando Me lo dijeron, en secreto. Dijo Cilantro Balbuena, que estuvo allí y que sintió frío penetrante. Con su vasija de aluminio, entraba por los desperdicios sobrantes de la ignominiosa alimentación que allí brindan a esos sujetos envueltos en mallas y alambres punzantes. Y que, seguía diciendo Balbuena. entraba a los patios habilitados para ver el Sol y recibir, limpiamente, el viento tempranero. Y sí que vi carne por ahí volando; en lo que yo creía eran pedazos de carne desechada, al elaborar la comida. “En ese enhebramiento mío, día a día entraba. En madrugada angosta; por lo mucho que había de bregar todo el día. Por toda la ciudad. Con ese caballito llevando lo que yo suponía que eran deshechos vinculados con la satisfacción de la comidita, de esos hombres encerrados. Cumpliendo la pena dictada por el señor juez…”. Pacté, con el sujeto aludido, la búsqueda de datos. Y, si fuese posible, fotos de todo el sitio; incluidos esa inmundicia de baños e inodoros. Para mí era algo así como ejercer de héroe de las mil caras. En consideración a mi condición de sujeto envuelto en ese aspaviento llamado historia ajena. Pretendiendo ufanarme por mi condición férrea, penetrante. Balboa regresó sin las fotos acordadas. Simplemente porque le robaron la camarita con la cual iba a hacer el enfoque necesario; y rogándole al dios Sol, para que no se dejara tapar por esas nubes opacas, gruesas. Lo observé (…a Balboa) en una expresión de casi mudez. Como cuando uno ve a alguien confundido y temeroso. Y, sí que me dijo, de ductos en putrefacción más de lo normal. Desencajado en todo el cuerpo; incluido el cerebro, que ya le advertía que estaba en capacidad de surtir miedo, en su individualidad y en el entorno secreto Comoquiera que percibió un ultraje a los cuerpos de quienes ahí estaban. En veces con voces y acciones virulentas. Otras, en una pasividad infinita. Tal vez, por los recuerdos de lo que hicieron en pasado. Y me dije, en reflexión mía, íntima; habré de ir más allá. Traspasando ese horizonte casi perdido. Asfixiado. Busqué, entre esos trebejos que tengo y que llamo valores. Me encontré con uno que me ha servido, a través del tiempo. La solidaridad y la esperanza. Cuando las tuve a bien, logré entrar a “esa casa maldita”. Todo alrededor estaba hecho de percepciones perdidas. De la memoria íngrima. De esa noche ululando, como pájaro agorero. Me fui deslizando hacia todos los rincones. En ese surtido de vejámenes de los cuales están hechos. Una sombra perversa empezó a adueñarse de los patios al aire libre, pero sofocados por una hediondez absoluta. Fui a parar a las letrinas, que eran constantemente utilizados como fuga por esos huecos infames. Cuadro entré quedé absorto. Había en el piso, tirados al piso. Cuerpos incompletos. Piernas, brazos. Con los dedos apuntados y las uñas arrancadas. Vi como se hacía tenebroso el lugar. Corrí hacia la salida. Me detuvieron allí unos hombres quemados por el Sol y por el frío intenso de las madrugadas. Simplemente me llevaron hasta el “el cuarto de tormento”. Allí me tiraron al piso. Como duele tanta maldad. Estando en esa reflexión, sentí mi cabeza volar por todo el ámbito. Y me arrastraron, cabeza y cuerpo hasta el sitio que vi; no sabiendo que eso no se puede hacer