AUTORIDADES NACIONALES
DRA. CRISTINA FERNÁNDEZ DE KIRCHNER
PRESIDENTA DE LA NACIÓN
DRA. NILDA GARRÉ
MINISTRA DE DEFENSA
LA CONSTRUCCIÓN DE
LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
Debates históricos en el marco
del Bicentenario (1810-2010)
PRÓLOGO
DRA. NILDA GARRÉ
MINISTRA DE DEFENSA
OSCAR MORENO
COORDINADOR
PUBLICACIÓN DEL MINISTERIO DE DEFENSA DE LA NACIÓN - REPÚBLICA ARGENTINA
AUTORES
MORENO, OSCAR
COORDINADOR
ANSALDI, WALDO
BALZA, MARTÍN
BARRY, CAROLINA
BASUALDO, EDUARDO
BIANCHI, SUSANA
BRAGONI, BEATRIZ
BOSOER, FABIÁN
BROWN, FABIÁN E. A
DE MARCO, MIGUEL ÁNGEL
DE PRIVITELLIO, LUCIANO
DI TELLA, TORCUATO
FEINMANN, JOSÉ P.
FRADKIN, RAÚL
GALASSO, NORBERTO
GELMAN, JORGE
LANTERI, SOL
LÓPEZ, ERNESTO
MATA, SARA E.
OLLIER, MARÍA M.
OYARZÁBAL, GUILLERMO A.
PAZ, GUSTAVO;
PERSELLO, ANA V.
PLOTKIN, MARIANO B.
RATTO, SILVIA
RUIZ MORENO, ISIDORO J.
SABATO, HILDA
SAÍN, MARCELO
TIBILETTI, LUIS E.
VERBITSKY, HORACIO
WASSERMAN, FABIO
11 Prólogo Dra. NILDA GARRÉ. MINISTRA DE DEFENSA
17 Introducción. OSCAR MORENO Nación y Fuerzas Armadas: notas para un debate
CAPÍTULO 1 (1810-1860) LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
35 FABIO WASSERMAN Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860)
45 RAÚL O. FRADKIN Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires
y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX
57 JORGE GELMAN Y SOL LANTERI El sistema militar de Rosas y la Confederación
Argentina (1829-1852)
69 SARA E. MATA La guerra de la Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos
79 GUILLERMO A. OYARZÁBAL Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra
argentina en el combate naval de Montevideo
CAPÍTULO 2 (1862-1880) LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
85 HILDA SABATO ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del
Estado en el siglo XIX
95 BEATRIZ BRAGONI Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina
del siglo XIX
105 GUSTAVO L. PAZ Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado
Nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875)
117 MIGUEL ÁNGEL DE MARCO De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica”
CAPÍTULO 3 (1880-1930) LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
125 SILVIA RATTO La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a
Roca (1829-1878)
135 LUCIANO DE PRIVITELLIO El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y
nuevos estilos políticos
145 WALDO ANSALDI Partidos, corporaciones e insurrecciones en el sistema político
argentino (1880-1930)
155 ISIDORO J. RUIZ MORENO Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
CAPÍTULO 4 (1930-1943) LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA
INSTITUCIONAL
167 NORBERTO GALASSO Las contradicciones en el Ejército durante el régimen
conservador
177 FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del
pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
ÍNDICE
PUBLICACIÓN DEL MINISTERIO DE DEFENSA
República Argentina
Azopardo 250 (C1107ADB)
Fecha de catalogación: 19/03/2010
Coordinador: OSCAR MORENO
Diseño de tapas e interiores: ANDREA P. SIMONS
Revisión: ESTEBAN BERTOLA
Fotografía de tapas e interiores: PEDRO ROTH
(Imagen de tapa: Cabildo Abierto, de Pedro Blanqué, 1900)
© 2010 Ministerio de Defensa
La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas
ISBN: 978-987-25356-4-3
La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas/
Nilda Garré ... [et.al.]; coordinado por Oscar Moreno; edición literaria
a cargo de Roberto Diego Llumá; con prólogo de Nilda Garré. - 1a ed.
- Buenos Aires: Ministerio de Defensa, 2010.
400 p.; 29x23 cm.
ISBN 978-987-25356-4-3
1. Historia Argentina. I. Garré, Nilda II. Moreno, Oscar, coord. III.
Llumá, Roberto Diego, ed. lit. IV. Garré, Nilda, prolog.
CDD 982
Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723.
Ninguna parte de esta publicación inluido el diseño de la cubierta, puede reproducirse, almacenarse o transmi-
tirse en forma alguna, ni tampoco por medio alguno, sea este eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación
o fotocopia, sin la previa autorización escrita por parte de la editorial.
Impreso en Argentina.
11
1 Oscar Terán, Historia de las ideas en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 25.
2 José C. Chiaramonte, Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Emecé, 1997, p. 133.
3 Tulio Halperin Donghi, De la revolución de Independencia a la Confederación Rosista, Buenos Aires, Paidós, 2000.
La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas es el resul-
tado de la contribución de un conjunto de historiadores, periodistas, políticos y militares que
fueron convocados a participar en el Ciclo Anual de Mesas Redondas organizado durante el
año 2009 en el marco de las celebraciones por el Bicentenario de la Nación Argentina.
El ciclo se organizó bajo una idea rectora: la conmemoración del Bicentenario
debe impulsar la comprensión crítica de la historia viva de la Patria. A partir de este objetivo,
desde el Ministerio de Defensa, se alentó el análisis acerca del desempeño de las Fuerzas
Armadas en los acontecimientos decisivos de la historia argentina, con el fin de que éste per-
mita, a las futuras generaciones, elaborar una valoración objetiva en la que se potencien los
aciertos y se desalienten definitivamente los errores.
Las siete mesas que se desarrollaron entre los meses de mayo y diciembre del año
2009 en el Salón de Actos del Ministerio y que fueron transmitidas por el sistema de video
conferencia a distintas unidades militares, contaron con una audiencia poblada de jóvenes
oficiales de las tres Fuerzas, algunos altos oficiales y personas de la vida política e intelectual.
Es de destacar, en el conjunto de las participaciones, la inquietud y la rigurosidad demostradas
en los análisis de las diferentes situaciones problemáticas de la historia argentina y del rol que
en ellas desempeñaron las Fuerzas Armadas.
El Ciclo Anual de Mesas Redondas se inscribe dentro del Plan Integral de Modernización
del Sistema de Defensa impulsado por el Ministerio de Defensa, que se funda en el principio
de conducción civil de los asuntos castrenses, que a su vez se sustenta en el enunciado de diez
grandes líneas de acción, una de las cuales es el fortalecimiento de la vinculación del sistema
con la sociedad civil.
Esta línea de acción promovió el desarrollo de muy variadas actividades, pero todas
ellas orientadas a la generación y difusión de un espacio de diálogo que resultara útil para
favorecer el acercamiento de la ciudadanía en su conjunto al conocimiento de los hechos del
pasado y a la recuperación de la memoria colectiva.
El diseño del ciclo se gestó a partir de definir los más importantes nudos problemáticos
de la historia argentina, en función de la construcción de la Nación y las funciones propias de
las Fuerzas Armadas en cada una de aquellas situaciones.
La primera de dichas coyunturas está dada por los procesos de la Independencia
y de la organización nacional. La Revolución de Mayo se desencadenó en el Río de la Plata como
un acontecimiento que no contó con un programa previamente formulado por sujetos sociales
o políticos,1 pero que, con el transcurrir del tiempo, sería constitutivo de la Nación y circuns-
tancia de profundo análisis para cualquier perspectiva y desarrollo político futuro. De esta
manera, una vez que la Revolución se produjo y se estableció la Primera Junta, fue necesario
legitimarla. Si bien el gobierno se había formado en Buenos Aires, representaba a un territorio
mucho mayor, al que ahora había que llegar para convencer a sus autoridades y pobladores.2
A partir de este momento, el rol que desempeñan las Fuerzas Armadas se vuelve significativo,
ya que las nuevas autoridades, como afirma Halperin Donghi,3 deciden difundir la noticia de
su gobierno en todas las ciudades del virreinato a través de expediciones militares; con lo cual
la guerra se presentaba como un horizonte inevitable. Esta problemática, que se discute en el
PRÓLOGO
DRA. NILDA GARRÉ
MINISTRA DE DEFENSA
189 ANA VIRGINIA PERSELLO ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de
los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930
199 MARIANO BEN PLOTKIN Políticas, ideas y el ascenso de Perón
CAPÍTULO 5 (1945-1955) EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
207 TORCUATO DI TELLA Industria, Fuerzas Armadas y peronismo
215 MARCELO SAÍN Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955)
223 SUSANA BIANCHI Hacia 1955: la crisis del peronismo
233 CAROLINA BARRY El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955)
CAPÍTULO 6 (1955-1976) LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO
MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS
FUERZAS ARMADAS
243 MARÍA MATILDE OLLIER Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden
político sin Perón
253 ERNESTO LÓPEZ La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército
Argentino
263 LUIS EDUARDO TIBILETTI La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el
período 1955-1976
271 JOSÉ PABLO FEINMANN Ilegitimidad democrática y violencia
CAPÍTULO 7 (1976-1983) LA DICTADURA MILITAR Y EL TERRORISMO DE ESTADO. LA
DOCTRINA DE LA SEGURIDAD NACIONAL Y EL NEOLIBERALISMO
279 EDUARDO BASUALDO El nuevo funcionamiento de la economía a partir de la dictadura
militar (1976-1982)
293 FABIÁN BOSOER El Proceso, último eslabón de un sistema de poder antidemocrático
en la Argentina del siglo XX
301 HORACIO VERBITSKY Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos, una relación
impuesta
309 MARTÍN BALZA La Guerra de Malvinas
319 NOTAS BIOGRÁFICAS
12 13
En ese contexto, el sistema político –con sus dobles mediación y lógica, partidaria y corporativa–
acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza de las asociaciones de interés, díada que, a su
vez, operó en el sentido de un creciente afianzamiento del poder y del papel del Estado”.8
El quinto de los nudos problemáticos se refiere al rol de las Fuerzas Armadas luego
del golpe de Estado de 1930. A partir del gobierno presidido por el general Agustín P. Justo y del
debate de las carnes se inicia en el país lo que Tulio Halperin Donghi denominó la “República del
Fraude”.9 La influencia que ejerció este período sobre el Ejército afectó la moral y la opinión del cuerpo
de oficiales: “se perfiló la tendencia a subordinar los valores profesionales a los problemas polí-
ticos, y los temas que antes se creían ajenos a la competencia de los oficiales se convirtieron
en cuestiones de discusión cotidianos con efectos perjudiciales que fueron evidentes para el nivel
profesional”.10
Además, este período histórico comprende otra coyuntura que requiere ser anali-
zada: el modo de considerar el desarrollo industrial argentino, en tanto pilar fundamental para
el crecimiento económico y el bienestar social. Tres hombres provenientes del Ejército fueron
quienes se habrían de ocupar con mayor compromiso de esta cuestión: Enrique Mosconi, Manuel
Savio y Juan D. Perón. Su ideario se incorpora, en este período, al de numerosos oficiales que se
interesaron fuertemente por el manejo de los asuntos públicos.
El sexto de los plexos problemáticos se puede ubicar históricamente durante el
período del peronismo clásico. Una de las expresiones más claras de Perón en relación con las
Fuerzas Armadas figura en la conferencia que dictara en la Universidad de La Plata en 1944,
que se incluye en numerosas publicaciones con el título de “El significado de la defensa nacional
desde el punto de vista militar”, en la que desarrolló dos conceptos centrales: la “Nación en armas”
y el desarrollo industrial argentino.
“La defensa nacional exige una poderosa industria propia y no cualquiera sino
una industria pesada” afirmó Perón en aquella conferencia. Esta perspectiva hacía necesaria
“la acción estatal, protegiendo a las manufacturas consideradas de interés estratégico, y la crea-
ción de la Dirección General de Fabricaciones Militares que contempla la solución de los pro-
blemas neurálgicos que afectan a las industrias radicadas en la Argentina”.11
Durante el período del peronismo clásico la relación entre el gobierno y las Fuerzas
Armadas se estructuró a partir de la llamada Doctrina de la Defensa Nacional. Ésta se sustentaba en
una concepción de la guerra muy convencional y limitada, en la que se preveían posibles confron-
taciones bélicas localizadas con los países vecinos, particularmente con Chile y el Brasil. Estas dos
hipótesis de conflicto configuraron el canon para la organización y el despliegue de las Fuerzas
Armadas argentinas.
La siguiente coyuntura se sitúa en el período político que se inaugura en 1955, con el
derrocamiento del gobierno de Perón por las Fuerzas Armadas, en el que éstas ocupan el centro
de la escena política, y concluye en 1973, a partir de la vuelta de un nuevo gobierno peronista.
Al igual que el conjunto de la corporación política que se había opuesto a Perón y al movimiento
peronista, las Fuerzas Armadas se dividen en cuanto a la interpretación acerca de su figura y pers-
pectivas políticas y a la manera de vincularse con él y con el movimiento. Existe, por ejemplo, el
proyecto de construir un peronismo sin Perón (Lonardi). Al mismo tiempo, existe otro proyecto
que consiste en una maniobra de “desperonización”, fundada básicamente en la represión del
movimiento (Aramburu). Estas dos concepciones atravesarán todo el período, incluido el primer
intento de las Fuerzas Armadas de gobernar el país por ellas mismas, no de manera transitoria
para reponer los valores democráticos supuestamente afectados sino con el fin de llevar adelante
un modelo de país (Onganía). Este análisis permite delinear y comprender el séptimo de los
núcleos problemáticos que fueron debatidos en el Ciclo Anual de Mesas Redondas.
libro, es posible definirla como la militarización del conjunto de la sociedad, y la forma en la
que este proceso ha de signar la experiencia política de toda una generación. A esta coyuntura se
agrega el análisis de los conflictos relacionados con la Guerra de la Independencia librada por los
gauchos de Güemes y la batalla de Montevideo, donde una naciente armada de las fuerzas
revolucionarias al mando del almirante Guillermo Brown derrotará a los realistas y liberará la
región este del que fuera el virreinato del Río de la Plata.
El segundo nudo considerado consiste en la coyuntura que se produjo durante la
última parte del siglo XIX, en la que: “el Ejército restableció con rapidez el orden interno nece-
sario para la puesta en marcha del plan de modernización y apresuró la unificación del país a
pesar de que ello costó la autonomía real de las provincias”.4 La cuestión se discutió desde una
moderna perspectiva historiográfica que parte de aceptar que la organización militar se encon-
traba constituida tanto por el ejército de línea como por la Guardia Nacional, y ambos componían
el Ejército Nacional. Hilda Sabato afirmó, en su ponencia a la segunda de las mesas redondas
–y lo reitera en el artículo que se incluye en el presente volumen–, que sólo a fines del siglo, el
predominio de las posturas centralistas condujo a privilegiar el fortalecimiento de los cuerpos
regulares en detrimento de las milicias, para asegurar de esta manera el monopolio estatal del
uso de la fuerza. La participación de los cuerpos regulares y las milicias en la construcción del orden
liberal a finales del siglo XIX se analiza también en los conflictos de poder en la región de Cuyo.
Los dos nudos que se analizan a continuación se inscriben en el período denominado
como la “Argentina moderna” (1880-1930), considerado como un único período en términos eco-
nómicos, con base en el modelo primario exportador y como dos subperíodos en el aspecto polí-
tico divididos por la sanción de la Ley Sáenz Peña
Así, el tercero de los nudos históricos se define a partir del emprendimiento llevado
a cabo contra las poblaciones indígenas, con que se inicia el período de la “Argentina moderna”.
Esta acción se basaba en un fundamento programático, compartido por los sectores dominantes
de Occidente, según el cual las naciones sólo serían viables si contaban con una población blanca
y cristiana. Esta idea se vincula con aquella afirmación de Juan Bautista Alberdi acerca de
que: “somos europeos transplantados en América”. Mientras que en las Bases lo guía la convicción
de que en Hispanoamérica el indígena “no figura, ni compone mundo”.5 Julio A. Roca emprendió
una campaña agresiva para llevar la frontera desde el zanjón hasta los bordes del río Negro,
combatiendo a los indígenas, utilizando los instrumentos de la modernización tecnológica como
el telégrafo y el ferrocarril y la profesionalización de las Fuerzas Armadas. La eliminación física
de los indígenas hasta más allá del río Negro significó la incorporación de 15.000 leguas de tierra
productiva.6
Pero la incorporación de esas 15.000 leguas también significó: “según consta en la
Memoria del Departamento de Guerra y Marina del año 1879, 1.271 indios de lanza prisioneros,
1.313 indios de lanza muertos en combate, 10.539 indios no combatientes prisioneros y 1.049
indios reducidos voluntariamente”.7
La cuarta problemática identificada y discutida en la misma mesa que la anterior
está dada por la relación entre el Ejército –que tuvo, en este período de la historia argentina, un
fuerte proceso de conversión a una sólida burocracia estatal y profesional– y la política en las moda-
lidades que adquirió después de la sanción de la Ley Sáenz Peña y la posterior victoria de la UCR
en 1916. Waldo Ansaldi sostuvo en la tercera de las mesas –y lo afirma en el artículo incluido
en el presente volumen– que: “entre 1880 y 1930 el país atravesó una situación de existencia de un
Estado y una sociedad civil fuertes, relación que no terminó de consolidarse en tales términos.
Hubo un progresivo fortalecimiento de la sociedad civil, pero fue un fortalecimiento corporativo.
4 Haydée Gorostegui de Torres, La Organización Nacional, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina
(tomo 4), 2000. p. 93.
5 Oscar Terán, op. cit., p. 112.
6 Ezequiel Gallo y Roberto Cortés Conde, La República conservadora, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argen-
tina (tomo 5), 2005, p. 42.
7 Silvia Ratto, Indios y Cristianos, Buenos Aires, Sudamericana, 2007, p. 183.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
8 Waldo Ansaldi, “Partidos, corporaciones e insurrecciones en el sistema político argentino (1880-1930)”, en el
presente volumen.
9 Tulio Halperin Donghi, La República imposible (1930-1945), tomo V, Buenos Aires, Ariel Historia, 2004.
10 Robert A Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 118.
11 Carlos Altamirano, Bajo el signo de las masas (1943-1973), Buenos Aires, Ariel Historia, colección Biblioteca
del Pensamiento Argentino (tomo VI), 2001, p. 24.
DRA. NILDA GARRÉPRÓLOGO
1514
El octavo de los nudos problemáticos está definido por lo que se conoce como el
gobierno del Partido Militar. El llamado Proceso de Reorganización Nacional asumió el poder con
el objetivo expreso de restablecer el orden: esto implicó, en los hechos, la más brutal represión
del conjunto de las organizaciones populares. Restablecer el orden, para el gobierno de los
militares, consistió en eliminar físicamente todas las barreras que el pueblo había construido en
defensa de los intereses nacionales. La represión fue ejecutada sin ninguna legalidad: no hubo dete-
nidos, jueces, ni procesos. Existió la prisión, la tortura y la muerte decidida por los propios represores.
Un documento del Ministerio de Defensa del año 200712 afirma que las Fuerzas
Armadas se habían volcado hacia la seguridad interior, el despliegue e inteligencia que: “alcanzó
su máxima expresión bajo los años de la última dictadura militar con la conformación de las deno-
minadas zonas y subzonas de seguridad interior, el despliegue de estructuras de inteligencia
operativas, una fuerte vinculación operacional con las fuerzas policiales y de seguridad –respecto
de las cuales ejercía efectivamente la conducción de este tipo de actividades– y el desarrollo de
una estrategia contra subversiva que en gran medida escapó a los parámetros legales y morales y
terminó configurando uno de los casos más significativos de terrorismo de Estado en la Región”.
En relación con esta problemática, Horacio Verbitsky sostuvo en la mesa redonda
–y lo reitera en el artículo que forma parte de este volumen– que: “la utilización de concep-
ciones laxas y ambiguas de seguridad y de defensa y la asignación de tareas sociales para las
Fuerzas Armadas en democracia conllevan un alto riesgo de violación de derechos fundamen-
tales y pueden alterar la subordinación al poder civil”.13
El último de los nudos problemáticos que también se discutió en el marco de la última
mesa redonda estuvo vinculado con la Guerra de Malvinas, que constituyó el primer conflicto
entre dos naciones del mundo occidental luego de la Segunda Guerra Mundial.
Esta guerra presentó en su desarrollo la increíble combinación de elementos nove-
dosos con otros que se creían pertenecientes al pasado. Por una parte se produjo el debut del
misil antibuque Exocet y el avión de despegue vertical Harrier; por otra parte, se llevaron a cabo
combates nocturnos de infantería a bayoneta como eran habituales durante la Gran Guerra.
En cuanto al comportamiento de las tropas, es de destacar que los soldados, en
muchos casos con muy poca instrucción, demostraron una notable abnegación y se cubrieron de
gloria enfrentando a una de las mejores unidades del mundo. Sin embargo, no ocurrió lo mismo
en el ámbito de la oficialidad, donde si bien hubo una participación valerosa de numerosos
jóvenes oficiales, también existieron muchos otros que se inclinaban en mayor medida a impartir
sanciones a la tropa propia antes que ejemplos para sus subordinados.
Los nudos problemáticos que hemos señalado intentan ofrecer un aporte a la nece-
saria discusión de la relación entre la construcción de la Nación y el papel de las Fuerzas Armadas.
Es de destacar también, que el Ministerio de Defensa desarrolla desde hace cuatro
años, un proyecto de reforma y transformación del área de Defensa que incluye procesos en rea-
lización y en curso en las áreas legal, de planeamiento estratégico y doctrinario, de la educación,
del sistema de justicia militar, de recuperación de la industria de la Defensa, de la racionalización
presupuestaria, de la política de género y de las prácticas y la educación en derechos humanos
y derecho internacional humanitario.
Este proyecto impulsado durante las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina
Fernández de Kirchner ha hecho centro en la profundización del control civil del área de Defensa,
en la verticalización a la autoridad constitucional de las Fuerzas Armadas como anhelo de
generaciones de argentinos y de mayorías populares que procuraron durante décadas, concluir
con el movimiento corporativo autónomo de una concepción militar tutelar del poder civil.
Como esta idea tutelar surgió no solamente de políticas de poderosos grupos econó-
micos, culturales, políticos y religiosos, sino de la construcción histórica que los mismos reali-
zaron, contribuir a la revisión crítica y a la investigación histórica científica, con perspectivas plu-
rales, ha constituido un aporte de esta cartera a la celebración reflexiva del Bicentenario.
La perspectiva de un área de Defensa donde la responsabilidad directiva, pero
también la participación activa de civiles, constituye un elemento fundamental para acentuar esa
perspectiva democrática, nacional y popular, que da sustento social a la doctrina del ciudadano-
soldado que es, en primer lugar un argentino con todos los derechos y las obligaciones del resto
de sus compatriotas, luego funcionario público y, finalmente, un profesional militar comprome-
tido hasta dar la vida en defensa de la Patria, la Nación y la República constitucional.
Quedan atrás el tutelaje conservador con mirada subyugada por los conflictos de blo-
ques y potencias subordinantes de la Argentina, pero también una idea anacrónica del supuesto
abrazo “pueblo-Fuerzas Armadas” que encubriera en años recientes aventuras donde el pueblo
era, en el mejor de los casos un invitado a través de la demagogia o, trágicamente, la víctima de
represiones tan crueles como insensatas.
Hay otra historia posible para el futuro que ya se visualiza con certeza en los mandos
de las Fuerzas, en sus cuadros medios y, sobre todo, en las nuevas generaciones militares. Es la
conversión de sus cuadros en un nuevo tipo de soldado.
Pero para que esa historia se construya, el debate sobre el pasado castrense que
permite recuperar capítulos fundamentales –en la Independencia– productivos en el apoyo al
crecimiento nacional y los comportamientos heroicos en acciones equivocadas como la Guerra de
Malvinas, se debe debatir el pasado desde otra mirada. La expuesta en estas jornadas y con-
densada en estas páginas no es, por cierto, la única posible. El Ministerio la pone deliberadamente
en curso para que el progreso del intercambio y la investigación inauguren una nueva edad
argentina de la Defensa, que la vincule definitivamente con América Latina y con el proyecto de
la paz perpetua universal que el cincelador de la Constitución Nacional, Juan Bautista Alberdi,
apuntalara en el siglo XIX en las páginas memorables de El crimen de la guerra.
Que la reconciliación arribe de la mano de la justicia, la verdad y la memoria.
DRA. NILDA GARRÉ
12 Modernización del Sector Defensa, Ministerio de Defensa, Buenos Aires, 2007.
13 Horacio Verbitsky, “Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos, una relación impuesta”, en el pre-
sente volumen.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS DRA. NILDA GARRÉPRÓLOGO
16 17
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE
El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 reunió a más de 250 vecinos, de los
400 convocados, y para consagrar a la Primera Junta, el 25 de mayo, resultó fundamental la par-
ticipación de los regimientos militares que venían configurándose desde las invasiones inglesas,
de allí la importancia de Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios.1
La Junta decidió difundir los contenidos de la Revolución a través de expediciones
militares al resto de las ciudades que conformaban el virreinato del Río de la Plata. Lo que
implicó una fuerte militarización de la sociedad a través del sistema de milicias.
La guerra contra los realistas tuvo varios escenarios. En el norte los intentos de
avanzar hacia el Alto Perú terminaron en 1815 con el desastre de Sipe-Sipe. Desde allí, Martín
de Güemes al mando de sus Gauchos2 habría de rechazar año tras año las invasiones realistas.
Mientras que la guerra hacia el este terminaría con el triunfo, en mayo de 1814, de la escuadra
revolucionaria al mando de Guillermo Brown que derrotó a la escuadra realista. Allí tuvo su
acta de bautismo la que sería luego la Armada Argentina.3
En 1816 se declaró la Independencia en el Congreso de Tucumán. En 1817, el Ejército
Libertador cruzó la cordillera hacia Chile y con la batalla de Maipú dejó liberado el territorio
del país trasandino. En 1820, habiendo colapsado el gobierno nacional, el Ejército de los
Andes marchó hacia la liberación del Perú.
Al finalizar la guerra con Brasil, en 1828, los unitarios, liderados por Juan Lavalle
tomaron las riendas del poder en la provincia de Buenos Aires y fusilaron a la figura más impor-
tante del federalismo, Manuel Dorrego.4
En el período desde 1829 hasta 1853 se desarrolló la Confederación y el gobierno
de Rosas.5 El triunfo de Rosas estuvo claramente vinculado con la politización de los hombres de
campo. Él tuvo como objetivo la paz por una parte, y la representación de las masas que
irrumpieron en la política. En síntesis, se logró la paz interior del país federal en la medida en
que los caudillos creyeron que el interior había triunfado sobre Buenos Aires. Distinta fue la
situación en el Litoral, allí la pacificación nunca llegó y, por el contrario, este conflicto conduciría
a la derrota del rosismo.
La gran alianza antiporteña, que se forjó en gran medida a partir del conflicto con
Montevideo y las potencias con injerencia en el Río de la Plata (Gran Bretaña y Francia), liderada
por Urquiza derrotó a Rosas en Caseros.
El triunfo de Urquiza, la sanción de la Constitución Nacional en 1853, los enfren-
tamientos con Buenos Aires que terminaron en Pavón, se constituyeron en la etapa previa a la
formación del Estado nacional.
INTRODUCCIÓN
OSCAR MORENO
COORDINADOR
1 Oscar Terán, Historia de las ideas en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 36.
2 Sara Emilia Mata, Los Gauchos de Güemes. Guerras de la Independencia y conflicto social, Buenos Aires,
Sudamericana, 2008.
3 En el sitio oficial de la Armada <www.ara.mil.ar> se afirma que son cuatro los acontecimientos que constituyen
su historia: “La primera escuadrilla Argentina” (Azopardo y Gurruchaga) es de 1810 con asiento en el apos-
tadero de Montevideo; la campaña naval de 1814 desarrollada por la Armada Argentina y comandada por el
almirante Guillermo Brown, que libró la histórica batalla de Montevideo; las campañas corsarias (Brown y
Bouchard) que contribuyeron, de manera definitiva, a la decadencia del comercio español; y la expedición
libertadora al Perú que comandó el general San Martín.
4 Raúl O. Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego!, Buenos Aires, Sudamericana, 2008.
5 Alejandro Cattaruzza, Los usos del pasado. La historia y la política argentina en discusión (1910- 1945),
Buenos Aires, Sudamericana, 2008, pp. 161-188, cap. 7: “Las huellas de Rosas”.
18 19
6 Haydée Gorostegui de Torres, La Organización Nacional, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina
(tomo 4), 2000, p. 93.
El capítulo que analiza los sucesos ocurridos durante este período se conforma de
cinco artículos: “Revolución y Nación en el Río de la Plata”, de Fabio Wasserman, que parte
de aceptar el consenso acerca de la consideración de la Revolución de Mayo como hecho fun-
dante de la Nación, para discutirlo a través de diversas perspectivas historiográficas en rela-
ción con el proceso a partir de un enfoque preciso acerca de la Nación. “Sociedad y militari-
zación revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX”,
de Raúl Fradkin, en donde se analizan los impactos y significados de la militarización revolu-
cionaria que multiplicó las ya heterogéneas formaciones armadas con que contaba la colonia
y la extrema politización de los sectores sociales populares. “El sistema militar de Rosas y la
Confederación Argentina (1829-1852)”, de Jorge Gelman y Sol Lanteri, en donde se destaca
que la militarización y politización de base rural constituyeron las piezas centrales de la auto-
ridad estatal y del exitoso proceso de disciplinamiento social. El texto estudia el entramado
militar-miliciano en los gobiernos de la etapa federal, y en sus dispositivos coercitivos. “La
Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos”, de Sara E. Mata, en el que se con-
frontan los perfiles militares, sociales y políticos que presentó la Guerra de Independencia en
la provincia de Salta. Güemes no defendió ninguna frontera, defendió la revolución de
Buenos Aires y la independencia americana; el extremo norte de la provincia de Salta sería
frontera recién a partir de 1821 y no antes. “Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra
argentina en el combate naval de Montevideo”, de Guillermo Oyarzábal, en el que se da cuenta
de los aspectos políticos y económicos que llevaron a formar la escuadra que libró la batalla de
Montevideo derrotando a los realistas en el este.
___________
La modernización de la Argentina se desarrolló como una necesidad surgida frente
a los dos procesos que se afianzaron a partir de 1860, la producción de productos agropecuarios
que el mundo demandaba y la apertura del país a la inmigración europea.
El período, que se extiende hasta aproximadamente 1880, se caracterizó por el
afianzamiento del orden institucional y una profunda transformación del orden económico y
social en el país. Se sucedieron en la presidencia tres personalidades por completo diferentes:
Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda.
La cuestión de la Capital, en el ámbito interno, y la Guerra del Paraguay, en el
internacional, constituyeron los grandes conflictos del período.
Durante la presidencia de Sarmiento se institucionalizó el Ejército Nacional. En esta
creación se advierte la influencia de Mitre que había dado los primeros pasos para constituirlo
luego de Pavón, al unificar la Guardia Nacional de Buenos Aires con otros grupos dispersos de
la Confederación y transferir el Ministerio de Guerra al orden nacional. La constitución integral
del cuerpo no ocurrió hasta 1864, una vez concluida la campaña contra el “Chacho” Peñaloza.
El gobierno procedió de esta manera, a la creación de un ejército permanente y,
también, de la Escuela Naval Militar. Si bien todo aquello que complementó a esta disposición
(formas de reclutamiento, estructura jerárquica, reglamentos) se produjo posteriormente al decreto
originario, sus lineamientos fundamentales y, por lo tanto, su origen institucional se encuen-
tran en éste. Finalmente, la creación del Colegio Militar en 1869 y la ley de 1872, que estableció
las nuevas formas de reclutamiento, antecedente directo de la conscripción obligatoria, fun-
daron las normativas que dieron forma definitiva a la institución en la Argentina moderna.
En resumen, y en consideración de las diferentes perspectivas que el análisis per-
mite, es posible afirmar, sin abrir juicios acerca de los métodos y de la oportunidad en parti-
cular, que “el Ejército restableció con rapidez el orden interno necesario para la puesta en
marcha del plan de modernización y apresuró la unificación del país a pesar de que ello costó
la autonomía real de las provincias”.6
7 Silvia Ratto, Indios y cristianos. Entre la guerra y la paz en las fronteras, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, pp.
202-203.
Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “¿Quién controla el poder
militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX”, de Hilda Sabato; este
trabajo contiene una referencia a la organización militar en la Argentina del siglo XIX y su
relación con el proceso de formación del Estado nacional, en la que se funda el análisis acerca
de la cuestión de las luchas políticas y las guerras internas, así como la manera en la que éstas
afectaron a la organización militar hasta finales del siglo. “Milicias, Ejército y construcción del
orden liberal en la Argentina del siglo XIX”, de Beatriz Bragoni, estudia la centralidad del proceso
de militarización y politización popular, y su impacto en la construcción de la pirámide de poder
de los caudillos, que sucedió a la destrucción del poder central en 1820. También demuestra
el modo en el que la inestabilidad del sistema de alianzas e inestabilidades interprovinciales
coadyuvaron a la institucionalización del poder nacional durante el siglo XIX. “Resistencias popu-
lares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y
Jujuy (l874-1875)”, de Gustavo Paz, se trata de un trabajo que compara las formas de acción
popular colectiva en dos provincias argentinas durante las décadas de la formación del Estado
nacional. “De la Marina ‘fluvial’ a la Marina ‘atlántica’”, de Miguel Ángel De Marco, da cuenta
de los enfrentamientos entre las marinas fluviales de Buenos Aires y la Confederación, hechos
que determinaron, durante la presidencia de Sarmiento, la creación de la Escuela Naval Militar
y con ésta el nacimiento de la Marina moderna.
___________
No es posible referirse al año 1880 sin considerar previamente la llamada “Conquista
del desierto”. El avance de la línea de fronteras, entre los cristianos y los indios, después de
Rosas, se realizó en dos etapas. El plan de Alsina que consistió en la construcción de una serie
de fortines unidos entre sí por una zanja que extendió la frontera hasta lo que en la actualidad
es el suroeste de la provincia de Buenos Aires; sin embargo, con la muerte de Alsina, Julio Roca,
emprendió una campaña más agresiva con el fin de llevar la frontera hasta los bordes del río
Negro, procediendo a la eliminación física de los indígenas.7
En 1880 asumió el gobierno el general Julio A. Roca y se origina el denominado el
proyecto de la Generación del 80. Las reformas institucionales fueron: en 1884 la Ley de Creación del
Registro Civil, la sanción de la Ley del Matrimonio Civil y fundamentalmente, la ley 1.420 que uni-
versalizó la enseñanza primaria, que a partir de entonces debía ser laica, gratuita y obligatoria.
El servicio militar obligatorio comenzó a regir una vez que el ministro de Guerra,
el teniente general Pablo Ricchieri consiguió la promulgación de la ley 3.948; los conscriptos
nacidos en 1880 constituyeron la primera clase que fue convocada.
A su vez, el siglo XIX estuvo marcado por diferentes conflictos con Chile que cul-
minaron con el acuerdo del 23 de julio de 1881, completado con el protocolo adicional de
1893. El punto principal del acuerdo fue que el límite entre ambos Estados lo constituía la
Cordillera de los Andes y que la forma de delimitar la frontera era a partir del principio de altas
cumbres que dividen aguas. La Argentina no podría tener puerto alguno sobre el Pacífico, ni
Chile sobre el Atlántico. Sin embargo, en este acuerdo no se encontró el fin de la disputa.
Ya durante los primeros años del siglo XX, la crisis económica aumentó la conflic-
tividad social, que alcanzó su punto más alto con la huelga general de 1902 que paralizó a la
ciudad de Buenos Aires. La respuesta del gobierno fue la sanción de la Ley de Residencia que
permitía deportar a quienes perturbaran el orden público.
La crisis y el avance de los sectores medios hicieron crecer en importancia al par-
tido que mejor los representaba: la Unión Cívica Radical y a su líder don Hipólito Yrigoyen. Lo
que impulsó al gobierno de Sáenz Peña a dictar una ley electoral que estableció el sufragio
secreto y universal, con los padrones militares. En 1916, se realizaron los comicios en el marco
de dicha ley electoral y triunfaron los radicales.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
20 21
8 José Luis Romero, Breve historia de la Argentina, Buenos Aires, FCE, 1996, p. 127.
9 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo I, Buenos Aires, Emecé, 1981, pp. 131-132.
Los sectores sociales que llegaron al gobierno con el radicalismo fueron “los hijos
de la ley 1.420”. Los dirigentes del radicalismo surgieron de las profesiones liberales, el comercio
y la producción que, a su vez, constituyeron las mayores posibilidades para el ascenso social.
Pero quizás este origen, es el que provocaba en ellos un intenso deseo de integrarse de otra
manera a las elites y fue lo que los inhibió para provocar los cambios en la estructura económica,
que, según demostró la historia, hubiera sido el único camino para mantener y profundizar
la democracia formal nacida con la Ley Sáenz Peña.8
Se vuelve necesario un breve comentario acerca de la relación entre los radicales y
los militares, porque hasta la sanción de la Ley Sáenz Peña ellos apostaban al cambio político a
través de la insurrección, sólo como ejemplo se puede mencionar que en septiembre de 1889,
en la creación de la Unión Cívica “[de la] cual surgiría el Partido Radical, cadetes uniformados
participaron ostensiblemente del mitin”.9
Las tensiones sociales provenientes de la crisis financiera, la caída de los precios
de los artículos de exportación y el desempleo, explotaron en dos situaciones colectivas, una de
ellas fue la huelga general de trabajadores industriales en Buenos Aires (1919) que se inició en
los Talleres Metalúrgicos Vasena. A la represión estatal se le sumaron los grupos civiles de la
Liga Patriótica con una fuerte impronta antisemita. La otra situación que se produjo fue la
huelga de los peones de las estancias en la Patagonia. La primera es la que se recuerda como
la “Semana Trágica” y la segunda como la “Patagonia Rebelde”. En la represión que se produjo
a partir de esos hechos, fundamentalmente en la huelga de los peones de las estancias en la
Patagonia, el Ejército tuvo una decisiva participación.
La defensa del sistema caracterizado por el ascenso social le proporcionó a Yrigoyen
(1916-1922) un fuerte prestigio popular, con el que no contó su sucesor Marcelo T. de Alvear
(1922-1928). En la mitad de la década de 1920 comenzó la embestida de los capitales norteame-
ricanos, en concordancia con la expansión de Estados Unidos y la vacancia dejada por los capi-
tales europeos. Todo ello actuó como revulsivo en la débil estructura económica del país. Estos
signos, no fueron comprendidos por el gobierno de Alvear que se mantuvo apegado a normas
y ritos propios del sistema económico tradicional.
En su corto segundo período, Yrigoyen no logró adaptarse a los cambios de la
vida argentina y mundial, no comprendió las transformaciones que se habían producido en el
Ejército a partir de la politización que él mismo había provocado, ni que un grupo importante
de sectores conservadores habían abandonado su fidelidad al sistema democrático y abrazaban
con disimulo algunos de los principios del fascismo italiano. Finalmente no desarrolló ninguna
estrategia en el nivel económico que le permitiera enfrentar la crisis mundial desatada en
1929. Entre las contradicciones propias de estos gobiernos radicales se debe destacar la defensa
de la soberanía en materia energética, fundamentalmente en el accionar del general Mosconi
al frente de YPF. Estas circunstancias confluyeron para hacer posible el triunfo del golpe de
Estado del 6 de septiembre de 1930.
Los cuatro artículos que conforman este capítulo son: “La ocupación militar de la
Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878)”, de Silvia Ratto, donde se analiza el modo
en el que la política de fronteras y la política respecto de la población aborigen se confundie-
ron en una sola discusión. Éstas se desarrollaron de dos maneras: una consistió en el avance a
través de la negociación que tenía como fin la incorporación de la población indígena al terri-
torio conquistado. La otra, a partir de los avances militares que sometieran a la población origi-
naria. “El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevos estilos políticos”, de
Luciano de Privitellio, se trata de un trabajo que investiga la relación entre el Ejército –luego
de las transformaciones de 1890– y la política –a partir de los cambios de 1912–. El modelo
militar que surge de la renovación se habría de transformar, fundamentalmente, en la déca-
da de 1930 a causa del impacto que provocaron las ideologías de origen europeo impulsadas
10 Darío Cantón, José Luis Moreno y Alberto Ciria, La democracia constitucional y su crisis, Buenos Aires, Paidós,
colección Historia argentina (tomo 6), 2000, pp. 121 y ss.
11 En materia de electricidad, la CADE, subsidiaria de SOFINA –con sede en Bruselas–, con mayoritario capital bri-
tánico tenía una concesión que vencía en 1957. El Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires (en
1936) dictó dos ordenanzas, la primera alargó el plazo hasta 1971, la segunda obligó al Estado a comprar
todos los bienes muebles e inmuebles de la compañía al vencimiento de la concesión. El diario La Vanguardia
(del Partido Socialista) estimó entre 60.000 y 120.000 pesos lo que la compañía pagó cada voto en el Concejo.
Nunca fue desmentido.
12 Gino Germani, Estructura social de la Argentina, Buenos Aires, Solar, 1965.
por la crisis de entreguerras y del rol de la Iglesia católica dentro de la institución. “Partidos,
corporaciones e insurrecciones en el sistema político argentino (1880-1930)”, de Waldo
Ansaldi, demuestra que entre 1880 y 1930 el sistema político –con su doble mediación, la par-
tidaria y la corporatista– acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza de las asociaciones
de interés, lo que habría de operar un afianzamiento del poder estatal. El autor concluye afir-
mando que la extensión del derecho de ciudadanía política, la paulatina consecución de la ciu-
dadanía social y la regulación estatal del conflicto social resultaron insuficientes para asegurar
la transición entre el Estado oligárquico y el Estado democrático; el golpe de 1930, además, truncó
ese proceso. “Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército”, de Isidoro J. Ruiz Moreno, pre-
senta una muy detallada descripción de las presidencias que se sucedieron durante este período,
desde la primera de Roca hasta la segunda de Yrigoyen, y, asimismo, de las actuaciones de los
diferentes partidos políticos; a partir de esta investigación se configuran las característica más
destacadas de la denominada “Argentina moderna”.
___________
La crisis económica y financiera que se inició en la Bolsa de Nueva York el 29 de
octubre de 1929 y que se extendió a todo el mundo occidental alcanzó pronto a la Argentina y
fue la que le brindó el marco exterior a la restauración conservadora iniciada con el golpe del
6 de septiembre de 1930, encabezada por José E. Uriburu y consolidada durante el gobierno de
Agustín P. Justo.10
En el seno del gobierno existían dos tendencias: los nacionalistas de Uriburu y los con-
servadores de Justo, esta tensión se resolvió a favor de Agustín P. Justo en las elecciones de 1931.
Gran Bretaña enfrentó la Crisis del 30 a partir de la fórmula buy british, que se con-
cretó con los acuerdos de la Conferencia de Ottawa, en 1932. A través de éstos la exportación
de carnes desde la Argentina hacia Gran Bretaña se vio perjudicada. En 1933, Julio Roca, vice-
presidente de la Argentina, firmó junto con el presidente del Board of Trade británico, Walter
Runciman, el pacto que la historia recordó como el de Roca-Runciman. A partir de ese pacto,
a costa de los intereses nacionales, se acordó de manera satisfactoria la situación de los gana-
deros y de los frigoríficos.
En el frente interno se practicaron, parcialmente, las recetas keynesianas para la
crisis en Estados Unidos, se crearon el Banco Central y las Juntas Reguladoras de los principales
productos de exportación.
El transporte, las compañías de electricidad11 y el petróleo fueron, durante el
período, el territorio de disputa de los intereses norteamericanos y británicos.
Finalmente, las consecuencias de la guerra y de la crisis dieron nacimiento al proceso
de industrialización sustitutiva de productos de importación, asentándose físicamente en Buenos
Aires, el Gran Buenos Aires y el Litoral. Este proceso de industrialización fue, en parte, la causa
de los procesos de migraciones internas.12
La debilidad política del régimen, la importante presencia de una clase obrera indus-
trial, la neutralidad ante la Segunda Guerra Mundial y la mejora en la situación económica durante
la guerra abrieron la puerta al golpe de Estado del 4 de junio de 1943.
Con el gobierno del presidente general Agustín P. Justo y posteriormente al debate
de las carnes se ha de inaugurar en el país lo que Tulio Halperin Donghi denominó la “República
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
22 23
Las necesidades y la identidad del contingente de un millón de personas que entre
1936 y 1945 se alojaron en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires fueron el objetivo principal de
aquella articulación entre Perón y los dirigentes sindicales. Aquel contingente estaba formado
por obreros argentinos y por lo tanto “dotados de franquicia electoral”.17 La influencia de Perón
se afirmó en las relaciones con el Ejército y con las organizaciones sindicales.
El crecimiento de Perón llevó a los sectores, autodenominados democráticos, a pre-
sionar a los militares hasta que lograron que el 9 de octubre de 1945 destituyeran a Perón y lo
encarcelaran en la isla Martín García.
El 17 de octubre de 1945 una muchedumbre obrera proveniente del Gran Buenos
Aires y particularmente constituida por trabajadores de los frigoríficos de la zona de La Plata,
Berisso y Ensenada ocupó pacíficamente la Plaza de Mayo y exigió la presencia de Perón. Los tra-
bajadores liberaron a Perón, quien habló por la noche desde los balcones de la Casa de Gobierno
y anunció su retiro del gobierno y su candidatura presidencial. El 17 de octubre había modifi-
cado el escenario político. La apertura del proceso electoral enfrentó a dos fórmulas: Perón-
Quijano (figura proveniente del radicalismo) y la Unión Democrática, integrada por todos los
partidos políticos existentes, desde los conservadores a los comunistas, con la fórmula radical
alvearista integrada por: Tamborini-Mosca.
El 24 de febrero de 1946, el peronismo llegó al gobierno con el 55% de los votos
emitidos en todo el país. El gobierno de Perón dispuso de toda la legalidad, por su amplia mayoría
en el Congreso, pero también de la legitimidad que le permitió su capacidad de movilización de
los sectores populares. En el camino de la construcción de la hegemonía en el peronismo, Eva
Perón jugó un papel protagónico desde la fundación de su mismo nombre, que se ocupó de una
gigantesca tarea social, y a partir de la incorporación de un nuevo actor en el sistema electoral:
las mujeres, a través del voto femenino. Finalmente, en esta construcción, tuvo un rol preponde-
rante la sanción de la legislación obrera (Sueldo Anual Complementario, Vacaciones, Jubilación)
y la tarea de los sindicatos, a través de las obras sociales.
En el aspecto económico el peronismo se caracterizó por una fuerte intervención
del Estado en la economía, que se manifestó en los dos Planes Quinquenales elaborados por el
gobierno, así como en la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio)
con el fin de comercializar las cosechas de granos y asegurar el precio sostén a los pequeños
y medianos productores.18 A su vez, se produjo el desarrollo de una burguesía industrial nacional,
favorecida con los créditos del Banco Industrial y el fuerte consumo que producía la política de
los altos salarios. Esta política económica se concretó definitivamente en 1947 con la nacionali-
zación de los servicios públicos; de este modo, el gobierno hizo de la nacionalización de los ferro-
carriles una bandera de la soberanía nacional.19
Uno de los mejores ejemplos en relación con la importancia de la industria nacional y su
incidencia en el Ejército, durante el peronismo, es el de la Fábrica Militar de Aviones que esta-
bleció una industria que pronto se irradiaría hacia todo el continente. Fueron diez años de oro y
esplendor en los que se concibieron el Pulqui II, el IA 37 y el IA 38, un cuatrimotor carguero de ala
delta. Un viejo noticiero en blanco y negro de Sucesos Argentinos todavía permite ver al Pulqui I en el
aire: el primer jet argentino es colorado, tiene una escarapela en el fuselaje, su nombre indígena
quiere decir “punta de flecha” y hoy está en el Museo Aeronáutico de Morón, donde a veces lo
repasan como para salir a volar, aunque ya sólo lo haga en el celuloide de Sucesos Argentinos.20
Las IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado) pasaron de la fabricación
de aviones a la de automóviles. La producción automotriz se inicia con el sedán para cuatro
pasajeros denominado Institec y continuó con un pequeño vehículo utilitario que contaba con
17 Tulio Halperin Donghi, op. cit., p. 31.
18 El IAPI fue muy criticado porque destruyó el negocio de la intermediación que tanto había crecido durante los
gobiernos de la restauración conservadora (Bunge & Born, Dreyfus, La Continental, etc.).
19 La nacionalización de los Ferrocarriles fue muy cuestionada por el monto de lo que se pagó y por la forma en
que se realizó.
20 Véase <www.virtualcordoba.com.ar>.
del Fraude”.13 La influencia que ejerció este período sobre el Ejército afectó la moral y la opinión del
cuerpo de oficiales, “se perfiló la tendencia a subordinar los valores profesionales a los problemas
políticos, y los temas que antes se creían ajenos a la competencia de los oficiales se convirtieron
en cuestiones de discusión cotidianos con efectos perjudiciales que fueron evidentes para el nivel
profesional”.14
Justo quería un ejército apolítico, al servicio, esta vez, de las autoridades legales y
constitucionales: “Un ejército numeroso, bien organizado, dotado con armamentos modernos e
instalaciones confortables es a priori profesional, despolitizado y difícilmente conmovible […].
Es por esto que la presidencia de Justo está jalonada por medidas apropiadas para asegurar el
perfeccionamiento técnico de los cuadros, una mejor organización de las unidades y entrena-
miento completo de las tropas”.15
En 1938, con la asunción de la formula Ortiz-Castillo, surgidos del fraude de 1937
se agotó el proceso que se pretendió restaurador en la década de 1930. Cuando Castillo, ante la
imposibilidad física de Ortiz, se hizo cargo del gobierno, intentó utilizar a las Fuerzas Armadas
en su proyecto de permanecer en la presidencia de la República. Allí se ha de generar el caldo de
cultivo que explica el golpe militar del 4 de junio de 1943. Los militares que encabezaron el golpe
no sólo se oponían a tener alguna responsabilidad en una amañada sucesión presidencial, sino
que pensaban en la necesidad de una reconstrucción del proyecto nacional.16
El capítulo que abarca este período está compuesto por los siguientes trabajos:
“Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador”, de Norberto Galasso, en el
que se investiga acerca de las diversas tendencias ideológicas y los cambios que se advierten
en la historia del Ejército durante el siglo XX, a partir de aceptar que la mayoría de los oficiales
provenían de la clase media, lo que explica por qué en su interior se manifestaron tanto tendencias
conservadoras, como posiciones populares. “La industrialización y la cuestión social: el desarrollo
del pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón”, de Fabián Emilio Alfredo Brown, da
cuenta de la manera en la que estos tres hombres surgidos del Ejército entendían la necesidad
de industrializar la Argentina, para poder enfrentar la cuestión social. Cuestión que durante
el período se encontraba agudizada por los procesos de migración interna, fundamentalmente
hacia el Litoral portuario. “¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los
intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930”, de Ana Virginia Persello, propone un
análisis de las ideas y proyectos generados en el período que tenían por objeto separar la admi-
nistración de la política, reglamentar la organización y el funcionamiento de los partidos así
como reformar el régimen electoral reemplazando el sistema del tercio por la representación
proporcional. Ideas propias de la democracia liberal, que pretendían superar la perversión que,
para los portadores de estas ideas, habían implicado los gobiernos radicales. “Políticas, ideas y
el ascenso de Perón”, de Mariano Ben Plotkin, desarrolla la idea de que fueron vanos los esfuerzos
de peronistas y antiperonistas, por distintos motivos, de caracterizar al peronismo en sus dos
primeros gobiernos como una ruptura total con la política y la cultura anteriores que habían
caracterizado al país. Perón fue un producto de su tiempo y esto se demuestra en el desarrollo
de este trabajo a partir de vincular algunas de las dimensiones de la ideología de Perón con el
momento histórico en el que ella se formó.
___________
El 4 de junio de 1943, un conjunto de oficiales del Ejército tomó el poder sin resis-
tencia alguna. Perón, uno de los coroneles de 1943, fue designado como subsecretario de Guerra
y se hizo cargo del Departamento Nacional del Trabajo, que transformó en Subsecretaría de
Trabajo y Previsión y desde allí tejió alianzas con los dirigentes sindicales.
13 Tulio Halperin Donghi, La República imposible (1930-1945), tomo V, Buenos Aires, Ariel Historia, 2004.
14 Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 118.
15 Alain Rouquié, op. cit., pp. 260-261.
16 Robert Potash, op. cit., pp. 289-340.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
24 25
resultaba necesario incrementar las exportaciones tradicionales elevando el ingreso del sector
rural en su conjunto. Asimismo el país requería una modernización de la infraestructura pro-
ductiva agraria que incluyera las relaciones laborales; la diversificación e integración de la
estructura industrial argentina y, finalmente, la expansión de la explotación de combustibles,
sin recurrir al capital extranjero. Sin embargo, este plan generó la resistencia de los sectores
asalariados y de la pequeña industria, que permanecían fieles a Perón, y no complacía a los
grandes sectores exportadores. Éstos constituyeron los límites que habrían de impedir cualquier
despegue de la Argentina y el marco en el que habrían de desarrollarse los hechos políticos
cambiantes que caracterizaron el período hasta 1973.
El 13 de noviembre de 1955 asumió la presidencia el general Pedro E. Aramburu, que
respondía a los sectores más cerrilmente antiperonistas. Fue intervenido el Partido Peronista,
la Confederación General del Trabajo, las federaciones y los sindicatos; al mismo tiempo se
produjo el secuestro del cadáver de Eva Perón. El 9 de junio, ante un intento de asonada se
fusilaron y asesinaron a civiles y militares,23 entre ellos el jefe del movimiento, el general Juan
José Valle. Se dictó el decreto 4.161 que transformó en delito la mención del nombre de Perón
y de otras palabras vinculadas a esta extracción política. Se proscribió de la vida pública al con-
junto de los dirigentes sindicales que habían actuado con anterioridad a 1955. El objetivo fue el
de eliminar la identidad popular peronista y captar a ese conjunto de ciudadanos para la vida de
otros partidos políticos democráticos.
La respuesta popular consistió en la organización en la clandestinidad de lo que
se conoció como la Resistencia Peronista, liderada inorgánicamente por John W. Cooke,24 que
demostró la ineficacia de la política represiva. Ante estos fracasos, el gobierno decidió volver
a la vida política de los partidos y para ello convocó a una Convención Constituyente a fin de
modernizar la Constitución de 1853-1860 que se había restituido al derogarse la de 1949. Los
peronistas decidieron votar en blanco y constituyeron la fuerza mayoritaria. La Convención
Constituyente fracasó, así como también fracasó el intento de normalizar la CGT.
Luego de los fracasos políticos, el gobierno decidió llamar a elecciones presiden-
ciales. El 23 de febrero de 1958 fue elegido presidente de la Nación Arturo Frondizi, con el
explícito apoyo del general Perón.
Frondizi era un desarrollista. El “desarrollismo” suponía la necesidad de conciliar
políticas de expansión industrial a través de una capitalización originada en los recursos externos
con la vigencia de las prácticas electorales e instituciones típicas de la democracia representativa.
El gobierno decidió iniciar una política de apertura al capital extranjero en la actividad petro-
lera y la inserción de algunas fábricas en líneas elegidas; los contratos petroleros constituyeron
el eje del conjunto de su administración.
Los conflictos con los trabajadores y los estudiantes desataron un accionar repre-
sivo que debilitó al gobierno, que debió aceptar un plan de estabilización económica y de
austeridad que incorporó a Álvaro Alsogaray al gobierno. El plan aumentó tanto la recesión
como el desempleo y, también, recrudeció el enfrentamiento con los obreros peronistas, lo que
condujo a desempolvar un viejo instrumento represivo: el plan CONINTES, a partir del cual fueron
a prisión miles de militantes populares.
Sin embargo, el desarrollo económico, la conflictividad social y la inestabilidad
política no fueron enfrentadas desde un unificado frente interno, debido a que los militares,
que estaban embarcados en la guerra contrarrevolucionaria25 desconfiaban del accionar del
gobierno y lo presionaban permanentemente a través de una fórmula propia de la época: “el
planteo”. Los treinta y dos “planteos” militares le quitaron autonomía al Presidente, pero politi-
zaron la Fuerza y a causa de esto favorecieron su fraccionamiento.
A pesar de estos acontecimientos, el gobierno se sometió a una prueba muy impor-
tante: el 18 de marzo de 1962 enfrentó electoralmente al peronismo, y resultó derrotado, en
23 Rodolfo Walsh, Operación masacre, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1985.
24 Juan D. Perón y John W. Cooke, Correspondencia, Buenos Aires, Papiro, 1972.
una cabina metálica de chapas perfiladas o moldeadas y una caja de madera con capacidad
de carga para media tonelada. Había surgido el Rastrojero.21
A principios de la década de 1950 comenzó la decadencia del peronismo, una de las
más grandes sequías que recuerde la historia argentina complicó las cosechas de 1950-1951 y
1951-1952 con lo que se vio afectado el desenvolvimiento normal de la economía, a lo que se debe
agregar la impugnación de los militares y la Iglesia a la candidatura de Eva Perón a la vicepresi-
dencia de la Nación, un proceso inflacionario que no hacía posible la inversión, y como conse-
cuencia de este último la aparición del fantasma de la desocupación y la pérdida del salario real.
De esta manera, casi como un símbolo, la muerte de Eva Perón (1952) cierra un ciclo del peronismo.
A partir de 1952 la oposición lograba consolidarse. Las bombas en un acto en la
Plaza de Mayo fueron respondidas con la quema del Jockey Club y las sedes de algunos de los
partidos políticos. Parecía que desde allí no había retorno. Luego del enfrentamiento con la
Iglesia, ésta se sumó decididamente al frente opositor. La quema de las iglesias constituyó el
último acto del peronismo y abrió las puertas al golpe de Estado, que fracasó el 16 de junio de
1955 en el bombardeo a la Plaza de Mayo a cargo de aviones de la Marina, pero que finalmente
triunfaría el 16 de septiembre de 1955.22
Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “Industria, Fuerzas Armadas
y peronismo”, de Torcuato Di Tella, en el que el autor plantea el interés que mostraban las
Fuerzas Armadas por la industria, al mismo tiempo que los industriales comprendían la impor-
tancia de la relación con los militares en tanto éstos son proveedores naturales de los insumos
necesarios, desde el acero hasta el transporte. El análisis del pensamiento industrial a partir de
la producción del Instituto de Estudios y Conferencias de la Unión Industrial Argentina cubre
gran parte de este aporte y refuerza lo antes expuesto. “Defensa Nacional y Fuerzas Armadas.
El modelo peronista (1943-1955)”, de Marcelo Saín, parte de la premisa de que a partir de
1930 el poder militar se proyectó como uno de los protagonistas centrales del sistema político
argentino. Según esta perspectiva, el marco conceptual e institucional en el que Perón, desde el
gobierno, estructuró su vínculo con las Fuerzas Armadas fue la denominada Doctrina de la
Defensa Nacional, basada en dos ejes: por una parte, considerar una visión convencional y
limitada de la guerra, fundamentalmente, el conflicto con los países vecinos; y el de “la Nación
en Armas”. El trabajo de Susana Bianchi, “Hacia 1955: la crisis del peronismo”, da cuenta de
las diferentes alternancias de la relación entre el peronismo y el catolicismo oficial; relación
que oscila entre la Pastoral Colectiva de 1945 donde implícitamente se condenaba a la Unión
Democrática y se apoyaba la candidatura de Perón, hasta el 11 de junio de 1955 cuando la cele-
bración de la festividad de Corpus Christi se transformó en una de las más grandes manifes-
taciones en contra del gobierno de Perón. “El peronismo político, apuntes para su análisis”,
de Carolina Barry, se propone analizar el modo en el que se estructuró el peronismo político y
definir cuál fue el criterio para marcar y respetar las diferencias entre el Partido Peronista, el
Partido Peronista Femenino y la Confederación General del Trabajo.
___________
El golpe del 16-22 de septiembre de 1955, contó con el apoyo del arco político anti-
peronista. En el interior de la fuerza militar se enfrentaron, nuevamente, los sectores naciona-
listas-católicos y los sectores liberales. Los primeros impusieron al primer presidente de ese turno
militar, el general (R) Eduardo Lonardi, quien durante el breve período del gobierno convocó
a un hombre de la Restauración Conservadora para que asesorara al gobierno en materia eco-
nómica. El Informe Prebisch propuso construir, a largo plazo, una Argentina industrial, más
compleja y diversificada que la que se había heredado del peronismo. Para alcanzar ese objetivo
21 Véase <www.cocheargentino.com.ar>.
22 Véase Carlos Altamirano, Bajo el signo de las masas (1943-1973), Buenos Aires, Ariel Historia, colección
Biblioteca del Pensamiento Argentino (tomo VI), 2001, p. 24.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
26 27
conoció la Argentina en la crisis. Se atacó decididamente la inflación mediante la racionalización
del Estado, la reducción del déficit y el congelamiento de los salarios;26 asimismo fueron supri-
midos los subsidios a las industrias y a ciertas regiones marginales.
En marzo de 1968, la división de los sectores sindicales, en el marco del Congreso
Normalizador de la CGT, permitió que surgiera una nueva conducción liderada por el dirigente
de los Gráficos: Raimundo Ongaro, quien bautizó a su organización como la CGT de los
Argentinos y rápidamente comenzó a editar el periódico CGT.27 Esta organización y su periódico
dieron unidad al sinnúmero de protestas obreras, de los sectores medios productivos (por ejemplo
en Mendoza y en el valle del río Negro) y, al mismo tiempo, las unificaron con los reclamos
estudiantiles. El conjunto de este movimiento confluyó en las protestas sociales en Córdoba el
29 de mayo de 1969 y fue conocido como el “Cordobazo”. La explosión tuvo tal impacto que
modificó por completo el escenario, renunció Kriegger y Onganía se quedó sin discurso. En el
campo de los movimientos sociales, se mantuvo la agitación en el interior y aparecieron las orga-
nizaciones armadas de distinto signo político. Un año después, los “Montoneros” secuestraron y
dieron muerte al general Aramburu. Allí concluyó el primer turno presidencial de la dictadura.
En junio de 1970, la Junta de Comandantes designa al general Roberto Marcelo
Levingston que se “salió de libreto” e intentó encontrar otro camino político, apelando a lo que
él llamaba la “generación intermedia”, por fuera de los partidos políticos tradicionales y designó
ministro de Economía al doctor Aldo Ferrer.
En marzo de 1971, una nueva movilización popular derrocó al segundo presidente
de la autodenominada Revolución Argentina. De este modo, la movilización popular caracterizada
como el “segundo Cordobazo” (el “Viborazo”) puso fin al segundo turno presidencial de la dic-
tadura militar.
El 22 de marzo, la Junta reasume el poder y designa presidente al general Alejandro
Agustín Lanusse que intentó encontrar una salida política negociada y para ello implementó
un programa que se denominó “Gran Acuerdo Nacional”. Los objetivos fueron tres: el repudio
a la subversión; el reconocimiento de la inserción de las Fuerzas Armadas en el futuro esquema
institucional y, particularmente, el acuerdo sobre la candidatura presidencial. Al mismo tiempo
que estas negociaciones avanzaban, también crecía en importancia el accionar de las organiza-
ciones guerrilleras. Los presos políticos pertenecientes a estas organizaciones planearon la fuga
de la cárcel de Trelew, que fracasó organizativamente; y la Marina, el 22 de agosto, ejecutó ile-
galmente a dieciséis presos políticos alojados en la base Almirante Zar. Allí se agotó la credibi-
lidad del gobierno y el proyecto del “Gran Acuerdo Nacional”.
El 17 de noviembre de 1972, Perón retornó al país y acordó28 con los líderes políticos
una salida electoral, transformándose así nuevamente en el gran elector de la vida argentina.
El peronismo acordó su fórmula con sus tradicionales aliados y se presentó a las elecciones del
11 de marzo de 1973 con la candidatura de Cámpora-Solano Lima, que resultaron elegidos con
el 49,5% de los votos.
El gobierno de Cámpora se encontró sometido a la tensión interna propia del movi-
miento peronista, que contaba con dos actores principales: la juventud y los sindicalistas. Esa
tensión creciente, condujo por un lado a la movilización de los sectores populares, la firma del
acuerdo entre los empresarios y los trabajadores, y la organización de comandos de extrema
derecha para la represión por fuera de la ley en el Ministerio de Bienestar Social que estaba
a cargo de José López Rega. Ese enfrentamiento tuvo su punto culminante durante la masiva
concentración en Ezeiza para recibir el retorno definitivo de Perón a la Argentina. Los sectores
de derecha organizaron diferentes emboscadas donde murieron militantes de la Juventud
26 José Luis Romero, op. cit., pp. 178-179.
27 Semanario CGT de los Argentinos, fundado por Raimundo Ongaro y Ricardo De Luca, y dirigido por Rodolfo
Walsh. Editado por Página/12 y la Universidad de Quilmes.
28 Todas las fuerzas políticas convocadas por Perón se reunieron en el restaurante Nino de Vicente López, provin-
cia de Buenos Aires en la llamada “Asamblea de la Unión Nacional”, a la que también asistieron representan-
tes de la CGT y la CGE.
especial en la provincia de Buenos Aires. Un nuevo planteo condujo a Frondizi a decretar la inter-
vención federal en las provincias en las que había triunfado el peronismo, pero esto tampoco
fue suficiente. Los militares lo arrestaron y recluyeron en Martín García el 29 de marzo de 1962.
Mientras los militares que habían arrestado a Frondizi deliberaban acerca del camino
a seguir, el senador por Río Negro, José María Guido a cargo de la presidencia de la Cámara
de Senadores (por la renuncia anterior del vicepresidente Alejandro Gómez) se presentó ante
la Corte Suprema y juró como presidente de la Nación. El nuevo presidente gobernó con los
hombres de la Argentina tradicional, este interregno estuvo marcado por la incertidumbre y un
nuevo estatuto para los partidos políticos, en el que se volvía a proscribir al peronismo; asi-
mismo se produjo el anuncio del cese de las actividades de la CGT.
Pero la incertidumbre se acentuó aun más a partir del enfrentamiento entre las
facciones del Ejército que la historia recogió como el enfrentamiento entre “azules” y “colorados”,
en cuya primera escaramuza, con el triunfo de los azules, fue emitido el comunicado 150 (redac-
tado por el periodista Mariano Grondona y el coronel Aguirre) en el que se declaraba pres-
cindentes a las Fuerzas Armadas del ejercicio del gobierno, aunque éste podía leerse, clara-
mente, como un programa para gobernar. El 2 de abril se desató el enfrentamiento definitivo
en el que los azules, al mando del Ejército, terminaron con los colorados y con la Marina.
Posteriormente se convocó a elecciones ampliando la proscripción del peronismo.
El 7 de julio de 1963, con una enorme cantidad de votos en blanco, la fórmula
radical encabezada por Arturo Illia, derrotó la candidatura del general Aramburu.
El gobierno de Illia se desenvolvió en un marco legal, aunque con escasa legitimidad
de origen, lo que limitaba sus posibilidades de acción. En el ámbito económico estableció una
línea, que desde el presente, puede caracterizarse como nacionalista, en tanto fueron adoptdas
medidas tales como la anulación de los contratos petroleros y la modificación accionaria, a
favor del país, de la empresa de energía SEGBA, que se había creado durante el gobierno del
general Aramburu. Esto le valió a Illia el desagrado de los inversionistas extranjeros, al que
rápidamente se sumó la Unión Industrial Argentina que se oponía al intervencionismo estatal
en la economía, particularmente en la fijación de los precios. Situación que se agravaría con el
envío al Parlamento de la Ley de Medicamentos que los consideraba como “bienes sociales”.
Sin embargo, éste era un gobierno demasiado solitario en el mundo de las rela-
ciones políticas. Así, apenas normalizada la CGT, el gobierno se vio obligado a afrontar un
Plan de Lucha que inició ésta y que llegó a ocupar más de 11.000 fábricas. El enfrentamiento
con el gobierno creció desde el sector de los empresarios que exigían la sanción del estado de
sitio contra el Plan de Lucha. Comenzaron en ese momento las acusaciones por la lentitud del
gobierno, crítica que se estigmatizó con el uso de la imagen de la tortuga.
La aparición de un pequeño grupo guerrillero en el norte argentino fue reprimido
(detención, juzgamiento y cárcel) de acuerdo a la legalidad vigente, sin recurrir a prácticas de
contrainsurgencia, a partir de lo que se reafirmaban las características más importantes del
gobierno. Los dirigentes sindicales peronistas iniciaron el camino del despegue de Perón, parti-
cularmente el más destacado de ellos, el secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica,
Augusto Vandor.
Aunque todos los indicadores de la economía señalaban una muy buena perfor-
mance del gobierno, se había iniciado a través de los medios de comunicación una campaña con
el fin de quitarle legitimidad. La alianza de los sectores militares azules, los dirigentes sindicales
que respondían a Vandor y los empresarios formaron un solo bloque y el 28 de junio de 1966, las
tres Fuerzas Armadas, con el acuerdo explícito de la Iglesia destituyeron al presidente Illia. El lide-
razgo recayó en el general Juan Carlos Onganía, quien fue designado presidente de la República.
En marzo de 1967 fue designado ministro de Economía Adalberto Kriegger Vasena,
quien anunció uno de los programas más coherentes, desde el pensamiento conservador, que
25 Osiris Villegas, Guerra Revolucionaria Comunista, Buenos Aires, Biblioteca del Círculo Militar Argentino, 1959.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
28 29
___________
El llamado Proceso de Reorganización Nacional asumió el poder con el objetivo
expreso de restablecer el orden. Esto implicó, en los hechos, la más brutal represión del con-
junto de las organizaciones populares. Restablecer el orden, para el gobierno de los militares,
consistió en eliminar físicamente todas las barreras que el pueblo había construido en defensa
de los intereses nacionales. La represión fue ejecutada sin ninguna legalidad; no hubo detenidos,
jueces, ni procesos. Existió la prisión, la tortura y la muerte decidida por los propios represores.
Se implementó un infernal círculo de secuestro-tortura-delación-ejecución clan-
destina o cooptación como fuerza propia en la más absoluta clandestinidad, que dio pie al
surgimiento de lugares de concentración y campos de tortura como la ESMA, El Vesubio, La Perla,
Campo de Mayo y muchos otros.
Una vez que se hubo forzado el silencio, se puso de manifiesto el otro objetivo
de la dictadura: la transformación de la estructura económica, según la visión neoliberal que
encabezaba el ministro de Economía, don José Alfredo Martínez de Hoz. Dicho de manera muy
esquemática, el sentido de la transformación residía en la posibilidad de pasar de una Argentina
industrial, con todos sus problemas, a una Argentina dominada por el capital financiero. A mediados
de 1977 se puso en marcha la reforma que consistió: “básicamente, en una rápida liberalización
de las tasas de interés bancarias y en una gradual, pero firme, eliminación de las restricciones al
movimiento de capitales con el exterior”,30 que se habría de completar en 1980. Detrás de este
proceso se encontraba el objetivo de terminar con el subsidio de los empresarios ineficientes por
parte de los ahorristas, vía la regulación estatal, para, así, desarrollar un auténtico mercado de
capitales.
A mediados de 1978, la Marina y su comandante, Eduardo E. Massera, comenzaron
a presionar con lo que en el período se denominó el “cuarto hombre”. En el fondo consistía en
terminar con la excepcionalidad y a partir de ello que el comandante del Ejército, fuera tam-
bién el presidente. Esto se sorteó, luego de muchos cabildeos, con el retiro de Jorge Videla del
Ejército, su designación como presidente y Roberto Viola como comandante del Ejército, este
último era hombre de buen diálogo con sindicalistas y políticos. Luego del chauvinismo del
Mundial de Fútbol y el conato de guerra con Chile por el Canal del Beagle, resultaron vanos los
intentos de vestir de nacional y popular a la dictadura.
A principios de 1979 apareció “la tablita”31 que se complementaba con la apertura
gradual del comercio. Esto ocurría en el marco de una gran dispersión salarial desde un “piso”
administrado por el Estado. Los grandes empresarios seguían oponiéndose a este manejo de
la economía y pedían volver a las propuestas de 1976: recesión y ajuste del gasto público. Al
persistir el proceso inflacionario, el Ministerio de Economía apresuró las rebajas arancelarias
dejando sin protección a la industria argentina; a partir de lo cual se produjo su gran quiebre,
aunque debido a que la protección comenzó a darse en forma de tomar posiciones en moneda
extranjera, se sucede una muy rápida subida de las tasas de interés, lo que habría de concluir en
la crisis financiera y la caída de los bancos.
El 24 de marzo de 1981, asumió como presidente el general Roberto Viola, que había
pasado a retiro en su Fuerza de la que ya era comandante el general Leopoldo Fortunato Galtieri.
La situación económica y financiera se encontraba en una crisis que se agudizaba casi a diario, y
nada de lo que hizo el gobierno sirvió para calmar el mercado financiero. Las estampidas y corridas
provocadas por el atesoramiento de la moneda extranjera resultaban imposibles de contener a
través de la devaluación.32
30 Marcos Novaro y Vicente Palermo, La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración
democrática, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina (tomo 9), 2003, p. 220.
31 Establecía por ocho meses la variación futura del tipo de cambio a tasas decrecientes.
32 En medio de estas crisis, Sigaut pronunció un apotegma que ha quedado entre los grandes bloopers de la his-
toria argentina, “el que apuesta al dólar pierde”.
Peronista e impidieron que Perón hablara al pueblo. Allí se inició el camino que conduciría a
la renuncia de Cámpora y al enfrentamiento de la Juventud con Perón.
Es a partir de ese momento que comienza a actuar la Triple A, organización de
extrema derecha preparada para la represión ilegal, y que luego del triunfo de Perón habría de
provocar algunos resonantes atentados mortales como el del diputado Rodolfo Ortega Peña o
el intelectual Silvio Frondizi.
Después de la renuncia de Cámpora es prácticamente plebiscitada la fórmula Perón-
Perón. Con Perón en el gobierno se producen una serie de atentados de las organizaciones
armadas a los cuarteles (Comando Sanidad en Buenos Aires, Formosa, Azul, Monte Chingolo) que
desataron una represión a cargo del conjunto de las Fuerzas Armadas.
Muerto el general Perón, durante el gobierno de su viuda, María Estela Martínez de
Perón, se agrava la crisis institucional y económica. En relación con esta última, el punto más ele-
vado consistió en el severo plan de austeridad que decide implementar su ministro de Economía,
Celestino Rodrigo, resistido por los trabajadores organizados que habían logrado un importante
aumento de salarios, y a partir del cual se desató un proceso inflacionario de magnitudes desco-
nocidas en la Argentina (el “Rodrigazo”). Desde allí comenzó a tomar forma definitiva el golpe
de Estado, apoyado por la Iglesia, los sectores dominantes de la sociedad e importantes sectores
políticos.
Los hombres de las Fuerzas Armadas estaban muy influenciados por: “Los generales
y coroneles franceses que no sólo enseñaron una técnica (la división del territorio en zonas y áreas),
la tortura como método de obtención de inteligencia, el asesinato clandestino para no dejar huellas,
la reeducación de algunos prisioneros para utilizarlos como agentes propios. También propa-
garon el sustento dogmático de esa forma de guerra que llamaban moderna y el ambiguo con-
cepto de subversión, entendido como todo aquello que se opone al plan de Dios sobre la tierra”.29
Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “Las Fuerzas Armadas en misión
imposible: un orden político sin Perón”, de María Matilde Ollier, se trata de un trabajo que des-
cribe el período a partir de dos ejes fundamentales: uno se organiza en torno a la presencia
concreta de los hombres de las Fuerzas Armadas en el gobierno de la República –con o sin con-
senso popular–, no sólo para gobernarla sino también para derrotar el enemigo interno. El
otro eje que atraviesa el período, según afirma la autora, se refiere el descreimiento de las poten-
cialidades de la democracia y de la política en tanto procedimientos, cuya consecuencia más
importante consistió en que las elites construyeron sus alianzas en un terreno sin ley. “La intro-
ducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino”, de Ernesto López, estu-
dia la influencia francesa, que, según las precisiones historiográficas, estuvo presente en la filiación
de la Doctrina de la Seguridad Nacional; el autor se atreve a afirmar que dicha influencia ya se
encontraba presente desde 1955 en el intento de “desperonizar” al Ejército. “La sociabilización
básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976”, de Luis Eduardo Tibiletti, intenta
brindar una perspectiva acerca de la formación que los oficiales del Ejército recibieron en el
Colegio Militar de la Nación especialmente en dos direcciones: la que se relaciona con el aspecto
ideológico-político y la que ayuda o dificulta la relación entre el Ejército y la sociedad en
democracia. “Ilegitimidad democrática y violencia”, de José Pablo Feinmann, en cuya exposición
el autor se sostiene en la hipótesis de que entre 1955 y 1973 no existió la democracia en la
Argentina. Existió la ilegalidad, el sofocamiento y la falta de libertad. De este modo, durante
dicho período la Argentina no logró constituirse legalmente, debido a la insistencia en la margi-
nación de la fuerza mayoritaria del país y del líder de esa fuerza; movimientos que potencian
la consideración acerca de ese líder hasta transformarlo en un objeto maldito. Luego examina el
tema de la contrainsurgencia y la escuela francesa; para concluir, en un interesante intercambio
de preguntas, realizando algunas anotaciones sobre la violencia.
29 Horacio Verbitsky, “Una proeza periodística”, en Marie-Monique Robin, Escuadrones de la Muerte, Buenos
Aires, Sudamericana, 2005, pp. 7-8.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
30 31
En cuanto al comportamiento de las tropas, es de destacar que los soldados, en muchos
casos con muy poca instrucción, demostraron una notable abnegación, se cubrieron de gloria
enfrentando a una de las mejores unidades del mundo. Sin embargo, no ocurrió lo mismo en el
ámbito de la oficialidad, donde si bien hubo una participación valerosa de numerosos jóvenes
oficiales, también existieron muchos otros que se inclinaban en mayor medida a impartir san-
ciones a la tropa propia que ejemplos para sus subordinados. La consecuencia de la derrota militar
fue la renuncia de Galtieri y el desprecio popular que ahora exigía la retirada de los militares. El
general Reinaldo Bignone se puso al frente del gobierno, sin el consentimiento de la Marina
y la Aeronáutica, para conducir la transición. La de 1982-1983 no fue una transición arrancada
por luchas y movilizaciones populares contra la dictadura, como había sido la de 1973, se tra-
taba esencialmente del resultado de la crisis interna del régimen. Fue una implosión del régimen
militar que se había iniciado en 1976 y que concluyó en Malvinas. Ante la transición surgieron
dos posiciones, por un lado, la de los viejos caudillos que no comprendieron que la relación
entre lo civil y lo militar se había modificado a partir de Malvinas y por lo tanto esperaban negociar
una salida electoral; y por el otro lado, la de una parte de la Democracia Cristiana, del Partido
Intransigente, cuyo liderazgo absoluto asumió Alfonsín, posición que comprendía que la relación
se había fracturado y que en el centro de la escena se encontraba la cuestión de los derechos
humanos. Por lo tanto había que pelear y no negociar. Bignone, un hábil negociador, fijó rápida-
mente la fecha de elecciones y con eso apaciguó el frente interno. Al mismo tiempo que los
partidos se preparaban para las elecciones (selección de candidatos, estrategias, etc.) el gobierno
intentó salvar la grave situación económica. El primer tema a resolver consistía en el de la deuda
privada externa, ya que los organismos bilaterales de crédito exigían a los países más que a los
deudores. En primer lugar se procuró una reactivación inmediata vía la fijación de tasas de
interés; las tasas comenzaron siendo negativas en alrededor del 20% mensual y aunque luego se
moderaron, permanecieron siempre por debajo de la inflación hasta 1983. Éste fue el meca-
nismo para “licuar” rápidamente el endeudamiento de los particulares y las empresas, pero con
una particularidad que no tuvo equivalencias en el tratamiento de las acreencias contra el Estado
en manos de los grupos económicos. El endeudamiento externo se resolvió de manera aun
más drástica a través de un seguro de cambio, que no se actualizaba al ritmo de la devaluación,
con lo que las empresas descargaron en el Estado sus pasivos.34 Se había cumplido con los orga-
nismos internacionales y a través de ellos con el sistema financiero internacional. A partir de
allí, las cifras del pago de la deuda externa constituyeron una “pesada carga” para todos los
gobiernos hasta el presente. En lo inmediato el pago de los intereses de esa deuda subió del
8% del PBI al 40% de los ingresos públicos. Con un correlativo aumento del déficit público.
Desde aquí y hasta fines de los años ochenta “la patria financiera” habría de configurarse como
el enemigo de los políticos.
La campaña electoral seguía su rumbo. Alfonsín, siendo aún precandidato, hizo pública
una denuncia que haría carrera política: “el pacto militar-sindical” que con espíritu corporativo
se transformaba en el obstáculo a vencer para llegar a un sistema democrático. Desde allí, los radi-
cales reforzarían la idea de que era necesario democratizar la vida de los sindicatos.
Alfonsín, ya como candidato y luego de haber derrotado masivamente a los viejos
balbinistas representados por Fernando de la Rúa, puso en el centro de la escena la cuestión de
los derechos humanos y con ese fin le dio identidad a una fórmula para considerarlos, distin-
guiendo en el marco de la dictadura entre quienes habían impartido las órdenes y quienes las habían
cumplido;35 pensando quizás, en reducir los juicios por las violaciones de éstos sólo a los altos mandos.
Por su parte, en el peronismo ninguno de los precandidatos (Robledo, Saadi, Menem)
tuvo la fuerza suficiente para imponerse sobre los otros. Con lo que el gran elector fue el movi-
miento sindical y, en particular, Lorenzo Miguel, el secretario general de Metalúrgicos, que en el
35 La llamada “doctrina de los tres niveles de responsabilidad”.
En noviembre Viola pide licencia por enfermedad y ocupa provisoriamente la presi-
dencia el general Liendo. Éste le encargó a Domingo Felipe Cavallo, que para entonces ocupaba
una de las subsecretarías del Ministerio del Interior, un conjunto de normas de reactivación
económica. El experimento fracasó, sin embargo, de este modo, Cavallo comenzó su camino en
la historia que lo tendría como hombre fuerte de la economía del país y como protagonista en la
nacionalización de la deuda externa, la convertibilidad y el “corralito”, causa principal del estallido
de 2001.
Prohibido el campo de la política, por la dictadura, se hacía necesario politizar la vida
cotidiana. En ella se ponía en juego la misma subsistencia del ciudadano y la esperanza de la des-
trucción del autoritarismo. El ejemplo más singular fue el de los organismos de derechos humanos,
en particular, las Madres de Plaza de Mayo, cuya práctica hizo –en la Argentina contemporánea–
de un problema moral, un problema social y político. Allí tomó cuerpo la lucha resistente que
obligó a los dirigentes políticos, mayoritariamente nucleados en la Multipartidaria, y a los diri-
gentes sindicales a asumir activamente el camino de la oposición, que había permanecido silen-
ciada hasta 1980.33
El 22 de diciembre de 1981 asumió la presidencia el comandante en jefe del Ejército:
Leopoldo Fortunato Galtieri.
Galtieri se identificaba con la posibilidad de volver a 1976. Es decir, clausurar cualquier
atisbo de salida político-partidaria. A comienzos de 1982 resultaba claro que buscaba impulsar
el desarrollo de un movimiento propio (Movimiento de Opinión Nacional) para enfrentar a la
Multipartidaria.
Galtieri había llegado al gobierno en el momento en el que el sistema capitalista, a
nivel mundial, se estaba reorganizando, decretando el fin del flujo fácil de capitales y ocasionando
que los acreedores persiguieran el cobro de las deudas. Éstos presionaron, a través de los orga-
nismos multilaterales de crédito, para la sanción de las políticas de ajuste que les permitieran cobrar
los intereses de su deuda.
Mientras tanto, el movimiento obrero dividido impulsó una concentración el 30 de
marzo en la Plaza de Mayo.
El movimiento fue duramente reprimido y la mayoría de los dirigentes convocantes
fueron encarcelados. En concreto, el gobierno de Galtieri se enfrentaba a la oposición de la
Multipartidaria, de los dirigentes sindicales, de los sectores industriales, de los sectores financieros
nacionales y particularmente de los organismos de derechos humanos. Su continuidad política
parecía difícil; y en esta situación se encuentra el fundamento por el que el régimen se embarcó
en la aventura militar para recuperar las islas Malvinas.
El 2 de abril de 1982, las tropas argentinas desembarcaron en las islas Malvinas y las
ocuparon militarmente. La respuesta de Gran Bretaña fue la menos esperada por el régimen,
primero lo derrotó diplomáticamente en el marco de la Naciones Unidas e inmediatamente orga-
nizó una importante fuerza naval y la dirigió hacia el Atlántico Sur. Estados Unidos, que hasta el
2 de abril permanecía neutral ante la guerra, decide apoyar técnica y militarmente a su principal
aliado de la OTAN. Ante este panorama la Junta en conjunto con su canciller Nicanor Costa Méndez
decidieron “fugar hacia delante” y enfrentaron la guerra. Esta decisión contó con una impor-
tante adhesión popular. La relación de fuerzas pareció cada vez más desfavorable para los argen-
tinos; finalmente en junio, luego de la rendición de las tropas argentinas, la guerra terminó con
el triunfo de las fuerzas británicas.
La Guerra de Malvinas fue el primer conflicto entre dos naciones del mundo occidental
luego de la Segunda Guerra Mundial, protagonizado por una potencia mundial contra una nación
latinoamericana que había pretendido disputarle uno de sus últimos enclaves coloniales.
33 Oscar Moreno, “Apuntes para una nueva forma de hacer política”, en Oscar Oszlak (comp.), “Proceso, crisis y
transición democrática/2”, Buenos Aires, CEAL, 1984, pp. 29-43.
34 M. Novaro y V. Palermo, op. cit., p. 527.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
32
Congreso Partidario ungió la fórmula Luder-Bittel; y apoyando luego la candidatura de Herminio
Iglesias para gobernador de la provincia de Buenos Aires.
El 30 de octubre el doctor Raúl R. Alfonsín fue elegido presidente contando con el 52%
de los votos.
Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “El nuevo funcionamiento de
la economía a partir de la dictadura militar (1976-1982)”, de Eduardo Basualdo, trabajo que tiene
como propósito realizar un somero análisis de la vinculación que mantienen la política econó-
mica y algunas de las transformaciones estructurales más relevantes que se desplegaron en el
período. Como allí se advierte, no se trata de hacer un recuento detallado de ambos aspectos de
la relación, sino de analizar el modo en el que sus contenidos más generales se vincularon con el
patrón de acumulación de capital que rigió hasta el año 2001. “El Proceso, último eslabón de un
sistema de poder antidemocrático en la Argentina del siglo XX”, de Fabián Bosoer, propone una
descripción de la incidencia que tuvieron las relaciones cívico-militares en el interior de la elite del
poder y en la política exterior argentina. Asimismo pretende plantear la relevancia que tuvo un
determinado sistema de creencias fraguado en la socialización cívico-militar y su influencia en
el modo de hacer política de la dirigencia. “Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos,
una relación impuesta”, de Horacio Verbitsky, en cuya primera parte de la presentación se ocupa
de la relación entre los organismos de derechos humanos y las Fuerzas Armadas, que fuera
impuesta por el secuestro, por parte del personal militar, de miles de jóvenes que reaparecieron
con vida. La segunda parte está destinada a explicar el surgimiento del Partido Militar a partir
de la incapacidad de los sectores económicos y sociales dominantes argentinos de transformar su
hegemonía y su prestigio social en poder político por medios democráticos. “La Guerra de Malvinas”,
de Martín Balza, se trata de un trabajo en el que el autor efectúa un desarrollo del conjunto de los
aspectos que rodearon a la guerra, partiendo de una afirmación que aquí se transcribe: “Las Malvinas
son incuestionablemente argentinas desde el punto de vista histórico, geográfico y jurídico, la
forma de recuperarlas es el diálogo entre las dos partes. La guerra no es una obra de Dios”.
.
NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE
35
La Revolución de Mayo como mito de orígenes de la Nación Argentina
Uno de los pocos motivos de consenso que persisten en una sociedad tan dividida como la argentina es
la consideración de la Revolución de Mayo como un hecho fundacional de la nación. Se trata en ese sentido de una
suerte de mito de orígenes en el que para muchos estaría cifrado el sentido de toda nuestra historia nacional. De
ese modo resulta inevitable que las miradas dirigidas hacia el proceso revolucionario se encuentren condicionadas
por las diversas concepciones acerca de la nación argentina que se fueron forjando a lo largo de su breve historia.
El tramo más reconocible y significativo de esta historia de las representaciones sobre la nación
argentina es el que se inicia entre fines del siglo XIX y principios del XX. Recordemos que en esas pocas décadas
cobró forma lo que algunos autores dieron en llamar la “Argentina moderna” que surgió como resultado de la
conjugación de diversos procesos como la consolidación del Estado nacional, el desarrollo de una economía capi-
talista plenamente integrada al mercado mundial y la inmigración masiva a partir de la cual se forjó una nueva
sociedad. Fue precisamente durante esos vertiginosos años cuando comenzó a cobrar mayor predicamento la idea
esbozada en la obra historiográfica de Bartolomé Mitre según la cual la Revolución de Mayo debía considerarse
como el momento de alumbramiento o toma de conciencia de la nacionalidad argentina que, al igual que su terri-
torio y su destino de grandeza, habrían comenzado a delinearse durante el período colonial.1 Así, y a diferencia por
ejemplo de Alberdi o de Sarmiento para quienes la nación argentina constituía un proyecto cuya orientación sólo
podía provenir del futuro, Mitre sostenía que su rumbo ya había sido configurado en ese pasado, razón por la
cual se hacía necesario elaborar un relato histórico que fuera capaz de desentrañarlo.
Esta forma de pensar a la nación argentina a través del prisma ideado por el historicismo romántico
tuvo y aún tiene una gran importancia. Pero no sólo por su capacidad para dotar de una identidad nacional a las
poblaciones heterogéneas, sino también porque dicha perspectiva permitió legitimar al Estado nacional argentino
que entonces se encontraba en vías de consolidación. Cabe destacar que esta legitimidad proviene del principio
de las nacionalidades que, surgido en Europa durante la década de 1830, se caracteriza por aunar una idea étnica
o cultural y una política de nación. Este principio se basa en la suposición de que existen pueblos reconocibles por poseer
determinados rasgos distintivos y un territorio que le están predestinados o que les corresponde por razones históricas.
1 Esta interpretación, si bien fue esbozada en algunos textos anteriores, recién aparece desplegada en la tercera edición de su Historia
de Belgrano y de la Independencia Argentina publicada en 1876-1877. Al respecto puede consultarse Fabio Wasserman, Entre Clio y
la Polis. Conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de la Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008, cap. XII.
1810-1860 LA INDEPENDENCIA
Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1
CAPÍTULO
FABIO WASSERMAN
INSTITUTO RAVIGNANI
UBA-CONICET
Roux, Guillermo. San Martín Guerrero, 2008. Carbón y pastel, 115 x 84 cm.
36 37
en más, y ante el desconocimiento mutuo de las Juntas y de las autoridades virreinales que mantuvieron su fide-
lidad a los gobiernos metropolitanos, la crisis de la monarquía devino en una compleja y extensa guerra civil
durante la cual se fueron erigiendo nuevas unidades políticas que no respetaban necesariamente la traza de las
divisiones administrativas coloniales.
La soberanía de los pueblos y la creación de una nueva nación
Los protagonistas de este proceso en el territorio rioplatense no fueron la nación o la nacionalidad
argentina, sino los pueblos que se consideraban soberanos o depositarios de la soberanía ante la ausencia del
monarca legítimo. Cabe señalar en ese sentido que en la tradición hispánica se reconocía como “pueblos” a las
comunidades políticas que tenían un gobierno propio y una relación de sujeción con el monarca como podían ser
las ciudades, provincias o reinos. En el virreinato rioplatense estos pueblos eran las ciudades pero entendidas no
tanto como un asentamiento humano o un ejido urbano, sino más bien como un cuerpo político con autoridad propia
que en este caso eran los Cabildos.
Ahora bien, que los pueblos se consideraran como sujetos soberanos no implicaba en modo alguno
que no existiera un concepto político de nación o que éste careciera de importancia. De hecho, los criollos nacidos
en el virreinato rioplatense, al igual que el resto de los americanos, se consideraban miembros de una nación: la
nación española que estaba integrada por la totalidad de los reinos, provincias y pueblos que le debían obediencia
a la Corona. Sin embargo, el enfrentamiento entre los gobiernos americanos y los representantes de las autoridades
españolas en América, derivó rápidamente en una lucha contra la metrópoli durante la cual comenzó a invocarse
el derecho a constituir nuevas naciones.
Este deslizamiento fue posible porque el concepto político de nación tenía entonces otro sentido que
el actual, pues hacía referencia a las poblaciones regidas por un mismo gobierno o unas mismas leyes sin que esto
implicara necesariamente ninguna forma de homogeneidad étnica o de identidad cultural, religiosa, lingüística
o histórica. Dicho de otro modo: la nación como cuerpo político no dependía ni se fundamentaba en la existencia
de una población con rasgos en común ni en la posesión de un territorio delimitado de antemano tal como lo
sostiene el principio de las nacionalidades. Además, y en el marco de los procesos revolucionarios que estaban
sacudiendo al mundo desde fines del siglo XVIII, se había ido difundiendo la idea de que la nación era una aso-
ciación que debía constituirse por la voluntad de sus miembros que eran los verdaderos soberanos y no los monarcas.
Y era en virtud de esta concepción que los pueblos rioplatenses podían dejar de pertenecer a la nación española
de la que se consideraban colonias, para pasar a constituir una nueva nación o, tal como ocurriría en el caso del
virreinato rioplatense, cuatro naciones: Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Esto permite entender por qué
numerosos historiadores prefieren referirse al Río de la Plata y no a la Argentina durante la primera mitad del siglo
XIX, procurando así evitar el anacronismo que implica considerar a esa nación como una entidad preexistente a
la Revolución o que heredó sin solución de continuidad el virreinato. De hecho si hay un rasgo que caracteriza al
período posrevolucionario es la indeterminación con respecto a qué pueblos debían organizarse políticamente
como nación, cuestión que no se resolvió hasta la segunda mitad de ese siglo.
Pero no sólo no era claro qué pueblos se iban a asociar entre sí para constituirse como naciones, sino
que también estaba en discusión de qué modo lo harían. En ese sentido es posible distinguir dos tendencias aunque
las propuestas concretas solían combinar elementos de una y otra: la de quienes promovían la creación de una
nación indivisible de carácter abstracto y compuesta por individuos, y la de quienes consideraban que debía con-
formarse a partir de un acuerdo entre los pueblos soberanos. Ambas concepciones animaron respectivamente las
propuestas unitaria y confederal, aunque debe tenerse presente que no eran formulaciones puras pues, por ejemplo,
los unitarios también consideraban que la retroversión de la soberanía había sido a los pueblos, pero que éstos
habían decidido constituirse como una nación en 1810 o en 1816.
La nación no era entonces un sujeto ya constituido, sino que más bien podría considerarse como un
horizonte al que se aspiraba a llegar a través de la sanción de una Constitución que debía dar cierre al proceso
revolucionario a partir de institucionalizar la libertad y la independencia proclamadas entre 1810 y 1816. Pero en
torno a ese punto de llegada había agudas diferencias ideológicas y de intereses que dieron lugar a una extensa
disputa en la que se puso en juego no sólo su delimitación espacial (qué pueblos y territorios debían integrar
dicha Constitución), sino también social (qué sectores la componían, cuáles estaban excluidos, cómo se concebían
las relaciones sociales) y política (qué derechos y obligaciones tenían sus miembros, cómo se los concebía y se los
representaba).
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860)
Cada uno de estos pueblos constituiría así una nacionalidad que, como tal, tiene derecho a erigir un Estado nacional
soberano para que la represente políticamente. Desde este punto de vista que rigió y aún suele regir nuestra com-
prensión del presente y del pasado, la Revolución de Mayo sólo podía ser una expresión de la nacionalidad argen-
tina que procuraba emanciparse del dominio colonial para poder constituirse en una nación soberana.
En verdad, esta interpretación terminó de consagrarse alrededor de 1910 en el marco de las discusiones
acerca de la nación y la identidad nacional que se suscitaron durante los festejos por el Centenario. Su éxito se
puede apreciar en su rápida difusión y en su perduración que la convirtieron en una suerte de sentido común de
la sociedad argentina, pero también en su capacidad para admitir los más variados contenidos y orientaciones sin
que mayormente se pusiera en cuestión su asociación con el origen de la nación. Aunque por ese mismo motivo ya
no podía haber consenso en la caracterización de la Revolución y en la de sus protagonistas, temas en torno a los
cuales se entablaron a lo largo del siglo XX numerosas polémicas históricas que eran también políticas e ideoló-
gicas pues estaban teñidas por las diferentes ideas acerca de la nación que tenía cada sector o autor. De ahí que
estas disputas tendieran a organizarse en torno a polos antagónicos que obligaban a tomar partido por uno u otro:
Saavedra o Moreno; Buenos Aires o el interior; movimiento popular o elitista; origen civil o militar; influencia del
pensamiento ilustrado francés o de la neoescolástica española.
Ahora bien, desde hace algunos años los historiadores comenzaron a plantear que la nación es una cons-
trucción reciente y no un sujeto que atraviesa toda la historia, la expresión de una esencia atemporal o una entidad
predestinada a constituirse como tal. Este cambio de perspectiva coincidió con la necesidad de revisar la idea
transmitida durante generaciones según la cual la Revolución de Mayo había sido la expresión de la nacionalidad
argentina oprimida o de algún agente histórico capaz de representarla (ya sea la elite criolla, la burguesía por-
tuaria, el pueblo, un sistema de ideas o valores, etc.). Es que esa nacionalidad no sólo era entonces inexistente sino que,
así planteada, también era inconcebible. De ese modo, como veremos a continuación, también se puso en cuestión
la relación de causalidad entre nación y revolución, procurándose dar además otro tipo de explicaciones sobre las causas
de esta última y de los conflictos que le siguieron.
La Revolución en el marco de la crisis de la monarquía
Este cambio de enfoque preside buena parte de los estudios recientes sobre el proceso revolucionario.
En efecto, la trama que le dio origen tiende a explicarse en el marco de una progresiva crisis económica y política
que estaba jaqueando a la monarquía española, la cual se fue potenciando por su poca afortunada participación
en los conflictos entre Francia e Inglaterra a comienzos del siglo XIX. Esta creciente debilidad se hizo evidente en
el Río de la Plata cuando las autoridades coloniales se mostraron impotentes para defender sus dominios durante
las invasiones inglesas de 1806-1807. Sin embargo, es bueno advertirlo, eran muy pocos los que entonces pusieron
en duda la legitimidad del dominio español o, al menos, la pertenencia de América a la Corona.
Esta crisis, que se había ido agudizando en forma acelerada a partir de 1805 con la derrota de la
Armada Española en Trafalgar, se hizo irreversible a partir de 1808 como consecuencia de la acefalía provocada por
las Abdicaciones de Bayona que, promovidas por Napoleón Bonaparte, derivaron en el desplazamiento del trono de
los Borbones y en la coronación de su hermano José. Este cambio de dinastía, si bien fue aceptado por algunas
autoridades, concitó un fuerte rechazo a ambos lados del Atlántico. En España se produjeron levantamientos popu-
lares como reacción a la presencia de las tropas francesas, mientras que el estado de acefalía tuvo como consecuencia
que en los reinos y provincias de la península se erigieran Juntas de gobierno basadas en la doctrina de la retro-
versión de la soberanía a los pueblos. Aunque con dificultad, estas Juntas lograron ponerse de acuerdo y crearon
una Junta Central que se puso al frente del gobierno. En América también se crearon algunas Juntas con diversa
suerte (México y Montevideo en 1808; Chuquisaca y La Paz en 1809), pero en general se mantuvieron las estructuras
de gobierno colonial, se juró lealtad a Fernando VII que permanecía cautivo y se reconoció a la Junta Central como órgano
legítimo de gobierno que, además, había hecho una convocatoria a las Cortes en la que los pueblos americanos tendrían
una representación minoritaria.
Este estado de cosas se modificó en 1810 cuando comenzaron a llegar a América las noticias sobre el
arrollador avance de Napoleón en España, la disolución de la Junta Central y la creación en su reemplazo de un
Consejo de Regencia. En varias ciudades americanas se desconoció el Consejo y se proclamó que, ante la ausencia
de toda autoridad legítima, la soberanía debía ser reasumida por los pueblos, promoviéndose en consecuencia la
creación de Juntas para que gobernaran en nombre de Fernando VII, tal como sucedió en Buenos Aires durante
la Semana de Mayo que culminó con la elección de la que pasó a la historia con el nombre de Primera Junta. De ahí
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
38 39
¿Cuándo se ha formado la nación señores? ¿Cuándo se constituyó? ¿Cuándo se aceptó la constitución?
¿Cuándo se puso en práctica? Sin estos antecedentes la nación no existe, porque es suponer existente
un ser antes de los atributos constitutivos; es suponer existente una asociación antes de estar aseguradas
las condiciones en que se ha de fundar.2
Para que existiera una nación, argüía Gorriti, los representantes de las provincias debían sancionar
una constitución, vale decir, formar un pacto acordando en forma voluntaria y explícita las reglas que regirían
sus relaciones. Es por ello que a pesar de la inminencia de la guerra estimaba que la creación de un Ejército
Nacional era inconducente pues primero debía constituirse la nación. En ese sentido le parecía un error formar
un ejército pues si las provincias no se constituían no se sabría a qué nación pertenecería y, por lo tanto, de dónde
saldrían sus fondos, a quién habría de obedecer, etc. Esta intervención generó una polémica que se prolongó en
la sesión siguiente y en la cual intervinieron varios diputados señalando que la nación existía aunque no estuviera
del todo constituida. Como prueba citaban el Acta de la Independencia, se referían al propio Congreso, a la voluntad
de los pueblos y de los ciudadanos, o a los acuerdos firmados con otras naciones. Algunos alegaban que se había
constituido en 1810 y otros en 1816. En lo que aquí interesa, y más allá de estas diferencias, todos acordaban en el
origen pactado de la nación como cuerpo político, mientras que en ningún caso se concebía que pudiera tratarse
de una entidad preexistente a la propia Revolución.
El Congreso siguió avanzando en esa misma línea y al año siguiente decidió crear el Poder Ejecutivo
Nacional que encomendó a Bernardino Rivadavia, a la vez que dictó una Constitución unitaria cuya aprobación
puso a consideración de las provincias. Fue entonces cuando se advirtieron los límites de esta presunción sobre la
existencia de una voluntad nacional ya constituida, pues éstas y otras resoluciones similares provocaron un fuerte
rechazo por parte de numerosas dirigencias provinciales. Pero no sólo en el interior: los sectores dominantes de
Buenos Aires impugnaron la nacionalización de su aduana y su puerto y la división de la provincia para erigir a la
ciudad como capital de la nación. De ese modo, y en el marco de una aguda crisis potenciada por la torpe nego-
ciación llevada a cabo con el Brasil, se produjo la disolución de las autoridades nacionales. Esto tuvo como con-
secuencia el recrudecimiento de las luchas políticas y militares entre las facciones conocidas desde entonces como
unitarios y federales de las que salieron triunfantes estos últimos a comienzos de la década de 1830.
La Confederación Argentina: 1830-1852
Este desenlace afianzó aun más a las soberanías provinciales como ámbito de institucionalización del
poder, sin que esto implicara en modo alguno su aislamiento. Por un lado, porque las elites locales siguieron man-
teniendo fuertes vínculos entre sí. Por el otro, porque la mayor parte de las provincias tenían serias dificultades
políticas y económicas para poder sostener una autonomía plena. Esta tensión entre el mantenimiento del status
soberano y la necesidad de crear una instancia mayor que las contuviera se expresó en la organización de una
Confederación. Este nuevo orden tuvo como base el Pacto Federal firmado por los gobiernos litorales en 1831, al
que durante los años siguientes se fueron adhiriendo las otras provincias, ya sea por convicción, interés o impo-
sición, pues la Confederación fue progresivamente hegemonizada por Buenos Aires y por la facción federal rosista.
Si bien durante esos años no desapareció del horizonte la posibilidad de erigir una soberanía nacional,
existía consenso en el reconocimiento de las soberanías provinciales y en el hecho de que un acuerdo entre ellas
constituía el punto de partida ineludible a la hora de elaborar cualquier proyecto de organización, incluso en el
caso de aquellos que quisieran apelar al entonces novedoso principio de las nacionalidades como los jóvenes
románticos de la Generación del 37. De ese modo, y si se deja de lado el Estado unitario que para ese entonces
era considerado de forma casi unánime como inviable, este reconocimiento podía implicar diversas alternativas:
a) mantener el status soberano en forma indefinida y, en caso de que fuera necesario, celebrar pactos o acuerdos
específicos, ya fueran bilaterales o multilaterales (solución adoptada durante gran parte de la década de 1820);
b) unirse mediante un pacto en una Confederación que reuniera a algunas o todas, delegando atribuciones soberanas
como las Relaciones Exteriores en un Ejecutivo Provincial (solución adoptada en las décadas de 1830 y 1840);
2 Emilio Ravignani (ed.), Asambleas Constituyentes Argentinas, tomo I, Buenos Aires, Peuser, 1937, p. 1.313. En ésta y en todas las citas
se modernizó la ortografía.
Como veremos a continuación, buena parte de los conflictos que desgarraron a los pueblos del Plata
durante la primera mitad del siglo XIX y que nosotros reconocemos en nuestra historia nacional como guerras
civiles o conflictos entre unitarios y federales, estuvieron vinculados de un modo u otro con esta disputa.
De la Revolución a la Confederación: los poderes políticos entre 1810 y 1830
Durante la década revolucionaria algunos sectores procuraron centralizar el poder, entre otras razones,
para poder desarrollar con éxito la Guerra de Independencia. Dicho propósito entró en contradicción con las preten-
siones soberanas de los pueblos que a veces podían expresar tendencias confederales como el artiguismo. Sin
embargo, en otras ocasiones sólo se trataba de la búsqueda de una mayor autonomía que, incluso, podía darse a
través de una relación más estrecha con el gobierno central. Éste es el caso, por ejemplo, de las ciudades subal-
ternas que procuraban librarse de su sujeción a las ciudades capitales como Jujuy en relación con Salta, o Mendoza
en relación con Córdoba.
El fracaso de la Constitución centralista de 1819 y la derrota y disolución en 1820 del poder central
encarnado en el Directorio, marcaron el fin de esta etapa en la que se hizo evidente la dificultad para erigir un
orden político que desconociera la soberanía de los pueblos. Sin embargo, la situación se había modificado pues
las ciudades ya no conformaban esos sujetos soberanos sino que a partir de ese momento, éstos fueron consti-
tuidos por las provincias. Cabe advertir que estas provincias eran entidades por entero novedosas que surgieron
de un doble proceso: por un lado, la desintegración de las antiguas provincias-intendencias y, por el otro, la incor-
poración de las campañas a la representación política que hasta entonces se había circunscrito a las ciudades. Si
la desintegración de las intendencias se debió a que se trataban de estructuras administrativas que no lograban
expresar verdaderas unidades políticas, sociales y económicas, la incorporación del mundo rural a la representa-
ción política fue consecuencia de la importancia que este espacio había ido adquiriendo en el marco de los pro-
cesos de movilización social desatados por las guerras de independencia y las civiles. Ahora bien, este proceso de
“provincialización” no puede comprenderse solamente a la luz del accionar de los caudillos que erigieron su
poder apelando a la coerción, el carisma o el clientelismo, sino que se produjo en un marco de institucionalización
del poder político que en muchos casos había antecedido el ascenso de estas figuras a los primeros planos de la
vida pública. Este proceso de institucionalización se fue afianzando en la década de 1820 cuando las provincias
establecieron sistemas republicanos representativos y procuraron constituirse en Estados al asumir atribuciones
soberanas que eran reconocidas en los pactos que celebraban entre sí.
Ahora bien, esto no implicó en modo alguno que desapareciera del horizonte la posibilidad de cons-
tituir una nación, aunque su alcance no era un objetivo predeterminado sino un motivo de constantes debates y
disputas. Estos conflictos tenían como protagonistas a las provincias, razón por la cual los proyectos de organización
nacional no podían soslayar el reconocimiento de su carácter soberano, tal como quedó expresado en la Ley
Fundamental dictada por un Congreso Nacional a principios de 1825.
Para entender mejor esta cuestión, y las concepciones acerca de la nación que expresaban los hombres
de esa época, resulta útil repasar algunos de los numerosos debates suscitados durante los tres años que duró el
Congreso. Entre ellos me detendré brevemente en el que se entabló en mayo de 1825 con motivo de la creación
de un Ejército Nacional ante la inminente guerra con el Imperio de Brasil por la Banda Oriental que había sido
incorporada a la misma como Provincia Cisplatina.
El debate comenzó en la sesión número treinta y uno del 3 de mayo, cuando la comisión que había exa-
minado el proyecto presentó una propuesta que acordaba con la formación de un ejército de poco más de seis mil
soldados. Entre otras modificaciones incorporadas por la comisión como por ejemplo la de fijar un límite de cuatro años
para los enganchados, se sugería que los oficiales superiores fueran elegidos por el Ejecutivo Nacional para asegurar
la unidad y la dependencia de la autoridad central, pero que los que tuvieran un rango igual o menor al de Teniente
Coronel debían serlo por las provincias pues en caso contrario éstas difícilmente aceptarían aportar contingentes.
Más allá de la tensión entre los poderes locales y el poder central en construcción que procuraba ser
subsanada mediante este tipo de transacciones, durante el tratamiento de la ley también se puso en discusión la
propia existencia de la nación. Al presentar el proyecto, el clérigo porteño Julián Segundo de Agüero planteó
retóricamente que no podía existir una nación sin un Ejército Nacional. Esto fue rebatido por otro clérigo, el salteño
Juan Ignacio Gorriti, quien se permitió invertir su planteo al señalar que lo que no puede existir es un Ejército
Nacional sin una nación. Es que si bien Gorriti compartía con Agüero la aspiración de crear un Estado unitario,
entendía que hasta que no se diera ese paso no podría hablarse con propiedad de la existencia de una nación:
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
40 41
El Estado federal y el Estado de Buenos Aires: 1852-1862
La derrota del régimen rosista a comienzos de 1852 sentó nuevas condiciones para la organización
de los pueblos del Plata. En ese marco la cuestión nacional se ubicó en el centro del debate público pues si bien
siguieron teniendo una gran importancia los sentimientos e intereses locales, se hizo cada vez más patente la
necesidad de constituir un orden político e institucional capaz de contener a todas las provincias. Las discusiones
se centraron por tanto en la forma en la que debía constituirse la nación y en su relación con los poderes locales.
Pero contra lo esperado y deseado por muchos que preferían culpar a Rosas por no haber permitido
un avance en la organización nacional, ese desenlace no fue inmediato. En efecto, el triunfo en febrero de 1852
de las fuerzas dirigidas por el entrerriano Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros dio lugar pocas semanas
más tarde a un acuerdo entre las dirigencias provinciales que se agruparon bajo su liderazgo y dieron forma a un
Estado federal que se institucionalizó en 1853 con la sanción de una Constitución y la creación de autoridades
nacionales. Esta resolución fue resistida por la dirigencia de Buenos Aires que no quería resignar el control de la
Aduana y el Puerto. Más aun, la provincia no sólo logró mantener su soberanía y su autonomía, sino que también
se dictó una Constitución en 1854.
Las relaciones entre ambos Estados fueron tensas, con momentos de acercamiento y otros de enfren-
tamiento como la batalla de Cepeda, en 1859, en la que triunfaron las armas nacionales. Este resultado motivó
que al año siguiente se reformara la Constitución en una Convención de la que también participó Buenos Aires.
Tras su aprobación, Bartolomé Mitre, que entonces ejercía la gobernación de la provincia, hizo explícito el vínculo
que a su juicio unía ese momento con el pasado revolucionario:
Hoy recién, después de medio siglo de afanes y de luchas, de lágrimas y de sangre, vamos a cumplir
el testamento de nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho de constituir la nacio-
nalidad argentina, bajo el imperio de los principios.8
Los conflictos sin embargo no se acallaron, y en septiembre de 1861 Buenos Aires logró imponerse
en la batalla de Pavón frente a un adversario debilitado por diferencias internas y dificultades económicas, por
lo que meses más tarde el propio Mitre pudo asumir la presidencia de la nación unificada.
Claro que la historia no acabó ahí, pues aún debieron pasar varios años para que pudiera constituirse
un sistema de instituciones nacionales cuyo poder fuera incontestable en todo el territorio. En efecto, los enfren-
tamientos en torno a la organización nacional y al lugar de los poderes provinciales se prolongaron al menos
hasta 1880 cuando se produjo la consolidación del Estado nacional que, no casualmente, suele simbolizarse con
la derrota sufrida por las fuerzas de Buenos Aires a manos del Ejército Nacional que se había fortalecido durante
esas dos décadas.
Una vez consolidado el Estado nacional pudo imponerse una concepción de la Nación Argentina
como único sujeto soberano. Sujeto al que los historiadores (pero no sólo ellos) comenzaron a dotar de un pasado
cada vez más lejano y, por tanto, preexistente al proceso revolucionario que sería considerado de ahí en adelante
como ese momento fundacional en el que la nacionalidad cobró conciencia de sí para sacudir el yugo colonial.
La Revolución de Mayo se constituyó así en el mito de orígenes de la Nación Argentina y, por lo tanto,
en motivo de recurrente disputa acerca de su sentido, alcances y proyección tal como sigue sucediendo hoy día
en vísperas de la conmemoración de su Bicentenario.
8 Ricardo Levene (ed.), Lecturas históricas argentinas, tomo 2, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1978, p. 322.
c) realizar esa unión con Estados que no pertenecían a la Confederación como el Uruguay, el Paraguay o Bolivia
(alternativas esbozadas en numerosas ocasiones); d) constituir un Estado federal que reconociera a la vez la sobe-
ranía de las provincias y la soberanía nacional con preeminencia de esta última (solución que se terminaría impo-
niendo jurídicamente tras la sanción de la Constitución de 1853 y políticamente tras la derrota de Buenos Aires
en 1880 que permitió la definitiva consolidación del Estado nacional).
Lo notable es que estas opciones no fueron patrimonio de ningún sector, pues era habitual que más allá
de su pertenencia facciosa, ideológica o regional, los políticos y publicistas esgrimieran diversas posiciones según cuáles
fueran las circunstancias en las que estuvieran actuando. Es por ello que en muchas ocasiones las calificaciones de
unitario o federal, si bien no son arbitrarias, dificultan la comprensión de los conflictos y de los intereses en juego.
Consideremos a modo de ejemplo los cambios de posición entre Buenos Aires y algunas provincias
como Corrientes, cuyos voceros se alternaban en argüir la primacía de la Nación sobre cualquier poder provincial
a fin de poder defender mejor sus intereses. Esa necesidad permitió, por ejemplo, que a principios de la década
de 1830 el líder correntino Pedro Ferré fuera el primero en enunciar en la región un programa de organización
nacional que en cierto modo estaba emparentado con el principio de las nacionalidades aunque no le diera ese
nombre, cuando se trataba también de uno de los mayores adalides de la defensa de las soberanías provinciales.3
En su reverso, la dirigencia porteña podía argüir, como lo hizo entonces a través del publicista Pedro de Angelis, que
La soberanía de las provincias es absoluta, y no tiene más límites que los que quieren prescribirle sus
mismos habitantes. Así es que el primer paso para reunirse en cuerpo nacional debe ser tan libre y
espontáneo como lo sería para Francia el adherirse a la alianza de Inglaterra.4
Y, sin embargo, pocos años después ese mismo gobierno y sus publicistas podían negarle no sólo a
las provincias sino también al Paraguay toda pretensión soberana al alegar que formaban parte de la Confederación
Argentina.
Esta inconstancia, si bien resulta fácil de comprender cuando se atiende a las circunstancias políticas,
no puede considerarse como una mera actitud cínica. En tal sentido resultan reveladoras algunas posiciones esgri-
midas por el político y publicista unitario Florencio Varela en su exilio montevideano desde las páginas de El
Comercio del Plata, donde llegó a defender o a tolerar alternativas muy disímiles en relación a lo que hacía a la
organización que debían tener las provincias rioplatenses. Así, y ante la posibilidad planteada en 1846 de que se
formara un nuevo Estado que agrupara a Corrientes y Entre Ríos –y, potencialmente al Uruguay y el Paraguay–,
sostuvo que aunque esa resolución no lo satisfacía ya que consideraba más conveniente luchar por el libre comer-
cio y la libre navegación en el seno de la comunidad argentina, no podía hacerle objeciones de principio ya que
las provincias eran soberanas y podían hacer ese tipo de pactos si les convenía.5 Pocos meses más tarde retomó
este razonamiento pactista, aunque modificó su contenido al sostener que las provincias “forman una asociación
que ha pactado constituirse en nación independiente pero que todavía no se ha constituido”.6 Casi un año más
tarde profundizaba aun más esta idea de nación al señalar que “en nada pensamos menos que en dividir las pro-
vincias, en desmembrar la nacionalidad argentina, representación en América de tantas glorias militares, civiles
y administrativas”.7
Estas oscilaciones deben entenderse no sólo como expresión de una modalidad que hacía del pacto entre
entidades soberanas el fundamento de la constitución de los poderes políticos, sino también a la luz del enfrenta-
miento con el régimen rosista, objetivo que para sus opositores opacaba toda otra consideración. De ese modo las
posturas en relación a la posible organización de las provincias podían ir modificándose al compás de las alianzas
que se sucedían en el afán por derrotar a Rosas. Pero no es eso lo que aquí interesa sino su consideración como pro-
puestas válidas, capaces de ser enunciadas, argumentadas y defendidas públicamente, ya que formaban parte del
horizonte de posibilidades en lo que se refería al ordenamiento político, territorial e institucional de la región.
3 Un análisis del programa de Ferré en José Carlos Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-
1846), Buenos Aires, Ariel Historia, 1997, pp. 231-246.
4 El Lucero, Nº 843, Buenos Aires, 17 de agosto de 1832.
5 Comercio del Plata, Nº 207, Montevideo, 20 de junio de 1846.
6 Comercio del Plata, Nº 361, Montevideo, 23 de diciembre de 1846. El destacado pertenece al original.
7 Comercio del Plata, Nº 592, Montevideo, 8 de octubre de 1847.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
42
BIBLIOGRAFÍA
CHIARAMONTE, José Carlos, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos
Aires, Ariel Historia, 1997.
—————————————, Nación y estado en Iberoamérica. Los lenguajes políticos en tiempos de las inde-
pendencias, Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
GOLDMAN, Noemí, ¡El pueblo quiere saber de qué se trata! Historia oculta de la Revolución de Mayo, Buenos
Aires, Sudamericana, 2009.
————————————— (dir.), Revolución, República y Confederación (1806-1852), Buenos Aires,
Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina, (tomo 3), 1999.
GUERRA, Francois-Xavier, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid,
Mapfre, 1992.
HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla,
México, Siglo XXI, 1979.
LEVENE, Ricardo (ed.), Lecturas históricas argentinas, tomo 2, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1978.
RAVIGNANI, Emilio (ed.), Asambleas Constituyentes Argentinas, tomo I, Buenos Aires, Peuser, 1937.
SOUTO, Nora y Fabio Wasserman, “Nación”, en Noemí Goldman, Lenguaje y revolución. Conceptos políticos
clave en el Río de la Plata (1780-1850), Buenos Aires, Prometeo, 2008.
WASSERMAN, Fabio, “De Funes a Mitre: representaciones de la Revolución de Mayo en la política y la cultura
rioplatense (primera mitad del siglo XIX)”, en Prismas. Revista de Historia intelectual, N º5, Bernal, UNQ, 2001.
—————————, “Una pregunta en dos tiempos. ¿Qué hacer con la Revolución de Mayo?”, en Nuevo Topo.
Revista de historia y de pensamiento crítico, Nº 5, Buenos Aires, 2008.
—————————, Entre Clio y la Polis. Conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de la
Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
45
En 1821 el liberal español Miguel Cabrera de Nevares presentaba ante las Cortes una memoria a
favor del rápido reconocimiento de una “independencia concedida” a las colonias. Cabrera acababa de pasar dos
años en Buenos Aires y de su experiencia porteña extraía algunas conclusiones. Me interesa recuperar una de ellas:
acá todos son guerreros, todos han nacido con diversas ideas, todos saben pelear, todos se escenden en
el odio contra los españoles, odio que es mucho mas encarnizado que el que tenían entonces contra los
ingleses. Hay una generación enteramente nueva: los niños que entonces tenían diez años, en el día
mandan regimientos y divisiones.1
Lo que Cabrera estaba describiendo era la masiva militarización de la sociedad y cómo ella signaba
la experiencia política de toda una generación. Registraba, así, una de sus dimensiones que ya analizó Halperin
Donghi hace tiempo: la “carrera de la revolución” había constituido una elite política basada en su autoridad
militar. Su ubicación en el escenario social era compleja en la medida que mientras se separaba de los sectores
sociales dominantes que estaban sufriendo profundos de-sequilibrios establecía nuevos lazos sociales con los sec-
tores sociales ampliamente movilizados, conformando un triángulo por demás inestable.2
Pero esa nueva dirigencia era sólo una de las dimensiones de la militarización. Otra, era la extrema
politización de los sectores sociales populares que no habría de anularse cuando la dirigencia revolucionaria pro-
clamó el fin de la Revolución sino que se iba a acrecentar y profundizar hasta imprimirle a la lucha política rio-
platense una ineludible marca plebeya.3 Una y otra serían incomprensibles sin atender a una tercera dimensión:
la militarización revolucionaria multiplicó las ya heterogéneas formaciones armadas con que contaba la colonia
1 Miguel Cabrera de Nevares, Memoria sobre el estado actual de las Américas y medios de pacificarlas, escrita de orden del Excmo. Sr.
D. Ramón López Pelegrín, Secretario del Despacho y de la Gobernación de Ultramar y presentada a S.M. y a las Cortes extraordina-
rias por el Ciudadano Miguel Cabrera de Nevares, Madrid, Imprenta de don José del Collado, 1821, pp. 201-202.
2 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; y
“Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El ocaso del orden colonial en
Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978, pp. 121-157.
3 Un panorama actualizado de esta decisiva cuestión en Raúl O. Fradkin (comp.), ¿Y el pueblo dónde está? Contribuciones para una
historia popular de la revolución de independencia en el Río de la Plata, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008; y en Raúl O. Fradkin y
Jorge Gelman (comps.), Desafíos al Orden. Política y sociedades rurales durante la Revolución de Independencia, Rosario, Prohistoria
Ediciones, 2008.
Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el
Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX
RAÚL O. FRADKIN
UNLU / UBA
1810-1860 LA INDEPENDENCIA
Y LA ORGANIZACION NACIONAL
1
CAPÍTULO
46 47
9 Un análisis detallado en Raúl O. Fradkin, “Tradiciones coloniales y naturaleza de las fuerzas beligerantes en el litoral rioplatense durante
las guerras de la revolución”, ponencia al II Encontro da Rede Internacional Marc Bloch de Etudos Comparados em História, Porto Alegre,
22 al 24 de octubre de 2008.
10 No se dispone para Montevideo de datos tan precisos como los que existen en relación con el ejército limeño para el cual se ha cal-
culado que entre 1810 y 1825 había nacido en América el 35% de los oficiales veteranos y el 80% de los milicianos, mientras que
tenía ese origen entre el 70% y el 90% de la tropa. Debe tenerse en cuenta que en ese ejército tuvieron un papel descollante las milicias
indígenas comandadas por sus propios jefes, al punto que el general Pezuela se quejaba de que entre sus soldados “raro era el que
sabía hablar castellano” (Julio M. Luqui-Lagleyze, “Por el Rey, la Fe y la Patria”. El ejército realista del Perú en la independencia sudame-
ricana, 1810-1825, Madrid, Adalid, 2006, pp. 48-49).
11 Juan Marchena Fernández, “¿Obedientes al rey y desleales a sus ideas? Los liberales españoles ante la ‘reconquista’ de América, 1814-1820”,
en Juan Marchena Fernández y Manuel Chust (eds.), Por la fuerza de las armas…, op. cit., pp. 143-220.
12 “Estado de la Fuerza Militar que existía en la plaza de Montevideo” (1814), en “Colección de los documentos oficiales relativos a la
ocupación de la plaza de Montevideo en 23 de junio de 1814”, en Andrés Lamas, Colección de Memorias y Documentos para la historia
y la geografía de los pueblos del Río de la Plata, tomo I, Comercio del Plata, 1849, p. 108.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera
mitad del siglo XIX
así como sus tradiciones militares y milicianas. Intentaremos aquí analizar sus impactos y significados y lo haremos
tratando de cotejar la experiencia porteña con las que vivieron las sociedades del Litoral rioplatense. Dada la
complejidad del tema, las que siguen son sólo unas notas introductorias.
Legados coloniales
Para esta evaluación se impone una breve consideración inicial: ¿hasta qué punto la militarización
era exclusivamente el resultado del ciclo revolucionario abierto por las invasiones inglesas?
Como es sabido, la organización de la defensa de las colonias se había mantenido sin alteraciones
sustanciales entre fines del siglo XVI y mediados del XVIII cuando la Corona adoptó una nueva concepción que
incluía, entre otros aspectos, la dotación de regimientos regulares y el “arreglo” de las milicias. Fue por entonces
que tomó forma el Ejército Imperial en América, un ejército de Antiguo Régimen atravesado por pautas corpo-
rativas y estamentales que limitaban su profesionalización y que terminó por estar compuesto de una tropa reclutada
mayoritariamente en las colonias y por una oficialidad que, excepto a niveles del generalato, tenía mayoritaria-
mente ese origen.4 En el esquema de defensa que se diseñó, los cuerpos veteranos debían encargarse de la defensa
de algunos puntos precisos y las milicias de las ciudades, las fronteras con los indios, el orden interno y servir de
fuerzas auxiliares. Por ello, la mayor parte de las fuerzas veteranas eran de infantería y la caballería casi comple-
tamente miliciana.
Ahora bien, la “Ordenanza de su Majestad para el regimiento, disciplina, subordinación y servicio de
sus ejércitos” de 1768 –un cuerpo normativo que orientó la vida militar hispanoamericana hasta bien avanzado
el siglo XIX– contemplaba la existencia junto a los cuerpos veteranos permanentes y de refuerzo de dos tipos de
milicias: las nuevas –llamadas “milicias provinciales”, “disciplinadas” o “regladas”– y las antiguas, generalmente
denominadas “urbanas”. Ese sistema de milicias –la piedra angular del nuevo orden que los Borbones pretendían
instaurar–5 buscaba transformar las antiguas milicias sostenidas y comandadas localmente en una estructura
mejor entrenada, que prestara servicio en espacios mucho más amplios que la defensa de la propia localidad y que
quedara subordinada a los mandos militares veteranos. Sin embargo, los resultados fueron muy dispares y, para
las autoridades militares imperiales, desalentadores.6
¿Hasta qué punto estos rasgos dan cuenta de la experiencia rioplatense?7 Por lo pronto, no puede
obviarse que el gasto fiscal con fines militares fue un componente central de la prosperidad de Buenos Aires.8 De
este modo, la ciudad tuvo una importante presencia de fuerzas veteranas que en la década de 1760 llegaron a
superar los 4.600 efectivos para una ciudad que apenas rondaba los 24.000 habitantes. Sin embargo, esa dotación
no se mantuvo y para 1781 todo el virreinato contaba con sólo 2.500 veteranos permanentes. Además su distri-
bución era muy desigual: en la capital se encontraba el 13,6%; en Charcas, momentáneamente, el 12,3%; y en la
costa patagónica un 6,8%; en cambio, en Montevideo estaba acantonado el 38,4% y si sumamos todas las fuerzas
veteranas en el territorio oriental (en Colonia y Maldonado, principalmente) llegamos al 66,3%. Es decir, que la
mayor parte del virreinato carecía de tropas veteranas, en Buenos Aires su número había decrecido sustancial-
mente y la mayor parte se encontraban en la Banda Oriental, particularmente en Montevideo. A ello deben agre-
garse las enormes dificultades para cubrir sus plazas, tanto que para 1802 cuando debía haber 4.300 efectivos
sólo estaban cubiertas 2.500. Pero, además, en esta estimación se incluyen los Blandengues de la Frontera que
constituían el 41% de los veteranos realmente existentes. Esos Blandengues eran un cuerpo de origen miliciano
transformado en veterano en 1784 aunque de modo muy limitado: generalmente carecían de armas de fuego,
se solventaban con recursos locales y se reclutaban entre la “gente del país” obligada a vestirse por su cuenta y
a montar en caballos propios.
4 Juan F. Marchena, “Sin temor de Rey ni de Dios. Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena colonial”, en Juan F.
Marchena y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey. El Ejército Borbónico en América Colonial en vísperas de la Independencia,
Castellón, Ed. Universitat Jaume I, pp. 31-100.
5 Manuel Chust y Juan F. Marchena, “De milicianos de la Monarquía a guardianes de la Nación”, en Manuel Chust y Juan F. Marchena
(eds.), Las armas de la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Madrid, Iberoamericana, 2008, pp. 7-14.
6 Allan Kuethe, “Las milicias disciplinadas en América”, en Juan Marchena Fernández y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey..., op. cit.,
pp. 101-126; y “Las milicias disciplinadas ¿fracaso o éxito?”, en Juan Ortíz Escamilla (coord.), Fuerzas militares en Iberoamérica, siglos
XVIII y XIX, México, El Colegio de México/El Colegio de Michoacán/Universidad Veracruzana, 2005, pp. 19-26.
7 El estudio más completo sigue siendo Juan Beverina, El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar, Buenos
Aires, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, 1992.
8 Lyman Johnson, "Los efectos de los gastos militares en Buenos Aires colonial", en HISLA, Nº IX, 1987, pp. 41-57.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
No extraña, por lo tanto, que la defensa frente a las invasiones inglesas hubiera de descansar en las
milicias. Pero, ¿cómo eran estas milicias? Se trataba de un conjunto extremadamente heterogéneo que incluía
milicias “disciplinadas”, “urbanas”, “compañías sueltas” de caballería, unidades de pardos y mulatos libres y milicias
indígenas. De este modo, la reforma miliciana borbónica aunque cobró nuevo impulso con el reglamento de
1801, no abarcó ni a todas las milicias ni a todo el virreinato y estaba en sus comienzos cuando todo el orden polí-
tico y militar regional se vio bruscamente alterado en 1806. Para entonces, el número de milicianos creció expo-
nencialmente, pero ese crecimiento se operó siguiendo el modelo de las milicias “urbanas”.
En síntesis, a fines de la colonia las fuerzas veteranas eran decrecientes, escasas, mal equipadas, desigual-
mente distribuidas y en la práctica su única caballería eran los Blandengues. Mientras tanto, el “arreglo” de las
milicias fue incompleto, no logró uniformarlas ni subordinarlas pero no por ello dejaban de tener un peso decisivo
en las estructuras locales de poder.9
Las guerras de la revolución y la militarización
Estas condiciones prefiguraron las características de las fuerzas que confrontaron a partir de 1810 en
el espacio rioplatense. Pero, para comprender mejor su naturaleza, es preciso despojarse –al menos– de dos imágenes
convencionales. Por un lado, aquella que describe el enfrentamiento entre realistas y revolucionarios como una
confrontación entre un ejército europeo profesional y un ejército americano formado de voluntarios. Por otro,
aquella que describe la confrontación entra las fuerzas de Buenos Aires y el artiguismo como un enfrentamiento
entre nuevos ejércitos profesionales y porteños contra un conglomerado de fuerzas irregulares. Ambas convenciones
estereotipan y simplifican un proceso que fue extremadamente más complejo.
Tres premisas orientan nuestro argumento: 1) los ejércitos se formaron a partir de las estructuras y
tradiciones preexistentes y expresaron sus variaciones regionales; 2) si se toma en cuenta la composición social de
las tropas puede observarse que las guerras de la revolución no fueron tanto una confrontación entre europeos
y americanos sino una guerra civil10 y que las tropas de Buenos Aires tuvieron una alta proporción de efectivos
reclutados en otras jurisdicciones; 3) la revolución trajo consigo una guerra mucho más larga y cruenta de lo que
podía imaginarse en un comienzo y a través de ella adquirió sus características: esa guerra destruyó recursos y
erosionó jerarquías sociales pero también ayudó a forjar identidades, solidaridades y mecanismos de movilización.
En este sentido, fue una experiencia social y política de masas de máxima intensidad y amplitud.
Las fuerzas realistas de Montevideo estaban compuestas por la reducida dotación de veteranos, una parte
de los Blandengues y los cuerpos milicianos de la ciudad y alrededores. Para organizar la resistencia su gobierno
apeló al reclutamiento forzoso de hombres libres y de esclavos y multiplicó las milicias, entre ellas los cuerpos
“emigrados” refugiados en la ciudad que provenían de las áreas rurales y eran comandados por sus propios jefes.
Esa situación no fue completamente transformada por los contingentes de refuerzo enviados desde la península
que llegaron con su capacidad muy menguada por las deserciones y sublevaciones.11 De este modo, al momento
de su capitulación en 1814, Montevideo contaba con 5.340 efectivos: 3.154 veteranos y 2.186 milicianos.12
En Buenos Aires la revolución se nutrió principalmente de las milicias que emergieron de las invasio-
nes inglesas y que eran cuerpos de naturaleza híbrida construidos sobre el modelo de las milicias urbanas pero
de servicio permanente, remuneración continua, goce del fuero y sin subordinación alguna a las fuerzas veteranas.
48 49
16 Raúl O. Fradkin y Silvia Ratto, “Conflictividades superpuestas. La frontera entre Buenos Aires y Santa Fe en la década de 1810”, en
Boletín Americanista, N° 58, 2008, pp. 273-293.
17 Raúl O. Fradkin y Silvia Ratto, “Territorios en disputa. Liderazgos locales en la frontera entre Buenos Aires y Santa Fe (1815-1820)”,
en Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman (comps.), Desafíos al Orden…, op. cit., pp. 37-60. Ana Frega, “Caudillos y montoneras en la revo-
lución radical artiguista", en Andes. Antropología e Historia, Nº 13, 2002, pp. 75-112.
18 Belgrano a Álvarez Thomas, Rosario, 5 de abril de 1816; y Belgrano a José de San Martín, Tucumán, 26 de septiembre de 1817, en
Epistolario belgraniano, Buenos Aires, Taurus, 2001, pp. 291 y 336-337.
13 Raúl O. Fradkin (comp.), El poder y la vara. Estudios sobre la justicia y la construcción del estado en el Buenos Aires rural, 1780-1830,
Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007, pp. 99-128.
14 El mejor análisis al respecto: Gabriel Di Meglio, ¡Viva el Bajo Pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución
de Mayo y el Rosismo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006.
15 Pocos autores han hecho hincapié en esta decisiva cuestión. Con lucidez, recientemente ha llamado la atención Mariano José
Aramburo, Buenos Aires ciudad en armas. Las milicias porteñas entre 1801 y 1823, Tesis de Licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires, 2008.
A partir de ellas, la revolución intentó forjar nuevos ejércitos veteranos apelando a una matriz borbónica e intro-
duciendo algunas de las novedades que suministraba el modelo napoleónico.
El intento parece haber sido incompleto pero impregnó la visión de la oficialidad revolucionaria y su
autoconciencia. Esa oficialidad, surgida de la convergencia de jefes de milicias, líderes políticos, algunos oficiales
de los ejércitos del Rey y otros extranjeros, terminó por concebirse a sí misma como el núcleo dirigente de la sociedad
y al Ejército como la base de sustentación del nuevo Estado. Pero, a su vez, la formación de esos ejércitos –que
suponía una movilización varias veces superior a las efectuadas en la época colonial– afectó decididamente a las
plebes urbanas y a los sectores populares rurales. Un dato lo muestra: a fines de la colonia la infantería veterana
no superaba los 2.500 efectivos, a fines de 1811 la revolucionaria pasaba los 5.000 y para 1817 superaba los
13.000. ¿Cuánto pesaba este esfuerzo sobre los habitantes de Buenos Aires? No es fácil calcularlo pero debe con-
siderarse que en 1815 la jurisdicción tenía 6.600 efectivos de línea (4.650 de Infantería, 900 de Artillería y 1.100
de Caballería), unos 4.000 milicianos en la ciudad y sus arrabales y, al menos, unos 1.000 milicianos activos en la
campaña, aunque podían movilizarse otros 4.000. Es decir, alrededor de 11.000 hombres movilizados en su territorio
cuando la población era de 92.000 habitantes, un 12% aproximadamente.
Ese masivo reclutamiento se realizó siguiendo las prácticas coloniales aunque legitimado por un
nuevo discurso político y con una extensión tal que afectó el cumplimiento de las normas tradicionales. Así, al
enganche voluntario se sumó inmediatamente el contingente compulsivo que afectaba sobre todo a los sectores
populares rurales fijándose cuotas de reclutas y destinando al “servicio de las armas” a los infractores de las leyes.
En tales condiciones, la creciente necesidad de reclutas convirtió a las autoridades revolucionarias en muy depen-
dientes de la colaboración efectiva de las autoridades locales y puso en tensión sus relaciones mientras amplifi-
caba los contenidos asignados a la figura de la vagancia.13 Pero había una novedad mayor: el reclutamiento de
esclavos adquirió tal envergadura que erosionó el régimen de esclavitud. A su vez, se apeló a la utilización de los
prisioneros de guerra como reclutas y a la sustracción de milicianos –particularmente los libertos– para completar
las plazas veteranas faltantes.14
En tales condiciones, diversas tensiones atravesaban a los nuevos ejércitos y una en particular: la resis-
tencia de los milicianos a convertirse en veteranos. Y no podía haber sido de otro modo pues la población tenía
bien en claro las diferencias que debía haber entre una y otra forma de organización militar así como sus respectivas
connotaciones sociales.
Sin embargo, la transformación de las milicias en cuerpos veteranos no fue el único desafío puesto
que la dirigencia revolucionaria tuvo que embarcarse simultáneamente en una masiva ampliación de las milicias
y consagrar el principio del alistamiento general. Y ello profundizó la necesidad de contar con la cooperación de
las autoridades locales.
Por lo tanto, la militarización revolucionaria no puede ser considerada simplemente como la transfor-
mación de los cuerpos milicianos en ejércitos de veteranos sino que incluyó como un capítulo central la ampliación
y la multiplicación de las milicias. Para ello esa dirigencia apeló al modelo borbónico y a partir de 1817 las “milicias
disciplinadas” se denominaron “nacionales” mientras que las “urbanas” pasaron a llamarse “cívicas”. ¿Qué las dis-
tinguía? Para las milicias “nacionales” se mantuvo en vigencia el reglamento de 1801, gozaban de sueldo y fuero,
se buscaba que estuvieran comandadas por una plana mayor veterana y que tuvieran como “comandantes natos”
a los intendentes y sus subdelegados. En cambio, las “milicias cívicas”, no gozaban de sueldo ni de fuero, prestaban
un servicio de defensa local y debían estar al mando de los cabildos. Las contradicciones entre ambos sistemas se
manifestaban en una cuestión central: los integrantes de las milicias “nacionales” eran considerados “soldados
del Estado” y debían acudir “al auxilio y reposición de los ejércitos de línea” mientras que las “milicias cívicas” debían
actuar sólo “dentro del recinto” de las ciudades, las villas y los pueblos.15
De esta manera, los primeros ejércitos revolucionarios constituían un aglomerado inestable y hetero-
géneo, estructurado a partir de un reducido núcleo veterano y de milicias locales, que reproducían en su interior
las tramas sociales que hacían posible el reclutamiento y la conformación de sus jefaturas intermedias. En esas
condiciones, sus relaciones con el ampliado servicio miliciano tendían a ser tensas y conflictivas. Y, en especial, lo
fueron los ejércitos de Buenos Aires en el Litoral. Esta situación contradictoria puede advertirse con claridad a
través de un ejemplo: el Ejército de Observación sobre Santa Fe. Este ejército llegó a tener más de 3.000 hombres
y estuvo integrado por un núcleo de veteranos entre los cuales se destacaban los regimientos de infantería com-
puestos mayoritariamente por “negros”, una buena parte de las milicias bonaerenses de caballería y unidades
milicianas de “emigrados” de Rosario, Coronda y Paraná estructurados en cuerpos separados y dotados de sus
propios jefes.16 Era algo bien distinto de un ejército regular y porteño y evidencia las limitaciones que tuvo la for-
mación de un ejército “profesional”. Los sucesos acaecidos a partir de 1819 habrían de demostrarlo: el ejército
–al igual que el del norte– se desintegró siguiendo los patrones regionales de reclutamiento y jefaturas intermedias
que conformaban su entramado subyacente.
El dilema de la dirigencia revolucionaria residía en que mientras tenía cada vez más al ejército regu-
lar como base de sustentación no podía sino multiplicar las fuerzas milicianas y depender de su colaboración. Las
consecuencias se hicieron notar de inmediato: la dependencia de la influencia política local, la necesidad de
“negociar” tanto las condiciones y los momentos del servicio como la obtención de “auxilios”, la extensión del
fuero que reforzaba el papel de los jefes, su reticencia a emprender campañas ofensivas, etc. Lo que se ponía de
manifiesto era que las tradiciones milicianas expresaban una tensión intrínseca: forjadas en torno a la defensa de
cada comunidad territorial, las milicias permitían movilizar lazos y recursos, sustentar jefaturas y liderazgos loca-
les y eran muy eficaces para una guerra defensiva. Pero, en cambio, eran refractarias a los requerimientos de la
guerra ofensiva en escenarios alejados que respondían más a las necesidades del Estado que a las de las comuni-
dades y que, por lo tanto, suponían un desplazamiento de recursos y una subordinación a las jefaturas superio-
res. En tales condiciones, las milicias servirían de apoyatura a la formación de nuevos liderazgos locales y en ese
proceso podían dar lugar a situaciones bien diferentes: en muchas ocasiones se convertían en una suerte de espe-
jo militarizado de los entramados y las jerarquías sociales locales; en otras, resultaban del quiebre de esas jerar-
quías y permitían el ascenso a posiciones de mando de sujetos provenientes de estratos más bajos.17 En cualquier
caso, la tensión con los jefes del Ejército fue creciente. Así lo reconocía Manuel Belgrano cuando en abril de 1816
advertía “la oposición que existe entre soldados y paisanos acerca de esta guerra” y cuando al año siguiente seña-
laba que “los anarquistas han conseguido cimentar la idea de que no hay necesidad de Ejército para destruir a
los enemigos”.18 El “anarquismo”, el término preferido por la dirigencia directorial para calificar las tendencias
federalistas, no era sólo una oposición a una forma de gobierno sino también a esos ejércitos y al estilo de mando
de su oficialidad por parte de comunidades territoriales que encontraron en las tradiciones milicianas una orien-
tación y un sustento para legitimar sus reclamos.
¿Qué puede mostrarnos el análisis de las fuerzas “anarquistas”? La insurgencia oriental extrajo el
núcleo de su fuerza armada de los Blandengues y de las milicias rurales, sobre todo de las “compañías sueltas”
que si no fueron directamente su sustento organizativo la dotaron de un formato al que apelar. Sin embargo,
intentó también forjar un ejército. En ese intento un lugar relevante lo ocuparon las llamadas “Divisiones
Orientales”. Eran unidades de caballería que aglutinaban partidas de milicias territoriales y que permitían reunir
una fuerza equivalente a un ejército de Buenos Aires. Además, ese ejército contaba con una reducida artillería y
al menos con dos divisiones de infantería, fue dirigido desde campamentos centrales y constituyó sus propios
regimientos veteranos. Para ello apeló al enganche de voluntarios, levas de vagos, incorporación forzada de
esclavos y libertos o indulto a “pasados” y desertores. Las diferencias con los regimientos “porteños” residían en
que éstos estaban mejor armados, remunerados y financiados. Esa diferencia remite a su diferente grado de esta-
tidad y de allí que las Divisiones Orientales no perdieran su matriz miliciana.
Ahora bien, esas Divisiones contaban con sus “milicias auxiliares” y eran de dos tipos. Por un lado, las
que defendían cada poblado y cada partido, siguiendo el modelo de las milicias “urbanas” o “cívicas”. Pero, a
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera
mitad del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
50 51
24 En este sentido resulta imprescindible la consulta de Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo
XXI, 2008.
25 José C. Chiaramonte, Ciudades, Provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997.
26 Carlos Cansanello, “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia Regional, Nº19, 1998, pp. 7-51.
27 Registro Nacional, Año de 1825, pp. 29-33.
19 Sarratea al jefe del Estado Mayor, Arroyo de la China, 3 de septiembre de 1812, en Archivo Artigas, tomo X, p. 156.
20 Jefes del Ejército Oriental al gobierno, Barra del Ayuí, 27 de agosto de 1812, en Archivo Artigas, tomo IX, pp. 45-47.
21 Agustín Beraza, El pueblo reunido y armado, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1967
22 Raúl O. Fradkin, “¿‘Facinerosos’ contra ‘cajetillas’? La conflictividad social rural en Buenos Aires durante la década de 1820 y las mon-
toneras federales”, en Illes i Imperis, Nº 4, 2001, pp. 5-33.
23 Un desarrollo más amplio de esta decisiva cuestión en Raúl O. Fradkin, “Las formas de hacer la guerra en el litoral rioplatense”, en
Susana Bandieri (comp.), La historia económica y los procesos de independencia en la América hispana, Buenos Aires, Asociación
Argentina de Historia Económica/Prometeo Libros, en prensa.
diferencia de Buenos Aires, contaban con las milicias auxiliares que suministraban los pueblos misioneros y las
parcialidades indígenas aliadas. Se recogía de este modo una antigua experiencia del Litoral rioplatense.
Las fricciones entre los insurgentes orientales y los jefes militares de Buenos Aires ilustran los conflictos
subyacentes. En 1812 Sarratea no sólo pretendía el desplazamiento de Artigas y la subordinación de sus oficiales
sino también transformar a esas milicias en cuerpos veteranos y que los Blandengues se convirtieran en un regimiento
de infantería de línea.19 Ello derivó en un conflicto mayor: para los jefes orientales Sarratea “hizo desparecer de
nra vista el carácter de auxiliadores, que apreciabamos en las tropas”20 mientras que para Sarratea las fuerzas
auxiliares debían ser esas milicias orientales y aquellas que no se convirtieran en cuerpos veteranos debían transfor-
marse en milicias “disciplinadas”.
Lo que nos interesa subrayar es que esa resistencia no provenía sólo de los jefes orientales sino que
anidaba en los pueblos rurales y la ejercían tanto los que adherían al artiguismo como aquellos que obedecían al
gobierno de Buenos Aires. Además, esa resistencia tenía un corolario: esos pueblos invocaban su derecho a “elegir”
al comandante militar que los gobernaba tanto como sus jefes invocaban su derecho a elegir su comandante. Esta
concepción de “pueblo armado” se oponía a la imperante entre las autoridades directoriales del miliciano como
“soldado del Estado”.21 Eran dos modos radicalmente distintos y opuestos de entender las relaciones entre mili-
cianos y jefes, entre milicias y veteranos y entre comunidades rurales y Ejército. ¿Cómo eran estas “elecciones”? Poco
sabemos al respecto pero las evidencias sugieren que se realizaban por “aclamación” y que recogían la tradición
de las milicias urbanas coloniales de “elegir” a sus comandantes. Sus consecuencias políticas eran ineludibles y
quizás ningún ejemplo lo exprese mejor que el reclamo que le hicieron al gobierno de Buenos Aires los milicianos
emigrados de Coronda que estaban afincados en San Pedro en 1822: no sólo se negaban a desalojar esas tierras
sino que lo hicieron reclamando su derecho a convertirse en un “pueblo”.22
Este choque de concepciones ilumina sentidos más profundos de los discursos políticos. Para el Directorio
estas concepciones eran la expresión del “anarquismo” que veía encarnado en el artiguismo. Para el artiguismo,
las pretensiones del gobierno y el ejército directorial eran la expresión de un nuevo despotismo, el “despotismo
militar”. Sin embargo, no conviene situar estas disputas sólo en el plano de los discursos o de los conflictos entre
regiones. Por lo pronto, porque expresaban realidades materiales apremiantes: a medida que el reclutamiento y
el aprovisionamiento de las tropas se fue descargando con mayor intensidad sobre las áreas rurales la imposición
de auxilios, el reclutamiento compulsivo, la apropiación de caballadas y ganados, el saqueo de establecimientos
productivos y de poblados, el desplazamiento forzado de poblaciones, se convirtieron en parte inseparable de las
guerras en el Litoral. Eran, a un mismo tiempo, tácticas de combate, métodos de represalia y modos de mante-
ner a las tropas y satisfacer sus demandas. En tales condiciones, a las poblaciones rurales no les quedaban dema-
siadas alternativas para evitar las depredaciones que producían los ejércitos y ellas aparecen recurrentemente
como un factor central que explica los cambios en el alineamiento político de esas poblaciones. En consecuencia,
este tipo de guerra implicaba para las poblaciones rurales desafíos y exigencias que amenazaban las bases mate-
riales de su orden social local justamente cuando el orden político se estaba desmoronando. Para estas poblacio-
nes, sometidas a crecientes dificultades de abastecimiento, al aumento de las cargas, contribuciones, auxilios y
obligaciones, a las incursiones de fuerzas beligerantes con su secuela de saqueos y desplazamientos forzados, la
guerra era la causa de tamañas dificultades pero también parece haber sido el único medio efectivo para que
unos preservaran sus bienes y otros –muchos más– aseguraran su misma subsistencia. Dicho de otro modo, si la
guerra amenazaba el orden social local, afrontarla decididamente terminaba siendo el único medio de preservarlo.23
Ello suponía la imperiosa necesidad de preservar los márgenes de autonomía local y en este sentido
conviene advertir que estas tensiones atravesaban las relaciones entre gobierno, ejércitos y comunidades territo-
riales en cada espacio. No parece ser casual que su intensidad fuera menor en Buenos Aires que en el espacio
Litoral porque aquí la estrategia de poblamiento de los Borbones había derivado en la formación de una miríada
de pueblos, muchos de ellos con estatuto de villas, dotados de sus propios cabildos y sus milicias. Y tampoco lo fue
que se expresara intensamente en los pueblos misioneros que contaban con instancias de autogobierno y con sus
propias formaciones milicianas. En Buenos Aires, sólo Luján ostentaba esa condición y la subordinación de las milicias
al Ejército fue notablemente mayor.
De alguna manera, entonces, al Directorio se le reprodujeron los dilemas de la reforma borbónica y
mientras no lograba convertir a todas las milicias en “disciplinadas” veía cómo recuperaba vigor el modelo miliciano
más tradicional. Pero esa revitalización de una antigua tradición servía de canal para la diseminación de las nociones
más radicales y revolucionarias. No podemos dejar de anotar que posteriormente cada vez que entrara en colapso
una formación estatal volvería a replantearse la confrontación entre una concepción del Estado basada en la
autoridad del Ejército y otra que encontraba en las milicias su base de sustentación.24
Después de la Revolución
El Directorio y el artiguismo se desintegraron durante la crisis de 1820 y de ella emergió un variopinto
proceso de formación de entidades estatales soberanas que adoptaron el nombre de provincias y que supuso la
reorganización de las fuerzas militares y milicianas.25 Las improntas de las tradiciones coloniales y revolucionarias
signaron esas diversas reconstrucciones y explican en parte sus diferencias.
Por lo pronto, en algunas provincias –como en Buenos Aires– esa tarea se emprendió a partir de los
restos de los ejércitos directoriales y de las estructuras milicianas que les habían servido de fuerzas más o menos
subordinadas; en otras –como en Santa Fe o Entre Ríos pero también en el Estado Oriental– esas entidades estatales
emergieron de la confrontación con esos ejércitos y tuvieron como punto de apoyo a las milicias.
A partir de 1821 el nuevo Estado de Buenos Aires procedió a una completa reorganización institucional
que incluyó a sus fuerzas de línea y sus milicias. Las primeras fueron reducidas y reorientadas hacia la defensa de la
frontera con los indios, de modo que para 1823 el ejército regular contaba con unos 3.100 efectivos. Dos años más
tarde eran 3.800 y de ellos, unos 1.800 tenían destino en la frontera y pertenecían a los Regimientos de Húsares,
Blandengues y Coraceros. Nada expresaba mejor la combinación de tradición e innovación que estas denomina-
ciones. Pero las novedades eran notorias: la caballería rondaba el 50% de los efectivos veteranos –cuando antes no
había superado el 20%– y en su mayor parte estaba en la frontera.
Las milicias también fueron sustancialmente modificadas.26 En la ciudad fueron disueltos los cuerpos
cívicos y sustituidos por una Legión Patricia de vecinos a la que más tarde se sumó un batallón de Pardos y
Morenos. Todas las fuerzas milicianas quedaron bajo el mando directo del gobierno provincial y tendió a diluirse
la distinción entre distintos tipos de milicias, se anuló el goce del fuero militar y cobraron mayor centralidad los
regimientos de caballería de campaña. De este modo, para 1826 la provincia contaba con un caballería miliciana
de 5.000 alistados y una infantería miliciana de 4.000. Como puede verse, los milicianos activos triplicaban prác-
ticamente a los veteranos. No sólo por razones financieras sino porque se pretendía imponer su completa subor-
dinación al ejército regular y para ello se dispuso que la milicia activa podía ser convocada para suplir la carencia
de efectivos del ejército permanente, cada unidad de infantería miliciana estaba dotada de un cuadro veterano
y que cada regimiento de caballería veterana tendría agregado un escuadrón miliciano. Lo que se estaba tratando
de construir era un tipo de relación entre fuerzas veteranas y milicianas que ni la reforma borbónica ni la dirigencia
revolucionaria había logrado imponer por completo.
Y esta pretensión se manifestó con claridad y puso en evidencia todas las tensiones que suponía cuando
esas fuerzas debieron servir de base a la formación de un Ejército Nacional para la guerra contra el Imperio del Brasil.
Primero se buscó que cada provincia pusiera a disposición sus fuerzas de línea y se dispuso que “serán admitidas
en el Ejército con los jefes y oficiales que les corresponda, siempre que estos cuerpos vengan en clase de tales”.27
Se buscaba, así, conformar una fuerza de 7.620 plazas, un ejército mayor a cualquiera de los anteriores y aun así
en 1826 se intentó un reclutamiento adicional de 4.000 efectivos más. De este modo, ese ejército nacía como un
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera
mitad del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
52 53
34 Andrés Lamas, Apuntes históricos sobre las agresiones del dictador argentino don Juan Manuel de Rosas contra la independencia de
la República Oriental del Uruguay. Artículos escritos en 1845 para El Nacional de Montevideo, Montevideo, 1849, p. V.
35 Domingo F. Sarmiento, Memoria enviada al Instituto Histórico de Francia sobre la cuestión décima del programa de trabajos que debe
presentar la 1° clase, Santiago de Chile, Imprenta de Julio Belin y Ca., 1853.
36 Domingo F. Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, CEAL, 1967, pp. 237-238.
37 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997, pp. 160-163.
38 Roberto Schmit, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el oriente entrerriano postrrevolucionario,
1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004.
28 Raúl O. Fradkin, La historia de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006.
29 Pilar González Bernaldo, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicancias políticas en un conflicto rural”, en Anuario
IEHS, N° 2, 1987, pp. 135-176. Raúl O. Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego! O cómo un alzamiento rural cambió el rumbo de la historia,
Buenos Aires, Sudamericana, colección Nudos de la historia argen
30 Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”,
en Anuario IEHS, N° 18, 2003, pp. 123-152.
31 Juan Carlos Garavaglia, Construir el estado, inventar la nación. El Río de la Plata, siglos XVIII-XIX, Buenos Aires, Prometeo libros, 2007,
pp. 227-265.
32 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego. Los Franceses, Lavalle y la Rebelión de los Estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009.
33 Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino, Buenos Aires, Prometeo, 2005, p. 162.
conglomerado de fuerzas provinciales que debía subordinarse a un mando superior. Pero este patrón inicialmente
definido chocó con la tendencia a la centralización y a la homogeneización que se impuso en 1826: se dispuso
que todas las milicias provinciales quedaran a disposición del nuevo gobierno nacional y que fueran declaradas
nacionales todas las tropas de línea. No sólo la magnitud distinguía a este ejército de los anteriores: además, el
60% de sus tropas eran de caballería. La magnitud del esfuerzo que suponía y el costo social que implicaba no
tardó en ponerse en evidencia y las tensiones sociales cobraron una intensidad desconocida hasta entonces en las
áreas donde se descargaba la enorme presión enroladora, particularmente en Buenos Aires.28
La experiencia no dejaba de ser contradictoria pues combinaba una adaptación a las formas de hacer
la guerra que emergía de la experiencia americana y conformaba un ejército que tenía como sustrato las unidades
militares y milicianas regionales mientras contaba con una oficialidad impregnada de nociones y valores de los
ejércitos napoleónicos. El fin de la guerra lo puso en evidencia: la transformación del ejército en una suerte de
“partido militar” que resolviera la lucha política volvió a poner en el centro las tensiones entre su proclamado
carácter nacional y su matriz provincial así como las tensiones entre el ejército veterano y las milicias. De este
modo, la guerra civil desatada en Buenos Aires fue también una confrontación entre el ejército regular y las milicias
rurales. Pero en esa confrontación se ponía de manifiesto algo más: esas milicias rurales no eran ya las únicas fuerzas
rurales sino que actuaban junto a partidas irregulares de “montoneros” y a fuerzas indígenas aliadas.29 Si estas carac-
terísticas no eran nuevas para el Litoral rioplatense, en Buenos Aires eran una novedad completa.
Rosas llegaba así al poder a fines de 1829 poniéndose al frente de un masivo y heterogéneo alzamiento
rural y legitimado inicialmente por su condición de Comandante General de Milicias. Su desafío no era menor:
debía disciplinar tanto a las facciones elitistas como a las fuerzas populares que lo habían llevado al poder y mientras
tanto tenía que reconstruir un ejército provincial. Analizar cómo lo hizo excede nuestras posibilidades aquí pero
conviene esbozar su trazo más grueso.
El nuevo ejército se reconstruyó y su oficialidad fue depurada sistemáticamente; las milicias fueron
subordinadas completamente como fuerzas auxiliares y en ellas volvían a tener un lugar relevante las unidades
de negros libres. Pero la novedad sustancial estaba en la integración de las fuerzas indígenas integradas al dispo-
sitivo de defensa al punto que para 1836 en los fuertes de frontera había una fuerza compuesta de 817 hombres
de línea, 904 milicianos y 2.360 indígenas que eran también milicianos.30 Para tener una idea más precisa de su
importancia conviene recordar que en ese momento el total de milicianos movilizados en la provincia era de 1.415
y las tropas de línea de unos 3.065. Como puede advertirse, los efectivos veteranos eran de magnitud semejante a una
década antes pero ahora estaban concentrados en la ciudad y la defensa de la frontera descansaba en las milicias
y en las fuerzas indígenas auxiliares.
Pero el Estado provincial que Rosas conducía demostró que tenía la capacidad para ampliar sus fuerzas
con enorme rapidez y para 1841 contaba con 10.777 efectivos entre los cuales había 914 oficiales, 2.085 subofi-
ciales, 5.222 soldados y 2.445 milicianos sin contar a los indígenas: es decir, había un soldado cada 5 varones adultos y,
si se considerara a la milicia pasiva la relación sería de uno cada tres. El Ejército, de este modo, representaba el
85,8% del personal estatal remunerado y si se consideran las fuerzas policiales ese porcentaje llega al 96%.31 Esa
transformación expresaba una de mayor alcance: la consolidación de una formación estatal que había logrado
cobrar fuerte autonomía frente a la sociedad.32
De este modo, el rosismo lograba llevar a cabo una tarea que no habían podido cumplir ni las auto-
ridades borbónicas ni las revolucionarias ni los unitarios: construir un ejército en el cual predominaran las fuerzas
veteranas y que estuviera dotado de un conjunto bien subordinado y disciplinado de milicias auxiliares. Si se con-
sidera las condiciones de su llegada al poder resulta claro algo más: había logrado limitar la autonomía de las
milicias y reorganizar el ejército veterano que pasó a ser “el núcleo del sistema militar de la provincia”.33 Debido a ello,
Buenos Aires pudo constituir una suerte de ejército confederal que subordinaba a las fuerzas de otras provincias
y que le permitía conformar grandes unidades de combate que desplegaran una guerra ofensiva lejos de su territorio
y, además, hacerlo durante largos años.
Sus enemigos advertían la magnitud del cambio: de este modo, si en 1849 Andrés Lamas sostenía que
“Rosas ha verificado un cambio profundo en la guerra de estos países” y “ha comprendido la superioridad, incontes-
table, de las tropas regladas y de la guerra regular”,34 Sarmiento atribuía en 1852 a esta transformación una de las
explicaciones de su derrota porque la montonera había dejado de ser el “alzamiento espontáneo de aquellas masas
de jinetes inquietas y ociosas”.35
Lo que Sarmiento estaba registrando era el cambio sustancial que el rosismo había logrado producir
en las relaciones entre Estado y sociedad y el notable contraste que ofrecían las situaciones al comienzo y al final de
la hegemonía rosista puesto que desde 1835 “disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba
un escuadrón, para engrosar los batallones”.36
¿Qué había sucedido mientras tanto en el Litoral? Acotemos sólo una observación que ilustra los cambios
y el peso de las tradiciones. El ejemplo entrerriano muestra una trayectoria bien distinta: los 10.000 hombres que
Urquiza podía movilizar hacia 1851 eran en su mayor parte milicianos organizados en divisiones de caballería pero
sometidas a un régimen de servicio casi permanente al punto de que casi la totalidad de la infantería del llamado
Ejército Grande era brasilera. Pero, ¿cómo se había logrado organizar una masiva fuerza de milicias de caballería
en servicio casi permanente? Recurramos otra vez a Sarmiento quien, a pesar de no ocultar su rechazo a este tipo de
organización militar, identificó algunas de las claves:
en el Entre Ríos sale a campaña todo varón viviente propietario o no, artesano, enfermo, hijo de
viuda, hijo único, sin ninguna de las excepciones que las leyes de la humanidad, de la conveniencia
pública han establecido para la organización de la milicia.
Esas milicias, sustentadas en un alistamiento completamente generalizado, eran de infantería en las villas
y la caballería estaba formada por la “población de cada departamento de campaña”. De su condición miliciana no
parece haber dudas: esos soldados, decía,
se visten a sus expensas, y se presentan al campamento con dos, tres o cuatro caballos si se les pide
así. Estas tropas no reciben salario nunca, ni aún cuando están de guarnición en las ciudades. Para la
manutención de las tropas se provee de ganado, por una lista de vecinos del departamento, según
su cupo, por devolución del cuero y del sebo.37
Ninguno de estos atributos puede sorprender pues remiten a las antiguas y arraigadas tradiciones.
Sin embargo, hacen necesario agregar algo más para comprender el modo en que este sistema podía funcionar.
El Estado entrerriano se basaba en un denso entramado de relaciones sociales completamente militarizadas en
el que ocupaban un lugar clave los comandantes departamentales. Ellos constituían el gobierno efectivo de cada
territorio y eran quienes debían asegurar la movilización de los milicianos y de los recursos para su aprovisiona-
miento. El régimen funcionaba como un sistema de flujos que intercambiaba prestaciones militares de los cam-
pesinos a cambio de acceso a los recursos y cierta protección de las familias y suponía, por lo tanto, una cierta
negociación a nivel local.38 A la inversa de lo que ocurría en Buenos Aires, el ejército entrerriano seguía siendo
una fuerza de neta matriz miliciana organizada en divisiones de caballería reclutadas en cada departamento y que
contaba con una dotación mucho menor de veteranos. Su base de sustentación eran esos comandantes departamentales
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera
mitad del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
54
cuyo origen puede rastrearse en la reforma borbónica y cuya centralidad constituía un legado de la era revolu-
cionaria hasta convertirse en la pieza clave del sistema político e institucional. Curiosamente, el nuevo ejército
que se forjaría en Buenos Aires después de 1852 para enfrentarlo tendría como base de sustentación un nuevo tipo
de milicias: la Guardia Nacional. Y, sobre esa nueva matriz miliciana, Buenos Aires forjaría un nuevo ejército que
habría de triunfar en Pavón y después serviría de sustento a la formación del Ejército Nacional que terminaría por
suprimir las fuerzas milicianas y provinciales.
BIBLIOGRAFÍA
BEVERINA, Juan, El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar, Buenos Aires,
Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, 1992.
CHUST, Manuel y Juan F. Marchena, “De milicianos de la Monarquía a guardianes de la Nación”, en Manuel
Chust y Juan F. Marchena (eds.), Las armas de la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850),
Madrid, Iberoamericana, 2008.
DI MEGLIO, Gabriel, ¡Viva el Bajo Pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo
y el Rosismo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006.
FRADKIN, Raúl O., “Tradiciones coloniales y naturaleza de las fuerzas beligerantes en el litoral rioplatense durante
las guerras de la revolución”, ponencia al II Encontro da Rede Internacional Marc Bloch de Etudos Comparados
em História, Porto Alegre, 22 a 24 de octubre de 2008.
HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, México,
Siglo XXI, 1979.
_________________ (comp.), El poder y la vara. Estudios sobre la justicia y la construcción del estado en el Buenos
Aires rural, 1780-1830, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007.
MARCHENA, Juan F., “Sin temor de Rey ni de Dios. Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena
colonial”, en Juan F. Marchena y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey. El Ejército Borbónico en América Colonial
en vísperas de la Independencia, Castellón, Ed. Universitat Jaume I.
SARMIENTO, Domingo F., Facundo, Buenos Aires, CEAL, 1967.
________________________, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
57
Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en resultados, contrájose Rosas a
la organización de su poder en Buenos Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empu-
jado sobre la ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa misma
campaña como propietario y borrar el camino por donde otros comandantes de campaña podían
seguir sus huellas, se consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que debía servir a
contener la República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos.
DOMINGO F. SARMIENTO1
Así describía, uno de los mayores críticos del rosismo y exiliado político como Sarmiento, la importancia
de la cuestión militar y el rol del Ejército en el forjamiento del poder de Rosas y del orden federal, de cara a la
Confederación Argentina y a los países vecinos. De hecho, el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832 y 1835-
1852) afrontó intermitentemente conflictos internos con otras facciones del federalismo porteño y con los “uni-
tarios”, con otras provincias y potencias extranjeras, hasta que fue derrocado por el Ejército Grande liderado por
Justo José de Urquiza, caudillo de la provincia de Entre Ríos, en febrero de 1852.
Si bien muchos aspectos concernientes al rosismo así como a otros “caudillismos rioplatenses” han
sido objeto de revisión historiográfica en las últimas décadas,2 es dable destacar que la militarización y la politi-
zación de base rural –comenzada en Buenos Aires desde las invasiones inglesas en 1806-1807 y profundizada a
partir del proceso revolucionario de 1810 y en la década de 1820– constituyeron piezas centrales de su afianzada
autoridad estatal y de su exitoso proceso de ordenamiento y disciplinamiento social.
En este texto nos centraremos en el entramado militar-miliciano del rosismo y de los gobiernos de la
etapa “federal”, y en sus dispositivos coercitivos, aunque es necesario aclarar que los estudios que han revisado
la construcción política de esta etapa han puesto de manifiesto un conjunto de elementos institucionales, discur-
sivos, ideológicos, que estos gobiernos debieron desplegar de manera de alcanzar consensos y niveles de legiti-
midad, para construir un orden estable que la sola coacción no hubiera logrado imponer.
1 Domingo F. Sarmiento, Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Emecé, 1999 (1845), p. 273.
2 Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina
(1829-1952)
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI
UBA / CONICET
1810-1860 LA INDEPENDENCIA
Y LA ORGANIZACION NACIONAL
1
CAPÍTULO
58 59
comprendería a los habitantes de edad entre los cuarenta y cinco y los sesenta años y sería convocada sólo ante
casos de invasión o rebelión. Fuera del alistamiento activo se encontraban los enfermos impedidos de cumplir el
servicio y los extranjeros transeúntes, entre otros.8
Junto con los principales ministros de gobierno, Bernardino Rivadavia y Manuel José García, Juan
Manuel de Rosas –conocido propietario rural vinculado a Juan N. Terrero y Luis Dorrego y primo hermano de una
de las familias de comerciantes coloniales más ricas de Buenos Aires, los Anchorena– fue adquiriendo visibilidad
política mediante su inicial adhesión al Partido del Orden y su posterior filiación al federalismo. Nombrado
Comandante General de Milicias de la Campaña en 1827, Rosas fue acumulando poder y relaciones personales
con diferentes sectores sociales, que lo llevaron al ascenso a la gobernación provincial en 1829. En efecto, para-
lelamente a la revolución del 1° de diciembre de 1828, que derrocó a Dorrego, un movimiento de base rural con
la intervención de soldados, paisanos de distinto origen, peones, indígenas, etc., en el que confluyen la reacción
al golpe unitario y al fusilamiento del popular Dorrego, los efectos disruptores de la guerra con el Brasil, una
sequía muy aguda, entre otros factores, termina siendo encauzado por Rosas hacia sus propios objetivos, quien
llega así a su primer gobierno, proclamándose heredero de Dorrego.9
El primer gobierno de Rosas, que asumió con “facultades extraordinarias” y que culminó en 1832, se
caracterizó por la construcción de alianzas con los gobernadores de otras provincias –llegando a ser el represen-
tante de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina creada mediante el Pacto Federal de 1831–,10 la
realización de préstamos financieros a otras provincias como Santa Fe a modo de cooptación política y la gene-
ración de consensos tanto con las elites como con los sectores subalternos urbanos y rurales para reconstruir las
bases de poder del Estado. Es dable destacar que si bien en la década de 1820 Rosas había apoyado originalmente
al Partido del Orden, dominado por personas de vocación liberal y centralista, luego se proclamó heredero del
federalismo dorreguista, aunque intentando conciliar también con los sectores propietarios centralistas o unitarios,
para tratar de mantener el difícil equilibrio entre las diversas facciones políticas coetáneas.
Además de estas medidas, la llamada “campaña al desierto” de 1833-1834 constituyó un hito funda-
mental dentro de su estrategia de poder y de acceso a su segunda gobernación provincial a partir de 1835. La
expedición militar fue realizada en acuerdo con otras provincias y con el gobierno chileno de Manuel Bulnes para
expandir la frontera y persiguió a los indígenas que no se aliaran al gobierno, al tiempo que generó vinculaciones
relativamente duraderas y pacíficas con los que sí lo hicieron. Las tres Divisiones del Centro, Derecha e Izquierda
fueron comandadas por los jefes Huidobro –en Cuyo y Córdoba–, Aldao –en Mendoza y San Luis– y el mismo
Rosas en la pampa bonaerense respectivamente, implicando la movilización de 4.000 hombres de tropa y 13.000
caballos. Durante la expedición, que se extendió de marzo de 1833 a marzo del año siguiente, la relación de acer-
camiento y cimiento de la fidelidad entre Rosas con sus principales oficiales, soldados y caciques “amigos” fue muy
importante, al punto que se refería sobre la división de vanguardia que: “Lo más notable que se advertía era la perfecta
armonía entre todos y cada uno de los que componían, tanto aquella benemérita fuerza, como los que se le habían
agregado”.11 Varios de los jefes militares más destacados de la etapa que se abre en 1835 con la vuelta de Rosas
al poder, parecen haber forjado una relación de estrecha confianza con el Restaurador en esta campaña.
La campaña militar logró consolidar los asentamientos al sur del río Salado, al tiempo que extendió
el área susceptible de ser colonizada en el centro y sur de la provincia, pasando de 29.970 km2 controlados por
la sociedad “hispano-criolla” en 1779 a 182.665 km2 a inicios del decenio de 1830, aunque con un retroceso
importante luego de 1852.12 Paralelamente, su finalización cristalizó la relación con los principales caciques “amigos”
iniciada desde la década de 1820, como los “pampas” Juan José Catriel y Juan Manuel Cachul, incorporados al “negocio
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952)
8 Carlos Cansanello, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852,
Buenos Aires, Imago Mundi, 2003, p. 80; y Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1823.
9 Pilar González Bernaldo, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicaciones políticas en un conflicto rural”, en Anuario
IEHS, Nº 2, Tandil, UNCPBA, 1987, pp. 137-176; Raúl O. Fradkin, “Algo más que una borrachera. Tensiones y temores en la frontera
sur de Buenos Aires antes del alzamiento rural de 1829”, en Andes, N°17, Salta, 2006, pp. 51-82. Véase también el trabajo de R. Fradkin
en este volumen.
10 Firmado entre Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes como respuesta a la Liga Unitaria del Interior, cuyos integrantes se fue-
ron sumando también luego de la derrota unitaria, reguló las relaciones interprovinciales hasta la sanción de la Constitución de 1853.
11 Juan Manuel de Rosas, Diario de la expedición al desierto (1833-1834), Buenos Aires, Plus Ultra, 1965 (1833-1834), p. 131.
12 Juan Carlos Garavaglia, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830, Buenos
Aires, Ediciones de la Flor, 1999, p. 41.
De esta manera, aquí abordaremos las principales medidas y conflictos de tipo militar, siguiendo un
orden cronológico desde su ascenso al poder provincial en 1829 hasta su derrocamiento en 1852. Como veremos,
su numeroso ejército de línea3 –financiado principalmente mediante los importantes ingresos aduaneros provin-
ciales provenientes del comercio exterior– le permitieron mantener largas y costosas campañas extraterritoriales,
a la vez que fortalecer el poder de Buenos Aires frente al resto de la Confederación, aunque las milicias y los
“indios amigos” constituyeron las fuerzas principales en la frontera, articulándose al sistema mediante distintas
políticas y contribuyendo a disminuir el gasto fiscal en una época de “guerra constante”.4
En términos comparativos aquí hay un fenómeno clave que ayuda a entender muchos de los avatares
de la historia argentina del momento y de su desarrollo posterior: los ejércitos necesitan reclutas y pertrechos y
éstos se consiguen con dinero. Mientras Buenos Aires disponía de cuantiosos recursos originados en la aduana,
que le permitieron costear un importante núcleo militar profesional y movilizar temporalmente a numerosos ejér-
citos milicianos, el resto de los Estados provinciales tenían unas finanzas en general paupérrimas, que los obligaba
a descansar sobre muy modestos destacamentos fijos y sistemas de milicias movilizadas sobre la base de contra-
prestaciones a veces de difícil consecución. En numerosas ocasiones sus gobiernos dependieron de transferencias
financieras realizadas por los gobiernos de Buenos Aires, cuando no tuvieron que acudir a recursos y armamento
proveniente de gobiernos exteriores como fue el caso de la ofensiva final emprendida por Urquiza contra Rosas.5
De esta manera, en muchas provincias interiores se observan procesos de reducción de las ya escasas fuerzas mili-
tares regulares a favor de formaciones de tipo miliciana. Y, si bien es cierto que parte de este proceso se puede
explicar por la creciente ruralización de la vida política, no menos cierta es su vinculación con la escasez de recursos
fiscales que obliga a esos gobiernos a adecuar la movilización militar a esa pobreza.6
El legado de la “feliz experiencia” y los inicios del sistema militar rosista
Luego de la primera década revolucionaria, cuando el Directorio porteño y su intento centralista fue
derrotado por los caudillos del Litoral, la conformación política en trece provincias autónomas (catorce a partir
de la separación de Jujuy de Salta en 1834), dio origen en Buenos Aires al gobierno de Martín Rodríguez, que
implementó una serie de importantes reformas institucionales, religiosas y militares, que con algunos cambios
continuaron durante toda la primera mitad del siglo. De hecho, la reforma militar de 1821 fue mantenida, aun-
que resignificada por el gobierno de Rosas. Ésta incluyó la baja de más de doscientos oficiales del ejército de línea
y su pase a retiro conforme la antigüedad de su servicio y la reorganización del servicio miliciano para acompañar
a las fuerzas regulares, que se orientaron a la defensa de la frontera en pleno proceso de “expansión ganadera”.7
La Ley de Milicia de diciembre de 1823 estableció la distinción entre la activa y la pasiva, recayendo la primera
sobre los hombres preferentemente solteros con arraigo en el país o los casados que tuvieran menos hijos, entre
los diecisiete y los cuarenta y cinco años, para suplir la insuficiencia del ejército permanente en la defensa y segu-
ridad del territorio. Su enrolamiento se efectuaría con la intervención de la justicia civil en ocho años de servicio
pero sin estar obligada una misma fuerza a prestar más de seis meses de auxilio continuo, y mientras éste dura-
se recibirían la misma paga que el ejército regular en cumplimiento del código militar. En tanto, la milicia pasiva
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
3 Éste ha sido referido como “el más importante experimento disciplinario de la posindependencia” (Ricardo Salvatore, “El mercado de
trabajo en la campaña bonaerense (1820-1860). Ocho inferencias a partir de narrativas militares”, en Marta Bonaudo y Alfredo
Pucciarelli (comps.), La problemática agraria. Nuevas aproximaciones, tomo I, Buenos Aires, CEAL, 1993, p. 63).
4 Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005
(1982). De hecho, durante el lapso 1829-1852 se han contabilizado quince años de guerra contra ocho de relativa paz (Eduardo
Míguez, “Guerra y Orden social en los orígenes de la Nación Argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, p.18.
5 Para ilustrar esto baste mencionar que hacia 1840, mientras las provincias mejor dotadas fiscalmente como Córdoba, Corrientes o
Entre Ríos, recaudaban cifras cercanas a los 100.000 pesos plata al año, y las más pobres apenas lograban entre 10.000 y 30.000
pesos, Buenos Aires conseguía ingresos por cerca de dos millones de la misma moneda. De esta manera el gobierno de Rosas disponía
de más recursos que todas las otras provincias sumadas (Juan Carlos Garavaglia, “Guerra y Finanzas un cuarto de siglo después”, pró-
logo a Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), op. cit., p. 10).
6 Silvia Romano, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002.
7 Tulio Halperin Donghi, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en Desarrollo Económico, vol. 3,
Buenos Aires, IDES, abril-septiembre de 1963, pp. 57-110; Marcela Ternavasio, “Las reformas rivadavianas en Buenos Aires y el con-
greso general constituyente, 1820-1827”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires,
Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 3), 1998, pp. 159-199.
6160
fue referida categóricamente como “la expresión más dramática de una coyuntura de crisis de las bases de
sustentación del poder de Rosas”17 y produjo una gran movilización social de distintos sectores desde el mismo
momento de su descubrimiento –en octubre de 1839– hasta principios de 1840.
Se ha podido calcular que en vísperas de la batalla de Chascomús, producida el 7 de noviembre de
1839 y que definió en gran medida la victoria para el bando federal oficial, el total de las fuerzas militar-milicianas
de la provincia de Buenos Aires en la campaña y la frontera ascendía a 6.736 personas, siendo mayoría de línea
pero con un importante componente de las fuerzas milicianas en los regimientos de milicias de caballería, espe-
cialmente en el 5° y el 6°, con jurisdicción en el área austral. Según estos guarismos y el total de población estimada
en la campaña bonaerense para 1838, el servicio activo habría comprendido aproximadamente al 7,6% del total,
aunque si sólo se considerara el conjunto de hombres en la edad requerida, la proporción sería mucho mayor; lo
que muestra de forma elocuente la gran capacidad de movilización y reclutamiento que tuvo la federación rosista.18
Estas cifras coinciden en líneas generales con las referidas para 1837 y 1841, pues para la primera fecha las fuerzas
milicianas de los seis regimientos de milicias de campaña fueron estimadas en un total de 2.267 individuos, y para
la segunda en 1.576, aunque junto a las fuerzas regulares esta cifra ascendía a 4.054. Y según se ha podido valorar,
el monto de milicianos de los seis regimientos de caballería de campaña era de 2.269 para 1839, y junto a los vete-
ranos ascendía a 4.368.19
Ajustando aun más estos números, la zona de Azul y Tapalqué, que constituyó el foco sofocador de
la rebelión, comandada por el hermano del gobernador, Prudencio Rosas, revistaba a principios de noviembre de
1839 un monto de 1.809 hombres, de los cuales 967 eran regulares y 842 milicianos, que correspondería casi al
27% del total general de fuerzas militares provinciales en 1839 y al 21,6% de regulares y el 37,1% de milicianos
respectivamente.20 La participación armada de vecinos, soldados e “indios amigos” en defensa de la causa federal fue
relevante, al sumar más de 500 efectivos en conjunto según referencias de los propios protagonistas, y constitu-
yendo, junto con Monte, los bastiones más fieles en el resguardo de la federación durante el levantamiento.21
Lo que también puso de relieve la rebelión de los Libres del Sur, es que el entramado militar del rosis-
mo, que parecía tan imponente, no dependía exclusivamente de la disciplina de unos cuerpos militares férrea-
mente subordinados al Estado o al gobierno, sino también –y en alta medida– de los apoyos diversos que el
mismo alcanzaba en los distintos sectores de la sociedad. La profesionalización y separación de los cuerpos armados
de la sociedad, aun de su máxima oficialidad, era insuficiente y su participación de un lado u otro en situaciones de
crisis como ésta dependían más de su ubicación en un complejo entramado de redes sociales y políticas, que de su
mera ubicación en una cadena de mandos.
La invasión de Lavalle por el norte de Buenos Aires en el año 1840 puso todavía más de relieve que
la capacidad de coerción militarizada dependía en gran medida de los apoyos sociales que el gobierno de Rosas
pudiera recibir. Mientras el general unitario recibía el sostén de sectores medios y de la elite rural del norte de la
campaña, a medida que se avecinaba a la ciudad y tomaba asiento en las zonas más campesinas, empezaba a sentir
17 Jorge Gelman, “La rebelión de los estancieros. Algunas reflexiones en torno a los Libres del Sur de 1839”, en Entrepasados, Nº 22,
Buenos Aires, 2002, p. 113.
18 Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit.
19 Hacia 1837 la composición miliciana fue muy parecida a la de 1839 en los seis regimientos de campaña, excepto en el 3° que fue
mayor en 1839, y en el 5° que lo fue en 1837: 150/162; 480/414; 470/851; 290/250; 317/105; 560/487, respectivamente (Silvia Ratto,
“Soldados, milicianos e indios...”, op. cit., p. 142). En tanto, en 1841 las proporciones serían de 162/128; 414/497; 851/262; 250/320;
105/0; 487/369 –considerando seguramente un error de transcripción que repitió el regimiento 4° dos veces en vez del 5°– por lo que
se observa coincidencia salvo también en el 3° y el 5° (Juan Carlos Garavaglia, “Ejército y milicia: los campesinos bonaerenses y el peso
de las exigencias militares, 1810-1860”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003 p. 181. Citado en Sol Lanteri, “Un vecindario
federal...”, op. cit., pp. 297-299).
20 Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit.
21 Según escribía el juez de paz de Azul al edecán del gobernador: “En este momento que son las tres de la tarde acaba de recibir el
que firma la nota que incluye del teniente Coronel Dn. Bernardo Echeverria que el dia 13 del corriente marcho de este punto con el
mayor Dn. Eugenio Bustos y cuatrocientos Indios amigos –y ciento y tantos Soldados de este punto y Tapalqué– y un apra [sic] de
Artilleria á tomar alos enemigos de la Libertad é Indepe. Americana los Salvages unitarios Sublevados el indicado Fuerte y cortarles la
retirada hacia Bahía Blanca a los derrotados en Chascomus, según lo había indicado era conveniente esta medida el Ciudadano Dn.
Pedro Rosas y Belgrano. El infrascripto espera que al elevarlo US. al superior conocimto. Del Exmo Sor Governador […] manifieste mi
cordial felicitación por el triunfo conseguido sobre los salvages unitarios en el Fuerte Indepa. que espresa la adjunta nota” (Archivo
General de la Nación [AGN], X, 20-10-1, carta de Capdevila a Corvalán, Fuerte Azul, 15 de noviembre de 1839, el destacado es nuestro).
pacífico de indios”. Esta política implicaba una contraprestación de bienes y servicios entre el gobierno y algunas
tribus, mediante la cual las segundas recibían entregas periódicas de ganado (equino y vacuno), vestimenta y artículos
de consumo denominados “vicios de costumbre” (yerba, azúcar, aguardiente, tabaco, sal, etc.) y debían formar
contingentes auxiliares en las milicias provinciales, así como cumplir otras tareas (chasques, trabajo rural, etc.).
Los “indios amigos” que aceptaron estas condiciones se establecieron dentro de la zona de frontera cercana a los
fuertes o pueblos, aunque este asentamiento no implicó ni la permanencia estable de los grupos ni la transferencia
formal de terrenos a éstos durante el lapso rosista, por más que las tribus catrieleras manifestaron una gran conti-
nuidad en su asentamiento territorial en la región austral de Azul, Tapalqué y Olavarría hasta finales de la centuria.13
Al regreso de la campaña y con el acceso a su segunda gobernación con las “facultades extraordinarias”
y la “suma del poder público”,14 Rosas realizó una depuración de las fuerzas de línea heredadas de la etapa anterior
con oficiales cercanos, aunque su sistema de defensa militar seguía reposando centralmente en los cuerpos mili-
cianos de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban los “indios amigos”, con quienes debía negociar conti-
nuamente su lealtad y servicio armado en la frontera, valiéndose centralmente de su propia relación personal y
de las autoridades políticas y militares regionales. Estas figuras fueron nodales debido a su rol de intermediarias
entre el gobierno provincial y las sociedades rurales, controlando y generando consensos con los diferentes sectores
socioétnicos mediante la entrega de tierras fiscales, ganado, etc., a cambio del servicio de armas y de otras contri-
buciones para la manutención de la federación rosista.15
La crisis del sistema y su respuesta
Este sistema militar y miliciano fue puesto a prueba con dos sucesos especialmente críticos para el
orden fronterizo y la propia continuidad del régimen, como los malones sucedidos en 1836 y 1837, así como por
la revolución de los Libres del Sur de 1839. El malón de agosto-octubre de 1836 fue llevado a cabo por una coa-
lición de indios boroganos en alianza con los “chilenos amigos” liderados por Venancio Coñuepan, que se habían
levantado previamente en Bahía Blanca, junto con ranqueles y el apoyo de Calfucurá, y tuvo como corolario el
aprisionamiento de la familia de Catriel y otros caciquillos, el robo de 5.000 cabezas de ganado y el asesinato de
algunos vecinos de Tapalqué, pese a que parte del botín se recuperó posteriormente. El de enero de 1837 tuvo
una envergadura aun mayor y se produjo sobre la región de Azul, Tapalqué e Independencia también por parte
de esta coalición de boroganos, ranqueles y “chilenos”, que robaron estancias, reses, tomaron cautivos y mataron
personas; atacando luego Bahía Blanca y otros lugares del sur. En el sofocamiento de estos ataques, los “indios
amigos” fueron medulares, constituyendo la mayor proporción de las fuerzas militar-milicianas de la región,
junto con los vecinos y los soldados regulares. Se ha estimado que Azul y Tapalqué aunaban una gran cantidad
de efectivos en comparación a Federación, 25 de Mayo, Independencia y Bahía Blanca, nucleando 1.311 hombres
en 1836 –sobre un total general de 4.081– de los cuales 899 (68,6%) eran “indios amigos”, 390 milicias (29,7%) y
sólo 22 (1,70%) fuerzas regulares. En tanto, para 1837 el guarismo se había incrementado, pero manteniendo las
proporciones anteriores, pues de un total de 1.613 individuos, 900 eran “indios amigos” (56%), 660 milicianos
(40,7%) y sólo 53 soldados regulares (3,3%).16
Esta relevante defensa territorial por parte de los cuerpos fronterizos ante las invasiones de “indios
enemigos” también se repitió luego, con otro episodio crítico para la estabilidad del régimen rosista –generado,
a diferencia de los anteriores, fundamentalmente dentro de sus propias filas– como fue el levantamiento de los
Libres del Sur en noviembre de 1839. La rebelión de los estancieros sureños –causada, entre otras cuestiones, por
los efectos negativos que el bloqueo francés del puerto porteño estaba produciendo en los intereses del sector
ganadero exportador, la reforma fiscal y de la enfiteusis, así como el masivo reclutamiento militar gubernamental–
13 Silvia Ratto, “Una experiencia fronteriza exitosa: el ‘negocio pacífico’ de indios en la provincia de Buenos Aires (1829-1852)”, en
Revista de Indias, vol. LXIII, Madrid, CSIC, 2003, pp. 191-222; Sol Lanteri y Victoria Pedrotta, “Mojones de piedra y sangre en la pampa
bonaerense. Estado, sociedad y territorio en la frontera sur durante la segunda mitad del siglo XIX”, en Estudios Trasandinos, Mendoza,
Asociación Chileno-Argentina de Estudios Históricos e Integración Cultural, 2009, en prensa.
14 Atribución que le confería los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).
15 Sol Lanteri, “Un vecindario federal. La construcción del orden rosista en la frontera sur de Buenos Aires. Un estudio de caso (Azul y
Tapalqué)”, tesis doctoral, Tandil, IEHS-UNCPBA, 2008.
16 Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”,
en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 123-152.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
6362
a principios de 1839 provocó la disolución de la confederación andina y coadyuvó a la caída de Santa Cruz. De
hecho, este conflicto bélico, si bien amparado por Rosas, fue en verdad costeado por los propios cuerpos de las
provincias del norte, como Tucumán, donde se ha destacado que el gasto militar significó el 60% de las eroga-
ciones totales provinciales durante ese momento, generando la movilización de 5.000 hombres y una alta dispensa
en sueldos militares, que creció aun más posteriormente.27
Además de las disputas con los países linderos, el gobierno de Rosas mantuvo enfrentamientos con
potencias ultramarinas, como Francia y Gran Bretaña. Con una serie de argumentos circunstanciales que escondían la
competencia de la primera con la segunda y su voluntad de obtener en Buenos Aires las mismas ventajas que
Gran Bretaña había obtenido por el tratado de amistad de 1825, en marzo de 1838 Francia inició un bloqueo del
puerto porteño que duró hasta octubre de 1840. La escuadra francesa también se apoderó de la isla Martín García
y tuvo injerencia en los principales ríos del Litoral, produciendo importantes perjuicios económicos a la
Confederación. Por citar un ejemplo elocuente, se ha estimado que si Buenos Aires exportaba unos 360.000 cueros
vacunos de su puerto en 1838, estos cayeron abruptamente a 8.500 y 84.000 en 1839 y 1840 respectivamente, con
igual tendencia declinante en la salida de otros productos pecuarios como los cueros baguales, la lana y el tasajo,
que recién se recuperaron a partir de 1841.28 La reducción de los ingresos aduaneros provinciales produjo además
el aumento de la presión fiscal interna y la disminución del gasto público. Con todo, la alianza francesa con los
“unitarios”, Corrientes y el Uruguay finalizó con el tratado Arana-Mackau, mediante el cual se dispuso la finalización
del bloqueo, la devolución de la isla Martín García y el reconocimiento francés a la Independencia del Uruguay.
A partir de entonces se produjo un lapso de relativa estabilidad en Buenos Aires hasta mediados del
decenio de 1840, cuando comenzó el bloqueo anglo-francés al puerto porteño durante 1845-1848. Esta vez,
ambas potencias actuaban de consuno y amparadas por varios actores de la región como el Brasil imperial o el
Paraguay, que buscaban terminar de una vez con la voluntad de injerencia rosista sobre el Uruguay, que se encon-
traba sitiando Montevideo con un ejército al mando de Oribe, a la vez que intentaban forzar la libre navegación de
los ríos interiores que Buenos Aires controlaba. En esta ocasión la movilización y el gasto militar se incrementaron
–aunque de forma proporcional con respecto de la etapa anterior, ya que el ejército de 1841-1844 no se anuló
durante la época de la “guerra permanente”– alcanzando el 61,95% del total respectivo durante 1845-1848.29 La
flota conjunta europea inició el bloqueo del puerto en septiembre de 1845 ante la negativa de Rosas de levantar
el sitio que estaba realizando a Montevideo. Con todo, las tensiones habían precedido a la declaración oficial del
bloqueo, pues en agosto de 1845 la escuadra anglo-francesa había apresado a gran parte de la confederada. El 20
de noviembre de ese mismo año, la flota confederada intentó frenar en Vuelta de Obligado el paso de las naves
británicas que querían incursionar y abrir el río Paraná a la navegación externa. Si bien finalmente pudieron pasar
y escoltar a los buques mercantes europeos, lo sucedido luego mostró los límites del apoyo del Litoral frente acciones
como ésta, que se suponía beneficiaría a sus economías, al liberarlas del yugo mercantil porteño. La excepción fue
el caso correntino en el que Ferré volvía al gobierno para intentar una nueva escalada antirrosista con apoyo para-
guayo (y brasileño), siendo derrotado con bastante rapidez por las tropas que dirigía Urquiza, todavía fiel bastión
de la confederación rosista. Por fin, luego de tres años de disputa, en marzo de 1848 Gran Bretaña levantó el blo-
queo y mediante el tratado Arana-Southern, la intervención inglesa al Río de la Plata se levantó el 24 de noviembre
de 1849, haciéndolo Francia un año más tarde por el tratado Lepredour-Arana. La isla Martín García fue devuelta,
se reconoció la navegación del río Paraná como un asunto interno a los intereses de la Confederación y Oribe fue
reconocido como presidente legítimo del Uruguay.
27 Ibid., pp. 16 y 50.
28 Miguel Rosal y Roberto Schmit, “Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense (1768-1854)”, en Raúl
O. Fradkin y Juan Carlos Garavaglia, En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia 1750-
1865, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, p. 164.
29 Los gastos militares habrían comprendido para el Estado de Buenos Aires el 32,2% en el período 1822-1824; el 35,17% en 1835-
1836; el 55,74% en 1837-1840; el 43,75% en 1841-1844; el 61,95% en 1845-1848 y el 53,07% en 1849-1850, según Tulio
Halperin Donghi, Guerra y finanzas, op. cit., p. 245.
el vacío y la hostilidad de la población. Al punto que, pese a algunas victorias militares, no lograba incorporar
nuevos soldados entre los derrotados quienes, según su propia confesión, desertaban o se volvían a Santos
Lugares, para reincorporarse a las tropas de Rosas.22
La rebelión de los Libres del Sur y la invasión de Lavalle tuvieron como corolario un fuerte enfrenta-
miento del gobierno de Rosas con las elites que habían adherido mayormente a sus enemigos, una ampliación de
su base social y una fuerte depuración de la oficialidad reestructurada con fieles adeptos a la causa y reforzando
el peso de las tropas regulares sobre las milicianas.23 La derrota de las elites parece favorecer una mayor separación
del Estado y la sociedad, y la consolidación de un gran ejército federal bajo el mando de una oficialidad incondi-
cional a Rosas, con el cual lanza a la vez una campaña de control sobre las provincias del interior que se resistían
al influjo del federalismo rosista.24
La trascendencia de esta fuerza militar de Buenos Aires en la coyuntura que aquí se abre es palmaria
y se encuentra por ejemplo referida en el periódico federal de Córdoba, El Restaurador Federal, cuando reconoce
que para enfrentar la sublevación unitaria allí producida a fines de 1840, el gobierno de esa provincia ha hecho
recurso al gigantesco ejército enviado por Rosas: “son por último más de 24.000 hombres de armas los que han
jurado sostener la integridad de nuestro territorio […] sin contar con más de 1.500 hombres que tiene en cam-
paña nuestro Gobernador propietario”.25 Más allá de la veracidad de la cifra de las tropas porteñas, lo que resalta
este párrafo es la insignificancia relativa de las tropas cordobesas. Quedan pocas dudas de que el dominio que
Rosas alcanza en la década del 40 sobre el territorio de la Confederación expresa en buena medida esta desigualdad
en la capacidad de movilización militar, que a la vez tiene estrecha relación con la abismal diferencia de sus recursos
fiscales y su capacidad económica. De esta manera, muchos de los gobernadores de los Estados provinciales del
interior van a depender cada vez menos de las redes de alianzas locales y de la capacidad de movilizar en ellas
recursos propios, que del apoyo que les brinde el poderoso gobernador de Buenos Aires…
Dentro de esa crítica coyuntura, signada por profundos conflictos de orden interno y externo, la
Coalición del Norte significó la guerra entre varias provincias del interior –Tucumán, Salta, Catamarca, La Rioja y
Jujuy– con Buenos Aires durante 1839-1841. Descontentos por la dureza del régimen y su monopolio de las rela-
ciones exteriores, los gobernadores de esas provincias intentaron derrotar a Rosas. Tras la muerte del gobernador
tucumano Alejandro Heredia (que gobernó durante 1832-1838) –que había controlado Jujuy, Salta y Catamarca
con su “Protectorado”, siendo el hombre fuerte de Rosas en el norte– el ejército provincial fue reorganizado,
apelándose tanto a las milicias urbanas como a las departamentales rurales, y nombrándose al general Lamadrid
como jefe de las Fuerzas Armadas de la provincia. Uno de los dos “Ejércitos libertadores” de la coalición que se
encontraba a su mando reunió aproximadamente 915 individuos, entre cívicos y soldados de línea, siendo el otro
comandado por el general Lavalle, que venía en retroceso de su intentona fallida de Buenos Aires. Sin embargo,
estos cuerpos no pudieron hacer frente al gran ejército rosista liderado por el oriental Oribe, Ibarra y Aldao,
derrumbándose la coalición en 1841 y retornando el norte a la órbita rosista con la asunción del gobernador tucu-
mano Celedonio Gutiérrez, en octubre de ese mismo año.26
Conflictos externos
Paralelamente a los sucesos descriptos, en 1837 la Confederación Argentina declaró la guerra a la
Confederación Peruano-Boliviana creada en octubre de 1836, en respuesta a la invitación de Chile. Las causas cen-
trales de este conflicto fueron la disputa de Tarija por la provincia de Salta y los antiguos desentendidos y ene-
mistades entre los países beligerantes, como la contribución de armamentos que Santa Cruz había realizado a la
Liga del Interior en 1831 y demás cuestiones. A diferencia de otros eventos coetáneos, los resultados de este con-
flicto bélico no fueron del todo favorables para el ejército rosista, al obtener la victoria el Ejército Chileno, que
22 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009.
23 Hacia año 1841 se ha estimado la relevante existencia de 836 oficiales, 1.979 suboficiales y 5.107 soldados, más 111 empleados en
el ejército regular (Juan Carlos Garavaglia, “Ejército y milicia...”, op. cit., p. 159).
24 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego..., op. cit.
25 Citado en Silvia Romano, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002, p. 302.
26 Flavia Macías, Armas y política en el norte argentino. Tucumán en tiempos de la organización nacional, tesis doctoral, Universidad
Nacional de La Plata, 2007. Véase en especial el cap. 1: “Armas, milicias y Comandantes. La configuración del Poder Ejecutivo y del
Ejército Provincial en la primera mitad del siglo XIX (1832-1852)”, disponible en línea: <www.historiapolitica.com>.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
6564
35 Véase el trabajo de Hilda Sabato en este volumen.
36 Carta de Prudencio Arnold a Juan Manuel de Rosas, San Nicolás, 20 de abril de 1873, en Prudencio Arnold, Un soldado argentino,
Buenos Aires, Eudeba, 1970 (1893), p. 126, citada en Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit., pp. 312-313.
La batalla de Caseros y el fin de la experiencia rosista
Luego de largos años al mando del gobierno provincial y confederal y atravesando con mayor o menor
éxito todos los acontecimientos narrados, el poder de Rosas fue disputado directamente desde el interior de sus
propias filas. El 1° de mayo de 1851, Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos, emitió un
“Pronunciamiento” en el que expresaba la voluntad que tenía su provincia de reasumir las facultades delegadas
al gobierno bonaerense hasta que se produjera la definitiva organización constitucional de la república. A los
intereses de Entre Ríos se sumaron posteriormente la provincia de Corrientes y los gobiernos del Uruguay y el
Brasil, que consolidaron su alianza mediante un tratado firmado el 29 de mayo de ese año, según el cual se acordaba
la consolidación de la Independencia del Uruguay y la configuración de una alianza armada contraria a los intereses
de Rosas y Oribe.
Quizás no previendo acertadamente la real amenaza a su poder que esta alianza significaba, Rosas
no ordenó la organización de la defensa militar de Buenos Aires sino hasta fines de 1851, cuando comenzó el
bombardeo de la costa del Paraná por parte de naves brasileras. Finalmente, ambos bandos se dieron batalla en
los campos de Monte Caseros, el 3 de febrero de 1852, saliendo victorioso el Ejército Grande. Según ha sido referido
por varios autores, las guarniciones rosistas –fundamentalmente veteranas y de “no menos de 10.000 hombres”
congregados desde fines del año anterior–30 junto con los “indios amigos”,31 no llegaron a dar plena batalla frente
a sus opositores,32 cuyas fuerzas estaban compuestas centralmente por cuerpos milicianos. Se ha estimado que en
vísperas de Caseros, se produjo un gran reclutamiento en Entre Ríos, llegando a reunir más de 10.000 hombres
entre infantería, artillería y especialmente caballería. Este reclutamiento habría comprendido entre el 60% y el
70% del total de población masculina mayor a 14 años, canalizando el oriente entrerriano per se a 1.778 individuos
en 1849, que representaban el 49,66% de todos los hombres de entre 15 y 60 años de la región, de los cuales el
71% eran milicianos y sólo el 29% tropas de línea.33 A este núcleo de fuerzas milicianas de Entre Ríos se sumaban
otros miles del Litoral, así como de los ejércitos brasileños y orientales. Y si bien el grueso de las tropas provenía
de la provincia de quien dirigía la alianza, resultaba fundamental el apoyo en infraestructura militar del Brasil
(especialmente su Armada), así como los recursos económicos que el Imperio le brindaba.
Por su parte, las fuerzas rosistas a fines de 1851 fueron estimadas en un total de 7.500 soldados en la
División Norte, 5.800 efectivos en la División Centro, 2.800 en la Sud, 17.800 soldados en la ciudad –entre milicianos
de policía y tropas veteranas– y 12.700 veteranos más alojados en Palermo y Santos Lugares.34 Sin embargo, éstas
no parecen haber logrado una movilización para enfrentar a la coalición enemiga con la misma energía que diez
años antes, en que la federación rosista derrotó a enemigos también muy poderosos.
A partir de la derrota de Caseros, Rosas se exilió en Inglaterra hasta su muerte, acontecida en 1877,
al tiempo que se inició la experiencia de la Confederación, con sede política en la ciudad de Paraná y al mando
de Urquiza, hasta la definitiva organización de la república con la inclusión de Buenos Aires desde 1862. Cabe
30 Ricardo Salvatore, “Consolidación del régimen rosista (1835-1852)”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación
(1806-1852), op. cit., pp. 377-378.
31 Es sabido que la participación militar de los “indios amigos” no era verdaderamente deseada por Rosas, en base a experiencias pasa-
das como la sucedida luego del derrocamiento de los Libres del Sur, cuando produjeron desmanes y robos de hacienda en las propias
estancias federales. Según ha sido referido, el mismo gobernador llegó a decir entonces: “Ya sabe usted que soy opuesto a mezclar
este elemento entre nosotros, pues que si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña. Si triunfamos, ¿quién contiene a los
indios? Si somos derrotados, ¿quién contiene a los indios?” (citado originalmente en John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires,
Emecé, 1997 (1981), p. 309; en Jorge Gelman, Rosas bajo fuego..., op. cit., p. 205).
32 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997 (1852).
33 Roberto Schmit, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el Oriente Entrerriano posrevolucionario,
1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, p. 177. La importancia de los cuerpos milicianos frente a los regulares en las distintas
provincias de la Confederación Argentina, a diferencia del nutrido ejército regular porteño, también ha sido referida para Corrientes
y Córdoba, donde se ha destacado el relevante papel de los comandantes de milicia departamental en el primer caso y la gran movi-
lización militar-miliciana durante el gobierno aliado de Manuel López en el segundo. Véanse Pablo Buchbinder, Caudillos de pluma y
hombres de acción. Estado y política en Corrientes en tiempos de la Organización Nacional, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004; y
Silvia Romano, op. cit., respectivamente. Del mismo signo eran las tropas que movilizaba Quiroga en los años 20 y 30, centradas en
los llanos riojanos (Noemí Goldman y Sonia Tedeschi, “Los tejidos formales del poder. Caudillos en el interior y el litoral rioplatenses
durante la primera mitad del siglo XIX”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos…, op. cit.).
34 Comando en Jefe del Ejército, Reseña histórica y orgánica del ejército argentino, tomo I, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971, p 385.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
6766
LANTERI, Sol y Victoria Pedrotta, “Mojones de piedra y sangre en la pampa bonaerense. Estado, sociedad y
territorio en la frontera sur durante la segunda mitad del siglo XIX”, en Estudios Trasandinos, Mendoza, Asociación
Chileno-Argentina de Estudios Históricos e Integración Cultural, 2009, en prensa.
LYNCH, John, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1997 (1981).
MACÍAS, Flavia, “Armas y política en el norte argentino. Tucumán en tiempos de la organización nacional”,
tesis doctoral, Universidad Nacional de La Plata, 2007. En especial el cap. 1 “Armas, milicias y Comandantes.
La configuración del Poder Ejecutivo y del Ejército Provincial en la primera mitad del siglo XIX (1832-1852)”,
disponible en línea: <www.historiapolitica.com>.
MÍGUEZ, Eduardo, “Guerra y Orden social en los orígenes de la Nación Argentina, 1810 -1880”, en Anuario IEHS,
Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 17-38.
RATTO, Silvia, “Una experiencia fronteriza exitosa: el ‘negocio pacífico’ de indios en la provincia de Buenos Aires
(1829-1852)”, en Revista de Indias, vol. LXIII, Madrid, CSIC, 2003, pp. 191-222.
___________, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a media-
dos de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 123-152.
REGISTRO OFICIAL DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1823.
ROMANO, Silvia, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002.
ROSAL, Miguel y Roberto Schmit, “Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense
(1768-1854)”, en Raúl O. Fradkin y Juan Carlos Garavaglia, En busca de un tiempo perdido. La economía de
Buenos Aires en el país de la abundancia 1750-1865, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, pp. 159-193.
ROSAS, Juan Manuel, Diario de la expedición al desierto (1833-1834), Buenos Aires, Plus Ultra, Buenos Aires, 1965
(1833-1834).
SABATO, Hilda, “¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX”,
en este volumen.
SALVATORE, Ricardo, “El mercado de trabajo en la campaña bonaerense (1820-1860). Ocho inferencias a partir de
narrativas militares”, en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (comps.), La problemática agraria. Nuevas aproxi-
maciones, tomo I, Buenos Aires, CEAL, 1993, pp. 59-92.
___________________, “Consolidación del régimen rosista (1835-1852)”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución,
República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo
3), 1998, pp. 323-380.
SARMIENTO, Domingo F., Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Emecé, 1999 (1845).
______________________, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997 (1852).
SCHMIT, Roberto, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el Oriente
Entrerriano posrevolucionario, 1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004.
TERNAVASIO, Marcela, “Las reformas rivadavianas en Buenos Aires y el congreso general constituyente, 1820-1827”,
en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección
Nueva Historia Argentina (tomo 3), 1998, pp. 159-199.
señalar que la organización del ejército de línea que realizó Bartolomé Mitre a partir de entonces se hizo central-
mente sobre la estructura del de Buenos Aires, y los “nuevos” jefes y oficiales surgieron de los que habían peleado
contra Rosas durante la campaña al Ejército Grande, y luego a favor de Buenos Aires durante la secesión.35 Sin
embargo, algunos oficiales, pese a haberse pasado de bando o haber continuado en la función militar con los
gobiernos posteriores, no olvidaban el gran sentimiento de fidelidad que Rosas había logrado cimentar con ellos
mediante incentivos materiales (entrega de tierras fiscales, ganado, medallas, honores, exenciones impositivas, etc.)
y el capital simbólico que significaba el trascendental lugar de pertenencia que la oficialidad militar tenía dentro
de la federación rosista. En las propias palabras de un oficial federal que, sobreviviendo a la batalla de Caseros, le
escribía al propio Rosas durante su exilio, desde San Nicolás, más de veinte años después:
Sabe Vd. que he sido militar y no político; como tal, mi adhesión siempre es profunda hacia Vd. y mi
más íntimo deseo sería verlo y abrazarlo, pero ya que esto es imposible desde aquí tengo el placer
de saludarlo, deseándole toda la felicidad y que cuente con el profundo cariño de su más afectísimo
servidor y amigo.36
BIBLIOGRAFÍA
ARNOLD, Prudencio, Un soldado argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1970 (1893).
BUCHBINDER, Pablo, Caudillos de pluma y hombres de acción. Estado y política en Corrientes en tiempos de
la Organización Nacional, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004.
CANSANELLO, Carlos, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos
Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003.
COMANDO EN JEFE DEL EJÉRCITO, Reseña histórica y orgánica del ejército argentino, tomo I, Buenos Aires, Círculo
Militar, 1971.
FRADKIN, Raúl O., “Algo más que una borrachera. Tensiones y temores en la frontera sur de Buenos Aires antes
del alzamiento rural de 1829”, en Andes, N°17, Salta, 2006, pp. 51-82.
____________, “Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera
mitad del siglo XIX ”, en este volumen.
GARAVAGLIA, Juan Carlos, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense
1700-1830, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999.
____________, “Ejército y milicia: los campesinos bonaerenses y el peso de las exigencias militares, 1810-1860”,
en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 153-187.
____________, “Guerra y Finanzas un cuarto de siglo después”, prólogo a Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas
en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005.
GELMAN, Jorge, “La rebelión de los estancieros. Algunas reflexiones en torno a los Libres del Sur de 1839”, en
Entrepasados, Nº 22, Buenos Aires, 2002, pp. 113-144.
____________, Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009.
GOLDMAN, Noemí y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema,
Buenos Aires, Euedeba, 1998.
GOLDMAN, Noemí y Sonia Tedeschi, “Los tejidos formales del poder. Caudillos en el interior y el litoral riopla-
tenses durante la primera mitad del siglo XIX”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos
Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Euedeba, 1998, pp. 135-157.
GONZÁLEZ BERNALDO, Pilar, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicaciones políticas en
un conflicto rural”, en Anuario IEHS, Nº 2, Tandil, UNCPBA, 1987, pp. 137-176.
HALPERIN DONGHI, Tulio, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en Desarrollo
Económico, vol. 3, Buenos Aires, IDES, abril-septiembre de 1963, pp. 57-110.
________________________, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires,
Prometeo Libros, 2005 (1982).
LANTERI, Sol, “Un vecindario federal. La construcción del orden rosista en la frontera sur de Buenos Aires. Un
estudio de caso (Azul y Tapalqué)”, tesis doctoral, Tandil, IEHS-UNCPBA, 2008.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
69
Revolución de Mayo en Buenos Aires y Guerra de Independencia constituyen, para la historiografía
argentina, dos términos estrechamente unidos en tanto los sucesos que tuvieran lugar en 1810 en la capital del
virreinato del Río de la Plata habrían de desencadenar una guerra que tendrá lugar fundamentalmente en las
provincias altoperuanas y en la provincia de Salta, resultante esta última de la fragmentación de la Intendencia
de Salta del Tucumán dispuesta por el director supremo Gervasio Posadas en agosto de 1814. En el transcurso de la
misma, la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sur, en la ciudad de Tucumán
el 9 de julio de 1816, a la vez que afirmaba el sentido anticolonial de la guerra expresaba un anhelo que sólo podría
conseguirse con la derrota del poder realista en América del Sur. Triunfaba así un proyecto político más amplio y
radical que excedía a la jurisdicción del ex virreinato, hasta ese momento el escenario de la revolución rioplatense.
En el transcurso de los años que mediaron entre 1811, cuando Juan José Castelli al frente del Ejército
Auxiliar del Perú se detuvo en el río Desaguadero –límite del virreinato del Río de la Plata con el del Perú–, y
enero de 1817 cuando José de San Martín emprendió el cruce de los Andes, la guerra desencadenada en los espacios
andinos del ex virreinato impulsó cambios estratégicos de envergadura. A principios de 1814 y luego de la segunda
derrota en el Alto Perú del Ejército Auxiliar enviado por Buenos Aires, José de San Martín, quien había reempla-
zado como jefe de ese ejército a Manuel Belgrano dispuso enfrentar a los realistas que ocupaban el territorio
salto-jujeño, desarrollando allí una guerra de guerrillas.1 Esta decisión resultó definitoria para la dinámica de la
Guerra de Independencia en los Andes del sur. Fueron responsables de implementar esta estrategia Martín Miguel
de Güemes, militar natural de Salta a quien José de San Martín nombró Teniente Coronel de Vanguardia emplazado
en la frontera sur de la jurisdicción de la ciudad de Salta y Apolinario Saravia, capitán de Milicias de la provincia
de Salta en el departamento de Guachipas al sur del valle de Lerma. De esta manera Salta y Jujuy se incorporaron
“a la guerra de montaña” y de recursos que se libraba desde 1811 en las Provincias Altoperuanas. Pocos meses
después, luego de abandonar la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú, San Martín fue designado gobernador de
Cuyo, donde comenzó a organizar fuerzas militares con la finalidad de cruzar los Andes para batir a los realistas en
Chile y el Perú. La derrota por tercera vez del Ejército Auxiliar del Perú a fines de 1815, fortalecerá la estrategia sanmarti-
niana, e impulsará la declaración de la independencia en los momentos más difíciles y complicados de la revolución.
* Proyecto PIP CONICET 7063 y PICTO Agencia 36715.
1 Fue Manuel Dorrego quien aconsejó a San Martín acerca de la inutilidad de mantener tropa de línea en Salta ponderando las posibi-
lidades que en cambio ofrecería la ofensiva sorpresiva de grupos milicianos.
La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos*
SARA E. MATA
UNSA / CONICET
1810-1860 LA INDEPENDENCIA
Y LA ORGANIZACION NACIONAL
1
CAPÍTULO
7170
ya que “en aquel tiempo ese elemento popular, que tan poderoso ha sido después en manos de los caudillos era
casi desconocido; en consecuencia los generales poco o nada contaban fuera de lo que era tropa de línea”.6
Los testimonios relativos al escaso entusiasmo por participar o sumarse a las milicias no se agotan en
las percepciones desencantadas de los jefes revolucionarios. En los primeros días de febrero de 1813 fue apresado
por los realistas en el valle Calchaquí, en ocasión de intentar reclutar gente del valle, Mariano Díaz, natural de Sinti,
comandante de Armas de la Provincia de Atacama y oficial del Ejército de Buenos Aires. Trasladado en calidad
de prisionero hasta Oruro después de la derrota sufrida por Pío Tristán en ese mismo mes de febrero en Salta,
reconoce la comisión ordenada por Belgrano y su fracaso “por oposición que le hicieron sus moradores”. Del sumario
se desprende además que fue capturado por la decisiva oposición de los habitantes del valle que “en San Carlos, el
día tres a la madrugada lo atacaron los moradores del país y lo obligaron a retirarse”.7 No sólo indiferencia sino
también hostilidad.
La defección a la causa revolucionaria tampoco fue absoluta. La comunicación clandestina con el ejército
estacionado en Tucumán permitió a Belgrano contar con información acerca de las fuerzas realistas y en los montes
y en los cerros del valle de Lerma y la frontera con el Chaco, las partidas milicianas interferían las comunicaciones y
secuestraban mercancías y víveres que llegaban para la provisión de la ciudad. Si bien la base de operaciones de
estas milicias se encontraba en Tucumán, muchos de ellos eran salteños conocedores del terreno, condición indis-
pensable para este tipo de acciones.
Si en 1812 los pobladores, en su mayoría, miraron con indiferencia e incluso muchos con entusiasmo
la presencia del ejército real, en 1814 las circunstancias fueron diferentes. En 1814 no contaron con los apoyos
políticos y económicos de los cuales habían gozado en 1812, en parte porque las principales familias realistas habían
emigrado en 1813 hacia el Perú junto con el derrotado ejército del Rey y en parte porque Joaquín de la Pezuela,
el jefe realista que ocupó Salta en esta oportunidad actuó con extrema severidad incautando bienes y persiguiendo
a todos aquellos sospechados de apoyar a la causa revolucionaria.
Carentes del apoyo que pudieran brindarles comerciantes y estancieros adictos, se vieron en la necesidad
de proveerse de víveres y de ganados, especialmente mulas y caballos, procediendo a la requisa y saqueo en las
estancias del valle de Lerma. Corría el mes de febrero cuando alrededor de cuatrocientos hombres integrantes de
varias partidas españolas al mando de un vecino de Salta, incorporado al ejército realista y por lo mismo conocedor
del territorio, se internaron en el valle de Lerma en búsqueda de provisiones y en la requisa de ganados procedió
a confiscarlos tanto de las estancias como de los pequeños y medianos productores, fueran éstos arrenderos o
propietarios de tierras, los cuales vivieron con indignación el saqueo al que eran sometidos por los hombres del
Rey. El paisanaje no sólo resistió la requisa sino que, en no pocas ocasiones, asaltaron las partidas realistas con la
finalidad de recuperar su ganado.
Aun cuando el relato de los hechos, realizado con posterioridad, plantea la resistencia a los saqueos
realistas como una reacción casi espontánea, alentada por algunos estancieros del lugar, la decidida participación
de Pedro José de Zavala, quien en 1811 revistaba en la Compañía de Chicoana del Regimiento de Voluntarios de
la Caballería de Salta modera la interpretación de la resistencia como una simple reacción ante el saqueo.8 La exis-
tencia de milicianos que con toda probabilidad participaron en la batalla de Salta y las vinculaciones que indu-
dablemente varios de ellos conservarían con los jefes de las milicias que operaban en las serranías de Guachipas,
partido al sur del valle de Lerma, permiten suponer que, además del movimiento espontáneo de defensa de sus
bienes, entre las razones que llevaron a la rebelión se encontraría una red de relaciones que la incitaba.
La rebelión de los vecinos de Chicoana se enmarcó rápidamente en las directivas del Ejército Auxiliar,
y en la estrategia diseñada por Manuel Dorrego y José de San Martín e implementadas en el valle de Lerma por
Apolinario Saravia, capitán de Milicias de Guachipas. Poco después, Martín Miguel de Güemes con las milicias que
había logrado reunir y organizar ayudado por algunos estancieros de la frontera del Rosario, acosó a las fuerzas
realistas en las proximidades de la ciudad de Salta y estableció sobre ella un férreo cerco que dificultó el aprovi-
sionamiento no sólo del Ejército sino también de la población que residía en la ciudad. En julio de 1814, un des-
tacado vecino de Salta, Pedro Pablo Arias Velásquez en una carta dirigida al exiliado obispo Videla del Pino
6 José María Paz, Memorias póstumas, tomos I y II, Buenos Aires, Emecé, 2000, p. 79.
7 Archivo General de Indias, Sevilla [AGI], “Causa criminal seguida de oficio contra el Reo Mariano Díaz acusado por caudillo de insur-
gentes y de haber cometido los asesinatos, robos y saqueos que constan de esta sumaria”, Diversos, Ramo 1, N°1.
8 AGN, “Milicias de Salta, 1811”, Sala X, 22.3.5.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos
En esta oportunidad nos interesa presentar los perfiles militares, sociales y políticos que presentó la
Guerra de Independencia en la provincia de Salta, por dos importantes razones. La primera por cuanto la misma
ocasionó un proceso insurreccional que descubrió las profundas tensiones que agitaban a la sociedad local favo-
reciendo la construcción del liderazgo político y militar de Martín Miguel de Güemes. La segunda en virtud de la
representación que de la autoridad del Ejército Auxiliar alcanzara Martín Miguel de Güemes entre los grupos
insurgentes altoperuanos y la importancia que reviste su muerte en 1821 durante la definición del actual territorio
de la República Argentina.
Al momento de la Revolución y ante la necesidad de fortalecer al ejército que desde Buenos Aires
marchaba hacia el Alto Perú, el gobernador Chiclana dispuso en Salta levas con la finalidad de reclutar hombres
para el Ejército Auxiliar. Se crearon asimismo nuevos cuerpos de milicias tales como la de los Cívicos, integrado
por miembros de la elite y la de los Pardos y Morenos, ambas en el ámbito urbano, mientras que las milicias rurales
aumentaron el número de hombres. Entre quienes en septiembre de 1810 se abocaron con entusiasmo a la tarea
de organizar estas milicias rurales se encontraban importantes estancieros que constituían la oficialidad de las
Milicias Regladas de fines de la colonia o de las milicias voluntarias alistadas en ocasión de las invasiones inglesas, en
tanto es notorio el desplazamiento o la ausencia de otros y la designación de nuevos jefes.2 De esta manera, si
bien las milicias coloniales constituyeron las bases de la movilización iniciada en 1810, la militarización tendiente
a apoyar al Ejército Auxiliar del Perú, ofrecerá nuevas alternativas de poder al abrigo de la adhesión a la causa de
Buenos Aires y hará posible la incorporación de nuevos actores sociales al campo militar.3
En estos primeros momentos, el pago del prest o salario debido a los soldados enrolados sirvió de ali-
ciente, aun cuando la deserción, al igual que en el resto de los territorios del interior del virreinato fue frecuente. No es
posible evaluar en qué medida influyó en estas primeras movilizaciones la experiencia militar previa brindada por
las Milicias Regladas y la presencia de un batallón del Regimiento Fixo de Buenos Aires en Salta. De cualquier modo,
es posible observar que aun con escaso o nulo entrenamiento militar, los cuadros jerárquicos de estas estructuras
militares revalidaron y legitimaron sus cargos en el ejército que organizaba Buenos Aires, en dos instancias de
importancia: el reclutamiento a nivel local y su incorporación como oficiales al mando de milicias en el Ejército
Auxiliar. Pero también es preciso considerar las expectativas y experiencias adquiridas por los hombres que, por
su condición de milicianos, lograron autorización para portar armas y gozaron de un fuero que los sustraía de las
justicias ordinarias y les brindaba posibilidades de negociación, a pesar de las asimetrías de la relación jerárquica.
En efecto, el fuero militar, fuente de desavenencias y espacio de negociación, adquiere en este contexto
bélico mayor significación en tanto a través de él se habrán de dirimir espacios de poder entre autoridades civiles y
militares. La autoridad ejercida por los Alcaldes y los estancieros y hacendados sobre la población rural se resintió visi-
blemente frente a las posibilidades concretas de sustraerse de ella por parte de peones y arrenderos sujetos a la milicia.4
De cualquier modo, entre 1810 y 1812 las milicias de Salta tuvieron un protagonismo escaso. Desconocemos
el apoyo que pudieron haber brindado en febrero de 1813, cuando el ejército de Belgrano, libró una batalla deci-
siva en las proximidades de la ciudad de Salta, logrando recuperar Salta y Jujuy del dominio realista. En esa opor-
tunidad, colaboraron oficiales y milicianos salteños que siguieron al derrotado ejército de Castelli, cuando en
agosto de 1812 y ya al mando de Belgrano, emprendió desde Jujuy la retirada hacia Tucumán. Los testimonios de
Manuel Belgrano en los difíciles meses de 1812 muestran a una sociedad local renuente a prestar su apoyo al Ejército
Auxiliar del Alto Perú.5 En sus Memorias póstumas, José María Paz justifica la decisión de Belgrano de liberar a
los prisioneros realistas luego de la victoria obtenida en Salta, ante la imposibilidad de vigilar a tantos hombres
2 Entre los ausentes se encontraba el capitán de Milicias Voluntarias de Caballería de esta Capital Francisco Javier de Figueroa, quien
en 1807 ofreció vestir, armar y correr con los gastos de traslado de una compañía de cien hombres hasta Buenos Aires para defender
la capital del virreinato (Archivo General de la Nación [AGN], Sala X, Guerra, 43.8.2). Su entusiasmo no se reiteró en 1810. En cambio
su hermano Apolinario habría de colaborar con el capitán don José Antonino Fernández Cornejo en reclutar y acuartelar soldados en
la Hacienda de San Isidro propiedad ubicada en la frontera perteneciente a este último (AGN, Sala X, 43.7.9).
3 Sara Mata de López, “Guerra, militarización y poder. Ejército y milicia en Salta y Jujuy. 1810-1816”, en Anuario IEHS, Nº 24, Tandil,
2009, en prensa.
4 Sara Mata de López, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, en Persistencias y cambios. Salta y el Noroeste Argentino. 1770-1840,
Rosario, Prohistoria & Manuel Suárez editor, 1999.
5 “[Q]uejas, lamentos, frialdad, total indiferencia y diré más odio mortal, que estoy por asegurar que preferirían a Goyeneche cuando no
fuese más que por variar de situación y ver si mejoraban. Créame Ud. el ejército no está en pais amigo [...] se nos trata como a verdaderos
enemigos” (Citado en Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires, Anaconda, 1950, p. 219).
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
7372
y Caballería (Regimiento de Infernales, Partidas Veteranas, Coraceros, Partidas Auxiliares, Granaderos) y Escuadrones
de Gauchos pertenecientes a la jurisdicción de Salta, de la Frontera del Rosario, del valle de Cachi, de Jujuy, de la
quebrada de Humahuaca, y en un solo escuadrón los gauchos de Orán, Santa Victoria, San Andrés y la Puna. Estos
Escuadrones de Gauchos eran las Milicias Regladas de la provincia y al igual que los cuerpos militares gozaban
del fuero permanente. Conformaban un total de 6.610 hombres, una fuerza indudablemente importante.14
Resulta interesante observar que los cuerpos militares contaban con un total de 551 soldados, mientras
que los 15 escuadrones gauchos sumaban 4.888 milicianos. Es decir que el peso de la resistencia a los realistas
recaía indudablemente en las Milicias Provinciales.15 Pero más significativo aun resulta comprobar que de esos
4.888 hombres, 2.090 correspondían a los escuadrones del valle de Lerma, es decir que el 44% de los gauchos
correspondían a los partidos de Chicoana, Guachipas y Rosario de los Cerrillos donde, a fines del período colonial,
se concentraba la mayor parte de la población rural del valle en calidad de pequeños propietarios, arrenderos y
agregados y donde también la tensión en torno a la tierra era intensa.16 No resulta casual entonces que la movili-
zación desatada por la Guerra de Independencia derivase luego en insurrección, la cual fue rápidamente capitalizada
por Güemes al incorporarla en las Milicias Cívicas o Escuadrones Gauchos que organizara en 1815. También allí,
a fines de la colonia, se radicó población indígena tributaria procedente del Alto Perú para quienes la abolición
del tributo dispuesta por el gobierno revolucionario, a partir de 1812, pudo impulsar a sumarse a la defensa del
mismo ingresando a las milicias.
Si en abril de 1815 Güemes se presentó en Puesto del Marqués comandando una división de mil hombres,
de los cuales quinientos pertenecían a las milicias gauchas del valle de Lerma,17 es indudable que éstas sumaron
muchos voluntarios a sus filas en el transcurso de 1815, cuando decididamente capitalizó la insurrección incorpo-
rándola a los Escuadrones Gauchos de las Milicias Provinciales. A pesar de no contar con cifras confiables en relación
con la población de Salta y su jurisdicción, es factible arriesgar que 2.090 gauchos representarían prácticamente
a todos los hombres en condición de tomar las armas. La movilización era, de este modo, masiva.18
A mediados de 1816 Manuel Belgrano, nuevamente general del Ejército Auxiliar del Perú, aceptó con
serias reservas la guerra de montaña como única alternativa posible para enfrentar a los realistas en los territorios
del ex virreinato del Río de la Plata.19 De esta manera, la insurrección salteña, organizada ya en las estructuras
militares dadas por su Gobernador pasaron a formar parte de la guerra que libraban las guerrillas en el Alto Perú
y el Ejército de Buenos Aires no volvería a transitar el territorio de la provincia de Salta.
Al finalizar el año 1816, la revolución rioplatense atravesaba momentos muy difíciles. Los realistas
habían consolidado su control sobre las principales ciudades altas peruanas que no volverían más a estar bajo el poder
de los revolucionarios porteños. Los principales líderes de la insurgencia altoperuana habían muerto y el movi-
miento revolucionario se encontraba desarticulado. El desembarco en Lima de disciplinadas tropas militares al mando
del general José de la Serna, destinadas a recuperar para la monarquía española los territorios sublevados, hacía
prever mayores peligros a las endebles Provincias Unidas del Río de la Plata.
14 “Milicias de Salta al mando del General Güemes”, en Luis Güemes, Güemes documentado, tomo 8, Buenos Aires, Plus Ultra, 1984,
pp. 22-43.
15 Sara Mata de López, “Paisanaje, insurrección y guerra de independencia. El conflicto social en Salta 1814-1821”, en Jorge Gelman y
Raúl O. Fradkin (comps.), Política y sociedad en el siglo XIX, Rosario, Prohistoria, 2008, p. 70.
16 Sara Mata de López, Tierra y poder en Salta. El noroeste argentino en vísperas de la independencia, Sevilla, Diputación de Sevilla,
colección Nuestra América, 2000.
17 Carta de Agustín Dávila a Martín Torino, Jujuy, 3 de marzo de 1815, en Luis Güemes, Güemes documentado, tomo 2, Buenos Aires,
Plus Ultra, 1979, p. 292.
18 En 1816, Juan Adam Graaner de visita en Salta reconoce que respecto a la población sólo se tienen noticias muy vagas, y que según
los datos que ha obtenido la ciudad tendría unos 6.000 habitantes (Juan Adam Graaner, Las provincias del Río de la Plata en 1816,
Buenos Aires, El Ateneo, 1949). En 1825 un viajero inglés, José Andrews, calcula para la ciudad y su campaña un total de 14.500 habi-
tantes (Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826, Buenos Aires, La Cultura Argentina, Vaccaro, 1920). A fines
de la colonia las cifras también son dispares. El censo de 1778 indica un total para Salta, curato rectoral y campaña de 11.565 habi-
tantes correspondiendo al valle de Lerma 3.265. Si a estas cifras sumamos parte de la población del curato rectoral que se encontraba
en las quintas, chacras y estanzuelas que rodeaban el centro urbano, podríamos estimar alrededor de 5.000 habitantes en el área rural
del valle. El crecimiento de población en las últimas décadas coloniales puede constatarse por la migración de población indígena alto-
peruana y también por los datos que brinda Malespina en 1789 que consigna para Salta y su jurisdicción un total de 22.389 habitantes
(Edberto Acevedo, La intendencia de Salta del Tucumán, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1965, p. 322).
19 AGN, Sala X, 4.1.3
comentaba que en la ciudad “las gentes que quedaron asta aora están saliendo o fugando con mil riesgos y trabajos
por la suma miseria que el sitio de nuestros gauchos tiene a aquel pueblo sin dejarles dentrar nada en víveres”.9
La caída de Montevideo en poder de Buenos Aires y los serios reveses militares sufridos por los realistas
en el Alto Perú debidos al accionar del general José Antonio Alvárez de Arenales y los jefes insurgentes Padilla,
Cárdenas, y muchos otros, convencieron al general realista Joaquín de la Pezuela de la inutilidad de intentar des-
plazarse hacia Tucumán, desafiando a las milicias salteñas, para enfrentar al Ejército Auxiliar que allí se encontraba.
El desabastecimiento y el peligro de tener que rendirse ante la vanguardia que dirigía Martín Miguel de Güemes,
le indujeron a retirarse, abandonando definitivamente Jujuy en el mes de agosto de 1814, para enfrentar un penoso
viaje, en invierno y con escasas pasturas, en dirección al Alto Perú.
Si bien el hostigamiento a las fuerzas realistas y el cerco impuesto por el campesinado ya incorporado
voluntariamente en las milicias rurales no fue tan sólo obra de la población rural del valle de Lerma ya que desde
la Frontera del Rosario se sumaron las milicias reunidas por Martín Miguel de Güemes, fueron los paisanos del valle
de Lerma quienes adquirieron en esta resistencia mayor protagonismo. Estos paisanos voluntarios comenzaron a
ser identificados como “gauchos”, denominación que adquirió así una clara connotación militar.10 Expulsados los
realistas, y después de la experiencia adquirida permanecieron movilizados en el marco de las desavenencias entre
el ejército de Rondeau y el gobernador Güemes. La crisis de 1815 será una de las razones por las cuales la insu-
rrección se sostuvo articulándose en el proyecto político de Martín Miguel de Güemes. Debido al ascendente militar
logrado en la resistencia a la ocupación realista de 1814 y al triunfo logrado en Puesto del Marqués en abril de
1815 Güemes consiguió, a su regreso a Salta y luego de pasar por Jujuy y tomar de su maestranza seiscientos fusiles,
hacerse designar gobernador de la provincia de Salta.11
Desde el gobierno y desafiando las órdenes del Directorio y del jefe del Ejército del Norte se dedicó
a organizar cuerpos de línea, entre ellos los Infernales y sobre todo las milicias cívicas de gauchos en la campaña
de Salta, Jujuy y Orán.12 Con el fin de concretarlo se enfrentó duramente con el Cabildo de Jujuy, que además se
negaba a reconocer su designación. En el centro de la disputa se encontraba el otorgamiento del fuero militar a
los milicianos. Tanto el Cabildo de Salta como el de Jujuy insistían en negar los beneficios del fuero a los gauchos
cuando no se encontraran en acción. En septiembre de 1815, al concluir la organización de las Milicias Cívicas de
Gauchos y los cuerpos de línea, Güemes contaba con fuerzas suficientes para desafiar a las autoridades de Buenos
Aires y del Ejército Auxiliar. El fuero, a pesar de la resistencia ofrecida por la elite, operó de manera permanente.
Su concesión fue el resultado de la negociación implícita entre el paisanaje incorporado a las milicias y los sectores
revolucionarios de Salta que apoyaban a Güemes. No cabe duda de que comprendieron cabalmente la necesidad
que de ellos tenían para afianzar su proyecto político.
Cuando en marzo de 1816 las fuerzas militares de Rondeau tomaron la ciudad de Salta y declararon a
Güemes traidor a la revolución, una partida de gauchos sorprendió y derrotó a una avanzada del Ejército Auxiliar,
tomando su armamento. Luego de este revés y acosado por el cerco que las milicias de Güemes realizaban a la ciu-
dad impidiendo su abastecimiento, Rondeau accedió a formalizar un pacto en Cerrillos, localidad próxima a la
ciudad de Salta. Poco después el Gobernador, luego de una reunión con los más importantes propietarios rurales,
acordó “eximir” ínterin durase la guerra del pago de los arriendos con lo cual es evidente que el poder ascendente
de las milicias lograba arrancar concesiones a la elite propietaria de Salta.13 La insurrección adquiriría así los ribetes
de un movimiento social que se fue intensificando en el transcurso de la guerra contra los realistas. Y será también en
el transcurso de la guerra que irá transformándose en la expresión armada de un proyecto político, y con ese sentido
gran parte de esta movilización habrá de perdurar varias décadas más, luego de concluida la Guerra de Independencia.
La importancia que adquirieron los cuerpos milicianos de la provincia de Salta se refleja en la cantidad
de hombres que las integraban. En 1818 las fuerzas militares de Güemes incluían cuerpos de línea como Artillería
9 AGN, Culto-Sala X, 4.7.2.
10 Fueron Dorrego y San Martín quienes comenzarían a llamarles así, estableciendo probablemente una velada analogía con los “gauchos”
de la Banda Oriental que al mando de José de Artigas luchaban contra los realistas en Montevideo. Coincide con esta apreciación Luis
Güemes, Güemes documentado, tomo 7, Buenos Aires, Plus Ultra, 1982, p. 437.
11 Aprovechó así el vacío de poder que experimentaba el Directorio en Buenos Aires y la partida del Gobernador de Salta incorporado
al ejército de Rondeau en marcha hacia el Alto Perú. Al dejar la ciudad, Hilarión de la Quintana, había depositado en el Cabildo fun-
ciones propias del gobernador.
12 Sara Mata de López, “La guerra de independencia en Salta y la emergencia de nuevas relaciones de poder”, en Andes: Antropología
e Historia, Nº 13, CEPIHA, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta, 2002, pp. 128-129.
13 Sara Mata de López, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, op. cit.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
7574
Mientras que la oposición de la elite al gobernador Güemes aumentaba y las conspiraciones en su
contra involucraban incluso a sus capitanes y hombres de confianza, el temor que las invasiones realistas producían
en el vecindario de Salta contribuía a preservarlo en el poder. Uno de los objetivos de Güemes era coordinar,
como jefe de la Vanguardia del Ejército porteño, las acciones llevadas a cabo por las guerrillas altoperuanas. Era ésta
también la aspiración de Manuel Belgrano, quien como general del Ejército Auxiliar del Perú confirmaba desde
Tucumán los cargos militares de los insurgentes altoperuanos propuestos por Güemes.
Tanto Martín Miguel de Güemes como Manuel Belgrano debieron aceptar la imposición de las jefaturas
en las guerrillas admitiendo la imposibilidad de designar a sus jefes. Estas fuerzas irregulares trataron de todos
modos de darse una estructura y organización militar. José Santos Vargas, tambor en la guerrilla de Ayopaya nos
brinda en su diario relatos ilustrativos acerca de estos esfuerzos, de la manera en que elegían a sus jefes, de la
participación indígena y de la importancia que tenía pertenecer al Ejército de Buenos Aires.22
Si bien el Ejército Auxiliar del Perú no retornó nuevamente a esos territorios, tanto Belgrano como
Güemes abrigaron la esperanza de poder concretar una nueva expedición que fortaleciera en un movimiento de pinzas
el avance de San Martín en el Perú. Las condiciones materiales del Ejercito Auxiliar acantonado en Tucumán y las
limitaciones de Güemes para desplazarse hacia el Alto Perú, postergaron este proyecto. Güemes intentó, sin embargo,
organizar acciones conjuntas con los jefes de la guerrilla de Ayopaya. En enero de 1821, los jefes realistas infor-
maban al Ministro de Guerra acerca de los peligros que acechaban a la causa del Rey en el Alto Perú “No es Exmo.,
San Martín y sus satélites los únicos enemigos que tenemos. Son mayores y de más consideración los que por des-
gracia de esta guerra abundan ya en todas las capitales, pueblos y aún en las más pequeñas aldeas”. Luego de
comentar cómo habían logrado abortar la sedición de tropas de la vanguardia realista que pretendían “asesinar al
Comandante General, Jefes y Oficiales de la vanguardia y llamar después al caudillo Güemes que viniese a apoderarse
del Alto Perú”,23 refiere acerca del complot destinado a contrarrevolucionar a Oruro, el cual fue descubierto por
haber “sido interceptados en el despoblado de Atacama unos pliegos que el caudillo Chinchilla dirigía al de la
misma clase Güemes”. El fin de este complot era, además de matar a todos los decididos por la causa del Rey y asaltar
la Maestranza para proveerse de pólvora, fusiles y otros útiles de guerra, “llevarse la tropa y con ella engrosar la fuerte
gavilla de Chinchilla y revolver las provincias de la Paz y Cochabamba y por consecuencia todo el distrito de Buenos
Aires”. Frente a estas evidencias no duda en afirmar que “el plan de los enemigos es combinado y general”.24
La importancia de Martín Miguel de Güemes en la Guerra de Independencia que se libraba en territorio
altoperuano incluyendo a Salta y Jujuy se evidencia en el tratamiento que le da Joaquín de la Pezuela, a la sazón
virrey del Perú. En octubre de ese año siguiendo la Real Orden del 11 de abril de 1820 nombró Comisionados para
“que traten y conferencien con las autoridades de las citadas provincias del Río de la Plata”, con el fin de tratar el
reconocimiento de la Constitución española. Entre las instrucciones que les entrega dispone
sobre todo tratarán de ganar por todos los medios posibles al Gefe de la Provincia de Salta D. Martin
de Guemez pues la incorporación de este en nuestro sistema, acarrearia ventajas incalculables por su
rango y por el gran influjo que ha adquirido sobre los pueblos de su mando.25
La crisis política que enfrentó a las provincias del ex virreinato con Buenos Aires en 1820 y la disolu-
ción del Ejército Auxiliar del Perú significó también, ante la inexistencia de un poder central, abandonar a su suer-
te a la provincia de Salta y a la insurgencia altoperuana que combatían a las fuerzas realistas, también ellas debi-
litadas. En ese contexto la oposición al gobierno de Martín Miguel de Güemes cobró impulso. El 24 de mayo de
1821, en ausencia de Güemes,26 el Cabildo lo destituyó del gobierno argumentando que
22 José Santos Vargas, Diario de un comandante de la independencia americana. 1814-1825, transcripción, introducción e índices de
Gunnar Mendoza, México, Siglo XXI, 1982.
23 El destacado me pertenece.
24 Refutación que hace el Mariscal de Campo D. Jerónimo Valdez del Manifiesto que el Teniente General D. Joaquín de la Pezuela impri-
mió en 1821 a su regreso del Perú. Publica su hijo Conde de Torata, Madrid, Imprenta Viuda de M. Minuesa de los Ríos, 1895.
Documento justificativo número 15 del tomo I, pp. 141-145.
25 AGI, Indiferente, 1570.
26 A principios de 1821 Güemes decidió avanzar contra Bernabé Araoz, gobernador de Tucumán. Varias fueron las razones que precipi-
taron esta decisión, entre ellas la separación de Santiago del Estero de Tucumán y la decisión de Aráoz de invadirla así como la de
impedir el envío de dinero que desde Santiago remitían para ayudar a equipar a las fuerzas militares de Salta.
Si bien la provincia de Salta soportó entre 1817 y 1821 sucesivas invasiones, la que tuvo lugar en enero
de 1817 fue la más peligrosa para el destino de la revolución, cuando tropas realistas al mando del general La
Serna, avanzaron sobre Jujuy y ocuparon la ciudad de Salta. El objetivo militar de La Serna era Tucumán, ya que
su plan consistía en obligar a San Martín a abandonar Cuyo para auxiliar al Ejército allí estacionado, dando así
oportunidad al ejército realista que se encontraba en Chile para cruzar los Andes y unirse con el suyo, con la finalidad
de destruir a las fuerzas militares porteñas y recuperar el virreinato del Río de la Plata. Mientras que La Serna se
internaba en la provincia de Salta, José de San Martín emprendía el cruce de los Andes con destino a Chile.
Comenzaban así a fallar las previsiones de los jefes realistas. Un mes después, el triunfo de San Martín en Chile, generó
zozobra e incertidumbre.
De todas maneras, debieron de haber evaluado la debilidad del ejército de Belgrano estacionado en
Tucumán al no contar ya con la posibilidad de ser socorrido por el de San Martín y la importancia de sorprender y
propinar una derrota que podría llegar a ser fundamental para recuperar al insurrecto virreinato del Río de la
Plata. Estas consideraciones debieron de pesar en las disposiciones que el virrey Pezuela hiciera llegar a La Serna,
ordenándole
que si estaba en actitud y haciendo un esfuerzo como lo requería el caso, dispusiese un rápido movi-
miento con toda su fuerza sobre el Tucumán para deshacer la poca que tenía el General enemigo
Belgrano, y se retirase después a su posición de Jujuy en observación de las conductas de los portu-
gueses que se habían introducido hostilmente en Montevideo y Banda oriental el Río de la Plata y se
creía que fuese en combinación con los de Buenos Aires y de mala fe, sin embargo de que al propio
tiempo se estaban tratando los casamientos de nuestro Rey Fernando y el Infante Don Carlos con dos
infantas Portuguesas.20
Pero avanzar hacia Tucumán resultó mucho más difícil de lo esperado. En la provincia de Salta una
vez más, el control de la campaña quedó en manos de los gauchos y de Güemes, quienes impidieron el abaste-
cimiento de la ciudad y de las tropas enemigas. A pesar de ello, una partida enemiga intentó llegar a Tucumán
eligiendo para ello el camino menos frecuente ante la imposibilidad de hacerlo por el camino real de la frontera
o a través del valle de Lerma dada la peligrosidad de las guerrillas gauchas. A sabiendas de que en el valle
Calchaquí contaban con mayores adhesiones y que allí la insurrección no era tan generalizada, eligieron atravesarlo
para bajar a Tucumán. Llegar hasta ese valle no resultó sencillo ya que para hacerlo debieron internarse varias
leguas hacia el oeste por el valle de Lerma donde las milicias gauchas demostraron nuevamente su eficacia en
hostigar a las partidas realistas. Acosados permanentemente, sin posibilidades de encontrar alimentos y diezmados,
no se atrevieron a atravesar la quebrada de Escoipe, paso obligado hacia el valle Calchaquí. El retorno hasta Salta
fue aun más fatigoso. Imposibilitados de avanzar, cual era su intención y asediados en la ciudad de Salta, finalmente
La Serna dispuso el retiro de sus tropas hacia el Alto Perú.
La derrota sufrida por La Serna fortaleció aun más el liderazgo de Martín Miguel de Güemes, al
demostrar la eficacia de las guerrillas gauchas para enfrentar al ejército realista. Las sucesivas invasiones realistas
carecieron ya del sentido estratégico militar que alentaron a las anteriores de 1812, 1814 y 1817, limitándose a ser
incursiones destinadas a proveerse de ganados y mulas. La guerra se transformó así en una guerra de recursos.
Sintieron el peso de la misma los comerciantes y los hacendados de Salta. Los primeros porque no sólo vieron inte-
rrumpido el comercio con el Alto Perú sino porque también debieron realizar préstamos forzosos al Estado pro-
vincial para cubrir los gastos que demandaba el sostenimiento de los hombres movilizados y los segundos porque
además de las confiscaciones de ganados se vieron privados del servicio personal y del pago de los arriendos de
quienes se encontraban enrolados en las milicias. Facundo de Zuviría escribiría en 1818 que los hacendados “solo
ven en los defensores de la patria, como en quienes la invaden, hombres que talan sus campos, destruyen sus frutos,
arrean y consumen sus ganados y cargan sobre ellos inmensas contribuciones”.21
20 Joaquín de la Pezuela, Memoria de Gobierno de Joaquín de la Pezuela, virrey del Perú. 1816-1821, edición y prólogo de Vicente Rodríguez
Casado y Guillermo Lohmann Villena, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1947, p. 119.
21 Archivo y Biblioteca Históricos de Salta [ABHS], “Presentación del ciudadano Facundo de Zuviría a nombre de D.Dr. José Ignacio de
Gorriti”, Armario Gris, fs. 8 y 8v.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
7776
HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos
Aires, Siglo XXI, 1972.
MATA de LÓPEZ, Sara, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, en Persistencias y cambios. Salta y el Noroeste
Argentino. 1770-1840, Rosario, Prohistoria & Manuel Suárez editor, 1999.
__________________, Tierra y poder en Salta. El noroeste argentino en vísperas de la independencia, Sevilla,
Diputación de Sevilla, colección Nuestra América, 2000.
__________________, “La guerra de independencia en Salta y la emergencia de nuevas relaciones de poder”,
en Andes: Antropología e Historia, Nº 13, Salta, CEPIHA, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de
Salta, 2002.
__________________, “Paisanaje, insurrección y guerra de independencia. El conflicto social en Salta 1814-
1821”, en Jorge Gelman y Raúl O. Fradkin (comps.), Política y sociedad en el siglo XIX, Rosario, Prohistoria, 2008.
__________________, “Guerra, militarización y poder. Ejército y milicia en Salta y Jujuy. 1810-1816”, en Anuario IEHS,
Nº 24, Tandil, 2009, en prensa.
MITRE, Bartolomé, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires, Anaconda, 1950.
PAZ, José María, Memorias póstumas, tomos I y II, Buenos Aires, Emecé, 2000.
VARGAS, José Santos, Diario de un comandante de la independencia americana. 1814-1825, transcripción, intro-
ducción e índices de Gunnar Mendoza, México, Siglo XXI, 1982.
Desde su colocación en el gobierno, sus primeros empeños fueron perpetuarse en él; engañar a la
muchedumbre, alucinarlas con expresiones dulces sin sustento [...] invertir el orden; disponer de las
propiedades a su antojo [...] ser el principal motor de la anarquía seminada en las demás provincias
que forman el continente.27
La Revolución del Comercio como fue denominado el intento de destituir a Güemes por parte del
Cabildo no prosperó por cuanto las milicias continuaron reconociendo la autoridad del Gobernador. Dos sema-
nas después, el 7 de junio una partida realista ingresó a la ciudad sorprendiendo a Güemes e hiriéndole cuando
al galope de su caballo buscó salir de la ciudad para refugiarse en su campamento. Una semana después fallecía.
Los honores que la oposición a Güemes brindó al general realista Pedro Antonio de Olañeta dan cuenta del grave
enfrentamiento que aquejaba a la sociedad de Salta, el cual no debe atribuirse tan sólo al deterioro económico
o a la necesidad de restablecer el comercio con el Alto Perú. Si bien éstas indudablemente constituían razones
importantes, el control social y la búsqueda de una propuesta política viable en el marco de la crisis institucional
que aquejaba a las Provincias Unidas del Río de la Plata fueron también responsables de la alternativa elegida
por la clase dirigente de Salta.
Las negociaciones, de carácter secreto, entre la oposición a Güemes, autodenominada “Patria
nueva”, y el jefe realista, culminan con la firma de un armisticio en julio de 1821 mediante el cual se garantizó
el retiro de las tropas realistas más allá de la quebrada de Purmamarca, se dispuso la designación de un gober-
nador sin la presión de las tropas y se facilitó la adquisición de vituallas y ganados a las fuerzas realistas, quienes
pagaron por ellas a los comerciantes y los propietarios que las facilitaron. Ante la ausencia de un gobierno cen-
tral la provincia de Salta, representada por el Cabildo, se constituyó en sujeto de soberanía negociando el retiro
de las tropas realistas y renunciando a continuar la Guerra de Independencia, con lo cual el proyecto de San
Martín de reforzar con la vanguardia del disuelto Ejército Auxiliar del Perú una avanzada hacia el Alto Perú, se
hizo trizas. Se fracturó también la vinculación que en tiempos de Güemes existía entre las guerrillas altoperua-
nas y la provincia de Salta. El armisticio definió una frontera entre territorios que a partir de su firma se diferen-
ciaron políticamente. Las guerrillas altoperuanas y su enfrentamiento con el ejército realista quedaron aisladas y
con la conclusión de la Guerra de Independencia en 1824 las Provincias del Alto Perú se pronunciarían por decla-
rarse un Estado independiente. A partir de la Declaración de la Independencia de Bolivia los límites políticos esta-
blecidos en el armisticio de 1821 fueron definitivamente, y más allá de algunas modificaciones posteriores, la
frontera norte del país construida por la revolución como afirmara Tulio Halperin Donghi hace ya varias déca-
das.28 El extremo norte de la provincia de Salta sería frontera recién a partir de 1821 y no antes. Güemes no
defendió ninguna frontera, defendió la revolución de Buenos Aires y la independencia americana.
BIBLIOGRAFÍA
ACEVEDO, Edberto, La intendencia de Salta del Tucumán, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1965.
ADAM GRAANER, Juan, Las provincias del Río de la Plata en 1816, Buenos Aires, El Ateneo, 1949.
ANDREWS, José, Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826, Buenos Aires, La Cultura Argentina,
Vaccaro, 1920.
DE LA PEZUELA, Joaquín, Memoria de Gobierno de Joaquín de la Pezuela, virrey del Peru. 1816-1821, edición y
prólogo de Vicente Rodríguez Casado y Guillermo Lohmann Villena, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios
Hispanoamericanos de Sevilla, 1947.
GÜEMES, Luis, Güemes documentado, 9 tomos, Buenos Aires, Plus Ultra,1972-1984.
27 ABHS, “Mensaje del Cabildo de Salta a los ciudadanos, 24 de mayo de 1821”, Fondo Documental Dr. Bernardo Frías, Carpeta 10,
Documento 148.
28 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
79
Hacia 1814, las derrotas de Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma, el crecimiento de la tensión
entre las autoridades de Buenos Aires y el caudillo oriental José Gervasio Artigas y el fortalecimiento de la posición
del gobernador Gaspar de Vigodet en Montevideo, habían puesto en peligro el éxito de la causa revolucionaria.
Pero si como se señala, la situación militar era dramática, los asuntos de política exterior no eran menos graves,
José Napoleón claudicaba en España y el retorno de Fernando VII, antes tan improbable, dejaba de ser una quimera.
La Asamblea General Constituyente había señalado el camino de la definitiva separación de la Península,
pero ante la nueva situación internacional, hasta los principios justamente declamados se encontraban en discusión.
Por entonces, el gobierno de Buenos Aires dudaba de su capacidad para continuar y profundizar las acciones de guerra.
En enero de 1814 Gervasio Posadas, fue designado Director Supremo de la Provincias Unidas, inau-
gurando así un régimen de gobierno unipersonal en reemplazo del triunvirato existente. Por otro lado José de
San Martín que estaba preparando su ejército con la clara intención de proyectar operaciones de fondo allende
los Andes y el Perú, presionaba a las autoridades para que declararan la Independencia.
El nuevo mandatario se encontró en el centro de un dramático escenario. Después de dos años, Montevideo
parecía indiferente al asedio de las tropas de Rondeau y Artigas que hasta ese momento lo había acompañado en
las operaciones, definitivamente desencantado por el curso que tomaba la política de Buenos Aires decidió retirarse.
Mientras los acontecimientos se precipitaban Carlos de Alvear actuaba con firmeza, y atento a las cir-
cunstancias que imponían acciones contundentes, gestó una estrategia de aliento que puso inmediatamente en
marcha. Advirtió entonces que el sitio terrestre sobre Montevideo desgastaba las fuerzas militares criollas en un
esfuerzo vano, toda vez que el control del Río de la Plata continuara en manos realistas: “Así pues –explicaba en
sus memorias– era preciso una escuadra para apoderarse de tan importante punto con cuya ocupación podíamos
mirar como asegurada la causa de la libertad”.2
La idea se difundió con rapidez y en poco tiempo logró el apoyo de figuras influyentes para la con-
formación de una escuadra.
1 El autor ha desarrollado esta conferencia sobre la base de su libro Guillermo Brown, Buenos Aires, Librería-Editorial Histórica, 2007.
2 Carlos de Alvear, “Narraciones”, en Gregorio F. Rodríguez, Historia del General Alvear, 1789-1852, tomo I, Buenos Aires, G. Mendesky
e hijo editores, 1913, p. 457.
Una estrategia para el Río de la Plata.
La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo1
GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL
OFICIAL DEL ESTADO MAYOR (ARA)
UCA
1810-1860 LA INDEPENDENCIA
Y LA ORGANIZACION NACIONAL
1
CAPÍTULO
80 81
sus proas defendiendo el canal de entrada. Una fuerza significativamente superior a la propia, y a la que debían
sumarse también la amenaza de los emplazamientos terrestres. Todo esto vuelve difícil explicar la decisión de forzar
el combate sólo por aquel convencimiento de que los tiempos se agotaban, pero la orden fue dada y a pesar de
la evidente inferioridad militar argentina las fuerzas navales se enfrentaron.
En Martín García la escuadra patriota fue decididamente derrotada, la mayor parte de los buques se
replegaron eludiendo el combate, dos comandantes murieron y la fragata Hércules, acribillada por la metralla,
terminó en Colonia para ser reparada.
Mientras esto ocurría, el Jefe naval visitó personalmente cada buque subordinado “hablando al
honor de sus capitanes, reprochándoles su falta de fe en el triunfo, estimulándoles a la acción desesperada y dán-
doles nuevas instrucciones”.5
El proyecto que seguía era tan arriesgado como la fallida empresa de días pasados, pero la experiencia
conformaba una estimable carta a su favor. Brown concibió una operación de desembarco que, curiosamente,
sostenía sus probabilidades de éxito en la acción conjunta y disciplinada de cada buque de la escuadra.
Según el plan, la fuerza de desembarco compuesta por ciento diez hombres de marinería y doscientos
treinta de tropa, debía reducir la isla mientras la escuadra distraía a los buques españoles con maniobras de ataque
y abordaje.
La operación iniciada en el sigilo de la noche fue tan sorpresiva como contundente. Al amanecer las
principales posiciones estaban en poder de las fuerzas patriotas.
A pesar de la importancia estratégica de Martín García su ocupación apenas modificó la situación
existente, pues la escuadra española aunque dividida, se mantenía prácticamente intacta. Romarate, impedido
de volver a Montevideo decidió remontar el río Uruguay en procura de medios que le permitieran pasar a la ofen-
siva y en Soriano estableció contacto con Artigas, quien accedió a prestarle apoyo. Mientras tanto, Vigodet pre-
paraba apresuradamente una división al mando del capitán de navío José Primo de Rivera.
En lo inmediato se tuvo conciencia de la oportunidad que se presentaba, pues divididas aunque no
vencidas las fuerzas navales españolas, era necesario actuar rápidamente. Por otra parte, Artigas se había trans-
formado en un peligroso enemigo con control en la Banda Oriental, Entre Ríos y Corrientes. El comandante naval
estaba convencido de la necesidad de acabar con el caudillo para asegurar la victoria:
Es menester confesarlo –le escribía a Larrea desde Colonia el 20 de marzo– que el remedio puede
aplicarse sin pérdida de tiempo, cuando hay, como sucede actualmente tanta tropa en Buenos Aires.
Trescientos o cuatrocientos hombres de dicha capital, desembarcados en esta banda del río, pronto
limpiarían la costa del rebelde y sus cuadrillas que han causado perjuicios considerables, pues a no
haber sido ellos jamás el enemigo habría podido evadirse aguas arriba. Me veo obligado para segu-
ridad de esta ciudad a guarnecerla con gente de la escuadra, por lo tanto considere Ud. la urgencia
de enviar una fuerza con toda premura [...] es poco más que imposible conseguir carne aquí a causa de
Artigas y sus secuaces.6
La amenaza de la escuadra realista de Rivera y su inminente salida condicionaba las decisiones del
comandante argentino, que entre dos fuegos, se vio obligado a dividir la escuadra. Según sus palabras, “ansioso”
por apoderarse del enemigo y “temeroso” de que Romarate volviese a Montevideo por el Canal de las Conchas,
mandó una fuerza de cinco buques en su persecución.
Mientras tanto, y con el propósito de formar un componente disuasivo que mantuviera al enemigo
en puerto, Brown concentró a su alrededor el grueso de la escuadra. Afirmado en sus convicciones la fluida
correspondencia que mantenía con Larrea se hacía cada vez más perentoria y apasionada: “Ya que se ha iniciado la
lucha por agua, no debe Ud. omitir esfuerzos y emplear toda su energía para que se termine de la propia manera...
puedo asegurar al país entero, que tomé cartas en ella con la firme resolución de vencer... Y a pesar de la tunda
que ha recibido el Hércules estoy resuelto a no volver a puerto antes de dar un golpe mortal”.
5 Hector Raúl Ratto, Historia del Almirante Brown, tercera edición, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales e
Instituto de Publicaciones Navales, 1985, pp. 36-37.
6 Guillermo Brown a Juan Larrea, Colonia, 29 de marzo de 1814, en Academia Nacional de la Historia, Documentos del Almirante Brown,
tomo I, Buenos Aires, Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Guillermo Brown, 1958, p. 62.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL - Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate
naval de Montevideo
3 Carlos de Alvear, “Narraciones”, op. cit.8
4 Véanse Ángel Justiniano Carranza, Campañas Navales de la República Argentina, tomos 1 y 2, Buenos Aires, Departamento de
Estudios Históricos Navales, 1962, p. 230; Teodoro Caillet Bois, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944, pp. 86-88; y
Miguel Ángel De Marco, Corsarios Argentinos, héroes del mar en la Independencia y la guerra con el Brasil, Buenos Aires, Planeta,
2001, pp. 82-85.
Mientras Alvear dibujaba el plan definitivo, Juan Larrea, en su papel de secretario de Hacienda,
actuaba como un verdadero artífice sin librar ningún aspecto a su suerte. Evaluó las posibilidades de alistar un
componente de guerra con los barcos de Buenos Aires pasibles de ser armados y envió agentes de inteligencia a
Montevideo para obtener una descripción precisa de las capacidades navales del enemigo. Mientras que el pri-
mero se preocupó por convencer a Posadas de la aptitud y factibilidad del proyecto, Larrea logró interesarlo por
su aceptabilidad. Presentó en un acabado informe las características, cantidad y costos de los buques que debían
adquirirse, la relación de capitanes y marinos a contratar y propuso finalmente la financiación del empresario
naviero norteamericano Guillermo Pio White.
En febrero, mientras se trabajaba activamente para el acondicionamiento de las unidades y se reclu-
taban las dotaciones, una escuadrilla realista compuesta de diez buques al mando del capitán de navío Jacinto
de Romarate se aproximó amenazadoramente a Buenos Aires. Aunque la modesta fuerza naval siguió su camino
rumbo a la isla Martín García, la intimidación causó conmoción entre los porteños. Con la precipitación que imponían
las circunstancias se embarcaron tropas de línea y hasta en algunos casos se previó la zarpada. Aunque nada ocurrió,
la experiencia fue una muestra de las dificultades de todo orden que se deberían superar. En efecto, las tropas
mostraron su contrariedad por las tareas que estaban llamadas a desempeñar y las condiciones de la vida a bordo,
y en la primera noche algunos se sublevaron “pidiendo a gritos el inmediato desembarco”. En dos de los buques
la violencia de la protesta se tornó en contra de los capitanes, quienes debieron abandonar sin más las unidades
a su mando. La misma desaprobación fue acompañada por el pueblo de Buenos Aires y hasta el Director
Supremo, en todo punto temeroso, llamó a Alvear para sugerirle la cancelación de lo actuado, afirmando que
todo el mundo miraba ese proyecto como el más solemne desatino, que la irritación que causaba era inmensa y
que sus resultados iban a ser que la sublevación de las tropas embarcadas se extendiera hacia las de tierra.3
Como fuera, Posadas tenía enfrente una voluntad inquebrantable y volvió a ser seducido por las pro-
mesas, esperanzas y convicciones de su sobrino Alvear
El problema más sensible había radicado en la elección del hombre destinado a conducir la escuadra.
Tres eran los candidatos, Benjamín Franklin Seaver, norteamericano preferido de White; Estanislao Courrande, un
conocido corsario francés; y Guillermo Brown, un marino irlandés que operaba en el Plata desde 1809 y que
actuaba desde diciembre de 1813 sin designación alguna junto con Alvear y Larrea.4
La gravedad del movimiento de Artigas, el descontento popular y las dudas que albergaba el propio
Director Supremo, constituían una advertencia que no podía ser ignorada. Las circunstancias habían confirmado
la necesidad de completar las dotaciones, mantener la disciplina, apurar el alistamiento y lanzar sin dilaciones la
campaña. Dentro de este esquema, la designación del comandante naval se hizo apremiante y el 1° de marzo de
1814 fue nombrado Guillermo Brown, con el grado de teniente coronel, al mando de la Escuadrilla Nacional.
Según el plan trazado por Alvear la recuperación definitiva de Montevideo sólo sería posible si por
mar se cerraba la salida a los realistas. Esto implicaba el dominio del Río de la Plata por la escuadra patriota, pero
para ello era imprescindible eliminar el poder naval español en la región.
La isla Martín García que por su situación estratégica constituía la llave de los dos grandes ríos del
Litoral y un punto desde donde se podían proyectar operaciones navales, en los últimos cinco meses había sido
reforzada por los realistas con emplazamientos artilleros y una poderosa guarnición, que controlaba los canales
de paso y los principales accesos, convirtiéndose en un eventual punto de apoyo para Montevideo.
Brown era consciente de que un ataque naval sobre aquella plaza, tendiente a controlar las aguas
de la región, sólo sería posible si antes conquistaba Martín García y sobre el esquema de ese plan se puso en marcha.
Aquel mes de marzo, la escuadra compuesta por la fragata Hércules, donde Brown izó su insignia, y
seis buques de distintas características y capacidades zarpaban luego de una serie de movimientos en busca del
enemigo.
El comandante estaba convencido sobre la perentoriedad de obtener una victoria en Martín García,
seguro de que en Montevideo se preparaba una fuerza de apoyo superior para hacer inconquistable la isla. Según
los partes de guerra el enemigo contaba con trece buques acoderados en el fondeadero sudeste de la isla, con
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
82 83
El 19 de junio Alvear mandó un ultimátum: “si para mañana no se rinde la plaza, o si se derrama una gota
de sangre en estas veinticuatro horas, serán pasados a cuchillo toda la guarnición y todos los habitantes de Montevideo”.8
La advertencia cerraba definitivamente todos los caminos y cuatro días después se firmó la capitulación.
El saldo positivo fue extraordinario, se tomaron 8 banderas de los regimientos españoles, casi 6.000
prisioneros, entre los que se contaban medio millar de oficiales, 18 buques de guerra y 80 mercantes, 10.000 fusiles,
1.500 quintales de pólvora, 213 cañones de bronce y 965 de hierro. Romarate cuya escuadra había quedado aislada
en aguas del Uruguay, finalmente firmó con la Provincias Unidas una capitulación honrosa que le permitió volver
a España con su gente.
La ocupación de Montevideo tuvo consecuencias profundas y beneficiosas para la causa revolucionaria
y la estrategia planteada desde Buenos Aires. Al caer el principal bastión realista de la región, el gobierno del
Directorio pudo centrar sus planes militares en el norte y prestar verdadera atención al incipiente ejército que
preparaba San Martín en Mendoza. Como si fuera un escalón imposible de eludir, los sucesos del Río de la Plata
centrados sobre la Banda Oriental, dinamizaron el curso de la guerra, permitiendo que hombres, medios y recursos
orientaran sus capacidades hacia las grandes empresas libertadoras de América del Sur.
BIBLIOGRAFÍA
CAILLET BOIS, Teodoro, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944.
CARRANZA, Ángel J., Campañas Navales de la República Argentina, tomos 1 y 2, Buenos Aires, Departamento
de Estudios Históricos Navales, 1962.
DE ALVEAR, Carlos, “Narraciones”, en Gregorio F. Rodríguez, Historia del General Alvear, 1789-1852, tomo I,
Buenos Aires, G. Mendesky e hijo editores, 1913.
DE MARCO, Miguel Ángel, Corsarios Argentinos, héroes del mar en la Independencia y la guerra con el Brasil,
Buenos Aires, Planeta, 2001.
OYARZÁBAL, Guillermo, Guillermo Brown, Buenos Aires, Librería-Editorial Histórica, 2007.
En contra de quienes opinaban que la escuadra debía salir aguas arriba para apoyar la pequeña fuerza
destacada contra Romarate, que terminó vencida en Arroyo de la China, Brown insistía en el bloqueo de Montevideo
y le escribía a Larrea:
La importancia de enviar una fuerza aguas arriba no será, a mi juicio, comparable o tan buena como
la de destacar la escuadra frente a Montevideo […] puedo asegurarle que tan sólo el mejor de los
motivos me induce a desear que toda la fuerza se encuentre frente al puerto enemigo.7
Pero sucede que no todos tenían la misma fe en la victoria, además veían en aquella acción otra
temeraria maniobra y se conformaban con el inacabado triunfo logrado en Martín García o en la probable gloria
que traería una acción más exitosa en las lejanas aguas del río Uruguay. Para el Comandante, en cambio, todos
los esfuerzos debían centrarse en el punto estratégico vital: la plaza de Montevideo.
La vehemencia de los planteos de Brown cobraban sentido ante la actitud vacilante del Directorio,
que en esos días, absurdamente convencido de la carencia de recursos propios, seguramente conmovido por la
derrota de Arroyo de la China e inclinado a evitar mayor derramamiento de sangre decidió ceder ante Vigodet,
y propuso un armisticio. Pero Vigodet, que apoyado por la opinión del Cabildo sobredimensionaba las dificultades
de Buenos Aires, se hizo grande ante la declarada debilidad del otro, y finalmente rechazó la propuesta.
Con el quiebre de las negociaciones no quedaban razones para justificar la inacción, y Posadas debió
ceder a las presiones de Brown, Alvear y Larrea, los más convencidos de la viabilidad de la empresa. La ocupación
de Martín García había cambiado sustancialmente las condiciones del teatro de operaciones y el plan del gobierno,
tratado antes tan desaprensivamente, cobraba sentido hasta en los espíritus más reticentes.
Para asegurar la defensa y cubrir la retaguardia del ejército sitiador, Colonia fue reforzada con dos
batallones de granaderos de infantería, un escuadrón de granaderos a caballo y cuatro piezas de artillería y el 19
de abril una fuerza bloqueadora compuesta por cinco buques, entre los que se encontraba la fragata Hércules,
ocupaba sus posiciones en la línea frente a Montevideo.
Ante la inmovilidad de los realistas, el cerco se fue cerrando y mientras se desmoralizaba el espíritu
de la guarnición española crecía la confianza de los patriotas. El control del río mostró sus efectos positivos y en
poco tiempo fueron interceptados y apresados los barcos provenientes de la costa uruguaya, del Brasil, el Perú y
Patagones, que con su tráfico habían mantenido la plaza en la posibilidad de despreciar el sitio terrestre que
ahora cobraba sentido. Por otra parte pese a la opinión difundida sobre la sólida organización de la escuadra
española, sus buques estaban cargados de problemas y tanto el reclutamiento como el mantenimiento de la dis-
ciplina y el adiestramiento exigían esfuerzos notables.
En mayo, el gobierno de Buenos Aires en conocimiento de las intenciones realistas decidió precipitar
los acontecimientos. Alvear fue designado para reemplazar a Rondeau en el mando del ejército sitiador y se
embarcó en compañía de José Matías Zapiola con un batallón de infantería y dos escuadrones del regimiento de
granaderos a caballo; cuando no quedaban dudas de la inminencia del combate decisivo, la escuadra argentina
se arrimó hasta la ensenada de Santa Rosa donde fueron embarcados piquetes de los cuerpos de French y de
Soler, reforzando las guarniciones de a bordo que habrían de enfrentar un abordaje.
El 14 de mayo la fuerza naval española zarpó del apostadero de Montevideo con la intención de forzar
el combate, enfrentándose a la escuadra patriota.
El combate naval de Montevideo, como dio en llamarse a la cadena de acciones que comenzaron el
14 en el Buceo y finalizaron el 17 de mayo, fue el punto culminante de un plan estratégico operacional trazado
cuidadosamente por Alvear y orientado debidamente por Brown y Larrea, para acabar con el sitio terrestre y ocupar
el último bastión español en territorio argentino.
La dispersión y la parcial destrucción de la escuadra de Vigodet cerraron para los realistas todas las
posibilidades de recuperación; a partir de ese momento la rendición de la plaza de Montevideo parecía sólo una
cuestión de tiempo.
7 Guillermo Brown a Juan Larrea, Colonia, 3 de abril de 1814, en Academia Nacional de la Historia, op. cit., p. 66. 8 Carlos de Alvear, “Narraciones”, op. cit.
CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL - Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate
naval de Montevideo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
85
Introducción
En la historia del Estado en América Latina, el monopolio de la violencia por parte de un poder cen-
tral se ha considerado un paso decisivo. La adquisición estatal del control efectivo del uso de la fuerza se ha ana-
lizado como un proceso acumulativo, que en varios casos sólo habría culminado hacia fines del siglo XIX, con el
fortalecimiento de las instituciones militares centralizadas en torno a un Ejército Nacional. La Argentina no ha
sido una excepción ni en su historia ni en su historiografía. Afirmación del Estado y conformación del Ejército se
han considerado como procesos graduales estrechamente entrelazados, que habrían culminado hacia 1880 con
la disolución de las milicias provinciales y la definitiva subordinación de la Guardia Nacional.
Dentro de estos marcos interpretativos, la atención de los estudiosos estuvo dirigida al Ejército como
institución. En cambio, se prestó escasa atención a otras formas de organización militar, en particular a las mili-
cias, pues se entendía que su vigencia conspiraba contra el proceso progresivo de consolidación estatal. Para la
segunda mitad del siglo XIX, éstas aparecían como fuerzas subordinadas y destinadas inexorablemente a debili-
tarse; es decir, residuales. En los últimos años, esta tendencia se ha comenzado a revertir, dando lugar a una cre-
ciente producción sobre ése y otros aspectos del pasado militar, que ha servido de inspiración para estas páginas.2
En ellas, me referiré primero a las formas de organización militar en la Argentina del siglo XIX, en particular a
partir de la sanción de la Constitución de 1853, y a su relación con el proceso de formación del Estado nacional.
A continuación, exploro las diversas concepciones vigentes en el período acerca del uso de la fuerza y la natura-
leza del poder estatal, las disputas generadas en torno a esa cuestión a partir de luchas políticas y guerras inter-
nas y externas, y las transformaciones que fueron teniendo lugar en materia militar hasta finales de ese siglo.
Ejército profesional y milicia
La organización militar en la Argentina de esos años fue consagrada por la Constitución de 1853 y
reglamentada por leyes y decretos posteriores. Se apoyaba sobre dos pilares principales: el ejército de línea y la
Guardia Nacional, que juntos componían el Ejército Nacional. El primero era de índole profesional y operaba bajo
la comandancia suprema del presidente de la República. La Guardia, en cambio, reclutaba ciudadanos y aunque
en última instancia debía responder al mismo comando nacional, estuvo en general controlada por los gobiernos
1 Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Programa PEHESA del Instituto Ravignani) y CONICET.
2 Existe una amplia bibliografía sobre estos temas referida a diferentes países de América (del Norte y del Sur) así como del resto del mundo.
¿Quién controla el poder militar?
Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX
HILDA SABATO 1
UBA / CONICET
Centurión, Emilio. Almirante Guillermo Brown. Óleo, 178 x 156 cm.
1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
Y LA MODERNIZACIÓN
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
2
CAPÍTULO
86 87
Las fuerzas regulares también tenían su historia. Como hemos dicho, las hubo durante la colonia, las
guerras de independencia y después. En la década de 1850, el presidente Urquiza propuso un ejército para la
Confederación, pero apenas contó con el que había formado en Entre Ríos para dotar sus filas. Y cuando
Bartolomé Mitre llegó a la presidencia de la República en 1862, hizo algo parecido: a partir de la estructura mili-
tar de Buenos Aires sentó las bases del ejército de línea. En las décadas siguientes, ese nuevo ejército, ampliado
para incorporar reclutas y oficiales de diferentes lugares del país, actuó en distintos frentes, desde la defensa de
las fronteras y la represión de levantamientos armados contra el poder central, hasta la Guerra de la Triple
Alianza contra el Paraguay y la campaña de ocupación de la Patagonia y el Chaco. Desde el gobierno nacional se
hicieron esfuerzos por reglamentar la carrera militar y formar a los oficiales, así como por dotar de recursos y
equipar a las fuerzas. Hacia 1880, este ejército contaba con una tropa regular de cerca de 10.000 hombres, con
una estructura jerárquica establecida, con una organización que cubría todo el territorio, y con equipamiento a
la altura de los tiempos.7
En casi todas las instancias en que intervino el ejército de línea, también lo hizo la Guardia Nacional.
Pero la coexistencia entre ambas instituciones no fue fácil, pues si bien cada una de ellas tenía fines específicos
definidos por la legislación, en la práctica éstas se superponían. Representaban, además, dos modelos diferentes
de organización militar –en términos de su composición, estructura y funcionamiento– y de concebir la defensa
y el poder del Estado. Esta convivencia perduró, con algunos cambios, hasta finales de siglo cuando se instauró
un tercer modelo (inicialmente esbozado en las leyes de 1894 y de 1895, y más tarde confirmado por la ley de 1901)
basado en la conscripción obligatoria para el reclutamiento de soldados, bajo el mando de oficiales y suboficiales
profesionales.
La Guardia Nacional
En el diseño institucional del Ejército Nacional la existencia de una fuerza profesional se combinaba,
entonces, con una reserva que si bien debía responder al mismo comando, en la práctica estaba descentralizada:
la Guardia Nacional. Ésta representaba, además, la “ciudadanía en armas” y ocupaba un lugar material y simbó-
lico diferente al del ejército de línea. Por una parte, la Guardia se consideró un espacio legítimo de participación
ciudadana y se convirtió en un actor político fundamental. Las redes militares y políticas tejidas en torno a ella
jugaron papeles destacados en las luchas por el poder, tanto en tiempos electorales como de revolución. Por otra
parte, desde el punto de vista simbólico, las milicias figuraron desde muy temprano en el discurso patriótico
argentino. La actuación de los regimientos coloniales de Buenos Aires contra los ingleses primero y algo más
tarde en la Revolución de Mayo se convirtió en una referencia mítica en la historia de la República. La “virtuosa
milicia” estaba integrada por ciudadanos libres con la obligación de portar armas en defensa de su patria, una
obligación que era a su vez un derecho, un deber y hasta un privilegio. Tal fue la retórica oficial en torno a las
milicias y más tarde a la Guardia Nacional, pero ella también formó parte del imaginario colectivo de amplios sec-
tores de la población que se identificaban con el papel del ciudadano armado y conocían las diferencias simbóli-
cas y prácticas entre esa figura y la del soldado de línea.8
Así, mientras la figura del soldado profesional y pago se asociaba con frecuencia a la del mercena-
rio, la del miliciano, en cambio, portaba el aura del ciudadano. A esa distinción clásica de resonancias republica-
nas, se sumaba una connotación de índole social o sociocultural. El soldado profesional se asimilaba al pobre que
exija [la] ejecución de las leyes de la Nación, ó sea necesario contener insurrecciones ó repeler invasiones. Disponer la organización,
armamento y disciplina de dichas milicias y la administración y gobierno de la parte de ellas que estuviese empleada en servicio de la
Nación, dejando á las provincias el nombramiento de sus correspondientes jefes y oficiales y el cuidado de establecer en su respecti-
va milicia la disciplina prescripta por el Congreso”.
7 Oscar Oszlak, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982,
caps. 1 y 2. Entre 1863 y 1881 el ejército regular se componía de doce batallones de infantería, doce regimientos de caballería y tres
unidades de artillería (Comando en Jefe del Ejército, Reseña histórica y orgánica del Ejército Argentino, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971).
8 Hilda Sabato, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998 (2ª
edición, 2004); “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados, Nº 23, Buenos Aires, 2002;
“Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, en Ayer. Revista de Historia Contemporánea,
Nº 70, Madrid, 2008.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX
provinciales. Ambas instituciones tenían funciones diferentes y, sobre todo, representaban dos formas distintas
de entender el poder de coerción del Estado.
Esta dicotomía no era una novedad argentina ni latinoamericana. La convicción de que la defensa de
la República tanto de los enemigos externos como internos correspondía a los propios ciudadanos, y que enco-
mendarla a un ejército profesional abría las puertas a la corrupción y la tiranía se remonta a las repúblicas clási-
cas. Ese principio, sin embargo, se vio con frecuencia impugnado por quienes sostuvieron la conveniencia y mayor
eficiencia de contar con profesionales para la guerra. Esta diferencia de criterios abrió paso al ensayo de distin-
tas soluciones. En nuestras tierras, en el siglo XIX se recurrió a una combinación de los dos sistemas –cuerpos regu-
lares y milicias–, lo que dio lugar a una coexistencia generalmente conflictiva. Sólo a fines del siglo, el predomi-
nio de las posturas centralistas llevó a privilegiar el fortalecimiento de los primeros en detrimento de las segun-
das, para asegurar así el monopolio estatal del uso de la fuerza.
En Hispanoamérica, la institución de la milicia se remonta a los tiempos de la colonia, cuando la
Corona española, que mantenía fuerzas regulares en sus territorios, también fomentó la creación de batallones
integrados por los habitantes de cada lugar para la defensa local. En el Río de la Plata, estas milicias se organiza-
ron de manera más sistemática a partir de 1801, cuando se estableció que todos los varones adultos con domici-
lio establecido, debían integrarlas. Apenas unos años más tarde, en 1806 y 1807, sus batallones –engrosados por
miles de voluntarios– jugaron un papel clave en la derrota de los ingleses en su intento de ocupar Buenos Aires.3
Las milicias habían llegado para quedarse. Su presencia resultó clave durante la Revolución de Mayo
y a partir de entonces quedarían asociadas a la aventura que se iniciaba, la de la ruptura del orden colonial y de
construcción de formas republicanas de gobierno. Por entonces, la institución pasó a considerarse un pilar de la
comunidad política fundada sobre la soberanía popular.4 Y si bien después de la Revolución, las necesidades que
impuso la guerra llevaron a privilegiar la formación de cuerpos profesionales, algo más tarde las milicias fueron
reapareciendo tanto en Buenos Aires como en otras ciudades del antiguo virreinato y fueron reguladas por el
Reglamento Provisorio de 1817, dictado por el Congreso de las Provincias Unidas. Cuando en 1820 cayó el gobierno
central, las provincias mantuvieron el sistema de milicias ajustado a las disposiciones de aquel reglamento.
Después de Caseros, y del dictado de la Constitución en 1853 que organizó la República, el gobierno
de la Confederación Argentina intentó nuevamente la creación de Fuerzas Armadas a escala nacional, a las cua-
les debían contribuir todas las provincias. Se estableció así la formación de un Ejército Nacional integrado por el
ejército de línea, de carácter profesional; las milicias provinciales, para garantizar el orden local, y una nueva ins-
titución, la Guardia Nacional, sobre el principio de la ciudadanía en armas. La creación de ésta daba carácter
nacional a una institución que, como la milicia, había sido hasta entonces netamente local. De acuerdo con la
nueva legislación, de 1854: “Todo ciudadano de la Confederación Argentina desde la edad de 17 años hasta los
60 está obligado a ser miembro de alguno de los cuerpos de Guardias Nacionales”.5 Aunque la organización de
esos cuerpos quedaba a cargo de los gobiernos provinciales, dependían del poder central y, como fuerzas de
reserva, debían auxiliar al ejército de línea cuando les fuera requerido por las autoridades nacionales. Sin embargo,
con frecuencia las provincias manejaron esos recursos militares con bastante autonomía.6
3 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; y
“Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El ocaso del orden colonial en
Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978; Gabriel Di Meglio, “Milicia y política en la ciudad de Buenos Aires durante la
Guerra de Independencia, 1810-1820”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudada-
nía en Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007; y ¡Viva el pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política
entre la revolución y el rosismo, Buenos Aires, Prometeo, 2007; Carlos Cansanello, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las liber-
tades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003.
4 Los ejemplos de Estados Unidos y Francia fueron importantes en ese sentido. El derecho del ciudadano a portar armas en defensa de
su patria fue uno de los pilares del modelo político anglosajón, incorporado a la constitución de los Estados Unidos en su segunda
enmienda. En la Francia revolucionaria, la Guardia Nacional se consideró “la soberanía nacional en acto, la expresión visible y arma-
da de la nueva fuerza opuesta al absolutismo real” y se asoció con la ciudadanía. Existe abundante bibliografía sobre estos casos.
Véanse, entre otros, Edmund Morgan, Inventing the People. The Rise of Popular Sovereignty in England and America, Nueva York y
Londres, Norton, 1988; y Pierre Rosanvallon, Le sacré du citoyen, París, Gallimard, 1992.
5 Registro Oficial de la República Argentina, tomo III, 1883, p. 109.
6 Flavia Macías, “De ‘cívicos’ a ‘guardias nacionales’. Un análisis del componente militar en el proceso de construcción de la ciudada-
nía. Tucumán, 1840-1860”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en
Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007. El artículo 67º, inciso 24, de la Constitución Nacional de 1853 estable-
cía entre las facultades del Congreso Nacional: “Autorizar la reunión de la milicia de todas las provincias o parte de ellas, cuando lo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
8988
En suma, durante buena parte del siglo XIX las fuerzas militares fueron parte de la vida civil y políti-
ca argentina y no funcionaron como un estamento diferenciado del resto de la población. Sus jefes, aun en el
caso de los oficiales de carrera profesionales del ejército de línea, estaban asociados a otras actividades y se reco-
nocían en ellas. La identificación corporativa del “militar”, tan habitual en el siglo XX, resultó –por lo tanto– de
un desenvolvimiento posterior.
Ejército Nacional
Si hasta aquí hemos considerado a la Guardia y el ejército de línea como instituciones que tenían sus
propias lógicas de organización y funcionamiento, en las páginas que siguen atenderemos a su actuación en los
marcos de un único Ejército Nacional. En los años de la llamada “organización nacional”, éste se desempeñó prin-
cipalmente en tres frentes: interior, exterior y de frontera, y consumió parte importante del presupuesto del
gobierno nacional. En efecto, los gastos en el rubro “Guerra y Marina” superaron el 50% del total en los años de
mayor actividad de la década de 1860; bajaron para estacionarse en torno al 40% en la siguiente; después de un
pico del 47% en 1880, volvieron a disminuir a porcentajes en torno al 25% en el resto de esa década y aun más
en la siguiente.11
En el primer frente, el interno, las disputas políticas incluyeron el despliegue de la fuerza como una
herramienta recurrente, pues la violencia (en ciertos formatos y con ciertas reglas) ocupaba un lugar aceptado en
la vida política del período. En ese marco, se observa que el derecho del ciudadano a resistir el despotismo fun-
damentó muchas de las luchas del siglo XIX: según una concepción muy difundida en la época, cuando los gober-
nantes abusaban del poder, el pueblo (los ciudadanos) tenía no sólo el derecho sino la obligación, el deber cívi-
co, de hacer uso de la fuerza para restaurar las libertades perdidas y el orden originario presumiblemente viola-
do. La mayor parte de las revoluciones de esas décadas se sostuvieron sobre esos principios.12 Así, el cargo de
“despotismo” o “tiranía” fue usado por quienes por diversas razones (no siempre adjudicables a comportamien-
tos efectivamente “despóticos”) estaban disconformes con el gobierno local o nacional de turno y entendían que
podían (y debían) actuar en consecuencia por la vía armada. Según esa visión, correspondía a las milicias y la
Guardia Nacional un rol fundamental pues representaban a la ciudadanía en armas, rol que no dudaron en asu-
mir en levantamientos y revoluciones. Por su parte, si bien al ejército de línea le cabía en cambio el papel de brazo
armado del gobierno nacional, con frecuencia parte de sus efectivos figuraron entre las fuerzas que se levanta-
ban contra el orden imperante.
Así ocurrió en muchos de los levantamientos de la década de 1860, donde las “montoneras” funcio-
naron como milicias y fueron encabezadas por quienes habían sido (y a veces seguían siendo) comandantes de
Guardias Nacionales y donde oficiales del ejército de línea podían aparecer en uno y otro lado de la trinchera,
según alineamientos regionales de complicada geografía. Esos enfrentamientos muchas veces se interpretaron
como conflictos entre un Estado central y fuerzas que se oponían a su creciente poder. La historiografía recien-
te, sin embargo, analiza estas guerras en términos más complejos, ya que las alianzas políticas entre dirigentes
provinciales, regionales y “nacionales” muestran un escenario que no puede reducirse apenas a dos términos con-
trapuestos. En dicho escenario, el Ejército Nacional estaba atravesado por brechas político-militares: no sólo la
Guardia no respondía necesariamente al mando central y dependía de los alineamientos provinciales y regiona-
les, sino que aun el ejército de línea, supuestamente bajo el comando del Presidente, muchas veces se encontra-
ba partido por rivalidades entre jefes que a su vez tenían lealtades previas a las que debían al Estado nacional.13
11 Oscar Oszlak, op. cit., pp. 112-114.
12 Esta concepción –que reconocía también sus variantes– estaba en sintonía con algunos de los lenguajes políticos que circularon en
Hispanoamérica del siglo XIX; se vinculaba con viejas convicciones pactistas y de cuño iusnaturalista a la vez que se realimentaba en
nuevas combinaciones con motivos provenientes de las matrices liberal y republicana. Y se articulaba con otros conceptos clave como
los de representación y opinión pública (Elías Palti, El tiempo de la política. El siglo XIX reconsiderado, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007).
13 Existe una abundante bibliografía sobre estos conflictos. Entre los más recientes, que han inspirado estas reflexiones, véanse en espe-
cial María Celia Bravo, “La política ‘armada’ en el norte argentino. El proceso de renovación de la elite política tucumana”, en Hilda
Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003; Tulio
Halperin Donghi, Proyecto y construcción..., op. cit.; Gustavo Paz, “El gobierno de los ‘conspicuos’: familia y poder en Jujuy, 1853-
1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), op. cit.; y los textos reunidos en Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (comps.), Un
nuevo orden político. Provincias y Estado Nacional, 1852-1880, Buenos Aires, Biblos, en prensa.
se alistaba porque no tenía otro medio posible de vida o, aun peor, al delincuente, “vago y malentretenido” –en
los términos de la época– reclutado por la fuerza, “destinado”. Milicianos eran, en cambio, todos los ciudadanos,
lo que jerarquizaba en principio a la propia fuerza y a sus integrantes. La ley también fijaba diferentes derechos
y obligaciones.
Estas diferencias en varios planos no necesariamente se correspondían con clivajes efectivos. En tér-
minos de su composición social, las milicias también reclutaban mayoritariamente, aunque no de manera exclusiva,
a varones provenientes de las capas populares de la población. Sus derechos eran con frecuencia violados. La arbi-
trariedad en el reclutamiento, la falta de paga, el servicio extendido mucho más allá de los plazos estipulados,
las privaciones materiales, los castigos físicos y el traslado fuera de la región daban lugar a protestas personales
y motines colectivos. Inspiraron, además, toda una literatura de denuncia de las iniquidades del “contingente” y, en
particular, del servicio de frontera. En cuanto a sus funciones, con mucha frecuencia se superponían con las de los
soldados y entonces era difícil distinguir entre una y otra fuerza.
Aun así, Guardia Nacional y ejército de línea respondían a principios diferentes, que resultaban claros
para los contemporáneos. Quienes defendían a los milicianos de los abusos del sistema, lo hacían señalando la
violación de los principios sobre los cuales éste debía fundarse. Por su parte, la retórica de la ciudadanía en armas
cumplía un papel importante en la vida política, y las milicias funcionaban, además, como redes concretas de orga-
nización política. Y sobre todo, eran una fuerza parcialmente descentralizada, que fragmentaba el poder militar.
Jefes militares
La combinación de diferencias y superposiciones manifiesta en las funciones del ejército de línea y de
la Guardia Nacional, también era visible en la organización de sus mandos. Sólo en la década de 1870, durante
la presidencia de Sarmiento, se crearon instituciones destinadas a dar una formación sistemática a los oficiales
militares: el Colegio Militar y la Escuela Naval. Por lo tanto, durante el período que nos ocupa, los jefes surgieron
de la llamada “carrera de las armas”, de carácter práctica y política. Así, la formación del ejército de línea en tiempos
de Mitre se hizo, como ya señalamos, sobre la base de la Guardia Nacional de Buenos Aires, y sus jefes y oficiales
surgieron de allí. A ese conjunto, se agregaron luego otros oficiales, confirmados en la acción, tanto en el frente
interno como en la frontera y sobre todo, en la guerra contra el Paraguay.9
En cuanto a la Guardia Nacional, los perfiles no eran demasiado diferentes, ya que si bien no había
una carrera formal equivalente a la del Ejército, los que fungían como comandantes fueron, con frecuencia, figuras
civiles pero con trayectoria práctica en el campo de la acción guerrera y muchas veces, con grado en el Ejército.
Tanto en una como en otra institución, los jefes operaban en medio de una trama de relaciones y solidaridades
horizontales y verticales que se desarrollaban a partir de la propia acción militar y política y que alimentaban el
espíritu de cuerpo, dando prestigio a algunos de sus jefes por sobre otros y estableciendo vínculos entre oficiales
que favorecían el reconocimiento corporativo. Éste no era, sin embargo, excluyente.
En efecto, la mayoría de estos jefes y oficiales tenían, además de su historia militar, actuación política
y pública, como hombres de partido, legisladores y periodistas, entre otros. Por lo tanto, identificarlos –como se
ha hecho con frecuencia– simplemente como “militares” puede dar lugar a confusiones y anacronismos. En efecto,
los alcances y límites de esa profesión estaban todavía en definición. Pues si bien existía una carrera posible en el
Ejército y en la Guardia Nacional, más que de una formación profesional sistemática o de un escalafón jerárquico
estricto, ésta dependía sobre todo de la actuación en el campo de batalla y de las conexiones y lealtades político-
partidarias. Esa carrera no era, por otra parte, incompatible con otras “profesiones”.
Esta situación puede, quizá, explicar otro rasgo común a muchos de los jefes: su identificación con la
fuerza no era corporativa y podía quedar subordinada a otras identidades. Así, por entonces nadie se sorprendía
frente a alineamientos fundados sobre identidades y lealtades políticas (y aun personales) que tenían precedente
sobre la carrera militar. Al mismo tiempo, y aunque pueda parecer paradójico, aquéllas con frecuencia se forjaban
o se fortalecían en el seno mismo de las instituciones armadas, pues el Ejército y la Guardia constituyeron espacios
de sociabilidad donde se construían y reproducían redes políticas.10
9 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980; Oscar
Oszlak, op. cit.
10 Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
9190
Frente a ese Ejército aparentemente cohesionado luego de la llamada “Campaña del Desierto”
podría pensarse que los días de la fragmentación militar habían terminado. Sin embargo, como veremos, la
modernización no alcanzó para acabar con los conflictos que involucraban tanto disputas partidarias como prin-
cipios políticos. Así, poco después se desató una contienda que mostró hasta qué punto aquella fragmentación
seguía vigente.
La revolución de 1880
En el año 1880 los argentinos debían elegir presidente de la República. Luego de varios meses de dis-
cusiones y negociaciones en torno a las candidaturas, dos nombres quedaron en firme: los de Julio A. Roca, minis-
tro de Guerra, y Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires. La disputa que siguió involucró no
sólo las movilizaciones habituales en tiempos de elección, sino también conflictos violentos en varios lugares del
país y una última confrontación armada en Buenos Aires.
A poco de iniciada la carrera electoral, Tejedor anunció que su provincia no aceptaría la imposición
de una candidatura “gubernativa” y que iniciaría la “resistencia”. Convocó, entonces, a la Guardia Nacional a
ejercicios doctrinales. El gobierno nacional, en la persona de su ministro del Interior, Domingo F. Sarmiento, res-
pondió de inmediato: las provincias no tenían potestad para movilizar la Guardia, que reclutaba ciudadanos pero
servía de reserva a las fuerzas regulares y debía responder a éstas. El gobernador, sin embargo, insistió en sus pre-
rrogativas y decidió, además, apelar a la población civil para que se nucleara en torno de cuerpos de voluntarios,
según el viejo modelo de las milicias.
El gobierno nacional, en cambio, volvió a reclamar para sí el monopolio de la fuerza, tomando la ini-
ciativa de elevar un proyecto de ley al Congreso referido a la Guardia Nacional. Allí se establecía que ésta “no
podrá ser convocada por las autoridades provinciales, ni aún para ejercicios doctrinales, sino por orden del P. E.
de la Nación” y se ordenaba licenciar inmediatamente todos los batallones provinciales. En el gabinete hubo des-
acuerdos, pero de todas maneras, el proyecto pasó al Congreso, con un mensaje presidencial donde se afirmaba
que el régimen federal no admitía otras fuerzas que no fueran las de la Nación. También en la Legislatura de
Buenos Aires se trató un proyecto en el mismo sentido.15
Se pusieron así en escena diferentes concepciones acerca de la organización y el control sobre los
recursos militares y del papel que el Estado nacional y las provincias debían tener en relación con el uso legítimo
de la fuerza. La posición del presidente Avellaneda y del candidato Roca se fundaba sobre una concepción fuer-
temente centralista en la materia. Los rebeldes porteños, en cambio, se oponían a la concentración del poder de
fuego en el ejército profesional y abogaban por una distribución de ese poder entre éste y las milicias, institu-
ción que representaba a la vez a las autonomías provinciales y a la ciudadanía en armas. Esta postura no sólo era
sostenida por Tejedor y sus amigos políticos, sino también por muchos de sus adversarios que, como Leandro
Alem, si bien se opusieron a la rebelión encabezada por el gobernador, no coincidían con los centralizadores en
que la convocatoria a la Guardia fuera prerrogativa del gobierno nacional.
Finalmente, los proyectos centralistas no fueron aprobados ni en la Legislatura de la provincia ni en el
Congreso. Y si en ambos casos sus miembros introdujeron medidas para frenar a Tejedor y la revolución en Buenos
Aires, no estuvieron dispuestos, en cambio, a suscribir la doctrina del Ejecutivo Nacional que retaceaba la potestad
de las provincias y sus gobernadores en relación con las milicias.
Todas estas discusiones revelan que hacia 1880 no había consenso respecto a la completa centraliza-
ción del poder militar en manos del gobierno nacional. La controversia se dio sobre todo en relación con el grado
de control que las autoridades de provincia debían tener sobre la Guardia Nacional, pero remitía a una cuestión
más amplia acerca de cómo concebir el poder del Estado. Finalmente, esta controversia no se dirimió a través de
las palabras, sino de las armas.
Poco tiempo después de la sanción de esas leyes, los rebeldes porteños movilizaron de todas mane-
ras la Guardia Nacional de la provincia y los batallones voluntarios de milicias. Contaron para ello no sólo con el
apoyo creciente de la población de Buenos Aires sino con la colaboración de varios prestigiosos oficiales del ejér-
cito de línea. Si bien ellos habían participado de campañas militares encabezadas por el propio Roca, en esta oca-
sión pidieron la baja de la institución para poder liderar las tropas porteñas en su resistencia a la “imposición”
15 Hilda Sabato, “Milicias, ciudadanía y revolución...”, op. cit.; Buenos Aires en armas..., op. cit
En el frente externo, el principal conflicto fue, como sabemos, la Guerra de la Triple Alianza contra
el Paraguay. La Argentina movilizó para la ocasión su ejército de línea, que al comenzar la contienda tenía unos
6.500 hombres, a la vez que convocó a una parte de la Guardia Nacional hasta completar unos 25.000 hombres
en total. Las tropas argentinas tuvieron su compromiso más fuerte en los primeros años ya que, hacia el final,
sólo quedaban unos 4.000 efectivos en ese frente. La guerra fue larga, costosa en hombres y recursos, y muy con-
trovertida desde el principio. Si bien el gobierno de Mitre inicialmente recibió apoyos de diferentes sectores,
incluso de quienes en Buenos Aires se presentaron entusiasmados como voluntarios, también encontró resisten-
cias fuertes que, a medida que el gobierno nacional presionaba por reclutar, se convirtieron en rebelión activa
en distintos lugares del país. Guardias nacionales de varias provincias se opusieron por fuerza a la movilización y
parte de los efectivos de línea y guardias de otras provincias fueron asignados a reprimir esas resistencias.
Mientras tanto, en el frente paraguayo la situación era muy difícil, y si bien a la larga los aliados salieron triun-
fantes militarmente, los costos humanos y materiales fueron altísimos.
Desde el punto de vista militar, sin embargo, los historiadores han coincidido en señalar que la gue-
rra fortaleció al Ejército Nacional como institución y en consecuencia, contribuyó a consolidar el Estado. Al trans-
formar un conflicto que inicialmente era de índole partidaria en un enfrentamiento entre naciones, la guerra
generó nuevas alianzas y lealtades no sólo entre la oficialidad sino aun entre la tropa. También, al poner a prue-
ba el aparato militar en una contienda de envergadura, fortaleció las relaciones de mando y obediencia, redibu-
jó jerarquías, y creó nuevos liderazgos internos. Finalmente, la represión de los rebeldes contribuyó a debilitar en
gran medida la capacidad de resistencia de las fuerzas de varias provincias, en especial en las regiones del NOA
y del Litoral.14
Desde el punto de vista político, por su parte, si bien Mitre y su partido quedaron muy golpeados por
las vicisitudes de la guerra y por las críticas que despertó su accionar, el alineamiento del gran líder federal
Urquiza con el gobierno nacional abrió paso a una nueva etapa política. La presidencia de Sarmiento fue, en ese
sentido, un momento clave, no sólo porque su candidatura se desmarcó de los clivajes tradicionales entre libera-
les y federales, sino porque, además, una vez en el poder se ocupó de tomar medidas destinadas a modificar la
organización militar vigente en pos de una mayor centralización y del reforzamiento y la jerarquización del ejér-
cito de línea. En consonancia con ello, buscó debilitar la autonomía con que las autoridades provinciales mane-
jaban la Guardia Nacional y afirmar su subordinación al poder central.
El tercer terreno de acción fue la frontera con las sociedades indígenas. La existencia de territorios
de contacto y de disputa con diferentes naciones indígenas venía de larga data. En las décadas que nos ocupan,
el gobierno central y los de provincia continuaron manteniendo fronteras móviles con dichas naciones, y relacio-
nes que alternaban la negociación y la confrontación. Dentro del amplio espectro de acciones que los gobiernos
desplegaban en ese sentido, las militares eran recurrentes. Para operar en ese terreno, recurrían tanto a fuerzas
del ejército de línea como de la Guardia; estas últimas inicialmente correspondían a las provincias con frontera
en disputa, pero a partir de 1870 se dispuso que todas las provincias tendrían que contribuir a ese esfuerzo.
Hemos mencionado ya las resistencias y las protestas que hubo en torno a la movilización de milicias en la fron-
tera y a los abusos a que dio lugar ese sistema, que fue materia de controversia política permanente. Más que
detallar esas fricciones me interesa, en cambio, marcar un punto de inflexión en la política fronteriza: la que tuvo
lugar con la decisión de ocupar militarmente los territorios de la Patagonia y el Chaco.
La campaña de ocupación implicó un importante cambio en la política hacia las sociedades indíge-
nas, por parte de un gobierno que buscaba fortalecer el poder central, controlar efectivamente el territorio que
consideraba bajo su soberanía y reducir a la obediencia a quienes se opusieran a la potestad estatal. El presiden-
te Avellaneda estuvo dispuesto a otorgar al Ejército Nacional la dosis de poder necesaria para alcanzar esos obje-
tivos, un ejército más centralizado, modernizado y disciplinado que el de las décadas anteriores. A su vez, esa
guerra colocó a la institución en un lugar de gran visibilidad, y el éxito obtenido (en relación con los objetivos
planteados) le dio prestigio no sólo a la fuerza sino también a sus jefes, en especial a Julio Roca, quien a pesar
de su alto perfil profesional, operó también, y muy activamente, en el terreno político y pronto se lanzó a la can-
didatura presidencial.
14 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción..., op. cit.; Oscar Oszlak, op. cit.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
9392
DEUDNEY, Daniel H., “The Philadelphian System: Sovereignty, Arms Control, and Balance of Power in the American
States-Union, circa 1787-1861”, en International Organization, año 49, Nº 2, primavera de 1995.
DI MEGLIO, Gabriel, “Milicia y política en la ciudad de Buenos Aires durante la Guerra de Independencia, 1810-1820”,
en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-
1859), Madrid, Iberoamericana, 2007.
_________, ¡Viva el pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la revolución y el rosismo,
Buenos Aires, Prometeo, 2007.
HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos
Aires, Siglo XXI, 1972.
_________________, “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi
(comp.), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978.
_________________, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Caracas, Biblioteca de Ayacucho,
1980.
MACÍAS, Flavia, “Ciudadanía armada, identidad nacional y estado provincial, Tucumán, 1854-1870”, en Hilda
Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos
Aires, FCE, 2003.
_____________, “De ‘cívicos’ a ‘guardias nacionales’. Un análisis del componente militar en el proceso de cons-
trucción de la ciudadanía. Tucumán, 1840-1860”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación.
Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007.
MORGAN, Edmund, Inventing the People. The Rise of Popular Sovereignty in England and America, Nueva York
y Londres, Norton, 1988.(*)
OSZLAK, Oscar, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires,
Editorial de Belgrano, 1982.
PALTI, Elías, El tiempo de la política. El siglo XIX reconsiderado, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007.
PAZ, Gustavo, “El gobierno de los ‘conspicuos’: familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y Alberto
Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003.
ROSANVALLON, Pierre, Le sacré du citoyen, París, Gallimard, 1992.(*)
SABATO, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires,
Sudamericana, 1998 (2ª edición, 2004).
_____________, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados, Nº
23, Buenos Aires, 2002.
_____________, “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, en Ayer.
Revista de Historia Contemporánea, Nº 70, Madrid, 2008.
_____________, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
_____________________________
(*) Existe edición en castellano.
de la candidatura del General apoyada por el gobierno nacional. Éste, por su parte, preparó su defensa convo-
cando a los regimientos de línea y a la Guardia de varias provincias, los que en junio de 1880 se impusieron a los
revolucionarios en sangrientos combates a las puertas de la ciudad. A esa derrota militar siguió la derrota política,
con consecuencias de largo plazo para la organización de la República. Entre las primeras medidas adoptadas por
el flamante gobierno del presidente Roca estuvo la ley promulgada el 20 de octubre de 1880 que prohibió “a las
autoridades provinciales formar cuerpos militares bajo cualquier denominación que sea”.
Modelos
Así terminaba una larga historia de ambigüedades y controversias en torno a la organización militar
y al control del uso legítimo de la fuerza. Aunque después de ese año de 1880 hubo otras revoluciones y la
Guardia Nacional, en varios casos, volvió a actuar con autonomía del centro, el criterio dominante a partir de
entonces privilegió la concentración efectiva del poder militar. Durante décadas, ese modelo había competido en
desventaja con uno diferente, que pretendía un sistema menos vertical y más fragmentado, en el que ese poder
fuera compartido entre el gobierno nacional y los provinciales. El primero implicaba el fortalecimiento del ejér-
cito de línea, formado por soldados profesionales, mientras que el segundo insistía en la necesidad de preservar
la institución de la milicia basada en el principio de la ciudadanía armada. Si bien resulta sin duda excesivo ver
en las propuestas que se enfrentaron en el año 1880 la expresión de dos modelos alternativos de Estado y de
república, lo cierto es que pusieron de manifiesto que había maneras diferentes de pensar la defensa, el uso de
la fuerza y la concentración del poder de coerción.16 También, el lugar de los ciudadanos en la vida política. El
desenlace del año 1880 resultó en el predominio de una sobre otra. No se trató, sin embargo, del resultado lineal
de un proceso progresivo de formación del Estado, sino del triunfo de un tipo de Estado y de un estilo de repú-
blica por sobre otros posibles, que estuvieron en juego durante varias décadas.
Esa afirmación estatal encontró todavía impugnaciones en las décadas finales del siglo, que si no
pudieron poner en jaque la preponderancia ya establecida del gobierno central en materia militar, generaron
enfrentamientos y perturbaciones no siempre fáciles de controlar. La solución definitiva ocurrió poco después, a
partir de la modificación radical del sistema en su conjunto. La instauración del servicio militar obligatorio y la
constitución de un ejército con mandos profesionales y tropa de reclutas fueron las bases de un nuevo modelo
de defensa que regiría en la Argentina durante casi todo el siglo XX.
BIBLIOGRAFÍA
BRAGONI, Beatriz y Eduardo Míguez (comps.), Un nuevo orden político. Provincias y Estado Nacional, 1852-1880,
Buenos Aires, Biblos, en prensa.
BRAVO, María Celia, “La política ‘armada’ en el norte argentino. El proceso de renovación de la elite política
tucumana”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos
y voces, Buenos Aires, FCE, 2003.
CANSANELLO, Carlos, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos
Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003.
COMANDO EN JEFE DEL EJÉRCITO, Reseña histórica y orgánica del Ejército Argentino, Buenos Aires, Círculo
Militar, 1971.
DE LA FUENTE, Ariel, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency During the Argentine State-Formation
Process, Durham, Duke University Press, 2000.(*)
16 Sobre este punto resulta sugerente el análisis sobre el caso norteamericano realizado en Daniel H. Deudney, “The Philadelphian
System: Sovereignty, Arms Control, and Balance of Power in the American States-Union, circa 1787-1861”, en International Organization,
año 49, Nº 2, primavera de 1995.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
95
En la Argentina de mediados del siglo XIX la construcción del Estado nacional era todavía un asunto
pendiente. El pacto político sellado en la Constitución jurada en 1853, y reformada en 1860, si bien constituyó un
hito decisivo en el proceso de unificación política, no resultó suficiente para asentar un orden político estable
entre las provincias argentinas. Éste habría de sobrevenir treinta años después cuando el sistema de alianzas y
rivalidades que habían dominado el escenario posterior a Caseros, cediera su paso a la emergencia de un sistema
político nacional liderado por una nueva clase política que, imbuida de los preceptos liberales, hizo primar la
autoridad de la nación por sobre cualquier poder rival o competencia.1
Las milicias y el Ejército se convirtieron en actores cruciales aunque no exclusivos de ese proceso. No
sólo porque el factor represivo resulta un ingrediente insustituible de todo poder estatal moderno sino porque
la Revolución de la Independencia hizo de ellas los vehículos de integración y participación política popular que
trastornaron por completo los canales de transmisión de autoridad y poder prevalecientes en el antiguo régimen
colonial, convirtiéndose en un dilema crucial del orden posrevolucionario. Aun más, aquella sociabilidad guerrera
disparada con la Revolución representó una experiencia colectiva que incluyó a conglomerados de individuos y
grupos sociales nunca antes conocida en el espacio rioplatense, y sujeta a una movilidad territorial por incentivos
políticos sin precedentes con capacidad de generar identidades nacionales no necesariamente idénticas a las que
habrían de prevalecer después de 1830.
Ahora bien, si caben pocas dudas sobre la centralidad de aquel formidable proceso de militarización
y politización popular, no resulta menos relevante advertir su impacto en la erección de la pirámide caudillesca
que sucedió a la pulverización de las Provincias Unidas en 1820 al hacer descansar sobre esos contingentes ines-
tables de milicias cívicas movilizadas, el nervio transmisor de la acción política colectiva que superó en mucho las
bases sociales del rosismo alcanzando la casi completa geografía de la Argentina criolla. Menos aun ha de sor-
prender que la emergencia de esos liderazgos no resultaba del todo independiente así como tampoco los marcos
institucionales o normativos que organizaban los precarios y/o desiguales poderes provinciales convertidos en fla-
mantes soberanías independientes, ni tampoco el complejo sistema de alianzas y hostilidades interprovinciales que
estructuraron, aun en la inestabilidad, la institucionalización del poder nacional en el siglo XIX.
1 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción de una nación: Argentina, 1846 1880, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1984. Natalio Botana,
El Orden Conservador, la política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1979; y La tradición republicana, Buenos
Aires, Sudamericana, 1984.
Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la
Argentina del siglo XIX
BEATRIZ BRAGONI
UNCU / CONICET
1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
Y LA MODERNIZACIÓN
2
CAPÍTULO
96 97
algunas experiencias en procura de responder tres interrogantes centrales: ¿Qué papel cumplieron las Fuerzas
Armadas en esa construcción política? ¿Qué transformaciones habrían de experimentar las milicias y el Ejército
ante la consolidación del orden liberal? ¿Qué mecanismos sirvieron a la subordinación del poder de las armas a
la égida del Estado nación?
Coacción y política en el interior argentino
Como bien se sabe, el éxito de Bartolomé Mitre, y el repliegue del entonces líder del federalismo Justo
José de Urquiza a su bastión entrerriano, fueron decisivos para retomar la ruta trazada a partir de Caseros en pos
de asentar un principio de autoridad estable entre las provincias argentinas. A pesar de las polémicas que aún
repercuten en la historiografía, la victoria de las fuerzas porteñas optimizó las posibilidades de Mitre de unificar
el país bajo el liderazgo de la provincia hegemónica. No sólo Mitre confiaba en la inminencia de un resultado
que devolvía a Buenos Aires un lugar de privilegio en la confección de la autoridad nacional. Para entonces eran
muy pocos los que podían poner reparos al entusiasmo depositado en la adopción de los principios republicanos
como remedio seguro para abandonar la barbarie y transitar la senda de la civilización. Crear el nuevo orden era
el programa inminente y esa situación debía traducirse en una efectiva integración política que requería subor-
dinar poderes en competencia. Si la Constitución reformada en 1860 daba el marco legal para solventar las bases
de la nueva institucionalización, el nuevo poder contaba con instrumentos para conquistarla: al ejercicio de la
coacción física debía sumarse una activa intervención política en las provincias rebeldes para crear gobiernos locales
afines a su dominio. Una mirada de mediano plazo permitió corregir la expectativa abierta con Pavón. Los levan-
tamientos federales del oeste andino y la guerra internacional en la que el país se vio envuelto a partir de 1865
desplegaron una serie de tensiones políticas y territoriales que no sólo puso fin al programa unitario y liberal ori-
ginario sino que además trazó un nuevo mapa para los herederos de la tradición federal.
Así, mientras el conflicto internacional despertaba el fervor patriótico entre los grupos dirigentes de
Buenos Aires y ganaba la adhesión de los gobiernos aliados de Santa Fe y de la Entre Ríos gobernada todavía por
Urquiza, en las provincias del centro oeste argentino la situación habría de diferir exhibiendo un pulular de insu-
rrecciones armadas que enarbolaron el cintillo punzó en rechazo al gobierno nacional. Para ese entonces, la
rebeldía se había desparramado de Catamarca a La Rioja, avanzó desde Cuyo a la Córdoba rural, y alcanzó el
Litoral a través de una verdadera proliferación de “revoluciones” armadas, y desafíos a la autoridad de diferente
calibre (como el memorable “desbande de Basualdo” que simboliza la fractura del liderazgo de Urquiza), poniendo
en jaque al gobierno nacional, y contribuyendo a resquebrajar los liderazgos políticos que habían prevalecido
hasta entonces. Frente a la expansión territorial del movimiento, y la aspiración de los rebeldes de “llegar si es
preciso a las puertas de Buenos Aires”,6 el gobierno nacional envió una división del ejército de línea del frente
paraguayo para reprimir la marea revolucionaria. Esa intervención militar que fue también política, no sólo estaría
destinada a preservar o “conquistar” la obediencia de esa dilatada geografía a la esfera de la autoridad nacional;
también habría de gravitar en las tradiciones políticas argentinas erigiendo un nuevo estilo político y un nuevo
liderazgo dispuesto a catapultar cualquier desafío a la autoridad nacional. Por consiguiente, la Argentina política
que emergerá de ese atribulado proceso habría de ser muy distinta a la imaginada por los vencedores de Pavón.
En ese lapso, el sistema de poder argentino habría de rehacerse en beneficio de la edificación de un centro de poder
autónomo sobre la base de un proceso de negociaciones y conflictos del que tampoco saldría invicta la poderosa
provincia de Buenos Aires.
Al interior de esa combinación estratégica entre coacción y política, y entre provincia y nación, habrían
de gravitar decididamente la participación de las Guardias Nacionales al tratarse de actores políticos susceptibles
de ser movilizados a favor del orden legal, o en su defecto para dar curso a la rebeldía. Si focalizamos por un ins-
tante la experiencia política resultante en las provincias cuyanas, y más precisamente en Mendoza, es posible
apreciar el variado repertorio de estrategias políticas y militares instrumentadas con el fin de afianzar el nuevo
orden político.
6 La expresión pertenece al coronel Manuel Olascoaga, jefe del Estado Mayor Revolucionario de la revolución de los colorados (1867).
Véase de mi autoría, “Cuyo después de Pavón: consenso, rebelión y orden político (Mendoza, 1861-1874)”, en Beatriz Bragoni y
Eduardo Míguez (eds.), La formación del sistema político nacional argentino, 1852-1880, Buenos Aires, Biblos, en prensa.
2 Beatriz Bragoni, Los hijos de la revolución. Familia, poder y negocios en Mendoza en el siglo XIX, Buenos Aires, Taurus, 1999.
3 Hilda Sabato, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados. Revista de Historia, año XII,
Nº 23, 2002, pp. 149-169; y su reciente Buenos Aires en armas. La revolución porteña de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. Véase
también, Flavia Macías, “De civicos a guardias nacionales. Un análisis del componente militar en la construcción de ciudadanía. Tucumán,
1840-1860”, en M. Chust y J. Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850),
Iberoamericana-Vervuert, 2007, pp. 263-290.
4 Véase a modo de ejemplo, Carlos Floria y César García Belsunce, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Kapelusz, 1975.
5 Oscar Oszlack, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Planeta, 1997.
En las últimas décadas la historiografía ha mejorado la comprensión del violento y creativo proceso
de construcción estatal edificado entre 1852 y 1880: de Jujuy a Corrientes, de La Rioja a Mendoza, de Tucumán a
Santa Fe, de Entre Ríos a Buenos Aires emanan evidencias firmes de las formas asumidas por ese radical proceso
de transformación, de integración política y territorial que hizo del archipiélago de provincias un edificio repu-
blicano capaz de subsumir las tradiciones políticas que hasta entonces habían sido pensadas de convivencia impo-
sible. En ese resultado, las elites provinciales cumplieron un papel protagónico: no sólo en lo que atañe a la edi-
ficación de los poderes públicos en el variado mosaico de poder de la Argentina independiente, sino en relación
a la compleja trama de relaciones de negociación y conflicto que contribuyeron a conducir cadenas de obedien-
cia al interior de cada fragmento del espacio político argentino, para hacer de ellas un resorte decisivo de la con-
quista de obediencia al Estado nacional en detrimento de sus rivales. En cualquiera de los casos, las evidencias
reunidas sobre diferentes experiencias políticas provinciales han puesto algunos reparos a las vertientes historio-
gráficas que hacían del poder central un actor externo a las situaciones provinciales, o que en última instancia, y
tal como lo advirtió Natalio Botana, terminaban asociándolo de manera directa con el predominio de la provincia
de Buenos Aires. Mirado en detalle, ese denso proceso de estructuración política pone en evidencia el resultado
de un proceso de ida y vuelta a través del cual las elites locales debieron traccionar la obediencia de la periferia
a su favor, al tiempo que se vieron obligadas a resignar las posiciones adquiridas, o bien integrarse a un nuevo
actor colectivo –la elite política nacional– la cual pasaría a ocupar un papel primordial en el también nuevo estado
de cosas. En tal sentido, el proceso de centralización política que redefinió las relaciones entre nación y provincias
en el ciclo político que se clausura en 1880, difícilmente pudo eludir sino que tuvo que disponer de prácticas e
instituciones políticas creadas primero en la dimensión local de poder, y que su efectiva transferencia propició la
conducción de cadenas de autoridad de la periferia al centro político.2
En ambas instancias las milicias y el Ejército habrían de operar decididamente al arbitrar dispositivos
claves en función de un mandato constitucional que para hacerse efectivo debía modificar radicalmente el pro-
tagonismo que había adquirido en décadas anteriores, y aceptar en última instancia la subordinación al Estado
nacional y al poder civil. No obstante, y como ha señalado Hilda Sabato, el problema conduce a un terreno escu-
rridizo en cuanto en la Argentina que siguió a Caseros casi ningún dirigente político o aspirante a serlo, podía
eludir echar mano a la movilización miliciana o cívica en cuanto constituía un resorte clave de intervención pública
por representar un canal de transmisión del régimen representativo que aparecía estructurado por un concepto
de ciudadano armado que unía el ejercicio electoral con la defensa de la patria.3
Estas breves advertencias resultan necesarias a la hora de abordar rasgos característicos del papel de
las Fuerzas Armadas en la formación del Estado argentino, y del sistema político nacional que contribuyó a ese
resultado. Generalmente, la preeminencia del protagonismo militar en la cultura política argentina ha sido inter-
pretada como herencia intacta del patrimonialismo del antiguo régimen colonial, o por la pervivencia de la mili-
tarización de una sociedad civil nacida a la vida política con las revoluciones de independencia y las guerras civiles.4
En su lugar, en la Argentina posterior a Pavón (1861) el poder de las armas aparece estrechamente unido a la
construcción del Estado liberal en el cual gravitan con igual vigor el afianzamiento del orden político interno, la
poderosa transformación política y militar disparada con la guerra internacional (1865-1870) y el giro de la estra-
tegia ofensiva contra las parcialidades indias de la frontera entre 1879 y 1882. Ese triple frente de guerra que se
sucede casi de manera simultánea en la casi completa geografía del país, fue el que exigió una formidable movi-
lización de hombres y de recursos. Oscar Oszlack precisó los costos de semejante empresa política concluyendo
que los gastos nacionales destinados al Ministerio de Guerra y Marina oscilaron entre el 55% y el 65% del presu-
puesto oficial entre 1863 y 1868.5 Dicha evidencia si resuelve eficazmente el peso de la inversión estatal en la esfe-
ra militar, no explica las modalidades que ésta adquirió en la conquista del orden político y en la formación del
Estado nacional. En las páginas que siguen el lector ha de enfrentarse a un desarrollo analítico que distingue
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
98 99
nacional junto con otras medidas de vital importancia: en particular, restableció la injerencia del poder central en
materia de impuestos y sustrajo al poder local la jurisdicción judicial para los delitos de sedición o rebelión.11 Por
consiguiente, el restablecimiento del orden político mendocino había requerido de acciones coordinadas y com-
plementarias entre poder local y poder central.
Esa dinámica de poder parece ilustrar, además, que la intervención militar y el arbitraje estratégico
entre coacción y política descansaba en un complejo tejido de instituciones y líderes territoriales con capital político
suficiente como para inclinar la balanza a favor de la obediencia o para dar curso a la rebeldía. De ese delicado
equilibrio de fuerzas dependía incluso la todavía inestable autoridad de la Nación en los bastiones del interior, y esa
razón permite apreciar el carácter parcial de la “fuerza militar”, en sentido estricto, en beneficio de márgenes de
negociación al interior del funcionamiento del sistema de alianzas políticas y personales de las que no escapaban ni
las elites locales, ni los personeros del poder central como tampoco los líderes políticos que aspiraban a encabezar
la pirámide política del país.
Los comicios nacionales de 1868 permiten apreciar el peso relativo de esas mediaciones personales
en los procesos de inclusión/exclusión al cuerpo político. En ellos habrían de gravitar –entre otros actores igual-
mente relevantes– el liderazgo de los jefes y oficiales del ejército de línea arribados al interior para ejecutar la
pacificación mitrista –conocidos como “procónsules”–, al operar en el sostenimiento de los “gobiernos electores”
con el fin de suministrar la mayoría en el colegio electoral y garantizar la sucesión presidencial. Ese desempeño
político recostado de igual modo en el poder de las armas y la movilización electoral resultó eficaz en los trabajos
electorales que ubicaron a Sarmiento como presidente. El patriarca de la política mendocina, Francisco Civit, lo des-
cribió del siguiente modo en carta a Pedro Agote (1867):
Por lo que he podido leer en los diarios que se publican en la República, por lo que he oído en Buenos
Aires, antes de regresar a mi provincia y por los trabajos que creo han hecho y siguen haciendo pro-
cónsules de que han venido al interior en persecución de las montoneras, se ve que los candidatos
que reúnen más opinión hasta el momento son Sarmiento y Alsina.
Para agregar de inmediato:
Es indudable que por el primero hay trabajos mucho más avanzados y bien preparados que por el
segundo. Los hombres de sable que han pasado por las Provincias de Cuyo, Córdoba y La Rioja se han
preocupado más de la cuestión electoral que de la extinción de los filibusteros que han estado a
punto de disolver la nación. Arredondo, Paunero, Miguel Martínez y otros han hecho gobernadores
que trabajen y sostengan la candidatura de Sarmiento. La influencia de estos procónsules es innega-
ble y si se retiran dejarán las cosas preparadas de manera que los gobernadores no cambien a menos
que vengan nuevas influencias y nuevos procónsules. La elección de Sarmiento en la Provincia de
Cuyo, en La Rioja y Córdoba, la veo más que probable, segura. La voluntad de los gobiernos es el todo.
A partir de 1870 un nuevo consenso erigido entre los notables habría de sepultar esa forma de hacer
política. Para ese entonces, el tucumano Nicolás Avellaneda capitalizó esa relación de fuerzas en el interior y en
porciones de la opinión de Buenos Aires, convirtiéndose en el candidato con mejores chances para suceder al san-
juanino Domingo Faustino Sarmiento en la más alta magistratura del país. Como antes, los trabajos electorales
volvieron a mostrar la ingerencia de los hombres armados en la producción del sufragio, y los resultados electo-
rales que dieron el triunfo a Avellaneda pusieron en evidencia la emergencia de una arquitectura política casi sin
fisuras entre las provincias argentinas. Ese nuevo tipo de cohesión política –reunido en el denominado Partido
Nacional– habría de ser impugnada por quienes abrigaban todavía la aspiración de resolver por la vía armada, la
conducción del país. Esas controversias se hicieron visibles en Mendoza al convertirse en escenario de una lucha
política que mostraba la disputa al interior de los grupos locales por ocupar posiciones relevantes en las estruc-
turas del poder local, y de la mutua capacidad de movilización de recursos y hombres para la acción política que
habría de exigir la intervención de arbitrajes externos para afianzar de manera definitiva el orden interno.
11 Eduardo Zimmerman, “En tiempos de rebelión. La justicia federal frente a los levantamientos provinciales, 1860-1880”, en Beatriz Bragoni
y Eduardo Míguez (eds.), La formación del sistema político nacional argentino, 1852-1880, op. cit.
El 9 de noviembre de 1866 un grupo de federales que habían sido excluidos del gobierno de notables
depuso a las autoridades legales de Mendoza, y se hizo del poder provincial. La leva ordenada por el gobierno
nacional para engrosar las filas del frente paraguayo fue el detonante del movimiento que ganó adhesión en la
ciudad, y se extendió de inmediato en la campaña desnudando un arsenal de prácticas y estilos políticos inaugu-
rados desde la Revolución. Como solía ocurrir en la mayoría de los casos, a la destitución del gobierno y al control
de la Sala de Representantes, le siguió la sustitución de los subdelegados de los departamentos de campaña por
hombres adictos al nuevo estado de cosas en cuanto esas magistraturas se convertían en un canal decisivo de
transmisión entre el centro y la periferia al centralizar o reunir funciones relevantes de control personal y terri-
torial. De ellos dependía la confección de las papeletas de reclutamiento, el registro electoral, la clasificación fiscal
y otras funciones de justicia. Aunque las autoridades destituidas de Mendoza buscaron el apoyo del jefe del ejér-
cito de línea acantonado en el sur, el éxito de los rebeldes se tradujo en una poderosa movilización miliciana que
les permitió avanzar a San Juan e instalar también un gobierno rebelde después de saldar la deuda con algunos
oficiales del Ejército que prestaron su adhesión a las jefaturas insurrectas. Poco después, la vecina provincia de
San Luis se hacía eco de la marea insurgente dirigida por “los colorados” a través de la destitución del gobierno legal
con lo cual se ponía nuevamente de manifiesto el precario capital coactivo de los gobiernos provinciales. De tal
forma, y en conexión con los levantamientos de Felipe Varela, los colorados cuyanos accedían al control de los
gobiernos provinciales a la espera de una hipotética respuesta de Urquiza que estuvo lejos de ser favorable.7
La expansión territorial del movimiento no podía pasar desapercibida por el gobierno nacional en
cuanto ponía en evidencia no sólo las magras condiciones locales para sofocar los bastiones rebeldes; la inestabi-
lidad política mostraba a todas luces los límites concretos de la autoridad nacional en el interior rural argentino
como resultado del fracaso relativo de la “política de pacificación” dirigida por Mitre desde 1861. Esa convicción
o diagnóstico condujo al ministro Rawson a diseñar la estrategia represiva que previó la movilización de fuerzas
nacionales, y la cooperación de los gobiernos aliados de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. Mientras
éstos debían asediar el influjo de Felipe Varela en las provincias del norte, el coronel José María Arredondo habría
de derrotar al puntano Juan Saá en San Ignacio (1º de abril 1867) con una tropa integrada por 3.800 hombres
entre soldados de línea y milicias o guardias nacionales.
Pero esa conquista militar no garantizaba en sí misma ni el avance sobre Cuyo ni menos aun el control
efectivo en las provincias con capacidad de hacer estable la obediencia al poder de la nación. En una conocida
carta dirigida por el ministro Rawson al presidente Mitre, habría de manifestarle que la represión debería recaer
especialmente en el ejército de línea, y para ello debían robustecerse las fuerzas del general Wenceslao Paunero
con guardias nacionales de Santa Fe facilitadas por el gobernador Nicasio Oroño ante la dificultad de avanzar
desde el río Cuarto en función de la inestabilidad existente en Córdoba para reclutar guardias nacionales y de los
magros recursos enviados por el gobierno nacional.8 Aunque el éxito de Arredondo despejó el avance de Paunero
sobre Cuyo, el restablecimiento del orden político no estuvo exento de dificultades. Entre el arsenal de instruc-
ciones que debía ensayar, el comisionado nacional estaba habilitado a movilizar los guardias nacionales de las
provincias pudiendo “usar de ella en la forma y el número que considere necesario”.9 En plena marcha Paunero
había tomado medidas con resultados poco satisfactorios. El decreto a través del cual el gobierno nacional había
declarado traidores y desertores a todos aquellos que no se presentaran ante la autoridad no había tenido el
efecto esperado en el trayecto seguido entre Córdoba y San Luis. Frente a esa evidente resistencia –cuyas moti-
vaciones residían en liderazgos rurales ligados al “Chacho” Peñaloza muerto en 1863– la apuesta del general uru-
guayo fue mayor al conceder el indulto a todo aquel guardia nacional que abandonara el estado de rebeldía a
favor de la autoridad legal.10
Con todo, el avance de las tropas nacionales a Mendoza se tradujo en la restitución de autoridades
preexistentes a la rebelión y en una serie de medidas intermedias orientadas a restaurar la lealtad del poder local
a la autoridad de la Nación (más allá de Mitre). No resulta extraño que la sustitución de subdelegados y el nom-
bramiento de jefes adictos en los cuerpos armados de ciudad y campaña encabezaran la agenda del comisionado
7 Correspondencia de los “Jefes de la Revolución en la Provincia de Cuyo”, Carlos Rodríguez y Felipe Saá a Urquiza, febrero de 1867,
en Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, Felipe Varela contra el imperio británico, Buenos Aires, Sudestada, 1966, p. 334.
8 Correspondencia de Rawson al presidente Mitre, 18 de febrero de 1867.
9 Decreto del 21 de noviembre de 1866 (arts. 1 y 3), Luis H. Sommariva, Historia de las intervenciones federales en las provincias, Buenos
Aires, El Ateneo, 1929.
10 Registro Oficial de la Provincia de Mendoza, Mendoza, Imprenta del Constitucional, 1866, p. 15.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
100 101
de Línea que mantenía lealtad a la autoridad nacional. Para entonces el coronel Julio A. Roca, al mando de jefes
y oficiales del ejército de línea y una tropa conformada en su mayoría por guardias nacionales de Córdoba y Santa Fe,
había rechazado los términos del acuerdo propuesto por su superior siguiendo las órdenes de Avellaneda quien había
manifestado: “no aceptaré jamás de Arredondo un pacto político en que hable de provincias, de Gobernadores”.
Las evidencias expuestas parecen indicar entonces algunas especificidades de la relación entre milicias
y Ejército en la edificación del sistema político nacional que contribuyó a la formación del Estado nacional. Si
efectivamente el enrolamiento y la práctica miliciana aparecían unidos al concepto de ciudadanía armada como
instituto favorable a la inclusión en el cuerpo político, la integración eventual de las Guardias Nacionales al ejército
de línea condicionaba su accionar como vehículo estable a favor de la coacción y la obediencia al poder la Nación.
En otras palabras, la doble jurisdicción de las milicias y/o guardias nacionales en la Argentina previa a 1880 hacía de
estos hombres y cuerpos armados actores vulnerables (y relativamente autónomos) del accionar de jefaturas militares
leales o contrarias a las autoridades provinciales o nacionales. Esa especificidad estuvo en boca de Aristóbulo del
Valle al momento de argumentar a favor de la supresión de las milicias provinciales en 1880 al entender que el poder
nacional no debía ser impotente “frente a la fuerza acumulada por los Estados”.14 Esa opinión difería sustancialmente
de concepciones previas que habían sostenido “el derecho de pueblo armado” y de la organización y movilización
de la Guardia Nacional un “baluarte de las libertades argentinas”.15
La “cuestión de los indios” y el giro en la profesionalización de las Fuerzas Armadas
Las milicias provinciales y el ejército de línea también dirimen el proceso de conquista territorial y
cohesión política en los territorios patagónicos y del Chaco ganados en la lucha contra las parcialidades indias a
partir de 1878. En los últimos años numerosas investigaciones han puesto en entredicho importantes imágenes
legadas de las campañas militares que conquistaron el “desierto” para hacer efectivo el control del Estado en el
territorio, y garantizar la incorporación de vastas extensiones de tierras con el fin de acelerar el crecimiento eco-
nómico. Si bien la complejidad de las relaciones preexistentes a aquella “solución final” no había sido un tema
ausente de la agenda historiográfica, las evidencias obtenidas han permitido complejizar las formas asumidas por
esa violenta política de exterminio, del arsenal de estrategias y móviles puestas en marcha y de las iniciativas oficiales
destinadas a la colonización después de dar solución definitiva a la “cuestión de los indios”. Por cierto, los fenómenos
involucrados en la conquista de ese frente que desde los albores de la Independencia, habían intervenido en la vida
histórica argentina del siglo XIX resultan demasiado ricos y complejos como para ser abordados en estas páginas.16
Esa situación no representa un obstáculo para revisar algunos nudos problemáticos en relación al tema que tratamos.
Vale recordar que los planes operativos dirigidos por Roca en su avance sobre la frontera –convertido
en ministro después de la muerte de Alsina, y del fracaso de la política de frontera por él auspiciada–, implicaron
la movilización de fuerzas militares que incluían el ejército de línea y los contingentes de guardias nacionales pro-
vinciales, y de una maquinaria o logística lo suficientemente aceitada de aprovisionamiento en armas, víveres y
vituallas para asegurar el éxito de la “solución final”. Una dilatada genealogía literaria que incluye memorias de
oficiales, registros periodísticos y documentación oficial permite apreciar el impacto relativo de la inversión material
realizada para sostener el agresivo movimiento de tropas, al tiempo que infligía mayor vigor a la profesionalización
de las “fuerzas armadas” y abría canales de ascenso político y militar entre sus conductores. Sin embargo, el avance
y la ocupación efectiva de la autoridad nacional dependió de la reactualización de prácticas ya instituidas en el
mundo de la frontera. Como ya se había ensayado en épocas precedentes a lo largo de la línea de los misera-
bles fortines que emblematizaban el poder hispanocriollo,17 la estrategia militar no resultó independiente de la
14 Aristóbulo del Valle, “Discurso sobre ejércitos provinciales”, Cámara de Senadores, Diario de Sesiones, Buenos Aires, 16 de octubre
1880, en Natalio Botana y Ezequiel Gallo, De la República posible a la República verdadera (1880-1910), Buenos Aires, Ariel, 1997,
pp. 196-198.
15 La cita pertenece a Adolfo Alsina, la cual ha sido reproducida por Ezequiel Gallo en Alem. Federalismo y Radicalismo, Buenos Aires,
Edhasa, 2009, p. 56.
16 La literatura al respecto es abundante. Un ajustado balance del estado de la cuestión puede verse en Raúl Mandrini y Sara Ortelli, “Las
fronteras del sur”, en Raúl Mandrini (ed.), Vivir entre dos mundos. Las fronteras del sur de la Argentina, siglos XVIII y XIX, Buenos
Aires, Taurus, 2006, pp. 21-42.
17 Silvia Ratto, “¿Revolución en las pampas? Diplomacia y malones entre los indígenas de pampa y patagonia”, en Raúl O. Fradkin
(comp.), ¿Y el pueblo dónde está? Contribuciones para una historia popular de la revolución de independencia en el Río de la Plata,
Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008.
En rigor, las tensiones se retrotraían al año anterior cuando las elecciones de gobernador habían
mostrado por primera vez la competencia electoral entre dos grupos políticos que hasta el momento habían for-
mado parte del “gobierno de los notables” en medio de un violento clima de hostilidades y de una intensa movi-
lización política en la ciudad y la campaña que incluyó debates en la prensa, mítines, bailes e invitaciones perso-
nales.12 Pero la disputa estaba lejos de quedar circunscripta a un asunto doméstico en la medida que los comicios
nacionales introducían un vector adicional que sumó tensiones a las ya existentes. Mientras los reunidos alrede-
dor del candidato oficial, Francisco Civit, terminaron inclinando su adhesión al Partido Nacional que apoyaba la
candidatura de Avellaneda, los incluidos en la red política liderada por el ex gobernador Carlos González Pintos,
reafirmaron y mantuvieron su opción por Mitre. El tono violento que asumió la movilización electoral tuvo su
corolario pocos días después cuando al conocer los resultados adversos del candidato opositor, el coronel de la
Nación acantonado en San Rafael, Ignacio Segovia, se rebeló contra las autoridades provinciales dirigiéndose a
la ciudad donde un piquete de caballería liderado por gonzalistas también había impugnado el resultado electoral.
La respuesta del presidente Sarmiento fue inmediata y contundente: declaró el estado de sitio en la provincia y
ordenó el avance de Teófilo Iwanovsky a Mendoza para terminar con los insurrectos.
Aunque la intervención nacional fue decisiva, el control político del territorio requirió de ajustes nor-
mativos e institucionales de notable impacto: en 1872 la Ley de Municipalidades había prescripto la elección
directa de los municipales en los departamentos de más de 5.000 habitantes modificando la antigua práctica polí-
tica que otorgaba al gobernador la facultad de nombrar a los subdelegados de campaña. Esa modificación –de
indiscutida inspiración alberdiana– había introducido novedades territoriales de la cuales no casualmente el
gobernador Francisco Civit se haría cargo al proponer una nueva reforma municipal de carácter “transaccional”,
a través de la cual el Ejecutivo recuperaba la atribución de nombrar los subdelegados postergando el precepto
constitucional que establecía la elección directa para el gobierno municipal.13 Esa medida que reforzaba la cen-
tralización del poder fue acompañada de regulaciones políticas medulares para controlar la población que incluyó
el restablecimiento de la “papeleta de conchabo” para el servicio doméstico en la ciudad.
Entre tanto el clima político provincial había acumulado nuevas tensiones entre los desplazados de
la red de poder local y el círculo gubernamental provincial que había negociado con relativo éxito su integración
al conglomerado de políticos provinciales que postulaba a Avellaneda como candidato a ocupar la presidencia
del país. En febrero de 1874 las elecciones de diputados nacionales dieron el triunfo al oficialismo convirtiéndose
en anticipo de los comicios celebrados en mayo con motivo de la elección presidencial, y de la posterior impug-
nación del mitrismo sobre los resultados electorales que disparó la revolución armada de la cual participarían
jefes y oficiales a cargo de batallones y regimientos de guardias nacionales. Si la provincia de Buenos Aires se con-
virtió en bastión primordial de la revolución alentada por el general Mitre y el elenco de jefes militares plegados
al movimiento, la existencia en Mendoza de esa base territorial y política opositora al círculo avellanedista resultó
propicia para que el general José M. Arredondo abandonara la obediencia que había caracterizado su desempeño
al servicio de la autoridad nacional, para plegarse al movimiento dirigido por Mitre y expandirlo por fuera de
Buenos Aires. De tal modo, desplazó sus fuerzas desde Río Cuarto a San Luis consiguiendo la adhesión del gobierno que
le despejó el avance sobre territorio mendocino y vencer la resistencia ofrecida por las fuerzas leales al gobierno enca-
bezado por Civit.
Las crónicas de la época ilustran las características de la movilización que cruzó el espacio provincial
y cuyano: mientras Arredondo aumentó su fuerza en San Luis con 2.500 guardias nacionales, el coronel Catalán
condujo 2.000 guardias nacionales de Mendoza con extrema dificultad frente a la persistente deserción de sus
tropas que contribuyeron a la victoria del militar insurrecto. El éxito en Santa Rosa (29 de octubre) le abrió paso
a la ciudad y a la formación de un gobierno provisional que incluyó a personajes vinculados con el gonzalismo
que habían hecho suya la proclama dirigida por Mitre que denunciaba la injerencia de los “gobiernos electores”,
y preservaba las libertades públicas. Pero el éxito de Arredondo duró poco: el 7 de diciembre, en el mismo esce-
nario que le permitió conquistar la provincia cuyana, fue derrotado por su antiguo subalterno del Regimiento 6
12 Beatriz Bragoni, Los hijos de la revolución..., op. cit.
13 Dardo Pérez Guilhou, “Instalación del régimen municipal en Mendoza”, en Revista de Humanidades, tomo XXXVI, Universidad Nacional
de La Plata, 1961, pp. 73-87.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
102 103
Ahora bien, si los resultados de ese tejido normativo e institucional podían ser sólo evaluados a futuro,
la urgencia de la coyuntura requería de medidas complementarias orientadas especialmente a integrar los cuadros
militares a las nuevas reglas del juego en los que estarían destinados a ocupar el lugar preservado en la carta cons-
titucional. En tal sentido la política dirigida por el roquismo incidió notoriamente en la profesionalización de las
Fuerzas Armadas a través de un variado repertorio de estímulos materiales con el fin de afianzar la obediencia
al Estado nacional. Por una parte, la información suministrada por las memorias del Departamento de Guerra
permite apreciar el aumento de las partidas presupuestarias destinadas a los sueldos de los oficiales. Según la
memoria de 1883 el 70% del presupuesto estaba destinado al salario de los oficiales los cuales oscilaban entre
400 y 170 pesos para lo cuadros de mayor jerarquía, y entre 10 y 7 pesos mensuales para sargentos o suboficiales.
Un estímulo adicional provino de la Ley de Premios (1884) a través de la cual el Congreso aprobó la distribución
de las tierras ganadas en la campaña militar contra el mundo indígena que respetaba la jerarquía militar: por ella,
los jefes de frontera recibieron 8.000 hectáreas; los jefes de batallones, 5.000; sargentos, 4.000; capitanes y ayu-
dantes, 2.500; tenientes, 2.000; subtenientes y alférez, 1.500; en cambio, las lejanas tierras al sur del Río Negro,
fueron repartidas entre la “tropa” en chacras de 100 hectáreas.
La medida no dejó de despertar sospechas en relación a las eventuales consecuencias políticas y cultu-
rales de la política de premios y compensaciones entre los beneficiarios de la iniciativa oficial. Al respecto, la opi-
nión vertida por Alem resulta ilustrativa: “todos los días estamos viendo en la Cámara que todos los individuos que
han hecho algún servicio, se creen con derecho a venir a pedirnos premios, jubilaciones o pensiones porque han
servido ocho o diez años con honradez y rectitud, y generalmente se cree que se comete una gran injusticia no acor-
dando el premio. Siguiendo este camino, llegamos a este resultado: que el cumplimiento del deber es una cosa tan
rara que merece un premio”.20
Más allá de las variadas interpretaciones que puedan atribuirse al juicio emitido por quien todavía
integraba las huestes del partido oficial, la cita reactualiza un dilema crucial de la cultura política argentina que hace
de las relaciones entre el Estado y los grupos sociales (partidos, corporaciones, etc.) un asunto central de la agenda
académica y política.
BIBLIOGRAFÍA
BOTANA, Natalio, El Orden Conservador, la política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1979.
___________________, La tradición republicana, Buenos Aires, Sudamericana, 1984.
BRAGONI, Beatriz, Los hijos de la revolución. Familia, poder y negocios en Mendoza en el siglo XIX, Buenos
Aires, Taurus, 1999.
GALLO, Ezequiel, Alem. Federalismo y Radicalismo, Buenos Aires, Edhasa, 2009.
HALPERIN DONGHI, Tulio, Proyecto y construcción de una nación: Argentina, 1846 1880, Caracas, Biblioteca
Ayacucho, 1984.
MACÍAS, Flavia, “De civicos a guardias nacionales. Un análisis del componente militar en la construcción de
ciudadanía. Tucumán, 1840-1860”, en M. Chust y J. Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y
ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Iberoamericana-Vervuert, 2007.
OSZLACK, Oscar, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires,
Planeta, 1997.
SABATO, Hilda, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados.
Revista de Historia, año XII, Nº 23, 2002.
_______________, Buenos Aires en armas. La revolución porteña de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
20 Ezequiel Gallo, Alem. Federalismo y Radicalismo, op. cit.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX
intermediación ejercida por grupos y liderazgos étnicos a través de un complejo e inestable engranaje de circuitos
mercantiles, sociales y políticos. Desde luego, esa suerte de subordinación negociada de la nueva autoridad, repre-
sentaba la contracara del amplio espectro de resistencias guerreras ofrecidas por quienes aspiraban a preservar
las posiciones previas al nuevo esquema de poder, ni tampoco omitir el hecho de que la administración de los terri-
torios nacionales descansó en el personal político y/o administrativo en abrumadora mayoría ajeno a los pueblos ori-
ginarios. Tampoco las políticas de colonización emprendidas los tendrían como beneficiarios.
De cualquier modo, la “conquista” del territorio exigió del personal militar y avanzó más allá del
ejercicio guerrero en sentido estricto al convertirse en protagonistas de las “exploraciones” destinadas al recono-
cimiento de los territorios preservados a la soberanía del Estado nacional. Para ello, en 1879, el gobierno nacio-
nal creó la Oficina Topográfica Militar para dirigir (y centralizar) el relevamiento topográfico por parte de oficia-
les del Ejército, y de una serie de expediciones científicas en el mar del sur en las cuales se destacaron oficiales de
la marina. Esa producción de información cartográfica emanada de los expertos militares habría de ser decisiva
para delimitar la jurisdicción territorial del Estado nación. Aun así, el control político de lo que hasta entonces
había sido la frontera, y la conquista de obediencia de sus antiguos y nuevos pobladores requería la creación de
lazos políticos, y esa razón explica las razones que impulsaron la instrumentación de las Guardias Nacionales en
los territorios recién incorporados a la esfera de la nación, la cual iba a contrapelo de la ley nacional que había
suprimido las milicias provinciales. La normativa y la práctica instituida habrían de capitalizar la experiencia mili-
ciana inaugurada en tiempos de la Confederación aunque extirparía el derecho ciudadano que antes había tenido,
circunscribiendo su accionar al servicio de las armas, despojándolo del sufragio y convirtiéndose en anticipo del
servicio militar obligatorio prescripto por la Ley Ricchieri. También como antes, la implementación de la medida
favoreció la erección de un elenco de funcionarios nacionales con potente arraigo territorial que tenían a su cargo
el reclutamiento que, al arbitrar discrecionalmente la leva, la hacían recaer primordialmente en nativos e inmi-
grantes, la mayoría de las veces ausentes de vínculos sociales condenándolos como antaño a integrar la lista de
desertores por haber eludido el enganche.18
Con todo, la administración de Roca habría de acelerar el proceso de modernización y profesionali-
zación de las Fuerzas Armadas, y la correlativa subordinación de éstas al poder civil. Por cierto, el arsenal de inno-
vaciones introducidas durante el mandato constitucional no resultaba independiente de un ejercicio militar ensa-
yado al servicio de la autoridad nacional, ni tampoco del clima político que lo convirtió en beneficiario exclusivo
de la liga de gobernadores que lo convirtió en presidente. Poco antes de concluir su mandato, el presidente
Nicolás Avellaneda había sido uno de los oradores en las ceremonias dispuestas por el gobierno con motivo de la
repatriación de los restos de San Martín, y ese acontecimiento resultaba propicio para enfatizar que ningún
poder podía erigirse por fuera del mandato constitucional que prescribía la subordinación del sable al poder civil.
Asimismo, la revolución porteña que había desafiado a la autoridad nacional en la misma ciudad de Buenos Aires,
había terminado de convencer a los todavía dudosos de que ningún gobernador podía estar habilitado a echar
mano a las Guardias Nacionales. Ese diagnóstico de situación que ponía en un cono de sombras instituciones y
estilos políticos medulares de la Argentina del siglo XIX, dio curso a una serie de innovaciones que estuvieron des-
tinadas a monopolizar la fuerza pública en la esfera del Estado nación, y a la integración social y política de la
pléyade de jefes, oficiales y tropa que habían tenido un lugar protagónico en la vida política. El mismo Leandro
Alem que antes había defendido el derecho de los Estados provinciales a mantener una fuerza militar propia,
preservó el papel del Ejército Nacional como “el guardián de nuestras instituciones”.
El roquismo respondió a ese desafío a través de un repertorio de estímulos institucionales con resul-
tados relativamente exitosos en el mediano plazo. A la supresión de las milicias provinciales (1880), le siguió una
batería de disposiciones con el objetivo de profundizar la “interiorización” de la subordinación al poder civil que
Sarmiento había iniciado décadas atrás con la creación del Colegio Militar (1869) y la Escuela Naval (1870). El giro
modernizador del roquismo estuvo particularmente dirigido a afianzar la cadena de mandos, y por ello del
Congreso Nacional emanaron la Ley de Reglamentación de Carrera de Oficiales (1882), la Ley de Estado Mayor y
la Escuela de Cabos y Sargentos (1884) y la creación de la Escuela de Ingeniería Militar (1886).19
18 Marisa Moroni y José Manuel Espinosa Fernández, “El reclutamiento para la guardia nacional en la Pampa central argentina 1884-
1902”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación, op. cit., pp. 247-261.
19 Riccardo Forte, “Los militares argentinos en la construcción y consolidación del Estado liberal (1850-1890)”, en M. Carmagnanni
(comp.), Constitucionalismo y orden liberal. América Latina 1850-1920, Torino, Otto editore, 2000, pp. 102-109.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
105
Los observadores de la política argentina entre 1820 y 1880 han señalado la participación popular
como uno de sus rasgos característicos. Los primeros de ellos –José María Paz y Domingo Faustino Sarmiento–
encontraban en las tendencias democráticas e igualitarias de la sociedad argentina inauguradas por la Revolución
de Mayo el factor principal que explicaba esta participación, liderada desde la década de 1820 por los poderes
militares provinciales a quienes estos observadores denominaban caudillos.1 Esta situación comenzó a cambiar
después de la derrota de la Confederación Argentina en Pavón (septiembre de 1861) cuando, desde Buenos Aires
y con el apoyo de las pequeñas oligarquías liberales provinciales, el gobierno central acorraló a los poderes mili-
tares locales mediante la acción contundente del Ejército Nacional. En algunas provincias esta ampliación del
orden estatal encontró resistencias populares que defendían la autonomía local y formas tradicionales de vida
que se veían amenazadas a causa de esta violenta irrupción.
En este trabajo me propongo comparar las formas de acción popular colectiva en dos provincias
argentinas en las décadas formativas del Estado nacional: La Rioja en 1862-1863, cuando las milicias provinciales
a las órdenes de Ángel Vicente Peñaloza (el “Chacho”) se levantaron contra la intromisión de las tropas porteñas,
y Jujuy en 1873-1875 cuando una rebelión de campesinos indígenas en la puna puso en entredicho el derecho de
propiedad y la estabilidad política de la provincia. En ambos casos, las autoridades encargadas de la represión
calificaron de “montoneras” a estas movilizaciones y “montoneros” a los sectores rurales que las integraban, uni-
ficando de manera discursiva dos fenómenos insurreccionales completamente diferentes. Este ejercicio de com-
paración supone en primer lugar una descripción de los hechos, más conocidos en el caso de la rebelión chachista
que en la de los indígenas de Jujuy. Luego ensayaré un cotejo de ambas situaciones en torno de los siguientes
aspectos: contexto político, organización, liderazgo, motivación e ideología.
1 Eduardo Míguez, “Guerra y orden social. En los orígenes de la nación argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, 2003,
pp. 17-38. Una aguda caracterización del caudillismo se encuentra en el “Estudio preliminar” de Tulio Halperin Donghi a Jorge
Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argentinos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, pp. 19-48.
Resistencias populares a la expansión y consolidación del
Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy
(1874-1875)
GUSTAVO L. PAZ
UNTREF / CONICET
1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
Y LA MODERNIZACIÓN
2
CAPÍTULO
106 107
batalla de Las Playas en junio de 1863. Peñaloza retornó a La Rioja donde a fines de ese año fue muerto a lanzazos
frente a su familia por un destacamento del Ejército Nacional. En un acto que recordaba las atrocidades cometidas
por las tropas rosistas en los primeros años de la década de 1840, la cabeza cercenada del “Chacho” fue puesta en
una pica y exhibida públicamente como símbolo de castigo ejemplar para sus seguidores.
Esta cruel acción mereció la condena de federales como José Hernández quien en su Rasgos biográ-
ficos del general Ángel Vicente Peñaloza denunciaba a los liberales por el violento asesinato: “[E]l partido que
invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cosiéndolos a puñaladas”, mientras que los
liberales porteños y provincianos (como Sarmiento) justificaban que ese castigo era el apropiado para un salteador
que obstaculizaba la organización del país.4
¿Por qué el federalismo era tan popular en La Rioja? La pregunta sobre la lealtad de la población
rural al federalismo ya se la había hecho Sarmiento al reflexionar poco después de los hechos. Él encuentra en el
árido paisaje de los Llanos riojanos (la “Travesía”) claves para entender este interrogante. En este páramo de pastos
ralos y escasa agua, la pobreza de las poblaciones de raíz indígena, reducidas a una vida poco menos que miserable
explica su participación en los alzamientos encabezados por el “Chacho”:
los indígenas vivían a la margen de las escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman
los “Pueblos”, villorios sobre terreno estéril, cuyos habitantes se mantienen escasamente del producto
de algunas cabras que pacen entre ramas espinosas; y están dispuestos siempre a levantarse para
suplir con el saqueo y el robo a sus necesidades… A estas causas de tan lejano origen se deben el
eterno alzamiento de La Rioja y el último del Chacho.5
Estas poblaciones reducidas a la pobreza por siglos de dominación colonial libraban una guerra de
recursos con las familias propietarias. La “venganza india”, al decir de Sarmiento, reconocía un origen de despojo: el
arrebato de tierras y agua por las familias principales. Para ilustrar ese conflicto Sarmiento echa mano de la saga de
la familia Del Moral, una de las más antiguas y ricas de La Rioja:
La familia de los Del Moral hace medio siglo que viene condenada a perecer, víctima del sordo resen-
timiento de los despojados. Para irrigar unos terrenos los abuelos desviaron un arroyo, y dejaron en
seco a los indios ya de antiguo sometidos. En tiempo de Quiroga fue esta familia, como la de los
Campos y los Doria, blanco de las persecuciones de la montonera. Cinco de sus hijos han sido dego-
llados en el último levantamiento, habiendo escapado a los bosques la señora con una niña y cami-
nando a pie dos días para salvarse de estas venganzas indias.6
Si bien las observaciones de Sarmiento identifican con perspicacia el núcleo del conflicto, las investi-
gaciones recientes colocan esta tensión social en su precisa dimensión provincial y local. Ariel de la Fuente estudia
las variaciones de la tenencia de la tierra en los distritos rurales rebeldes de Famatina y los Llanos para comprender
el levantamiento liderado por el “Chacho”. En Famatina el monopolio del control de las mejores tierras y del
agua para la irrigación por una pequeña elite imponía una relación muy tensa entre ella y los campesinos pequeños
propietarios y sin tierras que constituían la amplia mayoría. En los Llanos, estancias agrícolo-pastoriles convivían
con antiguos pueblos de indígenas con tenencia comunal de la tierra, con pequeños propietarios agricultores y
pastores, y con ocupantes de tierras vacías. Este patrón más diverso y laxo de tenencia de tierras y la inexistencia
de un abismo social entre los grandes propietarios (entre los cuales se contaba el “Chacho”) y los otros sectores
rurales permitió a los primeros movilizar un número importante de seguidores de los Llanos en las rebeliones
federales de 1862-1863. En Famatina, por el contrario, los campesinos rebeldes organizaron una matanza de terra-
tenientes locales en medio de la rebelión cuyas raíces se hundían en el conflicto agrario local.7
Basado en una cuidadosa investigación en testimonios judiciales, De la Fuente delinea un perfil social de
los “montoneros” chachistas muy alejado de los salteadores o delincuentes denunciados por Sarmiento. Quienes
4 José Hernández, Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza, Buenos Aires, Caldén, 1968 (1863), p. 131.
5 Domingo F. Sarmiento, Vida del Chacho, Buenos Aires, Caldén, 1968 (1868), pp. 80-81.
6 Ibid.
7 Ariel de la Fuente, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State Formation Process (La Rioja,
1853-1870), Durham, Duke University Press, caps. 2 y 3.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja
(1862-1863) y Jujuy (1874-1875)
La Rioja, 1862-1863. Federalismo y montoneras
Inmediatamente después de la batalla de Pavón el gobernador de Buenos Aires y encargado del
Poder Ejecutivo Nacional, Bartolomé Mitre, se lanzó a la conquista del interior. El primer problema que debió
enfrentar su administración fue vencer las resistencias de las provincias, que desconfiaban de los planes políticos
de los liberales de Buenos Aires y veían en el orden inaugurado en Pavón un nuevo intento porteño de avasallar
sus autonomías.
En el interior, el plan de Mitre fue aceptado sólo por una pequeña minoría. En varias provincias se
impusieron gobiernos liberales que desplazaron a los federales después del triunfo de Buenos Aires en Pavón. La
situación política de esta “elite letrada” era precaria: aisladas en las ciudades capitales no controlaban las áreas
rurales ni movilizaban (salvo excepciones) a las milicias provinciales en favor de la causa liberal. En consecuencia
dependían de la crecientemente activa intervención de las tropas nacionales para sostenerse en el poder.2
En el interior, el federalismo era la opción política de la mayoría. Los caudillos federales gozaban aún
de gran popularidad y seguían el distante pero siempre presente liderazgo de Urquiza. Para ellos el triunfo de
Buenos Aires sólo podía significar una mayor ruina para las provincias. Este sentimiento de desconfianza era más
fuerte en las provincias del oeste del país, que resistieron más vigorosamente la reorganización política bajo lide-
razgo porteño. Entre ellas La Rioja se destacó a lo largo de la década de 1860 por la fiereza de su resistencia
(“reacción” era el término empleado por los liberales de la época) a la expansión del dominio de Buenos Aires y
por la lealtad al federalismo y a Urquiza. Según observaba un corresponsal de Mitre en viaje por la región, el
federalismo era muy popular en La Rioja donde
había notado que allí reinaba la mazorca en todo el furor, pues que los militares vestían de chiripá,
sabanilla y gorra, todo colorado, y que esta última llevaba una cinta de divisa del mismo color, y que
á cara descubierta gritaban en las jaranas ¡Viva Urquiza! ¡Muera Mitre!3
Entre 1862 y 1863 la acción del caudillo riojano Ángel Vicente Peñaloza en defensa de la autonomía
provincial fue decisiva. Liderando vastas montoneras de gauchos, campesinos de los Llanos de La Rioja y las pro-
vincias vecinas, empobrecidos por la guerra civil y hambrientos de tierra y agua, y desplazado él mismo de la pree-
minencia política por los gobiernos liberales apoyados por Buenos Aires, Peñaloza se rebeló contra el gobierno
nacional en dos oportunidades.
El gobierno nacional enfrentó la rebelión del federalismo del interior con violencia. La “guerra de
policía”, como se llamó a la represión de los levantamientos acaudillados por el “Chacho”, estuvo a cargo de las tropas
porteñas comandadas por los oficiales orientales veteranos de las guerras contra el rosismo (el general Wenceslao
Paunero y los coroneles José Miguel Arredondo e Ignacio Rivas) en quienes Mitre había confiado esas tareas. Las
operaciones fueron supervisadas por el comisionado de guerra y en breve gobernador de San Juan, Domingo
Faustino Sarmiento.
En 1862 el “Chacho” movilizó sus tropas en apoyo del gobernador federal de Tucumán Celedonio
Gutiérrez quien estaba amenazado por los hombres fuertes en el norte, los hermanos Taboada de Santiago del Estero
que respondían a Mitre. Después de haber sido derrotado en Tucumán, el “Chacho” retornó a La Rioja y desde allí
puso sitio y ocupó la ciudad de San Luis. Mitre autorizó al general Paunero a llegar a un arreglo de paz con Peñaloza
prometiéndole una amnistía a cambio de la deposición de las armas por el Tratado de la Banderita en mayo de 1862.
Peñaloza y los federales del interior esperaban ansiosamente que Urquiza se pusiera a la cabeza de
un amplio movimiento que restaurara el predominio federal sobre el país y derrocara a Mitre. La paz con las fuer-
zas nacionales les permitía ganar tiempo y recuperar las fuerzas de sus empobrecidos seguidores. El “Chacho”y
Urquiza intercambiaron correspondencia en ese momento, pero el apoyo de Urquiza nunca se hizo efectivo.
En 1863 la montonera del “Chacho” se movilizó una vez más. En carta al presidente Mitre explicaba
las razones de su rebelión: los abusos cometidos por las tropas nacionales contra él y sus gauchos no le dejaban
opción. Luego de haber apoyado una rebelión federal en Córdoba en mayo, fue completamente derrotado en la
2 Para una caracterización del período puede consultarse la introducción de Tulio Halperin Donghi en Proyecto y construcción de una
nación (Argentina 1846-1880), Buenos Aires, Ariel, 1995.
3 Carta de Juan Francisco Orihuela a Ricardo Vera, Jachal, 14 de septiembre de 1862, en Archivo del General Mitre, tomo XI, p. 258.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
108 109
de los Llanos) no era insalvable. Benjamín Villafañe nos recuerda en un pasaje de sus Reminiscencias históricas la
relación llana que el “Chacho” establecía con sus gauchos, pero a la vez la disciplina y el respeto que éste les imponía:
Es en Peñaloza ó Chacho, que he podido sorprender uno de los secretos de aquella extraña popula-
ridad. Este hombre, sobresalía en las cualidades de fuerza y valor; pero he aquí algo mas que lo real-
zaba en el concepto de sus iguales. Una, dos veces lo he visto rodeado de los suyos: tendía su poncho
en la llanura y sentabase en una de sus extremidades con un naipe en la mano y un puñado de monedas
á su frente. Lo he visto llamar á los gauchos que lo rodeaban, y ellos acudir á la carpeta donde figu-
raban primero dos cartas, y en seguida otras dos, sobre las cuales cada concurrente depositaba su
parada. Allí, sin espacio suficiente para asistir cómodamente á la fiesta, muchos de ellos agobiaban
sin piedad sus espaldas. En tales momentos, nada había que lo distinguiese de los otros: jugaba, dis-
putaba, apostrofaba, y sufría cuanta revancha y contradicciones le iban encima á consecuencia de sus
trampas ó no trampas. Fatigado al fin, por lo que Darwin llamara la lucha por la vida, lo he visto ponerse
de pié, la frente severa y altiva y decir á la turba – ¡Ea! Muchachos, cada uno á su puesto. Y entonces
obedecer todos, sin chistar palabra como movidos por un resorte.11
Como ejemplo de esta identificación personal con el líder valga el caso de un gaucho que gritaba en
una pulpería de Caucete, San Juan, en junio de 1862, “Me cago en los salvajes [unitarios], soi hijo de Peñaloza y
por él muero, si hai alguien que me contradiga salga a la calle; por los salvajes ando jodido… y no me he de des-
decir de lo que digo aunque me metan cuatro balas”.12
Esta identificación, que desde Max Weber caracterizamos como una de las manifestaciones del “carisma”,
se complementaba con una ideología que daba sentido al movimiento montonero del “Chacho”. Era ella la defensa
del federalismo frente al gobierno de Buenos Aires, tradición en parte heredada de las experiencias políticas pro-
vinciales de la primera mitad del siglo XIX y en parte reforzada por la violencia de la represión ejercida por los
ejércitos porteños en 1862-1863. Un enviado del gobernador Mitre a las provincias le refería el terror que causaban
las tropas porteñas al avanzar sobre las poblaciones rurales de La Rioja:
Pude convencerme á las muy pocas leguas de la villa de Famatina, del terror que inspiran los soldados
del comandante Arredondo, puesto que la gente del campo confundía á los cuatro gendarmes de la
policía de San Juan que me acompañan con soldados del ejército de Buenos Aires. Se veía a mi llegada
á cada pequeño pueblo, huir los hombres á los cerros… Probablemente se figuraban que mi gente era
vanguardia del terrible comandante Arredondo, verdadera pesadilla de las chusmas de estos lugares.13
Según De la Fuente, el federalismo aparecía ante los gauchos como la opción política que prevenía
que la provincia fuera invadida por las fuerzas porteñas. El corazón de esta adhesión residía en lo que el autor
denomina “identidad federal” anclada en los clivajes sociales de la campaña riojana que hacía del federalismo el
campeón de los pobres rurales contra los más ricos propietarios y comerciantes identificados como “unitarios” o
liberales, de la religión católica contra la impiedad de sus enemigos “masones”, y de los “negros” contra los “blancos”,
variable étnica presente en una sociedad donde la mayoría descendía de indígenas o africanos.14
Que el federalismo constituía la ideología unificadora de estos movimientos queda revelado por la
continuidad de los alzamientos luego del asesinato de Peñaloza. En los años 1866 y 1867 se sucedieron dos oleadas
de alzamientos federales en Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja y Catamarca. La “Rebelión de los colorados”
llegó a tomar el poder brevemente en Mendoza amenazando a las provincias vecinas. El caudillo catamarqueño
Felipe Varela se levantó contra el gobierno nacional al grito de “Federación o Muerte” y “Viva la Unidad Americana”.
Varela luchaba a favor de las autonomías provinciales y en contra de la política exterior del gobierno nacional
que estaba en guerra con el Paraguay, muy impopular en el interior a causa de los reclutamientos forzosos de
11 Benjamín Villafañe, Reminiscencias históricas de un patriota, Tucumán, Banco Comercial del Norte, 1977, pp. 60-61.
12 Citado por Ariel de la Fuente en “El Chacho, caudillo de los llanos”, en Jorge Lafforgue (ed.), Historias de caudillos, Buenos Aires,
Alfaguara, 2000, p. 325.
13 Carta de Régulo Martínez al General Mitre, La Rioja, 14 de enero de 1863, en Archivo del General Mitre, tomo XI, pp. 265-266.
14 Ariel de la Fuente, Children of Facundo, op. cit., caps. 7 y 8.
se sumaron a las movilizaciones lideradas por el “Chacho” provenían en su mayoría de la provincia de La Rioja y
en menor medida de las limítrofes San Juan y Catamarca. De entre los riojanos la composición entre llanistas y de
los departamentos de los valles se daba en igual proporción, destacándose entre los últimos los de Famatina. La
mitad de los que declararon ocupación ante los jueces manifestaron ser “labradores”, una categoría muy amplia
que englobaba a campesinos propietarios de tierras, arrendatarios, agregados, pero no a peones y jornaleros que
junto a artesanos y arrieros constituían un 40% del total de ocupados. De los 66 que declararon sus edades, 46
tenían entre 21 a 40 años, y de los 64 que manifestaron su estado civil, 36 eran casados. Una abrumadora mayoría
no sabía leer ni escribir. Es decir, la tropa chachista reflejaba la estructura social del ámbito donde se reclutaba.8
De la Fuente muestra también un patrón de ordenamiento jerárquico en la organización de las mon-
toneras modelada en las milicias provinciales. La adhesión a la causa del “Chacho” podía ser espontánea, pero
una vez incorporados a sus filas se establecía una jerarquía de mandos basada en la posición que los individuos
tenían en la sociedad o en sus experiencias políticas y militares previas que se esperaba fuese respetada. Esta
jerarquía se evidenciaba en las órdenes escritas dictadas por los oficiales y exigidas por los subalternos en casos
de decomisos de hacienda o mercaderías y de ejecuciones de enemigos políticos, y en los consejos de guerra que
se formaban para sancionar indisciplinas.
Las motivaciones de los movilizados en las montoneras eran varias. En primer lugar las había de
orden material. Los montoneros eran movilizados con promesas de compensación material tanto en dinero como
en la distribución de bienes de acceso restringido como carne, calzado y ropa. Los jefes montoneros eran los encar-
gados del reparto de estos bienes entre sus seguidores; su incumplimiento podía acarrear la deserción de las tropas.
Una carta de Peñaloza al general Paunero solicitando a Mitre una subvención nacional para reparaciones de gue-
rra en La Rioja da cuenta de esa necesidad de distribuir bienes entre las tropas para evitar el desbande:
Se encuentran innumerables familias no solamente privadas de todo recurso con que antes pudieran
contar, sino reducidas también a la más completa orfandad, por haber perecido en la guerra las per-
sonas que pudieran proporcionarles la subsistencia. Todos los días estoy recibiendo en mi casa estos
infelices, y por más que yo desee remediar siquiera sus más vitales necesidades, no puedo hacerlo
después de haber sufrido yo el mismo contraste; mis tropas impagas y desnudas, y sin hallar recurso
para tocar para el remedio de estas necesidades.9
A pesar de estas dificultades el “Chacho” logra levantar nuevamente una montonera en 1863. De la
Fuente ensaya una explicación convincente para este fenómeno centrada en la identificación entre líder y segui-
dores que ya habían observado los partícipes de los sucesos. El mismo “Chacho”, en carta al coronel Marcos Paz,
comisionado de Guerra en Córdoba y futuro vicepresidente, reflexionaba sobre las bases de su popularidad:
¿[P]orque tengo algún prestigio y simpatía entre mis conciudadanos? Esa influencia, ese prestigio lo
tengo porque como soldado e conbatido al lado dellos por espacio de cuarenta y tres años compar-
tiendo con ellos los asares de la guerra los sufrimientos de la campaña las amarguras del destierro y
e sido con ellos mas que Gefe un padre que mendigando el pan del estranjero prefiriendo sus nece-
sidades a las mias propias. Y por fin porque como Argentino y como Riojano e sido siempre el pro-
tector de los desgraciados sacrificando lo ultimo que e tenido para llenar sus necesidades, constitu-
yendome responsable de todo y con mi influencia como Gefe asciendo que el Gobierno Nacional
buelba sus ojos a este pueblo miserable bigtima de las intrigas de sus propios hijos obteniendo hasta
bajo mi responsavilida particular, cantidades que llenen las necesidades de la Provincia. Acies Sor.
como tengo influencia y mal que pese la tendré.10
La influencia y el prestigio del “Chacho” se fundaban en la identificación entre él y sus gauchos basada
en una matriz cultural común y una distancia social que, si bien existente (él era uno de los principales propietarios
8 Ariel de la Fuente, “‘Gauchos’, ‘montoneros’ y ‘montoneras’”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos riopla-
tenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 267-291.
9 La Rioja, 21 de julio de 1862, en Archivo del General Mitre, tomo XI, pp. 186-188.
10 Carta de Peñaloza a Marcos Paz, 29 de marzo de 1862, en Félix Luna, Los caudillos, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971, p. 210.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja
(1862-1863) y Jujuy (1874-1875)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
110 111
vecindad) se sumaban a la manifestación de descontento. Un ejemplo de ellas es el motín que estalló a fines de
1857 contra la Receptoría de la Aduana Nacional en Yavi . Unos treinta campesinos armados con sables y espadas
irrumpieron en el pueblo, rodearon la Receptoría y, luego de romper la puerta a hachazos, penetraron en ella y
la saquearon prolijamente llevándose más de doscientos pesos en plata, cucharas y platos, ropa, sábanas y los
libros y documentos de la Aduana, en los que estaban asentadas las deudas y multas impagas con la misma. Luego
del saqueo los amotinados se retiraron rápidamente del pueblo y se refugiaron en las serranías cercanas. Pocas
horas después fueron sorprendidos ocultos en los cerros por el cura y el juez de paz de Yavi, ante quienes se rindieron.
Al devolver los bienes saqueados, sólo faltaban la casi totalidad del dinero (posiblemente el producto de las multas)
y los libros de la Receptoría. La violencia había durado poco y había afectado exclusivamente a la Aduana.
El motín cuestionaba a la vez los derechos aduaneros y la manera abusiva de su cobro. La Aduana
Nacional era una institución nueva en la zona, establecida en 1853 al nacionalizarse las aduanas provinciales. El
celo del administrador, que se excedió en el cobro de las multas pero no en el procedimiento de recaudación,
reflejaba la reacción de los campesinos a una institución implantada recientemente que dificultaba movimientos
estacionales de mercancías a ambos lados de la frontera internacional y gravaba fuertemente el tránsito de esas
mercancías.
El reclutamiento de la Guardia Nacional (creada en la década de 1850) en los departamentos rurales
era también un factor de conflicto. En ocasiones las autoridades departamentales aprovechaban la reunión de
las mismas para exigirles a los campesinos que abonaran sus impuestos o simplemente para hacerlos trabajar en
obras públicas. En 1873, por ejemplo, 235 campesinos del departamento de Rinconada presentaron un escrito al
gobernador detallando los abusos cometidos el año anterior por Anselmo Estopiñán, comandante local de la
Guardia Nacional y gran propietario. Además de haberlos convocado varias veces al pueblo, con los consiguientes
gastos de traslado desde sus lugares de residencia, una vez allí les había cobrado multas y, en combinación con
el sacerdote, había forzado varios matrimonios por los que los campesinos debían abonar un derecho. En esa ocasión
Estopiñán había dicho que “los haría marchar hasta emparejar la plaza [de Rinconada], ahora me han de conocer
estos indios ojotudos”.16
Desde comienzos de la década de 1870 las tensiones entre campesinos y autoridades provinciales
derivaron en un conflicto más complejo y profundo. Si hasta entonces las protestas campesinas se alzaban contra
los abusos cometidos por parte de funcionarios locales o de instituciones nuevas, a partir de ese momento los
campesinos comenzaron a poner en entredicho la legitimidad de la propiedad de las tierras.
La cuestión de las tierras fue planteada a fines de 1872 por medio de una denuncia presentada por
arrenderos de la finca Cochinoca y Casabindo ante el gobernador de la provincia. En ella sostenían que estas tierras
estaban ilegítimamente en manos de Fernando Campero, quien no contaba con los debidos títulos de propiedad.
El gobierno provincial acogió favorablemente la denuncia y decidió traspasar la propiedad de estas fincas a la
esfera provincial luego de comprobar la endeblez de los títulos de propiedad.
La decisión oficial y el éxito de la demanda campesina impulsaron a los arrenderos de otras fincas de
la puna a denunciar como fiscales las tierras que habitaban, al mismo tiempo que se negaban al pago de los
arriendos a sus propietarios. Durante 1873 la protesta se manifestó con una creciente violencia en toda la puna,
en particular en Yavi, donde los indígenas sitiaron la cabecera del departamento en dos oportunidades. Cabe
recordar que Yavi era a la vez casa de la hacienda, sede de las autoridades locales y de la Aduana, única institu-
ción nacional que existía en esa lejana zona, y que la principal autoridad del departamento cumplía al mismo
tiempo la función de administrador de la finca. El sitio del pueblo por los campesinos significaba un abierto desafío
tanto a las autoridades provinciales como al propietario de la hacienda. El liderazgo de la insurrección campesina
estaba en manos de un arrendero de Yavi, Anastasio Inca, quien recorría toda la puna incitando a la rebelión y
demandando colaboraciones para el mantenimiento de los indígenas movilizados por “el asunto comunidad”.
Durante la primera mitad de 1874 se hizo evidente que las autoridades provinciales no controlaban los
distritos rurales de la puna. Las cabeceras de los departamentos estaban aisladas en un medio rural hostil, recorrido
por bandas armadas de campesinos que se enfrentaban en esporádicas escaramuzas con las escasas patrullas mili-
tares que el gobierno de la provincia enviaba en ayuda de esas poblaciones. En una de esas escaramuzas perdió la
vida Anastacio Inca.
16 Gustavo L. Paz, “Resistencia y rebelión campesina en la puna de Jujuy, 1850-1875”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y
Americana “Dr. Emilio Ravignani”, vol. III, Nº 4, 1991, pp. 63-89.
gauchos para las tropas nacionales que eran enviados semidesnudos y engrillados para el frente. Las montoneras
de Varela fueron desbandadas por las tropas nacionales, y el caudillo y sus seguidores debieron huir hacia el norte
perseguidos por el Ejército. Las autoridades nacionales extendieron su control efectivo en el oeste del país apo-
yadas en la fuerza que les daba el manejo del Ejército.
Jujuy, 1872-1875. Comunidad y rebelión indígena
La recuperación del poder por la elite de familias prominentes de Jujuy en 1852 brindó la estabilidad
política necesaria para consolidar el orden en la campaña provincial luego de un largo período de tensiones sociales
que había comenzado con la movilización campesina durante la Guerra de la Independencia y los conflictos civiles que
la sucedieron.
La restauración del orden en las áreas rurales se basaba en el control de la propiedad de la tierra (la
elite urbana de Jujuy poseía más de la mitad de las tierras de la provincia), la extensión y consolidación del arriendo,
la fijación de la mano de obra mediante la aplicación de la papeleta de conchabo y el monopolio de la provisión
de crédito. Sólo en aquellas zonas de alta densidad de población indígena (la quebrada de Humahuaca y la puna)
la sobrevivencia o el recuerdo de instituciones comunales podían desembocar en un desafío al orden rural resta-
blecido por la elite provincial. Desde la década de 1840 el Estado provincial colaboró a consolidar el orden en la
quebrada de Humahuaca al implementar una política de tierras que favoreció su traspaso y concentración en manos
privadas mediante la abolición legal de las comunidades indígenas, la aplicación de la enfiteusis a las tierras ante-
riormente bajo su control y su posterior venta.15
El orden rural fue alterado a mediados de la década de 1870 por la rebelión del campesinado indí-
gena de la puna. Allí la endeblez de los títulos de propiedad coloniales de algunos de los hacendados y el recuerdo
de un pasado de vida comunal impulsaron a los indígenas a desafiar abiertamente la legitimidad del derecho de
propiedad.
Los distritos de la puna constituían el caso más notorio de concentración de la propiedad de la tierra
en la provincia. A mediados del siglo XIX una decena de grandes propietarios monopolizaban sus tierras, entre
los cuales se destacaba Fernando Campero, heredero del ex marquesado del valle de Tojo. Residente en Bolivia,
Campero era propietario de las fincas Cochinoca y Casabindo, que con 200.000 hectáreas abarcaba la totalidad
del departamento de Cochinoca, y de Yavi que con una extensión de 100.000 hectáreas comprendía la mayor
parte de las tierras del distrito homónimo.
La enorme mayoría de la población de la puna eran arrendatarios (“arrenderos”) que pagaban una renta
a los propietarios, en su mayoría ausentistas. Además de los arriendos, desde 1855 los indígenas pagaban al Estado
provincial un impuesto llamado “contribución mobiliar” de un 5% sobre las crías y las cosechas anuales. El Estado dele-
gaba el cobro de este impuesto en particulares quienes generalmente eran comerciantes o mineros asentados en
las cabeceras de los departamentos que actuaban a la vez como jueces de paz y comisionados municipales.
La recaudación de arriendos y contribución mobiliar, las multas excesivas y los atropellos de las auto-
ridades locales constituían situaciones conflictivas frente a las cuales los indígenas puneños reclamaban la inter-
vención de la autoridad superior. Estos reclamos no se canalizaron por vía judicial sino mediante el despliegue de
una amplia gama de estrategias de resistencia que iban desde la presentación de petitorios a las autoridades hasta
el estallido de motines dirigidos a corregir lo que consideraban abusos.
Con frecuencia los campesinos apelaban mediante petitorios escritos la intervención del gobernador
a quien recurrían reconociéndolo como única instancia para que sus demandas fueran oídas y resarcidas. Los cam-
pesinos aludían a él como “padre de pobres y huérfanos”, “memorable padre de la patria”, “padre de nosotros”
a quien le reconocen su “paternal protección” y “bondad y rectitud” como incuestionables virtudes. Las quejas recaían
invariablemente en las autoridades locales que los campesinos debían soportar día a día, sin cuestionar el sistema
de autoridad. La corrección debía llegar desde la autoridad más alta y aplicarse por vía de una reparación del mal denun-
ciado o por el restablecimiento de prácticas tradicionales de la costumbre.
Pero en ocasiones los campesinos puneños recurrían a protestas más violentas. Su organización era
espontánea y sus participantes eran aquellos directamente afectados o los que por solidaridad (de parentesco, de
15 Gustavo L. Paz, “Las bases agrarias de la dominación de la élite: tenencia de tierras y sociedad en Jujuy a mediados del siglo XIX”, en
Anuario IEHS, Nº 19, Tandil, 2004, pp. 419-442.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja
(1862-1863) y Jujuy (1874-1875)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
112 113
Conclusiones comparativas
La comparación de estas dos situaciones de resistencia popular tan disímiles girará en torno de los
siguientes aspectos: contexto político, organización, liderazgo, motivación e ideología.
Si bien los contextos políticos de ambos levantamientos eran muy diferentes puede encontrarse una
similitud significativa entre ellos. La reacción riojana al avance de Buenos Aires después de Pavón y el levanta-
miento indígena de la puna de Jujuy enmarcado en la rebelión mitrista de 1874 tenían como referentes políticos
a dos fuerzas opositoras al gobierno nacional en franca declinación. Tanto el federalismo urquicista en la década de
1860 como el mitrismo en la de 1870 eran fuerzas en retirada que habían perdido apoyos en las provincias y la
iniciativa política en el ámbito nacional. Entre las numerosas diferencias entre ambos contextos una es fundamental
para comprender la represión más rápida y eficaz de la rebelión de Jujuy con respecto a la de La Rioja. Mientras
que a comienzos de la década de 1860 la expansión de las instituciones nacionales estaba en su fase inicial, a
mediados de la siguiente algunas de esas instituciones contaban ya con una fuerte presencia en las provincias y cola-
boraban activamente en poner término a los conflictos locales y sus potenciales proyecciones nacionales. Entre ellas
se destacaba el Ejército Nacional que se constituyó crecientemente en árbitro de las situaciones políticas provinciales.
Un segundo aspecto lo constituye la organización de los levantamientos. Las montoneras riojanas del
“Chacho” podían enorgullecerse de ser herederas de una tradición miliciana que se remontaba por lo menos a
la década de 1820 y cuyo poderío había dado a Facundo Quiroga el predominio político sobre las provincias del
interior entre 1825 y 1835. La existencia de jerarquías militares en el seno de las milicias chachistas, la circulación
de órdenes escritas, y el mantenimiento de una disciplina de corte militar formaban parte de esa herencia. En
contraposición, los indígenas de Jujuy habían sido movilizados sólo en dos breves períodos: durante las guerras
de la independencia en la década de 1810 y durante la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana (1837-
1839), en esta oportunidad a favor de Bolivia. Desde la finalización de esa guerra los jefes étnicos de la puna
negociaron con el gobierno provincial el pago de un tributo a cambio de la excepción al reclutamiento militar.
Esta situación cambió en 1853 cuando fueron incorporados a la Guardia Nacional de reciente creación, no sin una
recurrente resistencia a esta forma de reclutamiento por parte de los indígenas.
Un tercer aspecto se refiere a las características de los liderazgos rebeldes. Los levantamientos de La
Rioja presentaban liderazgo que podemos considerar carismático basado en una familiaridad cultural y una pro-
ximidad social entre líder y seguidores. Como líder o caudillo, Peñaloza era percibido por sus gauchos como uno
de ellos pero de calidad superior, que concitaba simpatía y admiración pero a la vez respeto y obediencia. Los
montoneros seguían a Peñaloza porque se identificaban con él. En la rebelión de los indígenas de la puna de
Jujuy se sucedieron dos tipos de liderazgo. En los comienzos del alzamiento Anastasio Inca ejerció un liderazgo
de tipo étnico, indígena, que avanzaba las reivindicaciones comunales apelando a la memoria de una vida comu-
nitaria previa. Luego de su muerte se impuso (no está claro si los rebeldes lo buscaron) un liderazgo externo, cir-
cunstancial y más táctico. Laureano Saravia, comerciante criollo sin acceso a la propiedad de la tierra, alineado con
el derrocado mitrismo, eslabonó una alianza con los cabecillas indígenas que los introdujo de lleno en las disputas
políticas provinciales y nacionales. Si bien los rebeldes indígenas no abandonaron sus reivindicaciones originales,
su consecución quedó subordinada a las disputas políticas de las elites.
Sin duda la vinculación simbólica con el líder era un factor importante para explicar las motivaciones
y lealtad de los seguidores, pero su movilización presentaba también aspectos materiales. En La Rioja la compen-
sación material, el pago de una suma de dinero y la provisión de alimentos, y vituallas (ropa, bebida y tabaco)
era esperada por los montoneros. Peñaloza se desesperaba cuando no podía proveer a sus gauchos de dinero y
bienes materiales porque sabía que a pesar de su influencia y prestigio no podría conservarlos movilizados. Buena
parte de su influencia estaba basada en esa capacidad de distribución de bienes materiales. En Jujuy se observa
lo contrario, los líderes étnicos del levantamiento requirieron la colaboración de los indígenas con módicas sumas
de dinero para costear la organización del movimiento campesino. En ningún momento los indígenas movilizados
parecen haber obtenido de sus líderes beneficios materiales, más allá del ocasional y modesto botín producto del
saqueo de edificios públicos.
En ambas rebeliones había motivos que excedían los aspectos simbólicos y materiales que se han
mencionado: en ellas puede reconocerse un mundo de ideas que proporcionaban una causa por la cual pelear.
En este aspecto las diferencias entre ambos movimientos son muy notables. En la rebelión riojana el federalismo
ofrecía al “Chacho” y sus montoneros una ideología de oposición convocante y aglutinante que apelaba a tradi-
ciones provinciales de movilización desde la primera mitad del siglo XIX. El federalismo proveía a los rebeldes un
A mediados de 1874 la rebelión se combinó con la contienda electoral por la sucesión presidencial
que enfrentaba al candidato oficial Nicolás Avellaneda con el opositor Bartolomé Mitre. En julio de ese año la
facción provincial que apoyaba la candidatura de Avellaneda derrocó al gobernador mitrista Teófilo Sánchez de
Bustamante. El nuevo gobernador, José María Álvarez Prado, decretó la restitución de la finca Cochinoca y
Casabindo a Fernando Campero el 3 de julio se 1874, aunque la provincia se reservó el derecho de aclarar su defi-
nitiva propiedad ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación.17
La restitución de las tierras a Campero desencadenó la fulminante expansión de la rebelión campe-
sina por toda la puna. En la noche del 12 al 13 de noviembre de 1874 ocurrió un violento ataque al pueblo de
Yavi: unos trescientos campesinos penetraron en el pueblo, luego de una breve resistencia de la Guardia Nacional
que huyó al verse rebasada. Los indígenas saquearon la casa de la finca y la Aduana, hirieron a su administrador,
a su esposa y a su madre, mataron a su hermano y se retiraron a la madrugada. En un informe al gobernador se
afirmaba que la invasión se había hecho al grito de “¡Viva el General Mitre i D. Teófilo Sánchez de Bustamante!”.
De este modo la conexión del movimiento campesino con la política nacional, y sus correlatos locales era evidente.
Ésta era señalada por el comisionado político del gobernador en la puna quien afirmaba:
Los indios alucinados con las promesas que les hacen los antiguos explotadores de su credulidad é
ignorancia de que ha de producirse el trastorno general el día 13 del corriente [octubre] del que
resultará la Presidencia del Brigadier Mitre, quien les ha de dar la posesión de las tierras denunciadas
como fiscales.18
En la visión oficial, el mitrismo provincial derrocado y sus seguidores locales en la puna explotaban
la credulidad indígena. Señalaban a Laureano Saravia, quien había sido comisario de policía de Santa Catalina y
puntal mitrista en la zona, quien eslabonó una alianza con los líderes del movimiento campesino. Hacia fines de
1874 Saravia conducía la rebelión, dándole al movimiento campesino una cohesión mayor de la que había tenido
hasta ese momento.19
A partir del ataque a Yavi el número de campesinos rebeldes aumentaba día a día. Los partes de las
autoridades reflejaban dramáticamente el fortalecimiento de la rebelión: el 18 de noviembre reportaban que los
rebeldes eran 500; el 21 ascendían a 700 y para el 25 de ese mes llegaban ya a 1.000, de los cuales 200 a 300 estaban
armados con fusiles. Parecía haber un plan en el desarrollo de la rebelión. Saqueado Yavi, los campesinos rebeldes
destruyeron la población de Santa Catalina, se dirigieron luego a Rinconada, que atacaron a fines de noviembre, y de
allí a Cochinoca que tomaron a comienzos de diciembre. A fines de 1874 toda la puna estaba bajo control rebelde.
Desde Buenos Aires le urgían al gobierno de Jujuy que terminara con la rebelión a la que veían como
el último baluarte mitrista del país. El gobernador Álvarez Prado se puso al frente de una fuerza de 300 hombres
de la Guardia Nacional de Jujuy; al aproximarse a Cochinoca fue derrotado por los indígenas. Poco después lle-
garon refuerzos de la Guardia Nacional de Salta movilizada por orden del gobierno nacional. El gobernador
reemprendió la campaña y el 4 de enero de 1875 se enfrentó con los rebeldes en las serranías de Quera. La derrota
de los rebeldes fue completa. Saravia huyó a Bolivia con unos pocos cabecillas indígenas; el resto de los líderes
murieron en combate, fueron fusilados poco después en la plaza mayor de Cochinoca o conducidos prisioneros a
la ciudad de Jujuy y empleados en trabajos forzados. En su informe oficial, el Gobernador reportaba con orgullo
que en Quera había sido aplastada “la última montonera que subsistía en la República”.20
Inmediatamente después de la batalla las autoridades provinciales y los propietarios restablecieron el
orden terrateniente en la puna y evitaron que la protesta campesina se extendiera a otras áreas de la provincia que
permanecieron totalmente tranquilas. La puna fue ocupada militarmente por un destacamento del Regimiento
12 de Línea cuyos uniformes y armas fueron costeados por el mismísimo Fernando Campero. La violencia campe-
sina había sido suprimida y el orden restablecido en la puna de Jujuy.
17 Gustavo L. Paz, “El gobierno de los conspicuos. Familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La
vida política. Armas, votos y voces en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, FCE, pp. 423-442.
18 Archivo Histórico de la Provincia de Jujuy, Yavi, 1-10-1874.
19 Gustavo L. Paz, “Liderazgos étnicos, caudillismo y resistencia campesina en el norte argentino a mediados del siglo XIX”, en Noemí
Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), op. cit., pp. 319-346.
20 Parte detallado del Gobernador en campaña al Exmo. Gobernador Delegado sobre la sublevación de los Departamentos de la Puna,
Jujuy, Imprenta “El Pueblo”, 1875.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja
(1862-1863) y Jujuy (1874-1875)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
114
entramado ideológico centrado en la defensa de la autonomía provincial contra el avasallamiento porteño, del
catolicismo contra los masones y de los pobres contra las familias poderosas en la guerra social por recursos que
libraban desde antaño. A la vez esta ideología trascendía la realidad provincial y los vinculaba a otras luchas (reales
o posibles) y a líderes indiscutidos (Urquiza) con proyección nacional. En la puna de Jujuy los rebeldes indígenas
compartían una ideología basada en el recuerdo de una organización comunitaria, que aspiraba a la recuperación
de tierras ancestrales usurpadas en el pasado por los terratenientes con anuencia (o desidia) del gobierno. La relación
entre esas comunidades y el Estado se basaba en la apelación a un pacto de inspiración colonial que hacía de la
protección de los indígenas y sus tierras comunales un deber. Este pacto, reeditado en la provincia de Jujuy en
1840 se había roto en 1853 cuando una nueva autoridad, esta vez supraprovincial, forzó la instalación de institu-
ciones hasta entonces desconocidas, como las Aduanas y la Guardia Nacional que estorbaban la vida de los indí-
genas. Pero la ideología sustentada por los rebeldes puneños era meramente local y no encontraba eco siquiera
en el campesinado de otras zonas de la provincia. Comparada con el federalismo sustentado por los montoneros
riojanos, la ideología comunitaria indígena no era convocante para otros sectores de la sociedad. Y el declinante
mitrismo sólo les proporcionó una efímera vía para la consecución de sus reivindicaciones comunitarias.
Con sus profundas diferencias, ambos movimientos rurales constituyen dos instancias de resistencia
a los ajustes que experimentaron las sociedades locales del interior argentino desde 1860 cuando la expansión de
las agencias estatales nacionales englobó a poblaciones hasta entonces afectadas primordialmente por las acciones
políticas de las elites provinciales. Desde mediados de la década de 1870 la consolidación del Estado nacional en
el interior puso punto final a las resistencias populares. La era de las montoneras había llegado a su fin.
BIBLIOGRAFÍA
CHÁVEZ, Fermín, Vida del Chacho, Buenos Aires, Theoría, 1974.
DE LA FUENTE, Ariel, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State
Formation Process (La Rioja, 1853-1870), Durham, Duke University Press, 2000.
___________________, “’Gauchos’, ‘montoneros’ y ‘montoneras’”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.),
Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 267-291.
___________________, “El Chacho, caudillo de los llanos”, en Jorge Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argen-
tinos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, pp. 325-342.
HALPERIN DONGHI, Tulio, “Estudio preliminar”, en J. Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argentinos, Buenos
Aires, Alfaguara, 2000, pp. 19-48.
______________________, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Buenos Aires, Ariel,
Biblioteca del Pensamiento Argentino, 1995.
LUNA, Félix, Los caudillos, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971.
MÍGUEZ, Eduardo, “Guerra y orden social. En los orígenes de la nación argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS,
Nº 18, Tandil, Universidad Nacional del Centro, 2003, pp. 17-38.
PAZ, Gustavo L., “Las bases agrarias de la dominación de la élite: tenencia de tierras y sociedad en Jujuy a mediados
del siglo XIX”, en Anuario IEHS, Nº 19, 2004, pp. 419-442.
______________, “El gobierno de los conspicuos. Familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y
Alberto Lettieri (comps.), La vida política. Armas, votos y voces en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, FCE,
2003, pp. 423-442.
______________, “Liderazgos étnicos, caudillismo y resistencia campesina en el norte argentino a mediados del siglo
XIX”, en N. Goldman y R. Salvatore (comps.), Caudillismos rioplatenses, Buenos Aires, Alfaguara, 1998, pp. 319-346.
______________, “Resistencia y rebelión campesina en la puna de Jujuy, 1850-1875”, en Boletín del Instituto de
Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, vol. III, Nº 4, 1991, pp. 63-89.
SARMIENTO, Domingo F. y José Hernández, Proceso al Chacho, Buenos Aires, Caldén, 1968.
VILLAFAÑE, Benajmín, Reminiscencias históricas de un patriota, Tucumán, Banco Comercial del Norte, 1977.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
117
Cuando después de largos años de luchas civiles y de una guerra fluvial con las dos primeras poten-
cias mundiales, comenzó tras la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) el proceso de organización nacional, el
país se hallaba inerme, como en otras etapas de su historia. Los ejércitos y escuadras servían para un fin determi-
nado y eran reducidos o prácticamente desarmados hasta que un nuevo peligro obligaba a comprar apresurada-
mente armas vetustas y buques inapropiados para salir del paso.
Buenos Aires, que injustificadamente suponía en el director provisorio de la Confederación Argentina,
Justo José de Urquiza, el afán de perpetuarse en el poder como el derrocado Juan Manuel de Rosas, se alzó en
armas el 11 de septiembre de 1852, separándose del resto del país.
La segregación implicó la movilización de tropas y naves en ambos bandos. Buenos Aires, mejor pro-
vista económicamente, logró formar unidades de línea y de la Guardia Nacional, para resistir al sitio terrestre
impuesto por las fuerzas de la Confederación. También pudo constituir una pequeña escuadra con el objeto de
enfrentar a los buques confederados. Luego de intensos combates en distintas zonas de la ciudad, el gobierno
porteño, con el objeto de poner fin a aquella desgastante lucha, adoptó un arbitrio tan innoble para el que lo
recibía como para el que lo daba. El oro derramado entre las tropas al mando del general Hilario Lagos, y entre-
gado “de espaldas, como merece una traición” –eufemismo poco eficaz para justificar la acción de quienes con-
currieron a poner en manos del comodoro norteamericano John Halstead Coe, jefe de la marina confederada que
había sido un valiente subordinado de Brown en la guerra contra el Imperio del Brasil, las talegas con “el vil
metal”–, obligó a aceptar la ausencia de Buenos Aires en el Congreso General Constituyente de 1853. Esto dio
lugar a que, meses más tarde, ésta se diera su propia Carta y se convirtiera en una entidad política independiente.
Aceptada la fórmula de status quo, cada parte trató de vivir su propia existencia, hasta que el ahogo
económico de la Confederación la llevó a romper relaciones con el Estado rebelde, justificando su actitud en la
postura asumida por sus dirigentes ante el asesinato del ex gobernador de San Juan, Nazario Benavídez. La
nación, regida por Urquiza desde Paraná, que apenas contaba con el ejército entrerriano financiado por éste de
su propio peculio, logró remontar con gran esfuerzo tropas en las provincias del Litoral y adquirir algunas peque-
ñas naves a las que se colocaron cañones de escaso poder ofensivo. Buenos Aires, que tenía abierta una delicada
De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica”
MIGUEL ÁNGEL DE MARCO
UCA
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL
Y LA MODERNIZACIÓN
2
CAPÍTULO
119118
y con una marina sin capacidad operacional. No es del caso explicar en esta comunicación cómo tan complejo
panorama regional eclosionó en una guerra abierta entre el Brasil y el Uruguay contra el Paraguay, ni las razones por
las que la Argentina ingresó en la Triple Alianza contra este último país, para librar un conflicto de casi cinco años.5
Sí conviene señalar que al producirse la invasión al territorio nacional por fuerzas fluviales y terrestres
del Paraguay, dos de los buques de la escuadra argentina, amarrados en el puerto de Corrientes, no estuvieron
en condiciones de impedir el avance, pues se hallaban en pésimas condiciones, y sus jefes, oficiales y marinería
apenas pudieron resistir con sus fusiles y bayonetas, secundados por algunos militares correntinos, hasta que fueron
tomados prisioneros para morir o sufrir varios años de torturas en las selvas paraguayas, como fue el caso del capitán
de fragata Vicente Constantino.6
Mientras el país reaccionaba paulatinamente, constituyendo un ejército compuesto por fuerzas de
línea y de milicias, la Marina libraba un heroico pero estéril combate contra baterías instaladas en el Paso Cuevas,
luego del avance del ejército de López (12 de agosto de 1865). En la cubierta del Guardia Nacional, al mando de
Luis Py, en el que izaba su insignia Murature, murieron los guardiamarinas José Ferré, hijo del ex gobernador
correntino y paladín del federalismo, y Enrique Py, vástago del comandante de la nave, alcanzados por la metralla
de los adversarios.
A partir de entonces, la Armada sólo realizó tareas de transporte. La Marina del Brasil, que contaba
con acorazados y otros buques de envergadura y dotados de gran poder de fuego, luego de vencer en Riachuelo
a la escuadra del Paraguay comandada por un jefe a quien habían privado de la capacidad de decisión, tuvo siempre
la iniciativa. Dirigida por el almirante Tamandaré, cuyas ineficacia y mala fe causaban la indignación de sus pro-
pios jefes y oficiales, quien demoraba las operaciones para obstaculizar al comando en jefe argentino, se convirtió
en árbitro de los ríos sin que Mitre pudiera contar con un solo buque para contrapesar su pésima conducción.
Recién cuando el presidente argentino dejó el mando y la escuadra imperial contó con otro almirante, los acora-
zados forzaron el paso de Humaitá.
La reciente guerra había demostrado que el país no podía carecer por más tiempo de una eficiente
organización armada. Mantenía problemas limítrofes con dos naciones caracterizadas por sus apetencias territo-
riales, el Brasil y Chile, vivía constantemente amenazado por los malones y jaqueado por cruentas revoluciones en
distintos puntos de su territorio.
El ya presidente Domingo Faustino Sarmiento, que había contemplado poco antes en su condición
de embajador en los Estados Unidos, los avances militares originados en la Guerra Civil norteamericana, buscó
incorporarlos cuanto antes a las Fuerzas Armadas. En sus despachos diplomáticos y en su correspondencia confi-
dencial había descrito el potencial armado de la Unión. Incansable, volcánico, no sólo recorría escuelas y univer-
sidades, sino que participaba en desfiles y revistas navales para adquirir experiencias que le sirvieran en su patria.
Conocía en detalle las características del armamento portátil, de la artillería, y de los nuevos acorazados y moni-
tores empleados en la gigantesca contienda fratricida del país del Norte.7
Con pertinacia e inteligencia, Sarmiento logró su anhelo de fundar el Colegio Militar de la Nación y
la Escuela Naval Militar; es decir, concretó el comienzo de una nueva etapa, signada por la paulatina incorporación
a los puestos de comando de las Fuerzas Armadas de personal más capacitado profesional e intelectualmente. Sin
dejar de lado la experiencia en los campos de batalla ni la eficacia adquirida a través de vidas enteras a bordo de
los buques; sin excluir a los veteranos, que por décadas ocuparon posiciones relevantes y en buena medida se
adecuaron y aun impulsaron la preparación de los mandos castrenses, los nuevos institutos suscitaron una modi-
ficación en los viejos hábitos de intervención en las contiendas electorales, que ponía las espadas al servicio de
compromisos políticos; generaron un mayor respeto hacia la sociedad civil y contribuyeron a la integración de los
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
MIGUEL ÁNGEL DE MARCO - De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica”
vanguardia en la frontera con los indios, volvió a emplear los recursos que le proporcionaba la Aduana, y armó
sus batallones y también su escuadra. En ambos incorporó a extranjeros.1
La marina confederada se hallaba bajo las órdenes de un argentino, el mayor Bartolomé Cordero,
aunque los comandantes y oficiales de las naves eran, en su mayor parte, extranjeros. La armada porteña estaba
comandada por un italiano, el coronel José Murature, que daba las órdenes en una media lengua hispano-xeneize,
quien también había colaborado con Brown durante la Guerra del Brasil. Era amigo de Giuseppe Garibaldi, con
el que se escribía y para el cual reunía fondos entre sus compatriotas de la escuadra.2
Tuvieron lugar varias acciones de guerra fluvial, en las que resultó triunfante la flota confederada. Sin
embarco, una sublevación en el vapor General Pinto provocó la muerte de su comandante Alejandro Murature,
hijo del jefe de la marina porteña. Las naves de la Confederación habían sido compradas de apuro en Montevideo,
por lo que debieron forzar a cañonazos el paso de Martín García, protegido por los porteños, para penetrar en el
Paraná. La campaña terrestre culminó con el triunfo confederado en Cepeda (24 de octubre de 1859), y los buques
porteños sirvieron para transportar a Buenos Aires a los vencidos.3
La victoria no deparó la real incorporación de Buenos Aires, si bien volvió a ser provincia de la
Confederación, al recibir un tratamiento generoso del presidente Urquiza. Luego de intentos de alianza para eli-
minar la influencia del caudillo entrerriano, por parte de su sucesor Derqui, Buenos Aires no cumplió con los com-
promisos derivados del Pacto de Unión Nacional. Hubo que combatir nuevamente por tierra y por agua y, como
en la campaña anterior, se recurrió a la siempre nefasta improvisación. El inexplicable retiro del campo de batalla
de Pavón (17 de septiembre de 1861), por parte del comandante en jefe del Ejército Nacional, dejó el campo libre
a los porteños. La marina confederada, ahora a las órdenes del italiano comandante Luis Cabassa, recorrió desorien-
tada las aguas del Paraná hasta que quedó sin mando ni tripulaciones. La escuadra porteña, tras bombardear con
poco éxito las baterías de Rosario, dada su escasa capacidad ofensiva, volvió a transportar, esta vez en triunfo, a los
batallones bonaerenses.4
Lo dicho hasta ahora permite apreciar la negligencia e improvisación de ambas partes en lo que a la
defensa de los ríos se refiere, y también observar el estado en que se hallaban los buques del coronel Murature
–cinco vaporcitos y cuatro pequeños veleros– cuando pasaron a ser los únicos elementos de la Marina Argentina,
luego de que Bartolomé Mitre fuera ungido primer presidente de la república unificada.
Licenciadas las unidades de la Guardia Nacional de ambos bandos, las tropas de línea porteñas se con-
virtieron en Ejército Nacional. Durante los meses en que Mitre, gobernador de Buenos Aires, actuó en calidad de
encargado del Poder Ejecutivo Nacional, esas fuerzas incursionaron a sangre y fuego en las provincias, y ya
reconstituidas las autoridades nacionales, siguieron combatiendo contra el general Ángel Vicente Peñaloza y con-
teniendo malones indios. Sus vistosos uniformes, adquiridos como rezagos de la Guerra de Crimea, se hallaban muy
deslucidos, y el gobierno tenía tantas dificultades para reponerlos como para responder a los reclamos de Murature,
que contemplaba el cotidiano deterioro de sus naves.
En 1863, la situación en el Plata comenzó a deteriorarse como consecuencia de la invasión al Uruguay
del jefe del Partido Colorado de ese país, general Venancio Flores, quien había mandado una de las divisiones por-
teñas en Pavón, con el fin de derrocar al gobierno entonces a cargo del presidente Bernardo Prudencio Berro, líder
del Partido Blanco. La posterior intervención del Imperio del Brasil en apoyo del primero, la inmediata declaración
del presidente del Paraguay, general Francisco Solano López, de que tal situación ponía en peligro el equilibrio
en la región, y su consecuente apoyo a los blancos desatarían la guerra.
La Argentina se hallaba poco menos que inerme, con un ejército mal equipado y peor armado, com-
puesto de unos 6.000 hombres diseminados por distintos puntos del país, especialmente en las fronteras interiores,
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Teodoro Caillet-Bois, Historia Naval Argentina, 1944, pp. 469-460; Miguel Ángel De Marco, “Organización, operaciones y vida militar”,
en Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo 5, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia-Planeta, 2000, pp. 237-251.
2 Enrique Zaracóndegui, Coronel de Marina José Murature, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Marina. Departamento de Estudios
Históricos Navales, 1961, p. 45; Miguel Ángel De Marco, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, en Affari
Sociali Internazionali, Nº 2, Milán, 1987, pp. 2-12; Horacio Rodríguez y Pablo E. Arguindeguy, Nómina de oficiales navales argentinos,
Buenos Aires, Instituto Nacional Browniano, 1998, passim.
3 Isidoro J. Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas. La política y la guerra, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 2006, pp. 653-745;
Miguel Ángel De Marco, “Organización...”, op. cit., p 249.
4 Miguel Ángel De Marco, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, op. cit., pp. 107-109.
5 Miguel Ángel De Marco, La Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Planeta, 1995, pp. 15-39; Francisco Doratioto, Maldita guerra. Nueva
historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2004, pp. 21-90.
6 Vicente Constantino, Vida y servicios militares del guerrero del Paraguay capitán de fragata don Vicente Constantino, Buenos Aires,
Tailhade y Rosselli, Buenos Aires, 1906, passim; Mi prisión en la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Centro de Estudios para la Nueva
Mayoría, 1994, passim; Luis G. Cabral, Anales de la Marina de Guerra de la República Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Juan A. Alsina,
1904, pp. 1-31; Fermín Eletta, “Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay”, en Historia Marítima Argentina, tomo VII, Buenos Aires,
Departamento de Estudios Históricos Navales, 1989, pp. 383-439; Guillermo Valotta, “La cooperación de las fuerzas navales con las
terrestres durante la guerra del Paraguay”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo XXVIIII, Buenos Aires, Ministerio de Marina, 1915,
pp. 271-290.
7 Augusto Rodríguez, Sarmiento militar, Buenos Aires, Peuser, 1950, p. 345.
121120
orden, se limitaron a las visitas de cortesía. Poco después, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, el intento
de embarcar en un buque de la Marina Británica los caudales del Banco de Londres implicó la enérgica manifes-
tación del ministro de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen, quien sostuvo: “Los capitales […] no estarán
más seguros a bordo de un navío de guerra inglés que en cualquier lugar del territorio argentino bajo la guarda de
las autoridades nacionales”, para afirmar seguidamente: “Las sociedades anónimas no tienen patria”.11
Aparte de la adquisición de los buques de la denominada “escuadra de hierro” de Sarmiento, se
adoptaron otras medidas para garantizar la soberanía en las aguas, en un contexto de conflictos limítrofes con los
países vecinos: el artillado de la isla Martín García, la creación del Arsenal de Zárate con el fin de atender a las nece-
sidades de los nuevos buques, la iniciación de tareas hidrográficas, la colocación de faros flotantes en el Río de la
Plata, etcétera.
Le correspondería al joven y visionario general Julio Argentino Roca, como ministro de Guerra y Marina
de Avellaneda, y enseguida en calidad de presidente de la República, ampliar esa perspectiva. El estadista sostenía
que había que mirar al mar y que la Armada debía realizar estudios hidrográficos, canalizaciones, balizamientos,
iluminación de las costas, vigilancia sanitaria y policial, protección de los intereses nacionales fuera de las fronteras
y conservación del orden y la comunicación con los puntos excéntricos del territorio, pues se trataba de asuntos
de importancia vital y permanente para todo país que tuviera señalado un rango entre las naciones modernas.12
Concluida casi totalmente la lucha en la frontera interior y sofocada la rebelión de Buenos Aires en
junio de 1880, el presidente Roca decidió fijar nuevas pautas orgánicas para el Ejército y la Armada. Disponía la
creación de los Estados Mayores permanentes, la sanción de reglamentos que fijaban con claridad las características
de los uniformes para romper con las tendencias anárquicas de algunos jefes de unidades al respecto, la consti-
tución de nuevos agrupamientos al uso de casi todos los países modernos; el establecimiento de normas sobre
ascensos militares que reemplazaban en ambas fuerzas las ordenanzas españolas de fines del siglo XVIII –aún
vigentes– y la creación de diversos organismos administrativos, de formación y de perfeccionamiento.
La concepción de una Armada que se ocupase de la defensa y protección del mar continental había
ganado terreno, y si Sarmiento y otros políticos se empeñaban en sostener que el escenario de su actividad eran
los ríos, resultaban muchos más los que creían que su presencia debía extenderse hasta el Cabo de Hornos. Si la
Marina de Guerra constituía una fuerza oceánica según la concepción actual, que se refiere a la disponibilidad de
medios para ocupar grandes espacios, estaba en condiciones de responder, con sus acorazados y otras naves
modernas, a los requerimientos estratégicos del país en la parte del Atlántico que baña sus costas, no sólo en lo
atinente a la seguridad nacional sino a la preservación de las ingentes riquezas que décadas más tarde definiría
el almirante Storni como intereses marítimos argentinos.
BIBLIOGRAFÍA
BURZIO, Humberto F., Historia de la Escuela Naval Militar, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos
Navales, 1972.
CAILLET-BOIS, Teodoro, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944.
CABRAL, Luis G., Anales de la Marina de Guerra de la República Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Juan A.
Alsina, 1904.
CONSTANTINO, Vicente, Vida y servicios militares del guerrero del Paraguay capitán de fragata don Vicente
Constantino, Buenos Aires, Tailhade y Rosselli, 1906.
___________________, Mi prisión en la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Centro de Estudios para la Nueva
Mayoría, 1994.
hijos de extranjeros a las respectivas fuerzas. En pocos años quedó atrás la posibilidad de incorporar oficiales
voluntarios de otras nacionalidades –como había ocurrido por décadas–, y aun de “distinguidos” que, formados en
la dura disciplina de los regimientos, sin más conocimientos que las manidas Tácticas al estilo de la de Perea, habían
podido alcanzar hasta entonces las más elevadas jerarquías castrenses.
A la creación del Colegio Militar de la Nación, el 30 de junio de 1870,8 siguió la fundación de la Escuela
Naval Militar, el 2 de octubre de 1872. Sancionada la ley que dio vida a este instituto, su primer director fue el
mayor de Marina Clodomiro Urtubey, que había sido enviado años atrás a España para estudiar en el célebre
Colegio Naval de San Fernando, en Cádiz. Con el fin de que los cadetes conocieran desde los comienzos la vida a
bordo, se decidió que los cursos se dictaran en el vapor General Brown, que fue el primer buque escuela de la
Armada Argentina. Como ocurrió con el Ejército, los egresados de la Escuela, cuya cuidada formación facultativa
los distinguía de los viejos y meritorios oficiales prácticos, procuraron diferenciarse de éstos, aunque por bastante
tiempo los comandos superiores del arma estuvieron en manos de los que habían recibido sus despachos en mérito
a los años de servicio y a la pericia demostrada en sucesivas campañas. El viejo General Brown, pese al peligro
que entrañaba la navegación en el mar argentino, fue enviado con los cadetes de la primera promoción, para que
aprendiesen su oficio en medio de los vientos, las tempestades y la dura vida de a bordo.
Luego de una breve clausura, la Escuela continuaría funcionando embarcada en los buques de guerra
y sedes en tierra, con nuevos directores y planes de estudio que fueron adaptados al sostenido progreso de la tec-
nología naval, del que no tardaría en beneficiarse la Armada Argentina. Los alumnos participaron en 1876 en la
expedición comandada por el comodoro Luis Py, con el fin de reafirmar los derechos argentinos sobre la Patagonia,
y tres años más tarde intervinieron en la Campaña al Desierto que encabezó el ministro de Guerra y Marina, general
Julio Argentino Roca. Paralelamente, el personal subalterno recibió instrucción en la llamada Escuela de Marineros
que tuvo por cambiante centro otros buques de la Armada. Así fue hasta que en 1880 quedó establecida en los talleres
de Marina de Tigre la Escuela de Aprendices Mecánicos que años más tarde se transformó en lo que el gracejo naval
denominó “la universidad de lata”, por el material con que estaban construidos los primitivos galpones y por la
variedad de especialidades que se brindaba a los aspirantes de la Armada.9
Pero ese quehacer de formación de recursos humanos no hubiera sido suficiente con medios inade-
cuados como los que existían cuando Sarmiento ocupó la presidencia. Del mismo modo como equipó al Ejército,
dedicó ingentes esfuerzos económicos para la época a la adquisición de una nueva escuadra. A pesar de las dos
rebeliones jordanistas y del persistente problema de las fronteras interiores –acerca del cual pugnaban entre los
gobernantes y los militares dos tendencias contrapuestas la integración de los aborígenes o la guerra sin conce-
siones–, la decisión de modernizar la Marina de Guerra se mantuvo en forma inexorable. En la concepción de
Sarmiento y de la mayoría de los hombres públicos de la época, los nuevos buques debían garantizar la seguridad
del estuario del Río de la Plata y los cursos de agua interiores. Al fin y al cabo, todas las guerras libradas hasta
entonces –si se exceptúan las campañas de corso durante la Guerra de la Independencia y el conflicto bélico con
el Brasil– habían tenido lugar en el Mar Dulce de Solís, en el Paraná y en el Uruguay. Por otro lado, en la práctica,
el territorio en el que el Estado ejercía su dominio se circunscribía hacia el sur a las poblaciones ubicadas dentro
de una línea que no había avanzado mucho desde la colonia. Muy pocos miraban hacia la Patagonia y contemplaban
las riquezas que encerraba el mar Argentino.
Los astilleros ingleses recibieron en 1872 la orden de compra de dos monitores, Plata y Andes. El Brasil
adquirió de inmediato, para equilibrar fuerzas, dos unidades similares, el Javary y el Solimoes. Además la Argentina
encargó dos cañoneras, Paraná y Uruguay, cuatro bombarderas, Pilcomayo, Bermejo, Constitución y República, y
una flotilla de pequeñas torpederas, denominadas con números arábigos. Pese a ser buques de empleo fluvial,
soportaron muy bien la violencia del mar Argentino para tocar las costas de Santa Cruz, en la operación que ya fuera
mencionada.10
La compra de dichas naves implicó el fin de la compulsiva presencia de las estaciones navales extran-
jeras para apoyar con sus cañones la acción de sus diplomáticos. Las naves de las potencias de primer y segundo
8 Isaías J. García Enciso, Historia del Colegio Militar de la Nación, Buenos Aires, Círculo Militar, 1970, passim.
9 Humberto F. Burzio, Historia de la Escuela Naval Militar, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1972, passim;
Miguel Ángel De Marco, “Organización...”, op. cit., pp. 259-255.
10 Teodoro Caillet-Bois, op. cit., pp. 483-496.
11 Miguel Ángel De Marco, La historia contemplada desde el río. Presencia naval española. 1776-1900, Buenos Aires, Educa-Librería
Histórica, 2007, p. 396.
12 Guillermo Oyarzábal, Los marinos de la Generación del 80, Buenos Aires, Emecé, 2005.
CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN
MIGUEL ÁNGEL DE MARCO - De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica”
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
122
DE MARCO, Miguel Ángel, Notas sobre la política santafesina (de Cepeda a Pavón), Rosario, Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales, UCA, 1982.
______________________, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, en Affari Sociali
Internazionali, Nº 2, Milán, 1987.
______________________, La Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Planeta, 1995.
______________________, “Organización, operaciones y vida militar”, en Nueva Historia de la Nación Argentina,
tomo 5, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia-Planeta, 2000.
______________________, “Fuentes hemerográficas y documentales sobre la presencia de figuras del Risorgimento
en la República Argentina y de ex combatientes garibaldinos en sus fuerzas armadas”, en Il Risorgimento Italiano
in America Latina, Génova, Casa America-Affinittà elettive, 2006.
______________________, La historia contemplada desde el río. Presencia naval española. 1776-1900, Buenos Aires,
Educa-Librería Histórica, 2007.
DORATIOTO, Francisco, Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2004.
ELETTA, Fermín, “Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay”, en Historia Marítima Argentina, tomo VII, Buenos
Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1989.
GARCÍA ENCISO, Isaías J., Historia del Colegio Militar de la Nación, Buenos Aires, Círculo Militar, 1970.
OYARZÁBAL, Guillermo, Los marinos de la Generación del 80, Buenos Aires, Emecé, 2005.
RODRÍGUEZ, Augusto, Sarmiento militar, Buenos Aires, Peuser, 1950.
RODRÍGUEZ, Horacio y Pablo Arguindeguy, Nómina de oficiales navales argentinos, Buenos Aires, Instituto Nacional
Browniano, 1998.
RUIZ MORENO, Isidoro J., Campañas militares argentinas. La política y la guerra, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 2006.
VALOTTA, Guillermo, “La cooperación de las fuerzas navales con las terrestres durante la guerra del Paraguay”,
en Revista de Publicaciones Navales, tomo XXVIII, Buenos Aires, Ministerio de Marina,1915.
ZARACÓNDEGUI, Enrique, Coronel de Marina José Murature, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Marina.
Departamento de Estudios Históricos Navales, 1961.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
125Desde la década de 1820, la creciente demanda de productos pecuarios por parte del mercado mundial incenti-
vó un mayor interés del gobierno bonaerense por la expansión territorial hacia el sur para incorporar tierras fér-
tiles que permitieran incrementar la exportación de productos pecuarios. A partir de entonces, la política de fron-
teras cobró mayor importancia para los gobiernos provinciales. Pero como los espacios sobre los que planteaba
la expansión estaban habitados por grupos nativos, cualquier definición sobre la política fronteriza llevaba implí-
cita la elaboración de una política indígena en el sentido de qué camino debía tomarse con respecto a aquellos
grupos a los que se les iba a usurpar la tierra. Siguiendo a Enrique Mases
la situación de las fronteras [así] como […] la problemática de la sociedad indígena misma [corres-
ponden a] cuestiones que en realidad son sólo aspectos diferentes de un mismo problema.1
Pero si ésta fue una de las preocupaciones centrales de los gobiernos provinciales y luego del gobier-
no nacional, desde épocas anteriores a la definitiva conquista de la Pampa y la Patagonia, lo que se discutió
durante todo este período fueron los medios mediante los cuales llegar a ese objetivo; se plantearon entonces
dos vías diferentes: el avance a través de negociaciones con los grupos indígenas que iban a ser incorporados al
territorio conquistado o mediante avances militares que llevaran al sometimiento de la población originaria.
El objetivo de este trabajo es presentar cómo se diseñaron estas dos estrategias de avance territorial
centrando la atención en las decisiones tomadas desde el gobierno de Buenos Aires hasta 1862 y desde el gobier-
no nacional a partir de ese momento, dividiendo el análisis en tres momentos diferentes: el gobierno de Rosas
entre 1829 y 1852, el período de separación entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina de
1852 a 1862 y la etapa de unificación nacional que culmina con las expediciones militares de Roca.
1 Enrique Mases, Estado y cuestión indígena. El destino final de los indios sometidos en el sur del territorio (1878-1910), Buenos Aires,
Prometeo/Entrepasados, 2002, p. 16.
La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia
de Rosas a Roca (1829-1878)
SILVIA RATTO
UNQ / CONICET
Ripamonte, Carlos. Tormenta en la pampa, 1933. Óleo, 113 x 94 cm.
1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL
Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
3
CAPÍTULO
127126
general –con 20 soldados–, los vecinos milicianos representaban un 21,7% con 94 personas y los indios amigos
componían el 73,7% de las fuerzas defensivas, con 320 lanceros.3
En lo que respecta a la política de fronteras, durante el período rosista, no hubo avances territoriales
considerables pero se llevó a cabo una expedición militar entre marzo de 1833 y enero de 1834, convocada y orga-
nizada de manera conjunta por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y San Luis que tuvo el objetivo
de consolidar el espacio que se había incorporado al territorio provincial luego de las fundaciones de 1828 y, en
palabras de Rosas “decidir qué indios son amigos y cuáles no”. La expedición contó con tres divisiones: una a cargo
del brigadier José Félix Aldao, gobernador de Mendoza, que partió hacia el sur buscando la confluencia de los
ríos Limay y Neuquén; la del centro, bajo las órdenes del general Ruiz Huidobro, que salió de la provincia de San
Luis y debía recorrer el espacio de norte a sur hasta el río Colorado. Estas dos divisiones debían atacar a los indios
ranqueles, con quienes nunca se había podido establecer la paz. La división sur, por último, dirigida por el mismo
Rosas, se dirigió principalmente sobre los grupos que seguían hostilizando la frontera bonaerense.
La correspondencia de Rosas con distintas autoridades militares y civiles de la expedición y de la pro-
vincia es extensísima y evidencia la meticulosidad y detalle que habitualmente se señala como característica de
su estilo de gobierno. Las instrucciones del comandante de la división expedicionaria cubrían una amplia gama
de situaciones referidas al curso de la guerra, en donde no estaba de más señalar, por ejemplo, qué debía hacerse
con los prisioneros indígenas. En una carta verdaderamente aterradora, Rosas le indicaba al coronel Pedro Ramos
la forma de proceder con los prisioneros indígenas tomados en las incursiones:
Cuando tome prisioneros indios, una vez que les haya tomado declaración puede, al dejar el punto,
mantener una pequeña guardia para que cuando no haya nadie en el campo los fusile. Digo esto así
porque después de prisioneros y rendidos da lástima matar hombres y los indios que van con Ud. que
lo vean aunque quizás les gustaría esto porque así son sus costumbres pero no es lo mejor... Si los
indios preguntan por ellos debe decírseles que intentaron escapar y fueron ultimados. Por esto
mismo no conviene que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos, con dos o cuatro
hay bastantes y si más se agarran esos allí en caliente nomás se matan a la vista de todo el que esté
presente pues que entonces en caliente nada hay de extraño y es lo que corresponde. Cuando así
hablo es de indios grandes y no muchachos chicos que no es fácil escapen y que estos y las familias
son las que deben hacerse prisioneras.4
Del éxito de la campaña al sur dependía, para el Gobernador, la consolidación del sistema de relaciones
pacíficas que ya se había iniciado sobre la base de la trilogía de caciques amigos –Catriel, Cachul y Venancio–,
asentados en la frontera sur; más al sur, la amistad con caciques tehuelches cercanos al fuerte de Carmen de
Patagones incentivaría el activo comercio que siempre los había unido al fuerte; los boroganos, asentados en
Salinas Grandes, actuarían como barrera de contención ante posibles ataques de grupos trascordilleranos. Para
que el modelo funcionara a la perfección, sólo faltaba organizar algunas piezas sueltas: los ranqueles y los indios
que constantemente arribaban del otro lado de la cordillera. El objetivo final de Rosas era que, logradas estas
paces, los indios se asentaran de manera permanente en un sitio y se dedicaran a sembrar la tierra.
Este esquema contemplaba la idea de incorporar al indígena a la sociedad criolla mediante su partici-
pación en la economía provincial (a través del comercio y de la práctica agrícola) pero no de manera forzada sino apo-
yada en la misma dinámica de la relación. La convivencia con la población criolla tendería, según Rosas, a fomentar
en los indios amigos prácticas económicas que finalmente llevarían a su integración a la sociedad provincial.
3 Los datos se encuentran en Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de `lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados
de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, 2003.
4 Juan Manuel de Rosas a Pedro Ramos, 2 septiembre de 1833, Archivo General de la Nación [AGN], Sala X, Legajo 27.5.7.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878)
Primer período: el gobierno rosista (1829-1852)
En 1829 Rosas fue elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires. En su primer mandato, que
se extendió de 1829 hasta 1832, se dedicó a estabilizar y perfeccionar la política indígena desarrollada desde
1826. Sobre la base de los acuerdos iniciados años antes, se creó un sistema de relaciones pacíficas con algunos
grupos indígenas que se llamó precisamente el “Negocio Pacífico de Indios”, que fue cambiando de contenido y
extendiendo su alcance a una diversidad de grupos indígenas durante el extenso gobierno de Rosas, que llegó a
su fin en 1852. En términos generales, esta política consistía en el establecimiento de pactos de amistad con algunos
grupos nativos que se comprometían a no atacar los establecimientos fronterizos y a avisar de posibles invasiones
de otras agrupaciones, y recibían por tal tarea una serie de obsequios que consistían en cantidades de ganados
y artículos de consumo acordes con la población que integraba el grupo. Definida de esta manera, esta política
retomaba algunos rasgos desarrollados desde el período colonial; sin embargo, el negocio pacífico de Rosas tenía
tres novedades con respecto a prácticas anteriores, que derivaron en un relativo éxito en estabilizar la paz fron-
teriza que sería reconocida luego de la caída del Gobernador aun por sus más acérrimos enemigos.
La primera novedad era que los grupos indígenas que pactaron su alianza con el gobierno, abando-
naron su asentamiento en territorio indígena y pasaron a vivir dentro de la provincia de Buenos Aires, en las cer-
canías de algún fuerte fronterizo. De esa manera, podían ser controlados de manera más eficaz por las fuerzas
militares. Pero la asignación de un lugar de asentamiento en la provincia no implicó de ningún modo un prece-
dente para la entrega permanente de tierras en propiedad a estos grupos ya que, a medida que avanzaba la línea
fronteriza, eran trasladados a otros espacios con el objetivo de que no quedaran nunca a retaguardia de los nuevos
establecimientos rurales.
Esta instalación en un espacio territorialmente delimitado implicó para los grupos nativos la pérdida
o, al menos, la limitación de su patrón de subsistencia móvil, es decir, la práctica de trasladarse constantemente
en busca de pastos y aguada para el pastoreo de ganado y para realizar expediciones de caza y recolección. Para
compensar esta disminución en las actividades de obtención de recursos y reconstituir la economía de los grupos
indígenas, se les hacía entrega de raciones en ganado y bienes de consumo. Si bien la práctica de entrega de
raciones no era novedosa, constituía la segunda novedad del sistema ya que a partir de 1830 el negocio pacífico
contó con una partida presupuestaria propia denominada “Negocio Pacífico de Indios dentro del Departamento
de Gobierno”, lo que garantizó la disponibilidad de recursos para hacer frente a esos gastos.
Como contrapartida de estos bienes entregados por el gobierno, los llamados “indios amigos” debieron
cumplir una serie de tareas que excedieron las vagas declaraciones de amistad que habían precedido a las rela-
ciones pacíficas de otras épocas y que constituyen la tercera innovación de esta política. Estos indios debieron
cumplir diversas tareas como las de mensajeros, mano de obra en hornos de ladrillos pertenecientes al Estado y
en establecimientos rurales de particulares. Pero la tarea más importante –que con el tiempo se convirtió en la
fundamental–, fue la conformación de milicias indígenas auxiliares para la defensa de la frontera.
En efecto, el gobierno provincial organizó la defensa de la región sur de la provincia bonaerense
echando mano a los tres cuerpos militares de que disponía: el ejército regular, los cuerpos de milicias2 y los indios
amigos. La utilización de vecinos-milicianos para el servicio de la frontera se remonta a tiempos coloniales y en
todos los casos el motivo era el mismo: la incapacidad de los gobiernos centrales de hacerse cargo de la defensa
fronteriza. Con estas fuerzas disponibles, a mediados de la década de 1830, la frontera bonaerense se hallaba
defendida por las siguientes fuerzas: en el norte, el Fuerte Federación –actual localidad de Junín– contaba con
49 soldados de línea, 290 milicianos y 412 lanceros indígenas; y 25 de Mayo tenía 54 soldados regulares, 130 veci-
nos-milicianos y 29 lanceros. Como puede verse, el peso de las milicias indígenas no era desdeñable pero en el
sector sur de la provincia su contribución a la defensa era mucho más evidente. En Tapalqué y Azul servían sólo
22 soldados regulares, 390 milicianos y 899 indígenas que representaban un 68,6% de las fuerzas totales. Una
situación similar se daba en el fuerte Independencia, donde el ejército regular era sólo un 4,6% de la guarnición
2 Sobre las características y formas de organización de las milicias provinciales a partir de la década de 1820, véanse los trabajos de
Oreste Carlos Cansanello, fundamentalmente “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses entre el Antiguo
Régimen y la Modernidad”, en Boletín Ravignani, Nº 11, 1995, y “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos
de Historia Regional, Nº 19, Universidad Nacional de Luján, 1998.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
129128
poner en práctica la utilización de los indígenas como soldados para la defensa de la frontera. Por tal motivo, los
gastos insumidos por los grupos nativos, aliados al gobierno provincial, se hallaban registrados en la tradicional par-
tida del “Negocio Pacífico” y en una nueva que se denominó “Indios a sueldos”. Para el año 1857 se encontraban
piquetes de indios militarizados incorporados a cuerpos del Ejército en las guarniciones de Junín, Fuerte Argentino
y 25 de Mayo y otros formaban parte del Regimiento de Blandengues y del Regimiento 11 de Guardias Nacionales
que prestaba servicios en la frontera sur.7
Tercer período: la organización nacional hasta las campañas de Roca (1862-1878)
El triunfo porteño en Pavón definió la unión de Buenos Aires al resto de la Confederación y el inicio
del proceso de consolidación política y territorial del Estado argentino. Desde bien temprano se hizo evidente la
prioridad que tendrían, a partir de entonces, las fronteras con los indígenas. Al asumir la presidencia, Mitre dejó
sentada la necesidad de encarar un proyecto más global y definitivo en relación a lo que se consideraba la ame-
naza indígena sobre los establecimientos productivos de la campaña. En una carta escrita en 1863, el teniente
coronel a cargo de las Comisiones de Indios, Juan Cornell, recomendaba al Ministro de Guerra la continuación de
la política de tratados solicitados por los caciques, no por acordar con esta línea diplomática, sino porque de esa
manera “se gana entreteniendo la paz mientras se va conquistando la tierra”.8
Ambas propuestas fueron puestas en práctica por el gobierno. En el transcurso de unos pocos años,
se firmaron más de veinte tratados con distintos caciques, cifra que contrastaba fuertemente con el período anterior.
Pero en los puntos acordados se hacía evidente el cambio en la relación de fuerzas con un deterioro de la posición
indígena y mayores exigencias por parte del Estado nacional. Este cambio se expresó además en acciones concretas
como la creación de diez nuevos distritos rurales sobre territorio indígena durante el año 1865 y en la promulgación,
dos años después, de la ley 215 que establecía la ocupación por fuerzas del Ejército Nacional del territorio que se
extendía hasta el río Negro, fijando en el curso de ese río el nuevo límite fronterizo con los grupos indígenas.9
En la discusión suscitada en la Cámara de Senadores a propósito de esta ley se plantearon distintas
posiciones sobre la política a seguir con respecto a los indígenas.10 El proyecto original redactado por la comisión
militar proponía en su artículo segundo la entrega de tierras a los grupos indígenas a los que se consideraba ocu-
pantes originarios de las mismas; esta concesión fue presentada por los miembros informantes de la comisión
como una forma de alentar a algunos grupos nativos para que acompañasen al Ejército Nacional en la empresa
de conquista. Pero el artículo fue criticado por algunos senadores que, como Navarro, consideraban que “ese
reconocimiento estaría en contradicción con el objeto mismo de la ley [ya que] vamos a tomar una medida de
nación que está en guerra con otra nación para librarnos de sus acechanzas y de sus incursiones”. De igual manera,
el senador Rojo consideraba “imprudente reconocer en los indígenas un derecho cualquiera respecto al territorio
[ya que] si se les reconoce derecho sobre las tierras, ¿con qué facultad ni razón vamos a despojarlos de ellas?”.
Esta última posición fue la que se impuso ya que la ley promulgada no preveía la entrega de tierras
y, acentuando la posición más militarista, estipulaba que “de las tribus que se resistan al sometimiento pacífico
de la autoridad nacional, se organizará contra ellas una expedición general hasta someterlas y arrojarlas al sur
de los ríos Negro y Neuquén”.
Esta ley no pudo llevarse a cabo de manera inmediata por el estallido de otros frentes de conflicto
que desviaron los recursos del Estado: la guerra con el Paraguay (1865-1870) y el conflicto con las montoneras del
interior (1863 y 1876). Por tal motivo, la alternancia entre expediciones militares enviadas a territorios indígenas
acotadas a algunos sectores fronterizos y la práctica de entrega de raciones, sólo a determinados grupos conside-
rados estratégicamente aliados, se mantuvo por un tiempo. En este contexto, en el ámbito nacional, desde 1866,
se volvió a establecer una partida presupuestaria para el llamado “gasto de indios” dentro de las erogaciones rea-
lizadas por el Ministerio de Guerra, repartición de la cual dependía ese rubro.
7 Ibid., 1857, AGN, Sala III.
8 Ingrid de Jong, “Acuerdos y desacuerdos: las políticas indígenas en la incorporación a la frontera bonaerense (1856-1866)”, en
Sociedades en Movimiento. Los pueblos indígenas de América Latina en el siglo XIX, editado por Raúl Mandrini, Antonio Escobar
Ohmstede y Sara Ortelli, en Anuario IEHS, Suplemento 1, Tandil, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires,
2007, pp. 47-62.
9 Abelardo Levaggi, Paz en la frontera: historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina (siglo XVI-XIX),
Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 2000.
10 Cámara de Senadores, sesión del 4 de julio de 1867, pp. 142-143.
Segundo período: la confrontación entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires (1852-1862)
En febrero de 1852, la batalla de Caseros puso fin al gobierno de Rosas, pero eso no implicó un acuerdo
entre las provincias para avanzar en un proyecto de organización nacional sino que, por el contrario, abrió paso
a un período de confrontación entre la Confederación Argentina liderada por Urquiza y la provincia de Buenos
Aires, cuya máxima expresión fue la revolución del 11 de septiembre, que llevó a la separación de la última del
resto de la Confederación. Poco después, el 1º de diciembre, un movimiento de base rural dirigido por el coronel
Hilario Lagos, desafió a las nuevas autoridades porteñas por su proyecto separatista. El movimiento mantuvo
sitiada la ciudad de Buenos Aires por espacio de seis meses y su finalización significó el fracaso urquicista por
imponerse a la ciudad portuaria y un período de casi diez años de autonomía.
Luego de Caseros, y al menos durante el año 1852, el gobierno de Buenos Aires decidió continuar
con la política indígena rosista sustentada en el abastecimiento de los indios amigos, destinando para tal fin un
gasto similar al que se había estado invirtiendo en el período anterior. Sin embargo, esta situación no se mantuvo
en los años siguientes. Por un lado, el conflicto con la Confederación produjo una división en las fuerzas militares-
milicianas e indígenas entre sectores que apoyaban a los porteños y los que se unieron a los sitiadores, restando
efectivos y disminuyendo los gastos de la política indígena.5 Pero resuelto el conflicto y decidida la separación de
los dos poderes, comenzaron a hacerse oír en la provincia de Buenos Aires, nuevos proyectos defendidos por el
entonces legislador Bartolomé Mitre, quien planteaba una política fronteriza más agresiva desplazando a la
población indígena y reemplazándola por la de colonos. En mayo de 1853, se había creado el nuevo Fuerte
Esperanza –en la actual Alvear– y a comienzos del año siguiente se autorizó el traslado del pueblo de Tapalqué
ocho leguas al sudeste de su ubicación original, lo que implicaba el avance sobre grupos indígenas que se hallaban
asentados en el lugar desde hacía más de dos décadas. Paralelamente se resolvió la suspensión en la entrega de
raciones a algunas tribus.
Las nuevas condiciones de la relación generaron la reacción de los indígenas afectados por las medidas,
quienes, unidos a otros grupos, protagonizaron una serie de ataques sobre los establecimientos rurales del sur
de la provincia. La reacción del gobierno fue una movilización de fuerzas hacia la región afectada para responder
a los malones con expediciones punitivas sobre los grupos atacantes. Estas ofensivas del ejército provincial fueron
rechazadas en todos los casos por los indígenas y los mismos comandantes militares reconocieron que la clave del
fracaso era su falta de experiencia en enfrentamientos con guerrillas indígenas.
Al no poder detener un nuevo avance indígena sobre Azul, Emilio Mitre, destinado al departamento
sur de campaña, reconocía en una carta a su hermano Bartolomé, ministro de Guerra de la provincia, que “los indios
se me han ido sin darles siquiera un pescozón aun con riesgo de que ellos me lo hubieran dado a mi”; agregaba que
su primera idea había sido seguirlos hasta las tolderías pero consideró que
con nuestros caballos trasegados quedaríamos postrados sin combatir y hubiéramos tenido que hacer
una retirada que hubiera sido un gran triunfo para los indios; estas consideraciones me hicieron
mucha fuerza y abandoné mi primera inspiración que hubiera sido tal vez la acertada, aunque me
iba a encontrar con 4.000 indios y la verdad creo que tuve un poco de miedo.
Luego de los ataques sufridos y de las derrotas experimentadas a mediados de la década de 1850, el
gobierno porteño asumió la necesidad de restablecer una política pacífica con los indígenas. Los caciques plantearon
una exigencia nueva: el reconocimiento de la propiedad de las tierras que ocupaban desde hacía décadas. Así, en
1856, se produjo la primera concesión de tierras en propiedad a los indios de Azul mediante la creación de “Villa
Fidelidad”, extensión de tierra que fue comprada a la corporación municipal y dividida en 100 solares de 50 varas
de frente por 50 de fondo, los cuales se organizaron alrededor de una plaza central. En los años siguientes, se entregaron
tierras en propiedad a los caciques Ancalao en Bahía Blanca, a Raylef y Melinao en Bragado, a Coliqueo en 9 de Julio, a
Rondeau en 25 de Mayo y a Raninqueo en Bolívar.
La vuelta al racionamiento volvió a formar parte de la política indígena porteña y los presupuestos
del aún llamado “Negocio Pacífico” recuperaron los montos tradicionales.6 El restablecimiento de las paces volvió a
5 En 1852 se gastaron en raciones y obsequios la suma de 419.661 pesos y al año siguiente el monto apenas alcanzó los 27.666 pesos,
en Libros Mayores de la Provincia de Buenos Aires, AGN, Sala III.
6 En 1856 se gastaron 445.106 pesos y en el año siguiente 476.939, en Libros Mayores de la Provincia de Buenos Aires, AGN, Sala III.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
131130
Entre 1870 y 1873 –período que media entre el fin de la Guerra del Paraguay y la segunda guerra jor-
danista–, los cuerpos de línea estuvieron momentáneamente disponibles para servir en la frontera. Nos pregun-
tamos si en ese momento se pudo llevar a cabo la idea de desvincular a las Guardias Nacionales de esa tarea y,
además, cómo repercutió en el uso de lanceros indígenas. El cuadro que sigue indica el tipo de fuerzas utilizadas
en tres años diferentes en cada comandancia de frontera. Elegimos el año 1869 por ser un momento en el que
el gobierno nacional aún mantenía cuerpos del ejército de línea en el Paraguay; el año 1871 corresponde a un
momento intermedio donde podrían haberse comenzado a verificar algunos cambios y el año 1873 –año de la
guerra en Entre Ríos– donde volverían a restarse fuerzas de ejército de línea.
Mientras que desde el gobierno se pensaba a los grupos de indios amigos como fuerzas militares
auxiliares, desde otro sector de la sociedad se plantearon medidas tendientes a integrar a los indígenas a la sociedad
provincial. En agosto de 1870, una comisión de vecinos fue enviada a los indios de Azul y Tapalqué para regula-
rizar los tratos. Esta comisión se había enviado “teniendo noticias los indios del Azul y de Tapalqué, que juzgaban
que en los planes de arreglo definitivo de fronteras serían tratados como enemigos y que esta creencia podría
dar lugar a que se aliasen a los demás indios del sur”. El gobernador de Buenos Aires avalaba el envío de la misma
con el argumento de que, aunque se avanzaran las fronteras hasta el río Negro, “los indios del Azul y de Tapalqué
quedarán siempre dentro de esa línea y recibiendo las raciones y regalos que se les hacen y que el gobierno de la
provincia procurará ayudar en el mismo sentido al de la nación para darles tierras, haciendas y hacerles poblaciones,
dotarlos de escuelas a fin de que tengan cómo subsistir por sí mismos y puedan mejorar su condición y la de sus hijos”.
Los montos de esas erogaciones, desde que se restablecieron hasta las campañas dirigidas por el
ministro de Guerra Julio A. Roca, sufrieron fluctuaciones. Entre los años 1866 y 1875 se situaron en un 5% de los
gastos ministeriales y experimentaron un brusco descenso en los últimos años de la década, al ubicarse en el
3,2%. Estos “gastos de indios” comprendían, al igual que en el período rosista, las raciones que mensualmente se
entregaban a los grupos con los que se mantenía un trato pacífico, el pago de sueldos militares a determinados
piquetes de indígenas. Pero desde el año 1872 presentaban como innovación un monto destinado tanto para
aquellos grupos que decidieran someterse al gobierno nacional como para los gastos ocasionados por la creación
de reducciones indígenas a cargo de misioneros. Y de hecho, en la Memoria de Guerra y Marina, Martín de Gainza
informaba en el año 1874 que en el norte de Santa Fe se habían establecido tres reducciones que se hallaban bajo
la “dirección de padres misioneros que se dedican a la agricultura y construyen sus habitaciones en el sitio que se
les asignó y contribuyen a la defensa de la frontera”.11
La inclusión de piquetes indígenas dentro de las fuerzas que defendían la frontera llevó a constantes
discusiones en el recinto parlamentario en torno a cuáles eran las fuerzas más eficaces para hacerse cargo de esa
tarea: ¿ejército de línea?, ¿Guardias Nacionales?12 o ¿milicias indígenas?
Con respecto al segundo tipo de fuerza, era una constante en los informes de los comandantes de
frontera al Ministro de Guerra, la indisciplina que caracterizaba a los cuerpos milicianos, el escaso interés que demos-
traban por defender “el suelo que habitan”, planteando la necesidad de reemplazarlos en cuanto fuera posible
por soldados de línea. En el año 1870, el propio Ministro esperaba que en el transcurso del año, con la finaliza-
ción de la Guerra del Paraguay, se pudieran licenciar a las Guardias Nacionales que durante ese período habían
estado a cargo de la seguridad de las fronteras y, de esa manera reemplazarlas por tropas de línea, “para terminar
con los gastos y quejas de los gobiernos provinciales”.13
Es probable que el problema insalvable de la tan mentada indisciplina miliciana y la necesidad de
destinar a los cuerpos de línea a otras zonas de conflicto, intentaran ser revertidos mediante la utilización más
sistemática de cuerpos de lanceros indios a tal punto que en el año 1871, el ministro de Guerra Martín de Gainza y
el comandante de la frontera sur, Ignacio Rivas, hayan pensado en reemplazar a las Guardias Nacionales, al menos
en la provincia de Buenos Aires, por milicias indígenas. Si bien esto no llegó a suceder, lo cierto es que en algunos
sectores fronterizos la defensa parecía haberse centrado en ellas.
En Santa Fe, los indios que habitaban las reducciones de San Pedro y del Sauce se habían convertido
en lanceros esenciales para la defensa de la frontera desde hacía varios años antes. En 1864, cuando se discutió
en el Senado el rubro “Gastos de indios” del presupuesto correspondiente al Ministerio de Guerra, el ministro
Gelly y Obes, que participó en la sesión, introdujo un pedido de modificación que no había contado con el voto
favorable en Diputados. El Ministro explicaba que los indios de San Pedro, al norte de Santa Fe, así como los del
Escuadrón de Lanceros del Sauce, debían ser considerados “propiamente tropas de línea al servicio de la frontera
que se ha establecido como 90 leguas más afuera de la línea que existía anteriormente”. Teniendo en cuenta,
entonces, el importante papel que cumplían, el Ministro consideraba que no había ninguna razón para que no
fueran pagados a la par de los de Azul y Bahía Blanca –lo que señala claramente la menor importancia dada a la
frontera norte–, puesto que hacen tanto o mayor servicio por lo que propone aumentar los sueldos: sargentos de
2,50 a 5; cabos de 2 a 4,70, soldados de 1,50 a 3,75 pesos.
El senador Del Barco apoyaba la propuesta del Ministro agregando que conocía los servicios prestados
por esos indios, que eran “iguales o más fuertes del que prestan los soldados de línea. Estos indios están regi-
mentados como soldados de línea y los ocupan en aquellos servicios que son más fuertes, que exigen más forta-
leza en los hombres para desempeñarlos; son indios que sirven en cualquier cuerpo de línea y que es imposible
que puedan traicionar porque están tan comprometidos como los cristianos”. De hecho, a inicios de la década de
1870, comenzó a incrementarse la cantidad de soldados indígenas que sirvieron en la frontera y a extenderse su
utilización en diferentes espacios.
11 Martín de Gainza, Memoria de Guerra y Marina, 1876, p. LXII.
12 El 8 de marzo de 1852, el gobierno de Buenos Aires decidió la disolución de las viejas milicias y la constitución, en su lugar, de la
Guardia Nacional que, en lo relativo a su enrolamiento y excepciones, siguieron rigiéndose por la Ley de Milicias del año 1823. Dos
años después, el 28 de abril de 1854, la Confederación Argentina creó sus propias Guardias Nacionales.
13 Martín de Gainza, op. cit., 1870
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
132
En un claro afán integrativo de los indígenas, los integrantes de la comisión, entre otras cosas, pro-
ponían crear tres escuelas en Azul, Tapalqué y Olavarría, y “admitir a las mismas escuelas una tercera parte de
niños cristianos pobres que mezclados con los niños indios harían mas fácil la enseñanza y cambio de costumbres
de éstos” y agregaban la necesidad de entregar tierras en propiedad para consolidar su asentamiento en la región.
Pero estas voces que planteaban una cierta integración indígena ya sea mediante su conversión en
Guardias Nacionales o en pobladores rurales con acceso definitivo a una parcela de tierra, se desvanecieron en
los últimos años de la década de 1870, cuando el fin de los conflictos internos del Estado liberó fuerzas militares
y recursos económicos que permitieron al gobierno nacional pensar en la realización de la ley 215. Inmediatamente
se llevaron a cabo algunas medidas que mostraban el claro interés del gobierno por colocar el tema de las fron-
teras con los indígenas como un asunto prioritario.
El final de esta historia de complejas y cambiantes relaciones entre blancos e indígenas es, tal vez,
mucho más conocido que el relato anterior. Entre 1878 y 1879, se llevaron a cabo una serie de campañas militares
sobre el territorio indígena que culminaron con la expedición hasta el río Negro dirigida por el ministro de
Guerra, el general Julio A. Roca. El resultado de las mismas, según consta en la Memoria del Departamento de
Guerra y Marina de 1879, fue de 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos en combate,
10.539 indios no combatientes prisioneros y 1.049 indios reducidos voluntariamente. Los indios prisioneros y los
reducidos voluntariamente comenzaron a transitar caminos diversos cuyos destinos podían ser los ingenios y
obrajes del norte argentino, el servicio doméstico en la ciudad de Buenos Aires o las reservas de la región pata-
gónica. Cualquiera de estos destinos mostraba que los indígenas habían perdido su autonomía y que se integraban
de manera claramente subordinada al naciente Estado nacional como ciudadanos de segunda clase.
BIBLIOGRAFÍA
CANSANELLO, Oreste Carlos, “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses entre el Antiguo
Régimen y la Modernidad”, en Boletín Ravignani, Nº 11, 1995.
_____________________________, “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia
Regional, Nº 19, Universidad Nacional de Luján, 1998.
DE GAINZA, Martín, Memoria de Guerra y Marina, 1876.
JONG, Ingrid, “Acuerdos y desacuerdos: las políticas indígenas en la incorporación a la frontera bonaerense
(1856-1866)”, en Sociedades en Movimiento. Los pueblos indígenas de América Latina en el siglo XIX, editado
por Raúl Mandrini, Antonio Escobar Ohmstede y Sara Ortelli, en Anuario IEHS, Suplemento 1, Tandil, Universidad
Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2007.
LEVAGGI, Abelardo, Paz en la frontera: historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas
en la Argentina (siglo XVI-XIX), Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 2000.
RATTO, Silvia, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados
de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, 2003.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
135
A partir de la década de 1890 comenzaron a producirse una serie de cambios importantes dentro del
Ejército. Estos cambios cristalizaron en medidas tomadas durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca
(1898-1904), entre ellas la más conocida –pero de ninguna manera la única– fue la instauración del servicio militar
obligatorio (SMO). A su vez, los cambios en la institución militar son contemporáneos de otras tantas leyes refor-
mistas que, en su conjunto, intentaron modificar algunos de los rasgos de la sociedad y de la política argentinas.
Hacia el año 1900, la idea de que el país necesitaba reformar sus hábitos, leyes e instituciones se convirtió en una
especie de sentido común compartido, aunque una vez aceptado este punto se difería enormemente acerca del
rumbo que debían seguir esas reformas. La más conocida de todas las leyes reformistas, es la ley electoral de 1912,
conocida por el nombre del presidente Roque Sáenz Peña.
Este trabajo tiene como objetivo dar cuenta de la relación entre el Ejército y la política luego de que
las reformas modificaran sustancialmente la naturaleza de esta institución, pero también las de la propia política.
Se sostendrá que para comprender la relación entre Ejército y política es necesario prestar atención al fuerte proceso
de conversión de la fuerza en una sólida burocracia estatal y profesional, y a su relación con las modalidades que
adquiere la vida política luego de la aprobación de la Ley Sáenz Peña y la posterior victoria de la UCR en 1916.
El Ejército que surge del proceso reformista contrasta fuertemente con los dos modelos anteriores, el de las milicias
o Guardias Nacionales y el del ejército de línea tal como habían aparecido a lo largo de la segunda mitad del siglo
XIX. A su vez, sostendremos que este modelo militar comienza a modificarse lenta pero sustancialmente a partir
de la segunda mitad de la década del veinte y mucho más profundamente durante los años treinta. Esta vez, ya
no será tanto un proceso de reforma interna el motor de estos cambios, sino más bien el impacto en la fuerza de
la crisis ideológica de entreguerras y, sobre todo, el renovado rol de la Iglesia católica dentro de la institución.
Entre 1880 y 1955 el Ejército tuvo muchos jefes, pero sólo tres caudillos, es decir tres jefes cuyo lugar
como tales no dependía exclusivamente de su posición institucional en la fuerza. Ellos fueron Julio A. Roca,
Agustín P. Justo y Juan D. Perón; los tres fueron, además, presidentes de la Nación. Ciertamente el Ejército tuvo
otros nombres influyentes, como Pablo Ricchieri, José F. Uriburu, Enrique Mosconi, Luis Dellepiane o Pedro Pablo
Ramírez, pero ninguno de ellos puede ser comparado con los tres personajes mencionados. En buena medida, el
proceso militar y político que nos hemos propuesto analizar coincide con la existencia biográfica de uno de ellos,
Agustín Justo. Justo no sólo ocupó cargos de enorme importancia en la fuerza, como el de Director del Colegio
Militar (1915-1922) y el de Ministro de Guerra (1922 y 1928), sino que en 1932 se convirtió en Presidente de la
Nación. A diferencia de Roca y Perón, Justo fue presidente por un único período, pero cuando murió, en enero
de 1943, ya estaban en marcha los trabajos electorales destinados a convertirlo en candidato.
El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización
y nuevo estilo político
LUCIANO DE PRIVITELLIO
UBA / CONICET
1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL
Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
3
CAPÍTULO
137136
En cambio, los conflictos corporativos que en otras zonas de América Latina tuvieron enorme importancia a la hora
de definir la existencia de un Estado nacional –como por ejemplo la Iglesia, los pueblos indígenas, los cabildos–
nunca tuvieron aquí una relevancia comparable. De esta manera, el enfrentamiento entre dos modelos de ejer-
cicio de la violencia legítima, el ejército de línea al mando del Estado central y las milicias provinciales, fue en el
caso argentino el principal problema a resolver durante el período denominado de “organización nacional”.
En 1880 este conflicto comenzó a definirse. La derrota infligida por las tropas regulares de Roca a las
milicias porteñas en Barracas y Puente Alsina dieron al modelo roquista de ejército de línea una preeminencia
que en adelante acompañará el proceso de centralización estatal que en otros rubros también encaró el roquismo.
Pero es preciso no exagerar el significado del ochenta en la historia del Estado argentino. Si bien en nuestra his-
toriografía aparece como el momento casi mágico de la consolidación del Estado, esto es cierto sólo en parte: si
por un lado es verdad que en adelante la autoridad nacional ya no sería contestada en nombre de las autonomías
provinciales, también lo es que el Estado moderno no puede definirse exclusivamente por la ausencia de rivales
a su altura. Si se observa otras dimensiones de lo que llamamos Estado, por ejemplo, la disposición de un amplio
conjunto de oficinas y agencias y de una burocracia profesional capaces de administrar los múltiples problemas
de un país, en 1880 prácticamente todo estaba por hacer.
Lo mismo sucedía con el Ejército. Pese a que el Colegio Militar había sido fundado recientemente por
Sarmiento, esto no quiere decir que el ejército de línea fuera un ejército profesional. La actividad de las armas se
vive todavía como una extensión de la vida política y, por eso, no es casualidad ver todavía a abogados y hasta
hombres de letras al frente de tropas. Ciertamente, Roca no era Bartolomé Mitre –en tanto para Roca la actividad
militar había sido durante años su actividad central, cosa que no había sido así en el caso de Mitre– pero Roca
tampoco era un militar profesional de carrera como lo sería, por ejemplo, Perón.
Durante los años ochenta, y a pesar de creer en la importancia de un ejército profesional, Roca no
realizó demasiados esfuerzos en ese sentido: por un lado, le preocupaban otras dimensiones de la construcción
del poder estatal que le parecían más acuciantes y, por otro, no hay que descartar que en tanto sabía cómo con-
trolar esa máquina bélica tal como era, no consideraba prudente aplicar demasiados cambios sobre ella.
En 1880 el oficial de este ejército de línea no es aún un profesional, las jerarquías no son rígidas, los
ascensos no están sometidos a una norma común: la actividad militar es en muchos sentidos una expresión más
de una vida política signada por un agudo faccionalismo. Ni siquiera se trata de una carrera prestigiosa en sí
misma: cuando el pequeño Agustín Justo comunicó a su padre4 que ingresaría al Colegio Militar, éste le negó su
permiso, y cuando su hijo logró ingresar de todas maneras en contra de sus deseos, dejó de hablarle por largo
tiempo. Justo padre imaginaba para su hijo un futuro como abogado y político lo cual, a tono con la época, no
descartaba para nada el uso eventual de las armas o las insignias de oficial. Pero una carrera militar iniciada en
el Colegio no era aún una opción socialmente apetecible.
Sin embargo, las cosas estaban empezando a cambiar. En 1890, en ocasión de la Revolución del
Parque, el cadete Justo de apenas catorce años participó en el bando revolucionario de la única acción armada
que vivirá en toda su vida: el futuro caudillo y hombre fuerte de la fuerza, abanderado de lo que en los años
veinte del siglo XX se llamará la línea “profesionalista”, experimentó la única y breve batalla de toda su vida en
el seno de la lucha facciosa entre los grupos y partidos políticos. En adelante, su carrera atravesaría por otras ins-
tancias más acordes a una burocracia profesional: pero son oficiales como él, con una gran formación pero sin
mayor experiencia de combate, los que marcarán el rumbo de la fuerza luego de las reformas del novecientos.
En los años ochenta, aunque muy lentamente, el Ejército ya está comenzando el diseño de un nuevo
modelo que se consagrará a comienzos de siglo y que puede caracterizarse por una triple condición: por un lado,
una rígida pero eficaz organización jerárquica y burocrática, por otro, una sólida base técnica, por último, una
misión civilizatoria dentro de la sociedad que trascendía el rol de una organización destinada exclusivamente a
las tareas militares de defensa.
Uno de los primeros rubros en los que comenzó a delinearse el nuevo modelo que sumaba destrezas
técnicas y misión nacional fue el relevamiento y confección de la cartografía del Estado nación. En efecto, fue el
Ejército, como rama del Estado, la agencia encargada de definir el perfil cartográfico de la Nación Argentina. De esta
4 El padre del futuro presidente era un político destacado de las filas mitristas. Llegó a ser gobernador de Corrientes; combatió primero
como parte del Ejército Nacional contra López Jordán y luego como parte de la milicia correntina. Más tarde participó de las tropas
porteñas que enfrentaron a Roca. Al respecto véase Rosendo Fraga, El general Justo, Buenos Aires, Emecé, 1993; y Luciano de
Privitellio, Agustín P. Justo, las armas en la política, Buenos Aires, FCE, 1997.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político
Para dar cuenta de la relación de la institución con la política durante el siglo XX es necesario revisar
algunas perspectivas de análisis que pueden dar lugar a miradas demasiado sesgadas y esquemáticas. En primer
lugar la propia historia institucional de la fuerza, en segunda instancia, la subsumisión de la intervención de la
fuerza en la política en la serie de golpes de Estado iniciados en 1930, por último, la visión que convierte a la fuerza en
un actor homogéneo, coherente y a la vez aislado del resto de la sociedad.
En el primer caso, el riesgo es el de toda historia que se sustenta sobre un mito de orígenes y que, al
convertir a un actor en una especie de sustancia siempre igual a sí misma, ignora o quita importancia a los cambios,
por más profundos que éstos sean. Es posible que actualmente el Ejército considere que su origen se ubica en
1810, sin embargo esto es cierto a condición de que se acepte que dicha continuidad no supone sino el recono-
cimiento de un antecedente en extremo remoto y no, en cambio, elementos o características comunes. El Ejército
de las guerras revolucionarias no se parece absolutamente en nada al que analizaremos aquí y tampoco arrastra
ninguna continuidad institucional, aun cuando el último quiera reconocerse en el primero. Este reconocimiento
implica un proceso de construcción de identidad, por otra parte absolutamente legítimo en términos institucionales
–las instituciones construyen su historia identitaria de esta manera– pero del que no deben extraerse mayores con-
secuencias analíticas.
El segundo problema es todavía más importante. Con la instauración del régimen constitucional en
1983, se construyeron y popularizaron una serie de imágenes del pasado de la Argentina destinadas en buena
manera a fundar una tradición democrática y republicana en un país que, sin embargo, carecía notoriamente de
ellas. En buena medida, las llamadas teorías de los “demonios” –sean ellos uno o dos– apuntan hacia ese objetivo:
si las catástrofes y las tragedias recientes y antiguas se debían a estos demonios, esto era así porque en la sociedad
–ajena a dichos demonios– anidaba en cambio una natural tendencia hacia la democracia. No se trata de contrastar
esta visión con un análisis detallado del pasado que pretende explicar: es evidente que no resistiría la menor aten-
ción crítica. Pero también es notorio que esta imagen resultó ser de capital importancia para dar al frágil proceso
de institucionalización constitucional y democrática iniciado en 1983 algún pilar sobre el cual sustentarse. De esta
forma, los llamados “golpes de Estado” fueron colocados en una serie explicativa más o menos homogénea que
se extendería desde 1930 hasta 1976 y que reconocería actores y circunstancias más o menos equivalentes (vg:
militares, oligarquías, etc.). Este período pasó a ser considerado como una “era” a la que, a la vez que se da por
concluida, se le otorga una serie de rasgos comunes cuyo resultado es ocultar las diferencias, a veces enormes, que
hay entre cada uno de estos sucesos.1
El tercer problema es en muchos sentidos consecuencia de los dos primeros. Al asumirse el esfuerzo
a la vez político y analítico por concebir el rol de la fuerza en la política, se puede terminar creyendo que se trata
de un actor homogéneo, coherente y, sobre todo, apartado del resto de la sociedad argentina.
La intención de este trabajo es, en cambio, devolverle al período 1900-1930 su condición de presente,
analizando estos cambios en su contexto histórico específico y sin pensar en las tensiones que vivirá la fuerza en
la segunda mitad del siglo, las que, por otra parte, y como argumentaremos aquí, se vinculan menos con los cambios
que se producen en el paso de un siglo a otro que con otros procesos que se producen al finalizar el período que
hemos seleccionado.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el paulatino surgimiento y consolidación del Estado nacional
provocó una serie de fuertes conflictos que tuvieron por eje el uso y monopolio de la Fuerza Armada.2 Las acciones
militares que enfrentaron al Ejército Nacional con las milicias provinciales fueron un elemento más, sin dudas el
más importante, de lo que por entonces era un problema fundamental: la relación entre las provincias y el Estado
central, problema que la aprobación de la Constitución en 1853 no había resuelto. El conflicto por el uso mono-
pólico de la Fuerza Armada adquirió desde un principio el sentido que había caracterizado toda la problemática
política que sucedió al colapso del Imperio español en la zona rioplatense y que tuvo su eje en la disputa entre
entidades territoriales con base inicial en las ciudades transformadas pronto en provincias al incorporar la campaña.3
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Ésta es la hipótesis que desarrolla, por ejemplo, la película La República Perdida que tuvo un gran éxito durante la campaña electoral
de 1983, pero es también la que defendió el gobierno de Raúl Alfonsín en su política hacia los sucesos de los años setenta.
2 Sobre esta cuestión véase Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. De la misma
autora: “El pueblo uno e indivisible. Prácticas políticas del liberalismo porteño”, en Lilia Ana Bertoni y Luciano de Privitellio (comps.),
Conflictos en democracia, la vida política argentina entre dos siglos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009.
3 Al respecto véase José Carlos Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados. Orígenes de la Nación Argentina (1810-1846), Buenos Aires,
Ariel, 1997
139138
nueva misión destinada menos a incrementar su poderío bélico (aunque esto también formó parte de los objetivos)
que a garantizar la implantación de una conciencia nacional entre la población: el servicio militar obligatorio.
Cuando Roca asumió por segunda vez el gobierno en 1898, lo hizo con una fuerte autocrítica del
optimismo que había caracterizado su primer mandato. Junto con el temor por una elite política levantisca y fac-
ciosa que no duda en tomar las armas y hacer revoluciones –la revolución siguió siendo siempre objeto de su
odio–, agregó el temor por una sociedad en la que parecen incubarse varios elementos negativos. Entre ellos, uno
se trataba de la tendencia al conflicto social; otro, de la presencia de una multitud de inmigrantes que no asumían
la identidad argentina como propia. De allí que el SMO, si bien también se vinculó con la posibilidad de un
enfrentamiento con Chile, tuvo un fuerte perfil civilizador: debía convertir a los conscriptos a la vez en ciudadanos
pacíficos y en argentinos patriotas. Esta tarea no era exclusiva del Ejército –también la escuela, por ejemplo, debía
realizarla–, pero la fuerza acuñó rápidamente el carácter misional de su nuevo rol y se sintió como un eslabón
crucial en la construcción de la conciencia nacional y ciudadana. El SMO formó parte de toda una batería de refor-
mas planteadas por el segundo roquismo (reforma electoral de 1902, que fue aprobada aunque luego anulada
en 1905; código de trabajo, que nunca fue aprobado): vista en esta perspectiva, es más fácil advertir hasta donde
el SMO tuvo objetivos de largo plazo a la vez civilizatorios y nacionalizantes, mucho más que los objetivos mili-
tares inmediatos y coyunturales.
Hacia el primer Centenario, entonces, se ha consolidado un nuevo modelo militar que no es ni el de
la milicia ni el del viejo ejército de línea de los años de 1880. Este modelo se basa en la presencia de un grupo de
oficiales profesionales y fuertemente disciplinados, salidos todos de una única institución formadora y sometida
a una única carera de ascenso cuyas etapas estarían pautadas por instituciones de formación superior (como la
Escuela Superior de Guerra). A su vez, estas instancias estarían controladas por la propia oficialidad superior de
la fuerza, con lo cual los ascensos quedarían sometidos a criterios institucionales y profesionales delineados por
el Estado Mayor. En este sentido, la creación de la Escuela de Suboficiales en 1908 consagró la distinción entre los
cuerpos de oficiales y suboficiales y eliminó los ascensos entre uno y otro, ascensos que en cambio eran muy
comunes anteriormente. De esta forma, los ascensos quedarían fuera de las lógicas anteriores, basadas más bien
en criterios políticos o en los desempeños en los campos de batalla los cuales, por otra parte, ya no formarían
parte de la experiencia directa de los militares argentinos.
Cuando en 1912 el presidente Sáenz Peña le otorgó al Ejército un rol de importancia en los procesos
electorales (uso del padrón militar, control de las votaciones y de las urnas), según la ley de reforma electoral que
lleva su nombre, eso sucedió porque consideraba que el proceso de construcción del nuevo modelo militar ya se
encontraba muy avanzado. Dado que ahora eran el profesionalismo y los saberes técnicos –dentro de una carrera
burocrática donde las escalas estaban perfectamente determinadas más allá de cualquier arbitrariedad política–
lo que caracterizaba a la fuerza, no había riesgos al comprometerla en los procesos electorales. El Ejército era
considerado como una institución ajena a los avatares de la política y, por eso, garantía de la imparcialidad que
buscaba el presidente reformador.
Dos analistas de la relación entre el Ejército y la política (Rouquié y Forte),8 han insistido sobre este
punto y han encontrado aquí una explicación de una parte de lo sucedido durante el siglo XX. Según ambos autores,
la intención de todas las reformas consistía en aislar a los oficiales para mantenerlos ajenos a la vida civil y polí-
tica. De ello desprenden que los oficiales acentuaron una tendencia hacia el aislamiento (incluso en su vida coti-
diana), lo cual habría derivado bien pronto en la formación de una corporación aislada del resto de la sociedad.
Y, a partir de este argumento, explican la conformación de un “partido militar”, una fuerza pretoriana guardiana
de los valores de la nacionalidad que irrumpirá contra gobiernos civiles a través de sendos golpes de Estado. Sin
embargo, esta visión de una fuerza aislada del mundo social no resiste el análisis, como tampoco su asociación
con una modalidad pretoriana y mesiánica de intervención en la política siempre igual a sí misma. El problema
consiste en pensar el período que va de 1900 hasta los años treinta como un antecedente de un período por venir,
y no dentro de su propia lógica de época, y también en creer que la fuerza actúa más o menos de la misma forma
desde septiembre de 1930 hasta marzo de 1976.
8 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1978, 2 tomos; Riccardo Forte, “Génesis del
nacionalismo militar. Participación política y orientación ideológica de las fuerzas armadas argentinas al comienzo del siglo XX”, en
Signos Históricos, año 1, vol. 1, Nº 2, México, Universidad Autónoma Metropolitana, diciembre de 1999.
forma, la fuerza pasó a ocupar un lugar central en lo que se convertiría en uno de los componentes básicos de la
identidad territorial, a saber, la identificación de la nación con un contorno y unos contenidos de orden cartográ-
ficos.5 Obviamente, existía una justificación específicamente militar para esa empresa militar, pero esta mirada
más estratégica siempre estuvo acompañada por la idea de que cartografiar el país era una condición para el des-
arrollo de una conciencia territorial de orden nacional. Paradójicamente, esto sucedía mientras en muchos otros
países del mundo occidental se estaba dejando de percibir a la cartografía en un sentido puramente estratégico
militar, y el trabajo del cartógrafo comenzaba a asociarse con instituciones científicas específicas compuestas por
geógrafos, ingenieros y cartógrafos. En el caso argentino, ante la ausencia de tal universo disciplinar, el Estado
recurrió a la única e incipiente burocracia técnica preparada para esta empresa: la IV sección del Estado Mayor
que se convertirá en el Instituto Geográfico Militar (IGM) a comienzos de siglo XX y que en los años cuarenta –a
partir de la llamada Ley de la Carta– y hasta prácticamente nuestros días tendrá el monopolio y control de toda
la cartografía producida e impresa en el país. De esta manera el Ejército comenzó a desempeñar tareas que en
otros países se vinculaban con ámbitos civiles, simplemente porque era el único organismo en condiciones de des-
arrollarla. Pero, a su vez, esta presencia dejará su impronta hasta nuestros días, cuando no es difícil observar la
dimensión geopolítica en la mirada sobre el territorio argentino, por ejemplo, en temas tales como la consideración
de la porción de la Antártida pretendida por el Estado argentino como un territorio soberano, o la obligación de
mostrar la isla Martín García en una escala mayor a la del resto del mapa para que aparezca dibujada en ellos.
La confección del mapa y la naturalización de una identidad territorial es una de las primeras misiones no estric-
tamente militares encaradas por este ejército que estaba cambiando lentamente hacia un nuevo modelo de fuerza.
Pero esta misión atribuida al Ejército preocupado por definir la naturaleza de la nacionalidad y la
entidad territorial de la nación, ante el doble temor de la inmigración y la expansión imperial europea, y ante la
presión por la consolidación de fronteras estables y precisas, es sólo el comienzo del involucramiento de la fuerza
en actividades equivalentes.
Durante los críticos años noventa, que hoy sabemos fueron claves en infinidad de sentidos para la
historia argentina, los cambios en la organización militar comenzaron a acelerarse. La crisis e inestabilidad eco-
nómica y política, la inmigración masiva, la conflictividad social y la tensión con Chile alentaron este cambio de
perspectiva. En este clima, el ritmo tranquilo de los ochenta, cuando parecía haber tiempo para hacer las cosas,
dejó lugar a la preocupación por una rápida profesionalización y una centralización de los mandos y los controles
castrenses. Primero fue el establecimiento de los códigos de justicia militar, que reemplazaron no sólo a los anti-
guos reglamentos de Carlos III sino, sobre todo, a la pura arbitrariedad que se había establecido como norma
implícita. Estos códigos garantizaban a la vez una férrea disciplina y un control centralizado del procesamiento
de las faltas y delitos.6
Con la llegada de Roca al gobierno por segunda vez en 1898 se aceleró el camino de la reforma pro-
funda, dirigida por su ministro de Guerra, general Pablo Ricchieri. El Estado Mayor fue reorganizado por completo,
con el objeto de establecer una rígida centralización de mandos, dividir las tareas y las áreas de competencia, y acla-
rar los caminos que debían recorrer las órdenes. Asimismo, se endurecieron las condiciones para acceder al Estado
Mayor, primero estableciendo la obligación de ser egresado del Colegio Militar (que luego se extendería a la con-
dición de oficial de la fuerza) y, más tarde, la de haber pasado por la Escuela Superior de Guerra.
Es a esta fuerza que está comenzando a definirse como una burocracia,7 capaz de autorregular su
carrera interna y a la vez de establecer los códigos y sanciones de la profesión, a la que se le encomendará una
5 Evidentemente no nos referimos al territorio real (que por razones obvias es desconocido para una abrumadora mayoría de la pobla-
ción) sino a su representación cartográfica. Al respecto véase Carla Lois y Malena Mazzitelli Mastricchio, “Una historia de la cartogra-
fía argentina”, en L. Weisert y J. C. Benedetti (comps.), 130 años del Instituto Geográfico Nacional, 1879-2009, Buenos Aires,
Presidencia de la Nación Argentina, Ministerio de Defensa, CONICET, 2009.
6 Véase Juan Fazio, Reforma y disciplina. La implantación de un sistema de justicia militar en Argentina (1894 -1905), mimeo (disponible
en línea: <http://historiapolitica.com>). Debo agradecer muy especialmente a Juan Fazio, cuyos trabajos (hasta donde sé inéditos) y
charlas sobre la situación del Ejército a comienzos del siglo XX me han resultado imprescindibles para el desarrollo de estas ideas sobre
el Ejército y la política.
7 Cabe aclarar que la palabra burocracia no incluye ningún sentido peyorativo. Por el contrario, a comienzos de siglo la conformación
de diferentes agencias estatales con burocracias sólidas era un ideal perseguido por muchos pensadores y políticos. Uno de los padres
fundadores de la sociología, Max Weber, realizará una sólida teoría al respecto, tomando como ejemplo una de las burocracias más
admiradas en esa época, la del Imperio alemán.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
141140
de Uriburu quien, por otra parte, no ejercía ninguna clase de autoridad institucional en la fuerza. Incluso los ofi-
ciales con mando de tropa que no simpatizaban con el Presidente, respondieron a los llamados de Uriburu con
una actitud fuertemente legalista, lo cual contrasta, como hemos señalado, con la actitud que solían tomar antes
de las grandes reformas de 1900. Cuando Uriburu se apoderó de la Casa de Gobierno, los mandos de los princi-
pales cuerpos del Ejército dudaron todavía en reconocerlo como nuevo presidente. Cuando las cosas fueron más
claras y Uriburu pudo exhibir las renuncias del presidente Yrigoyen y de su vice, Enrique Martínez, sólo entonces
decidieron acatar al nuevo gobierno. El golpe de 1930 fue mucho más un movimiento civil encarado por la opo-
sición a Yrigoyen y una escasa fracción de oficiales, que un golpe institucional del Ejército.11
Esto no debería sorprender. En cuanto se abandonan las miradas teleológicas y sustancialistas que creen
que las actitudes del Ejército y de sus oficiales fueron siempre más o menos las mismas, se advertirá que, fueran
radicales o profesionalistas, en la amplia mayoría de los oficiales anidaba una mirada respetuosa de las institu-
ciones. En el Colegio Militar se enseñaban materias de Instrucción Cívica según los planes diseñados por el propio
Justo durante su paso por la dirección de la institución (1915-1922). Desde el punto de vista ideológico-político,
los oficiales eran preponderantemente radicales o liberales. Las posiciones proto-fascistas o corporativistas de
Uriburu gozaban de algunos apoyos castrenses, pero éstos no eran mayoritarios ni mucho menos. Y, por otra parte,
el rechazo que tanto en la opinión política como entre los cuadros militares despertaban sus ideas, le garantizó
un rápido desgaste de su poder y el abandono de todas sus intenciones de regenerar a la Argentina mediante
una reforma constitucional. La versión uriburista del golpe de 1930 resultó en un fracaso rápido y contundente.
Sin embargo, a mediados de los años veinte estaba comenzando a forjarse el proceso que cambiaría
esta situación de raíz. Desempeñándose Justo como ministro de Guerra del presidente Marcelo T. de Alvear, en
1927 monseñor Copello se había hecho cargo de la dirección del vicariato castrense: de su intensa actividad en el
cargo nacería una relación destinada a tener profundas consecuencias políticas, tantas como hasta ese momento
las había tenido el proceso de reforma y burocratización.12 Decidida a dejar una marca indeleble en la formación
de la oficialidad, la vicaría castrense ofreció a los jóvenes oficiales una visión del mundo a tono con los preceptos
de la Iglesia preconciliar profundamente refractaria del mundo liberal y democrático: integrista, corporativa,
furiosamente nacionalista, antisemita, autoritaria, antidemocrática y antiparlamentaria. El neotomismo imperante
se basaba además en una furiosa crítica a las concepciones de la sociedad sostenida en los derechos de los indi-
viduos considerados iguales. Esta visión del mundo no sólo se presentó como una alternativa atractiva frente a
las perplejidades abiertas por la crisis mundial, que habían puesto a las convicciones liberales y democráticas a la
defensiva, sino que entusiasmó especialmente a los hombres de armas, ya que les reservaba un lugar de privilegio
como portadores de las virtudes de una nación que ahora se identificaba en una unidad sin fisuras con el catoli-
cismo. La guerra civil española, seguida con interés y entusiasmo por sacerdotes y oficiales, consolidó esta iden-
tidad agresiva y mesiánica que fue amalgamando la Cruz y la Espada en nombre de los mismos valores. Este pro-
ceso fue mucho menos ruidoso que las siempre citadas influencias que los regímenes fascistas europeos habrían
tenido entre los oficiales, pero, por eso mismo, su concreción fue más firme, sus avatares menos dependientes de
los cambios coyunturales y sus consecuencias de más largo aliento. Esta nueva situación militar fue la que produjo
un desgaste del poder de Justo dentro de la institución. Su lugar como referente de una visión a la vez profesiona-
lista, tecnicista y liberal de la sociedad y la política, que años antes le había garantizado un prestigio y una hege-
monía incontrastable, estaba siendo socavado por esta nueva pedagogía de una Iglesia a la que él mismo había
dado cabida dentro del Ejército. Si entre 1914 y 1930 Justo había sabido ganarse el favor de los jóvenes oficiales
que recibían instrucción en los institutos castrenses y que ahora ocupaban lugares importantes en la estructura
de mando, las nuevas camadas se estaban educando con otros parámetros y otros referentes: sólo faltaba que
una facción nacionalista y profundamente refractaria a la democracia liberal se organizara como tal, encontrara
sus líderes y precisara sus objetivos. Retomaba de la vieja estructura la idea de una misión, pero su misión era
otra: la legalidad constitucional no formaba parte de sus preocupaciones. Sí, en cambio, la salvación de una patria
identificada con la fe católica. Ese sector irrumpió en la escena luego de que la muerte de Justo dejara al sector
11 Acerca del golpe de septiembre de 1930 véase mi “La política bajo el signo de la crisis”, en Alejandro Cattaruzza (coord.), Crisis eco-
nómica, avance del Estado e incertidubre política (1930-1943), Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
12 Véase Loris Zanatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996.
En cambio, sostenemos que hasta los años treinta la tendencia a la profesionalización estará siempre
en tensión con la presencia en la fuerza del faccionalismo político, que no fue de ninguna manera erradicado, y
que eso sucede precisamente porque ese Ejército tiene lazos sólidos y estrechos con el mundo “civil”. Es indudable
que en este período se está creando el espíritu de cuerpo, pero ese proceso de creación describe sólo una parte
de la experiencia de los oficiales. Más aun, el hecho de que los oficiales superiores tuvieran que insistir constan-
temente sobre la importancia de este espíritu podría ser más una señal de la preocupación por crearlo que de su
definitiva e incontrastable existencia.
Los lazos de los oficiales con la sociedad son mucho más fluidos de lo que la idea de una profesiona-
lización y una vida centrada en el Colegio y los cuarteles parece indicar. En primer lugar, porque todavía hay
muchos oficiales del “viejo Ejército” en funciones. Uriburu, Dellepiane, Justo, Mosconi son apenas algunos ejem-
plos de estos oficiales para los cuales el cuartel constituye sólo una parte de sus vidas. Los dos últimos, por ejemplo,
habían obtenido su título de ingeniero en la Universidad de Buenos Aires. En segundo lugar, porque las tareas
civilizatorias encomendadas por los sucesivos gobiernos los conectan muy estrechamente con el resto del universo
social. Al circular por los cuarteles de todo el país, al recibir cada año a una nutrida cantidad de jóvenes conscriptos
y al interactuar con las sociedades locales del interior, los oficiales aprenden a conocer muchas realidades y a
interactuar con ellas.
Pero, sobre todo, el Ejército no deja de participar en la política facciosa, porque es todavía una cos-
tumbre muy arraigada y porque es la propia política la que los convoca recurrentemente. Los convoca por ejemplo
a la hora de reprimir la conflictividad social, como lo hace Hipólito Yrigoyen en 1919 en la Capital, o un poco más
tarde en la Patagonia. También se los convoca a la hora de las intervenciones federales, una vieja modalidad de
control político que, como sabemos, no se interrumpe con la llegada del radicalismo al poder en 1916.9 Se los
convoca además a la hora de dirigir una empresa energética, como sucede con Mosconi en YPF. Se los convoca,
finalmente, al levantarse una parte del arco político contra un gobierno al que se define como una tiranía, como
sucede en 1905 y 1930.
En el imaginario del propio Yrigoyen, la existencia de un Ejército puramente profesional era sólo una
falacia de lo que gustaba llamar “el régimen abyecto” (toda la realidad política anterior a su llegada al poder)
que, según decía, él venía a sepultar. Por eso, recurrió inmediatamente a la implementación de la llamada “política
de las reparaciones” destinada a premiar a aquellos oficiales que habían participado de las revoluciones radicales
(sobre todo la de 1905) con ascensos vertiginosos y destinos de relevancia. Por eso, además, nombró a un civil,
Elpidio González, como ministro de Guerra y jefe operativo de la fuerza.10 El presidente radical no advertía hasta
donde esta política se enfrentaba con los nuevos criterios burocráticos de la fuerza y con los sistemas de ascenso
que eran controlados desde el Estado Mayor. Por eso, aun los oficiales de indudable simpatías con el radicalismo
(como Uriburu y Justo) comenzaron a alejarse de él y a constituir una oposición a esta irrupción de un criterio
político (en rigor, radical) en nombre del “profesionalismo”. En los años veinte, una logia de oficiales medios lide-
rada por el coronel Luis García (la Logia General San Martín) decidió enfrentar al gobierno esgrimiendo precisa-
mente banderas profesionalistas. En 1929, las elecciones del círculo militar enfrentaron a una facción de oficiales
radicales (cuyo líder era el general Dellepiane) con otra profesionalista (cuya cabeza visible ya era el general Justo).
A pocos meses del golpe de septiembre de 1930, ganaron la elección los oficiales radicales.
Evidentemente pese a ser ya una burocracia altamente organizada, la idea de una fuerza profesional
ajena a la política no describe adecuadamente la situación del Ejército. Por el contrario, para 1929 la institución
reproducía con absoluta fidelidad la polarización que ya ganaba la política nacional entre yrigoyenistas y antiyri-
goyenistas. En efecto, las viejas identidades políticas en parte se diluyeron en la elección presidencial de 1928:
todo el arco político se organizó alrededor del apoyo o el rechazo al líder personalista. Y, como sucedía en la sociedad,
en el Ejército también predominaban los yrigoyenistas. Esto explica por qué el movimiento de septiembre de 1930
fue un rotundo fracaso en el plano militar como lo revelan, por ejemplo, las memorias del coronel José María Sarobe
o del entonces capitán Perón, pero, sobre todo, como lo prueban las escasas tropas que acompañaron la aventura
9 Al respecto véanse Natalio Botana, El Orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977;
y Ana Virgina Persello, El partido radical. Gobierno y oposición, 1916-1943, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
10 Durante todo el período que abarca este artículo, el Ministro de Guerra es el jefe operativo de la fuerza, por esa razón, la cartera era
ocupada generalmente por militares. A diferencia de lo que sucede en nuestros días, el Ministro era la presencia militar en el gobierno
y no un civil que representa al Presidente ante la fuerza.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
142
liberal sin jefe, en junio de 1943. Esta vez, el golpe tuvo mucho de pretoriano: fue encabezado por la máxima
autoridad de la fuerza (el ministro de Guerra, general Ramírez) y se dispuso a modificar de raíz el sistema político
argentino. Pocos fueron los civiles que aplaudieron, salvo algunos radicales que inicialmente creyeron que se pon-
dría fin a la experiencia del fraude y, por supuesto, los militantes nacionalistas. Pero Ramírez carecía de las virtudes
políticas necesarias para ser un verdadero caudillo de la fuerza. Con el ascenso vertiginoso de Perón una nueva
etapa se iniciaba en la historia de la Argentina y de su Ejército.
BIBLIOGRAFÍA
CHIARAMONTE, José Carlos, Ciudades, provincias, Estados. Orígenes de la Nación Argentina (1810-1846),
Buenos Aires, Ariel, 1997.
FAZIO, Juan, Reforma y disciplina. La implantación de un sistema de justicia militar en Argentina (1894-1905),
mimeo. Disponible en línea: <http://historiapolitica.com>.
FRAGA, Rosendo, El general Justo, Buenos Aires, Emecé, 1993.
LOIS, Carla y Malena Mazzitelli Mastricchio, “Una historia de la cartografía argentina”, en L. Weisert y J. C.
Benedetti (comps.), 130 años del Instituto Geográfico Nacional, 1879-2009, Buenos Aires, Presidencia de la
Nación Argentina, Ministerio de Defensa, CONICET, 2009.
PRIVITELLIO, Luciano, Agustín P. Justo, las armas en la política, Buenos Aires, FCE, 1997.
SABATO, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
_______________, “El pueblo uno e indivisible. Prácticas políticas del liberalismo porteño”, en Lilia Ana Bertoni
y Luciano de Privitellio (comps.), Conflictos en democracia, la vida política argentina entre dos siglos, Buenos Aires,
Siglo XXI, 2009.
ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943,
Bernal, UNQ, 1996.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
145Introducción
El período que los historiadores suelen denominar la “Argentina moderna” (1880-1930) –aunque
sería más correcto decir modernizada–, tiende a ser considerado una unidad en términos económicos –por la pre-
eminencia del modelo primario exportador, si bien la sustitución de importaciones industriales comenzó en el
transcurso de este período– y subdividido en dos en lo político (1880-1916 y 1916-1930), siendo la llegada del radi-
calismo y de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la República el hecho divisorio.
Aquí sostendremos una posición diferente en lo que atañe a la periodización política, considerando
1912 como el año de corte. También consideraremos que entre 1880 y 1930 el país atravesó una situación de exis-
tencia de un Estado y una sociedad civil fuertes, relación que no terminó de consolidarse. Hubo un progresivo
fortalecimiento de la sociedad civil, pero fue un fortalecimiento corporatista. En ese contexto, el sistema político
–con su doble mediación y lógica, la partidaria y la corporativa– acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza
de las asociaciones de interés, díada que, a su vez, operó en el sentido de un creciente afianzamiento del poder
y del papel del Estado. La debilidad del sistema político, la fortaleza estatal y la primacía del principio nacional-
estatal sobre el nacional-popular fueron parte del entramado que contribuye a explicar cómo, en el mediano
plazo, se constituyeron las bases de un Estado crecientemente partícipe en la mediación conflictiva entre las dife-
rentes clases y grupos sociales y, por lo tanto, dispuesto a atender satisfactoriamente las demandas de otros grupos
que no fueran exclusivamente los dominantes, función redistributiva del Estado que, como es sabido, alcanzó su
momento culminante bajo el peronismo (1946-1955). Las modificaciones de la forma (por la ley electoral de 1912)
y de las funciones del Estado (cada vez más redistributivas, como acaba de señalarse) implicaron la clausura defi-
nitiva del Estado oligárquico. No obstante, la extensión del derecho de ciudadanía política, la paulatina consecu-
ción de la ciudadanía social y la regulación estatal del conflicto social no alcanzaron para asegurar una adecuada
transición del régimen oligárquico al democrático, la cual se truncó en 1930 con el golpe de Estado.
Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema
político argentino (1880-1930)
WALDO ANSALDI
UBA / CONICET
1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL
Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
3
CAPÍTULO
146 147
Los episodios de la Revolución del Parque son muy conocidos y no serán repetidos aquí. Desde el
punto de vista de los sectores más radicales, la insurrección fracasó por varios motivos, entre los cuales fue signi-
ficativa la connivencia entre el jefe militar del operativo, el general de brigada Manuel Campos, y el teniente
general Julio A. Roca. Otras razones, probablemente de mayor peso, fueron: 1) ausencia de mando político-mili-
tar unificado; 2) subordinación de la dirección política a la dirección militar; 3) estrategia insurreccional fundada
en el accionar de un número limitado de cuadros civiles y militares con exclusión de participación y/o moviliza-
ción popular organizada y de cierta envergadura; 4) virtual reducción de las operaciones a la Capital Federal.
En lo tocante a este último aspecto, parece harto significativo que un movimiento con aspiraciones
de defenestrar el poder político nacional se planteara actuar en un espacio reducido, por más que en él se con-
centrara el poder. En rigor, la estrategia se asemejó mucho más a un putsch que a una insurrección popular o, mucho
menos aun, a una revolución.
A esas razones de índole técnico-militar deben añadirse otras que permiten comprender el momento
político-militar de la insurrección: la heterogeneidad de las fuerzas sociales y políticas involucradas, el carácter
instrumental que unas y otras asignaban a la insurrección y al eventual cambio de gobierno, lo que se apreció
muy bien después de la renuncia del Presidente.
La insurrección fue derrotada militarmente, Juárez Celman y sus acólitos lo fueron políticamente.
Según la feliz expresión del senador católico cordobés Manuel D. Pizarro: “la insurrección está vencida, pero el
gobierno está muerto”. No todos los perdedores salieron de la crisis de la misma manera. Lo más significativo del
acontecimiento del Parque –una encrucijada en la cual los sujetos plantearon diferentes opciones para construir
la historia– es que de ahí en más se bifurcaron los senderos políticos: la causa y el régimen, el acuerdo y la intran-
sigencia, la oligarquía y la democracia. La división política de la burguesía en dos grandes alas –oligárquica una,
democrática la otra– definió una parte esencial del escenario político del siguiente cuarto de siglo, dentro del
cual también comenzaron a desempeñar su papel las clases media y obrera urbanas. Inicialmente, el radicalismo
–el bonaerense en primer lugar– fue en buena medida expresión de la burguesía democrática y, a partir de la
década de 1910, de la clase media, si bien en la Capital Federal debió competir con el Partido Socialista, que recogió
voluntades dentro de ella. La Unión Cívica Radical –partido a la norteamericana, abierto, sin programa preciso–
y el Partido Socialista –agrupación de cuadros a la europea, doctrinaria y programática– representaron y dividieron
el campo democrático, no pudiendo constituir un frente antioligárquico.
La fractura de la UC se produjo en 1891 como consecuencia de las negociaciones entre Bartolomé
Mitre y Julio A. Roca, que culminaron en el llamado Acuerdo, consistente en la aceptación de la fórmula Mitre-
Irigoyen, el mantenimiento de las situaciones provinciales y la supresión de toda lucha electoral. Es decir: la con-
tinuidad de las prácticas ya consagradas y la total abdicación de los principios enarbolados en 1889.
El Acuerdo dividió a la Junta Ejecutiva de la UC y al conjunto del partido. Alem, senador nacional por
la Capital Federal, encabezó la oposición. El 26 de junio de 1891 se reunió el Comité Nacional con el objeto de dis-
cutirlo. De sus 56 integrantes, sólo asistieron los 32 opositores. Los 24 partidarios sesionaron por separado, lo rati-
ficaron, realizaron luego nuevas reuniones con representantes del PAN y finalmente, reunidos en la Convención
Nacional, cambiaron la fórmula presidencial, reemplazando a Irigoyen por José Evaristo Uriburu. Los primeros
formaron la Unión Cívica Radical (UCR); los segundos, la Unión Cívica Nacional (UCN). La UCR se distinguió por la
intransigencia; la UCN, por la componenda (que no es la negociación sin renuncia a los principios). De hecho, una
y otra de estas notas distintivas de dos fuerzas que se reclamaban modernas, no hicieron más que expresar, nue-
vamente, una constante de la cultura política argentina.
El Parque representa la debilidad y la fortaleza de la hegemonía organicista. La debilidad generó el
intento insurreccional democratizador; la fortaleza permitió su derrota y una solución que reforzó el modo oligárquico
de ejercer el poder. En el Parque se bifurcaron los senderos de la burguesía (el oligárquico y el democrático) y, a
su vez, los senderos de las fuerzas democráticas (un sector de la burguesía, la clase media, y algunos sectores obreros
y trabajadores). El Parque fue el prólogo de la derrota oligárquica y del triunfo democrático de 1912-1916, pero
su epílogo fue la derrota democrática de 1930, con su larga secuela de inestabilidad y debilidad, cuando no ausen-
cia, de la democracia política.
El año 1890 constituyó, en buena medida, un nudo histórico. La crisis económica y la crisis política
redefinieron el rumbo de la sociedad argentina, afirmando las corrientes favorables a un modelo económico
agroexportador con dominación política oligárquica. La crisis económica enervó posibilidades de un desarrollo indus-
trial autónomo o de uno combinado agroganadero e industrial. Significativamente, poco después, el desarrollo
rural pampeano viró de la vía farmer –pequeños y medianos productores propietarios de las tierras que trabajaban–,
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930)
El Parque de los senderos que se bifurcan
La Argentina modernizada se organizó políticamente bajo la forma oligárquica, es decir, un régimen
de participación ciudadana restrictivo, con un poder concentrado en un grupo minoritario, reacio a la ampliación
del quantum con capacidad de decisión.1 El modo oligárquico de ejercer la dominación política fue cuestionado
tempranamente. En primer lugar, por otros sectores de la propia burguesía que, al mismo tiempo que reclamaban
la ampliación del sistema de decisión política, ratificaban su adscripción al modelo económico y a los valores cul-
turales definidos por la fracción políticamente triunfante. A este reclamo por la democracia política se sumaron
nuevos sujetos sociales: las clases media y obrera urbanas. La tensión estalló en julio de 1890, entremezclando la
crisis económica con las demandas políticas que, en este plano, también constituían una crisis. Una conjunción de
fuerzas civiles y militares generó una insurrección en procura de la destitución y reemplazo del gobierno nacional.
Empero, la “caldera” política había entrado en ebullición un año antes. En efecto, la oposición porteña al presi-
dente Juárez Celman se organizó, a partir del 1º de septiembre de 1889 (mitin del Jardín Florida), en la Unión
Cívica de la Juventud –de la cual formaron parte, entre otros, Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo
del Valle, Leandro Alem–, asociación que reclamó el respeto de las libertades públicas, la pureza de la moral admi-
nistrativa, el libre ejercicio del derecho de sufragio, la efectiva vigencia de las autonomías provinciales, dentro de
once puntos que incluyen, desordenadamente, demandas y propuestas de acción.
El 13 de abril de 1890, en la Asamblea reunida en el Frontón de Buenos Aires, en la cual participaron
también los católicos liderados por Pedro Goyena y José Manuel Estrada, se convirtió en Unión Cívica (UC), siendo
su presidente Leandro Alem. Entre sus propulsores, integrantes y/o aportantes de fondos se encontraban nombres
destacadísimos de la gran burguesía terrateniente: Anchorena, Ayerza, Beccar Varela, Martínez de Hoz, Leonardo
Pereyra, Félix de Álzaga, Torcuato de Alvear, Carlos Zuberbühler. Según Mariano de Vedia y Mitre, “la organiza-
ción de los clubes parroquiales de Unión Cívica” se apoyó “en las clases más distinguidas de la sociedad”.2 La
nueva organización optó por el camino de la violencia y se dedicó a preparar una insurrección cívico-militar.
Esa insurrección es conocida como Revolución del Noventa o Revolución del Parque. Participaron de
ella fuerzas sociales y políticas diferentes, cuyos objetivos no siempre eran coincidentes, salvo en el principal, el
cambio de gobierno. Un rasgo distintivo fue el de la participación convergente de sectores distintos y antagónicos
que lograron articular un “frente único”: mitristas, católicos, la corriente Alem-Del Valle y burgueses terratenientes
(como los antes citados). Estos últimos pretendían recuperar un control más estrecho del Estado, al que veían diri-
gido por una camarilla que tendía a independizarse de las fuerzas sociales reales que le servían de sustento.
Terratenientes y financistas aportaron los fondos necesarios para atender los gastos materiales del movimiento.
Los mitristas (sectores del comercio y la pequeña burguesía) perseguían un acuerdo con el gobierno
–con el roquismo, más no con el juarismo–, como fórmula de solución a la crisis económica y política. Los católicos
procuraban limitar el alcance de las reformas laicas, liberales, a menudo anticlericales, dispuestas por Roca y
Juárez Celman, amén de una cierta defensa de la industria nacional. Los cívicos de Leandro Alem levantaban la
triple consigna del sufragio universal, la frontal e intransigente oposición al acuerdo con el roquismo y la lucha
contra la corrupción. Los terratenientes bregaban por una salida que resguardara espacios fundamentales de sobe-
ranía económica, reaccionando frente a la política juarista de excesivas concesiones al capital extranjero. La juventud
universitaria porteña y cuadros del Ejército y la Marina también se encontraban entre los insurrectos, quienes pro-
clamaron en el manifiesto:
No derrocamos al gobierno para separar hombres y sustituirlos en el mando; lo derrocamos para
devolverlo al pueblo a fin de que el pueblo lo reconstituya sobre la base de la voluntad nacional.
No se cuestionaba el modelo primario-exportador, la estructura socioeconómica del país. La impug-
nación estaba dirigida, inequívocamente –al menos en lo argumental–, contra el orden político vigente, al cual
se aspiraba modificar.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Véase Waldo Ansaldi, “Frívola y casquivana, mano de hierro en guante de seda. Una propuesta para conceptualizar el término oligar-
quía en América Latina”, en Cuadernos del Claeh, año 17, Nº 61, Montevideo, 1992, pp. 43-48.
2 Mariano de Vedia y Mitre, Historia de la Unidad Nacional, Buenos Aires, Estrada, 1946.
149148
La cuestión de la mediación entre la sociedad civil y el Estado
En un régimen político democrático liberal –o al menos fundado jurídica y políticamente en sus prin-
cipios–, el canal por el cual se expresan las demandas de la sociedad civil ante el Estado lo constituyen los partidos
políticos y el Parlamento. Es decir, los partidos con representación parlamentaria son quienes operan como agentes
transmisores de las demandas de la sociedad civil al Estado.
El sistema de partidos durante los años 1891-1930 estuvo constituido, básicamente, por el Partido
Autonomista Nacional (PAN) que desapareció hacia 1910 y fue sustituido por el Partido Conservador, la Unión
Cívica Radical, el Partido Socialista y, a partir de 1914-1915, por el Partido Demócrata Progresista. Excepto el PAN,
no fueron partidos clasistas, al estilo de los europeos o los chilenos, quizás porque la estructura social no estaba
cristalizada y había una importante movilidad social ascendente.
El Partido Conservador fue el de los grandes propietarios de la tierra, aunque no careció –clientelismo
mediante– de base electoral popular, sobre todo en las provincias de Buenos Aires, Corrientes y del Noroeste argentino.
La UCR, según Rock, fue un partido inicialmente “retoño, en buena medida, de las facciones terrate-
nientes” que, desde 1905, penetró “en los grupos de clase media urbana; luego de 1912 se convirtió en un vasto
partido popular que abarcaba muchas regiones del país”, si bien siguió “en gran parte dominado por los propie-
tarios de tierras”. En suma: “un movimiento de masas manejado por grupos de alta posición social”.5
La UCR tuvo una pretensión totalizadora: “ser la Nación misma”, como decía el Manifiesto del 30 de
marzo de 1916. De allí su preferencia por definirse como movimiento antes que como partido (Manifiesto del 13
de mayo de 1905). La síntesis de la concepción omnicomprensiva, abarcadora de la totalidad social, fue formulada
por Hipólito Yrigoyen en su primer mensaje al Congreso Nacional, en 1916: “La Unión Cívica no está con nadie
ni contra nadie, sino con todos para bien de todos”.
El Partido Socialista era un partido básicamente urbano, integrado por artesanos y pequeños comer-
ciantes, empleados, obreros y profesionales. Su fuerte electoral era la Capital Federal, donde obtuvo resonantes
triunfos. Algunas esporádicas victorias en localidades del interior (Laboulaye, Resistencia, más tarde San Rafael y
Mar del Plata) no modificaron el rumbo. En buena medida, esa incapacidad de inserción en las provincias guardó
relación con su errónea percepción de la composición étnica de la estructura social extrapampeana. Al igual que
la UCR, el Partido Socialista fue un partido intransigente, reacio a alianzas con otras formaciones, a las cuales con-
sideraba portadoras de prácticas viciosas del pasado, calificadas como “política criolla”. Recién en 1931 se apartó
de esa postura, al constituir con el Partido Demócrata Progresista la efímera Alianza Civil, al solo efecto de enfrentar
a la fórmula conservadora en las elecciones presidenciales de ese año.
El Partido Demócrata Progresista quiso ser el partido orgánico de la derecha democrática, pero las
contradicciones internas y las ambiciones personales frustraron ese intento y terminó siendo un partido provincial
(Santa Fe) con proyección nacional y con base en los sectores medios urbanos.
Esas cuatro grandes formaciones partidarias dominaron la escena política hasta 1945-1946. Sin embargo,
no pudieron constituir un sistema de partidos sólido, aunque sí identidades partidarias fuertes.
Si institucionalmente –como ocurre en el caso argentino– los partidos no logran consolidar su papel
de mediadores y articuladores entre la sociedad civil y el Estado, tal fracaso se refuerza con el del Parlamento en
igual función. Es probable que en éste hayan incidido decisivamente tanto la mecánica de representación oligár-
quica prolongada durante la fase democrática cubierta por las administraciones radicales, cuanto la situación de
entrampamiento institucional en la cual cayó la UCR, en particular durante la primera presidencia de Yrigoyen,
quien gobernó con un Poder Legislativo adverso que trababa u obstaculizaba la adopción de medidas que requerían
el acuerdo parlamentario. Recién en 1918, el radicalismo alcanzó la mayoría en la Cámara de Diputados, consolidando
posiciones en 1920-1921. En el Senado, la mayoría conservadora permitió el efectivo desempeño de reaseguro o
garante del orden oligárquico. Adicionalmente, la práctica contubernista –que los conservadores desarrollaron
con eficacia– contribuyó a complicar el accionar parlamentario de las fuerzas políticas antioligárquicas, dividiendo
a éstas y diluyendo la eficacia del Parlamento como ámbito en el cual dirimir, conforme a reglas, las diferencias,
las coincidencias, los acuerdos y hasta las fracturas.
abierta con los exitosos procesos de colonización, a la vía chacarera –medianos productores arrendatarios de las
tierras, pertenecientes a grandes propietarios–, sin que la proposición signifique establecer una relación casual
entre crisis económica y cambio de vía de desarrollo rural. La crisis política, a su vez, puso de manifiesto la decisión
de la burguesía democrática, la clase media urbana y sectores de obreros industriales de terminar con la práctica
oligárquica de la dominación política, lucha para la cual gestaron sus propias fuerzas. La creación de la Unión
Cívica y los intentos de agrupamiento socialista fueron parte de esta lucha. No obstante, la debilidad de los demó-
cratas y la habilidad del núcleo oligárquico para recomponer su fortaleza se combinaron para asegurar la conti-
nuidad del régimen.
Antes de concluir, el año 1890 mostró a los argentinos otra novedad. Militantes socialistas comenza-
ron a editar –bajo la dirección de Germán Ave Lallemant y la colaboración en la redacción de Augusto Kühn– el
periódico El Obrero, autodefinido “órgano de prensa de la Federación Obrera en formación”. En el primer número,
aparecido el 12 de diciembre de 1890, se presentó “Nuestro programa”. Con él se sentaron las bases para crear
un partido político de clase obrera, una cuestión clave para entender las discrepancias entre las diferentes
corrientes que luchaban por la dirección de la nueva clase (socialistas, anarquistas y sindicalistas, estas dos últi-
mas adversarias de la construcción de un partido y de la participación en la lucha política parlamentaria).
Finalmente, en 1896, se constituyó el Partido Socialista (PS).
Natalio Botana ha señalado, muy agudamente, que
el ciclo revolucionario iniciado en el noventa [...] fue el primer acontecimiento con la fuerza suficiente
para impugnar la legitimidad del régimen político que había dado forma e insuflado contenidos con-
cretos al orden impuesto luego de las luchas por la federalización. Los revolucionarios del Parque, el
26 de julio, no discutían la necesidad de un orden nacional; la clase gobernante lo consideraba como
un dato incorporado, de modo definitivo, al proceso de la unidad nacional. Discutían, eso sí los fun-
damentos concretos de la dominación, el modo como se habían enlazado la relación de mando y de
obediencia y las reglas de sucesión.3
En definitiva, el año noventa explicita, pone en la superficie un conflicto generado por una clara
línea de conflicto presente en el interior de la sociedad argentina desde el momento mismo de formación del
nuevo orden político. La línea de conflicto fue, en este caso, entre el régimen político oligárquico y el régimen
político democrático o, abreviadamente, entre la oligarquía y la democracia.
En términos sociales, la demanda de democracia era policlasista, si bien en la práctica no se produjo
una acción conjunta o articulada de los sectores que, en el interior de cada clase, la expresaban. Entre los parti-
darios de la democracia, los problemas conflictivos aparecieron al proponerse y discutirse sus alcances: voto cali-
ficado o sufragio universal; pleno (masculino y femenino) o restringido (sólo masculino); representación según
sistema de lista completa o incompleta; voto uninominal, por uno y dos tercios, proporcional, etc.
Tras la Revolución del Parque y la bifurcación de los senderos, el régimen oligárquico ratificó su efi-
cacia decisoria, que mantuvo hasta 1912-1916, si bien algunas de sus estructuras continuaron operando bajo el
régimen democrático. La línea de conflicto era centralmente política, esto es, la divisoria no pasaba por el mode-
lo económico –en el cual coincidían básicamente conservadores, radicales y socialistas– sino por el político: régi-
men oligárquico o régimen democrático. La conflictividad política enfrentó, para decirlo una vez más, a oligar-
cas y demócratas, planteada ya en 1890. Un corolario de ese antagonismo irresuelto en julio de 1890 será el
Acuerdo entre cívicos nacionales y autonomistas, fórmula supresora de la competencia electoral mediante una
distribución de cargos previa a las elecciones.4
Los radicales optaron por la vía de la violencia política armada para terminar con la dominación oli-
gárquica. Para llevarla adelante, apelaron a la convergencia cívico-militar, puesta en práctica en 1893 y en 1905
(y fuera del período aquí considerado, en 1932). Ellos razonaban –si se me permite decirlo con una boutade– en
términos weberianos: los mandatos del poder político –el régimen– no debían ser obedecidos porque quienes lo
ejercían carecían de legitimidad de origen. Para terminar con él, la insurrección les parecía el único camino viable.
3 Natalio Botana, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977, pp. 171-172. El
destacado me pertenece.
4 Ibid., p. 172. 5 David Rock, El radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1977, p. 71.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
151150
Patriótica Argentina –esa mezcla de organización armada parapolicial y de generadora de propuestas políticas
de alcance nacional, creada en 1919, durante la “Semana Trágica”– propuso “institucionalizar la participación
obrera en la resolución de sus conflictos a partir de la creación de nuevas entidades, acordes con una clara regla-
mentación estatal”.9 La Liga desconocía la legitimidad de los sindicatos existentes –de filiación anarquista, socia-
lista y/o sindicalista– y propiciaba formar otros, orientados por los principios de la misma Liga. La propuesta no
implicaba una posición simétrica de las organizaciones obreras y patronales: por el contrario, la Liga entendía
necesario reforzar el control de la subordinación de los trabajadores, a su juicio debilitados por la gestión del pre-
sidente Hipólito Yrigoyen.
Es que la política obrera de Yrigoyen había introducido, parcialmente, cambios en el modo de tratar
y resolver las demandas de los trabajadores. No las de todos, sino las de aquellos vinculados particularmente a las
actividades estratégicas para la economía agroexportadora, como los ferroviarios y marítimos. Cuando el conflicto
obrero estaba dirigido por anarquistas (sobre todo), Yrigoyen reprimió duramente a los huelguistas, como en la
“Semana Trágica” (en Buenos Aires y en el interior), pero también reprimió a los petroleros de Comodoro
Rivadavia, a los peones rurales de la región pampeana y de la Patagonia y a los socialistas. David Rock ha mos-
trado la conexión existente entre los dirigentes sindicalistas y el presidente Yrigoyen, unos y otro interesados en
quitarle espacio sindical y político al Partido Socialista. No se trató, por cierto, de una operación en la cual los pri-
meros abandonaran su posición principista de rechazar relaciones formales con el Estado y/o los demás partidos,
pero una parte considerable de ellos descubrió en la política obrera del presidente radical una veta para obtener
beneficios para sus organizaciones, es decir, una posición pragmática para alcanzar la agremiación masiva y el
mejoramiento económico.10 Aunque tal política radical tuvo en su primera fase (1916-1922) más fracasos que éxitos,
a partir de la campaña electoral de 1922 –en coincidencia con una combinación de caída de la tasa de sindicali-
zación, fragmentación social y ausencia de una clara hegemonía dentro del movimiento obrero–, comenzó a ges-
tarse una estrategia fundada en
un nuevo tipo de comité radical destinado a captar los votos obreros [...]. De allí en más la organización
en comités de la UCR, sutilmente estructurada, reemplazó lo que antes había hecho Yrigoyen merced
a sus contactos personales con los sindicatos, y pasó a ser el cimiento fundamental de la supremacía
política de que la UCR continuó disfrutando durante la década del veinte.11
Empero, la dirigencia obrera –la sindicalista mucho más que la socialista– siguió insistiendo en el for-
talecimiento de los sindicatos como organización adecuada para satisfacer las demandas obreras. Si en el caso del
sindicalismo ello era obvio por razones de principios, en el del socialismo no fue menos perceptible el progresivo
desentendimiento de la dirección partidaria en el efectivo liderazgo de los sindicatos controlados por sus afiliados
o simpatizantes. Esta fractura entre partido político y sindicato socialista se hizo más honda en las décadas de
1930 y 1940, tal como se apreció en el notable proceso de trasvasamiento de dirigentes y cuadros medios obreros
socialistas al proyecto del coronel Juan Domingo Perón. Pero antes, durante los treinta, los conservadores practi-
caron una política que favorecía la representación corporatista obrera en detrimento de la representación partidaria.
Otro caso que ilustra la primacía de la mediación corporatista es el de la Federación Agraria Argentina
(FAA), la asociación de interés de los chacareros pampeanos creada en Rosario en 1912. A pesar de los notables
y persistentes esfuerzos del PS, e incluso de algunos chacareros, la organización adoptó una clara estrategia cor-
porativa en sus relaciones con el Estado nacional, aun cuando a escala municipal no fue ajena a la práctica de
participar en elecciones comunales –por lo menos en la provincia de Santa Fe–, mediante el explícito apoyo a can-
didaturas partidarias (radicales) o bien presentando listas y candidatos propios. Las relaciones con el gobierno
radical experimentaron un creciente deterioro, especialmente durante la segunda presidencia de Yrigoyen.
Las desavenencias entre la FAA y el PS surgieron con el comienzo mismo de la primera y se tradujeron
en la temprana separación de su propio presidente, el socialista Antonio Noguera, enfrentado con el sector liderado
por Francisco Netri, más moderado políticamente y defensor de una organización meramente corporatista y
Las dos grandes asociaciones de interés burguesas eran la Sociedad Rural Argentina (SRA), institución
representativa de los grandes hacendados (especialmente bonaerenses), creada en 1866, y la Unión Industrial
Argentina (UIA), fundada en 1886 por reunificación de los dos agrupamientos empresariales, el Club Industrial
(1875) y el Centro Industrial Argentino (escindido del anterior en 1878), que reunía y defendía básicamente a
empresarios fabriles de Buenos Aires. La primera de ambas es la institución corporativa burguesa por excelencia.
Un mecanismo usual, largamente persistente e ininterrumpido (por lo menos entre 1900 y 1943), es su ubicación
en instancias claves del Estado y del gobierno. En ese lapso, cinco de los nueve presidentes del país (Roque Sáenz
Peña, Victorino de la Plaza, Marcelo T. de Alvear, Agustín P. Justo y Roberto M. Ortiz) fueron socios de la Sociedad
Rural y más del 40% de las designaciones ministeriales también recayeron en miembros de ella. Su inserción fue
particularmente acentuada en los Ministerios de Agricultura y Ganadería, Relaciones Exteriores y Hacienda, y en
cargos militares (especialmente en la Marina). En el caso de Agricultura, doce de los catorce ministros que ocu-
paron la cartera en el período indicado pertenecían a la entidad, la que, adicionalmente, era consultada por el
gobierno nacional en ocasión del tratamiento de cuestiones ganaderas.
Acaso el hecho más provocativo fuera el que la Sociedad Rural generalmente sobrevivía a las vicisi-
tudes de los partidos políticos [...]; la Sociedad estaba fuertemente representada en el gabinete,
antes, durante y después de los gobiernos radicales de 1916-1930 [...]. Y en cada uno de esos períodos
distintos, aproximadamente el 15% de todas las bancas del Congreso fueron ocupadas por miembros
de la Sociedad. Esta institución poseía gran poder político; la cuestión es saber cómo lo empleaba.6
Ahora bien, todo el peso político de la SRA no se tradujo necesaria o automáticamente en la existencia
de un Estado –ni siquiera un gobierno– corporativo, ni tampoco implicó la ausencia de relaciones conflictivas
entre corporación y gobierno. En este sentido, durante la primera presidencia de Yrigoyen hubo, en varias oca-
siones, importantes discrepancias entre la poderosa organización y el Poder Ejecutivo. Tales conflictos tampoco
supusieron la pérdida de poder político de los ganaderos nucleados en la SRA. Dicho de otro modo, el radicalismo
ganó y ejerció el gobierno entre 1916 y 1930, mas no tuvo el poder.
Otras asociaciones de interés importantes fueron la Bolsa de Comercio, la Bolsa de Cereales, la
Confederación Argentina de Comercio, Industria y Producción (CACIP) y la Asociación Nacional del Trabajo, fun-
dada en 1918.
La CACIP se creó en 1916 y tenía una faceta interesante: se trataba de una convocatoria a conformar
en el ámbito de la sociedad civil un nuevo tipo de organización representativa de los intereses de la burguesía.
Perseguía posibilitar
la emergencia de un plan económico que [...] pudiera ser retomado por los poderes públicos como
continente del interés global de la sociedad. El planteo apuntaba directamente a abrir para esos sec-
tores un nuevo canal de participación en la discusión de las políticas estatales. Consolidado el mismo,
el Estado funcionaría en la sociedad argentina en estrecha interpenetración con las organizaciones
de interés, funcionamiento que estos dirigentes percibían como base del nuevo poder de las socie-
dades más desarrolladas. [...] Se trataba también de una convocatoria al resto de la clase dominante
para acomodar sus prácticas a una realidad que estaba cambiando.7
La CACIP y la Liga Patriótica coincidieron en “la idea de un Estado interviniendo como ordenador y
de acuerdo a un plan global que evitara confundir su accionar en la concesión de respuestas inmediatas a reclamos
sectoriales”, idea considerada “básica para la contención del conflicto obrero-patronal”.8
Lo novedoso estribaba en asumir explícitamente un modelo de articulación entre la sociedad civil y
el Estado fundado en la doble lógica de las mediaciones partidaria y corporativa. Reforzando la propuesta, la Liga
6 Peter H. Smith, Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1968, p. 55.
7 Silvia Marchese, “Proyectos de dominación para la Argentina de posguerra”, en Jornadas Rioplatenses de Historia Comparada. El
reformismo en contrapunto. Los procesos de modernización en el Río de la Plata (1890-1930), Montevideo, Centro Latinoamericano
de Economía Humana/Ediciones de la Banda Oriental, 1989, pp. 156-157.
8 Ibid., p. 157.
9 Ibid., p. 161.
10 David Rock, op. cit., p. 219.
11 David Rock, op. cit., p. 219.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
153152
BIBLIOGRAFÍA
ANSALDI, Waldo, “Frívola y casquivana, mano de hierro en guante de seda. Una propuesta para conceptualizar el
término oligarquía en América Latina”, en Cuadernos del Claeh, año 17, Nº 61, Montevideo, 1992.
BOTANA, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977.
MARCHESE, Silvia, “Proyectos de dominación para la Argentina de posguerra”, en Jornadas Rioplatenses de Historia
Comparada. El reformismo en contrapunto. Los procesos de modernización en el Río de la Plata (1890-1930),
Montevideo, Centro Latinoamericano de Economía Humana-Ediciones de la Banda Oriental, 1989.
ROCK, David, El radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1977.
SMITH, Peter H., Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1968.
ajena a vinculaciones partidarias. A la derrota de los chacareros socialistas, en 1912-1913, por alinear a la Federación
bajo la orientación del PS, le siguió el debate sobre la necesidad de un partido agrario en las deliberaciones del
Primer Congreso (1913), en las cuales en primera instancia se aprobó un proyecto para impulsar la creación de
una formación patrocinada por la propia Federación, rechazado luego en revisión de votación. La cuestión rea-
pareció en 1931, después de haber rechazado a socialistas, radicales y demócratas progresistas. El resultado fue
la efímera experiencia de la Unión Nacional Agraria, que en las elecciones de ese año apoyó la fórmula de la
Concordancia: Agustín P. Justo-Nicolás Matienzo.
Colofón
La definición de un modo oligárquico –como opuesto al democrático– de ejercicio del poder generó
una hegemonía organicista (1880-1912-1916) que combinó el accionar de un “partido de notables”, de las aso-
ciaciones de interés capitalistas y del propio Estado. El pasaje a la hegemonía pluralista o compartida, de corta
duración (1916-1930), no alcanzó a consolidar las bases de una efectiva democracia política liberal. La debilidad
–y quizás, incluso, hasta el desinterés– de las fuerzas democráticas –un sector de la burguesía, la clase media y la
clase obrera–, su dificultad para organizarse como partidos y la preferencia por la mediación corporativa, operaron
en la desestabilización del sistema político, como se apreció claramente en 1930, cuando el golpe militar del 6 de
septiembre desnudó la crisis de dirección política, clausuró la etapa de la hegemonía y potenció soluciones dicta-
toriales –gobierno del general José Félix Uriburu (1930-1932)– o híbridas, bajo la forma de una “democracia frau-
dulenta” –como en la presidencia del general Agustín P. Justo (1932-1938) y de los abogados Roberto Ortiz (1938-
1942) y Ramón Castillo (1942-1943)–, situación que concluyó con otro golpe militar, el del 4 de julio de 1943, que
desencadenó una serie de hechos y fuerzas que culminó produciendo, como efecto no previsto y no querido, el
peronismo (1946-1955).
La etapa de la hegemonía pluralista tuvo su paradoja: la ampliación de la democracia política resaltó
la debilidad de su principal instrumento –el sistema de partidos– y con ella la de la articulación de la sociedad civil
con el Estado mediante la mediación partidaria y parlamentaria. Se produjo un proceso de disidencias y fracturas
partidarias, algunas particularmente cruciales, que dificultó la función representativa de los partidos.
Mi hipótesis es que durante la hegemonía pluralista (1912-1916-1930) se explicitaron todas las ten-
dencias estructurales que apuntaban, más allá de la apariencia, a trabar decisivamente la construcción de un
orden social y político efectivamente democrático, en el marco de una sociedad capitalista. La experiencia guber-
namental radical potenció, auque no fuese un efecto buscado, los elementos que provocaron la crisis de 1930. La
colisión entre la dirección política representativa (los partidos y el Parlamento) y la dirección técnica o burocrática
representada por un Poder Ejecutivo avasallante (sobre todo con Yrigoyen) coadyuvó –no en exclusividad– a pre-
parar esa crisis de representación, de autoridad o de hegemonía, como se prefiera.
Cuando en 1930 se superpusieron la crisis económica y la crisis política, la burguesía y sobre todo el
Estado pudieron solucionar la primera desarrollando la industrialización por sustitución de importaciones, proceso
que había comenzado mucho antes, acentuándose en la década de 1920 con la instalación de fábricas de capitales
europeos y norteamericanos. Las transformaciones sociales tuvieron un sujeto principal, el Estado; como en la
etapa anterior, pero en una escala cuantitativamente más elevada. Detalle muy significativo: los cambios se pro-
dujeron en la forma del Estado, sin alterar la matriz societal. Pero en el plano de la política se asistió a un fracaso en
la reconstrucción (o en la construcción de una nueva) hegemonía, suplida por la inequívoca primacía de la coerción.
En la perspectiva de la larga duración, las fuerzas sociales y políticas argentinas no actuaron de manera
suficientemente consistente para construir una efectiva y sólida democracia política. Conforme al patrón definido
hacia 1880 –jamás seriamente cuestionado–, la democracia debía ser liberal. Pero su principal soporte material,
la burguesía, nunca asumió posiciones genuinamente democráticas, mientras la clase media osciló entre diferentes
posiciones. En la base de la pirámide social, los trabajadores por lo general descreyeron de ella y/o les importó
poco. Así, la democracia política no tuvo, en la Argentina, quien la practicara seriamente. Los cincuenta largos
años que vivió el país a partir de 1930 no fueron otra cosa que el lodo resultante de aquellos polvos acumulados
en los cincuenta años anteriores. Sus efectos se sienten todavía hoy.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
155
1
En 1880 concluyó lo que podría denominarse el “ciclo heroico” de la Argentina. En efecto, el país
contaba con una Constitución, se había establecido su Capital definitiva –último punto pendiente de la organi-
zación institucional establecida en 1853–, estaba concluido el gravísimo problema de los malones indios y hasta
fueron superadas una crisis financiera de características terribles y la última guerra civil entre Buenos Aires y las
provincias del interior. El general Roca asumió en aquel año la presidencia, y se contaba entre los artífices del cambio.
Al anunciar su programa de acción ante el Congreso, al recibir el mando del Poder Ejecutivo, enunció
como base de su conducta que ella tendería a la paz y administración; esto es, a mantener la tranquilidad pública
por un lado, y por otro a dirigir para que el país progresara. Era lo que el Preámbulo de la Ley Suprema indicaba
como norma general: “Promover el bienestar general”. En materia militar, y para quitar aliciente a algún levanta-
miento provincial, una ley prohibió a las provincias “la formación de cuerpos militares bajo cualquier denominación
que sea”, quedando solamente el Ejército Nacional para custodia de la soberanía y defensa de las instituciones.
Sin considerar en detalle los muchos aspectos y realizaciones llevados a cabo en el período de seis
años durante el cual Roca dirigió a la República, cabe destacar que, superados los aspectos indicados –luchas internas,
ataques indígenas–, dificultades de todo orden debían atenderse en un país pobre, poco poblado y mayormente
analfabeto, sin industrias de relieve excepto escasas artesanías, con un comercio insuficiente y carente de productos
necesarios. Es sabida la transformación que llevó a cabo el presidente Roca, sin que ninguna revuelta turbara su
gestión, y que ella fue exitosa, aumentándose la inmigración y el trabajo en variado orden, acompañado por una
legislación liberal de la cual pueden ser ejemplo la ley 1.420 de educación laica y obligatoria, y la creación del
Registro Civil. No hay tiempo para considerar en detalle lo realizado, pero reviste importancia para mencionar el
adelanto progresivo de la Argentina.
A esto se lo calificó injustamente de “materialismo” por algunas características de la nueva vida,
cuando no se trataba más que de disfrutar de ciertas comodidades postergadas durante largo tiempo por los con-
flictos y carencias aludidas. Pero el bienestar creciente tuvo una incidencia negativa: la búsqueda de satisfacciones
materiales desinteresó a buena parte de la ciudadanía a tomar participación en la acción política. Porque (pensaban):
¿para qué ocuparse de asuntos públicos, si hay buenos pilotos que nos conducen? Ahora debía atenderse a lo inme-
diatamente personal.
Pero esa apatía cívica tiene un costo para una república.
El desinterés mencionado se evidencia cuando llegó a término la presidencia del general Julio A.
Roca, y los tres candidatos para sucederlo surgieron de su mismo partido político, el Autonomista Nacional. No
hubo agrupación fuerte para oponérsele; los candidatos fueron su ex ministro el doctor Bernardo de Irigoyen, el
Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
ISIDORO J. RUIZ MORENO
ESCUELA SUPERIOR DE GUERRA
1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL
Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
3
CAPÍTULO
157156
Hasta entonces, el Ejército había respaldado a las autoridades, como era su deber. De tal manera, los
movimientos insurrectos que estallaron durante la época constitucional habían sido dominados, siendo los últimos
los de 1874 y 1880. En su gran mayoría, los jefes militares sostuvieron al gobierno nacional de turno; pero en 1890,
la Unión Cívica apeló a los oficiales subalternos, introduciendo una deletérea corrosión dentro de las filas del Ejército.
El golpe de Estado se produjo en el centro de la Capital, en el mes de julio de aquel año, comandado
militarmente por el general Manuel Campos, con escasos jefes de alta graduación, al tiempo que se constituía una
Junta gubernativa encabezada por Alem.
Pero el gobierno reaccionó rápidamente, dominando el intento tras dos días de lucha en el centro
de la Capital. Y si bien el doctor Juárez Celman se vio forzado a renunciar ante la falta de apoyo, se mantuvo el
elenco oficial, contrariando los anhelos revolucionarios de los “cívicos” para cambiar a todas las autoridades. El
gobierno “no estaba muerto”, como lo profetizó equivocadamente el senador Pizarro en el Congreso, ya que
asumió el vicepresidente Pellegrini, y el general Roca, principal destinatario de las críticas al manejo de influencias
oficiales, fue nombrado ministro del Interior. Una amplia amnistía, continuando una generosa política argentina
iniciada después de Caseros y proseguida al vencerse las rebeliones que siguieron, procuró llevar la calma a los espíritus.
Me es imposible tratar ahora la tarea de reconstrucción financiera encarada por el presidente
Pellegrini –que tuvo que salir de una bancarrota interna generalizada y con el país al borde del incumplimiento
de sus obligaciones con el exterior–, pero quiero llamar la atención sobre una frase del gran magistrado, válida
para cualquier tiempo: “La confianza vale mucho más que el oro y las armas, porque es todo a la vez”. Ni la dila-
pidación de los recursos propios, ni el golpe armado iban a solucionar el estado de la situación nacional, y fueron
el nombre y la acción de Pellegrini los que permitieron salir paulatinamente de una situación sumamente grave.
Lo que no cesó fue el trabajo de la Unión Cívica.
Al término del mandato del doctor Pellegrini, dicha agrupación inauguró una modalidad en las con-
tiendas electorales: la de que una convención partidaria eligiese por medio de representantes al candidato a la
nueva presidencia. La reunión se realizó en Rosario, de donde surgió la fórmula de Mitre para presidente y del
doctor Bernardo de Irigoyen para vice. Entonces volvió el general Roca a la acción, convenciendo a Mitre que no
convenía un enfrentamiento político, pues los ánimos se pondrían en conmoción durante la campaña, y volvería
a recrudecer el antagonismo entre argentinos, de modo que puestos de acuerdo (con este nombre se conoció su
entendimiento), Mitre abandonó sus principios del voto libre, y eligieron como candidato al doctor Luis Sáenz
Peña, venerable magistrado sin mayor energía para dominar una difícil situación. El doctor Leandro Alem rompió
ruidosamente su alianza con el general Mitre, mostrándose “radicalmente” opuesto al acuerdo con Roca, y de allí
nació el desmembramiento de la oposición, bajo el nuevo rótulo de Unión Cívica Radical. Su nueva fórmula fue la de
Bernardo de Irigoyen junto con el doctor Manuel Garro.
En tal momento histórico, otra figura comenzó a buscar su relevancia: Hipólito Yrigoyen, sobrino de don
Leandro (sin parentesco alguno con don Bernardo). En la lucha por la supremacía partidaria, Hipólito Yrigoyen
advirtió a Pellegrini un inminente estallido armado del Partido Radical, para que al fracasar, desplazara de la con-
ducción a su tío Alem; el gobierno dispuso el estado de sitio y tomó medidas severas para con los opositores, con
lo cual se favoreció la asunción al mando del candidato del Partido Autonomista Nacional, don Luis Sáenz Peña,
acompañado como vicepresidente por el doctor José Evaristo Uriburu.
La Unión Cívica Radical no se aquietó, y comenzó una agitación constante y peligrosa para la estabi-
lidad de las instituciones. El presidente don Luis Sáenz Peña, desorientado, llegó a incorporar a su gabinete a uno
de los dirigentes opositores para calmar a la oposición, y no precisamente el más prudente de ellos, el doctor
Aristóbulo del Valle. Puesto que, en efecto, promovió Del Valle desde el mismo gobierno la insurrección en el
interior de la República para derribar a los poderes locales. Los levantamientos armados culminaron en 1893, ten-
diendo a la revancha de la derrota de 1890. En Tucumán, se amotinó el Regimiento de Infantería de Guarnición,
y en Rosario se sumó a la revuelta el mayor de los nuevos acorazados de la Armada. Mas las medidas impulsadas
por el anterior mandatario Pellegrini, y el concurso del Ejército y la Marina, frustraron el intento. Severas medidas
adoptadas por el ministro del Interior, doctor Manuel Quintana, restablecieron el orden, siendo una de ellas la
prisión de Alem, jefe del alzamiento, no obstante desempeñarse como senador de la Nación, y la detención y el
destierro de muchos opositores.
Finalmente, sin apoyo alguno, Sáenz Peña renunció, y en su mensaje al Congreso dejó caer esta amarga
reflexión: “Me retiro seguro de que seré más respetado como ciudadano, de lo que he sido desde que fui investido
con la autoridad suprema de la Nación”. El mando recayó en el doctor José Evaristo Uriburu, manteniéndose la
vigencia constitucional. Durante la gestión de éste debió enfrentarse la difícil, peligrosa y constante cuestión de
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
gobernador porteño doctor Dardo Rocha, y el ex mandatario cordobés y ahora senador, doctor Miguel Juárez
Celman. Triunfó este último, sostenido por la antigua “Liga” del interior, que había llevado al triunfo al propio
Roca. El siguiente episodio explica un mote difundido hasta hoy: en cierta oportunidad en la cual Juárez llegaba
del interior, en horas de la tarde, lo esperaba una manifestación de sus simpatizantes que, para destacarse en la
recorrida que luego se organizó para acompañarlo hasta su casa, portaba faroles. De aquí viene la denominación
de “faroleros” para quienes buscan llamar la atención sobre sí mismos.
Al efectuarse la transmisión del mando, el 12 de octubre de 1886, el presidente saliente, Roca, dijo
al doctor Juárez Celman, como síntesis de lo logrado y de la nueva Argentina que se asomaba al siglo XX: “Os
transmito el Poder con la República más rica, más fuerte, más vasta, con más crédito y con más amor a la estabilidad,
y más serenos y halagüeños horizontes que cuando la recibí yo”. En efecto, en 1880 acababa de ser sometida san-
grientamente la resistencia de Buenos Aires a la candidatura del propio Roca.
Resulta importante una aclaración: si bien el Partido Autonomista Nacional mantuvo su predominio,
ni Avellaneda auspició a Roca, ni éste a Juárez Celman; y este último guardaba diferencias con Pellegrini. Luego,
Roca no compartiría la militancia con Quintana. Resulta útil establecer estas precisiones, ante una difundida ver-
sión del traspaso del mando entre amigos, que será considerada más adelante.
2
En un principio, la gestión de Juárez Celman prosiguió con el impulso progresista. De esta época sub-
sisten todavía hoy –pese a que se borra desaprensivamente cualquier vestigio de nuestro pasado histórico– algunos
grandes edificios públicos, de ostentosos frentes, incluso escuelas primarias, suntuosamente contruidas, para dig-
nificar la función a que estaban dedicadas.
Pero el crecimiento estaba aparejado por un síntoma de crisis creciente, a causa de mal financiamiento
y especulaciones, sumados a la deuda externa que era preciso satisfacer. Y a mediados del período presidencial
del doctor Juárez, los síntomas de peligro se hicieron cada vez más evidentes. Sobrevino la reacción
Ésta fue provocada por una comida de jóvenes universitarios que mostraron su adhesión casi incon-
dicional a la figura del primer magistrado, dispensador de favores. Lo que provocó un vibrante artículo en el diario
La Nación increpando a la nueva generación por dirigirse “en tropel al éxito”, olvidada de lo que su formación y deber
ciudadano le imponía para no aceptar directivas sin análisis. Esa clarinada del artículo de Francisco Barroetaveña
movió a otro grupo a conformar la llamada Unión Cívica de la Juventud (fines del año 1889), que realizó una gran
concentración política en un local de la calle Florida, esquina Paraguay, llamado “Jardín Florida” (donde hoy un
local público se denomina con vaga reminiscencia, “Florida Garden”). La incorporación de personajes con impor-
tante trayectoria y de mayor edad forzó a quitar el aditamento “de la Juventud”, y la nueva agrupación quedó
sólo como Unión Cívica.
Era, como su nombre lo demuestra, una concentración que mezclaba toda clase de opositores al
gobierno de Juárez Celman. Se propiciaba la libertad del sufragio, sin imposiciones oficiales, para concluir con el
“continuismo” del poder en las mismas filas. Aunque hay que convenir en la frase de que “se votaba mal, pero se
elegía bien”. Debe aclararse, antes de proseguir, que no todas las elecciones de tiempos anteriores habían sido
fraudulentas o violentas, pues generalizar en historia es equivocarse. La Unión Cívica abrigaba dentro de sí una
mezcla de tendencias que sólo tenían como común denominador la crítica al gobierno, agitando la autenticidad
del voto y la moral pública como banderas casi excluyentes de acción. Allí, en dicha Unión, se mezclaban jóvenes
sin militancia anterior, católicos disconformes con la Ley de Matrimonio Civil, opositores tradicionales como los
mitristas y hasta hombres de tendencia conservadora, como el doctor Bernardo de Irigoyen, competidor de Juárez
en la campaña presidencial.
La crisis financiera que depreció la moneda en el orden interno, e hizo peligrar el pago de la deuda
externa, agudizó la tensión.
Así las cosas, la Unión Cívica organizó otro acto público a principios de 1890, en el frontón de paleta
“Buenos Aires”, donde destacados hombres públicos pronunciaron encendidos discursos. El entusiasmo de la con-
currencia impulsó a la Unión Cívica, bajo la dirección del doctor Leandro Alem, a no perder tiempo en derribar
al gobierno nacional. Y en vez de debilitarlo mediante una oposición que denunciara insistentemente sus faltas,
los cívicos dejaron de serlo para convertirse en sediciosos.
La prédica comenzó a ganar prosélitos entre la oficialidad joven, idealista, que se dejó contagiar por
una campaña política ajena a su función.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
159158
se movilizaba en los cuerpos de la Guardia Nacional. De todos modos el servicio militar quedó establecido, al llegar
la ciudadanía a los veinte años de edad. Debió componerse al efecto un padrón de todos los que serían llamados
a incorporarse a las filas del Ejército; y veremos la importancia colateral de esta medida.
Importante innovación fue la modificación de las elecciones para diputados nacionales, para dar
representatividad más auténtica a los electos. A tal objeto, se dividieron los distritos (provincias) en circunscrip-
ciones, de modo que cada barrio –con distintas características poblacionales– pudiera elegir a un vecino surgido
del mismo, en lugar de hacerlo por medio de “listas sábanas”, donde no se conocía a la mayoría de los que figuran
en ellas. De la reforma electoral propiciada por el presidente Roca y su ministro González surgió, para ocupar un
sitial en la Cámara de Diputados, el joven abogado Alfredo L. Palacios, elegido por La Boca, militante en el agre-
sivo Partido Socialista, y vencedor en las elecciones del propio secretario del general Roca, demostración conclu-
yente de que no siempre se daba el “fraude patriótico”.
Luego de Roca, asumió la presidencia de la República el doctor Manuel Quintana. El nuevo mandatario
no era partidario de su antecesor, y en su discurso de toma de posesión del cargo no dejó de marcar sus diferencias:
Soldado como sois, trasmitís el mando a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador,
no somos camaradas ni correligionarios, y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más dis-
tanciadas entre sí que muchas capitales de Europa.
Era el 12 de octubre de 1904. Indico esta fecha porque el 4 de febrero de 1905, apenas transcurrido
el verano y en receso del Poder Legislativo, estalló un nuevo movimiento revolucionario, el segundo realizado
por la Unión Cívica Radical después del alzamiento de los cívicos en 1890. Los radicales no se habían atrevido a
hacerlo durante la gestión de Roca. Ahora se animaron, cobrándole la cuenta al anterior Ministro del Interior
(ahora en la presidencia), quien enérgicamente los enfrentara en la repetición de su tentativa de 1893. El estallido
revolucionario se produjo en distantes lugares del país, como en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y
Mendoza. En la capital cordobesa fueron apresados el vicepresidente Figueroa Alcorta y otras prominentes figuras
que se hallaban veraneando, amenazados de ser fusilados si el gobierno enviaba tropas para restablecer la situación.
Los mensajes cambiados entre el presidente Quintana desde la Casa Rosada, y el doctor Figueroa Alcorta, hacién-
dole ver su riesgo, son dignos de conocimiento para demostrar la entereza de aquel hombre mayor de edad, en
salvaguardia del prestigio de las instituciones constitucionales y del orden. La sedición fue vencida, escapando su
gestor, Hipólito Yrigoyen, mientras otros correligionarios caían en poder de las fuerzas militares. Al poco tiempo,
una ley de amnistía tranquilizó el ambiente público.
Se perfilaba un adelanto cívico: el doctor Carlos Pellegrini, elegido diputado –ese cargo constituía el
primer peldaño de su carrera–, pronunció un discurso en la Cámara abogando por una modificación de la ley elec-
toral, para que los votantes lo hicieran con mayor garantía de libertad. “Anular la venalidad”, fue su consigna.
En política, las grandes transformaciones son maduradas antes de su realización, aunque no siempre
se perciba el trasfondo que las impulsa.
El doctor Quintana murió al poco tiempo, y asumió el Vicepresidente. Ya se perfilaba la apertura polí-
tica aludida, y parlamentarios adversos al nuevo presidente trataron de mantener sus posiciones, siendo el acon-
tecimiento más ruidoso su negativa a sancionar la ley de presupuesto para 1908, lo que imposibilitaba al gobierno
a actuar. Ante ello, el doctor Figueroa Alcorta recurrió al arbitrio inédito de clausurar las sesiones parlamentarias
de prórroga que había dispuesto el mismo Poder Ejecutivo, y por decreto puso en vigencia el presupuesto del año
anterior. La muerte de Pellegrini y del ingeniero Emilio Mitre privó al primer magistrado de un apoyo importante,
y de eventuales candidatos para sucederlo. Durante su período, se celebró con gran pompa el Centenario de la
Revolución de Mayo, asistiendo entre importantes personalidades extranjeras la infanta doña Isabel de Borbón,
la popular “Chata”, primer miembro de la Casa de Borbón en concurrir a la República Argentina, y cuyo nombre
se recuerda en una avenida del Parque 3 de Febrero.
El candidato de Figueroa Alcorta para sucederlo era el doctor Roque Sáenz Peña, a quien, para pre-
servarlo del ardor de la confrontación propia del antagonismo electoral, se designó como representante diplo-
mático en Europa. Allí, don Roque se puso de acuerdo con otro diplomático argentino, el doctor Indalecio
Gómez, para promover una modificación en las prácticas electorales, comprometiéndose además a que el gobierno
resultante no intervendría en la elección del futuro primer magistrado. Sería Sáenz Peña el segundo presidente
en resultar electo estando fuera de la Argentina: el anterior fue Sarmiento.
límites planteada con Chile, que llevaron a realizar la primera conscripción militar, concentrándose la reserva en
diversos lugares del país, siendo uno de ellos las sierras de Curá-Malal en la provincia de Buenos Aires, donde se
adiestraban a las tropas a pelear en la montaña.
En cuanto al radicalismo, en 1896 perdió a sus dirigentes Alem y Del Valle (el primero suicidado, por
grandes desengaños), sucediéndolos en la dirección del partido el señor Hipólito Yrigoyen, quien dispuso la abs-
tención revolucionaria de ahí en adelante, como muestra del repudio a la transmisión del mando desde la cúpula
del poder –ya se indicó al principio que ello no se daba por completo–, señalando el medio que se emplearía para
llegar a él. Por otra parte, la nómina de presidentes, ministros y miembros del Congreso es elocuente para demostrar
la calidad de los funcionarios públicos, a la par de una legislación que gradualmente iba dando respuesta a las exi-
gencias populares, con un país en paulatina mejora.
Una nueva tensión de guerra contra Chile sirvió como condicionante a la futura presidencia. Ese inmi-
nente conflicto movió a Pellegrini a inclinar al electorado del Partido Nacional en favor del general Roca como
el mejor dotado para enfrentar la situación. Una confluencia de entidades políticas opuestas que se unieron con el
solo propósito de impedir su llegada a la primera magistratura, denominadas “las paralelas” –marchaban al lado
pero sin mezclarse–, fueron derrotadas y de este modo Roca se consagró presidente por segunda vez.
Para este tiempo –fines del siglo XIX–, había sido creado en Buenos Aires el Partido Socialista (1896),
mediante el impulso del destacado médico doctor Juan B. Justo. Esta flamante agrupación tenía la declarada
misión de favorecer a los obreros, y por tratarse de un partido de clase (es decir, sin lugar determinado de trabajo),
comenzó su prédica haciendo ostensible desprecio hacia los símbolos patrios, como la bandera y el himno nacional,
lo que motivó violentos enfrentamientos. También se manifestó duramente contra el Ejército y la Iglesia. En tiempos
del festejo del Centenario, en el local socialista se exclamó: “¡No hay que endiosar a los próceres! La Revolución
de Mayo fue un movimiento netamente económico”, lo que revela la índole sectaria del partido en aquella
época. Al respecto, un diputado conservador resumiría ante el Congreso:
No olvidemos que las generaciones pasadas han preparado el momento que vivimos. Y en cuanto a
favorecer a la clase obrera, esta Cámara lo ha hecho siempre que se ha presentado una iniciativa
plausible, sin necesidad de la colaboración del Partido Socialista, que no se había formado todavía
entre nosotros. ¡Ni era necesario que se formase para que nos preocupáramos de la suerte de los tra-
bajadores de la República!
En verdad, las corrientes inmigratorias lograban realizar su ensueño de progreso para las familias que
llegaban, mejorando sus condiciones de vida, y ocupando sus hijos y nietos –y aun algunos de ellos mismos– posi-
ciones en los más altos cargos de nuestra República.
También hubo manifestaciones de anarquistas provenientes de Europa, terroristas que llegaron a
efectuar atentados mortales. A su accionar quiso poner fin la Ley de Residencia, en 1902, que contemplaba la
expulsión del país de los extranjeros indeseables.
3
Si bien durante la gestión del general Julio A. Roca no se dieron rebeliones de índole política, la cre-
ciente y novedosa “cuestión social” agitó la vida pública, con frecuentes manifestaciones y huelgas. El gobierno
de Roca procuró dar remedio a las protestas, y su ministro el doctor Joaquín V. González proyectó un Código del
Trabajo. Hay que destacar que el doctor González llamó a colaborar en su proyecto de Código del Trabajo a varios
jóvenes talentosos, aunque no todos fueran de su misma orientación política, encargándoles el estudio de algún
capítulo del mismo, porque la labor gubernativa se destina a toda la población y debían colaborar en ella todos
los capacitados para abordarla. Fueron convocados entre otros Alfredo Palacios, José Ingenieros, Enrique del
Valle Iberlucea, Augusto Bunge, todos ellos socialistas. Si bien el Código no fue sancionado en su conjunto, sirvió
para que en un futuro próximo el diputado Palacios tomara del mismo varias disposiciones que propuso al
Congreso como leyes autónomas, que fueron aprobadas por los senadores y diputados del “antiguo régimen”.
Otra medida digna de mención de la gestión presidencial de Roca fue la impulsada por el ministro
de Guerra, coronel Pablo Ricchieri, otra vez en relación al enfrentamiento con Chile, al impulsar el servicio militar
obligatorio en 1901. El proyecto encontró una fuerte oposición, que entre sus argumentos objetó la falta de
necesidad de la conscripción forzosa, ya que cuando la patria entraba en guerra, voluntariamente la ciudadanía
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
ISIDORO J. RUIZ MAORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
161160
causaba inconvenientes. Pero ya he expresado que no siempre eran violentas las elecciones, ni fraudulentos los
recuentos de votos.
Los principales caracteres de la reforma eran la obligatoriedad, la universalidad, y el secreto del voto.
Aunque todos conocemos ahora su mecanismo, conviene precisar que no era tan general como anunciaba, pues
no votaban las mujeres. Uno de los elementos favorables para garantizar la correcta composición de los padrones
–evitando ausencias o inclusiones falsas–, fue adoptar la lista –ya conformada– de los ciudadanos llamados a prestar
servicio militar, conforme lo dispusiera la Ley de Conscripción Obligatoria.
En cuanto a la obligación de concurrir al comicio, esta ley tendió a desviar a la Unión Cívica Radical
de su peligrosa abstención revolucionaria en los comicios. De aquí la obligatoriedad de votar, forzando a los radi-
cales a intervenir en la competencia por ganar el poder; y al obtener bancas en el Congreso participaban en cierta
medida en el gobierno, lo cual, haciendo oír su voz y colaborando en la legislación, sacaba a los radicales de su
postura sediciosa. La garantía al sufragante de contar con un voto secreto constituía un elemento fundamental
para que la Unión Cívica Radical abandonara su postura negativa. Desde luego, el Congreso de mayoría conser-
vadora fue el que aprobó la iniciativa para modificar el mecanismo del voto, aunque no le convenía políticamente
–resulta necesario recalcarlo–.
Por otra parte, la obligatoriedad de concurrir al acto eleccionario tendía a “argentinizar” a los hijos
de los inmigrantes nacidos en nuestro país, muchos de los cuales no se habían integrado plenamente a él, man-
teniendo costumbres, cultura y hasta el habla de los territorios de origen de sus padres. Junto con la ley 1.420 de
educación común y obligatoria (del tiempo de Roca), y la afluencia inmigratoria (época de Juárez Celman), la
República Argentina contaba cada vez más con habitantes y ciudadanos que debían comprometerse con los inte-
reses nacionales.
Esta ley electoral fue una verdadera revolución, en cuanto desplazó de la conducción política a la alta
sociedad que tradicionalmente ocupaba los cargos públicos, para dar acceso al gobierno a la clase media, tanto
de antiguos criollos como de recientes argentinos. Como medio de llegar al poder, fortaleció la democracia –que
es lo accidental– pero no siempre para la República –que es lo fundamental– por los abusos que a veces cometieron
quienes ocuparon los puestos del Estado.
Es importante destacar otro aspecto de este tema: cuando en Europa el doctor Sáenz Peña conversó
sobre su programa político con el doctor Gómez, invitándolo a integrar su gabinete ministerial, éste aceptó con
una condición, que fue compartida, y que el mismo Indalecio Gómez reveló a la Cámara de Diputados tiempo
después: “Es entendido que ni en el Ministerio del Interior ni en algún otro, se producirá acto, se dirá palabra, se
hará indicación que importe la preparación de un Gobierno futuro”. “¡Convenido!”, respondió Sáenz Peña. Lo
contrario hubiese sido mantener la práctica que buscaban superar, de que la ciudadanía careciera de plena libertad
de elección libre y auténtica. Ese pacto solemne hizo que durante la gestión de ambos caballeros, “las entrañas de
este Gobierno han quedado esterilizadas, absolutamente esterilizadas –remarcó Gómez al relatar la entrevista en el
Congreso– para concebir una candidatura oficial”.
En la imposibilidad –por razones de espacio– de detallar la labor administrativa de las presidencias
(lo que tampoco es el propósito de esta colaboración), y concretándome al tema político, diré que en noviembre
de 1914 nació un nuevo partido político: el Demócrata Progresista. Tendieron sus fundadores a reagrupar a las
corrientes conservadoras, dispersas y poco afectas al proselitismo popular, desde que llegaban al poder como con-
secuencia de acuerdos gestados en las esferas oficiales. Deseaban oponerse al radicalismo anhelante de ocupar
los cargos públicos, como también al socialismo con su prédica disolvente de las instituciones argentinas, y en sus
orígenes, este Partido Demócrata Progresista mostró una clara tendencia roquista, reflejada en la nómina de sus
creadores: Norberto Quirno Costa, Indalecio Gómez, Joaquín V. González, José María Rosa, Carlos Ibarguren, Julio
A. Roca (hijo) y Alejandro Carbó. También Lisandro de la Torre, cuya mención dejé para el final, porque éste luego
evolucionó hacia una tendencia contraria. Fue íntimo amigo del general José Félix Uriburu (quien expresó que
había encabezado en 1930 la rebelión contra Yrigoyen para hacerlo presidente), y siempre un tenaz adversario
de Hipólito Yrigoyen y de los radicales.
Hubo esperanzas de que cuando murió enfermo el presidente Sáenz Peña, su sucesor el doctor
Victorino de la Plaza, no cumpliera con las promesas oficiales. Lejos de ello, el presidente De la Plaza se atuvo
estrictamente a la imparcialidad y no propició ninguna figura para que triunfara en las elecciones.
El 2 de abril de 1915 los electores de presidente –el voto era indirecto– no lograron mayoría absoluta,
si bien la Unión Cívica Radical obtuvo más sufragios para su candidato Hipólito Yrigoyen que sus contrincantes:
eran 300 los electores representando a las Juntas Provinciales, y la fórmula Yrigoyen-Pelagio Luna carecía de los
Cabe puntualizarse que la elección de Sáenz Peña se produjo ante la persistente abstención del
Partido Radical. Curiosa circunstancia: la de que el presidente que forzó la instauración del voto libre, doctrina
casi excluyente del radicalismo, haya surgido como producto del favoritismo oficial, en práctica condenada por
la oposición.
Desde otro punto de vista, esa larga ausencia del radicalismo en la liza cívica favoreció al Partido
Socialista, que pudo llevar a la Cámara de Diputados a sus representantes, al renovarse en 1912 por primera vez
de acuerdo a la reforma electoral. El Congreso tuvo ocasión de escuchar desde entonces gritos y frases que cho-
caban con las costumbres observadas anteriormente. Muestra de las nuevas modalidades fue la incorporación
como diputado del doctor Juan B. Justo, presidente del Partido Socialista, quien exclamó en la oportunidad:
¡No puedo disimular la profunda repugnancia que siento al ver que mi diploma legítimo ha necesi-
tado la aprobación de una Comisión de Poderes formada por Diputados fraudulentos! […] ¡También
subleva mis sentimientos democráticos verme rodeado en este recinto por los representantes de oli-
garquías cerradas, que en nuestro país, desde hace tantos años, manejan la cosa pública con proce-
dimientos de conciliábulos, defendiendo siempre los intereses mezquinos de la clase capitalista!
Los socialistas continuaron su prédica a favor de la clase obrera, atacando con lenguaje desusado y
hasta procaz a la política tradicional. De todos modos, esta corriente logró aumentar su representación, y hasta en
1913 contaron con un miembro en el Senado, el doctor Enrique del Valle Iberlucea (nacido en España), a quienes
siguieron otros –el mismo Justo y Niocolás Repetto–, destacándose el doctor Alfredo L. Palacios de sus “compañeros”
(son los primeros políticos que usaron esta palabra para señalarse) por su romanticismo, cultura y patriotismo.
Uno de los diputados socialistas de entonces, Federico Pinedo, que evolucionó más adelante al conservadorismo,
marcó su conducta:
Los voceros del socialismo en aquellos momentos no tenían el carácter moderado y burgués que pre-
dominó más tarde en ellos: eran marxistas cabales y actuaban proclamando la lucha de clases bajo el
auspicio de la bandera roja, al son de los virulentos estribillos revolucionarios contra la burguesía, y de
las consignas proletarias internacionales. Esta propaganda, si bien conmovió a las multitudes obreras
de la ciudad de Buenos Aires, no repercutió en las provincias ni en los distritos rurales.
Llegó Roque Sáenz Peña a la presidencia de la República, prestigiado su nombre tempranamente
como diputado nacional y delegado en conferencias internacionales, y lo que era también notorio, su desempeño
valeroso como teniente coronel en el Ejército Peruano durante la Guerra del Pacífico contra Chile, donde se batió
heroicamente en la defensa del Morro de Arica contra fuerzas superiores, siendo el único jefe que sobrevivió al
asalto, herido y prisionero. Pero venía de Europa con mala salud, lo que quitó a Sáenz Peña energía para cumplir
su tarea con mayor dedicación; aunque la ley de reforma electoral que justamente lleva su nombre, y que logró
mediante la eficaz ayuda de su ministro del Interior, el ya aludido Indalecio Gómez, bastó para consagrarlo en la
posteridad como uno de los grandes impulsores del progreso cívico argentino.
Se hizo cargo del Poder Ejecutivo el 12 de octubre de 1910, pasados los festejos del Centenario de la
Revolución de Mayo. Al jurar ante la Asamblea Legislativa “cumplir y hacer cumplir la Constitución”, ya anunció su
“ensayo” (así lo calificó) del voto secreto y obligatorio, y su deseo:
Yo aspiro a que las minorías estén representadas y ampliamente garantizadas en la integridad de sus
derechos. Es indudable que las mayorías deben gobernar, pero no es menos exacto que las minorías
deben ser escuchadas, colaborando con su pensamiento y con su acción en la evolución ascendente
del país.
Sáenz Peña agregó que “no bastaba garantizar el sufragio”, sino que “se necesitaba crear y mover
al sufragante”.
Antes de Sáenz Peña, el voto era público y voluntario. El habitante que quería convertirse en ciuda-
dano, se anotaba en el padrón cívico si lo deseaba pero concurría o no a ejercer su derecho en el comicio (el
mismo procedimiento para quien, en la actualidad, se afilia a un partido político en sus elecciones internas). Hasta
entonces se recibía el voto anunciado en voz alta, que hacía pública la preferencia del elector, lo que a veces le
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
163162
Yrigoyen quedará como la expresión de un momento de rebajadita social. Ha roto el pacto federal,
ha menospreciado el Congreso, ha desquiciado la Administración, ha ridiculizado la personería de la
República en el concierto de las Naciones.
Esto último, por haber aceptado la Argentina ser parte de la Liga de las Naciones, sin condiciones, y
luego retirarse al no ser admitida una propuesta para la integración del organismo.
El dominio yrigoyenista del partido, además, lo llevó a designar personalmente, sin recurrir a la
Convención Radical reunida para deliberar al respecto, a su sucesor. Fue el doctor Marcelo de Alvear, embajador
argentino en Francia, ajeno al desarrollo de graves alteraciones en la política nacional. Sabía el Presidente que el
candidato no lo traicionaría, pero colocó en la vicepresidencia a un incondicional seguidor, don Elpidio González,
quien en caso necesario podría suplantar al elegido. El resultado de los comicios dio el triunfo a la Unión Cívica
Radical con 235 votos de las Juntas Electorales, 60 para la fórmula conservadora encabezada por Norberto Piñero,
22 para el socialista Repetto, y 10 para la democracia-progresista que postulaba a Ibarguren. Don Marcelo de
Alvear no participó en la campaña proselitista, permaneciendo en París.
Al revés de su antecesor, el doctor Alvear pronunció un discurso ante el Congreso en términos carentes
de agravios y hasta ponderando el “desarrollo de la riqueza” lograda desde tiempos lejanos, llamado a la cola-
boración de todos los argentinos. Su espíritu amplio chocó con los seguidores de su antecesor, de personalidad
absorbente, y pronto quedaron escindidos los radicales en dos grupos cada vez más opuestos, siendo denominado
el que se despegaba de las directivas de don Hipólito “antipersonalista”. El doctor Alvear no tardó en señalar la
diferencia, en su primer mensaje al abrir las sesiones del Congreso en 1923: “No ha de faltarme la energía de
carácter que demande el mantenimiento de la alta dignidad de mi investidura. Mi Gobierno no desea encontrar
en su camino una unanimidad enfermiza de opinión”.
Alvear no llevó adelante la intervención a la provincia de Córdoba para desplazar al doctor Julio
Roca, como Yrigoyen quería; y el propio Yrigoyen fue a hacer campaña cuando finalizó el término del mandatario
provincial; pero las elecciones cordobesas dieron el triunfo al doctor Ramón J. Cárcano, conservador. La divergencia
se ahondó cuando al año siguiente (1924) el vicepresidente Elpidio González tildó en el Senado de “contubernio”
la coincidencia de actitudes de radicales antipersonalistas con conservadores. Sus palabras motivaron la enérgica
condena de los opositores –entre ellos los socialistas–, y fueron tachadas del diario de sesiones.
5
La presidencia de Alvear fue esterilizada por la postura obstruccionista de los partidarios del jefe de
la Unión Cívica Radical (calificados de “genuflexos”), y no pudo cumplir con todos sus proyectos, no obstante la
corrección de sus procederes, que enaltecieron a la Argentina ante las naciones extranjeras.
Al agitarse la ciudadanía en 1927 por la renovación del gobierno, lo que debía ocurrir al año siguiente,
el presidente Alvear condenó a las agrupaciones “enfermas de sectarismo” –en su expresión–, que vivían poseídas
“de la obsesión de considerar irremplazables a los hombres públicos”. En su último mensaje al Congreso, el pre-
sidente Alvear se quejó públicamente de la obstrucción que hicieron los radicales yrigoyenistas a muchas de sus
iniciativas favorables al bienestar y al progreso de la República. Sin embargo, don Marcelo para nada influyó en
las elecciones, en las cuales fue nuevamente electo el señor Hipólito Yrigoyen, con mucho mayor caudal de votos en esta
oportunidad que en la primera. Alvear fue tachado de “traidor” por los vencedores, que lo silbaron al retirarse de
la Casa Rosada.
A partir del triunfo del conductor radical, el pueblo festejó el triunfo de su “causa” como el de las reivin-
dicaciones de las clases sociales más necesitadas. Pero a los 76 años, muy desgastado, no era ya quien doce años
antes llegara a la primera magistratura impelido por ideales de renovación. Su gobierno se aisló de las demás
fuerzas cívicas, y él mismo estuvo rodeado y aislado por un círculo que lo adulaba. Se formó un grupo violento
para defender al Presidente de sus censores, llamado el “Klan Radical”, que no dejó de apelar a medios violentos
para silenciar. El señor Yrigoyen era entretenido con audiencias intrascendentes, y los ministros debían aguardar
mucho tiempo para ser recibidos. A fin de despachar los asuntos que no se resolvían, se ideó la maniobra de los
“decretos ómnibus”, consistentes en que entre la primera y la última hoja podían intercalarse varias disposiciones,
conforme a la redacción empleada. Es reconocido que se imprimía un ejemplar de periódico para su lectura con
noticias falsas. La consecuencia fue un rápido deterioro por no atenderse, nuevamente, a las tensiones sociales,
cuyas manifestaciones fueron reprimidas violentamente por la Policía. El crack financiero en Estados Unidos repercutió
151 votos para imponerse por sí sola. Hubo gran tensión, ya que podían combinarse sus opositores en el Colegio
Electoral, y además la Asamblea Legislativa (ambas Cámaras del Congreso reunidas), que era la que debía aprobar la
elección –art. 67, inc. 18, de la Constitución–, tenía mayoría antirradical. Sin embargo, los electores conservadores
y demócratas progresistas dividieron sus preferencias, y finalmente se impuso el señor Yrigoyen por el estrecho
margen de 152 votos contra 148. Desde entonces, el Partido Demócrata Progresista entró en una declinación
constante, no obstante haber mantenido cierto predominio en Santa Fe, por acción de su caudillo De La Torre.
4
Los radicales tuvieron a su frente, tenaces y ardientes, a socialistas, conservadores, y también luego
a radicales disidentes con la conducción personalista que imprimió Yrigoyen a su gestión partidaria y oficial.
Este personaje no llegaba al poder con una doctrina definida. La bandera radical, desde la aparición
de esta corriente política en 1891, era la libertad del votante; es decir, una tesis de combate opositora. Pero resulta
que su anhelo había sido ya obtenido, y debido no a sus esfuerzos, sino al impulso de un presidente surgido de
las filas contrarias, a cuya elección los radicales no habían concurrido, absteniéndose por considerar que surgía
del fraude. Esa paradoja de vencer por acción de un adversario, sin otra aspiración que la ahora desaparecida,
sería fatal para la Unión Cívica Radical, esterilizando los frutos que se esperaban de la época que se inauguraba.
Lo cierto es que careció de plan de gobierno y asumió una política rencorosa contra sus adversarios.
Dada la conformación marcadamente personalista del partido ahora gobernante, todo giraba en
torno a la voluntad de su conductor. Fue, sin duda, un personaje misterioso por sus actitudes –su lenguaje incluso
distaba de ser comprensible– y mesiánico. A continuación cito dos de sus frases como ejemplo: “He vivido en la
más absoluta integridad de mis respetos” y “Desde que tuve uso de razón he sido una enseñanza viva del fuego
sacro de la vida”. Endiosado por sus continuadores, se mostraba solícito en la comprensión de los pobres y con-
trario a una oligarquía “falaz y descreída” (como la calificaba), con desinterés por la riqueza y los goces de su
posición pública. Con la marcada egolatría, se describió a sí mismo no como un “gobernante de orden común”.
Pero lo cierto es que su gestión no satisfizo las expectativas vinculadas a la modificación de la cuestión
social, tan apremiantemente reclamada por su propio partido.
Pese a la constante prédica demagógica contra el “régimen” desplazado, el presidente Yrigoyen no
dio solución a los problemas que esperaban mejoras, lo que llevó a huelgas numerosas, que culminaron en enero
de 1919 con el estallido de la denominada “Semana Trágica”. Ante la violencia de los reclamos de los obreros, que
superada la presencia de la Policía, sólo pudieron ser dominados por el Ejército, Yrigoyen designó un “Gobernador
Militar” para la ciudad de Buenos Aires, solución que constituyó un procedimiento insólito porque dicho cargo
no existía.
En el campo institucional, el Presidente mostró cada vez de manera más acentuada la tendencia a
prescindir de los otros poderes nacionales o locales en todo lo posible, y de dar al gobierno un carácter de cen-
tralismo autocrático. En su campaña por desmantelar las antiguas “situaciones oficialistas” en el interior del país,
Yrigoyen se impuso la tarea de intervenir casi todas las provincias para desplazar a sus mandatarios, a veces man-
teniendo la presencia nacional varios años, y otras veces haciéndolo en más de una oportunidad: San Luis fue
intervenida en tres ocasiones.
Tales intervenciones tenían como fin suplantar la representación de las provincias en el Congreso
(sobre todo en el Senado), que era en gran parte conformada por los partidos conservadores. No obstante el
triunfo radical en el orden nacional, los conservadores en el interior del país lograron –con el apoyo popular y
mediante la aplicación de la nueva modalidad electoral– obtener el gobierno de algunas provincias importantes:
Córdoba y Santa Fe, por ejemplo, donde su labor fue sumamente positiva. Aunque corresponde a su segundo
mandato, señalaré que no “reconoció” como gobernador al doctor Julio Roca (hijo) cuando fue elegido por la
provincia de Córdoba, y se negó a tener trato siquiera oficial con él.
El desdén de Yrigoyen por el Poder Legislativo se tradujo en el hecho de no concurrir a la apertura
de sus sesiones, ni de leer ni enviar su mensaje anual para dar cuenta del estado del país, como lo dispone la
Constitución.
Al finalizar su mandato en 1922, un de los más enconados adversarios en el Parlamento, el doctor
Matías Sánchez Sorondo, afirmó:
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
165164
Para finalizar la época rememorada, cabe precisar ante todo que el movimiento fue encabezado por
el general José Félix Uriburu, que estaba retirado del servicio activo. Circunstancia importante: Uriburu carecía de
mando, pero estaba revestido de autoridad. Hay que tener en cuenta esta diferencia.
Por otra parte, la difundida frase de que los opositores “golpearon las puertas de los cuarteles”, es
equivocada. Si bien la ciudadanía se hallaba en estado de rechazo al gobierno, nada hacía presumir la posibilidad
de recurrir a las Fuerzas Armadas, pese a que los tiempos electorales no alcanzarían para revertir una situación
calamitosa. Las condenas de La Prensa y de La Nación, más la virulencia de Crítica, no pasaban de reflejar la opo-
sición y de señalar los preceptos constitucionales dejados de lado por el oficialismo radical. El golpe de Estado,
ocurrido el 6 de septiembre, fue producido por militares que no obedecieron al reclamo de los civiles, los cuales
fueron dejados de lado hasta el último momento por expresa indicación del general Uriburu. El complot fue orga-
nizado como una operación castrense, y si bien es cierto que fue impulsado por un grupo reducido de iniciados,
también hay que tener en cuenta que el Ejército no defendió la estabilidad del Presidente ni del Congreso.
La interrupción del sistema constitucional no fue larga: sólo duró un par de años, y el propio encargado
del Poder Ejecutivo Nacional lo definió como “gobierno provisional”. Sus intentos de reforma de la Constitución de
1853 y del régimen de partidos políticos no pudo, felizmente, llevarse a cabo, y con el acceso al poder en 1932 del
general Agustín P. Justo, la República Argentino volvió a retomar su rumbo ascendente.
muy desfavorablemente en la situación argentina, agravado por la dilapidación de los recursos del Estado, mane-
jados en forma desordenada. Las huelgas y manifestaciones marcaron rápidamente el descontento, agitadas
tanto por obreros como por estudiantes universitarios. El desorden se unió a los manejos políticos, sin faltar el
fraude que se achara a los conservadores.
Un radical de la talla de Ricardo Rojas pronunció en estos términos severos esa conducta:
El gran pecado del radicalismo, acaso, ha consistido no tanto en el desquicio administrativo, sino más
bien en haber violentado la Ley Sáenz Peña en Córdoba, Mendoza y San Juan; en haber anulado la
colaboración del Ministerio y el control del Parlamento, por un mal entendido sentimiento de la soli-
daridad partidaria; en haber descuidado la selección de sus elegidos, y en haber coaccionado a la
oposición mediante ciertos instrumentos demagógicos. Todo esto significa un olvido del radicalismo
histórico, de su dogma del sufragio libre, de su programa constitucional, y de sus ideales democráticos.
Un síntoma elocuente de la pérdida del favor del pueblo hacia el gobierno, lo dio en 1929 el triunfo en
la Capital de los candidatos a diputados del Partido Socialista Independiente. La unión de los opositores se concretó
al poco tiempo: conservadores, socialistas, radicales “antipersonalistas” y el resto de demócratas progresistas. Estaba
pendiente la amenaza de juicio político al Presidente por “mal desempeño de sus funciones”, tal como lo señala
la Constitución Nacional, puesto que entre otras características de su paso por el Poder Ejecutivo, debe repetirse
que Yrigoyen había abandonado la función pública que le indicaba la Ley Suprema, en la apatía que le provocaba
su estado físico e intelectual. Prácticamente no existía el gobierno: el presidente Yrigoyen estaba aislado por la cama-
rilla indicada y no ejercía la función que le estaba encomendada; y, por su parte, el Congreso no se reunía en sesiones
ordinarias, por temor a la acusación de juicio político que se le haría a aquél: ni Ejecutivo, ni Legislativo.
En agosto de 1930, el Ministro de Agricultura no pudo inaugurar la exposición organizada por la
Sociedad Rural por haber sido recibido con una fuerte y sostenida silbatina, que lo forzó a retirarse. Graves escán-
dalos ocurrían en las provincias del interior, como Mendoza y San Juan, y los diarios criticaban severamente a las
autoridades.
El ambiente público mostraba un continuo y grave descontento contra el gobierno. Las manifesta-
ciones callejeras de estudiantes y obreros eran continuas. Sus antiguos partidarios, el Intendente Municipal de
Buenos Aires, tanto como el Ministro de Guerra, dirigieron elocuentes mensajes a Yrigoyen señalándole la nece-
sidad de un cambio de actitud inmediato, sin ninguna reacción por parte de éste. De su lado, parlamentarios de
todos los bloques, identificados como “De los 44” por el número de sus componentes, lanzaron un manifiesto
explicativo de los malos procederes del oficialismo y de las medidas que debían adoptarse en cumplimiento de la
Constitución. La renuncia del ministro de Guerra, el general Dellepiane, presentada el 2 de septiembre de 1930
–fecha significativa– fue redactada en términos alarmantes para el Presidente y para el sistema republicano de
gobierno. Véanse algunos de sus conceptos:
He acompañado a pesar de mi voluntad y contrariando mi conciencia, a V.E., en la refrendación de
decretos concediendo dádivas generosas, pensando que esto pudiera liquidar definitivamente una
situación sobre la cual el país no debía reincidir. Me repugnan las intrigas que he visto a mi alrededor,
obra fundamental de incapaces y ambiciosos. He visto y veo alrededor de V.E. pocos leales y muchos
interesados.
Y aludiendo a la personalidad de Yrigoyen, aludía en su dimisión el ministro Dellepiane:
si V.E. no recapacita un instante y analiza la parte de verdad que puede hallarse en la airada protesta
que está en todos los labios y palpita en muchos corazones… Sólo lamento no haber podido realizar
obra constructiva.
Esta carta es algo así como un fallo casi póstumo a la presidencia radical, apenas cuatro días antes de
ser desplazada del poder. Porque el 6 de septiembre de 1930 estalló, con gran adhesión de la ciudadanía que
antes había apoyado a Yrigoyen, un golpe militar que derribó al gobierno. Hay que remontarse a 1861 (a Pavón),
casi setenta años antes, para que se diera un acontecimiento similar: hasta entonces –según expuse al comienzo–
los alzamientos sediciosos fueron dominados por las fuerzas que respondían a la autoridad constituida.
CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES
ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
167
La composición social del Ejército Argentino
Contrariamente a lo que suponen los simplificadores de la Historia, el Ejército Argentino de aquellos
tiempos del treinta no es una casta ni constituye tampoco “el brazo armado de la burguesía”.
A partir de la presidencia de Mitre, la clase dominante ha entrelazado sus intereses con el Imperio
británico, organizando una Argentina semicolonial, “granja de su Graciosa Majestad”, economía complementaria
de la economía inglesa. Pero el Ejército, sin embargo, no se modela bajo la influencia británica (que, en cambio,
opera decididamente sobre la Armada) y tampoco se nutre preponderantemente de hombres de la clase alta. Al
constituirse como fuerza nacional cuando, después de los duros enfrentamientos de 1880, se prohíben las milicias
provinciales, quedó integrado especialmente por contingentes del interior del país –de extracción federal– y más
tarde, por hijos de la inmigración. Por esta razón, en la fuerza militar de principios de siglo palpita un sentimiento
antimitrista que marca la singular experiencia del Partido Autonomista Nacional, primero, y luego, una fuerte ten-
dencia radical.
Por supuesto, aparecen en sus filas algunos hombres de doble apellido, pero preponderan los que
pertenecen a familias de clase media, en muchos casos, empobrecidas. Se puede observar cómo, en su historia, proliferan
apellidos de inmigrantes como Velazco, Campero, Montes, Mantovani, Mosconi, Mercante, Farrell, Ferrazano, Pistarini,
etcétera.
El investigador Alain Rouquié ha analizado esta cuestión:
Los oficiales argentinos raramente proceden de las familias hidalgas de las viejas provincias coloniales.
En su mayoría, son originarios de las zonas más modernas, más urbanizadas y cosmopolitas. Así, pues,
los oficiales forman un grupo abierto y no una casta hereditaria reservada a las viejas familias tradi-
cionales de ascendencia militar o consular.1
Se trata, pues, si queremos usar una expresión sintética y popular, de “clase media con uniforme”.
Con respecto a la clase trabajadora, son escasísimos los oficiales de ese origen aunque, uno de ellos, Domingo
Mercante era hijo de un trabajador ferroviario.
1 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo II, Buenos Aires, Emecé, 1978, p. 106.
Las contradicciones en el Ejército durante el régimen
conservador
NORBERTO GALASSO
HISTORIADOR / ENSAYISTA / ESCRITOR
Vuchon, A. S/título, 1933. Óleo, 89 x 72 cm.
1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR
Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
4
CAPÍTULO
169168
y su propuesta de que “la causa” llevase a cabo “la gran reparación”. Un caso interesante es el del general Pablo
Ricchieri, a quien el general Roca le aconseja que colabore con Yrigoyen.
A veces, ocurre que ni los mismos dirigentes radicales aprecian la influencia que había alcanzado el
partido sobre los cuarteles y de qué modo muchos militares fueron dados de baja luego de que se sofocó la rebelión
de 1905 o trabados en sus ascensos o enviados a guarniciones remotas.
Tampoco la mayor parte de los historiadores explican por qué razón la clase dominante aceptó el sufra-
gio libre, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña, en 1912. Generalmente lo adjudican a la honestidad del pre-
sidente Roque Sáenz Peña o a la intransigencia de Yrigoyen, factores que influyeron seguramente, pero se des-
conoce que otro de los factores fue la influencia del radicalismo sobre el Ejército y la posibilidad de una nueva
sublevación. Son los cuarteles agitados por las nuevas ideas de la democracia los que inciden poderosamente en
esa decisión que conducirá al poder, cuatro años después, a Hipólito Yrigoyen. Y una de sus primeras medidas será
la reincorporación de los militares sublevados en 1905 y sancionados por ese hecho.
Jauretche sostiene:
La historia del radicalismo en los años previos a la ley electoral es casi una historia de cuartel. Nunca
logró dominar los altos mandos, pero las oligarquías vivieron sobre un barril de pólvora, pues faltas
de apoyo popular se sustentaban sólo en las armas y los hombres de armas vivieron permanentemente
el duro drama de la disyuntiva entre los mandatos de su conciencia nacional y los mandatos de la disci-
plina; la historia del radicalismo fue así casi una historia militar […]. Más de una vez, después del 6 de
septiembre, oí de labios del octogenario luchador, decir que hubo momentos en que “el Radicalismo
sólo fue cosa de unos mozos estancieros y de los jefes y oficiales del ejército que era donde más se sentía
nuestra acción”.5
Neutralismo y simpatía por el radicalismo, durante la Primera Guerra atravesaron los cuarteles en esa época.
El golpe militar del 6 de septiembre y los mandos leales a Yrigoyen
Una cuestión a investigar se refiere a la posición de la mayor parte de los mandos militares durante
el levantamiento del 6 de septiembre de 1930. El radicalismo se encuentra acosado por el resto de los partidos y el
caudillo está ya viejo y enfermo, cuando se produce el alzamiento del Colegio Militar liderado por el general Reynolds
y de la Escuela de Comunicaciones, con apoyo de la aviación, sin que se agregue ninguna otra unidad militar. Más
aun, un militar, el general Dellepiane, ha alertado a Yrigoyen, desde su cargo de ministro de Guerra, acerca del golpe
inminente. Pero el caudillo radical no escucha el consejo.
Lo cierto es que los mandos leales son mayoría ese 6 de septiembre y esperan infructuosamente la
orden de Yrigoyen de reprimir. En el Arsenal de Pichincha y Garay se han citado militares de alta graduación que se
mantienen leales. Los insurrectos eran:
un grupo patéticamente reducido de soldados, en su mayor parte bisoños, en desafío al resto del Ejército,
que no se plegó. Mientras avanzaban hacia la Casa Rosada, en una empresa condenada al más sonoro
fracaso, estaban alertas, esperando órdenes, el coronel Avelino J. Álvarez, en la Escuela de Infantería
de Campo de Mayo, el coronel Francisco Bosch al frente de la caballería destacada en Ciudadela, el
coronel Gregorio Salvatierra con la escuela de Suboficiales, el general Nicasio (o Sabino) Adalid, jefe
del Arsenal de Guerra, el teniente coronel Regino P. Lascano, con el Primero de infantería y el teniente
coronel Ferré, del Segundo, ambos en Palermo, es decir, una fuerza capaz de triturar sin trabajo a la
anémica columna de Uriburu. Sin embargo, estos jefes no recibieron ninguna orden. El general Severo
Toranzo, inspector general del ejército, viajó desde el interior y solicitó al vicepresidente Martínez
–presidente en ejercicio a partir del día 5 de septiembre– que lo designara jefe de la defensa para
proceder a la represión. Pero Martínez se negó ante el asombro del general.6
5 Arturo Jauretche, Ejército y política, Buenos Aires, Peña Lillo, 1976, p. 111.
6 Miguel Ángel Scenna, Los militares, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980, pp. 159-160.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador
Con respecto a las razones por las cuales se incorporarían al Ejército los hijos de la clase media inmi-
gratoria, Rouquié señala: “la educación nacionalista y el culto de San Martín, por ejemplo, y el atractivo de la parada,
los desfiles, la bandera y los uniformes constituyen el basamento emocional de muchas elecciones”.2
Origen social y tendencias políticas
Estas reflexiones, resultan importantes para acercarnos a la comprensión de las diversas tendencias
ideológicas y los cambios que se advierten en la historia del Ejército durante el siglo XX y que resultan inabordables
para aquellos que suponen que nuestros militares constituyen un conjunto de hombres hechos a imagen y seme-
janza de la clase dominante, que comúnmente, en nuestras luchas políticas, se ha denominado “oligarquía”. Desde
ese antimilitarismo abstracto resulta incomprensible la historia de nuestro Ejército. En cambio, si entendemos que
preponderan en él quienes provienen de la clase media existe la posibilidad de que se manifiesten tanto posiciones
conservadoras como posiciones populares.
Si el Ejército Argentino hubiese sido –desde su cohesión como fuerza moderna a fines del siglo XIX–
“el brazo armado de la clase dominante” habría manifestado el probritanismo que cultivaba la clase dominante, en
cuyo caso habría identificado su destino, de manera permanente, con el partido conservador y los intereses británicos.
No fue así, sin embargo.
Probablemente la explicación reside en que la subordinación de la Argentina a Gran Bretaña significaba
tomar como ejemplo a una potencia fundamentalmente marítima lo cual permitía a nuestra Armada tomarla en arque-
tipo, pero no ofrecía iguales posibilidades al Ejército. Así ocurrió la aparente incongruencia de que, en un país satélite
del Imperio británico se diese una competencia, en cuanto a la formación de nuestros militares, entre la influencia
francesa y la germana. También en este aspecto, Rouquié viene en nuestra ayuda:
El Ejército adoptó un modelo cultural singular en un país cuyos dirigentes civiles mantenían relaciones
privilegiadas con Gran Bretaña en el terreno económico y social y profesaban accesoriamente un culto
más desinteresado por Francia en artes y letras. Esto llevaría a la crisis entre el ejército germanófilo
(mucho antes de Hitler, por supuesto) y la oligarquía anglófila.3
En los primeros años de su constitución definitiva, el Ejército Argentino tomó como modelo al Ejército
Francés, en cuanto a los uniformes, reglamentos, obras teóricas sobre cuestiones bélicas y estratégicas. Más tarde,
especialmente a partir de 1904, comenzó a colocarse bajo la influencia germana. Los ensayos, artículos y tratados,
así como el casco con punta o “el paso de ganso”, fueron reemplazando a las modalidades francesas. En el plan de
estudios de la época, por ejemplo, los cadetes del Colegio Militar estudiaban idiomas francés y alemán, pero no inglés.
En sus recuerdos sobre su paso por el Colegio Militar, Juan Domingo Perón señala:
Las voces de mando eran de estilo alemán, los reglamentos y el manejo de armas eran igualmente
alemanas. Toda mi vida he marchado al paso prusiano. Soy un hombre racionalista por temperamento
y por costumbres. Desde 1910, mis profesores fueron alemanes. Cabezas que no dejaban nada al azar.
Todo con orden y sentido.4
El Ejército en los inicios del radicalismo
Esa clase dominante escéptica y despilfarradora no se preocupó por darle al Ejército una cohesión
ideológica tal que lo constituyera en “su brazo armado”. Entendió probablemente que bastaba con la formación
conservadora liberal expresada en la biografía del general San Martín, escrita por Mitre y con las hipótesis de con-
flicto hacia Chile y Brasil. Por ello, quizá debió sorprenderse del predicamento que iba logrando Hipólito
Yrigoyen en los cuarteles, expresado en la sublevación del 4 de febrero de 1905. El naciente caudillo estaba con-
quistando a las fuerzas populares del interior que habían sido la base social del autonomismo. Asimismo, lograba
que los oficiales y los suboficiales también fueran receptivos a sus denuncias contra “el régimen falaz y descreído”
2 Alain Rouquié, op. cit, p. 108.
3 Ibid., p. 100.
4 Esteban Peicovich, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1962, p. 62.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
171170
azotar y torturar de uniforme, por verdugos civiles y policíacos que han emulado a los más sombríos
y repugnantes personajes de la historia. Cuando pienso que una hiena como usted se ha disfrazado
durante 47 años con el uniforme de los defensores de la Constitución prometiendo, engañando, adu-
lando, mintiendo y corrompiendo conciencias de oficiales de todos los grados, no encuentro mons-
truo con quien compararlo en los anales de nuestra vida democrática […]. Simulando patriotismo, es
usted, en realidad, un agente venal de turbios intereses extranjeros.8
El 5 de abril de 1931, la dictadura uriburista, se arriesga a otorgar elecciones libres en la provincia de
Buenos Aires. El conservadorismo levanta una fórmula típicamente vacuna: Santamarina-Pereda, mientras que los
radicales llevan a Pueyrredón-Guido. El triunfo radical provoca la anulación de estas elecciones y una vez más los ofi-
ciales yrigoyenistas deciden levantarse al encontrar cerradas las vías electorales. En julio de 1931, el coronel Gregorio
Pomar se subleva en el Litoral. Sin embargo, a pesar de que su acción moviliza fuerzas adictas en otras partes del
país, el general Justo –que se ha dedicado desde el 6 de septiembre a la tarea de colocar a sus hombres al frente
de los diversos cuerpos– extorsiona a Uriburu: el levantamiento de Pomar será sofocado pero Uriburu debe dar elec-
ciones antes de fin de año y Justo, merced al fraude, será el nuevo presidente.
En 1932 es asesinado el mayor Regino P. Lascano. Al encontrarse el cadáver, en su chaqueta aparece
una proclama que en sus partes centrales afirma:
Guiados por los más nobles sentimientos de reparación institucional y de justicia social, nos levantamos
en armas contra el simulacro de gobierno que preside el General Justo, surgido de las elecciones frau-
dulentas y espurias del 8 de noviembre de 1931, realizadas bajo el imperio del estado de sitio y de
las deportaciones en masa de políticos, militares, obreros y estudiantes que encarnaban el espíritu de
oposición, de democracia y de libertad del pueblo argentino, cuya mayoría representa el radicalismo.
Nos levantamos en armas contra los herederos de la nefasta tiranía del General Uriburu […] patroci-
nado por el imperialismo petrolero norteamericano que resucita en el país los gobiernos de castas.
Frente a la dictadura del General Justo, las dictaduras de las compañías Standard Oil, Bunge y Born,
Dreyfus, Asociación de frigoríficos, Tranvías, Unión Telefónica, etc., frente a esta dictadura extranjera,
disfrazada canallescamente con los colores de nuestro pabellón y a la que sólo civiles y militares que
han caído en la ignominia de traición a la patria pueden apuntalar, proclamamos la revolución con
el fin de reconquistar para el pueblo argentino la suma del derecho y libertades ultrajadas, aherro-
jadas por la miserable legión de fascistas del Jockey Club y Círculo de Armas, que no han trepidado
en vender la nacionalidad a cambio de satisfacer sus bastardas y ruines ambiciones personales de
orden político y comercial […]. Argentinos: ¡De pie, a las armas! ¡Viva la Unión Cívica Radical!, Curuzú
Cuatiá, 30/6/1932. Firmado Juan B. Ocampo, Capitán ayudante.9
Hacia fines de 1932, se produce otro suceso que demuestra la consecuente posición de un sector del
Ejército. El coronel Atilio Cattáneo urde una trama conspirativa cívico militar en la cual participan, entre otros, los
tenientes Monti, Reynoso, Egli, Muzlera, Bruzzone, Olguin y los capitanes Cáceres, Domínguez, Coroba, Carriego
y Bravo. Pero la explosión de una bomba dejó al desnudo el complot y los conspiradores son detenidos.
En enero de 1933, estalla una rebelión en Concordia,10 con repercusión en Misiones. Luego, en diciembre
de 1933, se produce el levantamiento de Santa Fe y Corrientes, con fuertes enfrentamientos en Paso de los Libres.
En esta oportunidad, los aviones del gobierno ametrallan a los insurrectos produciéndose alrededor de cincuenta
muertos y una gran cantidad de detenidos, algunos enviados al sur, otros desterrados a Europa.
Esta “resistencia radical” entra en declinación cuando Alvear negocia con el gobierno de la Concordancia
para constituirse en una oposición amable y respetuosa. Esto culmina en la Convención Radical, el 2 de enero de
1935, cuando se levanta la abstención y el radicalismo pasa a legitimar los fraudes del régimen.
Asimismo, hasta la noche de ese sábado 6 de septiembre no estuvo asegurado el éxito para el general
Uriburu: “En el Arsenal estaban reunidos el ministro González, el inspector general Severo Toranzo y los generales
Mosconi, Adalid y Martínez, todavía en condiciones de reaccionar”.7
Resulta evidente que la crisis económica mundial, el periodismo amarillista con Crítica y La Fronda a
la cabeza, así como la dirigencia política de derecha a izquierda y el propio engangrenamiento del partido inci-
dieron en el camino hacia el abismo del Presidente. Pero son varios los historiadores que no evalúan estos factores
y en cambio, prefieren sostener que el Ejército quebró la legalidad. Para ello, silencian que buena parte de esos mili-
tares esperaban una orden que nunca llegó.
Las diversas tendencias dentro del Ejército durante los años treinta
Los radicales
Ya en los sucesos del treinta se pueden advertir tendencias diversas en el seno del Ejército:
a) los militares de filiación radical;
b) los nacionalistas de derecha que se nuclean alrededor del general José Félix Uriburu;
c) los oficiales de posiciones liberal-conservadoras, probritánicos, que responden al general Justo.
En los sucesos de 1930, los oficiales radicales no intervienen. Los uriburistas se presentan como prota-
gonistas principales del golpe militar, mientras los liberales “justistas” participan en segunda línea.
Los militares radicales provienen del Ejército que se organiza después de 1880 y entienden que su fun-
ción es garantizar la libre soberanía popular. Es decir, ante las costumbres cívicas adulteradas por el fraude, reclaman
que se practiquen comicios limpios, con sufragio secreto, libre y obligatorio quedando encargada la institución de
velar por la pureza del sufragio.
Para este sector, la función del Ejército consiste en defender la soberanía ante cualquier ataque externo,
que en aquellos tiempos suponen que podría provenir desde Chile o desde Brasil. De esta manera, si el pueblo
otorga su confianza a Hipólito Yrigoyen y éste se subleva frente a las trampas electorales, muchos de estos ofi-
ciales están dispuestos a acompañarlo en la patriada. Luego, cuando Yrigoyen triunfa en 1916, consideran que
su deber es la obediencia al presidente legal, aunque ello los obligue, en algunas oportunidades, a reprimir acciones
populares, donde estiman que se expresan intereses chilenos –o de subversión ideológica al sistema– como en la
“Semana Trágica” (1919) y los sucesos de la Patagonia (1921 y 1922). Por esta razón no se suman a la conspiración,
ni al golpe, en 1930. Entre los más conocidos de ellos pueden citarse a: Enrique Mosconi, Severo Toranzo, Atilio
Cattáneo, Francisco y Roberto Bosch, Sabino Adalid, Gregorio Pomar, Regino Lascano, Manuel Álvarez Pereyra,
Gregorio Salvatierra.
Al poco tiempo de asumir el gobierno el general José Félix Uriburu, estos militares yrigoyenistas se
lanzan a conspirar contra el gobierno de facto.
En diciembre de 1930 se produce el levantamiento de suboficiales radicales en Córdoba, vinculados
al doctor Amadeo Sabattini. Poco después, el general Severo Toranzo urde una conspiración, con un grupo de
oficiales adictos. Con la colaboración de su hijo, Carlos Severo Toranzo Montero, organiza el golpe para deponer
a Uriburu. La conspiración toma cuerpo y va a estallar a fines de febrero de 1931, pero una delación pone sobre
aviso a los servicios de inteligencia y se lanza la orden de detención contra los implicados. Toranzo logra fugar
embarcándose hacia Montevideo, desde donde lanza una carta abierta al general Uriburu condenando su golpe
usurpador:
Le dirijo estas líneas asumiendo también y por derecho de antigüedad, la representación de los mili-
tares de toda jerarquía a quienes usted y sus esbirros han ofendido infamemente, apoyados en la
fuerza brutal, que ha tenido en sus manos para deshonra de la civilización, desde el día del malón
del 6 de septiembre hasta la fecha. Solamente en un alma vil y cobarde podían anidar los salvajes ins-
tintos que usted ha revelado, ensañándose con sus propios camaradas del ejército al punto de hacerlos
7 Miguel Ángel Scenna, op. cit., p. 160.
8 Atilio Cattáneo, Apéndice de “Plan 1932”, Buenos Aires, Proceso, 1959.
9 Atilio Cattáneo, op. cit., p. 251.
10 Ibid., p. 86.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
173172
Si bien en algunos casos estos militares admiraban el rearme de los países derrotados en la primera
contienda mundial, en otros esto resultaba en una adscripción a los sistemas corporativos. Son militares que por
sobre todo sostienen una posición antiizquierdista, totalitaria, antidemocrática y racista. En algunos casos, va a
resultar ostensible su admiración por el nazismo. Así ocurre, por ejemplo, con algunos oficiales cuyo pro nazismo
resulta fervoroso, con todos sus ingredientes de odio a las masas, antisemitismo, autoritarismo y otras connotaciones
reaccionarias. Entre ellos, pueden citarse a los coroneles Enrique González, Luis Perlinger y Orlando Peluffo.
La línea liberal-conservadora
Como se ha señalado, el general Justo prefirió quedar en segundo plano respecto a Uriburu en los
días del golpe septembrino de 1930. Pero, instalado el nuevo gobierno, se preocupó por colocar a un hombre de
su plena confianza en el Ministerio de Guerra, el general Manuel Rodríguez quien se declara partidario de que
el Ejército se limite a sus funciones específicas y que el debate ideológico no ingrese a los cuarteles. Por supuesto,
ese “profesionalismo” de Rodríguez se basaba en que los militares radicales debían ser detenidos, dados de baja
o enviados a los últimos rincones del país. Llevado a cabo ese operativo, durante los primeros meses del gobierno
uriburista, resulta comprensible que el amigo de Justo abogase porque el Ejército se cohesionara detrás de su
figura como ministro y detrás de la figura de Justo, quien fue colocando a sus hombres de confianza a cargo de
las principales guarniciones. Copado el Ejército por este sector, la institución sirvió a los planes de la clase domi-
nante, tanto fuese en asegurar el fraude en las elecciones de 1932 y 1938, como en la política económica probri-
tánica implementada por entonces. La crisis económica mundial de 1930 había desajustado la relación entre el
Imperio y la llamada “su colonia próspera”, para la clase dominante. El tratado Roca-Runciman tuvo por objeto
emparchar esos desajustes: para ello el gobierno aceptó toda clase de imposiciones como entregar a los frigorí-
ficos angloyanquis el 85% de las exportaciones de carne, crear un Banco Central Mixto con asesoramiento de dos
integrantes del directorio del Banco de Londres (Otto Niemeyer y Mr. Powell), armar la Coordinación de Transportes
en beneficio de la empresa inglesa de tranvías para lo cual se apropió de los colectivos que estaban en manos de
particulares y otros negocios semejantes.
Este período de represión y entrega tuvo a la Concordancia –confluencia de antipersonalistas, socia-
listas independientes y conservadores– con la complicidad del alvearismo, como responsables, pero también tuvo
a la mayor parte del Ejército como partícipe, encolumnada detrás de Justo y Rodríguez.
Entre los jefes importantes que se alinearon detrás de esa política, tanto en retiro como en actividad,
pueden mencionarse a José María Sarobe, Bartolomé Descalzo, Elbio Anaya, Leopoldo Ornstein, Santos Rossi,
José Francisco Suárez, Carlos Márquez, Juan Tonazzi, Arturo Rawson y Adolfo Espíndola.
En 1938, al concluir su período, el general Justo apeló al fraude para colocar en la presidencia a un
hombre de su confianza –el doctor Roberto Ortiz, abogado de empresas extranjeras– para asegurarse de que éste,
al cumplir su mandato, lo devolviera al sillón presidencial. Pero diversas circunstancias incidieron para que su estra-
tegia fracasara. Por un lado, el presidente Ortiz enfermó gravemente y fue suplantado interinamente por el vice-
presidente Ramón Castillo. Luego, Ortiz falleció y Castillo asumió plenamente la presidencia. Castillo sostuvo una
política neutral durante la guerra y se apoyó en oficiales antiliberales, mostrando, además, cierta atención a las pro-
puestas de tipo industrialista que aportaban algunos hombres del Ejército: dio impulso a Fabricaciones Militares
y adquirió algunos barcos, como punto de partida de nuestra flota marítima. Justo, por su parte, se vio envuelto
en una acusación con motivo de una adquisición de armamentos en Europa. Además, su ofrecimiento al Brasil para
incorporarse a las fuerzas aliadas en la conflagración mundial, provocó rechazo en los casinos de oficiales. Poco
después, Justo sufrió un derrame cerebral y falleció el 11 de enero de 1943. A pesar de ello, Rawson, Anaya, Rossi
y Ornstein consiguieron jugar roles de cierta importancia en los primeros meses después del 4 de junio de 1943.
Otras tendencias
En la segunda mitad de la década del treinta se manifiestan algunos fenómenos nuevos en la sociedad
que repercuten sobre el Ejército. La crisis económica mundial de 1929 ha producido sus efectos generando cierto
crecimiento industrial que se va a acentuar con motivo de la Segunda Guerra Mundial, pues ésta obstaculiza las
importaciones extranjeras. Ello va aunado a fuertes migraciones internas desde las provincias desamparadas del
interior y asimismo, influye FORJA, cuyas consignas fueron ganando terreno: “Somos una Argentina colonial.
Queremos ser una Argentina libre”, “Tenemos una economía colonial, una política colonial, una cultura colonial”,
Los soldados radicales manifiestan su reprobación a la política alvearista y actúan políticamente muy
cerca de los hombres de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, fundada en 1935, cuyo prin-
cipal dirigente era Arturo Jauretche). En 1939, obligados a exilarse por la represión, Roberto Bosch y Gregorio
Pomar, desde Montevideo, rechazan la amnistía con la cual quieren amansarlos tanto el gobierno como su propio
partido alvearizado:
No queremos ser cómplices de leyes que constituyen un Estatuto Legal del Coloniaje, como la de la
creación del Banco Central y del Instituto Movilizador, la de la Coordinación de los Transportes, las
concesiones de la CADE, etc., y otros actos de entrega del patrimonio nacional, a fuerzas extrañas que
expolian al pueblo argentino.11
Otra figura castrense importante fue el general Ramón Molina. Desvinculado de la línea uriburista,
pero también opuesto a las maniobras fraudulentas que prohijaba el general Justo, su figura fue creciendo, pri-
mero como un soldado de posición nacional y luego, como hombre ligado al radicalismo combativo. Scenna señala
que Molina propiciaba “un regreso a la pureza del sufragio y asumía una posición crítica ante la indiferencia oficial
frente a la desocupación y la miseria generadas por la crisis y aún no conjuradas”.12 Esta vocación por lo nacional
y lo social lo constituía en un germen de caudillo popular proveniente del Ejército lo cual preocupó a los mandos
liberales. Al principio, intentaron desprestigiarlo y le otorgaron el mote de “el burro” Molina. Más tarde, consi-
deraron conveniente cerrar el paso a su accionar político: “Justo comprendió que Molina podía llegar a ser un
adversario peligroso […]. Molina era un líder en potencia”.13 En 1937 fue arrestado, con la imputación de haberse
convertido al comunismo y debió pedir el retiro, medida que le hizo perder influencia sobre los radicales que lo con-
sideraban uno de sus hombres.
En enero de 1941, algunos de esos militares constituyen la Cruzada Renovadora del Radicalismo, fun-
dada por el teniente coronel Sabino Adalid, siendo nombrado como primer jefe de la entidad el teniente coronel
Roberto Bosch. Tanto Bosch, como el teniente coronel Dándolo Breglia, Gregorio Pomar y Atilio Cattáneo seguirán
siendo consecuentes con su posición radical en los años siguientes.
También alcanzan importancia, en la línea radical de los años cuarenta, los coroneles Aníbal, Miguel
Ángel y Juan Carlos Montes. (A Miguel Ángel Montes se le atribuye haber redactado, junto con Juan D. Perón, una
de las proclamas que circuló en junio de 1943). Pomar, a su vez, continuó manteniendo relaciones con los forjistas,
aunque éstas se debilitaron cuando el grupo de Jauretche, en 1940, se escindió del radicalismo.
La línea nacionalista corporativista y los militares pro nazis
El general Uriburu había sido neutralista durante la Primera Guerra debido a su admiración por el
funcionamiento del Ejército Alemán y en el año treinta mantenía simpatías por el fascismo italiano. El núcleo que
lo rodeaba, especialmente Carlos Ibarguren, no se cansaba de aconsejarle que anulase la Constitución del 53 para
reemplazarla por la Carta del Lavoro, que Mussolini había sancionado para Italia.
Uriburu sostenía una posición nacionalista de derecha, antipopular y autoritaria, centrada en el orden
a rajatabla, que lo condujo a una dura política represiva que incluyó desde encarcelamientos y torturas hasta fusila-
mientos; fue el creador de una organización parapolicial denominada Legión Cívica.
Esta organización se integraba con adeptos al nacionalismo que recibían entrenamiento militar en
los cuarteles. El mismo Presidente asistió a su primer desfile de alrededor de diez mil legionarios por las calles de
Buenos Aires, en abril de 1931. Sin embargo, el control de los cuerpos militares en manos del general Justo lo llevó
a aceptar su retiro y a convalidar el fraude que convirtió a Justo en presidente.
Alejado del país, Uriburu falleció poco después. Sin embargo, esta línea de vocación fascista se man-
tiene. Son varios los jefes que durante la década expresan esta tendencia, entre ellos los generales Francisco
Fasola Castaño, Benjamín Menéndez, Urbano de la Vega, Basilio Pertiné, Nicolás Accame y Juan Carlos Sanguinetti,
pero quien más se destaca por su simpatía con el fascismo es el general Juan Bautista Molina, a quien puede consi-
derarse el más consecuente continuador del uriburismo.
11 Atlilio Cattáneo, op. cit., p. 170.
12 Miguel Ángel Scenna, op. cit., p. 168.
13 Ibid.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
175174
BIBLIOGRAFÍA
BREGLIA, Renzo, Cruzada Renovadora de la U.C.R., Buenos Aires, Teoría, 1999.
CATTÁNEO, Atilio, Apéndice de “Plan 1932”, Buenos Aires, Proceso, 1959.
JAURETCHE, Arturo, Ejército y política, Buenos Aires, Peña Lillo, 1976.
PEICOVICH, Esteban, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1962.
ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo II, Buenos Aires, Emecé, 1978.
SCENNA, Miguel Ángel, Los militares, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980.
“Patria, pan y poder al Pueblo”. En sus Cuadernos, FORJA señalaba la dependencia que sufría la Argentina como
semicolonia productora de carnes y cereales para Gran Bretaña y denunciaba que “había hambre en un país muy
rico”. Raúl Scalabrini Ortiz lo hacía tanto desde FORJA como desde los diarios Señales y Reconquista, así como
desde los libros Política Británica en el Río de la Plata e Historia de los ferrocarriles. También José Luis Torres desme-
nuzó estas claudicaciones en varios libros: Algunas maneras de vender a la patria, La Década infame, La oligarquía
maléfica y Los perduellis. Así también alcanzan mayor predicamento algunos economistas como Alejandro Bunge
quien publica La nueva Argentina.
La mayor presencia obrera y las ideas antiimperialistas se introducen en los cuarteles y producen
cambios importantes. Uno de ellos es el desarrollo de una tendencia industrialista, especialmente entre los inge-
nieros militares. De este modo, algunos militares, con cierta tendencia antiliberal o antibritánica, expresaron sus
posiciones nacionales en un creciente interés por la defensa del patrimonio argentino, así como por la industria-
lización y el desarrollo de la industria pesada. Entre ellos, sobresalió el general Manuel N. Savio quien se consti-
tuyó en el principal defensor de la siderurgia argentina. Sostenía Savio que un ejército no tendría autonomía si
el país no fabricaba acero. Con la colaboración de Luciano Catalano, Savio fue el impulsor de Altos Hornos Zapla.
Desde otra perspectiva, pues no venía del radicalismo, Savio siguió los pasos de ese gran defensor del
petróleo argentino que fue el general Enrique Mosconi. En el mismo sentido también merece ser recordado el
general Alonso Baldrich.
Asimismo, se produjo un fenómeno interesante en los cuarteles cuando, dada la declinación sufrida
por la Argentina y los casos de corrupción y entrega económica sucedidos durante la década, algunos oficiales
empezaron a buscar nuevos caminos. En cierta medida, empezaron a hacer síntesis entre los planteos democrá-
ticos del radicalismo y la defensa del patrimonio nacional sostenida por algunos nacionalistas, tendiendo hacia
posiciones antibritánicas y a favor de una decidida participación popular en las cuestiones centrales de gobierno.
Perón, uno de los hombres clave de esta tendencia, leía los cuadernos de FORJA en Italia, que le
enviaban desde Buenos Aires. Julián Licastro señala asimismo que Perón le comentó que se nutría ideológicamente
de las publicaciones de los apristas peruanos exilados en Buenos Aires. En esta tendencia se encuentra el coronel
Domingo Mercante y algunos compañeros de promoción de Perón como Oscar Silva, Filomeno Velazco, Humberto
Sosa Molina y Heraclio Ferrazano.
En ellos fue acentuándose la convicción de que el pueblo debía ser protagonista, que el Ejército no
había sido creado para reprimir sino para defender la soberanía y en algunos casos, emprender obras de bien
público o empresas ligadas a las necesidades bélicas. Además, Perón solía recordar que su viaje a Europa, en 1940,
le había servido para convencerse de que había llegado “la hora de los pueblos”.
El 4 de junio de 1943
A partir de esta fecha, las diversas tendencias se cruzarán y chocarán una y otra vez, con sus disímiles
proyectos. Poco tiempo atrás se había constituido el GOU (Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación)
que durante mucho tiempo fue rotulado de pro nazi, aunque la escasa documentación que se logró recuperar
dada su índole de logia secreta, parece indicar, sin embargo, que a sus integrantes no los unía una concepción
ideológica, sino el propósito de reconstruir el Ejército, depurar sus cuadros y darle un rol prestigioso en la sociedad.
El sector liberal-conservador y aliadófilo, que había orientado el general Justo, logró ocupar ciertos
espacios en los inicios del golpe, a tal punto que Rawson fue designado presidente, aunque no llegó a jurar, y
tanto Anaya como Ornstein ocuparon ministerios. Sin embargo, esta tendencia fue desplazada al poco tiempo
por la acción mancomunada de los oficiales pro nazis y los nacionales. Pedro Pablo Ramírez, que tenía relaciones
cordiales con radicales y nacionalistas, ocupó durante un tiempo la presidencia, manteniendo un equilibrio ines-
table entre las tendencias que lo sustentaban. Crecieron por entonces las figuras de Juan Domingo Perón, desde
la Secretaría de Trabajo y también las de los coroneles Enrique González y Luis César Perlinger, que expresaban
a la línea pro nazi, hasta que en julio de 1944, el grupo liderado por Perón logra prevalecer sobre la tendencia de
Perlinger, quedando en posición mucho más firme dentro de la fuerza, aunque todavía habría de enfrentar una
dura oposición de los viejos partidos políticos con abierto apoyo del embajador norteamericano Spruille Braden,
desde mayo de 1945.
El 17 de octubre de 1945, el sector liderado por Perón, que expresa, en ese momento, a la mayoría del
Ejército, se encuentra con los trabajadores en la plaza histórica, consagrándose así un liderazgo político que per-
duró tres décadas y cuyas ideas aún mantienen influencia sobre la Argentina de estos días.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
177Introducción
El período entre guerras fue un tiempo de cambios trascendentes en el mundo, constituyó un final
de época con la debacle del modelo capitalista acuñado en la denominada “Segunda Revolución Industrial”. La
crisis de 1930 y sus devastadoras consecuencias sociales, el surgimiento del comunismo y del fascismo como alter-
nativas a la democracia liberal y, por sobre todo, la sombra de la guerra mundial como un destino inexorable para
las naciones, mantuvo a las grandes potencias inmersas en problemas que hacían a su propia supervivencia.
En este contexto, los países periféricos gozaron de una mayor libertad de acción para formular estra-
tegias de desarrollo independiente. Algunos lo intentaron con distinto grado de éxito.
Durante estos años, en la Argentina se produjo una profunda transformación política, social y econó-
mica a partir del desarrollo del primer momento del proceso industrial por sustitución de importaciones cuyo
correlato en el ámbito social fue el crecimiento del movimiento obrero y, en el nivel político cristalizó una forma
particular de Estado de bienestar signado por la inestabilidad de las formas constitucionales a partir del golpe
militar de 1930.
El caso argentino es complejo, presenta paradojas y contradicciones. Abordar estos años desde el pre-
sente no es una tarea sencilla para los cientistas sociales pues este período aún no está plenamente desvinculado
de cargas valorativas que no permiten recrear las condiciones del pasado con la rigurosidad debida, incurriendo
en reduccionismos o anacronismos que dificultan comprender cuáles eran las opciones de las que disponía un
argentino de los años treinta y cuáles eran las categorías analíticas para enfrentar los desafíos de su tiempo.
El tema que voy a desarrollar es la industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensamiento
estratégico en Mosconi, Savio y Perón. El período que analizaremos es el de 1930-1943, como se comprenderá,
las periodizaciones son arbitrios intelectuales que imponemos en un continuum, que, en este caso es válido para
abordar el ámbito de lo político entre dos golpes de Estado, pero los tiempos de los procesos económicos y sociales
son distintos y, por lo tanto, en ocasiones deberé transgredir estos límites.
La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del
pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN
1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR
Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
4
CAPÍTULO
179178
reglas de la convivencia no habrán de encontrar por parte del Estado sino el reconocimiento de su
esfuerzo por el engrandecimiento del país. Los obreros, por su parte, tendrán la garantía de que las
normas de trabajo que se establezcan habrán de ser aplicadas con el mayor celo por las autoridades.
Unos y otros deberán persuadirse de que ni la astucia ni la violencia podrán ejercitarse en la vida del
trabajo, porque una voluntad inquebrantable exigirá de ambos la vigencia de los derechos y obligaciones.2
¿Por qué los militares de 1943 nos plantean la independencia económica y la cuestión social como pro-
blemas estratégicos esenciales de la defensa nacional?
¿Cuáles eran los principales desafíos de la Argentina de esos años que suponían debía enfrentar el país
y cuáles las opciones estratégicas de su tiempo?
¿Fue el pensamiento de Perón un fenómeno excepcional o está arraigado en un pensamiento estra-
tégico que se venía desarrollando desde hacía años, si es que se puede afirmar la existencia de tal pensamiento?
A continuación, trataremos de rastrear el origen de estas ideas que expusieron Perón y Savio y su desarrollo
en el período entre guerras.
Una dimensión del fenómeno bélico
Eric Hobsbawm considera que el “siglo XIX largo” finaliza con la Primera Guerra Mundial y sus princi-
pales consecuencias sociales y políticas: la Revolución Rusa y el surgimiento del fascismo.
La Gran Guerra fue un hecho inédito en la historia de la humanidad. Si bien algunos conflictos armados
como la Guerra de Secesión en Estados Unidos y la Guerra Franco-Prusiana en 1870, preanunciaban algunas de sus
principales características, esta contienda señala el comienzo de un nuevo proceso histórico. Francois Furet plantea que:
Por su naturaleza misma, la guerra es una apuesta cuyas modalidades y efectos son particularmente
imprevisibles […]. De esta regla general, la guerra de 1914 podría ser la ilustración por excelencia. Su
radical novedad trastorna en ambos campos todos los cálculos de los militares y de los políticos, así
como los sentimientos de los pueblos. Ninguna guerra del pasado tuvo un desarrollo y unas conse-
cuencias tan imprevistas […].
Esta novedad, técnica para empezar, puede compendiarse en algunas cifras. Mientras que franceses
y alemanes contaban con obtener triunfos decisivos en las primeras semanas, con ayuda de sus reservas
de armamentos acumuladas, ambos agotaron en dos meses sus aprovisionamientos de municiones y
de material de guerra: hasta ese grado la nueva potencia bélica de los dos ejércitos había superado
todas las previsiones […]. Los mismos obuses que matan a los soldados también entierran sus cadá-
veres. Los muertos en la guerra son “desaparecidos” del combate. El más célebre de todos, bajo el
Arco del Triunfo, será justamente honrado por los vencedores como “desconocido”; la escala de la
matanza y la igualdad democrática ante el sacrificio han sumado sus efectos para rodear a los héroes
tan sólo de una bendición anónima.
La guerra de 1914, democrática, lo es por ser la de los grandes números de los combatientes, de los
medios, de los muertos. Más por ese hecho también es cuestión de civiles más que de militares; prueba
sufrida por millones de hombres arrancados de su vida cotidiana, más que combate de soldados […].
La guerra la hacen masas de civiles en regimientos que han pasado de la autonomía ciudadana a la
obediencia militar por un tiempo cuya duración no conocen, hundidos en un infierno de fuego en el
que es más importante “sostenerse” que calcular, atreverse que vencer.3
Muy tempranamente nuestro país tomó nota de la profundidad de los cambios políticos y sociales
que se estaban operando en el viejo continente. Enrique Mosconi, en los primeros años de la década de 1920
reflexionaba respecto de las consecuencias de la contienda mundial:
2 Fragmento del discurso de Perón en la Asunción del cargo de Secretario de Trabajo y Previsión el 2 de diciembre de 1943 en Juan
Carlos Torre, Los años peronistas, Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina, (tomo 8), 2002, p. 34.
3 Francois Furet, El pasado de una ilusión, México, FCE, 2005, pp. 59-60.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa-
miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
Desarrollo
Para una mejor comprensión de la problemática que analizaremos propongo comenzar por el final del
período para establecer cuáles fueron las principales consideraciones respecto al “proceso de industrialización” y a
la “cuestión social” que se plantearon los protagonistas a principios de la década de 1940, a fin de intentar responder
la siguiente pregunta: ¿Por qué un militar de 1943 pensaba de esta manera? E intentar, de este modo, rastrear los
orígenes de este pensamiento.
Planteo del problema
En 1944, el general Manuel Savio expresaba con respecto a la necesidad de industrializar el país:
Consideramos un imperativo impostergable establecer en la Argentina las bases de una siderurgia
racional, pues, de lo contrario, toda la estructura del desarrollo industrial que, lógicamente, esperamos
dentro de nuestra evolución económica carecerá de fundamento positivo.
Y agregaba:
No es posible pretender un desarrollo apreciable como nación si no se dispone de un mínimo de
capacidad propia para desenvolverse sin tutelaje extraño.
En otro discurso expresaba:
Yo no creo forzar la analogía al comparar nuestra independencia de 1816, en lo político con nuestra
independencia en lo económico en 1945 o aproximadamente, sobre la base de la industria siderúrgica
como piedra angular en la que han de desarrollarse sanamente todas las actividades de esta índole.1
En relación con la cuestión social, en 1943, el coronel Juan Perón asumía como secretario de Trabajo
y Previsión del gobierno de facto, planteando en su discurso de asunción el comienzo de la “Era de la justicia social”
en estos términos:
Simple espectador como he sido en mi vida de soldado de la evolución de la economía nacional y de
las relaciones entre patrones y trabajadores, nunca he podido avenirme a la idea tan corriente de que
los problemas que esa relación origina son materia privativa sólo de las partes interesadas. A mi juicio,
cualquier anormalidad surgida en el más ínfimo taller y en la más oscura oficina repercute directa-
mente en la economía general del país y en la cultura general de sus habitantes. [...] Por tener muy
firme esta convicción he lamentado la despreocupación, la indiferencia y el abandono en que los
hombres de gobierno, por escrúpulos formalistas repudiados por el propio pueblo, preferían adop-
tar una actitud negativa o expectante ante la crisis y convulsiones ideológicas, económicas, que han
sufrido cuantos elementos intervienen en la vida de relación que el trabajo engendra. El Estado se
mantenía alejado de la población trabajadora. No regulaba las actividades sociales como era su deber,
sólo tomaba contacto en forma aislada, cuando el temor de ver perturbado el orden aparente de la calle
le obligaba a descender de la torre de marfil, de su abstencionismo suicida.
Con la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión se inicia la Era de la Justicia Social en la Argentina.
Atrás quedarán para siempre la época de la inestabilidad y el desorden en que estaban sumidas las
relaciones entre patrones y obreros. De ahora en adelante las empresas podrán trazar sus previsiones
con la garantía de que si las retribuciones y el trato que otorgan al personal concuerdan con las sanas
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Selva Echagüe, Savio. Acero para la industria, Buenos Aires, Fundación Soldados, 1999, p. 44.
181180
Guerra más y más nacional.
Masas más y más considerables.
Predominio más y más fuerte del factor humano.
Necesidad, por lo tanto, de volver a esa conducción de tropas que aspira a la batalla como argumento;
que emplea la maniobra para alcanzarla.
Conducción caracterizada por preparación, masa, impulsión.
Hoy, para cumplir en forma que el país tenga algo que agradecer al ejército, es necesario ajustarse a las
necesidades de un preparación racional e integral de las fuerzas vivas de la nación, para emplearlas
en la guerra que sucederá en un plazo más o menos largo y de la cual sólo pueden vislumbrarse algunas
posibilidades.7
Frente a este fenómeno social que arrasa con los grandes imperios, cambia el mundo conocido por
una nueva cartografía e instala la noción de que la revolución y la violencia son fuerzas transformadoras, los mili-
tares argentinos decodifican esta realidad con las herramientas teóricas que disponían en su tiempo.
Como se observa en Perón, uno de los pensadores que va a tener una influencia decisiva en el pen-
samiento estratégico argentino es Colmar von Der Goltz, un militar alemán que reflexionando acerca de la
Guerra Franco-Prusiana de 1870, en 1881, presenta una obra en la cual expone que el concepto de “nación en
armas” formulado por Clausewitz ya no alcanza para explicar la guerra de una sociedad capitalista transformada
por la revolución de los transportes (ferrocarril y barco a vapor) y la industria del acero, proponiendo un nuevo
paradigma: “la guerra requiere de todas las fuerzas morales y materiales de la nación”.
Este paradigma inferido de las guerras europeas es reformulado por nuestros militares del período
entre guerras entendiendo que Rusia implotó y que Alemania perdió la guerra en el frente interno más que en
el bélico, de allí que por fuerzas materiales se entendiera la necesidad de lograr el autoabastecimiento industrial
del país y por fuerzas morales, la cuestión social, la cohesión nacional para enfrentar el esfuerzo bélico.
La industrialización
El primero en plantear la necesidad de que el país produzca los insumos básicos para su sustento fue
Enrique Mosconi, quien desde su cargo de director de los Arsenales del Ejército, comenzó a predicar sobre la
necesidad de cambiar el modelo productivo por uno que asegurara la autonomía del país:
Creo que los Arsenales de Guerra recién ahora van a empezar a desarrollar su acción, y sobre el fun-
damento de los años que han pasado y de estos inmediatos años que han servido para construir la
escuela, para preparar el personal que ha de formar la base de los Arsenales futuros, llegarán a cerrar
una gran etapa en el desarrollo de nuestra Nación. Digo una gran etapa, porque así lo es; porque
aquella independencia política que hiciera la generación grande de la Independencia, la generación
de Mayo, no ha sido completada, a pesar del momento incierto en que la humanidad vive, a pesar de
que no sabemos todavía en estos momentos cuáles serán los nuevos rumbos y las nuevas fórmulas espi-
rituales que den importancia a la institución armada; pero sabemos que es necesario estar prevenidos
y preparados para defender el patrimonio que hemos recibido de nuestros antepasados y que tenemos
el deber de conservar. [...]
La independencia del año 10 debe ser integrada con la independencia de nuestros cañones. Nuestros
cañones hoy día no son independientes, todos sabemos por qué, de manera que estamos en una
situación que no puede satisfacernos absolutamente y que sólo podrá llegarnos la tranquilidad al espí-
ritu el día que digamos: “La defensa de nuestro país, nuestro derecho, nuestras instituciones políticas,
nuestra riqueza nacional, todo está garantizado porque la nación tiene el espíritu firme y cañones que
pueden tirar hasta que sea necesario.8
7 Juan D. Perón, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Poder, 1971, p. 115.
8 Enrique Mosconi, Demostración ofrecida por el personal de Arsenales de Guerra con motivo del ascenso a Coronel 26/10/1918, en
Dichos y hechos, op. cit., p. 34.
Fuera de esta exigencia, que tiene su fundamento en los caracteres generales de la guerra, según las
enseñanzas de la última conflagración, hay otras razones que nos tocan más directamente, porque
no sólo se refieren a poner nuestra institución armada a la altura de la época, sino a colocarla en con-
diciones de equilibrio con respecto a los ejércitos vecinos.4
Y continuaba de este modo:
No basta tampoco el dominio del mar para afrontar los conflictos futuros, porque la supremacía del
aire tendrá como consecuencia la destrucción de las fuerzas adversarias en su misma base, hará inevi-
table el aniquilamiento de las fuentes productoras imposibilitando toda resistencia.5
En los años treinta, Manuel Savio afirmaba que:
Si la nación no puede mantenerse en condiciones positivas de combatir eficazmente, tendrá que
aceptar la voluntad del enemigo […]. Al soldado francés no le faltaba bravura sino municiones […].
El propósito esencial que inspiró todos estos trabajos y estudios que habrían de conducirnos al pro-
yecto de ley de Fabricaciones Militares, consistió en alcanzar, lo más pronto posible la capacidad de
producir en el país las armas y las balas indispensables para mantener la soberanía y el honor nacio-
nal, liberándonos de toda dependencia externa.6
No obstante, será Perón, en su calidad de oficial de Estado Mayor y profesor de la Escuela de Guerra,
quien mayores aportes conceptuales brindaría respecto al conflicto armado.
En la década de 1930, Perón como profesor de la Escuela Guerra enseñaba a los alumnos del curso
del Estado Mayor, cuyos trabajos están recopilados en el libro Apuntes de historia militar:
Es, pues la guerra del presente y será a no dudarlo la del porvenir, sin limitaciones en los medios y sin
restricciones en la acción. A esa guerra de todas las fuerzas, llevada a cabo por un pueblo contra otro
pueblo, ha de sucederle otra guerra de iguales o aun mayores proporciones y de características aun
más siniestras.
¿Cuáles son las características de este nuevo período? Son, en nuestro sentir, un más acabado perfec-
cionamiento del concepto de la nación en armas, el aprovechamiento al último extremo de todas las
fuerzas del Estado para batir al adversario. Los militares estudiamos tan a fondo el arte de la guerra,
no sólo en lo que a la táctica, estrategia y empleo de sus materiales se refiere, sino también como
fenómeno social. Y comprendiendo el terrible flagelo que representa para una nación, sabemos que
debe ser en lo posible evitada y sólo recurrir a ella en casos extremos.
La guerra, desde la Antigüedad, ha evolucionado constantemente, pasando de la familia a la tribu; de
ésta a los ejércitos de profesionales y mercenarios; a la leva en masa que nos muestra la Revolución
Francesa y Napoleón más tarde. Y por último, a la lucha total de pueblos contra pueblos, que vimos
en la contienda de 1914-1918 y que en la actualidad ha alcanzado su máxima expresión.
El concepto de la “Nación en armas o guerra total” emitido por el mariscal Von der Goltz en 1883 es, en
cierto modo, la teoría más moderna de la defensa nacional, por la cual las naciones buscan encauzar en
la paz y utilizar en la guerra hasta la última fuerza viva del Estado, para conseguir su objetivo político.
La guerra se juega en los campos de batalla, en los mares, en el aire, en el campo político, económico,
financiero, industrial, y se especula hasta con el hambre de las naciones enemigas.
La guerra moderna se caracteriza por ser una lucha de un pueblo contra otro o de varios de ellos.
En ese concepto, esta lucha se desencadena con inesperada potencia y entran en juego insospechados
intereses.
Esto ha dado a la guerra un carácter original y ha sentado premisas concluyentes para su realización.
Foch, al abordar este tema, sintetiza a la guerra moderna en forma práctica al decir:
4 Enrique Mosconi, Dichos y hechos, Buenos Aires, Círculo Militar, 1928, p. 67.
5 Ibid., p. 102.
6 Selva Echagüe, op. cit., p. 43.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa-
miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
183182
En un discurso pronunciado en la Universidad de La Plata en 1944, Perón define las bases de la polí-
tica industrial del país orientada a satisfacer las necesidades de la defensa nacional:
Se formularán una serie de previsiones a fin de que la Nación pueda adquirir y mantener ese ritmo
de producción y sacrificio que nos impone la guerra, al mismo tiempo que se preverá el mejor empleo
a dar a sus fuerzas armadas […]. Sólo aspiramos a nuestro natural engrandecimiento mediante la
explotación de nuestras riquezas y a colocar el excedente de nuestra producción en los diversos mer-
cados mundiales para que podamos adquirir lo que necesitamos.
Las armas, municiones y otros medios de lucha no se pueden adquirir ni fabricar en el momento en
que el peligro nos apremia, ya que no se encuentran disponibles en los mercados productores, sino
que es necesario encarar fabricaciones que exigen largo tiempo. En los arsenales y depósitos, es nece-
sario disponer de todo lo que exigirán las primeras operaciones y prever su aumento y reposición. El
capital argentino, invertido así en forma segura pero poco brillante, se mostraba reacio a buscar colo-
cación en las actividades industriales, consideradas durante mucho tiempo como una aventura desca-
bellada, y, aunque parezca risible, no propia de buen señorío.
El capital extranjero se dedicó especialmente a las actividades comerciales, donde todo lucro, por rápido
y descomedido que fuese, era siempre permitido y lícito. O buscó seguridad en el establecimiento de
servicios públicos o industrias madres, muchas veces con una ganancia mínima, respaldada por el Estado
[…]. La economía del país reposaba casi exclusivamente en los productos de la tierra, pero en su estado
más incipiente de elaboración, que luego, transformados en el extranjero con evidentes beneficios
para su economía, adquiríamos de nuevo ya manufacturados.
Pero esta transformación industrial se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de algunos pioneros
que debieron vencer innumerables dificultades. El Estado no supo poseer esa evidencia que debió
guiarlos y tutelarlos, orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros,
con lo cual la economía nacional se hubiera beneficiado considerablemente. [...]
Lo que digo del material de guerra se puede hacer extensivo a las maquinarias agrícolas, al material
de transporte, terrestre, fluvial y marítimo, y a cualquier otro orden de actividad […]. Los técnicos
argentinos se han mostrado tan capaces como los extranjeros. Y si alguien cree que no lo son, trai-
gamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos [...]. El obrero argentino,
cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más capaz que el extranjero. […]
He pretendido expresar en el curso de mi exposición, y espero haberlo conseguido, las siguientes cuestiones:
Que la guerra es un fenómeno social inevitable.
Que las naciones llamadas pacifistas, como es eminentemente la nuestra, si quieren la paz, deben pre-
pararse para la guerra.
Que la defensa nacional de la Patria es un problema integral que abarca totalmente sus diferentes
actividades; que no puede ser improvisada en el momento en que la guerra viene a llamar a sus puertas, sino
que es obra de largos años de constante y concienzuda tarea que no puede ser encarada en forma
unilateral, como es su solo enfoque por las Fuerzas Armadas, sino que debe ser establecida mediante
el trabajo armónico y entrelazado de los diversos organismos del Gobierno, instituciones particulares
y de todos los argentinos, cualquiera sea su esfera de acción; que los problemas que abarca son tan
diversificados y requieren conocimientos profesionales tan acabados que ninguna capacidad ni inte-
lecto puede ser ahorrado. Finalmente, que sus exigencias sólo contribuyen al engrandecimiento de la
Patria y a la felicidad de sus hijos.11
A su vez Mosconi afirmaba:
La importancia alcanzada por la repartición fiscal en el último período de trabajos, los beneficios
comerciales y la perfección técnica lograda, la colocan en plano superior, desvirtuando los preconceptos
que sobre la incapacidad técnica y administrativa del Estado sostienen los enemigos de toda actividad
oficial en los dominios de la industria. [...]
Ha llegado el momento de seleccionar hombres y capitales y establecer asimismo protección para
hombres y capitales nacionales. Organizando el trabajo y las explotaciones de las riquezas nacionales
con hombres y dinero del país, mejoraremos evidentemente nuestra condición de vida lo que es indis-
pensable si, como lo hemos manifestado, nos encontramos aún en la necesidad de continuar atrayendo
la inmigración deseable. [...]
Con la cooperación de Europa hemos organizado el país y lo hemos equipado, colocándolo en condi-
ciones de emprender la explotación de sus riquezas y posibilidades en mayor escala; en los últimos años
los Estados Unidos, con el envío de capitales y representantes de sus grandes empresas, se incorpo-
raron a nuestras actividades. Podemos, pues, elegir ahora el elemento que nos convenga; pero, en primer
término, nuestro deber es realizar con nuestros propios medios, una máxima tarea y luego aceptar
la colaboración de hombres y capitales, sin distinción de nacionalidad, siempre que éstos se sometan
sin reparos a las imposiciones de nuestras leyes. Capitales que pretendan condiciones especiales, exi-
giendo un tratamiento de excepción que algunas veces no ha de poder acordarse a los del país, no
favorecen a la Nación; capitales que aspiren al dominio económico, que tengan el propósito de tomar
ingerencias políticas en los países en que operan, que empleen por sistema procedimientos y normas
inmorales, que pretendan no ser regidos por las leyes en que se basa nuestra soberanía, deben ser recha-
zados, porque esos capitales llevan en sí gérmenes de futuras dificultades y perturbaciones internas y
externas.9
En la década de 1930 Manuel Savio daba continuidad al pensamiento de Mosconi, en la necesidad
de asegurar la independencia económica del país:
Fácil es imaginar que esta fundición “criolla” no podrá competir con la de origen extranjero si úni-
camente nos concretamos a comparar sus respectivos precios en el puerto de Buenos Aires. Pero tal
comparación es errónea; debemos ponderar factores importantísimos a la luz de nuestra real situación
actual y, sobre todo, futura. No es necesario hacer muchos cálculos ni enredarse en complicadas teorías
para llegar a lógicas conclusiones. La industria siderúrgica es fundamental, es primordial, la necesitamos
como hemos necesitado, en su oportunidad, nuestra independencia de 1816, en lo político, con nuestra
independencia en lo económico en 1945 o próximamente, sobre la base del nacimiento de la industria
siderúrgica como piedra angular en la que han de desarrollarse sanamente todas las actividades de
esta índole, en equilibrio con las de orden agrícola-ganadero.
Rechazar la implantación de una industria porque no se cuenta en el país con todas las materias primas
que ella requiere es una arbitrariedad, es obrar con ligereza, sin fundamento, puesto que son innú-
meros los casos contrarios de florecientes resultados […]. Seamos optimistas. ¿Por qué hemos de partir
de la base de que si no compramos acero no nos han de comprar trigo y carne? No nos olvidemos de
que hemos quemado y malvendido muchas cosechas de trigo y muchas reses de rica carne y que en defi-
nitiva, nuestra economía, en lo substancial, no se resintió.
La industrialización del país significa una mayor capacidad de consumo que, lógicamente, debe com-
putarse en productos nacionales y extranjeros, de manera que no nos deben impresionar los fantas-
mas librecambistas a “ultranza”, si tomamos el cuidado de proceder con prudencia; pero, eso sí, con
toda decisión […]. Deseamos completar esta apreciación destacando que será un serio error desarrollar
planes de industrialización con el más mínimo menoscabo de la agricultura y de la ganadería.10
9 Enrique Mosconi, Conferencia “El Petróleo y la Economía Latinoamericana”, en Dichos y hechos, op. cit., p. 64.
10 Selva Echagüe, op. cit., p. 68.
11 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar” (Conferencia pronunciada el 10 de junio de 1944,
en el Colegio Nacional de La Universidad De La Plata), en Obras completas, tomo 6, Buenos Aires, Instituto Nacional Juan Domingo
Perón, 1998, pp. 535-557.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa-
miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
185184
El mundo ha de estructurarse sobre nuevas formas, con nuevo contenido político, económico y social
[…]. La explotación de las divisiones y reyertas dentro del bloque de países enemigos para provocar
su desmembramiento, etcétera. Y comprenderemos fácilmente que todo intelecto y capacidad polí-
tica debe ser movilizado para servir a la defensa nacional […]. La política interna tiene gran impor-
tancia en la preparación del país para la guerra […]. Su misión es clara y sencilla, pero difícil de lograr.
Debe procurar a las Fuerzas Armadas el máximo posible de hombres sanos y fuertes, de elevada
moral y con un gran espíritu de Patria. Con esta levadura, las Fuerzas Armadas podrán reafirmar estas
virtudes y desarrollar fácilmente un elevado espíritu guerrero de sacrificio. […]
Ante el peligro de la guerra, es necesario establecer una perfecta tregua en todos los problemas y
luchas interiores, sean políticos, económicos, sociales o de cualquier otro orden, para perseguir úni-
camente el objetivo que encierra la salvación de la Patria: ganar la guerra. […]
Todos hemos visto cómo los pueblos que se han exacerbado en sus luchas intestinas llevando su ceguedad
hasta el extremo de declarar enemigos a sus hermanos de sangre, y llamar en su auxilio a los regímenes
o ideologías extranjeras, o se han deshecho en luchas encarnizadas o han caído en el más abyecto
vasallaje […]. Es necesario dar popularidad a la contienda que se avecina, venciendo las últimas resis-
tencias y prejuicios de los espíritus prevenidos. Se debe establecer una verdadera solidaridad social,
política y económica. [...]
Es indudable que una gran obra social debe ser realizada en el país. Tenemos una excelente materia
prima; pero para bien moldearla, es indispensable el esfuerzo común de todos los argentinos, desde
los que ocupan las más altas magistraturas del país hasta el más modesto ciudadano […]. La defensa
nacional es así un argumento más que debe incitarnos para asegurar la felicidad de nuestro pueblo.
La posguerra traerá, indefectiblemente, una agitación de las masas por causas naturales: una lógica
paralización, desocupación, y hará, que, combinadas, produzcan empobrecimiento paulatino. Ésas
serán las causas naturales de una agitación de las masas; pero aparte de estas causas naturales, exis-
tirán también numerosas causas artificiales, como son la penetración ideológica, que nosotros hemos
tratado en gran parte de atenuar; dinero abundante para agitar, que sabemos circula ya desde hace
tiempo en el país y sobre cuyas pistas estamos perfectamente bien ordenados; un resurgimiento del
comunismo adormecido, que pulula como una de las enfermedades endémicas dentro de las masas
y que volverá, indefectiblemente, a resurgir con la posguerra cuando los factores naturales tengan
presentes. […]
En la Secretaría de Trabajo y Previsión ya funciona el Consejo de Posguerra, que está preparando un
plan para evitar, suprimir o atenuar los efectos, factores naturales de la agitación, y que actúa también
como una medida de gobierno para suprimir y atenuar los factores artificiales; pero todo ello no sería
suficientemente eficaz si nosotros no fuéramos directamente hacia la supresión de las causas que
producen la agitación y sus efectos […]. Es indudable que en el campo de las ideologías extremas
existe un plan que está dentro de las mismas masas trabajadoras, que así como nosotros luchamos
por prescribir de ellas ideologías extremas, ellas luchan por mantenerse dentro del organismo del trabajo.
Hay algunos sindicatos indecisos que esperan para acometer su acción la presencia de un medio favo-
rable; hay también células adormecidas dentro del organismo que se mantienen así para resurgir en
el momento que sea necesario producir la agitación de las masas.15
La cuestión social
Como se ha expresado, el pensamiento estratégico desarrollado tras la Gran Guerra percibe en la
cuestión social uno de los principales problemas que el Estado debía atender para enfrentar el fenómeno bélico.
La Revolución Rusa y la defección interna de Alemania instalaron el concepto de que resultaba fundamental pre-
servar la cohesión interna de la nación para preparar a un país para la guerra.
Mosconi, desde muy temprano, plantea la necesidad de que el Estado debe tender a minimizar los
conflictos sociales mediante una acción equitativa en la distribución del ingreso, incorporando el concepto de
“justicia social”:
La afirmación de nuestra nacionalidad, el concepto arraigado del deber, el culto de la voluntad del
carácter, el irreducible espíritu de justicia, el interés por el deber público, la noción hecha carne de
que los gobiernos son para los pueblos y no los pueblos para los gobiernos, el respeto de la
Constitución y de la Ley, una mejor distribución de la fortuna pública, la aspiración de todo ciudadano
de convertirse en activa molécula de trabajo y de progreso, allí está, señores, nuestra tarea para honrar
y mantener fieles a los ideales políticos y sociales de los hombres de la Revolución. […]
Así nuestra patria será grande como ellos la concibieron y así ocuparemos al sol un prominente lugar.
Así nuestro sol flamígero brillará entonces con más fulgor, será más intensa su acción creadora y a su
calor saltarán en escoria las taras ancestrales, quedando sólo las virtudes de las razas que, en busca
de una nueva luz, de nuevo aire y nueva vida, vienen a compartir en el trabajo regenerador los bene-
ficios de nuestro patrimonio de democracia, de libertad política, de vida intensa, y de abundancia. Y
a ese calor se ha de renovar la vida con alma nacional de una pieza, con mente esclarecida, con todas
las disciplinas del espíritu, con corazones animados por sentimientos de justicia y solidaridad social y
con brazos fuertes de soldados apasionados de su misión, de conductores del pueblo en armas, para
afirmar la inviolabilidad de la justicia y nuestro derecho.12
Asimismo afirma:
Todos palpitamos con la misma vibración patriótica, todos anhelamos una patria justa, grande y
poderosa; una patria hecha con el trabajo incansable de sus hijos, en el inquebrantable cumplimiento
del deber, con incesante solidaridad social que hermane todos los espíritus, que haga del pueblo todo
un solo corazón y un solo brazo.13
En el mismo sentido, una década después Manuel Savio expresará:
A ese precio de costo de nuestra fundición habrá que restarle valores muy importantes como el que
representa dar trabajo directamente a mineros y fundidores en el norte del país, igualmente los jor-
nales de los que efectúan los transportes de materia prima al lugar de elaboración y los transportes
de los productos elaborados, todas esas remuneraciones se traducen en comida y hogar para muchos
argentinos. Pero a ese pan y a ese techo hay que agregarle el valor extraordinario que significa aprender
a fundir, construir hornos, a preparar refractarios, a manejar máquinas importantes ¿Cuánto vale la
influencia que tiene en la formación de nuestros compatriotas el perfeccionamiento de su capacidad
técnica para tareas en medios mecanizados?14
Como en los conceptos referidos a la guerra, en cuanto a la problemática social será Perón quien con
mayor claridad conceptual explique la importancia estratégica de la cuestión social para los militares de los años
treinta y cuarenta:
12 Enrique Mosconi, “La justicia social” (Ceremonia de la colocación de la piedra fundamental del Monumento de Balcarce, en nombre
de la Junta Nacional de Homenaje en el centenario de su muerte, noviembre de 1919), en Dichos y hechos, op. cit., p. 46.
13 Ibid. (Coronación de la Virgen Loreto), p. 59.
14 Selva Echagüe, op. cit., p. 68. 15 Juan D. Perón, “Discurso Pronunciado en La Bolsa De Comercio, 25 de agosto de 1944”, en Obras completas, op. cit., pp 560-590.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa-
miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
186
Conclusiones
Como planteara al comienzo de esta exposición, he intentado dar respuesta a la pregunta acerca de
por qué los militares de principios de la década de 1940 reflexionaban acerca de la necesidad de industrializar el
país y de encarar la incorporación y organización de amplios sectores sociales dentro de las estructuras del Estado.
No es posible comprender la causa que da origen a este pensamiento, que se ha podido rastrear
desde la década de 1920, si no se recrean las condiciones históricas del período entre guerras, las categorías ana-
líticas que lo precedieron y las opciones políticas que se le presentaban a un argentino de ese tiempo.
En este sentido, la Guerra Mundial fue un fenómeno social fundamental para analizar las bases del
pensamiento político y estratégico que caracterizaron los años veinte y treinta. La Primera Guerra Mundial no se
reducía al hecho bélico sino que implicaba la necesidad de un sostén industrial, científico y tecnológico del esfuer-
zo de guerra y, había introducido, tras la Revolución Rusa, el concepto de “revolución social” que a su vez había
influido decisivamente en el desarrollo de la guerra, particularmente, en la derrota de Alemania.
Los militares argentinos percibieron el fenómeno bélico a través de las categorías analíticas que dis-
ponían, siendo Colmar von Der Goltz el pensador más influyente, cuyo paradigma: “la guerra requiere de todas
las fuerzas morales y materiales de la nación”, si bien data de los últimos años del siglo XIX, fue reinterpretado
en los años veinte, entendiéndose por las fuerzas materiales, la necesidad de industrializar para lograr su autoa-
bastecimiento y por las fuerzas morales, la de preservar la cohesión social del país, a través de la formación de
un sindicalismo nacional, que hiciera frente a la agitación de las masas y la posibilidad de que éstas fueran
influenciadas por el comunismo internacionalista.
Las bases del pensamiento que expresa Perón, uno de los protagonistas excluyentes de la Revolución
del 4 de junio de 1943, pueden rastrearse en Mosconi desde principios de los años veinte, pudiendo ser seguidos
a lo largo de todo el período entre guerras y, en particular en los años treinta, tanto en las reflexiones de Savio
como del propio Perón como profesor de la Escuela Superior de Guerra y en los escritos anónimos del Grupo de
Oficiales Unidos (GOU).
BIBLIOGRAFÍA
BUCHRRUQUER, Cristian, Nacionalismo y peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1987.
ECHAGÜE, Selva, Savio. Acero para la industria, Buenos Aires, Fundación Soldados, 1999.
FERNANDEZ VEGA, José, Las guerras de la política. Clausewitz, de Maquiavelo a Perón, Buenos Aires, 2005.
FURET, Francois, El pasado de una ilusión, México, FCE, 1995.
MOSCONI, Enrique, El petróleo argentino, Buenos Aires, Círculo Militar, 1932.
________________, Dichos y hechos, Buenos Aires, Círculo Militar,1928.
PERÓN, Juan D., Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Poder, 1971.
___________, Obras completas, tomo 6, Buenos Aires, Instituto Nacional Juan Domingo Perón, 1998.
SCASSO, León, “Informe del Jefe del Estado Mayor General de La Armada, 14 de febrero de 1944”, en Archivo
Histórico De La Armada, recopilado por El Dr. Manuel Carlos Giavedoni Pita.
TORRE, Juan Carlos, Los años peronistas, Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 8),
2002.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
189
La “decepción” democrática. Los años de 1920
La “decepción” democrática experimentada por muchos de los que en la primera década del siglo XX
propiciaron la ampliación del sufragio a través de la obligación y su depuración a través del secreto se fundamentó
en el período de los gobiernos radicales a partir de la tensión inherente a la conciliación entre número y razón.
El diagnóstico de los partidos políticos de la oposición que la prensa reproducía y amplificaba coincidía en que la
democracia había adquirido formas plebiscitarias y la incapacidad definía la gestión de gobierno. La administración
pública, hipertrofiada e inoperante, era producto del electoralismo que se sustentaba en el caudillo y en el comité.
Los partidos, y el ejemplo paradigmático era el radicalismo, atravesados por una lógica facciosa, seleccionaban
sus candidatos desconociendo el mérito y el talento. Los resultados electorales no traducían las diferencias en la
opinión y si los procedimientos habían mejorado, la representación no lo había hecho. No sólo el número avasallaba
a la razón sino que la sociedad no aparecía “fielmente” representada. La democracia, asociada con el “gobierno de
los capaces” requería la racionalización de la administración, la depuración de las prácticas internas de los partidos
y el ajuste de los mecanismos representativos.
Una de las respuestas fue la acumulación de proyectos legislativos para separar la administración de
la política a través del ingreso por concurso, el ascenso por escalafón y la estabilidad; reglamentar la organización
y funcionamiento de los partidos y reformar el régimen electoral reemplazando el sistema del tercio por la repre-
sentación proporcional. Iniciativas todas que se inscribían en los marcos de la democracia liberal y que partían del
supuesto de que el gobierno radical era un accidente, o en todo caso, una perversión que podía ser superada ajus-
tando los mecanismos de la ley. No se trataba de un sistema en crisis sino de una crisis del sistema. Y no faltaron
las propuestas más generales para reformar la Constitución. La mayoría de ellas tendían a producir cambios en
el sistema electoral e incluían la sustracción de la designación de los senadores a las legislaturas provinciales,
motivo recurrente de interminables conflictos políticos, y su reemplazo por la elección popular. Los proyectos de
reforma constitucional de Joaquín Castellanos (1916), Carlos F. Melo (1917), José María Zalazar (1919) y José N.
Matienzo, desempeñándose como ministro de Alvear, coinciden en este punto. Los tres primeros proponen, ade-
más, la reducción del mandato a seis años y la renovación por mitad cada tres años. En el ánimo de los radicales
imperaba la necesidad de revertir la composición del Senado que durante todo el período contó con una mayoría
conservadora, cuestión que Yrigoyen no pudo resolver aun apelando al recurso de las intervenciones federales.
El proyecto del diputado cordobés Zalazar, se hizo cargo, además, de otro de los problemas que desde hacía tiempo
¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de
los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930
ANA VIRGINIA PERSELLO
UNR / CIUNR / CEHP / CONICET
1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR
Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
4
CAPÍTULO
191190
“caudillejo de parroquia”. La razón de ser de la revolución era, en este planteo, como lo había expresado el pre-
sidente del gobierno provisional en el manifiesto del 1º de octubre de 1930, sentar a los agricultores, obreros,
ganaderos, profesionales e industriales en las bancas del Congreso. En todas sus intervenciones públicas,
Ibarguren, en nombre del gobierno, puso mucho énfasis en aclarar que no se trataba de suprimir el sufragio uni-
versal o eliminar a los partidos para convertir al Congreso en una asamblea “puramente corporativa”. Ni vuelta
a la demagogia, ni reforma fascista. Varias eran las soluciones posibles: reorganizar los partidos e introducir los
intereses sectoriales en ellos, establecer un sistema de doble representación –territorial y funcional– dando cabida
a los gremios que estuvieran ya organizados, o, finalmente, si esto se juzgara prematuro
por considerarse que la Argentina no está suficientemente evolucionada todavía como para que
refleje adecuadamente en el Parlamento representaciones tan complejas, ello no impide que los inte-
reses sociales que estén sólida y maduramente organizados participen por medio de delegados
auténticos, no de mandatarios ajenos a esos intereses, en los directorios y consejos técnicos de grandes
entidades de la administración. Así, por ejemplo, en las instituciones bancarias oficiales, en los
Ferrocarriles del Estado, en las cajas de pensiones y en otros importantes órganos de servicios públicos
debieran tener algunos asientos establecidos por la ley en las comisiones directivas, representantes
de los intereses sociales vinculados a esas entidades.4
La introducción de la representación gremial logró unificar en la oposición a todo el espectro parti-
dario cuyos argumentos recuperaron los ya planteados en años anteriores. El diario La Nación aceptó el diagnós-
tico de Ibarguren, pero manifestó en varias editoriales que resultaba “un poco violento” considerar siquiera la
hipótesis en cuanto a las soluciones propuestas. El problema no estaba en las instituciones. Y representantes de
diferentes partidos políticos se opusieron al mecanismo propuesto por el gobierno: convocar al Congreso para
que debata la reforma aunque manteniendo la presidencia de facto. Aun Carlos J. Rodríguez, cuyo proyecto de
reforma constitucional contemplaba algunas de las cuestiones que sustentara Uriburu, escribió inmediatamente
después del golpe, aunque publicó recién en 1934, Hacia una nueva argentina radical, donde, al mismo tiempo
que se reafirma en su propuesta que combina representación territorial y representación corporativa, se separa
del gobierno provisional. Apenas iniciada la tiranía –dice en el prólogo– su jefe dio a conocer el propósito doc-
trinario de la revolución y esa declaración “me reveló el propósito de la ‘dictadura’, poner las manos en nuestra
carta magna, para cimentar un régimen reaccionario, con apariencias de renovación democrática, al estilo fascista”.5
Finalmente, los hechos se impusieron. En abril de 1931, el primer ensayo electoral realizado en la pro-
vincia de Buenos Aires demostró que el radicalismo contaba todavía con el favor del electorado. La crisis se tra-
dujo en el reemplazo del gabinete y la presentación, en junio, de un proyecto de reforma constitucional. Aunque
revisar el texto constitucional, en el planteo del gobierno, seguía siendo “el contenido y la razón histórica de la
revolución”, se obviaba ahora incluir modificaciones en la representación. El personalismo, el centralismo y la oli-
garquía que evolucionó a la demagogia, defectos capitales del sistema político, –se decía en la fundamentación–
debían ser superados en el marco de la división de poderes y el sistema federal: autonomía del Congreso, de las
provincias y mayor independencia del Poder Judicial. Nuevamente el espectro político coincidía con el diagnóstico
pero ahora lo rechazaba en función de su oportunidad –Vicente Gallo y Marcelo T. de Alvear, radicales; Correa,
dirigente del PDP; Carlos Melo, antipersonalista, Nicolás Repetto, socialista, emitieron declaraciones en ese sentido–.
En los períodos normales –respondió nuevamente Ibarguren en nombre del gobierno– las instituciones no se modi-
fican, “la cura en salud es nociva”, y los intereses creados lo impiden, la historia enseña que las grandes reformas
son hijas de revoluciones. Los constitucionalistas se dividieron en el análisis de las propuestas puntuales. El Poder
4 La Nación [LN], Buenos Aires, 16 de octubre de 1930.
5 “Y entonces, en plena tiranía, entreviendo el peligro de que pudiera ilusionarse al pueblo con este contenido doctrinario novedoso,
para desviarlo de la marcha que venía realizando con la Unión Cívica Radical, hacia la nueva democracia, me apresuré a reunir mis
principales iniciativas parlamentarias, en que, desde 1922, venía propiciando la reforma fundamental de la Constitución [...] y las publi-
qué en un folleto [...] La Nueva Argentina, aparecido el 26 de octubre de 1930. [...] Dos meses antes vio la luz el libro del poeta D.
Leopoldo Lugones: La Grande Argentina, destinado, entre otras cosas, a combatir ‘la ideología liberal [...] y la democracia mayorita-
ria’. [...] Con esta leyenda La Nueva Argentina, síntesis de la idealidad y de la obra de la Unión Cívica Radical, repliqué a los dos inten-
tos reaccionarios de reformar la Constitución Nacional para implantar una imitación del régimen fascista [...] estando en prensa este
libro, con esa misma leyenda que hice pública La Nueva Argentina, me informo con sorpresa, que acaban de apropiársela como divisa
de lucha, varias entidades reaccionarias.” Tal “usurpación” –dice– es lo que lo llevó a modificar el lema agregándole el calificativo radical.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado:
la Argentina en los años de 1930
formaban parte de la agenda política: la exacerbación del presidencialismo. Proponía la elección del presidente
y vice por el Congreso, reunidas ambas cámaras en Asamblea Nacional, con quorum de las tres cuartas partes, a
pluralidad absoluta de sufragios y por votación nominal e introducía la figura del ministro responsable individual-
mente y del gabinete ante las Cámaras. Consideraba que sólo el sistema parlamentario realizaba el “gobierno de
la opinión pública” y manifestaba haber intentado incluirlo en el programa de la UCR argumentando que la reforma
propuesta, en todo caso, llenaría deficiencias y vacíos definiendo mejor lo que la Constitución ya había instituido.
Aunque, paralelamente surgieron planteos diferentes. Ya en 1920, Rodolfo Rivarola, desde las páginas
de la Revista Argentina de Ciencias Políticas, planteaba que la única forma de perfeccionar la representación era
incorporar a los agricultores, ganaderos, industriales, comerciantes y militares en los cuerpos representativos. La
propuesta se resumía en un sistema coordinado de representantes del pueblo en Diputados y de la sociedad en
el Senado.1 Y Carlos J. Rodríguez, el dirigente radical cordobés, en su condición de diputado nacional, presentó
varios proyectos que, escalonadamente, recuperaban la preocupación por la representación funcional de intereses
que se fundaban en el imperativo de adelantarse a las consecuencias abiertas por la crisis del Estado liberal mar-
cando nuevos rumbos. En abril de 1930, presentó una iniciativa de reforma de la Constitución “para dar a la sobe-
ranía popular una expresión más directa, más real y exacta de su voluntad, creando órganos más técnicos y espe-
cialmente un parlamento más fiel y capaz que éste representativo surgido de un sufragio universal amorfo”.2 El
proyecto combinaba la representación territorial en el Senado y la funcional, en Diputados. A esa combinación
avalada, según Rodríguez, por la concepción orgánica de la sociedad y el Estado presentes en León Duguit, se
sumaba la recuperación de Rousseau. La noción de la soberanía popular indelegable e irrepresentable tenía su
traducción en la revocatoria, no sólo del mandato de los representantes sino de los miembros del Poder Ejecutivo
y en el plebiscito.3
Estas propuestas no implicaban la desaparición del partido político que seguía pensándose –a pesar
de las críticas a su funcionamiento concreto– como el órgano más adecuado al sistema representativo. El énfasis
estaba puesto en separar aquello que en Europa se definía como crisis del parlamentarismo y que ponía en dis-
cusión las instituciones democráticas proponiendo la participación corporativa de los gremios en el poder legis-
lador, de la crisis del parlamento provocada por la modalidad que adoptaban los partidos locales que consideraban
la función parlamentaria como posición de combate o recompensa por servicios electorales, por la falta de iniciativa
de los ministerios y la absorción ejecutiva de funciones.
Los primeros años de 1930. Debate sobre la reforma constitucional y administración pública
A fines de la década de 1920, el reemplazo de la representación territorial por la representación fun-
cional adquirió connotaciones nuevas asociadas a la prédica de los grupos nacionalistas y las apreciaciones en
torno al modo en que debía reestructurarse –o no– el régimen político se inscribieron inmediatamente después
del golpe en un debate impulsado por la propuesta de reforma constitucional sustentada por el uriburismo que
–con más ambigüedades que precisiones– propuso el reemplazo, total o parcial, según quien y cuando la hiciera
pública, de la representación territorial por la representación de intereses funcionales.
Carlos Ibarguren, en ese momento interventor en la provincia de Córdoba, fue uno de los publicistas
involucrados en su diagramación y su difusión. Propiciaba la reforma para “evitar irrupciones demagógicas” eli-
minando los “defectos” institucionales que habían favorecido el accionar del gobierno radical. Esas deficiencias
se resumían en la prepotencia del Poder Ejecutivo que anulaba a los otros poderes y subvertía el sistema federal y
en la ausencia de representación y de intervención en el gobierno de los intereses sociales porque “los profesionales
del electoralismo” todo lo habían acaparado. El Estado debía dejar de ser “burocracia de comité” y el funcionario,
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Rodolfo Rivarola, “Un poco de teoría... política y otro poco de ideal... social”, en Revista Argentina de Ciencias Políticas [RACP], tomo
XXI, 1920-1921, pp. 32-56.
2 Cámara de Diputados, Diario de Sesiones [CDDS], tomo I, 1928, reunión 40, p. 680.
3 En el período legislativo de 1927, Carlos J. Rodríguez había presentado un proyecto de reglamentación del contrato colectivo de tra-
bajo (CDDS, tomo I, reunión 11, 9 de junio de 1927, pp. 581-583) y Leopoldo Bard, también legislador radical, un proyecto de orga-
nización y funcionamiento de asociaciones profesionales (ibid., reunión 10, 8 de junio de 1927, pp. 490-513). En el proyecto de Bard,
las asociaciones se organizan por oficio y localidad y convergen en una federación nacional. Su fundamentación se basa en la nece-
sidad de resolver los conflictos entre el capital y el trabajo de manera armónica para evitar el caos y la guerra civil “si se entroniza el
privilegio de clases y se permite la expoliación del obrero en beneficio de autócratas y capitalistas” con la intervención del Estado que,
con el tiempo –dice– “acabará por predominar”.
192 193
al proceso de selección de candidaturas, espacio que la legislación electoral había dejado a las prácticas, y que
ahora se pensaba como factible de ser controlado para impedir el entronizamiento de los “peores”. El presidente
Justo, en 1933, elevó una iniciativa a diputados en la que se contemplaba el voto directo para candidatos a cargos
representativos y en el mismo año, José N. Matienzo, consecuente con su prédica anterior, propuso también en
su proyecto la selección directa por los afiliados incorporando la representación proporcional, según planteaba,
para evitar los cismas. En 1938, el presidente, Ortiz; el senador socialista Alfredo Palacios y el diputado radical
Arquímedes Soldano y en 1940 el legislador Santiago Fassi, insistieron en la misma cuestión. El anteproyecto de
Código Político de 1943 –que entre otras cuestiones excluía el voto de los analfabetos– pautaba un sistema de
elecciones primarias por voto directo de los afiliados para la selección de candidatos, con la sola excepción del
presidente y vicepresidente de la Nación, para cuya elección proponía el segundo grado, que comenzaba en la
“unidad básica” donde se elegían los candidatos a concejales y diputados provinciales y seguía en el distrito
–unión federativa de unidades básicas territorialmente delimitadas– para elegir candidatos a diputados nacionales,
electores de senador nacional y gobernadores. Las mujeres votaban en las internas pero no podían ser votadas.
La insistencia en la presentación de iniciativas legislativas que colocaran a los partidos como personas
de derecho jurídico, independientemente de que no se sancionaran, implica un reconocimiento, ya otorgado en
la práctica, de que eran los espacios donde parte del proceso electoral se sustanciaba. Dan cuenta de ello, otros
proyectos que intentaron reglamentar el sistema de lista. Si en la práctica los partidos presentaban listas de candi-
datos éstas no eran obligatorias ni cerradas. La borratina y el desdoblamiento, en todo caso, no eran transgresiones
a la norma sino su concreción. Para saldarlo, en 1933, Melo, ministro del Interior de Justo, incluyó en un proyecto
al que nos referiremos más adelante, la eliminación del procedimiento de las borratinas estableciendo que la
designación de candidatos dentro de cada lista debía hacerse de acuerdo con el orden en que figurara en ella y
sin acumularle los votos de otra lista. En 1934, una iniciativa de la bancada radical antipersonalista entrerriana
establecía que debía respetarse el orden de preferencia que determinaran los partidos en la confección de las listas.
Es ilógico e injusto, sostenían, que se deje librada la elección de candidatos a factores ajenos al partido que los
proclama y hasta se llega al absurdo de que en un partido que obtenga minoría, la elección de los candidatos, la
pueda realizar el propio adversario. En 1941 el legislador concurrencista tucumano Fernando de Prat Gay insistió
en el mismo sentido al introducir en Diputados un proyecto para que se tuviera por no hecha cualquier modifi-
cación a las listas de candidatos fundamentado en la necesidad de prestigiar la vida de los partidos políticos.8
La idea de reglamentar la selección de candidaturas se fundamentaba a partir de la necesidad de eli-
minar el caudillismo para lograr que gobernaran los capaces. Esta cuestión volvió a ser planteada en relación al
universo de votantes. Una de las cuestiones que originó mayores debates en los años treinta fue la extensión del
cuerpo electoral. Si bien se planteaba la ampliación a partir de la incorporación del sufragio femenino, los pro-
yectos entrados en el Parlamento tendían a restringir el universo de electores a partir de ampliar las inhibiciones.
En julio de 1933 Manuel Fresco, Ramón Loyarte, Dionisio Schoo Lastra, Ernesto Aráoz y Pedro Groppo, todos ellos
miembros de la bancada concordancista, presentaron una iniciativa para modificar el art. 2° de la ley 8.871, título 3°,
incisos a) y d). Fresco la fundó en la doctrina de la calificación del elector (incorporada a la ley 8.871):9
No quiero para mi país el voto de los delincuentes. Proyecto […] la proscripción del delincuente […]
con propósitos antidemagógicos y de higiene social porque quiero reivindicar para mi país el derecho
de ser gobernado por los mejores […] los mejores no podrán ser ungidos por el voto de los indignos.
Un mes después, Leopoldo Melo presentó un proyecto semejante alegando que con el régimen
vigente imperaba el número. Excluía del padrón a los recluidos en asilos públicos; sargentos, cabos y soldados de
los resguardos de aduana; aumentaba a diez años la duración de la indignidad de los reincidentes; agregaba no
sólo a los quebrados sino a los concursados fraudulentos; los que hubieran sido objeto de cuatro o más sobresei-
mientos provisionales; los tratantes de blancas, rufianes, sodomitas, toxicómanos, expendedores de tóxicos; los que
atentaran contra la Constitución, pertenecieran a asociaciones ilícitas, mafiosos, terroristas, ladrones, estafadores
y pequeros y los ciudadanos naturalizados que hubieran realizado actos que importaran el ejercicio de la nacio-
nalidad de origen (art. 80, ley 346). Establecía que las causas se investigarían de oficio o por denuncia y que las
8 CDDS, tomo IV, 15 de septiembre de 1941, pp. 439-441.
9 Ibid., tomo II, reunión 27, 21 de julio de 1933, pp. 457-458.
Judicial ocupó el centro del debate. El proyecto del gobierno involucraba a la Corte Suprema en las intervenciones
federales y le daba participación en el nombramiento de los magistrados. Las críticas más fuertes las esgrimió José
Nicolás Matienzo: se le otorgaban funciones políticas, lo cual era inconcebible y se creaba una “oligarquía” judicial.
Mientras el debate transcurría, el gobierno operaba sobre la administración para cumplir con el obje-
tivo prioritario que se había impuesto frente a la crisis económica: equilibrar el presupuesto y en ese sentido no
había originalidad, se trataba de restringir gastos y aumentar impuestos. Un amplio repertorio de medidas, de
las que no nos ocuparemos aquí, se orientó en ese doble objetivo de poner “orden” en la administración y achi-
car los gastos del Estado: cesantías, rebajas de los sueldos del personal, refundición de oficinas e introducción de
nuevos gravámenes, a las transacciones y a los réditos. Y, paralelamente, comenzaron a diagramarse instancias
más o menos institucionalizadas de consulta y búsqueda de asesoramiento para dar respuesta a los problemas
que aparecían como más acuciantes. La función de los nuevos organismos era diagramar políticas, por un lado,
relativas a la producción, tales como la Comisión Asesora de la Agricultura, la Comisión Nacional del Azúcar, de
la Yerba Mate y del Algodón o la Junta de Abastecimientos, por otro, para “racionalizar la administración”: la
Comisión de Presupuesto, la reguladora de gastos y la Comisión de personal que se transformó luego en Junta
de Servicio Civil y finalmente, para reglamentar y organizar la recaudación de los nuevos tributos. La mayoría de
ellas combinaba en su composición a funcionarios y representantes gremiales, tal la propuesta de Ibarguren
inmediatamente de producido el golpe.6
Las juntas y comisiones asesoras creadas por el gobierno de Uriburu, en parte podrían pensarse como
figuras de reemplazo del Parlamento disuelto, sin embargo, sus antecedentes en la administración alvearista y su
continuidad, superada la coyuntura del gobierno provisional, nos obliga a asumirlas como nuevas formas de arti-
culación entre el Estado y la sociedad, nuevas interacciones entre organizaciones de interés, partidos políticos,
instituciones representativas y burocracia estatal.
Partidos y régimen electoral
Entre 1930 y 1935 se acumuló el mayor número de reformas institucionales tendientes a limitar el
espacio opositor y cuando finalmente el radicalismo decidió levantar la abstención el terreno del fraude estaba
preparado. La mayoría de ellas pretendía diagramar, sin derogar la Ley Sáenz Peña, un nuevo mapa electoral.
La selección de candidaturas era uno de los espacios que la legislación electoral había dejado a la
práctica política. El 4 de agosto de 1931 Uriburu, renunciando a sus intenciones corporativistas y “traicionando”
el espíritu de la revolución septembrina –en el planteo de aquellos que propiciaban un cambio de régimen que
erradicara las instituciones del demoliberalismo–, dictó un decreto reglamentando el funcionamiento de los par-
tidos políticos, gesto que implicaba otorgarles legitimidad como personas de derecho público, aunque su intención
última fuera la de controlar su accionar. Establecía para el otorgamiento de la personería la obligatoriedad de
contar con una carta orgánica, plataforma (art. 3°), tesoro formado por la cuota de los afiliados (art. 11), mani-
festación pública de su composición, registros de la contabilidad y correspondencia ajustado al código de comercio
(art. 10) y elección de autoridades locales y delegados a las convenciones o asambleas de distrito por el voto directo
de los afiliados, aceptando el segundo grado para las autoridades centrales (art. 12). El radicalismo fue el primer
partido en adoptar sus disposiciones reformulando su carta orgánica para ponerse en condiciones electorales.
Entre el estatuto de reglamentación del funcionamiento de los partidos políticos dictado por Uriburu
en agosto de 1931 y el anteproyecto de Código Político elaborado por Miguel Culaciatti, ministro del Interior de
Castillo en 1943, entraron a las Cámaras, desde todos los sectores políticos, una importante cantidad de proyectos
de ley con el objetivo de pautar la organización interna y las actividades de los partidos, organismos centrales del
gobierno representativo, para depurar sus prácticas, aunque ninguno fue sancionado.7 Muchos de ellos apuntaron
6 El espacio y las características de este trabajo no nos permiten caracterizar acabadamente a estos organismos, cuestión que puede
verse en Ana Virginia Persello, “El estado consultivo. Argentina en los primeros años 30”, Ponencia presentada a las V Jornadas
“Espacio, Memoria e Identidad”, Rosario, octubre de 2008; “Los alcances y límites de la racionalización estatal”, disponible en línea:
<www.historiapolítica.com>, y “De las juntas y comisiones al Consejo Nacional Económico”, disponible en línea: <www.saberesdeestado.com>.
7 Adrián Escobar, CDDS, 17 de mayo de 1933, pp.191-198; Agustín Justo/Leopoldo Melo, ibid., 8 de septiembre de 1933, pp. 65-68;
José N. Matienzo, CSDS, 1933, pp. 469-472; Alfredo Palacios, ibid., 17 de mayo de 1938, pp. 93-105; Roberto Ortiz/Diógenes
Taboada, CDDS, 1º de junio de 1938, pp. 282-284; Arquímides Soldano, ibid., 21 de noviembre de 1938, pp. 345-351; Santiago Fassi,
1º de agosto de 1940, pp. 725-728; Armando Antille, 29 de mayo de 1940, pp. 157-159; J. Perkins, A. Arbeletche y J. Sancerni
Jiménez, 2 de septiembre de 1941, pp. 731-733.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado:
la Argentina en los años de 1930
195194
era previo a la incorporación. A partir de los cambios introducidos en 1934 se eliminó el requisito de la previa
aprobación de los diplomas para la incorporación de los nuevos diputados, dejando abierta la posibilidad de que
la Cámara rechazara los que fuesen impugnados. Los argumentos que fundaron la modificación recuperaban
prácticas anteriores: abusos y arbitrariedades de las mayorías para asegurar el diploma de sus amigos y rechazar
el de sus adversarios; la postergación por largo tiempo de un diploma privando a la provincia de representación
por razones puramente políticas; los famosos escrutinios de conciencia; la prolongación de las sesiones prepara-
torias indefinidamente por largos debates políticos.
En 1936 la Cámara se constituyó e inmediatamente las fuerzas de la oposición impugnaron los diplomas
de los diputados electos por Mendoza y Buenos Aires y presentaron un pedido de investigación sobre los diplo-
mas de Santa Fe iniciando un largo e insoluble pleito que se prolongó durante varios meses. Los legisladores de
la concordancia sostuvieron que ya estaban incorporados a la Cámara y los opositores inscribieron la reforma del
reglamento en el proceso de imponer al sucesor del presidente Justo que se había iniciado con la reforma de la
Ley Sáenz Peña, continuado con la intervención a Santa Fe y rematado con las interpretaciones rebuscadas del
artículo 19 provocadas por el levantamiento de la abstención del radicalismo. El oficialismo lo admitió, se trataba
–dijeron– de un problema político. El enfrentamiento estaba planteado con los “desalojados” el 6 de septiembre
que cansados de la abstención e impotentes para la revolución se incorporaban a la vida política ostentando
“exacerbados sentimientos de revancha” cuando tenían “la tremenda responsabilidad de dos presidencias que
pusieron al país al borde de la ruina” (Solá). Los yrigoyenistas no tenían autoridad ética, derecho moral para acusar,
para constituirse en jueces porque “llevan en su entraña, certificadas por el ejército y la historia, las taras de la
inmoralidad, de la concupiscencia y de la demagogia, están inhibidas para erigirse en custodias vestales del pueblo
y en tutores de la dignidad nacional” (Kaiser). Las acusaciones contra el radicalismo justificaban el fraude. Había
que cuidarse de los excesos del legalismo. Olvido y perdón no implicaban “rehabilitar de oficio a los prófugos y
a los delincuentes del 6 de septiembre” cuando el candidato a gobernador de Buenos Aires “prometía que si lle-
gaba al poder gobernaría con las mismas normas de conducta moral y política de H. Yrigoyen. Semejante anuncio,
de evidente carácter subversivo […] semejante apología desembozada […] significaban un agravio y una ofensa
para el ejército y el pueblo”. Fue Manuel Fresco el que asumió la responsabilidad de impedir que “la horda fugitiva.
[…] se adueñara, orgullosa y ensoberbecida, del primer baluarte político de la República” (Loncan).13
Los partidos y las elecciones periódicas seguían siendo reconocidos como instrumentos legítimos de
asignación de la ocupación de roles en el gobierno aunque en la práctica se utilizaran mecanismos legales y extra-
legales para cercenar el lugar de la oposición. Federico Pinedo, ministro de Hacienda entre 1933 y 1935 y uno de
los responsables de la profundización de medidas intervencionistas, lo justificó años más tarde apelando a la capa-
cidad para el gobierno.
Teníamos sin duda motivos para creer que estábamos haciendo una gran obra, y había entonces alguna
razón para suponer que nuestros rivales de aquel momento no estaban muy capacitados para hacerla
mejor ni para continuarla. Fue ese convencimiento de que se estaba realizando una tarea de sanea-
miento y de progreso imprescindible y que había que salvarla de la incompetencia de los posibles
rivales, exteriorizada de 1916 a 1930 en un gobierno muy malo, uno mediocre y uno abominable, lo
que llevó a los gobiernos con los cuales he colaborado y a algunas de las fuerzas cívicas cerca de las
cuales he actuado a iniciarse en expedientes políticos que paulatinamente degeneraron en prácticas
electorales perniciosas, que nadie puede aprobar.14
Nuevas modalidades administrativas. El Estado consultivo
Las corporaciones no tenían cabida en el diseño institucional. Sin embargo, en la elaboración e imple-
mentación de políticas comenzó a otorgárseles un espacio relevante que superaba con creces el que habían desem-
peñado en etapas anteriores. La intervención estatal en la economía instauró una nueva modalidad administra-
tiva que, aunque tenía antecedentes, se desplegó y, creemos, adquirió perfiles bien definidos, entre el golpe de sep-
tiembre de 1930 y el de junio de 1943: el desarrollo de organismos consultivos, juntas y comisiones asesoras del
13 Las expresiones citadas corresponden al largo debate sobre diplomas realizado en la Cámara de Diputados entre abril y junio de 1936.
14 Federico Pinedo, En tiempos de la república, tomo I, Buenos Aires, Mundo Forense, 1946.
autoridades policiales remitirían, también de oficio, las listas a los jueces o encargados de los registros electora-
les. El “elemento indeseable e indigno” debía ser eliminado del padrón para sanear el ambiente político en la
medida en que ya no se justificaba “la actividad de aquellos que, pensando que de ese modo se aseguran votos,
muevan influencias para liberarlos de la policía o la justicia”.10
Los proyectos se unificaron para su tratamiento y en el debate11 que se suscitó, los legisladores de la
Alianza Civil –Enrique Dickmann por el socialismo y Pomponio por el PDP– y uno de los miembros del bloque con-
cordancista, el diputado radical antipersonalista santafesino Bossano Ansaldo, se opusieron. La negativa a consi-
derar las iniciativas propuestas se fundaba en la falta de oportunidad para modificar la ley 8.871 cuando la mayoría
de la población bregaba por su respeto antes que por su reforma y en ausencia del radicalismo del Parlamento.
Además, uno de los argumentos de peso era que la ley ponía en manos de la Policía la construcción del padrón,
con lo cual bastaba un proceso por desacato para eliminar a los comunistas, a los que criticaran al gobierno, a los
directores de diarios opositores y a los afiliados a los sindicatos para lo cual bastaba declararlos asociaciones ilícitas.
Todo el debate estuvo atravesado por el juzgamiento del radicalismo. El legislador socialista indepen-
diente Manacorda, evocando los fraudes cometidos en Mendoza, San Juan y Córdoba en las elecciones legislativas
de 1930, sostuvo que se pretendía eliminar de los padrones a los delincuentes porque nadie ignoraba que la política
yrigoyenista se había basado “en que los caudillos han podido influir en la policía para obtener, cuando convenía
y cuando estaban en vísperas electorales, la libertad de todos los delincuentes que se procesan, pero que siempre
obtienen la libertad porque nunca hay fundamentos bastantes para condenarlos”. Y Fresco, quien alegando que
el voto más que un deber y una obligación era una función y como tal requería idoneidad, sostuvo
¿no tenemos el recuerdo panorámico de aquellos comités de la UCR irigoyenista de la Capital, que eran
verdaderos refugios de toda clase de elementos antisociales; donde había rufianes caudillos que acau-
dillaban masas de rufianes, que llenaban de votos las urnas y donde había ladrones caudillos que
incorporaban a la acción política los elementos más inferiores de la sociedad y ejercían una influencia
indiscutible sobre comisarios y jueces.
Otro de los cambios impuestos, tuvo que ver también con el lugar de la minoría. En 1933, Melo pre-
sentó un proyecto que propiciaba el reemplazo de la lista incompleta por la representación proporcional. El sis-
tema propuesto era el del cociente. Los argumentos para defenderlo no eran nuevos. Habían sido ya expuestos
en los debates de 1911 y se había insistido en ellos en los años veinte para frenar el avance del voto radical rei-
vindicando la traducción parlamentaria de la diversidad de opiniones. El entonces ministro del Interior recuperó
a Sáenz Peña quien habría planteado que la lista incompleta constituía un ensayo transitorio que debía preceder
a la reforma definitiva, sostuvo que el sistema que fijaba la minoría en el tercio limitaba la posibilidad de la for-
mación de nuevas fuerzas políticas y finalmente, que consagraba mayorías relativas. Pero el proyecto no se san-
cionó y finalmente el cambio se dio en un sentido casi inverso. En 1935 se produjo el reemplazo de la lista incom-
pleta por la completa para las elecciones de electores de presidente y vice y senadores por la Capital. Carlos
Pueyrredón fundamentó el proyecto en la cámara de diputados y al igual que Melo se apoyó en Sáenz Peña argu-
mentando que la propuesta era una copia textual del artículo 44 elevado por el Presidente en 1911 al Parlamento,
modificado por una iniciativa del entonces legislador Fonrouge que propuso extender la lista incompleta. Esto
hubiera sido razonable –dice Pueyrredón – si el Poder Ejecutivo fuera un triunvirato– pero siendo unipersonal lo
único que logra es fragmentar a los electores. Cuando ningún partido alcanza los 189 electores necesarios, la dis-
ciplina que obliga al elector a votar por el candidato proclamado por su partido da paso al tráfico de votos, las
conveniencias personales y las venganzas políticas. En este caso, según propuso el conservador bonaerense De
Miguel cuando se discutió el proyecto, la opinión de la mayoría, podía ser defraudada por el conjunto de minorías
relativas.12
Finalmente, se reformó el reglamento de la Cámara de Diputados. Bajo el régimen anterior, cuando
se trataba de elecciones que no ofrecían dificultades los diplomas se aprobaban en sesiones preparatorias y los
electos juraban y se incorporaban de manera definitiva. Y si se trataba de elecciones que ofrecían dificultades, se
dejaban los diplomas para las sesiones ordinarias; pero el electo no juraba ni se incorporaba. El juicio de la elección
10 CDDS, tomo III, reunión 39, 23 de agosto de 1933, pp. 354-356.
11 CDDS, tomo IV, reunión 50, 14 de septiembre de 1933, pp. 299-309.
12 CDDS, tomo II, reunión 26, 20 de julio de 1933, pp. 394-398.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado:
la Argentina en los años de 1930
196
Poder Ejecutivo, algunas integradas por técnicos, pero las más, por funcionarios y representantes de intereses sec-
toriales, cuyas funciones eran amplias e incluían la elaboración de proyectos que serían sometidos al Parlamento
para aportar soluciones a una amplia gama de problemas –diría que casi la totalidad de la agenda de los gobiernos
de la década– la producción, la comercialización, el régimen financiero, el sistema tributario y la administración
pública. Algunas fueron creadas por decreto y otras por ley; las hubo transitorias y permanentes y en muchos
casos superpusieron funciones y áreas de incumbencia o se yuxtapusieron sin articularse con comisiones parla-
mentarias creadas con los mismos fines. El diagnóstico que presidió su constitución fue, por un lado, la incapacidad
del Estado para lidiar con la creciente complejidad y, por otro, el déficit de la representación política provocado,
para algunos, por la experiencia de los gobiernos radicales y por otros, por las propias características del régimen.
El objetivo era racionalizar la administración y fortalecer –no reemplazar– a los funcionarios y al Parlamento. El
argumento consistía en que sólo la colaboración de los directamente interesados, que por otra parte eran los que
poseían el saber técnico necesario, otorgaría prestigio al gobierno, uniría a la autoridad con la población y sobre
todo, crearía solidaridades para sostener políticas entre el gobierno y los directamente afectados por ellas, hoy
diríamos, posibilitaría la gobernabilidad. El diario La Nación, en algunos de sus editoriales, denominó a la nueva
modalidad administrativa “compenetración consultiva” y si bien admitió que la consulta a los “interesados” no era
nueva, sí lo era que fuera de carácter público.
Con excepción del Partido Socialista, que con matices internos era la agrupación que más fielmente
defendía los principios del liberalismo, el resto de los partidos aceptaba la intervención estatal para recuperar el
equilibrio perdido y centraba sus críticas al gobierno en el carácter sesgado de sus políticas y en la asimetría que
implicaba incorporar a representantes de entidades de representación de intereses sectoriales: mientras la pre-
sencia de la Sociedad Rural Argentina estaba sobredimensionada, prácticamente no había consumidores y mucho
menos obreros en el seno de las nuevas agencias estatales.
Hacia finales de la década, los mismos que propiciaron y se beneficiaron con las nuevas modalidades adop-
tadas por el Estado “consultivo” exigían una intervención diferente, que limitara el peso de la burocracia estatal
y que institucionalizara la participación corporativa, ya no en cuerpos de consulta, sino en un amplio organismo
–un Consejo Nacional Económico– que contuviera y a la vez limitara la injerencia de los cuerpos de funcionarios.
En los hechos, la Constitución no fue reformada, la democracia siguió siendo invocada como el mejor
régimen posible aunque no se dudó en imponer mecanismos de manipulación del sufragio y se desarrolló un pro-
ceso de constitución de nuevas agencias estatales que, con matices, incorporaron representantes de intereses sec-
toriales y expertos –términos que la mayor parte de las veces aparecen confundidos– para asesorar al Poder
Ejecutivo, con carácter limitado, experimental y asimétrico. La doble desconfianza, en el régimen democrático y en
la capacidad del Estado, condujo a buscar fórmulas que salvaran el déficit representativo, y las transformaciones en la
ingeniería estatal formaron parte de ese proceso.
BIBLIOGRAFÍA
CÁMARA DE DIPUTADOS, Diario de Sesiones, tomo I, 1928.
PERSELLO, Ana Virginia, “El estado consultivo. Argentina en los primeros años 30”, Ponencia presentada a las
V Jornadas “Espacio, Memoria e Identidad”, Rosario, octubre de 2008.
_________________________, “Los alcances y límites de la racionalización estatal”, disponible en línea: <www.his-
toriapolítica.com>.
_________________________, “De las juntas y comisiones al Consejo Nacional Económico”, disponible en línea:
<www.saberesdeestado.com>.
PINEDO, Federico, En tiempos de la república, tomo I, Buenos Aires, Mundo Forense, 1946.
RIVAROLA, Rodolfo, “Un poco de teoría... política y otro poco de ideal... social”, en Revista Argentina de Ciencias
Políticas (RACP), tomo XXI, 1920-1921.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
199
El surgimiento del peronismo fue uno de los procesos más decisivos de la historia argentina contem-
poránea. El ascenso meteórico del entonces coronel Perón, que pasó de ser un oficial casi desconocido a convertirse
en el hombre fuerte del gobierno militar establecido en 1943 y luego en el líder indiscutido del movimiento de
masas más exitoso del siglo sin tener el anclaje de un partido político en menos de tres años, ha dado lugar a una
enorme literatura y todavía genera preguntas difíciles de responder. Además, el peronismo ha polarizado a la
sociedad argentina redefiniendo por décadas las identidades políticas (y no sólo políticas), las que pasaron a arti-
cularse en términos de la dicotomía peronismo/antiperonismo. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos realizados
tanto por peronistas como por antiperonistas –aunque desde luego con motivos opuestos– con el fin de caracte-
rizar al peronismo –sobre todo los primeros dos gobiernos de Perón– como una ruptura total con el pasado del país,
lo cierto es que Perón (como todos los seres humanos) fue un producto de su tiempo; y su surgimiento como líder
indiscutido, así como su particular estilo de gobierno, resultan más sencillos de comprender a la luz de la situación
en la que se encontraban el país y el mundo. Lo que intentaré realizar aquí es focalizar algunas dimensiones de la
ideología de Perón tratando de vincularlas con el momento en que la misma fue formándose.
El año 1930 marcó un punto de quiebre en la historia argentina del siglo XX. En efecto, durante ese
año un golpe militar, el primero de los que asolarían al país en las décadas siguientes, puso fin a un período de
casi ochenta años de relativa estabilidad institucional bajo un régimen constitucional. Si bien es cierto que hasta
1916 no puede hablarse de la existencia de una verdadera democracia representativa (la “República Verdadera”
con la que había soñado Alberdi), sino de un sistema político bastante cerrado y excluyente –aunque menos de
lo que habitualmente se consideraba–, es decir, más parecido a la “República Posible” alberdiana, lo cierto es que
no eran muchos los países en el mundo de entre siglos que pudieran jactarse de ser gobernados por sistemas más
inclusivos. Y si observamos desde una perspectiva actual (2009), no son muchos los países europeos que hayan
disfrutado de un período tan largo de democracia constitucional continuada (limitada o no): definitivamente no
es el caso de Francia, ni de España, ni de Portugal; y menos los de Alemania, Italia o Grecia, y la lista continúa.
Por lo tanto, podríamos afirmar que la longeva estabilidad institucional argentina hasta 1930 cons-
tituyó un caso bastante único, y no sólo si tomamos como punto de comparación al resto de los países latinoa-
mericanos, lo cual hace retrospectivamente más dolorosa su ruptura. La otra peculiaridad argentina fue probable-
mente la fuerza con que la tradición liberal-democrática se siguió desarrollando en la cultura política del país. En
efecto, la república fraudulenta restaurada en 1932 bajo la presidencia del general Justo, que dio origen a la lla-
mada “década infame”, fue menos sorprendente por las limitaciones que las elites gobernantes impusieron al
funcionamiento de la democracia representativa, que por el hecho de que fuera allí, al menos en teoría, donde
el régimen siguiera buscando el fundamento de su legitimidad, en un momento en el que el mundo parecía
Política, ideas y el ascenso de Perón
MARIANO BEN PLOTKIN
UNTREF / CONICET
1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR
Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
4
CAPÍTULO
201200
contribuyeron a radicalizar posiciones rompiendo puentes antes existentes. Así, el historiador revisionista Julio
Irazusta recordaba en sus memorias, refiriéndose a sus periódicas visitas a la casa de Victoria Ocampo:
Eduardo Mallea, Pedro Henríquez Ureña, María de Metzu, Carmen Gándara [...] e innúmeros otros
que no tengo presentes alternaban con nosotros en un ambiente de convivencia civilizada. [...] Si este
experimento cesó fue en parte debido a la guerra europea que confundió los espíritus y los dividió
en banderías internacionales. Pero a mi ver debiose también a que el nacionalismo degeneró en una
internacional ideológica y ya enteramente maniobrado por el régimen, colaboró con los sucesivos
gobiernos y no cuajó en la práctica.3
El campo intelectual argentino se politizaba y al mismo tiempo se polarizaba. Como señalaba la
famosa psiquiatra infantil Telma Reca a un funcionario de la Fundación Rockefeller en 1944, “la situación políti-
ca presente [...] ejerce su influencia sobre todas nuestras actividades”.4
Podríamos decir (tal vez a riesgo de simplificar brutalmente dejando de lado matices importantes)
que a lo largo de la década de 1930 se van configurando gradual pero rápidamente dos campos cada vez más
incompatibles dentro del mundo cultural argentino, campos que fueron definiendo sus propias instituciones con
menos lugar para los representantes del campo contrario: uno vinculado al nacionalismo cada vez más radical,
asociado a versiones integralistas del catolicismo sostenidas en numerosas oportunidades por miembros de la
jerarquía de la Iglesia, y un polo vinculado al liberalismo al cual se asociaban cada vez más firmemente “compa-
ñeros de ruta” inesperados como los comunistas, en el momento en que el PCUS estableció la política de frentes
populares. Esto último, junto con la paulatina recuperación de la actividad sindical controlada en buena medida
por éstos, promovió la alarma de sectores de la elite y también de miembros del cuerpo de oficiales del Ejército,
alarma que se manifestó en una influencia cada vez mayor de ideas antiliberales. Si había un punto de superpo-
sición entre estas dos corrientes, sin embargo, era la certeza cada vez mayor de que al Estado (definido de mane-
ra diferente en cada caso) le correspondería un papel central en definir el futuro del país que se transformaba
rápidamente social, económica y políticamente.
Juan Domingo Perón, que había participado con el grado de capitán en el golpe de Estado de 1930
fue tributario de los cambios que se fueron produciendo. Aunque Perón nunca fue (ni se definió jamás a sí mismo)
como un hombre de ideas, sino más bien de ejecución (“la conducción es un arte simple y todo de ejecución” repe-
tiría más tarde en sus clases de la Escuela Superior Peronista) podemos encontrar como base de su accionar polí-
tico un núcleo ideológico duro que reconoce su origen en la situación en la que hubo de socializarse políticamente.5
Es cierto que el peronismo como movimiento jamás logró articular una ideología coherente y precisa. Esto se
debió, en parte, a sus condiciones de origen. Recordemos que el peronismo nació en 1945 como un conglomerado
heterogéneo de diversos sectores políticos y sociales: sindicatos, grupos nacionalistas, católicos tradicionalistas,
sectores del Ejército, y otros que se incorporaban al naciente movimiento con objetivos propios y diversos. Perón
actuaba como elemento aglutinador de un movimiento cuyas tendencias centrífugas se hicieron notar pronto y
la atenuación (o represión en algunos casos) de las cuales se convirtió en una obsesión del líder hasta el día de
su muerte. Cada uno de estos grupos constitutivos efectuó una lectura particular del mensaje de Perón, quien a
su vez debía responder a las expectativas de cada uno de ellos. Sin embargo, aunque la “ideología peronista” no
puede reducirse a la “ideología de Perón” la centralidad de éste en el movimiento fue absoluta como mito uni-
ficador del movimiento y como uno de sus elementos definitorios –y no solamente vinculados al culto a su perso-
nalidad que Perón impuso desde el gobierno–. Recordemos que la llamada “doctrina peronista” nunca fue otra cosa
que una compilación de las palabras del jefe del movimiento.6 Y recordemos también que, sobre todo durante su
exilio y vuelta al poder, la lealtad proclamada a Perón fue uno de los pocos elementos que definía la identidad
de un movimiento que ya incluía en su seno a los más diversos extremos del espectro ideológico.
3 Julio Irazusta, Memorias, citado por John King, Sur: A Study of the Argentine Literary Journal and Its Roke in the Development of a
Culture, 1930-1970, Cambridge, Cambridge University Press, 1986, p. 74.
4 Citado en Mariano Ben Plotkin, Freud en las Pampas. Origen y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983),
Buenos Aires, Sudamericana, 2003, p. 92.
5 Las clases de Perón en la Escuela Superior Peronista fueron publicadas en Juan Domingo Perón, Conducción política, Buenos Aires,
Escuela Superior Peronista, 1952.
6 Partido Peronista, Doctrina peronista, Buenos Aires, 1947.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón
encaminarse hacia otro tipo de experimentos políticos, experimentos que, desde luego, contaban con simpati-
zantes en nuestro país.1 Aun el Partido Radical, proscripto y derrotado en 1930 aceptó, a partir de 1935, incorpo-
rarse al sistema de democracia limitada que en los hechos lo excluía del acceso al poder. Sin embargo, el momento
político inaugurado en 1930 dio origen a la aparición de un nuevo actor político cada vez más alejado de los ideales
democráticos: el Ejército, que ejercería a través de su cuerpo de oficiales, una influencia decisiva en la política argen-
tina de las décadas siguientes y que se autoasignó un papel tutelar sobre la misma con las consecuencias nefastas
que todos conocemos.
El período que comenzó a partir de la primera posguerra ha sido caracterizado como de crisis ideo-
lógica, lo que implicó un brusco desplazamiento y cuestionamientos de ciertas certezas. La Revolución Rusa de
1917 y los breves experimentos comunistas en países como por ejemplo Alemania y Hungría, y luego el surgimiento
de los regímenes de extrema derecha en Europa, mostraron un dinamismo que parecían estar perdiendo las
democracias representativas. Por otro lado, los horrores de la Primera Guerra (luego opacados por los aun peores
de la Segunda) pusieron en cuestión la idea de progreso indefinido basado en el avance de la ciencia y la tecno-
logía que había, de alguna manera –aunque con fuertes matices–, constituido la ideología dominante durante la
segunda mitad del siglo XIX. En América Latina, los desastres de la guerra forzaron a algunos intelectuales a replan-
tear los términos de la dicotomía “civilización y barbarie” establecida por Sarmiento, puesto que los bárbaros ya no
estaban sólo de este lado del Atlántico, sino también en los campos de Francia cubiertos de sangre, según la expre-
sión del tango “Silencio en la Noche”.
La crisis ideológica, por supuesto, se profundizó en 1930, cuando a ésta se agregó la gran crisis eco-
nómica que generó dudas todavía mayores acerca de la posibilidad de supervivencia (y aun su deseabilidad) del
sistema democrático liberal. Y todavía dentro de las democracias, parecía claro que la situación también se modi-
ficaría y que los cambios serían definitivos. Desde el New Deal de Roosevelt hasta la posterior implantación de
las ideas keynesianas que conservarían su hegemonía en Occidente hasta la década de 1970, las áreas de inter-
vención del Estado no cesarían de ampliarse, y el consenso, a su vez, parecía indicar que esta ampliación consti-
tuiría la base de la supervivencia del sistema en un mundo cada vez más polarizado.
La situación internacional sin duda afectó a la Argentina, pero con matices particulares originados
en la situación local. Si analizamos el clima ideológico de la Argentina hasta la década de 1930 (y me atrevería a
decir que hasta mediados de esa década), lo que llama la atención es la fuerza del consenso que venía articulán-
dose desde la segunda mitad del siglo XIX alrededor de la democracia liberal. La fuerza de este consenso expli-
ca la convivencia pacífica de individuos que en muchos casos se encontraban en los extremos opuestos del polo
ideológico y, más sorprendentemente, el hecho de que el espacio de convivencia fuera muchas veces el Estado
mismo. Un ejemplo claro y particularmente inesperado es el sistema destinado a la “formación de las almas” de
los argentinos, es decir, el exitosísimo (y no sólo en términos latinoamericanos) sistema educativo, donde encon-
tramos coexistiendo a conocidas figuras de la extrema derecha (recordemos que Leopoldo Lugones fue durante
décadas un funcionario del mismo en tanto director de la Biblioteca Nacional de Maestros) con comunistas activos
y algunos simpatizantes anarquistas que, en tanto militantes, se oponían a las políticas de nacionalización de las
masas que las políticas educativas venían desarrollando desde la década de 1910 pero que cumplían seguramente
de manera fiel, en su condición de funcionarios educativos. Así, todavía en 1945, el periódico comunista
Orientación publicó un artículo de Juan Nissen, caracterizado como un asiduo lector del periódico y por lo tanto,
suponemos, al menos un compañero de ruta sino un miembro del partido, criticando la orientación antiliberal
que estaba imprimiendo el gobierno militar a la educación. Lo curioso es que la afiliación política del autor de la
nota no le había impedido tener una carrera exitosa dentro del sistema educativo habiendo ocupado, entre otros,
los cargos de profesor de la prestigiosa Escuela Normal de Paraná, secretario del Consejo Escolar de Mercedes,
inspector de escuelas primarias de Entre Ríos, culminando su carrera como secretario técnico del Consejo Nacional
de Educación.2
La crisis de 1930, pero ante todo los episodios europeos tales como la Guerra Civil Española, la radi-
calización del fascismo (al que a principios del a década de 1920 algunos todavía seguían considerando como una
experiencia de extrema izquierda), el surgimiento del nazismo y posteriormente el desencadenamiento de la
Segunda Guerra Mundial; y a nivel nacional los golpes de 1930 y de 1943 y más aun el surgimiento del peronismo,
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 Un excelente examen de la situación ideológica del país en esos años y su vínculo con el contexto mundial puede encontrarse en Tulio
Halperin Donghi, La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
2 Véase Juan Nissen, “Grave regresión cultural y derroche de caudales públicos”, en Orientación, 31 de octubre de 1945.
203202
Nótese la identificación del objetivo del político con el de la nación, lo que no dejaba demasiado espacio para lo
que es esencial del juego político: el debate y la negociación. Por otro lado, en tiempos de paz, la tarea del polí-
tico, diría Perón siguiendo a Von Der Goltz, era preparar la nación lo mejor posible para la guerra para lo cual
habría que lograr la independencia desde el punto de vista económico y fijar objetivos que debían ser únicos, sin
disenso. Recordemos, asimismo, que la “independencia económica” parecía ser un objetivo alcanzable. En 1943
y como consecuencia de la guerra, por primera vez en la historia argentina la producción industrial había supe-
rado en valor a la agropecuaria. Cabe destacar que así como la idea de “justicia social” venía discutiéndose desde
décadas anteriores al ascenso de Perón en diversos ámbitos, la de independencia económica vinculada a la indus-
trialización también constituía una vieja obsesión entre círculos intelectuales desde las últimas décadas del siglo
XIX pero que fue llevada a la categoría de eslogan por Alejandro Bunge y su grupo desde la Revista de Economía
Argentina fundada en 1918. No es casual que buena parte del staff técnico de Perón durante su primera presi-
dencia fuera reclutado entre antiguos colaboradores de Bunge. A la vieja idea de Bunge y de otros antes que él,
el Ejército le agrega el componente de la importancia que la independencia económica tendría para la defensa
nacional. Recordemos que en 1941 se creó la Dirección de Fabricaciones Militares.
De cualquier manera, de las ideas obtenidas de los manuales de la guerra, compatibles con los fun-
damentos del mito de la nación católica, aparece un elemento que constituiría, junto con el miedo a los avances
del comunismo, el elemento central y probablemente el más perdurable del universo mental de Perón y me atrevo
a decir alrededor del cual formuló buena parte de la política propagandística que contribuiría a conformar el
núcleo de la liturgia peronista, de cuyo lugar central me ocupé ya en otro trabajo.10 Me refiero a la idea de “uni-
dad espiritual”. Esta idea, en el interior del discurso de Perón, sufrió un desplazamiento desde las situaciones de
guerra a la política como un todo. Podemos seguirlo con cierta facilidad. En una situación de guerra, nos dice el
Perón profesor en sus Apuntes, “toda disidencia interior debe cesar ante el peligro que amenaza desde afuera la
vida de la nación [...]. Los elementos peligrosos para la existencia del Estado deben reprimirse y se deben contra-
rrestar los esfuerzos del enemigo”. Una vez que se desata la guerra es el pensamiento del Comandante en Jefe,
del conductor en palabras de Perón, el que fija las metas y frente al cual no puede haber disidencia posible. “El
conductor dirá: Ésta es mi concepción. Ella se transforma en hecho. Desde ese momento la principal tarea del
comando consistirá en conseguir que un solo pensamiento domine al de todo el Ejército. Ese pensamiento será
el del Comandante en Jefe”.11
Como veremos, la idea de “unidad espiritual”, que fue desarrollada o tomada por Perón de otros
autores como un concepto aplicable a ejércitos en operaciones iba luego a ser reformulada para ser aplicada a la
sociedad como un todo. ¿Es que Perón concebía a la política como una guerra como señala León Rozitchner? No
me atrevo a decir tanto, más bien creo que aplicó a la política parte del arsenal de ideas (formado en su vida militar)
disponible para él, puesto que su experiencia de interacción social estaba articulada alrededor de su experiencia con
las tropas. En agosto de 1944, Perón visitó la Bolsa de Comercio de Buenos Aires donde tiene la oportunidad de diri-
girse a un grupo de empresarios y ofrecerles su visión de lo que deberían ser las relaciones entre el capital y el trabajo:
Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina, y
durante ellos he aprendido que la disciplina tiene una base fundamental: la justicia. Y que nadie con-
serva ni impone disciplina si no ha impuesto primero la justicia. Por eso creo que, si yo fuera dueño
de una fábrica no me costaría ganarme el afecto de mis obreros mediante una obra social realizada
con inteligencia. Muchas veces ello se logra con el médico que va a la casa de un obrero que tiene un
hijo enfermo, con un pequeño regalo en un día particular, con un patrón que pasa y palmea amablemente
a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como nosotros lo hacemos con nuestros soldados.12
En estos consejos un poco pedestres dados a quienes no se lo habían pedido, Perón ponía de mani-
fiesto, sin embargo, una idea más importante, la necesidad de eliminar el conflicto social y los mecanismo que
10 Mariano Ben Plotkin, Mañana es San Perón, 2ª ed., Buenos Aires, Eduntref, 2007.
11 Juan D. Perón, Apuntes, op. cit., p. 243.
12 Juan D. Perón, Obras completas, vol. 7, tomo 3, Buenos Aires, Hernandarias, 1985, p. 377; citado en Tulio Halperin Donghi, “El lugar
del peronismo en la tradición política argentina”, en Samuel Amaral y Mariano Plotkin (comps.), Perón: del exilio al poder, 2ª ed.,
Buenos Aires, Eduntref, 2004.
¿En qué contexto se socializó políticamente Perón? Perón era fundamentalmente, y antes que nada,
un producto del Ejército que se había profesionalizado rápidamente a lo largo de las primeras décadas del siglo
XX. Y dentro de ese Ejército, Perón también fue influenciado por un fuerte cambio ideológico que se fue acele-
rando a lo largo de la década de 1930 y que el historiador italiano Loris Zanatta definió como el paso del “Estado
liberal a la nación católica”. El mito de la nación católica, que identificaba a la nación con un orden católico inte-
gral, que consideraba al Ejército como una institución que precedía en existencia a la nación y que fue definida
por Zanatta como “un orden diferente de cualquiera de los órdenes políticos fundados por las ideologías seculares
modernas y por ende alternativo a la declinante democracia liberal, pero también a la aborrecida solución comu-
nista y a la derivación ‘pagana’ asumida por la reacción antiliberal asumida en algunos estados totalitarios”; un
mito (como todo mito) ahistórico, ya que esta identificación era eterna.7 Se trataba del mito de la alianza indes-
tructible entre la Iglesia y la espada, alianza previa al surgimiento del propio Estado, del cual Perón también
extrajo sus propias conclusiones y que contribuyó de alguna manera a hacer realidad. Y si la preocupación fun-
damental que motivaba a los proponentes del mito de la nación católica era la defensa contra los avances (reales
o imaginarios) del socialismo y el comunismo, ésta sería y continuaría siendo hasta el final, otra de las obsesiones
de Perón. Catolicismo integralista y experiencia militar serían pues dos elementos esenciales en la formación polí-
tica de Perón –que luego haría esfuerzos para transformar a su movimiento en una verdadera “religión política”–,
como también lo fueron sus viajes a Europa y la particular lectura que realizó de las experiencias que le tocaron
vivir sobre todo en la España de posguerra y en la Italia fascista. Como el propio Perón recordaría años más tarde,
fue durante su experiencia como militar destinado a diversos puntos del país, donde se puso en contacto con las
miserias que sufría parte importante de la población del país, lo cual constituía, además, un problema de seguridad
nacional. La población masculina subalimentada en muchos casos y con problemas de salud no era considerada
apta para el servicio militar obligatorio. Por otro lado Perón parece haber sido mucho más perceptivo que la
mayoría de los políticos respecto a las posibles consecuencias políticas que tendría el fuerte proceso de migraciones
internas acelerado a partir de la rápida industrialización que estaba viviendo el país como resultado de la crisis
de 1930. Pero fue en Europa donde se puso en contacto con los horrores de la Guerra Civil Española (que él inter-
pretó como consecuencia del avance del comunismo) y con el estilo de movilización de masas que Mussolini estaba
llevando a la práctica exitosamente.
Aquí hay que hacer, sin embargo, una precisión importante: ni la Iglesia ni el Ejército eran instituciones
monolíticas y en el seno de ambas es posible distinguir importantes matices que se revelan en los avatares del
gobierno militar establecido en 1943. Pero el pensamiento hegemónico en ambas –y Perón no se cansaría de
repetirlo aunque no logró convencer a quienes deberían ser los interlocutores privilegiados para su mensaje: los sec-
tores empresarios– consistía en que la Argentina estaba viviendo una situación prerrevolucionaria y que sólo la
combinación de la Espada y la Cruz, sumada a las políticas de justicia social inspiradas en la doctrina social de la
Iglesia, podrían ponerle freno. Y esto implicaba terminar con la puerta abierta proporcionada a la revolución por
el Estado liberal.
Pero no es mi intención abundar sobre esta dimensión de la formación ideológica de Perón que ya
ha sido muy estudiada. Más bien me interesa centrarme sobre su concepción militar de la política, lo que el his-
toriador José Luis Romero caracterizó como “ideología de Estado Mayor”. Considero que las tendencias sin duda
totalitarias que pueden detectarse en el gobierno de Perón pueden rastrearse más en esta concepción particular de
la política que en posibles (aunque nunca desmentidas por él, ni aun luego de su “giro a la izquierda”) admiración
por las experiencias europeas de entreguerras.
Perón fue desarrollando una concepción de la política que consistía en una adaptación de la doctrina
militar que había absorbido a través de sus lecturas de los manuales europeos en particular los textos de Clausewitz
y Von Der Goltz (sobre todo la idea de “nación en armas”, vinculada a la industrialización y a cierta idea de justicia
social) a los que él combinaba con otros elementos locales.8 Para Perón como para Clausewitz, guerra y política
constituyen dos instancias complementarias. Decía Perón en sus Apuntes de historia militar escritos como texto
para sus clases en la Escuela Superior de Guerra en 1934: “El militar sirve al político en la guerra aniquilando al
poder enemigo, a fin de que el primero consiga imponer su propio objetivo político que es el de la Nación”.9
7 Véase Loris Zannatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo, 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996.
8 Sobre el impacto que las lecturas de los manuales de guerra tuvieron en la formación ideológica y política de Perón, véase León
Rozitchner, Perón, entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política, Buenos Aires, CEAL, 1985.
9 Juan D. Perón, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Círculo Militar, p. 123.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
205204
La sociedad tendrá que ser una armonía en la que no se produzca disonancia alguna, no predominio
de la materia, ni estado de fantasía. En una armonía que preside la Norma puede hablarse de colec-
tivismo logrado por la superación, por la cultura, por el equilibrio. En tal régimen no es la libertad
una palabra vacía, porque viene determinada su incondición por la suma de libertades y por el estado
ético y moral.15
Esta unidad espiritual debía ser impuesta por el Estado aun en el universo de las artes y las letras.
Como el propio Perón dijo a un grupo de intelectuales con los que se reunió en 1947:
Espero que ustedes [los intelectuales] se organicen en forma de sociedad; espero que se unan, que
piensen como piensen, sientan como sientan y quieran como quieran; pero que cumplan dentro de la
orientación que sin duda alguna fijará el Estado [...]. Es necesario que el Estado dé también en este
aspecto su propia orientación, que fije los objetivos y que controle la ejecución para ver si se cumple o no.16
Como vemos la idea de “unidad espiritual”, es decir unanimidad, era central en el universo mental de
Perón. Esta idea provenía de diversas fuentes y a ese objetivo se dirigió su acción. El consenso limitaría (o más
bien eliminaría) el conflicto social y por lo tanto alejaría el peligro comunista que Perón (y sus mentores espiri-
tuales) veían como inminente. El problema fue que este objetivo fracasó en parte porque Perón no fue capaz de
convencer a los sectores capitalistas del peligro en que se encontraban. Paradójicamente, al no contar con el
apoyo que esperaba asegurarse de una parte importante de la sociedad, Perón se vio forzado a radicalizar su dis-
curso y a apoyarse cada vez más en el sector que se mostraba más hospitalario a sus políticas: los obreros, aunque
es justo reconocer que obtener este apoyo le costó más de lo que habitualmente se supone. Por lo tanto, el objetivo
de construir un amplio consenso social se materializó en una serie de políticas que terminaron ampliando el con-
flicto. El resto es historia conocida.
BIBLIOGRAFÍA
HALPERIN DONGHI, Tulio, La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos
Aires, Siglo XXI, 2003.
PARTIDO PERONISTA, Doctrina peronista, Buenos Aires, 1947.
____________________, Manual del peronista, Buenos Aires, 1954.
PERÓN, Juan D., Conducción política, Buenos Aires, Escuela Superior Peronista, 1952.
_______________, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Círculo Militar.
_______________, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en J. D. Perón, El pueblo
quiere saber de qué se trata, Buenos Aires, 1944.
_______________, Conferencia del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón, pronunciada
en la ciudad de Mendoza el 9 de abril de 1949 en el acto de clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía,
Buenos Aires, 1952.
PLOTKIN, Mariano Ben, Freud en las Pampas. Origen y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina
(1910-1983), Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
ROZITCHNER, León, Perón, entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política, Buenos Aires, CEAL, 1985.
ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-
1943, Bernal, UNQ, 1996.
15 Juan D. Perón, Conferencia del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón, pronunciada en la ciudad de
Mendoza el 9 de abril de 1949 en el acto de clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía, Buenos Aires, 1952.
16 Juan D. Perón, “El Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón se dirige a los intelectuales, escritores, artistas, pintores y maes-
tros”, Buenos Aires, 1947.
pondría en juego para lograr este fin: disciplina y justicia social concebida como una gracia tanto en términos
reales (el médico en la casa) y simbólicos (la palmada amable) otorgada por el patrón y, más tarde, por el Estado.
Pero detengámonos en la idea de unidad de doctrina y su evolución dentro del discurso de Perón. La
unidad de doctrina, nos decía el Perón profesor y militar en 1934 era un concepto indispensable dentro de la órbita
militar. Diez años más tarde, el Perón ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión cuyas ambiciones polí-
ticas no escapaban a nadie, fue invitado a dar la clase inaugural de la cátedra de Defensa Nacional en la
Universidad Nacional de La Plata. En esta oportunidad, cuando sus ambiciones políticas ya eran evidentes, Perón
expandió sus ideas de 1934 exponiendo ante sus alumnos (ahora civiles):
Si en las cuestiones de forma de gobierno, problemas económicos, sociales, financieros e industria-
les, de producción, de trabajo, etc., caben toda suerte de opiniones e intereses dentro de un Estado,
en el objetivo político derivado del sentir de la nacionalidad de ese pueblo, por ser única e indivisible,
no caben opiniones divergentes. Por el contrario esa mística común sirve como un aglutinante más
para cimentar la unidad nacional de un pueblo determinado.13
La necesidad de obtener unidad de pensamiento, aun en cuestiones tan poco definidas como “el sen-
tir de la nacionalidad” y aun dejando amplias áreas afuera, ya no se restringía, sin embargo, a la esfera militar,
sino que se hacía extensiva a toda la sociedad.
Pocos años después, ya como presidente, Perón tiene una oportunidad de aclarar y precisar este
punto con motivo de la presentación del Primer Plan Quinquenal. En esta ocasión Perón puntualizaba que “la
doctrina es el sentido y sentimiento colectivo que ha de inculcarse en el pueblo mediante la cual se llega a la uni-
dad de acción en las realizaciones y soluciones”.
En vista de esta evolución de la idea de “unidad espiritual” es decir unanimidad, no debería sorprender
que durante su gobierno, Perón haya promovido la legislación que declaraba a la “doctrina peronista” (su pen-
samiento) como “doctrina nacional”. Esta doctrina no debía ganar adhesiones por persuasión sino por medios
cuasi religiosos. En palabras de Perón: “hay que salir a predicar esa Doctrina; no enseñarla sino predicarla”. Uno
de los mecanismos a través de los cuales se pensaba predicar la doctrina (aparte de una reforma profunda del sis-
tema educativo, el control de la prensa opositora y un esfuerzo de propaganda oficial sin precedentes) era por
medio de la publicación de libros tales como el titulado Manual del peronista. He podido detectar al menos dos
ediciones de dicho manual: una de 1948 y otra de 1954, y en ambas ediciones también es posible observar un despla-
zamiento del concepto de unidad espiritual. En la edición de 1948, por ejemplo, las ideas de “unidad de acción”
y de “unidad de concepción” eran presentadas como aglutinantes necesarios en el interior del Partido Peronista:
“De una misma manera de ver resultará una misma manera de apreciar, y de una misma manera de apreciar, una
misma manera de resolver”. En la segunda edición, la doctrina peronista, el fundamento de la unidad de pensa-
miento y de acción, era presentada como el marco que debía fijar la orientación de todo el pueblo:
La doctrina es una concepción total de la vida, fija las orientaciones del Pueblo hacia las grandes obli-
gaciones comunes de la nacionalidad. Es el conjunto de postulados que responden a las aspiraciones,
necesidades y conveniencias nacionales y por extensión populares [...]. La Doctrina Peronista, que es
Doctrina Nacional, es exclusivamente argentina y está basada en lo que llamamos Peronismo, principio
de nuestra organización política actual que aplicará cada país de manera distinta.14
Esta doctrina, que tendría un lugar tan importante en la definición de los objetivos de la nación, y
que, como se sugiere al final de la alocución, tendría proyecciones internacionales, nunca fue sistematizada de
manera coherente, ya que los libros que llevaban ese título consistían en fragmentos de discursos de Perón acerca
de diversos temas, a veces conteniendo mensajes contradictorios entre sí. Aun en lo que probablemente fue la
presentación más sofisticada de la doctrina, el discurso de Perón pronunciado con motivo del Primer Congreso de
Filosofía de 1949, se nos informa que,
13 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en El pueblo quiere saber de qué se trata, Buenos
Aires, 1944, p. 79.
14 Partido Peronista, Manual del peronista, Buenos Aires, 1954, pp. 20-21.
CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL
MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
207
Comenzaré afirmando algo que puede resultar una sorpresa: que yo pertenezco a una familia militar;
y que ha visto bastante fuego enemigo. Esa familia, eso sí, fue militar italiana; porque a mi padre, en 1915, ya
residente en la Argentina pero nacido en Italia, le correspondió participar en la Primera Guerra Mundial, donde
estuvo cuatro años en el frente. Era teniente y le ofrecieron ser capitán al final. No lo aceptó y volvió a la Argentina.
Y un tío suyo empezó como fraile en un pequeño pueblo del sur de Italia, y al llegar las tropas de Giuseppe Garibaldi
en 1860 lo reclutaron en el Ejército y terminó, tras dos campañas por la unificación del país, como furier maggiore,
un puesto bastante alto dentro de los suboficiales.
La empresa SIAM, creada por mi padre con dos técnicos italianos en 1910, prosperó hasta ser cono-
cida por la famosa heladera. No voy a contar su historia, pero sí las experiencias de sus relaciones con la corpo-
ración militar, sobre todo con el Ejército. Mi padre era bastante amigo del general Enrique Mosconi, dirigente de
Yacimientos Petrolíferos Fiscales, y a través de él fue que consiguió durante los años veinte el derecho de instalar
surtidores en la vía pública, producidos por su empresa, que en aquellos tiempos era simplemente “el taller”. Años
más tarde mantuvo una relación muy estrecha con el general Manuel Savio, a cargo de Fabricaciones Militares.
Recuerdo, al respecto, en el año 1942, haber visitado con mi padre el Alto Horno de Zapla, que estaba recién empe-
zando a funcionar. Tengo además algunas fotos muy interesantes de la fábrica de SIAM en Avellaneda, del año
1935 o 1936, en donde se ve a una veintena de militares visitando las instalaciones, y hay una persona que, creo,
era el Ministro de Guerra. Es decir, había un interés de la fuerza militar en la industria, y la industria sabía que
las relaciones en cualquier país con los militares son importantes por la provisión de insumos necesarios para su
profesión, como acero, máquinas y elementos de transporte, además de armamentos.
El Instituto de Estudios y las Conferencias Industriales de la UIA
Un fenómeno crucial aunque poco conocido es el que comenzó en 1942, o sea antes del peronismo,
cuando en la Unión Industrial Argentina, de cuyo Consejo mi padre formaba parte, se creó un Instituto de Estudios
y Conferencias Industriales, que organizaba eventos cada dos o tres semanas, que después se publicaban como
folletos, que el ingeniero José Gilli, organizador de esa actividad, juntó en tres volúmenes. Vistos todos juntos
forman un material muy impresionante. Ahí se encontraba un grupo amplio de gente. Habían convocado al Rector
de la Universidad de Buenos Aires, y también a quien era un importante candidato presidencial conservador aper-
turista, Carlos Saavedra Lamas, que había tenido un rol muy conocido durante la Guerra del Chaco. Estaba por
supuesto Alejandro Bunge, economista católico nacionalista, y además Ricardo Ortiz, un poco extraño porque aunque
Industria, Fuerzas Armadas y peronismo
TORCUATO DI TELLA
ITDT
1945-1955 EL PERONISMO Y
EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
5
CAPÍTULO
Quinquela Martín, Benito. Desembarco de anclas. Óleo, 86 x 62 cm.
209208
progresistas, socialistas y comunistas, respaldados por una Confederación General del Trabajo politizada y activa.
La situación ha sido repetidamente analizada, desde muy diversas perspectivas, que buscan aclarar las alianzas,
estrategias y tácticas de los actores sociales, muy divididos y desorientados por la existencia de presiones en sen-
tidos contrarios en casi todos los niveles.2
La convergencia industrial-militar de los años cuarenta
Lo que corresponde enfatizar aquí son las actitudes de militares e industriales, especialmente en dos
temas: la necesidad de industrializar el país para proveer a su defensa, y la prevención de agitaciones sociales que
se visualizaban para después de la guerra. Para los militares el tema industrial era esencial, aunque subordinado
a su preocupación profesional por la defensa.3 Para los industriales era consustancial con su propia sobrevivencia,
y para consolidar la prosperidad que la guerra les había traído.4 El entonces coronel Manuel Savio, uno de los pri-
meros invitados a la serie de exposiciones patrocinadas por la UIA, instaba a aceptar la intervención del Estado
para planificar la economía, porque “el peor aspecto de la posguerra es el caos económico”.5 El año anterior él
había sido designado director de la recientemente creada Dirección General de Fabricaciones Militares, que ya
estaba construyendo el Alto Horno de Zapla, en Jujuy. Su prédica industrialista es por lo demás muy conocida, y por
supuesto se realizaba en conjunción con ciertos sectores del empresariado. La preocupación por lo que ocurriría después
de la guerra se centraba, para algunos, en el previsible caos productivo, que como lo señalaba el doctor Leopoldo
Melo, profesor de la universidad y ex candidato presidencial radical de centro derecha, podía “hacer más víctimas
que la guerra misma”, lo que era mucho decir, o ser “más destructiva que constructiva”, como también sostenía
Luis Colombo, presidente de la UIA. O, según el ingeniero Ricardo Gutiérrez, el fin de la guerra sería capaz de inducir
en la Argentina, por desocupación, “la paradoja de la emigración de sus hijos, remedio sugerido por ciertas ten-
dencias teóricas que todo lo resuelven”.6
2 Félix Luna, Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1978; Eduardo Míguez, “El ‘fracaso argentino’.
Interpretando la evolución económica en el ‘corto siglo XX’”, en Desarrollo Económico, Nº 44, 2005.
3 El 30 de septiembre de 1943 el coronel Carlos J. Martínez, director de la Fábrica Nacional de Aceros, fundada en 1935, señalaba la
necesidad de prepararse para caso de guerra, y de potenciar el rol del Estado, que debía cubrir “las necesidades mínimas de defensa
nacional” (La industria siderúrgica nacional, Buenos AIres, UIA, 1943, pp. 42, 45 y 47). En la misma línea el mayor Juan Rawson
Bustamante, profesor de organización y movilización aeronáutica en la Escuela Superior de Guerra, señalaba el rol que había tenido
el Estado durante la Primera Guerra Mundial (Las posibilidades aeronáuticas de postguerra, Buenos AIres, UIA, 1944). En una confe-
rencia del 15 de junio de 1944, inaugurando un ciclo radial patrocinado por la misma entidad industrial, el teniente coronel Alejandro
G. Unsain se hacía eco de una “magistral” alocución que el coronel Perón había hecho ante la Universidad de La Plata poco antes
sobre la relación entre industrialización y defensa nacional (Un ciclo de 22 conferencias radiotelefónicas, Buenos AIres, UIA, 1944).
4 Alejandro Díaz, en su obra Ensayos sobre la historia económica argentina (Buenos Aires, Amorrortu, 1973), niega que la guerra haya
significado un crecimiento particularmente intenso de la industria argentina (pp. 103-104). Esta afirmación, basada en datos estadís-
ticos globales, debe confrontarse con la percepción que tenían los actores de la época, basada quizás en su mayor preocupación por
ciertos sectores que dependían particularmente de la protección. Para Ricardo Ortiz, miembro del Instituto de la UIA, no había duda
de que “la guerra actual ha sido acicate poderoso para estimular nuestra capacidad de transformación” (Un ciclo de 16 conferencias
radiotelefónicas, Buenos AIres, UIA, 1943, p. 15). En el mismo ciclo de radio, Luis Colombo, presidente de la UIA, se ufanaba de que
“la industria ha evitado una grave crisis obrera” (p. 12), y en el ciclo del año siguiente Rolando Lagomarsino se refería al “extraordi-
nario desarrollo alcanzado por la industria argentina durante el último decenio, particularmente a partir de la iniciación de la guerra
actual” (p. 37). Un miembro del Instituto Bunge de Investigaciones Económicas y Sociales, en una obra colectiva basada en artículos
publicados en el diario El Pueblo entre junio de 1943 y diciembre de 1944, señalaba que “toda la prédica de unos cuantos precurso-
res y los esfuerzos de algunos industriales inteligentes hubieran permanecido en el vacío si la guerra no hubiera cortado la corriente
importadora de artículos manufacturados” (Soluciones argentinas a los problemas económicos y sociales del presente, Buenos Aires,
1945, p. 112). Véase Oscar Cornblit, “Inmigrantes y empresarios en la política argentina”, en Desarrollo Económico, Nº 6, 1967; Jorge
Schvarzer, La industria que supimos conseguir. Una historia política y social de la industria argentina, Buenos Aires, Planeta, 1996;
Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, Buenos Aires, Ariel,
2003; para un elemento comparativo, Celso Furtado, “Obstáculos políticos para el desarrollo económico del Brasil”, en Desarrollo
Económico, Nº 4, 1965.
5 Conferencia del coronel Manuel N. Savio, 10 de septiembre de 1942 (Política de la producción metalúrgica argentina, Buenos AIres, UIA,
1942, p. 33).
6 Leopoldo Melo, La postguerra y algunos de los planes sobre el nuevo orden económico, Buenos AIres, UlA, 1942, p. 15 ; Luis Colombo
y otros, Discursos pronunciados con motivo del banquete con que se celebró la clausura del primer ciclo de conferencias, Buenos AIres,
UIA, 1942, p. 13; y Ricardo Gutiérrez, alocución en la primera serie de conferencias radiales, del año 1943.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo
prestigioso en su profesión era comunista; un poco una mosca en esa leche. Había una participación de radicales
antipersonalistas, con un predominio de Concordancistas que apoyaban los proyectos de apertura institucional
del presidente Roberto Ortiz. Y más o menos la mitad de los conferencistas eran militares. Uno era Savio, que
escribió sobre las necesidades de la industria metalúrgica, y había muchos otros, que hablaban sobre aeronáutica,
industrias químicas, textiles y minería. Claro está que el problema principal era la guerra. Había que prepararse
para ver qué pasaba durante su transcurso y luego de finalizada. Claro que en esa época no se sabía quién iba a
ganarla. Además, eran muchos los que pensaban que podría haber llegado a América. ¿Por qué no, acaso somos países
pacíficos? Llegó a África, llegó a Asia, ¿por qué no a América Latina? Me acuerdo en el año 1941 o 1942, mirar ate-
rrorizado unos mapas que publicaba el diario Crítica, donde había unas flechas que salían de Europa, de Alemania, y lle-
gaban al Brasil y a la Argentina. La posibilidad de que nuestros países fueran incorporados a la Guerra Mundial
no se descartaba, y no necesariamente del mismo lado.
El gran miedo de 1942-1943
En la Argentina, durante la Segunda Guerra Mundial el peligro de la agitación social para cuando
terminara el conflicto llegó a convertirse en una especie de psicosis colectiva, especialmente sentida por quienes
estaban más en contacto con el ambiente obrero, y por ciertos especialistas ideológicos, así como por los militares,
que a través de la conscripción y de su circulación por los cuarteles del interior podían visualizar mejor las tensiones
sociales que se acumulaban. Como de hecho después de la guerra no hubo ningún estallido social (excepto que
se considere como tal al 17 de Octubre, pero éste fue más bien su alternativa funcional), es común subestimar las
voces de Casandra como puramente paranoicas, o como provenientes de quienes por todos lados veían la amenaza
roja. Sin embargo un examen más cuidadoso de los acontecimientos de la época y su puesta en perspectiva com-
parada llevan a considerar razonable la previsión de que al terminar la guerra se desataran, tanto en Europa y Asia
como entre nosotros, graves conflictos sociales, algunos de ellos revolucionarios. De todos modos, era una per-
cepción muy extendida entre los actores de la época.
En el ambiente empresarial era importante lo que pensaba la Unión Industrial Argentina, y algunos
grupos de profesionales cercanos a la temática industrial, como los economistas y otros científicos sociales nucleados
en la Revista de Economía Argentina y en el Instituto Bunge de Investigaciones Económicas y Sociales. Ya hemos
visto la creación, en 1942, del Instituto de la Unión Industrial Argentina, que funcionó hasta 1946, y que fue clara-
mente un intento de entendimiento militar-industrial.
En esos años muchos compartían la perspectiva de un mundo permanentemente dividido en cuatro
grandes bloques: Estados Unidos, Rusia, Japón y una Europa dominada por Alemania. El general José M. Sarobe,
en una conferencia pronunciada en octubre de 1942, vaticinaba la “emancipación material de la Gran Asia”, cual-
quiera fuera el resultado de la guerra, y la incorporación de Ucrania al “Nuevo Orden en Europa”, reemplazando a
la América del Sur como proveedora de cereales. La Argentina podía intentar hegemonizar una quinta área, ya
que era necesario “conquistar una cierta autonomía económica, para conservar la independencia política”.1
Los años de la guerra fueron de particular agitación en el ambiente político y social de la Argentina,
como en muchos otros países de la zona. En la Argentina la enfermedad del presidente Roberto Ortiz (alejado
del poder en julio de 1940 y renunciante definitivamente en junio de 1942) creaba una situación favorable a las
tendencias nacionalistas y conservadoras del vicepresidente Ramón Castillo, quien pretendía perpetuar el fraude
para evitar una segura victoria radical. Contra él se levantaba una versión local del Frente Popular chileno o del
francés, que se fue constituyendo a lo largo de 1942, que nuclearía en la Unión Democrática a radicales, demócrata
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
1 José M. Sarobe, Política económica argentina, Buenos Aires, UIA, 1942, pp. 16, 17 y 31. Esta publicación es parte de una serie de
folletos editados por la Unión Industrial Argentina, basados en conferencias dadas en su sede y organizadas por el Instituto de Estudios
y Conferencias Industriales. En las referencias siguientes los folletos de esta serie se identificarán con la sigla UIA y el año en que fue-
ron publicados, salvo indicación en contrario. El teniente coronel Mariano Abarca, en su conferencia del 31 de mayo de 1944, tam-
bién visualizaba la formación de grandes grupos económicos, incluida una Europa bajo hegemonía de “Oriente o de Occidente”, y
afirmaba que no era posible mantener en estado de colonia a un país con la capacidad de la Argentina (La industrialización en la
Argentina, Buenos AIres, UIA, 1944). Más tarde, el mismo año, el teniente de navío Horacio J. Gómez, presentado por el contralmi-
rante Pedro S. Casal, recordaba a su audiencia que “las naciones están siempre potencialmente en conflicto”, y que en las guerras
actuales toda la masa de la población participaba, porque quien las gana es el general Industria (La industria nacional y los problemas
de la Marina, Buenos AIres, UIA, 1944, pp. 12 y 16). Véase para la situación económica anterior a la guerra, Arturo O’Connell, “La
Argentina en la depresión: los problemas de una economía abierta”, en Desarrollo Económico, Nº 23, 1984.
211210
industrial que necesitaba protección estaba en el bando antiperonista, y lo mismo ocurría con la principal orga-
nización de los industriales, ¿qué queda de la tesis de la convergencia entre industriales y ciertos sectores popu-
lares, aglutinados en el liderazgo del coronel Perón?
Desde ya es preciso decir que en su expresión más simplista la tesis no se puede sustentar. Otra cosa
es, sin embargo, si se reformula más cuidadosamente la naturaleza de la alianza y de la elite involucrada. Esta
última no es necesariamente representante directa de nadie. Es una elite que actúa por sí misma. Pero el hecho
de que se forma como resultado de tensiones sociales existentes en determinados lugares del espacio social hace
que en alguna medida esté signada en su actuar por ese origen. Es preciso rastrear aun más en las características
específicas de ese origen no siempre fácil de documentar, para no caer en alguna versión de la generación espon-
tánea de las elites, o de su nucleamiento como simple efecto de la capacidad carismática de un jefe.
Los problemas de una clase social “nueva”
Lo que le ocurrió a la burguesía industrial argentina es bastante típico de clases nuevas, en formación
en un sistema económico que les permite nacer y progresar, pero que se resiste a entregarles las palancas principales
del poder. Esas clases en proceso de formación, esos hombres nuevos, en general tienen dificultad para expresarse
políticamente, justamente debido a lo reciente de su formación y a su escasa tradición generacional en ocupar
espacios políticos de manera legitimada. Es así como sólo los sectores más dinámicos, o más decididos por alguna
razón, de la clase o grupo en cuestión, se deciden a participar políticamente, y que algún grupo funcional como
las Fuerzas Armadas, o el clero, o una elite político-ideológica asume su rol, como sustituto.12 Este sustituto no
está, por cierto, totalmente desconectado de la clase cuyos intereses representa de alguna manera. Las conexiones
existentes no son siempre obvias ni evidentes sino más bien del tipo de las que se dieron en la convergencia
empresaria y militar de los años anteriores o inmediatamente posteriores al golpe de 1943, que facilitaron el
reclutamiento de una elite política en un determinado ambiente social. Por otra parte, en general, las situaciones
de transición de este tipo exigen, para entenderlas, que a uno de los actores se lo divida y subdivida con extrema
minuciosidad, lo que no es necesario para la mayoría de los otros. Así, pues, no basta plantearse si un individuo
era o no industrial y si favorecía o no el proteccionismo. Hay que agregar el tipo de industria del que se trataba,
y contra quién se debía construir la barrera aduanera. Porque una cosa es protegerse contra el azúcar cubano o
brasileño, y otra hacerlo contra los bienes industriales de consumo duradero que iban a venir directamente desde
las metrópolis. Para protegerse en este último caso había que estar dispuestos a herir intereses mucho más fuertes
que los que podrían irritarse por no acceder con sus azúcares al mercado argentino. De ahí que el ejemplo de Patrón
Costas no sea relevante para lo que lo emplea Rouquié, aparte del hecho de que con un caso individual no basta
para invalidar una hipótesis sobre relación entre grupos sociales y políticos numerosos.
Los militares tuvieron un rol protagónico en la formación de la coalición populista liderada por el
entonces coronel Perón, lo cual es obvio. Pero además expresaron en alguna medida intereses industriales, lo cual
es menos obvio. Este rol combinado industrial y militar fue resultado de la coyuntura, pero se trata de un tipo de
coyuntura que se repite con frecuencia en condiciones latinoamericanas y en otras tercermundistas, donde hay
una asociación entre los militares y la nueva clase media burocrática en formación. Esa vinculación fue percibida
por Perón. Extrañamente no participó de las reuniones antes aludidas, que siguieron hasta 1946, y luego no hubo
condiciones demasiado propicias para seguir actuando de forma independiente y concluyó.
El hecho es que la guerra fue un gran negocio para la Argentina, porque para las empresas que pro-
ducían bienes industriales de consumo civil se creó un mercado fantástico, ya que no podía entrar ni un tornillo del
exterior, pues sus fábricas estaban ocupadas en otras cosas más urgentes. Y más tarde, Perón, al llegar al poder, man-
tuvo esa protección casi total, que había existido durante la guerra sin que nadie la impusiera, y que ahora lo sería
a través de disposiciones de política económica. Esta estrategia de proteccionismo y sustitución de importaciones,
que hoy es la bestia negra de los teóricos neoliberales, es la que –en condiciones políticas distintas, pero económicas
parecidas– contribuyó a la prosperidad de Estados Unidos durante el siglo XIX. Tan es así que el sistema protec-
cionista era conocido como el “American system”, y lo mismo siguió siendo cierto hasta bien entrado el siglo XX,
para no hablar del Japón, Corea, Taiwán, y otros tigres asiáticos. La diferencia se debe a muchísimas causas, pero
estriba principalmente en la estabilidad política de esos países, comparada con nuestra espeluznante inestabilidad.
12 Fernando Henrique Cardoso, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes: Argentina y Brasil, México, Siglo XXI, 1971.
La gente del Instituto Bunge, que desde junio de 1943 a diciembre de 1944 tuvo acceso al diario cató-
lico El Pueblo para difundir sus análisis de la situación, compartía la opinión de que al reabrirse la importación
habría “una competencia ruinosa para buena parte de la industria nacional y se provocaría la desocupación
industrial y el estancamiento de la actual diversificación de la producción”. Por eso concluían que “el capitalismo es
enemigo de la propiedad”, novedosa formulación de una larga tradición de pensamiento social católico, que ree-
mergería en la doctrina de la “tercera posición” planteada por Perón. Más adelante los editores de El Pueblo
señalaban que había que evitar que el retorno de la paz “produjera un verdadero cataclismo económico y social para
el país”. Señalaban también que aunque la guerra evitaba la desocupación, ésta iba a volver con la paz. Había cada
vez más proletarios, y eso, unido a su condición extranjera, hacía temer por “la unidad social de nuestro país”. Era impres-
cindible apoyar la reconversión a la paz de las industrias, y aunque no era posible protegerlas a todas, había que
evitar la formación de ejércitos de desocupados”.7
El grupo ideológico-político nacionalista más extremo, que fue enviado por la Revolución de Junio
de 1943 a la gobernación de la provincia de Tucumán, quiso convertir su experiencia en anticipo del nuevo orden que
se iba a instaurar. También ellos estaban seriamente preocupados y, como decía el interventor Alberto Baldrich,
“si no se llega a solucionar el problema de los trabajadores, la desesperación humana puede llegar a venderlo todo
a quienes llegan con promesas mesiánicas. Para que la Argentina no sea comunista, es necesario que sea cristiana,
no sólo en el orden de la fe sino en el de la organización social”. Al poco tiempo agregaba, en una alocución radial,
que los que se oponían a su gobierno estaban negando la “única posibilidad de paz social en los días sombríos y
amenazantes de las próximas convulsiones sociales o de la turbulencia de la posguerra”.8
Se daba aquí un acercamiento entre ciertos influyentes empresarios industriales y grupos militares
con intelectuales ligados al pensamiento social católico y al nacionalismo. Por diversas razones, todos ellos coin-
cidían en una política de industrialización intensificada, proteccionismo y producción de bienes que sirvieran para
la defensa nacional, especialmente cuando el Brasil estaba adquiriendo ventajas en base a su alianza con Estados
Unidos.9 Esta convergencia de intereses económicos, actitudes profesionales, ideologías y temores sentó las bases
para el reclutamiento de la elite política que llevó a Perón al poder, y que tuvo en el Grupo de Oficiales Unidos
(GOU) su expresión militar desde comienzos de 1943. En esta elite política los elementos más visibles fueron los
militares, los intelectuales nacionalistas, ciertos sectores del clero y algunos dirigentes políticos, y en una segunda
etapa dirigentes de los sindicatos. En el conjunto, los industriales no fueron tan evidentes, aunque hubo algunos
que alcanzaron prominencia, desde temprano, como el textil Rolando Lagomarsino (miembro del Instituto de la
Unión Industrial) y más tarde el metalúrgico Miguel Miranda (también activo en ese instituto).10
Sin embargo la directiva de la Unión Industrial patrocinó, en 1945, a los candidatos de la Unión
Democrática. Tan es así que esto llevó a muchos observadores a afirmar que no hubo una participación de la bur-
guesía industrial en la iniciación de la coalición peronista sino todo lo contrario. Alain Rouquié, por ejemplo, así
lo señala, adjudicando a la izquierda nacionalista y a ciertos grupos marxistas esa tesis, a su juicio no fundamen-
tada en los hechos. Incluso Rouquié ejemplifica la paradoja al constatar que el candidato continuista del gobierno
conservador, apoyado por los intereses agrarios y emblema de aquello contra lo cual se levantó el peronismo,
Robustiano Patrón Costas, era un fuerte industrial, y necesitado de protección, como azucarero que era.11 Si un
7 Instituto Bunge, op. cit., pp. 37, 154, 176 y 200-204.
8 Intervención Federal en la Provincia de Tucumán, Causas y fines de la Revolución Libertadora del 4 de junio. Nueve meses de gobier-
no en la provincia de Tucumán, Tucumán, 1944, pp. 72 y 145; el doctor Alfredo Labougle, vicerrector de la Universidad de Buenos
Aires y luego director del Instituto de la UIA, en su conferencia del 14 de julio de 1943, apenas producido el golpe militar, aprovecha
la oportunidad para solidarizarse con el teniente general Pedro P. Ramírez (presidente de facto), quien ya en 1930 había señalado la
caducidad de la Ley Sáenz Peña en un país “con 40 % de analfabetos”. Agregaba Labougle que no era previsible que viniera mucha
gente de Europa, después de la guerra, porque allá querían retener a los honestos, y “basta ya de tantos malos elementos que se han
filtrado” (Las industrias argentinas en el pasado, presente y porvenir, Buenos Aires, UIA, 1943, pp. 33-34 y 62).
9 Mario Rapaport, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas: 1940-1945, Buenos Aires, Editorial de Belgrano,
1981; Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1983.
10 Respecto del apoyo empresarial al peronismo, véase Judith Teichman, “Interest Conflict and Entrepreneurial Support of Perón”, en
Latin American Research Review, 1981; Eduardo Jorge, Industria y concentración económica, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971; Mónica
Peralta Ramos, Etapas de acumulación y alianzas de clases en la Argentina, 1930-1970, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; Respecto del
GOU, Robert Potash, Perón y el GOU, Buenos Aires, Sudamericana, 1984; y El ejército y la política en la Argentina, 3 vols., Buenos
Aires, Sudamericana, 1994.
11 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 1981-1982, p. 16.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
213212
Para volver a una anécdota familiar, les diré que en el año 1958 el presidente Arturo Frondizi les dijo
a los dirigentes de SIAM, entre los cuales estaba mi hermano Guido, que quería que el país tuviera una industria
automotriz. Ya estaba la IKA norteamericana, y quería que se estableciera la FIAT, y que la SIAM también hiciera
su aporte. Otras empresas no podrían entrar, lo cual sería una gran oportunidad de crecimiento para el pelotón
seleccionado y, si se toman los ejemplos asiáticos –donde esas decisiones se toman en las casas de té y luego se
cumplen– sería también bueno para el país. Lo que ocurrió entre nosotros es bien conocido, y a los tres años había
ya no tres sino veintitrés empresas dedicadas a ese rubro, principalmente extranjeras.
Hay que estudiar la experiencia internacional para evaluar cuáles son los componentes políticos de
un proceso de industrialización, sobre todo cuando se trata del primer empuje, que nosotros deberíamos haber
tenido y que ha fracasado, pero los fracasos pueden superarse. Hablando de fracasos, veamos el caso de Alemania:
es un país exitosísimo, pero ¿cuánto les costó? ¿Cuánto les costó a los europeos que son tan civilizados, civilizarse?
Les costó 50 millones de muertos, entonces yo les dijo, no vengan a darnos tantas lecciones, vamos a aprender de
ustedes pero no nos hablen como si fueran el cura que está ahí arriba dando el sermón.
Esos países, sobre todo en Europa, constituyen sin duda un gran ejemplo de experiencia y de cómo
se han recuperado de la carnicería no sólo de la Segunda sino también de la Primera Guerra Mundial. Menos mal
que mi padre se salvó, y yo no sé si no habrá matado a un par de austríacos, o salvándose por poco de correr igual
suerte a sus manos. Esos desastres han quedado muy marcados en la memoria de esos países. En la nuestra, la de
América Latina, no tenemos nada parecido a eso, aunque por supuesto han sucedido cosas gravísimas, incluyendo
los millones que mueren de hambre o de enfermedades producidas por la miseria.
Éste es mi aporte a la serie de debates organizados por el Ministerio de Defensa, además de brindarles
algunas anécdotas personales que tienen algo que ver con el tema. En definitiva, que la vinculación entre los sec-
tores industriales y los militares es muy importante históricamente, así como lo ha sido la relación militar y sindical,
que justamente Perón en cierto momento trató de incorporar a un proyecto de desarrollo nacional. Las evoluciones
y avatares de estas conexiones deben ser estudiadas desapasionadamente, teniendo en cuenta que conocer el
pasado es esencial para entender nuestro presente, y prepararnos para el futuro sin repetir los errores cometidos.
BIBLIOGRAFÍA
CARDOSO, Fernando Henrique, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes: Argentina
y Brasil, México, Siglo XXI, 1971.
ESCUDÉ, Carlos, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Editorial de
Belgrano, 1983.
GERCHUNOFF, Pablo y Lucas Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas,
Buenos Aires, Ariel, 2003.
JORGE, Eduardo, Industria y concentración económica, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971.
LUNA, Félix, Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1978.
PERALTA RAMOS, Mónica, Etapas de acumulación y alianzas de clases en la Argentina, 1930-1970, Buenos Aires,
Siglo XXI, 1972.
POTASH, Robert, Perón y el GOU, Buenos Aires, Sudamericana, 1984.
______________, El ejército y la política en la Argentina, 3 vols., Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
RAPAPORT, Mario, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas: 1940-1945, Buenos Aires,
Editorial de Belgrano, 1981.
ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 1981-1982.
SAROBE, José M., Política económica argentina, Buenos Aires, UIA, 1942.
SCHVARZER, Jorge, La industria que supimos conseguir. Una historia política y social de la industria argentina,
Buenos Aires, Planeta, 1996.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
215
A partir de 1930, cuando un golpe castrense exitoso derrocó al gobierno constitucional de Hipólito
Yrigoyen, el poder militar se proyectó como uno de los protagonistas centrales del sistema político argentino.1
Desde entonces, las Fuerzas Armadas se fueron convirtiendo, poco a poco, en verdaderos sujetos de poder, en
actores que contaban con un alto y creciente grado de autonomía política y de corporativización institucional
dentro del escenario nacional. Su intervención política tuvo variadas modalidades de expresión que abarcaron
desde el ejercicio de formas de arbitraje en las pujas políticas partidarias y sociales hasta el posicionamiento como
factor de poder de fuerzas políticas locales o como grupo de presión contra sectores políticos y gubernamentales
adversos. Tal como se apreció durante los años treinta y, en particular, durante el interregno dado entre el golpe
militar del 4 de junio de 1943 y la asunción de Juan Domingo Perón como presidente constitucional en 1946, las
Fuerzas Armadas y, en particular, el Ejército, aún cruzado por numerosos conflictos y disputas internas, se limitó,
más bien, a intervenir en procura de encontrar una salida política auspiciosa a corto plazo, conformando gobiernos
militares de carácter provisorios y orientativos. Se trató de experiencias en las cuales el poder castrense intentó
direccionar, orientar y condicionar el proceso político local,2 constituyéndose así en agentes de arbitraje de las
disputas políticas, pero no de ejercicio directo y permanente del poder gubernamental.
Esta impronta quedó claramente expresada durante el gobierno militar iniciado en junio de 1943. El
entonces coronel Perón, hombre clave del núcleo castrense que ejerció el poder hasta las elecciones de 1946, se
desempeñó como secretario de Trabajo y Previsión y como ministro de Guerra y, desde esos organismos, desarrolló
lo que Ernesto López denominó un “manejo coyuntural” del Ejército tendiente a proyectarlo como instrumento
de reorganización del sistema político y del Estado, apuntando a producir una redefinición política en el marco de
una fuerte alianza entre dicha fuerza y los sindicatos.3
Este proceso no estuvo exento de virulentas confrontaciones desatadas en el interior de esa fuerza.
La impronta popular que Perón le infringió a su proyección política desde la estructura del gobierno militar fue
resistida tanto por algunos de sus camaradas del Ejército –básicamente, del arma de caballería– como por la
1 Véanse Robert Potash, El Ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, 2 tomos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985; Alain Rouquié,
Poder militar y sociedad política en la Argentina, 2 tomos, Buenos Aires, Emecé, 1994.
2 Este tipo de régimen militar es coincidente con el “modelo moderador” de relaciones cívico-militares conceptualizado por Alfred
Stepan en Brasil: los militares y la política, Buenos Aires, Amorrortu, 1972.
3 Ernesto López, “El peronismo en el gobierno y los militares”, en José Enrique Miguens y Frederick Turner, Racionalidad del peronismo,
Buenos Aires, Planeta, 1988.
Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista
(1943-1955)
MARCELO FABIÁN SAÍN
UNQ / UTDT
1945-1955 EL PERONISMO Y
EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
5
CAPÍTULO
217216
Así, la defensa nacional era conceptualizada como el esfuerzo desarrollado por el país en función de
hacer frente a situaciones conflictivas derivadas de agresiones militares de origen externo, esto es, agresiones
contra el territorio nacional llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas de otros países. Las Fuerzas Armadas locales
constituían apenas el instrumento militar de tal esfuerzo.
Pues bien, en el marco de estos parámetros conceptuales, era central que la Argentina alcanzara un
mayor nivel de autonomía respecto de los recursos estratégicos vitales para sostener un esfuerzo de guerra, par-
ticularmente en todo lo relativo a la industria de base y, en su marco, a la producción de acero, petróleo y carbón,
así como también en lo relativo a la producción y provisión de armamentos militares. Sin embargo, el estallido
de la Segunda Guerra Mundial y el consecuente cierre de los mercados internacionales y la reorientación de la
producción industrial de los países desarrollados, imposibilitó a la Argentina el acceso concreto a recursos estra-
tégicos y al mercado de armas; lo que colocaba a las Fuerzas Armadas locales frente a una virtual carencia de ele-
mentos básicos en el corto plazo y producía serios obstáculos para el desarrollo de un hipotético esfuerzo de guerra
de corte convencional durante un lapso extendido de tiempo. Esta vulnerabilidad de base y defensiva ya era vista
con preocupación por los militares que llegaron al gobierno tras el golpe de 1943.7
El coronel Perón era consciente de la vulnerabilidad argentina en materia de defensa nacional. Por ello,
entre los postulados centrales de la DDN se incluía la existencia de un Estado que adoptara un papel protagónico
y dinámico en la planificación, explotación y control de los recursos humanos y materiales fundamentales para un
desarrollo nacional autónomo y, en su interior, para un esfuerzo de guerra. Para ello era central lograr un sostenido
proceso de industrialización –en especial, de industrialización pesada– y conseguir una autosustentación econó-
mica. En el contexto de la DDN, se postulaba un modelo de desarrollo industrial autónomo en el mayor grado
posible ya que, para Perón, el “problema industrial” constituía el “punto crítico de nuestra defensa nacional”.8
En este marco doctrinal, las Fuerzas Armadas constituían instancias básicas del desarrollo nacional,
adjudicándoles tareas productivas de envergadura en el área siderúrgica y petroquímica. La Dirección General de
Fabricaciones Militares creada en 1941 bajo la orientación del general Manuel Savio recibió un sostenido impulso
en el marco del denominado Primer Plan Quinquenal (1947-1952), del que posteriormente se conformó la
Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA). Del mismo modo, fue notable el grado de reequipamiento sostenido
que tuvieron las Fuerzas Armadas y, en especial, el Ejército, el que mediante la incorporación de blindados y uni-
dades motorizadas, la modernización organizativa y la adquisición de nuevos sistemas de armas modernas, alcanzó
un amplio despliegue territorial y profesional.
Ahora bien, un paso fundamental para la institucionalización de estos criterios doctrinales estuvo
dado por la promulgación en 1948 de la primera Ley de Defensa Nacional existente en el país, es decir, la primera
ley que reguló la organización institucional necesaria para hacer frente a eventuales situaciones de guerra. En
efecto, el 1º de septiembre de ese año, la Cámara de Senadores de la Nación sancionó la ley 13.2349 destinada a la
“organización de la Nación en tiempo de guerra las que serán adoptadas en tiempo de paz”. Dicha ley reguló
exclusivamente todo lo atinente a la dirección de la guerra, la organización territorial en tiempo de guerra, la defensa
interior en tiempo de guerra y las requisiciones para la defensa nacional.
Con relación a la dirección de la guerra, la ley le fijó al presidente de la Nación, en su carácter de jefe
supremo de la Nación, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y presidente del Consejo de Defensa Nacional
(CODENA), la “responsabilidad superior de la preparación, organización y dirección de la defensa nacional” (art. 1º).
El conjunto de “previsiones necesarias para la organización de la Nación en tiempo de guerra” debía ser adop-
tada en tiempo de paz de acuerdo a las directivas fijadas por el CODENA, mientras que a los ministerios o secre-
tarías de Estado le correspondía la preparación y ejecución de las medidas destinadas a la aplicación de aquellas
previsiones (art. 2º). De este modo, luego del presidente de la Nación, el CODENA se constituyó en la instancia de
conducción y organización superior más importantes en materia de defensa nacional y, particularmente, en la
7 Además, la tradicional tendencia de la política exterior argentina de rechazo y confrontación con los lineamientos proyectados por
Estados Unidos hacia la región, sumado a la actitud neutralista seguida por nuestro país desde el estallido de la contienda bélica mun-
dial, colocó a la Argentina como una amenaza para los intereses políticos norteamericanos en América Latina. El virtual embargo eco-
nómico decretado por Estados Unidos contra la Argentina, sumado al permanente hostigamiento político-diplomático y a la exclusión
de la asistencia militar estadounidense –e incluso a la amenaza militar indirecta–, afectó severamente el desarrollo de las instituciones
militares locales y minó la posición argentina en el marco de la concepción de guerra vigente en ese momento y en el contexto de
balance de poder subregional.
8 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional…”, op. cit., p. 44.
9 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 10 de septiembre de 1948.
Marina, dos sectores que en 1945 intentaron desarticular dicha proyección a través del encarcelamiento del polé-
mico pero cada vez más popular Coronel. Ellos expresaban, además, el fuerte rechazo que Perón despertaba
entre los partidos políticos tradicionales, desde los conservadores hasta los comunistas y radicales. Vale decir,
Perón no expresaba al conjunto de las Fuerzas Armadas ni del sistema partidario argentino, pero sí a aquel sector
compuesto por sindicatos y dirigentes laboristas, socialistas y anarco-sindicalistas que a partir del 17 de octubre
de ese año se impuso a través de una incontenible movilización popular.
Así, estas pujas apuntalaron la participación política de los militares y reforzaron aquella pauta de arbi-
traje que ya había sido puesta de manifiesto a comienzo de los treinta. Como lo señaló López, “Perón operó políti-
camente desde su respaldo en la institución castrense” y, “mediante la alianza del Ejército con los sindicatos y, más tarde,
con la constitución de un partido político”, consiguió participar y triunfar en las elecciones de febrero de 1946.
El Ejército fue, entonces, el escenario principal en el que se dirimió la correlación de fuerzas político-castrense desatada
en 1945 entre peronistas y antiperonistas y fue el ámbito desde donde Perón conformó la organización política que
lo llevó a la presidencia de la Nación. Sin embargo, una vez iniciado su mandato presidencial, Perón postuló un nuevo
papel político para los uniformados y propuso una relación “mediada, no directa” entre las Fuerzas Armadas y el
sistema político, esto es, una relación asentada en la subordinación militar a los poderes constitucionales.4
El marco conceptual e institucional en cuyo contexto Perón estructuró su vínculo con las Fuerzas
Armadas giró en torno de lo que se dio en llamar Doctrina de la Defensa Nacional (DDN). Este cuerpo doctrinal
venía siendo sistematizado por Perón desde 1944 y había sido expuesto en numerosas conferencias y eventos
públicos. Se sustentaba, por un lado, en una visión convencional y limitada de la guerra, la que, en proyección,
contemplaba la posibilidad de confrontaciones bélicas locales con los países vecinos, en particular con Chile y con
el Brasil. Con Chile existían cuestiones limítrofes irresueltas y con el Brasil, la Argentina mantenía una manifiesta
rivalidad por el predominio político-militar en el área de América del Sur. Desde los años treinta, estas dos hipótesis
de conflicto de carácter vecinal configuraban los parámetros predominantes en torno a los cuales se organizaron
y desplegaron las Fuerzas Armadas argentinas.
Por otro lado, la DDN también suponía una visión total de la guerra. En una conferencia brindada en
1944 acerca del significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar, Perón indicó que aquella no
configura una esfera de la vida nacional restringida únicamente a las Fuerzas Armadas de un país, sino que compro-
metía a “todos sus habitantes, todas las energías, todas las riquezas, todas las industrias y producciones más diversas”.
En ese marco, dijo que las Fuerzas Armadas no eran más que “el instrumento de lucha de ese gran conjunto que
constituye la ‘Nación en armas’”.
Un país en lucha puede representarse con un arco con su correspondiente flecha, tendido al límite
máximo que permite la resistencia de su cuerda y la elasticidad de su madero, apuntando hacia un
solo objetivo: ganar la guerra. Sus fuerzas armadas están representadas por la piedra o el metal que
constituye la punta de la flecha; pero el resto de ésta, la cuerda y el arco, son la Nación toda, hasta
la mínima expresión de su energía y poderío […]. La defensa nacional de la patria es un problema
integral, que abarca totalmente sus diferentes actividades; que no puede ser improvisada en el
momento en que la guerra viene a llamar a sus puertas, sino que es obra de largos años de constante
y concienzuda tarea; que no puede ser encarada en forma unilateral, como es su solo enfoque por
las fuerzas armadas, sino que debe ser establecida mediante el trabajo armónico y entrelazado de los
diversos organismos del gobierno, instituciones particulares y de todos los argentinos, cualquiera sea
su esfera de acción; que los problemas que abarca son tan diversificados, y requieren conocimientos
profesionales tan acabados, que ninguna capacidad ni intelecto puede ser ahorrado.5
De acuerdo con esta visión de “guerra total”, Perón asumía que, desatado un enfrentamiento bélico y
dados los avances de la tecnología militar, la totalidad de los recursos humanos y materiales de un país así como
sus fuerzas productivas nacionales debían comprometerse –y ser organizadas por el Estado– en el sostenimiento
del esfuerzo bélico militarmente consumado por sus Fuerzas Armadas.6
4 Ibid.
5 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en Perón y las Fuerzas Armadas, Buenos Aires,
Peña Lillo, 1982, pp. 35-36 y 51.
6 Véase Ernesto López, “Doctrinas Militares en Argentina: 1932-1980”, en Carlos Moneta, Ernesto López y Alberto Romero, La Reforma
Militar, Buenos Aires, Legasa, 1988.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
MARCELO FABIÁN SAÍN - Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
219218
comprende todo el territorio nacional que no haya sido declarado zona de operaciones y en ellas las autoridades
civiles nacionales, provinciales y municipales mantendrían sus jurisdicciones y atribuciones típicas de tiempos de
paz (art. 17).
Posteriormente, la ley 13.234 establece un conjunto de previsiones referidas a la defensa antiaérea
en la zona del interior y establece un conjunto de prescripciones relativas a la “vigilancia y defensa antiaérea terri-
torial pasiva”. También regula el Servicio Civil de Defensa Nacional definiendo a éste como “el conjunto de obli-
gaciones que el Estado impone a sus habitantes no movilizados para el servicio militar a los efectos de contribuir
directa e indirectamente a la preparación y sostenimiento del esfuerzo que la guerra impone a la Nación”. Dicho
servicio debía ser decretado por el Poder Ejecutivo Nacional y su preparación estaría a cargo del CODENA.
Finalmente, la mencionada ley establece un conjunto de extensas regulaciones acerca de las requisi-
ciones en tiempo de guerra, comprendiendo los servicios personales y de sindicatos, las sociedades y asociaciones
de todo género, la propiedad y el uso de los bienes muebles, inmuebles y semovientes, las patentes de invención
y las licencias de explotación que resulten necesarios para la defensa nacional.
Pues bien, la ley 13.234 dejó en manos del presidente de la Nación la conducción superior y centralizada
del esfuerzo nacional en tiempo de guerra y de la preparación de dicho esfuerzo en tiempo de paz. Reflejando,
asimismo, los parámetros básicos de la DDN claramente sintetizada por el peronismo, dicha norma no restringía
la guerra al conjunto de operaciones bélicas llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas, sino que comprometía al
sistema político, administrativo, económico y social del país. No se estableció en ella el papel institucional de las
Fuerzas Armadas ni fijó sus instancias de conducción, ni sus funciones y misiones o su estructura orgánico-funcional.
Estos aspectos quedaron regulados en otras normas. Tampoco se conceptualizó en ella a la defensa nacional, aunque,
a partir de su contenido y del marco doctrinal en el que se concibió, quedaba claro que ella englobaba el esfuerzo
nacional necesario para hacer frente a agresiones militares externas, esto es, agresiones producidas por las
Fuerzas Armadas de otro Estado. En cambio, en ella se fijó la estructura de gobierno, de gestión y operativa necesaria
a los fines de la defensa nacional en tiempo de paz y de guerra. Para esto, por cierto, se le reservó al CODENA la
responsabilidad institucional máxima en la preparación y coordinación del esfuerzo nacional defensivo, en asis-
tencia del presidente de la Nación. Todo ello, en definitiva, convirtió a la ley 13.234 en una norma precursora en la
materia tanto a nivel nacional como regional.
Esta institucionalidad se completó con la creación en 1949 del Ministerio de Defensa Nacional. Esto
daba cuenta de otro aspecto básico de la DDN dado por la postulación de la pauta de estricta subordinación militar
a las autoridades gubernamentales, esto es, el sostenimiento de un profesionalismo militar políticamente pres-
cindente. Dicho profesionalismo debía conllevar una estructura institucional de conducción gubernamental sobre
las Fuerzas Armadas y a ello apuntó esta importante medida. En efecto, en junio de ese año, se sancionó y pro-
mulgó la ley 13.52912 mediante la cual se establecieron los ministerios de Estado y sus competencias. En ella, al
Ministerio de Defensa Nacional se le fijaron importantes funciones en lo atinente a la conducción y coordinación de
los asuntos referidos a la defensa nacional y de las fuerzas militares.
En lo atinente al papel institucional de las Fuerzas Armadas, en el marco del esquema normativo e
institucional descrito, se les adjudicaba a éstas el papel central de constituir los instrumentos castrenses de la
defensa nacional, sin injerencia alguna en tareas relativas a la seguridad interior, más allá de las establecidas en
la propia Constitución Nacional. El mantenimiento del “orden y la seguridad pública” eran tareas prioritarias de
las fuerzas de seguridad y cuerpos policiales federales, tales como la Policía Federal Argentina, la Gendarmería
Nacional y la Prefectura Nacional Marítima. La conducción orgánico-funcional de estas fuerzas y de las policías
provinciales con relación a la seguridad federal era una responsabilidad del Ministerio del Interior. Según lo dis-
puesto en la ley 14.071,13 promulgada en noviembre de 1951, la armonización de las tareas policiales nacionales
y provinciales en lo atinente al mantenimiento del orden y la seguridad pública, las disposiciones legales y nor-
mativas necesarias para ello, la orientación de las actividades de dichas fuerzas, el estudio y la proposición de los
planes y funciones de las diversas policías y el intercambio de información entre ellas, eran funciones del Consejo
Federal de Seguridad presidido por el Ministro del Interior. Es decir, en este esquema institucional había una clara
diferenciación funcional entre la defensa nacional y la seguridad interior y entre las Fuerzas Armadas y las fuerzas
de seguridad y policiales.
12 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 15 de julio de 1949.
13 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 13 de noviembre de 1951.
organización nacional para la guerra. Se le otorgó la responsabilidad de establecer “las medidas tendientes a
pasar de la organización del país en tiempo de paz a la organización para tiempo de guerra” y de emitir las orien-
taciones necesarias a todos los organismos del Estado en todo lo relacionado con la movilización de las Fuerzas
Armadas; la organización de la defensa civil, la seguridad interior y el funcionamiento de la administración y de
los servicios públicos; el aseguramiento del ritmo de trabajo intensivo en todos los órdenes de la producción, el
comercio y la industria; y, finalmente, la creación de los organismos necesarios para planificar, coordinar y dirigir
el aprovechamiento del potencial de guerra de la Nación (art. 3º). Para ello, el CODENA debía fijar, en tiempo de
paz, las atribuciones y responsabilidades de cada ministerio o secretaría de Estado en la “preparación del país
para la guerra” y en la “movilización y utilización de las personas y recursos concerniente a cada rama de la admi-
nistración pública” y de las actividades privadas (art. 7º). La movilización de las Fuerzas Armadas y de todos aquellos
recursos correspondientes a los ministerios civiles debía ser ejecutada por los respectivos organismos militares o
civiles, pero siguiendo la orientación y los planes aprobados por el CODENA (arts. 8º y 9º), para lo cual debía esta-
blecer, en tiempo de paz, las prioridades para la utilización de las personas y recursos según las necesidades de
las Fuerzas Armadas y de los ministerios civiles y debía disponer y utilizar todas “las fuerzas de que dispone la
Nación, los establecimientos destinados a la fabricación del material de guerra, la movilización industrial, la dis-
tribución de la mano de obra y las materias primas, y todo lo concerniente al abastecimiento general para las tropas,
población civil y las necesidades de la producción económica” (art. 10).
El CODENA se componía del conjunto de los ministros del Poder Ejecutivo y las resoluciones tendientes
a resolver “los problemas fundamentales que atañen a la organización general de la Nación para la guerra” debían
ser tomadas en su seno en acuerdo general de ministros. Había sido creado el 20 de septiembre de 1943 por
acuerdo general de ministros y bajo la inspiración del coronel Perón. A través de los decretos-leyes 9.330/43 y
13.939/4410 –el primero de ellos era de carácter secreto–, se le fijaron como principales misiones en tiempo de
paz las de determinar la correlación entre la política internacional y la preparación de todas las fuerzas del país
para hacer frente a las necesidades de la defensa nacional; impartir a los diferentes organismos y ramas del
gobierno nacional las directivas generales para la preparación y ejecución de la defensa nacional, sin intervenir en
la disposición de las propias Fuerzas Armadas; armonizar las potencialidades del país con relación a su posición
internacional y a los factores que influyen sobre el desarrollo nacional; y estudiar y evaluar los proyectos de leyes
relativos a la organización defensiva del país y a las situaciones de emergencia en caso de guerra. En tiempo de
guerra, se le sumaban la función de intervenir en la dirección superior de la guerra y los grandes problemas deri-
vados de la misma, sin inmiscuirse en las operaciones militares. La ley 13.234 convalidó ambas normas y las fun-
ciones del CODENA allí establecidas.11
La conducción de la guerra en sus aspectos político-militares competía “directamente” al presidente
de la Nación, para lo cual éste debía ser asistido por el Gabinete de Seguridad Exterior o Gabinete de Guerra, pre-
sidido por el ministro de Relaciones Exteriores y compuesto por los secretarios de Relaciones Exteriores, de
Guerra, de Marina y de Aeronáutica (art. 11). A los efectos de la conducción de la guerra y de la coordinación de
las fuerzas militares, dicho gabinete debía ser asistido por el Estado Mayor de Coordinación, compuesto por jefes
y oficiales de los Estados Mayores de las tres fuerzas castrenses (art. 12). Asimismo, en caso de guerra, el presi-
dente de la Nación designaría un Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas encargado de la dirección integral
de las operaciones con la asistencia del Estado Mayor de Coordinación (art. 13).
También se organizó un Gabinete de Seguridad Interior, presidido por el ministro del Interior y com-
puesto por los secretarios de Justicia e Instrucción Pública, de Obras Públicas y de Salud Pública, y encargado de
coordinar los problemas relativos al “frente interno de la Nación en guerra”. Y, finalmente, se conformó un Gabinete
de Seguridad Económica, presidido por el ministro de Hacienda y compuesto por los secretarios de Agricultura,
Comercio e Industria y de Trabajo y Previsión, y encargado de la coordinación de “los problemas de los abasteci-
mientos, la producción, el comercio y las finanzas” (art. 11).
En tiempo de guerra, el país sería dividido en Zonas de Operaciones terrestres, navales o aéreas, y en
Zona del Interior (art. 14). En las primeras, un Comando Superior castrense ejercerá la autoridad total del gobierno
militar, civil y administrativo, subordinando inclusive a las autoridades civiles de dichas zonas (art. 15). La segunda
10 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 5 de junio de 1944.
11 Horacio Ballester, “El ordenamiento de la defensa nacional. La ley 13.234 de organización de la Nación para tiempo de guerra”, en
Leopoldo Frenkel (comp.), El justicialismo. Su historia, su pensamiento y sus proyecciones, Buenos Aires, Legasa, 1984, p. 338.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
MARCELO FABIÁN SAÍN - Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
220
Ahora bien, en lo relativo a las relaciones cívico-militares, la relativa estabilidad político-institucional
lograda durante los primeros años del primer gobierno peronista (1946-1952), estabilizada y ciertamente asentada
en una marcada profesionalización de las fuerzas militares, se comenzó a resquebrajar a fines de 1951 a partir
del levantamiento militar encabezado por el general (R) Benjamín Menéndez y del que formaron parte numerosos
jefes y oficiales que, hacia 1955, formarían parte del grupo que protagonizó el derrocamiento del gobierno pero-
nista y el inicio de la llamada Revolución Libertadora (1955-1958).
BIBLIOGRAFÍA
LÓPEZ, Ernesto, “El peronismo en el gobierno y los militares”, en José Enrique Miguens y Frederick Turner,
Racionalidad del peronismo, Buenos Aires, Planeta, 1988.
________________, “Doctrinas Militares en Argentina: 1932-1980”, en Carlos Moneta, Ernesto López y Alberto
Romero, La Reforma Militar, Buenos Aires, Legasa, 1988.
PERÓN, Juan D., “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en Perón y las Fuerzas
Armadas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1982.
POTASH, Robert, El Ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, 2 tomos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.
ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 2 tomos, Buenos Aires, Emecé, 1994.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
223
Con el objetivo de establecer la hegemonía del catolicismo como principio organizador de la sociedad,
el ascenso del peronismo había sido percibido por algunos actores de la Iglesia católica como la posibilidad de
acercamiento –implementando los aparatos de Estado– a diferentes grupos sociales, en particular, a los sectores
populares de los que se sabía particularmente alejada.1 La posibilidad de un acercamiento entre la institución
eclesiástica y los gestores del naciente peronismo se abrió a partir de dos consideraciones. En primer lugar, el
general Perón era considerado como el “candidato” del Ejército, con el que la Iglesia había establecido una fluida
relación desde los años treinta a partir del temor compartido a la amenaza del comunismo y de la progresiva
identificación entre catolicismo y nacionalidad.2 En segundo lugar, la posibilidad de un acuerdo radicaba en el
amplio arco de coincidencias que presentaban sus proyectos de sociedad. Tanto la doctrina social de la Iglesia como
el peronismo reconocían la realidad de los conflictos sociales y proponían su superación a través de una conciliación
de clases en la que el Estado jugaba un papel central, tanto en el rol de mediador como implementando una política
redistributiva definida como “justicia social”. Dentro de esta perspectiva, el peronismo podía ser considerado como
una eficaz barrera contra el comunismo.
En esta línea, en noviembre de 1945, una Pastoral Colectiva del Episcopado fue considerada, sin dema-
siado margen de error, como la condena a la Unión Democrática –a la que se percibía como peligrosamente cercana
a los temidos Frentes Populares– y el explícito apoyo a la candidatura de Perón. Sin embargo, este apoyo no dejó
de producir reticencias dentro de las mismas filas eclesiásticas. Por un lado, Perón distaba de ser el ideal de “militar
católico”. Su pública convivencia con una joven actriz y su afición por ciertos cultos esotéricos eran vistos con des-
confianza. Por otro lado –y era mucho más alarmante– se encontraba el excesivo “obrerismo” de las políticas que
había desarrollado el candidato. De un modo u otro, la Iglesia no tenía demasiadas opciones y se esperaba alejar
los peligros: sólo era necesario, según la expresión del presbítero Virgilio Filippo, “cristianizar al peronismo”.
1 La ruptura entre el catolicismo y los sectores populares era reconocida explícitamente: “si hay dos términos sociales opuestos, si hay
dos sectores que se han declarado una guerra implacable, son sin duda, el capital y el trabajo. Ahora bien, todo el mundo sabe que
el obrero ha aliado en su mente el capital con la Iglesia, de suerte que el abismo que separa al capital del trabajo es el mismo que
separa a los trabajadores de la Iglesia” (monseñor Emilio Di Pasquo, “Conferencia en las Jornadas de Vocaciones Sacerdotales”, en
Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, abril de 1946, p. 307).
2 Loris Zanatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, Bernal, UNQ, 1996; Perón y el
mito de la Nación católica, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
Hacia 1955: la crisis del peronismo
SUSANA BIANCHI
UNICEN
1945-1955 EL PERONISMO Y
EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
5
CAPÍTULO
225224
El tema de la familia ocupó un lugar central en la preocupación de la Iglesia católica por el avance
del “estatismo” en áreas privadas. En rigor, catolicismo y peronismo compartían una misma concepción de la vida
familiar. Más aun, el núcleo familiar se transformó en el eje articulador de numerosas políticas redistributivas del
peronismo. Además, en un país con baja densidad demográfica, el peronismo impulsó políticas de protección a
la natalidad, asistencia a la madre y al niño, severa represión del aborto, regulación de las actividades extrado-
mésticas de las mujeres. Si bien estas políticas reforzaban una concepción afín al catolicismo, no dejaban de des-
pertar las desconfianzas eclesiásticas ante lo que se consideraba una injerencia excesiva del Estado. Se consideraba
que “lo que se persigue es una negación de la familia” o por lo menos “una familia sin padre ya que el esposo ha sido
sustituido por el Estado”.10
Los conflictos en torno a la familia tuvieron sus puntos más críticos en el proyecto gubernamental de
conceder a la concubina los derechos previsionales al fallecimiento del titular (1946), en la reforma del Código
Civil que reemplazaba la denominación de “hijos adulterinos e incestuosos” por la de “hijos naturales” (1946) y
en la Ley de Equiparación de Hijos Legítimos e Ilegítimos (1952).11 Es cierto que la presión eclesiástica frenó
muchos proyectos, sin embargo constituían señales de los límites que se imponían. De este modo, a comienzos
de 1948, se publicaba un documento titulado “Todo lo que el Estado debe asegurar a la Iglesia”. Entre las garantías
que se exigían figuraban precisamente “aquellas condiciones materiales y espirituales que favorecen la tutela de la
familia cristiana”.12
La dificultad mayor para el catolicismo parecía radicar en la imposibilidad de penetrar en la fina
trama del tejido social, en la imposibilidad de modelar conductas, actitudes y valores, en la dificultad para con-
trolar los cuerpos. Un “hedonismo” que, según la perspectiva eclesiástica, era un “explosivo aniquilador” de los
vínculos sociales que penetraba en la sociedad.13 Y el problema, también desde la perspectiva eclesiástica, era que
ese “hedonismo” de la vida cotidiana estaba fomentado por las mismas políticas estatales, por el “bienestar”
señalado como el objetivo deseable. “Por tener alguna virtud y cultivarla empieza la dignificación de los pueblos
y no porque todos sus habitantes tengan lavarropas eléctricos, cocinas a gas, y puedan ir todas las semanas al cine y
cosas por el estilo.”14 Dicho de otra manera, la redistribución de bienes materiales –la “justicia social”– implicaba
una redistribución de bienes simbólicos que transformaba profundamente a la sociedad.
Otro punto de conflicto se refirió al papel que las mujeres debían cumplir dentro de la sociedad, cues-
tión que tanto para el catolicismo como para el peronismo estaba indisolublemente ligada al tema de la familia.
El peronismo, en muchos aspectos, reforzó las ideas dominantes acerca de la posición de las mujeres dentro del
núcleo familiar, con fuertes contactos con el catolicismo, desalentando todo aquello que las alejara “de su destino
y su misión”. En La Razón de mi Vida, un capítulo llamado precisamente “La fábrica o el hogar” es particularmente
explícito acerca de cuál debía ser la opción:
Todos los días millares de mujeres abandonan el campo femenino y empiezan a vivir como hombres.
Trabajan casi como ellos. Prefieren, como ellos, la calle a la casa. No se resignan a ser madres ni esposas.
[…] Sentimos que la solución es independizarnos y trabajamos en cualquier parte, pero ese trabajo
nos iguala a los hombres y ¡no! no somos como ellos. […] Por eso el primer objetivo de un movimiento
femenino que quiera hacer bien a la mujer, que no aspire a cambiarlas en hombres, debe ser el hogar.15
Sin embargo, a pesar de las coincidencias, cuestiones como el sufragio femenino y fundamentalmente
la aparición de organizaciones como el Partido Peronista Femenino,16 fueron observadas con creciente descon-
fianza. Se temía que la politización femenina privara al catolicismo de su tradicional influencia sobre las mujeres.
10 Juan Francisco Vidal, “Una Pastoral en defensa de la familia”, en Criterio, 13 de febrero de 1947, p. 160.
11 Eran medidas que en un país sin ley de divorcio, con numerosas uniones de hecho, intentaban adaptar la legislación a la realidad que
la sociedad ofrecía.
12 Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, marzo de 1948, p. 138.
13 Gustavo Franceschi, “Por la familia”, en Criterio, Nº 1.092, 26 de mayo de 1949, pp. 259-262.
14 “Comentarios. Reflexiones de actualidad”, en Criterio, Nº 1.161, 10 de abril de 1952, p. 242.
15 Eva Perón, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Peuser, 1952, p. 15. Este libro se proyectó una vez conocido el carácter terminal de la
enfermedad de Eva Perón. Presentado como una autobiografía, el texto –que fue de lectura obligatoria en los establecimientos esco-
lares– estructuraba una serie de principios definidos y definitivos que permitieran suplir el discurso de Eva Perón después de su muerte.
16 Susana Bianchi y Norma Sanchís, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL, 1987; Carolina Barry, Evita Capitana. El Partido
Peronista Femenino, Buenos Aires, Longseller, 2009.
Desde que Perón asumió la presidencia (4 de junio de 1943), la Iglesia católica mantuvo una fuerte
presencia en el espacio público, mientras el gobierno hacía un gran despliegue de sus buenas relaciones con la
jerarquía eclesiástica. Varios de los funcionarios gubernamentales provenían de las filas del laicado católico. Sin
embargo, a pesar de estas manifestaciones, pronto se advirtió que “cristianizar al peronismo” no iba a ser una tarea
fácil. Ya desde comienzos del gobierno de Perón, relevantes actores de la institución eclesiástica comenzaron a
observar con preocupación lo que se consideraban avances del Estado sobre la sociedad civil, fundamentalmente
sobre aquellas áreas que la Iglesia tenía particular interés en controlar. En esa línea, muy pronto comenzaron las
denuncias sobre lo que se definía como “estatismo”. Uno de los intelectuales más destacados del catolicismo argen-
tino, monseñor Gustavo Franceschi podía advertir que “De acuerdo con las enseñanzas sociales católicas siempre
hemos sostenido que las organizaciones del gobierno no tienen derecho a intervenir en las actividades de las ins-
tituciones privadas. Es misión del Estado ayudar pero nunca absorber plenamente al sector privado”.3
Los campos del conflicto
Una de las primeras reacciones católicas estuvo vinculada a la sanción de la Ley de Asociaciones
Profesionales (1946).4 La preocupación radicaba en la negativa a reconocer, según las disposiciones de la ley, a aque-
llas agrupaciones sindicales constituidas en base a credos religiosos, lo que constituía el fin de todo proyecto de
organizar un “sindicalismo católico”. Las protestas no fueron sin embargo demasiado insistentes. La Iglesia no
parecía estar dispuesta a presentar batalla en un campo, como el sindical, en el que nunca habían tenido dema-
siado éxito. Por otra parte, se consideraba que la “peronización” de los sindicatos ya constituía una barrera contra
los avances del comunismo. Desde la perspectiva eclesiástica, los mayores problemas radicaban en los avances del
Estado en áreas consideradas de estricta incumbencia de la Iglesia, fundamentalmente aquellas que eran perci-
bidas como básicas para la implementación del proyecto que buscaba colocar a la religión como el principio orga-
nizador de la sociedad: la educación, la familia, las organizaciones juveniles y femeninas, y la asistencia social.5
Dentro del campo de la educación siempre se consideró –y con razón– que la aprobación de la Ley de
Enseñanza Religiosa en las escuelas públicas era indicativa del amplio espacio que el gobierno peronista otorgaba
a la Iglesia católica. Sin embargo, desde el comienzo, la implementación de la ley fue objeto de múltiples conflictos
jurisdiccionales: el gobierno peronista no estaba dispuesto a dejar de controlar la designación de funcionarios en
la Dirección Nacional de Enseñanza Religiosa, ni de los profesores responsables de enseñar religión en las escuelas.
Muy pronto, algunos católicos podían denunciar que “se trata de una educación religiosa impartida por el Estado,
con sus propios maestros y bajo su propia dirección”,6 en la que la Iglesia tenía escasa incumbencia.
Pero además los católicos también advirtieron los límites que se presentaban para la enseñanza reli-
giosa. Uno de ellos, y no el menor, era la mala formación de los docentes responsables de dicha instrucción.7 Otro
límite para el catolicismo lo constituían tanto la permanencia de contenidos “iluministas” en la enseñanza de la
historia, la literatura, la filosofía que contradecían los principios religiosos, como algunas innovaciones. En efecto,
la introducción de la “escuela activa”,8 la enseñanza de la higiene, el impulso a los deportes eran cuestiones que,
desde la perspectiva eclesiástica, estaban demasiado centradas en lo corporal, pudiéndose por lo tanto deslizarse
a terrenos vedados. En rigor, el principal obstáculo que paulatinamente se encontró fue el del mismo carácter
que asumió la política educativa: los avances crecientes de la “peronización” de la enseñanza. Los textos escolares
pusieron su acento en la glorificación de las obras del peronismo mientras se insistía en la comparación del general
Perón con distintos personajes de la historia nacional. Dentro de esta línea fueron los principios del peronismo y
no los de la religión, que quedó reducida a unas pocas horas semanales de las llamadas clases “especiales”,9 los
que constituyeron la base de las políticas educativas de la “Nueva Argentina”.
3 Gustavo Franceschi, “La Sociedad de Beneficencia”, en Criterio, Nº 959, 1º de agosto de 1946, p. 112. Véase también “Comunidad,
sociedad”, en Criterio, Nº 978, 12 de diciembre de 1946.
4 “La Acción Católica Argentina formula reparos al decreto sobre organización y funcionamiento de las asociaciones profesionales obreras”,
en Orden Cristiano, Nº 121, primera quincena de noviembre de 1946, p. 23.
5 Susana Bianchi, Catolicismo y Peronismo. Religión y política en la Argentina, 1943-1955, Tandil, Prometeo-IHES, 2001.
6 “Reglamentación de la ley de enseñanza religiosa”, en Orden Cristiano, Nº 141, primera quincena de septiembre de 1947, pp. 67-68.
7 Gustavo Franceschi, “Después de la sanción”, en Criterio, Nº 992, 27 de marzo de 1947, p. 274.
8 Rómulo Amadeo, “La escuela activa”, en Criterio, Nº 982, 9 de enero de 1947, pp. 36-37.
9 Las clases “especiales”, como trabajos manuales o gimnasia, eran aquellas que por requerir menor concentración mental figuraban
en los últimos tramos del horario escolar.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
227226
22 La Nación, 16 al 30 de octubre de 1950; Gustavo Franceschi, “Comentarios. A quien me confesare ante los hombres”, en Criterio,
octubre de 1950, p. 871.
23 “Pastoral Colectiva del Episcopado Argentino sobre el Espiritismo”, en Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, diciembre
de 1954, pp. 469-474.
24 “Hablan varios enfermos tratados por el pastor Hicks”, en Ahora, Nº 2.187, 8 de junio de 1954; “La actuación del viernes en Huracán
fue asombrosa”, en Ahora, Nº 2.189, 15 de junio de 1954; “Como arrojó las muletas un joven de Ramos Mejía” y “De todos los puntos
de la República y de los países vecinos nos llegan cartas para serles entregadas a Hicks”, en Ahora, Nº 2.190, 18 de junio de 1954.
25 Gustavo Franceschi, “Libertad de cultos y apostolado católico”, en Criterio, Nº 1.218, 26 de agosto de 1954, pp. 603-604.
26 Mundo Peronista, Nº 14, 1º de febrero de 1952
27 Mundo Peronista, Nº 11, 15 de diciembre de 1951
28 Susana Bianchi, “Peronismo e Iglesia. 1954-1955: La crisis de la hegemonía”, en Criterio, Nº 2.305, junio de 2005, pp. 273-275.
La Iglesia podía además contabilizar, dentro de los espacios perdidos, el de la asistencia social. Las ins-
tituciones caritativas católicas no podían competir frente a la poderosa y eficaz Fundación Eva Perón que invadió
el campo asistencial otorgándole un vigoroso signo político. Además la Fundación –como el Partido Peronista
Femenino– era indisociable de la persona de Eva Perón que constituía una de las figuras del peronismo más irri-
tantes para amplios sectores eclesiásticos: sus orígenes “ilegítimos”, su pasado poco claro, sus vinculaciones artís-
ticas, su convivencia pública previa al matrimonio con Perón no eran datos menores. Además, ella había asumido
un particular estilo que contrastaba con la moderación y recato que correspondían al papel de primera dama.
El conflicto en el campo de la religión
A partir de 1950, si bien las relaciones entre las cúpulas mantuvieron su formalidad, las manifestaciones
públicas de mutuo apoyo entre la Iglesia y el Estado se redujeron notablemente. Y el conflicto alcanzó un punto
de no retorno al instalarse en el mismo campo de la religión. La jerarquía eclesiástica comenzó a denunciar que,
a pesar del estatuto privilegiado que el catolicismo debía gozar, el gobierno peronista había comenzado a dar un
gran espacio a otras confesiones religiosas. Según se señalaba, las autoridades habían dejado de cumplir con su
“deber de gobernantes” ya que debía ser su obligación “la defensa del patrimonio religioso del pueblo contra
cualquier asalto de quien quisiera robarle el tesoro de su fe y de la paz religiosa”.17
Muchos aspectos del antijudaísmo católico se habían mantenido incólumes dentro del peronismo.
Tanto el presbítero Virgilio Filippo –designado Adjunto Eclesiástico de la Casa de Gobierno y, desde 1948, dipu-
tado nacional– como el jesuita Hernán Benítez –representante de Perón ante el Vaticano en 1947 y asesor de la
Fundación Eva Perón, entre otras responsabilidades– no dudaban en emplear los términos “judío” y “sinagogal”
como calificativos denigrantes.18 Otro de los ejemplos –que pueden multiplicarse– es la presencia del antropólogo
católico Santiago Peralta, autor de La acción del pueblo judío en la Argentina (1943), en la Dirección de Migraciones
y al frente del Instituto Étnico Nacional.19 Sin embargo, esto no fue obstáculo para que, desde 1946, Perón fuera
el primer presidente argentino en saludar a la comunidad judía para sus festividades, ni para que se les otorgara
asueto a los soldados judíos en esas ocasiones, ni para designar funcionarios de ese origen. Las relaciones con el
Estado de Israel fueron fluidas y la Fundación Eva Perón colaboró con el envío de alimentos, medicinas y otros
artículos de primera necesidad. Además –ante el sostenido antiperonismo de la DAIA– se creó la Organización
Israelita Argentina por iniciativa gubernamental con un sector de la colectividad judía dispuesto a apoyar el pero-
nismo,20 mientras el rabino Amram Blum era designado asesor presidencial en asuntos religiosos.
Si bien estas relaciones no dejaron de perturbar a aquellos grupos católicos que desde comienzos de
siglo denunciaban la inmigración judía como un atentado contra la nacionalidad, el conflicto en el campo de la
religión surgió fundamentalmente a partir del avance de ciertas formas religiosas que competían eficazmente
con el catolicismo dentro de los sectores populares. Y la cuestión se profundizó en la medida en que los sectores
eclesiásticos consideraron que el gobierno peronista favorecía el desarrollo de las disidencias. Entre estas formas
religiosas se encontraba el espiritismo, en una versión local conocida como la Escuela Científica Basilio,21 a la que
el gobierno había otorgado personería jurídica y por la que Perón parecía demostrar ciertas simpatías.
El primer enfrentamiento abierto entre el gobierno y sectores vinculados a la Iglesia estalló a raíz de
un multitudinario acto que la Escuela Científica Basilio había organizado en el Luna Park, en octubre de 1950. El
acto, convocado bajo la consigna “Jesús no es Dios” –considerada blasfema por los católicos–, fue inaugurado por
la lectura de un telegrama de adhesión firmado por Perón y su esposa. Pero el desarrollo del acto se vio impre-
vistamente alterado: jóvenes de la Acción Católica ubicados estratégicamente en las tribunas y en las inmediaciones
del estadio provocaron un considerable tumulto. Como consecuencia, la Policía detuvo a cerca de trescientos
jóvenes por alterar el orden público, mientras que el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Santiago Copello,
era presionado por sus propias filas para pronunciarse a favor de los militantes católicos que habían actuado con
17 Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, 1952, p. 349.
18 Véase, por ejemplo, Hernán Benítez, “La Iglesia y el justicialismo”, en La aristocracia frente a la revolución, Buenos Aires, s/e, 1953, p. 339.
19 Susana Bianchi, Historia de las Religiones en la Argentina. Las minorías religiosas, Buenos Aires, Sudamericana, 2004, p. 209.
20 La Nación, 21 de agosto de 1948
21 El tono y la frecuencia de los artículos que alertan a la feligresía sobre el peligro del espiritismo constituyen un buen reflejo de la pre-
ocupación eclesiástica. Véase por ejemplo, El Pueblo, 23 de noviembre y 4 y 18 de diciembre de 1947; 7 y 16 de enero; 5, 10, 17 y
19 de febrero de 1948. Véase también Lila Caimari, Perón y la Iglesia católica, Buenos Aires, Ariel, 1995.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
una considerable cuota de autonomía. Pocos días más tarde llegaba al país el cardenal Ruffini, como legado papal
ante el Congreso Eucarístico Nacional. Una multitud aguardó el paso de Ruffini por las calles de Buenos Aires,
que lo aclamó al grito de “¡Jesús es Dios!”, lema antiespiritista que deslizó su sentido a consigna antiperonista.
Quedaba claro que las manifestaciones religiosas podían tomar un sospechoso cariz antigubernamental.22
El conflicto por la difusión del espiritismo –que desde la perspectiva eclesiástica continuó y se profun-
dizó–23 pronto se confundió con otra cuestión que también se ubicaba en el campo de la religión: los avances del
protestantismo a través de las campañas pentecostales que, iniciadas en 1952 alcanzaron un éxito masivo en
1954. La Iglesia católica había tolerado al protestantismo de origen inmigratorio en la medida en que se mantu-
viese dentro de los límites de sus propias comunidades nacionales. Pero el problema estaba en que el pentecos-
talismo –con militante vocación expansiva– no sólo no estaba vinculado a ningún grupo étnico o nacional sino
que encontraba sus bases de reclutamiento, como el espiritismo y el peronismo, en las mismas clases populares
urbanas que se pretendía catolizar. El conflicto alcanzó su punto más alto a mediados de 1954, cuando el predicador
norteamericano Theodore Hicks, que practicaba el “don de la sanidad” reunía multitudes en estadios deportivos
de Buenos Aires.24 Y la causa de este éxito, según la perspectiva eclesiástica, radicaba precisamente en el apoyo que
el gobierno peronista había dado a la misión pentecostal.25
Pero dentro del campo de la religión también se colocaba el principal obstáculo para la “catolización”
de la sociedad: la aspiración del peronismo –más allá de los logros obtenidos en sus bases– de constituirse en una
especie de peculiar religiosidad. A partir de 1951 comenzó a publicarse Mundo Peronista, revista que perseguía
objetivos de consolidación ideológica en el momento en que el gobierno debía enfrentar una serie de dificultades.
Desde sus páginas, el peronismo se presentaba como una “religión política,” con su propia sacralización y sus propias
figuras para venerar. La enfermedad y la muerte de Eva Perón en 1952 acentuó la incorporación de una simbo-
logía religiosa: rezar por ella, hacer peregrinaciones por su salud, escribirle oraciones eran conductas altamente
valoradas. Sin embargo, estas actitudes no se redujeron a la figura de Eva Perón, cuya temprana muerte fue reves-
tida de rasgos de martirio. Ya durante su vida desde Mundo Peronista se impulsaba la construcción de altares
domésticos que debían incluir en primer lugar la figura de Perón,26 mientras la adhesión al peronismo podía ser
descripta en términos, de “devoción”, “fervor” y “fe”.27
Poco espacio quedaba para el catolicismo. Desde 1950, dado el carácter monolítico que adquiría el
peronismo y el estrechamiento de los canales opositores, la Iglesia comenzó entonces a perfilarse como un espacio
–tal vez el único posible– de oposición. Muchas manifestaciones religiosas que incorporaron adhesiones de sospe-
chosa piedad pronto fueron percibidas, sin demasiado margen de error, como manifestaciones antigubernamentales.
La crisis: 1954-1955
Describir la trama del enfrentamiento entre el Estado peronista y la Iglesia católica no explica otras
cuestiones: ni la forma ni el momento en que estallaron los acontecimientos que sacudieron a la Argentina entre
1954 y 1955. Es cierto que una vez desencadenada, la crisis puede explicarse, en parte, por su propia lógica, es decir,
por el juego de acciones y reacciones. Empero la coyuntura del estallido no fue accidental: fueron los mismos conflictos
internos que atravesaban tanto al peronismo como al catolicismo los que hicieron que la colisión fuese inevitable.28
Dentro del gobierno peronista, debido al fin del período de bonanza, la política económica había
dado un fuerte giro de timón al revisar las prioridades. Lo cierto es que en su segunda presidencia parecía que
Perón entraba en contradicción no sólo con los principios que había defendido sino también con los intereses de
los sectores sociales que lo apoyaban. De la política distributiva –es decir, la “justicia social”– se pasaba a otra
229228
etapa, donde el eje estaba puesto en la producción.29 La alternativa requería reajustes considerables. Se hacía
necesario activar los mecanismos del consenso y penetrar en todos los resquicios de la sociedad, “peronizar” los
espacios que se sospechaba aún permanecían ajenos y barrer con los obstáculos.
También el catolicismo debía afrontar sus propios conflictos, más allá de las monolíticas imágenes
construidas. La cuestión de los vínculos con el peronismo fracturaba a la cúpula eclesiástica. El tema de la rela-
ción entre la Iglesia y el Estado se confundía con otras cuestiones estrictamente eclesiásticas (desde la crítica al
modelo de monarquía absoluta en que se fundamentaba la institución eclesiástica hasta cuestiones de moral y
ritualismo) que conmovían a cada vez más amplios sectores del clero. Muchos parecían desoír las apelaciones
jerárquicas a la disciplina. En la crisis del catolicismo, las organizaciones de laicos –cuyo peso en las filas eclesiásticas
argentinas siempre fue considerable– encontraban un terreno fértil para avanzar en sus aspiraciones de autonomía.
En los comienzos de la crisis, fue notable la desigualdad de las fuerzas que se enfrentaron. La Acción
Católica Argentina, sobre todo la sección de jóvenes varones que asumieron gran parte del protagonismo, era
insignificante cuantitativamente y sus intenciones primeras no fueron tanto “atacar” o “derribar” a un peronis-
mo que parecía inexpugnable como denunciar la inacción de las cúpulas eclesiásticas en la defensa de los “dere-
chos de la Iglesia”, defensa de la que los laicos parecían haberse hecho los únicos responsables. Su actuación les
otorgó indudable visibilidad. La Acción Católica se transformaba en un actor político, un “partido católico”,30
cuyo discurso opositor al peronismo articulaba inquietudes caras a las clases medias –de las que la mayoría de sus
miembros provenía– y altas de la sociedad.
En efecto, la “defensa de los derechos” de la Iglesia se confundía con otras cuestiones. El peronismo
había transformado abruptamente las relaciones sociales y la misma sociedad que se pretendía “catolizar” se
había vuelto irreconocible: según un colaborador de Criterio, la muchedumbre, “hato animal, recua irracional”,
invadía los espacios. “El mal ha echado raíces y amenaza con la subversión total de la vida del país”.31 Si el mons-
truo había salido de su guarida, según la metáfora de Donoso Cortés, la unión de la Cruz y la Espada era la única
garantía del sostén de la civilización contra la barbarie.
Dentro de este clima, en noviembre de 1954, Perón convocó en una reunión a funcionarios del
gobierno, legisladores y representantes del Partido Peronista con el objetivo de informarles sobre el estado de la
“oposición”. Pero a las reiteradas referencias a los adversarios políticos, en especial a los radicales, y a los estudiantes
universitarios de la FUBA se agregaron elementos nuevos: la Acción Católica Argentina y varios miembros del clero.
Entre los nombres de los sacerdotes considerados “opositores”, figuraban algunos miembros del Episcopado:
Fermín Laffite, arzobispo de Córdoba; y Froilán Ferreira Reinafé, obispo de La Rioja. Indudablemente la denuncia
adoptaba un claro tono amenazante. Según Perón, “Aquí hay como diez y seis mil integrantes del clero. ¿Cómo
vamos a hacer una cuestión porque haya veinte o treinta que sean opositores? Es lógico que entre tantos haya
algunos. ¿Qué tenemos que hacer? Hay que tomar medidas contra esa gente. Tiene razón la jerarquía eclesiástica
cuando me dice que no es la Iglesia sino que son algunos curas descarriados de la Iglesia. Nosotros vamos a ayu-
darlos para que los pongan en su lugar”.32
A partir de allí, los acontecimientos se precipitaron respondiendo a su propia lógica de acción-reacción. La
denuncia de Perón desencadenó el mal contenido anticlericalismo de las filas sindicales. Mientras desde el diario La Prensa,
controlado por la Confederación General del Trabajo, se continuaba agitando el clima –“Que los malos sacerdotes aban-
donen la sotana. […] Todo el que se desmande sentirá el peso de la ley”–,33 la CGT declaraba un paro general de acti-
vidades y, junto con las dos secciones del Partido Peronista, convocaba a un masivo acto en el Luna Park para reiterar
su adhesión a Perón ante los “ataques católicos” (25 de noviembre de 1954). Las pancartas con las leyendas “Perón
sí, curas no” o “Cuervos a la Iglesia” y el tono de los discursos fueron expresivas del carácter que asumió el acto.34
La respuesta católica al acto del Luna Park se dio en la misa del domingo siguiente, donde se debía leer una Carta
Pastoral: en iglesias desbordadas por el público, los atrios se transformaron en explícitos ámbitos de oposición.
35 “Episcopado Argentino. Carta al Excmo. Señor Presidente de la Nación” (19 de noviembre de 1954), en Criterio, Nº 1.224, 25 de
noviembre de 1954, p. 843.
36 “Carta Pastoral a los Cabildos Eclesiásticos, el clero diocesano y regular y a todos los fieles” (2 de noviembre de 1954), en Criterio, Nº
1.224, 25 de noviembre de 1954, pp. 844-845.
37 Ya en 1950 el reemplazo del católico Oscar Ivanissevich responsable de la cartera de educación por Armando Méndez San Martín,
conocido por sus simpatías laicistas, fue un motivo de preocupación para los actores de la institución eclesiástica, quienes calificaban
de “masón” al nuevo ministro.
38 La Nación, 3 de diciembre de 1954.
39 “Nota del episcopado argentino al Ministerio de Educación acerca de la ley de enseñanza religiosa” (2 de diciembre de 1954), en
Criterio, Nº 1.233, 7 de abril de 1955, p. 262.
40 La Nación, 14 y 15 de diciembre de 1954.
41 La Nación, 22 de diciembre de 1954.
42 Juan T. Lewis, “El Magisterio de la Iglesia”, en Criterio, Nº 1.231, 10 de marzo de 1955. Véase también “La Iglesia del Silencio”, en
Criterio, Nº 1.234, 28 de abril de 1955.
43 “Carta del Episcopado Argentino a la Acción Católica Argentina”, en Criterio, Nº 1.235, 12 de mayo de 1955.
44 En esa oportunidad, un Perón más moderado intentaba evitar mayores disturbios recomendando dirigirse “de casa al trabajo y del
trabajo a casa”, La Nación, 2 de mayo de 1955.
29 Pablo Gerchunoff y Damián Antunez, “De la bonanza peronista a la crisis de desarrollo”, en Juan Carlos Torre (dir.), Los años peronis-
tas (1943-1955), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 8), 2002.
30 También algunos grupos laicos católicos que se autodenominaban “demócratas” habían intentado organizar desde 1950 un partido
político que tras innumerables fraccionamientos lograron formar –siguiendo el modelo europeo– el Partido Demócrata Cristiano en
1954 (Enrique Ghirardi, La democracia cristiana, Buenos Aires, CEAL, 1983).
31 Carlos Fernando de Nevares, “Sobre diversas manifestaciones de incultura”, en Criterio, Nº 1.115, 11 de mayo de 1950.
32 La Nación, 11 de noviembre de 1954.
33 La Prensa, 18 de noviembre de 1954.
34 La Nación, 26 de noviembre de 1954.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
Por su parte, el Episcopado, ante las denuncias formuladas por Perón, le había enviado una carta el
19 de noviembre, aún en tono conciliador que apelaba a la “relación armónica” que siempre habían mantenido.35
Sin embargo, ante la intensificación de los acontecimientos, pocos días después, dio a conocer la Carta Pastoral
que debía leerse en todas las iglesias al domingo siguiente. A pesar de algunas ambigüedades –reflejo tal vez de
la falta de unanimidad episcopal–, el tono ya había cambiado. Si bien se recordaba que tanto el clero como la
Acción Católica no debían incluirse en pugnas políticas, también agregaba que frente a los actuales problemas
“ningún sacerdote podría permanecer indiferente sino que debería asumir la defensa serena y firme de los valores
eternos”. Diferenciaba de este modo, “la política” de la “defensa obligada del altar”.36 En síntesis, y tras fracasar
las gestiones del Nuncio Apostólico frente al Ministerio del Interior, la guerra quedaba declarada.
Desde el gobierno rápidamente las acciones se encaminaron a reducir los espacios de influencia ecle-
siástica. En los primeros días de diciembre, el ministro de Educación, Armando Méndez San Martín,37 mediante
una resolución suprimía la Dirección Nacional de Enseñanza Religiosa, por considerar que el sistema “resulta
inadecuado, ineficaz y oneroso”,38 iniciando una serie de medidas destinadas a suprimir las clases de religión en
las escuelas públicas. Las protestas del Episcopado nada hicieron para cambiar la situación.39 Más aun, la ofensiva
se trasladó al Congreso. El 13 de diciembre en una prolongada sesión de la Cámara de Diputados se modificó el
artículo 7º de la Ley de Matrimonio Civil. Con inusitada rapidez, al día siguiente el Senado también aprobaba la
modificación. En vano el Episcopado solicitó al Poder Ejecutivo el veto de la ley: el divorcio había quedado incor-
porado a la legislación argentina.40 El 21 de diciembre, en una agitada sesión, la Cámara de Diputados transfor-
maba en ley un decreto que restringía las reuniones públicas. Sólo se podían realizar en lugares públicos los
“actos patrióticos o de significación nacional”. Los actos religiosos debían efectuarse únicamente en lugares cerrados.
Además el Poder Ejecutivo podía impedir la celebración de cualquier acto cuando “mediare peligro inminente de
alteración del orden o de la tranquilidad pública, o cuando la celebración fuese contraria a los intereses del pueblo”.41
Indudablemente la Iglesia quedaba fuera del espacio público.
Ya en 1955, mientras los incidentes se sucedían y las campañas de “panfletos” incentivadas desde las
parroquias se acentuaban, la Iglesia procuraba infundir ánimos a sus huestes: “habrá que seguir a Pedro y a Juan cuando
ante el Sanhedrín afirmaron que era justo obedecer a Dios antes que a los hombres, y sufrir con toda paciencia
las persecuciones”.42 Pero también el Episcopado debía cohesionar y disciplinar a sus propias filas. Las posiciones
católicas no eran unánimes y –ante la intensificación del clima– se temían predecibles desbordes de las organiza-
ciones de laicos. “La Acción Católica deberá tener conciencia clara de su grave responsabilidad: su colaboración
en el apostolado de la Jerarquía de la Iglesia le exige atenerse estrictamente a prestar su decidido apoyo a la Iglesia
a la consecución de sus fines apostólicos, sin apartarse jamás de los mismos ni de las orientaciones que de ella reciba”.43
El 1º de mayo, en la celebración del Día del Trabajo frente a una multitudinaria concentración en la
Plaza de Mayo, la cuestión de la reforma constitucional para establecer la separación de la Iglesia y el Estado –pre-
sentada como una solicitud de la CGT– quedaba públicamente establecida.44 Pocos días después, la iniciativa pasaba
al Congreso. Como respuesta –pese a las advertencias de la jerarquía– una manifestación de la Acción Católica recorrió
las calles de Buenos Aires “gritando improperios contra las autoridades nacionales”. Después de algunas escara-
muzas con la Policía, fueron detenidos diez manifestantes, incluido un seminarista. Ante lo sucedido, un comuni-
231230
cado de la CGT asumía un tono claramente amenazante: “Advertimos por última vez a la reacción oligárquico clerical:
si continúan los atropellos, la consigna será de casa al trabajo y del trabajo a las ratoneras en donde se preparan
los atentados contra el pueblo. Y no hemos de dejar ni una cueva con vida”.45 El 13 de mayo la Cámara de
Diputados derogaba la Ley de Enseñanza Religiosa culminando las iniciativas desarrolladas desde el Ministerio de
Educación. Ese mismo día, se derogaba la exención impositiva que gozaban las instituciones católicas, por con-
siderar que dentro de ellas había “sectores financieramente poderosos que disponen de ingentes capitales”.46
La Iglesia nuevamente quedaba identificada con la “oligarquía”.
De Corpus Christi a septiembre de 1955
Mientras se aceleraba el juego de acción-reacción en una compleja escalada, el 11 de junio debía
celebrarse la festividad de Corpus Christi. El ministro del Interior, Ángel Borlenghi, según la reglamentación
vigente, prohibió la realización de una procesión pública: los actos debían realizarse dentro del recinto de la cate-
dral de Buenos Aires. Pero la celebración convocó a una verdadera multitud –muchos de sospechosa piedad–47
que aclamando a “Cristo Rey” desbordó ampliamente la capacidad de la catedral e incluso de la Plaza de Mayo.
El desafiante significado político del acto superaba ampliamente a su contenido religioso. Pronto los aconteci-
mientos se volvieron ingobernables para las mismas autoridades eclesiásticas.48 Los congregados se lanzaron por
las calles de Buenos Aires, apedrearon sedes de diarios oficialistas, destrozaron vidrios de edificios públicos, pin-
taron consignas como “Muera Perón” y “Viva Cristo Rey” y al llegar frente al Congreso, arrancaron una placa de
homenaje a Eva Perón y arriaron la bandera nacional para enarbolar la papal.49
Por supuesto la reacción gubernamental no tardó en sentirse, aunque el discurso radial de Perón ante
los acontecimientos no dejaba de recomendar a sus seguidores “calma y tranquilidad”.50 También desde Criterio,
sin hacer referencia explícita a los desmanes, en un artículo sobre San Francisco de Asís, se procuraba poner dis-
tancia con la violencia: “Es evidente que es infinitamente más fácil y más rápido organizar lo que suele llamarse
una cruzada y echar mano de la violencia, lograr algunos éxitos aparentes, que luego se transforman en derrotas
verdaderas”.51 Pero ya era muy tarde. Y en la medida en que las demandas católicas coincidieron (sin ser exacta-
mente idénticas) con la de las Fuerzas Armadas el conflicto adquirió su forma.
Cuando en junio de 1955, los aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo, nadie dudó de
la complicidad católica. El golpe fracasó por las descoordinación de las acciones pero su saldo fue una gran can-
tidad de muertos y heridos52 y un estado de estupor generalizado. La reacción no se hizo esperar y esa misma
noche fueron asaltados e incendiados varios templos del centro de Buenos Aires y la Curia Metropolitana. En un
clima festivo se asaltaron altares, se destruyeron imágenes y archivos y en un juego carnavalesco los atacantes se
vistieron con ropas sacerdotales y remediaron los gestos del rito. Quienes atacaron las iglesias pudieron moverse
libremente en un amplio radio durante varias horas sin que nadie intentara detenerlos. Pronto se advirtió la gra-
vedad de las consecuencias.53 Perón procuró deslindar responsabilidades, atribuyendo las culpas a los “comunistas”,54
mientras Copello deploraba las consecuencias del cruento golpe.55 Pero si éstas eran intenciones de poner paños
fríos, ya era demasiado tarde: al día siguiente, la Secretaría de Estado del Vaticano daba a conocer el decreto de
excomunión de Perón.56 Según recordaba un calificado testigo, para muchos católicos se presentaba una única
salida: “Hasta los más escépticos comprendieron que sólo quedaba abierto el camino a la revolución”.57
55 Santiago Luis Copello, “Carta Pastoral del Arzobispo de Buenos Aires con motivo de los últimos sucesos”, en Criterio, Nº 1.239, 14
de julio de 1955, p. 498.
56 Sobre la excomunión de Perón, véase “La excomunión”, en Roberto Bosca, La Iglesia Nacional Peronista. Factor religioso y poder polí-
tico, Buenos Aires, Sudamericana, 1997, pp. 369-390.
57 Mario Amadeo, Ayer, Hoy, Mañana, Buenos Aires, Gure, 1956.
45 La Nación, 8 y 9 de mayo de 1955.
46 La Nación, 14 de mayo de 1955.
47 Puede señalarse como ejemplo la participación de militantes de la Federación Universitaria Argentina, véase Julio Godio, La caída de
Perón (de junio a septiembre de 1955), Buenos Aires, CEAL, 1985.
48 Un editorial planteaba el problema bajo la pregunta: “¿De quién y de dónde partió la consigna de alejarse del lugar en columna?”,
en La La Nación, 13 de junio de 1955.
49 La Nación, 12 de junio de 1955.
50 La Nación, 13 de junio de 1955.
51 Gustavo Franceschi, “Una lección de historia”, en Criterio, 23 de junio de 1955
52 Los primeros cálculos, de fuentes de insospechadas simpatías gubernamentales, refieren 350 muertos y más de 600 heridos La Nación,
17 de junio de 1955).
53 Un dato era la repercusión que los hechos tuvieron en la prensa internacional que los comparaba con los acontecimientos de la Guerra
Civil Española.
54 La Nación, 19 de junio de 1955.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
Amplios sectores católicos estuvieron nuevamente con las Fuerzas Armadas en septiembre de 1955,
en un golpe cuya simbología religiosa –los aviones desde Córdoba llegaban bajo la consigna “Cristo Vence”–
superaba ampliamente la de anteriores golpes militares. Sin embargo, queda una cuestión pendiente. ¿Qué relación
puede establecerse entre el conflicto con la Iglesia y la caída del peronismo? Sin duda, la magnitud del conflicto
y la inimaginable escalada de violencia polarizaron posiciones y crearon un particular clima de sentimientos. Sin
embargo, considerarlo como la causa desencadenante de la caída del gobierno de Perón –sin tener en cuenta,
entre otras razones, las debilidades estructurales del peronismo– resultaría simplista. Pero también es cierto que,
más allá del peso relativo que pueda atribuírsele, resulta indudable que el protagonismo alcanzado consolidó el
papel de la Iglesia católica como un insoslayable factor de poder en el campo político.
BIBLIOGRAFÍA
BARRY, Carolina, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, Longseller, 2009.
BIANCHI, Susana, Catolicismo y Peronismo. Religión y política en la Argentina, 1943-1955, Tandil, Prometeo-
IHES, 2001.
_________________ y Norma Sanchís, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL,1987
_________________, Historia de las Religiones en la Argentina. Las minorías religiosas, Buenos Aires, Sudamericana,
2004.
PERÓN, Eva, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Peuser, 1952.
ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943,
Bernal, UNQ, 1996.
________________, Perón y el mito de la Nación católica, Sudamericana, Buenos Aires, 1999.
Uno de los aspectos menos abordados por la historiografía ha sido el de la conformación política del
peronismo. Es probable que el énfasis puesto en las características del liderazgo de Perón haya opacado, por no
decir mutilado, su estudio. Los análisis abundan en publicaciones referentes a la estructura sindical y obrera como
columna vertebral del movimiento, pero descuidaron a las otras dos ramas, es decir, a las que hicieron al peronismo
político propiamente dicho. Este trabajo se propone analizar cómo se llegó a dicha conformación y cuál fue el cri-
terio utilizado para concluir que la mejor manera de organizar el peronismo y respetar sus diferencias era la división
en el Partido Peronista (PP), el Partido Peronista Femenino (PPF) y la Confederación General del Trabajo (CGT).
Hacia el peronismo
La jornada del 17 de octubre de 1945 tuvo varias derivaciones, entre ellas, la restitución del coronel
Juan Domingo Perón al centro de la escena política, convertido en un visible líder popular y candidato a la pre-
sidencia de la Nación. Lo más importante fue la súbita revelación de esa base social cultivada por Perón y su trans-
formación en un nuevo actor político, que le valió un apoyo diferente del que hasta entonces le habían dado los
dirigentes sindicales, que se vieron obligados a encabezar una movilización obrera que los superaba.1 Esto derivó
en un conflicto por la apropiación de la resurrección de Perón y el manejo de las bases. Esta disputa se mantuvo,
en esencia, a lo largo de los años, y se contrapone con la imagen de un campo rígido y uniforme de las fuerzas
del peronismo inicial.
El ascendiente sobre la masa lo tenía Perón; el resto era la construcción política. De allí que su repo-
sicionamiento también dejara en claro la necesidad de organizar y amalgamar a los heterogéneos apoyos ante
el súbito llamado a elecciones realizado por el presidente Edelmiro J. Farrell, que obligó a los sectores allegados
a Perón a organizarse y limar rápidamente posibles asperezas a fin de conformar una alianza que lo llevara a la
presidencia de la Nación. En torno a él se nuclearon fuerzas de distinto origen social, composición, ideología y
número, que buscaban perpetuar las políticas sociales y laborales implementadas durante su gestión.
1 Samuel Amaral, “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia,
Buenos Aires, 2009, en prensa.
El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955)
CAROLINA BARRY
UNTREF / UNSAM
233
1945-1955 EL PERONISMO Y
EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
5
CAPÍTULO
234 235
Los conflictos
El único acuerdo indiscutible fue la candidatura de Perón a la presidencia, de ahí para abajo todos
los lugares en las listas fueron cuestionados: los laboristas objetaron la inclusión de los radicales y la consecuente
distribución de candidaturas. Los laboristas no querían aceptar una alianza con quienes de alguna manera encar-
naban a la vieja política caracterizada por exclusiones y fraudes, situación que se sentían llamados a desterrar.
Ambas fuerzas se mostraban irreconciliables respecto de varios puntos. El contraste se daba entre los laboristas
que, aun siendo vírgenes en política, habían protagonizado ásperas luchas sindicales y se sentían representantes
de un fenómeno original, renovador, revolucionario, exento de ataduras y compromisos con el pasado. En cambio,
los renovadores sólo podían aportar la reiteración, ya fatigosa, de formas cívicas utilizadas anteriormente, además
de la exaltación de la tradición yrigoyenista.10 Pero también, tupidas redes clientelares en el interior del país.
El 4 de junio de 1946 Perón asumió la presidencia de la Nación en medio de una importante crisis
dentro de la coalición electoral. Sólo los unía un imperativo de fidelidad al líder. Estos conflictos no lo involucraron
directamente –puesto que tuvieron como objetivo los segundos, terceros o cuartos puestos del poder– pero podían
llegar a afectar la gobernabilidad. Los constantes choques lo convencieron de la necesidad de crear un partido
que las unificara: el Partido Único de la Revolución Nacional. Esta decisión tampoco estuvo exenta de nuevos y
muchas veces violentos conflictos, que derivaron en la creación del PP propiamente dicho en enero de 1947. Esto
implicó no sólo un cambio de nombre, sino también la discusión en torno a las afiliaciones, la Carta Orgánica y
un nuevo reparto de poder.
El hecho de denominarse “Peronista” buscaba dejar en claro que su existencia se debía a la acción de un
único líder y su configuración era un instrumento de su expresión política y no de un partido o coalición de partidos.
Perón dejó de actuar como el Primer Afiliado y pasó a ser el Jefe Supremo del Movimiento, dejando en claro
quién era el verdadero vencedor de la elección de febrero. También quedó definido que las rivalidades en el partido
podían producirse entre tendencias, pero siempre en un nivel inferior, sin implicarlo directamente a él.
Si bien Perón parecía disponer de un poder casi absoluto sobre el PP, dentro de éste existió una con-
formación más compleja durante sus primeros años de existencia, y él se vio en la necesidad de negociar con actores
partidarios que, también, controlaban recursos de poder. El PP se hallaba en medio de una nebulosa de grupos y
organizaciones, de fronteras mal definidas e inciertas, entre organizaciones formalmente autónomas que inte-
graban el movimiento. Todas las decisiones aparecían teñidas por las distintas instancias organizativas que bus-
caban lograr un equilibrio entre las fuerzas coaligadas. La decisión de que fuera en última instancia quien deter-
minase la línea a seguir desfavorecía un reforzamiento de la organización que, de existir, inevitablemente sentaría
las bases para una “emancipación” del partido de su control.11 Un líder carismático de las características de Perón
tiende a desalentar, por vías y motivos diversos, la institucionalización.12 Esta actitud ambivalente signa los pri-
meros años del PP al manifestar un divorcio entre, por un lado, una actitud aparente en la búsqueda de una fuerte
organización, contrarrestada por una acción de mayor control.
Los enfrentamientos internos para las elecciones de 1948, tanto para la renovación de diputados
como de convencionales para la reforma constitucional, dan cuenta de la generación de una nueva, aunque tímida,
forma de acatamiento a la existencia de las otras subunidades dentro del partido. Antes de estas elecciones, señala
Mackinnon, el enfrentamiento se expresaba en términos de la construcción de un partido obrero con base en los
sindicatos versus un partido más clásico con base en los comités políticos; para aparecer –a mediados de ese año
y aunque las diversas fuerzas internas continuaran enfrentadas– mecanismos de transacción alternativos dentro
de la estructura del partido. Ésta estuvo atravesada por una bochornosa elección interna que devino en la inter-
vención del partido en todo el país. En las elecciones comienza a delimitarse más definidamente la representación
por sectores: trabajadores y políticos. Se produce una mayor aceptación de una representación proporcional. Es decir,
poco a poco se fue perfilando la existencia de dos caminos en torno de la representación partidaria. Por un lado, los
sindicalistas comenzaron a presionar por sus intereses en tanto trabajadores; los políticos, en tanto políticos y no como
representantes de los laboristas o renovadores respectivamente. Mientras tanto, se hacía cada vez más visible un nuevo
actor constitutivo de las bases de representación peronista: las mujeres, primero de forma espontánea y luego organi-
zándose en centros cívicos femeninos, al tiempo que se perfilaba cada vez con más fuerza la presencia de Eva Perón.
10 Félix Luna, op. cit., p. 397.
11 Ángelo Panebianco, Modelos de Partido, Organización y Poder en los Partidos Políticos, Madrid, Alianza Universidad, 1990, p. 136.
12 Ibid.
La coalición que llevó a Perón a triunfar el 24 de febrero de 1946 estaba integrada por una triple
estructura compuesta, por un lado, por el Partido Laborista (PL); por otro, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora,
y una tercera fuerza menor, denominada Partido Independiente. La activa actuación de los sectores obreros el 17
de Octubre, y su consecuente afianzamiento, fortalecieron la idea de crear una estructura política sindical per-
manente, que incorporara sectores más amplios.2 La reunión fundacional del PL se efectuó el 24 de octubre de
1945 en la ciudad de Buenos Aires. Participaron de ella unos cincuenta dirigentes sindicales provenientes del
socialismo, el radicalismo, integrantes de la CGT, de la Unión Sindical Argentina y de los sindicatos autónomos
tanto de la Capital Federal como del interior del país. La afiliación indirecta al estilo del laborismo inglés, que
suponía que los sindicatos podían ingresar y formar parte del partido fue una de las innovaciones. De esta manera,
sus miembros quedaban automática e indirectamente afiliados a él, salvo que manifestaran su voluntad en con-
trario.3 Con su creación se buscaba generar una correa de transmisión con el movimiento sindical en la arena política.
La incorporación orgánica y masiva de la clase obrera a la vida política argentina implicó, también, un replanteo
de las reglas de juego. En pocos meses, el PL se transformó en la organización más fuerte de la coalición peronista
y en una de las fuerzas políticas más importantes del país.
¿Qué influencia y gravitación tuvo Perón, tanto en la creación del PL como en su desarrollo posterior?
Aunque se plantean distintas versiones, pocas dudas existen sobre dicha influencia, y esto de alguna manera pesó
en el desarrollo posterior del partido. La actuación de Perón no fue ajena a su formación, sino su razón de ser. Es
probable que haya sido él mismo quien tuviera la iniciativa, para luego dejarlo organizarse con aparente auto-
nomía. Su única potestad, aparentemente, era la de ser el “Primer Afiliado”,4 que no es lo mismo que ser un jefe de
partido; aunque hubo –dentro del Comité Directivo Central– quien considerara la conveniencia de que lo fuera.
Estas potestades entrañaban otras discusiones, y la búsqueda de un equilibrio entre el predominio de la persona
o el partido acompañó a los dirigentes sindicales durante las distintas instancias organizativas que se sucedieron
en el peronismo.
Respecto del apoyo de la UCR a la candidatura, se trataba de un grupo de dirigentes sin mayor enver-
gadura nacional, pero bien conocidos y respetados dentro del partido, que aceptaron la propuesta de integrarse
al gobierno surgido de la Revolución de Junio y que fueron expulsados del radicalismo. Con miras a las futuras
elecciones presidenciales, resolvieron la organización y estructuración de una línea dentro de la UCR que actuaría
con prescindencia absoluta del Comité Nacional. Se la denominó UCR Junta Renovadora (JR),5 y su propósito era
el de mantener el ideario yrigoyenista y los postulados de justicia social inspirados por el coronel Perón.6 Presuntamente,
los renovadores podrían canalizar el voto peronista no alineado con la estructura sindical, aportar máquinas elec-
torales y ese conocimiento del quehacer político que tan bien sabían manejar. Además, como señala Torre, esta
alianza permitiría quitar a la candidatura de Perón el tinte clasista-obrerista que estaba adquiriendo, lo cual le
posibilitaría captar el apoyo de otros sectores del electorado.7 Otras fuerzas provenientes del radicalismo disidente
fueron algunos de los jóvenes intelectuales de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) y un
pequeño grupo radical compuesto especialmente por santafesinos, santiagueños y riojanos provenientes de la
Concordancia.8 Perón también sumó el apoyo de la Guardia de Restauración Nacionalista y la Alianza Libertadora
Nacionalista, que le permitió, a través de sus voceros, influir en sectores reducidos de las clases media y alta.
Prestigiosos caudillos conservadores se incorporaron a la alianza electoral, aunque el Partido Conservador no tuvo
una actitud uniforme y esto provocó una escisión en sus filas.9 También se logró el apoyo de los llamados Centros
Cívicos que, si bien era habitual que surgiesen antes de una elección para apoyar a un candidato, en ese momento
adquirieron una relevancia significativa. Éstos formaron el Partido Independiente.
2 Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón: sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana-Instituto Di Tella,
1990, p. 149.
3 Por otra parte, la incorporación de un sindicato caducaba si más del 50% de los asociados se oponía a la afiliación. Véase Carlos Fayt,
La naturaleza del peronismo, Buenos Aires, Virachocha, 1967, p. 134.
4 Sobre la forma y el motivo por el que se designó a Perón como primer afiliado, véase Luis Gay, El Partido Laborista en la Argentina.
La historia del partido que llevó a Perón al poder, Buenos Aires, Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1999, p. 91.
5 En un principio utilizaban indistintamente Junta Renovadora o Junta Reorganizadora, pero luego sólo la primera denominación.
6 La Razón, 23 de octubre de 1945. Todos los diarios que no llevan mención de ciudad entre paréntesis pertenecen a la ciudad de
Buenos Aires.
7 Juan Carlos Torre, op. cit., p. 157.
8 Félix Luna, El 45. Crónica de un año decisivo, Buenos Aires, Sudamericana, 1971, p. 415.
9 Manuel Mora y Araujo e Ignacio Manuel y Llorente (comps.), El voto peronista. Ensayos de sociología electoral argentina, Buenos Aires,
Sudamericana, 1980, pp. 289-290.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
237236
Lo más importante y sustancial del acto fue que las mujeres compartieron una actividad partidaria
con los mismos derechos y obligaciones que los hombres, tal como Perón se ocupó de destacar al inicio de su dis-
curso.16 Como corolario se acordó que el PPF se desarrollase autónomamente dentro de las fuerzas peronistas y
desvinculado del Consejo Superior; aunque Evita, su presidenta, participara de dicho Consejo, y aunque el PPF
formase parte del movimiento peronista junto con el PP y la CGT. No se denominaría “rama” sino “partido”, para
evitar ser considerado una parte accesoria o una derivación del PP. Las mujeres debían organizarse políticamente
siguiendo un único camino: la unidad del movimiento femenino peronista al servicio del líder y de la Nación, y
sólo podían aspirar a convertirse en sus colaboradoras. Por otra parte, no existirían corrientes internas, y debía
ser depuesta toda ambición personal, pues “atentaría contra la unidad, contra la revolución, contra el pueblo y
por ende contra Perón”. La experiencia de los fuertes conflictos dentro del PP motivó la toma de algunas deci-
siones que sólo se entienden en ese contexto. Evita, en su discurso de apertura, encuadró y marcó los límites de
la actividad partidaria femenina y la primera circular organizativa dio cuenta de ello: las mujeres peronistas debían
tener como “gran ideal el de la Patria; como único líder, Perón, y como única aspiración política: servir a las órdenes
de Evita”.17 Las mujeres ingresaban a la política con las limitaciones propias de su género y la pertenencia a un
partido de características carismáticas.
¿Por qué se las sumó separadas de los hombres? ¿Hubieran tenido cabida como sector sindicalizado
dentro de los laboristas, o como sector político, dentro de los renovadores? Desde el ámbito sindical era poco
probable que se las incorporase, si tenemos en cuenta que el censo del año 1947 marcaba que sus niveles de par-
ticipación en el mercado de trabajo y en los sindicatos no eran significativos, por lo cual mal podrían encuadrarse
en el ámbito laborista-sindical. Pero tampoco podía asociárselas con los renovadores; no podían quedar presas de
estas luchas intestinas entre sectores. Sin embargo, el PPF podría haber quedado circunscripto a una entidad más
o menos organizada y presidida formal o simbólicamente por la esposa del presidente de la Nación. Pero esto no
sucedió, pues también entró en juego el liderazgo que había adquirido Eva Perón a lo largo de estos años, que
la llevó a organizar un partido político exclusivo de mujeres, desvinculado del CSPP y que le respondería sin ningún
tipo de miramientos.
¿Cuál fue la táctica de organización empleada tanto en el ámbito nacional como en el provincial, y
sobre qué base se decidió la selección de las que serían dirigentes del Partido (teniendo en cuenta que no contaban
con una tradición y experiencia de participación política, como sucedía con los hombres)? No era una tarea sencilla
comenzar de cero. ¿O sí?
La organización
El PPF se caracterizó por tener una estructura centralizada, dominada por el principio de obediencia
al mando, en la que la simbiosis entre la organización y la líder fundadora fue total y absoluta. Ella decidió cómo
sería la formación y la estructura del partido y quiénes ocuparían los puestos clave. Esto disipó la posibilidad de
divisiones faccionales susceptibles de un encuadramiento promocionando a tal o cual persona para ocupar el
puesto de delegada. La elección se hizo a partir de la selección personal que realizó Eva Perón de cada una de
ellas y del establecimiento de lazos personales, otra de las características del liderazgo carismático, lo que obligó
a desarrollar actitudes fuertemente conformistas y reverenciales para obtener su favor. Estas conductas iban
desde el exceso en los ditirambos hasta la constante y detallada información sobre el partido femenino y masculino,
los gobiernos provinciales, comunales, etc. Evita buscó que estas mujeres se adecuaran a su voluntad y le fueran
absolutamente leales. Ninguna delegada censista era enviada a su provincia o lugar de origen, para evitar así la
conformación de caudillas, y hasta tenían prohibido estar en contacto, aunque más no fuera telefónico, con las dele-
gadas de otras provincias. Las delegadas eran una suerte de interventoras y llegaron a tener, en algunas circuns-
tancias, más influencia que el gobernador de las provincias donde trabajaban. Se autoproclamaban representantes
directas de Evita más que del Partido, lo que era cierto, pues habían sido elegidas directamente por ella para que
la representasen personalmente: allí radicaba la naturaleza de su poder. Las afiliadas y simpatizantes las seguían
en tanto se las identificaba con la líder.
16 Esta cita y todas las referentes al discurso de Perón del día 25 de julio de 1949 fueron extraídas de La Nación, 26 de julio de 1949.
17 Movimiento Peronista Femenino, Presidencia, Circular N° 1, octubre de 1949.
La nueva actriz política
Algunas características de su liderazgo ayudan a entender las claves de organización del peronismo
femenino. Eva Perón alcanzó un poder impensado para una mujer a mediados del siglo XX. El liderazgo de Perón
ya estaba establecido cuando asumió la presidencia de la Nación, y el de Eva se fue desarrollando a lo largo de
su mandato. Ella ejerció un fuerte liderazgo carismático dentro del movimiento peronista a partir de una serie
de roles informales y fuera de toda estructura política, pues no ocupó ningún puesto oficial en el gobierno. Era
la persona de mayor confianza del líder, su delegada, y celosa guardaespaldas. Mientras él se ocupaba de los
asuntos del gobierno, ella tomaba a su cargo la actividad política del peronismo. El único que tenía poder sobre
Evita era Perón, y ella sólo reconocía su autoridad. Eva Perón podría haber circunscripto su rol de primera dama
a acompañar al Presidente o a realizar tareas de beneficencia. Pero dio un paso más y organizó y presidió una
fundación de ayuda social cuyo objetivo era paliar las necesidades del pueblo, aunque constituyera, también, un
instrumento político invalorable y se convirtiera en una fuente de disputas políticas y de conflictos con otros
poderes del Estado. Desde mediados de 1947, el peronismo, a diferencia de otros movimientos y partidos pudo
albergar en su seno un liderazgo doble y compartido, situación por demás novedosa.
La situación política de la mujer cambió notablemente durante el primer gobierno peronista a par-
tir de dos hechos esenciales. El primero, la aprobación de la Ley de Sufragio Femenino en 1947 –y la consecuen-
te oportunidad de que las mujeres votaran y fuesen votadas– tuvo una implicancia simbólica para el peronismo:
la coronación de Evita como la promotora indiscutida del ingreso de las mujeres a la política; el segundo, la cre-
ación del PPF, que buscó su incorporación masiva. Las mujeres votaron recién cuatro años después debido a una
mezcla de diversos factores, tanto culturales como organizacionales y políticos, sin despreciar, tampoco, el hecho
de que el gobierno hiciera lo suyo para que las mujeres votaran por primera vez cuando considerara que esta-
ban “preparadas” para hacerlo. Es decir, organizadas fuertemente en un partido que las incluyera y que no gene-
rara sorpresas en una elección. La ley no dejaba de ser una suerte de salto al vacío, pues no se sabía cuál sería el
comportamiento electoral de quienes conformarían el cincuenta por ciento del padrón. Además, era probable
que se buscara establecer como un hito histórico que la primera vez que las mujeres votaron, lo hicieron (y masi-
vamente) por Perón. Pero para eso era necesario realizar una reforma en la Constitución Nacional que habilita-
ra a éste a ser elegido para un segundo mandato consecutivo. Si la sanción de la Ley de Sufragio había sido la
coronación de Evita, la reforma de la Constitución fue el signo más acabado del poder y la influencia que llegó
a tener. Ella no era una convencional constituyente; sin embargo, acerca de determinadas cuestiones tomó deci-
siones como si lo hubiera sido, ejerciendo su poder, incluso, por encima de la misma Asamblea; a lo que se agre-
gó la inclusión de un articulado propio en la Nueva Constitución.13
El peronismo femenino
En 1949 se organizó la primera Asamblea Nacional del PP, que buscaba proyectar las bases para la
organización definitiva del partido. La cuestión principal era el espacio que se les asignaría a los distintos sectores
que integraban el peronismo, es decir, a los políticos y los gremialistas;14 aunque, en un primer momento, nada
se decía acerca del que ocuparían las mujeres. En las etapas previas a la organización del PPF se aprecian una suerte
de acuerdos y conciliaciones previas que desembocaron en lo que sería la futura organización femenina. Las formas
de elección de los representantes dan la pauta de los mecanismos de poder que se utilizaban hacia mediados de
1949; los delegados del PP fueron elegidos directamente por los interventores partidarios, y en su mayoría eran
diputados provinciales, ex convencionales nacionales, afiliados con cargos en los organismos partidarios provin-
ciales y hombres con actividad partidaria que pudieran hacer un “aporte positivo a la asamblea”.15 En cambio,
las delegadas eran mujeres conocidas de Evita o de gente cercana; en general, obreras, empleadas, presidentas
e integrantes de los centros cívicos femeninos, de la Fundación Eva Perón, universitarias y profesionales. El 25 de
julio de 1949 se realizó la ceremonia inaugural en el Luna Park, y Eva Perón se sentó en la primera fila junto a las
principales personalidades del gobierno, pero no en su rol de primera dama sino en el de la líder de una fuerza
política en ciernes.
13 Sobre este tema, véase Carolina Barry, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, Eduntref, 2009, cap. 2.
14 La Nación, 12 de mayo de 1949.
15 El Día (La Plata), 6 de junio de 1949.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
239238
salvo cuando adoptaban medidas en conjunto, como ser las listas de candidatos para las elecciones. En el PPF, el
único modo de hacer carrera era adecuarse a la voluntad de la líder. Así lo demuestra la selección de candidatas
para ocupar puestos de legisladoras nacionales y provinciales en la primera elección de 1951. La estructuración
separada por sexos llevó a resolver el problema de las candidaturas y la ocupación de cargos electivos de maneras
diferentes.
Los candidatos de ambas ramas no surgieron por votación directa de sus afiliados. En el partido masculino,
las pujas internas y el control de zonas de poder permitían dirimir los puestos en las listas. Las censistas ocupaban
dentro de la estructura partidaria el mismo lugar que los demás miembros, y el hecho de ser delegadas no signi-
ficó que fueran jefas de ninguna sección o grupo que les permitiese postularse electoralmente. Las candidatas
fueron elegidas en pos de un cupo acordado por la misma Evita con la autoridad del Consejo Superior Peronista, es
decir, Perón. Y una vez establecido ese cupo se incluyeron sus nombres. Se las buscó leales, peronistas, obedientes,
trabajadoras y sin ambiciones personales. Además, a diferencia de los hombres, cada mujer fue estudiada hasta
en sus “mínimos detalles”,19 vale decir, lealtad y cualidades morales. El número de mujeres electas fue altísimo y
excepcional si se lo compara con otros países. Aunque no se llegó al mentando 33%, esas cifras no volvieron a pro-
ducirse hasta fines del siglo y bajo el amparo de la Ley de Cupos. Las mujeres ocuparon puestos en las listas con
posibilidades reales de ser elegidas, pues todas las candidatas resultaron electas. Sin embargo, fueron considera-
blemente menos, comparadas con los candidatos varones.
Evita, por su parte, remarcaba que las mujeres no debían aspirar “a los honores sino al trabajo”. Si
la líder había renunciado a la candidatura a la vicepresidencia de la Nación, cargo por demás merecido, en pos
de “objetivos políticos más importantes”, con “su ejemplo”, ayudó a justificar la selección de determinadas mujeres
y no de otras para ocupar los cargos de legisladoras nacionales y provinciales que en muchos casos pelearon por
un puesto. Esta situación las dejaba, de hecho, fuera de todo tipo de competencia.
En menos de dos años de ardua tarea, el PPF logró su objetivo político más importante: la reelección
de Perón para un segundo período presidencial. Las mujeres superaron en cantidad de votos peronistas a los varo-
nes en todos los distritos. Estos altos índices fueron superados en las elecciones de 1953 y 1954. La muerte de Evita
cambió las reglas de juego, no sólo del PPF sino del peronismo. El tema principal que se planteaba era cómo sus-
tituir todos los roles que ella había desplegado, y los mecanismos de decisión absorbidos por ella. Su muerte hizo
entrar en juego de manera más acabada el ejercicio del liderazgo de Perón en el partido de las mujeres, zona
reservada en exclusividad a Evita. Buscó frenar el proceso de institucionalización del partido mostrándose como
cabeza de éste, intentando anular las posibles rivalidades internas en la organización femenina en disputa por la
sucesión. Pero la imposibilidad de conducir el partido como lo había hecho Evita, sumada a la tarea gubernativa
y la inminencia de un nuevo acto eleccionario, obligaron a Perón a recurrir a una dirección colegiada que llevara
adelante las huestes femeninas. En 1954, Delia Parodi asumió como presidenta y debió salvaguardar el espacio
ganado por las mujeres que tanto los integrantes del PP como de la CGT, ansiosos, querían aprovechar.
En sus últimos años, el peronismo experimenta un lento, sinuoso, confuso y pronto truncado proceso
de institucionalización de las tres ramas, que cobra, incluso, una fuerza simbólica. Esta integración se reflejó en
la asignación de cargos en las Cámaras. En 1953, Delia Parodi fue nombrada vicepresidenta primera de la Cámara
de Diputados, una de las primeras mujeres en el mundo en ocupar un cargo de tan alto nivel.20 El presidente era
Antonio J. Benítez, por el PP; el vicepresidente segundo, José Tesorieri, por la CGT. En forma simultánea, en el
Senado, Ilda Leonor Pineda de Molins ocupó el cargo de vicepresidenta segunda, también primera mujer en ocupar
ese cargo. La presidencia provisional la ocupó Alberto Iturbe y la vicepresidencia primera, Juan Antonio Ferrari,
por la rama política y gremial respectivamente. Durante la campaña electoral para la vicepresidencia de Alberto
Tesaire, el candidato recorrió el país entero junto al delegado general de la CGT, Vuletich, y a Delia Parodi. Los
tres aparentaban tener la misma jerarquía política y daban la pauta de ser las cabezas visibles de los tres sectores,
aunque Tesaire, en tanto vicepresidente de la Nación, tenía otras prerrogativas.
El PPF, a diferencia del PP, se organizó a partir de una táctica política de penetración territorial con-
sistente en un “centro” que controlaba, estimulaba y dirigía el desarrollo de la periferia; es decir, la constitución
de los mandos locales e intermedios del partido. Este tipo de desarrollo organizativo implica –por definición, y
siguiendo a Panebianco– la existencia de un “centro” suficientemente cohesionado desde los primeros pasos de
la vida del partido. Con esta estrategia de penetrar el territorio, a mediados de octubre de 1949, Evita eligió 23
mujeres, una por provincia o territorio. A diferencia de lo que sucedió con el partido de los hombres, el PPF se
organizó con una rapidez llamativa, producto del trabajo frenético de Evita, pero también del buen ojo que tuvo
al elegir a sus infatigables colaboradoras.
Eva Perón impidió, con éxito, cualquier posibilidad de línea interna o de formación de caudillas,
como ella las llamaba, a partir de una serie de medidas. De cualquier manera, más allá del control que Eva Perón
ejercía, tampoco estaba en el ánimo ni de las delegadas ni de las subdelegadas formar líneas o facciones que
pudieran remotamente disputarle el poder a Evita; de existir este tipo de nucleamientos, era con el fin de ganar-
se una mayor preferencia de la líder. En definitiva, la única aspiración política que podían tener estas mujeres era
servir a las órdenes de Evita, dejando de lado cualquier tipo de aspiración personal, aunque el contacto estrecho
o contar con su confianza y sus bendiciones constituían una aspiración en sí misma.
La naturaleza de este liderazgo generó también diferentes percepciones sobre las prácticas políticas
entre el PP y el PPF. Mientras los hombres “hacían política”, las mujeres se sentían parte de una especie de misión
mística. Esta situación era alimentada por la presidencia del partido, que empleaba un vocabulario rayano al reli-
gioso. Las delegadas –“apóstoles de la doctrina peronista”– predicaban la “verdad peronista”. Las censistas,
imbuidas por este celo misionero, no reparaban en horarios y soportaban extenuantes jornadas de trabajo. Los
lazos de lealtad que unían a la líder con las delegadas y las subdelegadas produjeron una relación política deri-
vada del “estado de gracia”; así, ellas formaban parte de la misión que, según sus seguidoras, la líder estaba des-
tinada a cumplir: salvar a las mujeres y a los humildes.
Hubo una política diferenciada para hombres y mujeres, y sus prácticas en las unidades básicas fue-
ron muy diferentes. Las femeninas fueron el ámbito de socialización y congregación de mujeres peronistas, y for-
maban parte, además, de la táctica política de penetración territorial del PPF. Su composición y jerarquía interna,
sus estructuras edilicias, los estilos de captación de prosélitos eran bien diferentes de los masculinos. El partido
masculino se ajustaba a las formas tradicionales de hacer política: afiliación, discusiones, asados, etc. Las mujeres
apuntaban a la afiliación pero también a la capacitación y la ayuda social. Si bien se las interpelaba en tanto
madres, al mismo tiempo se las convocaba a participar activamente fuera del hogar, sin descuidar sus deberes
femeninos y potenciando su rol desde la unidad básica con tareas domésticas. Sin lugar a dudas, se encaró una
tarea netamente política, por más que se la intentara teñir con otros aditamentos y que la misma Evita –proba-
blemente sabiendo las resistencias que provocaba– buscara disimularla llamándola sólo “acción social”.
El ingreso de hombres estaba prohibido en estos gineceos modernos. Este celo buscaba impedir cual-
quier injerencia del PP en el PPF y al mismo tiempo para resguardar la reputación de las mujeres. El PPF buscó
movilizar e incorporar a la vida política a las mujeres como grupo social específico, más allá de sus condiciones de
clase. No era ésta una tarea sencilla, y comenzó a tallar un discurso artificioso18 que, con arte y habilidad, a través
de la sutileza generaba cautela. En él se intentó suavizar el impacto que provocaría su ingreso en la vida política:
así, las mujeres no estaban en un partido sino en un movimiento; no se las afiliaba, se las censaba; ellas no hacían
política sino acción social. La principal función de las mujeres, siempre, era ocuparse del hogar; sin embargo, las fun-
ciones partidarias y políticas muchas veces prevalecieron sobre las hogareñas. Lo cierto es que estaban convocadas
a afiliarse a un partido justamente para hacer política en una organización celular partidaria, llamada unidad básica
femenina: una “prolongación del hogar”.
¿El treinta y tres por ciento?
El PPF contó con una estructura política propia, compuesta por una Comisión Nacional que comenzó
a funcionar dos años después de su creación y de la que Evita era presidenta, pero que en los hechos carecía de
poder. El PP masculino tenía también su propia estructura organizativa, el Consejo Superior del PP (CSPP), del que
formaban parte Evita y Perón, por supuesto. Sin embargo, el CSPP no tenía ningún tipo de injerencia sobre el PPF,
18 Carolina Barry, Evita Capitana, op. cit., p. 248.
19 Democracia, 24 de febrero de 1951.
20 Marta Raquel Zabaleta, O Partido das Mulheres Peronistas: história, característica e conseqüencias (Argentina 1947-1955), San Pablo,
Estadual de Maringá , 2000, p. 15.
CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA
CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955)
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
240
Consideraciones finales
Una de las características del peronismo es la de haberse constituido como integrador de los sectores
antes ausentes de la escena política. La integración política de los trabajadores fue posible gracias a la formación del
Partido Laborista y luego del PP; y de las mujeres, a través de la sanción la Ley de Sufragio Femenino y la creación
del PPF. Sin embargo, los sumó separados, producto de varias circunstancias. Por un lado, el conflictivo escenario
que presentaba el PP en sus años iniciales hacía casi impensable integrarlas en dicha estructura; por otro, y simul-
táneamente, el ascendente papel protagonizado por Eva Duarte de Perón como una dirigente política poderosa.
Su liderazgo, la inexperiencia política de las mujeres y la difícil situación imperante en el PP, llevaron a la confor-
mación de un partido político singular que como tal funcionó poco más de dos años.
El PP nació a partir de una coalición heterogénea cuyo fin político era la lucha electoral que llevaría
a Perón a la presidencia de la Nación. En cambio, el PPF nació como rama de este partido originario, pero con dos
fines: encauzar la emergente movilización política de las mujeres, que aún no habían votado y lograr la reelección
de Perón para la segunda presidencia.
El peronismo político, luego de conflictivas instancias organizativas, quedó constituido por el PP, el
PPF y la CGT. Las tres fuerzas eran independientes unas de las otras, pues en lo inmediato se ocupaban de sectores
diferentes y de problemas distintos, aunque persiguieran los mismos objetivos generales. La acción política se
comenzó a desplegar en conjunto con los presidentes de las tres ramas. La posibilidad de crear una organización
que pudiera contener la diversidad social y política de los integrantes se resolvió apelando al reconocimiento de
sus diferencias. Pero también, a la aceptación de los nuevos liderazgos que surgieron en el seno del peronismo.
El Partido Laborista y el Renovador fueron desapareciendo y su lugar fue ocupado por los sindicalistas, los polí-
ticos y las mujeres.
BIBLIOGRAFÍA
AMARAL, Samuel, “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”, en Boletín de la Academia
Nacional de la Historia, Buenos Aires, 2009, en prensa.
BARRY, Carolina, Barry, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, Eduntref, 2009.
FAYT, Carlos, La naturaleza del peronismo, Buenos Aires, Virachocha, 1967.
GAY, Luis, El Partido Laborista en la Argentina. La historia del partido que llevó a Perón al poder, Buenos Aires,
Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1999.
LUNA, Félix, El 45. Crónica de un año decisivo, Buenos Aires, Sudamericana, 1971.
MACKINNON, María M., Los años formativos del Partido Peronista., Buenos Aires, Instituto Di Tella-Siglo XXI, 2002.
MORA Y ARAUJO, Manuel e Ignacio Llorente (comps.), El voto peronista. Ensayos de sociología electoral argen-
tina, Buenos Aires, Sudamericana, 1980.
PANEBIANCO, Ángelo, Modelos de Partido, Organización y Poder en los Partidos Políticos, Madrid, Alianza
Universidad, 1990.
TORRE, Juan Carlos, La vieja guardia sindical y Perón: sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana-
Instituto Di Tella, 1990.
ZABALETA, Marta Raquel, O Partido das Mulheres Peronistas: história, característica e conseqüencias (Argentina
1947-1955), San Pablo, Estadual de Maringá , 2000.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
243
Excluir al peronismo (1955-1966)
Desde la óptica de la institución militar, la relación de las Fuerzas Armadas con Juan Perón y su movi-
miento entre 1955 y 1976 atraviesa dos ciclos. El primero abarca desde aquella fecha hasta 1966, y el segundo
comienza con la Revolución Argentina, que desemboca en el regreso del justicialismo al gobierno luego de su larga
proscripción. El lapso iniciado en 1955 encuentra en las Fuerzas Armadas diferencias internas en torno a qué hacer
con el peronismo, sobre la base de un acuerdo común: construir un orden político que excluya al jefe del movimiento.
El golpe de Estado que desaloja a Perón de la presidencia encuentra dos posiciones respecto de su
movimiento. Bajo el general Eduardo Lonardi, el peronismo podía formar parte del nuevo régimen, así, el día de
su asunción, dos dirigentes sindicales Andrés Framini y Luis Natalini ocupan el palco junto a él.1 El primer proyecto
de un peronismo sin Perón dura escasos dos meses, pues las Fuerzas Armadas no están dispuestas a permitir su
participación en la arena política. De ahí que su sucesor, el general Pedro E. Aramburu, inaugure el proceso de des-
peronización, fundado en la represión del movimiento. Pero el desencuentro en el interior de las Fuerzas Armadas
acerca de qué hacer con el peronismo va en paralelo a otro, en el interior de la clase política; me refiero a la división
del radicalismo. Como resultado de esa escisión, en la UCRP con Ricardo Balbín a la cabeza, y en la UCRI coman-
dada por Arturo Frondizi, se rompe el pacto de proscripción, cuando Perón y Frondizi firman el pacto de Caracas.
Frondizi alcanza, con los votos peronistas, la presidencia de la República, con una propuesta de
reconstrucción del orden político, más cercana a la de Lonardi: un peronismo sin Perón. Las Fuerzas Armadas, al
igual que la UCRP, no están dispuestas a perdonar al presidente intransigente su traición.2 Sus virajes en relación
al peronismo llevan a que su gestión se vea jaqueada por la treintena de “planteos” militares hartos nombrados.
Vetar el triunfo de la fórmula Framini-Anglada en la provincia de Buenos Aires, constituye la prueba del infortu-
nio de sus maniobras para usar al peronismo a favor de la acumulación de poder en sus manos.
El malogrado plan de Frondizi obliga a la institución militar a rediscutir la proscripción del peronismo.
El enfrentamiento entre azules y colorados, bajo el interregno de José M. Guido, refleja ese desencuentro en el interior
de los hombres armados. Los dos bandos encierran perspectivas diferentes sobre el peronismo, que se ensambla
1 Tulio Halperin Donghi, La democracia de masas, Buenos Aires, Paidós, 1986.
2 Catalina Smulovitz, Oposición y gobierno: los años de Frondizi, tomos I y II, Buenos Aires, CEAL, 1988; en este trabajo la autora desarrolla
la relación entre la UCRP y la UCRI durante el gobierno de Frondizi, mostrando las posiciones contestatarias de la primera.
Las Fuerzas Armadas en misión imposible:
un orden político sin Perón
MARÍA MATILDE OLLIER
UNSAM / UBA
Malanca, José. S/título, 1951. Óleo, 84 x 98 cm.
1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y
MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO.
LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE
LAS FUERZAS ARMADAS
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA
EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
6
CAPÍTULO
245244
remite a la ciudadanía y al tipo de participación plebiscitaria que acompañó la actividad política, que implicó
aprobación, o no, de propuestas antes que participación en las decisiones.10
La peculiar y decisiva intervención de los hombres armados en la vida pública encuentra entonces en
el reverso de la moneda, el desprestigio de los políticos, la debilidad partidaria, el peso de los caudillos, el escaso
desarrollo de la participación y el descrédito de la democracia. Si a ello añadimos la forma particular en que la eco-
nomía y la política se han interconectado a través de la figura del Estado,11 las Fuerzas Armadas desde el Estado
garantizan la construcción de la nación, su conservación histórica y los aspectos que demandan cambios. Ésta es su
situación con la llegada de la Revolución Argentina.
La fundación de un nuevo orden (1966-1971)
La serie de experimentos fracasados para construir un orden político en medio de un mundo bipolar
conduce a las Fuerzas Armadas a un ensayo inédito: hacerse cargo del Estado para cambiar la estructura econó-
mica argentina en su primer tiempo, la social a continuación y, finalmente, iniciar el último tiempo, el político.
Con el sindicalismo pero sin el peronismo, o con un sindicalismo no peronista. De otro modo ¿cómo se explica la
presencia de Augusto Vandor en el palco junto al general Juan C. Onganía el día de su asunción? Pero despero-
nizar al sindicalismo va a constituir, para las Fuerzas Armadas, una misión imposible. Con la Revolución Argentina
comienza el segundo ciclo o la segunda respuesta a qué hacer con el justicialismo. De ahí que los tres recambios
presidenciales, Juan C. Onganía, Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse, expresen los avatares para lidiar con el pero-
nismo, incluido Juan Perón, a partir de 1968.
El arribo de Onganía goza de un consenso que le permite transitar sin mayores sobresaltos sus pri-
meros dos años de gestión. A partir de allí una inédita dinámica social contestataria comienza a jaquear el pro-
yecto de los tres tiempos planteados por el Presidente. En este nuevo escenario participan, además, un sindicalismo
dividido entre el gobierno y Perón, una guerrilla urbana con capacidad para incidir en la marcha de la política, par-
tidos que enfrentan el fracaso de la proscripción y la creciente influencia de Perón. No obstante, Onganía man-
tiene su intransigencia frente al peronismo, y su líder, e intenta acercamientos tácticos hacia las figuras sindicales
(participacionistas) más propensas a su estrategia.
El año 1969 es testigo de una violencia social y armada que pone al gobierno ante un dilema: ¿cuánto
más puede prolongarse el primer tiempo? El “Cordobazo” prefigura la caída de Onganía y simboliza “una revuelta
aunque organizada no coordinada a nivel nacional, con nuevos líderes, capaz de atraer y combinar sectores sociales
y políticos diversos, dirigida no sólo contra el régimen militar sino objetando y obviando a las direcciones tradi-
cionales del movimiento obrero y de las fuerzas políticas”.12 El clima de efervescencia popular, que tiene como
epicentro al interior del país, al ser reprimido desde el Estado, favorece las posibilidades de Perón de incidir en la
política nacional. A ello se suma el secuestro de Aramburu, por parte de Montoneros. Sin embargo, Perón evalúa que
no están dadas las condiciones para su regreso, dada la dispersión peronista, donde el sindicalismo, luego de los ase-
sinatos de Vandor y de Alonso, todavía oscila entre acordar con Onganía o con el viejo conductor.
Pero el tiempo del Presidente se ha agotado pues resulta incapaz de profundizar el proyecto original.
El recambio obedece al desprestigio alcanzado por Onganía, a su falta de flexibilidad política frente a circunstancias
sociales cambiantes (él cree cabalmente que el viejo sistema de partidos ha muerto) y al temor que infunde, en
los militares, la creciente generalización del descontento social y el auge de la guerrilla. De ahí Levingston, y su
visión sobre el proceso electoral como “la culminación de una etapa en la que todos intervengan activamente”,13
es decir, en un horizonte lejano, para lo cual precisa consenso. En ese marco se comprenden varios de sus gestos.
Realiza un guiño hacia las juventudes rebeldes, para aislarlas de los grupos armados, y afirma que “la
estabilidad no implica que se adopten medidas antinacionales”.14 Aldo Ferrer propone un programa económico
asentado en el “compre nacional” y en la reducción de préstamos a ciertos consorcios exportadores, entre otras
medidas. Como parte de su promesa electoral efectúa una serie de consultas a referentes políticos y otorga algunas
10 Vicente Palermo, “Democracia interna en los partidos: las elecciones partidarias de 1983 en el radicalismo y justicialismo porteños”,
en Hombre y sociedad, Nº 4, Buenos Aires, IDES, 1986.
11 Juan Carlos Portantiero, “La crisis de un régimen: una mirada de retrospectiva”, en José Nun y Juan Carlos Portantiero, Ensayos sobre
la transición democrática en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987.
12 María Matilde Ollier, Golpe o Revolución. La violencia legitimada, Argentina 1966/1973, Buenos Aires, UNTREF, 2005, pp. 40- 41.
13 Revista Periscopio, N° 40, 23 de junio de 1970.
14 Ibid.
ahora con la cuestión comunista. Si para los azules el peronismo constituye el freno al comunismo, para los colo-
rados, el movimiento popular resulta una puerta abierta que lo invita a pasar. El triunfo de los azules paradóji-
camente es seguido por la victoria de un presidente partidario de la facción adversaria, Arturo Illia. Qué hacer con
el peronismo que continuaba siendo un problema insoluble para las Fuerzas Armadas.
Rasgos del régimen político post 1955
La imbricación entre civiles y militares en la democracia argentina comienza en 1930, principalmente
a partir de que el general Agustín P. Justo resulta electo presidente. De ahí que para comprender las posiciones
de las Fuerzas Armadas luego de 1955 se requiera entender los rasgos del régimen político del cual forman parte.
De este modo, propondré hacer un breve desvío, a partir de cinco consideraciones, con el fin de mostrar esa imbri-
cación civil-militar que termina con la decisión de la Fuerzas Armadas de hacerse cargo del Estado argentino en 1966.
La configuración del espacio de la política hacia la década de 1960, primera consideración, se carac-
teriza por lo militar como constitutivo del campo y de la cultura política. Ello significa la presencia concreta de
los hombres de las Fuerzas Armadas en el gobierno de la República –con o sin consenso popular–, arriesgando en
la premisa la inclusión de Perón durante el lapso 1943-1955. Esto implica asimilar lo militar con lo popular al quedar
selladas, en Perón, dos figuras: trabajador y general. Perón encarna la unión Pueblo-Fuerzas Armadas. Semejante
colocación histórica funda una esperanza: la eventualidad de su repetición en algún otro general. ¿Qué representa
Lonardi acaso? Con este trasfondo, al confiar a los militares, luego de 1959, la tarea de garantes, ya no de un deter-
minado proceso político-institucional sino de la civilización misma, se los sitúa por encima de la sociedad y se intro-
duce la necesidad de una violencia organizada en la textura del pensamiento y de la acción política. De ahí que la
guerrilla peronista refuerza el posible ensamble peronismo/comunismo. De ahí que “el estudio de esa nueva forma
de guerra, la lucha contrarrevolucionaria, ocupó en adelante un lugar preferencial en la formación de los oficiales”.3
Guerra y política van de la mano en la conservación del orden doméstico. La institución militar, al tiempo que se
entrena para gobernar el país se prepara para derrotar al enemigo interno. En esas condiciones llegan a 1966.
Ahora bien, lo militar como constitutivo del campo político se une de manera diferente, he aquí la
segunda consideración, al descreimiento de las potencialidades de la democracia y de la política en tanto proce-
dimientos, cuyas consecuencias fueron que los miembros de las elites construyeron sus alianzas en un terreno sin
ley. A aquella desconfianza contribuyó la incapacidad de los partidos para ser mediadores del conflicto social,
para convertirse en los protagonistas centrales de la vida política,4 para reconocerse entre ellos como interlocu-
tores y por lo tanto conformar un sistema de partidos como tal,5 pese a su precariedad institucional.6 Estas carencias
no impiden, sin embargo, descubrir su fortaleza individual,7 su peso desde el punto de vista electoral,8 y la con-
siderable incidencia de los caudillos. Siendo ellos, Balbín, Frondizi, Alende, Perón, quienes junto con otras figuras claves
de las corporaciones armada y sindical (Augusto Vandor, José Alonso, Lorenzo Miguel, José Rucci, Alejandro Agustín
Lanusse, Pedro Eugenio Aramburu, entre otros) negocian, pero también disputan, la articulación de una opción
política de salida a la grave crisis por la que atraviesa el país al iniciarse los años setenta.
En esta configuración política, cuarta consideración, la figura de Perón adquiere un lugar singular.
Sigal y Verón sostienen que existe una ausencia de la figura de Perón.9 Sin embargo a partir de 1969 semejante
ausencia halla en contrapartida una fuerte presencia de su imagen y las frecuentes visitas que recibe de activos
dirigentes, lo cual le permite negociar, proponer o rechazar acciones políticas. Por todo esto, su ausencia física halla
la presencia de quienes invocando una identidad peronista influyen o condicionan la actividad política concreta. Por
lo tanto, desde mi perspectiva, Perón está y no está dentro de la escena política argentina. La quinta consideración
3 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1978, p. 158.
4 Liliana de Riz, “Partidos políticos y perspectivas de consolidación de la democracia: Argentina, Brasil y Uruguay”, en Documento de
trabajo, Nº 2, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, 1987.
5 Andrés Thompson, “Los partidos políticos en América Latina. Notas sobre el estado de la temática”, en Documento de trabajo, CLACSO-
CEDES, s/f.
6 Oscar Landi, “La trama cultural de la política”, Buenos Aires, CEDES, 1987, mimeo.
7 Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y Democracia (1955-1983), Buenos Aires, CEAL, 1983.
8 Oscar Landi, op. cit.
9 Silvia Sigal y Eliseo Verón, Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómenos peronista, Buenos Aires, Legasa, 1986.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
247246
hostil al gobierno. Con lo cual la cuarta condición tampoco se cumple. Finalmente el clima antimilitar fomenta las
divergencias dentro de las Fuerzas Armadas.
Como consecuencia del fracaso de este plan, el Presidente se encuentra ante una nueva preocupación:
conducir una transición que permita salvar la imagen de la institución militar. Frente a un peligro de “desintegración
nacional más acentuado del que supuestamente habrá venido a corregir en junio de 1966”,20 la tarea del gobierno
militar, y por lo tanto la responsabilidad de Lanusse, consiste en garantizar la cohesión de la nación. En esa lógica,
la coherencia interna de las Fuerzas Armadas deviene crucial. Pues si, como advierte Viola, uno de los ejes del orden
social amenazado –cuando la corporación militar se decide a iniciar la apertura democrática– es su propia posición
en la estructura institucional, Lanusse no ignora que la unidad de las Fuerzas Armadas se transforma en una misión
a cumplir. Un enfrentamiento interno arriesgaba la integración nacional.
Las razones, entonces, que alimentan la salida democrática son la necesidad de derrocar a la guerrilla
y la premura por apaciguar la disconformidad evidente frente al gobierno militar. En este sentido, los motivos que
promueven la salida democrática se combinan en la percepción de Lanusse: si el pueblo y la guerrilla se encuentran
en una actitud adversa a las Fuerzas Armadas, existe el riesgo de que esta oposición se articule en torno a Perón.
Es decir, el viejo caudillo se convierte en el único actor político en condiciones de articular el pueblo y la guerrilla.
Por la misma razón, también resulta el único capaz de separarlos. Pero además una salida democrática avalada
por Perón puede conciliar al pueblo con las Fuerzas Armadas. En consecuencia, Perón debe ser ganado para este
proyecto: la inclusión del peronismo, vía Paladino, en La Hora del Pueblo configura una prueba de Perón reco-
nocido como interlocutor legítimo del régimen militar y de los dirigentes políticos
De ahí que a los nueve días del nuevo gobierno, Arturo Mor Roig, ministro del Interior, proclama que la
prohibición política partidaria ha concluido. Sin duda, el período abierto por Lanusse se encuentra signado por
la firme determinación de institucionalizar el país. Tarea para la cual se convoca, de manera abierta, a todos los sec-
tores políticos y de forma encubierta a Perón. La incógnita a despejar, aun para el nuevo presidente, remite al
lugar público que ocupará el líder justicialista en la naciente etapa; lugar cuya construcción final dependerá, entre
otras cosas, de las posibilidades y de la voluntad política del anciano líder y de las circunstancias de toda índole
que acompañen el camino recién inaugurado.
Sin embargo la decisión ha sido tomada; por esos días se anuncia la disposición gubernamental de
negociar con Perón su retorno legal a la vida política, a partir de proscribir las causas penales y proceder a la devo-
lución de sus prerrogativas ciudadanas. La apertura del gobierno y su intento de acercamiento a diferentes sec-
tores claves del país se manifiesta además en el campo socioeconómico. Son derogadas las restricciones que afectan
el libre funcionamiento de las negociaciones colectivas de trabajo.
Como era de esperar, la designación de Mor Roig origina posiciones encontradas dentro de la Unión
Cívica Radical. Desde Córdoba, Arturo Illia, entre otros, pide, en un primer momento, su expulsión para moderar, más
tarde sus posiciones al solicitar la convocatoria del Comité Nacional. Desde Buenos Aires, Raúl Alfonsín disiente
con la actitud de Mor Roig, si bien deja sentado su acuerdo con el documento, “Que hablen los hechos”, lanzado
por el balbinismo. En cuanto a Ricardo Balbín, su disposición a aceptar el nombramiento de Mor Roig queda sujeta
a que el peronismo cuente con una representación de similar importancia en el Gabinete Nacional.21 Toda una
muestra de hasta qué punto la UCRP acuerda con la incorporación del peronismo a una posible salida institucional.
Una apertura, dirigida a las cúpulas partidarias y sindicales delata el callejón de la Revolución Argentina:
convencidos sus miembros de la necesidad de la renovación partidaria requieren acordar con los dirigentes antes
calificados de portadores de la ineficacia y la degeneración del sistema político. ¿Por qué el acuerdo?
nadie debía engañarse sobre cuál era el fondo de la cuestión, porque el fondo de la cuestión no era
si Balbín era o no demasiado veterano para hacer política, o si Américo Ghioldi expresaba o no ideas
anacrónicas. El fondo de la cuestión se llamaba Juan Domingo Perón. Si ese problema no se abordaba
franca, abiertamente, la existencia política de los argentinos seguiría envenenada por un tabú que
acecharía cada uno de sus pasos.22
20 Eduardo Viola, Democracia e autoritarismo en la Argentina contemporánea, tesis doctoral presentada en la Universidad de San Pablo,
1982, p. 265.
21 Alejandro Lanusse, Mi Testimonio, Buenos Aires, Lasserre, 1977, p. 223.
22 Ibid., p. 229.
gobernaciones a civiles. Este ofrecimiento a las fuerzas políticas, sin excepciones, de dialogar comprende al justi-
cialismo, aunque el objetivo de superar la antinomia peronismo-antiperonismo excluye la figura de Perón, a quien
Levingston demanda un renunciamiento histórico para pacificar el país. A su vez el gobierno anuncia que evitará
la intervención en el mundo sindical, ya que ésta ha producido distorsiones más que soluciones. Esta decisión
gubernamental recibe una buena acogida en las huestes sindicales que allana el terreno para la negociación ya que
se “reconoce en las Fuerzas Armadas uno de los aliados naturales de la gran empresa que el pueblo argentino está
llamado a protagonizar”.15
Sin embargo, los estallidos sociales se reiteran y vuelven a tener su epicentro en Córdoba (el “Viborazo”),
e influyen en el ánimo de importantes militares. “Las Fuerzas Armadas son una carga necesaria de todas las naciones
capitalistas o socialistas. Habrá una solución constitucional en plazo breve”.16 Por lo tanto, las razones de la separación
de Levingston de la presidencia obedecen a “su posición reacia a la institucionalización del país y a su incapacidad
para promover una alternativa de salida a la crisis”.17 El General personifica el segundo fracaso de la Revolución
Argentina: cada vez resulta más claro la misión imposible que significa continuar con la proscripción del peronismo.
Pero además, la proscripción no sólo fracasa en borrar al peronismo del mapa político argentino, sino que, a partir
de 1971, comienza –paradójicamente– a tornar cada vez más imprescindible a Perón.
El “Gran Acuerdo Nacional” entre Lanusse y Perón
El fracaso de Levingston conduce a otro recambio gubernamental, el jefe del Ejército, general Alejandro
A. Lanusse se hace cargo de la presidencia. Siguiendo a O’Donnell, Lanusse se plantea ser el presidente de la transi-
ción; en ella “los partidos volverían a escena, sin proscripciones ni limitaciones, salvo las de tener que acordar los tér-
minos del ‘Gran Acuerdo Nacional’ (GAN) con grandeza capaz de ‘renunciamientos’ –de candidaturas presiden-
ciales–”.18 Para O’Donnell tanto los antiperonistas, como la gran burguesía deberían ceder –los primeros acep-
tando un lugar protagónico e institucionalizado del peronismo y de Perón, y los segundos admitiendo la apertu-
ra de un período de “sensibilidad social” capaz de aliviar las tensiones existentes–. El prestigio que alcanzaría Lanusse
en una situación como la supuesta daría pie para luego lanzar su candidatura, con gran chance, cuando se con-
vocara a elecciones presidenciales. En ese trato entrarían los sindicatos pero también las Fuerzas Armadas, que
comenzarían a aparecer como las garantes de la transición democrática. “Si por alguna razón las partes no lo acep-
taban ellas no lanzarían al país a un ‘salto al vacío’; en este caso ocurriría un nuevo golpe que postergaría por largo
tiempo cualquier salida democrática.”19
En esta versión, Perón tenía que desligarse de la guerrilla, del sindicalismo radicalizado y de los sectores
no moderados del peronismo. Ésta era una primera condición. A cambio se devolverían a Perón su grado militar
y las compensaciones económicas negadas desde 1955. Si Perón acordaba, debería cumplirse otra condición, que
ambas calmaran el ánimo popular. Para lo cual se hacía necesaria una tercera condición: que no empeore la situación
económica. En cuarto lugar, no debía crearse un clima hostil al gobierno y, finalmente, las Fuerzas Armadas pre-
cisaban apoyar el proceso a lo largo de los avatares que atravesara. Según O’Donnell sólo se cumple la última
condición. Pues entre marzo de 1971 y 1973 los conflictos sociales y la actividad guerrillera aumentan; la situación
económica se descontrola y la figura de Lanusse se deteriora, sobre todo en el frente militar (a raíz del malestar que
continuaba en el país).
Entre las condiciones, planteadas por O’Donnell, existe una de índole subjetiva: las palabras y las acciones
de Perón. Las otras no dependen de la voluntad de una sola persona (la calma popular y el mejoramiento de la
situación económica). El desligamiento de Perón de los sectores rebeldes pertenece al primer condicionamiento
pensado por Lanusse, que es fundamental y que no se cumple, al tiempo que alimenta la vida de los otros. Pues Perón
al animar la guerrilla colabora para volver más amenazante la protesta. A su vez la guerrilla, los jóvenes rebeldes,
el sindicalismo radicalizado y la revuelta civil configuran una serie de factores que dan imagen de una atmósfera
15 Primera Plana, N° 410, 8 de diciembre de 1970.
16 General López Aufranc, en Primera Plana, Nº 425, 23 de marzo de 1971. En el mismo sentido se expresa Gnavi “las Fuerzas Armadas
no van a contradecir la promesa de institucionalizar el país” (ibid).
17 María Matilde Ollier, op. cit., p. 109.
18 Guillermo O’Donnell, El Estado burocrático autoritario, 1966-1973. Triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982, p. 370.
19 Ibid., p. 371.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
249248
Lanusse, los aísla, para lo cual promulga una ley que los diferencia del resto de los actores civiles (la Ley de
Represión del Terrorismo, número 19.081, como parte de la Ley de Defensa Nacional) y constituye una Cámara
Federal en lo Penal para juzgar exclusivamente delitos de terrorismo. Es decir, mientras Perón los pretende con-
fundir con el movimiento y la oposición al régimen, Lanusse, al tiempo que le resta oportunidades a líder justi-
cialista, los aparta. En este sentido para el jefe militar se hace necesaria la presencia de Perón en el país pues esto no
le permitiría bendecir a Montoneros y a los sindicalistas al mismo tiempo, porque la juventud contaba con planes
propios y porque Perón respaldaría estructuras más sólidas como los sindicatos y las unidades básicas.27
El desafío lanzado por Lanusse desde el Colegio Militar a Perón, permite al líder justicialista “acordar
sin que se note”. Sabiendo que su candidatura no será posible, como tampoco la del jefe militar, Perón da a conocer
el documento “Bases mínimas para el Acuerdo de construcción nacional” en el que realiza un evidente acerca-
miento a las Fuerzas Armadas colocándolas como garantes de la transición democrática. El Presidente expresa la
necesidad de terminar con el “mito Perón”. De allí que declara en sus memorias que “mi intención, muy clara, era
que Perón volviera para terminar de una buena vez con el mito, para demostrar que iba a volver y no iba a pasar
nada en el país y que volviera, en lo posible, condicionado por las Fuerzas Armadas”.28 De todas maneras y a pesar
de la presión en contrario, Perón nunca se pronuncia contra sus formaciones especiales.
Hacia octubre de 1972, se torna evidente el acuerdo entre los dos generales y el 17 de noviembre, Perón
retorna al país dejando clara su posición “por si mi presencia allí puede ser prenda de paz y entendimiento”.29 Perón
ha aceptado su proscripción. Lanusse obtiene una retirada militar honrosa, dejando que Perón resuelva las dife-
rencias internas del movimiento. La estrategia de Lanusse resulta exitosa, ya que logra –en un contexto altamente
conflictivo– un acuerdo general, respaldado por las Fuerzas Armadas, los partidos, los sindicatos y el propio líder
exiliado. El Acuerdo Nacional que durante años se busca entre las figuras más importantes del período, finalmente
lo llevan a cabo Lanusse y Perón. Sus pilares básicos radican en salvar a las Fuerzas Armadas en medio del proceso
de desprestigio ciudadano que han alcanzado y terminar con la guerrilla. La democracia, en ese sentido, opera como
el instrumento necesario para el cumplimiento de estos dos objetivos. Lanusse, en forma velada, construye a Perón
como aliado, y así se desenvuelven los últimos años de la Revolución Argentina.
El espiral de violencia lejos de detenerse se agrava desde la vuelta del justicialismo al gobierno y se
traza, así, la ruta hacia el regreso de las Fuerzas Armadas al poder. En vida de Perón su propuesta presidencial fue
renovar la relación entre civiles y militares sobre la base del “profesionalismo neutro”. El general Anaya, comandante
en jefe del Ejército nombrado por Perón, comparte esta visión con el caudillo, es decir, la no participación de las
Fuerzas Armadas en política. Pero bajo la presidencia de Isabel Martínez, López Rega reemplaza a Anaya por el
general Numa Laplane, y con ello triunfa el profesionalismo integrado, es decir, la participación de las Fuerzas
Armadas en la política. Este hecho acompaña la intervención del Ejército en Tucumán para combatir la guerrilla
y la circular firmada por Luder ordenando a las Fuerzas Armadas aniquilar la subversión. Comenzaba entonces para
el gobierno peronista la cuenta regresiva. Luego de la primera amenaza golpista, en agosto de 1975, el general Jorge
R. Videla reemplaza a Numa Laplane y el 18 de diciembre se levanta la aeronáutica, en Morón y en Aeroparque,
bajo el mando del brigadier Capellini.
En medio del desbarranque económico y el vaciamiento de la política, el gobierno utiliza el poder
del Estado para organizar y mantener sus escuadrones parapoliciales mientras distintos grupos, de izquierda a
derecha del espectro político, confrontan violentamente. En esa lógica terminan involucradas las Fuerzas Armadas,
en la que algunos de sus miembros resultan incluso víctimas de la Triple A.30 La imbricación entre civiles y militares
para resolver la construcción del orden político volvía, otra vez, a desplegarse en la escena argentina.
27 Primera Plana, 6 de julio de 1971.
28 Alejandro Lanusse, op. cit., p. 231.
29 Juan D. Perón, “Mi Regreso”, en Nueva Plana, Nº 4, 14 de noviembre de 1972.
30 En marzo de 1975, la Triple A asesinó al coronel Rico, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, que estaba investigando los escua-
drones parapoliciales de extrema derecha.
Por lo tanto, el clima de apertura se vincula de manera directa al intento de entablar conversaciones
con Perón. En ese marco se explican las palabras de Paladino, en abril de 1971: “El retorno de Juan Domingo Perón
a la Argentina va a ser un hecho. Actualmente se están dando las condiciones propicias para su vuelta al país. Y se
están dando en forma acelerada”.23
De todas maneras, la pulseada entre Lanusse y Perón tenía un final abierto, más allá de las intenciones
y posibilidades de cada caudillo. Por eso las siguientes palabras de Mor Roig, pronunciadas poco tiempo después de
aquellas de Paladino, expresan esa puja pese a ir en la misma dirección:
Yo creo que se han alentado muy falsas expectativas, con buena o con mala intención. Si queremos
pensar con un poquito de sensatez comprenderemos que en estos momentos el retorno de Perón a
la Argentina podría resultar un elemento irritativo y no un elemento de pacificación [...]. No están
dadas las condiciones... Recién se está en el proceso para el logro de la pacificación nacional que abriría
esa posibilidad.24
No están dadas las condiciones supone dos cuestiones: que todavía no hay acuerdo entre las elites y
que una transición debe ser controlada por el gobierno.
Si se comparan las declaraciones de Mor Roig con las de Paladino, cuando expresa que Perón ansía
volver cuanto antes, aunque “eso no significa que sea hoy”25 se ve que un campo de acuerdos comienza a dibujarse.
La certeza de incluir a Perón en el proceso de acabar con la Revolución Argentina no resuelve la incógnita acerca
de la manera en la que arribar al final de ese proceso. Lanusse piensa una estrategia electoral capaz de incluir la
presencia de Perón, ya que advierte que no hay resolución feliz sin el líder justicialista como interlocutor. Es decir,
el propio Perón debe legitimar la institucionalización, justamente porque su candidatura precisaba ser proscripta.
En síntesis, la estrategia de Lanusse se dibuja claramente: legalizar el peronismo en vistas a la institucionalización
democrática, proscribir el nombre de Perón en la fórmula peronista, y conseguir que éste lo legitime.
Para ello comprende que debe incluir al sindicalismo:
La estrategia del gobierno no podía consistir solamente en una reconciliación entre los militares y los
políticos o un sondeo con Perón. Yo comprendí desde el primer momento que no podía descuidar a
sectores de esencial importancia para la vida nacional –como el movimiento obrero organizado– ni
podía dejar de recordar que el sindicalismo había recibido importantes estímulos durante las ante-
riores etapas de la Revolución Argentina. Hubiera sido insensato para todos, aun para los partidos,
hacer ver que el retorno de los políticos llevaba a su desplazamiento. Hubiera sido, además, desco-
nocer la realidad.26
El general proscripto ha tomado, también, frente a Lanusse una decisión inequívoca: impedir que
Lanusse sea el candidato de cualquier transición, ya sea por medio de un gobierno de coalición o alguna fórmula
semejante. Sin embargo, para llevar adelante sus planes, Perón encuentra obstáculos dentro de sus propios segui-
dores: el sindicalismo continúa más apegado al Estado que a los intentos por modificar el régimen político. El per-
sonal político del peronismo tiene cierto peso en el nivel de las relaciones interelites –de ahí el relativo éxito de
Paladino durante un período prolongado de tiempo–, pero carece de capacidad para movilizar. Por este motivo Perón,
además de verse favorecido, objetivamente, por la rebelión social, cuenta a su favor, de modo exclusivo, para pre-
sionar al régimen y obligarlo a una retirada, con la juventud y la guerrilla, únicos actores que llevan –junto con
los sectores de izquierda y del sindicalismo no tradicional– una oposición frontal al gobierno militar. Porque el
actor juvenil –armado o no– beneficia a su rival, Lanusse persigue, sin éxito, la condena de Perón a la guerrilla;
al mismo tiempo busca diversas maneras de combatirla: discursos, leyes, medidas represivas.
De ahí que la incorporación de las “formaciones especiales” al movimiento peronista no pasa desaper-
cibida para el gobierno. La violencia de la guerrilla se ha convertido en terreno donde Lanusse y Perón disputan
sus posibilidades. Mientras Perón legitima a los partidos armados invitándolos a luchar contra el gobierno militar,
23 Primera Plana, 27 de abril de 1971.
24 Primera Plana, 4 de mayo de 1971.
25 Ibid.
26 Alejandro Lanusse, op. cit., p. 232.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
250
BIBLIOGRAFÍA
Revistas: Periscopio; Primera Plana.
CAVAROZZI, Marcelo, Autoritarismo y Democracia (1955-1983), Buenos Aires, CEAL, 1983.
DE RIZ, Liliana, “Partidos políticos y perspectivas de consolidación de la democracia: Argentina, Brasil y Uruguay”,
en Documento de trabajo, Nº 2, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, 1987.
HALPERIN DONGHI, Tulio, La democracia de masas, Buenos Aires, Paidós, 1986.
LANDI, Oscar, “La trama cultural de la política”, Buenos Aires, CEDES, 1987, mimeo.
LANUSSE, Alejandro, Mi Testimonio, Buenos Aires, Lasserre, 1977.
O’DONNELL, Guillermo, El Estado burocrático autoritario, 1966-1973. Triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial
de Belgrano, 1982.
OLLIER, María Matilde, Golpe o Revolución. La violencia legitimada, Argentina 1966/1973, Buenos Aires, UNTREF, 2005.
PALERMO, Vicente, “Democracia interna en los partidos: las elecciones partidarias de 1983 en el radicalismo y
justicialismo porteños”, en Hombre y Sociedad, N° 4, Buenos Aires, IDES, 1986.
PERÓN, Juan Domingo, “Mi Regreso”, en Nueva Plana, Nº 4, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1972.
PORTANTIERO, Juan Carlos, “La crisis de un régimen: una mirada de retrospectiva”, en José Nun y Juan Carlos
Portantiero, Ensayos sobre la transición democrática en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987.
ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1978.
SIGAL, Silvia y Eliseo Verón, Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista, Buenos Aires,
Legasa, 1986.
SMULOVITZ, Catalina, Oposición y gobierno: los años de Frondizi, tomos 1 y 2, Buenos Aires, CEAL,1988.
THOMPSON, Andrés, “Los partidos políticos en América Latina. Notas sobre el estado de la temática”, en Documento
de trabajo, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, s/f.
VIOLA, Eduardo, Democracia e autoritarismo en la Argentina contemporánea, tesis doctoral presentada en la
Universidad de San Pablo, 1982.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
253
A mediados de los años ochenta, el coronel retirado –hoy fallecido– Ulises Muschietti, me entregó
anotados en una pequeña hoja, con la cuidada caligrafía de los militares de viejo cuño, los nombres de cuatro
oficiales franceses que habían sido los maestros de la primera camada de uniformados argentinos formados en la
Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN): Patrice de Naurois, Robert Bentresque, François Badie y Jean Nouguès.
Fue para mí un hecho inesperado, que agradecí en su momento con aprecio: en esa época había iniciado una
investigación sobre los orígenes de la DSN en la Argentina. Pegué ese trozo de papel en el vidrio de una ventana
contra la que se ubicaba mi mesa de trabajo; me acompañó durante todo el tiempo que duró la pesquisa. Me
apresuro a aclarar, debido a lo que se dirá más abajo, que Muschietti no había sido ni era peronista. Era un hombre
inteligente y tolerante, muy interesado por la historia militar argentina. Con el tiempo, valoré mucho más que
en el momento inicial aquel en apariencia pequeño pero generoso gesto. Encontré allí una punta de ovillo que me
permitió, tirando de ella, corroborar ampliamente la existencia de una influencia francesa en la introducción de
esa doctrina y avanzar en el desarrollo de la ya mencionada investigación.1
Aquella corroboración y su exposición ordenada y sistemática contribuyeron a modificar una hasta
entonces extendida creencia: la de que la DSN había sido introducida en el país con posterioridad a la Revolución
Cubana, por acción de Estados Unidos. En efecto, la constatación de la influencia francesa no solamente vino a
establecer precisiones historiográficas sino que, al correr hacia atrás en el tiempo la filiación del origen de la DSN
en Argentina, otorgó crédito a la opinión de algunos viejos oficiales peronistas pasados a retiro con posterioridad
al derrocamiento de Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955, que afirmaban que la introducción de aquella
doctrina había estado ligada a la voluntad de “desperonizar” el Ejército que animó a la sedicente Revolución
Libertadora. La contigüidad entre ambos hechos –el golpe contra Perón y la renovación doctrinaria– tornó creíble
la opinión de aquellos viejos oficiales, hasta ese entonces prácticamente ignorada en los medios académicos.
Por otra parte, como se sabe, la Revolución Cubana triunfó el 1° de enero de 1959. Las relaciones
entre ésta y Estados Unidos fueron de tensión creciente durante los años finales de Dwight Eisenhower, al punto
de que hacia el final de su mandato presidencial se encontraban prácticamente rotas. Con John F. Kennedy ya en
1 Sus resultados pueden consultarse en mi libro: Seguridad Nacional y Sedición Militar, Buenos Aires, Legasa, 1987. Para esa época exis-
tían sólo brevísimas referencias sobre la presencia francesa, de no más de una docena de renglones, en los textos de Robert Potash,
El ejército y la política en la Argentina 1945-1962, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 429; y Alain Rouquié, Poder militar y sociedad
política en la Argentina 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1982, p. 158.
La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el
Ejército Argentino
ERNESTO LÓPEZ
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA EN GUATEMALA
PROFESOR / INVESTIGADOR UNQ (EN USO DE LICENCIA)
1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y
MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO.
LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE
LAS FUERZAS ARMADAS 6
CAPÍTULO
255254
de una nefasta y trágica historia. Debían también recuperar un control suficiente de las instituciones militares, en
particular del Ejército, que los pusiera a cubierto de sobresaltos. Es que en éste permanecía un apreciable número
de oficiales filoperonistas, aún después del triunfo libertador. Por añadidura, había una también amplia cantidad
de oficiales profesionalistas formados en los marcos de la DDN, que sin ser peronistas se habían amoldado sin
mayores problemas a las políticas de defensa y militar practicadas por Perón. Por otro lado, los golpistas militares
de septiembre constituían un heterogéneo conglomerado que había actuado unido por el objetivo de derrocar a
Perón, pero tenía marcadas diferencias políticas. Estaba integrado por algunos –pocos– peronistas desencantados,
por nacionalistas que habían roto con Perón por diversas circunstancias y liberales, que debido a las intentonas fraca-
sadas previas a 1955 habían quedado reducidos a una mínima expresión aunque estaban muy cohesionados y eran
los que mejor conectaban con el universo político civil que había apoyado el golpe. Las diferencias en el grupo
triunfador eclosionaron cuando el nacionalista general Eduardo Lonardi, jefe de la Revolución y primer presidente
provisional de ésta fue desplazado por un golpe dentro del golpe y reemplazado por el general liberal Pedro
Eugenio Aramburu. Esto demuestra que los triunfadores no las tenían todas consigo. Temían, por añadidura, un
contragolpe que finalmente se concretó aunque no fue exitoso.4 Y tenían que afianzar –especialmente los liberales–
su posición de poder dentro de la institución.
Se estima que a principios de 1956 habían sido pasados a retiro o dados de baja alrededor de1.000 ofi-
ciales filoperonistas, lo que representaba aproximadamente el 20% de la oficialidad activa.5 Un grupo imprecisable,
pero en todo caso no menor al de los purgados, quedó en servicio pero postergados y relegados a destinos sin
importancia. Más preciso es el dato sobre los generales: 63 de los 86 en servicio a mediados de septiembre de
1955 pasaron a retiro en forma casi inmediata. De los 23 restantes, uno fue fusilado y 17 pasaron a retiro a finales
de 1956.6 Está claro que se trató de una limpieza profunda.
Este movimiento se completó con una política de reincorporaciones de personal que había pasado
a retiro o había sido dado de baja por ser responsables o estar involucrados en acciones golpistas contra Perón.
Eran prácticamente todos liberales. En los dos años y medio en que, aproximadamente, los libertadores perma-
necieron en el poder fueron reintegrados: 8 generales (uno de manera simbólica pues ya había fallecido); 27 coro-
neles; 29 tenientes coroneles; 13 mayores; 50 capitanes (dos también de manera simbólica pues habían fallecido);
36 tenientes primeros; 17 tenientes y 7 subtenientes. En total 184, si se descuenta a los fallecidos, lo que repre-
senta aproximadamente un 5% de los que habían permanecido en actividad (vale decir, descontados los purgados).
Prácticamente el 80% de los reincorporados, sin contar a los fallecidos, ascendió al grado inmediato superior. El
50% de los generales de brigada reintegrados ascendió a general de división y también el 50% de lo coroneles
al de general de brigada. Pero el dato que ilustra de modo más elocuente el control institucional que adquirió el
sector liberal vía las reincorporaciones es el siguiente: entre 1955 y 1962, el 73% de los ministros o secretarios de
Guerra fueron oficiales reincorporados, así como el 66% de los comandantes en jefe.7
La Guerra Fría como contexto de la mudanza doctrinaria local
Si bien el final de la Segunda Guerra Mundial alumbró el período signado por el enfrentamiento
entre el Mundo Occidental y el Mundo Comunista, el establecimiento de los parámetros básicos de lo que se
llamó Guerra Fría ocurrió bastante tiempo después de 1945. A la bipolarización, a la paridad atómica y su conco-
mitante equilibrio del terror acompañado del vaciamiento de la posibilidad de victoria entre los contendientes
más poderosos, al evitamiento de la guerra sin por ello vivir en paz, a la conversión de las zonas de influencia de
ambos sistemas de alianza en soterrados o, a veces, abiertos escenarios de desestabilización o de conflicto se llegó
a marcha más bien lenta. En un principio, no obstante los catastróficos resultados de los ataques a Hiroshima y
4 El junio de 1956 se produjo el alzamiento del general Juan José Valle, que fue sanguinariamente reprimido. Fueron fusilados 18 militares,
incluido Valle, y 14 civiles a los que se acusó de estar complotados con los golpistas. Los fusilamientos militares carecieron de sustento
legal aunque se procuró otorgarles alguna validación jurídica; los procedimientos contra los civiles fueron directamente clandestinos.
5 Véase Robert Potash, op. cit., tomo 2, p. 293.
6 Véase Ernesto López, El primer Perón, op. cit., pp. 143 y ss. Estos datos revelan que casi todos los generales nacionalistas que apoya-
ron o acompañaron el golpe habían pasado a retiro a fines de 1956.
7 Para todos los renglones que se acaba de mencionar –reincorporaciones, ascensos y puestos de comando– véanse Ernesto López,
Seguridad Nacional y Sedición Militar, op. cit.., pp. 111 y ss.; y El primer Perón, op. cit., pp. 142 y ss. En tiempos de Frondizi, el cargo
de secretario reemplazó al de ministro.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino
la presidencia –asumió el 20 de enero de 1961– se afianzó en Estados Unidos el temor a la irradiación de aquella
revolución hacia América Latina. En función de esto fueron movilizadas tanto iniciativas de apoyo al desarrollo,
como fue el programa Alianza para el Progreso, enviado para su aprobación al Congreso el 14 de marzo de 1961,
cuanto un redoblado esfuerzo por incidir sobre el control de las Fuerzas Armadas de los países de la región y la
propagación de la DSN. Emblema de esto último fue la Escuela de las Américas, con sede en Panamá, que se con-
virtió en usina de contrainsurgencia. El punto de ruptura definitivo entre ambos –Estados Unidos y Cuba– sobrevino
en abril de 1961, tras el fracaso del intento de invasión contrarrevolucionaria de Bahía de Cochinos.
Entre ambas fechas, 1956 y 1961, medió entonces una diferencia temporal que tornó opaca y/o no
trascendente la inicial presencia francesa, y dificultó la percepción de que la depuración del Ejército posterior al
golpe de septiembre de 1955, había venido acompañada de una renovación doctrinaria que significó, en rigor,
una mudanza. Hasta entonces, regía exclusivamente en las Fuerzas Armadas la Doctrina de la Defensa Nacional
(DDN), que el propio Perón había contribuido a actualizar y a ajustar para el caso argentino,2 convirtiéndola, más
tarde, cuando alcanzó la presidencia, en el paradigma sobre el cual se basaron sus políticas de defensa y militar.
Como se sabe, la DDN de aquellos años postulaba una concepción clásica que concebía a la guerra como conven-
cional y al hecho bélico como emergente de agresiones militares externas, y preveía un despliegue territorial de
fuerzas y una política de formación y adiestramiento en consonancia con esos conceptos. La DSN varió el sentido
del conflicto desplazando la preocupación hacia el control y/o neutralización de la guerra revolucionaria; torció
el foco hacia el enfrentamiento interno iniciando una nefasta deriva hacia la visualización de una subversión
interna a la que elevó a la condición de enemigo principal; modificó las políticas de adoctrinamiento, formación
y adiestramiento, pero mantuvo el despliegue clásico. No clausuró la posibilidad de agresiones militares externas
de carácter convencional, pero las mantuvo en una posición meramente secundaria. Así, la DSN y la DDN coexis-
tieron, podría decirse que yuxtapuestas, en base a un predominio sustancial de la primera, aunque la segunda
continuara proveyendo la estructura orgánica formal del Ejército, con todo lo que ello implicaba en términos de
presupuesto, dimensión del cuerpo de oficiales y del cuadro de suboficiales, servicio militar obligatorio y volumen
de las incorporaciones anuales, despliegue territorial, servicios de apoyo vinculado al anterior, etc.
La acción desperonizadora dentro del Ejército implicó entonces dos movimientos concomitantes: una
depuración (en rigor, una verdadera purga) acompañada de reincorporaciones y una mudanza doctrinaria. Esta
última quedó envuelta, así, en un proceso más amplio que debe ser puesto en un primer plano de consideración
analítica. Pero es también necesario analizar los cambios en el contexto estratégico mundial que trajo aparejado
el conflicto entre Occidente y el Mundo Comunista –para utilizar una vieja retórica– establecido al finalizar la
Segunda Guerra Mundial, cuyo perfilamiento en términos de Guerra Fría comenzó con la Guerra de Corea y recién
se consolidó a mediados de los años cincuenta. El examen de la ventana de oportunidad para la mudanza doc-
trinaria vernácula que propiciaron estos cambios de escala planetaria debe ser también traído al primer plano del
análisis, para comprender acabadamente bajo qué condiciones, cómo y por qué se introdujo la DSN en el Ejército
Argentino.
Desperonización: depuración y reincorporaciones
La Revolución Libertadora llegó impulsada por un afán cancelatorio. El peronismo, aun con sus limita-
ciones e imperfecciones, expresaba una alternatividad económica, política y social –cabe aquí ¿por qué no? recordar
sus tres clásicas banderas: independencia económica, soberanía política y justicia social– que al establishment de
poder, siempre presto a buscar fórmulas de asociación subordinadas al gran capital internacional en desmedro de
posibilidades de desarrollo más armónicas y saludables para el país, y a priorizar su propio beneficio en detrimen-
to de un más equilibrado reparto del ingreso y de la puesta en vigencia de políticas sociales, le resultaba indigerible.3
Con prolijidad y esmero los hombres de aquella Revolución se dieron a la tarea de desmontar el Estado peronista,
de desbaratar su economía, de cancelar por decreto el orden constitucional preexistente a su éxito, de interdictar y
proscribir al peronismo como movimiento político y cultural, de intervenir la CGT, de perseguir a dirigentes y activistas,
y hasta de secuestrar y hacer desaparecer el cadáver embalsamado de Eva Perón que fue, en rigor, la primera desaparecida
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
2 Véase su conferencia “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”; puede consultarse en Juan D. Perón, Perón
y las Fuerzas Armadas, Peña Lillo, Buenos Aires, 1982.
3 He trabajado con cierta amplitud este tema en mi El primer Perón, Buenos Aires, Le Monde Diplomatique-Capital Intelectual, 2009,
pp. 15 y ss.
257256
informado y culto, Rosas se convirtió en al alma de la mudanza doctrinaria. Bajo su influjo, la ESG se convirtió en
la usina del cambio; cuando pasó a desempeñarse como Jefe de Operaciones del Estado Mayor General del
Ejército, destino que ocupó en 1959 –ya con el grado de general– tras dejar la Escuela, completó su labor en el plano
orgánico-operacional.
La ESG tiene como función formar a los oficiales de Estado Mayor. En aquellos años, en que no existían
todavía los cursos para oficiales superiores ni las universidades de las Fuerzas Armadas y la Escuela de Defensa
Nacional daba sus primeros pasos preponderantemente orientada hacia el medio civil, era un muy calificado ins-
tituto de formación que centralizaba –junto con el Colegio Militar– la educación militar. Era, pues, el espacio pro-
picio para poner en marcha una reforma doctrina. Sus aulas se abrieron a la contratación de especialistas extranjeros
y su prestigiosa Revista de la Escuela Superior de Guerra (RESG) se convirtió en divulgadora de las nuevas ideas y en
caja de resonancia de las novedades doctrinarias.
Los profesores extranjeros –los principales fueron los entonces tenientes coroneles franceses De Naurois,
Badie, Bentresque y Nouguès, ya mencionados– sugirieron orientaciones, organizaron cursos, dictaron clases e impar-
tieron seminarios y conferencias. Fueron acompañados por un grupo de oficiales argentinos –como los tenientes
coroneles Miguel Ángel Montes y Manrique Mom, y el propio coronel Rosas, entre otros– que en su mayoría habían
pasado por Francia. El mejor reflejo del movimiento que pusieron en marcha ha quedado registrado en las páginas
de la RESG.
En concordancia con lo que había ocurrido en el escenario principal, los desarrollos en la Argentina
que enfocaron la actualidad de la guerra atómica precedieron, por escaso margen, a los referidos a la guerra revo-
lucionaria. Debe aclararse, no obstante lo que se acaba de decir, que era frecuente que en esos trabajos iniciales
se establecieran conexiones entre ambas modalidades bélicas.
El primer artículo que expresaba las nuevas concepciones centradas sobre la guerra nuclear fue el del
teniente coronel Montes titulado “Las armas atómicas en el campo de batalla”, publicado en la RESG, en el número
325, correspondiente a abril/junio de 1957; en el número siguiente apareció, del mismo autor, “Las guerras del
futuro en la era atómica”. Y ya en 1958 todos los números tuvieron por lo menos un artículo dedicado al tema.9
En algunos de estos trabajos todavía se hipotetizaba en términos de guerra general con empleo de medios estra-
tégicos atómicos, y se retenía también la posibilidad de que sobreviniera una guerra convencional con empleo
limitado de armamento nuclear. Esto último podía ocurrir, por ejemplo, si debido a una crisis económica o a dis-
turbios sociales un país entronizaba un gobierno comunista o se libraba en él una guerra civil en la que los bandos
enfrentados recibían apoyo ya del bloque occidental, ya del oriental.10 Pero despuntaba también una segunda
manera de enfocar las cosas, más ajustada a lo que luego fue corriente. Por ejemplo, en el segundo de los artículos
iniciáticos de Montes se lee que:
el grupo de naciones de Occidente tiende a realizar una guerra nuclear restringida, o mejor aún, una
guerra atómica táctica, para equilibrar la actual desproporción que tiene en lo referente a fuerzas
convencionales, con respecto al grupo Oriental. En cambio, este última finca, al parecer, sus mayores
probabilidades de éxito en la más amplia y decidida ejecución de la guerra social revolucionaria, sin
por ello descuidar su creciente potencial nuclear.11
9 La lista completa de los artículos sobre el particular publicados en 1958 es la siguiente: Carlos J. Rosas, “Estrategia y táctica”, N° 328,
enero-marzo; “Una estrategia general atómica”, N° 329, abril-junio; N. Hure, “Situación estratégica de los bloques Oriental y Occidental”,
ibid.; C. J. Rosas, “La batalla ofensiva”, N° 330, julio-septiembre; N. Hure, “Estrategia atómica”, N° 331, octubre-diciembre; y J.
Devalle, “Ataque en ambiente atómico”, ibid. Cabe destacar que los artículos de Rosas nombrados en primer y cuarto lugar contienen
referencias explícitas a la relación entre las guerras nuclear y revolucionaria.
10 Así, por ejemplo, en Carlos J. Rosas, “Una estrategia general atómica”, op. cit. Debe señalarse, sin embargo, que en su trabajo inicial,
“Estrategia y táctica”, Rosas había introducido un concepto audaz para la época: el de agresión interna (véase op. cit., p. 140).
11 Miguel Ángel Montes, “Las guerras del futuro en la era atómica”, en Revista de la Escuela Superior de Guerra, Nº 326, julio-agosto
de 1967, pp. 391-392.
Nagasaki, Estados Unidos consideró las bombas atómicas sólo como un armamento más dentro de una concepción
general de guerra total, de carácter convencional, tal como defendió todavía el general Douglas Mac Arthur, al
mando de las tropas americanas en Corea, a la postre sin éxito. Tardaron en advertir que la diferencia cualitativa
que era capaz de introducir ese tipo de armamento cambiaba la naturaleza de la guerra y conducía a un rediseño
de políticas y de estrategias.
El reconocimiento de la recién mencionada diferencia cualitativa parece haberse iniciado en el lapso
que va desde la constatación de que la entonces Unión Soviética había construido la bomba atómica, hasta la
Guerra de Corea. En efecto, la primera explosión nuclear practicada por aquélla en 1949 encendió luces de alerta.
Y el conflicto coreano, comenzado en junio de 1950 y finalizado en julio de 1953, con sus vaivenes y alternativas,
colocó una delicadísima disyuntiva. ¿Debía llevarse la guerra a China, como quería Mac Arthur, y atacar Manchuria
–que funcionaba de retaguardia de los norcoreanos que, además, recibían el apoyo de los chinos– con el peligro
de generalizar un conflicto que podía escalar hacia la dimensión nuclear y desencadenar una nueva contienda
internacional de proporciones? ¿O debía prevalecer la cautela? El presidente Harry Truman era partidario de esto
segundo. Terminó relevando del mando a Mac Arthur que, como se acaba de ver, proponía otra cosa. Y en dos
trazos concisos pero clarificadores definió la estrategia general a seguir en Corea que pueden, a su vez, ser consi-
derados los primeros lineamientos que bosquejaron la lógica de la Guerra Fría: guerra limitada y respuesta flexible.
Mediante el primero se iniciaba el abandono de la concepción de guerra total que había imperado hasta la
Segunda Guerra Mundial en las Fuerzas Armadas estadounidenses y el tránsito hacia otras formas más controladas
y menos comprometedoras; y a través del segundo se graduaba el empeñamiento de sistemas de armas conforme
el tamaño y la relevancia de la amenaza. La terrible capacidad destructiva del armamento nuclear convocaba a la
prudencia y a la disuasión, antes que a la ofensiva.
Con ese comienzo, pues, se fue abriendo camino el cambio de concepciones, es decir, el viraje estratégico
estadounidense y la instalación de la lógica de Guerra Fría, que a mediados de los años cincuenta comenzaba ya
a tomar su forma definitiva. Descartado el enfrentamiento directo entre ellas, las superpotencias procurarían
sacarse ventajas por medio de procedimientos vicarios, indirectos: todo aquello que sirviera para debilitar la posición
relativa de una de ellas trataría de ser aprovechado por la otra con el objeto de perjudicar al rival y aumentar el
poder propio. Ahora bien, arribada la era nuclear con su lógica de mutua destrucción asegurada8 y establecida
la tendencia a la acción indirecta, es decir, desarrollada fuera de los respectivos núcleos centrales y sistemas de
alianza militares (la OTAN, por un lado, y el Pacto de Varsovia, por el otro), comenzó a visualizarse la mediata
pero peligrosa relación que podía establecerse entre la lucha insurgente en los escenarios secundarios, y la paridad
nuclear y el equilibrio del terror, en los centrales. En ese marco, la defensa del continente americano fue perdiendo
sentido –desde la óptica estadounidense– en clave de guerra total. América Latina, en particular, alejada de la posi-
bilidad de recibir un ataque directo del “enemigo comunista” por razones geográficas, comenzó a ser vista desde
los Estados Unidos privilegiándose la seguridad interior. Y se abrió camino, entonces, la idea de que la seguridad
regional debía ser el resultado de la sumatoria de las seguridades internas de cada país, en reemplazo de la desac-
tualizada concepción de defensa hemisférica establecida en términos de guerra convencional. Como ya se ha men-
cionado, esto no ocurrió rápidamente: fue un proceso que, cuando ocurrió la Revolución Cubana –que materializó
la peor pesadilla–, se hallaba ya comenzado aunque lejos de estar concluido.
El inicio de la mudanza estratégica estadounidense fue más o menos coincidente en el tiempo con las
necesidades de desperonización (depuración, reincorporaciones y cambio doctrinario) que tenían –en el plano local–
los sectores liberales de la Revolución Libertadora. Contribuyó, por lo tanto, a brindar una ventana de oportunidad
a la mudanza doctrinaria vernácula. Estados Unidos, sin embargo, carecía de experiencia en la lucha contrainsurgente.
Francia, en cambio, con su amarga experiencia en Indochina y habiendo comenzado ya sus tribulaciones en Argelia, sí.
La introducción y el primer desarrollo de la DSN en la Argentina
La influencia francesa comenzó con la llegada del entonces coronel Carlos Jorge Rosas a la subdirección
de la ESG, en 1956. Venía de prestar servicios en Francia como agregado militar, posición desde la cual había
tomado contacto con la experiencia contrarrevolucionaria que los franceses habían cosechado en Indochina. Y se había
puesto al día, asimismo, con las novedosas concepciones sobre la guerra atómica. Hombre de fina inteligencia,
8 La lógica MAD (su acrónimo en inglés) como se la llamaba, se asentaba sobre la capacidad de respuesta remanente de cualquiera de
las dos superpotencias luego de recibir un primer ataque nuclear.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
259258
Argentina, llegado el caso formaran “quintas columnas” que actuaran de conformidad con regímenes totalitarios
constituidos en sus países de origen. Pero no le asignaba a esta alternativa mayores posibilidades. “En conclusión
–decía– la Argentina ofrece a la subversión un campo relativamente poco favorable. Sin embargo, el peligro existe.
¿Cómo puede concretarse?” Y respondía: “El comunismo, a cara descubierta, tiene pocas posibilidades… Pero la más
eficaz e insidiosa correa de transmisión del comunismo en la Argentina es evidentemente el fidelismo, que puede
aprovechar la permanencia de un antiguo sentimiento antinorteamericano y la disponibilidad de una masa peronista
aún imperfectamente integrada a la vida política de la nación”.16
¡Et voilà!, para decirlo en francés como corresponde, en atención a los textos que se ha venido con-
siderando. El peronismo –un muerto que permanecía guardado en un ropero– aparecía, así, al final del ciclo, reco-
nocido en su condición de amenaza. Pero conviene dejar en suspenso esta verdadera confesión de parte y regresar
al texto de Nouguès para ver qué decía sobre la estructura creada para enfrentar a la subversión. Reconocía que
se había realizado ya “una importante obra técnica y práctica”: se había avanzado en la doctrina, se habían redactado
los reglamentos internos, y se habían ejecutado algunas operaciones de orden interno como el Plan Conintes17 y
una acción contra opositores al dictador paraguayo Alfredo Stroessner, radicados en Misiones y Formosa, entre otras.
Textualmente decía, además: “Con la creación de una organización territorial militar (zonas de defensa, subzonas
y áreas), la Argentina ha sido dotada de la infraestructura antisubversiva que le hacía falta”.18 Señalaba asimismo
los avances en materia de inteligencia, advertía sobre la existencia de tareas pendientes en este plano y recomendaba
la constitución de una Comunidad Interamericana de Inteligencia, en el seno de la Junta Interamericana de Defensa.
Finalmente, en el terreno orgánico y operacional cabe mencionar que la cuadriculación territorial
estaba ya diagramada en 1962 y permanecía yuxtapuesta al despliegue operacional clásico. Se preveía activarla
sólo cuando fuese necesario. Asimismo, se realizaron cursos de divulgación y adiestramiento orientados hacia el
conjunto de la institución –puesto que obviamente debía avanzarse más allá de los límites de la ESG– que llevaron
los nombres de Hierro y Hierro Forjado, entre otros. Y se desarrollaron ejercitaciones sobre la carta, sobre temas
antisubversivos, que llevaron los nombres de: Tandil, Reflujo, Nikita y Libertad, entre otros.
Hacia 1962 el cuadro estaba completo. La fase de introducción y el primer desarrollo de la DSN estaban
cumplidos.
Conclusiones
Tal como dice el dicho tribunalicio, a confesión de parte relevo de prueba. El reconocimiento explícito
(y final) de Jean Nouguès sobre la amenaza peronista demuestra –por si no hubiera sido suficiente la batería
argumental y de datos expuestos precedentemente– que la introducción y desarrollo de la DSN, en su fase inicial,
estuvo condicionada por la necesidad desperonizadora que acuciaba a la Revolución Libertadora. Claramente, por lo
demás, la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962, derrocado por golpe militar) no obstaculizó aquel desarrollo.
Las ideas y conceptos que le dieron forma en ese primer ciclo pueden resumirse de la siguiente manera:
a) se establece la vinculación entre guerra nuclear y guerra subversiva, como formas del conflicto Este/Oeste;
b) se presenta la guerra subversiva como una posibilidad plausible, a pesar de la escasa envergadura
del fenómeno comunista a escala local, y se reconoce finalmente que existe una amenaza peronista;
c) se conceptualiza y justifica la opción por un alineamiento estratégico con Occidente;
d) se conceptualiza la guerra subversiva y comienza a desarrollarse una doctrina de guerra antisub-
versiva, avanzando sobre el terreno abonado por el diagnóstico de insuficiencia (o, incluso, anacronismo) de la
DDN y por la necesidad de incorporar la novedad de la problemática bélica nuclear;
e) comienza y se afirma el proceso de desplazamiento a un segundo plano de las hipótesis de guerra con
países vecinos y, por el contrario, empiezan a tomar importancia los conceptos de enemigo interno y frontera interior;
f) la reunión de información sobre grupos presuntamente subversivos y el control de la población
comienzan a ser tareas de significativa vinculación con la misión de seguridad interior.
16 Jean Nouguès, “Radioscopia subversiva de la Argentina”, op. cit., pp. 30-31.
17 Elaborado para hacer frente a convulsiones internas de carácter social o político que rayaran en lo subversivo –conforme a la retórica
militar que venía abriéndose camino– fue aplicado en tiempos de Arturo Frondizi para hacer frente a un período de agitación sindical
y política.
18 Ibid., p. 38. La nomenclatura usada durante el Proceso fue prácticamente la misma.
Por su parte, los artículos propiamente referidos a la guerra revolucionaria, con su deliberado sesgo
hacia la seguridad interior, se iniciaron con el aporte de Patrice de Naurois titulado “Algunos aspectos de la estra-
tegia y de la táctica aplicados por el Viet-minh durante la campaña de Indochina”.12 Pero fue en su segundo tra-
bajo en el que ofreció sus tal vez más punzantes –e inquietantes– proposiciones. Decía De Naurois:
La guerra subversiva tiene origen político y proviene de la acción sobre las masas populares de ele-
mentos activos sostenidos y apoyados de varias maneras por el extranjero. Tiene por finalidad destruir
el régimen político y la autoridad establecida y reemplazarlos por otro régimen político y otra auto-
ridad. Esta acción es secreta, progresiva, y se apoya en una propaganda continua y metódica dirigida
a las masas populares. Parece muy probable que una guerra futura eventual cuente con el empleo
de las armas atómicas y termonucleares, del arma psicológica, de la subversión, etc. Es decir, que la
subversión sería una de las formas de dicha guerra.13
Ésta fue una de las primeras definiciones de la guerra subversiva que circuló entre los uniformados
argentinos. Aparecen ya en ella algunos temas que se harían “clásicos” más tarde: la acción subversiva como una
de las facetas del enfrentamiento entre Oriente y Occidente; el apoyo desde el extranjero, que derivó luego, con
el tiempo, en el burdo concepto de enemigo apátrida administrado con generosidad por las dictaduras militares
vernáculas; y la idea de infiltración, subyacente a la de “acción secreta y progresiva”, que se viene de leer.14 El
militar francés describe también los principios de la lucha antisubversiva. Señala que la información es fundamental.
Y que para conseguirla es conveniente dividir “cada parte del territorio por una cuadrícula tan densa como sea
posible; cada parte de esta cuadrícula está a cargo de un elemento de gendarmería, de policía, de aduana o de
una unidad de ejército”.15 El fin último era obviamente desbaratar a las células subversivas y mantener bajo control
a la población.
Los aportes de los demás autores consignados en la nota al pie número 12 colaboraron en el desarrollo
doctrinario. A los efectos de este trabajo no es necesario examinarlos a todos. Basta con señalar que propalan en
la misma longitud de onda de los que sí se han revisado. No obstante, también es conveniente detenerse sobre
el artículo de Jean Nouguès que cierra la serie y contiene una especie de diagnóstico sobre la situación que se
había alcanzado. Su objetivo central era el de examinar en qué grado y cómo el peligro revolucionario podía
manifestarse en la Argentina. Conviene señalar que este texto fue publicado en el número de la RESG correspon-
diente al primer trimestre de 1962. Presumiblemente, su autor, al momento de redactarlo, estaba ya al tanto de
la intentona de Bahía de Cochinos y de la opción de Fidel Castro por el marxismo-leninismo, producidas ambas
en 1961. De manera que, para ese entonces, el comunismo en el continente había dejado de pertenecer al mundo
de lo meramente posible para convertirse en una realidad concreta.
Nouguès expone una serie de razones que no favorecerían el desarrollo de la subversión en nuestro
país: su homogeneidad cultural y étnica, su nivel de educación y la importancia de su clase media, entre otras.
Podría eventualmente suceder, señalaba, que la presencia de ciudadanos de naciones vecinas radicados en la
12 La lista completa de los artículos sobre la guerra revolucionaria o subversiva, aparecidos en la RESG entre 1958 y 1962, es la siguiente:
Patrice de Naurois, “Algunos aspectos de la estrategia y la táctica aplicados por el Viet-Minh durante la campaña de Indochina”, N°
328, enero-marzo de 1958; Carlos J. Rosas, “Estrategia y táctica”, ibid.; “Una estrategia general atómica”, N° 329, abril-junio de 1958;
P. de Naurois, “Una teoría para la guerra subversiva”, ibid.; “Guerra subversiva y guerra revolucionaria”, N° 331, octubre-diciembre
de 1958; Manrique Mom, “Guerra revolucionaria”, ibid.; François Badie, “La guerra psicológica”, ibid.; Manrique Mom, “Guerra revo-
lucionaria” (2ª parte), N° 334, julio-septiembre de 1959; F. Badie, “La guerra revolucionaria en China”, ibid.; A. López Aufranc,
“Guerra revolucionaria en Argelia”, N° 335, octubre-diciembe de 1959; Jean Nouguès, “Características generales de las operaciones
en Argelia”, N° 337, abril-junio de 1960; H. Grand D‘Esnon, “Guerra subversiva”, N° 338, julio-septiembre de 1960; T. Sánchez de
Bustamante, “La guerra revolucionaria”, N° 339, octubre-diciembre de 1960; Robert Bentresque, “Los acontecimientos de Laos”,
ibid.; R. Sánchez de Bustamante, “La situación mundial”, N° 334, enero-marzo de 1962; J. Nouguès, “Radioscopia subversiva de la
Argentina”, ibid.
13 Patrice de Naurois, “Una teoría para la guerra subversiva”, op. cit., pp. 226-227.
14 En el texto exsite cierta sinonimia entre las expresiones “revolucionario” y “subversivo”, que fue poco después corregida por el propio
De Naurois. La primera quedará reservada para aquellas formas insurgentes de la guerra, como la Resistencia Francesa, no ligadas a
la “conquista del poder total”. Mientras que la segunda debería aplicarse a quienes combaten por instaurar “formas totalitarias de
poder” (véase “Guerra subversiva y guerra revolucionaria”, op. cit., p. 689).
15 Ibid., p. 235. Resulta obvio que la centralidad de la información y la cuadriculación del país, que fueron parte de la tecnología del
terrorismo de Estado que aplicó la dictadura del Proceso (1976-1983), respondían a este origen.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
260
Andando el tiempo –es decir, superada la etapa de influencia francesa– estas características se perfi-
laron mejor o se acrecentaron. Por ejemplo, con la plena instalación de la lógica de la Guerra Fría, quedó clara
para la región –y por tanto, también para la Argentina– una división del trabajo. A Estados Unidos le correspondía
proveer seguridad en términos de enfrentar amenazas internacionales y disuadir eventuales intervenciones abiertas
provenientes del Mundo Comunista. A cada uno de los países de la región le competía velar por la seguridad interior
y controlar la subversión.
Otros fenómenos fueron también concomitantes con los anteriores o derivados de ellos. El más notorio
de éstos fue, quizá, el de la autonomización castrense respecto del control civil. Las instituciones militares ganaron
autonomía respecto de su subordinación a los poderes cívicos, al amparo de la significación creciente que Estados
Unidos le asignó al resguardo de la seguridad interna de los países del continente, en consonancia con la impor-
tancia que le daban a su propia seguridad. Como consecuencia de ello florecieron una diplomacia militar paralela
a la desarrollada desde las cancillerías, y vínculos directos entre los institutos castrenses y el Pentágono o, un poco más
modestamente, con el Comando Sur.
De aquí a la pesadilla de los golpes militares con pretensiones refundacionales (la Revolución Argentina,
primero y luego el Proceso de Reorganización Nacional), que dieron lugar a la postrer instalación del terrorismo de
Estado, no hubo más que pasos sucesivos.
La larga y negra noche del horror tuvo a la DSN como inspiradora; su genealogía es la que se acaba de
examinar. Probablemente sería preferible no olvidarlo.
GUATEMALA, 2 DE DICIEMBRE DE 2009
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
263
Vivencias
“En lo altooo la miraaada, luchemos por la patria redimida”,* en abril de 1966, cuando me entregaron
el papel con la letra de esta canción –que debía aprender y rápido–, me sonaba tan desconocida como me imagino
lo será ahora para la inmensa mayoría de los lectores.
Habían pasado tres meses desde que ingresara al Colegio Militar de la Nación (CMN) y once años
desde la Revolución Libertadora de la que ya no se hablaba (al menos en las casas y los colegios donde yo había
vivido mis dieciséis años de vida). Sólo mis compañeros que habían estado en el Liceo Militar la conocían pues los
habían obligado a cantarla desde los doce años.
Rápidamente, con un compañero del Curso Preparatorio –del que me había hecho muy amigo–, escri-
bimos la canción de nuestra sección pensando en la revancha contra esa “gorilada liberal”. Se la llevamos al oficial
instructor a quien le sonó muy bien y empezamos a ensayarla: “Frente al sol con la mirada clara, irrumpirán los héroes
del ayer”. Sólo recuerdo estas primeras letras, pues cuando la cantamos por primera vez orgullosos por la avenida
principal del CMN, parece que pasó un liberal y advirtió que tenía la música de la canción falangista “Cara al sol”.
Claro, mi amigo era Santiago Sánchez Sorondo, hijo del dirigente nacionalista que luego fuera candidato con Perón
en 1973, don Marcelo Sánchez Sorondo. El resultado fueron diez días de arresto al pobre instructor y nunca más
la pudimos cantar… lástima, nos sonaba mejor que la otra... Igual recibimos una calurosa felicitación del padre Ullet,
que vestido de rigurosa sotana recorría las cuadras a la noche arengándonos en la sana doctrina nacionalista del
padre Castelani contra el progresismo del capellán oficial del Colegio que osaba ¡vestir de clerigman!
Poco tiempo después, las rencillas entre liberales y nacionalistas se aplacaron frente al logro común:
el 28 de junio de ese año llegaba el final de los horribles partidos políticos en el poder y la llegada de nosotros,
la reserva moral de la patria junto con Onganía y la tan esperada Revolución Argentina…
Claro que la paz entre las eternas fracciones de liberales gorilas y nacionalistas católicos fue sacudida
sólo dos años después cuando apareció un actor inesperado: el nacionalismo revolucionario católico –heredero
del Concilio Vaticano y la Populorum Progressio, contemporáneo del peruanismo inspirado en el régimen militar
reformador del general Velazco Alvarado, de la Conferencia del CELAM en Medellín de 1968, etcétera–.
(*) N. del Coord.: Se conservó el registro oral de la exposición.
La sociabilización básica de los oficiales del Ejército
en el período 1955-1976
LUIS EDUARDO TIBILETTI
CEPADE
1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y
MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO.
LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE
LAS FUERZAS ARMADAS 6
CAPÍTULO
265264
aspectos degradantes por el régimen de internado, sumado al sistema jerárquico y los ritos iniciáticos adosados,
que aparecieran descriptos en La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.9
Sí intentaré recordar algunas de las problemáticas que la sociología militar ha detectado con carácter
universal y que cuando se potencian con determinados componentes ideológicos –que luego analizaremos–, pro-
ducen serios problemas para la debida integración del militar en el contexto de la vida democrática de la sociedad.
Así, por ejemplo, el coronel español Prudencio García señala en 1973:
a nuestro juicio la solución del problema de la debida simbiosis Ejército-Sociedad debe abordarse des-
cendiendo al alma mater de nuestro Ejército: las Academias militares. En ellas debe impartirse al futuro
oficial y jefe un tipo de preparación que desborde ampliamente la ciencia militar propiamente dicha,
incluyendo una sólida preparación intelectual en disciplinas humanas y sociales […] para lograr un
contacto suficientemente estrecho con el complejo y conflictivo mundo sin el cual no puede sentirse
plenamente integrado con la comunidad a la que pertenece, ni aspirar a defender valor permanente
alguno con una mente alejada de las cambiantes realidades de su época.10
Y luego advertía:
nunca han de faltar argumentos de evasión tendientes a limitar lo profesional a esa clase de patrio-
tismo que durante siglos se le pidió –y se debe seguir haciéndolo– y que exigía: valor físico, disciplina
y cierta técnica. El patriotismo de hoy exige eso y bastante más, incomparablemente más.11
Lo que resulta interesante señalar es que García identificaba la vigencia de un extrañamiento de los
militares con su sociedad a fines de los sesenta (de allí provienen sus trabajos de campo), a pesar de que un gran
número de oficiales cursaba en la universidad y un 80% ejercía el pluriempleo, y es por este motivo que propone
analizar las academias, pues ambos aspectos no han sido suficientes.
En ese mismo momento, por estas tierras, esos fenómenos eran simplemente desconocidos y si a
alguien se le ocurría pedir permiso para ir a la universidad ya era considerado un traidor y condenado a rendir
examen de conocimiento de la totalidad de los reglamentos militares.12
Si bien debe reconocerse la calidad de los profesores civiles –que eran los mismos que formaban a los
jóvenes en el Colegio Nacional Buenos Aires–, y en esto Argentina hacía punta en la región –como en el conjunto
de su sistema educativo–, lo cierto es que el reloj de la educación militar ya atrasaba varios años en relación con
la experiencia europea.
Ya vimos la diferencia con el tiempo de internado y para dar otro ejemplo: los cadetes no teníamos
accesos a los diarios, ni podíamos escuchar radio, para no distraernos con la realidad.
Por su parte, Felipe Agüero nos dice:
otro componente fundamental de la educación militar se refiere a la socialización, más o menos for-
malizada, en códigos y valores que diferencian la institución militar de otros grupos y organizaciones
de la sociedad. Esto es necesario por su cometido específico: es una organización en la que se llama
a dar la vida por la patria. Pero estos elementos son relevantes para la relación educación militar-
democracia por lo que se debe estar siempre incluyendo la reflexión sobre esto para evitar la extrema
diferenciación y la sensación de superioridad sobre el resto.13
9 Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, Buenos Aires, Sudamericana, 1969.
10 Prudencio García, op. cit. (este destacado y los que figuran en el resto de la citas me pertenecen).
11 Ibid.
12 Incluso como me recordaba hace poco otro camarada de los “33 orientales” en aquellos tiempos se veía horrible que algún oficial que
egresara entre los primeros de su promoción decidiese ir a estudiar a la Escuela Superior Técnica para formarse como ingeniero militar.
13 Felipe Agüero, op. cit., pp. 22-23.
Encarnado en el CMN por los oficiales instructores tenientes Licastro y Fernandez Valoni, junto a otros,
prendió como una mecha entre los jóvenes cadetes y fue el inicio de la aproximación de muchos de nosotros al
campo nacional y popular, y permitió que pasáramos a acompañar al resto de la juventud argentina reclamando
el regreso del líder del pueblo: el general Juan Domingo Perón.
Quise colocar estas anécdotas al principio del trabajo para dar una idea del clima de cultura oficial
versus contracultura “insurgente” que vivíamos en aquel período y que –de un modo u otro– considero se extendió
hasta el golpe de 1976.
La sociología militar y el proceso de formación básica
La formación básica de los militares es uno de los temas que interesó desde el inicio a la disciplina de
la sociología militar1 y a la que recurrentemente se vuelve para poder explicar tanto el comportamiento profe-
sional –donde se analiza cómo muchos fracasos militares provienen de errores en la educación militar básica–,
como también el comportamiento político de determinada cohorte existencial de los militares.2
Muy especialmente hace ya un cuarto de siglo en España, aparecen los primeros trabajos científicos
sobre la formación respecto de los valores en la sociabilización3 básica, cuestiones que venían estudiándose desde
largo tiempo en la literatura de sociología militar en el mundo anglosajón.4
Todos estos estudios iniciales y los muchos que se desarrollaron posteriormente, con sus obvias dife-
rencias culturales según la sociedad de que se trate, tienen en común la identificación de las prácticas habituales
con que todas las academias militares del mundo buscar moldear a sus oficiales desde muy temprana edad.
A su vez todos coinciden en que en muchos casos (salvo en algunos países de Europa occidental en los
últimos años)5 las academias militares adoptan la característica de “instituciones totales”.6 Ello implica, según Goffman,
que un elevado número de personas son concentradas en un recinto cerrado y apartadas del resto de la sociedad.
A través de éste y otros mecanismos sofisticados se logra romper parte del pasado del sujeto y el surgimiento de
un espíritu de cuerpo.
Esto ha sido reconocido por casi toda la literatura como una condición necesaria para el adecuado
funcionamiento de la institución militar, aunque, como señalan Agüero7 y García8, se trata de una cuestión de grados
para evitar los efectos negativos, especialmente la creación de una alteridad con respecto al resto de la sociedad y
una sensación de superioridad moral.
No haré, por lo tanto, especial hincapié en este aspecto, que provenía desde antes del período ana-
lizado y que se ha mantenido con algunas correcciones en los últimos tiempos, particularmente para evitar los
1 Julio Busquets, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1967; John Van Doorn, The Soldier and Social Change, Beverly Hills,
California, Sage, 1975; Bengt Abrahamson, Military Professionalization and Political Power, Beverly Hills, California, Sage, 1972.
2 Véase, en relación con el Uruguay, Carina Perelli, Convencer o someter: el discurso militar, Montevideo, EBO, 1986; y, para el caso del
Paraguay, Horacio Galeano Perrone y otros, Los Generales del siglo XX y cómo piensan los del siglo XXI, Asunción del Paraguay,
Intercontinental, 1998.
3 Aclaro a esta altura que utilizo el término sociabilización y no socialización siguiendo a Julio Busquets, que sostiene que esta última
expresión refiere al “proceso de apropiación por el Estado de los medios privados de producción” (op. cit., p. 271).
4 Charles Moskos, Public Opinion and the Military Establishment, Beverly Hills, California, Sage, 1971; Gary Wamsley, “Contrasting
Institutions of Air Force Socialization: Happenstance or Bellwether?”, en American Journal of Sociology, Nº 78, pp. 399-417.
5 En relación con esto no puedo dejar de relatar mi asombro cuando en enero de 1970 llegué al Colegio Militar de Francia y al Jefe de
Compañía que me recibió, le pregunté:
–¿Por qué tienen tantos profesores?
–¿Por qué lo decís?
– Por la cantidad de autos
–Los autos son de los cadetes –me dijo–, ahora estamos en los seis meses de trabajo académico y educación física, así que todas las
tardecitas toman su auto y vuelven a sus casas o pensiones, después nos vamos tres meses al terreno y allí los formamos en las capa-
cidades militares.
A esa altura yo ya había acumulado cuatro años de internado de domingo a sábado y aún me faltaba uno más y confieso haberme
sentido un extraño espécimen proveniente sin duda del cuarto mundo.
6 Irving Goffman, Internados. Ensayos sobre la situación de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 1961, pp. 17-19; José
Miguel Florez, “La educación militar en el Perú en el proceso educativo: los valores militares y la democracia”, en Felipe Agüero, L.
Hurtado y J. M. Florez, Educación militar en democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima Idele, 2005, pp. 124-125.
7 Felipe Agüero, “Educación militar y profesionalización”, en F. Agüero, L. Huratdo y J. M: Florez, op. cit., pp. 17-19.
8 Prudencio García, Ejército: presente y futuro, Madrid, Alianza, 1973, pp. 225-238.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
267266
Para ello voy a utilizar los documentos conocidos como BEIE (Boletines de Educación e Instrucción del
Ejército) que comenzaron a editarse a principios de los años sesenta. Así, ya en 1964 aparece en el BEIE número 9 la
necesidad de “preparar a los oficiales para soportar la tensión ideológica y psicológica a la que se verán enfrentados
en la lucha actual”. Pese a que en ese mismo BEIE se hace hincapié en que “educar no es adoctrinar”, en 1966 –el
año en que ingresé al CMN– se publica y distribuye el BEIE número 14 titulado “Conducción Interior Plan I”.
Para todos los que tuvimos que estudiarlo y enseñarlo en nuestra época de cadetes, en realidad es
conocido por una expresión que de tanto repetirla, finalmente sonaba a broma y que es la proposición del Núcleo
Temático número 1: “Vida humana: milicia multiforme”.
En la página 7 enuncia los objetivos generales del Boletín (de 451 páginas):
– Afirmar la formación moral de los principios que engendran la concepción cristiana de la vida y del
hombre.
–Despertar confianza y adhesión a nuestra forma de vida occidental y democrática donde el hombre
puede realizarse en libertad.
Cabría recordar que en el momento de su publicación, la democracia acababa de ser anulada por el
golpe militar contra Illia.
Llegamos luego al desarrollo de la proposición señalada sobre “La vida humana: milicia multiforme”
donde se desarrolla el principio de Séneca de que “la vida es lucha”:
De hecho todo ser humano vive en perpetua lucha, ofensivo-defensiva; la vida del hombre es milicia,
lucha, combate, guerra, pugna; en estar preparado para ello consiste la profesión vocacional militar.
Pero ¿contra quién es la lucha?, en la página 27 leemos:
el ser humano es enfermo (in-firmus) y por eso se subleva contra el Bien que es Dios y así aparece el
mal. La extensión del mal es consecuencia directa del abandono de la fe y su suplantación por idearios,
doctrinas teorías que no han cultivado la Verdad, Justicia, Amor y Libertad. Esta situación llega hasta
nuestros días con las últimas manifestaciones de la Guerra Ideológica que padece el mundo.
(Como se podrá advertir, George W. Bush no era un innovador en la materia). Luego el ¿contra quién?
de la lucha perpetua se torna más específico aun:
Si bien existen distintas escuelas, doctrinas o sistemas menoscabadores de la dignidad del hombre,
excede a todos ellos por su saña e inhumanidad el Comunismo marxista, […] en su propósito confesado
de adueñarse del mundo.
El instrumento para esta lucha contra el comunismo aparece en la página 44, a partir de la idea de
“El Ejército de la Libertad”, donde nos instaba a
Ser integrantes del ejército de la libertad a fin de asegurarla para nosotros, para nuestros hijos y para
todos los hombres de América y de la tierra compenetrados con nuestra concepción cristiana del
mundo y del hombre y nuestra forma de vida democrática y occidental.
Por si alguna duda queda a esta altura de que este BEIE era un verdadero Manual de Adoctrinamiento
(pero con 451 páginas en lugar de las dos que tenía el de Perón) –mezcla criolla de integrismo católico con
manual mal traducido del inglés–, leamos estos otros textos:
19 Sí me parece importante transcribir las proféticas palabras que el coronel Orsolini publicara en La crisis del Ejército: “La ideología como
causa conduce a la guerra santa […] desarrolla en todas las jerarquías del ejército la tendencia a compartir las ideas de los políticos
más extremistas, a imitar los procedimientos terroristas del adversario […] y a considerar como enemigo a todo aquel que levanta la
voz contra esa demencia colectiva” (op. cit., pp 52-53).
Y, analizando específicamente al campo latinoamericano, continúa:
la literatura destaca la apropiación por parte de las Fuerzas Armadas de la noción de interés nacional
y la auto-identificación de éstas como los principales garantes del interés y los valores nacionales.14
Ahora bien, esto no era algo acostumbrado en el período anterior a 1955. En el Reglamento de 1947
que aplica un decreto ley de 1944, figura la siguiente definición del Ejército: “es la parte de las fuerzas armadas
destinada, fundamentalmente a la realización de operaciones de guerra terrestre”.
Consideremos la diferencia respecto de la definición que figura en el Reglamento de Servicio Interno
RV 200-10 de 1968, que deriva de la ley 16.970 de Seguridad Nacional de 1966: “su existencia es indispensable y
su acción será decisiva en la vida del país […] su misión es salvaguardar los más altos intereses de la Nación, garantizar
el mantenimiento de la paz interior […] constituye una de las reservas morales de la patria” (sin aclarar cuáles son
las otras pero puede suponerse que la Armada y la Fuerza Aérea, por ello es sólo una de ellas, aunque en los docu-
mentos internos con los que estudiábamos en el CMN decía “la reserva moral”). Este reglamento será modificado
en 1991, volviendo a una redacción de la misión acorde a la de 1947, pero manteniendo todos los demás aspectos
de la definición macro.
La especificidad de la formación ideológica durante el período
Considero que este aspecto debe ser leído desde la relación entre dos procesos distintos: uno específi-
camente argentino en clave de la evolución antiperonismo-peronismo y el otro –similar en toda América Latina–,
de la paulatina imposición de la Doctrina de la Seguridad Nacional y en nuestro caso, además, de la influencia de la
doctrina de contrainsurgencia francesa.
El estudio de estos procesos generales dispone de varios trabajos,15 de manera que sólo procuraré
identificar su impacto en el momento de la sociabilización básica en valores.
Aquí el primer proceso tuvo –más allá de la anécdota sobre la marcha de la Revolución Libertadora–
una influencia decreciente aunque sobre la base de un supuesto original: a mediados de los años sesenta, simple-
mente a nadie se le ocurría que un militar podía ser peronista después de la furiosa desperonización que López des-
cribe con amplitud.16
Aquí vale la pena señalar que hasta 1954 todos los reglamentos de los años peronistas eran tan absolu-
tamente profesionales y apolíticos como los escritos hasta esa fecha. Recién en ese año y al calor del enfrentamiento
ya abierto entre Perón y parte de las Fuerzas Armadas, aparece el reglamento RRM20 titulado “Adoctrinamiento,
Educación e Instrucción” que contenía dos páginas dedicadas a explicar la Constitución de 1949 y los objetivos de
una patria, justa, libre y soberana.
Como ya expliqué, la desperonización va a comenzar a cambiar aceleradamente a partir de 1968-1969,
hasta llegar a la situación del 17 de noviembre de 1972 cuando ya los militares que apoyaban el regreso de Perón eran
tantos, que hasta le rendían honores en la ruta de Ezeiza a Buenos Aires y los Comandantes en Jefe no se animaron
a enfrentarlos y detener al viejo líder, por temor a la fractura.
El segundo proceso, el de la intromisión de la DSN en su versión extrema17 siguió por el contrario un
camino ascendente hasta culminar en el paroxismo con el Proceso de Reorganización Nacional.
Para entender la lógica de ese crecimiento deben entenderse las características específicas de la versión
argentina, entre ellas la enorme influencia de los sectores católicos de ultraderecha en su formulación, que le dieron
el tono de guerra religiosa. Otra vez, este fenómeno ya ha sido descripto en abundancia por autores civiles y militares,18
por lo que me limitaré a analizar el impacto en el CMN.19
14 Ibid.
15 Ernesto López, El primer Perón, colección Los otros militares, Buenos Aires, Capin, 2009; Prudencio García, El drama de la Autonomía
militar, Madrid, Alianza, 1995.
16 Es notable la coincidencia con la descripción que hace Juan Rial (Las FFAA: soldados políticos o garantes de la democracia, Montevideo,
CIESU-CLADE-Ediciones de la Banda Oriental, 1986) acerca de la situación en el Uruguay, donde cabía imaginar “blancos” o sea adhe-
rentes al Partido Nacional pues el Ejército era históricamente colorado y dentro de él antibatllista.
17 Alain Rouquié, Extremo occidente: una introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1994; Horacio Verbitsky, La última batalla
de la Tercera Guerra Mundial, Buenos Aires, Legasa, 2009.
18 Véanse, entre otros, Horacio Verbitsky, op. cit., y Mario Orsolini, La crisis del Ejército, Buenos Aires, Arayú, 1964.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
269268
6) Progresiva desviación de las Fuerzas Armadas hacia funciones de carácter policial.
7) Grave relajación de los conceptos éticos militares, asumiendo la tortura como método habitual y
sistemático en el campo de la información.
8) Frecuente respaldo de las Fuerzas Armadas a modelos económicos de fuerte base oligárquica y
gran desigualdad social.21
Queda para las actuales autoridades civiles y militares del sistema de defensa corregir todas aquellos
aspectos del proceso de sociabilización básica de los militares que signifiquen rémoras de aquellos errores, tanto en
el aspecto de alteridad y/o superioridad en relación con el resto de la sociedad como de la contaminación ideo-
lógica del período de la Doctrina de Seguridad Nacional y la guerra contrarrevolucionaria.
BIBLIOGRAFÍA
ABRAHAMSON Bengt, Military Professionalization and Political Power, Beverly Hills, California, Sage, 1972.
AGÜERO Felipe, “Educación militar y profesionalización”, en F. Agüero, L. Hurtado y José M. Florez, Educación Militar
en Democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima, IDELE, 2005.
ALVIRA MARTÍN, Francisco, “A modo de epílogo” en Julio Busquets y Valentina Fernández Vargas (coords.), La
enseñanza militar en España. Un análisis sociológico, Madrid, CIFAS-CSIC, 1986.
BEIE, Nº 9, Ejército Argentino, 1964.
BEIE, Nº 14, “Conducción Interior Plan I”, Ejército Argentino, 1966.
BUSQUETS, Julio, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1967.
FLOREZ, José Miguel, “La educación militar en el Perú en el proceso educativo: los valores militares y la democracia”
en Felipe Agüero, L. Hurtado y J. M. Florez, Educación Militar en Democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima,
IDELE, 2005.
GALEANO PERRONE, Horacio y otros, Los Generales del siglo XX y cómo piensan los del Siglo XXI, Asunción del
Paraguay, Intercontinental, 1988.
GARCÍA, Prudencio, Ejército: presente y futuro, Madrid, Alianza, 1973.
_______________, El drama de la Autonomía militar, Madrid, Alianza, 1995.
GAZZOLI, Luis, ¿Cuándo los militares tenemos razón?: de Frondizi a Levingston, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973.
____________, El dilema militar argentino, Buenos Aires, Pleamar, 1989.
GOFFMAN, Irving, Internados. Ensayos sobre la situación de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 1961.
LÓPEZ, Ernesto, El primer Perón, colección Los otros militares, Buenos Aires, Capin, 2009.
MOSKOS, Charles, Public Opinion and the Military Establishment, Beverly Hills, California, Sage, 1971.
ORSOLINI, Mario, La crisis del Ejército, Buenos Aires, Arayú, 1964.
PERELLI, Carina, Convencer o someter: el discurso militar, Montevideo, EBO, 1986.
RIAL, Juan, Las FFAA: soldados políticos o garantes de la democracia, Montevideo, CIESU-CLADE-Ediciones de
la Banda Oriental, 1986.
ROUQUIÉ, Alain, Extremo occidente: una introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1994.
VAN DOORN, John, The Soldier and Social Change, Beverly Hills, California, Sage, 1975.
VARGAS LLOSA, Mario, La ciudad y los perros, Buenos Aires, Sudamericana, 1967.
VERBITSKY, Horacio, La última batalla de la Tercera Guerra Mundial, Buenos Aires, Legasa, 2009 (última edición
corregida).
VILLEGAS, Osiris, Políticas y estrategias para el desarrollo y la seguridad nacional, Buenos Aires, Pleamar, 1969.
WAMSLEY, Gary, “Constrasting Institution of Air Force Socailization: Happenstance or Bellwether”, en American
Journal of Sociology, Nº 78, 1972, pp. 399-417.
21 Prudencio García, El drama de la Autonomía militar, op. cit., pp. 236-237.
El cristianismo: código de doctrina-vida para Occidente. El cristianismo no es sólo una fe, una Iglesia,
un culto particular. Dio un código de doctrina-vida a Occidente que, superando los errores del paganismo
sobre el que se elevó (el judaísmo, bien gracias), ha regenerado al mundo. Todas las Instituciones y
prácticas sociales de nuestra civilización están impregnadas de esa doctrina-vida, Doctrina que deben
acatar aun aquellos carentes de fe y de culto que han nacido o conviven en nuestra sociedad.
Consideremos la vigencia de la visión internacional impuesta a partir del golpe del 1955 en la siguiente
frase (p. 224):
No puede dejar de recordarse que el mundo está dividido hoy en dos orbes enfrentados: el Comunista
y el Occidental; incluso hay un tercer mundo que al desertar de nuestro campo favorece al socialista.
En reemplazo entonces de la “tercera posición” tenemos esta nueva interpretación del mundo (lo
notable es que sólo cuatro años después la Argentina comenzaría en Lusaka su aproximación al Movimiento de
Países no Alineados, participando como observadores en la 8ª Conferencia bajo el gobierno militar del general
Levingston).
Este abandono de la “tercera posición” será acompañado –como podremos ver en otros núcleos temá-
ticos del BEIE–, por la introducción del concepto de “guerra revolucionaria”. Para este concepto se apela a un tra-
bajo de 1959 del general español Díaz de Villegas que dice entre otras cosas “en esta guerra el objetivo es, además
de la destrucción del aparato, la recuperación de la población, de sus almas y de su ideología”.
Finalmente, leamos el “Código Moral para el Combatiente en la Guerra Revolucionaria”: el mismo es un
decálogo (probablemente traducido de algún documento estadounidense redactado luego de la Guerra de Corea
y luego “argentinizado” con comentarios) del cual transcribo sólo algunos puntos:
1) Soy un combatiente americano. Soy valor humano de América toda que lucha por su supervivencia.
Mi acción ofensiva-defensiva salvaguardia mi país, todo el Continente igualmente amenazado y al estilo
de vida sostenido en la doctrina-vida del Cristianismo […].
2) Nunca recibiré favores del enemigo: ante la tentación diabólica responderé con actos y palabras;
si se rinden los cobardes, el brazo de mi madre me señaló la ruta iluminada. [Sí, es una estrofa de la
“Canción de la Libertadora”].
Otro elemento significativo en el proceso de ideologización creciente del “combatiente americano”,
fueron las definiciones de seguridad y defensa: seguridad como situación y defensa como todas las acciones que
se llevan a cabo para alcanzar la seguridad.20
No he querido incursionar, obviamente, en la diferenciación de contenidos pre y post 1955 en otro tipo
de material, como por ejemplo la Revista del Soldado cuyos contenidos de los años anteriores a 1955 instarían a inter-
calar los números actuales, o la Revista de la Escuela Superior de Guerra, porque no formaban parte del material
en uso en el ámbito de la sociabilización básica, es decir el CMN.
Quiero terminar volviendo a citar al coronel Prudencio García pues no puedo sino compartir las con-
clusiones que figuran en su libro:
Características generalizadas del militarismo latinoamericano entre las décadas de los cincuenta y los
ochenta:
1) Intensivo adoctrinamiento anticomunista, conducente a un ultraderechismo radicalizado.
2) Aguda intensificación de esta tendencia formativa durante el período de la “guerra fría”.
3) Creciente desviación de la idea de “Defensa” hacia el concepto de “enemigo interior”.
4) Implementación de la llamada “Doctrina de Seguridad Nacional”.
5) Auto-atribución excluyente por las Fuerzas Armadas de los conceptos de patria y patriotismo, y de la
representación exclusiva de la nación.
20 Osiris Villegas, Políticas y estrategias para el desarrollo de la seguridad nacional, Buenos Aires, Pleamar, 1969.
CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL
PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS
LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976
LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
271
Habrá que empezar señalando de un modo claro, contundente, una cuestión que no se tiene bien
analizada, que se la oscurece con deliberada frecuencia. En suma, que se quiere ocultar, no reconocer. Desde 1955
hasta 1973 –cuando Cámpora asume democráticamente el gobierno de la República con una mayoría de votos
que llega casi al 50%, desde la firma del decreto 4.161 en que Aramburu prohíbe nombrar a Perón, nombrar a
Evita, al Partido Justicialista y lo excluye de la política, de la participación dentro de la democracia– la República
Argentina atraviesa una etapa de profunda ilegalidad constitucional. De modo que habría que modificar algunas
expresiones que nos hemos acostumbrado a utilizar. Por ejemplo, Andrew Graham Yoll dice en uno de sus libros
que el movimiento sedicioso que encarnaba Juan Carlos Onganía derroca al gobierno constitucional de Arturo Illia.
No es así. El gobierno de Arturo Illia no era constitucional y lo increíble es que suene raro. Que nos hayamos acos-
tumbrado a que sí, a que lo era y a que el doctor Illia era un demócrata ejemplar. Cuando en la película La
República Perdida, que se proyecta durante la campaña electoral del radicalismo, durante el año 1983, se lo pre-
senta como un baluarte, un ejemplo de la democracia, que recibe en su despacho al general Julio Alsogaray y le
dice de un modo casi heroico “Usted es un bandolero que se alza contra las autoridades constituidas, etc.”, la
gente aplaudía en el cine. Yo creo que Julio Alsogaray debe haber pensado: “Este hombre se la creyó, se creyó
que él es la autoridad constituida, pero en realidad nosotros lo pusimos ahí”. Es absurdo lo que dice Illia. A Illia lo
habían puesto las Fuerzas Armadas como una máscara democrática más para disfrazar al país de país democrático.
Cuando en realidad no lo era en absoluto, porque las mayorías no podían votar y el líder de esas mayorías no
podía regresar al país y la mujer que esas mayorías habían venerado estaba escamoteada, su cuerpo estaba desapa-
recido, porque, como bien habían calculado los militares aramburistas, donde estuviera enterrado el cadáver de
Eva Perón iba a haber un foco de concentración rebelde. ¿Por qué? Porque el pueblo humilde –al que Evita había
favorecido cálidamente– la seguía amando y no quería que se vejara su cuerpo.
¿Por qué son todos gobiernos ilegales? El gobierno de la llamada Revolución Libertadora era profunda-
mente ilegal porque surge de un golpe contra un gobierno constitucional, contra el gobierno de Juan Domingo
Perón. Este gobierno de Aramburu se propone desperonizar al país y concede elecciones en las que apuesta por
Balbín pero gana Frondizi. De todos modos, ya esas elecciones establecen un método que algunos jóvenes de hoy,
lo juro, casi no pueden entender. Cuando uno le dice a un joven de hoy, “Mirá, en este país pasó esto, un señor
que se llamaba Andrés Framini ganó democráticamente en la provincia de Buenos Aires y cuando fue a ocupar
su puesto las Fuerzas Armadas lo echaron a patadas y al presidente que había otorgado esa elección lo derrocaron,
lo mandaron a Martín García y pusieron a un señor mínimo, José María Guido, para cubrir la fachada democrática”,
Ilegitimidad democrática y violencia
JOSÉ PABLO FEINMANN
FILÓSOFO / PERIODISTA / ESCRITOR
1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y
MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO.
LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE
LAS FUERZAS ARMADAS 6
CAPÍTULO
273272
Pero ¿qué pasaba con la insurgencia? Creo que ésta es la parte más discutible, la que más me va a costar,
la que más crítica puede recibir, pero hay que introducirla.
En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm –porque uno siempre se apoya en esta gente– califica a los
movimientos guerrilleros latinoamericanos de la década del sesenta a partir de que han obtenido un fracaso espec-
tacular, lo pone en mayúsculas, y muy simplemente explica los motivos.
Primer motivo: exageración del poder contra el cual luchó la Revolución Cubana. La Revolución Cubana
no fue el suceso de doce guerreros que luego fueron sumando fuerzas y derrocaron a un régimen poderoso. El
régimen no era poderoso. El Ejército de Batista estaba corrupto, desalentado, Batista llevaba ya mucho tiempo
en el poder, Estados Unidos no lo respaldaba y veía con simpatía a estos barbudos rebeldes que venían a quitar-
les de encima a un régimen realmente incómodo como era el de Batista, porque era sanguinario, impresentable.
Además, Castro maneja al campesinado, es decir, no se trata de una guerrilla foquista. Castro responde al campe-
sinado, a los sectores sindicales, y se enfrenta a un ejército muy debilitado.
Segunda, tremenda, incomprensión: Ernesto “Che” Guevara publica un panfleto, un texto muy importante
que se llama “Cuba: Vanguardia en la lucha revolucionaria o excepcionalidad histórica”. Guevara se echa furibun-
damente contra aquellos a quienes llama excepcionalistas, entre los cuales me tendría que ubicar yo. Porque esta
tesis que estoy dando es la del excepcionalismo de la Revolución Cubana. La revolución en Cuba fue excepcional porque
Estados Unidos no la veía como una revolución marxista, porque el gobierno de Batista se caía y el Ejército no era una
fuerza poderosa. Eso se lo dijo Valle al “Che” Guevara en 1961. Valle le dijo: “Cuidado con la Argentina, la Argentina
no es la Cuba de Batista, la Argentina tiene fuerzas poderosas de represión”. Y Ernesto Guevara le contestó: “Son
todos mercenarios”. Esto no fue una respuesta correcta, porque un mercenario es muy peligroso, un mercenario es
un guerrero muy bien entrenado y es mentira que no tenga los ideales de un joven idealista revolucionario, porque
tiene una ideología que se le ha metido al mercenario: “Usted está luchando por la libertad de este continente,
usted está luchando contra el poder comunista que intenta devorar al mundo, usted está luchando por la religión
de sus padres”, miles de causas se le pueden inocular a un mercenario. Y en última instancia un mercenario es un
sádico y su tarea es la guerra, y es un muy eficaz guerrero. Entonces cuando el “Che” dice “son todos mercenarios”
comete un error. Los mercenarios son muy poderosos.
Entonces ¿qué tenemos acá? Tenemos una revolución que es aceptada en una situación excepcional por
Estados Unidos; un personaje carismático que fue Ernesto Guevara, que crea una teoría ajena al marxismo. La crea
junto con Régis Debray, y Hobsbawm abre paréntesis y pone “el francesito de turno” (como buen inglés, Hobsbawm
hace un chiste: no podía faltar ahí un francés).
El francesito escribe Revolución en la Revolución, donde desarrolla la teoría del foco. La teoría del
foco no tiene nada que ver con el marxismo. Marx y Engels están en contra del terrorismo. Si uno lee (y yo las he
leído) sobre todo las obras de Marx advierte que siempre une la lucha revolucionaria con las masas. No hay lucha
revolucionaria si las masas, el pueblo, no acompañan. Debray y Guevara crean la teoría del foco, que consiste en esto:
el movimiento guerrillero debe centrar un foco revolucionario de 8, 10, 15 personas que comienzan a actuar, y
ese foco tiene un poder gradualizador que va atrayendo cada vez más a las masas, logrando cada vez más poderío
hasta que se realiza el asalto final. Es decir, no se parte de las masas, sino que se parte de la elite. En suma, es una
teoría de vanguardia. ¿Cuál es el problema de la vanguardia? Que la vanguardia actúa desde afuera, la vanguardia
cree conocer las leyes de la Historia. Lenin decía “La vanguardia conoce las leyes de la Historia”, y Rosa de Luxemburgo
le decía que nadie puede conocer las leyes de la Historia. Pero el Partido Comunista en la URSS se legitima porque
conoce las leyes de la Historia y las puede bajar a las masas. La vanguardia siempre va a decir “Nosotros sabemos
más que las masas, porque conocemos las leyes de la Historia”. Ocurre algo muy simple, la historia no tiene leyes,
nadie sabe adónde va la historia. Esto lo hemos advertido desde hace tiempo, pero hay muchos que insistieron en que
la historia tenía leyes, y en que el mundo marchaba al socialismo. Como dice Walter Benjamin, en Tesis de la Filosofía
de la Historia, nada causó más daño a la clase obrera alemana que creer que nadaba a favor de la corriente. Nunca
se nada a favor de la corriente, porque no hay una corriente. La corriente hay que crearla, entonces hay que crearla con
el pueblo y hay que trabajar con el pueblo. Esto es lo que surge desde una lectura atenta de los textos de Karl Marx.
Entonces tenemos una situación histórica que constituye una trampa formidable. La Revolución Cubana que
aprovecha una situación excepcional, teoría del foco que se da en gran medida, como dice Hobsbawm, por el carácter
errático de Ernesto Guevara, el Congo, Praga, Bolivia… Y surgen así los movimientos de la guerrilla latinoamericana,
uno de cuyos mayores problemas es no preguntarse jamás ¿cuál es la fuerza del enemigo, contra quién peleamos?
Ignoraban por completo todo esto de la doctrina francesa. Sabían algo de la Escuela de las Américas, pero ignoraban
que el Ejército, como decía un compañero mío en los setenta, todavía no se había puesto en serio con la guerrilla.
el joven de hoy (los jóvenes ignoran nuestra historia, la desconocen) cree que le están haciendo una broma, con-
tando un cuento absurdo, demencial.
La Argentina no se puede constituir legalmente porque insiste en la marginación de la fuerza mayo-
ritaria del país y del líder de esa fuerza. Todo eso potencia a ese líder, porque lo transforma en un objeto maldito.
El pueblo está esperando que regrese en un avión negro. No hay nada más maldito que lo negro, lo negro es lo pro-
hibido, aquello que se niega. Es como una actitud neurótica, cada uno de nosotros vive negando cosas en sí mismo
hasta que estallan como síntoma. Bueno, el peronismo estalla como síntoma, lo tapan acá, lo tapan allá, lo sofocan,
lo silencian, lo persiguen, etc. El primer síntoma grave de ese sistema enfermo que había establecido el Estado gorila
es el secuestro y la muerte de Aramburu.
Pensándolo desde la amplia perspectiva histórica que tenemos ahora, deberíamos decir que ese juego mane-
jadopor las Fuerzas Armadas entre gobiernos militares, gobiernos civiles manejados por militares, gobiernos civiles que
terminan por hacer lo que no quieren los militares y son derrocados (por los militares) y se ponen ellos, y ponen a otro
gobierno civil que tampoco hace lo que quieren y lo sacan y se vuelven a poner ellos es un ciclo de lamentable sustancia
democrática. De 1955 a 1973 no hubo democracia en la Argentina. Hubo ilegalidad, sofocamiento, hubo falta de libertad.
Lo que yo y muchos le podemos reprochar a esa buena persona que fue Arturo Illia es que él, en lugar de
irse legalizando a lo largo de su breve gobierno, debió no aceptar una democracia excluyente. Debió decir: “Señores,
yo no quiero lavarle la cara a nadie. Si ustedes quieren elecciones, que las elecciones sean para todos. Si ahí yo gano,
mi gobierno será democrático. De lo contrario, sólo es la careta de una situación de ilegalidad institucional”.
Pero Illia acepta y –como parece ser una persona honesta– los militares sospechan que dará elecciones
libres, para todos, sin proscripciones. Lo echan porque es un golpe preventivo. Lo echan porque es muy posible
que dé elecciones ampliadas con el peronismo. Entonces viene eso de la tortuga, de las palomas que le dibujan
en la cabeza. Illia es un tipo lento, torpe, y el país necesita un macho. Argentina es un país de machos, y los mili-
tares eran concebidos como los grandes machos del país. Y asume entonces Onganía. Pero Illia, de haber sido un
auténtico demócrata, cuando le propusieron presentarse a elecciones debió haber dicho “No señores, yo no me
presento. Me presento si se presenta el peronismo; pero hacerles de careta democrática a ustedes, lo siento
mucho. Soy un hombre democrático y no me presto a esto”. Ésa era la gran muestra de un espíritu auténticamente
democrático, pero sin embargo acepta presentarse y servir de careta democrática para seguir frenando al peronismo.
Entre tanto, para introducir un tema del que no hemos hablado, hay que hablar de la contrainsurgencia.
La contrainsurgencia, en efecto ya se ha dicho aquí, llega a la Argentina ya con Aramburu. No con Aramburu en
el gobierno, sino con Aramburu como figura principal de las Fuerzas Armadas. La figura de Alcides López Aufranc
es poderosa, y llegan los instructores franceses. Para decirlo de un modo brutal, que sacuda, lo que habían des-
cubierto los franceses en Indochina y en Vietnam –lugares en los que habían perdido, pero en el fondo ellos estaban
seguros de que ésa era la táctica– es la tortura. La doctrina francesa se basa en la tortura. ¿Por qué? Porque para
derrotar a la contrainsurgencia hay que poseer una muy buena y precisa información. Y la información, según el
general Paul Aussaresses o Roger Trinquier u otros militares fundamentales en la doctrina francesa, se obtiene
con la tortura. La tortura garantizaba la palabra del torturado, que ponía en conocimiento de los torturadores
lo que necesitaban saber. A esta tarea, de un modo irónico o trágico, se la llama “tarea de inteligencia”. Es decir,
la tarea de inteligencia consiste en torturar. Hay una película norteamericana (admiro mucho a Estados Unidos y
su cine por la capacidad autocrítica que tiene) en la que un personaje que ve torturas en Iraq llega a Estados
Unidos, y le dice a una agente de la CIA “He visto torturas en Iraq y yo no lo pude tolerar”. “Momento”, le dice
la agente, “Estados Unidos no tortura, obtiene información, eso que quede claro”.
Entonces, la contrainsurgencia ya se está preparando desde los tiempos de Aramburu, y efectivamente pro-
viene de los instructores franceses. Aussaresses, por ejemplo. ¿Quién había sido Paul Aussaresses? Había sido un heroico
luchador contra e
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05
Fradklin lunes 7   05

Fradklin lunes 7 05

  • 2.
    AUTORIDADES NACIONALES DRA. CRISTINAFERNÁNDEZ DE KIRCHNER PRESIDENTA DE LA NACIÓN DRA. NILDA GARRÉ MINISTRA DE DEFENSA
  • 3.
    LA CONSTRUCCIÓN DE LANACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS Debates históricos en el marco del Bicentenario (1810-2010) PRÓLOGO DRA. NILDA GARRÉ MINISTRA DE DEFENSA OSCAR MORENO COORDINADOR PUBLICACIÓN DEL MINISTERIO DE DEFENSA DE LA NACIÓN - REPÚBLICA ARGENTINA
  • 4.
    AUTORES MORENO, OSCAR COORDINADOR ANSALDI, WALDO BALZA,MARTÍN BARRY, CAROLINA BASUALDO, EDUARDO BIANCHI, SUSANA BRAGONI, BEATRIZ BOSOER, FABIÁN BROWN, FABIÁN E. A DE MARCO, MIGUEL ÁNGEL DE PRIVITELLIO, LUCIANO DI TELLA, TORCUATO FEINMANN, JOSÉ P. FRADKIN, RAÚL GALASSO, NORBERTO GELMAN, JORGE LANTERI, SOL LÓPEZ, ERNESTO MATA, SARA E. OLLIER, MARÍA M. OYARZÁBAL, GUILLERMO A. PAZ, GUSTAVO; PERSELLO, ANA V. PLOTKIN, MARIANO B. RATTO, SILVIA RUIZ MORENO, ISIDORO J. SABATO, HILDA SAÍN, MARCELO TIBILETTI, LUIS E. VERBITSKY, HORACIO WASSERMAN, FABIO
  • 5.
    11 Prólogo Dra.NILDA GARRÉ. MINISTRA DE DEFENSA 17 Introducción. OSCAR MORENO Nación y Fuerzas Armadas: notas para un debate CAPÍTULO 1 (1810-1860) LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 35 FABIO WASSERMAN Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860) 45 RAÚL O. FRADKIN Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX 57 JORGE GELMAN Y SOL LANTERI El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1852) 69 SARA E. MATA La guerra de la Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos 79 GUILLERMO A. OYARZÁBAL Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo CAPÍTULO 2 (1862-1880) LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN 85 HILDA SABATO ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX 95 BEATRIZ BRAGONI Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX 105 GUSTAVO L. PAZ Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado Nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) 117 MIGUEL ÁNGEL DE MARCO De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica” CAPÍTULO 3 (1880-1930) LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES 125 SILVIA RATTO La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878) 135 LUCIANO DE PRIVITELLIO El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevos estilos políticos 145 WALDO ANSALDI Partidos, corporaciones e insurrecciones en el sistema político argentino (1880-1930) 155 ISIDORO J. RUIZ MORENO Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército CAPÍTULO 4 (1930-1943) LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL 167 NORBERTO GALASSO Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador 177 FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón ÍNDICE PUBLICACIÓN DEL MINISTERIO DE DEFENSA República Argentina Azopardo 250 (C1107ADB) Fecha de catalogación: 19/03/2010 Coordinador: OSCAR MORENO Diseño de tapas e interiores: ANDREA P. SIMONS Revisión: ESTEBAN BERTOLA Fotografía de tapas e interiores: PEDRO ROTH (Imagen de tapa: Cabildo Abierto, de Pedro Blanqué, 1900) © 2010 Ministerio de Defensa La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas ISBN: 978-987-25356-4-3 La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas/ Nilda Garré ... [et.al.]; coordinado por Oscar Moreno; edición literaria a cargo de Roberto Diego Llumá; con prólogo de Nilda Garré. - 1a ed. - Buenos Aires: Ministerio de Defensa, 2010. 400 p.; 29x23 cm. ISBN 978-987-25356-4-3 1. Historia Argentina. I. Garré, Nilda II. Moreno, Oscar, coord. III. Llumá, Roberto Diego, ed. lit. IV. Garré, Nilda, prolog. CDD 982 Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Ninguna parte de esta publicación inluido el diseño de la cubierta, puede reproducirse, almacenarse o transmi- tirse en forma alguna, ni tampoco por medio alguno, sea este eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin la previa autorización escrita por parte de la editorial. Impreso en Argentina.
  • 6.
    11 1 Oscar Terán,Historia de las ideas en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 25. 2 José C. Chiaramonte, Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Emecé, 1997, p. 133. 3 Tulio Halperin Donghi, De la revolución de Independencia a la Confederación Rosista, Buenos Aires, Paidós, 2000. La construcción de la Nación Argentina. El rol de las Fuerzas Armadas es el resul- tado de la contribución de un conjunto de historiadores, periodistas, políticos y militares que fueron convocados a participar en el Ciclo Anual de Mesas Redondas organizado durante el año 2009 en el marco de las celebraciones por el Bicentenario de la Nación Argentina. El ciclo se organizó bajo una idea rectora: la conmemoración del Bicentenario debe impulsar la comprensión crítica de la historia viva de la Patria. A partir de este objetivo, desde el Ministerio de Defensa, se alentó el análisis acerca del desempeño de las Fuerzas Armadas en los acontecimientos decisivos de la historia argentina, con el fin de que éste per- mita, a las futuras generaciones, elaborar una valoración objetiva en la que se potencien los aciertos y se desalienten definitivamente los errores. Las siete mesas que se desarrollaron entre los meses de mayo y diciembre del año 2009 en el Salón de Actos del Ministerio y que fueron transmitidas por el sistema de video conferencia a distintas unidades militares, contaron con una audiencia poblada de jóvenes oficiales de las tres Fuerzas, algunos altos oficiales y personas de la vida política e intelectual. Es de destacar, en el conjunto de las participaciones, la inquietud y la rigurosidad demostradas en los análisis de las diferentes situaciones problemáticas de la historia argentina y del rol que en ellas desempeñaron las Fuerzas Armadas. El Ciclo Anual de Mesas Redondas se inscribe dentro del Plan Integral de Modernización del Sistema de Defensa impulsado por el Ministerio de Defensa, que se funda en el principio de conducción civil de los asuntos castrenses, que a su vez se sustenta en el enunciado de diez grandes líneas de acción, una de las cuales es el fortalecimiento de la vinculación del sistema con la sociedad civil. Esta línea de acción promovió el desarrollo de muy variadas actividades, pero todas ellas orientadas a la generación y difusión de un espacio de diálogo que resultara útil para favorecer el acercamiento de la ciudadanía en su conjunto al conocimiento de los hechos del pasado y a la recuperación de la memoria colectiva. El diseño del ciclo se gestó a partir de definir los más importantes nudos problemáticos de la historia argentina, en función de la construcción de la Nación y las funciones propias de las Fuerzas Armadas en cada una de aquellas situaciones. La primera de dichas coyunturas está dada por los procesos de la Independencia y de la organización nacional. La Revolución de Mayo se desencadenó en el Río de la Plata como un acontecimiento que no contó con un programa previamente formulado por sujetos sociales o políticos,1 pero que, con el transcurrir del tiempo, sería constitutivo de la Nación y circuns- tancia de profundo análisis para cualquier perspectiva y desarrollo político futuro. De esta manera, una vez que la Revolución se produjo y se estableció la Primera Junta, fue necesario legitimarla. Si bien el gobierno se había formado en Buenos Aires, representaba a un territorio mucho mayor, al que ahora había que llegar para convencer a sus autoridades y pobladores.2 A partir de este momento, el rol que desempeñan las Fuerzas Armadas se vuelve significativo, ya que las nuevas autoridades, como afirma Halperin Donghi,3 deciden difundir la noticia de su gobierno en todas las ciudades del virreinato a través de expediciones militares; con lo cual la guerra se presentaba como un horizonte inevitable. Esta problemática, que se discute en el PRÓLOGO DRA. NILDA GARRÉ MINISTRA DE DEFENSA 189 ANA VIRGINIA PERSELLO ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930 199 MARIANO BEN PLOTKIN Políticas, ideas y el ascenso de Perón CAPÍTULO 5 (1945-1955) EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA 207 TORCUATO DI TELLA Industria, Fuerzas Armadas y peronismo 215 MARCELO SAÍN Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955) 223 SUSANA BIANCHI Hacia 1955: la crisis del peronismo 233 CAROLINA BARRY El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955) CAPÍTULO 6 (1955-1976) LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS 243 MARÍA MATILDE OLLIER Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón 253 ERNESTO LÓPEZ La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino 263 LUIS EDUARDO TIBILETTI La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976 271 JOSÉ PABLO FEINMANN Ilegitimidad democrática y violencia CAPÍTULO 7 (1976-1983) LA DICTADURA MILITAR Y EL TERRORISMO DE ESTADO. LA DOCTRINA DE LA SEGURIDAD NACIONAL Y EL NEOLIBERALISMO 279 EDUARDO BASUALDO El nuevo funcionamiento de la economía a partir de la dictadura militar (1976-1982) 293 FABIÁN BOSOER El Proceso, último eslabón de un sistema de poder antidemocrático en la Argentina del siglo XX 301 HORACIO VERBITSKY Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos, una relación impuesta 309 MARTÍN BALZA La Guerra de Malvinas 319 NOTAS BIOGRÁFICAS
  • 7.
    12 13 En esecontexto, el sistema político –con sus dobles mediación y lógica, partidaria y corporativa– acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza de las asociaciones de interés, díada que, a su vez, operó en el sentido de un creciente afianzamiento del poder y del papel del Estado”.8 El quinto de los nudos problemáticos se refiere al rol de las Fuerzas Armadas luego del golpe de Estado de 1930. A partir del gobierno presidido por el general Agustín P. Justo y del debate de las carnes se inicia en el país lo que Tulio Halperin Donghi denominó la “República del Fraude”.9 La influencia que ejerció este período sobre el Ejército afectó la moral y la opinión del cuerpo de oficiales: “se perfiló la tendencia a subordinar los valores profesionales a los problemas polí- ticos, y los temas que antes se creían ajenos a la competencia de los oficiales se convirtieron en cuestiones de discusión cotidianos con efectos perjudiciales que fueron evidentes para el nivel profesional”.10 Además, este período histórico comprende otra coyuntura que requiere ser anali- zada: el modo de considerar el desarrollo industrial argentino, en tanto pilar fundamental para el crecimiento económico y el bienestar social. Tres hombres provenientes del Ejército fueron quienes se habrían de ocupar con mayor compromiso de esta cuestión: Enrique Mosconi, Manuel Savio y Juan D. Perón. Su ideario se incorpora, en este período, al de numerosos oficiales que se interesaron fuertemente por el manejo de los asuntos públicos. El sexto de los plexos problemáticos se puede ubicar históricamente durante el período del peronismo clásico. Una de las expresiones más claras de Perón en relación con las Fuerzas Armadas figura en la conferencia que dictara en la Universidad de La Plata en 1944, que se incluye en numerosas publicaciones con el título de “El significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en la que desarrolló dos conceptos centrales: la “Nación en armas” y el desarrollo industrial argentino. “La defensa nacional exige una poderosa industria propia y no cualquiera sino una industria pesada” afirmó Perón en aquella conferencia. Esta perspectiva hacía necesaria “la acción estatal, protegiendo a las manufacturas consideradas de interés estratégico, y la crea- ción de la Dirección General de Fabricaciones Militares que contempla la solución de los pro- blemas neurálgicos que afectan a las industrias radicadas en la Argentina”.11 Durante el período del peronismo clásico la relación entre el gobierno y las Fuerzas Armadas se estructuró a partir de la llamada Doctrina de la Defensa Nacional. Ésta se sustentaba en una concepción de la guerra muy convencional y limitada, en la que se preveían posibles confron- taciones bélicas localizadas con los países vecinos, particularmente con Chile y el Brasil. Estas dos hipótesis de conflicto configuraron el canon para la organización y el despliegue de las Fuerzas Armadas argentinas. La siguiente coyuntura se sitúa en el período político que se inaugura en 1955, con el derrocamiento del gobierno de Perón por las Fuerzas Armadas, en el que éstas ocupan el centro de la escena política, y concluye en 1973, a partir de la vuelta de un nuevo gobierno peronista. Al igual que el conjunto de la corporación política que se había opuesto a Perón y al movimiento peronista, las Fuerzas Armadas se dividen en cuanto a la interpretación acerca de su figura y pers- pectivas políticas y a la manera de vincularse con él y con el movimiento. Existe, por ejemplo, el proyecto de construir un peronismo sin Perón (Lonardi). Al mismo tiempo, existe otro proyecto que consiste en una maniobra de “desperonización”, fundada básicamente en la represión del movimiento (Aramburu). Estas dos concepciones atravesarán todo el período, incluido el primer intento de las Fuerzas Armadas de gobernar el país por ellas mismas, no de manera transitoria para reponer los valores democráticos supuestamente afectados sino con el fin de llevar adelante un modelo de país (Onganía). Este análisis permite delinear y comprender el séptimo de los núcleos problemáticos que fueron debatidos en el Ciclo Anual de Mesas Redondas. libro, es posible definirla como la militarización del conjunto de la sociedad, y la forma en la que este proceso ha de signar la experiencia política de toda una generación. A esta coyuntura se agrega el análisis de los conflictos relacionados con la Guerra de la Independencia librada por los gauchos de Güemes y la batalla de Montevideo, donde una naciente armada de las fuerzas revolucionarias al mando del almirante Guillermo Brown derrotará a los realistas y liberará la región este del que fuera el virreinato del Río de la Plata. El segundo nudo considerado consiste en la coyuntura que se produjo durante la última parte del siglo XIX, en la que: “el Ejército restableció con rapidez el orden interno nece- sario para la puesta en marcha del plan de modernización y apresuró la unificación del país a pesar de que ello costó la autonomía real de las provincias”.4 La cuestión se discutió desde una moderna perspectiva historiográfica que parte de aceptar que la organización militar se encon- traba constituida tanto por el ejército de línea como por la Guardia Nacional, y ambos componían el Ejército Nacional. Hilda Sabato afirmó, en su ponencia a la segunda de las mesas redondas –y lo reitera en el artículo que se incluye en el presente volumen–, que sólo a fines del siglo, el predominio de las posturas centralistas condujo a privilegiar el fortalecimiento de los cuerpos regulares en detrimento de las milicias, para asegurar de esta manera el monopolio estatal del uso de la fuerza. La participación de los cuerpos regulares y las milicias en la construcción del orden liberal a finales del siglo XIX se analiza también en los conflictos de poder en la región de Cuyo. Los dos nudos que se analizan a continuación se inscriben en el período denominado como la “Argentina moderna” (1880-1930), considerado como un único período en términos eco- nómicos, con base en el modelo primario exportador y como dos subperíodos en el aspecto polí- tico divididos por la sanción de la Ley Sáenz Peña Así, el tercero de los nudos históricos se define a partir del emprendimiento llevado a cabo contra las poblaciones indígenas, con que se inicia el período de la “Argentina moderna”. Esta acción se basaba en un fundamento programático, compartido por los sectores dominantes de Occidente, según el cual las naciones sólo serían viables si contaban con una población blanca y cristiana. Esta idea se vincula con aquella afirmación de Juan Bautista Alberdi acerca de que: “somos europeos transplantados en América”. Mientras que en las Bases lo guía la convicción de que en Hispanoamérica el indígena “no figura, ni compone mundo”.5 Julio A. Roca emprendió una campaña agresiva para llevar la frontera desde el zanjón hasta los bordes del río Negro, combatiendo a los indígenas, utilizando los instrumentos de la modernización tecnológica como el telégrafo y el ferrocarril y la profesionalización de las Fuerzas Armadas. La eliminación física de los indígenas hasta más allá del río Negro significó la incorporación de 15.000 leguas de tierra productiva.6 Pero la incorporación de esas 15.000 leguas también significó: “según consta en la Memoria del Departamento de Guerra y Marina del año 1879, 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos en combate, 10.539 indios no combatientes prisioneros y 1.049 indios reducidos voluntariamente”.7 La cuarta problemática identificada y discutida en la misma mesa que la anterior está dada por la relación entre el Ejército –que tuvo, en este período de la historia argentina, un fuerte proceso de conversión a una sólida burocracia estatal y profesional– y la política en las moda- lidades que adquirió después de la sanción de la Ley Sáenz Peña y la posterior victoria de la UCR en 1916. Waldo Ansaldi sostuvo en la tercera de las mesas –y lo afirma en el artículo incluido en el presente volumen– que: “entre 1880 y 1930 el país atravesó una situación de existencia de un Estado y una sociedad civil fuertes, relación que no terminó de consolidarse en tales términos. Hubo un progresivo fortalecimiento de la sociedad civil, pero fue un fortalecimiento corporativo. 4 Haydée Gorostegui de Torres, La Organización Nacional, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina (tomo 4), 2000. p. 93. 5 Oscar Terán, op. cit., p. 112. 6 Ezequiel Gallo y Roberto Cortés Conde, La República conservadora, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argen- tina (tomo 5), 2005, p. 42. 7 Silvia Ratto, Indios y Cristianos, Buenos Aires, Sudamericana, 2007, p. 183. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 8 Waldo Ansaldi, “Partidos, corporaciones e insurrecciones en el sistema político argentino (1880-1930)”, en el presente volumen. 9 Tulio Halperin Donghi, La República imposible (1930-1945), tomo V, Buenos Aires, Ariel Historia, 2004. 10 Robert A Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 118. 11 Carlos Altamirano, Bajo el signo de las masas (1943-1973), Buenos Aires, Ariel Historia, colección Biblioteca del Pensamiento Argentino (tomo VI), 2001, p. 24. DRA. NILDA GARRÉPRÓLOGO
  • 8.
    1514 El octavo delos nudos problemáticos está definido por lo que se conoce como el gobierno del Partido Militar. El llamado Proceso de Reorganización Nacional asumió el poder con el objetivo expreso de restablecer el orden: esto implicó, en los hechos, la más brutal represión del conjunto de las organizaciones populares. Restablecer el orden, para el gobierno de los militares, consistió en eliminar físicamente todas las barreras que el pueblo había construido en defensa de los intereses nacionales. La represión fue ejecutada sin ninguna legalidad: no hubo dete- nidos, jueces, ni procesos. Existió la prisión, la tortura y la muerte decidida por los propios represores. Un documento del Ministerio de Defensa del año 200712 afirma que las Fuerzas Armadas se habían volcado hacia la seguridad interior, el despliegue e inteligencia que: “alcanzó su máxima expresión bajo los años de la última dictadura militar con la conformación de las deno- minadas zonas y subzonas de seguridad interior, el despliegue de estructuras de inteligencia operativas, una fuerte vinculación operacional con las fuerzas policiales y de seguridad –respecto de las cuales ejercía efectivamente la conducción de este tipo de actividades– y el desarrollo de una estrategia contra subversiva que en gran medida escapó a los parámetros legales y morales y terminó configurando uno de los casos más significativos de terrorismo de Estado en la Región”. En relación con esta problemática, Horacio Verbitsky sostuvo en la mesa redonda –y lo reitera en el artículo que forma parte de este volumen– que: “la utilización de concep- ciones laxas y ambiguas de seguridad y de defensa y la asignación de tareas sociales para las Fuerzas Armadas en democracia conllevan un alto riesgo de violación de derechos fundamen- tales y pueden alterar la subordinación al poder civil”.13 El último de los nudos problemáticos que también se discutió en el marco de la última mesa redonda estuvo vinculado con la Guerra de Malvinas, que constituyó el primer conflicto entre dos naciones del mundo occidental luego de la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra presentó en su desarrollo la increíble combinación de elementos nove- dosos con otros que se creían pertenecientes al pasado. Por una parte se produjo el debut del misil antibuque Exocet y el avión de despegue vertical Harrier; por otra parte, se llevaron a cabo combates nocturnos de infantería a bayoneta como eran habituales durante la Gran Guerra. En cuanto al comportamiento de las tropas, es de destacar que los soldados, en muchos casos con muy poca instrucción, demostraron una notable abnegación y se cubrieron de gloria enfrentando a una de las mejores unidades del mundo. Sin embargo, no ocurrió lo mismo en el ámbito de la oficialidad, donde si bien hubo una participación valerosa de numerosos jóvenes oficiales, también existieron muchos otros que se inclinaban en mayor medida a impartir sanciones a la tropa propia antes que ejemplos para sus subordinados. Los nudos problemáticos que hemos señalado intentan ofrecer un aporte a la nece- saria discusión de la relación entre la construcción de la Nación y el papel de las Fuerzas Armadas. Es de destacar también, que el Ministerio de Defensa desarrolla desde hace cuatro años, un proyecto de reforma y transformación del área de Defensa que incluye procesos en rea- lización y en curso en las áreas legal, de planeamiento estratégico y doctrinario, de la educación, del sistema de justicia militar, de recuperación de la industria de la Defensa, de la racionalización presupuestaria, de la política de género y de las prácticas y la educación en derechos humanos y derecho internacional humanitario. Este proyecto impulsado durante las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner ha hecho centro en la profundización del control civil del área de Defensa, en la verticalización a la autoridad constitucional de las Fuerzas Armadas como anhelo de generaciones de argentinos y de mayorías populares que procuraron durante décadas, concluir con el movimiento corporativo autónomo de una concepción militar tutelar del poder civil. Como esta idea tutelar surgió no solamente de políticas de poderosos grupos econó- micos, culturales, políticos y religiosos, sino de la construcción histórica que los mismos reali- zaron, contribuir a la revisión crítica y a la investigación histórica científica, con perspectivas plu- rales, ha constituido un aporte de esta cartera a la celebración reflexiva del Bicentenario. La perspectiva de un área de Defensa donde la responsabilidad directiva, pero también la participación activa de civiles, constituye un elemento fundamental para acentuar esa perspectiva democrática, nacional y popular, que da sustento social a la doctrina del ciudadano- soldado que es, en primer lugar un argentino con todos los derechos y las obligaciones del resto de sus compatriotas, luego funcionario público y, finalmente, un profesional militar comprome- tido hasta dar la vida en defensa de la Patria, la Nación y la República constitucional. Quedan atrás el tutelaje conservador con mirada subyugada por los conflictos de blo- ques y potencias subordinantes de la Argentina, pero también una idea anacrónica del supuesto abrazo “pueblo-Fuerzas Armadas” que encubriera en años recientes aventuras donde el pueblo era, en el mejor de los casos un invitado a través de la demagogia o, trágicamente, la víctima de represiones tan crueles como insensatas. Hay otra historia posible para el futuro que ya se visualiza con certeza en los mandos de las Fuerzas, en sus cuadros medios y, sobre todo, en las nuevas generaciones militares. Es la conversión de sus cuadros en un nuevo tipo de soldado. Pero para que esa historia se construya, el debate sobre el pasado castrense que permite recuperar capítulos fundamentales –en la Independencia– productivos en el apoyo al crecimiento nacional y los comportamientos heroicos en acciones equivocadas como la Guerra de Malvinas, se debe debatir el pasado desde otra mirada. La expuesta en estas jornadas y con- densada en estas páginas no es, por cierto, la única posible. El Ministerio la pone deliberadamente en curso para que el progreso del intercambio y la investigación inauguren una nueva edad argentina de la Defensa, que la vincule definitivamente con América Latina y con el proyecto de la paz perpetua universal que el cincelador de la Constitución Nacional, Juan Bautista Alberdi, apuntalara en el siglo XIX en las páginas memorables de El crimen de la guerra. Que la reconciliación arribe de la mano de la justicia, la verdad y la memoria. DRA. NILDA GARRÉ 12 Modernización del Sector Defensa, Ministerio de Defensa, Buenos Aires, 2007. 13 Horacio Verbitsky, “Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos, una relación impuesta”, en el pre- sente volumen. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS DRA. NILDA GARRÉPRÓLOGO
  • 9.
    16 17 NACIÓN YFUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 reunió a más de 250 vecinos, de los 400 convocados, y para consagrar a la Primera Junta, el 25 de mayo, resultó fundamental la par- ticipación de los regimientos militares que venían configurándose desde las invasiones inglesas, de allí la importancia de Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios.1 La Junta decidió difundir los contenidos de la Revolución a través de expediciones militares al resto de las ciudades que conformaban el virreinato del Río de la Plata. Lo que implicó una fuerte militarización de la sociedad a través del sistema de milicias. La guerra contra los realistas tuvo varios escenarios. En el norte los intentos de avanzar hacia el Alto Perú terminaron en 1815 con el desastre de Sipe-Sipe. Desde allí, Martín de Güemes al mando de sus Gauchos2 habría de rechazar año tras año las invasiones realistas. Mientras que la guerra hacia el este terminaría con el triunfo, en mayo de 1814, de la escuadra revolucionaria al mando de Guillermo Brown que derrotó a la escuadra realista. Allí tuvo su acta de bautismo la que sería luego la Armada Argentina.3 En 1816 se declaró la Independencia en el Congreso de Tucumán. En 1817, el Ejército Libertador cruzó la cordillera hacia Chile y con la batalla de Maipú dejó liberado el territorio del país trasandino. En 1820, habiendo colapsado el gobierno nacional, el Ejército de los Andes marchó hacia la liberación del Perú. Al finalizar la guerra con Brasil, en 1828, los unitarios, liderados por Juan Lavalle tomaron las riendas del poder en la provincia de Buenos Aires y fusilaron a la figura más impor- tante del federalismo, Manuel Dorrego.4 En el período desde 1829 hasta 1853 se desarrolló la Confederación y el gobierno de Rosas.5 El triunfo de Rosas estuvo claramente vinculado con la politización de los hombres de campo. Él tuvo como objetivo la paz por una parte, y la representación de las masas que irrumpieron en la política. En síntesis, se logró la paz interior del país federal en la medida en que los caudillos creyeron que el interior había triunfado sobre Buenos Aires. Distinta fue la situación en el Litoral, allí la pacificación nunca llegó y, por el contrario, este conflicto conduciría a la derrota del rosismo. La gran alianza antiporteña, que se forjó en gran medida a partir del conflicto con Montevideo y las potencias con injerencia en el Río de la Plata (Gran Bretaña y Francia), liderada por Urquiza derrotó a Rosas en Caseros. El triunfo de Urquiza, la sanción de la Constitución Nacional en 1853, los enfren- tamientos con Buenos Aires que terminaron en Pavón, se constituyeron en la etapa previa a la formación del Estado nacional. INTRODUCCIÓN OSCAR MORENO COORDINADOR 1 Oscar Terán, Historia de las ideas en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 36. 2 Sara Emilia Mata, Los Gauchos de Güemes. Guerras de la Independencia y conflicto social, Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 3 En el sitio oficial de la Armada <www.ara.mil.ar> se afirma que son cuatro los acontecimientos que constituyen su historia: “La primera escuadrilla Argentina” (Azopardo y Gurruchaga) es de 1810 con asiento en el apos- tadero de Montevideo; la campaña naval de 1814 desarrollada por la Armada Argentina y comandada por el almirante Guillermo Brown, que libró la histórica batalla de Montevideo; las campañas corsarias (Brown y Bouchard) que contribuyeron, de manera definitiva, a la decadencia del comercio español; y la expedición libertadora al Perú que comandó el general San Martín. 4 Raúl O. Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego!, Buenos Aires, Sudamericana, 2008. 5 Alejandro Cattaruzza, Los usos del pasado. La historia y la política argentina en discusión (1910- 1945), Buenos Aires, Sudamericana, 2008, pp. 161-188, cap. 7: “Las huellas de Rosas”.
  • 10.
    18 19 6 HaydéeGorostegui de Torres, La Organización Nacional, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina (tomo 4), 2000, p. 93. El capítulo que analiza los sucesos ocurridos durante este período se conforma de cinco artículos: “Revolución y Nación en el Río de la Plata”, de Fabio Wasserman, que parte de aceptar el consenso acerca de la consideración de la Revolución de Mayo como hecho fun- dante de la Nación, para discutirlo a través de diversas perspectivas historiográficas en rela- ción con el proceso a partir de un enfoque preciso acerca de la Nación. “Sociedad y militari- zación revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX”, de Raúl Fradkin, en donde se analizan los impactos y significados de la militarización revolu- cionaria que multiplicó las ya heterogéneas formaciones armadas con que contaba la colonia y la extrema politización de los sectores sociales populares. “El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1852)”, de Jorge Gelman y Sol Lanteri, en donde se destaca que la militarización y politización de base rural constituyeron las piezas centrales de la auto- ridad estatal y del exitoso proceso de disciplinamiento social. El texto estudia el entramado militar-miliciano en los gobiernos de la etapa federal, y en sus dispositivos coercitivos. “La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos”, de Sara E. Mata, en el que se con- frontan los perfiles militares, sociales y políticos que presentó la Guerra de Independencia en la provincia de Salta. Güemes no defendió ninguna frontera, defendió la revolución de Buenos Aires y la independencia americana; el extremo norte de la provincia de Salta sería frontera recién a partir de 1821 y no antes. “Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo”, de Guillermo Oyarzábal, en el que se da cuenta de los aspectos políticos y económicos que llevaron a formar la escuadra que libró la batalla de Montevideo derrotando a los realistas en el este. ___________ La modernización de la Argentina se desarrolló como una necesidad surgida frente a los dos procesos que se afianzaron a partir de 1860, la producción de productos agropecuarios que el mundo demandaba y la apertura del país a la inmigración europea. El período, que se extiende hasta aproximadamente 1880, se caracterizó por el afianzamiento del orden institucional y una profunda transformación del orden económico y social en el país. Se sucedieron en la presidencia tres personalidades por completo diferentes: Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. La cuestión de la Capital, en el ámbito interno, y la Guerra del Paraguay, en el internacional, constituyeron los grandes conflictos del período. Durante la presidencia de Sarmiento se institucionalizó el Ejército Nacional. En esta creación se advierte la influencia de Mitre que había dado los primeros pasos para constituirlo luego de Pavón, al unificar la Guardia Nacional de Buenos Aires con otros grupos dispersos de la Confederación y transferir el Ministerio de Guerra al orden nacional. La constitución integral del cuerpo no ocurrió hasta 1864, una vez concluida la campaña contra el “Chacho” Peñaloza. El gobierno procedió de esta manera, a la creación de un ejército permanente y, también, de la Escuela Naval Militar. Si bien todo aquello que complementó a esta disposición (formas de reclutamiento, estructura jerárquica, reglamentos) se produjo posteriormente al decreto originario, sus lineamientos fundamentales y, por lo tanto, su origen institucional se encuen- tran en éste. Finalmente, la creación del Colegio Militar en 1869 y la ley de 1872, que estableció las nuevas formas de reclutamiento, antecedente directo de la conscripción obligatoria, fun- daron las normativas que dieron forma definitiva a la institución en la Argentina moderna. En resumen, y en consideración de las diferentes perspectivas que el análisis per- mite, es posible afirmar, sin abrir juicios acerca de los métodos y de la oportunidad en parti- cular, que “el Ejército restableció con rapidez el orden interno necesario para la puesta en marcha del plan de modernización y apresuró la unificación del país a pesar de que ello costó la autonomía real de las provincias”.6 7 Silvia Ratto, Indios y cristianos. Entre la guerra y la paz en las fronteras, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, pp. 202-203. Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX”, de Hilda Sabato; este trabajo contiene una referencia a la organización militar en la Argentina del siglo XIX y su relación con el proceso de formación del Estado nacional, en la que se funda el análisis acerca de la cuestión de las luchas políticas y las guerras internas, así como la manera en la que éstas afectaron a la organización militar hasta finales del siglo. “Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX”, de Beatriz Bragoni, estudia la centralidad del proceso de militarización y politización popular, y su impacto en la construcción de la pirámide de poder de los caudillos, que sucedió a la destrucción del poder central en 1820. También demuestra el modo en el que la inestabilidad del sistema de alianzas e inestabilidades interprovinciales coadyuvaron a la institucionalización del poder nacional durante el siglo XIX. “Resistencias popu- lares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (l874-1875)”, de Gustavo Paz, se trata de un trabajo que compara las formas de acción popular colectiva en dos provincias argentinas durante las décadas de la formación del Estado nacional. “De la Marina ‘fluvial’ a la Marina ‘atlántica’”, de Miguel Ángel De Marco, da cuenta de los enfrentamientos entre las marinas fluviales de Buenos Aires y la Confederación, hechos que determinaron, durante la presidencia de Sarmiento, la creación de la Escuela Naval Militar y con ésta el nacimiento de la Marina moderna. ___________ No es posible referirse al año 1880 sin considerar previamente la llamada “Conquista del desierto”. El avance de la línea de fronteras, entre los cristianos y los indios, después de Rosas, se realizó en dos etapas. El plan de Alsina que consistió en la construcción de una serie de fortines unidos entre sí por una zanja que extendió la frontera hasta lo que en la actualidad es el suroeste de la provincia de Buenos Aires; sin embargo, con la muerte de Alsina, Julio Roca, emprendió una campaña más agresiva con el fin de llevar la frontera hasta los bordes del río Negro, procediendo a la eliminación física de los indígenas.7 En 1880 asumió el gobierno el general Julio A. Roca y se origina el denominado el proyecto de la Generación del 80. Las reformas institucionales fueron: en 1884 la Ley de Creación del Registro Civil, la sanción de la Ley del Matrimonio Civil y fundamentalmente, la ley 1.420 que uni- versalizó la enseñanza primaria, que a partir de entonces debía ser laica, gratuita y obligatoria. El servicio militar obligatorio comenzó a regir una vez que el ministro de Guerra, el teniente general Pablo Ricchieri consiguió la promulgación de la ley 3.948; los conscriptos nacidos en 1880 constituyeron la primera clase que fue convocada. A su vez, el siglo XIX estuvo marcado por diferentes conflictos con Chile que cul- minaron con el acuerdo del 23 de julio de 1881, completado con el protocolo adicional de 1893. El punto principal del acuerdo fue que el límite entre ambos Estados lo constituía la Cordillera de los Andes y que la forma de delimitar la frontera era a partir del principio de altas cumbres que dividen aguas. La Argentina no podría tener puerto alguno sobre el Pacífico, ni Chile sobre el Atlántico. Sin embargo, en este acuerdo no se encontró el fin de la disputa. Ya durante los primeros años del siglo XX, la crisis económica aumentó la conflic- tividad social, que alcanzó su punto más alto con la huelga general de 1902 que paralizó a la ciudad de Buenos Aires. La respuesta del gobierno fue la sanción de la Ley de Residencia que permitía deportar a quienes perturbaran el orden público. La crisis y el avance de los sectores medios hicieron crecer en importancia al par- tido que mejor los representaba: la Unión Cívica Radical y a su líder don Hipólito Yrigoyen. Lo que impulsó al gobierno de Sáenz Peña a dictar una ley electoral que estableció el sufragio secreto y universal, con los padrones militares. En 1916, se realizaron los comicios en el marco de dicha ley electoral y triunfaron los radicales. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 11.
    20 21 8 JoséLuis Romero, Breve historia de la Argentina, Buenos Aires, FCE, 1996, p. 127. 9 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo I, Buenos Aires, Emecé, 1981, pp. 131-132. Los sectores sociales que llegaron al gobierno con el radicalismo fueron “los hijos de la ley 1.420”. Los dirigentes del radicalismo surgieron de las profesiones liberales, el comercio y la producción que, a su vez, constituyeron las mayores posibilidades para el ascenso social. Pero quizás este origen, es el que provocaba en ellos un intenso deseo de integrarse de otra manera a las elites y fue lo que los inhibió para provocar los cambios en la estructura económica, que, según demostró la historia, hubiera sido el único camino para mantener y profundizar la democracia formal nacida con la Ley Sáenz Peña.8 Se vuelve necesario un breve comentario acerca de la relación entre los radicales y los militares, porque hasta la sanción de la Ley Sáenz Peña ellos apostaban al cambio político a través de la insurrección, sólo como ejemplo se puede mencionar que en septiembre de 1889, en la creación de la Unión Cívica “[de la] cual surgiría el Partido Radical, cadetes uniformados participaron ostensiblemente del mitin”.9 Las tensiones sociales provenientes de la crisis financiera, la caída de los precios de los artículos de exportación y el desempleo, explotaron en dos situaciones colectivas, una de ellas fue la huelga general de trabajadores industriales en Buenos Aires (1919) que se inició en los Talleres Metalúrgicos Vasena. A la represión estatal se le sumaron los grupos civiles de la Liga Patriótica con una fuerte impronta antisemita. La otra situación que se produjo fue la huelga de los peones de las estancias en la Patagonia. La primera es la que se recuerda como la “Semana Trágica” y la segunda como la “Patagonia Rebelde”. En la represión que se produjo a partir de esos hechos, fundamentalmente en la huelga de los peones de las estancias en la Patagonia, el Ejército tuvo una decisiva participación. La defensa del sistema caracterizado por el ascenso social le proporcionó a Yrigoyen (1916-1922) un fuerte prestigio popular, con el que no contó su sucesor Marcelo T. de Alvear (1922-1928). En la mitad de la década de 1920 comenzó la embestida de los capitales norteame- ricanos, en concordancia con la expansión de Estados Unidos y la vacancia dejada por los capi- tales europeos. Todo ello actuó como revulsivo en la débil estructura económica del país. Estos signos, no fueron comprendidos por el gobierno de Alvear que se mantuvo apegado a normas y ritos propios del sistema económico tradicional. En su corto segundo período, Yrigoyen no logró adaptarse a los cambios de la vida argentina y mundial, no comprendió las transformaciones que se habían producido en el Ejército a partir de la politización que él mismo había provocado, ni que un grupo importante de sectores conservadores habían abandonado su fidelidad al sistema democrático y abrazaban con disimulo algunos de los principios del fascismo italiano. Finalmente no desarrolló ninguna estrategia en el nivel económico que le permitiera enfrentar la crisis mundial desatada en 1929. Entre las contradicciones propias de estos gobiernos radicales se debe destacar la defensa de la soberanía en materia energética, fundamentalmente en el accionar del general Mosconi al frente de YPF. Estas circunstancias confluyeron para hacer posible el triunfo del golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930. Los cuatro artículos que conforman este capítulo son: “La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878)”, de Silvia Ratto, donde se analiza el modo en el que la política de fronteras y la política respecto de la población aborigen se confundie- ron en una sola discusión. Éstas se desarrollaron de dos maneras: una consistió en el avance a través de la negociación que tenía como fin la incorporación de la población indígena al terri- torio conquistado. La otra, a partir de los avances militares que sometieran a la población origi- naria. “El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevos estilos políticos”, de Luciano de Privitellio, se trata de un trabajo que investiga la relación entre el Ejército –luego de las transformaciones de 1890– y la política –a partir de los cambios de 1912–. El modelo militar que surge de la renovación se habría de transformar, fundamentalmente, en la déca- da de 1930 a causa del impacto que provocaron las ideologías de origen europeo impulsadas 10 Darío Cantón, José Luis Moreno y Alberto Ciria, La democracia constitucional y su crisis, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina (tomo 6), 2000, pp. 121 y ss. 11 En materia de electricidad, la CADE, subsidiaria de SOFINA –con sede en Bruselas–, con mayoritario capital bri- tánico tenía una concesión que vencía en 1957. El Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires (en 1936) dictó dos ordenanzas, la primera alargó el plazo hasta 1971, la segunda obligó al Estado a comprar todos los bienes muebles e inmuebles de la compañía al vencimiento de la concesión. El diario La Vanguardia (del Partido Socialista) estimó entre 60.000 y 120.000 pesos lo que la compañía pagó cada voto en el Concejo. Nunca fue desmentido. 12 Gino Germani, Estructura social de la Argentina, Buenos Aires, Solar, 1965. por la crisis de entreguerras y del rol de la Iglesia católica dentro de la institución. “Partidos, corporaciones e insurrecciones en el sistema político argentino (1880-1930)”, de Waldo Ansaldi, demuestra que entre 1880 y 1930 el sistema político –con su doble mediación, la par- tidaria y la corporatista– acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza de las asociaciones de interés, lo que habría de operar un afianzamiento del poder estatal. El autor concluye afir- mando que la extensión del derecho de ciudadanía política, la paulatina consecución de la ciu- dadanía social y la regulación estatal del conflicto social resultaron insuficientes para asegurar la transición entre el Estado oligárquico y el Estado democrático; el golpe de 1930, además, truncó ese proceso. “Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército”, de Isidoro J. Ruiz Moreno, pre- senta una muy detallada descripción de las presidencias que se sucedieron durante este período, desde la primera de Roca hasta la segunda de Yrigoyen, y, asimismo, de las actuaciones de los diferentes partidos políticos; a partir de esta investigación se configuran las característica más destacadas de la denominada “Argentina moderna”. ___________ La crisis económica y financiera que se inició en la Bolsa de Nueva York el 29 de octubre de 1929 y que se extendió a todo el mundo occidental alcanzó pronto a la Argentina y fue la que le brindó el marco exterior a la restauración conservadora iniciada con el golpe del 6 de septiembre de 1930, encabezada por José E. Uriburu y consolidada durante el gobierno de Agustín P. Justo.10 En el seno del gobierno existían dos tendencias: los nacionalistas de Uriburu y los con- servadores de Justo, esta tensión se resolvió a favor de Agustín P. Justo en las elecciones de 1931. Gran Bretaña enfrentó la Crisis del 30 a partir de la fórmula buy british, que se con- cretó con los acuerdos de la Conferencia de Ottawa, en 1932. A través de éstos la exportación de carnes desde la Argentina hacia Gran Bretaña se vio perjudicada. En 1933, Julio Roca, vice- presidente de la Argentina, firmó junto con el presidente del Board of Trade británico, Walter Runciman, el pacto que la historia recordó como el de Roca-Runciman. A partir de ese pacto, a costa de los intereses nacionales, se acordó de manera satisfactoria la situación de los gana- deros y de los frigoríficos. En el frente interno se practicaron, parcialmente, las recetas keynesianas para la crisis en Estados Unidos, se crearon el Banco Central y las Juntas Reguladoras de los principales productos de exportación. El transporte, las compañías de electricidad11 y el petróleo fueron, durante el período, el territorio de disputa de los intereses norteamericanos y británicos. Finalmente, las consecuencias de la guerra y de la crisis dieron nacimiento al proceso de industrialización sustitutiva de productos de importación, asentándose físicamente en Buenos Aires, el Gran Buenos Aires y el Litoral. Este proceso de industrialización fue, en parte, la causa de los procesos de migraciones internas.12 La debilidad política del régimen, la importante presencia de una clase obrera indus- trial, la neutralidad ante la Segunda Guerra Mundial y la mejora en la situación económica durante la guerra abrieron la puerta al golpe de Estado del 4 de junio de 1943. Con el gobierno del presidente general Agustín P. Justo y posteriormente al debate de las carnes se ha de inaugurar en el país lo que Tulio Halperin Donghi denominó la “República NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 12.
    22 23 Las necesidadesy la identidad del contingente de un millón de personas que entre 1936 y 1945 se alojaron en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires fueron el objetivo principal de aquella articulación entre Perón y los dirigentes sindicales. Aquel contingente estaba formado por obreros argentinos y por lo tanto “dotados de franquicia electoral”.17 La influencia de Perón se afirmó en las relaciones con el Ejército y con las organizaciones sindicales. El crecimiento de Perón llevó a los sectores, autodenominados democráticos, a pre- sionar a los militares hasta que lograron que el 9 de octubre de 1945 destituyeran a Perón y lo encarcelaran en la isla Martín García. El 17 de octubre de 1945 una muchedumbre obrera proveniente del Gran Buenos Aires y particularmente constituida por trabajadores de los frigoríficos de la zona de La Plata, Berisso y Ensenada ocupó pacíficamente la Plaza de Mayo y exigió la presencia de Perón. Los tra- bajadores liberaron a Perón, quien habló por la noche desde los balcones de la Casa de Gobierno y anunció su retiro del gobierno y su candidatura presidencial. El 17 de octubre había modifi- cado el escenario político. La apertura del proceso electoral enfrentó a dos fórmulas: Perón- Quijano (figura proveniente del radicalismo) y la Unión Democrática, integrada por todos los partidos políticos existentes, desde los conservadores a los comunistas, con la fórmula radical alvearista integrada por: Tamborini-Mosca. El 24 de febrero de 1946, el peronismo llegó al gobierno con el 55% de los votos emitidos en todo el país. El gobierno de Perón dispuso de toda la legalidad, por su amplia mayoría en el Congreso, pero también de la legitimidad que le permitió su capacidad de movilización de los sectores populares. En el camino de la construcción de la hegemonía en el peronismo, Eva Perón jugó un papel protagónico desde la fundación de su mismo nombre, que se ocupó de una gigantesca tarea social, y a partir de la incorporación de un nuevo actor en el sistema electoral: las mujeres, a través del voto femenino. Finalmente, en esta construcción, tuvo un rol preponde- rante la sanción de la legislación obrera (Sueldo Anual Complementario, Vacaciones, Jubilación) y la tarea de los sindicatos, a través de las obras sociales. En el aspecto económico el peronismo se caracterizó por una fuerte intervención del Estado en la economía, que se manifestó en los dos Planes Quinquenales elaborados por el gobierno, así como en la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) con el fin de comercializar las cosechas de granos y asegurar el precio sostén a los pequeños y medianos productores.18 A su vez, se produjo el desarrollo de una burguesía industrial nacional, favorecida con los créditos del Banco Industrial y el fuerte consumo que producía la política de los altos salarios. Esta política económica se concretó definitivamente en 1947 con la nacionali- zación de los servicios públicos; de este modo, el gobierno hizo de la nacionalización de los ferro- carriles una bandera de la soberanía nacional.19 Uno de los mejores ejemplos en relación con la importancia de la industria nacional y su incidencia en el Ejército, durante el peronismo, es el de la Fábrica Militar de Aviones que esta- bleció una industria que pronto se irradiaría hacia todo el continente. Fueron diez años de oro y esplendor en los que se concibieron el Pulqui II, el IA 37 y el IA 38, un cuatrimotor carguero de ala delta. Un viejo noticiero en blanco y negro de Sucesos Argentinos todavía permite ver al Pulqui I en el aire: el primer jet argentino es colorado, tiene una escarapela en el fuselaje, su nombre indígena quiere decir “punta de flecha” y hoy está en el Museo Aeronáutico de Morón, donde a veces lo repasan como para salir a volar, aunque ya sólo lo haga en el celuloide de Sucesos Argentinos.20 Las IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado) pasaron de la fabricación de aviones a la de automóviles. La producción automotriz se inicia con el sedán para cuatro pasajeros denominado Institec y continuó con un pequeño vehículo utilitario que contaba con 17 Tulio Halperin Donghi, op. cit., p. 31. 18 El IAPI fue muy criticado porque destruyó el negocio de la intermediación que tanto había crecido durante los gobiernos de la restauración conservadora (Bunge & Born, Dreyfus, La Continental, etc.). 19 La nacionalización de los Ferrocarriles fue muy cuestionada por el monto de lo que se pagó y por la forma en que se realizó. 20 Véase <www.virtualcordoba.com.ar>. del Fraude”.13 La influencia que ejerció este período sobre el Ejército afectó la moral y la opinión del cuerpo de oficiales, “se perfiló la tendencia a subordinar los valores profesionales a los problemas políticos, y los temas que antes se creían ajenos a la competencia de los oficiales se convirtieron en cuestiones de discusión cotidianos con efectos perjudiciales que fueron evidentes para el nivel profesional”.14 Justo quería un ejército apolítico, al servicio, esta vez, de las autoridades legales y constitucionales: “Un ejército numeroso, bien organizado, dotado con armamentos modernos e instalaciones confortables es a priori profesional, despolitizado y difícilmente conmovible […]. Es por esto que la presidencia de Justo está jalonada por medidas apropiadas para asegurar el perfeccionamiento técnico de los cuadros, una mejor organización de las unidades y entrena- miento completo de las tropas”.15 En 1938, con la asunción de la formula Ortiz-Castillo, surgidos del fraude de 1937 se agotó el proceso que se pretendió restaurador en la década de 1930. Cuando Castillo, ante la imposibilidad física de Ortiz, se hizo cargo del gobierno, intentó utilizar a las Fuerzas Armadas en su proyecto de permanecer en la presidencia de la República. Allí se ha de generar el caldo de cultivo que explica el golpe militar del 4 de junio de 1943. Los militares que encabezaron el golpe no sólo se oponían a tener alguna responsabilidad en una amañada sucesión presidencial, sino que pensaban en la necesidad de una reconstrucción del proyecto nacional.16 El capítulo que abarca este período está compuesto por los siguientes trabajos: “Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador”, de Norberto Galasso, en el que se investiga acerca de las diversas tendencias ideológicas y los cambios que se advierten en la historia del Ejército durante el siglo XX, a partir de aceptar que la mayoría de los oficiales provenían de la clase media, lo que explica por qué en su interior se manifestaron tanto tendencias conservadoras, como posiciones populares. “La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón”, de Fabián Emilio Alfredo Brown, da cuenta de la manera en la que estos tres hombres surgidos del Ejército entendían la necesidad de industrializar la Argentina, para poder enfrentar la cuestión social. Cuestión que durante el período se encontraba agudizada por los procesos de migración interna, fundamentalmente hacia el Litoral portuario. “¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930”, de Ana Virginia Persello, propone un análisis de las ideas y proyectos generados en el período que tenían por objeto separar la admi- nistración de la política, reglamentar la organización y el funcionamiento de los partidos así como reformar el régimen electoral reemplazando el sistema del tercio por la representación proporcional. Ideas propias de la democracia liberal, que pretendían superar la perversión que, para los portadores de estas ideas, habían implicado los gobiernos radicales. “Políticas, ideas y el ascenso de Perón”, de Mariano Ben Plotkin, desarrolla la idea de que fueron vanos los esfuerzos de peronistas y antiperonistas, por distintos motivos, de caracterizar al peronismo en sus dos primeros gobiernos como una ruptura total con la política y la cultura anteriores que habían caracterizado al país. Perón fue un producto de su tiempo y esto se demuestra en el desarrollo de este trabajo a partir de vincular algunas de las dimensiones de la ideología de Perón con el momento histórico en el que ella se formó. ___________ El 4 de junio de 1943, un conjunto de oficiales del Ejército tomó el poder sin resis- tencia alguna. Perón, uno de los coroneles de 1943, fue designado como subsecretario de Guerra y se hizo cargo del Departamento Nacional del Trabajo, que transformó en Subsecretaría de Trabajo y Previsión y desde allí tejió alianzas con los dirigentes sindicales. 13 Tulio Halperin Donghi, La República imposible (1930-1945), tomo V, Buenos Aires, Ariel Historia, 2004. 14 Robert A. Potash, El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 118. 15 Alain Rouquié, op. cit., pp. 260-261. 16 Robert Potash, op. cit., pp. 289-340. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 13.
    24 25 resultaba necesarioincrementar las exportaciones tradicionales elevando el ingreso del sector rural en su conjunto. Asimismo el país requería una modernización de la infraestructura pro- ductiva agraria que incluyera las relaciones laborales; la diversificación e integración de la estructura industrial argentina y, finalmente, la expansión de la explotación de combustibles, sin recurrir al capital extranjero. Sin embargo, este plan generó la resistencia de los sectores asalariados y de la pequeña industria, que permanecían fieles a Perón, y no complacía a los grandes sectores exportadores. Éstos constituyeron los límites que habrían de impedir cualquier despegue de la Argentina y el marco en el que habrían de desarrollarse los hechos políticos cambiantes que caracterizaron el período hasta 1973. El 13 de noviembre de 1955 asumió la presidencia el general Pedro E. Aramburu, que respondía a los sectores más cerrilmente antiperonistas. Fue intervenido el Partido Peronista, la Confederación General del Trabajo, las federaciones y los sindicatos; al mismo tiempo se produjo el secuestro del cadáver de Eva Perón. El 9 de junio, ante un intento de asonada se fusilaron y asesinaron a civiles y militares,23 entre ellos el jefe del movimiento, el general Juan José Valle. Se dictó el decreto 4.161 que transformó en delito la mención del nombre de Perón y de otras palabras vinculadas a esta extracción política. Se proscribió de la vida pública al con- junto de los dirigentes sindicales que habían actuado con anterioridad a 1955. El objetivo fue el de eliminar la identidad popular peronista y captar a ese conjunto de ciudadanos para la vida de otros partidos políticos democráticos. La respuesta popular consistió en la organización en la clandestinidad de lo que se conoció como la Resistencia Peronista, liderada inorgánicamente por John W. Cooke,24 que demostró la ineficacia de la política represiva. Ante estos fracasos, el gobierno decidió volver a la vida política de los partidos y para ello convocó a una Convención Constituyente a fin de modernizar la Constitución de 1853-1860 que se había restituido al derogarse la de 1949. Los peronistas decidieron votar en blanco y constituyeron la fuerza mayoritaria. La Convención Constituyente fracasó, así como también fracasó el intento de normalizar la CGT. Luego de los fracasos políticos, el gobierno decidió llamar a elecciones presiden- ciales. El 23 de febrero de 1958 fue elegido presidente de la Nación Arturo Frondizi, con el explícito apoyo del general Perón. Frondizi era un desarrollista. El “desarrollismo” suponía la necesidad de conciliar políticas de expansión industrial a través de una capitalización originada en los recursos externos con la vigencia de las prácticas electorales e instituciones típicas de la democracia representativa. El gobierno decidió iniciar una política de apertura al capital extranjero en la actividad petro- lera y la inserción de algunas fábricas en líneas elegidas; los contratos petroleros constituyeron el eje del conjunto de su administración. Los conflictos con los trabajadores y los estudiantes desataron un accionar repre- sivo que debilitó al gobierno, que debió aceptar un plan de estabilización económica y de austeridad que incorporó a Álvaro Alsogaray al gobierno. El plan aumentó tanto la recesión como el desempleo y, también, recrudeció el enfrentamiento con los obreros peronistas, lo que condujo a desempolvar un viejo instrumento represivo: el plan CONINTES, a partir del cual fueron a prisión miles de militantes populares. Sin embargo, el desarrollo económico, la conflictividad social y la inestabilidad política no fueron enfrentadas desde un unificado frente interno, debido a que los militares, que estaban embarcados en la guerra contrarrevolucionaria25 desconfiaban del accionar del gobierno y lo presionaban permanentemente a través de una fórmula propia de la época: “el planteo”. Los treinta y dos “planteos” militares le quitaron autonomía al Presidente, pero politi- zaron la Fuerza y a causa de esto favorecieron su fraccionamiento. A pesar de estos acontecimientos, el gobierno se sometió a una prueba muy impor- tante: el 18 de marzo de 1962 enfrentó electoralmente al peronismo, y resultó derrotado, en 23 Rodolfo Walsh, Operación masacre, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1985. 24 Juan D. Perón y John W. Cooke, Correspondencia, Buenos Aires, Papiro, 1972. una cabina metálica de chapas perfiladas o moldeadas y una caja de madera con capacidad de carga para media tonelada. Había surgido el Rastrojero.21 A principios de la década de 1950 comenzó la decadencia del peronismo, una de las más grandes sequías que recuerde la historia argentina complicó las cosechas de 1950-1951 y 1951-1952 con lo que se vio afectado el desenvolvimiento normal de la economía, a lo que se debe agregar la impugnación de los militares y la Iglesia a la candidatura de Eva Perón a la vicepresi- dencia de la Nación, un proceso inflacionario que no hacía posible la inversión, y como conse- cuencia de este último la aparición del fantasma de la desocupación y la pérdida del salario real. De esta manera, casi como un símbolo, la muerte de Eva Perón (1952) cierra un ciclo del peronismo. A partir de 1952 la oposición lograba consolidarse. Las bombas en un acto en la Plaza de Mayo fueron respondidas con la quema del Jockey Club y las sedes de algunos de los partidos políticos. Parecía que desde allí no había retorno. Luego del enfrentamiento con la Iglesia, ésta se sumó decididamente al frente opositor. La quema de las iglesias constituyó el último acto del peronismo y abrió las puertas al golpe de Estado, que fracasó el 16 de junio de 1955 en el bombardeo a la Plaza de Mayo a cargo de aviones de la Marina, pero que finalmente triunfaría el 16 de septiembre de 1955.22 Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “Industria, Fuerzas Armadas y peronismo”, de Torcuato Di Tella, en el que el autor plantea el interés que mostraban las Fuerzas Armadas por la industria, al mismo tiempo que los industriales comprendían la impor- tancia de la relación con los militares en tanto éstos son proveedores naturales de los insumos necesarios, desde el acero hasta el transporte. El análisis del pensamiento industrial a partir de la producción del Instituto de Estudios y Conferencias de la Unión Industrial Argentina cubre gran parte de este aporte y refuerza lo antes expuesto. “Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955)”, de Marcelo Saín, parte de la premisa de que a partir de 1930 el poder militar se proyectó como uno de los protagonistas centrales del sistema político argentino. Según esta perspectiva, el marco conceptual e institucional en el que Perón, desde el gobierno, estructuró su vínculo con las Fuerzas Armadas fue la denominada Doctrina de la Defensa Nacional, basada en dos ejes: por una parte, considerar una visión convencional y limitada de la guerra, fundamentalmente, el conflicto con los países vecinos; y el de “la Nación en Armas”. El trabajo de Susana Bianchi, “Hacia 1955: la crisis del peronismo”, da cuenta de las diferentes alternancias de la relación entre el peronismo y el catolicismo oficial; relación que oscila entre la Pastoral Colectiva de 1945 donde implícitamente se condenaba a la Unión Democrática y se apoyaba la candidatura de Perón, hasta el 11 de junio de 1955 cuando la cele- bración de la festividad de Corpus Christi se transformó en una de las más grandes manifes- taciones en contra del gobierno de Perón. “El peronismo político, apuntes para su análisis”, de Carolina Barry, se propone analizar el modo en el que se estructuró el peronismo político y definir cuál fue el criterio para marcar y respetar las diferencias entre el Partido Peronista, el Partido Peronista Femenino y la Confederación General del Trabajo. ___________ El golpe del 16-22 de septiembre de 1955, contó con el apoyo del arco político anti- peronista. En el interior de la fuerza militar se enfrentaron, nuevamente, los sectores naciona- listas-católicos y los sectores liberales. Los primeros impusieron al primer presidente de ese turno militar, el general (R) Eduardo Lonardi, quien durante el breve período del gobierno convocó a un hombre de la Restauración Conservadora para que asesorara al gobierno en materia eco- nómica. El Informe Prebisch propuso construir, a largo plazo, una Argentina industrial, más compleja y diversificada que la que se había heredado del peronismo. Para alcanzar ese objetivo 21 Véase <www.cocheargentino.com.ar>. 22 Véase Carlos Altamirano, Bajo el signo de las masas (1943-1973), Buenos Aires, Ariel Historia, colección Biblioteca del Pensamiento Argentino (tomo VI), 2001, p. 24. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 14.
    26 27 conoció laArgentina en la crisis. Se atacó decididamente la inflación mediante la racionalización del Estado, la reducción del déficit y el congelamiento de los salarios;26 asimismo fueron supri- midos los subsidios a las industrias y a ciertas regiones marginales. En marzo de 1968, la división de los sectores sindicales, en el marco del Congreso Normalizador de la CGT, permitió que surgiera una nueva conducción liderada por el dirigente de los Gráficos: Raimundo Ongaro, quien bautizó a su organización como la CGT de los Argentinos y rápidamente comenzó a editar el periódico CGT.27 Esta organización y su periódico dieron unidad al sinnúmero de protestas obreras, de los sectores medios productivos (por ejemplo en Mendoza y en el valle del río Negro) y, al mismo tiempo, las unificaron con los reclamos estudiantiles. El conjunto de este movimiento confluyó en las protestas sociales en Córdoba el 29 de mayo de 1969 y fue conocido como el “Cordobazo”. La explosión tuvo tal impacto que modificó por completo el escenario, renunció Kriegger y Onganía se quedó sin discurso. En el campo de los movimientos sociales, se mantuvo la agitación en el interior y aparecieron las orga- nizaciones armadas de distinto signo político. Un año después, los “Montoneros” secuestraron y dieron muerte al general Aramburu. Allí concluyó el primer turno presidencial de la dictadura. En junio de 1970, la Junta de Comandantes designa al general Roberto Marcelo Levingston que se “salió de libreto” e intentó encontrar otro camino político, apelando a lo que él llamaba la “generación intermedia”, por fuera de los partidos políticos tradicionales y designó ministro de Economía al doctor Aldo Ferrer. En marzo de 1971, una nueva movilización popular derrocó al segundo presidente de la autodenominada Revolución Argentina. De este modo, la movilización popular caracterizada como el “segundo Cordobazo” (el “Viborazo”) puso fin al segundo turno presidencial de la dic- tadura militar. El 22 de marzo, la Junta reasume el poder y designa presidente al general Alejandro Agustín Lanusse que intentó encontrar una salida política negociada y para ello implementó un programa que se denominó “Gran Acuerdo Nacional”. Los objetivos fueron tres: el repudio a la subversión; el reconocimiento de la inserción de las Fuerzas Armadas en el futuro esquema institucional y, particularmente, el acuerdo sobre la candidatura presidencial. Al mismo tiempo que estas negociaciones avanzaban, también crecía en importancia el accionar de las organiza- ciones guerrilleras. Los presos políticos pertenecientes a estas organizaciones planearon la fuga de la cárcel de Trelew, que fracasó organizativamente; y la Marina, el 22 de agosto, ejecutó ile- galmente a dieciséis presos políticos alojados en la base Almirante Zar. Allí se agotó la credibi- lidad del gobierno y el proyecto del “Gran Acuerdo Nacional”. El 17 de noviembre de 1972, Perón retornó al país y acordó28 con los líderes políticos una salida electoral, transformándose así nuevamente en el gran elector de la vida argentina. El peronismo acordó su fórmula con sus tradicionales aliados y se presentó a las elecciones del 11 de marzo de 1973 con la candidatura de Cámpora-Solano Lima, que resultaron elegidos con el 49,5% de los votos. El gobierno de Cámpora se encontró sometido a la tensión interna propia del movi- miento peronista, que contaba con dos actores principales: la juventud y los sindicalistas. Esa tensión creciente, condujo por un lado a la movilización de los sectores populares, la firma del acuerdo entre los empresarios y los trabajadores, y la organización de comandos de extrema derecha para la represión por fuera de la ley en el Ministerio de Bienestar Social que estaba a cargo de José López Rega. Ese enfrentamiento tuvo su punto culminante durante la masiva concentración en Ezeiza para recibir el retorno definitivo de Perón a la Argentina. Los sectores de derecha organizaron diferentes emboscadas donde murieron militantes de la Juventud 26 José Luis Romero, op. cit., pp. 178-179. 27 Semanario CGT de los Argentinos, fundado por Raimundo Ongaro y Ricardo De Luca, y dirigido por Rodolfo Walsh. Editado por Página/12 y la Universidad de Quilmes. 28 Todas las fuerzas políticas convocadas por Perón se reunieron en el restaurante Nino de Vicente López, provin- cia de Buenos Aires en la llamada “Asamblea de la Unión Nacional”, a la que también asistieron representan- tes de la CGT y la CGE. especial en la provincia de Buenos Aires. Un nuevo planteo condujo a Frondizi a decretar la inter- vención federal en las provincias en las que había triunfado el peronismo, pero esto tampoco fue suficiente. Los militares lo arrestaron y recluyeron en Martín García el 29 de marzo de 1962. Mientras los militares que habían arrestado a Frondizi deliberaban acerca del camino a seguir, el senador por Río Negro, José María Guido a cargo de la presidencia de la Cámara de Senadores (por la renuncia anterior del vicepresidente Alejandro Gómez) se presentó ante la Corte Suprema y juró como presidente de la Nación. El nuevo presidente gobernó con los hombres de la Argentina tradicional, este interregno estuvo marcado por la incertidumbre y un nuevo estatuto para los partidos políticos, en el que se volvía a proscribir al peronismo; asi- mismo se produjo el anuncio del cese de las actividades de la CGT. Pero la incertidumbre se acentuó aun más a partir del enfrentamiento entre las facciones del Ejército que la historia recogió como el enfrentamiento entre “azules” y “colorados”, en cuya primera escaramuza, con el triunfo de los azules, fue emitido el comunicado 150 (redac- tado por el periodista Mariano Grondona y el coronel Aguirre) en el que se declaraba pres- cindentes a las Fuerzas Armadas del ejercicio del gobierno, aunque éste podía leerse, clara- mente, como un programa para gobernar. El 2 de abril se desató el enfrentamiento definitivo en el que los azules, al mando del Ejército, terminaron con los colorados y con la Marina. Posteriormente se convocó a elecciones ampliando la proscripción del peronismo. El 7 de julio de 1963, con una enorme cantidad de votos en blanco, la fórmula radical encabezada por Arturo Illia, derrotó la candidatura del general Aramburu. El gobierno de Illia se desenvolvió en un marco legal, aunque con escasa legitimidad de origen, lo que limitaba sus posibilidades de acción. En el ámbito económico estableció una línea, que desde el presente, puede caracterizarse como nacionalista, en tanto fueron adoptdas medidas tales como la anulación de los contratos petroleros y la modificación accionaria, a favor del país, de la empresa de energía SEGBA, que se había creado durante el gobierno del general Aramburu. Esto le valió a Illia el desagrado de los inversionistas extranjeros, al que rápidamente se sumó la Unión Industrial Argentina que se oponía al intervencionismo estatal en la economía, particularmente en la fijación de los precios. Situación que se agravaría con el envío al Parlamento de la Ley de Medicamentos que los consideraba como “bienes sociales”. Sin embargo, éste era un gobierno demasiado solitario en el mundo de las rela- ciones políticas. Así, apenas normalizada la CGT, el gobierno se vio obligado a afrontar un Plan de Lucha que inició ésta y que llegó a ocupar más de 11.000 fábricas. El enfrentamiento con el gobierno creció desde el sector de los empresarios que exigían la sanción del estado de sitio contra el Plan de Lucha. Comenzaron en ese momento las acusaciones por la lentitud del gobierno, crítica que se estigmatizó con el uso de la imagen de la tortuga. La aparición de un pequeño grupo guerrillero en el norte argentino fue reprimido (detención, juzgamiento y cárcel) de acuerdo a la legalidad vigente, sin recurrir a prácticas de contrainsurgencia, a partir de lo que se reafirmaban las características más importantes del gobierno. Los dirigentes sindicales peronistas iniciaron el camino del despegue de Perón, parti- cularmente el más destacado de ellos, el secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, Augusto Vandor. Aunque todos los indicadores de la economía señalaban una muy buena perfor- mance del gobierno, se había iniciado a través de los medios de comunicación una campaña con el fin de quitarle legitimidad. La alianza de los sectores militares azules, los dirigentes sindicales que respondían a Vandor y los empresarios formaron un solo bloque y el 28 de junio de 1966, las tres Fuerzas Armadas, con el acuerdo explícito de la Iglesia destituyeron al presidente Illia. El lide- razgo recayó en el general Juan Carlos Onganía, quien fue designado presidente de la República. En marzo de 1967 fue designado ministro de Economía Adalberto Kriegger Vasena, quien anunció uno de los programas más coherentes, desde el pensamiento conservador, que 25 Osiris Villegas, Guerra Revolucionaria Comunista, Buenos Aires, Biblioteca del Círculo Militar Argentino, 1959. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 15.
    28 29 ___________ El llamadoProceso de Reorganización Nacional asumió el poder con el objetivo expreso de restablecer el orden. Esto implicó, en los hechos, la más brutal represión del con- junto de las organizaciones populares. Restablecer el orden, para el gobierno de los militares, consistió en eliminar físicamente todas las barreras que el pueblo había construido en defensa de los intereses nacionales. La represión fue ejecutada sin ninguna legalidad; no hubo detenidos, jueces, ni procesos. Existió la prisión, la tortura y la muerte decidida por los propios represores. Se implementó un infernal círculo de secuestro-tortura-delación-ejecución clan- destina o cooptación como fuerza propia en la más absoluta clandestinidad, que dio pie al surgimiento de lugares de concentración y campos de tortura como la ESMA, El Vesubio, La Perla, Campo de Mayo y muchos otros. Una vez que se hubo forzado el silencio, se puso de manifiesto el otro objetivo de la dictadura: la transformación de la estructura económica, según la visión neoliberal que encabezaba el ministro de Economía, don José Alfredo Martínez de Hoz. Dicho de manera muy esquemática, el sentido de la transformación residía en la posibilidad de pasar de una Argentina industrial, con todos sus problemas, a una Argentina dominada por el capital financiero. A mediados de 1977 se puso en marcha la reforma que consistió: “básicamente, en una rápida liberalización de las tasas de interés bancarias y en una gradual, pero firme, eliminación de las restricciones al movimiento de capitales con el exterior”,30 que se habría de completar en 1980. Detrás de este proceso se encontraba el objetivo de terminar con el subsidio de los empresarios ineficientes por parte de los ahorristas, vía la regulación estatal, para, así, desarrollar un auténtico mercado de capitales. A mediados de 1978, la Marina y su comandante, Eduardo E. Massera, comenzaron a presionar con lo que en el período se denominó el “cuarto hombre”. En el fondo consistía en terminar con la excepcionalidad y a partir de ello que el comandante del Ejército, fuera tam- bién el presidente. Esto se sorteó, luego de muchos cabildeos, con el retiro de Jorge Videla del Ejército, su designación como presidente y Roberto Viola como comandante del Ejército, este último era hombre de buen diálogo con sindicalistas y políticos. Luego del chauvinismo del Mundial de Fútbol y el conato de guerra con Chile por el Canal del Beagle, resultaron vanos los intentos de vestir de nacional y popular a la dictadura. A principios de 1979 apareció “la tablita”31 que se complementaba con la apertura gradual del comercio. Esto ocurría en el marco de una gran dispersión salarial desde un “piso” administrado por el Estado. Los grandes empresarios seguían oponiéndose a este manejo de la economía y pedían volver a las propuestas de 1976: recesión y ajuste del gasto público. Al persistir el proceso inflacionario, el Ministerio de Economía apresuró las rebajas arancelarias dejando sin protección a la industria argentina; a partir de lo cual se produjo su gran quiebre, aunque debido a que la protección comenzó a darse en forma de tomar posiciones en moneda extranjera, se sucede una muy rápida subida de las tasas de interés, lo que habría de concluir en la crisis financiera y la caída de los bancos. El 24 de marzo de 1981, asumió como presidente el general Roberto Viola, que había pasado a retiro en su Fuerza de la que ya era comandante el general Leopoldo Fortunato Galtieri. La situación económica y financiera se encontraba en una crisis que se agudizaba casi a diario, y nada de lo que hizo el gobierno sirvió para calmar el mercado financiero. Las estampidas y corridas provocadas por el atesoramiento de la moneda extranjera resultaban imposibles de contener a través de la devaluación.32 30 Marcos Novaro y Vicente Palermo, La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática, Buenos Aires, Paidós, colección Historia argentina (tomo 9), 2003, p. 220. 31 Establecía por ocho meses la variación futura del tipo de cambio a tasas decrecientes. 32 En medio de estas crisis, Sigaut pronunció un apotegma que ha quedado entre los grandes bloopers de la his- toria argentina, “el que apuesta al dólar pierde”. Peronista e impidieron que Perón hablara al pueblo. Allí se inició el camino que conduciría a la renuncia de Cámpora y al enfrentamiento de la Juventud con Perón. Es a partir de ese momento que comienza a actuar la Triple A, organización de extrema derecha preparada para la represión ilegal, y que luego del triunfo de Perón habría de provocar algunos resonantes atentados mortales como el del diputado Rodolfo Ortega Peña o el intelectual Silvio Frondizi. Después de la renuncia de Cámpora es prácticamente plebiscitada la fórmula Perón- Perón. Con Perón en el gobierno se producen una serie de atentados de las organizaciones armadas a los cuarteles (Comando Sanidad en Buenos Aires, Formosa, Azul, Monte Chingolo) que desataron una represión a cargo del conjunto de las Fuerzas Armadas. Muerto el general Perón, durante el gobierno de su viuda, María Estela Martínez de Perón, se agrava la crisis institucional y económica. En relación con esta última, el punto más ele- vado consistió en el severo plan de austeridad que decide implementar su ministro de Economía, Celestino Rodrigo, resistido por los trabajadores organizados que habían logrado un importante aumento de salarios, y a partir del cual se desató un proceso inflacionario de magnitudes desco- nocidas en la Argentina (el “Rodrigazo”). Desde allí comenzó a tomar forma definitiva el golpe de Estado, apoyado por la Iglesia, los sectores dominantes de la sociedad e importantes sectores políticos. Los hombres de las Fuerzas Armadas estaban muy influenciados por: “Los generales y coroneles franceses que no sólo enseñaron una técnica (la división del territorio en zonas y áreas), la tortura como método de obtención de inteligencia, el asesinato clandestino para no dejar huellas, la reeducación de algunos prisioneros para utilizarlos como agentes propios. También propa- garon el sustento dogmático de esa forma de guerra que llamaban moderna y el ambiguo con- cepto de subversión, entendido como todo aquello que se opone al plan de Dios sobre la tierra”.29 Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón”, de María Matilde Ollier, se trata de un trabajo que des- cribe el período a partir de dos ejes fundamentales: uno se organiza en torno a la presencia concreta de los hombres de las Fuerzas Armadas en el gobierno de la República –con o sin con- senso popular–, no sólo para gobernarla sino también para derrotar el enemigo interno. El otro eje que atraviesa el período, según afirma la autora, se refiere el descreimiento de las poten- cialidades de la democracia y de la política en tanto procedimientos, cuya consecuencia más importante consistió en que las elites construyeron sus alianzas en un terreno sin ley. “La intro- ducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino”, de Ernesto López, estu- dia la influencia francesa, que, según las precisiones historiográficas, estuvo presente en la filiación de la Doctrina de la Seguridad Nacional; el autor se atreve a afirmar que dicha influencia ya se encontraba presente desde 1955 en el intento de “desperonizar” al Ejército. “La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976”, de Luis Eduardo Tibiletti, intenta brindar una perspectiva acerca de la formación que los oficiales del Ejército recibieron en el Colegio Militar de la Nación especialmente en dos direcciones: la que se relaciona con el aspecto ideológico-político y la que ayuda o dificulta la relación entre el Ejército y la sociedad en democracia. “Ilegitimidad democrática y violencia”, de José Pablo Feinmann, en cuya exposición el autor se sostiene en la hipótesis de que entre 1955 y 1973 no existió la democracia en la Argentina. Existió la ilegalidad, el sofocamiento y la falta de libertad. De este modo, durante dicho período la Argentina no logró constituirse legalmente, debido a la insistencia en la margi- nación de la fuerza mayoritaria del país y del líder de esa fuerza; movimientos que potencian la consideración acerca de ese líder hasta transformarlo en un objeto maldito. Luego examina el tema de la contrainsurgencia y la escuela francesa; para concluir, en un interesante intercambio de preguntas, realizando algunas anotaciones sobre la violencia. 29 Horacio Verbitsky, “Una proeza periodística”, en Marie-Monique Robin, Escuadrones de la Muerte, Buenos Aires, Sudamericana, 2005, pp. 7-8. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 16.
    30 31 En cuantoal comportamiento de las tropas, es de destacar que los soldados, en muchos casos con muy poca instrucción, demostraron una notable abnegación, se cubrieron de gloria enfrentando a una de las mejores unidades del mundo. Sin embargo, no ocurrió lo mismo en el ámbito de la oficialidad, donde si bien hubo una participación valerosa de numerosos jóvenes oficiales, también existieron muchos otros que se inclinaban en mayor medida a impartir san- ciones a la tropa propia que ejemplos para sus subordinados. La consecuencia de la derrota militar fue la renuncia de Galtieri y el desprecio popular que ahora exigía la retirada de los militares. El general Reinaldo Bignone se puso al frente del gobierno, sin el consentimiento de la Marina y la Aeronáutica, para conducir la transición. La de 1982-1983 no fue una transición arrancada por luchas y movilizaciones populares contra la dictadura, como había sido la de 1973, se tra- taba esencialmente del resultado de la crisis interna del régimen. Fue una implosión del régimen militar que se había iniciado en 1976 y que concluyó en Malvinas. Ante la transición surgieron dos posiciones, por un lado, la de los viejos caudillos que no comprendieron que la relación entre lo civil y lo militar se había modificado a partir de Malvinas y por lo tanto esperaban negociar una salida electoral; y por el otro lado, la de una parte de la Democracia Cristiana, del Partido Intransigente, cuyo liderazgo absoluto asumió Alfonsín, posición que comprendía que la relación se había fracturado y que en el centro de la escena se encontraba la cuestión de los derechos humanos. Por lo tanto había que pelear y no negociar. Bignone, un hábil negociador, fijó rápida- mente la fecha de elecciones y con eso apaciguó el frente interno. Al mismo tiempo que los partidos se preparaban para las elecciones (selección de candidatos, estrategias, etc.) el gobierno intentó salvar la grave situación económica. El primer tema a resolver consistía en el de la deuda privada externa, ya que los organismos bilaterales de crédito exigían a los países más que a los deudores. En primer lugar se procuró una reactivación inmediata vía la fijación de tasas de interés; las tasas comenzaron siendo negativas en alrededor del 20% mensual y aunque luego se moderaron, permanecieron siempre por debajo de la inflación hasta 1983. Éste fue el meca- nismo para “licuar” rápidamente el endeudamiento de los particulares y las empresas, pero con una particularidad que no tuvo equivalencias en el tratamiento de las acreencias contra el Estado en manos de los grupos económicos. El endeudamiento externo se resolvió de manera aun más drástica a través de un seguro de cambio, que no se actualizaba al ritmo de la devaluación, con lo que las empresas descargaron en el Estado sus pasivos.34 Se había cumplido con los orga- nismos internacionales y a través de ellos con el sistema financiero internacional. A partir de allí, las cifras del pago de la deuda externa constituyeron una “pesada carga” para todos los gobiernos hasta el presente. En lo inmediato el pago de los intereses de esa deuda subió del 8% del PBI al 40% de los ingresos públicos. Con un correlativo aumento del déficit público. Desde aquí y hasta fines de los años ochenta “la patria financiera” habría de configurarse como el enemigo de los políticos. La campaña electoral seguía su rumbo. Alfonsín, siendo aún precandidato, hizo pública una denuncia que haría carrera política: “el pacto militar-sindical” que con espíritu corporativo se transformaba en el obstáculo a vencer para llegar a un sistema democrático. Desde allí, los radi- cales reforzarían la idea de que era necesario democratizar la vida de los sindicatos. Alfonsín, ya como candidato y luego de haber derrotado masivamente a los viejos balbinistas representados por Fernando de la Rúa, puso en el centro de la escena la cuestión de los derechos humanos y con ese fin le dio identidad a una fórmula para considerarlos, distin- guiendo en el marco de la dictadura entre quienes habían impartido las órdenes y quienes las habían cumplido;35 pensando quizás, en reducir los juicios por las violaciones de éstos sólo a los altos mandos. Por su parte, en el peronismo ninguno de los precandidatos (Robledo, Saadi, Menem) tuvo la fuerza suficiente para imponerse sobre los otros. Con lo que el gran elector fue el movi- miento sindical y, en particular, Lorenzo Miguel, el secretario general de Metalúrgicos, que en el 35 La llamada “doctrina de los tres niveles de responsabilidad”. En noviembre Viola pide licencia por enfermedad y ocupa provisoriamente la presi- dencia el general Liendo. Éste le encargó a Domingo Felipe Cavallo, que para entonces ocupaba una de las subsecretarías del Ministerio del Interior, un conjunto de normas de reactivación económica. El experimento fracasó, sin embargo, de este modo, Cavallo comenzó su camino en la historia que lo tendría como hombre fuerte de la economía del país y como protagonista en la nacionalización de la deuda externa, la convertibilidad y el “corralito”, causa principal del estallido de 2001. Prohibido el campo de la política, por la dictadura, se hacía necesario politizar la vida cotidiana. En ella se ponía en juego la misma subsistencia del ciudadano y la esperanza de la des- trucción del autoritarismo. El ejemplo más singular fue el de los organismos de derechos humanos, en particular, las Madres de Plaza de Mayo, cuya práctica hizo –en la Argentina contemporánea– de un problema moral, un problema social y político. Allí tomó cuerpo la lucha resistente que obligó a los dirigentes políticos, mayoritariamente nucleados en la Multipartidaria, y a los diri- gentes sindicales a asumir activamente el camino de la oposición, que había permanecido silen- ciada hasta 1980.33 El 22 de diciembre de 1981 asumió la presidencia el comandante en jefe del Ejército: Leopoldo Fortunato Galtieri. Galtieri se identificaba con la posibilidad de volver a 1976. Es decir, clausurar cualquier atisbo de salida político-partidaria. A comienzos de 1982 resultaba claro que buscaba impulsar el desarrollo de un movimiento propio (Movimiento de Opinión Nacional) para enfrentar a la Multipartidaria. Galtieri había llegado al gobierno en el momento en el que el sistema capitalista, a nivel mundial, se estaba reorganizando, decretando el fin del flujo fácil de capitales y ocasionando que los acreedores persiguieran el cobro de las deudas. Éstos presionaron, a través de los orga- nismos multilaterales de crédito, para la sanción de las políticas de ajuste que les permitieran cobrar los intereses de su deuda. Mientras tanto, el movimiento obrero dividido impulsó una concentración el 30 de marzo en la Plaza de Mayo. El movimiento fue duramente reprimido y la mayoría de los dirigentes convocantes fueron encarcelados. En concreto, el gobierno de Galtieri se enfrentaba a la oposición de la Multipartidaria, de los dirigentes sindicales, de los sectores industriales, de los sectores financieros nacionales y particularmente de los organismos de derechos humanos. Su continuidad política parecía difícil; y en esta situación se encuentra el fundamento por el que el régimen se embarcó en la aventura militar para recuperar las islas Malvinas. El 2 de abril de 1982, las tropas argentinas desembarcaron en las islas Malvinas y las ocuparon militarmente. La respuesta de Gran Bretaña fue la menos esperada por el régimen, primero lo derrotó diplomáticamente en el marco de la Naciones Unidas e inmediatamente orga- nizó una importante fuerza naval y la dirigió hacia el Atlántico Sur. Estados Unidos, que hasta el 2 de abril permanecía neutral ante la guerra, decide apoyar técnica y militarmente a su principal aliado de la OTAN. Ante este panorama la Junta en conjunto con su canciller Nicanor Costa Méndez decidieron “fugar hacia delante” y enfrentaron la guerra. Esta decisión contó con una impor- tante adhesión popular. La relación de fuerzas pareció cada vez más desfavorable para los argen- tinos; finalmente en junio, luego de la rendición de las tropas argentinas, la guerra terminó con el triunfo de las fuerzas británicas. La Guerra de Malvinas fue el primer conflicto entre dos naciones del mundo occidental luego de la Segunda Guerra Mundial, protagonizado por una potencia mundial contra una nación latinoamericana que había pretendido disputarle uno de sus últimos enclaves coloniales. 33 Oscar Moreno, “Apuntes para una nueva forma de hacer política”, en Oscar Oszlak (comp.), “Proceso, crisis y transición democrática/2”, Buenos Aires, CEAL, 1984, pp. 29-43. 34 M. Novaro y V. Palermo, op. cit., p. 527. NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE OSCAR MORENOINTRODUCCIÓN
  • 17.
    32 Congreso Partidario ungióla fórmula Luder-Bittel; y apoyando luego la candidatura de Herminio Iglesias para gobernador de la provincia de Buenos Aires. El 30 de octubre el doctor Raúl R. Alfonsín fue elegido presidente contando con el 52% de los votos. Los cuatro artículos que componen este capítulo son: “El nuevo funcionamiento de la economía a partir de la dictadura militar (1976-1982)”, de Eduardo Basualdo, trabajo que tiene como propósito realizar un somero análisis de la vinculación que mantienen la política econó- mica y algunas de las transformaciones estructurales más relevantes que se desplegaron en el período. Como allí se advierte, no se trata de hacer un recuento detallado de ambos aspectos de la relación, sino de analizar el modo en el que sus contenidos más generales se vincularon con el patrón de acumulación de capital que rigió hasta el año 2001. “El Proceso, último eslabón de un sistema de poder antidemocrático en la Argentina del siglo XX”, de Fabián Bosoer, propone una descripción de la incidencia que tuvieron las relaciones cívico-militares en el interior de la elite del poder y en la política exterior argentina. Asimismo pretende plantear la relevancia que tuvo un determinado sistema de creencias fraguado en la socialización cívico-militar y su influencia en el modo de hacer política de la dirigencia. “Fuerzas Armadas y organismos de derechos humanos, una relación impuesta”, de Horacio Verbitsky, en cuya primera parte de la presentación se ocupa de la relación entre los organismos de derechos humanos y las Fuerzas Armadas, que fuera impuesta por el secuestro, por parte del personal militar, de miles de jóvenes que reaparecieron con vida. La segunda parte está destinada a explicar el surgimiento del Partido Militar a partir de la incapacidad de los sectores económicos y sociales dominantes argentinos de transformar su hegemonía y su prestigio social en poder político por medios democráticos. “La Guerra de Malvinas”, de Martín Balza, se trata de un trabajo en el que el autor efectúa un desarrollo del conjunto de los aspectos que rodearon a la guerra, partiendo de una afirmación que aquí se transcribe: “Las Malvinas son incuestionablemente argentinas desde el punto de vista histórico, geográfico y jurídico, la forma de recuperarlas es el diálogo entre las dos partes. La guerra no es una obra de Dios”. . NACIÓN Y FUERZAS ARMADAS: NOTAS PARA UN DEBATE
  • 18.
    35 La Revolución deMayo como mito de orígenes de la Nación Argentina Uno de los pocos motivos de consenso que persisten en una sociedad tan dividida como la argentina es la consideración de la Revolución de Mayo como un hecho fundacional de la nación. Se trata en ese sentido de una suerte de mito de orígenes en el que para muchos estaría cifrado el sentido de toda nuestra historia nacional. De ese modo resulta inevitable que las miradas dirigidas hacia el proceso revolucionario se encuentren condicionadas por las diversas concepciones acerca de la nación argentina que se fueron forjando a lo largo de su breve historia. El tramo más reconocible y significativo de esta historia de las representaciones sobre la nación argentina es el que se inicia entre fines del siglo XIX y principios del XX. Recordemos que en esas pocas décadas cobró forma lo que algunos autores dieron en llamar la “Argentina moderna” que surgió como resultado de la conjugación de diversos procesos como la consolidación del Estado nacional, el desarrollo de una economía capi- talista plenamente integrada al mercado mundial y la inmigración masiva a partir de la cual se forjó una nueva sociedad. Fue precisamente durante esos vertiginosos años cuando comenzó a cobrar mayor predicamento la idea esbozada en la obra historiográfica de Bartolomé Mitre según la cual la Revolución de Mayo debía considerarse como el momento de alumbramiento o toma de conciencia de la nacionalidad argentina que, al igual que su terri- torio y su destino de grandeza, habrían comenzado a delinearse durante el período colonial.1 Así, y a diferencia por ejemplo de Alberdi o de Sarmiento para quienes la nación argentina constituía un proyecto cuya orientación sólo podía provenir del futuro, Mitre sostenía que su rumbo ya había sido configurado en ese pasado, razón por la cual se hacía necesario elaborar un relato histórico que fuera capaz de desentrañarlo. Esta forma de pensar a la nación argentina a través del prisma ideado por el historicismo romántico tuvo y aún tiene una gran importancia. Pero no sólo por su capacidad para dotar de una identidad nacional a las poblaciones heterogéneas, sino también porque dicha perspectiva permitió legitimar al Estado nacional argentino que entonces se encontraba en vías de consolidación. Cabe destacar que esta legitimidad proviene del principio de las nacionalidades que, surgido en Europa durante la década de 1830, se caracteriza por aunar una idea étnica o cultural y una política de nación. Este principio se basa en la suposición de que existen pueblos reconocibles por poseer determinados rasgos distintivos y un territorio que le están predestinados o que les corresponde por razones históricas. 1 Esta interpretación, si bien fue esbozada en algunos textos anteriores, recién aparece desplegada en la tercera edición de su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina publicada en 1876-1877. Al respecto puede consultarse Fabio Wasserman, Entre Clio y la Polis. Conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de la Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008, cap. XII. 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 CAPÍTULO FABIO WASSERMAN INSTITUTO RAVIGNANI UBA-CONICET Roux, Guillermo. San Martín Guerrero, 2008. Carbón y pastel, 115 x 84 cm.
  • 19.
    36 37 en más,y ante el desconocimiento mutuo de las Juntas y de las autoridades virreinales que mantuvieron su fide- lidad a los gobiernos metropolitanos, la crisis de la monarquía devino en una compleja y extensa guerra civil durante la cual se fueron erigiendo nuevas unidades políticas que no respetaban necesariamente la traza de las divisiones administrativas coloniales. La soberanía de los pueblos y la creación de una nueva nación Los protagonistas de este proceso en el territorio rioplatense no fueron la nación o la nacionalidad argentina, sino los pueblos que se consideraban soberanos o depositarios de la soberanía ante la ausencia del monarca legítimo. Cabe señalar en ese sentido que en la tradición hispánica se reconocía como “pueblos” a las comunidades políticas que tenían un gobierno propio y una relación de sujeción con el monarca como podían ser las ciudades, provincias o reinos. En el virreinato rioplatense estos pueblos eran las ciudades pero entendidas no tanto como un asentamiento humano o un ejido urbano, sino más bien como un cuerpo político con autoridad propia que en este caso eran los Cabildos. Ahora bien, que los pueblos se consideraran como sujetos soberanos no implicaba en modo alguno que no existiera un concepto político de nación o que éste careciera de importancia. De hecho, los criollos nacidos en el virreinato rioplatense, al igual que el resto de los americanos, se consideraban miembros de una nación: la nación española que estaba integrada por la totalidad de los reinos, provincias y pueblos que le debían obediencia a la Corona. Sin embargo, el enfrentamiento entre los gobiernos americanos y los representantes de las autoridades españolas en América, derivó rápidamente en una lucha contra la metrópoli durante la cual comenzó a invocarse el derecho a constituir nuevas naciones. Este deslizamiento fue posible porque el concepto político de nación tenía entonces otro sentido que el actual, pues hacía referencia a las poblaciones regidas por un mismo gobierno o unas mismas leyes sin que esto implicara necesariamente ninguna forma de homogeneidad étnica o de identidad cultural, religiosa, lingüística o histórica. Dicho de otro modo: la nación como cuerpo político no dependía ni se fundamentaba en la existencia de una población con rasgos en común ni en la posesión de un territorio delimitado de antemano tal como lo sostiene el principio de las nacionalidades. Además, y en el marco de los procesos revolucionarios que estaban sacudiendo al mundo desde fines del siglo XVIII, se había ido difundiendo la idea de que la nación era una aso- ciación que debía constituirse por la voluntad de sus miembros que eran los verdaderos soberanos y no los monarcas. Y era en virtud de esta concepción que los pueblos rioplatenses podían dejar de pertenecer a la nación española de la que se consideraban colonias, para pasar a constituir una nueva nación o, tal como ocurriría en el caso del virreinato rioplatense, cuatro naciones: Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Esto permite entender por qué numerosos historiadores prefieren referirse al Río de la Plata y no a la Argentina durante la primera mitad del siglo XIX, procurando así evitar el anacronismo que implica considerar a esa nación como una entidad preexistente a la Revolución o que heredó sin solución de continuidad el virreinato. De hecho si hay un rasgo que caracteriza al período posrevolucionario es la indeterminación con respecto a qué pueblos debían organizarse políticamente como nación, cuestión que no se resolvió hasta la segunda mitad de ese siglo. Pero no sólo no era claro qué pueblos se iban a asociar entre sí para constituirse como naciones, sino que también estaba en discusión de qué modo lo harían. En ese sentido es posible distinguir dos tendencias aunque las propuestas concretas solían combinar elementos de una y otra: la de quienes promovían la creación de una nación indivisible de carácter abstracto y compuesta por individuos, y la de quienes consideraban que debía con- formarse a partir de un acuerdo entre los pueblos soberanos. Ambas concepciones animaron respectivamente las propuestas unitaria y confederal, aunque debe tenerse presente que no eran formulaciones puras pues, por ejemplo, los unitarios también consideraban que la retroversión de la soberanía había sido a los pueblos, pero que éstos habían decidido constituirse como una nación en 1810 o en 1816. La nación no era entonces un sujeto ya constituido, sino que más bien podría considerarse como un horizonte al que se aspiraba a llegar a través de la sanción de una Constitución que debía dar cierre al proceso revolucionario a partir de institucionalizar la libertad y la independencia proclamadas entre 1810 y 1816. Pero en torno a ese punto de llegada había agudas diferencias ideológicas y de intereses que dieron lugar a una extensa disputa en la que se puso en juego no sólo su delimitación espacial (qué pueblos y territorios debían integrar dicha Constitución), sino también social (qué sectores la componían, cuáles estaban excluidos, cómo se concebían las relaciones sociales) y política (qué derechos y obligaciones tenían sus miembros, cómo se los concebía y se los representaba). CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860) Cada uno de estos pueblos constituiría así una nacionalidad que, como tal, tiene derecho a erigir un Estado nacional soberano para que la represente políticamente. Desde este punto de vista que rigió y aún suele regir nuestra com- prensión del presente y del pasado, la Revolución de Mayo sólo podía ser una expresión de la nacionalidad argen- tina que procuraba emanciparse del dominio colonial para poder constituirse en una nación soberana. En verdad, esta interpretación terminó de consagrarse alrededor de 1910 en el marco de las discusiones acerca de la nación y la identidad nacional que se suscitaron durante los festejos por el Centenario. Su éxito se puede apreciar en su rápida difusión y en su perduración que la convirtieron en una suerte de sentido común de la sociedad argentina, pero también en su capacidad para admitir los más variados contenidos y orientaciones sin que mayormente se pusiera en cuestión su asociación con el origen de la nación. Aunque por ese mismo motivo ya no podía haber consenso en la caracterización de la Revolución y en la de sus protagonistas, temas en torno a los cuales se entablaron a lo largo del siglo XX numerosas polémicas históricas que eran también políticas e ideoló- gicas pues estaban teñidas por las diferentes ideas acerca de la nación que tenía cada sector o autor. De ahí que estas disputas tendieran a organizarse en torno a polos antagónicos que obligaban a tomar partido por uno u otro: Saavedra o Moreno; Buenos Aires o el interior; movimiento popular o elitista; origen civil o militar; influencia del pensamiento ilustrado francés o de la neoescolástica española. Ahora bien, desde hace algunos años los historiadores comenzaron a plantear que la nación es una cons- trucción reciente y no un sujeto que atraviesa toda la historia, la expresión de una esencia atemporal o una entidad predestinada a constituirse como tal. Este cambio de perspectiva coincidió con la necesidad de revisar la idea transmitida durante generaciones según la cual la Revolución de Mayo había sido la expresión de la nacionalidad argentina oprimida o de algún agente histórico capaz de representarla (ya sea la elite criolla, la burguesía por- tuaria, el pueblo, un sistema de ideas o valores, etc.). Es que esa nacionalidad no sólo era entonces inexistente sino que, así planteada, también era inconcebible. De ese modo, como veremos a continuación, también se puso en cuestión la relación de causalidad entre nación y revolución, procurándose dar además otro tipo de explicaciones sobre las causas de esta última y de los conflictos que le siguieron. La Revolución en el marco de la crisis de la monarquía Este cambio de enfoque preside buena parte de los estudios recientes sobre el proceso revolucionario. En efecto, la trama que le dio origen tiende a explicarse en el marco de una progresiva crisis económica y política que estaba jaqueando a la monarquía española, la cual se fue potenciando por su poca afortunada participación en los conflictos entre Francia e Inglaterra a comienzos del siglo XIX. Esta creciente debilidad se hizo evidente en el Río de la Plata cuando las autoridades coloniales se mostraron impotentes para defender sus dominios durante las invasiones inglesas de 1806-1807. Sin embargo, es bueno advertirlo, eran muy pocos los que entonces pusieron en duda la legitimidad del dominio español o, al menos, la pertenencia de América a la Corona. Esta crisis, que se había ido agudizando en forma acelerada a partir de 1805 con la derrota de la Armada Española en Trafalgar, se hizo irreversible a partir de 1808 como consecuencia de la acefalía provocada por las Abdicaciones de Bayona que, promovidas por Napoleón Bonaparte, derivaron en el desplazamiento del trono de los Borbones y en la coronación de su hermano José. Este cambio de dinastía, si bien fue aceptado por algunas autoridades, concitó un fuerte rechazo a ambos lados del Atlántico. En España se produjeron levantamientos popu- lares como reacción a la presencia de las tropas francesas, mientras que el estado de acefalía tuvo como consecuencia que en los reinos y provincias de la península se erigieran Juntas de gobierno basadas en la doctrina de la retro- versión de la soberanía a los pueblos. Aunque con dificultad, estas Juntas lograron ponerse de acuerdo y crearon una Junta Central que se puso al frente del gobierno. En América también se crearon algunas Juntas con diversa suerte (México y Montevideo en 1808; Chuquisaca y La Paz en 1809), pero en general se mantuvieron las estructuras de gobierno colonial, se juró lealtad a Fernando VII que permanecía cautivo y se reconoció a la Junta Central como órgano legítimo de gobierno que, además, había hecho una convocatoria a las Cortes en la que los pueblos americanos tendrían una representación minoritaria. Este estado de cosas se modificó en 1810 cuando comenzaron a llegar a América las noticias sobre el arrollador avance de Napoleón en España, la disolución de la Junta Central y la creación en su reemplazo de un Consejo de Regencia. En varias ciudades americanas se desconoció el Consejo y se proclamó que, ante la ausencia de toda autoridad legítima, la soberanía debía ser reasumida por los pueblos, promoviéndose en consecuencia la creación de Juntas para que gobernaran en nombre de Fernando VII, tal como sucedió en Buenos Aires durante la Semana de Mayo que culminó con la elección de la que pasó a la historia con el nombre de Primera Junta. De ahí LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 20.
    38 39 ¿Cuándo seha formado la nación señores? ¿Cuándo se constituyó? ¿Cuándo se aceptó la constitución? ¿Cuándo se puso en práctica? Sin estos antecedentes la nación no existe, porque es suponer existente un ser antes de los atributos constitutivos; es suponer existente una asociación antes de estar aseguradas las condiciones en que se ha de fundar.2 Para que existiera una nación, argüía Gorriti, los representantes de las provincias debían sancionar una constitución, vale decir, formar un pacto acordando en forma voluntaria y explícita las reglas que regirían sus relaciones. Es por ello que a pesar de la inminencia de la guerra estimaba que la creación de un Ejército Nacional era inconducente pues primero debía constituirse la nación. En ese sentido le parecía un error formar un ejército pues si las provincias no se constituían no se sabría a qué nación pertenecería y, por lo tanto, de dónde saldrían sus fondos, a quién habría de obedecer, etc. Esta intervención generó una polémica que se prolongó en la sesión siguiente y en la cual intervinieron varios diputados señalando que la nación existía aunque no estuviera del todo constituida. Como prueba citaban el Acta de la Independencia, se referían al propio Congreso, a la voluntad de los pueblos y de los ciudadanos, o a los acuerdos firmados con otras naciones. Algunos alegaban que se había constituido en 1810 y otros en 1816. En lo que aquí interesa, y más allá de estas diferencias, todos acordaban en el origen pactado de la nación como cuerpo político, mientras que en ningún caso se concebía que pudiera tratarse de una entidad preexistente a la propia Revolución. El Congreso siguió avanzando en esa misma línea y al año siguiente decidió crear el Poder Ejecutivo Nacional que encomendó a Bernardino Rivadavia, a la vez que dictó una Constitución unitaria cuya aprobación puso a consideración de las provincias. Fue entonces cuando se advirtieron los límites de esta presunción sobre la existencia de una voluntad nacional ya constituida, pues éstas y otras resoluciones similares provocaron un fuerte rechazo por parte de numerosas dirigencias provinciales. Pero no sólo en el interior: los sectores dominantes de Buenos Aires impugnaron la nacionalización de su aduana y su puerto y la división de la provincia para erigir a la ciudad como capital de la nación. De ese modo, y en el marco de una aguda crisis potenciada por la torpe nego- ciación llevada a cabo con el Brasil, se produjo la disolución de las autoridades nacionales. Esto tuvo como con- secuencia el recrudecimiento de las luchas políticas y militares entre las facciones conocidas desde entonces como unitarios y federales de las que salieron triunfantes estos últimos a comienzos de la década de 1830. La Confederación Argentina: 1830-1852 Este desenlace afianzó aun más a las soberanías provinciales como ámbito de institucionalización del poder, sin que esto implicara en modo alguno su aislamiento. Por un lado, porque las elites locales siguieron man- teniendo fuertes vínculos entre sí. Por el otro, porque la mayor parte de las provincias tenían serias dificultades políticas y económicas para poder sostener una autonomía plena. Esta tensión entre el mantenimiento del status soberano y la necesidad de crear una instancia mayor que las contuviera se expresó en la organización de una Confederación. Este nuevo orden tuvo como base el Pacto Federal firmado por los gobiernos litorales en 1831, al que durante los años siguientes se fueron adhiriendo las otras provincias, ya sea por convicción, interés o impo- sición, pues la Confederación fue progresivamente hegemonizada por Buenos Aires y por la facción federal rosista. Si bien durante esos años no desapareció del horizonte la posibilidad de erigir una soberanía nacional, existía consenso en el reconocimiento de las soberanías provinciales y en el hecho de que un acuerdo entre ellas constituía el punto de partida ineludible a la hora de elaborar cualquier proyecto de organización, incluso en el caso de aquellos que quisieran apelar al entonces novedoso principio de las nacionalidades como los jóvenes románticos de la Generación del 37. De ese modo, y si se deja de lado el Estado unitario que para ese entonces era considerado de forma casi unánime como inviable, este reconocimiento podía implicar diversas alternativas: a) mantener el status soberano en forma indefinida y, en caso de que fuera necesario, celebrar pactos o acuerdos específicos, ya fueran bilaterales o multilaterales (solución adoptada durante gran parte de la década de 1820); b) unirse mediante un pacto en una Confederación que reuniera a algunas o todas, delegando atribuciones soberanas como las Relaciones Exteriores en un Ejecutivo Provincial (solución adoptada en las décadas de 1830 y 1840); 2 Emilio Ravignani (ed.), Asambleas Constituyentes Argentinas, tomo I, Buenos Aires, Peuser, 1937, p. 1.313. En ésta y en todas las citas se modernizó la ortografía. Como veremos a continuación, buena parte de los conflictos que desgarraron a los pueblos del Plata durante la primera mitad del siglo XIX y que nosotros reconocemos en nuestra historia nacional como guerras civiles o conflictos entre unitarios y federales, estuvieron vinculados de un modo u otro con esta disputa. De la Revolución a la Confederación: los poderes políticos entre 1810 y 1830 Durante la década revolucionaria algunos sectores procuraron centralizar el poder, entre otras razones, para poder desarrollar con éxito la Guerra de Independencia. Dicho propósito entró en contradicción con las preten- siones soberanas de los pueblos que a veces podían expresar tendencias confederales como el artiguismo. Sin embargo, en otras ocasiones sólo se trataba de la búsqueda de una mayor autonomía que, incluso, podía darse a través de una relación más estrecha con el gobierno central. Éste es el caso, por ejemplo, de las ciudades subal- ternas que procuraban librarse de su sujeción a las ciudades capitales como Jujuy en relación con Salta, o Mendoza en relación con Córdoba. El fracaso de la Constitución centralista de 1819 y la derrota y disolución en 1820 del poder central encarnado en el Directorio, marcaron el fin de esta etapa en la que se hizo evidente la dificultad para erigir un orden político que desconociera la soberanía de los pueblos. Sin embargo, la situación se había modificado pues las ciudades ya no conformaban esos sujetos soberanos sino que a partir de ese momento, éstos fueron consti- tuidos por las provincias. Cabe advertir que estas provincias eran entidades por entero novedosas que surgieron de un doble proceso: por un lado, la desintegración de las antiguas provincias-intendencias y, por el otro, la incor- poración de las campañas a la representación política que hasta entonces se había circunscrito a las ciudades. Si la desintegración de las intendencias se debió a que se trataban de estructuras administrativas que no lograban expresar verdaderas unidades políticas, sociales y económicas, la incorporación del mundo rural a la representa- ción política fue consecuencia de la importancia que este espacio había ido adquiriendo en el marco de los pro- cesos de movilización social desatados por las guerras de independencia y las civiles. Ahora bien, este proceso de “provincialización” no puede comprenderse solamente a la luz del accionar de los caudillos que erigieron su poder apelando a la coerción, el carisma o el clientelismo, sino que se produjo en un marco de institucionalización del poder político que en muchos casos había antecedido el ascenso de estas figuras a los primeros planos de la vida pública. Este proceso de institucionalización se fue afianzando en la década de 1820 cuando las provincias establecieron sistemas republicanos representativos y procuraron constituirse en Estados al asumir atribuciones soberanas que eran reconocidas en los pactos que celebraban entre sí. Ahora bien, esto no implicó en modo alguno que desapareciera del horizonte la posibilidad de cons- tituir una nación, aunque su alcance no era un objetivo predeterminado sino un motivo de constantes debates y disputas. Estos conflictos tenían como protagonistas a las provincias, razón por la cual los proyectos de organización nacional no podían soslayar el reconocimiento de su carácter soberano, tal como quedó expresado en la Ley Fundamental dictada por un Congreso Nacional a principios de 1825. Para entender mejor esta cuestión, y las concepciones acerca de la nación que expresaban los hombres de esa época, resulta útil repasar algunos de los numerosos debates suscitados durante los tres años que duró el Congreso. Entre ellos me detendré brevemente en el que se entabló en mayo de 1825 con motivo de la creación de un Ejército Nacional ante la inminente guerra con el Imperio de Brasil por la Banda Oriental que había sido incorporada a la misma como Provincia Cisplatina. El debate comenzó en la sesión número treinta y uno del 3 de mayo, cuando la comisión que había exa- minado el proyecto presentó una propuesta que acordaba con la formación de un ejército de poco más de seis mil soldados. Entre otras modificaciones incorporadas por la comisión como por ejemplo la de fijar un límite de cuatro años para los enganchados, se sugería que los oficiales superiores fueran elegidos por el Ejecutivo Nacional para asegurar la unidad y la dependencia de la autoridad central, pero que los que tuvieran un rango igual o menor al de Teniente Coronel debían serlo por las provincias pues en caso contrario éstas difícilmente aceptarían aportar contingentes. Más allá de la tensión entre los poderes locales y el poder central en construcción que procuraba ser subsanada mediante este tipo de transacciones, durante el tratamiento de la ley también se puso en discusión la propia existencia de la nación. Al presentar el proyecto, el clérigo porteño Julián Segundo de Agüero planteó retóricamente que no podía existir una nación sin un Ejército Nacional. Esto fue rebatido por otro clérigo, el salteño Juan Ignacio Gorriti, quien se permitió invertir su planteo al señalar que lo que no puede existir es un Ejército Nacional sin una nación. Es que si bien Gorriti compartía con Agüero la aspiración de crear un Estado unitario, entendía que hasta que no se diera ese paso no podría hablarse con propiedad de la existencia de una nación: CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 21.
    40 41 El Estadofederal y el Estado de Buenos Aires: 1852-1862 La derrota del régimen rosista a comienzos de 1852 sentó nuevas condiciones para la organización de los pueblos del Plata. En ese marco la cuestión nacional se ubicó en el centro del debate público pues si bien siguieron teniendo una gran importancia los sentimientos e intereses locales, se hizo cada vez más patente la necesidad de constituir un orden político e institucional capaz de contener a todas las provincias. Las discusiones se centraron por tanto en la forma en la que debía constituirse la nación y en su relación con los poderes locales. Pero contra lo esperado y deseado por muchos que preferían culpar a Rosas por no haber permitido un avance en la organización nacional, ese desenlace no fue inmediato. En efecto, el triunfo en febrero de 1852 de las fuerzas dirigidas por el entrerriano Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros dio lugar pocas semanas más tarde a un acuerdo entre las dirigencias provinciales que se agruparon bajo su liderazgo y dieron forma a un Estado federal que se institucionalizó en 1853 con la sanción de una Constitución y la creación de autoridades nacionales. Esta resolución fue resistida por la dirigencia de Buenos Aires que no quería resignar el control de la Aduana y el Puerto. Más aun, la provincia no sólo logró mantener su soberanía y su autonomía, sino que también se dictó una Constitución en 1854. Las relaciones entre ambos Estados fueron tensas, con momentos de acercamiento y otros de enfren- tamiento como la batalla de Cepeda, en 1859, en la que triunfaron las armas nacionales. Este resultado motivó que al año siguiente se reformara la Constitución en una Convención de la que también participó Buenos Aires. Tras su aprobación, Bartolomé Mitre, que entonces ejercía la gobernación de la provincia, hizo explícito el vínculo que a su juicio unía ese momento con el pasado revolucionario: Hoy recién, después de medio siglo de afanes y de luchas, de lágrimas y de sangre, vamos a cumplir el testamento de nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho de constituir la nacio- nalidad argentina, bajo el imperio de los principios.8 Los conflictos sin embargo no se acallaron, y en septiembre de 1861 Buenos Aires logró imponerse en la batalla de Pavón frente a un adversario debilitado por diferencias internas y dificultades económicas, por lo que meses más tarde el propio Mitre pudo asumir la presidencia de la nación unificada. Claro que la historia no acabó ahí, pues aún debieron pasar varios años para que pudiera constituirse un sistema de instituciones nacionales cuyo poder fuera incontestable en todo el territorio. En efecto, los enfren- tamientos en torno a la organización nacional y al lugar de los poderes provinciales se prolongaron al menos hasta 1880 cuando se produjo la consolidación del Estado nacional que, no casualmente, suele simbolizarse con la derrota sufrida por las fuerzas de Buenos Aires a manos del Ejército Nacional que se había fortalecido durante esas dos décadas. Una vez consolidado el Estado nacional pudo imponerse una concepción de la Nación Argentina como único sujeto soberano. Sujeto al que los historiadores (pero no sólo ellos) comenzaron a dotar de un pasado cada vez más lejano y, por tanto, preexistente al proceso revolucionario que sería considerado de ahí en adelante como ese momento fundacional en el que la nacionalidad cobró conciencia de sí para sacudir el yugo colonial. La Revolución de Mayo se constituyó así en el mito de orígenes de la Nación Argentina y, por lo tanto, en motivo de recurrente disputa acerca de su sentido, alcances y proyección tal como sigue sucediendo hoy día en vísperas de la conmemoración de su Bicentenario. 8 Ricardo Levene (ed.), Lecturas históricas argentinas, tomo 2, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1978, p. 322. c) realizar esa unión con Estados que no pertenecían a la Confederación como el Uruguay, el Paraguay o Bolivia (alternativas esbozadas en numerosas ocasiones); d) constituir un Estado federal que reconociera a la vez la sobe- ranía de las provincias y la soberanía nacional con preeminencia de esta última (solución que se terminaría impo- niendo jurídicamente tras la sanción de la Constitución de 1853 y políticamente tras la derrota de Buenos Aires en 1880 que permitió la definitiva consolidación del Estado nacional). Lo notable es que estas opciones no fueron patrimonio de ningún sector, pues era habitual que más allá de su pertenencia facciosa, ideológica o regional, los políticos y publicistas esgrimieran diversas posiciones según cuáles fueran las circunstancias en las que estuvieran actuando. Es por ello que en muchas ocasiones las calificaciones de unitario o federal, si bien no son arbitrarias, dificultan la comprensión de los conflictos y de los intereses en juego. Consideremos a modo de ejemplo los cambios de posición entre Buenos Aires y algunas provincias como Corrientes, cuyos voceros se alternaban en argüir la primacía de la Nación sobre cualquier poder provincial a fin de poder defender mejor sus intereses. Esa necesidad permitió, por ejemplo, que a principios de la década de 1830 el líder correntino Pedro Ferré fuera el primero en enunciar en la región un programa de organización nacional que en cierto modo estaba emparentado con el principio de las nacionalidades aunque no le diera ese nombre, cuando se trataba también de uno de los mayores adalides de la defensa de las soberanías provinciales.3 En su reverso, la dirigencia porteña podía argüir, como lo hizo entonces a través del publicista Pedro de Angelis, que La soberanía de las provincias es absoluta, y no tiene más límites que los que quieren prescribirle sus mismos habitantes. Así es que el primer paso para reunirse en cuerpo nacional debe ser tan libre y espontáneo como lo sería para Francia el adherirse a la alianza de Inglaterra.4 Y, sin embargo, pocos años después ese mismo gobierno y sus publicistas podían negarle no sólo a las provincias sino también al Paraguay toda pretensión soberana al alegar que formaban parte de la Confederación Argentina. Esta inconstancia, si bien resulta fácil de comprender cuando se atiende a las circunstancias políticas, no puede considerarse como una mera actitud cínica. En tal sentido resultan reveladoras algunas posiciones esgri- midas por el político y publicista unitario Florencio Varela en su exilio montevideano desde las páginas de El Comercio del Plata, donde llegó a defender o a tolerar alternativas muy disímiles en relación a lo que hacía a la organización que debían tener las provincias rioplatenses. Así, y ante la posibilidad planteada en 1846 de que se formara un nuevo Estado que agrupara a Corrientes y Entre Ríos –y, potencialmente al Uruguay y el Paraguay–, sostuvo que aunque esa resolución no lo satisfacía ya que consideraba más conveniente luchar por el libre comer- cio y la libre navegación en el seno de la comunidad argentina, no podía hacerle objeciones de principio ya que las provincias eran soberanas y podían hacer ese tipo de pactos si les convenía.5 Pocos meses más tarde retomó este razonamiento pactista, aunque modificó su contenido al sostener que las provincias “forman una asociación que ha pactado constituirse en nación independiente pero que todavía no se ha constituido”.6 Casi un año más tarde profundizaba aun más esta idea de nación al señalar que “en nada pensamos menos que en dividir las pro- vincias, en desmembrar la nacionalidad argentina, representación en América de tantas glorias militares, civiles y administrativas”.7 Estas oscilaciones deben entenderse no sólo como expresión de una modalidad que hacía del pacto entre entidades soberanas el fundamento de la constitución de los poderes políticos, sino también a la luz del enfrenta- miento con el régimen rosista, objetivo que para sus opositores opacaba toda otra consideración. De ese modo las posturas en relación a la posible organización de las provincias podían ir modificándose al compás de las alianzas que se sucedían en el afán por derrotar a Rosas. Pero no es eso lo que aquí interesa sino su consideración como pro- puestas válidas, capaces de ser enunciadas, argumentadas y defendidas públicamente, ya que formaban parte del horizonte de posibilidades en lo que se refería al ordenamiento político, territorial e institucional de la región. 3 Un análisis del programa de Ferré en José Carlos Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800- 1846), Buenos Aires, Ariel Historia, 1997, pp. 231-246. 4 El Lucero, Nº 843, Buenos Aires, 17 de agosto de 1832. 5 Comercio del Plata, Nº 207, Montevideo, 20 de junio de 1846. 6 Comercio del Plata, Nº 361, Montevideo, 23 de diciembre de 1846. El destacado pertenece al original. 7 Comercio del Plata, Nº 592, Montevideo, 8 de octubre de 1847. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL FABIO WASSERMAN - Revolución y Nación en el Río de la Plata (1810-1860) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 22.
    42 BIBLIOGRAFÍA CHIARAMONTE, José Carlos,Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel Historia, 1997. —————————————, Nación y estado en Iberoamérica. Los lenguajes políticos en tiempos de las inde- pendencias, Buenos Aires, Sudamericana, 2004. GOLDMAN, Noemí, ¡El pueblo quiere saber de qué se trata! Historia oculta de la Revolución de Mayo, Buenos Aires, Sudamericana, 2009. ————————————— (dir.), Revolución, República y Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina, (tomo 3), 1999. GUERRA, Francois-Xavier, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid, Mapfre, 1992. HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, México, Siglo XXI, 1979. LEVENE, Ricardo (ed.), Lecturas históricas argentinas, tomo 2, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1978. RAVIGNANI, Emilio (ed.), Asambleas Constituyentes Argentinas, tomo I, Buenos Aires, Peuser, 1937. SOUTO, Nora y Fabio Wasserman, “Nación”, en Noemí Goldman, Lenguaje y revolución. Conceptos políticos clave en el Río de la Plata (1780-1850), Buenos Aires, Prometeo, 2008. WASSERMAN, Fabio, “De Funes a Mitre: representaciones de la Revolución de Mayo en la política y la cultura rioplatense (primera mitad del siglo XIX)”, en Prismas. Revista de Historia intelectual, N º5, Bernal, UNQ, 2001. —————————, “Una pregunta en dos tiempos. ¿Qué hacer con la Revolución de Mayo?”, en Nuevo Topo. Revista de historia y de pensamiento crítico, Nº 5, Buenos Aires, 2008. —————————, Entre Clio y la Polis. Conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de la Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 23.
    45 En 1821 elliberal español Miguel Cabrera de Nevares presentaba ante las Cortes una memoria a favor del rápido reconocimiento de una “independencia concedida” a las colonias. Cabrera acababa de pasar dos años en Buenos Aires y de su experiencia porteña extraía algunas conclusiones. Me interesa recuperar una de ellas: acá todos son guerreros, todos han nacido con diversas ideas, todos saben pelear, todos se escenden en el odio contra los españoles, odio que es mucho mas encarnizado que el que tenían entonces contra los ingleses. Hay una generación enteramente nueva: los niños que entonces tenían diez años, en el día mandan regimientos y divisiones.1 Lo que Cabrera estaba describiendo era la masiva militarización de la sociedad y cómo ella signaba la experiencia política de toda una generación. Registraba, así, una de sus dimensiones que ya analizó Halperin Donghi hace tiempo: la “carrera de la revolución” había constituido una elite política basada en su autoridad militar. Su ubicación en el escenario social era compleja en la medida que mientras se separaba de los sectores sociales dominantes que estaban sufriendo profundos de-sequilibrios establecía nuevos lazos sociales con los sec- tores sociales ampliamente movilizados, conformando un triángulo por demás inestable.2 Pero esa nueva dirigencia era sólo una de las dimensiones de la militarización. Otra, era la extrema politización de los sectores sociales populares que no habría de anularse cuando la dirigencia revolucionaria pro- clamó el fin de la Revolución sino que se iba a acrecentar y profundizar hasta imprimirle a la lucha política rio- platense una ineludible marca plebeya.3 Una y otra serían incomprensibles sin atender a una tercera dimensión: la militarización revolucionaria multiplicó las ya heterogéneas formaciones armadas con que contaba la colonia 1 Miguel Cabrera de Nevares, Memoria sobre el estado actual de las Américas y medios de pacificarlas, escrita de orden del Excmo. Sr. D. Ramón López Pelegrín, Secretario del Despacho y de la Gobernación de Ultramar y presentada a S.M. y a las Cortes extraordina- rias por el Ciudadano Miguel Cabrera de Nevares, Madrid, Imprenta de don José del Collado, 1821, pp. 201-202. 2 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; y “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978, pp. 121-157. 3 Un panorama actualizado de esta decisiva cuestión en Raúl O. Fradkin (comp.), ¿Y el pueblo dónde está? Contribuciones para una historia popular de la revolución de independencia en el Río de la Plata, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008; y en Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman (comps.), Desafíos al Orden. Política y sociedades rurales durante la Revolución de Independencia, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2008. Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX RAÚL O. FRADKIN UNLU / UBA 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACION NACIONAL 1 CAPÍTULO
  • 24.
    46 47 9 Unanálisis detallado en Raúl O. Fradkin, “Tradiciones coloniales y naturaleza de las fuerzas beligerantes en el litoral rioplatense durante las guerras de la revolución”, ponencia al II Encontro da Rede Internacional Marc Bloch de Etudos Comparados em História, Porto Alegre, 22 al 24 de octubre de 2008. 10 No se dispone para Montevideo de datos tan precisos como los que existen en relación con el ejército limeño para el cual se ha cal- culado que entre 1810 y 1825 había nacido en América el 35% de los oficiales veteranos y el 80% de los milicianos, mientras que tenía ese origen entre el 70% y el 90% de la tropa. Debe tenerse en cuenta que en ese ejército tuvieron un papel descollante las milicias indígenas comandadas por sus propios jefes, al punto que el general Pezuela se quejaba de que entre sus soldados “raro era el que sabía hablar castellano” (Julio M. Luqui-Lagleyze, “Por el Rey, la Fe y la Patria”. El ejército realista del Perú en la independencia sudame- ricana, 1810-1825, Madrid, Adalid, 2006, pp. 48-49). 11 Juan Marchena Fernández, “¿Obedientes al rey y desleales a sus ideas? Los liberales españoles ante la ‘reconquista’ de América, 1814-1820”, en Juan Marchena Fernández y Manuel Chust (eds.), Por la fuerza de las armas…, op. cit., pp. 143-220. 12 “Estado de la Fuerza Militar que existía en la plaza de Montevideo” (1814), en “Colección de los documentos oficiales relativos a la ocupación de la plaza de Montevideo en 23 de junio de 1814”, en Andrés Lamas, Colección de Memorias y Documentos para la historia y la geografía de los pueblos del Río de la Plata, tomo I, Comercio del Plata, 1849, p. 108. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX así como sus tradiciones militares y milicianas. Intentaremos aquí analizar sus impactos y significados y lo haremos tratando de cotejar la experiencia porteña con las que vivieron las sociedades del Litoral rioplatense. Dada la complejidad del tema, las que siguen son sólo unas notas introductorias. Legados coloniales Para esta evaluación se impone una breve consideración inicial: ¿hasta qué punto la militarización era exclusivamente el resultado del ciclo revolucionario abierto por las invasiones inglesas? Como es sabido, la organización de la defensa de las colonias se había mantenido sin alteraciones sustanciales entre fines del siglo XVI y mediados del XVIII cuando la Corona adoptó una nueva concepción que incluía, entre otros aspectos, la dotación de regimientos regulares y el “arreglo” de las milicias. Fue por entonces que tomó forma el Ejército Imperial en América, un ejército de Antiguo Régimen atravesado por pautas corpo- rativas y estamentales que limitaban su profesionalización y que terminó por estar compuesto de una tropa reclutada mayoritariamente en las colonias y por una oficialidad que, excepto a niveles del generalato, tenía mayoritaria- mente ese origen.4 En el esquema de defensa que se diseñó, los cuerpos veteranos debían encargarse de la defensa de algunos puntos precisos y las milicias de las ciudades, las fronteras con los indios, el orden interno y servir de fuerzas auxiliares. Por ello, la mayor parte de las fuerzas veteranas eran de infantería y la caballería casi comple- tamente miliciana. Ahora bien, la “Ordenanza de su Majestad para el regimiento, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos” de 1768 –un cuerpo normativo que orientó la vida militar hispanoamericana hasta bien avanzado el siglo XIX– contemplaba la existencia junto a los cuerpos veteranos permanentes y de refuerzo de dos tipos de milicias: las nuevas –llamadas “milicias provinciales”, “disciplinadas” o “regladas”– y las antiguas, generalmente denominadas “urbanas”. Ese sistema de milicias –la piedra angular del nuevo orden que los Borbones pretendían instaurar–5 buscaba transformar las antiguas milicias sostenidas y comandadas localmente en una estructura mejor entrenada, que prestara servicio en espacios mucho más amplios que la defensa de la propia localidad y que quedara subordinada a los mandos militares veteranos. Sin embargo, los resultados fueron muy dispares y, para las autoridades militares imperiales, desalentadores.6 ¿Hasta qué punto estos rasgos dan cuenta de la experiencia rioplatense?7 Por lo pronto, no puede obviarse que el gasto fiscal con fines militares fue un componente central de la prosperidad de Buenos Aires.8 De este modo, la ciudad tuvo una importante presencia de fuerzas veteranas que en la década de 1760 llegaron a superar los 4.600 efectivos para una ciudad que apenas rondaba los 24.000 habitantes. Sin embargo, esa dotación no se mantuvo y para 1781 todo el virreinato contaba con sólo 2.500 veteranos permanentes. Además su distri- bución era muy desigual: en la capital se encontraba el 13,6%; en Charcas, momentáneamente, el 12,3%; y en la costa patagónica un 6,8%; en cambio, en Montevideo estaba acantonado el 38,4% y si sumamos todas las fuerzas veteranas en el territorio oriental (en Colonia y Maldonado, principalmente) llegamos al 66,3%. Es decir, que la mayor parte del virreinato carecía de tropas veteranas, en Buenos Aires su número había decrecido sustancial- mente y la mayor parte se encontraban en la Banda Oriental, particularmente en Montevideo. A ello deben agre- garse las enormes dificultades para cubrir sus plazas, tanto que para 1802 cuando debía haber 4.300 efectivos sólo estaban cubiertas 2.500. Pero, además, en esta estimación se incluyen los Blandengues de la Frontera que constituían el 41% de los veteranos realmente existentes. Esos Blandengues eran un cuerpo de origen miliciano transformado en veterano en 1784 aunque de modo muy limitado: generalmente carecían de armas de fuego, se solventaban con recursos locales y se reclutaban entre la “gente del país” obligada a vestirse por su cuenta y a montar en caballos propios. 4 Juan F. Marchena, “Sin temor de Rey ni de Dios. Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena colonial”, en Juan F. Marchena y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey. El Ejército Borbónico en América Colonial en vísperas de la Independencia, Castellón, Ed. Universitat Jaume I, pp. 31-100. 5 Manuel Chust y Juan F. Marchena, “De milicianos de la Monarquía a guardianes de la Nación”, en Manuel Chust y Juan F. Marchena (eds.), Las armas de la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Madrid, Iberoamericana, 2008, pp. 7-14. 6 Allan Kuethe, “Las milicias disciplinadas en América”, en Juan Marchena Fernández y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey..., op. cit., pp. 101-126; y “Las milicias disciplinadas ¿fracaso o éxito?”, en Juan Ortíz Escamilla (coord.), Fuerzas militares en Iberoamérica, siglos XVIII y XIX, México, El Colegio de México/El Colegio de Michoacán/Universidad Veracruzana, 2005, pp. 19-26. 7 El estudio más completo sigue siendo Juan Beverina, El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar, Buenos Aires, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, 1992. 8 Lyman Johnson, "Los efectos de los gastos militares en Buenos Aires colonial", en HISLA, Nº IX, 1987, pp. 41-57. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS No extraña, por lo tanto, que la defensa frente a las invasiones inglesas hubiera de descansar en las milicias. Pero, ¿cómo eran estas milicias? Se trataba de un conjunto extremadamente heterogéneo que incluía milicias “disciplinadas”, “urbanas”, “compañías sueltas” de caballería, unidades de pardos y mulatos libres y milicias indígenas. De este modo, la reforma miliciana borbónica aunque cobró nuevo impulso con el reglamento de 1801, no abarcó ni a todas las milicias ni a todo el virreinato y estaba en sus comienzos cuando todo el orden polí- tico y militar regional se vio bruscamente alterado en 1806. Para entonces, el número de milicianos creció expo- nencialmente, pero ese crecimiento se operó siguiendo el modelo de las milicias “urbanas”. En síntesis, a fines de la colonia las fuerzas veteranas eran decrecientes, escasas, mal equipadas, desigual- mente distribuidas y en la práctica su única caballería eran los Blandengues. Mientras tanto, el “arreglo” de las milicias fue incompleto, no logró uniformarlas ni subordinarlas pero no por ello dejaban de tener un peso decisivo en las estructuras locales de poder.9 Las guerras de la revolución y la militarización Estas condiciones prefiguraron las características de las fuerzas que confrontaron a partir de 1810 en el espacio rioplatense. Pero, para comprender mejor su naturaleza, es preciso despojarse –al menos– de dos imágenes convencionales. Por un lado, aquella que describe el enfrentamiento entre realistas y revolucionarios como una confrontación entre un ejército europeo profesional y un ejército americano formado de voluntarios. Por otro, aquella que describe la confrontación entra las fuerzas de Buenos Aires y el artiguismo como un enfrentamiento entre nuevos ejércitos profesionales y porteños contra un conglomerado de fuerzas irregulares. Ambas convenciones estereotipan y simplifican un proceso que fue extremadamente más complejo. Tres premisas orientan nuestro argumento: 1) los ejércitos se formaron a partir de las estructuras y tradiciones preexistentes y expresaron sus variaciones regionales; 2) si se toma en cuenta la composición social de las tropas puede observarse que las guerras de la revolución no fueron tanto una confrontación entre europeos y americanos sino una guerra civil10 y que las tropas de Buenos Aires tuvieron una alta proporción de efectivos reclutados en otras jurisdicciones; 3) la revolución trajo consigo una guerra mucho más larga y cruenta de lo que podía imaginarse en un comienzo y a través de ella adquirió sus características: esa guerra destruyó recursos y erosionó jerarquías sociales pero también ayudó a forjar identidades, solidaridades y mecanismos de movilización. En este sentido, fue una experiencia social y política de masas de máxima intensidad y amplitud. Las fuerzas realistas de Montevideo estaban compuestas por la reducida dotación de veteranos, una parte de los Blandengues y los cuerpos milicianos de la ciudad y alrededores. Para organizar la resistencia su gobierno apeló al reclutamiento forzoso de hombres libres y de esclavos y multiplicó las milicias, entre ellas los cuerpos “emigrados” refugiados en la ciudad que provenían de las áreas rurales y eran comandados por sus propios jefes. Esa situación no fue completamente transformada por los contingentes de refuerzo enviados desde la península que llegaron con su capacidad muy menguada por las deserciones y sublevaciones.11 De este modo, al momento de su capitulación en 1814, Montevideo contaba con 5.340 efectivos: 3.154 veteranos y 2.186 milicianos.12 En Buenos Aires la revolución se nutrió principalmente de las milicias que emergieron de las invasio- nes inglesas y que eran cuerpos de naturaleza híbrida construidos sobre el modelo de las milicias urbanas pero de servicio permanente, remuneración continua, goce del fuero y sin subordinación alguna a las fuerzas veteranas.
  • 25.
    48 49 16 RaúlO. Fradkin y Silvia Ratto, “Conflictividades superpuestas. La frontera entre Buenos Aires y Santa Fe en la década de 1810”, en Boletín Americanista, N° 58, 2008, pp. 273-293. 17 Raúl O. Fradkin y Silvia Ratto, “Territorios en disputa. Liderazgos locales en la frontera entre Buenos Aires y Santa Fe (1815-1820)”, en Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman (comps.), Desafíos al Orden…, op. cit., pp. 37-60. Ana Frega, “Caudillos y montoneras en la revo- lución radical artiguista", en Andes. Antropología e Historia, Nº 13, 2002, pp. 75-112. 18 Belgrano a Álvarez Thomas, Rosario, 5 de abril de 1816; y Belgrano a José de San Martín, Tucumán, 26 de septiembre de 1817, en Epistolario belgraniano, Buenos Aires, Taurus, 2001, pp. 291 y 336-337. 13 Raúl O. Fradkin (comp.), El poder y la vara. Estudios sobre la justicia y la construcción del estado en el Buenos Aires rural, 1780-1830, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007, pp. 99-128. 14 El mejor análisis al respecto: Gabriel Di Meglio, ¡Viva el Bajo Pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el Rosismo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006. 15 Pocos autores han hecho hincapié en esta decisiva cuestión. Con lucidez, recientemente ha llamado la atención Mariano José Aramburo, Buenos Aires ciudad en armas. Las milicias porteñas entre 1801 y 1823, Tesis de Licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2008. A partir de ellas, la revolución intentó forjar nuevos ejércitos veteranos apelando a una matriz borbónica e intro- duciendo algunas de las novedades que suministraba el modelo napoleónico. El intento parece haber sido incompleto pero impregnó la visión de la oficialidad revolucionaria y su autoconciencia. Esa oficialidad, surgida de la convergencia de jefes de milicias, líderes políticos, algunos oficiales de los ejércitos del Rey y otros extranjeros, terminó por concebirse a sí misma como el núcleo dirigente de la sociedad y al Ejército como la base de sustentación del nuevo Estado. Pero, a su vez, la formación de esos ejércitos –que suponía una movilización varias veces superior a las efectuadas en la época colonial– afectó decididamente a las plebes urbanas y a los sectores populares rurales. Un dato lo muestra: a fines de la colonia la infantería veterana no superaba los 2.500 efectivos, a fines de 1811 la revolucionaria pasaba los 5.000 y para 1817 superaba los 13.000. ¿Cuánto pesaba este esfuerzo sobre los habitantes de Buenos Aires? No es fácil calcularlo pero debe con- siderarse que en 1815 la jurisdicción tenía 6.600 efectivos de línea (4.650 de Infantería, 900 de Artillería y 1.100 de Caballería), unos 4.000 milicianos en la ciudad y sus arrabales y, al menos, unos 1.000 milicianos activos en la campaña, aunque podían movilizarse otros 4.000. Es decir, alrededor de 11.000 hombres movilizados en su territorio cuando la población era de 92.000 habitantes, un 12% aproximadamente. Ese masivo reclutamiento se realizó siguiendo las prácticas coloniales aunque legitimado por un nuevo discurso político y con una extensión tal que afectó el cumplimiento de las normas tradicionales. Así, al enganche voluntario se sumó inmediatamente el contingente compulsivo que afectaba sobre todo a los sectores populares rurales fijándose cuotas de reclutas y destinando al “servicio de las armas” a los infractores de las leyes. En tales condiciones, la creciente necesidad de reclutas convirtió a las autoridades revolucionarias en muy depen- dientes de la colaboración efectiva de las autoridades locales y puso en tensión sus relaciones mientras amplifi- caba los contenidos asignados a la figura de la vagancia.13 Pero había una novedad mayor: el reclutamiento de esclavos adquirió tal envergadura que erosionó el régimen de esclavitud. A su vez, se apeló a la utilización de los prisioneros de guerra como reclutas y a la sustracción de milicianos –particularmente los libertos– para completar las plazas veteranas faltantes.14 En tales condiciones, diversas tensiones atravesaban a los nuevos ejércitos y una en particular: la resis- tencia de los milicianos a convertirse en veteranos. Y no podía haber sido de otro modo pues la población tenía bien en claro las diferencias que debía haber entre una y otra forma de organización militar así como sus respectivas connotaciones sociales. Sin embargo, la transformación de las milicias en cuerpos veteranos no fue el único desafío puesto que la dirigencia revolucionaria tuvo que embarcarse simultáneamente en una masiva ampliación de las milicias y consagrar el principio del alistamiento general. Y ello profundizó la necesidad de contar con la cooperación de las autoridades locales. Por lo tanto, la militarización revolucionaria no puede ser considerada simplemente como la transfor- mación de los cuerpos milicianos en ejércitos de veteranos sino que incluyó como un capítulo central la ampliación y la multiplicación de las milicias. Para ello esa dirigencia apeló al modelo borbónico y a partir de 1817 las “milicias disciplinadas” se denominaron “nacionales” mientras que las “urbanas” pasaron a llamarse “cívicas”. ¿Qué las dis- tinguía? Para las milicias “nacionales” se mantuvo en vigencia el reglamento de 1801, gozaban de sueldo y fuero, se buscaba que estuvieran comandadas por una plana mayor veterana y que tuvieran como “comandantes natos” a los intendentes y sus subdelegados. En cambio, las “milicias cívicas”, no gozaban de sueldo ni de fuero, prestaban un servicio de defensa local y debían estar al mando de los cabildos. Las contradicciones entre ambos sistemas se manifestaban en una cuestión central: los integrantes de las milicias “nacionales” eran considerados “soldados del Estado” y debían acudir “al auxilio y reposición de los ejércitos de línea” mientras que las “milicias cívicas” debían actuar sólo “dentro del recinto” de las ciudades, las villas y los pueblos.15 De esta manera, los primeros ejércitos revolucionarios constituían un aglomerado inestable y hetero- géneo, estructurado a partir de un reducido núcleo veterano y de milicias locales, que reproducían en su interior las tramas sociales que hacían posible el reclutamiento y la conformación de sus jefaturas intermedias. En esas condiciones, sus relaciones con el ampliado servicio miliciano tendían a ser tensas y conflictivas. Y, en especial, lo fueron los ejércitos de Buenos Aires en el Litoral. Esta situación contradictoria puede advertirse con claridad a través de un ejemplo: el Ejército de Observación sobre Santa Fe. Este ejército llegó a tener más de 3.000 hombres y estuvo integrado por un núcleo de veteranos entre los cuales se destacaban los regimientos de infantería com- puestos mayoritariamente por “negros”, una buena parte de las milicias bonaerenses de caballería y unidades milicianas de “emigrados” de Rosario, Coronda y Paraná estructurados en cuerpos separados y dotados de sus propios jefes.16 Era algo bien distinto de un ejército regular y porteño y evidencia las limitaciones que tuvo la for- mación de un ejército “profesional”. Los sucesos acaecidos a partir de 1819 habrían de demostrarlo: el ejército –al igual que el del norte– se desintegró siguiendo los patrones regionales de reclutamiento y jefaturas intermedias que conformaban su entramado subyacente. El dilema de la dirigencia revolucionaria residía en que mientras tenía cada vez más al ejército regu- lar como base de sustentación no podía sino multiplicar las fuerzas milicianas y depender de su colaboración. Las consecuencias se hicieron notar de inmediato: la dependencia de la influencia política local, la necesidad de “negociar” tanto las condiciones y los momentos del servicio como la obtención de “auxilios”, la extensión del fuero que reforzaba el papel de los jefes, su reticencia a emprender campañas ofensivas, etc. Lo que se ponía de manifiesto era que las tradiciones milicianas expresaban una tensión intrínseca: forjadas en torno a la defensa de cada comunidad territorial, las milicias permitían movilizar lazos y recursos, sustentar jefaturas y liderazgos loca- les y eran muy eficaces para una guerra defensiva. Pero, en cambio, eran refractarias a los requerimientos de la guerra ofensiva en escenarios alejados que respondían más a las necesidades del Estado que a las de las comuni- dades y que, por lo tanto, suponían un desplazamiento de recursos y una subordinación a las jefaturas superio- res. En tales condiciones, las milicias servirían de apoyatura a la formación de nuevos liderazgos locales y en ese proceso podían dar lugar a situaciones bien diferentes: en muchas ocasiones se convertían en una suerte de espe- jo militarizado de los entramados y las jerarquías sociales locales; en otras, resultaban del quiebre de esas jerar- quías y permitían el ascenso a posiciones de mando de sujetos provenientes de estratos más bajos.17 En cualquier caso, la tensión con los jefes del Ejército fue creciente. Así lo reconocía Manuel Belgrano cuando en abril de 1816 advertía “la oposición que existe entre soldados y paisanos acerca de esta guerra” y cuando al año siguiente seña- laba que “los anarquistas han conseguido cimentar la idea de que no hay necesidad de Ejército para destruir a los enemigos”.18 El “anarquismo”, el término preferido por la dirigencia directorial para calificar las tendencias federalistas, no era sólo una oposición a una forma de gobierno sino también a esos ejércitos y al estilo de mando de su oficialidad por parte de comunidades territoriales que encontraron en las tradiciones milicianas una orien- tación y un sustento para legitimar sus reclamos. ¿Qué puede mostrarnos el análisis de las fuerzas “anarquistas”? La insurgencia oriental extrajo el núcleo de su fuerza armada de los Blandengues y de las milicias rurales, sobre todo de las “compañías sueltas” que si no fueron directamente su sustento organizativo la dotaron de un formato al que apelar. Sin embargo, intentó también forjar un ejército. En ese intento un lugar relevante lo ocuparon las llamadas “Divisiones Orientales”. Eran unidades de caballería que aglutinaban partidas de milicias territoriales y que permitían reunir una fuerza equivalente a un ejército de Buenos Aires. Además, ese ejército contaba con una reducida artillería y al menos con dos divisiones de infantería, fue dirigido desde campamentos centrales y constituyó sus propios regimientos veteranos. Para ello apeló al enganche de voluntarios, levas de vagos, incorporación forzada de esclavos y libertos o indulto a “pasados” y desertores. Las diferencias con los regimientos “porteños” residían en que éstos estaban mejor armados, remunerados y financiados. Esa diferencia remite a su diferente grado de esta- tidad y de allí que las Divisiones Orientales no perdieran su matriz miliciana. Ahora bien, esas Divisiones contaban con sus “milicias auxiliares” y eran de dos tipos. Por un lado, las que defendían cada poblado y cada partido, siguiendo el modelo de las milicias “urbanas” o “cívicas”. Pero, a CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 26.
    50 51 24 Eneste sentido resulta imprescindible la consulta de Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. 25 José C. Chiaramonte, Ciudades, Provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997. 26 Carlos Cansanello, “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia Regional, Nº19, 1998, pp. 7-51. 27 Registro Nacional, Año de 1825, pp. 29-33. 19 Sarratea al jefe del Estado Mayor, Arroyo de la China, 3 de septiembre de 1812, en Archivo Artigas, tomo X, p. 156. 20 Jefes del Ejército Oriental al gobierno, Barra del Ayuí, 27 de agosto de 1812, en Archivo Artigas, tomo IX, pp. 45-47. 21 Agustín Beraza, El pueblo reunido y armado, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1967 22 Raúl O. Fradkin, “¿‘Facinerosos’ contra ‘cajetillas’? La conflictividad social rural en Buenos Aires durante la década de 1820 y las mon- toneras federales”, en Illes i Imperis, Nº 4, 2001, pp. 5-33. 23 Un desarrollo más amplio de esta decisiva cuestión en Raúl O. Fradkin, “Las formas de hacer la guerra en el litoral rioplatense”, en Susana Bandieri (comp.), La historia económica y los procesos de independencia en la América hispana, Buenos Aires, Asociación Argentina de Historia Económica/Prometeo Libros, en prensa. diferencia de Buenos Aires, contaban con las milicias auxiliares que suministraban los pueblos misioneros y las parcialidades indígenas aliadas. Se recogía de este modo una antigua experiencia del Litoral rioplatense. Las fricciones entre los insurgentes orientales y los jefes militares de Buenos Aires ilustran los conflictos subyacentes. En 1812 Sarratea no sólo pretendía el desplazamiento de Artigas y la subordinación de sus oficiales sino también transformar a esas milicias en cuerpos veteranos y que los Blandengues se convirtieran en un regimiento de infantería de línea.19 Ello derivó en un conflicto mayor: para los jefes orientales Sarratea “hizo desparecer de nra vista el carácter de auxiliadores, que apreciabamos en las tropas”20 mientras que para Sarratea las fuerzas auxiliares debían ser esas milicias orientales y aquellas que no se convirtieran en cuerpos veteranos debían transfor- marse en milicias “disciplinadas”. Lo que nos interesa subrayar es que esa resistencia no provenía sólo de los jefes orientales sino que anidaba en los pueblos rurales y la ejercían tanto los que adherían al artiguismo como aquellos que obedecían al gobierno de Buenos Aires. Además, esa resistencia tenía un corolario: esos pueblos invocaban su derecho a “elegir” al comandante militar que los gobernaba tanto como sus jefes invocaban su derecho a elegir su comandante. Esta concepción de “pueblo armado” se oponía a la imperante entre las autoridades directoriales del miliciano como “soldado del Estado”.21 Eran dos modos radicalmente distintos y opuestos de entender las relaciones entre mili- cianos y jefes, entre milicias y veteranos y entre comunidades rurales y Ejército. ¿Cómo eran estas “elecciones”? Poco sabemos al respecto pero las evidencias sugieren que se realizaban por “aclamación” y que recogían la tradición de las milicias urbanas coloniales de “elegir” a sus comandantes. Sus consecuencias políticas eran ineludibles y quizás ningún ejemplo lo exprese mejor que el reclamo que le hicieron al gobierno de Buenos Aires los milicianos emigrados de Coronda que estaban afincados en San Pedro en 1822: no sólo se negaban a desalojar esas tierras sino que lo hicieron reclamando su derecho a convertirse en un “pueblo”.22 Este choque de concepciones ilumina sentidos más profundos de los discursos políticos. Para el Directorio estas concepciones eran la expresión del “anarquismo” que veía encarnado en el artiguismo. Para el artiguismo, las pretensiones del gobierno y el ejército directorial eran la expresión de un nuevo despotismo, el “despotismo militar”. Sin embargo, no conviene situar estas disputas sólo en el plano de los discursos o de los conflictos entre regiones. Por lo pronto, porque expresaban realidades materiales apremiantes: a medida que el reclutamiento y el aprovisionamiento de las tropas se fue descargando con mayor intensidad sobre las áreas rurales la imposición de auxilios, el reclutamiento compulsivo, la apropiación de caballadas y ganados, el saqueo de establecimientos productivos y de poblados, el desplazamiento forzado de poblaciones, se convirtieron en parte inseparable de las guerras en el Litoral. Eran, a un mismo tiempo, tácticas de combate, métodos de represalia y modos de mante- ner a las tropas y satisfacer sus demandas. En tales condiciones, a las poblaciones rurales no les quedaban dema- siadas alternativas para evitar las depredaciones que producían los ejércitos y ellas aparecen recurrentemente como un factor central que explica los cambios en el alineamiento político de esas poblaciones. En consecuencia, este tipo de guerra implicaba para las poblaciones rurales desafíos y exigencias que amenazaban las bases mate- riales de su orden social local justamente cuando el orden político se estaba desmoronando. Para estas poblacio- nes, sometidas a crecientes dificultades de abastecimiento, al aumento de las cargas, contribuciones, auxilios y obligaciones, a las incursiones de fuerzas beligerantes con su secuela de saqueos y desplazamientos forzados, la guerra era la causa de tamañas dificultades pero también parece haber sido el único medio efectivo para que unos preservaran sus bienes y otros –muchos más– aseguraran su misma subsistencia. Dicho de otro modo, si la guerra amenazaba el orden social local, afrontarla decididamente terminaba siendo el único medio de preservarlo.23 Ello suponía la imperiosa necesidad de preservar los márgenes de autonomía local y en este sentido conviene advertir que estas tensiones atravesaban las relaciones entre gobierno, ejércitos y comunidades territo- riales en cada espacio. No parece ser casual que su intensidad fuera menor en Buenos Aires que en el espacio Litoral porque aquí la estrategia de poblamiento de los Borbones había derivado en la formación de una miríada de pueblos, muchos de ellos con estatuto de villas, dotados de sus propios cabildos y sus milicias. Y tampoco lo fue que se expresara intensamente en los pueblos misioneros que contaban con instancias de autogobierno y con sus propias formaciones milicianas. En Buenos Aires, sólo Luján ostentaba esa condición y la subordinación de las milicias al Ejército fue notablemente mayor. De alguna manera, entonces, al Directorio se le reprodujeron los dilemas de la reforma borbónica y mientras no lograba convertir a todas las milicias en “disciplinadas” veía cómo recuperaba vigor el modelo miliciano más tradicional. Pero esa revitalización de una antigua tradición servía de canal para la diseminación de las nociones más radicales y revolucionarias. No podemos dejar de anotar que posteriormente cada vez que entrara en colapso una formación estatal volvería a replantearse la confrontación entre una concepción del Estado basada en la autoridad del Ejército y otra que encontraba en las milicias su base de sustentación.24 Después de la Revolución El Directorio y el artiguismo se desintegraron durante la crisis de 1820 y de ella emergió un variopinto proceso de formación de entidades estatales soberanas que adoptaron el nombre de provincias y que supuso la reorganización de las fuerzas militares y milicianas.25 Las improntas de las tradiciones coloniales y revolucionarias signaron esas diversas reconstrucciones y explican en parte sus diferencias. Por lo pronto, en algunas provincias –como en Buenos Aires– esa tarea se emprendió a partir de los restos de los ejércitos directoriales y de las estructuras milicianas que les habían servido de fuerzas más o menos subordinadas; en otras –como en Santa Fe o Entre Ríos pero también en el Estado Oriental– esas entidades estatales emergieron de la confrontación con esos ejércitos y tuvieron como punto de apoyo a las milicias. A partir de 1821 el nuevo Estado de Buenos Aires procedió a una completa reorganización institucional que incluyó a sus fuerzas de línea y sus milicias. Las primeras fueron reducidas y reorientadas hacia la defensa de la frontera con los indios, de modo que para 1823 el ejército regular contaba con unos 3.100 efectivos. Dos años más tarde eran 3.800 y de ellos, unos 1.800 tenían destino en la frontera y pertenecían a los Regimientos de Húsares, Blandengues y Coraceros. Nada expresaba mejor la combinación de tradición e innovación que estas denomina- ciones. Pero las novedades eran notorias: la caballería rondaba el 50% de los efectivos veteranos –cuando antes no había superado el 20%– y en su mayor parte estaba en la frontera. Las milicias también fueron sustancialmente modificadas.26 En la ciudad fueron disueltos los cuerpos cívicos y sustituidos por una Legión Patricia de vecinos a la que más tarde se sumó un batallón de Pardos y Morenos. Todas las fuerzas milicianas quedaron bajo el mando directo del gobierno provincial y tendió a diluirse la distinción entre distintos tipos de milicias, se anuló el goce del fuero militar y cobraron mayor centralidad los regimientos de caballería de campaña. De este modo, para 1826 la provincia contaba con un caballería miliciana de 5.000 alistados y una infantería miliciana de 4.000. Como puede verse, los milicianos activos triplicaban prác- ticamente a los veteranos. No sólo por razones financieras sino porque se pretendía imponer su completa subor- dinación al ejército regular y para ello se dispuso que la milicia activa podía ser convocada para suplir la carencia de efectivos del ejército permanente, cada unidad de infantería miliciana estaba dotada de un cuadro veterano y que cada regimiento de caballería veterana tendría agregado un escuadrón miliciano. Lo que se estaba tratando de construir era un tipo de relación entre fuerzas veteranas y milicianas que ni la reforma borbónica ni la dirigencia revolucionaria había logrado imponer por completo. Y esta pretensión se manifestó con claridad y puso en evidencia todas las tensiones que suponía cuando esas fuerzas debieron servir de base a la formación de un Ejército Nacional para la guerra contra el Imperio del Brasil. Primero se buscó que cada provincia pusiera a disposición sus fuerzas de línea y se dispuso que “serán admitidas en el Ejército con los jefes y oficiales que les corresponda, siempre que estos cuerpos vengan en clase de tales”.27 Se buscaba, así, conformar una fuerza de 7.620 plazas, un ejército mayor a cualquiera de los anteriores y aun así en 1826 se intentó un reclutamiento adicional de 4.000 efectivos más. De este modo, ese ejército nacía como un CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 27.
    52 53 34 AndrésLamas, Apuntes históricos sobre las agresiones del dictador argentino don Juan Manuel de Rosas contra la independencia de la República Oriental del Uruguay. Artículos escritos en 1845 para El Nacional de Montevideo, Montevideo, 1849, p. V. 35 Domingo F. Sarmiento, Memoria enviada al Instituto Histórico de Francia sobre la cuestión décima del programa de trabajos que debe presentar la 1° clase, Santiago de Chile, Imprenta de Julio Belin y Ca., 1853. 36 Domingo F. Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, CEAL, 1967, pp. 237-238. 37 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997, pp. 160-163. 38 Roberto Schmit, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el oriente entrerriano postrrevolucionario, 1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004. 28 Raúl O. Fradkin, La historia de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006. 29 Pilar González Bernaldo, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicancias políticas en un conflicto rural”, en Anuario IEHS, N° 2, 1987, pp. 135-176. Raúl O. Fradkin, ¡Fusilaron a Dorrego! O cómo un alzamiento rural cambió el rumbo de la historia, Buenos Aires, Sudamericana, colección Nudos de la historia argen 30 Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”, en Anuario IEHS, N° 18, 2003, pp. 123-152. 31 Juan Carlos Garavaglia, Construir el estado, inventar la nación. El Río de la Plata, siglos XVIII-XIX, Buenos Aires, Prometeo libros, 2007, pp. 227-265. 32 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego. Los Franceses, Lavalle y la Rebelión de los Estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009. 33 Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino, Buenos Aires, Prometeo, 2005, p. 162. conglomerado de fuerzas provinciales que debía subordinarse a un mando superior. Pero este patrón inicialmente definido chocó con la tendencia a la centralización y a la homogeneización que se impuso en 1826: se dispuso que todas las milicias provinciales quedaran a disposición del nuevo gobierno nacional y que fueran declaradas nacionales todas las tropas de línea. No sólo la magnitud distinguía a este ejército de los anteriores: además, el 60% de sus tropas eran de caballería. La magnitud del esfuerzo que suponía y el costo social que implicaba no tardó en ponerse en evidencia y las tensiones sociales cobraron una intensidad desconocida hasta entonces en las áreas donde se descargaba la enorme presión enroladora, particularmente en Buenos Aires.28 La experiencia no dejaba de ser contradictoria pues combinaba una adaptación a las formas de hacer la guerra que emergía de la experiencia americana y conformaba un ejército que tenía como sustrato las unidades militares y milicianas regionales mientras contaba con una oficialidad impregnada de nociones y valores de los ejércitos napoleónicos. El fin de la guerra lo puso en evidencia: la transformación del ejército en una suerte de “partido militar” que resolviera la lucha política volvió a poner en el centro las tensiones entre su proclamado carácter nacional y su matriz provincial así como las tensiones entre el ejército veterano y las milicias. De este modo, la guerra civil desatada en Buenos Aires fue también una confrontación entre el ejército regular y las milicias rurales. Pero en esa confrontación se ponía de manifiesto algo más: esas milicias rurales no eran ya las únicas fuerzas rurales sino que actuaban junto a partidas irregulares de “montoneros” y a fuerzas indígenas aliadas.29 Si estas carac- terísticas no eran nuevas para el Litoral rioplatense, en Buenos Aires eran una novedad completa. Rosas llegaba así al poder a fines de 1829 poniéndose al frente de un masivo y heterogéneo alzamiento rural y legitimado inicialmente por su condición de Comandante General de Milicias. Su desafío no era menor: debía disciplinar tanto a las facciones elitistas como a las fuerzas populares que lo habían llevado al poder y mientras tanto tenía que reconstruir un ejército provincial. Analizar cómo lo hizo excede nuestras posibilidades aquí pero conviene esbozar su trazo más grueso. El nuevo ejército se reconstruyó y su oficialidad fue depurada sistemáticamente; las milicias fueron subordinadas completamente como fuerzas auxiliares y en ellas volvían a tener un lugar relevante las unidades de negros libres. Pero la novedad sustancial estaba en la integración de las fuerzas indígenas integradas al dispo- sitivo de defensa al punto que para 1836 en los fuertes de frontera había una fuerza compuesta de 817 hombres de línea, 904 milicianos y 2.360 indígenas que eran también milicianos.30 Para tener una idea más precisa de su importancia conviene recordar que en ese momento el total de milicianos movilizados en la provincia era de 1.415 y las tropas de línea de unos 3.065. Como puede advertirse, los efectivos veteranos eran de magnitud semejante a una década antes pero ahora estaban concentrados en la ciudad y la defensa de la frontera descansaba en las milicias y en las fuerzas indígenas auxiliares. Pero el Estado provincial que Rosas conducía demostró que tenía la capacidad para ampliar sus fuerzas con enorme rapidez y para 1841 contaba con 10.777 efectivos entre los cuales había 914 oficiales, 2.085 subofi- ciales, 5.222 soldados y 2.445 milicianos sin contar a los indígenas: es decir, había un soldado cada 5 varones adultos y, si se considerara a la milicia pasiva la relación sería de uno cada tres. El Ejército, de este modo, representaba el 85,8% del personal estatal remunerado y si se consideran las fuerzas policiales ese porcentaje llega al 96%.31 Esa transformación expresaba una de mayor alcance: la consolidación de una formación estatal que había logrado cobrar fuerte autonomía frente a la sociedad.32 De este modo, el rosismo lograba llevar a cabo una tarea que no habían podido cumplir ni las auto- ridades borbónicas ni las revolucionarias ni los unitarios: construir un ejército en el cual predominaran las fuerzas veteranas y que estuviera dotado de un conjunto bien subordinado y disciplinado de milicias auxiliares. Si se con- sidera las condiciones de su llegada al poder resulta claro algo más: había logrado limitar la autonomía de las milicias y reorganizar el ejército veterano que pasó a ser “el núcleo del sistema militar de la provincia”.33 Debido a ello, Buenos Aires pudo constituir una suerte de ejército confederal que subordinaba a las fuerzas de otras provincias y que le permitía conformar grandes unidades de combate que desplegaran una guerra ofensiva lejos de su territorio y, además, hacerlo durante largos años. Sus enemigos advertían la magnitud del cambio: de este modo, si en 1849 Andrés Lamas sostenía que “Rosas ha verificado un cambio profundo en la guerra de estos países” y “ha comprendido la superioridad, incontes- table, de las tropas regladas y de la guerra regular”,34 Sarmiento atribuía en 1852 a esta transformación una de las explicaciones de su derrota porque la montonera había dejado de ser el “alzamiento espontáneo de aquellas masas de jinetes inquietas y ociosas”.35 Lo que Sarmiento estaba registrando era el cambio sustancial que el rosismo había logrado producir en las relaciones entre Estado y sociedad y el notable contraste que ofrecían las situaciones al comienzo y al final de la hegemonía rosista puesto que desde 1835 “disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba un escuadrón, para engrosar los batallones”.36 ¿Qué había sucedido mientras tanto en el Litoral? Acotemos sólo una observación que ilustra los cambios y el peso de las tradiciones. El ejemplo entrerriano muestra una trayectoria bien distinta: los 10.000 hombres que Urquiza podía movilizar hacia 1851 eran en su mayor parte milicianos organizados en divisiones de caballería pero sometidas a un régimen de servicio casi permanente al punto de que casi la totalidad de la infantería del llamado Ejército Grande era brasilera. Pero, ¿cómo se había logrado organizar una masiva fuerza de milicias de caballería en servicio casi permanente? Recurramos otra vez a Sarmiento quien, a pesar de no ocultar su rechazo a este tipo de organización militar, identificó algunas de las claves: en el Entre Ríos sale a campaña todo varón viviente propietario o no, artesano, enfermo, hijo de viuda, hijo único, sin ninguna de las excepciones que las leyes de la humanidad, de la conveniencia pública han establecido para la organización de la milicia. Esas milicias, sustentadas en un alistamiento completamente generalizado, eran de infantería en las villas y la caballería estaba formada por la “población de cada departamento de campaña”. De su condición miliciana no parece haber dudas: esos soldados, decía, se visten a sus expensas, y se presentan al campamento con dos, tres o cuatro caballos si se les pide así. Estas tropas no reciben salario nunca, ni aún cuando están de guarnición en las ciudades. Para la manutención de las tropas se provee de ganado, por una lista de vecinos del departamento, según su cupo, por devolución del cuero y del sebo.37 Ninguno de estos atributos puede sorprender pues remiten a las antiguas y arraigadas tradiciones. Sin embargo, hacen necesario agregar algo más para comprender el modo en que este sistema podía funcionar. El Estado entrerriano se basaba en un denso entramado de relaciones sociales completamente militarizadas en el que ocupaban un lugar clave los comandantes departamentales. Ellos constituían el gobierno efectivo de cada territorio y eran quienes debían asegurar la movilización de los milicianos y de los recursos para su aprovisiona- miento. El régimen funcionaba como un sistema de flujos que intercambiaba prestaciones militares de los cam- pesinos a cambio de acceso a los recursos y cierta protección de las familias y suponía, por lo tanto, una cierta negociación a nivel local.38 A la inversa de lo que ocurría en Buenos Aires, el ejército entrerriano seguía siendo una fuerza de neta matriz miliciana organizada en divisiones de caballería reclutadas en cada departamento y que contaba con una dotación mucho menor de veteranos. Su base de sustentación eran esos comandantes departamentales CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL RAÚL O. FRADKIN - Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 28.
    54 cuyo origen puederastrearse en la reforma borbónica y cuya centralidad constituía un legado de la era revolu- cionaria hasta convertirse en la pieza clave del sistema político e institucional. Curiosamente, el nuevo ejército que se forjaría en Buenos Aires después de 1852 para enfrentarlo tendría como base de sustentación un nuevo tipo de milicias: la Guardia Nacional. Y, sobre esa nueva matriz miliciana, Buenos Aires forjaría un nuevo ejército que habría de triunfar en Pavón y después serviría de sustento a la formación del Ejército Nacional que terminaría por suprimir las fuerzas milicianas y provinciales. BIBLIOGRAFÍA BEVERINA, Juan, El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar, Buenos Aires, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, 1992. CHUST, Manuel y Juan F. Marchena, “De milicianos de la Monarquía a guardianes de la Nación”, en Manuel Chust y Juan F. Marchena (eds.), Las armas de la Nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Madrid, Iberoamericana, 2008. DI MEGLIO, Gabriel, ¡Viva el Bajo Pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el Rosismo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006. FRADKIN, Raúl O., “Tradiciones coloniales y naturaleza de las fuerzas beligerantes en el litoral rioplatense durante las guerras de la revolución”, ponencia al II Encontro da Rede Internacional Marc Bloch de Etudos Comparados em História, Porto Alegre, 22 a 24 de octubre de 2008. HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, México, Siglo XXI, 1979. _________________ (comp.), El poder y la vara. Estudios sobre la justicia y la construcción del estado en el Buenos Aires rural, 1780-1830, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007. MARCHENA, Juan F., “Sin temor de Rey ni de Dios. Violencia, corrupción y crisis de autoridad en la Cartagena colonial”, en Juan F. Marchena y Allan Kuethe (eds.), Soldados del Rey. El Ejército Borbónico en América Colonial en vísperas de la Independencia, Castellón, Ed. Universitat Jaume I. SARMIENTO, Domingo F., Facundo, Buenos Aires, CEAL, 1967. ________________________, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 29.
    57 Organizada la Repúblicabajo un plan de combinaciones tan fecundas en resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empu- jado sobre la ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa misma campaña como propietario y borrar el camino por donde otros comandantes de campaña podían seguir sus huellas, se consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que debía servir a contener la República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos. DOMINGO F. SARMIENTO1 Así describía, uno de los mayores críticos del rosismo y exiliado político como Sarmiento, la importancia de la cuestión militar y el rol del Ejército en el forjamiento del poder de Rosas y del orden federal, de cara a la Confederación Argentina y a los países vecinos. De hecho, el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832 y 1835- 1852) afrontó intermitentemente conflictos internos con otras facciones del federalismo porteño y con los “uni- tarios”, con otras provincias y potencias extranjeras, hasta que fue derrocado por el Ejército Grande liderado por Justo José de Urquiza, caudillo de la provincia de Entre Ríos, en febrero de 1852. Si bien muchos aspectos concernientes al rosismo así como a otros “caudillismos rioplatenses” han sido objeto de revisión historiográfica en las últimas décadas,2 es dable destacar que la militarización y la politi- zación de base rural –comenzada en Buenos Aires desde las invasiones inglesas en 1806-1807 y profundizada a partir del proceso revolucionario de 1810 y en la década de 1820– constituyeron piezas centrales de su afianzada autoridad estatal y de su exitoso proceso de ordenamiento y disciplinamiento social. En este texto nos centraremos en el entramado militar-miliciano del rosismo y de los gobiernos de la etapa “federal”, y en sus dispositivos coercitivos, aunque es necesario aclarar que los estudios que han revisado la construcción política de esta etapa han puesto de manifiesto un conjunto de elementos institucionales, discur- sivos, ideológicos, que estos gobiernos debieron desplegar de manera de alcanzar consensos y niveles de legiti- midad, para construir un orden estable que la sola coacción no hubiera logrado imponer. 1 Domingo F. Sarmiento, Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Emecé, 1999 (1845), p. 273. 2 Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998. El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) JORGE GELMAN Y SOL LANTERI UBA / CONICET 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACION NACIONAL 1 CAPÍTULO
  • 30.
    58 59 comprendería alos habitantes de edad entre los cuarenta y cinco y los sesenta años y sería convocada sólo ante casos de invasión o rebelión. Fuera del alistamiento activo se encontraban los enfermos impedidos de cumplir el servicio y los extranjeros transeúntes, entre otros.8 Junto con los principales ministros de gobierno, Bernardino Rivadavia y Manuel José García, Juan Manuel de Rosas –conocido propietario rural vinculado a Juan N. Terrero y Luis Dorrego y primo hermano de una de las familias de comerciantes coloniales más ricas de Buenos Aires, los Anchorena– fue adquiriendo visibilidad política mediante su inicial adhesión al Partido del Orden y su posterior filiación al federalismo. Nombrado Comandante General de Milicias de la Campaña en 1827, Rosas fue acumulando poder y relaciones personales con diferentes sectores sociales, que lo llevaron al ascenso a la gobernación provincial en 1829. En efecto, para- lelamente a la revolución del 1° de diciembre de 1828, que derrocó a Dorrego, un movimiento de base rural con la intervención de soldados, paisanos de distinto origen, peones, indígenas, etc., en el que confluyen la reacción al golpe unitario y al fusilamiento del popular Dorrego, los efectos disruptores de la guerra con el Brasil, una sequía muy aguda, entre otros factores, termina siendo encauzado por Rosas hacia sus propios objetivos, quien llega así a su primer gobierno, proclamándose heredero de Dorrego.9 El primer gobierno de Rosas, que asumió con “facultades extraordinarias” y que culminó en 1832, se caracterizó por la construcción de alianzas con los gobernadores de otras provincias –llegando a ser el represen- tante de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina creada mediante el Pacto Federal de 1831–,10 la realización de préstamos financieros a otras provincias como Santa Fe a modo de cooptación política y la gene- ración de consensos tanto con las elites como con los sectores subalternos urbanos y rurales para reconstruir las bases de poder del Estado. Es dable destacar que si bien en la década de 1820 Rosas había apoyado originalmente al Partido del Orden, dominado por personas de vocación liberal y centralista, luego se proclamó heredero del federalismo dorreguista, aunque intentando conciliar también con los sectores propietarios centralistas o unitarios, para tratar de mantener el difícil equilibrio entre las diversas facciones políticas coetáneas. Además de estas medidas, la llamada “campaña al desierto” de 1833-1834 constituyó un hito funda- mental dentro de su estrategia de poder y de acceso a su segunda gobernación provincial a partir de 1835. La expedición militar fue realizada en acuerdo con otras provincias y con el gobierno chileno de Manuel Bulnes para expandir la frontera y persiguió a los indígenas que no se aliaran al gobierno, al tiempo que generó vinculaciones relativamente duraderas y pacíficas con los que sí lo hicieron. Las tres Divisiones del Centro, Derecha e Izquierda fueron comandadas por los jefes Huidobro –en Cuyo y Córdoba–, Aldao –en Mendoza y San Luis– y el mismo Rosas en la pampa bonaerense respectivamente, implicando la movilización de 4.000 hombres de tropa y 13.000 caballos. Durante la expedición, que se extendió de marzo de 1833 a marzo del año siguiente, la relación de acer- camiento y cimiento de la fidelidad entre Rosas con sus principales oficiales, soldados y caciques “amigos” fue muy importante, al punto que se refería sobre la división de vanguardia que: “Lo más notable que se advertía era la perfecta armonía entre todos y cada uno de los que componían, tanto aquella benemérita fuerza, como los que se le habían agregado”.11 Varios de los jefes militares más destacados de la etapa que se abre en 1835 con la vuelta de Rosas al poder, parecen haber forjado una relación de estrecha confianza con el Restaurador en esta campaña. La campaña militar logró consolidar los asentamientos al sur del río Salado, al tiempo que extendió el área susceptible de ser colonizada en el centro y sur de la provincia, pasando de 29.970 km2 controlados por la sociedad “hispano-criolla” en 1779 a 182.665 km2 a inicios del decenio de 1830, aunque con un retroceso importante luego de 1852.12 Paralelamente, su finalización cristalizó la relación con los principales caciques “amigos” iniciada desde la década de 1820, como los “pampas” Juan José Catriel y Juan Manuel Cachul, incorporados al “negocio CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) 8 Carlos Cansanello, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003, p. 80; y Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1823. 9 Pilar González Bernaldo, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicaciones políticas en un conflicto rural”, en Anuario IEHS, Nº 2, Tandil, UNCPBA, 1987, pp. 137-176; Raúl O. Fradkin, “Algo más que una borrachera. Tensiones y temores en la frontera sur de Buenos Aires antes del alzamiento rural de 1829”, en Andes, N°17, Salta, 2006, pp. 51-82. Véase también el trabajo de R. Fradkin en este volumen. 10 Firmado entre Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes como respuesta a la Liga Unitaria del Interior, cuyos integrantes se fue- ron sumando también luego de la derrota unitaria, reguló las relaciones interprovinciales hasta la sanción de la Constitución de 1853. 11 Juan Manuel de Rosas, Diario de la expedición al desierto (1833-1834), Buenos Aires, Plus Ultra, 1965 (1833-1834), p. 131. 12 Juan Carlos Garavaglia, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999, p. 41. De esta manera, aquí abordaremos las principales medidas y conflictos de tipo militar, siguiendo un orden cronológico desde su ascenso al poder provincial en 1829 hasta su derrocamiento en 1852. Como veremos, su numeroso ejército de línea3 –financiado principalmente mediante los importantes ingresos aduaneros provin- ciales provenientes del comercio exterior– le permitieron mantener largas y costosas campañas extraterritoriales, a la vez que fortalecer el poder de Buenos Aires frente al resto de la Confederación, aunque las milicias y los “indios amigos” constituyeron las fuerzas principales en la frontera, articulándose al sistema mediante distintas políticas y contribuyendo a disminuir el gasto fiscal en una época de “guerra constante”.4 En términos comparativos aquí hay un fenómeno clave que ayuda a entender muchos de los avatares de la historia argentina del momento y de su desarrollo posterior: los ejércitos necesitan reclutas y pertrechos y éstos se consiguen con dinero. Mientras Buenos Aires disponía de cuantiosos recursos originados en la aduana, que le permitieron costear un importante núcleo militar profesional y movilizar temporalmente a numerosos ejér- citos milicianos, el resto de los Estados provinciales tenían unas finanzas en general paupérrimas, que los obligaba a descansar sobre muy modestos destacamentos fijos y sistemas de milicias movilizadas sobre la base de contra- prestaciones a veces de difícil consecución. En numerosas ocasiones sus gobiernos dependieron de transferencias financieras realizadas por los gobiernos de Buenos Aires, cuando no tuvieron que acudir a recursos y armamento proveniente de gobiernos exteriores como fue el caso de la ofensiva final emprendida por Urquiza contra Rosas.5 De esta manera, en muchas provincias interiores se observan procesos de reducción de las ya escasas fuerzas mili- tares regulares a favor de formaciones de tipo miliciana. Y, si bien es cierto que parte de este proceso se puede explicar por la creciente ruralización de la vida política, no menos cierta es su vinculación con la escasez de recursos fiscales que obliga a esos gobiernos a adecuar la movilización militar a esa pobreza.6 El legado de la “feliz experiencia” y los inicios del sistema militar rosista Luego de la primera década revolucionaria, cuando el Directorio porteño y su intento centralista fue derrotado por los caudillos del Litoral, la conformación política en trece provincias autónomas (catorce a partir de la separación de Jujuy de Salta en 1834), dio origen en Buenos Aires al gobierno de Martín Rodríguez, que implementó una serie de importantes reformas institucionales, religiosas y militares, que con algunos cambios continuaron durante toda la primera mitad del siglo. De hecho, la reforma militar de 1821 fue mantenida, aun- que resignificada por el gobierno de Rosas. Ésta incluyó la baja de más de doscientos oficiales del ejército de línea y su pase a retiro conforme la antigüedad de su servicio y la reorganización del servicio miliciano para acompañar a las fuerzas regulares, que se orientaron a la defensa de la frontera en pleno proceso de “expansión ganadera”.7 La Ley de Milicia de diciembre de 1823 estableció la distinción entre la activa y la pasiva, recayendo la primera sobre los hombres preferentemente solteros con arraigo en el país o los casados que tuvieran menos hijos, entre los diecisiete y los cuarenta y cinco años, para suplir la insuficiencia del ejército permanente en la defensa y segu- ridad del territorio. Su enrolamiento se efectuaría con la intervención de la justicia civil en ocho años de servicio pero sin estar obligada una misma fuerza a prestar más de seis meses de auxilio continuo, y mientras éste dura- se recibirían la misma paga que el ejército regular en cumplimiento del código militar. En tanto, la milicia pasiva LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 3 Éste ha sido referido como “el más importante experimento disciplinario de la posindependencia” (Ricardo Salvatore, “El mercado de trabajo en la campaña bonaerense (1820-1860). Ocho inferencias a partir de narrativas militares”, en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (comps.), La problemática agraria. Nuevas aproximaciones, tomo I, Buenos Aires, CEAL, 1993, p. 63). 4 Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005 (1982). De hecho, durante el lapso 1829-1852 se han contabilizado quince años de guerra contra ocho de relativa paz (Eduardo Míguez, “Guerra y Orden social en los orígenes de la Nación Argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, p.18. 5 Para ilustrar esto baste mencionar que hacia 1840, mientras las provincias mejor dotadas fiscalmente como Córdoba, Corrientes o Entre Ríos, recaudaban cifras cercanas a los 100.000 pesos plata al año, y las más pobres apenas lograban entre 10.000 y 30.000 pesos, Buenos Aires conseguía ingresos por cerca de dos millones de la misma moneda. De esta manera el gobierno de Rosas disponía de más recursos que todas las otras provincias sumadas (Juan Carlos Garavaglia, “Guerra y Finanzas un cuarto de siglo después”, pró- logo a Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), op. cit., p. 10). 6 Silvia Romano, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002. 7 Tulio Halperin Donghi, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en Desarrollo Económico, vol. 3, Buenos Aires, IDES, abril-septiembre de 1963, pp. 57-110; Marcela Ternavasio, “Las reformas rivadavianas en Buenos Aires y el con- greso general constituyente, 1820-1827”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 3), 1998, pp. 159-199.
  • 31.
    6160 fue referida categóricamentecomo “la expresión más dramática de una coyuntura de crisis de las bases de sustentación del poder de Rosas”17 y produjo una gran movilización social de distintos sectores desde el mismo momento de su descubrimiento –en octubre de 1839– hasta principios de 1840. Se ha podido calcular que en vísperas de la batalla de Chascomús, producida el 7 de noviembre de 1839 y que definió en gran medida la victoria para el bando federal oficial, el total de las fuerzas militar-milicianas de la provincia de Buenos Aires en la campaña y la frontera ascendía a 6.736 personas, siendo mayoría de línea pero con un importante componente de las fuerzas milicianas en los regimientos de milicias de caballería, espe- cialmente en el 5° y el 6°, con jurisdicción en el área austral. Según estos guarismos y el total de población estimada en la campaña bonaerense para 1838, el servicio activo habría comprendido aproximadamente al 7,6% del total, aunque si sólo se considerara el conjunto de hombres en la edad requerida, la proporción sería mucho mayor; lo que muestra de forma elocuente la gran capacidad de movilización y reclutamiento que tuvo la federación rosista.18 Estas cifras coinciden en líneas generales con las referidas para 1837 y 1841, pues para la primera fecha las fuerzas milicianas de los seis regimientos de milicias de campaña fueron estimadas en un total de 2.267 individuos, y para la segunda en 1.576, aunque junto a las fuerzas regulares esta cifra ascendía a 4.054. Y según se ha podido valorar, el monto de milicianos de los seis regimientos de caballería de campaña era de 2.269 para 1839, y junto a los vete- ranos ascendía a 4.368.19 Ajustando aun más estos números, la zona de Azul y Tapalqué, que constituyó el foco sofocador de la rebelión, comandada por el hermano del gobernador, Prudencio Rosas, revistaba a principios de noviembre de 1839 un monto de 1.809 hombres, de los cuales 967 eran regulares y 842 milicianos, que correspondería casi al 27% del total general de fuerzas militares provinciales en 1839 y al 21,6% de regulares y el 37,1% de milicianos respectivamente.20 La participación armada de vecinos, soldados e “indios amigos” en defensa de la causa federal fue relevante, al sumar más de 500 efectivos en conjunto según referencias de los propios protagonistas, y constitu- yendo, junto con Monte, los bastiones más fieles en el resguardo de la federación durante el levantamiento.21 Lo que también puso de relieve la rebelión de los Libres del Sur, es que el entramado militar del rosis- mo, que parecía tan imponente, no dependía exclusivamente de la disciplina de unos cuerpos militares férrea- mente subordinados al Estado o al gobierno, sino también –y en alta medida– de los apoyos diversos que el mismo alcanzaba en los distintos sectores de la sociedad. La profesionalización y separación de los cuerpos armados de la sociedad, aun de su máxima oficialidad, era insuficiente y su participación de un lado u otro en situaciones de crisis como ésta dependían más de su ubicación en un complejo entramado de redes sociales y políticas, que de su mera ubicación en una cadena de mandos. La invasión de Lavalle por el norte de Buenos Aires en el año 1840 puso todavía más de relieve que la capacidad de coerción militarizada dependía en gran medida de los apoyos sociales que el gobierno de Rosas pudiera recibir. Mientras el general unitario recibía el sostén de sectores medios y de la elite rural del norte de la campaña, a medida que se avecinaba a la ciudad y tomaba asiento en las zonas más campesinas, empezaba a sentir 17 Jorge Gelman, “La rebelión de los estancieros. Algunas reflexiones en torno a los Libres del Sur de 1839”, en Entrepasados, Nº 22, Buenos Aires, 2002, p. 113. 18 Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit. 19 Hacia 1837 la composición miliciana fue muy parecida a la de 1839 en los seis regimientos de campaña, excepto en el 3° que fue mayor en 1839, y en el 5° que lo fue en 1837: 150/162; 480/414; 470/851; 290/250; 317/105; 560/487, respectivamente (Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios...”, op. cit., p. 142). En tanto, en 1841 las proporciones serían de 162/128; 414/497; 851/262; 250/320; 105/0; 487/369 –considerando seguramente un error de transcripción que repitió el regimiento 4° dos veces en vez del 5°– por lo que se observa coincidencia salvo también en el 3° y el 5° (Juan Carlos Garavaglia, “Ejército y milicia: los campesinos bonaerenses y el peso de las exigencias militares, 1810-1860”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003 p. 181. Citado en Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit., pp. 297-299). 20 Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit. 21 Según escribía el juez de paz de Azul al edecán del gobernador: “En este momento que son las tres de la tarde acaba de recibir el que firma la nota que incluye del teniente Coronel Dn. Bernardo Echeverria que el dia 13 del corriente marcho de este punto con el mayor Dn. Eugenio Bustos y cuatrocientos Indios amigos –y ciento y tantos Soldados de este punto y Tapalqué– y un apra [sic] de Artilleria á tomar alos enemigos de la Libertad é Indepe. Americana los Salvages unitarios Sublevados el indicado Fuerte y cortarles la retirada hacia Bahía Blanca a los derrotados en Chascomus, según lo había indicado era conveniente esta medida el Ciudadano Dn. Pedro Rosas y Belgrano. El infrascripto espera que al elevarlo US. al superior conocimto. Del Exmo Sor Governador […] manifieste mi cordial felicitación por el triunfo conseguido sobre los salvages unitarios en el Fuerte Indepa. que espresa la adjunta nota” (Archivo General de la Nación [AGN], X, 20-10-1, carta de Capdevila a Corvalán, Fuerte Azul, 15 de noviembre de 1839, el destacado es nuestro). pacífico de indios”. Esta política implicaba una contraprestación de bienes y servicios entre el gobierno y algunas tribus, mediante la cual las segundas recibían entregas periódicas de ganado (equino y vacuno), vestimenta y artículos de consumo denominados “vicios de costumbre” (yerba, azúcar, aguardiente, tabaco, sal, etc.) y debían formar contingentes auxiliares en las milicias provinciales, así como cumplir otras tareas (chasques, trabajo rural, etc.). Los “indios amigos” que aceptaron estas condiciones se establecieron dentro de la zona de frontera cercana a los fuertes o pueblos, aunque este asentamiento no implicó ni la permanencia estable de los grupos ni la transferencia formal de terrenos a éstos durante el lapso rosista, por más que las tribus catrieleras manifestaron una gran conti- nuidad en su asentamiento territorial en la región austral de Azul, Tapalqué y Olavarría hasta finales de la centuria.13 Al regreso de la campaña y con el acceso a su segunda gobernación con las “facultades extraordinarias” y la “suma del poder público”,14 Rosas realizó una depuración de las fuerzas de línea heredadas de la etapa anterior con oficiales cercanos, aunque su sistema de defensa militar seguía reposando centralmente en los cuerpos mili- cianos de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban los “indios amigos”, con quienes debía negociar conti- nuamente su lealtad y servicio armado en la frontera, valiéndose centralmente de su propia relación personal y de las autoridades políticas y militares regionales. Estas figuras fueron nodales debido a su rol de intermediarias entre el gobierno provincial y las sociedades rurales, controlando y generando consensos con los diferentes sectores socioétnicos mediante la entrega de tierras fiscales, ganado, etc., a cambio del servicio de armas y de otras contri- buciones para la manutención de la federación rosista.15 La crisis del sistema y su respuesta Este sistema militar y miliciano fue puesto a prueba con dos sucesos especialmente críticos para el orden fronterizo y la propia continuidad del régimen, como los malones sucedidos en 1836 y 1837, así como por la revolución de los Libres del Sur de 1839. El malón de agosto-octubre de 1836 fue llevado a cabo por una coa- lición de indios boroganos en alianza con los “chilenos amigos” liderados por Venancio Coñuepan, que se habían levantado previamente en Bahía Blanca, junto con ranqueles y el apoyo de Calfucurá, y tuvo como corolario el aprisionamiento de la familia de Catriel y otros caciquillos, el robo de 5.000 cabezas de ganado y el asesinato de algunos vecinos de Tapalqué, pese a que parte del botín se recuperó posteriormente. El de enero de 1837 tuvo una envergadura aun mayor y se produjo sobre la región de Azul, Tapalqué e Independencia también por parte de esta coalición de boroganos, ranqueles y “chilenos”, que robaron estancias, reses, tomaron cautivos y mataron personas; atacando luego Bahía Blanca y otros lugares del sur. En el sofocamiento de estos ataques, los “indios amigos” fueron medulares, constituyendo la mayor proporción de las fuerzas militar-milicianas de la región, junto con los vecinos y los soldados regulares. Se ha estimado que Azul y Tapalqué aunaban una gran cantidad de efectivos en comparación a Federación, 25 de Mayo, Independencia y Bahía Blanca, nucleando 1.311 hombres en 1836 –sobre un total general de 4.081– de los cuales 899 (68,6%) eran “indios amigos”, 390 milicias (29,7%) y sólo 22 (1,70%) fuerzas regulares. En tanto, para 1837 el guarismo se había incrementado, pero manteniendo las proporciones anteriores, pues de un total de 1.613 individuos, 900 eran “indios amigos” (56%), 660 milicianos (40,7%) y sólo 53 soldados regulares (3,3%).16 Esta relevante defensa territorial por parte de los cuerpos fronterizos ante las invasiones de “indios enemigos” también se repitió luego, con otro episodio crítico para la estabilidad del régimen rosista –generado, a diferencia de los anteriores, fundamentalmente dentro de sus propias filas– como fue el levantamiento de los Libres del Sur en noviembre de 1839. La rebelión de los estancieros sureños –causada, entre otras cuestiones, por los efectos negativos que el bloqueo francés del puerto porteño estaba produciendo en los intereses del sector ganadero exportador, la reforma fiscal y de la enfiteusis, así como el masivo reclutamiento militar gubernamental– 13 Silvia Ratto, “Una experiencia fronteriza exitosa: el ‘negocio pacífico’ de indios en la provincia de Buenos Aires (1829-1852)”, en Revista de Indias, vol. LXIII, Madrid, CSIC, 2003, pp. 191-222; Sol Lanteri y Victoria Pedrotta, “Mojones de piedra y sangre en la pampa bonaerense. Estado, sociedad y territorio en la frontera sur durante la segunda mitad del siglo XIX”, en Estudios Trasandinos, Mendoza, Asociación Chileno-Argentina de Estudios Históricos e Integración Cultural, 2009, en prensa. 14 Atribución que le confería los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). 15 Sol Lanteri, “Un vecindario federal. La construcción del orden rosista en la frontera sur de Buenos Aires. Un estudio de caso (Azul y Tapalqué)”, tesis doctoral, Tandil, IEHS-UNCPBA, 2008. 16 Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 123-152. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 32.
    6362 a principios de1839 provocó la disolución de la confederación andina y coadyuvó a la caída de Santa Cruz. De hecho, este conflicto bélico, si bien amparado por Rosas, fue en verdad costeado por los propios cuerpos de las provincias del norte, como Tucumán, donde se ha destacado que el gasto militar significó el 60% de las eroga- ciones totales provinciales durante ese momento, generando la movilización de 5.000 hombres y una alta dispensa en sueldos militares, que creció aun más posteriormente.27 Además de las disputas con los países linderos, el gobierno de Rosas mantuvo enfrentamientos con potencias ultramarinas, como Francia y Gran Bretaña. Con una serie de argumentos circunstanciales que escondían la competencia de la primera con la segunda y su voluntad de obtener en Buenos Aires las mismas ventajas que Gran Bretaña había obtenido por el tratado de amistad de 1825, en marzo de 1838 Francia inició un bloqueo del puerto porteño que duró hasta octubre de 1840. La escuadra francesa también se apoderó de la isla Martín García y tuvo injerencia en los principales ríos del Litoral, produciendo importantes perjuicios económicos a la Confederación. Por citar un ejemplo elocuente, se ha estimado que si Buenos Aires exportaba unos 360.000 cueros vacunos de su puerto en 1838, estos cayeron abruptamente a 8.500 y 84.000 en 1839 y 1840 respectivamente, con igual tendencia declinante en la salida de otros productos pecuarios como los cueros baguales, la lana y el tasajo, que recién se recuperaron a partir de 1841.28 La reducción de los ingresos aduaneros provinciales produjo además el aumento de la presión fiscal interna y la disminución del gasto público. Con todo, la alianza francesa con los “unitarios”, Corrientes y el Uruguay finalizó con el tratado Arana-Mackau, mediante el cual se dispuso la finalización del bloqueo, la devolución de la isla Martín García y el reconocimiento francés a la Independencia del Uruguay. A partir de entonces se produjo un lapso de relativa estabilidad en Buenos Aires hasta mediados del decenio de 1840, cuando comenzó el bloqueo anglo-francés al puerto porteño durante 1845-1848. Esta vez, ambas potencias actuaban de consuno y amparadas por varios actores de la región como el Brasil imperial o el Paraguay, que buscaban terminar de una vez con la voluntad de injerencia rosista sobre el Uruguay, que se encon- traba sitiando Montevideo con un ejército al mando de Oribe, a la vez que intentaban forzar la libre navegación de los ríos interiores que Buenos Aires controlaba. En esta ocasión la movilización y el gasto militar se incrementaron –aunque de forma proporcional con respecto de la etapa anterior, ya que el ejército de 1841-1844 no se anuló durante la época de la “guerra permanente”– alcanzando el 61,95% del total respectivo durante 1845-1848.29 La flota conjunta europea inició el bloqueo del puerto en septiembre de 1845 ante la negativa de Rosas de levantar el sitio que estaba realizando a Montevideo. Con todo, las tensiones habían precedido a la declaración oficial del bloqueo, pues en agosto de 1845 la escuadra anglo-francesa había apresado a gran parte de la confederada. El 20 de noviembre de ese mismo año, la flota confederada intentó frenar en Vuelta de Obligado el paso de las naves británicas que querían incursionar y abrir el río Paraná a la navegación externa. Si bien finalmente pudieron pasar y escoltar a los buques mercantes europeos, lo sucedido luego mostró los límites del apoyo del Litoral frente acciones como ésta, que se suponía beneficiaría a sus economías, al liberarlas del yugo mercantil porteño. La excepción fue el caso correntino en el que Ferré volvía al gobierno para intentar una nueva escalada antirrosista con apoyo para- guayo (y brasileño), siendo derrotado con bastante rapidez por las tropas que dirigía Urquiza, todavía fiel bastión de la confederación rosista. Por fin, luego de tres años de disputa, en marzo de 1848 Gran Bretaña levantó el blo- queo y mediante el tratado Arana-Southern, la intervención inglesa al Río de la Plata se levantó el 24 de noviembre de 1849, haciéndolo Francia un año más tarde por el tratado Lepredour-Arana. La isla Martín García fue devuelta, se reconoció la navegación del río Paraná como un asunto interno a los intereses de la Confederación y Oribe fue reconocido como presidente legítimo del Uruguay. 27 Ibid., pp. 16 y 50. 28 Miguel Rosal y Roberto Schmit, “Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense (1768-1854)”, en Raúl O. Fradkin y Juan Carlos Garavaglia, En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia 1750- 1865, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, p. 164. 29 Los gastos militares habrían comprendido para el Estado de Buenos Aires el 32,2% en el período 1822-1824; el 35,17% en 1835- 1836; el 55,74% en 1837-1840; el 43,75% en 1841-1844; el 61,95% en 1845-1848 y el 53,07% en 1849-1850, según Tulio Halperin Donghi, Guerra y finanzas, op. cit., p. 245. el vacío y la hostilidad de la población. Al punto que, pese a algunas victorias militares, no lograba incorporar nuevos soldados entre los derrotados quienes, según su propia confesión, desertaban o se volvían a Santos Lugares, para reincorporarse a las tropas de Rosas.22 La rebelión de los Libres del Sur y la invasión de Lavalle tuvieron como corolario un fuerte enfrenta- miento del gobierno de Rosas con las elites que habían adherido mayormente a sus enemigos, una ampliación de su base social y una fuerte depuración de la oficialidad reestructurada con fieles adeptos a la causa y reforzando el peso de las tropas regulares sobre las milicianas.23 La derrota de las elites parece favorecer una mayor separación del Estado y la sociedad, y la consolidación de un gran ejército federal bajo el mando de una oficialidad incondi- cional a Rosas, con el cual lanza a la vez una campaña de control sobre las provincias del interior que se resistían al influjo del federalismo rosista.24 La trascendencia de esta fuerza militar de Buenos Aires en la coyuntura que aquí se abre es palmaria y se encuentra por ejemplo referida en el periódico federal de Córdoba, El Restaurador Federal, cuando reconoce que para enfrentar la sublevación unitaria allí producida a fines de 1840, el gobierno de esa provincia ha hecho recurso al gigantesco ejército enviado por Rosas: “son por último más de 24.000 hombres de armas los que han jurado sostener la integridad de nuestro territorio […] sin contar con más de 1.500 hombres que tiene en cam- paña nuestro Gobernador propietario”.25 Más allá de la veracidad de la cifra de las tropas porteñas, lo que resalta este párrafo es la insignificancia relativa de las tropas cordobesas. Quedan pocas dudas de que el dominio que Rosas alcanza en la década del 40 sobre el territorio de la Confederación expresa en buena medida esta desigualdad en la capacidad de movilización militar, que a la vez tiene estrecha relación con la abismal diferencia de sus recursos fiscales y su capacidad económica. De esta manera, muchos de los gobernadores de los Estados provinciales del interior van a depender cada vez menos de las redes de alianzas locales y de la capacidad de movilizar en ellas recursos propios, que del apoyo que les brinde el poderoso gobernador de Buenos Aires… Dentro de esa crítica coyuntura, signada por profundos conflictos de orden interno y externo, la Coalición del Norte significó la guerra entre varias provincias del interior –Tucumán, Salta, Catamarca, La Rioja y Jujuy– con Buenos Aires durante 1839-1841. Descontentos por la dureza del régimen y su monopolio de las rela- ciones exteriores, los gobernadores de esas provincias intentaron derrotar a Rosas. Tras la muerte del gobernador tucumano Alejandro Heredia (que gobernó durante 1832-1838) –que había controlado Jujuy, Salta y Catamarca con su “Protectorado”, siendo el hombre fuerte de Rosas en el norte– el ejército provincial fue reorganizado, apelándose tanto a las milicias urbanas como a las departamentales rurales, y nombrándose al general Lamadrid como jefe de las Fuerzas Armadas de la provincia. Uno de los dos “Ejércitos libertadores” de la coalición que se encontraba a su mando reunió aproximadamente 915 individuos, entre cívicos y soldados de línea, siendo el otro comandado por el general Lavalle, que venía en retroceso de su intentona fallida de Buenos Aires. Sin embargo, estos cuerpos no pudieron hacer frente al gran ejército rosista liderado por el oriental Oribe, Ibarra y Aldao, derrumbándose la coalición en 1841 y retornando el norte a la órbita rosista con la asunción del gobernador tucu- mano Celedonio Gutiérrez, en octubre de ese mismo año.26 Conflictos externos Paralelamente a los sucesos descriptos, en 1837 la Confederación Argentina declaró la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana creada en octubre de 1836, en respuesta a la invitación de Chile. Las causas cen- trales de este conflicto fueron la disputa de Tarija por la provincia de Salta y los antiguos desentendidos y ene- mistades entre los países beligerantes, como la contribución de armamentos que Santa Cruz había realizado a la Liga del Interior en 1831 y demás cuestiones. A diferencia de otros eventos coetáneos, los resultados de este con- flicto bélico no fueron del todo favorables para el ejército rosista, al obtener la victoria el Ejército Chileno, que 22 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009. 23 Hacia año 1841 se ha estimado la relevante existencia de 836 oficiales, 1.979 suboficiales y 5.107 soldados, más 111 empleados en el ejército regular (Juan Carlos Garavaglia, “Ejército y milicia...”, op. cit., p. 159). 24 Jorge Gelman, Rosas bajo fuego..., op. cit. 25 Citado en Silvia Romano, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002, p. 302. 26 Flavia Macías, Armas y política en el norte argentino. Tucumán en tiempos de la organización nacional, tesis doctoral, Universidad Nacional de La Plata, 2007. Véase en especial el cap. 1: “Armas, milicias y Comandantes. La configuración del Poder Ejecutivo y del Ejército Provincial en la primera mitad del siglo XIX (1832-1852)”, disponible en línea: <www.historiapolitica.com>. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 33.
    6564 35 Véase eltrabajo de Hilda Sabato en este volumen. 36 Carta de Prudencio Arnold a Juan Manuel de Rosas, San Nicolás, 20 de abril de 1873, en Prudencio Arnold, Un soldado argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1970 (1893), p. 126, citada en Sol Lanteri, “Un vecindario federal...”, op. cit., pp. 312-313. La batalla de Caseros y el fin de la experiencia rosista Luego de largos años al mando del gobierno provincial y confederal y atravesando con mayor o menor éxito todos los acontecimientos narrados, el poder de Rosas fue disputado directamente desde el interior de sus propias filas. El 1° de mayo de 1851, Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos, emitió un “Pronunciamiento” en el que expresaba la voluntad que tenía su provincia de reasumir las facultades delegadas al gobierno bonaerense hasta que se produjera la definitiva organización constitucional de la república. A los intereses de Entre Ríos se sumaron posteriormente la provincia de Corrientes y los gobiernos del Uruguay y el Brasil, que consolidaron su alianza mediante un tratado firmado el 29 de mayo de ese año, según el cual se acordaba la consolidación de la Independencia del Uruguay y la configuración de una alianza armada contraria a los intereses de Rosas y Oribe. Quizás no previendo acertadamente la real amenaza a su poder que esta alianza significaba, Rosas no ordenó la organización de la defensa militar de Buenos Aires sino hasta fines de 1851, cuando comenzó el bombardeo de la costa del Paraná por parte de naves brasileras. Finalmente, ambos bandos se dieron batalla en los campos de Monte Caseros, el 3 de febrero de 1852, saliendo victorioso el Ejército Grande. Según ha sido referido por varios autores, las guarniciones rosistas –fundamentalmente veteranas y de “no menos de 10.000 hombres” congregados desde fines del año anterior–30 junto con los “indios amigos”,31 no llegaron a dar plena batalla frente a sus opositores,32 cuyas fuerzas estaban compuestas centralmente por cuerpos milicianos. Se ha estimado que en vísperas de Caseros, se produjo un gran reclutamiento en Entre Ríos, llegando a reunir más de 10.000 hombres entre infantería, artillería y especialmente caballería. Este reclutamiento habría comprendido entre el 60% y el 70% del total de población masculina mayor a 14 años, canalizando el oriente entrerriano per se a 1.778 individuos en 1849, que representaban el 49,66% de todos los hombres de entre 15 y 60 años de la región, de los cuales el 71% eran milicianos y sólo el 29% tropas de línea.33 A este núcleo de fuerzas milicianas de Entre Ríos se sumaban otros miles del Litoral, así como de los ejércitos brasileños y orientales. Y si bien el grueso de las tropas provenía de la provincia de quien dirigía la alianza, resultaba fundamental el apoyo en infraestructura militar del Brasil (especialmente su Armada), así como los recursos económicos que el Imperio le brindaba. Por su parte, las fuerzas rosistas a fines de 1851 fueron estimadas en un total de 7.500 soldados en la División Norte, 5.800 efectivos en la División Centro, 2.800 en la Sud, 17.800 soldados en la ciudad –entre milicianos de policía y tropas veteranas– y 12.700 veteranos más alojados en Palermo y Santos Lugares.34 Sin embargo, éstas no parecen haber logrado una movilización para enfrentar a la coalición enemiga con la misma energía que diez años antes, en que la federación rosista derrotó a enemigos también muy poderosos. A partir de la derrota de Caseros, Rosas se exilió en Inglaterra hasta su muerte, acontecida en 1877, al tiempo que se inició la experiencia de la Confederación, con sede política en la ciudad de Paraná y al mando de Urquiza, hasta la definitiva organización de la república con la inclusión de Buenos Aires desde 1862. Cabe 30 Ricardo Salvatore, “Consolidación del régimen rosista (1835-1852)”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), op. cit., pp. 377-378. 31 Es sabido que la participación militar de los “indios amigos” no era verdaderamente deseada por Rosas, en base a experiencias pasa- das como la sucedida luego del derrocamiento de los Libres del Sur, cuando produjeron desmanes y robos de hacienda en las propias estancias federales. Según ha sido referido, el mismo gobernador llegó a decir entonces: “Ya sabe usted que soy opuesto a mezclar este elemento entre nosotros, pues que si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña. Si triunfamos, ¿quién contiene a los indios? Si somos derrotados, ¿quién contiene a los indios?” (citado originalmente en John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1997 (1981), p. 309; en Jorge Gelman, Rosas bajo fuego..., op. cit., p. 205). 32 Domingo F. Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997 (1852). 33 Roberto Schmit, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el Oriente Entrerriano posrevolucionario, 1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, p. 177. La importancia de los cuerpos milicianos frente a los regulares en las distintas provincias de la Confederación Argentina, a diferencia del nutrido ejército regular porteño, también ha sido referida para Corrientes y Córdoba, donde se ha destacado el relevante papel de los comandantes de milicia departamental en el primer caso y la gran movi- lización militar-miliciana durante el gobierno aliado de Manuel López en el segundo. Véanse Pablo Buchbinder, Caudillos de pluma y hombres de acción. Estado y política en Corrientes en tiempos de la Organización Nacional, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004; y Silvia Romano, op. cit., respectivamente. Del mismo signo eran las tropas que movilizaba Quiroga en los años 20 y 30, centradas en los llanos riojanos (Noemí Goldman y Sonia Tedeschi, “Los tejidos formales del poder. Caudillos en el interior y el litoral rioplatenses durante la primera mitad del siglo XIX”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos…, op. cit.). 34 Comando en Jefe del Ejército, Reseña histórica y orgánica del ejército argentino, tomo I, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971, p 385. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 34.
    6766 LANTERI, Sol yVictoria Pedrotta, “Mojones de piedra y sangre en la pampa bonaerense. Estado, sociedad y territorio en la frontera sur durante la segunda mitad del siglo XIX”, en Estudios Trasandinos, Mendoza, Asociación Chileno-Argentina de Estudios Históricos e Integración Cultural, 2009, en prensa. LYNCH, John, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1997 (1981). MACÍAS, Flavia, “Armas y política en el norte argentino. Tucumán en tiempos de la organización nacional”, tesis doctoral, Universidad Nacional de La Plata, 2007. En especial el cap. 1 “Armas, milicias y Comandantes. La configuración del Poder Ejecutivo y del Ejército Provincial en la primera mitad del siglo XIX (1832-1852)”, disponible en línea: <www.historiapolitica.com>. MÍGUEZ, Eduardo, “Guerra y Orden social en los orígenes de la Nación Argentina, 1810 -1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 17-38. RATTO, Silvia, “Una experiencia fronteriza exitosa: el ‘negocio pacífico’ de indios en la provincia de Buenos Aires (1829-1852)”, en Revista de Indias, vol. LXIII, Madrid, CSIC, 2003, pp. 191-222. ___________, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a media- dos de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 123-152. REGISTRO OFICIAL DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1823. ROMANO, Silvia, Economía, sociedad y poder en Córdoba. Primera mitad del siglo XIX, Córdoba, Ferreyra Editor, 2002. ROSAL, Miguel y Roberto Schmit, “Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense (1768-1854)”, en Raúl O. Fradkin y Juan Carlos Garavaglia, En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia 1750-1865, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, pp. 159-193. ROSAS, Juan Manuel, Diario de la expedición al desierto (1833-1834), Buenos Aires, Plus Ultra, Buenos Aires, 1965 (1833-1834). SABATO, Hilda, “¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX”, en este volumen. SALVATORE, Ricardo, “El mercado de trabajo en la campaña bonaerense (1820-1860). Ocho inferencias a partir de narrativas militares”, en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (comps.), La problemática agraria. Nuevas aproxi- maciones, tomo I, Buenos Aires, CEAL, 1993, pp. 59-92. ___________________, “Consolidación del régimen rosista (1835-1852)”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 3), 1998, pp. 323-380. SARMIENTO, Domingo F., Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Emecé, 1999 (1845). ______________________, Campaña en el Ejército Grande, Bernal, UNQ, 1997 (1852). SCHMIT, Roberto, Ruina y resurrección en tiempos de guerra. Sociedad, economía y poder en el Oriente Entrerriano posrevolucionario, 1810-1852, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004. TERNAVASIO, Marcela, “Las reformas rivadavianas en Buenos Aires y el congreso general constituyente, 1820-1827”, en Noemí Goldman (dir.), Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 3), 1998, pp. 159-199. señalar que la organización del ejército de línea que realizó Bartolomé Mitre a partir de entonces se hizo central- mente sobre la estructura del de Buenos Aires, y los “nuevos” jefes y oficiales surgieron de los que habían peleado contra Rosas durante la campaña al Ejército Grande, y luego a favor de Buenos Aires durante la secesión.35 Sin embargo, algunos oficiales, pese a haberse pasado de bando o haber continuado en la función militar con los gobiernos posteriores, no olvidaban el gran sentimiento de fidelidad que Rosas había logrado cimentar con ellos mediante incentivos materiales (entrega de tierras fiscales, ganado, medallas, honores, exenciones impositivas, etc.) y el capital simbólico que significaba el trascendental lugar de pertenencia que la oficialidad militar tenía dentro de la federación rosista. En las propias palabras de un oficial federal que, sobreviviendo a la batalla de Caseros, le escribía al propio Rosas durante su exilio, desde San Nicolás, más de veinte años después: Sabe Vd. que he sido militar y no político; como tal, mi adhesión siempre es profunda hacia Vd. y mi más íntimo deseo sería verlo y abrazarlo, pero ya que esto es imposible desde aquí tengo el placer de saludarlo, deseándole toda la felicidad y que cuente con el profundo cariño de su más afectísimo servidor y amigo.36 BIBLIOGRAFÍA ARNOLD, Prudencio, Un soldado argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1970 (1893). BUCHBINDER, Pablo, Caudillos de pluma y hombres de acción. Estado y política en Corrientes en tiempos de la Organización Nacional, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004. CANSANELLO, Carlos, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003. COMANDO EN JEFE DEL EJÉRCITO, Reseña histórica y orgánica del ejército argentino, tomo I, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971. FRADKIN, Raúl O., “Algo más que una borrachera. Tensiones y temores en la frontera sur de Buenos Aires antes del alzamiento rural de 1829”, en Andes, N°17, Salta, 2006, pp. 51-82. ____________, “Sociedad y militarización revolucionaria. Buenos Aires y el Litoral rioplatense en la primera mitad del siglo XIX ”, en este volumen. GARAVAGLIA, Juan Carlos, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999. ____________, “Ejército y milicia: los campesinos bonaerenses y el peso de las exigencias militares, 1810-1860”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, UNCPBA, 2003, pp. 153-187. ____________, “Guerra y Finanzas un cuarto de siglo después”, prólogo a Tulio Halperín Donghi, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005. GELMAN, Jorge, “La rebelión de los estancieros. Algunas reflexiones en torno a los Libres del Sur de 1839”, en Entrepasados, Nº 22, Buenos Aires, 2002, pp. 113-144. ____________, Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009. GOLDMAN, Noemí y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Euedeba, 1998. GOLDMAN, Noemí y Sonia Tedeschi, “Los tejidos formales del poder. Caudillos en el interior y el litoral riopla- tenses durante la primera mitad del siglo XIX”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos Rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Euedeba, 1998, pp. 135-157. GONZÁLEZ BERNALDO, Pilar, “El levantamiento de 1829: el imaginario social y sus implicaciones políticas en un conflicto rural”, en Anuario IEHS, Nº 2, Tandil, UNCPBA, 1987, pp. 137-176. HALPERIN DONGHI, Tulio, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en Desarrollo Económico, vol. 3, Buenos Aires, IDES, abril-septiembre de 1963, pp. 57-110. ________________________, Guerra y finanzas en los orígenes del Estado Argentino (1791-1850), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005 (1982). LANTERI, Sol, “Un vecindario federal. La construcción del orden rosista en la frontera sur de Buenos Aires. Un estudio de caso (Azul y Tapalqué)”, tesis doctoral, Tandil, IEHS-UNCPBA, 2008. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL JORGE GELMAN Y SOL LANTERI - El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1952) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 35.
    69 Revolución de Mayoen Buenos Aires y Guerra de Independencia constituyen, para la historiografía argentina, dos términos estrechamente unidos en tanto los sucesos que tuvieran lugar en 1810 en la capital del virreinato del Río de la Plata habrían de desencadenar una guerra que tendrá lugar fundamentalmente en las provincias altoperuanas y en la provincia de Salta, resultante esta última de la fragmentación de la Intendencia de Salta del Tucumán dispuesta por el director supremo Gervasio Posadas en agosto de 1814. En el transcurso de la misma, la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sur, en la ciudad de Tucumán el 9 de julio de 1816, a la vez que afirmaba el sentido anticolonial de la guerra expresaba un anhelo que sólo podría conseguirse con la derrota del poder realista en América del Sur. Triunfaba así un proyecto político más amplio y radical que excedía a la jurisdicción del ex virreinato, hasta ese momento el escenario de la revolución rioplatense. En el transcurso de los años que mediaron entre 1811, cuando Juan José Castelli al frente del Ejército Auxiliar del Perú se detuvo en el río Desaguadero –límite del virreinato del Río de la Plata con el del Perú–, y enero de 1817 cuando José de San Martín emprendió el cruce de los Andes, la guerra desencadenada en los espacios andinos del ex virreinato impulsó cambios estratégicos de envergadura. A principios de 1814 y luego de la segunda derrota en el Alto Perú del Ejército Auxiliar enviado por Buenos Aires, José de San Martín, quien había reempla- zado como jefe de ese ejército a Manuel Belgrano dispuso enfrentar a los realistas que ocupaban el territorio salto-jujeño, desarrollando allí una guerra de guerrillas.1 Esta decisión resultó definitoria para la dinámica de la Guerra de Independencia en los Andes del sur. Fueron responsables de implementar esta estrategia Martín Miguel de Güemes, militar natural de Salta a quien José de San Martín nombró Teniente Coronel de Vanguardia emplazado en la frontera sur de la jurisdicción de la ciudad de Salta y Apolinario Saravia, capitán de Milicias de la provincia de Salta en el departamento de Guachipas al sur del valle de Lerma. De esta manera Salta y Jujuy se incorporaron “a la guerra de montaña” y de recursos que se libraba desde 1811 en las Provincias Altoperuanas. Pocos meses después, luego de abandonar la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú, San Martín fue designado gobernador de Cuyo, donde comenzó a organizar fuerzas militares con la finalidad de cruzar los Andes para batir a los realistas en Chile y el Perú. La derrota por tercera vez del Ejército Auxiliar del Perú a fines de 1815, fortalecerá la estrategia sanmarti- niana, e impulsará la declaración de la independencia en los momentos más difíciles y complicados de la revolución. * Proyecto PIP CONICET 7063 y PICTO Agencia 36715. 1 Fue Manuel Dorrego quien aconsejó a San Martín acerca de la inutilidad de mantener tropa de línea en Salta ponderando las posibi- lidades que en cambio ofrecería la ofensiva sorpresiva de grupos milicianos. La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos* SARA E. MATA UNSA / CONICET 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACION NACIONAL 1 CAPÍTULO
  • 36.
    7170 ya que “enaquel tiempo ese elemento popular, que tan poderoso ha sido después en manos de los caudillos era casi desconocido; en consecuencia los generales poco o nada contaban fuera de lo que era tropa de línea”.6 Los testimonios relativos al escaso entusiasmo por participar o sumarse a las milicias no se agotan en las percepciones desencantadas de los jefes revolucionarios. En los primeros días de febrero de 1813 fue apresado por los realistas en el valle Calchaquí, en ocasión de intentar reclutar gente del valle, Mariano Díaz, natural de Sinti, comandante de Armas de la Provincia de Atacama y oficial del Ejército de Buenos Aires. Trasladado en calidad de prisionero hasta Oruro después de la derrota sufrida por Pío Tristán en ese mismo mes de febrero en Salta, reconoce la comisión ordenada por Belgrano y su fracaso “por oposición que le hicieron sus moradores”. Del sumario se desprende además que fue capturado por la decisiva oposición de los habitantes del valle que “en San Carlos, el día tres a la madrugada lo atacaron los moradores del país y lo obligaron a retirarse”.7 No sólo indiferencia sino también hostilidad. La defección a la causa revolucionaria tampoco fue absoluta. La comunicación clandestina con el ejército estacionado en Tucumán permitió a Belgrano contar con información acerca de las fuerzas realistas y en los montes y en los cerros del valle de Lerma y la frontera con el Chaco, las partidas milicianas interferían las comunicaciones y secuestraban mercancías y víveres que llegaban para la provisión de la ciudad. Si bien la base de operaciones de estas milicias se encontraba en Tucumán, muchos de ellos eran salteños conocedores del terreno, condición indis- pensable para este tipo de acciones. Si en 1812 los pobladores, en su mayoría, miraron con indiferencia e incluso muchos con entusiasmo la presencia del ejército real, en 1814 las circunstancias fueron diferentes. En 1814 no contaron con los apoyos políticos y económicos de los cuales habían gozado en 1812, en parte porque las principales familias realistas habían emigrado en 1813 hacia el Perú junto con el derrotado ejército del Rey y en parte porque Joaquín de la Pezuela, el jefe realista que ocupó Salta en esta oportunidad actuó con extrema severidad incautando bienes y persiguiendo a todos aquellos sospechados de apoyar a la causa revolucionaria. Carentes del apoyo que pudieran brindarles comerciantes y estancieros adictos, se vieron en la necesidad de proveerse de víveres y de ganados, especialmente mulas y caballos, procediendo a la requisa y saqueo en las estancias del valle de Lerma. Corría el mes de febrero cuando alrededor de cuatrocientos hombres integrantes de varias partidas españolas al mando de un vecino de Salta, incorporado al ejército realista y por lo mismo conocedor del territorio, se internaron en el valle de Lerma en búsqueda de provisiones y en la requisa de ganados procedió a confiscarlos tanto de las estancias como de los pequeños y medianos productores, fueran éstos arrenderos o propietarios de tierras, los cuales vivieron con indignación el saqueo al que eran sometidos por los hombres del Rey. El paisanaje no sólo resistió la requisa sino que, en no pocas ocasiones, asaltaron las partidas realistas con la finalidad de recuperar su ganado. Aun cuando el relato de los hechos, realizado con posterioridad, plantea la resistencia a los saqueos realistas como una reacción casi espontánea, alentada por algunos estancieros del lugar, la decidida participación de Pedro José de Zavala, quien en 1811 revistaba en la Compañía de Chicoana del Regimiento de Voluntarios de la Caballería de Salta modera la interpretación de la resistencia como una simple reacción ante el saqueo.8 La exis- tencia de milicianos que con toda probabilidad participaron en la batalla de Salta y las vinculaciones que indu- dablemente varios de ellos conservarían con los jefes de las milicias que operaban en las serranías de Guachipas, partido al sur del valle de Lerma, permiten suponer que, además del movimiento espontáneo de defensa de sus bienes, entre las razones que llevaron a la rebelión se encontraría una red de relaciones que la incitaba. La rebelión de los vecinos de Chicoana se enmarcó rápidamente en las directivas del Ejército Auxiliar, y en la estrategia diseñada por Manuel Dorrego y José de San Martín e implementadas en el valle de Lerma por Apolinario Saravia, capitán de Milicias de Guachipas. Poco después, Martín Miguel de Güemes con las milicias que había logrado reunir y organizar ayudado por algunos estancieros de la frontera del Rosario, acosó a las fuerzas realistas en las proximidades de la ciudad de Salta y estableció sobre ella un férreo cerco que dificultó el aprovi- sionamiento no sólo del Ejército sino también de la población que residía en la ciudad. En julio de 1814, un des- tacado vecino de Salta, Pedro Pablo Arias Velásquez en una carta dirigida al exiliado obispo Videla del Pino 6 José María Paz, Memorias póstumas, tomos I y II, Buenos Aires, Emecé, 2000, p. 79. 7 Archivo General de Indias, Sevilla [AGI], “Causa criminal seguida de oficio contra el Reo Mariano Díaz acusado por caudillo de insur- gentes y de haber cometido los asesinatos, robos y saqueos que constan de esta sumaria”, Diversos, Ramo 1, N°1. 8 AGN, “Milicias de Salta, 1811”, Sala X, 22.3.5. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos En esta oportunidad nos interesa presentar los perfiles militares, sociales y políticos que presentó la Guerra de Independencia en la provincia de Salta, por dos importantes razones. La primera por cuanto la misma ocasionó un proceso insurreccional que descubrió las profundas tensiones que agitaban a la sociedad local favo- reciendo la construcción del liderazgo político y militar de Martín Miguel de Güemes. La segunda en virtud de la representación que de la autoridad del Ejército Auxiliar alcanzara Martín Miguel de Güemes entre los grupos insurgentes altoperuanos y la importancia que reviste su muerte en 1821 durante la definición del actual territorio de la República Argentina. Al momento de la Revolución y ante la necesidad de fortalecer al ejército que desde Buenos Aires marchaba hacia el Alto Perú, el gobernador Chiclana dispuso en Salta levas con la finalidad de reclutar hombres para el Ejército Auxiliar. Se crearon asimismo nuevos cuerpos de milicias tales como la de los Cívicos, integrado por miembros de la elite y la de los Pardos y Morenos, ambas en el ámbito urbano, mientras que las milicias rurales aumentaron el número de hombres. Entre quienes en septiembre de 1810 se abocaron con entusiasmo a la tarea de organizar estas milicias rurales se encontraban importantes estancieros que constituían la oficialidad de las Milicias Regladas de fines de la colonia o de las milicias voluntarias alistadas en ocasión de las invasiones inglesas, en tanto es notorio el desplazamiento o la ausencia de otros y la designación de nuevos jefes.2 De esta manera, si bien las milicias coloniales constituyeron las bases de la movilización iniciada en 1810, la militarización tendiente a apoyar al Ejército Auxiliar del Perú, ofrecerá nuevas alternativas de poder al abrigo de la adhesión a la causa de Buenos Aires y hará posible la incorporación de nuevos actores sociales al campo militar.3 En estos primeros momentos, el pago del prest o salario debido a los soldados enrolados sirvió de ali- ciente, aun cuando la deserción, al igual que en el resto de los territorios del interior del virreinato fue frecuente. No es posible evaluar en qué medida influyó en estas primeras movilizaciones la experiencia militar previa brindada por las Milicias Regladas y la presencia de un batallón del Regimiento Fixo de Buenos Aires en Salta. De cualquier modo, es posible observar que aun con escaso o nulo entrenamiento militar, los cuadros jerárquicos de estas estructuras militares revalidaron y legitimaron sus cargos en el ejército que organizaba Buenos Aires, en dos instancias de importancia: el reclutamiento a nivel local y su incorporación como oficiales al mando de milicias en el Ejército Auxiliar. Pero también es preciso considerar las expectativas y experiencias adquiridas por los hombres que, por su condición de milicianos, lograron autorización para portar armas y gozaron de un fuero que los sustraía de las justicias ordinarias y les brindaba posibilidades de negociación, a pesar de las asimetrías de la relación jerárquica. En efecto, el fuero militar, fuente de desavenencias y espacio de negociación, adquiere en este contexto bélico mayor significación en tanto a través de él se habrán de dirimir espacios de poder entre autoridades civiles y militares. La autoridad ejercida por los Alcaldes y los estancieros y hacendados sobre la población rural se resintió visi- blemente frente a las posibilidades concretas de sustraerse de ella por parte de peones y arrenderos sujetos a la milicia.4 De cualquier modo, entre 1810 y 1812 las milicias de Salta tuvieron un protagonismo escaso. Desconocemos el apoyo que pudieron haber brindado en febrero de 1813, cuando el ejército de Belgrano, libró una batalla deci- siva en las proximidades de la ciudad de Salta, logrando recuperar Salta y Jujuy del dominio realista. En esa opor- tunidad, colaboraron oficiales y milicianos salteños que siguieron al derrotado ejército de Castelli, cuando en agosto de 1812 y ya al mando de Belgrano, emprendió desde Jujuy la retirada hacia Tucumán. Los testimonios de Manuel Belgrano en los difíciles meses de 1812 muestran a una sociedad local renuente a prestar su apoyo al Ejército Auxiliar del Alto Perú.5 En sus Memorias póstumas, José María Paz justifica la decisión de Belgrano de liberar a los prisioneros realistas luego de la victoria obtenida en Salta, ante la imposibilidad de vigilar a tantos hombres 2 Entre los ausentes se encontraba el capitán de Milicias Voluntarias de Caballería de esta Capital Francisco Javier de Figueroa, quien en 1807 ofreció vestir, armar y correr con los gastos de traslado de una compañía de cien hombres hasta Buenos Aires para defender la capital del virreinato (Archivo General de la Nación [AGN], Sala X, Guerra, 43.8.2). Su entusiasmo no se reiteró en 1810. En cambio su hermano Apolinario habría de colaborar con el capitán don José Antonino Fernández Cornejo en reclutar y acuartelar soldados en la Hacienda de San Isidro propiedad ubicada en la frontera perteneciente a este último (AGN, Sala X, 43.7.9). 3 Sara Mata de López, “Guerra, militarización y poder. Ejército y milicia en Salta y Jujuy. 1810-1816”, en Anuario IEHS, Nº 24, Tandil, 2009, en prensa. 4 Sara Mata de López, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, en Persistencias y cambios. Salta y el Noroeste Argentino. 1770-1840, Rosario, Prohistoria & Manuel Suárez editor, 1999. 5 “[Q]uejas, lamentos, frialdad, total indiferencia y diré más odio mortal, que estoy por asegurar que preferirían a Goyeneche cuando no fuese más que por variar de situación y ver si mejoraban. Créame Ud. el ejército no está en pais amigo [...] se nos trata como a verdaderos enemigos” (Citado en Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires, Anaconda, 1950, p. 219). LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 37.
    7372 y Caballería (Regimientode Infernales, Partidas Veteranas, Coraceros, Partidas Auxiliares, Granaderos) y Escuadrones de Gauchos pertenecientes a la jurisdicción de Salta, de la Frontera del Rosario, del valle de Cachi, de Jujuy, de la quebrada de Humahuaca, y en un solo escuadrón los gauchos de Orán, Santa Victoria, San Andrés y la Puna. Estos Escuadrones de Gauchos eran las Milicias Regladas de la provincia y al igual que los cuerpos militares gozaban del fuero permanente. Conformaban un total de 6.610 hombres, una fuerza indudablemente importante.14 Resulta interesante observar que los cuerpos militares contaban con un total de 551 soldados, mientras que los 15 escuadrones gauchos sumaban 4.888 milicianos. Es decir que el peso de la resistencia a los realistas recaía indudablemente en las Milicias Provinciales.15 Pero más significativo aun resulta comprobar que de esos 4.888 hombres, 2.090 correspondían a los escuadrones del valle de Lerma, es decir que el 44% de los gauchos correspondían a los partidos de Chicoana, Guachipas y Rosario de los Cerrillos donde, a fines del período colonial, se concentraba la mayor parte de la población rural del valle en calidad de pequeños propietarios, arrenderos y agregados y donde también la tensión en torno a la tierra era intensa.16 No resulta casual entonces que la movili- zación desatada por la Guerra de Independencia derivase luego en insurrección, la cual fue rápidamente capitalizada por Güemes al incorporarla en las Milicias Cívicas o Escuadrones Gauchos que organizara en 1815. También allí, a fines de la colonia, se radicó población indígena tributaria procedente del Alto Perú para quienes la abolición del tributo dispuesta por el gobierno revolucionario, a partir de 1812, pudo impulsar a sumarse a la defensa del mismo ingresando a las milicias. Si en abril de 1815 Güemes se presentó en Puesto del Marqués comandando una división de mil hombres, de los cuales quinientos pertenecían a las milicias gauchas del valle de Lerma,17 es indudable que éstas sumaron muchos voluntarios a sus filas en el transcurso de 1815, cuando decididamente capitalizó la insurrección incorpo- rándola a los Escuadrones Gauchos de las Milicias Provinciales. A pesar de no contar con cifras confiables en relación con la población de Salta y su jurisdicción, es factible arriesgar que 2.090 gauchos representarían prácticamente a todos los hombres en condición de tomar las armas. La movilización era, de este modo, masiva.18 A mediados de 1816 Manuel Belgrano, nuevamente general del Ejército Auxiliar del Perú, aceptó con serias reservas la guerra de montaña como única alternativa posible para enfrentar a los realistas en los territorios del ex virreinato del Río de la Plata.19 De esta manera, la insurrección salteña, organizada ya en las estructuras militares dadas por su Gobernador pasaron a formar parte de la guerra que libraban las guerrillas en el Alto Perú y el Ejército de Buenos Aires no volvería a transitar el territorio de la provincia de Salta. Al finalizar el año 1816, la revolución rioplatense atravesaba momentos muy difíciles. Los realistas habían consolidado su control sobre las principales ciudades altas peruanas que no volverían más a estar bajo el poder de los revolucionarios porteños. Los principales líderes de la insurgencia altoperuana habían muerto y el movi- miento revolucionario se encontraba desarticulado. El desembarco en Lima de disciplinadas tropas militares al mando del general José de la Serna, destinadas a recuperar para la monarquía española los territorios sublevados, hacía prever mayores peligros a las endebles Provincias Unidas del Río de la Plata. 14 “Milicias de Salta al mando del General Güemes”, en Luis Güemes, Güemes documentado, tomo 8, Buenos Aires, Plus Ultra, 1984, pp. 22-43. 15 Sara Mata de López, “Paisanaje, insurrección y guerra de independencia. El conflicto social en Salta 1814-1821”, en Jorge Gelman y Raúl O. Fradkin (comps.), Política y sociedad en el siglo XIX, Rosario, Prohistoria, 2008, p. 70. 16 Sara Mata de López, Tierra y poder en Salta. El noroeste argentino en vísperas de la independencia, Sevilla, Diputación de Sevilla, colección Nuestra América, 2000. 17 Carta de Agustín Dávila a Martín Torino, Jujuy, 3 de marzo de 1815, en Luis Güemes, Güemes documentado, tomo 2, Buenos Aires, Plus Ultra, 1979, p. 292. 18 En 1816, Juan Adam Graaner de visita en Salta reconoce que respecto a la población sólo se tienen noticias muy vagas, y que según los datos que ha obtenido la ciudad tendría unos 6.000 habitantes (Juan Adam Graaner, Las provincias del Río de la Plata en 1816, Buenos Aires, El Ateneo, 1949). En 1825 un viajero inglés, José Andrews, calcula para la ciudad y su campaña un total de 14.500 habi- tantes (Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826, Buenos Aires, La Cultura Argentina, Vaccaro, 1920). A fines de la colonia las cifras también son dispares. El censo de 1778 indica un total para Salta, curato rectoral y campaña de 11.565 habi- tantes correspondiendo al valle de Lerma 3.265. Si a estas cifras sumamos parte de la población del curato rectoral que se encontraba en las quintas, chacras y estanzuelas que rodeaban el centro urbano, podríamos estimar alrededor de 5.000 habitantes en el área rural del valle. El crecimiento de población en las últimas décadas coloniales puede constatarse por la migración de población indígena alto- peruana y también por los datos que brinda Malespina en 1789 que consigna para Salta y su jurisdicción un total de 22.389 habitantes (Edberto Acevedo, La intendencia de Salta del Tucumán, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1965, p. 322). 19 AGN, Sala X, 4.1.3 comentaba que en la ciudad “las gentes que quedaron asta aora están saliendo o fugando con mil riesgos y trabajos por la suma miseria que el sitio de nuestros gauchos tiene a aquel pueblo sin dejarles dentrar nada en víveres”.9 La caída de Montevideo en poder de Buenos Aires y los serios reveses militares sufridos por los realistas en el Alto Perú debidos al accionar del general José Antonio Alvárez de Arenales y los jefes insurgentes Padilla, Cárdenas, y muchos otros, convencieron al general realista Joaquín de la Pezuela de la inutilidad de intentar des- plazarse hacia Tucumán, desafiando a las milicias salteñas, para enfrentar al Ejército Auxiliar que allí se encontraba. El desabastecimiento y el peligro de tener que rendirse ante la vanguardia que dirigía Martín Miguel de Güemes, le indujeron a retirarse, abandonando definitivamente Jujuy en el mes de agosto de 1814, para enfrentar un penoso viaje, en invierno y con escasas pasturas, en dirección al Alto Perú. Si bien el hostigamiento a las fuerzas realistas y el cerco impuesto por el campesinado ya incorporado voluntariamente en las milicias rurales no fue tan sólo obra de la población rural del valle de Lerma ya que desde la Frontera del Rosario se sumaron las milicias reunidas por Martín Miguel de Güemes, fueron los paisanos del valle de Lerma quienes adquirieron en esta resistencia mayor protagonismo. Estos paisanos voluntarios comenzaron a ser identificados como “gauchos”, denominación que adquirió así una clara connotación militar.10 Expulsados los realistas, y después de la experiencia adquirida permanecieron movilizados en el marco de las desavenencias entre el ejército de Rondeau y el gobernador Güemes. La crisis de 1815 será una de las razones por las cuales la insu- rrección se sostuvo articulándose en el proyecto político de Martín Miguel de Güemes. Debido al ascendente militar logrado en la resistencia a la ocupación realista de 1814 y al triunfo logrado en Puesto del Marqués en abril de 1815 Güemes consiguió, a su regreso a Salta y luego de pasar por Jujuy y tomar de su maestranza seiscientos fusiles, hacerse designar gobernador de la provincia de Salta.11 Desde el gobierno y desafiando las órdenes del Directorio y del jefe del Ejército del Norte se dedicó a organizar cuerpos de línea, entre ellos los Infernales y sobre todo las milicias cívicas de gauchos en la campaña de Salta, Jujuy y Orán.12 Con el fin de concretarlo se enfrentó duramente con el Cabildo de Jujuy, que además se negaba a reconocer su designación. En el centro de la disputa se encontraba el otorgamiento del fuero militar a los milicianos. Tanto el Cabildo de Salta como el de Jujuy insistían en negar los beneficios del fuero a los gauchos cuando no se encontraran en acción. En septiembre de 1815, al concluir la organización de las Milicias Cívicas de Gauchos y los cuerpos de línea, Güemes contaba con fuerzas suficientes para desafiar a las autoridades de Buenos Aires y del Ejército Auxiliar. El fuero, a pesar de la resistencia ofrecida por la elite, operó de manera permanente. Su concesión fue el resultado de la negociación implícita entre el paisanaje incorporado a las milicias y los sectores revolucionarios de Salta que apoyaban a Güemes. No cabe duda de que comprendieron cabalmente la necesidad que de ellos tenían para afianzar su proyecto político. Cuando en marzo de 1816 las fuerzas militares de Rondeau tomaron la ciudad de Salta y declararon a Güemes traidor a la revolución, una partida de gauchos sorprendió y derrotó a una avanzada del Ejército Auxiliar, tomando su armamento. Luego de este revés y acosado por el cerco que las milicias de Güemes realizaban a la ciu- dad impidiendo su abastecimiento, Rondeau accedió a formalizar un pacto en Cerrillos, localidad próxima a la ciudad de Salta. Poco después el Gobernador, luego de una reunión con los más importantes propietarios rurales, acordó “eximir” ínterin durase la guerra del pago de los arriendos con lo cual es evidente que el poder ascendente de las milicias lograba arrancar concesiones a la elite propietaria de Salta.13 La insurrección adquiriría así los ribetes de un movimiento social que se fue intensificando en el transcurso de la guerra contra los realistas. Y será también en el transcurso de la guerra que irá transformándose en la expresión armada de un proyecto político, y con ese sentido gran parte de esta movilización habrá de perdurar varias décadas más, luego de concluida la Guerra de Independencia. La importancia que adquirieron los cuerpos milicianos de la provincia de Salta se refleja en la cantidad de hombres que las integraban. En 1818 las fuerzas militares de Güemes incluían cuerpos de línea como Artillería 9 AGN, Culto-Sala X, 4.7.2. 10 Fueron Dorrego y San Martín quienes comenzarían a llamarles así, estableciendo probablemente una velada analogía con los “gauchos” de la Banda Oriental que al mando de José de Artigas luchaban contra los realistas en Montevideo. Coincide con esta apreciación Luis Güemes, Güemes documentado, tomo 7, Buenos Aires, Plus Ultra, 1982, p. 437. 11 Aprovechó así el vacío de poder que experimentaba el Directorio en Buenos Aires y la partida del Gobernador de Salta incorporado al ejército de Rondeau en marcha hacia el Alto Perú. Al dejar la ciudad, Hilarión de la Quintana, había depositado en el Cabildo fun- ciones propias del gobernador. 12 Sara Mata de López, “La guerra de independencia en Salta y la emergencia de nuevas relaciones de poder”, en Andes: Antropología e Historia, Nº 13, CEPIHA, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta, 2002, pp. 128-129. 13 Sara Mata de López, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, op. cit. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 38.
    7574 Mientras que laoposición de la elite al gobernador Güemes aumentaba y las conspiraciones en su contra involucraban incluso a sus capitanes y hombres de confianza, el temor que las invasiones realistas producían en el vecindario de Salta contribuía a preservarlo en el poder. Uno de los objetivos de Güemes era coordinar, como jefe de la Vanguardia del Ejército porteño, las acciones llevadas a cabo por las guerrillas altoperuanas. Era ésta también la aspiración de Manuel Belgrano, quien como general del Ejército Auxiliar del Perú confirmaba desde Tucumán los cargos militares de los insurgentes altoperuanos propuestos por Güemes. Tanto Martín Miguel de Güemes como Manuel Belgrano debieron aceptar la imposición de las jefaturas en las guerrillas admitiendo la imposibilidad de designar a sus jefes. Estas fuerzas irregulares trataron de todos modos de darse una estructura y organización militar. José Santos Vargas, tambor en la guerrilla de Ayopaya nos brinda en su diario relatos ilustrativos acerca de estos esfuerzos, de la manera en que elegían a sus jefes, de la participación indígena y de la importancia que tenía pertenecer al Ejército de Buenos Aires.22 Si bien el Ejército Auxiliar del Perú no retornó nuevamente a esos territorios, tanto Belgrano como Güemes abrigaron la esperanza de poder concretar una nueva expedición que fortaleciera en un movimiento de pinzas el avance de San Martín en el Perú. Las condiciones materiales del Ejercito Auxiliar acantonado en Tucumán y las limitaciones de Güemes para desplazarse hacia el Alto Perú, postergaron este proyecto. Güemes intentó, sin embargo, organizar acciones conjuntas con los jefes de la guerrilla de Ayopaya. En enero de 1821, los jefes realistas infor- maban al Ministro de Guerra acerca de los peligros que acechaban a la causa del Rey en el Alto Perú “No es Exmo., San Martín y sus satélites los únicos enemigos que tenemos. Son mayores y de más consideración los que por des- gracia de esta guerra abundan ya en todas las capitales, pueblos y aún en las más pequeñas aldeas”. Luego de comentar cómo habían logrado abortar la sedición de tropas de la vanguardia realista que pretendían “asesinar al Comandante General, Jefes y Oficiales de la vanguardia y llamar después al caudillo Güemes que viniese a apoderarse del Alto Perú”,23 refiere acerca del complot destinado a contrarrevolucionar a Oruro, el cual fue descubierto por haber “sido interceptados en el despoblado de Atacama unos pliegos que el caudillo Chinchilla dirigía al de la misma clase Güemes”. El fin de este complot era, además de matar a todos los decididos por la causa del Rey y asaltar la Maestranza para proveerse de pólvora, fusiles y otros útiles de guerra, “llevarse la tropa y con ella engrosar la fuerte gavilla de Chinchilla y revolver las provincias de la Paz y Cochabamba y por consecuencia todo el distrito de Buenos Aires”. Frente a estas evidencias no duda en afirmar que “el plan de los enemigos es combinado y general”.24 La importancia de Martín Miguel de Güemes en la Guerra de Independencia que se libraba en territorio altoperuano incluyendo a Salta y Jujuy se evidencia en el tratamiento que le da Joaquín de la Pezuela, a la sazón virrey del Perú. En octubre de ese año siguiendo la Real Orden del 11 de abril de 1820 nombró Comisionados para “que traten y conferencien con las autoridades de las citadas provincias del Río de la Plata”, con el fin de tratar el reconocimiento de la Constitución española. Entre las instrucciones que les entrega dispone sobre todo tratarán de ganar por todos los medios posibles al Gefe de la Provincia de Salta D. Martin de Guemez pues la incorporación de este en nuestro sistema, acarrearia ventajas incalculables por su rango y por el gran influjo que ha adquirido sobre los pueblos de su mando.25 La crisis política que enfrentó a las provincias del ex virreinato con Buenos Aires en 1820 y la disolu- ción del Ejército Auxiliar del Perú significó también, ante la inexistencia de un poder central, abandonar a su suer- te a la provincia de Salta y a la insurgencia altoperuana que combatían a las fuerzas realistas, también ellas debi- litadas. En ese contexto la oposición al gobierno de Martín Miguel de Güemes cobró impulso. El 24 de mayo de 1821, en ausencia de Güemes,26 el Cabildo lo destituyó del gobierno argumentando que 22 José Santos Vargas, Diario de un comandante de la independencia americana. 1814-1825, transcripción, introducción e índices de Gunnar Mendoza, México, Siglo XXI, 1982. 23 El destacado me pertenece. 24 Refutación que hace el Mariscal de Campo D. Jerónimo Valdez del Manifiesto que el Teniente General D. Joaquín de la Pezuela impri- mió en 1821 a su regreso del Perú. Publica su hijo Conde de Torata, Madrid, Imprenta Viuda de M. Minuesa de los Ríos, 1895. Documento justificativo número 15 del tomo I, pp. 141-145. 25 AGI, Indiferente, 1570. 26 A principios de 1821 Güemes decidió avanzar contra Bernabé Araoz, gobernador de Tucumán. Varias fueron las razones que precipi- taron esta decisión, entre ellas la separación de Santiago del Estero de Tucumán y la decisión de Aráoz de invadirla así como la de impedir el envío de dinero que desde Santiago remitían para ayudar a equipar a las fuerzas militares de Salta. Si bien la provincia de Salta soportó entre 1817 y 1821 sucesivas invasiones, la que tuvo lugar en enero de 1817 fue la más peligrosa para el destino de la revolución, cuando tropas realistas al mando del general La Serna, avanzaron sobre Jujuy y ocuparon la ciudad de Salta. El objetivo militar de La Serna era Tucumán, ya que su plan consistía en obligar a San Martín a abandonar Cuyo para auxiliar al Ejército allí estacionado, dando así oportunidad al ejército realista que se encontraba en Chile para cruzar los Andes y unirse con el suyo, con la finalidad de destruir a las fuerzas militares porteñas y recuperar el virreinato del Río de la Plata. Mientras que La Serna se internaba en la provincia de Salta, José de San Martín emprendía el cruce de los Andes con destino a Chile. Comenzaban así a fallar las previsiones de los jefes realistas. Un mes después, el triunfo de San Martín en Chile, generó zozobra e incertidumbre. De todas maneras, debieron de haber evaluado la debilidad del ejército de Belgrano estacionado en Tucumán al no contar ya con la posibilidad de ser socorrido por el de San Martín y la importancia de sorprender y propinar una derrota que podría llegar a ser fundamental para recuperar al insurrecto virreinato del Río de la Plata. Estas consideraciones debieron de pesar en las disposiciones que el virrey Pezuela hiciera llegar a La Serna, ordenándole que si estaba en actitud y haciendo un esfuerzo como lo requería el caso, dispusiese un rápido movi- miento con toda su fuerza sobre el Tucumán para deshacer la poca que tenía el General enemigo Belgrano, y se retirase después a su posición de Jujuy en observación de las conductas de los portu- gueses que se habían introducido hostilmente en Montevideo y Banda oriental el Río de la Plata y se creía que fuese en combinación con los de Buenos Aires y de mala fe, sin embargo de que al propio tiempo se estaban tratando los casamientos de nuestro Rey Fernando y el Infante Don Carlos con dos infantas Portuguesas.20 Pero avanzar hacia Tucumán resultó mucho más difícil de lo esperado. En la provincia de Salta una vez más, el control de la campaña quedó en manos de los gauchos y de Güemes, quienes impidieron el abaste- cimiento de la ciudad y de las tropas enemigas. A pesar de ello, una partida enemiga intentó llegar a Tucumán eligiendo para ello el camino menos frecuente ante la imposibilidad de hacerlo por el camino real de la frontera o a través del valle de Lerma dada la peligrosidad de las guerrillas gauchas. A sabiendas de que en el valle Calchaquí contaban con mayores adhesiones y que allí la insurrección no era tan generalizada, eligieron atravesarlo para bajar a Tucumán. Llegar hasta ese valle no resultó sencillo ya que para hacerlo debieron internarse varias leguas hacia el oeste por el valle de Lerma donde las milicias gauchas demostraron nuevamente su eficacia en hostigar a las partidas realistas. Acosados permanentemente, sin posibilidades de encontrar alimentos y diezmados, no se atrevieron a atravesar la quebrada de Escoipe, paso obligado hacia el valle Calchaquí. El retorno hasta Salta fue aun más fatigoso. Imposibilitados de avanzar, cual era su intención y asediados en la ciudad de Salta, finalmente La Serna dispuso el retiro de sus tropas hacia el Alto Perú. La derrota sufrida por La Serna fortaleció aun más el liderazgo de Martín Miguel de Güemes, al demostrar la eficacia de las guerrillas gauchas para enfrentar al ejército realista. Las sucesivas invasiones realistas carecieron ya del sentido estratégico militar que alentaron a las anteriores de 1812, 1814 y 1817, limitándose a ser incursiones destinadas a proveerse de ganados y mulas. La guerra se transformó así en una guerra de recursos. Sintieron el peso de la misma los comerciantes y los hacendados de Salta. Los primeros porque no sólo vieron inte- rrumpido el comercio con el Alto Perú sino porque también debieron realizar préstamos forzosos al Estado pro- vincial para cubrir los gastos que demandaba el sostenimiento de los hombres movilizados y los segundos porque además de las confiscaciones de ganados se vieron privados del servicio personal y del pago de los arriendos de quienes se encontraban enrolados en las milicias. Facundo de Zuviría escribiría en 1818 que los hacendados “solo ven en los defensores de la patria, como en quienes la invaden, hombres que talan sus campos, destruyen sus frutos, arrean y consumen sus ganados y cargan sobre ellos inmensas contribuciones”.21 20 Joaquín de la Pezuela, Memoria de Gobierno de Joaquín de la Pezuela, virrey del Perú. 1816-1821, edición y prólogo de Vicente Rodríguez Casado y Guillermo Lohmann Villena, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1947, p. 119. 21 Archivo y Biblioteca Históricos de Salta [ABHS], “Presentación del ciudadano Facundo de Zuviría a nombre de D.Dr. José Ignacio de Gorriti”, Armario Gris, fs. 8 y 8v. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 39.
    7776 HALPERIN DONGHI, Tulio,Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. MATA de LÓPEZ, Sara, “Tierra en armas. Salta en la Revolución”, en Persistencias y cambios. Salta y el Noroeste Argentino. 1770-1840, Rosario, Prohistoria & Manuel Suárez editor, 1999. __________________, Tierra y poder en Salta. El noroeste argentino en vísperas de la independencia, Sevilla, Diputación de Sevilla, colección Nuestra América, 2000. __________________, “La guerra de independencia en Salta y la emergencia de nuevas relaciones de poder”, en Andes: Antropología e Historia, Nº 13, Salta, CEPIHA, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Salta, 2002. __________________, “Paisanaje, insurrección y guerra de independencia. El conflicto social en Salta 1814- 1821”, en Jorge Gelman y Raúl O. Fradkin (comps.), Política y sociedad en el siglo XIX, Rosario, Prohistoria, 2008. __________________, “Guerra, militarización y poder. Ejército y milicia en Salta y Jujuy. 1810-1816”, en Anuario IEHS, Nº 24, Tandil, 2009, en prensa. MITRE, Bartolomé, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Buenos Aires, Anaconda, 1950. PAZ, José María, Memorias póstumas, tomos I y II, Buenos Aires, Emecé, 2000. VARGAS, José Santos, Diario de un comandante de la independencia americana. 1814-1825, transcripción, intro- ducción e índices de Gunnar Mendoza, México, Siglo XXI, 1982. Desde su colocación en el gobierno, sus primeros empeños fueron perpetuarse en él; engañar a la muchedumbre, alucinarlas con expresiones dulces sin sustento [...] invertir el orden; disponer de las propiedades a su antojo [...] ser el principal motor de la anarquía seminada en las demás provincias que forman el continente.27 La Revolución del Comercio como fue denominado el intento de destituir a Güemes por parte del Cabildo no prosperó por cuanto las milicias continuaron reconociendo la autoridad del Gobernador. Dos sema- nas después, el 7 de junio una partida realista ingresó a la ciudad sorprendiendo a Güemes e hiriéndole cuando al galope de su caballo buscó salir de la ciudad para refugiarse en su campamento. Una semana después fallecía. Los honores que la oposición a Güemes brindó al general realista Pedro Antonio de Olañeta dan cuenta del grave enfrentamiento que aquejaba a la sociedad de Salta, el cual no debe atribuirse tan sólo al deterioro económico o a la necesidad de restablecer el comercio con el Alto Perú. Si bien éstas indudablemente constituían razones importantes, el control social y la búsqueda de una propuesta política viable en el marco de la crisis institucional que aquejaba a las Provincias Unidas del Río de la Plata fueron también responsables de la alternativa elegida por la clase dirigente de Salta. Las negociaciones, de carácter secreto, entre la oposición a Güemes, autodenominada “Patria nueva”, y el jefe realista, culminan con la firma de un armisticio en julio de 1821 mediante el cual se garantizó el retiro de las tropas realistas más allá de la quebrada de Purmamarca, se dispuso la designación de un gober- nador sin la presión de las tropas y se facilitó la adquisición de vituallas y ganados a las fuerzas realistas, quienes pagaron por ellas a los comerciantes y los propietarios que las facilitaron. Ante la ausencia de un gobierno cen- tral la provincia de Salta, representada por el Cabildo, se constituyó en sujeto de soberanía negociando el retiro de las tropas realistas y renunciando a continuar la Guerra de Independencia, con lo cual el proyecto de San Martín de reforzar con la vanguardia del disuelto Ejército Auxiliar del Perú una avanzada hacia el Alto Perú, se hizo trizas. Se fracturó también la vinculación que en tiempos de Güemes existía entre las guerrillas altoperua- nas y la provincia de Salta. El armisticio definió una frontera entre territorios que a partir de su firma se diferen- ciaron políticamente. Las guerrillas altoperuanas y su enfrentamiento con el ejército realista quedaron aisladas y con la conclusión de la Guerra de Independencia en 1824 las Provincias del Alto Perú se pronunciarían por decla- rarse un Estado independiente. A partir de la Declaración de la Independencia de Bolivia los límites políticos esta- blecidos en el armisticio de 1821 fueron definitivamente, y más allá de algunas modificaciones posteriores, la frontera norte del país construida por la revolución como afirmara Tulio Halperin Donghi hace ya varias déca- das.28 El extremo norte de la provincia de Salta sería frontera recién a partir de 1821 y no antes. Güemes no defendió ninguna frontera, defendió la revolución de Buenos Aires y la independencia americana. BIBLIOGRAFÍA ACEVEDO, Edberto, La intendencia de Salta del Tucumán, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1965. ADAM GRAANER, Juan, Las provincias del Río de la Plata en 1816, Buenos Aires, El Ateneo, 1949. ANDREWS, José, Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826, Buenos Aires, La Cultura Argentina, Vaccaro, 1920. DE LA PEZUELA, Joaquín, Memoria de Gobierno de Joaquín de la Pezuela, virrey del Peru. 1816-1821, edición y prólogo de Vicente Rodríguez Casado y Guillermo Lohmann Villena, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1947. GÜEMES, Luis, Güemes documentado, 9 tomos, Buenos Aires, Plus Ultra,1972-1984. 27 ABHS, “Mensaje del Cabildo de Salta a los ciudadanos, 24 de mayo de 1821”, Fondo Documental Dr. Bernardo Frías, Carpeta 10, Documento 148. 28 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL SARA E. MATA - La Guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 40.
    79 Hacia 1814, lasderrotas de Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma, el crecimiento de la tensión entre las autoridades de Buenos Aires y el caudillo oriental José Gervasio Artigas y el fortalecimiento de la posición del gobernador Gaspar de Vigodet en Montevideo, habían puesto en peligro el éxito de la causa revolucionaria. Pero si como se señala, la situación militar era dramática, los asuntos de política exterior no eran menos graves, José Napoleón claudicaba en España y el retorno de Fernando VII, antes tan improbable, dejaba de ser una quimera. La Asamblea General Constituyente había señalado el camino de la definitiva separación de la Península, pero ante la nueva situación internacional, hasta los principios justamente declamados se encontraban en discusión. Por entonces, el gobierno de Buenos Aires dudaba de su capacidad para continuar y profundizar las acciones de guerra. En enero de 1814 Gervasio Posadas, fue designado Director Supremo de la Provincias Unidas, inau- gurando así un régimen de gobierno unipersonal en reemplazo del triunvirato existente. Por otro lado José de San Martín que estaba preparando su ejército con la clara intención de proyectar operaciones de fondo allende los Andes y el Perú, presionaba a las autoridades para que declararan la Independencia. El nuevo mandatario se encontró en el centro de un dramático escenario. Después de dos años, Montevideo parecía indiferente al asedio de las tropas de Rondeau y Artigas que hasta ese momento lo había acompañado en las operaciones, definitivamente desencantado por el curso que tomaba la política de Buenos Aires decidió retirarse. Mientras los acontecimientos se precipitaban Carlos de Alvear actuaba con firmeza, y atento a las cir- cunstancias que imponían acciones contundentes, gestó una estrategia de aliento que puso inmediatamente en marcha. Advirtió entonces que el sitio terrestre sobre Montevideo desgastaba las fuerzas militares criollas en un esfuerzo vano, toda vez que el control del Río de la Plata continuara en manos realistas: “Así pues –explicaba en sus memorias– era preciso una escuadra para apoderarse de tan importante punto con cuya ocupación podíamos mirar como asegurada la causa de la libertad”.2 La idea se difundió con rapidez y en poco tiempo logró el apoyo de figuras influyentes para la con- formación de una escuadra. 1 El autor ha desarrollado esta conferencia sobre la base de su libro Guillermo Brown, Buenos Aires, Librería-Editorial Histórica, 2007. 2 Carlos de Alvear, “Narraciones”, en Gregorio F. Rodríguez, Historia del General Alvear, 1789-1852, tomo I, Buenos Aires, G. Mendesky e hijo editores, 1913, p. 457. Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo1 GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL OFICIAL DEL ESTADO MAYOR (ARA) UCA 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACION NACIONAL 1 CAPÍTULO
  • 41.
    80 81 sus proasdefendiendo el canal de entrada. Una fuerza significativamente superior a la propia, y a la que debían sumarse también la amenaza de los emplazamientos terrestres. Todo esto vuelve difícil explicar la decisión de forzar el combate sólo por aquel convencimiento de que los tiempos se agotaban, pero la orden fue dada y a pesar de la evidente inferioridad militar argentina las fuerzas navales se enfrentaron. En Martín García la escuadra patriota fue decididamente derrotada, la mayor parte de los buques se replegaron eludiendo el combate, dos comandantes murieron y la fragata Hércules, acribillada por la metralla, terminó en Colonia para ser reparada. Mientras esto ocurría, el Jefe naval visitó personalmente cada buque subordinado “hablando al honor de sus capitanes, reprochándoles su falta de fe en el triunfo, estimulándoles a la acción desesperada y dán- doles nuevas instrucciones”.5 El proyecto que seguía era tan arriesgado como la fallida empresa de días pasados, pero la experiencia conformaba una estimable carta a su favor. Brown concibió una operación de desembarco que, curiosamente, sostenía sus probabilidades de éxito en la acción conjunta y disciplinada de cada buque de la escuadra. Según el plan, la fuerza de desembarco compuesta por ciento diez hombres de marinería y doscientos treinta de tropa, debía reducir la isla mientras la escuadra distraía a los buques españoles con maniobras de ataque y abordaje. La operación iniciada en el sigilo de la noche fue tan sorpresiva como contundente. Al amanecer las principales posiciones estaban en poder de las fuerzas patriotas. A pesar de la importancia estratégica de Martín García su ocupación apenas modificó la situación existente, pues la escuadra española aunque dividida, se mantenía prácticamente intacta. Romarate, impedido de volver a Montevideo decidió remontar el río Uruguay en procura de medios que le permitieran pasar a la ofen- siva y en Soriano estableció contacto con Artigas, quien accedió a prestarle apoyo. Mientras tanto, Vigodet pre- paraba apresuradamente una división al mando del capitán de navío José Primo de Rivera. En lo inmediato se tuvo conciencia de la oportunidad que se presentaba, pues divididas aunque no vencidas las fuerzas navales españolas, era necesario actuar rápidamente. Por otra parte, Artigas se había trans- formado en un peligroso enemigo con control en la Banda Oriental, Entre Ríos y Corrientes. El comandante naval estaba convencido de la necesidad de acabar con el caudillo para asegurar la victoria: Es menester confesarlo –le escribía a Larrea desde Colonia el 20 de marzo– que el remedio puede aplicarse sin pérdida de tiempo, cuando hay, como sucede actualmente tanta tropa en Buenos Aires. Trescientos o cuatrocientos hombres de dicha capital, desembarcados en esta banda del río, pronto limpiarían la costa del rebelde y sus cuadrillas que han causado perjuicios considerables, pues a no haber sido ellos jamás el enemigo habría podido evadirse aguas arriba. Me veo obligado para segu- ridad de esta ciudad a guarnecerla con gente de la escuadra, por lo tanto considere Ud. la urgencia de enviar una fuerza con toda premura [...] es poco más que imposible conseguir carne aquí a causa de Artigas y sus secuaces.6 La amenaza de la escuadra realista de Rivera y su inminente salida condicionaba las decisiones del comandante argentino, que entre dos fuegos, se vio obligado a dividir la escuadra. Según sus palabras, “ansioso” por apoderarse del enemigo y “temeroso” de que Romarate volviese a Montevideo por el Canal de las Conchas, mandó una fuerza de cinco buques en su persecución. Mientras tanto, y con el propósito de formar un componente disuasivo que mantuviera al enemigo en puerto, Brown concentró a su alrededor el grueso de la escuadra. Afirmado en sus convicciones la fluida correspondencia que mantenía con Larrea se hacía cada vez más perentoria y apasionada: “Ya que se ha iniciado la lucha por agua, no debe Ud. omitir esfuerzos y emplear toda su energía para que se termine de la propia manera... puedo asegurar al país entero, que tomé cartas en ella con la firme resolución de vencer... Y a pesar de la tunda que ha recibido el Hércules estoy resuelto a no volver a puerto antes de dar un golpe mortal”. 5 Hector Raúl Ratto, Historia del Almirante Brown, tercera edición, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales e Instituto de Publicaciones Navales, 1985, pp. 36-37. 6 Guillermo Brown a Juan Larrea, Colonia, 29 de marzo de 1814, en Academia Nacional de la Historia, Documentos del Almirante Brown, tomo I, Buenos Aires, Comisión Nacional de Homenaje al Almirante Guillermo Brown, 1958, p. 62. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL - Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo 3 Carlos de Alvear, “Narraciones”, op. cit.8 4 Véanse Ángel Justiniano Carranza, Campañas Navales de la República Argentina, tomos 1 y 2, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1962, p. 230; Teodoro Caillet Bois, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944, pp. 86-88; y Miguel Ángel De Marco, Corsarios Argentinos, héroes del mar en la Independencia y la guerra con el Brasil, Buenos Aires, Planeta, 2001, pp. 82-85. Mientras Alvear dibujaba el plan definitivo, Juan Larrea, en su papel de secretario de Hacienda, actuaba como un verdadero artífice sin librar ningún aspecto a su suerte. Evaluó las posibilidades de alistar un componente de guerra con los barcos de Buenos Aires pasibles de ser armados y envió agentes de inteligencia a Montevideo para obtener una descripción precisa de las capacidades navales del enemigo. Mientras que el pri- mero se preocupó por convencer a Posadas de la aptitud y factibilidad del proyecto, Larrea logró interesarlo por su aceptabilidad. Presentó en un acabado informe las características, cantidad y costos de los buques que debían adquirirse, la relación de capitanes y marinos a contratar y propuso finalmente la financiación del empresario naviero norteamericano Guillermo Pio White. En febrero, mientras se trabajaba activamente para el acondicionamiento de las unidades y se reclu- taban las dotaciones, una escuadrilla realista compuesta de diez buques al mando del capitán de navío Jacinto de Romarate se aproximó amenazadoramente a Buenos Aires. Aunque la modesta fuerza naval siguió su camino rumbo a la isla Martín García, la intimidación causó conmoción entre los porteños. Con la precipitación que imponían las circunstancias se embarcaron tropas de línea y hasta en algunos casos se previó la zarpada. Aunque nada ocurrió, la experiencia fue una muestra de las dificultades de todo orden que se deberían superar. En efecto, las tropas mostraron su contrariedad por las tareas que estaban llamadas a desempeñar y las condiciones de la vida a bordo, y en la primera noche algunos se sublevaron “pidiendo a gritos el inmediato desembarco”. En dos de los buques la violencia de la protesta se tornó en contra de los capitanes, quienes debieron abandonar sin más las unidades a su mando. La misma desaprobación fue acompañada por el pueblo de Buenos Aires y hasta el Director Supremo, en todo punto temeroso, llamó a Alvear para sugerirle la cancelación de lo actuado, afirmando que todo el mundo miraba ese proyecto como el más solemne desatino, que la irritación que causaba era inmensa y que sus resultados iban a ser que la sublevación de las tropas embarcadas se extendiera hacia las de tierra.3 Como fuera, Posadas tenía enfrente una voluntad inquebrantable y volvió a ser seducido por las pro- mesas, esperanzas y convicciones de su sobrino Alvear El problema más sensible había radicado en la elección del hombre destinado a conducir la escuadra. Tres eran los candidatos, Benjamín Franklin Seaver, norteamericano preferido de White; Estanislao Courrande, un conocido corsario francés; y Guillermo Brown, un marino irlandés que operaba en el Plata desde 1809 y que actuaba desde diciembre de 1813 sin designación alguna junto con Alvear y Larrea.4 La gravedad del movimiento de Artigas, el descontento popular y las dudas que albergaba el propio Director Supremo, constituían una advertencia que no podía ser ignorada. Las circunstancias habían confirmado la necesidad de completar las dotaciones, mantener la disciplina, apurar el alistamiento y lanzar sin dilaciones la campaña. Dentro de este esquema, la designación del comandante naval se hizo apremiante y el 1° de marzo de 1814 fue nombrado Guillermo Brown, con el grado de teniente coronel, al mando de la Escuadrilla Nacional. Según el plan trazado por Alvear la recuperación definitiva de Montevideo sólo sería posible si por mar se cerraba la salida a los realistas. Esto implicaba el dominio del Río de la Plata por la escuadra patriota, pero para ello era imprescindible eliminar el poder naval español en la región. La isla Martín García que por su situación estratégica constituía la llave de los dos grandes ríos del Litoral y un punto desde donde se podían proyectar operaciones navales, en los últimos cinco meses había sido reforzada por los realistas con emplazamientos artilleros y una poderosa guarnición, que controlaba los canales de paso y los principales accesos, convirtiéndose en un eventual punto de apoyo para Montevideo. Brown era consciente de que un ataque naval sobre aquella plaza, tendiente a controlar las aguas de la región, sólo sería posible si antes conquistaba Martín García y sobre el esquema de ese plan se puso en marcha. Aquel mes de marzo, la escuadra compuesta por la fragata Hércules, donde Brown izó su insignia, y seis buques de distintas características y capacidades zarpaban luego de una serie de movimientos en busca del enemigo. El comandante estaba convencido sobre la perentoriedad de obtener una victoria en Martín García, seguro de que en Montevideo se preparaba una fuerza de apoyo superior para hacer inconquistable la isla. Según los partes de guerra el enemigo contaba con trece buques acoderados en el fondeadero sudeste de la isla, con LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 42.
    82 83 El 19de junio Alvear mandó un ultimátum: “si para mañana no se rinde la plaza, o si se derrama una gota de sangre en estas veinticuatro horas, serán pasados a cuchillo toda la guarnición y todos los habitantes de Montevideo”.8 La advertencia cerraba definitivamente todos los caminos y cuatro días después se firmó la capitulación. El saldo positivo fue extraordinario, se tomaron 8 banderas de los regimientos españoles, casi 6.000 prisioneros, entre los que se contaban medio millar de oficiales, 18 buques de guerra y 80 mercantes, 10.000 fusiles, 1.500 quintales de pólvora, 213 cañones de bronce y 965 de hierro. Romarate cuya escuadra había quedado aislada en aguas del Uruguay, finalmente firmó con la Provincias Unidas una capitulación honrosa que le permitió volver a España con su gente. La ocupación de Montevideo tuvo consecuencias profundas y beneficiosas para la causa revolucionaria y la estrategia planteada desde Buenos Aires. Al caer el principal bastión realista de la región, el gobierno del Directorio pudo centrar sus planes militares en el norte y prestar verdadera atención al incipiente ejército que preparaba San Martín en Mendoza. Como si fuera un escalón imposible de eludir, los sucesos del Río de la Plata centrados sobre la Banda Oriental, dinamizaron el curso de la guerra, permitiendo que hombres, medios y recursos orientaran sus capacidades hacia las grandes empresas libertadoras de América del Sur. BIBLIOGRAFÍA CAILLET BOIS, Teodoro, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944. CARRANZA, Ángel J., Campañas Navales de la República Argentina, tomos 1 y 2, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1962. DE ALVEAR, Carlos, “Narraciones”, en Gregorio F. Rodríguez, Historia del General Alvear, 1789-1852, tomo I, Buenos Aires, G. Mendesky e hijo editores, 1913. DE MARCO, Miguel Ángel, Corsarios Argentinos, héroes del mar en la Independencia y la guerra con el Brasil, Buenos Aires, Planeta, 2001. OYARZÁBAL, Guillermo, Guillermo Brown, Buenos Aires, Librería-Editorial Histórica, 2007. En contra de quienes opinaban que la escuadra debía salir aguas arriba para apoyar la pequeña fuerza destacada contra Romarate, que terminó vencida en Arroyo de la China, Brown insistía en el bloqueo de Montevideo y le escribía a Larrea: La importancia de enviar una fuerza aguas arriba no será, a mi juicio, comparable o tan buena como la de destacar la escuadra frente a Montevideo […] puedo asegurarle que tan sólo el mejor de los motivos me induce a desear que toda la fuerza se encuentre frente al puerto enemigo.7 Pero sucede que no todos tenían la misma fe en la victoria, además veían en aquella acción otra temeraria maniobra y se conformaban con el inacabado triunfo logrado en Martín García o en la probable gloria que traería una acción más exitosa en las lejanas aguas del río Uruguay. Para el Comandante, en cambio, todos los esfuerzos debían centrarse en el punto estratégico vital: la plaza de Montevideo. La vehemencia de los planteos de Brown cobraban sentido ante la actitud vacilante del Directorio, que en esos días, absurdamente convencido de la carencia de recursos propios, seguramente conmovido por la derrota de Arroyo de la China e inclinado a evitar mayor derramamiento de sangre decidió ceder ante Vigodet, y propuso un armisticio. Pero Vigodet, que apoyado por la opinión del Cabildo sobredimensionaba las dificultades de Buenos Aires, se hizo grande ante la declarada debilidad del otro, y finalmente rechazó la propuesta. Con el quiebre de las negociaciones no quedaban razones para justificar la inacción, y Posadas debió ceder a las presiones de Brown, Alvear y Larrea, los más convencidos de la viabilidad de la empresa. La ocupación de Martín García había cambiado sustancialmente las condiciones del teatro de operaciones y el plan del gobierno, tratado antes tan desaprensivamente, cobraba sentido hasta en los espíritus más reticentes. Para asegurar la defensa y cubrir la retaguardia del ejército sitiador, Colonia fue reforzada con dos batallones de granaderos de infantería, un escuadrón de granaderos a caballo y cuatro piezas de artillería y el 19 de abril una fuerza bloqueadora compuesta por cinco buques, entre los que se encontraba la fragata Hércules, ocupaba sus posiciones en la línea frente a Montevideo. Ante la inmovilidad de los realistas, el cerco se fue cerrando y mientras se desmoralizaba el espíritu de la guarnición española crecía la confianza de los patriotas. El control del río mostró sus efectos positivos y en poco tiempo fueron interceptados y apresados los barcos provenientes de la costa uruguaya, del Brasil, el Perú y Patagones, que con su tráfico habían mantenido la plaza en la posibilidad de despreciar el sitio terrestre que ahora cobraba sentido. Por otra parte pese a la opinión difundida sobre la sólida organización de la escuadra española, sus buques estaban cargados de problemas y tanto el reclutamiento como el mantenimiento de la dis- ciplina y el adiestramiento exigían esfuerzos notables. En mayo, el gobierno de Buenos Aires en conocimiento de las intenciones realistas decidió precipitar los acontecimientos. Alvear fue designado para reemplazar a Rondeau en el mando del ejército sitiador y se embarcó en compañía de José Matías Zapiola con un batallón de infantería y dos escuadrones del regimiento de granaderos a caballo; cuando no quedaban dudas de la inminencia del combate decisivo, la escuadra argentina se arrimó hasta la ensenada de Santa Rosa donde fueron embarcados piquetes de los cuerpos de French y de Soler, reforzando las guarniciones de a bordo que habrían de enfrentar un abordaje. El 14 de mayo la fuerza naval española zarpó del apostadero de Montevideo con la intención de forzar el combate, enfrentándose a la escuadra patriota. El combate naval de Montevideo, como dio en llamarse a la cadena de acciones que comenzaron el 14 en el Buceo y finalizaron el 17 de mayo, fue el punto culminante de un plan estratégico operacional trazado cuidadosamente por Alvear y orientado debidamente por Brown y Larrea, para acabar con el sitio terrestre y ocupar el último bastión español en territorio argentino. La dispersión y la parcial destrucción de la escuadra de Vigodet cerraron para los realistas todas las posibilidades de recuperación; a partir de ese momento la rendición de la plaza de Montevideo parecía sólo una cuestión de tiempo. 7 Guillermo Brown a Juan Larrea, Colonia, 3 de abril de 1814, en Academia Nacional de la Historia, op. cit., p. 66. 8 Carlos de Alvear, “Narraciones”, op. cit. CAPÍTULO 1 / 1810-1860 LA INDEPENDENCIA Y LA ORGANIZACIÓN NACIONAL GUILLERMO ANDRÉS OYARZÁBAL - Una estrategia para el Río de la Plata. La escuadra argentina en el combate naval de Montevideo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 43.
    85 Introducción En la historiadel Estado en América Latina, el monopolio de la violencia por parte de un poder cen- tral se ha considerado un paso decisivo. La adquisición estatal del control efectivo del uso de la fuerza se ha ana- lizado como un proceso acumulativo, que en varios casos sólo habría culminado hacia fines del siglo XIX, con el fortalecimiento de las instituciones militares centralizadas en torno a un Ejército Nacional. La Argentina no ha sido una excepción ni en su historia ni en su historiografía. Afirmación del Estado y conformación del Ejército se han considerado como procesos graduales estrechamente entrelazados, que habrían culminado hacia 1880 con la disolución de las milicias provinciales y la definitiva subordinación de la Guardia Nacional. Dentro de estos marcos interpretativos, la atención de los estudiosos estuvo dirigida al Ejército como institución. En cambio, se prestó escasa atención a otras formas de organización militar, en particular a las mili- cias, pues se entendía que su vigencia conspiraba contra el proceso progresivo de consolidación estatal. Para la segunda mitad del siglo XIX, éstas aparecían como fuerzas subordinadas y destinadas inexorablemente a debili- tarse; es decir, residuales. En los últimos años, esta tendencia se ha comenzado a revertir, dando lugar a una cre- ciente producción sobre ése y otros aspectos del pasado militar, que ha servido de inspiración para estas páginas.2 En ellas, me referiré primero a las formas de organización militar en la Argentina del siglo XIX, en particular a partir de la sanción de la Constitución de 1853, y a su relación con el proceso de formación del Estado nacional. A continuación, exploro las diversas concepciones vigentes en el período acerca del uso de la fuerza y la natura- leza del poder estatal, las disputas generadas en torno a esa cuestión a partir de luchas políticas y guerras inter- nas y externas, y las transformaciones que fueron teniendo lugar en materia militar hasta finales de ese siglo. Ejército profesional y milicia La organización militar en la Argentina de esos años fue consagrada por la Constitución de 1853 y reglamentada por leyes y decretos posteriores. Se apoyaba sobre dos pilares principales: el ejército de línea y la Guardia Nacional, que juntos componían el Ejército Nacional. El primero era de índole profesional y operaba bajo la comandancia suprema del presidente de la República. La Guardia, en cambio, reclutaba ciudadanos y aunque en última instancia debía responder al mismo comando nacional, estuvo en general controlada por los gobiernos 1 Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Programa PEHESA del Instituto Ravignani) y CONICET. 2 Existe una amplia bibliografía sobre estos temas referida a diferentes países de América (del Norte y del Sur) así como del resto del mundo. ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX HILDA SABATO 1 UBA / CONICET Centurión, Emilio. Almirante Guillermo Brown. Óleo, 178 x 156 cm. 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 2 CAPÍTULO
  • 44.
    86 87 Las fuerzasregulares también tenían su historia. Como hemos dicho, las hubo durante la colonia, las guerras de independencia y después. En la década de 1850, el presidente Urquiza propuso un ejército para la Confederación, pero apenas contó con el que había formado en Entre Ríos para dotar sus filas. Y cuando Bartolomé Mitre llegó a la presidencia de la República en 1862, hizo algo parecido: a partir de la estructura mili- tar de Buenos Aires sentó las bases del ejército de línea. En las décadas siguientes, ese nuevo ejército, ampliado para incorporar reclutas y oficiales de diferentes lugares del país, actuó en distintos frentes, desde la defensa de las fronteras y la represión de levantamientos armados contra el poder central, hasta la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y la campaña de ocupación de la Patagonia y el Chaco. Desde el gobierno nacional se hicieron esfuerzos por reglamentar la carrera militar y formar a los oficiales, así como por dotar de recursos y equipar a las fuerzas. Hacia 1880, este ejército contaba con una tropa regular de cerca de 10.000 hombres, con una estructura jerárquica establecida, con una organización que cubría todo el territorio, y con equipamiento a la altura de los tiempos.7 En casi todas las instancias en que intervino el ejército de línea, también lo hizo la Guardia Nacional. Pero la coexistencia entre ambas instituciones no fue fácil, pues si bien cada una de ellas tenía fines específicos definidos por la legislación, en la práctica éstas se superponían. Representaban, además, dos modelos diferentes de organización militar –en términos de su composición, estructura y funcionamiento– y de concebir la defensa y el poder del Estado. Esta convivencia perduró, con algunos cambios, hasta finales de siglo cuando se instauró un tercer modelo (inicialmente esbozado en las leyes de 1894 y de 1895, y más tarde confirmado por la ley de 1901) basado en la conscripción obligatoria para el reclutamiento de soldados, bajo el mando de oficiales y suboficiales profesionales. La Guardia Nacional En el diseño institucional del Ejército Nacional la existencia de una fuerza profesional se combinaba, entonces, con una reserva que si bien debía responder al mismo comando, en la práctica estaba descentralizada: la Guardia Nacional. Ésta representaba, además, la “ciudadanía en armas” y ocupaba un lugar material y simbó- lico diferente al del ejército de línea. Por una parte, la Guardia se consideró un espacio legítimo de participación ciudadana y se convirtió en un actor político fundamental. Las redes militares y políticas tejidas en torno a ella jugaron papeles destacados en las luchas por el poder, tanto en tiempos electorales como de revolución. Por otra parte, desde el punto de vista simbólico, las milicias figuraron desde muy temprano en el discurso patriótico argentino. La actuación de los regimientos coloniales de Buenos Aires contra los ingleses primero y algo más tarde en la Revolución de Mayo se convirtió en una referencia mítica en la historia de la República. La “virtuosa milicia” estaba integrada por ciudadanos libres con la obligación de portar armas en defensa de su patria, una obligación que era a su vez un derecho, un deber y hasta un privilegio. Tal fue la retórica oficial en torno a las milicias y más tarde a la Guardia Nacional, pero ella también formó parte del imaginario colectivo de amplios sec- tores de la población que se identificaban con el papel del ciudadano armado y conocían las diferencias simbóli- cas y prácticas entre esa figura y la del soldado de línea.8 Así, mientras la figura del soldado profesional y pago se asociaba con frecuencia a la del mercena- rio, la del miliciano, en cambio, portaba el aura del ciudadano. A esa distinción clásica de resonancias republica- nas, se sumaba una connotación de índole social o sociocultural. El soldado profesional se asimilaba al pobre que exija [la] ejecución de las leyes de la Nación, ó sea necesario contener insurrecciones ó repeler invasiones. Disponer la organización, armamento y disciplina de dichas milicias y la administración y gobierno de la parte de ellas que estuviese empleada en servicio de la Nación, dejando á las provincias el nombramiento de sus correspondientes jefes y oficiales y el cuidado de establecer en su respecti- va milicia la disciplina prescripta por el Congreso”. 7 Oscar Oszlak, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982, caps. 1 y 2. Entre 1863 y 1881 el ejército regular se componía de doce batallones de infantería, doce regimientos de caballería y tres unidades de artillería (Comando en Jefe del Ejército, Reseña histórica y orgánica del Ejército Argentino, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971). 8 Hilda Sabato, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998 (2ª edición, 2004); “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados, Nº 23, Buenos Aires, 2002; “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, en Ayer. Revista de Historia Contemporánea, Nº 70, Madrid, 2008. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX provinciales. Ambas instituciones tenían funciones diferentes y, sobre todo, representaban dos formas distintas de entender el poder de coerción del Estado. Esta dicotomía no era una novedad argentina ni latinoamericana. La convicción de que la defensa de la República tanto de los enemigos externos como internos correspondía a los propios ciudadanos, y que enco- mendarla a un ejército profesional abría las puertas a la corrupción y la tiranía se remonta a las repúblicas clási- cas. Ese principio, sin embargo, se vio con frecuencia impugnado por quienes sostuvieron la conveniencia y mayor eficiencia de contar con profesionales para la guerra. Esta diferencia de criterios abrió paso al ensayo de distin- tas soluciones. En nuestras tierras, en el siglo XIX se recurrió a una combinación de los dos sistemas –cuerpos regu- lares y milicias–, lo que dio lugar a una coexistencia generalmente conflictiva. Sólo a fines del siglo, el predomi- nio de las posturas centralistas llevó a privilegiar el fortalecimiento de los primeros en detrimento de las segun- das, para asegurar así el monopolio estatal del uso de la fuerza. En Hispanoamérica, la institución de la milicia se remonta a los tiempos de la colonia, cuando la Corona española, que mantenía fuerzas regulares en sus territorios, también fomentó la creación de batallones integrados por los habitantes de cada lugar para la defensa local. En el Río de la Plata, estas milicias se organiza- ron de manera más sistemática a partir de 1801, cuando se estableció que todos los varones adultos con domici- lio establecido, debían integrarlas. Apenas unos años más tarde, en 1806 y 1807, sus batallones –engrosados por miles de voluntarios– jugaron un papel clave en la derrota de los ingleses en su intento de ocupar Buenos Aires.3 Las milicias habían llegado para quedarse. Su presencia resultó clave durante la Revolución de Mayo y a partir de entonces quedarían asociadas a la aventura que se iniciaba, la de la ruptura del orden colonial y de construcción de formas republicanas de gobierno. Por entonces, la institución pasó a considerarse un pilar de la comunidad política fundada sobre la soberanía popular.4 Y si bien después de la Revolución, las necesidades que impuso la guerra llevaron a privilegiar la formación de cuerpos profesionales, algo más tarde las milicias fueron reapareciendo tanto en Buenos Aires como en otras ciudades del antiguo virreinato y fueron reguladas por el Reglamento Provisorio de 1817, dictado por el Congreso de las Provincias Unidas. Cuando en 1820 cayó el gobierno central, las provincias mantuvieron el sistema de milicias ajustado a las disposiciones de aquel reglamento. Después de Caseros, y del dictado de la Constitución en 1853 que organizó la República, el gobierno de la Confederación Argentina intentó nuevamente la creación de Fuerzas Armadas a escala nacional, a las cua- les debían contribuir todas las provincias. Se estableció así la formación de un Ejército Nacional integrado por el ejército de línea, de carácter profesional; las milicias provinciales, para garantizar el orden local, y una nueva ins- titución, la Guardia Nacional, sobre el principio de la ciudadanía en armas. La creación de ésta daba carácter nacional a una institución que, como la milicia, había sido hasta entonces netamente local. De acuerdo con la nueva legislación, de 1854: “Todo ciudadano de la Confederación Argentina desde la edad de 17 años hasta los 60 está obligado a ser miembro de alguno de los cuerpos de Guardias Nacionales”.5 Aunque la organización de esos cuerpos quedaba a cargo de los gobiernos provinciales, dependían del poder central y, como fuerzas de reserva, debían auxiliar al ejército de línea cuando les fuera requerido por las autoridades nacionales. Sin embargo, con frecuencia las provincias manejaron esos recursos militares con bastante autonomía.6 3 Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; y “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978; Gabriel Di Meglio, “Milicia y política en la ciudad de Buenos Aires durante la Guerra de Independencia, 1810-1820”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudada- nía en Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007; y ¡Viva el pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la revolución y el rosismo, Buenos Aires, Prometeo, 2007; Carlos Cansanello, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las liber- tades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003. 4 Los ejemplos de Estados Unidos y Francia fueron importantes en ese sentido. El derecho del ciudadano a portar armas en defensa de su patria fue uno de los pilares del modelo político anglosajón, incorporado a la constitución de los Estados Unidos en su segunda enmienda. En la Francia revolucionaria, la Guardia Nacional se consideró “la soberanía nacional en acto, la expresión visible y arma- da de la nueva fuerza opuesta al absolutismo real” y se asoció con la ciudadanía. Existe abundante bibliografía sobre estos casos. Véanse, entre otros, Edmund Morgan, Inventing the People. The Rise of Popular Sovereignty in England and America, Nueva York y Londres, Norton, 1988; y Pierre Rosanvallon, Le sacré du citoyen, París, Gallimard, 1992. 5 Registro Oficial de la República Argentina, tomo III, 1883, p. 109. 6 Flavia Macías, “De ‘cívicos’ a ‘guardias nacionales’. Un análisis del componente militar en el proceso de construcción de la ciudada- nía. Tucumán, 1840-1860”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007. El artículo 67º, inciso 24, de la Constitución Nacional de 1853 estable- cía entre las facultades del Congreso Nacional: “Autorizar la reunión de la milicia de todas las provincias o parte de ellas, cuando lo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 45.
    8988 En suma, durantebuena parte del siglo XIX las fuerzas militares fueron parte de la vida civil y políti- ca argentina y no funcionaron como un estamento diferenciado del resto de la población. Sus jefes, aun en el caso de los oficiales de carrera profesionales del ejército de línea, estaban asociados a otras actividades y se reco- nocían en ellas. La identificación corporativa del “militar”, tan habitual en el siglo XX, resultó –por lo tanto– de un desenvolvimiento posterior. Ejército Nacional Si hasta aquí hemos considerado a la Guardia y el ejército de línea como instituciones que tenían sus propias lógicas de organización y funcionamiento, en las páginas que siguen atenderemos a su actuación en los marcos de un único Ejército Nacional. En los años de la llamada “organización nacional”, éste se desempeñó prin- cipalmente en tres frentes: interior, exterior y de frontera, y consumió parte importante del presupuesto del gobierno nacional. En efecto, los gastos en el rubro “Guerra y Marina” superaron el 50% del total en los años de mayor actividad de la década de 1860; bajaron para estacionarse en torno al 40% en la siguiente; después de un pico del 47% en 1880, volvieron a disminuir a porcentajes en torno al 25% en el resto de esa década y aun más en la siguiente.11 En el primer frente, el interno, las disputas políticas incluyeron el despliegue de la fuerza como una herramienta recurrente, pues la violencia (en ciertos formatos y con ciertas reglas) ocupaba un lugar aceptado en la vida política del período. En ese marco, se observa que el derecho del ciudadano a resistir el despotismo fun- damentó muchas de las luchas del siglo XIX: según una concepción muy difundida en la época, cuando los gober- nantes abusaban del poder, el pueblo (los ciudadanos) tenía no sólo el derecho sino la obligación, el deber cívi- co, de hacer uso de la fuerza para restaurar las libertades perdidas y el orden originario presumiblemente viola- do. La mayor parte de las revoluciones de esas décadas se sostuvieron sobre esos principios.12 Así, el cargo de “despotismo” o “tiranía” fue usado por quienes por diversas razones (no siempre adjudicables a comportamien- tos efectivamente “despóticos”) estaban disconformes con el gobierno local o nacional de turno y entendían que podían (y debían) actuar en consecuencia por la vía armada. Según esa visión, correspondía a las milicias y la Guardia Nacional un rol fundamental pues representaban a la ciudadanía en armas, rol que no dudaron en asu- mir en levantamientos y revoluciones. Por su parte, si bien al ejército de línea le cabía en cambio el papel de brazo armado del gobierno nacional, con frecuencia parte de sus efectivos figuraron entre las fuerzas que se levanta- ban contra el orden imperante. Así ocurrió en muchos de los levantamientos de la década de 1860, donde las “montoneras” funcio- naron como milicias y fueron encabezadas por quienes habían sido (y a veces seguían siendo) comandantes de Guardias Nacionales y donde oficiales del ejército de línea podían aparecer en uno y otro lado de la trinchera, según alineamientos regionales de complicada geografía. Esos enfrentamientos muchas veces se interpretaron como conflictos entre un Estado central y fuerzas que se oponían a su creciente poder. La historiografía recien- te, sin embargo, analiza estas guerras en términos más complejos, ya que las alianzas políticas entre dirigentes provinciales, regionales y “nacionales” muestran un escenario que no puede reducirse apenas a dos términos con- trapuestos. En dicho escenario, el Ejército Nacional estaba atravesado por brechas político-militares: no sólo la Guardia no respondía necesariamente al mando central y dependía de los alineamientos provinciales y regiona- les, sino que aun el ejército de línea, supuestamente bajo el comando del Presidente, muchas veces se encontra- ba partido por rivalidades entre jefes que a su vez tenían lealtades previas a las que debían al Estado nacional.13 11 Oscar Oszlak, op. cit., pp. 112-114. 12 Esta concepción –que reconocía también sus variantes– estaba en sintonía con algunos de los lenguajes políticos que circularon en Hispanoamérica del siglo XIX; se vinculaba con viejas convicciones pactistas y de cuño iusnaturalista a la vez que se realimentaba en nuevas combinaciones con motivos provenientes de las matrices liberal y republicana. Y se articulaba con otros conceptos clave como los de representación y opinión pública (Elías Palti, El tiempo de la política. El siglo XIX reconsiderado, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007). 13 Existe una abundante bibliografía sobre estos conflictos. Entre los más recientes, que han inspirado estas reflexiones, véanse en espe- cial María Celia Bravo, “La política ‘armada’ en el norte argentino. El proceso de renovación de la elite política tucumana”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003; Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción..., op. cit.; Gustavo Paz, “El gobierno de los ‘conspicuos’: familia y poder en Jujuy, 1853- 1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), op. cit.; y los textos reunidos en Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (comps.), Un nuevo orden político. Provincias y Estado Nacional, 1852-1880, Buenos Aires, Biblos, en prensa. se alistaba porque no tenía otro medio posible de vida o, aun peor, al delincuente, “vago y malentretenido” –en los términos de la época– reclutado por la fuerza, “destinado”. Milicianos eran, en cambio, todos los ciudadanos, lo que jerarquizaba en principio a la propia fuerza y a sus integrantes. La ley también fijaba diferentes derechos y obligaciones. Estas diferencias en varios planos no necesariamente se correspondían con clivajes efectivos. En tér- minos de su composición social, las milicias también reclutaban mayoritariamente, aunque no de manera exclusiva, a varones provenientes de las capas populares de la población. Sus derechos eran con frecuencia violados. La arbi- trariedad en el reclutamiento, la falta de paga, el servicio extendido mucho más allá de los plazos estipulados, las privaciones materiales, los castigos físicos y el traslado fuera de la región daban lugar a protestas personales y motines colectivos. Inspiraron, además, toda una literatura de denuncia de las iniquidades del “contingente” y, en particular, del servicio de frontera. En cuanto a sus funciones, con mucha frecuencia se superponían con las de los soldados y entonces era difícil distinguir entre una y otra fuerza. Aun así, Guardia Nacional y ejército de línea respondían a principios diferentes, que resultaban claros para los contemporáneos. Quienes defendían a los milicianos de los abusos del sistema, lo hacían señalando la violación de los principios sobre los cuales éste debía fundarse. Por su parte, la retórica de la ciudadanía en armas cumplía un papel importante en la vida política, y las milicias funcionaban, además, como redes concretas de orga- nización política. Y sobre todo, eran una fuerza parcialmente descentralizada, que fragmentaba el poder militar. Jefes militares La combinación de diferencias y superposiciones manifiesta en las funciones del ejército de línea y de la Guardia Nacional, también era visible en la organización de sus mandos. Sólo en la década de 1870, durante la presidencia de Sarmiento, se crearon instituciones destinadas a dar una formación sistemática a los oficiales militares: el Colegio Militar y la Escuela Naval. Por lo tanto, durante el período que nos ocupa, los jefes surgieron de la llamada “carrera de las armas”, de carácter práctica y política. Así, la formación del ejército de línea en tiempos de Mitre se hizo, como ya señalamos, sobre la base de la Guardia Nacional de Buenos Aires, y sus jefes y oficiales surgieron de allí. A ese conjunto, se agregaron luego otros oficiales, confirmados en la acción, tanto en el frente interno como en la frontera y sobre todo, en la guerra contra el Paraguay.9 En cuanto a la Guardia Nacional, los perfiles no eran demasiado diferentes, ya que si bien no había una carrera formal equivalente a la del Ejército, los que fungían como comandantes fueron, con frecuencia, figuras civiles pero con trayectoria práctica en el campo de la acción guerrera y muchas veces, con grado en el Ejército. Tanto en una como en otra institución, los jefes operaban en medio de una trama de relaciones y solidaridades horizontales y verticales que se desarrollaban a partir de la propia acción militar y política y que alimentaban el espíritu de cuerpo, dando prestigio a algunos de sus jefes por sobre otros y estableciendo vínculos entre oficiales que favorecían el reconocimiento corporativo. Éste no era, sin embargo, excluyente. En efecto, la mayoría de estos jefes y oficiales tenían, además de su historia militar, actuación política y pública, como hombres de partido, legisladores y periodistas, entre otros. Por lo tanto, identificarlos –como se ha hecho con frecuencia– simplemente como “militares” puede dar lugar a confusiones y anacronismos. En efecto, los alcances y límites de esa profesión estaban todavía en definición. Pues si bien existía una carrera posible en el Ejército y en la Guardia Nacional, más que de una formación profesional sistemática o de un escalafón jerárquico estricto, ésta dependía sobre todo de la actuación en el campo de batalla y de las conexiones y lealtades político- partidarias. Esa carrera no era, por otra parte, incompatible con otras “profesiones”. Esta situación puede, quizá, explicar otro rasgo común a muchos de los jefes: su identificación con la fuerza no era corporativa y podía quedar subordinada a otras identidades. Así, por entonces nadie se sorprendía frente a alineamientos fundados sobre identidades y lealtades políticas (y aun personales) que tenían precedente sobre la carrera militar. Al mismo tiempo, y aunque pueda parecer paradójico, aquéllas con frecuencia se forjaban o se fortalecían en el seno mismo de las instituciones armadas, pues el Ejército y la Guardia constituyeron espacios de sociabilidad donde se construían y reproducían redes políticas.10 9 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980; Oscar Oszlak, op. cit. 10 Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 46.
    9190 Frente a eseEjército aparentemente cohesionado luego de la llamada “Campaña del Desierto” podría pensarse que los días de la fragmentación militar habían terminado. Sin embargo, como veremos, la modernización no alcanzó para acabar con los conflictos que involucraban tanto disputas partidarias como prin- cipios políticos. Así, poco después se desató una contienda que mostró hasta qué punto aquella fragmentación seguía vigente. La revolución de 1880 En el año 1880 los argentinos debían elegir presidente de la República. Luego de varios meses de dis- cusiones y negociaciones en torno a las candidaturas, dos nombres quedaron en firme: los de Julio A. Roca, minis- tro de Guerra, y Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires. La disputa que siguió involucró no sólo las movilizaciones habituales en tiempos de elección, sino también conflictos violentos en varios lugares del país y una última confrontación armada en Buenos Aires. A poco de iniciada la carrera electoral, Tejedor anunció que su provincia no aceptaría la imposición de una candidatura “gubernativa” y que iniciaría la “resistencia”. Convocó, entonces, a la Guardia Nacional a ejercicios doctrinales. El gobierno nacional, en la persona de su ministro del Interior, Domingo F. Sarmiento, res- pondió de inmediato: las provincias no tenían potestad para movilizar la Guardia, que reclutaba ciudadanos pero servía de reserva a las fuerzas regulares y debía responder a éstas. El gobernador, sin embargo, insistió en sus pre- rrogativas y decidió, además, apelar a la población civil para que se nucleara en torno de cuerpos de voluntarios, según el viejo modelo de las milicias. El gobierno nacional, en cambio, volvió a reclamar para sí el monopolio de la fuerza, tomando la ini- ciativa de elevar un proyecto de ley al Congreso referido a la Guardia Nacional. Allí se establecía que ésta “no podrá ser convocada por las autoridades provinciales, ni aún para ejercicios doctrinales, sino por orden del P. E. de la Nación” y se ordenaba licenciar inmediatamente todos los batallones provinciales. En el gabinete hubo des- acuerdos, pero de todas maneras, el proyecto pasó al Congreso, con un mensaje presidencial donde se afirmaba que el régimen federal no admitía otras fuerzas que no fueran las de la Nación. También en la Legislatura de Buenos Aires se trató un proyecto en el mismo sentido.15 Se pusieron así en escena diferentes concepciones acerca de la organización y el control sobre los recursos militares y del papel que el Estado nacional y las provincias debían tener en relación con el uso legítimo de la fuerza. La posición del presidente Avellaneda y del candidato Roca se fundaba sobre una concepción fuer- temente centralista en la materia. Los rebeldes porteños, en cambio, se oponían a la concentración del poder de fuego en el ejército profesional y abogaban por una distribución de ese poder entre éste y las milicias, institu- ción que representaba a la vez a las autonomías provinciales y a la ciudadanía en armas. Esta postura no sólo era sostenida por Tejedor y sus amigos políticos, sino también por muchos de sus adversarios que, como Leandro Alem, si bien se opusieron a la rebelión encabezada por el gobernador, no coincidían con los centralizadores en que la convocatoria a la Guardia fuera prerrogativa del gobierno nacional. Finalmente, los proyectos centralistas no fueron aprobados ni en la Legislatura de la provincia ni en el Congreso. Y si en ambos casos sus miembros introdujeron medidas para frenar a Tejedor y la revolución en Buenos Aires, no estuvieron dispuestos, en cambio, a suscribir la doctrina del Ejecutivo Nacional que retaceaba la potestad de las provincias y sus gobernadores en relación con las milicias. Todas estas discusiones revelan que hacia 1880 no había consenso respecto a la completa centraliza- ción del poder militar en manos del gobierno nacional. La controversia se dio sobre todo en relación con el grado de control que las autoridades de provincia debían tener sobre la Guardia Nacional, pero remitía a una cuestión más amplia acerca de cómo concebir el poder del Estado. Finalmente, esta controversia no se dirimió a través de las palabras, sino de las armas. Poco tiempo después de la sanción de esas leyes, los rebeldes porteños movilizaron de todas mane- ras la Guardia Nacional de la provincia y los batallones voluntarios de milicias. Contaron para ello no sólo con el apoyo creciente de la población de Buenos Aires sino con la colaboración de varios prestigiosos oficiales del ejér- cito de línea. Si bien ellos habían participado de campañas militares encabezadas por el propio Roca, en esta oca- sión pidieron la baja de la institución para poder liderar las tropas porteñas en su resistencia a la “imposición” 15 Hilda Sabato, “Milicias, ciudadanía y revolución...”, op. cit.; Buenos Aires en armas..., op. cit En el frente externo, el principal conflicto fue, como sabemos, la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. La Argentina movilizó para la ocasión su ejército de línea, que al comenzar la contienda tenía unos 6.500 hombres, a la vez que convocó a una parte de la Guardia Nacional hasta completar unos 25.000 hombres en total. Las tropas argentinas tuvieron su compromiso más fuerte en los primeros años ya que, hacia el final, sólo quedaban unos 4.000 efectivos en ese frente. La guerra fue larga, costosa en hombres y recursos, y muy con- trovertida desde el principio. Si bien el gobierno de Mitre inicialmente recibió apoyos de diferentes sectores, incluso de quienes en Buenos Aires se presentaron entusiasmados como voluntarios, también encontró resisten- cias fuertes que, a medida que el gobierno nacional presionaba por reclutar, se convirtieron en rebelión activa en distintos lugares del país. Guardias nacionales de varias provincias se opusieron por fuerza a la movilización y parte de los efectivos de línea y guardias de otras provincias fueron asignados a reprimir esas resistencias. Mientras tanto, en el frente paraguayo la situación era muy difícil, y si bien a la larga los aliados salieron triun- fantes militarmente, los costos humanos y materiales fueron altísimos. Desde el punto de vista militar, sin embargo, los historiadores han coincidido en señalar que la gue- rra fortaleció al Ejército Nacional como institución y en consecuencia, contribuyó a consolidar el Estado. Al trans- formar un conflicto que inicialmente era de índole partidaria en un enfrentamiento entre naciones, la guerra generó nuevas alianzas y lealtades no sólo entre la oficialidad sino aun entre la tropa. También, al poner a prue- ba el aparato militar en una contienda de envergadura, fortaleció las relaciones de mando y obediencia, redibu- jó jerarquías, y creó nuevos liderazgos internos. Finalmente, la represión de los rebeldes contribuyó a debilitar en gran medida la capacidad de resistencia de las fuerzas de varias provincias, en especial en las regiones del NOA y del Litoral.14 Desde el punto de vista político, por su parte, si bien Mitre y su partido quedaron muy golpeados por las vicisitudes de la guerra y por las críticas que despertó su accionar, el alineamiento del gran líder federal Urquiza con el gobierno nacional abrió paso a una nueva etapa política. La presidencia de Sarmiento fue, en ese sentido, un momento clave, no sólo porque su candidatura se desmarcó de los clivajes tradicionales entre libera- les y federales, sino porque, además, una vez en el poder se ocupó de tomar medidas destinadas a modificar la organización militar vigente en pos de una mayor centralización y del reforzamiento y la jerarquización del ejér- cito de línea. En consonancia con ello, buscó debilitar la autonomía con que las autoridades provinciales mane- jaban la Guardia Nacional y afirmar su subordinación al poder central. El tercer terreno de acción fue la frontera con las sociedades indígenas. La existencia de territorios de contacto y de disputa con diferentes naciones indígenas venía de larga data. En las décadas que nos ocupan, el gobierno central y los de provincia continuaron manteniendo fronteras móviles con dichas naciones, y relacio- nes que alternaban la negociación y la confrontación. Dentro del amplio espectro de acciones que los gobiernos desplegaban en ese sentido, las militares eran recurrentes. Para operar en ese terreno, recurrían tanto a fuerzas del ejército de línea como de la Guardia; estas últimas inicialmente correspondían a las provincias con frontera en disputa, pero a partir de 1870 se dispuso que todas las provincias tendrían que contribuir a ese esfuerzo. Hemos mencionado ya las resistencias y las protestas que hubo en torno a la movilización de milicias en la fron- tera y a los abusos a que dio lugar ese sistema, que fue materia de controversia política permanente. Más que detallar esas fricciones me interesa, en cambio, marcar un punto de inflexión en la política fronteriza: la que tuvo lugar con la decisión de ocupar militarmente los territorios de la Patagonia y el Chaco. La campaña de ocupación implicó un importante cambio en la política hacia las sociedades indíge- nas, por parte de un gobierno que buscaba fortalecer el poder central, controlar efectivamente el territorio que consideraba bajo su soberanía y reducir a la obediencia a quienes se opusieran a la potestad estatal. El presiden- te Avellaneda estuvo dispuesto a otorgar al Ejército Nacional la dosis de poder necesaria para alcanzar esos obje- tivos, un ejército más centralizado, modernizado y disciplinado que el de las décadas anteriores. A su vez, esa guerra colocó a la institución en un lugar de gran visibilidad, y el éxito obtenido (en relación con los objetivos planteados) le dio prestigio no sólo a la fuerza sino también a sus jefes, en especial a Julio Roca, quien a pesar de su alto perfil profesional, operó también, y muy activamente, en el terreno político y pronto se lanzó a la can- didatura presidencial. 14 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción..., op. cit.; Oscar Oszlak, op. cit. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 47.
    9392 DEUDNEY, Daniel H.,“The Philadelphian System: Sovereignty, Arms Control, and Balance of Power in the American States-Union, circa 1787-1861”, en International Organization, año 49, Nº 2, primavera de 1995. DI MEGLIO, Gabriel, “Milicia y política en la ciudad de Buenos Aires durante la Guerra de Independencia, 1810-1820”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750- 1859), Madrid, Iberoamericana, 2007. _________, ¡Viva el pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la revolución y el rosismo, Buenos Aires, Prometeo, 2007. HALPERIN DONGHI, Tulio, Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. _________________, “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815”, en Tulio Halperin Donghi (comp.), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica, Buenos Aires, Sudamericana, 1978. _________________, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Caracas, Biblioteca de Ayacucho, 1980. MACÍAS, Flavia, “Ciudadanía armada, identidad nacional y estado provincial, Tucumán, 1854-1870”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003. _____________, “De ‘cívicos’ a ‘guardias nacionales’. Un análisis del componente militar en el proceso de cons- trucción de la ciudadanía. Tucumán, 1840-1860”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1859), Madrid, Iberoamericana, 2007. MORGAN, Edmund, Inventing the People. The Rise of Popular Sovereignty in England and America, Nueva York y Londres, Norton, 1988.(*) OSZLAK, Oscar, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982. PALTI, Elías, El tiempo de la política. El siglo XIX reconsiderado, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007. PAZ, Gustavo, “El gobierno de los ‘conspicuos’: familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003. ROSANVALLON, Pierre, Le sacré du citoyen, París, Gallimard, 1992.(*) SABATO, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998 (2ª edición, 2004). _____________, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados, Nº 23, Buenos Aires, 2002. _____________, “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, en Ayer. Revista de Historia Contemporánea, Nº 70, Madrid, 2008. _____________, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. _____________________________ (*) Existe edición en castellano. de la candidatura del General apoyada por el gobierno nacional. Éste, por su parte, preparó su defensa convo- cando a los regimientos de línea y a la Guardia de varias provincias, los que en junio de 1880 se impusieron a los revolucionarios en sangrientos combates a las puertas de la ciudad. A esa derrota militar siguió la derrota política, con consecuencias de largo plazo para la organización de la República. Entre las primeras medidas adoptadas por el flamante gobierno del presidente Roca estuvo la ley promulgada el 20 de octubre de 1880 que prohibió “a las autoridades provinciales formar cuerpos militares bajo cualquier denominación que sea”. Modelos Así terminaba una larga historia de ambigüedades y controversias en torno a la organización militar y al control del uso legítimo de la fuerza. Aunque después de ese año de 1880 hubo otras revoluciones y la Guardia Nacional, en varios casos, volvió a actuar con autonomía del centro, el criterio dominante a partir de entonces privilegió la concentración efectiva del poder militar. Durante décadas, ese modelo había competido en desventaja con uno diferente, que pretendía un sistema menos vertical y más fragmentado, en el que ese poder fuera compartido entre el gobierno nacional y los provinciales. El primero implicaba el fortalecimiento del ejér- cito de línea, formado por soldados profesionales, mientras que el segundo insistía en la necesidad de preservar la institución de la milicia basada en el principio de la ciudadanía armada. Si bien resulta sin duda excesivo ver en las propuestas que se enfrentaron en el año 1880 la expresión de dos modelos alternativos de Estado y de república, lo cierto es que pusieron de manifiesto que había maneras diferentes de pensar la defensa, el uso de la fuerza y la concentración del poder de coerción.16 También, el lugar de los ciudadanos en la vida política. El desenlace del año 1880 resultó en el predominio de una sobre otra. No se trató, sin embargo, del resultado lineal de un proceso progresivo de formación del Estado, sino del triunfo de un tipo de Estado y de un estilo de repú- blica por sobre otros posibles, que estuvieron en juego durante varias décadas. Esa afirmación estatal encontró todavía impugnaciones en las décadas finales del siglo, que si no pudieron poner en jaque la preponderancia ya establecida del gobierno central en materia militar, generaron enfrentamientos y perturbaciones no siempre fáciles de controlar. La solución definitiva ocurrió poco después, a partir de la modificación radical del sistema en su conjunto. La instauración del servicio militar obligatorio y la constitución de un ejército con mandos profesionales y tropa de reclutas fueron las bases de un nuevo modelo de defensa que regiría en la Argentina durante casi todo el siglo XX. BIBLIOGRAFÍA BRAGONI, Beatriz y Eduardo Míguez (comps.), Un nuevo orden político. Provincias y Estado Nacional, 1852-1880, Buenos Aires, Biblos, en prensa. BRAVO, María Celia, “La política ‘armada’ en el norte argentino. El proceso de renovación de la elite política tucumana”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003. CANSANELLO, Carlos, De súbditos a ciudadanos. Ensayo sobre las libertades en los orígenes republicanos. Buenos Aires, 1810-1852, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003. COMANDO EN JEFE DEL EJÉRCITO, Reseña histórica y orgánica del Ejército Argentino, Buenos Aires, Círculo Militar, 1971. DE LA FUENTE, Ariel, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency During the Argentine State-Formation Process, Durham, Duke University Press, 2000.(*) 16 Sobre este punto resulta sugerente el análisis sobre el caso norteamericano realizado en Daniel H. Deudney, “The Philadelphian System: Sovereignty, Arms Control, and Balance of Power in the American States-Union, circa 1787-1861”, en International Organization, año 49, Nº 2, primavera de 1995. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN HILDA SABATO - ¿Quién controla el poder militar? Disputas en torno a la formación del Estado en el siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 48.
    95 En la Argentinade mediados del siglo XIX la construcción del Estado nacional era todavía un asunto pendiente. El pacto político sellado en la Constitución jurada en 1853, y reformada en 1860, si bien constituyó un hito decisivo en el proceso de unificación política, no resultó suficiente para asentar un orden político estable entre las provincias argentinas. Éste habría de sobrevenir treinta años después cuando el sistema de alianzas y rivalidades que habían dominado el escenario posterior a Caseros, cediera su paso a la emergencia de un sistema político nacional liderado por una nueva clase política que, imbuida de los preceptos liberales, hizo primar la autoridad de la nación por sobre cualquier poder rival o competencia.1 Las milicias y el Ejército se convirtieron en actores cruciales aunque no exclusivos de ese proceso. No sólo porque el factor represivo resulta un ingrediente insustituible de todo poder estatal moderno sino porque la Revolución de la Independencia hizo de ellas los vehículos de integración y participación política popular que trastornaron por completo los canales de transmisión de autoridad y poder prevalecientes en el antiguo régimen colonial, convirtiéndose en un dilema crucial del orden posrevolucionario. Aun más, aquella sociabilidad guerrera disparada con la Revolución representó una experiencia colectiva que incluyó a conglomerados de individuos y grupos sociales nunca antes conocida en el espacio rioplatense, y sujeta a una movilidad territorial por incentivos políticos sin precedentes con capacidad de generar identidades nacionales no necesariamente idénticas a las que habrían de prevalecer después de 1830. Ahora bien, si caben pocas dudas sobre la centralidad de aquel formidable proceso de militarización y politización popular, no resulta menos relevante advertir su impacto en la erección de la pirámide caudillesca que sucedió a la pulverización de las Provincias Unidas en 1820 al hacer descansar sobre esos contingentes ines- tables de milicias cívicas movilizadas, el nervio transmisor de la acción política colectiva que superó en mucho las bases sociales del rosismo alcanzando la casi completa geografía de la Argentina criolla. Menos aun ha de sor- prender que la emergencia de esos liderazgos no resultaba del todo independiente así como tampoco los marcos institucionales o normativos que organizaban los precarios y/o desiguales poderes provinciales convertidos en fla- mantes soberanías independientes, ni tampoco el complejo sistema de alianzas y hostilidades interprovinciales que estructuraron, aun en la inestabilidad, la institucionalización del poder nacional en el siglo XIX. 1 Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción de una nación: Argentina, 1846 1880, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1984. Natalio Botana, El Orden Conservador, la política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1979; y La tradición republicana, Buenos Aires, Sudamericana, 1984. Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX BEATRIZ BRAGONI UNCU / CONICET 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN 2 CAPÍTULO
  • 49.
    96 97 algunas experienciasen procura de responder tres interrogantes centrales: ¿Qué papel cumplieron las Fuerzas Armadas en esa construcción política? ¿Qué transformaciones habrían de experimentar las milicias y el Ejército ante la consolidación del orden liberal? ¿Qué mecanismos sirvieron a la subordinación del poder de las armas a la égida del Estado nación? Coacción y política en el interior argentino Como bien se sabe, el éxito de Bartolomé Mitre, y el repliegue del entonces líder del federalismo Justo José de Urquiza a su bastión entrerriano, fueron decisivos para retomar la ruta trazada a partir de Caseros en pos de asentar un principio de autoridad estable entre las provincias argentinas. A pesar de las polémicas que aún repercuten en la historiografía, la victoria de las fuerzas porteñas optimizó las posibilidades de Mitre de unificar el país bajo el liderazgo de la provincia hegemónica. No sólo Mitre confiaba en la inminencia de un resultado que devolvía a Buenos Aires un lugar de privilegio en la confección de la autoridad nacional. Para entonces eran muy pocos los que podían poner reparos al entusiasmo depositado en la adopción de los principios republicanos como remedio seguro para abandonar la barbarie y transitar la senda de la civilización. Crear el nuevo orden era el programa inminente y esa situación debía traducirse en una efectiva integración política que requería subor- dinar poderes en competencia. Si la Constitución reformada en 1860 daba el marco legal para solventar las bases de la nueva institucionalización, el nuevo poder contaba con instrumentos para conquistarla: al ejercicio de la coacción física debía sumarse una activa intervención política en las provincias rebeldes para crear gobiernos locales afines a su dominio. Una mirada de mediano plazo permitió corregir la expectativa abierta con Pavón. Los levan- tamientos federales del oeste andino y la guerra internacional en la que el país se vio envuelto a partir de 1865 desplegaron una serie de tensiones políticas y territoriales que no sólo puso fin al programa unitario y liberal ori- ginario sino que además trazó un nuevo mapa para los herederos de la tradición federal. Así, mientras el conflicto internacional despertaba el fervor patriótico entre los grupos dirigentes de Buenos Aires y ganaba la adhesión de los gobiernos aliados de Santa Fe y de la Entre Ríos gobernada todavía por Urquiza, en las provincias del centro oeste argentino la situación habría de diferir exhibiendo un pulular de insu- rrecciones armadas que enarbolaron el cintillo punzó en rechazo al gobierno nacional. Para ese entonces, la rebeldía se había desparramado de Catamarca a La Rioja, avanzó desde Cuyo a la Córdoba rural, y alcanzó el Litoral a través de una verdadera proliferación de “revoluciones” armadas, y desafíos a la autoridad de diferente calibre (como el memorable “desbande de Basualdo” que simboliza la fractura del liderazgo de Urquiza), poniendo en jaque al gobierno nacional, y contribuyendo a resquebrajar los liderazgos políticos que habían prevalecido hasta entonces. Frente a la expansión territorial del movimiento, y la aspiración de los rebeldes de “llegar si es preciso a las puertas de Buenos Aires”,6 el gobierno nacional envió una división del ejército de línea del frente paraguayo para reprimir la marea revolucionaria. Esa intervención militar que fue también política, no sólo estaría destinada a preservar o “conquistar” la obediencia de esa dilatada geografía a la esfera de la autoridad nacional; también habría de gravitar en las tradiciones políticas argentinas erigiendo un nuevo estilo político y un nuevo liderazgo dispuesto a catapultar cualquier desafío a la autoridad nacional. Por consiguiente, la Argentina política que emergerá de ese atribulado proceso habría de ser muy distinta a la imaginada por los vencedores de Pavón. En ese lapso, el sistema de poder argentino habría de rehacerse en beneficio de la edificación de un centro de poder autónomo sobre la base de un proceso de negociaciones y conflictos del que tampoco saldría invicta la poderosa provincia de Buenos Aires. Al interior de esa combinación estratégica entre coacción y política, y entre provincia y nación, habrían de gravitar decididamente la participación de las Guardias Nacionales al tratarse de actores políticos susceptibles de ser movilizados a favor del orden legal, o en su defecto para dar curso a la rebeldía. Si focalizamos por un ins- tante la experiencia política resultante en las provincias cuyanas, y más precisamente en Mendoza, es posible apreciar el variado repertorio de estrategias políticas y militares instrumentadas con el fin de afianzar el nuevo orden político. 6 La expresión pertenece al coronel Manuel Olascoaga, jefe del Estado Mayor Revolucionario de la revolución de los colorados (1867). Véase de mi autoría, “Cuyo después de Pavón: consenso, rebelión y orden político (Mendoza, 1861-1874)”, en Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (eds.), La formación del sistema político nacional argentino, 1852-1880, Buenos Aires, Biblos, en prensa. 2 Beatriz Bragoni, Los hijos de la revolución. Familia, poder y negocios en Mendoza en el siglo XIX, Buenos Aires, Taurus, 1999. 3 Hilda Sabato, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados. Revista de Historia, año XII, Nº 23, 2002, pp. 149-169; y su reciente Buenos Aires en armas. La revolución porteña de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. Véase también, Flavia Macías, “De civicos a guardias nacionales. Un análisis del componente militar en la construcción de ciudadanía. Tucumán, 1840-1860”, en M. Chust y J. Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Iberoamericana-Vervuert, 2007, pp. 263-290. 4 Véase a modo de ejemplo, Carlos Floria y César García Belsunce, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Kapelusz, 1975. 5 Oscar Oszlack, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Planeta, 1997. En las últimas décadas la historiografía ha mejorado la comprensión del violento y creativo proceso de construcción estatal edificado entre 1852 y 1880: de Jujuy a Corrientes, de La Rioja a Mendoza, de Tucumán a Santa Fe, de Entre Ríos a Buenos Aires emanan evidencias firmes de las formas asumidas por ese radical proceso de transformación, de integración política y territorial que hizo del archipiélago de provincias un edificio repu- blicano capaz de subsumir las tradiciones políticas que hasta entonces habían sido pensadas de convivencia impo- sible. En ese resultado, las elites provinciales cumplieron un papel protagónico: no sólo en lo que atañe a la edi- ficación de los poderes públicos en el variado mosaico de poder de la Argentina independiente, sino en relación a la compleja trama de relaciones de negociación y conflicto que contribuyeron a conducir cadenas de obedien- cia al interior de cada fragmento del espacio político argentino, para hacer de ellas un resorte decisivo de la con- quista de obediencia al Estado nacional en detrimento de sus rivales. En cualquiera de los casos, las evidencias reunidas sobre diferentes experiencias políticas provinciales han puesto algunos reparos a las vertientes historio- gráficas que hacían del poder central un actor externo a las situaciones provinciales, o que en última instancia, y tal como lo advirtió Natalio Botana, terminaban asociándolo de manera directa con el predominio de la provincia de Buenos Aires. Mirado en detalle, ese denso proceso de estructuración política pone en evidencia el resultado de un proceso de ida y vuelta a través del cual las elites locales debieron traccionar la obediencia de la periferia a su favor, al tiempo que se vieron obligadas a resignar las posiciones adquiridas, o bien integrarse a un nuevo actor colectivo –la elite política nacional– la cual pasaría a ocupar un papel primordial en el también nuevo estado de cosas. En tal sentido, el proceso de centralización política que redefinió las relaciones entre nación y provincias en el ciclo político que se clausura en 1880, difícilmente pudo eludir sino que tuvo que disponer de prácticas e instituciones políticas creadas primero en la dimensión local de poder, y que su efectiva transferencia propició la conducción de cadenas de autoridad de la periferia al centro político.2 En ambas instancias las milicias y el Ejército habrían de operar decididamente al arbitrar dispositivos claves en función de un mandato constitucional que para hacerse efectivo debía modificar radicalmente el pro- tagonismo que había adquirido en décadas anteriores, y aceptar en última instancia la subordinación al Estado nacional y al poder civil. No obstante, y como ha señalado Hilda Sabato, el problema conduce a un terreno escu- rridizo en cuanto en la Argentina que siguió a Caseros casi ningún dirigente político o aspirante a serlo, podía eludir echar mano a la movilización miliciana o cívica en cuanto constituía un resorte clave de intervención pública por representar un canal de transmisión del régimen representativo que aparecía estructurado por un concepto de ciudadano armado que unía el ejercicio electoral con la defensa de la patria.3 Estas breves advertencias resultan necesarias a la hora de abordar rasgos característicos del papel de las Fuerzas Armadas en la formación del Estado argentino, y del sistema político nacional que contribuyó a ese resultado. Generalmente, la preeminencia del protagonismo militar en la cultura política argentina ha sido inter- pretada como herencia intacta del patrimonialismo del antiguo régimen colonial, o por la pervivencia de la mili- tarización de una sociedad civil nacida a la vida política con las revoluciones de independencia y las guerras civiles.4 En su lugar, en la Argentina posterior a Pavón (1861) el poder de las armas aparece estrechamente unido a la construcción del Estado liberal en el cual gravitan con igual vigor el afianzamiento del orden político interno, la poderosa transformación política y militar disparada con la guerra internacional (1865-1870) y el giro de la estra- tegia ofensiva contra las parcialidades indias de la frontera entre 1879 y 1882. Ese triple frente de guerra que se sucede casi de manera simultánea en la casi completa geografía del país, fue el que exigió una formidable movi- lización de hombres y de recursos. Oscar Oszlack precisó los costos de semejante empresa política concluyendo que los gastos nacionales destinados al Ministerio de Guerra y Marina oscilaron entre el 55% y el 65% del presu- puesto oficial entre 1863 y 1868.5 Dicha evidencia si resuelve eficazmente el peso de la inversión estatal en la esfe- ra militar, no explica las modalidades que ésta adquirió en la conquista del orden político y en la formación del Estado nacional. En las páginas que siguen el lector ha de enfrentarse a un desarrollo analítico que distingue CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 50.
    98 99 nacional juntocon otras medidas de vital importancia: en particular, restableció la injerencia del poder central en materia de impuestos y sustrajo al poder local la jurisdicción judicial para los delitos de sedición o rebelión.11 Por consiguiente, el restablecimiento del orden político mendocino había requerido de acciones coordinadas y com- plementarias entre poder local y poder central. Esa dinámica de poder parece ilustrar, además, que la intervención militar y el arbitraje estratégico entre coacción y política descansaba en un complejo tejido de instituciones y líderes territoriales con capital político suficiente como para inclinar la balanza a favor de la obediencia o para dar curso a la rebeldía. De ese delicado equilibrio de fuerzas dependía incluso la todavía inestable autoridad de la Nación en los bastiones del interior, y esa razón permite apreciar el carácter parcial de la “fuerza militar”, en sentido estricto, en beneficio de márgenes de negociación al interior del funcionamiento del sistema de alianzas políticas y personales de las que no escapaban ni las elites locales, ni los personeros del poder central como tampoco los líderes políticos que aspiraban a encabezar la pirámide política del país. Los comicios nacionales de 1868 permiten apreciar el peso relativo de esas mediaciones personales en los procesos de inclusión/exclusión al cuerpo político. En ellos habrían de gravitar –entre otros actores igual- mente relevantes– el liderazgo de los jefes y oficiales del ejército de línea arribados al interior para ejecutar la pacificación mitrista –conocidos como “procónsules”–, al operar en el sostenimiento de los “gobiernos electores” con el fin de suministrar la mayoría en el colegio electoral y garantizar la sucesión presidencial. Ese desempeño político recostado de igual modo en el poder de las armas y la movilización electoral resultó eficaz en los trabajos electorales que ubicaron a Sarmiento como presidente. El patriarca de la política mendocina, Francisco Civit, lo des- cribió del siguiente modo en carta a Pedro Agote (1867): Por lo que he podido leer en los diarios que se publican en la República, por lo que he oído en Buenos Aires, antes de regresar a mi provincia y por los trabajos que creo han hecho y siguen haciendo pro- cónsules de que han venido al interior en persecución de las montoneras, se ve que los candidatos que reúnen más opinión hasta el momento son Sarmiento y Alsina. Para agregar de inmediato: Es indudable que por el primero hay trabajos mucho más avanzados y bien preparados que por el segundo. Los hombres de sable que han pasado por las Provincias de Cuyo, Córdoba y La Rioja se han preocupado más de la cuestión electoral que de la extinción de los filibusteros que han estado a punto de disolver la nación. Arredondo, Paunero, Miguel Martínez y otros han hecho gobernadores que trabajen y sostengan la candidatura de Sarmiento. La influencia de estos procónsules es innega- ble y si se retiran dejarán las cosas preparadas de manera que los gobernadores no cambien a menos que vengan nuevas influencias y nuevos procónsules. La elección de Sarmiento en la Provincia de Cuyo, en La Rioja y Córdoba, la veo más que probable, segura. La voluntad de los gobiernos es el todo. A partir de 1870 un nuevo consenso erigido entre los notables habría de sepultar esa forma de hacer política. Para ese entonces, el tucumano Nicolás Avellaneda capitalizó esa relación de fuerzas en el interior y en porciones de la opinión de Buenos Aires, convirtiéndose en el candidato con mejores chances para suceder al san- juanino Domingo Faustino Sarmiento en la más alta magistratura del país. Como antes, los trabajos electorales volvieron a mostrar la ingerencia de los hombres armados en la producción del sufragio, y los resultados electo- rales que dieron el triunfo a Avellaneda pusieron en evidencia la emergencia de una arquitectura política casi sin fisuras entre las provincias argentinas. Ese nuevo tipo de cohesión política –reunido en el denominado Partido Nacional– habría de ser impugnada por quienes abrigaban todavía la aspiración de resolver por la vía armada, la conducción del país. Esas controversias se hicieron visibles en Mendoza al convertirse en escenario de una lucha política que mostraba la disputa al interior de los grupos locales por ocupar posiciones relevantes en las estruc- turas del poder local, y de la mutua capacidad de movilización de recursos y hombres para la acción política que habría de exigir la intervención de arbitrajes externos para afianzar de manera definitiva el orden interno. 11 Eduardo Zimmerman, “En tiempos de rebelión. La justicia federal frente a los levantamientos provinciales, 1860-1880”, en Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (eds.), La formación del sistema político nacional argentino, 1852-1880, op. cit. El 9 de noviembre de 1866 un grupo de federales que habían sido excluidos del gobierno de notables depuso a las autoridades legales de Mendoza, y se hizo del poder provincial. La leva ordenada por el gobierno nacional para engrosar las filas del frente paraguayo fue el detonante del movimiento que ganó adhesión en la ciudad, y se extendió de inmediato en la campaña desnudando un arsenal de prácticas y estilos políticos inaugu- rados desde la Revolución. Como solía ocurrir en la mayoría de los casos, a la destitución del gobierno y al control de la Sala de Representantes, le siguió la sustitución de los subdelegados de los departamentos de campaña por hombres adictos al nuevo estado de cosas en cuanto esas magistraturas se convertían en un canal decisivo de transmisión entre el centro y la periferia al centralizar o reunir funciones relevantes de control personal y terri- torial. De ellos dependía la confección de las papeletas de reclutamiento, el registro electoral, la clasificación fiscal y otras funciones de justicia. Aunque las autoridades destituidas de Mendoza buscaron el apoyo del jefe del ejér- cito de línea acantonado en el sur, el éxito de los rebeldes se tradujo en una poderosa movilización miliciana que les permitió avanzar a San Juan e instalar también un gobierno rebelde después de saldar la deuda con algunos oficiales del Ejército que prestaron su adhesión a las jefaturas insurrectas. Poco después, la vecina provincia de San Luis se hacía eco de la marea insurgente dirigida por “los colorados” a través de la destitución del gobierno legal con lo cual se ponía nuevamente de manifiesto el precario capital coactivo de los gobiernos provinciales. De tal forma, y en conexión con los levantamientos de Felipe Varela, los colorados cuyanos accedían al control de los gobiernos provinciales a la espera de una hipotética respuesta de Urquiza que estuvo lejos de ser favorable.7 La expansión territorial del movimiento no podía pasar desapercibida por el gobierno nacional en cuanto ponía en evidencia no sólo las magras condiciones locales para sofocar los bastiones rebeldes; la inestabi- lidad política mostraba a todas luces los límites concretos de la autoridad nacional en el interior rural argentino como resultado del fracaso relativo de la “política de pacificación” dirigida por Mitre desde 1861. Esa convicción o diagnóstico condujo al ministro Rawson a diseñar la estrategia represiva que previó la movilización de fuerzas nacionales, y la cooperación de los gobiernos aliados de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. Mientras éstos debían asediar el influjo de Felipe Varela en las provincias del norte, el coronel José María Arredondo habría de derrotar al puntano Juan Saá en San Ignacio (1º de abril 1867) con una tropa integrada por 3.800 hombres entre soldados de línea y milicias o guardias nacionales. Pero esa conquista militar no garantizaba en sí misma ni el avance sobre Cuyo ni menos aun el control efectivo en las provincias con capacidad de hacer estable la obediencia al poder de la nación. En una conocida carta dirigida por el ministro Rawson al presidente Mitre, habría de manifestarle que la represión debería recaer especialmente en el ejército de línea, y para ello debían robustecerse las fuerzas del general Wenceslao Paunero con guardias nacionales de Santa Fe facilitadas por el gobernador Nicasio Oroño ante la dificultad de avanzar desde el río Cuarto en función de la inestabilidad existente en Córdoba para reclutar guardias nacionales y de los magros recursos enviados por el gobierno nacional.8 Aunque el éxito de Arredondo despejó el avance de Paunero sobre Cuyo, el restablecimiento del orden político no estuvo exento de dificultades. Entre el arsenal de instruc- ciones que debía ensayar, el comisionado nacional estaba habilitado a movilizar los guardias nacionales de las provincias pudiendo “usar de ella en la forma y el número que considere necesario”.9 En plena marcha Paunero había tomado medidas con resultados poco satisfactorios. El decreto a través del cual el gobierno nacional había declarado traidores y desertores a todos aquellos que no se presentaran ante la autoridad no había tenido el efecto esperado en el trayecto seguido entre Córdoba y San Luis. Frente a esa evidente resistencia –cuyas moti- vaciones residían en liderazgos rurales ligados al “Chacho” Peñaloza muerto en 1863– la apuesta del general uru- guayo fue mayor al conceder el indulto a todo aquel guardia nacional que abandonara el estado de rebeldía a favor de la autoridad legal.10 Con todo, el avance de las tropas nacionales a Mendoza se tradujo en la restitución de autoridades preexistentes a la rebelión y en una serie de medidas intermedias orientadas a restaurar la lealtad del poder local a la autoridad de la Nación (más allá de Mitre). No resulta extraño que la sustitución de subdelegados y el nom- bramiento de jefes adictos en los cuerpos armados de ciudad y campaña encabezaran la agenda del comisionado 7 Correspondencia de los “Jefes de la Revolución en la Provincia de Cuyo”, Carlos Rodríguez y Felipe Saá a Urquiza, febrero de 1867, en Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, Felipe Varela contra el imperio británico, Buenos Aires, Sudestada, 1966, p. 334. 8 Correspondencia de Rawson al presidente Mitre, 18 de febrero de 1867. 9 Decreto del 21 de noviembre de 1866 (arts. 1 y 3), Luis H. Sommariva, Historia de las intervenciones federales en las provincias, Buenos Aires, El Ateneo, 1929. 10 Registro Oficial de la Provincia de Mendoza, Mendoza, Imprenta del Constitucional, 1866, p. 15. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 51.
    100 101 de Líneaque mantenía lealtad a la autoridad nacional. Para entonces el coronel Julio A. Roca, al mando de jefes y oficiales del ejército de línea y una tropa conformada en su mayoría por guardias nacionales de Córdoba y Santa Fe, había rechazado los términos del acuerdo propuesto por su superior siguiendo las órdenes de Avellaneda quien había manifestado: “no aceptaré jamás de Arredondo un pacto político en que hable de provincias, de Gobernadores”. Las evidencias expuestas parecen indicar entonces algunas especificidades de la relación entre milicias y Ejército en la edificación del sistema político nacional que contribuyó a la formación del Estado nacional. Si efectivamente el enrolamiento y la práctica miliciana aparecían unidos al concepto de ciudadanía armada como instituto favorable a la inclusión en el cuerpo político, la integración eventual de las Guardias Nacionales al ejército de línea condicionaba su accionar como vehículo estable a favor de la coacción y la obediencia al poder la Nación. En otras palabras, la doble jurisdicción de las milicias y/o guardias nacionales en la Argentina previa a 1880 hacía de estos hombres y cuerpos armados actores vulnerables (y relativamente autónomos) del accionar de jefaturas militares leales o contrarias a las autoridades provinciales o nacionales. Esa especificidad estuvo en boca de Aristóbulo del Valle al momento de argumentar a favor de la supresión de las milicias provinciales en 1880 al entender que el poder nacional no debía ser impotente “frente a la fuerza acumulada por los Estados”.14 Esa opinión difería sustancialmente de concepciones previas que habían sostenido “el derecho de pueblo armado” y de la organización y movilización de la Guardia Nacional un “baluarte de las libertades argentinas”.15 La “cuestión de los indios” y el giro en la profesionalización de las Fuerzas Armadas Las milicias provinciales y el ejército de línea también dirimen el proceso de conquista territorial y cohesión política en los territorios patagónicos y del Chaco ganados en la lucha contra las parcialidades indias a partir de 1878. En los últimos años numerosas investigaciones han puesto en entredicho importantes imágenes legadas de las campañas militares que conquistaron el “desierto” para hacer efectivo el control del Estado en el territorio, y garantizar la incorporación de vastas extensiones de tierras con el fin de acelerar el crecimiento eco- nómico. Si bien la complejidad de las relaciones preexistentes a aquella “solución final” no había sido un tema ausente de la agenda historiográfica, las evidencias obtenidas han permitido complejizar las formas asumidas por esa violenta política de exterminio, del arsenal de estrategias y móviles puestas en marcha y de las iniciativas oficiales destinadas a la colonización después de dar solución definitiva a la “cuestión de los indios”. Por cierto, los fenómenos involucrados en la conquista de ese frente que desde los albores de la Independencia, habían intervenido en la vida histórica argentina del siglo XIX resultan demasiado ricos y complejos como para ser abordados en estas páginas.16 Esa situación no representa un obstáculo para revisar algunos nudos problemáticos en relación al tema que tratamos. Vale recordar que los planes operativos dirigidos por Roca en su avance sobre la frontera –convertido en ministro después de la muerte de Alsina, y del fracaso de la política de frontera por él auspiciada–, implicaron la movilización de fuerzas militares que incluían el ejército de línea y los contingentes de guardias nacionales pro- vinciales, y de una maquinaria o logística lo suficientemente aceitada de aprovisionamiento en armas, víveres y vituallas para asegurar el éxito de la “solución final”. Una dilatada genealogía literaria que incluye memorias de oficiales, registros periodísticos y documentación oficial permite apreciar el impacto relativo de la inversión material realizada para sostener el agresivo movimiento de tropas, al tiempo que infligía mayor vigor a la profesionalización de las “fuerzas armadas” y abría canales de ascenso político y militar entre sus conductores. Sin embargo, el avance y la ocupación efectiva de la autoridad nacional dependió de la reactualización de prácticas ya instituidas en el mundo de la frontera. Como ya se había ensayado en épocas precedentes a lo largo de la línea de los misera- bles fortines que emblematizaban el poder hispanocriollo,17 la estrategia militar no resultó independiente de la 14 Aristóbulo del Valle, “Discurso sobre ejércitos provinciales”, Cámara de Senadores, Diario de Sesiones, Buenos Aires, 16 de octubre 1880, en Natalio Botana y Ezequiel Gallo, De la República posible a la República verdadera (1880-1910), Buenos Aires, Ariel, 1997, pp. 196-198. 15 La cita pertenece a Adolfo Alsina, la cual ha sido reproducida por Ezequiel Gallo en Alem. Federalismo y Radicalismo, Buenos Aires, Edhasa, 2009, p. 56. 16 La literatura al respecto es abundante. Un ajustado balance del estado de la cuestión puede verse en Raúl Mandrini y Sara Ortelli, “Las fronteras del sur”, en Raúl Mandrini (ed.), Vivir entre dos mundos. Las fronteras del sur de la Argentina, siglos XVIII y XIX, Buenos Aires, Taurus, 2006, pp. 21-42. 17 Silvia Ratto, “¿Revolución en las pampas? Diplomacia y malones entre los indígenas de pampa y patagonia”, en Raúl O. Fradkin (comp.), ¿Y el pueblo dónde está? Contribuciones para una historia popular de la revolución de independencia en el Río de la Plata, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008. En rigor, las tensiones se retrotraían al año anterior cuando las elecciones de gobernador habían mostrado por primera vez la competencia electoral entre dos grupos políticos que hasta el momento habían for- mado parte del “gobierno de los notables” en medio de un violento clima de hostilidades y de una intensa movi- lización política en la ciudad y la campaña que incluyó debates en la prensa, mítines, bailes e invitaciones perso- nales.12 Pero la disputa estaba lejos de quedar circunscripta a un asunto doméstico en la medida que los comicios nacionales introducían un vector adicional que sumó tensiones a las ya existentes. Mientras los reunidos alrede- dor del candidato oficial, Francisco Civit, terminaron inclinando su adhesión al Partido Nacional que apoyaba la candidatura de Avellaneda, los incluidos en la red política liderada por el ex gobernador Carlos González Pintos, reafirmaron y mantuvieron su opción por Mitre. El tono violento que asumió la movilización electoral tuvo su corolario pocos días después cuando al conocer los resultados adversos del candidato opositor, el coronel de la Nación acantonado en San Rafael, Ignacio Segovia, se rebeló contra las autoridades provinciales dirigiéndose a la ciudad donde un piquete de caballería liderado por gonzalistas también había impugnado el resultado electoral. La respuesta del presidente Sarmiento fue inmediata y contundente: declaró el estado de sitio en la provincia y ordenó el avance de Teófilo Iwanovsky a Mendoza para terminar con los insurrectos. Aunque la intervención nacional fue decisiva, el control político del territorio requirió de ajustes nor- mativos e institucionales de notable impacto: en 1872 la Ley de Municipalidades había prescripto la elección directa de los municipales en los departamentos de más de 5.000 habitantes modificando la antigua práctica polí- tica que otorgaba al gobernador la facultad de nombrar a los subdelegados de campaña. Esa modificación –de indiscutida inspiración alberdiana– había introducido novedades territoriales de la cuales no casualmente el gobernador Francisco Civit se haría cargo al proponer una nueva reforma municipal de carácter “transaccional”, a través de la cual el Ejecutivo recuperaba la atribución de nombrar los subdelegados postergando el precepto constitucional que establecía la elección directa para el gobierno municipal.13 Esa medida que reforzaba la cen- tralización del poder fue acompañada de regulaciones políticas medulares para controlar la población que incluyó el restablecimiento de la “papeleta de conchabo” para el servicio doméstico en la ciudad. Entre tanto el clima político provincial había acumulado nuevas tensiones entre los desplazados de la red de poder local y el círculo gubernamental provincial que había negociado con relativo éxito su integración al conglomerado de políticos provinciales que postulaba a Avellaneda como candidato a ocupar la presidencia del país. En febrero de 1874 las elecciones de diputados nacionales dieron el triunfo al oficialismo convirtiéndose en anticipo de los comicios celebrados en mayo con motivo de la elección presidencial, y de la posterior impug- nación del mitrismo sobre los resultados electorales que disparó la revolución armada de la cual participarían jefes y oficiales a cargo de batallones y regimientos de guardias nacionales. Si la provincia de Buenos Aires se con- virtió en bastión primordial de la revolución alentada por el general Mitre y el elenco de jefes militares plegados al movimiento, la existencia en Mendoza de esa base territorial y política opositora al círculo avellanedista resultó propicia para que el general José M. Arredondo abandonara la obediencia que había caracterizado su desempeño al servicio de la autoridad nacional, para plegarse al movimiento dirigido por Mitre y expandirlo por fuera de Buenos Aires. De tal modo, desplazó sus fuerzas desde Río Cuarto a San Luis consiguiendo la adhesión del gobierno que le despejó el avance sobre territorio mendocino y vencer la resistencia ofrecida por las fuerzas leales al gobierno enca- bezado por Civit. Las crónicas de la época ilustran las características de la movilización que cruzó el espacio provincial y cuyano: mientras Arredondo aumentó su fuerza en San Luis con 2.500 guardias nacionales, el coronel Catalán condujo 2.000 guardias nacionales de Mendoza con extrema dificultad frente a la persistente deserción de sus tropas que contribuyeron a la victoria del militar insurrecto. El éxito en Santa Rosa (29 de octubre) le abrió paso a la ciudad y a la formación de un gobierno provisional que incluyó a personajes vinculados con el gonzalismo que habían hecho suya la proclama dirigida por Mitre que denunciaba la injerencia de los “gobiernos electores”, y preservaba las libertades públicas. Pero el éxito de Arredondo duró poco: el 7 de diciembre, en el mismo esce- nario que le permitió conquistar la provincia cuyana, fue derrotado por su antiguo subalterno del Regimiento 6 12 Beatriz Bragoni, Los hijos de la revolución..., op. cit. 13 Dardo Pérez Guilhou, “Instalación del régimen municipal en Mendoza”, en Revista de Humanidades, tomo XXXVI, Universidad Nacional de La Plata, 1961, pp. 73-87. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 52.
    102 103 Ahora bien,si los resultados de ese tejido normativo e institucional podían ser sólo evaluados a futuro, la urgencia de la coyuntura requería de medidas complementarias orientadas especialmente a integrar los cuadros militares a las nuevas reglas del juego en los que estarían destinados a ocupar el lugar preservado en la carta cons- titucional. En tal sentido la política dirigida por el roquismo incidió notoriamente en la profesionalización de las Fuerzas Armadas a través de un variado repertorio de estímulos materiales con el fin de afianzar la obediencia al Estado nacional. Por una parte, la información suministrada por las memorias del Departamento de Guerra permite apreciar el aumento de las partidas presupuestarias destinadas a los sueldos de los oficiales. Según la memoria de 1883 el 70% del presupuesto estaba destinado al salario de los oficiales los cuales oscilaban entre 400 y 170 pesos para lo cuadros de mayor jerarquía, y entre 10 y 7 pesos mensuales para sargentos o suboficiales. Un estímulo adicional provino de la Ley de Premios (1884) a través de la cual el Congreso aprobó la distribución de las tierras ganadas en la campaña militar contra el mundo indígena que respetaba la jerarquía militar: por ella, los jefes de frontera recibieron 8.000 hectáreas; los jefes de batallones, 5.000; sargentos, 4.000; capitanes y ayu- dantes, 2.500; tenientes, 2.000; subtenientes y alférez, 1.500; en cambio, las lejanas tierras al sur del Río Negro, fueron repartidas entre la “tropa” en chacras de 100 hectáreas. La medida no dejó de despertar sospechas en relación a las eventuales consecuencias políticas y cultu- rales de la política de premios y compensaciones entre los beneficiarios de la iniciativa oficial. Al respecto, la opi- nión vertida por Alem resulta ilustrativa: “todos los días estamos viendo en la Cámara que todos los individuos que han hecho algún servicio, se creen con derecho a venir a pedirnos premios, jubilaciones o pensiones porque han servido ocho o diez años con honradez y rectitud, y generalmente se cree que se comete una gran injusticia no acor- dando el premio. Siguiendo este camino, llegamos a este resultado: que el cumplimiento del deber es una cosa tan rara que merece un premio”.20 Más allá de las variadas interpretaciones que puedan atribuirse al juicio emitido por quien todavía integraba las huestes del partido oficial, la cita reactualiza un dilema crucial de la cultura política argentina que hace de las relaciones entre el Estado y los grupos sociales (partidos, corporaciones, etc.) un asunto central de la agenda académica y política. BIBLIOGRAFÍA BOTANA, Natalio, El Orden Conservador, la política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1979. ___________________, La tradición republicana, Buenos Aires, Sudamericana, 1984. BRAGONI, Beatriz, Los hijos de la revolución. Familia, poder y negocios en Mendoza en el siglo XIX, Buenos Aires, Taurus, 1999. GALLO, Ezequiel, Alem. Federalismo y Radicalismo, Buenos Aires, Edhasa, 2009. HALPERIN DONGHI, Tulio, Proyecto y construcción de una nación: Argentina, 1846 1880, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1984. MACÍAS, Flavia, “De civicos a guardias nacionales. Un análisis del componente militar en la construcción de ciudadanía. Tucumán, 1840-1860”, en M. Chust y J. Marchena (eds.), Las armas de la nación. Independencia y ciudadanía en Hispanoamérica (1750-1850), Iberoamericana-Vervuert, 2007. OSZLACK, Oscar, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Planeta, 1997. SABATO, Hilda, “El ciudadano en armas: violencia política en Buenos Aires (1852-1890)”, en Entrepasados. Revista de Historia, año XII, Nº 23, 2002. _______________, Buenos Aires en armas. La revolución porteña de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. 20 Ezequiel Gallo, Alem. Federalismo y Radicalismo, op. cit. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN BEATRIZ BRAGONI - Milicias, Ejército y construcción del orden liberal en la Argentina del siglo XIX intermediación ejercida por grupos y liderazgos étnicos a través de un complejo e inestable engranaje de circuitos mercantiles, sociales y políticos. Desde luego, esa suerte de subordinación negociada de la nueva autoridad, repre- sentaba la contracara del amplio espectro de resistencias guerreras ofrecidas por quienes aspiraban a preservar las posiciones previas al nuevo esquema de poder, ni tampoco omitir el hecho de que la administración de los terri- torios nacionales descansó en el personal político y/o administrativo en abrumadora mayoría ajeno a los pueblos ori- ginarios. Tampoco las políticas de colonización emprendidas los tendrían como beneficiarios. De cualquier modo, la “conquista” del territorio exigió del personal militar y avanzó más allá del ejercicio guerrero en sentido estricto al convertirse en protagonistas de las “exploraciones” destinadas al recono- cimiento de los territorios preservados a la soberanía del Estado nacional. Para ello, en 1879, el gobierno nacio- nal creó la Oficina Topográfica Militar para dirigir (y centralizar) el relevamiento topográfico por parte de oficia- les del Ejército, y de una serie de expediciones científicas en el mar del sur en las cuales se destacaron oficiales de la marina. Esa producción de información cartográfica emanada de los expertos militares habría de ser decisiva para delimitar la jurisdicción territorial del Estado nación. Aun así, el control político de lo que hasta entonces había sido la frontera, y la conquista de obediencia de sus antiguos y nuevos pobladores requería la creación de lazos políticos, y esa razón explica las razones que impulsaron la instrumentación de las Guardias Nacionales en los territorios recién incorporados a la esfera de la nación, la cual iba a contrapelo de la ley nacional que había suprimido las milicias provinciales. La normativa y la práctica instituida habrían de capitalizar la experiencia mili- ciana inaugurada en tiempos de la Confederación aunque extirparía el derecho ciudadano que antes había tenido, circunscribiendo su accionar al servicio de las armas, despojándolo del sufragio y convirtiéndose en anticipo del servicio militar obligatorio prescripto por la Ley Ricchieri. También como antes, la implementación de la medida favoreció la erección de un elenco de funcionarios nacionales con potente arraigo territorial que tenían a su cargo el reclutamiento que, al arbitrar discrecionalmente la leva, la hacían recaer primordialmente en nativos e inmi- grantes, la mayoría de las veces ausentes de vínculos sociales condenándolos como antaño a integrar la lista de desertores por haber eludido el enganche.18 Con todo, la administración de Roca habría de acelerar el proceso de modernización y profesionali- zación de las Fuerzas Armadas, y la correlativa subordinación de éstas al poder civil. Por cierto, el arsenal de inno- vaciones introducidas durante el mandato constitucional no resultaba independiente de un ejercicio militar ensa- yado al servicio de la autoridad nacional, ni tampoco del clima político que lo convirtió en beneficiario exclusivo de la liga de gobernadores que lo convirtió en presidente. Poco antes de concluir su mandato, el presidente Nicolás Avellaneda había sido uno de los oradores en las ceremonias dispuestas por el gobierno con motivo de la repatriación de los restos de San Martín, y ese acontecimiento resultaba propicio para enfatizar que ningún poder podía erigirse por fuera del mandato constitucional que prescribía la subordinación del sable al poder civil. Asimismo, la revolución porteña que había desafiado a la autoridad nacional en la misma ciudad de Buenos Aires, había terminado de convencer a los todavía dudosos de que ningún gobernador podía estar habilitado a echar mano a las Guardias Nacionales. Ese diagnóstico de situación que ponía en un cono de sombras instituciones y estilos políticos medulares de la Argentina del siglo XIX, dio curso a una serie de innovaciones que estuvieron des- tinadas a monopolizar la fuerza pública en la esfera del Estado nación, y a la integración social y política de la pléyade de jefes, oficiales y tropa que habían tenido un lugar protagónico en la vida política. El mismo Leandro Alem que antes había defendido el derecho de los Estados provinciales a mantener una fuerza militar propia, preservó el papel del Ejército Nacional como “el guardián de nuestras instituciones”. El roquismo respondió a ese desafío a través de un repertorio de estímulos institucionales con resul- tados relativamente exitosos en el mediano plazo. A la supresión de las milicias provinciales (1880), le siguió una batería de disposiciones con el objetivo de profundizar la “interiorización” de la subordinación al poder civil que Sarmiento había iniciado décadas atrás con la creación del Colegio Militar (1869) y la Escuela Naval (1870). El giro modernizador del roquismo estuvo particularmente dirigido a afianzar la cadena de mandos, y por ello del Congreso Nacional emanaron la Ley de Reglamentación de Carrera de Oficiales (1882), la Ley de Estado Mayor y la Escuela de Cabos y Sargentos (1884) y la creación de la Escuela de Ingeniería Militar (1886).19 18 Marisa Moroni y José Manuel Espinosa Fernández, “El reclutamiento para la guardia nacional en la Pampa central argentina 1884- 1902”, en Manuel Chust y Juan Marchena (eds.), Las armas de la nación, op. cit., pp. 247-261. 19 Riccardo Forte, “Los militares argentinos en la construcción y consolidación del Estado liberal (1850-1890)”, en M. Carmagnanni (comp.), Constitucionalismo y orden liberal. América Latina 1850-1920, Torino, Otto editore, 2000, pp. 102-109. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 53.
    105 Los observadores dela política argentina entre 1820 y 1880 han señalado la participación popular como uno de sus rasgos característicos. Los primeros de ellos –José María Paz y Domingo Faustino Sarmiento– encontraban en las tendencias democráticas e igualitarias de la sociedad argentina inauguradas por la Revolución de Mayo el factor principal que explicaba esta participación, liderada desde la década de 1820 por los poderes militares provinciales a quienes estos observadores denominaban caudillos.1 Esta situación comenzó a cambiar después de la derrota de la Confederación Argentina en Pavón (septiembre de 1861) cuando, desde Buenos Aires y con el apoyo de las pequeñas oligarquías liberales provinciales, el gobierno central acorraló a los poderes mili- tares locales mediante la acción contundente del Ejército Nacional. En algunas provincias esta ampliación del orden estatal encontró resistencias populares que defendían la autonomía local y formas tradicionales de vida que se veían amenazadas a causa de esta violenta irrupción. En este trabajo me propongo comparar las formas de acción popular colectiva en dos provincias argentinas en las décadas formativas del Estado nacional: La Rioja en 1862-1863, cuando las milicias provinciales a las órdenes de Ángel Vicente Peñaloza (el “Chacho”) se levantaron contra la intromisión de las tropas porteñas, y Jujuy en 1873-1875 cuando una rebelión de campesinos indígenas en la puna puso en entredicho el derecho de propiedad y la estabilidad política de la provincia. En ambos casos, las autoridades encargadas de la represión calificaron de “montoneras” a estas movilizaciones y “montoneros” a los sectores rurales que las integraban, uni- ficando de manera discursiva dos fenómenos insurreccionales completamente diferentes. Este ejercicio de com- paración supone en primer lugar una descripción de los hechos, más conocidos en el caso de la rebelión chachista que en la de los indígenas de Jujuy. Luego ensayaré un cotejo de ambas situaciones en torno de los siguientes aspectos: contexto político, organización, liderazgo, motivación e ideología. 1 Eduardo Míguez, “Guerra y orden social. En los orígenes de la nación argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, 2003, pp. 17-38. Una aguda caracterización del caudillismo se encuentra en el “Estudio preliminar” de Tulio Halperin Donghi a Jorge Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argentinos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, pp. 19-48. Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) GUSTAVO L. PAZ UNTREF / CONICET 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN 2 CAPÍTULO
  • 54.
    106 107 batalla deLas Playas en junio de 1863. Peñaloza retornó a La Rioja donde a fines de ese año fue muerto a lanzazos frente a su familia por un destacamento del Ejército Nacional. En un acto que recordaba las atrocidades cometidas por las tropas rosistas en los primeros años de la década de 1840, la cabeza cercenada del “Chacho” fue puesta en una pica y exhibida públicamente como símbolo de castigo ejemplar para sus seguidores. Esta cruel acción mereció la condena de federales como José Hernández quien en su Rasgos biográ- ficos del general Ángel Vicente Peñaloza denunciaba a los liberales por el violento asesinato: “[E]l partido que invoca la ilustración, la decencia, el progreso, acaba con sus enemigos cosiéndolos a puñaladas”, mientras que los liberales porteños y provincianos (como Sarmiento) justificaban que ese castigo era el apropiado para un salteador que obstaculizaba la organización del país.4 ¿Por qué el federalismo era tan popular en La Rioja? La pregunta sobre la lealtad de la población rural al federalismo ya se la había hecho Sarmiento al reflexionar poco después de los hechos. Él encuentra en el árido paisaje de los Llanos riojanos (la “Travesía”) claves para entender este interrogante. En este páramo de pastos ralos y escasa agua, la pobreza de las poblaciones de raíz indígena, reducidas a una vida poco menos que miserable explica su participación en los alzamientos encabezados por el “Chacho”: los indígenas vivían a la margen de las escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman los “Pueblos”, villorios sobre terreno estéril, cuyos habitantes se mantienen escasamente del producto de algunas cabras que pacen entre ramas espinosas; y están dispuestos siempre a levantarse para suplir con el saqueo y el robo a sus necesidades… A estas causas de tan lejano origen se deben el eterno alzamiento de La Rioja y el último del Chacho.5 Estas poblaciones reducidas a la pobreza por siglos de dominación colonial libraban una guerra de recursos con las familias propietarias. La “venganza india”, al decir de Sarmiento, reconocía un origen de despojo: el arrebato de tierras y agua por las familias principales. Para ilustrar ese conflicto Sarmiento echa mano de la saga de la familia Del Moral, una de las más antiguas y ricas de La Rioja: La familia de los Del Moral hace medio siglo que viene condenada a perecer, víctima del sordo resen- timiento de los despojados. Para irrigar unos terrenos los abuelos desviaron un arroyo, y dejaron en seco a los indios ya de antiguo sometidos. En tiempo de Quiroga fue esta familia, como la de los Campos y los Doria, blanco de las persecuciones de la montonera. Cinco de sus hijos han sido dego- llados en el último levantamiento, habiendo escapado a los bosques la señora con una niña y cami- nando a pie dos días para salvarse de estas venganzas indias.6 Si bien las observaciones de Sarmiento identifican con perspicacia el núcleo del conflicto, las investi- gaciones recientes colocan esta tensión social en su precisa dimensión provincial y local. Ariel de la Fuente estudia las variaciones de la tenencia de la tierra en los distritos rurales rebeldes de Famatina y los Llanos para comprender el levantamiento liderado por el “Chacho”. En Famatina el monopolio del control de las mejores tierras y del agua para la irrigación por una pequeña elite imponía una relación muy tensa entre ella y los campesinos pequeños propietarios y sin tierras que constituían la amplia mayoría. En los Llanos, estancias agrícolo-pastoriles convivían con antiguos pueblos de indígenas con tenencia comunal de la tierra, con pequeños propietarios agricultores y pastores, y con ocupantes de tierras vacías. Este patrón más diverso y laxo de tenencia de tierras y la inexistencia de un abismo social entre los grandes propietarios (entre los cuales se contaba el “Chacho”) y los otros sectores rurales permitió a los primeros movilizar un número importante de seguidores de los Llanos en las rebeliones federales de 1862-1863. En Famatina, por el contrario, los campesinos rebeldes organizaron una matanza de terra- tenientes locales en medio de la rebelión cuyas raíces se hundían en el conflicto agrario local.7 Basado en una cuidadosa investigación en testimonios judiciales, De la Fuente delinea un perfil social de los “montoneros” chachistas muy alejado de los salteadores o delincuentes denunciados por Sarmiento. Quienes 4 José Hernández, Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza, Buenos Aires, Caldén, 1968 (1863), p. 131. 5 Domingo F. Sarmiento, Vida del Chacho, Buenos Aires, Caldén, 1968 (1868), pp. 80-81. 6 Ibid. 7 Ariel de la Fuente, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State Formation Process (La Rioja, 1853-1870), Durham, Duke University Press, caps. 2 y 3. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) La Rioja, 1862-1863. Federalismo y montoneras Inmediatamente después de la batalla de Pavón el gobernador de Buenos Aires y encargado del Poder Ejecutivo Nacional, Bartolomé Mitre, se lanzó a la conquista del interior. El primer problema que debió enfrentar su administración fue vencer las resistencias de las provincias, que desconfiaban de los planes políticos de los liberales de Buenos Aires y veían en el orden inaugurado en Pavón un nuevo intento porteño de avasallar sus autonomías. En el interior, el plan de Mitre fue aceptado sólo por una pequeña minoría. En varias provincias se impusieron gobiernos liberales que desplazaron a los federales después del triunfo de Buenos Aires en Pavón. La situación política de esta “elite letrada” era precaria: aisladas en las ciudades capitales no controlaban las áreas rurales ni movilizaban (salvo excepciones) a las milicias provinciales en favor de la causa liberal. En consecuencia dependían de la crecientemente activa intervención de las tropas nacionales para sostenerse en el poder.2 En el interior, el federalismo era la opción política de la mayoría. Los caudillos federales gozaban aún de gran popularidad y seguían el distante pero siempre presente liderazgo de Urquiza. Para ellos el triunfo de Buenos Aires sólo podía significar una mayor ruina para las provincias. Este sentimiento de desconfianza era más fuerte en las provincias del oeste del país, que resistieron más vigorosamente la reorganización política bajo lide- razgo porteño. Entre ellas La Rioja se destacó a lo largo de la década de 1860 por la fiereza de su resistencia (“reacción” era el término empleado por los liberales de la época) a la expansión del dominio de Buenos Aires y por la lealtad al federalismo y a Urquiza. Según observaba un corresponsal de Mitre en viaje por la región, el federalismo era muy popular en La Rioja donde había notado que allí reinaba la mazorca en todo el furor, pues que los militares vestían de chiripá, sabanilla y gorra, todo colorado, y que esta última llevaba una cinta de divisa del mismo color, y que á cara descubierta gritaban en las jaranas ¡Viva Urquiza! ¡Muera Mitre!3 Entre 1862 y 1863 la acción del caudillo riojano Ángel Vicente Peñaloza en defensa de la autonomía provincial fue decisiva. Liderando vastas montoneras de gauchos, campesinos de los Llanos de La Rioja y las pro- vincias vecinas, empobrecidos por la guerra civil y hambrientos de tierra y agua, y desplazado él mismo de la pree- minencia política por los gobiernos liberales apoyados por Buenos Aires, Peñaloza se rebeló contra el gobierno nacional en dos oportunidades. El gobierno nacional enfrentó la rebelión del federalismo del interior con violencia. La “guerra de policía”, como se llamó a la represión de los levantamientos acaudillados por el “Chacho”, estuvo a cargo de las tropas porteñas comandadas por los oficiales orientales veteranos de las guerras contra el rosismo (el general Wenceslao Paunero y los coroneles José Miguel Arredondo e Ignacio Rivas) en quienes Mitre había confiado esas tareas. Las operaciones fueron supervisadas por el comisionado de guerra y en breve gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento. En 1862 el “Chacho” movilizó sus tropas en apoyo del gobernador federal de Tucumán Celedonio Gutiérrez quien estaba amenazado por los hombres fuertes en el norte, los hermanos Taboada de Santiago del Estero que respondían a Mitre. Después de haber sido derrotado en Tucumán, el “Chacho” retornó a La Rioja y desde allí puso sitio y ocupó la ciudad de San Luis. Mitre autorizó al general Paunero a llegar a un arreglo de paz con Peñaloza prometiéndole una amnistía a cambio de la deposición de las armas por el Tratado de la Banderita en mayo de 1862. Peñaloza y los federales del interior esperaban ansiosamente que Urquiza se pusiera a la cabeza de un amplio movimiento que restaurara el predominio federal sobre el país y derrocara a Mitre. La paz con las fuer- zas nacionales les permitía ganar tiempo y recuperar las fuerzas de sus empobrecidos seguidores. El “Chacho”y Urquiza intercambiaron correspondencia en ese momento, pero el apoyo de Urquiza nunca se hizo efectivo. En 1863 la montonera del “Chacho” se movilizó una vez más. En carta al presidente Mitre explicaba las razones de su rebelión: los abusos cometidos por las tropas nacionales contra él y sus gauchos no le dejaban opción. Luego de haber apoyado una rebelión federal en Córdoba en mayo, fue completamente derrotado en la 2 Para una caracterización del período puede consultarse la introducción de Tulio Halperin Donghi en Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Buenos Aires, Ariel, 1995. 3 Carta de Juan Francisco Orihuela a Ricardo Vera, Jachal, 14 de septiembre de 1862, en Archivo del General Mitre, tomo XI, p. 258. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 55.
    108 109 de losLlanos) no era insalvable. Benjamín Villafañe nos recuerda en un pasaje de sus Reminiscencias históricas la relación llana que el “Chacho” establecía con sus gauchos, pero a la vez la disciplina y el respeto que éste les imponía: Es en Peñaloza ó Chacho, que he podido sorprender uno de los secretos de aquella extraña popula- ridad. Este hombre, sobresalía en las cualidades de fuerza y valor; pero he aquí algo mas que lo real- zaba en el concepto de sus iguales. Una, dos veces lo he visto rodeado de los suyos: tendía su poncho en la llanura y sentabase en una de sus extremidades con un naipe en la mano y un puñado de monedas á su frente. Lo he visto llamar á los gauchos que lo rodeaban, y ellos acudir á la carpeta donde figu- raban primero dos cartas, y en seguida otras dos, sobre las cuales cada concurrente depositaba su parada. Allí, sin espacio suficiente para asistir cómodamente á la fiesta, muchos de ellos agobiaban sin piedad sus espaldas. En tales momentos, nada había que lo distinguiese de los otros: jugaba, dis- putaba, apostrofaba, y sufría cuanta revancha y contradicciones le iban encima á consecuencia de sus trampas ó no trampas. Fatigado al fin, por lo que Darwin llamara la lucha por la vida, lo he visto ponerse de pié, la frente severa y altiva y decir á la turba – ¡Ea! Muchachos, cada uno á su puesto. Y entonces obedecer todos, sin chistar palabra como movidos por un resorte.11 Como ejemplo de esta identificación personal con el líder valga el caso de un gaucho que gritaba en una pulpería de Caucete, San Juan, en junio de 1862, “Me cago en los salvajes [unitarios], soi hijo de Peñaloza y por él muero, si hai alguien que me contradiga salga a la calle; por los salvajes ando jodido… y no me he de des- decir de lo que digo aunque me metan cuatro balas”.12 Esta identificación, que desde Max Weber caracterizamos como una de las manifestaciones del “carisma”, se complementaba con una ideología que daba sentido al movimiento montonero del “Chacho”. Era ella la defensa del federalismo frente al gobierno de Buenos Aires, tradición en parte heredada de las experiencias políticas pro- vinciales de la primera mitad del siglo XIX y en parte reforzada por la violencia de la represión ejercida por los ejércitos porteños en 1862-1863. Un enviado del gobernador Mitre a las provincias le refería el terror que causaban las tropas porteñas al avanzar sobre las poblaciones rurales de La Rioja: Pude convencerme á las muy pocas leguas de la villa de Famatina, del terror que inspiran los soldados del comandante Arredondo, puesto que la gente del campo confundía á los cuatro gendarmes de la policía de San Juan que me acompañan con soldados del ejército de Buenos Aires. Se veía a mi llegada á cada pequeño pueblo, huir los hombres á los cerros… Probablemente se figuraban que mi gente era vanguardia del terrible comandante Arredondo, verdadera pesadilla de las chusmas de estos lugares.13 Según De la Fuente, el federalismo aparecía ante los gauchos como la opción política que prevenía que la provincia fuera invadida por las fuerzas porteñas. El corazón de esta adhesión residía en lo que el autor denomina “identidad federal” anclada en los clivajes sociales de la campaña riojana que hacía del federalismo el campeón de los pobres rurales contra los más ricos propietarios y comerciantes identificados como “unitarios” o liberales, de la religión católica contra la impiedad de sus enemigos “masones”, y de los “negros” contra los “blancos”, variable étnica presente en una sociedad donde la mayoría descendía de indígenas o africanos.14 Que el federalismo constituía la ideología unificadora de estos movimientos queda revelado por la continuidad de los alzamientos luego del asesinato de Peñaloza. En los años 1866 y 1867 se sucedieron dos oleadas de alzamientos federales en Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja y Catamarca. La “Rebelión de los colorados” llegó a tomar el poder brevemente en Mendoza amenazando a las provincias vecinas. El caudillo catamarqueño Felipe Varela se levantó contra el gobierno nacional al grito de “Federación o Muerte” y “Viva la Unidad Americana”. Varela luchaba a favor de las autonomías provinciales y en contra de la política exterior del gobierno nacional que estaba en guerra con el Paraguay, muy impopular en el interior a causa de los reclutamientos forzosos de 11 Benjamín Villafañe, Reminiscencias históricas de un patriota, Tucumán, Banco Comercial del Norte, 1977, pp. 60-61. 12 Citado por Ariel de la Fuente en “El Chacho, caudillo de los llanos”, en Jorge Lafforgue (ed.), Historias de caudillos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, p. 325. 13 Carta de Régulo Martínez al General Mitre, La Rioja, 14 de enero de 1863, en Archivo del General Mitre, tomo XI, pp. 265-266. 14 Ariel de la Fuente, Children of Facundo, op. cit., caps. 7 y 8. se sumaron a las movilizaciones lideradas por el “Chacho” provenían en su mayoría de la provincia de La Rioja y en menor medida de las limítrofes San Juan y Catamarca. De entre los riojanos la composición entre llanistas y de los departamentos de los valles se daba en igual proporción, destacándose entre los últimos los de Famatina. La mitad de los que declararon ocupación ante los jueces manifestaron ser “labradores”, una categoría muy amplia que englobaba a campesinos propietarios de tierras, arrendatarios, agregados, pero no a peones y jornaleros que junto a artesanos y arrieros constituían un 40% del total de ocupados. De los 66 que declararon sus edades, 46 tenían entre 21 a 40 años, y de los 64 que manifestaron su estado civil, 36 eran casados. Una abrumadora mayoría no sabía leer ni escribir. Es decir, la tropa chachista reflejaba la estructura social del ámbito donde se reclutaba.8 De la Fuente muestra también un patrón de ordenamiento jerárquico en la organización de las mon- toneras modelada en las milicias provinciales. La adhesión a la causa del “Chacho” podía ser espontánea, pero una vez incorporados a sus filas se establecía una jerarquía de mandos basada en la posición que los individuos tenían en la sociedad o en sus experiencias políticas y militares previas que se esperaba fuese respetada. Esta jerarquía se evidenciaba en las órdenes escritas dictadas por los oficiales y exigidas por los subalternos en casos de decomisos de hacienda o mercaderías y de ejecuciones de enemigos políticos, y en los consejos de guerra que se formaban para sancionar indisciplinas. Las motivaciones de los movilizados en las montoneras eran varias. En primer lugar las había de orden material. Los montoneros eran movilizados con promesas de compensación material tanto en dinero como en la distribución de bienes de acceso restringido como carne, calzado y ropa. Los jefes montoneros eran los encar- gados del reparto de estos bienes entre sus seguidores; su incumplimiento podía acarrear la deserción de las tropas. Una carta de Peñaloza al general Paunero solicitando a Mitre una subvención nacional para reparaciones de gue- rra en La Rioja da cuenta de esa necesidad de distribuir bienes entre las tropas para evitar el desbande: Se encuentran innumerables familias no solamente privadas de todo recurso con que antes pudieran contar, sino reducidas también a la más completa orfandad, por haber perecido en la guerra las per- sonas que pudieran proporcionarles la subsistencia. Todos los días estoy recibiendo en mi casa estos infelices, y por más que yo desee remediar siquiera sus más vitales necesidades, no puedo hacerlo después de haber sufrido yo el mismo contraste; mis tropas impagas y desnudas, y sin hallar recurso para tocar para el remedio de estas necesidades.9 A pesar de estas dificultades el “Chacho” logra levantar nuevamente una montonera en 1863. De la Fuente ensaya una explicación convincente para este fenómeno centrada en la identificación entre líder y segui- dores que ya habían observado los partícipes de los sucesos. El mismo “Chacho”, en carta al coronel Marcos Paz, comisionado de Guerra en Córdoba y futuro vicepresidente, reflexionaba sobre las bases de su popularidad: ¿[P]orque tengo algún prestigio y simpatía entre mis conciudadanos? Esa influencia, ese prestigio lo tengo porque como soldado e conbatido al lado dellos por espacio de cuarenta y tres años compar- tiendo con ellos los asares de la guerra los sufrimientos de la campaña las amarguras del destierro y e sido con ellos mas que Gefe un padre que mendigando el pan del estranjero prefiriendo sus nece- sidades a las mias propias. Y por fin porque como Argentino y como Riojano e sido siempre el pro- tector de los desgraciados sacrificando lo ultimo que e tenido para llenar sus necesidades, constitu- yendome responsable de todo y con mi influencia como Gefe asciendo que el Gobierno Nacional buelba sus ojos a este pueblo miserable bigtima de las intrigas de sus propios hijos obteniendo hasta bajo mi responsavilida particular, cantidades que llenen las necesidades de la Provincia. Acies Sor. como tengo influencia y mal que pese la tendré.10 La influencia y el prestigio del “Chacho” se fundaban en la identificación entre él y sus gauchos basada en una matriz cultural común y una distancia social que, si bien existente (él era uno de los principales propietarios 8 Ariel de la Fuente, “‘Gauchos’, ‘montoneros’ y ‘montoneras’”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos riopla- tenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 267-291. 9 La Rioja, 21 de julio de 1862, en Archivo del General Mitre, tomo XI, pp. 186-188. 10 Carta de Peñaloza a Marcos Paz, 29 de marzo de 1862, en Félix Luna, Los caudillos, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971, p. 210. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 56.
    110 111 vecindad) sesumaban a la manifestación de descontento. Un ejemplo de ellas es el motín que estalló a fines de 1857 contra la Receptoría de la Aduana Nacional en Yavi . Unos treinta campesinos armados con sables y espadas irrumpieron en el pueblo, rodearon la Receptoría y, luego de romper la puerta a hachazos, penetraron en ella y la saquearon prolijamente llevándose más de doscientos pesos en plata, cucharas y platos, ropa, sábanas y los libros y documentos de la Aduana, en los que estaban asentadas las deudas y multas impagas con la misma. Luego del saqueo los amotinados se retiraron rápidamente del pueblo y se refugiaron en las serranías cercanas. Pocas horas después fueron sorprendidos ocultos en los cerros por el cura y el juez de paz de Yavi, ante quienes se rindieron. Al devolver los bienes saqueados, sólo faltaban la casi totalidad del dinero (posiblemente el producto de las multas) y los libros de la Receptoría. La violencia había durado poco y había afectado exclusivamente a la Aduana. El motín cuestionaba a la vez los derechos aduaneros y la manera abusiva de su cobro. La Aduana Nacional era una institución nueva en la zona, establecida en 1853 al nacionalizarse las aduanas provinciales. El celo del administrador, que se excedió en el cobro de las multas pero no en el procedimiento de recaudación, reflejaba la reacción de los campesinos a una institución implantada recientemente que dificultaba movimientos estacionales de mercancías a ambos lados de la frontera internacional y gravaba fuertemente el tránsito de esas mercancías. El reclutamiento de la Guardia Nacional (creada en la década de 1850) en los departamentos rurales era también un factor de conflicto. En ocasiones las autoridades departamentales aprovechaban la reunión de las mismas para exigirles a los campesinos que abonaran sus impuestos o simplemente para hacerlos trabajar en obras públicas. En 1873, por ejemplo, 235 campesinos del departamento de Rinconada presentaron un escrito al gobernador detallando los abusos cometidos el año anterior por Anselmo Estopiñán, comandante local de la Guardia Nacional y gran propietario. Además de haberlos convocado varias veces al pueblo, con los consiguientes gastos de traslado desde sus lugares de residencia, una vez allí les había cobrado multas y, en combinación con el sacerdote, había forzado varios matrimonios por los que los campesinos debían abonar un derecho. En esa ocasión Estopiñán había dicho que “los haría marchar hasta emparejar la plaza [de Rinconada], ahora me han de conocer estos indios ojotudos”.16 Desde comienzos de la década de 1870 las tensiones entre campesinos y autoridades provinciales derivaron en un conflicto más complejo y profundo. Si hasta entonces las protestas campesinas se alzaban contra los abusos cometidos por parte de funcionarios locales o de instituciones nuevas, a partir de ese momento los campesinos comenzaron a poner en entredicho la legitimidad de la propiedad de las tierras. La cuestión de las tierras fue planteada a fines de 1872 por medio de una denuncia presentada por arrenderos de la finca Cochinoca y Casabindo ante el gobernador de la provincia. En ella sostenían que estas tierras estaban ilegítimamente en manos de Fernando Campero, quien no contaba con los debidos títulos de propiedad. El gobierno provincial acogió favorablemente la denuncia y decidió traspasar la propiedad de estas fincas a la esfera provincial luego de comprobar la endeblez de los títulos de propiedad. La decisión oficial y el éxito de la demanda campesina impulsaron a los arrenderos de otras fincas de la puna a denunciar como fiscales las tierras que habitaban, al mismo tiempo que se negaban al pago de los arriendos a sus propietarios. Durante 1873 la protesta se manifestó con una creciente violencia en toda la puna, en particular en Yavi, donde los indígenas sitiaron la cabecera del departamento en dos oportunidades. Cabe recordar que Yavi era a la vez casa de la hacienda, sede de las autoridades locales y de la Aduana, única institu- ción nacional que existía en esa lejana zona, y que la principal autoridad del departamento cumplía al mismo tiempo la función de administrador de la finca. El sitio del pueblo por los campesinos significaba un abierto desafío tanto a las autoridades provinciales como al propietario de la hacienda. El liderazgo de la insurrección campesina estaba en manos de un arrendero de Yavi, Anastasio Inca, quien recorría toda la puna incitando a la rebelión y demandando colaboraciones para el mantenimiento de los indígenas movilizados por “el asunto comunidad”. Durante la primera mitad de 1874 se hizo evidente que las autoridades provinciales no controlaban los distritos rurales de la puna. Las cabeceras de los departamentos estaban aisladas en un medio rural hostil, recorrido por bandas armadas de campesinos que se enfrentaban en esporádicas escaramuzas con las escasas patrullas mili- tares que el gobierno de la provincia enviaba en ayuda de esas poblaciones. En una de esas escaramuzas perdió la vida Anastacio Inca. 16 Gustavo L. Paz, “Resistencia y rebelión campesina en la puna de Jujuy, 1850-1875”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, vol. III, Nº 4, 1991, pp. 63-89. gauchos para las tropas nacionales que eran enviados semidesnudos y engrillados para el frente. Las montoneras de Varela fueron desbandadas por las tropas nacionales, y el caudillo y sus seguidores debieron huir hacia el norte perseguidos por el Ejército. Las autoridades nacionales extendieron su control efectivo en el oeste del país apo- yadas en la fuerza que les daba el manejo del Ejército. Jujuy, 1872-1875. Comunidad y rebelión indígena La recuperación del poder por la elite de familias prominentes de Jujuy en 1852 brindó la estabilidad política necesaria para consolidar el orden en la campaña provincial luego de un largo período de tensiones sociales que había comenzado con la movilización campesina durante la Guerra de la Independencia y los conflictos civiles que la sucedieron. La restauración del orden en las áreas rurales se basaba en el control de la propiedad de la tierra (la elite urbana de Jujuy poseía más de la mitad de las tierras de la provincia), la extensión y consolidación del arriendo, la fijación de la mano de obra mediante la aplicación de la papeleta de conchabo y el monopolio de la provisión de crédito. Sólo en aquellas zonas de alta densidad de población indígena (la quebrada de Humahuaca y la puna) la sobrevivencia o el recuerdo de instituciones comunales podían desembocar en un desafío al orden rural resta- blecido por la elite provincial. Desde la década de 1840 el Estado provincial colaboró a consolidar el orden en la quebrada de Humahuaca al implementar una política de tierras que favoreció su traspaso y concentración en manos privadas mediante la abolición legal de las comunidades indígenas, la aplicación de la enfiteusis a las tierras ante- riormente bajo su control y su posterior venta.15 El orden rural fue alterado a mediados de la década de 1870 por la rebelión del campesinado indí- gena de la puna. Allí la endeblez de los títulos de propiedad coloniales de algunos de los hacendados y el recuerdo de un pasado de vida comunal impulsaron a los indígenas a desafiar abiertamente la legitimidad del derecho de propiedad. Los distritos de la puna constituían el caso más notorio de concentración de la propiedad de la tierra en la provincia. A mediados del siglo XIX una decena de grandes propietarios monopolizaban sus tierras, entre los cuales se destacaba Fernando Campero, heredero del ex marquesado del valle de Tojo. Residente en Bolivia, Campero era propietario de las fincas Cochinoca y Casabindo, que con 200.000 hectáreas abarcaba la totalidad del departamento de Cochinoca, y de Yavi que con una extensión de 100.000 hectáreas comprendía la mayor parte de las tierras del distrito homónimo. La enorme mayoría de la población de la puna eran arrendatarios (“arrenderos”) que pagaban una renta a los propietarios, en su mayoría ausentistas. Además de los arriendos, desde 1855 los indígenas pagaban al Estado provincial un impuesto llamado “contribución mobiliar” de un 5% sobre las crías y las cosechas anuales. El Estado dele- gaba el cobro de este impuesto en particulares quienes generalmente eran comerciantes o mineros asentados en las cabeceras de los departamentos que actuaban a la vez como jueces de paz y comisionados municipales. La recaudación de arriendos y contribución mobiliar, las multas excesivas y los atropellos de las auto- ridades locales constituían situaciones conflictivas frente a las cuales los indígenas puneños reclamaban la inter- vención de la autoridad superior. Estos reclamos no se canalizaron por vía judicial sino mediante el despliegue de una amplia gama de estrategias de resistencia que iban desde la presentación de petitorios a las autoridades hasta el estallido de motines dirigidos a corregir lo que consideraban abusos. Con frecuencia los campesinos apelaban mediante petitorios escritos la intervención del gobernador a quien recurrían reconociéndolo como única instancia para que sus demandas fueran oídas y resarcidas. Los cam- pesinos aludían a él como “padre de pobres y huérfanos”, “memorable padre de la patria”, “padre de nosotros” a quien le reconocen su “paternal protección” y “bondad y rectitud” como incuestionables virtudes. Las quejas recaían invariablemente en las autoridades locales que los campesinos debían soportar día a día, sin cuestionar el sistema de autoridad. La corrección debía llegar desde la autoridad más alta y aplicarse por vía de una reparación del mal denun- ciado o por el restablecimiento de prácticas tradicionales de la costumbre. Pero en ocasiones los campesinos puneños recurrían a protestas más violentas. Su organización era espontánea y sus participantes eran aquellos directamente afectados o los que por solidaridad (de parentesco, de 15 Gustavo L. Paz, “Las bases agrarias de la dominación de la élite: tenencia de tierras y sociedad en Jujuy a mediados del siglo XIX”, en Anuario IEHS, Nº 19, Tandil, 2004, pp. 419-442. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 57.
    112 113 Conclusiones comparativas Lacomparación de estas dos situaciones de resistencia popular tan disímiles girará en torno de los siguientes aspectos: contexto político, organización, liderazgo, motivación e ideología. Si bien los contextos políticos de ambos levantamientos eran muy diferentes puede encontrarse una similitud significativa entre ellos. La reacción riojana al avance de Buenos Aires después de Pavón y el levanta- miento indígena de la puna de Jujuy enmarcado en la rebelión mitrista de 1874 tenían como referentes políticos a dos fuerzas opositoras al gobierno nacional en franca declinación. Tanto el federalismo urquicista en la década de 1860 como el mitrismo en la de 1870 eran fuerzas en retirada que habían perdido apoyos en las provincias y la iniciativa política en el ámbito nacional. Entre las numerosas diferencias entre ambos contextos una es fundamental para comprender la represión más rápida y eficaz de la rebelión de Jujuy con respecto a la de La Rioja. Mientras que a comienzos de la década de 1860 la expansión de las instituciones nacionales estaba en su fase inicial, a mediados de la siguiente algunas de esas instituciones contaban ya con una fuerte presencia en las provincias y cola- boraban activamente en poner término a los conflictos locales y sus potenciales proyecciones nacionales. Entre ellas se destacaba el Ejército Nacional que se constituyó crecientemente en árbitro de las situaciones políticas provinciales. Un segundo aspecto lo constituye la organización de los levantamientos. Las montoneras riojanas del “Chacho” podían enorgullecerse de ser herederas de una tradición miliciana que se remontaba por lo menos a la década de 1820 y cuyo poderío había dado a Facundo Quiroga el predominio político sobre las provincias del interior entre 1825 y 1835. La existencia de jerarquías militares en el seno de las milicias chachistas, la circulación de órdenes escritas, y el mantenimiento de una disciplina de corte militar formaban parte de esa herencia. En contraposición, los indígenas de Jujuy habían sido movilizados sólo en dos breves períodos: durante las guerras de la independencia en la década de 1810 y durante la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana (1837- 1839), en esta oportunidad a favor de Bolivia. Desde la finalización de esa guerra los jefes étnicos de la puna negociaron con el gobierno provincial el pago de un tributo a cambio de la excepción al reclutamiento militar. Esta situación cambió en 1853 cuando fueron incorporados a la Guardia Nacional de reciente creación, no sin una recurrente resistencia a esta forma de reclutamiento por parte de los indígenas. Un tercer aspecto se refiere a las características de los liderazgos rebeldes. Los levantamientos de La Rioja presentaban liderazgo que podemos considerar carismático basado en una familiaridad cultural y una pro- ximidad social entre líder y seguidores. Como líder o caudillo, Peñaloza era percibido por sus gauchos como uno de ellos pero de calidad superior, que concitaba simpatía y admiración pero a la vez respeto y obediencia. Los montoneros seguían a Peñaloza porque se identificaban con él. En la rebelión de los indígenas de la puna de Jujuy se sucedieron dos tipos de liderazgo. En los comienzos del alzamiento Anastasio Inca ejerció un liderazgo de tipo étnico, indígena, que avanzaba las reivindicaciones comunales apelando a la memoria de una vida comu- nitaria previa. Luego de su muerte se impuso (no está claro si los rebeldes lo buscaron) un liderazgo externo, cir- cunstancial y más táctico. Laureano Saravia, comerciante criollo sin acceso a la propiedad de la tierra, alineado con el derrocado mitrismo, eslabonó una alianza con los cabecillas indígenas que los introdujo de lleno en las disputas políticas provinciales y nacionales. Si bien los rebeldes indígenas no abandonaron sus reivindicaciones originales, su consecución quedó subordinada a las disputas políticas de las elites. Sin duda la vinculación simbólica con el líder era un factor importante para explicar las motivaciones y lealtad de los seguidores, pero su movilización presentaba también aspectos materiales. En La Rioja la compen- sación material, el pago de una suma de dinero y la provisión de alimentos, y vituallas (ropa, bebida y tabaco) era esperada por los montoneros. Peñaloza se desesperaba cuando no podía proveer a sus gauchos de dinero y bienes materiales porque sabía que a pesar de su influencia y prestigio no podría conservarlos movilizados. Buena parte de su influencia estaba basada en esa capacidad de distribución de bienes materiales. En Jujuy se observa lo contrario, los líderes étnicos del levantamiento requirieron la colaboración de los indígenas con módicas sumas de dinero para costear la organización del movimiento campesino. En ningún momento los indígenas movilizados parecen haber obtenido de sus líderes beneficios materiales, más allá del ocasional y modesto botín producto del saqueo de edificios públicos. En ambas rebeliones había motivos que excedían los aspectos simbólicos y materiales que se han mencionado: en ellas puede reconocerse un mundo de ideas que proporcionaban una causa por la cual pelear. En este aspecto las diferencias entre ambos movimientos son muy notables. En la rebelión riojana el federalismo ofrecía al “Chacho” y sus montoneros una ideología de oposición convocante y aglutinante que apelaba a tradi- ciones provinciales de movilización desde la primera mitad del siglo XIX. El federalismo proveía a los rebeldes un A mediados de 1874 la rebelión se combinó con la contienda electoral por la sucesión presidencial que enfrentaba al candidato oficial Nicolás Avellaneda con el opositor Bartolomé Mitre. En julio de ese año la facción provincial que apoyaba la candidatura de Avellaneda derrocó al gobernador mitrista Teófilo Sánchez de Bustamante. El nuevo gobernador, José María Álvarez Prado, decretó la restitución de la finca Cochinoca y Casabindo a Fernando Campero el 3 de julio se 1874, aunque la provincia se reservó el derecho de aclarar su defi- nitiva propiedad ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación.17 La restitución de las tierras a Campero desencadenó la fulminante expansión de la rebelión campe- sina por toda la puna. En la noche del 12 al 13 de noviembre de 1874 ocurrió un violento ataque al pueblo de Yavi: unos trescientos campesinos penetraron en el pueblo, luego de una breve resistencia de la Guardia Nacional que huyó al verse rebasada. Los indígenas saquearon la casa de la finca y la Aduana, hirieron a su administrador, a su esposa y a su madre, mataron a su hermano y se retiraron a la madrugada. En un informe al gobernador se afirmaba que la invasión se había hecho al grito de “¡Viva el General Mitre i D. Teófilo Sánchez de Bustamante!”. De este modo la conexión del movimiento campesino con la política nacional, y sus correlatos locales era evidente. Ésta era señalada por el comisionado político del gobernador en la puna quien afirmaba: Los indios alucinados con las promesas que les hacen los antiguos explotadores de su credulidad é ignorancia de que ha de producirse el trastorno general el día 13 del corriente [octubre] del que resultará la Presidencia del Brigadier Mitre, quien les ha de dar la posesión de las tierras denunciadas como fiscales.18 En la visión oficial, el mitrismo provincial derrocado y sus seguidores locales en la puna explotaban la credulidad indígena. Señalaban a Laureano Saravia, quien había sido comisario de policía de Santa Catalina y puntal mitrista en la zona, quien eslabonó una alianza con los líderes del movimiento campesino. Hacia fines de 1874 Saravia conducía la rebelión, dándole al movimiento campesino una cohesión mayor de la que había tenido hasta ese momento.19 A partir del ataque a Yavi el número de campesinos rebeldes aumentaba día a día. Los partes de las autoridades reflejaban dramáticamente el fortalecimiento de la rebelión: el 18 de noviembre reportaban que los rebeldes eran 500; el 21 ascendían a 700 y para el 25 de ese mes llegaban ya a 1.000, de los cuales 200 a 300 estaban armados con fusiles. Parecía haber un plan en el desarrollo de la rebelión. Saqueado Yavi, los campesinos rebeldes destruyeron la población de Santa Catalina, se dirigieron luego a Rinconada, que atacaron a fines de noviembre, y de allí a Cochinoca que tomaron a comienzos de diciembre. A fines de 1874 toda la puna estaba bajo control rebelde. Desde Buenos Aires le urgían al gobierno de Jujuy que terminara con la rebelión a la que veían como el último baluarte mitrista del país. El gobernador Álvarez Prado se puso al frente de una fuerza de 300 hombres de la Guardia Nacional de Jujuy; al aproximarse a Cochinoca fue derrotado por los indígenas. Poco después lle- garon refuerzos de la Guardia Nacional de Salta movilizada por orden del gobierno nacional. El gobernador reemprendió la campaña y el 4 de enero de 1875 se enfrentó con los rebeldes en las serranías de Quera. La derrota de los rebeldes fue completa. Saravia huyó a Bolivia con unos pocos cabecillas indígenas; el resto de los líderes murieron en combate, fueron fusilados poco después en la plaza mayor de Cochinoca o conducidos prisioneros a la ciudad de Jujuy y empleados en trabajos forzados. En su informe oficial, el Gobernador reportaba con orgullo que en Quera había sido aplastada “la última montonera que subsistía en la República”.20 Inmediatamente después de la batalla las autoridades provinciales y los propietarios restablecieron el orden terrateniente en la puna y evitaron que la protesta campesina se extendiera a otras áreas de la provincia que permanecieron totalmente tranquilas. La puna fue ocupada militarmente por un destacamento del Regimiento 12 de Línea cuyos uniformes y armas fueron costeados por el mismísimo Fernando Campero. La violencia campe- sina había sido suprimida y el orden restablecido en la puna de Jujuy. 17 Gustavo L. Paz, “El gobierno de los conspicuos. Familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política. Armas, votos y voces en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, FCE, pp. 423-442. 18 Archivo Histórico de la Provincia de Jujuy, Yavi, 1-10-1874. 19 Gustavo L. Paz, “Liderazgos étnicos, caudillismo y resistencia campesina en el norte argentino a mediados del siglo XIX”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), op. cit., pp. 319-346. 20 Parte detallado del Gobernador en campaña al Exmo. Gobernador Delegado sobre la sublevación de los Departamentos de la Puna, Jujuy, Imprenta “El Pueblo”, 1875. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN GUSTAVO L. PAZ - Resistencias populares a la expansión y consolidación del Estado nacional en el interior: La Rioja (1862-1863) y Jujuy (1874-1875) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 58.
    114 entramado ideológico centradoen la defensa de la autonomía provincial contra el avasallamiento porteño, del catolicismo contra los masones y de los pobres contra las familias poderosas en la guerra social por recursos que libraban desde antaño. A la vez esta ideología trascendía la realidad provincial y los vinculaba a otras luchas (reales o posibles) y a líderes indiscutidos (Urquiza) con proyección nacional. En la puna de Jujuy los rebeldes indígenas compartían una ideología basada en el recuerdo de una organización comunitaria, que aspiraba a la recuperación de tierras ancestrales usurpadas en el pasado por los terratenientes con anuencia (o desidia) del gobierno. La relación entre esas comunidades y el Estado se basaba en la apelación a un pacto de inspiración colonial que hacía de la protección de los indígenas y sus tierras comunales un deber. Este pacto, reeditado en la provincia de Jujuy en 1840 se había roto en 1853 cuando una nueva autoridad, esta vez supraprovincial, forzó la instalación de institu- ciones hasta entonces desconocidas, como las Aduanas y la Guardia Nacional que estorbaban la vida de los indí- genas. Pero la ideología sustentada por los rebeldes puneños era meramente local y no encontraba eco siquiera en el campesinado de otras zonas de la provincia. Comparada con el federalismo sustentado por los montoneros riojanos, la ideología comunitaria indígena no era convocante para otros sectores de la sociedad. Y el declinante mitrismo sólo les proporcionó una efímera vía para la consecución de sus reivindicaciones comunitarias. Con sus profundas diferencias, ambos movimientos rurales constituyen dos instancias de resistencia a los ajustes que experimentaron las sociedades locales del interior argentino desde 1860 cuando la expansión de las agencias estatales nacionales englobó a poblaciones hasta entonces afectadas primordialmente por las acciones políticas de las elites provinciales. Desde mediados de la década de 1870 la consolidación del Estado nacional en el interior puso punto final a las resistencias populares. La era de las montoneras había llegado a su fin. BIBLIOGRAFÍA CHÁVEZ, Fermín, Vida del Chacho, Buenos Aires, Theoría, 1974. DE LA FUENTE, Ariel, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State Formation Process (La Rioja, 1853-1870), Durham, Duke University Press, 2000. ___________________, “’Gauchos’, ‘montoneros’ y ‘montoneras’”, en Noemí Goldman y Ricardo Salvatore (comps.), Caudillismos rioplatenses. Nuevas miradas a un viejo problema, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 267-291. ___________________, “El Chacho, caudillo de los llanos”, en Jorge Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argen- tinos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, pp. 325-342. HALPERIN DONGHI, Tulio, “Estudio preliminar”, en J. Lafforgue (ed.), Historias de caudillos argentinos, Buenos Aires, Alfaguara, 2000, pp. 19-48. ______________________, Proyecto y construcción de una nación (Argentina 1846-1880), Buenos Aires, Ariel, Biblioteca del Pensamiento Argentino, 1995. LUNA, Félix, Los caudillos, Buenos Aires, Peña Lillo, 1971. MÍGUEZ, Eduardo, “Guerra y orden social. En los orígenes de la nación argentina, 1810-1880”, en Anuario IEHS, Nº 18, Tandil, Universidad Nacional del Centro, 2003, pp. 17-38. PAZ, Gustavo L., “Las bases agrarias de la dominación de la élite: tenencia de tierras y sociedad en Jujuy a mediados del siglo XIX”, en Anuario IEHS, Nº 19, 2004, pp. 419-442. ______________, “El gobierno de los conspicuos. Familia y poder en Jujuy, 1853-1875”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.), La vida política. Armas, votos y voces en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 423-442. ______________, “Liderazgos étnicos, caudillismo y resistencia campesina en el norte argentino a mediados del siglo XIX”, en N. Goldman y R. Salvatore (comps.), Caudillismos rioplatenses, Buenos Aires, Alfaguara, 1998, pp. 319-346. ______________, “Resistencia y rebelión campesina en la puna de Jujuy, 1850-1875”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, vol. III, Nº 4, 1991, pp. 63-89. SARMIENTO, Domingo F. y José Hernández, Proceso al Chacho, Buenos Aires, Caldén, 1968. VILLAFAÑE, Benajmín, Reminiscencias históricas de un patriota, Tucumán, Banco Comercial del Norte, 1977. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 59.
    117 Cuando después delargos años de luchas civiles y de una guerra fluvial con las dos primeras poten- cias mundiales, comenzó tras la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) el proceso de organización nacional, el país se hallaba inerme, como en otras etapas de su historia. Los ejércitos y escuadras servían para un fin determi- nado y eran reducidos o prácticamente desarmados hasta que un nuevo peligro obligaba a comprar apresurada- mente armas vetustas y buques inapropiados para salir del paso. Buenos Aires, que injustificadamente suponía en el director provisorio de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, el afán de perpetuarse en el poder como el derrocado Juan Manuel de Rosas, se alzó en armas el 11 de septiembre de 1852, separándose del resto del país. La segregación implicó la movilización de tropas y naves en ambos bandos. Buenos Aires, mejor pro- vista económicamente, logró formar unidades de línea y de la Guardia Nacional, para resistir al sitio terrestre impuesto por las fuerzas de la Confederación. También pudo constituir una pequeña escuadra con el objeto de enfrentar a los buques confederados. Luego de intensos combates en distintas zonas de la ciudad, el gobierno porteño, con el objeto de poner fin a aquella desgastante lucha, adoptó un arbitrio tan innoble para el que lo recibía como para el que lo daba. El oro derramado entre las tropas al mando del general Hilario Lagos, y entre- gado “de espaldas, como merece una traición” –eufemismo poco eficaz para justificar la acción de quienes con- currieron a poner en manos del comodoro norteamericano John Halstead Coe, jefe de la marina confederada que había sido un valiente subordinado de Brown en la guerra contra el Imperio del Brasil, las talegas con “el vil metal”–, obligó a aceptar la ausencia de Buenos Aires en el Congreso General Constituyente de 1853. Esto dio lugar a que, meses más tarde, ésta se diera su propia Carta y se convirtiera en una entidad política independiente. Aceptada la fórmula de status quo, cada parte trató de vivir su propia existencia, hasta que el ahogo económico de la Confederación la llevó a romper relaciones con el Estado rebelde, justificando su actitud en la postura asumida por sus dirigentes ante el asesinato del ex gobernador de San Juan, Nazario Benavídez. La nación, regida por Urquiza desde Paraná, que apenas contaba con el ejército entrerriano financiado por éste de su propio peculio, logró remontar con gran esfuerzo tropas en las provincias del Litoral y adquirir algunas peque- ñas naves a las que se colocaron cañones de escaso poder ofensivo. Buenos Aires, que tenía abierta una delicada De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica” MIGUEL ÁNGEL DE MARCO UCA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN 2 CAPÍTULO
  • 60.
    119118 y con unamarina sin capacidad operacional. No es del caso explicar en esta comunicación cómo tan complejo panorama regional eclosionó en una guerra abierta entre el Brasil y el Uruguay contra el Paraguay, ni las razones por las que la Argentina ingresó en la Triple Alianza contra este último país, para librar un conflicto de casi cinco años.5 Sí conviene señalar que al producirse la invasión al territorio nacional por fuerzas fluviales y terrestres del Paraguay, dos de los buques de la escuadra argentina, amarrados en el puerto de Corrientes, no estuvieron en condiciones de impedir el avance, pues se hallaban en pésimas condiciones, y sus jefes, oficiales y marinería apenas pudieron resistir con sus fusiles y bayonetas, secundados por algunos militares correntinos, hasta que fueron tomados prisioneros para morir o sufrir varios años de torturas en las selvas paraguayas, como fue el caso del capitán de fragata Vicente Constantino.6 Mientras el país reaccionaba paulatinamente, constituyendo un ejército compuesto por fuerzas de línea y de milicias, la Marina libraba un heroico pero estéril combate contra baterías instaladas en el Paso Cuevas, luego del avance del ejército de López (12 de agosto de 1865). En la cubierta del Guardia Nacional, al mando de Luis Py, en el que izaba su insignia Murature, murieron los guardiamarinas José Ferré, hijo del ex gobernador correntino y paladín del federalismo, y Enrique Py, vástago del comandante de la nave, alcanzados por la metralla de los adversarios. A partir de entonces, la Armada sólo realizó tareas de transporte. La Marina del Brasil, que contaba con acorazados y otros buques de envergadura y dotados de gran poder de fuego, luego de vencer en Riachuelo a la escuadra del Paraguay comandada por un jefe a quien habían privado de la capacidad de decisión, tuvo siempre la iniciativa. Dirigida por el almirante Tamandaré, cuyas ineficacia y mala fe causaban la indignación de sus pro- pios jefes y oficiales, quien demoraba las operaciones para obstaculizar al comando en jefe argentino, se convirtió en árbitro de los ríos sin que Mitre pudiera contar con un solo buque para contrapesar su pésima conducción. Recién cuando el presidente argentino dejó el mando y la escuadra imperial contó con otro almirante, los acora- zados forzaron el paso de Humaitá. La reciente guerra había demostrado que el país no podía carecer por más tiempo de una eficiente organización armada. Mantenía problemas limítrofes con dos naciones caracterizadas por sus apetencias territo- riales, el Brasil y Chile, vivía constantemente amenazado por los malones y jaqueado por cruentas revoluciones en distintos puntos de su territorio. El ya presidente Domingo Faustino Sarmiento, que había contemplado poco antes en su condición de embajador en los Estados Unidos, los avances militares originados en la Guerra Civil norteamericana, buscó incorporarlos cuanto antes a las Fuerzas Armadas. En sus despachos diplomáticos y en su correspondencia confi- dencial había descrito el potencial armado de la Unión. Incansable, volcánico, no sólo recorría escuelas y univer- sidades, sino que participaba en desfiles y revistas navales para adquirir experiencias que le sirvieran en su patria. Conocía en detalle las características del armamento portátil, de la artillería, y de los nuevos acorazados y moni- tores empleados en la gigantesca contienda fratricida del país del Norte.7 Con pertinacia e inteligencia, Sarmiento logró su anhelo de fundar el Colegio Militar de la Nación y la Escuela Naval Militar; es decir, concretó el comienzo de una nueva etapa, signada por la paulatina incorporación a los puestos de comando de las Fuerzas Armadas de personal más capacitado profesional e intelectualmente. Sin dejar de lado la experiencia en los campos de batalla ni la eficacia adquirida a través de vidas enteras a bordo de los buques; sin excluir a los veteranos, que por décadas ocuparon posiciones relevantes y en buena medida se adecuaron y aun impulsaron la preparación de los mandos castrenses, los nuevos institutos suscitaron una modi- ficación en los viejos hábitos de intervención en las contiendas electorales, que ponía las espadas al servicio de compromisos políticos; generaron un mayor respeto hacia la sociedad civil y contribuyeron a la integración de los CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN MIGUEL ÁNGEL DE MARCO - De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica” vanguardia en la frontera con los indios, volvió a emplear los recursos que le proporcionaba la Aduana, y armó sus batallones y también su escuadra. En ambos incorporó a extranjeros.1 La marina confederada se hallaba bajo las órdenes de un argentino, el mayor Bartolomé Cordero, aunque los comandantes y oficiales de las naves eran, en su mayor parte, extranjeros. La armada porteña estaba comandada por un italiano, el coronel José Murature, que daba las órdenes en una media lengua hispano-xeneize, quien también había colaborado con Brown durante la Guerra del Brasil. Era amigo de Giuseppe Garibaldi, con el que se escribía y para el cual reunía fondos entre sus compatriotas de la escuadra.2 Tuvieron lugar varias acciones de guerra fluvial, en las que resultó triunfante la flota confederada. Sin embarco, una sublevación en el vapor General Pinto provocó la muerte de su comandante Alejandro Murature, hijo del jefe de la marina porteña. Las naves de la Confederación habían sido compradas de apuro en Montevideo, por lo que debieron forzar a cañonazos el paso de Martín García, protegido por los porteños, para penetrar en el Paraná. La campaña terrestre culminó con el triunfo confederado en Cepeda (24 de octubre de 1859), y los buques porteños sirvieron para transportar a Buenos Aires a los vencidos.3 La victoria no deparó la real incorporación de Buenos Aires, si bien volvió a ser provincia de la Confederación, al recibir un tratamiento generoso del presidente Urquiza. Luego de intentos de alianza para eli- minar la influencia del caudillo entrerriano, por parte de su sucesor Derqui, Buenos Aires no cumplió con los com- promisos derivados del Pacto de Unión Nacional. Hubo que combatir nuevamente por tierra y por agua y, como en la campaña anterior, se recurrió a la siempre nefasta improvisación. El inexplicable retiro del campo de batalla de Pavón (17 de septiembre de 1861), por parte del comandante en jefe del Ejército Nacional, dejó el campo libre a los porteños. La marina confederada, ahora a las órdenes del italiano comandante Luis Cabassa, recorrió desorien- tada las aguas del Paraná hasta que quedó sin mando ni tripulaciones. La escuadra porteña, tras bombardear con poco éxito las baterías de Rosario, dada su escasa capacidad ofensiva, volvió a transportar, esta vez en triunfo, a los batallones bonaerenses.4 Lo dicho hasta ahora permite apreciar la negligencia e improvisación de ambas partes en lo que a la defensa de los ríos se refiere, y también observar el estado en que se hallaban los buques del coronel Murature –cinco vaporcitos y cuatro pequeños veleros– cuando pasaron a ser los únicos elementos de la Marina Argentina, luego de que Bartolomé Mitre fuera ungido primer presidente de la república unificada. Licenciadas las unidades de la Guardia Nacional de ambos bandos, las tropas de línea porteñas se con- virtieron en Ejército Nacional. Durante los meses en que Mitre, gobernador de Buenos Aires, actuó en calidad de encargado del Poder Ejecutivo Nacional, esas fuerzas incursionaron a sangre y fuego en las provincias, y ya reconstituidas las autoridades nacionales, siguieron combatiendo contra el general Ángel Vicente Peñaloza y con- teniendo malones indios. Sus vistosos uniformes, adquiridos como rezagos de la Guerra de Crimea, se hallaban muy deslucidos, y el gobierno tenía tantas dificultades para reponerlos como para responder a los reclamos de Murature, que contemplaba el cotidiano deterioro de sus naves. En 1863, la situación en el Plata comenzó a deteriorarse como consecuencia de la invasión al Uruguay del jefe del Partido Colorado de ese país, general Venancio Flores, quien había mandado una de las divisiones por- teñas en Pavón, con el fin de derrocar al gobierno entonces a cargo del presidente Bernardo Prudencio Berro, líder del Partido Blanco. La posterior intervención del Imperio del Brasil en apoyo del primero, la inmediata declaración del presidente del Paraguay, general Francisco Solano López, de que tal situación ponía en peligro el equilibrio en la región, y su consecuente apoyo a los blancos desatarían la guerra. La Argentina se hallaba poco menos que inerme, con un ejército mal equipado y peor armado, com- puesto de unos 6.000 hombres diseminados por distintos puntos del país, especialmente en las fronteras interiores, LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Teodoro Caillet-Bois, Historia Naval Argentina, 1944, pp. 469-460; Miguel Ángel De Marco, “Organización, operaciones y vida militar”, en Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo 5, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia-Planeta, 2000, pp. 237-251. 2 Enrique Zaracóndegui, Coronel de Marina José Murature, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Marina. Departamento de Estudios Históricos Navales, 1961, p. 45; Miguel Ángel De Marco, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, en Affari Sociali Internazionali, Nº 2, Milán, 1987, pp. 2-12; Horacio Rodríguez y Pablo E. Arguindeguy, Nómina de oficiales navales argentinos, Buenos Aires, Instituto Nacional Browniano, 1998, passim. 3 Isidoro J. Ruiz Moreno, Campañas militares argentinas. La política y la guerra, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 2006, pp. 653-745; Miguel Ángel De Marco, “Organización...”, op. cit., p 249. 4 Miguel Ángel De Marco, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, op. cit., pp. 107-109. 5 Miguel Ángel De Marco, La Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Planeta, 1995, pp. 15-39; Francisco Doratioto, Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2004, pp. 21-90. 6 Vicente Constantino, Vida y servicios militares del guerrero del Paraguay capitán de fragata don Vicente Constantino, Buenos Aires, Tailhade y Rosselli, Buenos Aires, 1906, passim; Mi prisión en la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, 1994, passim; Luis G. Cabral, Anales de la Marina de Guerra de la República Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Juan A. Alsina, 1904, pp. 1-31; Fermín Eletta, “Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay”, en Historia Marítima Argentina, tomo VII, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1989, pp. 383-439; Guillermo Valotta, “La cooperación de las fuerzas navales con las terrestres durante la guerra del Paraguay”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo XXVIIII, Buenos Aires, Ministerio de Marina, 1915, pp. 271-290. 7 Augusto Rodríguez, Sarmiento militar, Buenos Aires, Peuser, 1950, p. 345.
  • 61.
    121120 orden, se limitarona las visitas de cortesía. Poco después, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, el intento de embarcar en un buque de la Marina Británica los caudales del Banco de Londres implicó la enérgica manifes- tación del ministro de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen, quien sostuvo: “Los capitales […] no estarán más seguros a bordo de un navío de guerra inglés que en cualquier lugar del territorio argentino bajo la guarda de las autoridades nacionales”, para afirmar seguidamente: “Las sociedades anónimas no tienen patria”.11 Aparte de la adquisición de los buques de la denominada “escuadra de hierro” de Sarmiento, se adoptaron otras medidas para garantizar la soberanía en las aguas, en un contexto de conflictos limítrofes con los países vecinos: el artillado de la isla Martín García, la creación del Arsenal de Zárate con el fin de atender a las nece- sidades de los nuevos buques, la iniciación de tareas hidrográficas, la colocación de faros flotantes en el Río de la Plata, etcétera. Le correspondería al joven y visionario general Julio Argentino Roca, como ministro de Guerra y Marina de Avellaneda, y enseguida en calidad de presidente de la República, ampliar esa perspectiva. El estadista sostenía que había que mirar al mar y que la Armada debía realizar estudios hidrográficos, canalizaciones, balizamientos, iluminación de las costas, vigilancia sanitaria y policial, protección de los intereses nacionales fuera de las fronteras y conservación del orden y la comunicación con los puntos excéntricos del territorio, pues se trataba de asuntos de importancia vital y permanente para todo país que tuviera señalado un rango entre las naciones modernas.12 Concluida casi totalmente la lucha en la frontera interior y sofocada la rebelión de Buenos Aires en junio de 1880, el presidente Roca decidió fijar nuevas pautas orgánicas para el Ejército y la Armada. Disponía la creación de los Estados Mayores permanentes, la sanción de reglamentos que fijaban con claridad las características de los uniformes para romper con las tendencias anárquicas de algunos jefes de unidades al respecto, la consti- tución de nuevos agrupamientos al uso de casi todos los países modernos; el establecimiento de normas sobre ascensos militares que reemplazaban en ambas fuerzas las ordenanzas españolas de fines del siglo XVIII –aún vigentes– y la creación de diversos organismos administrativos, de formación y de perfeccionamiento. La concepción de una Armada que se ocupase de la defensa y protección del mar continental había ganado terreno, y si Sarmiento y otros políticos se empeñaban en sostener que el escenario de su actividad eran los ríos, resultaban muchos más los que creían que su presencia debía extenderse hasta el Cabo de Hornos. Si la Marina de Guerra constituía una fuerza oceánica según la concepción actual, que se refiere a la disponibilidad de medios para ocupar grandes espacios, estaba en condiciones de responder, con sus acorazados y otras naves modernas, a los requerimientos estratégicos del país en la parte del Atlántico que baña sus costas, no sólo en lo atinente a la seguridad nacional sino a la preservación de las ingentes riquezas que décadas más tarde definiría el almirante Storni como intereses marítimos argentinos. BIBLIOGRAFÍA BURZIO, Humberto F., Historia de la Escuela Naval Militar, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1972. CAILLET-BOIS, Teodoro, Historia Naval Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1944. CABRAL, Luis G., Anales de la Marina de Guerra de la República Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Juan A. Alsina, 1904. CONSTANTINO, Vicente, Vida y servicios militares del guerrero del Paraguay capitán de fragata don Vicente Constantino, Buenos Aires, Tailhade y Rosselli, 1906. ___________________, Mi prisión en la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Centro de Estudios para la Nueva Mayoría, 1994. hijos de extranjeros a las respectivas fuerzas. En pocos años quedó atrás la posibilidad de incorporar oficiales voluntarios de otras nacionalidades –como había ocurrido por décadas–, y aun de “distinguidos” que, formados en la dura disciplina de los regimientos, sin más conocimientos que las manidas Tácticas al estilo de la de Perea, habían podido alcanzar hasta entonces las más elevadas jerarquías castrenses. A la creación del Colegio Militar de la Nación, el 30 de junio de 1870,8 siguió la fundación de la Escuela Naval Militar, el 2 de octubre de 1872. Sancionada la ley que dio vida a este instituto, su primer director fue el mayor de Marina Clodomiro Urtubey, que había sido enviado años atrás a España para estudiar en el célebre Colegio Naval de San Fernando, en Cádiz. Con el fin de que los cadetes conocieran desde los comienzos la vida a bordo, se decidió que los cursos se dictaran en el vapor General Brown, que fue el primer buque escuela de la Armada Argentina. Como ocurrió con el Ejército, los egresados de la Escuela, cuya cuidada formación facultativa los distinguía de los viejos y meritorios oficiales prácticos, procuraron diferenciarse de éstos, aunque por bastante tiempo los comandos superiores del arma estuvieron en manos de los que habían recibido sus despachos en mérito a los años de servicio y a la pericia demostrada en sucesivas campañas. El viejo General Brown, pese al peligro que entrañaba la navegación en el mar argentino, fue enviado con los cadetes de la primera promoción, para que aprendiesen su oficio en medio de los vientos, las tempestades y la dura vida de a bordo. Luego de una breve clausura, la Escuela continuaría funcionando embarcada en los buques de guerra y sedes en tierra, con nuevos directores y planes de estudio que fueron adaptados al sostenido progreso de la tec- nología naval, del que no tardaría en beneficiarse la Armada Argentina. Los alumnos participaron en 1876 en la expedición comandada por el comodoro Luis Py, con el fin de reafirmar los derechos argentinos sobre la Patagonia, y tres años más tarde intervinieron en la Campaña al Desierto que encabezó el ministro de Guerra y Marina, general Julio Argentino Roca. Paralelamente, el personal subalterno recibió instrucción en la llamada Escuela de Marineros que tuvo por cambiante centro otros buques de la Armada. Así fue hasta que en 1880 quedó establecida en los talleres de Marina de Tigre la Escuela de Aprendices Mecánicos que años más tarde se transformó en lo que el gracejo naval denominó “la universidad de lata”, por el material con que estaban construidos los primitivos galpones y por la variedad de especialidades que se brindaba a los aspirantes de la Armada.9 Pero ese quehacer de formación de recursos humanos no hubiera sido suficiente con medios inade- cuados como los que existían cuando Sarmiento ocupó la presidencia. Del mismo modo como equipó al Ejército, dedicó ingentes esfuerzos económicos para la época a la adquisición de una nueva escuadra. A pesar de las dos rebeliones jordanistas y del persistente problema de las fronteras interiores –acerca del cual pugnaban entre los gobernantes y los militares dos tendencias contrapuestas la integración de los aborígenes o la guerra sin conce- siones–, la decisión de modernizar la Marina de Guerra se mantuvo en forma inexorable. En la concepción de Sarmiento y de la mayoría de los hombres públicos de la época, los nuevos buques debían garantizar la seguridad del estuario del Río de la Plata y los cursos de agua interiores. Al fin y al cabo, todas las guerras libradas hasta entonces –si se exceptúan las campañas de corso durante la Guerra de la Independencia y el conflicto bélico con el Brasil– habían tenido lugar en el Mar Dulce de Solís, en el Paraná y en el Uruguay. Por otro lado, en la práctica, el territorio en el que el Estado ejercía su dominio se circunscribía hacia el sur a las poblaciones ubicadas dentro de una línea que no había avanzado mucho desde la colonia. Muy pocos miraban hacia la Patagonia y contemplaban las riquezas que encerraba el mar Argentino. Los astilleros ingleses recibieron en 1872 la orden de compra de dos monitores, Plata y Andes. El Brasil adquirió de inmediato, para equilibrar fuerzas, dos unidades similares, el Javary y el Solimoes. Además la Argentina encargó dos cañoneras, Paraná y Uruguay, cuatro bombarderas, Pilcomayo, Bermejo, Constitución y República, y una flotilla de pequeñas torpederas, denominadas con números arábigos. Pese a ser buques de empleo fluvial, soportaron muy bien la violencia del mar Argentino para tocar las costas de Santa Cruz, en la operación que ya fuera mencionada.10 La compra de dichas naves implicó el fin de la compulsiva presencia de las estaciones navales extran- jeras para apoyar con sus cañones la acción de sus diplomáticos. Las naves de las potencias de primer y segundo 8 Isaías J. García Enciso, Historia del Colegio Militar de la Nación, Buenos Aires, Círculo Militar, 1970, passim. 9 Humberto F. Burzio, Historia de la Escuela Naval Militar, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1972, passim; Miguel Ángel De Marco, “Organización...”, op. cit., pp. 259-255. 10 Teodoro Caillet-Bois, op. cit., pp. 483-496. 11 Miguel Ángel De Marco, La historia contemplada desde el río. Presencia naval española. 1776-1900, Buenos Aires, Educa-Librería Histórica, 2007, p. 396. 12 Guillermo Oyarzábal, Los marinos de la Generación del 80, Buenos Aires, Emecé, 2005. CAPÍTULO 2 / 1862-1880 LA ORGANIZACIÓN NACIONAL Y LA MODERNIZACIÓN MIGUEL ÁNGEL DE MARCO - De la Marina “fluvial” a la Marina “atlántica” LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 62.
    122 DE MARCO, MiguelÁngel, Notas sobre la política santafesina (de Cepeda a Pavón), Rosario, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, UCA, 1982. ______________________, “Los italianos en las luchas por la organización nacional argentina”, en Affari Sociali Internazionali, Nº 2, Milán, 1987. ______________________, La Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Planeta, 1995. ______________________, “Organización, operaciones y vida militar”, en Nueva Historia de la Nación Argentina, tomo 5, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia-Planeta, 2000. ______________________, “Fuentes hemerográficas y documentales sobre la presencia de figuras del Risorgimento en la República Argentina y de ex combatientes garibaldinos en sus fuerzas armadas”, en Il Risorgimento Italiano in America Latina, Génova, Casa America-Affinittà elettive, 2006. ______________________, La historia contemplada desde el río. Presencia naval española. 1776-1900, Buenos Aires, Educa-Librería Histórica, 2007. DORATIOTO, Francisco, Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay, Buenos Aires, Emecé, 2004. ELETTA, Fermín, “Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay”, en Historia Marítima Argentina, tomo VII, Buenos Aires, Departamento de Estudios Históricos Navales, 1989. GARCÍA ENCISO, Isaías J., Historia del Colegio Militar de la Nación, Buenos Aires, Círculo Militar, 1970. OYARZÁBAL, Guillermo, Los marinos de la Generación del 80, Buenos Aires, Emecé, 2005. RODRÍGUEZ, Augusto, Sarmiento militar, Buenos Aires, Peuser, 1950. RODRÍGUEZ, Horacio y Pablo Arguindeguy, Nómina de oficiales navales argentinos, Buenos Aires, Instituto Nacional Browniano, 1998. RUIZ MORENO, Isidoro J., Campañas militares argentinas. La política y la guerra, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 2006. VALOTTA, Guillermo, “La cooperación de las fuerzas navales con las terrestres durante la guerra del Paraguay”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo XXVIII, Buenos Aires, Ministerio de Marina,1915. ZARACÓNDEGUI, Enrique, Coronel de Marina José Murature, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Marina. Departamento de Estudios Históricos Navales, 1961. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 63.
    125Desde la décadade 1820, la creciente demanda de productos pecuarios por parte del mercado mundial incenti- vó un mayor interés del gobierno bonaerense por la expansión territorial hacia el sur para incorporar tierras fér- tiles que permitieran incrementar la exportación de productos pecuarios. A partir de entonces, la política de fron- teras cobró mayor importancia para los gobiernos provinciales. Pero como los espacios sobre los que planteaba la expansión estaban habitados por grupos nativos, cualquier definición sobre la política fronteriza llevaba implí- cita la elaboración de una política indígena en el sentido de qué camino debía tomarse con respecto a aquellos grupos a los que se les iba a usurpar la tierra. Siguiendo a Enrique Mases la situación de las fronteras [así] como […] la problemática de la sociedad indígena misma [corres- ponden a] cuestiones que en realidad son sólo aspectos diferentes de un mismo problema.1 Pero si ésta fue una de las preocupaciones centrales de los gobiernos provinciales y luego del gobier- no nacional, desde épocas anteriores a la definitiva conquista de la Pampa y la Patagonia, lo que se discutió durante todo este período fueron los medios mediante los cuales llegar a ese objetivo; se plantearon entonces dos vías diferentes: el avance a través de negociaciones con los grupos indígenas que iban a ser incorporados al territorio conquistado o mediante avances militares que llevaran al sometimiento de la población originaria. El objetivo de este trabajo es presentar cómo se diseñaron estas dos estrategias de avance territorial centrando la atención en las decisiones tomadas desde el gobierno de Buenos Aires hasta 1862 y desde el gobier- no nacional a partir de ese momento, dividiendo el análisis en tres momentos diferentes: el gobierno de Rosas entre 1829 y 1852, el período de separación entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina de 1852 a 1862 y la etapa de unificación nacional que culmina con las expediciones militares de Roca. 1 Enrique Mases, Estado y cuestión indígena. El destino final de los indios sometidos en el sur del territorio (1878-1910), Buenos Aires, Prometeo/Entrepasados, 2002, p. 16. La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878) SILVIA RATTO UNQ / CONICET Ripamonte, Carlos. Tormenta en la pampa, 1933. Óleo, 113 x 94 cm. 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 3 CAPÍTULO
  • 64.
    127126 general –con 20soldados–, los vecinos milicianos representaban un 21,7% con 94 personas y los indios amigos componían el 73,7% de las fuerzas defensivas, con 320 lanceros.3 En lo que respecta a la política de fronteras, durante el período rosista, no hubo avances territoriales considerables pero se llevó a cabo una expedición militar entre marzo de 1833 y enero de 1834, convocada y orga- nizada de manera conjunta por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y San Luis que tuvo el objetivo de consolidar el espacio que se había incorporado al territorio provincial luego de las fundaciones de 1828 y, en palabras de Rosas “decidir qué indios son amigos y cuáles no”. La expedición contó con tres divisiones: una a cargo del brigadier José Félix Aldao, gobernador de Mendoza, que partió hacia el sur buscando la confluencia de los ríos Limay y Neuquén; la del centro, bajo las órdenes del general Ruiz Huidobro, que salió de la provincia de San Luis y debía recorrer el espacio de norte a sur hasta el río Colorado. Estas dos divisiones debían atacar a los indios ranqueles, con quienes nunca se había podido establecer la paz. La división sur, por último, dirigida por el mismo Rosas, se dirigió principalmente sobre los grupos que seguían hostilizando la frontera bonaerense. La correspondencia de Rosas con distintas autoridades militares y civiles de la expedición y de la pro- vincia es extensísima y evidencia la meticulosidad y detalle que habitualmente se señala como característica de su estilo de gobierno. Las instrucciones del comandante de la división expedicionaria cubrían una amplia gama de situaciones referidas al curso de la guerra, en donde no estaba de más señalar, por ejemplo, qué debía hacerse con los prisioneros indígenas. En una carta verdaderamente aterradora, Rosas le indicaba al coronel Pedro Ramos la forma de proceder con los prisioneros indígenas tomados en las incursiones: Cuando tome prisioneros indios, una vez que les haya tomado declaración puede, al dejar el punto, mantener una pequeña guardia para que cuando no haya nadie en el campo los fusile. Digo esto así porque después de prisioneros y rendidos da lástima matar hombres y los indios que van con Ud. que lo vean aunque quizás les gustaría esto porque así son sus costumbres pero no es lo mejor... Si los indios preguntan por ellos debe decírseles que intentaron escapar y fueron ultimados. Por esto mismo no conviene que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos, con dos o cuatro hay bastantes y si más se agarran esos allí en caliente nomás se matan a la vista de todo el que esté presente pues que entonces en caliente nada hay de extraño y es lo que corresponde. Cuando así hablo es de indios grandes y no muchachos chicos que no es fácil escapen y que estos y las familias son las que deben hacerse prisioneras.4 Del éxito de la campaña al sur dependía, para el Gobernador, la consolidación del sistema de relaciones pacíficas que ya se había iniciado sobre la base de la trilogía de caciques amigos –Catriel, Cachul y Venancio–, asentados en la frontera sur; más al sur, la amistad con caciques tehuelches cercanos al fuerte de Carmen de Patagones incentivaría el activo comercio que siempre los había unido al fuerte; los boroganos, asentados en Salinas Grandes, actuarían como barrera de contención ante posibles ataques de grupos trascordilleranos. Para que el modelo funcionara a la perfección, sólo faltaba organizar algunas piezas sueltas: los ranqueles y los indios que constantemente arribaban del otro lado de la cordillera. El objetivo final de Rosas era que, logradas estas paces, los indios se asentaran de manera permanente en un sitio y se dedicaran a sembrar la tierra. Este esquema contemplaba la idea de incorporar al indígena a la sociedad criolla mediante su partici- pación en la economía provincial (a través del comercio y de la práctica agrícola) pero no de manera forzada sino apo- yada en la misma dinámica de la relación. La convivencia con la población criolla tendería, según Rosas, a fomentar en los indios amigos prácticas económicas que finalmente llevarían a su integración a la sociedad provincial. 3 Los datos se encuentran en Silvia Ratto, “Soldados, milicianos e indios de `lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, 2003. 4 Juan Manuel de Rosas a Pedro Ramos, 2 septiembre de 1833, Archivo General de la Nación [AGN], Sala X, Legajo 27.5.7. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878) Primer período: el gobierno rosista (1829-1852) En 1829 Rosas fue elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires. En su primer mandato, que se extendió de 1829 hasta 1832, se dedicó a estabilizar y perfeccionar la política indígena desarrollada desde 1826. Sobre la base de los acuerdos iniciados años antes, se creó un sistema de relaciones pacíficas con algunos grupos indígenas que se llamó precisamente el “Negocio Pacífico de Indios”, que fue cambiando de contenido y extendiendo su alcance a una diversidad de grupos indígenas durante el extenso gobierno de Rosas, que llegó a su fin en 1852. En términos generales, esta política consistía en el establecimiento de pactos de amistad con algunos grupos nativos que se comprometían a no atacar los establecimientos fronterizos y a avisar de posibles invasiones de otras agrupaciones, y recibían por tal tarea una serie de obsequios que consistían en cantidades de ganados y artículos de consumo acordes con la población que integraba el grupo. Definida de esta manera, esta política retomaba algunos rasgos desarrollados desde el período colonial; sin embargo, el negocio pacífico de Rosas tenía tres novedades con respecto a prácticas anteriores, que derivaron en un relativo éxito en estabilizar la paz fron- teriza que sería reconocida luego de la caída del Gobernador aun por sus más acérrimos enemigos. La primera novedad era que los grupos indígenas que pactaron su alianza con el gobierno, abando- naron su asentamiento en territorio indígena y pasaron a vivir dentro de la provincia de Buenos Aires, en las cer- canías de algún fuerte fronterizo. De esa manera, podían ser controlados de manera más eficaz por las fuerzas militares. Pero la asignación de un lugar de asentamiento en la provincia no implicó de ningún modo un prece- dente para la entrega permanente de tierras en propiedad a estos grupos ya que, a medida que avanzaba la línea fronteriza, eran trasladados a otros espacios con el objetivo de que no quedaran nunca a retaguardia de los nuevos establecimientos rurales. Esta instalación en un espacio territorialmente delimitado implicó para los grupos nativos la pérdida o, al menos, la limitación de su patrón de subsistencia móvil, es decir, la práctica de trasladarse constantemente en busca de pastos y aguada para el pastoreo de ganado y para realizar expediciones de caza y recolección. Para compensar esta disminución en las actividades de obtención de recursos y reconstituir la economía de los grupos indígenas, se les hacía entrega de raciones en ganado y bienes de consumo. Si bien la práctica de entrega de raciones no era novedosa, constituía la segunda novedad del sistema ya que a partir de 1830 el negocio pacífico contó con una partida presupuestaria propia denominada “Negocio Pacífico de Indios dentro del Departamento de Gobierno”, lo que garantizó la disponibilidad de recursos para hacer frente a esos gastos. Como contrapartida de estos bienes entregados por el gobierno, los llamados “indios amigos” debieron cumplir una serie de tareas que excedieron las vagas declaraciones de amistad que habían precedido a las rela- ciones pacíficas de otras épocas y que constituyen la tercera innovación de esta política. Estos indios debieron cumplir diversas tareas como las de mensajeros, mano de obra en hornos de ladrillos pertenecientes al Estado y en establecimientos rurales de particulares. Pero la tarea más importante –que con el tiempo se convirtió en la fundamental–, fue la conformación de milicias indígenas auxiliares para la defensa de la frontera. En efecto, el gobierno provincial organizó la defensa de la región sur de la provincia bonaerense echando mano a los tres cuerpos militares de que disponía: el ejército regular, los cuerpos de milicias2 y los indios amigos. La utilización de vecinos-milicianos para el servicio de la frontera se remonta a tiempos coloniales y en todos los casos el motivo era el mismo: la incapacidad de los gobiernos centrales de hacerse cargo de la defensa fronteriza. Con estas fuerzas disponibles, a mediados de la década de 1830, la frontera bonaerense se hallaba defendida por las siguientes fuerzas: en el norte, el Fuerte Federación –actual localidad de Junín– contaba con 49 soldados de línea, 290 milicianos y 412 lanceros indígenas; y 25 de Mayo tenía 54 soldados regulares, 130 veci- nos-milicianos y 29 lanceros. Como puede verse, el peso de las milicias indígenas no era desdeñable pero en el sector sur de la provincia su contribución a la defensa era mucho más evidente. En Tapalqué y Azul servían sólo 22 soldados regulares, 390 milicianos y 899 indígenas que representaban un 68,6% de las fuerzas totales. Una situación similar se daba en el fuerte Independencia, donde el ejército regular era sólo un 4,6% de la guarnición 2 Sobre las características y formas de organización de las milicias provinciales a partir de la década de 1820, véanse los trabajos de Oreste Carlos Cansanello, fundamentalmente “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses entre el Antiguo Régimen y la Modernidad”, en Boletín Ravignani, Nº 11, 1995, y “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia Regional, Nº 19, Universidad Nacional de Luján, 1998. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 65.
    129128 poner en prácticala utilización de los indígenas como soldados para la defensa de la frontera. Por tal motivo, los gastos insumidos por los grupos nativos, aliados al gobierno provincial, se hallaban registrados en la tradicional par- tida del “Negocio Pacífico” y en una nueva que se denominó “Indios a sueldos”. Para el año 1857 se encontraban piquetes de indios militarizados incorporados a cuerpos del Ejército en las guarniciones de Junín, Fuerte Argentino y 25 de Mayo y otros formaban parte del Regimiento de Blandengues y del Regimiento 11 de Guardias Nacionales que prestaba servicios en la frontera sur.7 Tercer período: la organización nacional hasta las campañas de Roca (1862-1878) El triunfo porteño en Pavón definió la unión de Buenos Aires al resto de la Confederación y el inicio del proceso de consolidación política y territorial del Estado argentino. Desde bien temprano se hizo evidente la prioridad que tendrían, a partir de entonces, las fronteras con los indígenas. Al asumir la presidencia, Mitre dejó sentada la necesidad de encarar un proyecto más global y definitivo en relación a lo que se consideraba la ame- naza indígena sobre los establecimientos productivos de la campaña. En una carta escrita en 1863, el teniente coronel a cargo de las Comisiones de Indios, Juan Cornell, recomendaba al Ministro de Guerra la continuación de la política de tratados solicitados por los caciques, no por acordar con esta línea diplomática, sino porque de esa manera “se gana entreteniendo la paz mientras se va conquistando la tierra”.8 Ambas propuestas fueron puestas en práctica por el gobierno. En el transcurso de unos pocos años, se firmaron más de veinte tratados con distintos caciques, cifra que contrastaba fuertemente con el período anterior. Pero en los puntos acordados se hacía evidente el cambio en la relación de fuerzas con un deterioro de la posición indígena y mayores exigencias por parte del Estado nacional. Este cambio se expresó además en acciones concretas como la creación de diez nuevos distritos rurales sobre territorio indígena durante el año 1865 y en la promulgación, dos años después, de la ley 215 que establecía la ocupación por fuerzas del Ejército Nacional del territorio que se extendía hasta el río Negro, fijando en el curso de ese río el nuevo límite fronterizo con los grupos indígenas.9 En la discusión suscitada en la Cámara de Senadores a propósito de esta ley se plantearon distintas posiciones sobre la política a seguir con respecto a los indígenas.10 El proyecto original redactado por la comisión militar proponía en su artículo segundo la entrega de tierras a los grupos indígenas a los que se consideraba ocu- pantes originarios de las mismas; esta concesión fue presentada por los miembros informantes de la comisión como una forma de alentar a algunos grupos nativos para que acompañasen al Ejército Nacional en la empresa de conquista. Pero el artículo fue criticado por algunos senadores que, como Navarro, consideraban que “ese reconocimiento estaría en contradicción con el objeto mismo de la ley [ya que] vamos a tomar una medida de nación que está en guerra con otra nación para librarnos de sus acechanzas y de sus incursiones”. De igual manera, el senador Rojo consideraba “imprudente reconocer en los indígenas un derecho cualquiera respecto al territorio [ya que] si se les reconoce derecho sobre las tierras, ¿con qué facultad ni razón vamos a despojarlos de ellas?”. Esta última posición fue la que se impuso ya que la ley promulgada no preveía la entrega de tierras y, acentuando la posición más militarista, estipulaba que “de las tribus que se resistan al sometimiento pacífico de la autoridad nacional, se organizará contra ellas una expedición general hasta someterlas y arrojarlas al sur de los ríos Negro y Neuquén”. Esta ley no pudo llevarse a cabo de manera inmediata por el estallido de otros frentes de conflicto que desviaron los recursos del Estado: la guerra con el Paraguay (1865-1870) y el conflicto con las montoneras del interior (1863 y 1876). Por tal motivo, la alternancia entre expediciones militares enviadas a territorios indígenas acotadas a algunos sectores fronterizos y la práctica de entrega de raciones, sólo a determinados grupos conside- rados estratégicamente aliados, se mantuvo por un tiempo. En este contexto, en el ámbito nacional, desde 1866, se volvió a establecer una partida presupuestaria para el llamado “gasto de indios” dentro de las erogaciones rea- lizadas por el Ministerio de Guerra, repartición de la cual dependía ese rubro. 7 Ibid., 1857, AGN, Sala III. 8 Ingrid de Jong, “Acuerdos y desacuerdos: las políticas indígenas en la incorporación a la frontera bonaerense (1856-1866)”, en Sociedades en Movimiento. Los pueblos indígenas de América Latina en el siglo XIX, editado por Raúl Mandrini, Antonio Escobar Ohmstede y Sara Ortelli, en Anuario IEHS, Suplemento 1, Tandil, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2007, pp. 47-62. 9 Abelardo Levaggi, Paz en la frontera: historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina (siglo XVI-XIX), Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 2000. 10 Cámara de Senadores, sesión del 4 de julio de 1867, pp. 142-143. Segundo período: la confrontación entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires (1852-1862) En febrero de 1852, la batalla de Caseros puso fin al gobierno de Rosas, pero eso no implicó un acuerdo entre las provincias para avanzar en un proyecto de organización nacional sino que, por el contrario, abrió paso a un período de confrontación entre la Confederación Argentina liderada por Urquiza y la provincia de Buenos Aires, cuya máxima expresión fue la revolución del 11 de septiembre, que llevó a la separación de la última del resto de la Confederación. Poco después, el 1º de diciembre, un movimiento de base rural dirigido por el coronel Hilario Lagos, desafió a las nuevas autoridades porteñas por su proyecto separatista. El movimiento mantuvo sitiada la ciudad de Buenos Aires por espacio de seis meses y su finalización significó el fracaso urquicista por imponerse a la ciudad portuaria y un período de casi diez años de autonomía. Luego de Caseros, y al menos durante el año 1852, el gobierno de Buenos Aires decidió continuar con la política indígena rosista sustentada en el abastecimiento de los indios amigos, destinando para tal fin un gasto similar al que se había estado invirtiendo en el período anterior. Sin embargo, esta situación no se mantuvo en los años siguientes. Por un lado, el conflicto con la Confederación produjo una división en las fuerzas militares- milicianas e indígenas entre sectores que apoyaban a los porteños y los que se unieron a los sitiadores, restando efectivos y disminuyendo los gastos de la política indígena.5 Pero resuelto el conflicto y decidida la separación de los dos poderes, comenzaron a hacerse oír en la provincia de Buenos Aires, nuevos proyectos defendidos por el entonces legislador Bartolomé Mitre, quien planteaba una política fronteriza más agresiva desplazando a la población indígena y reemplazándola por la de colonos. En mayo de 1853, se había creado el nuevo Fuerte Esperanza –en la actual Alvear– y a comienzos del año siguiente se autorizó el traslado del pueblo de Tapalqué ocho leguas al sudeste de su ubicación original, lo que implicaba el avance sobre grupos indígenas que se hallaban asentados en el lugar desde hacía más de dos décadas. Paralelamente se resolvió la suspensión en la entrega de raciones a algunas tribus. Las nuevas condiciones de la relación generaron la reacción de los indígenas afectados por las medidas, quienes, unidos a otros grupos, protagonizaron una serie de ataques sobre los establecimientos rurales del sur de la provincia. La reacción del gobierno fue una movilización de fuerzas hacia la región afectada para responder a los malones con expediciones punitivas sobre los grupos atacantes. Estas ofensivas del ejército provincial fueron rechazadas en todos los casos por los indígenas y los mismos comandantes militares reconocieron que la clave del fracaso era su falta de experiencia en enfrentamientos con guerrillas indígenas. Al no poder detener un nuevo avance indígena sobre Azul, Emilio Mitre, destinado al departamento sur de campaña, reconocía en una carta a su hermano Bartolomé, ministro de Guerra de la provincia, que “los indios se me han ido sin darles siquiera un pescozón aun con riesgo de que ellos me lo hubieran dado a mi”; agregaba que su primera idea había sido seguirlos hasta las tolderías pero consideró que con nuestros caballos trasegados quedaríamos postrados sin combatir y hubiéramos tenido que hacer una retirada que hubiera sido un gran triunfo para los indios; estas consideraciones me hicieron mucha fuerza y abandoné mi primera inspiración que hubiera sido tal vez la acertada, aunque me iba a encontrar con 4.000 indios y la verdad creo que tuve un poco de miedo. Luego de los ataques sufridos y de las derrotas experimentadas a mediados de la década de 1850, el gobierno porteño asumió la necesidad de restablecer una política pacífica con los indígenas. Los caciques plantearon una exigencia nueva: el reconocimiento de la propiedad de las tierras que ocupaban desde hacía décadas. Así, en 1856, se produjo la primera concesión de tierras en propiedad a los indios de Azul mediante la creación de “Villa Fidelidad”, extensión de tierra que fue comprada a la corporación municipal y dividida en 100 solares de 50 varas de frente por 50 de fondo, los cuales se organizaron alrededor de una plaza central. En los años siguientes, se entregaron tierras en propiedad a los caciques Ancalao en Bahía Blanca, a Raylef y Melinao en Bragado, a Coliqueo en 9 de Julio, a Rondeau en 25 de Mayo y a Raninqueo en Bolívar. La vuelta al racionamiento volvió a formar parte de la política indígena porteña y los presupuestos del aún llamado “Negocio Pacífico” recuperaron los montos tradicionales.6 El restablecimiento de las paces volvió a 5 En 1852 se gastaron en raciones y obsequios la suma de 419.661 pesos y al año siguiente el monto apenas alcanzó los 27.666 pesos, en Libros Mayores de la Provincia de Buenos Aires, AGN, Sala III. 6 En 1856 se gastaron 445.106 pesos y en el año siguiente 476.939, en Libros Mayores de la Provincia de Buenos Aires, AGN, Sala III. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 66.
    131130 Entre 1870 y1873 –período que media entre el fin de la Guerra del Paraguay y la segunda guerra jor- danista–, los cuerpos de línea estuvieron momentáneamente disponibles para servir en la frontera. Nos pregun- tamos si en ese momento se pudo llevar a cabo la idea de desvincular a las Guardias Nacionales de esa tarea y, además, cómo repercutió en el uso de lanceros indígenas. El cuadro que sigue indica el tipo de fuerzas utilizadas en tres años diferentes en cada comandancia de frontera. Elegimos el año 1869 por ser un momento en el que el gobierno nacional aún mantenía cuerpos del ejército de línea en el Paraguay; el año 1871 corresponde a un momento intermedio donde podrían haberse comenzado a verificar algunos cambios y el año 1873 –año de la guerra en Entre Ríos– donde volverían a restarse fuerzas de ejército de línea. Mientras que desde el gobierno se pensaba a los grupos de indios amigos como fuerzas militares auxiliares, desde otro sector de la sociedad se plantearon medidas tendientes a integrar a los indígenas a la sociedad provincial. En agosto de 1870, una comisión de vecinos fue enviada a los indios de Azul y Tapalqué para regula- rizar los tratos. Esta comisión se había enviado “teniendo noticias los indios del Azul y de Tapalqué, que juzgaban que en los planes de arreglo definitivo de fronteras serían tratados como enemigos y que esta creencia podría dar lugar a que se aliasen a los demás indios del sur”. El gobernador de Buenos Aires avalaba el envío de la misma con el argumento de que, aunque se avanzaran las fronteras hasta el río Negro, “los indios del Azul y de Tapalqué quedarán siempre dentro de esa línea y recibiendo las raciones y regalos que se les hacen y que el gobierno de la provincia procurará ayudar en el mismo sentido al de la nación para darles tierras, haciendas y hacerles poblaciones, dotarlos de escuelas a fin de que tengan cómo subsistir por sí mismos y puedan mejorar su condición y la de sus hijos”. Los montos de esas erogaciones, desde que se restablecieron hasta las campañas dirigidas por el ministro de Guerra Julio A. Roca, sufrieron fluctuaciones. Entre los años 1866 y 1875 se situaron en un 5% de los gastos ministeriales y experimentaron un brusco descenso en los últimos años de la década, al ubicarse en el 3,2%. Estos “gastos de indios” comprendían, al igual que en el período rosista, las raciones que mensualmente se entregaban a los grupos con los que se mantenía un trato pacífico, el pago de sueldos militares a determinados piquetes de indígenas. Pero desde el año 1872 presentaban como innovación un monto destinado tanto para aquellos grupos que decidieran someterse al gobierno nacional como para los gastos ocasionados por la creación de reducciones indígenas a cargo de misioneros. Y de hecho, en la Memoria de Guerra y Marina, Martín de Gainza informaba en el año 1874 que en el norte de Santa Fe se habían establecido tres reducciones que se hallaban bajo la “dirección de padres misioneros que se dedican a la agricultura y construyen sus habitaciones en el sitio que se les asignó y contribuyen a la defensa de la frontera”.11 La inclusión de piquetes indígenas dentro de las fuerzas que defendían la frontera llevó a constantes discusiones en el recinto parlamentario en torno a cuáles eran las fuerzas más eficaces para hacerse cargo de esa tarea: ¿ejército de línea?, ¿Guardias Nacionales?12 o ¿milicias indígenas? Con respecto al segundo tipo de fuerza, era una constante en los informes de los comandantes de frontera al Ministro de Guerra, la indisciplina que caracterizaba a los cuerpos milicianos, el escaso interés que demos- traban por defender “el suelo que habitan”, planteando la necesidad de reemplazarlos en cuanto fuera posible por soldados de línea. En el año 1870, el propio Ministro esperaba que en el transcurso del año, con la finaliza- ción de la Guerra del Paraguay, se pudieran licenciar a las Guardias Nacionales que durante ese período habían estado a cargo de la seguridad de las fronteras y, de esa manera reemplazarlas por tropas de línea, “para terminar con los gastos y quejas de los gobiernos provinciales”.13 Es probable que el problema insalvable de la tan mentada indisciplina miliciana y la necesidad de destinar a los cuerpos de línea a otras zonas de conflicto, intentaran ser revertidos mediante la utilización más sistemática de cuerpos de lanceros indios a tal punto que en el año 1871, el ministro de Guerra Martín de Gainza y el comandante de la frontera sur, Ignacio Rivas, hayan pensado en reemplazar a las Guardias Nacionales, al menos en la provincia de Buenos Aires, por milicias indígenas. Si bien esto no llegó a suceder, lo cierto es que en algunos sectores fronterizos la defensa parecía haberse centrado en ellas. En Santa Fe, los indios que habitaban las reducciones de San Pedro y del Sauce se habían convertido en lanceros esenciales para la defensa de la frontera desde hacía varios años antes. En 1864, cuando se discutió en el Senado el rubro “Gastos de indios” del presupuesto correspondiente al Ministerio de Guerra, el ministro Gelly y Obes, que participó en la sesión, introdujo un pedido de modificación que no había contado con el voto favorable en Diputados. El Ministro explicaba que los indios de San Pedro, al norte de Santa Fe, así como los del Escuadrón de Lanceros del Sauce, debían ser considerados “propiamente tropas de línea al servicio de la frontera que se ha establecido como 90 leguas más afuera de la línea que existía anteriormente”. Teniendo en cuenta, entonces, el importante papel que cumplían, el Ministro consideraba que no había ninguna razón para que no fueran pagados a la par de los de Azul y Bahía Blanca –lo que señala claramente la menor importancia dada a la frontera norte–, puesto que hacen tanto o mayor servicio por lo que propone aumentar los sueldos: sargentos de 2,50 a 5; cabos de 2 a 4,70, soldados de 1,50 a 3,75 pesos. El senador Del Barco apoyaba la propuesta del Ministro agregando que conocía los servicios prestados por esos indios, que eran “iguales o más fuertes del que prestan los soldados de línea. Estos indios están regi- mentados como soldados de línea y los ocupan en aquellos servicios que son más fuertes, que exigen más forta- leza en los hombres para desempeñarlos; son indios que sirven en cualquier cuerpo de línea y que es imposible que puedan traicionar porque están tan comprometidos como los cristianos”. De hecho, a inicios de la década de 1870, comenzó a incrementarse la cantidad de soldados indígenas que sirvieron en la frontera y a extenderse su utilización en diferentes espacios. 11 Martín de Gainza, Memoria de Guerra y Marina, 1876, p. LXII. 12 El 8 de marzo de 1852, el gobierno de Buenos Aires decidió la disolución de las viejas milicias y la constitución, en su lugar, de la Guardia Nacional que, en lo relativo a su enrolamiento y excepciones, siguieron rigiéndose por la Ley de Milicias del año 1823. Dos años después, el 28 de abril de 1854, la Confederación Argentina creó sus propias Guardias Nacionales. 13 Martín de Gainza, op. cit., 1870 CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES SILVIA RATTO - La ocupación militar de la Pampa y la Patagonia de Rosas a Roca (1829-1878) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 67.
    132 En un claroafán integrativo de los indígenas, los integrantes de la comisión, entre otras cosas, pro- ponían crear tres escuelas en Azul, Tapalqué y Olavarría, y “admitir a las mismas escuelas una tercera parte de niños cristianos pobres que mezclados con los niños indios harían mas fácil la enseñanza y cambio de costumbres de éstos” y agregaban la necesidad de entregar tierras en propiedad para consolidar su asentamiento en la región. Pero estas voces que planteaban una cierta integración indígena ya sea mediante su conversión en Guardias Nacionales o en pobladores rurales con acceso definitivo a una parcela de tierra, se desvanecieron en los últimos años de la década de 1870, cuando el fin de los conflictos internos del Estado liberó fuerzas militares y recursos económicos que permitieron al gobierno nacional pensar en la realización de la ley 215. Inmediatamente se llevaron a cabo algunas medidas que mostraban el claro interés del gobierno por colocar el tema de las fron- teras con los indígenas como un asunto prioritario. El final de esta historia de complejas y cambiantes relaciones entre blancos e indígenas es, tal vez, mucho más conocido que el relato anterior. Entre 1878 y 1879, se llevaron a cabo una serie de campañas militares sobre el territorio indígena que culminaron con la expedición hasta el río Negro dirigida por el ministro de Guerra, el general Julio A. Roca. El resultado de las mismas, según consta en la Memoria del Departamento de Guerra y Marina de 1879, fue de 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos en combate, 10.539 indios no combatientes prisioneros y 1.049 indios reducidos voluntariamente. Los indios prisioneros y los reducidos voluntariamente comenzaron a transitar caminos diversos cuyos destinos podían ser los ingenios y obrajes del norte argentino, el servicio doméstico en la ciudad de Buenos Aires o las reservas de la región pata- gónica. Cualquiera de estos destinos mostraba que los indígenas habían perdido su autonomía y que se integraban de manera claramente subordinada al naciente Estado nacional como ciudadanos de segunda clase. BIBLIOGRAFÍA CANSANELLO, Oreste Carlos, “De súbditos a ciudadanos. Los pobladores rurales bonaerenses entre el Antiguo Régimen y la Modernidad”, en Boletín Ravignani, Nº 11, 1995. _____________________________, “Las milicias rurales bonaerenses entre 1820 y 1830”, en Cuadernos de Historia Regional, Nº 19, Universidad Nacional de Luján, 1998. DE GAINZA, Martín, Memoria de Guerra y Marina, 1876. JONG, Ingrid, “Acuerdos y desacuerdos: las políticas indígenas en la incorporación a la frontera bonaerense (1856-1866)”, en Sociedades en Movimiento. Los pueblos indígenas de América Latina en el siglo XIX, editado por Raúl Mandrini, Antonio Escobar Ohmstede y Sara Ortelli, en Anuario IEHS, Suplemento 1, Tandil, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 2007. LEVAGGI, Abelardo, Paz en la frontera: historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina (siglo XVI-XIX), Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 2000. RATTO, Silvia, “Soldados, milicianos e indios de ‘lanza y bola’. La defensa de la frontera bonaerense a mediados de la década de 1830”, en Anuario IEHS, Nº 18, 2003. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 68.
    135 A partir dela década de 1890 comenzaron a producirse una serie de cambios importantes dentro del Ejército. Estos cambios cristalizaron en medidas tomadas durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca (1898-1904), entre ellas la más conocida –pero de ninguna manera la única– fue la instauración del servicio militar obligatorio (SMO). A su vez, los cambios en la institución militar son contemporáneos de otras tantas leyes refor- mistas que, en su conjunto, intentaron modificar algunos de los rasgos de la sociedad y de la política argentinas. Hacia el año 1900, la idea de que el país necesitaba reformar sus hábitos, leyes e instituciones se convirtió en una especie de sentido común compartido, aunque una vez aceptado este punto se difería enormemente acerca del rumbo que debían seguir esas reformas. La más conocida de todas las leyes reformistas, es la ley electoral de 1912, conocida por el nombre del presidente Roque Sáenz Peña. Este trabajo tiene como objetivo dar cuenta de la relación entre el Ejército y la política luego de que las reformas modificaran sustancialmente la naturaleza de esta institución, pero también las de la propia política. Se sostendrá que para comprender la relación entre Ejército y política es necesario prestar atención al fuerte proceso de conversión de la fuerza en una sólida burocracia estatal y profesional, y a su relación con las modalidades que adquiere la vida política luego de la aprobación de la Ley Sáenz Peña y la posterior victoria de la UCR en 1916. El Ejército que surge del proceso reformista contrasta fuertemente con los dos modelos anteriores, el de las milicias o Guardias Nacionales y el del ejército de línea tal como habían aparecido a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. A su vez, sostendremos que este modelo militar comienza a modificarse lenta pero sustancialmente a partir de la segunda mitad de la década del veinte y mucho más profundamente durante los años treinta. Esta vez, ya no será tanto un proceso de reforma interna el motor de estos cambios, sino más bien el impacto en la fuerza de la crisis ideológica de entreguerras y, sobre todo, el renovado rol de la Iglesia católica dentro de la institución. Entre 1880 y 1955 el Ejército tuvo muchos jefes, pero sólo tres caudillos, es decir tres jefes cuyo lugar como tales no dependía exclusivamente de su posición institucional en la fuerza. Ellos fueron Julio A. Roca, Agustín P. Justo y Juan D. Perón; los tres fueron, además, presidentes de la Nación. Ciertamente el Ejército tuvo otros nombres influyentes, como Pablo Ricchieri, José F. Uriburu, Enrique Mosconi, Luis Dellepiane o Pedro Pablo Ramírez, pero ninguno de ellos puede ser comparado con los tres personajes mencionados. En buena medida, el proceso militar y político que nos hemos propuesto analizar coincide con la existencia biográfica de uno de ellos, Agustín Justo. Justo no sólo ocupó cargos de enorme importancia en la fuerza, como el de Director del Colegio Militar (1915-1922) y el de Ministro de Guerra (1922 y 1928), sino que en 1932 se convirtió en Presidente de la Nación. A diferencia de Roca y Perón, Justo fue presidente por un único período, pero cuando murió, en enero de 1943, ya estaban en marcha los trabajos electorales destinados a convertirlo en candidato. El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político LUCIANO DE PRIVITELLIO UBA / CONICET 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES 3 CAPÍTULO
  • 69.
    137136 En cambio, losconflictos corporativos que en otras zonas de América Latina tuvieron enorme importancia a la hora de definir la existencia de un Estado nacional –como por ejemplo la Iglesia, los pueblos indígenas, los cabildos– nunca tuvieron aquí una relevancia comparable. De esta manera, el enfrentamiento entre dos modelos de ejer- cicio de la violencia legítima, el ejército de línea al mando del Estado central y las milicias provinciales, fue en el caso argentino el principal problema a resolver durante el período denominado de “organización nacional”. En 1880 este conflicto comenzó a definirse. La derrota infligida por las tropas regulares de Roca a las milicias porteñas en Barracas y Puente Alsina dieron al modelo roquista de ejército de línea una preeminencia que en adelante acompañará el proceso de centralización estatal que en otros rubros también encaró el roquismo. Pero es preciso no exagerar el significado del ochenta en la historia del Estado argentino. Si bien en nuestra his- toriografía aparece como el momento casi mágico de la consolidación del Estado, esto es cierto sólo en parte: si por un lado es verdad que en adelante la autoridad nacional ya no sería contestada en nombre de las autonomías provinciales, también lo es que el Estado moderno no puede definirse exclusivamente por la ausencia de rivales a su altura. Si se observa otras dimensiones de lo que llamamos Estado, por ejemplo, la disposición de un amplio conjunto de oficinas y agencias y de una burocracia profesional capaces de administrar los múltiples problemas de un país, en 1880 prácticamente todo estaba por hacer. Lo mismo sucedía con el Ejército. Pese a que el Colegio Militar había sido fundado recientemente por Sarmiento, esto no quiere decir que el ejército de línea fuera un ejército profesional. La actividad de las armas se vive todavía como una extensión de la vida política y, por eso, no es casualidad ver todavía a abogados y hasta hombres de letras al frente de tropas. Ciertamente, Roca no era Bartolomé Mitre –en tanto para Roca la actividad militar había sido durante años su actividad central, cosa que no había sido así en el caso de Mitre– pero Roca tampoco era un militar profesional de carrera como lo sería, por ejemplo, Perón. Durante los años ochenta, y a pesar de creer en la importancia de un ejército profesional, Roca no realizó demasiados esfuerzos en ese sentido: por un lado, le preocupaban otras dimensiones de la construcción del poder estatal que le parecían más acuciantes y, por otro, no hay que descartar que en tanto sabía cómo con- trolar esa máquina bélica tal como era, no consideraba prudente aplicar demasiados cambios sobre ella. En 1880 el oficial de este ejército de línea no es aún un profesional, las jerarquías no son rígidas, los ascensos no están sometidos a una norma común: la actividad militar es en muchos sentidos una expresión más de una vida política signada por un agudo faccionalismo. Ni siquiera se trata de una carrera prestigiosa en sí misma: cuando el pequeño Agustín Justo comunicó a su padre4 que ingresaría al Colegio Militar, éste le negó su permiso, y cuando su hijo logró ingresar de todas maneras en contra de sus deseos, dejó de hablarle por largo tiempo. Justo padre imaginaba para su hijo un futuro como abogado y político lo cual, a tono con la época, no descartaba para nada el uso eventual de las armas o las insignias de oficial. Pero una carrera militar iniciada en el Colegio no era aún una opción socialmente apetecible. Sin embargo, las cosas estaban empezando a cambiar. En 1890, en ocasión de la Revolución del Parque, el cadete Justo de apenas catorce años participó en el bando revolucionario de la única acción armada que vivirá en toda su vida: el futuro caudillo y hombre fuerte de la fuerza, abanderado de lo que en los años veinte del siglo XX se llamará la línea “profesionalista”, experimentó la única y breve batalla de toda su vida en el seno de la lucha facciosa entre los grupos y partidos políticos. En adelante, su carrera atravesaría por otras ins- tancias más acordes a una burocracia profesional: pero son oficiales como él, con una gran formación pero sin mayor experiencia de combate, los que marcarán el rumbo de la fuerza luego de las reformas del novecientos. En los años ochenta, aunque muy lentamente, el Ejército ya está comenzando el diseño de un nuevo modelo que se consagrará a comienzos de siglo y que puede caracterizarse por una triple condición: por un lado, una rígida pero eficaz organización jerárquica y burocrática, por otro, una sólida base técnica, por último, una misión civilizatoria dentro de la sociedad que trascendía el rol de una organización destinada exclusivamente a las tareas militares de defensa. Uno de los primeros rubros en los que comenzó a delinearse el nuevo modelo que sumaba destrezas técnicas y misión nacional fue el relevamiento y confección de la cartografía del Estado nación. En efecto, fue el Ejército, como rama del Estado, la agencia encargada de definir el perfil cartográfico de la Nación Argentina. De esta 4 El padre del futuro presidente era un político destacado de las filas mitristas. Llegó a ser gobernador de Corrientes; combatió primero como parte del Ejército Nacional contra López Jordán y luego como parte de la milicia correntina. Más tarde participó de las tropas porteñas que enfrentaron a Roca. Al respecto véase Rosendo Fraga, El general Justo, Buenos Aires, Emecé, 1993; y Luciano de Privitellio, Agustín P. Justo, las armas en la política, Buenos Aires, FCE, 1997. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político Para dar cuenta de la relación de la institución con la política durante el siglo XX es necesario revisar algunas perspectivas de análisis que pueden dar lugar a miradas demasiado sesgadas y esquemáticas. En primer lugar la propia historia institucional de la fuerza, en segunda instancia, la subsumisión de la intervención de la fuerza en la política en la serie de golpes de Estado iniciados en 1930, por último, la visión que convierte a la fuerza en un actor homogéneo, coherente y a la vez aislado del resto de la sociedad. En el primer caso, el riesgo es el de toda historia que se sustenta sobre un mito de orígenes y que, al convertir a un actor en una especie de sustancia siempre igual a sí misma, ignora o quita importancia a los cambios, por más profundos que éstos sean. Es posible que actualmente el Ejército considere que su origen se ubica en 1810, sin embargo esto es cierto a condición de que se acepte que dicha continuidad no supone sino el recono- cimiento de un antecedente en extremo remoto y no, en cambio, elementos o características comunes. El Ejército de las guerras revolucionarias no se parece absolutamente en nada al que analizaremos aquí y tampoco arrastra ninguna continuidad institucional, aun cuando el último quiera reconocerse en el primero. Este reconocimiento implica un proceso de construcción de identidad, por otra parte absolutamente legítimo en términos institucionales –las instituciones construyen su historia identitaria de esta manera– pero del que no deben extraerse mayores con- secuencias analíticas. El segundo problema es todavía más importante. Con la instauración del régimen constitucional en 1983, se construyeron y popularizaron una serie de imágenes del pasado de la Argentina destinadas en buena manera a fundar una tradición democrática y republicana en un país que, sin embargo, carecía notoriamente de ellas. En buena medida, las llamadas teorías de los “demonios” –sean ellos uno o dos– apuntan hacia ese objetivo: si las catástrofes y las tragedias recientes y antiguas se debían a estos demonios, esto era así porque en la sociedad –ajena a dichos demonios– anidaba en cambio una natural tendencia hacia la democracia. No se trata de contrastar esta visión con un análisis detallado del pasado que pretende explicar: es evidente que no resistiría la menor aten- ción crítica. Pero también es notorio que esta imagen resultó ser de capital importancia para dar al frágil proceso de institucionalización constitucional y democrática iniciado en 1983 algún pilar sobre el cual sustentarse. De esta forma, los llamados “golpes de Estado” fueron colocados en una serie explicativa más o menos homogénea que se extendería desde 1930 hasta 1976 y que reconocería actores y circunstancias más o menos equivalentes (vg: militares, oligarquías, etc.). Este período pasó a ser considerado como una “era” a la que, a la vez que se da por concluida, se le otorga una serie de rasgos comunes cuyo resultado es ocultar las diferencias, a veces enormes, que hay entre cada uno de estos sucesos.1 El tercer problema es en muchos sentidos consecuencia de los dos primeros. Al asumirse el esfuerzo a la vez político y analítico por concebir el rol de la fuerza en la política, se puede terminar creyendo que se trata de un actor homogéneo, coherente y, sobre todo, apartado del resto de la sociedad argentina. La intención de este trabajo es, en cambio, devolverle al período 1900-1930 su condición de presente, analizando estos cambios en su contexto histórico específico y sin pensar en las tensiones que vivirá la fuerza en la segunda mitad del siglo, las que, por otra parte, y como argumentaremos aquí, se vinculan menos con los cambios que se producen en el paso de un siglo a otro que con otros procesos que se producen al finalizar el período que hemos seleccionado. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el paulatino surgimiento y consolidación del Estado nacional provocó una serie de fuertes conflictos que tuvieron por eje el uso y monopolio de la Fuerza Armada.2 Las acciones militares que enfrentaron al Ejército Nacional con las milicias provinciales fueron un elemento más, sin dudas el más importante, de lo que por entonces era un problema fundamental: la relación entre las provincias y el Estado central, problema que la aprobación de la Constitución en 1853 no había resuelto. El conflicto por el uso mono- pólico de la Fuerza Armada adquirió desde un principio el sentido que había caracterizado toda la problemática política que sucedió al colapso del Imperio español en la zona rioplatense y que tuvo su eje en la disputa entre entidades territoriales con base inicial en las ciudades transformadas pronto en provincias al incorporar la campaña.3 LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Ésta es la hipótesis que desarrolla, por ejemplo, la película La República Perdida que tuvo un gran éxito durante la campaña electoral de 1983, pero es también la que defendió el gobierno de Raúl Alfonsín en su política hacia los sucesos de los años setenta. 2 Sobre esta cuestión véase Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. De la misma autora: “El pueblo uno e indivisible. Prácticas políticas del liberalismo porteño”, en Lilia Ana Bertoni y Luciano de Privitellio (comps.), Conflictos en democracia, la vida política argentina entre dos siglos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009. 3 Al respecto véase José Carlos Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados. Orígenes de la Nación Argentina (1810-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997
  • 70.
    139138 nueva misión destinadamenos a incrementar su poderío bélico (aunque esto también formó parte de los objetivos) que a garantizar la implantación de una conciencia nacional entre la población: el servicio militar obligatorio. Cuando Roca asumió por segunda vez el gobierno en 1898, lo hizo con una fuerte autocrítica del optimismo que había caracterizado su primer mandato. Junto con el temor por una elite política levantisca y fac- ciosa que no duda en tomar las armas y hacer revoluciones –la revolución siguió siendo siempre objeto de su odio–, agregó el temor por una sociedad en la que parecen incubarse varios elementos negativos. Entre ellos, uno se trataba de la tendencia al conflicto social; otro, de la presencia de una multitud de inmigrantes que no asumían la identidad argentina como propia. De allí que el SMO, si bien también se vinculó con la posibilidad de un enfrentamiento con Chile, tuvo un fuerte perfil civilizador: debía convertir a los conscriptos a la vez en ciudadanos pacíficos y en argentinos patriotas. Esta tarea no era exclusiva del Ejército –también la escuela, por ejemplo, debía realizarla–, pero la fuerza acuñó rápidamente el carácter misional de su nuevo rol y se sintió como un eslabón crucial en la construcción de la conciencia nacional y ciudadana. El SMO formó parte de toda una batería de refor- mas planteadas por el segundo roquismo (reforma electoral de 1902, que fue aprobada aunque luego anulada en 1905; código de trabajo, que nunca fue aprobado): vista en esta perspectiva, es más fácil advertir hasta donde el SMO tuvo objetivos de largo plazo a la vez civilizatorios y nacionalizantes, mucho más que los objetivos mili- tares inmediatos y coyunturales. Hacia el primer Centenario, entonces, se ha consolidado un nuevo modelo militar que no es ni el de la milicia ni el del viejo ejército de línea de los años de 1880. Este modelo se basa en la presencia de un grupo de oficiales profesionales y fuertemente disciplinados, salidos todos de una única institución formadora y sometida a una única carera de ascenso cuyas etapas estarían pautadas por instituciones de formación superior (como la Escuela Superior de Guerra). A su vez, estas instancias estarían controladas por la propia oficialidad superior de la fuerza, con lo cual los ascensos quedarían sometidos a criterios institucionales y profesionales delineados por el Estado Mayor. En este sentido, la creación de la Escuela de Suboficiales en 1908 consagró la distinción entre los cuerpos de oficiales y suboficiales y eliminó los ascensos entre uno y otro, ascensos que en cambio eran muy comunes anteriormente. De esta forma, los ascensos quedarían fuera de las lógicas anteriores, basadas más bien en criterios políticos o en los desempeños en los campos de batalla los cuales, por otra parte, ya no formarían parte de la experiencia directa de los militares argentinos. Cuando en 1912 el presidente Sáenz Peña le otorgó al Ejército un rol de importancia en los procesos electorales (uso del padrón militar, control de las votaciones y de las urnas), según la ley de reforma electoral que lleva su nombre, eso sucedió porque consideraba que el proceso de construcción del nuevo modelo militar ya se encontraba muy avanzado. Dado que ahora eran el profesionalismo y los saberes técnicos –dentro de una carrera burocrática donde las escalas estaban perfectamente determinadas más allá de cualquier arbitrariedad política– lo que caracterizaba a la fuerza, no había riesgos al comprometerla en los procesos electorales. El Ejército era considerado como una institución ajena a los avatares de la política y, por eso, garantía de la imparcialidad que buscaba el presidente reformador. Dos analistas de la relación entre el Ejército y la política (Rouquié y Forte),8 han insistido sobre este punto y han encontrado aquí una explicación de una parte de lo sucedido durante el siglo XX. Según ambos autores, la intención de todas las reformas consistía en aislar a los oficiales para mantenerlos ajenos a la vida civil y polí- tica. De ello desprenden que los oficiales acentuaron una tendencia hacia el aislamiento (incluso en su vida coti- diana), lo cual habría derivado bien pronto en la formación de una corporación aislada del resto de la sociedad. Y, a partir de este argumento, explican la conformación de un “partido militar”, una fuerza pretoriana guardiana de los valores de la nacionalidad que irrumpirá contra gobiernos civiles a través de sendos golpes de Estado. Sin embargo, esta visión de una fuerza aislada del mundo social no resiste el análisis, como tampoco su asociación con una modalidad pretoriana y mesiánica de intervención en la política siempre igual a sí misma. El problema consiste en pensar el período que va de 1900 hasta los años treinta como un antecedente de un período por venir, y no dentro de su propia lógica de época, y también en creer que la fuerza actúa más o menos de la misma forma desde septiembre de 1930 hasta marzo de 1976. 8 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1978, 2 tomos; Riccardo Forte, “Génesis del nacionalismo militar. Participación política y orientación ideológica de las fuerzas armadas argentinas al comienzo del siglo XX”, en Signos Históricos, año 1, vol. 1, Nº 2, México, Universidad Autónoma Metropolitana, diciembre de 1999. forma, la fuerza pasó a ocupar un lugar central en lo que se convertiría en uno de los componentes básicos de la identidad territorial, a saber, la identificación de la nación con un contorno y unos contenidos de orden cartográ- ficos.5 Obviamente, existía una justificación específicamente militar para esa empresa militar, pero esta mirada más estratégica siempre estuvo acompañada por la idea de que cartografiar el país era una condición para el des- arrollo de una conciencia territorial de orden nacional. Paradójicamente, esto sucedía mientras en muchos otros países del mundo occidental se estaba dejando de percibir a la cartografía en un sentido puramente estratégico militar, y el trabajo del cartógrafo comenzaba a asociarse con instituciones científicas específicas compuestas por geógrafos, ingenieros y cartógrafos. En el caso argentino, ante la ausencia de tal universo disciplinar, el Estado recurrió a la única e incipiente burocracia técnica preparada para esta empresa: la IV sección del Estado Mayor que se convertirá en el Instituto Geográfico Militar (IGM) a comienzos de siglo XX y que en los años cuarenta –a partir de la llamada Ley de la Carta– y hasta prácticamente nuestros días tendrá el monopolio y control de toda la cartografía producida e impresa en el país. De esta manera el Ejército comenzó a desempeñar tareas que en otros países se vinculaban con ámbitos civiles, simplemente porque era el único organismo en condiciones de des- arrollarla. Pero, a su vez, esta presencia dejará su impronta hasta nuestros días, cuando no es difícil observar la dimensión geopolítica en la mirada sobre el territorio argentino, por ejemplo, en temas tales como la consideración de la porción de la Antártida pretendida por el Estado argentino como un territorio soberano, o la obligación de mostrar la isla Martín García en una escala mayor a la del resto del mapa para que aparezca dibujada en ellos. La confección del mapa y la naturalización de una identidad territorial es una de las primeras misiones no estric- tamente militares encaradas por este ejército que estaba cambiando lentamente hacia un nuevo modelo de fuerza. Pero esta misión atribuida al Ejército preocupado por definir la naturaleza de la nacionalidad y la entidad territorial de la nación, ante el doble temor de la inmigración y la expansión imperial europea, y ante la presión por la consolidación de fronteras estables y precisas, es sólo el comienzo del involucramiento de la fuerza en actividades equivalentes. Durante los críticos años noventa, que hoy sabemos fueron claves en infinidad de sentidos para la historia argentina, los cambios en la organización militar comenzaron a acelerarse. La crisis e inestabilidad eco- nómica y política, la inmigración masiva, la conflictividad social y la tensión con Chile alentaron este cambio de perspectiva. En este clima, el ritmo tranquilo de los ochenta, cuando parecía haber tiempo para hacer las cosas, dejó lugar a la preocupación por una rápida profesionalización y una centralización de los mandos y los controles castrenses. Primero fue el establecimiento de los códigos de justicia militar, que reemplazaron no sólo a los anti- guos reglamentos de Carlos III sino, sobre todo, a la pura arbitrariedad que se había establecido como norma implícita. Estos códigos garantizaban a la vez una férrea disciplina y un control centralizado del procesamiento de las faltas y delitos.6 Con la llegada de Roca al gobierno por segunda vez en 1898 se aceleró el camino de la reforma pro- funda, dirigida por su ministro de Guerra, general Pablo Ricchieri. El Estado Mayor fue reorganizado por completo, con el objeto de establecer una rígida centralización de mandos, dividir las tareas y las áreas de competencia, y acla- rar los caminos que debían recorrer las órdenes. Asimismo, se endurecieron las condiciones para acceder al Estado Mayor, primero estableciendo la obligación de ser egresado del Colegio Militar (que luego se extendería a la con- dición de oficial de la fuerza) y, más tarde, la de haber pasado por la Escuela Superior de Guerra. Es a esta fuerza que está comenzando a definirse como una burocracia,7 capaz de autorregular su carrera interna y a la vez de establecer los códigos y sanciones de la profesión, a la que se le encomendará una 5 Evidentemente no nos referimos al territorio real (que por razones obvias es desconocido para una abrumadora mayoría de la pobla- ción) sino a su representación cartográfica. Al respecto véase Carla Lois y Malena Mazzitelli Mastricchio, “Una historia de la cartogra- fía argentina”, en L. Weisert y J. C. Benedetti (comps.), 130 años del Instituto Geográfico Nacional, 1879-2009, Buenos Aires, Presidencia de la Nación Argentina, Ministerio de Defensa, CONICET, 2009. 6 Véase Juan Fazio, Reforma y disciplina. La implantación de un sistema de justicia militar en Argentina (1894 -1905), mimeo (disponible en línea: <http://historiapolitica.com>). Debo agradecer muy especialmente a Juan Fazio, cuyos trabajos (hasta donde sé inéditos) y charlas sobre la situación del Ejército a comienzos del siglo XX me han resultado imprescindibles para el desarrollo de estas ideas sobre el Ejército y la política. 7 Cabe aclarar que la palabra burocracia no incluye ningún sentido peyorativo. Por el contrario, a comienzos de siglo la conformación de diferentes agencias estatales con burocracias sólidas era un ideal perseguido por muchos pensadores y políticos. Uno de los padres fundadores de la sociología, Max Weber, realizará una sólida teoría al respecto, tomando como ejemplo una de las burocracias más admiradas en esa época, la del Imperio alemán. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 71.
    141140 de Uriburu quien,por otra parte, no ejercía ninguna clase de autoridad institucional en la fuerza. Incluso los ofi- ciales con mando de tropa que no simpatizaban con el Presidente, respondieron a los llamados de Uriburu con una actitud fuertemente legalista, lo cual contrasta, como hemos señalado, con la actitud que solían tomar antes de las grandes reformas de 1900. Cuando Uriburu se apoderó de la Casa de Gobierno, los mandos de los princi- pales cuerpos del Ejército dudaron todavía en reconocerlo como nuevo presidente. Cuando las cosas fueron más claras y Uriburu pudo exhibir las renuncias del presidente Yrigoyen y de su vice, Enrique Martínez, sólo entonces decidieron acatar al nuevo gobierno. El golpe de 1930 fue mucho más un movimiento civil encarado por la opo- sición a Yrigoyen y una escasa fracción de oficiales, que un golpe institucional del Ejército.11 Esto no debería sorprender. En cuanto se abandonan las miradas teleológicas y sustancialistas que creen que las actitudes del Ejército y de sus oficiales fueron siempre más o menos las mismas, se advertirá que, fueran radicales o profesionalistas, en la amplia mayoría de los oficiales anidaba una mirada respetuosa de las institu- ciones. En el Colegio Militar se enseñaban materias de Instrucción Cívica según los planes diseñados por el propio Justo durante su paso por la dirección de la institución (1915-1922). Desde el punto de vista ideológico-político, los oficiales eran preponderantemente radicales o liberales. Las posiciones proto-fascistas o corporativistas de Uriburu gozaban de algunos apoyos castrenses, pero éstos no eran mayoritarios ni mucho menos. Y, por otra parte, el rechazo que tanto en la opinión política como entre los cuadros militares despertaban sus ideas, le garantizó un rápido desgaste de su poder y el abandono de todas sus intenciones de regenerar a la Argentina mediante una reforma constitucional. La versión uriburista del golpe de 1930 resultó en un fracaso rápido y contundente. Sin embargo, a mediados de los años veinte estaba comenzando a forjarse el proceso que cambiaría esta situación de raíz. Desempeñándose Justo como ministro de Guerra del presidente Marcelo T. de Alvear, en 1927 monseñor Copello se había hecho cargo de la dirección del vicariato castrense: de su intensa actividad en el cargo nacería una relación destinada a tener profundas consecuencias políticas, tantas como hasta ese momento las había tenido el proceso de reforma y burocratización.12 Decidida a dejar una marca indeleble en la formación de la oficialidad, la vicaría castrense ofreció a los jóvenes oficiales una visión del mundo a tono con los preceptos de la Iglesia preconciliar profundamente refractaria del mundo liberal y democrático: integrista, corporativa, furiosamente nacionalista, antisemita, autoritaria, antidemocrática y antiparlamentaria. El neotomismo imperante se basaba además en una furiosa crítica a las concepciones de la sociedad sostenida en los derechos de los indi- viduos considerados iguales. Esta visión del mundo no sólo se presentó como una alternativa atractiva frente a las perplejidades abiertas por la crisis mundial, que habían puesto a las convicciones liberales y democráticas a la defensiva, sino que entusiasmó especialmente a los hombres de armas, ya que les reservaba un lugar de privilegio como portadores de las virtudes de una nación que ahora se identificaba en una unidad sin fisuras con el catoli- cismo. La guerra civil española, seguida con interés y entusiasmo por sacerdotes y oficiales, consolidó esta iden- tidad agresiva y mesiánica que fue amalgamando la Cruz y la Espada en nombre de los mismos valores. Este pro- ceso fue mucho menos ruidoso que las siempre citadas influencias que los regímenes fascistas europeos habrían tenido entre los oficiales, pero, por eso mismo, su concreción fue más firme, sus avatares menos dependientes de los cambios coyunturales y sus consecuencias de más largo aliento. Esta nueva situación militar fue la que produjo un desgaste del poder de Justo dentro de la institución. Su lugar como referente de una visión a la vez profesiona- lista, tecnicista y liberal de la sociedad y la política, que años antes le había garantizado un prestigio y una hege- monía incontrastable, estaba siendo socavado por esta nueva pedagogía de una Iglesia a la que él mismo había dado cabida dentro del Ejército. Si entre 1914 y 1930 Justo había sabido ganarse el favor de los jóvenes oficiales que recibían instrucción en los institutos castrenses y que ahora ocupaban lugares importantes en la estructura de mando, las nuevas camadas se estaban educando con otros parámetros y otros referentes: sólo faltaba que una facción nacionalista y profundamente refractaria a la democracia liberal se organizara como tal, encontrara sus líderes y precisara sus objetivos. Retomaba de la vieja estructura la idea de una misión, pero su misión era otra: la legalidad constitucional no formaba parte de sus preocupaciones. Sí, en cambio, la salvación de una patria identificada con la fe católica. Ese sector irrumpió en la escena luego de que la muerte de Justo dejara al sector 11 Acerca del golpe de septiembre de 1930 véase mi “La política bajo el signo de la crisis”, en Alejandro Cattaruzza (coord.), Crisis eco- nómica, avance del Estado e incertidubre política (1930-1943), Buenos Aires, Sudamericana, 2001. 12 Véase Loris Zanatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996. En cambio, sostenemos que hasta los años treinta la tendencia a la profesionalización estará siempre en tensión con la presencia en la fuerza del faccionalismo político, que no fue de ninguna manera erradicado, y que eso sucede precisamente porque ese Ejército tiene lazos sólidos y estrechos con el mundo “civil”. Es indudable que en este período se está creando el espíritu de cuerpo, pero ese proceso de creación describe sólo una parte de la experiencia de los oficiales. Más aun, el hecho de que los oficiales superiores tuvieran que insistir constan- temente sobre la importancia de este espíritu podría ser más una señal de la preocupación por crearlo que de su definitiva e incontrastable existencia. Los lazos de los oficiales con la sociedad son mucho más fluidos de lo que la idea de una profesiona- lización y una vida centrada en el Colegio y los cuarteles parece indicar. En primer lugar, porque todavía hay muchos oficiales del “viejo Ejército” en funciones. Uriburu, Dellepiane, Justo, Mosconi son apenas algunos ejem- plos de estos oficiales para los cuales el cuartel constituye sólo una parte de sus vidas. Los dos últimos, por ejemplo, habían obtenido su título de ingeniero en la Universidad de Buenos Aires. En segundo lugar, porque las tareas civilizatorias encomendadas por los sucesivos gobiernos los conectan muy estrechamente con el resto del universo social. Al circular por los cuarteles de todo el país, al recibir cada año a una nutrida cantidad de jóvenes conscriptos y al interactuar con las sociedades locales del interior, los oficiales aprenden a conocer muchas realidades y a interactuar con ellas. Pero, sobre todo, el Ejército no deja de participar en la política facciosa, porque es todavía una cos- tumbre muy arraigada y porque es la propia política la que los convoca recurrentemente. Los convoca por ejemplo a la hora de reprimir la conflictividad social, como lo hace Hipólito Yrigoyen en 1919 en la Capital, o un poco más tarde en la Patagonia. También se los convoca a la hora de las intervenciones federales, una vieja modalidad de control político que, como sabemos, no se interrumpe con la llegada del radicalismo al poder en 1916.9 Se los convoca además a la hora de dirigir una empresa energética, como sucede con Mosconi en YPF. Se los convoca, finalmente, al levantarse una parte del arco político contra un gobierno al que se define como una tiranía, como sucede en 1905 y 1930. En el imaginario del propio Yrigoyen, la existencia de un Ejército puramente profesional era sólo una falacia de lo que gustaba llamar “el régimen abyecto” (toda la realidad política anterior a su llegada al poder) que, según decía, él venía a sepultar. Por eso, recurrió inmediatamente a la implementación de la llamada “política de las reparaciones” destinada a premiar a aquellos oficiales que habían participado de las revoluciones radicales (sobre todo la de 1905) con ascensos vertiginosos y destinos de relevancia. Por eso, además, nombró a un civil, Elpidio González, como ministro de Guerra y jefe operativo de la fuerza.10 El presidente radical no advertía hasta donde esta política se enfrentaba con los nuevos criterios burocráticos de la fuerza y con los sistemas de ascenso que eran controlados desde el Estado Mayor. Por eso, aun los oficiales de indudable simpatías con el radicalismo (como Uriburu y Justo) comenzaron a alejarse de él y a constituir una oposición a esta irrupción de un criterio político (en rigor, radical) en nombre del “profesionalismo”. En los años veinte, una logia de oficiales medios lide- rada por el coronel Luis García (la Logia General San Martín) decidió enfrentar al gobierno esgrimiendo precisa- mente banderas profesionalistas. En 1929, las elecciones del círculo militar enfrentaron a una facción de oficiales radicales (cuyo líder era el general Dellepiane) con otra profesionalista (cuya cabeza visible ya era el general Justo). A pocos meses del golpe de septiembre de 1930, ganaron la elección los oficiales radicales. Evidentemente pese a ser ya una burocracia altamente organizada, la idea de una fuerza profesional ajena a la política no describe adecuadamente la situación del Ejército. Por el contrario, para 1929 la institución reproducía con absoluta fidelidad la polarización que ya ganaba la política nacional entre yrigoyenistas y antiyri- goyenistas. En efecto, las viejas identidades políticas en parte se diluyeron en la elección presidencial de 1928: todo el arco político se organizó alrededor del apoyo o el rechazo al líder personalista. Y, como sucedía en la sociedad, en el Ejército también predominaban los yrigoyenistas. Esto explica por qué el movimiento de septiembre de 1930 fue un rotundo fracaso en el plano militar como lo revelan, por ejemplo, las memorias del coronel José María Sarobe o del entonces capitán Perón, pero, sobre todo, como lo prueban las escasas tropas que acompañaron la aventura 9 Al respecto véanse Natalio Botana, El Orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977; y Ana Virgina Persello, El partido radical. Gobierno y oposición, 1916-1943, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004. 10 Durante todo el período que abarca este artículo, el Ministro de Guerra es el jefe operativo de la fuerza, por esa razón, la cartera era ocupada generalmente por militares. A diferencia de lo que sucede en nuestros días, el Ministro era la presencia militar en el gobierno y no un civil que representa al Presidente ante la fuerza. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES LUCIANO DE PRIVITELLIO - El Ejército entre el cambio de siglo y 1930: burocratización y nuevo estilo político LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 72.
    142 liberal sin jefe,en junio de 1943. Esta vez, el golpe tuvo mucho de pretoriano: fue encabezado por la máxima autoridad de la fuerza (el ministro de Guerra, general Ramírez) y se dispuso a modificar de raíz el sistema político argentino. Pocos fueron los civiles que aplaudieron, salvo algunos radicales que inicialmente creyeron que se pon- dría fin a la experiencia del fraude y, por supuesto, los militantes nacionalistas. Pero Ramírez carecía de las virtudes políticas necesarias para ser un verdadero caudillo de la fuerza. Con el ascenso vertiginoso de Perón una nueva etapa se iniciaba en la historia de la Argentina y de su Ejército. BIBLIOGRAFÍA CHIARAMONTE, José Carlos, Ciudades, provincias, Estados. Orígenes de la Nación Argentina (1810-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997. FAZIO, Juan, Reforma y disciplina. La implantación de un sistema de justicia militar en Argentina (1894-1905), mimeo. Disponible en línea: <http://historiapolitica.com>. FRAGA, Rosendo, El general Justo, Buenos Aires, Emecé, 1993. LOIS, Carla y Malena Mazzitelli Mastricchio, “Una historia de la cartografía argentina”, en L. Weisert y J. C. Benedetti (comps.), 130 años del Instituto Geográfico Nacional, 1879-2009, Buenos Aires, Presidencia de la Nación Argentina, Ministerio de Defensa, CONICET, 2009. PRIVITELLIO, Luciano, Agustín P. Justo, las armas en la política, Buenos Aires, FCE, 1997. SABATO, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. _______________, “El pueblo uno e indivisible. Prácticas políticas del liberalismo porteño”, en Lilia Ana Bertoni y Luciano de Privitellio (comps.), Conflictos en democracia, la vida política argentina entre dos siglos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009. ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 73.
    145Introducción El período quelos historiadores suelen denominar la “Argentina moderna” (1880-1930) –aunque sería más correcto decir modernizada–, tiende a ser considerado una unidad en términos económicos –por la pre- eminencia del modelo primario exportador, si bien la sustitución de importaciones industriales comenzó en el transcurso de este período– y subdividido en dos en lo político (1880-1916 y 1916-1930), siendo la llegada del radi- calismo y de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la República el hecho divisorio. Aquí sostendremos una posición diferente en lo que atañe a la periodización política, considerando 1912 como el año de corte. También consideraremos que entre 1880 y 1930 el país atravesó una situación de exis- tencia de un Estado y una sociedad civil fuertes, relación que no terminó de consolidarse. Hubo un progresivo fortalecimiento de la sociedad civil, pero fue un fortalecimiento corporatista. En ese contexto, el sistema político –con su doble mediación y lógica, la partidaria y la corporativa– acentuó la debilidad de los partidos y la fortaleza de las asociaciones de interés, díada que, a su vez, operó en el sentido de un creciente afianzamiento del poder y del papel del Estado. La debilidad del sistema político, la fortaleza estatal y la primacía del principio nacional- estatal sobre el nacional-popular fueron parte del entramado que contribuye a explicar cómo, en el mediano plazo, se constituyeron las bases de un Estado crecientemente partícipe en la mediación conflictiva entre las dife- rentes clases y grupos sociales y, por lo tanto, dispuesto a atender satisfactoriamente las demandas de otros grupos que no fueran exclusivamente los dominantes, función redistributiva del Estado que, como es sabido, alcanzó su momento culminante bajo el peronismo (1946-1955). Las modificaciones de la forma (por la ley electoral de 1912) y de las funciones del Estado (cada vez más redistributivas, como acaba de señalarse) implicaron la clausura defi- nitiva del Estado oligárquico. No obstante, la extensión del derecho de ciudadanía política, la paulatina consecu- ción de la ciudadanía social y la regulación estatal del conflicto social no alcanzaron para asegurar una adecuada transición del régimen oligárquico al democrático, la cual se truncó en 1930 con el golpe de Estado. Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930) WALDO ANSALDI UBA / CONICET 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES 3 CAPÍTULO
  • 74.
    146 147 Los episodiosde la Revolución del Parque son muy conocidos y no serán repetidos aquí. Desde el punto de vista de los sectores más radicales, la insurrección fracasó por varios motivos, entre los cuales fue signi- ficativa la connivencia entre el jefe militar del operativo, el general de brigada Manuel Campos, y el teniente general Julio A. Roca. Otras razones, probablemente de mayor peso, fueron: 1) ausencia de mando político-mili- tar unificado; 2) subordinación de la dirección política a la dirección militar; 3) estrategia insurreccional fundada en el accionar de un número limitado de cuadros civiles y militares con exclusión de participación y/o moviliza- ción popular organizada y de cierta envergadura; 4) virtual reducción de las operaciones a la Capital Federal. En lo tocante a este último aspecto, parece harto significativo que un movimiento con aspiraciones de defenestrar el poder político nacional se planteara actuar en un espacio reducido, por más que en él se con- centrara el poder. En rigor, la estrategia se asemejó mucho más a un putsch que a una insurrección popular o, mucho menos aun, a una revolución. A esas razones de índole técnico-militar deben añadirse otras que permiten comprender el momento político-militar de la insurrección: la heterogeneidad de las fuerzas sociales y políticas involucradas, el carácter instrumental que unas y otras asignaban a la insurrección y al eventual cambio de gobierno, lo que se apreció muy bien después de la renuncia del Presidente. La insurrección fue derrotada militarmente, Juárez Celman y sus acólitos lo fueron políticamente. Según la feliz expresión del senador católico cordobés Manuel D. Pizarro: “la insurrección está vencida, pero el gobierno está muerto”. No todos los perdedores salieron de la crisis de la misma manera. Lo más significativo del acontecimiento del Parque –una encrucijada en la cual los sujetos plantearon diferentes opciones para construir la historia– es que de ahí en más se bifurcaron los senderos políticos: la causa y el régimen, el acuerdo y la intran- sigencia, la oligarquía y la democracia. La división política de la burguesía en dos grandes alas –oligárquica una, democrática la otra– definió una parte esencial del escenario político del siguiente cuarto de siglo, dentro del cual también comenzaron a desempeñar su papel las clases media y obrera urbanas. Inicialmente, el radicalismo –el bonaerense en primer lugar– fue en buena medida expresión de la burguesía democrática y, a partir de la década de 1910, de la clase media, si bien en la Capital Federal debió competir con el Partido Socialista, que recogió voluntades dentro de ella. La Unión Cívica Radical –partido a la norteamericana, abierto, sin programa preciso– y el Partido Socialista –agrupación de cuadros a la europea, doctrinaria y programática– representaron y dividieron el campo democrático, no pudiendo constituir un frente antioligárquico. La fractura de la UC se produjo en 1891 como consecuencia de las negociaciones entre Bartolomé Mitre y Julio A. Roca, que culminaron en el llamado Acuerdo, consistente en la aceptación de la fórmula Mitre- Irigoyen, el mantenimiento de las situaciones provinciales y la supresión de toda lucha electoral. Es decir: la con- tinuidad de las prácticas ya consagradas y la total abdicación de los principios enarbolados en 1889. El Acuerdo dividió a la Junta Ejecutiva de la UC y al conjunto del partido. Alem, senador nacional por la Capital Federal, encabezó la oposición. El 26 de junio de 1891 se reunió el Comité Nacional con el objeto de dis- cutirlo. De sus 56 integrantes, sólo asistieron los 32 opositores. Los 24 partidarios sesionaron por separado, lo rati- ficaron, realizaron luego nuevas reuniones con representantes del PAN y finalmente, reunidos en la Convención Nacional, cambiaron la fórmula presidencial, reemplazando a Irigoyen por José Evaristo Uriburu. Los primeros formaron la Unión Cívica Radical (UCR); los segundos, la Unión Cívica Nacional (UCN). La UCR se distinguió por la intransigencia; la UCN, por la componenda (que no es la negociación sin renuncia a los principios). De hecho, una y otra de estas notas distintivas de dos fuerzas que se reclamaban modernas, no hicieron más que expresar, nue- vamente, una constante de la cultura política argentina. El Parque representa la debilidad y la fortaleza de la hegemonía organicista. La debilidad generó el intento insurreccional democratizador; la fortaleza permitió su derrota y una solución que reforzó el modo oligárquico de ejercer el poder. En el Parque se bifurcaron los senderos de la burguesía (el oligárquico y el democrático) y, a su vez, los senderos de las fuerzas democráticas (un sector de la burguesía, la clase media, y algunos sectores obreros y trabajadores). El Parque fue el prólogo de la derrota oligárquica y del triunfo democrático de 1912-1916, pero su epílogo fue la derrota democrática de 1930, con su larga secuela de inestabilidad y debilidad, cuando no ausen- cia, de la democracia política. El año 1890 constituyó, en buena medida, un nudo histórico. La crisis económica y la crisis política redefinieron el rumbo de la sociedad argentina, afirmando las corrientes favorables a un modelo económico agroexportador con dominación política oligárquica. La crisis económica enervó posibilidades de un desarrollo indus- trial autónomo o de uno combinado agroganadero e industrial. Significativamente, poco después, el desarrollo rural pampeano viró de la vía farmer –pequeños y medianos productores propietarios de las tierras que trabajaban–, CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930) El Parque de los senderos que se bifurcan La Argentina modernizada se organizó políticamente bajo la forma oligárquica, es decir, un régimen de participación ciudadana restrictivo, con un poder concentrado en un grupo minoritario, reacio a la ampliación del quantum con capacidad de decisión.1 El modo oligárquico de ejercer la dominación política fue cuestionado tempranamente. En primer lugar, por otros sectores de la propia burguesía que, al mismo tiempo que reclamaban la ampliación del sistema de decisión política, ratificaban su adscripción al modelo económico y a los valores cul- turales definidos por la fracción políticamente triunfante. A este reclamo por la democracia política se sumaron nuevos sujetos sociales: las clases media y obrera urbanas. La tensión estalló en julio de 1890, entremezclando la crisis económica con las demandas políticas que, en este plano, también constituían una crisis. Una conjunción de fuerzas civiles y militares generó una insurrección en procura de la destitución y reemplazo del gobierno nacional. Empero, la “caldera” política había entrado en ebullición un año antes. En efecto, la oposición porteña al presi- dente Juárez Celman se organizó, a partir del 1º de septiembre de 1889 (mitin del Jardín Florida), en la Unión Cívica de la Juventud –de la cual formaron parte, entre otros, Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Leandro Alem–, asociación que reclamó el respeto de las libertades públicas, la pureza de la moral admi- nistrativa, el libre ejercicio del derecho de sufragio, la efectiva vigencia de las autonomías provinciales, dentro de once puntos que incluyen, desordenadamente, demandas y propuestas de acción. El 13 de abril de 1890, en la Asamblea reunida en el Frontón de Buenos Aires, en la cual participaron también los católicos liderados por Pedro Goyena y José Manuel Estrada, se convirtió en Unión Cívica (UC), siendo su presidente Leandro Alem. Entre sus propulsores, integrantes y/o aportantes de fondos se encontraban nombres destacadísimos de la gran burguesía terrateniente: Anchorena, Ayerza, Beccar Varela, Martínez de Hoz, Leonardo Pereyra, Félix de Álzaga, Torcuato de Alvear, Carlos Zuberbühler. Según Mariano de Vedia y Mitre, “la organiza- ción de los clubes parroquiales de Unión Cívica” se apoyó “en las clases más distinguidas de la sociedad”.2 La nueva organización optó por el camino de la violencia y se dedicó a preparar una insurrección cívico-militar. Esa insurrección es conocida como Revolución del Noventa o Revolución del Parque. Participaron de ella fuerzas sociales y políticas diferentes, cuyos objetivos no siempre eran coincidentes, salvo en el principal, el cambio de gobierno. Un rasgo distintivo fue el de la participación convergente de sectores distintos y antagónicos que lograron articular un “frente único”: mitristas, católicos, la corriente Alem-Del Valle y burgueses terratenientes (como los antes citados). Estos últimos pretendían recuperar un control más estrecho del Estado, al que veían diri- gido por una camarilla que tendía a independizarse de las fuerzas sociales reales que le servían de sustento. Terratenientes y financistas aportaron los fondos necesarios para atender los gastos materiales del movimiento. Los mitristas (sectores del comercio y la pequeña burguesía) perseguían un acuerdo con el gobierno –con el roquismo, más no con el juarismo–, como fórmula de solución a la crisis económica y política. Los católicos procuraban limitar el alcance de las reformas laicas, liberales, a menudo anticlericales, dispuestas por Roca y Juárez Celman, amén de una cierta defensa de la industria nacional. Los cívicos de Leandro Alem levantaban la triple consigna del sufragio universal, la frontal e intransigente oposición al acuerdo con el roquismo y la lucha contra la corrupción. Los terratenientes bregaban por una salida que resguardara espacios fundamentales de sobe- ranía económica, reaccionando frente a la política juarista de excesivas concesiones al capital extranjero. La juventud universitaria porteña y cuadros del Ejército y la Marina también se encontraban entre los insurrectos, quienes pro- clamaron en el manifiesto: No derrocamos al gobierno para separar hombres y sustituirlos en el mando; lo derrocamos para devolverlo al pueblo a fin de que el pueblo lo reconstituya sobre la base de la voluntad nacional. No se cuestionaba el modelo primario-exportador, la estructura socioeconómica del país. La impug- nación estaba dirigida, inequívocamente –al menos en lo argumental–, contra el orden político vigente, al cual se aspiraba modificar. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Véase Waldo Ansaldi, “Frívola y casquivana, mano de hierro en guante de seda. Una propuesta para conceptualizar el término oligar- quía en América Latina”, en Cuadernos del Claeh, año 17, Nº 61, Montevideo, 1992, pp. 43-48. 2 Mariano de Vedia y Mitre, Historia de la Unidad Nacional, Buenos Aires, Estrada, 1946.
  • 75.
    149148 La cuestión dela mediación entre la sociedad civil y el Estado En un régimen político democrático liberal –o al menos fundado jurídica y políticamente en sus prin- cipios–, el canal por el cual se expresan las demandas de la sociedad civil ante el Estado lo constituyen los partidos políticos y el Parlamento. Es decir, los partidos con representación parlamentaria son quienes operan como agentes transmisores de las demandas de la sociedad civil al Estado. El sistema de partidos durante los años 1891-1930 estuvo constituido, básicamente, por el Partido Autonomista Nacional (PAN) que desapareció hacia 1910 y fue sustituido por el Partido Conservador, la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista y, a partir de 1914-1915, por el Partido Demócrata Progresista. Excepto el PAN, no fueron partidos clasistas, al estilo de los europeos o los chilenos, quizás porque la estructura social no estaba cristalizada y había una importante movilidad social ascendente. El Partido Conservador fue el de los grandes propietarios de la tierra, aunque no careció –clientelismo mediante– de base electoral popular, sobre todo en las provincias de Buenos Aires, Corrientes y del Noroeste argentino. La UCR, según Rock, fue un partido inicialmente “retoño, en buena medida, de las facciones terrate- nientes” que, desde 1905, penetró “en los grupos de clase media urbana; luego de 1912 se convirtió en un vasto partido popular que abarcaba muchas regiones del país”, si bien siguió “en gran parte dominado por los propie- tarios de tierras”. En suma: “un movimiento de masas manejado por grupos de alta posición social”.5 La UCR tuvo una pretensión totalizadora: “ser la Nación misma”, como decía el Manifiesto del 30 de marzo de 1916. De allí su preferencia por definirse como movimiento antes que como partido (Manifiesto del 13 de mayo de 1905). La síntesis de la concepción omnicomprensiva, abarcadora de la totalidad social, fue formulada por Hipólito Yrigoyen en su primer mensaje al Congreso Nacional, en 1916: “La Unión Cívica no está con nadie ni contra nadie, sino con todos para bien de todos”. El Partido Socialista era un partido básicamente urbano, integrado por artesanos y pequeños comer- ciantes, empleados, obreros y profesionales. Su fuerte electoral era la Capital Federal, donde obtuvo resonantes triunfos. Algunas esporádicas victorias en localidades del interior (Laboulaye, Resistencia, más tarde San Rafael y Mar del Plata) no modificaron el rumbo. En buena medida, esa incapacidad de inserción en las provincias guardó relación con su errónea percepción de la composición étnica de la estructura social extrapampeana. Al igual que la UCR, el Partido Socialista fue un partido intransigente, reacio a alianzas con otras formaciones, a las cuales con- sideraba portadoras de prácticas viciosas del pasado, calificadas como “política criolla”. Recién en 1931 se apartó de esa postura, al constituir con el Partido Demócrata Progresista la efímera Alianza Civil, al solo efecto de enfrentar a la fórmula conservadora en las elecciones presidenciales de ese año. El Partido Demócrata Progresista quiso ser el partido orgánico de la derecha democrática, pero las contradicciones internas y las ambiciones personales frustraron ese intento y terminó siendo un partido provincial (Santa Fe) con proyección nacional y con base en los sectores medios urbanos. Esas cuatro grandes formaciones partidarias dominaron la escena política hasta 1945-1946. Sin embargo, no pudieron constituir un sistema de partidos sólido, aunque sí identidades partidarias fuertes. Si institucionalmente –como ocurre en el caso argentino– los partidos no logran consolidar su papel de mediadores y articuladores entre la sociedad civil y el Estado, tal fracaso se refuerza con el del Parlamento en igual función. Es probable que en éste hayan incidido decisivamente tanto la mecánica de representación oligár- quica prolongada durante la fase democrática cubierta por las administraciones radicales, cuanto la situación de entrampamiento institucional en la cual cayó la UCR, en particular durante la primera presidencia de Yrigoyen, quien gobernó con un Poder Legislativo adverso que trababa u obstaculizaba la adopción de medidas que requerían el acuerdo parlamentario. Recién en 1918, el radicalismo alcanzó la mayoría en la Cámara de Diputados, consolidando posiciones en 1920-1921. En el Senado, la mayoría conservadora permitió el efectivo desempeño de reaseguro o garante del orden oligárquico. Adicionalmente, la práctica contubernista –que los conservadores desarrollaron con eficacia– contribuyó a complicar el accionar parlamentario de las fuerzas políticas antioligárquicas, dividiendo a éstas y diluyendo la eficacia del Parlamento como ámbito en el cual dirimir, conforme a reglas, las diferencias, las coincidencias, los acuerdos y hasta las fracturas. abierta con los exitosos procesos de colonización, a la vía chacarera –medianos productores arrendatarios de las tierras, pertenecientes a grandes propietarios–, sin que la proposición signifique establecer una relación casual entre crisis económica y cambio de vía de desarrollo rural. La crisis política, a su vez, puso de manifiesto la decisión de la burguesía democrática, la clase media urbana y sectores de obreros industriales de terminar con la práctica oligárquica de la dominación política, lucha para la cual gestaron sus propias fuerzas. La creación de la Unión Cívica y los intentos de agrupamiento socialista fueron parte de esta lucha. No obstante, la debilidad de los demó- cratas y la habilidad del núcleo oligárquico para recomponer su fortaleza se combinaron para asegurar la conti- nuidad del régimen. Antes de concluir, el año 1890 mostró a los argentinos otra novedad. Militantes socialistas comenza- ron a editar –bajo la dirección de Germán Ave Lallemant y la colaboración en la redacción de Augusto Kühn– el periódico El Obrero, autodefinido “órgano de prensa de la Federación Obrera en formación”. En el primer número, aparecido el 12 de diciembre de 1890, se presentó “Nuestro programa”. Con él se sentaron las bases para crear un partido político de clase obrera, una cuestión clave para entender las discrepancias entre las diferentes corrientes que luchaban por la dirección de la nueva clase (socialistas, anarquistas y sindicalistas, estas dos últi- mas adversarias de la construcción de un partido y de la participación en la lucha política parlamentaria). Finalmente, en 1896, se constituyó el Partido Socialista (PS). Natalio Botana ha señalado, muy agudamente, que el ciclo revolucionario iniciado en el noventa [...] fue el primer acontecimiento con la fuerza suficiente para impugnar la legitimidad del régimen político que había dado forma e insuflado contenidos con- cretos al orden impuesto luego de las luchas por la federalización. Los revolucionarios del Parque, el 26 de julio, no discutían la necesidad de un orden nacional; la clase gobernante lo consideraba como un dato incorporado, de modo definitivo, al proceso de la unidad nacional. Discutían, eso sí los fun- damentos concretos de la dominación, el modo como se habían enlazado la relación de mando y de obediencia y las reglas de sucesión.3 En definitiva, el año noventa explicita, pone en la superficie un conflicto generado por una clara línea de conflicto presente en el interior de la sociedad argentina desde el momento mismo de formación del nuevo orden político. La línea de conflicto fue, en este caso, entre el régimen político oligárquico y el régimen político democrático o, abreviadamente, entre la oligarquía y la democracia. En términos sociales, la demanda de democracia era policlasista, si bien en la práctica no se produjo una acción conjunta o articulada de los sectores que, en el interior de cada clase, la expresaban. Entre los parti- darios de la democracia, los problemas conflictivos aparecieron al proponerse y discutirse sus alcances: voto cali- ficado o sufragio universal; pleno (masculino y femenino) o restringido (sólo masculino); representación según sistema de lista completa o incompleta; voto uninominal, por uno y dos tercios, proporcional, etc. Tras la Revolución del Parque y la bifurcación de los senderos, el régimen oligárquico ratificó su efi- cacia decisoria, que mantuvo hasta 1912-1916, si bien algunas de sus estructuras continuaron operando bajo el régimen democrático. La línea de conflicto era centralmente política, esto es, la divisoria no pasaba por el mode- lo económico –en el cual coincidían básicamente conservadores, radicales y socialistas– sino por el político: régi- men oligárquico o régimen democrático. La conflictividad política enfrentó, para decirlo una vez más, a oligar- cas y demócratas, planteada ya en 1890. Un corolario de ese antagonismo irresuelto en julio de 1890 será el Acuerdo entre cívicos nacionales y autonomistas, fórmula supresora de la competencia electoral mediante una distribución de cargos previa a las elecciones.4 Los radicales optaron por la vía de la violencia política armada para terminar con la dominación oli- gárquica. Para llevarla adelante, apelaron a la convergencia cívico-militar, puesta en práctica en 1893 y en 1905 (y fuera del período aquí considerado, en 1932). Ellos razonaban –si se me permite decirlo con una boutade– en términos weberianos: los mandatos del poder político –el régimen– no debían ser obedecidos porque quienes lo ejercían carecían de legitimidad de origen. Para terminar con él, la insurrección les parecía el único camino viable. 3 Natalio Botana, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977, pp. 171-172. El destacado me pertenece. 4 Ibid., p. 172. 5 David Rock, El radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1977, p. 71. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 76.
    151150 Patriótica Argentina –esamezcla de organización armada parapolicial y de generadora de propuestas políticas de alcance nacional, creada en 1919, durante la “Semana Trágica”– propuso “institucionalizar la participación obrera en la resolución de sus conflictos a partir de la creación de nuevas entidades, acordes con una clara regla- mentación estatal”.9 La Liga desconocía la legitimidad de los sindicatos existentes –de filiación anarquista, socia- lista y/o sindicalista– y propiciaba formar otros, orientados por los principios de la misma Liga. La propuesta no implicaba una posición simétrica de las organizaciones obreras y patronales: por el contrario, la Liga entendía necesario reforzar el control de la subordinación de los trabajadores, a su juicio debilitados por la gestión del pre- sidente Hipólito Yrigoyen. Es que la política obrera de Yrigoyen había introducido, parcialmente, cambios en el modo de tratar y resolver las demandas de los trabajadores. No las de todos, sino las de aquellos vinculados particularmente a las actividades estratégicas para la economía agroexportadora, como los ferroviarios y marítimos. Cuando el conflicto obrero estaba dirigido por anarquistas (sobre todo), Yrigoyen reprimió duramente a los huelguistas, como en la “Semana Trágica” (en Buenos Aires y en el interior), pero también reprimió a los petroleros de Comodoro Rivadavia, a los peones rurales de la región pampeana y de la Patagonia y a los socialistas. David Rock ha mos- trado la conexión existente entre los dirigentes sindicalistas y el presidente Yrigoyen, unos y otro interesados en quitarle espacio sindical y político al Partido Socialista. No se trató, por cierto, de una operación en la cual los pri- meros abandonaran su posición principista de rechazar relaciones formales con el Estado y/o los demás partidos, pero una parte considerable de ellos descubrió en la política obrera del presidente radical una veta para obtener beneficios para sus organizaciones, es decir, una posición pragmática para alcanzar la agremiación masiva y el mejoramiento económico.10 Aunque tal política radical tuvo en su primera fase (1916-1922) más fracasos que éxitos, a partir de la campaña electoral de 1922 –en coincidencia con una combinación de caída de la tasa de sindicali- zación, fragmentación social y ausencia de una clara hegemonía dentro del movimiento obrero–, comenzó a ges- tarse una estrategia fundada en un nuevo tipo de comité radical destinado a captar los votos obreros [...]. De allí en más la organización en comités de la UCR, sutilmente estructurada, reemplazó lo que antes había hecho Yrigoyen merced a sus contactos personales con los sindicatos, y pasó a ser el cimiento fundamental de la supremacía política de que la UCR continuó disfrutando durante la década del veinte.11 Empero, la dirigencia obrera –la sindicalista mucho más que la socialista– siguió insistiendo en el for- talecimiento de los sindicatos como organización adecuada para satisfacer las demandas obreras. Si en el caso del sindicalismo ello era obvio por razones de principios, en el del socialismo no fue menos perceptible el progresivo desentendimiento de la dirección partidaria en el efectivo liderazgo de los sindicatos controlados por sus afiliados o simpatizantes. Esta fractura entre partido político y sindicato socialista se hizo más honda en las décadas de 1930 y 1940, tal como se apreció en el notable proceso de trasvasamiento de dirigentes y cuadros medios obreros socialistas al proyecto del coronel Juan Domingo Perón. Pero antes, durante los treinta, los conservadores practi- caron una política que favorecía la representación corporatista obrera en detrimento de la representación partidaria. Otro caso que ilustra la primacía de la mediación corporatista es el de la Federación Agraria Argentina (FAA), la asociación de interés de los chacareros pampeanos creada en Rosario en 1912. A pesar de los notables y persistentes esfuerzos del PS, e incluso de algunos chacareros, la organización adoptó una clara estrategia cor- porativa en sus relaciones con el Estado nacional, aun cuando a escala municipal no fue ajena a la práctica de participar en elecciones comunales –por lo menos en la provincia de Santa Fe–, mediante el explícito apoyo a can- didaturas partidarias (radicales) o bien presentando listas y candidatos propios. Las relaciones con el gobierno radical experimentaron un creciente deterioro, especialmente durante la segunda presidencia de Yrigoyen. Las desavenencias entre la FAA y el PS surgieron con el comienzo mismo de la primera y se tradujeron en la temprana separación de su propio presidente, el socialista Antonio Noguera, enfrentado con el sector liderado por Francisco Netri, más moderado políticamente y defensor de una organización meramente corporatista y Las dos grandes asociaciones de interés burguesas eran la Sociedad Rural Argentina (SRA), institución representativa de los grandes hacendados (especialmente bonaerenses), creada en 1866, y la Unión Industrial Argentina (UIA), fundada en 1886 por reunificación de los dos agrupamientos empresariales, el Club Industrial (1875) y el Centro Industrial Argentino (escindido del anterior en 1878), que reunía y defendía básicamente a empresarios fabriles de Buenos Aires. La primera de ambas es la institución corporativa burguesa por excelencia. Un mecanismo usual, largamente persistente e ininterrumpido (por lo menos entre 1900 y 1943), es su ubicación en instancias claves del Estado y del gobierno. En ese lapso, cinco de los nueve presidentes del país (Roque Sáenz Peña, Victorino de la Plaza, Marcelo T. de Alvear, Agustín P. Justo y Roberto M. Ortiz) fueron socios de la Sociedad Rural y más del 40% de las designaciones ministeriales también recayeron en miembros de ella. Su inserción fue particularmente acentuada en los Ministerios de Agricultura y Ganadería, Relaciones Exteriores y Hacienda, y en cargos militares (especialmente en la Marina). En el caso de Agricultura, doce de los catorce ministros que ocu- paron la cartera en el período indicado pertenecían a la entidad, la que, adicionalmente, era consultada por el gobierno nacional en ocasión del tratamiento de cuestiones ganaderas. Acaso el hecho más provocativo fuera el que la Sociedad Rural generalmente sobrevivía a las vicisi- tudes de los partidos políticos [...]; la Sociedad estaba fuertemente representada en el gabinete, antes, durante y después de los gobiernos radicales de 1916-1930 [...]. Y en cada uno de esos períodos distintos, aproximadamente el 15% de todas las bancas del Congreso fueron ocupadas por miembros de la Sociedad. Esta institución poseía gran poder político; la cuestión es saber cómo lo empleaba.6 Ahora bien, todo el peso político de la SRA no se tradujo necesaria o automáticamente en la existencia de un Estado –ni siquiera un gobierno– corporativo, ni tampoco implicó la ausencia de relaciones conflictivas entre corporación y gobierno. En este sentido, durante la primera presidencia de Yrigoyen hubo, en varias oca- siones, importantes discrepancias entre la poderosa organización y el Poder Ejecutivo. Tales conflictos tampoco supusieron la pérdida de poder político de los ganaderos nucleados en la SRA. Dicho de otro modo, el radicalismo ganó y ejerció el gobierno entre 1916 y 1930, mas no tuvo el poder. Otras asociaciones de interés importantes fueron la Bolsa de Comercio, la Bolsa de Cereales, la Confederación Argentina de Comercio, Industria y Producción (CACIP) y la Asociación Nacional del Trabajo, fun- dada en 1918. La CACIP se creó en 1916 y tenía una faceta interesante: se trataba de una convocatoria a conformar en el ámbito de la sociedad civil un nuevo tipo de organización representativa de los intereses de la burguesía. Perseguía posibilitar la emergencia de un plan económico que [...] pudiera ser retomado por los poderes públicos como continente del interés global de la sociedad. El planteo apuntaba directamente a abrir para esos sec- tores un nuevo canal de participación en la discusión de las políticas estatales. Consolidado el mismo, el Estado funcionaría en la sociedad argentina en estrecha interpenetración con las organizaciones de interés, funcionamiento que estos dirigentes percibían como base del nuevo poder de las socie- dades más desarrolladas. [...] Se trataba también de una convocatoria al resto de la clase dominante para acomodar sus prácticas a una realidad que estaba cambiando.7 La CACIP y la Liga Patriótica coincidieron en “la idea de un Estado interviniendo como ordenador y de acuerdo a un plan global que evitara confundir su accionar en la concesión de respuestas inmediatas a reclamos sectoriales”, idea considerada “básica para la contención del conflicto obrero-patronal”.8 Lo novedoso estribaba en asumir explícitamente un modelo de articulación entre la sociedad civil y el Estado fundado en la doble lógica de las mediaciones partidaria y corporativa. Reforzando la propuesta, la Liga 6 Peter H. Smith, Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1968, p. 55. 7 Silvia Marchese, “Proyectos de dominación para la Argentina de posguerra”, en Jornadas Rioplatenses de Historia Comparada. El reformismo en contrapunto. Los procesos de modernización en el Río de la Plata (1890-1930), Montevideo, Centro Latinoamericano de Economía Humana/Ediciones de la Banda Oriental, 1989, pp. 156-157. 8 Ibid., p. 157. 9 Ibid., p. 161. 10 David Rock, op. cit., p. 219. 11 David Rock, op. cit., p. 219. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 77.
    153152 BIBLIOGRAFÍA ANSALDI, Waldo, “Frívolay casquivana, mano de hierro en guante de seda. Una propuesta para conceptualizar el término oligarquía en América Latina”, en Cuadernos del Claeh, año 17, Nº 61, Montevideo, 1992. BOTANA, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Sudamericana, 1977. MARCHESE, Silvia, “Proyectos de dominación para la Argentina de posguerra”, en Jornadas Rioplatenses de Historia Comparada. El reformismo en contrapunto. Los procesos de modernización en el Río de la Plata (1890-1930), Montevideo, Centro Latinoamericano de Economía Humana-Ediciones de la Banda Oriental, 1989. ROCK, David, El radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1977. SMITH, Peter H., Carne y política en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1968. ajena a vinculaciones partidarias. A la derrota de los chacareros socialistas, en 1912-1913, por alinear a la Federación bajo la orientación del PS, le siguió el debate sobre la necesidad de un partido agrario en las deliberaciones del Primer Congreso (1913), en las cuales en primera instancia se aprobó un proyecto para impulsar la creación de una formación patrocinada por la propia Federación, rechazado luego en revisión de votación. La cuestión rea- pareció en 1931, después de haber rechazado a socialistas, radicales y demócratas progresistas. El resultado fue la efímera experiencia de la Unión Nacional Agraria, que en las elecciones de ese año apoyó la fórmula de la Concordancia: Agustín P. Justo-Nicolás Matienzo. Colofón La definición de un modo oligárquico –como opuesto al democrático– de ejercicio del poder generó una hegemonía organicista (1880-1912-1916) que combinó el accionar de un “partido de notables”, de las aso- ciaciones de interés capitalistas y del propio Estado. El pasaje a la hegemonía pluralista o compartida, de corta duración (1916-1930), no alcanzó a consolidar las bases de una efectiva democracia política liberal. La debilidad –y quizás, incluso, hasta el desinterés– de las fuerzas democráticas –un sector de la burguesía, la clase media y la clase obrera–, su dificultad para organizarse como partidos y la preferencia por la mediación corporativa, operaron en la desestabilización del sistema político, como se apreció claramente en 1930, cuando el golpe militar del 6 de septiembre desnudó la crisis de dirección política, clausuró la etapa de la hegemonía y potenció soluciones dicta- toriales –gobierno del general José Félix Uriburu (1930-1932)– o híbridas, bajo la forma de una “democracia frau- dulenta” –como en la presidencia del general Agustín P. Justo (1932-1938) y de los abogados Roberto Ortiz (1938- 1942) y Ramón Castillo (1942-1943)–, situación que concluyó con otro golpe militar, el del 4 de julio de 1943, que desencadenó una serie de hechos y fuerzas que culminó produciendo, como efecto no previsto y no querido, el peronismo (1946-1955). La etapa de la hegemonía pluralista tuvo su paradoja: la ampliación de la democracia política resaltó la debilidad de su principal instrumento –el sistema de partidos– y con ella la de la articulación de la sociedad civil con el Estado mediante la mediación partidaria y parlamentaria. Se produjo un proceso de disidencias y fracturas partidarias, algunas particularmente cruciales, que dificultó la función representativa de los partidos. Mi hipótesis es que durante la hegemonía pluralista (1912-1916-1930) se explicitaron todas las ten- dencias estructurales que apuntaban, más allá de la apariencia, a trabar decisivamente la construcción de un orden social y político efectivamente democrático, en el marco de una sociedad capitalista. La experiencia guber- namental radical potenció, auque no fuese un efecto buscado, los elementos que provocaron la crisis de 1930. La colisión entre la dirección política representativa (los partidos y el Parlamento) y la dirección técnica o burocrática representada por un Poder Ejecutivo avasallante (sobre todo con Yrigoyen) coadyuvó –no en exclusividad– a pre- parar esa crisis de representación, de autoridad o de hegemonía, como se prefiera. Cuando en 1930 se superpusieron la crisis económica y la crisis política, la burguesía y sobre todo el Estado pudieron solucionar la primera desarrollando la industrialización por sustitución de importaciones, proceso que había comenzado mucho antes, acentuándose en la década de 1920 con la instalación de fábricas de capitales europeos y norteamericanos. Las transformaciones sociales tuvieron un sujeto principal, el Estado; como en la etapa anterior, pero en una escala cuantitativamente más elevada. Detalle muy significativo: los cambios se pro- dujeron en la forma del Estado, sin alterar la matriz societal. Pero en el plano de la política se asistió a un fracaso en la reconstrucción (o en la construcción de una nueva) hegemonía, suplida por la inequívoca primacía de la coerción. En la perspectiva de la larga duración, las fuerzas sociales y políticas argentinas no actuaron de manera suficientemente consistente para construir una efectiva y sólida democracia política. Conforme al patrón definido hacia 1880 –jamás seriamente cuestionado–, la democracia debía ser liberal. Pero su principal soporte material, la burguesía, nunca asumió posiciones genuinamente democráticas, mientras la clase media osciló entre diferentes posiciones. En la base de la pirámide social, los trabajadores por lo general descreyeron de ella y/o les importó poco. Así, la democracia política no tuvo, en la Argentina, quien la practicara seriamente. Los cincuenta largos años que vivió el país a partir de 1930 no fueron otra cosa que el lodo resultante de aquellos polvos acumulados en los cincuenta años anteriores. Sus efectos se sienten todavía hoy. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES WALDO ANSALDI - Partidos, corporaciones e insurreciones en el sistema político argentino (1880-1930) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 78.
    155 1 En 1880 concluyólo que podría denominarse el “ciclo heroico” de la Argentina. En efecto, el país contaba con una Constitución, se había establecido su Capital definitiva –último punto pendiente de la organi- zación institucional establecida en 1853–, estaba concluido el gravísimo problema de los malones indios y hasta fueron superadas una crisis financiera de características terribles y la última guerra civil entre Buenos Aires y las provincias del interior. El general Roca asumió en aquel año la presidencia, y se contaba entre los artífices del cambio. Al anunciar su programa de acción ante el Congreso, al recibir el mando del Poder Ejecutivo, enunció como base de su conducta que ella tendería a la paz y administración; esto es, a mantener la tranquilidad pública por un lado, y por otro a dirigir para que el país progresara. Era lo que el Preámbulo de la Ley Suprema indicaba como norma general: “Promover el bienestar general”. En materia militar, y para quitar aliciente a algún levanta- miento provincial, una ley prohibió a las provincias “la formación de cuerpos militares bajo cualquier denominación que sea”, quedando solamente el Ejército Nacional para custodia de la soberanía y defensa de las instituciones. Sin considerar en detalle los muchos aspectos y realizaciones llevados a cabo en el período de seis años durante el cual Roca dirigió a la República, cabe destacar que, superados los aspectos indicados –luchas internas, ataques indígenas–, dificultades de todo orden debían atenderse en un país pobre, poco poblado y mayormente analfabeto, sin industrias de relieve excepto escasas artesanías, con un comercio insuficiente y carente de productos necesarios. Es sabida la transformación que llevó a cabo el presidente Roca, sin que ninguna revuelta turbara su gestión, y que ella fue exitosa, aumentándose la inmigración y el trabajo en variado orden, acompañado por una legislación liberal de la cual pueden ser ejemplo la ley 1.420 de educación laica y obligatoria, y la creación del Registro Civil. No hay tiempo para considerar en detalle lo realizado, pero reviste importancia para mencionar el adelanto progresivo de la Argentina. A esto se lo calificó injustamente de “materialismo” por algunas características de la nueva vida, cuando no se trataba más que de disfrutar de ciertas comodidades postergadas durante largo tiempo por los con- flictos y carencias aludidas. Pero el bienestar creciente tuvo una incidencia negativa: la búsqueda de satisfacciones materiales desinteresó a buena parte de la ciudadanía a tomar participación en la acción política. Porque (pensaban): ¿para qué ocuparse de asuntos públicos, si hay buenos pilotos que nos conducen? Ahora debía atenderse a lo inme- diatamente personal. Pero esa apatía cívica tiene un costo para una república. El desinterés mencionado se evidencia cuando llegó a término la presidencia del general Julio A. Roca, y los tres candidatos para sucederlo surgieron de su mismo partido político, el Autonomista Nacional. No hubo agrupación fuerte para oponérsele; los candidatos fueron su ex ministro el doctor Bernardo de Irigoyen, el Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército ISIDORO J. RUIZ MORENO ESCUELA SUPERIOR DE GUERRA 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES 3 CAPÍTULO
  • 79.
    157156 Hasta entonces, elEjército había respaldado a las autoridades, como era su deber. De tal manera, los movimientos insurrectos que estallaron durante la época constitucional habían sido dominados, siendo los últimos los de 1874 y 1880. En su gran mayoría, los jefes militares sostuvieron al gobierno nacional de turno; pero en 1890, la Unión Cívica apeló a los oficiales subalternos, introduciendo una deletérea corrosión dentro de las filas del Ejército. El golpe de Estado se produjo en el centro de la Capital, en el mes de julio de aquel año, comandado militarmente por el general Manuel Campos, con escasos jefes de alta graduación, al tiempo que se constituía una Junta gubernativa encabezada por Alem. Pero el gobierno reaccionó rápidamente, dominando el intento tras dos días de lucha en el centro de la Capital. Y si bien el doctor Juárez Celman se vio forzado a renunciar ante la falta de apoyo, se mantuvo el elenco oficial, contrariando los anhelos revolucionarios de los “cívicos” para cambiar a todas las autoridades. El gobierno “no estaba muerto”, como lo profetizó equivocadamente el senador Pizarro en el Congreso, ya que asumió el vicepresidente Pellegrini, y el general Roca, principal destinatario de las críticas al manejo de influencias oficiales, fue nombrado ministro del Interior. Una amplia amnistía, continuando una generosa política argentina iniciada después de Caseros y proseguida al vencerse las rebeliones que siguieron, procuró llevar la calma a los espíritus. Me es imposible tratar ahora la tarea de reconstrucción financiera encarada por el presidente Pellegrini –que tuvo que salir de una bancarrota interna generalizada y con el país al borde del incumplimiento de sus obligaciones con el exterior–, pero quiero llamar la atención sobre una frase del gran magistrado, válida para cualquier tiempo: “La confianza vale mucho más que el oro y las armas, porque es todo a la vez”. Ni la dila- pidación de los recursos propios, ni el golpe armado iban a solucionar el estado de la situación nacional, y fueron el nombre y la acción de Pellegrini los que permitieron salir paulatinamente de una situación sumamente grave. Lo que no cesó fue el trabajo de la Unión Cívica. Al término del mandato del doctor Pellegrini, dicha agrupación inauguró una modalidad en las con- tiendas electorales: la de que una convención partidaria eligiese por medio de representantes al candidato a la nueva presidencia. La reunión se realizó en Rosario, de donde surgió la fórmula de Mitre para presidente y del doctor Bernardo de Irigoyen para vice. Entonces volvió el general Roca a la acción, convenciendo a Mitre que no convenía un enfrentamiento político, pues los ánimos se pondrían en conmoción durante la campaña, y volvería a recrudecer el antagonismo entre argentinos, de modo que puestos de acuerdo (con este nombre se conoció su entendimiento), Mitre abandonó sus principios del voto libre, y eligieron como candidato al doctor Luis Sáenz Peña, venerable magistrado sin mayor energía para dominar una difícil situación. El doctor Leandro Alem rompió ruidosamente su alianza con el general Mitre, mostrándose “radicalmente” opuesto al acuerdo con Roca, y de allí nació el desmembramiento de la oposición, bajo el nuevo rótulo de Unión Cívica Radical. Su nueva fórmula fue la de Bernardo de Irigoyen junto con el doctor Manuel Garro. En tal momento histórico, otra figura comenzó a buscar su relevancia: Hipólito Yrigoyen, sobrino de don Leandro (sin parentesco alguno con don Bernardo). En la lucha por la supremacía partidaria, Hipólito Yrigoyen advirtió a Pellegrini un inminente estallido armado del Partido Radical, para que al fracasar, desplazara de la con- ducción a su tío Alem; el gobierno dispuso el estado de sitio y tomó medidas severas para con los opositores, con lo cual se favoreció la asunción al mando del candidato del Partido Autonomista Nacional, don Luis Sáenz Peña, acompañado como vicepresidente por el doctor José Evaristo Uriburu. La Unión Cívica Radical no se aquietó, y comenzó una agitación constante y peligrosa para la estabi- lidad de las instituciones. El presidente don Luis Sáenz Peña, desorientado, llegó a incorporar a su gabinete a uno de los dirigentes opositores para calmar a la oposición, y no precisamente el más prudente de ellos, el doctor Aristóbulo del Valle. Puesto que, en efecto, promovió Del Valle desde el mismo gobierno la insurrección en el interior de la República para derribar a los poderes locales. Los levantamientos armados culminaron en 1893, ten- diendo a la revancha de la derrota de 1890. En Tucumán, se amotinó el Regimiento de Infantería de Guarnición, y en Rosario se sumó a la revuelta el mayor de los nuevos acorazados de la Armada. Mas las medidas impulsadas por el anterior mandatario Pellegrini, y el concurso del Ejército y la Marina, frustraron el intento. Severas medidas adoptadas por el ministro del Interior, doctor Manuel Quintana, restablecieron el orden, siendo una de ellas la prisión de Alem, jefe del alzamiento, no obstante desempeñarse como senador de la Nación, y la detención y el destierro de muchos opositores. Finalmente, sin apoyo alguno, Sáenz Peña renunció, y en su mensaje al Congreso dejó caer esta amarga reflexión: “Me retiro seguro de que seré más respetado como ciudadano, de lo que he sido desde que fui investido con la autoridad suprema de la Nación”. El mando recayó en el doctor José Evaristo Uriburu, manteniéndose la vigencia constitucional. Durante la gestión de éste debió enfrentarse la difícil, peligrosa y constante cuestión de CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército gobernador porteño doctor Dardo Rocha, y el ex mandatario cordobés y ahora senador, doctor Miguel Juárez Celman. Triunfó este último, sostenido por la antigua “Liga” del interior, que había llevado al triunfo al propio Roca. El siguiente episodio explica un mote difundido hasta hoy: en cierta oportunidad en la cual Juárez llegaba del interior, en horas de la tarde, lo esperaba una manifestación de sus simpatizantes que, para destacarse en la recorrida que luego se organizó para acompañarlo hasta su casa, portaba faroles. De aquí viene la denominación de “faroleros” para quienes buscan llamar la atención sobre sí mismos. Al efectuarse la transmisión del mando, el 12 de octubre de 1886, el presidente saliente, Roca, dijo al doctor Juárez Celman, como síntesis de lo logrado y de la nueva Argentina que se asomaba al siglo XX: “Os transmito el Poder con la República más rica, más fuerte, más vasta, con más crédito y con más amor a la estabilidad, y más serenos y halagüeños horizontes que cuando la recibí yo”. En efecto, en 1880 acababa de ser sometida san- grientamente la resistencia de Buenos Aires a la candidatura del propio Roca. Resulta importante una aclaración: si bien el Partido Autonomista Nacional mantuvo su predominio, ni Avellaneda auspició a Roca, ni éste a Juárez Celman; y este último guardaba diferencias con Pellegrini. Luego, Roca no compartiría la militancia con Quintana. Resulta útil establecer estas precisiones, ante una difundida ver- sión del traspaso del mando entre amigos, que será considerada más adelante. 2 En un principio, la gestión de Juárez Celman prosiguió con el impulso progresista. De esta época sub- sisten todavía hoy –pese a que se borra desaprensivamente cualquier vestigio de nuestro pasado histórico– algunos grandes edificios públicos, de ostentosos frentes, incluso escuelas primarias, suntuosamente contruidas, para dig- nificar la función a que estaban dedicadas. Pero el crecimiento estaba aparejado por un síntoma de crisis creciente, a causa de mal financiamiento y especulaciones, sumados a la deuda externa que era preciso satisfacer. Y a mediados del período presidencial del doctor Juárez, los síntomas de peligro se hicieron cada vez más evidentes. Sobrevino la reacción Ésta fue provocada por una comida de jóvenes universitarios que mostraron su adhesión casi incon- dicional a la figura del primer magistrado, dispensador de favores. Lo que provocó un vibrante artículo en el diario La Nación increpando a la nueva generación por dirigirse “en tropel al éxito”, olvidada de lo que su formación y deber ciudadano le imponía para no aceptar directivas sin análisis. Esa clarinada del artículo de Francisco Barroetaveña movió a otro grupo a conformar la llamada Unión Cívica de la Juventud (fines del año 1889), que realizó una gran concentración política en un local de la calle Florida, esquina Paraguay, llamado “Jardín Florida” (donde hoy un local público se denomina con vaga reminiscencia, “Florida Garden”). La incorporación de personajes con impor- tante trayectoria y de mayor edad forzó a quitar el aditamento “de la Juventud”, y la nueva agrupación quedó sólo como Unión Cívica. Era, como su nombre lo demuestra, una concentración que mezclaba toda clase de opositores al gobierno de Juárez Celman. Se propiciaba la libertad del sufragio, sin imposiciones oficiales, para concluir con el “continuismo” del poder en las mismas filas. Aunque hay que convenir en la frase de que “se votaba mal, pero se elegía bien”. Debe aclararse, antes de proseguir, que no todas las elecciones de tiempos anteriores habían sido fraudulentas o violentas, pues generalizar en historia es equivocarse. La Unión Cívica abrigaba dentro de sí una mezcla de tendencias que sólo tenían como común denominador la crítica al gobierno, agitando la autenticidad del voto y la moral pública como banderas casi excluyentes de acción. Allí, en dicha Unión, se mezclaban jóvenes sin militancia anterior, católicos disconformes con la Ley de Matrimonio Civil, opositores tradicionales como los mitristas y hasta hombres de tendencia conservadora, como el doctor Bernardo de Irigoyen, competidor de Juárez en la campaña presidencial. La crisis financiera que depreció la moneda en el orden interno, e hizo peligrar el pago de la deuda externa, agudizó la tensión. Así las cosas, la Unión Cívica organizó otro acto público a principios de 1890, en el frontón de paleta “Buenos Aires”, donde destacados hombres públicos pronunciaron encendidos discursos. El entusiasmo de la con- currencia impulsó a la Unión Cívica, bajo la dirección del doctor Leandro Alem, a no perder tiempo en derribar al gobierno nacional. Y en vez de debilitarlo mediante una oposición que denunciara insistentemente sus faltas, los cívicos dejaron de serlo para convertirse en sediciosos. La prédica comenzó a ganar prosélitos entre la oficialidad joven, idealista, que se dejó contagiar por una campaña política ajena a su función. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 80.
    159158 se movilizaba enlos cuerpos de la Guardia Nacional. De todos modos el servicio militar quedó establecido, al llegar la ciudadanía a los veinte años de edad. Debió componerse al efecto un padrón de todos los que serían llamados a incorporarse a las filas del Ejército; y veremos la importancia colateral de esta medida. Importante innovación fue la modificación de las elecciones para diputados nacionales, para dar representatividad más auténtica a los electos. A tal objeto, se dividieron los distritos (provincias) en circunscrip- ciones, de modo que cada barrio –con distintas características poblacionales– pudiera elegir a un vecino surgido del mismo, en lugar de hacerlo por medio de “listas sábanas”, donde no se conocía a la mayoría de los que figuran en ellas. De la reforma electoral propiciada por el presidente Roca y su ministro González surgió, para ocupar un sitial en la Cámara de Diputados, el joven abogado Alfredo L. Palacios, elegido por La Boca, militante en el agre- sivo Partido Socialista, y vencedor en las elecciones del propio secretario del general Roca, demostración conclu- yente de que no siempre se daba el “fraude patriótico”. Luego de Roca, asumió la presidencia de la República el doctor Manuel Quintana. El nuevo mandatario no era partidario de su antecesor, y en su discurso de toma de posesión del cargo no dejó de marcar sus diferencias: Soldado como sois, trasmitís el mando a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador, no somos camaradas ni correligionarios, y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más dis- tanciadas entre sí que muchas capitales de Europa. Era el 12 de octubre de 1904. Indico esta fecha porque el 4 de febrero de 1905, apenas transcurrido el verano y en receso del Poder Legislativo, estalló un nuevo movimiento revolucionario, el segundo realizado por la Unión Cívica Radical después del alzamiento de los cívicos en 1890. Los radicales no se habían atrevido a hacerlo durante la gestión de Roca. Ahora se animaron, cobrándole la cuenta al anterior Ministro del Interior (ahora en la presidencia), quien enérgicamente los enfrentara en la repetición de su tentativa de 1893. El estallido revolucionario se produjo en distantes lugares del país, como en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. En la capital cordobesa fueron apresados el vicepresidente Figueroa Alcorta y otras prominentes figuras que se hallaban veraneando, amenazados de ser fusilados si el gobierno enviaba tropas para restablecer la situación. Los mensajes cambiados entre el presidente Quintana desde la Casa Rosada, y el doctor Figueroa Alcorta, hacién- dole ver su riesgo, son dignos de conocimiento para demostrar la entereza de aquel hombre mayor de edad, en salvaguardia del prestigio de las instituciones constitucionales y del orden. La sedición fue vencida, escapando su gestor, Hipólito Yrigoyen, mientras otros correligionarios caían en poder de las fuerzas militares. Al poco tiempo, una ley de amnistía tranquilizó el ambiente público. Se perfilaba un adelanto cívico: el doctor Carlos Pellegrini, elegido diputado –ese cargo constituía el primer peldaño de su carrera–, pronunció un discurso en la Cámara abogando por una modificación de la ley elec- toral, para que los votantes lo hicieran con mayor garantía de libertad. “Anular la venalidad”, fue su consigna. En política, las grandes transformaciones son maduradas antes de su realización, aunque no siempre se perciba el trasfondo que las impulsa. El doctor Quintana murió al poco tiempo, y asumió el Vicepresidente. Ya se perfilaba la apertura polí- tica aludida, y parlamentarios adversos al nuevo presidente trataron de mantener sus posiciones, siendo el acon- tecimiento más ruidoso su negativa a sancionar la ley de presupuesto para 1908, lo que imposibilitaba al gobierno a actuar. Ante ello, el doctor Figueroa Alcorta recurrió al arbitrio inédito de clausurar las sesiones parlamentarias de prórroga que había dispuesto el mismo Poder Ejecutivo, y por decreto puso en vigencia el presupuesto del año anterior. La muerte de Pellegrini y del ingeniero Emilio Mitre privó al primer magistrado de un apoyo importante, y de eventuales candidatos para sucederlo. Durante su período, se celebró con gran pompa el Centenario de la Revolución de Mayo, asistiendo entre importantes personalidades extranjeras la infanta doña Isabel de Borbón, la popular “Chata”, primer miembro de la Casa de Borbón en concurrir a la República Argentina, y cuyo nombre se recuerda en una avenida del Parque 3 de Febrero. El candidato de Figueroa Alcorta para sucederlo era el doctor Roque Sáenz Peña, a quien, para pre- servarlo del ardor de la confrontación propia del antagonismo electoral, se designó como representante diplo- mático en Europa. Allí, don Roque se puso de acuerdo con otro diplomático argentino, el doctor Indalecio Gómez, para promover una modificación en las prácticas electorales, comprometiéndose además a que el gobierno resultante no intervendría en la elección del futuro primer magistrado. Sería Sáenz Peña el segundo presidente en resultar electo estando fuera de la Argentina: el anterior fue Sarmiento. límites planteada con Chile, que llevaron a realizar la primera conscripción militar, concentrándose la reserva en diversos lugares del país, siendo uno de ellos las sierras de Curá-Malal en la provincia de Buenos Aires, donde se adiestraban a las tropas a pelear en la montaña. En cuanto al radicalismo, en 1896 perdió a sus dirigentes Alem y Del Valle (el primero suicidado, por grandes desengaños), sucediéndolos en la dirección del partido el señor Hipólito Yrigoyen, quien dispuso la abs- tención revolucionaria de ahí en adelante, como muestra del repudio a la transmisión del mando desde la cúpula del poder –ya se indicó al principio que ello no se daba por completo–, señalando el medio que se emplearía para llegar a él. Por otra parte, la nómina de presidentes, ministros y miembros del Congreso es elocuente para demostrar la calidad de los funcionarios públicos, a la par de una legislación que gradualmente iba dando respuesta a las exi- gencias populares, con un país en paulatina mejora. Una nueva tensión de guerra contra Chile sirvió como condicionante a la futura presidencia. Ese inmi- nente conflicto movió a Pellegrini a inclinar al electorado del Partido Nacional en favor del general Roca como el mejor dotado para enfrentar la situación. Una confluencia de entidades políticas opuestas que se unieron con el solo propósito de impedir su llegada a la primera magistratura, denominadas “las paralelas” –marchaban al lado pero sin mezclarse–, fueron derrotadas y de este modo Roca se consagró presidente por segunda vez. Para este tiempo –fines del siglo XIX–, había sido creado en Buenos Aires el Partido Socialista (1896), mediante el impulso del destacado médico doctor Juan B. Justo. Esta flamante agrupación tenía la declarada misión de favorecer a los obreros, y por tratarse de un partido de clase (es decir, sin lugar determinado de trabajo), comenzó su prédica haciendo ostensible desprecio hacia los símbolos patrios, como la bandera y el himno nacional, lo que motivó violentos enfrentamientos. También se manifestó duramente contra el Ejército y la Iglesia. En tiempos del festejo del Centenario, en el local socialista se exclamó: “¡No hay que endiosar a los próceres! La Revolución de Mayo fue un movimiento netamente económico”, lo que revela la índole sectaria del partido en aquella época. Al respecto, un diputado conservador resumiría ante el Congreso: No olvidemos que las generaciones pasadas han preparado el momento que vivimos. Y en cuanto a favorecer a la clase obrera, esta Cámara lo ha hecho siempre que se ha presentado una iniciativa plausible, sin necesidad de la colaboración del Partido Socialista, que no se había formado todavía entre nosotros. ¡Ni era necesario que se formase para que nos preocupáramos de la suerte de los tra- bajadores de la República! En verdad, las corrientes inmigratorias lograban realizar su ensueño de progreso para las familias que llegaban, mejorando sus condiciones de vida, y ocupando sus hijos y nietos –y aun algunos de ellos mismos– posi- ciones en los más altos cargos de nuestra República. También hubo manifestaciones de anarquistas provenientes de Europa, terroristas que llegaron a efectuar atentados mortales. A su accionar quiso poner fin la Ley de Residencia, en 1902, que contemplaba la expulsión del país de los extranjeros indeseables. 3 Si bien durante la gestión del general Julio A. Roca no se dieron rebeliones de índole política, la cre- ciente y novedosa “cuestión social” agitó la vida pública, con frecuentes manifestaciones y huelgas. El gobierno de Roca procuró dar remedio a las protestas, y su ministro el doctor Joaquín V. González proyectó un Código del Trabajo. Hay que destacar que el doctor González llamó a colaborar en su proyecto de Código del Trabajo a varios jóvenes talentosos, aunque no todos fueran de su misma orientación política, encargándoles el estudio de algún capítulo del mismo, porque la labor gubernativa se destina a toda la población y debían colaborar en ella todos los capacitados para abordarla. Fueron convocados entre otros Alfredo Palacios, José Ingenieros, Enrique del Valle Iberlucea, Augusto Bunge, todos ellos socialistas. Si bien el Código no fue sancionado en su conjunto, sirvió para que en un futuro próximo el diputado Palacios tomara del mismo varias disposiciones que propuso al Congreso como leyes autónomas, que fueron aprobadas por los senadores y diputados del “antiguo régimen”. Otra medida digna de mención de la gestión presidencial de Roca fue la impulsada por el ministro de Guerra, coronel Pablo Ricchieri, otra vez en relación al enfrentamiento con Chile, al impulsar el servicio militar obligatorio en 1901. El proyecto encontró una fuerte oposición, que entre sus argumentos objetó la falta de necesidad de la conscripción forzosa, ya que cuando la patria entraba en guerra, voluntariamente la ciudadanía CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES ISIDORO J. RUIZ MAORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 81.
    161160 causaba inconvenientes. Peroya he expresado que no siempre eran violentas las elecciones, ni fraudulentos los recuentos de votos. Los principales caracteres de la reforma eran la obligatoriedad, la universalidad, y el secreto del voto. Aunque todos conocemos ahora su mecanismo, conviene precisar que no era tan general como anunciaba, pues no votaban las mujeres. Uno de los elementos favorables para garantizar la correcta composición de los padrones –evitando ausencias o inclusiones falsas–, fue adoptar la lista –ya conformada– de los ciudadanos llamados a prestar servicio militar, conforme lo dispusiera la Ley de Conscripción Obligatoria. En cuanto a la obligación de concurrir al comicio, esta ley tendió a desviar a la Unión Cívica Radical de su peligrosa abstención revolucionaria en los comicios. De aquí la obligatoriedad de votar, forzando a los radi- cales a intervenir en la competencia por ganar el poder; y al obtener bancas en el Congreso participaban en cierta medida en el gobierno, lo cual, haciendo oír su voz y colaborando en la legislación, sacaba a los radicales de su postura sediciosa. La garantía al sufragante de contar con un voto secreto constituía un elemento fundamental para que la Unión Cívica Radical abandonara su postura negativa. Desde luego, el Congreso de mayoría conser- vadora fue el que aprobó la iniciativa para modificar el mecanismo del voto, aunque no le convenía políticamente –resulta necesario recalcarlo–. Por otra parte, la obligatoriedad de concurrir al acto eleccionario tendía a “argentinizar” a los hijos de los inmigrantes nacidos en nuestro país, muchos de los cuales no se habían integrado plenamente a él, man- teniendo costumbres, cultura y hasta el habla de los territorios de origen de sus padres. Junto con la ley 1.420 de educación común y obligatoria (del tiempo de Roca), y la afluencia inmigratoria (época de Juárez Celman), la República Argentina contaba cada vez más con habitantes y ciudadanos que debían comprometerse con los inte- reses nacionales. Esta ley electoral fue una verdadera revolución, en cuanto desplazó de la conducción política a la alta sociedad que tradicionalmente ocupaba los cargos públicos, para dar acceso al gobierno a la clase media, tanto de antiguos criollos como de recientes argentinos. Como medio de llegar al poder, fortaleció la democracia –que es lo accidental– pero no siempre para la República –que es lo fundamental– por los abusos que a veces cometieron quienes ocuparon los puestos del Estado. Es importante destacar otro aspecto de este tema: cuando en Europa el doctor Sáenz Peña conversó sobre su programa político con el doctor Gómez, invitándolo a integrar su gabinete ministerial, éste aceptó con una condición, que fue compartida, y que el mismo Indalecio Gómez reveló a la Cámara de Diputados tiempo después: “Es entendido que ni en el Ministerio del Interior ni en algún otro, se producirá acto, se dirá palabra, se hará indicación que importe la preparación de un Gobierno futuro”. “¡Convenido!”, respondió Sáenz Peña. Lo contrario hubiese sido mantener la práctica que buscaban superar, de que la ciudadanía careciera de plena libertad de elección libre y auténtica. Ese pacto solemne hizo que durante la gestión de ambos caballeros, “las entrañas de este Gobierno han quedado esterilizadas, absolutamente esterilizadas –remarcó Gómez al relatar la entrevista en el Congreso– para concebir una candidatura oficial”. En la imposibilidad –por razones de espacio– de detallar la labor administrativa de las presidencias (lo que tampoco es el propósito de esta colaboración), y concretándome al tema político, diré que en noviembre de 1914 nació un nuevo partido político: el Demócrata Progresista. Tendieron sus fundadores a reagrupar a las corrientes conservadoras, dispersas y poco afectas al proselitismo popular, desde que llegaban al poder como con- secuencia de acuerdos gestados en las esferas oficiales. Deseaban oponerse al radicalismo anhelante de ocupar los cargos públicos, como también al socialismo con su prédica disolvente de las instituciones argentinas, y en sus orígenes, este Partido Demócrata Progresista mostró una clara tendencia roquista, reflejada en la nómina de sus creadores: Norberto Quirno Costa, Indalecio Gómez, Joaquín V. González, José María Rosa, Carlos Ibarguren, Julio A. Roca (hijo) y Alejandro Carbó. También Lisandro de la Torre, cuya mención dejé para el final, porque éste luego evolucionó hacia una tendencia contraria. Fue íntimo amigo del general José Félix Uriburu (quien expresó que había encabezado en 1930 la rebelión contra Yrigoyen para hacerlo presidente), y siempre un tenaz adversario de Hipólito Yrigoyen y de los radicales. Hubo esperanzas de que cuando murió enfermo el presidente Sáenz Peña, su sucesor el doctor Victorino de la Plaza, no cumpliera con las promesas oficiales. Lejos de ello, el presidente De la Plaza se atuvo estrictamente a la imparcialidad y no propició ninguna figura para que triunfara en las elecciones. El 2 de abril de 1915 los electores de presidente –el voto era indirecto– no lograron mayoría absoluta, si bien la Unión Cívica Radical obtuvo más sufragios para su candidato Hipólito Yrigoyen que sus contrincantes: eran 300 los electores representando a las Juntas Provinciales, y la fórmula Yrigoyen-Pelagio Luna carecía de los Cabe puntualizarse que la elección de Sáenz Peña se produjo ante la persistente abstención del Partido Radical. Curiosa circunstancia: la de que el presidente que forzó la instauración del voto libre, doctrina casi excluyente del radicalismo, haya surgido como producto del favoritismo oficial, en práctica condenada por la oposición. Desde otro punto de vista, esa larga ausencia del radicalismo en la liza cívica favoreció al Partido Socialista, que pudo llevar a la Cámara de Diputados a sus representantes, al renovarse en 1912 por primera vez de acuerdo a la reforma electoral. El Congreso tuvo ocasión de escuchar desde entonces gritos y frases que cho- caban con las costumbres observadas anteriormente. Muestra de las nuevas modalidades fue la incorporación como diputado del doctor Juan B. Justo, presidente del Partido Socialista, quien exclamó en la oportunidad: ¡No puedo disimular la profunda repugnancia que siento al ver que mi diploma legítimo ha necesi- tado la aprobación de una Comisión de Poderes formada por Diputados fraudulentos! […] ¡También subleva mis sentimientos democráticos verme rodeado en este recinto por los representantes de oli- garquías cerradas, que en nuestro país, desde hace tantos años, manejan la cosa pública con proce- dimientos de conciliábulos, defendiendo siempre los intereses mezquinos de la clase capitalista! Los socialistas continuaron su prédica a favor de la clase obrera, atacando con lenguaje desusado y hasta procaz a la política tradicional. De todos modos, esta corriente logró aumentar su representación, y hasta en 1913 contaron con un miembro en el Senado, el doctor Enrique del Valle Iberlucea (nacido en España), a quienes siguieron otros –el mismo Justo y Niocolás Repetto–, destacándose el doctor Alfredo L. Palacios de sus “compañeros” (son los primeros políticos que usaron esta palabra para señalarse) por su romanticismo, cultura y patriotismo. Uno de los diputados socialistas de entonces, Federico Pinedo, que evolucionó más adelante al conservadorismo, marcó su conducta: Los voceros del socialismo en aquellos momentos no tenían el carácter moderado y burgués que pre- dominó más tarde en ellos: eran marxistas cabales y actuaban proclamando la lucha de clases bajo el auspicio de la bandera roja, al son de los virulentos estribillos revolucionarios contra la burguesía, y de las consignas proletarias internacionales. Esta propaganda, si bien conmovió a las multitudes obreras de la ciudad de Buenos Aires, no repercutió en las provincias ni en los distritos rurales. Llegó Roque Sáenz Peña a la presidencia de la República, prestigiado su nombre tempranamente como diputado nacional y delegado en conferencias internacionales, y lo que era también notorio, su desempeño valeroso como teniente coronel en el Ejército Peruano durante la Guerra del Pacífico contra Chile, donde se batió heroicamente en la defensa del Morro de Arica contra fuerzas superiores, siendo el único jefe que sobrevivió al asalto, herido y prisionero. Pero venía de Europa con mala salud, lo que quitó a Sáenz Peña energía para cumplir su tarea con mayor dedicación; aunque la ley de reforma electoral que justamente lleva su nombre, y que logró mediante la eficaz ayuda de su ministro del Interior, el ya aludido Indalecio Gómez, bastó para consagrarlo en la posteridad como uno de los grandes impulsores del progreso cívico argentino. Se hizo cargo del Poder Ejecutivo el 12 de octubre de 1910, pasados los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. Al jurar ante la Asamblea Legislativa “cumplir y hacer cumplir la Constitución”, ya anunció su “ensayo” (así lo calificó) del voto secreto y obligatorio, y su deseo: Yo aspiro a que las minorías estén representadas y ampliamente garantizadas en la integridad de sus derechos. Es indudable que las mayorías deben gobernar, pero no es menos exacto que las minorías deben ser escuchadas, colaborando con su pensamiento y con su acción en la evolución ascendente del país. Sáenz Peña agregó que “no bastaba garantizar el sufragio”, sino que “se necesitaba crear y mover al sufragante”. Antes de Sáenz Peña, el voto era público y voluntario. El habitante que quería convertirse en ciuda- dano, se anotaba en el padrón cívico si lo deseaba pero concurría o no a ejercer su derecho en el comicio (el mismo procedimiento para quien, en la actualidad, se afilia a un partido político en sus elecciones internas). Hasta entonces se recibía el voto anunciado en voz alta, que hacía pública la preferencia del elector, lo que a veces le CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 82.
    163162 Yrigoyen quedará comola expresión de un momento de rebajadita social. Ha roto el pacto federal, ha menospreciado el Congreso, ha desquiciado la Administración, ha ridiculizado la personería de la República en el concierto de las Naciones. Esto último, por haber aceptado la Argentina ser parte de la Liga de las Naciones, sin condiciones, y luego retirarse al no ser admitida una propuesta para la integración del organismo. El dominio yrigoyenista del partido, además, lo llevó a designar personalmente, sin recurrir a la Convención Radical reunida para deliberar al respecto, a su sucesor. Fue el doctor Marcelo de Alvear, embajador argentino en Francia, ajeno al desarrollo de graves alteraciones en la política nacional. Sabía el Presidente que el candidato no lo traicionaría, pero colocó en la vicepresidencia a un incondicional seguidor, don Elpidio González, quien en caso necesario podría suplantar al elegido. El resultado de los comicios dio el triunfo a la Unión Cívica Radical con 235 votos de las Juntas Electorales, 60 para la fórmula conservadora encabezada por Norberto Piñero, 22 para el socialista Repetto, y 10 para la democracia-progresista que postulaba a Ibarguren. Don Marcelo de Alvear no participó en la campaña proselitista, permaneciendo en París. Al revés de su antecesor, el doctor Alvear pronunció un discurso ante el Congreso en términos carentes de agravios y hasta ponderando el “desarrollo de la riqueza” lograda desde tiempos lejanos, llamado a la cola- boración de todos los argentinos. Su espíritu amplio chocó con los seguidores de su antecesor, de personalidad absorbente, y pronto quedaron escindidos los radicales en dos grupos cada vez más opuestos, siendo denominado el que se despegaba de las directivas de don Hipólito “antipersonalista”. El doctor Alvear no tardó en señalar la diferencia, en su primer mensaje al abrir las sesiones del Congreso en 1923: “No ha de faltarme la energía de carácter que demande el mantenimiento de la alta dignidad de mi investidura. Mi Gobierno no desea encontrar en su camino una unanimidad enfermiza de opinión”. Alvear no llevó adelante la intervención a la provincia de Córdoba para desplazar al doctor Julio Roca, como Yrigoyen quería; y el propio Yrigoyen fue a hacer campaña cuando finalizó el término del mandatario provincial; pero las elecciones cordobesas dieron el triunfo al doctor Ramón J. Cárcano, conservador. La divergencia se ahondó cuando al año siguiente (1924) el vicepresidente Elpidio González tildó en el Senado de “contubernio” la coincidencia de actitudes de radicales antipersonalistas con conservadores. Sus palabras motivaron la enérgica condena de los opositores –entre ellos los socialistas–, y fueron tachadas del diario de sesiones. 5 La presidencia de Alvear fue esterilizada por la postura obstruccionista de los partidarios del jefe de la Unión Cívica Radical (calificados de “genuflexos”), y no pudo cumplir con todos sus proyectos, no obstante la corrección de sus procederes, que enaltecieron a la Argentina ante las naciones extranjeras. Al agitarse la ciudadanía en 1927 por la renovación del gobierno, lo que debía ocurrir al año siguiente, el presidente Alvear condenó a las agrupaciones “enfermas de sectarismo” –en su expresión–, que vivían poseídas “de la obsesión de considerar irremplazables a los hombres públicos”. En su último mensaje al Congreso, el pre- sidente Alvear se quejó públicamente de la obstrucción que hicieron los radicales yrigoyenistas a muchas de sus iniciativas favorables al bienestar y al progreso de la República. Sin embargo, don Marcelo para nada influyó en las elecciones, en las cuales fue nuevamente electo el señor Hipólito Yrigoyen, con mucho mayor caudal de votos en esta oportunidad que en la primera. Alvear fue tachado de “traidor” por los vencedores, que lo silbaron al retirarse de la Casa Rosada. A partir del triunfo del conductor radical, el pueblo festejó el triunfo de su “causa” como el de las reivin- dicaciones de las clases sociales más necesitadas. Pero a los 76 años, muy desgastado, no era ya quien doce años antes llegara a la primera magistratura impelido por ideales de renovación. Su gobierno se aisló de las demás fuerzas cívicas, y él mismo estuvo rodeado y aislado por un círculo que lo adulaba. Se formó un grupo violento para defender al Presidente de sus censores, llamado el “Klan Radical”, que no dejó de apelar a medios violentos para silenciar. El señor Yrigoyen era entretenido con audiencias intrascendentes, y los ministros debían aguardar mucho tiempo para ser recibidos. A fin de despachar los asuntos que no se resolvían, se ideó la maniobra de los “decretos ómnibus”, consistentes en que entre la primera y la última hoja podían intercalarse varias disposiciones, conforme a la redacción empleada. Es reconocido que se imprimía un ejemplar de periódico para su lectura con noticias falsas. La consecuencia fue un rápido deterioro por no atenderse, nuevamente, a las tensiones sociales, cuyas manifestaciones fueron reprimidas violentamente por la Policía. El crack financiero en Estados Unidos repercutió 151 votos para imponerse por sí sola. Hubo gran tensión, ya que podían combinarse sus opositores en el Colegio Electoral, y además la Asamblea Legislativa (ambas Cámaras del Congreso reunidas), que era la que debía aprobar la elección –art. 67, inc. 18, de la Constitución–, tenía mayoría antirradical. Sin embargo, los electores conservadores y demócratas progresistas dividieron sus preferencias, y finalmente se impuso el señor Yrigoyen por el estrecho margen de 152 votos contra 148. Desde entonces, el Partido Demócrata Progresista entró en una declinación constante, no obstante haber mantenido cierto predominio en Santa Fe, por acción de su caudillo De La Torre. 4 Los radicales tuvieron a su frente, tenaces y ardientes, a socialistas, conservadores, y también luego a radicales disidentes con la conducción personalista que imprimió Yrigoyen a su gestión partidaria y oficial. Este personaje no llegaba al poder con una doctrina definida. La bandera radical, desde la aparición de esta corriente política en 1891, era la libertad del votante; es decir, una tesis de combate opositora. Pero resulta que su anhelo había sido ya obtenido, y debido no a sus esfuerzos, sino al impulso de un presidente surgido de las filas contrarias, a cuya elección los radicales no habían concurrido, absteniéndose por considerar que surgía del fraude. Esa paradoja de vencer por acción de un adversario, sin otra aspiración que la ahora desaparecida, sería fatal para la Unión Cívica Radical, esterilizando los frutos que se esperaban de la época que se inauguraba. Lo cierto es que careció de plan de gobierno y asumió una política rencorosa contra sus adversarios. Dada la conformación marcadamente personalista del partido ahora gobernante, todo giraba en torno a la voluntad de su conductor. Fue, sin duda, un personaje misterioso por sus actitudes –su lenguaje incluso distaba de ser comprensible– y mesiánico. A continuación cito dos de sus frases como ejemplo: “He vivido en la más absoluta integridad de mis respetos” y “Desde que tuve uso de razón he sido una enseñanza viva del fuego sacro de la vida”. Endiosado por sus continuadores, se mostraba solícito en la comprensión de los pobres y con- trario a una oligarquía “falaz y descreída” (como la calificaba), con desinterés por la riqueza y los goces de su posición pública. Con la marcada egolatría, se describió a sí mismo no como un “gobernante de orden común”. Pero lo cierto es que su gestión no satisfizo las expectativas vinculadas a la modificación de la cuestión social, tan apremiantemente reclamada por su propio partido. Pese a la constante prédica demagógica contra el “régimen” desplazado, el presidente Yrigoyen no dio solución a los problemas que esperaban mejoras, lo que llevó a huelgas numerosas, que culminaron en enero de 1919 con el estallido de la denominada “Semana Trágica”. Ante la violencia de los reclamos de los obreros, que superada la presencia de la Policía, sólo pudieron ser dominados por el Ejército, Yrigoyen designó un “Gobernador Militar” para la ciudad de Buenos Aires, solución que constituyó un procedimiento insólito porque dicho cargo no existía. En el campo institucional, el Presidente mostró cada vez de manera más acentuada la tendencia a prescindir de los otros poderes nacionales o locales en todo lo posible, y de dar al gobierno un carácter de cen- tralismo autocrático. En su campaña por desmantelar las antiguas “situaciones oficialistas” en el interior del país, Yrigoyen se impuso la tarea de intervenir casi todas las provincias para desplazar a sus mandatarios, a veces man- teniendo la presencia nacional varios años, y otras veces haciéndolo en más de una oportunidad: San Luis fue intervenida en tres ocasiones. Tales intervenciones tenían como fin suplantar la representación de las provincias en el Congreso (sobre todo en el Senado), que era en gran parte conformada por los partidos conservadores. No obstante el triunfo radical en el orden nacional, los conservadores en el interior del país lograron –con el apoyo popular y mediante la aplicación de la nueva modalidad electoral– obtener el gobierno de algunas provincias importantes: Córdoba y Santa Fe, por ejemplo, donde su labor fue sumamente positiva. Aunque corresponde a su segundo mandato, señalaré que no “reconoció” como gobernador al doctor Julio Roca (hijo) cuando fue elegido por la provincia de Córdoba, y se negó a tener trato siquiera oficial con él. El desdén de Yrigoyen por el Poder Legislativo se tradujo en el hecho de no concurrir a la apertura de sus sesiones, ni de leer ni enviar su mensaje anual para dar cuenta del estado del país, como lo dispone la Constitución. Al finalizar su mandato en 1922, un de los más enconados adversarios en el Parlamento, el doctor Matías Sánchez Sorondo, afirmó: CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 83.
    165164 Para finalizar laépoca rememorada, cabe precisar ante todo que el movimiento fue encabezado por el general José Félix Uriburu, que estaba retirado del servicio activo. Circunstancia importante: Uriburu carecía de mando, pero estaba revestido de autoridad. Hay que tener en cuenta esta diferencia. Por otra parte, la difundida frase de que los opositores “golpearon las puertas de los cuarteles”, es equivocada. Si bien la ciudadanía se hallaba en estado de rechazo al gobierno, nada hacía presumir la posibilidad de recurrir a las Fuerzas Armadas, pese a que los tiempos electorales no alcanzarían para revertir una situación calamitosa. Las condenas de La Prensa y de La Nación, más la virulencia de Crítica, no pasaban de reflejar la opo- sición y de señalar los preceptos constitucionales dejados de lado por el oficialismo radical. El golpe de Estado, ocurrido el 6 de septiembre, fue producido por militares que no obedecieron al reclamo de los civiles, los cuales fueron dejados de lado hasta el último momento por expresa indicación del general Uriburu. El complot fue orga- nizado como una operación castrense, y si bien es cierto que fue impulsado por un grupo reducido de iniciados, también hay que tener en cuenta que el Ejército no defendió la estabilidad del Presidente ni del Congreso. La interrupción del sistema constitucional no fue larga: sólo duró un par de años, y el propio encargado del Poder Ejecutivo Nacional lo definió como “gobierno provisional”. Sus intentos de reforma de la Constitución de 1853 y del régimen de partidos políticos no pudo, felizmente, llevarse a cabo, y con el acceso al poder en 1932 del general Agustín P. Justo, la República Argentino volvió a retomar su rumbo ascendente. muy desfavorablemente en la situación argentina, agravado por la dilapidación de los recursos del Estado, mane- jados en forma desordenada. Las huelgas y manifestaciones marcaron rápidamente el descontento, agitadas tanto por obreros como por estudiantes universitarios. El desorden se unió a los manejos políticos, sin faltar el fraude que se achara a los conservadores. Un radical de la talla de Ricardo Rojas pronunció en estos términos severos esa conducta: El gran pecado del radicalismo, acaso, ha consistido no tanto en el desquicio administrativo, sino más bien en haber violentado la Ley Sáenz Peña en Córdoba, Mendoza y San Juan; en haber anulado la colaboración del Ministerio y el control del Parlamento, por un mal entendido sentimiento de la soli- daridad partidaria; en haber descuidado la selección de sus elegidos, y en haber coaccionado a la oposición mediante ciertos instrumentos demagógicos. Todo esto significa un olvido del radicalismo histórico, de su dogma del sufragio libre, de su programa constitucional, y de sus ideales democráticos. Un síntoma elocuente de la pérdida del favor del pueblo hacia el gobierno, lo dio en 1929 el triunfo en la Capital de los candidatos a diputados del Partido Socialista Independiente. La unión de los opositores se concretó al poco tiempo: conservadores, socialistas, radicales “antipersonalistas” y el resto de demócratas progresistas. Estaba pendiente la amenaza de juicio político al Presidente por “mal desempeño de sus funciones”, tal como lo señala la Constitución Nacional, puesto que entre otras características de su paso por el Poder Ejecutivo, debe repetirse que Yrigoyen había abandonado la función pública que le indicaba la Ley Suprema, en la apatía que le provocaba su estado físico e intelectual. Prácticamente no existía el gobierno: el presidente Yrigoyen estaba aislado por la cama- rilla indicada y no ejercía la función que le estaba encomendada; y, por su parte, el Congreso no se reunía en sesiones ordinarias, por temor a la acusación de juicio político que se le haría a aquél: ni Ejecutivo, ni Legislativo. En agosto de 1930, el Ministro de Agricultura no pudo inaugurar la exposición organizada por la Sociedad Rural por haber sido recibido con una fuerte y sostenida silbatina, que lo forzó a retirarse. Graves escán- dalos ocurrían en las provincias del interior, como Mendoza y San Juan, y los diarios criticaban severamente a las autoridades. El ambiente público mostraba un continuo y grave descontento contra el gobierno. Las manifesta- ciones callejeras de estudiantes y obreros eran continuas. Sus antiguos partidarios, el Intendente Municipal de Buenos Aires, tanto como el Ministro de Guerra, dirigieron elocuentes mensajes a Yrigoyen señalándole la nece- sidad de un cambio de actitud inmediato, sin ninguna reacción por parte de éste. De su lado, parlamentarios de todos los bloques, identificados como “De los 44” por el número de sus componentes, lanzaron un manifiesto explicativo de los malos procederes del oficialismo y de las medidas que debían adoptarse en cumplimiento de la Constitución. La renuncia del ministro de Guerra, el general Dellepiane, presentada el 2 de septiembre de 1930 –fecha significativa– fue redactada en términos alarmantes para el Presidente y para el sistema republicano de gobierno. Véanse algunos de sus conceptos: He acompañado a pesar de mi voluntad y contrariando mi conciencia, a V.E., en la refrendación de decretos concediendo dádivas generosas, pensando que esto pudiera liquidar definitivamente una situación sobre la cual el país no debía reincidir. Me repugnan las intrigas que he visto a mi alrededor, obra fundamental de incapaces y ambiciosos. He visto y veo alrededor de V.E. pocos leales y muchos interesados. Y aludiendo a la personalidad de Yrigoyen, aludía en su dimisión el ministro Dellepiane: si V.E. no recapacita un instante y analiza la parte de verdad que puede hallarse en la airada protesta que está en todos los labios y palpita en muchos corazones… Sólo lamento no haber podido realizar obra constructiva. Esta carta es algo así como un fallo casi póstumo a la presidencia radical, apenas cuatro días antes de ser desplazada del poder. Porque el 6 de septiembre de 1930 estalló, con gran adhesión de la ciudadanía que antes había apoyado a Yrigoyen, un golpe militar que derribó al gobierno. Hay que remontarse a 1861 (a Pavón), casi setenta años antes, para que se diera un acontecimiento similar: hasta entonces –según expuse al comienzo– los alzamientos sediciosos fueron dominados por las fuerzas que respondían a la autoridad constituida. CAPÍTULO 3 / 1880-1930 LA VIDA POLÍTICO-ELECTORAL Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES ISIDORO J. RUIZ MORENO - Vida política y electoral (1880-1930). El Ejército LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 84.
    167 La composición socialdel Ejército Argentino Contrariamente a lo que suponen los simplificadores de la Historia, el Ejército Argentino de aquellos tiempos del treinta no es una casta ni constituye tampoco “el brazo armado de la burguesía”. A partir de la presidencia de Mitre, la clase dominante ha entrelazado sus intereses con el Imperio británico, organizando una Argentina semicolonial, “granja de su Graciosa Majestad”, economía complementaria de la economía inglesa. Pero el Ejército, sin embargo, no se modela bajo la influencia británica (que, en cambio, opera decididamente sobre la Armada) y tampoco se nutre preponderantemente de hombres de la clase alta. Al constituirse como fuerza nacional cuando, después de los duros enfrentamientos de 1880, se prohíben las milicias provinciales, quedó integrado especialmente por contingentes del interior del país –de extracción federal– y más tarde, por hijos de la inmigración. Por esta razón, en la fuerza militar de principios de siglo palpita un sentimiento antimitrista que marca la singular experiencia del Partido Autonomista Nacional, primero, y luego, una fuerte ten- dencia radical. Por supuesto, aparecen en sus filas algunos hombres de doble apellido, pero preponderan los que pertenecen a familias de clase media, en muchos casos, empobrecidas. Se puede observar cómo, en su historia, proliferan apellidos de inmigrantes como Velazco, Campero, Montes, Mantovani, Mosconi, Mercante, Farrell, Ferrazano, Pistarini, etcétera. El investigador Alain Rouquié ha analizado esta cuestión: Los oficiales argentinos raramente proceden de las familias hidalgas de las viejas provincias coloniales. En su mayoría, son originarios de las zonas más modernas, más urbanizadas y cosmopolitas. Así, pues, los oficiales forman un grupo abierto y no una casta hereditaria reservada a las viejas familias tradi- cionales de ascendencia militar o consular.1 Se trata, pues, si queremos usar una expresión sintética y popular, de “clase media con uniforme”. Con respecto a la clase trabajadora, son escasísimos los oficiales de ese origen aunque, uno de ellos, Domingo Mercante era hijo de un trabajador ferroviario. 1 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo II, Buenos Aires, Emecé, 1978, p. 106. Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador NORBERTO GALASSO HISTORIADOR / ENSAYISTA / ESCRITOR Vuchon, A. S/título, 1933. Óleo, 89 x 72 cm. 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 4 CAPÍTULO
  • 85.
    169168 y su propuestade que “la causa” llevase a cabo “la gran reparación”. Un caso interesante es el del general Pablo Ricchieri, a quien el general Roca le aconseja que colabore con Yrigoyen. A veces, ocurre que ni los mismos dirigentes radicales aprecian la influencia que había alcanzado el partido sobre los cuarteles y de qué modo muchos militares fueron dados de baja luego de que se sofocó la rebelión de 1905 o trabados en sus ascensos o enviados a guarniciones remotas. Tampoco la mayor parte de los historiadores explican por qué razón la clase dominante aceptó el sufra- gio libre, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña, en 1912. Generalmente lo adjudican a la honestidad del pre- sidente Roque Sáenz Peña o a la intransigencia de Yrigoyen, factores que influyeron seguramente, pero se des- conoce que otro de los factores fue la influencia del radicalismo sobre el Ejército y la posibilidad de una nueva sublevación. Son los cuarteles agitados por las nuevas ideas de la democracia los que inciden poderosamente en esa decisión que conducirá al poder, cuatro años después, a Hipólito Yrigoyen. Y una de sus primeras medidas será la reincorporación de los militares sublevados en 1905 y sancionados por ese hecho. Jauretche sostiene: La historia del radicalismo en los años previos a la ley electoral es casi una historia de cuartel. Nunca logró dominar los altos mandos, pero las oligarquías vivieron sobre un barril de pólvora, pues faltas de apoyo popular se sustentaban sólo en las armas y los hombres de armas vivieron permanentemente el duro drama de la disyuntiva entre los mandatos de su conciencia nacional y los mandatos de la disci- plina; la historia del radicalismo fue así casi una historia militar […]. Más de una vez, después del 6 de septiembre, oí de labios del octogenario luchador, decir que hubo momentos en que “el Radicalismo sólo fue cosa de unos mozos estancieros y de los jefes y oficiales del ejército que era donde más se sentía nuestra acción”.5 Neutralismo y simpatía por el radicalismo, durante la Primera Guerra atravesaron los cuarteles en esa época. El golpe militar del 6 de septiembre y los mandos leales a Yrigoyen Una cuestión a investigar se refiere a la posición de la mayor parte de los mandos militares durante el levantamiento del 6 de septiembre de 1930. El radicalismo se encuentra acosado por el resto de los partidos y el caudillo está ya viejo y enfermo, cuando se produce el alzamiento del Colegio Militar liderado por el general Reynolds y de la Escuela de Comunicaciones, con apoyo de la aviación, sin que se agregue ninguna otra unidad militar. Más aun, un militar, el general Dellepiane, ha alertado a Yrigoyen, desde su cargo de ministro de Guerra, acerca del golpe inminente. Pero el caudillo radical no escucha el consejo. Lo cierto es que los mandos leales son mayoría ese 6 de septiembre y esperan infructuosamente la orden de Yrigoyen de reprimir. En el Arsenal de Pichincha y Garay se han citado militares de alta graduación que se mantienen leales. Los insurrectos eran: un grupo patéticamente reducido de soldados, en su mayor parte bisoños, en desafío al resto del Ejército, que no se plegó. Mientras avanzaban hacia la Casa Rosada, en una empresa condenada al más sonoro fracaso, estaban alertas, esperando órdenes, el coronel Avelino J. Álvarez, en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo, el coronel Francisco Bosch al frente de la caballería destacada en Ciudadela, el coronel Gregorio Salvatierra con la escuela de Suboficiales, el general Nicasio (o Sabino) Adalid, jefe del Arsenal de Guerra, el teniente coronel Regino P. Lascano, con el Primero de infantería y el teniente coronel Ferré, del Segundo, ambos en Palermo, es decir, una fuerza capaz de triturar sin trabajo a la anémica columna de Uriburu. Sin embargo, estos jefes no recibieron ninguna orden. El general Severo Toranzo, inspector general del ejército, viajó desde el interior y solicitó al vicepresidente Martínez –presidente en ejercicio a partir del día 5 de septiembre– que lo designara jefe de la defensa para proceder a la represión. Pero Martínez se negó ante el asombro del general.6 5 Arturo Jauretche, Ejército y política, Buenos Aires, Peña Lillo, 1976, p. 111. 6 Miguel Ángel Scenna, Los militares, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980, pp. 159-160. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador Con respecto a las razones por las cuales se incorporarían al Ejército los hijos de la clase media inmi- gratoria, Rouquié señala: “la educación nacionalista y el culto de San Martín, por ejemplo, y el atractivo de la parada, los desfiles, la bandera y los uniformes constituyen el basamento emocional de muchas elecciones”.2 Origen social y tendencias políticas Estas reflexiones, resultan importantes para acercarnos a la comprensión de las diversas tendencias ideológicas y los cambios que se advierten en la historia del Ejército durante el siglo XX y que resultan inabordables para aquellos que suponen que nuestros militares constituyen un conjunto de hombres hechos a imagen y seme- janza de la clase dominante, que comúnmente, en nuestras luchas políticas, se ha denominado “oligarquía”. Desde ese antimilitarismo abstracto resulta incomprensible la historia de nuestro Ejército. En cambio, si entendemos que preponderan en él quienes provienen de la clase media existe la posibilidad de que se manifiesten tanto posiciones conservadoras como posiciones populares. Si el Ejército Argentino hubiese sido –desde su cohesión como fuerza moderna a fines del siglo XIX– “el brazo armado de la clase dominante” habría manifestado el probritanismo que cultivaba la clase dominante, en cuyo caso habría identificado su destino, de manera permanente, con el partido conservador y los intereses británicos. No fue así, sin embargo. Probablemente la explicación reside en que la subordinación de la Argentina a Gran Bretaña significaba tomar como ejemplo a una potencia fundamentalmente marítima lo cual permitía a nuestra Armada tomarla en arque- tipo, pero no ofrecía iguales posibilidades al Ejército. Así ocurrió la aparente incongruencia de que, en un país satélite del Imperio británico se diese una competencia, en cuanto a la formación de nuestros militares, entre la influencia francesa y la germana. También en este aspecto, Rouquié viene en nuestra ayuda: El Ejército adoptó un modelo cultural singular en un país cuyos dirigentes civiles mantenían relaciones privilegiadas con Gran Bretaña en el terreno económico y social y profesaban accesoriamente un culto más desinteresado por Francia en artes y letras. Esto llevaría a la crisis entre el ejército germanófilo (mucho antes de Hitler, por supuesto) y la oligarquía anglófila.3 En los primeros años de su constitución definitiva, el Ejército Argentino tomó como modelo al Ejército Francés, en cuanto a los uniformes, reglamentos, obras teóricas sobre cuestiones bélicas y estratégicas. Más tarde, especialmente a partir de 1904, comenzó a colocarse bajo la influencia germana. Los ensayos, artículos y tratados, así como el casco con punta o “el paso de ganso”, fueron reemplazando a las modalidades francesas. En el plan de estudios de la época, por ejemplo, los cadetes del Colegio Militar estudiaban idiomas francés y alemán, pero no inglés. En sus recuerdos sobre su paso por el Colegio Militar, Juan Domingo Perón señala: Las voces de mando eran de estilo alemán, los reglamentos y el manejo de armas eran igualmente alemanas. Toda mi vida he marchado al paso prusiano. Soy un hombre racionalista por temperamento y por costumbres. Desde 1910, mis profesores fueron alemanes. Cabezas que no dejaban nada al azar. Todo con orden y sentido.4 El Ejército en los inicios del radicalismo Esa clase dominante escéptica y despilfarradora no se preocupó por darle al Ejército una cohesión ideológica tal que lo constituyera en “su brazo armado”. Entendió probablemente que bastaba con la formación conservadora liberal expresada en la biografía del general San Martín, escrita por Mitre y con las hipótesis de con- flicto hacia Chile y Brasil. Por ello, quizá debió sorprenderse del predicamento que iba logrando Hipólito Yrigoyen en los cuarteles, expresado en la sublevación del 4 de febrero de 1905. El naciente caudillo estaba con- quistando a las fuerzas populares del interior que habían sido la base social del autonomismo. Asimismo, lograba que los oficiales y los suboficiales también fueran receptivos a sus denuncias contra “el régimen falaz y descreído” 2 Alain Rouquié, op. cit, p. 108. 3 Ibid., p. 100. 4 Esteban Peicovich, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1962, p. 62. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 86.
    171170 azotar y torturarde uniforme, por verdugos civiles y policíacos que han emulado a los más sombríos y repugnantes personajes de la historia. Cuando pienso que una hiena como usted se ha disfrazado durante 47 años con el uniforme de los defensores de la Constitución prometiendo, engañando, adu- lando, mintiendo y corrompiendo conciencias de oficiales de todos los grados, no encuentro mons- truo con quien compararlo en los anales de nuestra vida democrática […]. Simulando patriotismo, es usted, en realidad, un agente venal de turbios intereses extranjeros.8 El 5 de abril de 1931, la dictadura uriburista, se arriesga a otorgar elecciones libres en la provincia de Buenos Aires. El conservadorismo levanta una fórmula típicamente vacuna: Santamarina-Pereda, mientras que los radicales llevan a Pueyrredón-Guido. El triunfo radical provoca la anulación de estas elecciones y una vez más los ofi- ciales yrigoyenistas deciden levantarse al encontrar cerradas las vías electorales. En julio de 1931, el coronel Gregorio Pomar se subleva en el Litoral. Sin embargo, a pesar de que su acción moviliza fuerzas adictas en otras partes del país, el general Justo –que se ha dedicado desde el 6 de septiembre a la tarea de colocar a sus hombres al frente de los diversos cuerpos– extorsiona a Uriburu: el levantamiento de Pomar será sofocado pero Uriburu debe dar elec- ciones antes de fin de año y Justo, merced al fraude, será el nuevo presidente. En 1932 es asesinado el mayor Regino P. Lascano. Al encontrarse el cadáver, en su chaqueta aparece una proclama que en sus partes centrales afirma: Guiados por los más nobles sentimientos de reparación institucional y de justicia social, nos levantamos en armas contra el simulacro de gobierno que preside el General Justo, surgido de las elecciones frau- dulentas y espurias del 8 de noviembre de 1931, realizadas bajo el imperio del estado de sitio y de las deportaciones en masa de políticos, militares, obreros y estudiantes que encarnaban el espíritu de oposición, de democracia y de libertad del pueblo argentino, cuya mayoría representa el radicalismo. Nos levantamos en armas contra los herederos de la nefasta tiranía del General Uriburu […] patroci- nado por el imperialismo petrolero norteamericano que resucita en el país los gobiernos de castas. Frente a la dictadura del General Justo, las dictaduras de las compañías Standard Oil, Bunge y Born, Dreyfus, Asociación de frigoríficos, Tranvías, Unión Telefónica, etc., frente a esta dictadura extranjera, disfrazada canallescamente con los colores de nuestro pabellón y a la que sólo civiles y militares que han caído en la ignominia de traición a la patria pueden apuntalar, proclamamos la revolución con el fin de reconquistar para el pueblo argentino la suma del derecho y libertades ultrajadas, aherro- jadas por la miserable legión de fascistas del Jockey Club y Círculo de Armas, que no han trepidado en vender la nacionalidad a cambio de satisfacer sus bastardas y ruines ambiciones personales de orden político y comercial […]. Argentinos: ¡De pie, a las armas! ¡Viva la Unión Cívica Radical!, Curuzú Cuatiá, 30/6/1932. Firmado Juan B. Ocampo, Capitán ayudante.9 Hacia fines de 1932, se produce otro suceso que demuestra la consecuente posición de un sector del Ejército. El coronel Atilio Cattáneo urde una trama conspirativa cívico militar en la cual participan, entre otros, los tenientes Monti, Reynoso, Egli, Muzlera, Bruzzone, Olguin y los capitanes Cáceres, Domínguez, Coroba, Carriego y Bravo. Pero la explosión de una bomba dejó al desnudo el complot y los conspiradores son detenidos. En enero de 1933, estalla una rebelión en Concordia,10 con repercusión en Misiones. Luego, en diciembre de 1933, se produce el levantamiento de Santa Fe y Corrientes, con fuertes enfrentamientos en Paso de los Libres. En esta oportunidad, los aviones del gobierno ametrallan a los insurrectos produciéndose alrededor de cincuenta muertos y una gran cantidad de detenidos, algunos enviados al sur, otros desterrados a Europa. Esta “resistencia radical” entra en declinación cuando Alvear negocia con el gobierno de la Concordancia para constituirse en una oposición amable y respetuosa. Esto culmina en la Convención Radical, el 2 de enero de 1935, cuando se levanta la abstención y el radicalismo pasa a legitimar los fraudes del régimen. Asimismo, hasta la noche de ese sábado 6 de septiembre no estuvo asegurado el éxito para el general Uriburu: “En el Arsenal estaban reunidos el ministro González, el inspector general Severo Toranzo y los generales Mosconi, Adalid y Martínez, todavía en condiciones de reaccionar”.7 Resulta evidente que la crisis económica mundial, el periodismo amarillista con Crítica y La Fronda a la cabeza, así como la dirigencia política de derecha a izquierda y el propio engangrenamiento del partido inci- dieron en el camino hacia el abismo del Presidente. Pero son varios los historiadores que no evalúan estos factores y en cambio, prefieren sostener que el Ejército quebró la legalidad. Para ello, silencian que buena parte de esos mili- tares esperaban una orden que nunca llegó. Las diversas tendencias dentro del Ejército durante los años treinta Los radicales Ya en los sucesos del treinta se pueden advertir tendencias diversas en el seno del Ejército: a) los militares de filiación radical; b) los nacionalistas de derecha que se nuclean alrededor del general José Félix Uriburu; c) los oficiales de posiciones liberal-conservadoras, probritánicos, que responden al general Justo. En los sucesos de 1930, los oficiales radicales no intervienen. Los uriburistas se presentan como prota- gonistas principales del golpe militar, mientras los liberales “justistas” participan en segunda línea. Los militares radicales provienen del Ejército que se organiza después de 1880 y entienden que su fun- ción es garantizar la libre soberanía popular. Es decir, ante las costumbres cívicas adulteradas por el fraude, reclaman que se practiquen comicios limpios, con sufragio secreto, libre y obligatorio quedando encargada la institución de velar por la pureza del sufragio. Para este sector, la función del Ejército consiste en defender la soberanía ante cualquier ataque externo, que en aquellos tiempos suponen que podría provenir desde Chile o desde Brasil. De esta manera, si el pueblo otorga su confianza a Hipólito Yrigoyen y éste se subleva frente a las trampas electorales, muchos de estos ofi- ciales están dispuestos a acompañarlo en la patriada. Luego, cuando Yrigoyen triunfa en 1916, consideran que su deber es la obediencia al presidente legal, aunque ello los obligue, en algunas oportunidades, a reprimir acciones populares, donde estiman que se expresan intereses chilenos –o de subversión ideológica al sistema– como en la “Semana Trágica” (1919) y los sucesos de la Patagonia (1921 y 1922). Por esta razón no se suman a la conspiración, ni al golpe, en 1930. Entre los más conocidos de ellos pueden citarse a: Enrique Mosconi, Severo Toranzo, Atilio Cattáneo, Francisco y Roberto Bosch, Sabino Adalid, Gregorio Pomar, Regino Lascano, Manuel Álvarez Pereyra, Gregorio Salvatierra. Al poco tiempo de asumir el gobierno el general José Félix Uriburu, estos militares yrigoyenistas se lanzan a conspirar contra el gobierno de facto. En diciembre de 1930 se produce el levantamiento de suboficiales radicales en Córdoba, vinculados al doctor Amadeo Sabattini. Poco después, el general Severo Toranzo urde una conspiración, con un grupo de oficiales adictos. Con la colaboración de su hijo, Carlos Severo Toranzo Montero, organiza el golpe para deponer a Uriburu. La conspiración toma cuerpo y va a estallar a fines de febrero de 1931, pero una delación pone sobre aviso a los servicios de inteligencia y se lanza la orden de detención contra los implicados. Toranzo logra fugar embarcándose hacia Montevideo, desde donde lanza una carta abierta al general Uriburu condenando su golpe usurpador: Le dirijo estas líneas asumiendo también y por derecho de antigüedad, la representación de los mili- tares de toda jerarquía a quienes usted y sus esbirros han ofendido infamemente, apoyados en la fuerza brutal, que ha tenido en sus manos para deshonra de la civilización, desde el día del malón del 6 de septiembre hasta la fecha. Solamente en un alma vil y cobarde podían anidar los salvajes ins- tintos que usted ha revelado, ensañándose con sus propios camaradas del ejército al punto de hacerlos 7 Miguel Ángel Scenna, op. cit., p. 160. 8 Atilio Cattáneo, Apéndice de “Plan 1932”, Buenos Aires, Proceso, 1959. 9 Atilio Cattáneo, op. cit., p. 251. 10 Ibid., p. 86. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 87.
    173172 Si bien enalgunos casos estos militares admiraban el rearme de los países derrotados en la primera contienda mundial, en otros esto resultaba en una adscripción a los sistemas corporativos. Son militares que por sobre todo sostienen una posición antiizquierdista, totalitaria, antidemocrática y racista. En algunos casos, va a resultar ostensible su admiración por el nazismo. Así ocurre, por ejemplo, con algunos oficiales cuyo pro nazismo resulta fervoroso, con todos sus ingredientes de odio a las masas, antisemitismo, autoritarismo y otras connotaciones reaccionarias. Entre ellos, pueden citarse a los coroneles Enrique González, Luis Perlinger y Orlando Peluffo. La línea liberal-conservadora Como se ha señalado, el general Justo prefirió quedar en segundo plano respecto a Uriburu en los días del golpe septembrino de 1930. Pero, instalado el nuevo gobierno, se preocupó por colocar a un hombre de su plena confianza en el Ministerio de Guerra, el general Manuel Rodríguez quien se declara partidario de que el Ejército se limite a sus funciones específicas y que el debate ideológico no ingrese a los cuarteles. Por supuesto, ese “profesionalismo” de Rodríguez se basaba en que los militares radicales debían ser detenidos, dados de baja o enviados a los últimos rincones del país. Llevado a cabo ese operativo, durante los primeros meses del gobierno uriburista, resulta comprensible que el amigo de Justo abogase porque el Ejército se cohesionara detrás de su figura como ministro y detrás de la figura de Justo, quien fue colocando a sus hombres de confianza a cargo de las principales guarniciones. Copado el Ejército por este sector, la institución sirvió a los planes de la clase domi- nante, tanto fuese en asegurar el fraude en las elecciones de 1932 y 1938, como en la política económica probri- tánica implementada por entonces. La crisis económica mundial de 1930 había desajustado la relación entre el Imperio y la llamada “su colonia próspera”, para la clase dominante. El tratado Roca-Runciman tuvo por objeto emparchar esos desajustes: para ello el gobierno aceptó toda clase de imposiciones como entregar a los frigorí- ficos angloyanquis el 85% de las exportaciones de carne, crear un Banco Central Mixto con asesoramiento de dos integrantes del directorio del Banco de Londres (Otto Niemeyer y Mr. Powell), armar la Coordinación de Transportes en beneficio de la empresa inglesa de tranvías para lo cual se apropió de los colectivos que estaban en manos de particulares y otros negocios semejantes. Este período de represión y entrega tuvo a la Concordancia –confluencia de antipersonalistas, socia- listas independientes y conservadores– con la complicidad del alvearismo, como responsables, pero también tuvo a la mayor parte del Ejército como partícipe, encolumnada detrás de Justo y Rodríguez. Entre los jefes importantes que se alinearon detrás de esa política, tanto en retiro como en actividad, pueden mencionarse a José María Sarobe, Bartolomé Descalzo, Elbio Anaya, Leopoldo Ornstein, Santos Rossi, José Francisco Suárez, Carlos Márquez, Juan Tonazzi, Arturo Rawson y Adolfo Espíndola. En 1938, al concluir su período, el general Justo apeló al fraude para colocar en la presidencia a un hombre de su confianza –el doctor Roberto Ortiz, abogado de empresas extranjeras– para asegurarse de que éste, al cumplir su mandato, lo devolviera al sillón presidencial. Pero diversas circunstancias incidieron para que su estra- tegia fracasara. Por un lado, el presidente Ortiz enfermó gravemente y fue suplantado interinamente por el vice- presidente Ramón Castillo. Luego, Ortiz falleció y Castillo asumió plenamente la presidencia. Castillo sostuvo una política neutral durante la guerra y se apoyó en oficiales antiliberales, mostrando, además, cierta atención a las pro- puestas de tipo industrialista que aportaban algunos hombres del Ejército: dio impulso a Fabricaciones Militares y adquirió algunos barcos, como punto de partida de nuestra flota marítima. Justo, por su parte, se vio envuelto en una acusación con motivo de una adquisición de armamentos en Europa. Además, su ofrecimiento al Brasil para incorporarse a las fuerzas aliadas en la conflagración mundial, provocó rechazo en los casinos de oficiales. Poco después, Justo sufrió un derrame cerebral y falleció el 11 de enero de 1943. A pesar de ello, Rawson, Anaya, Rossi y Ornstein consiguieron jugar roles de cierta importancia en los primeros meses después del 4 de junio de 1943. Otras tendencias En la segunda mitad de la década del treinta se manifiestan algunos fenómenos nuevos en la sociedad que repercuten sobre el Ejército. La crisis económica mundial de 1929 ha producido sus efectos generando cierto crecimiento industrial que se va a acentuar con motivo de la Segunda Guerra Mundial, pues ésta obstaculiza las importaciones extranjeras. Ello va aunado a fuertes migraciones internas desde las provincias desamparadas del interior y asimismo, influye FORJA, cuyas consignas fueron ganando terreno: “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”, “Tenemos una economía colonial, una política colonial, una cultura colonial”, Los soldados radicales manifiestan su reprobación a la política alvearista y actúan políticamente muy cerca de los hombres de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, fundada en 1935, cuyo prin- cipal dirigente era Arturo Jauretche). En 1939, obligados a exilarse por la represión, Roberto Bosch y Gregorio Pomar, desde Montevideo, rechazan la amnistía con la cual quieren amansarlos tanto el gobierno como su propio partido alvearizado: No queremos ser cómplices de leyes que constituyen un Estatuto Legal del Coloniaje, como la de la creación del Banco Central y del Instituto Movilizador, la de la Coordinación de los Transportes, las concesiones de la CADE, etc., y otros actos de entrega del patrimonio nacional, a fuerzas extrañas que expolian al pueblo argentino.11 Otra figura castrense importante fue el general Ramón Molina. Desvinculado de la línea uriburista, pero también opuesto a las maniobras fraudulentas que prohijaba el general Justo, su figura fue creciendo, pri- mero como un soldado de posición nacional y luego, como hombre ligado al radicalismo combativo. Scenna señala que Molina propiciaba “un regreso a la pureza del sufragio y asumía una posición crítica ante la indiferencia oficial frente a la desocupación y la miseria generadas por la crisis y aún no conjuradas”.12 Esta vocación por lo nacional y lo social lo constituía en un germen de caudillo popular proveniente del Ejército lo cual preocupó a los mandos liberales. Al principio, intentaron desprestigiarlo y le otorgaron el mote de “el burro” Molina. Más tarde, consi- deraron conveniente cerrar el paso a su accionar político: “Justo comprendió que Molina podía llegar a ser un adversario peligroso […]. Molina era un líder en potencia”.13 En 1937 fue arrestado, con la imputación de haberse convertido al comunismo y debió pedir el retiro, medida que le hizo perder influencia sobre los radicales que lo con- sideraban uno de sus hombres. En enero de 1941, algunos de esos militares constituyen la Cruzada Renovadora del Radicalismo, fun- dada por el teniente coronel Sabino Adalid, siendo nombrado como primer jefe de la entidad el teniente coronel Roberto Bosch. Tanto Bosch, como el teniente coronel Dándolo Breglia, Gregorio Pomar y Atilio Cattáneo seguirán siendo consecuentes con su posición radical en los años siguientes. También alcanzan importancia, en la línea radical de los años cuarenta, los coroneles Aníbal, Miguel Ángel y Juan Carlos Montes. (A Miguel Ángel Montes se le atribuye haber redactado, junto con Juan D. Perón, una de las proclamas que circuló en junio de 1943). Pomar, a su vez, continuó manteniendo relaciones con los forjistas, aunque éstas se debilitaron cuando el grupo de Jauretche, en 1940, se escindió del radicalismo. La línea nacionalista corporativista y los militares pro nazis El general Uriburu había sido neutralista durante la Primera Guerra debido a su admiración por el funcionamiento del Ejército Alemán y en el año treinta mantenía simpatías por el fascismo italiano. El núcleo que lo rodeaba, especialmente Carlos Ibarguren, no se cansaba de aconsejarle que anulase la Constitución del 53 para reemplazarla por la Carta del Lavoro, que Mussolini había sancionado para Italia. Uriburu sostenía una posición nacionalista de derecha, antipopular y autoritaria, centrada en el orden a rajatabla, que lo condujo a una dura política represiva que incluyó desde encarcelamientos y torturas hasta fusila- mientos; fue el creador de una organización parapolicial denominada Legión Cívica. Esta organización se integraba con adeptos al nacionalismo que recibían entrenamiento militar en los cuarteles. El mismo Presidente asistió a su primer desfile de alrededor de diez mil legionarios por las calles de Buenos Aires, en abril de 1931. Sin embargo, el control de los cuerpos militares en manos del general Justo lo llevó a aceptar su retiro y a convalidar el fraude que convirtió a Justo en presidente. Alejado del país, Uriburu falleció poco después. Sin embargo, esta línea de vocación fascista se man- tiene. Son varios los jefes que durante la década expresan esta tendencia, entre ellos los generales Francisco Fasola Castaño, Benjamín Menéndez, Urbano de la Vega, Basilio Pertiné, Nicolás Accame y Juan Carlos Sanguinetti, pero quien más se destaca por su simpatía con el fascismo es el general Juan Bautista Molina, a quien puede consi- derarse el más consecuente continuador del uriburismo. 11 Atlilio Cattáneo, op. cit., p. 170. 12 Miguel Ángel Scenna, op. cit., p. 168. 13 Ibid. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 88.
    175174 BIBLIOGRAFÍA BREGLIA, Renzo, CruzadaRenovadora de la U.C.R., Buenos Aires, Teoría, 1999. CATTÁNEO, Atilio, Apéndice de “Plan 1932”, Buenos Aires, Proceso, 1959. JAURETCHE, Arturo, Ejército y política, Buenos Aires, Peña Lillo, 1976. PEICOVICH, Esteban, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1962. ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo II, Buenos Aires, Emecé, 1978. SCENNA, Miguel Ángel, Los militares, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980. “Patria, pan y poder al Pueblo”. En sus Cuadernos, FORJA señalaba la dependencia que sufría la Argentina como semicolonia productora de carnes y cereales para Gran Bretaña y denunciaba que “había hambre en un país muy rico”. Raúl Scalabrini Ortiz lo hacía tanto desde FORJA como desde los diarios Señales y Reconquista, así como desde los libros Política Británica en el Río de la Plata e Historia de los ferrocarriles. También José Luis Torres desme- nuzó estas claudicaciones en varios libros: Algunas maneras de vender a la patria, La Década infame, La oligarquía maléfica y Los perduellis. Así también alcanzan mayor predicamento algunos economistas como Alejandro Bunge quien publica La nueva Argentina. La mayor presencia obrera y las ideas antiimperialistas se introducen en los cuarteles y producen cambios importantes. Uno de ellos es el desarrollo de una tendencia industrialista, especialmente entre los inge- nieros militares. De este modo, algunos militares, con cierta tendencia antiliberal o antibritánica, expresaron sus posiciones nacionales en un creciente interés por la defensa del patrimonio argentino, así como por la industria- lización y el desarrollo de la industria pesada. Entre ellos, sobresalió el general Manuel N. Savio quien se consti- tuyó en el principal defensor de la siderurgia argentina. Sostenía Savio que un ejército no tendría autonomía si el país no fabricaba acero. Con la colaboración de Luciano Catalano, Savio fue el impulsor de Altos Hornos Zapla. Desde otra perspectiva, pues no venía del radicalismo, Savio siguió los pasos de ese gran defensor del petróleo argentino que fue el general Enrique Mosconi. En el mismo sentido también merece ser recordado el general Alonso Baldrich. Asimismo, se produjo un fenómeno interesante en los cuarteles cuando, dada la declinación sufrida por la Argentina y los casos de corrupción y entrega económica sucedidos durante la década, algunos oficiales empezaron a buscar nuevos caminos. En cierta medida, empezaron a hacer síntesis entre los planteos democrá- ticos del radicalismo y la defensa del patrimonio nacional sostenida por algunos nacionalistas, tendiendo hacia posiciones antibritánicas y a favor de una decidida participación popular en las cuestiones centrales de gobierno. Perón, uno de los hombres clave de esta tendencia, leía los cuadernos de FORJA en Italia, que le enviaban desde Buenos Aires. Julián Licastro señala asimismo que Perón le comentó que se nutría ideológicamente de las publicaciones de los apristas peruanos exilados en Buenos Aires. En esta tendencia se encuentra el coronel Domingo Mercante y algunos compañeros de promoción de Perón como Oscar Silva, Filomeno Velazco, Humberto Sosa Molina y Heraclio Ferrazano. En ellos fue acentuándose la convicción de que el pueblo debía ser protagonista, que el Ejército no había sido creado para reprimir sino para defender la soberanía y en algunos casos, emprender obras de bien público o empresas ligadas a las necesidades bélicas. Además, Perón solía recordar que su viaje a Europa, en 1940, le había servido para convencerse de que había llegado “la hora de los pueblos”. El 4 de junio de 1943 A partir de esta fecha, las diversas tendencias se cruzarán y chocarán una y otra vez, con sus disímiles proyectos. Poco tiempo atrás se había constituido el GOU (Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación) que durante mucho tiempo fue rotulado de pro nazi, aunque la escasa documentación que se logró recuperar dada su índole de logia secreta, parece indicar, sin embargo, que a sus integrantes no los unía una concepción ideológica, sino el propósito de reconstruir el Ejército, depurar sus cuadros y darle un rol prestigioso en la sociedad. El sector liberal-conservador y aliadófilo, que había orientado el general Justo, logró ocupar ciertos espacios en los inicios del golpe, a tal punto que Rawson fue designado presidente, aunque no llegó a jurar, y tanto Anaya como Ornstein ocuparon ministerios. Sin embargo, esta tendencia fue desplazada al poco tiempo por la acción mancomunada de los oficiales pro nazis y los nacionales. Pedro Pablo Ramírez, que tenía relaciones cordiales con radicales y nacionalistas, ocupó durante un tiempo la presidencia, manteniendo un equilibrio ines- table entre las tendencias que lo sustentaban. Crecieron por entonces las figuras de Juan Domingo Perón, desde la Secretaría de Trabajo y también las de los coroneles Enrique González y Luis César Perlinger, que expresaban a la línea pro nazi, hasta que en julio de 1944, el grupo liderado por Perón logra prevalecer sobre la tendencia de Perlinger, quedando en posición mucho más firme dentro de la fuerza, aunque todavía habría de enfrentar una dura oposición de los viejos partidos políticos con abierto apoyo del embajador norteamericano Spruille Braden, desde mayo de 1945. El 17 de octubre de 1945, el sector liderado por Perón, que expresa, en ese momento, a la mayoría del Ejército, se encuentra con los trabajadores en la plaza histórica, consagrándose así un liderazgo político que per- duró tres décadas y cuyas ideas aún mantienen influencia sobre la Argentina de estos días. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL NORBERTO GALASSO - Las contradicciones en el Ejército durante el régimen conservador LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 89.
    177Introducción El período entreguerras fue un tiempo de cambios trascendentes en el mundo, constituyó un final de época con la debacle del modelo capitalista acuñado en la denominada “Segunda Revolución Industrial”. La crisis de 1930 y sus devastadoras consecuencias sociales, el surgimiento del comunismo y del fascismo como alter- nativas a la democracia liberal y, por sobre todo, la sombra de la guerra mundial como un destino inexorable para las naciones, mantuvo a las grandes potencias inmersas en problemas que hacían a su propia supervivencia. En este contexto, los países periféricos gozaron de una mayor libertad de acción para formular estra- tegias de desarrollo independiente. Algunos lo intentaron con distinto grado de éxito. Durante estos años, en la Argentina se produjo una profunda transformación política, social y econó- mica a partir del desarrollo del primer momento del proceso industrial por sustitución de importaciones cuyo correlato en el ámbito social fue el crecimiento del movimiento obrero y, en el nivel político cristalizó una forma particular de Estado de bienestar signado por la inestabilidad de las formas constitucionales a partir del golpe militar de 1930. El caso argentino es complejo, presenta paradojas y contradicciones. Abordar estos años desde el pre- sente no es una tarea sencilla para los cientistas sociales pues este período aún no está plenamente desvinculado de cargas valorativas que no permiten recrear las condiciones del pasado con la rigurosidad debida, incurriendo en reduccionismos o anacronismos que dificultan comprender cuáles eran las opciones de las que disponía un argentino de los años treinta y cuáles eran las categorías analíticas para enfrentar los desafíos de su tiempo. El tema que voy a desarrollar es la industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón. El período que analizaremos es el de 1930-1943, como se comprenderá, las periodizaciones son arbitrios intelectuales que imponemos en un continuum, que, en este caso es válido para abordar el ámbito de lo político entre dos golpes de Estado, pero los tiempos de los procesos económicos y sociales son distintos y, por lo tanto, en ocasiones deberé transgredir estos límites. La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensamiento estratégico en Mosconi, Savio y Perón GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL 4 CAPÍTULO
  • 90.
    179178 reglas de laconvivencia no habrán de encontrar por parte del Estado sino el reconocimiento de su esfuerzo por el engrandecimiento del país. Los obreros, por su parte, tendrán la garantía de que las normas de trabajo que se establezcan habrán de ser aplicadas con el mayor celo por las autoridades. Unos y otros deberán persuadirse de que ni la astucia ni la violencia podrán ejercitarse en la vida del trabajo, porque una voluntad inquebrantable exigirá de ambos la vigencia de los derechos y obligaciones.2 ¿Por qué los militares de 1943 nos plantean la independencia económica y la cuestión social como pro- blemas estratégicos esenciales de la defensa nacional? ¿Cuáles eran los principales desafíos de la Argentina de esos años que suponían debía enfrentar el país y cuáles las opciones estratégicas de su tiempo? ¿Fue el pensamiento de Perón un fenómeno excepcional o está arraigado en un pensamiento estra- tégico que se venía desarrollando desde hacía años, si es que se puede afirmar la existencia de tal pensamiento? A continuación, trataremos de rastrear el origen de estas ideas que expusieron Perón y Savio y su desarrollo en el período entre guerras. Una dimensión del fenómeno bélico Eric Hobsbawm considera que el “siglo XIX largo” finaliza con la Primera Guerra Mundial y sus princi- pales consecuencias sociales y políticas: la Revolución Rusa y el surgimiento del fascismo. La Gran Guerra fue un hecho inédito en la historia de la humanidad. Si bien algunos conflictos armados como la Guerra de Secesión en Estados Unidos y la Guerra Franco-Prusiana en 1870, preanunciaban algunas de sus principales características, esta contienda señala el comienzo de un nuevo proceso histórico. Francois Furet plantea que: Por su naturaleza misma, la guerra es una apuesta cuyas modalidades y efectos son particularmente imprevisibles […]. De esta regla general, la guerra de 1914 podría ser la ilustración por excelencia. Su radical novedad trastorna en ambos campos todos los cálculos de los militares y de los políticos, así como los sentimientos de los pueblos. Ninguna guerra del pasado tuvo un desarrollo y unas conse- cuencias tan imprevistas […]. Esta novedad, técnica para empezar, puede compendiarse en algunas cifras. Mientras que franceses y alemanes contaban con obtener triunfos decisivos en las primeras semanas, con ayuda de sus reservas de armamentos acumuladas, ambos agotaron en dos meses sus aprovisionamientos de municiones y de material de guerra: hasta ese grado la nueva potencia bélica de los dos ejércitos había superado todas las previsiones […]. Los mismos obuses que matan a los soldados también entierran sus cadá- veres. Los muertos en la guerra son “desaparecidos” del combate. El más célebre de todos, bajo el Arco del Triunfo, será justamente honrado por los vencedores como “desconocido”; la escala de la matanza y la igualdad democrática ante el sacrificio han sumado sus efectos para rodear a los héroes tan sólo de una bendición anónima. La guerra de 1914, democrática, lo es por ser la de los grandes números de los combatientes, de los medios, de los muertos. Más por ese hecho también es cuestión de civiles más que de militares; prueba sufrida por millones de hombres arrancados de su vida cotidiana, más que combate de soldados […]. La guerra la hacen masas de civiles en regimientos que han pasado de la autonomía ciudadana a la obediencia militar por un tiempo cuya duración no conocen, hundidos en un infierno de fuego en el que es más importante “sostenerse” que calcular, atreverse que vencer.3 Muy tempranamente nuestro país tomó nota de la profundidad de los cambios políticos y sociales que se estaban operando en el viejo continente. Enrique Mosconi, en los primeros años de la década de 1920 reflexionaba respecto de las consecuencias de la contienda mundial: 2 Fragmento del discurso de Perón en la Asunción del cargo de Secretario de Trabajo y Previsión el 2 de diciembre de 1943 en Juan Carlos Torre, Los años peronistas, Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina, (tomo 8), 2002, p. 34. 3 Francois Furet, El pasado de una ilusión, México, FCE, 2005, pp. 59-60. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa- miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón Desarrollo Para una mejor comprensión de la problemática que analizaremos propongo comenzar por el final del período para establecer cuáles fueron las principales consideraciones respecto al “proceso de industrialización” y a la “cuestión social” que se plantearon los protagonistas a principios de la década de 1940, a fin de intentar responder la siguiente pregunta: ¿Por qué un militar de 1943 pensaba de esta manera? E intentar, de este modo, rastrear los orígenes de este pensamiento. Planteo del problema En 1944, el general Manuel Savio expresaba con respecto a la necesidad de industrializar el país: Consideramos un imperativo impostergable establecer en la Argentina las bases de una siderurgia racional, pues, de lo contrario, toda la estructura del desarrollo industrial que, lógicamente, esperamos dentro de nuestra evolución económica carecerá de fundamento positivo. Y agregaba: No es posible pretender un desarrollo apreciable como nación si no se dispone de un mínimo de capacidad propia para desenvolverse sin tutelaje extraño. En otro discurso expresaba: Yo no creo forzar la analogía al comparar nuestra independencia de 1816, en lo político con nuestra independencia en lo económico en 1945 o aproximadamente, sobre la base de la industria siderúrgica como piedra angular en la que han de desarrollarse sanamente todas las actividades de esta índole.1 En relación con la cuestión social, en 1943, el coronel Juan Perón asumía como secretario de Trabajo y Previsión del gobierno de facto, planteando en su discurso de asunción el comienzo de la “Era de la justicia social” en estos términos: Simple espectador como he sido en mi vida de soldado de la evolución de la economía nacional y de las relaciones entre patrones y trabajadores, nunca he podido avenirme a la idea tan corriente de que los problemas que esa relación origina son materia privativa sólo de las partes interesadas. A mi juicio, cualquier anormalidad surgida en el más ínfimo taller y en la más oscura oficina repercute directa- mente en la economía general del país y en la cultura general de sus habitantes. [...] Por tener muy firme esta convicción he lamentado la despreocupación, la indiferencia y el abandono en que los hombres de gobierno, por escrúpulos formalistas repudiados por el propio pueblo, preferían adop- tar una actitud negativa o expectante ante la crisis y convulsiones ideológicas, económicas, que han sufrido cuantos elementos intervienen en la vida de relación que el trabajo engendra. El Estado se mantenía alejado de la población trabajadora. No regulaba las actividades sociales como era su deber, sólo tomaba contacto en forma aislada, cuando el temor de ver perturbado el orden aparente de la calle le obligaba a descender de la torre de marfil, de su abstencionismo suicida. Con la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión se inicia la Era de la Justicia Social en la Argentina. Atrás quedarán para siempre la época de la inestabilidad y el desorden en que estaban sumidas las relaciones entre patrones y obreros. De ahora en adelante las empresas podrán trazar sus previsiones con la garantía de que si las retribuciones y el trato que otorgan al personal concuerdan con las sanas LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Selva Echagüe, Savio. Acero para la industria, Buenos Aires, Fundación Soldados, 1999, p. 44.
  • 91.
    181180 Guerra más ymás nacional. Masas más y más considerables. Predominio más y más fuerte del factor humano. Necesidad, por lo tanto, de volver a esa conducción de tropas que aspira a la batalla como argumento; que emplea la maniobra para alcanzarla. Conducción caracterizada por preparación, masa, impulsión. Hoy, para cumplir en forma que el país tenga algo que agradecer al ejército, es necesario ajustarse a las necesidades de un preparación racional e integral de las fuerzas vivas de la nación, para emplearlas en la guerra que sucederá en un plazo más o menos largo y de la cual sólo pueden vislumbrarse algunas posibilidades.7 Frente a este fenómeno social que arrasa con los grandes imperios, cambia el mundo conocido por una nueva cartografía e instala la noción de que la revolución y la violencia son fuerzas transformadoras, los mili- tares argentinos decodifican esta realidad con las herramientas teóricas que disponían en su tiempo. Como se observa en Perón, uno de los pensadores que va a tener una influencia decisiva en el pen- samiento estratégico argentino es Colmar von Der Goltz, un militar alemán que reflexionando acerca de la Guerra Franco-Prusiana de 1870, en 1881, presenta una obra en la cual expone que el concepto de “nación en armas” formulado por Clausewitz ya no alcanza para explicar la guerra de una sociedad capitalista transformada por la revolución de los transportes (ferrocarril y barco a vapor) y la industria del acero, proponiendo un nuevo paradigma: “la guerra requiere de todas las fuerzas morales y materiales de la nación”. Este paradigma inferido de las guerras europeas es reformulado por nuestros militares del período entre guerras entendiendo que Rusia implotó y que Alemania perdió la guerra en el frente interno más que en el bélico, de allí que por fuerzas materiales se entendiera la necesidad de lograr el autoabastecimiento industrial del país y por fuerzas morales, la cuestión social, la cohesión nacional para enfrentar el esfuerzo bélico. La industrialización El primero en plantear la necesidad de que el país produzca los insumos básicos para su sustento fue Enrique Mosconi, quien desde su cargo de director de los Arsenales del Ejército, comenzó a predicar sobre la necesidad de cambiar el modelo productivo por uno que asegurara la autonomía del país: Creo que los Arsenales de Guerra recién ahora van a empezar a desarrollar su acción, y sobre el fun- damento de los años que han pasado y de estos inmediatos años que han servido para construir la escuela, para preparar el personal que ha de formar la base de los Arsenales futuros, llegarán a cerrar una gran etapa en el desarrollo de nuestra Nación. Digo una gran etapa, porque así lo es; porque aquella independencia política que hiciera la generación grande de la Independencia, la generación de Mayo, no ha sido completada, a pesar del momento incierto en que la humanidad vive, a pesar de que no sabemos todavía en estos momentos cuáles serán los nuevos rumbos y las nuevas fórmulas espi- rituales que den importancia a la institución armada; pero sabemos que es necesario estar prevenidos y preparados para defender el patrimonio que hemos recibido de nuestros antepasados y que tenemos el deber de conservar. [...] La independencia del año 10 debe ser integrada con la independencia de nuestros cañones. Nuestros cañones hoy día no son independientes, todos sabemos por qué, de manera que estamos en una situación que no puede satisfacernos absolutamente y que sólo podrá llegarnos la tranquilidad al espí- ritu el día que digamos: “La defensa de nuestro país, nuestro derecho, nuestras instituciones políticas, nuestra riqueza nacional, todo está garantizado porque la nación tiene el espíritu firme y cañones que pueden tirar hasta que sea necesario.8 7 Juan D. Perón, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Poder, 1971, p. 115. 8 Enrique Mosconi, Demostración ofrecida por el personal de Arsenales de Guerra con motivo del ascenso a Coronel 26/10/1918, en Dichos y hechos, op. cit., p. 34. Fuera de esta exigencia, que tiene su fundamento en los caracteres generales de la guerra, según las enseñanzas de la última conflagración, hay otras razones que nos tocan más directamente, porque no sólo se refieren a poner nuestra institución armada a la altura de la época, sino a colocarla en con- diciones de equilibrio con respecto a los ejércitos vecinos.4 Y continuaba de este modo: No basta tampoco el dominio del mar para afrontar los conflictos futuros, porque la supremacía del aire tendrá como consecuencia la destrucción de las fuerzas adversarias en su misma base, hará inevi- table el aniquilamiento de las fuentes productoras imposibilitando toda resistencia.5 En los años treinta, Manuel Savio afirmaba que: Si la nación no puede mantenerse en condiciones positivas de combatir eficazmente, tendrá que aceptar la voluntad del enemigo […]. Al soldado francés no le faltaba bravura sino municiones […]. El propósito esencial que inspiró todos estos trabajos y estudios que habrían de conducirnos al pro- yecto de ley de Fabricaciones Militares, consistió en alcanzar, lo más pronto posible la capacidad de producir en el país las armas y las balas indispensables para mantener la soberanía y el honor nacio- nal, liberándonos de toda dependencia externa.6 No obstante, será Perón, en su calidad de oficial de Estado Mayor y profesor de la Escuela de Guerra, quien mayores aportes conceptuales brindaría respecto al conflicto armado. En la década de 1930, Perón como profesor de la Escuela Guerra enseñaba a los alumnos del curso del Estado Mayor, cuyos trabajos están recopilados en el libro Apuntes de historia militar: Es, pues la guerra del presente y será a no dudarlo la del porvenir, sin limitaciones en los medios y sin restricciones en la acción. A esa guerra de todas las fuerzas, llevada a cabo por un pueblo contra otro pueblo, ha de sucederle otra guerra de iguales o aun mayores proporciones y de características aun más siniestras. ¿Cuáles son las características de este nuevo período? Son, en nuestro sentir, un más acabado perfec- cionamiento del concepto de la nación en armas, el aprovechamiento al último extremo de todas las fuerzas del Estado para batir al adversario. Los militares estudiamos tan a fondo el arte de la guerra, no sólo en lo que a la táctica, estrategia y empleo de sus materiales se refiere, sino también como fenómeno social. Y comprendiendo el terrible flagelo que representa para una nación, sabemos que debe ser en lo posible evitada y sólo recurrir a ella en casos extremos. La guerra, desde la Antigüedad, ha evolucionado constantemente, pasando de la familia a la tribu; de ésta a los ejércitos de profesionales y mercenarios; a la leva en masa que nos muestra la Revolución Francesa y Napoleón más tarde. Y por último, a la lucha total de pueblos contra pueblos, que vimos en la contienda de 1914-1918 y que en la actualidad ha alcanzado su máxima expresión. El concepto de la “Nación en armas o guerra total” emitido por el mariscal Von der Goltz en 1883 es, en cierto modo, la teoría más moderna de la defensa nacional, por la cual las naciones buscan encauzar en la paz y utilizar en la guerra hasta la última fuerza viva del Estado, para conseguir su objetivo político. La guerra se juega en los campos de batalla, en los mares, en el aire, en el campo político, económico, financiero, industrial, y se especula hasta con el hambre de las naciones enemigas. La guerra moderna se caracteriza por ser una lucha de un pueblo contra otro o de varios de ellos. En ese concepto, esta lucha se desencadena con inesperada potencia y entran en juego insospechados intereses. Esto ha dado a la guerra un carácter original y ha sentado premisas concluyentes para su realización. Foch, al abordar este tema, sintetiza a la guerra moderna en forma práctica al decir: 4 Enrique Mosconi, Dichos y hechos, Buenos Aires, Círculo Militar, 1928, p. 67. 5 Ibid., p. 102. 6 Selva Echagüe, op. cit., p. 43. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa- miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 92.
    183182 En un discursopronunciado en la Universidad de La Plata en 1944, Perón define las bases de la polí- tica industrial del país orientada a satisfacer las necesidades de la defensa nacional: Se formularán una serie de previsiones a fin de que la Nación pueda adquirir y mantener ese ritmo de producción y sacrificio que nos impone la guerra, al mismo tiempo que se preverá el mejor empleo a dar a sus fuerzas armadas […]. Sólo aspiramos a nuestro natural engrandecimiento mediante la explotación de nuestras riquezas y a colocar el excedente de nuestra producción en los diversos mer- cados mundiales para que podamos adquirir lo que necesitamos. Las armas, municiones y otros medios de lucha no se pueden adquirir ni fabricar en el momento en que el peligro nos apremia, ya que no se encuentran disponibles en los mercados productores, sino que es necesario encarar fabricaciones que exigen largo tiempo. En los arsenales y depósitos, es nece- sario disponer de todo lo que exigirán las primeras operaciones y prever su aumento y reposición. El capital argentino, invertido así en forma segura pero poco brillante, se mostraba reacio a buscar colo- cación en las actividades industriales, consideradas durante mucho tiempo como una aventura desca- bellada, y, aunque parezca risible, no propia de buen señorío. El capital extranjero se dedicó especialmente a las actividades comerciales, donde todo lucro, por rápido y descomedido que fuese, era siempre permitido y lícito. O buscó seguridad en el establecimiento de servicios públicos o industrias madres, muchas veces con una ganancia mínima, respaldada por el Estado […]. La economía del país reposaba casi exclusivamente en los productos de la tierra, pero en su estado más incipiente de elaboración, que luego, transformados en el extranjero con evidentes beneficios para su economía, adquiríamos de nuevo ya manufacturados. Pero esta transformación industrial se realizó por sí sola, por la iniciativa privada de algunos pioneros que debieron vencer innumerables dificultades. El Estado no supo poseer esa evidencia que debió guiarlos y tutelarlos, orientando y protegiendo su colocación en los mercados nacionales y extranjeros, con lo cual la economía nacional se hubiera beneficiado considerablemente. [...] Lo que digo del material de guerra se puede hacer extensivo a las maquinarias agrícolas, al material de transporte, terrestre, fluvial y marítimo, y a cualquier otro orden de actividad […]. Los técnicos argentinos se han mostrado tan capaces como los extranjeros. Y si alguien cree que no lo son, trai- gamos a éstos, que pronto asimilaremos todo lo que puedan enseñarnos [...]. El obrero argentino, cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más capaz que el extranjero. […] He pretendido expresar en el curso de mi exposición, y espero haberlo conseguido, las siguientes cuestiones: Que la guerra es un fenómeno social inevitable. Que las naciones llamadas pacifistas, como es eminentemente la nuestra, si quieren la paz, deben pre- pararse para la guerra. Que la defensa nacional de la Patria es un problema integral que abarca totalmente sus diferentes actividades; que no puede ser improvisada en el momento en que la guerra viene a llamar a sus puertas, sino que es obra de largos años de constante y concienzuda tarea que no puede ser encarada en forma unilateral, como es su solo enfoque por las Fuerzas Armadas, sino que debe ser establecida mediante el trabajo armónico y entrelazado de los diversos organismos del Gobierno, instituciones particulares y de todos los argentinos, cualquiera sea su esfera de acción; que los problemas que abarca son tan diversificados y requieren conocimientos profesionales tan acabados que ninguna capacidad ni inte- lecto puede ser ahorrado. Finalmente, que sus exigencias sólo contribuyen al engrandecimiento de la Patria y a la felicidad de sus hijos.11 A su vez Mosconi afirmaba: La importancia alcanzada por la repartición fiscal en el último período de trabajos, los beneficios comerciales y la perfección técnica lograda, la colocan en plano superior, desvirtuando los preconceptos que sobre la incapacidad técnica y administrativa del Estado sostienen los enemigos de toda actividad oficial en los dominios de la industria. [...] Ha llegado el momento de seleccionar hombres y capitales y establecer asimismo protección para hombres y capitales nacionales. Organizando el trabajo y las explotaciones de las riquezas nacionales con hombres y dinero del país, mejoraremos evidentemente nuestra condición de vida lo que es indis- pensable si, como lo hemos manifestado, nos encontramos aún en la necesidad de continuar atrayendo la inmigración deseable. [...] Con la cooperación de Europa hemos organizado el país y lo hemos equipado, colocándolo en condi- ciones de emprender la explotación de sus riquezas y posibilidades en mayor escala; en los últimos años los Estados Unidos, con el envío de capitales y representantes de sus grandes empresas, se incorpo- raron a nuestras actividades. Podemos, pues, elegir ahora el elemento que nos convenga; pero, en primer término, nuestro deber es realizar con nuestros propios medios, una máxima tarea y luego aceptar la colaboración de hombres y capitales, sin distinción de nacionalidad, siempre que éstos se sometan sin reparos a las imposiciones de nuestras leyes. Capitales que pretendan condiciones especiales, exi- giendo un tratamiento de excepción que algunas veces no ha de poder acordarse a los del país, no favorecen a la Nación; capitales que aspiren al dominio económico, que tengan el propósito de tomar ingerencias políticas en los países en que operan, que empleen por sistema procedimientos y normas inmorales, que pretendan no ser regidos por las leyes en que se basa nuestra soberanía, deben ser recha- zados, porque esos capitales llevan en sí gérmenes de futuras dificultades y perturbaciones internas y externas.9 En la década de 1930 Manuel Savio daba continuidad al pensamiento de Mosconi, en la necesidad de asegurar la independencia económica del país: Fácil es imaginar que esta fundición “criolla” no podrá competir con la de origen extranjero si úni- camente nos concretamos a comparar sus respectivos precios en el puerto de Buenos Aires. Pero tal comparación es errónea; debemos ponderar factores importantísimos a la luz de nuestra real situación actual y, sobre todo, futura. No es necesario hacer muchos cálculos ni enredarse en complicadas teorías para llegar a lógicas conclusiones. La industria siderúrgica es fundamental, es primordial, la necesitamos como hemos necesitado, en su oportunidad, nuestra independencia de 1816, en lo político, con nuestra independencia en lo económico en 1945 o próximamente, sobre la base del nacimiento de la industria siderúrgica como piedra angular en la que han de desarrollarse sanamente todas las actividades de esta índole, en equilibrio con las de orden agrícola-ganadero. Rechazar la implantación de una industria porque no se cuenta en el país con todas las materias primas que ella requiere es una arbitrariedad, es obrar con ligereza, sin fundamento, puesto que son innú- meros los casos contrarios de florecientes resultados […]. Seamos optimistas. ¿Por qué hemos de partir de la base de que si no compramos acero no nos han de comprar trigo y carne? No nos olvidemos de que hemos quemado y malvendido muchas cosechas de trigo y muchas reses de rica carne y que en defi- nitiva, nuestra economía, en lo substancial, no se resintió. La industrialización del país significa una mayor capacidad de consumo que, lógicamente, debe com- putarse en productos nacionales y extranjeros, de manera que no nos deben impresionar los fantas- mas librecambistas a “ultranza”, si tomamos el cuidado de proceder con prudencia; pero, eso sí, con toda decisión […]. Deseamos completar esta apreciación destacando que será un serio error desarrollar planes de industrialización con el más mínimo menoscabo de la agricultura y de la ganadería.10 9 Enrique Mosconi, Conferencia “El Petróleo y la Economía Latinoamericana”, en Dichos y hechos, op. cit., p. 64. 10 Selva Echagüe, op. cit., p. 68. 11 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar” (Conferencia pronunciada el 10 de junio de 1944, en el Colegio Nacional de La Universidad De La Plata), en Obras completas, tomo 6, Buenos Aires, Instituto Nacional Juan Domingo Perón, 1998, pp. 535-557. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa- miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 93.
    185184 El mundo hade estructurarse sobre nuevas formas, con nuevo contenido político, económico y social […]. La explotación de las divisiones y reyertas dentro del bloque de países enemigos para provocar su desmembramiento, etcétera. Y comprenderemos fácilmente que todo intelecto y capacidad polí- tica debe ser movilizado para servir a la defensa nacional […]. La política interna tiene gran impor- tancia en la preparación del país para la guerra […]. Su misión es clara y sencilla, pero difícil de lograr. Debe procurar a las Fuerzas Armadas el máximo posible de hombres sanos y fuertes, de elevada moral y con un gran espíritu de Patria. Con esta levadura, las Fuerzas Armadas podrán reafirmar estas virtudes y desarrollar fácilmente un elevado espíritu guerrero de sacrificio. […] Ante el peligro de la guerra, es necesario establecer una perfecta tregua en todos los problemas y luchas interiores, sean políticos, económicos, sociales o de cualquier otro orden, para perseguir úni- camente el objetivo que encierra la salvación de la Patria: ganar la guerra. […] Todos hemos visto cómo los pueblos que se han exacerbado en sus luchas intestinas llevando su ceguedad hasta el extremo de declarar enemigos a sus hermanos de sangre, y llamar en su auxilio a los regímenes o ideologías extranjeras, o se han deshecho en luchas encarnizadas o han caído en el más abyecto vasallaje […]. Es necesario dar popularidad a la contienda que se avecina, venciendo las últimas resis- tencias y prejuicios de los espíritus prevenidos. Se debe establecer una verdadera solidaridad social, política y económica. [...] Es indudable que una gran obra social debe ser realizada en el país. Tenemos una excelente materia prima; pero para bien moldearla, es indispensable el esfuerzo común de todos los argentinos, desde los que ocupan las más altas magistraturas del país hasta el más modesto ciudadano […]. La defensa nacional es así un argumento más que debe incitarnos para asegurar la felicidad de nuestro pueblo. La posguerra traerá, indefectiblemente, una agitación de las masas por causas naturales: una lógica paralización, desocupación, y hará, que, combinadas, produzcan empobrecimiento paulatino. Ésas serán las causas naturales de una agitación de las masas; pero aparte de estas causas naturales, exis- tirán también numerosas causas artificiales, como son la penetración ideológica, que nosotros hemos tratado en gran parte de atenuar; dinero abundante para agitar, que sabemos circula ya desde hace tiempo en el país y sobre cuyas pistas estamos perfectamente bien ordenados; un resurgimiento del comunismo adormecido, que pulula como una de las enfermedades endémicas dentro de las masas y que volverá, indefectiblemente, a resurgir con la posguerra cuando los factores naturales tengan presentes. […] En la Secretaría de Trabajo y Previsión ya funciona el Consejo de Posguerra, que está preparando un plan para evitar, suprimir o atenuar los efectos, factores naturales de la agitación, y que actúa también como una medida de gobierno para suprimir y atenuar los factores artificiales; pero todo ello no sería suficientemente eficaz si nosotros no fuéramos directamente hacia la supresión de las causas que producen la agitación y sus efectos […]. Es indudable que en el campo de las ideologías extremas existe un plan que está dentro de las mismas masas trabajadoras, que así como nosotros luchamos por prescribir de ellas ideologías extremas, ellas luchan por mantenerse dentro del organismo del trabajo. Hay algunos sindicatos indecisos que esperan para acometer su acción la presencia de un medio favo- rable; hay también células adormecidas dentro del organismo que se mantienen así para resurgir en el momento que sea necesario producir la agitación de las masas.15 La cuestión social Como se ha expresado, el pensamiento estratégico desarrollado tras la Gran Guerra percibe en la cuestión social uno de los principales problemas que el Estado debía atender para enfrentar el fenómeno bélico. La Revolución Rusa y la defección interna de Alemania instalaron el concepto de que resultaba fundamental pre- servar la cohesión interna de la nación para preparar a un país para la guerra. Mosconi, desde muy temprano, plantea la necesidad de que el Estado debe tender a minimizar los conflictos sociales mediante una acción equitativa en la distribución del ingreso, incorporando el concepto de “justicia social”: La afirmación de nuestra nacionalidad, el concepto arraigado del deber, el culto de la voluntad del carácter, el irreducible espíritu de justicia, el interés por el deber público, la noción hecha carne de que los gobiernos son para los pueblos y no los pueblos para los gobiernos, el respeto de la Constitución y de la Ley, una mejor distribución de la fortuna pública, la aspiración de todo ciudadano de convertirse en activa molécula de trabajo y de progreso, allí está, señores, nuestra tarea para honrar y mantener fieles a los ideales políticos y sociales de los hombres de la Revolución. […] Así nuestra patria será grande como ellos la concibieron y así ocuparemos al sol un prominente lugar. Así nuestro sol flamígero brillará entonces con más fulgor, será más intensa su acción creadora y a su calor saltarán en escoria las taras ancestrales, quedando sólo las virtudes de las razas que, en busca de una nueva luz, de nuevo aire y nueva vida, vienen a compartir en el trabajo regenerador los bene- ficios de nuestro patrimonio de democracia, de libertad política, de vida intensa, y de abundancia. Y a ese calor se ha de renovar la vida con alma nacional de una pieza, con mente esclarecida, con todas las disciplinas del espíritu, con corazones animados por sentimientos de justicia y solidaridad social y con brazos fuertes de soldados apasionados de su misión, de conductores del pueblo en armas, para afirmar la inviolabilidad de la justicia y nuestro derecho.12 Asimismo afirma: Todos palpitamos con la misma vibración patriótica, todos anhelamos una patria justa, grande y poderosa; una patria hecha con el trabajo incansable de sus hijos, en el inquebrantable cumplimiento del deber, con incesante solidaridad social que hermane todos los espíritus, que haga del pueblo todo un solo corazón y un solo brazo.13 En el mismo sentido, una década después Manuel Savio expresará: A ese precio de costo de nuestra fundición habrá que restarle valores muy importantes como el que representa dar trabajo directamente a mineros y fundidores en el norte del país, igualmente los jor- nales de los que efectúan los transportes de materia prima al lugar de elaboración y los transportes de los productos elaborados, todas esas remuneraciones se traducen en comida y hogar para muchos argentinos. Pero a ese pan y a ese techo hay que agregarle el valor extraordinario que significa aprender a fundir, construir hornos, a preparar refractarios, a manejar máquinas importantes ¿Cuánto vale la influencia que tiene en la formación de nuestros compatriotas el perfeccionamiento de su capacidad técnica para tareas en medios mecanizados?14 Como en los conceptos referidos a la guerra, en cuanto a la problemática social será Perón quien con mayor claridad conceptual explique la importancia estratégica de la cuestión social para los militares de los años treinta y cuarenta: 12 Enrique Mosconi, “La justicia social” (Ceremonia de la colocación de la piedra fundamental del Monumento de Balcarce, en nombre de la Junta Nacional de Homenaje en el centenario de su muerte, noviembre de 1919), en Dichos y hechos, op. cit., p. 46. 13 Ibid. (Coronación de la Virgen Loreto), p. 59. 14 Selva Echagüe, op. cit., p. 68. 15 Juan D. Perón, “Discurso Pronunciado en La Bolsa De Comercio, 25 de agosto de 1944”, en Obras completas, op. cit., pp 560-590. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL GENERAL FABIÁN EMILIO ALFREDO BROWN - La industrialización y la cuestión social: el desarrollo del pensa- miento estratégico en Mosconi, Savio y Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 94.
    186 Conclusiones Como planteara alcomienzo de esta exposición, he intentado dar respuesta a la pregunta acerca de por qué los militares de principios de la década de 1940 reflexionaban acerca de la necesidad de industrializar el país y de encarar la incorporación y organización de amplios sectores sociales dentro de las estructuras del Estado. No es posible comprender la causa que da origen a este pensamiento, que se ha podido rastrear desde la década de 1920, si no se recrean las condiciones históricas del período entre guerras, las categorías ana- líticas que lo precedieron y las opciones políticas que se le presentaban a un argentino de ese tiempo. En este sentido, la Guerra Mundial fue un fenómeno social fundamental para analizar las bases del pensamiento político y estratégico que caracterizaron los años veinte y treinta. La Primera Guerra Mundial no se reducía al hecho bélico sino que implicaba la necesidad de un sostén industrial, científico y tecnológico del esfuer- zo de guerra y, había introducido, tras la Revolución Rusa, el concepto de “revolución social” que a su vez había influido decisivamente en el desarrollo de la guerra, particularmente, en la derrota de Alemania. Los militares argentinos percibieron el fenómeno bélico a través de las categorías analíticas que dis- ponían, siendo Colmar von Der Goltz el pensador más influyente, cuyo paradigma: “la guerra requiere de todas las fuerzas morales y materiales de la nación”, si bien data de los últimos años del siglo XIX, fue reinterpretado en los años veinte, entendiéndose por las fuerzas materiales, la necesidad de industrializar para lograr su autoa- bastecimiento y por las fuerzas morales, la de preservar la cohesión social del país, a través de la formación de un sindicalismo nacional, que hiciera frente a la agitación de las masas y la posibilidad de que éstas fueran influenciadas por el comunismo internacionalista. Las bases del pensamiento que expresa Perón, uno de los protagonistas excluyentes de la Revolución del 4 de junio de 1943, pueden rastrearse en Mosconi desde principios de los años veinte, pudiendo ser seguidos a lo largo de todo el período entre guerras y, en particular en los años treinta, tanto en las reflexiones de Savio como del propio Perón como profesor de la Escuela Superior de Guerra y en los escritos anónimos del Grupo de Oficiales Unidos (GOU). BIBLIOGRAFÍA BUCHRRUQUER, Cristian, Nacionalismo y peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1987. ECHAGÜE, Selva, Savio. Acero para la industria, Buenos Aires, Fundación Soldados, 1999. FERNANDEZ VEGA, José, Las guerras de la política. Clausewitz, de Maquiavelo a Perón, Buenos Aires, 2005. FURET, Francois, El pasado de una ilusión, México, FCE, 1995. MOSCONI, Enrique, El petróleo argentino, Buenos Aires, Círculo Militar, 1932. ________________, Dichos y hechos, Buenos Aires, Círculo Militar,1928. PERÓN, Juan D., Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Poder, 1971. ___________, Obras completas, tomo 6, Buenos Aires, Instituto Nacional Juan Domingo Perón, 1998. SCASSO, León, “Informe del Jefe del Estado Mayor General de La Armada, 14 de febrero de 1944”, en Archivo Histórico De La Armada, recopilado por El Dr. Manuel Carlos Giavedoni Pita. TORRE, Juan Carlos, Los años peronistas, Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 8), 2002. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 95.
    189 La “decepción” democrática.Los años de 1920 La “decepción” democrática experimentada por muchos de los que en la primera década del siglo XX propiciaron la ampliación del sufragio a través de la obligación y su depuración a través del secreto se fundamentó en el período de los gobiernos radicales a partir de la tensión inherente a la conciliación entre número y razón. El diagnóstico de los partidos políticos de la oposición que la prensa reproducía y amplificaba coincidía en que la democracia había adquirido formas plebiscitarias y la incapacidad definía la gestión de gobierno. La administración pública, hipertrofiada e inoperante, era producto del electoralismo que se sustentaba en el caudillo y en el comité. Los partidos, y el ejemplo paradigmático era el radicalismo, atravesados por una lógica facciosa, seleccionaban sus candidatos desconociendo el mérito y el talento. Los resultados electorales no traducían las diferencias en la opinión y si los procedimientos habían mejorado, la representación no lo había hecho. No sólo el número avasallaba a la razón sino que la sociedad no aparecía “fielmente” representada. La democracia, asociada con el “gobierno de los capaces” requería la racionalización de la administración, la depuración de las prácticas internas de los partidos y el ajuste de los mecanismos representativos. Una de las respuestas fue la acumulación de proyectos legislativos para separar la administración de la política a través del ingreso por concurso, el ascenso por escalafón y la estabilidad; reglamentar la organización y funcionamiento de los partidos y reformar el régimen electoral reemplazando el sistema del tercio por la repre- sentación proporcional. Iniciativas todas que se inscribían en los marcos de la democracia liberal y que partían del supuesto de que el gobierno radical era un accidente, o en todo caso, una perversión que podía ser superada ajus- tando los mecanismos de la ley. No se trataba de un sistema en crisis sino de una crisis del sistema. Y no faltaron las propuestas más generales para reformar la Constitución. La mayoría de ellas tendían a producir cambios en el sistema electoral e incluían la sustracción de la designación de los senadores a las legislaturas provinciales, motivo recurrente de interminables conflictos políticos, y su reemplazo por la elección popular. Los proyectos de reforma constitucional de Joaquín Castellanos (1916), Carlos F. Melo (1917), José María Zalazar (1919) y José N. Matienzo, desempeñándose como ministro de Alvear, coinciden en este punto. Los tres primeros proponen, ade- más, la reducción del mandato a seis años y la renovación por mitad cada tres años. En el ánimo de los radicales imperaba la necesidad de revertir la composición del Senado que durante todo el período contó con una mayoría conservadora, cuestión que Yrigoyen no pudo resolver aun apelando al recurso de las intervenciones federales. El proyecto del diputado cordobés Zalazar, se hizo cargo, además, de otro de los problemas que desde hacía tiempo ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930 ANA VIRGINIA PERSELLO UNR / CIUNR / CEHP / CONICET 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL 4 CAPÍTULO
  • 96.
    191190 “caudillejo de parroquia”.La razón de ser de la revolución era, en este planteo, como lo había expresado el pre- sidente del gobierno provisional en el manifiesto del 1º de octubre de 1930, sentar a los agricultores, obreros, ganaderos, profesionales e industriales en las bancas del Congreso. En todas sus intervenciones públicas, Ibarguren, en nombre del gobierno, puso mucho énfasis en aclarar que no se trataba de suprimir el sufragio uni- versal o eliminar a los partidos para convertir al Congreso en una asamblea “puramente corporativa”. Ni vuelta a la demagogia, ni reforma fascista. Varias eran las soluciones posibles: reorganizar los partidos e introducir los intereses sectoriales en ellos, establecer un sistema de doble representación –territorial y funcional– dando cabida a los gremios que estuvieran ya organizados, o, finalmente, si esto se juzgara prematuro por considerarse que la Argentina no está suficientemente evolucionada todavía como para que refleje adecuadamente en el Parlamento representaciones tan complejas, ello no impide que los inte- reses sociales que estén sólida y maduramente organizados participen por medio de delegados auténticos, no de mandatarios ajenos a esos intereses, en los directorios y consejos técnicos de grandes entidades de la administración. Así, por ejemplo, en las instituciones bancarias oficiales, en los Ferrocarriles del Estado, en las cajas de pensiones y en otros importantes órganos de servicios públicos debieran tener algunos asientos establecidos por la ley en las comisiones directivas, representantes de los intereses sociales vinculados a esas entidades.4 La introducción de la representación gremial logró unificar en la oposición a todo el espectro parti- dario cuyos argumentos recuperaron los ya planteados en años anteriores. El diario La Nación aceptó el diagnós- tico de Ibarguren, pero manifestó en varias editoriales que resultaba “un poco violento” considerar siquiera la hipótesis en cuanto a las soluciones propuestas. El problema no estaba en las instituciones. Y representantes de diferentes partidos políticos se opusieron al mecanismo propuesto por el gobierno: convocar al Congreso para que debata la reforma aunque manteniendo la presidencia de facto. Aun Carlos J. Rodríguez, cuyo proyecto de reforma constitucional contemplaba algunas de las cuestiones que sustentara Uriburu, escribió inmediatamente después del golpe, aunque publicó recién en 1934, Hacia una nueva argentina radical, donde, al mismo tiempo que se reafirma en su propuesta que combina representación territorial y representación corporativa, se separa del gobierno provisional. Apenas iniciada la tiranía –dice en el prólogo– su jefe dio a conocer el propósito doc- trinario de la revolución y esa declaración “me reveló el propósito de la ‘dictadura’, poner las manos en nuestra carta magna, para cimentar un régimen reaccionario, con apariencias de renovación democrática, al estilo fascista”.5 Finalmente, los hechos se impusieron. En abril de 1931, el primer ensayo electoral realizado en la pro- vincia de Buenos Aires demostró que el radicalismo contaba todavía con el favor del electorado. La crisis se tra- dujo en el reemplazo del gabinete y la presentación, en junio, de un proyecto de reforma constitucional. Aunque revisar el texto constitucional, en el planteo del gobierno, seguía siendo “el contenido y la razón histórica de la revolución”, se obviaba ahora incluir modificaciones en la representación. El personalismo, el centralismo y la oli- garquía que evolucionó a la demagogia, defectos capitales del sistema político, –se decía en la fundamentación– debían ser superados en el marco de la división de poderes y el sistema federal: autonomía del Congreso, de las provincias y mayor independencia del Poder Judicial. Nuevamente el espectro político coincidía con el diagnóstico pero ahora lo rechazaba en función de su oportunidad –Vicente Gallo y Marcelo T. de Alvear, radicales; Correa, dirigente del PDP; Carlos Melo, antipersonalista, Nicolás Repetto, socialista, emitieron declaraciones en ese sentido–. En los períodos normales –respondió nuevamente Ibarguren en nombre del gobierno– las instituciones no se modi- fican, “la cura en salud es nociva”, y los intereses creados lo impiden, la historia enseña que las grandes reformas son hijas de revoluciones. Los constitucionalistas se dividieron en el análisis de las propuestas puntuales. El Poder 4 La Nación [LN], Buenos Aires, 16 de octubre de 1930. 5 “Y entonces, en plena tiranía, entreviendo el peligro de que pudiera ilusionarse al pueblo con este contenido doctrinario novedoso, para desviarlo de la marcha que venía realizando con la Unión Cívica Radical, hacia la nueva democracia, me apresuré a reunir mis principales iniciativas parlamentarias, en que, desde 1922, venía propiciando la reforma fundamental de la Constitución [...] y las publi- qué en un folleto [...] La Nueva Argentina, aparecido el 26 de octubre de 1930. [...] Dos meses antes vio la luz el libro del poeta D. Leopoldo Lugones: La Grande Argentina, destinado, entre otras cosas, a combatir ‘la ideología liberal [...] y la democracia mayorita- ria’. [...] Con esta leyenda La Nueva Argentina, síntesis de la idealidad y de la obra de la Unión Cívica Radical, repliqué a los dos inten- tos reaccionarios de reformar la Constitución Nacional para implantar una imitación del régimen fascista [...] estando en prensa este libro, con esa misma leyenda que hice pública La Nueva Argentina, me informo con sorpresa, que acaban de apropiársela como divisa de lucha, varias entidades reaccionarias.” Tal “usurpación” –dice– es lo que lo llevó a modificar el lema agregándole el calificativo radical. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930 formaban parte de la agenda política: la exacerbación del presidencialismo. Proponía la elección del presidente y vice por el Congreso, reunidas ambas cámaras en Asamblea Nacional, con quorum de las tres cuartas partes, a pluralidad absoluta de sufragios y por votación nominal e introducía la figura del ministro responsable individual- mente y del gabinete ante las Cámaras. Consideraba que sólo el sistema parlamentario realizaba el “gobierno de la opinión pública” y manifestaba haber intentado incluirlo en el programa de la UCR argumentando que la reforma propuesta, en todo caso, llenaría deficiencias y vacíos definiendo mejor lo que la Constitución ya había instituido. Aunque, paralelamente surgieron planteos diferentes. Ya en 1920, Rodolfo Rivarola, desde las páginas de la Revista Argentina de Ciencias Políticas, planteaba que la única forma de perfeccionar la representación era incorporar a los agricultores, ganaderos, industriales, comerciantes y militares en los cuerpos representativos. La propuesta se resumía en un sistema coordinado de representantes del pueblo en Diputados y de la sociedad en el Senado.1 Y Carlos J. Rodríguez, el dirigente radical cordobés, en su condición de diputado nacional, presentó varios proyectos que, escalonadamente, recuperaban la preocupación por la representación funcional de intereses que se fundaban en el imperativo de adelantarse a las consecuencias abiertas por la crisis del Estado liberal mar- cando nuevos rumbos. En abril de 1930, presentó una iniciativa de reforma de la Constitución “para dar a la sobe- ranía popular una expresión más directa, más real y exacta de su voluntad, creando órganos más técnicos y espe- cialmente un parlamento más fiel y capaz que éste representativo surgido de un sufragio universal amorfo”.2 El proyecto combinaba la representación territorial en el Senado y la funcional, en Diputados. A esa combinación avalada, según Rodríguez, por la concepción orgánica de la sociedad y el Estado presentes en León Duguit, se sumaba la recuperación de Rousseau. La noción de la soberanía popular indelegable e irrepresentable tenía su traducción en la revocatoria, no sólo del mandato de los representantes sino de los miembros del Poder Ejecutivo y en el plebiscito.3 Estas propuestas no implicaban la desaparición del partido político que seguía pensándose –a pesar de las críticas a su funcionamiento concreto– como el órgano más adecuado al sistema representativo. El énfasis estaba puesto en separar aquello que en Europa se definía como crisis del parlamentarismo y que ponía en dis- cusión las instituciones democráticas proponiendo la participación corporativa de los gremios en el poder legis- lador, de la crisis del parlamento provocada por la modalidad que adoptaban los partidos locales que consideraban la función parlamentaria como posición de combate o recompensa por servicios electorales, por la falta de iniciativa de los ministerios y la absorción ejecutiva de funciones. Los primeros años de 1930. Debate sobre la reforma constitucional y administración pública A fines de la década de 1920, el reemplazo de la representación territorial por la representación fun- cional adquirió connotaciones nuevas asociadas a la prédica de los grupos nacionalistas y las apreciaciones en torno al modo en que debía reestructurarse –o no– el régimen político se inscribieron inmediatamente después del golpe en un debate impulsado por la propuesta de reforma constitucional sustentada por el uriburismo que –con más ambigüedades que precisiones– propuso el reemplazo, total o parcial, según quien y cuando la hiciera pública, de la representación territorial por la representación de intereses funcionales. Carlos Ibarguren, en ese momento interventor en la provincia de Córdoba, fue uno de los publicistas involucrados en su diagramación y su difusión. Propiciaba la reforma para “evitar irrupciones demagógicas” eli- minando los “defectos” institucionales que habían favorecido el accionar del gobierno radical. Esas deficiencias se resumían en la prepotencia del Poder Ejecutivo que anulaba a los otros poderes y subvertía el sistema federal y en la ausencia de representación y de intervención en el gobierno de los intereses sociales porque “los profesionales del electoralismo” todo lo habían acaparado. El Estado debía dejar de ser “burocracia de comité” y el funcionario, LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Rodolfo Rivarola, “Un poco de teoría... política y otro poco de ideal... social”, en Revista Argentina de Ciencias Políticas [RACP], tomo XXI, 1920-1921, pp. 32-56. 2 Cámara de Diputados, Diario de Sesiones [CDDS], tomo I, 1928, reunión 40, p. 680. 3 En el período legislativo de 1927, Carlos J. Rodríguez había presentado un proyecto de reglamentación del contrato colectivo de tra- bajo (CDDS, tomo I, reunión 11, 9 de junio de 1927, pp. 581-583) y Leopoldo Bard, también legislador radical, un proyecto de orga- nización y funcionamiento de asociaciones profesionales (ibid., reunión 10, 8 de junio de 1927, pp. 490-513). En el proyecto de Bard, las asociaciones se organizan por oficio y localidad y convergen en una federación nacional. Su fundamentación se basa en la nece- sidad de resolver los conflictos entre el capital y el trabajo de manera armónica para evitar el caos y la guerra civil “si se entroniza el privilegio de clases y se permite la expoliación del obrero en beneficio de autócratas y capitalistas” con la intervención del Estado que, con el tiempo –dice– “acabará por predominar”.
  • 97.
    192 193 al procesode selección de candidaturas, espacio que la legislación electoral había dejado a las prácticas, y que ahora se pensaba como factible de ser controlado para impedir el entronizamiento de los “peores”. El presidente Justo, en 1933, elevó una iniciativa a diputados en la que se contemplaba el voto directo para candidatos a cargos representativos y en el mismo año, José N. Matienzo, consecuente con su prédica anterior, propuso también en su proyecto la selección directa por los afiliados incorporando la representación proporcional, según planteaba, para evitar los cismas. En 1938, el presidente, Ortiz; el senador socialista Alfredo Palacios y el diputado radical Arquímedes Soldano y en 1940 el legislador Santiago Fassi, insistieron en la misma cuestión. El anteproyecto de Código Político de 1943 –que entre otras cuestiones excluía el voto de los analfabetos– pautaba un sistema de elecciones primarias por voto directo de los afiliados para la selección de candidatos, con la sola excepción del presidente y vicepresidente de la Nación, para cuya elección proponía el segundo grado, que comenzaba en la “unidad básica” donde se elegían los candidatos a concejales y diputados provinciales y seguía en el distrito –unión federativa de unidades básicas territorialmente delimitadas– para elegir candidatos a diputados nacionales, electores de senador nacional y gobernadores. Las mujeres votaban en las internas pero no podían ser votadas. La insistencia en la presentación de iniciativas legislativas que colocaran a los partidos como personas de derecho jurídico, independientemente de que no se sancionaran, implica un reconocimiento, ya otorgado en la práctica, de que eran los espacios donde parte del proceso electoral se sustanciaba. Dan cuenta de ello, otros proyectos que intentaron reglamentar el sistema de lista. Si en la práctica los partidos presentaban listas de candi- datos éstas no eran obligatorias ni cerradas. La borratina y el desdoblamiento, en todo caso, no eran transgresiones a la norma sino su concreción. Para saldarlo, en 1933, Melo, ministro del Interior de Justo, incluyó en un proyecto al que nos referiremos más adelante, la eliminación del procedimiento de las borratinas estableciendo que la designación de candidatos dentro de cada lista debía hacerse de acuerdo con el orden en que figurara en ella y sin acumularle los votos de otra lista. En 1934, una iniciativa de la bancada radical antipersonalista entrerriana establecía que debía respetarse el orden de preferencia que determinaran los partidos en la confección de las listas. Es ilógico e injusto, sostenían, que se deje librada la elección de candidatos a factores ajenos al partido que los proclama y hasta se llega al absurdo de que en un partido que obtenga minoría, la elección de los candidatos, la pueda realizar el propio adversario. En 1941 el legislador concurrencista tucumano Fernando de Prat Gay insistió en el mismo sentido al introducir en Diputados un proyecto para que se tuviera por no hecha cualquier modifi- cación a las listas de candidatos fundamentado en la necesidad de prestigiar la vida de los partidos políticos.8 La idea de reglamentar la selección de candidaturas se fundamentaba a partir de la necesidad de eli- minar el caudillismo para lograr que gobernaran los capaces. Esta cuestión volvió a ser planteada en relación al universo de votantes. Una de las cuestiones que originó mayores debates en los años treinta fue la extensión del cuerpo electoral. Si bien se planteaba la ampliación a partir de la incorporación del sufragio femenino, los pro- yectos entrados en el Parlamento tendían a restringir el universo de electores a partir de ampliar las inhibiciones. En julio de 1933 Manuel Fresco, Ramón Loyarte, Dionisio Schoo Lastra, Ernesto Aráoz y Pedro Groppo, todos ellos miembros de la bancada concordancista, presentaron una iniciativa para modificar el art. 2° de la ley 8.871, título 3°, incisos a) y d). Fresco la fundó en la doctrina de la calificación del elector (incorporada a la ley 8.871):9 No quiero para mi país el voto de los delincuentes. Proyecto […] la proscripción del delincuente […] con propósitos antidemagógicos y de higiene social porque quiero reivindicar para mi país el derecho de ser gobernado por los mejores […] los mejores no podrán ser ungidos por el voto de los indignos. Un mes después, Leopoldo Melo presentó un proyecto semejante alegando que con el régimen vigente imperaba el número. Excluía del padrón a los recluidos en asilos públicos; sargentos, cabos y soldados de los resguardos de aduana; aumentaba a diez años la duración de la indignidad de los reincidentes; agregaba no sólo a los quebrados sino a los concursados fraudulentos; los que hubieran sido objeto de cuatro o más sobresei- mientos provisionales; los tratantes de blancas, rufianes, sodomitas, toxicómanos, expendedores de tóxicos; los que atentaran contra la Constitución, pertenecieran a asociaciones ilícitas, mafiosos, terroristas, ladrones, estafadores y pequeros y los ciudadanos naturalizados que hubieran realizado actos que importaran el ejercicio de la nacio- nalidad de origen (art. 80, ley 346). Establecía que las causas se investigarían de oficio o por denuncia y que las 8 CDDS, tomo IV, 15 de septiembre de 1941, pp. 439-441. 9 Ibid., tomo II, reunión 27, 21 de julio de 1933, pp. 457-458. Judicial ocupó el centro del debate. El proyecto del gobierno involucraba a la Corte Suprema en las intervenciones federales y le daba participación en el nombramiento de los magistrados. Las críticas más fuertes las esgrimió José Nicolás Matienzo: se le otorgaban funciones políticas, lo cual era inconcebible y se creaba una “oligarquía” judicial. Mientras el debate transcurría, el gobierno operaba sobre la administración para cumplir con el obje- tivo prioritario que se había impuesto frente a la crisis económica: equilibrar el presupuesto y en ese sentido no había originalidad, se trataba de restringir gastos y aumentar impuestos. Un amplio repertorio de medidas, de las que no nos ocuparemos aquí, se orientó en ese doble objetivo de poner “orden” en la administración y achi- car los gastos del Estado: cesantías, rebajas de los sueldos del personal, refundición de oficinas e introducción de nuevos gravámenes, a las transacciones y a los réditos. Y, paralelamente, comenzaron a diagramarse instancias más o menos institucionalizadas de consulta y búsqueda de asesoramiento para dar respuesta a los problemas que aparecían como más acuciantes. La función de los nuevos organismos era diagramar políticas, por un lado, relativas a la producción, tales como la Comisión Asesora de la Agricultura, la Comisión Nacional del Azúcar, de la Yerba Mate y del Algodón o la Junta de Abastecimientos, por otro, para “racionalizar la administración”: la Comisión de Presupuesto, la reguladora de gastos y la Comisión de personal que se transformó luego en Junta de Servicio Civil y finalmente, para reglamentar y organizar la recaudación de los nuevos tributos. La mayoría de ellas combinaba en su composición a funcionarios y representantes gremiales, tal la propuesta de Ibarguren inmediatamente de producido el golpe.6 Las juntas y comisiones asesoras creadas por el gobierno de Uriburu, en parte podrían pensarse como figuras de reemplazo del Parlamento disuelto, sin embargo, sus antecedentes en la administración alvearista y su continuidad, superada la coyuntura del gobierno provisional, nos obliga a asumirlas como nuevas formas de arti- culación entre el Estado y la sociedad, nuevas interacciones entre organizaciones de interés, partidos políticos, instituciones representativas y burocracia estatal. Partidos y régimen electoral Entre 1930 y 1935 se acumuló el mayor número de reformas institucionales tendientes a limitar el espacio opositor y cuando finalmente el radicalismo decidió levantar la abstención el terreno del fraude estaba preparado. La mayoría de ellas pretendía diagramar, sin derogar la Ley Sáenz Peña, un nuevo mapa electoral. La selección de candidaturas era uno de los espacios que la legislación electoral había dejado a la práctica política. El 4 de agosto de 1931 Uriburu, renunciando a sus intenciones corporativistas y “traicionando” el espíritu de la revolución septembrina –en el planteo de aquellos que propiciaban un cambio de régimen que erradicara las instituciones del demoliberalismo–, dictó un decreto reglamentando el funcionamiento de los par- tidos políticos, gesto que implicaba otorgarles legitimidad como personas de derecho público, aunque su intención última fuera la de controlar su accionar. Establecía para el otorgamiento de la personería la obligatoriedad de contar con una carta orgánica, plataforma (art. 3°), tesoro formado por la cuota de los afiliados (art. 11), mani- festación pública de su composición, registros de la contabilidad y correspondencia ajustado al código de comercio (art. 10) y elección de autoridades locales y delegados a las convenciones o asambleas de distrito por el voto directo de los afiliados, aceptando el segundo grado para las autoridades centrales (art. 12). El radicalismo fue el primer partido en adoptar sus disposiciones reformulando su carta orgánica para ponerse en condiciones electorales. Entre el estatuto de reglamentación del funcionamiento de los partidos políticos dictado por Uriburu en agosto de 1931 y el anteproyecto de Código Político elaborado por Miguel Culaciatti, ministro del Interior de Castillo en 1943, entraron a las Cámaras, desde todos los sectores políticos, una importante cantidad de proyectos de ley con el objetivo de pautar la organización interna y las actividades de los partidos, organismos centrales del gobierno representativo, para depurar sus prácticas, aunque ninguno fue sancionado.7 Muchos de ellos apuntaron 6 El espacio y las características de este trabajo no nos permiten caracterizar acabadamente a estos organismos, cuestión que puede verse en Ana Virginia Persello, “El estado consultivo. Argentina en los primeros años 30”, Ponencia presentada a las V Jornadas “Espacio, Memoria e Identidad”, Rosario, octubre de 2008; “Los alcances y límites de la racionalización estatal”, disponible en línea: <www.historiapolítica.com>, y “De las juntas y comisiones al Consejo Nacional Económico”, disponible en línea: <www.saberesdeestado.com>. 7 Adrián Escobar, CDDS, 17 de mayo de 1933, pp.191-198; Agustín Justo/Leopoldo Melo, ibid., 8 de septiembre de 1933, pp. 65-68; José N. Matienzo, CSDS, 1933, pp. 469-472; Alfredo Palacios, ibid., 17 de mayo de 1938, pp. 93-105; Roberto Ortiz/Diógenes Taboada, CDDS, 1º de junio de 1938, pp. 282-284; Arquímides Soldano, ibid., 21 de noviembre de 1938, pp. 345-351; Santiago Fassi, 1º de agosto de 1940, pp. 725-728; Armando Antille, 29 de mayo de 1940, pp. 157-159; J. Perkins, A. Arbeletche y J. Sancerni Jiménez, 2 de septiembre de 1941, pp. 731-733. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930
  • 98.
    195194 era previo ala incorporación. A partir de los cambios introducidos en 1934 se eliminó el requisito de la previa aprobación de los diplomas para la incorporación de los nuevos diputados, dejando abierta la posibilidad de que la Cámara rechazara los que fuesen impugnados. Los argumentos que fundaron la modificación recuperaban prácticas anteriores: abusos y arbitrariedades de las mayorías para asegurar el diploma de sus amigos y rechazar el de sus adversarios; la postergación por largo tiempo de un diploma privando a la provincia de representación por razones puramente políticas; los famosos escrutinios de conciencia; la prolongación de las sesiones prepara- torias indefinidamente por largos debates políticos. En 1936 la Cámara se constituyó e inmediatamente las fuerzas de la oposición impugnaron los diplomas de los diputados electos por Mendoza y Buenos Aires y presentaron un pedido de investigación sobre los diplo- mas de Santa Fe iniciando un largo e insoluble pleito que se prolongó durante varios meses. Los legisladores de la concordancia sostuvieron que ya estaban incorporados a la Cámara y los opositores inscribieron la reforma del reglamento en el proceso de imponer al sucesor del presidente Justo que se había iniciado con la reforma de la Ley Sáenz Peña, continuado con la intervención a Santa Fe y rematado con las interpretaciones rebuscadas del artículo 19 provocadas por el levantamiento de la abstención del radicalismo. El oficialismo lo admitió, se trataba –dijeron– de un problema político. El enfrentamiento estaba planteado con los “desalojados” el 6 de septiembre que cansados de la abstención e impotentes para la revolución se incorporaban a la vida política ostentando “exacerbados sentimientos de revancha” cuando tenían “la tremenda responsabilidad de dos presidencias que pusieron al país al borde de la ruina” (Solá). Los yrigoyenistas no tenían autoridad ética, derecho moral para acusar, para constituirse en jueces porque “llevan en su entraña, certificadas por el ejército y la historia, las taras de la inmoralidad, de la concupiscencia y de la demagogia, están inhibidas para erigirse en custodias vestales del pueblo y en tutores de la dignidad nacional” (Kaiser). Las acusaciones contra el radicalismo justificaban el fraude. Había que cuidarse de los excesos del legalismo. Olvido y perdón no implicaban “rehabilitar de oficio a los prófugos y a los delincuentes del 6 de septiembre” cuando el candidato a gobernador de Buenos Aires “prometía que si lle- gaba al poder gobernaría con las mismas normas de conducta moral y política de H. Yrigoyen. Semejante anuncio, de evidente carácter subversivo […] semejante apología desembozada […] significaban un agravio y una ofensa para el ejército y el pueblo”. Fue Manuel Fresco el que asumió la responsabilidad de impedir que “la horda fugitiva. […] se adueñara, orgullosa y ensoberbecida, del primer baluarte político de la República” (Loncan).13 Los partidos y las elecciones periódicas seguían siendo reconocidos como instrumentos legítimos de asignación de la ocupación de roles en el gobierno aunque en la práctica se utilizaran mecanismos legales y extra- legales para cercenar el lugar de la oposición. Federico Pinedo, ministro de Hacienda entre 1933 y 1935 y uno de los responsables de la profundización de medidas intervencionistas, lo justificó años más tarde apelando a la capa- cidad para el gobierno. Teníamos sin duda motivos para creer que estábamos haciendo una gran obra, y había entonces alguna razón para suponer que nuestros rivales de aquel momento no estaban muy capacitados para hacerla mejor ni para continuarla. Fue ese convencimiento de que se estaba realizando una tarea de sanea- miento y de progreso imprescindible y que había que salvarla de la incompetencia de los posibles rivales, exteriorizada de 1916 a 1930 en un gobierno muy malo, uno mediocre y uno abominable, lo que llevó a los gobiernos con los cuales he colaborado y a algunas de las fuerzas cívicas cerca de las cuales he actuado a iniciarse en expedientes políticos que paulatinamente degeneraron en prácticas electorales perniciosas, que nadie puede aprobar.14 Nuevas modalidades administrativas. El Estado consultivo Las corporaciones no tenían cabida en el diseño institucional. Sin embargo, en la elaboración e imple- mentación de políticas comenzó a otorgárseles un espacio relevante que superaba con creces el que habían desem- peñado en etapas anteriores. La intervención estatal en la economía instauró una nueva modalidad administra- tiva que, aunque tenía antecedentes, se desplegó y, creemos, adquirió perfiles bien definidos, entre el golpe de sep- tiembre de 1930 y el de junio de 1943: el desarrollo de organismos consultivos, juntas y comisiones asesoras del 13 Las expresiones citadas corresponden al largo debate sobre diplomas realizado en la Cámara de Diputados entre abril y junio de 1936. 14 Federico Pinedo, En tiempos de la república, tomo I, Buenos Aires, Mundo Forense, 1946. autoridades policiales remitirían, también de oficio, las listas a los jueces o encargados de los registros electora- les. El “elemento indeseable e indigno” debía ser eliminado del padrón para sanear el ambiente político en la medida en que ya no se justificaba “la actividad de aquellos que, pensando que de ese modo se aseguran votos, muevan influencias para liberarlos de la policía o la justicia”.10 Los proyectos se unificaron para su tratamiento y en el debate11 que se suscitó, los legisladores de la Alianza Civil –Enrique Dickmann por el socialismo y Pomponio por el PDP– y uno de los miembros del bloque con- cordancista, el diputado radical antipersonalista santafesino Bossano Ansaldo, se opusieron. La negativa a consi- derar las iniciativas propuestas se fundaba en la falta de oportunidad para modificar la ley 8.871 cuando la mayoría de la población bregaba por su respeto antes que por su reforma y en ausencia del radicalismo del Parlamento. Además, uno de los argumentos de peso era que la ley ponía en manos de la Policía la construcción del padrón, con lo cual bastaba un proceso por desacato para eliminar a los comunistas, a los que criticaran al gobierno, a los directores de diarios opositores y a los afiliados a los sindicatos para lo cual bastaba declararlos asociaciones ilícitas. Todo el debate estuvo atravesado por el juzgamiento del radicalismo. El legislador socialista indepen- diente Manacorda, evocando los fraudes cometidos en Mendoza, San Juan y Córdoba en las elecciones legislativas de 1930, sostuvo que se pretendía eliminar de los padrones a los delincuentes porque nadie ignoraba que la política yrigoyenista se había basado “en que los caudillos han podido influir en la policía para obtener, cuando convenía y cuando estaban en vísperas electorales, la libertad de todos los delincuentes que se procesan, pero que siempre obtienen la libertad porque nunca hay fundamentos bastantes para condenarlos”. Y Fresco, quien alegando que el voto más que un deber y una obligación era una función y como tal requería idoneidad, sostuvo ¿no tenemos el recuerdo panorámico de aquellos comités de la UCR irigoyenista de la Capital, que eran verdaderos refugios de toda clase de elementos antisociales; donde había rufianes caudillos que acau- dillaban masas de rufianes, que llenaban de votos las urnas y donde había ladrones caudillos que incorporaban a la acción política los elementos más inferiores de la sociedad y ejercían una influencia indiscutible sobre comisarios y jueces. Otro de los cambios impuestos, tuvo que ver también con el lugar de la minoría. En 1933, Melo pre- sentó un proyecto que propiciaba el reemplazo de la lista incompleta por la representación proporcional. El sis- tema propuesto era el del cociente. Los argumentos para defenderlo no eran nuevos. Habían sido ya expuestos en los debates de 1911 y se había insistido en ellos en los años veinte para frenar el avance del voto radical rei- vindicando la traducción parlamentaria de la diversidad de opiniones. El entonces ministro del Interior recuperó a Sáenz Peña quien habría planteado que la lista incompleta constituía un ensayo transitorio que debía preceder a la reforma definitiva, sostuvo que el sistema que fijaba la minoría en el tercio limitaba la posibilidad de la for- mación de nuevas fuerzas políticas y finalmente, que consagraba mayorías relativas. Pero el proyecto no se san- cionó y finalmente el cambio se dio en un sentido casi inverso. En 1935 se produjo el reemplazo de la lista incom- pleta por la completa para las elecciones de electores de presidente y vice y senadores por la Capital. Carlos Pueyrredón fundamentó el proyecto en la cámara de diputados y al igual que Melo se apoyó en Sáenz Peña argu- mentando que la propuesta era una copia textual del artículo 44 elevado por el Presidente en 1911 al Parlamento, modificado por una iniciativa del entonces legislador Fonrouge que propuso extender la lista incompleta. Esto hubiera sido razonable –dice Pueyrredón – si el Poder Ejecutivo fuera un triunvirato– pero siendo unipersonal lo único que logra es fragmentar a los electores. Cuando ningún partido alcanza los 189 electores necesarios, la dis- ciplina que obliga al elector a votar por el candidato proclamado por su partido da paso al tráfico de votos, las conveniencias personales y las venganzas políticas. En este caso, según propuso el conservador bonaerense De Miguel cuando se discutió el proyecto, la opinión de la mayoría, podía ser defraudada por el conjunto de minorías relativas.12 Finalmente, se reformó el reglamento de la Cámara de Diputados. Bajo el régimen anterior, cuando se trataba de elecciones que no ofrecían dificultades los diplomas se aprobaban en sesiones preparatorias y los electos juraban y se incorporaban de manera definitiva. Y si se trataba de elecciones que ofrecían dificultades, se dejaban los diplomas para las sesiones ordinarias; pero el electo no juraba ni se incorporaba. El juicio de la elección 10 CDDS, tomo III, reunión 39, 23 de agosto de 1933, pp. 354-356. 11 CDDS, tomo IV, reunión 50, 14 de septiembre de 1933, pp. 299-309. 12 CDDS, tomo II, reunión 26, 20 de julio de 1933, pp. 394-398. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL ANA VIRGINIA PERSELLO - ¿Qué representación? Elecciones, partidos e incorporación de los intereses en el Estado: la Argentina en los años de 1930
  • 99.
    196 Poder Ejecutivo, algunasintegradas por técnicos, pero las más, por funcionarios y representantes de intereses sec- toriales, cuyas funciones eran amplias e incluían la elaboración de proyectos que serían sometidos al Parlamento para aportar soluciones a una amplia gama de problemas –diría que casi la totalidad de la agenda de los gobiernos de la década– la producción, la comercialización, el régimen financiero, el sistema tributario y la administración pública. Algunas fueron creadas por decreto y otras por ley; las hubo transitorias y permanentes y en muchos casos superpusieron funciones y áreas de incumbencia o se yuxtapusieron sin articularse con comisiones parla- mentarias creadas con los mismos fines. El diagnóstico que presidió su constitución fue, por un lado, la incapacidad del Estado para lidiar con la creciente complejidad y, por otro, el déficit de la representación política provocado, para algunos, por la experiencia de los gobiernos radicales y por otros, por las propias características del régimen. El objetivo era racionalizar la administración y fortalecer –no reemplazar– a los funcionarios y al Parlamento. El argumento consistía en que sólo la colaboración de los directamente interesados, que por otra parte eran los que poseían el saber técnico necesario, otorgaría prestigio al gobierno, uniría a la autoridad con la población y sobre todo, crearía solidaridades para sostener políticas entre el gobierno y los directamente afectados por ellas, hoy diríamos, posibilitaría la gobernabilidad. El diario La Nación, en algunos de sus editoriales, denominó a la nueva modalidad administrativa “compenetración consultiva” y si bien admitió que la consulta a los “interesados” no era nueva, sí lo era que fuera de carácter público. Con excepción del Partido Socialista, que con matices internos era la agrupación que más fielmente defendía los principios del liberalismo, el resto de los partidos aceptaba la intervención estatal para recuperar el equilibrio perdido y centraba sus críticas al gobierno en el carácter sesgado de sus políticas y en la asimetría que implicaba incorporar a representantes de entidades de representación de intereses sectoriales: mientras la pre- sencia de la Sociedad Rural Argentina estaba sobredimensionada, prácticamente no había consumidores y mucho menos obreros en el seno de las nuevas agencias estatales. Hacia finales de la década, los mismos que propiciaron y se beneficiaron con las nuevas modalidades adop- tadas por el Estado “consultivo” exigían una intervención diferente, que limitara el peso de la burocracia estatal y que institucionalizara la participación corporativa, ya no en cuerpos de consulta, sino en un amplio organismo –un Consejo Nacional Económico– que contuviera y a la vez limitara la injerencia de los cuerpos de funcionarios. En los hechos, la Constitución no fue reformada, la democracia siguió siendo invocada como el mejor régimen posible aunque no se dudó en imponer mecanismos de manipulación del sufragio y se desarrolló un pro- ceso de constitución de nuevas agencias estatales que, con matices, incorporaron representantes de intereses sec- toriales y expertos –términos que la mayor parte de las veces aparecen confundidos– para asesorar al Poder Ejecutivo, con carácter limitado, experimental y asimétrico. La doble desconfianza, en el régimen democrático y en la capacidad del Estado, condujo a buscar fórmulas que salvaran el déficit representativo, y las transformaciones en la ingeniería estatal formaron parte de ese proceso. BIBLIOGRAFÍA CÁMARA DE DIPUTADOS, Diario de Sesiones, tomo I, 1928. PERSELLO, Ana Virginia, “El estado consultivo. Argentina en los primeros años 30”, Ponencia presentada a las V Jornadas “Espacio, Memoria e Identidad”, Rosario, octubre de 2008. _________________________, “Los alcances y límites de la racionalización estatal”, disponible en línea: <www.his- toriapolítica.com>. _________________________, “De las juntas y comisiones al Consejo Nacional Económico”, disponible en línea: <www.saberesdeestado.com>. PINEDO, Federico, En tiempos de la república, tomo I, Buenos Aires, Mundo Forense, 1946. RIVAROLA, Rodolfo, “Un poco de teoría... política y otro poco de ideal... social”, en Revista Argentina de Ciencias Políticas (RACP), tomo XXI, 1920-1921. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 100.
    199 El surgimiento delperonismo fue uno de los procesos más decisivos de la historia argentina contem- poránea. El ascenso meteórico del entonces coronel Perón, que pasó de ser un oficial casi desconocido a convertirse en el hombre fuerte del gobierno militar establecido en 1943 y luego en el líder indiscutido del movimiento de masas más exitoso del siglo sin tener el anclaje de un partido político en menos de tres años, ha dado lugar a una enorme literatura y todavía genera preguntas difíciles de responder. Además, el peronismo ha polarizado a la sociedad argentina redefiniendo por décadas las identidades políticas (y no sólo políticas), las que pasaron a arti- cularse en términos de la dicotomía peronismo/antiperonismo. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos realizados tanto por peronistas como por antiperonistas –aunque desde luego con motivos opuestos– con el fin de caracte- rizar al peronismo –sobre todo los primeros dos gobiernos de Perón– como una ruptura total con el pasado del país, lo cierto es que Perón (como todos los seres humanos) fue un producto de su tiempo; y su surgimiento como líder indiscutido, así como su particular estilo de gobierno, resultan más sencillos de comprender a la luz de la situación en la que se encontraban el país y el mundo. Lo que intentaré realizar aquí es focalizar algunas dimensiones de la ideología de Perón tratando de vincularlas con el momento en que la misma fue formándose. El año 1930 marcó un punto de quiebre en la historia argentina del siglo XX. En efecto, durante ese año un golpe militar, el primero de los que asolarían al país en las décadas siguientes, puso fin a un período de casi ochenta años de relativa estabilidad institucional bajo un régimen constitucional. Si bien es cierto que hasta 1916 no puede hablarse de la existencia de una verdadera democracia representativa (la “República Verdadera” con la que había soñado Alberdi), sino de un sistema político bastante cerrado y excluyente –aunque menos de lo que habitualmente se consideraba–, es decir, más parecido a la “República Posible” alberdiana, lo cierto es que no eran muchos los países en el mundo de entre siglos que pudieran jactarse de ser gobernados por sistemas más inclusivos. Y si observamos desde una perspectiva actual (2009), no son muchos los países europeos que hayan disfrutado de un período tan largo de democracia constitucional continuada (limitada o no): definitivamente no es el caso de Francia, ni de España, ni de Portugal; y menos los de Alemania, Italia o Grecia, y la lista continúa. Por lo tanto, podríamos afirmar que la longeva estabilidad institucional argentina hasta 1930 cons- tituyó un caso bastante único, y no sólo si tomamos como punto de comparación al resto de los países latinoa- mericanos, lo cual hace retrospectivamente más dolorosa su ruptura. La otra peculiaridad argentina fue probable- mente la fuerza con que la tradición liberal-democrática se siguió desarrollando en la cultura política del país. En efecto, la república fraudulenta restaurada en 1932 bajo la presidencia del general Justo, que dio origen a la lla- mada “década infame”, fue menos sorprendente por las limitaciones que las elites gobernantes impusieron al funcionamiento de la democracia representativa, que por el hecho de que fuera allí, al menos en teoría, donde el régimen siguiera buscando el fundamento de su legitimidad, en un momento en el que el mundo parecía Política, ideas y el ascenso de Perón MARIANO BEN PLOTKIN UNTREF / CONICET 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL 4 CAPÍTULO
  • 101.
    201200 contribuyeron a radicalizarposiciones rompiendo puentes antes existentes. Así, el historiador revisionista Julio Irazusta recordaba en sus memorias, refiriéndose a sus periódicas visitas a la casa de Victoria Ocampo: Eduardo Mallea, Pedro Henríquez Ureña, María de Metzu, Carmen Gándara [...] e innúmeros otros que no tengo presentes alternaban con nosotros en un ambiente de convivencia civilizada. [...] Si este experimento cesó fue en parte debido a la guerra europea que confundió los espíritus y los dividió en banderías internacionales. Pero a mi ver debiose también a que el nacionalismo degeneró en una internacional ideológica y ya enteramente maniobrado por el régimen, colaboró con los sucesivos gobiernos y no cuajó en la práctica.3 El campo intelectual argentino se politizaba y al mismo tiempo se polarizaba. Como señalaba la famosa psiquiatra infantil Telma Reca a un funcionario de la Fundación Rockefeller en 1944, “la situación políti- ca presente [...] ejerce su influencia sobre todas nuestras actividades”.4 Podríamos decir (tal vez a riesgo de simplificar brutalmente dejando de lado matices importantes) que a lo largo de la década de 1930 se van configurando gradual pero rápidamente dos campos cada vez más incompatibles dentro del mundo cultural argentino, campos que fueron definiendo sus propias instituciones con menos lugar para los representantes del campo contrario: uno vinculado al nacionalismo cada vez más radical, asociado a versiones integralistas del catolicismo sostenidas en numerosas oportunidades por miembros de la jerarquía de la Iglesia, y un polo vinculado al liberalismo al cual se asociaban cada vez más firmemente “compa- ñeros de ruta” inesperados como los comunistas, en el momento en que el PCUS estableció la política de frentes populares. Esto último, junto con la paulatina recuperación de la actividad sindical controlada en buena medida por éstos, promovió la alarma de sectores de la elite y también de miembros del cuerpo de oficiales del Ejército, alarma que se manifestó en una influencia cada vez mayor de ideas antiliberales. Si había un punto de superpo- sición entre estas dos corrientes, sin embargo, era la certeza cada vez mayor de que al Estado (definido de mane- ra diferente en cada caso) le correspondería un papel central en definir el futuro del país que se transformaba rápidamente social, económica y políticamente. Juan Domingo Perón, que había participado con el grado de capitán en el golpe de Estado de 1930 fue tributario de los cambios que se fueron produciendo. Aunque Perón nunca fue (ni se definió jamás a sí mismo) como un hombre de ideas, sino más bien de ejecución (“la conducción es un arte simple y todo de ejecución” repe- tiría más tarde en sus clases de la Escuela Superior Peronista) podemos encontrar como base de su accionar polí- tico un núcleo ideológico duro que reconoce su origen en la situación en la que hubo de socializarse políticamente.5 Es cierto que el peronismo como movimiento jamás logró articular una ideología coherente y precisa. Esto se debió, en parte, a sus condiciones de origen. Recordemos que el peronismo nació en 1945 como un conglomerado heterogéneo de diversos sectores políticos y sociales: sindicatos, grupos nacionalistas, católicos tradicionalistas, sectores del Ejército, y otros que se incorporaban al naciente movimiento con objetivos propios y diversos. Perón actuaba como elemento aglutinador de un movimiento cuyas tendencias centrífugas se hicieron notar pronto y la atenuación (o represión en algunos casos) de las cuales se convirtió en una obsesión del líder hasta el día de su muerte. Cada uno de estos grupos constitutivos efectuó una lectura particular del mensaje de Perón, quien a su vez debía responder a las expectativas de cada uno de ellos. Sin embargo, aunque la “ideología peronista” no puede reducirse a la “ideología de Perón” la centralidad de éste en el movimiento fue absoluta como mito uni- ficador del movimiento y como uno de sus elementos definitorios –y no solamente vinculados al culto a su perso- nalidad que Perón impuso desde el gobierno–. Recordemos que la llamada “doctrina peronista” nunca fue otra cosa que una compilación de las palabras del jefe del movimiento.6 Y recordemos también que, sobre todo durante su exilio y vuelta al poder, la lealtad proclamada a Perón fue uno de los pocos elementos que definía la identidad de un movimiento que ya incluía en su seno a los más diversos extremos del espectro ideológico. 3 Julio Irazusta, Memorias, citado por John King, Sur: A Study of the Argentine Literary Journal and Its Roke in the Development of a Culture, 1930-1970, Cambridge, Cambridge University Press, 1986, p. 74. 4 Citado en Mariano Ben Plotkin, Freud en las Pampas. Origen y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983), Buenos Aires, Sudamericana, 2003, p. 92. 5 Las clases de Perón en la Escuela Superior Peronista fueron publicadas en Juan Domingo Perón, Conducción política, Buenos Aires, Escuela Superior Peronista, 1952. 6 Partido Peronista, Doctrina peronista, Buenos Aires, 1947. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón encaminarse hacia otro tipo de experimentos políticos, experimentos que, desde luego, contaban con simpati- zantes en nuestro país.1 Aun el Partido Radical, proscripto y derrotado en 1930 aceptó, a partir de 1935, incorpo- rarse al sistema de democracia limitada que en los hechos lo excluía del acceso al poder. Sin embargo, el momento político inaugurado en 1930 dio origen a la aparición de un nuevo actor político cada vez más alejado de los ideales democráticos: el Ejército, que ejercería a través de su cuerpo de oficiales, una influencia decisiva en la política argen- tina de las décadas siguientes y que se autoasignó un papel tutelar sobre la misma con las consecuencias nefastas que todos conocemos. El período que comenzó a partir de la primera posguerra ha sido caracterizado como de crisis ideo- lógica, lo que implicó un brusco desplazamiento y cuestionamientos de ciertas certezas. La Revolución Rusa de 1917 y los breves experimentos comunistas en países como por ejemplo Alemania y Hungría, y luego el surgimiento de los regímenes de extrema derecha en Europa, mostraron un dinamismo que parecían estar perdiendo las democracias representativas. Por otro lado, los horrores de la Primera Guerra (luego opacados por los aun peores de la Segunda) pusieron en cuestión la idea de progreso indefinido basado en el avance de la ciencia y la tecno- logía que había, de alguna manera –aunque con fuertes matices–, constituido la ideología dominante durante la segunda mitad del siglo XIX. En América Latina, los desastres de la guerra forzaron a algunos intelectuales a replan- tear los términos de la dicotomía “civilización y barbarie” establecida por Sarmiento, puesto que los bárbaros ya no estaban sólo de este lado del Atlántico, sino también en los campos de Francia cubiertos de sangre, según la expre- sión del tango “Silencio en la Noche”. La crisis ideológica, por supuesto, se profundizó en 1930, cuando a ésta se agregó la gran crisis eco- nómica que generó dudas todavía mayores acerca de la posibilidad de supervivencia (y aun su deseabilidad) del sistema democrático liberal. Y todavía dentro de las democracias, parecía claro que la situación también se modi- ficaría y que los cambios serían definitivos. Desde el New Deal de Roosevelt hasta la posterior implantación de las ideas keynesianas que conservarían su hegemonía en Occidente hasta la década de 1970, las áreas de inter- vención del Estado no cesarían de ampliarse, y el consenso, a su vez, parecía indicar que esta ampliación consti- tuiría la base de la supervivencia del sistema en un mundo cada vez más polarizado. La situación internacional sin duda afectó a la Argentina, pero con matices particulares originados en la situación local. Si analizamos el clima ideológico de la Argentina hasta la década de 1930 (y me atrevería a decir que hasta mediados de esa década), lo que llama la atención es la fuerza del consenso que venía articulán- dose desde la segunda mitad del siglo XIX alrededor de la democracia liberal. La fuerza de este consenso expli- ca la convivencia pacífica de individuos que en muchos casos se encontraban en los extremos opuestos del polo ideológico y, más sorprendentemente, el hecho de que el espacio de convivencia fuera muchas veces el Estado mismo. Un ejemplo claro y particularmente inesperado es el sistema destinado a la “formación de las almas” de los argentinos, es decir, el exitosísimo (y no sólo en términos latinoamericanos) sistema educativo, donde encon- tramos coexistiendo a conocidas figuras de la extrema derecha (recordemos que Leopoldo Lugones fue durante décadas un funcionario del mismo en tanto director de la Biblioteca Nacional de Maestros) con comunistas activos y algunos simpatizantes anarquistas que, en tanto militantes, se oponían a las políticas de nacionalización de las masas que las políticas educativas venían desarrollando desde la década de 1910 pero que cumplían seguramente de manera fiel, en su condición de funcionarios educativos. Así, todavía en 1945, el periódico comunista Orientación publicó un artículo de Juan Nissen, caracterizado como un asiduo lector del periódico y por lo tanto, suponemos, al menos un compañero de ruta sino un miembro del partido, criticando la orientación antiliberal que estaba imprimiendo el gobierno militar a la educación. Lo curioso es que la afiliación política del autor de la nota no le había impedido tener una carrera exitosa dentro del sistema educativo habiendo ocupado, entre otros, los cargos de profesor de la prestigiosa Escuela Normal de Paraná, secretario del Consejo Escolar de Mercedes, inspector de escuelas primarias de Entre Ríos, culminando su carrera como secretario técnico del Consejo Nacional de Educación.2 La crisis de 1930, pero ante todo los episodios europeos tales como la Guerra Civil Española, la radi- calización del fascismo (al que a principios del a década de 1920 algunos todavía seguían considerando como una experiencia de extrema izquierda), el surgimiento del nazismo y posteriormente el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial; y a nivel nacional los golpes de 1930 y de 1943 y más aun el surgimiento del peronismo, LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 Un excelente examen de la situación ideológica del país en esos años y su vínculo con el contexto mundial puede encontrarse en Tulio Halperin Donghi, La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003. 2 Véase Juan Nissen, “Grave regresión cultural y derroche de caudales públicos”, en Orientación, 31 de octubre de 1945.
  • 102.
    203202 Nótese la identificacióndel objetivo del político con el de la nación, lo que no dejaba demasiado espacio para lo que es esencial del juego político: el debate y la negociación. Por otro lado, en tiempos de paz, la tarea del polí- tico, diría Perón siguiendo a Von Der Goltz, era preparar la nación lo mejor posible para la guerra para lo cual habría que lograr la independencia desde el punto de vista económico y fijar objetivos que debían ser únicos, sin disenso. Recordemos, asimismo, que la “independencia económica” parecía ser un objetivo alcanzable. En 1943 y como consecuencia de la guerra, por primera vez en la historia argentina la producción industrial había supe- rado en valor a la agropecuaria. Cabe destacar que así como la idea de “justicia social” venía discutiéndose desde décadas anteriores al ascenso de Perón en diversos ámbitos, la de independencia económica vinculada a la indus- trialización también constituía una vieja obsesión entre círculos intelectuales desde las últimas décadas del siglo XIX pero que fue llevada a la categoría de eslogan por Alejandro Bunge y su grupo desde la Revista de Economía Argentina fundada en 1918. No es casual que buena parte del staff técnico de Perón durante su primera presi- dencia fuera reclutado entre antiguos colaboradores de Bunge. A la vieja idea de Bunge y de otros antes que él, el Ejército le agrega el componente de la importancia que la independencia económica tendría para la defensa nacional. Recordemos que en 1941 se creó la Dirección de Fabricaciones Militares. De cualquier manera, de las ideas obtenidas de los manuales de la guerra, compatibles con los fun- damentos del mito de la nación católica, aparece un elemento que constituiría, junto con el miedo a los avances del comunismo, el elemento central y probablemente el más perdurable del universo mental de Perón y me atrevo a decir alrededor del cual formuló buena parte de la política propagandística que contribuiría a conformar el núcleo de la liturgia peronista, de cuyo lugar central me ocupé ya en otro trabajo.10 Me refiero a la idea de “uni- dad espiritual”. Esta idea, en el interior del discurso de Perón, sufrió un desplazamiento desde las situaciones de guerra a la política como un todo. Podemos seguirlo con cierta facilidad. En una situación de guerra, nos dice el Perón profesor en sus Apuntes, “toda disidencia interior debe cesar ante el peligro que amenaza desde afuera la vida de la nación [...]. Los elementos peligrosos para la existencia del Estado deben reprimirse y se deben contra- rrestar los esfuerzos del enemigo”. Una vez que se desata la guerra es el pensamiento del Comandante en Jefe, del conductor en palabras de Perón, el que fija las metas y frente al cual no puede haber disidencia posible. “El conductor dirá: Ésta es mi concepción. Ella se transforma en hecho. Desde ese momento la principal tarea del comando consistirá en conseguir que un solo pensamiento domine al de todo el Ejército. Ese pensamiento será el del Comandante en Jefe”.11 Como veremos, la idea de “unidad espiritual”, que fue desarrollada o tomada por Perón de otros autores como un concepto aplicable a ejércitos en operaciones iba luego a ser reformulada para ser aplicada a la sociedad como un todo. ¿Es que Perón concebía a la política como una guerra como señala León Rozitchner? No me atrevo a decir tanto, más bien creo que aplicó a la política parte del arsenal de ideas (formado en su vida militar) disponible para él, puesto que su experiencia de interacción social estaba articulada alrededor de su experiencia con las tropas. En agosto de 1944, Perón visitó la Bolsa de Comercio de Buenos Aires donde tiene la oportunidad de diri- girse a un grupo de empresarios y ofrecerles su visión de lo que deberían ser las relaciones entre el capital y el trabajo: Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina, y durante ellos he aprendido que la disciplina tiene una base fundamental: la justicia. Y que nadie con- serva ni impone disciplina si no ha impuesto primero la justicia. Por eso creo que, si yo fuera dueño de una fábrica no me costaría ganarme el afecto de mis obreros mediante una obra social realizada con inteligencia. Muchas veces ello se logra con el médico que va a la casa de un obrero que tiene un hijo enfermo, con un pequeño regalo en un día particular, con un patrón que pasa y palmea amablemente a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como nosotros lo hacemos con nuestros soldados.12 En estos consejos un poco pedestres dados a quienes no se lo habían pedido, Perón ponía de mani- fiesto, sin embargo, una idea más importante, la necesidad de eliminar el conflicto social y los mecanismo que 10 Mariano Ben Plotkin, Mañana es San Perón, 2ª ed., Buenos Aires, Eduntref, 2007. 11 Juan D. Perón, Apuntes, op. cit., p. 243. 12 Juan D. Perón, Obras completas, vol. 7, tomo 3, Buenos Aires, Hernandarias, 1985, p. 377; citado en Tulio Halperin Donghi, “El lugar del peronismo en la tradición política argentina”, en Samuel Amaral y Mariano Plotkin (comps.), Perón: del exilio al poder, 2ª ed., Buenos Aires, Eduntref, 2004. ¿En qué contexto se socializó políticamente Perón? Perón era fundamentalmente, y antes que nada, un producto del Ejército que se había profesionalizado rápidamente a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Y dentro de ese Ejército, Perón también fue influenciado por un fuerte cambio ideológico que se fue acele- rando a lo largo de la década de 1930 y que el historiador italiano Loris Zanatta definió como el paso del “Estado liberal a la nación católica”. El mito de la nación católica, que identificaba a la nación con un orden católico inte- gral, que consideraba al Ejército como una institución que precedía en existencia a la nación y que fue definida por Zanatta como “un orden diferente de cualquiera de los órdenes políticos fundados por las ideologías seculares modernas y por ende alternativo a la declinante democracia liberal, pero también a la aborrecida solución comu- nista y a la derivación ‘pagana’ asumida por la reacción antiliberal asumida en algunos estados totalitarios”; un mito (como todo mito) ahistórico, ya que esta identificación era eterna.7 Se trataba del mito de la alianza indes- tructible entre la Iglesia y la espada, alianza previa al surgimiento del propio Estado, del cual Perón también extrajo sus propias conclusiones y que contribuyó de alguna manera a hacer realidad. Y si la preocupación fun- damental que motivaba a los proponentes del mito de la nación católica era la defensa contra los avances (reales o imaginarios) del socialismo y el comunismo, ésta sería y continuaría siendo hasta el final, otra de las obsesiones de Perón. Catolicismo integralista y experiencia militar serían pues dos elementos esenciales en la formación polí- tica de Perón –que luego haría esfuerzos para transformar a su movimiento en una verdadera “religión política”–, como también lo fueron sus viajes a Europa y la particular lectura que realizó de las experiencias que le tocaron vivir sobre todo en la España de posguerra y en la Italia fascista. Como el propio Perón recordaría años más tarde, fue durante su experiencia como militar destinado a diversos puntos del país, donde se puso en contacto con las miserias que sufría parte importante de la población del país, lo cual constituía, además, un problema de seguridad nacional. La población masculina subalimentada en muchos casos y con problemas de salud no era considerada apta para el servicio militar obligatorio. Por otro lado Perón parece haber sido mucho más perceptivo que la mayoría de los políticos respecto a las posibles consecuencias políticas que tendría el fuerte proceso de migraciones internas acelerado a partir de la rápida industrialización que estaba viviendo el país como resultado de la crisis de 1930. Pero fue en Europa donde se puso en contacto con los horrores de la Guerra Civil Española (que él inter- pretó como consecuencia del avance del comunismo) y con el estilo de movilización de masas que Mussolini estaba llevando a la práctica exitosamente. Aquí hay que hacer, sin embargo, una precisión importante: ni la Iglesia ni el Ejército eran instituciones monolíticas y en el seno de ambas es posible distinguir importantes matices que se revelan en los avatares del gobierno militar establecido en 1943. Pero el pensamiento hegemónico en ambas –y Perón no se cansaría de repetirlo aunque no logró convencer a quienes deberían ser los interlocutores privilegiados para su mensaje: los sec- tores empresarios– consistía en que la Argentina estaba viviendo una situación prerrevolucionaria y que sólo la combinación de la Espada y la Cruz, sumada a las políticas de justicia social inspiradas en la doctrina social de la Iglesia, podrían ponerle freno. Y esto implicaba terminar con la puerta abierta proporcionada a la revolución por el Estado liberal. Pero no es mi intención abundar sobre esta dimensión de la formación ideológica de Perón que ya ha sido muy estudiada. Más bien me interesa centrarme sobre su concepción militar de la política, lo que el his- toriador José Luis Romero caracterizó como “ideología de Estado Mayor”. Considero que las tendencias sin duda totalitarias que pueden detectarse en el gobierno de Perón pueden rastrearse más en esta concepción particular de la política que en posibles (aunque nunca desmentidas por él, ni aun luego de su “giro a la izquierda”) admiración por las experiencias europeas de entreguerras. Perón fue desarrollando una concepción de la política que consistía en una adaptación de la doctrina militar que había absorbido a través de sus lecturas de los manuales europeos en particular los textos de Clausewitz y Von Der Goltz (sobre todo la idea de “nación en armas”, vinculada a la industrialización y a cierta idea de justicia social) a los que él combinaba con otros elementos locales.8 Para Perón como para Clausewitz, guerra y política constituyen dos instancias complementarias. Decía Perón en sus Apuntes de historia militar escritos como texto para sus clases en la Escuela Superior de Guerra en 1934: “El militar sirve al político en la guerra aniquilando al poder enemigo, a fin de que el primero consiga imponer su propio objetivo político que es el de la Nación”.9 7 Véase Loris Zannatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo, 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996. 8 Sobre el impacto que las lecturas de los manuales de guerra tuvieron en la formación ideológica y política de Perón, véase León Rozitchner, Perón, entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política, Buenos Aires, CEAL, 1985. 9 Juan D. Perón, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Círculo Militar, p. 123. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 103.
    205204 La sociedad tendráque ser una armonía en la que no se produzca disonancia alguna, no predominio de la materia, ni estado de fantasía. En una armonía que preside la Norma puede hablarse de colec- tivismo logrado por la superación, por la cultura, por el equilibrio. En tal régimen no es la libertad una palabra vacía, porque viene determinada su incondición por la suma de libertades y por el estado ético y moral.15 Esta unidad espiritual debía ser impuesta por el Estado aun en el universo de las artes y las letras. Como el propio Perón dijo a un grupo de intelectuales con los que se reunió en 1947: Espero que ustedes [los intelectuales] se organicen en forma de sociedad; espero que se unan, que piensen como piensen, sientan como sientan y quieran como quieran; pero que cumplan dentro de la orientación que sin duda alguna fijará el Estado [...]. Es necesario que el Estado dé también en este aspecto su propia orientación, que fije los objetivos y que controle la ejecución para ver si se cumple o no.16 Como vemos la idea de “unidad espiritual”, es decir unanimidad, era central en el universo mental de Perón. Esta idea provenía de diversas fuentes y a ese objetivo se dirigió su acción. El consenso limitaría (o más bien eliminaría) el conflicto social y por lo tanto alejaría el peligro comunista que Perón (y sus mentores espiri- tuales) veían como inminente. El problema fue que este objetivo fracasó en parte porque Perón no fue capaz de convencer a los sectores capitalistas del peligro en que se encontraban. Paradójicamente, al no contar con el apoyo que esperaba asegurarse de una parte importante de la sociedad, Perón se vio forzado a radicalizar su dis- curso y a apoyarse cada vez más en el sector que se mostraba más hospitalario a sus políticas: los obreros, aunque es justo reconocer que obtener este apoyo le costó más de lo que habitualmente se supone. Por lo tanto, el objetivo de construir un amplio consenso social se materializó en una serie de políticas que terminaron ampliando el con- flicto. El resto es historia conocida. BIBLIOGRAFÍA HALPERIN DONGHI, Tulio, La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003. PARTIDO PERONISTA, Doctrina peronista, Buenos Aires, 1947. ____________________, Manual del peronista, Buenos Aires, 1954. PERÓN, Juan D., Conducción política, Buenos Aires, Escuela Superior Peronista, 1952. _______________, Apuntes de historia militar, Buenos Aires, Círculo Militar. _______________, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en J. D. Perón, El pueblo quiere saber de qué se trata, Buenos Aires, 1944. _______________, Conferencia del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón, pronunciada en la ciudad de Mendoza el 9 de abril de 1949 en el acto de clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía, Buenos Aires, 1952. PLOTKIN, Mariano Ben, Freud en las Pampas. Origen y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983), Buenos Aires, Sudamericana, 2003. ROZITCHNER, León, Perón, entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política, Buenos Aires, CEAL, 1985. ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930- 1943, Bernal, UNQ, 1996. 15 Juan D. Perón, Conferencia del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón, pronunciada en la ciudad de Mendoza el 9 de abril de 1949 en el acto de clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía, Buenos Aires, 1952. 16 Juan D. Perón, “El Presidente de la Nación Argentina, Gral. Juan Perón se dirige a los intelectuales, escritores, artistas, pintores y maes- tros”, Buenos Aires, 1947. pondría en juego para lograr este fin: disciplina y justicia social concebida como una gracia tanto en términos reales (el médico en la casa) y simbólicos (la palmada amable) otorgada por el patrón y, más tarde, por el Estado. Pero detengámonos en la idea de unidad de doctrina y su evolución dentro del discurso de Perón. La unidad de doctrina, nos decía el Perón profesor y militar en 1934 era un concepto indispensable dentro de la órbita militar. Diez años más tarde, el Perón ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión cuyas ambiciones polí- ticas no escapaban a nadie, fue invitado a dar la clase inaugural de la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad Nacional de La Plata. En esta oportunidad, cuando sus ambiciones políticas ya eran evidentes, Perón expandió sus ideas de 1934 exponiendo ante sus alumnos (ahora civiles): Si en las cuestiones de forma de gobierno, problemas económicos, sociales, financieros e industria- les, de producción, de trabajo, etc., caben toda suerte de opiniones e intereses dentro de un Estado, en el objetivo político derivado del sentir de la nacionalidad de ese pueblo, por ser única e indivisible, no caben opiniones divergentes. Por el contrario esa mística común sirve como un aglutinante más para cimentar la unidad nacional de un pueblo determinado.13 La necesidad de obtener unidad de pensamiento, aun en cuestiones tan poco definidas como “el sen- tir de la nacionalidad” y aun dejando amplias áreas afuera, ya no se restringía, sin embargo, a la esfera militar, sino que se hacía extensiva a toda la sociedad. Pocos años después, ya como presidente, Perón tiene una oportunidad de aclarar y precisar este punto con motivo de la presentación del Primer Plan Quinquenal. En esta ocasión Perón puntualizaba que “la doctrina es el sentido y sentimiento colectivo que ha de inculcarse en el pueblo mediante la cual se llega a la uni- dad de acción en las realizaciones y soluciones”. En vista de esta evolución de la idea de “unidad espiritual” es decir unanimidad, no debería sorprender que durante su gobierno, Perón haya promovido la legislación que declaraba a la “doctrina peronista” (su pen- samiento) como “doctrina nacional”. Esta doctrina no debía ganar adhesiones por persuasión sino por medios cuasi religiosos. En palabras de Perón: “hay que salir a predicar esa Doctrina; no enseñarla sino predicarla”. Uno de los mecanismos a través de los cuales se pensaba predicar la doctrina (aparte de una reforma profunda del sis- tema educativo, el control de la prensa opositora y un esfuerzo de propaganda oficial sin precedentes) era por medio de la publicación de libros tales como el titulado Manual del peronista. He podido detectar al menos dos ediciones de dicho manual: una de 1948 y otra de 1954, y en ambas ediciones también es posible observar un despla- zamiento del concepto de unidad espiritual. En la edición de 1948, por ejemplo, las ideas de “unidad de acción” y de “unidad de concepción” eran presentadas como aglutinantes necesarios en el interior del Partido Peronista: “De una misma manera de ver resultará una misma manera de apreciar, y de una misma manera de apreciar, una misma manera de resolver”. En la segunda edición, la doctrina peronista, el fundamento de la unidad de pensa- miento y de acción, era presentada como el marco que debía fijar la orientación de todo el pueblo: La doctrina es una concepción total de la vida, fija las orientaciones del Pueblo hacia las grandes obli- gaciones comunes de la nacionalidad. Es el conjunto de postulados que responden a las aspiraciones, necesidades y conveniencias nacionales y por extensión populares [...]. La Doctrina Peronista, que es Doctrina Nacional, es exclusivamente argentina y está basada en lo que llamamos Peronismo, principio de nuestra organización política actual que aplicará cada país de manera distinta.14 Esta doctrina, que tendría un lugar tan importante en la definición de los objetivos de la nación, y que, como se sugiere al final de la alocución, tendría proyecciones internacionales, nunca fue sistematizada de manera coherente, ya que los libros que llevaban ese título consistían en fragmentos de discursos de Perón acerca de diversos temas, a veces conteniendo mensajes contradictorios entre sí. Aun en lo que probablemente fue la presentación más sofisticada de la doctrina, el discurso de Perón pronunciado con motivo del Primer Congreso de Filosofía de 1949, se nos informa que, 13 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en El pueblo quiere saber de qué se trata, Buenos Aires, 1944, p. 79. 14 Partido Peronista, Manual del peronista, Buenos Aires, 1954, pp. 20-21. CAPÍTULO 4 / 1930-1943 LA CRISIS DEL MODELO AGROEXPORTADOR Y LA RUPTURA INSTITUCIONAL MARIANO BEN PLOTKIN - Política, ideas y el ascenso de Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 104.
    207 Comenzaré afirmando algoque puede resultar una sorpresa: que yo pertenezco a una familia militar; y que ha visto bastante fuego enemigo. Esa familia, eso sí, fue militar italiana; porque a mi padre, en 1915, ya residente en la Argentina pero nacido en Italia, le correspondió participar en la Primera Guerra Mundial, donde estuvo cuatro años en el frente. Era teniente y le ofrecieron ser capitán al final. No lo aceptó y volvió a la Argentina. Y un tío suyo empezó como fraile en un pequeño pueblo del sur de Italia, y al llegar las tropas de Giuseppe Garibaldi en 1860 lo reclutaron en el Ejército y terminó, tras dos campañas por la unificación del país, como furier maggiore, un puesto bastante alto dentro de los suboficiales. La empresa SIAM, creada por mi padre con dos técnicos italianos en 1910, prosperó hasta ser cono- cida por la famosa heladera. No voy a contar su historia, pero sí las experiencias de sus relaciones con la corpo- ración militar, sobre todo con el Ejército. Mi padre era bastante amigo del general Enrique Mosconi, dirigente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, y a través de él fue que consiguió durante los años veinte el derecho de instalar surtidores en la vía pública, producidos por su empresa, que en aquellos tiempos era simplemente “el taller”. Años más tarde mantuvo una relación muy estrecha con el general Manuel Savio, a cargo de Fabricaciones Militares. Recuerdo, al respecto, en el año 1942, haber visitado con mi padre el Alto Horno de Zapla, que estaba recién empe- zando a funcionar. Tengo además algunas fotos muy interesantes de la fábrica de SIAM en Avellaneda, del año 1935 o 1936, en donde se ve a una veintena de militares visitando las instalaciones, y hay una persona que, creo, era el Ministro de Guerra. Es decir, había un interés de la fuerza militar en la industria, y la industria sabía que las relaciones en cualquier país con los militares son importantes por la provisión de insumos necesarios para su profesión, como acero, máquinas y elementos de transporte, además de armamentos. El Instituto de Estudios y las Conferencias Industriales de la UIA Un fenómeno crucial aunque poco conocido es el que comenzó en 1942, o sea antes del peronismo, cuando en la Unión Industrial Argentina, de cuyo Consejo mi padre formaba parte, se creó un Instituto de Estudios y Conferencias Industriales, que organizaba eventos cada dos o tres semanas, que después se publicaban como folletos, que el ingeniero José Gilli, organizador de esa actividad, juntó en tres volúmenes. Vistos todos juntos forman un material muy impresionante. Ahí se encontraba un grupo amplio de gente. Habían convocado al Rector de la Universidad de Buenos Aires, y también a quien era un importante candidato presidencial conservador aper- turista, Carlos Saavedra Lamas, que había tenido un rol muy conocido durante la Guerra del Chaco. Estaba por supuesto Alejandro Bunge, economista católico nacionalista, y además Ricardo Ortiz, un poco extraño porque aunque Industria, Fuerzas Armadas y peronismo TORCUATO DI TELLA ITDT 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 5 CAPÍTULO Quinquela Martín, Benito. Desembarco de anclas. Óleo, 86 x 62 cm.
  • 105.
    209208 progresistas, socialistas ycomunistas, respaldados por una Confederación General del Trabajo politizada y activa. La situación ha sido repetidamente analizada, desde muy diversas perspectivas, que buscan aclarar las alianzas, estrategias y tácticas de los actores sociales, muy divididos y desorientados por la existencia de presiones en sen- tidos contrarios en casi todos los niveles.2 La convergencia industrial-militar de los años cuarenta Lo que corresponde enfatizar aquí son las actitudes de militares e industriales, especialmente en dos temas: la necesidad de industrializar el país para proveer a su defensa, y la prevención de agitaciones sociales que se visualizaban para después de la guerra. Para los militares el tema industrial era esencial, aunque subordinado a su preocupación profesional por la defensa.3 Para los industriales era consustancial con su propia sobrevivencia, y para consolidar la prosperidad que la guerra les había traído.4 El entonces coronel Manuel Savio, uno de los pri- meros invitados a la serie de exposiciones patrocinadas por la UIA, instaba a aceptar la intervención del Estado para planificar la economía, porque “el peor aspecto de la posguerra es el caos económico”.5 El año anterior él había sido designado director de la recientemente creada Dirección General de Fabricaciones Militares, que ya estaba construyendo el Alto Horno de Zapla, en Jujuy. Su prédica industrialista es por lo demás muy conocida, y por supuesto se realizaba en conjunción con ciertos sectores del empresariado. La preocupación por lo que ocurriría después de la guerra se centraba, para algunos, en el previsible caos productivo, que como lo señalaba el doctor Leopoldo Melo, profesor de la universidad y ex candidato presidencial radical de centro derecha, podía “hacer más víctimas que la guerra misma”, lo que era mucho decir, o ser “más destructiva que constructiva”, como también sostenía Luis Colombo, presidente de la UIA. O, según el ingeniero Ricardo Gutiérrez, el fin de la guerra sería capaz de inducir en la Argentina, por desocupación, “la paradoja de la emigración de sus hijos, remedio sugerido por ciertas ten- dencias teóricas que todo lo resuelven”.6 2 Félix Luna, Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1978; Eduardo Míguez, “El ‘fracaso argentino’. Interpretando la evolución económica en el ‘corto siglo XX’”, en Desarrollo Económico, Nº 44, 2005. 3 El 30 de septiembre de 1943 el coronel Carlos J. Martínez, director de la Fábrica Nacional de Aceros, fundada en 1935, señalaba la necesidad de prepararse para caso de guerra, y de potenciar el rol del Estado, que debía cubrir “las necesidades mínimas de defensa nacional” (La industria siderúrgica nacional, Buenos AIres, UIA, 1943, pp. 42, 45 y 47). En la misma línea el mayor Juan Rawson Bustamante, profesor de organización y movilización aeronáutica en la Escuela Superior de Guerra, señalaba el rol que había tenido el Estado durante la Primera Guerra Mundial (Las posibilidades aeronáuticas de postguerra, Buenos AIres, UIA, 1944). En una confe- rencia del 15 de junio de 1944, inaugurando un ciclo radial patrocinado por la misma entidad industrial, el teniente coronel Alejandro G. Unsain se hacía eco de una “magistral” alocución que el coronel Perón había hecho ante la Universidad de La Plata poco antes sobre la relación entre industrialización y defensa nacional (Un ciclo de 22 conferencias radiotelefónicas, Buenos AIres, UIA, 1944). 4 Alejandro Díaz, en su obra Ensayos sobre la historia económica argentina (Buenos Aires, Amorrortu, 1973), niega que la guerra haya significado un crecimiento particularmente intenso de la industria argentina (pp. 103-104). Esta afirmación, basada en datos estadís- ticos globales, debe confrontarse con la percepción que tenían los actores de la época, basada quizás en su mayor preocupación por ciertos sectores que dependían particularmente de la protección. Para Ricardo Ortiz, miembro del Instituto de la UIA, no había duda de que “la guerra actual ha sido acicate poderoso para estimular nuestra capacidad de transformación” (Un ciclo de 16 conferencias radiotelefónicas, Buenos AIres, UIA, 1943, p. 15). En el mismo ciclo de radio, Luis Colombo, presidente de la UIA, se ufanaba de que “la industria ha evitado una grave crisis obrera” (p. 12), y en el ciclo del año siguiente Rolando Lagomarsino se refería al “extraordi- nario desarrollo alcanzado por la industria argentina durante el último decenio, particularmente a partir de la iniciación de la guerra actual” (p. 37). Un miembro del Instituto Bunge de Investigaciones Económicas y Sociales, en una obra colectiva basada en artículos publicados en el diario El Pueblo entre junio de 1943 y diciembre de 1944, señalaba que “toda la prédica de unos cuantos precurso- res y los esfuerzos de algunos industriales inteligentes hubieran permanecido en el vacío si la guerra no hubiera cortado la corriente importadora de artículos manufacturados” (Soluciones argentinas a los problemas económicos y sociales del presente, Buenos Aires, 1945, p. 112). Véase Oscar Cornblit, “Inmigrantes y empresarios en la política argentina”, en Desarrollo Económico, Nº 6, 1967; Jorge Schvarzer, La industria que supimos conseguir. Una historia política y social de la industria argentina, Buenos Aires, Planeta, 1996; Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, Buenos Aires, Ariel, 2003; para un elemento comparativo, Celso Furtado, “Obstáculos políticos para el desarrollo económico del Brasil”, en Desarrollo Económico, Nº 4, 1965. 5 Conferencia del coronel Manuel N. Savio, 10 de septiembre de 1942 (Política de la producción metalúrgica argentina, Buenos AIres, UIA, 1942, p. 33). 6 Leopoldo Melo, La postguerra y algunos de los planes sobre el nuevo orden económico, Buenos AIres, UlA, 1942, p. 15 ; Luis Colombo y otros, Discursos pronunciados con motivo del banquete con que se celebró la clausura del primer ciclo de conferencias, Buenos AIres, UIA, 1942, p. 13; y Ricardo Gutiérrez, alocución en la primera serie de conferencias radiales, del año 1943. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo prestigioso en su profesión era comunista; un poco una mosca en esa leche. Había una participación de radicales antipersonalistas, con un predominio de Concordancistas que apoyaban los proyectos de apertura institucional del presidente Roberto Ortiz. Y más o menos la mitad de los conferencistas eran militares. Uno era Savio, que escribió sobre las necesidades de la industria metalúrgica, y había muchos otros, que hablaban sobre aeronáutica, industrias químicas, textiles y minería. Claro está que el problema principal era la guerra. Había que prepararse para ver qué pasaba durante su transcurso y luego de finalizada. Claro que en esa época no se sabía quién iba a ganarla. Además, eran muchos los que pensaban que podría haber llegado a América. ¿Por qué no, acaso somos países pacíficos? Llegó a África, llegó a Asia, ¿por qué no a América Latina? Me acuerdo en el año 1941 o 1942, mirar ate- rrorizado unos mapas que publicaba el diario Crítica, donde había unas flechas que salían de Europa, de Alemania, y lle- gaban al Brasil y a la Argentina. La posibilidad de que nuestros países fueran incorporados a la Guerra Mundial no se descartaba, y no necesariamente del mismo lado. El gran miedo de 1942-1943 En la Argentina, durante la Segunda Guerra Mundial el peligro de la agitación social para cuando terminara el conflicto llegó a convertirse en una especie de psicosis colectiva, especialmente sentida por quienes estaban más en contacto con el ambiente obrero, y por ciertos especialistas ideológicos, así como por los militares, que a través de la conscripción y de su circulación por los cuarteles del interior podían visualizar mejor las tensiones sociales que se acumulaban. Como de hecho después de la guerra no hubo ningún estallido social (excepto que se considere como tal al 17 de Octubre, pero éste fue más bien su alternativa funcional), es común subestimar las voces de Casandra como puramente paranoicas, o como provenientes de quienes por todos lados veían la amenaza roja. Sin embargo un examen más cuidadoso de los acontecimientos de la época y su puesta en perspectiva com- parada llevan a considerar razonable la previsión de que al terminar la guerra se desataran, tanto en Europa y Asia como entre nosotros, graves conflictos sociales, algunos de ellos revolucionarios. De todos modos, era una per- cepción muy extendida entre los actores de la época. En el ambiente empresarial era importante lo que pensaba la Unión Industrial Argentina, y algunos grupos de profesionales cercanos a la temática industrial, como los economistas y otros científicos sociales nucleados en la Revista de Economía Argentina y en el Instituto Bunge de Investigaciones Económicas y Sociales. Ya hemos visto la creación, en 1942, del Instituto de la Unión Industrial Argentina, que funcionó hasta 1946, y que fue clara- mente un intento de entendimiento militar-industrial. En esos años muchos compartían la perspectiva de un mundo permanentemente dividido en cuatro grandes bloques: Estados Unidos, Rusia, Japón y una Europa dominada por Alemania. El general José M. Sarobe, en una conferencia pronunciada en octubre de 1942, vaticinaba la “emancipación material de la Gran Asia”, cual- quiera fuera el resultado de la guerra, y la incorporación de Ucrania al “Nuevo Orden en Europa”, reemplazando a la América del Sur como proveedora de cereales. La Argentina podía intentar hegemonizar una quinta área, ya que era necesario “conquistar una cierta autonomía económica, para conservar la independencia política”.1 Los años de la guerra fueron de particular agitación en el ambiente político y social de la Argentina, como en muchos otros países de la zona. En la Argentina la enfermedad del presidente Roberto Ortiz (alejado del poder en julio de 1940 y renunciante definitivamente en junio de 1942) creaba una situación favorable a las tendencias nacionalistas y conservadoras del vicepresidente Ramón Castillo, quien pretendía perpetuar el fraude para evitar una segura victoria radical. Contra él se levantaba una versión local del Frente Popular chileno o del francés, que se fue constituyendo a lo largo de 1942, que nuclearía en la Unión Democrática a radicales, demócrata LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 1 José M. Sarobe, Política económica argentina, Buenos Aires, UIA, 1942, pp. 16, 17 y 31. Esta publicación es parte de una serie de folletos editados por la Unión Industrial Argentina, basados en conferencias dadas en su sede y organizadas por el Instituto de Estudios y Conferencias Industriales. En las referencias siguientes los folletos de esta serie se identificarán con la sigla UIA y el año en que fue- ron publicados, salvo indicación en contrario. El teniente coronel Mariano Abarca, en su conferencia del 31 de mayo de 1944, tam- bién visualizaba la formación de grandes grupos económicos, incluida una Europa bajo hegemonía de “Oriente o de Occidente”, y afirmaba que no era posible mantener en estado de colonia a un país con la capacidad de la Argentina (La industrialización en la Argentina, Buenos AIres, UIA, 1944). Más tarde, el mismo año, el teniente de navío Horacio J. Gómez, presentado por el contralmi- rante Pedro S. Casal, recordaba a su audiencia que “las naciones están siempre potencialmente en conflicto”, y que en las guerras actuales toda la masa de la población participaba, porque quien las gana es el general Industria (La industria nacional y los problemas de la Marina, Buenos AIres, UIA, 1944, pp. 12 y 16). Véase para la situación económica anterior a la guerra, Arturo O’Connell, “La Argentina en la depresión: los problemas de una economía abierta”, en Desarrollo Económico, Nº 23, 1984.
  • 106.
    211210 industrial que necesitabaprotección estaba en el bando antiperonista, y lo mismo ocurría con la principal orga- nización de los industriales, ¿qué queda de la tesis de la convergencia entre industriales y ciertos sectores popu- lares, aglutinados en el liderazgo del coronel Perón? Desde ya es preciso decir que en su expresión más simplista la tesis no se puede sustentar. Otra cosa es, sin embargo, si se reformula más cuidadosamente la naturaleza de la alianza y de la elite involucrada. Esta última no es necesariamente representante directa de nadie. Es una elite que actúa por sí misma. Pero el hecho de que se forma como resultado de tensiones sociales existentes en determinados lugares del espacio social hace que en alguna medida esté signada en su actuar por ese origen. Es preciso rastrear aun más en las características específicas de ese origen no siempre fácil de documentar, para no caer en alguna versión de la generación espon- tánea de las elites, o de su nucleamiento como simple efecto de la capacidad carismática de un jefe. Los problemas de una clase social “nueva” Lo que le ocurrió a la burguesía industrial argentina es bastante típico de clases nuevas, en formación en un sistema económico que les permite nacer y progresar, pero que se resiste a entregarles las palancas principales del poder. Esas clases en proceso de formación, esos hombres nuevos, en general tienen dificultad para expresarse políticamente, justamente debido a lo reciente de su formación y a su escasa tradición generacional en ocupar espacios políticos de manera legitimada. Es así como sólo los sectores más dinámicos, o más decididos por alguna razón, de la clase o grupo en cuestión, se deciden a participar políticamente, y que algún grupo funcional como las Fuerzas Armadas, o el clero, o una elite político-ideológica asume su rol, como sustituto.12 Este sustituto no está, por cierto, totalmente desconectado de la clase cuyos intereses representa de alguna manera. Las conexiones existentes no son siempre obvias ni evidentes sino más bien del tipo de las que se dieron en la convergencia empresaria y militar de los años anteriores o inmediatamente posteriores al golpe de 1943, que facilitaron el reclutamiento de una elite política en un determinado ambiente social. Por otra parte, en general, las situaciones de transición de este tipo exigen, para entenderlas, que a uno de los actores se lo divida y subdivida con extrema minuciosidad, lo que no es necesario para la mayoría de los otros. Así, pues, no basta plantearse si un individuo era o no industrial y si favorecía o no el proteccionismo. Hay que agregar el tipo de industria del que se trataba, y contra quién se debía construir la barrera aduanera. Porque una cosa es protegerse contra el azúcar cubano o brasileño, y otra hacerlo contra los bienes industriales de consumo duradero que iban a venir directamente desde las metrópolis. Para protegerse en este último caso había que estar dispuestos a herir intereses mucho más fuertes que los que podrían irritarse por no acceder con sus azúcares al mercado argentino. De ahí que el ejemplo de Patrón Costas no sea relevante para lo que lo emplea Rouquié, aparte del hecho de que con un caso individual no basta para invalidar una hipótesis sobre relación entre grupos sociales y políticos numerosos. Los militares tuvieron un rol protagónico en la formación de la coalición populista liderada por el entonces coronel Perón, lo cual es obvio. Pero además expresaron en alguna medida intereses industriales, lo cual es menos obvio. Este rol combinado industrial y militar fue resultado de la coyuntura, pero se trata de un tipo de coyuntura que se repite con frecuencia en condiciones latinoamericanas y en otras tercermundistas, donde hay una asociación entre los militares y la nueva clase media burocrática en formación. Esa vinculación fue percibida por Perón. Extrañamente no participó de las reuniones antes aludidas, que siguieron hasta 1946, y luego no hubo condiciones demasiado propicias para seguir actuando de forma independiente y concluyó. El hecho es que la guerra fue un gran negocio para la Argentina, porque para las empresas que pro- ducían bienes industriales de consumo civil se creó un mercado fantástico, ya que no podía entrar ni un tornillo del exterior, pues sus fábricas estaban ocupadas en otras cosas más urgentes. Y más tarde, Perón, al llegar al poder, man- tuvo esa protección casi total, que había existido durante la guerra sin que nadie la impusiera, y que ahora lo sería a través de disposiciones de política económica. Esta estrategia de proteccionismo y sustitución de importaciones, que hoy es la bestia negra de los teóricos neoliberales, es la que –en condiciones políticas distintas, pero económicas parecidas– contribuyó a la prosperidad de Estados Unidos durante el siglo XIX. Tan es así que el sistema protec- cionista era conocido como el “American system”, y lo mismo siguió siendo cierto hasta bien entrado el siglo XX, para no hablar del Japón, Corea, Taiwán, y otros tigres asiáticos. La diferencia se debe a muchísimas causas, pero estriba principalmente en la estabilidad política de esos países, comparada con nuestra espeluznante inestabilidad. 12 Fernando Henrique Cardoso, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes: Argentina y Brasil, México, Siglo XXI, 1971. La gente del Instituto Bunge, que desde junio de 1943 a diciembre de 1944 tuvo acceso al diario cató- lico El Pueblo para difundir sus análisis de la situación, compartía la opinión de que al reabrirse la importación habría “una competencia ruinosa para buena parte de la industria nacional y se provocaría la desocupación industrial y el estancamiento de la actual diversificación de la producción”. Por eso concluían que “el capitalismo es enemigo de la propiedad”, novedosa formulación de una larga tradición de pensamiento social católico, que ree- mergería en la doctrina de la “tercera posición” planteada por Perón. Más adelante los editores de El Pueblo señalaban que había que evitar que el retorno de la paz “produjera un verdadero cataclismo económico y social para el país”. Señalaban también que aunque la guerra evitaba la desocupación, ésta iba a volver con la paz. Había cada vez más proletarios, y eso, unido a su condición extranjera, hacía temer por “la unidad social de nuestro país”. Era impres- cindible apoyar la reconversión a la paz de las industrias, y aunque no era posible protegerlas a todas, había que evitar la formación de ejércitos de desocupados”.7 El grupo ideológico-político nacionalista más extremo, que fue enviado por la Revolución de Junio de 1943 a la gobernación de la provincia de Tucumán, quiso convertir su experiencia en anticipo del nuevo orden que se iba a instaurar. También ellos estaban seriamente preocupados y, como decía el interventor Alberto Baldrich, “si no se llega a solucionar el problema de los trabajadores, la desesperación humana puede llegar a venderlo todo a quienes llegan con promesas mesiánicas. Para que la Argentina no sea comunista, es necesario que sea cristiana, no sólo en el orden de la fe sino en el de la organización social”. Al poco tiempo agregaba, en una alocución radial, que los que se oponían a su gobierno estaban negando la “única posibilidad de paz social en los días sombríos y amenazantes de las próximas convulsiones sociales o de la turbulencia de la posguerra”.8 Se daba aquí un acercamiento entre ciertos influyentes empresarios industriales y grupos militares con intelectuales ligados al pensamiento social católico y al nacionalismo. Por diversas razones, todos ellos coin- cidían en una política de industrialización intensificada, proteccionismo y producción de bienes que sirvieran para la defensa nacional, especialmente cuando el Brasil estaba adquiriendo ventajas en base a su alianza con Estados Unidos.9 Esta convergencia de intereses económicos, actitudes profesionales, ideologías y temores sentó las bases para el reclutamiento de la elite política que llevó a Perón al poder, y que tuvo en el Grupo de Oficiales Unidos (GOU) su expresión militar desde comienzos de 1943. En esta elite política los elementos más visibles fueron los militares, los intelectuales nacionalistas, ciertos sectores del clero y algunos dirigentes políticos, y en una segunda etapa dirigentes de los sindicatos. En el conjunto, los industriales no fueron tan evidentes, aunque hubo algunos que alcanzaron prominencia, desde temprano, como el textil Rolando Lagomarsino (miembro del Instituto de la Unión Industrial) y más tarde el metalúrgico Miguel Miranda (también activo en ese instituto).10 Sin embargo la directiva de la Unión Industrial patrocinó, en 1945, a los candidatos de la Unión Democrática. Tan es así que esto llevó a muchos observadores a afirmar que no hubo una participación de la bur- guesía industrial en la iniciación de la coalición peronista sino todo lo contrario. Alain Rouquié, por ejemplo, así lo señala, adjudicando a la izquierda nacionalista y a ciertos grupos marxistas esa tesis, a su juicio no fundamen- tada en los hechos. Incluso Rouquié ejemplifica la paradoja al constatar que el candidato continuista del gobierno conservador, apoyado por los intereses agrarios y emblema de aquello contra lo cual se levantó el peronismo, Robustiano Patrón Costas, era un fuerte industrial, y necesitado de protección, como azucarero que era.11 Si un 7 Instituto Bunge, op. cit., pp. 37, 154, 176 y 200-204. 8 Intervención Federal en la Provincia de Tucumán, Causas y fines de la Revolución Libertadora del 4 de junio. Nueve meses de gobier- no en la provincia de Tucumán, Tucumán, 1944, pp. 72 y 145; el doctor Alfredo Labougle, vicerrector de la Universidad de Buenos Aires y luego director del Instituto de la UIA, en su conferencia del 14 de julio de 1943, apenas producido el golpe militar, aprovecha la oportunidad para solidarizarse con el teniente general Pedro P. Ramírez (presidente de facto), quien ya en 1930 había señalado la caducidad de la Ley Sáenz Peña en un país “con 40 % de analfabetos”. Agregaba Labougle que no era previsible que viniera mucha gente de Europa, después de la guerra, porque allá querían retener a los honestos, y “basta ya de tantos malos elementos que se han filtrado” (Las industrias argentinas en el pasado, presente y porvenir, Buenos Aires, UIA, 1943, pp. 33-34 y 62). 9 Mario Rapaport, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas: 1940-1945, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1981; Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1983. 10 Respecto del apoyo empresarial al peronismo, véase Judith Teichman, “Interest Conflict and Entrepreneurial Support of Perón”, en Latin American Research Review, 1981; Eduardo Jorge, Industria y concentración económica, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971; Mónica Peralta Ramos, Etapas de acumulación y alianzas de clases en la Argentina, 1930-1970, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972; Respecto del GOU, Robert Potash, Perón y el GOU, Buenos Aires, Sudamericana, 1984; y El ejército y la política en la Argentina, 3 vols., Buenos Aires, Sudamericana, 1994. 11 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 1981-1982, p. 16. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 107.
    213212 Para volver auna anécdota familiar, les diré que en el año 1958 el presidente Arturo Frondizi les dijo a los dirigentes de SIAM, entre los cuales estaba mi hermano Guido, que quería que el país tuviera una industria automotriz. Ya estaba la IKA norteamericana, y quería que se estableciera la FIAT, y que la SIAM también hiciera su aporte. Otras empresas no podrían entrar, lo cual sería una gran oportunidad de crecimiento para el pelotón seleccionado y, si se toman los ejemplos asiáticos –donde esas decisiones se toman en las casas de té y luego se cumplen– sería también bueno para el país. Lo que ocurrió entre nosotros es bien conocido, y a los tres años había ya no tres sino veintitrés empresas dedicadas a ese rubro, principalmente extranjeras. Hay que estudiar la experiencia internacional para evaluar cuáles son los componentes políticos de un proceso de industrialización, sobre todo cuando se trata del primer empuje, que nosotros deberíamos haber tenido y que ha fracasado, pero los fracasos pueden superarse. Hablando de fracasos, veamos el caso de Alemania: es un país exitosísimo, pero ¿cuánto les costó? ¿Cuánto les costó a los europeos que son tan civilizados, civilizarse? Les costó 50 millones de muertos, entonces yo les dijo, no vengan a darnos tantas lecciones, vamos a aprender de ustedes pero no nos hablen como si fueran el cura que está ahí arriba dando el sermón. Esos países, sobre todo en Europa, constituyen sin duda un gran ejemplo de experiencia y de cómo se han recuperado de la carnicería no sólo de la Segunda sino también de la Primera Guerra Mundial. Menos mal que mi padre se salvó, y yo no sé si no habrá matado a un par de austríacos, o salvándose por poco de correr igual suerte a sus manos. Esos desastres han quedado muy marcados en la memoria de esos países. En la nuestra, la de América Latina, no tenemos nada parecido a eso, aunque por supuesto han sucedido cosas gravísimas, incluyendo los millones que mueren de hambre o de enfermedades producidas por la miseria. Éste es mi aporte a la serie de debates organizados por el Ministerio de Defensa, además de brindarles algunas anécdotas personales que tienen algo que ver con el tema. En definitiva, que la vinculación entre los sec- tores industriales y los militares es muy importante históricamente, así como lo ha sido la relación militar y sindical, que justamente Perón en cierto momento trató de incorporar a un proyecto de desarrollo nacional. Las evoluciones y avatares de estas conexiones deben ser estudiadas desapasionadamente, teniendo en cuenta que conocer el pasado es esencial para entender nuestro presente, y prepararnos para el futuro sin repetir los errores cometidos. BIBLIOGRAFÍA CARDOSO, Fernando Henrique, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes: Argentina y Brasil, México, Siglo XXI, 1971. ESCUDÉ, Carlos, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1983. GERCHUNOFF, Pablo y Lucas Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas, Buenos Aires, Ariel, 2003. JORGE, Eduardo, Industria y concentración económica, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971. LUNA, Félix, Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1978. PERALTA RAMOS, Mónica, Etapas de acumulación y alianzas de clases en la Argentina, 1930-1970, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972. POTASH, Robert, Perón y el GOU, Buenos Aires, Sudamericana, 1984. ______________, El ejército y la política en la Argentina, 3 vols., Buenos Aires, Sudamericana, 1994. RAPAPORT, Mario, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas: 1940-1945, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1981. ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, tomo 2, Buenos Aires, Emecé, 1981-1982. SAROBE, José M., Política económica argentina, Buenos Aires, UIA, 1942. SCHVARZER, Jorge, La industria que supimos conseguir. Una historia política y social de la industria argentina, Buenos Aires, Planeta, 1996. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA TORCUATO DI TELLA - Industria, Fuerzas Armadas y peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 108.
    215 A partir de1930, cuando un golpe castrense exitoso derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, el poder militar se proyectó como uno de los protagonistas centrales del sistema político argentino.1 Desde entonces, las Fuerzas Armadas se fueron convirtiendo, poco a poco, en verdaderos sujetos de poder, en actores que contaban con un alto y creciente grado de autonomía política y de corporativización institucional dentro del escenario nacional. Su intervención política tuvo variadas modalidades de expresión que abarcaron desde el ejercicio de formas de arbitraje en las pujas políticas partidarias y sociales hasta el posicionamiento como factor de poder de fuerzas políticas locales o como grupo de presión contra sectores políticos y gubernamentales adversos. Tal como se apreció durante los años treinta y, en particular, durante el interregno dado entre el golpe militar del 4 de junio de 1943 y la asunción de Juan Domingo Perón como presidente constitucional en 1946, las Fuerzas Armadas y, en particular, el Ejército, aún cruzado por numerosos conflictos y disputas internas, se limitó, más bien, a intervenir en procura de encontrar una salida política auspiciosa a corto plazo, conformando gobiernos militares de carácter provisorios y orientativos. Se trató de experiencias en las cuales el poder castrense intentó direccionar, orientar y condicionar el proceso político local,2 constituyéndose así en agentes de arbitraje de las disputas políticas, pero no de ejercicio directo y permanente del poder gubernamental. Esta impronta quedó claramente expresada durante el gobierno militar iniciado en junio de 1943. El entonces coronel Perón, hombre clave del núcleo castrense que ejerció el poder hasta las elecciones de 1946, se desempeñó como secretario de Trabajo y Previsión y como ministro de Guerra y, desde esos organismos, desarrolló lo que Ernesto López denominó un “manejo coyuntural” del Ejército tendiente a proyectarlo como instrumento de reorganización del sistema político y del Estado, apuntando a producir una redefinición política en el marco de una fuerte alianza entre dicha fuerza y los sindicatos.3 Este proceso no estuvo exento de virulentas confrontaciones desatadas en el interior de esa fuerza. La impronta popular que Perón le infringió a su proyección política desde la estructura del gobierno militar fue resistida tanto por algunos de sus camaradas del Ejército –básicamente, del arma de caballería– como por la 1 Véanse Robert Potash, El Ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, 2 tomos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985; Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 2 tomos, Buenos Aires, Emecé, 1994. 2 Este tipo de régimen militar es coincidente con el “modelo moderador” de relaciones cívico-militares conceptualizado por Alfred Stepan en Brasil: los militares y la política, Buenos Aires, Amorrortu, 1972. 3 Ernesto López, “El peronismo en el gobierno y los militares”, en José Enrique Miguens y Frederick Turner, Racionalidad del peronismo, Buenos Aires, Planeta, 1988. Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955) MARCELO FABIÁN SAÍN UNQ / UTDT 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA 5 CAPÍTULO
  • 109.
    217216 Así, la defensanacional era conceptualizada como el esfuerzo desarrollado por el país en función de hacer frente a situaciones conflictivas derivadas de agresiones militares de origen externo, esto es, agresiones contra el territorio nacional llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas de otros países. Las Fuerzas Armadas locales constituían apenas el instrumento militar de tal esfuerzo. Pues bien, en el marco de estos parámetros conceptuales, era central que la Argentina alcanzara un mayor nivel de autonomía respecto de los recursos estratégicos vitales para sostener un esfuerzo de guerra, par- ticularmente en todo lo relativo a la industria de base y, en su marco, a la producción de acero, petróleo y carbón, así como también en lo relativo a la producción y provisión de armamentos militares. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el consecuente cierre de los mercados internacionales y la reorientación de la producción industrial de los países desarrollados, imposibilitó a la Argentina el acceso concreto a recursos estra- tégicos y al mercado de armas; lo que colocaba a las Fuerzas Armadas locales frente a una virtual carencia de ele- mentos básicos en el corto plazo y producía serios obstáculos para el desarrollo de un hipotético esfuerzo de guerra de corte convencional durante un lapso extendido de tiempo. Esta vulnerabilidad de base y defensiva ya era vista con preocupación por los militares que llegaron al gobierno tras el golpe de 1943.7 El coronel Perón era consciente de la vulnerabilidad argentina en materia de defensa nacional. Por ello, entre los postulados centrales de la DDN se incluía la existencia de un Estado que adoptara un papel protagónico y dinámico en la planificación, explotación y control de los recursos humanos y materiales fundamentales para un desarrollo nacional autónomo y, en su interior, para un esfuerzo de guerra. Para ello era central lograr un sostenido proceso de industrialización –en especial, de industrialización pesada– y conseguir una autosustentación econó- mica. En el contexto de la DDN, se postulaba un modelo de desarrollo industrial autónomo en el mayor grado posible ya que, para Perón, el “problema industrial” constituía el “punto crítico de nuestra defensa nacional”.8 En este marco doctrinal, las Fuerzas Armadas constituían instancias básicas del desarrollo nacional, adjudicándoles tareas productivas de envergadura en el área siderúrgica y petroquímica. La Dirección General de Fabricaciones Militares creada en 1941 bajo la orientación del general Manuel Savio recibió un sostenido impulso en el marco del denominado Primer Plan Quinquenal (1947-1952), del que posteriormente se conformó la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA). Del mismo modo, fue notable el grado de reequipamiento sostenido que tuvieron las Fuerzas Armadas y, en especial, el Ejército, el que mediante la incorporación de blindados y uni- dades motorizadas, la modernización organizativa y la adquisición de nuevos sistemas de armas modernas, alcanzó un amplio despliegue territorial y profesional. Ahora bien, un paso fundamental para la institucionalización de estos criterios doctrinales estuvo dado por la promulgación en 1948 de la primera Ley de Defensa Nacional existente en el país, es decir, la primera ley que reguló la organización institucional necesaria para hacer frente a eventuales situaciones de guerra. En efecto, el 1º de septiembre de ese año, la Cámara de Senadores de la Nación sancionó la ley 13.2349 destinada a la “organización de la Nación en tiempo de guerra las que serán adoptadas en tiempo de paz”. Dicha ley reguló exclusivamente todo lo atinente a la dirección de la guerra, la organización territorial en tiempo de guerra, la defensa interior en tiempo de guerra y las requisiciones para la defensa nacional. Con relación a la dirección de la guerra, la ley le fijó al presidente de la Nación, en su carácter de jefe supremo de la Nación, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y presidente del Consejo de Defensa Nacional (CODENA), la “responsabilidad superior de la preparación, organización y dirección de la defensa nacional” (art. 1º). El conjunto de “previsiones necesarias para la organización de la Nación en tiempo de guerra” debía ser adop- tada en tiempo de paz de acuerdo a las directivas fijadas por el CODENA, mientras que a los ministerios o secre- tarías de Estado le correspondía la preparación y ejecución de las medidas destinadas a la aplicación de aquellas previsiones (art. 2º). De este modo, luego del presidente de la Nación, el CODENA se constituyó en la instancia de conducción y organización superior más importantes en materia de defensa nacional y, particularmente, en la 7 Además, la tradicional tendencia de la política exterior argentina de rechazo y confrontación con los lineamientos proyectados por Estados Unidos hacia la región, sumado a la actitud neutralista seguida por nuestro país desde el estallido de la contienda bélica mun- dial, colocó a la Argentina como una amenaza para los intereses políticos norteamericanos en América Latina. El virtual embargo eco- nómico decretado por Estados Unidos contra la Argentina, sumado al permanente hostigamiento político-diplomático y a la exclusión de la asistencia militar estadounidense –e incluso a la amenaza militar indirecta–, afectó severamente el desarrollo de las instituciones militares locales y minó la posición argentina en el marco de la concepción de guerra vigente en ese momento y en el contexto de balance de poder subregional. 8 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional…”, op. cit., p. 44. 9 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 10 de septiembre de 1948. Marina, dos sectores que en 1945 intentaron desarticular dicha proyección a través del encarcelamiento del polé- mico pero cada vez más popular Coronel. Ellos expresaban, además, el fuerte rechazo que Perón despertaba entre los partidos políticos tradicionales, desde los conservadores hasta los comunistas y radicales. Vale decir, Perón no expresaba al conjunto de las Fuerzas Armadas ni del sistema partidario argentino, pero sí a aquel sector compuesto por sindicatos y dirigentes laboristas, socialistas y anarco-sindicalistas que a partir del 17 de octubre de ese año se impuso a través de una incontenible movilización popular. Así, estas pujas apuntalaron la participación política de los militares y reforzaron aquella pauta de arbi- traje que ya había sido puesta de manifiesto a comienzo de los treinta. Como lo señaló López, “Perón operó políti- camente desde su respaldo en la institución castrense” y, “mediante la alianza del Ejército con los sindicatos y, más tarde, con la constitución de un partido político”, consiguió participar y triunfar en las elecciones de febrero de 1946. El Ejército fue, entonces, el escenario principal en el que se dirimió la correlación de fuerzas político-castrense desatada en 1945 entre peronistas y antiperonistas y fue el ámbito desde donde Perón conformó la organización política que lo llevó a la presidencia de la Nación. Sin embargo, una vez iniciado su mandato presidencial, Perón postuló un nuevo papel político para los uniformados y propuso una relación “mediada, no directa” entre las Fuerzas Armadas y el sistema político, esto es, una relación asentada en la subordinación militar a los poderes constitucionales.4 El marco conceptual e institucional en cuyo contexto Perón estructuró su vínculo con las Fuerzas Armadas giró en torno de lo que se dio en llamar Doctrina de la Defensa Nacional (DDN). Este cuerpo doctrinal venía siendo sistematizado por Perón desde 1944 y había sido expuesto en numerosas conferencias y eventos públicos. Se sustentaba, por un lado, en una visión convencional y limitada de la guerra, la que, en proyección, contemplaba la posibilidad de confrontaciones bélicas locales con los países vecinos, en particular con Chile y con el Brasil. Con Chile existían cuestiones limítrofes irresueltas y con el Brasil, la Argentina mantenía una manifiesta rivalidad por el predominio político-militar en el área de América del Sur. Desde los años treinta, estas dos hipótesis de conflicto de carácter vecinal configuraban los parámetros predominantes en torno a los cuales se organizaron y desplegaron las Fuerzas Armadas argentinas. Por otro lado, la DDN también suponía una visión total de la guerra. En una conferencia brindada en 1944 acerca del significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar, Perón indicó que aquella no configura una esfera de la vida nacional restringida únicamente a las Fuerzas Armadas de un país, sino que compro- metía a “todos sus habitantes, todas las energías, todas las riquezas, todas las industrias y producciones más diversas”. En ese marco, dijo que las Fuerzas Armadas no eran más que “el instrumento de lucha de ese gran conjunto que constituye la ‘Nación en armas’”. Un país en lucha puede representarse con un arco con su correspondiente flecha, tendido al límite máximo que permite la resistencia de su cuerda y la elasticidad de su madero, apuntando hacia un solo objetivo: ganar la guerra. Sus fuerzas armadas están representadas por la piedra o el metal que constituye la punta de la flecha; pero el resto de ésta, la cuerda y el arco, son la Nación toda, hasta la mínima expresión de su energía y poderío […]. La defensa nacional de la patria es un problema integral, que abarca totalmente sus diferentes actividades; que no puede ser improvisada en el momento en que la guerra viene a llamar a sus puertas, sino que es obra de largos años de constante y concienzuda tarea; que no puede ser encarada en forma unilateral, como es su solo enfoque por las fuerzas armadas, sino que debe ser establecida mediante el trabajo armónico y entrelazado de los diversos organismos del gobierno, instituciones particulares y de todos los argentinos, cualquiera sea su esfera de acción; que los problemas que abarca son tan diversificados, y requieren conocimientos profesionales tan acabados, que ninguna capacidad ni intelecto puede ser ahorrado.5 De acuerdo con esta visión de “guerra total”, Perón asumía que, desatado un enfrentamiento bélico y dados los avances de la tecnología militar, la totalidad de los recursos humanos y materiales de un país así como sus fuerzas productivas nacionales debían comprometerse –y ser organizadas por el Estado– en el sostenimiento del esfuerzo bélico militarmente consumado por sus Fuerzas Armadas.6 4 Ibid. 5 Juan D. Perón, “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en Perón y las Fuerzas Armadas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1982, pp. 35-36 y 51. 6 Véase Ernesto López, “Doctrinas Militares en Argentina: 1932-1980”, en Carlos Moneta, Ernesto López y Alberto Romero, La Reforma Militar, Buenos Aires, Legasa, 1988. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA MARCELO FABIÁN SAÍN - Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 110.
    219218 comprende todo elterritorio nacional que no haya sido declarado zona de operaciones y en ellas las autoridades civiles nacionales, provinciales y municipales mantendrían sus jurisdicciones y atribuciones típicas de tiempos de paz (art. 17). Posteriormente, la ley 13.234 establece un conjunto de previsiones referidas a la defensa antiaérea en la zona del interior y establece un conjunto de prescripciones relativas a la “vigilancia y defensa antiaérea terri- torial pasiva”. También regula el Servicio Civil de Defensa Nacional definiendo a éste como “el conjunto de obli- gaciones que el Estado impone a sus habitantes no movilizados para el servicio militar a los efectos de contribuir directa e indirectamente a la preparación y sostenimiento del esfuerzo que la guerra impone a la Nación”. Dicho servicio debía ser decretado por el Poder Ejecutivo Nacional y su preparación estaría a cargo del CODENA. Finalmente, la mencionada ley establece un conjunto de extensas regulaciones acerca de las requisi- ciones en tiempo de guerra, comprendiendo los servicios personales y de sindicatos, las sociedades y asociaciones de todo género, la propiedad y el uso de los bienes muebles, inmuebles y semovientes, las patentes de invención y las licencias de explotación que resulten necesarios para la defensa nacional. Pues bien, la ley 13.234 dejó en manos del presidente de la Nación la conducción superior y centralizada del esfuerzo nacional en tiempo de guerra y de la preparación de dicho esfuerzo en tiempo de paz. Reflejando, asimismo, los parámetros básicos de la DDN claramente sintetizada por el peronismo, dicha norma no restringía la guerra al conjunto de operaciones bélicas llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas, sino que comprometía al sistema político, administrativo, económico y social del país. No se estableció en ella el papel institucional de las Fuerzas Armadas ni fijó sus instancias de conducción, ni sus funciones y misiones o su estructura orgánico-funcional. Estos aspectos quedaron regulados en otras normas. Tampoco se conceptualizó en ella a la defensa nacional, aunque, a partir de su contenido y del marco doctrinal en el que se concibió, quedaba claro que ella englobaba el esfuerzo nacional necesario para hacer frente a agresiones militares externas, esto es, agresiones producidas por las Fuerzas Armadas de otro Estado. En cambio, en ella se fijó la estructura de gobierno, de gestión y operativa necesaria a los fines de la defensa nacional en tiempo de paz y de guerra. Para esto, por cierto, se le reservó al CODENA la responsabilidad institucional máxima en la preparación y coordinación del esfuerzo nacional defensivo, en asis- tencia del presidente de la Nación. Todo ello, en definitiva, convirtió a la ley 13.234 en una norma precursora en la materia tanto a nivel nacional como regional. Esta institucionalidad se completó con la creación en 1949 del Ministerio de Defensa Nacional. Esto daba cuenta de otro aspecto básico de la DDN dado por la postulación de la pauta de estricta subordinación militar a las autoridades gubernamentales, esto es, el sostenimiento de un profesionalismo militar políticamente pres- cindente. Dicho profesionalismo debía conllevar una estructura institucional de conducción gubernamental sobre las Fuerzas Armadas y a ello apuntó esta importante medida. En efecto, en junio de ese año, se sancionó y pro- mulgó la ley 13.52912 mediante la cual se establecieron los ministerios de Estado y sus competencias. En ella, al Ministerio de Defensa Nacional se le fijaron importantes funciones en lo atinente a la conducción y coordinación de los asuntos referidos a la defensa nacional y de las fuerzas militares. En lo atinente al papel institucional de las Fuerzas Armadas, en el marco del esquema normativo e institucional descrito, se les adjudicaba a éstas el papel central de constituir los instrumentos castrenses de la defensa nacional, sin injerencia alguna en tareas relativas a la seguridad interior, más allá de las establecidas en la propia Constitución Nacional. El mantenimiento del “orden y la seguridad pública” eran tareas prioritarias de las fuerzas de seguridad y cuerpos policiales federales, tales como la Policía Federal Argentina, la Gendarmería Nacional y la Prefectura Nacional Marítima. La conducción orgánico-funcional de estas fuerzas y de las policías provinciales con relación a la seguridad federal era una responsabilidad del Ministerio del Interior. Según lo dis- puesto en la ley 14.071,13 promulgada en noviembre de 1951, la armonización de las tareas policiales nacionales y provinciales en lo atinente al mantenimiento del orden y la seguridad pública, las disposiciones legales y nor- mativas necesarias para ello, la orientación de las actividades de dichas fuerzas, el estudio y la proposición de los planes y funciones de las diversas policías y el intercambio de información entre ellas, eran funciones del Consejo Federal de Seguridad presidido por el Ministro del Interior. Es decir, en este esquema institucional había una clara diferenciación funcional entre la defensa nacional y la seguridad interior y entre las Fuerzas Armadas y las fuerzas de seguridad y policiales. 12 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 15 de julio de 1949. 13 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 13 de noviembre de 1951. organización nacional para la guerra. Se le otorgó la responsabilidad de establecer “las medidas tendientes a pasar de la organización del país en tiempo de paz a la organización para tiempo de guerra” y de emitir las orien- taciones necesarias a todos los organismos del Estado en todo lo relacionado con la movilización de las Fuerzas Armadas; la organización de la defensa civil, la seguridad interior y el funcionamiento de la administración y de los servicios públicos; el aseguramiento del ritmo de trabajo intensivo en todos los órdenes de la producción, el comercio y la industria; y, finalmente, la creación de los organismos necesarios para planificar, coordinar y dirigir el aprovechamiento del potencial de guerra de la Nación (art. 3º). Para ello, el CODENA debía fijar, en tiempo de paz, las atribuciones y responsabilidades de cada ministerio o secretaría de Estado en la “preparación del país para la guerra” y en la “movilización y utilización de las personas y recursos concerniente a cada rama de la admi- nistración pública” y de las actividades privadas (art. 7º). La movilización de las Fuerzas Armadas y de todos aquellos recursos correspondientes a los ministerios civiles debía ser ejecutada por los respectivos organismos militares o civiles, pero siguiendo la orientación y los planes aprobados por el CODENA (arts. 8º y 9º), para lo cual debía esta- blecer, en tiempo de paz, las prioridades para la utilización de las personas y recursos según las necesidades de las Fuerzas Armadas y de los ministerios civiles y debía disponer y utilizar todas “las fuerzas de que dispone la Nación, los establecimientos destinados a la fabricación del material de guerra, la movilización industrial, la dis- tribución de la mano de obra y las materias primas, y todo lo concerniente al abastecimiento general para las tropas, población civil y las necesidades de la producción económica” (art. 10). El CODENA se componía del conjunto de los ministros del Poder Ejecutivo y las resoluciones tendientes a resolver “los problemas fundamentales que atañen a la organización general de la Nación para la guerra” debían ser tomadas en su seno en acuerdo general de ministros. Había sido creado el 20 de septiembre de 1943 por acuerdo general de ministros y bajo la inspiración del coronel Perón. A través de los decretos-leyes 9.330/43 y 13.939/4410 –el primero de ellos era de carácter secreto–, se le fijaron como principales misiones en tiempo de paz las de determinar la correlación entre la política internacional y la preparación de todas las fuerzas del país para hacer frente a las necesidades de la defensa nacional; impartir a los diferentes organismos y ramas del gobierno nacional las directivas generales para la preparación y ejecución de la defensa nacional, sin intervenir en la disposición de las propias Fuerzas Armadas; armonizar las potencialidades del país con relación a su posición internacional y a los factores que influyen sobre el desarrollo nacional; y estudiar y evaluar los proyectos de leyes relativos a la organización defensiva del país y a las situaciones de emergencia en caso de guerra. En tiempo de guerra, se le sumaban la función de intervenir en la dirección superior de la guerra y los grandes problemas deri- vados de la misma, sin inmiscuirse en las operaciones militares. La ley 13.234 convalidó ambas normas y las fun- ciones del CODENA allí establecidas.11 La conducción de la guerra en sus aspectos político-militares competía “directamente” al presidente de la Nación, para lo cual éste debía ser asistido por el Gabinete de Seguridad Exterior o Gabinete de Guerra, pre- sidido por el ministro de Relaciones Exteriores y compuesto por los secretarios de Relaciones Exteriores, de Guerra, de Marina y de Aeronáutica (art. 11). A los efectos de la conducción de la guerra y de la coordinación de las fuerzas militares, dicho gabinete debía ser asistido por el Estado Mayor de Coordinación, compuesto por jefes y oficiales de los Estados Mayores de las tres fuerzas castrenses (art. 12). Asimismo, en caso de guerra, el presi- dente de la Nación designaría un Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas encargado de la dirección integral de las operaciones con la asistencia del Estado Mayor de Coordinación (art. 13). También se organizó un Gabinete de Seguridad Interior, presidido por el ministro del Interior y com- puesto por los secretarios de Justicia e Instrucción Pública, de Obras Públicas y de Salud Pública, y encargado de coordinar los problemas relativos al “frente interno de la Nación en guerra”. Y, finalmente, se conformó un Gabinete de Seguridad Económica, presidido por el ministro de Hacienda y compuesto por los secretarios de Agricultura, Comercio e Industria y de Trabajo y Previsión, y encargado de la coordinación de “los problemas de los abasteci- mientos, la producción, el comercio y las finanzas” (art. 11). En tiempo de guerra, el país sería dividido en Zonas de Operaciones terrestres, navales o aéreas, y en Zona del Interior (art. 14). En las primeras, un Comando Superior castrense ejercerá la autoridad total del gobierno militar, civil y administrativo, subordinando inclusive a las autoridades civiles de dichas zonas (art. 15). La segunda 10 Publicada en Boletín Oficial, Buenos Aires, 5 de junio de 1944. 11 Horacio Ballester, “El ordenamiento de la defensa nacional. La ley 13.234 de organización de la Nación para tiempo de guerra”, en Leopoldo Frenkel (comp.), El justicialismo. Su historia, su pensamiento y sus proyecciones, Buenos Aires, Legasa, 1984, p. 338. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA MARCELO FABIÁN SAÍN - Defensa Nacional y Fuerzas Armadas. El modelo peronista (1943-1955) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 111.
    220 Ahora bien, enlo relativo a las relaciones cívico-militares, la relativa estabilidad político-institucional lograda durante los primeros años del primer gobierno peronista (1946-1952), estabilizada y ciertamente asentada en una marcada profesionalización de las fuerzas militares, se comenzó a resquebrajar a fines de 1951 a partir del levantamiento militar encabezado por el general (R) Benjamín Menéndez y del que formaron parte numerosos jefes y oficiales que, hacia 1955, formarían parte del grupo que protagonizó el derrocamiento del gobierno pero- nista y el inicio de la llamada Revolución Libertadora (1955-1958). BIBLIOGRAFÍA LÓPEZ, Ernesto, “El peronismo en el gobierno y los militares”, en José Enrique Miguens y Frederick Turner, Racionalidad del peronismo, Buenos Aires, Planeta, 1988. ________________, “Doctrinas Militares en Argentina: 1932-1980”, en Carlos Moneta, Ernesto López y Alberto Romero, La Reforma Militar, Buenos Aires, Legasa, 1988. PERÓN, Juan D., “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”, en Perón y las Fuerzas Armadas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1982. POTASH, Robert, El Ejército y la política en la Argentina, 1962-1973, 2 tomos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985. ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 2 tomos, Buenos Aires, Emecé, 1994. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 112.
    223 Con el objetivode establecer la hegemonía del catolicismo como principio organizador de la sociedad, el ascenso del peronismo había sido percibido por algunos actores de la Iglesia católica como la posibilidad de acercamiento –implementando los aparatos de Estado– a diferentes grupos sociales, en particular, a los sectores populares de los que se sabía particularmente alejada.1 La posibilidad de un acercamiento entre la institución eclesiástica y los gestores del naciente peronismo se abrió a partir de dos consideraciones. En primer lugar, el general Perón era considerado como el “candidato” del Ejército, con el que la Iglesia había establecido una fluida relación desde los años treinta a partir del temor compartido a la amenaza del comunismo y de la progresiva identificación entre catolicismo y nacionalidad.2 En segundo lugar, la posibilidad de un acuerdo radicaba en el amplio arco de coincidencias que presentaban sus proyectos de sociedad. Tanto la doctrina social de la Iglesia como el peronismo reconocían la realidad de los conflictos sociales y proponían su superación a través de una conciliación de clases en la que el Estado jugaba un papel central, tanto en el rol de mediador como implementando una política redistributiva definida como “justicia social”. Dentro de esta perspectiva, el peronismo podía ser considerado como una eficaz barrera contra el comunismo. En esta línea, en noviembre de 1945, una Pastoral Colectiva del Episcopado fue considerada, sin dema- siado margen de error, como la condena a la Unión Democrática –a la que se percibía como peligrosamente cercana a los temidos Frentes Populares– y el explícito apoyo a la candidatura de Perón. Sin embargo, este apoyo no dejó de producir reticencias dentro de las mismas filas eclesiásticas. Por un lado, Perón distaba de ser el ideal de “militar católico”. Su pública convivencia con una joven actriz y su afición por ciertos cultos esotéricos eran vistos con des- confianza. Por otro lado –y era mucho más alarmante– se encontraba el excesivo “obrerismo” de las políticas que había desarrollado el candidato. De un modo u otro, la Iglesia no tenía demasiadas opciones y se esperaba alejar los peligros: sólo era necesario, según la expresión del presbítero Virgilio Filippo, “cristianizar al peronismo”. 1 La ruptura entre el catolicismo y los sectores populares era reconocida explícitamente: “si hay dos términos sociales opuestos, si hay dos sectores que se han declarado una guerra implacable, son sin duda, el capital y el trabajo. Ahora bien, todo el mundo sabe que el obrero ha aliado en su mente el capital con la Iglesia, de suerte que el abismo que separa al capital del trabajo es el mismo que separa a los trabajadores de la Iglesia” (monseñor Emilio Di Pasquo, “Conferencia en las Jornadas de Vocaciones Sacerdotales”, en Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, abril de 1946, p. 307). 2 Loris Zanatta, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, Bernal, UNQ, 1996; Perón y el mito de la Nación católica, Buenos Aires, Sudamericana, 1999. Hacia 1955: la crisis del peronismo SUSANA BIANCHI UNICEN 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA 5 CAPÍTULO
  • 113.
    225224 El tema dela familia ocupó un lugar central en la preocupación de la Iglesia católica por el avance del “estatismo” en áreas privadas. En rigor, catolicismo y peronismo compartían una misma concepción de la vida familiar. Más aun, el núcleo familiar se transformó en el eje articulador de numerosas políticas redistributivas del peronismo. Además, en un país con baja densidad demográfica, el peronismo impulsó políticas de protección a la natalidad, asistencia a la madre y al niño, severa represión del aborto, regulación de las actividades extrado- mésticas de las mujeres. Si bien estas políticas reforzaban una concepción afín al catolicismo, no dejaban de des- pertar las desconfianzas eclesiásticas ante lo que se consideraba una injerencia excesiva del Estado. Se consideraba que “lo que se persigue es una negación de la familia” o por lo menos “una familia sin padre ya que el esposo ha sido sustituido por el Estado”.10 Los conflictos en torno a la familia tuvieron sus puntos más críticos en el proyecto gubernamental de conceder a la concubina los derechos previsionales al fallecimiento del titular (1946), en la reforma del Código Civil que reemplazaba la denominación de “hijos adulterinos e incestuosos” por la de “hijos naturales” (1946) y en la Ley de Equiparación de Hijos Legítimos e Ilegítimos (1952).11 Es cierto que la presión eclesiástica frenó muchos proyectos, sin embargo constituían señales de los límites que se imponían. De este modo, a comienzos de 1948, se publicaba un documento titulado “Todo lo que el Estado debe asegurar a la Iglesia”. Entre las garantías que se exigían figuraban precisamente “aquellas condiciones materiales y espirituales que favorecen la tutela de la familia cristiana”.12 La dificultad mayor para el catolicismo parecía radicar en la imposibilidad de penetrar en la fina trama del tejido social, en la imposibilidad de modelar conductas, actitudes y valores, en la dificultad para con- trolar los cuerpos. Un “hedonismo” que, según la perspectiva eclesiástica, era un “explosivo aniquilador” de los vínculos sociales que penetraba en la sociedad.13 Y el problema, también desde la perspectiva eclesiástica, era que ese “hedonismo” de la vida cotidiana estaba fomentado por las mismas políticas estatales, por el “bienestar” señalado como el objetivo deseable. “Por tener alguna virtud y cultivarla empieza la dignificación de los pueblos y no porque todos sus habitantes tengan lavarropas eléctricos, cocinas a gas, y puedan ir todas las semanas al cine y cosas por el estilo.”14 Dicho de otra manera, la redistribución de bienes materiales –la “justicia social”– implicaba una redistribución de bienes simbólicos que transformaba profundamente a la sociedad. Otro punto de conflicto se refirió al papel que las mujeres debían cumplir dentro de la sociedad, cues- tión que tanto para el catolicismo como para el peronismo estaba indisolublemente ligada al tema de la familia. El peronismo, en muchos aspectos, reforzó las ideas dominantes acerca de la posición de las mujeres dentro del núcleo familiar, con fuertes contactos con el catolicismo, desalentando todo aquello que las alejara “de su destino y su misión”. En La Razón de mi Vida, un capítulo llamado precisamente “La fábrica o el hogar” es particularmente explícito acerca de cuál debía ser la opción: Todos los días millares de mujeres abandonan el campo femenino y empiezan a vivir como hombres. Trabajan casi como ellos. Prefieren, como ellos, la calle a la casa. No se resignan a ser madres ni esposas. […] Sentimos que la solución es independizarnos y trabajamos en cualquier parte, pero ese trabajo nos iguala a los hombres y ¡no! no somos como ellos. […] Por eso el primer objetivo de un movimiento femenino que quiera hacer bien a la mujer, que no aspire a cambiarlas en hombres, debe ser el hogar.15 Sin embargo, a pesar de las coincidencias, cuestiones como el sufragio femenino y fundamentalmente la aparición de organizaciones como el Partido Peronista Femenino,16 fueron observadas con creciente descon- fianza. Se temía que la politización femenina privara al catolicismo de su tradicional influencia sobre las mujeres. 10 Juan Francisco Vidal, “Una Pastoral en defensa de la familia”, en Criterio, 13 de febrero de 1947, p. 160. 11 Eran medidas que en un país sin ley de divorcio, con numerosas uniones de hecho, intentaban adaptar la legislación a la realidad que la sociedad ofrecía. 12 Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, marzo de 1948, p. 138. 13 Gustavo Franceschi, “Por la familia”, en Criterio, Nº 1.092, 26 de mayo de 1949, pp. 259-262. 14 “Comentarios. Reflexiones de actualidad”, en Criterio, Nº 1.161, 10 de abril de 1952, p. 242. 15 Eva Perón, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Peuser, 1952, p. 15. Este libro se proyectó una vez conocido el carácter terminal de la enfermedad de Eva Perón. Presentado como una autobiografía, el texto –que fue de lectura obligatoria en los establecimientos esco- lares– estructuraba una serie de principios definidos y definitivos que permitieran suplir el discurso de Eva Perón después de su muerte. 16 Susana Bianchi y Norma Sanchís, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL, 1987; Carolina Barry, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, Longseller, 2009. Desde que Perón asumió la presidencia (4 de junio de 1943), la Iglesia católica mantuvo una fuerte presencia en el espacio público, mientras el gobierno hacía un gran despliegue de sus buenas relaciones con la jerarquía eclesiástica. Varios de los funcionarios gubernamentales provenían de las filas del laicado católico. Sin embargo, a pesar de estas manifestaciones, pronto se advirtió que “cristianizar al peronismo” no iba a ser una tarea fácil. Ya desde comienzos del gobierno de Perón, relevantes actores de la institución eclesiástica comenzaron a observar con preocupación lo que se consideraban avances del Estado sobre la sociedad civil, fundamentalmente sobre aquellas áreas que la Iglesia tenía particular interés en controlar. En esa línea, muy pronto comenzaron las denuncias sobre lo que se definía como “estatismo”. Uno de los intelectuales más destacados del catolicismo argen- tino, monseñor Gustavo Franceschi podía advertir que “De acuerdo con las enseñanzas sociales católicas siempre hemos sostenido que las organizaciones del gobierno no tienen derecho a intervenir en las actividades de las ins- tituciones privadas. Es misión del Estado ayudar pero nunca absorber plenamente al sector privado”.3 Los campos del conflicto Una de las primeras reacciones católicas estuvo vinculada a la sanción de la Ley de Asociaciones Profesionales (1946).4 La preocupación radicaba en la negativa a reconocer, según las disposiciones de la ley, a aque- llas agrupaciones sindicales constituidas en base a credos religiosos, lo que constituía el fin de todo proyecto de organizar un “sindicalismo católico”. Las protestas no fueron sin embargo demasiado insistentes. La Iglesia no parecía estar dispuesta a presentar batalla en un campo, como el sindical, en el que nunca habían tenido dema- siado éxito. Por otra parte, se consideraba que la “peronización” de los sindicatos ya constituía una barrera contra los avances del comunismo. Desde la perspectiva eclesiástica, los mayores problemas radicaban en los avances del Estado en áreas consideradas de estricta incumbencia de la Iglesia, fundamentalmente aquellas que eran perci- bidas como básicas para la implementación del proyecto que buscaba colocar a la religión como el principio orga- nizador de la sociedad: la educación, la familia, las organizaciones juveniles y femeninas, y la asistencia social.5 Dentro del campo de la educación siempre se consideró –y con razón– que la aprobación de la Ley de Enseñanza Religiosa en las escuelas públicas era indicativa del amplio espacio que el gobierno peronista otorgaba a la Iglesia católica. Sin embargo, desde el comienzo, la implementación de la ley fue objeto de múltiples conflictos jurisdiccionales: el gobierno peronista no estaba dispuesto a dejar de controlar la designación de funcionarios en la Dirección Nacional de Enseñanza Religiosa, ni de los profesores responsables de enseñar religión en las escuelas. Muy pronto, algunos católicos podían denunciar que “se trata de una educación religiosa impartida por el Estado, con sus propios maestros y bajo su propia dirección”,6 en la que la Iglesia tenía escasa incumbencia. Pero además los católicos también advirtieron los límites que se presentaban para la enseñanza reli- giosa. Uno de ellos, y no el menor, era la mala formación de los docentes responsables de dicha instrucción.7 Otro límite para el catolicismo lo constituían tanto la permanencia de contenidos “iluministas” en la enseñanza de la historia, la literatura, la filosofía que contradecían los principios religiosos, como algunas innovaciones. En efecto, la introducción de la “escuela activa”,8 la enseñanza de la higiene, el impulso a los deportes eran cuestiones que, desde la perspectiva eclesiástica, estaban demasiado centradas en lo corporal, pudiéndose por lo tanto deslizarse a terrenos vedados. En rigor, el principal obstáculo que paulatinamente se encontró fue el del mismo carácter que asumió la política educativa: los avances crecientes de la “peronización” de la enseñanza. Los textos escolares pusieron su acento en la glorificación de las obras del peronismo mientras se insistía en la comparación del general Perón con distintos personajes de la historia nacional. Dentro de esta línea fueron los principios del peronismo y no los de la religión, que quedó reducida a unas pocas horas semanales de las llamadas clases “especiales”,9 los que constituyeron la base de las políticas educativas de la “Nueva Argentina”. 3 Gustavo Franceschi, “La Sociedad de Beneficencia”, en Criterio, Nº 959, 1º de agosto de 1946, p. 112. Véase también “Comunidad, sociedad”, en Criterio, Nº 978, 12 de diciembre de 1946. 4 “La Acción Católica Argentina formula reparos al decreto sobre organización y funcionamiento de las asociaciones profesionales obreras”, en Orden Cristiano, Nº 121, primera quincena de noviembre de 1946, p. 23. 5 Susana Bianchi, Catolicismo y Peronismo. Religión y política en la Argentina, 1943-1955, Tandil, Prometeo-IHES, 2001. 6 “Reglamentación de la ley de enseñanza religiosa”, en Orden Cristiano, Nº 141, primera quincena de septiembre de 1947, pp. 67-68. 7 Gustavo Franceschi, “Después de la sanción”, en Criterio, Nº 992, 27 de marzo de 1947, p. 274. 8 Rómulo Amadeo, “La escuela activa”, en Criterio, Nº 982, 9 de enero de 1947, pp. 36-37. 9 Las clases “especiales”, como trabajos manuales o gimnasia, eran aquellas que por requerir menor concentración mental figuraban en los últimos tramos del horario escolar. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 114.
    227226 22 La Nación,16 al 30 de octubre de 1950; Gustavo Franceschi, “Comentarios. A quien me confesare ante los hombres”, en Criterio, octubre de 1950, p. 871. 23 “Pastoral Colectiva del Episcopado Argentino sobre el Espiritismo”, en Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, diciembre de 1954, pp. 469-474. 24 “Hablan varios enfermos tratados por el pastor Hicks”, en Ahora, Nº 2.187, 8 de junio de 1954; “La actuación del viernes en Huracán fue asombrosa”, en Ahora, Nº 2.189, 15 de junio de 1954; “Como arrojó las muletas un joven de Ramos Mejía” y “De todos los puntos de la República y de los países vecinos nos llegan cartas para serles entregadas a Hicks”, en Ahora, Nº 2.190, 18 de junio de 1954. 25 Gustavo Franceschi, “Libertad de cultos y apostolado católico”, en Criterio, Nº 1.218, 26 de agosto de 1954, pp. 603-604. 26 Mundo Peronista, Nº 14, 1º de febrero de 1952 27 Mundo Peronista, Nº 11, 15 de diciembre de 1951 28 Susana Bianchi, “Peronismo e Iglesia. 1954-1955: La crisis de la hegemonía”, en Criterio, Nº 2.305, junio de 2005, pp. 273-275. La Iglesia podía además contabilizar, dentro de los espacios perdidos, el de la asistencia social. Las ins- tituciones caritativas católicas no podían competir frente a la poderosa y eficaz Fundación Eva Perón que invadió el campo asistencial otorgándole un vigoroso signo político. Además la Fundación –como el Partido Peronista Femenino– era indisociable de la persona de Eva Perón que constituía una de las figuras del peronismo más irri- tantes para amplios sectores eclesiásticos: sus orígenes “ilegítimos”, su pasado poco claro, sus vinculaciones artís- ticas, su convivencia pública previa al matrimonio con Perón no eran datos menores. Además, ella había asumido un particular estilo que contrastaba con la moderación y recato que correspondían al papel de primera dama. El conflicto en el campo de la religión A partir de 1950, si bien las relaciones entre las cúpulas mantuvieron su formalidad, las manifestaciones públicas de mutuo apoyo entre la Iglesia y el Estado se redujeron notablemente. Y el conflicto alcanzó un punto de no retorno al instalarse en el mismo campo de la religión. La jerarquía eclesiástica comenzó a denunciar que, a pesar del estatuto privilegiado que el catolicismo debía gozar, el gobierno peronista había comenzado a dar un gran espacio a otras confesiones religiosas. Según se señalaba, las autoridades habían dejado de cumplir con su “deber de gobernantes” ya que debía ser su obligación “la defensa del patrimonio religioso del pueblo contra cualquier asalto de quien quisiera robarle el tesoro de su fe y de la paz religiosa”.17 Muchos aspectos del antijudaísmo católico se habían mantenido incólumes dentro del peronismo. Tanto el presbítero Virgilio Filippo –designado Adjunto Eclesiástico de la Casa de Gobierno y, desde 1948, dipu- tado nacional– como el jesuita Hernán Benítez –representante de Perón ante el Vaticano en 1947 y asesor de la Fundación Eva Perón, entre otras responsabilidades– no dudaban en emplear los términos “judío” y “sinagogal” como calificativos denigrantes.18 Otro de los ejemplos –que pueden multiplicarse– es la presencia del antropólogo católico Santiago Peralta, autor de La acción del pueblo judío en la Argentina (1943), en la Dirección de Migraciones y al frente del Instituto Étnico Nacional.19 Sin embargo, esto no fue obstáculo para que, desde 1946, Perón fuera el primer presidente argentino en saludar a la comunidad judía para sus festividades, ni para que se les otorgara asueto a los soldados judíos en esas ocasiones, ni para designar funcionarios de ese origen. Las relaciones con el Estado de Israel fueron fluidas y la Fundación Eva Perón colaboró con el envío de alimentos, medicinas y otros artículos de primera necesidad. Además –ante el sostenido antiperonismo de la DAIA– se creó la Organización Israelita Argentina por iniciativa gubernamental con un sector de la colectividad judía dispuesto a apoyar el pero- nismo,20 mientras el rabino Amram Blum era designado asesor presidencial en asuntos religiosos. Si bien estas relaciones no dejaron de perturbar a aquellos grupos católicos que desde comienzos de siglo denunciaban la inmigración judía como un atentado contra la nacionalidad, el conflicto en el campo de la religión surgió fundamentalmente a partir del avance de ciertas formas religiosas que competían eficazmente con el catolicismo dentro de los sectores populares. Y la cuestión se profundizó en la medida en que los sectores eclesiásticos consideraron que el gobierno peronista favorecía el desarrollo de las disidencias. Entre estas formas religiosas se encontraba el espiritismo, en una versión local conocida como la Escuela Científica Basilio,21 a la que el gobierno había otorgado personería jurídica y por la que Perón parecía demostrar ciertas simpatías. El primer enfrentamiento abierto entre el gobierno y sectores vinculados a la Iglesia estalló a raíz de un multitudinario acto que la Escuela Científica Basilio había organizado en el Luna Park, en octubre de 1950. El acto, convocado bajo la consigna “Jesús no es Dios” –considerada blasfema por los católicos–, fue inaugurado por la lectura de un telegrama de adhesión firmado por Perón y su esposa. Pero el desarrollo del acto se vio impre- vistamente alterado: jóvenes de la Acción Católica ubicados estratégicamente en las tribunas y en las inmediaciones del estadio provocaron un considerable tumulto. Como consecuencia, la Policía detuvo a cerca de trescientos jóvenes por alterar el orden público, mientras que el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Santiago Copello, era presionado por sus propias filas para pronunciarse a favor de los militantes católicos que habían actuado con 17 Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires, 1952, p. 349. 18 Véase, por ejemplo, Hernán Benítez, “La Iglesia y el justicialismo”, en La aristocracia frente a la revolución, Buenos Aires, s/e, 1953, p. 339. 19 Susana Bianchi, Historia de las Religiones en la Argentina. Las minorías religiosas, Buenos Aires, Sudamericana, 2004, p. 209. 20 La Nación, 21 de agosto de 1948 21 El tono y la frecuencia de los artículos que alertan a la feligresía sobre el peligro del espiritismo constituyen un buen reflejo de la pre- ocupación eclesiástica. Véase por ejemplo, El Pueblo, 23 de noviembre y 4 y 18 de diciembre de 1947; 7 y 16 de enero; 5, 10, 17 y 19 de febrero de 1948. Véase también Lila Caimari, Perón y la Iglesia católica, Buenos Aires, Ariel, 1995. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS una considerable cuota de autonomía. Pocos días más tarde llegaba al país el cardenal Ruffini, como legado papal ante el Congreso Eucarístico Nacional. Una multitud aguardó el paso de Ruffini por las calles de Buenos Aires, que lo aclamó al grito de “¡Jesús es Dios!”, lema antiespiritista que deslizó su sentido a consigna antiperonista. Quedaba claro que las manifestaciones religiosas podían tomar un sospechoso cariz antigubernamental.22 El conflicto por la difusión del espiritismo –que desde la perspectiva eclesiástica continuó y se profun- dizó–23 pronto se confundió con otra cuestión que también se ubicaba en el campo de la religión: los avances del protestantismo a través de las campañas pentecostales que, iniciadas en 1952 alcanzaron un éxito masivo en 1954. La Iglesia católica había tolerado al protestantismo de origen inmigratorio en la medida en que se mantu- viese dentro de los límites de sus propias comunidades nacionales. Pero el problema estaba en que el pentecos- talismo –con militante vocación expansiva– no sólo no estaba vinculado a ningún grupo étnico o nacional sino que encontraba sus bases de reclutamiento, como el espiritismo y el peronismo, en las mismas clases populares urbanas que se pretendía catolizar. El conflicto alcanzó su punto más alto a mediados de 1954, cuando el predicador norteamericano Theodore Hicks, que practicaba el “don de la sanidad” reunía multitudes en estadios deportivos de Buenos Aires.24 Y la causa de este éxito, según la perspectiva eclesiástica, radicaba precisamente en el apoyo que el gobierno peronista había dado a la misión pentecostal.25 Pero dentro del campo de la religión también se colocaba el principal obstáculo para la “catolización” de la sociedad: la aspiración del peronismo –más allá de los logros obtenidos en sus bases– de constituirse en una especie de peculiar religiosidad. A partir de 1951 comenzó a publicarse Mundo Peronista, revista que perseguía objetivos de consolidación ideológica en el momento en que el gobierno debía enfrentar una serie de dificultades. Desde sus páginas, el peronismo se presentaba como una “religión política,” con su propia sacralización y sus propias figuras para venerar. La enfermedad y la muerte de Eva Perón en 1952 acentuó la incorporación de una simbo- logía religiosa: rezar por ella, hacer peregrinaciones por su salud, escribirle oraciones eran conductas altamente valoradas. Sin embargo, estas actitudes no se redujeron a la figura de Eva Perón, cuya temprana muerte fue reves- tida de rasgos de martirio. Ya durante su vida desde Mundo Peronista se impulsaba la construcción de altares domésticos que debían incluir en primer lugar la figura de Perón,26 mientras la adhesión al peronismo podía ser descripta en términos, de “devoción”, “fervor” y “fe”.27 Poco espacio quedaba para el catolicismo. Desde 1950, dado el carácter monolítico que adquiría el peronismo y el estrechamiento de los canales opositores, la Iglesia comenzó entonces a perfilarse como un espacio –tal vez el único posible– de oposición. Muchas manifestaciones religiosas que incorporaron adhesiones de sospe- chosa piedad pronto fueron percibidas, sin demasiado margen de error, como manifestaciones antigubernamentales. La crisis: 1954-1955 Describir la trama del enfrentamiento entre el Estado peronista y la Iglesia católica no explica otras cuestiones: ni la forma ni el momento en que estallaron los acontecimientos que sacudieron a la Argentina entre 1954 y 1955. Es cierto que una vez desencadenada, la crisis puede explicarse, en parte, por su propia lógica, es decir, por el juego de acciones y reacciones. Empero la coyuntura del estallido no fue accidental: fueron los mismos conflictos internos que atravesaban tanto al peronismo como al catolicismo los que hicieron que la colisión fuese inevitable.28 Dentro del gobierno peronista, debido al fin del período de bonanza, la política económica había dado un fuerte giro de timón al revisar las prioridades. Lo cierto es que en su segunda presidencia parecía que Perón entraba en contradicción no sólo con los principios que había defendido sino también con los intereses de los sectores sociales que lo apoyaban. De la política distributiva –es decir, la “justicia social”– se pasaba a otra
  • 115.
    229228 etapa, donde eleje estaba puesto en la producción.29 La alternativa requería reajustes considerables. Se hacía necesario activar los mecanismos del consenso y penetrar en todos los resquicios de la sociedad, “peronizar” los espacios que se sospechaba aún permanecían ajenos y barrer con los obstáculos. También el catolicismo debía afrontar sus propios conflictos, más allá de las monolíticas imágenes construidas. La cuestión de los vínculos con el peronismo fracturaba a la cúpula eclesiástica. El tema de la rela- ción entre la Iglesia y el Estado se confundía con otras cuestiones estrictamente eclesiásticas (desde la crítica al modelo de monarquía absoluta en que se fundamentaba la institución eclesiástica hasta cuestiones de moral y ritualismo) que conmovían a cada vez más amplios sectores del clero. Muchos parecían desoír las apelaciones jerárquicas a la disciplina. En la crisis del catolicismo, las organizaciones de laicos –cuyo peso en las filas eclesiásticas argentinas siempre fue considerable– encontraban un terreno fértil para avanzar en sus aspiraciones de autonomía. En los comienzos de la crisis, fue notable la desigualdad de las fuerzas que se enfrentaron. La Acción Católica Argentina, sobre todo la sección de jóvenes varones que asumieron gran parte del protagonismo, era insignificante cuantitativamente y sus intenciones primeras no fueron tanto “atacar” o “derribar” a un peronis- mo que parecía inexpugnable como denunciar la inacción de las cúpulas eclesiásticas en la defensa de los “dere- chos de la Iglesia”, defensa de la que los laicos parecían haberse hecho los únicos responsables. Su actuación les otorgó indudable visibilidad. La Acción Católica se transformaba en un actor político, un “partido católico”,30 cuyo discurso opositor al peronismo articulaba inquietudes caras a las clases medias –de las que la mayoría de sus miembros provenía– y altas de la sociedad. En efecto, la “defensa de los derechos” de la Iglesia se confundía con otras cuestiones. El peronismo había transformado abruptamente las relaciones sociales y la misma sociedad que se pretendía “catolizar” se había vuelto irreconocible: según un colaborador de Criterio, la muchedumbre, “hato animal, recua irracional”, invadía los espacios. “El mal ha echado raíces y amenaza con la subversión total de la vida del país”.31 Si el mons- truo había salido de su guarida, según la metáfora de Donoso Cortés, la unión de la Cruz y la Espada era la única garantía del sostén de la civilización contra la barbarie. Dentro de este clima, en noviembre de 1954, Perón convocó en una reunión a funcionarios del gobierno, legisladores y representantes del Partido Peronista con el objetivo de informarles sobre el estado de la “oposición”. Pero a las reiteradas referencias a los adversarios políticos, en especial a los radicales, y a los estudiantes universitarios de la FUBA se agregaron elementos nuevos: la Acción Católica Argentina y varios miembros del clero. Entre los nombres de los sacerdotes considerados “opositores”, figuraban algunos miembros del Episcopado: Fermín Laffite, arzobispo de Córdoba; y Froilán Ferreira Reinafé, obispo de La Rioja. Indudablemente la denuncia adoptaba un claro tono amenazante. Según Perón, “Aquí hay como diez y seis mil integrantes del clero. ¿Cómo vamos a hacer una cuestión porque haya veinte o treinta que sean opositores? Es lógico que entre tantos haya algunos. ¿Qué tenemos que hacer? Hay que tomar medidas contra esa gente. Tiene razón la jerarquía eclesiástica cuando me dice que no es la Iglesia sino que son algunos curas descarriados de la Iglesia. Nosotros vamos a ayu- darlos para que los pongan en su lugar”.32 A partir de allí, los acontecimientos se precipitaron respondiendo a su propia lógica de acción-reacción. La denuncia de Perón desencadenó el mal contenido anticlericalismo de las filas sindicales. Mientras desde el diario La Prensa, controlado por la Confederación General del Trabajo, se continuaba agitando el clima –“Que los malos sacerdotes aban- donen la sotana. […] Todo el que se desmande sentirá el peso de la ley”–,33 la CGT declaraba un paro general de acti- vidades y, junto con las dos secciones del Partido Peronista, convocaba a un masivo acto en el Luna Park para reiterar su adhesión a Perón ante los “ataques católicos” (25 de noviembre de 1954). Las pancartas con las leyendas “Perón sí, curas no” o “Cuervos a la Iglesia” y el tono de los discursos fueron expresivas del carácter que asumió el acto.34 La respuesta católica al acto del Luna Park se dio en la misa del domingo siguiente, donde se debía leer una Carta Pastoral: en iglesias desbordadas por el público, los atrios se transformaron en explícitos ámbitos de oposición. 35 “Episcopado Argentino. Carta al Excmo. Señor Presidente de la Nación” (19 de noviembre de 1954), en Criterio, Nº 1.224, 25 de noviembre de 1954, p. 843. 36 “Carta Pastoral a los Cabildos Eclesiásticos, el clero diocesano y regular y a todos los fieles” (2 de noviembre de 1954), en Criterio, Nº 1.224, 25 de noviembre de 1954, pp. 844-845. 37 Ya en 1950 el reemplazo del católico Oscar Ivanissevich responsable de la cartera de educación por Armando Méndez San Martín, conocido por sus simpatías laicistas, fue un motivo de preocupación para los actores de la institución eclesiástica, quienes calificaban de “masón” al nuevo ministro. 38 La Nación, 3 de diciembre de 1954. 39 “Nota del episcopado argentino al Ministerio de Educación acerca de la ley de enseñanza religiosa” (2 de diciembre de 1954), en Criterio, Nº 1.233, 7 de abril de 1955, p. 262. 40 La Nación, 14 y 15 de diciembre de 1954. 41 La Nación, 22 de diciembre de 1954. 42 Juan T. Lewis, “El Magisterio de la Iglesia”, en Criterio, Nº 1.231, 10 de marzo de 1955. Véase también “La Iglesia del Silencio”, en Criterio, Nº 1.234, 28 de abril de 1955. 43 “Carta del Episcopado Argentino a la Acción Católica Argentina”, en Criterio, Nº 1.235, 12 de mayo de 1955. 44 En esa oportunidad, un Perón más moderado intentaba evitar mayores disturbios recomendando dirigirse “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, La Nación, 2 de mayo de 1955. 29 Pablo Gerchunoff y Damián Antunez, “De la bonanza peronista a la crisis de desarrollo”, en Juan Carlos Torre (dir.), Los años peronis- tas (1943-1955), Buenos Aires, Sudamericana, colección Nueva Historia Argentina (tomo 8), 2002. 30 También algunos grupos laicos católicos que se autodenominaban “demócratas” habían intentado organizar desde 1950 un partido político que tras innumerables fraccionamientos lograron formar –siguiendo el modelo europeo– el Partido Demócrata Cristiano en 1954 (Enrique Ghirardi, La democracia cristiana, Buenos Aires, CEAL, 1983). 31 Carlos Fernando de Nevares, “Sobre diversas manifestaciones de incultura”, en Criterio, Nº 1.115, 11 de mayo de 1950. 32 La Nación, 11 de noviembre de 1954. 33 La Prensa, 18 de noviembre de 1954. 34 La Nación, 26 de noviembre de 1954. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS Por su parte, el Episcopado, ante las denuncias formuladas por Perón, le había enviado una carta el 19 de noviembre, aún en tono conciliador que apelaba a la “relación armónica” que siempre habían mantenido.35 Sin embargo, ante la intensificación de los acontecimientos, pocos días después, dio a conocer la Carta Pastoral que debía leerse en todas las iglesias al domingo siguiente. A pesar de algunas ambigüedades –reflejo tal vez de la falta de unanimidad episcopal–, el tono ya había cambiado. Si bien se recordaba que tanto el clero como la Acción Católica no debían incluirse en pugnas políticas, también agregaba que frente a los actuales problemas “ningún sacerdote podría permanecer indiferente sino que debería asumir la defensa serena y firme de los valores eternos”. Diferenciaba de este modo, “la política” de la “defensa obligada del altar”.36 En síntesis, y tras fracasar las gestiones del Nuncio Apostólico frente al Ministerio del Interior, la guerra quedaba declarada. Desde el gobierno rápidamente las acciones se encaminaron a reducir los espacios de influencia ecle- siástica. En los primeros días de diciembre, el ministro de Educación, Armando Méndez San Martín,37 mediante una resolución suprimía la Dirección Nacional de Enseñanza Religiosa, por considerar que el sistema “resulta inadecuado, ineficaz y oneroso”,38 iniciando una serie de medidas destinadas a suprimir las clases de religión en las escuelas públicas. Las protestas del Episcopado nada hicieron para cambiar la situación.39 Más aun, la ofensiva se trasladó al Congreso. El 13 de diciembre en una prolongada sesión de la Cámara de Diputados se modificó el artículo 7º de la Ley de Matrimonio Civil. Con inusitada rapidez, al día siguiente el Senado también aprobaba la modificación. En vano el Episcopado solicitó al Poder Ejecutivo el veto de la ley: el divorcio había quedado incor- porado a la legislación argentina.40 El 21 de diciembre, en una agitada sesión, la Cámara de Diputados transfor- maba en ley un decreto que restringía las reuniones públicas. Sólo se podían realizar en lugares públicos los “actos patrióticos o de significación nacional”. Los actos religiosos debían efectuarse únicamente en lugares cerrados. Además el Poder Ejecutivo podía impedir la celebración de cualquier acto cuando “mediare peligro inminente de alteración del orden o de la tranquilidad pública, o cuando la celebración fuese contraria a los intereses del pueblo”.41 Indudablemente la Iglesia quedaba fuera del espacio público. Ya en 1955, mientras los incidentes se sucedían y las campañas de “panfletos” incentivadas desde las parroquias se acentuaban, la Iglesia procuraba infundir ánimos a sus huestes: “habrá que seguir a Pedro y a Juan cuando ante el Sanhedrín afirmaron que era justo obedecer a Dios antes que a los hombres, y sufrir con toda paciencia las persecuciones”.42 Pero también el Episcopado debía cohesionar y disciplinar a sus propias filas. Las posiciones católicas no eran unánimes y –ante la intensificación del clima– se temían predecibles desbordes de las organiza- ciones de laicos. “La Acción Católica deberá tener conciencia clara de su grave responsabilidad: su colaboración en el apostolado de la Jerarquía de la Iglesia le exige atenerse estrictamente a prestar su decidido apoyo a la Iglesia a la consecución de sus fines apostólicos, sin apartarse jamás de los mismos ni de las orientaciones que de ella reciba”.43 El 1º de mayo, en la celebración del Día del Trabajo frente a una multitudinaria concentración en la Plaza de Mayo, la cuestión de la reforma constitucional para establecer la separación de la Iglesia y el Estado –pre- sentada como una solicitud de la CGT– quedaba públicamente establecida.44 Pocos días después, la iniciativa pasaba al Congreso. Como respuesta –pese a las advertencias de la jerarquía– una manifestación de la Acción Católica recorrió las calles de Buenos Aires “gritando improperios contra las autoridades nacionales”. Después de algunas escara- muzas con la Policía, fueron detenidos diez manifestantes, incluido un seminarista. Ante lo sucedido, un comuni-
  • 116.
    231230 cado de laCGT asumía un tono claramente amenazante: “Advertimos por última vez a la reacción oligárquico clerical: si continúan los atropellos, la consigna será de casa al trabajo y del trabajo a las ratoneras en donde se preparan los atentados contra el pueblo. Y no hemos de dejar ni una cueva con vida”.45 El 13 de mayo la Cámara de Diputados derogaba la Ley de Enseñanza Religiosa culminando las iniciativas desarrolladas desde el Ministerio de Educación. Ese mismo día, se derogaba la exención impositiva que gozaban las instituciones católicas, por con- siderar que dentro de ellas había “sectores financieramente poderosos que disponen de ingentes capitales”.46 La Iglesia nuevamente quedaba identificada con la “oligarquía”. De Corpus Christi a septiembre de 1955 Mientras se aceleraba el juego de acción-reacción en una compleja escalada, el 11 de junio debía celebrarse la festividad de Corpus Christi. El ministro del Interior, Ángel Borlenghi, según la reglamentación vigente, prohibió la realización de una procesión pública: los actos debían realizarse dentro del recinto de la cate- dral de Buenos Aires. Pero la celebración convocó a una verdadera multitud –muchos de sospechosa piedad–47 que aclamando a “Cristo Rey” desbordó ampliamente la capacidad de la catedral e incluso de la Plaza de Mayo. El desafiante significado político del acto superaba ampliamente a su contenido religioso. Pronto los aconteci- mientos se volvieron ingobernables para las mismas autoridades eclesiásticas.48 Los congregados se lanzaron por las calles de Buenos Aires, apedrearon sedes de diarios oficialistas, destrozaron vidrios de edificios públicos, pin- taron consignas como “Muera Perón” y “Viva Cristo Rey” y al llegar frente al Congreso, arrancaron una placa de homenaje a Eva Perón y arriaron la bandera nacional para enarbolar la papal.49 Por supuesto la reacción gubernamental no tardó en sentirse, aunque el discurso radial de Perón ante los acontecimientos no dejaba de recomendar a sus seguidores “calma y tranquilidad”.50 También desde Criterio, sin hacer referencia explícita a los desmanes, en un artículo sobre San Francisco de Asís, se procuraba poner dis- tancia con la violencia: “Es evidente que es infinitamente más fácil y más rápido organizar lo que suele llamarse una cruzada y echar mano de la violencia, lograr algunos éxitos aparentes, que luego se transforman en derrotas verdaderas”.51 Pero ya era muy tarde. Y en la medida en que las demandas católicas coincidieron (sin ser exacta- mente idénticas) con la de las Fuerzas Armadas el conflicto adquirió su forma. Cuando en junio de 1955, los aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo, nadie dudó de la complicidad católica. El golpe fracasó por las descoordinación de las acciones pero su saldo fue una gran can- tidad de muertos y heridos52 y un estado de estupor generalizado. La reacción no se hizo esperar y esa misma noche fueron asaltados e incendiados varios templos del centro de Buenos Aires y la Curia Metropolitana. En un clima festivo se asaltaron altares, se destruyeron imágenes y archivos y en un juego carnavalesco los atacantes se vistieron con ropas sacerdotales y remediaron los gestos del rito. Quienes atacaron las iglesias pudieron moverse libremente en un amplio radio durante varias horas sin que nadie intentara detenerlos. Pronto se advirtió la gra- vedad de las consecuencias.53 Perón procuró deslindar responsabilidades, atribuyendo las culpas a los “comunistas”,54 mientras Copello deploraba las consecuencias del cruento golpe.55 Pero si éstas eran intenciones de poner paños fríos, ya era demasiado tarde: al día siguiente, la Secretaría de Estado del Vaticano daba a conocer el decreto de excomunión de Perón.56 Según recordaba un calificado testigo, para muchos católicos se presentaba una única salida: “Hasta los más escépticos comprendieron que sólo quedaba abierto el camino a la revolución”.57 55 Santiago Luis Copello, “Carta Pastoral del Arzobispo de Buenos Aires con motivo de los últimos sucesos”, en Criterio, Nº 1.239, 14 de julio de 1955, p. 498. 56 Sobre la excomunión de Perón, véase “La excomunión”, en Roberto Bosca, La Iglesia Nacional Peronista. Factor religioso y poder polí- tico, Buenos Aires, Sudamericana, 1997, pp. 369-390. 57 Mario Amadeo, Ayer, Hoy, Mañana, Buenos Aires, Gure, 1956. 45 La Nación, 8 y 9 de mayo de 1955. 46 La Nación, 14 de mayo de 1955. 47 Puede señalarse como ejemplo la participación de militantes de la Federación Universitaria Argentina, véase Julio Godio, La caída de Perón (de junio a septiembre de 1955), Buenos Aires, CEAL, 1985. 48 Un editorial planteaba el problema bajo la pregunta: “¿De quién y de dónde partió la consigna de alejarse del lugar en columna?”, en La La Nación, 13 de junio de 1955. 49 La Nación, 12 de junio de 1955. 50 La Nación, 13 de junio de 1955. 51 Gustavo Franceschi, “Una lección de historia”, en Criterio, 23 de junio de 1955 52 Los primeros cálculos, de fuentes de insospechadas simpatías gubernamentales, refieren 350 muertos y más de 600 heridos La Nación, 17 de junio de 1955). 53 Un dato era la repercusión que los hechos tuvieron en la prensa internacional que los comparaba con los acontecimientos de la Guerra Civil Española. 54 La Nación, 19 de junio de 1955. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA SUSANA BIANCHI - Hacia 1955: la crisis del peronismo LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS Amplios sectores católicos estuvieron nuevamente con las Fuerzas Armadas en septiembre de 1955, en un golpe cuya simbología religiosa –los aviones desde Córdoba llegaban bajo la consigna “Cristo Vence”– superaba ampliamente la de anteriores golpes militares. Sin embargo, queda una cuestión pendiente. ¿Qué relación puede establecerse entre el conflicto con la Iglesia y la caída del peronismo? Sin duda, la magnitud del conflicto y la inimaginable escalada de violencia polarizaron posiciones y crearon un particular clima de sentimientos. Sin embargo, considerarlo como la causa desencadenante de la caída del gobierno de Perón –sin tener en cuenta, entre otras razones, las debilidades estructurales del peronismo– resultaría simplista. Pero también es cierto que, más allá del peso relativo que pueda atribuírsele, resulta indudable que el protagonismo alcanzado consolidó el papel de la Iglesia católica como un insoslayable factor de poder en el campo político. BIBLIOGRAFÍA BARRY, Carolina, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, Longseller, 2009. BIANCHI, Susana, Catolicismo y Peronismo. Religión y política en la Argentina, 1943-1955, Tandil, Prometeo- IHES, 2001. _________________ y Norma Sanchís, El Partido Peronista Femenino, Buenos Aires, CEAL,1987 _________________, Historia de las Religiones en la Argentina. Las minorías religiosas, Buenos Aires, Sudamericana, 2004. PERÓN, Eva, La Razón de mi Vida, Buenos Aires, Peuser, 1952. ZANATTA, Loris, Del Estado liberal a la nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943, Bernal, UNQ, 1996. ________________, Perón y el mito de la Nación católica, Sudamericana, Buenos Aires, 1999.
  • 117.
    Uno de losaspectos menos abordados por la historiografía ha sido el de la conformación política del peronismo. Es probable que el énfasis puesto en las características del liderazgo de Perón haya opacado, por no decir mutilado, su estudio. Los análisis abundan en publicaciones referentes a la estructura sindical y obrera como columna vertebral del movimiento, pero descuidaron a las otras dos ramas, es decir, a las que hicieron al peronismo político propiamente dicho. Este trabajo se propone analizar cómo se llegó a dicha conformación y cuál fue el cri- terio utilizado para concluir que la mejor manera de organizar el peronismo y respetar sus diferencias era la división en el Partido Peronista (PP), el Partido Peronista Femenino (PPF) y la Confederación General del Trabajo (CGT). Hacia el peronismo La jornada del 17 de octubre de 1945 tuvo varias derivaciones, entre ellas, la restitución del coronel Juan Domingo Perón al centro de la escena política, convertido en un visible líder popular y candidato a la pre- sidencia de la Nación. Lo más importante fue la súbita revelación de esa base social cultivada por Perón y su trans- formación en un nuevo actor político, que le valió un apoyo diferente del que hasta entonces le habían dado los dirigentes sindicales, que se vieron obligados a encabezar una movilización obrera que los superaba.1 Esto derivó en un conflicto por la apropiación de la resurrección de Perón y el manejo de las bases. Esta disputa se mantuvo, en esencia, a lo largo de los años, y se contrapone con la imagen de un campo rígido y uniforme de las fuerzas del peronismo inicial. El ascendiente sobre la masa lo tenía Perón; el resto era la construcción política. De allí que su repo- sicionamiento también dejara en claro la necesidad de organizar y amalgamar a los heterogéneos apoyos ante el súbito llamado a elecciones realizado por el presidente Edelmiro J. Farrell, que obligó a los sectores allegados a Perón a organizarse y limar rápidamente posibles asperezas a fin de conformar una alianza que lo llevara a la presidencia de la Nación. En torno a él se nuclearon fuerzas de distinto origen social, composición, ideología y número, que buscaban perpetuar las políticas sociales y laborales implementadas durante su gestión. 1 Samuel Amaral, “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 2009, en prensa. El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955) CAROLINA BARRY UNTREF / UNSAM 233 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA 5 CAPÍTULO
  • 118.
    234 235 Los conflictos Elúnico acuerdo indiscutible fue la candidatura de Perón a la presidencia, de ahí para abajo todos los lugares en las listas fueron cuestionados: los laboristas objetaron la inclusión de los radicales y la consecuente distribución de candidaturas. Los laboristas no querían aceptar una alianza con quienes de alguna manera encar- naban a la vieja política caracterizada por exclusiones y fraudes, situación que se sentían llamados a desterrar. Ambas fuerzas se mostraban irreconciliables respecto de varios puntos. El contraste se daba entre los laboristas que, aun siendo vírgenes en política, habían protagonizado ásperas luchas sindicales y se sentían representantes de un fenómeno original, renovador, revolucionario, exento de ataduras y compromisos con el pasado. En cambio, los renovadores sólo podían aportar la reiteración, ya fatigosa, de formas cívicas utilizadas anteriormente, además de la exaltación de la tradición yrigoyenista.10 Pero también, tupidas redes clientelares en el interior del país. El 4 de junio de 1946 Perón asumió la presidencia de la Nación en medio de una importante crisis dentro de la coalición electoral. Sólo los unía un imperativo de fidelidad al líder. Estos conflictos no lo involucraron directamente –puesto que tuvieron como objetivo los segundos, terceros o cuartos puestos del poder– pero podían llegar a afectar la gobernabilidad. Los constantes choques lo convencieron de la necesidad de crear un partido que las unificara: el Partido Único de la Revolución Nacional. Esta decisión tampoco estuvo exenta de nuevos y muchas veces violentos conflictos, que derivaron en la creación del PP propiamente dicho en enero de 1947. Esto implicó no sólo un cambio de nombre, sino también la discusión en torno a las afiliaciones, la Carta Orgánica y un nuevo reparto de poder. El hecho de denominarse “Peronista” buscaba dejar en claro que su existencia se debía a la acción de un único líder y su configuración era un instrumento de su expresión política y no de un partido o coalición de partidos. Perón dejó de actuar como el Primer Afiliado y pasó a ser el Jefe Supremo del Movimiento, dejando en claro quién era el verdadero vencedor de la elección de febrero. También quedó definido que las rivalidades en el partido podían producirse entre tendencias, pero siempre en un nivel inferior, sin implicarlo directamente a él. Si bien Perón parecía disponer de un poder casi absoluto sobre el PP, dentro de éste existió una con- formación más compleja durante sus primeros años de existencia, y él se vio en la necesidad de negociar con actores partidarios que, también, controlaban recursos de poder. El PP se hallaba en medio de una nebulosa de grupos y organizaciones, de fronteras mal definidas e inciertas, entre organizaciones formalmente autónomas que inte- graban el movimiento. Todas las decisiones aparecían teñidas por las distintas instancias organizativas que bus- caban lograr un equilibrio entre las fuerzas coaligadas. La decisión de que fuera en última instancia quien deter- minase la línea a seguir desfavorecía un reforzamiento de la organización que, de existir, inevitablemente sentaría las bases para una “emancipación” del partido de su control.11 Un líder carismático de las características de Perón tiende a desalentar, por vías y motivos diversos, la institucionalización.12 Esta actitud ambivalente signa los pri- meros años del PP al manifestar un divorcio entre, por un lado, una actitud aparente en la búsqueda de una fuerte organización, contrarrestada por una acción de mayor control. Los enfrentamientos internos para las elecciones de 1948, tanto para la renovación de diputados como de convencionales para la reforma constitucional, dan cuenta de la generación de una nueva, aunque tímida, forma de acatamiento a la existencia de las otras subunidades dentro del partido. Antes de estas elecciones, señala Mackinnon, el enfrentamiento se expresaba en términos de la construcción de un partido obrero con base en los sindicatos versus un partido más clásico con base en los comités políticos; para aparecer –a mediados de ese año y aunque las diversas fuerzas internas continuaran enfrentadas– mecanismos de transacción alternativos dentro de la estructura del partido. Ésta estuvo atravesada por una bochornosa elección interna que devino en la inter- vención del partido en todo el país. En las elecciones comienza a delimitarse más definidamente la representación por sectores: trabajadores y políticos. Se produce una mayor aceptación de una representación proporcional. Es decir, poco a poco se fue perfilando la existencia de dos caminos en torno de la representación partidaria. Por un lado, los sindicalistas comenzaron a presionar por sus intereses en tanto trabajadores; los políticos, en tanto políticos y no como representantes de los laboristas o renovadores respectivamente. Mientras tanto, se hacía cada vez más visible un nuevo actor constitutivo de las bases de representación peronista: las mujeres, primero de forma espontánea y luego organi- zándose en centros cívicos femeninos, al tiempo que se perfilaba cada vez con más fuerza la presencia de Eva Perón. 10 Félix Luna, op. cit., p. 397. 11 Ángelo Panebianco, Modelos de Partido, Organización y Poder en los Partidos Políticos, Madrid, Alianza Universidad, 1990, p. 136. 12 Ibid. La coalición que llevó a Perón a triunfar el 24 de febrero de 1946 estaba integrada por una triple estructura compuesta, por un lado, por el Partido Laborista (PL); por otro, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora, y una tercera fuerza menor, denominada Partido Independiente. La activa actuación de los sectores obreros el 17 de Octubre, y su consecuente afianzamiento, fortalecieron la idea de crear una estructura política sindical per- manente, que incorporara sectores más amplios.2 La reunión fundacional del PL se efectuó el 24 de octubre de 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Participaron de ella unos cincuenta dirigentes sindicales provenientes del socialismo, el radicalismo, integrantes de la CGT, de la Unión Sindical Argentina y de los sindicatos autónomos tanto de la Capital Federal como del interior del país. La afiliación indirecta al estilo del laborismo inglés, que suponía que los sindicatos podían ingresar y formar parte del partido fue una de las innovaciones. De esta manera, sus miembros quedaban automática e indirectamente afiliados a él, salvo que manifestaran su voluntad en con- trario.3 Con su creación se buscaba generar una correa de transmisión con el movimiento sindical en la arena política. La incorporación orgánica y masiva de la clase obrera a la vida política argentina implicó, también, un replanteo de las reglas de juego. En pocos meses, el PL se transformó en la organización más fuerte de la coalición peronista y en una de las fuerzas políticas más importantes del país. ¿Qué influencia y gravitación tuvo Perón, tanto en la creación del PL como en su desarrollo posterior? Aunque se plantean distintas versiones, pocas dudas existen sobre dicha influencia, y esto de alguna manera pesó en el desarrollo posterior del partido. La actuación de Perón no fue ajena a su formación, sino su razón de ser. Es probable que haya sido él mismo quien tuviera la iniciativa, para luego dejarlo organizarse con aparente auto- nomía. Su única potestad, aparentemente, era la de ser el “Primer Afiliado”,4 que no es lo mismo que ser un jefe de partido; aunque hubo –dentro del Comité Directivo Central– quien considerara la conveniencia de que lo fuera. Estas potestades entrañaban otras discusiones, y la búsqueda de un equilibrio entre el predominio de la persona o el partido acompañó a los dirigentes sindicales durante las distintas instancias organizativas que se sucedieron en el peronismo. Respecto del apoyo de la UCR a la candidatura, se trataba de un grupo de dirigentes sin mayor enver- gadura nacional, pero bien conocidos y respetados dentro del partido, que aceptaron la propuesta de integrarse al gobierno surgido de la Revolución de Junio y que fueron expulsados del radicalismo. Con miras a las futuras elecciones presidenciales, resolvieron la organización y estructuración de una línea dentro de la UCR que actuaría con prescindencia absoluta del Comité Nacional. Se la denominó UCR Junta Renovadora (JR),5 y su propósito era el de mantener el ideario yrigoyenista y los postulados de justicia social inspirados por el coronel Perón.6 Presuntamente, los renovadores podrían canalizar el voto peronista no alineado con la estructura sindical, aportar máquinas elec- torales y ese conocimiento del quehacer político que tan bien sabían manejar. Además, como señala Torre, esta alianza permitiría quitar a la candidatura de Perón el tinte clasista-obrerista que estaba adquiriendo, lo cual le posibilitaría captar el apoyo de otros sectores del electorado.7 Otras fuerzas provenientes del radicalismo disidente fueron algunos de los jóvenes intelectuales de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) y un pequeño grupo radical compuesto especialmente por santafesinos, santiagueños y riojanos provenientes de la Concordancia.8 Perón también sumó el apoyo de la Guardia de Restauración Nacionalista y la Alianza Libertadora Nacionalista, que le permitió, a través de sus voceros, influir en sectores reducidos de las clases media y alta. Prestigiosos caudillos conservadores se incorporaron a la alianza electoral, aunque el Partido Conservador no tuvo una actitud uniforme y esto provocó una escisión en sus filas.9 También se logró el apoyo de los llamados Centros Cívicos que, si bien era habitual que surgiesen antes de una elección para apoyar a un candidato, en ese momento adquirieron una relevancia significativa. Éstos formaron el Partido Independiente. 2 Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón: sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana-Instituto Di Tella, 1990, p. 149. 3 Por otra parte, la incorporación de un sindicato caducaba si más del 50% de los asociados se oponía a la afiliación. Véase Carlos Fayt, La naturaleza del peronismo, Buenos Aires, Virachocha, 1967, p. 134. 4 Sobre la forma y el motivo por el que se designó a Perón como primer afiliado, véase Luis Gay, El Partido Laborista en la Argentina. La historia del partido que llevó a Perón al poder, Buenos Aires, Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1999, p. 91. 5 En un principio utilizaban indistintamente Junta Renovadora o Junta Reorganizadora, pero luego sólo la primera denominación. 6 La Razón, 23 de octubre de 1945. Todos los diarios que no llevan mención de ciudad entre paréntesis pertenecen a la ciudad de Buenos Aires. 7 Juan Carlos Torre, op. cit., p. 157. 8 Félix Luna, El 45. Crónica de un año decisivo, Buenos Aires, Sudamericana, 1971, p. 415. 9 Manuel Mora y Araujo e Ignacio Manuel y Llorente (comps.), El voto peronista. Ensayos de sociología electoral argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1980, pp. 289-290. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 119.
    237236 Lo más importantey sustancial del acto fue que las mujeres compartieron una actividad partidaria con los mismos derechos y obligaciones que los hombres, tal como Perón se ocupó de destacar al inicio de su dis- curso.16 Como corolario se acordó que el PPF se desarrollase autónomamente dentro de las fuerzas peronistas y desvinculado del Consejo Superior; aunque Evita, su presidenta, participara de dicho Consejo, y aunque el PPF formase parte del movimiento peronista junto con el PP y la CGT. No se denominaría “rama” sino “partido”, para evitar ser considerado una parte accesoria o una derivación del PP. Las mujeres debían organizarse políticamente siguiendo un único camino: la unidad del movimiento femenino peronista al servicio del líder y de la Nación, y sólo podían aspirar a convertirse en sus colaboradoras. Por otra parte, no existirían corrientes internas, y debía ser depuesta toda ambición personal, pues “atentaría contra la unidad, contra la revolución, contra el pueblo y por ende contra Perón”. La experiencia de los fuertes conflictos dentro del PP motivó la toma de algunas deci- siones que sólo se entienden en ese contexto. Evita, en su discurso de apertura, encuadró y marcó los límites de la actividad partidaria femenina y la primera circular organizativa dio cuenta de ello: las mujeres peronistas debían tener como “gran ideal el de la Patria; como único líder, Perón, y como única aspiración política: servir a las órdenes de Evita”.17 Las mujeres ingresaban a la política con las limitaciones propias de su género y la pertenencia a un partido de características carismáticas. ¿Por qué se las sumó separadas de los hombres? ¿Hubieran tenido cabida como sector sindicalizado dentro de los laboristas, o como sector político, dentro de los renovadores? Desde el ámbito sindical era poco probable que se las incorporase, si tenemos en cuenta que el censo del año 1947 marcaba que sus niveles de par- ticipación en el mercado de trabajo y en los sindicatos no eran significativos, por lo cual mal podrían encuadrarse en el ámbito laborista-sindical. Pero tampoco podía asociárselas con los renovadores; no podían quedar presas de estas luchas intestinas entre sectores. Sin embargo, el PPF podría haber quedado circunscripto a una entidad más o menos organizada y presidida formal o simbólicamente por la esposa del presidente de la Nación. Pero esto no sucedió, pues también entró en juego el liderazgo que había adquirido Eva Perón a lo largo de estos años, que la llevó a organizar un partido político exclusivo de mujeres, desvinculado del CSPP y que le respondería sin ningún tipo de miramientos. ¿Cuál fue la táctica de organización empleada tanto en el ámbito nacional como en el provincial, y sobre qué base se decidió la selección de las que serían dirigentes del Partido (teniendo en cuenta que no contaban con una tradición y experiencia de participación política, como sucedía con los hombres)? No era una tarea sencilla comenzar de cero. ¿O sí? La organización El PPF se caracterizó por tener una estructura centralizada, dominada por el principio de obediencia al mando, en la que la simbiosis entre la organización y la líder fundadora fue total y absoluta. Ella decidió cómo sería la formación y la estructura del partido y quiénes ocuparían los puestos clave. Esto disipó la posibilidad de divisiones faccionales susceptibles de un encuadramiento promocionando a tal o cual persona para ocupar el puesto de delegada. La elección se hizo a partir de la selección personal que realizó Eva Perón de cada una de ellas y del establecimiento de lazos personales, otra de las características del liderazgo carismático, lo que obligó a desarrollar actitudes fuertemente conformistas y reverenciales para obtener su favor. Estas conductas iban desde el exceso en los ditirambos hasta la constante y detallada información sobre el partido femenino y masculino, los gobiernos provinciales, comunales, etc. Evita buscó que estas mujeres se adecuaran a su voluntad y le fueran absolutamente leales. Ninguna delegada censista era enviada a su provincia o lugar de origen, para evitar así la conformación de caudillas, y hasta tenían prohibido estar en contacto, aunque más no fuera telefónico, con las dele- gadas de otras provincias. Las delegadas eran una suerte de interventoras y llegaron a tener, en algunas circuns- tancias, más influencia que el gobernador de las provincias donde trabajaban. Se autoproclamaban representantes directas de Evita más que del Partido, lo que era cierto, pues habían sido elegidas directamente por ella para que la representasen personalmente: allí radicaba la naturaleza de su poder. Las afiliadas y simpatizantes las seguían en tanto se las identificaba con la líder. 16 Esta cita y todas las referentes al discurso de Perón del día 25 de julio de 1949 fueron extraídas de La Nación, 26 de julio de 1949. 17 Movimiento Peronista Femenino, Presidencia, Circular N° 1, octubre de 1949. La nueva actriz política Algunas características de su liderazgo ayudan a entender las claves de organización del peronismo femenino. Eva Perón alcanzó un poder impensado para una mujer a mediados del siglo XX. El liderazgo de Perón ya estaba establecido cuando asumió la presidencia de la Nación, y el de Eva se fue desarrollando a lo largo de su mandato. Ella ejerció un fuerte liderazgo carismático dentro del movimiento peronista a partir de una serie de roles informales y fuera de toda estructura política, pues no ocupó ningún puesto oficial en el gobierno. Era la persona de mayor confianza del líder, su delegada, y celosa guardaespaldas. Mientras él se ocupaba de los asuntos del gobierno, ella tomaba a su cargo la actividad política del peronismo. El único que tenía poder sobre Evita era Perón, y ella sólo reconocía su autoridad. Eva Perón podría haber circunscripto su rol de primera dama a acompañar al Presidente o a realizar tareas de beneficencia. Pero dio un paso más y organizó y presidió una fundación de ayuda social cuyo objetivo era paliar las necesidades del pueblo, aunque constituyera, también, un instrumento político invalorable y se convirtiera en una fuente de disputas políticas y de conflictos con otros poderes del Estado. Desde mediados de 1947, el peronismo, a diferencia de otros movimientos y partidos pudo albergar en su seno un liderazgo doble y compartido, situación por demás novedosa. La situación política de la mujer cambió notablemente durante el primer gobierno peronista a par- tir de dos hechos esenciales. El primero, la aprobación de la Ley de Sufragio Femenino en 1947 –y la consecuen- te oportunidad de que las mujeres votaran y fuesen votadas– tuvo una implicancia simbólica para el peronismo: la coronación de Evita como la promotora indiscutida del ingreso de las mujeres a la política; el segundo, la cre- ación del PPF, que buscó su incorporación masiva. Las mujeres votaron recién cuatro años después debido a una mezcla de diversos factores, tanto culturales como organizacionales y políticos, sin despreciar, tampoco, el hecho de que el gobierno hiciera lo suyo para que las mujeres votaran por primera vez cuando considerara que esta- ban “preparadas” para hacerlo. Es decir, organizadas fuertemente en un partido que las incluyera y que no gene- rara sorpresas en una elección. La ley no dejaba de ser una suerte de salto al vacío, pues no se sabía cuál sería el comportamiento electoral de quienes conformarían el cincuenta por ciento del padrón. Además, era probable que se buscara establecer como un hito histórico que la primera vez que las mujeres votaron, lo hicieron (y masi- vamente) por Perón. Pero para eso era necesario realizar una reforma en la Constitución Nacional que habilita- ra a éste a ser elegido para un segundo mandato consecutivo. Si la sanción de la Ley de Sufragio había sido la coronación de Evita, la reforma de la Constitución fue el signo más acabado del poder y la influencia que llegó a tener. Ella no era una convencional constituyente; sin embargo, acerca de determinadas cuestiones tomó deci- siones como si lo hubiera sido, ejerciendo su poder, incluso, por encima de la misma Asamblea; a lo que se agre- gó la inclusión de un articulado propio en la Nueva Constitución.13 El peronismo femenino En 1949 se organizó la primera Asamblea Nacional del PP, que buscaba proyectar las bases para la organización definitiva del partido. La cuestión principal era el espacio que se les asignaría a los distintos sectores que integraban el peronismo, es decir, a los políticos y los gremialistas;14 aunque, en un primer momento, nada se decía acerca del que ocuparían las mujeres. En las etapas previas a la organización del PPF se aprecian una suerte de acuerdos y conciliaciones previas que desembocaron en lo que sería la futura organización femenina. Las formas de elección de los representantes dan la pauta de los mecanismos de poder que se utilizaban hacia mediados de 1949; los delegados del PP fueron elegidos directamente por los interventores partidarios, y en su mayoría eran diputados provinciales, ex convencionales nacionales, afiliados con cargos en los organismos partidarios provin- ciales y hombres con actividad partidaria que pudieran hacer un “aporte positivo a la asamblea”.15 En cambio, las delegadas eran mujeres conocidas de Evita o de gente cercana; en general, obreras, empleadas, presidentas e integrantes de los centros cívicos femeninos, de la Fundación Eva Perón, universitarias y profesionales. El 25 de julio de 1949 se realizó la ceremonia inaugural en el Luna Park, y Eva Perón se sentó en la primera fila junto a las principales personalidades del gobierno, pero no en su rol de primera dama sino en el de la líder de una fuerza política en ciernes. 13 Sobre este tema, véase Carolina Barry, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, Eduntref, 2009, cap. 2. 14 La Nación, 12 de mayo de 1949. 15 El Día (La Plata), 6 de junio de 1949. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 120.
    239238 salvo cuando adoptabanmedidas en conjunto, como ser las listas de candidatos para las elecciones. En el PPF, el único modo de hacer carrera era adecuarse a la voluntad de la líder. Así lo demuestra la selección de candidatas para ocupar puestos de legisladoras nacionales y provinciales en la primera elección de 1951. La estructuración separada por sexos llevó a resolver el problema de las candidaturas y la ocupación de cargos electivos de maneras diferentes. Los candidatos de ambas ramas no surgieron por votación directa de sus afiliados. En el partido masculino, las pujas internas y el control de zonas de poder permitían dirimir los puestos en las listas. Las censistas ocupaban dentro de la estructura partidaria el mismo lugar que los demás miembros, y el hecho de ser delegadas no signi- ficó que fueran jefas de ninguna sección o grupo que les permitiese postularse electoralmente. Las candidatas fueron elegidas en pos de un cupo acordado por la misma Evita con la autoridad del Consejo Superior Peronista, es decir, Perón. Y una vez establecido ese cupo se incluyeron sus nombres. Se las buscó leales, peronistas, obedientes, trabajadoras y sin ambiciones personales. Además, a diferencia de los hombres, cada mujer fue estudiada hasta en sus “mínimos detalles”,19 vale decir, lealtad y cualidades morales. El número de mujeres electas fue altísimo y excepcional si se lo compara con otros países. Aunque no se llegó al mentando 33%, esas cifras no volvieron a pro- ducirse hasta fines del siglo y bajo el amparo de la Ley de Cupos. Las mujeres ocuparon puestos en las listas con posibilidades reales de ser elegidas, pues todas las candidatas resultaron electas. Sin embargo, fueron considera- blemente menos, comparadas con los candidatos varones. Evita, por su parte, remarcaba que las mujeres no debían aspirar “a los honores sino al trabajo”. Si la líder había renunciado a la candidatura a la vicepresidencia de la Nación, cargo por demás merecido, en pos de “objetivos políticos más importantes”, con “su ejemplo”, ayudó a justificar la selección de determinadas mujeres y no de otras para ocupar los cargos de legisladoras nacionales y provinciales que en muchos casos pelearon por un puesto. Esta situación las dejaba, de hecho, fuera de todo tipo de competencia. En menos de dos años de ardua tarea, el PPF logró su objetivo político más importante: la reelección de Perón para un segundo período presidencial. Las mujeres superaron en cantidad de votos peronistas a los varo- nes en todos los distritos. Estos altos índices fueron superados en las elecciones de 1953 y 1954. La muerte de Evita cambió las reglas de juego, no sólo del PPF sino del peronismo. El tema principal que se planteaba era cómo sus- tituir todos los roles que ella había desplegado, y los mecanismos de decisión absorbidos por ella. Su muerte hizo entrar en juego de manera más acabada el ejercicio del liderazgo de Perón en el partido de las mujeres, zona reservada en exclusividad a Evita. Buscó frenar el proceso de institucionalización del partido mostrándose como cabeza de éste, intentando anular las posibles rivalidades internas en la organización femenina en disputa por la sucesión. Pero la imposibilidad de conducir el partido como lo había hecho Evita, sumada a la tarea gubernativa y la inminencia de un nuevo acto eleccionario, obligaron a Perón a recurrir a una dirección colegiada que llevara adelante las huestes femeninas. En 1954, Delia Parodi asumió como presidenta y debió salvaguardar el espacio ganado por las mujeres que tanto los integrantes del PP como de la CGT, ansiosos, querían aprovechar. En sus últimos años, el peronismo experimenta un lento, sinuoso, confuso y pronto truncado proceso de institucionalización de las tres ramas, que cobra, incluso, una fuerza simbólica. Esta integración se reflejó en la asignación de cargos en las Cámaras. En 1953, Delia Parodi fue nombrada vicepresidenta primera de la Cámara de Diputados, una de las primeras mujeres en el mundo en ocupar un cargo de tan alto nivel.20 El presidente era Antonio J. Benítez, por el PP; el vicepresidente segundo, José Tesorieri, por la CGT. En forma simultánea, en el Senado, Ilda Leonor Pineda de Molins ocupó el cargo de vicepresidenta segunda, también primera mujer en ocupar ese cargo. La presidencia provisional la ocupó Alberto Iturbe y la vicepresidencia primera, Juan Antonio Ferrari, por la rama política y gremial respectivamente. Durante la campaña electoral para la vicepresidencia de Alberto Tesaire, el candidato recorrió el país entero junto al delegado general de la CGT, Vuletich, y a Delia Parodi. Los tres aparentaban tener la misma jerarquía política y daban la pauta de ser las cabezas visibles de los tres sectores, aunque Tesaire, en tanto vicepresidente de la Nación, tenía otras prerrogativas. El PPF, a diferencia del PP, se organizó a partir de una táctica política de penetración territorial con- sistente en un “centro” que controlaba, estimulaba y dirigía el desarrollo de la periferia; es decir, la constitución de los mandos locales e intermedios del partido. Este tipo de desarrollo organizativo implica –por definición, y siguiendo a Panebianco– la existencia de un “centro” suficientemente cohesionado desde los primeros pasos de la vida del partido. Con esta estrategia de penetrar el territorio, a mediados de octubre de 1949, Evita eligió 23 mujeres, una por provincia o territorio. A diferencia de lo que sucedió con el partido de los hombres, el PPF se organizó con una rapidez llamativa, producto del trabajo frenético de Evita, pero también del buen ojo que tuvo al elegir a sus infatigables colaboradoras. Eva Perón impidió, con éxito, cualquier posibilidad de línea interna o de formación de caudillas, como ella las llamaba, a partir de una serie de medidas. De cualquier manera, más allá del control que Eva Perón ejercía, tampoco estaba en el ánimo ni de las delegadas ni de las subdelegadas formar líneas o facciones que pudieran remotamente disputarle el poder a Evita; de existir este tipo de nucleamientos, era con el fin de ganar- se una mayor preferencia de la líder. En definitiva, la única aspiración política que podían tener estas mujeres era servir a las órdenes de Evita, dejando de lado cualquier tipo de aspiración personal, aunque el contacto estrecho o contar con su confianza y sus bendiciones constituían una aspiración en sí misma. La naturaleza de este liderazgo generó también diferentes percepciones sobre las prácticas políticas entre el PP y el PPF. Mientras los hombres “hacían política”, las mujeres se sentían parte de una especie de misión mística. Esta situación era alimentada por la presidencia del partido, que empleaba un vocabulario rayano al reli- gioso. Las delegadas –“apóstoles de la doctrina peronista”– predicaban la “verdad peronista”. Las censistas, imbuidas por este celo misionero, no reparaban en horarios y soportaban extenuantes jornadas de trabajo. Los lazos de lealtad que unían a la líder con las delegadas y las subdelegadas produjeron una relación política deri- vada del “estado de gracia”; así, ellas formaban parte de la misión que, según sus seguidoras, la líder estaba des- tinada a cumplir: salvar a las mujeres y a los humildes. Hubo una política diferenciada para hombres y mujeres, y sus prácticas en las unidades básicas fue- ron muy diferentes. Las femeninas fueron el ámbito de socialización y congregación de mujeres peronistas, y for- maban parte, además, de la táctica política de penetración territorial del PPF. Su composición y jerarquía interna, sus estructuras edilicias, los estilos de captación de prosélitos eran bien diferentes de los masculinos. El partido masculino se ajustaba a las formas tradicionales de hacer política: afiliación, discusiones, asados, etc. Las mujeres apuntaban a la afiliación pero también a la capacitación y la ayuda social. Si bien se las interpelaba en tanto madres, al mismo tiempo se las convocaba a participar activamente fuera del hogar, sin descuidar sus deberes femeninos y potenciando su rol desde la unidad básica con tareas domésticas. Sin lugar a dudas, se encaró una tarea netamente política, por más que se la intentara teñir con otros aditamentos y que la misma Evita –proba- blemente sabiendo las resistencias que provocaba– buscara disimularla llamándola sólo “acción social”. El ingreso de hombres estaba prohibido en estos gineceos modernos. Este celo buscaba impedir cual- quier injerencia del PP en el PPF y al mismo tiempo para resguardar la reputación de las mujeres. El PPF buscó movilizar e incorporar a la vida política a las mujeres como grupo social específico, más allá de sus condiciones de clase. No era ésta una tarea sencilla, y comenzó a tallar un discurso artificioso18 que, con arte y habilidad, a través de la sutileza generaba cautela. En él se intentó suavizar el impacto que provocaría su ingreso en la vida política: así, las mujeres no estaban en un partido sino en un movimiento; no se las afiliaba, se las censaba; ellas no hacían política sino acción social. La principal función de las mujeres, siempre, era ocuparse del hogar; sin embargo, las fun- ciones partidarias y políticas muchas veces prevalecieron sobre las hogareñas. Lo cierto es que estaban convocadas a afiliarse a un partido justamente para hacer política en una organización celular partidaria, llamada unidad básica femenina: una “prolongación del hogar”. ¿El treinta y tres por ciento? El PPF contó con una estructura política propia, compuesta por una Comisión Nacional que comenzó a funcionar dos años después de su creación y de la que Evita era presidenta, pero que en los hechos carecía de poder. El PP masculino tenía también su propia estructura organizativa, el Consejo Superior del PP (CSPP), del que formaban parte Evita y Perón, por supuesto. Sin embargo, el CSPP no tenía ningún tipo de injerencia sobre el PPF, 18 Carolina Barry, Evita Capitana, op. cit., p. 248. 19 Democracia, 24 de febrero de 1951. 20 Marta Raquel Zabaleta, O Partido das Mulheres Peronistas: história, característica e conseqüencias (Argentina 1947-1955), San Pablo, Estadual de Maringá , 2000, p. 15. CAPÍTULO 5 / 1945-1955 EL PERONISMO Y EL COMPROMISO INDUSTRIALISTA CAROLINA BARRY - El peronismo político, apuntes para su análisis (1945-1955) LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 121.
    240 Consideraciones finales Una delas características del peronismo es la de haberse constituido como integrador de los sectores antes ausentes de la escena política. La integración política de los trabajadores fue posible gracias a la formación del Partido Laborista y luego del PP; y de las mujeres, a través de la sanción la Ley de Sufragio Femenino y la creación del PPF. Sin embargo, los sumó separados, producto de varias circunstancias. Por un lado, el conflictivo escenario que presentaba el PP en sus años iniciales hacía casi impensable integrarlas en dicha estructura; por otro, y simul- táneamente, el ascendente papel protagonizado por Eva Duarte de Perón como una dirigente política poderosa. Su liderazgo, la inexperiencia política de las mujeres y la difícil situación imperante en el PP, llevaron a la confor- mación de un partido político singular que como tal funcionó poco más de dos años. El PP nació a partir de una coalición heterogénea cuyo fin político era la lucha electoral que llevaría a Perón a la presidencia de la Nación. En cambio, el PPF nació como rama de este partido originario, pero con dos fines: encauzar la emergente movilización política de las mujeres, que aún no habían votado y lograr la reelección de Perón para la segunda presidencia. El peronismo político, luego de conflictivas instancias organizativas, quedó constituido por el PP, el PPF y la CGT. Las tres fuerzas eran independientes unas de las otras, pues en lo inmediato se ocupaban de sectores diferentes y de problemas distintos, aunque persiguieran los mismos objetivos generales. La acción política se comenzó a desplegar en conjunto con los presidentes de las tres ramas. La posibilidad de crear una organización que pudiera contener la diversidad social y política de los integrantes se resolvió apelando al reconocimiento de sus diferencias. Pero también, a la aceptación de los nuevos liderazgos que surgieron en el seno del peronismo. El Partido Laborista y el Renovador fueron desapareciendo y su lugar fue ocupado por los sindicalistas, los polí- ticos y las mujeres. BIBLIOGRAFÍA AMARAL, Samuel, “Historia e imaginación: ¿qué pasó el 17 de octubre de 1945?”, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 2009, en prensa. BARRY, Carolina, Barry, Evita Capitana. El Partido Peronista Femenino, 1949-1955, Buenos Aires, Eduntref, 2009. FAYT, Carlos, La naturaleza del peronismo, Buenos Aires, Virachocha, 1967. GAY, Luis, El Partido Laborista en la Argentina. La historia del partido que llevó a Perón al poder, Buenos Aires, Biblos-Fundación Simón Rodríguez, 1999. LUNA, Félix, El 45. Crónica de un año decisivo, Buenos Aires, Sudamericana, 1971. MACKINNON, María M., Los años formativos del Partido Peronista., Buenos Aires, Instituto Di Tella-Siglo XXI, 2002. MORA Y ARAUJO, Manuel e Ignacio Llorente (comps.), El voto peronista. Ensayos de sociología electoral argen- tina, Buenos Aires, Sudamericana, 1980. PANEBIANCO, Ángelo, Modelos de Partido, Organización y Poder en los Partidos Políticos, Madrid, Alianza Universidad, 1990. TORRE, Juan Carlos, La vieja guardia sindical y Perón: sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana- Instituto Di Tella, 1990. ZABALETA, Marta Raquel, O Partido das Mulheres Peronistas: história, característica e conseqüencias (Argentina 1947-1955), San Pablo, Estadual de Maringá , 2000. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 122.
    243 Excluir al peronismo(1955-1966) Desde la óptica de la institución militar, la relación de las Fuerzas Armadas con Juan Perón y su movi- miento entre 1955 y 1976 atraviesa dos ciclos. El primero abarca desde aquella fecha hasta 1966, y el segundo comienza con la Revolución Argentina, que desemboca en el regreso del justicialismo al gobierno luego de su larga proscripción. El lapso iniciado en 1955 encuentra en las Fuerzas Armadas diferencias internas en torno a qué hacer con el peronismo, sobre la base de un acuerdo común: construir un orden político que excluya al jefe del movimiento. El golpe de Estado que desaloja a Perón de la presidencia encuentra dos posiciones respecto de su movimiento. Bajo el general Eduardo Lonardi, el peronismo podía formar parte del nuevo régimen, así, el día de su asunción, dos dirigentes sindicales Andrés Framini y Luis Natalini ocupan el palco junto a él.1 El primer proyecto de un peronismo sin Perón dura escasos dos meses, pues las Fuerzas Armadas no están dispuestas a permitir su participación en la arena política. De ahí que su sucesor, el general Pedro E. Aramburu, inaugure el proceso de des- peronización, fundado en la represión del movimiento. Pero el desencuentro en el interior de las Fuerzas Armadas acerca de qué hacer con el peronismo va en paralelo a otro, en el interior de la clase política; me refiero a la división del radicalismo. Como resultado de esa escisión, en la UCRP con Ricardo Balbín a la cabeza, y en la UCRI coman- dada por Arturo Frondizi, se rompe el pacto de proscripción, cuando Perón y Frondizi firman el pacto de Caracas. Frondizi alcanza, con los votos peronistas, la presidencia de la República, con una propuesta de reconstrucción del orden político, más cercana a la de Lonardi: un peronismo sin Perón. Las Fuerzas Armadas, al igual que la UCRP, no están dispuestas a perdonar al presidente intransigente su traición.2 Sus virajes en relación al peronismo llevan a que su gestión se vea jaqueada por la treintena de “planteos” militares hartos nombrados. Vetar el triunfo de la fórmula Framini-Anglada en la provincia de Buenos Aires, constituye la prueba del infortu- nio de sus maniobras para usar al peronismo a favor de la acumulación de poder en sus manos. El malogrado plan de Frondizi obliga a la institución militar a rediscutir la proscripción del peronismo. El enfrentamiento entre azules y colorados, bajo el interregno de José M. Guido, refleja ese desencuentro en el interior de los hombres armados. Los dos bandos encierran perspectivas diferentes sobre el peronismo, que se ensambla 1 Tulio Halperin Donghi, La democracia de masas, Buenos Aires, Paidós, 1986. 2 Catalina Smulovitz, Oposición y gobierno: los años de Frondizi, tomos I y II, Buenos Aires, CEAL, 1988; en este trabajo la autora desarrolla la relación entre la UCRP y la UCRI durante el gobierno de Frondizi, mostrando las posiciones contestatarias de la primera. Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón MARÍA MATILDE OLLIER UNSAM / UBA Malanca, José. S/título, 1951. Óleo, 84 x 98 cm. 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 6 CAPÍTULO
  • 123.
    245244 remite a laciudadanía y al tipo de participación plebiscitaria que acompañó la actividad política, que implicó aprobación, o no, de propuestas antes que participación en las decisiones.10 La peculiar y decisiva intervención de los hombres armados en la vida pública encuentra entonces en el reverso de la moneda, el desprestigio de los políticos, la debilidad partidaria, el peso de los caudillos, el escaso desarrollo de la participación y el descrédito de la democracia. Si a ello añadimos la forma particular en que la eco- nomía y la política se han interconectado a través de la figura del Estado,11 las Fuerzas Armadas desde el Estado garantizan la construcción de la nación, su conservación histórica y los aspectos que demandan cambios. Ésta es su situación con la llegada de la Revolución Argentina. La fundación de un nuevo orden (1966-1971) La serie de experimentos fracasados para construir un orden político en medio de un mundo bipolar conduce a las Fuerzas Armadas a un ensayo inédito: hacerse cargo del Estado para cambiar la estructura econó- mica argentina en su primer tiempo, la social a continuación y, finalmente, iniciar el último tiempo, el político. Con el sindicalismo pero sin el peronismo, o con un sindicalismo no peronista. De otro modo ¿cómo se explica la presencia de Augusto Vandor en el palco junto al general Juan C. Onganía el día de su asunción? Pero despero- nizar al sindicalismo va a constituir, para las Fuerzas Armadas, una misión imposible. Con la Revolución Argentina comienza el segundo ciclo o la segunda respuesta a qué hacer con el justicialismo. De ahí que los tres recambios presidenciales, Juan C. Onganía, Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse, expresen los avatares para lidiar con el pero- nismo, incluido Juan Perón, a partir de 1968. El arribo de Onganía goza de un consenso que le permite transitar sin mayores sobresaltos sus pri- meros dos años de gestión. A partir de allí una inédita dinámica social contestataria comienza a jaquear el pro- yecto de los tres tiempos planteados por el Presidente. En este nuevo escenario participan, además, un sindicalismo dividido entre el gobierno y Perón, una guerrilla urbana con capacidad para incidir en la marcha de la política, par- tidos que enfrentan el fracaso de la proscripción y la creciente influencia de Perón. No obstante, Onganía man- tiene su intransigencia frente al peronismo, y su líder, e intenta acercamientos tácticos hacia las figuras sindicales (participacionistas) más propensas a su estrategia. El año 1969 es testigo de una violencia social y armada que pone al gobierno ante un dilema: ¿cuánto más puede prolongarse el primer tiempo? El “Cordobazo” prefigura la caída de Onganía y simboliza “una revuelta aunque organizada no coordinada a nivel nacional, con nuevos líderes, capaz de atraer y combinar sectores sociales y políticos diversos, dirigida no sólo contra el régimen militar sino objetando y obviando a las direcciones tradi- cionales del movimiento obrero y de las fuerzas políticas”.12 El clima de efervescencia popular, que tiene como epicentro al interior del país, al ser reprimido desde el Estado, favorece las posibilidades de Perón de incidir en la política nacional. A ello se suma el secuestro de Aramburu, por parte de Montoneros. Sin embargo, Perón evalúa que no están dadas las condiciones para su regreso, dada la dispersión peronista, donde el sindicalismo, luego de los ase- sinatos de Vandor y de Alonso, todavía oscila entre acordar con Onganía o con el viejo conductor. Pero el tiempo del Presidente se ha agotado pues resulta incapaz de profundizar el proyecto original. El recambio obedece al desprestigio alcanzado por Onganía, a su falta de flexibilidad política frente a circunstancias sociales cambiantes (él cree cabalmente que el viejo sistema de partidos ha muerto) y al temor que infunde, en los militares, la creciente generalización del descontento social y el auge de la guerrilla. De ahí Levingston, y su visión sobre el proceso electoral como “la culminación de una etapa en la que todos intervengan activamente”,13 es decir, en un horizonte lejano, para lo cual precisa consenso. En ese marco se comprenden varios de sus gestos. Realiza un guiño hacia las juventudes rebeldes, para aislarlas de los grupos armados, y afirma que “la estabilidad no implica que se adopten medidas antinacionales”.14 Aldo Ferrer propone un programa económico asentado en el “compre nacional” y en la reducción de préstamos a ciertos consorcios exportadores, entre otras medidas. Como parte de su promesa electoral efectúa una serie de consultas a referentes políticos y otorga algunas 10 Vicente Palermo, “Democracia interna en los partidos: las elecciones partidarias de 1983 en el radicalismo y justicialismo porteños”, en Hombre y sociedad, Nº 4, Buenos Aires, IDES, 1986. 11 Juan Carlos Portantiero, “La crisis de un régimen: una mirada de retrospectiva”, en José Nun y Juan Carlos Portantiero, Ensayos sobre la transición democrática en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987. 12 María Matilde Ollier, Golpe o Revolución. La violencia legitimada, Argentina 1966/1973, Buenos Aires, UNTREF, 2005, pp. 40- 41. 13 Revista Periscopio, N° 40, 23 de junio de 1970. 14 Ibid. ahora con la cuestión comunista. Si para los azules el peronismo constituye el freno al comunismo, para los colo- rados, el movimiento popular resulta una puerta abierta que lo invita a pasar. El triunfo de los azules paradóji- camente es seguido por la victoria de un presidente partidario de la facción adversaria, Arturo Illia. Qué hacer con el peronismo que continuaba siendo un problema insoluble para las Fuerzas Armadas. Rasgos del régimen político post 1955 La imbricación entre civiles y militares en la democracia argentina comienza en 1930, principalmente a partir de que el general Agustín P. Justo resulta electo presidente. De ahí que para comprender las posiciones de las Fuerzas Armadas luego de 1955 se requiera entender los rasgos del régimen político del cual forman parte. De este modo, propondré hacer un breve desvío, a partir de cinco consideraciones, con el fin de mostrar esa imbri- cación civil-militar que termina con la decisión de la Fuerzas Armadas de hacerse cargo del Estado argentino en 1966. La configuración del espacio de la política hacia la década de 1960, primera consideración, se carac- teriza por lo militar como constitutivo del campo y de la cultura política. Ello significa la presencia concreta de los hombres de las Fuerzas Armadas en el gobierno de la República –con o sin consenso popular–, arriesgando en la premisa la inclusión de Perón durante el lapso 1943-1955. Esto implica asimilar lo militar con lo popular al quedar selladas, en Perón, dos figuras: trabajador y general. Perón encarna la unión Pueblo-Fuerzas Armadas. Semejante colocación histórica funda una esperanza: la eventualidad de su repetición en algún otro general. ¿Qué representa Lonardi acaso? Con este trasfondo, al confiar a los militares, luego de 1959, la tarea de garantes, ya no de un deter- minado proceso político-institucional sino de la civilización misma, se los sitúa por encima de la sociedad y se intro- duce la necesidad de una violencia organizada en la textura del pensamiento y de la acción política. De ahí que la guerrilla peronista refuerza el posible ensamble peronismo/comunismo. De ahí que “el estudio de esa nueva forma de guerra, la lucha contrarrevolucionaria, ocupó en adelante un lugar preferencial en la formación de los oficiales”.3 Guerra y política van de la mano en la conservación del orden doméstico. La institución militar, al tiempo que se entrena para gobernar el país se prepara para derrotar al enemigo interno. En esas condiciones llegan a 1966. Ahora bien, lo militar como constitutivo del campo político se une de manera diferente, he aquí la segunda consideración, al descreimiento de las potencialidades de la democracia y de la política en tanto proce- dimientos, cuyas consecuencias fueron que los miembros de las elites construyeron sus alianzas en un terreno sin ley. A aquella desconfianza contribuyó la incapacidad de los partidos para ser mediadores del conflicto social, para convertirse en los protagonistas centrales de la vida política,4 para reconocerse entre ellos como interlocu- tores y por lo tanto conformar un sistema de partidos como tal,5 pese a su precariedad institucional.6 Estas carencias no impiden, sin embargo, descubrir su fortaleza individual,7 su peso desde el punto de vista electoral,8 y la con- siderable incidencia de los caudillos. Siendo ellos, Balbín, Frondizi, Alende, Perón, quienes junto con otras figuras claves de las corporaciones armada y sindical (Augusto Vandor, José Alonso, Lorenzo Miguel, José Rucci, Alejandro Agustín Lanusse, Pedro Eugenio Aramburu, entre otros) negocian, pero también disputan, la articulación de una opción política de salida a la grave crisis por la que atraviesa el país al iniciarse los años setenta. En esta configuración política, cuarta consideración, la figura de Perón adquiere un lugar singular. Sigal y Verón sostienen que existe una ausencia de la figura de Perón.9 Sin embargo a partir de 1969 semejante ausencia halla en contrapartida una fuerte presencia de su imagen y las frecuentes visitas que recibe de activos dirigentes, lo cual le permite negociar, proponer o rechazar acciones políticas. Por todo esto, su ausencia física halla la presencia de quienes invocando una identidad peronista influyen o condicionan la actividad política concreta. Por lo tanto, desde mi perspectiva, Perón está y no está dentro de la escena política argentina. La quinta consideración 3 Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1978, p. 158. 4 Liliana de Riz, “Partidos políticos y perspectivas de consolidación de la democracia: Argentina, Brasil y Uruguay”, en Documento de trabajo, Nº 2, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, 1987. 5 Andrés Thompson, “Los partidos políticos en América Latina. Notas sobre el estado de la temática”, en Documento de trabajo, CLACSO- CEDES, s/f. 6 Oscar Landi, “La trama cultural de la política”, Buenos Aires, CEDES, 1987, mimeo. 7 Marcelo Cavarozzi, Autoritarismo y Democracia (1955-1983), Buenos Aires, CEAL, 1983. 8 Oscar Landi, op. cit. 9 Silvia Sigal y Eliseo Verón, Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómenos peronista, Buenos Aires, Legasa, 1986. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 124.
    247246 hostil al gobierno.Con lo cual la cuarta condición tampoco se cumple. Finalmente el clima antimilitar fomenta las divergencias dentro de las Fuerzas Armadas. Como consecuencia del fracaso de este plan, el Presidente se encuentra ante una nueva preocupación: conducir una transición que permita salvar la imagen de la institución militar. Frente a un peligro de “desintegración nacional más acentuado del que supuestamente habrá venido a corregir en junio de 1966”,20 la tarea del gobierno militar, y por lo tanto la responsabilidad de Lanusse, consiste en garantizar la cohesión de la nación. En esa lógica, la coherencia interna de las Fuerzas Armadas deviene crucial. Pues si, como advierte Viola, uno de los ejes del orden social amenazado –cuando la corporación militar se decide a iniciar la apertura democrática– es su propia posición en la estructura institucional, Lanusse no ignora que la unidad de las Fuerzas Armadas se transforma en una misión a cumplir. Un enfrentamiento interno arriesgaba la integración nacional. Las razones, entonces, que alimentan la salida democrática son la necesidad de derrocar a la guerrilla y la premura por apaciguar la disconformidad evidente frente al gobierno militar. En este sentido, los motivos que promueven la salida democrática se combinan en la percepción de Lanusse: si el pueblo y la guerrilla se encuentran en una actitud adversa a las Fuerzas Armadas, existe el riesgo de que esta oposición se articule en torno a Perón. Es decir, el viejo caudillo se convierte en el único actor político en condiciones de articular el pueblo y la guerrilla. Por la misma razón, también resulta el único capaz de separarlos. Pero además una salida democrática avalada por Perón puede conciliar al pueblo con las Fuerzas Armadas. En consecuencia, Perón debe ser ganado para este proyecto: la inclusión del peronismo, vía Paladino, en La Hora del Pueblo configura una prueba de Perón reco- nocido como interlocutor legítimo del régimen militar y de los dirigentes políticos De ahí que a los nueve días del nuevo gobierno, Arturo Mor Roig, ministro del Interior, proclama que la prohibición política partidaria ha concluido. Sin duda, el período abierto por Lanusse se encuentra signado por la firme determinación de institucionalizar el país. Tarea para la cual se convoca, de manera abierta, a todos los sec- tores políticos y de forma encubierta a Perón. La incógnita a despejar, aun para el nuevo presidente, remite al lugar público que ocupará el líder justicialista en la naciente etapa; lugar cuya construcción final dependerá, entre otras cosas, de las posibilidades y de la voluntad política del anciano líder y de las circunstancias de toda índole que acompañen el camino recién inaugurado. Sin embargo la decisión ha sido tomada; por esos días se anuncia la disposición gubernamental de negociar con Perón su retorno legal a la vida política, a partir de proscribir las causas penales y proceder a la devo- lución de sus prerrogativas ciudadanas. La apertura del gobierno y su intento de acercamiento a diferentes sec- tores claves del país se manifiesta además en el campo socioeconómico. Son derogadas las restricciones que afectan el libre funcionamiento de las negociaciones colectivas de trabajo. Como era de esperar, la designación de Mor Roig origina posiciones encontradas dentro de la Unión Cívica Radical. Desde Córdoba, Arturo Illia, entre otros, pide, en un primer momento, su expulsión para moderar, más tarde sus posiciones al solicitar la convocatoria del Comité Nacional. Desde Buenos Aires, Raúl Alfonsín disiente con la actitud de Mor Roig, si bien deja sentado su acuerdo con el documento, “Que hablen los hechos”, lanzado por el balbinismo. En cuanto a Ricardo Balbín, su disposición a aceptar el nombramiento de Mor Roig queda sujeta a que el peronismo cuente con una representación de similar importancia en el Gabinete Nacional.21 Toda una muestra de hasta qué punto la UCRP acuerda con la incorporación del peronismo a una posible salida institucional. Una apertura, dirigida a las cúpulas partidarias y sindicales delata el callejón de la Revolución Argentina: convencidos sus miembros de la necesidad de la renovación partidaria requieren acordar con los dirigentes antes calificados de portadores de la ineficacia y la degeneración del sistema político. ¿Por qué el acuerdo? nadie debía engañarse sobre cuál era el fondo de la cuestión, porque el fondo de la cuestión no era si Balbín era o no demasiado veterano para hacer política, o si Américo Ghioldi expresaba o no ideas anacrónicas. El fondo de la cuestión se llamaba Juan Domingo Perón. Si ese problema no se abordaba franca, abiertamente, la existencia política de los argentinos seguiría envenenada por un tabú que acecharía cada uno de sus pasos.22 20 Eduardo Viola, Democracia e autoritarismo en la Argentina contemporánea, tesis doctoral presentada en la Universidad de San Pablo, 1982, p. 265. 21 Alejandro Lanusse, Mi Testimonio, Buenos Aires, Lasserre, 1977, p. 223. 22 Ibid., p. 229. gobernaciones a civiles. Este ofrecimiento a las fuerzas políticas, sin excepciones, de dialogar comprende al justi- cialismo, aunque el objetivo de superar la antinomia peronismo-antiperonismo excluye la figura de Perón, a quien Levingston demanda un renunciamiento histórico para pacificar el país. A su vez el gobierno anuncia que evitará la intervención en el mundo sindical, ya que ésta ha producido distorsiones más que soluciones. Esta decisión gubernamental recibe una buena acogida en las huestes sindicales que allana el terreno para la negociación ya que se “reconoce en las Fuerzas Armadas uno de los aliados naturales de la gran empresa que el pueblo argentino está llamado a protagonizar”.15 Sin embargo, los estallidos sociales se reiteran y vuelven a tener su epicentro en Córdoba (el “Viborazo”), e influyen en el ánimo de importantes militares. “Las Fuerzas Armadas son una carga necesaria de todas las naciones capitalistas o socialistas. Habrá una solución constitucional en plazo breve”.16 Por lo tanto, las razones de la separación de Levingston de la presidencia obedecen a “su posición reacia a la institucionalización del país y a su incapacidad para promover una alternativa de salida a la crisis”.17 El General personifica el segundo fracaso de la Revolución Argentina: cada vez resulta más claro la misión imposible que significa continuar con la proscripción del peronismo. Pero además, la proscripción no sólo fracasa en borrar al peronismo del mapa político argentino, sino que, a partir de 1971, comienza –paradójicamente– a tornar cada vez más imprescindible a Perón. El “Gran Acuerdo Nacional” entre Lanusse y Perón El fracaso de Levingston conduce a otro recambio gubernamental, el jefe del Ejército, general Alejandro A. Lanusse se hace cargo de la presidencia. Siguiendo a O’Donnell, Lanusse se plantea ser el presidente de la transi- ción; en ella “los partidos volverían a escena, sin proscripciones ni limitaciones, salvo las de tener que acordar los tér- minos del ‘Gran Acuerdo Nacional’ (GAN) con grandeza capaz de ‘renunciamientos’ –de candidaturas presiden- ciales–”.18 Para O’Donnell tanto los antiperonistas, como la gran burguesía deberían ceder –los primeros acep- tando un lugar protagónico e institucionalizado del peronismo y de Perón, y los segundos admitiendo la apertu- ra de un período de “sensibilidad social” capaz de aliviar las tensiones existentes–. El prestigio que alcanzaría Lanusse en una situación como la supuesta daría pie para luego lanzar su candidatura, con gran chance, cuando se con- vocara a elecciones presidenciales. En ese trato entrarían los sindicatos pero también las Fuerzas Armadas, que comenzarían a aparecer como las garantes de la transición democrática. “Si por alguna razón las partes no lo acep- taban ellas no lanzarían al país a un ‘salto al vacío’; en este caso ocurriría un nuevo golpe que postergaría por largo tiempo cualquier salida democrática.”19 En esta versión, Perón tenía que desligarse de la guerrilla, del sindicalismo radicalizado y de los sectores no moderados del peronismo. Ésta era una primera condición. A cambio se devolverían a Perón su grado militar y las compensaciones económicas negadas desde 1955. Si Perón acordaba, debería cumplirse otra condición, que ambas calmaran el ánimo popular. Para lo cual se hacía necesaria una tercera condición: que no empeore la situación económica. En cuarto lugar, no debía crearse un clima hostil al gobierno y, finalmente, las Fuerzas Armadas pre- cisaban apoyar el proceso a lo largo de los avatares que atravesara. Según O’Donnell sólo se cumple la última condición. Pues entre marzo de 1971 y 1973 los conflictos sociales y la actividad guerrillera aumentan; la situación económica se descontrola y la figura de Lanusse se deteriora, sobre todo en el frente militar (a raíz del malestar que continuaba en el país). Entre las condiciones, planteadas por O’Donnell, existe una de índole subjetiva: las palabras y las acciones de Perón. Las otras no dependen de la voluntad de una sola persona (la calma popular y el mejoramiento de la situación económica). El desligamiento de Perón de los sectores rebeldes pertenece al primer condicionamiento pensado por Lanusse, que es fundamental y que no se cumple, al tiempo que alimenta la vida de los otros. Pues Perón al animar la guerrilla colabora para volver más amenazante la protesta. A su vez la guerrilla, los jóvenes rebeldes, el sindicalismo radicalizado y la revuelta civil configuran una serie de factores que dan imagen de una atmósfera 15 Primera Plana, N° 410, 8 de diciembre de 1970. 16 General López Aufranc, en Primera Plana, Nº 425, 23 de marzo de 1971. En el mismo sentido se expresa Gnavi “las Fuerzas Armadas no van a contradecir la promesa de institucionalizar el país” (ibid). 17 María Matilde Ollier, op. cit., p. 109. 18 Guillermo O’Donnell, El Estado burocrático autoritario, 1966-1973. Triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982, p. 370. 19 Ibid., p. 371. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 125.
    249248 Lanusse, los aísla,para lo cual promulga una ley que los diferencia del resto de los actores civiles (la Ley de Represión del Terrorismo, número 19.081, como parte de la Ley de Defensa Nacional) y constituye una Cámara Federal en lo Penal para juzgar exclusivamente delitos de terrorismo. Es decir, mientras Perón los pretende con- fundir con el movimiento y la oposición al régimen, Lanusse, al tiempo que le resta oportunidades a líder justi- cialista, los aparta. En este sentido para el jefe militar se hace necesaria la presencia de Perón en el país pues esto no le permitiría bendecir a Montoneros y a los sindicalistas al mismo tiempo, porque la juventud contaba con planes propios y porque Perón respaldaría estructuras más sólidas como los sindicatos y las unidades básicas.27 El desafío lanzado por Lanusse desde el Colegio Militar a Perón, permite al líder justicialista “acordar sin que se note”. Sabiendo que su candidatura no será posible, como tampoco la del jefe militar, Perón da a conocer el documento “Bases mínimas para el Acuerdo de construcción nacional” en el que realiza un evidente acerca- miento a las Fuerzas Armadas colocándolas como garantes de la transición democrática. El Presidente expresa la necesidad de terminar con el “mito Perón”. De allí que declara en sus memorias que “mi intención, muy clara, era que Perón volviera para terminar de una buena vez con el mito, para demostrar que iba a volver y no iba a pasar nada en el país y que volviera, en lo posible, condicionado por las Fuerzas Armadas”.28 De todas maneras y a pesar de la presión en contrario, Perón nunca se pronuncia contra sus formaciones especiales. Hacia octubre de 1972, se torna evidente el acuerdo entre los dos generales y el 17 de noviembre, Perón retorna al país dejando clara su posición “por si mi presencia allí puede ser prenda de paz y entendimiento”.29 Perón ha aceptado su proscripción. Lanusse obtiene una retirada militar honrosa, dejando que Perón resuelva las dife- rencias internas del movimiento. La estrategia de Lanusse resulta exitosa, ya que logra –en un contexto altamente conflictivo– un acuerdo general, respaldado por las Fuerzas Armadas, los partidos, los sindicatos y el propio líder exiliado. El Acuerdo Nacional que durante años se busca entre las figuras más importantes del período, finalmente lo llevan a cabo Lanusse y Perón. Sus pilares básicos radican en salvar a las Fuerzas Armadas en medio del proceso de desprestigio ciudadano que han alcanzado y terminar con la guerrilla. La democracia, en ese sentido, opera como el instrumento necesario para el cumplimiento de estos dos objetivos. Lanusse, en forma velada, construye a Perón como aliado, y así se desenvuelven los últimos años de la Revolución Argentina. El espiral de violencia lejos de detenerse se agrava desde la vuelta del justicialismo al gobierno y se traza, así, la ruta hacia el regreso de las Fuerzas Armadas al poder. En vida de Perón su propuesta presidencial fue renovar la relación entre civiles y militares sobre la base del “profesionalismo neutro”. El general Anaya, comandante en jefe del Ejército nombrado por Perón, comparte esta visión con el caudillo, es decir, la no participación de las Fuerzas Armadas en política. Pero bajo la presidencia de Isabel Martínez, López Rega reemplaza a Anaya por el general Numa Laplane, y con ello triunfa el profesionalismo integrado, es decir, la participación de las Fuerzas Armadas en la política. Este hecho acompaña la intervención del Ejército en Tucumán para combatir la guerrilla y la circular firmada por Luder ordenando a las Fuerzas Armadas aniquilar la subversión. Comenzaba entonces para el gobierno peronista la cuenta regresiva. Luego de la primera amenaza golpista, en agosto de 1975, el general Jorge R. Videla reemplaza a Numa Laplane y el 18 de diciembre se levanta la aeronáutica, en Morón y en Aeroparque, bajo el mando del brigadier Capellini. En medio del desbarranque económico y el vaciamiento de la política, el gobierno utiliza el poder del Estado para organizar y mantener sus escuadrones parapoliciales mientras distintos grupos, de izquierda a derecha del espectro político, confrontan violentamente. En esa lógica terminan involucradas las Fuerzas Armadas, en la que algunos de sus miembros resultan incluso víctimas de la Triple A.30 La imbricación entre civiles y militares para resolver la construcción del orden político volvía, otra vez, a desplegarse en la escena argentina. 27 Primera Plana, 6 de julio de 1971. 28 Alejandro Lanusse, op. cit., p. 231. 29 Juan D. Perón, “Mi Regreso”, en Nueva Plana, Nº 4, 14 de noviembre de 1972. 30 En marzo de 1975, la Triple A asesinó al coronel Rico, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, que estaba investigando los escua- drones parapoliciales de extrema derecha. Por lo tanto, el clima de apertura se vincula de manera directa al intento de entablar conversaciones con Perón. En ese marco se explican las palabras de Paladino, en abril de 1971: “El retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina va a ser un hecho. Actualmente se están dando las condiciones propicias para su vuelta al país. Y se están dando en forma acelerada”.23 De todas maneras, la pulseada entre Lanusse y Perón tenía un final abierto, más allá de las intenciones y posibilidades de cada caudillo. Por eso las siguientes palabras de Mor Roig, pronunciadas poco tiempo después de aquellas de Paladino, expresan esa puja pese a ir en la misma dirección: Yo creo que se han alentado muy falsas expectativas, con buena o con mala intención. Si queremos pensar con un poquito de sensatez comprenderemos que en estos momentos el retorno de Perón a la Argentina podría resultar un elemento irritativo y no un elemento de pacificación [...]. No están dadas las condiciones... Recién se está en el proceso para el logro de la pacificación nacional que abriría esa posibilidad.24 No están dadas las condiciones supone dos cuestiones: que todavía no hay acuerdo entre las elites y que una transición debe ser controlada por el gobierno. Si se comparan las declaraciones de Mor Roig con las de Paladino, cuando expresa que Perón ansía volver cuanto antes, aunque “eso no significa que sea hoy”25 se ve que un campo de acuerdos comienza a dibujarse. La certeza de incluir a Perón en el proceso de acabar con la Revolución Argentina no resuelve la incógnita acerca de la manera en la que arribar al final de ese proceso. Lanusse piensa una estrategia electoral capaz de incluir la presencia de Perón, ya que advierte que no hay resolución feliz sin el líder justicialista como interlocutor. Es decir, el propio Perón debe legitimar la institucionalización, justamente porque su candidatura precisaba ser proscripta. En síntesis, la estrategia de Lanusse se dibuja claramente: legalizar el peronismo en vistas a la institucionalización democrática, proscribir el nombre de Perón en la fórmula peronista, y conseguir que éste lo legitime. Para ello comprende que debe incluir al sindicalismo: La estrategia del gobierno no podía consistir solamente en una reconciliación entre los militares y los políticos o un sondeo con Perón. Yo comprendí desde el primer momento que no podía descuidar a sectores de esencial importancia para la vida nacional –como el movimiento obrero organizado– ni podía dejar de recordar que el sindicalismo había recibido importantes estímulos durante las ante- riores etapas de la Revolución Argentina. Hubiera sido insensato para todos, aun para los partidos, hacer ver que el retorno de los políticos llevaba a su desplazamiento. Hubiera sido, además, desco- nocer la realidad.26 El general proscripto ha tomado, también, frente a Lanusse una decisión inequívoca: impedir que Lanusse sea el candidato de cualquier transición, ya sea por medio de un gobierno de coalición o alguna fórmula semejante. Sin embargo, para llevar adelante sus planes, Perón encuentra obstáculos dentro de sus propios segui- dores: el sindicalismo continúa más apegado al Estado que a los intentos por modificar el régimen político. El per- sonal político del peronismo tiene cierto peso en el nivel de las relaciones interelites –de ahí el relativo éxito de Paladino durante un período prolongado de tiempo–, pero carece de capacidad para movilizar. Por este motivo Perón, además de verse favorecido, objetivamente, por la rebelión social, cuenta a su favor, de modo exclusivo, para pre- sionar al régimen y obligarlo a una retirada, con la juventud y la guerrilla, únicos actores que llevan –junto con los sectores de izquierda y del sindicalismo no tradicional– una oposición frontal al gobierno militar. Porque el actor juvenil –armado o no– beneficia a su rival, Lanusse persigue, sin éxito, la condena de Perón a la guerrilla; al mismo tiempo busca diversas maneras de combatirla: discursos, leyes, medidas represivas. De ahí que la incorporación de las “formaciones especiales” al movimiento peronista no pasa desaper- cibida para el gobierno. La violencia de la guerrilla se ha convertido en terreno donde Lanusse y Perón disputan sus posibilidades. Mientras Perón legitima a los partidos armados invitándolos a luchar contra el gobierno militar, 23 Primera Plana, 27 de abril de 1971. 24 Primera Plana, 4 de mayo de 1971. 25 Ibid. 26 Alejandro Lanusse, op. cit., p. 232. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS MARÍA MATILDE OLLIER - Las Fuerzas Armadas en misión imposible: un orden político sin Perón LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 126.
    250 BIBLIOGRAFÍA Revistas: Periscopio; PrimeraPlana. CAVAROZZI, Marcelo, Autoritarismo y Democracia (1955-1983), Buenos Aires, CEAL, 1983. DE RIZ, Liliana, “Partidos políticos y perspectivas de consolidación de la democracia: Argentina, Brasil y Uruguay”, en Documento de trabajo, Nº 2, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, 1987. HALPERIN DONGHI, Tulio, La democracia de masas, Buenos Aires, Paidós, 1986. LANDI, Oscar, “La trama cultural de la política”, Buenos Aires, CEDES, 1987, mimeo. LANUSSE, Alejandro, Mi Testimonio, Buenos Aires, Lasserre, 1977. O’DONNELL, Guillermo, El Estado burocrático autoritario, 1966-1973. Triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982. OLLIER, María Matilde, Golpe o Revolución. La violencia legitimada, Argentina 1966/1973, Buenos Aires, UNTREF, 2005. PALERMO, Vicente, “Democracia interna en los partidos: las elecciones partidarias de 1983 en el radicalismo y justicialismo porteños”, en Hombre y Sociedad, N° 4, Buenos Aires, IDES, 1986. PERÓN, Juan Domingo, “Mi Regreso”, en Nueva Plana, Nº 4, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1972. PORTANTIERO, Juan Carlos, “La crisis de un régimen: una mirada de retrospectiva”, en José Nun y Juan Carlos Portantiero, Ensayos sobre la transición democrática en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1987. ROUQUIÉ, Alain, Poder militar y sociedad política en la Argentina, 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1978. SIGAL, Silvia y Eliseo Verón, Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista, Buenos Aires, Legasa, 1986. SMULOVITZ, Catalina, Oposición y gobierno: los años de Frondizi, tomos 1 y 2, Buenos Aires, CEAL,1988. THOMPSON, Andrés, “Los partidos políticos en América Latina. Notas sobre el estado de la temática”, en Documento de trabajo, Buenos Aires, CLACSO-CEDES, s/f. VIOLA, Eduardo, Democracia e autoritarismo en la Argentina contemporánea, tesis doctoral presentada en la Universidad de San Pablo, 1982. LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 127.
    253 A mediados delos años ochenta, el coronel retirado –hoy fallecido– Ulises Muschietti, me entregó anotados en una pequeña hoja, con la cuidada caligrafía de los militares de viejo cuño, los nombres de cuatro oficiales franceses que habían sido los maestros de la primera camada de uniformados argentinos formados en la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN): Patrice de Naurois, Robert Bentresque, François Badie y Jean Nouguès. Fue para mí un hecho inesperado, que agradecí en su momento con aprecio: en esa época había iniciado una investigación sobre los orígenes de la DSN en la Argentina. Pegué ese trozo de papel en el vidrio de una ventana contra la que se ubicaba mi mesa de trabajo; me acompañó durante todo el tiempo que duró la pesquisa. Me apresuro a aclarar, debido a lo que se dirá más abajo, que Muschietti no había sido ni era peronista. Era un hombre inteligente y tolerante, muy interesado por la historia militar argentina. Con el tiempo, valoré mucho más que en el momento inicial aquel en apariencia pequeño pero generoso gesto. Encontré allí una punta de ovillo que me permitió, tirando de ella, corroborar ampliamente la existencia de una influencia francesa en la introducción de esa doctrina y avanzar en el desarrollo de la ya mencionada investigación.1 Aquella corroboración y su exposición ordenada y sistemática contribuyeron a modificar una hasta entonces extendida creencia: la de que la DSN había sido introducida en el país con posterioridad a la Revolución Cubana, por acción de Estados Unidos. En efecto, la constatación de la influencia francesa no solamente vino a establecer precisiones historiográficas sino que, al correr hacia atrás en el tiempo la filiación del origen de la DSN en Argentina, otorgó crédito a la opinión de algunos viejos oficiales peronistas pasados a retiro con posterioridad al derrocamiento de Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955, que afirmaban que la introducción de aquella doctrina había estado ligada a la voluntad de “desperonizar” el Ejército que animó a la sedicente Revolución Libertadora. La contigüidad entre ambos hechos –el golpe contra Perón y la renovación doctrinaria– tornó creíble la opinión de aquellos viejos oficiales, hasta ese entonces prácticamente ignorada en los medios académicos. Por otra parte, como se sabe, la Revolución Cubana triunfó el 1° de enero de 1959. Las relaciones entre ésta y Estados Unidos fueron de tensión creciente durante los años finales de Dwight Eisenhower, al punto de que hacia el final de su mandato presidencial se encontraban prácticamente rotas. Con John F. Kennedy ya en 1 Sus resultados pueden consultarse en mi libro: Seguridad Nacional y Sedición Militar, Buenos Aires, Legasa, 1987. Para esa época exis- tían sólo brevísimas referencias sobre la presencia francesa, de no más de una docena de renglones, en los textos de Robert Potash, El ejército y la política en la Argentina 1945-1962, Buenos Aires, Sudamericana, 1981, p. 429; y Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1982, p. 158. La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino ERNESTO LÓPEZ EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA EN GUATEMALA PROFESOR / INVESTIGADOR UNQ (EN USO DE LICENCIA) 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS 6 CAPÍTULO
  • 128.
    255254 de una nefastay trágica historia. Debían también recuperar un control suficiente de las instituciones militares, en particular del Ejército, que los pusiera a cubierto de sobresaltos. Es que en éste permanecía un apreciable número de oficiales filoperonistas, aún después del triunfo libertador. Por añadidura, había una también amplia cantidad de oficiales profesionalistas formados en los marcos de la DDN, que sin ser peronistas se habían amoldado sin mayores problemas a las políticas de defensa y militar practicadas por Perón. Por otro lado, los golpistas militares de septiembre constituían un heterogéneo conglomerado que había actuado unido por el objetivo de derrocar a Perón, pero tenía marcadas diferencias políticas. Estaba integrado por algunos –pocos– peronistas desencantados, por nacionalistas que habían roto con Perón por diversas circunstancias y liberales, que debido a las intentonas fraca- sadas previas a 1955 habían quedado reducidos a una mínima expresión aunque estaban muy cohesionados y eran los que mejor conectaban con el universo político civil que había apoyado el golpe. Las diferencias en el grupo triunfador eclosionaron cuando el nacionalista general Eduardo Lonardi, jefe de la Revolución y primer presidente provisional de ésta fue desplazado por un golpe dentro del golpe y reemplazado por el general liberal Pedro Eugenio Aramburu. Esto demuestra que los triunfadores no las tenían todas consigo. Temían, por añadidura, un contragolpe que finalmente se concretó aunque no fue exitoso.4 Y tenían que afianzar –especialmente los liberales– su posición de poder dentro de la institución. Se estima que a principios de 1956 habían sido pasados a retiro o dados de baja alrededor de1.000 ofi- ciales filoperonistas, lo que representaba aproximadamente el 20% de la oficialidad activa.5 Un grupo imprecisable, pero en todo caso no menor al de los purgados, quedó en servicio pero postergados y relegados a destinos sin importancia. Más preciso es el dato sobre los generales: 63 de los 86 en servicio a mediados de septiembre de 1955 pasaron a retiro en forma casi inmediata. De los 23 restantes, uno fue fusilado y 17 pasaron a retiro a finales de 1956.6 Está claro que se trató de una limpieza profunda. Este movimiento se completó con una política de reincorporaciones de personal que había pasado a retiro o había sido dado de baja por ser responsables o estar involucrados en acciones golpistas contra Perón. Eran prácticamente todos liberales. En los dos años y medio en que, aproximadamente, los libertadores perma- necieron en el poder fueron reintegrados: 8 generales (uno de manera simbólica pues ya había fallecido); 27 coro- neles; 29 tenientes coroneles; 13 mayores; 50 capitanes (dos también de manera simbólica pues habían fallecido); 36 tenientes primeros; 17 tenientes y 7 subtenientes. En total 184, si se descuenta a los fallecidos, lo que repre- senta aproximadamente un 5% de los que habían permanecido en actividad (vale decir, descontados los purgados). Prácticamente el 80% de los reincorporados, sin contar a los fallecidos, ascendió al grado inmediato superior. El 50% de los generales de brigada reintegrados ascendió a general de división y también el 50% de lo coroneles al de general de brigada. Pero el dato que ilustra de modo más elocuente el control institucional que adquirió el sector liberal vía las reincorporaciones es el siguiente: entre 1955 y 1962, el 73% de los ministros o secretarios de Guerra fueron oficiales reincorporados, así como el 66% de los comandantes en jefe.7 La Guerra Fría como contexto de la mudanza doctrinaria local Si bien el final de la Segunda Guerra Mundial alumbró el período signado por el enfrentamiento entre el Mundo Occidental y el Mundo Comunista, el establecimiento de los parámetros básicos de lo que se llamó Guerra Fría ocurrió bastante tiempo después de 1945. A la bipolarización, a la paridad atómica y su conco- mitante equilibrio del terror acompañado del vaciamiento de la posibilidad de victoria entre los contendientes más poderosos, al evitamiento de la guerra sin por ello vivir en paz, a la conversión de las zonas de influencia de ambos sistemas de alianza en soterrados o, a veces, abiertos escenarios de desestabilización o de conflicto se llegó a marcha más bien lenta. En un principio, no obstante los catastróficos resultados de los ataques a Hiroshima y 4 El junio de 1956 se produjo el alzamiento del general Juan José Valle, que fue sanguinariamente reprimido. Fueron fusilados 18 militares, incluido Valle, y 14 civiles a los que se acusó de estar complotados con los golpistas. Los fusilamientos militares carecieron de sustento legal aunque se procuró otorgarles alguna validación jurídica; los procedimientos contra los civiles fueron directamente clandestinos. 5 Véase Robert Potash, op. cit., tomo 2, p. 293. 6 Véase Ernesto López, El primer Perón, op. cit., pp. 143 y ss. Estos datos revelan que casi todos los generales nacionalistas que apoya- ron o acompañaron el golpe habían pasado a retiro a fines de 1956. 7 Para todos los renglones que se acaba de mencionar –reincorporaciones, ascensos y puestos de comando– véanse Ernesto López, Seguridad Nacional y Sedición Militar, op. cit.., pp. 111 y ss.; y El primer Perón, op. cit., pp. 142 y ss. En tiempos de Frondizi, el cargo de secretario reemplazó al de ministro. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino la presidencia –asumió el 20 de enero de 1961– se afianzó en Estados Unidos el temor a la irradiación de aquella revolución hacia América Latina. En función de esto fueron movilizadas tanto iniciativas de apoyo al desarrollo, como fue el programa Alianza para el Progreso, enviado para su aprobación al Congreso el 14 de marzo de 1961, cuanto un redoblado esfuerzo por incidir sobre el control de las Fuerzas Armadas de los países de la región y la propagación de la DSN. Emblema de esto último fue la Escuela de las Américas, con sede en Panamá, que se con- virtió en usina de contrainsurgencia. El punto de ruptura definitivo entre ambos –Estados Unidos y Cuba– sobrevino en abril de 1961, tras el fracaso del intento de invasión contrarrevolucionaria de Bahía de Cochinos. Entre ambas fechas, 1956 y 1961, medió entonces una diferencia temporal que tornó opaca y/o no trascendente la inicial presencia francesa, y dificultó la percepción de que la depuración del Ejército posterior al golpe de septiembre de 1955, había venido acompañada de una renovación doctrinaria que significó, en rigor, una mudanza. Hasta entonces, regía exclusivamente en las Fuerzas Armadas la Doctrina de la Defensa Nacional (DDN), que el propio Perón había contribuido a actualizar y a ajustar para el caso argentino,2 convirtiéndola, más tarde, cuando alcanzó la presidencia, en el paradigma sobre el cual se basaron sus políticas de defensa y militar. Como se sabe, la DDN de aquellos años postulaba una concepción clásica que concebía a la guerra como conven- cional y al hecho bélico como emergente de agresiones militares externas, y preveía un despliegue territorial de fuerzas y una política de formación y adiestramiento en consonancia con esos conceptos. La DSN varió el sentido del conflicto desplazando la preocupación hacia el control y/o neutralización de la guerra revolucionaria; torció el foco hacia el enfrentamiento interno iniciando una nefasta deriva hacia la visualización de una subversión interna a la que elevó a la condición de enemigo principal; modificó las políticas de adoctrinamiento, formación y adiestramiento, pero mantuvo el despliegue clásico. No clausuró la posibilidad de agresiones militares externas de carácter convencional, pero las mantuvo en una posición meramente secundaria. Así, la DSN y la DDN coexis- tieron, podría decirse que yuxtapuestas, en base a un predominio sustancial de la primera, aunque la segunda continuara proveyendo la estructura orgánica formal del Ejército, con todo lo que ello implicaba en términos de presupuesto, dimensión del cuerpo de oficiales y del cuadro de suboficiales, servicio militar obligatorio y volumen de las incorporaciones anuales, despliegue territorial, servicios de apoyo vinculado al anterior, etc. La acción desperonizadora dentro del Ejército implicó entonces dos movimientos concomitantes: una depuración (en rigor, una verdadera purga) acompañada de reincorporaciones y una mudanza doctrinaria. Esta última quedó envuelta, así, en un proceso más amplio que debe ser puesto en un primer plano de consideración analítica. Pero es también necesario analizar los cambios en el contexto estratégico mundial que trajo aparejado el conflicto entre Occidente y el Mundo Comunista –para utilizar una vieja retórica– establecido al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuyo perfilamiento en términos de Guerra Fría comenzó con la Guerra de Corea y recién se consolidó a mediados de los años cincuenta. El examen de la ventana de oportunidad para la mudanza doc- trinaria vernácula que propiciaron estos cambios de escala planetaria debe ser también traído al primer plano del análisis, para comprender acabadamente bajo qué condiciones, cómo y por qué se introdujo la DSN en el Ejército Argentino. Desperonización: depuración y reincorporaciones La Revolución Libertadora llegó impulsada por un afán cancelatorio. El peronismo, aun con sus limita- ciones e imperfecciones, expresaba una alternatividad económica, política y social –cabe aquí ¿por qué no? recordar sus tres clásicas banderas: independencia económica, soberanía política y justicia social– que al establishment de poder, siempre presto a buscar fórmulas de asociación subordinadas al gran capital internacional en desmedro de posibilidades de desarrollo más armónicas y saludables para el país, y a priorizar su propio beneficio en detrimen- to de un más equilibrado reparto del ingreso y de la puesta en vigencia de políticas sociales, le resultaba indigerible.3 Con prolijidad y esmero los hombres de aquella Revolución se dieron a la tarea de desmontar el Estado peronista, de desbaratar su economía, de cancelar por decreto el orden constitucional preexistente a su éxito, de interdictar y proscribir al peronismo como movimiento político y cultural, de intervenir la CGT, de perseguir a dirigentes y activistas, y hasta de secuestrar y hacer desaparecer el cadáver embalsamado de Eva Perón que fue, en rigor, la primera desaparecida LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS 2 Véase su conferencia “Significado de la defensa nacional desde el punto de vista militar”; puede consultarse en Juan D. Perón, Perón y las Fuerzas Armadas, Peña Lillo, Buenos Aires, 1982. 3 He trabajado con cierta amplitud este tema en mi El primer Perón, Buenos Aires, Le Monde Diplomatique-Capital Intelectual, 2009, pp. 15 y ss.
  • 129.
    257256 informado y culto,Rosas se convirtió en al alma de la mudanza doctrinaria. Bajo su influjo, la ESG se convirtió en la usina del cambio; cuando pasó a desempeñarse como Jefe de Operaciones del Estado Mayor General del Ejército, destino que ocupó en 1959 –ya con el grado de general– tras dejar la Escuela, completó su labor en el plano orgánico-operacional. La ESG tiene como función formar a los oficiales de Estado Mayor. En aquellos años, en que no existían todavía los cursos para oficiales superiores ni las universidades de las Fuerzas Armadas y la Escuela de Defensa Nacional daba sus primeros pasos preponderantemente orientada hacia el medio civil, era un muy calificado ins- tituto de formación que centralizaba –junto con el Colegio Militar– la educación militar. Era, pues, el espacio pro- picio para poner en marcha una reforma doctrina. Sus aulas se abrieron a la contratación de especialistas extranjeros y su prestigiosa Revista de la Escuela Superior de Guerra (RESG) se convirtió en divulgadora de las nuevas ideas y en caja de resonancia de las novedades doctrinarias. Los profesores extranjeros –los principales fueron los entonces tenientes coroneles franceses De Naurois, Badie, Bentresque y Nouguès, ya mencionados– sugirieron orientaciones, organizaron cursos, dictaron clases e impar- tieron seminarios y conferencias. Fueron acompañados por un grupo de oficiales argentinos –como los tenientes coroneles Miguel Ángel Montes y Manrique Mom, y el propio coronel Rosas, entre otros– que en su mayoría habían pasado por Francia. El mejor reflejo del movimiento que pusieron en marcha ha quedado registrado en las páginas de la RESG. En concordancia con lo que había ocurrido en el escenario principal, los desarrollos en la Argentina que enfocaron la actualidad de la guerra atómica precedieron, por escaso margen, a los referidos a la guerra revo- lucionaria. Debe aclararse, no obstante lo que se acaba de decir, que era frecuente que en esos trabajos iniciales se establecieran conexiones entre ambas modalidades bélicas. El primer artículo que expresaba las nuevas concepciones centradas sobre la guerra nuclear fue el del teniente coronel Montes titulado “Las armas atómicas en el campo de batalla”, publicado en la RESG, en el número 325, correspondiente a abril/junio de 1957; en el número siguiente apareció, del mismo autor, “Las guerras del futuro en la era atómica”. Y ya en 1958 todos los números tuvieron por lo menos un artículo dedicado al tema.9 En algunos de estos trabajos todavía se hipotetizaba en términos de guerra general con empleo de medios estra- tégicos atómicos, y se retenía también la posibilidad de que sobreviniera una guerra convencional con empleo limitado de armamento nuclear. Esto último podía ocurrir, por ejemplo, si debido a una crisis económica o a dis- turbios sociales un país entronizaba un gobierno comunista o se libraba en él una guerra civil en la que los bandos enfrentados recibían apoyo ya del bloque occidental, ya del oriental.10 Pero despuntaba también una segunda manera de enfocar las cosas, más ajustada a lo que luego fue corriente. Por ejemplo, en el segundo de los artículos iniciáticos de Montes se lee que: el grupo de naciones de Occidente tiende a realizar una guerra nuclear restringida, o mejor aún, una guerra atómica táctica, para equilibrar la actual desproporción que tiene en lo referente a fuerzas convencionales, con respecto al grupo Oriental. En cambio, este última finca, al parecer, sus mayores probabilidades de éxito en la más amplia y decidida ejecución de la guerra social revolucionaria, sin por ello descuidar su creciente potencial nuclear.11 9 La lista completa de los artículos sobre el particular publicados en 1958 es la siguiente: Carlos J. Rosas, “Estrategia y táctica”, N° 328, enero-marzo; “Una estrategia general atómica”, N° 329, abril-junio; N. Hure, “Situación estratégica de los bloques Oriental y Occidental”, ibid.; C. J. Rosas, “La batalla ofensiva”, N° 330, julio-septiembre; N. Hure, “Estrategia atómica”, N° 331, octubre-diciembre; y J. Devalle, “Ataque en ambiente atómico”, ibid. Cabe destacar que los artículos de Rosas nombrados en primer y cuarto lugar contienen referencias explícitas a la relación entre las guerras nuclear y revolucionaria. 10 Así, por ejemplo, en Carlos J. Rosas, “Una estrategia general atómica”, op. cit. Debe señalarse, sin embargo, que en su trabajo inicial, “Estrategia y táctica”, Rosas había introducido un concepto audaz para la época: el de agresión interna (véase op. cit., p. 140). 11 Miguel Ángel Montes, “Las guerras del futuro en la era atómica”, en Revista de la Escuela Superior de Guerra, Nº 326, julio-agosto de 1967, pp. 391-392. Nagasaki, Estados Unidos consideró las bombas atómicas sólo como un armamento más dentro de una concepción general de guerra total, de carácter convencional, tal como defendió todavía el general Douglas Mac Arthur, al mando de las tropas americanas en Corea, a la postre sin éxito. Tardaron en advertir que la diferencia cualitativa que era capaz de introducir ese tipo de armamento cambiaba la naturaleza de la guerra y conducía a un rediseño de políticas y de estrategias. El reconocimiento de la recién mencionada diferencia cualitativa parece haberse iniciado en el lapso que va desde la constatación de que la entonces Unión Soviética había construido la bomba atómica, hasta la Guerra de Corea. En efecto, la primera explosión nuclear practicada por aquélla en 1949 encendió luces de alerta. Y el conflicto coreano, comenzado en junio de 1950 y finalizado en julio de 1953, con sus vaivenes y alternativas, colocó una delicadísima disyuntiva. ¿Debía llevarse la guerra a China, como quería Mac Arthur, y atacar Manchuria –que funcionaba de retaguardia de los norcoreanos que, además, recibían el apoyo de los chinos– con el peligro de generalizar un conflicto que podía escalar hacia la dimensión nuclear y desencadenar una nueva contienda internacional de proporciones? ¿O debía prevalecer la cautela? El presidente Harry Truman era partidario de esto segundo. Terminó relevando del mando a Mac Arthur que, como se acaba de ver, proponía otra cosa. Y en dos trazos concisos pero clarificadores definió la estrategia general a seguir en Corea que pueden, a su vez, ser consi- derados los primeros lineamientos que bosquejaron la lógica de la Guerra Fría: guerra limitada y respuesta flexible. Mediante el primero se iniciaba el abandono de la concepción de guerra total que había imperado hasta la Segunda Guerra Mundial en las Fuerzas Armadas estadounidenses y el tránsito hacia otras formas más controladas y menos comprometedoras; y a través del segundo se graduaba el empeñamiento de sistemas de armas conforme el tamaño y la relevancia de la amenaza. La terrible capacidad destructiva del armamento nuclear convocaba a la prudencia y a la disuasión, antes que a la ofensiva. Con ese comienzo, pues, se fue abriendo camino el cambio de concepciones, es decir, el viraje estratégico estadounidense y la instalación de la lógica de Guerra Fría, que a mediados de los años cincuenta comenzaba ya a tomar su forma definitiva. Descartado el enfrentamiento directo entre ellas, las superpotencias procurarían sacarse ventajas por medio de procedimientos vicarios, indirectos: todo aquello que sirviera para debilitar la posición relativa de una de ellas trataría de ser aprovechado por la otra con el objeto de perjudicar al rival y aumentar el poder propio. Ahora bien, arribada la era nuclear con su lógica de mutua destrucción asegurada8 y establecida la tendencia a la acción indirecta, es decir, desarrollada fuera de los respectivos núcleos centrales y sistemas de alianza militares (la OTAN, por un lado, y el Pacto de Varsovia, por el otro), comenzó a visualizarse la mediata pero peligrosa relación que podía establecerse entre la lucha insurgente en los escenarios secundarios, y la paridad nuclear y el equilibrio del terror, en los centrales. En ese marco, la defensa del continente americano fue perdiendo sentido –desde la óptica estadounidense– en clave de guerra total. América Latina, en particular, alejada de la posi- bilidad de recibir un ataque directo del “enemigo comunista” por razones geográficas, comenzó a ser vista desde los Estados Unidos privilegiándose la seguridad interior. Y se abrió camino, entonces, la idea de que la seguridad regional debía ser el resultado de la sumatoria de las seguridades internas de cada país, en reemplazo de la desac- tualizada concepción de defensa hemisférica establecida en términos de guerra convencional. Como ya se ha men- cionado, esto no ocurrió rápidamente: fue un proceso que, cuando ocurrió la Revolución Cubana –que materializó la peor pesadilla–, se hallaba ya comenzado aunque lejos de estar concluido. El inicio de la mudanza estratégica estadounidense fue más o menos coincidente en el tiempo con las necesidades de desperonización (depuración, reincorporaciones y cambio doctrinario) que tenían –en el plano local– los sectores liberales de la Revolución Libertadora. Contribuyó, por lo tanto, a brindar una ventana de oportunidad a la mudanza doctrinaria vernácula. Estados Unidos, sin embargo, carecía de experiencia en la lucha contrainsurgente. Francia, en cambio, con su amarga experiencia en Indochina y habiendo comenzado ya sus tribulaciones en Argelia, sí. La introducción y el primer desarrollo de la DSN en la Argentina La influencia francesa comenzó con la llegada del entonces coronel Carlos Jorge Rosas a la subdirección de la ESG, en 1956. Venía de prestar servicios en Francia como agregado militar, posición desde la cual había tomado contacto con la experiencia contrarrevolucionaria que los franceses habían cosechado en Indochina. Y se había puesto al día, asimismo, con las novedosas concepciones sobre la guerra atómica. Hombre de fina inteligencia, 8 La lógica MAD (su acrónimo en inglés) como se la llamaba, se asentaba sobre la capacidad de respuesta remanente de cualquiera de las dos superpotencias luego de recibir un primer ataque nuclear. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 130.
    259258 Argentina, llegado elcaso formaran “quintas columnas” que actuaran de conformidad con regímenes totalitarios constituidos en sus países de origen. Pero no le asignaba a esta alternativa mayores posibilidades. “En conclusión –decía– la Argentina ofrece a la subversión un campo relativamente poco favorable. Sin embargo, el peligro existe. ¿Cómo puede concretarse?” Y respondía: “El comunismo, a cara descubierta, tiene pocas posibilidades… Pero la más eficaz e insidiosa correa de transmisión del comunismo en la Argentina es evidentemente el fidelismo, que puede aprovechar la permanencia de un antiguo sentimiento antinorteamericano y la disponibilidad de una masa peronista aún imperfectamente integrada a la vida política de la nación”.16 ¡Et voilà!, para decirlo en francés como corresponde, en atención a los textos que se ha venido con- siderando. El peronismo –un muerto que permanecía guardado en un ropero– aparecía, así, al final del ciclo, reco- nocido en su condición de amenaza. Pero conviene dejar en suspenso esta verdadera confesión de parte y regresar al texto de Nouguès para ver qué decía sobre la estructura creada para enfrentar a la subversión. Reconocía que se había realizado ya “una importante obra técnica y práctica”: se había avanzado en la doctrina, se habían redactado los reglamentos internos, y se habían ejecutado algunas operaciones de orden interno como el Plan Conintes17 y una acción contra opositores al dictador paraguayo Alfredo Stroessner, radicados en Misiones y Formosa, entre otras. Textualmente decía, además: “Con la creación de una organización territorial militar (zonas de defensa, subzonas y áreas), la Argentina ha sido dotada de la infraestructura antisubversiva que le hacía falta”.18 Señalaba asimismo los avances en materia de inteligencia, advertía sobre la existencia de tareas pendientes en este plano y recomendaba la constitución de una Comunidad Interamericana de Inteligencia, en el seno de la Junta Interamericana de Defensa. Finalmente, en el terreno orgánico y operacional cabe mencionar que la cuadriculación territorial estaba ya diagramada en 1962 y permanecía yuxtapuesta al despliegue operacional clásico. Se preveía activarla sólo cuando fuese necesario. Asimismo, se realizaron cursos de divulgación y adiestramiento orientados hacia el conjunto de la institución –puesto que obviamente debía avanzarse más allá de los límites de la ESG– que llevaron los nombres de Hierro y Hierro Forjado, entre otros. Y se desarrollaron ejercitaciones sobre la carta, sobre temas antisubversivos, que llevaron los nombres de: Tandil, Reflujo, Nikita y Libertad, entre otros. Hacia 1962 el cuadro estaba completo. La fase de introducción y el primer desarrollo de la DSN estaban cumplidos. Conclusiones Tal como dice el dicho tribunalicio, a confesión de parte relevo de prueba. El reconocimiento explícito (y final) de Jean Nouguès sobre la amenaza peronista demuestra –por si no hubiera sido suficiente la batería argumental y de datos expuestos precedentemente– que la introducción y desarrollo de la DSN, en su fase inicial, estuvo condicionada por la necesidad desperonizadora que acuciaba a la Revolución Libertadora. Claramente, por lo demás, la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962, derrocado por golpe militar) no obstaculizó aquel desarrollo. Las ideas y conceptos que le dieron forma en ese primer ciclo pueden resumirse de la siguiente manera: a) se establece la vinculación entre guerra nuclear y guerra subversiva, como formas del conflicto Este/Oeste; b) se presenta la guerra subversiva como una posibilidad plausible, a pesar de la escasa envergadura del fenómeno comunista a escala local, y se reconoce finalmente que existe una amenaza peronista; c) se conceptualiza y justifica la opción por un alineamiento estratégico con Occidente; d) se conceptualiza la guerra subversiva y comienza a desarrollarse una doctrina de guerra antisub- versiva, avanzando sobre el terreno abonado por el diagnóstico de insuficiencia (o, incluso, anacronismo) de la DDN y por la necesidad de incorporar la novedad de la problemática bélica nuclear; e) comienza y se afirma el proceso de desplazamiento a un segundo plano de las hipótesis de guerra con países vecinos y, por el contrario, empiezan a tomar importancia los conceptos de enemigo interno y frontera interior; f) la reunión de información sobre grupos presuntamente subversivos y el control de la población comienzan a ser tareas de significativa vinculación con la misión de seguridad interior. 16 Jean Nouguès, “Radioscopia subversiva de la Argentina”, op. cit., pp. 30-31. 17 Elaborado para hacer frente a convulsiones internas de carácter social o político que rayaran en lo subversivo –conforme a la retórica militar que venía abriéndose camino– fue aplicado en tiempos de Arturo Frondizi para hacer frente a un período de agitación sindical y política. 18 Ibid., p. 38. La nomenclatura usada durante el Proceso fue prácticamente la misma. Por su parte, los artículos propiamente referidos a la guerra revolucionaria, con su deliberado sesgo hacia la seguridad interior, se iniciaron con el aporte de Patrice de Naurois titulado “Algunos aspectos de la estra- tegia y de la táctica aplicados por el Viet-minh durante la campaña de Indochina”.12 Pero fue en su segundo tra- bajo en el que ofreció sus tal vez más punzantes –e inquietantes– proposiciones. Decía De Naurois: La guerra subversiva tiene origen político y proviene de la acción sobre las masas populares de ele- mentos activos sostenidos y apoyados de varias maneras por el extranjero. Tiene por finalidad destruir el régimen político y la autoridad establecida y reemplazarlos por otro régimen político y otra auto- ridad. Esta acción es secreta, progresiva, y se apoya en una propaganda continua y metódica dirigida a las masas populares. Parece muy probable que una guerra futura eventual cuente con el empleo de las armas atómicas y termonucleares, del arma psicológica, de la subversión, etc. Es decir, que la subversión sería una de las formas de dicha guerra.13 Ésta fue una de las primeras definiciones de la guerra subversiva que circuló entre los uniformados argentinos. Aparecen ya en ella algunos temas que se harían “clásicos” más tarde: la acción subversiva como una de las facetas del enfrentamiento entre Oriente y Occidente; el apoyo desde el extranjero, que derivó luego, con el tiempo, en el burdo concepto de enemigo apátrida administrado con generosidad por las dictaduras militares vernáculas; y la idea de infiltración, subyacente a la de “acción secreta y progresiva”, que se viene de leer.14 El militar francés describe también los principios de la lucha antisubversiva. Señala que la información es fundamental. Y que para conseguirla es conveniente dividir “cada parte del territorio por una cuadrícula tan densa como sea posible; cada parte de esta cuadrícula está a cargo de un elemento de gendarmería, de policía, de aduana o de una unidad de ejército”.15 El fin último era obviamente desbaratar a las células subversivas y mantener bajo control a la población. Los aportes de los demás autores consignados en la nota al pie número 12 colaboraron en el desarrollo doctrinario. A los efectos de este trabajo no es necesario examinarlos a todos. Basta con señalar que propalan en la misma longitud de onda de los que sí se han revisado. No obstante, también es conveniente detenerse sobre el artículo de Jean Nouguès que cierra la serie y contiene una especie de diagnóstico sobre la situación que se había alcanzado. Su objetivo central era el de examinar en qué grado y cómo el peligro revolucionario podía manifestarse en la Argentina. Conviene señalar que este texto fue publicado en el número de la RESG correspon- diente al primer trimestre de 1962. Presumiblemente, su autor, al momento de redactarlo, estaba ya al tanto de la intentona de Bahía de Cochinos y de la opción de Fidel Castro por el marxismo-leninismo, producidas ambas en 1961. De manera que, para ese entonces, el comunismo en el continente había dejado de pertenecer al mundo de lo meramente posible para convertirse en una realidad concreta. Nouguès expone una serie de razones que no favorecerían el desarrollo de la subversión en nuestro país: su homogeneidad cultural y étnica, su nivel de educación y la importancia de su clase media, entre otras. Podría eventualmente suceder, señalaba, que la presencia de ciudadanos de naciones vecinas radicados en la 12 La lista completa de los artículos sobre la guerra revolucionaria o subversiva, aparecidos en la RESG entre 1958 y 1962, es la siguiente: Patrice de Naurois, “Algunos aspectos de la estrategia y la táctica aplicados por el Viet-Minh durante la campaña de Indochina”, N° 328, enero-marzo de 1958; Carlos J. Rosas, “Estrategia y táctica”, ibid.; “Una estrategia general atómica”, N° 329, abril-junio de 1958; P. de Naurois, “Una teoría para la guerra subversiva”, ibid.; “Guerra subversiva y guerra revolucionaria”, N° 331, octubre-diciembre de 1958; Manrique Mom, “Guerra revolucionaria”, ibid.; François Badie, “La guerra psicológica”, ibid.; Manrique Mom, “Guerra revo- lucionaria” (2ª parte), N° 334, julio-septiembre de 1959; F. Badie, “La guerra revolucionaria en China”, ibid.; A. López Aufranc, “Guerra revolucionaria en Argelia”, N° 335, octubre-diciembe de 1959; Jean Nouguès, “Características generales de las operaciones en Argelia”, N° 337, abril-junio de 1960; H. Grand D‘Esnon, “Guerra subversiva”, N° 338, julio-septiembre de 1960; T. Sánchez de Bustamante, “La guerra revolucionaria”, N° 339, octubre-diciembre de 1960; Robert Bentresque, “Los acontecimientos de Laos”, ibid.; R. Sánchez de Bustamante, “La situación mundial”, N° 334, enero-marzo de 1962; J. Nouguès, “Radioscopia subversiva de la Argentina”, ibid. 13 Patrice de Naurois, “Una teoría para la guerra subversiva”, op. cit., pp. 226-227. 14 En el texto exsite cierta sinonimia entre las expresiones “revolucionario” y “subversivo”, que fue poco después corregida por el propio De Naurois. La primera quedará reservada para aquellas formas insurgentes de la guerra, como la Resistencia Francesa, no ligadas a la “conquista del poder total”. Mientras que la segunda debería aplicarse a quienes combaten por instaurar “formas totalitarias de poder” (véase “Guerra subversiva y guerra revolucionaria”, op. cit., p. 689). 15 Ibid., p. 235. Resulta obvio que la centralidad de la información y la cuadriculación del país, que fueron parte de la tecnología del terrorismo de Estado que aplicó la dictadura del Proceso (1976-1983), respondían a este origen. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS ERNESTO LÓPEZ - La introducción de la Doctrina de la Seguridad Nacional en el Ejército Argentino LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 131.
    260 Andando el tiempo–es decir, superada la etapa de influencia francesa– estas características se perfi- laron mejor o se acrecentaron. Por ejemplo, con la plena instalación de la lógica de la Guerra Fría, quedó clara para la región –y por tanto, también para la Argentina– una división del trabajo. A Estados Unidos le correspondía proveer seguridad en términos de enfrentar amenazas internacionales y disuadir eventuales intervenciones abiertas provenientes del Mundo Comunista. A cada uno de los países de la región le competía velar por la seguridad interior y controlar la subversión. Otros fenómenos fueron también concomitantes con los anteriores o derivados de ellos. El más notorio de éstos fue, quizá, el de la autonomización castrense respecto del control civil. Las instituciones militares ganaron autonomía respecto de su subordinación a los poderes cívicos, al amparo de la significación creciente que Estados Unidos le asignó al resguardo de la seguridad interna de los países del continente, en consonancia con la impor- tancia que le daban a su propia seguridad. Como consecuencia de ello florecieron una diplomacia militar paralela a la desarrollada desde las cancillerías, y vínculos directos entre los institutos castrenses y el Pentágono o, un poco más modestamente, con el Comando Sur. De aquí a la pesadilla de los golpes militares con pretensiones refundacionales (la Revolución Argentina, primero y luego el Proceso de Reorganización Nacional), que dieron lugar a la postrer instalación del terrorismo de Estado, no hubo más que pasos sucesivos. La larga y negra noche del horror tuvo a la DSN como inspiradora; su genealogía es la que se acaba de examinar. Probablemente sería preferible no olvidarlo. GUATEMALA, 2 DE DICIEMBRE DE 2009 LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 132.
    263 Vivencias “En lo altooola miraaada, luchemos por la patria redimida”,* en abril de 1966, cuando me entregaron el papel con la letra de esta canción –que debía aprender y rápido–, me sonaba tan desconocida como me imagino lo será ahora para la inmensa mayoría de los lectores. Habían pasado tres meses desde que ingresara al Colegio Militar de la Nación (CMN) y once años desde la Revolución Libertadora de la que ya no se hablaba (al menos en las casas y los colegios donde yo había vivido mis dieciséis años de vida). Sólo mis compañeros que habían estado en el Liceo Militar la conocían pues los habían obligado a cantarla desde los doce años. Rápidamente, con un compañero del Curso Preparatorio –del que me había hecho muy amigo–, escri- bimos la canción de nuestra sección pensando en la revancha contra esa “gorilada liberal”. Se la llevamos al oficial instructor a quien le sonó muy bien y empezamos a ensayarla: “Frente al sol con la mirada clara, irrumpirán los héroes del ayer”. Sólo recuerdo estas primeras letras, pues cuando la cantamos por primera vez orgullosos por la avenida principal del CMN, parece que pasó un liberal y advirtió que tenía la música de la canción falangista “Cara al sol”. Claro, mi amigo era Santiago Sánchez Sorondo, hijo del dirigente nacionalista que luego fuera candidato con Perón en 1973, don Marcelo Sánchez Sorondo. El resultado fueron diez días de arresto al pobre instructor y nunca más la pudimos cantar… lástima, nos sonaba mejor que la otra... Igual recibimos una calurosa felicitación del padre Ullet, que vestido de rigurosa sotana recorría las cuadras a la noche arengándonos en la sana doctrina nacionalista del padre Castelani contra el progresismo del capellán oficial del Colegio que osaba ¡vestir de clerigman! Poco tiempo después, las rencillas entre liberales y nacionalistas se aplacaron frente al logro común: el 28 de junio de ese año llegaba el final de los horribles partidos políticos en el poder y la llegada de nosotros, la reserva moral de la patria junto con Onganía y la tan esperada Revolución Argentina… Claro que la paz entre las eternas fracciones de liberales gorilas y nacionalistas católicos fue sacudida sólo dos años después cuando apareció un actor inesperado: el nacionalismo revolucionario católico –heredero del Concilio Vaticano y la Populorum Progressio, contemporáneo del peruanismo inspirado en el régimen militar reformador del general Velazco Alvarado, de la Conferencia del CELAM en Medellín de 1968, etcétera–. (*) N. del Coord.: Se conservó el registro oral de la exposición. La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976 LUIS EDUARDO TIBILETTI CEPADE 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS 6 CAPÍTULO
  • 133.
    265264 aspectos degradantes porel régimen de internado, sumado al sistema jerárquico y los ritos iniciáticos adosados, que aparecieran descriptos en La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.9 Sí intentaré recordar algunas de las problemáticas que la sociología militar ha detectado con carácter universal y que cuando se potencian con determinados componentes ideológicos –que luego analizaremos–, pro- ducen serios problemas para la debida integración del militar en el contexto de la vida democrática de la sociedad. Así, por ejemplo, el coronel español Prudencio García señala en 1973: a nuestro juicio la solución del problema de la debida simbiosis Ejército-Sociedad debe abordarse des- cendiendo al alma mater de nuestro Ejército: las Academias militares. En ellas debe impartirse al futuro oficial y jefe un tipo de preparación que desborde ampliamente la ciencia militar propiamente dicha, incluyendo una sólida preparación intelectual en disciplinas humanas y sociales […] para lograr un contacto suficientemente estrecho con el complejo y conflictivo mundo sin el cual no puede sentirse plenamente integrado con la comunidad a la que pertenece, ni aspirar a defender valor permanente alguno con una mente alejada de las cambiantes realidades de su época.10 Y luego advertía: nunca han de faltar argumentos de evasión tendientes a limitar lo profesional a esa clase de patrio- tismo que durante siglos se le pidió –y se debe seguir haciéndolo– y que exigía: valor físico, disciplina y cierta técnica. El patriotismo de hoy exige eso y bastante más, incomparablemente más.11 Lo que resulta interesante señalar es que García identificaba la vigencia de un extrañamiento de los militares con su sociedad a fines de los sesenta (de allí provienen sus trabajos de campo), a pesar de que un gran número de oficiales cursaba en la universidad y un 80% ejercía el pluriempleo, y es por este motivo que propone analizar las academias, pues ambos aspectos no han sido suficientes. En ese mismo momento, por estas tierras, esos fenómenos eran simplemente desconocidos y si a alguien se le ocurría pedir permiso para ir a la universidad ya era considerado un traidor y condenado a rendir examen de conocimiento de la totalidad de los reglamentos militares.12 Si bien debe reconocerse la calidad de los profesores civiles –que eran los mismos que formaban a los jóvenes en el Colegio Nacional Buenos Aires–, y en esto Argentina hacía punta en la región –como en el conjunto de su sistema educativo–, lo cierto es que el reloj de la educación militar ya atrasaba varios años en relación con la experiencia europea. Ya vimos la diferencia con el tiempo de internado y para dar otro ejemplo: los cadetes no teníamos accesos a los diarios, ni podíamos escuchar radio, para no distraernos con la realidad. Por su parte, Felipe Agüero nos dice: otro componente fundamental de la educación militar se refiere a la socialización, más o menos for- malizada, en códigos y valores que diferencian la institución militar de otros grupos y organizaciones de la sociedad. Esto es necesario por su cometido específico: es una organización en la que se llama a dar la vida por la patria. Pero estos elementos son relevantes para la relación educación militar- democracia por lo que se debe estar siempre incluyendo la reflexión sobre esto para evitar la extrema diferenciación y la sensación de superioridad sobre el resto.13 9 Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, Buenos Aires, Sudamericana, 1969. 10 Prudencio García, op. cit. (este destacado y los que figuran en el resto de la citas me pertenecen). 11 Ibid. 12 Incluso como me recordaba hace poco otro camarada de los “33 orientales” en aquellos tiempos se veía horrible que algún oficial que egresara entre los primeros de su promoción decidiese ir a estudiar a la Escuela Superior Técnica para formarse como ingeniero militar. 13 Felipe Agüero, op. cit., pp. 22-23. Encarnado en el CMN por los oficiales instructores tenientes Licastro y Fernandez Valoni, junto a otros, prendió como una mecha entre los jóvenes cadetes y fue el inicio de la aproximación de muchos de nosotros al campo nacional y popular, y permitió que pasáramos a acompañar al resto de la juventud argentina reclamando el regreso del líder del pueblo: el general Juan Domingo Perón. Quise colocar estas anécdotas al principio del trabajo para dar una idea del clima de cultura oficial versus contracultura “insurgente” que vivíamos en aquel período y que –de un modo u otro– considero se extendió hasta el golpe de 1976. La sociología militar y el proceso de formación básica La formación básica de los militares es uno de los temas que interesó desde el inicio a la disciplina de la sociología militar1 y a la que recurrentemente se vuelve para poder explicar tanto el comportamiento profe- sional –donde se analiza cómo muchos fracasos militares provienen de errores en la educación militar básica–, como también el comportamiento político de determinada cohorte existencial de los militares.2 Muy especialmente hace ya un cuarto de siglo en España, aparecen los primeros trabajos científicos sobre la formación respecto de los valores en la sociabilización3 básica, cuestiones que venían estudiándose desde largo tiempo en la literatura de sociología militar en el mundo anglosajón.4 Todos estos estudios iniciales y los muchos que se desarrollaron posteriormente, con sus obvias dife- rencias culturales según la sociedad de que se trate, tienen en común la identificación de las prácticas habituales con que todas las academias militares del mundo buscar moldear a sus oficiales desde muy temprana edad. A su vez todos coinciden en que en muchos casos (salvo en algunos países de Europa occidental en los últimos años)5 las academias militares adoptan la característica de “instituciones totales”.6 Ello implica, según Goffman, que un elevado número de personas son concentradas en un recinto cerrado y apartadas del resto de la sociedad. A través de éste y otros mecanismos sofisticados se logra romper parte del pasado del sujeto y el surgimiento de un espíritu de cuerpo. Esto ha sido reconocido por casi toda la literatura como una condición necesaria para el adecuado funcionamiento de la institución militar, aunque, como señalan Agüero7 y García8, se trata de una cuestión de grados para evitar los efectos negativos, especialmente la creación de una alteridad con respecto al resto de la sociedad y una sensación de superioridad moral. No haré, por lo tanto, especial hincapié en este aspecto, que provenía desde antes del período ana- lizado y que se ha mantenido con algunas correcciones en los últimos tiempos, particularmente para evitar los 1 Julio Busquets, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1967; John Van Doorn, The Soldier and Social Change, Beverly Hills, California, Sage, 1975; Bengt Abrahamson, Military Professionalization and Political Power, Beverly Hills, California, Sage, 1972. 2 Véase, en relación con el Uruguay, Carina Perelli, Convencer o someter: el discurso militar, Montevideo, EBO, 1986; y, para el caso del Paraguay, Horacio Galeano Perrone y otros, Los Generales del siglo XX y cómo piensan los del siglo XXI, Asunción del Paraguay, Intercontinental, 1998. 3 Aclaro a esta altura que utilizo el término sociabilización y no socialización siguiendo a Julio Busquets, que sostiene que esta última expresión refiere al “proceso de apropiación por el Estado de los medios privados de producción” (op. cit., p. 271). 4 Charles Moskos, Public Opinion and the Military Establishment, Beverly Hills, California, Sage, 1971; Gary Wamsley, “Contrasting Institutions of Air Force Socialization: Happenstance or Bellwether?”, en American Journal of Sociology, Nº 78, pp. 399-417. 5 En relación con esto no puedo dejar de relatar mi asombro cuando en enero de 1970 llegué al Colegio Militar de Francia y al Jefe de Compañía que me recibió, le pregunté: –¿Por qué tienen tantos profesores? –¿Por qué lo decís? – Por la cantidad de autos –Los autos son de los cadetes –me dijo–, ahora estamos en los seis meses de trabajo académico y educación física, así que todas las tardecitas toman su auto y vuelven a sus casas o pensiones, después nos vamos tres meses al terreno y allí los formamos en las capa- cidades militares. A esa altura yo ya había acumulado cuatro años de internado de domingo a sábado y aún me faltaba uno más y confieso haberme sentido un extraño espécimen proveniente sin duda del cuarto mundo. 6 Irving Goffman, Internados. Ensayos sobre la situación de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 1961, pp. 17-19; José Miguel Florez, “La educación militar en el Perú en el proceso educativo: los valores militares y la democracia”, en Felipe Agüero, L. Hurtado y J. M. Florez, Educación militar en democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima Idele, 2005, pp. 124-125. 7 Felipe Agüero, “Educación militar y profesionalización”, en F. Agüero, L. Huratdo y J. M: Florez, op. cit., pp. 17-19. 8 Prudencio García, Ejército: presente y futuro, Madrid, Alianza, 1973, pp. 225-238. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976 LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 134.
    267266 Para ello voya utilizar los documentos conocidos como BEIE (Boletines de Educación e Instrucción del Ejército) que comenzaron a editarse a principios de los años sesenta. Así, ya en 1964 aparece en el BEIE número 9 la necesidad de “preparar a los oficiales para soportar la tensión ideológica y psicológica a la que se verán enfrentados en la lucha actual”. Pese a que en ese mismo BEIE se hace hincapié en que “educar no es adoctrinar”, en 1966 –el año en que ingresé al CMN– se publica y distribuye el BEIE número 14 titulado “Conducción Interior Plan I”. Para todos los que tuvimos que estudiarlo y enseñarlo en nuestra época de cadetes, en realidad es conocido por una expresión que de tanto repetirla, finalmente sonaba a broma y que es la proposición del Núcleo Temático número 1: “Vida humana: milicia multiforme”. En la página 7 enuncia los objetivos generales del Boletín (de 451 páginas): – Afirmar la formación moral de los principios que engendran la concepción cristiana de la vida y del hombre. –Despertar confianza y adhesión a nuestra forma de vida occidental y democrática donde el hombre puede realizarse en libertad. Cabría recordar que en el momento de su publicación, la democracia acababa de ser anulada por el golpe militar contra Illia. Llegamos luego al desarrollo de la proposición señalada sobre “La vida humana: milicia multiforme” donde se desarrolla el principio de Séneca de que “la vida es lucha”: De hecho todo ser humano vive en perpetua lucha, ofensivo-defensiva; la vida del hombre es milicia, lucha, combate, guerra, pugna; en estar preparado para ello consiste la profesión vocacional militar. Pero ¿contra quién es la lucha?, en la página 27 leemos: el ser humano es enfermo (in-firmus) y por eso se subleva contra el Bien que es Dios y así aparece el mal. La extensión del mal es consecuencia directa del abandono de la fe y su suplantación por idearios, doctrinas teorías que no han cultivado la Verdad, Justicia, Amor y Libertad. Esta situación llega hasta nuestros días con las últimas manifestaciones de la Guerra Ideológica que padece el mundo. (Como se podrá advertir, George W. Bush no era un innovador en la materia). Luego el ¿contra quién? de la lucha perpetua se torna más específico aun: Si bien existen distintas escuelas, doctrinas o sistemas menoscabadores de la dignidad del hombre, excede a todos ellos por su saña e inhumanidad el Comunismo marxista, […] en su propósito confesado de adueñarse del mundo. El instrumento para esta lucha contra el comunismo aparece en la página 44, a partir de la idea de “El Ejército de la Libertad”, donde nos instaba a Ser integrantes del ejército de la libertad a fin de asegurarla para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres de América y de la tierra compenetrados con nuestra concepción cristiana del mundo y del hombre y nuestra forma de vida democrática y occidental. Por si alguna duda queda a esta altura de que este BEIE era un verdadero Manual de Adoctrinamiento (pero con 451 páginas en lugar de las dos que tenía el de Perón) –mezcla criolla de integrismo católico con manual mal traducido del inglés–, leamos estos otros textos: 19 Sí me parece importante transcribir las proféticas palabras que el coronel Orsolini publicara en La crisis del Ejército: “La ideología como causa conduce a la guerra santa […] desarrolla en todas las jerarquías del ejército la tendencia a compartir las ideas de los políticos más extremistas, a imitar los procedimientos terroristas del adversario […] y a considerar como enemigo a todo aquel que levanta la voz contra esa demencia colectiva” (op. cit., pp 52-53). Y, analizando específicamente al campo latinoamericano, continúa: la literatura destaca la apropiación por parte de las Fuerzas Armadas de la noción de interés nacional y la auto-identificación de éstas como los principales garantes del interés y los valores nacionales.14 Ahora bien, esto no era algo acostumbrado en el período anterior a 1955. En el Reglamento de 1947 que aplica un decreto ley de 1944, figura la siguiente definición del Ejército: “es la parte de las fuerzas armadas destinada, fundamentalmente a la realización de operaciones de guerra terrestre”. Consideremos la diferencia respecto de la definición que figura en el Reglamento de Servicio Interno RV 200-10 de 1968, que deriva de la ley 16.970 de Seguridad Nacional de 1966: “su existencia es indispensable y su acción será decisiva en la vida del país […] su misión es salvaguardar los más altos intereses de la Nación, garantizar el mantenimiento de la paz interior […] constituye una de las reservas morales de la patria” (sin aclarar cuáles son las otras pero puede suponerse que la Armada y la Fuerza Aérea, por ello es sólo una de ellas, aunque en los docu- mentos internos con los que estudiábamos en el CMN decía “la reserva moral”). Este reglamento será modificado en 1991, volviendo a una redacción de la misión acorde a la de 1947, pero manteniendo todos los demás aspectos de la definición macro. La especificidad de la formación ideológica durante el período Considero que este aspecto debe ser leído desde la relación entre dos procesos distintos: uno específi- camente argentino en clave de la evolución antiperonismo-peronismo y el otro –similar en toda América Latina–, de la paulatina imposición de la Doctrina de la Seguridad Nacional y en nuestro caso, además, de la influencia de la doctrina de contrainsurgencia francesa. El estudio de estos procesos generales dispone de varios trabajos,15 de manera que sólo procuraré identificar su impacto en el momento de la sociabilización básica en valores. Aquí el primer proceso tuvo –más allá de la anécdota sobre la marcha de la Revolución Libertadora– una influencia decreciente aunque sobre la base de un supuesto original: a mediados de los años sesenta, simple- mente a nadie se le ocurría que un militar podía ser peronista después de la furiosa desperonización que López des- cribe con amplitud.16 Aquí vale la pena señalar que hasta 1954 todos los reglamentos de los años peronistas eran tan absolu- tamente profesionales y apolíticos como los escritos hasta esa fecha. Recién en ese año y al calor del enfrentamiento ya abierto entre Perón y parte de las Fuerzas Armadas, aparece el reglamento RRM20 titulado “Adoctrinamiento, Educación e Instrucción” que contenía dos páginas dedicadas a explicar la Constitución de 1949 y los objetivos de una patria, justa, libre y soberana. Como ya expliqué, la desperonización va a comenzar a cambiar aceleradamente a partir de 1968-1969, hasta llegar a la situación del 17 de noviembre de 1972 cuando ya los militares que apoyaban el regreso de Perón eran tantos, que hasta le rendían honores en la ruta de Ezeiza a Buenos Aires y los Comandantes en Jefe no se animaron a enfrentarlos y detener al viejo líder, por temor a la fractura. El segundo proceso, el de la intromisión de la DSN en su versión extrema17 siguió por el contrario un camino ascendente hasta culminar en el paroxismo con el Proceso de Reorganización Nacional. Para entender la lógica de ese crecimiento deben entenderse las características específicas de la versión argentina, entre ellas la enorme influencia de los sectores católicos de ultraderecha en su formulación, que le dieron el tono de guerra religiosa. Otra vez, este fenómeno ya ha sido descripto en abundancia por autores civiles y militares,18 por lo que me limitaré a analizar el impacto en el CMN.19 14 Ibid. 15 Ernesto López, El primer Perón, colección Los otros militares, Buenos Aires, Capin, 2009; Prudencio García, El drama de la Autonomía militar, Madrid, Alianza, 1995. 16 Es notable la coincidencia con la descripción que hace Juan Rial (Las FFAA: soldados políticos o garantes de la democracia, Montevideo, CIESU-CLADE-Ediciones de la Banda Oriental, 1986) acerca de la situación en el Uruguay, donde cabía imaginar “blancos” o sea adhe- rentes al Partido Nacional pues el Ejército era históricamente colorado y dentro de él antibatllista. 17 Alain Rouquié, Extremo occidente: una introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1994; Horacio Verbitsky, La última batalla de la Tercera Guerra Mundial, Buenos Aires, Legasa, 2009. 18 Véanse, entre otros, Horacio Verbitsky, op. cit., y Mario Orsolini, La crisis del Ejército, Buenos Aires, Arayú, 1964. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976 LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 135.
    269268 6) Progresiva desviaciónde las Fuerzas Armadas hacia funciones de carácter policial. 7) Grave relajación de los conceptos éticos militares, asumiendo la tortura como método habitual y sistemático en el campo de la información. 8) Frecuente respaldo de las Fuerzas Armadas a modelos económicos de fuerte base oligárquica y gran desigualdad social.21 Queda para las actuales autoridades civiles y militares del sistema de defensa corregir todas aquellos aspectos del proceso de sociabilización básica de los militares que signifiquen rémoras de aquellos errores, tanto en el aspecto de alteridad y/o superioridad en relación con el resto de la sociedad como de la contaminación ideo- lógica del período de la Doctrina de Seguridad Nacional y la guerra contrarrevolucionaria. BIBLIOGRAFÍA ABRAHAMSON Bengt, Military Professionalization and Political Power, Beverly Hills, California, Sage, 1972. AGÜERO Felipe, “Educación militar y profesionalización”, en F. Agüero, L. Hurtado y José M. Florez, Educación Militar en Democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima, IDELE, 2005. ALVIRA MARTÍN, Francisco, “A modo de epílogo” en Julio Busquets y Valentina Fernández Vargas (coords.), La enseñanza militar en España. Un análisis sociológico, Madrid, CIFAS-CSIC, 1986. BEIE, Nº 9, Ejército Argentino, 1964. BEIE, Nº 14, “Conducción Interior Plan I”, Ejército Argentino, 1966. BUSQUETS, Julio, El militar de carrera en España, Barcelona, Ariel, 1967. FLOREZ, José Miguel, “La educación militar en el Perú en el proceso educativo: los valores militares y la democracia” en Felipe Agüero, L. Hurtado y J. M. Florez, Educación Militar en Democracias, serie Democracia y FFAA, Nº 3, Lima, IDELE, 2005. GALEANO PERRONE, Horacio y otros, Los Generales del siglo XX y cómo piensan los del Siglo XXI, Asunción del Paraguay, Intercontinental, 1988. GARCÍA, Prudencio, Ejército: presente y futuro, Madrid, Alianza, 1973. _______________, El drama de la Autonomía militar, Madrid, Alianza, 1995. GAZZOLI, Luis, ¿Cuándo los militares tenemos razón?: de Frondizi a Levingston, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973. ____________, El dilema militar argentino, Buenos Aires, Pleamar, 1989. GOFFMAN, Irving, Internados. Ensayos sobre la situación de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 1961. LÓPEZ, Ernesto, El primer Perón, colección Los otros militares, Buenos Aires, Capin, 2009. MOSKOS, Charles, Public Opinion and the Military Establishment, Beverly Hills, California, Sage, 1971. ORSOLINI, Mario, La crisis del Ejército, Buenos Aires, Arayú, 1964. PERELLI, Carina, Convencer o someter: el discurso militar, Montevideo, EBO, 1986. RIAL, Juan, Las FFAA: soldados políticos o garantes de la democracia, Montevideo, CIESU-CLADE-Ediciones de la Banda Oriental, 1986. ROUQUIÉ, Alain, Extremo occidente: una introducción a América Latina, Buenos Aires, Emecé, 1994. VAN DOORN, John, The Soldier and Social Change, Beverly Hills, California, Sage, 1975. VARGAS LLOSA, Mario, La ciudad y los perros, Buenos Aires, Sudamericana, 1967. VERBITSKY, Horacio, La última batalla de la Tercera Guerra Mundial, Buenos Aires, Legasa, 2009 (última edición corregida). VILLEGAS, Osiris, Políticas y estrategias para el desarrollo y la seguridad nacional, Buenos Aires, Pleamar, 1969. WAMSLEY, Gary, “Constrasting Institution of Air Force Socailization: Happenstance or Bellwether”, en American Journal of Sociology, Nº 78, 1972, pp. 399-417. 21 Prudencio García, El drama de la Autonomía militar, op. cit., pp. 236-237. El cristianismo: código de doctrina-vida para Occidente. El cristianismo no es sólo una fe, una Iglesia, un culto particular. Dio un código de doctrina-vida a Occidente que, superando los errores del paganismo sobre el que se elevó (el judaísmo, bien gracias), ha regenerado al mundo. Todas las Instituciones y prácticas sociales de nuestra civilización están impregnadas de esa doctrina-vida, Doctrina que deben acatar aun aquellos carentes de fe y de culto que han nacido o conviven en nuestra sociedad. Consideremos la vigencia de la visión internacional impuesta a partir del golpe del 1955 en la siguiente frase (p. 224): No puede dejar de recordarse que el mundo está dividido hoy en dos orbes enfrentados: el Comunista y el Occidental; incluso hay un tercer mundo que al desertar de nuestro campo favorece al socialista. En reemplazo entonces de la “tercera posición” tenemos esta nueva interpretación del mundo (lo notable es que sólo cuatro años después la Argentina comenzaría en Lusaka su aproximación al Movimiento de Países no Alineados, participando como observadores en la 8ª Conferencia bajo el gobierno militar del general Levingston). Este abandono de la “tercera posición” será acompañado –como podremos ver en otros núcleos temá- ticos del BEIE–, por la introducción del concepto de “guerra revolucionaria”. Para este concepto se apela a un tra- bajo de 1959 del general español Díaz de Villegas que dice entre otras cosas “en esta guerra el objetivo es, además de la destrucción del aparato, la recuperación de la población, de sus almas y de su ideología”. Finalmente, leamos el “Código Moral para el Combatiente en la Guerra Revolucionaria”: el mismo es un decálogo (probablemente traducido de algún documento estadounidense redactado luego de la Guerra de Corea y luego “argentinizado” con comentarios) del cual transcribo sólo algunos puntos: 1) Soy un combatiente americano. Soy valor humano de América toda que lucha por su supervivencia. Mi acción ofensiva-defensiva salvaguardia mi país, todo el Continente igualmente amenazado y al estilo de vida sostenido en la doctrina-vida del Cristianismo […]. 2) Nunca recibiré favores del enemigo: ante la tentación diabólica responderé con actos y palabras; si se rinden los cobardes, el brazo de mi madre me señaló la ruta iluminada. [Sí, es una estrofa de la “Canción de la Libertadora”]. Otro elemento significativo en el proceso de ideologización creciente del “combatiente americano”, fueron las definiciones de seguridad y defensa: seguridad como situación y defensa como todas las acciones que se llevan a cabo para alcanzar la seguridad.20 No he querido incursionar, obviamente, en la diferenciación de contenidos pre y post 1955 en otro tipo de material, como por ejemplo la Revista del Soldado cuyos contenidos de los años anteriores a 1955 instarían a inter- calar los números actuales, o la Revista de la Escuela Superior de Guerra, porque no formaban parte del material en uso en el ámbito de la sociabilización básica, es decir el CMN. Quiero terminar volviendo a citar al coronel Prudencio García pues no puedo sino compartir las con- clusiones que figuran en su libro: Características generalizadas del militarismo latinoamericano entre las décadas de los cincuenta y los ochenta: 1) Intensivo adoctrinamiento anticomunista, conducente a un ultraderechismo radicalizado. 2) Aguda intensificación de esta tendencia formativa durante el período de la “guerra fría”. 3) Creciente desviación de la idea de “Defensa” hacia el concepto de “enemigo interior”. 4) Implementación de la llamada “Doctrina de Seguridad Nacional”. 5) Auto-atribución excluyente por las Fuerzas Armadas de los conceptos de patria y patriotismo, y de la representación exclusiva de la nación. 20 Osiris Villegas, Políticas y estrategias para el desarrollo de la seguridad nacional, Buenos Aires, Pleamar, 1969. CAPÍTULO 6 / 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS LUIS EDUARDO TIBILETTI - La sociabilización básica de los oficiales del Ejército en el período 1955-1976 LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN ARGENTINA. EL ROL DE LAS FUERZAS ARMADAS
  • 136.
    271 Habrá que empezarseñalando de un modo claro, contundente, una cuestión que no se tiene bien analizada, que se la oscurece con deliberada frecuencia. En suma, que se quiere ocultar, no reconocer. Desde 1955 hasta 1973 –cuando Cámpora asume democráticamente el gobierno de la República con una mayoría de votos que llega casi al 50%, desde la firma del decreto 4.161 en que Aramburu prohíbe nombrar a Perón, nombrar a Evita, al Partido Justicialista y lo excluye de la política, de la participación dentro de la democracia– la República Argentina atraviesa una etapa de profunda ilegalidad constitucional. De modo que habría que modificar algunas expresiones que nos hemos acostumbrado a utilizar. Por ejemplo, Andrew Graham Yoll dice en uno de sus libros que el movimiento sedicioso que encarnaba Juan Carlos Onganía derroca al gobierno constitucional de Arturo Illia. No es así. El gobierno de Arturo Illia no era constitucional y lo increíble es que suene raro. Que nos hayamos acos- tumbrado a que sí, a que lo era y a que el doctor Illia era un demócrata ejemplar. Cuando en la película La República Perdida, que se proyecta durante la campaña electoral del radicalismo, durante el año 1983, se lo pre- senta como un baluarte, un ejemplo de la democracia, que recibe en su despacho al general Julio Alsogaray y le dice de un modo casi heroico “Usted es un bandolero que se alza contra las autoridades constituidas, etc.”, la gente aplaudía en el cine. Yo creo que Julio Alsogaray debe haber pensado: “Este hombre se la creyó, se creyó que él es la autoridad constituida, pero en realidad nosotros lo pusimos ahí”. Es absurdo lo que dice Illia. A Illia lo habían puesto las Fuerzas Armadas como una máscara democrática más para disfrazar al país de país democrático. Cuando en realidad no lo era en absoluto, porque las mayorías no podían votar y el líder de esas mayorías no podía regresar al país y la mujer que esas mayorías habían venerado estaba escamoteada, su cuerpo estaba desapa- recido, porque, como bien habían calculado los militares aramburistas, donde estuviera enterrado el cadáver de Eva Perón iba a haber un foco de concentración rebelde. ¿Por qué? Porque el pueblo humilde –al que Evita había favorecido cálidamente– la seguía amando y no quería que se vejara su cuerpo. ¿Por qué son todos gobiernos ilegales? El gobierno de la llamada Revolución Libertadora era profunda- mente ilegal porque surge de un golpe contra un gobierno constitucional, contra el gobierno de Juan Domingo Perón. Este gobierno de Aramburu se propone desperonizar al país y concede elecciones en las que apuesta por Balbín pero gana Frondizi. De todos modos, ya esas elecciones establecen un método que algunos jóvenes de hoy, lo juro, casi no pueden entender. Cuando uno le dice a un joven de hoy, “Mirá, en este país pasó esto, un señor que se llamaba Andrés Framini ganó democráticamente en la provincia de Buenos Aires y cuando fue a ocupar su puesto las Fuerzas Armadas lo echaron a patadas y al presidente que había otorgado esa elección lo derrocaron, lo mandaron a Martín García y pusieron a un señor mínimo, José María Guido, para cubrir la fachada democrática”, Ilegitimidad democrática y violencia JOSÉ PABLO FEINMANN FILÓSOFO / PERIODISTA / ESCRITOR 1955-1976 LA ALTERNANCIA DE LOS GOBIERNOS CIVILES Y MILITARES. EL PARTIDO MILITAR Y EL PERONISMO. LA INFLUENCIA DE LAS DOCTRINAS EXTRANJERAS SOBRE LAS FUERZAS ARMADAS 6 CAPÍTULO
  • 137.
    273272 Pero ¿qué pasabacon la insurgencia? Creo que ésta es la parte más discutible, la que más me va a costar, la que más crítica puede recibir, pero hay que introducirla. En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm –porque uno siempre se apoya en esta gente– califica a los movimientos guerrilleros latinoamericanos de la década del sesenta a partir de que han obtenido un fracaso espec- tacular, lo pone en mayúsculas, y muy simplemente explica los motivos. Primer motivo: exageración del poder contra el cual luchó la Revolución Cubana. La Revolución Cubana no fue el suceso de doce guerreros que luego fueron sumando fuerzas y derrocaron a un régimen poderoso. El régimen no era poderoso. El Ejército de Batista estaba corrupto, desalentado, Batista llevaba ya mucho tiempo en el poder, Estados Unidos no lo respaldaba y veía con simpatía a estos barbudos rebeldes que venían a quitar- les de encima a un régimen realmente incómodo como era el de Batista, porque era sanguinario, impresentable. Además, Castro maneja al campesinado, es decir, no se trata de una guerrilla foquista. Castro responde al campe- sinado, a los sectores sindicales, y se enfrenta a un ejército muy debilitado. Segunda, tremenda, incomprensión: Ernesto “Che” Guevara publica un panfleto, un texto muy importante que se llama “Cuba: Vanguardia en la lucha revolucionaria o excepcionalidad histórica”. Guevara se echa furibun- damente contra aquellos a quienes llama excepcionalistas, entre los cuales me tendría que ubicar yo. Porque esta tesis que estoy dando es la del excepcionalismo de la Revolución Cubana. La revolución en Cuba fue excepcional porque Estados Unidos no la veía como una revolución marxista, porque el gobierno de Batista se caía y el Ejército no era una fuerza poderosa. Eso se lo dijo Valle al “Che” Guevara en 1961. Valle le dijo: “Cuidado con la Argentina, la Argentina no es la Cuba de Batista, la Argentina tiene fuerzas poderosas de represión”. Y Ernesto Guevara le contestó: “Son todos mercenarios”. Esto no fue una respuesta correcta, porque un mercenario es muy peligroso, un mercenario es un guerrero muy bien entrenado y es mentira que no tenga los ideales de un joven idealista revolucionario, porque tiene una ideología que se le ha metido al mercenario: “Usted está luchando por la libertad de este continente, usted está luchando contra el poder comunista que intenta devorar al mundo, usted está luchando por la religión de sus padres”, miles de causas se le pueden inocular a un mercenario. Y en última instancia un mercenario es un sádico y su tarea es la guerra, y es un muy eficaz guerrero. Entonces cuando el “Che” dice “son todos mercenarios” comete un error. Los mercenarios son muy poderosos. Entonces ¿qué tenemos acá? Tenemos una revolución que es aceptada en una situación excepcional por Estados Unidos; un personaje carismático que fue Ernesto Guevara, que crea una teoría ajena al marxismo. La crea junto con Régis Debray, y Hobsbawm abre paréntesis y pone “el francesito de turno” (como buen inglés, Hobsbawm hace un chiste: no podía faltar ahí un francés). El francesito escribe Revolución en la Revolución, donde desarrolla la teoría del foco. La teoría del foco no tiene nada que ver con el marxismo. Marx y Engels están en contra del terrorismo. Si uno lee (y yo las he leído) sobre todo las obras de Marx advierte que siempre une la lucha revolucionaria con las masas. No hay lucha revolucionaria si las masas, el pueblo, no acompañan. Debray y Guevara crean la teoría del foco, que consiste en esto: el movimiento guerrillero debe centrar un foco revolucionario de 8, 10, 15 personas que comienzan a actuar, y ese foco tiene un poder gradualizador que va atrayendo cada vez más a las masas, logrando cada vez más poderío hasta que se realiza el asalto final. Es decir, no se parte de las masas, sino que se parte de la elite. En suma, es una teoría de vanguardia. ¿Cuál es el problema de la vanguardia? Que la vanguardia actúa desde afuera, la vanguardia cree conocer las leyes de la Historia. Lenin decía “La vanguardia conoce las leyes de la Historia”, y Rosa de Luxemburgo le decía que nadie puede conocer las leyes de la Historia. Pero el Partido Comunista en la URSS se legitima porque conoce las leyes de la Historia y las puede bajar a las masas. La vanguardia siempre va a decir “Nosotros sabemos más que las masas, porque conocemos las leyes de la Historia”. Ocurre algo muy simple, la historia no tiene leyes, nadie sabe adónde va la historia. Esto lo hemos advertido desde hace tiempo, pero hay muchos que insistieron en que la historia tenía leyes, y en que el mundo marchaba al socialismo. Como dice Walter Benjamin, en Tesis de la Filosofía de la Historia, nada causó más daño a la clase obrera alemana que creer que nadaba a favor de la corriente. Nunca se nada a favor de la corriente, porque no hay una corriente. La corriente hay que crearla, entonces hay que crearla con el pueblo y hay que trabajar con el pueblo. Esto es lo que surge desde una lectura atenta de los textos de Karl Marx. Entonces tenemos una situación histórica que constituye una trampa formidable. La Revolución Cubana que aprovecha una situación excepcional, teoría del foco que se da en gran medida, como dice Hobsbawm, por el carácter errático de Ernesto Guevara, el Congo, Praga, Bolivia… Y surgen así los movimientos de la guerrilla latinoamericana, uno de cuyos mayores problemas es no preguntarse jamás ¿cuál es la fuerza del enemigo, contra quién peleamos? Ignoraban por completo todo esto de la doctrina francesa. Sabían algo de la Escuela de las Américas, pero ignoraban que el Ejército, como decía un compañero mío en los setenta, todavía no se había puesto en serio con la guerrilla. el joven de hoy (los jóvenes ignoran nuestra historia, la desconocen) cree que le están haciendo una broma, con- tando un cuento absurdo, demencial. La Argentina no se puede constituir legalmente porque insiste en la marginación de la fuerza mayo- ritaria del país y del líder de esa fuerza. Todo eso potencia a ese líder, porque lo transforma en un objeto maldito. El pueblo está esperando que regrese en un avión negro. No hay nada más maldito que lo negro, lo negro es lo pro- hibido, aquello que se niega. Es como una actitud neurótica, cada uno de nosotros vive negando cosas en sí mismo hasta que estallan como síntoma. Bueno, el peronismo estalla como síntoma, lo tapan acá, lo tapan allá, lo sofocan, lo silencian, lo persiguen, etc. El primer síntoma grave de ese sistema enfermo que había establecido el Estado gorila es el secuestro y la muerte de Aramburu. Pensándolo desde la amplia perspectiva histórica que tenemos ahora, deberíamos decir que ese juego mane- jadopor las Fuerzas Armadas entre gobiernos militares, gobiernos civiles manejados por militares, gobiernos civiles que terminan por hacer lo que no quieren los militares y son derrocados (por los militares) y se ponen ellos, y ponen a otro gobierno civil que tampoco hace lo que quieren y lo sacan y se vuelven a poner ellos es un ciclo de lamentable sustancia democrática. De 1955 a 1973 no hubo democracia en la Argentina. Hubo ilegalidad, sofocamiento, hubo falta de libertad. Lo que yo y muchos le podemos reprochar a esa buena persona que fue Arturo Illia es que él, en lugar de irse legalizando a lo largo de su breve gobierno, debió no aceptar una democracia excluyente. Debió decir: “Señores, yo no quiero lavarle la cara a nadie. Si ustedes quieren elecciones, que las elecciones sean para todos. Si ahí yo gano, mi gobierno será democrático. De lo contrario, sólo es la careta de una situación de ilegalidad institucional”. Pero Illia acepta y –como parece ser una persona honesta– los militares sospechan que dará elecciones libres, para todos, sin proscripciones. Lo echan porque es un golpe preventivo. Lo echan porque es muy posible que dé elecciones ampliadas con el peronismo. Entonces viene eso de la tortuga, de las palomas que le dibujan en la cabeza. Illia es un tipo lento, torpe, y el país necesita un macho. Argentina es un país de machos, y los mili- tares eran concebidos como los grandes machos del país. Y asume entonces Onganía. Pero Illia, de haber sido un auténtico demócrata, cuando le propusieron presentarse a elecciones debió haber dicho “No señores, yo no me presento. Me presento si se presenta el peronismo; pero hacerles de careta democrática a ustedes, lo siento mucho. Soy un hombre democrático y no me presto a esto”. Ésa era la gran muestra de un espíritu auténticamente democrático, pero sin embargo acepta presentarse y servir de careta democrática para seguir frenando al peronismo. Entre tanto, para introducir un tema del que no hemos hablado, hay que hablar de la contrainsurgencia. La contrainsurgencia, en efecto ya se ha dicho aquí, llega a la Argentina ya con Aramburu. No con Aramburu en el gobierno, sino con Aramburu como figura principal de las Fuerzas Armadas. La figura de Alcides López Aufranc es poderosa, y llegan los instructores franceses. Para decirlo de un modo brutal, que sacuda, lo que habían des- cubierto los franceses en Indochina y en Vietnam –lugares en los que habían perdido, pero en el fondo ellos estaban seguros de que ésa era la táctica– es la tortura. La doctrina francesa se basa en la tortura. ¿Por qué? Porque para derrotar a la contrainsurgencia hay que poseer una muy buena y precisa información. Y la información, según el general Paul Aussaresses o Roger Trinquier u otros militares fundamentales en la doctrina francesa, se obtiene con la tortura. La tortura garantizaba la palabra del torturado, que ponía en conocimiento de los torturadores lo que necesitaban saber. A esta tarea, de un modo irónico o trágico, se la llama “tarea de inteligencia”. Es decir, la tarea de inteligencia consiste en torturar. Hay una película norteamericana (admiro mucho a Estados Unidos y su cine por la capacidad autocrítica que tiene) en la que un personaje que ve torturas en Iraq llega a Estados Unidos, y le dice a una agente de la CIA “He visto torturas en Iraq y yo no lo pude tolerar”. “Momento”, le dice la agente, “Estados Unidos no tortura, obtiene información, eso que quede claro”. Entonces, la contrainsurgencia ya se está preparando desde los tiempos de Aramburu, y efectivamente pro- viene de los instructores franceses. Aussaresses, por ejemplo. ¿Quién había sido Paul Aussaresses? Había sido un heroico luchador contra e