La Biblia enseña que somos hijos de Dios cuando vivimos conforme a Su palabra y respondemos a Su gracia. San Pablo y San Juan resaltan que ser hijos de Dios implica cumplir condiciones como la fe en Cristo y dejarse guiar por Su espíritu. Esta relación con Dios nos otorga el privilegio de llamarlo 'Padre' y ser herederos de la vida eterna, siempre que aceptemos Su voluntad y amemos como Él nos ama.