Jesús multiplica los panes para alimentar a una multitud y luego promete la Eucaristía, explicando que su carne y sangre serán verdadero alimento y bebida. Aunque los judíos no entendieron esto literalmente, Jesús insiste en que habla de su presencia real en la Eucaristía, no de un significado simbólico. Los apóstoles, aunque tampoco lo comprenden totalmente, confían plenamente en las palabras de Jesús.