El aguador llevaba dos vasijas, una perfecta y otra agrietada que perdía la mitad del agua. La vasija agrietada se sentía avergonzada pero el aguador le explicó que gracias a sus grietas pudo regar semillas de flores a lo largo del camino y así decorar el altar de su madre cada día. Cada persona tiene sus propias imperfecciones pero también la capacidad de usarlas para hacer el bien.