La gracia de Dios es suficiente para perdonar todos los pecados y vencer al pecado. A través del bautismo, morimos al pecado y resucitamos a una vida nueva en Cristo, liberados del dominio del pecado. Ya no estamos bajo la ley, que solo revela el pecado, sino bajo la gracia, que nos da poder para no pecar. Al aceptar la gracia, nos hacemos siervos de la justicia y obtenemos vida eterna.