El sermón del monte concluye enfatizando la importancia de practicar la justicia, que se resume en la regla de oro: 'tratar a los demás como quisiéramos ser tratados'. La ley de Dios y las enseñanzas de los profetas siguen vigentes en cuanto a las exigencias éticas y morales, mientras que los ritos ceremoniales han sido cumplidos por Cristo. El verdadero desafío reside en superar el egocentrismo que impide vivir según esta regla y, por ende, cumplir con la justicia que Dios requiere.