Un hombre valiente que trabajaba como jaulero era llamado para velar difuntos por la noche. Un día, un bromista fingió su muerte para asustar al jaulero a medianoche. Cuando el jaulero empezó a trabajar junto al ataúd, el bromista se levantó hablando, pero el jaulero le golpeó la cabeza con un martillo, diciendo que los difuntos no hablan.