La Revolución Industrial, que comenzó en Inglaterra alrededor de 1750, transformó una economía agrícola en una industrial, marcada por la mecanización de industrias como la textil y el uso del carbón y vapor. La primera fase, que se extendió hasta 1840, finalizó con una crisis del capitalismo, mientras que la segunda fase, entre 1870 y 1913, introdujo avances significativos en la siderurgia y nuevas tecnologías como el motor de combustión interna y la electrificación, extendiéndose a más países y formando una sociedad de masas. Esta era presenció la concentración del capital y el nuevo colonialismo, estableciendo un impacto duradero en la economía global.