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NO ERA PUTA
NI BARATA.
Era pronto para ser demasiado tarde. La luna picaba y ella se paseaba de una
esquina a otra como de costumbre, con sus andares de buscona y ese olor entre las
piernas a virtud desaprovechada. La falda bien corta y la mirada muy alta, convencida de
que, aquella noche, caería la mejor clientela.
Madrid deslumbraba bajo el eclipse de las farolas que, a altas horas relucían para
nadie. Casi nadie. Él llegó en un Mercedes negro, trajeado y con mucha prisa. Sólo
necesitaba un Gin tonic, o dos, y quizá tres. Llevaba el estrés en la sangre y su vida se
había convertido en más de lo mismo. Ya no se paraba en los pequeños detalles, ni si
quiera contaba con el amor o la amistad. Sólo conocía lo que su trabajo, poco a poco, le
había enseñado: El apestoso aroma de la hipocresía.
No era como todas. Mascaba el chicle con la boca cerrada evitando ese sonido
insoportable que producían las otras al masticar y, no miraba por encima
del hombro. Hacía bien su trabajo y se tomaba el privilegio de escoger a sus clientes
porque nunca le faltaban candidatos. Pero abandonaba la partida cuando éstos se
pasaban de la raya.
Ya iban tres Gin tonics y dos coñacs, y empezaba a notar ese puntillo tambaleante
que le pedía a gritos un soplo de aire fresco. Javier salió haciendo eses del bar y se topó
con ella.
– ¿Otro borracho más? ¿Pero qué os pasa a los trajeados? ¿Que ocupáis
demasiado tiempo en vuestro trabajo como para conservar a vuestras mujeres, o qué?
Sigue de largo, no voy a hacerte ningún favor.
Él a penas podía articular palabra, pero al ver su vestimenta e intenciones
intentó marcar distancias.
– No, no. Te estás equivocando.. muchacha. Ni estoy casado, ni lo he estado
nunca. Y mucho menos vengo en busca de tus servicios. – dijo con los ojos entreabiertos,
soltando por la boca esa peste a alcohol barato de bar de carretera.
– Claro, eso me dicen todos los machotes como tú cuando rechazo sus ofertas.
Pero si estás muy necesitado, algo podremos hacer. A ver, enséñamela, corazón. – dijo
esperando escuchar el ruido de la bragueta al bajar.
Javier, se acercó a ella lentamente, con afán de intimidación y le susurró al oído:
<< No he venido a gozar contigo, “corazón”. >> Ella fue rápida al reaccionar sujetando su
sexo con dulzura mientras le devolvía el susurro: << Ya, pero yo sí quiero hacerte gozar y
no podrás decir que no, “Sr. Empresario”. >>
En un arrebato de lujuria, Javier la sujetó por el brazo llevándola al servicio del
bar de cantina. Allí, le subió la falda y le bajó las bragas con los dientes. La empotró
contra una de las dos paredes estrechas en las que se encerraban y, tan brusco como ella
lo deseaba, le provocó los mayores orgasmos que había gemido en sus cinco años de
trabajo. La dejó tan satisfecha que volvió a recordar lo que era follar sin cobrar.
Ella era dura y nunca lloraba después de un buen polvo. Pero hacía tanto que no cataba
algo así, que las lágrimas empezaron a resbalar por su mejilla mientras se vestía y, con
tono serio, salió de aquel aseo encendiendo un cigarrillo.
Javier tardó algunos minutos, pero finalmente llegó a su lado tendiéndole dos billetes de
cien.
– No quiero tu sucio dinero. – dijo ella sin mirarle a la cara y dándole, ligeramente,
la espalda.
– ¿Cómo te llamas? – preguntó Javier guardando la billetera en el bolsillo trasero
de su pantalón.
– Puedes irte, gracias.
– ¿Te llevo a algún sitio?
– No.
Él no quiso insistir más y se largó en su mercedes fundiéndose con el negro de la
noche.
Pasaron los días y Javier no podía quitarse aquellos finos labios de la cabeza. Su
dureza al hablar y esa forma de desprender placer con el simple contoneo de sus
caderas.
Una mañana, al despegar su cuerpo de las tibias sábanas, decidió echarle valor y regresó
a aquel bar donde, esta vez, penetraba el sol.
Aquello estaba realmente desierto, ya que era la noche quien lo mantenía. Sólo
permanecían los cinco desalojados de siempre que acudían allí, despreciados por sus
mujeres, para contentar las penas con alcohol.
Javier entró por la puerta sin esperanza de encontrarla por allí, sentada en la barra o tal
vez cerca de algún cliente, buscando trabajo día y noche. Y en efecto, no estaba. Se
acercó a la camarera y pidió una cerveza muy fría y en botellín. Ésta, le observó
detenidamente tras mirarle un par de veces y entonces supo que era él a quien tenía que
entregarle el recado.
– Eres tú el muchacho de hace unas semanas, ¿verdad? – colocó la cerveza
encima de la mesa junto a un pequeño papel doblado por la mitad. Sonrió. – Eva me ha
dado esto para ti. Sabía que volverías, todos lo hacen pero ella nunca deja huella.
Siéntete afortunado.
Javier no sabía quién podía ser esa tal Eva, pero sospechaba que era ella a quién
buscaba. Abrió la nota con cuidado, procurando disimular su ansia y, con una emoción
desbordante acorralada en su garganta, pudo leer: << Eva. 695825486 >>
Tras unos segundos, lanzó una mirada cargada de ilusión a la camarera y soltó un tímido
“Gracias” que a cada letra se convertía en suspiro.
– Quédese el cambio.
Al salir de aquel antro pensó en llamarla, pero tal vez era demasiado precipitado. Así que
decidió acercarse al prostíbulo por donde ella se paseaba, en busca de más información.
Cortinas rojas de gruesa seda cubrían las puertas del lugar. Intimidaban sin si
quiera entrar y, una vez dentro, el oro relucía por si solo. Las distintas habitaciones
permanecían cerradas, las muchachas aún no se dejaban ver. Y el jefe, que por allí de
casualidad paseaba, le paró los pies.
– Oiga, ¿qué hace usted aquí? ¿Qué desea tan pronto?
– Hola, supongo que será el dueño de todo esto. Venía a preguntar sobre una de
sus.. chicas. Eva.
El peculiar hombre, envuelto en un albornoz de caro aspecto, le miró sorprendido como si
de un mito hablara. Esbozó media sonrisa con ironía.
– No me extraña que venga preguntando por ella, no es el primero. Pero Eva hace
años que no trabaja aquí.
– ¿Se ha cambiado de local? Al verla por estas zonas y ser éste el único, creí
que.. – el hombre le cortó la palabra antes de que éste pudiera terminar.
– No trabaja en ningún prostíbulo. Verá, creo que debería ser ella quien se ocupe
de estos temas. Le daré su teléfono.
Javier, algo desconcertado, sin saber muy bien de qué trataba aquel juego, le enseñó el
papel donde ponía su numero y se largó sin más. Estaba algo perdido, no entendía nada
de lo que ocurría. Si no era prostituta, ¿Por qué se comportó aquella noche como tal?
Sin mayor dilación, marcó su teléfono algo confuso y, escondido bajo una serie de tonos,
consiguió escuchar su voz.
– ¿Si? ¿Quién es?
– Eva, soy Javier, el “Empresario”.. – Antes de que pudiera seguir hablando, Eva se
adelantó ansiosa.
– ¡Lo sabía! Te gustaron mis servicios, ¿Eh? Vayamos al grano, ¿Cuándo quieres
repetir?
No era un aparato el medio adecuado para hablar de algo tan incógnito. Decidió seguir el
juego, hasta poder aclararlo todo en persona.
– Mañana a las 08:00hs, en la puerta del Hotel Palace ¿Qué te parece?
Eva asintió con una mueca de aprobación y finalizó la llamada.
El mercedes acariciaba la carretera como una pluma por la piel de Madrid.
La conocía como la palma de su mano y los mejores atajos eran prácticamente suyos.
En la radio sonaba “Should I Stay or Should I Go – The Clash” y Javier, cigarro en mano,
golpeaba el dedo índice contra el volante a contra ritmo. Estaba casi tan nervioso como
en su primera cita, hacía aproximadamente quince años.
Ella, más delicada que ninguna ondeaba su vestido rojo al mismo tiempo que las
olas rompían contra enormes rocas puntiagudas. Él llegaba por detrás, a tan solo unos
segundos de su primera cita. Se repeinaba con rapidez antes de que ella se girara.
Acomodaba su camisa a cuadros y ese pantalón arremangado hasta los talones. Eran
épocas diferentes, antiguas, pasadas. La sonrisa se escapaba de los labios, tímida y
pícara. Aún lo recordaba como si fuera ayer. Su rostro pálido y liso; una sonrisa perfecta y
esa mirada llena de entusiasmo. Ella amaba la vida y él la amaba a ella.
Emergiendo de viejos recuerdos, Javier buscó un aparcamiento cercano al hotel.
La visualizó desde lejos y tocó el claxon. Eva también le vio, y se acercó a él, con esos
andares que le caracterizaban, y una sonrisa de carmín en los labios. Javier bajó del
mercedes y se dirigió hacia ella.
– ¿Tomamos algo? Quiero hablar contigo. – le dio un beso en la mejilla y entraron
en una cafetería.
Una vez allí, Eva pidió un capuchino y Javier un cortado.
– Bueno, ¿qué tal estás, Sr. Empresario?
– El otro día fui a tu trabajo, y me dijeron que hace años que no estás allí. ¿Puedes
explicarme de qué se trata esto? Te comportaste como.. bueno, ya sabes. Y resulta que
ahora hace mucho que ya no ejerces de ello. ¿Qué está pasando, Eva?
Atónita con lo que él le acababa de contar, empezó a mirar hacia todas partes. Su
respiración desatada buscaba donde posarse. No se atrevía a mirarle a los ojos. No era
capaz de pronunciar palabra y sólo removía el café una y otra vez con desesperación. Al
filo de romper a llorar, rebuscó en su bolso un cigarrillo, cuando Javier le ofreció uno de su
paquete, algo desorientado. Ella lo encendió con el pulso tembloroso y miró por la
ventana buscando calma.
– Eva, tranquila. No intento reprocharte nada, sólo espero que me expliques por
qué me mentiste. Le he estado dando vueltas y no logro entenderlo.
– De acuerdo, no soy lo que parece. Sólo estuve ejerciendo durante cinco años, y
me retiré porque no servía para ello. Es decir, todos volvían a por mi. Podría haberme
forrado, ¿entiendes? Pero no lo hice, lo dejé. Todos se enamoraban de un polvo. Incluso
tú, pero pareces diferente.
– Pero, si lo dejaste hace tiempo, ¿qué hacías la otra noche allí? ¿Por qué te
paseabas a altas horas como las otras?
Eva suspiraba una y otra vez. Le pesaban las palabras, le arañaban la comisura de los
labios al pronunciarlas. Nadie le había reprochado antes ninguna explicación y, nunca
antes lo habría hecho tan convencida como esta vez. Pero no le convenía.
Él era demasiado para ella y no lo entendería.
– Javier, no soy un buen partido para ti. Aléjate, y no preguntes más. Será lo mejor.
– Vamos Eva, explícamelo. Prometo entenderlo, adelante, hazlo. Es el principal
motivo por el que hemos.. – Eva, a punto de estallar sobresaltó sobre sus palabras,
resonando en toda la cafetería. Humillándose de la peor forma que jamás podría haber
imaginado. Desvelando su enfermedad ante más de diez desconocidos que, con los ojos
como búhos, la observaron asombrados.
– ¡¡SOY NINFÓMANA, JAVIER. TENGO UNA JODIDA ENFERMEDAD!! Por eso
paso las noches esperando a que un capullo más, babeando por un culo respingón,
apestando a tabaco y alcohol barato, busque mis servicios. Me baje las bragas de la
manera más absurda posible y me de placer suciamente. ¡PARA SACIARME! Día tras día.
Porque lo necesito, PORQUE TENGO UN PROBLEMA.
Los ojos hinchados de la impotencia, rojos y chorreando lágrimas, gritaban dolor a cada
parpadeo. Sin mirar a su alrededor, Eva cogió sus cosas y se largó de la cafetería.
El rímel se fundía con su llanto, creando charcos negros en el rostro. Ella caminaba veloz
entre transeúntes apurados que, ni por asomo, reparaban en la melancolía de aquella
muchacha.
Javier pagó lo más rápido posible y corrió tras ella para calmarla. Pero había mucha gente
y chocaba con millones de hombros que le impedían avanzar.
En el barullo de la ciudad, en la calle asfaltada, pisoteada por coches de todos los
modelos, dirigida por semáforos tricolores, se escuchó ese impacto entre metales
pesados. Gritos desgarrados resonaron por todo lo alto y, entonces, todo se paralizó.
Javier cerró los ojos dejando caer asustadizas lágrimas y rezó por verla allí, al final de la
calle, de pie y observando el accidente, como la gran multitud. Pero no, Eva estaba en el
suelo, envuelta en un enorme charco de sangre, entre dos bestias abolladas que se
habían encargado, súbitamente, de acabar con su agónica vida.
Mª Cielo Geremia Massey.
Él era demasiado para ella y no lo entendería.
– Javier, no soy un buen partido para ti. Aléjate, y no preguntes más. Será lo mejor.
– Vamos Eva, explícamelo. Prometo entenderlo, adelante, hazlo. Es el principal
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imaginado. Desvelando su enfermedad ante más de diez desconocidos que, con los ojos
como búhos, la observaron asombrados.
– ¡¡SOY NINFÓMANA, JAVIER. TENGO UNA JODIDA ENFERMEDAD!! Por eso
paso las noches esperando a que un capullo más, babeando por un culo respingón,
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Javier pagó lo más rápido posible y corrió tras ella para calmarla. Pero había mucha gente
y chocaba con millones de hombros que le impedían avanzar.
En el barullo de la ciudad, en la calle asfaltada, pisoteada por coches de todos los
modelos, dirigida por semáforos tricolores, se escuchó ese impacto entre metales
pesados. Gritos desgarrados resonaron por todo lo alto y, entonces, todo se paralizó.
Javier cerró los ojos dejando caer asustadizas lágrimas y rezó por verla allí, al final de la
calle, de pie y observando el accidente, como la gran multitud. Pero no, Eva estaba en el
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  • 1. NO ERA PUTA NI BARATA.
  • 2. Era pronto para ser demasiado tarde. La luna picaba y ella se paseaba de una esquina a otra como de costumbre, con sus andares de buscona y ese olor entre las piernas a virtud desaprovechada. La falda bien corta y la mirada muy alta, convencida de que, aquella noche, caería la mejor clientela. Madrid deslumbraba bajo el eclipse de las farolas que, a altas horas relucían para nadie. Casi nadie. Él llegó en un Mercedes negro, trajeado y con mucha prisa. Sólo necesitaba un Gin tonic, o dos, y quizá tres. Llevaba el estrés en la sangre y su vida se había convertido en más de lo mismo. Ya no se paraba en los pequeños detalles, ni si quiera contaba con el amor o la amistad. Sólo conocía lo que su trabajo, poco a poco, le había enseñado: El apestoso aroma de la hipocresía. No era como todas. Mascaba el chicle con la boca cerrada evitando ese sonido insoportable que producían las otras al masticar y, no miraba por encima del hombro. Hacía bien su trabajo y se tomaba el privilegio de escoger a sus clientes porque nunca le faltaban candidatos. Pero abandonaba la partida cuando éstos se pasaban de la raya. Ya iban tres Gin tonics y dos coñacs, y empezaba a notar ese puntillo tambaleante que le pedía a gritos un soplo de aire fresco. Javier salió haciendo eses del bar y se topó con ella. – ¿Otro borracho más? ¿Pero qué os pasa a los trajeados? ¿Que ocupáis demasiado tiempo en vuestro trabajo como para conservar a vuestras mujeres, o qué? Sigue de largo, no voy a hacerte ningún favor. Él a penas podía articular palabra, pero al ver su vestimenta e intenciones intentó marcar distancias. – No, no. Te estás equivocando.. muchacha. Ni estoy casado, ni lo he estado nunca. Y mucho menos vengo en busca de tus servicios. – dijo con los ojos entreabiertos, soltando por la boca esa peste a alcohol barato de bar de carretera. – Claro, eso me dicen todos los machotes como tú cuando rechazo sus ofertas. Pero si estás muy necesitado, algo podremos hacer. A ver, enséñamela, corazón. – dijo esperando escuchar el ruido de la bragueta al bajar. Javier, se acercó a ella lentamente, con afán de intimidación y le susurró al oído: << No he venido a gozar contigo, “corazón”. >> Ella fue rápida al reaccionar sujetando su sexo con dulzura mientras le devolvía el susurro: << Ya, pero yo sí quiero hacerte gozar y no podrás decir que no, “Sr. Empresario”. >> En un arrebato de lujuria, Javier la sujetó por el brazo llevándola al servicio del bar de cantina. Allí, le subió la falda y le bajó las bragas con los dientes. La empotró contra una de las dos paredes estrechas en las que se encerraban y, tan brusco como ella lo deseaba, le provocó los mayores orgasmos que había gemido en sus cinco años de trabajo. La dejó tan satisfecha que volvió a recordar lo que era follar sin cobrar. Ella era dura y nunca lloraba después de un buen polvo. Pero hacía tanto que no cataba algo así, que las lágrimas empezaron a resbalar por su mejilla mientras se vestía y, con tono serio, salió de aquel aseo encendiendo un cigarrillo. Javier tardó algunos minutos, pero finalmente llegó a su lado tendiéndole dos billetes de cien. – No quiero tu sucio dinero. – dijo ella sin mirarle a la cara y dándole, ligeramente, la espalda. – ¿Cómo te llamas? – preguntó Javier guardando la billetera en el bolsillo trasero de su pantalón. – Puedes irte, gracias. – ¿Te llevo a algún sitio? – No.
  • 3. Él no quiso insistir más y se largó en su mercedes fundiéndose con el negro de la noche. Pasaron los días y Javier no podía quitarse aquellos finos labios de la cabeza. Su dureza al hablar y esa forma de desprender placer con el simple contoneo de sus caderas. Una mañana, al despegar su cuerpo de las tibias sábanas, decidió echarle valor y regresó a aquel bar donde, esta vez, penetraba el sol. Aquello estaba realmente desierto, ya que era la noche quien lo mantenía. Sólo permanecían los cinco desalojados de siempre que acudían allí, despreciados por sus mujeres, para contentar las penas con alcohol. Javier entró por la puerta sin esperanza de encontrarla por allí, sentada en la barra o tal vez cerca de algún cliente, buscando trabajo día y noche. Y en efecto, no estaba. Se acercó a la camarera y pidió una cerveza muy fría y en botellín. Ésta, le observó detenidamente tras mirarle un par de veces y entonces supo que era él a quien tenía que entregarle el recado. – Eres tú el muchacho de hace unas semanas, ¿verdad? – colocó la cerveza encima de la mesa junto a un pequeño papel doblado por la mitad. Sonrió. – Eva me ha dado esto para ti. Sabía que volverías, todos lo hacen pero ella nunca deja huella. Siéntete afortunado. Javier no sabía quién podía ser esa tal Eva, pero sospechaba que era ella a quién buscaba. Abrió la nota con cuidado, procurando disimular su ansia y, con una emoción desbordante acorralada en su garganta, pudo leer: << Eva. 695825486 >> Tras unos segundos, lanzó una mirada cargada de ilusión a la camarera y soltó un tímido “Gracias” que a cada letra se convertía en suspiro. – Quédese el cambio. Al salir de aquel antro pensó en llamarla, pero tal vez era demasiado precipitado. Así que decidió acercarse al prostíbulo por donde ella se paseaba, en busca de más información. Cortinas rojas de gruesa seda cubrían las puertas del lugar. Intimidaban sin si quiera entrar y, una vez dentro, el oro relucía por si solo. Las distintas habitaciones permanecían cerradas, las muchachas aún no se dejaban ver. Y el jefe, que por allí de casualidad paseaba, le paró los pies. – Oiga, ¿qué hace usted aquí? ¿Qué desea tan pronto? – Hola, supongo que será el dueño de todo esto. Venía a preguntar sobre una de sus.. chicas. Eva. El peculiar hombre, envuelto en un albornoz de caro aspecto, le miró sorprendido como si de un mito hablara. Esbozó media sonrisa con ironía. – No me extraña que venga preguntando por ella, no es el primero. Pero Eva hace años que no trabaja aquí. – ¿Se ha cambiado de local? Al verla por estas zonas y ser éste el único, creí que.. – el hombre le cortó la palabra antes de que éste pudiera terminar. – No trabaja en ningún prostíbulo. Verá, creo que debería ser ella quien se ocupe de estos temas. Le daré su teléfono. Javier, algo desconcertado, sin saber muy bien de qué trataba aquel juego, le enseñó el papel donde ponía su numero y se largó sin más. Estaba algo perdido, no entendía nada de lo que ocurría. Si no era prostituta, ¿Por qué se comportó aquella noche como tal? Sin mayor dilación, marcó su teléfono algo confuso y, escondido bajo una serie de tonos, consiguió escuchar su voz. – ¿Si? ¿Quién es?
  • 4. – Eva, soy Javier, el “Empresario”.. – Antes de que pudiera seguir hablando, Eva se adelantó ansiosa. – ¡Lo sabía! Te gustaron mis servicios, ¿Eh? Vayamos al grano, ¿Cuándo quieres repetir? No era un aparato el medio adecuado para hablar de algo tan incógnito. Decidió seguir el juego, hasta poder aclararlo todo en persona. – Mañana a las 08:00hs, en la puerta del Hotel Palace ¿Qué te parece? Eva asintió con una mueca de aprobación y finalizó la llamada. El mercedes acariciaba la carretera como una pluma por la piel de Madrid. La conocía como la palma de su mano y los mejores atajos eran prácticamente suyos. En la radio sonaba “Should I Stay or Should I Go – The Clash” y Javier, cigarro en mano, golpeaba el dedo índice contra el volante a contra ritmo. Estaba casi tan nervioso como en su primera cita, hacía aproximadamente quince años. Ella, más delicada que ninguna ondeaba su vestido rojo al mismo tiempo que las olas rompían contra enormes rocas puntiagudas. Él llegaba por detrás, a tan solo unos segundos de su primera cita. Se repeinaba con rapidez antes de que ella se girara. Acomodaba su camisa a cuadros y ese pantalón arremangado hasta los talones. Eran épocas diferentes, antiguas, pasadas. La sonrisa se escapaba de los labios, tímida y pícara. Aún lo recordaba como si fuera ayer. Su rostro pálido y liso; una sonrisa perfecta y esa mirada llena de entusiasmo. Ella amaba la vida y él la amaba a ella. Emergiendo de viejos recuerdos, Javier buscó un aparcamiento cercano al hotel. La visualizó desde lejos y tocó el claxon. Eva también le vio, y se acercó a él, con esos andares que le caracterizaban, y una sonrisa de carmín en los labios. Javier bajó del mercedes y se dirigió hacia ella. – ¿Tomamos algo? Quiero hablar contigo. – le dio un beso en la mejilla y entraron en una cafetería. Una vez allí, Eva pidió un capuchino y Javier un cortado. – Bueno, ¿qué tal estás, Sr. Empresario? – El otro día fui a tu trabajo, y me dijeron que hace años que no estás allí. ¿Puedes explicarme de qué se trata esto? Te comportaste como.. bueno, ya sabes. Y resulta que ahora hace mucho que ya no ejerces de ello. ¿Qué está pasando, Eva? Atónita con lo que él le acababa de contar, empezó a mirar hacia todas partes. Su respiración desatada buscaba donde posarse. No se atrevía a mirarle a los ojos. No era capaz de pronunciar palabra y sólo removía el café una y otra vez con desesperación. Al filo de romper a llorar, rebuscó en su bolso un cigarrillo, cuando Javier le ofreció uno de su paquete, algo desorientado. Ella lo encendió con el pulso tembloroso y miró por la ventana buscando calma. – Eva, tranquila. No intento reprocharte nada, sólo espero que me expliques por qué me mentiste. Le he estado dando vueltas y no logro entenderlo. – De acuerdo, no soy lo que parece. Sólo estuve ejerciendo durante cinco años, y me retiré porque no servía para ello. Es decir, todos volvían a por mi. Podría haberme forrado, ¿entiendes? Pero no lo hice, lo dejé. Todos se enamoraban de un polvo. Incluso tú, pero pareces diferente. – Pero, si lo dejaste hace tiempo, ¿qué hacías la otra noche allí? ¿Por qué te paseabas a altas horas como las otras? Eva suspiraba una y otra vez. Le pesaban las palabras, le arañaban la comisura de los labios al pronunciarlas. Nadie le había reprochado antes ninguna explicación y, nunca antes lo habría hecho tan convencida como esta vez. Pero no le convenía.
  • 5. Él era demasiado para ella y no lo entendería. – Javier, no soy un buen partido para ti. Aléjate, y no preguntes más. Será lo mejor. – Vamos Eva, explícamelo. Prometo entenderlo, adelante, hazlo. Es el principal motivo por el que hemos.. – Eva, a punto de estallar sobresaltó sobre sus palabras, resonando en toda la cafetería. Humillándose de la peor forma que jamás podría haber imaginado. Desvelando su enfermedad ante más de diez desconocidos que, con los ojos como búhos, la observaron asombrados. – ¡¡SOY NINFÓMANA, JAVIER. TENGO UNA JODIDA ENFERMEDAD!! Por eso paso las noches esperando a que un capullo más, babeando por un culo respingón, apestando a tabaco y alcohol barato, busque mis servicios. Me baje las bragas de la manera más absurda posible y me de placer suciamente. ¡PARA SACIARME! Día tras día. Porque lo necesito, PORQUE TENGO UN PROBLEMA. Los ojos hinchados de la impotencia, rojos y chorreando lágrimas, gritaban dolor a cada parpadeo. Sin mirar a su alrededor, Eva cogió sus cosas y se largó de la cafetería. El rímel se fundía con su llanto, creando charcos negros en el rostro. Ella caminaba veloz entre transeúntes apurados que, ni por asomo, reparaban en la melancolía de aquella muchacha. Javier pagó lo más rápido posible y corrió tras ella para calmarla. Pero había mucha gente y chocaba con millones de hombros que le impedían avanzar. En el barullo de la ciudad, en la calle asfaltada, pisoteada por coches de todos los modelos, dirigida por semáforos tricolores, se escuchó ese impacto entre metales pesados. Gritos desgarrados resonaron por todo lo alto y, entonces, todo se paralizó. Javier cerró los ojos dejando caer asustadizas lágrimas y rezó por verla allí, al final de la calle, de pie y observando el accidente, como la gran multitud. Pero no, Eva estaba en el suelo, envuelta en un enorme charco de sangre, entre dos bestias abolladas que se habían encargado, súbitamente, de acabar con su agónica vida. Mª Cielo Geremia Massey.
  • 6. Él era demasiado para ella y no lo entendería. – Javier, no soy un buen partido para ti. Aléjate, y no preguntes más. Será lo mejor. – Vamos Eva, explícamelo. Prometo entenderlo, adelante, hazlo. Es el principal motivo por el que hemos.. – Eva, a punto de estallar sobresaltó sobre sus palabras, resonando en toda la cafetería. Humillándose de la peor forma que jamás podría haber imaginado. Desvelando su enfermedad ante más de diez desconocidos que, con los ojos como búhos, la observaron asombrados. – ¡¡SOY NINFÓMANA, JAVIER. TENGO UNA JODIDA ENFERMEDAD!! Por eso paso las noches esperando a que un capullo más, babeando por un culo respingón, apestando a tabaco y alcohol barato, busque mis servicios. Me baje las bragas de la manera más absurda posible y me de placer suciamente. ¡PARA SACIARME! Día tras día. Porque lo necesito, PORQUE TENGO UN PROBLEMA. Los ojos hinchados de la impotencia, rojos y chorreando lágrimas, gritaban dolor a cada parpadeo. Sin mirar a su alrededor, Eva cogió sus cosas y se largó de la cafetería. El rímel se fundía con su llanto, creando charcos negros en el rostro. Ella caminaba veloz entre transeúntes apurados que, ni por asomo, reparaban en la melancolía de aquella muchacha. Javier pagó lo más rápido posible y corrió tras ella para calmarla. Pero había mucha gente y chocaba con millones de hombros que le impedían avanzar. En el barullo de la ciudad, en la calle asfaltada, pisoteada por coches de todos los modelos, dirigida por semáforos tricolores, se escuchó ese impacto entre metales pesados. Gritos desgarrados resonaron por todo lo alto y, entonces, todo se paralizó. Javier cerró los ojos dejando caer asustadizas lágrimas y rezó por verla allí, al final de la calle, de pie y observando el accidente, como la gran multitud. Pero no, Eva estaba en el suelo, envuelta en un enorme charco de sangre, entre dos bestias abolladas que se habían encargado, súbitamente, de acabar con su agónica vida. Mª Cielo Geremia Massey.