Sabio y santo Cardenal Moneda de Benedicto X IV
D Í A 13 D E M A Y O
SAN ROBERTO BELARMINO
JESUÍTA, ARZOBISPO Y CARDENAL (1542 - 1621)
S
A N Roberto Belarmino fué natural de Montepulciano de Toscana,
donde nació el 4 de octubre del año 1542. Bautizáronle el mismo
día. y le llamaron Roberto F'rancisco Rómulo, por su padrino R o-
berto Pucei, obispo de Pistoya y Cardenal, por San Francisco de
Asís, cuya fiesta era ese día, y por un tío suyo llamado Rómulo.
Escuela de virtudes fué para el Santo su propia familia. Su padre V i-
cente era honesto y moderado gentilhombre y cristiano ferventísimo, entre-
gado totalmente a sus deberes de ciudadano y de padre. La madre de
Roberto se llamaba Cintia Cervini; era hermana del cardenal Marcelo Cer-
vini, el «cardenal de Santa Cruz», que después fué el papa Marcelo II. Tuvo
Cintia doce hijos, que crió en la virtud y temor de Dios. Roberto nació
el tercero. Mucho temieron por su vida durante la niñez, pues era de com-
plexión débil y enfermiza.
Merced a las lecciones y ejemplos de piedad que le daban sus progeni-
tores, creció muy luego en el corazón de Roberto el gusto por las cosas
espirituales. Y a sus primeras inclinaciones y aficiones daban a entender lo
que sería andando los años. Gustábale referir la historia de la Pasión del
Señor delante de su madre y hermanos, y aun los labriegos de los alrede-
dores acudían muchas veces a oírle, atraídos por la elocuencia de aquel
inocente predicador de solos seis años de edad. £1 Espíritu Santo reinaba
en su alma y le inspiraba fuerte inclinación a la piedad, trabajo y penitencia.
«Roberto me encargó que pusiera cada noche junto a su camita cuanto
necesitaba para encender él mismo la lamparilla» — refiere su hermana Ca-
mila. El Oficio parvo de la Virgen María y la meditación, cuando supo
hacerla, eran los primeros ejercicios de Roberto cada mañana.
Visitaba a menudo al Santísimo, dando ya en su temprana edad señales
de una devoción que guardó toda la vida. También observaba los ayunos
de Cuaresma, Adviento y vigilias, aunque no estaba obligado a ello y aun
con peligro de su delicada salud, mostrando así desde su niñez grande amor
a la Iglesia y respeto sumo a las leyes eclesiásticas.
los catorce años de edad entró Roberto en el colegio de los Jesuítas
de Montepulciano, el año de 1555, dos años después de muerto su
tío el papa Marcelo II, cuyo pontificado sólo duró veintidós días.
Por malquerencia y envidia trataban por entonces algunos enemigos' del
colegio de desacreditar la enseñanza de los Padres. El niño Roberto, cuyo
agudo ingenio y afición a la poesía eran notorios, se entendió con algunos
de sus condiscípulos y ofrecióse para tener examen público y lucha escolar
en toda regla con los alumnos sobresalientes de las demás escuelas de
Montepulciano. como así se hizo, logrando los alumnos de los Jesuítas se-
ñalado triunfo en presencia de sinnúmero de espectadores.
La fama e influencia del santo joven crecieron sobremanera desde aquel
día. Varias veces tuvo que hablar en la junta de los señores principales de
la ciudad. «Vamos — decían— , vamos a oír predicar a un ángel».
Él, de por si. solía echar mano de todas las ocasiones de ser apóstol.
Representóse un drama en el colegio cierto día de carnaval, y a Roberto
le tocó personificar a la Iglesia. Habló con tanta energía y tan encendida
elocuencia contra las peligrosas diversiones de aquellos días, que muchos
decían que aquel año «el carnaval se convirtió».
Acabados sus estudios en el colegio de Montepulciano, pensaba Roberto
seguir los cursos de la Universidad de Padua, pero el Señor le llamó a la
Compañía de Jesús. Esta vocación imprevista desbarataba de tal manera
los designios de don Vicente, que al principio negó a su hijo la licencia
necesaria; sólo al cabo de un año de respetuosas instancias pudo Roberto
obedecer al divino llamamiento. El año de 1560 ingresó en el Colegio Roma-
no, fundado en Roma hacía nueve años por San Ignacio de Loyola, con la
ayuda pecuniaria del duque de Gandía, que fué luego San Francisco de Borja.
EL COLEGIO. — LA VOCACIÓN
VIDA RELIGIOSA. — ESTUDIANTE Y PROFESOR
F
R U TO de las últimas luchas que tuvo que sostener el valeroso mancebo,
fué el desasirse más y más del siglo y purificar como en crisol los
afectos de su corazón. Por eso juzgaron los Superiores poder abreviar
para Roberto ni tiempo de probación. Dedicáronle luego a los estudios;
ilióse a ellos el joven religioso con toda su alma, no obstante las graves
enfermedades que padeció por entonces, siendo para él esta época de su
vida continuo martirio. Felizmente, compensaba su extraordinario ingenio
la falta de salud, y logró aventajar a los demás en los estudios.
El año de 1563, enviáronle a enseñar Retórica en el colegio de Floren-
cia. Pesadísima carga era ésta para el enfermizo religioso; a vista de su
flaqueza fué a postrarse a los pies de Jesús sacramentado: «Señor — le dijo— ,
110 quisiera morir todavía, por cuanto aun deseo trabajar en servicio vues-
tro». Al punto oyó Nuestro Señor la súplica de su siervo. Levantóse Roberto
como trocado en otro hombre, lleno de vigor y fortaleza. Viéndose ya con
salud suficiente para darse al trabajo conforme a los anhelos de su ardiente
celo y, dando gracias al Señor por aquel beneficio, entregóse totalmente al
servicio de sus alumnos, y fué por espacio de cuatro años, primero en Flo-
rencia y luego en Mondoví, desde noviembre del año 1564, dechado perfecto
de profesores cabales.
EN LOVAINA. — TRIUNFOS DEL PREDICADOR
E
N más dilatado campo de apostolado iba a trabajar en breve el sabio
y santo jesuíta. Dos años estuvo estudiando en Padua; pero aun
antes de que acabase la Teología, fué elegido por San Francisco de
Borja, General de la Compañía de Jesús, para ir a predicar a la ciudad de
Lovaina, muy amenazada entonces de caer en la herejía protestante.
Tres mil estudiantes frecuentaban la aulas de* la famosa Universidad
brabanzona, adonde llegó Roberto por el mes de mayo de 1569, Cerrar el
paso a la herejía y reparar los estragos ya causados por ella, tal era la
misión de Belarmino; misión dificilísima por ser canciller de la Universidad ,
Miguel Bayo, el cual, si bien no era hereje declarado, enseñaba doctrinas
semejantes en muchos puntos a las de Lutero y Calvino.
Insospechado fruto logró el Santo con su predicación y enseñanza. Pue-
blo y estudiantes acudían en tropel a la iglesia de San Miguel para oír sus
sermones, contándose por miles sus oyentes. Pronto fueron también de las
ciudades vecinas, y aun de Holanda e Inglaterra. Muchísimos herejes se
convirtieron; no pocos estudiantes se convencieron de la vanidad y peligros
del siglo, al cual abandonaron para abrazar la vida religiosa.
El señor obispo de Lieja ordenó al padre Belarmino de menores y sub-
diácono; el de Gante le confirió el diaconado, y el Sábado Santo del año 1570,
el presbiterado. El mismo año profesó en la Compañía con los tres voto»
religiosos, y pasados dos años, le admitieron a los cuatro votos.
Era el padre Belarmino tan pequeño, que para predicar mandaba poner
una tarima en el pulpito, pero aun de ello sacaba la ventaja, para él pre-
ciosa, de pasar inadvertido entre el público, y aun a la vista de sus ordina-
rios oyentes.
EN ROMA, — LAS «CONTROVERSIAS»
D
ÍA tras día iba extendiéndose la fama del sabio y santo jesuíta. San
Carlos Borromeo lo pedía para la ciudad de Milán; el célebre Co-
legio Clermonte de París, lo deseaba también para profesor; pero
los Superiores juzgaron que sería de más provecho en Lovaina. Por espacio
de seis años (1570-1576) comentó a Santo Tomás de Aquino. Pidió luego
ir a Roma, donde le dieron la cátedra de controversias, recién fundada por
Gregorio X III, en el Colegio Romano. Desempeñó este nuevo cargo con tan
extraordinaria maestría y provecho, que los Superiores le mandaron publi-
car sus lecciones. Toda la obra era una defensa a toda luz de la Iglesia Ca-
tólica, de su constitución, jefe y doctrina, y a la vez impugnación y refuta-
ción de la herejía protestante. Tuvo salida extraordinaria. En treinta años se
agotaron veinte ediciones. Católicos y protestantes hablaban del padre Be-
larmino: aquéllos, con admiración y gratitud; éstos, con despecho y espanto.
«Belarmino mereció llamarse M a rtillo de los herejes, por haber reducido
a polvo el error con sus escritos» — dijo el papa Benedicto X IV . Y San
Francisco de Sales, a quien Roberto conoció y hubiera nombrado Cardenal
si él fuera Papa, decía: «Cinco años prediqué en Chablais, sin más libro»
que la Biblia y Belarmipo». Los cardenales Perrón, César Baronio, y Ubnl-
dini, legado del Papa en Francia, y el padre Comelio Van den Steen (Cor-
nelio a Lápide), se hacían lenguas hablando de Roberto Belarmino. Por lo
que a los protestantes se refiere, sus palabras y obras pregonaban en cuánto
tenían las Controversias del Santo. «Éste es el libro que nos ha herido de
muerte» — declaraba Teodoro de Beza refiriéndose a la obra publicada por
el padre Belarmino.
L a reina Isabel de Inglaterra fundó una cátedra para impugnar la doc-
trina del ilustre jesuíta, pero fué en balde. Entonces prohibió con pciui
de muerte las Controversias a quienes no eran Maestros en Teología.
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SAN Roberto Belarmino, inspirado autor de las Controversias v
verdadero « m artillo de los herejes», confunde a uno de los prin-
cipales corifeos de la herejía protestante, el cual, ante los argumen-
■” s y las razones del Santo, confiesa que nada tiene que responder,
pero que le es imposible abandonarla.
Esta severidad no impidió que el libro se vendiera; un librero protes-
tante de Londres solía decir: «Este jesuíta solo, me hace ganar más dinero
que todos nuestros doctores juntos». Finalmente, el padre Cotón asegura
que así en Francia como en Inglaterra, los herejes solían llamar a los ca-
tólicos indistintamente papistas o belarministas.
El año de 1587, nombraron a Roberto Belarmino consultor de la Sa-
grada Congregación para la revisión de la Vulgata.
VIAJE A FRANCIA
E
L Sumo Pontífice fundador de la cátedra de Controversias, atento
siempre a procurar el bien general de la Iglesia, interesábase por en-
tonces en la contienda movida entre la Liga y Enrique de Borbón,
después del asesinato de Enrique III. El año de 1590, el papa Sixto V, par-
tidario al principio de la Liga, envió como legado suyo al cardenal Gaetani,
para que examinase el estado religioso de aquella nación. A l mismo tiempo
nombró para acompañarle en calidad de Teólogo al padre Belarmino, con el
cual había colaborado para editar las obras de San Carlos Borromeo.
Nuestro Santo trabajó para apartar el peligro del cisma y, examinadas
todas las circunstancias, se declaró en favor del rey protestante Enrique
de Navarra. Padeció mucho en Francia, y más durante el sitio de París
por los bearneses; pero de todo ello se consolaba al ver la religiosidad de
los franceses, cuya piedad y devoción solía encomiar y ponderar.
CARDENALATO. — ARZOBISPO DE CAPUA
P
ELE A N D O contra el protestantismo gastó San Roberto Belarmino sus
mejores años; pero todavía no había llegado para el ilustre apóstol
la hora del descanso. A l volver a Roma nombráronle confesor del
Colegio Romano; allí dirigió y confesó a San Luis Gonzaga, le ayudó a morir
santamente y trabajó luego con denuedo en su beatificación.
Fué rector de dicho Colegio desde el mes de diciembre de 1592, y des-
pués provincial de Nápoles desde 1594. A todos, superiores e inferiores,
edificaba constantemente con su afabilidad, sencillez, discreción e incansable
caridad. El papa Clemente V III le volvió a llamar a Roma, donde nueva-
mente desempeñó el cargo de rector del Colegio Romano. Nombróle teólogo
pontificio, y en 1599 le elevó al cardenalato. En esta ocasión hizo el Papa
el elogio del ilustre jesuíta con estas palabras: «L o hemos elegido, porque
en la Iglesia de Dios y locante a ciencia no hay quien le iguale».
Más adelante, el nuevo príncipe de la Iglesia fué miembro de las Con-
gregaciones del Santo Oficio, Ritos e Indice, y de otras dos Congregaciones
romanas fundadas para la revisión del Breviario romano y el examen del
iniitrimonio de Enrique IV ; digna de mención es la memoria que envió a
Clemente V III, acerca de los abusos que había que cortar en la Iglesia.
El mismo Sumo Pontífice le nombró arzobispo de Capua, y le consagró
el 21 de abril del año 1602. Sólo tres años ocupó aquella silla, o sea hasta
la muerte de Clemente V III, 3 de marzo de 1605.
En el desempeño de aquellos altos cargos, ya en Roma, ya en la diócesis
de la que momentáneamente fué pastor, Roberto Belarmino supo hermanar
las conveniencias de su estado con las exigencias de su profesión religiosa.
Como era de conciencia delicadísima, sabía prevenir las vanas complacencias
del amor propio dándose a mayores privaciones y austeridades.
No quiso nunca ceder a las importunas solicitaciones de sus deudos, los
cuales pretendían tener derecho a que les ayudase mostrándose liberal con
ellos. «Los bienes de la Iglesia son de la Iglesia y de los pobres — solía con-
(estarles— ; yo soy únicamente administrador de los mismos».
DOS CONCLAVES. — POSTREROS AÑOS Y MUERTE
C
OMO miembro del Sacro Colegio, asistió San Roberto Belarmino a
los dos Conclaves del año 1605 para la elección de los papas León X I
(Octaviano de Médicis) y Paulo V (Camilo Borghese); el mismo
Santo tuvo no pocos votos favorables. Paulo V le retuvo en Roma y le
nombró miembro de una Congregación recién fundada, y encargada de
estudiar la cuestión de la predestinación, muy controvertida por entonces.
En aquel tiempo intervino también el cardenal Belarmino con sus escritos
en defensa de los derechos de la Santa Sede en materia temporal, contra
la república de Venecia y contra Inglaterra; sobre este asunto publicó en
Roma un tratado, que fué prohibido el año 1610 por el Parlamento de París.
Otro tratado publicó a ruegos del Papa con la firma de un teólogo de Co-
lonia, pero lo quemaron sus enemigos el año 1613.
Los postreros años de su vida gozó de mayor tranquilidad y sosiego.
Aprovechólos para dar a la publicidad algunas obras ascéticas; tomó parte
en el proceso de Galileo; estudió la doctrina de la inmaculada Concepción
de María, doctrina a la que llamó «piadosa y santa».
Mucho deseaban los herejes que desapareciese aquel temible adversario,
en quien veían, junto con la austeridad e inocencia de vida, incesante ac-
tividad que gastaba en los grandes negocios de la Iglesia. Pero con más
vivas ansias anhelaba el Santo dejar este mundo «para vivir con Cristo».
Movido de su ardiente devoción al insigne patriarca San Benito, empren-
dió la peregrinación al monasterio de Subiaco. Tuvo que ir a caballo parte
del camino, y antes de llegar se cayó de la caballería y recibió graves he-
ridas, de las que sanó al poco tiempo. Logró de Gregorio X V licencia para
retirarse a la casa de San Andrés, que era el noviciado de los Padres Jesuítas
de Roma. A los tres días de llegar tuvo que acostarse por enfermo.
Entendió con esto que se acercaba su muerte. Pidió el Viático, y, a pesar
de hallarse sumamente debilitado, quiso recibirlo de rodillas. A los pocos
días, el 17 de septiembre de 1621, festividad de las Llagas de San Francisco,
entregó su espíritu al Señor, mientras repetía el dulcísimo nombre de Jesús.
Gozaba de tan universal fama de santidad, que su entierro antes fué una
manifestación de culto popular que un funeral; los soldados mandados para
mantener el orden no pudieron contener a la muchedumbre e impedir pia-
dosos hurtos.
Fué enterrado su sagrado cuerpo en el Gesú — iglesia de la Compañía
dedicada al Santísimo nombre de Jesús— , primero en el sepulcro de los
sacerdotes de la Orden, y luego en la cripta donde descansaba el cuerpo
de San Ignacio.
OS informes preparatorios para la introducción de la causa empezaron
a juntarse en Roma inmediatamente, en Montepulciano desde el año
1622, en Capua y en Nápoles al año siguiente. El papa Urbano V III se-
ñaló el día 12 de diciembre de 1626 para la introducción de la causa de
beatificación. Pero detuvo el proceso el famoso decreto del mismo Papa, que
exigía un plazo de cincuenta años después del fallecimiento de quien moría
en olor de santidad, para introducir la causa.
Llevóse adelante el proceso el año 1675, pero a poco lo estorbó otra vez
la muerte de Clemente X . También detuvo su curso el papa Inocencio X ,
por haberse declarado contra la heroicidad de sus virtudes diez cardenales
de los treinta y ocho que estudiaban la causa.
A principios del siglo X V III, siendo promotor de la fe Próspero Lam-
bertini, que después fué papa con el nombre de Benedicto X IV , la causa
de beatificación de Roberto Belarmino volvió a estudiarse en Roma. El
día 5 de mayo de 1753, a los trece años de pontificado de Benedicto X IV ,
con su asentimiento celebróse la sesión definitiva de la Sagrada Congrega-
ción de Ritos sobre !a heroicidad de virtudes: de los veintisiete votantes,
veinticuatro dieron voto favorable. Fué un triunfo magnífico; pero con el
fin de evitar la indignación de los Parlamentos europeos por entonces jan-
senistas o regalistas, Benedicto X IV aplazó la publicación del decreto «a
SU CAUSA DE BEATIFICACIÓN
‘misa de las tristes circunstancias de la época». Nuevos obstáculos impidie-
ii>n durante el siglo X IX llevar adelante esta causa.
I-a guerra europea de los años 1914 a 1918, que derribó tronos, sistemas
filosóficos y muchos idealismos humanos, no estorbó para nada el paso
progresivo de la Iglesia de Cristo. Benedicto X V mandó proseguir la causa
ilrl magno y santo apologista, y a 22 de diciembre del año 1920 proclamó
ln heroicidad de virtudes de Roberto Belarmino. El Papa, en su discurso,
propuso al siervo de Dios como dechado de cardenales, obispos, profesores,
religiosos y seglares que se dedican a la Acción Católica.
La ceremonia de beatificación se celebró siendo Sumo Pontífice Pío X I,
a 13 de mayo de 1923, y por esto se celebra su fiesta en este día. A su bea-
tificación asistieron los miembros del Sacro Colegio, aunque de ordinario
sólo asisten a ceremonias de esa clase los miembros de la Sagrada Congre-
gación de Ritos.
A 21 de junio del siguiente año, festividad de San Luis Gonzaga, por
deseo expreso del Pontífice se trasladó solemnemente el cuerpo del Beato
Roberto Belarmino a la iglesia de San Ignacio. Este traslado fué un triunfo.
A él asistieron dieciséis cardenales y muchísimos obispos y prelados.
El año santo de 1925 y a 25 de noviembre, el mismo Sumo Pontífice
lirmó el decreto para llevar adelante la causa del Beato. Finalmente fué
canonizado a 29 de junio de 1930, junto con otros ocho Jesuítas — San Juan
de Brebeuf y sus siete compañeros— y un Franciscano, San Teófilo de Corte.
S A N T O R A L
Santos Roberto Belarmino. confesor y doctor; Pedro Regalado, reformador fran-
ciscano; Juan el Silenciario, obispo y confesor; Andrés Huberto Fournet,
fundador de las Hijas de la Cruz, Vulfura, mártir; Servacio, obispo de
Tongres; Leodieio y Mucio, mártires; Flavio y Onésimo, obispos; Abucio,
presbítero y mártir en Constantinopla; Onésimo, obispo de Soisons; Ale-
jandro, soldado romano, m ártir; Beatos Alberto, labrador italiano y ter-
ciario dominico; Luis de Hungría, enfermero y terciario franciscano.
Santas Argentea, natural de Bobastro y martirizada en Córdoba por los
musulmanes en 931, con San Vulfura; Gliceria, mártir; Inés, abadesa;
Rolanda y Disciola, religiosas; Dominga, virgen de Como. Beatas Imelda
Lambertini, virgen; Gema, virgen reclusa de Sulmona, muerta en 1429,
Paciencia, esposa de San Orencio y madre del glorioso mártir San Lo-
renzo. (Véase el día 1.° de mayo, página 20).

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  • 1.
    Sabio y santoCardenal Moneda de Benedicto X IV D Í A 13 D E M A Y O SAN ROBERTO BELARMINO JESUÍTA, ARZOBISPO Y CARDENAL (1542 - 1621) S A N Roberto Belarmino fué natural de Montepulciano de Toscana, donde nació el 4 de octubre del año 1542. Bautizáronle el mismo día. y le llamaron Roberto F'rancisco Rómulo, por su padrino R o- berto Pucei, obispo de Pistoya y Cardenal, por San Francisco de Asís, cuya fiesta era ese día, y por un tío suyo llamado Rómulo. Escuela de virtudes fué para el Santo su propia familia. Su padre V i- cente era honesto y moderado gentilhombre y cristiano ferventísimo, entre- gado totalmente a sus deberes de ciudadano y de padre. La madre de Roberto se llamaba Cintia Cervini; era hermana del cardenal Marcelo Cer- vini, el «cardenal de Santa Cruz», que después fué el papa Marcelo II. Tuvo Cintia doce hijos, que crió en la virtud y temor de Dios. Roberto nació el tercero. Mucho temieron por su vida durante la niñez, pues era de com- plexión débil y enfermiza. Merced a las lecciones y ejemplos de piedad que le daban sus progeni- tores, creció muy luego en el corazón de Roberto el gusto por las cosas espirituales. Y a sus primeras inclinaciones y aficiones daban a entender lo que sería andando los años. Gustábale referir la historia de la Pasión del Señor delante de su madre y hermanos, y aun los labriegos de los alrede-
  • 2.
    dores acudían muchasveces a oírle, atraídos por la elocuencia de aquel inocente predicador de solos seis años de edad. £1 Espíritu Santo reinaba en su alma y le inspiraba fuerte inclinación a la piedad, trabajo y penitencia. «Roberto me encargó que pusiera cada noche junto a su camita cuanto necesitaba para encender él mismo la lamparilla» — refiere su hermana Ca- mila. El Oficio parvo de la Virgen María y la meditación, cuando supo hacerla, eran los primeros ejercicios de Roberto cada mañana. Visitaba a menudo al Santísimo, dando ya en su temprana edad señales de una devoción que guardó toda la vida. También observaba los ayunos de Cuaresma, Adviento y vigilias, aunque no estaba obligado a ello y aun con peligro de su delicada salud, mostrando así desde su niñez grande amor a la Iglesia y respeto sumo a las leyes eclesiásticas. los catorce años de edad entró Roberto en el colegio de los Jesuítas de Montepulciano, el año de 1555, dos años después de muerto su tío el papa Marcelo II, cuyo pontificado sólo duró veintidós días. Por malquerencia y envidia trataban por entonces algunos enemigos' del colegio de desacreditar la enseñanza de los Padres. El niño Roberto, cuyo agudo ingenio y afición a la poesía eran notorios, se entendió con algunos de sus condiscípulos y ofrecióse para tener examen público y lucha escolar en toda regla con los alumnos sobresalientes de las demás escuelas de Montepulciano. como así se hizo, logrando los alumnos de los Jesuítas se- ñalado triunfo en presencia de sinnúmero de espectadores. La fama e influencia del santo joven crecieron sobremanera desde aquel día. Varias veces tuvo que hablar en la junta de los señores principales de la ciudad. «Vamos — decían— , vamos a oír predicar a un ángel». Él, de por si. solía echar mano de todas las ocasiones de ser apóstol. Representóse un drama en el colegio cierto día de carnaval, y a Roberto le tocó personificar a la Iglesia. Habló con tanta energía y tan encendida elocuencia contra las peligrosas diversiones de aquellos días, que muchos decían que aquel año «el carnaval se convirtió». Acabados sus estudios en el colegio de Montepulciano, pensaba Roberto seguir los cursos de la Universidad de Padua, pero el Señor le llamó a la Compañía de Jesús. Esta vocación imprevista desbarataba de tal manera los designios de don Vicente, que al principio negó a su hijo la licencia necesaria; sólo al cabo de un año de respetuosas instancias pudo Roberto obedecer al divino llamamiento. El año de 1560 ingresó en el Colegio Roma- no, fundado en Roma hacía nueve años por San Ignacio de Loyola, con la ayuda pecuniaria del duque de Gandía, que fué luego San Francisco de Borja. EL COLEGIO. — LA VOCACIÓN
  • 3.
    VIDA RELIGIOSA. —ESTUDIANTE Y PROFESOR F R U TO de las últimas luchas que tuvo que sostener el valeroso mancebo, fué el desasirse más y más del siglo y purificar como en crisol los afectos de su corazón. Por eso juzgaron los Superiores poder abreviar para Roberto ni tiempo de probación. Dedicáronle luego a los estudios; ilióse a ellos el joven religioso con toda su alma, no obstante las graves enfermedades que padeció por entonces, siendo para él esta época de su vida continuo martirio. Felizmente, compensaba su extraordinario ingenio la falta de salud, y logró aventajar a los demás en los estudios. El año de 1563, enviáronle a enseñar Retórica en el colegio de Floren- cia. Pesadísima carga era ésta para el enfermizo religioso; a vista de su flaqueza fué a postrarse a los pies de Jesús sacramentado: «Señor — le dijo— , 110 quisiera morir todavía, por cuanto aun deseo trabajar en servicio vues- tro». Al punto oyó Nuestro Señor la súplica de su siervo. Levantóse Roberto como trocado en otro hombre, lleno de vigor y fortaleza. Viéndose ya con salud suficiente para darse al trabajo conforme a los anhelos de su ardiente celo y, dando gracias al Señor por aquel beneficio, entregóse totalmente al servicio de sus alumnos, y fué por espacio de cuatro años, primero en Flo- rencia y luego en Mondoví, desde noviembre del año 1564, dechado perfecto de profesores cabales. EN LOVAINA. — TRIUNFOS DEL PREDICADOR E N más dilatado campo de apostolado iba a trabajar en breve el sabio y santo jesuíta. Dos años estuvo estudiando en Padua; pero aun antes de que acabase la Teología, fué elegido por San Francisco de Borja, General de la Compañía de Jesús, para ir a predicar a la ciudad de Lovaina, muy amenazada entonces de caer en la herejía protestante. Tres mil estudiantes frecuentaban la aulas de* la famosa Universidad brabanzona, adonde llegó Roberto por el mes de mayo de 1569, Cerrar el paso a la herejía y reparar los estragos ya causados por ella, tal era la misión de Belarmino; misión dificilísima por ser canciller de la Universidad , Miguel Bayo, el cual, si bien no era hereje declarado, enseñaba doctrinas semejantes en muchos puntos a las de Lutero y Calvino. Insospechado fruto logró el Santo con su predicación y enseñanza. Pue- blo y estudiantes acudían en tropel a la iglesia de San Miguel para oír sus sermones, contándose por miles sus oyentes. Pronto fueron también de las ciudades vecinas, y aun de Holanda e Inglaterra. Muchísimos herejes se
  • 4.
    convirtieron; no pocosestudiantes se convencieron de la vanidad y peligros del siglo, al cual abandonaron para abrazar la vida religiosa. El señor obispo de Lieja ordenó al padre Belarmino de menores y sub- diácono; el de Gante le confirió el diaconado, y el Sábado Santo del año 1570, el presbiterado. El mismo año profesó en la Compañía con los tres voto» religiosos, y pasados dos años, le admitieron a los cuatro votos. Era el padre Belarmino tan pequeño, que para predicar mandaba poner una tarima en el pulpito, pero aun de ello sacaba la ventaja, para él pre- ciosa, de pasar inadvertido entre el público, y aun a la vista de sus ordina- rios oyentes. EN ROMA, — LAS «CONTROVERSIAS» D ÍA tras día iba extendiéndose la fama del sabio y santo jesuíta. San Carlos Borromeo lo pedía para la ciudad de Milán; el célebre Co- legio Clermonte de París, lo deseaba también para profesor; pero los Superiores juzgaron que sería de más provecho en Lovaina. Por espacio de seis años (1570-1576) comentó a Santo Tomás de Aquino. Pidió luego ir a Roma, donde le dieron la cátedra de controversias, recién fundada por Gregorio X III, en el Colegio Romano. Desempeñó este nuevo cargo con tan extraordinaria maestría y provecho, que los Superiores le mandaron publi- car sus lecciones. Toda la obra era una defensa a toda luz de la Iglesia Ca- tólica, de su constitución, jefe y doctrina, y a la vez impugnación y refuta- ción de la herejía protestante. Tuvo salida extraordinaria. En treinta años se agotaron veinte ediciones. Católicos y protestantes hablaban del padre Be- larmino: aquéllos, con admiración y gratitud; éstos, con despecho y espanto. «Belarmino mereció llamarse M a rtillo de los herejes, por haber reducido a polvo el error con sus escritos» — dijo el papa Benedicto X IV . Y San Francisco de Sales, a quien Roberto conoció y hubiera nombrado Cardenal si él fuera Papa, decía: «Cinco años prediqué en Chablais, sin más libro» que la Biblia y Belarmipo». Los cardenales Perrón, César Baronio, y Ubnl- dini, legado del Papa en Francia, y el padre Comelio Van den Steen (Cor- nelio a Lápide), se hacían lenguas hablando de Roberto Belarmino. Por lo que a los protestantes se refiere, sus palabras y obras pregonaban en cuánto tenían las Controversias del Santo. «Éste es el libro que nos ha herido de muerte» — declaraba Teodoro de Beza refiriéndose a la obra publicada por el padre Belarmino. L a reina Isabel de Inglaterra fundó una cátedra para impugnar la doc- trina del ilustre jesuíta, pero fué en balde. Entonces prohibió con pciui de muerte las Controversias a quienes no eran Maestros en Teología.
  • 5.
    m i! .........mi1111111111111 n11111111 immigEF ■ - ... ■— .Mi'Tm . i.vn.mn.’i n n.^.. 1 ' « r SAN Roberto Belarmino, inspirado autor de las Controversias v verdadero « m artillo de los herejes», confunde a uno de los prin- cipales corifeos de la herejía protestante, el cual, ante los argumen- ■” s y las razones del Santo, confiesa que nada tiene que responder, pero que le es imposible abandonarla.
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    Esta severidad noimpidió que el libro se vendiera; un librero protes- tante de Londres solía decir: «Este jesuíta solo, me hace ganar más dinero que todos nuestros doctores juntos». Finalmente, el padre Cotón asegura que así en Francia como en Inglaterra, los herejes solían llamar a los ca- tólicos indistintamente papistas o belarministas. El año de 1587, nombraron a Roberto Belarmino consultor de la Sa- grada Congregación para la revisión de la Vulgata. VIAJE A FRANCIA E L Sumo Pontífice fundador de la cátedra de Controversias, atento siempre a procurar el bien general de la Iglesia, interesábase por en- tonces en la contienda movida entre la Liga y Enrique de Borbón, después del asesinato de Enrique III. El año de 1590, el papa Sixto V, par- tidario al principio de la Liga, envió como legado suyo al cardenal Gaetani, para que examinase el estado religioso de aquella nación. A l mismo tiempo nombró para acompañarle en calidad de Teólogo al padre Belarmino, con el cual había colaborado para editar las obras de San Carlos Borromeo. Nuestro Santo trabajó para apartar el peligro del cisma y, examinadas todas las circunstancias, se declaró en favor del rey protestante Enrique de Navarra. Padeció mucho en Francia, y más durante el sitio de París por los bearneses; pero de todo ello se consolaba al ver la religiosidad de los franceses, cuya piedad y devoción solía encomiar y ponderar. CARDENALATO. — ARZOBISPO DE CAPUA P ELE A N D O contra el protestantismo gastó San Roberto Belarmino sus mejores años; pero todavía no había llegado para el ilustre apóstol la hora del descanso. A l volver a Roma nombráronle confesor del Colegio Romano; allí dirigió y confesó a San Luis Gonzaga, le ayudó a morir santamente y trabajó luego con denuedo en su beatificación. Fué rector de dicho Colegio desde el mes de diciembre de 1592, y des- pués provincial de Nápoles desde 1594. A todos, superiores e inferiores, edificaba constantemente con su afabilidad, sencillez, discreción e incansable caridad. El papa Clemente V III le volvió a llamar a Roma, donde nueva- mente desempeñó el cargo de rector del Colegio Romano. Nombróle teólogo pontificio, y en 1599 le elevó al cardenalato. En esta ocasión hizo el Papa el elogio del ilustre jesuíta con estas palabras: «L o hemos elegido, porque en la Iglesia de Dios y locante a ciencia no hay quien le iguale».
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    Más adelante, elnuevo príncipe de la Iglesia fué miembro de las Con- gregaciones del Santo Oficio, Ritos e Indice, y de otras dos Congregaciones romanas fundadas para la revisión del Breviario romano y el examen del iniitrimonio de Enrique IV ; digna de mención es la memoria que envió a Clemente V III, acerca de los abusos que había que cortar en la Iglesia. El mismo Sumo Pontífice le nombró arzobispo de Capua, y le consagró el 21 de abril del año 1602. Sólo tres años ocupó aquella silla, o sea hasta la muerte de Clemente V III, 3 de marzo de 1605. En el desempeño de aquellos altos cargos, ya en Roma, ya en la diócesis de la que momentáneamente fué pastor, Roberto Belarmino supo hermanar las conveniencias de su estado con las exigencias de su profesión religiosa. Como era de conciencia delicadísima, sabía prevenir las vanas complacencias del amor propio dándose a mayores privaciones y austeridades. No quiso nunca ceder a las importunas solicitaciones de sus deudos, los cuales pretendían tener derecho a que les ayudase mostrándose liberal con ellos. «Los bienes de la Iglesia son de la Iglesia y de los pobres — solía con- (estarles— ; yo soy únicamente administrador de los mismos». DOS CONCLAVES. — POSTREROS AÑOS Y MUERTE C OMO miembro del Sacro Colegio, asistió San Roberto Belarmino a los dos Conclaves del año 1605 para la elección de los papas León X I (Octaviano de Médicis) y Paulo V (Camilo Borghese); el mismo Santo tuvo no pocos votos favorables. Paulo V le retuvo en Roma y le nombró miembro de una Congregación recién fundada, y encargada de estudiar la cuestión de la predestinación, muy controvertida por entonces. En aquel tiempo intervino también el cardenal Belarmino con sus escritos en defensa de los derechos de la Santa Sede en materia temporal, contra la república de Venecia y contra Inglaterra; sobre este asunto publicó en Roma un tratado, que fué prohibido el año 1610 por el Parlamento de París. Otro tratado publicó a ruegos del Papa con la firma de un teólogo de Co- lonia, pero lo quemaron sus enemigos el año 1613. Los postreros años de su vida gozó de mayor tranquilidad y sosiego. Aprovechólos para dar a la publicidad algunas obras ascéticas; tomó parte en el proceso de Galileo; estudió la doctrina de la inmaculada Concepción de María, doctrina a la que llamó «piadosa y santa». Mucho deseaban los herejes que desapareciese aquel temible adversario, en quien veían, junto con la austeridad e inocencia de vida, incesante ac- tividad que gastaba en los grandes negocios de la Iglesia. Pero con más vivas ansias anhelaba el Santo dejar este mundo «para vivir con Cristo».
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    Movido de suardiente devoción al insigne patriarca San Benito, empren- dió la peregrinación al monasterio de Subiaco. Tuvo que ir a caballo parte del camino, y antes de llegar se cayó de la caballería y recibió graves he- ridas, de las que sanó al poco tiempo. Logró de Gregorio X V licencia para retirarse a la casa de San Andrés, que era el noviciado de los Padres Jesuítas de Roma. A los tres días de llegar tuvo que acostarse por enfermo. Entendió con esto que se acercaba su muerte. Pidió el Viático, y, a pesar de hallarse sumamente debilitado, quiso recibirlo de rodillas. A los pocos días, el 17 de septiembre de 1621, festividad de las Llagas de San Francisco, entregó su espíritu al Señor, mientras repetía el dulcísimo nombre de Jesús. Gozaba de tan universal fama de santidad, que su entierro antes fué una manifestación de culto popular que un funeral; los soldados mandados para mantener el orden no pudieron contener a la muchedumbre e impedir pia- dosos hurtos. Fué enterrado su sagrado cuerpo en el Gesú — iglesia de la Compañía dedicada al Santísimo nombre de Jesús— , primero en el sepulcro de los sacerdotes de la Orden, y luego en la cripta donde descansaba el cuerpo de San Ignacio. OS informes preparatorios para la introducción de la causa empezaron a juntarse en Roma inmediatamente, en Montepulciano desde el año 1622, en Capua y en Nápoles al año siguiente. El papa Urbano V III se- ñaló el día 12 de diciembre de 1626 para la introducción de la causa de beatificación. Pero detuvo el proceso el famoso decreto del mismo Papa, que exigía un plazo de cincuenta años después del fallecimiento de quien moría en olor de santidad, para introducir la causa. Llevóse adelante el proceso el año 1675, pero a poco lo estorbó otra vez la muerte de Clemente X . También detuvo su curso el papa Inocencio X , por haberse declarado contra la heroicidad de sus virtudes diez cardenales de los treinta y ocho que estudiaban la causa. A principios del siglo X V III, siendo promotor de la fe Próspero Lam- bertini, que después fué papa con el nombre de Benedicto X IV , la causa de beatificación de Roberto Belarmino volvió a estudiarse en Roma. El día 5 de mayo de 1753, a los trece años de pontificado de Benedicto X IV , con su asentimiento celebróse la sesión definitiva de la Sagrada Congrega- ción de Ritos sobre !a heroicidad de virtudes: de los veintisiete votantes, veinticuatro dieron voto favorable. Fué un triunfo magnífico; pero con el fin de evitar la indignación de los Parlamentos europeos por entonces jan- senistas o regalistas, Benedicto X IV aplazó la publicación del decreto «a SU CAUSA DE BEATIFICACIÓN
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    ‘misa de lastristes circunstancias de la época». Nuevos obstáculos impidie- ii>n durante el siglo X IX llevar adelante esta causa. I-a guerra europea de los años 1914 a 1918, que derribó tronos, sistemas filosóficos y muchos idealismos humanos, no estorbó para nada el paso progresivo de la Iglesia de Cristo. Benedicto X V mandó proseguir la causa ilrl magno y santo apologista, y a 22 de diciembre del año 1920 proclamó ln heroicidad de virtudes de Roberto Belarmino. El Papa, en su discurso, propuso al siervo de Dios como dechado de cardenales, obispos, profesores, religiosos y seglares que se dedican a la Acción Católica. La ceremonia de beatificación se celebró siendo Sumo Pontífice Pío X I, a 13 de mayo de 1923, y por esto se celebra su fiesta en este día. A su bea- tificación asistieron los miembros del Sacro Colegio, aunque de ordinario sólo asisten a ceremonias de esa clase los miembros de la Sagrada Congre- gación de Ritos. A 21 de junio del siguiente año, festividad de San Luis Gonzaga, por deseo expreso del Pontífice se trasladó solemnemente el cuerpo del Beato Roberto Belarmino a la iglesia de San Ignacio. Este traslado fué un triunfo. A él asistieron dieciséis cardenales y muchísimos obispos y prelados. El año santo de 1925 y a 25 de noviembre, el mismo Sumo Pontífice lirmó el decreto para llevar adelante la causa del Beato. Finalmente fué canonizado a 29 de junio de 1930, junto con otros ocho Jesuítas — San Juan de Brebeuf y sus siete compañeros— y un Franciscano, San Teófilo de Corte. S A N T O R A L Santos Roberto Belarmino. confesor y doctor; Pedro Regalado, reformador fran- ciscano; Juan el Silenciario, obispo y confesor; Andrés Huberto Fournet, fundador de las Hijas de la Cruz, Vulfura, mártir; Servacio, obispo de Tongres; Leodieio y Mucio, mártires; Flavio y Onésimo, obispos; Abucio, presbítero y mártir en Constantinopla; Onésimo, obispo de Soisons; Ale- jandro, soldado romano, m ártir; Beatos Alberto, labrador italiano y ter- ciario dominico; Luis de Hungría, enfermero y terciario franciscano. Santas Argentea, natural de Bobastro y martirizada en Córdoba por los musulmanes en 931, con San Vulfura; Gliceria, mártir; Inés, abadesa; Rolanda y Disciola, religiosas; Dominga, virgen de Como. Beatas Imelda Lambertini, virgen; Gema, virgen reclusa de Sulmona, muerta en 1429, Paciencia, esposa de San Orencio y madre del glorioso mártir San Lo- renzo. (Véase el día 1.° de mayo, página 20).