D IA 21 DE M A Y O
BTO. BERNARDO DE MORLAAS
DOMINICO, Y SUS DOS DISCÍPULOS DEL CONVENTO DE SANTAREM
(siglo X III)
O
H . cuán hermosa es la generación de los castos y puros de cora-
zón con el resplandor de las virtudes! Su memoria es inmortal
delante de Dios y de los hombres. En la vida futura de la glo-
ria triunfará con corona inmarcesible. Los Ángeles santos, dice
San Isidoro, conversan de grado con las almas castas y candorosas, como
lo muestra la vida de los Santos, lo cual prueba que reconocen en ellos a
sus semejantes. Nuestro Señor los canonizó cuando dijo:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Esta promesa, o, por mejor decir, esta afirmación, se ve cumplida al
pie de la letra en el relato que nos queda de la breve, pero brillante ca-
rrera del Beato Bernardo, y de la más breve aún de los dos frailecillos, o
«fradinhos», como dicen en Portugal, del convento de Santarem.
La importante y fidedigna colección de documentos, llamada A cta Sanc-
torum , cuyo relato seguiremos fielmente, ha reservado un puesto a fray
Bernardo y sus dos compañeros.
VOCACIÓN DEL BEATO BERNARDO DE MORLAÁS
S
A N T A R E M . la antigua Scalabis o Prcesidiitm Julium , es una ciudad
de Portugal, situada a lo largo del Tajo, a 85 Km . de la desemboca-
dura de este río en el Océano, y debe su nombre a la virgen del si-
glo V II. Santa Irene, la cual, ya consagrada a Dios, fué asesinada por orden
de un gentilhombre con quien rehusara desposarse.
Transcurridos apenas cien años desde que Santarem fué rescatada de la
dominación agarena, tomaba nuevamente su antiguo nombre cristiano (1184),
y la fe y piedad religiosas brillaban allí en todo su esplendor; iglesias y
monasterios abríanse en ella en número considerable. La Orden de Santo
Domingo tenía también su convento, fundado no hacía mucho por el Beato
Suero Gómez, uno de los primeros que recibieron el hábito de la Orden,
en Prulla (Francia), de manos de Santo Domingo.
El Beato Gil de Santarem (y 1275), superior de la Provincia domini-
cana española, gozaba gran fama de santidad. Su vida, tras una conver-
sión ruidosa y edificante, aparece surcada de luces sobrenaturales, de pro-
fecías, de éxtasis y conversiones.
Un día, por los años de 1230 a 1240, tras larga ausencia, presentóse ante
sus Hermanos acompañado de un postulante, de edad como de dieciséis
años; habíale recogido en Francia, yendo a París para asistir al Capítulo
General. Llamábase el joven Bernardo, y era oriundo de Morlaás, ciudad
del Beamés, situada a unas tres leguas de Pau. Era Morlaás a la sazón la
capital del vizcondado de Bearnés; contaba con dos parroquias, un convento
de Frailes Menores, otro de Dominicos, que existía aún en vísperas de la
Revolución francesa, y un priorato, cuyo titular, aunque sacerdote secu-
lar, era nombrado por la abadía de Cluny.
Bernardo descendía de noble alcurnia. A pesar de sus pocos años, ha-
bíanle desposado sus padres con una joven de su condición. Pero él, ani-
mado desde muy niño del deseo de entregarse generosamente a Dios y que-
riendo poner a salvo su vocación religiosa, andaba discurriendo el modo
de librarse de las trabas que le retenían en el mundo, cuando he aquí que
trabó amistad con el padre Gil de Santarem.
«L e he ofrecido hospitalidad en nuestra Provincia de España — mani-
festó a sus religiosos el padre Gil— y la ha aceptado con alegría. Ningún
convento de Francia le hubiera recibido porque su familia, que es de mucho
empuje, hubiera sabido fácilmente dar con él, y llevárselo mal de su grado.
En el convento de Zaragoza le impuse el hábito religioso. Pero no eran los
Pirineos barrera suficientemente grande que le separase seguramente de su
patria; y así que, para evitar aún la ocasión de tener noticias del Bearnés
y cortar de raíz todo deseo de volver a él. me ha rogado le lleve al extremo
de la península.»
Tan notable fué el provecho que el excelente novicio sacó de las ense-
ñanzas y ejemplos así de su Maestro como de sus nuevos Hermanos, que
llegó en poco tiempo a un alto grado de perfección.
Hecha la profesión, cursó los estudios teológicos y, llegado a la edad re-
querida por los sagrados Cánones, fué elevado al sacerdocio.
El Beato Gil le apreciaba mucho, y así, le asoció a sus tareas apostó-
licas. Después de la muerte de su maestro, permaneció el discípulo en San-
tarem, donde por su piedad y abnegación mereció le confiaran el cargo de
sacristán.
LOS DOS JÓVENES CLÉRIGOS
A
L pie de una de las colinas sobre las cuales se escalona Santarem, a
lo largo del río Tajo, descansa la pequeña población de Alfange.
En el siglo X III todavía existía allí un suntuoso palacio donde, a
expensas del rey de Portugal, se albergaban los caballeros de una Orden
militar que había contribuido a reconquistar la ciudad del poder de los
moros. Llamábase esa Orden el A la de San M iguel, y había sido fundada
por Alfonso I (Enrique/), después de la milagrosa victoria de 1167 ó 1171,
en la que la intervención del Santo Arcángel se manifestó en el ciclo apa-
reciéndose un ala de la que surgía una mano que indicaba los puntos adonde
el reducido ejército de los cristianos debía dirigir sus esfuerzos. El rey quiso
de ese modo honrar y premiar a sus veteranos.
Entre estos caballeros hallábase uno a quien la Providencia había otor-
gado dos angelitos de rubios cabellos, dos querubines de excelsa inocencia,
tan piadosos y sencillos, que el padre resolvió consagrárselos al Señor, desde
su infancia, para frailecitos.
Guiado de su propósito, llevóselos al Padre Bernardo de Morlaás, y tan
notables fueron su piedad y edificación, que muy pronto a ambos niños se
les consideró dignos de recibir, no sólo el hábito religioso sino también la
tonsura monástica. Se convino que en lo sucesivo, los jóvenes oblatos pa-
sarían la noche en la casa paterna y que, al despuntar el alba, subirían al
convento de Santarem para ayudar a misa, estudiar durante el día bajo la
dirección del Padre sacristán y hacer lo que se les mandara.
Para no ser gravosos al monasterio, cuyo tenor de vida era por otra
parte un tanto austero para ellos, convínose también en que los niños lle-
vasen cada mañana las provisiones necesarias para su cotidiano sustento.
El padre Bernardo sentíase cada vez más satisfecho de los dos escolares,
pues ambos eran sumamente dóciles y entusiastas de su santo estado.
MILAGROSO DESAYUNO
E
N T R E las diversas prácticas piadosas que este amante hijo de Santo
Domingo les inculcó, era la principal el santo Rosario, por lo cual
veíaseles muchas veces postrados ante una imagen de Nuestra Señora
con un hermoso Niño Jesús en los brazos, y rezando juntos las decenas unas
tras otras.
Esta devoción colmaba de gozo el corazón de ambos discípulos, de ma-
nera que espontáneamente iban cada día varias veces a la capilla, dichosos
de poder contemplar a sus anchas y de orar a su gusto, ante la Madre
y el Hijo.
Cierta mañana, con sencillez y familiaridad verdaderamente infantiles, se
sentaron al pie de la «Señora de piedra», y, habiendo sacado sus provisiones,
se disponían con toda naturalidad a desayunar, cuando uno de ellos, volvien-
do la mirada hacia el Niño Jesús, que descansaba en los brazos de la divina
Madre, le dijo: «Niño hermoso, si gustas tomar un bocadillo con nosotros,
baja y siéntate en nuestra compañía». A l decir del piadoso hagiógrafo, el
diyino Niño soltóse inmediatamente del regazo materno y fué a tomar asiento
entre quienes de tan buen grado le invitaban.
1 Éstos, en la sencillez de su corazón, no parecieron maravillarse grande-
mente y compartieron con Jesús su frugal convite, acabado el cual, el Niño
Dios les dió las gracias con una sonrisa, se encaramó nuevamente al altar
y se colocó en los brazos de María.
A la mañana siguiente y en días sucesivos, volvieron los dos monagui-
llos y renovaron la invitación, dignándose el divino Huésped aceptar cada
vez de idéntica manera. Y pronto ya ni siquiera fué menester invitarle, pues
apenas entraban los niños en la capilla y abrían el cesto de las provisiones,
cuando Jesús estaba ya en medio de ellos. Tan familiar vino a hacérseles
que no solamente comía, sino que inocentemente conversaba con ellos re-
solviéndoles las pequeñas dificultades que en sus estudios se les presentaban.
EXAMEN DEL PRODIGIO
L
OS primeros sabedores del prodigio fueron los padres de ambos co-
mensales del Niño Jesús. A l pronto rehusaron creerlos, y una de las
abuelitas, un tanto severa, llegó hasta acusarlos de mentira y de
gula: «¿Quién sabe — decía— si no será una peregrina astucia para obtener
un suplemento de provisiones?». Y , en consecuencia, nada se añadió al acos-
tumbrado condumio cotidiano; con todo, los niños no por eso dejaron de
invitar a su amable compañero y agasajarle con su modesto convite.
C
UENTA el piadoso hagiógrafo, que el N iño Jesús bajaba del
regazo materno y se sentaba en medio de los dos frailecitos
que inocentemente le invitaban a almorzar con ellos. Terminada la
comida, se despedía y tornaba a los brazos de la divina Madre.
Una sola cosa extrañaban estos cándidos nifos; y era que el Niño Jesús,
con no tener aspecto de pobre, nunca correpondía con algún obsequio.
«¿Acaso no hay cosas buenas en el Paraíso?», ¡e decían.
Su sorpresa iba a degenerar en descontenti y queja; resolvieron, pues,
confiar al buen padre Bernardo el motivo de :u secreto disgusto.
Emocionado el siervo de Dios ante reveaciones tan extraordinarias,
contúvose y aparentó no dar importancia al asunto durante varios días.
Luego interrogó discretamente a sus discípulcs, ora juntos, ora separada-
mente, y sus manifestaciones concordaban en todo. Por otra parte, sabía
que eran incapaces de mentir. Conmovido, pue:, ante un prodigio semejante,
rogaba al Señor le asistiera con sus divinas hces y le diera a conocer sus
designios acerca de estos portentosos niños.
He aquí el plan que la Providencia le sugrió.
CELESTE INVITACIÓN
P
REG U N TÓ un día a sus discípulos el jadre Bernardo:
— Bien, amiguitos míos, decidme: ¿Baa cada día el Niño de la ca-
pilla del Rosario a comer con vosotros1
— Sí padre.
— ¿Sigue sin traer ninguna provisión?
— Sí, Padre.
— ¿Os gustaría que a su vez os invitara siquiera una vez en casa de su
Padre?
— ¡Oh, sí, nos gustaría mucho! ¡Pero de eso no nos ha hablado nunca!
— Es preciso que vosotros le insinuéis la idea, hijos míos. Si accede a
vuestra petición, nada absolutamente habéis perdido, puesto que recibiréis
en una sola invitación mil veces más de lo cue le habéis dado.
Y , prosiguiendo el buen religioso su ingenua charla, les dió simbólica
idea del Palacio del Padre celestial, de su suntuosidad y delicias sin fin.
Y acabó diciéndoles:
— La primera vez que el Niño de la Capilla vuelva para comer con vos-
otros, no dejéis de rogarle que también os invite.
— Descuide, Padre; no dejaremos de hacerlo. Y a quisiéramos que llegase
el día.
— Pero oíd, niños — agregó el padre Bertardo— , decid a vuestro compa-
ñerito que yo también quisiera acompañaros en el convite; que no con-
siento en dejaros ir solos a ese festín. Decidle que, si no os acompaño, re-
husáis la invitación, pues deseo yo también participar del banquete.
Conformes en seguir estas instrucciones, aguardaban los niños con im-
paciencia la compañía del celestial convidado cuando he aquí que el lunes
de Rogativas bajó. Acabado el desayuno y antes de que el divino Niño
pusiera su bendito pie en la peana para subirse a los brazos de la Virgen,
los dos angelitos le expusieron con timidez su deseo:
— ¿No nos invitarás tú también? — le dijeron.
Jesús hizo un signo afirmativo.
— Y nuestro maestro también quisiera participar de la fiesta.
Jesús les contestó:
— De aquí a tres días es la Ascensión y en casa de mi Padre habrá gran
regocijo. Decid al padre Bernardo que queda también invitado a mi mesa
con vosotros y los ángeles y santos.
Saltando de alegría corrieron los dos frailecitos a informar a su maestro
de tan feliz nueva, y asimismo contaron a sus padres lo ocurrido. Por lo que
hace al padre Bernardo, lleno de fe en las promesas del Niño Dios, prepa-
róse con todo fervor a tan dulce invitación.
Durante tres días, maestro y discípulos permanecieron en oración, fre-
cuentemente arrodillados al pie del altar del Rosario. El padre explicaba
a los niños el sentido de la invitación del buen Jesús, y éstos, abrasados de
amor, no manifestaban otro deseo que el de dejar este valle de lágrimas,
a trueque de la verdadera patria, adonde sin más tardanza anhelaban entrar.
Llegó por fin la mañana del día de la Ascensión. Celebradas ya todas las
misas en la capilla del convento, mientras los monjes se dirigían al refecto-
rio, el padre Bernardo se encamina, acompañado de sus dos acólitos, hacia
el altar del Rosario y da principio al santo Sacrificio. El fervor con que
dijo esta última misa 1 1 0 es para descrito. ¡Con cuánta devoción recibieron
ambos discípulos por vez primera el Pan eucarístico!
Terminada la acción de gracias, arrodillados los tres en las gradas del
altar, esperan confiados el momento de la partida a la celestial mansión.
Y cuando después de la comida llegó la Comunidad a la iglesia para
dar gracias, hallaron al Padre revestido aun con los ornamentos sagrados
y a su lado los dos monaguillos; inmóviles los tres, con las manos tendidas
al cielo y los ojos fijos en el Niño Jesús; y — ¡oh muerte preciosa y mil
veces digna de envidia!— comprobaron cómo habían trocado por la felici-
dad eterna esta vida transitoria.
El padre Bernardo, antes de subir al altar, se confesó por última vez
y expuso a su director de conciencia cuanto de los niños había sabido y
lo que esperaba. También es de creer que los dos monaguillos contarían a
sus padres y parientes cuanto pasaba, con la misma sencillez que se lo refi-
rieron a su maestro.
CULTO DE LOS TRES BEATOS
OS cuerpos de estos tres Bienaventurados fueron enterrados en una
misma sepultura. Más tarde fueron exhunados y colocados en la
capilla llamada de los Reyes, donde un frecioso lienzo declaraba a
las futuras generaciones la historia del maraviloso desayuno. Trescientos
años después, en 1577. se celebró la solemne traslación de sus reliquias.
En efecto, habiendo sido preciso abrir un boqiete para colocar una puer-
ta, halláronse el 14 de enero las reliquias envueltas en un sudario, que con-
servaba todavía su nivea blancura; notóse al propio tiempo un suavísimo
perfume que se esparció por toda la capilla.
Con motivo de tan fausto acontecimiento, practicóse una minuciosa in-
formación jurídica tocante a los tres siervos de Dios, con el doble fin de
tomar nota de todos los pormenores relativos a su muerte y comprobar
su carácter milagroso. El contacto de los sagrados huesos curó repentina-
mente a un monje del convento, que desde hacía tres meses padecía un mal
incurable; otras personas recibieron también fasores semejantes.
Desde este instante, creciendo más y más la íoticia de los milagros reali-
zados por las santas reliquias, fueron colmadas de honores, y el arzobispo
de Lisboa, Jorge de Almeida, dedicó un altar a os tres Beatos, cuyos restos
fueron encerrados en sendos bustos de madera ]ue los representaban.
Numerosas peregrinaciones acudieron a postnrse ante el sepulcro de los
Beatos, sobre todo en tiempo de Pascua. Una reina de Portugal, después
de muchas instancias, consiguió la cabeza del Jeato Bernardo y la colocó
con toda reverencia entre las demás reliquias tb la capilla del palacio real
de Villaviciosa.
Santarem y Morlaás honraron en adelante ron culto no interrumpido a
Bernardo y a sus dos discípulos. La imagen nilagrosa de Jesús Niño que
con ellos había comido, tampoco fué echada ci olvido; conservóse en una
preciosa urna de donde se la sacaba únicameite el día de la Ascensión,
para presentarla a la veneración de los fieles. In Santarem, ¡Morlaás y Lis-
boa se establecieron cofradías del Niño Jesús.
A principios del siglo X IX , sobrevinieron días malos para Portugal. El
ejército invasor de Napoleón se apoderó de Santarem en 1809 y causó
horribles estragos. La imagen milagrosa y los tres bustos que encerraban
las reliquias de nuestros tres Beatos, fueron pisto de las llamas. Hasta la
misma cabeza del Beato Bernardo, venerada en Villaviciosa. fué profana-
da y arrojada al fuego.
La devoción de los fieles se acrecentó en proporción de los indignos sa-
crilegios mencionados; no sólo en Portugal, sinj también en Francia, patria
del padre Bernardo, tuvieron los tres Beatos sus altares y devotos.
Y así en la iglesia de Santa Fe de Morlaás, obra maestra de arquitec-
tura románica, se ha dedicado al padre Bernardo la capilla del lado izquier-
do del ábside desde 1877. Gracias a la liberalidad de un sacerdote de Car-
casona y de un hermano suyo, cuatro bajorrelieves de madera, dorados
y plateados, representando escenas de la historia que acaba de leerse, ador-
nan la mencionada capilla, cuyo altar está rematado por una estatua del
Niño Jesús que recorre procesionalmente las calles del pueblo el día de la
Ascensión, llevada por cuatro jovencitos, hermanos lejanos de los dos mo-
naguillos de Santarem.
Acá y acullá, cuadros encantadores que adornan las paredes, recuerdan
la pintoresca escena de los milagrosos desayunos, y pregonan con elocuen-
cia muda a los fieles la particular predilección que siempre mostró el divino
Infante de Nazarct a las almas sencillas, de recto y puro corazón.
Un poeta francés del siglo X IX , que gozó de cierta fama en los círcu-
los católicos, el padre Víctor Delaporte, ha contribuido no poco a la pu-
blicidad del padre Bernardo y de sus monaguillos con graciosas estrofas que
figuran en sus Relatos y leyendas.
Cosa curiosa, por cierto; la tradición de Santarem ha emigrado a Ma-
llorca, donde el milagro parece haberse repetido; siendo sustituidos en este
caso los niños por un novicio; pero esto no es más que la deformación de
tradiciones orales.
El proceso de canonización del padre Bernardo y de sus dos discípulos
fué presentado a la aprobación eclesiástica en julio del año 1894. Los Do-
minicos de la Provincia de Tolosa, en cuya demarcación se halla Morlaás,
y varios obispos, entre ellos el de Bayona y el patriarca de Lisboa, tuvie-
ron la piadosa idea de implorar del Sumo Pontífice la confirmación del
culto tributado desde tiempo inmemorial a estos tres Siervos de Dios.
S A N T O R A L
Santos Segundo y compañeros, mártires; Hospicio y Godrico, solitarios; Pedro
de Par^nzo, mártir ; Secundino, mártir en Córcloba, en 306 Sinesio y Teo-
pompo. mártires en Nicomedia; Timoteo, Polio y Eutiquio, diáconos y
mártires; N icostrato, Antíoco, Polieucto, Victorio y Donato, mártires en
A sia; Valente, obispo de Pamplona, y tres niños, mártires, Vales, pres-
bítero y confesor; Silao, obispo irlandés; Teobaldo, obispo de Viena (Fran-
cia) Mancio, esclavo cristiano, traído de Roma y asesinado por los judíos
en T?vora. Beato Bernardo de Morlaás, dominico. Santas Estela, virgen y
mártir; Humildad, abadesa; Gisela o Isberga, hermana de Carlomagno, vir-
gen y abadesa; Martiria, Maurelia y Mircela, mártires. Beata Catalina de
Cardona, confidente de la princesa de Éboli.

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  • 1.
    D IA 21DE M A Y O BTO. BERNARDO DE MORLAAS DOMINICO, Y SUS DOS DISCÍPULOS DEL CONVENTO DE SANTAREM (siglo X III) O H . cuán hermosa es la generación de los castos y puros de cora- zón con el resplandor de las virtudes! Su memoria es inmortal delante de Dios y de los hombres. En la vida futura de la glo- ria triunfará con corona inmarcesible. Los Ángeles santos, dice San Isidoro, conversan de grado con las almas castas y candorosas, como lo muestra la vida de los Santos, lo cual prueba que reconocen en ellos a sus semejantes. Nuestro Señor los canonizó cuando dijo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Esta promesa, o, por mejor decir, esta afirmación, se ve cumplida al pie de la letra en el relato que nos queda de la breve, pero brillante ca- rrera del Beato Bernardo, y de la más breve aún de los dos frailecillos, o «fradinhos», como dicen en Portugal, del convento de Santarem. La importante y fidedigna colección de documentos, llamada A cta Sanc- torum , cuyo relato seguiremos fielmente, ha reservado un puesto a fray Bernardo y sus dos compañeros.
  • 2.
    VOCACIÓN DEL BEATOBERNARDO DE MORLAÁS S A N T A R E M . la antigua Scalabis o Prcesidiitm Julium , es una ciudad de Portugal, situada a lo largo del Tajo, a 85 Km . de la desemboca- dura de este río en el Océano, y debe su nombre a la virgen del si- glo V II. Santa Irene, la cual, ya consagrada a Dios, fué asesinada por orden de un gentilhombre con quien rehusara desposarse. Transcurridos apenas cien años desde que Santarem fué rescatada de la dominación agarena, tomaba nuevamente su antiguo nombre cristiano (1184), y la fe y piedad religiosas brillaban allí en todo su esplendor; iglesias y monasterios abríanse en ella en número considerable. La Orden de Santo Domingo tenía también su convento, fundado no hacía mucho por el Beato Suero Gómez, uno de los primeros que recibieron el hábito de la Orden, en Prulla (Francia), de manos de Santo Domingo. El Beato Gil de Santarem (y 1275), superior de la Provincia domini- cana española, gozaba gran fama de santidad. Su vida, tras una conver- sión ruidosa y edificante, aparece surcada de luces sobrenaturales, de pro- fecías, de éxtasis y conversiones. Un día, por los años de 1230 a 1240, tras larga ausencia, presentóse ante sus Hermanos acompañado de un postulante, de edad como de dieciséis años; habíale recogido en Francia, yendo a París para asistir al Capítulo General. Llamábase el joven Bernardo, y era oriundo de Morlaás, ciudad del Beamés, situada a unas tres leguas de Pau. Era Morlaás a la sazón la capital del vizcondado de Bearnés; contaba con dos parroquias, un convento de Frailes Menores, otro de Dominicos, que existía aún en vísperas de la Revolución francesa, y un priorato, cuyo titular, aunque sacerdote secu- lar, era nombrado por la abadía de Cluny. Bernardo descendía de noble alcurnia. A pesar de sus pocos años, ha- bíanle desposado sus padres con una joven de su condición. Pero él, ani- mado desde muy niño del deseo de entregarse generosamente a Dios y que- riendo poner a salvo su vocación religiosa, andaba discurriendo el modo de librarse de las trabas que le retenían en el mundo, cuando he aquí que trabó amistad con el padre Gil de Santarem. «L e he ofrecido hospitalidad en nuestra Provincia de España — mani- festó a sus religiosos el padre Gil— y la ha aceptado con alegría. Ningún convento de Francia le hubiera recibido porque su familia, que es de mucho empuje, hubiera sabido fácilmente dar con él, y llevárselo mal de su grado. En el convento de Zaragoza le impuse el hábito religioso. Pero no eran los Pirineos barrera suficientemente grande que le separase seguramente de su patria; y así que, para evitar aún la ocasión de tener noticias del Bearnés
  • 3.
    y cortar deraíz todo deseo de volver a él. me ha rogado le lleve al extremo de la península.» Tan notable fué el provecho que el excelente novicio sacó de las ense- ñanzas y ejemplos así de su Maestro como de sus nuevos Hermanos, que llegó en poco tiempo a un alto grado de perfección. Hecha la profesión, cursó los estudios teológicos y, llegado a la edad re- querida por los sagrados Cánones, fué elevado al sacerdocio. El Beato Gil le apreciaba mucho, y así, le asoció a sus tareas apostó- licas. Después de la muerte de su maestro, permaneció el discípulo en San- tarem, donde por su piedad y abnegación mereció le confiaran el cargo de sacristán. LOS DOS JÓVENES CLÉRIGOS A L pie de una de las colinas sobre las cuales se escalona Santarem, a lo largo del río Tajo, descansa la pequeña población de Alfange. En el siglo X III todavía existía allí un suntuoso palacio donde, a expensas del rey de Portugal, se albergaban los caballeros de una Orden militar que había contribuido a reconquistar la ciudad del poder de los moros. Llamábase esa Orden el A la de San M iguel, y había sido fundada por Alfonso I (Enrique/), después de la milagrosa victoria de 1167 ó 1171, en la que la intervención del Santo Arcángel se manifestó en el ciclo apa- reciéndose un ala de la que surgía una mano que indicaba los puntos adonde el reducido ejército de los cristianos debía dirigir sus esfuerzos. El rey quiso de ese modo honrar y premiar a sus veteranos. Entre estos caballeros hallábase uno a quien la Providencia había otor- gado dos angelitos de rubios cabellos, dos querubines de excelsa inocencia, tan piadosos y sencillos, que el padre resolvió consagrárselos al Señor, desde su infancia, para frailecitos. Guiado de su propósito, llevóselos al Padre Bernardo de Morlaás, y tan notables fueron su piedad y edificación, que muy pronto a ambos niños se les consideró dignos de recibir, no sólo el hábito religioso sino también la tonsura monástica. Se convino que en lo sucesivo, los jóvenes oblatos pa- sarían la noche en la casa paterna y que, al despuntar el alba, subirían al convento de Santarem para ayudar a misa, estudiar durante el día bajo la dirección del Padre sacristán y hacer lo que se les mandara. Para no ser gravosos al monasterio, cuyo tenor de vida era por otra parte un tanto austero para ellos, convínose también en que los niños lle- vasen cada mañana las provisiones necesarias para su cotidiano sustento. El padre Bernardo sentíase cada vez más satisfecho de los dos escolares, pues ambos eran sumamente dóciles y entusiastas de su santo estado.
  • 4.
    MILAGROSO DESAYUNO E N TR E las diversas prácticas piadosas que este amante hijo de Santo Domingo les inculcó, era la principal el santo Rosario, por lo cual veíaseles muchas veces postrados ante una imagen de Nuestra Señora con un hermoso Niño Jesús en los brazos, y rezando juntos las decenas unas tras otras. Esta devoción colmaba de gozo el corazón de ambos discípulos, de ma- nera que espontáneamente iban cada día varias veces a la capilla, dichosos de poder contemplar a sus anchas y de orar a su gusto, ante la Madre y el Hijo. Cierta mañana, con sencillez y familiaridad verdaderamente infantiles, se sentaron al pie de la «Señora de piedra», y, habiendo sacado sus provisiones, se disponían con toda naturalidad a desayunar, cuando uno de ellos, volvien- do la mirada hacia el Niño Jesús, que descansaba en los brazos de la divina Madre, le dijo: «Niño hermoso, si gustas tomar un bocadillo con nosotros, baja y siéntate en nuestra compañía». A l decir del piadoso hagiógrafo, el diyino Niño soltóse inmediatamente del regazo materno y fué a tomar asiento entre quienes de tan buen grado le invitaban. 1 Éstos, en la sencillez de su corazón, no parecieron maravillarse grande- mente y compartieron con Jesús su frugal convite, acabado el cual, el Niño Dios les dió las gracias con una sonrisa, se encaramó nuevamente al altar y se colocó en los brazos de María. A la mañana siguiente y en días sucesivos, volvieron los dos monagui- llos y renovaron la invitación, dignándose el divino Huésped aceptar cada vez de idéntica manera. Y pronto ya ni siquiera fué menester invitarle, pues apenas entraban los niños en la capilla y abrían el cesto de las provisiones, cuando Jesús estaba ya en medio de ellos. Tan familiar vino a hacérseles que no solamente comía, sino que inocentemente conversaba con ellos re- solviéndoles las pequeñas dificultades que en sus estudios se les presentaban. EXAMEN DEL PRODIGIO L OS primeros sabedores del prodigio fueron los padres de ambos co- mensales del Niño Jesús. A l pronto rehusaron creerlos, y una de las abuelitas, un tanto severa, llegó hasta acusarlos de mentira y de gula: «¿Quién sabe — decía— si no será una peregrina astucia para obtener un suplemento de provisiones?». Y , en consecuencia, nada se añadió al acos- tumbrado condumio cotidiano; con todo, los niños no por eso dejaron de invitar a su amable compañero y agasajarle con su modesto convite.
  • 5.
    C UENTA el piadosohagiógrafo, que el N iño Jesús bajaba del regazo materno y se sentaba en medio de los dos frailecitos que inocentemente le invitaban a almorzar con ellos. Terminada la comida, se despedía y tornaba a los brazos de la divina Madre.
  • 6.
    Una sola cosaextrañaban estos cándidos nifos; y era que el Niño Jesús, con no tener aspecto de pobre, nunca correpondía con algún obsequio. «¿Acaso no hay cosas buenas en el Paraíso?», ¡e decían. Su sorpresa iba a degenerar en descontenti y queja; resolvieron, pues, confiar al buen padre Bernardo el motivo de :u secreto disgusto. Emocionado el siervo de Dios ante reveaciones tan extraordinarias, contúvose y aparentó no dar importancia al asunto durante varios días. Luego interrogó discretamente a sus discípulcs, ora juntos, ora separada- mente, y sus manifestaciones concordaban en todo. Por otra parte, sabía que eran incapaces de mentir. Conmovido, pue:, ante un prodigio semejante, rogaba al Señor le asistiera con sus divinas hces y le diera a conocer sus designios acerca de estos portentosos niños. He aquí el plan que la Providencia le sugrió. CELESTE INVITACIÓN P REG U N TÓ un día a sus discípulos el jadre Bernardo: — Bien, amiguitos míos, decidme: ¿Baa cada día el Niño de la ca- pilla del Rosario a comer con vosotros1 — Sí padre. — ¿Sigue sin traer ninguna provisión? — Sí, Padre. — ¿Os gustaría que a su vez os invitara siquiera una vez en casa de su Padre? — ¡Oh, sí, nos gustaría mucho! ¡Pero de eso no nos ha hablado nunca! — Es preciso que vosotros le insinuéis la idea, hijos míos. Si accede a vuestra petición, nada absolutamente habéis perdido, puesto que recibiréis en una sola invitación mil veces más de lo cue le habéis dado. Y , prosiguiendo el buen religioso su ingenua charla, les dió simbólica idea del Palacio del Padre celestial, de su suntuosidad y delicias sin fin. Y acabó diciéndoles: — La primera vez que el Niño de la Capilla vuelva para comer con vos- otros, no dejéis de rogarle que también os invite. — Descuide, Padre; no dejaremos de hacerlo. Y a quisiéramos que llegase el día. — Pero oíd, niños — agregó el padre Bertardo— , decid a vuestro compa- ñerito que yo también quisiera acompañaros en el convite; que no con- siento en dejaros ir solos a ese festín. Decidle que, si no os acompaño, re- husáis la invitación, pues deseo yo también participar del banquete.
  • 7.
    Conformes en seguirestas instrucciones, aguardaban los niños con im- paciencia la compañía del celestial convidado cuando he aquí que el lunes de Rogativas bajó. Acabado el desayuno y antes de que el divino Niño pusiera su bendito pie en la peana para subirse a los brazos de la Virgen, los dos angelitos le expusieron con timidez su deseo: — ¿No nos invitarás tú también? — le dijeron. Jesús hizo un signo afirmativo. — Y nuestro maestro también quisiera participar de la fiesta. Jesús les contestó: — De aquí a tres días es la Ascensión y en casa de mi Padre habrá gran regocijo. Decid al padre Bernardo que queda también invitado a mi mesa con vosotros y los ángeles y santos. Saltando de alegría corrieron los dos frailecitos a informar a su maestro de tan feliz nueva, y asimismo contaron a sus padres lo ocurrido. Por lo que hace al padre Bernardo, lleno de fe en las promesas del Niño Dios, prepa- róse con todo fervor a tan dulce invitación. Durante tres días, maestro y discípulos permanecieron en oración, fre- cuentemente arrodillados al pie del altar del Rosario. El padre explicaba a los niños el sentido de la invitación del buen Jesús, y éstos, abrasados de amor, no manifestaban otro deseo que el de dejar este valle de lágrimas, a trueque de la verdadera patria, adonde sin más tardanza anhelaban entrar. Llegó por fin la mañana del día de la Ascensión. Celebradas ya todas las misas en la capilla del convento, mientras los monjes se dirigían al refecto- rio, el padre Bernardo se encamina, acompañado de sus dos acólitos, hacia el altar del Rosario y da principio al santo Sacrificio. El fervor con que dijo esta última misa 1 1 0 es para descrito. ¡Con cuánta devoción recibieron ambos discípulos por vez primera el Pan eucarístico! Terminada la acción de gracias, arrodillados los tres en las gradas del altar, esperan confiados el momento de la partida a la celestial mansión. Y cuando después de la comida llegó la Comunidad a la iglesia para dar gracias, hallaron al Padre revestido aun con los ornamentos sagrados y a su lado los dos monaguillos; inmóviles los tres, con las manos tendidas al cielo y los ojos fijos en el Niño Jesús; y — ¡oh muerte preciosa y mil veces digna de envidia!— comprobaron cómo habían trocado por la felici- dad eterna esta vida transitoria. El padre Bernardo, antes de subir al altar, se confesó por última vez y expuso a su director de conciencia cuanto de los niños había sabido y lo que esperaba. También es de creer que los dos monaguillos contarían a sus padres y parientes cuanto pasaba, con la misma sencillez que se lo refi- rieron a su maestro.
  • 8.
    CULTO DE LOSTRES BEATOS OS cuerpos de estos tres Bienaventurados fueron enterrados en una misma sepultura. Más tarde fueron exhunados y colocados en la capilla llamada de los Reyes, donde un frecioso lienzo declaraba a las futuras generaciones la historia del maraviloso desayuno. Trescientos años después, en 1577. se celebró la solemne traslación de sus reliquias. En efecto, habiendo sido preciso abrir un boqiete para colocar una puer- ta, halláronse el 14 de enero las reliquias envueltas en un sudario, que con- servaba todavía su nivea blancura; notóse al propio tiempo un suavísimo perfume que se esparció por toda la capilla. Con motivo de tan fausto acontecimiento, practicóse una minuciosa in- formación jurídica tocante a los tres siervos de Dios, con el doble fin de tomar nota de todos los pormenores relativos a su muerte y comprobar su carácter milagroso. El contacto de los sagrados huesos curó repentina- mente a un monje del convento, que desde hacía tres meses padecía un mal incurable; otras personas recibieron también fasores semejantes. Desde este instante, creciendo más y más la íoticia de los milagros reali- zados por las santas reliquias, fueron colmadas de honores, y el arzobispo de Lisboa, Jorge de Almeida, dedicó un altar a os tres Beatos, cuyos restos fueron encerrados en sendos bustos de madera ]ue los representaban. Numerosas peregrinaciones acudieron a postnrse ante el sepulcro de los Beatos, sobre todo en tiempo de Pascua. Una reina de Portugal, después de muchas instancias, consiguió la cabeza del Jeato Bernardo y la colocó con toda reverencia entre las demás reliquias tb la capilla del palacio real de Villaviciosa. Santarem y Morlaás honraron en adelante ron culto no interrumpido a Bernardo y a sus dos discípulos. La imagen nilagrosa de Jesús Niño que con ellos había comido, tampoco fué echada ci olvido; conservóse en una preciosa urna de donde se la sacaba únicameite el día de la Ascensión, para presentarla a la veneración de los fieles. In Santarem, ¡Morlaás y Lis- boa se establecieron cofradías del Niño Jesús. A principios del siglo X IX , sobrevinieron días malos para Portugal. El ejército invasor de Napoleón se apoderó de Santarem en 1809 y causó horribles estragos. La imagen milagrosa y los tres bustos que encerraban las reliquias de nuestros tres Beatos, fueron pisto de las llamas. Hasta la misma cabeza del Beato Bernardo, venerada en Villaviciosa. fué profana- da y arrojada al fuego. La devoción de los fieles se acrecentó en proporción de los indignos sa- crilegios mencionados; no sólo en Portugal, sinj también en Francia, patria del padre Bernardo, tuvieron los tres Beatos sus altares y devotos.
  • 9.
    Y así enla iglesia de Santa Fe de Morlaás, obra maestra de arquitec- tura románica, se ha dedicado al padre Bernardo la capilla del lado izquier- do del ábside desde 1877. Gracias a la liberalidad de un sacerdote de Car- casona y de un hermano suyo, cuatro bajorrelieves de madera, dorados y plateados, representando escenas de la historia que acaba de leerse, ador- nan la mencionada capilla, cuyo altar está rematado por una estatua del Niño Jesús que recorre procesionalmente las calles del pueblo el día de la Ascensión, llevada por cuatro jovencitos, hermanos lejanos de los dos mo- naguillos de Santarem. Acá y acullá, cuadros encantadores que adornan las paredes, recuerdan la pintoresca escena de los milagrosos desayunos, y pregonan con elocuen- cia muda a los fieles la particular predilección que siempre mostró el divino Infante de Nazarct a las almas sencillas, de recto y puro corazón. Un poeta francés del siglo X IX , que gozó de cierta fama en los círcu- los católicos, el padre Víctor Delaporte, ha contribuido no poco a la pu- blicidad del padre Bernardo y de sus monaguillos con graciosas estrofas que figuran en sus Relatos y leyendas. Cosa curiosa, por cierto; la tradición de Santarem ha emigrado a Ma- llorca, donde el milagro parece haberse repetido; siendo sustituidos en este caso los niños por un novicio; pero esto no es más que la deformación de tradiciones orales. El proceso de canonización del padre Bernardo y de sus dos discípulos fué presentado a la aprobación eclesiástica en julio del año 1894. Los Do- minicos de la Provincia de Tolosa, en cuya demarcación se halla Morlaás, y varios obispos, entre ellos el de Bayona y el patriarca de Lisboa, tuvie- ron la piadosa idea de implorar del Sumo Pontífice la confirmación del culto tributado desde tiempo inmemorial a estos tres Siervos de Dios. S A N T O R A L Santos Segundo y compañeros, mártires; Hospicio y Godrico, solitarios; Pedro de Par^nzo, mártir ; Secundino, mártir en Córcloba, en 306 Sinesio y Teo- pompo. mártires en Nicomedia; Timoteo, Polio y Eutiquio, diáconos y mártires; N icostrato, Antíoco, Polieucto, Victorio y Donato, mártires en A sia; Valente, obispo de Pamplona, y tres niños, mártires, Vales, pres- bítero y confesor; Silao, obispo irlandés; Teobaldo, obispo de Viena (Fran- cia) Mancio, esclavo cristiano, traído de Roma y asesinado por los judíos en T?vora. Beato Bernardo de Morlaás, dominico. Santas Estela, virgen y mártir; Humildad, abadesa; Gisela o Isberga, hermana de Carlomagno, vir- gen y abadesa; Martiria, Maurelia y Mircela, mártires. Beata Catalina de Cardona, confidente de la princesa de Éboli.