Arochones
JOSÉ L. LOBO MORICHE
Arochones
Prólogo: Juan Díaz Banda y Antonio Carlos Ruiz
Cortegana, invierno de 2012
Edita: José Luis Lobo Moriche
E-mail: lobomoriche@hotmail.com
Depósito Legal:
Imprime: Imprenta Rayego, sl. Telf.: 924. 55 00 89
Zafra (Badajoz)
A la memoria de Dantón Lobo, mi padre
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Impresiones a modo de prólogo
De tu amigo Juan
Creo que no soy la persona más indicada para ha-
cer algún comentario a un libro de mi amigo Pepe
Luis Lobo; sin embargo, cuando él me lo ha pedido,
algo podré aportar. No me importa decir que él me
enseñó mucho y, refiriéndome a la caza mayor, con
él aprendí una parte muy importante de las cosas
que sé, fueron muchas mis correrías a su lado. Con él
aprendí a distinguir la pisada de un ciervo de la de
una cabra, la de un jabato de la de un cochino man-
so, a andar de noche, a reconocer las trochas, las co-
ladas…. En fin, parte de todo lo que cualquier caza-
dor sabe sobre la caza -como hace referencia en su
libro- fue aprendido también de otros grandes caza-
dores y rececheros.
Este libro de Pepe Luis gustará mucho a cazado-
res y no cazadores, por su forma de expresar con
tanta claridad y sencillez todas sus vivencias, por sus
conversaciones con esas personas tan sencillas con
las que convivió y que yo atestiguo que es así por
haber conocido y convivido también con algunas de
ellas. Son interesantes, incluso para sus íntimos ami-
gos, conocer otras vivencias no contadas hasta ahora,
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aunque sus continuas andadas en las noches durante
las cuatro estaciones del año a todos nos suenan.
A la hora de hablar del autor, debido a nuestra
amistad y confianza, quizás no sea yo el más apro-
piado para echarle flores, aunque no tengo más re-
medio.
Sólo pedirte que ya que has cogido la racha de
practicar la otra afición de tu vida, la literatura, que
no la abandones. Tienes tiempo de seguir apren-
diendo y deleitarnos de vez en cuando con otro libro
sorpresa. La ayuda de tu familia y de tus amigos, co-
mo siempre, no te va a faltar.
Juan Díaz Banda
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A nuestra vieja amistad
Si quieres conocer a una persona, debes escuchar
cuando habla o escribe de su infancia, de su niñez o
de su juventud. Seguro que te dirá cosas que, aunque
con algunas mentirijillas piadosas, saldrán de lo más
profundo de sus entrañas y se convertirán en mara-
villosos relatos de los que se sentirá orgulloso. Esto
es lo que -con toda seguridad- le ha ocurrido al autor
de este nuevo libro sobre el arte de la cinegética que
él ha titulado AROCHONES.
Hace mucho, nuestro amigo Pepe Luis, en una de
las expediciones al campo, (¡Maldita vejez que no nos
deja juntarnos!) nos dijo a la luz de los troncos de
encina ardiendo en la chimenea:
‘Cuando mis piernas o mi mente no tengan fuerzas para salir
al campo, cogeré mi escopeta y la romperé en mil cachos sobre el
risco más grande que haya en Valconejo’.
Esta frase fue motivo de una larga velada en la que
cada uno expuso su propio criterio. Cuando nos reti-
ramos a dormir, todos pensábamos lo mismo: las pa-
siones de Pepe Luis son la familia, los amigos, la edu-
cación…, y la caza. Por tanto, lo que había comen-
tado no tenía mucho sentido, y el paso del tiempo
nos dio la razón.
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El papel de plata, que colocaba en el punto de mira
para sortear la oscuridad de la noche, le ha servido
para describir -con una gran maestría- las claras
noches de luna llena en nuestras sierras.
Los cañones le han servido de inspiración para
recordar todos los viejos barrancos y trochas que lle-
gó a conocer mejor que los propios arochones.
Los gatillos han sido los latidos de su corazón en el
momento más importante del relato.
La culata era la mullida almohada para soñar en las
largas esperas con lances de recechos que sólo un
buen cazador puede imaginar.
Las balas eran los recursos literarios que llegan a lo
más profundo del corazón.
La funda era el descanso, la tranquilidad y el sosiego
de una larga y dura noche.
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Su escopeta ha sido el hijo al que le ha contado
ciento de veces historias que jamás habrían salido de
su boca, pero que afortunadamente ha sido el hilo
conductor que ha hecho que apareciera una nueva
pasión, la cual ha permitido plasmar sobre unas hojas
de papel blanco sus propias vivencias de caza, que
para todo el buen aficionado y lector serán un ver-
dadero deleite.
Antonio Carlos Ruiz
Septiembre 2012
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Prólogo……………….9
Mis primeros pasos 17
De cachorro 63
Con Churubito 69
Berenjenales 85
Ayudas 97
Magia 107
Pasión y destrezas 119
¡Tranquilo, Churubito! 135
Instinto, razón oído y vista 139
Juego de luces 153
Esfuerzos 159
Nieblas 163
Peligros 169
Macarenos y carrasqueños 193
Epílogo………………225
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Los primeros pasos
-¡Pepe Luis, no te imaginas dónde comen estos aro-
chones de Mazaroco! -me contaba, hace medio siglo,
Diego el Montesino.
-No sé, ¿en La Peramora?
-¡Qué va! Ya estaba hasta la coronilla de esperarlos
en Los Baños y en Las Cortecillas, noches enteras sin
haber barruntado siquiera un taramazo; así que, un
amanecer, cogí la burra de cabestro dispuesto a se-
guir el rastro de estos gandules encamados en el pim-
pollar de Teodora. Me suponía que como mínimo
irían a parar al pinar de Mahoma o al encinar de La
Peramora, pero dejaban atrás Vegalucera, cruzaban la
rivera Doña María y tomaban solana arriba hasta la
cumbre de El Vínculo. Allí los dejé a su aire, ¡se des-
colgaban ciegos al castañar de la umbría!
-Diego, ¡mucha huebra para una embozada de
bellotas y de castañas! ¡Hablas de quince kilómetros
o más!
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-Pues ya sabes qué hacen estos trotones cuando se
les antoja, ¡al castañar de El Vínculo sin pararse en
las encinas pegadas a sus camas!
Conocí a Diego el Montesino de las manos de su
hijo Quiterio y de su consuegro ‘Daniel el del cer-
cado Forero’, y fue él quien despertó en mí la cu-
riosidad sobre el campeo y los encames de los jaba-
líes, jabatos para los serranos de Huelva. Era yo un
jovenzuelo de diecisiete años, cuando me contó esta
historia junto a la chimenea de un cortijillo abando-
nado en Los Baños, una noche alunada de octubre
de 1966. ¿Cómo es posible que tengan que des-
plazarse tan lejos para pelar una docena de castañas?
Con más edad y experiencia fui hilvanando algunas
observaciones: eran tiempos en que miles de palomas
dormían en los eucaliptos de El Vínculo, ocasión que
aprovechaban algunos palomeros para llenar de tor-
caces sus mochilas, tras haberle cogido las vueltas al
guarda ‘Mateo el de El Hurón’ cuando buscaba a los
furtivos palomeros montado en una jaca blanca.
Franciscón y sus compinches eran diestros en esqui-
var la vigilancia de Mateo: que el guarda coge un lo-
mero arriba o abajo, el furtivo cazador se aplasta en
medio de una barrancada mientras haya luz del día.
Palomas posadas y lluvia de munición encima de las
reses encamadas. Así atardecer tras atardecer, que los
palomeros avanzan sierra a sierra con sus canutazos,
Arochones
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ellos se encaman más lejos. Diego me enseñó que el
encame y el campeo de las reses por las dehesas de
encinas y alcornoques son querencias muy distintas.
Aquella piara de su terruño abría los primeros erizos
del castañar más occidental de estas sierras de Huel-
va, La Pimpollosa, en el paraje que desde Aroche lle-
va -a través del camino de Castilla y de Sierra Pelada-
hasta las minas de San Telmo. Los jabalíes de Maza-
roco no estaban dispuestos a que nadie les impidiese
que siguieran comiéndose las tempranas castañas y el
instinto los llevó hasta un sitio tranquilo pero lejano
de su natural hábitat de campeo, un lugar libre de to-
da intromisión del ser humano y que ellos habían en-
contrado a quince kilómetros del castañar de El Vín-
culo.
Aprendí del Montesino que, si una encina estaba
bien tomada por los jabalíes desde hacía ya varios
días y si no había síntomas de que algún mal cazador
les hubiese echado el viento la noche anterior o de
cualquier otro espanto, era cuestión de tener culo y
continuar a la espera. Si me bajo, se me desinflarán
las emociones, porque ni en la cama ni en el bar se
mata nada. Que la noche no se convierta en caduca,
porque mientras estoy en tensión, sentado sobre la
trepa de un árbol, gozo de mi existencia y me olvido
de todo lo demás. Cazar es vivir, vivir la caza apasio-
nadamente y ganarle la partida al tiempo perdido. Así
José Luis Lobo Moriche
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que ¡a aguantar una hora más en la pingorota! Des-
pués dos, tres o incluso armarme de paciencia hasta
la contemplación de los primeros rayos del día.
Me animalicé durante las noches de espera, moti-
vado por las apasionantes historias de caza contadas
por estos dos consuegros. Como todo animal tuve
mis querencias nocturnas y los lugares de campeo
preferidos. Son las grandes riveras delimitadoras de
las aguas vertientes de las sierras y de los respectivos
parajes y manchas: el barranco Arochete, La Alca-
laboza, Doña María, Múrtiga, Chanza y Odiel. En las
manchas entreveradas de jaras, charnecas, coscojas,
madroños, tojos, aulagas, carquesas y los sotobos-
ques de encinas, alcornoques, quejigos, pinos, casta-
ños, alisos, chopos y otras especies de la flora medi-
terránea gocé, durante más de cuarenta años, de la
libertad de un ser primitivo que disparaba -no como
hago en estos momentos con palabras hilvanadas en
frases- sino con fervor y entusiasmo de cazador. Hoy
me inquieto por hallar la palabra justa que describa
las escenas vividas; ayer me fatigaba sin desánimo
hasta que levantara la res aplastada o contemplara,
sobre la tierra barreada, los atrinques del animal fan-
tasma que mi mente hubiera dibujado en los escena-
rios de caza que tanto frecuenté.
El topónimo Arochete se refiere al pueblo de Aro-
che, sus aguas corren mansas en la gran dehesa de
Arochones
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quejigos de La Torre y luego se violentan en los ba-
jos de los cerros cabriles de Maribarba. ¿Quién no ha
oído historias o vivido lances de monterías celebra-
das en El Galindo, Maribarba, Huerto Antón, Curtía,
Los Lobo, Terrazos, Los Benitos, Aliserillas, Pico de
los Ballesteros, Cabezo Verde, Corte Sunobre y
Agujos? Las aguas de estas manchas llegarán, en la
junta de Los Lobo, a la gran rivera serrana que nace
en Cortegana, que enseguida forma suaves revueltas
en los llanos de Aroche y busca hacerse frontera con
Portugal: la rivera Chanza. Antes habrá recogido por
su orilla derecha las aguas de Tejadilla, Las Camorras,
La Pava y después Las Cabezas, Valdesotella, Puerto
Nogal, Bejarano, Chocitas, Las Bañitas, El Cebro,
Monteblanco, Umbrizo, El Brueco, La Venta, Las
Tabacas y Pasada del Abad. Por la izquierda vierten
aguas El Cañuelo y La Caballona.
La rivera La Alcalaboza nace en el puerto de Las
Veredas de Almonaster, y recoge aguas de Los
Alcalabocinos, Umbría Valera, Antón Pérez, La Pe-
ñita, Estercadillas, Valdipuerca, Aulagar del Hurón,
Vínculo, Puerto Cañón, umbría de La Caldera, Pasos
de Juan Gordo y espera en el puente de La Peramora
a la rivera Doña María, que se inicia en el puerto de
La Venta, cercano a la aldea de Gil Márquez. Antes
de la unión ha recogido barrancos de La Bájena Alta,
El Recio, Limones, Timones, Juanablanca y Cama de
José Luis Lobo Moriche
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la Loba, El Puchero, Mojonato, Las Cabras, solana
de La Caldera, Los Ciríes, Vegalucera, Potrico. Las
dos riveras unidas tomarán el nombre de la mayor:
La Alcalaboza , que enseguida recibirá aguas de Las
Cañadas, Los Rasos, Manuela, Peramora, Bibián,
Los Puntales, Las Peñas, La Naranja y se adentrará
en tierras de Rosal, donde le llegarán por detrás de
Las Peñas correnteras de Mahoma, Las Cortecillas,
Barranquito Llano, Cumbre del Mármol, La Carras-
cosa, Mazaroco, Los Baños, Teodora, y algunos ba-
rrancos que se inician en la cumbre del poblado fo-
restal de El Mustio: unos, como Palomarejo, Carba-
llar, Carballarejo y Conejo se inclinarán hacia la co-
marca de Andévalo; y otros, como Los Melones,
Aserrador y Peñasierpes buscarán el baldío de Rosal.
El río Múrtiga en sus inicios, por tierras de Gala-
roza y de Las Chinas, es manso y amigo de hortela-
nos; después se hace más bravío con barrancos que
lamen las orillas de muchas manchas de La Nava, de
las tres Cumbres y de Encinasola: Arrumiaos, Poci-
tos, Guacho, El Moro, Los Campillos, La Moña, Las
Torrecillas, Picureña, Castillo de Torre, Maijuanes, El
Cañito, Los Valles, El Casco, Gonzalo Gil, El Se-
rrechón, El Boquerón, La Breña, El Bravo, Las Ale-
grías, El Basto, Sierra del Hoyo, Las Contiendas, y
hermanado con Ardila se hace río portugués junto al
castillo de Noudar.
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En tierras del Odiel, andevaleñas y serranas, están
El Saltillo, La Junta de Mazo, Pagos, Las Bañas, El
Mojón, El Cerquijo, La Lima, El Moro, El Potroso,
Valdelaniña.
Todos estos parajes tuvieron su cazador román-
tico, conocí a algunos de estos singulares hombres y
con ellos compartí sufrimientos, sacrificios y peli-
gros; pero también, gracias a ellos, me discipliné co-
mo cazador. Campearon semejantes al macareno de
chairas desafiantes y de molaeras alunadas, que se
amaga entre la charamusca del monte y espera acu-
lado al perro puntero. Por tierras del barranco Aro-
chete se azorró El Máquina; por los valles de la Al-
calaboza cazucheó mi amigo ‘Daniel el del cercado
Forero’; del Montesino y de su hijo Quiterio fue
territorio vedado La Peramora; en las sierras de Gil
Márquez y La Bájena fue fantasma de la noche Eu-
logio; El Marra en La Corte de los Llanos, Félix
Pasión en Valdelamusa, y desde el pico de La Go-
londrina hasta el baldío de Rosal siempre oí historias
casi místicas de Santos Boza. Conservo restos de sus
historias románticas y el precioso cuchillo lenguado de
monte, con empuñadura de hueso, hecho por él.
Cada territorio siempre tuvo un cazador extraordi-
nario, un cazador que acepta o no la presencia a su
lado de un escudero, pero que no lo precisa porque
se vale por sí mismo.
José Luis Lobo Moriche
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A través de esos seis tentáculos de riveras y barran-
cos que me llevaban hasta las sierras más recónditas
cambiaba constantemente mi ser, la personalidad,
aunque nunca diré que busqué la diversión. ‘¿Adón-
de anduvo anoche Pepe Luis, que llegó a casa tan
tarde?’, preguntaba la alcahueta vecina a mi mujer.
‘En el campo’, contestaba ella con colores subidos.
¡No!, ¡yo no estaba en el campo ni con nadie! ¡Yo era
campo!, ¡en él me adentraba para ser elemento del
paisaje! El campo, para un cazador como Pepe Luis,
no tiene amo ni llave que lo cierre. Iba adonde nadie
iba, a tierras prohibidas porque me atraía lo prohi-
bido. Encaramado en alto árbol y desafiando la ley
de la gravedad me recostaba en el vacío de una ba-
rrancada para hablar conmigo del tema más trans-
cendental: la caza. ‘Gente de cacería, gente perdía’,
decía el gilí de turno; a ellos, que nunca perdieron
tiempo de su raquítica vida en la caza, dedico estas
aventuras y desventuras cinegéticas. A ellos que con-
sideran que no lo malgastan cuando hablan de polí-
tica, hacen cola en una oficina, rellenan un impreso
oficial o que nunca descuentan los segundos desa-
provechados en no existir. En parte llevan razón, yo
no fui un cazador al uso, dediqué la vida a cazar apa-
sionadamente, porque no fui hombre centrado, que
lo fui de los extremos, ¡eso que el gilí llama un vi-
cioso de la caza! Sería un hecho imposible que yo no
hubiese sido un cazador por mí mismo, siempre re-
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chacé que alguien me preparase un cebadero de maíz
y después yo -con rifle en mano y artificiosa emo-
ción- a la espera de la res que duerme a veinte metros
de un caserío. ¡No!, ¡haber sido siempre un cazador
vicioso constituye mi novela, mi existencia! Es ver-
dad que el cazador se inventa sus ocupaciones como
acto de rebeldía a todo aquello que ya le llueve enci-
ma predestinado. Esta maldición asemeja al gilí con
un jabalí, ambos no se inventan nada, de antemano
están cercados y sobreviven.
¿Cómo llegué a dedicarme a la caza mayor? Viví
mis años de infancia entre perros alanos, mastines
extremeños, podencos sevillanos, ataravizcados y de
mil leches. Mi padre ni fue rey ni noble, pero debió
sentirse independiente y aristócrata cuando cazaba;
entre juicio y juicio, entre sentencia y sentencia de su
profesión de juez comarcal, ejercía la actividad más
venturosa y libre. Esencialmente era cazador menor:
cuerda de seis o siete amigos, que en días festivos
cazaban perdices a mano o al aguardo. Siendo un ni-
ño manoseé la perdiz ensangrentada, olí la pólvora
mientras él rellenaba las vainas de los cartuchos y
manejé todos aquellos aparatos de sacar mixtos, po-
nerlos, rellenar, tacar y rebordear, ¡un verdadero ce-
remonial! Empecé a acariciar un rifle Tigre del 44 y
su escopeta embadurnada de aceite y puesta al sol en
la azotea, a apuntar con los cañones del 16, oler la
José Luis Lobo Moriche
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pólvora quemada, ayudarle a enfundarla, a trans-
portársela hasta el coche que lo llevaba a La Con-
tienda. Crecí al lado de un padre que había educado
su carácter ejerciendo la actividad gozosa de la caza,
nos hicimos más amigos y me olvidaba de los juegos
infantiles, embobado con su palabra mientras habla-
ba de gentes humildes como Gollito, Pedrero, Juani-
quí, Romana… Pastores amigos de don Dantón, a
quien le ayudaban a hacer un aguardo de monte o
corrían hacia él para anunciarle dónde tenía la que-
rencia una collera de perdices. No sé si vendrá a cola-
ción contar una anécdota de esta relación suya con
gentes sencillas: en una de mis escapadas a Bejarano
en pos de una piara de jabalinas, varios perros siguie-
ron el rastro de una res zorreada y se adentraron en
Portugal. Muchos soplidos a la caracola de cabezo en
cabezo, pero ningún campanilleo oí. Hice las gestio-
nes oportunas, y me llegaron noticias de que un ve-
cino de Santo Aleixo había cogido uno de mis pe-
rros. Me desplacé al pueblo portugués, y efectiva-
mente en el corral de una casa estaba atada la perra
que yo buscaba. Faltaba un cachorro de orejas blan-
das, que no las envelaba sino en los momentos en que
oía la ladra de agarre. El tono de su piel tiraba a cho-
colate, de ahí su nombre. Que si por La Contienda
portuguesa habían visto un perro sin amo de los que
llaman balduendo, que sí era marrón oscuro… En
aquellas tierras portuguesas estuve un día, caracola va
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y caracola viene de cabezo en cabezo otra vez, ¡nada,
ni rastro de mi Chocolate, que lo perdí para siempre!
Pero, a lo que íbamos, a la relación de mi padre con
gente humilde. Por delante de un cortijo de La Con-
tienda portuguesa pastoreaba un rebaño de cabras y
ovejas, detuve mi Suzuki y busqué al pastor. De
aquel cortijo, casi derrumbado como un majano, sa-
lió un hombre octogenario, curtido en mil batallas de
sierras, de lobos y de subsistencia.
-¿De qué pueblo de España eres? -me preguntó con
una perfecta habla de labriego serrano.
-Soy de Cortegana. No sé si usted sabrá dónde está
ese pueblo.
-¿Cortegana? ¡Allí vivía don Dantón!
-¡Don Dantón era mi padre! -le contesté emociona-
do.
Se enjugó las lágrimas y me besó. Seguro que aquel
atardecer el pastor portugués sacó la petaca, echó
tabaco y recordó con nostalgia los atardeceres de
febrero cuando se encontraba con mi padre -perdi-
gón a la espalda- en los collados salpicados con sa-
laíllos de brezos rojos, allá en tierras fronterizas de
Las Alpiedras.
José Luis Lobo Moriche
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Era yo demasiado niño todavía para acompañarlo
en correrías cinegéticas y me conformaba con tocar -
aún no sabía leer- las notas que escribía con su Un-
derwood referentes a los pertrechos necesarios para
los días de caza; y a él me pegaba, cuando contaba
sus aventuras a mi tío José Lobo. Creo que aprendí a
leer más rápido que otros colegiales, llevado por las
ganas de atrapar el misterio de sus notas: ‘Con este
cartucho y dos más maté un jabato de más de siete
arrobas en la era de tío Severo, en La Nava’, ‘Bajo el
naranjo del corral está enterrado mi mejor pájaro:
Gollito’. Tocaba sus cosas de caza como si fuesen
mías: un mechero de yesca labrado a navaja por un
pastor -hijo del Montesino- en madera de brezo
blanco, su escopeta del calibre 16 marca Perdiz, la
navaja, la petaca, las polainas, la canana y sobre todo
acariciaba los cartuchos de cartón recargados por él.
Luego, llegaron los días de montería.
----------------------
Durante los años cincuenta, en la Sierra Occiden-
tal de Huelva, sólo existía la ‘Peña montera de Cor-
tegana’. Estaba formada por unos veinticinco so-
cios, capitaneados por Martín Delicado, un hombre
muy conocedor de los parajes de la Sierra y que alter-
naba sus quehaceres como propietario de una me-
diana hacienda con tareas de postor, de marcador de
las armadas y responsable de las decisiones de la
Arochones
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suelta de perros y demás estrategias para la caza de la
res fantasma que los aldeanos de El Hurón creían
que deambulaba por la Umbría de Valera o por El
Vínculo. Al despacho de mi padre llegaba un huro-
nero, como cazador agonía, a anunciarle la noticia:
-¡Don Dantón, que Mateo ha cogido el rastro de un
buen cochino! ¡Que las bañas de Valdipuerca están
muy tomadas! ¡Que el castañar de Espejito huele a
berrenchina! ¡Que en el castillete que está junto a la
choza de la Caporra se le arrancó por delante de su
jaca un jabato!
Ahí tienes a una veintena de hombres en busca de
esos animales fantasmas que nunca aparecían. Mon-
terías de siete u ocho horas, batiendo con una doce-
na de perros sierras que hoy día dan para cuatro o
cinco jornadas de caza. Todo se hacía pausadamente:
la ida a pie -Martín montaba su Espléndida y mi pa-
dre un mulo-, los perros iban acollarados y los mon-
teros más afortunados en el camión del amo de El
Vínculo. Empecé a acompañarle en estas monterías
que se organizaban en horas y que se celebraban
durante todo un día en las sierras aledañas a la aldea
de El Hurón. Casi todos los ahuchadores, corredores o
jaleadores eran de esta aldea: Antonio Terreros, Ma-
teo y sus hijos Domingo y Fermín, Reyes, Julián
Vázquez, el alcalde de Los Alcalabocinos, su her-
mano Tórtolo, Pintaína, Andana y los aficionados de
José Luis Lobo Moriche
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Las Veredas: Evaristo, Ernesto, Celestino..., otros de
Cortegana: Daniel, Carmelo Boza, Maufa… Eran los
lazos familiares, de vecindad y de amistad los que
trababan a estos hombres infatigables que, hurga de
martillo en mano y cartuchos rellenos de pólvora ne-
gra, batían con ahínco todas las barrancadas de las
sierras. Una sola voz los animaba: la palabra sabia y
práctica de Mateo, el capitán de los corredores. Hu-
mareda de pólvora negra y el perro puntero que tras-
tea la primera barrancada, la segunda y no sé cuántas
más hasta que cada jaleador llega extenuado a las
puertas de la última armada, que tienen el viento de
pico o que caprichosamente se ha puesto rabón. A so-
pié de la armada aguarda el capitán de los monteros:
-¡Rematad bien los acules!
Si el perro puntero latía, más de veinte corazones
se inquietaban esperando oír:
-¡Ahí lo llevas, derecho al colmenar del barranco!
¡Qué desilusión!, nada más que los asustadizos mir-
los se levantaban de los barrancos y sólo algún zorro
iba chanteado por delante de los perros.
Era muy difícil coger encamados una cochina vieja
y sus bermejos, pues tenían que patear muchas sie-
rras para partir una bellota recién caída y fresca; casi
siempre se conformaban con el cascajo y los secos
Arochones
31
cascabullos ocultos debajo de la charabasca. Ni me
desalenté ni me aburrí de tanta escasez de piezas ma-
yores. Al contrario, antes de que mi padre golpeara
en la puerta de mi habitación, ya estaba yo en pie con
mi mochililla preparada. Llegó el día en que Martín y
sus afanosos monteros mataron una res en Antón
Pérez. Arranqué algunas cerdas, las coloqué liadas en
mi gorra y manché por primera vez mis manos con la
sangre de una jabalina, alguien puso también sus ma-
nos ensangrentadas sobre mi cara. Olí la caza mayor
muerta y comí parte de las asaduras y de los riñones
fritos.
Me entusiasmé con una escopeta del calibre 12 y
un cañón reductor de doce milímetros acoplado a
ella y sentí las alegrías del niño más feliz del mundo
con un arma encarada tras las totovías de los rastro-
jales, las avefrías de los llanos helados o tras un escu-
rridizo martín pescador en los barrancos de El Vín-
culo. Por primera vez metí en el reductor un car-
tuchillo que contenía dos balines, y me senté sobre
una piedra detrás de mi progenitor. No sabía yo aún
qué emociones siente el cazador apostado en la vega
de Doña María, frente a la barrera asolanada de La
Cama de la Loba, cuando oye a los corredores que
tocan trompetas y caracolas en las cumbres, alertan-
do a las puertas de que los perros han levantado una
piara de jabalinas o que un cochino se ha atrancado
José Luis Lobo Moriche
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en el acebuchal. Mi padre apenas me miró e inclinó
varias veces su cabeza para confirmarme que esta vez
sí habíamos dado con las piezas buscadas y que la
mancha estaba bien cerrada.
-¡Las puertas de la rivera, la barrera abajo! ¡Perros ahí!,
¡venga Turco y Nerón valientes! ¡Huy, qué hipina
llevan los perros!
En la revuelta de la rivera Doña María, detrás de
los huertos de Juanablanca, sonaron varios disparos
muy seguidos, como si una res se hubiese presentado
de sopetón, en esas circunstancias que otros monteros
andaluces llaman asomatraspón. Estábamos puestos en
el ajuste natural de las reses, que trataban de desba-
rrarse, cruzar la rivera y refugiarse en las espesas man-
chas de El Puchero. Sentí, quizás contagiado por él,
emociones que desconocía hasta entonces. ¿Cómo el
corazón de un niño puede acelerarse ante las voces
alertadoras de un corredor o al ver el monte arro-
llado por una res? Abrió el matorral y se ahiló de cara
a la vega, ¡con qué soltura sorteaba las adelfas y con
qué belleza apretaba los traseros y se escurría entre
los alisos de la rivera! Me olvidé de que tenía delante
un cazador adulto y creí que aquel jabalí de mediana
envergadura me pertenecía. Desobedecí todas las ad-
vertencias de que no disparara hasta que él lo hiciera.
¡Me sentí cazador!, y un cazador quiere apoderarse
del animal, hacerlo suyo ya, porque nadie le regalará
Arochones
33
una segunda oportunidad. Con la ligereza de un niño
eso debí intuir, ni siquiera miré cómo él apuntaba en-
tre los cepellones de la corriente, me encaré mi es-
copeta y apunté a un bulto que había dejado atrás la
rivera. Sonaron varios estruendos bajo los alisos y la
res les dio el culo a dos cazadores. Seguí callado por-
que sabía las consecuencias de mi precipitación y me
sentía culpable de que nos fuéramos tarugos. Llegaron
perros y perreros que nos anunciaron que en la ar-
mada de cierre habían matado mi res. Digo mía, por-
que me pertenecía desde que asomó entre los alisos.
Después, para sorpresa de todos los monteros, el
cochino alojaba dos balines, que apenas se habían in-
crustado varios dedos en el corato seboso. La ley oral
que corría por las sierras onubenses otorgaba la cabe-
za de la res muerta al cazador que primero le hubiese
hecho sangre. Esta vez fui yo, con mi reductor de 12
milímetros, un montero de apenas diez años, quien
había cumplido con el precepto de la tradición.
Aquel reductor me resultó pronto insignificante, y
ascendí en la escala de calibres con un escopetón del
20 de un solo cañón. ¡Qué importante me sentía en
Los Alcalabocinos, detrás de aquellos monteros, su-
biendo el camino empinado de Espejito! Una hilera
de perros acollarados con traíllas de dos mosqueto-
nes, una jaca espléndida y un rosario de hombres
ilusionados: Jara, Chicuelo, Hilacrio, Navarro, Ricar-
José Luis Lobo Moriche
34
do, Sota, Juanage, los Vaca, los Bahones, Luis Cor-
tes, Calamita, Cordobés, Librero… Rara vez se oía la
trompeta del alcalde del Hurón achuchándole sus
cachorros a una res levantada. Si amagaba entre los
brezos de un venaje, allí estaba él para romper su gar-
ganta con ánimos de buen perrero. Nunca le vi matar
una pieza de caza ni tampoco gestos de desespera-
ción.
----------------------
Mientras escribo estas notas de historia cinegética,
tengo ante mí la cabeza disecada de uno de aquellos
fantasmas que campearon de sierra en sierra buscan-
do una hembra celosa para que la especie no se per-
diera: tres arrobas, pero sorprende la longitud de sus
afiladísimas navajas. Es más, yo diría que este autén-
tico arochón fue todo navajas. Lo observo bien y me
imagino que nada tuviera proporcionado, demasiado
macizo y robusto para tan pocas arrobas, parece que
nació sin cuello y que todos sus miembros fueron ru-
dimentarios. No sé en dónde los zoólogos incluirían
sus características morfológicas, quizás como ‘Sus
scrofa baeticus’, un auténtico arochón. Mi abuelo
Miguel Lobo lo mató en Las Peñas de Aroche, allá
por 1888, el año de los tiros, y luego lo disecó per-
sonalmente, una época en la que el hombre con su
razón no desequilibró el arte de la caza mayor, sim-
plemente porque escaseaba.
Arochones
35
A los trece años rematé una jabalina por primera
vez, una cochina como los serranos acostumbramos
decir. Ahora comprendo por qué mi padre me ani-
mó, quería tantear mi decisión ante el peligro. La
ocasión no podía ser más propicia: a unos doscientos
metros de nuestra puerta, varios perros habían trin-
cado a dientes una res, que gruñía insistentemente.
-¿Te atreves a rematarla?
-¡Ahora mismo!
-¡Ten cuidado con los perros! ¡Postas no!
Demás sabía que era una marranchona que estaba
dando las últimas boqueadas de vida ante aquellos
perros de tanta ley. La advertencia necesaria al nova-
to rematador: ‘¡Los perros, cuidado!’. Sintiéndome un
montero, cumplí con el precepto del deber de
rematar una res y encebar a los perros cachorros en
la sangre. De pronto me quedé embarbascado entre
un matorral espesísimo de viejas jaras retorcidas que,
a cada paso que yo iniciaba, me tiraban hacia atrás.
Aquí me caigo, aquí me levanto, allí quedo colgado,
cada vez estaba más cerca de la pieza herida. Hoy sé
que un niño también sufre taquicardia, aunque yo
sólo notaba que mi boca y mi lengua estaban como
cristalizadas, cuando con un lenguaje casi humano
los perros insistían en que ellos habían trincado el
José Luis Lobo Moriche
36
animal codiciado. Me tentó para que yo emprendiera
el largo camino de una técnica de difícil aprendizaje.
Si hubiera sido un cochino atrancado, mi padre ha-
bría encontrado a su hijo hecho papilla; le entré a la
res herida al contrario de lo que mandan los cánones
de la Cinegética, como entran los monteros inútiles
que desconocen el peligro que conlleva rematar un
jabalí ofreciéndole la posibilidad de que corra cuesta
abajo. Apenas gruñía ya; eran los últimos segundos
que le quedaban de vida a la marranchona. Un perro
de capa blanquecina con orejas bailonas y blandas la
tenía presa entre sus dientes y otro canelo bocinegro
se apartó de la res al verme. Tuve la paciencia de un
cazador mayor y esperé a que la soltara. A aquella
marranchona casi ya muerta le endilgué un tiro de re-
mate. Estiró las patas y emitió un ronquido de muer-
te. Entonces me sentí más espigado e importante
ante aquel cadáver que ya sólo era algo inerte; imité
al alcalde del Hurón: ‘¡Perros ahí, valientes!’, y la
arrastré barrera abajo hasta la rivera.
¡Tenía que matar y maté! No sé cuánto mi padre se
enorgulleció de que su hijo hubiese superado las
pruebas de arrojo y decisión. Ascendí otro escalón en
mi carrera de montero y me sorprendió con que mi
próxima arma de caza sería el Tigre del 44.
----------------------
Arochones
37
De mancha en mancha con mi rifle, apostado junto
a mi padre. Sé los cosquilleos que un niño siente con
un arma del oeste americano entre sus manos, ¡qué
ligero y qué bien apuntado estaba, cuando al final de
la montería hacía blanco a una piedra! ¡Con qué des-
parpajo me enseñaba a meter doce balas por la ranu-
ra lateral, a que me ayudara de la palanca para dejar
en la recámara una de ellas! ¡Eran los estímulos de
quien me encebaba en la caza!
En febrero de 1964 cumplí quince años de edad, y
mi padre no me regaló un presente cualquiera sino
que cubriera con mi rifle uno de los puestos de La
Cama de la Loba. Eran tiempos en que las papeletas
recogían lugares concretos y no como los fríos nú-
meros de hoy: Junta de Mazo, Collado de Puerto-
tremés, Colmenar de Cinchato, El Balcón, Colmenar
de Timones… Todos los monteros tenían memori-
zados los barrancos, las cumbres, las barreras, los lo-
meros, los collados y demás elementos paisajísticos
que conforman las sierras. Se monteaba de memoria,
se escogían los puntos claves de las manchas y se les
daban ventajas a las reses, equilibrio entre el racioci-
nio del ser humano y el instinto de conservación de
los animales. El cazador debía gozar de la capacidad
de la templanza hasta que llegara la res casi a sus pies,
entonces el acto de caza sí tendría cierto halo de ro-
manticismo.
José Luis Lobo Moriche
38
-¡Llévate a Pepe Luis y ponlo en la huida de la Majá! -
le dijo Martín Delicado al postor.
Por primera vez me vi solo en medio de una sierra
con la responsabilidad de cubrir una puerta. Soltaron
los perros a las diez de la mañana; eran ya las tres de
la tarde y aún estaba yo en tensión, esperando que
cualquiera de las matas de jaras cervunas que tenía
frente a mí se transfigurara de repente en una pieza
de caza mayor. A este ejercicio mental juega a menu-
do el cazador, esperando que la mente atraiga lo que
elementos menos espirituales no consiguen. Otros
gastan estos momentos de larga espera observando el
vuelo -en varios planos- de una mariposa, el picoteo
de un petirrojo o astillan un palo.
Mientras monteo nunca gasto los segundos en ob-
servaciones paisajísticas, y aquí me tienes -hecho una
madroñera- pendiente de las voces de los corredores
y del trasteo de los perros en la barrera de solana, en
ese estado de desánimo al saber que todas mis emo-
ciones están ya goteando. Aún falta el remate final de
la mancha, los acules. Uno de esos sabios perros, que
conocen todas las triquiñuelas de las que los animales
huidizos se valen para buscarse amparo entre el rodeo
de matorral más espeso, aligera los pasos, y con de-
cisión busca uno de estos pegujones de brezos blancos
que muestran los indicios de que en el viciar nace un
venaje de agua. Un campanilleo acompaña al perro ta-
Arochones
39
pado por la espesura, y el tintineo cada vez más ner-
vioso me anuncia que él levantará la res achantada
entre las charamuscas. En medio de la barrera asolana-
da aflora como una especie de corazón vegetal for-
mado por dos pequeños venajes de brezos blancos y
lilas entreverados, el sitio apropiado para que cual-
quier animal zorreado se haya aplastado allí. Ha sido
un ladrido seco y grave, el habla del perro de buenos
vientos que sabe que un jabalí está ahí.
-¡Anda valiente! -y un corredor que está sentado so-
bre un risco próximo al castillete del cerro levanta su
hurga y dispara un cartucho de fogueo con intención
de animar a dos perros para que se adentren en la es-
pesura del corazón vegetal.
Los ladridos se hacen menos graves y más segui-
dos; los perros forman una especie de danza circular
campanilleada tras la res, mientras el corredor sube
hasta el mismo pico del castillete y foguea mancha
abajo. Un vareteo de monte abierto anuncia a los
monteros del barranco que un bicho se ha levantado
y que ha iniciado la carrera. Enseguida los ladridos se
aceleran tanto que se unen en hipa, y mi corazón se
me sale por la boca. Por dos jaras entreclaras se cuela
un sombreado vivo. Levanto el rifle a la altura de mi
cara sin saber a qué debo apuntar, pues sólo son mis
oídos los únicos testigos del atrabanque de los tres
perros con la res. Echo el aliento y retrocede obli-
José Luis Lobo Moriche
40
gado por el aire sureño que sopla de frente. Domino
toda la barrera y tengo la certeza de que mi rifle al-
canzará cualquier punto de la misma con tres o cua-
tro disparos. El hilo de monte se abre y se cierra en-
seguida. Contengo las prisas. La quietud del barran-
quillo de la solana es soliviantada por el eco ahonda-
do de sucesivos ladridos agudos y silbantes.
-¡Las puertas del barranco!, ¡ahí lo lleváis que va a sal-
tar a la umbría! ¡Que es un cochino!
Ahora sí que gozaré de la oportunidad de cogerlo
con el punto de mira y descargar en el jabalí le-
vantado toda la tensión acumulada. En efecto, aun-
que no viene zorreado ni mosqueando, entra de bue-
nas maneras por una trocha que está muy pateada. Se
presenta de hocico y espero que enseñe los codillos.
Acompaño la mano para cogerlo bien entre la ranura
del punto; y, cuando creo que he detenido el instante
propicio, disparo. Noto algo extraño en el animal,
que sigue la carrera como si no hubiese sido con él.
Cuando se me tapa entre el espeso matorral, disparo
dos veces más al husillo que va dejando tras de sí, sin
saber aún que los tiros se están quedando traseros.
¿Qué habrá pasado?, ¿ni un pelo cortado? Me es-
peranzo en los tres perros que vienen latiendo, pasan
la trocha entacados y se adentran en la umbría que da a
mis espaldas. Bajo el rifle y me quedo con cara de
tontorrón. Me avergüenzo, la escena ha sido con-
Arochones
41
templada por uno de los corredores y no tendré ante
él una justificación posible de la mancornada. Simulo
los pasos del animal en la trocha, y mi cuerpo entra
en caja cuando veo el tronco y las ramillas de unos
jaguarzos salpicados de sangre. Silbo insistentemente
al perrero, mientras agito al aire mi gorra para que
baje al barranco.
-¿Dónde lo has tirado? -me pregunta Daniel, que
llega a mí acompañado de un par de cachorros que
no se mueven de sus pies.
-¡Ahí donde usted está, lo he tirado atravesado! ¡Va
dando sangre!
-¡Ven para acá! Aquí va, la trocha adelante. ¡Huy!, ¡un
tiro en las agujas! ¡Y no es tan chico!
-Daniel, ¿darán los perros con él?
-¡No sé, lleva camino de los encames de la Majá de
La Caldera! ¡Lo malo es que las tardes son muy cor-
tas y como se haya metido en ese matracal tan vie-
jo…! ¡Coge el camino abajo y espera al postor en la
junta del barranco, que yo voy a seguir el rastro hasta
la cumbre de la umbría! ¡A ver si oigo las campa-
nillas!
¡Qué pronto se fue la luz de la tarde y con cuánto
desasosiego esperé a Daniel!
José Luis Lobo Moriche
42
-¿Qué pasó?, ¿dieron los perros con él?
-¡Yo creo que ése podrá cubrir las cochinas la pró-
xima luna! ¡Lleva la herida de ojal embarrada, los pe-
rros ya han vuelto!
-¡Este rifle no sirve para nada! ¡Mira que a esa dis-
tancia e irse!
Llevaba yo razón, porque los técnicos aseguraban
que esos rifles del ejército de caballería estaban he-
chos sólo para herir, que las balas del 44 atravesaban
el hierro que se pusiese por delante; pero que a la sa-
lida sólo abrían un agujerillo de nada y que, para que
dañaran, debían coger hueso. Así que el dichoso rifle
pasó como adorno de una de las habitaciones de mi
casa y lo sustituí por una escopeta Hércules del cali-
bre 12 que me prestó el conserje del casino.
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Con mi nueva arma sí que me sentí un cazador ma-
yor. Llené la canana con cartuchos de cartón a los
que el herrero del pueblo les había vaciado la mu-
nición y metido una bala hecha artesanalmente por
Félix Pasión, el famoso cazador de Valdelamusa, que
además de ser un experto rastreador era muy habi-
lidoso en echar las agujas y las culatas a las escopetas.
Las balas iban taponadas con cera para que hicieran
aprieto en la vaina, y no estaba yo muy convencido
Arochones
43
de la efectividad de la liga de plomo y cera. Llegó el
domingo, la oportunidad de comprobar la eficacia
de las balas de Félix Pasión: a primeras horas de la
mañana la cuerda formada por veinte monteros, diez
corredores, veinte perros y Martín Delicado con su
Espléndida salió desde El Calvario y tomó el callejón
de Valderrana. Los ladridos de los perros de los cer-
cados que dan al camino nos acompañaron hasta que
dejamos atrás el pilar del callejón y tomamos el carril
que desde el puerto de Las Veredas lleva a las cum-
bres de las sierras de Los Alcalabocinos. La luz del
amanecer clareaba ya por el castillo de Cortegana,
cuando Martín Delicado mandó que en la hondo-
nada que hace el camino antes de alcanzar la cumbre
nos parásemos, para no avistar la mancha de El Sal-
tillo, un bosque de viejos pinos apretadísimos. La
mancha linda con la cumbre de Los Alcalabocinos,
busca el sur por Gil Márquez y se cierra por el puen-
te de Tres Fuentes y la línea férrea. En medio está la
casa forestal de La Madroña y el sendero que lleva a
Gil Márquez. (Bien memorizada tengo esta mancha
del término municipal de Almonaster, pero no ade-
lantaré las causas). Martín le dio las órdenes oportu-
nas a Julián como nuevo capitán de los corredores y
le entregó una bolsa con cartuchos de fogueo:
-Julián, ¡haced las cosas bien! ¡Soltad los perros a las
diez y media y coged la mancha a mano, que nadie se
José Luis Lobo Moriche
44
adelante, y dadles tiempo a los perros en los encames
del barranco! ¡Que no os dejéis volver las reses!
-¡Descuida, Martín, que se coge bien! ¡Voy a mandar a
Antonio Terreros para que vaya puntero por los
manchones cercanos a la vía, y que entre él y los dos
niños de Mateo suelten tus perros, verás cómo el
Tigre, Nerón y el Turco se van enseguida a los enca-
mes!
-¡Léele la cartilla al tunante de Pintaína, que se deje
de zorrearse de lomero en lomero y que se meta en la
mancha! ¡Mira, Julián, voy a cerrar por la cumbre de
Gil Márquez, allí pondré dos puertas y yo estaré en la
junta de los dos regajos! ¡Me llevaré al niño de don
Dantón y lo pondré cerca de mí!
Hechas las advertencias al capitán de los perreros,
Martín repartió los monteros entre los tres postores.
Yo seguía tras los pasos de la jaca, ajeno a las mara-
villosas vistas que desde la cumbre se abren a tierras
andevaleñas. Recuerdo que en un punto de la cum-
bre, próximo al pilar de El Saltillo, Martín giró brus-
camente, dibujando la muleta de cierre. En el inicio de
aquella singular curva señaló mi puesto:
-¡Aquí vas a quedarte, es un sitio muy bueno! ¡Ten
cuidado, que pueden entrar regajo arriba! ¡Mira cómo
Arochones
45
tienen de tomada la cañada! ¡Aquí achantado hasta
que yo te recoja!
Martín y la Espléndida desaparecen de la cañada y
yo desenfundo mi Hércules del 12. La hoya está muy
sombría, los altos pinos impiden que entre en ella la
luminosidad de un día casi despejado de nubes. Car-
go la escopeta con dos cartuchos de plomo y cera y
la dejo apoyada sobre el troncón de un pino. Busco
dos piedras grandes, las calzo para que no se muevan
y tercio entre ellas una laja de pizarra negra que sirva
de asiento. Un ritual que apenas celebro, porque des-
de mis inicios como montero prefiero permanecer de
pie, para que ninguna pieza de caza me coja la vez.
Saco de la fiambrera dos chuletas empanadas y en un
minuto las engullo, una naranja, un buche de agua, ¡y
de pie! Aún no son las diez de la mañana y ya he al-
morzado.
Justo a las diez y media, muy lejano y bajero, oigo
dos tiros que se me antojan de fogueo, tan huecos y
diáfanos que ningún animalillo se inquieta en los
montes que tengo a mis espaldas, no se mueven las
copas de los pinos y todo -incluido yo- se mantiene
en penumbra. Parece como si la cañada estuviese au-
sente de la vida; ningún bicho -ni grande, mediano o
insignificante- se adentra en ella. Sólo los picotazos
que un alcaudón real le da al pajarillo que tiene pin-
chado en un galapero y el silbido del tren, al entrar
José Luis Lobo Moriche
46
en el túnel, quiebran tanta quietud. Entretengo mi
mente en animar la cañada: miro hacia el frezadero
donde unos marranchones han cagado las bolas de
sus frezas y los imagino roncando y abriendo -en lar-
gas hozaduras- la capa húmica del pinar, buscando
los grillos y gusanos o astillando las piñas como fieles
colaboradores en hacer el pinar más espeso. En una
de estas monterías, que deberíamos llamar mudas
por el silencio que las envuelve, los segundos se alar-
gan demasiado y me esfuerzo por mantener la ten-
sión necesaria que se requiere en cualquier acto de
caza. A las doce del mediodía suenan otros dos tiros,
a los que sitúo en tino del puente de Tres Fuentes.
Aún permanezco levantado junto al sillar de piedras,
a pesar de la sensación tediosa producida por la falta
de vida en la cañada. Han sonado demasiado segui-
dos como para que fueran fogueo de los corredores y
el tono parece más expansivo y retumbante. Borro
los imaginarios marranchones que hozaban sobre el
tapiz de la cañada y miro con más tesón hacia las ve-
ras del barranquillo que se inicia a mis pies.
Viene de callada -de soniche dicen algunos aficio-
nados cordobeses-, se ha presentado tan de im-
proviso que no hay tiempo de palpitaciones ni de que
me entre la fiebre de cañón. Con paso trotón y sin for-
mar estrebejí asoma, adelantando el hocico por el final
de la cañada, una cochina de tamaño mediano. No
Arochones
47
extraña mi figura -porque no se ha repropiado-, y se
descubre entera. Me encaro la escopeta y aún me da
tiempo de que acaricie la caña, como en un acto
reflejo de que yo estoy aquí para lo que estoy y que
debo meter la cara para no asomarme al balcón. Me voy
con la cochina y dejo pasar la trompa y, en el instante
que asoman los ijares, disparo con la Hércules del 12.
Enseguida levanto la vista con la intención de verla
rodar ante mí. ‘¡Que no le he cortado un pelo!’, y
reacciono apretando el segundo gatillo.
Ni se inmuta, me da el hopo y sigue con los mis-
mos pasos trotones. No tengo los reflejos necesarios
para recargar mi escopeta. Atraviesa el espacio más
limpio de la cañada, sin que yo note ningún movi-
miento extraño de que la jabalina haya acusado los
tiros; toma la pechuga de un cerro empanado de mato-
rral que se inicia en la cañada y se pierde entre un
pegullón de jaras gruesas y retorcidas. ¡Dios mío que
he marrado el disparo!, ¿qué ha pasado? Pero, ¿es po-
sible que se haya ido, si la he tirado cagada?
Me quedo embobado mirando el raspil del cerro y
me extraño de un leve vareteo de los pimpollos de
unas jaras en el mismo viso de la montaña. Decido
asomarme, y tomo la pechuga con mi escopeta car-
gada. No me enrollo entre el matorral; o, quizás, este
desparpajo mío sea consecuencia de mi deseo de en-
contrarla. Monte arriba no veo ninguna jara troncha-
José Luis Lobo Moriche
48
da ni tampoco que la cochina haya dejado señales de
que va herida, porque ni siquiera llevo sus mismos
pasos. Como un novato, no busco referencia alguna
de donde se han movido las jaras, voy fuera de tiesto.
Quiere el azar o quien sea que me dé de jeta con la
res tiesa y metida la cabeza entre un troncón de jara
con forma de manilla.
Aún hoy, cuarenta y ocho años después, soy inca-
paz de expresar mis ánimos de felicidad. Tiré de las
patas y la saqué de la manilla para asegurarme de que
no era un macho y que no tendría que usar la navaja
para caparlo. No me importaba que fuese hembra, y
hasta pasé mis manos por sus tetillas, ¡ahora era mía!
Miré mi reloj: las doce y media. La cacería ya estaba
hecha; besé la escopeta y regresé a la cañada. Sobre
media hora después, dos perros traían los mismos
pasos de la jabalina. Oí las campanillas antes de que
asomaran al barranquillo, venían sin latir y apenas le-
vantaron sus hocicos cuando atravesaban la cañada.
Uno de ellos era el famoso Tigre, un perro de capa
negra, mediano talle y pelo sedeño; detrás un perro
moracho cuatrojos iba a remolque del perro viejo y
experto. La cochina estaba ya tan fría que ni siquiera
ladraron; barrunté que uno de ellos la mordía sin mu-
cho ahínco, y luego se ocultaron en el tumbaviso del
cerro.
Arochones
49
Nadie había sido espectador de mi proeza, necesi-
taba a alguien en quien descargar tantas emociones;
estaba más pendiente del sitio por donde Martín se
había ido que de la montería. No sé cuántas veces
miré mi reloj ni cuántas recreé en mi mente la apa-
rición de la cochina en la cañada, que tenía yo per-
fectamente retratada, incluido el tufo a montuno y la
aspereza de las cerdas. Me pareció que había transcu-
rrido una eternidad, cuando asomó Martín con su ja-
ca de cabestro. No le hice ninguna señal de aspa-
viento, descargué la escopeta y me colgué la mochila.
-¿Qué ha pasado? ¿Y esos dos tiros?
-¡Martín, que la he matado!
-¡Ole tus cojones! ¿ Dónde está?
-¡Ahí la tengo panza arriba! -y le señalé el cerro don-
de había espichado.
-¡Dame la mano! ¡Qué tío estás hecho!
¡Cuántas emociones sentí, cuando iba delante del
capitán de los monteros dispuesto a mostrarle mi
trofeo! Lo que ocurrió parecía cosa de brujos y no sé
si fueron mis nervios los causantes de que no la en-
contrara.
-¡Por aquí está, Martín! -y ‘el por aquí’ no aparecía
por parte alguna. ¡Si está aquí, si tiene que estar aquí!
José Luis Lobo Moriche
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-Chiquillo, ¿pero por qué no le has pegado otro tiro?
-Pero, ¡si está muerta! ¡Que sí, Martín, que está muer-
ta!
-¿Cómo te la has dejado levantar? ¡Otro tiro, ‘joío’!
-Pero, ¡si está muerta! ¡Tiene que estar aquí! ¡Si el
Tigre y otro perro la han estado mordiendo!
Reencontrarla me hizo aún más feliz, y esta vez sí
liberé gritos de desahogo y alivio:
-¡Aquí está, aquí está! ¡Mírala, Martín! -y nos fundi-
mos en un abrazo.
Que aquel día sólo se matara una jabalina provocó
que me sintiera más gozoso e importante cada vez
que alguien venía a estrechar mi mano; y era tan mía
que, durante el camino de regreso a casa, apenas me
separaba de ella. Una vez retazada, se hicieron treinta
partes de carne -casi todo era pistraje- y al matador le
correspondió el honor de recoger la cabeza como
trofeo.
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Empezaron a ser más frecuentes las cobras de jaba-
líes, y las consiguientes disputas entre los monteros
obligaban a que ‘los prácticos’ decidieran a quiénes
correspondían las reses abatidas, que solían tener el
Arochones
51
cuerpo como un colador a causa del reiterado uso de
los cartuchos de balines o de las balas caseras que
frecuentemente caían a pocos metros del tirador.
Martín, como capitán de los monteros y Julián, co-
mo mandamás de los jaleadores, eran quienes tenían
la última palabra y sus veredictos eran de obligado
cumplimiento, después de que los interesados teatra-
lizaran ante todo el grupo de monteros los detalles
de cómo había entrado la res y en qué posición y a
qué distancia habían jarreado castaña.
Acompañaba al Montesino y a Daniel por tierras
cercanas al baldío de Rosal, en noches de luna, a la
espera en aguardos nocturnos. En la Sierra de Huel-
va a este tipo de caza se le llama rececho, que en na-
da tiene que ver con la denominación que dan a esta
palabra en el resto de nuestro país. Eran cazadores
muy persistentes, sobre todo Diego el Montesino,
que se pasaba la noche entera sentado sobre la trepa
de una encina.
-Daniel, ¡otra vez entraron las cochinas!
-Pues, ¡culo ahí!
Me refirió que, en una de esas noches de espera, a
las tres de la madrugada se bajó silenciosamente de la
encina, fue a la zahúrda donde había dejado hecha
candela y llenó un latón con brasas, dispuesto a
José Luis Lobo Moriche
52
aguantar la pelona que estaba cayendo. Tardó unos
quince minutos en regresar al aguardo con la lata de
brasas, pero el viaje fue en balde porque, en su au-
sencia, las cochinas ya habían trasteado el vuelo de
las encinas y sabe Dios a dónde habían tumbado.
Este singular cazador practicaba una modalidad cine-
gética parecida a la caza de la Ronda en la Extre-
madura del siglo XIX, con la diferencia de que Diego
no usaba caballo para esperar las reses que sus po-
dencos acosaban en noches de luna. Se valía de algún
familiar para que soltara sus perros mientras él espe-
raba los jabalíes en los pasos más querenciosos. Bella
estampa de un cazador romántico ayudado por sus
podencos que, con la música de sus hipas, atemo-
rizaban la fauna de las dehesas de encinas y estre-
mecían el silencio desde Las Cortecillas hasta Barran-
quito Llano.
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Frecuenté Las Alpiedras, altas tierras fronterizas
con Portugal. Eran incursiones en busca de la sopa -
así llamamos a la perdiz. Pero más me atraía seguir
el rastro de los jabalíes en el barranco Umbrizo que
cazar una perdiz a vuelo.
Aquel febrero de 1968 fue muy frío -perruno, di-
cen por estas sierras-, porque caían heladas negras
que acristalaban la tierra. Imitando a los dos consue-
Arochones
53
gros, rastreé el barranco Umbrizo que casi hace de
frontera. Me gustaron unas bañas de barro blanque-
cino y fui seducido por la altura que tenían las jaras
embarradas.
-¡Esta noche me cargo un jabato! -le dije al maestro de
escuela que me acompañaba.
-¡Lo malo es la caseta de los civiles!
-¡Todo se andará!
Invité a Daniel pero se mostró receloso por la pro-
ximidad de la caseta.
-¡A mí me da cangui!, ¡y más con un coche!
-¡Tú no te preocupes, que yo me encargaré de que no
pase nada! ¡Llévate una buena manta!
Comprometí a un guardia civil para que nos acom-
pañara hasta Umbrizo. El pobre hombre era amigo
mío desde la infancia, una bellísima persona que de
cazador tenía poco y que se vio en el aprieto de no
defraudarme. Se presentó con una camisa y un chale-
quillo de lana, nula protección para guarecerse de las
pelonas terrizas. Como si tal cosa fuesen las noches
heladas de febrero, se apostó a mi lado, en la terraza
de la umbría más cercana a las bañas de la ladera aso-
lanada que sube a la frontera con Portugal. Los repe-
José Luis Lobo Moriche
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lucos y tiritones que daba el guardia civil presagiaban
que a las bañas no se acercaría ni un chucho.
-¡Es mejor que cojas el barranco arriba y vuelvas al
coche, porque si no vas a palmar de frío!
Mi amigo vio el cielo abierto, y ya con el sol puesto
se refugió en el coche. Roncaba, cuando una pareja
de guardias civiles que hacía servicio de frontera co-
torreó los cristales de la ventanilla.
-Pero, ¿qué coño haces tú aquí a estas horas?
-¡La madre que me parió!, ¡que Pepe Luis Lobo me
ha hecho venir a estos sitios de Dios a cazar jabatos!;
¡yo ya estaba arrecido y hasta los huevos de tanto tiri-
tar en ese barranco, y me he venido al coche! ¡Esto
nada más que se le ocurre a un chalado como yo!
-¡Bueno, querido, pues sigue durmiendo; nosotros
nos vamos ya para casita! -allí nos esperó aquel buen
amigo hasta bien pasadas las doce.
Aquella noche me comporté como si fuese ya un
‘práctico’ en materia de aguardos, sin embargo no
sentía los ímpetus predatorios de un cazador, pues
había necesitado la protección de un guardia civil pa-
ra estar apostado sin miedo. No obstante cazaba en
la noche sin testigos y, embarrancado en la oscuri-
dad, esperaba convencerme de mis destrezas como
Arochones
55
rastreador. Había cumplido las enseñanzas de los dos
consuegros y había desafiado a los instintos de super-
vivencia con la elección del aguardo sin haber dejado
huellas que soliviantaran a los jabalíes, ninguna rama
corté, entré barranco abajo sorteando el barrizal de
las bañas porque quería vivir la emoción de un ins-
tante elegido ahora por mí.
Así sucedió: confieso que será la única vez en mi
vida que cometa este desliz, que para paliar la frial-
dad de mi cuerpo, a eso de las once de la noche,
tengo en mis manos una taza de café caliente echado
de un pequeño termo. He bebido varios sorbos,
cuando unos pasos apenas perceptibles me sobre-
saltan. Sopla un suave aire barranco abajo; y la luna
menguante de febrero ilumina, con más negruras que
claros, las bañas de la terraza. Permanezco sentado y
dejo la taza de café en el suelo. Una piara de cochinas
se desbarra al barranco desde la media solana. Repen-
tinamente han dado una revolaina y vienen flechadas
hacia las bañas. En segundos una de las cochinas,
quizás la guía, se ha desmanchado y presentado de
cara, veinte metros nos separan. Levanto a tirones la
escopeta, me la encaro y espero a que la res se atra-
viese. Meto el bulto entre los dos rabones de la palo-
meta de papel de plata que encierran el punto de mi-
ra; y, cuando creo que está cogida, disparo. Disparar
y no verla más ha sucedido al mismo tiempo, sin em-
José Luis Lobo Moriche
56
bargo la trapatiesta que forma, enrollada entre el
matorral, indica que está bien tocada. Dejo de oír los
ruidos artificiosos del animal fuera de trocha, y bebo
el resto de café que queda en la taza. Enseguida sue-
nan los pasos de Daniel en la curva del barranco.
-¿Te la has cargado?, ¿no?
-¡En el tiro no se ha quedado, pero creo que va bien
agarrada! ¡Ahora veremos! ¿Trae usted linterna?
-¡Sí, y llega bastante! -Daniel echa la luz a las terrazas
de la solana. ¡Quédate aquí y alumbra el sitio donde
la has tirado!
-¡Ahí, dos metros por delante de sus pies!
-¡Aquí hay sangre! ¡La has agarrado en el bandeo!
-¿En el bandeo?
-¡Sí, en el vientre! ¡El color de la sangre es menos ro-
ja! ¡Hay que esperar hasta mañana, ahora no pode-
mos hacer nada!
Llegamos al coche y mi amiguito del alma estaba
arrutado, ni se inmutó cuando le conté la historia de la
jabalina. Antes de que amaneciera aquel sábado de
febrero, ya tenía aparcado mi R6 a las puertas de la
caseta de Aguzaderas. Daniel sacó del coche un pe-
rro blanco, corucho, cruzado de podenco y mastín,
Arochones
57
uno de esos currillos que salen con mucha ley, y le pu-
so un collar con campanilla. Lo traía atado a una ca-
dena, con la idea de soltarlo en las bañas. El perro se
apalancaba fuertemente como si hubiese venteado el
rastro de alguna res hacia los pinares de la reserva
portuguesa. Lo obligamos a que cogiera el lomero que
llevaba al barranco Umbrizo. Registramos la terraza
de las bañas; y, efectivamente, entre los atrinques de la
cochina había una piedrecilla manchada de sangre.
Vimos la trocha por donde se había colado en el
monte y cómo las jaras ensangrentadas mostraban la
altura de la herida.
-¿No te lo dije?, lleva el tiro en el vientre. ¿Balas o
balines?
-¡Los cartuchos de postas no son para mí! ¡Eso es
como si la sembraras de plomo pero no sirven para
nada!
-¡Tiene buena pinta! ¡Suelta el perro, verás cómo en-
seguida le coge la pista!
Que si aquí se ha parado…, que si va echando las
tripas…, que mientras tenga vida no deja de fal-
dear… Lo cierto es que el perro atravesó el manchón
y oímos que la campanilla sonaba cerca de la cumbre.
Luego el campanilleo se perdió tras el tumbaviso del
cabezo.
José Luis Lobo Moriche
58
-Daniel, ¿qué raro que no se haya quedado en esta
barrera?
-¡Son muy pijoteros!, ¡mientras tengan vida! ¡Lo ma-
lo es que haya transmontado y esté en Portugal! ¿Y
tanta tripa enrollada en los garranchos? ¿Habíais de-
sembuchado algunos conejos?
-¡No, si sólo estuvimos endiñando castañas a las perdi-
ces!
-¡Qué extraño que sin tripas se suba esta pechuga!
¡Es una tontería que registremos esta mancha! ¡Va-
mos a tiro hecho a la cumbre, por donde ha salido el
perro!
Presentí que no sería mi primera pieza mayor de
rececho, que no la apuntaría como trofeo de noche
ni tampoco escribiría las notas narrativas del cobro,
que toda la historia del termo de café sería sólo un
borrón en mi vida como recechero. Estábamos a esca-
sos metros de la caseta Aguzaderas. Aligeré los pa-
sos, estaba cerrada. Muy cerca del marco fronterizo
1006 oí un leve tintineo metálico, ¡el perro de Daniel
mordía la cochina! Nunca olvidaría que una res heri-
da de muerte necesita alpear porque, cuando termine
la cuesta iniciada, morirá sin remedio.
----------------------
Arochones
59
Me entusiasmé con tío Daniel y su yerno Quiterio
en aguardos de noche por tierras de Barranquito
Llano y frecuenté con ellos las tierras fronterizas de
Alpiedras. En Portugal estaba vedada la caza del ja-
balí y si a ello unimos que una de sus grandes reser-
vas de caza mayor lindaba con La Raya, serían causas
suficientes para que proliferaran en tierras de Al-
piedras. Hacia allí acompañé a mis dos amigos una
noche de luna llena del mes de febrero. Fue Daniel
quien me acercó al cortijo de Gregorio Cañado, un
campesino de Aroche, que tenía una finca a escasos
metros de la frontera. Cañado frecuentaba los aguar-
dos de espera en compañía de un sobrino suyo; pero
enseguida supe que no era peligro alguno para los ja-
balíes, porque los ataques de tos lo delataban clara-
mente en medio del encinar. A media tarde nos to-
mamos una taza de café torrefactado y Cañado dis-
tribuyó los puestos. Me colocó en medio del encinar,
a doscientos metros de su cortijo y a la vera de unas
parideras de guarros casi caídas. Me llevé una desi-
lusión con que me dejara en aquel majadal, un lugar
demasiado limpio.
Amparado por una marrá de coscojas, me he sen-
tado sobre unas piedras sabiendo que serán horas
perdidas. Una luna llenísima engrandece el encinar y
lo anima: ha pasado un zorro con la cabeza apenas
levantada en busca de alguna pieza y constato la
José Luis Lobo Moriche
60
atracción tan fuerte que ejerce el celo de las liebres,
no sé si son seis o siete las que siguen los mismos pa-
sos de la primera. Todas ellas -o más bien, serán
ellos- van diligentes, como si no quisiesen que un in-
truso se adelante en el banquete sexual. Las liebres
ni siquiera cazan mariposas ni tampoco agreden. Pre-
siento que el claro encinar no será escenario de mu-
chas emociones, una plaza sin matorral me privará de
imaginar los instantes previos al lance, porque sólo
trabaja mi vista, un bulto andando al que le doy for-
ma de jabalí. Son las ensoñaciones de un joven caza-
dor en un escenario de encinas encendidas. La dehe-
sa ha perdido vida pero al pasto aún le queda el brillo
reflejado por la luna. Se adormecen los ensueños y
me acurruco en la manta, sin olvidar que yo -en la
noche plateada- soy un predador.
Sobre las diez, en uno de los rincones del inmenso
encinar, un tiro hace añicos tanta quietud. Arrojo la
manta hacia atrás y me levanto presuroso, alertado
por la carrera veloz de un caballo, sin ser caballo, que
trota a mis espaldas. Temo que el cerril animal arro-
lle la marrá donde me escondo y se lleve por delante
al cazador. Pero no, un enorme jabalí -semejante a
un bisonte que se ha arrancado de estampía- la sortea
y se adentra en el iluminado encinar que yo domino.
No sé cuál sería el verbo adecuado para describir sus
salvajes movimientos: correr, saltar, brincar, esqui-
Arochones
61
var… El escenario es demasiado amplio y limpio pa-
ra que la bestia fugitiva alcance tan rápido la oscuri-
dad del monte. Es una escena que muchos hombres
del Paleolítico contemplaron: un toro indómito, un
bisonte o un impresionante jabalí achuchado, en
noche de luna, para que caiga en la trampa que le ha
tendido un ser que empieza a pensar. Sí, un aconte-
cimiento representado -en las lóbregas paredes de
una caverna- por un humano que ha descubierto el
misterio de la caza, el rito de su celebración y la emo-
ción religiosa que siente el cazador. No ha cambiado
la pieza y apenas el acechador, sólo la escopeta del
calibre 16 de mi padre estorba en el mágico escenario
del encinar. Casi todos los aguardos nocturnos están
llenos de inmovilidad: la del recechero aplastado detrás
de una mata o sentado sobre la trepa de un árbol y los
leves movimientos de un cochino, que ‘Aquí parto
una bellota y ahora permanezco tan estático que el
cazador se crea que he desaparecido del trágico es-
cenario’. Este acto se me ofrece distinto, nunca ha-
bía sido testigo directo de tanta movilidad en la no-
che. Palpito, sí. Pero mi corazón les da tregua a tan-
tas excitaciones, porque en la escena no se dibuja
únicamente un instante. Me resulta difícil apuntar
con la escopeta al salvaje animal. Entonces, como
sosegado cazador, corro la mano, me dejo ir con la
pieza para que la bala disparada compense la veloz
carrera. Simplemente ha llegado el momento de que
José Luis Lobo Moriche
62
compruebe mis destrezas táctiles para apoderarme de
él. No he contado cuántos palmos ha recorrido mi
mano en el aire, aprieto el gatillo, y aún continúan
encadenados los maravillosos segundos: la plastici-
dad del animal en carrera, el sobrecogedor ruido de
un salvaje que cruza un campo domesticado y tam-
bién la presencia de la luna llenísima buscando ya el
poniente enciende un encinar sin fin. ¡Eh, que los
segundos se agotan! Corro el dedo índice de mi ma-
no derecha al último gatillo y la viveza del arma casi
me sorprende. Tras una espectacular voltereta, de re-
pente todo se inmoviliza. Abro la escopeta, saco los
dos cartuchos vacíos, soplo para que salga el humo
aprisionado en los cañones y la recargo. Inicio los
treinta pasos que nos separan con la solemnidad de
un maestro de ceremonia religiosa. La blanca luna lo
hace más cano, más majestuosas las molaeras de co-
chino gafado y más impresionantes sus navajas. Con
delicadeza froto los dedos por los filos de las armas
y levanto el labio para buscar la raíz de tanta fiereza.
Este macareno ha encontrado la muerte por la casua-
lidad de que me abandonaran a escasos metros de un
cortijillo. Ni siquiera medio minuto gozo de soledad
ante él. Apenas nos esforzaremos porque casi ha
muerto en la sala de la chimenea.
63
De cachorro
En aquellos años de juventud, erróneamente, creía
que el motivo principal de la caza era matar y en ese
fin concentraba la razón. Practicaba todas las triqui-
ñuelas aprendidas para aprovecharme de las piezas
huidizas de las monterías y me desenvolví con cierta
soltura a la hora de elegir la puerta. Así ocurrió en una
batida celebrada en Los Campillos; acabada la jor-
nada de palomas torcaces, me paré en un cortijo y el
cortijero me informó de que la peña de mi padre
montearía por la tarde las umbrías que lindan con el
barranco El Moro.
-Pues, ¡esta tarde me cargo un jabato! -le dije a mi
compañero.
-¡Chiquillo, no te metas en medio de esas manchas
sin saber dónde están las puertas!
-¡Tú, si quieres, vente conmigo! ¡Hay que ponerse ya!
José Luis Lobo Moriche
64
Así lo hicimos, subimos a las umbrías por las maja-
das de las cabras y opté por la barrancada de los
pinos que precede a El Moro como la más adecuada
para cortarles el paso a los animales huidizos, en
unos entalles muy tomados y querenciosos; ya sólo
nos quedaba esperar a que en la mancha hubiese algo
y ‘ese algo’, para nosotros los cazadores, es todo.
Cargo mi Garbi con dos cartuchos de bala y entro
en tensión. El sol castiga de frente, agacho la visera
de mi gorra y observo una por una todas las matas de
una pequeña barrera de umbría. Una vez memoriza-
do cada rincón de la laderilla, cojo la escopeta entre
mis manos y quedo convertido en jara. Llevo en esta
posición estática y muerta media hora; con un ner-
vioso vareteo, una res abre la pata de monte que une
dos pegujones espesísimos de jaras. Enseguida surge
otro vareteo, y otro y otros más. Toda la barrera se
abre como si fuera un abanico. Entre estos vaivenes
ningún jabalí me enseña la cara. Me inquieto hasta
que, por fin, se me descubre desparramada una piara
de jabalinas. Mis nervios no son de acero, sin em-
bargo aguanto el tirón. La cochina guía toma el venaje
abajo, tapándose como le manda su instinto de con-
servación. Sigo con la mirada el primer husillo que pa-
sará por unas cornicabras frente a mí, apunto a ese
matorral menos tupido; y en el momento en que se
oscurece, aprieto el gatillo. Los demás husillos se vuel-
Arochones
65
ven veloces carreras y la cochina madriza encara los
entalles y se encuentra con los cañones de mi escopeta
sobre sus costillares. No sé qué ha sido primero, si el
terrible gruñido de muerte o la detonación a boca-
jarro. Mi compañero me dice que sólo oyó un grito
de terror. A un metro de mis pies se queda muda y
aún los corredores no han soltado los perros. Las
demás cochinas zorreadas alcanzan el barranco El
Moro y la mancha queda vacía.
----------------------
A estos éxitos se unían los fracasos, sobre todo de
noche. La caza no es siempre exitosa, si así fuese per-
dería su encanto; predomina la frustración, para que
en momentos de fortuna me sienta verdaderamente
feliz con la pieza cobrada. Antes tengo que esforzar-
me; después, si no surgen los constantes inconve-
nientes que conlleva el rececho, vendrá la escena en
que pueda mostrar mis destrezas. Salía de la escuela a
las cinco de la tarde y a las seis ya estaba colocado -al
tuntún- en cualquier sitio querencioso de las dehesas
que conocía. Hoy toca Las Alpiedras, mañana El
Vínculo, La Bájena, Maribarba o cualquier rincón de
los encinares de La Peramora. Cazar sin haber regis-
trado previamente las zonas de campeo de los jaba-
líes origina muchos desengaños; pero también me fa-
vorece para que desarrolle un instinto o intuición que
no recibí como humano. Memorizo el campo, co-
José Luis Lobo Moriche
66
nozco la encina que cura las bellotas más dulces, las
entradas, las salidas, qué hace el viento del norte en
las umbrías, cómo cambia caprichosamente a la hora
de la puesta de sol, dónde se hace revocón.
He elegido el apostadero en plena oscuridad, aun-
que ahora tenga que ayudarme con la luz artificial de
una linterna. ¡Sí!, otra vez la razón está incordiando y
provoca desequilibrios entre el cazador y la pieza
deseada. Sin estar convencido de la eficacia de los
haces de luz, amarro este trasto sobre una pequeña
plancha de corcho sujeta a los bajos de los cañones,
pero en estas noches de espera a ciegas raramente
tengo éxitos en los lances.
La palabra lance es chocante, me retiene estático
demasiado tiempo entre el paisaje. A veces soy de-
masiado avaricioso al pretender matar dos jabalíes
con un único tiro. Sin linterna amarrada a la caña de
la escopeta los espero pacientemente, subido a una
altísima encina de una dehesa próxima al barranco
Safareja, estimulado porque una piara de jabalinas es-
tá encebada en las brevas de alcornoque. La cercanía
a la reserva portuguesa arrastra mi mente a nuevas
fantasías, ¡sí, a media tarde, lo tomarán! No ocurre
tan pronto como deseo; sobre las once de la noche la
plaza de los tres alcornoques se ha llenado de co-
chinas que se mueven con tanta soltura que me resul-
ta imposible contarlas: dos, tres, cuatro, cinco, siete y
Arochones
67
se juntan tres y pierdo la cuenta. Aunque la luna no
alumbra lo suficiente como para que vea claramente
los bultos, ¡están bajo los cañones! Haber rechazado
la linterna me provoca dudas. Busco una de las pie-
zas: ‘¡A que se van y no las tiro! ¡Ésa misma!’.
Dos bultos casi se unen y entonces -arrastrado por
el ansia de matar- recuerdo que en el cañón izquierdo
metí un cartucho con seis balines: ‘¡A ver si con el
cañón izquierdo cojo dos!’.
Sereno la espera, la juego y corresponden dos co-
chinas casi tocándose las trompas. Apunto a no sé
dónde, aprieto el gatillo, y una de ellas o quizás las
dos gruñen agudísimamente, ¡nunca más intentaré
matar dos de un tiro y menos usar postas de mal afi-
cionado!
69
Con Churubito
Fue en el otoño de 1978 cuando un cazador
excepcional se cruzó en mi vida: Fernando Ruiz
‘Churubito’. Unas circunstancias especiales para que,
a partir de aquel año, Churubito y Pepe Luis Lobo
compartiéramos inseparablemente todos los actos de
caza venideros. Éramos de la misma quinta, linderos
de pequeñas explotaciones y ahora amigos.
Quedé impresionado por su bondad, modales,
prudencia, puntualidad, educación natural, la pasión
con que contaba una historia de caza insignificante
que él convertía en magnífica, su intuición y sabidu-
ría para adentrarse en las fragosas barrancadas… No
sigo describiendo sus aptitudes, es preferible que lo
conozcas a mi lado o yo al suyo. Gracias a él fui de-
purando la técnica necesaria para no malograr la
oportunidad que la caza brinda y conseguir que mu-
tuamente nos aprovecháramos de nuestras propias
habilidades. Churubito era todo oído y yo vista, re-
cursos necesarios para formar una especie de bi-
José Luis Lobo Moriche
70
cho raro, híbrido de pájaro y lobo. Su agudísimo oí-
do me animó a que yo fuera más salvaje, a que ca-
minase más seguro en la noche. Fue en una de nues-
tras primeras entradas, como collera de cazadores
nocturnos, en el territorio de Maribarba, cuando me
mostró su capacidad de audición. Dominábamos una
extensa ladera de montaña cuya cimbra estaba atra-
vesada por una estrecha trocha. Sobre la una de la
madrugada sentí cómo mi amigo se resbalaba por el
tronco de la encina donde estaba subido y que ense-
guida venía a mi encuentro.
-¿Has barruntado algo?
-¡No estoy seguro, un reguereteo en los quejigos de la
umbría!
-¡Por la cimbra, poco más de las doce, pasaron unas
cochinas sin apenas poner las pezuñas en tierra, en
las chaparrillas de la revuelta se paró una a cagar!
¿Quieres creer que oí el mojón?
-¡Ni tanto ni tan…! ¿A más de trescientos metros?
¡No seas exagerado!
-¿Que no? ¡Ya lo verás, vámonos por la cumbre y te
convencerás!
Dicho y hecho, caminillo adelante llegamos a la re-
vuelta que daba la trocha para salvar un pequeño ris-
Arochones
71
cal. Alumbró bajo el vuelo de una chaparrilla medio
seca y el mojón, testigo de su excepcional facultad,
estaba aún tierno y humeante.
----------------------
En contraste con Churubito mi punto débil era el
oído, pero compensaba esta terrible deficiencia con
la fenomenal agudeza de mi vista. También muy
pronto le mostré mis capacidades.
-¡Coge los achiperres, que esta tarde tiramos para
Valdesotella!
-¡Mételos en el Suzuki mientras ordeño la vaca!
Observa lector, un solo reclamo y el pájaro Churu-
bito responde, ¡un cazador dispuesto e ilusionado!
-¡Cuando quieras! - me dice Fernando. ¡Ya mismo es-
tamos en Valdesotella!
Curva tras curva de la pista forestal que sale desde
el pantano de Aroche llegamos a la casa monte de
Ezequiel, situada a escasos metros del barranco Val-
desotella. Allí nos acoge este ermitaño que pasa las
heladas tardes de invierno pegado a las taramas en-
cendidas a pie de uno de los muros de su habitáculo
de piedra y adobe, y las noches tendido sobre un
jergón relleno con hojas de maíz. En ese maravilloso
paraje de Valdesotella vive nuestro amigo desafiando
José Luis Lobo Moriche
72
las adversidades de la masa de eucaliptos que cada
día ensombrece más su pequeño huerto de nogales.
Es el último resistente del valle a la bárbara invasión
de la especie foránea. Los demás valdesotellanos ha-
ce tiempo que claudicaron, él se niega a que sea re-
cordado como un absentista de su cuartilla de tierra.
-¡Hombre, Pepe Luis!, ¡qué me alegro de que vengas
por aquí! ¡A los ‘jabatitos’!, ¿no? ¡Anda, si viene
también Fernando! -y enseguida aparta un puchero
de la candela y nos sirve una taza de café.
-Ezequiel, ¡no nos enredamos que es tarde! ¡A ver si
damos con las pistas de los jabatos! Aquí dejamos el
coche. ¡Si viene alguien, tú allá con él!; ¡y con dos
golpes en la puerta te avisamos de que la cosa ha ido
bien!
Fernando conocía ya el terreno casi igual que yo,
debido a las frecuentes caladas que dábamos a las
manchas que asoman a Valdesotella y me sugirió que
buscáramos las reses en los manchones altos de la
solana. Se inclinaba por un auténtico rececho, una
técnica de caza difícil de practicar en estos rochos de
matorral espesísimo y más aún con unas barreras casi
infranqueables. Me gustó la idea, quizás entusiasma-
do por la belleza de aquellas agrestes sierras o porque
en aquellos momentos también me sentía un elemen-
to más del paisaje, transformado en picacho o regajo.
Arochones
73
Por supuesto que llevábamos nuestras escopetas car-
gadas y dispuestas para usarlas. Desde el barranco
Valdesotella las sierras se encadenan una tras otra en
sentido ascendente hasta que alcanzan la cumbre de
La Contienda. Aún estábamos en la primera barran-
cada de esta cadena de solanas, y si fracasábamos en
el intento de encontrar el trocherío de las reses desde
sus encames hasta los pinares de La Contienda, nos
vendríamos a casa sin habernos puesto de rececho e
intacto el gusanillo interior que muerde constantemen-
te a los cazadores.
Estas solanas de Valdesotella están calvas de ár-
boles autóctonos, sólo algunos alcornoques pelochos
resisten los violentos ataques de los eucaliptos y del
matorral que los asfixian. Hemos alcanzado un filón
de pizarras que asoman la cresta de este a oeste y nos
sentamos sobre unas lajas para comprobar de dónde
sopla el viento: por el tejado vano del monte de Eze-
quiel sale una humareda blanquecina que busca el
poniente. Ahora mi amigo y yo estamos metidos en
el silencio, porque en medio de una sierra salvaje el
silencio se hace espacio, y siento en este momento el
mismo estado de soledad que un eremita. Hablo con-
migo y no con Churubito, mis ojos se esfuerzan en
contar los troncos de jaras, escobones y murtas que
tapan las medias umbrías. Pienso que la tarde ya está
hecha, que será noche mal gastada. Mientras tanto él
José Luis Lobo Moriche
74
mantiene las orejas tiesas, batiendo todos los en-
trantes y salientes de la barrancada.
-¡He oído un taramazo!
-¿Dónde?
-¡En aquellas sombras donde se juntan los dos re-
gajos!
-¡Dios mío, qué oído! ¡Quieto que, como mueva una
mata, lo veo!
-¿Desde aquí?
-¿No te lo dije?, ¡un cochino! ¡Huy, qué pavo!
-¿Dónde, dónde?
¡Fíjate en la última madroñera! ¿No hace la mancha
un cordón?
-¡Sí, sí!
-¡Pues en tino del cordón, a la derecha está!
-¡Ya lo vi! ¡Hostia!, ¡qué penco!
-¡Sssss! ¡No está solo, está tanteando una cochina!
¡Mira cómo la trompea! ¡Tienen intención de salir
por la media cañada!
-¡En el regajo suenan las demás!, ¡vamos a cogerles
las vueltas!
Arochones
75
-¿En dónde?
-¡La cañadilla aquella es muy buena para esperarlas!
-¡Vámonos por el filo de estas lajas; cuando se den
cuenta, nos tendrán encima!
Es el momento de nuestra máxima animalización,
encorvo mi cuerpo, creyendo que esa media cuarta
que he menguado me transformará en jara; levanto
los pasos enraizados y apenas caigo el tronco sobre
las punteras de las botas; tiro del correaje de la mo-
chila hacia adelante, ¡decisión y coraje en el lenguaje
del cazador! Ahora la intuición y maestría me guían:
‘Fernando, ¡yo me quedo aquí!’.
Las cochinas no celosas se muestran resabiadas por
los saltos del macho que, insistentemente, intenta cu-
brir la jabalina más caliente. En ese juego amoroso
se queda enredado entre los brezos de la junta de dos
venajes y despreocupado de las intenciones de las de-
más cochinas. Suena un tiro seco, de esos que llama-
mos de carne. Otro. Las sombras y el silencio se tra-
gan a los dos danzantes enamorados. Suena un tercer
tiro, que resulta tardío y a destiempo.
-¿Y ese tercer tiro?
-¡Con la nervia, que no acertaba a cerrar la escopeta
porque estaba metiendo el pañuelo!
José Luis Lobo Moriche
76
-¿A la vejez viruelas?
-¡Claro, yo no apartaba la vista del sitio donde pa-
teaba la cochina y no veía con qué la estaba cargan-
do!
-Pero ¡qué cobardes! ¿Sólo habéis matado uno? -fue
el saludo de bienvenida que nos hizo Ezequiel.
-¡Ahí la dejamos, para que te pringues los bigotes!
----------------------
Aquel cochino huidizo fue culpable de que, duran-
te más de un mes, Churubito y yo no pensáramos en
otra cosa. ¿Dónde estaría achantado el granuja? Se-
guro que habría mudado el hato, y lo más probable
sería que hubiese abandonado los encames de la so-
lana y estuviese echado en las barrancadas de la um-
bría de Valdesotella o hubiese huido a Las Chocitas o
incluso a La Contienda. Durante algunos atardeceres,
arrimados a la lumbre de su cortijo, discutíamos
acerca de cómo echaríamos mano a aquel navajero.
La discusión conlleva dudas, que esencian al buen
cazador. El azar tendría que ser nuestro único guía
porque estos navajeros han barruntado a demasiados
rececheros, y rechazan tanto los engaños con luces arti-
ficiales como la comida que huela a humano.
Arochones
77
Dos semanas de lluvias torrenciales nos detuvieron
en casa, sin habernos olvidado de su imagen amaza-
cotada. Por fin, un viernes por la tarde, se abrió un
celaje más claro anunciando que habría una pausa en-
tre borrasca y borrasca, y hacia aquel valle de Valde-
sotella nos dirigimos. Esta vez rastreamos la vega del
barranco y enseguida topamos, en la arenisca de una
pasada, con los enormes atrinques del cochino.
-Fernando, ¡está ahí arriba! ¡No te extrañes que a bo-
ca de oscurecer barrunte todos los movimientos que
demos en el barranco!
-¿Estarán los quejigos tomados?
-¡Mira!, ¡fresquito de anoche!
-¡A las cinco quiero verte subido a este quejigo!
-¿Tan temprano?
-¡Como se escame…!
-¡Vale!, ¡a media tarde me tienes engatinao!
-¡Yo me buscaré la vida en los huertos! ¡No conviene
que pisemos la umbría!, ¡en la revuelta de los nogales
no puedo ponerme, el aire va barranco abajo y se lo
echaría! ¡Allá tú con ese bicho!
Desde el quejigo veo el porche del monte, Eze-
quiel aún tiene abierta la puerta. Estoy a cien metros
José Luis Lobo Moriche
78
de la candela, por ello le hice las advertencias opor-
tunas:
-¡Mete las taramas que necesites para encandelar; pe-
ro, a partir de la puesta de sol, achantado aquí den-
tro! ¡No vayas a joder la marrana!
-¡Ay, Pepe Luis! ¡Como lo mates!
Las seis de la tarde y ya llevo una hora subido al
quejigo con escopeta, linterna y demás avíos, domi-
nando las trochas más claras y pateadas. Ezequiel
empieza obediente y mete un haz de taramas dentro
del cortijillo; cierra la puerta y entorna el postigo. Me
olvido del ermitaño del barranco y centro mi pensa-
miento en la función venidera, en esos momentos
previos de telón levantado. Aúno mis energías para
transformarme en imán que atraiga hasta debajo de
mí la pieza soñada. Varios chamarices vuelan vega
arriba y vega abajo. Sólo una collera de mirlos se in-
quieta, quizás algún predador haya pasado por debajo
de la madroñera donde la pareja se cobija. Sigue un
nervioso mirleo que me anuncia el comienzo de la
función. Para que no falte de nada, una menuda llu-
via deja caer los primeros goterones de agua sobre el
escenario del quejigal.
¡Ahí estaba su majestad, echado a trescientos me-
tros de Ezequiel, en un manchón umbrío de media
Arochones
79
cuartilla de tierra! ¡Qué sabia es la vejez! ¿A quién se
le ocurriría buscarlo en un vericueto alejado de las
manchas de monterías?
Oigo su paso, no sus pasos. No da dos seguidos.
No lo veo, pero seguro que enfila su hocico hacia el
barranco. Una arrancada o -tal vez- sólo un intento.
Quizás no haya quedado ningún mirlo en las marrás
de la umbría y sólo estemos él y yo. Este juego de
dudas y engaños dura mucho tiempo, demasiado co-
mo para que no cometa un error chirriando mis pies
sobre la corteza del árbol o rozando la escopeta en la
rama inoportuna. Lo mejor es dejarla en reposo so-
bre las rodillas y yo en tensión, que todas mis ener-
gías lo arrastren y me una a él, como si de una unión
espiritual o mística se tratase. Él, en cambio, tiende a
separarse, a mimetizarse como mata o aguacero.
Hoy, igual que cada atardecer, pretenderá una vez
más sacar partido de su animalidad.
Dudo si es la nariz del cochino arrastrada sobre el
tapiz de la hojarasca o son varias gotas de agua
encadenadas, ¡otra vez las dudas del sabio! ‘Ahora sí
viene’, me dice no sé quién. Levanto la escopeta y
miro la palometa de papel de plata para comprobar si
están erguidas las puntas, ¡todo a punto! Sólo falta
que inicie el encuentro y deje de reapretarse. ¡No, se
ha atrancado repentinamente y su nariz ya no hurga
entre la hojarasca! Ningún espetonazo de miedo como
José Luis Lobo Moriche
80
indicio de haberme sacado el viento. Giro mi cuerpo
hacia la vega del barranco y veo la señal evidente de
su resabio: una lucecilla de candil se mueve oscilante
delante de la casa monte de Ezequiel.
----------------------
-Pepe, ¡ese puto tiene que caer!
-¡Se las sabe todas! ¡Hay que ser duro con él!
-¡Cuando tú quieras, al ataque!
-Este sábado es buen día, registraremos por la maña-
na la vega, dejamos preparados algunos aguardos, co-
memos, y por la tarde...
-¡Me parece bien!; si hubiese que buscarlo herido,
tendríamos todo el domingo por delante.
Aquel sábado, en su cortijo, Churubito me reveló
un sueño, ¡el molondro de más de ocho arrobas de
Valdesotella le había entrado a placer!
-¡Qué noche! ¡Disparos van y disparos vienen y las
balas no llegaban al cochino, que no dejaba de andar!
-¡Buenos augurios! ¡Esta noche será tuyo!
Hemos registrado el barranco y casualmente nos
hemos topado con las enormes pezuñas clavadas en
los barrizales de la vega.
Arochones
81
-¡Pepe, aquí va su majestad!
-¡Cruzó la vega y mira por dónde se ha enrochado! Esta
noche, ¡tú allá con el molondro!
-¡Espera, que voy a revolcarme! -y Churubito simula
los movimientos de un jabalí mientras se barrea en
una baña. Luego, se levanta y sacude los hombros
como si de un cochino se tratara.
Churubito acostumbra a ese tipo de animalización
primitiva, llevado por la creencia de que -restregando
el culo en un árbol barreado por un cochino- lo hará
suyo. En sí es la misma magia que usaban los pinto-
res de Altamira, aunque éstos no tuvieran la capa-
cidad de abstracción de mi amigo.
La luna inicia la fase creciente y poco tiempo de luz
natural tendrá Churubito para echarle el punto de
mira de su escopeta a un cochino que nombraría co-
mo rey de Valdesotella, un buen cuco que empieza a
sabérselas todas. Fernando ha situado su aguardo en
un terraplén, haciendo tiro al caminillo más pateado
que tiene aquella mole, justo en donde descubrirá
tenuemente el lomo. Un fogonazo fallido de su lin-
terna ocasionaría que se quedara sin él. El espacio de
vega, por donde acostumbra atravesarla, es tan corto
que me obliga a situarme a veinte metros de Fernan-
do. Busco un aguardo transversal a él; el aire soplará
José Luis Lobo Moriche
82
de naciente y, en caso de que me apostara muy cerca
del barranco, yo le cortaría el paso. Estamos coloca-
dos uno del otro a medio viento y con la necesidad
imperiosa de que esté echado en la umbría. ¡Ahora a
esperar que no sea un cochino enreda!
En Valdesotella la vida se apaga cuando los últi-
mos pajarillos han dejado de revolotear sobre los va-
llados. Sigue una sobrecogedora calma, que sólo
rompe un avión que cruza el cielo del barranco, de
poniente a naciente, contrario al vientecillo que sopla
por el costado izquierdo. La sutil luz natural deja al-
gunas claridades en la vega, insuficientes para que al-
cance la figura de mi compañero oculta tras un terra-
plén negro. ¡Nada, ningún charabasqueo o tarameo, nin-
gún derrote en el pino seco de la umbría, ningún jo-
pazo, como corresponde a un cochino que ha so-
brevivido a mil batallas! ¡Por eso, en otras sierras an-
daluzas, lo nombran como matrero!
¡Qué sabiduría y qué aguante para achantarse entre
las murtas! Sabe que no valen las prisas de noche.
‘¡Ahora, que el oportuno nubarrón tapa la luna chi-
ca!’. Ni el perfecto oído de Churubito ha sido capaz
de anunciarnos la decisión de este fantasma. Tam-
bién le ayuda, a que cruce atrevidamente la tierra
blanquecina, el monótono y confuso sonido de los
chorreros del barranco. Sentado en la torronta que
forma el corte del carril sobre la vega, me sorprende
Arochones
83
un canutazo terrero que suena a mi izquierda, ¡no sé si
he visto o figurado que una masa negruzca y gigan-
tesca acaba de saltar a la solana!
-¡El jabato más grande que he visto en mi vida! ¡Me
ha cogido la vez! Cuando reaccioné, estaba ya en me-
dio de la vega. ¡No es un jabato, es un toro! ¡Ni tiem-
po de echarle la luz! ¡Verlo y no verlo fue lo mismo!
¡Lo he tirado al rebujo! ¡Hombre, a la fuerza lo he te-
nido que pringar! ¿Quién no le va a dar a esa…?
-Pues ya sabes, ¡mañana será otro día! ¡Si no se ha
quedado en esos manchones de la solana, despídete
de él! ¡A ver el tiro, alumbra aquí!
-¡Ahí lo he tirado! ¡La distancia es la propia!, ¡malo,
de dos botes se saltó la vega!
-¡Aquí va! ¡En el tiro no ha dado sangre! ¡Alumbra la
torronta! ¡Aquí hay una goterilla de sangre! ¡Agarrarlo,
por lo menos, lo has agarrado!, ¡pero no va haciendo
ningún extraño!
Aquel imponente cochino nos ganó esta última ba-
talla. A la mañana siguiente mi perro Colorado cruzó
sin mucha viveza las solanas, como si nos hubiese
querido mostrar que sólo llevaba un calentón, insu-
ficiente herida para no haber buscado cobijo en la
reserva portuguesa.
85
Berenjenales
A veces nos acompañaba un amigo que no estaba
curtido en pasar la noche en una barrancada, un pa-
nadero del pueblo que se entusiasmaba mucho. Chu-
rubito y yo éramos de la misma opinión, ¡si alguien
viene como invitado, tiene preferencia para apostarse
en el mejor lugar! Cada vez que el panadero se subió
a un árbol fue arrollado por los jabalíes. Contaré dos
historias: aquella noche nos adentramos en la Umbría
de Valera y dejamos a nuestro invitado en una hon-
donada de alcornoques muy querenciosa. Según nos
contó después, se acojonó al verse solo en medio de
un oscuro bosque con árboles enormes. Sintió miedo
de que no lo recogiéramos y de algo más. Pero a lo
que vamos, le entraron unas cochinas entre las ne-
gruras del alcornocal y para allá les arreó candela.
Cuando llegamos a él, respiró aliviado; estaba nervio-
so y apesadumbrado porque la cochina le había di-
cho adiós. Enseguida le hice las preguntas de rigor:
-¿Dónde la has tirado? ¿Para dónde ha corrido?
José Luis Lobo Moriche
86
-¡Debajo de ese alcornoque y corrió…!
-¡No te preocupes, que la has matado! ¡Ha buscado el
limpio! ¡Eso es señal de muerte!
Encendí la linterna, cogí del suelo un finísimo pali-
llo y mostrándoselo le dije:
-¡Sí, por aquí va! ¿No ves que ha roto este…? ¡La has
agarrado bien! -y tomé del suelo una hoja de alcor-
noque con una manchita de ese color que no tiene
nombre y que toma la sangre mezclada con la hoja-
rasca.
Puso cara de escamado, como si estuviese mofán-
dome de él. Aún faltaba la mostración más palpable
de mi pericia, con linterna en mano anduve veinte
metros sin titubeos y le dije:
-¡Ven para acá! -y alumbré la cochina muerta.
Se quedó empicado, y en el casino del pueblo en-
salzó mis cualidades de cazador, sobre todo la faci-
lidad con que yo veía de noche.
----------------------
Hay que reírse de los cazadores que dicen llamarse
‘prácticos’. Pusimos al panadero en una vaguada muy
próxima al callejón de la aldea abandonada de El
Hurón y le hicimos las clásicas advertencias:
Arochones
87
-¡Van a entrar por esta línea de alcornoques! ¡Ten
cuidado que vienen tapados y los tendrás de momen-
to encima! ¡No enciendas la linterna, déjalos llegar
hasta la encina para que los tires con la ayuda de la
luna!
Desde un collado que linda con El Vínculo oí, en
tino de la vaguada donde habíamos dejado al pana-
dero, una extraña explosión. A media noche nos en-
contramos a nuestro amigo acalorado y malhumo-
rado.
-¿Qué ha pasado?
-¡El cabrón del electricista, que me regaló un car-
tucho sin bala! ¡Mira que entraron bien! ¡Anda que
los dos técnicos! ¡Si las cochinas han hecho lo con-
trario que me dijisteis! ¡Estaban encamadas a mis es-
paldas y a boca de oscurecer las tenía en el callejón!
¡El cabrón ese de Cobino!
----------------------
Son las bromas que a menudo nos gastamos los ca-
zadores. Aquella tarde Daniel, Churubito y yo había-
mos partido hacia El Vínculo. Dejamos el coche jun-
to a la fuente de La Micaelita, atravesamos la cumbre
de Las Pocitas, nos enrochamos hacia los llanos enci-
nares, los cruzamos como una exhalación y nos cu-
brimos en los manchones de solanas antes de alcan-
José Luis Lobo Moriche
88
zar La Alcalaboza. De rivera para allá, en una de las
umbrías más umbría que conozco, Daniel tenía seña-
lados los aguardos. ¡Alguien se nos había adelantado!:
un cazador iba a tiro hecho hacia el rincón de nues-
tros apostaderos. Le silbé e hice señas con mi gorra
para que nos esperara. Que si sí, que si no, el pobre
muchacho -más que desconfiado, paralizado de mie-
do- se detuvo. Llegados a él, sólo tuve que decirle
para que nos dejara el campo libre:
-¡Mirad lo bien que se coge a un furtivo!
Empezó a castañear sus dientes, y enseguida tuve
que asegurarle que era una broma. Por si acaso, tomó
las de Villadiego y nos dejó libre aquel rincón de El
Vínculo.
----------------------
Como Churubito y yo estamos en todas partes -la
ubicuidad de los dioses- nos vemos sorprendidos por
los corredores de la montería que descaradamente
hemos invadido, y aquí mal estamos en la cumbre de
La Moña, dominando el barranco principal. En cada
risco, un corredor subido; y en otros dos, Churubito
y yo. Nos hemos encasquetado las gorras e inclinado
la visera hacia la cara; con el fin de evitar que los co-
rredores pasen junto a nosotros, les hacemos adema-
nes dándoles engañosas órdenes para que cojan los
Arochones
89
bancos más alejados de los riscos que ambos hemos
usurpado. Ahora, ¡al suelo!, ¡a convertirnos en ma-
droñera o jara cervuna porque un perro late tras una
res! ¡Esta vez no he fallado el disparo! Tiempo de es-
pera, de desembucharla, de arrancar el Suzuki y
ocultar la pieza abatida en sitio seguro hasta la ma-
drugada.
----------------------
Aquellos monteros trataban de llevarnos por las
sendas del orden, pero Churubito y yo éramos dos
indomables animales y nos sentíamos a gusto fuera
del redil. En esta ocasión mi amigo y yo hemos sido
enviados a una sierra como vigilantes de las manchas
que montearemos mañana. ¿A quién se le ocurriría
poner dos zorros como vigilantes de un gallinero sin
que provoquen la traición? A media tarde hemos lle-
gado, con Suzuki incluido, al cortijo de la finca. Co-
mo trastos de vigilancia cogemos nuestras mochilas,
mantas y escopetas. Una cuadrilla de furtivos receche-
ros prepara también sus avíos. Evitamos los enfrenta-
mientos, les decimos que somos los guardas del coto,
que tengamos la fiesta de la madrugada en paz. Antes
de las diez tocan a retirada y nos dejan libre el campo
de batalla.
Nos hemos puesto a la salida de un monte muy
prieto de escobones. Sobre las doce mi Churubito le
José Luis Lobo Moriche
90
arrea candela a una cochina, que no se queda en el tiro.
Suponemos que lleva un chispazo bajo, ¡se nos pre-
senta a los dos una buena papeleta!
-Fernando, ¡ésta hay que cobrarla como sea! ¡Mira
que mañana los perros darán con la cochina herida!
-¡No podemos dejarla en la mancha!
Media madrugada detrás de ella. Aquí se echa, allí
se levanta, aquí se aplasta. Menos mal que los hilos
de sangre sobre los escobones nos guían. Por fin el
animal, sintiéndose en las últimas, se echa definitiva-
mente. Amanece y aún no hemos salido de la sierra.
-Fernando, ¡que yo voy de postor! ¡Tengo que hacer
una jugarreta, porque los monteros verán el rastro
por dónde la hemos sacado!
-¡No, si te parece, los llevas a que vean el sitio donde
la hemos rematado!
----------------------
Siempre estábamos metidos en sucios berenjenales:
aquel domingo no sé qué le pasó a mi amigo Fernan-
do para que no se viniera conmigo. Monteaban Los
Benitos, unas solanas de empinadas barreras que lle-
gan hasta la rivera Chanza, frente a Aroche. A las
solanas les eché el ojo. Dejé el coche en el cortijo de
un amigo, junto a un pantano.
Arochones
91
-Tomás, ¡prepárate; que nos vamos a cargar un jabato!
-¿Qué van a montear?
-¡Por detrás de las solanas de Las Cabezas!
-¡De ese tino está entrando un buen cochino a las
encinas de la majada de las cabras! ¡Me he puesto
varias noches seguidas, y siempre lo barruntaba por
encima del collado!
-¡Pues, hoy le llegó el día a ese tunante!
Hemos cogido una trocha tan vertical que apenas
podemos sortear las lajas de la solana; pasamos por
una baña que yo desconocía que estuviese emplazada
en este viciar de brezos blancos. Me entusiasmo con
su situación tan cercana al pizarral de la cumbre y
con el lugar tan solitario en que se halla, aunque tiene
muy mal apostadero. Si yo fuera el cortijero, la ten-
dría más que preparada y reservada para mí. Por fin
alcanzamos los últimos collados y le señalo nuestras
puertas.
-Yo me quedo aquí, en los entalles. Estas vainas son
mías, ¡un buen doblete!
-¿Y yo dónde me pongo?
Sigue la cumbre adelante y súbete en aquel filón de
lajas. Con el rifle dominas la barrera de enfrente.
José Luis Lobo Moriche
92
A lo que vamos, que el cortijero estrenó su rifle y
se cargó el cochino que entraba en la baña de la solana
Las Cabezas. Venía zorreado derecho a uno de los
postores de la montería; en el preciso instante en que
el hombre se encaraba su escopeta, le sorprendió el
tumbo del cochino.
No quería contar sólo los lances de rapiña y muerte
sino las triquiñuelas de qué nos valimos para sacarlo
de la barrancada y llevarlo hasta el cortijo. Dimos la
cara al pobre postor, ¡menos mal que era un mucha-
cho muy prudente que nos conocía!
-Farolero, ¡mira qué papeleta tenemos para llevar el
cochino hasta la rivera entre los dos! ¡Arréglatela co-
mo puedas y échanos una manilla!
-¿Y qué les digo yo a los monteros?
-¡Que te sientes mal, y que te vas a tu casa!; ¡que ellos
mismos se quiten de los puestos cuando acabe la
montería!
-¡En qué lío vais a meterme como se entere el pre-
sidente! - el postor abandonó sus obligaciones y nos
ayudó a transportarlo hasta el cortijo de Tomás.
----------------------
Otro berenjenal, en La Bájena. Aquel día nos
acompañó un hombre mayor, que no estaba muy
Arochones
93
ducho en estos menesteres y que desconocía con
quiénes y en dónde iba a meterse. Varios perros
maestros nos acompañaban. Buscamos amparo en el
cortijo de Juanablanca que, aunque era propiedad de
un amigo, estaba deshabitado. Por aquel tiempo ha-
bían aparecido entre los moradores del valle de La
Bájena las mismas costumbres de absentismo rural
que hubo en Valdesotella, hoy sólo se mantienen in-
tactos el eterno trazado de las correnteras del barran-
co Doña María y la dehesa de encinas paralela a él.
Lo demás es un inmenso bosque de eucaliptos.
-¡Venga, escopetas a la mancha! ¡Iros de puerta, que
yo soltaré los perros en los manchones de La Cama
de la Loba! Fernando, ¡poneros en las huidas de El
Ciego que, como haya algo, los tenéis de momento
encima!
Todo preparado, espero el tiempo suficiente. De
momento la corrida de perros y jabalíes, dos tiros y el
silencio quebrado en un regajo. Nuestro invitado le
ha pegado un chispazo a una cochina, que está ya aga-
rrada por los perros. La remato, y entre los tres la
arrastramos hasta el cortijo. Hasta ahora la chipichanga
de la mañana va bien, ¡un jabalí muerto más! Ni cor-
to ni perezoso, ambiciono que batamos otras man-
chas.
José Luis Lobo Moriche
94
-¡Esto no ha hecho más que empezar! ¡Ahora a por la
barrancada grande de La Bájena! ¡Aquí no hay nadie
vigilando, todas estas sierras son hoy nuestras!
-Pepe, ¡iros vosotros dos a la salida de los mancho-
nes, que yo suelto los tres perros! ¡Coged los puntos
claves!
-¡Vale!, ¡espera media hora!
Las puertas debidamente puestas, el perrero a los
pies del encinar, el aire de frente, señales halagüeñas
de que la mancha está llena de jabalíes y las escope-
tas cargadas. De pronto, múltiples latidos y voces es-
tremecen el matorral de la barrancada, ¡en los bajos
de la sierra nos espera el guarda del coto!
-Pepe Luis, ¡me cago en diez! ¡Que me buscáis una
ruina! ¿No tenéis bastante con La Cama de la Loba?
-¡Hombre, Bomba! ¡No sabíamos que andabas vigi-
lando! ¡Nos vamos y ya está!
-¿Y ahora qué? ¡Que llevo aquí toda la semana para
que no se meta nadie, y vienes tú…! ¡Que la echan
este domingo! ¡Y ahí no ha quedado ni un rabo! ¡Me
voy por coño para Aroche!
Por las buenas, cogemos nuestra res muerta y de-
jamos en paz las sierras vigiladas por Bomba. Des-
Arochones
95
vergonzadamente ni siquiera me preocupé de cómo
escaparon los monteros.
----------------------
Hemos invadido, sin Suzuki, territorios vedados de
La Contienda: el pico La Mojosa y la sierra San Pe-
dro. Nuestro acompañante ha aparcado su furgone-
tilla en un majadal, ¡quizás demasiado atrevimiento!
Mi puesto está a pocos metros de una cañada; y, en
estos momentos de la puesta de sol, oigo el ronroneo
del motor de un todoterreno que acaba de llegar a
ella. ¡Peligro! Desconozco dónde estarán apostados
mis compañeros. Pienso que la noche ya está hecha y
que la madrugada será muy movida. Que alguien ha-
ya arrancado el coche tan tarde me desconcierta. Di-
bujo en mi mente el paisaje por donde tendré que
caminar hasta que alcance mi casa, más de veinti-
cinco kilómetros nos separa. Si inicio la salida a las
once, abriré la puerta con el sol bien asentado. No
me importa, es preferible antes que ser achantado.
Espero a que mis compañeros regresen. El conduc-
tor se acerca precavidamente al majadal y se encuen-
tra con que dos ruedas de su coche han sido pincha-
das por el visitante de media tarde, ¡esta madrugada
no seré un descamino!
-¿Cómo nos pinchaste el coche la otra tarde? -le
pregunté al iracundo vaquero de La Contienda.
José Luis Lobo Moriche
96
-¡Pepe Luis, no me digas!, ¿has cambiado el Suzuki
amarillo?
97
Ayudas
Como cazador que siempre iba fuera de caminos,
no tuve sólo dos manos, comí con cuantas me ayu-
daron; si hubiese sido un caminante solitario, habría
atravesado pocas sierras. Un punto de apoyo para
nuestras correrías fue el cortijo de Tronca. No sé có-
mo agradecerle a la familia de caseros su acogida. La
amistad entre nosotros surgió a raíz de una historia
casual: monteamos La Caldera y ha ocurrido un he-
cho habitual, alguien le pega un chispazo a una res y los
perros la aculan en una barrancada alejada de la ar-
mada de cierre. Pocos cazadores se meten en estos
berenjenales de ir a rematarla. Churubito y yo, des-
pués de que los corredores han batido bien la man-
cha central, no nos hemos quedado de cháchara con
los monteros en El Collado de los Ataques, y cabezo
tras cabezo vamos en pos de la res herida. La escena
que presenciamos nos embelesa: una cochina está
aculada por varios perros en los espesísimos vallados
de la barrancada más profunda, un espigado mucha-
José Luis Lobo Moriche
98
chote cubre la salida de la jabalina y un segundo en-
tra a rematarla con soltura y maestría, un espectáculo
colmado de belleza y plasticidad: agilidad, viveza, de-
cisión y valor armonizados.
-¡Ole vuestros cojones! -exclama Churubito.
-¡Cómo va usted a quitarnos el jabato! ¡Si es el pri-
mero que matamos!
-¿El primero? ¡Menudos cucharas estáis hechos los
dos! ¡Anda, anda, coged la cochina y que nadie se
entere!
Es la hora de la siembra de las semillas, luego llega-
rán los días de la recogida del grano; el cortijillo de
Tronca formará parte de nuestros lugares de amparo
y los hermanos y su padre serán actores conjuntos de
muchas de nuestras escenas.
(Mimábamos a los cabreros y ovejeros con los que
nos topábamos. Como agradecimiento a tanta pro-
tección, recuerdo al pastor solitario de El Galindo.
Verlo y parada obligada para que Churubito le ofre-
ciera tabaco. Luego, las preguntas de rigor: ¿Hay no-
vedad? ¿Cómo está la cosa? ¿Se oyen tiros?).
----------------------
Arochones
99
Nombrar El Bravo es referirse al paraíso de la caza
mayor, y ya sabemos a quiénes están reservados los
cielos terrenales. Como nadie nos invitaba a cazar
allí, yo mismo me premiaba. El excesivo número de
guardas dificulta la invasión de sus adentros porque
desde las cumbres dominan los movimientos de los
coches que se aproximan a las altas alambradas del
perímetro de la finca, así que había que idear algo
nuevo. Me valí de amigos no aficionados a la caza y
que, con el sol puesto, nos dejaban en el puente de
El Casco, muy cercano a la carretera de Encinasola.
¡Trepar la alambrada y El Bravo para nosotros!
¡Qué fácil y qué difícil! A Churubito, en estos tran-
ces, le costaba arrancar y me ponía algunas excusas;
pero, una vez iniciado el salto, se sentía como en su
cortijo de Jabaca. Este tipo de caza a cojones suele
traicionar al cazador testarudo. De ahí que sólo de
sopetón nos atreviéramos a invadir aquel terruño tan
peligroso.
En El Basto, tierras de Los Campillos Bajos, se
unen las manchas de La Contienda de Encinasola, La
Alegría y El Bravo. El cortijo de El Basto era nues-
tra guarida preferida para desde allí saltar al paraíso
reservado de la caza mayor. Varios días en aquel cor-
tijo significaba que Churubito y yo habíamos alcan-
zado durante varias jornadas cinegéticas la gloria de
los cazadores. Y en busca de ella íbamos con Suzuki,
José Luis Lobo Moriche
100
colchones, mantas, varios perros, algunos miedos y
mil ilusiones. Enseguida el humo blanquecino que
salía por la chimenea alertaba a los guardas de que el
enemigo estaba en pie de guerra. Desde las altas
cumbres oteaban nuestro campamento y seguían con
prismáticos nuestras intenciones: la mañana en las
manchas lejanas de La Romana o de Picureña…; por
la tarde a la espera en los chaparrales de La Contien-
da…; de madrugada -cuando los guardas entraban en
profundos sueños- nosotros forzábamos las puertas
del paraíso.
----------------------
Si yo tuviese que elegir un territorio ideal para la
caza de los jabalíes, sin duda escogería el paraje de
Maribarba: agua por los cuatro costados, manchas de
difícil acceso por el barranco Arochete que rodea un
castillo, apretados matorrales de escobones, solanas y
umbrías entreveradas, altos cabezos y suaves hoyas,
tornasoles, resolanas para que las reses se protejan
allí de los vientos norteños y solanos, canchales, ba-
rrizales, encinares, alcornocales, quejigales, abundan-
tes gramales, pinares cercanos, siempre hierbas en los
barrancos, prados de cebolletas… Además, la dispo-
sición de sus manchones y los sitios de campeo ofre-
cen la posibilidad de que, sople el viento de donde
sople, siempre habrá un rincón libre del molesto aire
revocón.
Arochones
101
A ese maravilloso lugar accedíamos con el permi-
so de Rafael, el cortijero de El Galindo; unas veces
con el coche escondido en el garaje de la finca, otras
con la llave de las porteras en mano o con patitas pa-
ra qué os quiero. Él era nuestro guía avisador:
-¡Anoche sonaron dos tiros…! ¡Tened cuidado
que…! ¡Por aquí ha pasado…!
No pretendo describir todas las escenas vividas
gracias a su ayuda; testigo de tantos jabalíes abatidos
y sintiendo lástima de ellos, Rafael nos decía:
-¡No vengáis por aquí hasta dentro de un mes, que
acabáis con los jabatos!
Seguíamos los consejos de aquel amigo y enseguida
nos mudábamos con nuestros avíos a sierras lejanas.
Si mi primo José Pedro monteaba las solanas de su
finca Monteblanco, yo prefería asentar libremente
mis pies en collados y barrancos escogidos a mi an-
tojo que gozar del privilegio de un buen puesto. En
más de una ocasión esperamos en Umbrizo, alejados
de Monteblanco, a que las reses tiroteadas en el pico
La Escoba tomaran los pasos huidizos que las lleva-
ban a Portugal. Esta modalidad de caza también tie-
ne sus dificultades. Algunas cochinas tiré cuando sal-
taban el carril que cruza la Umbría del Médico y más
José Luis Lobo Moriche
102
de una vez me quedé embobado en los atrinques que
marcaban el acuse del tiro fallido.
----------------------
Recuerdo que aquella mañana me quedé sin Chu-
rubito como compañero inseparable, no recuerdo los
motivos. Otro amigo se brindó a acompañarme.
Desconocía si montearían Monteblanco, y en Aro-
che me informaron de que habían suspendido la
montería. Dispuestos a regresar a casa de vacío, vi a
un hombre con escopeta en mano y varios remol-
ques con perros. Averigüé que unos monteros de
Huelva batirían Los Puntales de las Peñas, ¡ahí estaba
nuestra oportunidad para no quedarnos en casa y
matar el gusanillo!
-Lojito, ¿nos vamos a Las Peñas?
-¡Yo no conozco esos andurriales! ¡Tú allá!
En menos de una hora ya estamos los dos en las
cañadas de humedales que preceden el cortijillo de
mi querido Juan Rizo.
-¡Coño, Pepe Luis! ¿Pues qué haces tú por aquí?
-¡Que esta mañana montean Los Puntales, y nos va-
mos los tres de retranca!
Arochones
103
-¡Si voy de postor a la cumbre! ¡Iros los dos al
collado de El Monje, que tú lo conoces bien!
Hemos dejado a Juan preparando sus avíos, y mi
amigo y yo -patitas para qué os quiero- iniciamos el
camino que sube hasta la cueva de El Monje. Hace
mucho tiempo que los jabalíes no lo hozan, quizás
sea la causa de que esté ya casi perdido. Mala espina
me da que sólo hayamos cogido el rastro a un cochi-
no, que tal vez se encame en la hoya que está detrás
de nuestros puestos, libre del alcance de nuestras es-
copetas.
-¡En estos riscos me pondré yo! ¡Voy a dejar aquí la
mochila y te acompañaré a tu sitio!
Mi amigo pone cara de hombre enajenado, de ver-
se insignificante en medio de una gran sierra de lapos
que miden muchos metros de altura, y que los ani-
males sólo pueden sortear por las trochas trazadas
entre los canchales.
-¡Ésta es tu puerta! ¡Que tienes mejor entalle que yo!
Montean de cara a nosotros y la armada de cierre va
por aquella cumbre. ¡Tranquilo; que si tiras, te que-
marás las punteras de las botas! ¡Espérame aquí hasta
que rematen bien la mancha, que yo te recojo!
Estamos en Las Peñas como dos ilegales pero ya
sabes en qué se convierte un hombre vestido de
José Luis Lobo Moriche
104
cazador; quien fuera mandó darle un picotazo a las
manchas de Las Peñas, ¡sobre los pedruscos hay
demasiados usurpadores de un terreno ajeno a esta
montería! Han soltado varias rehalas de perros a
nuestras espaldas, con la malévola intención de meter
en Los Puntales las reses encamadas en El Monje.
Por tanto estamos en medio de una montería ilegal.
Risa me provoca la contemplación de los jaleadores
subidos sobre los enormes riscos y cómo nos anun-
cian a voces que el cochino levantado en la hoya
corre hacia nosotros dos, creyendo que somos de la
misma cuadrilla. La res viene a parar a los pies de mi
amigo, que se chamusca las punteras de sus botas y la
voltea patas arriba. Los jaleadores aplauden y vito-
rean al matador, y el corredor que lleva el banco del
collado donde estamos apostados le estrecha su ma-
no en muestra de enhorabuena. Los dos nos porta-
mos bien: ‘¡Anda!, ¡recoged luego el cochino; mi
amigo tiene bastante con la cabeza!’.
----------------------
Arochones
105
¡Una historia de siembra!, después llegaría la reco-
gida de los frutos. En una de estas idas y venidas por
los carriles de las sierras, nos dimos de cara con un
guarda forestal, que controlaba una repoblación de
eucaliptos en la solana de Valdesotella. Paré el Suzuki
al verlo en mitad del carril con la mano levantada.
No me dio tiempo de inventarme los motivos que
justificaran nuestra presencia en aquel lugar tan apar-
tado. Aquel buen hombre me tendió sus manos.
-Pues, ¿adónde se va? ¡Bueno, y a ti qué coño te
importa! -pregunta y contestación dada por él al mis-
mo tiempo.
107
Magia
La caza está llena de hechos mágicos. Ocurren su-
cesos inexplicables, que el profano en la materia atri-
buye a la mentira como principal arma narrativa de
los cazadores. Churubito, hombre curtido por la sie-
ga y el arado, es un extraordinario contador, que em-
belesa -con el calor de sus palabras- a cualquiera.
Vive la historia contada, se mete en ella y se multi-
plica para sentirse cazador, jabalí, luna o mata, ¡él lo
anima todo! Carezco yo de estos gracejos suyos, y
aquí me tienes como narrador de historias reales, que
parecen ser sacadas de la cabeza de un fabulador.
Una tarde partimos hacia la junta que forman el pinar
de Terrazos y Arochete. Varios kilómetros a pie des-
de El Galindo, cumbre adelante, Maribarba y bajada
hasta el profundo barranco. A medio rocho se quedó
mi Churubito. Registré varias encinas, con la precau-
ción de evitar cualquier resabio de las reses, ¡poco
hechío!; pero ya que me había dado el matajogazo, qui-
se saber qué me depararía el atardecer.
José Luis Lobo Moriche
108
Todavía el sol anda muy alto. Echo el ojo a una
moheda con varios árboles, desde donde veo muy
bien el suelo de la encina más tomada. Pongo la es-
copeta y todos mis avíos sobre unas matas y me enga-
tino a una chaparra muy abierta. Estoy cortando los
cogollos de unas ramillas que impiden que yo domi-
ne el escenario, intentando memorizar las jaras más
claras en donde encenderé la linterna y los rincones
en que tendré que aguantar mis emociones para que
después no me lamente de unos bufidos inoportu-
nos. Noto que la chaparra se cimbrea. Miro hacia el
tronco, y he aquí que un mago ha colocado una pieza
deseada -un marranchón- rascando sus traseras sobre
la corteza del árbol. Dos metros separan mis pies de
su culo. Pliego mis manos y con ellas figuro una es-
copeta, apunto a los codillos mientras soy meneado
al compás de las ramas. Cuando le da en ganas, corre
a ocultarse en los vallados donde su madre, inquieta
por su tardanza, lo está llamando con dos ronquidos.
----------------------
Aquel lugar tuvo para mí algún encanto inexplica-
ble, en tres ocasiones me aposté cerca de él y tres ve-
ces fui testigo de su embrujo. Esta tarde he asentado
mis pies sobre una terraza desde donde domino el
rodeo de encinas tomadas por los jabalíes, y sin saber
por qué ni cómo -quizás me haya movido- un co-
chino vuela sobre mi cabeza, ¡la primera vez que dis-
Arochones
109
paro a una res en el aire! El único tiro se ha quedado
tan trasero que creo que ya había puesto las manos
en el suelo, cuando la escopeta apuntó hacia el cielo.
También el mago de este rincón de la junta de Te-
rrazos se ha sacado de la chistera una enorme cochi-
na, que atraviesa una larga barda de vallados, a casi
un centenar de metros. ¿Y a qué apuntar? Sin saber
por qué, disparo al tuntún; el mago me regala que
cese de sopetón el estrebejí.
----------------------
Las maravillosas sierras de El Vínculo también go-
zan de los caprichos de los magos en un rincón del
paraje Las Tórtolas, que desde su alta cumbre derra-
ma belleza hasta la rivera La Alcalaboza. Es una um-
bría apretadísima de monte mediterráneo, en medio
de la cual luchan por sobrevivir muchas encinas y el
castañar de La Pimpollosa. Me considero un cazador
privilegiado por haber gozado, durante tantos años,
del espectáculo de la entrada al sucísimo encinar de
piaras de jabalinas que, a lo largo de la noche, se des-
colgaban barrera abajo. ¡Qué difícil no oír siquiera
los ronquidos de varias cochinas! El Vínculo arrastra,
envicia al cazador y me obliga a volver.
Te contaba vivencias referidas a la magia que posee
una de sus esquinas. Es un rinconcillo, a pie del pinar
José Luis Lobo Moriche
110
que los lugareños llaman La Vieja, en donde los ja-
balíes campean a su antojo.
‘Daniel el del cercado Forero’, ¡cómo no!, marcó
esta chaparra copúa desde donde hago tiro a dos en-
cinas; la luna de octubre no alcanza el regajo que está
a mi derecha, mis oídos sí oyen el zaraguteo de un co-
chino: ¡ahora parte una bellota y se atranca! De nada
sirve la sabiduría de la mirada en este momento,
¡aguantaré en tensión! Se calla, y creo que se me han
acabado las emociones; que, como culebra reptando,
me ha esquivado. Mantengo mi cuerpo sesgado, casi
retorcido. Nada, lo de siempre, el ruido que creo oír
entre las oscuridades. Maldigo su crueldad, que sea
culpable de que se desvanezca el tiempo de la espera.
Segundos eternos, sin fin, ¿serán mis lucubraciones
las que han movido la punta de una mata? ¡Sí, patea
entre las hojarascas! No parte ninguna bellota más.
Eso es señal de que habrá levantado al cielo, diez o
doce veces, la trompa y que estará barriendo, de arriba
abajo, la umbría y la rivera. Sesgo aún más mi cuerpo
y levanto mi escopeta buscando el vuelo de la encina,
¡un bulto sale del rincón y se hace penumbra! Seguro
que no las trae todas consigo; esas repentinas paradas
no me gustan. Me encaro la escopeta con la duda de
si será mío, de que tal vez pueda apoderarme de su
robustez y bravura. Por fin se desliza alunado con las
cerdas del lomo erizadas. Con mi ojo derecho sigo
Arochones
111
los movimientos caprichosos del cochino que, sin
haber dado rebotada alguna, me ha dejado plantado y
con la escopeta colgada en el aire de la noche. Se ha
venido -¡porque sí!- debajo de mis pies. Dije que la
chaparra es copúa, también con larguísimas ramas ba-
jeras. Algunas movidas por la brisilla de media no-
che- están rozándose y, entre las minúsculas oque-
dades que dejan las hojas pinchosas, veo la cabeza
del cochino, quieto como un tronco y con la trompa
levemente alzada. No distingo los huecos de la nariz,
sólo oigo algún leve ruido de su respiración. Sí soy
consciente de los andares lentísimos del tiempo atra-
vesando la umbría, los segundos duran ahora tanto
como los minutos. Si quisiese, podría darle un punta-
pié en la cabeza. En cambio, quiero disparar, matar-
lo. Las ramas bajeras me lo impiden. Cualquier movi-
miento -aunque fuese ralentizado- delataría al intruso
cazador. Si no cometo ningún error, saldrá de las
bajeras, descubrirá el lomo y ¡será mío!
¡La magia, lector! No descubre su lomo, y sigue -en
la noche alunada de octubre- siendo suyo. Me quedo
con los pies y la escopeta en el aire, y él -airoso tam-
bién- trompea piedras en la rivera. A media madru-
gada el sonar de dos piedrecillas golpeadas entre sí y
la luz chisporroteada de un cigarrillo me avisan de
que me baje. Daniel escucha mis excusas, ese con-
dicional de si…
José Luis Lobo Moriche
112
-Pepe Luis, ¡el rececho es así! ¡Nunca sabes cómo
acertar!
----------------------
Los poderes del mago que habita en La Vieja tarda-
rían dos o tres años en reencarnarse o como se quie-
ra llamar. Churubito conocía esta historia, y mira por
donde le tocó que se sentara sobre la cruceta de dos
ramas que estaban en tenguerengue. Me imagino las
emociones contenidas que sufrió aquella noche en la
chaparra. Golpeé dos piedras como contraseña de
que ya me había quitado del aguardo y que me dispo-
nía a recogerlo. Me extrañó que aún no se hubiese
bajado.
-¿Qué? ¿Piensas quedarte toda la madrugada ahí su-
bido?
-¡Esto tiene guasa!
-¿Qué te ha pasado?
¡No te lo creerás! ¡Mira! -y alumbra justo debajo de
sus pies, que aún cuelgan. ¡Mira dónde he tenido pa-
rado un cochino! ¡Ha hecho lo mismo que tú con-
taste una vez!: entró por el mismo sitio, se escudó
allí, partió una o dos bellotas, se achantó, creí que se
había marchado, vino a tirones, nos dejó plantados a
mí y a la encina y se tapó con mis pies.
Arochones
113
Churubito se bajó enojado, y con la linterna encen-
dida siguió las primeras pisadas del cochino, busca-
ban los arenales enlamados de La Alcalaboza.
-¡Es el mismo que tú…! ¡Tiene que ser a la fuerza…!
-¡O pariente suyo!
----------------------
Sabiendo que esos magos o seres ocultos de las se-
rranías nos dan y nos quitan a su antojo, en aquella
ocasión me tuve que convertir en un cazador tram-
poso y valerme de la razón. Encebé un cochino al
que en su habitual campeo ya le quedaban pocas be-
llotas y que escondía el lomo como cualquier salvaje
huidizo. Varias noches tras él de nulas esperas, en-
tonces me enojo como cazador engañado.
-¡Ya no se cachondea más! ¡Anda que le zurzan!
-¡Prepara un comedero, y deja que se encebe bien!
¡Verás cómo no tiene cuartel!
Hice caso a mi Churubito, y durante más de diez
días visité los rociones de maíz y avena que el gandul
se iba comiendo. El aguardo es precioso: un enorme
risco corta el aire que entre por la espalda y sobre la
lancha de un entrante del risco he elegido el asiento.
La única pega son los escasos catorce o quince pasos
que median entre el risco y el cebadero. Tengo bien
José Luis Lobo Moriche
114
memorizada la plaza; mientras reponía el maíz comi-
do, simulaba con mis brazos una escopeta y compro-
baba que sólo me estorbaría el cochino cuando en-
trase en el comedero.
Creo que le ha llegado la hora al tunante. El risco
está a treinta metros de un cortijo deshabitado, y des-
de allí se extiende una profunda hoya con enormes
alcornoques e higueras que, a modo de embudo, re-
coge las trochas que van desde La Caballona hasta las
sierras de El Cañuelo y Las Camorras. Oscurece en el
horizonte de poniente y la hoya de alcornoques se va
borrando poco a poco. Entra -con su cuerpo enco-
gido- por una de las trochas empolvadas que es-
quivan las marrás de la vera del alcornocal. Lo tengo a
quince metros; por arte de magia, se ha transfigurado
en mata. Un insignificante jaguarzo ropero está a tiro
de los cañones, estático y sin respiración. ¿Tendrá la
jeta enterrada en el suelo del comedero o su cabeza
quieta y alzada? ¿Cómo un jabalí de cinco arrobas se
hace planta? También la luz de poniente es casi ne-
gra, como la hoya que tengo frente a mí. ‘Que sea lo
que sea’, cierro el ojo izquierdo y la encañono. Evito
más dudas, aprieto el gatillo delantero y disparo. El
cochino se hace hoya, levanto la escopeta, ¡sólo han
quedado las verdaderas dudas! Me bajo del risco, me
asomo a la cornisa y veo el terraplén por donde se ha
enrochado, presagio que será mío.
Arochones
115
Esta transfiguración de un jabalí en mata es un he-
cho mimético muy frecuente que, a veces, traiciona al
cazador apasionado. Atardecía en El Huerto Antón,
en Maribarba y en La Torre. Churubito y yo íbamos
presurosos tras una piara de cochinas, que acababan
de salir del barranco Arochete y que llevaban inten-
ciones de tomar los caminos abiertos del quejigal de
La Torre. Fue una transfiguración a la inversa, a mi
amigo algo que estaba en reposo delante de él se le
figuró jabalí. Sonó por encima de mí un tiro terrero.
Busqué la situación de mi compañero, silbé y con-
testó enseguida:
-¡Qué coca le he pegado! ¡No se ha movido!
-Pues, ¡vamos a aligerar, que con la cochina a cuesta
hasta el coche tiene tela!
-¡Que qué coca se ha llevado un lapo! ¡Que le veía el
morro clarito!
----------------------
Dicen que los jabalíes son muy esquivos y des-
confían de cualquier objeto nuevo que haya violen-
tado los escenarios que frecuentan, y dicen verdad. A
veces ocurren cosas inexplicables, yo he barruntado
cómo Churubito arrojaba al suelo la manta que lo
protegía de la pelona invernal, y cómo enseguida un
duende alcahuete hecho cochino corrió hacia ella.
José Luis Lobo Moriche
116
Por supuesto que no llegó a olerla, rectificó, dio me-
dia vuelta y dejó a Fernando con la miel en los labios.
----------------------
Ya sabes que el duende agracia con un favor pero
quita tres o más. Estamos apostados en un encinar
muy querencioso, cerca del barranco fronterizo Safa-
reja, en tierras de Las Alpiedras. Ha sonado un tiro
muy lejano, que yo sitúo en la era de El Brueco, a
más de un kilómetro de nosotros. Nada extraño. Han
transcurrido varios minutos, -no sé: dos, tres- y el
tropel de un cochino resabiado desequilibra el reposo
del encinar. El ‘tocotón, tocotón’ de la carrera de un
animal salvaje suena más fuerte y cercano. Será el
poder de la mente o que el duende del lugar lo haya
empujado y detenido a dos cuartas de mis pies. Cien-
tos de encinas, miles para haber buscado amparo
bajo ellas, y ahora casi es mío. La noche dificulta la
posesión del animal, ahí está debajo de mí hecho una
bola negra y difusa. Cometo el error de un cazador
tentado por el placer de la traición, muevo hacia
delante el botoncillo de la linterna, y la bola se disipa.
De nuevo suena el ‘tocotón, tocotón’ de su carrera y
se pierde en los pinares de Portugal.
----------------------
Arochones
117
Si un jabalí nació para mí, morirá a mis pies. Si no,
cómo se explican cosas así: hemos buscado amparo
en el cortijo de Capitán, próximo a Los Alcalaboci-
nos y al aulagar de El Vínculo. La llegada a un cor-
tijo de gente conocida tiene su ritual de bienvenida, y
más si todos sus moradores están conchabados en el
mismo fin. A veces los dos hermanos cortijeros se
animan y nos acompañan en noches de luna. Hemos
consentido sus deseos de pasar la noche alunada en
la cercana Umbría de Valera. Sólo uno de ellos ha
cogido la hurga y la pelliza. Él se aposta en un collado
que forman dos cabezos de pinos y yo subo a un ace-
buche que está en una cañada junto a un monte caí-
do. Fernando coge otro rumbo, con intención de bus-
carse la vida. Oscurece y ya ha arrancado desde na-
ciente la luna llena de diciembre. Sobre las diez de la
noche oigo unos hipidos finos de un perro. Aguzo
los oídos y atino a situarlos en el collado elegido por
nuestro acompañante. ¿Quién va a meterse a estas
horas en berenjenales de estropear una mancha que
aún la Peña no ha monteado?, ¿cómo un perro solo
se ha ido de noche a las camas de los jabalíes así co-
mo así? Todo resulta extrañísimo. Los hipidos se en-
trecortan en el collado, como si fuesen habla de un
perro menudo y sedeño. Son momentos desconcer-
tantes, me cabreo porque alguien ha violentado la es-
pera. ¡Una noche perdida!, digo entre dientes. Pero
he aquí que el mago -en este caso de Los Alcalabo-
José Luis Lobo Moriche
118
cinos- se congracia conmigo y manda que una piara
de cochinas seguidas de un perro butillo tome la caña-
da. Saben ellas que el perro que las incordia no está
muy puesto en estos menesteres. Sí, siguió el rastro
de su amo y se echó al pie de la encina en donde él
está encaramado, únicamente inició algunas carreras
cuando las cochinas se toparon con él. Cinco vienen
barrera abajo a toda pastilla. La luna también me ayu-
da, desde el acebuche donde estoy subido domino
perfectamente la trocha por donde atraviesan la ca-
ñada. Corro un poco los cañones de mi escopeta y a
tacto disparo, ¡acierto!
119
Pasión y destrezas
Hoy es el último sábado de noviembre. La peña de
monteros ha batido las umbrías de El Vínculo. He
quedado con Fernando en su cortijo. Llego antes de
las tres de la tarde. Tiene sus avíos preparados. Corta
un torrezno del jamón que cuelga del techo de la
bodega y lo mete en la mochila. Besa a su padre, que
se queda tranquilo sabiendo que su hijo sale conmi-
go, ‘Fernando, no vengáis muy tarde’.
-Pepe, ¿dónde vamos a dejar el coche?
-Hoy se puede cazar. No hay problemas para mover-
se por los carriles.
-¿En los llanos de El Vínculo?
-¡Ni hablar!
-¿Y entonces?
-Si te parece bien, lo dejamos en la fuente de La Mi-
caelita; saltamos a Las Pocitas y desde la cumbre
vemos qué hacen los monteros, ¡a ver si han recogi-
do los perros!
José Luis Lobo Moriche
120
-¡No importa lo que hayan echado, que la noche es
muy larga y ahí vienen reses del quinto pino!
-¡Eso lo sé yo! ¡Verás cómo las que estén desma-
dradas tratan de juntarse!
Hemos cumplido lo hablado, y ahora mismo es-
tamos en la cumbre de Las Pocitas; divisamos coches
aparcados a la vera del carril central, varios remol-
ques con perros y algunos monteros hurgando en sus
mochilas.
Tenemos intenciones de bajar el aulagar a mea pe-
rro, cruzar los llanos por una lengua de monte que los
une a los manchones del pinar de Paloma y desde allí
saltar rápido la rivera Alcalaboza y alcanzar las um-
brías. ¡Algo pasa!, los monteros no se mueven del ca-
rril.
-Fernando, ¡no podemos esperar más tiempo! ¡Va-
mos a pasar los llanos y que sea lo que Dios quiera!
-¡No tienes espera! ¡Mira que nos tropezamos con
ellos!
Hemos cruzado los comprometidos llanos y La
Alcalaboza. Sin haber registrado la zona de campeo,
me atrae un cabezo orillado a la rivera con un alcor-
noque de caña tan alta y recta que es imposible que
Arochones
121
yo lo trepe. Mi amigo encorva su cuerpo hasta que
casi roza la cabeza por el suelo.
-¡Súbete a mi espalda y así te engatinas mejor! ¡Yo te
recogeré, no intentes bajarte solo!
Estoy sentado sobre el nudo de una rama; rivera
abajo alguien viene tocando una caracola. Se ha pues-
to en cruz conmigo. No creo que nos separen más
de veinte metros. Soplidos y voces. Más voces y más
soplidos. ¿Quién diría que el tocador tiene tan cerca
su presa más codiciada? ‘Si fuese un jabato, qué breva
iba a llevarse’, me digo levantando la escopeta y mos-
queado porque está violentando las sierras. Oscurece
y siguen los toques y las voces. Por fin ha oscurecido
totalmente y cesan las voces y los toques. En varios
puntos de la umbría empiezan a sonar aullidos de pe-
rros perdidos y tilines de campanillas.
Enseguida barrunto ronquidos que llaman al re-
junto. Disparo a una cochina que venía muy descon-
fiada, como si hubiese endilgado a sus marranchones
por encima de ella. La vieja y astuta jabalina seguía a
distancia el campeo de los jabalíes más novatos que
le abrían camino. Se tropezó conmigo. Tiro culero y
a correr sesgada hacia la mancha, ¡es raro que no ha-
ya buscado los pies de la umbría!
José Luis Lobo Moriche
122
Al día siguiente, un chorreo de sangre nos llevó
hasta unos encames muy próximos al collado de mi
apostadero. A cinco metros de nosotros se alzó con
movimientos limpios una buena cochina. Fernando
la apuntó con las manos mientras me miraba de sos-
layo como queriendo decirme el error que habíamos
cometido al no llevar escopeta. No era la que buscá-
bamos, mi res estaba patitiesa junto a aquella piara
encamada.
----------------------
-¡La sabiduría de los jabatos hay que entenderla! ¡Es-
to es una lucha de poder a poder, aunque tengamos
que recurrir al engaño! -me dice Fernando esta tarde
seca de febrero de 2012 mientras recuerda, más con
su alma que con palabras, hechos vividos por los
dos.
Resisto los envites de una voz interior que me
tienta para que esta tarde vuelva a ser un descamino
y me suba a la mágica chaparra del rinconcillo de El
Vínculo; intento desoírla y anoto las emociones vivi-
das para que tú conozcas mejor a Churubito. En Los
Alcalabocinos, la rivera da varias revueltas lamiendo
los bajos de unas espesas umbrías que nunca supie-
ron de luz. Es un inmenso bosquejo casi impenetra-
ble con vallados de zarzamoras que enmarañan los
alisos de la rivera. En aquel infierno de negrura mi
Arochones
123
amigo tenía localizada una baña atorrontada. Al verla
de día, se me ponían los pelos de punta; imagínate
qué sería permanecer allí durante una noche sin luna.
Él la llamaba baña del mono, porque un cochino que
mató en ella era mono de orejas. Una madrugada me
aguanté mis miedos apostado en aquella cueva sil-
vestre y no sé cuántas penas sufrí para salir de la di-
chosa baña del mono.
Una vez le entró allí un cochino por la espalda, tan
cerca de él que creyó que le daría un golpe con la
trompa. Venía a tiro hecho hacia la baña; y el astuto
cazador, como no veía nada, esperó oír los chapo-
teos del cochino. Intentó echarle la luz de la linterna,
¡no encendió! Le dio un golpe suave para que las pi-
las contactaran, ¡nada! Otro golpe menos suave, ¡na-
da! ¡Llega la nervia!: trocoleo de pilas, media carrera,
linterna encendida, disparo, carrera muerta, bombilla
fundida…, entonces la baña del mono retoma la ne-
grura. Ahora es el momento de buscar la puerta de
salida, ¿cómo? Sólo un hombre que es capaz de ani-
malizarse lo intenta, aunque tenga que valerse de la
razón, ‘¡el mechero!’. ¡A golpe de eslabón llegó has-
ta mí!
----------------------
José Luis Lobo Moriche
124
¡La linterna tiene eso! ¡Cuando más la preciso, falla!
A Daniel, a la hora de los molletes, se le ha olvidado
el trasto de la luz.
-¡Toma mi linterna! -le dijo Churubito.
El ingenioso cazador puso un cigarrillo amarrado
en el punto de su escopeta, con intención de alinear
la blancura del papel y el bulto negro de la res espera-
da. Buscó un aguardo en un gramal, pensando que
sobre la blancuzca grama sería más exitosa su idea.
Ni Daniel ni yo sentimos aquella noche un rabo, sí
oímos un canutazo en tino del gramal. Churubito se
disculpaba de su error al haber levantado excesiva-
mente el cigarrillo y que el tiro se hubiese ido tan ba-
jo.
-¡Ya sé que, otra vez, tengo que agacharlo un poco! -
y nos dio lecciones de cómo debía colocarlo correc-
tamente en la punta de los cañones.
----------------------
Nunca cacé con otra persona que fuera tan hábil y
persistente como Churubito. ¿Quién es capaz de de-
safiar la fiereza de las sierras teniendo su clavícula
partida? Supuse que se tomaría unas vacaciones, tras
habérsela roto en un accidente doméstico. ¡Cual-
quiera lo mantenía apartado de mí y de las verdiales!
Arochones
125
-¡Que yo me las ingenio! ¡Que me voy contigo!
-¿Entablillado?
-Te explico: como no alcanzo las llaves de la escopeta,
amarro un alambre al gatillo y la otra punta cogida a
este dedo. ¡Tú descuida que, como se ponga uno en
coca, lo va a pasar mal!
Entró un cochino en su apostadero, y mi amigo se
emocionó quizás más de la cuenta. Buscó el alambre
que se le había escapado del dedo y notó que su ma-
no derecha estaba alcanzando el final de la caña, ¡ha-
bía dejado atrás las llaves y se había olvidado de que
tenía la clavícula rota! La muerte del jabalí fue el
hecho menos notable.
----------------------
No sé si conoces a algún cazador que haya matado
de noche una res sosteniendo la escopeta con una
sola mano. Fui testigo de esta historia: los jabalíes
que salen de Maribarba han cogido la costumbre de
campear en las grandes solanas que asoman al valle
de la rivera Chanza: La Pava y Los Coloraos. A las
solanas nos hemos venido y aquí estamos a tiro de
dos coladas que tienen brillo. Veo a mi Churubito
subido a otro alcornoque. El sol no ha alcanzado aún
el oeste portugués cuando siento un leve regüelleteo
por detrás de él. Veo cómo despliega lentamente sus
José Luis Lobo Moriche
126
brazos, teme que el bornizo suene en el momento de
volverse, y ha cogido la escopeta con la mano dere-
cha, a modo de pistola. A tirones va girando su cuer-
po hacia atrás, hasta que lleva los caños de su arma al
sitio deseado. Una linterna, una escopeta, una incó-
moda posición del cuerpo y muchísima emoción pe-
san demasiado como para que el pulso no tiemble.
Dispara…, carrera…, alcornoque abajo…, momen-
tos de angustias. Luego, dos tiros innecesarios.
-¿Me has visto?, ¡lo he matado de sobaquillo!
----------------------
En esta tarde seca de febrero de 2012 Churubito
me enseña su escopeta. No le queda ningún hueque-
cillo para que pueda labrar otra muesca en la culata,
una por cada jabalí matado; en ciento cincuenta he
dejado de contar, embelesado con sus historias. ¡Sí,
idénticos trazos a los que el primitivo pintor-cazador
dejó en la cueva de Altamira al lado de bisontes, ca-
ballos y cabras!, ¿sería también una manera de contar
las piezas abatidas en los valles santanderinos?
-En esas larguísimas madrugadas sin oír ningún tosi-
do, ¿en qué pensabas? -y espero que conteste que lo
hacía en cosas sobrenaturales, en otros cielos, en
Dios, en lo insignificante que somos los mortales.
¡No, para Churubito el acto más trascendental es la
Arochones
127
caza en sí misma!, ¡ella compendia los principios de
su religiosidad!: ‘Pienso en los jabatos, centrarme só-
lo en ellos’.
Es verdad, tanta concentración le traicionó más de
una vez. De noche, tras ellos, todo se le transfigura
en pieza deseada, una rama bajera de alcornoque…,
una maceta de perdigón…, una estrella reflejada en el
agua tan engañadora como si fuese un ojo que pes-
tañea. La naturaleza muerta que rodea a mi amigo
llega a engañarlo pero casi siempre Churubito era el
engañador. Subido a una encina, se está comiendo un
melocotón del que sólo le queda el hueso. Siente la
nariz de un cochino que trastea la umbría desde hace
más de una hora, y el singular cazador sabe que -irre-
mediablemente- la pieza se va fuera de tiesto. Entonces
simula que roe el hueso del melocotón, provocando
que el cochino se pare y se vuelva hacia el ficticio
hermano. Son las tres de la madrugada, una bala re-
botada silba y se pierde en la lejanía.
----------------------
Churubito imitaba la naturaleza para hacerse él
mismo elemento de ella, arrastra sus pies por la hoja-
rasca para que el curioso y encendido cochino crea
que es el pateo de alguna cochina que anda de levan-
te, o rastrea -a media tarde- un cabezo redondo para
que el jabalí espantado de sus pisadas se vuelva y
José Luis Lobo Moriche
128
corra hacia él, tras haberle cortado las intenciones de
alcanzar los pinares. En sí esa técnica de arrastrar los
pies es semejante a la usada por los lugareños del Co-
to de Doñana en el siglo XIX, a diferencia de que el
cazador marismeño -montado a caballo- se valía de
algún conejo desollado para que una res lo venteara.
----------------------
Parece que su cuerpo tiene imán: para no exponer
nuestros pellejos de predador, nos hemos colado en
La Peñita con los mismos andares de la luna. Cada
uno sabe dónde tiene que anclar sus pies. Él busca
un alcornoque de caña alta, que le obliga a que tenga
que amarrar una larga cuerda a la culata de su esco-
peta y en la otra punta una piedra. La tira hasta que la
cuerda queda enganchada en una rama. Trepa el ár-
bol caña arriba y eleva desde el suelo la escopeta. No
se oye ni una mosca.
Me bajo de mi encina y barrunto la carrera y los
bufidos de un cochino. Churubito, en el preciso mo-
mento en que el bicho ha salido de estampía, acababa
de dejar en el suelo la escopeta atada con la cuerda,
¡arma y jabalí juntos! Tira de la cuerda hacia arriba y
la escopeta empieza a bambolearse en el aire. Ante el
extraño movimiento, el animal salta bruscamente tras
el objeto volador, ¡piruetas con la muerte! Cuando las
Arochones
129
manos de mi amigo logran tocar la culata, el cochino
ya ha alcanzado la colada.
----------------------
-¡Yo centro mis oídos en los jabatos, su proximidad
me la anuncia mi cuerpo, me entra una presión aquí
en el pecho, como si fuese un repeluco!
Me cuenta una noche de repelucos, fue así: dos
meses llevaba Churubito tras una de esas moles de
nueve arrobas que rehúyen las manchas grandes y
que se amparan en cualquier marrá cercana a un cor-
tijo. Es -en singular porque escasean- el cochino ma-
rraero, que pone el jato en donde menos piense el as-
tuto cazador, el cochino de los cabreros, de los por-
queros pero no del hombre con escopeta en mano.
Todos los cortijeros de Jabaca y Tejadilla soñaban
con matar al desvergonzado jabalí que salía y desa-
parecía de estas dehesas por arte de magia. No entré
yo en aquella guerra particular, no recuerdo por qué.
Las encinas, los alcornoques, los quejigos, los fru-
tales, los rastrojos, las coladas de las alambradas, las
bañas embadurnadas con aceites quemados, los
pantanillos, todo el terruño próximo a su cortijo te-
nía pulgas. Churubito sabía que en un campo lleno
de aguardos con pulgas es imposible matar una pieza
de tanta categoría. Uno a uno los hombres que anhe-
José Luis Lobo Moriche
130
laban hacerse con las molaeras y colmillos de aquel
molondro se fueron aburriendo.
-Es un cochino muy resabiado, con mucha astucia!,
¡sabe dónde pongo los pies! Tengo que convertirme
en un tramposo, conoce todas nuestras triquiñuelas.
Como el aire no se ponga de naciente, no hay tu tía.
Desde el sitio donde creo que está echado se orienta
de todos mis movimientos. Esta tarde el viento sí
está solano, ¡voy a por él! Tengo que ponerme con
sol y esperar, esperar.
<<Cuando venía hacia la calzada donde tengo he-
cho un comedero, habré pasado a diez metros de su
cama. A las once y media siento unas pisadas por el
barbecho de la ladera norte que tengo a mi derecha,
se las achaco a una burra. ¡Eh!, ¡estos andares tan si-
gilosos no son propios de bestias!, ¡el desvergonzado
viene sin taparse! Tengo el cochino a quince metros
del comedero, un error que cometa ahora sería decir-
le adiós. Son momentos de aguante, aunque se me
esté clavando un garrancho en las nalgas. Hora y me-
dia de tensión, de dolor inaguantable. Roe los prime-
ros granos de maíz, los salpicados fuera del alcance
de mi escopeta. ¡Tendré que aguantarme los cos-
quilleos de mi cuerpo para no encender a destiempo
la linterna!, ¡sólo vería los lapos de la calzada! Se va
adentrando en el comedero, sin dejar de masticar.
¡Ahora está! El zas del chorro de luz me presenta una
Arochones
131
mole quieta. Entre las jaras sólo veo su jeta, calculo
dónde tiene la cabeza y levanto la punta de los ca-
ñones. Disparo y se queda echado. No me muevo.
Espero. A los dos minutos suena un ronquido de
muerte.>>
----------------------
No concluyas que todas las noches eran de fortuna
y que todos los cochinos solitarios fueron nuestros.
Se mata por rachas. Semanas enteras sin que nos ha-
yamos encarado la escopeta, meses -a veces años- sin
que nos hayamos enfrentado a un gran macareno. En
esos días de fracasos ambos cazadores mantenemos
intacta nuestra pasión.
Pasión y destrezas: Churubito desiste de que esta
noche violentemos el territorio de Maribarba, rehúye
la amenaza de los chubascos tormentosos.
-¡La tarde no está para tonterías! ¡Vámonos a la ri-
vera, estamos a las puertas de casa!
-¿A esos andurriales? ¡Con la luna que hace!
-¡Por los bajos de Tejadilla andan un par de jabatos,
ahí mismo nos quitamos el gusanillo!
-¡Déjate de tanto gusanillo y vámonos a Maribarba!
José Luis Lobo Moriche
132
¡No me gusta la tarde!, ¡mira que estropeamos los
aguardos!
Media hora a pie y ya estamos en los huertos ale-
daños al tramo alto de la rivera Chanza. Churubito se
ha salido con la suya, empieza a chasquear agua. Si-
guen múltiples rayos y truenos. Estamos amparados
en un cortijo abandonado, a unos trescientos metros
de la vega. La tormenta viene cansina, sin pretensión
de aligerarse sobre el cielo gris de Tejadilla. ¡La tarde
se va, que se ha ido ya! Oscurece y aún estamos ocul-
tos de los rayos. Clarea por el oeste. Cesan los true-
nos, no los chubascos.
-¡Ahora hay una pausa! ¡Vamos a aprovecharla!
-¡Si se ve menos que un panizo! ¿Nos ponemos a
ciegas?
Apenas vislumbro las altas copas de los chopos y
álamos de la vega. A tientas, me subo a una encina
gacha. Las ramas agitadas por el vientecillo de ponien-
te sacuden los últimos goterones. El cielo deja de ser
grisáceo y se cuela en él la espléndida luna. Me deses-
pero con las ocurrencias de Churubito. Lo maldigo
por haber malgastado la noche en unos corrales.
Gasto el tiempo de la espera en mirar otros cielos y
me olvido de que soy un predador al acecho. De
pronto un sonido aireado me recuerda que soy caza-
Arochones
133
dor en la noche: ¡la nariz de un jabalí! ¡Quizá el único
que campee por esta alameda! ¡Olfatea bajo mis pies!
¡El destino de la tormenta! Apenas apunto. El grito
de muerte me descubre que es una enorme jabalina.
-Pepe, ¡hay que tener más fe! ¡Lo que está de uno!
135
¡Tranquilo, Churubito!
En días festivos, Churubito y yo nos refugiábamos
en cortijos próximos a las cuatro grandes sierras que
más frecuentábamos: Las Alpiedras, La Bájena, Mari-
barba y El Bravo. Algunos estaban abandonados y
otros eran de amigos y conocidos. En ellos pasába-
mos los tres o cuatro días festivos, dispuestos a no
darles tregua a los jabalíes ni de día ni de noche.
Nos hemos albergado en un cortijo cedido por un
amigo, allá por las tierras fronterizas de Las Alpie-
dras. De día registramos las cañadas y encinares ale-
daños al barranco Safareja; por la noche a la espera, y
de madrugada al salto o a esa técnica de caza que lla-
mamos vaqueo, cuando las reses buscan sus encames.
Durante los tres días en Las Alpiedras yo también
tuve mis aventuras con aciertos y mancornadas; pero
contaré un episodio sucedido a Churubito, porque es
digno de ser recogido: aún quedaba una hora de sol,
de ese sol pegajoso de octubre que los serranos lla-
José Luis Lobo Moriche
136
mamos veranillo del membrillo, cuando se sentó -en
la tercera terraza de un barranquillo- sobre una pie-
dra desde donde dominaba el vuelo de una encina
verdial que estaba muy pateado por una piara de co-
chinas.
Primera noche: aguantó hasta la una de la madru-
gada. Nada. Ni un respiro. Sólo palomas espantadas.
A la mañana siguiente: ¡bellotas comidas!
Segunda noche: dos horas más de espera, hasta las
tres de la madrugada. Igual, ni un respiro, ¡más palo-
mas espantadas y bellotas comidas!
Tras haber registrado por tercera vez la encina ver-
dial, coincidimos con unos amigos de Aroche que
también pasaban aquellos tres días en El Brueco.
Nos invitaron a que nos pusiéramos de aguardo con
ellos. Yo acepté pero Fernando sólo pensaba en la
verdial.
-¡Esta noche no se comen las bellotas, van a tenerme
allí hasta que salga el sol por la mañana!
Así me cuenta su historia esta tarde seca de febrero
de 2012:
<<De retamas secas y jaguarzos verdes preparo el
sentadero, con la idea de estar cómodo durante toda
la noche. A boca de oscurecer se espanta una pitarra
Arochones
137
de palomas torcaces, que están posadas en unos pim-
pollos de la solana portuguesa. Sobre las once y me-
dia me da el cuerpo que dos cochinas se han pegado
por encima de mí. ¡Sí!, vienen -cañada abajo- ciegas a
la encina verdial. Me incorporo, porque me doy
cuenta de que van a salir por la misma terraza en que
yo estoy sentado. Giro el cuerpo, haciendo tiro a mis
pies. ¡No!, una de ellas viene por la terraza que está a
mi espalda; a un metro pasará de mí, lo anuncia el
viento solano que me da de cara. Como veo que los
cañones de la escopeta estorbarán para que pase la
cochina, meto la culata debajo del sobaco. Cuando el
bulto está en cruz con los cañones, le doy al dedo. Co-
rre terraza abajo. Echo la luz de la linterna hacia el
regajo y no veo nada. A diez metros del tiro, un caño
de sangre me anuncia que será mía. Tengo la certeza
de que no se ha coscado de allí.
Empiezo a recoger las cosas necesarias, que de an-
temano preparé para aguantar durante toda la noche
en vela. Cargo la escopeta y la pongo en el suelo, do-
blo las mantas y las meto enrolladas entre los tiran-
tes. En el instante en que mi mano izquierda busca la
correa para colgarme la mochila, siento unos pasos
por encima de mí. Pienso que será una de las cochi-
nas que se habrá quedado aplastada. Cojo la escopeta
y me da por echar la luz al tuntún, ¡de la altura del es-
paldar de esta silla!, no te exagero, color tojo, mal
José Luis Lobo Moriche
138
empelado, largo y alto, con un hocico que impre-
siona, un cochino que infunde miedo. Miedo por su
envergadura, por la soledad y el sitio que me cercan,
porque no habrá ayuda de nadie, soy yo y el cochino
bailarín, que se revuelve en la terraza mientras amue-
la y castañea sus navajas babadas de espuma blan-
quecina. De pronto echa las orejas para atrás y se pa-
ra. Pero sólo unos segundos, porque enseguida em-
pieza a bailar en dirección a la luz de la linterna:
‘¡Tranquilo, Churubito! ¡Apúntalo bien y asegúralo!’.
Al verse sorprendido, se hace aún más feo, ¡como un
diablo! ‘¡Tírale y ladéate para que pase!’. Le doy a las
llaves, y el tirón me arrastra hacia delante, ¡la escopeta
tiene echado el seguro! ¡La suerte del cochino! ¡La
nervia, la nervia! ¡Que se me espanta!, ¡ahora lo tengo
apuntado entre los dos ojos! Le doy a las llaves de
nuevo con la creencia de que me lo cargaré; el tiro
suena a cartucho con pólvora cascada y en un san-
tiamén el cochino alcanzó, sin ni siquiera un raspo-
nazo, la reserva portuguesa.>>
139
Instinto, razón, oído y vista
De Las Alpiedras nos vamos ahora a La Bájena pa-
ra pasar otros tres días incordiando a los jabalíes. Es-
te valle forma parte de un paraje repleto de tupidas
manchas, dehesas de encinas y profundos barrancos,
un lugar muy apropiado para que las reses se aque-
rencien allí; pero también es sitio peligroso para el
cazador atrevido porque el meollo del encinar está
atravesado por un carril central que une las poblacio-
nes de Gil Márquez, Almonaster, Cortegana y Aro-
che, camino obligado para guardias civiles y vigilan-
tes.
Nos acomodamos en el cortijo deshabitado de
Juanablanca, dispuestos a vivir tres noches y tres ma-
drugadas a tope. Sólo disfrutamos de las correrías de
la primera noche y de media madrugada, ¡a la una te-
níamos abatidos un cochino y dos cochinas!
-Fernando, ¿qué hacemos? ¿Cómo nos vamos a
quedar tres días?
José Luis Lobo Moriche
140
-¡Nos tendremos que ir a casa! ¡Lo malo es cómo
salimos de la ratonera a estas horas!, ¡mira que nos la
jugamos!
-¡La noche ya está más que hecha! Habrá que esperar
a que amanezca, y nos vamos por la cumbre de El
Recio, así evitamos...
-¿Por El Recio?
-El carril está muy mal, pero no nos arriesgamos tan-
to como por La Venta o por Aroche.
-¿Y por El Vínculo?
-¡Déjate de Vínculo!; no me fío de que en el puente
de La Peramora esté alguna pareja de civiles; prefiero
la cumbre, aunque tengamos que esperar hasta que...
-¡Mejor será!, ¡a estas horas, las luces del coche van
diciendo por dónde vamos!
-¡Pues ya sabes!, ¡a aguantar hasta que salga el sol!
-¡Entonces, nos pondremos otro rato!, ¿no?
-¡Lo que tú quieras!
-¡Yo me voy a la cerca de Puertotremés, elige el
aguardo a tu gusto!
Estoy puesto cerca de las tapias de un colmenar
donde hemos dejado los tres animales muertos. ¡Las
Arochones
141
cuatro de la madrugada!, se me cierran los ojos y me
esfuerzo por evitar la caída desde una alta rama.
Suenan unas pisadas que vienen mancha abajo en di-
rección a mi encina. Mi experiencia rechaza que sean
de reses, más bien andares de gente atrevida. ‘¡Ea!,
¡pues voy a tener un encontronazo con los civiles!’,
astutamente no me moveré, dejaré que la pareja pase
por debajo de la encina, para qué van a mirar la pin-
goya de un árbol. Encojo mi cuerpo con intención de
hacerme menos visible. Un arranque y parada, ¡des-
confío, así sólo anda el cazador que de madrugada
persigue una pieza. Ningún haz de luz artificial ilumi-
na el encinar; ¡desconfío aún más!, no sé qué ocurre
tan cerca de mí. Al trasluz de unas jaras contorneo
los caños de una escopeta que apuntan hacia un cielo
de estrellas, detrás aparecen otros dos caños que
mantienen la misma verticalidad. Me tranquilizo, una
vez que ya les he puesto nombres a los dos caza-
dores que asaltan la madrugada, ‘Seguro que son
Franciscón y su hijo’. Echo la luz de la linterna a las
dos figuras que entreveo, y ambos cazadores rebo-
tan hacia atrás con tal ímpetu como si del más avisa-
do cochino se trataran. Enseguida, los dos pájaros de
la noche se percatan de que la luz baja inclinada des-
de la encina, que los civiles nunca se apostan a estas
horas tan intempestivas sobre una rama de árbol.
Dejo la linterna encendida a sus pies para guiarlos
hasta mí.
José Luis Lobo Moriche
142
-¡De buenas os habéis librado! ¡Anda que si soy un
novato!
-¡Coño, pero si es Pepe Luis Lobo! -exclamó sor-
prendido Franciscón.
-¡Mirad qué montón de jabatos tengo aquí!
-¿No te decía yo que me extrañaba no haber barrun-
tado nada? -le dijo a su hijo.
Muchas aptitudes son necesarias para moverse con
soltura -a altas horas de la noche- por las sierras.
Aquel experto cazador sabía lo que traía entre ma-
nos, entró al encinar de Puertotremés al revés, desde
el final de los manchones hasta las últimas veras del
limpio encinar, con la intención de que las reses no
se soliviantaran y creyesen que los dos andantes eran
dos animales más. De este modo, con buen oído y
teniendo memorizado el escenario, se arrojaron a en-
cajarse encima de los jabalíes que allí campearan. Só-
lo las circunstancias de que Churubito y yo hubié-
semos roto el silencio con tres tiros provocaron que
Franciscón y su hijo malgastaran una noche y una
madrugada.
----------------------
A los cazadores que se mueven a oscuras por las
sierras los achucha el instinto predatorio: saber mirar
Arochones
143
y estar siempre alerta. Así ocurrió una noche de es-
pera en El Vínculo: hemos animado a un amigo, que
anda poco ducho en este tipo de caza, a que nos
acompañe. Nada. Noche en blanco. Suzuki aparcado
en un lugar no muy lejano de las llanas dehesas de
encinas. De regreso a casa, casi estamos alcanzando
ya la cumbre de Las Pocitas; y, a unos cien metros de
los faros del coche, ojeo lo que buscábamos. Freno y
meto la marcha atrás.
-¿Qué haces? -pregunta nuestro amigo, extrañado de
tan brusca maniobra.
-¡Que el carril está lleno de jabatos! ¡Rápido, desen-
fundad las escopetas!
¡La nervia, la nervia! Churubito se baja del coche
con intención de cortarles la huida hacia Las Pocitas.
Creo que el novato recechero aún está buscando las ba-
las para meterlas en su escopeta. Suenan dos tiros en
vano -pero eso es lo de menos de esta historia que
indica cómo al buen cazador le hierve la sangre.
Aquel nerviosismo reflejaba nuestro afán de matar,
¡el necesario instinto predatorio que es tan viejo
como la propia caza!
----------------------
Los jabalíes, en cambio, ante cualquier indicio de
que el cazador haya puesto en funcionamiento ese
José Luis Lobo Moriche
144
instinto, reaccionan con su ocultación. Acabo de su-
birme a una encina de escasa copa, haciendo tiro a
una baña próxima a uno de los portillos de una cerca
de pared, en unos manchones de tojos y aulagas, a
medio camino entre El Vínculo y El Cañuelo. El sol
está aún muy alto. Churubito se decide por otro de
los portillos, a mi izquierda. Nunca había sido testigo
de ese afán y necesidad que tienen los animales salva-
jes para no darle la cara al cazador: seis o siete co-
chinas han salido del manchón a toda pastilla, una tras
otra, y se han colado en el encinar por uno de los
portillos de la cerca, a mi derecha. ¡Nos quedamos
sin jabatos! No ha trascurrido medio minuto desde
las veloces carreras, cuando -como meteoros uno
tras otro- han regresado de nuevo al manchón. ¡Te-
nemos jabatos! Enseguida comprendo que Fernan-
do, al irse a poner de aguardo, les ha echado el vien-
to, y tratan de salirse de la mancha antes de que ten-
gan un tropiezo. Al llegar al final de la cerca, se han
topado con el rastro fresco de nuestras pisadas; dan
una brusca rebotada y se olvidan de que huían de
unos cazadores. Se han refugiado de nuevo entre to-
jos y aulagas, mandados por un instinto que trata de
salvarlos de un inminente peligro. Después, la razón
se impondrá una vez más.
----------------------
Arochones
145
Instinto, razón, oído y vista agrupados en dos
amigos para formar una singular especie de cazador:
hemos dejado el Suzuki en la cochera de El Galindo,
a la vera de la carretera que une Cortegana y la aldea
de Montepuerto. Cuatro kilómetros nos distancian
del lugar donde prevemos poner los pies. Subimos,
apartados de los caminos, hasta la alta cumbre del
sistema montañoso que busca el poniente. Aquí los
senderos se rochan hacia El Galindo y La Torre. No-
sotros nos mantenemos en la cresta de la montaña
buscando también la cara de poniente. Nuestro ami-
go, el pastor de El Galindo, nos informa de su sole-
dad en los alcornocales. Ningún contratiempo. Ense-
guida avistamos la cimbra de Maribarba.
-Fernando, ¡allí hay un tío!
-¡Si yo casi no veo la cumbre! ¿Cómo vas a ver desde
aquí un…?
-¡He visto su gorra cuando se ha movido!, ¡créetelo!
-¿La gorra?
-Sigue la vista desde el cortijo de Maribarba a la de-
recha, ¿no hay tres chaparras? ¡Entre la segunda y la
tercera está, detrás del escobón que sobresale!
-¡Que no, que no lo veo!
-¡Ya lo verás!
José Luis Lobo Moriche
146
Desde El Galindo hemos saltado a la umbría de la
fuente de Maribarba desde donde le presento al pa-
lomero de turno.
-¿Qué? ¿Estaba o no estaba?
-¡Si no lo veo, no lo creo! ¡A casi un kilómetro!
Fue una mostración de agudeza visual, le sigue el
uso de la razón: el alcornocal donde pensábamos po-
nernos de aguardo está recién arado, ¡malo, no nos
gustan las calvas de monte!
-Pepe, ¡la jodimos!, ¡tanto limpio!
-¡Tenemos que pensar en alguna jugarreta de las
nuestras, no creo que pasen tan campantes por estos
barbechos! ¡Tienen que salir de la mancha, lo que no
sabemos es a qué hora ni por dónde!
-¿Qué hacemos?
-¡Mira ese rodeo de monte que han dejado por arar!
-¡Pues yo no veo las encinas! ¡Si sólo hay pedruscos!,
¿qué van a comer ahí?
-¡Bellotas pocas! ¡Fíjate en su situación! ¡Seguro que
se amparan en él, les cae muy bien antes de alcanzar
el alcornocal! ¡Hazte caso, ese cabezo es un embudo!
Arochones
147
-¡Si tú lo dices! ¡Venga, una noche se pasa en cual-
quier sitio!
En efecto, la razón se impuso. Sólo el error que co-
metimos en la disposición de nuestros aguardos evitó
que en ese cabezo sin árboles no cobráramos el co-
chino que trató de ventear el limpio alcornocal, pero
durante las dos lunas siguientes más de una docena
de jabalíes matamos en aquel jaral.
Falta que unamos el oído a la razón y a la vista: de
regreso hemos cogido el mismo caminillo. Fernando
me señala con la mano dónde ha resoplado un co-
chino, dónde tose un marranchón o en dónde ha so-
nado el rodar de una piedrecilla.
-¡La umbría de la fuente está a tope! ¡Hay una piara a
media barrera! ¡Para la cumbre no pueden irse por-
que el alcornocal está recién arado, tienen que cruzar
la trocha y descolgarse al barranco! ¡Vamos a aguan-
tar, que las tiramos.
-¡Son las doce, muy temprano! ¡Duro con ellas!
-¡Yo en esa curva me quedo; aplástate más allá!
Las doce, la una, las dos, las tres de la madrugada y
para mí la umbría de la fuente sigue tan muerta de
sonidos que, contagiado de tanta quietud, cabeceo
José Luis Lobo Moriche
148
varias veces. Con repetidas chupadas al cigarrillo,
Churubito me anuncia que ha roto la espera.
-¡Yo no he oído nada!
-¡Tú estás sordo! ¡Un cochino lleva ya tres horas
traqueando las cochinas! ¡Si aguantamos hasta que de-
jen la umbría, no tienen cuartel! ¿No ves que están
obligados a pasar por aquí?
-¡Por mí, hasta que amanezca! ¡Siéntate y fúmate un
cigarrillo tranquilamente!
No se fuma uno sino varios. Se me cierran los ojos
y cabeceaba de nuevo cuando Churubito me golpea
con el codo. En efecto, aguzo los oídos y ahora sí
que percibo las pisadas de un cochino. Calculo que
estará a unos cuarenta o cincuenta metros de noso-
tros y que ya ha dejado de traquear las cochinas. Miro
el reloj, ¡las cinco de la madrugada! Repentinamente
inicia una arrancada hacia los bajos de la umbría, ha-
cia nosotros. Sin habernos dado una orden, hemos
levantado nuestras escopetas y las mantenemos alza-
das, sesgados nuestros cuerpos hacia la curva de la
ancha trocha por donde habitualmente se descuelgan
a la hoya que está a nuestras espaldas. Tampoco he-
mos acordado que hayamos encendido las dos lin-
ternas a la vez. Ni incluso que suene una sola detona-
ción que provoca que al cochino no le dé tiempo de
Arochones
149
asomar la cabeza entera a la trocha. Se oye un ron-
quido de muerte seguido de varias patadas.
Ese saber esperar de dos cazadores en la madru-
gada fructifica en el momento justo de matar un ja-
balí al alimón. En esta técnica de caza Churubito y yo
estamos perfectamente compenetrados para sufrir
juntos y vivir las aventuras sin desánimos.
----------------------
Hemos dejado dos aguardos preparados en el en-
cinar de Puertotremés, en ese paraje peligroso del
que ya he hablado. Nos hemos arriesgado en demasía
al dejar el coche escondido en una cerca de pared
que está a la vera del carril central. Pertrechados de
todos nuestros avíos nos disponemos a coger la tro-
cha que nos lleve hasta las encinas elegidas. Apenas
he andado unos metros cuando -con un silbido flojo-
Churubito me advierte de que oye, en tino del cortijo
de Juanablanca, el ruido de una furgoneta. Escon-
demos los arreos y las escopetas en el interior de una
marrá, y nos quedamos cerca del carril, con intención
de comprobar quiénes son los visitantes de la media
tarde.
-¡Vaya, la jodimos! ¡Son los socios del coto!
-¡Huy, Pepe!, ¡en qué lío nos vamos a meter!
José Luis Lobo Moriche
150
-¡Tranquilo, que ellos vienen a ponerse de aguardo!,
¡que tampoco están autorizados!
En efecto son cazadores de Aroche, que tienen
arrendado el coto de La Bájena. Aunque es gente co-
nocida, a uno de ellos no le hace gracia que frecuen-
temos estos parajes. Empieza el tira y afloja para in-
sinuarles si Churubito y yo podemos recechar allí.
-¡Que no, que este terreno lo tenemos nosotros
arrendado, que nos cuesta un dinero! ¡No queremos
que nadie se ponga de aguardo, porque esto es el co-
ño de la Bernarda!
Ya sabes, excusas, impedimentos para quitarnos
del medio. A las seis de la tarde empiezan a caer unos
goterones que presagian que la noche chascará agua.
-¡Anda que les zurzan, y que se metan La Bájena en
donde…!
-¡Pepe, ¡vámonos, yo no quiero problemas!
Nos montamos en el Suzuki y tomamos el carril
central que pasa por delante del cortijo La Venta de
Gil Márquez. Tengo que poner en funcionamiento el
parabrisas del coche, y Fernando se queda momen-
táneamente compungido porque la tarde se ha me-
tido en agua.
Arochones
151
-¡Vamos a echarle valor! ¡Tú descuida que nos po-
nemos de aguardo!
-¿A estas horas y con lo que está cayendo?
-¡Mira qué situación tan buena tienen aquellas enci-
nas soltizas, a la izquierda del carril!
-¡En esas encinas va a ser! ¡Con equipo de agua y to-
do!
Sin haber visto ni siquiera la huella de una pisada,
nos hemos colocado en un regajo a tientas o quizás
oyendo los dictámenes de la intuición de dos pre-
dadores. En Puertotremés no ha sonado ningún tiro
durante la noche. Seguramente los rececheros del coto
no le hayan echado el suficiente coraje a las cortinas
de agua que han barrido el valle. A las once de la no-
che Churubito afina los oídos para asegurarse de que
el ruido que barrunta bajo la encina donde está subi-
do no es provocado por los goterones de agua. Esta
vez el tiro suena muy bien.
----------------------
Al igual que el mago de cada rincón de las sierras,
las aptitudes físicas nos dan y quitan a su antojo. Mi
vista me ayuda a matar pero mi oído apenas me fa-
vorece. Me desespero por haber aguantado cinco ho-
ras con los ojos tiesos sobre la cruceta de una encina
José Luis Lobo Moriche
152
que descuelga el ramaje a la hondonada de un ba-
rranco de Maribarba, sin haber barruntado la piara de
cochinas que ayer ensoñé, cuando vi por primera vez
el vuelo tan pateado y lleno de cascajos de bellota.
¡Ha llegado el momento de bajarme y decirle adiós a
mis emociones!, necesito liberarme de los orines acu-
mulados, no aguanto más, orino desde la encina y el
chorro de meado cae caliente en la hondonada, qui-
zás sobre el lomo de una de las cochinas esperadas.
Hurran y me desespero aún más.
153
Juego de luces
Historias de coraje, de constancia, de saber sufrir,
de exponerse y de muchas más cosas. Ahora contaré
la escena más bella que habla de la perfecta compe-
netración de dos cazadores en la madrugada: la fase
de luna nueva no se ha iniciado y la noche se anun-
cia negra con una única sombra en la vega que se-
para la umbría Las Estercadillas de la solana La Peñi-
ta. Tres horas a pie desde Jabaca hasta que hemos al-
canzado, a la puesta de sol, dos portillos de la cerca
que precede a esta ancha vega, un lugar privilegiado
para quien ama y se emociona con los misterios que
encierra la caza de noche. La vega, bañada por la ri-
vera Alcalaboza, está enmarañada de vegetación: en-
cinas, higueras, alisos, chopos, alcornoques, parrales,
mimbreras y un cerezo que le da nombre. La cerca
está abierta por ocho o diez portillos por donde los
animales se cuelan de campeo en la solana, y en su
rincón izquierdo aún se mantienen en pie tres za-
húrdas. Detrás de varias higueras alineadas paralela-
José Luis Lobo Moriche
154
mente a la rivera se alza una barrera empinadísima de
solanas entreveradas de prieto monte mediterráneo,
por donde las reses han trazado trochas que sortean
los rochos. De aguardo allí, con el sol aún iluminan-
do doradamente las ramas punteras de las higueras,
se me asemeja a un bosque animado por pájaros car-
pinteros, abubillas, mirlos y rabudos. Luego, los pája-
ros se enmudecen. Esta tarde sólo disfruto de sus úl-
timos trinos de recogida, y enseguida centro mi men-
te de predador en la espera. Es el momento en que
se despierta una comadreja a la que se le antoja su-
birse a la gigantesca encina donde yo estoy encara-
mado. Dos ágiles predadores cara a cara, indiferentes
uno del otro, porque los dos buscamos piezas dis-
tintas. La comadreja se extraña de mi figura sentada
sobre la trepa, se queda un instante inmóvil e inme-
diatamente gira su elástico cuerpecillo y retorna a tie-
rra tronco abajo. Como Pepe Luis, está al acecho de
una presa; yo con una escopeta y una linterna liada a
los cañones, ella guiada sólo por el instinto de so-
brevivir. Salta, como una pantera, al interior de un
vallado de zarzas y sale victoriosa con un lirón entre
los dientes. Hace, pues, carne. Ahora falta que el se-
gundo predador no se vaya de vacío. Enseguida el
maravilloso bosquejo se queda sin vida, cautivo en la
negrura.
Arochones
155
Llega el momento en que mi fina vista no sirve pa-
ra nada. Churubito juega con ventaja. Fácilmente él
sabe -con su envidiable oído- qué ocurre más allá de
su alrededor, como si gozase del don de subirse a
cualquier pino de la umbría, de colarse por entre las
hondonadas de los barrancos o aplastarse bajo el so-
litario castaño del collado, ascender incluso a la cum-
bre de Las Estercadillas o achantarse tras el cañaveral
del callejón de la aldea. Yo, en cambio, no tengo oí-
dos tan agudos con los que pueda moverme del por-
tillo. Estoy vetado a desplazarme a mi antojo; an-
clado, no me coscaré, de ese privilegio sólo él dis-
fruta. Empiezo a gastar la noche de espera alargando
la vista hacia la estrella más brillante, sigo un destello
viajero con luces intermitentes o dibujo extrañas fi-
guras en la parte más nebulosa del firmamento. No
oigo ningún respiro por parte alguna, y la humedad
de la rivera me obliga a apretujarme con la manta. Sé
que estoy en un buen sitio de pastoreo y que los hi-
gos pasados que aún resistían en las últimas ramas se
caen ya al suelo, ¡demasiados golosos como para que,
a las diez de la noche, no hayan recibido visitas! El
aire sopla de poniente y va rivera arriba, por tanto no
es excusa para tanta tardanza. Seguro que la habrá, ¡la
desconozco!
Enciendo la linterna, tapo la luz con mis manos y
miro el reloj: las once y media. Nada. ¡Qué mal huele
José Luis Lobo Moriche
156
esto!, y vuelvo a liar mi cuerpo con la manta. Si no
hubiese comprobado que los musgos del tronco de la
encina donde estoy subido están intactos y no han
sido restregados por las botas de cualquier cazador al
engatinarse a ella, desconfiaría de que alguien se me
hubiera adelantado. No existe señal de que malos re-
cecheros estén empicados a ponerse junto a los porti-
llos. Quizás algún novato cazador haya hecho el
aguardo en los mismos pies de las higueras. Enton-
ces sí que su error habría sido causa de resabio, por-
que la cercanía del cazador a la barda de vallados no
le permitiría ningún campo de tiro.
No he vuelto a mirar el reloj, supongo que serán
las doce de la noche. De reojo veo a mis espaldas có-
mo un latigazo de luz artificial barre la empinada so-
lana y alcanza la cumbre. Enseguida, en movimientos
lentos de zigzag, se desplaza lateralmente con cons-
tantes oscilaciones hacia la vega. Giro el cuerpo y me
quedo de frente a la barrera. Nada. No oigo nada.
Sólo extraño los golpes de luz en la media noche, sé
que parten desde el portillo que Churubito cubre y
que él no es amante de dejar rastro por donde pase.
Seguro que mi astuto amigo algo está tramando. Los
latigazos son ahora más nerviosos. Pienso. Antes de
afinar mi mente, siento a mi derecha la nariz de un
cochino. Levanto la escopeta, la dejo a la altura de la
cara sin acercarla y coloco la mano izquierda sobre la
Arochones
157
llave de la linterna. Entre unas matas que yo domino
está parado, ¡a quince pasos más o menos! Ya no
sacude la nariz, pero aún está ahí. La luz de la linter-
na de Churubito ahora no oscila, está fija en la barre-
ra. Alumbro los matojos, y se me descubre -de la mi-
tad hacia delante- el leonado cuerpo de un cochino.
No se inmuta con el engaño, mira desafiante el cho-
rro de luz y se mantiene en cruz conmigo. Apunto a
placer por detrás de las orejas y disparo, ¡se hace ma-
tojo sin vida! La luz que batía la barrera se apaga. Ha
dado la última patada de muerte, cuando la candela
del cigarrillo de Churubito ondula, por el interior de
la cerca, hacia mí.
-¡Dame la mano, porque esto es matar entre dos!
-¡Esta noche tú has puesto más carne en el asador
que yo! ¡Si no es por ti…!
-Cuando vi que alumbrabas las veras de la pared sa-
bía que habías vuelto tu cuerpo hacia la vega y que
habías comprendido perfectamente mi jugarreta.
-¡Ya nos conocemos de sobra!
-Sobre las once se coló una piara de cochinas. Las
putas no quisieron saber nada de higueras y saltaron
muy decididas a la solana. Ahí no se han parado, tie-
nen que estar empicadas en las higueras de El Hu-
rón.
José Luis Lobo Moriche
158
-¡Qué desastre de oído!
-¡Iban sin apenas apoyar las pezuñas sobre la tierra!
Pues nada, se colaron y allí estarán. Este cochino
traía las mismas intenciones que ellas: cruzar la rivera
y dejarnos a los dos plantados. Tal como pensé ha
salido: ‘Ahora echaré la luz enfrente y..., seguro que
desconfiará y se vendrá a tomar los portillos…, y el
portillo por donde se va más tapado es el de Pepe
Luis’.
-¡Me supuse que algo estabas tramando!
-Al ver la luz de tu linterna fija y con tanta inclina-
ción sabía que te lo había echado a los pies.
Pocos cazadores usan esa astucia, y ahora con más
picardía tenemos que salir de la vega con un cochino
de cinco arrobas terciado en un palo hasta que al-
cancemos la cumbre de Las Pocitas. Cuestión de ol-
vidarse de las prisas, de que el palo cimbreante se cla-
va en los hombros, de que es madrugada sin luna. Es
preferible que recordemos que las luces de la linterna
y del coche alcahuetean nuestros andares. La claridad
del alba llegó a Jabaca antes que nosotros dos.
159
Esfuerzos
Actores y testigos únicos de escenas irrepetibles,
que cada uno se cuenta a sí mismo en noches de des-
velos. Contenerse el ansia de narrar a los demás las
aventuras y desventuras vividas nos ayuda a que sea-
mos constantes descaminos. Silenciar aventuras cues-
ta, porque la vida es contar lo vivido. Quizás por
ello, a mis sesenta y tres años y apartado de estos
trances, desee no ocultar los esfuerzos que ambos
derrochamos: noches enteras en cualquier rincón de
las sierras sin haber oído un respiro. Andar, fuera de
veredas, la decena de kilómetros que distancia Corte-
gana de la cumbre Estercadillas…, preparar el come-
dero con maíz…, esperar, esperar…, coger nuestros
avíos…, y caminar otra vez con las ilusiones intactas
durante varias horas salvando las dificultades de los
barrancos. Por fin alcanzamos la cumbre y se nos re-
vientan las emociones al sentir las rebotadas de los
jabalíes que comían tranquilamente el maíz echado.
Esta vez de nada nos sirvieron los esfuerzos y enga-
José Luis Lobo Moriche
160
ños. Regresamos derrotados a Jabaca sabiendo que
mañana sería otro día y que la caza es dificultad.
----------------------
Si quedé en recoger al invitado, al que ayudé a que
se subiera a un altísimo alcornoque de La Caballona,
y en el oportuno momento me topo con una piara de
cochinas, me olvido -no digo yo de un amigo- sino
del lucero del alba.
-Pepe, ¡que son las cinco de la madrugada y quedaste
en venir a las doce! ¡Tarde me cogéis otra vez!
-Quico, ¡la culpa es de los jabatos!
----------------------
Tarda en borrarse de mi mente la supuesta imagen
de un cochino que estaba a diez metros de mí, que
con decisión se ha orillado entre las adelfas de La Al-
calaboza y bebe de sus aguas. Oigo los sorbetones e
incluso adivino la posición inclinada que habrá adop-
tado cuando encoge las manos y mete su trompa en el
charco. Me embeleso y el tiempo que me brinda se
escabulle, ¡creí que me ofrecería el cuerpo entero res-
tregándose sobre la corteza blanquecina del pino que
destila resina! Me engañó el puñetero. Retrocedió al
interior del negro jaral con la barriga hinchada. Es-
fuerzos para nada. Mañana será otro día.
Arochones
161
Son las cinco de una tarde grisácea y fría de no-
viembre. Acabo de subirme a una encina situada en
medio de una mancha que los lugareños llaman El
Chino. Razones hay para que con tanta prisa la haya
trepado: he usurpado el territorio de sus encames, un
lugar en donde no necesito que la tarde caiga venci-
da. He invadido un rincón casi impenetrable y seguro
para ellos. Otra vez razón e instinto enfrentados. El
vuelo que coge la encina está lleno de cascajos, de
matas tronchadas, de cagadas, de polvo, ¡el suelo
tiene brillo! El enclave de la encina es propicio para
que el inoportuno cambio del viento, a la hora de la
puesta de sol, no me estropee la espera. ¡Menos mal
que ya estoy subido! Apenas son las seis de la tarde y
varias cochinas traquean la mancha sin tapujos. Es
más, diría que son escandalosas, que se trompean
mutuamente y que no se aguantan los gruñidos. Res-
pingan y apenas comen. No las veo aunque estén tan
cerca, se alejan, se alejan más, retroceden, se acercan,
aún más cerca. Gruñen de nuevo, respingarán o yo
qué sé. Razón e instinto en tensión. Las seis de la tar-
de se hacen las siete, las ocho, las nueve y las diez.
Nada. Pienso que saben que estoy aquí. Traquean to-
dos los rincones menos uno. Tienen que saber que
soy yo quien pretende vencer sus instintos; parece
imposible que no estén sacando más brillo al suelo
de esta encina. Pienso, pienso, sin alzar la escopeta.
Llegan las once, las doce. Empieza la madrugada. ¡Ni
José Luis Lobo Moriche
162
ésas! La una, las dos, las tres. No se han ido, ¿espe-
rarán a que yo me baje para comerse las bellotas que
chorrean desde las altas ramas? No me dan tregua ni
siquiera para que mis ojos intenten cerrarse. Enga-
ñan. Consienten y nada. Se va apagando la madruga-
da. Las cuatro, las cinco, las seis. Siguen consintién-
dome. No sé si tengo culo, estoy como encartonado.
Quizás me haya hecho rama. Se alejan, se alejan más.
Ya es hora de que me baje y olvide, de una vez, que
soy objeto de su juego. Incordian, vuelven y jugue-
tean. Se va acabando la madrugada. Da igual. Espe-
raré el amanecer o lo que haga falta. Despunta el alba
y más albores. El sol abandona el naciente e inicia el
vuelo. Miro el reloj: son las nueve de la mañana. Ya
es hora de que regrese a casa aunque sea de vacío y
derrotado por el instinto.
163
Nieblas
El peor enemigo del cazador nocturno es la niebla.
Ante ella no vale la memorización del campo, ni la
mata es mata ni la trocha es trocha. Todo se trans-
forma en un amorfo cabezo, en el que he entrado
confiadamente y en donde, de pronto, se han cerrado
las puertas de salida. He violentado un territorio sal-
vaje, guiado por una trocha que yo no he abierto, y
espero impacientemente a que venga a mí el cochino
que días antes espanté. No oigo nada, pero sé que es-
ta noche restregará el lomo embarrado sobre el tron-
co de la chaparra que yo domino. Resisto las minús-
culas gotitas de agua que se adhieren a la lana de mi
chaleco. Poco a poco voy convirtiéndome en ele-
mento neblinoso sin ser consciente del peligro de es-
ta invasión gaseosa que gana cada vez más terreno a
la meseta de Las Pocitas. Se ha tragado la marrá de
coscojas y también la calzada que tenía junto a mí.
Nada me impulsa a que abandone la encina. Aguan-
to, ¡vendrá! Ya no somos yo y el paisaje, como si los
José Luis Lobo Moriche
164
dos hubiésemos dejado de ser. Ni entreveo la cha-
parra embarrada ni el vuelo y las ramas de mi encina.
Es más, ni siquiera veo la escopeta que sujeto con
mis manos. No sé si empiezo a sentir algún miedo.
Aguanto, ¡vendrá! En cambio ella no se aguanta es-
tática, avanza y avanza. ¡Sí!, ahora, tengo miedo de
haber invadido un territorio al que sólo se entra y sa-
le por una estrechísima trocha abierta por el instinto.
Algo me impulsa a que me baje de la encina rápido y
me ausente. Descargo la escopeta, me cuelgo la mo-
chila y salto. Enciendo la linterna y busco con la luz
las punteras de mis botas, ¡los rayos no llegan a ellas!
Intento serenarme, orientarme, ¿con qué brújula? No
quiero dar un paso en falso pero lo doy. Ya no estoy
bajo la encina ni al lado de la chaparra embarrada.
Apago la luz de la linterna porque las pilas se están
agotando igual que la serenidad, el valor, el coraje, la
razón…, todo menos mi instinto de conservación.
Ahora necesito ser más jabalí que nunca, tengo que
salir, como sea, de este infierno sin luces, ¿y la tro-
cha? ¡Tengo que encontrarla! Enciendo de nuevo la
linterna, ¡los rayos tampoco alcanzan el suelo! In-
tento recomponer el ánimo, recobrar la serenidad, el
valor, el coraje y la razón. Otra vez la lucha. ¿Dispa-
ro? Quizás Churubito esté intranquilo por mi tar-
danza y me oriente con dos canutazos. ¿Y si él tam-
bién ha sido engullido? Saco de mi escopeta los dos
cartuchos y me arriesgo a seguir el camino difu-
Arochones
165
minado que traza mi mente. Enciendo por tercera
vez la linterna. ¡Necesito salir, aunque sea a ciegas, de
este infierno! No sé hacia dónde se han encaminado
mis pisadas; a mis pies no hay ya paisaje alguno, se ha
borrado. Soy más descamino que nunca, no tropiezo
con la trocha, ando y me desnorto más. Me encorajo
echando mi cuerpo encima del barbasco que me re-
tiene. No cuento las veces que caigo. La linterna se
desvía de los caños, opto por desliar las gomillas que
la sujetan y llevarla en una mano. Noto que el des-
nivel del terreno desplaza mis ciegos impulsos hacia
abajo, sin saber yo dónde está ‘ese abajo’. No retro-
cedo. Apago la linterna y paro ante una barda de va-
llados. Emplazo las zarzamoras, ¡sí, estoy en el ba-
rranco que se inicia en Las Pocitas y que alcanza La
Alcalaboza en tierras de El Vínculo! Cada vez estoy
más lejos de Churubito, es imposible que retome los
malos pasos que ya he dado. Me encorajo más y dejo
la luz alumbrando los vallados, apenas vislumbro las
puntas pinchosas que se clavan en mi cara. Tras las
zarzamoras corre el agua que busca el callejón de El
Hurón; si logro bajar hasta allí, casi la habré vencido.
El barranco corre a mi derecha, es cuestión de que
no abandone las zarzas que constantemente hieren la
piel de mi cara. ¡Eso haré! Para qué contar los bata-
cazos. Cada vez caigo desde más altura, igual que el
agua al salvar los terraplenes. Me figuro el paisaje, es-
toy inmerso en el pétreo cabezo que protege la aldea
José Luis Lobo Moriche
166
de los vientos norteños. Ahora me resultará impo-
sible recular hacia Churubito. Alumbro mi reloj, ¡las
dos y diez, llevo dos horas tragado por la niebla! ¡Lo
que faltaba!, las pilas apenas tienen vida, la tenue luz
que escapa por el faro es cada vez más amarilla. No
obstante, la dejo encendida y con ella voy apartando
las zarzas que se inclinan hirientes hacia mí. No me
duelen los arañazos ni me quejo de los tumbos. Res-
piro de alivio ante un claro matorral que se abre ante
mí sin el constante castigo. Reconozco este rincón,
casi alcanzo las casas derrumbadas de los Terreros y
de Julián. Quizás esté ya en medio de la callejuela
empedrada, no piso las piedras clavadas por los al-
deanos, sólo escombros que hablan de la barbarie de
algunos hombres que destruyen a su antojo lo levan-
tado trabajosamente por otros hombres hermanos.
¡Es un tipo de caza más cruenta y cómoda que ésta!
Con el último batacazo ruedo hasta el callejón de pe-
druscos que lleva a El Hurón. Miro el reloj: ¡las tres!
Ya no tendré enemigos, con los ojos cerrados cami-
naría hasta los pies de Churubito. Abro la cancela de
Las Pocitas, donde mi amigo me espera.
-¿Te has ‘enajenao’? ¡Me imagino lo que habrás
pasado! ¿Tú sabes qué hora es? ¡Son más de las cua-
tro!
-¡La puta niebla!
Arochones
167
Es bella y envolvente pero a veces me roba la ra-
zón y origina que me sienta partícula dentro de ella.
De rececho en Las Pájaras es como si cazase en mi
casa. La traicionera -distinta traición de la humana-
ha provocado que ambos nos hayamos perdido en
nuestra propia casa. Nos hemos juntado, a la una de
la madrugada, bajo el quejigo en que habíamos con-
venido, oculto ahora entre las bajas nubes. Vueltas
para allí, para allá, para este lado, para el otro, ¡sin
trocha ni callejón a nuestros pies!
-Fernando, ¡que hemos perdido la trocha!
-¡Eso digo yo! ¡A quién se le diga que perdernos en
Las Pájaras!
Las manecillas de nuestros relojes se mueven me-
cánicamente con más sentido que nosotros: ¡la una y
media!, ¡las dos!, ¡las tres! Por fin veo, lejanas y difu-
sas, unas luces mortecinas que se adivinan en el hori-
zonte, entre la niebla.
-Pero, ¿adónde hemos venido a parar? ¿Esas luces
son de Gil Márquez? ¡Si en esa barrera no hay ningún
pueblo ni aldea!
-¡Gil Márquez no puede verse desde aquí!
-¡Pues buenas las hemos hecho! ¡Anda que la noche
que nos espera!
José Luis Lobo Moriche
168
Mientras cavilamos sobre la situación del lejano
alumbrado, vemos dos focos de luz que -en lentísima
lucha- consiguen moverse.
-¡Tiene castaña la cosa! ¡Aquellas son las casas de
Montepuerto, y ahí va un coche por la carretera!
¡La aldea de Gil Márquez está hacia el sur, en una
profunda hondonada! ¡Nosotros creemos verla al
norte, en la cresta de las solanas de La Pava!
169
Peligros
-¡Hoy montean La Caldera! Cuando cuides el ganado,
coge tus tiestos que nos vamos a visitar a nuestros
amigos de Tronca -¿recuerdas, lector?, aquellos que
remataron magistralmente una res.
-¡Pues, a Tronca!
La gran familia nos recibe como hermanos. Menos
la madre y nuera todos van de montería a la mancha
de la umbría de La Caldera, que se domina desde el
umbral del cortijo.
-¡Lo sentimos! ¡Pero no podemos acompañaros! ¡Yo
voy de postor y los muchachos van con los perros! -
nos anuncia el padre, ayudándose con una trompe-
tilla apoyada sobre el agujero de su garganta.
-Padre, ¡ellos saben buscarse la vida! ¡Ahí veis la sierra!,
¡toda es vuestra! ¡Si matáis algo, aquí tenéis el cortijo!
¡En esos bajos de las tres barrancadas no ponen
José Luis Lobo Moriche
170
puertas, cierran por la cumbre, por la linde de El
Vínculo y por allí enfrente! ¡Así que vosotros allá!
Nos estamos jugando la vida, justo en mitad de la
barrancada hasta donde alcanzan las balas disparadas
por los monteros en la armada de la cumbre. No so-
mos conscientes del peligro que conlleva haber inva-
dido un territorio casi inaccesible, nos sentimos li-
bres y felices. Para salvar la hondonada y dominar
con nuestras escopetas varios metros de monte claro,
nos hemos subido a dos alisos ahogados por la zarza-
parrilla y el matarotaje.
No hay momentos de espera ni de tregua entre las
venideras emociones, los jabalíes relampaguean por
delante de nosotros. Con el segundo disparo de Chu-
rubito, una jabalina gruñe de muerte. Mi primer dis-
paro también provoca que un cochino navajero rue-
de -sin gruñido- hasta el correntón de la barrancada.
Más disparos, más gruñidos de muerte…, hemos
cobrado tantas reses como los cincuenta monteros
que cubrían con sus puestos la alta cumbre Monte
del Medio y la linde oeste de El Vínculo.
Después erramos gravemente al no entregar las
piezas cobradas a los organizadores de la montería, y
una a una llevamos las reses desde la barrancada has-
ta Tronca…, mucha carne…, mucha sangre…, mu-
chos hurtos…, desvergüenzas…, y demasiadas emo-
Arochones
171
ciones descontroladas. Tanta muerte no nos sacia, y
todos acatamos la orden del padre:
-¡Todavía nos da tiempo de pegarle un picotazo a Puerto
Cañón! ¡Porque ya son las cuatro y media; si no,
echábamos entre los cinco El Vínculo entero!
Con el sol puesto los perros laten en las solanas y
de nuevo gruñe una jabalina por heridas de bala.
Oscuro y bien oscuro, los cinco cazadores insaciables
nos adentramos en El Vínculo a vivir la madrugada.
----------------------
A veces bordear el peligro conlleva una caída. Un
compañero de aventura ha herido una res, me lo di-
cen los ladridos bastos que retumban en la barran-
cada de la umbría El Choto cercana a Portugal. No
se inmuta el cazador ni le hierve la sangre. Quizás no
lo sea, sólo un contador de historietas en un salón.
Me hostigan las llamadas de predador y corro -lomero
abajo- hacia la barrancada. Paso por delante de quien
ha disparado. Sigue allí inmóvil, sin sangre, bien
apuesto con rifle en las manos y con facha de voci-
ferar sus miedos. Dos perros ladran, tienen la res
aculada, lo sé. No he oído ningún gruñido, señal de
que es un cochino impasible ante el dolor o una co-
china muy entera aún. Mientras corro hacia la hon-
donada, veo cómo las puntas de los vallados se
José Luis Lobo Moriche
172
mueven, ¡será mía! No presiento el peligro ni razono,
voy ciego. Un inoportuno tropezón me arroja al co-
rrentón del barranco. Momentáneamente me hago
figura de vallado a cinco metros de una mole salvaje.
Está aculada a la torronta, las enormes orejas encam-
panadas y las cerdas del lomo levantadas, la misma
estampa que de niño contemplé en un libro de caza
escrito por un naturalista inglés, ¡estoy ante una fiera
que es todo valor y fuerza bruta, de apariencia espan-
tosa, sus ojos inyectan sangre y despiden fuego! Creo
que me estoy dejando atrapar por esa aureola román-
tica del escritor inglés, ¡su semblante no es tan ma-
ligno! No distingo tiro alguno de empanzada, ni de
encuentro, ni de escudos ni de que esté partida. Po-
siblemente la torronta me oculte la herida o la jabalina
haya adoptado esta posición defensiva para encarar al
agresor. Dos perros pelibastos ladran mientras le guar-
dan la distancia. Extraña mi figura entre las zarzas y
se queda fija en mi bulto, ¡se me arrancará con la
boca abierta! No achucho los perros; ahora soy yo
quien me he transformado en una zarza inmóvil y sin
sangre. Contengo mi respiración, la taquicardia. Los
ladridos de parada me ayudan a que, aún, no me haya
embestido; los jabalíes sólo cargan contra el cazador
cuando se ven acosados como en este momento. Le-
vanto, sin apenas tirones, la escopeta. Voy sorteando
las puntas de las zarzamoras para que no chirríen en
los cañones. Me mira con taimados ojos. No tengo
Arochones
173
suficiente juego de brazos como para llevar el punto
de mira a los codillos. No sé qué impulsos me arras-
tran a que dispare precipitadamente, se estremecen
los vallados y en décimas de segundo mi cerebro se
despierta y me da la orden de que corrija rápido el
fallo porque la torronta se ha tragado la bala y seré
papilla. Los cinco metros que nos separaban se han
achicado, he quedado a una cuarta, demasiado cerca
de ella como para que pueda levantar mi escopeta y
buscar de nuevo el punto de mira. Tampoco sé qué
me impulsa a disparar de sobaquillo. Lo hago; y antes
de oír el canutazo, veo cómo una especie de grasienta
masa de salchicha ha brotado en medio de los dos
ojos. Abro el arma y quedan, en el interior del va-
llado, los dos cartuchos vacíos como testigos de mi
imprudencia.
----------------------
Siempre que rematé una res en un sitio donde no
podía desenvolverme con soltura, me acercó al pe-
ligro, ¡demasiadas veces me asomé a los precipicios!
Ésta no es la historia de un atrabanque ante un nava-
jero sino ante un guarro asilvestrado que infundió el
pánico a varios monteros. Ahorro las descripciones
de la zaragata de ladridos, de voces y de gritos. Pasa
cerca de mí un jaleador con veinte perros tras de él.
José Luis Lobo Moriche
174
-Marulla, ¿qué pasa ahí que nadie se atreve a rematar
ese cochino? ¡Que los perros llevan liados con él una
hora!
-¡Quita para allá! ¡Si es un guarro manso, que la ha
formado! ¡A Fabi se lo han tenido que llevar al hos-
pital! ¡Le ha pegado varios navajazos en las piernas!
¡Se ha chillado tres o cuatro perros y al que llega lo
abre en canal! ¡Hombre, a mí me coge con este ban-
do de cachorros porque si no…!
-¡Tanto miedo! ¡Yo voy a rematarlo!
-¿Rematarlo? ¡Si no lleva ni un chispazo! ¡A ver si lo
quitas del medio de una puñetera vez!
Llego a la mesana que hacen dos collados, y al pri-
mer valiente que veo es a Churubito subido en la pin-
goya de un alcornoque.
-Hombre, ¿pero tú también?, ¿en vez de quitarle el
pellejo…?
-¡No te acerques! ¡Que yo no he visto bicho igual!
¡Que te pringa! ¡Espera que salga al collado! ¡Mira que
es un traicionero!
-¡Anda, calla y quédate ahí subido!
Desde luego la algarabía resuena estremecedora, se
mueve la solana entera. Sitúo los ladridos de los pe-
Arochones
175
rros más atrevidos sobre la media barrera del cabezo
Curtía, por encima del colmenar que orilla al ba-
rranco Arochete. Guarro y perros en lucha han abier-
to el monte con una ancha vereda. La tomo, con mi
cuerpo casi reptando, y a punto estoy de desistir;
nunca había visto que más de veinte perros se dejen
vencer por un guarro manso que sólo quiso ser ani-
mal salvaje. Los perros ladran de miedo a unos quin-
ce pasos de mí; sin embargo el asilvestrado no está a
esa distancia, quizás por debajo de los perros o a tiro
de mi escopeta. ¡A ver si me deja llegar a ese risqui-
llo! Lo he conseguido. Toso dos veces seguidas y no
espera al tercer carraspeo, con la boca abierta se me
arranca como un toro. Lo aseguro apuntando por
detrás de las orejas y se queda tendido a un metro de
mis pies. Enseguida varios perros ladran con otro ti-
po de ladra mientras tres con más casta lo muerden.
Con mucha precaución Churubito se baja del alcor-
noque.
----------------------
¿Peligro o atrevimiento? Quizás vayan unidos, ¿qué
razón arrastra a que hayamos invadido sierras de
Portugal? La golosina es la palabra reserva de caza, el
paraíso que aún no hemos alcanzado de madrugada.
Pacientemente esperamos hasta que desaparece la
tarde clara; ahora sí que cruzamos los marcos fron-
terizos, liberados de los temores que La Raya nos im-
José Luis Lobo Moriche
176
pone. Lentamente, tal como las estrellas salen en el
firmamento, así vamos invadiendo otras sierras, olvi-
dándonos de que ya no estamos en España, ¡yo, por
lo menos, siento que Portugal es toda mía!
-¡Voy a coger esta cañada arriba, espérame en la
revuelta del ese regajo!
Me encajo ante el ventanal de la caseta de un guar-
da forestal. A las tres de la madrugada seguro que
dormirá, sin embargo me inquieto al ver cómo la chi-
menea aún humea. La cañada está llena de jabalíes.
Fernando pega un lampreazo, tiro y acuse de la herida
mortal suenan instantáneamente. Buscamos entre el
pasto de la cañada, piso algo que apenas se mueve y
que hurra, ¡no es necesario desperdiciar una bala!
----------------------
Hablamos de miedos, de peligros y de esfuerzos:
hemos visto pasar la noche en Maribarba. ¡Nada!, se
ha ido de vacío. Queda la esperanza de la madrugada.
Estamos en la umbría de la fuente, a escasos metros
del carril que va a La Torre. Un ruido de motor aso-
ma por el collado de la casa de Maribarba, enseguida
unos focos iluminan el vuelo de los alcornoques a los
que hago tiro. ¡Peligro, es un Land Rover de la guar-
dia civil! Pasa de largo, sube en dirección a La Torre.
Suenan ruidos de más motores. Miro el reloj, ¡la una
Arochones
177
de la madrugada! Oigo el chasquido producido por el
golpeo de dos piedrecillas, Churubito viene hacia mí
a oscuras. Toso.
-¡Estamos metidos en una ratonera!
-¿Y tanto coche?
-¡Hay fuego en la sierra de La Moña, desde la encina
donde yo estaba puesto veía muy bien el resplandor!
-¡En esta umbría no corremos peligro, deja que pasen
los coches, agárbate aquí! ¡Esperaremos hasta la cal-
ma del amanecer!
-¡De aquí no me cosco!
----------------------
He contado algunas historias de peligros, aún falta
que te metas con nosotros en medio de las tormen-
tas. En esta tarde de octubre no se mueve ni pizca de
aire, el ambiente está asfixiado por un recalmón pe-
gajoso, y nos hemos valido del cortijo de Capitán co-
mo punto de asalto a Las Estercadillas. A la puesta
de sol ha empezado a levantarse un airecillo caliente
que sopla de poniente, enseguida aparecen nubarro-
nes por los cabezos fronterizos con Portugal que no
tardan en llegar a la umbría de Las Estercadillas, en-
negreciéndola aún más. El primer trueno suena tan
lejano que no deja latigazos de culebrilla luciérnaga
José Luis Lobo Moriche
178
en el cielo de La Alcalaboza. Saco de la mochila un
gambeto plastificado para guarecerme de los gotero-
nes que desprenden las cortinas de agua, más inten-
sas cada vez que el cielo retumba y se ilumina la um-
bría instantáneamente. Apoyo la escopeta sobre una
rama de la encina y ofrezco tanto a la lluvia como a
los truenos la menor parte posible de mi cuerpo.
Aguanto hecho un ovillo hasta que Fernando llega a
mí.
-¡Ésta es gorda!, ¿dónde nos refugiamos!
-¡Nalguea cuesta abajo, que nos coge esa negrura que
viene por Aroche!
Resplandor y trueno perseguidores con los mismos
pasos centelleantes de dos cazadores perseguidos.
Sorteamos las bajeras de los árboles, tratando de es-
cabullirnos por los entreclaros del bosquejo. Me so-
brecoge una chaparra que arde como si fuese una
brea que nos abre los pasos hacia el naciente. No
maquino en cosas transcendentes, sólo en que soy un
ser insignificante, ¿y ahora para qué la razón? El
instinto nos inicia el camino, nos esquiva los malos
terraplenes y nos aligera. Son instantes en que no
existe la palabra entre dos amigos, ni siquiera el len-
guaje mímico de nuestras manos y brazos, ¡un mismo
instinto nos une y nos lleva! Busco parapetos en mí,
en mis zancadas de prisa, no encuentro ningún refu-
Arochones
179
gio alrededor. Tengo la muerte por delante y detrás,
sin embargo mi instinto no cede ante los amena-
zadores andares de las tormentas. Nos alejamos de la
cerca de pared, de las zahúrdas y de las higueras.
Atrás quedó la umbría, ahora todo es vega en plena
luz. Continúa el mismo lenguaje mudo de dos ami-
gos, ninguno necesita preguntar acerca de hacia dón-
de huimos ni tampoco pedir al compañero descanso
ni auxilio. Ahora son los truenos los que nos achu-
chan, nos persiguen y nos vocean a su antojo.
Alcanzamos el cortijo, y nos olvidamos de la tem-
planza de la espera, hay demasiado olor a pólvora en
el ambiente y los fuegos naturales nos amenazan de
nuevo por el poniente. Arranco el coche, y los faros
nos abren un campo iluminado por otras cien tor-
mentas. Con gritos, el cielo derrama ante nosotros
cien mil lágrimas que nos enmudecen aún más. Ape-
nas balbuceo dos palabras:
-¿Qué hacemos?
-¡Sigue, que sea lo que Dios quiera! -contesta con voz
apagada.
El camino está cerrado por tres porteras metálicas,
para abrirlas tenemos que enfrentarnos antes a las
tormentas. Paro el coche ante la primera; tras haber
aguantado las furias de un trueno y relámpago por
José Luis Lobo Moriche
180
delante del capot, Fernando descorre el cerrojo. No
sabe que el hierro está cargado de muerte hasta que
un latigazo eléctrico sacude sus manos. Busca ampa-
ro en el interior del coche, entre respiros jadeantes se
va liberando de sus miedos.
-¡La linterna mía, que está recubierta de goma!
Coche y tormentas buscan el naciente…, atrás
quedaron Las Estercadillas, donde los jabalíes segui-
rán inquietos por los cien zambombazos que retum-
baron en los cabezos de la umbría. Son los azotes
que nos manda la naturaleza: el agua, la niebla, el
fuego, la tormenta… ¡Somos cazadores adheridos a
los peligros!
----------------------
Sobre las once de la noche he cobrado un cochi-
no. No entro en descripciones del lance, quedó olvi-
dado por causa del peligro que llegó después. Está
muerto y ahora hay que sacarlo desde una barran-
cada. Con las dificultades y modo que ya conoces,
hemos alcanzado la cumbre de La Pava, es la una y
media de la madrugada. Reventados por tantos vai-
venes de siete arrobas sobre los hombros, Fernando
acoge bien mi propuesta:
-¡Déjalo aquí mientras voy a El Galindo por el coche!
Arochones
181
Eso hacemos, saco el Suzuki del escondite y subo
por el camino que orilla las dos calles de Monte-
puerto, hasta que alcanzo la cumbre. Lo cargamos y
en marcha. Todo bien. Bajamos la cuesta de la aldea,
de pronto los faros de un coche iluminan el final de
la carretera que la une a Cortegana.
-Fernando, ¡la guardia!
-¡Ea!, ¡la cagamos!
Irremediablemente tenemos que cruzarnos al final
del carril. Pongo la luz corta y quito el pie del acele-
rador, un Land Rover nos deja vía libre y sube la
cuesta que nosotros acabamos de bajar.
-¡Dale pipa al coche!, ¡no vayan a dar la vuelta!
Con la vista puesta constantemente en el espejo re-
trovisor, llegamos al pueblo, la puerta trasera estaba
abierta y las patas del cochino casi arrastraban por el
suelo.
----------------------
Es de necio que naveguemos a sabiendas por ma-
res revueltos; en las hoyas del valle de La Bájena ya
corremos demasiados peligros, ella es -como diría
Churubito- una ratonera.
-¡La tarde del viernes nos vamos a La Bájena!
José Luis Lobo Moriche
182
-¡Déjate de Bájena, que la liamos!
Hemos registrado la solana y no nos hemos entu-
siasmado; en cambio, la umbría está a tope. Nos he-
mos situado a gusto, cada uno en una hoya. A las seis
de la tarde ya hay reses roncando en las veras de la
mancha; tal como el sol baja, van ellas adentrándose
en el encinar. Creo que las tiraré antes de que ano-
chezca, a pesar de que conozco su habitual terque-
dad. Aunque pastorean remolonas, pronto las tendré
debajo de la encina. De improviso surge el hecho
malaje, inesperado y menos deseado: un todoterreno
verde con boina en el techo acaba de asomar por
delante del cortijo de Juanablanca. Por mi derecha la
guardia civil y a mi izquierda una piara de jabalinas
que no se inmutan con el ronroneo del motor. Ahora
sí que han llegado a su sitio; una de ellas salta por en-
cima de la mochila, que dejé arrimada al tronco. Veo,
incluso, cómo las correas se enredan entre sus patas.
Las sacude y la arrastra. Cada uno de mis ojos mira
hacia lados opuestos. Tengo apuntada la mayor, no
tiene cuartel. Sin embargo no puedo disparar, porque si
el cristal de la ventanilla está bajado, el tiro retumbará
dentro del coche. Aguanto, esperaré a que dejen atrás
la cerca de Puertotremés. Eso hago, los focos apun-
tan hacia la hoya. La luz no se detiene, lentamente se
desplaza hacia el collado. He apartado la vista de las
cochinas, ¡el temor me seduce tanto como el gozo!
Arochones
183
El ronroneo se hace menos estridente, apagándose
detrás del collado, igual que la luz de los focos. ¡Bus-
co un bulto y no lo encuentro!
----------------------
¡La puñetera Bájena se las trae! ¡Este viernes, sába-
do y domingo viviremos la noche en Juanablanca!
Nos acompaña un amigo poco diestro en avatares
nocturnos y dos perros míos. Manchón para acá,
manchón para allá y el cazador con poca agilú se carga
una cochina, ¡hombre gozoso! Como no tiene inten-
ciones de pasar una mala noche ni tampoco la ma-
drugada, después del almuerzo va al pueblo a dejar
las partes de carne retazada en nuestras casas. Chu-
rubito y yo tomamos café mientras preparamos los
achiperres necesarios para aguantar la fría noche de
noviembre. Montamos las escopetas, revisamos las
orejuelas de papel de plata sujetas con una gomilla,
amarramos las linternas por delante de la caña y si-
mulamos tiros a la pared de la habitación, sobre todo
para comprobar si los haces de luz llegan derecho al
objeto apuntado, ¡todo perfecto! Liamos la manta y
la amarramos con las correas de la mochila. Cada
uno de nosotros se guarda en el bolsillo del pantalón
cinco cartuchos de bala. (De noche, es raro que dis-
paremos más de una vez; pero necesitamos cinco
cartuchos para afrontar bien un supuesto remate).
Fernando coge su paquete de tabaco y el mechero.
José Luis Lobo Moriche
184
Atizo la candela y echo un par de palos de encina.
Parece como si alguien se chivara a los demonios y,
en el momento de los molletes, surgen inesperada-
mente. Se oye el consabido ronroneo de un todote-
rreno que está cruzando el barranco Doña María y
que irremediablemente pasará por delante de la puer-
ta del cortijo.
-Pepe, ¡ahí viene un coche! ¡Asómate por la ventana
de la cocina!
-¡Hostia, la guardia! ¡Mete la escopeta y los tiestos de-
bajo del camastro!, ¡acuéstate!
El ruido del motor queda en ralentí a la puerta del
cortijo, sólo suena levemente una portezuela. La cara
de Churubito es un poema. Se recompone y alivia
cuando arranca el coche.
-¡Menos mal, se han ido!
-¡Ssssss!, ¡no, que están ahí! ¡Quédate echado en el
catre!
-¡Que no, que se han ido!
Churubito se levanta del camastro y de puntillas se
dirige al ventanuco que da a la fachada principal.
Lentamente abre el cierre, tira de la aldabilla y se en-
cuentra frente a una pistola que lo apunta. Paga la
terquedad con un susto tal que lo hace rebotar hacia
Arochones
185
atrás con los carraspeos propios del terror. Hay que
salvar la comprometida situación como sea. Ensegui-
da doy la cara, abro la puerta y saludo al guardia civil,
que ya tiene enfundada el arma.
-¡Pepe Luis!, ¿qué hacéis por estas sierras? Nos he-
mos encontrado con vuestro amigo que va a Corte-
gana.
-¡Aquí, que hemos venido a pasar estos días de…!
-¡Un momento! -se apartó unos metros y llamó por
la emisora.
Al rato el coche regresó al cortijo. ¡Vaya!, al jefe de
pareja lo había saludado varias veces, su presencia
nos tranquilizó. Los saludos de rigor; y como no los
habíamos puesto en compromiso alguno, no hicieron
preguntas de difícil contestación. Los invité a una ta-
za de café, aceptaron. Habla que te habla, llegó la ho-
ra de la cerveza. Invitación y ambiente relajado.
-Fernando, ¡voy a la rivera a por las cervezas! ¡Ahí
regresa nuestro compañero, que parta unas tapas!
Mientras yo busco las bebidas enfriadas en una
charca, uno de los guardias pone en aprieto a Chu-
rubito: no sabemos con qué intenciones empieza a
gutear las habitaciones. Abre las puertas una por una,
y sólo falta que empuje la de la habitación que con-
José Luis Lobo Moriche
186
tiene los rastros de que hemos matado una cochina
de forma ilegal. Churubito me maldice por haberlo
dejado solo en aquel atolladero. El cocinero se porta
bien, a los cinco nos encanta el lomo asado en la
candela. A la una de la madrugada reinician el servi-
cio, vemos cómo la luz de los faros va paralela a la
rivera Doña María y luego se esconde por detrás de
Puertotremés y busca La Venta camino de Gil Már-
quez, ¡hemos perdido la noche, aún nos queda la ma-
drugada!
----------------------
De apuro en apuro: desde el riscal de la media ba-
rrera de Picureña casi alcanzo la cumbre. Churubito
ha dejado su mochila sobre un risquillo y se ha des-
colgado a una barrancada. Antes de que iniciemos las
aventuras de la noche, aprovechamos la mañana a la
espera de las reses huidizas de Las Torrecillas. Apos-
tado sobre uno de los enormes riscos que hace siglos
rodaron hasta las orillas del barranco principal, me
embobo con una bandada de más de cien buitres -
entre leonados y negros- que me sobrevuelan: ‘¡Qué
gran señal para nosotros los humanos, tanta carro-
ñera junta será porque en la cercana planicie de La
Contienda sobran cabras y vacas!’. Unos taramazos
cortan mi embobamiento, alguien se descuelga a mis
espaldas. Miro recelosamente hacia atrás, un guardia
civil salta de risco en risco en pos de su presa. Abro
Arochones
187
la escopeta y saco los dos cartuchos de bala sin saber
cuáles serán sus intenciones.
-¿Qué hace usted aquí?
-¡De caza! -contesto tranquilamente al cabo.
-¿Y esa mochila? ¿Dónde está ese Fernando Ruiz?
-¡En el barranco! -le contesto inclinando mi mano.
Esta vez no he invadido territorio vedado, piso Pi-
cureña legalmente. El cabo no suelta la presa e insiste
en las pesquisas. Desea que le acompañe hasta la en-
crucijada de carriles en donde nos espera su com-
pañero de servicio. Saca un librito a especie de catón,
lee, titubea, no encuentra los intríngulis legales para
retener la pieza. No sé si en estos momentos soy más
jabalí o cazador, ¿instinto o razón?
-¡Anda, deja tranquilo a este hombre! -le dice el com-
pañero.
Churubito estuvo ausente de esta mañana en verde,
la noche sí regresó teñida de rojo y muerte.
----------------------
Definitivamente hemos perdido el respeto a los
marcos fronterizos de Safareja, aunque mi amigo
ponga muchos peros a estas incursiones nocturnas
por las sierras portuguesas.
José Luis Lobo Moriche
188
-¡Vuélvete de espaldas a las tablillas rojas de la reser-
va y a la ‘P’ de Portugal! ¡Todas las sierras son igua-
les! ¡Los mismos animales y la misma gente!
Se ha tranquilizado con mis palabras, al igual que
esta madrugada tan calmosa en la que no corre ni
una brisca de marea. Se ha envalentonado y corre a
buscarse la vida. Cinco horas estaremos separados, ca-
da uno a su aire.
-¡Hasta las doce hay que aguantar!, ¡tire quien tire!
-¿Hasta las doce sólo?
-¡Por mí hasta el amanecer!
-¡En esta hoya nos vemos a la una!
-¡Culo ahí!
Me han entrado escandalosas, nadie -hasta esta
madrugada- se había interpuesto en sus caminos. He
herido una jabalina en su trasero, me lo ha dicho un
lastimero hurrido como acuse del tiro. Aún son las
doce de la noche, me siento sobre el troncón de una
chaparrilla a la espera de Churubito. He perdido la
tensión necesaria de un buen cazador, por eso un
jabalí me ha cogido la vez, sólo soy una tronca de
encina a diez metros de su trompeo. Ni siquiera in-
tento coger la escopeta que dejé apoyada sobre una
jara, y menos ahora que él se aproxima a la tronca, la
Arochones
189
rodea e incluso olfatea a un metro de ella. Me quedo
convertido en chaparrilla y él, indiferente, sigue en
pos de una cochina celosa. Luego, le regala a Churu-
bito el acto del cubrimiento.
-¡Lo caliente que son estos jabatos portugueses!
-¡No me digas!
-¡Más de tres saltos le ha dado un cochino…!
-¡Déjate de historias y vamos a cobrar la cochina que
he tirado.
Los hurridos lastimeros que dio la res herida, cuan-
do Churubito la pisó al ir a rematarla, nos inquie-
taron más que las luces del coche que se movía pau-
sadamente por La Raya.
----------------------
Hemos dejado el Suzuki en Las Gamitas, tierras
linderas con El Vínculo. Caminamos ilusionados
porque ayer nos topamos con una cerca de encinas
emparvadas de bellotas que los porqueros de El Vín-
culo tienen reservadas a varias piaras de cerdos. Sa-
bemos que será una noche de fortuna y que en esta
ocasión pisamos legalmente los llanos encinares con
el papel firmado por el amo de la finca. Mis ilusiones
se me desvanecen pronto, ¡en la cerca hay más de un
centenar de cerdos!
José Luis Lobo Moriche
190
-¡Lo que faltaba!
-¡Nos la jodieron!
-Pues, ¡hay que ponerse en la cerca como sea!
-¿A barruntar guarros mansos?
-¡A los jabatos no les molestan…!
-¡Ya no estoy a gusto con tanta trapatiesta!
-¡Como nadie se haya colado en la cerca…!
-¡No me extraña!, ¡las bellotas son tan golosas!
En efecto, al rato de haber aparecido las primeras
estrellas en el cielo de El Vínculo, los guarros ya es-
tán soliviantados con la entrada de los impacientes
jabalíes. El tiro que suena a mi izquierda, sobre las
once de la noche, se esfuma entre los sucesivos gru-
ñidos de muerte que inquietan al centenar de cerdos
echados a las afueras de las majadas. Corren por to-
dos los rincones de la cerca, atiborrándola de asus-
tadizos hurridos y resoplidos. Golpeo en la culata de
mi escopeta, me bajo de la encina cuando oigo otros
dos golpecillos y enseguida busco el puesto de mi
amigo.
-¡Mejor sería que saquemos la cochina de este estrebejí
y que nos acerquemos por el coche!
Arochones
191
-¿Y la portera de Las Gamitas?
-¡Tiene puesto un candado!
-¿Entonces?
-¡No es problema, la descolgamos y volvemos a de-
jarla bien puesta!
Eso hacemos, y a las dos de la madrugada ya tene-
mos la cochina en nuestro terruño de Jabaca. Te
preguntarás: ‘Bueno, ¿y qué tiene esta historia cine-
gética de particular?’. Llevas razón, ¡una espera más
con resultado positivo!
No obstante, quiero contarte los temores que pro-
vocó la muerte de la jabalina entre los porqueros, en-
cargados, jefes y demás personal al servicio del amo
de la finca: a la mañana siguiente uno de los porque-
ros se sorprendió del reguero de sangre que desde la
cerca salía por una de las cancelas que previamente
alguien había abierto, y era testigo del rastro reciente
de un coche en donde -para él, ladrones- habían car-
gado varios guarros mansos muertos. El porquero
unió sus maquinaciones: guarros inquietos, mucha
sangre, rastro de coche, cancela descolgada... De la
unión de sus cavilaciones surgió la definitiva conclu-
sión: ‘¡Anoche robaron los guarros!’. El asustadizo
porquero llamó a su compañero, ambos reclamaron
la presencia del encargado de El Vínculo para que
José Luis Lobo Moriche
192
formulara la correspondiente denuncia. Éste consta-
tó la sangre, los rastros, la cancela descolgada y cómo
unas huellas de Suzuki cruzaban la portera de Las
Gamitas y tomaban el camino de Cortegana.
-¿Vosotros habéis contado los guarros? ¡Tranquilos,
que no falta ninguno! ¡Este Lobo es un caso!
193
Macarenos y carrasqueños
Nuestras historias de cazadores nocturnos se cuen-
tan con las muertes de los viejos jabalíes que nos aca-
rrearon demasiadas amarguras: los corpulentos maca-
renos y los menudos carrasqueños. Los hemos visto que
mudan constantemente de hato, que cubren con des-
caro de día, que se zorrean y que desaparecen y apa-
recen a su antojo.
Nuestro primer tropiezo ha sido casual. Es domin-
go y sabemos que, esta mañana, la Umbría de Valera
es nuestra. Mochila con la comida a la espalda, achi-
perres y escopeta cargada en las manos, pateamos
hoya por hoya, barranco por barranco, ensoñando
con la venidera noche. Churubito ha contraído el
cuerpo, señal de que su fino oído ha captado el
refregón de una tarama sobre el lomo de un bicho. Se
asoma a una de las torrontas que dan a un barranquillo
con parrales que pasa por delante del cortijo caído de
un tal Camilo, y enchufa sus orejas:
José Luis Lobo Moriche
194
-¡Ahí hay jabatos! ¡Huy!, ¡lo que están formando!
-¡Qué pedazo de cochino! ¡Mira, mira!
Nos sorprende un monstruo casi blanco. ¡Con qué
desparpajo se mueve entre las torviscas y con qué
elegancia sacude las narices! Me quedo prendado de
la agilidad y soltura con que monta sus nueve arrobas
encima de una cochina celosa. Las más frías se apar-
tan de él y se echan en un tornasol del cabezo. Nos
olvidamos de que registrábamos el encinar y nos he-
mos sentado como espectadores de este ritual de
cubrimiento: un salto rápido, centelleante, hacia de-
lante, con caída sobre los traseros. Ella hurra mientras
se tambalea y él se queda tolondro de pie. ¡Pocos
rasgos físicos de arochón!, han pasado ciento veinte
años y poco le queda de aquel húsar negro de larguí-
sima jeta y cuerpo escurrido que mi abuelo disecó.
Éste es de color tojo y con cuerpo cilíndrico. Fina-
lizados tanto el tanteo amatorio como el cubri-
miento, ella se encama también en el tornasol del ba-
rranco y él ha buscado la cama solitaria que tiene ba-
jo una chaparra, en el collado de un umbrío cabezo
redondo.
-Fernando, ¡este cochino nos pertenece! ¡Ahora no
podemos entrarle, lo espantaríamos! ¡Esta tarde a por
él! ¡Nos dará la lata, así que tenemos que cogerle bien
Arochones
195
las vueltas! ¡Estos macarenos se las saben todas, menos
una!
-¡Qué difícil veo la cosa!
-¿Cómo tenemos el viento?
-Está norteño; yo creo que, a puesta de sol, rodará a
poniente.
-¡Malo!, porque el aire correrá barranco arriba y será
fácil que se lo echemos.
-Si salta a la vega y sale hacia la solana de La Peñita,
peor todavía. ¡La cosa está jodida!
-¡Él no va a dejar de traquear las cochinas, irá adonde
ellas vayan! En la solana no hay rastro del cochino,
llevará poco tiempo aquí. La semana pasada montea-
ron El Saltillo, así que ya sabes de dónde viene este
truhán.
-¡Por qué no lo esperamos por encima del collado de
los pinos? Allí, por lo menos, no lo espantamos.
-¿Tú crees que no?
¡Mira, que aún no tiene querencia en la solana!
-¡La querencia se la ha dado esa cochina celosa! ¡Se-
guro que no la deja! ¡Vamos a probar en la umbría!
José Luis Lobo Moriche
196
Aquella noche de octubre pasó en blanco, no oí-
mos ningún respiro, parecía que la tierra se había tra-
gado incluso el berrenchín del macareno, tan ausente
de emociones que llegué a embobarme con la pre-
sencia de una jineta que acababa de asomar la gaita
por el pequeño trueco de una encina. Desconfiada-
mente fue estirando su listado cuerpo. Una vez que
tocó la tierra, inició unos movimientos ondulados,
armoniosos y gráciles. Le seseé y, como si de algún
juguete eléctrico se tratara y al que le ha faltado la co-
rriente, se paró en seco. Miró hacia atrás y se quedó
con sus orejas encampanadas. No vio a ningún pre-
dador. Giró la cabeza, y su rabo anillado volvió a on-
dular eléctricamente a una cuarta de la tierra. Le se-
seé y de nuevo se paró desconfiada. ‘Eh, que estoy
aquí subido’, y fue entonces cuando -tomándome
por un predador- reinició sus movimientos vivara-
chos.
A partir de aquel primer aguardo empezaron
nuestras ensoñaciones con el jabalí que se nos había
presentado en la Umbría de Valera. Tres noches de la
semana dedicábamos a su majestad. Jugó con noso-
tros y con los vientos. Nada, no había manera de ba-
rruntarlo. Debía ser todo sigilo, lagartija entre la ho-
jarasca, tan sabio como si fuese el dios del engaño.
Pasó la luna de octubre, iluminando las encinas ver-
diales, con más pena que gloria, malgastada por culpa
Arochones
197
del engañador. Siguió la luna nueva de noviembre, y
recibimos impacientemente la fase de creciente. Era
un cochino tan huraño que, tal vez, rehusara la luz
artificial y que sólo la luna llena sería la compañera
de su muerte. Aguardos en los parrales, en el umbrío
castañar, en las parvas de brevales, sobre el vuelo de la
encina más dulce, a la vera de los perales del hondo
barranco, en las golosas higueras, en la baña del
mono, al paso, a la recogida y no sé en cuántos sitios
más. ¡Nada!, la luna fue creciendo, se hizo mayor y
comenzó a empequeñecerse como siempre. ¡Habían
pasado dos meses desde su aparición y sólo los sen-
tidos de Churubito nos daban algo de norte y guía.
Cada vez sería más difícil achantarlo debajo de una
encina, porque su territorio regio también crecía cada
noche. Ninguno de los dos caímos en el desánimo,
habríamos sido más afortunados en otros parajes si
hubiésemos desistido del cochino casi blanco que
vagaba por estos territorios de El Hurón. Nos olvi-
damos del paraíso de Maribarba, de la peligrosa Bá-
jena, de la Safareja portuguesa, de El Vínculo, de
nuestros amigos de Tronca, de Ezequiel en Valde-
sotella y de Quiterio en Barranquito Llano. Nuestra
única obsesión era el macareno de la Umbría de Vale-
ra; obsesionados en exceso, también nos olvidamos
de nuestra principal regla: no invadir persistentemen-
te un territorio prohibido. Ahí estaba de nuevo el pe-
ligro; la persecución, noche tras noche, de un macare-
José Luis Lobo Moriche
198
no encela y el celo -sea de lo que sea- conlleva la ce-
guera del perseguidor. Acabó la fase lunar de no-
viembre y nos resultaba imposible olvidarnos de él.
Montearían la Umbría de Valera y teníamos que evi-
tar que pasara a otras manos. No hubo tregua las no-
ches previas a la montería en medio del alcornocal
para que el fantasma cambiara el hato y buscara am-
paro en las solanas de La Peñita o en el aulagar de El
Hurón. Esperamos como santo advenimiento las no-
ticias del resultado de la montería. Uno de los mon-
teros me anunció que habían matado un buen cochi-
no. Se me erizaron los pelos y corrí a verlo. ¡No!, no
era nuestro macareno, éste tenía facha de birria, pelado
por los tojos, casi gafo, farotón, con malas defensas y
peores molaeras. Respiré aliviado y comuniqué a Chu-
rubito la buena noticia.
La luna nueva de diciembre nos despertó del letar-
go de la espera, y durante varias tardes Fernando y yo
nos asomábamos a la puerta de su cortijo para con-
templarla embobados. Creció y creció, al igual que las
heladas. Pertrechados de manta, chalecos de lana, pe-
lliza y gorro, soportábamos -cuánto tiempo podía-
mos- encaramados en las altas ramas de los alcorno-
ques de la umbría. Era imposible aguantar más de las
once, silenciar los azotes del gélido aire, ni me sentía
las manos ni los pies, la sangre se me ralentizaba y
encorvaba mi cuerpo para transformarme momentá-
Arochones
199
neamente en un ser más chico y carambanado. Al
mismo tiempo crecía y me estiraba como cazador, al
igual que lo iba haciendo la luna. Las pelonas que el
viento norteño deja caer desde un cielo raso y es-
trellado no son blancas, que toman el color de la
tierra cuando crujen con las pisadas. Tres meses sin
olerlo; y él, sin temores, deambulando a su aire por el
aulagar de El Hurón o por La Peñita. Me exaspero
porque soy incapaz de seguir vigilante toda la madru-
gada; no es cochino de atardeceres, tiene demasiado
aguante para moverse confiado tras las sombras que
vaya dejando la luna. Se refugia entre los silencios
para hacerse silencio. Aguardar hasta que asome un
macareno me agota, pierdo la templanza y el celo. Lle-
ga el momento en que tanta calma me irrita, como si
en las sierras sonara de repente un ruido chirriante.
Reparo en cómo crece, noche a noche, la cara de la
luna. Demasiado tiempo lleva frente a mí como para
no ser tentado a jugar con ella y decirle que veo su
hombre cargado de leña o que se ha transfigurado en
mujer. Remedo la cara pasmosa, pongo ojos cadavé-
ricos y abro de par en par la boca como si siguiese di-
bujada en una estampa de mi mejor cuento infantil.
Otra tercera luna en blanco, y él respingará a sus an-
chas por la meseta de Las Pocitas o quizás hoce con
descaro en la mismísima callejuela de El Hurón, en
donde tantas noches soñaron los Terreros. Se han
agotado las noches de luna; ahora a esperar paciente-
José Luis Lobo Moriche
200
mente, a seguir tejiendo los hilos de la lucubración
con Fernando.
Definitivamente nos hemos olvidado de los cor-
tijeros que nos daban amparo: de Ezequiel en Val-
desotella, de los hermanos de Tronca, de Juan Rizo
en Las Peñas, de Rafael en El Galindo; incluso Chu-
rubito no recuerda cuánto tiempo lleva sin labrar una
muesca en la culata de su escopeta. Nos hemos de-
sentendido de todas las lejanas sierras, de nuestros
paraísos de caza; aunque no mato nada desde hace
varios meses, no me importa porque me siento un
furioso cazador que pretende apoderarse de una bes-
tia.
Tras la fría luna de diciembre viene el perigeo lu-
nar de enero, la fase más esperada. Mal empieza el
creciente y malas señales siguen; sólo los oídos de
Churubito son capaces de barruntar los pasos fugiti-
vos:
-¡Otra vez se nos marchó el pijotero! ¡Con qué astu-
cia se escabulló a la umbría! Tan sólo ha partido una
bellota, ¡no sé de qué coño se alimentará este tunan-
te! Tiene que estar encamado en el cabezo alto de La
Peñita; no creo que esté en Antón Pérez, ¡sale muy
bajo! Hay que esperar que el viento se ponga de la
mar y hacerle alguna jugarreta para matarlo a traición.
Arochones
201
¡Si no, no hay tu tía! ¡Este cabrón se las sabe todas! ¡Ya
me tiene hasta los mismísimos…!
Se desespera mi Churubito, pero seguro que pron-
to recobrará los ánimos; a un terco como él nada lo
vence, ¡es hombre que no da su brazo a torcer!
-¡Hoy llena la luna!
-¡A ver si puede ser de una jodida vez!
-El viento lo tenemos muy bueno, está soplando del
charco. Lo malo es que haya mudado el hato o que se
nos vaya para atrás y salte a la umbría. ¿Qué te pare-
ce?
-¡Vamos a arriesgarnos, vete tú a la caída del barran-
co La Peñita y le cortas el paso a la umbría! Lo único
que puede pasar es que le eches el viento y corra ha-
cia El Hurón. Si yo me pongo en la hoya que da a los
huertos de higueras, le tengo cogida la huida.
-¡De acuerdo!, ¡yo me las buscaré en el barranco!
Callejones de salida del pueblo, carril de Ojalvos,
desvío de Alcalabocinos, atrás La Gaga y enseguida a
la puerta del cortijo Capitán. Saludos de rigor, café,
invitación a la caza del macareno, excusas, recogida de
pertrechos y otra vez la voz alentadora de ¡en mar-
cha!
José Luis Lobo Moriche
202
Fernando me ayuda con lo que en estos trances
dificultosos llamamos ‘dar un pie’, para que trepe un
alto mesto que se alza empingorotado en medio de la
hoya. El sitio atrae a cualquier buen cazador: algo en-
montado, un lugar propicio para que un macareno to-
me aire; y de esos menesteres, las lunas lo habrán
enseñado bastante. A mi izquierda se eleva un enor-
me alcornoque del que apenas veo el vuelo de su
ramaje. Arranco un garrancho que está clavándose en
mi espalda, corto las puntas de una rama y cargo con
dos cartuchos de bala mi escopeta. El cielo, a esta
hora de despedida de la tarde, nos regala a la Luna y
a Marte por encima del castillo de Cortegana, y a Ve-
nus y Júpiter en el oeste. Veo a Marte, a la izquierda
de la Luna, como si fuese una naranja brillante. ¿Por
qué tanto lirismo?, quizás porque esté cansado de ha-
ber sido, durante varios meses, paisaje alrededor de
un animal y me haya convertido en un hombre ro-
mántico que se ha dejado atrapar por el medio. Por
ello, tal vez, repito serenamente versos de poeta: ‘A
la luna de enero te he comparado, que no hay luna
más clara en todo el año’. Luego la miro fijamente y
no me hace daño.
Sigue el silencio, roto de vez en cuando por el so-
nar entrecortado y metálico de un cencerro en los
huertos altos de El Hurón. Se me viene a la memoria
una leyenda que habla de cómo unos cazadores per-
Arochones
203
siguen un jabalí blanco, lo hieren y cuando van a re-
matarlo se escapa y huye. En el lugar exacto donde
acosaron al animal albino, los cazadores fundaron
una aldea, ¿El Hurón? Cae la noche, que hace al pai-
saje noche también. Sin olvidarme de la leyenda,
pienso en las cosas que rodearán a Churubito, por
qué costado le entrará el viento sureño. Recapacito,
¡estoy dejando de ser cazador en la noche!, y acaricio
la culata. No he mirado el reloj, serán más de las
ocho. ¡Nada! Apenas domino el suelo del cabezo que
se inicia a escasos metros de mí. Levanto la escopeta
y me figuro que la jara que está a mi derecha es el
bulto del cochino. Meto la cara y encajo la mata entre
las dos palometas de papel de plata. ¡Si fuera el ma-
careno, sería mío! Bajo la Garbi y la tiendo sobre mis
piernas. Luego, sacudo los hombros, la espalda y ele-
vo mi cuerpo una cuarta desde la rama. El cencerro
ha dejado de sonar en los huertos, y de nuevo me ha-
go noche.
Hace un rato miré el reloj; ahora mismo serán las
nueve y media, cuando mi cuerpo ha dado una es-
pecie de repeluco -como a Churubito. Un acto ins-
tintivo me arrastra a que coja la escopeta y eche el se-
guro hacia delante. Esta vez el macareno viene empu-
jando los matorrales. Sesgo el cuerpo hacia la dere-
cha y me mantengo en posición de tiro, ¡se me ha
presentado de sopetón! Unos veinte metros de ne-
José Luis Lobo Moriche
204
grura nos separan, ¡ahora sí que aprovecharé esta
oportunidad! Apenas veo el bulto, y de nada serviría
echarle la luz. ¡Tengo que jugármela, ser decidido y
algo más! El bulto se ha parado, o por lo menos me
lo parece. ¡Sí, ahí está!, apunto de mitad hacia delan-
te y aprieto el gatillo delantero. Sigue al disparo, la-
dera abajo, un ruido estrepitoso de matorral arrolla-
do. Retuerzo el cuerpo tratando de seguir el ruido y
me quedo mirando hacia El Hurón. Aquel fantasma
de cuatro lunas llega hasta la pared de los huertos y
enseguida -sin dejar la inicial carrera- describe un ar-
co que lo lleva hacia el sur, hacia mí. Esta media luna
significa muerte, al igual que su instinto de buscar los
limpios huertos de higueras. Ahora sube la ladera, a
mi izquierda, y le regala una segunda oportunidad al
cazador. Pasa por debajo del alcornoque de la caña
alta; y tal como se va escabullendo, aprieto el segun-
do gatillo en una posición muy forzada debido a que
mis brazos no me han dado el juego necesario para
apuntarlo bien. Se lo ha tragado la tierra, ¡no me im-
porta porque conozco la torpeza de mis oídos! La
corrida ha sido propicia para que pronto sea mío.
¡Ahí viene Churubito con la ligereza que prestan las
ilusiones!
-¡Bájate! ¿Qué ha pasado?
-¿No lo has oído pasar a la umbría?
Arochones
205
-¡No! ¡Al collado no ha llegado; lo hubiera sentido!
-¡Entonces, tiene que estar muerto! ¡Ha corrido hasta
los paredones del huerto, pero es una tontería bus-
carlo allí, porque el segundo tiro ha sido en ese alcor-
noque! ¡Que se haya torcido es muy buena señal!
-¡Vete al sitio donde lo has…!
-¡Por aquí ha saltado! ¡Cuántos trangallones va dando!
La noche es noche, una vuelta al lugar del primer
tiro, la sangre hasta los paredones, la media luna, el
alcornoque, las dudas y los temores infundidos por
un jabalí sabio.
-¡Qué peste a guarro!
-¡Aquí está tu macareno!
Cuatro lunas, endurecerme como carámbano de las
noches decembrinas, olvidarme de otras sierras y
muchas más penalidades me ha costado este macareno
de nueve arrobas, tan cano que parece el mismo ja-
balí blanco de la leyenda, sin apenas jeta, corpulento
y largo, afiladas navajas y anchas molaeras, un cochino
que tiene poco de arochón. Así reciben los cortijeros
su entrada en Capitán: ‘¡Hermano! ¡Que el Lobo se
ha cargado al jefe de la piara!’.
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José Luis Lobo Moriche
206
La historia de este carrasqueño se inició, un atardecer
de diciembre, en la cumbre de El Merendero, ver-
tiente a El Vínculo y a La Caballona. Es la historia de
la muerte de un cochino que siempre vivió entre ca-
rrascas y al que nunca vi. Había registrado los bajos
de La Caballona y llegué a un cortijo del paraje de
Las Gamitas. Tomaba un café, en el momento en
que el porquero llegaba con una piara de guarros. Se
mostraba nervioso, porque el perrillo que lo acom-
pañaba había tenido un atrabanque con un jabalí.
-¡No es muy grande, escurrío de atrás! ¡Apenas me lle-
ga hasta aquí! -y marcó con uno de los brazos la al-
tura de sus rodillas.
-¿En dónde, en dónde?
-¡Ahí en la cumbre, en la cerca de las carrascas! ¡Allí lo
he dejado, no se ha coscado! ¡Al perro ni puñetero
caso! ¡Es un cochino feo y muy corto, con unas na-
vajas así de grandes! -con sus dos dedos índices el
porquero me muestra la extraordinaria longitud de
las defensas.
Cojo mi escopeta, que había dejado detrás de la
puerta, y me olvido de la taza de café a medio beber.
El sol lleva bastante tiempo oculto tras el horizonte
portugués, y corro pechuga arriba cuanto puedo.
Antes de avistar el carrascal, cargo la escopeta y to-
Arochones
207
mo el aire que falta a mis pulmones. Entro por uno
de los portillos, ¡cada coscoja o carrasca es ya una pu-
ra mancha negra, sin linterna poco puedo hacer! Sigo
el perímetro de la cerca, sabedor de que ya es im-
posible que distinga algún bulto. Me paro a la entrada
de otro portillo, con intención de regresar derrotado
al cortijo, ¡en el interior de una marrá de coscojas y
acebuches algo se estremece! ¡Ahí está, no será mío!
Instintivamente empujo el seguro de la escopeta ha-
cia delante, pero para qué. Yo, y él a tres metros, ¡qué
cerca y qué lejos! El estrebejí que el cochino forma
entre el ramaje de las coscojas ha reposado, quizás
porque el carrasqueño haya buscado acomodo defen-
sivo sobre el entramado de los troncos. Ningún jabalí
carga contra el ser humano a su antojo, lo hará si
pretendo acosarlo, entonces sí me desafiará de tú a
tú. Me acerco impulsado por algo que me empuja
hacia el interior de la marrá. ‘¡Hasta ahí llegaste, ni un
paso más!’, habrá dicho el duende que no me da la
cara. Me recibe con una música fiera, un bordoneo
de refriegas de navajas y molaeras detiene mis suicidas
intenciones. Así suena al principio, como lo hace la
cuerda del bordón de la guitarra. Luego se confun-
den los chasquidos de intimidación, como cuchillos y
chairas cuando son afilados. (Si me hubiese envalen-
tonado, seguro que -a estas horas- yo no sería narra-
dor de mis historias.) Reculo sin dejar de darle la cara
al borrón negro de la marrá, y salgo de la cerca.
José Luis Lobo Moriche
208
A la tarde siguiente Churubito y yo iniciamos la
danza de la búsqueda en pos de sus rastros por las
hoyas de La Caballona. Todos los parajes que rodean
El Vínculo están llenos de miles de coscojas o carras-
cas y él sólo necesita una. Recorremos Las Gamitas,
El Merendero, La Caballona, Los Casimiros, Teja-
dilla, Jabaca. Ni rastro de él, ¡se lo tragó la tierra!
Nadie nos dio norte del carrasqueño. Localizamos
otras prendas, a las que de momento ignoramos.
Fernando se olvidó del cochino ‘tocaor’, como
diciendo: ‘Tú allá con él’. Yo no dejaba de campear,
ilusionado con que el azar o quien fuese me indicara
el verdadero camino que me llevara al reencuentro
con él, Las Camorras…, Las Pájaras…, y de nuevo
las tierras bajas de Tejadilla. En una de estas jornadas
de rastreo me topé con una colada en la alambrada
que divide El Cañuelo y La Caballona. Estaba poco
tomada, sí me entusiasmé con un par de gruesas y
largas cerdas enredadas entre los alambres pinchosos.
‘¡Eh!, ¡esto tiene otro cantar! ¡Mira por dónde ha pa-
sado el granuja del guitarrista!’. Registré la umbría, y
el carrasqueño no quería saber nada de bellotas de que-
jigos. Salté a los collados manchados de tojos y aula-
gas, con intención de registrar una baña que está en
el mismo collado central. Hacía poco tiempo que se
había bañado allí, lo marcaba la altura del barro res-
tregado sobre el tronco de una chaparra casi seca.
Arochones
209
Acerqué el cuerpo, y la línea de barro sólo llegaba
hasta mis rodillas. Pasé de largo, como tal vez hiciera
él la noche siguiente del baño. ‘¡A ver si le cojo el ras-
tro en el collado que asoma a la rivera Chanza!’. La
constancia y la fe me llevaron a que tropezara con
una baña que yo desconocía, ¡la tenía patas arriba!
‘¡Mira dónde está el granuja!’. De puntillas retrocedí
hasta el collado. Avisté un alcornoque situado a una
distancia apropiada de la baña y salí de la mancha co-
mo si hubiese encontrado oro.
Apenas almorcé, sólo comí nervios. Antes de las
cinco de la tarde ya estaba, en el rellano de El Ca-
ñuelo, con los avíos en las manos. La luna apenas
alumbraría, así que ensayé lampreazos con la linterna,
las cinco y media, viento de poniente, escopeta
montada, linterna liada con gomas bajo los cañones,
palometas, pelliza y cinco balas en el bolsillo del pan-
talón.
Entro en el campo de batalla imaginándome que
yo soy el ‘tocaor’, levanto la pisada, me engurruño y
acaricio las matas que se me presentan delante. Me
subo al alcornoque, y acomodo mi cuerpo sesgándo-
lo hacia la izquierda. De frente y asolanadas, Las Ca-
morras y Maladúa; de frente y umbrío -mucho más
cercano- el hondo venaje de murtas, madroñeras y
demás barbasco que llega hasta la rivera y donde se-
guro que el duende se encama; y a veinte metros de
José Luis Lobo Moriche
210
mí, la solitaria baña que lo espera. No es momento
de lirismo alguno, mi cuerpo en alta tensión no es
sensible a las bellezas. Me esfuerzo en alejar el sol,
halo del lucero y de las estrellas. Oigo las voces de un
cabrero llamando las cabras rezagadas, y por fin la
tarde se apaga. Unos mirlos se inquietan en el venaje y
vuelan no sé a dónde. Los mirlos son nuestros alca-
huetes, como si me estuviesen anunciando que el ca-
rrasqueño está desperezándose antes de tomar el ba-
ño. Los oigo más abajo, anunciándome: ‘Ahí lo lle-
vas’. Instintivamente muevo el seguro de la escopeta
hacia delante; y, como Churubito, siento más de un
repeluco. Chasquea alguna mata escarchada. ¡Esto es
llegar y pegar, no me lo creo! ¡Lo voy a matar casi
con sol! Falta ‘el casi’, es terco, no deja el venaje, ¿qué
andará tramando? Debe salir ya, ¡pero no sale! La
agonía de la luz natural no lucha a mi favor, sin em-
bargo a él le está dando vida. ¡Tendré que echarle la
luz artificial de la linterna!, ¡la tenue luna no me sirve
ahora! ¡Por fin sale! Lo barrunto; si yo fuese Chu-
rubito, seguro que también contaría sus respiros.
¡Qué astuto! ¡Cómo esquiva la baña! ¡Cómo se tuerce
buscando el falso collado para desde allí ventear me-
jor! Lo sigo barruntando. ¡Estará casi a tiro! ¡Hay que
esperar, dejar que empiece su aseo! La escopeta bus-
ca ya la baña, ¡él aún no! Me pica el cuerpo, la es-
palda, las piernas, algo muerde mi piel, un insopor-
table hormigueo picante de rabudas incordia mis
Arochones
211
manos, las sacudo y, terriblemente, mis botas se des-
cuelgan al vacío y suena a bornizo raspado. ¡Adiós al
instante sublime! ¡He echado la espera a tierra!
¡Qué furia de animal salvaje! No bufa ni tampoco
huye huraño ni se esconde bajo las primeras estrellas
de la noche. Muy al contrario, inicia múltiples rebota-
das sin apenas coscarse del mismo sitio. Desafía al
ruido extraño del bornizo, sabe que algún intruso ha
invadido el lugar del baño; no tiene señales evidentes
del invasor porque el viento de poniente no está des-
pidiendo chero humano, chasca el matorral como si
acerara el collado, ¡terroríficos derrotes a las viejas
jaras y terroríficos chasquidos de sus defensas al aire!
¡Se ha convertido en ‘bailaor’, oculto tras el tumbaviso
del collado! De nada serviría que encienda la linterna.
Ya no hay nada que enderece el entuerto. Sigue en
sus treces de romper el barbasco del collado, él no
bufa pero sí truenan los chasquidos de las jaras
abiertas en garranchos. Estoy en alto, fuera de su al-
cance. Sin embargo los furiosos envites al matorral
me imponen casi pavor. Espero subido, él también
espera, ¿a qué?
De repente callan los chasquidos y él se hace más
huraño. Tiempo para que calme las iras, para que rei-
nicie su campeo. No sé qué rumbo ha tomado. Si
Churubito estuviese aquí subido, oiría palpablemente
sus pisadas por las solanas de Las Camorras o ba-
José Luis Lobo Moriche
212
rruntaría sus chapoteos mientras se baña en la aliseda
de la rivera. Aunque soy tardo de oídos, creo haber
sentido, en tino de la alambrada de La Caballona,
unos fuertes zarpazos de fiera atrapada. ¡No estoy
seguro de tan extraños ruidos! Descargo mi escopeta
y me bajo del alcornoque, ¡sigo sin ver al ‘tocaor’!
Ahora vendrán los días de lamentaciones y las no-
ches de pesadillas a la espera del olvido. Han pasado
quince días y es hora de reiniciar la danza de la bús-
queda carrasca por carrasca. Vuelta a empezar: Me-
rendero, Gamitas, Caballona y Cañuelo. Nada en las
marrás, nada en los viciales, nada en las hoyas de alcor-
noques, nada en el quejigal, nada en el encinar de la
umbría, nada en las enlamadas de la rivera, nada en
las tres primeras coladas de la cumbre de El Cañuelo.
¡Ay, de mí!, ¿quién fue el desarmado cazador que
colocó el alambre acerado con forma de lazo? Me
paro en la cuarta colada, sólo quedan como muestras
de su fiereza un grueso tronco de encina amarrado
con alambre y el gastaero del carrasqueño que tocaba el
bordón y que bailó desafiante muy cerca de mí. Mu-
rió, pues, sin una muerte digna. Murió aprisionado
por el acero, la misma noche de la danza, a escasos
metros de quien lo esperaba. ¡Si aquella noche Chu-
rubito hubiese estado subido al alcornoque, seguro
que -como armado cazador- lo hubiese socorrido!
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Arochones
213
Estamos de macarenos. Ahí va otra historia más re-
ciente: ya entiendes la lata que dan estos cochinos,
los pisas y no se inmutan. Varias veces nos cogió las
vueltas y anda a sus anchas por las mil marrás que
asoman al valle de la rivera Chanza. Otro fantasma
que vive cerca de los cortijos, y que se levanta cuan-
do el cortijero cierra el postigo y se acerca a la can-
dela. La alambrada de la cumbre de El Cañuelo nos
anuncia que el duende entra a la umbría desde La
Caballona, con intención de traquear las cochinas ce-
losas. Varias refriegas de las defensas, sobre los tron-
cos de dos pinos, testifican su calentura. Hemos tan-
teado ya los manchones de tojos y aulagas, las hoyas
de encinas y alcornoques, colocados al tuntún o
guiados por la experiencia y memorización de los lu-
gares de campeo. Nada. Ahora bajamos paralelos a la
alambrada que alinda la mancha de Quijote con La
Caballona, por el lado exterior a los manchones, con
intención de evitar las pisadas no deseadas.
-Fernando, ¡yo me quedo aquí, domino bien la fa-
chada y los quejigos del barranco! ¡Salga por donde
salga, lo barruntaré!
-¡Yo me voy a la ‘pasá’ del barranco, por si intenta
saltar a Las Pocitas o irse a El Vínculo! ¡Si a las diez
no hemos oído un respiro, nos largamos!
José Luis Lobo Moriche
214
Ya estoy subido a una encina de mediana altura si-
tuada a varios metros del barranco de La Caballona.
Sentado cómodamente sobre la horquilla que hacen
las dos primeras ramas de la encina, cargo mi esco-
peta. Es muy temprano, se oyen las voces lejanas de
varios pastores rejuntando el ganado. Domino una
empinada barrera, que me regala más de cien metros
de plaza. Sigilosamente hemos rodeado varias marrás
que se unen formando una única espesura de cos-
cojas, zarzaparrillas, madroñeras, jaras y jaguarzos. Si
el fantasma estuviese echado en este castillo de male-
za, habríamos pasado a diez metros de él. Demasiado
cerca; pero posible, porque con un somero hoyo le
basta. Pronto sabré si ha aguantado que dos huma-
nos pasen tan cerca de él, quizás el somnoliento ja-
balí haya oído nuestras pisadas, haya levantado su
espantosa cabeza y luego -reposándola sobre la tierra
de su cama- se haya adormilado. No creo que rebote
de espanto y salte el carril de la cumbre, aunque tam-
bién es posible. ¡Las seis!, me quedan tres horas de
dudas, aún mucha tarde por delante. ¡Eh!, lo que se
ha colado a la derecha del cabezo ¿ha sido una cier-
va? Empujo mi cuerpo hacia arriba y me quedo pen-
diente de todos los agujeros del monte. ¡Es el cochi-
no bregando entre las coscojas! ¡Está nervioso! ¡Sabe
que dos intrusos han pasado alambrada abajo! ¡Mira
cómo alarga la trompa y toma el aire de la hoya! ¡Te
jodes, porque el viento solano está entrándome de
Arochones
215
cara! Lo apunto, sin intención de disparar. Está fuera
del alcance de mi escopeta. Si yo hubiese retrocedido
como cazador, tendría un rifle de no sé qué calibre
en las manos, y este jabalí sería mío, quizás tampoco
sacaría tanto jugo a esta angustiosa espera, prefiero
mi Garbi. Esperaré, ¡no importa!, porque aún dis-
pondré de mucho sol. ¡Cómo se inquieta por encon-
trar la salida! ¡Sí, demasiadas miradas! Me impaciento,
¿estará viéndome?, ¿extraerá el chero humano que
emana del barranco?, ¿habrá sentido a Churubito?,
¿lo tengo bien apuntado? ¡Sigue fuera de tiro!, ¡como
baje a la calzada, me la juego! ¡Más vale pájaro en
mano, aunque esté largo! ¡No deja de estirar la jeta,
qué cano es y qué blanca la barba! ¡Qué pena, nada
de arochón! ¡Por fin baja a la calzada, ahora está más
cerca! ¡De cara, no! ¡Espera que se atraviese! ¡Se ha
hecho lapo de la calzada! ¡Ahora me ofrece el cos-
tado izquierdo, un poco sesgado y ya no menea la
trompa! Está largo, pero no espero más. ¡Ahí llevas la
breva! ¡No ha dicho ni pío! ¡No me gustan estas muer-
tes tan súbitas! ¿No lo dije? ¡El bote que ha dado!
¡Cuántos botes y cuántos pellejazos! ¡Viene a batacazos
limpios a mis pies!, ¡cien piruetas de cabeza! ¡Otro
tiro en la caída! ¡Está tarazado, apoyado sobre los
cuartos traseros! Una rama me impide que lo remate
desde el árbol, me bajo y lo busco. Lo encuentro en
el filo del barranco junto a un acebuche, nos mira-
mos. Me voy acercando a él con la escopeta encarada
José Luis Lobo Moriche
216
y sin desviar un instante mi vista aprieto el gatillo y el
fallo me empuja hacia el macareno. Quedo a un metro
de él, a merced de sus navajas. Abre la boca, y res-
pingo de miedo. Cuando estoy alcanzando el pie de
la encina, alguien ha disparado cerca de mí. Miro,
¡ese alguien es Churubito!
-¡Te has escapado en tabla! ¡Te ha podido pringar
bien! ¿Qué te ha pasado? ¡Aina que no la cuentas!
-¡Que no había cargado la escopeta!
----------------------
Queda la historia del último jabalí que se cruzó
conmigo, otro marraero que huyó de los alborotos que
forman los monteros en las grandes sierras de El
Vínculo, de La Caldera o de la Umbría de Valera y
que buscó cobijo en las sierras más menudas de La
Caballona y de El Cañuelo. Varias noches entró, lejos
de mí, en el alcornocal de La Caballona; barrunté có-
mo traqueaba las cochinas que comían en los queji-
gales, toqué algunas sedas enredadas en los alambres
de pinchos que separan solana y umbría, humedecí
mis dedos con el barro blanquecino de la baña del
collado, pringué mis manos con la resina destilada
por un pino tras sus puñaladas, pisé las trochas que
él había abierto, borré en los caminillos arenados los
atrinques de sus pezuñas, manoseé el cascajo fresco de
Arochones
217
las bellotas, sentí el tufo de su berrenchín como co-
chino encendido, pero el tunante no me daba la cara,
¡son huraños de verdad, saben que los buscan! Si no
cometo errores, llegará el cruce deseado, ¡hay que
buscarlo!
Esta noche dormiré en el cortijo de El Cañuelo,
gozaré de otra oportunidad. Vueltas por el alcorno-
cal, por la umbría de los quejigos, barranco arriba,
regajos abajo, hasta que decido que lo esperaré en un
collado querencioso entre El Cañuelo y La Caballo-
na. Debo taparme bien y lo hago entre el ramaje de
esta pequeña marrá. Troncho a media altura las pun-
tas de las ramas que me estorban, arranco unas matas
de coscoja y coloco una corcha como asiento. Apun-
to con las manos hacia el collado, ¡perfecto! ¡Ahora a
esperar qué me depara el atardecer!
¡La tarde se ha hecho remisa en arrancar! Se oyen
cercanas las voces de dos porqueros -¡ooopiné!- que
rejuntan dos piaras de cerdos a varazos sobre las ba-
jeras de las encinas. Abro mi escopeta, acoplo la lin-
terna bajo los cañones y acaricio los dos cartuchos de
bala con los que la cargo; son las seis de una tarde
serena de febrero y no hay rastro de la luna sobre el
cielo de levante. Cuando asome la cara de menguan-
te, quizás yo le haya interrumpido el baño a su majes-
tad el macareno. Pronto me hago coscoja y desapa-
rece ante mí el collado. Ahora soy yo quien dibujo el
José Luis Lobo Moriche
218
campo que me rodea: la baña, el campo y él. Lo veo
cómo se hace tierra y barro, cómo empina su cabeza
y se sacude, ¡no, es demasiado temprano para un
suicidio!
He quedado con mi mujer que a las once de la no-
che abandonaré la espera. Son las diez y sólo me que-
da una hora más de emociones, ¿qué emociones?
¡Las que acarrea la espera! Luego llegará o no el ins-
tante sublime, en que de golpe se me desvanecerán.
Por eso la espera es más emocionante que el cruce fi-
nal ante la escopeta. Fabulo los momentos previos al
desenlace. ¡Otra vez soy un primitivo cazador que
recurre a la magia de los dibujos policromados en los
entrantes y salientes del salón de una caverna!
Se ha presentado mimético, igual que los duendes
cuando interrumpen la quietud de la noche, mateado,
sombreado. Se ha parado, antes de encarar la baña,
como se paran los duendes cuando asaltan las calle-
juelas. Aseguro que una mata se ha movido y que
ahora está agarrada al borde del collado, una mata
que respira muy cerca de mí. ‘¿A qué espero? ¡Aquí
tengo la escena de mi abstracción que tanto busqué!
¡Acaba de una vez con el dibujo policromado! ¿Por
qué estoy tan sereno? ¿Contagiado de la ausencia de
airecillos? ¡Enciende la linterna de una puñetera vez!’.
Retrocedo como cazador y lo hago: ¡no se inmuta del
chorro de luz que ciega sus ojos! ¡Qué pena, no tiene
Arochones
219
un atisbo de arochón! Es como todos: destartalado,
larguirucho y atojado. ¿Por qué me comporto tan se-
reno? No sé por qué dilato este momento que siem-
pre fue fugaz. Disparo y cae plomizo. Abro la esco-
peta, soplo los cañones y, con la misma serenidad de
la noche, meto dos cartuchos de bala. La mata viva
parece que ha muerto. Salgo del interior de la coscoja
y ando hacia él los veinte pasos que nos separan. La
mata estira la languidez de la muerte, eso creo. Re-
friego mis manos por el largo lomo y luego golpeo
suavemente los testículos. Alumbro todos los rinco-
nes de su cuerpo: las patas, las cholas, los costillares,
la cresta de sus cerdas… Detengo el chorro de luz en
el pico de la paletilla que casi la ha alcanzado el bala-
zo. Exploro su cabeza: la trompa, las afiladas navajas,
las robustas molaeras… Desvío la luz hacia el ojo
derecho, ¡apunta hacia el cielo de La Caballona! Noto
que la pupila se ha movido y que busca mi figura. No
pierdo la extraña serenidad que he mantenido duran-
te toda la noche, aguanto a medio metro de él. Ahora
se contrae repetidamente. ¡Eh!, ¡este meneo ya no me
gusta! Reculo con la escopeta a media altura. Los
movimientos del ojo han contagiado los costillares y,
quizás, más rincones de su cuerpo que la luz no al-
canza. Mantengo la misma serenidad, como la noche
y como él. Apunto a las paletillas para sofocar los
fuegos de su mirada, pero los focos de un coche que
está pasando por el carril de la cumbre me detienen.
José Luis Lobo Moriche
220
Yo desconocía que los duendes volaran, ¿cómo un
animal tendido y casi muerto ha podido caer de pie
en el barranco? Instintivamente he disparado, ¿a qué?
Dejo la linterna encendida y recorro el espacio vola-
do, ¡no lo entiendo! En el nacimiento del barranco
sólo hay la naturaleza de siempre: zarzamoras, adel-
fas, zarzaparrillas, agua, piedras pulidas… ¡Falta el
duende! Regreso al collado, al echadero donde fin-
gió la muerte. Allí sólo están los rastros de sus men-
tiras: un somero hoyo y la tierra enrojecida por la
sangre. Son las once y mi mujer me espera en el cor-
tijo.
Menos serena será la llegada. Ceno aceleradamente
y en vano intento dormirme. Ha sido una madrugada
tormentosa de fantasmas que se burlaban de mí.
Espero el amanecer bajo el parral de El Cañuelo; y a
los primeros rayos albinos, ya estoy en el nacimiento
del barranco. ¡Tiene que estar aquí, pero parece que
este duende se ha camuflado! Lucho desesperada-
mente contra la zarzaparrilla y me quedo enredado
entre sus hojas pinchosas. ¡Así no! Iré al pueblo por
un perro que me lleve hasta él. ‘¡Anda Currito, bús-
calo!’. Me desenredo como puedo con los caños de la
escopeta. La campanilla tintinea nerviosamente ba-
rranco abajo, ¡me he quedado rezagado de mi perro!
Currito ladra de parada, señal de que unos ojos
aduendados lo miran. ¡Tengo que ayudarlo! Ya no
Arochones
221
soy zarzaparrilla, casi alcanzo el campanilleo. ¡Otra
vez el peligro, yo solo ante las amenazas del batir de
sus navajas! Una puñalada en el barranco sería mi
final, lo sé. Me subo a un acebuche desde donde do-
mino el atrabanque del cochino con el perro. Por el
tintineo de la campanilla y los ladridos de parada des-
cubro a mi ayudante pero no al duende. Seguro que
también él aguarda el instante, ahora se ha conver-
tido en un cazador que espera, de tú a tú, a otro caza-
dor. Lo veo, por fin, hecho zarzaparrilla y orillera,
diez metros nos separan. Rehúsa moverse. ¡Ahí está
aculado con imagen de siniestra ferocidad! ¡Ahora él
es el agresor, un bruto poderoso y resuelto! Apunto a
los codillos y aprieto el gatillo. Currito se lanza enci-
ma de él, libre ya de los peligros de un enganche, y
empieza a morderlo, ¡por fin la pupila se ha escon-
dido!
Este fue mi último encuentro con uno de estos
macarenos que deambulan por las sierras menudas de
La Caballona y que huyen de las algarabías de los
monteros. Los comederos de maíz, la linterna y el
excesivo uso de la razón contribuyeron a que noche
a noche degradara como cazador y retrocediera. Me
atormentaba que yo terminara siendo un viejo per-
dido en las sierras a las que siempre había dominado.
Antes, había sido testigo de cómo muchos de aque-
llos singulares cazadores, que me enseñaron los pri-
José Luis Lobo Moriche
222
meros secretos de la naturaleza, lloraban en las cum-
bres de La Curtía o sobre los riscales de Los Agudos
por habérseles olvidado en qué zona del barranco es-
taba el colmenar, en dónde el charnecal de Antonio
José o cuáles eran las trochas que llevaban al Huerto
Antón o al castillo de Maribarba. Se retrocede como
cazador por muchas más cosas: cien hombres con ri-
fle en mano a cada revuelta de un carril o trescientos
perros tras el jabalí levantado. Estamos sustituyendo
el esfuerzo y la pasión por el excesivo uso de la ra-
zón. Hoy imperan la comodidad, el desequilibrio y el
mercantilismo. Si la mancha está vacía de jabalíes, ahí
va el listo de turno y la llena con reses listadas o de
todos los colores. Daniel se despidió como cazador
con la muerte de un macareno que me correspondía.
Como invitado, le cedí la baña al viejo amigo. Ense-
guida le llegaron el maldito olvido y las lágrimas. Su
yerno Quiterio, matando en La Peramora un cochi-
no que portaba un crótalo en una de sus orejas. Chu-
rubito, con mi alejamiento de estas correrías cinegéti-
cas, perdió parte de la hibridez de ese bicho raro -
pájaro y lobo- que ambos formábamos. De vez en
cuando seguirá matando ese gusanillo interior que co-
rroe a ciertos cazadores.
Sin haber pensado en el mañana, hemos esquil-
mado algunas especies casi indestructibles, hemos
acabado con el tipo de jabalí más salvaje de Europa,
Arochones
223
aquel arochón que mi abuelo Miguel Lobo disecó hace
más de ciento veinte años. Una tarde grisácea de fe-
brero fue la última vez que cogí la Garbi. Recorría la
alta cumbre de Las Pocitas, en la cara asolanada que
da a El Vínculo. Una piara de guarros aprovechaba la
montanera entre las encinas, los noté intranquilos. Al
cazador que sabe mirar no se le va que un intruso
salvaje se haya unido a una piara de mansos. Entre
ellos estaba un marranchón, al que le faltaban que
pasar muchas lunas para ser nombrado macareno.
¡Hombre, qué fácil se ha puesto por delante! Lo ten-
go a merced de los cañones de mi escopeta. Apunto
al nacimiento de sus orejas para que sea mío. ¿Qué
voy a hacer?, ¡si tiene las cerdas negruzcas!, ¿no ves
que apenas tiene cuello y es todo trompa?, ¿alcanzará
las cuatro arrobas cuando sea adulto? ¡Que algún día
puede ser un auténtico arochón! Bajo la escopeta, saco
los dos cartuchos de bala y toco las palmas de las
manos, ¡me regocijo porque en esta ocasión no re-
trocedo como cazador!
225
EPÍLOGO
He releído mis historias autobiográficas sobre el ar-
te de la cinegética que titulé Arochones, tratando de
reflexionar sobre mis palabras y frases que, según un
querido amigo mío, en nada me ayudan para que el
lector saque de mí conclusiones positivas como
cazador. Las he encontrado y siguiendo sus consejos
las he edulcorado, pero me es imposible borrarlas.
Muchas escenas vividas por mí y que tú, lector,
acabas de leer te habrán resultado… Pon tú el adjeti-
vo, que aguantaré tus tiros. Hubiese sido tarea fácil
de escritor haber descrito sólo escenas y lances pre-
ciosos, sin necesidad de presentarme como cazador
que en muchas ocasiones violenté terrenos ajenos y
me comporté como un animal predador. ¡Eso quise
ser! Con la serenidad que dan los años, arrancaría
muchas de las escenas vividas; pero esas páginas tam-
bién forman parte de mi novela personal. Si las ocul-
to, traicionaría al lector, a mí. ¿Sería ético callar lo
que no fue ético? ¿A quién se le puede ocultar que es
una traición que me manden vigilar una mancha y yo
José Luis Lobo Moriche
226
corresponda como un predador? ¿Quién me tildará
de justo si hurto los jabalíes ajenos? Recibí mil ayu-
das, ¿y no será porque presté algunos panes a los de-
más?
Si eres o fuiste cazador, ¿tirarías la piedra como
bondadoso y legal? Dirás, ¡pero es que yo no llegué
tan lejos como tú! Pues sí, ¡te quedaste a medio cami-
no! Muchos de los jabalíes abatidos por mí llenaron
de carne montuna las tinajas de cortijeros que vivían
aislados, y no pretendo con ello justificarme como
un benefactor de los pobres. Para ello están los san-
tos, y yo disto mucho de sus bondades. Si fui socorri-
do, algo bueno tendría para que tanta gente me ten-
diera sus manos. Creo que hurtar un jabalí -¿quién es
el amo del animal salvaje?- en nada se corresponde
con la gravedad de otras cacerías más cruentas e in-
humanas que apunto en mis notas autobiográficas,
¿recuerdas cuando -perdido entre la niebla- pisé los
escombros de una aldea bárbaramente derrumbada
por un hombre antojadizo y sin oposición de los or-
ganismos oficiales o cómo los propios monteros se
engañaban mutuamente? Suprimí escenas que res-
taban tensión narrativa a mis relatos y que reflejaban
mi rechazo a ciertos comportamientos de gentes de
superior estatus social. ¿Sabías que en el poblado fo-
restal de El Mustio se instaló el jefe de la repoblación
forestal -un tipo llamado Don Claudillo- que creía
Arochones
227
vivir en la Edad Media y que cometía mil atropellos
contra los cazadores y cortijeros? No hablo de oídas,
fui testigo de sus chantajes a mi amigo Juan Rizo y a
los monteros que pisaban los aledaños de su castillo
feudal. Subido a las altas encinas de las dehesas pre-
sencié muchas lobadas hechas por seres a los que
también llamamos humanos: cómo el ladrón que me-
rodea los cortijos ajenos robaba de madrugada los
enseres de sus vecinos y los escondía en las marrás de
su hacienda o cómo el mozalbete hambriento pasaba
-con el sol ya puesto- por debajo de mis pies col-
gantes en busca de algún mendrugo de pan que lle-
nara su vacío estómago. Al igual que este ladronzue-
lo, fui criatura salvaje que no me acostaba temprano
tal como los perezosos hombres acostumbran, por-
que la noche era el momento de nuestra máxima acti-
vidad.
Haber vivido la caza de noche apasionadamente
conlleva ciertos desvaríos, por ello reconozco que fui
lo que el gilí dice: ¡un vicioso de la caza!, ¡antes ca-
zador que pintor con palabras!
229
Vocabulario
Acules: el remate final de una mancha.
A dientes: res que no va herida y es atrapada por los
perros.
Agarrar: herir una res con bala.
Agilú: agilidad, destreza.
Agujas (tiro de): tiro en la parte alta de las paletillas.
Ahuchadores: batidores.
Alpear: huir subiendo.
Al rebujo: sin poder apuntar.
A mea perro: subir o bajar una ladera de costado.
Aplastarse: esperar las reses sentado en el suelo o
detrás de un ramaje.
Arochón: jabalí de pequeño tamaño, macizo, negruz-
co, trompa muy larga y cuello corto. Referido al an-
tiguo jabalí de los montes de las Peñas de Aroche. Se
230
dice que fue el más salvaje de Europa. En otras
zonas de Andalucía se refiere a un tipo de jabalí con-
trario al albar.
Arrear/Jarrear candela: disparar.
Arrutarse: adormilarse.
Asomarse al balcón: alzar la cara con exceso.
Asomatraspón: tiro rápido, debido al ocultamiento de
la res.
Ataravizcado: perro cruzado de podenco y mastín.
A toda pastilla: velozmente.
Atrabanque: situación dificultosa, pelea. En plural se
refiere a los atrinques.
Atrinques: huellas del jabalí.
Azorrarse: aplastarse la res, cazar furtivamente.
Balduendo: perro que no tiene amo.
Banco: dícese de la línea de terreno que lleva cada ja-
leador.
Bandeo: tiro en el vientre.
Berrenchina: berrenchín, chero o tufo del jabalí encen-
dido sexualmente.
231
Breva: tiro.
Breval: primeras bellotas del alcornoque, de gran
tamaño.
Buscarse la vida: buscarse un lugar apropiado para la
caza.
Butillo: perro menudo y sedeño.
Cabril: cerro con muchas piedras.
Calada: incursión de un furtivo.
Calentón: rozón producido por una bala.
Cangui: miedo.
Canutazo: disparo.
Cargar: matar, cobrar, arrancarse violentamente con-
tra el cazador.
Carrasqueño: jabalí menudo y de buenas defensas que
acostumbra a encamarse entre carrascas (coscojas).
Cazuchear: cazar de tapadillo.
Chanteado: que huye sin carreras.
Charabasqueo: ruido apenas perceptible.
Charamusca: monte no tupido excesivamente.
232
Chillarse: matar violentamente o con buen disparo.
Chipichanga: ilegal batida de jabalíes entre pocos caza-
dores.
Chispazo: herida.
Cimbra: silueta, con forma semicircular, de la parte
alta de una montaña.
Coger hueso: cuando la bala rompe hueso.
Coger la mancha a mano: batir una mancha sin que los
batidores se adelanten o atrasen.
Copúo/a: árbol que tiene muchas ramas en la copa.
Corato: grasa endurecida del jabalí.
Corucho: perro de orejas inhiestas.
Cuchara: cazador hábil.
Currillo: perro cruzado de podenco y mastín.
Dar al dedo: disparar.
Dar un picotazo: cazar apresuradamente parte de un
coto.
Dar un pie: ayudar a subirse a un árbol.
233
De pico: viento que sopla de frente, ave que entra de
frente.
De recurtis: ilegalmente.
Desbarrarse: cuando una res deja de faldear y baja.
Destarugado: que se ha quitado el tarugo, que ha mata-
do la primera pieza.
Echar: montear.
Empanado: muy tupido.
Enchufar: mantener el oído en tensión.
En coca: a tiro.
Endiñar castaña: disparar.
Engatinarse: subirse, trepar un árbol a modo de gato.
Enrocharse: tirarse por un rocho.
Entacado: correr apretado como sale el taco del car-
tucho en el tiro.
Entalle: a especie de pequeño desfiladero.
Envelar: poner inhiestas las orejas.
Escurrío: dícese del jabalí estrecho de sus partes tra-
seras.
234
Espetonazo: huida brusca y violenta.
Estar arrollado/Enrollado: estar rodeado de reses.
Estrebejí: ruido estrepitoso.
Fiebre de cañón: cuando el cazador novato se pone
nervioso.
Frezadero: lugar donde los animales cagan.
Gacha: encina de tronco bajo.
Gafado: cochino con amoladeras encorvadas.
Gastaero: lo que queda de una res comida por ali-
mañas.
Gutear: mirar con curiosidad.
Hato/Jato: lugar de encame y campeo; caracteres
físicos de la res.
Hechío: conjunto de señales que indican la presencia
de animales (frezas, revolcaderos, trochas, restos de
frutos…).
Hipina: conjunto de hipas de un perro. Hipidos.
Hurga/Jurga: escopetón.
Hurrar/Jurrar. Hurrido/Jurrío: sonido producido por
las reses al espantarse, roncar.
235
Húsar: referente al cochino parecido al arochón.
Husillo/Jusillo: movimiento que forma la res al mover
el matorral.
Ir fuera de tiesto: la res que ha dejado la trocha o que va
fuera de tiro.
Irse con: seguir la pieza con el cañón.
Jardazo: caída fuerte.
Jarrear/Arrear castaña: disparar.
Joder la marrana: estropear, molestar.
Jopazo: arrancada brusca de la res, caída.
Lampreazo: fogonazo de luz.
Lenguado: cuchillo con hoja de dos filos.
Lepra: mancha repleta de reses.
Llaves: gatillos de la escopeta.
Llevar el banco: sentido de batida de cada jaleador.
Lomero: lomo de tierra, línea de una montaña con
pendiente suave.
Macareno: jabalí viejo, solitario.
236
Madriza: jabalina madre de marranchones adultos, la
guía.
Mancornada: mala acción de tiro.
Marrá: pequeño sotobosque de arbustos, general-
mente de coscojas y charnecas.
Marraero: jabalí que acostumbra a cobijarse en las
marrás.
Matajogazo: que provoca excesivo cansancio y difi-
cultades.
Matarotaje: conjunto de vegetación variada.
Matracal: monte espeso.
Matrero: jabalí muy astuto.
Mesto: dícese del árbol híbrido entre alcornoque y
encina.
Meter la cara: encarar el arma.
Mirleo: sonidos emitidos por los mirlos cuando se in-
quietan.
Molaeras: amoladeras, dientes caninos superiores.
Muleta: curva que da una armada.
Navajero: jabalí con buenas defensas (navajas).
237
No hay tu tía: no hay nada que hacer.
No sentir un rabo: no barruntar ninguna res.
No tener cuartel: la seguridad de matar una res.
Ojal: herida de bala sin importancia aunque atraviese
la res.
Patas arriba: res muerta, terreno muy hozado.
Pegujón/Pegullón: agrupación de varias matas.
Pellejazo: caída brusca.
Pelocho: jabalí sin cerdas; árbol sin ramas.
Pelona: helada, escarcha.
Pingoya: pingorota de un árbol.
Pistraje: carne de poca calidad y molida.
Prenda: res.
Pringar: herir.
Puerta: puesto de batida o montería.
Puta: res huidiza.
Quitarse el gusanillo: calmarse los deseos de cazar.
Rabón: viento que sopla por la espalda.
238
Raspil: viso, silueta de un cerro.
Recechero: cazador que practica el rececho (aguardos
nocturnos en la Sierra de Huelva).
Reguereteo/Regüelleteo: sonidos apenas perceptibles.
Repropiarse: cuando una res rectifica la huida.
Retranca: postura de cazadores ajenos a la montería y
colocados detrás de la armada de cierre.
Revocón: cuando el viento retrocede y cambia de di-
rección.
Revolaina: voltereta.
Rocho: ladera empinada y con malos pasos.
Rodeo: agrupación de varios árboles.
Salaíllo: matorral poco vigoroso de los collados,
generalmente con brezo rojo.
Sartenazo: cazar un coto ilegalmente.
Sedas: las cerdas más largas del lomo del jabalí.
Soltizos/as: dícese de los árboles que no forman gru-
po numeroso.
Soniche: ir en silencio.
Tarama: leña muy delgada, mata.
239
Taramazo: ruido producido al mover una tarama.
Tarameo: movimiento de taramas, de matas.
Tarazar: aparte del significado castellano de afligir, se
refiere a partir la espina dorsal a la res.
Tarugo: cuando el cazador no ha matado nada.
Tenazón: dentellada rápida.
Tener culo: tener paciencia para la espera.
Tiestos: achiperres de caza, avíos.
Tirar cagada: disparo fácil.
Torronta: terraplén.
Trangallones: movimientos que hace una res herida
mortalmente, semejantes a los vaivenes de un perro
con trangallo.
Traquear: moverse de campeo un jabalí o cuando
sigue el rastro de la jabalina que anda de levante.
Trepa: cruce de dos ramas gruesas. También se le lla-
ma a la rama horizontal que sirve de asiento.
Trocherío: conjunto de trochas muy seguidas.
Trocoleo: movimiento, generalmente de líquidos.
Trompa: jeta de la res.
240
Tumbaviso: lo que está por detrás de la línea de visión.
Vaqueo: modalidad de caza a la espera de madrugada.
Venaje: inicio de un regajo en una ladera.
Viciar: lugar pantanoso, con bañas.
Zaraguteo/Zaragüelleteo: ruido apenas perceptible que
hace la res.
241
Llanos de La Torre
Valle de la rivera Chanza, al fondo Aroche
242
Zahúrda de Maribarba
Solana de Maribarba
243
Canchal de Maribarba
Sierras interiores de Maribarba
244
Desde el interior de Maribarba
Fuente de Maribarba
245
Solanas de Arochete
Sotobosque de Maribarba
246
Cabriles de Arochete
Alcornocal de El Galindo
247
Arriba: cortijo de Juan Rizo, en Las Peñas. Abajo: Valdesotella
248
Rivera Chanza en el curso alto
Las Peñas
249
Piedra Lajosa, en Bejarano
250
Arriba: Umbrizo desde La Atalaya. Abajo: Las Camorras desde El Cañuelo
251
Solanas altas de Valdesotella
252
Cortijo de La Bájena
Escena de montería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca)
253
Escena de montería en Las Peñas de Aroche (foto de
Escena de montería en Las Peñas de Aroche (foto de
de montería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca)
tería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca)

Arochones

  • 3.
  • 5.
    JOSÉ L. LOBOMORICHE Arochones Prólogo: Juan Díaz Banda y Antonio Carlos Ruiz
  • 6.
    Cortegana, invierno de2012 Edita: José Luis Lobo Moriche E-mail: lobomoriche@hotmail.com Depósito Legal: Imprime: Imprenta Rayego, sl. Telf.: 924. 55 00 89 Zafra (Badajoz)
  • 7.
    A la memoriade Dantón Lobo, mi padre
  • 9.
    9 Impresiones a modode prólogo De tu amigo Juan Creo que no soy la persona más indicada para ha- cer algún comentario a un libro de mi amigo Pepe Luis Lobo; sin embargo, cuando él me lo ha pedido, algo podré aportar. No me importa decir que él me enseñó mucho y, refiriéndome a la caza mayor, con él aprendí una parte muy importante de las cosas que sé, fueron muchas mis correrías a su lado. Con él aprendí a distinguir la pisada de un ciervo de la de una cabra, la de un jabato de la de un cochino man- so, a andar de noche, a reconocer las trochas, las co- ladas…. En fin, parte de todo lo que cualquier caza- dor sabe sobre la caza -como hace referencia en su libro- fue aprendido también de otros grandes caza- dores y rececheros. Este libro de Pepe Luis gustará mucho a cazado- res y no cazadores, por su forma de expresar con tanta claridad y sencillez todas sus vivencias, por sus conversaciones con esas personas tan sencillas con las que convivió y que yo atestiguo que es así por haber conocido y convivido también con algunas de ellas. Son interesantes, incluso para sus íntimos ami- gos, conocer otras vivencias no contadas hasta ahora,
  • 10.
    10 aunque sus continuasandadas en las noches durante las cuatro estaciones del año a todos nos suenan. A la hora de hablar del autor, debido a nuestra amistad y confianza, quizás no sea yo el más apro- piado para echarle flores, aunque no tengo más re- medio. Sólo pedirte que ya que has cogido la racha de practicar la otra afición de tu vida, la literatura, que no la abandones. Tienes tiempo de seguir apren- diendo y deleitarnos de vez en cuando con otro libro sorpresa. La ayuda de tu familia y de tus amigos, co- mo siempre, no te va a faltar. Juan Díaz Banda
  • 11.
    11 A nuestra viejaamistad Si quieres conocer a una persona, debes escuchar cuando habla o escribe de su infancia, de su niñez o de su juventud. Seguro que te dirá cosas que, aunque con algunas mentirijillas piadosas, saldrán de lo más profundo de sus entrañas y se convertirán en mara- villosos relatos de los que se sentirá orgulloso. Esto es lo que -con toda seguridad- le ha ocurrido al autor de este nuevo libro sobre el arte de la cinegética que él ha titulado AROCHONES. Hace mucho, nuestro amigo Pepe Luis, en una de las expediciones al campo, (¡Maldita vejez que no nos deja juntarnos!) nos dijo a la luz de los troncos de encina ardiendo en la chimenea: ‘Cuando mis piernas o mi mente no tengan fuerzas para salir al campo, cogeré mi escopeta y la romperé en mil cachos sobre el risco más grande que haya en Valconejo’. Esta frase fue motivo de una larga velada en la que cada uno expuso su propio criterio. Cuando nos reti- ramos a dormir, todos pensábamos lo mismo: las pa- siones de Pepe Luis son la familia, los amigos, la edu- cación…, y la caza. Por tanto, lo que había comen- tado no tenía mucho sentido, y el paso del tiempo nos dio la razón.
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    12 El papel deplata, que colocaba en el punto de mira para sortear la oscuridad de la noche, le ha servido para describir -con una gran maestría- las claras noches de luna llena en nuestras sierras. Los cañones le han servido de inspiración para recordar todos los viejos barrancos y trochas que lle- gó a conocer mejor que los propios arochones. Los gatillos han sido los latidos de su corazón en el momento más importante del relato. La culata era la mullida almohada para soñar en las largas esperas con lances de recechos que sólo un buen cazador puede imaginar. Las balas eran los recursos literarios que llegan a lo más profundo del corazón. La funda era el descanso, la tranquilidad y el sosiego de una larga y dura noche.
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    13 Su escopeta hasido el hijo al que le ha contado ciento de veces historias que jamás habrían salido de su boca, pero que afortunadamente ha sido el hilo conductor que ha hecho que apareciera una nueva pasión, la cual ha permitido plasmar sobre unas hojas de papel blanco sus propias vivencias de caza, que para todo el buen aficionado y lector serán un ver- dadero deleite. Antonio Carlos Ruiz Septiembre 2012
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    15 Prólogo……………….9 Mis primeros pasos17 De cachorro 63 Con Churubito 69 Berenjenales 85 Ayudas 97 Magia 107 Pasión y destrezas 119 ¡Tranquilo, Churubito! 135 Instinto, razón oído y vista 139 Juego de luces 153 Esfuerzos 159 Nieblas 163 Peligros 169 Macarenos y carrasqueños 193 Epílogo………………225
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    17 Los primeros pasos -¡PepeLuis, no te imaginas dónde comen estos aro- chones de Mazaroco! -me contaba, hace medio siglo, Diego el Montesino. -No sé, ¿en La Peramora? -¡Qué va! Ya estaba hasta la coronilla de esperarlos en Los Baños y en Las Cortecillas, noches enteras sin haber barruntado siquiera un taramazo; así que, un amanecer, cogí la burra de cabestro dispuesto a se- guir el rastro de estos gandules encamados en el pim- pollar de Teodora. Me suponía que como mínimo irían a parar al pinar de Mahoma o al encinar de La Peramora, pero dejaban atrás Vegalucera, cruzaban la rivera Doña María y tomaban solana arriba hasta la cumbre de El Vínculo. Allí los dejé a su aire, ¡se des- colgaban ciegos al castañar de la umbría! -Diego, ¡mucha huebra para una embozada de bellotas y de castañas! ¡Hablas de quince kilómetros o más!
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    José Luis LoboMoriche 18 -Pues ya sabes qué hacen estos trotones cuando se les antoja, ¡al castañar de El Vínculo sin pararse en las encinas pegadas a sus camas! Conocí a Diego el Montesino de las manos de su hijo Quiterio y de su consuegro ‘Daniel el del cer- cado Forero’, y fue él quien despertó en mí la cu- riosidad sobre el campeo y los encames de los jaba- líes, jabatos para los serranos de Huelva. Era yo un jovenzuelo de diecisiete años, cuando me contó esta historia junto a la chimenea de un cortijillo abando- nado en Los Baños, una noche alunada de octubre de 1966. ¿Cómo es posible que tengan que des- plazarse tan lejos para pelar una docena de castañas? Con más edad y experiencia fui hilvanando algunas observaciones: eran tiempos en que miles de palomas dormían en los eucaliptos de El Vínculo, ocasión que aprovechaban algunos palomeros para llenar de tor- caces sus mochilas, tras haberle cogido las vueltas al guarda ‘Mateo el de El Hurón’ cuando buscaba a los furtivos palomeros montado en una jaca blanca. Franciscón y sus compinches eran diestros en esqui- var la vigilancia de Mateo: que el guarda coge un lo- mero arriba o abajo, el furtivo cazador se aplasta en medio de una barrancada mientras haya luz del día. Palomas posadas y lluvia de munición encima de las reses encamadas. Así atardecer tras atardecer, que los palomeros avanzan sierra a sierra con sus canutazos,
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    Arochones 19 ellos se encamanmás lejos. Diego me enseñó que el encame y el campeo de las reses por las dehesas de encinas y alcornoques son querencias muy distintas. Aquella piara de su terruño abría los primeros erizos del castañar más occidental de estas sierras de Huel- va, La Pimpollosa, en el paraje que desde Aroche lle- va -a través del camino de Castilla y de Sierra Pelada- hasta las minas de San Telmo. Los jabalíes de Maza- roco no estaban dispuestos a que nadie les impidiese que siguieran comiéndose las tempranas castañas y el instinto los llevó hasta un sitio tranquilo pero lejano de su natural hábitat de campeo, un lugar libre de to- da intromisión del ser humano y que ellos habían en- contrado a quince kilómetros del castañar de El Vín- culo. Aprendí del Montesino que, si una encina estaba bien tomada por los jabalíes desde hacía ya varios días y si no había síntomas de que algún mal cazador les hubiese echado el viento la noche anterior o de cualquier otro espanto, era cuestión de tener culo y continuar a la espera. Si me bajo, se me desinflarán las emociones, porque ni en la cama ni en el bar se mata nada. Que la noche no se convierta en caduca, porque mientras estoy en tensión, sentado sobre la trepa de un árbol, gozo de mi existencia y me olvido de todo lo demás. Cazar es vivir, vivir la caza apasio- nadamente y ganarle la partida al tiempo perdido. Así
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    José Luis LoboMoriche 20 que ¡a aguantar una hora más en la pingorota! Des- pués dos, tres o incluso armarme de paciencia hasta la contemplación de los primeros rayos del día. Me animalicé durante las noches de espera, moti- vado por las apasionantes historias de caza contadas por estos dos consuegros. Como todo animal tuve mis querencias nocturnas y los lugares de campeo preferidos. Son las grandes riveras delimitadoras de las aguas vertientes de las sierras y de los respectivos parajes y manchas: el barranco Arochete, La Alca- laboza, Doña María, Múrtiga, Chanza y Odiel. En las manchas entreveradas de jaras, charnecas, coscojas, madroños, tojos, aulagas, carquesas y los sotobos- ques de encinas, alcornoques, quejigos, pinos, casta- ños, alisos, chopos y otras especies de la flora medi- terránea gocé, durante más de cuarenta años, de la libertad de un ser primitivo que disparaba -no como hago en estos momentos con palabras hilvanadas en frases- sino con fervor y entusiasmo de cazador. Hoy me inquieto por hallar la palabra justa que describa las escenas vividas; ayer me fatigaba sin desánimo hasta que levantara la res aplastada o contemplara, sobre la tierra barreada, los atrinques del animal fan- tasma que mi mente hubiera dibujado en los escena- rios de caza que tanto frecuenté. El topónimo Arochete se refiere al pueblo de Aro- che, sus aguas corren mansas en la gran dehesa de
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    Arochones 21 quejigos de LaTorre y luego se violentan en los ba- jos de los cerros cabriles de Maribarba. ¿Quién no ha oído historias o vivido lances de monterías celebra- das en El Galindo, Maribarba, Huerto Antón, Curtía, Los Lobo, Terrazos, Los Benitos, Aliserillas, Pico de los Ballesteros, Cabezo Verde, Corte Sunobre y Agujos? Las aguas de estas manchas llegarán, en la junta de Los Lobo, a la gran rivera serrana que nace en Cortegana, que enseguida forma suaves revueltas en los llanos de Aroche y busca hacerse frontera con Portugal: la rivera Chanza. Antes habrá recogido por su orilla derecha las aguas de Tejadilla, Las Camorras, La Pava y después Las Cabezas, Valdesotella, Puerto Nogal, Bejarano, Chocitas, Las Bañitas, El Cebro, Monteblanco, Umbrizo, El Brueco, La Venta, Las Tabacas y Pasada del Abad. Por la izquierda vierten aguas El Cañuelo y La Caballona. La rivera La Alcalaboza nace en el puerto de Las Veredas de Almonaster, y recoge aguas de Los Alcalabocinos, Umbría Valera, Antón Pérez, La Pe- ñita, Estercadillas, Valdipuerca, Aulagar del Hurón, Vínculo, Puerto Cañón, umbría de La Caldera, Pasos de Juan Gordo y espera en el puente de La Peramora a la rivera Doña María, que se inicia en el puerto de La Venta, cercano a la aldea de Gil Márquez. Antes de la unión ha recogido barrancos de La Bájena Alta, El Recio, Limones, Timones, Juanablanca y Cama de
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    José Luis LoboMoriche 22 la Loba, El Puchero, Mojonato, Las Cabras, solana de La Caldera, Los Ciríes, Vegalucera, Potrico. Las dos riveras unidas tomarán el nombre de la mayor: La Alcalaboza , que enseguida recibirá aguas de Las Cañadas, Los Rasos, Manuela, Peramora, Bibián, Los Puntales, Las Peñas, La Naranja y se adentrará en tierras de Rosal, donde le llegarán por detrás de Las Peñas correnteras de Mahoma, Las Cortecillas, Barranquito Llano, Cumbre del Mármol, La Carras- cosa, Mazaroco, Los Baños, Teodora, y algunos ba- rrancos que se inician en la cumbre del poblado fo- restal de El Mustio: unos, como Palomarejo, Carba- llar, Carballarejo y Conejo se inclinarán hacia la co- marca de Andévalo; y otros, como Los Melones, Aserrador y Peñasierpes buscarán el baldío de Rosal. El río Múrtiga en sus inicios, por tierras de Gala- roza y de Las Chinas, es manso y amigo de hortela- nos; después se hace más bravío con barrancos que lamen las orillas de muchas manchas de La Nava, de las tres Cumbres y de Encinasola: Arrumiaos, Poci- tos, Guacho, El Moro, Los Campillos, La Moña, Las Torrecillas, Picureña, Castillo de Torre, Maijuanes, El Cañito, Los Valles, El Casco, Gonzalo Gil, El Se- rrechón, El Boquerón, La Breña, El Bravo, Las Ale- grías, El Basto, Sierra del Hoyo, Las Contiendas, y hermanado con Ardila se hace río portugués junto al castillo de Noudar.
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    Arochones 23 En tierras delOdiel, andevaleñas y serranas, están El Saltillo, La Junta de Mazo, Pagos, Las Bañas, El Mojón, El Cerquijo, La Lima, El Moro, El Potroso, Valdelaniña. Todos estos parajes tuvieron su cazador román- tico, conocí a algunos de estos singulares hombres y con ellos compartí sufrimientos, sacrificios y peli- gros; pero también, gracias a ellos, me discipliné co- mo cazador. Campearon semejantes al macareno de chairas desafiantes y de molaeras alunadas, que se amaga entre la charamusca del monte y espera acu- lado al perro puntero. Por tierras del barranco Aro- chete se azorró El Máquina; por los valles de la Al- calaboza cazucheó mi amigo ‘Daniel el del cercado Forero’; del Montesino y de su hijo Quiterio fue territorio vedado La Peramora; en las sierras de Gil Márquez y La Bájena fue fantasma de la noche Eu- logio; El Marra en La Corte de los Llanos, Félix Pasión en Valdelamusa, y desde el pico de La Go- londrina hasta el baldío de Rosal siempre oí historias casi místicas de Santos Boza. Conservo restos de sus historias románticas y el precioso cuchillo lenguado de monte, con empuñadura de hueso, hecho por él. Cada territorio siempre tuvo un cazador extraordi- nario, un cazador que acepta o no la presencia a su lado de un escudero, pero que no lo precisa porque se vale por sí mismo.
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    José Luis LoboMoriche 24 A través de esos seis tentáculos de riveras y barran- cos que me llevaban hasta las sierras más recónditas cambiaba constantemente mi ser, la personalidad, aunque nunca diré que busqué la diversión. ‘¿Adón- de anduvo anoche Pepe Luis, que llegó a casa tan tarde?’, preguntaba la alcahueta vecina a mi mujer. ‘En el campo’, contestaba ella con colores subidos. ¡No!, ¡yo no estaba en el campo ni con nadie! ¡Yo era campo!, ¡en él me adentraba para ser elemento del paisaje! El campo, para un cazador como Pepe Luis, no tiene amo ni llave que lo cierre. Iba adonde nadie iba, a tierras prohibidas porque me atraía lo prohi- bido. Encaramado en alto árbol y desafiando la ley de la gravedad me recostaba en el vacío de una ba- rrancada para hablar conmigo del tema más trans- cendental: la caza. ‘Gente de cacería, gente perdía’, decía el gilí de turno; a ellos, que nunca perdieron tiempo de su raquítica vida en la caza, dedico estas aventuras y desventuras cinegéticas. A ellos que con- sideran que no lo malgastan cuando hablan de polí- tica, hacen cola en una oficina, rellenan un impreso oficial o que nunca descuentan los segundos desa- provechados en no existir. En parte llevan razón, yo no fui un cazador al uso, dediqué la vida a cazar apa- sionadamente, porque no fui hombre centrado, que lo fui de los extremos, ¡eso que el gilí llama un vi- cioso de la caza! Sería un hecho imposible que yo no hubiese sido un cazador por mí mismo, siempre re-
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    Arochones 25 chacé que alguienme preparase un cebadero de maíz y después yo -con rifle en mano y artificiosa emo- ción- a la espera de la res que duerme a veinte metros de un caserío. ¡No!, ¡haber sido siempre un cazador vicioso constituye mi novela, mi existencia! Es ver- dad que el cazador se inventa sus ocupaciones como acto de rebeldía a todo aquello que ya le llueve enci- ma predestinado. Esta maldición asemeja al gilí con un jabalí, ambos no se inventan nada, de antemano están cercados y sobreviven. ¿Cómo llegué a dedicarme a la caza mayor? Viví mis años de infancia entre perros alanos, mastines extremeños, podencos sevillanos, ataravizcados y de mil leches. Mi padre ni fue rey ni noble, pero debió sentirse independiente y aristócrata cuando cazaba; entre juicio y juicio, entre sentencia y sentencia de su profesión de juez comarcal, ejercía la actividad más venturosa y libre. Esencialmente era cazador menor: cuerda de seis o siete amigos, que en días festivos cazaban perdices a mano o al aguardo. Siendo un ni- ño manoseé la perdiz ensangrentada, olí la pólvora mientras él rellenaba las vainas de los cartuchos y manejé todos aquellos aparatos de sacar mixtos, po- nerlos, rellenar, tacar y rebordear, ¡un verdadero ce- remonial! Empecé a acariciar un rifle Tigre del 44 y su escopeta embadurnada de aceite y puesta al sol en la azotea, a apuntar con los cañones del 16, oler la
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    José Luis LoboMoriche 26 pólvora quemada, ayudarle a enfundarla, a trans- portársela hasta el coche que lo llevaba a La Con- tienda. Crecí al lado de un padre que había educado su carácter ejerciendo la actividad gozosa de la caza, nos hicimos más amigos y me olvidaba de los juegos infantiles, embobado con su palabra mientras habla- ba de gentes humildes como Gollito, Pedrero, Juani- quí, Romana… Pastores amigos de don Dantón, a quien le ayudaban a hacer un aguardo de monte o corrían hacia él para anunciarle dónde tenía la que- rencia una collera de perdices. No sé si vendrá a cola- ción contar una anécdota de esta relación suya con gentes sencillas: en una de mis escapadas a Bejarano en pos de una piara de jabalinas, varios perros siguie- ron el rastro de una res zorreada y se adentraron en Portugal. Muchos soplidos a la caracola de cabezo en cabezo, pero ningún campanilleo oí. Hice las gestio- nes oportunas, y me llegaron noticias de que un ve- cino de Santo Aleixo había cogido uno de mis pe- rros. Me desplacé al pueblo portugués, y efectiva- mente en el corral de una casa estaba atada la perra que yo buscaba. Faltaba un cachorro de orejas blan- das, que no las envelaba sino en los momentos en que oía la ladra de agarre. El tono de su piel tiraba a cho- colate, de ahí su nombre. Que si por La Contienda portuguesa habían visto un perro sin amo de los que llaman balduendo, que sí era marrón oscuro… En aquellas tierras portuguesas estuve un día, caracola va
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    Arochones 27 y caracola vienede cabezo en cabezo otra vez, ¡nada, ni rastro de mi Chocolate, que lo perdí para siempre! Pero, a lo que íbamos, a la relación de mi padre con gente humilde. Por delante de un cortijo de La Con- tienda portuguesa pastoreaba un rebaño de cabras y ovejas, detuve mi Suzuki y busqué al pastor. De aquel cortijo, casi derrumbado como un majano, sa- lió un hombre octogenario, curtido en mil batallas de sierras, de lobos y de subsistencia. -¿De qué pueblo de España eres? -me preguntó con una perfecta habla de labriego serrano. -Soy de Cortegana. No sé si usted sabrá dónde está ese pueblo. -¿Cortegana? ¡Allí vivía don Dantón! -¡Don Dantón era mi padre! -le contesté emociona- do. Se enjugó las lágrimas y me besó. Seguro que aquel atardecer el pastor portugués sacó la petaca, echó tabaco y recordó con nostalgia los atardeceres de febrero cuando se encontraba con mi padre -perdi- gón a la espalda- en los collados salpicados con sa- laíllos de brezos rojos, allá en tierras fronterizas de Las Alpiedras.
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    José Luis LoboMoriche 28 Era yo demasiado niño todavía para acompañarlo en correrías cinegéticas y me conformaba con tocar - aún no sabía leer- las notas que escribía con su Un- derwood referentes a los pertrechos necesarios para los días de caza; y a él me pegaba, cuando contaba sus aventuras a mi tío José Lobo. Creo que aprendí a leer más rápido que otros colegiales, llevado por las ganas de atrapar el misterio de sus notas: ‘Con este cartucho y dos más maté un jabato de más de siete arrobas en la era de tío Severo, en La Nava’, ‘Bajo el naranjo del corral está enterrado mi mejor pájaro: Gollito’. Tocaba sus cosas de caza como si fuesen mías: un mechero de yesca labrado a navaja por un pastor -hijo del Montesino- en madera de brezo blanco, su escopeta del calibre 16 marca Perdiz, la navaja, la petaca, las polainas, la canana y sobre todo acariciaba los cartuchos de cartón recargados por él. Luego, llegaron los días de montería. ---------------------- Durante los años cincuenta, en la Sierra Occiden- tal de Huelva, sólo existía la ‘Peña montera de Cor- tegana’. Estaba formada por unos veinticinco so- cios, capitaneados por Martín Delicado, un hombre muy conocedor de los parajes de la Sierra y que alter- naba sus quehaceres como propietario de una me- diana hacienda con tareas de postor, de marcador de las armadas y responsable de las decisiones de la
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    Arochones 29 suelta de perrosy demás estrategias para la caza de la res fantasma que los aldeanos de El Hurón creían que deambulaba por la Umbría de Valera o por El Vínculo. Al despacho de mi padre llegaba un huro- nero, como cazador agonía, a anunciarle la noticia: -¡Don Dantón, que Mateo ha cogido el rastro de un buen cochino! ¡Que las bañas de Valdipuerca están muy tomadas! ¡Que el castañar de Espejito huele a berrenchina! ¡Que en el castillete que está junto a la choza de la Caporra se le arrancó por delante de su jaca un jabato! Ahí tienes a una veintena de hombres en busca de esos animales fantasmas que nunca aparecían. Mon- terías de siete u ocho horas, batiendo con una doce- na de perros sierras que hoy día dan para cuatro o cinco jornadas de caza. Todo se hacía pausadamente: la ida a pie -Martín montaba su Espléndida y mi pa- dre un mulo-, los perros iban acollarados y los mon- teros más afortunados en el camión del amo de El Vínculo. Empecé a acompañarle en estas monterías que se organizaban en horas y que se celebraban durante todo un día en las sierras aledañas a la aldea de El Hurón. Casi todos los ahuchadores, corredores o jaleadores eran de esta aldea: Antonio Terreros, Ma- teo y sus hijos Domingo y Fermín, Reyes, Julián Vázquez, el alcalde de Los Alcalabocinos, su her- mano Tórtolo, Pintaína, Andana y los aficionados de
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    José Luis LoboMoriche 30 Las Veredas: Evaristo, Ernesto, Celestino..., otros de Cortegana: Daniel, Carmelo Boza, Maufa… Eran los lazos familiares, de vecindad y de amistad los que trababan a estos hombres infatigables que, hurga de martillo en mano y cartuchos rellenos de pólvora ne- gra, batían con ahínco todas las barrancadas de las sierras. Una sola voz los animaba: la palabra sabia y práctica de Mateo, el capitán de los corredores. Hu- mareda de pólvora negra y el perro puntero que tras- tea la primera barrancada, la segunda y no sé cuántas más hasta que cada jaleador llega extenuado a las puertas de la última armada, que tienen el viento de pico o que caprichosamente se ha puesto rabón. A so- pié de la armada aguarda el capitán de los monteros: -¡Rematad bien los acules! Si el perro puntero latía, más de veinte corazones se inquietaban esperando oír: -¡Ahí lo llevas, derecho al colmenar del barranco! ¡Qué desilusión!, nada más que los asustadizos mir- los se levantaban de los barrancos y sólo algún zorro iba chanteado por delante de los perros. Era muy difícil coger encamados una cochina vieja y sus bermejos, pues tenían que patear muchas sie- rras para partir una bellota recién caída y fresca; casi siempre se conformaban con el cascajo y los secos
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    Arochones 31 cascabullos ocultos debajode la charabasca. Ni me desalenté ni me aburrí de tanta escasez de piezas ma- yores. Al contrario, antes de que mi padre golpeara en la puerta de mi habitación, ya estaba yo en pie con mi mochililla preparada. Llegó el día en que Martín y sus afanosos monteros mataron una res en Antón Pérez. Arranqué algunas cerdas, las coloqué liadas en mi gorra y manché por primera vez mis manos con la sangre de una jabalina, alguien puso también sus ma- nos ensangrentadas sobre mi cara. Olí la caza mayor muerta y comí parte de las asaduras y de los riñones fritos. Me entusiasmé con una escopeta del calibre 12 y un cañón reductor de doce milímetros acoplado a ella y sentí las alegrías del niño más feliz del mundo con un arma encarada tras las totovías de los rastro- jales, las avefrías de los llanos helados o tras un escu- rridizo martín pescador en los barrancos de El Vín- culo. Por primera vez metí en el reductor un car- tuchillo que contenía dos balines, y me senté sobre una piedra detrás de mi progenitor. No sabía yo aún qué emociones siente el cazador apostado en la vega de Doña María, frente a la barrera asolanada de La Cama de la Loba, cuando oye a los corredores que tocan trompetas y caracolas en las cumbres, alertan- do a las puertas de que los perros han levantado una piara de jabalinas o que un cochino se ha atrancado
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    José Luis LoboMoriche 32 en el acebuchal. Mi padre apenas me miró e inclinó varias veces su cabeza para confirmarme que esta vez sí habíamos dado con las piezas buscadas y que la mancha estaba bien cerrada. -¡Las puertas de la rivera, la barrera abajo! ¡Perros ahí!, ¡venga Turco y Nerón valientes! ¡Huy, qué hipina llevan los perros! En la revuelta de la rivera Doña María, detrás de los huertos de Juanablanca, sonaron varios disparos muy seguidos, como si una res se hubiese presentado de sopetón, en esas circunstancias que otros monteros andaluces llaman asomatraspón. Estábamos puestos en el ajuste natural de las reses, que trataban de desba- rrarse, cruzar la rivera y refugiarse en las espesas man- chas de El Puchero. Sentí, quizás contagiado por él, emociones que desconocía hasta entonces. ¿Cómo el corazón de un niño puede acelerarse ante las voces alertadoras de un corredor o al ver el monte arro- llado por una res? Abrió el matorral y se ahiló de cara a la vega, ¡con qué soltura sorteaba las adelfas y con qué belleza apretaba los traseros y se escurría entre los alisos de la rivera! Me olvidé de que tenía delante un cazador adulto y creí que aquel jabalí de mediana envergadura me pertenecía. Desobedecí todas las ad- vertencias de que no disparara hasta que él lo hiciera. ¡Me sentí cazador!, y un cazador quiere apoderarse del animal, hacerlo suyo ya, porque nadie le regalará
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    Arochones 33 una segunda oportunidad.Con la ligereza de un niño eso debí intuir, ni siquiera miré cómo él apuntaba en- tre los cepellones de la corriente, me encaré mi es- copeta y apunté a un bulto que había dejado atrás la rivera. Sonaron varios estruendos bajo los alisos y la res les dio el culo a dos cazadores. Seguí callado por- que sabía las consecuencias de mi precipitación y me sentía culpable de que nos fuéramos tarugos. Llegaron perros y perreros que nos anunciaron que en la ar- mada de cierre habían matado mi res. Digo mía, por- que me pertenecía desde que asomó entre los alisos. Después, para sorpresa de todos los monteros, el cochino alojaba dos balines, que apenas se habían in- crustado varios dedos en el corato seboso. La ley oral que corría por las sierras onubenses otorgaba la cabe- za de la res muerta al cazador que primero le hubiese hecho sangre. Esta vez fui yo, con mi reductor de 12 milímetros, un montero de apenas diez años, quien había cumplido con el precepto de la tradición. Aquel reductor me resultó pronto insignificante, y ascendí en la escala de calibres con un escopetón del 20 de un solo cañón. ¡Qué importante me sentía en Los Alcalabocinos, detrás de aquellos monteros, su- biendo el camino empinado de Espejito! Una hilera de perros acollarados con traíllas de dos mosqueto- nes, una jaca espléndida y un rosario de hombres ilusionados: Jara, Chicuelo, Hilacrio, Navarro, Ricar-
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    José Luis LoboMoriche 34 do, Sota, Juanage, los Vaca, los Bahones, Luis Cor- tes, Calamita, Cordobés, Librero… Rara vez se oía la trompeta del alcalde del Hurón achuchándole sus cachorros a una res levantada. Si amagaba entre los brezos de un venaje, allí estaba él para romper su gar- ganta con ánimos de buen perrero. Nunca le vi matar una pieza de caza ni tampoco gestos de desespera- ción. ---------------------- Mientras escribo estas notas de historia cinegética, tengo ante mí la cabeza disecada de uno de aquellos fantasmas que campearon de sierra en sierra buscan- do una hembra celosa para que la especie no se per- diera: tres arrobas, pero sorprende la longitud de sus afiladísimas navajas. Es más, yo diría que este autén- tico arochón fue todo navajas. Lo observo bien y me imagino que nada tuviera proporcionado, demasiado macizo y robusto para tan pocas arrobas, parece que nació sin cuello y que todos sus miembros fueron ru- dimentarios. No sé en dónde los zoólogos incluirían sus características morfológicas, quizás como ‘Sus scrofa baeticus’, un auténtico arochón. Mi abuelo Miguel Lobo lo mató en Las Peñas de Aroche, allá por 1888, el año de los tiros, y luego lo disecó per- sonalmente, una época en la que el hombre con su razón no desequilibró el arte de la caza mayor, sim- plemente porque escaseaba.
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    Arochones 35 A los treceaños rematé una jabalina por primera vez, una cochina como los serranos acostumbramos decir. Ahora comprendo por qué mi padre me ani- mó, quería tantear mi decisión ante el peligro. La ocasión no podía ser más propicia: a unos doscientos metros de nuestra puerta, varios perros habían trin- cado a dientes una res, que gruñía insistentemente. -¿Te atreves a rematarla? -¡Ahora mismo! -¡Ten cuidado con los perros! ¡Postas no! Demás sabía que era una marranchona que estaba dando las últimas boqueadas de vida ante aquellos perros de tanta ley. La advertencia necesaria al nova- to rematador: ‘¡Los perros, cuidado!’. Sintiéndome un montero, cumplí con el precepto del deber de rematar una res y encebar a los perros cachorros en la sangre. De pronto me quedé embarbascado entre un matorral espesísimo de viejas jaras retorcidas que, a cada paso que yo iniciaba, me tiraban hacia atrás. Aquí me caigo, aquí me levanto, allí quedo colgado, cada vez estaba más cerca de la pieza herida. Hoy sé que un niño también sufre taquicardia, aunque yo sólo notaba que mi boca y mi lengua estaban como cristalizadas, cuando con un lenguaje casi humano los perros insistían en que ellos habían trincado el
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    José Luis LoboMoriche 36 animal codiciado. Me tentó para que yo emprendiera el largo camino de una técnica de difícil aprendizaje. Si hubiera sido un cochino atrancado, mi padre ha- bría encontrado a su hijo hecho papilla; le entré a la res herida al contrario de lo que mandan los cánones de la Cinegética, como entran los monteros inútiles que desconocen el peligro que conlleva rematar un jabalí ofreciéndole la posibilidad de que corra cuesta abajo. Apenas gruñía ya; eran los últimos segundos que le quedaban de vida a la marranchona. Un perro de capa blanquecina con orejas bailonas y blandas la tenía presa entre sus dientes y otro canelo bocinegro se apartó de la res al verme. Tuve la paciencia de un cazador mayor y esperé a que la soltara. A aquella marranchona casi ya muerta le endilgué un tiro de re- mate. Estiró las patas y emitió un ronquido de muer- te. Entonces me sentí más espigado e importante ante aquel cadáver que ya sólo era algo inerte; imité al alcalde del Hurón: ‘¡Perros ahí, valientes!’, y la arrastré barrera abajo hasta la rivera. ¡Tenía que matar y maté! No sé cuánto mi padre se enorgulleció de que su hijo hubiese superado las pruebas de arrojo y decisión. Ascendí otro escalón en mi carrera de montero y me sorprendió con que mi próxima arma de caza sería el Tigre del 44. ----------------------
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    Arochones 37 De mancha enmancha con mi rifle, apostado junto a mi padre. Sé los cosquilleos que un niño siente con un arma del oeste americano entre sus manos, ¡qué ligero y qué bien apuntado estaba, cuando al final de la montería hacía blanco a una piedra! ¡Con qué des- parpajo me enseñaba a meter doce balas por la ranu- ra lateral, a que me ayudara de la palanca para dejar en la recámara una de ellas! ¡Eran los estímulos de quien me encebaba en la caza! En febrero de 1964 cumplí quince años de edad, y mi padre no me regaló un presente cualquiera sino que cubriera con mi rifle uno de los puestos de La Cama de la Loba. Eran tiempos en que las papeletas recogían lugares concretos y no como los fríos nú- meros de hoy: Junta de Mazo, Collado de Puerto- tremés, Colmenar de Cinchato, El Balcón, Colmenar de Timones… Todos los monteros tenían memori- zados los barrancos, las cumbres, las barreras, los lo- meros, los collados y demás elementos paisajísticos que conforman las sierras. Se monteaba de memoria, se escogían los puntos claves de las manchas y se les daban ventajas a las reses, equilibrio entre el racioci- nio del ser humano y el instinto de conservación de los animales. El cazador debía gozar de la capacidad de la templanza hasta que llegara la res casi a sus pies, entonces el acto de caza sí tendría cierto halo de ro- manticismo.
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    José Luis LoboMoriche 38 -¡Llévate a Pepe Luis y ponlo en la huida de la Majá! - le dijo Martín Delicado al postor. Por primera vez me vi solo en medio de una sierra con la responsabilidad de cubrir una puerta. Soltaron los perros a las diez de la mañana; eran ya las tres de la tarde y aún estaba yo en tensión, esperando que cualquiera de las matas de jaras cervunas que tenía frente a mí se transfigurara de repente en una pieza de caza mayor. A este ejercicio mental juega a menu- do el cazador, esperando que la mente atraiga lo que elementos menos espirituales no consiguen. Otros gastan estos momentos de larga espera observando el vuelo -en varios planos- de una mariposa, el picoteo de un petirrojo o astillan un palo. Mientras monteo nunca gasto los segundos en ob- servaciones paisajísticas, y aquí me tienes -hecho una madroñera- pendiente de las voces de los corredores y del trasteo de los perros en la barrera de solana, en ese estado de desánimo al saber que todas mis emo- ciones están ya goteando. Aún falta el remate final de la mancha, los acules. Uno de esos sabios perros, que conocen todas las triquiñuelas de las que los animales huidizos se valen para buscarse amparo entre el rodeo de matorral más espeso, aligera los pasos, y con de- cisión busca uno de estos pegujones de brezos blancos que muestran los indicios de que en el viciar nace un venaje de agua. Un campanilleo acompaña al perro ta-
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    Arochones 39 pado por laespesura, y el tintineo cada vez más ner- vioso me anuncia que él levantará la res achantada entre las charamuscas. En medio de la barrera asolana- da aflora como una especie de corazón vegetal for- mado por dos pequeños venajes de brezos blancos y lilas entreverados, el sitio apropiado para que cual- quier animal zorreado se haya aplastado allí. Ha sido un ladrido seco y grave, el habla del perro de buenos vientos que sabe que un jabalí está ahí. -¡Anda valiente! -y un corredor que está sentado so- bre un risco próximo al castillete del cerro levanta su hurga y dispara un cartucho de fogueo con intención de animar a dos perros para que se adentren en la es- pesura del corazón vegetal. Los ladridos se hacen menos graves y más segui- dos; los perros forman una especie de danza circular campanilleada tras la res, mientras el corredor sube hasta el mismo pico del castillete y foguea mancha abajo. Un vareteo de monte abierto anuncia a los monteros del barranco que un bicho se ha levantado y que ha iniciado la carrera. Enseguida los ladridos se aceleran tanto que se unen en hipa, y mi corazón se me sale por la boca. Por dos jaras entreclaras se cuela un sombreado vivo. Levanto el rifle a la altura de mi cara sin saber a qué debo apuntar, pues sólo son mis oídos los únicos testigos del atrabanque de los tres perros con la res. Echo el aliento y retrocede obli-
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    José Luis LoboMoriche 40 gado por el aire sureño que sopla de frente. Domino toda la barrera y tengo la certeza de que mi rifle al- canzará cualquier punto de la misma con tres o cua- tro disparos. El hilo de monte se abre y se cierra en- seguida. Contengo las prisas. La quietud del barran- quillo de la solana es soliviantada por el eco ahonda- do de sucesivos ladridos agudos y silbantes. -¡Las puertas del barranco!, ¡ahí lo lleváis que va a sal- tar a la umbría! ¡Que es un cochino! Ahora sí que gozaré de la oportunidad de cogerlo con el punto de mira y descargar en el jabalí le- vantado toda la tensión acumulada. En efecto, aun- que no viene zorreado ni mosqueando, entra de bue- nas maneras por una trocha que está muy pateada. Se presenta de hocico y espero que enseñe los codillos. Acompaño la mano para cogerlo bien entre la ranura del punto; y, cuando creo que he detenido el instante propicio, disparo. Noto algo extraño en el animal, que sigue la carrera como si no hubiese sido con él. Cuando se me tapa entre el espeso matorral, disparo dos veces más al husillo que va dejando tras de sí, sin saber aún que los tiros se están quedando traseros. ¿Qué habrá pasado?, ¿ni un pelo cortado? Me es- peranzo en los tres perros que vienen latiendo, pasan la trocha entacados y se adentran en la umbría que da a mis espaldas. Bajo el rifle y me quedo con cara de tontorrón. Me avergüenzo, la escena ha sido con-
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    Arochones 41 templada por unode los corredores y no tendré ante él una justificación posible de la mancornada. Simulo los pasos del animal en la trocha, y mi cuerpo entra en caja cuando veo el tronco y las ramillas de unos jaguarzos salpicados de sangre. Silbo insistentemente al perrero, mientras agito al aire mi gorra para que baje al barranco. -¿Dónde lo has tirado? -me pregunta Daniel, que llega a mí acompañado de un par de cachorros que no se mueven de sus pies. -¡Ahí donde usted está, lo he tirado atravesado! ¡Va dando sangre! -¡Ven para acá! Aquí va, la trocha adelante. ¡Huy!, ¡un tiro en las agujas! ¡Y no es tan chico! -Daniel, ¿darán los perros con él? -¡No sé, lleva camino de los encames de la Majá de La Caldera! ¡Lo malo es que las tardes son muy cor- tas y como se haya metido en ese matracal tan vie- jo…! ¡Coge el camino abajo y espera al postor en la junta del barranco, que yo voy a seguir el rastro hasta la cumbre de la umbría! ¡A ver si oigo las campa- nillas! ¡Qué pronto se fue la luz de la tarde y con cuánto desasosiego esperé a Daniel!
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    José Luis LoboMoriche 42 -¿Qué pasó?, ¿dieron los perros con él? -¡Yo creo que ése podrá cubrir las cochinas la pró- xima luna! ¡Lleva la herida de ojal embarrada, los pe- rros ya han vuelto! -¡Este rifle no sirve para nada! ¡Mira que a esa dis- tancia e irse! Llevaba yo razón, porque los técnicos aseguraban que esos rifles del ejército de caballería estaban he- chos sólo para herir, que las balas del 44 atravesaban el hierro que se pusiese por delante; pero que a la sa- lida sólo abrían un agujerillo de nada y que, para que dañaran, debían coger hueso. Así que el dichoso rifle pasó como adorno de una de las habitaciones de mi casa y lo sustituí por una escopeta Hércules del cali- bre 12 que me prestó el conserje del casino. ---------------------- Con mi nueva arma sí que me sentí un cazador ma- yor. Llené la canana con cartuchos de cartón a los que el herrero del pueblo les había vaciado la mu- nición y metido una bala hecha artesanalmente por Félix Pasión, el famoso cazador de Valdelamusa, que además de ser un experto rastreador era muy habi- lidoso en echar las agujas y las culatas a las escopetas. Las balas iban taponadas con cera para que hicieran aprieto en la vaina, y no estaba yo muy convencido
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    Arochones 43 de la efectividadde la liga de plomo y cera. Llegó el domingo, la oportunidad de comprobar la eficacia de las balas de Félix Pasión: a primeras horas de la mañana la cuerda formada por veinte monteros, diez corredores, veinte perros y Martín Delicado con su Espléndida salió desde El Calvario y tomó el callejón de Valderrana. Los ladridos de los perros de los cer- cados que dan al camino nos acompañaron hasta que dejamos atrás el pilar del callejón y tomamos el carril que desde el puerto de Las Veredas lleva a las cum- bres de las sierras de Los Alcalabocinos. La luz del amanecer clareaba ya por el castillo de Cortegana, cuando Martín Delicado mandó que en la hondo- nada que hace el camino antes de alcanzar la cumbre nos parásemos, para no avistar la mancha de El Sal- tillo, un bosque de viejos pinos apretadísimos. La mancha linda con la cumbre de Los Alcalabocinos, busca el sur por Gil Márquez y se cierra por el puen- te de Tres Fuentes y la línea férrea. En medio está la casa forestal de La Madroña y el sendero que lleva a Gil Márquez. (Bien memorizada tengo esta mancha del término municipal de Almonaster, pero no ade- lantaré las causas). Martín le dio las órdenes oportu- nas a Julián como nuevo capitán de los corredores y le entregó una bolsa con cartuchos de fogueo: -Julián, ¡haced las cosas bien! ¡Soltad los perros a las diez y media y coged la mancha a mano, que nadie se
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    José Luis LoboMoriche 44 adelante, y dadles tiempo a los perros en los encames del barranco! ¡Que no os dejéis volver las reses! -¡Descuida, Martín, que se coge bien! ¡Voy a mandar a Antonio Terreros para que vaya puntero por los manchones cercanos a la vía, y que entre él y los dos niños de Mateo suelten tus perros, verás cómo el Tigre, Nerón y el Turco se van enseguida a los enca- mes! -¡Léele la cartilla al tunante de Pintaína, que se deje de zorrearse de lomero en lomero y que se meta en la mancha! ¡Mira, Julián, voy a cerrar por la cumbre de Gil Márquez, allí pondré dos puertas y yo estaré en la junta de los dos regajos! ¡Me llevaré al niño de don Dantón y lo pondré cerca de mí! Hechas las advertencias al capitán de los perreros, Martín repartió los monteros entre los tres postores. Yo seguía tras los pasos de la jaca, ajeno a las mara- villosas vistas que desde la cumbre se abren a tierras andevaleñas. Recuerdo que en un punto de la cum- bre, próximo al pilar de El Saltillo, Martín giró brus- camente, dibujando la muleta de cierre. En el inicio de aquella singular curva señaló mi puesto: -¡Aquí vas a quedarte, es un sitio muy bueno! ¡Ten cuidado, que pueden entrar regajo arriba! ¡Mira cómo
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    Arochones 45 tienen de tomadala cañada! ¡Aquí achantado hasta que yo te recoja! Martín y la Espléndida desaparecen de la cañada y yo desenfundo mi Hércules del 12. La hoya está muy sombría, los altos pinos impiden que entre en ella la luminosidad de un día casi despejado de nubes. Car- go la escopeta con dos cartuchos de plomo y cera y la dejo apoyada sobre el troncón de un pino. Busco dos piedras grandes, las calzo para que no se muevan y tercio entre ellas una laja de pizarra negra que sirva de asiento. Un ritual que apenas celebro, porque des- de mis inicios como montero prefiero permanecer de pie, para que ninguna pieza de caza me coja la vez. Saco de la fiambrera dos chuletas empanadas y en un minuto las engullo, una naranja, un buche de agua, ¡y de pie! Aún no son las diez de la mañana y ya he al- morzado. Justo a las diez y media, muy lejano y bajero, oigo dos tiros que se me antojan de fogueo, tan huecos y diáfanos que ningún animalillo se inquieta en los montes que tengo a mis espaldas, no se mueven las copas de los pinos y todo -incluido yo- se mantiene en penumbra. Parece como si la cañada estuviese au- sente de la vida; ningún bicho -ni grande, mediano o insignificante- se adentra en ella. Sólo los picotazos que un alcaudón real le da al pajarillo que tiene pin- chado en un galapero y el silbido del tren, al entrar
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    José Luis LoboMoriche 46 en el túnel, quiebran tanta quietud. Entretengo mi mente en animar la cañada: miro hacia el frezadero donde unos marranchones han cagado las bolas de sus frezas y los imagino roncando y abriendo -en lar- gas hozaduras- la capa húmica del pinar, buscando los grillos y gusanos o astillando las piñas como fieles colaboradores en hacer el pinar más espeso. En una de estas monterías, que deberíamos llamar mudas por el silencio que las envuelve, los segundos se alar- gan demasiado y me esfuerzo por mantener la ten- sión necesaria que se requiere en cualquier acto de caza. A las doce del mediodía suenan otros dos tiros, a los que sitúo en tino del puente de Tres Fuentes. Aún permanezco levantado junto al sillar de piedras, a pesar de la sensación tediosa producida por la falta de vida en la cañada. Han sonado demasiado segui- dos como para que fueran fogueo de los corredores y el tono parece más expansivo y retumbante. Borro los imaginarios marranchones que hozaban sobre el tapiz de la cañada y miro con más tesón hacia las ve- ras del barranquillo que se inicia a mis pies. Viene de callada -de soniche dicen algunos aficio- nados cordobeses-, se ha presentado tan de im- proviso que no hay tiempo de palpitaciones ni de que me entre la fiebre de cañón. Con paso trotón y sin for- mar estrebejí asoma, adelantando el hocico por el final de la cañada, una cochina de tamaño mediano. No
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    Arochones 47 extraña mi figura-porque no se ha repropiado-, y se descubre entera. Me encaro la escopeta y aún me da tiempo de que acaricie la caña, como en un acto reflejo de que yo estoy aquí para lo que estoy y que debo meter la cara para no asomarme al balcón. Me voy con la cochina y dejo pasar la trompa y, en el instante que asoman los ijares, disparo con la Hércules del 12. Enseguida levanto la vista con la intención de verla rodar ante mí. ‘¡Que no le he cortado un pelo!’, y reacciono apretando el segundo gatillo. Ni se inmuta, me da el hopo y sigue con los mis- mos pasos trotones. No tengo los reflejos necesarios para recargar mi escopeta. Atraviesa el espacio más limpio de la cañada, sin que yo note ningún movi- miento extraño de que la jabalina haya acusado los tiros; toma la pechuga de un cerro empanado de mato- rral que se inicia en la cañada y se pierde entre un pegullón de jaras gruesas y retorcidas. ¡Dios mío que he marrado el disparo!, ¿qué ha pasado? Pero, ¿es po- sible que se haya ido, si la he tirado cagada? Me quedo embobado mirando el raspil del cerro y me extraño de un leve vareteo de los pimpollos de unas jaras en el mismo viso de la montaña. Decido asomarme, y tomo la pechuga con mi escopeta car- gada. No me enrollo entre el matorral; o, quizás, este desparpajo mío sea consecuencia de mi deseo de en- contrarla. Monte arriba no veo ninguna jara troncha-
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    José Luis LoboMoriche 48 da ni tampoco que la cochina haya dejado señales de que va herida, porque ni siquiera llevo sus mismos pasos. Como un novato, no busco referencia alguna de donde se han movido las jaras, voy fuera de tiesto. Quiere el azar o quien sea que me dé de jeta con la res tiesa y metida la cabeza entre un troncón de jara con forma de manilla. Aún hoy, cuarenta y ocho años después, soy inca- paz de expresar mis ánimos de felicidad. Tiré de las patas y la saqué de la manilla para asegurarme de que no era un macho y que no tendría que usar la navaja para caparlo. No me importaba que fuese hembra, y hasta pasé mis manos por sus tetillas, ¡ahora era mía! Miré mi reloj: las doce y media. La cacería ya estaba hecha; besé la escopeta y regresé a la cañada. Sobre media hora después, dos perros traían los mismos pasos de la jabalina. Oí las campanillas antes de que asomaran al barranquillo, venían sin latir y apenas le- vantaron sus hocicos cuando atravesaban la cañada. Uno de ellos era el famoso Tigre, un perro de capa negra, mediano talle y pelo sedeño; detrás un perro moracho cuatrojos iba a remolque del perro viejo y experto. La cochina estaba ya tan fría que ni siquiera ladraron; barrunté que uno de ellos la mordía sin mu- cho ahínco, y luego se ocultaron en el tumbaviso del cerro.
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    Arochones 49 Nadie había sidoespectador de mi proeza, necesi- taba a alguien en quien descargar tantas emociones; estaba más pendiente del sitio por donde Martín se había ido que de la montería. No sé cuántas veces miré mi reloj ni cuántas recreé en mi mente la apa- rición de la cochina en la cañada, que tenía yo per- fectamente retratada, incluido el tufo a montuno y la aspereza de las cerdas. Me pareció que había transcu- rrido una eternidad, cuando asomó Martín con su ja- ca de cabestro. No le hice ninguna señal de aspa- viento, descargué la escopeta y me colgué la mochila. -¿Qué ha pasado? ¿Y esos dos tiros? -¡Martín, que la he matado! -¡Ole tus cojones! ¿ Dónde está? -¡Ahí la tengo panza arriba! -y le señalé el cerro don- de había espichado. -¡Dame la mano! ¡Qué tío estás hecho! ¡Cuántas emociones sentí, cuando iba delante del capitán de los monteros dispuesto a mostrarle mi trofeo! Lo que ocurrió parecía cosa de brujos y no sé si fueron mis nervios los causantes de que no la en- contrara. -¡Por aquí está, Martín! -y ‘el por aquí’ no aparecía por parte alguna. ¡Si está aquí, si tiene que estar aquí!
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    José Luis LoboMoriche 50 -Chiquillo, ¿pero por qué no le has pegado otro tiro? -Pero, ¡si está muerta! ¡Que sí, Martín, que está muer- ta! -¿Cómo te la has dejado levantar? ¡Otro tiro, ‘joío’! -Pero, ¡si está muerta! ¡Tiene que estar aquí! ¡Si el Tigre y otro perro la han estado mordiendo! Reencontrarla me hizo aún más feliz, y esta vez sí liberé gritos de desahogo y alivio: -¡Aquí está, aquí está! ¡Mírala, Martín! -y nos fundi- mos en un abrazo. Que aquel día sólo se matara una jabalina provocó que me sintiera más gozoso e importante cada vez que alguien venía a estrechar mi mano; y era tan mía que, durante el camino de regreso a casa, apenas me separaba de ella. Una vez retazada, se hicieron treinta partes de carne -casi todo era pistraje- y al matador le correspondió el honor de recoger la cabeza como trofeo. ---------------------- Empezaron a ser más frecuentes las cobras de jaba- líes, y las consiguientes disputas entre los monteros obligaban a que ‘los prácticos’ decidieran a quiénes correspondían las reses abatidas, que solían tener el
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    Arochones 51 cuerpo como uncolador a causa del reiterado uso de los cartuchos de balines o de las balas caseras que frecuentemente caían a pocos metros del tirador. Martín, como capitán de los monteros y Julián, co- mo mandamás de los jaleadores, eran quienes tenían la última palabra y sus veredictos eran de obligado cumplimiento, después de que los interesados teatra- lizaran ante todo el grupo de monteros los detalles de cómo había entrado la res y en qué posición y a qué distancia habían jarreado castaña. Acompañaba al Montesino y a Daniel por tierras cercanas al baldío de Rosal, en noches de luna, a la espera en aguardos nocturnos. En la Sierra de Huel- va a este tipo de caza se le llama rececho, que en na- da tiene que ver con la denominación que dan a esta palabra en el resto de nuestro país. Eran cazadores muy persistentes, sobre todo Diego el Montesino, que se pasaba la noche entera sentado sobre la trepa de una encina. -Daniel, ¡otra vez entraron las cochinas! -Pues, ¡culo ahí! Me refirió que, en una de esas noches de espera, a las tres de la madrugada se bajó silenciosamente de la encina, fue a la zahúrda donde había dejado hecha candela y llenó un latón con brasas, dispuesto a
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    José Luis LoboMoriche 52 aguantar la pelona que estaba cayendo. Tardó unos quince minutos en regresar al aguardo con la lata de brasas, pero el viaje fue en balde porque, en su au- sencia, las cochinas ya habían trasteado el vuelo de las encinas y sabe Dios a dónde habían tumbado. Este singular cazador practicaba una modalidad cine- gética parecida a la caza de la Ronda en la Extre- madura del siglo XIX, con la diferencia de que Diego no usaba caballo para esperar las reses que sus po- dencos acosaban en noches de luna. Se valía de algún familiar para que soltara sus perros mientras él espe- raba los jabalíes en los pasos más querenciosos. Bella estampa de un cazador romántico ayudado por sus podencos que, con la música de sus hipas, atemo- rizaban la fauna de las dehesas de encinas y estre- mecían el silencio desde Las Cortecillas hasta Barran- quito Llano. ---------------------- Frecuenté Las Alpiedras, altas tierras fronterizas con Portugal. Eran incursiones en busca de la sopa - así llamamos a la perdiz. Pero más me atraía seguir el rastro de los jabalíes en el barranco Umbrizo que cazar una perdiz a vuelo. Aquel febrero de 1968 fue muy frío -perruno, di- cen por estas sierras-, porque caían heladas negras que acristalaban la tierra. Imitando a los dos consue-
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    Arochones 53 gros, rastreé elbarranco Umbrizo que casi hace de frontera. Me gustaron unas bañas de barro blanque- cino y fui seducido por la altura que tenían las jaras embarradas. -¡Esta noche me cargo un jabato! -le dije al maestro de escuela que me acompañaba. -¡Lo malo es la caseta de los civiles! -¡Todo se andará! Invité a Daniel pero se mostró receloso por la pro- ximidad de la caseta. -¡A mí me da cangui!, ¡y más con un coche! -¡Tú no te preocupes, que yo me encargaré de que no pase nada! ¡Llévate una buena manta! Comprometí a un guardia civil para que nos acom- pañara hasta Umbrizo. El pobre hombre era amigo mío desde la infancia, una bellísima persona que de cazador tenía poco y que se vio en el aprieto de no defraudarme. Se presentó con una camisa y un chale- quillo de lana, nula protección para guarecerse de las pelonas terrizas. Como si tal cosa fuesen las noches heladas de febrero, se apostó a mi lado, en la terraza de la umbría más cercana a las bañas de la ladera aso- lanada que sube a la frontera con Portugal. Los repe-
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    José Luis LoboMoriche 54 lucos y tiritones que daba el guardia civil presagiaban que a las bañas no se acercaría ni un chucho. -¡Es mejor que cojas el barranco arriba y vuelvas al coche, porque si no vas a palmar de frío! Mi amigo vio el cielo abierto, y ya con el sol puesto se refugió en el coche. Roncaba, cuando una pareja de guardias civiles que hacía servicio de frontera co- torreó los cristales de la ventanilla. -Pero, ¿qué coño haces tú aquí a estas horas? -¡La madre que me parió!, ¡que Pepe Luis Lobo me ha hecho venir a estos sitios de Dios a cazar jabatos!; ¡yo ya estaba arrecido y hasta los huevos de tanto tiri- tar en ese barranco, y me he venido al coche! ¡Esto nada más que se le ocurre a un chalado como yo! -¡Bueno, querido, pues sigue durmiendo; nosotros nos vamos ya para casita! -allí nos esperó aquel buen amigo hasta bien pasadas las doce. Aquella noche me comporté como si fuese ya un ‘práctico’ en materia de aguardos, sin embargo no sentía los ímpetus predatorios de un cazador, pues había necesitado la protección de un guardia civil pa- ra estar apostado sin miedo. No obstante cazaba en la noche sin testigos y, embarrancado en la oscuri- dad, esperaba convencerme de mis destrezas como
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    Arochones 55 rastreador. Había cumplidolas enseñanzas de los dos consuegros y había desafiado a los instintos de super- vivencia con la elección del aguardo sin haber dejado huellas que soliviantaran a los jabalíes, ninguna rama corté, entré barranco abajo sorteando el barrizal de las bañas porque quería vivir la emoción de un ins- tante elegido ahora por mí. Así sucedió: confieso que será la única vez en mi vida que cometa este desliz, que para paliar la frial- dad de mi cuerpo, a eso de las once de la noche, tengo en mis manos una taza de café caliente echado de un pequeño termo. He bebido varios sorbos, cuando unos pasos apenas perceptibles me sobre- saltan. Sopla un suave aire barranco abajo; y la luna menguante de febrero ilumina, con más negruras que claros, las bañas de la terraza. Permanezco sentado y dejo la taza de café en el suelo. Una piara de cochinas se desbarra al barranco desde la media solana. Repen- tinamente han dado una revolaina y vienen flechadas hacia las bañas. En segundos una de las cochinas, quizás la guía, se ha desmanchado y presentado de cara, veinte metros nos separan. Levanto a tirones la escopeta, me la encaro y espero a que la res se atra- viese. Meto el bulto entre los dos rabones de la palo- meta de papel de plata que encierran el punto de mi- ra; y, cuando creo que está cogida, disparo. Disparar y no verla más ha sucedido al mismo tiempo, sin em-
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    José Luis LoboMoriche 56 bargo la trapatiesta que forma, enrollada entre el matorral, indica que está bien tocada. Dejo de oír los ruidos artificiosos del animal fuera de trocha, y bebo el resto de café que queda en la taza. Enseguida sue- nan los pasos de Daniel en la curva del barranco. -¿Te la has cargado?, ¿no? -¡En el tiro no se ha quedado, pero creo que va bien agarrada! ¡Ahora veremos! ¿Trae usted linterna? -¡Sí, y llega bastante! -Daniel echa la luz a las terrazas de la solana. ¡Quédate aquí y alumbra el sitio donde la has tirado! -¡Ahí, dos metros por delante de sus pies! -¡Aquí hay sangre! ¡La has agarrado en el bandeo! -¿En el bandeo? -¡Sí, en el vientre! ¡El color de la sangre es menos ro- ja! ¡Hay que esperar hasta mañana, ahora no pode- mos hacer nada! Llegamos al coche y mi amiguito del alma estaba arrutado, ni se inmutó cuando le conté la historia de la jabalina. Antes de que amaneciera aquel sábado de febrero, ya tenía aparcado mi R6 a las puertas de la caseta de Aguzaderas. Daniel sacó del coche un pe- rro blanco, corucho, cruzado de podenco y mastín,
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    Arochones 57 uno de esoscurrillos que salen con mucha ley, y le pu- so un collar con campanilla. Lo traía atado a una ca- dena, con la idea de soltarlo en las bañas. El perro se apalancaba fuertemente como si hubiese venteado el rastro de alguna res hacia los pinares de la reserva portuguesa. Lo obligamos a que cogiera el lomero que llevaba al barranco Umbrizo. Registramos la terraza de las bañas; y, efectivamente, entre los atrinques de la cochina había una piedrecilla manchada de sangre. Vimos la trocha por donde se había colado en el monte y cómo las jaras ensangrentadas mostraban la altura de la herida. -¿No te lo dije?, lleva el tiro en el vientre. ¿Balas o balines? -¡Los cartuchos de postas no son para mí! ¡Eso es como si la sembraras de plomo pero no sirven para nada! -¡Tiene buena pinta! ¡Suelta el perro, verás cómo en- seguida le coge la pista! Que si aquí se ha parado…, que si va echando las tripas…, que mientras tenga vida no deja de fal- dear… Lo cierto es que el perro atravesó el manchón y oímos que la campanilla sonaba cerca de la cumbre. Luego el campanilleo se perdió tras el tumbaviso del cabezo.
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    José Luis LoboMoriche 58 -Daniel, ¿qué raro que no se haya quedado en esta barrera? -¡Son muy pijoteros!, ¡mientras tengan vida! ¡Lo ma- lo es que haya transmontado y esté en Portugal! ¿Y tanta tripa enrollada en los garranchos? ¿Habíais de- sembuchado algunos conejos? -¡No, si sólo estuvimos endiñando castañas a las perdi- ces! -¡Qué extraño que sin tripas se suba esta pechuga! ¡Es una tontería que registremos esta mancha! ¡Va- mos a tiro hecho a la cumbre, por donde ha salido el perro! Presentí que no sería mi primera pieza mayor de rececho, que no la apuntaría como trofeo de noche ni tampoco escribiría las notas narrativas del cobro, que toda la historia del termo de café sería sólo un borrón en mi vida como recechero. Estábamos a esca- sos metros de la caseta Aguzaderas. Aligeré los pa- sos, estaba cerrada. Muy cerca del marco fronterizo 1006 oí un leve tintineo metálico, ¡el perro de Daniel mordía la cochina! Nunca olvidaría que una res heri- da de muerte necesita alpear porque, cuando termine la cuesta iniciada, morirá sin remedio. ----------------------
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    Arochones 59 Me entusiasmé contío Daniel y su yerno Quiterio en aguardos de noche por tierras de Barranquito Llano y frecuenté con ellos las tierras fronterizas de Alpiedras. En Portugal estaba vedada la caza del ja- balí y si a ello unimos que una de sus grandes reser- vas de caza mayor lindaba con La Raya, serían causas suficientes para que proliferaran en tierras de Al- piedras. Hacia allí acompañé a mis dos amigos una noche de luna llena del mes de febrero. Fue Daniel quien me acercó al cortijo de Gregorio Cañado, un campesino de Aroche, que tenía una finca a escasos metros de la frontera. Cañado frecuentaba los aguar- dos de espera en compañía de un sobrino suyo; pero enseguida supe que no era peligro alguno para los ja- balíes, porque los ataques de tos lo delataban clara- mente en medio del encinar. A media tarde nos to- mamos una taza de café torrefactado y Cañado dis- tribuyó los puestos. Me colocó en medio del encinar, a doscientos metros de su cortijo y a la vera de unas parideras de guarros casi caídas. Me llevé una desi- lusión con que me dejara en aquel majadal, un lugar demasiado limpio. Amparado por una marrá de coscojas, me he sen- tado sobre unas piedras sabiendo que serán horas perdidas. Una luna llenísima engrandece el encinar y lo anima: ha pasado un zorro con la cabeza apenas levantada en busca de alguna pieza y constato la
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    José Luis LoboMoriche 60 atracción tan fuerte que ejerce el celo de las liebres, no sé si son seis o siete las que siguen los mismos pa- sos de la primera. Todas ellas -o más bien, serán ellos- van diligentes, como si no quisiesen que un in- truso se adelante en el banquete sexual. Las liebres ni siquiera cazan mariposas ni tampoco agreden. Pre- siento que el claro encinar no será escenario de mu- chas emociones, una plaza sin matorral me privará de imaginar los instantes previos al lance, porque sólo trabaja mi vista, un bulto andando al que le doy for- ma de jabalí. Son las ensoñaciones de un joven caza- dor en un escenario de encinas encendidas. La dehe- sa ha perdido vida pero al pasto aún le queda el brillo reflejado por la luna. Se adormecen los ensueños y me acurruco en la manta, sin olvidar que yo -en la noche plateada- soy un predador. Sobre las diez, en uno de los rincones del inmenso encinar, un tiro hace añicos tanta quietud. Arrojo la manta hacia atrás y me levanto presuroso, alertado por la carrera veloz de un caballo, sin ser caballo, que trota a mis espaldas. Temo que el cerril animal arro- lle la marrá donde me escondo y se lleve por delante al cazador. Pero no, un enorme jabalí -semejante a un bisonte que se ha arrancado de estampía- la sortea y se adentra en el iluminado encinar que yo domino. No sé cuál sería el verbo adecuado para describir sus salvajes movimientos: correr, saltar, brincar, esqui-
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    Arochones 61 var… El escenarioes demasiado amplio y limpio pa- ra que la bestia fugitiva alcance tan rápido la oscuri- dad del monte. Es una escena que muchos hombres del Paleolítico contemplaron: un toro indómito, un bisonte o un impresionante jabalí achuchado, en noche de luna, para que caiga en la trampa que le ha tendido un ser que empieza a pensar. Sí, un aconte- cimiento representado -en las lóbregas paredes de una caverna- por un humano que ha descubierto el misterio de la caza, el rito de su celebración y la emo- ción religiosa que siente el cazador. No ha cambiado la pieza y apenas el acechador, sólo la escopeta del calibre 16 de mi padre estorba en el mágico escenario del encinar. Casi todos los aguardos nocturnos están llenos de inmovilidad: la del recechero aplastado detrás de una mata o sentado sobre la trepa de un árbol y los leves movimientos de un cochino, que ‘Aquí parto una bellota y ahora permanezco tan estático que el cazador se crea que he desaparecido del trágico es- cenario’. Este acto se me ofrece distinto, nunca ha- bía sido testigo directo de tanta movilidad en la no- che. Palpito, sí. Pero mi corazón les da tregua a tan- tas excitaciones, porque en la escena no se dibuja únicamente un instante. Me resulta difícil apuntar con la escopeta al salvaje animal. Entonces, como sosegado cazador, corro la mano, me dejo ir con la pieza para que la bala disparada compense la veloz carrera. Simplemente ha llegado el momento de que
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    José Luis LoboMoriche 62 compruebe mis destrezas táctiles para apoderarme de él. No he contado cuántos palmos ha recorrido mi mano en el aire, aprieto el gatillo, y aún continúan encadenados los maravillosos segundos: la plastici- dad del animal en carrera, el sobrecogedor ruido de un salvaje que cruza un campo domesticado y tam- bién la presencia de la luna llenísima buscando ya el poniente enciende un encinar sin fin. ¡Eh, que los segundos se agotan! Corro el dedo índice de mi ma- no derecha al último gatillo y la viveza del arma casi me sorprende. Tras una espectacular voltereta, de re- pente todo se inmoviliza. Abro la escopeta, saco los dos cartuchos vacíos, soplo para que salga el humo aprisionado en los cañones y la recargo. Inicio los treinta pasos que nos separan con la solemnidad de un maestro de ceremonia religiosa. La blanca luna lo hace más cano, más majestuosas las molaeras de co- chino gafado y más impresionantes sus navajas. Con delicadeza froto los dedos por los filos de las armas y levanto el labio para buscar la raíz de tanta fiereza. Este macareno ha encontrado la muerte por la casua- lidad de que me abandonaran a escasos metros de un cortijillo. Ni siquiera medio minuto gozo de soledad ante él. Apenas nos esforzaremos porque casi ha muerto en la sala de la chimenea.
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    63 De cachorro En aquellosaños de juventud, erróneamente, creía que el motivo principal de la caza era matar y en ese fin concentraba la razón. Practicaba todas las triqui- ñuelas aprendidas para aprovecharme de las piezas huidizas de las monterías y me desenvolví con cierta soltura a la hora de elegir la puerta. Así ocurrió en una batida celebrada en Los Campillos; acabada la jor- nada de palomas torcaces, me paré en un cortijo y el cortijero me informó de que la peña de mi padre montearía por la tarde las umbrías que lindan con el barranco El Moro. -Pues, ¡esta tarde me cargo un jabato! -le dije a mi compañero. -¡Chiquillo, no te metas en medio de esas manchas sin saber dónde están las puertas! -¡Tú, si quieres, vente conmigo! ¡Hay que ponerse ya!
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    José Luis LoboMoriche 64 Así lo hicimos, subimos a las umbrías por las maja- das de las cabras y opté por la barrancada de los pinos que precede a El Moro como la más adecuada para cortarles el paso a los animales huidizos, en unos entalles muy tomados y querenciosos; ya sólo nos quedaba esperar a que en la mancha hubiese algo y ‘ese algo’, para nosotros los cazadores, es todo. Cargo mi Garbi con dos cartuchos de bala y entro en tensión. El sol castiga de frente, agacho la visera de mi gorra y observo una por una todas las matas de una pequeña barrera de umbría. Una vez memoriza- do cada rincón de la laderilla, cojo la escopeta entre mis manos y quedo convertido en jara. Llevo en esta posición estática y muerta media hora; con un ner- vioso vareteo, una res abre la pata de monte que une dos pegujones espesísimos de jaras. Enseguida surge otro vareteo, y otro y otros más. Toda la barrera se abre como si fuera un abanico. Entre estos vaivenes ningún jabalí me enseña la cara. Me inquieto hasta que, por fin, se me descubre desparramada una piara de jabalinas. Mis nervios no son de acero, sin em- bargo aguanto el tirón. La cochina guía toma el venaje abajo, tapándose como le manda su instinto de con- servación. Sigo con la mirada el primer husillo que pa- sará por unas cornicabras frente a mí, apunto a ese matorral menos tupido; y en el momento en que se oscurece, aprieto el gatillo. Los demás husillos se vuel-
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    Arochones 65 ven veloces carrerasy la cochina madriza encara los entalles y se encuentra con los cañones de mi escopeta sobre sus costillares. No sé qué ha sido primero, si el terrible gruñido de muerte o la detonación a boca- jarro. Mi compañero me dice que sólo oyó un grito de terror. A un metro de mis pies se queda muda y aún los corredores no han soltado los perros. Las demás cochinas zorreadas alcanzan el barranco El Moro y la mancha queda vacía. ---------------------- A estos éxitos se unían los fracasos, sobre todo de noche. La caza no es siempre exitosa, si así fuese per- dería su encanto; predomina la frustración, para que en momentos de fortuna me sienta verdaderamente feliz con la pieza cobrada. Antes tengo que esforzar- me; después, si no surgen los constantes inconve- nientes que conlleva el rececho, vendrá la escena en que pueda mostrar mis destrezas. Salía de la escuela a las cinco de la tarde y a las seis ya estaba colocado -al tuntún- en cualquier sitio querencioso de las dehesas que conocía. Hoy toca Las Alpiedras, mañana El Vínculo, La Bájena, Maribarba o cualquier rincón de los encinares de La Peramora. Cazar sin haber regis- trado previamente las zonas de campeo de los jaba- líes origina muchos desengaños; pero también me fa- vorece para que desarrolle un instinto o intuición que no recibí como humano. Memorizo el campo, co-
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    José Luis LoboMoriche 66 nozco la encina que cura las bellotas más dulces, las entradas, las salidas, qué hace el viento del norte en las umbrías, cómo cambia caprichosamente a la hora de la puesta de sol, dónde se hace revocón. He elegido el apostadero en plena oscuridad, aun- que ahora tenga que ayudarme con la luz artificial de una linterna. ¡Sí!, otra vez la razón está incordiando y provoca desequilibrios entre el cazador y la pieza deseada. Sin estar convencido de la eficacia de los haces de luz, amarro este trasto sobre una pequeña plancha de corcho sujeta a los bajos de los cañones, pero en estas noches de espera a ciegas raramente tengo éxitos en los lances. La palabra lance es chocante, me retiene estático demasiado tiempo entre el paisaje. A veces soy de- masiado avaricioso al pretender matar dos jabalíes con un único tiro. Sin linterna amarrada a la caña de la escopeta los espero pacientemente, subido a una altísima encina de una dehesa próxima al barranco Safareja, estimulado porque una piara de jabalinas es- tá encebada en las brevas de alcornoque. La cercanía a la reserva portuguesa arrastra mi mente a nuevas fantasías, ¡sí, a media tarde, lo tomarán! No ocurre tan pronto como deseo; sobre las once de la noche la plaza de los tres alcornoques se ha llenado de co- chinas que se mueven con tanta soltura que me resul- ta imposible contarlas: dos, tres, cuatro, cinco, siete y
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    Arochones 67 se juntan tresy pierdo la cuenta. Aunque la luna no alumbra lo suficiente como para que vea claramente los bultos, ¡están bajo los cañones! Haber rechazado la linterna me provoca dudas. Busco una de las pie- zas: ‘¡A que se van y no las tiro! ¡Ésa misma!’. Dos bultos casi se unen y entonces -arrastrado por el ansia de matar- recuerdo que en el cañón izquierdo metí un cartucho con seis balines: ‘¡A ver si con el cañón izquierdo cojo dos!’. Sereno la espera, la juego y corresponden dos co- chinas casi tocándose las trompas. Apunto a no sé dónde, aprieto el gatillo, y una de ellas o quizás las dos gruñen agudísimamente, ¡nunca más intentaré matar dos de un tiro y menos usar postas de mal afi- cionado!
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    69 Con Churubito Fue enel otoño de 1978 cuando un cazador excepcional se cruzó en mi vida: Fernando Ruiz ‘Churubito’. Unas circunstancias especiales para que, a partir de aquel año, Churubito y Pepe Luis Lobo compartiéramos inseparablemente todos los actos de caza venideros. Éramos de la misma quinta, linderos de pequeñas explotaciones y ahora amigos. Quedé impresionado por su bondad, modales, prudencia, puntualidad, educación natural, la pasión con que contaba una historia de caza insignificante que él convertía en magnífica, su intuición y sabidu- ría para adentrarse en las fragosas barrancadas… No sigo describiendo sus aptitudes, es preferible que lo conozcas a mi lado o yo al suyo. Gracias a él fui de- purando la técnica necesaria para no malograr la oportunidad que la caza brinda y conseguir que mu- tuamente nos aprovecháramos de nuestras propias habilidades. Churubito era todo oído y yo vista, re- cursos necesarios para formar una especie de bi-
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    José Luis LoboMoriche 70 cho raro, híbrido de pájaro y lobo. Su agudísimo oí- do me animó a que yo fuera más salvaje, a que ca- minase más seguro en la noche. Fue en una de nues- tras primeras entradas, como collera de cazadores nocturnos, en el territorio de Maribarba, cuando me mostró su capacidad de audición. Dominábamos una extensa ladera de montaña cuya cimbra estaba atra- vesada por una estrecha trocha. Sobre la una de la madrugada sentí cómo mi amigo se resbalaba por el tronco de la encina donde estaba subido y que ense- guida venía a mi encuentro. -¿Has barruntado algo? -¡No estoy seguro, un reguereteo en los quejigos de la umbría! -¡Por la cimbra, poco más de las doce, pasaron unas cochinas sin apenas poner las pezuñas en tierra, en las chaparrillas de la revuelta se paró una a cagar! ¿Quieres creer que oí el mojón? -¡Ni tanto ni tan…! ¿A más de trescientos metros? ¡No seas exagerado! -¿Que no? ¡Ya lo verás, vámonos por la cumbre y te convencerás! Dicho y hecho, caminillo adelante llegamos a la re- vuelta que daba la trocha para salvar un pequeño ris-
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    Arochones 71 cal. Alumbró bajoel vuelo de una chaparrilla medio seca y el mojón, testigo de su excepcional facultad, estaba aún tierno y humeante. ---------------------- En contraste con Churubito mi punto débil era el oído, pero compensaba esta terrible deficiencia con la fenomenal agudeza de mi vista. También muy pronto le mostré mis capacidades. -¡Coge los achiperres, que esta tarde tiramos para Valdesotella! -¡Mételos en el Suzuki mientras ordeño la vaca! Observa lector, un solo reclamo y el pájaro Churu- bito responde, ¡un cazador dispuesto e ilusionado! -¡Cuando quieras! - me dice Fernando. ¡Ya mismo es- tamos en Valdesotella! Curva tras curva de la pista forestal que sale desde el pantano de Aroche llegamos a la casa monte de Ezequiel, situada a escasos metros del barranco Val- desotella. Allí nos acoge este ermitaño que pasa las heladas tardes de invierno pegado a las taramas en- cendidas a pie de uno de los muros de su habitáculo de piedra y adobe, y las noches tendido sobre un jergón relleno con hojas de maíz. En ese maravilloso paraje de Valdesotella vive nuestro amigo desafiando
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    José Luis LoboMoriche 72 las adversidades de la masa de eucaliptos que cada día ensombrece más su pequeño huerto de nogales. Es el último resistente del valle a la bárbara invasión de la especie foránea. Los demás valdesotellanos ha- ce tiempo que claudicaron, él se niega a que sea re- cordado como un absentista de su cuartilla de tierra. -¡Hombre, Pepe Luis!, ¡qué me alegro de que vengas por aquí! ¡A los ‘jabatitos’!, ¿no? ¡Anda, si viene también Fernando! -y enseguida aparta un puchero de la candela y nos sirve una taza de café. -Ezequiel, ¡no nos enredamos que es tarde! ¡A ver si damos con las pistas de los jabatos! Aquí dejamos el coche. ¡Si viene alguien, tú allá con él!; ¡y con dos golpes en la puerta te avisamos de que la cosa ha ido bien! Fernando conocía ya el terreno casi igual que yo, debido a las frecuentes caladas que dábamos a las manchas que asoman a Valdesotella y me sugirió que buscáramos las reses en los manchones altos de la solana. Se inclinaba por un auténtico rececho, una técnica de caza difícil de practicar en estos rochos de matorral espesísimo y más aún con unas barreras casi infranqueables. Me gustó la idea, quizás entusiasma- do por la belleza de aquellas agrestes sierras o porque en aquellos momentos también me sentía un elemen- to más del paisaje, transformado en picacho o regajo.
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    Arochones 73 Por supuesto quellevábamos nuestras escopetas car- gadas y dispuestas para usarlas. Desde el barranco Valdesotella las sierras se encadenan una tras otra en sentido ascendente hasta que alcanzan la cumbre de La Contienda. Aún estábamos en la primera barran- cada de esta cadena de solanas, y si fracasábamos en el intento de encontrar el trocherío de las reses desde sus encames hasta los pinares de La Contienda, nos vendríamos a casa sin habernos puesto de rececho e intacto el gusanillo interior que muerde constantemen- te a los cazadores. Estas solanas de Valdesotella están calvas de ár- boles autóctonos, sólo algunos alcornoques pelochos resisten los violentos ataques de los eucaliptos y del matorral que los asfixian. Hemos alcanzado un filón de pizarras que asoman la cresta de este a oeste y nos sentamos sobre unas lajas para comprobar de dónde sopla el viento: por el tejado vano del monte de Eze- quiel sale una humareda blanquecina que busca el poniente. Ahora mi amigo y yo estamos metidos en el silencio, porque en medio de una sierra salvaje el silencio se hace espacio, y siento en este momento el mismo estado de soledad que un eremita. Hablo con- migo y no con Churubito, mis ojos se esfuerzan en contar los troncos de jaras, escobones y murtas que tapan las medias umbrías. Pienso que la tarde ya está hecha, que será noche mal gastada. Mientras tanto él
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    José Luis LoboMoriche 74 mantiene las orejas tiesas, batiendo todos los en- trantes y salientes de la barrancada. -¡He oído un taramazo! -¿Dónde? -¡En aquellas sombras donde se juntan los dos re- gajos! -¡Dios mío, qué oído! ¡Quieto que, como mueva una mata, lo veo! -¿Desde aquí? -¿No te lo dije?, ¡un cochino! ¡Huy, qué pavo! -¿Dónde, dónde? ¡Fíjate en la última madroñera! ¿No hace la mancha un cordón? -¡Sí, sí! -¡Pues en tino del cordón, a la derecha está! -¡Ya lo vi! ¡Hostia!, ¡qué penco! -¡Sssss! ¡No está solo, está tanteando una cochina! ¡Mira cómo la trompea! ¡Tienen intención de salir por la media cañada! -¡En el regajo suenan las demás!, ¡vamos a cogerles las vueltas!
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    Arochones 75 -¿En dónde? -¡La cañadillaaquella es muy buena para esperarlas! -¡Vámonos por el filo de estas lajas; cuando se den cuenta, nos tendrán encima! Es el momento de nuestra máxima animalización, encorvo mi cuerpo, creyendo que esa media cuarta que he menguado me transformará en jara; levanto los pasos enraizados y apenas caigo el tronco sobre las punteras de las botas; tiro del correaje de la mo- chila hacia adelante, ¡decisión y coraje en el lenguaje del cazador! Ahora la intuición y maestría me guían: ‘Fernando, ¡yo me quedo aquí!’. Las cochinas no celosas se muestran resabiadas por los saltos del macho que, insistentemente, intenta cu- brir la jabalina más caliente. En ese juego amoroso se queda enredado entre los brezos de la junta de dos venajes y despreocupado de las intenciones de las de- más cochinas. Suena un tiro seco, de esos que llama- mos de carne. Otro. Las sombras y el silencio se tra- gan a los dos danzantes enamorados. Suena un tercer tiro, que resulta tardío y a destiempo. -¿Y ese tercer tiro? -¡Con la nervia, que no acertaba a cerrar la escopeta porque estaba metiendo el pañuelo!
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    José Luis LoboMoriche 76 -¿A la vejez viruelas? -¡Claro, yo no apartaba la vista del sitio donde pa- teaba la cochina y no veía con qué la estaba cargan- do! -Pero ¡qué cobardes! ¿Sólo habéis matado uno? -fue el saludo de bienvenida que nos hizo Ezequiel. -¡Ahí la dejamos, para que te pringues los bigotes! ---------------------- Aquel cochino huidizo fue culpable de que, duran- te más de un mes, Churubito y yo no pensáramos en otra cosa. ¿Dónde estaría achantado el granuja? Se- guro que habría mudado el hato, y lo más probable sería que hubiese abandonado los encames de la so- lana y estuviese echado en las barrancadas de la um- bría de Valdesotella o hubiese huido a Las Chocitas o incluso a La Contienda. Durante algunos atardeceres, arrimados a la lumbre de su cortijo, discutíamos acerca de cómo echaríamos mano a aquel navajero. La discusión conlleva dudas, que esencian al buen cazador. El azar tendría que ser nuestro único guía porque estos navajeros han barruntado a demasiados rececheros, y rechazan tanto los engaños con luces arti- ficiales como la comida que huela a humano.
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    Arochones 77 Dos semanas delluvias torrenciales nos detuvieron en casa, sin habernos olvidado de su imagen amaza- cotada. Por fin, un viernes por la tarde, se abrió un celaje más claro anunciando que habría una pausa en- tre borrasca y borrasca, y hacia aquel valle de Valde- sotella nos dirigimos. Esta vez rastreamos la vega del barranco y enseguida topamos, en la arenisca de una pasada, con los enormes atrinques del cochino. -Fernando, ¡está ahí arriba! ¡No te extrañes que a bo- ca de oscurecer barrunte todos los movimientos que demos en el barranco! -¿Estarán los quejigos tomados? -¡Mira!, ¡fresquito de anoche! -¡A las cinco quiero verte subido a este quejigo! -¿Tan temprano? -¡Como se escame…! -¡Vale!, ¡a media tarde me tienes engatinao! -¡Yo me buscaré la vida en los huertos! ¡No conviene que pisemos la umbría!, ¡en la revuelta de los nogales no puedo ponerme, el aire va barranco abajo y se lo echaría! ¡Allá tú con ese bicho! Desde el quejigo veo el porche del monte, Eze- quiel aún tiene abierta la puerta. Estoy a cien metros
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    José Luis LoboMoriche 78 de la candela, por ello le hice las advertencias opor- tunas: -¡Mete las taramas que necesites para encandelar; pe- ro, a partir de la puesta de sol, achantado aquí den- tro! ¡No vayas a joder la marrana! -¡Ay, Pepe Luis! ¡Como lo mates! Las seis de la tarde y ya llevo una hora subido al quejigo con escopeta, linterna y demás avíos, domi- nando las trochas más claras y pateadas. Ezequiel empieza obediente y mete un haz de taramas dentro del cortijillo; cierra la puerta y entorna el postigo. Me olvido del ermitaño del barranco y centro mi pensa- miento en la función venidera, en esos momentos previos de telón levantado. Aúno mis energías para transformarme en imán que atraiga hasta debajo de mí la pieza soñada. Varios chamarices vuelan vega arriba y vega abajo. Sólo una collera de mirlos se in- quieta, quizás algún predador haya pasado por debajo de la madroñera donde la pareja se cobija. Sigue un nervioso mirleo que me anuncia el comienzo de la función. Para que no falte de nada, una menuda llu- via deja caer los primeros goterones de agua sobre el escenario del quejigal. ¡Ahí estaba su majestad, echado a trescientos me- tros de Ezequiel, en un manchón umbrío de media
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    Arochones 79 cuartilla de tierra!¡Qué sabia es la vejez! ¿A quién se le ocurriría buscarlo en un vericueto alejado de las manchas de monterías? Oigo su paso, no sus pasos. No da dos seguidos. No lo veo, pero seguro que enfila su hocico hacia el barranco. Una arrancada o -tal vez- sólo un intento. Quizás no haya quedado ningún mirlo en las marrás de la umbría y sólo estemos él y yo. Este juego de dudas y engaños dura mucho tiempo, demasiado co- mo para que no cometa un error chirriando mis pies sobre la corteza del árbol o rozando la escopeta en la rama inoportuna. Lo mejor es dejarla en reposo so- bre las rodillas y yo en tensión, que todas mis ener- gías lo arrastren y me una a él, como si de una unión espiritual o mística se tratase. Él, en cambio, tiende a separarse, a mimetizarse como mata o aguacero. Hoy, igual que cada atardecer, pretenderá una vez más sacar partido de su animalidad. Dudo si es la nariz del cochino arrastrada sobre el tapiz de la hojarasca o son varias gotas de agua encadenadas, ¡otra vez las dudas del sabio! ‘Ahora sí viene’, me dice no sé quién. Levanto la escopeta y miro la palometa de papel de plata para comprobar si están erguidas las puntas, ¡todo a punto! Sólo falta que inicie el encuentro y deje de reapretarse. ¡No, se ha atrancado repentinamente y su nariz ya no hurga entre la hojarasca! Ningún espetonazo de miedo como
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    José Luis LoboMoriche 80 indicio de haberme sacado el viento. Giro mi cuerpo hacia la vega del barranco y veo la señal evidente de su resabio: una lucecilla de candil se mueve oscilante delante de la casa monte de Ezequiel. ---------------------- -Pepe, ¡ese puto tiene que caer! -¡Se las sabe todas! ¡Hay que ser duro con él! -¡Cuando tú quieras, al ataque! -Este sábado es buen día, registraremos por la maña- na la vega, dejamos preparados algunos aguardos, co- memos, y por la tarde... -¡Me parece bien!; si hubiese que buscarlo herido, tendríamos todo el domingo por delante. Aquel sábado, en su cortijo, Churubito me reveló un sueño, ¡el molondro de más de ocho arrobas de Valdesotella le había entrado a placer! -¡Qué noche! ¡Disparos van y disparos vienen y las balas no llegaban al cochino, que no dejaba de andar! -¡Buenos augurios! ¡Esta noche será tuyo! Hemos registrado el barranco y casualmente nos hemos topado con las enormes pezuñas clavadas en los barrizales de la vega.
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    Arochones 81 -¡Pepe, aquí vasu majestad! -¡Cruzó la vega y mira por dónde se ha enrochado! Esta noche, ¡tú allá con el molondro! -¡Espera, que voy a revolcarme! -y Churubito simula los movimientos de un jabalí mientras se barrea en una baña. Luego, se levanta y sacude los hombros como si de un cochino se tratara. Churubito acostumbra a ese tipo de animalización primitiva, llevado por la creencia de que -restregando el culo en un árbol barreado por un cochino- lo hará suyo. En sí es la misma magia que usaban los pinto- res de Altamira, aunque éstos no tuvieran la capa- cidad de abstracción de mi amigo. La luna inicia la fase creciente y poco tiempo de luz natural tendrá Churubito para echarle el punto de mira de su escopeta a un cochino que nombraría co- mo rey de Valdesotella, un buen cuco que empieza a sabérselas todas. Fernando ha situado su aguardo en un terraplén, haciendo tiro al caminillo más pateado que tiene aquella mole, justo en donde descubrirá tenuemente el lomo. Un fogonazo fallido de su lin- terna ocasionaría que se quedara sin él. El espacio de vega, por donde acostumbra atravesarla, es tan corto que me obliga a situarme a veinte metros de Fernan- do. Busco un aguardo transversal a él; el aire soplará
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    José Luis LoboMoriche 82 de naciente y, en caso de que me apostara muy cerca del barranco, yo le cortaría el paso. Estamos coloca- dos uno del otro a medio viento y con la necesidad imperiosa de que esté echado en la umbría. ¡Ahora a esperar que no sea un cochino enreda! En Valdesotella la vida se apaga cuando los últi- mos pajarillos han dejado de revolotear sobre los va- llados. Sigue una sobrecogedora calma, que sólo rompe un avión que cruza el cielo del barranco, de poniente a naciente, contrario al vientecillo que sopla por el costado izquierdo. La sutil luz natural deja al- gunas claridades en la vega, insuficientes para que al- cance la figura de mi compañero oculta tras un terra- plén negro. ¡Nada, ningún charabasqueo o tarameo, nin- gún derrote en el pino seco de la umbría, ningún jo- pazo, como corresponde a un cochino que ha so- brevivido a mil batallas! ¡Por eso, en otras sierras an- daluzas, lo nombran como matrero! ¡Qué sabiduría y qué aguante para achantarse entre las murtas! Sabe que no valen las prisas de noche. ‘¡Ahora, que el oportuno nubarrón tapa la luna chi- ca!’. Ni el perfecto oído de Churubito ha sido capaz de anunciarnos la decisión de este fantasma. Tam- bién le ayuda, a que cruce atrevidamente la tierra blanquecina, el monótono y confuso sonido de los chorreros del barranco. Sentado en la torronta que forma el corte del carril sobre la vega, me sorprende
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    Arochones 83 un canutazo terreroque suena a mi izquierda, ¡no sé si he visto o figurado que una masa negruzca y gigan- tesca acaba de saltar a la solana! -¡El jabato más grande que he visto en mi vida! ¡Me ha cogido la vez! Cuando reaccioné, estaba ya en me- dio de la vega. ¡No es un jabato, es un toro! ¡Ni tiem- po de echarle la luz! ¡Verlo y no verlo fue lo mismo! ¡Lo he tirado al rebujo! ¡Hombre, a la fuerza lo he te- nido que pringar! ¿Quién no le va a dar a esa…? -Pues ya sabes, ¡mañana será otro día! ¡Si no se ha quedado en esos manchones de la solana, despídete de él! ¡A ver el tiro, alumbra aquí! -¡Ahí lo he tirado! ¡La distancia es la propia!, ¡malo, de dos botes se saltó la vega! -¡Aquí va! ¡En el tiro no ha dado sangre! ¡Alumbra la torronta! ¡Aquí hay una goterilla de sangre! ¡Agarrarlo, por lo menos, lo has agarrado!, ¡pero no va haciendo ningún extraño! Aquel imponente cochino nos ganó esta última ba- talla. A la mañana siguiente mi perro Colorado cruzó sin mucha viveza las solanas, como si nos hubiese querido mostrar que sólo llevaba un calentón, insu- ficiente herida para no haber buscado cobijo en la reserva portuguesa.
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    85 Berenjenales A veces nosacompañaba un amigo que no estaba curtido en pasar la noche en una barrancada, un pa- nadero del pueblo que se entusiasmaba mucho. Chu- rubito y yo éramos de la misma opinión, ¡si alguien viene como invitado, tiene preferencia para apostarse en el mejor lugar! Cada vez que el panadero se subió a un árbol fue arrollado por los jabalíes. Contaré dos historias: aquella noche nos adentramos en la Umbría de Valera y dejamos a nuestro invitado en una hon- donada de alcornoques muy querenciosa. Según nos contó después, se acojonó al verse solo en medio de un oscuro bosque con árboles enormes. Sintió miedo de que no lo recogiéramos y de algo más. Pero a lo que vamos, le entraron unas cochinas entre las ne- gruras del alcornocal y para allá les arreó candela. Cuando llegamos a él, respiró aliviado; estaba nervio- so y apesadumbrado porque la cochina le había di- cho adiós. Enseguida le hice las preguntas de rigor: -¿Dónde la has tirado? ¿Para dónde ha corrido?
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    José Luis LoboMoriche 86 -¡Debajo de ese alcornoque y corrió…! -¡No te preocupes, que la has matado! ¡Ha buscado el limpio! ¡Eso es señal de muerte! Encendí la linterna, cogí del suelo un finísimo pali- llo y mostrándoselo le dije: -¡Sí, por aquí va! ¿No ves que ha roto este…? ¡La has agarrado bien! -y tomé del suelo una hoja de alcor- noque con una manchita de ese color que no tiene nombre y que toma la sangre mezclada con la hoja- rasca. Puso cara de escamado, como si estuviese mofán- dome de él. Aún faltaba la mostración más palpable de mi pericia, con linterna en mano anduve veinte metros sin titubeos y le dije: -¡Ven para acá! -y alumbré la cochina muerta. Se quedó empicado, y en el casino del pueblo en- salzó mis cualidades de cazador, sobre todo la faci- lidad con que yo veía de noche. ---------------------- Hay que reírse de los cazadores que dicen llamarse ‘prácticos’. Pusimos al panadero en una vaguada muy próxima al callejón de la aldea abandonada de El Hurón y le hicimos las clásicas advertencias:
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    Arochones 87 -¡Van a entrarpor esta línea de alcornoques! ¡Ten cuidado que vienen tapados y los tendrás de momen- to encima! ¡No enciendas la linterna, déjalos llegar hasta la encina para que los tires con la ayuda de la luna! Desde un collado que linda con El Vínculo oí, en tino de la vaguada donde habíamos dejado al pana- dero, una extraña explosión. A media noche nos en- contramos a nuestro amigo acalorado y malhumo- rado. -¿Qué ha pasado? -¡El cabrón del electricista, que me regaló un car- tucho sin bala! ¡Mira que entraron bien! ¡Anda que los dos técnicos! ¡Si las cochinas han hecho lo con- trario que me dijisteis! ¡Estaban encamadas a mis es- paldas y a boca de oscurecer las tenía en el callejón! ¡El cabrón ese de Cobino! ---------------------- Son las bromas que a menudo nos gastamos los ca- zadores. Aquella tarde Daniel, Churubito y yo había- mos partido hacia El Vínculo. Dejamos el coche jun- to a la fuente de La Micaelita, atravesamos la cumbre de Las Pocitas, nos enrochamos hacia los llanos enci- nares, los cruzamos como una exhalación y nos cu- brimos en los manchones de solanas antes de alcan-
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    José Luis LoboMoriche 88 zar La Alcalaboza. De rivera para allá, en una de las umbrías más umbría que conozco, Daniel tenía seña- lados los aguardos. ¡Alguien se nos había adelantado!: un cazador iba a tiro hecho hacia el rincón de nues- tros apostaderos. Le silbé e hice señas con mi gorra para que nos esperara. Que si sí, que si no, el pobre muchacho -más que desconfiado, paralizado de mie- do- se detuvo. Llegados a él, sólo tuve que decirle para que nos dejara el campo libre: -¡Mirad lo bien que se coge a un furtivo! Empezó a castañear sus dientes, y enseguida tuve que asegurarle que era una broma. Por si acaso, tomó las de Villadiego y nos dejó libre aquel rincón de El Vínculo. ---------------------- Como Churubito y yo estamos en todas partes -la ubicuidad de los dioses- nos vemos sorprendidos por los corredores de la montería que descaradamente hemos invadido, y aquí mal estamos en la cumbre de La Moña, dominando el barranco principal. En cada risco, un corredor subido; y en otros dos, Churubito y yo. Nos hemos encasquetado las gorras e inclinado la visera hacia la cara; con el fin de evitar que los co- rredores pasen junto a nosotros, les hacemos adema- nes dándoles engañosas órdenes para que cojan los
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    Arochones 89 bancos más alejadosde los riscos que ambos hemos usurpado. Ahora, ¡al suelo!, ¡a convertirnos en ma- droñera o jara cervuna porque un perro late tras una res! ¡Esta vez no he fallado el disparo! Tiempo de es- pera, de desembucharla, de arrancar el Suzuki y ocultar la pieza abatida en sitio seguro hasta la ma- drugada. ---------------------- Aquellos monteros trataban de llevarnos por las sendas del orden, pero Churubito y yo éramos dos indomables animales y nos sentíamos a gusto fuera del redil. En esta ocasión mi amigo y yo hemos sido enviados a una sierra como vigilantes de las manchas que montearemos mañana. ¿A quién se le ocurriría poner dos zorros como vigilantes de un gallinero sin que provoquen la traición? A media tarde hemos lle- gado, con Suzuki incluido, al cortijo de la finca. Co- mo trastos de vigilancia cogemos nuestras mochilas, mantas y escopetas. Una cuadrilla de furtivos receche- ros prepara también sus avíos. Evitamos los enfrenta- mientos, les decimos que somos los guardas del coto, que tengamos la fiesta de la madrugada en paz. Antes de las diez tocan a retirada y nos dejan libre el campo de batalla. Nos hemos puesto a la salida de un monte muy prieto de escobones. Sobre las doce mi Churubito le
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    José Luis LoboMoriche 90 arrea candela a una cochina, que no se queda en el tiro. Suponemos que lleva un chispazo bajo, ¡se nos pre- senta a los dos una buena papeleta! -Fernando, ¡ésta hay que cobrarla como sea! ¡Mira que mañana los perros darán con la cochina herida! -¡No podemos dejarla en la mancha! Media madrugada detrás de ella. Aquí se echa, allí se levanta, aquí se aplasta. Menos mal que los hilos de sangre sobre los escobones nos guían. Por fin el animal, sintiéndose en las últimas, se echa definitiva- mente. Amanece y aún no hemos salido de la sierra. -Fernando, ¡que yo voy de postor! ¡Tengo que hacer una jugarreta, porque los monteros verán el rastro por dónde la hemos sacado! -¡No, si te parece, los llevas a que vean el sitio donde la hemos rematado! ---------------------- Siempre estábamos metidos en sucios berenjenales: aquel domingo no sé qué le pasó a mi amigo Fernan- do para que no se viniera conmigo. Monteaban Los Benitos, unas solanas de empinadas barreras que lle- gan hasta la rivera Chanza, frente a Aroche. A las solanas les eché el ojo. Dejé el coche en el cortijo de un amigo, junto a un pantano.
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    Arochones 91 -Tomás, ¡prepárate; quenos vamos a cargar un jabato! -¿Qué van a montear? -¡Por detrás de las solanas de Las Cabezas! -¡De ese tino está entrando un buen cochino a las encinas de la majada de las cabras! ¡Me he puesto varias noches seguidas, y siempre lo barruntaba por encima del collado! -¡Pues, hoy le llegó el día a ese tunante! Hemos cogido una trocha tan vertical que apenas podemos sortear las lajas de la solana; pasamos por una baña que yo desconocía que estuviese emplazada en este viciar de brezos blancos. Me entusiasmo con su situación tan cercana al pizarral de la cumbre y con el lugar tan solitario en que se halla, aunque tiene muy mal apostadero. Si yo fuera el cortijero, la ten- dría más que preparada y reservada para mí. Por fin alcanzamos los últimos collados y le señalo nuestras puertas. -Yo me quedo aquí, en los entalles. Estas vainas son mías, ¡un buen doblete! -¿Y yo dónde me pongo? Sigue la cumbre adelante y súbete en aquel filón de lajas. Con el rifle dominas la barrera de enfrente.
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    José Luis LoboMoriche 92 A lo que vamos, que el cortijero estrenó su rifle y se cargó el cochino que entraba en la baña de la solana Las Cabezas. Venía zorreado derecho a uno de los postores de la montería; en el preciso instante en que el hombre se encaraba su escopeta, le sorprendió el tumbo del cochino. No quería contar sólo los lances de rapiña y muerte sino las triquiñuelas de qué nos valimos para sacarlo de la barrancada y llevarlo hasta el cortijo. Dimos la cara al pobre postor, ¡menos mal que era un mucha- cho muy prudente que nos conocía! -Farolero, ¡mira qué papeleta tenemos para llevar el cochino hasta la rivera entre los dos! ¡Arréglatela co- mo puedas y échanos una manilla! -¿Y qué les digo yo a los monteros? -¡Que te sientes mal, y que te vas a tu casa!; ¡que ellos mismos se quiten de los puestos cuando acabe la montería! -¡En qué lío vais a meterme como se entere el pre- sidente! - el postor abandonó sus obligaciones y nos ayudó a transportarlo hasta el cortijo de Tomás. ---------------------- Otro berenjenal, en La Bájena. Aquel día nos acompañó un hombre mayor, que no estaba muy
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    Arochones 93 ducho en estosmenesteres y que desconocía con quiénes y en dónde iba a meterse. Varios perros maestros nos acompañaban. Buscamos amparo en el cortijo de Juanablanca que, aunque era propiedad de un amigo, estaba deshabitado. Por aquel tiempo ha- bían aparecido entre los moradores del valle de La Bájena las mismas costumbres de absentismo rural que hubo en Valdesotella, hoy sólo se mantienen in- tactos el eterno trazado de las correnteras del barran- co Doña María y la dehesa de encinas paralela a él. Lo demás es un inmenso bosque de eucaliptos. -¡Venga, escopetas a la mancha! ¡Iros de puerta, que yo soltaré los perros en los manchones de La Cama de la Loba! Fernando, ¡poneros en las huidas de El Ciego que, como haya algo, los tenéis de momento encima! Todo preparado, espero el tiempo suficiente. De momento la corrida de perros y jabalíes, dos tiros y el silencio quebrado en un regajo. Nuestro invitado le ha pegado un chispazo a una cochina, que está ya aga- rrada por los perros. La remato, y entre los tres la arrastramos hasta el cortijo. Hasta ahora la chipichanga de la mañana va bien, ¡un jabalí muerto más! Ni cor- to ni perezoso, ambiciono que batamos otras man- chas.
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    José Luis LoboMoriche 94 -¡Esto no ha hecho más que empezar! ¡Ahora a por la barrancada grande de La Bájena! ¡Aquí no hay nadie vigilando, todas estas sierras son hoy nuestras! -Pepe, ¡iros vosotros dos a la salida de los mancho- nes, que yo suelto los tres perros! ¡Coged los puntos claves! -¡Vale!, ¡espera media hora! Las puertas debidamente puestas, el perrero a los pies del encinar, el aire de frente, señales halagüeñas de que la mancha está llena de jabalíes y las escope- tas cargadas. De pronto, múltiples latidos y voces es- tremecen el matorral de la barrancada, ¡en los bajos de la sierra nos espera el guarda del coto! -Pepe Luis, ¡me cago en diez! ¡Que me buscáis una ruina! ¿No tenéis bastante con La Cama de la Loba? -¡Hombre, Bomba! ¡No sabíamos que andabas vigi- lando! ¡Nos vamos y ya está! -¿Y ahora qué? ¡Que llevo aquí toda la semana para que no se meta nadie, y vienes tú…! ¡Que la echan este domingo! ¡Y ahí no ha quedado ni un rabo! ¡Me voy por coño para Aroche! Por las buenas, cogemos nuestra res muerta y de- jamos en paz las sierras vigiladas por Bomba. Des-
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    Arochones 95 vergonzadamente ni siquierame preocupé de cómo escaparon los monteros. ---------------------- Hemos invadido, sin Suzuki, territorios vedados de La Contienda: el pico La Mojosa y la sierra San Pe- dro. Nuestro acompañante ha aparcado su furgone- tilla en un majadal, ¡quizás demasiado atrevimiento! Mi puesto está a pocos metros de una cañada; y, en estos momentos de la puesta de sol, oigo el ronroneo del motor de un todoterreno que acaba de llegar a ella. ¡Peligro! Desconozco dónde estarán apostados mis compañeros. Pienso que la noche ya está hecha y que la madrugada será muy movida. Que alguien ha- ya arrancado el coche tan tarde me desconcierta. Di- bujo en mi mente el paisaje por donde tendré que caminar hasta que alcance mi casa, más de veinti- cinco kilómetros nos separa. Si inicio la salida a las once, abriré la puerta con el sol bien asentado. No me importa, es preferible antes que ser achantado. Espero a que mis compañeros regresen. El conduc- tor se acerca precavidamente al majadal y se encuen- tra con que dos ruedas de su coche han sido pincha- das por el visitante de media tarde, ¡esta madrugada no seré un descamino! -¿Cómo nos pinchaste el coche la otra tarde? -le pregunté al iracundo vaquero de La Contienda.
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    José Luis LoboMoriche 96 -¡Pepe Luis, no me digas!, ¿has cambiado el Suzuki amarillo?
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    97 Ayudas Como cazador quesiempre iba fuera de caminos, no tuve sólo dos manos, comí con cuantas me ayu- daron; si hubiese sido un caminante solitario, habría atravesado pocas sierras. Un punto de apoyo para nuestras correrías fue el cortijo de Tronca. No sé có- mo agradecerle a la familia de caseros su acogida. La amistad entre nosotros surgió a raíz de una historia casual: monteamos La Caldera y ha ocurrido un he- cho habitual, alguien le pega un chispazo a una res y los perros la aculan en una barrancada alejada de la ar- mada de cierre. Pocos cazadores se meten en estos berenjenales de ir a rematarla. Churubito y yo, des- pués de que los corredores han batido bien la man- cha central, no nos hemos quedado de cháchara con los monteros en El Collado de los Ataques, y cabezo tras cabezo vamos en pos de la res herida. La escena que presenciamos nos embelesa: una cochina está aculada por varios perros en los espesísimos vallados de la barrancada más profunda, un espigado mucha-
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    José Luis LoboMoriche 98 chote cubre la salida de la jabalina y un segundo en- tra a rematarla con soltura y maestría, un espectáculo colmado de belleza y plasticidad: agilidad, viveza, de- cisión y valor armonizados. -¡Ole vuestros cojones! -exclama Churubito. -¡Cómo va usted a quitarnos el jabato! ¡Si es el pri- mero que matamos! -¿El primero? ¡Menudos cucharas estáis hechos los dos! ¡Anda, anda, coged la cochina y que nadie se entere! Es la hora de la siembra de las semillas, luego llega- rán los días de la recogida del grano; el cortijillo de Tronca formará parte de nuestros lugares de amparo y los hermanos y su padre serán actores conjuntos de muchas de nuestras escenas. (Mimábamos a los cabreros y ovejeros con los que nos topábamos. Como agradecimiento a tanta pro- tección, recuerdo al pastor solitario de El Galindo. Verlo y parada obligada para que Churubito le ofre- ciera tabaco. Luego, las preguntas de rigor: ¿Hay no- vedad? ¿Cómo está la cosa? ¿Se oyen tiros?). ----------------------
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    Arochones 99 Nombrar El Bravoes referirse al paraíso de la caza mayor, y ya sabemos a quiénes están reservados los cielos terrenales. Como nadie nos invitaba a cazar allí, yo mismo me premiaba. El excesivo número de guardas dificulta la invasión de sus adentros porque desde las cumbres dominan los movimientos de los coches que se aproximan a las altas alambradas del perímetro de la finca, así que había que idear algo nuevo. Me valí de amigos no aficionados a la caza y que, con el sol puesto, nos dejaban en el puente de El Casco, muy cercano a la carretera de Encinasola. ¡Trepar la alambrada y El Bravo para nosotros! ¡Qué fácil y qué difícil! A Churubito, en estos tran- ces, le costaba arrancar y me ponía algunas excusas; pero, una vez iniciado el salto, se sentía como en su cortijo de Jabaca. Este tipo de caza a cojones suele traicionar al cazador testarudo. De ahí que sólo de sopetón nos atreviéramos a invadir aquel terruño tan peligroso. En El Basto, tierras de Los Campillos Bajos, se unen las manchas de La Contienda de Encinasola, La Alegría y El Bravo. El cortijo de El Basto era nues- tra guarida preferida para desde allí saltar al paraíso reservado de la caza mayor. Varios días en aquel cor- tijo significaba que Churubito y yo habíamos alcan- zado durante varias jornadas cinegéticas la gloria de los cazadores. Y en busca de ella íbamos con Suzuki,
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    José Luis LoboMoriche 100 colchones, mantas, varios perros, algunos miedos y mil ilusiones. Enseguida el humo blanquecino que salía por la chimenea alertaba a los guardas de que el enemigo estaba en pie de guerra. Desde las altas cumbres oteaban nuestro campamento y seguían con prismáticos nuestras intenciones: la mañana en las manchas lejanas de La Romana o de Picureña…; por la tarde a la espera en los chaparrales de La Contien- da…; de madrugada -cuando los guardas entraban en profundos sueños- nosotros forzábamos las puertas del paraíso. ---------------------- Si yo tuviese que elegir un territorio ideal para la caza de los jabalíes, sin duda escogería el paraje de Maribarba: agua por los cuatro costados, manchas de difícil acceso por el barranco Arochete que rodea un castillo, apretados matorrales de escobones, solanas y umbrías entreveradas, altos cabezos y suaves hoyas, tornasoles, resolanas para que las reses se protejan allí de los vientos norteños y solanos, canchales, ba- rrizales, encinares, alcornocales, quejigales, abundan- tes gramales, pinares cercanos, siempre hierbas en los barrancos, prados de cebolletas… Además, la dispo- sición de sus manchones y los sitios de campeo ofre- cen la posibilidad de que, sople el viento de donde sople, siempre habrá un rincón libre del molesto aire revocón.
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    Arochones 101 A ese maravillosolugar accedíamos con el permi- so de Rafael, el cortijero de El Galindo; unas veces con el coche escondido en el garaje de la finca, otras con la llave de las porteras en mano o con patitas pa- ra qué os quiero. Él era nuestro guía avisador: -¡Anoche sonaron dos tiros…! ¡Tened cuidado que…! ¡Por aquí ha pasado…! No pretendo describir todas las escenas vividas gracias a su ayuda; testigo de tantos jabalíes abatidos y sintiendo lástima de ellos, Rafael nos decía: -¡No vengáis por aquí hasta dentro de un mes, que acabáis con los jabatos! Seguíamos los consejos de aquel amigo y enseguida nos mudábamos con nuestros avíos a sierras lejanas. Si mi primo José Pedro monteaba las solanas de su finca Monteblanco, yo prefería asentar libremente mis pies en collados y barrancos escogidos a mi an- tojo que gozar del privilegio de un buen puesto. En más de una ocasión esperamos en Umbrizo, alejados de Monteblanco, a que las reses tiroteadas en el pico La Escoba tomaran los pasos huidizos que las lleva- ban a Portugal. Esta modalidad de caza también tie- ne sus dificultades. Algunas cochinas tiré cuando sal- taban el carril que cruza la Umbría del Médico y más
  • 102.
    José Luis LoboMoriche 102 de una vez me quedé embobado en los atrinques que marcaban el acuse del tiro fallido. ---------------------- Recuerdo que aquella mañana me quedé sin Chu- rubito como compañero inseparable, no recuerdo los motivos. Otro amigo se brindó a acompañarme. Desconocía si montearían Monteblanco, y en Aro- che me informaron de que habían suspendido la montería. Dispuestos a regresar a casa de vacío, vi a un hombre con escopeta en mano y varios remol- ques con perros. Averigüé que unos monteros de Huelva batirían Los Puntales de las Peñas, ¡ahí estaba nuestra oportunidad para no quedarnos en casa y matar el gusanillo! -Lojito, ¿nos vamos a Las Peñas? -¡Yo no conozco esos andurriales! ¡Tú allá! En menos de una hora ya estamos los dos en las cañadas de humedales que preceden el cortijillo de mi querido Juan Rizo. -¡Coño, Pepe Luis! ¿Pues qué haces tú por aquí? -¡Que esta mañana montean Los Puntales, y nos va- mos los tres de retranca!
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    Arochones 103 -¡Si voy depostor a la cumbre! ¡Iros los dos al collado de El Monje, que tú lo conoces bien! Hemos dejado a Juan preparando sus avíos, y mi amigo y yo -patitas para qué os quiero- iniciamos el camino que sube hasta la cueva de El Monje. Hace mucho tiempo que los jabalíes no lo hozan, quizás sea la causa de que esté ya casi perdido. Mala espina me da que sólo hayamos cogido el rastro a un cochi- no, que tal vez se encame en la hoya que está detrás de nuestros puestos, libre del alcance de nuestras es- copetas. -¡En estos riscos me pondré yo! ¡Voy a dejar aquí la mochila y te acompañaré a tu sitio! Mi amigo pone cara de hombre enajenado, de ver- se insignificante en medio de una gran sierra de lapos que miden muchos metros de altura, y que los ani- males sólo pueden sortear por las trochas trazadas entre los canchales. -¡Ésta es tu puerta! ¡Que tienes mejor entalle que yo! Montean de cara a nosotros y la armada de cierre va por aquella cumbre. ¡Tranquilo; que si tiras, te que- marás las punteras de las botas! ¡Espérame aquí hasta que rematen bien la mancha, que yo te recojo! Estamos en Las Peñas como dos ilegales pero ya sabes en qué se convierte un hombre vestido de
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    José Luis LoboMoriche 104 cazador; quien fuera mandó darle un picotazo a las manchas de Las Peñas, ¡sobre los pedruscos hay demasiados usurpadores de un terreno ajeno a esta montería! Han soltado varias rehalas de perros a nuestras espaldas, con la malévola intención de meter en Los Puntales las reses encamadas en El Monje. Por tanto estamos en medio de una montería ilegal. Risa me provoca la contemplación de los jaleadores subidos sobre los enormes riscos y cómo nos anun- cian a voces que el cochino levantado en la hoya corre hacia nosotros dos, creyendo que somos de la misma cuadrilla. La res viene a parar a los pies de mi amigo, que se chamusca las punteras de sus botas y la voltea patas arriba. Los jaleadores aplauden y vito- rean al matador, y el corredor que lleva el banco del collado donde estamos apostados le estrecha su ma- no en muestra de enhorabuena. Los dos nos porta- mos bien: ‘¡Anda!, ¡recoged luego el cochino; mi amigo tiene bastante con la cabeza!’. ----------------------
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    Arochones 105 ¡Una historia desiembra!, después llegaría la reco- gida de los frutos. En una de estas idas y venidas por los carriles de las sierras, nos dimos de cara con un guarda forestal, que controlaba una repoblación de eucaliptos en la solana de Valdesotella. Paré el Suzuki al verlo en mitad del carril con la mano levantada. No me dio tiempo de inventarme los motivos que justificaran nuestra presencia en aquel lugar tan apar- tado. Aquel buen hombre me tendió sus manos. -Pues, ¿adónde se va? ¡Bueno, y a ti qué coño te importa! -pregunta y contestación dada por él al mis- mo tiempo.
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    107 Magia La caza estállena de hechos mágicos. Ocurren su- cesos inexplicables, que el profano en la materia atri- buye a la mentira como principal arma narrativa de los cazadores. Churubito, hombre curtido por la sie- ga y el arado, es un extraordinario contador, que em- belesa -con el calor de sus palabras- a cualquiera. Vive la historia contada, se mete en ella y se multi- plica para sentirse cazador, jabalí, luna o mata, ¡él lo anima todo! Carezco yo de estos gracejos suyos, y aquí me tienes como narrador de historias reales, que parecen ser sacadas de la cabeza de un fabulador. Una tarde partimos hacia la junta que forman el pinar de Terrazos y Arochete. Varios kilómetros a pie des- de El Galindo, cumbre adelante, Maribarba y bajada hasta el profundo barranco. A medio rocho se quedó mi Churubito. Registré varias encinas, con la precau- ción de evitar cualquier resabio de las reses, ¡poco hechío!; pero ya que me había dado el matajogazo, qui- se saber qué me depararía el atardecer.
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    José Luis LoboMoriche 108 Todavía el sol anda muy alto. Echo el ojo a una moheda con varios árboles, desde donde veo muy bien el suelo de la encina más tomada. Pongo la es- copeta y todos mis avíos sobre unas matas y me enga- tino a una chaparra muy abierta. Estoy cortando los cogollos de unas ramillas que impiden que yo domi- ne el escenario, intentando memorizar las jaras más claras en donde encenderé la linterna y los rincones en que tendré que aguantar mis emociones para que después no me lamente de unos bufidos inoportu- nos. Noto que la chaparra se cimbrea. Miro hacia el tronco, y he aquí que un mago ha colocado una pieza deseada -un marranchón- rascando sus traseras sobre la corteza del árbol. Dos metros separan mis pies de su culo. Pliego mis manos y con ellas figuro una es- copeta, apunto a los codillos mientras soy meneado al compás de las ramas. Cuando le da en ganas, corre a ocultarse en los vallados donde su madre, inquieta por su tardanza, lo está llamando con dos ronquidos. ---------------------- Aquel lugar tuvo para mí algún encanto inexplica- ble, en tres ocasiones me aposté cerca de él y tres ve- ces fui testigo de su embrujo. Esta tarde he asentado mis pies sobre una terraza desde donde domino el rodeo de encinas tomadas por los jabalíes, y sin saber por qué ni cómo -quizás me haya movido- un co- chino vuela sobre mi cabeza, ¡la primera vez que dis-
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    Arochones 109 paro a unares en el aire! El único tiro se ha quedado tan trasero que creo que ya había puesto las manos en el suelo, cuando la escopeta apuntó hacia el cielo. También el mago de este rincón de la junta de Te- rrazos se ha sacado de la chistera una enorme cochi- na, que atraviesa una larga barda de vallados, a casi un centenar de metros. ¿Y a qué apuntar? Sin saber por qué, disparo al tuntún; el mago me regala que cese de sopetón el estrebejí. ---------------------- Las maravillosas sierras de El Vínculo también go- zan de los caprichos de los magos en un rincón del paraje Las Tórtolas, que desde su alta cumbre derra- ma belleza hasta la rivera La Alcalaboza. Es una um- bría apretadísima de monte mediterráneo, en medio de la cual luchan por sobrevivir muchas encinas y el castañar de La Pimpollosa. Me considero un cazador privilegiado por haber gozado, durante tantos años, del espectáculo de la entrada al sucísimo encinar de piaras de jabalinas que, a lo largo de la noche, se des- colgaban barrera abajo. ¡Qué difícil no oír siquiera los ronquidos de varias cochinas! El Vínculo arrastra, envicia al cazador y me obliga a volver. Te contaba vivencias referidas a la magia que posee una de sus esquinas. Es un rinconcillo, a pie del pinar
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    José Luis LoboMoriche 110 que los lugareños llaman La Vieja, en donde los ja- balíes campean a su antojo. ‘Daniel el del cercado Forero’, ¡cómo no!, marcó esta chaparra copúa desde donde hago tiro a dos en- cinas; la luna de octubre no alcanza el regajo que está a mi derecha, mis oídos sí oyen el zaraguteo de un co- chino: ¡ahora parte una bellota y se atranca! De nada sirve la sabiduría de la mirada en este momento, ¡aguantaré en tensión! Se calla, y creo que se me han acabado las emociones; que, como culebra reptando, me ha esquivado. Mantengo mi cuerpo sesgado, casi retorcido. Nada, lo de siempre, el ruido que creo oír entre las oscuridades. Maldigo su crueldad, que sea culpable de que se desvanezca el tiempo de la espera. Segundos eternos, sin fin, ¿serán mis lucubraciones las que han movido la punta de una mata? ¡Sí, patea entre las hojarascas! No parte ninguna bellota más. Eso es señal de que habrá levantado al cielo, diez o doce veces, la trompa y que estará barriendo, de arriba abajo, la umbría y la rivera. Sesgo aún más mi cuerpo y levanto mi escopeta buscando el vuelo de la encina, ¡un bulto sale del rincón y se hace penumbra! Seguro que no las trae todas consigo; esas repentinas paradas no me gustan. Me encaro la escopeta con la duda de si será mío, de que tal vez pueda apoderarme de su robustez y bravura. Por fin se desliza alunado con las cerdas del lomo erizadas. Con mi ojo derecho sigo
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    Arochones 111 los movimientos caprichososdel cochino que, sin haber dado rebotada alguna, me ha dejado plantado y con la escopeta colgada en el aire de la noche. Se ha venido -¡porque sí!- debajo de mis pies. Dije que la chaparra es copúa, también con larguísimas ramas ba- jeras. Algunas movidas por la brisilla de media no- che- están rozándose y, entre las minúsculas oque- dades que dejan las hojas pinchosas, veo la cabeza del cochino, quieto como un tronco y con la trompa levemente alzada. No distingo los huecos de la nariz, sólo oigo algún leve ruido de su respiración. Sí soy consciente de los andares lentísimos del tiempo atra- vesando la umbría, los segundos duran ahora tanto como los minutos. Si quisiese, podría darle un punta- pié en la cabeza. En cambio, quiero disparar, matar- lo. Las ramas bajeras me lo impiden. Cualquier movi- miento -aunque fuese ralentizado- delataría al intruso cazador. Si no cometo ningún error, saldrá de las bajeras, descubrirá el lomo y ¡será mío! ¡La magia, lector! No descubre su lomo, y sigue -en la noche alunada de octubre- siendo suyo. Me quedo con los pies y la escopeta en el aire, y él -airoso tam- bién- trompea piedras en la rivera. A media madru- gada el sonar de dos piedrecillas golpeadas entre sí y la luz chisporroteada de un cigarrillo me avisan de que me baje. Daniel escucha mis excusas, ese con- dicional de si…
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    José Luis LoboMoriche 112 -Pepe Luis, ¡el rececho es así! ¡Nunca sabes cómo acertar! ---------------------- Los poderes del mago que habita en La Vieja tarda- rían dos o tres años en reencarnarse o como se quie- ra llamar. Churubito conocía esta historia, y mira por donde le tocó que se sentara sobre la cruceta de dos ramas que estaban en tenguerengue. Me imagino las emociones contenidas que sufrió aquella noche en la chaparra. Golpeé dos piedras como contraseña de que ya me había quitado del aguardo y que me dispo- nía a recogerlo. Me extrañó que aún no se hubiese bajado. -¿Qué? ¿Piensas quedarte toda la madrugada ahí su- bido? -¡Esto tiene guasa! -¿Qué te ha pasado? ¡No te lo creerás! ¡Mira! -y alumbra justo debajo de sus pies, que aún cuelgan. ¡Mira dónde he tenido pa- rado un cochino! ¡Ha hecho lo mismo que tú con- taste una vez!: entró por el mismo sitio, se escudó allí, partió una o dos bellotas, se achantó, creí que se había marchado, vino a tirones, nos dejó plantados a mí y a la encina y se tapó con mis pies.
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    Arochones 113 Churubito se bajóenojado, y con la linterna encen- dida siguió las primeras pisadas del cochino, busca- ban los arenales enlamados de La Alcalaboza. -¡Es el mismo que tú…! ¡Tiene que ser a la fuerza…! -¡O pariente suyo! ---------------------- Sabiendo que esos magos o seres ocultos de las se- rranías nos dan y nos quitan a su antojo, en aquella ocasión me tuve que convertir en un cazador tram- poso y valerme de la razón. Encebé un cochino al que en su habitual campeo ya le quedaban pocas be- llotas y que escondía el lomo como cualquier salvaje huidizo. Varias noches tras él de nulas esperas, en- tonces me enojo como cazador engañado. -¡Ya no se cachondea más! ¡Anda que le zurzan! -¡Prepara un comedero, y deja que se encebe bien! ¡Verás cómo no tiene cuartel! Hice caso a mi Churubito, y durante más de diez días visité los rociones de maíz y avena que el gandul se iba comiendo. El aguardo es precioso: un enorme risco corta el aire que entre por la espalda y sobre la lancha de un entrante del risco he elegido el asiento. La única pega son los escasos catorce o quince pasos que median entre el risco y el cebadero. Tengo bien
  • 114.
    José Luis LoboMoriche 114 memorizada la plaza; mientras reponía el maíz comi- do, simulaba con mis brazos una escopeta y compro- baba que sólo me estorbaría el cochino cuando en- trase en el comedero. Creo que le ha llegado la hora al tunante. El risco está a treinta metros de un cortijo deshabitado, y des- de allí se extiende una profunda hoya con enormes alcornoques e higueras que, a modo de embudo, re- coge las trochas que van desde La Caballona hasta las sierras de El Cañuelo y Las Camorras. Oscurece en el horizonte de poniente y la hoya de alcornoques se va borrando poco a poco. Entra -con su cuerpo enco- gido- por una de las trochas empolvadas que es- quivan las marrás de la vera del alcornocal. Lo tengo a quince metros; por arte de magia, se ha transfigurado en mata. Un insignificante jaguarzo ropero está a tiro de los cañones, estático y sin respiración. ¿Tendrá la jeta enterrada en el suelo del comedero o su cabeza quieta y alzada? ¿Cómo un jabalí de cinco arrobas se hace planta? También la luz de poniente es casi ne- gra, como la hoya que tengo frente a mí. ‘Que sea lo que sea’, cierro el ojo izquierdo y la encañono. Evito más dudas, aprieto el gatillo delantero y disparo. El cochino se hace hoya, levanto la escopeta, ¡sólo han quedado las verdaderas dudas! Me bajo del risco, me asomo a la cornisa y veo el terraplén por donde se ha enrochado, presagio que será mío.
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    Arochones 115 Esta transfiguración deun jabalí en mata es un he- cho mimético muy frecuente que, a veces, traiciona al cazador apasionado. Atardecía en El Huerto Antón, en Maribarba y en La Torre. Churubito y yo íbamos presurosos tras una piara de cochinas, que acababan de salir del barranco Arochete y que llevaban inten- ciones de tomar los caminos abiertos del quejigal de La Torre. Fue una transfiguración a la inversa, a mi amigo algo que estaba en reposo delante de él se le figuró jabalí. Sonó por encima de mí un tiro terrero. Busqué la situación de mi compañero, silbé y con- testó enseguida: -¡Qué coca le he pegado! ¡No se ha movido! -Pues, ¡vamos a aligerar, que con la cochina a cuesta hasta el coche tiene tela! -¡Que qué coca se ha llevado un lapo! ¡Que le veía el morro clarito! ---------------------- Dicen que los jabalíes son muy esquivos y des- confían de cualquier objeto nuevo que haya violen- tado los escenarios que frecuentan, y dicen verdad. A veces ocurren cosas inexplicables, yo he barruntado cómo Churubito arrojaba al suelo la manta que lo protegía de la pelona invernal, y cómo enseguida un duende alcahuete hecho cochino corrió hacia ella.
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    José Luis LoboMoriche 116 Por supuesto que no llegó a olerla, rectificó, dio me- dia vuelta y dejó a Fernando con la miel en los labios. ---------------------- Ya sabes que el duende agracia con un favor pero quita tres o más. Estamos apostados en un encinar muy querencioso, cerca del barranco fronterizo Safa- reja, en tierras de Las Alpiedras. Ha sonado un tiro muy lejano, que yo sitúo en la era de El Brueco, a más de un kilómetro de nosotros. Nada extraño. Han transcurrido varios minutos, -no sé: dos, tres- y el tropel de un cochino resabiado desequilibra el reposo del encinar. El ‘tocotón, tocotón’ de la carrera de un animal salvaje suena más fuerte y cercano. Será el poder de la mente o que el duende del lugar lo haya empujado y detenido a dos cuartas de mis pies. Cien- tos de encinas, miles para haber buscado amparo bajo ellas, y ahora casi es mío. La noche dificulta la posesión del animal, ahí está debajo de mí hecho una bola negra y difusa. Cometo el error de un cazador tentado por el placer de la traición, muevo hacia delante el botoncillo de la linterna, y la bola se disipa. De nuevo suena el ‘tocotón, tocotón’ de su carrera y se pierde en los pinares de Portugal. ----------------------
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    Arochones 117 Si un jabalínació para mí, morirá a mis pies. Si no, cómo se explican cosas así: hemos buscado amparo en el cortijo de Capitán, próximo a Los Alcalaboci- nos y al aulagar de El Vínculo. La llegada a un cor- tijo de gente conocida tiene su ritual de bienvenida, y más si todos sus moradores están conchabados en el mismo fin. A veces los dos hermanos cortijeros se animan y nos acompañan en noches de luna. Hemos consentido sus deseos de pasar la noche alunada en la cercana Umbría de Valera. Sólo uno de ellos ha cogido la hurga y la pelliza. Él se aposta en un collado que forman dos cabezos de pinos y yo subo a un ace- buche que está en una cañada junto a un monte caí- do. Fernando coge otro rumbo, con intención de bus- carse la vida. Oscurece y ya ha arrancado desde na- ciente la luna llena de diciembre. Sobre las diez de la noche oigo unos hipidos finos de un perro. Aguzo los oídos y atino a situarlos en el collado elegido por nuestro acompañante. ¿Quién va a meterse a estas horas en berenjenales de estropear una mancha que aún la Peña no ha monteado?, ¿cómo un perro solo se ha ido de noche a las camas de los jabalíes así co- mo así? Todo resulta extrañísimo. Los hipidos se en- trecortan en el collado, como si fuesen habla de un perro menudo y sedeño. Son momentos desconcer- tantes, me cabreo porque alguien ha violentado la es- pera. ¡Una noche perdida!, digo entre dientes. Pero he aquí que el mago -en este caso de Los Alcalabo-
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    José Luis LoboMoriche 118 cinos- se congracia conmigo y manda que una piara de cochinas seguidas de un perro butillo tome la caña- da. Saben ellas que el perro que las incordia no está muy puesto en estos menesteres. Sí, siguió el rastro de su amo y se echó al pie de la encina en donde él está encaramado, únicamente inició algunas carreras cuando las cochinas se toparon con él. Cinco vienen barrera abajo a toda pastilla. La luna también me ayu- da, desde el acebuche donde estoy subido domino perfectamente la trocha por donde atraviesan la ca- ñada. Corro un poco los cañones de mi escopeta y a tacto disparo, ¡acierto!
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    119 Pasión y destrezas Hoyes el último sábado de noviembre. La peña de monteros ha batido las umbrías de El Vínculo. He quedado con Fernando en su cortijo. Llego antes de las tres de la tarde. Tiene sus avíos preparados. Corta un torrezno del jamón que cuelga del techo de la bodega y lo mete en la mochila. Besa a su padre, que se queda tranquilo sabiendo que su hijo sale conmi- go, ‘Fernando, no vengáis muy tarde’. -Pepe, ¿dónde vamos a dejar el coche? -Hoy se puede cazar. No hay problemas para mover- se por los carriles. -¿En los llanos de El Vínculo? -¡Ni hablar! -¿Y entonces? -Si te parece bien, lo dejamos en la fuente de La Mi- caelita; saltamos a Las Pocitas y desde la cumbre vemos qué hacen los monteros, ¡a ver si han recogi- do los perros!
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    José Luis LoboMoriche 120 -¡No importa lo que hayan echado, que la noche es muy larga y ahí vienen reses del quinto pino! -¡Eso lo sé yo! ¡Verás cómo las que estén desma- dradas tratan de juntarse! Hemos cumplido lo hablado, y ahora mismo es- tamos en la cumbre de Las Pocitas; divisamos coches aparcados a la vera del carril central, varios remol- ques con perros y algunos monteros hurgando en sus mochilas. Tenemos intenciones de bajar el aulagar a mea pe- rro, cruzar los llanos por una lengua de monte que los une a los manchones del pinar de Paloma y desde allí saltar rápido la rivera Alcalaboza y alcanzar las um- brías. ¡Algo pasa!, los monteros no se mueven del ca- rril. -Fernando, ¡no podemos esperar más tiempo! ¡Va- mos a pasar los llanos y que sea lo que Dios quiera! -¡No tienes espera! ¡Mira que nos tropezamos con ellos! Hemos cruzado los comprometidos llanos y La Alcalaboza. Sin haber registrado la zona de campeo, me atrae un cabezo orillado a la rivera con un alcor- noque de caña tan alta y recta que es imposible que
  • 121.
    Arochones 121 yo lo trepe.Mi amigo encorva su cuerpo hasta que casi roza la cabeza por el suelo. -¡Súbete a mi espalda y así te engatinas mejor! ¡Yo te recogeré, no intentes bajarte solo! Estoy sentado sobre el nudo de una rama; rivera abajo alguien viene tocando una caracola. Se ha pues- to en cruz conmigo. No creo que nos separen más de veinte metros. Soplidos y voces. Más voces y más soplidos. ¿Quién diría que el tocador tiene tan cerca su presa más codiciada? ‘Si fuese un jabato, qué breva iba a llevarse’, me digo levantando la escopeta y mos- queado porque está violentando las sierras. Oscurece y siguen los toques y las voces. Por fin ha oscurecido totalmente y cesan las voces y los toques. En varios puntos de la umbría empiezan a sonar aullidos de pe- rros perdidos y tilines de campanillas. Enseguida barrunto ronquidos que llaman al re- junto. Disparo a una cochina que venía muy descon- fiada, como si hubiese endilgado a sus marranchones por encima de ella. La vieja y astuta jabalina seguía a distancia el campeo de los jabalíes más novatos que le abrían camino. Se tropezó conmigo. Tiro culero y a correr sesgada hacia la mancha, ¡es raro que no ha- ya buscado los pies de la umbría!
  • 122.
    José Luis LoboMoriche 122 Al día siguiente, un chorreo de sangre nos llevó hasta unos encames muy próximos al collado de mi apostadero. A cinco metros de nosotros se alzó con movimientos limpios una buena cochina. Fernando la apuntó con las manos mientras me miraba de sos- layo como queriendo decirme el error que habíamos cometido al no llevar escopeta. No era la que buscá- bamos, mi res estaba patitiesa junto a aquella piara encamada. ---------------------- -¡La sabiduría de los jabatos hay que entenderla! ¡Es- to es una lucha de poder a poder, aunque tengamos que recurrir al engaño! -me dice Fernando esta tarde seca de febrero de 2012 mientras recuerda, más con su alma que con palabras, hechos vividos por los dos. Resisto los envites de una voz interior que me tienta para que esta tarde vuelva a ser un descamino y me suba a la mágica chaparra del rinconcillo de El Vínculo; intento desoírla y anoto las emociones vivi- das para que tú conozcas mejor a Churubito. En Los Alcalabocinos, la rivera da varias revueltas lamiendo los bajos de unas espesas umbrías que nunca supie- ron de luz. Es un inmenso bosquejo casi impenetra- ble con vallados de zarzamoras que enmarañan los alisos de la rivera. En aquel infierno de negrura mi
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    Arochones 123 amigo tenía localizadauna baña atorrontada. Al verla de día, se me ponían los pelos de punta; imagínate qué sería permanecer allí durante una noche sin luna. Él la llamaba baña del mono, porque un cochino que mató en ella era mono de orejas. Una madrugada me aguanté mis miedos apostado en aquella cueva sil- vestre y no sé cuántas penas sufrí para salir de la di- chosa baña del mono. Una vez le entró allí un cochino por la espalda, tan cerca de él que creyó que le daría un golpe con la trompa. Venía a tiro hecho hacia la baña; y el astuto cazador, como no veía nada, esperó oír los chapo- teos del cochino. Intentó echarle la luz de la linterna, ¡no encendió! Le dio un golpe suave para que las pi- las contactaran, ¡nada! Otro golpe menos suave, ¡na- da! ¡Llega la nervia!: trocoleo de pilas, media carrera, linterna encendida, disparo, carrera muerta, bombilla fundida…, entonces la baña del mono retoma la ne- grura. Ahora es el momento de buscar la puerta de salida, ¿cómo? Sólo un hombre que es capaz de ani- malizarse lo intenta, aunque tenga que valerse de la razón, ‘¡el mechero!’. ¡A golpe de eslabón llegó has- ta mí! ----------------------
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    José Luis LoboMoriche 124 ¡La linterna tiene eso! ¡Cuando más la preciso, falla! A Daniel, a la hora de los molletes, se le ha olvidado el trasto de la luz. -¡Toma mi linterna! -le dijo Churubito. El ingenioso cazador puso un cigarrillo amarrado en el punto de su escopeta, con intención de alinear la blancura del papel y el bulto negro de la res espera- da. Buscó un aguardo en un gramal, pensando que sobre la blancuzca grama sería más exitosa su idea. Ni Daniel ni yo sentimos aquella noche un rabo, sí oímos un canutazo en tino del gramal. Churubito se disculpaba de su error al haber levantado excesiva- mente el cigarrillo y que el tiro se hubiese ido tan ba- jo. -¡Ya sé que, otra vez, tengo que agacharlo un poco! - y nos dio lecciones de cómo debía colocarlo correc- tamente en la punta de los cañones. ---------------------- Nunca cacé con otra persona que fuera tan hábil y persistente como Churubito. ¿Quién es capaz de de- safiar la fiereza de las sierras teniendo su clavícula partida? Supuse que se tomaría unas vacaciones, tras habérsela roto en un accidente doméstico. ¡Cual- quiera lo mantenía apartado de mí y de las verdiales!
  • 125.
    Arochones 125 -¡Que yo melas ingenio! ¡Que me voy contigo! -¿Entablillado? -Te explico: como no alcanzo las llaves de la escopeta, amarro un alambre al gatillo y la otra punta cogida a este dedo. ¡Tú descuida que, como se ponga uno en coca, lo va a pasar mal! Entró un cochino en su apostadero, y mi amigo se emocionó quizás más de la cuenta. Buscó el alambre que se le había escapado del dedo y notó que su ma- no derecha estaba alcanzando el final de la caña, ¡ha- bía dejado atrás las llaves y se había olvidado de que tenía la clavícula rota! La muerte del jabalí fue el hecho menos notable. ---------------------- No sé si conoces a algún cazador que haya matado de noche una res sosteniendo la escopeta con una sola mano. Fui testigo de esta historia: los jabalíes que salen de Maribarba han cogido la costumbre de campear en las grandes solanas que asoman al valle de la rivera Chanza: La Pava y Los Coloraos. A las solanas nos hemos venido y aquí estamos a tiro de dos coladas que tienen brillo. Veo a mi Churubito subido a otro alcornoque. El sol no ha alcanzado aún el oeste portugués cuando siento un leve regüelleteo por detrás de él. Veo cómo despliega lentamente sus
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    José Luis LoboMoriche 126 brazos, teme que el bornizo suene en el momento de volverse, y ha cogido la escopeta con la mano dere- cha, a modo de pistola. A tirones va girando su cuer- po hacia atrás, hasta que lleva los caños de su arma al sitio deseado. Una linterna, una escopeta, una incó- moda posición del cuerpo y muchísima emoción pe- san demasiado como para que el pulso no tiemble. Dispara…, carrera…, alcornoque abajo…, momen- tos de angustias. Luego, dos tiros innecesarios. -¿Me has visto?, ¡lo he matado de sobaquillo! ---------------------- En esta tarde seca de febrero de 2012 Churubito me enseña su escopeta. No le queda ningún hueque- cillo para que pueda labrar otra muesca en la culata, una por cada jabalí matado; en ciento cincuenta he dejado de contar, embelesado con sus historias. ¡Sí, idénticos trazos a los que el primitivo pintor-cazador dejó en la cueva de Altamira al lado de bisontes, ca- ballos y cabras!, ¿sería también una manera de contar las piezas abatidas en los valles santanderinos? -En esas larguísimas madrugadas sin oír ningún tosi- do, ¿en qué pensabas? -y espero que conteste que lo hacía en cosas sobrenaturales, en otros cielos, en Dios, en lo insignificante que somos los mortales. ¡No, para Churubito el acto más trascendental es la
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    Arochones 127 caza en símisma!, ¡ella compendia los principios de su religiosidad!: ‘Pienso en los jabatos, centrarme só- lo en ellos’. Es verdad, tanta concentración le traicionó más de una vez. De noche, tras ellos, todo se le transfigura en pieza deseada, una rama bajera de alcornoque…, una maceta de perdigón…, una estrella reflejada en el agua tan engañadora como si fuese un ojo que pes- tañea. La naturaleza muerta que rodea a mi amigo llega a engañarlo pero casi siempre Churubito era el engañador. Subido a una encina, se está comiendo un melocotón del que sólo le queda el hueso. Siente la nariz de un cochino que trastea la umbría desde hace más de una hora, y el singular cazador sabe que -irre- mediablemente- la pieza se va fuera de tiesto. Entonces simula que roe el hueso del melocotón, provocando que el cochino se pare y se vuelva hacia el ficticio hermano. Son las tres de la madrugada, una bala re- botada silba y se pierde en la lejanía. ---------------------- Churubito imitaba la naturaleza para hacerse él mismo elemento de ella, arrastra sus pies por la hoja- rasca para que el curioso y encendido cochino crea que es el pateo de alguna cochina que anda de levan- te, o rastrea -a media tarde- un cabezo redondo para que el jabalí espantado de sus pisadas se vuelva y
  • 128.
    José Luis LoboMoriche 128 corra hacia él, tras haberle cortado las intenciones de alcanzar los pinares. En sí esa técnica de arrastrar los pies es semejante a la usada por los lugareños del Co- to de Doñana en el siglo XIX, a diferencia de que el cazador marismeño -montado a caballo- se valía de algún conejo desollado para que una res lo venteara. ---------------------- Parece que su cuerpo tiene imán: para no exponer nuestros pellejos de predador, nos hemos colado en La Peñita con los mismos andares de la luna. Cada uno sabe dónde tiene que anclar sus pies. Él busca un alcornoque de caña alta, que le obliga a que tenga que amarrar una larga cuerda a la culata de su esco- peta y en la otra punta una piedra. La tira hasta que la cuerda queda enganchada en una rama. Trepa el ár- bol caña arriba y eleva desde el suelo la escopeta. No se oye ni una mosca. Me bajo de mi encina y barrunto la carrera y los bufidos de un cochino. Churubito, en el preciso mo- mento en que el bicho ha salido de estampía, acababa de dejar en el suelo la escopeta atada con la cuerda, ¡arma y jabalí juntos! Tira de la cuerda hacia arriba y la escopeta empieza a bambolearse en el aire. Ante el extraño movimiento, el animal salta bruscamente tras el objeto volador, ¡piruetas con la muerte! Cuando las
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    Arochones 129 manos de miamigo logran tocar la culata, el cochino ya ha alcanzado la colada. ---------------------- -¡Yo centro mis oídos en los jabatos, su proximidad me la anuncia mi cuerpo, me entra una presión aquí en el pecho, como si fuese un repeluco! Me cuenta una noche de repelucos, fue así: dos meses llevaba Churubito tras una de esas moles de nueve arrobas que rehúyen las manchas grandes y que se amparan en cualquier marrá cercana a un cor- tijo. Es -en singular porque escasean- el cochino ma- rraero, que pone el jato en donde menos piense el as- tuto cazador, el cochino de los cabreros, de los por- queros pero no del hombre con escopeta en mano. Todos los cortijeros de Jabaca y Tejadilla soñaban con matar al desvergonzado jabalí que salía y desa- parecía de estas dehesas por arte de magia. No entré yo en aquella guerra particular, no recuerdo por qué. Las encinas, los alcornoques, los quejigos, los fru- tales, los rastrojos, las coladas de las alambradas, las bañas embadurnadas con aceites quemados, los pantanillos, todo el terruño próximo a su cortijo te- nía pulgas. Churubito sabía que en un campo lleno de aguardos con pulgas es imposible matar una pieza de tanta categoría. Uno a uno los hombres que anhe-
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    José Luis LoboMoriche 130 laban hacerse con las molaeras y colmillos de aquel molondro se fueron aburriendo. -Es un cochino muy resabiado, con mucha astucia!, ¡sabe dónde pongo los pies! Tengo que convertirme en un tramposo, conoce todas nuestras triquiñuelas. Como el aire no se ponga de naciente, no hay tu tía. Desde el sitio donde creo que está echado se orienta de todos mis movimientos. Esta tarde el viento sí está solano, ¡voy a por él! Tengo que ponerme con sol y esperar, esperar. <<Cuando venía hacia la calzada donde tengo he- cho un comedero, habré pasado a diez metros de su cama. A las once y media siento unas pisadas por el barbecho de la ladera norte que tengo a mi derecha, se las achaco a una burra. ¡Eh!, ¡estos andares tan si- gilosos no son propios de bestias!, ¡el desvergonzado viene sin taparse! Tengo el cochino a quince metros del comedero, un error que cometa ahora sería decir- le adiós. Son momentos de aguante, aunque se me esté clavando un garrancho en las nalgas. Hora y me- dia de tensión, de dolor inaguantable. Roe los prime- ros granos de maíz, los salpicados fuera del alcance de mi escopeta. ¡Tendré que aguantarme los cos- quilleos de mi cuerpo para no encender a destiempo la linterna!, ¡sólo vería los lapos de la calzada! Se va adentrando en el comedero, sin dejar de masticar. ¡Ahora está! El zas del chorro de luz me presenta una
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    Arochones 131 mole quieta. Entrelas jaras sólo veo su jeta, calculo dónde tiene la cabeza y levanto la punta de los ca- ñones. Disparo y se queda echado. No me muevo. Espero. A los dos minutos suena un ronquido de muerte.>> ---------------------- No concluyas que todas las noches eran de fortuna y que todos los cochinos solitarios fueron nuestros. Se mata por rachas. Semanas enteras sin que nos ha- yamos encarado la escopeta, meses -a veces años- sin que nos hayamos enfrentado a un gran macareno. En esos días de fracasos ambos cazadores mantenemos intacta nuestra pasión. Pasión y destrezas: Churubito desiste de que esta noche violentemos el territorio de Maribarba, rehúye la amenaza de los chubascos tormentosos. -¡La tarde no está para tonterías! ¡Vámonos a la ri- vera, estamos a las puertas de casa! -¿A esos andurriales? ¡Con la luna que hace! -¡Por los bajos de Tejadilla andan un par de jabatos, ahí mismo nos quitamos el gusanillo! -¡Déjate de tanto gusanillo y vámonos a Maribarba!
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    José Luis LoboMoriche 132 ¡No me gusta la tarde!, ¡mira que estropeamos los aguardos! Media hora a pie y ya estamos en los huertos ale- daños al tramo alto de la rivera Chanza. Churubito se ha salido con la suya, empieza a chasquear agua. Si- guen múltiples rayos y truenos. Estamos amparados en un cortijo abandonado, a unos trescientos metros de la vega. La tormenta viene cansina, sin pretensión de aligerarse sobre el cielo gris de Tejadilla. ¡La tarde se va, que se ha ido ya! Oscurece y aún estamos ocul- tos de los rayos. Clarea por el oeste. Cesan los true- nos, no los chubascos. -¡Ahora hay una pausa! ¡Vamos a aprovecharla! -¡Si se ve menos que un panizo! ¿Nos ponemos a ciegas? Apenas vislumbro las altas copas de los chopos y álamos de la vega. A tientas, me subo a una encina gacha. Las ramas agitadas por el vientecillo de ponien- te sacuden los últimos goterones. El cielo deja de ser grisáceo y se cuela en él la espléndida luna. Me deses- pero con las ocurrencias de Churubito. Lo maldigo por haber malgastado la noche en unos corrales. Gasto el tiempo de la espera en mirar otros cielos y me olvido de que soy un predador al acecho. De pronto un sonido aireado me recuerda que soy caza-
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    Arochones 133 dor en lanoche: ¡la nariz de un jabalí! ¡Quizá el único que campee por esta alameda! ¡Olfatea bajo mis pies! ¡El destino de la tormenta! Apenas apunto. El grito de muerte me descubre que es una enorme jabalina. -Pepe, ¡hay que tener más fe! ¡Lo que está de uno!
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    135 ¡Tranquilo, Churubito! En díasfestivos, Churubito y yo nos refugiábamos en cortijos próximos a las cuatro grandes sierras que más frecuentábamos: Las Alpiedras, La Bájena, Mari- barba y El Bravo. Algunos estaban abandonados y otros eran de amigos y conocidos. En ellos pasába- mos los tres o cuatro días festivos, dispuestos a no darles tregua a los jabalíes ni de día ni de noche. Nos hemos albergado en un cortijo cedido por un amigo, allá por las tierras fronterizas de Las Alpie- dras. De día registramos las cañadas y encinares ale- daños al barranco Safareja; por la noche a la espera, y de madrugada al salto o a esa técnica de caza que lla- mamos vaqueo, cuando las reses buscan sus encames. Durante los tres días en Las Alpiedras yo también tuve mis aventuras con aciertos y mancornadas; pero contaré un episodio sucedido a Churubito, porque es digno de ser recogido: aún quedaba una hora de sol, de ese sol pegajoso de octubre que los serranos lla-
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    José Luis LoboMoriche 136 mamos veranillo del membrillo, cuando se sentó -en la tercera terraza de un barranquillo- sobre una pie- dra desde donde dominaba el vuelo de una encina verdial que estaba muy pateado por una piara de co- chinas. Primera noche: aguantó hasta la una de la madru- gada. Nada. Ni un respiro. Sólo palomas espantadas. A la mañana siguiente: ¡bellotas comidas! Segunda noche: dos horas más de espera, hasta las tres de la madrugada. Igual, ni un respiro, ¡más palo- mas espantadas y bellotas comidas! Tras haber registrado por tercera vez la encina ver- dial, coincidimos con unos amigos de Aroche que también pasaban aquellos tres días en El Brueco. Nos invitaron a que nos pusiéramos de aguardo con ellos. Yo acepté pero Fernando sólo pensaba en la verdial. -¡Esta noche no se comen las bellotas, van a tenerme allí hasta que salga el sol por la mañana! Así me cuenta su historia esta tarde seca de febrero de 2012: <<De retamas secas y jaguarzos verdes preparo el sentadero, con la idea de estar cómodo durante toda la noche. A boca de oscurecer se espanta una pitarra
  • 137.
    Arochones 137 de palomas torcaces,que están posadas en unos pim- pollos de la solana portuguesa. Sobre las once y me- dia me da el cuerpo que dos cochinas se han pegado por encima de mí. ¡Sí!, vienen -cañada abajo- ciegas a la encina verdial. Me incorporo, porque me doy cuenta de que van a salir por la misma terraza en que yo estoy sentado. Giro el cuerpo, haciendo tiro a mis pies. ¡No!, una de ellas viene por la terraza que está a mi espalda; a un metro pasará de mí, lo anuncia el viento solano que me da de cara. Como veo que los cañones de la escopeta estorbarán para que pase la cochina, meto la culata debajo del sobaco. Cuando el bulto está en cruz con los cañones, le doy al dedo. Co- rre terraza abajo. Echo la luz de la linterna hacia el regajo y no veo nada. A diez metros del tiro, un caño de sangre me anuncia que será mía. Tengo la certeza de que no se ha coscado de allí. Empiezo a recoger las cosas necesarias, que de an- temano preparé para aguantar durante toda la noche en vela. Cargo la escopeta y la pongo en el suelo, do- blo las mantas y las meto enrolladas entre los tiran- tes. En el instante en que mi mano izquierda busca la correa para colgarme la mochila, siento unos pasos por encima de mí. Pienso que será una de las cochi- nas que se habrá quedado aplastada. Cojo la escopeta y me da por echar la luz al tuntún, ¡de la altura del es- paldar de esta silla!, no te exagero, color tojo, mal
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    José Luis LoboMoriche 138 empelado, largo y alto, con un hocico que impre- siona, un cochino que infunde miedo. Miedo por su envergadura, por la soledad y el sitio que me cercan, porque no habrá ayuda de nadie, soy yo y el cochino bailarín, que se revuelve en la terraza mientras amue- la y castañea sus navajas babadas de espuma blan- quecina. De pronto echa las orejas para atrás y se pa- ra. Pero sólo unos segundos, porque enseguida em- pieza a bailar en dirección a la luz de la linterna: ‘¡Tranquilo, Churubito! ¡Apúntalo bien y asegúralo!’. Al verse sorprendido, se hace aún más feo, ¡como un diablo! ‘¡Tírale y ladéate para que pase!’. Le doy a las llaves, y el tirón me arrastra hacia delante, ¡la escopeta tiene echado el seguro! ¡La suerte del cochino! ¡La nervia, la nervia! ¡Que se me espanta!, ¡ahora lo tengo apuntado entre los dos ojos! Le doy a las llaves de nuevo con la creencia de que me lo cargaré; el tiro suena a cartucho con pólvora cascada y en un san- tiamén el cochino alcanzó, sin ni siquiera un raspo- nazo, la reserva portuguesa.>>
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    139 Instinto, razón, oídoy vista De Las Alpiedras nos vamos ahora a La Bájena pa- ra pasar otros tres días incordiando a los jabalíes. Es- te valle forma parte de un paraje repleto de tupidas manchas, dehesas de encinas y profundos barrancos, un lugar muy apropiado para que las reses se aque- rencien allí; pero también es sitio peligroso para el cazador atrevido porque el meollo del encinar está atravesado por un carril central que une las poblacio- nes de Gil Márquez, Almonaster, Cortegana y Aro- che, camino obligado para guardias civiles y vigilan- tes. Nos acomodamos en el cortijo deshabitado de Juanablanca, dispuestos a vivir tres noches y tres ma- drugadas a tope. Sólo disfrutamos de las correrías de la primera noche y de media madrugada, ¡a la una te- níamos abatidos un cochino y dos cochinas! -Fernando, ¿qué hacemos? ¿Cómo nos vamos a quedar tres días?
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    José Luis LoboMoriche 140 -¡Nos tendremos que ir a casa! ¡Lo malo es cómo salimos de la ratonera a estas horas!, ¡mira que nos la jugamos! -¡La noche ya está más que hecha! Habrá que esperar a que amanezca, y nos vamos por la cumbre de El Recio, así evitamos... -¿Por El Recio? -El carril está muy mal, pero no nos arriesgamos tan- to como por La Venta o por Aroche. -¿Y por El Vínculo? -¡Déjate de Vínculo!; no me fío de que en el puente de La Peramora esté alguna pareja de civiles; prefiero la cumbre, aunque tengamos que esperar hasta que... -¡Mejor será!, ¡a estas horas, las luces del coche van diciendo por dónde vamos! -¡Pues ya sabes!, ¡a aguantar hasta que salga el sol! -¡Entonces, nos pondremos otro rato!, ¿no? -¡Lo que tú quieras! -¡Yo me voy a la cerca de Puertotremés, elige el aguardo a tu gusto! Estoy puesto cerca de las tapias de un colmenar donde hemos dejado los tres animales muertos. ¡Las
  • 141.
    Arochones 141 cuatro de lamadrugada!, se me cierran los ojos y me esfuerzo por evitar la caída desde una alta rama. Suenan unas pisadas que vienen mancha abajo en di- rección a mi encina. Mi experiencia rechaza que sean de reses, más bien andares de gente atrevida. ‘¡Ea!, ¡pues voy a tener un encontronazo con los civiles!’, astutamente no me moveré, dejaré que la pareja pase por debajo de la encina, para qué van a mirar la pin- goya de un árbol. Encojo mi cuerpo con intención de hacerme menos visible. Un arranque y parada, ¡des- confío, así sólo anda el cazador que de madrugada persigue una pieza. Ningún haz de luz artificial ilumi- na el encinar; ¡desconfío aún más!, no sé qué ocurre tan cerca de mí. Al trasluz de unas jaras contorneo los caños de una escopeta que apuntan hacia un cielo de estrellas, detrás aparecen otros dos caños que mantienen la misma verticalidad. Me tranquilizo, una vez que ya les he puesto nombres a los dos caza- dores que asaltan la madrugada, ‘Seguro que son Franciscón y su hijo’. Echo la luz de la linterna a las dos figuras que entreveo, y ambos cazadores rebo- tan hacia atrás con tal ímpetu como si del más avisa- do cochino se trataran. Enseguida, los dos pájaros de la noche se percatan de que la luz baja inclinada des- de la encina, que los civiles nunca se apostan a estas horas tan intempestivas sobre una rama de árbol. Dejo la linterna encendida a sus pies para guiarlos hasta mí.
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    José Luis LoboMoriche 142 -¡De buenas os habéis librado! ¡Anda que si soy un novato! -¡Coño, pero si es Pepe Luis Lobo! -exclamó sor- prendido Franciscón. -¡Mirad qué montón de jabatos tengo aquí! -¿No te decía yo que me extrañaba no haber barrun- tado nada? -le dijo a su hijo. Muchas aptitudes son necesarias para moverse con soltura -a altas horas de la noche- por las sierras. Aquel experto cazador sabía lo que traía entre ma- nos, entró al encinar de Puertotremés al revés, desde el final de los manchones hasta las últimas veras del limpio encinar, con la intención de que las reses no se soliviantaran y creyesen que los dos andantes eran dos animales más. De este modo, con buen oído y teniendo memorizado el escenario, se arrojaron a en- cajarse encima de los jabalíes que allí campearan. Só- lo las circunstancias de que Churubito y yo hubié- semos roto el silencio con tres tiros provocaron que Franciscón y su hijo malgastaran una noche y una madrugada. ---------------------- A los cazadores que se mueven a oscuras por las sierras los achucha el instinto predatorio: saber mirar
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    Arochones 143 y estar siemprealerta. Así ocurrió una noche de es- pera en El Vínculo: hemos animado a un amigo, que anda poco ducho en este tipo de caza, a que nos acompañe. Nada. Noche en blanco. Suzuki aparcado en un lugar no muy lejano de las llanas dehesas de encinas. De regreso a casa, casi estamos alcanzando ya la cumbre de Las Pocitas; y, a unos cien metros de los faros del coche, ojeo lo que buscábamos. Freno y meto la marcha atrás. -¿Qué haces? -pregunta nuestro amigo, extrañado de tan brusca maniobra. -¡Que el carril está lleno de jabatos! ¡Rápido, desen- fundad las escopetas! ¡La nervia, la nervia! Churubito se baja del coche con intención de cortarles la huida hacia Las Pocitas. Creo que el novato recechero aún está buscando las ba- las para meterlas en su escopeta. Suenan dos tiros en vano -pero eso es lo de menos de esta historia que indica cómo al buen cazador le hierve la sangre. Aquel nerviosismo reflejaba nuestro afán de matar, ¡el necesario instinto predatorio que es tan viejo como la propia caza! ---------------------- Los jabalíes, en cambio, ante cualquier indicio de que el cazador haya puesto en funcionamiento ese
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    José Luis LoboMoriche 144 instinto, reaccionan con su ocultación. Acabo de su- birme a una encina de escasa copa, haciendo tiro a una baña próxima a uno de los portillos de una cerca de pared, en unos manchones de tojos y aulagas, a medio camino entre El Vínculo y El Cañuelo. El sol está aún muy alto. Churubito se decide por otro de los portillos, a mi izquierda. Nunca había sido testigo de ese afán y necesidad que tienen los animales salva- jes para no darle la cara al cazador: seis o siete co- chinas han salido del manchón a toda pastilla, una tras otra, y se han colado en el encinar por uno de los portillos de la cerca, a mi derecha. ¡Nos quedamos sin jabatos! No ha trascurrido medio minuto desde las veloces carreras, cuando -como meteoros uno tras otro- han regresado de nuevo al manchón. ¡Te- nemos jabatos! Enseguida comprendo que Fernan- do, al irse a poner de aguardo, les ha echado el vien- to, y tratan de salirse de la mancha antes de que ten- gan un tropiezo. Al llegar al final de la cerca, se han topado con el rastro fresco de nuestras pisadas; dan una brusca rebotada y se olvidan de que huían de unos cazadores. Se han refugiado de nuevo entre to- jos y aulagas, mandados por un instinto que trata de salvarlos de un inminente peligro. Después, la razón se impondrá una vez más. ----------------------
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    Arochones 145 Instinto, razón, oídoy vista agrupados en dos amigos para formar una singular especie de cazador: hemos dejado el Suzuki en la cochera de El Galindo, a la vera de la carretera que une Cortegana y la aldea de Montepuerto. Cuatro kilómetros nos distancian del lugar donde prevemos poner los pies. Subimos, apartados de los caminos, hasta la alta cumbre del sistema montañoso que busca el poniente. Aquí los senderos se rochan hacia El Galindo y La Torre. No- sotros nos mantenemos en la cresta de la montaña buscando también la cara de poniente. Nuestro ami- go, el pastor de El Galindo, nos informa de su sole- dad en los alcornocales. Ningún contratiempo. Ense- guida avistamos la cimbra de Maribarba. -Fernando, ¡allí hay un tío! -¡Si yo casi no veo la cumbre! ¿Cómo vas a ver desde aquí un…? -¡He visto su gorra cuando se ha movido!, ¡créetelo! -¿La gorra? -Sigue la vista desde el cortijo de Maribarba a la de- recha, ¿no hay tres chaparras? ¡Entre la segunda y la tercera está, detrás del escobón que sobresale! -¡Que no, que no lo veo! -¡Ya lo verás!
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    José Luis LoboMoriche 146 Desde El Galindo hemos saltado a la umbría de la fuente de Maribarba desde donde le presento al pa- lomero de turno. -¿Qué? ¿Estaba o no estaba? -¡Si no lo veo, no lo creo! ¡A casi un kilómetro! Fue una mostración de agudeza visual, le sigue el uso de la razón: el alcornocal donde pensábamos po- nernos de aguardo está recién arado, ¡malo, no nos gustan las calvas de monte! -Pepe, ¡la jodimos!, ¡tanto limpio! -¡Tenemos que pensar en alguna jugarreta de las nuestras, no creo que pasen tan campantes por estos barbechos! ¡Tienen que salir de la mancha, lo que no sabemos es a qué hora ni por dónde! -¿Qué hacemos? -¡Mira ese rodeo de monte que han dejado por arar! -¡Pues yo no veo las encinas! ¡Si sólo hay pedruscos!, ¿qué van a comer ahí? -¡Bellotas pocas! ¡Fíjate en su situación! ¡Seguro que se amparan en él, les cae muy bien antes de alcanzar el alcornocal! ¡Hazte caso, ese cabezo es un embudo!
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    Arochones 147 -¡Si tú lodices! ¡Venga, una noche se pasa en cual- quier sitio! En efecto, la razón se impuso. Sólo el error que co- metimos en la disposición de nuestros aguardos evitó que en ese cabezo sin árboles no cobráramos el co- chino que trató de ventear el limpio alcornocal, pero durante las dos lunas siguientes más de una docena de jabalíes matamos en aquel jaral. Falta que unamos el oído a la razón y a la vista: de regreso hemos cogido el mismo caminillo. Fernando me señala con la mano dónde ha resoplado un co- chino, dónde tose un marranchón o en dónde ha so- nado el rodar de una piedrecilla. -¡La umbría de la fuente está a tope! ¡Hay una piara a media barrera! ¡Para la cumbre no pueden irse por- que el alcornocal está recién arado, tienen que cruzar la trocha y descolgarse al barranco! ¡Vamos a aguan- tar, que las tiramos. -¡Son las doce, muy temprano! ¡Duro con ellas! -¡Yo en esa curva me quedo; aplástate más allá! Las doce, la una, las dos, las tres de la madrugada y para mí la umbría de la fuente sigue tan muerta de sonidos que, contagiado de tanta quietud, cabeceo
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    José Luis LoboMoriche 148 varias veces. Con repetidas chupadas al cigarrillo, Churubito me anuncia que ha roto la espera. -¡Yo no he oído nada! -¡Tú estás sordo! ¡Un cochino lleva ya tres horas traqueando las cochinas! ¡Si aguantamos hasta que de- jen la umbría, no tienen cuartel! ¿No ves que están obligados a pasar por aquí? -¡Por mí, hasta que amanezca! ¡Siéntate y fúmate un cigarrillo tranquilamente! No se fuma uno sino varios. Se me cierran los ojos y cabeceaba de nuevo cuando Churubito me golpea con el codo. En efecto, aguzo los oídos y ahora sí que percibo las pisadas de un cochino. Calculo que estará a unos cuarenta o cincuenta metros de noso- tros y que ya ha dejado de traquear las cochinas. Miro el reloj, ¡las cinco de la madrugada! Repentinamente inicia una arrancada hacia los bajos de la umbría, ha- cia nosotros. Sin habernos dado una orden, hemos levantado nuestras escopetas y las mantenemos alza- das, sesgados nuestros cuerpos hacia la curva de la ancha trocha por donde habitualmente se descuelgan a la hoya que está a nuestras espaldas. Tampoco he- mos acordado que hayamos encendido las dos lin- ternas a la vez. Ni incluso que suene una sola detona- ción que provoca que al cochino no le dé tiempo de
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    Arochones 149 asomar la cabezaentera a la trocha. Se oye un ron- quido de muerte seguido de varias patadas. Ese saber esperar de dos cazadores en la madru- gada fructifica en el momento justo de matar un ja- balí al alimón. En esta técnica de caza Churubito y yo estamos perfectamente compenetrados para sufrir juntos y vivir las aventuras sin desánimos. ---------------------- Hemos dejado dos aguardos preparados en el en- cinar de Puertotremés, en ese paraje peligroso del que ya he hablado. Nos hemos arriesgado en demasía al dejar el coche escondido en una cerca de pared que está a la vera del carril central. Pertrechados de todos nuestros avíos nos disponemos a coger la tro- cha que nos lleve hasta las encinas elegidas. Apenas he andado unos metros cuando -con un silbido flojo- Churubito me advierte de que oye, en tino del cortijo de Juanablanca, el ruido de una furgoneta. Escon- demos los arreos y las escopetas en el interior de una marrá, y nos quedamos cerca del carril, con intención de comprobar quiénes son los visitantes de la media tarde. -¡Vaya, la jodimos! ¡Son los socios del coto! -¡Huy, Pepe!, ¡en qué lío nos vamos a meter!
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    José Luis LoboMoriche 150 -¡Tranquilo, que ellos vienen a ponerse de aguardo!, ¡que tampoco están autorizados! En efecto son cazadores de Aroche, que tienen arrendado el coto de La Bájena. Aunque es gente co- nocida, a uno de ellos no le hace gracia que frecuen- temos estos parajes. Empieza el tira y afloja para in- sinuarles si Churubito y yo podemos recechar allí. -¡Que no, que este terreno lo tenemos nosotros arrendado, que nos cuesta un dinero! ¡No queremos que nadie se ponga de aguardo, porque esto es el co- ño de la Bernarda! Ya sabes, excusas, impedimentos para quitarnos del medio. A las seis de la tarde empiezan a caer unos goterones que presagian que la noche chascará agua. -¡Anda que les zurzan, y que se metan La Bájena en donde…! -¡Pepe, ¡vámonos, yo no quiero problemas! Nos montamos en el Suzuki y tomamos el carril central que pasa por delante del cortijo La Venta de Gil Márquez. Tengo que poner en funcionamiento el parabrisas del coche, y Fernando se queda momen- táneamente compungido porque la tarde se ha me- tido en agua.
  • 151.
    Arochones 151 -¡Vamos a echarlevalor! ¡Tú descuida que nos po- nemos de aguardo! -¿A estas horas y con lo que está cayendo? -¡Mira qué situación tan buena tienen aquellas enci- nas soltizas, a la izquierda del carril! -¡En esas encinas va a ser! ¡Con equipo de agua y to- do! Sin haber visto ni siquiera la huella de una pisada, nos hemos colocado en un regajo a tientas o quizás oyendo los dictámenes de la intuición de dos pre- dadores. En Puertotremés no ha sonado ningún tiro durante la noche. Seguramente los rececheros del coto no le hayan echado el suficiente coraje a las cortinas de agua que han barrido el valle. A las once de la no- che Churubito afina los oídos para asegurarse de que el ruido que barrunta bajo la encina donde está subi- do no es provocado por los goterones de agua. Esta vez el tiro suena muy bien. ---------------------- Al igual que el mago de cada rincón de las sierras, las aptitudes físicas nos dan y quitan a su antojo. Mi vista me ayuda a matar pero mi oído apenas me fa- vorece. Me desespero por haber aguantado cinco ho- ras con los ojos tiesos sobre la cruceta de una encina
  • 152.
    José Luis LoboMoriche 152 que descuelga el ramaje a la hondonada de un ba- rranco de Maribarba, sin haber barruntado la piara de cochinas que ayer ensoñé, cuando vi por primera vez el vuelo tan pateado y lleno de cascajos de bellota. ¡Ha llegado el momento de bajarme y decirle adiós a mis emociones!, necesito liberarme de los orines acu- mulados, no aguanto más, orino desde la encina y el chorro de meado cae caliente en la hondonada, qui- zás sobre el lomo de una de las cochinas esperadas. Hurran y me desespero aún más.
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    153 Juego de luces Historiasde coraje, de constancia, de saber sufrir, de exponerse y de muchas más cosas. Ahora contaré la escena más bella que habla de la perfecta compe- netración de dos cazadores en la madrugada: la fase de luna nueva no se ha iniciado y la noche se anun- cia negra con una única sombra en la vega que se- para la umbría Las Estercadillas de la solana La Peñi- ta. Tres horas a pie desde Jabaca hasta que hemos al- canzado, a la puesta de sol, dos portillos de la cerca que precede a esta ancha vega, un lugar privilegiado para quien ama y se emociona con los misterios que encierra la caza de noche. La vega, bañada por la ri- vera Alcalaboza, está enmarañada de vegetación: en- cinas, higueras, alisos, chopos, alcornoques, parrales, mimbreras y un cerezo que le da nombre. La cerca está abierta por ocho o diez portillos por donde los animales se cuelan de campeo en la solana, y en su rincón izquierdo aún se mantienen en pie tres za- húrdas. Detrás de varias higueras alineadas paralela-
  • 154.
    José Luis LoboMoriche 154 mente a la rivera se alza una barrera empinadísima de solanas entreveradas de prieto monte mediterráneo, por donde las reses han trazado trochas que sortean los rochos. De aguardo allí, con el sol aún iluminan- do doradamente las ramas punteras de las higueras, se me asemeja a un bosque animado por pájaros car- pinteros, abubillas, mirlos y rabudos. Luego, los pája- ros se enmudecen. Esta tarde sólo disfruto de sus úl- timos trinos de recogida, y enseguida centro mi men- te de predador en la espera. Es el momento en que se despierta una comadreja a la que se le antoja su- birse a la gigantesca encina donde yo estoy encara- mado. Dos ágiles predadores cara a cara, indiferentes uno del otro, porque los dos buscamos piezas dis- tintas. La comadreja se extraña de mi figura sentada sobre la trepa, se queda un instante inmóvil e inme- diatamente gira su elástico cuerpecillo y retorna a tie- rra tronco abajo. Como Pepe Luis, está al acecho de una presa; yo con una escopeta y una linterna liada a los cañones, ella guiada sólo por el instinto de so- brevivir. Salta, como una pantera, al interior de un vallado de zarzas y sale victoriosa con un lirón entre los dientes. Hace, pues, carne. Ahora falta que el se- gundo predador no se vaya de vacío. Enseguida el maravilloso bosquejo se queda sin vida, cautivo en la negrura.
  • 155.
    Arochones 155 Llega el momentoen que mi fina vista no sirve pa- ra nada. Churubito juega con ventaja. Fácilmente él sabe -con su envidiable oído- qué ocurre más allá de su alrededor, como si gozase del don de subirse a cualquier pino de la umbría, de colarse por entre las hondonadas de los barrancos o aplastarse bajo el so- litario castaño del collado, ascender incluso a la cum- bre de Las Estercadillas o achantarse tras el cañaveral del callejón de la aldea. Yo, en cambio, no tengo oí- dos tan agudos con los que pueda moverme del por- tillo. Estoy vetado a desplazarme a mi antojo; an- clado, no me coscaré, de ese privilegio sólo él dis- fruta. Empiezo a gastar la noche de espera alargando la vista hacia la estrella más brillante, sigo un destello viajero con luces intermitentes o dibujo extrañas fi- guras en la parte más nebulosa del firmamento. No oigo ningún respiro por parte alguna, y la humedad de la rivera me obliga a apretujarme con la manta. Sé que estoy en un buen sitio de pastoreo y que los hi- gos pasados que aún resistían en las últimas ramas se caen ya al suelo, ¡demasiados golosos como para que, a las diez de la noche, no hayan recibido visitas! El aire sopla de poniente y va rivera arriba, por tanto no es excusa para tanta tardanza. Seguro que la habrá, ¡la desconozco! Enciendo la linterna, tapo la luz con mis manos y miro el reloj: las once y media. Nada. ¡Qué mal huele
  • 156.
    José Luis LoboMoriche 156 esto!, y vuelvo a liar mi cuerpo con la manta. Si no hubiese comprobado que los musgos del tronco de la encina donde estoy subido están intactos y no han sido restregados por las botas de cualquier cazador al engatinarse a ella, desconfiaría de que alguien se me hubiera adelantado. No existe señal de que malos re- cecheros estén empicados a ponerse junto a los porti- llos. Quizás algún novato cazador haya hecho el aguardo en los mismos pies de las higueras. Enton- ces sí que su error habría sido causa de resabio, por- que la cercanía del cazador a la barda de vallados no le permitiría ningún campo de tiro. No he vuelto a mirar el reloj, supongo que serán las doce de la noche. De reojo veo a mis espaldas có- mo un latigazo de luz artificial barre la empinada so- lana y alcanza la cumbre. Enseguida, en movimientos lentos de zigzag, se desplaza lateralmente con cons- tantes oscilaciones hacia la vega. Giro el cuerpo y me quedo de frente a la barrera. Nada. No oigo nada. Sólo extraño los golpes de luz en la media noche, sé que parten desde el portillo que Churubito cubre y que él no es amante de dejar rastro por donde pase. Seguro que mi astuto amigo algo está tramando. Los latigazos son ahora más nerviosos. Pienso. Antes de afinar mi mente, siento a mi derecha la nariz de un cochino. Levanto la escopeta, la dejo a la altura de la cara sin acercarla y coloco la mano izquierda sobre la
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    Arochones 157 llave de lalinterna. Entre unas matas que yo domino está parado, ¡a quince pasos más o menos! Ya no sacude la nariz, pero aún está ahí. La luz de la linter- na de Churubito ahora no oscila, está fija en la barre- ra. Alumbro los matojos, y se me descubre -de la mi- tad hacia delante- el leonado cuerpo de un cochino. No se inmuta con el engaño, mira desafiante el cho- rro de luz y se mantiene en cruz conmigo. Apunto a placer por detrás de las orejas y disparo, ¡se hace ma- tojo sin vida! La luz que batía la barrera se apaga. Ha dado la última patada de muerte, cuando la candela del cigarrillo de Churubito ondula, por el interior de la cerca, hacia mí. -¡Dame la mano, porque esto es matar entre dos! -¡Esta noche tú has puesto más carne en el asador que yo! ¡Si no es por ti…! -Cuando vi que alumbrabas las veras de la pared sa- bía que habías vuelto tu cuerpo hacia la vega y que habías comprendido perfectamente mi jugarreta. -¡Ya nos conocemos de sobra! -Sobre las once se coló una piara de cochinas. Las putas no quisieron saber nada de higueras y saltaron muy decididas a la solana. Ahí no se han parado, tie- nen que estar empicadas en las higueras de El Hu- rón.
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    José Luis LoboMoriche 158 -¡Qué desastre de oído! -¡Iban sin apenas apoyar las pezuñas sobre la tierra! Pues nada, se colaron y allí estarán. Este cochino traía las mismas intenciones que ellas: cruzar la rivera y dejarnos a los dos plantados. Tal como pensé ha salido: ‘Ahora echaré la luz enfrente y..., seguro que desconfiará y se vendrá a tomar los portillos…, y el portillo por donde se va más tapado es el de Pepe Luis’. -¡Me supuse que algo estabas tramando! -Al ver la luz de tu linterna fija y con tanta inclina- ción sabía que te lo había echado a los pies. Pocos cazadores usan esa astucia, y ahora con más picardía tenemos que salir de la vega con un cochino de cinco arrobas terciado en un palo hasta que al- cancemos la cumbre de Las Pocitas. Cuestión de ol- vidarse de las prisas, de que el palo cimbreante se cla- va en los hombros, de que es madrugada sin luna. Es preferible que recordemos que las luces de la linterna y del coche alcahuetean nuestros andares. La claridad del alba llegó a Jabaca antes que nosotros dos.
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    159 Esfuerzos Actores y testigosúnicos de escenas irrepetibles, que cada uno se cuenta a sí mismo en noches de des- velos. Contenerse el ansia de narrar a los demás las aventuras y desventuras vividas nos ayuda a que sea- mos constantes descaminos. Silenciar aventuras cues- ta, porque la vida es contar lo vivido. Quizás por ello, a mis sesenta y tres años y apartado de estos trances, desee no ocultar los esfuerzos que ambos derrochamos: noches enteras en cualquier rincón de las sierras sin haber oído un respiro. Andar, fuera de veredas, la decena de kilómetros que distancia Corte- gana de la cumbre Estercadillas…, preparar el come- dero con maíz…, esperar, esperar…, coger nuestros avíos…, y caminar otra vez con las ilusiones intactas durante varias horas salvando las dificultades de los barrancos. Por fin alcanzamos la cumbre y se nos re- vientan las emociones al sentir las rebotadas de los jabalíes que comían tranquilamente el maíz echado. Esta vez de nada nos sirvieron los esfuerzos y enga-
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    José Luis LoboMoriche 160 ños. Regresamos derrotados a Jabaca sabiendo que mañana sería otro día y que la caza es dificultad. ---------------------- Si quedé en recoger al invitado, al que ayudé a que se subiera a un altísimo alcornoque de La Caballona, y en el oportuno momento me topo con una piara de cochinas, me olvido -no digo yo de un amigo- sino del lucero del alba. -Pepe, ¡que son las cinco de la madrugada y quedaste en venir a las doce! ¡Tarde me cogéis otra vez! -Quico, ¡la culpa es de los jabatos! ---------------------- Tarda en borrarse de mi mente la supuesta imagen de un cochino que estaba a diez metros de mí, que con decisión se ha orillado entre las adelfas de La Al- calaboza y bebe de sus aguas. Oigo los sorbetones e incluso adivino la posición inclinada que habrá adop- tado cuando encoge las manos y mete su trompa en el charco. Me embeleso y el tiempo que me brinda se escabulle, ¡creí que me ofrecería el cuerpo entero res- tregándose sobre la corteza blanquecina del pino que destila resina! Me engañó el puñetero. Retrocedió al interior del negro jaral con la barriga hinchada. Es- fuerzos para nada. Mañana será otro día.
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    Arochones 161 Son las cincode una tarde grisácea y fría de no- viembre. Acabo de subirme a una encina situada en medio de una mancha que los lugareños llaman El Chino. Razones hay para que con tanta prisa la haya trepado: he usurpado el territorio de sus encames, un lugar en donde no necesito que la tarde caiga venci- da. He invadido un rincón casi impenetrable y seguro para ellos. Otra vez razón e instinto enfrentados. El vuelo que coge la encina está lleno de cascajos, de matas tronchadas, de cagadas, de polvo, ¡el suelo tiene brillo! El enclave de la encina es propicio para que el inoportuno cambio del viento, a la hora de la puesta de sol, no me estropee la espera. ¡Menos mal que ya estoy subido! Apenas son las seis de la tarde y varias cochinas traquean la mancha sin tapujos. Es más, diría que son escandalosas, que se trompean mutuamente y que no se aguantan los gruñidos. Res- pingan y apenas comen. No las veo aunque estén tan cerca, se alejan, se alejan más, retroceden, se acercan, aún más cerca. Gruñen de nuevo, respingarán o yo qué sé. Razón e instinto en tensión. Las seis de la tar- de se hacen las siete, las ocho, las nueve y las diez. Nada. Pienso que saben que estoy aquí. Traquean to- dos los rincones menos uno. Tienen que saber que soy yo quien pretende vencer sus instintos; parece imposible que no estén sacando más brillo al suelo de esta encina. Pienso, pienso, sin alzar la escopeta. Llegan las once, las doce. Empieza la madrugada. ¡Ni
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    José Luis LoboMoriche 162 ésas! La una, las dos, las tres. No se han ido, ¿espe- rarán a que yo me baje para comerse las bellotas que chorrean desde las altas ramas? No me dan tregua ni siquiera para que mis ojos intenten cerrarse. Enga- ñan. Consienten y nada. Se va apagando la madruga- da. Las cuatro, las cinco, las seis. Siguen consintién- dome. No sé si tengo culo, estoy como encartonado. Quizás me haya hecho rama. Se alejan, se alejan más. Ya es hora de que me baje y olvide, de una vez, que soy objeto de su juego. Incordian, vuelven y jugue- tean. Se va acabando la madrugada. Da igual. Espe- raré el amanecer o lo que haga falta. Despunta el alba y más albores. El sol abandona el naciente e inicia el vuelo. Miro el reloj: son las nueve de la mañana. Ya es hora de que regrese a casa aunque sea de vacío y derrotado por el instinto.
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    163 Nieblas El peor enemigodel cazador nocturno es la niebla. Ante ella no vale la memorización del campo, ni la mata es mata ni la trocha es trocha. Todo se trans- forma en un amorfo cabezo, en el que he entrado confiadamente y en donde, de pronto, se han cerrado las puertas de salida. He violentado un territorio sal- vaje, guiado por una trocha que yo no he abierto, y espero impacientemente a que venga a mí el cochino que días antes espanté. No oigo nada, pero sé que es- ta noche restregará el lomo embarrado sobre el tron- co de la chaparra que yo domino. Resisto las minús- culas gotitas de agua que se adhieren a la lana de mi chaleco. Poco a poco voy convirtiéndome en ele- mento neblinoso sin ser consciente del peligro de es- ta invasión gaseosa que gana cada vez más terreno a la meseta de Las Pocitas. Se ha tragado la marrá de coscojas y también la calzada que tenía junto a mí. Nada me impulsa a que abandone la encina. Aguan- to, ¡vendrá! Ya no somos yo y el paisaje, como si los
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    José Luis LoboMoriche 164 dos hubiésemos dejado de ser. Ni entreveo la cha- parra embarrada ni el vuelo y las ramas de mi encina. Es más, ni siquiera veo la escopeta que sujeto con mis manos. No sé si empiezo a sentir algún miedo. Aguanto, ¡vendrá! En cambio ella no se aguanta es- tática, avanza y avanza. ¡Sí!, ahora, tengo miedo de haber invadido un territorio al que sólo se entra y sa- le por una estrechísima trocha abierta por el instinto. Algo me impulsa a que me baje de la encina rápido y me ausente. Descargo la escopeta, me cuelgo la mo- chila y salto. Enciendo la linterna y busco con la luz las punteras de mis botas, ¡los rayos no llegan a ellas! Intento serenarme, orientarme, ¿con qué brújula? No quiero dar un paso en falso pero lo doy. Ya no estoy bajo la encina ni al lado de la chaparra embarrada. Apago la luz de la linterna porque las pilas se están agotando igual que la serenidad, el valor, el coraje, la razón…, todo menos mi instinto de conservación. Ahora necesito ser más jabalí que nunca, tengo que salir, como sea, de este infierno sin luces, ¿y la tro- cha? ¡Tengo que encontrarla! Enciendo de nuevo la linterna, ¡los rayos tampoco alcanzan el suelo! In- tento recomponer el ánimo, recobrar la serenidad, el valor, el coraje y la razón. Otra vez la lucha. ¿Dispa- ro? Quizás Churubito esté intranquilo por mi tar- danza y me oriente con dos canutazos. ¿Y si él tam- bién ha sido engullido? Saco de mi escopeta los dos cartuchos y me arriesgo a seguir el camino difu-
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    Arochones 165 minado que trazami mente. Enciendo por tercera vez la linterna. ¡Necesito salir, aunque sea a ciegas, de este infierno! No sé hacia dónde se han encaminado mis pisadas; a mis pies no hay ya paisaje alguno, se ha borrado. Soy más descamino que nunca, no tropiezo con la trocha, ando y me desnorto más. Me encorajo echando mi cuerpo encima del barbasco que me re- tiene. No cuento las veces que caigo. La linterna se desvía de los caños, opto por desliar las gomillas que la sujetan y llevarla en una mano. Noto que el des- nivel del terreno desplaza mis ciegos impulsos hacia abajo, sin saber yo dónde está ‘ese abajo’. No retro- cedo. Apago la linterna y paro ante una barda de va- llados. Emplazo las zarzamoras, ¡sí, estoy en el ba- rranco que se inicia en Las Pocitas y que alcanza La Alcalaboza en tierras de El Vínculo! Cada vez estoy más lejos de Churubito, es imposible que retome los malos pasos que ya he dado. Me encorajo más y dejo la luz alumbrando los vallados, apenas vislumbro las puntas pinchosas que se clavan en mi cara. Tras las zarzamoras corre el agua que busca el callejón de El Hurón; si logro bajar hasta allí, casi la habré vencido. El barranco corre a mi derecha, es cuestión de que no abandone las zarzas que constantemente hieren la piel de mi cara. ¡Eso haré! Para qué contar los bata- cazos. Cada vez caigo desde más altura, igual que el agua al salvar los terraplenes. Me figuro el paisaje, es- toy inmerso en el pétreo cabezo que protege la aldea
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    José Luis LoboMoriche 166 de los vientos norteños. Ahora me resultará impo- sible recular hacia Churubito. Alumbro mi reloj, ¡las dos y diez, llevo dos horas tragado por la niebla! ¡Lo que faltaba!, las pilas apenas tienen vida, la tenue luz que escapa por el faro es cada vez más amarilla. No obstante, la dejo encendida y con ella voy apartando las zarzas que se inclinan hirientes hacia mí. No me duelen los arañazos ni me quejo de los tumbos. Res- piro de alivio ante un claro matorral que se abre ante mí sin el constante castigo. Reconozco este rincón, casi alcanzo las casas derrumbadas de los Terreros y de Julián. Quizás esté ya en medio de la callejuela empedrada, no piso las piedras clavadas por los al- deanos, sólo escombros que hablan de la barbarie de algunos hombres que destruyen a su antojo lo levan- tado trabajosamente por otros hombres hermanos. ¡Es un tipo de caza más cruenta y cómoda que ésta! Con el último batacazo ruedo hasta el callejón de pe- druscos que lleva a El Hurón. Miro el reloj: ¡las tres! Ya no tendré enemigos, con los ojos cerrados cami- naría hasta los pies de Churubito. Abro la cancela de Las Pocitas, donde mi amigo me espera. -¿Te has ‘enajenao’? ¡Me imagino lo que habrás pasado! ¿Tú sabes qué hora es? ¡Son más de las cua- tro! -¡La puta niebla!
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    Arochones 167 Es bella yenvolvente pero a veces me roba la ra- zón y origina que me sienta partícula dentro de ella. De rececho en Las Pájaras es como si cazase en mi casa. La traicionera -distinta traición de la humana- ha provocado que ambos nos hayamos perdido en nuestra propia casa. Nos hemos juntado, a la una de la madrugada, bajo el quejigo en que habíamos con- venido, oculto ahora entre las bajas nubes. Vueltas para allí, para allá, para este lado, para el otro, ¡sin trocha ni callejón a nuestros pies! -Fernando, ¡que hemos perdido la trocha! -¡Eso digo yo! ¡A quién se le diga que perdernos en Las Pájaras! Las manecillas de nuestros relojes se mueven me- cánicamente con más sentido que nosotros: ¡la una y media!, ¡las dos!, ¡las tres! Por fin veo, lejanas y difu- sas, unas luces mortecinas que se adivinan en el hori- zonte, entre la niebla. -Pero, ¿adónde hemos venido a parar? ¿Esas luces son de Gil Márquez? ¡Si en esa barrera no hay ningún pueblo ni aldea! -¡Gil Márquez no puede verse desde aquí! -¡Pues buenas las hemos hecho! ¡Anda que la noche que nos espera!
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    José Luis LoboMoriche 168 Mientras cavilamos sobre la situación del lejano alumbrado, vemos dos focos de luz que -en lentísima lucha- consiguen moverse. -¡Tiene castaña la cosa! ¡Aquellas son las casas de Montepuerto, y ahí va un coche por la carretera! ¡La aldea de Gil Márquez está hacia el sur, en una profunda hondonada! ¡Nosotros creemos verla al norte, en la cresta de las solanas de La Pava!
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    169 Peligros -¡Hoy montean LaCaldera! Cuando cuides el ganado, coge tus tiestos que nos vamos a visitar a nuestros amigos de Tronca -¿recuerdas, lector?, aquellos que remataron magistralmente una res. -¡Pues, a Tronca! La gran familia nos recibe como hermanos. Menos la madre y nuera todos van de montería a la mancha de la umbría de La Caldera, que se domina desde el umbral del cortijo. -¡Lo sentimos! ¡Pero no podemos acompañaros! ¡Yo voy de postor y los muchachos van con los perros! - nos anuncia el padre, ayudándose con una trompe- tilla apoyada sobre el agujero de su garganta. -Padre, ¡ellos saben buscarse la vida! ¡Ahí veis la sierra!, ¡toda es vuestra! ¡Si matáis algo, aquí tenéis el cortijo! ¡En esos bajos de las tres barrancadas no ponen
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    José Luis LoboMoriche 170 puertas, cierran por la cumbre, por la linde de El Vínculo y por allí enfrente! ¡Así que vosotros allá! Nos estamos jugando la vida, justo en mitad de la barrancada hasta donde alcanzan las balas disparadas por los monteros en la armada de la cumbre. No so- mos conscientes del peligro que conlleva haber inva- dido un territorio casi inaccesible, nos sentimos li- bres y felices. Para salvar la hondonada y dominar con nuestras escopetas varios metros de monte claro, nos hemos subido a dos alisos ahogados por la zarza- parrilla y el matarotaje. No hay momentos de espera ni de tregua entre las venideras emociones, los jabalíes relampaguean por delante de nosotros. Con el segundo disparo de Chu- rubito, una jabalina gruñe de muerte. Mi primer dis- paro también provoca que un cochino navajero rue- de -sin gruñido- hasta el correntón de la barrancada. Más disparos, más gruñidos de muerte…, hemos cobrado tantas reses como los cincuenta monteros que cubrían con sus puestos la alta cumbre Monte del Medio y la linde oeste de El Vínculo. Después erramos gravemente al no entregar las piezas cobradas a los organizadores de la montería, y una a una llevamos las reses desde la barrancada has- ta Tronca…, mucha carne…, mucha sangre…, mu- chos hurtos…, desvergüenzas…, y demasiadas emo-
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    Arochones 171 ciones descontroladas. Tantamuerte no nos sacia, y todos acatamos la orden del padre: -¡Todavía nos da tiempo de pegarle un picotazo a Puerto Cañón! ¡Porque ya son las cuatro y media; si no, echábamos entre los cinco El Vínculo entero! Con el sol puesto los perros laten en las solanas y de nuevo gruñe una jabalina por heridas de bala. Oscuro y bien oscuro, los cinco cazadores insaciables nos adentramos en El Vínculo a vivir la madrugada. ---------------------- A veces bordear el peligro conlleva una caída. Un compañero de aventura ha herido una res, me lo di- cen los ladridos bastos que retumban en la barran- cada de la umbría El Choto cercana a Portugal. No se inmuta el cazador ni le hierve la sangre. Quizás no lo sea, sólo un contador de historietas en un salón. Me hostigan las llamadas de predador y corro -lomero abajo- hacia la barrancada. Paso por delante de quien ha disparado. Sigue allí inmóvil, sin sangre, bien apuesto con rifle en las manos y con facha de voci- ferar sus miedos. Dos perros ladran, tienen la res aculada, lo sé. No he oído ningún gruñido, señal de que es un cochino impasible ante el dolor o una co- china muy entera aún. Mientras corro hacia la hon- donada, veo cómo las puntas de los vallados se
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    José Luis LoboMoriche 172 mueven, ¡será mía! No presiento el peligro ni razono, voy ciego. Un inoportuno tropezón me arroja al co- rrentón del barranco. Momentáneamente me hago figura de vallado a cinco metros de una mole salvaje. Está aculada a la torronta, las enormes orejas encam- panadas y las cerdas del lomo levantadas, la misma estampa que de niño contemplé en un libro de caza escrito por un naturalista inglés, ¡estoy ante una fiera que es todo valor y fuerza bruta, de apariencia espan- tosa, sus ojos inyectan sangre y despiden fuego! Creo que me estoy dejando atrapar por esa aureola román- tica del escritor inglés, ¡su semblante no es tan ma- ligno! No distingo tiro alguno de empanzada, ni de encuentro, ni de escudos ni de que esté partida. Po- siblemente la torronta me oculte la herida o la jabalina haya adoptado esta posición defensiva para encarar al agresor. Dos perros pelibastos ladran mientras le guar- dan la distancia. Extraña mi figura entre las zarzas y se queda fija en mi bulto, ¡se me arrancará con la boca abierta! No achucho los perros; ahora soy yo quien me he transformado en una zarza inmóvil y sin sangre. Contengo mi respiración, la taquicardia. Los ladridos de parada me ayudan a que, aún, no me haya embestido; los jabalíes sólo cargan contra el cazador cuando se ven acosados como en este momento. Le- vanto, sin apenas tirones, la escopeta. Voy sorteando las puntas de las zarzamoras para que no chirríen en los cañones. Me mira con taimados ojos. No tengo
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    Arochones 173 suficiente juego debrazos como para llevar el punto de mira a los codillos. No sé qué impulsos me arras- tran a que dispare precipitadamente, se estremecen los vallados y en décimas de segundo mi cerebro se despierta y me da la orden de que corrija rápido el fallo porque la torronta se ha tragado la bala y seré papilla. Los cinco metros que nos separaban se han achicado, he quedado a una cuarta, demasiado cerca de ella como para que pueda levantar mi escopeta y buscar de nuevo el punto de mira. Tampoco sé qué me impulsa a disparar de sobaquillo. Lo hago; y antes de oír el canutazo, veo cómo una especie de grasienta masa de salchicha ha brotado en medio de los dos ojos. Abro el arma y quedan, en el interior del va- llado, los dos cartuchos vacíos como testigos de mi imprudencia. ---------------------- Siempre que rematé una res en un sitio donde no podía desenvolverme con soltura, me acercó al pe- ligro, ¡demasiadas veces me asomé a los precipicios! Ésta no es la historia de un atrabanque ante un nava- jero sino ante un guarro asilvestrado que infundió el pánico a varios monteros. Ahorro las descripciones de la zaragata de ladridos, de voces y de gritos. Pasa cerca de mí un jaleador con veinte perros tras de él.
  • 174.
    José Luis LoboMoriche 174 -Marulla, ¿qué pasa ahí que nadie se atreve a rematar ese cochino? ¡Que los perros llevan liados con él una hora! -¡Quita para allá! ¡Si es un guarro manso, que la ha formado! ¡A Fabi se lo han tenido que llevar al hos- pital! ¡Le ha pegado varios navajazos en las piernas! ¡Se ha chillado tres o cuatro perros y al que llega lo abre en canal! ¡Hombre, a mí me coge con este ban- do de cachorros porque si no…! -¡Tanto miedo! ¡Yo voy a rematarlo! -¿Rematarlo? ¡Si no lleva ni un chispazo! ¡A ver si lo quitas del medio de una puñetera vez! Llego a la mesana que hacen dos collados, y al pri- mer valiente que veo es a Churubito subido en la pin- goya de un alcornoque. -Hombre, ¿pero tú también?, ¿en vez de quitarle el pellejo…? -¡No te acerques! ¡Que yo no he visto bicho igual! ¡Que te pringa! ¡Espera que salga al collado! ¡Mira que es un traicionero! -¡Anda, calla y quédate ahí subido! Desde luego la algarabía resuena estremecedora, se mueve la solana entera. Sitúo los ladridos de los pe-
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    Arochones 175 rros más atrevidossobre la media barrera del cabezo Curtía, por encima del colmenar que orilla al ba- rranco Arochete. Guarro y perros en lucha han abier- to el monte con una ancha vereda. La tomo, con mi cuerpo casi reptando, y a punto estoy de desistir; nunca había visto que más de veinte perros se dejen vencer por un guarro manso que sólo quiso ser ani- mal salvaje. Los perros ladran de miedo a unos quin- ce pasos de mí; sin embargo el asilvestrado no está a esa distancia, quizás por debajo de los perros o a tiro de mi escopeta. ¡A ver si me deja llegar a ese risqui- llo! Lo he conseguido. Toso dos veces seguidas y no espera al tercer carraspeo, con la boca abierta se me arranca como un toro. Lo aseguro apuntando por detrás de las orejas y se queda tendido a un metro de mis pies. Enseguida varios perros ladran con otro ti- po de ladra mientras tres con más casta lo muerden. Con mucha precaución Churubito se baja del alcor- noque. ---------------------- ¿Peligro o atrevimiento? Quizás vayan unidos, ¿qué razón arrastra a que hayamos invadido sierras de Portugal? La golosina es la palabra reserva de caza, el paraíso que aún no hemos alcanzado de madrugada. Pacientemente esperamos hasta que desaparece la tarde clara; ahora sí que cruzamos los marcos fron- terizos, liberados de los temores que La Raya nos im-
  • 176.
    José Luis LoboMoriche 176 pone. Lentamente, tal como las estrellas salen en el firmamento, así vamos invadiendo otras sierras, olvi- dándonos de que ya no estamos en España, ¡yo, por lo menos, siento que Portugal es toda mía! -¡Voy a coger esta cañada arriba, espérame en la revuelta del ese regajo! Me encajo ante el ventanal de la caseta de un guar- da forestal. A las tres de la madrugada seguro que dormirá, sin embargo me inquieto al ver cómo la chi- menea aún humea. La cañada está llena de jabalíes. Fernando pega un lampreazo, tiro y acuse de la herida mortal suenan instantáneamente. Buscamos entre el pasto de la cañada, piso algo que apenas se mueve y que hurra, ¡no es necesario desperdiciar una bala! ---------------------- Hablamos de miedos, de peligros y de esfuerzos: hemos visto pasar la noche en Maribarba. ¡Nada!, se ha ido de vacío. Queda la esperanza de la madrugada. Estamos en la umbría de la fuente, a escasos metros del carril que va a La Torre. Un ruido de motor aso- ma por el collado de la casa de Maribarba, enseguida unos focos iluminan el vuelo de los alcornoques a los que hago tiro. ¡Peligro, es un Land Rover de la guar- dia civil! Pasa de largo, sube en dirección a La Torre. Suenan ruidos de más motores. Miro el reloj, ¡la una
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    Arochones 177 de la madrugada!Oigo el chasquido producido por el golpeo de dos piedrecillas, Churubito viene hacia mí a oscuras. Toso. -¡Estamos metidos en una ratonera! -¿Y tanto coche? -¡Hay fuego en la sierra de La Moña, desde la encina donde yo estaba puesto veía muy bien el resplandor! -¡En esta umbría no corremos peligro, deja que pasen los coches, agárbate aquí! ¡Esperaremos hasta la cal- ma del amanecer! -¡De aquí no me cosco! ---------------------- He contado algunas historias de peligros, aún falta que te metas con nosotros en medio de las tormen- tas. En esta tarde de octubre no se mueve ni pizca de aire, el ambiente está asfixiado por un recalmón pe- gajoso, y nos hemos valido del cortijo de Capitán co- mo punto de asalto a Las Estercadillas. A la puesta de sol ha empezado a levantarse un airecillo caliente que sopla de poniente, enseguida aparecen nubarro- nes por los cabezos fronterizos con Portugal que no tardan en llegar a la umbría de Las Estercadillas, en- negreciéndola aún más. El primer trueno suena tan lejano que no deja latigazos de culebrilla luciérnaga
  • 178.
    José Luis LoboMoriche 178 en el cielo de La Alcalaboza. Saco de la mochila un gambeto plastificado para guarecerme de los gotero- nes que desprenden las cortinas de agua, más inten- sas cada vez que el cielo retumba y se ilumina la um- bría instantáneamente. Apoyo la escopeta sobre una rama de la encina y ofrezco tanto a la lluvia como a los truenos la menor parte posible de mi cuerpo. Aguanto hecho un ovillo hasta que Fernando llega a mí. -¡Ésta es gorda!, ¿dónde nos refugiamos! -¡Nalguea cuesta abajo, que nos coge esa negrura que viene por Aroche! Resplandor y trueno perseguidores con los mismos pasos centelleantes de dos cazadores perseguidos. Sorteamos las bajeras de los árboles, tratando de es- cabullirnos por los entreclaros del bosquejo. Me so- brecoge una chaparra que arde como si fuese una brea que nos abre los pasos hacia el naciente. No maquino en cosas transcendentes, sólo en que soy un ser insignificante, ¿y ahora para qué la razón? El instinto nos inicia el camino, nos esquiva los malos terraplenes y nos aligera. Son instantes en que no existe la palabra entre dos amigos, ni siquiera el len- guaje mímico de nuestras manos y brazos, ¡un mismo instinto nos une y nos lleva! Busco parapetos en mí, en mis zancadas de prisa, no encuentro ningún refu-
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    Arochones 179 gio alrededor. Tengola muerte por delante y detrás, sin embargo mi instinto no cede ante los amena- zadores andares de las tormentas. Nos alejamos de la cerca de pared, de las zahúrdas y de las higueras. Atrás quedó la umbría, ahora todo es vega en plena luz. Continúa el mismo lenguaje mudo de dos ami- gos, ninguno necesita preguntar acerca de hacia dón- de huimos ni tampoco pedir al compañero descanso ni auxilio. Ahora son los truenos los que nos achu- chan, nos persiguen y nos vocean a su antojo. Alcanzamos el cortijo, y nos olvidamos de la tem- planza de la espera, hay demasiado olor a pólvora en el ambiente y los fuegos naturales nos amenazan de nuevo por el poniente. Arranco el coche, y los faros nos abren un campo iluminado por otras cien tor- mentas. Con gritos, el cielo derrama ante nosotros cien mil lágrimas que nos enmudecen aún más. Ape- nas balbuceo dos palabras: -¿Qué hacemos? -¡Sigue, que sea lo que Dios quiera! -contesta con voz apagada. El camino está cerrado por tres porteras metálicas, para abrirlas tenemos que enfrentarnos antes a las tormentas. Paro el coche ante la primera; tras haber aguantado las furias de un trueno y relámpago por
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    José Luis LoboMoriche 180 delante del capot, Fernando descorre el cerrojo. No sabe que el hierro está cargado de muerte hasta que un latigazo eléctrico sacude sus manos. Busca ampa- ro en el interior del coche, entre respiros jadeantes se va liberando de sus miedos. -¡La linterna mía, que está recubierta de goma! Coche y tormentas buscan el naciente…, atrás quedaron Las Estercadillas, donde los jabalíes segui- rán inquietos por los cien zambombazos que retum- baron en los cabezos de la umbría. Son los azotes que nos manda la naturaleza: el agua, la niebla, el fuego, la tormenta… ¡Somos cazadores adheridos a los peligros! ---------------------- Sobre las once de la noche he cobrado un cochi- no. No entro en descripciones del lance, quedó olvi- dado por causa del peligro que llegó después. Está muerto y ahora hay que sacarlo desde una barran- cada. Con las dificultades y modo que ya conoces, hemos alcanzado la cumbre de La Pava, es la una y media de la madrugada. Reventados por tantos vai- venes de siete arrobas sobre los hombros, Fernando acoge bien mi propuesta: -¡Déjalo aquí mientras voy a El Galindo por el coche!
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    Arochones 181 Eso hacemos, sacoel Suzuki del escondite y subo por el camino que orilla las dos calles de Monte- puerto, hasta que alcanzo la cumbre. Lo cargamos y en marcha. Todo bien. Bajamos la cuesta de la aldea, de pronto los faros de un coche iluminan el final de la carretera que la une a Cortegana. -Fernando, ¡la guardia! -¡Ea!, ¡la cagamos! Irremediablemente tenemos que cruzarnos al final del carril. Pongo la luz corta y quito el pie del acele- rador, un Land Rover nos deja vía libre y sube la cuesta que nosotros acabamos de bajar. -¡Dale pipa al coche!, ¡no vayan a dar la vuelta! Con la vista puesta constantemente en el espejo re- trovisor, llegamos al pueblo, la puerta trasera estaba abierta y las patas del cochino casi arrastraban por el suelo. ---------------------- Es de necio que naveguemos a sabiendas por ma- res revueltos; en las hoyas del valle de La Bájena ya corremos demasiados peligros, ella es -como diría Churubito- una ratonera. -¡La tarde del viernes nos vamos a La Bájena!
  • 182.
    José Luis LoboMoriche 182 -¡Déjate de Bájena, que la liamos! Hemos registrado la solana y no nos hemos entu- siasmado; en cambio, la umbría está a tope. Nos he- mos situado a gusto, cada uno en una hoya. A las seis de la tarde ya hay reses roncando en las veras de la mancha; tal como el sol baja, van ellas adentrándose en el encinar. Creo que las tiraré antes de que ano- chezca, a pesar de que conozco su habitual terque- dad. Aunque pastorean remolonas, pronto las tendré debajo de la encina. De improviso surge el hecho malaje, inesperado y menos deseado: un todoterreno verde con boina en el techo acaba de asomar por delante del cortijo de Juanablanca. Por mi derecha la guardia civil y a mi izquierda una piara de jabalinas que no se inmutan con el ronroneo del motor. Ahora sí que han llegado a su sitio; una de ellas salta por en- cima de la mochila, que dejé arrimada al tronco. Veo, incluso, cómo las correas se enredan entre sus patas. Las sacude y la arrastra. Cada uno de mis ojos mira hacia lados opuestos. Tengo apuntada la mayor, no tiene cuartel. Sin embargo no puedo disparar, porque si el cristal de la ventanilla está bajado, el tiro retumbará dentro del coche. Aguanto, esperaré a que dejen atrás la cerca de Puertotremés. Eso hago, los focos apun- tan hacia la hoya. La luz no se detiene, lentamente se desplaza hacia el collado. He apartado la vista de las cochinas, ¡el temor me seduce tanto como el gozo!
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    Arochones 183 El ronroneo sehace menos estridente, apagándose detrás del collado, igual que la luz de los focos. ¡Bus- co un bulto y no lo encuentro! ---------------------- ¡La puñetera Bájena se las trae! ¡Este viernes, sába- do y domingo viviremos la noche en Juanablanca! Nos acompaña un amigo poco diestro en avatares nocturnos y dos perros míos. Manchón para acá, manchón para allá y el cazador con poca agilú se carga una cochina, ¡hombre gozoso! Como no tiene inten- ciones de pasar una mala noche ni tampoco la ma- drugada, después del almuerzo va al pueblo a dejar las partes de carne retazada en nuestras casas. Chu- rubito y yo tomamos café mientras preparamos los achiperres necesarios para aguantar la fría noche de noviembre. Montamos las escopetas, revisamos las orejuelas de papel de plata sujetas con una gomilla, amarramos las linternas por delante de la caña y si- mulamos tiros a la pared de la habitación, sobre todo para comprobar si los haces de luz llegan derecho al objeto apuntado, ¡todo perfecto! Liamos la manta y la amarramos con las correas de la mochila. Cada uno de nosotros se guarda en el bolsillo del pantalón cinco cartuchos de bala. (De noche, es raro que dis- paremos más de una vez; pero necesitamos cinco cartuchos para afrontar bien un supuesto remate). Fernando coge su paquete de tabaco y el mechero.
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    José Luis LoboMoriche 184 Atizo la candela y echo un par de palos de encina. Parece como si alguien se chivara a los demonios y, en el momento de los molletes, surgen inesperada- mente. Se oye el consabido ronroneo de un todote- rreno que está cruzando el barranco Doña María y que irremediablemente pasará por delante de la puer- ta del cortijo. -Pepe, ¡ahí viene un coche! ¡Asómate por la ventana de la cocina! -¡Hostia, la guardia! ¡Mete la escopeta y los tiestos de- bajo del camastro!, ¡acuéstate! El ruido del motor queda en ralentí a la puerta del cortijo, sólo suena levemente una portezuela. La cara de Churubito es un poema. Se recompone y alivia cuando arranca el coche. -¡Menos mal, se han ido! -¡Ssssss!, ¡no, que están ahí! ¡Quédate echado en el catre! -¡Que no, que se han ido! Churubito se levanta del camastro y de puntillas se dirige al ventanuco que da a la fachada principal. Lentamente abre el cierre, tira de la aldabilla y se en- cuentra frente a una pistola que lo apunta. Paga la terquedad con un susto tal que lo hace rebotar hacia
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    Arochones 185 atrás con loscarraspeos propios del terror. Hay que salvar la comprometida situación como sea. Ensegui- da doy la cara, abro la puerta y saludo al guardia civil, que ya tiene enfundada el arma. -¡Pepe Luis!, ¿qué hacéis por estas sierras? Nos he- mos encontrado con vuestro amigo que va a Corte- gana. -¡Aquí, que hemos venido a pasar estos días de…! -¡Un momento! -se apartó unos metros y llamó por la emisora. Al rato el coche regresó al cortijo. ¡Vaya!, al jefe de pareja lo había saludado varias veces, su presencia nos tranquilizó. Los saludos de rigor; y como no los habíamos puesto en compromiso alguno, no hicieron preguntas de difícil contestación. Los invité a una ta- za de café, aceptaron. Habla que te habla, llegó la ho- ra de la cerveza. Invitación y ambiente relajado. -Fernando, ¡voy a la rivera a por las cervezas! ¡Ahí regresa nuestro compañero, que parta unas tapas! Mientras yo busco las bebidas enfriadas en una charca, uno de los guardias pone en aprieto a Chu- rubito: no sabemos con qué intenciones empieza a gutear las habitaciones. Abre las puertas una por una, y sólo falta que empuje la de la habitación que con-
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    José Luis LoboMoriche 186 tiene los rastros de que hemos matado una cochina de forma ilegal. Churubito me maldice por haberlo dejado solo en aquel atolladero. El cocinero se porta bien, a los cinco nos encanta el lomo asado en la candela. A la una de la madrugada reinician el servi- cio, vemos cómo la luz de los faros va paralela a la rivera Doña María y luego se esconde por detrás de Puertotremés y busca La Venta camino de Gil Már- quez, ¡hemos perdido la noche, aún nos queda la ma- drugada! ---------------------- De apuro en apuro: desde el riscal de la media ba- rrera de Picureña casi alcanzo la cumbre. Churubito ha dejado su mochila sobre un risquillo y se ha des- colgado a una barrancada. Antes de que iniciemos las aventuras de la noche, aprovechamos la mañana a la espera de las reses huidizas de Las Torrecillas. Apos- tado sobre uno de los enormes riscos que hace siglos rodaron hasta las orillas del barranco principal, me embobo con una bandada de más de cien buitres - entre leonados y negros- que me sobrevuelan: ‘¡Qué gran señal para nosotros los humanos, tanta carro- ñera junta será porque en la cercana planicie de La Contienda sobran cabras y vacas!’. Unos taramazos cortan mi embobamiento, alguien se descuelga a mis espaldas. Miro recelosamente hacia atrás, un guardia civil salta de risco en risco en pos de su presa. Abro
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    Arochones 187 la escopeta ysaco los dos cartuchos de bala sin saber cuáles serán sus intenciones. -¿Qué hace usted aquí? -¡De caza! -contesto tranquilamente al cabo. -¿Y esa mochila? ¿Dónde está ese Fernando Ruiz? -¡En el barranco! -le contesto inclinando mi mano. Esta vez no he invadido territorio vedado, piso Pi- cureña legalmente. El cabo no suelta la presa e insiste en las pesquisas. Desea que le acompañe hasta la en- crucijada de carriles en donde nos espera su com- pañero de servicio. Saca un librito a especie de catón, lee, titubea, no encuentra los intríngulis legales para retener la pieza. No sé si en estos momentos soy más jabalí o cazador, ¿instinto o razón? -¡Anda, deja tranquilo a este hombre! -le dice el com- pañero. Churubito estuvo ausente de esta mañana en verde, la noche sí regresó teñida de rojo y muerte. ---------------------- Definitivamente hemos perdido el respeto a los marcos fronterizos de Safareja, aunque mi amigo ponga muchos peros a estas incursiones nocturnas por las sierras portuguesas.
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    José Luis LoboMoriche 188 -¡Vuélvete de espaldas a las tablillas rojas de la reser- va y a la ‘P’ de Portugal! ¡Todas las sierras son igua- les! ¡Los mismos animales y la misma gente! Se ha tranquilizado con mis palabras, al igual que esta madrugada tan calmosa en la que no corre ni una brisca de marea. Se ha envalentonado y corre a buscarse la vida. Cinco horas estaremos separados, ca- da uno a su aire. -¡Hasta las doce hay que aguantar!, ¡tire quien tire! -¿Hasta las doce sólo? -¡Por mí hasta el amanecer! -¡En esta hoya nos vemos a la una! -¡Culo ahí! Me han entrado escandalosas, nadie -hasta esta madrugada- se había interpuesto en sus caminos. He herido una jabalina en su trasero, me lo ha dicho un lastimero hurrido como acuse del tiro. Aún son las doce de la noche, me siento sobre el troncón de una chaparrilla a la espera de Churubito. He perdido la tensión necesaria de un buen cazador, por eso un jabalí me ha cogido la vez, sólo soy una tronca de encina a diez metros de su trompeo. Ni siquiera in- tento coger la escopeta que dejé apoyada sobre una jara, y menos ahora que él se aproxima a la tronca, la
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    Arochones 189 rodea e inclusoolfatea a un metro de ella. Me quedo convertido en chaparrilla y él, indiferente, sigue en pos de una cochina celosa. Luego, le regala a Churu- bito el acto del cubrimiento. -¡Lo caliente que son estos jabatos portugueses! -¡No me digas! -¡Más de tres saltos le ha dado un cochino…! -¡Déjate de historias y vamos a cobrar la cochina que he tirado. Los hurridos lastimeros que dio la res herida, cuan- do Churubito la pisó al ir a rematarla, nos inquie- taron más que las luces del coche que se movía pau- sadamente por La Raya. ---------------------- Hemos dejado el Suzuki en Las Gamitas, tierras linderas con El Vínculo. Caminamos ilusionados porque ayer nos topamos con una cerca de encinas emparvadas de bellotas que los porqueros de El Vín- culo tienen reservadas a varias piaras de cerdos. Sa- bemos que será una noche de fortuna y que en esta ocasión pisamos legalmente los llanos encinares con el papel firmado por el amo de la finca. Mis ilusiones se me desvanecen pronto, ¡en la cerca hay más de un centenar de cerdos!
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    José Luis LoboMoriche 190 -¡Lo que faltaba! -¡Nos la jodieron! -Pues, ¡hay que ponerse en la cerca como sea! -¿A barruntar guarros mansos? -¡A los jabatos no les molestan…! -¡Ya no estoy a gusto con tanta trapatiesta! -¡Como nadie se haya colado en la cerca…! -¡No me extraña!, ¡las bellotas son tan golosas! En efecto, al rato de haber aparecido las primeras estrellas en el cielo de El Vínculo, los guarros ya es- tán soliviantados con la entrada de los impacientes jabalíes. El tiro que suena a mi izquierda, sobre las once de la noche, se esfuma entre los sucesivos gru- ñidos de muerte que inquietan al centenar de cerdos echados a las afueras de las majadas. Corren por to- dos los rincones de la cerca, atiborrándola de asus- tadizos hurridos y resoplidos. Golpeo en la culata de mi escopeta, me bajo de la encina cuando oigo otros dos golpecillos y enseguida busco el puesto de mi amigo. -¡Mejor sería que saquemos la cochina de este estrebejí y que nos acerquemos por el coche!
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    Arochones 191 -¿Y la porterade Las Gamitas? -¡Tiene puesto un candado! -¿Entonces? -¡No es problema, la descolgamos y volvemos a de- jarla bien puesta! Eso hacemos, y a las dos de la madrugada ya tene- mos la cochina en nuestro terruño de Jabaca. Te preguntarás: ‘Bueno, ¿y qué tiene esta historia cine- gética de particular?’. Llevas razón, ¡una espera más con resultado positivo! No obstante, quiero contarte los temores que pro- vocó la muerte de la jabalina entre los porqueros, en- cargados, jefes y demás personal al servicio del amo de la finca: a la mañana siguiente uno de los porque- ros se sorprendió del reguero de sangre que desde la cerca salía por una de las cancelas que previamente alguien había abierto, y era testigo del rastro reciente de un coche en donde -para él, ladrones- habían car- gado varios guarros mansos muertos. El porquero unió sus maquinaciones: guarros inquietos, mucha sangre, rastro de coche, cancela descolgada... De la unión de sus cavilaciones surgió la definitiva conclu- sión: ‘¡Anoche robaron los guarros!’. El asustadizo porquero llamó a su compañero, ambos reclamaron la presencia del encargado de El Vínculo para que
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    José Luis LoboMoriche 192 formulara la correspondiente denuncia. Éste consta- tó la sangre, los rastros, la cancela descolgada y cómo unas huellas de Suzuki cruzaban la portera de Las Gamitas y tomaban el camino de Cortegana. -¿Vosotros habéis contado los guarros? ¡Tranquilos, que no falta ninguno! ¡Este Lobo es un caso!
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    193 Macarenos y carrasqueños Nuestrashistorias de cazadores nocturnos se cuen- tan con las muertes de los viejos jabalíes que nos aca- rrearon demasiadas amarguras: los corpulentos maca- renos y los menudos carrasqueños. Los hemos visto que mudan constantemente de hato, que cubren con des- caro de día, que se zorrean y que desaparecen y apa- recen a su antojo. Nuestro primer tropiezo ha sido casual. Es domin- go y sabemos que, esta mañana, la Umbría de Valera es nuestra. Mochila con la comida a la espalda, achi- perres y escopeta cargada en las manos, pateamos hoya por hoya, barranco por barranco, ensoñando con la venidera noche. Churubito ha contraído el cuerpo, señal de que su fino oído ha captado el refregón de una tarama sobre el lomo de un bicho. Se asoma a una de las torrontas que dan a un barranquillo con parrales que pasa por delante del cortijo caído de un tal Camilo, y enchufa sus orejas:
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    José Luis LoboMoriche 194 -¡Ahí hay jabatos! ¡Huy!, ¡lo que están formando! -¡Qué pedazo de cochino! ¡Mira, mira! Nos sorprende un monstruo casi blanco. ¡Con qué desparpajo se mueve entre las torviscas y con qué elegancia sacude las narices! Me quedo prendado de la agilidad y soltura con que monta sus nueve arrobas encima de una cochina celosa. Las más frías se apar- tan de él y se echan en un tornasol del cabezo. Nos olvidamos de que registrábamos el encinar y nos he- mos sentado como espectadores de este ritual de cubrimiento: un salto rápido, centelleante, hacia de- lante, con caída sobre los traseros. Ella hurra mientras se tambalea y él se queda tolondro de pie. ¡Pocos rasgos físicos de arochón!, han pasado ciento veinte años y poco le queda de aquel húsar negro de larguí- sima jeta y cuerpo escurrido que mi abuelo disecó. Éste es de color tojo y con cuerpo cilíndrico. Fina- lizados tanto el tanteo amatorio como el cubri- miento, ella se encama también en el tornasol del ba- rranco y él ha buscado la cama solitaria que tiene ba- jo una chaparra, en el collado de un umbrío cabezo redondo. -Fernando, ¡este cochino nos pertenece! ¡Ahora no podemos entrarle, lo espantaríamos! ¡Esta tarde a por él! ¡Nos dará la lata, así que tenemos que cogerle bien
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    Arochones 195 las vueltas! ¡Estosmacarenos se las saben todas, menos una! -¡Qué difícil veo la cosa! -¿Cómo tenemos el viento? -Está norteño; yo creo que, a puesta de sol, rodará a poniente. -¡Malo!, porque el aire correrá barranco arriba y será fácil que se lo echemos. -Si salta a la vega y sale hacia la solana de La Peñita, peor todavía. ¡La cosa está jodida! -¡Él no va a dejar de traquear las cochinas, irá adonde ellas vayan! En la solana no hay rastro del cochino, llevará poco tiempo aquí. La semana pasada montea- ron El Saltillo, así que ya sabes de dónde viene este truhán. -¡Por qué no lo esperamos por encima del collado de los pinos? Allí, por lo menos, no lo espantamos. -¿Tú crees que no? ¡Mira, que aún no tiene querencia en la solana! -¡La querencia se la ha dado esa cochina celosa! ¡Se- guro que no la deja! ¡Vamos a probar en la umbría!
  • 196.
    José Luis LoboMoriche 196 Aquella noche de octubre pasó en blanco, no oí- mos ningún respiro, parecía que la tierra se había tra- gado incluso el berrenchín del macareno, tan ausente de emociones que llegué a embobarme con la pre- sencia de una jineta que acababa de asomar la gaita por el pequeño trueco de una encina. Desconfiada- mente fue estirando su listado cuerpo. Una vez que tocó la tierra, inició unos movimientos ondulados, armoniosos y gráciles. Le seseé y, como si de algún juguete eléctrico se tratara y al que le ha faltado la co- rriente, se paró en seco. Miró hacia atrás y se quedó con sus orejas encampanadas. No vio a ningún pre- dador. Giró la cabeza, y su rabo anillado volvió a on- dular eléctricamente a una cuarta de la tierra. Le se- seé y de nuevo se paró desconfiada. ‘Eh, que estoy aquí subido’, y fue entonces cuando -tomándome por un predador- reinició sus movimientos vivara- chos. A partir de aquel primer aguardo empezaron nuestras ensoñaciones con el jabalí que se nos había presentado en la Umbría de Valera. Tres noches de la semana dedicábamos a su majestad. Jugó con noso- tros y con los vientos. Nada, no había manera de ba- rruntarlo. Debía ser todo sigilo, lagartija entre la ho- jarasca, tan sabio como si fuese el dios del engaño. Pasó la luna de octubre, iluminando las encinas ver- diales, con más pena que gloria, malgastada por culpa
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    Arochones 197 del engañador. Siguióla luna nueva de noviembre, y recibimos impacientemente la fase de creciente. Era un cochino tan huraño que, tal vez, rehusara la luz artificial y que sólo la luna llena sería la compañera de su muerte. Aguardos en los parrales, en el umbrío castañar, en las parvas de brevales, sobre el vuelo de la encina más dulce, a la vera de los perales del hondo barranco, en las golosas higueras, en la baña del mono, al paso, a la recogida y no sé en cuántos sitios más. ¡Nada!, la luna fue creciendo, se hizo mayor y comenzó a empequeñecerse como siempre. ¡Habían pasado dos meses desde su aparición y sólo los sen- tidos de Churubito nos daban algo de norte y guía. Cada vez sería más difícil achantarlo debajo de una encina, porque su territorio regio también crecía cada noche. Ninguno de los dos caímos en el desánimo, habríamos sido más afortunados en otros parajes si hubiésemos desistido del cochino casi blanco que vagaba por estos territorios de El Hurón. Nos olvi- damos del paraíso de Maribarba, de la peligrosa Bá- jena, de la Safareja portuguesa, de El Vínculo, de nuestros amigos de Tronca, de Ezequiel en Valde- sotella y de Quiterio en Barranquito Llano. Nuestra única obsesión era el macareno de la Umbría de Vale- ra; obsesionados en exceso, también nos olvidamos de nuestra principal regla: no invadir persistentemen- te un territorio prohibido. Ahí estaba de nuevo el pe- ligro; la persecución, noche tras noche, de un macare-
  • 198.
    José Luis LoboMoriche 198 no encela y el celo -sea de lo que sea- conlleva la ce- guera del perseguidor. Acabó la fase lunar de no- viembre y nos resultaba imposible olvidarnos de él. Montearían la Umbría de Valera y teníamos que evi- tar que pasara a otras manos. No hubo tregua las no- ches previas a la montería en medio del alcornocal para que el fantasma cambiara el hato y buscara am- paro en las solanas de La Peñita o en el aulagar de El Hurón. Esperamos como santo advenimiento las no- ticias del resultado de la montería. Uno de los mon- teros me anunció que habían matado un buen cochi- no. Se me erizaron los pelos y corrí a verlo. ¡No!, no era nuestro macareno, éste tenía facha de birria, pelado por los tojos, casi gafo, farotón, con malas defensas y peores molaeras. Respiré aliviado y comuniqué a Chu- rubito la buena noticia. La luna nueva de diciembre nos despertó del letar- go de la espera, y durante varias tardes Fernando y yo nos asomábamos a la puerta de su cortijo para con- templarla embobados. Creció y creció, al igual que las heladas. Pertrechados de manta, chalecos de lana, pe- lliza y gorro, soportábamos -cuánto tiempo podía- mos- encaramados en las altas ramas de los alcorno- ques de la umbría. Era imposible aguantar más de las once, silenciar los azotes del gélido aire, ni me sentía las manos ni los pies, la sangre se me ralentizaba y encorvaba mi cuerpo para transformarme momentá-
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    Arochones 199 neamente en unser más chico y carambanado. Al mismo tiempo crecía y me estiraba como cazador, al igual que lo iba haciendo la luna. Las pelonas que el viento norteño deja caer desde un cielo raso y es- trellado no son blancas, que toman el color de la tierra cuando crujen con las pisadas. Tres meses sin olerlo; y él, sin temores, deambulando a su aire por el aulagar de El Hurón o por La Peñita. Me exaspero porque soy incapaz de seguir vigilante toda la madru- gada; no es cochino de atardeceres, tiene demasiado aguante para moverse confiado tras las sombras que vaya dejando la luna. Se refugia entre los silencios para hacerse silencio. Aguardar hasta que asome un macareno me agota, pierdo la templanza y el celo. Lle- ga el momento en que tanta calma me irrita, como si en las sierras sonara de repente un ruido chirriante. Reparo en cómo crece, noche a noche, la cara de la luna. Demasiado tiempo lleva frente a mí como para no ser tentado a jugar con ella y decirle que veo su hombre cargado de leña o que se ha transfigurado en mujer. Remedo la cara pasmosa, pongo ojos cadavé- ricos y abro de par en par la boca como si siguiese di- bujada en una estampa de mi mejor cuento infantil. Otra tercera luna en blanco, y él respingará a sus an- chas por la meseta de Las Pocitas o quizás hoce con descaro en la mismísima callejuela de El Hurón, en donde tantas noches soñaron los Terreros. Se han agotado las noches de luna; ahora a esperar paciente-
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    José Luis LoboMoriche 200 mente, a seguir tejiendo los hilos de la lucubración con Fernando. Definitivamente nos hemos olvidado de los cor- tijeros que nos daban amparo: de Ezequiel en Val- desotella, de los hermanos de Tronca, de Juan Rizo en Las Peñas, de Rafael en El Galindo; incluso Chu- rubito no recuerda cuánto tiempo lleva sin labrar una muesca en la culata de su escopeta. Nos hemos de- sentendido de todas las lejanas sierras, de nuestros paraísos de caza; aunque no mato nada desde hace varios meses, no me importa porque me siento un furioso cazador que pretende apoderarse de una bes- tia. Tras la fría luna de diciembre viene el perigeo lu- nar de enero, la fase más esperada. Mal empieza el creciente y malas señales siguen; sólo los oídos de Churubito son capaces de barruntar los pasos fugiti- vos: -¡Otra vez se nos marchó el pijotero! ¡Con qué astu- cia se escabulló a la umbría! Tan sólo ha partido una bellota, ¡no sé de qué coño se alimentará este tunan- te! Tiene que estar encamado en el cabezo alto de La Peñita; no creo que esté en Antón Pérez, ¡sale muy bajo! Hay que esperar que el viento se ponga de la mar y hacerle alguna jugarreta para matarlo a traición.
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    Arochones 201 ¡Si no, nohay tu tía! ¡Este cabrón se las sabe todas! ¡Ya me tiene hasta los mismísimos…! Se desespera mi Churubito, pero seguro que pron- to recobrará los ánimos; a un terco como él nada lo vence, ¡es hombre que no da su brazo a torcer! -¡Hoy llena la luna! -¡A ver si puede ser de una jodida vez! -El viento lo tenemos muy bueno, está soplando del charco. Lo malo es que haya mudado el hato o que se nos vaya para atrás y salte a la umbría. ¿Qué te pare- ce? -¡Vamos a arriesgarnos, vete tú a la caída del barran- co La Peñita y le cortas el paso a la umbría! Lo único que puede pasar es que le eches el viento y corra ha- cia El Hurón. Si yo me pongo en la hoya que da a los huertos de higueras, le tengo cogida la huida. -¡De acuerdo!, ¡yo me las buscaré en el barranco! Callejones de salida del pueblo, carril de Ojalvos, desvío de Alcalabocinos, atrás La Gaga y enseguida a la puerta del cortijo Capitán. Saludos de rigor, café, invitación a la caza del macareno, excusas, recogida de pertrechos y otra vez la voz alentadora de ¡en mar- cha!
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    José Luis LoboMoriche 202 Fernando me ayuda con lo que en estos trances dificultosos llamamos ‘dar un pie’, para que trepe un alto mesto que se alza empingorotado en medio de la hoya. El sitio atrae a cualquier buen cazador: algo en- montado, un lugar propicio para que un macareno to- me aire; y de esos menesteres, las lunas lo habrán enseñado bastante. A mi izquierda se eleva un enor- me alcornoque del que apenas veo el vuelo de su ramaje. Arranco un garrancho que está clavándose en mi espalda, corto las puntas de una rama y cargo con dos cartuchos de bala mi escopeta. El cielo, a esta hora de despedida de la tarde, nos regala a la Luna y a Marte por encima del castillo de Cortegana, y a Ve- nus y Júpiter en el oeste. Veo a Marte, a la izquierda de la Luna, como si fuese una naranja brillante. ¿Por qué tanto lirismo?, quizás porque esté cansado de ha- ber sido, durante varios meses, paisaje alrededor de un animal y me haya convertido en un hombre ro- mántico que se ha dejado atrapar por el medio. Por ello, tal vez, repito serenamente versos de poeta: ‘A la luna de enero te he comparado, que no hay luna más clara en todo el año’. Luego la miro fijamente y no me hace daño. Sigue el silencio, roto de vez en cuando por el so- nar entrecortado y metálico de un cencerro en los huertos altos de El Hurón. Se me viene a la memoria una leyenda que habla de cómo unos cazadores per-
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    Arochones 203 siguen un jabalíblanco, lo hieren y cuando van a re- matarlo se escapa y huye. En el lugar exacto donde acosaron al animal albino, los cazadores fundaron una aldea, ¿El Hurón? Cae la noche, que hace al pai- saje noche también. Sin olvidarme de la leyenda, pienso en las cosas que rodearán a Churubito, por qué costado le entrará el viento sureño. Recapacito, ¡estoy dejando de ser cazador en la noche!, y acaricio la culata. No he mirado el reloj, serán más de las ocho. ¡Nada! Apenas domino el suelo del cabezo que se inicia a escasos metros de mí. Levanto la escopeta y me figuro que la jara que está a mi derecha es el bulto del cochino. Meto la cara y encajo la mata entre las dos palometas de papel de plata. ¡Si fuera el ma- careno, sería mío! Bajo la Garbi y la tiendo sobre mis piernas. Luego, sacudo los hombros, la espalda y ele- vo mi cuerpo una cuarta desde la rama. El cencerro ha dejado de sonar en los huertos, y de nuevo me ha- go noche. Hace un rato miré el reloj; ahora mismo serán las nueve y media, cuando mi cuerpo ha dado una es- pecie de repeluco -como a Churubito. Un acto ins- tintivo me arrastra a que coja la escopeta y eche el se- guro hacia delante. Esta vez el macareno viene empu- jando los matorrales. Sesgo el cuerpo hacia la dere- cha y me mantengo en posición de tiro, ¡se me ha presentado de sopetón! Unos veinte metros de ne-
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    José Luis LoboMoriche 204 grura nos separan, ¡ahora sí que aprovecharé esta oportunidad! Apenas veo el bulto, y de nada serviría echarle la luz. ¡Tengo que jugármela, ser decidido y algo más! El bulto se ha parado, o por lo menos me lo parece. ¡Sí, ahí está!, apunto de mitad hacia delan- te y aprieto el gatillo delantero. Sigue al disparo, la- dera abajo, un ruido estrepitoso de matorral arrolla- do. Retuerzo el cuerpo tratando de seguir el ruido y me quedo mirando hacia El Hurón. Aquel fantasma de cuatro lunas llega hasta la pared de los huertos y enseguida -sin dejar la inicial carrera- describe un ar- co que lo lleva hacia el sur, hacia mí. Esta media luna significa muerte, al igual que su instinto de buscar los limpios huertos de higueras. Ahora sube la ladera, a mi izquierda, y le regala una segunda oportunidad al cazador. Pasa por debajo del alcornoque de la caña alta; y tal como se va escabullendo, aprieto el segun- do gatillo en una posición muy forzada debido a que mis brazos no me han dado el juego necesario para apuntarlo bien. Se lo ha tragado la tierra, ¡no me im- porta porque conozco la torpeza de mis oídos! La corrida ha sido propicia para que pronto sea mío. ¡Ahí viene Churubito con la ligereza que prestan las ilusiones! -¡Bájate! ¿Qué ha pasado? -¿No lo has oído pasar a la umbría?
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    Arochones 205 -¡No! ¡Al colladono ha llegado; lo hubiera sentido! -¡Entonces, tiene que estar muerto! ¡Ha corrido hasta los paredones del huerto, pero es una tontería bus- carlo allí, porque el segundo tiro ha sido en ese alcor- noque! ¡Que se haya torcido es muy buena señal! -¡Vete al sitio donde lo has…! -¡Por aquí ha saltado! ¡Cuántos trangallones va dando! La noche es noche, una vuelta al lugar del primer tiro, la sangre hasta los paredones, la media luna, el alcornoque, las dudas y los temores infundidos por un jabalí sabio. -¡Qué peste a guarro! -¡Aquí está tu macareno! Cuatro lunas, endurecerme como carámbano de las noches decembrinas, olvidarme de otras sierras y muchas más penalidades me ha costado este macareno de nueve arrobas, tan cano que parece el mismo ja- balí blanco de la leyenda, sin apenas jeta, corpulento y largo, afiladas navajas y anchas molaeras, un cochino que tiene poco de arochón. Así reciben los cortijeros su entrada en Capitán: ‘¡Hermano! ¡Que el Lobo se ha cargado al jefe de la piara!’. ----------------------
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    José Luis LoboMoriche 206 La historia de este carrasqueño se inició, un atardecer de diciembre, en la cumbre de El Merendero, ver- tiente a El Vínculo y a La Caballona. Es la historia de la muerte de un cochino que siempre vivió entre ca- rrascas y al que nunca vi. Había registrado los bajos de La Caballona y llegué a un cortijo del paraje de Las Gamitas. Tomaba un café, en el momento en que el porquero llegaba con una piara de guarros. Se mostraba nervioso, porque el perrillo que lo acom- pañaba había tenido un atrabanque con un jabalí. -¡No es muy grande, escurrío de atrás! ¡Apenas me lle- ga hasta aquí! -y marcó con uno de los brazos la al- tura de sus rodillas. -¿En dónde, en dónde? -¡Ahí en la cumbre, en la cerca de las carrascas! ¡Allí lo he dejado, no se ha coscado! ¡Al perro ni puñetero caso! ¡Es un cochino feo y muy corto, con unas na- vajas así de grandes! -con sus dos dedos índices el porquero me muestra la extraordinaria longitud de las defensas. Cojo mi escopeta, que había dejado detrás de la puerta, y me olvido de la taza de café a medio beber. El sol lleva bastante tiempo oculto tras el horizonte portugués, y corro pechuga arriba cuanto puedo. Antes de avistar el carrascal, cargo la escopeta y to-
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    Arochones 207 mo el aireque falta a mis pulmones. Entro por uno de los portillos, ¡cada coscoja o carrasca es ya una pu- ra mancha negra, sin linterna poco puedo hacer! Sigo el perímetro de la cerca, sabedor de que ya es im- posible que distinga algún bulto. Me paro a la entrada de otro portillo, con intención de regresar derrotado al cortijo, ¡en el interior de una marrá de coscojas y acebuches algo se estremece! ¡Ahí está, no será mío! Instintivamente empujo el seguro de la escopeta ha- cia delante, pero para qué. Yo, y él a tres metros, ¡qué cerca y qué lejos! El estrebejí que el cochino forma entre el ramaje de las coscojas ha reposado, quizás porque el carrasqueño haya buscado acomodo defen- sivo sobre el entramado de los troncos. Ningún jabalí carga contra el ser humano a su antojo, lo hará si pretendo acosarlo, entonces sí me desafiará de tú a tú. Me acerco impulsado por algo que me empuja hacia el interior de la marrá. ‘¡Hasta ahí llegaste, ni un paso más!’, habrá dicho el duende que no me da la cara. Me recibe con una música fiera, un bordoneo de refriegas de navajas y molaeras detiene mis suicidas intenciones. Así suena al principio, como lo hace la cuerda del bordón de la guitarra. Luego se confun- den los chasquidos de intimidación, como cuchillos y chairas cuando son afilados. (Si me hubiese envalen- tonado, seguro que -a estas horas- yo no sería narra- dor de mis historias.) Reculo sin dejar de darle la cara al borrón negro de la marrá, y salgo de la cerca.
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    José Luis LoboMoriche 208 A la tarde siguiente Churubito y yo iniciamos la danza de la búsqueda en pos de sus rastros por las hoyas de La Caballona. Todos los parajes que rodean El Vínculo están llenos de miles de coscojas o carras- cas y él sólo necesita una. Recorremos Las Gamitas, El Merendero, La Caballona, Los Casimiros, Teja- dilla, Jabaca. Ni rastro de él, ¡se lo tragó la tierra! Nadie nos dio norte del carrasqueño. Localizamos otras prendas, a las que de momento ignoramos. Fernando se olvidó del cochino ‘tocaor’, como diciendo: ‘Tú allá con él’. Yo no dejaba de campear, ilusionado con que el azar o quien fuese me indicara el verdadero camino que me llevara al reencuentro con él, Las Camorras…, Las Pájaras…, y de nuevo las tierras bajas de Tejadilla. En una de estas jornadas de rastreo me topé con una colada en la alambrada que divide El Cañuelo y La Caballona. Estaba poco tomada, sí me entusiasmé con un par de gruesas y largas cerdas enredadas entre los alambres pinchosos. ‘¡Eh!, ¡esto tiene otro cantar! ¡Mira por dónde ha pa- sado el granuja del guitarrista!’. Registré la umbría, y el carrasqueño no quería saber nada de bellotas de que- jigos. Salté a los collados manchados de tojos y aula- gas, con intención de registrar una baña que está en el mismo collado central. Hacía poco tiempo que se había bañado allí, lo marcaba la altura del barro res- tregado sobre el tronco de una chaparra casi seca.
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    Arochones 209 Acerqué el cuerpo,y la línea de barro sólo llegaba hasta mis rodillas. Pasé de largo, como tal vez hiciera él la noche siguiente del baño. ‘¡A ver si le cojo el ras- tro en el collado que asoma a la rivera Chanza!’. La constancia y la fe me llevaron a que tropezara con una baña que yo desconocía, ¡la tenía patas arriba! ‘¡Mira dónde está el granuja!’. De puntillas retrocedí hasta el collado. Avisté un alcornoque situado a una distancia apropiada de la baña y salí de la mancha co- mo si hubiese encontrado oro. Apenas almorcé, sólo comí nervios. Antes de las cinco de la tarde ya estaba, en el rellano de El Ca- ñuelo, con los avíos en las manos. La luna apenas alumbraría, así que ensayé lampreazos con la linterna, las cinco y media, viento de poniente, escopeta montada, linterna liada con gomas bajo los cañones, palometas, pelliza y cinco balas en el bolsillo del pan- talón. Entro en el campo de batalla imaginándome que yo soy el ‘tocaor’, levanto la pisada, me engurruño y acaricio las matas que se me presentan delante. Me subo al alcornoque, y acomodo mi cuerpo sesgándo- lo hacia la izquierda. De frente y asolanadas, Las Ca- morras y Maladúa; de frente y umbrío -mucho más cercano- el hondo venaje de murtas, madroñeras y demás barbasco que llega hasta la rivera y donde se- guro que el duende se encama; y a veinte metros de
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    José Luis LoboMoriche 210 mí, la solitaria baña que lo espera. No es momento de lirismo alguno, mi cuerpo en alta tensión no es sensible a las bellezas. Me esfuerzo en alejar el sol, halo del lucero y de las estrellas. Oigo las voces de un cabrero llamando las cabras rezagadas, y por fin la tarde se apaga. Unos mirlos se inquietan en el venaje y vuelan no sé a dónde. Los mirlos son nuestros alca- huetes, como si me estuviesen anunciando que el ca- rrasqueño está desperezándose antes de tomar el ba- ño. Los oigo más abajo, anunciándome: ‘Ahí lo lle- vas’. Instintivamente muevo el seguro de la escopeta hacia delante; y, como Churubito, siento más de un repeluco. Chasquea alguna mata escarchada. ¡Esto es llegar y pegar, no me lo creo! ¡Lo voy a matar casi con sol! Falta ‘el casi’, es terco, no deja el venaje, ¿qué andará tramando? Debe salir ya, ¡pero no sale! La agonía de la luz natural no lucha a mi favor, sin em- bargo a él le está dando vida. ¡Tendré que echarle la luz artificial de la linterna!, ¡la tenue luna no me sirve ahora! ¡Por fin sale! Lo barrunto; si yo fuese Chu- rubito, seguro que también contaría sus respiros. ¡Qué astuto! ¡Cómo esquiva la baña! ¡Cómo se tuerce buscando el falso collado para desde allí ventear me- jor! Lo sigo barruntando. ¡Estará casi a tiro! ¡Hay que esperar, dejar que empiece su aseo! La escopeta bus- ca ya la baña, ¡él aún no! Me pica el cuerpo, la es- palda, las piernas, algo muerde mi piel, un insopor- table hormigueo picante de rabudas incordia mis
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    Arochones 211 manos, las sacudoy, terriblemente, mis botas se des- cuelgan al vacío y suena a bornizo raspado. ¡Adiós al instante sublime! ¡He echado la espera a tierra! ¡Qué furia de animal salvaje! No bufa ni tampoco huye huraño ni se esconde bajo las primeras estrellas de la noche. Muy al contrario, inicia múltiples rebota- das sin apenas coscarse del mismo sitio. Desafía al ruido extraño del bornizo, sabe que algún intruso ha invadido el lugar del baño; no tiene señales evidentes del invasor porque el viento de poniente no está des- pidiendo chero humano, chasca el matorral como si acerara el collado, ¡terroríficos derrotes a las viejas jaras y terroríficos chasquidos de sus defensas al aire! ¡Se ha convertido en ‘bailaor’, oculto tras el tumbaviso del collado! De nada serviría que encienda la linterna. Ya no hay nada que enderece el entuerto. Sigue en sus treces de romper el barbasco del collado, él no bufa pero sí truenan los chasquidos de las jaras abiertas en garranchos. Estoy en alto, fuera de su al- cance. Sin embargo los furiosos envites al matorral me imponen casi pavor. Espero subido, él también espera, ¿a qué? De repente callan los chasquidos y él se hace más huraño. Tiempo para que calme las iras, para que rei- nicie su campeo. No sé qué rumbo ha tomado. Si Churubito estuviese aquí subido, oiría palpablemente sus pisadas por las solanas de Las Camorras o ba-
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    José Luis LoboMoriche 212 rruntaría sus chapoteos mientras se baña en la aliseda de la rivera. Aunque soy tardo de oídos, creo haber sentido, en tino de la alambrada de La Caballona, unos fuertes zarpazos de fiera atrapada. ¡No estoy seguro de tan extraños ruidos! Descargo mi escopeta y me bajo del alcornoque, ¡sigo sin ver al ‘tocaor’! Ahora vendrán los días de lamentaciones y las no- ches de pesadillas a la espera del olvido. Han pasado quince días y es hora de reiniciar la danza de la bús- queda carrasca por carrasca. Vuelta a empezar: Me- rendero, Gamitas, Caballona y Cañuelo. Nada en las marrás, nada en los viciales, nada en las hoyas de alcor- noques, nada en el quejigal, nada en el encinar de la umbría, nada en las enlamadas de la rivera, nada en las tres primeras coladas de la cumbre de El Cañuelo. ¡Ay, de mí!, ¿quién fue el desarmado cazador que colocó el alambre acerado con forma de lazo? Me paro en la cuarta colada, sólo quedan como muestras de su fiereza un grueso tronco de encina amarrado con alambre y el gastaero del carrasqueño que tocaba el bordón y que bailó desafiante muy cerca de mí. Mu- rió, pues, sin una muerte digna. Murió aprisionado por el acero, la misma noche de la danza, a escasos metros de quien lo esperaba. ¡Si aquella noche Chu- rubito hubiese estado subido al alcornoque, seguro que -como armado cazador- lo hubiese socorrido! ----------------------
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    Arochones 213 Estamos de macarenos.Ahí va otra historia más re- ciente: ya entiendes la lata que dan estos cochinos, los pisas y no se inmutan. Varias veces nos cogió las vueltas y anda a sus anchas por las mil marrás que asoman al valle de la rivera Chanza. Otro fantasma que vive cerca de los cortijos, y que se levanta cuan- do el cortijero cierra el postigo y se acerca a la can- dela. La alambrada de la cumbre de El Cañuelo nos anuncia que el duende entra a la umbría desde La Caballona, con intención de traquear las cochinas ce- losas. Varias refriegas de las defensas, sobre los tron- cos de dos pinos, testifican su calentura. Hemos tan- teado ya los manchones de tojos y aulagas, las hoyas de encinas y alcornoques, colocados al tuntún o guiados por la experiencia y memorización de los lu- gares de campeo. Nada. Ahora bajamos paralelos a la alambrada que alinda la mancha de Quijote con La Caballona, por el lado exterior a los manchones, con intención de evitar las pisadas no deseadas. -Fernando, ¡yo me quedo aquí, domino bien la fa- chada y los quejigos del barranco! ¡Salga por donde salga, lo barruntaré! -¡Yo me voy a la ‘pasá’ del barranco, por si intenta saltar a Las Pocitas o irse a El Vínculo! ¡Si a las diez no hemos oído un respiro, nos largamos!
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    José Luis LoboMoriche 214 Ya estoy subido a una encina de mediana altura si- tuada a varios metros del barranco de La Caballona. Sentado cómodamente sobre la horquilla que hacen las dos primeras ramas de la encina, cargo mi esco- peta. Es muy temprano, se oyen las voces lejanas de varios pastores rejuntando el ganado. Domino una empinada barrera, que me regala más de cien metros de plaza. Sigilosamente hemos rodeado varias marrás que se unen formando una única espesura de cos- cojas, zarzaparrillas, madroñeras, jaras y jaguarzos. Si el fantasma estuviese echado en este castillo de male- za, habríamos pasado a diez metros de él. Demasiado cerca; pero posible, porque con un somero hoyo le basta. Pronto sabré si ha aguantado que dos huma- nos pasen tan cerca de él, quizás el somnoliento ja- balí haya oído nuestras pisadas, haya levantado su espantosa cabeza y luego -reposándola sobre la tierra de su cama- se haya adormilado. No creo que rebote de espanto y salte el carril de la cumbre, aunque tam- bién es posible. ¡Las seis!, me quedan tres horas de dudas, aún mucha tarde por delante. ¡Eh!, lo que se ha colado a la derecha del cabezo ¿ha sido una cier- va? Empujo mi cuerpo hacia arriba y me quedo pen- diente de todos los agujeros del monte. ¡Es el cochi- no bregando entre las coscojas! ¡Está nervioso! ¡Sabe que dos intrusos han pasado alambrada abajo! ¡Mira cómo alarga la trompa y toma el aire de la hoya! ¡Te jodes, porque el viento solano está entrándome de
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    Arochones 215 cara! Lo apunto,sin intención de disparar. Está fuera del alcance de mi escopeta. Si yo hubiese retrocedido como cazador, tendría un rifle de no sé qué calibre en las manos, y este jabalí sería mío, quizás tampoco sacaría tanto jugo a esta angustiosa espera, prefiero mi Garbi. Esperaré, ¡no importa!, porque aún dis- pondré de mucho sol. ¡Cómo se inquieta por encon- trar la salida! ¡Sí, demasiadas miradas! Me impaciento, ¿estará viéndome?, ¿extraerá el chero humano que emana del barranco?, ¿habrá sentido a Churubito?, ¿lo tengo bien apuntado? ¡Sigue fuera de tiro!, ¡como baje a la calzada, me la juego! ¡Más vale pájaro en mano, aunque esté largo! ¡No deja de estirar la jeta, qué cano es y qué blanca la barba! ¡Qué pena, nada de arochón! ¡Por fin baja a la calzada, ahora está más cerca! ¡De cara, no! ¡Espera que se atraviese! ¡Se ha hecho lapo de la calzada! ¡Ahora me ofrece el cos- tado izquierdo, un poco sesgado y ya no menea la trompa! Está largo, pero no espero más. ¡Ahí llevas la breva! ¡No ha dicho ni pío! ¡No me gustan estas muer- tes tan súbitas! ¿No lo dije? ¡El bote que ha dado! ¡Cuántos botes y cuántos pellejazos! ¡Viene a batacazos limpios a mis pies!, ¡cien piruetas de cabeza! ¡Otro tiro en la caída! ¡Está tarazado, apoyado sobre los cuartos traseros! Una rama me impide que lo remate desde el árbol, me bajo y lo busco. Lo encuentro en el filo del barranco junto a un acebuche, nos mira- mos. Me voy acercando a él con la escopeta encarada
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    José Luis LoboMoriche 216 y sin desviar un instante mi vista aprieto el gatillo y el fallo me empuja hacia el macareno. Quedo a un metro de él, a merced de sus navajas. Abre la boca, y res- pingo de miedo. Cuando estoy alcanzando el pie de la encina, alguien ha disparado cerca de mí. Miro, ¡ese alguien es Churubito! -¡Te has escapado en tabla! ¡Te ha podido pringar bien! ¿Qué te ha pasado? ¡Aina que no la cuentas! -¡Que no había cargado la escopeta! ---------------------- Queda la historia del último jabalí que se cruzó conmigo, otro marraero que huyó de los alborotos que forman los monteros en las grandes sierras de El Vínculo, de La Caldera o de la Umbría de Valera y que buscó cobijo en las sierras más menudas de La Caballona y de El Cañuelo. Varias noches entró, lejos de mí, en el alcornocal de La Caballona; barrunté có- mo traqueaba las cochinas que comían en los queji- gales, toqué algunas sedas enredadas en los alambres de pinchos que separan solana y umbría, humedecí mis dedos con el barro blanquecino de la baña del collado, pringué mis manos con la resina destilada por un pino tras sus puñaladas, pisé las trochas que él había abierto, borré en los caminillos arenados los atrinques de sus pezuñas, manoseé el cascajo fresco de
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    Arochones 217 las bellotas, sentíel tufo de su berrenchín como co- chino encendido, pero el tunante no me daba la cara, ¡son huraños de verdad, saben que los buscan! Si no cometo errores, llegará el cruce deseado, ¡hay que buscarlo! Esta noche dormiré en el cortijo de El Cañuelo, gozaré de otra oportunidad. Vueltas por el alcorno- cal, por la umbría de los quejigos, barranco arriba, regajos abajo, hasta que decido que lo esperaré en un collado querencioso entre El Cañuelo y La Caballo- na. Debo taparme bien y lo hago entre el ramaje de esta pequeña marrá. Troncho a media altura las pun- tas de las ramas que me estorban, arranco unas matas de coscoja y coloco una corcha como asiento. Apun- to con las manos hacia el collado, ¡perfecto! ¡Ahora a esperar qué me depara el atardecer! ¡La tarde se ha hecho remisa en arrancar! Se oyen cercanas las voces de dos porqueros -¡ooopiné!- que rejuntan dos piaras de cerdos a varazos sobre las ba- jeras de las encinas. Abro mi escopeta, acoplo la lin- terna bajo los cañones y acaricio los dos cartuchos de bala con los que la cargo; son las seis de una tarde serena de febrero y no hay rastro de la luna sobre el cielo de levante. Cuando asome la cara de menguan- te, quizás yo le haya interrumpido el baño a su majes- tad el macareno. Pronto me hago coscoja y desapa- rece ante mí el collado. Ahora soy yo quien dibujo el
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    José Luis LoboMoriche 218 campo que me rodea: la baña, el campo y él. Lo veo cómo se hace tierra y barro, cómo empina su cabeza y se sacude, ¡no, es demasiado temprano para un suicidio! He quedado con mi mujer que a las once de la no- che abandonaré la espera. Son las diez y sólo me que- da una hora más de emociones, ¿qué emociones? ¡Las que acarrea la espera! Luego llegará o no el ins- tante sublime, en que de golpe se me desvanecerán. Por eso la espera es más emocionante que el cruce fi- nal ante la escopeta. Fabulo los momentos previos al desenlace. ¡Otra vez soy un primitivo cazador que recurre a la magia de los dibujos policromados en los entrantes y salientes del salón de una caverna! Se ha presentado mimético, igual que los duendes cuando interrumpen la quietud de la noche, mateado, sombreado. Se ha parado, antes de encarar la baña, como se paran los duendes cuando asaltan las calle- juelas. Aseguro que una mata se ha movido y que ahora está agarrada al borde del collado, una mata que respira muy cerca de mí. ‘¿A qué espero? ¡Aquí tengo la escena de mi abstracción que tanto busqué! ¡Acaba de una vez con el dibujo policromado! ¿Por qué estoy tan sereno? ¿Contagiado de la ausencia de airecillos? ¡Enciende la linterna de una puñetera vez!’. Retrocedo como cazador y lo hago: ¡no se inmuta del chorro de luz que ciega sus ojos! ¡Qué pena, no tiene
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    Arochones 219 un atisbo dearochón! Es como todos: destartalado, larguirucho y atojado. ¿Por qué me comporto tan se- reno? No sé por qué dilato este momento que siem- pre fue fugaz. Disparo y cae plomizo. Abro la esco- peta, soplo los cañones y, con la misma serenidad de la noche, meto dos cartuchos de bala. La mata viva parece que ha muerto. Salgo del interior de la coscoja y ando hacia él los veinte pasos que nos separan. La mata estira la languidez de la muerte, eso creo. Re- friego mis manos por el largo lomo y luego golpeo suavemente los testículos. Alumbro todos los rinco- nes de su cuerpo: las patas, las cholas, los costillares, la cresta de sus cerdas… Detengo el chorro de luz en el pico de la paletilla que casi la ha alcanzado el bala- zo. Exploro su cabeza: la trompa, las afiladas navajas, las robustas molaeras… Desvío la luz hacia el ojo derecho, ¡apunta hacia el cielo de La Caballona! Noto que la pupila se ha movido y que busca mi figura. No pierdo la extraña serenidad que he mantenido duran- te toda la noche, aguanto a medio metro de él. Ahora se contrae repetidamente. ¡Eh!, ¡este meneo ya no me gusta! Reculo con la escopeta a media altura. Los movimientos del ojo han contagiado los costillares y, quizás, más rincones de su cuerpo que la luz no al- canza. Mantengo la misma serenidad, como la noche y como él. Apunto a las paletillas para sofocar los fuegos de su mirada, pero los focos de un coche que está pasando por el carril de la cumbre me detienen.
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    José Luis LoboMoriche 220 Yo desconocía que los duendes volaran, ¿cómo un animal tendido y casi muerto ha podido caer de pie en el barranco? Instintivamente he disparado, ¿a qué? Dejo la linterna encendida y recorro el espacio vola- do, ¡no lo entiendo! En el nacimiento del barranco sólo hay la naturaleza de siempre: zarzamoras, adel- fas, zarzaparrillas, agua, piedras pulidas… ¡Falta el duende! Regreso al collado, al echadero donde fin- gió la muerte. Allí sólo están los rastros de sus men- tiras: un somero hoyo y la tierra enrojecida por la sangre. Son las once y mi mujer me espera en el cor- tijo. Menos serena será la llegada. Ceno aceleradamente y en vano intento dormirme. Ha sido una madrugada tormentosa de fantasmas que se burlaban de mí. Espero el amanecer bajo el parral de El Cañuelo; y a los primeros rayos albinos, ya estoy en el nacimiento del barranco. ¡Tiene que estar aquí, pero parece que este duende se ha camuflado! Lucho desesperada- mente contra la zarzaparrilla y me quedo enredado entre sus hojas pinchosas. ¡Así no! Iré al pueblo por un perro que me lleve hasta él. ‘¡Anda Currito, bús- calo!’. Me desenredo como puedo con los caños de la escopeta. La campanilla tintinea nerviosamente ba- rranco abajo, ¡me he quedado rezagado de mi perro! Currito ladra de parada, señal de que unos ojos aduendados lo miran. ¡Tengo que ayudarlo! Ya no
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    Arochones 221 soy zarzaparrilla, casialcanzo el campanilleo. ¡Otra vez el peligro, yo solo ante las amenazas del batir de sus navajas! Una puñalada en el barranco sería mi final, lo sé. Me subo a un acebuche desde donde do- mino el atrabanque del cochino con el perro. Por el tintineo de la campanilla y los ladridos de parada des- cubro a mi ayudante pero no al duende. Seguro que también él aguarda el instante, ahora se ha conver- tido en un cazador que espera, de tú a tú, a otro caza- dor. Lo veo, por fin, hecho zarzaparrilla y orillera, diez metros nos separan. Rehúsa moverse. ¡Ahí está aculado con imagen de siniestra ferocidad! ¡Ahora él es el agresor, un bruto poderoso y resuelto! Apunto a los codillos y aprieto el gatillo. Currito se lanza enci- ma de él, libre ya de los peligros de un enganche, y empieza a morderlo, ¡por fin la pupila se ha escon- dido! Este fue mi último encuentro con uno de estos macarenos que deambulan por las sierras menudas de La Caballona y que huyen de las algarabías de los monteros. Los comederos de maíz, la linterna y el excesivo uso de la razón contribuyeron a que noche a noche degradara como cazador y retrocediera. Me atormentaba que yo terminara siendo un viejo per- dido en las sierras a las que siempre había dominado. Antes, había sido testigo de cómo muchos de aque- llos singulares cazadores, que me enseñaron los pri-
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    José Luis LoboMoriche 222 meros secretos de la naturaleza, lloraban en las cum- bres de La Curtía o sobre los riscales de Los Agudos por habérseles olvidado en qué zona del barranco es- taba el colmenar, en dónde el charnecal de Antonio José o cuáles eran las trochas que llevaban al Huerto Antón o al castillo de Maribarba. Se retrocede como cazador por muchas más cosas: cien hombres con ri- fle en mano a cada revuelta de un carril o trescientos perros tras el jabalí levantado. Estamos sustituyendo el esfuerzo y la pasión por el excesivo uso de la ra- zón. Hoy imperan la comodidad, el desequilibrio y el mercantilismo. Si la mancha está vacía de jabalíes, ahí va el listo de turno y la llena con reses listadas o de todos los colores. Daniel se despidió como cazador con la muerte de un macareno que me correspondía. Como invitado, le cedí la baña al viejo amigo. Ense- guida le llegaron el maldito olvido y las lágrimas. Su yerno Quiterio, matando en La Peramora un cochi- no que portaba un crótalo en una de sus orejas. Chu- rubito, con mi alejamiento de estas correrías cinegéti- cas, perdió parte de la hibridez de ese bicho raro - pájaro y lobo- que ambos formábamos. De vez en cuando seguirá matando ese gusanillo interior que co- rroe a ciertos cazadores. Sin haber pensado en el mañana, hemos esquil- mado algunas especies casi indestructibles, hemos acabado con el tipo de jabalí más salvaje de Europa,
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    Arochones 223 aquel arochón quemi abuelo Miguel Lobo disecó hace más de ciento veinte años. Una tarde grisácea de fe- brero fue la última vez que cogí la Garbi. Recorría la alta cumbre de Las Pocitas, en la cara asolanada que da a El Vínculo. Una piara de guarros aprovechaba la montanera entre las encinas, los noté intranquilos. Al cazador que sabe mirar no se le va que un intruso salvaje se haya unido a una piara de mansos. Entre ellos estaba un marranchón, al que le faltaban que pasar muchas lunas para ser nombrado macareno. ¡Hombre, qué fácil se ha puesto por delante! Lo ten- go a merced de los cañones de mi escopeta. Apunto al nacimiento de sus orejas para que sea mío. ¿Qué voy a hacer?, ¡si tiene las cerdas negruzcas!, ¿no ves que apenas tiene cuello y es todo trompa?, ¿alcanzará las cuatro arrobas cuando sea adulto? ¡Que algún día puede ser un auténtico arochón! Bajo la escopeta, saco los dos cartuchos de bala y toco las palmas de las manos, ¡me regocijo porque en esta ocasión no re- trocedo como cazador!
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    225 EPÍLOGO He releído mishistorias autobiográficas sobre el ar- te de la cinegética que titulé Arochones, tratando de reflexionar sobre mis palabras y frases que, según un querido amigo mío, en nada me ayudan para que el lector saque de mí conclusiones positivas como cazador. Las he encontrado y siguiendo sus consejos las he edulcorado, pero me es imposible borrarlas. Muchas escenas vividas por mí y que tú, lector, acabas de leer te habrán resultado… Pon tú el adjeti- vo, que aguantaré tus tiros. Hubiese sido tarea fácil de escritor haber descrito sólo escenas y lances pre- ciosos, sin necesidad de presentarme como cazador que en muchas ocasiones violenté terrenos ajenos y me comporté como un animal predador. ¡Eso quise ser! Con la serenidad que dan los años, arrancaría muchas de las escenas vividas; pero esas páginas tam- bién forman parte de mi novela personal. Si las ocul- to, traicionaría al lector, a mí. ¿Sería ético callar lo que no fue ético? ¿A quién se le puede ocultar que es una traición que me manden vigilar una mancha y yo
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    José Luis LoboMoriche 226 corresponda como un predador? ¿Quién me tildará de justo si hurto los jabalíes ajenos? Recibí mil ayu- das, ¿y no será porque presté algunos panes a los de- más? Si eres o fuiste cazador, ¿tirarías la piedra como bondadoso y legal? Dirás, ¡pero es que yo no llegué tan lejos como tú! Pues sí, ¡te quedaste a medio cami- no! Muchos de los jabalíes abatidos por mí llenaron de carne montuna las tinajas de cortijeros que vivían aislados, y no pretendo con ello justificarme como un benefactor de los pobres. Para ello están los san- tos, y yo disto mucho de sus bondades. Si fui socorri- do, algo bueno tendría para que tanta gente me ten- diera sus manos. Creo que hurtar un jabalí -¿quién es el amo del animal salvaje?- en nada se corresponde con la gravedad de otras cacerías más cruentas e in- humanas que apunto en mis notas autobiográficas, ¿recuerdas cuando -perdido entre la niebla- pisé los escombros de una aldea bárbaramente derrumbada por un hombre antojadizo y sin oposición de los or- ganismos oficiales o cómo los propios monteros se engañaban mutuamente? Suprimí escenas que res- taban tensión narrativa a mis relatos y que reflejaban mi rechazo a ciertos comportamientos de gentes de superior estatus social. ¿Sabías que en el poblado fo- restal de El Mustio se instaló el jefe de la repoblación forestal -un tipo llamado Don Claudillo- que creía
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    Arochones 227 vivir en laEdad Media y que cometía mil atropellos contra los cazadores y cortijeros? No hablo de oídas, fui testigo de sus chantajes a mi amigo Juan Rizo y a los monteros que pisaban los aledaños de su castillo feudal. Subido a las altas encinas de las dehesas pre- sencié muchas lobadas hechas por seres a los que también llamamos humanos: cómo el ladrón que me- rodea los cortijos ajenos robaba de madrugada los enseres de sus vecinos y los escondía en las marrás de su hacienda o cómo el mozalbete hambriento pasaba -con el sol ya puesto- por debajo de mis pies col- gantes en busca de algún mendrugo de pan que lle- nara su vacío estómago. Al igual que este ladronzue- lo, fui criatura salvaje que no me acostaba temprano tal como los perezosos hombres acostumbran, por- que la noche era el momento de nuestra máxima acti- vidad. Haber vivido la caza de noche apasionadamente conlleva ciertos desvaríos, por ello reconozco que fui lo que el gilí dice: ¡un vicioso de la caza!, ¡antes ca- zador que pintor con palabras!
  • 229.
    229 Vocabulario Acules: el rematefinal de una mancha. A dientes: res que no va herida y es atrapada por los perros. Agarrar: herir una res con bala. Agilú: agilidad, destreza. Agujas (tiro de): tiro en la parte alta de las paletillas. Ahuchadores: batidores. Alpear: huir subiendo. Al rebujo: sin poder apuntar. A mea perro: subir o bajar una ladera de costado. Aplastarse: esperar las reses sentado en el suelo o detrás de un ramaje. Arochón: jabalí de pequeño tamaño, macizo, negruz- co, trompa muy larga y cuello corto. Referido al an- tiguo jabalí de los montes de las Peñas de Aroche. Se
  • 230.
    230 dice que fueel más salvaje de Europa. En otras zonas de Andalucía se refiere a un tipo de jabalí con- trario al albar. Arrear/Jarrear candela: disparar. Arrutarse: adormilarse. Asomarse al balcón: alzar la cara con exceso. Asomatraspón: tiro rápido, debido al ocultamiento de la res. Ataravizcado: perro cruzado de podenco y mastín. A toda pastilla: velozmente. Atrabanque: situación dificultosa, pelea. En plural se refiere a los atrinques. Atrinques: huellas del jabalí. Azorrarse: aplastarse la res, cazar furtivamente. Balduendo: perro que no tiene amo. Banco: dícese de la línea de terreno que lleva cada ja- leador. Bandeo: tiro en el vientre. Berrenchina: berrenchín, chero o tufo del jabalí encen- dido sexualmente.
  • 231.
    231 Breva: tiro. Breval: primerasbellotas del alcornoque, de gran tamaño. Buscarse la vida: buscarse un lugar apropiado para la caza. Butillo: perro menudo y sedeño. Cabril: cerro con muchas piedras. Calada: incursión de un furtivo. Calentón: rozón producido por una bala. Cangui: miedo. Canutazo: disparo. Cargar: matar, cobrar, arrancarse violentamente con- tra el cazador. Carrasqueño: jabalí menudo y de buenas defensas que acostumbra a encamarse entre carrascas (coscojas). Cazuchear: cazar de tapadillo. Chanteado: que huye sin carreras. Charabasqueo: ruido apenas perceptible. Charamusca: monte no tupido excesivamente.
  • 232.
    232 Chillarse: matar violentamenteo con buen disparo. Chipichanga: ilegal batida de jabalíes entre pocos caza- dores. Chispazo: herida. Cimbra: silueta, con forma semicircular, de la parte alta de una montaña. Coger hueso: cuando la bala rompe hueso. Coger la mancha a mano: batir una mancha sin que los batidores se adelanten o atrasen. Copúo/a: árbol que tiene muchas ramas en la copa. Corato: grasa endurecida del jabalí. Corucho: perro de orejas inhiestas. Cuchara: cazador hábil. Currillo: perro cruzado de podenco y mastín. Dar al dedo: disparar. Dar un picotazo: cazar apresuradamente parte de un coto. Dar un pie: ayudar a subirse a un árbol.
  • 233.
    233 De pico: vientoque sopla de frente, ave que entra de frente. De recurtis: ilegalmente. Desbarrarse: cuando una res deja de faldear y baja. Destarugado: que se ha quitado el tarugo, que ha mata- do la primera pieza. Echar: montear. Empanado: muy tupido. Enchufar: mantener el oído en tensión. En coca: a tiro. Endiñar castaña: disparar. Engatinarse: subirse, trepar un árbol a modo de gato. Enrocharse: tirarse por un rocho. Entacado: correr apretado como sale el taco del car- tucho en el tiro. Entalle: a especie de pequeño desfiladero. Envelar: poner inhiestas las orejas. Escurrío: dícese del jabalí estrecho de sus partes tra- seras.
  • 234.
    234 Espetonazo: huida bruscay violenta. Estar arrollado/Enrollado: estar rodeado de reses. Estrebejí: ruido estrepitoso. Fiebre de cañón: cuando el cazador novato se pone nervioso. Frezadero: lugar donde los animales cagan. Gacha: encina de tronco bajo. Gafado: cochino con amoladeras encorvadas. Gastaero: lo que queda de una res comida por ali- mañas. Gutear: mirar con curiosidad. Hato/Jato: lugar de encame y campeo; caracteres físicos de la res. Hechío: conjunto de señales que indican la presencia de animales (frezas, revolcaderos, trochas, restos de frutos…). Hipina: conjunto de hipas de un perro. Hipidos. Hurga/Jurga: escopetón. Hurrar/Jurrar. Hurrido/Jurrío: sonido producido por las reses al espantarse, roncar.
  • 235.
    235 Húsar: referente alcochino parecido al arochón. Husillo/Jusillo: movimiento que forma la res al mover el matorral. Ir fuera de tiesto: la res que ha dejado la trocha o que va fuera de tiro. Irse con: seguir la pieza con el cañón. Jardazo: caída fuerte. Jarrear/Arrear castaña: disparar. Joder la marrana: estropear, molestar. Jopazo: arrancada brusca de la res, caída. Lampreazo: fogonazo de luz. Lenguado: cuchillo con hoja de dos filos. Lepra: mancha repleta de reses. Llaves: gatillos de la escopeta. Llevar el banco: sentido de batida de cada jaleador. Lomero: lomo de tierra, línea de una montaña con pendiente suave. Macareno: jabalí viejo, solitario.
  • 236.
    236 Madriza: jabalina madrede marranchones adultos, la guía. Mancornada: mala acción de tiro. Marrá: pequeño sotobosque de arbustos, general- mente de coscojas y charnecas. Marraero: jabalí que acostumbra a cobijarse en las marrás. Matajogazo: que provoca excesivo cansancio y difi- cultades. Matarotaje: conjunto de vegetación variada. Matracal: monte espeso. Matrero: jabalí muy astuto. Mesto: dícese del árbol híbrido entre alcornoque y encina. Meter la cara: encarar el arma. Mirleo: sonidos emitidos por los mirlos cuando se in- quietan. Molaeras: amoladeras, dientes caninos superiores. Muleta: curva que da una armada. Navajero: jabalí con buenas defensas (navajas).
  • 237.
    237 No hay tutía: no hay nada que hacer. No sentir un rabo: no barruntar ninguna res. No tener cuartel: la seguridad de matar una res. Ojal: herida de bala sin importancia aunque atraviese la res. Patas arriba: res muerta, terreno muy hozado. Pegujón/Pegullón: agrupación de varias matas. Pellejazo: caída brusca. Pelocho: jabalí sin cerdas; árbol sin ramas. Pelona: helada, escarcha. Pingoya: pingorota de un árbol. Pistraje: carne de poca calidad y molida. Prenda: res. Pringar: herir. Puerta: puesto de batida o montería. Puta: res huidiza. Quitarse el gusanillo: calmarse los deseos de cazar. Rabón: viento que sopla por la espalda.
  • 238.
    238 Raspil: viso, siluetade un cerro. Recechero: cazador que practica el rececho (aguardos nocturnos en la Sierra de Huelva). Reguereteo/Regüelleteo: sonidos apenas perceptibles. Repropiarse: cuando una res rectifica la huida. Retranca: postura de cazadores ajenos a la montería y colocados detrás de la armada de cierre. Revocón: cuando el viento retrocede y cambia de di- rección. Revolaina: voltereta. Rocho: ladera empinada y con malos pasos. Rodeo: agrupación de varios árboles. Salaíllo: matorral poco vigoroso de los collados, generalmente con brezo rojo. Sartenazo: cazar un coto ilegalmente. Sedas: las cerdas más largas del lomo del jabalí. Soltizos/as: dícese de los árboles que no forman gru- po numeroso. Soniche: ir en silencio. Tarama: leña muy delgada, mata.
  • 239.
    239 Taramazo: ruido producidoal mover una tarama. Tarameo: movimiento de taramas, de matas. Tarazar: aparte del significado castellano de afligir, se refiere a partir la espina dorsal a la res. Tarugo: cuando el cazador no ha matado nada. Tenazón: dentellada rápida. Tener culo: tener paciencia para la espera. Tiestos: achiperres de caza, avíos. Tirar cagada: disparo fácil. Torronta: terraplén. Trangallones: movimientos que hace una res herida mortalmente, semejantes a los vaivenes de un perro con trangallo. Traquear: moverse de campeo un jabalí o cuando sigue el rastro de la jabalina que anda de levante. Trepa: cruce de dos ramas gruesas. También se le lla- ma a la rama horizontal que sirve de asiento. Trocherío: conjunto de trochas muy seguidas. Trocoleo: movimiento, generalmente de líquidos. Trompa: jeta de la res.
  • 240.
    240 Tumbaviso: lo queestá por detrás de la línea de visión. Vaqueo: modalidad de caza a la espera de madrugada. Venaje: inicio de un regajo en una ladera. Viciar: lugar pantanoso, con bañas. Zaraguteo/Zaragüelleteo: ruido apenas perceptible que hace la res.
  • 241.
    241 Llanos de LaTorre Valle de la rivera Chanza, al fondo Aroche
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    243 Canchal de Maribarba Sierrasinteriores de Maribarba
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    244 Desde el interiorde Maribarba Fuente de Maribarba
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    247 Arriba: cortijo deJuan Rizo, en Las Peñas. Abajo: Valdesotella
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    248 Rivera Chanza enel curso alto Las Peñas
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  • 250.
    250 Arriba: Umbrizo desdeLa Atalaya. Abajo: Las Camorras desde El Cañuelo
  • 251.
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    252 Cortijo de LaBájena Escena de montería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca)
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    253 Escena de monteríaen Las Peñas de Aroche (foto de Escena de montería en Las Peñas de Aroche (foto de de montería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca) tería en Las Peñas de Aroche (foto de F. Márquez Cabaca)