Quejigos de Valconejo
“Arráncalos, eso es una comia”, aconsejó el lindero labriego con nerviosos
vozarrones y movimientos de manos. Debieron de ser muchas las voces
amenazadoras que topaban contra las crestas de los montes aledaños a
Cortegana y que -con sus ecos transformados en devastadores hachazos-
asolaron los quejigales de mis sierras. Miro Chanza, Cazalla, el Arenal y
Hornillo. Apenas contemplo en los sotos de sus laderas un par de quejigos
solitarios, escondidos entre los pedregales y la maleza cual si fuesen forajidos.
Decidme, quejigos de mi Valconejo, ¿cuál es el motivo del mal fario que os
persigue?
A nadie escuché que vosotros, Quercus Cecidium, encerráis en vuestras
tripas gases tóxicos y que los liberáis, poco a poco, camuflados entre
fragancias silvestres para provocar un embriagador atontamiento en quienes
os olieran, tal si fueseis atrayentes flores locas de los bosques helechosos y
umbríos de la Redondita. Desoí, pues, la incitación destructiva de bárbaros y
embusteros jueces, y sin miedo a la condena germinaron cientos de bellotas
estrechas y alargadas que, en otoño, engruesaron sus interiores y que, en
primavera, dieron vida a diminutas plantas que serían el origen de vosotros,
quejigos de mi Valconejo.
¿Por qué nunca fuisteis cantado por sensibles poetas? Soportasteis
monótonas retahílas de estrofas de alabanza sobre vuestra parentela. Y ni
siquiera os dedicaron un solo pareado. No sentisteis envidia ni celos de las
odas poéticas a las recias encinas y a los suberosos alcornoques. Y, sin
embargo, vuestra copa recogida de hojas grandes y duras, de un esmeralda
lustroso en el haz y un verde pálido en el envés, por sí sola conforma un oculto
poema pleno de ritmos que el poeta no llega a descubrir.
¿Qué árbol, quejigos de mi Valconejo, se adorna coqueto con agallas de
torito impregnadas de tanino? Vosotros y la salvaje cornicabra, que gozáis del
maravilloso don del realismo mágico infantil de encerrar en vuestras entrañas
futuras mariposas que aletearán vivarachas por el apretado bosquejo de los
cuentos. ¿Y qué árboles desnudos, sin vestido foliar, no se arropan ante sus
hermanos? La paleolítica diosa Venus y vosotros, amantes de lo impúdico.
Vestidos o desnudos en las zonas altas y húmedas de Valconejo, os prometo
que no serviréis de aros de un tonel de vino ni de tronca chispeante en candela
de casino. Seguiréis mostrándome vuestra escondida poesía mientras yo lea
gozoso vuestros versos en las horas de desánimo.
José Luis Lobo Moriche
Valconejo, 27 de agosto de 2021

Quejigos de Valconejo

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    Quejigos de Valconejo “Arráncalos,eso es una comia”, aconsejó el lindero labriego con nerviosos vozarrones y movimientos de manos. Debieron de ser muchas las voces amenazadoras que topaban contra las crestas de los montes aledaños a Cortegana y que -con sus ecos transformados en devastadores hachazos- asolaron los quejigales de mis sierras. Miro Chanza, Cazalla, el Arenal y Hornillo. Apenas contemplo en los sotos de sus laderas un par de quejigos solitarios, escondidos entre los pedregales y la maleza cual si fuesen forajidos. Decidme, quejigos de mi Valconejo, ¿cuál es el motivo del mal fario que os persigue? A nadie escuché que vosotros, Quercus Cecidium, encerráis en vuestras tripas gases tóxicos y que los liberáis, poco a poco, camuflados entre fragancias silvestres para provocar un embriagador atontamiento en quienes os olieran, tal si fueseis atrayentes flores locas de los bosques helechosos y umbríos de la Redondita. Desoí, pues, la incitación destructiva de bárbaros y embusteros jueces, y sin miedo a la condena germinaron cientos de bellotas estrechas y alargadas que, en otoño, engruesaron sus interiores y que, en primavera, dieron vida a diminutas plantas que serían el origen de vosotros, quejigos de mi Valconejo. ¿Por qué nunca fuisteis cantado por sensibles poetas? Soportasteis monótonas retahílas de estrofas de alabanza sobre vuestra parentela. Y ni siquiera os dedicaron un solo pareado. No sentisteis envidia ni celos de las odas poéticas a las recias encinas y a los suberosos alcornoques. Y, sin embargo, vuestra copa recogida de hojas grandes y duras, de un esmeralda lustroso en el haz y un verde pálido en el envés, por sí sola conforma un oculto poema pleno de ritmos que el poeta no llega a descubrir. ¿Qué árbol, quejigos de mi Valconejo, se adorna coqueto con agallas de torito impregnadas de tanino? Vosotros y la salvaje cornicabra, que gozáis del maravilloso don del realismo mágico infantil de encerrar en vuestras entrañas futuras mariposas que aletearán vivarachas por el apretado bosquejo de los cuentos. ¿Y qué árboles desnudos, sin vestido foliar, no se arropan ante sus hermanos? La paleolítica diosa Venus y vosotros, amantes de lo impúdico. Vestidos o desnudos en las zonas altas y húmedas de Valconejo, os prometo que no serviréis de aros de un tonel de vino ni de tronca chispeante en candela de casino. Seguiréis mostrándome vuestra escondida poesía mientras yo lea gozoso vuestros versos en las horas de desánimo. José Luis Lobo Moriche Valconejo, 27 de agosto de 2021