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Argumento 
Marcus Helios era un miembro de los Centinelas de las Sombras hasta que un 
acto temerario lo cambió todo. Su esperanza de salvación consiste en un pergamino 
antiguo que ahora está en posesión de una belleza enigmática llamada Mina, y 
quien no tiene intención de entregarlo. 
Pero alguien tiene diseños de los misteriosos rollos, y de Marcus. Ella es la 
novia despechada de Jack el Destripador, cuyos propios oscuros secretos pondrán a 
prueba los poderes de todos los miembros a su alcance…
Prólogo 
—Nos han encontrado—El profesor Limpett entró en la tienda. Cristales 
helados brillaban en su barba gris. Nieve llenaba las pistas y las grietas de su traje de 
lana, y hombros de su capa gruesa. 
Mina levantó la vista del libro, donde a la luz de una linterna de aceite, acababa 
de registrar las coordenadas de su campamento, como siempre le decía el Teniente 
Maskelyne, el guía británico. Los guantes que llevaba le hacían difícil sostener la 
pluma, y mientras que la pequeña cocina junto a ella irradiaba una cantidad 
agradable de calor, estaba tan fuertemente atada y abotonada en capas a las prendas 
de lana que apenas podía doblar un codo. El viento maltrataba la tienda por todos 
los lados. Las paredes de lona se habían roto y las cuerdas crujían. 
— ¿Tenemos visitantes?—Preguntó ella. Quizás uno de los jefes locales se 
habría acercado al campamento. Tal cosa había sido un hecho bastante común en 
la expedición cuando habían viajado por la India y al Tíbet hacia el Himalaya. — 
¿Debo preparar té? 
Unas cuantas hojas de té y la mitad de una lata de galletas congelada era todo 
lo que tenían para ofrecer como forma de hospitalidad. 
Dos noches antes, la misma noche que habían salido del templo al lado de la 
montaña habían sido su único destino, uno de sus sherpas contratados había 
desaparecido del campamento, sólo para ser descubierto a la mañana siguiente, 
lleno de sangre, roto y muerto en la parte inferior de una grieta. El evento había 
enviado al campamento al caos. Los Reclamos de niebla y sombras susurrantes que 
se movían habían recorrido las filas del grupo de cargadores bengalíes. 
Pero lo peor había llegado esa mañana, cuando los viajeros ingleses se habían 
despertado a la realidad de un motín. Más de la mitad de los bengalíes habían 
desaparecido durante la noche, junto con la mayoría de las provisiones del 
campamento y animales de carga. El teniente Maskelyne había enviado de
inmediato por suministros de reemplazo a Yangpoong. Debido a que no podían 
continuar el viaje de regreso a Calcuta hasta que las existencias necesarias llegaran, 
la expedición no podía hacer nada más que esperar, en un número reducido y 
nervioso sin lugar a dudas por los acontecimientos de los días anteriores. A pesar de 
que Mina no había dicho en voz alta sus sospechas, era casi como si una maldición 
hubiera caído sobre la expedición después de que sus miembros habían tomado 
posesión de los cuatro antiguos rollos de marfil de los monjes tibetanos. El sonido 
de gongs del templo todavía resonaba en la cabeza de Mina. 
En vez de responder a su pregunta, su padre se había apoderado de la cortina 
que colgaba y que separaba sus cuarteles y las había hecho a un lado. Él se inclinó 
sobre su cama cubierta de madera para revolver debajo de la almohada. 
—Te puse en un peligro tan terrible permitiéndote venir a este viaje conmigo. 
Mina lentamente puso el libro a un lado y se obligó a tener un ligero tono de 
voz. 
—No, no, Padre. Estas cosas pasan. ¿Recuerdas el momento en que en 
Gangtok nuestros caballos fueron robados, y quedamos varados durante casi una 
semana?—Ella se frotó las manos enguantadas. —Nuestros suministros llegarán 
mañana o tal vez un día después, y continuaremos nuestro descenso como estaba 
previsto. 
—No estoy hablando de los suministros—Cuando se volvió, sostenía una 
pistola. —Quiero decir que nos han encontrado. 
Su mirada se fijó en el arma. Un escalofrío que nada tenía que ver con la 
temperatura bajó por su espina. 
—Dime quién, padre. ¿Quién nos ha encontrado? 
El profesor había tenido un comportamiento extraño durante meses, desde que 
había sido acusado por el Museo Británico de “haber tomado prestadas
inapropiadamente” unas piezas del museo. Sus superiores lo habían obligado a 
renunciar a su cargo como académico de idiomas, y ella se preguntó de nuevo si la 
tensión de los acontecimientos lo habían empujado sobre una cornisa emocional, 
ya que desde esa vez sus palabras y acciones habían se habían visto manchadas por 
la paranoia. 
Tomando posesión de su confianza, le había contado de una sociedad secreta 
de hombres que, como él, querían descubrir los secretos de la inmortalidad, pero 
para fines oscuros y malvados. Le había advertido que los hombres harían cualquier 
cosa por hacerse del control de los dos antiguos pergaminos acadios, los rollos que 
actualmente mantenía en un estuche cerrado con llave en su camastro, y que tenían 
sólo unos días antes de reunirlos con los rollos originales. 
Lamentablemente, Mina no sabía si los hombres peligrosos eran reales o si la 
“sociedad secreta” era una creación de su envejecida y deteriorada mente. 
El profesor se abalanzó sobre ella, moviendo el arma con su cañón apuntando 
al piso alfombrado. 
—Prométeme que llevarás esto en tu persona todo el tiempo. 
—Padre—Ella se levantó de la silla y se llevó las manos a la espalda, negándose 
a aceptar el arma. 
—Tómala. 
—No. 
—Haz lo que digo—Un borde afilado llegó a su frenética voz. 
—Dime lo que ha sucedido—exigió ella. — ¿Los has visto? ¿Están aquí en el 
campamento? ¿Me puedes decir quiénes son? 
Sus labios se apretaron firmemente juntos y sus fosas nasales se abrieron, 
enganchando los dedos en su cinturón y encajando el arma dentro de la correa de
cuero ancha. En la siguiente respiración, él tomó su cara entre sus manos desnudas 
y frías le dio un beso ardiente en la mejilla. 
Retrocediendo, le susurró: 
—Tienes que volver a Calcuta. 
Su alarma creció. 
— ¿A dónde irás tú? 
Él le apretó los hombros, pero evitó mirarla a los ojos. 
—Tenemos que separarnos. Es la única manera. 
Ella sacudió la cabeza. 
—No. 
Él se apartó de ella. 
—Volverás a Inglaterra. A Londres. Tu tío no querrá que te alejes. Debes 
decirles a todos que estoy muerto. 
— ¿Muerto?—Ella chocó sus labios. 
—Sí, que morí aquí en la montaña en Nepal. 
Sus palabras resonaron en sus oídos, y aún así, no podía creer que en realidad 
habían hablado. 
—Estamos hablando tonterías, Padre—susurró ella. —Es loco. 
Él puso una mochila a los pies de la cama y habló sobre su hombro. 
—Ese pobre Sherpa, querida... su muerte no fue un accidente. Sus heridas eran 
tan horribles, que no podían haber sido sólo por la caída. Lo mataron como una
advertencia para mí. No dejaré que la misma violencia caiga sobre ti—Exhaló 
entrecortadamente. —Entiérrame, Willomina, al lado de tu querida madre. 
Asegúrate de que todo el mundo lo sepa—Retiró un arrugado trozo de papel del 
bolsillo de su cintura. —Este es el nombre de un hombre en Calcuta que te ayudará 
con los papeles necesarios y... con todo lo demás. 
Ella miró el papel como si fuera una araña grande y peligrosa. Él llegó junto a 
ella y lo puso sobre la mesa. 
—Este debe ser nuestro adiós. 
¿Estaba diciéndole la verdad? ¿Y si el Sherpa había sido asesinado por ésos 
hombres-nunca-antes-vistos y su padre había perdido la cabeza? Al final, no 
importaba realmente. 
—No lo haré—susurró ella. —No te dejaré, y no me dejarás. Nos quedaremos 
juntos, sin importar qué. 
Su padre se congeló. 
—Padre—imploró ella. —Mírame. 
Con los hombros rígidos, él tomó su lana doblada y la metió en la mochila. 
De rodillas, agarró la estrecha caja que contenía los rollos. Eso, también, lo 
empujó dentro. 
— ¿Es eso todo, entonces?—Las lágrimas picaron sus ojos. — ¿No me dirás 
nada más?—Ella retrocedió hacia la solapa de la tienda. —Entonces no me dejas 
otra opción. Tengo que llamar al teniente Maskelyne. 
Su padre alcanzó un diario encuadernado en cuero y una lata circular de polvo 
dental.
Mina tomó su parka del bastidor de madera seca y se empujado a través de la 
tela colgando. Frígido aire helado llenó sus pulmones. Un grupo de bengalíes de 
cara solemne levantaron la vista de donde estaban agachados alrededor de una 
fogata ardiente, calentándose las manos. Sobre el campamento, las montañas se 
alzaban en el crepúsculo color púrpura, en una densa capa de nubes. Mina empujó 
sus brazos en las mangas de la capa y se ató el cinturón en la cintura. Sus botas 
chapotearon en el barro mientras maniobraba a través de copos de nieve cayendo y 
del laberinto de tiendas de lona. Un pecho robusto apareció frente a ella. Grandes 
manos se cerraron en sus brazos. 
Debajo de una gorra de piel oscura, la mandíbula cuadrada del teniente 
Maskelyne miró hacia abajo. 
—Mina, te ves angustiada—. Su aliento formó una pequeña nube, vaporosa. — 
¿Qué ha pasado? 
—Por favor, tienes que hablar con él—Ella se tragó sus lágrimas e hizo un gesto 
sobre su hombro. El viento arrancó su pelo, moviendo una cadena gruesa sobre su 
mejilla. —Creo que ha perdido el juicio. Está diciendo toda clase de cosas locas. 
— ¿Cosas locas?—Repitió él frunciendo el ceño. — ¿Cómo cuáles? 
—Que nos siguen, que la muerte del sherpa no fue un accidente. 
Él le apretó sus hombros y ladeó la cabeza. 
—Tal vez es una simple cuestión de altitud. A veces, la altitud hace cosas 
extrañas a la mente de una persona. Iré con él ahora. 
Ella asintió, presionándose más allá de él y abriéndose camino hacia el borde 
del campamento. 
— ¿A dónde vas?—Gritó él tras ella. 
—A dar un paseo—Necesitaba estar sola, necesitaba tiempo para pensar.
—No te vayas ahora—Le advirtió él. 
Su mirada se posó en un pequeño afloramiento de piedras. 
—No lo haré.
Capítulo 1 
—Te voy a dar un muy buen empujón, eso es lo que voy a hacer. 
Mark percibió las palabras a través de una pesada cubierta de sueño, pero no 
consideró que la amenaza fuera dirigida a él. Después de todo, era invisible. 
Invencible. 
Una sombra. 
—...malditamente cansado de esperar por ti... —La voz, masculina y con un 
familiar tono de broma, se mantenía detrás de una cortina de oscuridad, junto con 
otros sonidos distantes. Un agradable y redundante crujido. Agua golpeando 
madera. 
El río. 
Mark sucumbió al abrazo de terciopelo. Oblivion lo tiró hacia abajo, en las 
imágenes oníricas que momentáneamente había dejado atrás. Bien formado, con 
sus miembros flotantes, con sus brazos y piernas, todos teñidos de un tono cálido y 
seductor color escarlata. 
Algo le pinchó las costillas. Duro. 
La ira onduló a través de él como una serpiente, provocando que Mark se 
levantara... sólo para golpear una ardiente pared de sol y sonido. Haciendo sonar 
cuernos. Voces distantes. Su camisa de lino y pantalones de lana estaban mojados y 
pegados a su piel. Cada hueso de su cuerpo, cada músculo y cada centímetro de 
piel hervía con consternación, como si despertara de un sueño de mil años. Como si 
se despertara de entre los muertos. 
Su cerebro pulsaba, amenazando con estallar dentro de su cráneo. Con un 
splash se derrumbó hacia atrás en el agua de sentina reunida frente al centro
estrecho del casco. Sus dientes se sacudieron mientras el bote se balanceaba sobre 
las altas, agitadas olas. 
Mark se enroscó sobre su costado, gimiendo, y apretó los puños en las cuencas 
de sus ojos, muy débil para importarle que el agua del río marrón lamiera su 
mejilla. 
—Infiernos—jadeó. Incluso las cuerdas vocales le picaban, desde el fondo de su 
pecho. 
—No, Señor Alexander—corrigió la voz con alegría—No es el infierno. Sino 
Londres. 
Con los párpados entrecerrados, Mark enfrentó al individuo pronto-a-ser muy-desafortunado 
que lo había forzado a estar en ese estado insoportable de 
conciencia. Un canoso, caballero con bigote y pantalones, con crujiente camisa 
blanca y chaleco negro y verde a rayas le sonrió desde su posición en la proa de la 
canoa de madera. Una correa negra le cruzaba la estrecha frente, sosteniendo un 
parche negro en su lugar sobre un ojo. El hombre se echó a reír, levantando un 
gancho de palo, y señaló con la punta a Mark. 
—Me picas con esa cosa de nuevo, Leeson, y te mataré—gruñó él. 
La corteza inmortal de una carcajada salió y acomodó el garfio en sus rodillas. 
—Mis disculpas, su señoría. Pensé que se iba a la deriva otra vez. He esperado 
un buen rato para que usted despertara. Desde Tilbury, no menos. 
Mark se levantó en un codo. Plantando los tacones de sus botas contra el centro 
del casco, se impulsó unos cuantos centímetros hacia atrás hasta que pudo sostener 
sus hombros contra un banco de madera cruzada detrás de él. Dios, le dolía. A 
través de ojos llenos de arena vio una escena familiar: el muelle y los almacenes de 
los muelles de Londres, con un enjambre de obreros y marineros, y al oeste, las 
dentadas agujas de la torre del reloj y el Parlamento. Una barcaza de carga enorme
pasó pesadamente. A su paso hizo que los remos del bote hicieran un movimiento 
de balanceo otra vez. Él puso sus dedos sobre la baranda de madera. 
¿Cómo diablos fue que terminé aquí? 
—No puedo decir que conozco la respuesta a eso, señor. —respondió Leeson— 
Lo último que supe, es que estaba fuera al otro lado de la tierra en busca de ese 
profesor y de sus pergaminos. 
Los Inmortales no podían leer los pensamientos de otro, pero eran capaces de 
comunicarse en silencio. Mark se recordó a sí mismo no hablar de tal manera en 
compañía de Leeson si no quería que lo oyera. En la intimidad de su mente recién 
cerrada, trató de reconstruir un cierto marco de recuerdos. Lo último que podía 
recordar, era que había anclado en la bahía de Bengala, preparándose para ir a 
tierra en busca de la expedición interior del profesor Limpett, cuando una densa 
niebla había caído del mar. 
¿Pero Londres? Londres era el último lugar en que deseaba encontrarse a sí 
mismo, si quería seguir con vida. Rebuscó en el bolsillo de su camisa y sacó las 
gafas oscuras, con sus alambres de oído irremediablemente torcidos. Con manos 
temblorosas, las ángulo sobre su rostro. Gracias a Dios, atenuaban el obsceno 
resplandor de la luz del día. Dios, estaba cálido. Su ropa, el aire, lo sofocaban. 
—El clima devastador de febrero—murmuró. 
—Ah, así sería si fuese febrero, señor—coincidió Leeson suavemente—Pero es 
mayo. Veintinueve de mayo de 1889. 
Una descarga cayó en Mark, entumeciéndolo y hormigueando sobre los labios 
a lo largo de su cuero cabelludo. Todo a su alrededor, la temperatura del aire, la luz 
del sol y la actividad confirmaban que la de afirmación de Leeson era cierta. Tres 
meses de tiempo perdido. A pesar de que mantuvo la revelación -sus pensamientos 
internos- para sí mismo, sus facciones debían haberse aflojado o palidecido más 
aún, porque la sonrisa jovial desapareció los labios de Leeson.
Mark susurró: 
—Los tailandeses… 
Leeson inclinó la cabeza y redirigió su mirada justo por encima de Mark. 
—Es allí. 
Mark se movió, retrocediendo mientras una forma de calor rompía a lo largo de 
sus músculos, y se volvió para mirar. Una generosa longitud de cuerda se deslizó 
sobre el agua para ascender a la proa de las novecientas toneladas de barco de 
vapor, a la deriva, preocupantemente sin tripulación. Reuniendo sus fuerzas, Mark 
se izó a sí mismo en el banco de madera y pescó la línea del agua. 
Leeson se movió, siempre ágil. 
—Permítame hacer eso, su señoría. 
Mark no le hizo caso, tirando de la cuerda, cerrando la distancia entre el bote y 
el yate. Sus músculos rugieron a la vida, despertados por el uso y la tensión. Tres 
meses. Tres malditos meses. Las implicaciones eran asombrosas. Él maniobró por 
debajo de la cuerda colgante de la escalera. 
Agarrar los lados, enganchó su empapada bota en el peldaño más bajo. 
— ¿Te envió Black?—Exigió. 
Detrás de él, el barco se balanceó mientras Leeson se sentaba en el banquillo. 
Respondió en voz baja: 
—Yo permanezco a su servicio. 
— ¿Pero todavía no ha regresado a este lado?
—No, señor... —La voz de Leeson se alejó. Miró a lo lejos—Pero lo hará 
pronto, quiero pensar. 
Balanceándose contra el casco, Mark subió hasta llegar a la barandilla de 
madera pulida. 
Quitando el seguro de la puerta con bisagras, apretó los dientes y subió a la 
cubierta. Después, Leeson se equilibró y llegó a la escalera. 
Mark miró hacia abajo. 
—No te preocupes, viejo. 
En cuanto a aspectos prácticos, no requería de Leeson o de otra persona de 
asistencia para navegar el buque, aunque prefería mantener a los tailandeses 
totalmente en la tripulación por las apariencias. 
Leeson estaba más descalificado sobre la base de la honradez. Su lealtad 
pertenecía a Archer, el Señor Black, el antiguo mentor de Mark dentro de los 
Centinelas de las Sombras inmortales. Black era también el Recuperador que 
probablemente sería enviado por el Consejo Gobernante Primordial como asesino 
de Mark. 
Él señaló a la escalera, con la mano sobre el puño: 
—Sólo dile que estaré listo para él. 
Dejando caer la masa de peso de la cuerda en la cubierta, Mark giró sobre sus 
talones y se quitó la camisa de los hombros y brazos. Hervía con descontento. Sólo 
Dios sabía dónde estaría el profesor ahora. Podría regresar directamente a mar 
abierto y comenzar la caza de nuevo, pero necesitaba recuperar su orientación y el 
reabastecerse. Cerrando los ojos, pensó en el timón del buque. El barco respondió 
lentamente alterando su curso a lo largo de la línea del oeste.
Él hizo una pausa, con su mano suspendida sobre los botones de su pantalón. A 
través de dos portales de vidrio vio la cabina interior. Obras de arte enmarcadas 
colgaban de las paredes en ángulos extraños. 
Elegantes cortinas estaban hundidas, rasgadas en tiras. Los arcones estaban 
volcados y abiertos, con su contenido esparcido por todas partes. Todo lo que no 
había estado clavado estaba totalmente alterado, como si el barco hubiera navegado 
a través de un tifón. Sin embargo, un alivio cauto corrió a través de él. No había 
cuerpos, ni sangre, ni rastro de sus tripulantes mortales. Oró porque estuvieran 
vivos en alguna parte, y que sus asesinos por su mano o de otra manera no 
estuvieran ocultos en la oscuridad de la bóveda de su mente. 
Podría estar perdiendo la cordura poco a poco en fragmentos, pero no era 
idiota. Todavía no, de todos modos. Estaba claro que había sido arrastrado a 
Londres sobre el océano y a tiempo por un propósito específico. 
Pero ¿por quién? Hasta hacía poco, debido a que él era un miembro de élite de 
los Centinelas de las Sombras, cada movimiento de Mark había sido gobernado por 
el Consejo Primordial. 
Desde su bastión en el interior del reino interno protegido, que existía en un 
plano paralelo a la población mortal de la Tierra, los tres Ancianos -Aitha, Hydros 
y Khaos - enviaban centinelas a todos los rincones del planeta con el propósito de 
proteger los intereses de la raza Amaranthine. La más importante de las 
responsabilidades de un Centinela era la de cazar, o de “Recuperar”, las almas más 
peligrosas de la humanidad, almas tan moralmente corruptas que alcanzaban un 
estado poderoso y sobrenatural conocida como Trascensión. Tales almas muy 
depravadas eran capaces de cruzar hacia el mundo interior y causaban la 
destrucción y la muerte de seres inmortales. Jack el Destripador había sido un alma 
de esas. 
Había sido durante la caza de Jack (que no sólo había Trascendido, sino que 
también rápidamente se había convertido en una fuerza sin igual de maldad
conocida como brotoi después de haber sido reclutado por la oscuridad Antigua, 
Tántalus), que el destino inmortal de Mark había tomado un giro peligroso, aunque 
por su propia decisión. 
Mark, el hijo inmortal de Cleopatra y su amante el triunviro romano, Marco 
Antonio, había luchado durante siglos por liberarse de la herencia trágica de la 
pasión de sus padres y de la muerte. Decidido a definirse a sí mismo por su historia, 
por sus victorias, había llevado a cabo un acto audaz de heroísmo y cruzado hacia 
el estado de Transición. Su sacrificio había nivelado el campo de juego de los 
Centinelas de las Sombras en contra de Jack y había garantizado la Recuperación 
de Archer del desenfrenado y cruel brotoi, a quien Tantalus había escogido como 
Mensajero en la Tierra, uno que despertaría a una dormido ejército brotoi, y 
ayudaría en la liberación de Tantalus de su prisión terrenal. 
No, él no había sido el primero de los Centinelas de las Sombras en ofrecerse a 
Trascender para asegurar la derrota de un poderoso adversario, pero no había 
querido seguir el mismo camino que los otros que le habían precedido: es decir, el 
destierro de los Centinelas, la locura y la eventual muerte final con su captura y 
ejecución. Los Primordiales, después de todo, no podían permitir a tan peligrosa 
amenaza para el Reino Interno sacrificarse sin control, valiente o no. 
Mark sólo tenía una pequeña ventana de tiempo para salvar su existencia 
inmortal y recuperar su lugar entre los Centinelas, una hazaña que le aseguraría la 
leyenda sin precedentes en la historia de los Inmortales. Esa ventana se hacía más 
pequeña con cada latido y cada respiración que pasaba. 
A veces, voces susurrantes lo invitaban a sucumbir, pero hasta ahora había 
permanecido fuerte y se había mantenido detrás de una pared gruesa, de mutación 
dentro de su cabeza. 
Ah, pero su maldita suerte había explotado. Había perdido ya tres meses de 
tiempo precioso. ¿La insidiosa locura en su interior se habría retrasado o se habría
vuelto más poderosa? ¿Más poderosa que su fuerza para contenerla? Los próximos 
días lo dirían. 
Ellos están aquí en Londres, sabe. 
La voz de Leeson hizo eco en su cabeza. 
Los que busca. 
Un objeto se precipitó sobre la barandilla desde tierra al lado de su bota. Un 
diario, apretado dentro como un cilindro. Él se inclinó, tomando el paquete con la 
mano. Tirando de la cuerda, desenrolló el papel, que había sido doblado para 
mostrar la página de los obituarios. Un anuncio había sido encerrado en un círculo 
de tinta negra. 
William Demerest Limpett, profesor de Antiguos Idiomas e Historia 
Nacido en: Egremont, Cheshire 
Muerto: 12 de febrero de 1889, Kolkata 
Entierro en el cementerio de Highgate, el jueves, 30 de mayo, 18:00 hrs. 
Mark se volvió a la barra y miró por encima. En la sombra de la embarcación, 
el vacío bote se balanceaba sobre las olas. 
— ¿No va a darme las gracias?—Dijo una voz junto a él. 
Mark rechinó los dientes. 
— ¿Por qué haces esto? En caso de que lo hayas olvidado, soy un paria. Un 
desterrado. Estoy perdiendo poco a poco mi mente. Quién sabe cuándo me volveré 
babeante demonio y te rasgaré la cabeza. 
Leeson se rió entre dientes. 
—He Recuperado. Lo he hecho antes. —Se encogió de hombros—Usted ha 
hecho su decisión por razones nobles. Para salvar a los demás. Para salvar a Archer 
y a la señorita Elena. Estoy en deuda con usted por eso.
Mark hizo una mueca de dolor con el panorama color de rosa, inexacta que él 
había pintado. 
—Vamos a ser claros uno con el otro Leeson, o te vas ahora y no vuelves. ¿Qué 
instrucciones has recibido de los Primordiales, o de Archer con respecto a mí? 
Una pausa extendida gobernó el espacio entre ellos. 
Finalmente Leeson dijo: 
—No he recibido instrucciones del Reino Interior. No en lo que se refiere a 
usted o a ninguna otra cosa. 
Los ojos de Mark se estrecharon a eso. El propósito de la existencia de Leeson, 
como secretario del Señor Black, era la comunicación. Era el hombre con las 
respuestas, el que transmitía información pertinente del Reino Interior. 
— ¿Por qué diablos no? 
La respuesta de Leeson salió. 
—Porque los portales están cerrados. 
— ¿Qué quieres decir con que están cerrados? ¿Todos? 
Leeson asintió lentamente. 
— ¿Por cuánto tiempo?—Exigió Mark. 
El pequeño hombre vaciló. Mark escupió: 
—Como ya he dicho, o me dices todo o te vas. 
Leeson espetó: 
—Desde poco después de que su señoría pasara a la señorita Elena. Recibimos 
la noticia que había sobrevivido al paso y luego... nada.
Nunca en la historia de la tierra las puertas cerradas habían estado por más de 
unos días. 
Tal vez tenían a un alma particularmente desagradable Trascendida suelta, con 
el fin de proteger el Reino Interior, pero una vez que el alma deteriorada se 
regeneraba con éxito y era enviada a la prisión eterna de Tantalus, los portales se 
volvían a abrir. 
— ¿Por qué han estado cerrados durante tanto tiempo? 
Su compañero lo miró llanamente. 
—Por los informes que he oído de este lado, ha habido una proliferación de 
almas deterioradas con síntomas particulares de brotoisismo. Parecen estarse 
organizando. Nuestros Centinelas de las Sombras, en todos los lugares del mundo 
tienen las manos llenas. 
—Sin embargo, ¿los Centinelas ha sido capaz de contenerlas? 
Leeson asintió: 
—Pero supongo que las puertas permanecerán selladas hasta que se determine 
lo que está pasando allá abajo, aunque sean sólo rumores de una rebelión a gran 
escala. Es un feo hijo de puta, ese Tantalus. Espero que lo hieran y le recuerden 
quién está a cargo. —Apretó los puños, pero su atención regresó rápidamente a 
Mark. —No hay nada qué decir, señor, sin órdenes específicas, estoy bastante a la 
deriva. 
Mark sugirió oscuramente. 
— ¿Por qué no te unes a mi hermana? Ella está siempre en busca de alguien al 
cual darle órdenes. 
Leeson resopló.
—Ella no me informa de sus tareas o actividades, y yo no informo de las mías. 
—Infló las mejillas. — ¿Sabe usted que después que nos dejó en Octubre, se comió 
toda mi colección de novelas cortas de un centavo? 
Mark no pudo evitar sonreír. 
—¡No! 
Su hermana tenía un fetiche raro de devorar palabras escritas, literalmente. Y a 
pesar de que tenía un gusto muy bueno en lo que a material comestible, cuando 
estaba enfadada o frustrada, destrozaba todo a su alcance. 
Leeson siguió. 
—No sólo está perturbada por su decisión de Trascender, sino que está furiosa 
por su fracaso hasta el momento para reclamar a su asesino Thames. 
La mirada de Mark recorrió en la metrópoli. Meses antes, cuando todos habían 
estado envueltos en la búsqueda del Destripador, Selene había mencionado que su 
cargo actual de búsqueda de un asesino que desmembraba a sus víctimas mujeres y 
depositaba las partes de sus cuerpos alrededor de Londres le estaba resultando 
difícil. 
Selene estaba ahí, entonces, todavía en la ciudad. 
—Por su propia cuenta, que es por lo que me preocupa—Leeson se encogió de 
hombros—Esa chica siempre ha sido un poco nerviosa para mi gusto, sin ánimo de 
ofender a usted o a ningún ilustre antepasado, señor. 
—No importa. Pero ¿por qué has elegido ayudarme? No me sorprendería si los 
Primordiales te castigaran por ello. 
—Siempre he sido un poco más jugador, su señoría. E independientemente de 
lo que diga, creemos que eligió ese camino por las razones correctas y para salvar a 
los demás. Apuesto a que va a superar esto. Estoy orgulloso de estar a su lado...
hasta... hasta... —Apoyó un puño en contra de su cintura, y añadió con seriedad— 
Entiende que si su señoría vuelve con la asignación de asesinarlo, yo tengo que 
estar para ayudarlo a la realización de esa orden. 
—Por supuesto—contestó Mark rotundamente. 
***** 
Mina había perdido a su padre terriblemente, pero a pesar de sus esfuerzos, no 
podía reunir lágrimas en su funeral. Por el contrario, el impulso de estornudar 
jugaba en el interior de sus fosas nasales con enloquecedora intensidad, a raíz del 
incienso picante que nublaba la pequeña capilla Anglicana, y por la gran cantidad 
de aerosoles de fragantes flores blancas. Se llevó un pañuelo a la nariz. 
—Ahí, ahí—consoló a la condesa de Trafford. 
Su tía Lucinda, bella como el sol, era sólo uno o dos años mayor que ella, y era 
la segunda esposa del tío viudo de Mina, el distinguido Señor Trafford. La hermosa 
joven envolvió un delgado brazo alrededor de los hombros de Mina. 
—Estás a salvo aquí con nosotros ahora. No hay necesidad de que tengas 
miedo nunca más. 
El perfume profundamente floral de Lucinda la envolvió. Mina asintió, 
sintiendo náuseas. La Capilla gótica. Los olores. El ataúd. El corsé ridículamente 
estrecho. En realidad, todo era sólo demasiado. Ella se ahogaba en seda negra. 
—Trafford—dijo la condesa, instando a su marido—ve buscar una silla. Creo 
que la señorita Limpett se va a desmayar. 
La tela crujió. Voces murmuraban bajas, con lástima. Aunque el servicio real 
había concluido momentos antes, Mina dejó que la acomodaran en un sillón. 
Nunca se había desmayado en su vida, ni siquiera se había acercado, pero la 
sensación de ser mimada no era tan terrible. De mala gana su mirada volvió al 
largo ataúd de palo de rosa, que aparecía en un féretro bordeado de terciopelo. La
luz del candelabro se reflejaba en las manijas de plata. La tapa estaba cerrada, por 
supuesto, como los documentos necesarios por la muerte de su padre en Kolkata 
que había tenido lugar unos tres meses antes. 
Habría irritado al profesor saber que ninguno de sus asociados británicos del 
Museo o de la universidad había ido a presentar sus respetos finales, pero la verdad 
era que lo habían abandonado hace mucho tiempo, incluso antes de las alegaciones 
de los préstamos inadecuados. 
Una cola ordenada de invitados vestidos de negro pasaron ante Mina, 
ofreciendo sus simpatías, todos conocidos del Señor y de la Señora Trafford y 
ajenos a ella. No había duda de que serían extraños para su padre. Después de otro 
rato, su tío la miró por la nariz estrecha, enganchada, y le ofreció su brazo. 
— ¿Estás lo suficientemente bien, querida? 
Mina asintió y se levantó, aceptando su escolta. Él la llevó pasando a Lucinda y 
a sus dos hijas. Astrid, rubia y resplandeciente, incluso en su detestable traje de 
luto, estiró un brazo a su blanda hermana, Evangeline, terriblemente miope, quien 
tenía una tendencia a entrecerrar los ojos. Las dos jóvenes, separadas en edad por 
menos de un año, llevaban idénticas expresiones de aburrimiento. Ella sabía que le 
achacaban la muerte de su padre, y no podía culparlas realmente. Él había sido un 
hombre que nunca habían conocido, y los procedimientos de su funeral habían 
interrumpido las fiestas de su temporada de debut. Ella esperaba que las tres 
pudieran acercarse más en los días posteriores. 
Cruzando el umbral, Mina inhaló profundamente el aire a finales de la 
primavera. El cementerio de Highgate se extendía en todo su exuberante esplendor 
contra el lado de la empinada colina. A lo lejos, ángeles de piedra oraban. Cruces, 
algunas cubiertas de hiedra, se alzaban sobre las losas de piedra plana. Un 
repentino sonido de metal se escuchó desde atrás, sorprendiéndola. Lucinda 
exclamó, dirigiéndose a mirar por encima de su hombro. Mina hizo lo mismo y
observó el ataúd de su padre bajar poco a poco con saltos a un enorme agujero en el 
suelo. Ella cerró los ojos, casi sobre cogida por... 
El alivio. 
El ataúd una vez bajó al nivel inferior, para ser transportado por los 
trabajadores del cementerio a las catacumbas, donde finalmente, el ataúd sería 
colocado detrás de una puerta de hierro con llave. 
Para siempre. 
Cuando abrió los ojos, se encontró con la condesa mirando a su marido. 
— ¿No podían haber esperado unos minutos más? 
—Ya es tarde—. Su tío se tocó el ala de su sombrero de copa y miró hacia el 
cielo. —Estoy seguro de que prefieren... ah, enterrar al querido William antes del 
atardecer. 
El estimado William. 
Mina sofocó una sonrisa. Si tan sólo su padre pudiera haber sido escuchado el 
amable cariño. No había tenido las mejores relaciones con el hermano mayor de su 
esposa. 
El Señor Trafford había creído, igual que el resto de la sociedad, que el erudito 
académico estaba lejos del estado de su hermana. Pero, por suerte, el Señor y la 
Señora Trafford habían sido más que amables y de aceptación hacia ella. Sin ellos, 
ella no tenía otro lugar a donde ir. Desde la búsqueda de su padre con todo lo 
relacionado con la inmortalidad, y sus extensos viajes, había dejado a Mina nada 
menos que con ningún centavo. El Señor y la Señora Trafford ya habían expresado 
su intención de presentar su próxima temporada, una vez que hubiera salido de 
luto. En el momento actual, a Mina no se le ocurría nada mejor que sumergirse en 
las fiestas, en el romance, en las pilas de vestidos y en todas las frivolidades de las 
otras mujeres y de la permanencia que habían estado hasta ahora negadas en vida.
Ella les aseguró: 
—Todo está muy bien. Por favor no se horroricen en mi nombre. 
La capilla de los disidentes estaba al otro lado del camino. Allí también, otro 
funeral parecía llegar a su fin. Los asistentes pasaban por la puerta, en un aumento 
repentino de negro. 
Astrid dio un ronroneo bajo. 
— ¿Quién es? 
La mirada de Mina se enganchó en un caballero en particular. No había salido 
con los otros dolientes. Había estado en las sombras al lado de uno de los pequeños 
miradores, como si esperara a alguien. Alto y ancho de hombros, cerró un 
periódico doblado y que parecía haber estado leyendo. Llevaba un sombrero de 
copa alta. Azules lentes escondían sus ojos, pero no hizo nada por ocultar la bolsa 
sensual de sus labios o el conjunto de su mandíbula tensa. 
— ¿Dónde?—Exigió Evangeline, entrecerrando los ojos. — ¿Quién? 
Al doblar el periódico una vez más, él guardó el paquete estrecho bajo el brazo. 
Incluso a esa distancia, Mina podía sentir la intensidad de su mirada. Su no 
sonriente atención parecía estar centrada intensa... increíblemente... sobre ella. 
— ¿No es ese Señor Alexander?—Su tío reflexionó. 
—Estoy segura de que no lo conozco—respondió Lucinda en voz baja. 
Las mejillas de la condesa se llenaron de un profundo y rico color. Por 
supuesto, se dio cuenta Mina, el apuesto caballero no había estado mirándola a ella 
con tal intensidad, sino a la hermosa Lucinda. 
—No lo había visto en meses—reflexionó su tío, riendo entre dientes—Algunos 
de los asistentes en el club incluso bromearon.
Sus palabras se interrumpieron bruscamente. Sus cejas se levantaron, su sonrisa 
se desvaneció y pareció inmediatamente contrito. 
— ¿Sugiriendo qué?—Lucinda preguntó, con su voz en un susurro ahogado. 
—Jested, querida. Lo llamaban Jack... Jack el Destripador, quien... er, redujo 
sus actividades al mismo tiempo. 
—Trafford. Humor tan bajo, y en una ocasión como esta. Deberías pedir 
disculpas de una vez a nuestra sobrina. 
De repente, una gran bandada de pájaros surgió de las encinas, llenando el aire 
con un silbido de hojas y alas. Gorras y sombreros de copa se volvieron al unísono, 
mientras todos los reunidos veían la masa oscura surgir como un fantasma asustado 
y desaparecer en las copas de los árboles. En secuela, Mina vagamente registró que 
el apuesto caballero que había estado de pie junto a la capilla ya no estaba. Una 
decepción inesperada la atravesó. 
Lucinda y las chicas se alejaron hacia los carruajes. Mina y su tío las siguieron 
unos pasos atrás, hasta que un señor de edad dio un paso en su camino. Después de 
ofrecer sus condolencias una vez más, cortésmente él pidió hablar con Trafford en 
lo referente a un caballo. 
Excusándose de la conversación, Mina vagó unos pasos, sabiendo que esa sería 
su última parte de libertad antes de ser superada una vez más por un mar negro y 
espeso. Había vivido durante tanto tiempo en los bordes de la buena sociedad, que 
los meses restantes del respetable luto pesaban sobre ella, como un velo denso, 
asfixiante. 
Se quedó quieta, escuchando. 
¿Alguien había dicho su nombre? 
Inclinó la cara hacia la voz.
Él, el hombre al que su tío se había referido como el Señor Alexander estaba 
allí, justo a su lado, alto, elegante y con intención. El corazón le dio un pequeño 
salto. La tarde continuaba y las sombras se hacían más largas, pero, ¿cómo no 
podía haberlo visto claramente? Un estremecimiento oscuro onduló a través de ella, 
desde la parte superior de su crespón con adornos en su sombrero a los dedos del 
pie de sus negros zapatos cuadrado de cuero en una respuesta muy inapropiada, 
dado el caso de ese momento, pero nadie más necesitaba saberlo. 
Igual que su tío, él llevaba un traje de corte, preciosamente rico, de la clase que 
sólo los más ricos señores podrían encargarle a los sastres de la famosa Savile Row 
de Londres. En alguna parte a lo largo del camino se había deshecho del periódico. 
— ¿Señorita Limpett?—Repitió, acercándose con pasos medidos. 
Ella tuvo que impedirse conscientemente mirar a su alrededor para ver si había 
alguna otra Señorita Limpett en las proximidades. 
— ¿Sí? 
—Espero que perdone a mi violación del protocolo de renunciar a una 
presentación apropiada—. Su voz era rica y cálida, sus palabras tenían elegancia. 
Hábilmente se quitó el sombrero para revelar una mandíbula con pelo largo rubio, 
con rayas de un tono más pálido que el de la luna. —Soy… 
—El Señor Alexander—susurró. 
Ella se ruborizó, avergonzada, sin tener la intención de decir su nombre en voz 
alta. 
Su sonrisa reveló un rastro de vanidad. 
— ¿Cómo lo sabe? 
—Mi tío lo reconoció.
— ¿Ah, sí?—Sus cejas se elevaron con buen humor. —Eso es bueno... o tal vez 
es muy malo—Rió entre dientes, bajo, con un sonido masculino—El tiempo lo 
dirá, supongo. Sin embargo, estoy aquí para verla—Su expresión se volvió solemne, 
una vez más. —Vi el anuncio en el periódico y sabía que tenía que venir a darle el 
pésame. 
Ella se calentó con sorpresa. 
— ¿Conocía a mi padre? 
Él extendió la mano y se quitó las gafas, un gesto que reveló los más 
sorprendentes ojos azul pálido. Huecos ligeros oscurecían el espacio justo por 
encima de sus pómulos, como si no hubiera dormido lo suficiente en los últimos 
tiempos. Su presencia no disminuía su atractivo. 
—Me atrapan los idiomas. Un interés personal, de verdad. Nada en el nivel de 
la experiencia de tu padre. 
En ese momento, su atractivo adquirió una dimensión diferente. 
—Ya veo. 
—Me encontré en posesión de algo y quería que lo tuvieras. 
Tenía una manera de hablar que se sentía muy personal. Íntima, incluso. Como 
si fuera la única persona en su mundo, al menos por el momento. Ella recordó la 
reacción de Lucinda y se preguntó si todas las mujeres sentirían lo mismo cuando 
se fijaban en su mirada penetrante. 
— ¿Qué es? 
Él sacó un objeto delgado y rectangular del bolsillo de su cadera, que le dio a 
ella. Sus manos enguantadas se tocaron brevemente, y una oleada de calor recorrió 
de nuevo sus mejillas. Mina bajó la barbilla, con el propósito de retirarse a la 
sombra de su sombrero, y al mismo tiempo, considerando la caja de cuero. Ella
deslizó el pulgar enguantado contra las diminutas doradas del cierre, y en su 
interior encontró una fotografía con dos hombres agachados al lado del otro, 
encima de una losa inmensa de piedra. 
Ella se quedó sin aliento en la garganta. Por primera vez desde que el ataúd de 
su padre había sido sellado en Nepal, las lágrimas corrieron en contra de sus 
pestañas. Se le nubló la visión con la imagen de su padre como un hombre joven, 
con su sombrero de tres picos a un lado, y su rostro radiante de emoción. Él nunca 
había perdido ese fervor, ese entusiasmo por la aventura. Ni siquiera en los 
momentos finales cuando le había dicho adiós. 
Él explicó en voz baja. 
—La fotografía había sido tomada en las ruinas de… 
—Petra. Sí. Reconozco el templo. ¿Quién es ese hombre con él?—Ella señaló, 
levantando el marco para dar una mirada más cercana. 
—Su rostro estaba borroso. 
—Por desgracia. 
—Lo favorece sin embargo. Él es tu padre, ¿no?—Su señoría ladeó la cabeza. 
—Gracias—le susurró Mina. —Hemos viajado tanto de un lugar a otro. Por 
necesidad, He recogido algunos dedos de Menem. Atesoraré esto siempre. 
—Estoy contento—Él presionó los labios, como si reflexionara sobre las 
palabras que seguirían. —Señorita. Limpett... 
— ¿Sí, Señor Alexander? 
—Espero no sobrepasar los límites del decoro con la elección de este momento 
para abordar un tema en particular, cuando el dolor de su pérdida aún debe estar 
tan fresco.
Con esa proximidad, el atractivo dorado era casi asfixiante. 
—Por favor, hable libremente. 
Él asintió. 
—Soy consciente de que los periódicos acaban de publicar antes de su muerte 
que el profesor poseía una extensa colección personal más allá de la que de la 
encomendada por el museo. 
Un malestar se arrastró hasta la columna de Mina. Miró la fotografía, los ojos 
de su padre. 
—Me temo que sabemos muy poco acerca de las colecciones de mi padre—. 
Ella cerró la caja. —Puedo darle el nombre de sus abogados. Por favor, no dude en 
contactar con ellos y hacerles sus consultas. 
Lord Alexander continuó como si no la hubiera oído. 
—En particular, que era propietario de dos antiguos manuscritos muy raros, 
facsímiles de las dos tabletas más antiguas cuneiformes acadias, que ya no están en 
existencia. 
Mina apretó los labios y cerró los ojos. Si tan sólo el esfuerzo combinado 
pudiera hacerla desaparecer. 
Él suavemente presionó. 
— ¿Conoce los manuscritos a los que me refiero? 
Su primer instinto fue mentirle, fingir insipidez y fingir que no sabía nada de los 
dos malditos pergaminos. Nunca había sido buena para contar cuentos. 
—Yo... lo hago.
—Tal vez ahora que su padre ha muerto, ¿Podría estar dispuesta a desprenderse 
de ellos? 
—Me temo que no es posible. 
—Estoy dispuesto a pagarle generosamente por ellos. 
Ella intentó una sonrisa amable, fácil, mientras su mente desechaba las 
opciones de forma rápida para zafarse de su compañía, una inversión lamentable, 
pero necesaria, debido a su línea de cuestionamiento. 
—Los rollos no están disponibles para la compra. 
— ¿Tal vez ya haya vendido la colección a otra persona? ¿Al Museo Británico? 
—No. 
Sus cejas se levantaron. 
— ¿A los Boolak 
Mina negó. Él se acercó, tan cerca que casi no podía respirar por la magnitud 
de su presencia. 
— ¿Del Museo del Louvre? Debe haber un número de partes interesadas. 
El deshuesado corsé ceñido de Mina cortó incómodamente contra su caja 
torácica, justo debajo de sus pechos. Su corazón latía estruendosamente. 
Su voz baja, casi se convirtió en un susurro. 
—Si simplemente puede proporcionarme un nombre, estaría más que feliz de 
acercarme a ellos yo mismo. 
Sus ojos... eran tan penetrantes, como si vieran directamente en su interior. No 
había, de hecho, habido ofertas. También había habido una amenaza, por lo que
llevaba una pistola muy desagradablemente apoderándose de los flecos, de la bolsa 
de cuentas en su muñeca. 
—No le puedo dar ningún nombre. 
Sus pensamientos se retorcieron dentro de su cabeza, sin duda el resultado 
desafortunado de su torturada conciencia. Él irradiaba un magnetismo peculiar. De 
pronto se imaginó a sí misma besándolo duro en la boca, con las manos enredadas 
en su pelo. 
Él sonrió, casi como si lo supiera. 
— ¿Dónde están los manuscritos, señorita Limpett? 
Ella experimentó un deseo irresistible de confesarle todo, de darle todo lo que 
quería. 
—Están con padre—dijo ella abruptamente. 
La sonrisa brotó de sus labios. 
— ¿Qué quieres decir... con Padre?
Capítulo 2 
Mina miro fijamente hacia la Calle de los muertos, donde el camino de tierra 
desaparecía en las sombras de un corredor de robles. Por ahora el ataúd de su padre 
había sido transportado por los trabajadores del cementerio a las catacumbas. 
Incluso a la tenue luz, la cara de Lord Alexander aparecía un tono más blanca. 
—No puedes hablar en serio. ¿Los rollos fueron….enterrados con tu padre? 
—Al final lo fueron— ella se aclaró la garganta, y se obligó a hablar aunque 
sentía una cuerda en torno a su cuello. —Eran sus más preciadas posesiones. 
— ¿Antiguos papiros, nunca han sido traducidos o transcritos, y tú me quieres 
decir—Él se rio, y fue un profundo sonido incrédulo—que se han perdido para 
siempre? 
Ella retorció sus manos en el cordón de terciopelo de su bolso. 
—Han pasado tres largos meses, como ve… 
—Oh eso sí que es brillante. 
Ella miró debajo del borde de su bonete. 
— ¿Supongo que le gustaría tener su foto de vuelta? 
Él respondió con una sonrisa compungida. La sonrisa que usaba, aunque 
estrecha, parecía sorprendentemente genuina, como si le divirtiera. 
—No, señorita Limpett, no deseo mi foto de vuelta—Mientras decía las 
palabras, él imitó su cadencia y tono, con un suave flirteo que envió un temblor de 
placer a través de ella. —Estoy desilusionado, por supuesto, pero ¿Quién soy yo 
para oponerme a los últimos deseos de un hombre moribundo? Lo debería haber
anticipado. Miró al cementerio, golpeando su sombrero sobre su bien musculado 
muslo. —William siempre fue bastante excéntrico. O eso es lo que me han dicho. 
Mina asintió. La excentricidad de su padre había sido la perdición de su 
existencia. 
—Supongo que debo dejarla ahora, señorita Limpett, y permitirle que vuelva 
con su familia—Él se quitó su sombrero. 
—Gracias por venir—dijo ella, sintiéndose a la vez aliviada y decepcionada de 
que su tiempo juntos hubiera terminado. —Su presencia habría significado mucho 
para mi padre. 
El borde de sus labios se torcieron hacia arriba, y ella vislumbró la maldad de 
sus ojos. Devolvió el sombrero a su cabeza. 
—Me gustaría pensar que sí. 
Mina lo miró mientras se dirigía a la portería, y finalmente desaparecía a través 
del arco, hacia el camino principal, donde las filas de los cocheros llenaban el carril 
de Swain, a la espera de personas para transportarlas desde el cementerio. 
Su tío se acercó, sosteniendo su bastón. 
—Siento mucho haberte abandonado. 
—Estaba disfrutando del paisaje. 
Extendió su mano y la llevó hacia los dos coches fúnebres que se habían 
alquilado especialmente para ese día. 
—Era Lord Alexander el que hablaba contigo, ¿no? 
—Si lo era. 
— ¿Que era todo lo que te estaba diciendo?
Sus zapatos crujieron sobre la grava gris. Al llegar al carruaje el lacayo de 
Trafford, de librea negra, abrió la puerta y bajó las escaleras. 
—Aparentemente conocía a mi padre. 
— ¿Él?—Su señoría se vio confundido. —Imagina eso. Me pregunto si podría 
alcanzarlo. 
—Estoy segura que podrías—Dijo ella levantando su mano. —Acaba de pasar 
por la puerta. 
—Vete a la casa con las mujeres—El pueblo de Highgate estaba localizado en la 
ladera norte de la ciudad de Londres. Lord Trafford no solo había arrendado a los 
cocheros sino también una casa de campo con todo su personal. Para mayor 
conveniencia, la familia se había alojado ahí, cerca del cementerio la noche 
anterior. —Por favor transmítale a su señoría que los seguiré un poco más atrás y 
todos podremos viajar a la cuidad juntos. 
Su tío la instó hacia el coche y se fue rápidamente en busca de Lord Alexander. 
Mina miró dentro del vehículo. Tres caras femeninas, enmarcadas en pieles y 
plumas, se asomaron desde la sombras en el interior. 
Sin embargo la conversación con Lord Alexander la había dejado inquieta, 
recordándole que había otros, más suspicaces y peligrosos, quienes no serían tan 
fáciles de aplacar si descubrían la verdad. Una repentina brisa rozó su nuca y ella se 
estremeció a pesar del calor de la noche. 
De alguna manera no se atrevía a subir las escaleras para unirse a las demás. El 
cementerio la llamaba, como un centinela de secretos. 
De sus secretos. 
¿Cómo podría comer, como podría dormir, hasta que estuviera segura?
Cruzando Swain Lane, escondido dentro de un pequeño bosque, Mark cerró 
sus ojos con la primera poderosa corriente, una oleada de calor de boratos. Gruño 
desde el fondo de su garganta, con la voluntad de cada hueso, de cada una de sus 
células y nervios para desvanecerse… para convertirse en nada. Para llegar a ser 
invisible. 
Transformado en sombra, emergió, maldiciendo bajo, a través de la carretera 
para girar entre los vagones, volviendo por donde había venido. Se permitió un 
placer ilícito. Se sacudió contra la señorita Limpett, enrollándose a ella por detrás. 
Inhaló su delicioso aroma de azahar, pero más allá de eso, ella exudaba su singular 
esencia, distinguiéndola como única de todas aquellas a su alrededor. Él sonrió 
complacido, cuando ella levantó su mano enguantada para tocarse la piel desnuda 
de su cuello en un inconsciente reconocimiento de su presencia. 
Él la había visto una vez antes, incluso conversado con ella, aunque ella no lo 
sabía porque en ese momento su rostro se había transformado en la cara y estatura 
de otro. Entonces él había encontrado su belleza cautivante y sensual. Y la 
encontraba aún más atractiva ahora. Encantadora, deliciosa. Pero ya no tenía 
tiempo para jugar. 
La abandonó en la capilla y se redujo a algo muy delgado como una navaja de 
afeitar y se deslizó debajo de la puerta cerrada. Se vanagloriaba de su invisibilidad, 
de su velocidad mercuriana cuando se movía y de su mayor precisión de 
pensamiento. Apenas podía permitirse esperar a dentro de unos momentos, en que 
pudiera finalmente tener es su posesión el conocimiento necesario para revertir el 
deterioro de su mente y alma. En el agujero abierto en el piso, fue en espiral a 
través del catafalco hidráulico que había bajado el ataúd del profesor, y fácilmente 
agarrado persistentemente al camino de dos trabajadores del cementerio. Los siguió 
por el túnel oscuro, sin continuar bajo la calle Swain hacia el cementerio del Este, 
sino desviándose hacia una pálida luz afuera, a través del desorden denso de los 
monumentos del cementerio.
Redujo la velocidad sólo cuando llegó a la terraza oscura de las catacumbas 
cortadas en la base de la tierra debajo de la iglesia de San Miguel. 
Mina dio un paso atrás del carruaje. 
—Por favor su señoría, puede irse sin mí. 
— ¿Irnos?—Lady Trafford agrandó sus ojos azules. — ¿Qué quieres decir, 
Señorita Limpett? 
—Yo…—Mina tragó. Nunca había sido buena para lo dramático. —Sólo 
necesito un poco más de tiempo con mi padre. 
La plácida expresión de Lucinda se fracturó, pero rápidamente enmascaró su 
impaciencia con una inclinación favorable de cabeza y una sonrisa. 
—Por supuesto. Astrid, Evangelina, pueden acompañar a su prima. 
Un coro de negativas petulantes sonó desde adentro. 
Mina levantó una mano. 
—No, por favor. Quiero estar sola. Caminaré de vuelta a la casa cuando haya 
terminado. No es lejos. 
—No seas ridícula, hay gitanos acampando en el campo al otro lado del 
camino—Su señoría miró hacia el cielo, y tocó con su mano enguantada contra el 
cordón de satín de su cuello. —Y se está haciendo tarde. El cementerio cierra al 
atardecer. 
—Si seguimos aquí otro momento, seré yo la próxima que termine aquí— 
murmuro Astrid en tono severo. 
—Estoy de acuerdo—Dijo Evangeline.
—Por favor—Mina levantó su pañuelo a su nariz y resopló, actuando las 
lecciones de persuasión que había aprendido de sus primas en días recientes. 
Susurró—Simplemente no estoy lista para separarme de él aún. 
—Oh, querida no llores—declaró su tía, juntando sus manos enguantadas. — 
Muy bien. Dejaremos al segundo cochero para que espere por ti. Por favor no te 
demores mucho. Recuerda, debemos regresar a la casa Mayfair esta noche, y en 
nuestro vehículo, ya que estos deben volver al establo local esta noche—Sacó un 
reloj de su bolso y suspiró. —Tenemos muchas citas mañana. El servicio de 
comidas y floristería para mi jardín para la fiesta de la próxima semana. No 
queremos estar agotadas en la mañana. 
Un momento después, el carruaje rodaba sobre la calle Swain. Mina ascendió 
por el sendero de las sombras de árboles. Sabía el camino porque lo había 
caminado el día anterior cuando su tío le había mostrado donde seria enterrado el 
ataúd de su padre. Entonces el sol estaba colgando alto en el cielo y el cementerio 
estaba vivo, lleno de visitantes. Ahora, por la tarde las sombras se colaban por la 
tierra junto a bajos y crespos mechones de neblina amarilla. 
Solo el sonido de sus zapatos en el sucio camino y el furtivo rasguño de las aves 
y de otras criaturas invisibles en los árboles y maleza, rompían el silencio. Un triste 
ángel de piedra apareció en la distancia con las palmas abiertas. Su pulso brincó, 
pero ella lo calmó por lo que eran los más irracionales miedos, temores que se 
establecerían con el resto, una vez que estuviera confirmada la seguridad del ataúd 
de su padre. 
En las puertas de hierro abiertas de la Avenida Egipto, Mina vaciló. Enormes 
columnas gemelas y obeliscos se repartían a cada lado del arco de entrada, como un 
portal de un templo antiguo. Un denso velo de hiedra se desplomaba desde lo alto y 
más allá… sólo había sombras. 
Su primer instinto fue retirarse, tan rápido como sus pies la llevaran a los 
coches, y a toda la parafernalia de la seguridad, normalidad y cordura.
Respiró profundamente y pasó por el camino de criptas alineadas, emergiendo 
rápidamente al Círculo del Líbano, donde se levantaban dos líneas de mausoleos 
cubiertos de cedro. 
Aunque los Trafford tenían una propiedad central en la cripta donde se 
enterraban a los miembros de título, el ataúd de su papá sería colocado junto al de 
su madre en una menos exclusiva terraza sobre las catacumbas. Mina agarró su 
falda y ascendió los escalones de piedra. 
Una fuerte brisa llenó las ramas de los arboles alrededor, llenando el círculo con 
un coro de susurros ininteligibles. Ella se giró, explorando el círculo, con la certeza 
que lo que oía procedía de los murmullos de los árboles. Los murmullos se 
calmaron. Y en su lugar vino un repetitivo y chocante tintineo de metal contra 
metal. 
Chink. Chink. Chink. 
La sospecha y el miedo se retorcieron en su garganta, y más profundo en su 
pecho, pero ella se lo tragó. Los sonidos que escuchaba eran como los producidos 
por los trabajadores del cementerio haciendo un último trabajo del día. 
Chink. Chink. 
Sus labios latían donde se había mordido un poco la carne. ¿Qué tarea podría 
necesitar esos golpes repetitivos e insistentes? Con cautela, se acercó a las 
catacumbas, donde el ataúd de su padre había sido depositado. La puerta de metal 
apareció con una pequeña abertura cuadrada marcada con barras de hierro. 
Sonidos de pies que se arrastraban venían de adentro. 
Chink 
El miedo a que su secreto pudiera descubrirse superaba cualquier temor de lo 
que podría estar en el interior haciendo ruido. Ella se puso en marcha en la punta 
de sus pies y se agarró al borde de la ventana. En la oscuridad, percibió la tenue
silueta de numerosos ataúdes, apilados en los estantes y cubiertos de polvo. Las 
flores que ella había arreglado ayer sobre el ataúd de su madre, estaban 
desparramadas en el suelo. 
Una sombra se movió. 
—Tú, ahí—llamó ella. 
La sombra se fusionó con la oscuridad, haciéndola preguntarse si había visto 
algo o no había sido nada. 
Abandonó la ventana y agarró el grueso mango de metal. Tiró pero fue en 
vano. La puerta estaba cerrada. 
Ella había visto algo. Y había escuchado algo también. 
Madera astillándose. 
Ella se volvió, corriendo hasta el borde del círculo, buscando a cualquier 
trabajador, o visitante, a quien pudiera gritar sus acusaciones de profanación. No 
vio a nadie. El viento torció sus faldas. Los murmullos volvieron, llenando sus 
oídos. Otra vez ella volvió a la puerta, presionando la punta de sus dedos contra su 
boca, suprimiendo la urgencia de un grito. Sin otro recurso giró el cierre de bola de 
su bolso y sacó su pistola. 
—Te lo advierto. Sal de ahí— desafió, con su voz retumbando en el silencio. 
La madera crujió. Ella metió el brazo entre los barrotes de metal, pistola en 
mano. Dispararía como advertencia y sacaría a la persona, al menos así sabría con 
quién trataba. 
Una gran piedra se precipitó en la oscuridad y golpeó la puerta al lado de su 
cabeza. 
Mina miró fijamente. Una sombra distinta creció. Se hizo más grande.
Ojos color bronce parpadearon…..brillantes. 
Ella gritó. La criatura rugió, a toda velocidad hacia ella. 
Ella disparó. 
Mark se agazapó en la oscuridad, silenciando su rabia. 
Cerró los ojos, y respiró profundamente por la nariz. Se concentró en la herida, 
trabajando en desintegrar la bala y reparar el omóplato roto. La intensidad del 
dolor disminuyó, pero no cesó. 
Un ruido de zapatos se acercó, y hubo un requerimiento de voces. Él abrió sus 
ojos. Una llave giró en la cerradura, su rotación metálica se hizo eco a través de la 
estrecha bóveda. La puerta gimió por dentro. Un operario viejo con la camisa 
arremangada, chaleco de piel suelto y pantalones cubiertos de suciedad, levantó 
una linterna para iluminar el interior. Su mirada escrutadora pasó directamente a 
través de Mark. 
—No hay nadie aquí señorita. 
—Eso no puede ser—La señorita Limpett apareció en la puerta, con su cara 
luminosa contra el telón de fondo de las sombras. 
Miedo y emoción brillaron en sus ojos. ¿Era posible que se hubiera puesto más 
bella desde la última vez que la había visto? Sus ojos se estrecharon. Tal vez era el 
simple hecho de que le había disparado. Siempre había admirado a las mujeres que 
manejaban armas con confianza, y bien. 
Su tío apareció a su lado. En su mano apretaba la pistola que ella tenía, con el 
cañón apuntando al suelo. Él también miro hacia el interior, con su alto sombrero 
de copa de seda reflejando la luz anaranjada del farol. 
¿Estás segura de que viste a alguien?, la punzó suavemente.
La señorita Limpett se puso rígida, con su mirada vidriosa se colocó en la 
robusta plataforma de madera donde estaba depositado el ataúd de su padre. 
Afortunadamente para ella, Mark había lanzado la tapa de modo que el pesado 
panel había caído en su alineación original. 
Su secreto estaba a salvo. 
El cuidador se aventuró al interior, agachándose. La punta de sus barrosas 
botas de trabajo afectó varios de los remaches que Mark había aflojado. El silbido 
del metal golpeó la pared de piedra y se hizo eco a través de la cripta. 
— ¿Que fue eso?—preguntó su señoría, en un mejor ángulo para ver, pero no 
tan lejos como para entrar. 
El cuidador bajó la linterna y miró el piso. Viendo los remaches, los viejos ojos 
del hombre se agrandaron. Hizo girar la luz hacia los ataúdes en sus nichos. El 
miedo se reflejó en sus facciones, y su manzana de Adán se movió. 
—Nada, su señoría. Nada en absoluto. 
Se retiró hacia atrás, como si tuviera miedo de darle la espalda a la oscuridad. 
A pesar de su dolor Mark sonrió con depredador placer. 
—Será mejor que sigamos nuestro camino ahora—susurró él. —Cerrarán las 
puertas pronto. 
—Tiene razón, Willomina—Su señoría trató de arrastrarla suavemente, pero su 
mano enguantada se aferró al borde de piedra de la puerta. 
—Querida, estás alterada—sugirió él. —Tu dolor te juega malas pasadas, por lo 
que ves fantasmas donde no los hay. 
Ella asintió, sin dejar de mirar el interior. 
—Tienes razón, por supuesto, estoy… alterada.
—Vamos a la casa—la instó su tío. —Puedes descansar un poco ahí, y pronto 
estaremos lejos de aquí. 
—Un momento…— ella se empujó hacia adentro y se inclinó para recoger una 
larga y verde rama trenzada con flores blancas. Agarrando la rama con sus dos 
manos, cubrió dos ataúdes, el de su padre y el que estaba al lado, que ella suponía 
que era el de su madre. 
Girando sobre sus talones, se congeló. 
Mark siguió su línea de visión al suelo, donde su mirada estaba fija en la piedra 
había lanzado contra ella cuando había estado furioso. 
Él no pudo resistir la tentación. Extendió su mano y, después se permitió un 
ilícito roce de sus dedos entra el borde de su enagua, dándole a la falda exterior un 
tirón fuerte. La señorita Limpett gritó. 
Mark se irguió. 
Voces masculinas exclamaron desde la puerta. 
Ella se volvió para mirar un punto, pero nada. 
Lo miró directamente a los ojos, nariz con nariz, aliento con aliento. 
Oh, si….era bonita. 
La señorita Limpett era una imagen de piel lustrosa, labios rosados y pelo 
castaño brillante, perfectamente trenzado en un simple mono en la nuca. Incluso en 
medio de su enojo por no encontrar nada más que rocas y aire viciado en el ataúd, 
era lo que era. Siempre había disfrutado de las mujeres, especialmente de las 
aventureras con secretos. 
Los tacos de sus estrechos zapatos negros golpearon el suelo mientras ella 
retrocedía.
— ¿Que fue eso?—preguntó su tío. 
—Nada—susurro ella. —Son solo mis nervios. 
La puerta se cerró. Una posterior vuelta de metal señaló el cambio en la 
cerradura. A través de la pequeña ventana, la luz del farol menguó a nada. Sus 
pasos se desvanecieron. Él se puso de pie, rodeado de polvo y oscuridad, y con el 
olor de madera mohosa, carne y huesos. Rápidamente su estado de ánimo volvió a 
desaparecer. 
Malditos ataúdes llenos de rocas. Mina Limpett le había engañado, y a todos 
los demás. Era curioso cómo no había percibido sus mentiras. ¿Sería tan buena para 
decirlas? Se frotó el hombro. El dolor se había aliviado hasta casi desaparecer. La 
única evidencia externa del disparo era el persistente aroma a pólvora, y la manga 
de su ropa destruida, que su mente incluso ahora trabajaba en reparar. Como 
despreciaba coser. 
Están con padre. 
La comprensión se extendió por él. No había sentido sus mentiras porque ella 
no le había mentido. En realidad no. Le había dicho la verdad, y con unos pocos 
desacuerdos, él se permitió hacer sus propias suposiciones. Los rollos estaban con 
su padre. 
El profesor no estaba muerto, aunque claro, él y su hija habían llevado a cabo 
un elaborado plan para hacerles creer a todos que lo estaba. Tres meses antes, Mark 
había estado tan cerca. Había rastreado por la tierra y el océano con todo sigilo, 
seguro de que ellos no tenían conocimiento de su búsqueda. 
Su sangre golpeó en su cabeza como un reloj marcando el tiempo. No tenía 
tiempo para intrigas. El hecho que se hubiera resistido al deterioro de la Transición 
todo ese tiempo, era un testimonio de su fortaleza como guerrero inmortal, y los 
siglos de estricto entrenamiento mental como Centinela. ¿Cuánto tiempo más iba a 
durar?
Peor aún, la manera en que la señorita Limpett había manejado el arma le 
reveló que había anticipado el peligro, planteando la cuestión en su mente… 
¿Quién más querría los manuscritos? Aparentemente tenía competencia, lo cual 
no era sorpresa, dado el mortal interés de la sociedad por los temas metafísicos, por 
la vida más allá de la tumba de la inmortalidad. Había todo tipo de sectas tontas y 
sociedades secretas con normas oscuras, trajes divertidos y ceremonias, todas 
tratando de averiguar sobre la vida y sobre la vida de más allá. 
Algunas no eran tan agradables y tenían fines oscuros. Tal vez una de esas 
organizaciones buscaba la posesión de los manuscritos. 
Una cosa era segura. Él no había terminado con la espinosa señorita Limpett. 
Seis meses atrás, mientras trabajaba en la Reclamación de Jack el Destripador, 
había ido al pequeño y lamentable salón de la casa del padre de ella en Manchester, 
con su rostro transformado en el del señor Matthews, el director adjunto del Museo 
Británico. La había interrogado sobre el paradero de su padre y de la desaparición 
de una antigua tablilla cuneiforme de los archivos subterráneos. La tabla tenía 
grabada la oscura y aún más negra historia sobre las profecías de Tantalytes, un 
antiguo culto ctónico en el cual se adoraban a los malvados, al inmortal Tántalo, a 
la oscuridad antigua, siempre enterrada en los Centinelas de las Sombras en el 
Reino Interior del Tártaro. 
Sin la tabla, Mark, Lord Black y su hermana gemela, Selene, se habían visto 
obligados a conformarse con un pobre duplicado, un manuscrito muy fragmentado. 
Mark, un experto en lenguas antiguas, había sido encargado de la traducción de la 
reliquia. 
El manuscrito preservaba la historia y profecías del culto ctónico. Los papiros 
también contenían una seria de coordinadas numerales, que cuando se traducían 
coincidían con todo tipo de terribles acontecimientos a través del tiempo, que 
conducían hasta el presente. Asesinatos, plagas, desastres naturales. El más 
reciente, la violenta erupción de un volcán en Indonesia, el Krakatoa en 1883. Fue
a través de esos sucesos que Tántalo transmitía, a través de una corriente de energía 
invisible, las comunicaciones desde su eterna prisión en el bajo mundo, en un 
esfuerzo por despertar su ejército dormido de seguidores brotoi. Mediante la 
observación, los centinelas habían determinado que los brotoi eran casi idénticos a 
las almas malignas, que eran almas deterioradas, que ya estaban en la tarea de 
Recuperar. 
Sin embargo, a diferencia de las almas que buscaban Trascender de sus malas 
acciones, los brotoi mostraban una lamentable inclinación a juntar sus fuerzas y 
organizarse hacia la última desaparición de la civilización, no sólo a la civilización 
mortal, sino también la de los Amaranthines y su protegido paraíso, el Mundo 
Interior. 
Pero lo más importante para Mark ahora era que en su encierro, el manuscrito 
había mencionado la existencia de dos manuscritos hermanos que contenían 
detalles sobre la localización y uso de un poderoso conducto a la inmortalidad. El 
conducto no identificado era su única esperanza de revertir el oscuro estado de 
Transición presente dentro de su mente. 
Entre más pronto persuadiera a la Señorita Limpett para que diera a conocer el 
paradero de su padre y de los rollos, más pronto recuperaría su descarrilado destino 
y su lugar de honor en los Centinelas de las Sombras de Amaranthine. Recordando 
sus ojos y labios, y la forma apasionante de sus prendas de luto, lamentó no tener 
tiempo para una suave seducción. 
Una cálida brisa sopló a través de la ventana abierta del coche, enviando las 
cortinas hacia atrás, revoloteando como las alas de una mariposa nocturna. El 
oscuro, suntuoso interior, combinado con la vibración de las ruedas sobre la 
calzada, y los meses de agotamiento… 
La cabeza de Evangeline colgó sobre el hombro de Mina. Un tenue ronquido se 
tambaleó en sus labios.
Mina deseó poder hacer lo mismo. Estaba tan cansada. Con el funeral se 
suponía que pondría fin a la carrera, a esconderse y al miedo. Tenía la esperanza 
que al fin, esa noche, pudiera encontrar la paz en el sueño. 
Astrid estaba sentada al otro lado de Evangeline. Frente a ella, Lady Trafford 
frunció el ceño pareciendo enredada en sus propios pensamientos. Al final del 
banco de su esposa, Trafford miraba en solitario por la ventana abierta. Mina había 
estado tan agradecida cuando había empujado el panel abriéndolo, dispersando el 
mareador perfume que se había acumulado en el interior. 
Ella, por su parte, estaba sentada rígida en su asiento, tratando de racionalizar 
todo lo que había visto y escuchado en la cripta. Era, como había sugerido 
Trafford. Ella había estado sobreexcitada y había imaginado cosas. 
Los ojos brillantes habían pertenecido seguramente a una rata del cementerio 
monstruosamente grande. La piedra que había golpeado la puerta, obviamente, era 
un pedazo caído de techo de la cripta por el envejecimiento de esta. Los distintos 
ruidos y rugidos habían sido probablemente debido a la actividad de la rata antes 
mencionados y a una inexplicable anomalía del viento y del eco. Ella parpadeó en 
la oscuridad… casi creyéndoselo. 
Lord Alexander. Recordó sus ojos azules, tan poco comunes, y la forma en que 
se concentró tan intensamente en ella. ¿Sería uno de ellos? ¿De los hombres que 
había llegado a temer? Su imaginación se torció bruscamente, transformando sus 
ojos azules a un impenetrable bronce. 
Los hombres no tenían los ojos de un brillante color bronce, pero ella se negaba 
a cualquier noción de lo sobrenatural. Su padre quizás creyera en todas esas 
tonteras, pero para ella estaba parada sobre sus pies y sospechas es mantenían 
firmemente basadas en la realidad. 
Todos aquellos que eran alguien en el mundo de las lenguas antiguas sabían 
que su padre poseía los dos rollos acadios. Los rollos en sí mismos no eran acadios, 
por supuesto, pero igual de antiguos y una copia exacta de las tablas cuneiformes
acadias, que habían sido hace mucho tiempo destruidos o se habían disuelto en 
polvo. Ella misma había estado presente en el momento de su compra a una tienda 
nómada del desierto oscuro, dieciocho meses antes. Habían desaparecido sus 
barras, pero igualmente estaban muy bien preservados. 
Al final de la expedición, como había hecho su costumbre. Ella había 
organizado las notas de su padre y hecho un reporte académico y sólo había 
mencionado entre paréntesis la adquisición. En ese momento ni siquiera estaban 
seguros de la autenticidad de los artefactos. Ella había hablado del documento con 
el nombre de su padre a la Real Sociedad Geográfica. 
Sin embargo con la publicación de ese papel, su mundo se había vuelto loco. 
Frente a ella, Lord Trafford se puso rígido en su asiento. Se movió, con su 
visión fija en algo al lado del camino. Izo su bastón por la ventana abierta, 
golpeando contra el techo del carruaje. El chofer gritó, y en medio de un tintineo de 
arneses, el carruaje se sacudió y se detuvo. 
Lucinda parpadeó. 
— ¿Qué sucede, Trafford? 
Evangeline se sacudió en posición horizontal. Murmuró soñolienta. 
— ¿Por qué nos detenemos? 
Trafford se agachó abriendo la puerta. Sin esperar por el lacayo bajó las 
escaleras al pasto, bastón en mano. 
—Pensé que eras tú—se rió entre dientes, hablando cordialmente en la 
oscuridad. — ¿Tuviste problemas con tu caballo? 
Las lámparas laterales del carruaje iluminaron un amplio círculo de grava y 
césped, lleno de distinta basura. Los vagones traqueteaban pesadamente, el camino 
a Londres estaba igual de ocupado en ese momento como durante el día.
Una figura emergió desde las sombras, la mitad de su rostro estaba oscurecido 
por el borde de su sombrero de copa. Un abrigo largo y negro descendía a media 
pantorrilla y ondulaba con el viento. Llevaba atrás las riendas de un reluciente y 
negro caballo, con los labios no identificados del caballero apretados en una triste 
sonrisa. 
Los ojos de Mina se agrandaron y los latidos de su corazón tronaron en sus 
oídos. Reconoció esos labios. Reconoció todo desde el contorno masculino de sus 
hombros, su altura imponente y su confiada postura. 
Lord Alexander se quitó el sombrero y lo golpeó bruscamente contra su muslo, 
enviando una tenue nube de polvo del camino. 
Lucinda se enderezó en su asiento, con sus hombros muy derechos, con su cara 
de luna pálida en la oscuridad. Las chicas se enfilaron hacia las ventanas, pasando 
sobre Mina para ver mejor. 
—En efecto—Su señoría llevando una herradura. —Busqué en la hierba hasta 
que la encontré. ¿Podría tener un kit de herrero para prestarme? 
—Incluso mejor—Trafford señalo con su bastón en dirección al carruaje. — 
Tenemos un herrero. 
Un instante más tarde un sirviente-uno de los dos que habían seguido a caballo-llegó 
a pie. Extendió su mano enguantada hacia la herradura. 
Su tío dijo: 
— ¿Por qué no viene a la casa con la familia? El señor McAlister le traerá su 
animal una vez que la reparación haya sido hecha. 
Lord Alexander levantó su mano enguantada. 
—Gracias, Trafford, pero sospecho que su familia y en particular su sobrina, 
deben estar agotados y deseando privacidad.
A través de las sombras, él captó la mirada de Mina. Ella corrió la cortina y se 
hundió en las sombras. 
Lord Trafford replicó. 
—Mi querida sobrina me ha dicho que conoció a su padre. No me puedo 
imaginar que a ella no le gustara que un amigo de la familia estuviera varado en la 
calle. ¿No es verdad señorita Limpett? 
Ella escuchó el crujido se los zapatos de su tío en la grava, justo afuera de la 
ventana. 
Evangelina le clavó un codo en el costado. 
Cada músculo de su cuerpo se redujo al menos una pulgada. Mina gritó desde 
detrás de la cortina. 
—Por favor... viaje junto a la familia, Lord Alexander.
Capítulo 3 
Un momento después, y él estaba instalado entre ellos. 
Elegante y de largas extremidades, ocupó la esquina opuesta a Mina, con su 
sombrero de copa en su regazo. 
El carruaje se sacudió, y luego rodó sobre la carretera, y pronto retomó su 
velocidad habitual. Las lámparas de gas brillaron con su luz intermitente a través de 
sus rasgos. El viento hizo caer un mechón de su pelo sobre un ojo, un ojo, que igual 
que el resto de él, se apoyaba con demasiada frecuencia en la paz mental. 
Trafford se sentó junto a su Señoría. 
—Le vi en el cementerio, pero no conseguí hablar con usted a tiempo. Antes, 
había comentado con su señoría cuanto tiempo había pasado que no lo había visto 
en el club. 
Lord Alexander ajustó sus piernas, deslizando sus pies juntos, al más pequeño 
espacio de Mina. 
No tocándola, pero casi. 
—He estado en el extranjero varios meses, y solo volví a Londres ayer. 
— ¿Dónde estuvo?—Susurró Lucinda. 
— ¿Perdón?—Alexander se apoyó unas pulgadas hacia adelante para mirar 
detenidamente a la condesa alrededor de Trafford. 
—Cuando dejó Londres—Su voz sonó más fuerte pero mantuvo un contorno 
correcto. — ¿Fue a algún lugar lejano? ¿A algún lugar más… excitante y exótico? 
Mina escuchaba en silencio. ¿Era la única que comprendía que Lucinda y Lord 
Alexander compartían algún tipo de pasado?
En un rincón del carruaje, Astrid se estiró como un gatito mimado y terció en la 
conversación. 
—Me encanta viajar. 
Lora Alexander sonrió fácilmente. 
—Pasé un tiempo en Rangún, antes de proceder a Mandalay. 
Mina se mordió el labio inferior. Dos ubicaciones no muy lejos de Bengala y 
del Tíbet. 
Astrid dejó salir su voz entrecortada. 
—Me encanta la india. 
Evangelina susurró: 
—Burma. 
—Burr-ma—Astrid ronroneó, sonriendo coquetamente a Lord Alexander— 
¿No es eso lo que dije? 
La diversión iluminó los ojos de su visitante. Parecía el tipo de caballero que 
estaba acostumbrado a ser lisonjeado. Con una ligera inclinación de su cara con esa 
mandíbula cuadrada, se encontró con la observadora mirada de Mina. Como un 
disparo de morfina, el sentimiento de intimidad que habían compartido en el 
cementerio regresó para marearla, calentándola hasta la medula. Se sintió atractiva, 
misteriosa. Seducida. 
Si tan sólo Trafford le hubiera devuelto su arma, la hubiera sacado y le hubiera 
disparado ahora. No podía evitarlo, pero sentía que él era de peligro que era para 
ella, en más de un sentido. 
Lord Trafford giró su bastón contra el piso del carruaje. Las facetas de vidrio 
del pomo brillaron en la oscuridad.
— ¿Ha fijado su residencia en alguna parte? 
—Estoy actualmente aún sobre el rio, amarrado en el paseo Cheyne. 
—He escuchado hablar de su Thais—Trafford sonrió. —Una conversación 
envidiosa. 
—Alguien que le tiene cariño—Lucinda pinchó. 
— ¿Quién?—preguntó Lord Alexander. 
—Thais—repitió la condesa. 
Él respondió. 
—Thais fue….la amante de Alejandro Magno. 
Las niñas se rieron tontamente detrás de sus manos enguantadas, mirándolo 
medio escandalizadas. 
Su señoría volvió significativamente su atención a Trafford. 
—Lo llevaré a pasear una tarde. 
—Una espectacular idea—Trafford estuvo de acuerdo. 
Astrid efusivamente dijo: 
—Me encanta navegar. 
—Como a mí—resonó suavemente Evangeline. 
Lord Alexander hecho un vistazo entre ellas. 
—Será ciertamente bienvenida si viene—le dijo a Mina,—Todas 
son...bienvenidos si vienen. —Trafford se movió en su asiento y cruzó una pierna
sobre la otra. —ahora que sé donde se aloja, debo insistir en que acepte una 
invitación para que pase la noche con nosotros. 
Mark sacudió su cabeza. 
—No podría imponerme. 
—Tonterías—Trafford declaró. —Es tarde y tenemos habitaciones vacías 
rogando por invitados. 
Evangeline y Astrid asintieron de acuerdo. Lady Lucinda esbozó una alegre 
sonrisa. Mina rezó para que declinara. 
—Me temo que no puedo. Tengo llena la mañana de reuniones, y todos los 
documentos que requiero están en el barco. 
Astrid y Evangeline dejaron escapar un suspiro de decepción. Lord Alexander 
sonrió, y como un muchacho, apareció un hoyuelo en su mejilla izquierda que 
derretía el corazón. Mina se preguntó a cuantas mujeres habría seducido 
esgrimiendo esa arma. 
Justo después, el carruaje rodó por Mayfair. 
—Abramos las ventanas para poder mirar hacia afuera—exclamó Astrid con su 
cara iluminada por la excitación. Empujó la persiana abriéndola. 
Mina hizo lo mismo, cobardemente centrando su atención en el paisaje, en 
lugar de devolver el interés del hombre que estaba frente a ella. 
Atrás había quedado el olor de la campiña. Aquí, todo olía a polvo y a caballos. 
Vehículos bien equipados atestaban las carreteras. Lámpara de gas iluminaban la 
noche, reflejándose en las fachadas de las grandes casas, la mayoría de las cuales se 
iluminaban como grandes hogueras. Destellos de colores podían ser vistos a través 
de las ventanas -seda y flores- junto con rostros y cristal brillante. Incluso desde la 
calle, las risas y el son de la música podían ser escuchados.
Después de media hora de lento y tambaleante tráfico, el carruaje se detuvo 
frena a la Casa Trafford. A pesar de ser tan impresionante como la de sus vecinos, 
las ventanas eran solemnes y oscuras. Lacayos se apresuraron para ayudar a las 
damas a bajar del vehículo, guiándolas entre dos líneas de lámparas, hacia una 
puerta negra lacada. Momentos después todos estaban reunidos en el hall, una 
impresionante estructura de madera resplandeciente y con ornamentaciones de 
yeso. Al lado de la escalera central, varios bustos de notables figuras históricas 
estaban en lo alto de columnas corintias. Una solitaria lámpara de araña iluminaba 
la bóveda, dejando la periferia de la habitación en sombras. 
—Alexander, acabo de adquirir una caja de habanos. ¿Quieres un puro hasta 
que llegue tu montura? 
—Ciertamente—El rostro de Lord Alexander dio vueltas. —Buenas noches… 
Mina miró lejos antes que sus ojos coincidieran. 
—Señoras— Su voz sostenía una entonación distinta de diversión. 
Él y Trafford desaparecieron a través de la puerta de arco. 
Lucinda ya estaba a mitad de la escalera. 
—Vamos, niñas. Ha sido un tarde cansada, y mañana tenemos un día lleno de 
citas—Sus faldas crujieron cuando subió las escaleras. Evangelina y Astrid miraron 
con anhelo hacia el estudio de su padre, y con un suspiro dual, lentamente 
siguieron a su madrastra. 
Cuando llegaron al primer piso, Lucinda pausadamente preguntó: 
— ¿Señorita Limpett, viene? 
Mina respondió:
—No estoy segura, no creo posible que pueda dormir aun. Creo que me 
quedaré en la biblioteca y encontraré algo que leer. 
Lucinda apretó su mano contra su frente, y después de un largo momento de 
silencio, bajó las escaleras y se quedó pie ante ella. 
—He sido imperdonablemente desconsiderada esta tarde. He permitido que la 
preocupación de la tonta fiesta del jueves en el jardín me distrajera cuando hoy 
debería hacer sido todo para ti y la terrible tragedia que ha pasado con tu padre— 
Tomó las manos de Mina y la miró fijamente a los ojos. Para sorpresa de Mina, vio 
el brillo de las lágrimas en las pestañas de la joven. —Por favor, perdóname. 
Mina sospechaba que las emociones de Lucinda no tenían nada que ver con su 
tonta fiesta del jardín o la muerte de su padre, un perfecto ejemplo de porqué debía 
evitar a Lord Alexander. 
—No hay nada que perdonar. 
—Eres una adorable chica, y estamos muy contentos que seas parte de nuestra 
familia—Su Señoría abrazó a Mina fuerte, aunque fugazmente, antes de volverse 
para subir las escaleras y desaparecer con las chicas alrededor de la balaustrada. 
Mina miró al más cercano de los bustos. Lord Nelson la miró fijamente, con 
ojos acerados y decididos. 
—He tenido un día interesante. 
Él no preguntó los detalles. 
Moviéndose en dirección opuesta a la que los caballeros habían tomado, Mina 
viajó por una pasillo oscuro donde a ambos lados había marcos con óleos. 
Eventualmente pasó por dos gigantes puertas de madera a una habitación 
cálidamente iluminada. En la semana que había vivido con la familia, la biblioteca 
se había convertido en su enorme refugio de la casa y siempre ocupado. Dos 
enormes medallones de yeso, pintados con un blanco glacial, se extendían sobre
ella en el techo. Bustos de los grandes maestros de la literatura asomaban sus 
narices con idéntica forma alrededor del borde superior de la habitación como 
decoración. Camino a lo largo, los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. 
Ya había ojeados algunos y hecho una pequeña selección cuando sus ojos se fijaron 
en el de Nobleza de Debrett. Una repentina curiosidad vino a su mente. 
Protestando por el peso del volumen se dirigió al otro lado de la habitación, 
tomando asiento en un escritorio situado al lado de una gran ventana con cortinas y 
se inclinó. Una pequeña lámpara le proporcionaba toda la luz que requería. Se 
detuvo solo un momento para abrir su bolso y sacar el pequeño estuche con la 
fotografía. Lo mantuvo abierto y en posición vertical junto a ella. Mirando a su 
padre y al señor borroso que lo acompañaba, que asumía era Debrett. 
Una de Alexander. 
Echó una ojeada a los títulos aristocráticos y encontró el lugar donde… 
Hizo un gesto con la boca. Después de A-l-e-x- no había nada más que una 
mancha borrosa e ilegible, media página estaba entre borrosa y nada. Siguió por el 
resto de las páginas y todas estuvieron en perfecto estado. Justo para su suerte la 
página que deseaba leer había sufrido algún percance de publicación. 
Mina cerró el libro y lo aventó a una lejana esquina de la mesa, más 
decepcionada de lo que debería estar. 
—Creo que le debo algo alrededor de cuarenta y cuatros libras por nuestra 
última partida de cartas—. Trafford estaba sentado en un sillón detrás de un 
escritorio de caoba. El humo salía en zarcillos grises del puro que tenía aprisionado 
entre los dedos. Abrió un cajón. —Veamos que tenemos aquí.
—No, no—le indicó Mark, saboreando la dulce esencia de la madera de su 
puro. —Me ha permitido ser un intruso en su familia y me ha regalado este 
excelente puro. Considerémonos a mano. 
Trafford sonrió. 
—No es realmente una apuesta si alguien no pierde. Tengo toda la intención de 
ganar la próxima vez. 
—No quiero su dinero, Trafford. 
— ¿Qué tal una hija entonces?—el Conde señaló con la última ceniza del puro 
hacia Mark. —Tengo dos, por si no se había dado cuenta, ambas debutarán esta 
temporada. Así que si tiene ánimo de cas… 
Mark se atragantó con el humo del cigarro y tosió. 
—Son dos chicas preciosas. Estoy seguro que atraerán posibles pretendientes 
como moscas. 
Trafford se rió entre dientes. 
—Creo que su lista de posibles pretendientes salió por la ventana cuando lo 
vieron. 
—Yo estoy…halagado. Pero en la actualidad el matrimonio no es una de mis 
prioridades. 
—La vida de soltero. La recuerdo con cariño. 
Mark sintió no obstante que el hombre no tenía ningún conocimiento de los 
coqueteos menores que había habido entre él y Lucinda durante su temporada de 
debut, hace apenas un año. Que habían coqueteado y se habían besado. Sus manos 
habían vagado un poco -todo un estímulo- pero eso había sido todo. En
retrospectiva, lamentaba que las cosas hubieran ido tan lejos como lo habían hecho. 
Eso hacía que su presencia en la casa Trafford fuera una maldita incomodidad. 
Mark asintió, inclinándose en su silla. Extendió sus manos sobre el amplio 
escritorio. 
—Es correcto. Usted celebró su boda recientemente. Tengo que felicitarlo. 
Se estrecharon las manos, en un firme intercambio. 
Trafford sonrió ampliamente. 
—Lucinda y yo nos casamos en diciembre en la capilla de la familia en 
Lancanshire. 
—Es un hombre con suerte. 
—Lo soy en efecto, ella ha hecho maravillas con las chicas. 
De la nada, una punzada de dolor irradió a través de la sien de Mark. Presionó 
sus dedos sobre ella, y el malestar se desvaneció. Su estado de ánimo cambió. A 
veces una sensación parecida le advertía que se aproximaba un hechizo y en lo 
privado había llegado a llamarla su incómoda locura, que hasta ahora se revelaba 
como estados de ánimo negro y un temperamento irracional e impulsivo, que hasta 
ahora había tenido la capacidad de contener. No sabía cómo haber perdido tres 
meses y su regreso a Londres -lugar de su Transición original- podía afectar su 
frecuencia o intensidad. Esa era la razón de porque había rechazado la invitación 
de su Señoría a pasar la noche. A pesar de su deseo de ganarse de inmediato los 
favores de la señorita Limpett, había pensado que era mejor actuar con cautela, por 
lo menos hasta que estuviera seguro de su conducta mental. 
—Desafortunadamente, Trafford—dijo él—es hora de irme. 
Justo en ese momento el reloj dorado que estaba en la repisa de la chimenea 
tocó las once. Trafford entrecerró los ojos al reloj.
—Estoy de acuerdo, ha sido un día terriblemente largo—Su Señoría se paró de 
la silla. Levantó una bandeja de plata y dejó ahí su puro sobre la superficie brillante 
y se la ofreció a Mark para que hiciera lo mismo. Doblándose por el escritorio, 
levantó una mano indicando la puerta. —Veamos tu caballo. 
El mayordomo se le unió en la base de la escalera y se inclinó con deferencia 
ante ambos hombres. 
Trafford descansó su mano en la balaustrada. 
— ¿La montura de Lord Alexander ha sido entregada? 
El mayordomo respondió:, 
—El caballerizo lo llevó a beber agua. Le pediré que lo traiga. 
—Muy bien. 
— ¿Y su señoría?—El mayordomo se enfilo hacia adelante, con las manos en la 
espalda— ¿Es posible hablar con usted un asunto doméstico antes de que se retire? 
—Por supuesto Señor George—. Trafford levantó su mano. —Solo déjeme ver 
con su señoría lo de su caballo. 
Mark le indicó que fuera. 
—No adelante, estoy seguro que mi caballo será traído, gracias. Esperaré aquí. 
Trafford agregó: 
—Lucinda planea una fiesta en el jardín el jueves. Le enviaremos una 
invitación. 
La perfecta oportunidad para volver y seducir -sí, porque no- a la señorita 
Limpett.
—No me la perdería. 
Dejando solo a Mark él se dirigió hacia la puerta, con su sombrero entrelazado 
detrás de su faldón. 
Miró por la ventana a la calle oscura pero llena de gente. Gracias a Dios estaba 
sobre su caballo de lo contrario le llevaría más de un hora salir de ese 
embotellamiento. Su sangre se aceleró cuando tuvo conciencia de ella. Una sonrisa 
apareció en sus labios. Detrás de él, leves pasos sonaron contra el mármol. Él se 
giró. 
La Señorita Limpett emergió de un pasillo, con clara intención de dirigirse a las 
escaleras. Su sombrero colgaba de su codo, suspendido por una cinta. También 
llevaba su bolso y algunos libros. Cuando se dio cuenta de su presencia, se congeló, 
dejando su paso a medias. Sus mejillas se sonrosaron, pero no sonrió. Enderezó sus 
hombros, como si un acero pasara por ellos, pero en el proceso, le dio una 
tentadora exhibición completa de sus altos senos y de su figura de reloj de arena. 
Su red mental filtró el espacio alrededor de ella. Sospecha. Le encantaba la 
seducción que se retorcía y era intrigante, pero se dio cuenta, que en ese caso, él no 
podía moverse demasiado rápido o ella huiría. 
—Señorita Limpett. 
—Lord Alexander—respondió ella con toda cordialidad, pero el tope 
emocional que se instaló entre ellos surgió como un robusto muro de piedra de 
cuatro metros. Ella se resistía a deshacerlo. A pesar de la urgencia del tiempo que 
no podía desperdiciar, él estaba encantado con el reto. 
—Veo que ha regresado al río, después de todo. 
—Sí—Sombreo en mano, él se paseó delante. —Tenía la esperanza de poder 
verla de nuevo antes de irme. ¿Podríamos tener una palabra?
—Si por supuesto—Su mirada cayó en su corbata, en su barbilla. En todo 
menos en sus ojos. 
—Quería preguntarle…bien—él sonrió con su más gallarda sonrisa— ¿si me 
puede conceder el permiso de visitarla una tarde, aquí en la casa? 
Sus ojos se agrandaron y sus negras pestañas se fijaron directamente en las 
suyas. 
— ¿Visitarme? 
—Me gustaría verla de nuevo—aclaró él suavemente. 
—Ya veo—ella cambió la pequeña pila de libros de un brazo a otro, que 
mantenía sobre su pecho -sobre su corazón- como un escudo contra él. —Como ya 
le dije en el cementerio, no sé los detalles de la colección de mi padre. 
—Mi pedido de visitarla no tiene nada que ver con su padre o con su colección. 
Sus negras cejas se elevaron en una elegante pregunta: 
— ¿No? 
—No, me gustaría verla a usted, pasar tiempo con usted—hizo un movimiento 
con el sombrero en dirección al resto de la casa. —Ni siquiera a todos ellos… sólo a 
usted. 
Una escalera de colores se deslizó por sus mejillas. Ella se mojó los labios. 
—Ya veo. 
— ¿Entiende?—le sonrió pero suavemente, tratando de no parecer muy 
confiado en ese esfuerzo por extraño que pareciera. A pesar de que un innegable 
escalofrió de tensión existía entre ellos, él sentía que no habría garantías a la hora 
en que la señorita Limpett le concediera sus favores.
—Creo que sí. 
La puerta crujió en el interior, y el lacayo apareció, trayendo consigo los 
sonidos del traqueteo de los cascos en el pavimento. 
—Su caballo, su señoría. 
— ¿Debo preguntar, entonces?—Mark la presionó gentilmente, sosteniendo su 
sombrero. 
Su mirada se oscureció. 
—Me siento halagada por su petición, pero…No creo que esté lista para visitas. 
Y no creo que esté en un futuro cercano. 
Sorpresa y disgusto nublaron su mente, pero fácilmente sonrió. 
—Debo respetar sus deseos, por supuesto—Lentamente se puso el sombrero en 
la cabeza. —Entonces, buenas noches señorita Limpett. 
Él salió por la puerta sostenida por el lacayo. En la calle aceptó las riendas de 
su caballo. Subiéndose a la silla, miró a través de la pulida ventana para ver que ella 
aún estaba en las escaleras, con su silueta seductora, mirándolo mientras él la 
observaba. 
Su sangre se calentó más y más, y cada músculo de su cuerpo se volvió terrible 
pero deliciosamente tenso. Tocó el ala de su sombreo, y giró su caballo en un 
amplio círculo, saliendo en dirección al Támesis. 
Una hora después, descendía por los escalones que crujían en el establo público 
y caminaba hacia el este por la calle del Rey. Las fachadas de las tiendas eran de 
dos o tres pisos y las casas se alienaban en su camino. El vapor flotaba en el calor, 
como aire estancado, formando halos alrededor de las lámparas de gas que 
revestían la avenida. Aquí en Chelsea, el verde, el olor podrido del rio permeaba 
todo.
Sus pensamientos se detuvieron en la señorita Limpett -Mina- un enigma 
intrigante. Un delicioso aplazamiento, cuando era siempre él el que jugaba esa 
parte. Incluso ahora, la deliciosa demora de su partida se sostenía. Deliciosa era la 
renuencia que tenía en confiar en él, que le permitiera acercarse a ella lo más rápido 
y fácil como deseaba, lo que no hacía más que aumentar su interés, un interés que 
no tenía nada que ver con su padre o con los rollos, y todo que ver con los 
movimientos sensuales de una llama cada vez mas grande. 
Una repentina fluctuación en lo profundo de sus huesos, dentro de su médula 
inmortal, lo alertó de que no estaba solo en la calle. 
Un ocasional coche de alquiler pasó con un pequeño grupo de hombres y 
mujeres que se inclinaron en las sombras. Peor había algo más. Él pasó un callejón 
y con la esquina de su ojo divisó una sombra que se movía en contra de las 
sombras. 
No alteró su ritmo, pero mentalmente envió una penetrante ola de energía, una 
que reveló como una explosión de luz blanca todo a su alrededor 
independientemente de las paredes de ladrillo, madera o estuco: un pescadero 
empujaba su carrito en la parte trasera del callejón. Tres ratas estaban dándose un 
festín en la basura. Un enjambre de cucarachas corría en el sótano de una carnicería 
a dos calles. Y alguien o algo lo seguían, justo en el borde de su conciencia, era con 
un movimiento demasiado rápido y errático para identificarlo positivamente. ¿Sería 
su asesino o algún otro enemigo? Una sonrisa de anticipación salió de su boca por 
el inminente combate. Las palmas de sus manos ardieron de deseo de sostener una 
daga o espada de plata Amatanthine, pero se había negado ese privilegio desde su 
Transición, ya que la haría con las manos. 
Una casa pública ocupaba un lado lejano de la carretera. Una alegre melodía 
salía de un piano, sonando a través de la puerta de olmo de la reina. Tal vez 
tomaría una copa antes de la confrontación. Disfrutaba de sus vicios, del tabaco y 
del licor, y debido a su constitución inmortal, afortunadamente, no sufría los 
efectos perjudiciales de su consumo.
Entró y se abrió paso entre un revoltijo de sillas y mesas hacia el bar, donde se 
detuvo, en lugar de tomar un taburete. El olor agridulce de la madera curada con 
cerveza derramada contaminaba el aire. Dos marineros, con cara de chicos, estaban 
sobre el piano hombro con hombro. Cantaban una melodía arrastrada, 
balanceando sus jarras de cerveza al ritmo de la música. 
Seis pequeñas putas, felices de estar vivas, una furtiva para Jack, quedando cinco. 
Cuatro y la puta rima correctamente, Así que hay tres y yo, Voy a poner la ciudad en 
llamas. 
Jack el Destripador. Bastardo que no merecía una canción. Era peculiar como 
los mortales glorificaban ese tipo de cosas a las que más le temían. Más hombres 
vestidos de militares estaban sentados en las mesas, probablemente de pasada por 
los cuarteles de Chelsea, a solo unas calles de distancia. 
—Buenas tardes—dijo un calvo tabernero acercándose, limpiando la barra de 
madera pulida con un trapo a cuadros verdes. —Me gustaría ofrecerle algo más 
confortable, dijo con una risita tonta, pero alguien ya está ahí. 
Mark miró la ventana, cortada en la pared a un nivel con el fin de ofrecer 
anonimato y privacidad de sus ocupantes, pero que daba una completa vista de la 
sala. 
—No estaré mucho tiempo—Apuntó a una botella de whisky. 
El hombre alzó la botella. 
—Parece que casi terminamos. No me gustaría darle la basura. Vuelvo 
enseguida. 
Mark asintió. Eventualmente el tabernero regresó, botella en mano. Con un 
cuchillo, hizo cuna en el corcho y vertió un chorro de líquido color ámbar en un 
maltratado y astillado vaso de vidrio. Mark deslizó su mano dentro de su bolsillo 
por lo necesario para pagar, pero el hombre golpeó la barra. 
—No es necesario, está pagado.
Mark preguntó: 
— ¿Por quién? 
—Por el caballero de ahí—El barman hizo un gesto con la cabeza en dirección 
de la ventana oscurecida. 
Una mano enguantada levanto su tazón a modo de saludo. 
Lentamente… Mark hizo lo mismo. 
Bajando el vaso a la mesa, sonrió. Su pulso se disparó. Dios, a pesar del peligro, 
era bueno estar de vueltas en Londres. Al doblar la barra, se agachó hasta los 
estrechos escalones y empujó la puerta abriéndola. La pequeña habitación estaba 
vacía, salvo por un banco de madera. 
Sintiéndola, él se dio la vuelta. 
Una figura se lanzó como un borrón con un sombreo de ala ancha y una capa, 
plantándole una bota alta a la rodilla, en el centro de su pecho. El impacto lo envió 
estrellándose al interior. Su espalda golpeó hacia abajo deslizándose por el banco. 
Ya había identificado a su perseguidor, y a modo de saludo, con buen humor 
permitió su violencia. Su peso cayó sobre su pecho, aplastando la risa de sus 
pulmones. Dios, un rodillazo en las costillas. Unas manos le tomaron la cabeza por 
el cuello. 
Selene lo miró hacia abajo, con sus ojos totalmente negros. 
Él susurró. 
—Te he extrañado. 
—Debería matarte ahora, hermano. 
—Espejo, espejo en la pared—Con un reflejo rígido de sus músculos ella lanzó 
a su hermano gemelo contra la pared. Él chocó. El yeso llovió sobre ellos. Ella
cayó, como una maraña de pantalones y vestidos sobre el suelo. —Después de 
todo, eres tu madre. 
—No hables de ella—dijo ella entre dientes, saltando sobre sus pies, 
deslizándose cerca. —No tienes derecho. Te desprecia por lo que hiciste tanto 
como yo. La alejaste, Mark. Te alejaste de todo por un momento de vanidad. Y no 
hay duda, he mandado misiva tras misiva al Consejo Primordial, rogando para que 
me dejaran ser la única. 
—Selene…—advirtió él. 
—Tu asesina—su gemela furiosa, se ajustó una gran pluma púrpura que 
temblaba en su cinturón. —Estoy a la espera de la orden. 
Ante sus ojos, ella se retorció, con sus rasgos colapsándose en la nada. Dentro 
de las sombras. 
Con eso, ella se fue. 
Mark sabía que con la violencia de su intercambio, había provocado un cambio 
en el color de sus ojos y rápidamente empujó sus gafas para ocultar el resplandor 
bronce, justo cuando el tabernero subía corriendo las escaleras. 
— ¿Qué fue eso?—gritó. 
—Asuntos privados de familia—Mark gruño. 
— ¿A dónde se fue? 
Mark lo pasó. Al menos ahora sabía quién lo había perseguido por la calle. 
Enderezando su corbata y sombrero lo regresó a su cabeza, se agachó de nuevo 
y se fue por las escaleras. No esperaba encontrar a Selene en la sala pública de 
abajo, y ella no estaba allí, ni siquiera en las sombras.
Los otros clientes lo evitaron dando un gran rodeo, maldición, alguien se había 
llevado su bebida. Captó la mirada del barman. 
—Otra—le gruñó. 
Mark se sentó en un taburete y miró el gran espejo que abarcaba toda la pared 
detrás de la barra, y tomó un sorbo de whisky. Sus gafas brillaban en la brumosa 
oscuridad. La fina capa de plata bajo el cristal se había deteriorado, dejando el 
reflejo moteado e incompleto, pero dando un retrato de él mucho más preciso que 
el que le habría gustado admitir. 
Selene estaba claramente furiosa por la decisión de él de haberse sometido a la 
Transición como lo había hecho hacía seis meses. Entendía la causa subyacente de 
su ira, de su miedo a quedarse sola. Durante siglos, se habían tenido el uno al otro 
en el mundo, nadie más que entendiera realmente la emoción y la historia detrás de 
sus solitarios y mercenarios caminos. Que ella deseara ser una asesina... bien, no 
podría esperar nada menos de ella. 
Al mismo tiempo, su falta de confianza lo aguijoneó. Ella compartía su 
ambición, y el deseo de hacerse un nombre por sí misma. Seguramente entendería 
que si él regresaba de la Transición, sería una leyenda sin precedentes entre los 
Centinelas y entre todos los de la raza Amaranthine. Una vez que encontrara los 
rollos y repararan el conducto que prometían, ella podría estar segura que él se 
presentaría y le demandaría una disculpa. 
Alguien se deslizó en el taburete a su lado. El espejo le mostró un pelo oscuro, 
ojos oscuros y delgados, y a una de varias prostitutas, quienes controlaban el bar en 
busca de clientes. Su blusa desabrochada mostraba una profusión de encajes en mal 
estado y de su pecho. Ella se inclinó, posesionando su seno contra su brazo. 
— ¿Quieres que Annie desahogue tu frustración?—Una audaz sonrisa curvó sus 
labios.
Nunca había tenido gusto por las prostitutas callejeras. La realidad de sus vidas 
lo desanimaba. Estaban sucias, desesperadas y enfermas. Aunque, si cerraba los 
ojos, esa chica en particular podría hacer algo así como la... Señorita Limpett. 
Tomarla. 
Usarla. 
Devorarla. 
Un dolor atravesó la sien de Mark. Presionó sus dedos contra su palpitante 
pulso. 
La orden se hizo eco en su cabeza. Mirando el espejo, a sus propios ojos, se 
recordó que la voz no le pertenecía a él. No era la primera vez que la había oído, el 
susurro y la orden a escondidas. A veces la voz pertenecía a un hombre. A veces 
eran varias. Esa noche... la voz era distintivamente femenina. Suave y 
aterciopelada, no solo ofrecía sugerencias oscuras, sino que pintaba imágenes 
espeluznantes y lo instaba a hacer cosas muy malas. 
Sospechaba fuertemente que su breve indulgencia por la violencia momentos 
antes despertaría al depredador en su interior, aunque solo era una pequeña 
fracción del monstruo que podía llegar a ser. Con ese leve giro, debería poder abrir 
su mente a la locura de adentro, lo mejor era volver al barco y rápido. 
Justo después otra mujer atrapó su atención, quizás debido a la forma en que la 
luz se reflejaba en su brillante cabello rubio rojizo. Joven y ciertamente más allá de 
su vigésimo año, estaba parada en la puerta abierta, mirando a la multitud. La 
fatiga se pintaba como rayas oscuras debajo de sus ojos. Una capa impermeable 
colgaba de sus hombros, demasiado grande para su cuerpo. Una falda marrón se 
asomaba por debajo, con briznas de hierba aferrándose como si hubiera pasado el 
día y tal vez la noche anterior en los ásperos bancos de la orilla del Támesis.
— ¿Que dice?—le susurró la mujer, justo al lado de su oreja. Su aliento caliente 
bañó su cuello. Un fuerte pulso agitó su ingle. Devorar. Devorar. Devorar. — ¿Quieres 
darle a Annie un intento? No te arrepentirás. 
La chica de pelo brillante dio vuelta a la habitación, con una sonrisa forzada sin 
color en sus labios. Se acercó más a los dos marineros y apoyó una mano en su 
brazo. 
La mano se Annie, sin embargo, se deslizó debajo de la barra para apresar la 
parte superior de su muslo. Su visión se puso borrosa, y se imaginó que estaba en 
otro lugar, con alguien más. 
La idea de perderse a sí mismo en la falsa Mina Limpett, y olvidar sus 
problemas presentes, aunque fuera por un cuarto de hora, sostenía un miserable 
reclamo. 
—Dije que no—la voz de un hombre gritó. Toda conversación en la sala cesó. 
El marinero miró abajo a la mujer. —Nadie está interesado. ¿Hay algo no entiendas 
sobre eso? 
Mark se concentró en la chica. Sus mejillas estaban rojas como manzanas y sus 
ojos nublados con lágrimas. Lentamente, ella se retiró por la puerta y desapareció 
en la noche. 
La intensidad de la desesperación de Annie agrió la excitación de Mark. Él 
agarro la muñeca de Annie y la alejó. ¿A quién trataba de engañar? La mujer a su 
lado requería una almohada sobre su cara pero ni remotamente sería la señorita 
Limpett. Él dejó caer varias monedas sobre la barra y se levantó. La prostituta lo 
maldijo. 
La sala brilló anaranjada, como si se iluminara por una bola de fuego invisible. 
Su mano protegió sus ojos. Calor, más que un sol del desierto, le chamuscó la 
piel y la ropa le ardió.
Esqueletos. Todos en el bar…un esqueleto. 
Mark los miró fijamente, tratando de tomarle sentido al momento. En realidad 
no eran esqueletos. En cambio, la peculiar luz anaranjada hizo su piel y músculos 
transparentes. Todo alrededor de él era una caricatura de normalidad. Los huesos 
hablaban y reían. Estaban apostados con sus sombreros en sus cabezas, y con sus 
uniformes o vestidos o lo que sea de vestimenta se sostenían sobre sus formas de 
cuerpos. 
Él sintió un tirón en la manga de su chaqueta. La prostituta parada detrás de él. 
Sus manos con garras se apoyaban en los huesos de alas de mariposa de su pelvis. 
Ojos hundidos, lo miraron y su dientes amarillos resonaron. 
— ¿Cambiaste de opinión, cariño? 
El camarero echó hacia atrás su blanco cráneo y se rió. 
Mark se precipitó hacia la puerta a la noche. Se inclinó por la cintura, con sus 
manos sobre las rodillas y jadeó por aire. La confusión llenaba sus pensamientos, 
como si un millón de cabezas con gusanos se comieran su cráneo. Miró por la 
ventana dentro del pub, y vio que todos eran…como habían sido antes. 
No esqueletos, no más risas maníacas. 
Su piel estaba húmeda… con frío y calor al mismo tiempo. Dos puertas más 
allá, dos viejos sin zapatos y en harapos, probablemente residentes locales del 
almacén, lo miraron desde un oscuro punto. Parecía que se habían perdido en la 
noche cuando cerraron la puerta y los habían forzado a pasar la noche en las calle. 
Igual que ellos, parecía que el tiempo se le había acabado. Extendió su mano a la 
pared de ladrillos porque un vértigo amenazó con tumbarlo. Rígidamente continuó 
al sur tan rápido como se lo permitió el vértigo persistente en su cabeza. 
Más allá de los rieles del tren, el Támesis brillaba como una serpiente negra 
cubierta por una manta de niebla vaporosa. Las grandes terrazas de las casas deban
al rio. Luces distantes flotaban sobre el agua, linternas de un invisible buque y de 
las barcazas. Una vez que regresó al Thais, liberó al barco de sus amarras y lo llevó 
a aguas abiertas, donde echó el ancla para la noche. Asegurándose a sí mismo de 
tal manera, no estaría consiente si alguien se le acercara, y estaría aislado consigo 
mismo hasta que su mente volviera a su curso. 
En la distancia el puente Albert iluminaba la noche con sus brillantes lámparas 
de pagoda y su entramado de cables de suspensión. El muelle Cadogan esperaba un 
poco más allá. Él sintió cierto alivio. 
Una densa ola de desesperación lo golpeó, en dirección al puente. En la 
barandilla estaba la chica del Queens Elm. Estaba inclinada hacia adelante lejos de 
la precaria seguridad, mirando hacia la negra agua de abajo
Capítulo 4 
El corazón de Mark debería haber latido más rápidamente cuando se dio cuenta 
de lo que ella pretendía, pero años de agotadora existencia apenas los habían fijado 
al punto. 
La chica se susurró a sí misma y se subió a la barandilla, con la pierna 
balanceándose al fruncir sus faldas. A los Centinelas de las Sombras, por regla 
estricta, se les prohibía interferir en los asuntos de la vida y de la muerte de los 
mortales comunes. Pero ahora, desterrado de los Centinelas, suponía que vivía por 
sus propias reglas. 
Como para desafiar esa afirmación, la voz en su cabeza mandó: 
Tómala. 
Reclámala. 
Devórala. 
Un eco de su demanda anterior. Su fortaleza mental se tambaleó, y por un 
devastador momento... lo malo se convirtió en bueno. Hundió sus dedos en su 
pelo, deseando poder romper la voz de su cerebro. Haciendo caso omiso de la voz, 
y de todas las cosas que le ordenaba hacer, avanzó hacia la chica. Ajena de su 
presencia, ella se apartó, extendió sus brazos y su abrigo, como las alas de un 
pájaro. 
Él se desvaneció... y retorció, virando profundo. 
Un momento después la bajó al puente. 
La voz fue más fuerte en su cabeza, insistiendo. Siseando en desafío. Con un 
toque de su mano en su mejilla, la aturdió, enturbiando el recuerdo de su rescate. 
Al mismo tiempo que sacaba sus recuerdos recientes y pensamientos más vívidos.
Ella lo miró con ojos abiertos e incrédulos. Sus labios se separaron, pero las 
palabras no brotaron. 
—Estás teniendo una muy mala noche—dijo él. 
A través de sus labios blancos, ella jadeó, obviamente perpleja por la cantidad 
de tiempo perdido y por la repentina presencia del extraño a su lado. 
—Él te engañó. Y ahora te dejó. Estás sin ningún medio de apoyo. No has 
tenido más remedio que recurrir a las calles. 
Ella parpadeó y susurró: 
—Sí. 
—Y no tienes familia para ir en busca de ayuda. 
Ella sacudió la cabeza, y una lágrima se derramó en su mejilla. 
—Mi mamá está en el asilo. Mi pa…dre nunca me perdonará todo lo que he 
hecho. 
Mark metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. 
—Las cosas serán mejores. 
Apretó una billetera de cuero fino en su mano. 
—Es suficiente para que te quedes bien cuidada en una casa de huéspedes 
respetable por un mes, hasta recuperarte. 
La sospecha frunció su ceño. 
— ¿Qué quieres de mí? 
La voz le suministró una serie de sugerencias malvadas.
—Quiero que te vayas—la presionó. 
Ajena a su tormento, ella se asomó dentro de la cartera. 
—Oh, señor. —Cayó otra lágrima. —Eres mi ángel de la guarda, ¿no? ¿Enviado 
desde el cielo? 
La voz se rió, divertida con claridad. Se burló de él diciéndole que aún había 
tiempo para secuestrar a la chica. Sin que nadie lo viera. 
—Vete... ahora—Incluso a sus propios oídos, su voz sonó extraña. Hueca. 
Ella pareció sentir el peligro en él. Retrocediendo, agarró la billetera contra su 
pecho y corrió por el puente. Justo antes de desaparecer en las sombras, se volvió 
para mirar hacia atrás. Levantó la mano en adiós. Con eso se fue. 
Él siguió el camino que había tomado desde el puente, pero procedió al oeste 
hacia las amarras, a pocos metros de distancia ahora. No pudo dejar de sentir una 
satisfacción oscura. Al haber salvado la vida de la chica, había desafiado a la voz y 
había demostrado que se mantenía al mando, que algún núcleo de humanidad en él 
todavía existía. Aún no estaba completamente consumido por la Transición. 
Desde el Támesis una ráfaga de viento frío lo golpeó, causando un cambio 
brusco de temperatura. 
El dolor atravesó sus sienes. 
Se tambaleó. 
Mina despertó en la oscuridad. Paralizada, ciegamente miró a la nada, con 
demasiado miedo a moverse. Con demasiado miedo para hacer un sonido. 
Entonces la vio, una franja de luz de la lámpara de una de las tiendas de campaña. 
Se arrastró hacia la luz, aferrándose desesperadamente a través de la niebla.
No, gracias a Dios... 
Casi sollozó de alivio. 
No era niebla. Eran cortinas de cama, con rayas en verde y oro. Ella retorció 
sus dedos en el brocado frío y las hizo a un lado, exhalando su miedo e inhalando 
los aromas reconfortantes de aceite de limón y jabón de azahar. Había sobrevivido 
una noche más. Tres noches desde el misterioso suceso en el cementerio. Tres 
meses desde que su padre había dejado de hacer su camino en solitario. Ella se dejó 
caer de nuevo en las sábanas suaves y deliciosas en su piel. 
Un momento después estaba en el piso. Por una ventana, descorrió las pesadas 
cortinas y no se detuvo hasta que las quitó a todo lo ancho, exponiendo cada 
pulgada de la elegante sala a la luz. Se paró detrás de un panel, con su deshebillé 
oculto de cualquier jardinero o transeúnte, y se consoló con la vista de Hyde Park, 
que se extendía en la distancia más allá del patio. Debía haber dormido hasta tarde, 
porque los jinetes ya oscurecían La Fila y el hambre roía su estómago. A través del 
tubo acústico llamó a la cocina por el desayuno. 
Ayer por la noche se había acostado en la cama hasta que su luz se apagó por 
falta de aceite. Había estado allí un poco más, escuchando cada crujido y 
movimiento en la casa, esperando a que un par de ojos de bronce aparecieran. En 
algún momento, debió haberse quedado dormida. Una mirada a la luz del sol por la 
ventana, y a las plantas de azafrán blanco, amarillo y morado alegremente que 
salpicaban los macizos de flores, y se sintió segura de que pronto se olvidaría de sus 
miedos y podría aceptar plenamente esta nueva vida. 
Incluso ahora, su pulso trinaba con la sinfonía melodramática de una orquesta 
de teatro cada vez que recordaba el momento, demasiado guapo para la solicitud de 
las palabras del Señor Alexander al querer visitarla. Dos días habían pasado sin 
verlo. Ella rezó, en despecho a su corazón femenino, que se hubiera olvidado de 
ella. Su atención la puso nerviosa. Él era demasiado, demasiado dorado, 
demasiado audaz, y ella tenía muchas sospechas, demasiado malas. Y comprendió
la importancia de los rollos. Él era exactamente el tipo de hombre en quien no 
podía permitirse confiar. 
Hubo un suave golpe en la puerta. A su respuesta, una criada entró con una 
bandeja de plata con algunas tarjetas de visita. La única que reconoció fue la del 
señor Matthews, del Museo Británico. El señor Matthews había sido un amigo 
cercano de su padre, pero hacía seis meses había sido él quien había acusado al 
profesor de robo. Ella no estaba lista aun para recibirlo. 
Durante la siguiente media hora, la chica ayudó a Mina con sus enaguas y 
corsés, y, finalmente con uno de sus tres vestidos de luto, negros. También cepilló 
el pelo de Mina antes de verter una taza de té y dejarla sola otra vez. La ayuda de 
una criada era algo que Mina nunca antes había tenido la oportunidad de disfrutar. 
La experiencia le había tomado tiempo para acostumbrarse. Porque ella había 
viajado tanto con su padre, y porque ese lujo jamás se le había concedido, siempre 
había tendido sus propias necesidades. Desde que había llegado para estar con la 
familia, no podía dejar de sentirse mimada. Para su sorpresa, más bien le gustaba. 
Quitó el seguro de la ventana más cercana y la abrió. Afuera, los pájaros 
cantaban en los árboles, y las carrosas rodaban pasando. Cuando se volvió a su taza 
de té, su mirada se estableció en la bolsa de cuero en la esquina, llena de cuadernos 
de su padre y papeles. La sonrisa desapareció de sus labios. Los había llevado con 
ella todo el camino desde Nepal, sin dejar que salieran de su vista. Incluso había 
dormido con ellos en el viaje por mar. Un día antes los había abierto y comenzado 
a organizar y transcribir sus notas. Con el tiempo, como siempre había hecho 
después de que su madre había muerto, presentaría un documento a la Sociedad 
Geográfica Real, bajo el nombre de su padre, a título póstumo, por supuesto, pero 
no estaba lista para enfrentarlos todavía. 
En cambio, disfrutó de un pan tostado con mermelada y una segunda taza de té 
antes de lavar los platos. Envolviendo una salchicha sin comer en una servilleta, 
salió al pasillo y se dirigió escaleras abajo. La casa estaba en silencio, sólo con los 
sirvientes moviéndose.
Probablemente Lucinda y las chicas se habían ido a dar su paseo diario por el 
parque. 
Hacía dos días, mientras leía en el jardín de invierno, vislumbró tres pares de 
ojos verdes asomándose hacia ella desde los arbustos a lo largo de la pared del 
fondo del jardín. Unos momentos más tarde, Mina se agachó, recogiendo su falda 
contra sus piernas para que el ruido de sus faldas no asustara a los felinos 
asustadizos. 
—Vamos, queridos—Ella desplegó la servilleta y la dejó sobre las losas. —Está 
bien. Les he traído el desayuno, pero shh, no lo digan. No creo que el cocinero lo 
aprobaría. 
Muy pronto, los ojos verdes parpadearon desde las sombras. Con el tiempo, un 
pequeño felino, de color negro brillante salió de los arbustos. Con la gracia de una 
reina, le dio la espalda a Mina y se sentó, ignorando las salchichas. 
Otro fue alrededor de sus faldas, mientras que un tercero dio un manotazo y 
olió las salchichas, finalmente, las atacaron y hundieron sus dientes en una. Mina 
pasó sus brazos alrededor de sus rodillas. No trató de acariciar a los animales. Eran 
salvajes y todavía estaban aprendiendo a confiar. 
Siempre había amado a los animales, incluso al baboso yak que había montado 
en las montañas los últimos días de la expedición con su padre. Sin embargo, sus 
constantes viajes hacían imposible que hubiera tenido alguna vez una mascota. Las 
mascotas requerían constancia. Permanencia. Algo que, después de la muerte de su 
madre, de la sucesión de internados en mal estado y de un sinfín de viajes, siempre 
había anhelado. 
Una sombra oscureció las piedras. 
—No dejes que Lucinda te atrape haciendo eso.
Los gatos salieron disparados a los arbustos. Mina se volvió y vio a Astrid en 
las escaleras detrás de ella. Se puso de pie mientras su prima se agachaba. 
—En el pensamiento de mi querida madrastra, los gatos y los perros no son 
mejores que los roedores. 
Mina recuperó la servilleta vacía y la dobló con la mano. 
—Estás preciosa hoy, Lady Astrid. 
La joven sonrió, como una imagen de la moda y de la gracia. Su pelo rubio 
había sido levantado, enrizado y cubierto a la perfección, y llevaba un elegante 
vestido de día color ciruela, acabado en color púrpura. A diferencia de Mina, la 
familia había guardado tan sólo una semana de duelo, que fue la semana del 
funeral. Habían pasado tres meses, y con todas las reglas aceptadas de etiqueta, no 
se esperaba que debieran continuar la práctica en una relación en la que no se había 
hablado en dos décadas. 
—Lucinda quiere saber si te gustaría ir a Hurlingham esta mañana. Tenemos 
un musical al cual asistir en el club. 
Mina estuvo de acuerdo. 
—Eso sería encantador. Recogeré mis cosas. 
Tal vez... tal vez, por casualidad, Lord Alexander estaría allí. 
Arriba, en su habitación, se ató su sombrero y recogió sus guantes y el bolso. 
Desde su mesa de noche, sacó el libro que había empezado anoche y se volvió 
hacia la puerta. Su mirada cayó sobre la bolsa de cuero que contenía los escritos de 
su padre.
Extraño. Habría jurado que esa mañana, cuando se estaba comiendo su 
desayuno, la aleta lateral, la del cojinete de bronce del seguro, había estado dándole 
la cara al cuarto, en lugar de a la pared. 
Se acercó a la bolsa. De rodillas -un movimiento que la dejó sin aliento debido 
a su corsé- se inclinó sobre el envoltorio. El candado colgaba allí. Ella le dio un 
tirón al bronce y le pareció seguro. Ciertamente había recordado mal. A pesar de 
que había hecho ella misma la cama, la bandeja del desayuno se mantenía en su 
escritorio, por lo que la muchacha no había ni siquiera ido a poner orden. 
Nadie había estado en su habitación. 
—Su Señoría. 
Mark se despertó, con la voz y su canto seductor de palabras ininteligibles 
todavía en el eco de su mente. La luz azul pálido fluyó a través de un portal para 
bañar su piel. ¿Amanecer o crepúsculo? No lo sabía. Se extendía sin camisa, con 
pantalones, con sus miembros enredados en la oscuridad las sábanas azules. Una 
figura borrosa se acercó, entrando en enfoque. Distinguió una cara y un parche 
negro. 
—Esto se está volviendo un desafortunado hábito—gruñó él, frotándose los 
ojos. —Y buenos días a ti—Leeson llevaba un vaso de agua blanca liso y una taza a 
juego, una mejora con respecto a la elección previa de un artículo puntiagudo de 
tortura. Él se sirvió y dejó la taza humeante en el pecho al lado de la cama. 
Mark se levantó y se asomó al portal. 
El Chelsea Embankment. Casas adosadas. Árboles. Todas pintadas en el 
mismo color azul claro... y todas en la distancia. Sintió el movimiento de la 
embarcación a la deriva en dirección de las amarras bajo el mando de Leeson.
Sopló fuerte, aliviado de encontrarse al menos, en las aguas familiares del Támesis 
y no en la costa de San Francisco o Samoa. 
La chica en el puente. Debió haber hecho como estaba previsto, y anclado el 
barco lejos de la costa. Pero ¿por qué no podía recordar? 
Recordando a Leeson, frunció el ceño. 
—No me digas que es enero. 
—Oh, querido. No, señor. Es martes por la mañana—Los labios del anciano se 
presionaron juntos. —Desapareció durante tres días. 
La frustración destrozó su calma. Más tiempo perdido. ¿Qué significaba? 
— ¿No estuve aquí, en el Thais todo ese tiempo? 
—No puedo decirlo—Leeson se encogió de hombros. —Vi la embarcación a la 
deriva hasta esta mañana. Tuve que sacar a un carpintero el sábado para terminar 
las reparaciones de la cocina. Será malditamente difícil que vuelva de nuevo, en 
algún momento. 
La idea de que había estado caminando sonámbulo por Londres durante tres 
días sin recordar nada de sus actividades no le cayó nada bien. Mark recordó la voz 
y todo lo que le había animado a hacer. 
No... No le gustaba la idea para nada. 
Sólo entonces registró las palabras de Leeson. Mark se dio cuenta del cambio 
en su entorno. Las cortinas, los muebles... todo había sido devuelto a su orden 
anterior. Leeson se retiró a la mesa donde una yacía pequeña pila de papeles. 
—Tengo otro diario para usted. Varios, en realidad—El interés de Leeson en 
todas las cosas mortales era un rasgo conocido. El secretario de Lord Black
vorazmente leía periódicos, libros y revistas, cualquier cosa que le transmitiera 
estudio de la humanidad. Mantenía una meticulosa colección. 
—Por supuesto que sí—Mark metió los dedos en su pelo, apoyando su frente en 
sus manos. —No quiero verlo. Sólo dime qué pasó. 
Leeson se dio la vuelta, con una expresión sombría. 
—Pues bien... —Miró al papel en su mano. —Me apena compartir que hace 
tres días un evento horrible se llevó a cabo en Estados Unidos. En Pennsylvania, 
para ser más específicos. El evento comenzó con lluvias torrenciales e 
inundaciones, y en cuestión de días, el exceso de agua llevó a una falla catastrófica 
de la presa. 
Mark asintió, mirando hacia el suelo. 
—Adelante. 
—El diluvio arrasó pueblos enteros en la distancia. Incluso una ciudad. Miles se 
han perdido, hombres, mujeres y niños. 
—Trágica noticia—Asintió solemnemente Mark. — ¿Qué tiene eso que ver 
conmigo? 
Los desastres naturales ocurrían de vez en cuando. Como inmortales, había 
sido testigo de cientos de ellos a través de los siglos, y desde una distancia 
necesaria, la aflicción dejaba atrás sus consecuencias. No había nada que él o 
cualquier otro Amaranthine pudiera hacer para detenerlos. 
La mirada de Leeson, sostuvo un significado no dicho. 
—Creí que debía mantenerlo al tanto.
Mark se sentó en silencio y rígido al lado del colchón, no queriendo reconocer 
que su mente también corría por el mismo largo camino peligroso. Mark se levantó, 
con sus pantalones sin cinturón cayendo a sus caderas. Gruñó. 
— ¿Dónde está el resto de mi ropa? 
—Empaquetada para la lavandera, señor. Hay una selección de prendas limpias 
en el armario. 
Mark se bajó los pantalones con los que había dormido. Usando sólo ropa 
interior, abrió el armario. Leeson se movió hacia adelante y tomó la ropa 
descartada del suelo. El secretario se retiró al otro lado de la habitación hacia el 
escritorio, claramente ofreciéndole privacidad a Mark para lavarse y vestirse. Mark 
echó agua en el cuenco, y en unos instantes, se puso un par de pantalones de lino 
limpios. 
Leeson dijo en voz baja. 
—Ahora que Jack el Destripador se ha ido... no hay peligro, ¿eh? El Mensajero 
Tantalyte fue silenciado. Estoy seguro de que es sólo una... coincidencia 
desagradable que sufriera uno de sus hechizos a la vez que ese colapso de la presa 
se producía. 
—Señorita Limpett, espero que no le importe si atendemos algunos recados a lo 
largo del camino—dijo Lucinda, mirando por la ventana. 
—No, en absoluto—respondió Mina. 
El carro corría a lo largo de Bond Street. Tiendas elegantes, con ventanas 
pulidas la tentaban por todos lados. Los bordillos estaban llenos de carrosas, las 
aceras con las damas espléndidamente equipadas y con sus lacayos 
acompañándolas. Mina no pudo evitar sentirse un poco invisible comparando su 
ropa normal, oscura.
—En primer lugar, tengo que parar en la papelería—La condesa ajustó la 
costura de su guante y se dirigió a las primas de Mina. —Evangeline y Astrid, la 
señorita Gerard está a sólo dos tiendas más, por lo que pueden entrar y preguntar 
acerca de sus trajes de montar. Deben estar terminados para ahora. 
Sonriéndole a Mina dijo: 
—Las damas jóvenes deben ir a París para su ajuar y para la alta costura, pero 
recuerda que los trajes de montar más refinados se encuentran en Londres. No 
dejes que nadie trate de convencerte de lo contrario. 
Mina asintió. Ella no tenía traje de montar, o cualquier cosa que pudiera ser 
considerada de forma remota como de alta costura. En cuanto a un ajuar de novia, 
no creía que necesitara uno en un futuro próximo. 
—Hemos llegado—anunció Lucinda. 
El carro terminó su recorrido frente de una fila prístina de tiendas, todas con 
letras doradas pintadas en las ventanas, identificando las mercancías que ofrecían 
para su compra. El lacayo abrió la puerta y las chicas bajaron. Mina las siguió, y 
finalmente bajó Lucinda. Se reunieron en la acera, con el lacayo flotando cerca 
para ofrecerles cualquier asistencia que pudiera ser solicitada. 
—Señorita Limpett, ¿por qué no me acompaña? Me doy cuenta de que no he 
tenido la oportunidad de pedir su papelería de luto. 
Mina estuvo de acuerdo. 
Lucinda movió la mano a las hermanas en su camino. 
—Niñas, nos veremos tan pronto como hayamos terminado. Pregunten si los 
aparejos del nuevo estilo llegaron de París—Astrid y Evangeline fueron en 
dirección a una tienda bien cuidada, dos puertas más abajo de la acera. Lucinda las 
observó hasta que desaparecieron en el interior. —Me gusta estar segura de que 
llegan a su destino asignado. Astrid puede ser un poco traviesa.
En conjunto, se volvieron hacia la tienda de papelería. Para sorpresa de Mina, 
un hombre las esperaba allí, con una gran cámara Kodak. Lucinda se detuvo y 
volvió la cabeza hacia un lado y ligeramente hacia abajo, como para ver el perfil de 
su sombrero de paja, a la corona de la que presumía en una pantalla artística de 
flores de imitación, bayas doradas y cinta de organza. Sonrió con recato. 
Mina se alejó rápidamente, para no estropear la imagen. Click. 
El fotógrafo les hizo un gesto a las dos, y luego se fue por la acera. 
Como si nada hubiera ocurrido, Lucinda continúo a la tienda. Mina la siguió al 
interior. 
El comerciante se levantó de detrás de un escritorio pequeño, dividido. 
—Lady Trafford—saludó. 
—Buenos días, señor Abbott. Mi sobrina, la señorita Limpett quisiera poder ver 
las muestras de duelo de escritorio. 
—Ahora mismo, mi señora, y llevaré a cabo su pedido también. 
Una vez que volvió, le tomó sólo unos minutos a Mina para hacer una 
selección, porque no había una verdadera selección de la que se pudiera hablar. 
Había tarjetas blancas con gruesos bordes negros, tarjetas de color blanco con 
bordes negros finos, y de todos los espesores de las fronteras entre ellos. Ella eligió 
algo en el medio. 
El señor Abbott llenó el formulario correspondiente. 
—Déjenme ir a ver si tenemos esa tarjeta en particular en el almacén, o si 
tendré que traerla desde allá—Desapareció en la parte trasera de la tienda. 
En el mostrador junto a ella, Lucinda abrió la tapa de una caja pequeña. Sacó 
una tarjeta de visitas y leyó el texto. Un suspiro escapó de sus labios.
—Me temo que están todas mal, y es la segunda vez—Frunció el ceño, 
viéndose exasperada. —Parece que no nos iremos pronto. 
Una mujer alta, vestida a la moda entró en la tienda. Ella y Lucinda se 
saludaron alegremente. 
Mina aprovechó la pausa en la conversación. 
—Su señoría, creo que me uniré a Astrid y Evangeline. 
Ella sabía muy poco acerca de la moda actual, y quería ver los modelos de París 
también. 
—Muy bien, querida. Haz el lacayo te siga—la instruyó Lucinda. —Estaré allí 
tan pronto como pueda. 
Mina recogió su bolso en el mostrador, y luego se fue a la acera. El carruaje 
Trafford ya no esperaba junto a la puerta, después de haber sido aparentemente 
empujado hacia delante unos pocos espacios para darle cabida a otros. Ella no hizo 
ningún esfuerzo por ganar la atención del lacayo, que se dedicaba a conversar con 
el chofer. Era la misma distancia para el transporte, ya que estaba en la dirección 
opuesta a la tienda de la modista, y Mina se sentiría como una tonta al solicitar una 
escolta para un breve paseo. Se las había arreglado con los mercados, con las 
tiendas de campaña y con los lugareños curiosos en muchos más exóticos lugares 
¿Por qué no en Bond Street? En realidad, algunas de las reglas que ahora tenía que 
cumplir eran tontas. 
Ella pasó un estrecho callejón en su camino. La siguiente ventana mostraba una 
encantadora colección de cajas musicales de porcelana. Ella hizo una pausa. Había 
montones de ellas, las más bellas en forma de flor. Su mirada pasó de una a otra, y 
se maravilló por el detalle y la mano de obra. Con el tiempo se dio la vuelta para 
continuar y se congeló.
Una persona con una máscara de teatro negra se tambaleó hacia ella, vestida 
con un manto negro en forma de tienda que descendía hasta sus rodillas. Sus 
piernas estaban vestidas con medias blancas y terminaban en negros zapatos de 
hebilla. Por lo menos asumía que el actor de las calles era un hombre. El traje lo 
hacía difícil de decir. 
Una institutriz y su carga de hombres jóvenes que pasaba, viajaron en la misma 
dirección de Mina. El actor giró en un círculo, y de la nada produjo una rosa 
formada por pétalos de color rojo y blanco a rayas. Se inclinó galantemente y se la 
presentó a un niño. El niño se rió y aceptó el regalo. Él y su institutriz siguieron 
caminando. Mina también, encaminándose hacia el modista. Ella sonrió 
cortésmente. 
Él saltó frente a ella y posó sus brazos frenéticamente. Tal vez sus travesuras 
estaban destinadas todas a la diversión, pero le resultaba desconcertante. Incapaz 
de ver sus ojos por la forma y la profundidad de la máscara, encontró el efecto casi 
macabro. 
Ella se rió, un poco nerviosa. 
—Sí, puedo ver que eres... muy ágil. 
Ella lo esquivó, y otra vez él salió delante de ella entonces hizo una finta 
espectacular a la parte alta y desfiló frente a ella con los brazos rígidos como un 
soldado. 
Aliviada, y un poco nerviosa, se ella se movió hacia adelante, sólo para sentir 
un golpe duro contra su hombro.
Capítulo 5 
Exasperada, le dijo: 
—Señor… 
Una mano enguantada se disparó desde dentro del manto, agarrándole el 
brazo. El mundo giró. Él la arrojó en el callejón. Un grito salió de la dirección de 
los coches. 
Él tiró de su pelo. El dolor desgarró a su sien. 
—¡Ay!—Gritó ella. 
El metal brilló. Una cuchilla. Pasos sonaron en la acera. Algo la golpeó en el 
centro del pecho, y cayó al suelo. El agresor huyó hacia el callejón. 
Mina jadeaba. A sus pies yacía una rosa como la que le había dado al chico. 
El lacayo Trafford trepó de vuelta en la esquina, con una expresión feroz. 
— ¿Está bien, señorita? 
—Sí—Ella presionó una mano en el centro de su pecho, tratando de calmar el 
ritmo desenfrenado de su corazón. 
El chofer más tarde regresó, jadeando y con la cara roja. 
—Lo siento mucho, señorita. Se fue. Ni siquiera puedo decir en qué dirección 
lo hizo. 
Un número de espectadores se agruparon alrededor, atraídos por la emoción. 
Un agente de policía metropolitano sonó un silbato y dio un codazo a través de 
todos. Tras una investigación de un momento, acompañó a Mina a la papelería. 
Allí, en medio de exclamaciones de horror femenino de Lucinda y de su conocida,
la señora Avermarle, Mina se encontró instalada en una silla de terciopelo. Las 
chicas, al parecer, habían oído del incidente en la tienda de la modista, y se habían 
precipitado a la puerta. 
Un mechón de pelo colgaba sobre la mejilla de Mina, cortado bruscamente a la 
mitad en su camino hacia abajo. Se suponía que debería estar agradecida con su 
agresor por no haber tomado más. 
Evangeline sacó un alfiler de su propio cabello castaño y rápidamente se lo 
metió el mechón en su lugar. 
—No, ahora ni siquiera pueden decirlo—le aseguró ella. 
Astrid tocó el hombro de Mina, viéndose más traumatizada de lo que Mina se 
sentía. 
— ¿Está segura de que está bien, señorita Limpett? 
Mina asintió, incapaz de librarse del recuerdo de la máscara. 
—Estoy bien. Sólo asustada. Su señoría estaba en lo correcto, supongo. Debería 
haber pedido una escolta. Simplemente no creí que fuera necesario. 
— ¿A dónde llegará esta ciudad?—Susurró Lucinda, apretando los hombros de 
Mina. —Está claro que necesitamos más policías dando vueltas. 
Un policía apuntó los detalles en un pequeño bloc de notas. 
—Hacemos todo lo posible, mi señora para mantener fuera a los charlatanes de 
las calles más ricas, pero a veces pasa. Por lo general, son sólo una molestia. 
Sospecho, sin embargo, que este hombre era un criminal común en la forma de un 
actor de la calle. La audacia de su crimen es chocante, pero no es el primer ladrón 
de pelo que hemos visto. 
Lucinda se inclinó hacia Mina.
—Vamos a casa. 
Las caras de las chicas cayeron con decepción. Mina no pudo dejar de 
compadecerse. Habían renunciado a una semana de su temporada de debut por el 
luto de su padre, un extraño, y luego habían pasado varios días encerradas en la 
casa, mientras los preparativos para la fiesta en el jardín eran finalizados. 
Y en verdad, todo lo que Mina quería era olvidar el incidente. 
Mina le aseguró a Lucinda: 
—Preferiría que fuéramos a Hurlingham como estaba previsto. 
Leeson se dirigió a la mesa. 
—Hablando de peligro, su caja en el amarre contenía una serie de 
correspondencias, que por su esencia, son de varias damas. Hay una serie de 
tarjetas de visitas e invitaciones también—Las había acomodado en una pila. 
Mina. Con tan sólo el recuerdo de ella, algo dentro de él se volvió menos fuerte, 
menos enojado. Una cosa era permitir que Leeson estuviera a su servicio, pero tal 
vez... cáspita. ¿Esqueletos? ¿Luz encendida de color naranja? Tal vez las cosas se 
habían vuelto demasiado peligrosas. Tal vez él se había vuelto demasiado peligroso. 
A pesar de sus propios engaños, ¿se habría equivocado con lo que ella 
implicaba? Desconcertado, se acercó a la mesa. 
¿Cuándo se había preocupado alguna vez por alguien más que por sí mismo? Se 
negaba a empezar ahora. 
Leeson esparció tres tarjetas, todas en una fila. Mark frunció el ceño. 
Reconoció la escritura en una, y la dejó para el final. Cuando abrió otra, el olor de 
la lavanda se derramó.
En el interior encontró una nota breve, escrita con un estilo espectacular. 
Hurlingham. 
Martes, al mediodía. En la Casa Club. 
A. 
La segunda nota olía a violetas y contenía información idéntica. La autora 
había firmado simplemente “E”. La tercera, por supuesto, era de “L” y por suerte 
no contenía ningún olor, sin embargo, las palabras “Por favor”, habían sido 
agregadas y subrayadas. 
—Hay una de todas las mujeres de la casa, pero no de la chica Limpett. 
—Ya lo veo. 
— ¿Cómo está ella? ¿Qué información pudo extraer de ella en el funeral? 
Mark esperó. Leeson no sabía sobre la muerte falsa del profesor. En 
circunstancias normales, una cosa así sería fácilmente verificable por el secretario 
inmortal, pero si las puertas se habían cerrado, quedaba efectivamente aislado de 
recursos de información de las que todos habían disfrutado antes. 
Estaba considerando si debía compartir algo de su firme conocimiento, pero al 
final, decidió que no tenía más remedio que confiar en él, al menos en eso. 
—El profesor no está muerto. 
— ¿Qué?—Su parche en el ojo subió en su rostro con la elevación de sus cejas. 
—Él y su hija falsificaron su muerte. Estoy seguro que para lanzar a alguien 
fuera de su camino. 
— ¿A alguien como no usted?—Leeson frunció el ceño con curiosidad. 
Mark asintió.
—Hay alguien ahí afuera que quiere los rollos. Ya se trate de un individuo o de 
una especie de culto a la inmortalidad, no lo sé todavía. Sólo sé que tengo 
competencia. 
Leeson se desvió cerca. Sus sienes aumentaron con sus pensamientos. 
—Me doy cuenta de que son objetos de valor, pero ¿Cree que su verdadero 
valor sea conocido? 
—Diablos, ni siquiera puedo pretender conocer su verdadero valor. Todo lo que 
sé es que el primer rollo da una idea de la información contenida en el segundo 
rollo y en el tercero, en concreto, que da detalles de un conducto de renovación y 
de inmortalidad, que podría reparar a un inmortal afectado por la Transición— 
contestó Mark. —Tengo que creer que el profesor se encuentra todavía en posesión 
de los rollos, o al menos sabe dónde están. 
—Entonces, ¿cuál es su plan para seducir a la muchacha? 
Mark dio un respingo. ¿Eran sus métodos tan predecibles? ¿Tan cliché? 
El anciano presionó. 
—Vamos. No somos dos bribones contándonos nuestros cuentos. Esa es la 
estrategia. ¿Ya ha conseguido meterla en la cama? 
—Leeson. 
—No sea tímido, chico, ¿Has bailado la polca horizontal o no? 
—Dios mío—exclamó Mark. —Sólo nos conocimos hace tres días y he 
estado... No sé donde, desde entonces, pero creo que estoy a salvo asumiendo que 
no con ella, por lo que no. Sólo hemos hablado. 
—Hablaron—Leeson masticó la uña de su pulgar pensando. —No estoy seguro 
de que el método sea tan eficaz o conveniente, como el que requiere. Por suerte
para usted, una mujer mortal se convierte en verdadera masilla en la mano maestra 
de un amante inmortal. Usted y yo sabemos eso—Le guiñó un ojo. —Llévela en su 
cama y ella le dirá todo lo que quiera saber. 
Mark dijo con firmeza: 
—No he tomado ninguna decisión sobre cómo, exactamente, procederé con la 
señorita Limpett. 
—Su única otra alternativa, como lo veo, es cortar sus dedos uno por uno hasta 
que hable—Hizo un movimiento de tijera. 
Mark apretó los dientes. 
—Esa no es una opción. 
—Me inclino a estar de acuerdo—Leeson asintió. —La vi por mí mismo. Tiene 
los dedos hermosos, y por lo tanto la seducción es el plan de acción deseado. Todo 
lo que tiene que hacer es trabajar la magia de Marco Antonio en ella y le dirá el 
paradero del profesor. 
Mark compartió su profunda duda. Una que se había negado a abordar, incluso 
consigo mismo. 
—Maldita sea. ¿Y si ella no sabe dónde está su padre? ¿Qué pasa si estoy 
perdiendo el tiempo? 
—Oh, voto porque sepa dónde está. Si tuviera una hija como ella, ¿la 
abandonaría en el sucio y viejo mundo y se olvidaría de ella? No. Puede estar en 
busca de aventuras, pero tiene el ojo paternal en ella de alguna manera. Tiene que 
haber confiado en sus conexiones aquí en Londres, que le transmitirían cualquier 
motivo de alarma a él. Y si alguien es motivo de alarma, ese es usted. 
—Lo tomaré como un cumplido.
—Como debería. Pero en este caso, creo que es necesario ir más allá en cuanto 
a la chica en cuestión. Tiene que salir fuera a lo grande, directo del tobogán. No 
hay tiempo que perder. 
— ¿Qué sugieres?—preguntó con sorna Mark. 
Era evidente que el hombre no entendía el sarcasmo. 
Leeson se cruzó de brazos pensando, su mirada se centró en el techo. 
—Estamos experimentando el más extraño verano, ya sea tostándonos o frío, 
pero no con lluvia a la vista. Por lo que eso excluye una cuidadosa orquestada 
seducción-de-atrapados-en-la-choza del jardinero durante la lluvia. —Sonrió. — 
Siempre es mi escenario favorito. La ropa de todos todos está mojada y pegajosa. 
Mark negó. 
—No haré eso. No estratificaré la seducción de la señorita Limpett contigo. 
Ella no está gastada como... 
— ¿Como todas las demás?—Sonrió Leeson. —Entonces tenemos que pensar 
en algo grande. Algo realmente espectacular. 
Mark se sirvió un vaso de agua de la jarra sobre la mesa. 
—Si no entendiste lo que acabo de decir, me permito traducírtelo: Mantente 
alejado de mis asuntos, en lo que a la señorita Limpett se refiere—Se tomó el tibio 
líquido de un solo trago. 
Leeson se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron todavía con demasiada 
travesura. 
—Haga lo que quiera. Yo estoy, después de todo, a su servicio—Se volvió para 
mirar el portal. —Nos estamos acercando al muelle. Antes de llegar, hay una cosa
más que necesita verse. Algo que he... Ah, a propósito retrasé en mostrarle ya 
que.... No creo que esté muy contento. 
— ¿Qué pasa ahora?—Respondió Mark con desconfianza, y dejó el vaso. 
—Creo que es mejor que salga y eche un vistazo—Algo en el rostro de Lesson, 
la caída de sus labios, el endurecimiento de su mandíbula, le dijo a Mark que no 
hiciera preguntas, simplemente hiciera lo que le pedía. Abrió la puerta de madera 
lacada y salió al aire fresco de la mañana. 
Pétalos de rosa blanca alfombraban el umbral. Poco a poco, él los siguió hasta 
llegar a la proa del yate. 
Pétalos de rosa. Los desagradables recuerdos surgieron en su cabeza. Jack 
habría preferido rosas rojas. 
Estas eran blancas. 
Bueno, en su mayoría. 
Algunos de los pétalos se habían manchado por las huellas de sangre por 
debajo. 
Leeson se unió a él, trapeador y balde en mano. 
—Vea por usted mismo en conjunto, señor. Limpiaré este desastre. Vaya a 
Hurlingham y vea si puede conseguir su nombre, junto con la Señorita Limpett, en 
los trapos de los chismes. 
Hurlingham, ubicado en el extremo privado de los jardines de Ranelagh, no 
estaba lejos de Cheyne Walk. De hecho, los jardines del club privado estaban tan 
cerca que Mark optó por caminar la distancia. Había usado el tiempo a solas para 
pensar, y pensar era lo que había hecho.
Había pensado en escaldar la luz naranja. 
En esqueletos. 
En la voz maldita en su cabeza. 
Y ahora, además de todo lo demás, había pétalos de rosas blancas manchados 
de sangre. Por lo menos, claramente, las huellas no pertenecían a él. Eran más 
pequeñas y más estrechas. Debían de pertenecer a una mujer o a un hombre de 
menor estatura, él había sido incapaz de discernir. 
Su mente volvió al mismo pensamiento. Como Leeson había sugerido, ¿Por 
qué debería sorprenderse de que él, un inmortal En Trascendencia fuera también 
susceptible a las mismas olas de mensajes destinados a las almas en deterioro, como 
Jack el Destripador y el resto de los diabólicos brotoi tratando de poblar la tierra? 
La admisión no era una feliz. Sólo servía para destacar el poco tiempo que tenía 
para salvarse a sí mismo. 
Mark esperó en las sombras de la casa club de Hurlingham. La enorme 
estructura de columnas coloniales ofrecía un gran saludo a los barcos que 
navegaban por el Támesis. Visible desde donde se encontraba, el río corría a lo 
largo de la frontera sur de la propiedad. Con su actual avalancha de suerte, 
probablemente encontraría a Lucinda, Astrid, Evangeline, o (Dios, por favor no) a 
las tres a la vez y sería informado de que Mina se había quedado en casa. Oró 
porque una caminata entre semana por los jardines fuera una excursión deseable 
para una mujer joven de luto. Si tan sólo pudiera tenerla a solas. 
Su querida madre había escrito el libro sobre la seducción estratégica, y suponía 
que la manzana no había caído lejos del árbol. 
Mark procedió a ir al frente de la casa club, por la pendiente. Envió miles de 
antenas mentales en todas direcciones, en un esfuerzo por captar su rastro. El 
dramático crescendo de un cuarteto de cuerda salió desde las ventanas abiertas, la 
adición fue una puntuación casi cómica en su búsqueda. El año pasado, él había
sido un trueno sobre el Primer caballo en el lejano campo de polo, con el aplauso 
de la tribuna llena de gente. El club también organizaba partidos de tenis, partidos 
de cricket y, sólo para miembros masculinos, disparo a las palomas. Probablemente 
la señorita Limpett no llevaría a cabo ninguno de esos deportes. Él completó el 
recorrido por un bosque de árboles grueso, lo que lo llevó a un pequeño claro. Ah, 
ahí. Cerca... sí, ella estaba cerca. 
Sin embargo, su mirada se redujo a un hombre con sombrero de paja y vestido 
de algodón blanco, un hombre familiar que no tenía por qué estar en Hurlingham. 
Mark se había preguntado a menudo si Lesson sería medio duende, por su 
capacidad de moverse tan rápidamente. 
Una gran plaza de lona blanca cubría el claro. En su centro, una gran cesta de 
mimbre yacía de costado y más allá, un globo de gas a medio inflar. Mark 
identificó la fuente del sonido, un dispensador metálico cilíndrico de gas 
comprimido, inflando el globo a través de un tubo de llenado grande. Leeson 
gritaba órdenes a cuatro lacayos del club, que estacaban alineados y colaboraban en 
la ampliación del globo inflándolo. 
Mark se le acercó por detrás, y gruñó: 
— ¿Qué estás haciendo aquí? 
Leeson le lanzó una mirada de reojo. 
—Creo que es obvio, señor. Estoy inflando mi globo. Mi gran... espectacular 
globo. No se preocupe. No interferiré con sus planes. Me doy cuenta de que no 
necesita de mí o de mis ideas tontas de viejo. Así que estaré aquí divirtiéndome con 
mi propia emocionante diversión. Tal vez pueda convencer a una dama bonita, 
aventurera para que se suba conmigo. Por cierto, la suya está a la vuelta de donde 
doblan los árboles. 
Mark entrecerró los ojos en alerta y se apartó.
Mina se quedó mirando su libro, pero sólo vio la máscara. Parpadeó la imagen 
alejándola, y se asomó sobre el césped. Las parejas casadas paseaban de la mano. 
Los niños se perseguían unos a otros a través de los árboles. Niñeras empujaban a 
bebés en cochecitos brillantes. Todo a su alrededor parecía tan normal. Todo era 
normal. Esa mañana, afuera de la tienda, había sido víctima de un crimen al azar. 
Si el agresor hubiera querido hacerle daño, se lo habría hecho, pero lo único que 
había querido era un mechón de su cabello. De acuerdo con la policía, la persona 
sufría de un fetiche de pelo, y habían visto el crimen antes. 
Entonces ¿Por qué su mente insistía en pintar el mundo con sombras de peligro 
y de inminente muerte? ¿Y en fabricar conexiones nebulosa donde debería haber 
una? 
Trafford las había encontrado inesperadamente en el club. Por desgracia, había 
olvidado su boleto, por lo que Mina había insistido en entregarle el suyo. Era 
comprensible que se hubiera preocupado por la noticia de su ataque, y aunque 
había expresado su preocupación, no podía evitar sentir como si estuviera siendo 
marcada como una damisela en constantes apuros. Primero, había sido el arma que 
había empuñado con pánico en el cementerio, y ahora esto. Con el propósito 
expreso de probar que el evento no la había molestado, con calma les indicó que 
fueran a la velada musical, insistiendo en que mejor leería su libro en los jardines. 
El aliento de Mina se detuvo cuando divisó una figura alta corriendo, en 
pantalón gris y un abrigo azul oscuro. Ancho de hombros y con confianza, el Señor 
Alexander caminó en su dirección. Ella se mordió el labio, mitad rezando para que 
no la viera y mitad orando para que sí lo hiciera. 
La calma de sus ojos azules recorrió el césped, deslizándose sobre todo, 
desinteresado... hasta que se asentaron en ella. Su ritmo fue más lento. Su boca se 
tornó en una sonrisa. Esa sonrisa. Encantadoramente infantil, con una mirada
aguda de canalla. El placer se acurrucó en su vientre, para calentar su garganta y 
rostro. 
Su arpía interior -a la que siempre imaginaba como malhumorada con cara de 
una versión de sí misma- le aconsejó permanecer en guardia. Él era demasiado 
guapo y demasiado tentador, incluso para una joven fuerte, con visión de futuro 
como ella, que no evitaría el romance, bajo las circunstancias adecuadas. Pero, 
¿cómo no iba a estar emocionada por el anuncio de un hombre tan notable? 
—Buenos días, señorita Limpett—gritó él mientras se acercaba. —Ciertamente 
no estamos aquí solos, ¿verdad? 
—No, en absoluto—Ella tiró la cinta entre las páginas para marcar su lugar, y 
cerró el libro. —La familia recibió entradas para la velada musical en la casa club, y 
en vez de quedarme solas en la casa, vine con ellos. 
—Qué suerte para mí—Su sombra se inclinó sobre ella. 
Ella lo miró bajo el ala de su sombrero, y le preguntó amablemente: 
— ¿Qué lo trae a Hurlingham? 
—Una invitación de unos amigos—respondió él vagamente. 
Sí. Él tendría un montón de amigos. Tenía la suerte de tener un magnetismo 
que atraía a todo tipo de personalidades, con admiración y con favor. Era a la vez 
atractivo y agradable, pero debajo de todo eso, un poco misterioso también. 
Él añadió: 
—Deben estar retrasados, pero estoy tan contento de encontrarla aquí. ¿Puedo 
sentarme? 
Sería mejor evitar esa tentadora situación. A pesar de que era un tipo diferente 
de peligro, ella había tenido peligro más que suficiente por un día. No quería
arriesgarse a la posibilidad de que él tratara de resucitar el tema de los rollos. Ella 
abrió su bolso y miró su reloj sin siquiera notar la hora. 
—En realidad, se supone que debo encontrar a la familia. ¿Quiere caminar 
conmigo a la casa club? 
Su sonrisa se desvaneció a la más mínima nota. 
—Por supuesto. 
Ella deslizó su libro en su bolso y se levantó. Después de quitar unos pocos 
trozos de hierba de su falda, se le unió. Caminaron lado a lado a lo largo del 
camino, con él elevándose sobre ella. Furtivamente, ella lo estudió desde debajo del 
ala de su sombrero. ¿Acaso sólo imaginaba el aire grueso de tensión entre ellos, o él 
lo sentiría también? Ella curvó los dedos enguantados en ambas manos alrededor 
del mango de ébano de su bolso. 
— ¿Ha estado bien en estos últimos días?—preguntó él, con los ojos clavados 
en su rostro. 
No, ella no había imaginado la tensión. Recordó que los hombres como él 
tenían tensión con quien fuera, y utilizaban ese talento como un arma. Al parecer, 
el había experimentado algún tipo de tensión con su tía, y quizá la seguía sintiendo. 
Su espíritu de individualidad rechazó la idea de convertirse en una de su grupo de 
admiradoras, en una competidora por su atención. 
Ella asintió. 
—Siempre hay algo pasando en la casa. Las chicas han estado muy ocupadas 
por supuesto, con sus actividades sociales, y la señora Lucinda ha estado ocupada 
en los preparativos de una fiesta en el jardín para el próximo jueves. Tiene un gusto 
maravilloso. Estoy segura de que el evento será la charla de la temporada. 
— ¿Pero qué hay de ti?—presionó él, obligándola a tener la intimidad que ella 
evitaba.
Ella se encogió de hombros. 
—Leo. Camino. Leo y camino un poco más. 
Él rió entre dientes desde el fondo de su pecho, el buen humor se mezcló con su 
poder masculino. Le gustaba mucho el sonido también. En su mente, ella casi se 
había atrevido a preguntarle sobre los rollos para que hubiera una buena razón para 
evitarlo, pero no lo hizo. 
—Hay otras cosas para ocupar tu tiempo, estoy seguro—dijo él. 
—Tengo algunos de los papeles de mi padre. Sus notas—Se atrevió a mirarlo 
ahora, bastante imprudente. —No hay nada de importancia real en ellos, pero creo 
que asentarán muy bien varios diferentes trabajos académicos. Se las presentaré a la 
Real Sociedad Geográfica, y veremos si los publican. 
— ¿Bajo el nombre de su padre? 
—Sí—respondió ella, enfatizándolo—A título póstumo, por supuesto. 
—Siempre ha escrito los artículos de tu padre, ¿no?—Preguntó. 
Ella se encogió de hombros. 
—Más o menos. Mi madre solía hacerlo por él. Siempre fue muy bueno para 
hacer traducciones, observaciones y mediciones, pero por alguna razón, organizar 
sus pensamientos en el papel nunca fue fácil. 
—He leído todos, sabes—Él inclinó la cabeza, echando la sombra de su 
sombrero de copa a sus faldas. —Están excepcionalmente bien hechas, y estoy 
seguro de que usted, como inglesa, ha establecido unos pocos registros en lo que 
respecta a la exploración territorial y ascensiones de montaña. Debería publicarlos 
a su nombre, al menos en forma conjunta con el suyo. 
—Gracias—Su admiración y aliento fueron como una caricia física.
—Quizás en algún momento podría—se encogió de hombros con elegancia— 
ayudarme a darle sentido a mis papeles propios expedicionarios. 
—Tal vez. 
Su mirada se posó en sus labios. 
—Sospecho que tenemos muchos intereses en común. 
Ella se sentía casi segura de que sus palabras tenían un significado oculto, y 
quizás incluso una invitación, una que no tenía nada que ver con la escritura o los 
documentos o con la expedición extranjera. Para su consternación, encontró un 
progreso en la intimidad entre ellos. Quería hacerle preguntas sobre su familia, 
sobre sus intereses en varios idiomas y artefactos. Por mucho que quisiera un hogar 
y una familia y permanencia, suponía que una necesidad de aventura también 
prosperaba en su sangre. 
Doblaron en un afloramiento de espesos árboles. Para sorpresa de Mina, frente 
a ellos había un globo flotando alternando gajos verticales de seda escarlata y oro. 
Una cesta estrecha flotaba debajo de un pie sobre la tierra. 
—Qué emocionante. Alguien trajo un globo—dijo ella. 
Sin siquiera mirar la aeronave. Sus ojos permanecieron desconcertantemente en 
ella. 
— ¿Alguna vez... ha estado en uno? 
—No, pero siempre lo he deseado. 
El vuelo siempre la había intrigado. No podía imaginar lo emocionante que 
sería mirar hacia abajo a la tierra desde la vista de un pájaro. 
Se puso rígida cuando el Señor Alexander puso su mano en el centro de su 
espalda y la llevó hacia el globo.
— ¿Vamos a echar un vistazo, entonces? 
Tan firme. Tan seguro. Tan agradable. A medida que se acercaban, su 
maravillosa mano se alejó, y él se acercó por delante para hablar con la persona que 
parecía estar a cargo. El caballero, un hombre alegre y pequeño con el pelo 
distinguidamente gris, con un parche en un ojo, y un bigote rizado en las puntas, 
asintió con entusiasmo. 
Lord Alexander se dirigió a ella, con su mirada oscura acogedora, y le hizo 
señas con la mano. 
Mina se movió a pie a su lado. 
El tipo de cabeza plateada anunció: 
—Mis honorarios son veinte libras. 
Los ojos de su señoría se redujeron al hombre. 
—Por supuesto. Debería haber una cuota, ¿verdad? 
Su señoría retiró su bolsa y seleccionó a los billetes necesarios de una libra. 
El corazón le dio un vuelco a Mina. 
— ¿Va a subir? 
—No, usted y yo iremos arriba. 
—Oh—Ella apretó los labios cerrándolos. —No sé... Se suponía que debía 
encontrar a la familia en la casa club. 
—Falta un cuarto de hora—contestó él. —Estoy seguro de que la velada 
musical se prolongará hasta las once.
Ella miró a su alrededor, tal vez por un rescate. Sus mejillas se encendieron. 
Dos manos descendieron entre ella y su señoría, una presentándole una hoja larga 
de papel lleno de palabras escritas, y la otra, con una pluma de plata. 
El diminuto del globo interrumpió: 
—Antes de subir, tengo que pedirles a los dos que por favor firmen en la línea 
inferior que indica que son responsables de todos los daños que puedan hacer a su 
propia vida y a sus extremidades, a terceros en el suelo debajo y al globo y/o a sus 
accesorios. 
—Oh, Dios mío—ella se rió en voz baja. Con ansiedad. Parecía que iba a ser su 
primer vuelo en globo. Tal vez eso era lo que necesitaba, literalmente, elevar 
permanentemente su espíritu encima de los acontecimientos de los meses 
anteriores. 
Desafiando a la precaución, Mina garabateó su nombre. Lord Alexander hizo 
lo mismo. El operador abrió la puerta y con una dramática inclinación, la ayudó a 
entrar en su interior. El borde donde se apilaban alrededor bolsas estrechas de 
arena, se tambaleó muy ligeramente bajo sus pies, y ella se agarró a la barandilla 
del borde de la canasta de mimbre por ayuda. Un pequeño grupo se reunió. Lord 
Alexander subió a su lado. La puerta se cerró. 
—Pensé que el operador vendría. 
—No necesitamos el lastre adicional—La travesura brilló en sus ojos. 
El caballero de pelo gris se alejó del globo, señalando hacia arriba. Le gritó a los 
lacayos. 
—Despacio, despacio... Lento, señores. 
Mina se quedó sin aliento en el fondo de su garganta. Demasiado tarde. 
Demasiado tarde para echarse atrás. No sabía si sentirse desesperada por ir en el 
globo a solas con lord Alexander, o por el hecho de que estaría allí sin el operario.
Empujando su bolso para arreglárselas con la parte interior del codo, agarró con sus 
manos enguantadas todas las gruesas cuerdas a ambos lados de ella. 
—Mi estómago está haciendo volteretas—Levantó la vista hacia el cavernoso 
centro del globo. —No puedo creer que esté haciendo esto. 
Su señoría, alto y robusto, reflejó su posición, tomando con sus largos brazos 
las cuerdas. Sonrió. 
—Sostente. 
De repente, el globo salió disparado como una bala hacia arriba al cielo. La 
gente, la hierba y los árboles desaparecieron en una imagen borrosa. La 
aglomeración cruzó bajo el aire aplanando el ala de su sombrero contra su mejilla, 
y una alegría salvaje, delicada se clavó en ella, como si su estómago se precipitara a 
las plantas de sus pies. El sombrero de su señoría salió volando, cayendo en espiral 
hacia la nada. Él se echó a reír, un sonido profundo y maravilloso. Ella dejó 
escapar un pequeño grito, pero para su asombro, se dio cuenta de que sus labios 
sonreían. 
Tan de repente como el globo se elevó, se balanceó en lo alto sólidamente. La 
cesta se sacudió, carenada violentamente. 
A pesar de contenerse, ella tropezó con Lord Alexander. 
—¡Oh! 
Con una mano en la barandilla, él se apoderó de la otra alrededor de su cintura, 
con los tirantes firmemente en su lugar. El suelo se niveló y dejó de hacer sus 
movimientos erráticos. Su corazón se estrelló contra sus costillas al darse cuenta de 
que ahora se cernía, suspendida sobre la tierra en una canasta pequeña, pero más 
aún por la sensación placentera de su brazo flexionado con tanta fuerza alrededor 
de su cintura.
Bajo su ropa cara, su pecho parecía formado de piedra, más afín a la 
constitución de un antiguo guerrero que a un erudito caballero de Londres. Y olía 
bien. 
Divino. Como a especias y a piel y a hombre. 
Ella liberó sus hombros y dio un paso atrás, dos pasos muy pequeños, pero eso 
fue todo lo que la pequeña área de la canasta le permitió. Sus faldas se aplastaron 
contra el mimbre. 
— ¿Se suponía que eso sucedería?—Jadeó ella. 
Se agarró a la barandilla con ambas manos. Su mirada se apartó de su rostro 
hermoso, divertido, para ver abajo. La sombra del globo derivó sobre el lienzo, en 
dirección del césped. Una cuerda guía colgaba todo el camino. La multitud los 
saludó con la mano y vitorearon. Mina sacó su mano lo suficiente como para 
saludar. 
—Pensé que íbamos a quedarnos atados, y mucho más abajo de la tierra. 
—Debe haber habido alguna... falta de comunicación. —reveló el con énfasis 
en la palabra final, como su sonrisa, revelando todo. 
Con la realización, ella espetó: 
—Es un hombre malvado. Sabía que el ascenso iba a ser así, ¿no? 
El viento suave y ligero llevó su pelo contra su mejilla. Él hizo una mueca, 
como un pícaro travieso que sólo había sacado un truco muy bien planeado. 
—No lo niego. 
Ni siquiera podía estar enojada. El momento era perfecto. Él era perfecto. Ella 
se derritió en su interior. ¿Por qué tenía que gustarle tanto?
Apenas hubo un toque del viento. El globo avanzó en dirección a la casa club. 
A su alrededor veía los tejados y campanarios y calles y callejones. Se maravilló al 
ver el Támesis ondulante como una oscura serpiente contra la frontera sur de los 
terrenos del club, con el recipiente de agua salpicando en su superficie. 
— ¿Cómo sabía que estaría de acuerdo en venir?—, preguntó ella. 
—Porque eres como yo—respondió él. —Eres aventurera. 
La música fluyó desde la casa club. 
Rozando las palmas sobre el carril, él dio un paso hacia ella. La canasta se 
inclinó, y Mina se quedó sin aliento, con los hombros inclinados contra las cuerdas. 
Con el tacón de su bota, su señoría hábilmente metió un saco de arena en el 
extremo opuesto. La cesta se niveló. 
—Esto es una aventura para ti—Él le ofreció su mano. — ¿Alguna vez has 
bailado en las nubes? 
Su pulso saltó a su garganta. Mina miró a su lado. Elegante y constante, estaba 
al revés con sus dedos de punta cuadrada. Algo pasó en el fondo de su pecho: era el 
espíritu aventurero al que él se refería, despertando. 
¿Cómo podía saber él acerca de la joven que había sido antes de que la vida la 
hubiera dejado con miedo? Miedo. Odiaba la palabra, de hecho, toda la idea. 
Estaba demasiado cerca de ser “tímida”, y nunca lo había sido. Su corazón latió 
más rápido, ella le tomó la mano. 
Con un suave tirón él la hizo acercarse al centro de la canasta. La música 
tintineó, amplia y luminosa como el cielo a su alrededor. Su brazo llegó a su 
alrededor. Su mano estaba extendida contra el centro de su espalda, atrayéndola 
más cerca, más cerca de lo correcto, hacia su pecho, tan cerca que sólo una pulgada 
de espacio los separó. Su cuerpo despertó, su boca, pezones, muslos, le dolieron por 
cerrar el espacio. Mina se lamió el labio inferior.
Juntos se movieron, muy ligeramente, cambiando el peso y girando con la 
música. 
Una repentina ráfaga de viento movió el globo. La cesta se inclinó lo suficiente 
como para influir en contra de su pecho. La mano en su espalda se abrió, 
aumentando así la presión de tenerla allí. 
En una fracción de segundo, ella tomó la decisión de permitir la familiaridad. 
Estaban de pie, sin bailar, sino abrasándose y escuchando la música. 
—Señorita Limpett... 
Él se inclinó. Ella cerró los ojos, sintiendo su intención. 
Una presión suave levantó su barbilla. 
—Lord Alexander... —advirtió ella en voz baja. 
—Mark. Mi nombre es Mark. 
Él apretó la boca a la suya. 
Con ese beso, Mark perdió el sentido. O más bien, lo encontró. La realización 
se produjo, igual que el peso de un muro de piedra derrumbarse sobre él, él la 
deseaba más de lo que hubiera querido algo en un muy largo tiempo, por razones 
que nada tenían que ver con la estrategia, o para salvar su propio pellejo. 
Inocentes, perfectos labios estaban pegados a los suyos. Calentando lentamente 
su ingle. 
—Mark... —Ella volvió el rostro para que su mejilla presionara contra el hueco 
de su mandíbula. 
— ¿Sí? 
Ella se zafó bruscamente.
—No debería haber hecho eso—Sus ojos marrones, que habían estado brillantes 
y emocionados, al instante se nublaron. 
Él se sintió seguro también. 
— ¿Por qué no? 
—No soy de esa clase de aventuras. 
Ella plantó su mano en el centro de su pecho y presionó hasta que él regresó a 
su lado de la canasta. ¿Qué podía decir? Si trataba de convencerla de lo contrario, 
hubiera sonado como un postrero. Desde esa distancia, se mantenía a la distancia 
de un brazo, sólo pudiendo admirarla y maldiciéndose así mismo por haber jugado 
mal con el nivel de atracción entre ellos. 
—Te he ofendido—El impulso de besarla se había sentido totalmente natural. 
—No quise faltarle al respeto. 
Ella frunció el ceño y miró por encima del sedimento, y de nuevo a él otra vez. 
—No es que no me haya gustado el beso, es que me temo que me gustas 
mucho. Espero que entienda lo que quiero decir con eso. 
Ninguna relación ilícita. Sin tocar. Eso era lo que había querido decir. Sin 
esperar una respuesta de él, ella se volvió de nuevo a la barra y fijó su mirada en el 
paisaje de abajo. 
—Estoy asumiendo que sabe cómo aterrizar esta cosa. 
—Si lo sé. 
—Entonces creo que será mejor que bajemos antes de abandonar los jardines. 
No sé si alguna vez ha tratado de nadar con enaguas, pero no es fácil. 
Mark sabía que ella tenía razón, pero, maldita sea, esperaba un resultado 
diferente de su tiempo juntos. Nunca había hecho el amor en un globo de gas, y
estaría mintiendo a decir que la idea no le había pasado por la cabeza. A falta de 
eso, por lo menos había esperado que se hubiera formado una conexión más sólida 
entre ellos. 
Tiró de la cuerda de la válvula para liberar la cantidad medida de gas. El globo 
descendió sobre el club en el que parecía que la velada musical acababa de 
terminar. Dedos les apuntaron. Voces gritaban. Las caras de todos estaban hacia 
arriba. Él reconoció a Lucinda y a Trafford sobre las escaleras, así como a las 
chicas. Cuatro bocas abiertas al mismo tiempo. 
—Hola—gritó la Señorita Limpett, saludándolos. 
Mark tiró de la cuerda de la válvula de nuevo. 
La tierra se precipitó un poco más rápido de lo que pretendía, un resultado 
probable por su distracción con el inesperado rechazo de la señorita Limpett. 
—Estamos cayendo muy rápido—chilló ella. Sus mejillas eran de color rosa, 
radiante. No parecía asustada, solo emocionada. — ¿Vamos a chocar? 
Él se rió y dejó caer una bolsa de arena encima, y luego otra para una buena 
medida. El descenso se detuvo un poco, y se movieron horizontalmente a través de 
la hierba, profundizando a lo largo de una avenida de árboles. Más lento. Más 
lento. El globo se inclinó detrás de ellos, como una estela ondulante de seda. 
En la esquina principal la canasta se quedó atrapada contra el césped y se ladeó. 
El vehículo chocó, lanzándolos a una caída sobre la hierba. 
Mark rodó, colocándose de espaldas, con la señorita Limpett tirada encima de 
él. 
Moviéndose rápidamente, él se revolvió, tirando de ella debajo de él. Se quedó 
mirándola a los ojos. 
—Ya me gustas demasiado—murmuró.
Enmarcando su rostro con sus manos, la besó con fuerza, con sus labios, lengua 
y dientes, tan completamente, tan placenteramente, que sus propios pies se 
enroscaron en sus botas. Escuchando la aproximación de pasos sobre la hierba, 
rápidamente rodó fuera. 
La señorita Limpett se sentó, con sus mejillas brillantes y de color rosa, con el 
cabello suelto y su sombrero torcido. 
Echando un vistazo en su dirección, ella le susurró: 
—Retiro mi anterior decisión, Lord Alexander. Puede llamarme a su voluntad. 
Una sonrisa se dibujó en los labios de Mark.
Capítulo 6 
Mark se sentó con Mina y Lucinda encima de una manta de rayas rojas y 
blancas, a la sombra de un árbol grande, disfrutando de lo último de un almuerzo 
frío. Un criado los había asistido, sirviéndoles de tres grandes canastas. Había rollos 
crujientes de pan, huevos duros, carne asada, carne de res y de pollo, queso, fruta e 
incluso champán. 
Por no hablar de una veintena de miradas secretas, fugaces entre él y Mina. 
Cada una envió una punzada de anticipación a través suyo, por lo que vendría. Los 
pergaminos. Mina. Mina. Los pergaminos. La mañana había salido mejor de lo que 
había previsto. 
En el pasado él había sido criticado por sus compañeros Amaranthines por sus 
coqueteos con los mortales. Sin embargo, había algo acerca de las mujeres mortales 
en la flor de la vida que nunca dejaba de emocionarlo. Eran como flores exóticas 
que florecían una sola vez. La Señorita Limpett era como una flor. Cada vez que la 
veía, era como si una capa de invisibilidad se levantara lejos de ella, dejando al 
descubierto la joya incomparable debajo. 
Trafford había ido a ver si encontraba al maestro de tiro. Mark había evitado el 
contacto visual directo con Evangeline y Astrid el tiempo suficiente para que 
finalmente se hubieran dado por vencidas y accedido a un juego de badminton, con 
dos hombres jóvenes bien vestidos. Un brillante plumaje de volantes iba y venía 
entre las parejas en una suave manifestación. 
Lucinda tomó la mano a Mina. 
—Señorita Limpett, ¿Está segura de que se ha recuperado de su mareo? Se ve 
con un poco de fiebre. 
La mirada de la condesa se desvió a un tono de reproche hacia Mark.
—Estoy un poco caliente—Mina levantó su taza de loza blanca y tomó un 
sorbo de limonada. —Aparte de eso, estoy muy bien. No es tanto como un 
moretón. Lord Alexander es un excelente aeronauta. Le recomendaría sus 
habilidades de pilotaje a cualquiera. 
Astrid se acercó, haciendo girar la raqueta. 
—Señorita Limpett, Acabamos de perder al Señor Kilmartin por una cita de la 
tarde y tenemos necesidad de un cuarto. ¿Podría jugar? 
Las facciones de Mina se calentaron con obvia sorpresa. 
—Sí, por supuesto. 
Su mirada se dirigió a Mark mientras se ponía de pie y se unía a su primo en la 
hierba. Juntos recorrieron la corta distancia a la red, que estaba colgado entre dos 
postes de bambú. 
Ella se inclinó para elegir una raqueta de la hierba. El sirviente recogió el 
resto de los platos. Llevándolos a la última cesta abierta, izó dos y las acomodó 
para volver al coche. 
—Su Señoría—dijo la condesa. 
—Lady Trafford. 
—Mark. 
—Lucinda. 
La condesa hizo girar su sombrilla en verticilos escuetos, entrecortados. 
—Hemos crecido muy aficionados a nuestra sobrina. 
Él conocía la discusión que venía. Suspiró.
—Puedo ver por qué. Es una joven notable. 
Sus cejas se levantaron, y sus labios se torcieron hacia abajo como si con ese 
leve cumplido a otra mujer, la hubiera lastimado. 
—No me gusta este juego. 
— ¿Qué juego, Lucinda?—Le preguntó él en voz baja. —El único juego que 
conozco está ahí sobre la hierba. 
Incluso ahora, en medio de esa ridícula conversación, él no podía quitar los 
ojos de Mina. De la curva encantadora de su mejilla o de su hermoso cuello. De la 
delgada vela de su cintura, o de la influencia seductora de su bullicio. Su beso sólo 
había inflamado su interés. Su mente bullía con él. Sí, deseaba a su padre por sus 
pergaminos. Sin embargo, no podía negar que él también deseaba a Mina Limpett. 
La tendría también. Durante el tiempo que le gustara. 
—Es muy claro lo que está tratando de hacer—dijo Lucinda. 
— ¿Y eso sería…? 
—Ponerme celosa con mi sobrina—Ella giró la sombrilla más rápido. —La idea 
es absurda. 
—Especialmente ridícula cuando no estoy en absoluto intentando ponerte 
celosa. 
—Entonces, ¿qué fue eso? ¿El paseo en globo? ¿Volar un poco más sobre 
nuestras cabezas, y luego a la deriva dónde no podíamos verte? Una provocación 
evidente. 
—No tengo control sobre las fuerzas de la naturaleza—Una declaración 
verdadera, para su consternación, aunque tenía que admitir que había hecho una 
manipulación de la canasta.
Ella dijo entre dientes: 
—Eres un despilfarro. 
Él respondió con calma: 
—No veo nada de malo en tratar de levantar el espíritu de la señorita Limpett. 
Se ha pasado unos tres meses muy sombríos rodeada de todos los detalles de la 
muerte de su padre. Conocí a su padre a través de sus actividades académicas. 
¿Cuál es el daño en mi oferta de media hora de diversión completamente correcta? 
—Su pelo estaba revuelto cuando los encontramos en el césped. Sonreía con ese 
pequeño secreto con que las mujeres ríen. ¿Estás seguro de que volar fue la única 
diversión que tuvieron en ese globo? 
Sus palabras inesperadamente lo irritaron. Se hicieron eco a las pronunciadas 
por Leeson por la mañana. ¿Lord Alexander, el seductor sin conciencia? ¿Se había 
convertido en la caricatura de un hombre? En ese momento, se dio cuenta de que 
sí. Su acusación, en el fondo, era verdad. Él había tenido la intención de seducir a 
la señorita Limpett, en cualquier grado posible, en el globo. 
Incluso ahora, planeaba cómo poder tenerla. Mantenerla. Por tanto tiempo 
como le complaciera hacerlo. 
—Le aseguro que mis intenciones hacia la Señorita Limpett son honorables y 
sinceras. 
Prometía que sería cierto, al menos hasta el máximo de su capacidad. También 
prometía que sin importar lo mucho que tuviera que manipular a Mina hacia el 
objetivo final de salvar su propia mente y alma, se lo compensaría diez veces, 
incluso si eso significaba la construcción de un palacio para su más fina Reina. 
Miles de mujeres darían cualquier cosa por tal honor. 
—Pero sus intenciones no fueron sinceras u honorable hacia mí, ¿Verdad 
Mark?—Lo acusó.
—Nunca te he engañado. 
—No—Ella movió su sombrilla y la apoyó en el tronco del árbol. —Está claro 
que me he engañado a mí misma. 
—Fue un coqueteo, Lucinda. 
Ella se puso rígida. 
—No sólo eso. 
—Tú y yo nos besamos. 
Ella apartó la mirada, moviendo la cabeza y sonriendo amargamente. 
—Gracias a Dios me salvé para Trafford. Él es la gran pasión de mi vida. 
Él vio la mentira en sus ojos, y por un momento, sintió pena por ella. Ella se 
comportaba como todas las jóvenes damas de su posición y clase social habían sido 
entrenadas para hacer. Había encantado a un rico, titulado caballero y había tenido 
su boda en la gran sociedad. Ahora se encontraba casada con un hombre al que no 
conocía del todo bien, un hombre mayor quien no tenía ningún atractivo en 
particular. Pero su matrimonio no era de su interés. 
—Es maravilloso. Sólo deseo lo mejor para ti, Lucinda. 
—Se aburrirá de ella rápidamente—murmuró con rencor. —Es un poco como 
un ratón marrón, Mark, todo lo contrario de la clase de mujer que necesitas. 
Había algo cruel en el conjunto de sus labios, y en el brillo de sus ojos, algo que 
él nunca había percibido antes. Los celos podían hacerle cosas terribles a una 
persona, como lo había presenciado. No podía recordar alguna experiencia de 
primera mano con esa emoción. 
Trafford cruzó el césped de dirección a la trampa de tiro, que se encontraba por 
el pasillo al lado de los árboles. Plantaba su bastón a cada paso que daba.
Un incómodo silencio se cernió en el aire mientras ellos esperaban a que 
llegara. 
—Lucinda—Trafford se detuvo en el borde de la manta. El sol transformaba el 
prisma de su bastón en un arco iris en miniatura de colores. —El maestro de tiro 
está de acuerdo en que puedes disparar. Por supuesto, he aceptado pagar por las 
plantaciones de los jardines del norte de la primavera, pero parece que tienes tu 
deseo. Sólo por hoy, sin embargo. 
— ¿Ve, señor Alexander? es así como le estaba diciendo—Puntos brillantes de 
color puntearon sus mejillas. —Mi marido me echa a perder por completo. 
Trafford sonrió, claramente complacido por su alabanza. Le ofreció la mano y 
la ayudó a levantarse de la manta. 
El conde le preguntó: 
—Señor Alexander, ¿le gustaría venir y ver? Medirán a Lucinda en una sesión 
con palomas. 
—Gracias, Trafford, pero me quedo aquí—respondió Mark con cortesía. 
Siempre había considerado el tiro al pichón un deporte cobarde. 
El Señor y la Señora Trafford desaparecieron entre los mismos bancos de los 
árboles de donde el conde acababa de llegar. Él permaneció en la manta, mirando 
el juego, mirando a Mina. 
Una sensación intensa de que lo estaban observando le hizo examinar los 
alrededores. A través de la extensión de césped, una mujer caminaba lentamente 
detrás de las columnas de la casa club, mirando desde debajo del ala de un 
sombrero llamativo rojo. Era Selene, vestida con toda su elegancia habitual. 
El sonido de disparos se hizo eco en los árboles, en una serie de tres, directo en 
fila.
Lucinda estaba disparándoles a las palomas que huían de una trampa. Las 
reverberaciones se desvanecieron. 
Mark se sentía como una de esas palomas, salvo que estaba en la mira de su 
hermana. Si Selene deseaba ser su asesina, que así fuera. Pero no había ninguna 
razón para que se escondiera en las sombras al acecho, ella quería que viera que lo 
acechaba. 
Él se levantó de la manta. Acababa de hablar con ella. Ciertamente, no había 
venido a tener aquí una batalla con él en un campo de cricket. 
Moviéndose por todo el césped, miró una vez más a Mina. Esperó la siguiente 
descarga. 
La tenue visión de Evangeline le hizo recordar algo del pasado. 
Sus sentidos le gritaron una advertencia. 
Algo se precipitó hacia Mina a través de los árboles a una velocidad peligrosa. 
En el siguiente segundo, la grieta inconfundible de una escopeta rompió todo. 
Olvidando a Selene, él corrió hacia Mina, con el miedo estrellándose en su pecho. 
Ella dio un tirón, pero se mantuvo de pie, con la raqueta colgando de su mano. 
No se movió. En cambio, se quedó como paralizada. Un estampido se hizo eco a 
través de los árboles. 
— ¿Te pegó?—Mark la tomó por los hombros y la bajó a la hierba. Tocó la seda 
destruida de su falda y la miró a la cara, que estaba completamente en blanco. Si 
había recibido un disparo, ella no se daría cuenta. 
El Señor y la Señora Trafford corrieron hacia ellos. Lucinda, con cara pálida, 
tenía una escopeta de doble barril apuntando hacia la tierra. 
Mark levantó la falda de Mina, y sus enaguas unos pocos centímetros. La 
sangre manchaba la media.
Ella susurró aturdida: 
—Estoy un poco cansada de tener días interesantes. 
Cinco minutos después, él la llevaba hacia la calzada en la que el transporte de 
Trafford esperaba. 
— ¿Qué quieres decir, con que alguien atacó a la señorita Limpett en la calle 
esta mañana? 
Él tuvo que luchar con fuerza por evitar la furia en su voz. 
—No me lastimaron—insistió Mina, con los brazos alrededor de su cuello. —Y 
no estoy herida ahora. Es sólo un rasguño de una pequeña bola de perdigones. 
Si no estaba herida, ¿por qué estaba tan pálida? ¿Por qué temblaba en sus 
brazos? 
Cuando se acercaban a la puerta, ella se retorció por salir de su alcance, con sus 
mejillas enrojecidas. 
—Gracias, Señor Alexander. 
No estaba seguro de cuál era el mensaje transmitido por sus ojos, pero bajo el 
control de su familia, ella subió rápidamente al interior del vehículo. Odiaba dejarla 
ir. 
Lucinda, con la cara baja y escondida bajo el ala de su sombrero, subió 
después, seguida de Evangeline y Astrid. 
—Oh, querida niña. Lo siento mucho—exclamó la condesa, tomando a Mina 
en sus brazos. 
—No es tu culpa—le aseguró Mina en voz baja.
En el campo de badminton Lucinda tenía lágrimas en los ojos y se había 
proclamado que Mina había sido víctima de un tiro fallado. Ella había exigido a 
cualquiera que quisiera escucharla que el rifle debía ser examinado buscando algún 
defecto. 
—Astrid, levanta las piernas de tu prima en el colchón. 
Mina protestó: 
—Eso no es necesario. 
Trafford se quitó el sombrero hacia Mark, sacudiendo la cabeza. Murmuró 
ásperamente: 
—Demasiadas emociones por un día. 
Él también subió. 
Lucinda, con sus ojos encendidos, anunció en voz baja: 
—Lo siento, Lord Alexander. Simplemente no hay espacio para usted. 
El lacayo cerró la puerta y dio la vuelta de nuevo para subir. El chofer movió el 
látigo de caña contra la parte trasera de los caballos, y el carro rodó. 
Mark exhaló. Poco a poco, se acercó de nuevo al club. Selene no estaba a la 
vista. Se dirigiría a terreno privado, hacia el sur hasta el terraplén. Mirando el agua, 
se preguntó qué demonios había sucedido. No podía creer que Lucinda le disparara 
a Mina a propósito, pero algo no olía bien. Se sentía totalmente impotente, 
enviándola en ese carro. 
Llegó junto al jardín Physic, y fue más lento. Una muchedumbre compacta 
estaba reunida en la pasarela de Cheyne Walk y más allá, pasando el puente Albert. 
Peatones se agrupaban en los carriles del puente. Una poderosa ola de morbosa 
curiosidad y horror rezumaba de la zona. En retrospectiva, suponía que había
sentido la sensación, incluso al salir de las tierras de Ranelagh, pero se había 
enredado en la negatividad con su alarma por Mina. 
Los agentes de policía de uniforme azul y sombreros bobby (típicos sobreros 
utilizados por la milicia británica, negros, cóncavos) eran puntos en el terraplén, y 
los periodistas detrás sostenían cámaras de trípode. Un río de Policías cursaba a lo 
largo del río Támesis en las proximidades de la orilla. Más agentes estaban metidos 
en el agua, vestidos con pantalones de goma hasta la cadera. Tenían palos y 
sacaban pedazos de basura con redes. Mirando a través del río, Mark magnificó su 
visión y percepción de la misma actividad en el lado de Battersea. 
Leeson surgió de la multitud y se abalanzó sobre él. 
—¡Su señoría! 
— ¿Qué está pasando aquí?—preguntó Mark. 
—Cosas horribles—El inmortal bajó la voz. —Por lo que he recogido, un joven 
se fue al río a media mañana del lado Battersea y descubrió algo bajo el puente. 
Mark cerró los ojos. 
—Cuéntame. 
Leeson asintió. 
—No he visto yo mismo las pruebas, pero he estado escuchando 
cuidadosamente, y conozco a varios de los oficiales de aquí diciendo que es un 
muslo. 
Mark parpadeó con incredulidad. Miró hacia el cielo para estar seguro de que el 
Sol seguía su curso sobre la tierra, porque era ese tipo de día, en que todo se 
trastocaba. 
— ¿Cómo la parte de la pierna de una persona?
Leeson asintió. 
—Un muslo de mujer. Desmembrado. 
Los tailandeses flotaban a pocos pasos de distancia. Pétalos de flores y sangre. 
Lo mismo tenía que estar en la mente de Leeson. 
—Eso no es todo. Al parecer, encontraron un brazo alrededor de la misma hora 
esta mañana por Horslydown. 
—Horslydown. Esa es mucha distancia por el río. 
El bigote plateado de Leeson brilló. 
—Ambos, dicen, fueron atados con cuidado a secciones cortadas de prendas de 
vestir. 
Mark ponderó los detalles. 
— ¿Son las partes del cuerpo de la misma persona? 
—No lo sé, señor, pero por supuesto, una gran búsqueda se está llevando a 
cabo a lo largo de ambos lados del río. 
Mark miró hacia el agua. Asintió 
—Este podría ser el trabajo del asesino de torsos de Selene Thames. 
***** 
Mina se recostó sobre las almohadas, sintiéndose como una niña a la que se le 
había ordenado ponerse su camisón e irse a la cama temprano. No eran más que las 
siete, y la luz del día aún iluminaba el cielo afuera de sus ventanas.
—Ahí—anunció Lucinda. Sentándose a los pies de la cama, metiendo el final 
del vendaje en el tobillo de Mina. — ¿Cómo te sientes? ¿Está muy ajustado? 
¿Demasiado flojo? 
—El vendaje es perfecto, muchas gracias—contestó Mina con calma, a pesar de 
sus nervios filiformes. —Pero como he dicho toda la tarde, el rasguño es tan 
insignificante, que no podría calificar como herida. 
—Lo sé, lo sé—Lucinda acomodó el pie de Mina sobre un cojín con borlas. — 
Consentirte me hace sentir mejor. Me siento como si fuera mi culpa lo que debió 
haber sido un día terrible para ti. Debería haber insistido en que te quedaras en la 
tienda de la papelería hasta que pudiera acompañarte por la calle, y luego ese 
horrible suceso con el fallo del arma. 
Mina sonrió con simpatía. 
—Por favor, no te preocupes más por mi cuenta. 
Lucinda puso una manta de vuelta en sus piernas. 
—Mina, querida, a pesar de todo esto... Espero que te des cuenta que siempre 
puedes confiar en mí y hablarme en confianza sobre cualquier cosa. 
—Gracias por esa oferta, Lucinda. 
Presionando sus labios juntos, Lucinda pareció meditar las palabras que diría a 
continuación. 
Su expresión era de preocupación. 
—Debo decir... Me chocó bastante verte en el globo de gas con el Señor 
Alexander esta tarde. Sé que debes estar acostumbrada a tomar tus propias 
decisiones y vivir más... bien, libremente, pero... esto es Londres. 
Mina hizo una pausa antes de contestar.
—Nuestro viaje fue muy breve. Admito, sin embargo, que pensé que se 
quedaría atado en un solo lugar. Pido disculpas si he hecho un espectáculo de mí 
misma. 
Su tía echó hacia atrás la cabeza. 
—Las señoritas en luto están atadas a un estándar aún mayor que las que no lo 
están. No querrás que parezca que estás... impasible ante la reciente muerte de tu 
padre. 
Mina no dijo nada, pero sus mejillas se calentaron con su discurso. 
Tal vez había decidido mal al subir al globo con Mark. Sin embargo, en el 
fondo de su corazón no podía lamentar el tiempo que había pasado con él. Aparte 
del beso, que había despertado una parte de ella que se había perdido y admirado. 
—Si pudiera darte algún consejo, querida Mina, un consejo sobre todos, sería 
que te mantuvieras al margen de los caballeros de la calaña del Señor Alexander. 
Mina tragó, tratando de no parecer sorprendida. La discusión sobre la etiqueta 
de luto era una cosa, pero no esperaba ningún consejo de ese tipo saliendo de la 
boca de su señoría. Todo lo que había sucedido entre su tía y lord Alexander 
claramente contaminaba su opinión sobre él. ¿O sería que Lucinda hablaba por 
celos? 
Lucinda tomó las manos de Mina y las mantuvo entre las suyas. 
—Él es todo sonrisas y adornos, pero muy poca sustancia. Es apuesto, sí, pero 
sus motivos en lo que al sexo femenino se refiere son de dudosa legalidad. 
Mina pensó que era mejor responder de forma conservadora. Ahora 
probablemente no era el momento adecuado para informarle a su tía que le había 
dado su permiso a su señoría para que la cortejara.
—Lord Alexander está aparentemente muy interesado en algunas de las más 
arcaicas lenguas en las que mi padre se especializaba, así como en los artefactos que 
había recaudado. Tal vez su interés no sea nada más que eso. 
La respuesta pareció agradar a Lucinda. La tensión alrededor de los bordes de 
su boca se alivió, y con una rápida mirada sobre el rostro de Mina y su cabello, 
concluyó. 
—Estoy segura de que tienes razón. 
Mina no estaba segura de cómo debía responder a eso. 
Lucinda le acarició la mejilla. 
—Eres muy dulce. Estoy seguro de que encontraremos todo tipo de señores 
maravillosos cuando llegue el momento apropiado. Nadie puede tomar decisiones 
sensatas cuando su mente está nublada por el dolor. —Sonrió de repente. —Una 
vez que la fiesta del jardín del jueves haya pasado, me gustaría llevarte con mi 
modista. ¿Tal vez te gustaría hacer algunas selecciones para ver una vez que tu 
duelo haya pasado el año que viene? 
Llamaron, y Lucinda dejó a Mina para abrir la puerta. A su regreso, llevaba 
una bandeja. 
—Pensé que tendrías hambre. He hecho que trajeran la cena para ti. 
—Eres muy amable. 
Lucinda bajó la bandeja en su regazo. 
—Qué delicia con todos los olores. Pero nosotros los Nevils servimos la cena a 
las nueve, y luego el baile de lady Winbourne a las once, así que no podría faltar. 
De hecho, será mejor que me vista y vea que las chicas están haciendo lo mismo. 
Parte de Mina deseó ponerse un vestido de colores e ir a una fiesta también.
Pero, por supuesto, estaba de luto por otros nueve meses. No sólo eso, sino que 
su pierna había sido medio arrancada, al menos es lo que decían todos, excepto 
ella. Con nostalgia, se preguntó si Mark estaría en la de los Nevils o de la Señora 
Winbourne. ¿Cuándo iría a verlo de nuevo? 
—Que tengas una noche maravillosa—dijo Mina, mirando hacia abajo a su 
plato. 
Había chirivías hervidas y... algo que ella no conocía. Un sabroso olor a mezcla 
de relleno y carne deshebrada y verduras. Varios objetos estrechos como palos se 
asomaban afuera de la montaña culinaria. Ella tomó una. ¿Un hueso? Se mordió el 
labio inferior. 
—Esto huele muy... bien—. Tragó y levantó la mirada. — ¿Podrías decirme 
qué es esto? No la chirivía, la otra cosa. 
Lucinda se detuvo con la mano en el mango. 
—Uno de mis favoritos. Es pastel de pichón, por supuesto. 
Con una sonrisa, jaló la puerta que se cerró detrás de ella. 
Mina desplegó su servilleta y cubrió con la tela todo el plato. Levantando la 
bandeja de su regazo, se deslizó hasta el borde del colchón y abandonó la bandeja 
sin tocar en el pasillo. De regreso en el interior, consideró algunos de los libros que 
había llevado de la biblioteca, pero su mente estaba demasiado dispersa para 
centrarse en ninguno de ellos. 
Su mirada se posó sobre la cartera de papeles de su padre. No podía posponerlo 
para siempre. 
Ahora era un momento tan bueno como cualquier otro para comenzar a 
ordenarlos. El vendaje se aflojó, y ella hizo una pausa para quitarlo. Ella depositó el 
largo trozo de tela en su papelera y tomó su bolsa. Optó por sentarse en su cama en 
lugar de en el escritorio.
Escalando sobre las sábanas frescas, tiró de la cadena delgada de su cuello. Al 
girar la pequeña llave en su cerradura, se levantó la tapa. El olor de su padre flotó 
fuera, a papel, a tinta y a tabaco. 
Puso los cuadernos en una pila, y los pedacitos de papel en otra. Había unos 
diagramas y listas, así como notas y mapas dibujados a mano. 
Una gota cayó a la urdimbre de un golpe de tinta. Mina la limpió 
cuidadosamente con el borde de su vestido, preservando la palabra en su totalidad. 
Se secó los ojos. Sin lágrimas. No más lágrimas. Había dejado de llorar por el 
hombre hacía mucho tiempo. 
Levantando la página siguiente, se detuvo. Algo se interponía entre los dos 
trozos de papel, algo que ella no había visto antes. Levantó la rosa por su tallo. 
Plana y seca, apareció como si hubiera sido presionada entre dos libros pesados 
durante algún tiempo, como un recuerdo. Aunque el color se había desvanecido, 
era fácil ver que los pétalos eran de rayas... rojas y blancas. 
Una alarma se disparó su cabeza, tan fuerte y contundente como un gong en un 
templo. Tres meses atrás ella había recogido frenéticamente cada pedazo de papel 
que había encontrado en la caja de piel de la tienda de su padre en la ladera de una 
montaña tibetana. Se sentía muy segura de que había habido rosas callejeras con 
rayas rojas y blancas ahí. 
Rodó sobre las almohadas y abrió el cajón de su mesita de noche. Buscó 
alrededor hasta que encontró el papelito doblado que había llegado en su lata de 
jabón de azahar, el que hablaba sobre el lenguaje de las flores. 
Bajó su dedo al papel, al lugar donde las rosas estaban listadas. 
Rojas y blancas... 
Un amor que no podía ser compartido.
Capítulo 7 
Después de dos días enteros, Mark maniobraba a través de los pasillos de la 
casa Trafford. Todos los notables de la sociedad londinense llenaban los salones y 
galerías. Había hermosas mujeres con trajes Doucet y Worth. La luz de las velas y 
el brillo de las fracturadas luces de cristal iluminaban sus rostros. Los señores se 
pavoneaban como pavos reales en trajes de noche. 
Varios compañeros mayores tenían fajas vivas y medallas relucientes de las 
distintas órdenes del Imperio. Las notas alegres de una banda húngara azul 
extendían las voces de la animada multitud. 
Gruesos ramos de flores se derramaban de urnas enormes, decorativas y 
colgadas encima de las puertas con arcos. El evento había estado ya en marcha por 
varias horas, habiendo empezado al final de la tarde como una fiesta de jardín. La 
invitación había especificado que también sería una cena oficial, y más tarde, con 
baile en la terraza, siguiendo durante toda la noche. Él examinó el salón de baile, 
pero no encontró bailarines ni a Mina. En cambio, los sirvientes habían acomodado 
la plata y la porcelana en largas filas de mesas, con restos de una comida formal. 
No había llamado a Mina ayer, a pesar de que había enviado a Leeson a 
observar la casa Trafford. Después del informe del ataque, al azar, contra ella, y de 
los disparos, no podía evitar la sensación de que estaba en peligro. Sin embargo, él, 
por necesidad, se había mantenido en el río, observando la búsqueda continua de 
las partes del cuerpo. A pesar de que ya no era un Centinelas de las Sombras, los 
viejos hábitos perduraban. Esa mañana, el tronco de una mujer había sido 
descubierto en Copington Wharf, junto a una sección cortada de ropa y atado con 
una cuerda... de nuevo, a sólo un tiro de piedra de los tailandeses. A pesar de que 
había intercambiado su camino con el de Selene en numerosas ocasiones, no podía 
evitar sospechar que el asesino se burlaba de él. Que lo incitaba.
Trataba de sacarlo de la batalla. Tal intención indicaría la existencia de un 
poderoso brotoi en Londres, a quien él, como Centinela fuera de orden, no tenía 
autoridad para Reclamar. 
A pesar de todo, no podía suponer que los restos mutilados eran obra del 
asesino del torso que había hecho depósitos similares horribles en la ciudad en 
medio de los crímenes del Destripador seis meses antes. Un número de hospitales 
estaba en las proximidades de los bancos del Támesis. Era completamente posible 
que las partes del cuerpo hubieran sido arrojadas ilegalmente por un médico 
negado. No sería la primera vez que esos descubrimientos se hacían. Muerte e 
incidentes macabros eran una lamentable realidad, pero esperada en el río. En años 
recientes, más de 500 cadáveres habían sido descubiertos en el Támesis. 
Por fin captó la esencia de Mina y la siguió hasta que la encontró en la sala de 
estar amarilla. Con su simple vestido negro, estaba arrodillada delante de 
Evangeline. Con aguja e hilo remendaba alguna imperfección en la falda de la 
debutante. Astrid estaba en el extremo de la pared, mirándose en un espejo de 
marco dorado y pellizcándose las mejillas. Al ver su reflejo, ella se dio la vuelta, en 
un torbellino de organza color marfil. 
—Lord Alexander—exclamó. 
Evangeline dio un tirón a la falda amarilla liberándola de las manos de Mina. 
Mina levantó la mirada y su mirada se encontró con la suya. Los músculos del 
abdomen de Mark se apretaron, con la evidencia de su atracción, mezclada con 
intención sensual. Mucho dependía de esa noche, y podría conseguir con éxito 
tener su confianza. Había revisado sus notas de traducción del primer rollo. 
Las ondas de corriente de energía Tantalyte... las que desencadenaban sus 
hechizos, ya no coincidían con las profecías. Era como si Tantalus supiera, que con 
la Recuperación de su Mensajero Jack el Destripador, el juego había cambiado. 
Mark no tenía forma de saber cuando la siguiente ola podría viajar a través de 
Londres.
—Hemos estado esperando horas para que llegara—Astrid se precipitó hacia él. 
Ella susurró, fuera del oído de las otras dos—Va a bailar conmigo ¿no? 
—Por supuesto—aceptó él. A pesar de que era una invitación más que audaz de 
su parte, sería grosero declinarla. —Señorita Limpett, ¿cómo se encuentra esta 
noche? ¿Está recuperada de su lesión? 
Mina asintió, cortés y distante como antes de su beso. 
—Completamente, su señoría—Sólo lo miró fugazmente a los ojos. —Le doy 
las gracias por su preocupación. 
Astrid suspiró con impaciencia. 
No deseando perder de vista a Mina en la casa llena, Mark extendió una 
invitación. 
—Señorita Limpett... Señora Evangeline, ¿Nos acompañan al jardín? 
—Por supuesto, su señoría—Evangeline comprendió, moviendo sus faldas y 
corrió hacia él, oscureciendo su visión de Mina. Cuando la vio otra vez, ella le 
había vuelto la espalda y recogía sus tijeras e hilo. 
El mensaje le picó. A pesar de que deseaba tomar su brazo, agarrarla en algún 
rincón oscuro de la casa y recordarle la atracción entre ellos, se fue sin otra opción, 
yendo a la parte trasera de la casa. Con una debutante en cada brazo, jugó bien su 
parte parpadeando sus ojos pícaramente, plenamente consciente de la admiración 
femenina y de la envidia masculina que recogía en su camino. Sólo el conocimiento 
sonó hueco. La vanidad no era satisfactoria ya. Lo peor de todo, la mujer que había 
ido a ver esa noche, la que había imaginado en su cama durante las horas más 
oscuras de la noche, apenas le había ofrecido un vistazo. 
Él y sus dos hermosos albatros pasaron por una galería llena de gente. Todas las 
ventanas estaban abiertas a la noche. En el exterior, lámparas orientales colgaban
de los árboles. Un sirviente en ese momento trabajaba para limpiar los fragmentos y 
las salpicaduras de una copa de champán rota. 
La siguiente hora transcurrió en una borrosa y miserable danza y conversación 
aburrida, con Mark a propósito prohibiéndose a sí mismo ir en busca de Mina. 
— ¿No le pedirá bailar a su anfitriona?—Mark miró hacia abajo para encontrar 
a Lucinda junto a él. Llevaba un vestido de color rosa, cortado para mostrar su 
busto y la cintura estrecha de sus mejores galas. Un espeso racimo de diamantes 
brillaba en su garganta. La suya era una belleza innegable, pero que no provocaba 
la menor reacción en él. ¿Había encontrado verdaderamente tentación en ella 
antes? 
Su fachada helada se derritió ante sus ojos. 
—Siento mucho lo que pasó en Hurlingham. Me comporté como una tonta— 
Ella tomó el abanico cerrado con ambas manos. 
Él la miró atentamente y vio un atisbo de la niña feliz, vivaz, que recordaba. 
Ella continuó, con lágrimas brillando en sus ojos. 
—Es sólo que el matrimonio no es como yo esperaba. No me entienda mal; 
Trafford es una maravilla y complace cada uno de mis deseos—Su mano 
enguantada tocó el collar en su cuello. —Aun así, supongo que debo confesar tener 
mucha envidia de las chicas por las decisiones que todavía tienen por delante. 
Él le ofreció el brazo, aunque fuera más que para permanecer en su buena 
gracia y continuar siendo su bienvenido en su hogar. 
—No hay disculpa que sea necesaria. 
Al entrar en el vals, la guió en medio de las otras parejas. Sillas envolvían al 
perímetro de la terraza y estaban dispersas por el césped. Su mirada continuamente 
vagaba, pero Mina no aparecía. Sí, ella estaba de luto, pero dado el paso del tiempo
transcurrido desde la muerte de su padre... aunque fuera una falsa muerte no estaría 
fuera de lugar que se sentara bajo las estrellas para disfrutar de la música con un 
vaso de té o limonada. 
Cuando el vals terminó, él se extrajo de Lucinda, sin problemas depositándola 
entre un grupo de amigos y rivales. 
Durante la pasada hora y media, un dolor de cabeza, molesto se había 
apoderado de él, pero hasta ahora, sin luces extrañas o esqueletos danzantes. Las 
lámparas de papel colgadas ofendían a sus ojos, junto con toda la charla frenética y 
el movimiento de los invitados. Su charla, y sus pensamientos, nublaban su mente. 
Él siguió un sendero del jardín que llevaba a la sombra más profunda contra la 
casa. 
Se dejó caer a un banco y se frotó el puente de la nariz. 
Por primera vez en diecinueve siglos, se preguntó en secreto, en el fondo 
privado de su mente, cómo se podría sentir la muerte. 
Mina estaba sentada en una silla, con los codos apoyados en el alféizar oscuro. 
Desde su ventana había visto la fiesta y admirado a las damas y caballeros con sus 
mejores galas, el baile, el romance y la politiquería. Se había aprendido los bailes en 
el internado, pero sólo los había probado con otros estudiantes, en presencia de un 
maestro de baile. 
Ciertamente, sería diferente bailar en los brazos de un caballero, sobre todo de 
uno por el que tuviera sentimientos. 
Mark había pasado de una pareja deslumbrante a la siguiente. Alto, de cabello 
dorado y sorprendente, estaba claro que atraía la atención de las damas. Una 
sonrisa había roto sus labios cuando había tomado a una matrona anciana por un 
giro más lento por el suelo. El cabello plateado continuamente se movía bajo el
abanico, y su mano, a su parte inferior. Cada vez que él le quitaba la mano, ésta 
bajaba de nuevo. La batalla continuó hasta que la canción terminó, y él 
caballerosamente regresó a la señora sonriendo a su silla. Su expresión no había 
revelado nada excepto el menor rastro de diversión. 
Después, Lucinda había aparecido. Después de una conversación breve pero 
intensa, habían bailado. 
¿Podría haber alguna pareja más perfectamente adaptada? Dorada y elegante, 
habían hecho un gracioso camino por el suelo. Ella no pudo dejar de notar la 
manera en que Lucinda se aferraba a su brazo, más aún al final del baile, como si se 
resistiera a dejarlo ir. 
Incluso si no hubiera habido una relación entre ellos antes del matrimonio de 
Lucinda, incluso si no continuaba, ahora Mina de repente se sintió muy apenada 
por Trafford. 
Ahora, Mark estaba sentado en la oscuridad, justo debajo de su ventana, como 
lo había hecho durante los últimos cinco minutos. Ella luchó contra sí misma sobre 
si hacerle saber de su presencia. Aquí, fuera de la luz de los faroles, parecía 
tranquilo, incluso pensativo. Se frotó la nariz, como si estuviera cansado. 
Finalmente, ella no pudo resistir más. 
— ¿Está disfrutando de la noche? 
Él miró hacia arriba. 
—Ahí estás. ¿Qué estás haciendo ahí arriba? 
Ahí estás. Hablaba como si hubiera estado buscándola. Cada centímetro de su 
piel se calentó con cauteloso deleite. 
—Mirando. Tengo un punto de vista encantador de todos los acontecimientos 
de la noche.
—Dime algo interesante. 
—Bien, si quieres saberlo—respondió ella a la ligera—la facción de América se 
está comportando más bien mal. 
— ¿Cómo es eso? 
—Las señoritas Bonynge acaban de llegar con su padre, y como resultado, su 
archi-enemiga, la señora Mackay, se ha ido, llevándose a su séquito con ella. De 
acuerdo con Astrid, tuvieron una larga disputa sobre alguna ligera percepción u 
otra. 
—Ahora eso es interesante. 
Mina se rió. Él no. 
— ¿Está bien?—Preguntó ella. —No parece usted. 
—Es mi cuello. Me lo estoy rompiendo para hablar contigo allí. ¿Por qué no 
vienes aquí y te sientas conmigo? 
Su solicitud envió un rizo peligroso de excitación a través del estómago de 
Mina. Ella sabía que no debería... Si Lucinda la veía, habría otra conferencia sobre 
la propiedad, probablemente estimulada por los sentimientos de la condesa por su 
señoría, pero Mina no quería echar sal en las heridas. 
Sin embargo, había estado tan aislada en estos últimos dos días. Sí, había 
estado constantemente rodeada por gente, ayudando con los preparativos para la 
fiesta, pero en gran medida había sido dejada sola para que sus nervios se 
rompieran con sus temores, y las imágenes de rosas con rayas, entre los 
pensamientos constantes de Mark, por supuesto. 
—Voy.
Jaló de las ventanas cerrándolas, y la sujetó de forma segura, siempre de forma 
segura. Tomando la escalera de servicio hacia abajo, pasó por la bulliciosa cocina. 
De una bandeja desatendida tomó un vaso de té con menta, y salió por la puerta de 
servicio. 
Evitando las luces de la fiesta, se deslizó a lo largo del sendero del jardín y se 
encontró a Mark sentado justo donde había estado momentos antes. 
Mina apareció como una ninfa en la sombra de los árboles, con su rostro 
luminoso encima de la oscuridad del cuello de su vestido. De inmediato él sintió la 
pared que ella puso en su lugar entre ellos, una construida precaución. Él no le dio 
ninguna mirada latente o habló alguna palabra lista. Simplemente hizo espacio para 
que ella se sentara en el banco. 
—Tengo algo para ti—Él hurgó en su bolsillo interior y le entregó la tarjeta. 
— ¿Otra foto?—Su ceño se frunció con confusión. — ¿Qué es esto? 
—Eres tú—respondió él en voz baja. 
Ella examinó la foto. 
—Recuerdo esto. Estaba afuera de la papelería con 
Lucinda. Supuse que el hombre en la acera me había tomado una foto. ¿De dónde 
sacaste esto? 
Leeson había vuelto de los tailandeses de las tiendas de Chelsea esa tarde con 
suministros y con la foto. Él recogía esas novedades para su colección de 
parafernalia mortal. 
—Está publicado en la mitad de los escaparates de las tiendas de Londres, junto 
a las de Jennie Churchill y Lilly Langtry. 
Ella palideció.
—No puede hablar en serio. 
—Lo hago. Cada día tu foto es vista por las señoras de toda la ciudad. La 
próxima semana, todas estarán usando tu sombrero. 
Ella se rió. 
—Pero es un sombrero feo. 
—El sombrero no tiene nada que ver con eso. 
Ella apartó la mirada, como si estuviera complacida y desconcertada por la 
idea. 
— ¿Tiene dolor de cabeza? Porque se frota la cabeza como si lo tuviera. 
No, no exactamente un dolor de cabeza... pero no le diría a la señorita Limpett 
que malévolas fuerzas del mal actualmente trabajaban para reclamar su mente y su 
alma para malos y destructivos fines, y que incluso ahora una sola voz, en 
particular, llenaba su cabeza con un chirrido de cacofonía con demandas, que 
apenas podía formar una oración. 
—Sí—Asintió él. —Un dolor de cabeza. 
—Aquí. 
Ella apretó el vaso que había estado sosteniendo en su mano. Estaba muy frío y 
refrescante y húmedo contra su palma. 
—Es un poco de té con menta, lo recogí en mi camino hacia abajo, y no le he 
tomado ni un sorbo. Tal vez lo encuentre suave. Dicen que a veces la menta alivia 
tales dolores. 
Él apretó el frío cristal contra su sien. Si sólo una ramita de menta pudiera 
resolver sus problemas.
Ella levantó la vista hacia el cielo. 
—Tal vez su dolor de cabeza sea el resultado de toda este peculiar tiempo que 
estamos viviendo. ¿Puede creer que puede hacer calor en un momento, y ráfagas de 
frío al siguiente? Y no ha habido lluvia. No recuerdo nada como esto antes, no en 
Inglaterra. La hierba ha comenzado a crujir y a ponerse marrón. 
—Muy desagradable—respondió él, realmente sin pensar en lo que ella había 
dicho, mientras ella seguía hablando. Su voz le calmaba la cabeza y precisaba 
silenciar las incesantes demandas. 
Ella reflexionó. 
—Uno tiene que preguntarse si el tiempo terrible en Estados Unidos está de 
alguna manera conectado. Es tan trágico, como lo qué pasó con las inundaciones, y 
la ruptura de las presas. Pasé la mañana leyendo todas las cuentas. Muchas vidas se 
perdieron—Sacudió la cabeza—La tía Lucinda le insistió a Trafford para que diera 
una generosa donación para reforzar las reconstrucciones. 
Los acontecimientos estaban relacionados. ¿Le creería ella si le explicaba sobre 
la explosión de los volcanes y las ondulaciones residuales de la fatalidad que, si se 
vivían intensamente, a la larga traerían la destrucción de la humanidad? 
Casi se rió de lo absurdo de todo eso. Él deseaba que su intuición estuviera mal, 
que la erupción del Krakatoa y las revelaciones de los meses anteriores nunca 
hubieran ocurrido, y que toda ella no tuviera ningún efecto sobre él. Nunca había 
querido ser mortal, pero la inconsciencia de los acontecimientos verdaderos del 
mundo tenía su interés. 
Ella inclinó la cabeza con simpatía. 
—Si se sentía tan mal, ¿por qué aventurarse a salir esta noche en absoluto? 
—Quería verte.
—Oh... —Ella parpadeó rápidamente y miró a los arbustos. De repente se puso 
de pie. 
Maldita sea, la había ahuyentado. Pero no… ella caminó alrededor de la banca 
para quedar detrás de él. 
—Un monje del templo Bhutanian le mostró una vez a mi padre un remedio, 
cuando sufrió dolor de cabeza por la altitud. ¿Quieres probarlo? 
—Intentaría... cualquier cosa—Él la habría dejado que le cortara un dedo 
mientras lo tocara al hacerlo. 
Las yemas de sus dedos bajaron en contra de la corona de sus cabezas… 
vacilantes al principio, y luego se deslizaron por su pelo. Le dieron vueltas, 
rascándolo suavemente con las uñas. Su toque dejó un camino de placer en contra 
de su cuero cabelludo, que disparó un rayo caliente de placer directamente en su 
ingle. 
Él cerró los ojos, apretando los dientes contra dar un silbido. 
Ella dijo en voz baja: 
—Tiene un pelo muy bonito. 
De repente, ella agarró su pelo y tiró. Duro. 
Su boca se abrió. 
—Ay. 
No se lo esperaba. Pero para su sorpresa, cada tirón sólido, extendido aliviaba 
el dolor. 
— ¿Mejor?—preguntó ella. 
—Sí.
La mano de Mark tomó su muñeca. Mina calló. Poco a poco, él puso su mano 
sobre el corte alto de sus pómulos, y más abajo... presionando los labios contra el 
centro de la palma de su mano. 
Sus rodillas se debilitaron. Todo en su interior se derritió. Ella movió la otra 
mano en su hombro. Esa también fue reclamada, atrayéndola hacia abajo para 
sentarla junto a él, con sus rodillas y piernas frente a las suyas en el banco. Sus 
pechos apenas tocaron su pecho. Él llevó la parte de atrás de las yemas de sus dedos 
a su mejilla, suavemente al principio. Todas las viejas advertencias hicieron eco en 
su cabeza, pero en esta ocasión... esta vez, ella cerró una puerta sólida en contra de 
ellas. Se dolía por su toque y oró porque no se detuviera. Él levantó su mentón y la 
besó suavemente. 
Un sonido peculiar salió de la oscuridad... un jadeo entrecortado. 
Los labios de Mark se congelaron contra los de ella. 
Otro sonido... esta vez un gemido masculino. Una maldición. 
Mina sintió la curva de sus labios sonriendo. Se apartó, con los ojos brillantes 
de oscura diversión. Las mejillas de Mina se pusieron calientes. Le hubiera gustado 
haber fingido ignorancia, pero había pasado muchas noches en hoteles extranjeros 
malos y tiendas de campaña. Conocía los sonidos de un hombre y de una mujer, 
siendo íntimos. Los sonidos provenían del grupo de espesos árboles entre ellos y la 
terraza. Ella y Mark habían sido atrapados con eficacia. 
Ella se mordió el labio inferior, mortificada. Mark se rió entre dientes. 
—Ah... es mejor que me quede aquí hasta que ellos… 
—Terminen. 
—Sí.
Se sentaron uno junto al otro, rígidos. Con las manos de Mark presionando 
ligeramente los hombros de Mina. Los sonidos se hicieron más fervientes y 
frecuentes. 
—Oh…—susurró Mina, levantando una mano a su boca para ahogar su 
nerviosa risa, pero sus pezones se endurecieron contra su camisa mientras se 
imaginaba al Señor Alexander tocándola de una manera íntima. Apretó los muslos 
contra una profusión repentina de calor húmedo. 
Mark puso la punta de su cabeza más cerca, murmurando contra su mejilla. 
—No creo que ella esté tirando de su pelo. O... tal vez lo hace. 
El calor de su aliento en su piel sólo intensificó su malestar. Ella volvió la 
cara a un lado por miedo a que le besara. 
— ¿Quiénes cree que son? 
Dedos firmes le tomaron la barbilla. Ojos azul oscuro se quedaron viendo su 
boca. 
— ¿A quién le importa? 
Él inclinó la cabeza a la suya. Su boca, su aliento, sus labios jugaron con ella 
hasta que... ella... en un delirio sin sentido de placer, se tambaleó, y apretó los 
labios a los suyos. 
Él se quejó en voz baja, desde el fondo de su garganta. Inclinó la cabeza hacia 
atrás sobre la almohada dura de su brazo. Con su lengua en su boca, su mano se 
deslizó por su cuello. Tibios dedos le acariciaron la base de su cuello desnudo, 
desabrochando un botón. Dos. Él la exploró un poco más abajo. 
Cuando su mano se deslizó entre su blusa y el corsé, ella se arqueó contra él. 
El cielo se rompió fuerte. Un rayo estrecho dividió la oscuridad.
Otro crash siguió, y una rotura de luz brillante. 
Voces alarmadas se levantaron de la dirección de la terraza. Aturdida, Mina 
abrió los ojos hacia el cielo. 
— ¿Es eso... un rayo? 
Boom. Flash. Crack. La Tierra tembló. Las ventanas encima de ellos se 
sacudieron. 
Mark se levantó, tirando de ella hacia arriba. Hábilmente abrochándole su 
blusa. 
—No estamos a salvo bajo los árboles. 
Su cara se había puesto pálida, y él apretó la mano a su sien. 
Crash. 
—Por aquí—Mina lo llevó por el camino, a la entrada de servicio que acababa 
de utilizar poco tiempo antes. Entraron, con su unión oculta por la aglomeración de 
sirvientes moviéndose por los pasillos traseros. Sin embargo, volteándose, él la 
inmovilizó contra la pared, con sus manos contra sus hombros. 
—Me tengo que ir—dijo. 
— ¿En la tormenta? ¿Por qué no espera...? 
—Volveré mañana—Él se veía torturado. 
—Mark. 
—Ten cuidado, Mina. 
Otro boom sonó. El suelo se movió bajo los zapatos Mina. Bandejas de plata y 
cristal se sacudieron.
Ten cuidado, Mina. ¿Qué había querido él decir con eso? Mark la dejó en 
libertad, se alejó y desapareció por la puerta de servicio. Por una estrecha ventana, 
lo vio pasar. Él cortó a través de la puerta del jardín, y entre dos carros en espera. 
Su andar elegante se había vuelto anormalmente rígido e inflexible. Una lanza de 
rayos atravesó el cielo. El lapso muscular de sus hombros se puso rígido. Él se 
tambaleó.
Capítulo 8 
La huella de las botas de Mark contra los adoquines hizo eco en contra de los 
escaparates y almacenes hasta bien entrada la noche. Su escudo se quebró en el 
viento. Las calles estaban abandonadas, a raíz de la demostración extrema de la 
atmósfera superior. La luz destelló, brillante y surrealista, iluminando la avenida. 
Crash. 
Él pasó junto a un gran montón de pavimento arrancado de la calle. Un tubo de 
hierro fundido sobresalía del agujero resultante. Una larga columna de fuego 
ondulaba y siseaba desde el extremo abierto, un cartel sorprendente para la noche. 
En la acera adyacente una linterna vacilaba, evidencia de una reparación 
interrumpida de gas. 
La voz trató de convertir al depredador sin su consentimiento. Él había sido 
obligado a dejar a Mina por temor a de pronto transformarse en un demonio 
descomunal con ojos brillantes y piel etérea, y todos los atributos terribles que le 
habían hecho un vicioso implacable, cazador. Después de haberse retirado de ella, 
se había entregado a la bestia que llevaba dentro. 
Mark sintió un patrón peculiar de movimiento en la oscuridad a cada lado de la 
calle... uno que no distinguió por el deterioro moral de un alma Trascendida, pero 
vacante de vacía. 
Estelar, su conciencia gruñó. No estaba particularmente en estado de ánimo de 
nuevos descubrimientos. 
Estaba, sin embargo, en estado de ánimo para matar, y como esa alma en 
particular no estaba ni Trascendida ni era ni brotoi, su vida era presa fácil del 
Centinelas de las Sombras con su abrumadora necesidad de cazar. Con los hombros 
hacia delante y la barbilla hacia abajo, pasó por el callejón que seguía. Inclinando la 
cabeza, divisó una figura saltando en las sombras más oscuras. El eco mental que
tenía llenó la imagen, revelando la figura enjuta de la persona que lo acechaba. Dos 
seres más corrieron como ratas por los tejados de encima. El poder oscuro de su 
hambre a raudales era como fuego por sus venas. 
Que vengan. Él se mordió su labio inferior, con ansias de matar. 
Ellos lo rodearon más cerca... 
Mark se transformó en sombra y salió por el lado de la bodega. Ellos chocaron 
como cucarachas con patas delgadas, altas contra la pared del callejón. Rozando 
contra los ladrillos, igual que con el golpe vicioso de una cadena, que envió cada 
espiral hacia abajo de su percha. 
La huella de las botas al aterrizar entre ellos rebotó en las paredes. Los sucios 
adoquines se llenaron de basura, los tres hombres yacieron gimiendo y resollando. 
Curiosamente, los ojos en blanco de sus cuencas eran un torbellino constante de 
agitación. Ellos se apresuraron a agacharse y bajar la cabeza en una desconcertante 
actitud de sumisión. 
—Levántense—dijo él entre dientes. —Mírenme a medida que mueren. 
En voz baja se escuchó. 
—Su señoría. 
—Nuestro amo—se hizo eco el otro. 
La consternación, oscura y viciosa, cortó a través de su pecho. 
— ¿Qué dijeron? 
El demonio más cercano se atrevió a levantar la cara hacia Mark. Una sonrisa 
bestial tiró sus labios. 
—No estamos está aquí para lanzarte un desafío. Hemos sido enviados para 
servirte.
Mark plantó su bota contra el hombro del demonio y lo derribó. ¿Para servirle? 
Las palabras, la idea misma, lo molestaron. 
El sonido de ruedas sobre los adoquines se repitió en las paredes. Desde el otro 
extremo del callejón con un enorme coche apareciendo, dirigido por un equipo de 
cuatro personas. Volutas de vapor blanco salieron de las ruedas y de las superficies 
de la cabina, e incluso de las espaldas de los caballos. El vehículo era como algo 
que él había visto en las calles un siglo antes. Las grandes lámparas laterales se 
hicieron añicos. Las llamas de color naranja lamían los fragmentos irregulares de 
vidrio, altos y sin contención. 
El chofer, un tipo de rama delgada con la afección peculiar de un ojo, hundió 
los tacones en los pies de la cama y tiró de las riendas. 
Los tres demonios se levantaron de un salto. Mark se puso tenso, preparado 
para ponerle fin a sus vidas, pero sólo se deslizó a mitad de camino por las paredes 
de ladrillo, haciendo un gesto para que él lo siguiera. 
Quienesquiera que fuesen, sin duda sabían cómo dar una buena impresión. 
El chofer cayó al pavimento. Llevaba librea, de estilo de paño negro. 
El mismo vapor salía de sus hombros. Su traje parecía aplastado y moteado y 
húmedo, como si hubiera sido arrancado de un cadáver pudriéndose. Una faja 
ancha, negra le cruzaba desde el hombro hasta la cadera. Sobre ella, bordado en 
costuras color rojo, tenía el monograma “DB”. 
—Mi ama le ruega por el placer de su compañía—Él levantó su sombrero de 
copa y lo bajó. 
—Tu ama... —Repitió Mark. — ¿Quién es tu ama?
Los demonios saltaron más de cerca, como ranas, y bajaron sobre sus rodillas. 
Un trueno sonó, y en un instante, se vieron como esqueletos, bañados por una luz 
naranja. Cuando el rayo se desvaneció, también lo hizo el efecto. 
Sus susurros sonaron a coro. 
—Ella está esperando por usted. 
—Esperando por usted. 
—Espera a unirse a usted. 
Mark gruñó: 
—Cuan halagador. 
El chofer, que había permanecido en su reverencia cortesana todo ese tiempo, 
ahora abrió sus brazos y el sombrero en dirección al carro. 
—Entre, por favor. Lo llevaremos. 
La puerta se abrió, estrellándose contra el lado de la cabina. La escalera se 
desplegó, sólo para desalojarse rápidamente del vehículo. Ellos cayeron con un 
estrépito metálico en los adoquines entonces. Un puñado de mariposas revoloteó 
desde el interior oscuro y se balancearon por la noche. 
Él entrecerró los ojos al chofer. 
—Llámenme mojigato, pero me gustaría saber más acerca de una mujer antes 
de comprometerme en una relación. Porque... ni siquiera sé su nombre. 
Los ojos del chofer se abrieron, con sus pupilas girando más rápido. 
—Ella es la Novia Oscura. 
Los demonios hicieron eco de “La Novia Oscura”.
—La conoce. 
—Lo hace. 
En ese momento, Mark se dio cuenta de que la conocía. Un escalofrío de 
anticipación oscuro pasó a través de su pecho. 
Él dio unos pasos adelante para agarrar la manija y subió. El chofer lo siguió. 
Con un gruñido él se arrojó por las escaleras al interior. Ellos se deslizaron por el 
piso para golpear contra la pared al otro extremo. La puerta se cerró. El vehículo 
rebotó mientras el chofer volvía a su privilegiada posición, y los tres demonios se 
subieron a la parte de atrás. 
El carro salió del callejón. Debajo de él, el asiento rebotaba crujiendo, con los 
muelles oxidados. 
El espeso olor de humo y decadencia llenó sus fosas nasales. Una polilla batió 
contra su mejilla. 
Mark se movió, con cada músculo en su interior rígido con tensión. El vehículo 
viajó hacia el sur, pasando por el Palacio de Buckingham y por la Plaza Belgrave. 
El barrio de Chelsea voló pasando en una nebulosa. La oscuridad se cerró sobre el 
transporte de la ciudad convirtiendo a pueblos y aldeas, volviéndose campo. Con el 
tiempo, Mark perdió todo el sentido del paso del tiempo. Finalmente, las ruedas se 
sacudieron, poniéndolo alerta con el sonido característico de cruzar un puente. 
Otros pocos kilómetros más, y el vehículo fue más lento. 
Él saltó a la carretera, incluso antes de que el coche hubiera rodado 
deteniéndose completamente. 
Una puerta de ladrillo grande se levantó de la tierra. El cartel decía 
EMPRESAS CHELSEA DE OBRAS HIDRÁULICAS. Su conciencia se extendió, 
buscando en el silencioso edificio y en los árboles y en la oscuridad por cualquier
rastro de la persona que lo había convocado. El aire sólo tenía el sonido del agua 
corriendo y del silbido de las máquinas de vapor. 
El lugar solo, obras hidráulicas, le daba pie a Mark a preocuparse. Las obras 
preveían a decenas de miles de ciudadanos de Londres con agua. Pero también 
experimentó un electrizante sentido de esperanza. Sus dedos se curvaron en sus 
palmas. Esa noche iba a compartir una audiencia con el que había tratado de 
arrebatar el control de su deteriorada mente por algún oscuro propósito. 
La Novia Oscura. 
Los tres demonios saltaron desde una posición en la parte trasera del carro y 
corrieron como niños entusiasmados hacia la puerta. Mark no vio ninguna 
evidencia de un equipo de noche o vigilante. Una pesada cadena y un candado 
colgaban en el suelo, cortándose sin problemas. Lado a lado, empujaron el portal 
de hierro hacia el interior. El metal se quejó discordantemente. Con los brazos 
aleteando, con entusiasmo lo acompañaron al atravesar. 
Dos enormes reservas se extendieron ante él, una al lado de la otra, separadas 
por una división de cemento. Desde ambos lados sobresalían un par de arcos, que 
él supuso servían para filtrar el flujo de entrada del Támesis. 
De repente, la superficie de los embalses brillaron con la aparición de lo que 
parecían por lo menos un centenar de lámparas de papel rojo. Que estaban 
arremolinadas alrededor de la corriente, emitiendo su resplandor 
contra el del agua dando la surrealista apariencia de sangre. Barridas casi 
inmediatamente contra los filtros, algunos se volcaban y se extinguían en medio de 
una caída de papel arrugado y empapado, mientras otras giraban a un lado a para 
tener una muerte más tardía. 
Sólo entonces él se dio cuenta de que una figura de las sombras estaba situada 
en el extremo lejano de los embalses, en la estrecha división de hormigón entre 
ellos. Él se dio cuenta de la silueta de una cabeza, y hombros, y la caída de un largo 
manto. Los demonios lo instaron a seguir.
—Preséntese—lo instó. 
—Dese prisa, ella espera—el otro silbó. 
Mark los siguió por el estrecho sendero. A medida que se acercaba, se dio 
cuenta de una falta de olor en el aire, como un cadáver dejado mucho tiempo en el 
sol, evidencia de que la Novia Oscura era, sin lugar a dudas, un alma Trascendida. 
—Viniste—susurró ella. 
La voz no era una que él reconociera. Pero claro, habló en voz tan baja... 
Apartándose de él, no pudo ver su rostro. La capucha de la capa cubría la 
parte de atrás de su cabeza. 
—He esperado tanto tiempo. 
—Qué sentimiento tan conmovedor. Lo que es difícil de devolver cuando no 
tengo idea de quién es usted. 
Él escudriñó la altura de la Novia Oscura y su forma. Por desgracia, nada se 
distinguía de ella o la identificaba como alguien que conociera. 
—Sabes quién soy—respondió ella en broma. 
—Cuéntame—Él se acercó. 
Los demonios le bloquearon el paso, pero se agacharon, con sus cabezas 
inclinadas. Ellos protegían a su ama, pero estaba claro que no querían incurrir en su 
ira. 
—He dicho muchas cosas... casi constantemente... pero usted es el elegido... — 
Su voz se sumergió abajo, en un extremo vicioso. —Ignorándome. 
Esa voz coincidía con la de una en su cabeza.
—Voltea y dame la cara—le ordenó él. 
Sus hombros se ablandaron. Le gustaba recibir órdenes. 
Ella se volvió, con su manto al viento en un círculo oscuro. Desde las 
profundidades de la campana ella asomó una cara blanca, una máscara de 
porcelana, de la especie que se podía ver en un baile veneciano. Los dos agujeros 
para los ojos revelaban oscuridad solamente... sin visión de lo humano. Sin nada 
blanco, sin pupilas, sin parpadeos de piel. 
— ¿Te gustaron mis regalos?—Le preguntó en su tono coqueto de antes, con su 
respiración sibilante en contra de la porcelana. 
— ¿Me enviaste... regalos? 
—Sí, querido—le reprochó ella, sonando como cualquier otra chica normal, 
exasperada. —Te los entregué todos arriba y abajo del río para que no hubiera 
manera de que pudieras perderlos. 
—Mataste a una mujer y la cortaste. 
—No, hombre tonto. Yo no la corté. Eso sería tan... desordenado. Tengo 
aduladores para eso. 
— ¿Aduladores? 
Ella agitó sus manos en dirección de los agazapados demonios. Ellos sonrieron 
y asintieron, como perros felices a los pies de su amo. 
— ¿Por qué hiciste eso? 
—Tú sabes por qué. Piensa, querido, piensa. Está todo ahí, en tu inmortal 
guapa, cabeza. 
—Dime.
—Lo hice por ti—cantó ella en voz baja. —Por nosotros. 
Las palabras en su cabeza, hablaron con tal fervor vicioso, sensual... 
La presentación dramática del carro y de los asistentes aduladores... 
Los faroles en el agua. 
La Novia Oscura había sentado las bases para una seducción. Los brazos y 
piernas cortadas, y todos los demás, no habían caído en el río para burlarse de él o 
atraerlo a la batalla. 
La perra estaba tratando de atraerlo. 
***** 
Mina se despertó con un sobresalto. Algo la había despertado. Un sonido. 
Ella se tensó y fue consciente, escuchando. Al no oír nada, miró a través de la 
habitación su reloj. A pesar de que apenas podía ver las manecillas, parecían ser 
casi las tres. 
Ella había estado en cama durante una hora. Se había tomado ese tiempo para 
que la casa se calmara tras la fiesta, que había continuado en el interior por la 
duración de la tormenta. 
Después de que Mark se había ido, cayéndose por la calle, ella se había retirado 
a su habitación, pensativa y preocupada. Incluso ahora, se preguntaba: ¿Dónde 
estaría él? 
Ella había sospechando de él y de su interés en los pergaminos. Ahora 
suspiraba por él. Ardía en deseos de confiar en él. Todo en ella gritaba que él podría 
ser su lugar seguro. 
El cansancio la arrastró de nuevo hacia el sueño, un alivio, porque sin él ahí, no 
quería permanecer despierta en la oscuridad.
El sonido se repitió, un rasguño o deslizamiento contra la puerta, como si 
alguien caminara pasando y arrastrara sus dedos a lo largo de la madera. 
Se quedó muy quieta, con su estómago poco a poco convirtiéndose en nudos. 
Ella se incorporó, apartando las sábanas. Antes de haberse quedado dormida, 
había habido varias rondas de voces y pasos en el pasillo. Todas las habitaciones 
estaban ocupadas por invitados para la noche. Tal vez alguien se había enfermado y 
necesitaba ayuda. Ella prefería mirar y resolver su mente a esperar e imaginar lo 
que el sonido pudiera ser. Se levantó y se puso su túnica. 
En la puerta, miró hacia afuera. A mitad del pasillo, una pequeña lámpara 
sobre la mesa se había quedado encendida y daba un poco de luz. No vio a nadie. 
Una neblina blanca peculiar se enroscó en dirección de las escaleras. Su corazón 
dio un vuelco. ¿Humo? ¿Podría haber fuego abajo? 
Ella salió corriendo de la puerta. Más cerca de las escaleras, la cosa era más 
gruesa... pero no olió humo. Parecía más... niebla. 
No le importaba la niebla. 
Había visto una niebla similar con su padre en la montaña que duraba una 
noche. Por supuesto allí, a esa altura, las montañas se empujaban hacia arriba en 
las nubes. ¿Pero por qué habría niebla en el interior de la casa? El pánico se apretó 
en su pecho. 
Poco a poco, bajó las escaleras, por el lado grueso de la misma. Una puerta se 
cerró detrás de ella. 
¿Su puerta? 
Ella se dio la vuelta, pensando en volver... pero una densa pared de color 
blanco se había cerrado detrás de ella.
Su mente se aceleró. Eso no podría estar sucediendo. Nada de eso tenía sentido. 
Ella se dio la vuelta en un círculo cuidadoso por las escaleras, rodeada tan 
densamente que no podía ver más allá de su brazo extendido. 
Es sólo un sueño, se dijo, un sueño surrealista, absurdo. En cualquier momento 
despertaría. 
Desorientada por la consumada blancura, tentó en su camino hasta las 
escaleras. Pasó las manos sobre la pared y se abrió camino a su habitación. Todo el 
tiempo esperaba manos esqueléticas, con garras que la alcanzaran y la agarraran. 
Se tocó el pelo y se mordió el labio inferior. Algo había hecho que se cerrara su 
puerta. 
Con cuidado, le dio la vuelta de la manija. En el interior, sólo había oscuridad. 
Astillas de luz de la luna fluían a través de las cortinas. No había niebla. Miró por 
encima del hombro. 
La niebla en el pasillo había desaparecido. 
Virando dentro, cerró la puerta detrás de ella y giró la llave en la cerradura. 
Encendió la lámpara. Temblando, envolvió sus brazos alrededor de ella y se volvió 
en la habitación. 
La cartera de su padre estaba en el centro de su cama. A su alrededor, en la 
cama, en el suelo, sobre su escritorio... estaban los restos triturados de sus papeles y 
cuadernos. Ella llevó su mano a su garganta, pero sólo encontró su piel desnuda. 
Encontró la llave en medio de la destrucción de su cama. 
***** 
—Quítate la máscara, y déjame ver tu cara—ordenó Mark. 
El agujero negro lo miró fijamente, sin pestañear y sin fondo.
—Todavía no. 
—Si no confías en mí, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué te hace pensar que soy de 
alguna utilidad? 
—Eres el brotoi más poderoso de todos. El Mensajero. 
—El Mensajero—cantaron los aduladores, flotando entre ellas, abajo en la 
tierra. 
El disgusto onduló a través de él. ¿El Mensajero? Él no era el Mensajero. Jack 
el Destripador había sido el Mensajero, y cuando Archer lo había matado, ese 
había sido el fin de las cosas... o aparentemente, no lo había sido. 
Él sometió la rabia de su voz. 
— ¿Hubo otro mensajero antes de mí? 
Bajo el manto, los hombros se encogieron. 
—Nunca nos llevamos muy bien. Le envié varios regalos que nunca reconoció. 
Incluso uno enterrado profundamente en el corazón de su enemigo, un sacrificio 
para frustrar sus esfuerzos contra él. ¿Crees que los apreció? No, creo me gustas 
mucho más tú. 
En medio de la caza de Jack, el asesino del torso de Selene había depositado un 
desmembrado cadáver sin cabeza femenino, metido en la tela de un vestido, debajo 
de la base del Nuevo Scotland Yard. 
—Tú le sirves... a Tantalus—Sólo decir el nombre le ponía un sabor amargo en 
la boca. 
Debajo de la capa los hombros se enderezaron. 
—Tú y yo juntos le serviremos. Cada sacrificio prepara al río para su llegada.
La sangre de Mark se quedó helada. La llegada de Tantalus. 
—Pero debe haber más sacrificios. Muchos más. Te necesito, mi amor. 
Nuestros aduladores y yo no podemos hacerlo todo solos—Su voz se enfrió. —Sin 
embargo, puedo sentir tu rechazo a unirte a mí. En realidad, amor, fuerzas mi 
mano. 
Mark odió preguntar. 
— ¿De qué manera? 
Desde las profundidades de su manto, se produjo un globo blanco, del tamaño 
de un cráneo, lleno de líquido color marrón-amarillento. 
Ella se giró y se dirigió lejos de él, a lo largo del separador central de hormigón. 
Los aduladores cayeron hacia atrás. Mark la siguió entre los siguientes dos 
depósitos de agua. 
—Novia Oscura—Realmente, ¿Cómo más se suponía que iba a llamarla?— 
¿Qué es eso en tu mano? 
— ¿Sabes cómo funcionan estos depósitos? 
Él no le respondió, simplemente la siguió. Escuchando. Mirando. Ella se movía 
con rapidez. 
Volteándose ella caminó hacia atrás, perfectamente equilibrada en el angosto 
camino. 
—El agua del Támesis entra a los depósitos y corre a través de una serie de 
filtros—Levantó una mano y habló en un tono agradable, de conversación como de 
guía de museo. —En el primer depósito, hay grava. El agua se hunde a través de la 
grava, y se lleva por tuberías perforadas a esta segunda piscina que se filtra por 
grava menor y por más tuberías.
Entraron en el tercer y último depósito ondulando. 
—Y, por último, en la tercera piscina, hay un filtro de arena. 
—Fascinante—Mark miró el globo. 
—Una vez que el lodo del río se filtra a través de estos tres procesos, el agua 
potable y limpia es llevada a través de acueductos a la ciudad, y a todos los 
encantadores ciudadanos de Londres. 
Mark no sabía lo que estaba en su maldito globo, pero se sentía seguro de que 
no tenía necesidad de ir al agua. Él había sido despojado de la posibilidad de 
Recuperar su alma, pero se puso tenso, preparado para... 
—Pero no creo que los filtros funcionen con esto—Ella lanzó el balón al aire 
sobre el embalse. 
Mark dio un salto. 
Otro brazo se desplegó, empuñando una pistola de cañón largo. 
Crack. Líquido llovió. Chocando, él se fundió en las sombras. Se extendió 
a través de las frías profundidades, verdes, tratando de tomar el letal veneno, 
mientras se iba hacia abajo... 
Pero no había veneno. Sólo había... cerveza de jengibre. 
Él salió a la superficie. Con la rabia dentro de él, y murmurando con los dientes 
una maldición gritó. Nadó hacia un lado. La Novia Oscura lo miraba a unos pasos. 
—Oh, cariño, me dejaste sin aliento. La forma en que saltaste para salvar a los 
ciudadanos de Londres. ¿De verdad crees que mataría a toda esa gente? Yo no 
haría eso. Después de todo, si están muertos, ¿Quiénes se convertirán en mis 
aduladores? Tengo grandes planes para esta ciudad. Y para ti. Pero obviamente, no 
estás listo todavía.
Mark salió, empapado, a la cornisa de hormigón. Se frotó el agua de los ojos. 
Cuando los abrió de nuevo... 
Ella y los aduladores se habían ido.
Capítulo 9 
Mark se quedó mirando la fachada de la casa Trafford. Unos pocos coches 
viajaban por toda la calle, así como los corredores tempraneros se dirigían a la fila, 
pero Mayfair, a esa hora, todavía parecía estar frotándose el sueño de los ojos. Miró 
su reloj de bolsillo de nuevo. 
Las ocho y media. Era temprano. Demasiado temprano para una decisión 
correcta, pero no podía esperar más. Podía pensar en una sola forma de acelerar 
una relación más estrecha entre él y la señorita Limpett, y llegar más cerca a la 
posesión de los manuscritos. Se decía eso ahora, después de todo lo que había oído 
anoche, no seduciría a Mina Limpett para salvar su propia piel. La seduciría para 
salvar a Londres. E Inglaterra. Era muy posible que, incluso al mundo. 
Un poderoso brotoi había preparado el maldito río Támesis, con sacrificios 
humanos, en preparación para la llegada del señor oscuro desde el submundo, 
Tantalus. Nunca habían sido de causas más valientes, de una razón más noble, para 
seducir a una virgen, exuberante, inglesa. Sí, al mundo. 
Y sólo soy el hombre que hará el trabajo. Sus manos sudaban y su corazón saltaba a 
cada golpe, una indicación de que sus emociones estaban enredadas en decisión 
más que en lo que preferiría. Tocó el timbre. 
Con la tarjeta de Mark en la mano, el lacayo desapareció en los rincones de la 
casa. Un momento después era llevado al estudio de su señoría. 
Su señoría se levantó, con una bata de seda encima de su pantalón. 
—Estás afuera y cerca más temprano esta mañana. 
Mark se levantó, y los dos hombres se estrecharon la mano. 
— ¿La pasaste bien anoche?—Le preguntó Trafford.
En lugar de sentarse detrás del escritorio, su señoría se sentó en el sillón 
junto a Mark. 
—Lo hice, sí—respondió Mark con cortesía. 
— ¿Pudiste creer esa tormenta eléctrica? Tenemos suerte de que no hubiera 
muertos. Todos esos truenos y ni una gota de lluvia. 
—Creo que la tormenta sólo sirvió para hacer la noche más memorable—La 
noche había sido sin duda memorable para él. —Espero que Lucinda esté 
complacida. 
—Sí—respondió su señoría, con los labios apretados en una sonrisa. —Ella... 
debería estarlo. 
Mark comenzó: 
—Bueno... yo... eh... —Tragó. No era propio de él tartamudear. 
— ¿Sí?—Su señoría arqueó las cejas hacia arriba. 
—Hay una razón por la que he llegado esta mañana a hablar con usted. Tan 
pronto, tan terriblemente temprano, que debo pedir disculpas—Mark sacó un 
pañuelo del bolsillo y se secó la frente. 
Dios mío, él nunca sudaba. 
—No son necesarias las disculpas. Soy un madrugador y le doy bienvenida a la 
compañía—Trafford asintió y cruzó las piernas. La zapatilla de cuero colgó de los 
dedos de su pie. —Háblame de tu razón. 
Atrapado. Apenas podía respirar. 
—Tengo una cuestión importante qué discutir con usted. Una... propuesta
—Una propuesta. Qué interesante elección de palabras—Trafford se inclinó 
para tomar dos cigarros de la caja de madera de su escritorio. 
Tomando un pequeño par de relucientes tijeras de plata, con las que hábilmente 
cortó los extremos. Chas chas. Uno, dos. 
—Me he encontrado a mí mismo golpeado por una joven de su casa. 
— ¿Ah, sí?—El placer calentó las facciones de Trafford. De hecho, parecía 
francamente vertiginoso. 
—Astrid estará fuera de sí. Los dos, ayer por la noche en la pista de baile. 
Perfección. Todo el mundo lo comentó. 
Mark sonrió ante la incomodidad de la situación. 
—Lo siento, aunque Astrid es una encantadora, encantadora chica.... 
—Evangeline—Los ojos Trafford se abrieron. —Incluso mejor. Es una notable 
conversadora. Una chica inteligente y firme. 
—En realidad, su señoría, me gustaría su permiso para pedir la mano de la 
señorita Limpett en matrimonio. 
Los cigarros cayeron de la mano de su señoría. 
***** 
Mina no había dormido durante el resto de la noche. Estaba sentada en su 
escritorio, completamente vestida, mirando la bolsa. No había podido decidirse a 
tirar los cientos de trozos de hojas de papel. En su lugar, los había reunido todos y 
acomodado. Primero había sido la rosa, descubierta dentro de la bolsa cerrada, y 
ahora esto. Fragmentadas visiones se arremolinaban alrededor de su cabeza. Los 
ojos brillantes de la cripta. El actor enmascarado en la calle, manejando el mismo 
color de rosa. ¿Estaría toda esto diseñado para volverla loca? Alguien trataba muy
hábilmente de asustarla. Y mucho. Pero, ¿quién? ¿Un empleado o 
alguien de fuera de la casa? ¿O podría ser un miembro de su propia familia? 
No podía pensar con claridad. El recuerdo de la otra niebla hacía que se 
cuestionara todo. El que había organizado estos eventos serían sólo gente... 
¿Verdad? 
Miró su bandeja del desayuno sin tocar. Como se había convertido en su hábito 
de mañana, recogió unos pocos trozos en la servilleta y dejó su habitación. 
Necesitaba aire. Necesitaba la luz del sol. Tenía que pensar con claridad y decidir 
qué hacer. 
En el jardín, un vasallo estaba en la cima de una escalera, quitando las linternas 
de los árboles. Aquí y allí había trozos de flores aplastadas, y perlas extrañas y poco 
estilizadas. Las mesas y sillas se mantenían, la tormenta eléctrica había hecho las 
condiciones demasiado peligrosas para guardarlas anoche. Ella se movió al otro 
extremo del jardín, y dio los pocos pasos hasta donde los arbustos se alineaban en 
la pared. Puso la servilleta, y se retiró para mirar los escalones. 
Los gatos no aparecieron. Tal vez estaban un poco nerviosos después de la 
fiesta y de la tormenta. 
Esperaría un poco más. 
Cansada, apoyó la cara entre las manos. Tal vez debería hablar con Trafford y 
contarle todo. Simplemente no lo sabía, y no había nadie para ayudarla a decidir. 
Tal vez... 
¿Quizá Mark? Lo deseaba 
—Se han ido, ya sabes. 
Mina levantó la vista y descubrió a Evangeline sobre los escalones a sus 
espaldas, vestida con una bata rosa y rayas blancas.
— ¿Quiénes se han ido?—Ella se levantó. 
—Los gatos. Lucinda hizo que los jardineros pusieran trampas. No los quería a 
todos escabulléndose en su fiesta. 
— ¿Trampas? 
Evangeline murmuró. 
—Siento si te gustaron. Los jardineros... bien, se aseguraron de que los gatos no 
volvieran. Los mataron. 
El dolor atravesó a Mina, una puñalada contundente de dolor. Su estómago dio 
un vuelco. Sus pequeños tres gatos, muertos. ¿Por una fiesta en el jardín? La 
miseria, agravada con sus miedos anteriores, se combinó para robarle el aliento. El 
cielo, las flores, la gran casona... todo se volvió gris. 
Tal vez debería irse. Irse a algún lugar lejos, incluso a Estados Unidos. En 
algún lugar donde no la conocieran. Podría tomar un trabajo como institutriz o 
niñera. No tenía mucho dinero, sólo lo de la venta de la pequeña casa de su padre 
en Manchester. 
Sin embargo, Mark... 
—Me enviaron a encontrarte—dijo Evangeline. —Mi padre quiere hablar 
contigo. 
Mina asintió. Sus brazos colgaron a su lado mientras juntas regresaban a la 
casa. 
Afuera del estudio, Evangeline agregó: 
—Creo que hay alguien más allí con él, pero no sé quién. 
Mina llamó. Al llamar a su tío, ella misma se dejó entrar.
Mark se levantó de una silla, sosteniendo su sombrero y sus guantes, con 
expresión solemne. Verlo al paralizó. No porque no quisiera verlo, sino porque 
todo lo que quiso hacer fue correr hacia él y arrojarse en sus brazos y llorar en su 
camisa por sus tres pequeños gatos tontos y un montón de notas hechas trizas. 
—Buenos días, Señor Trafford—dijo. —Lord Alexander. 
—Ven, Willomina. Por favor, siéntate—la invitó su tío. Él se movió para estar 
al lado de la chimenea. 
Mina hizo lo que le pidió. Con piernas temblorosas se sentó en la silla al lado 
de Mark. Él también se sentó. Un miedo repentino golpeó través de ella de que 
estuvieran ahí para hacerle frente sobre su padre. Su rostro... su cuero cabelludo se 
entumeció. Era la peor cosa que podía imaginar, que el señor Alexander, el hombre 
que la había besado con tanta dulzura, con tanta pasión, pensara en ella como una 
mentirosa, como una impostora. 
La expresión de Trafford no revelaba nada. 
—Su señoría ha llegado con un pedido especial esta mañana. 
— ¿Ah, sí?—Respondió ella con voz débil. — ¿Cuál? 
Mark la miró fijamente. Su tío parecía estar llegando a un acuerdo. En el borde 
de su silla, ella esperaba expectante, con sus manos apretadas en puños. 
—Lord Alexander—sus labios se abrieron en una sonrisa lenta, y sus ojos 
brillaron—ha solicitado y recibido mi permiso para pedir tu mano en matrimonio. 
— ¿Él... lo ha hecho?—Fueron todas las palabras que pudo decir. Su boca, su 
cerebro no deseaban funcionar. 
Miró a Mark. La intensidad de sus rasgos afilados. Él le ofreció una esperanza 
torcida de sonrisa.
—Sí, lo he hecho—confirmó. 
Esto no era en absoluto lo que ella esperaba. Sus pulmones se colapsaron. No 
podía tomar aliento. 
—Yo... yo no lo sé—Su lengua y labios se sentían hinchados, sintiendo la 
conmoción. —En realidad no nos conocemos el uno al otro. 
Mark asintió. De cara al Trafford, dijo: 
—Tal vez podría hablar a solas con la señorita Limpett. 
—Por supuesto—Trafford se dirigió hacia la puerta. —Regresaré dentro de 
poco. 
Cerró la puerta detrás de él con firmeza. 
—Sé que mi propuesta es repentina. Sé que es totalmente inesperada—Mark le 
agarró la mano. —Pero tengo que irme de aquí. Fuera de Inglaterra, y quiero que 
vengas conmigo. 
Mina le sonrió, y sus ojos se inundaron. 
—No quieres casarte conmigo. 
—Sí, quiero—Una expresión de desconcierto alcanzó su rostro. —Puedo decir 
honestamente que no hay nada que quiera más. 
— ¿Por qué?—Exigió en voz baja, parpadeando hacia él a través de sus 
lágrimas. 
— ¿Por qué? 
—Por qué todo. ¿Por qué quieres casarte conmigo? ¿Por qué tienes que irte de 
Inglaterra? ¿Por qué ahora?
—Porque te deseo. Te necesito. Es así de simple. Y tenemos mucho en común, 
Mina. Compartimos el amor por los lugares más auténticos del mundo, y el 
descubrimiento de cosas antiguas. Sé que esta ciudad no te hace feliz, igual que a 
mí no me hace feliz. Hay demasiadas reglas, e intrigas. Es un lugar sin alma, y 
deseo irme y volver a lo que siempre ha sido real para mí. Ven conmigo. 
—Ni siquiera me conoces—Ella sacudió la cabeza. —Soy un lío confundido. 
—No, no lo eres—le aseguró en voz baja y persuasiva. —E incluso si lo eres, 
entonces debe gustarme mucho. Tal vez soy un lío confundido también. 
—Hay muchas cosas... —Ella se quedó con sus manos entrelazadas. —Cosas 
que debería decirte, cosas de mí que no puedo. 
— ¿Crees que no tengo secretos? ¿Sorprendentes, terribles secretos?—Él sonrió 
con tristeza. —Estoy seguro que los míos sacarían a los tuyos del agua—Negó. — 
Los compartiremos, cuando el tiempo se sienta correcto. 
— ¿Y tú? No sé nada de ti, ni siquiera las cosas más simples. ¿Tienes familia? 
—Mi madre y mi padre murieron cuando era un niño—respondió. —En 
cuestión de horas uno y otro. Todo fue muy trágico y dramático. 
Ahora ella entendía la oscuridad subyacente que había sentido bajo su calidez 
contraria y pícara a su disposición. 
—Eso es muy triste. ¿No hay nadie más? ¿No tienes hermanos? 
—Tengo una hermana gemela. Estamos separados—Hizo una pausa, 
apretándole la mano. —Así que ya ves, ambos estamos muy solos en esta vida. 
Vamos a estar juntos, y a aprender el resto por el camino—Él dejó la silla, cayendo 
de rodillas y sus piernas rozaron sus faldas. Tomó sus dos manos. Sus manos eran 
cálidas, y grandes y fuertes. Su lugar seguro. —Sólo di que sí. 
— ¿A dónde iremos?
—A Europa. A la India. Al Tíbet. A dondequiera que desees. 
Tal vez podría tener la aventura y su lugar seguro. Sí, su corazón susurró, tal 
vez... tal vez al Tíbet. 
Mina miró sus ojos. Sus manos se acercaron a su barbilla, una a cada lado. 
Doblándose, apretó los labios en sus mejillas... con sus párpados cerrados calientes, 
ardientes con besos, desterrando sus lágrimas. 
—Di que sí—susurró él. —Mina, por favor. 
La besó en la boca. Todo su miedo y tristeza se desvanecieron. 
—Sí—respondió ella. —Sí 
—Gracias—murmuró entre besos calientes y suaves. —Gracias, Mina. 
Él no declaró su amor por ella, y ella no lo necesitaba. Todavía no. Por ahora, 
eso era suficiente. 
— ¿Cuándo?—Murmuró él contra su mejilla. — ¿La semana que viene? 
Mina le tomó los brazos, borracha por su cercanía. 
—Tan pronto como sea posible. 
Un golpe en la puerta. 
Mark rápidamente se puso de pie, con su mano apoyada en su hombro. 
Después de un parpadeo rápido de ojos, ella también se dio la vuelta. Trafford se 
asomó, con sonrisa vacilante. 
— ¿Tenemos un compromiso?—Preguntó en voz baja. 
Con un apretón en su hombro, Mark respondió: 
—Sí.
Trafford sonrió, su mirada cayó a Mina, como si buscara su confirmación. Ella 
asintió y sonrió. Su tío abrió la puerta más, dejando al descubierto tres caras más. 
Todas cenizas. Todas sin sonreír. 
Lucinda se empujó más allá de él, a la habitación. 
—Trafford, no puedo creer que estés apoyando esto—se burló ella, con voz 
gruesa. —Apenas se conocen entre sí. 
Mina parpadeó, con su alegría por el momento evaporándose rápidamente. 
El conde levantó sus manos. 
— ¿Qué tiene que ver conocerse entre sí con nada? 
—Señorita Limpett, estoy muy decepcionada de ti—replicó la condesa. —Sólo 
acaba de enterrar a su padre. Ha estado de luto escasos tres meses. ¿Qué se supone 
que dirá la gente? 
Mark levantó a Mina de la silla. El firme apoyo de su mano llegó a su espalda. 
—No dirá nada. Tendremos una ceremonia tranquila y privada con una 
licencia especial. 
—Esos son los peores—Su mirada se desvió entre ellos. Rizos pálidos se 
balancearon sobre ambos lados de sus mejillas. —Tendrán a todo el mundo 
hablando del escándalo. 
—No me importa el escándalo—dijo Mark, buscando a Mina. — ¿Te importa 
el escándalo? 
—No—susurró ella. Se aclaró la garganta y repitió con mayor firmeza:—No. 
Los ojos de Lucinda se abrieron como platos, incrédula. Sus pechos subían y 
bajaban debajo del equipado corpiño de su vestido azul de la mañana.
—Están pensando sólo en sí mismos. El escándalo no sólo los afectará a 
ustedes, sino a todos nosotros. 
Trafford intercedió. 
—Lucinda, estás exagerando las cosas. 
Mark añadió: 
—Cualquier conversación morirá rápidamente. Y, además, nos iremos 
directamente en nuestra luna de miel, con los tailandeses. 
—Pues bien, creo que está arreglado, ¿no?—Lucinda miró a su alrededor a 
todos. A Mark y a Mina. Y a Trafford. A las chicas con cara pálida. En una voz 
más suave, entrecortada dijo:—Tengo que ir acostarme. Tengo dolor de cabeza 
ahora. 
Corrió por la puerta abierta, pasando a Astrid y a Evangeline, que flotaban en 
la esquina. No hablaron, pero sus miradas barrieron condescendientemente a Mina. 
Al mismo tiempo, también salieron de la habitación. 
Trafford se balanceó sobre sus tacones, con los brazos cruzadas en la espalda. 
Para Mark, dijo con complicidad. 
— ¿Qué tan rápido se puede conseguir la licencia? 
—Hoy es viernes. Creo que lo conseguiré para el martes. 
Su tío hizo una mueca. 
—Ella estará bien hasta entonces. 
Mark odiaba abandonar a Mina a una casa en tumulto, pero como no se 
casarían hasta el martes, tenía mucho que hacer... además de conseguir la licencia 
especial. Oró porque Lucinda, en su ausencia, no hiciera nada drástico para obligar 
a Mina a cambiar de opinión. Ayer por la noche, cuando la condesa se había
disculpado por su comportamiento en Hurlingham, él realmente había creído que 
lo sentía. ¿Habría sido siempre tan maníaca con sus estados de ánimo y 
comportamientos? 
Un reloj marcaba que el tiempo se acababa rápidamente en su cabeza. Oró por 
no sufrir otro hechizo antes de la boda, porque sentía que con cada asalto a su 
mente, se volvía menos capaz de defenderse de la influencia malévola de la Novia 
Oscura. Su voz había estado notablemente en silencio desde anoche en el 
abastecimiento de agua, pero él temía que cuando regresara, lo hiciera como una 
venganza. 
Su plan era doble: en primer lugar, tenía la certeza de que una vez que 
estuvieran en marcha, podría ganarse la confianza de Mina y persuadirla para que 
le confesara todo, sobre todo los detalles del lugar donde se ocultaba su padre. En 
segundo lugar, sospechaba que la distancia silenciaría la voz de la Novia Oscura... 
por lo menos el tiempo suficiente para que él tuviera el control de los pergaminos, 
los tradujera y localizara el conducto. Restaurando sus poderes Amaranthine 
completamente, volvería a Londres, le pediría al Consejo Primordial su 
restablecimiento y le pondría fin a la Novia Oscura. 
Pero, por supuesto, el viaje no sería todo sobre su cordura. Tenía previsto hacer 
el amor con su nueva hermosa mujer por lo menos mil veces a lo largo del camino. 
Cerró los ojos, recordando el grosor de la atracción entre ellos que había sentido 
anoche, y aún más, esta mañana. Había vivido y amado durante siglos. Algunos 
amores se destacaban entre el resto. 
Un carruaje pasó junto a la acera donde caminaba. Sus ojos se estrecharon con 
sospecha, y miró a un lado. Afortunadamente, no había ningún chofer con ojos 
arremolinándose llevando las riendas. En su lugar, Leeson se asomó desde la 
cabina abierta de un coche. 
—Su Señoría—Detuvo el vehículo. —Entre. 
Mark se acercó al vehículo y se subió.
— ¿Cómo estuvo su propuesta? ¿Tuvo éxito con su prometida? 
El chofer los dirigió a una curva. 
—Lo tuve en verdad. Tienes noticias, ¿verdad? 
—Las tengo—Leeson tomó un cuaderno y leyó en voz alta algunas notas 
garabateadas. —Los descubrimientos de hoy a lo largo del río incluyen un pie 
unido a parte de una pierna. Este descubrimiento se produjo en—asomó la nariz a 
través de un monóculo redondo—El puente Wandsworth. Y luego tenemos la 
pierna izquierda recuperada en Limehouse. 
— ¿Todo el camino hasta los muelles West India? 
—Es correcto. Ambos estaban envueltos cuidadosamente en secciones de ropa, 
y atadas con una cadena. 
Mark asintió. 
— ¿Has podido localizar a Selene? 
—No, señor. Dondequiera que esté residiendo, no quiere ser encontrada. 
Mark asintió. 
— ¿Qué más tienes para mí? 
—Hay una revisión post-mortem de las partes del cuerpo recuperadas hasta el 
momento programado para esta tarde en la morgue de Battersea con el cirujano de 
la policía el Dr. Félix Kempster. El Dr. Kempster trabajó en el asesinato de 
desmembramiento en Rainham de 1887. Muy completo. Muy inteligente. Será un 
placer trabajar con él otra vez... ah, incluso si no se da cuenta de estamos 
trabajando juntos. 
Mark sacó su reloj de bolsillo y evaluó el tiempo. Con todo lo demás que 
tenía que hacer, tendría tiempo para asistir a la autopsia. Ciertamente, encontraría
a Selene ahí. Tenía que decirle todo lo que había averiguado acerca de la Novia 
Oscura. A pesar de todo, no podía olvidar que él ya no era un Centinelas de las 
Sombras. El misterio de los desmembramientos del Támesis, desde el principio, 
había sido su destino oficial, encargado a ella por el Consejo Primordial. 
Cualquiera de las acciones que él emprendiera en contra de La novia a su regreso a 
Londres tendría que hacerse en cooperación con su hermana. 
Miró por la ventana, evaluando su ubicación. 
—Gracias, Leeson. Si hemos finalizado, déjame salir en la siguiente esquina. 
—En realidad, no hemos terminado todavía—El hombre puso su cuaderno de 
notas a un lado y se frotó las manos juntas. —Tengo una sorpresa para usted. 
—Tengo una tarde ocupada. 
—Debe hacer tiempo para esto. Ya he arreglado que el chofer nos lleve allí. 
—Sabes que no me gustan las sorpresas, así que dímelo. 
—He encontrado una casa para usted. Un lugar que creo que será un refugio, 
y... tal vez lo pueda proteger en cierta medida de esos hechizos. De esa voz en su 
cabeza. Sé que la Transición no se puede detener, pero tal vez este refugio pueda 
disminuir los efectos cuando se encuentre en su estado más vulnerable. 
La descripción de Leeson despertó su interés. Sin embargo, si su viaje salía 
como estaba planeado, no necesitaría ningún santuario. 
—Eso es muy interesante, pero me estaré yendo de Londres el martes y no 
necesito una casa. 
—Sólo échele un vistazo—le sugirió Leeson, ajustando la correa de su parche 
en el ojo. —Eso es todo lo que le pido. Sería bueno tener un lugar preparado para 
su regreso con la Señora Alexander.
Mark supuso que estaba en lo cierto. Nunca había tenido un verdadero hogar, 
una verdadera base de operaciones. 
Había preferido el alojamiento transitorio de los tailandeses o los elegantes 
hoteles. La idea de crear una casa con Mina tenía su secreto, satisfaciendo su 
ambición. 
Sin embargo, Archer, El Señor Black, tenía el monopolio de la mejor dirección 
en la ciudad, una enorme mansión que había construido casi un siglo antes con 
portal sólo para que el Reino Interior existiera en Londres. ¿Cómo podría cualquier 
otro bien acercársele? 
El carro dio vuelta en una carretera lateral, transportándolos a un pequeño 
barrio al sur de Mayfair, no lejos del río. Desde las ventanas, Mark vio que viajaban 
a lo largo de una maleza densamente cubierta, una vez una gran calle. Las casas, en 
su mayor parte, habían sucumbido al mal estado. 
El coche se detuvo frente a una mansión grande. Leeson lo llevó a un corto 
paseo hacia una inmensa puerta negra. Muchas de las ventanas habían 
desaparecido. Las malas hierbas y la hierba sobresalían de la tierra, hasta la rodilla. 
Leeson hurgó en su bolsillo y sacó una gran llave, con forma caprichosa. 
—Lo único que pido es que se vea todo antes de tomar su decisión. 
Mark dudó en cruzar el umbral. 
—Cuando dijiste que habías encontrado un lugar donde podría estar seguro, un 
lugar de protección, esto no fue exactamente lo que me imaginé. No soy un 
vampiro, Leeson. No es mi estilo estar al acecho alrededor de corrientes de aire en 
viejas mansiones. 
—Venga—insistió el hombrecillo lacónicamente.
Mark lo siguió a regañadientes mientras Leeson le llevaba de una habitación a 
otra. Había dos salones, una biblioteca, un estudio y un salón de baile, todos 
magníficamente realzados con colores y con el papel caído y con los techos flojos. 
Era evidente que algún tipo de animal grande había pasado por lo menos unos 
pocos días viviendo en la cocina. Y recientemente. 
—La odio—anunció él, tapándose la nariz con un pañuelo. 
Nunca podría esperar que Mina viviera allí. No sólo la casa estaba en muy mal 
estado, sino toda la propiedad de los alrededores lo estaba también. Por no decir 
qué vagabundos criminales serían sus vecinos. 
—Le enseñaré el primer piso—Leeson fue a las escaleras. Su pie se estrelló. 
Él puso a prueba el siguiente. 
—Espere a ver la habitación principal. Una vez que quitemos a las golondrinas. 
Mark se quitó el abrigo. Estaba empezando a sudar. 
—Me voy. Con o sin ti. 
—Bien—Leeson rodó sus ojos. —Sólo saltaré al fondo de la cuestión. Vamos. 
Su estado de ánimo era cada vez más sucio, siguió al anciano inmortal a la 
parte trasera de la casa. Leeson se tropezó afuera, dejando un camino a través de la 
maleza aplastada. Parches de sobre-crecimiento puntuaban el jardín, junto con 
varios barriles desechados e incluso un sofá y una silla. 
—Vamos. Camine—Leeson llegó a un muro bajo de piedra, con una mirada 
alrededor de una gran piscina, y saltó a la cornisa. Llena de agua limpia, 
resplandeciente, la piscina al parecer, provenía de un manantial saludable. 
Mark se frotó la corona de la nariz.
—Tienes razón. Esa es una característica muy bonita, pero no es suficiente para 
compensar el resto de la casa. 
Leeson miró a través de su único ojo por encima del hombro. 
—Le dije que viniera. 
Mark obedeció, a pesar de que estaba muy cansado de seguirle la corriente al 
hombre, un hombre que afirmaba estar a su servicio. 
Leeson sacó una moneda de su bolsillo. 
—Aquí tiene. Pida un deseo. 
—No soy un niño—respondió Mark. 
—Está arruinando el momento—le espetó Leeson. — ¿Podría por favor, sólo 
hacer lo que le estoy pidiendo? 
La paciencia de Mark se acortó y su temperamento se calentó. 
—Así sea. 
Tomó la moneda. Con un movimiento de su dedo pulgar, el pequeño disco fue 
al aire, girando a través de él. Su metal brilló bajo el sol. Plunk. 
— ¿Pidió un deseo? 
Déjame vivir. El bello rostro de Mina cruzó por su mente. 
—Ahora mire—lo instruyó a Leeson en silencio. —Mire. 
La moneda descendió a las profundidades verde oscuro, con su cara pulida 
intermitente con cada vuelta... cada vez más débil y tenue, mientras se hundía en la 
carpa curiosa de dardos. 
Mark vio algo.
Inclinó la cabeza y entrecerró los ojos. 
—Oh—Su respiración se atoró. —Ya veo.
Capítulo 10 
Después de salir de la corte eclesiástica, donde hizo los trámites necesarios para 
la licencia especial, Mark le dio instrucciones al chofer del coche para cruzar el 
Támesis y llevarlo a la morgue de Battersea. 
Él había dejado a Leeson en la casa, a la espera de reunirse con el actual 
propietario. De hecho, le había dado autoridad a Leeson para negociar la compra 
de todas las casas de la calle. Valía la pena, al menos en el mercado mortal jamás 
podría acercarse al valor de la piscina adivina. 
Una vez que Mark derrotara a su estado de Transición y hubiera recuperado su 
estatus entre los Centinelas de las Sombras, volvería a Londres con Mina y 
supervisaría su renovación tomando las pausas necesarias para las tareas de 
Reclamación, por supuesto. Se prometió que en dos años la dirección sería la más 
exclusiva del distrito, una que le daría un ordenado beneficio. 
¿Qué hacían estos pensamientos en su cabeza? ¿Pensamientos optimistas de un 
futuro con Mina? 
La ciudad pasó por su ventana, y él sonrió para sus adentros. No sabía cuánto 
tiempo tal futuro podría durar, pero se comprometió a hacerlo bien. 
Después de un viaje de media hora, llegó a la morgue. Le pagó al chofer y pasó 
bajo el arco central. Ahí, a la sombra en la tenue luz, se transformó en sombra. 
A partir de ahí siguió el olor de la muerte hasta que llegó a la sala mortuoria. 
El Dr. Kempster estaba con dos caballeros de traje oscuro. Mark los rozó, 
consiguiendo sus nombres: Eran los Detectives inspectores Regan y Tunbridge. 
Moviéndose más en el interior, se topó directamente con la sombra de Selene. 
Sintiendo el filo de su furia, tomó una posición en el lado opuesto de la habitación.
—Gracias por venir, señores—dijo Kempster, con un aspecto de distinguido 
caballero con bigote. —Supongo que deberíamos continuar con nuestro terrible 
negocio. 
Se movió al centro de la sala, donde una serie de tubos de metal pequeños y 
profundos ocupaban una mesa larga. 
—Prepárense—advirtió. —Hemos mantenido las partes recuperadas en formol 
para frenar su decadencia. 
La habitación no tenía ese delicioso olor en primer lugar, pero ambos detectives 
sacaron pañuelos de su bolsillo con los que se cubrieron la nariz y boca. Cuando 
todos se habían preparado, el cirujano de la policía levantó la tapa del primer 
recipiente. El fuerte hedor del formol, subrayado por la descomposición, pasó a 
través de la habitación. 
El Detective Tunbridge tosió. 
El Dr. Kempster no pareció afectado en absoluto. Mark sabía que no era la 
primera vez que veía una obra tan viciosa. 
—Acérquense para que puedan ver. 
Los detectives se acercaron y miraron el turbio líquido. Mark ya estaba allí. 
Su hermana lo quitó de esa posición. Teniendo en cuenta que el asesino del 
torso sabía que se llamaba La Novia Oscura, y que era la asignación de Selene, 
cedió su espacio y de nuevo se movió al otro lado de la mesa. 
— ¿Qué es eso?—Preguntó uno de los detectives. 
El médico señaló con el dedo.
—El muslo descubierto en Battersea. Esta es la parte superior y esta la inferior. 
¿Ve aquí? Hay cuatro golpes que parecen hechos con dedos apretados en la piel. 
Creo que esto ocurrió mientras la víctima aún estaba viva. 
El médico guió a los detectives a través del resto de las partes del cuerpo 
recuperado, abriendo y cerrando cada tapa mientras que se movían a lo largo. Un 
tronco... una sección de pierna derecha con el pie unido... y, finalmente, la pierna 
izquierda. 
— ¿No hay cabeza? 
—No. 
— ¿Igual que el torso, que fue descubierto en New Scotland Yard el año 
pasado, en el Terraplén del Támesis en 1887? 
—Es correcto. 
—Pueden ver aquí... los moretones. Ella llevaba un anillo en el dedo. 
—Debe de haberle sido quitado poco antes, o incluso después de que la 
asesinaran. 
—Sus manos. Sus uñas fueron mordidas rápidamente, pero no hay callos. No 
las usó en su trabajo. Está claro que no era una trabajadora manual. 
A pesar de que Mark ya conocía la identidad del asesino, al menos en la 
medida en que era la Novia Oscura, sentía que le debía a la mujer, su respeto y su 
atención. 
Después de todo, su cuerpo había sido depositado a lo largo del río, en un 
extraño acto de homenaje para él. 
El doctor volvió a poner la tapa de la bandeja final.
—Creo que estarán muy interesados en ver la ropa que llevaba. Creo que las 
sobras nos ayudarán a identificarla. En realidad, hay un nombre figurando en una 
pieza en particular. Síganme. 
Los dos detectives, seguidos por la sombra de dos inmortales invisibles, lo 
siguieron hasta la siguiente mesa. Allí, grandes secciones de piezas de tejido 
cortadas de ropa se extendían para su examen, cada una con manchas débiles de 
sangre diluida por el agua del río. 
Mark cerró los ojos, y luego apretó los dientes. Dos de las piezas cortadas, una 
de un oscuro Ulster, y la otra un cuadro de linsey color marrón... coincidían con la 
ropa que había usado aquella noche la chica en el puente. 
— ¿Ven las iníciales estampadas en la cintura de esta pieza de lino?—El médico 
dijo. 
—“L.E. Fisher”—, dijo el detective Regan. 
Tunbridge escribió el nombre en su informe. 
Sin embargo, Mark sabía otra cosa. El nombre de la chica había sido Elizabeth. 
Elizabeth Jackson. 
Probablemente, tras la investigación, encontrarían que su ropa había sido 
comprada de segunda mano y sellada con el nombre de su propietario anterior. 
Mark no quiso mirarla más. 
Sí, él había pasado dos siglos como Centinelas de las Sombras, y durante ese 
tiempo había visto cadáveres... muchos, en las peores condiciones. Pero había 
estudiado los ojos de esta joven mujer. Le había dado esperanza... y ella le había 
dado lo mismo. Eso de haber sido reducido a un monstruo de piezas de 
rompecabezas irregulares lo llenaba de rabia. 
Dejando a Selene con los oficiales, Mark se precipitó a la sala. Barrió la oficina 
vacía sólo lo suficiente para transformarse a forma humana, y luego se dirigió a la
calle. Allí, con la palma de su mano plantada contra una columna de ladrillo, 
inhaló el olor de la ciudad, sustituyendo el olor de la muerte en su nariz y 
pulmones. Aún así, el hedor se aferraba a su ropa y piel, tan fuerte como su 
recuerdo reclamaba su mente. Ella había sido una muchacha sencilla, pero no se 
merecía una muerte tan horrible. ¿Estaría su sangre en sus manos? 
Había ayudado a que las chicas dejaran la arrogancia como una forma de 
mostrarle a la Novia Oscura que estaba en control. De esa manera, ¿Habría 
marcado la muerte de Elizabeth? Sí, ella había tenido la intención de quitarse la 
vida, pero sin duda la Novia Oscura tenía que saber que con el tiempo se sabría la 
identidad de la víctima. ¿Podría enviarle un mensaje más claro que era ella la que 
tenía el mango en su mano? 
—No vuelvas a hacerlo. 
Mark se volvió. Selene lo miraba desde el escalón más alto. 
Llevaba un vestido marrón de rica seda, y un sombrero de paja de verano, 
lujosamente adornado con flores en color naranja y verde y una cinta. Como 
siempre, su hermana gemela parecía una reina incluso en el más macabro de los 
alrededores. ¿Quién más podría llevar algo así para ver un cadáver? 
—Conocía a esa chica—replicó él oscuramente. —Ahora tengo un interés 
personal en esto también. 
—Tú no tienes nada—dijo ella entre dientes. —Nunca vuelvas a poner un pie 
en mi territorio otra vez. Ni siquiera eres más un Centinela, por lo que no tienes 
derecho. 
—No estoy tratando de robarte tu asignación. 
—No podrías aunque lo intentaras—Ella le dio un alboroto y salió fuera. 
Él la alcanzó, caminando junto a ella.
— ¿Tienes idea de quién es tu asesino? 
Ella le lanzó una mirada oscura. 
Mark dijo: 
—La conocí anoche. 
Se volvió hacia él. La bolsa de plata en su brazo brilló. 
— ¿Te reuniste con sus tontos, pequeños ojos-de-perro aduladores también? 
Levantando sus brazos, ella movió el dedo índice sobre sus ojos. 
—La Novia Oscura. Quiere conocerte—se burló ella. 
Selene siempre había sido buena con las impresiones. 
Mark se enderezó, decepcionado. 
—Veo que ya la has conocido. 
—Fugazmente, y en varias ocasiones. Sólo está detrás de ti debido a... —Selene 
levantó la mano junto a su boca, como si compartiera un secreto—que no le gustan 
las chicas, si entiendes lo que quiero decir. Ah, y también estás perdiendo tu cabeza 
inmortal, lo que te hace el primer hombre a sus ojos. Estoy segura de que tu buen 
aspecto y pedigrí familiar no le dolerán tampoco. 
— ¿Qué sabes de su verdadera identidad? 
Selene contestó bruscamente. 
—No es asunto tuyo criticarlo—Con el dedo, pinchó su pecho. —Ella es mi 
objetivo. El mío. No el tuyo. Bien, de todos... así, excomulgado de los Centinelas 
de las Sombras, debes entender que los límites deben ser respetados, a menos que 
estés ya muy lejos para recordarlos.
—No lo estoy—replicó él. —Y lo recuerdo. 
Jack el Destripador había sido originalmente su misión. Después de una 
petición personal a su Alteza, la reina Victoria, Archer, su favorito desde hace 
mucho tiempo, había intercedido en la caza. La invasión masiva de su territorio de 
caza le había picado. 
Selene parpadeó y miró a través de la calle. 
—Supongo que eso es todo lo que tenemos que decirnos, entonces. 
—No del todo—Él se deslizó alrededor, con lo que quedaron cara a cara. — 
Tienes razón. La caza te pertenece a ti. Y me iré. Saldré de Inglaterra. Cuando 
regrese, estaré como nuevo. Plenamente reincorporado a los Centinelas. Si no la 
has Reclamado para entonces... Yo lo haré. Es una advertencia justa, Selene. 
Ella soltó un bufido. 
—Que tengas un deterioro mental agradable. Espero que sólo me veas de nuevo 
una vez que haya recibido el firme pedido de tu asesinato. 
En ese momento, un coche enorme negro, tirado por cuatro caballos 
monstruosos, rodó hasta la acera al lado de ellos. Un escudo pulido brillaba en la 
puerta, con un cuervo negro en su centro. 
En el interior sombreado, Mark percibió la silueta de un hombre alto con 
amplios hombros. 
—Es hora de que me vaya—dijo Selene, alejándose de él hacia el vehículo. 
Mark hizo una mueca de desagrado. 
— ¿Uno de los Ravens, Selene? 
Los Ravens eran un regimiento especializado en la Orden de los Centinelas de 
las Sombras. Constaban de ocho guerreros inmortales que, en el año 1066, habían
dado un juramento para proteger al reino de Inglaterra de la destrucción y de la 
anarquía, y a su monarca reinante de cualquier daño. A través de los siglos 
posteriores, los Ravens habían chocado continuamente con los jefes de sus 
compañeros de los Centinelas de las Sombras sobre el territorio, favor y prestigio. 
—Adiós, Mark—respondió ella con firmeza. 
***** 
— ¿Estás segura, Lucinda, que quieres que me ponga tu vestido de novia?— 
Mina estaba sentada en el borde de su cama, mirando hacia abajo a la caja grande y 
brillante. Anidado en el papel de color rosa pálido estaba el vestido más bonito que 
hubiera visto. 
—Insisto en ello—dijo Lucinda complacida. 
Si bien todavía no muy alegre por la ceremonia planeada para esa mañana, 
Lucinda se había suavizado considerablemente, y arrojado a sí misma a la tarea de 
que Mina que tuviera un buen día de boda. 
—Gracias, su señoría. 
—Está hecho por Jacques Doucet—anunció con orgullo la condesa, poniéndolo 
por sus hombros. 
Ella cubrió el satén de seda brillante de la colcha. 
—Los diamantes y las perlas son de hecho reales. 
Astrid y Evangeline se acercaron para admirar el vestido también. 
Se había tardado tan sólo dos días para comprar el ajuar de Mina. Ella no 
había, por supuesto, ido a París, pero la mujer en el mostrador de la ropa interior le 
había asegurado a Lucinda que estaba lista para llevar corsés, camisones, cubre
corsés, faldas y camisas que habían comprado y que todas llevaban una etiqueta 
probando un origen parisino. 
—Es hora—dijo Lucinda, señalando el reloj. —Te ayudaremos a vestirte. 
Mina se quitó la bata y se puso en su lugar mientras Lucinda, con la ayuda de 
Astrid y Evangeline, le bajaban la falda y la blusa por encima de su cruda ropa 
interior. Lucinda meticulosamente alineó los botones, y la imagen de su intención 
tomó forma. 
Lucinda se levantó por encima del hombro de Mina, en el espejo. 
—Esto encaja a la perfección. Bueno, casi. —Se puso de rodillas y le ajustó la 
falda. —Si hubiéramos tenido más tiempo, habría hecho que la modista le hubiera 
cogido dos centímetros. 
Dobló el dobladillo hacia fuera y se detuvo. 
—Mina, ¿qué es esto? No me digas que es tu vieja enagua—Pellizcó un poco de 
encaje. 
Mina miró hacia abajo. 
—Es algo viejo. Además, me gusta. Creo que tiene buena forma. 
Lucinda se levantó. 
—Supongo que todos tenemos nuestras propias supersticiones. Es demasiado 
tarde para que te cambies de todos modos. Todo, excepto tu traje de viaje se ha 
embalado en el maletero. Ahora siéntate—Señaló el tocador. 
Ahí, Lucinda bajó un velo de encaje de Bruselas sobre el cabello de Mina. La 
condesa se bajó para mirar en el espejo al lado de su cara. 
—Eres una hermosa novia—la felicitó. Sin embargo, no sonrió.
Un sollozo sonó detrás de ellas, y Astrid salió corriendo de la habitación. 
Evangeline la siguió, deteniéndose en la puerta. 
—Es una terrible envidiosa. Lloró toda la noche, diciendo una y otra vez que 
era nuestra primera temporada y que debería ser una de nosotras la que se casara 
hoy. 
Siguió a su hermana. 
—Oh, Dios mío—dijo Mina con el ceño fruncido. —No me había dado cuenta. 
Lucinda le acarició la mejilla. 
—No dejes que Astrid te ponga los ojos rojos y llorosos en este día tan 
especial—Encontró de nuevo los ojos de Mina con reflexión. —Permíteme hacer 
eso en tu lugar. 
Mina le devolvió la mirada, estupefacta. 
— ¿Por qué dices algo así? 
Los ojos de Lucinda se pusieron brillantes y crueles. 
—Creo que sabes la verdad, Mina. Eres una mujer joven y perspicaz. 
Mina no habló. 
La condesa reparó algún defecto inexistente en el peinado de Mina. 
—Tu atractivo futuro marido... Bien, tuvimos una relación bastante 
apasionada. Pero me casé con Trafford en su lugar. Mark te está usando, Mina. Te 
está utilizando para castigarme por mi elección. Quiero que recuerdes eso hoy 
mientras estés de pie junto a él, diciendo tus votos.
La condesa se echó hacia atrás. En la cama, cruzó la tela y levantó la caja de la 
colcha. 
Mina recordó a Mark y su breve tiempo juntos en el estudio después de su 
propuesta. 
Se acordó de sus besos apasionados y de sus palabras profundamente serias. 
Lucinda se detuvo en la puerta, con su rostro como una máscara de fría 
satisfacción. 
—Dejaré que te recuperes por unos momentos. 
—No, estoy lista—respondió Mina de manera uniforme. Se puso de pie y 
enderezó los hombros. Pasó junto a la condesa, con el mentón en alto. —Lista y 
recuperada. 
Mark tomó las escaleras de la casa Trafford. Detrás de él, Leeson bajó desde su 
puesto junto al lacayo que había contratado y lo siguió a un ritmo ligeramente 
menor. El lacayo abrió la puerta. Mina estaba en la parte superior de la escalera. Su 
pecho se oprimió, incluso le dolió un poco con la vista de su belleza brillante. Ella 
sonrió, viéndose igual de feliz de verlo, y voló por las escaleras a su encuentro. 
Teniendo en cuenta la conveniencia de su boda, no esperaba que ella se pusiera 
un vestido real de bodas. Si el vestido había sido prestado o comprado ya hecho, el 
satinado grueso se aferraba a sus pechos, a su cintura estrecha y a sus calientes 
caderas, como si hubiera sido diseñado especialmente para ella. No fue hasta que le 
tomó la mano que se dio cuenta de que Lucinda, tenía la cara tiesa y pálida, detrás 
de ella, llevaba un ramo de rosas blancas. 
—Ya tienes las flores—dijo él. —No lo sabía, así que traje un ramo de flores 
también.
Le indicó a Leeson, que sostenía un enorme ramo de orquídeas blancas y lirios 
del valle, con adornos de encaje. 
Ella sonrió. 
—Me gusta más el tuyo. 
También se había detenido por la oficina de su banco y hecho que sacaran el 
anillo de su madre de su caja fuerte. La caja actualmente le quemaba un agujero en 
el bolsillo. Confiaba en que la banda de oro, que mostraba una flor de loto abierta 
con una piedra turquesa grande en su centro, la valiera al delgado dedo de Mina. 
Leeson le presentó las flores a Mina con un broche de oro a lo largo de su 
antebrazo. 
Mark dijo: 
—Este es el Señor Leeson. Será mi testigo oficial. 
—Gracias por venir, Señor Leeson—dijo ella. Mientras Mark la escoltaba hacia 
el salón, ella le susurró—Me resulta familiar. 
En una hora la ceremonia había concluido y todos los papeles necesarios 
habrían sido firmados y atestiguados. También disfrutaron de un pequeño pero 
elegante almuerzo. Más bien, él y Mina disfrutaron de la comida, mientras 
Lucinda, Astrid y Evangeline permanecían rígidas en sus sillas, tomando su 
comida. Trafford se había visto visiblemente avergonzado. Mark abrió sus sentidos 
inmortales y captó todo tipo de pensamientos envidiosos y rencorosos, la mayoría 
dirigidos hacia Mina, pero Mina, por su parte, parecía felizmente ajena. Mejor aún, 
ella no podía dejar de mirar hacia abajo a su anillo. 
El desprecio de las damas hacia Mina inspiró un brillo agudo de ira en su 
pecho, pero todo lo que importaba en ese día era que ella estaba feliz, y que 
llegaran a los Thais lo suficientemente temprano para hacer su camino por el 
Támesis antes del anochecer. Si podían salir de la casa sin ningún tipo de
enfrentamientos, o alguna comida lanzada, habría contado con que su boda había 
sido un éxito. 
No había podido evitar ver con recelo por la ventana al clima antes de partir. 
Había demasiadas cosas que podrían salir mal. Si sufría un hechizo, eso podría 
retrasar su salida. Leeson, quien los acompañaría en su viaje, se le habían dado 
instrucciones para interferir de forma discreta y llamar la atención por cualquier 
comportamiento anormal de parte de Mark. 
En la actualidad, Mark se paseaba por la base de las escaleras, esperando a que 
Mina bajara. Trafford esperaba con él, tratando de entablar conversación. Los 
sirvientes ya habían subido sus equipajes y en la actualidad Leeson supervisaba las 
operaciones de carga en el autobús de la ciudad. Finalmente, ella apareció en la 
parte superior de la escalera, vestida con un traje negro de viaje. Nadie había estado 
nunca más hermosa en negro, pero no podía esperar a llenarla con todos los 
vestidos y joyas y atavíos femeninos que su belleza merecía. 
Después de una ronda de despedidas cordiales, Mark acompañó a Mina al 
coche que había alquilado para la tarde. Leeson se subió a la banqueta al lado del 
chofer. Una vez que la puerta se cerró y que estuvieron solos, Mark acercó a Mina 
a su lado. Todos los días había esperado ese momento. Los músculos a lo largo de 
los lados de su estómago se tensaron con una toma de conciencia extendiéndose 
hasta su ingle. 
—Señora Alexander—Él presionó sus labios en su sien. —No puedo esperar 
hasta que estemos solos esta noche, en nuestro camarote, cuando puedo sacarte 
todo ese cabello de tus broches. 
Sus ojos oscuros se volvieron límpidos. 
—Mark... 
Él le levantó la barbilla y se inclinó.
Ella se apartó bruscamente, con una distancia en sus ojos que no había estado 
allí antes. 
— ¿Qué sucede?—Preguntó él. 
—Tengo que hablar contigo acerca de algo. 
—Adelante—Él levantó el mentón, pero la mantuvo estrecha, dentro de su 
posesivo abrazo. 
—Momentos antes de la ceremonia... 
— ¿Sí? 
Ella tragó. 
—La condesa me informó que te estabas casando conmigo sólo para castigarla. 
— ¿Ella dijo eso?—La ira irrumpió en sus mejillas, y quemó sus fosas nasales. 
— ¿Esta mañana? ¿Justo antes de que nos casáramos?—Nunca había sospechado 
que Lucinda fuera tan maliciosa. 
— ¿Es cierto?—Preguntó ella con solemnidad. —No lloraré o te maldeciré ni te 
golpearé. Sólo tengo que saberlo. 
—No. No es cierto. Lo cierto es que ella y yo compartimos una temporada de 
coqueteo en el pasado, antes de estuviera desposada con Trafford. Nos besamos, 
pero eso es todo. 
Ella examinó su rostro. 
— ¿Y eso es todo lo que hay en su reclamo? 
—Te lo juro.
Mina se estiró y tocó con la punta de sus dedos el centro de su pecho. Sus ojos 
eran bochornosos. Agarrando su corbata, lo acercó y le dio un beso en plena boca, 
con sus exuberantes labios reclamando los suyos. 
Volviendo la cara ligeramente a un lado, le susurró. 
— ¿Qué estabas diciendo acerca de esta noche? 
Muy pronto llegaron a Cadogan Pier. El Thais brillaba a la luz del sol, con su 
casco recién raspado y pintado, y con todos los accesorios de latón y níquel pulidos 
hasta tener un brillo radiante. Su equipo recién adquirido estaba preparado en la 
cubierta. Mark llevó a Mina a lo largo del paseo marítimo, tomando con el orgullo 
la forma en que ella fácilmente andaba por estrecha la pasarela, como si lo hubiera 
hecho miles de veces. El nuevo capitán y los diez tripulantes, vestidos con 
crujientes uniformes blancos, los esperaban. Se hicieron las presentaciones a lo 
largo de la hilera. 
Mientras los baúles de Mina estaban siendo llevados a bordo, Mark la llevó a 
un breve recorrido por el barco. Comenzaron por el salón principal, una sala 
amplia con paredes verdes esmeralda, con grandes espejos, obras de arte y 
molduras. 
— ¿Cuántos camarotes hay?—Preguntó ella. 
—Además del alojamiento de la tripulación, hay seis habitaciones individuales 
y cuatro dobles. Suficientes para albergar a quince-veinte personas. 
—Es maravilloso—respiró Mina. —No puedo creer que esté aquí. 
Por una escalera interior, él la llevó bajo la cubierta de la cabina principal. 
—Este puede ser tu camarote—En oro y blanco, la habitación, mientras era 
íntima, rezumaba confort y elegancia. Dos portales ofrecían una visión de la orilla 
del río. —O puede ser... nuestro camarote.
Sus ojos marrones brillaban en clara invitación. 
—Nuestro camarote, Mark. No me casé para tener habitaciones separadas. 
Él la apoyó contra la pared, deslizando sus dedos en el pelo grueso a lo largo de 
su nuca y se inclinó para besarla. Cuando respondió, él volvió su rostro, 
profundizando la intimidad. Su otra mano se deslizó hasta su torso para tomar su 
pecho. Ella suspiró y dio un pequeño gemido. 
Sin duda, en cualquier momento, podrían ser interrumpidos por un miembro de 
la tripulación para entregarles sus baúles. 
Él se retiró, colocando un beso más en su boca. Pasó su pulgar por encima de 
su húmedo labio inferior. 
—Me han dicho que hay champán para disfrutar mientras comenzamos nuestro 
camino. 
Encima de la cubierta, observaron desde la barra mientras el Thais se alejaba 
del muelle. A lo largo de la zona del embalse del río Támesis dos galeras de Policía 
dragaban el río. 
Mina frunció el ceño. 
—Están buscando restos de esa pobre chica, ¿no? 
Mark asintió. El domingo, dos días antes, otro de los muslos de Elizabeth había 
sido descubierto dentro de las rejas ornamentales de la finca privada de Sir Percy 
Florence Shelley, hijo de Mary Wollstonecraft y Godwin Shelley, un autor cuyo 
legado incluía una pieza oscura de ficción sobre una criatura hecha de partes de 
cuerpo robados de cadáveres. La Novia Oscura claramente tenía un sentido del 
humor mórbido. 
Durante las siguientes dos horas, vieron los edificios del Parlamento y el Big 
Ben pasar, así como la Torre y todo el resto de monumentos reconocibles de
Londres. Detrás de ellos, una mesa pequeña se había establecido entre dos sillas de 
respaldo alto. El portero sacó dos copas de cristal y vertió la mitad del oro líquido 
espumoso antes de presentárselas a Mark. 
Mark le dio una a Mina, y se levantó. 
—Por esta nueva aventura juntos. 
Sus ojos castaños brillaron con anticipación. 
— ¿A dónde iremos primero? 
—Ya te lo dije es tu decisión. 
— ¿Tienes mapas?—Ella miró por encima del agua. —Lo decidiré en el 
momento en que dejemos el Támesis. 
Vuelve a mí. La voz explotó en el interior del cráneo de Mark, y con ella, rompió 
una explosión de dolor. El aire salió de sus pulmones. 
La cubierta se inclinó. Él se sujetó. 
Mina levantó la vista. La sonrisa cayó de sus labios. 
—Mark, ¿qué pasa? 
Él negó. 
—Nada. 
¿Nada?, gritó la voz. 
Su copa de champán cayó sobre la cubierta y se hizo añicos. El dolor atravesó 
su cerebro y abajo en su columna, como si el veneno de su cabeza tratara de invadir 
el resto de su cuerpo. Sus piernas se debilitaron, y con todas sus fuerzas luchó por 
mantenerse en pie.
—Todo está bien. Recárgate en mí. —Agarrándolo del brazo, lo guió hasta una 
silla. Leeson apareció y se apresuró a ayudarla. Mina se arrodilló junto a él, 
presionando su palma a su cara. Al portero, le dijo— ¿Podría por favor traerle a su 
señoría un poco de agua? 
Una vez que el hombre salió corriendo, ella dijo: 
—Esto te ha ocurrido antes, ¿no? Esa noche en la fiesta. Estás enfermo. ¿Es 
algo que contrajiste en tus viajes? ¿Es malaria? 
Mark cerró los ojos, incapaz de responder, ni siquiera asentir. Ya la siguiente 
ronda de agonía estaba desollando su interior. 
—Estás tan pálido—dijo Mina con preocupación. La preocupación se alineaba 
en su frente. —Yo te cuidaré. 
Leeson flotó detrás de ella, con la frente sombría. 
Mark presionó de nuevo la silla, rechinando los dientes contra el dolor. 
Tú me perteneces. 
—Es cada vez peor, ¿no?—Preguntó Leeson, pero sus palabras se 
desvanecieron. 
Mark vio a Mina decir su nombre, pero ya no pudo escuchar su voz por el grito 
dentro de su cabeza. 
De repente, el barco se sacudió y vibró. Él sintió el crujido de los motores, a 
través de las plantas de sus pies. Los motores se detuvieron y la nave se retrasó. 
Una columna de humo negro se derramó desde el lado de la nave.
Capítulo 11 
Con la poca luz de una solitaria lámpara, Mina caminaba en su recamara en La 
Casa Trafford. Había colocado la bolsa de cuero que contenía el peine de Mark y 
sus artículos de afeitar en su tocador. La verdad era que había fantaseado acerca de 
él aquí en su cama, pero no bajo esas circunstancias... no como si estuviera 
aquejado con alguna aflicción no identificada. 
Afortunadamente, Trafford había escoltado a Lucinda y a las chicas a la feria, 
así que no había habido preguntas comprometedoras. 
Él yacía en la cama, con su mano apretada sobre sus ojos. Ella procedió a 
colgar su abrigo en el vestidor. En el momento que el Thais había sido remolcado al 
muelle, era demasiado tarde. Simplemente Mina había dado instrucciones al chofer 
de llevarlos allí. No había necesidad de exponer a Mark a un vestíbulo y a unos ojos 
curiosos. 
—Para ya de pensar en eso—dijo él desde bajo el dosel. Yacía en las sombras, 
observándola, apoyado en un codo. —Nos quedaremos una noche. No es como si 
estuviéramos construyendo una casa. 
—Pensé que te habías quedado dormido—contestó ella. 
—No. 
Era tan atractivo, con su pelo veteado y desordenado escondido detrás de su 
oreja. Ella siempre había considerado su cama tan excesivamente grande, pero él 
yacía en diagonal a través del colchón y sus botas sobresalían al final. 
Mina se sentó en la orilla del colchón a su lado. 
— ¿Te sientes mejor?
—Vergonzosamente sí—Él frunció el ceño. Claramente, tenía un humor de 
perros. Ella sabía que él estaba frustrado por la aparición de su enfermedad, y por el 
retraso de su viaje. Tal vez su estado de salud había sido uno de los secretos oscuros 
y profundos al que se había referido en el estudio de Trafford. Pero como ella le 
había dicho, se haría cargo de él. Era su marido ahora. 
Ella sonrió. 
—Yo, por mi parte, estoy contenta de que el motor haya explotado. Sé que te 
costará una bonita cantidad repararlo, pero es importante que veas a un doctor 
sobre esos hechizos antes de que viajemos a una zona aislada donde no haya 
médico con quien hablar. 
Él no respondió. Frunció el ceño como un niño hosco. 
—Mark. 
—Está bien. Veré al doctor si eso te complace. 
—Me complacerá. Y después, regresaremos a bordo del Thais para tener 
nuestro hermoso viaje. Pero ahora es tarde—Soltó y le desató la corbata, 
sintiéndose muy esposa. —Tienes que estar agotado. Vamos a la cama. 
Ella desabrochó el primer botón, el que cubría su garganta, y reveló un 
triangulo de firme y dorada piel. Se mordió el labio inferior, y continuó con el 
segundo botón. Abruptamente Mark le arrancó el corpiño, soltando el botón 
ubicado al centro de sus pechos. Ella miró abajo. La tela se abrió, revelando una 
visión de su corsé cubierto de lino por debajo. 
— ¿Qué estás haciendo?—Ella rio suavemente. Pero claro… ella lo sabía. 
—Necesitas ir a la cama también, ¿no?—Algo oscuro relució en sus ojos.
Ella desabrochó el tercero. Mark arrancó otro. Su ceño fruncido había 
disminuido y su atención a sus senos había crecido. Otra andanada de botones 
arrancados y sus dos prendas estaban abiertas hasta su cintura. 
La respiración de Mina se hizo más rápida. Mark ni siquiera la había tocado, 
pero su intensidad, sus ojos clavados en ella, su caliente atención, todavía excitaba 
su cuerpo vestido con cada sensación… con una deliciosa abrasión de su camisa 
contra sus pezones y la cinta de raso de sus medias, atada alrededor de cada muslo. 
Largos dedos y uñas cuadradas se deslizaron debajo de la correa de su camisa para 
acariciar las marcas creadas por la estrechez del corsé. Mina se balanceó hacia él, 
mareada por un calor febril. 
Mark sabía que Mina sería aún más hermosa sin sus ropas que con ellas. Ella se 
sentó a su lado, como un misterioso regalo envuelto en capas y capas de fragante, 
embalaje femenino. No podía esperar por deshacerse de cada punto. Cada nervio 
en su cuerpo rugía vivo en anticipación de hacerle el amor... casi ahogando la 
asombrosa comprensión de que estaba atrapado en la ciudad, de que era un virtual 
prisionero de la Novia Oscura. 
Con una intensidad furiosa, deseaba nada más que perderse en el sensual olvido 
del cuerpo de Mina. Enganchando dos dedos en la más bella muestra de escote que 
jamás había visto, tiró de su corsé, para un beso. 
Su boca era suave, abierta y expectante. Inclinando su cabeza, él profundizó el 
beso, con su hambre voraz y que lo consumía todo. 
—Te he deseado…de esta forma… desde el principio. Desde el cementerio. 
Demonios desde que la había visto en ese salón pequeño en Manchester, seis 
meses antes. Que deberían estar juntos se sentía algo así como el destino. 
Tomándola por debajo de los brazos, se dejó caer sobre las almohadas, 
arrastrándola encima de él. Dios, ella era suave y exuberante... una deseosa y 
brumosa belleza de ojos pintados de negro. Con avidez, metió sus dedos en el pelo
fresco y suave de su nuca, y la atrajo hacia abajo. Saqueó su boca, con su pulgar 
presionando contra su labio inferior, más decido que nunca de unirla a él, para 
tener una medida de progreso hacia su objetivo final. 
—Mark…—ella susurró contra sus labios. 
Sus dedos se curvaron en la parte delantera de su corsé. Él tiró de la tela rígida 
hacia abajo. Liberados de sus confines, sus pechos se derramaron. Él hizo una 
pausa en su beso y con audacia dio un vistazo hacia abajo. Sus pechos sobresalían 
plenos y juveniles, enmarcados por su ropa interior. Pezones de color rosados 
frambuesa rozaron su camisa. 
— ¿Sabes cómo de hermosa eres, Mina? 
Tomándola por el torso, la levantó y tomó uno en su boca. Lo succionó 
acariciando el rígido pico con tres golpes concisos de su lengua. Ella gimió y pasó 
sus dedos por su cabello. 
—Mark... —susurró cerca de su oreja. — ¿Estás seguro de que eres capaz? 
Él se dio la vuelta, atrapándola debajo de él, gozando de la aglomeración de sus 
pechos, tan suaves, contra de la dureza de su pecho. Apoyado en un brazo, le quitó 
un alfiler de su cabello. 
—Yo quiero… 
Él sacó otro. 
—Mi maldita… 
Y otro. 
—Noche de bodas. 
Él se agachó por otro beso.
—Espera—Ella se puso rígida en sus brazos. 
—No—murmuró él, besándole el cuello, saboreando su piel con sus labios y 
lengua. —No más espera. 
Ella presionó las palmas de sus manos contra su pecho. Forzó a su mirada a 
encontrar la de ella. Sus ojos estaban brillantes, su sonrisa, aturdida. 
—Tengo un vestido especial, solo para esta noche. 
—Eso no es importante—Él estaba tan duro y tan a punto, que podría 
penetrarla incluso a través de sus malditos pantalones. 
—Es importante para mí—respondió ella con suavidad, deslizándose debajo de 
él. —Quiero que todo sea perfecto. No quiero decepcionarte. 
Ella tiró de su corsé para cubrir sus pechos, pero su cuerpo aún se hundía 
seductoramente. Él quiso saltar. 
Frunció el ceño, consciente de que debía ser un amante gentil… al menos esa 
noche. 
—Muy bien. 
—Regresaré. 
—Date prisa. 
Con ojos brillantes, ella desapareció dentro de las profundidades oscuras de su 
vestidor. Mark se arrancó la camisa de sus hombros y arrojó la prenda a la silla. 
Con los dedos del pie, se sacó una bota, y luego la otra. 
Colapsándose de regreso en la cama, cerró los ojos y se defendió de los 
pensamientos de la realidad mórbida, eligiendo imaginar cómo se vería ella en esos 
momentos, estar dentro de su suave y acogedora esposa.
Cuánto tiempo había pasado, no estaba seguro, pero… algo revoloteó por su 
piel desnuda. La esencia de rosas perfumó el aire. Los ojos de Mark se abrieron de 
golpe... sólo para ser cubiertos por una franja de fría… oscura…tela. Su corbata. La 
banda se apretó como si unas manos invisibles amarraran las puntas por detrás de 
su cabeza. Ella se sentó a horcajadas sobre él. 
—Mina… 
—Shhhhhh. —Su frío dedo presionó contra sus labios, silenciándolo. Él no 
sondeó en la oscuridad, no deseando verla con su mente. Más bien se rindió a la 
sensualidad de su toque. Las manos arrancaron los botones de sus pantalones. 
Excitado por su entusiasmo, él la ayudó. Labios y manos se presionaron contra 
su torso. Su lengua fue hacia abajo a lo largo del centro de su pecho, sobre su 
estómago. 
Abajo…abajo… 
Mark gimió y enterró sus manos en su pelo. 
Mina pasó el cepillo una vez más a través de su pelo. Apagó la lámpara del 
vestidor y abrió la puerta, pensando en encontrar a Mark en la cama justo donde lo 
había dejado... guapo, con sus ojos ardientes y esperando retomar donde se habían 
quedado. Pero la habitación estaba oscura, salvo por un rayo de luna que entraba 
por las ventanas abiertas. 
Muy romántico. Después de los acontecimientos dolorosos de los días 
anteriores, ella había sido muy exigente en bloquear las ventanas, pero se sentía 
completamente a salvo con Mark. La idea de hacer el amor con él en la cama 
cubierta con la luz de la luna era una apelación definitiva. Olió, detectando la 
fragancia de rosas también. ¿De dónde vendrían esas rosas? 
Un sonido vino de la cama... un gemido.
— ¿Mark?—susurró ella. 
Hubo sólo un sonido de movimiento… un roce contra las sábanas. 
El miedo golpeó a través de su corazón. ¿Y si se había enfermado otra vez? Él 
no respondió. Ella se acercó, con sus ojos adaptándose a la oscuridad. La colcha 
oscura se deslizo fuera del colchón al montón que había en el suelo. 
En su lugar había sabanas blancas. Con alguien encima de ellas, 
moviéndose…retorciéndose… convirtiéndose no en una sola persona, sino en dos. 
—Mina. Querida. Sí. 
El impacto sacudió a Mina. 
¿Podría haber una impostora en su cama? 
En la mesilla de noche luchó con la lámpara, le temblaban las manos. 
Finalmente, la luz fluyó. Mina se quedó cerca de la cama. Una mujer rubia, vestida 
solo con una camisola estaba inclinada sobre su esposo. 
—¡Mark!—Gritó Mina. 
Lucinda echó atrás su cabeza, lanzando su cabello en un arco brillante. El 
sonido se su risa gutural inundó la habitación. Mark se quitó la corbata de los ojos. 
Los abrió, y sus fosas nasales ardieron. La empujó fuera. 
—¡Lucinda! 
La condesa volvió el rostro hacia Mina y sonrió. 
—Te dije que era mío. 
Como algo salido de una pesadilla, sus ojos giraron erráticamente en sus 
órbitas. Antes de que Mina pudiera reaccionar ante la imposibilidad de tal cosa.
Lucinda saltó a toda velocidad, y se estrelló contra ella. Mina se fue para atrás. Su 
cabeza golpeó la alfombra. 
Ella se retorció...rodó y dio patadas, pero todavía su atacante estaba 
encaramada encima de ella, a horcajadas en sus hombros, sujetándola con una 
fuerza extraordinaria. Como si unas manos de alambre atenazaran alrededor de la 
garganta de Mina, sólo para arrancársela. 
Mark arrastró a Lucinda lejos por las muñecas. Mina se deslizó hacia atrás, 
retrocediendo hacia la esquina. 
—No toques a mi esposa—Mark hervía, con su rostro como una máscara de 
furia. 
—¡Ja!, tú esposa—Lucinda se retorció y enroscó como una serpiente, con sus 
piernas y pies arrastrándose y coleando. —No por mucho tiempo, la cortaré, la 
cortaré en pedazos. 
Con una maldición, Mark la lanzó contra la pared. Un frasco de aceite se 
estrelló contra el piso. 
Lucinda se hundió, pero inmediatamente saltó a la vida, extrañamente 
trepando a la pared con manos y rodillas, mitad arrastrándose, mitad deslizándose 
por la ventana. Mark saltó hacia la ventana, mirando hacia afuera. Los músculos 
de sus hombros quedaron al descubierto y su espalda eran un manojo de tensión, y 
en ese momento Mina esperaba que fuera a perseguir a Lucinda. 
En su lugar, se acercó a ella. 
—Mina—Él se puso en cuclillas. — ¿Estás herida? 
Mina presionó su espalda contra la esquina, retrocediendo de su contacto. 
— ¿Ella te lastimó?—Exigió Mark.
—No, No me toques. Por favor—Mina empujó su mano. 
Ella se refugió en la esquina todo lo que pudo. En la incursión, la correa 
delgada de su vestido de satén blanco se había roto. Ella aferraba su prenda encima 
de la curva de sus senos. Madejas oscuras caían sobre sus hombros. Dios, él ardía 
en deseos de tocarla pero… el horror brillaba en sus ojos, como su fuera un gran 
arácnido con ocho patas articuladas. O peor aún, como si no fuera diferente a uno 
de los demonios de ojos desorbitados de la Novia Oscura. 
Claro…sus ojos. Brillaban como bronce y su piel fluía con calor, un efecto de su 
giro, provocado por la escaramuza con Lucinda. También sería más grande ahora, 
alto y más musculoso. De nuevo trató de tocarla para calmar su miedo, pero ella 
levantó sus manos y brazos a la defensiva… con temor… de él. 
—He dicho que no me toques. 
Él retrocedió, con las manos a la altura de sus hombros. Su pecho se oprimió al 
darse cuenta del terror y la incredulidad que ella debía estar experimentando. No 
era así como que había querido que ella supiera la verdad sobre él. 
—No voy a lastimarte Mina, Jamás te lastimaría. 
Sus pensamientos gritaban: Traición. Miedo. Pérdida. 
— ¿Qué eres?—exigió ella con sus ojos llenos de lagrimas. 
Él no era más “Mark” para ella. Se había convertido en un “qué”... no en un 
quién. Él se alejó de ella, queriendo negar el asco de sus ojos. Lo veía como un 
monstruo, que por supuesto, a pesar de toda su arrogancia, riqueza y poder, era 
exactamente lo que era. Él permaneció mirando la mancha negra de la ventana. 
Consideró correr hacia ella y forzar su toque. Mucho tiempo había pasado; 
pronto, Lethe, el poder de hacerla olvidar, sería imposible. Su frialdad, cruel 
consigo mismo persistía permaneciendo de pie y aceptando su juicio, sin importar
las consecuencias. Su duplicidad había sido revelada, él se merecía no menos que 
su desprecio. 
—Eres uno de ellos, ¿no?—La pregunta fue susurrada desde la esquina. — 
¿Uno de los seres que mi padre trató de demostrar? Un inmortal. 
Él cerró los ojos. 
—Sí. 
De alguna manera, en medio de toda la confusión y la miseria del momento, 
encontró alivio en la confesión. 
— ¿Qué es Lucinda? 
Como los aduladores, Lucinda había estado vacía. Ella no había emitido 
ninguna energía en absoluto, oscura o clara. Solo…nada. ¿Ella sería la Novia 
Oscura? No lo sabía. Se apartó de la ventana. 
—Algo peor. Tengo que ir tras ella, de otra manera volverá. 
Una lágrima resbaló por su mejilla. 
—Vete—Asintió ella, como si estuviera quitándose basura. —Vete. 
Mina despertó sobresaltada. Con ardor en los ojos y su corazón enfermo. 
Mark… 
Por un momento esperanzador, se dijo que todo había sido una pesadilla. Por 
supuesto que lo había sido. No había tal cosa como los inmortales y Lucinda no 
podía haber... 
Sus ojos se centraron en la silla que había encajado debajo de la manija de la 
puerta. Poco a poco, levantó la colcha y descubrió que sí, había dormido no con
uno de sus camisones, sino con dos, abotonados fuertemente alrededor de su 
cuello. Y sus botas. Al oír un ruido detrás de ella, se quedó inmóvil. Un bajo, 
masculino ronquido. Girando con cuidado para no sacudir la cama, miró por 
encima del hombro. Mark estaba tendido a su lado, sobre su estómago…desnudo. 
Un puño estaba encrespado en la maraña de su cabello. 
Ella no pudo evitar preguntarse si el contacto habría sido intencionado o una 
simple coincidencia para compartir su cama. ¿Cómo había llegado al interior de la 
habitación? Ella no lo sabía. Su cabeza tronó con los recuerdos de la noche 
anterior. Había tantas cosas que no sabía ni entendía. 
La tenue luz revelo sus anchos hombros, su espalda, nalgas y piernas 
esculpidas. Había también trazos tenues alrededor de la parte superior de sus 
brazos, muñecas y tobillos, cicatrices cerradas. Apenas unas horas antes había sido 
una bestia de ojos brillantes, pero ahora… ahora parecía un ángel guerrero 
durmiendo. ¿Cuál sería la verdad? Ambas, sospechaba. Su padre le había contado 
acerca de las leyendas antiguas. En ese entonces, ella no las había creído. Debería 
estar sorprendida y fuera de sí de alegría al encontrarse en compañía de un 
Inmortal. Algo que su mente aún declaraba como totalmente imposible. Pero no 
podía encontrar placer en su corazón fracturado. Sólo podía lamentar la pérdida del 
hombre que había creído era su marido. Su “lugar seguro”, había resultado ser la 
opción más peligrosa de todas... al menso para su corazón. 
—Te pesqué mirándome—Mark gruñó adormilado con sus ojos azules 
estrechos y ardientes. 
Su brazo fue alrededor de su cintura. La ropa se deslizó bajo sus nalgas y sus 
hombros mientras él la arrastraba por la sábana, debajo de él, enjaulándola dentro 
de la prisión de sus brazos y piernas. Ella empujó sus manos sobre la piel desnuda 
de su pecho. El calor y el olor a macho la envolvieron. Dios la guardara, pero sentía 
cada doblez de cada músculo… sobre todo de ese músculo, largo, duro y sin 
complejos contra su estómago. Su cuerpo ardió en llamas. Su rostro adusto se 
cernió sobre ella, tan cerca que su cabello le rozó la mejilla.
—Mina…—Pasó los nudillos contra su mejilla… su garganta. 
Ella quería fundirse, permitir su toque, sus besos, su posesión. Pero no podía. 
Él buscaba controlarla a través del deseo. Ciertamente había tenido mucha práctica 
con otras mujeres e incluso con otras esposas a lo largo de su existencia. Su corazón 
latió con más fuerza, ella se empujó liberándose, sólo, ella lo sabía, porque él se lo 
había permitido...y se escapó debajo de la colcha con las piernas temblando al lado 
de la cama. Su mente le ordenó control. 
—Asumí que no volverías. 
— ¿Por qué no?—Él estrechó la manta contra su cadera y rodó de su lado. Ágil 
y musculoso, parecía un emperador sensual y exigente en su cama. Sus ojos azules 
brillaban con calor. —No permitirás que algo tan pequeño como la inmortalidad se 
interponga entre nosotros, ¿verdad? Estamos casados, Mina. 
—No digas eso—dijo ella entre dientes, con sus ojos muy abiertos. —No 
estamos casados. En realidad no. 
Sus fosas nasales se dilataron, se levantó en una mano. Los músculos de su 
abdomen se alargaron y doblaron. 
—Sí lo estamos. 
Su boca se secó como papel. Ella dobló... y triplicó el cinturón de su bata. 
—Me casé contigo bajo una identidad falsa. 
¿Qué identidad falsa? 
—Me hiciste creer que me estaba casando con un hombre—replicó ella. 
—Soy un hombre—. El peligro acechaba en las profundidades de sus ojos. — 
Puedo probártelo, también…si sólo regresas a la cama.
Todo con respecto a él la hipnotizaba. La manera en que la miraba, la manera 
en que pronunciaba su nombre. Dios la guardara, ella ardía por él. 
—Quédate aquí—ordenó ella. 
Ella tenía que retirarse y fortalecer sus defensas. Se escapó al vestidor, y en 
silencio, frenéticamente, se dedicó a vestirse. El recuerdo de su preludio apasionado 
de hacer el amor anoche envío a su sangre a hervir por sus mejillas. Ella no había 
sido más que una estrategia para él, la estrategia para llegar a su padre y a los 
pergaminos. Ni siquiera conocía al hombre al otro lado de la puerta. Era un 
extraño. Ella suponía que debería estar temblando, llorando, destruida y temerosa. 
Pero los tres meses pasados, la habían preparado por algo. Aún para esto, parecía. 
Una vez vestida, se tomó un momento para endurecerse, antes de girar la manivela. 
Saliendo, lo encontró en posición vertical sobre el colchón, con los brazos 
cruzados sobre las rodillas dobladas. La colcha colgaba abajo alrededor de sus 
caderas desnudas. ¿Cómo se suponía que iba a pensar con él luciendo así? 
— ¿Por qué no te vistes?—Exigió ella secamente. 
—Me dijiste que me quedara aquí. 
Ella indicó el vestidor. 
—Entra allí, por favor. 
—Alguien está en la puerta—Él inclinó la cabeza con indiferencia. 
—No oí tocar a nadie. 
Llamaron a la puerta. 
Al parecer él parecía ver a través de la madera…y, probablemente, a través de 
su ropa también. 
Ella cruzó los brazos sobre sus pechos.
— ¿Alguien por el que considere que debería estar preocupada? 
Una imagen extraña vino a su mente, una de Lucinda esperando al otro lado 
con los ojos girando y el pelo revuelto. Teniendo en cuenta los acontecimientos de 
anoche, no se podía descarta esa posibilidad. 
Una sonrisa irónica torció el labio de él. 
—Creo que es el café. Mientras estabas ahí, llamé a la cocina por el tubo 
acústico. Muy conveniente. 
Mina arrancó el seguro de debajo de la manija y abrió lentamente la puerta. 
Justo como Mark había predicho, la criada sostenía una bandeja de plata, coronada 
por un servicio de café completo. También había un plato pequeño de pan tostado, 
tocino y salchichas, que esa mañana solo servía para ofender el estómago de Mina. 
La chica hizo una reverencia. 
—Buenos días y felicidades por su boda, Lady Alexander. Su señoría pidió 
café—dijo la muchacha. —Veo que ya se ha vestido. ¿Requerirá de mi ayuda con 
su cabello? ¿Quizás a su señoría le gustaría que preparara el baño? 
—No, pero gracias, Jane—Tomando la bandeja de sus manos. Mina cerró la 
puerta con la punta del zapato. Dejó la bandeja sobre el escritorio. 
— ¿Tienes hambre?—Le preguntó con suavidad. A pesar de que evitó su 
mirada, sus ojos siguieron cada movimiento como dos ardientes vigas gemelas. 
—No. 
Tal vez, él ya había comido. Tal vez se había comido a Lucinda. 
—Mina… ¿estás bien? 
—Estoy bien.
Él murmuró una maldición y se levantó de la cama, llevando la sábana cerca de 
su cadera. 
—Mina. 
— ¿Qué?—respondió ella muy fuerte. 
Él acortó la distancia entre ellos. La tenue luz que entraba por las ventanas 
revelaba cada corte muscular y estrías a lo largo de sus brazos, pecho y estómago. 
Ciertamente, él se daba cuenta de su efecto. Mina se mantuvo firme, negándose a 
retirarse. 
—Sigo siendo yo. Todavía soy Mark. 
Su corazón amenazó con estallar con toda la emoción que trató de contener. 
Finalmente, lo miró a los ojos. 
— ¿Sabes que nunca le creí a mi padre? Igual que todos los demás, pensé que 
era un tonto en la búsqueda de un sueño tonto—. Soltó una risa triste. —Pero, Dios 
mío, estaba en lo cierto al creer en la posibilidad de la inmortalidad. Basta con 
mirarte. Tú estás aquí. Me encontraste…te casaste conmigo…porque querías esos 
malditos pergaminos. 
—Sí—dijo él simplemente 
— ¿Por qué? 
—Mi vida depende de ellos. 
— ¿Tu vida? ¿Tu vida inmortal? 
—Sí, Mina. —Él asintió. —Durante siglos he sido miembro de una orden de 
inmortales conocida como los Centinelas de las Sombras. Hace seis meses, 
mientras participaba en la búsqueda de Jack, el destripador. 
— ¿Jack, el destripador?—Exclamó, Mina cubriéndose la boca con la mano.
—Sí—Respondió Mark. —Para poder enfrentarme a él en su mismo nivel, 
entré en un estado de deterioro llamado Transición. Es una enfermedad lenta y 
progresiva de la mente, una afección que normalmente sufren una pequeña 
población de mortales. 
— ¿Mortales como Jack el Destripador? 
—Es correcto. 
—Oh, Dios mío. 
—Los Centinelas cazan ese tipo de almas, poniendo fin a su vida mortal y 
enviándolos a una prisión subterránea segura. No soy un peligro para ti, Mina. Te 
lo juro. Pero no sé cuánto tiempo tengo antes de que cambie. Antes de convertirme 
en una de esas almas que alguna vez cacé. 
Su mirada sostuvo la suya. Un gesto se dibujó en sus labios. Serio. Se veía tan 
serio. Sin embargo, su confesión le daba miedo. 
—Tus hechizos… ¿son el resultado de tu deterioro? 
—Es correcto—Él paso una mano por su cabello. —Los Inmortales como yo no 
se recuperan. Pero lo haré, Mina. Lo haré. Los pergaminos contienen el 
conocimiento que necesito. 
Por un instante fugaz, ella vio la desesperación detrás del parpadeo azul 
brillante de sus ojos. 
La mente de Mina se volvió borrosa con la complejidad de todo eso, tratando 
de alinear los conocimientos previos y eventos con el presente. Trató de secuenciar 
sus preguntas en categorías ordenadas y sistemáticas, pero una imagen la perseguía: 
la de Lucinda, y sus ojos girando. 
— ¿Cómo es que Lucinda está involucrada en todo esto?
—Te juro que no lo sé—Él examinó su cara con sus ojos azules. —Nuestra 
relación fue exactamente como te la expliqué, nada más y nada menos. Su 
aparición ayer por la noche en esta habitación fue tanto un shock para mí como lo 
fue para ti. Sospecho, sin embargo, que fue reclutada por las fuerzas más oscuras 
para trabajar aquí en la ciudad. 
— ¿Reclutada? ¿Por... fuerzas oscuras?—Mina se llevó una mano a la sien, y 
tuvo una sensación de mareo. —Eso suena de locos—Pero su mente le presentó 
todas las peculiaridades de los meses anteriores, y de repente, las fuerzas oscuras 
parecían una explicación completamente plausible. 
Mark se encogió de hombros. 
—Hay mucho sobre el mundo que es probable que no desees conocer. Si 
Lucinda estuvo dispuesta o simplemente la hicieron peón de otra persona, todavía 
no puedo decirlo, pero creo que, de alguna manera u otra, fue seleccionada por su 
proximidad a ti. Fue elegida para que te observara. Para conocer lo que sabías 
acerca de su padre, y de los pergaminos. 
Mina se llevó la mano a la sien. 
—Ella fue la que me dio las rosas y destruyó los papeles de mi padre. 
Sus mejillas se tensaron. ¿Las rosas? ¿Documentos destruidos? 
—Mina, ¿Cuándo ocurrió eso? 
Mina apretó los labios. No estaba preparada para responder a sus preguntas. 
—Lo que le paso a ella, ¿Fue... mi culpa? ¿Si no hubiera venido a vivir con la 
familia? ¿Si sólo no hubiera estado sola, la habrían reclutado? ¿He traído su 
transformación con mi presencia aquí? 
—No lo sé—contestó Mark. —De todos modos, no puedes culparte por el mal 
que otros hagan.
Mina se estremeció, recordando el odio feroz de Lucinda. 
— ¿La encontraste anoche, después de que te fuiste? 
—Esas cosas con los ojos dando vueltas están... vacías por dentro. No emiten 
ninguna emoción o pensamientos, lo que los hace difíciles de detectar—. Sacudió la 
cabeza, frunciendo el ceño. —La perdí en la ciudad. 
Un escalofrío golpeó a Mina. 
— ¿Qué pasa si ella está abajo, incluso ahora, bebiendo té y mermelada 
s...s...sonriendo en su brindis, esperando a que bajemos?—El estómago de Mina se 
tensó. Puso una mano sobre sus labios. — ¿Qué se supone que debemos hacer? 
Sólo quiero salir de esta casa. 
Mark era mucho más alto que ella. 
—Vamos, entonces. Te lo juro, Mina, no soy tu enemigo ni de tu padre. Dime 
dónde está. Te lo suplico, como tu marido. 
—Deja de decir eso—Ella retrocedió. —Tú no eres mi marido, y no puedo. 
— ¿Por qué no? 
—Mi padre está muerto—insistió ella. 
La frustración se mostró en el destello de sus ojos y la estrechez de su boca. 
—Solo hay sólo piedras en el ataúd. 
Sus ojos se abrieron. 
— ¿Estuviste en la cripta? Me levantaste la falda. 
—Me gustaría volver a hacerlo también—La agarró del antebrazo. —Y él no 
está muerto.
Ella se soltó. 
—Bien, él está muerto para mí. 
— ¿Por qué? 
—Me dijo que regresara a Londres—dijo ella abruptamente. —Para decirles a 
todos que había muerto en la montaña. Le dije que no. Cualquiera que fuera el 
peligro que corriera necesitábamos estar juntos. Pero me abandonó, Mark. Me dejó 
sola en la montaña en esa maldita y susurrante niebla, y no sé a dónde se fue. 
Alguien gritó. Mina se quedó helada. 
Más gritos... dos voces. La estridencia del sonido envió la sensación de carne de 
gallina por la parte trasera de su cuello y brazos. 
Mark dijo: 
—Viene de afuera. 
Ella corrió a la ventana y recorrió la cortina justo a tiempo para ver a 
Evangeline y Astrid en una carrera hacia la casa. Ambas miraban por encima de 
sus hombros en dirección a la fuente del jardín. 
La fuente. 
Los ojos de Mina se clavaron en ella. Agua de color rosa se derramaba, y algo 
flotaba en la superficie. 
El cuerpo sin cabeza de una mujer, vestida sólo con ropa delgada. 
Sintió a Mark a su lado, sintió su poder y su calor. 
—Infiernos—dijo él. —Es Lucinda.
Capítulo 12 
Mark siguió a Mina a través de un grupo de agentes uniformados, con el brazo 
extendido junto a ella para evitar que la empujaran. Más abajo de la sala, el estudio 
de Trafford estaba cerrado tan herméticamente como una cripta. 
—Por aquí mi lady. Por favor—El Comisionado Adjunto Anderson de la 
Policía Metropolitana extendió su mano hacia la sala amarilla. Después de que 
entró, los siguió y tiró de las pulidas puertas cerrándolas. Durante la noche, las 
paredes color amarillo sol y las cortinas y muebles tapizados parecían haber 
tomado un tono chillón. 
Anderson los guió con una mano, indicando unas sillas arregladas cerca de las 
ventanas. Hacia la calle, Mark vislumbró la fila de carros de policía, y una acera 
ancha con sombreros de copa negros flotando y jugadores, un conjunto curioso. 
—Lord y lady Alexander, gracias por su paciencia. Era, por supuesto, 
importante que habláramos primero con Lady Astrid y Lady Evangeline, quienes 
descubrieron primero el cuerpo, además del desafortunado Lord Trafford. 
Mark levantó la mano asegurando. 
—Todo está bien. 
Lo que era mentira, una maldita mentira. Mark no estaba muy bien. Desde el 
momento de que el cuerpo sin cabeza de Lucinda había sido encontrado en la 
fuente, la casa había caído en un estado de histeria. Mina se había dividido entre 
dos chicas incoherentes, llorando, temblando y la pálida cara de Lord Trafford, 
quien recién había regresado de un paseo por la mañana en Row cuando el cuerpo 
de su esposa fue descubierto. 
Mark, por su parte, había salido con una sábana y cubierto el cadáver de la 
condesa y lo había movido, llevándose la cabeza de los ojos curiosos de los
sirvientes boquiabiertos de las ventanas del piso de arriba. Curiosamente, su cuerpo 
se veía y olía, como si hubiera estado muerta por semanas. 
Después había convocado a las autoridades, porque, maldita sea, no tenía otra 
opción dada la disposición extravagante del cuerpo. En medio de esa locura no 
había tenido tiempo de hablar con Mina a solas. 
Así que no fue con gran confianza a esa entrevista con el sangriento 
Comisionado Adjunto de la maldita CPDI, sabiendo que su esposa podría muy 
bien apuntarlo a él como el maldito asesino. Desde que habían dejado su 
habitación sobre el jardín, ella ni una vez lo había mirado, y sus pensamientos 
internos habían permanecido contundentemente cerrados, como si ella tuviera 
miedo de confiar en alguien, especialmente en él. 
Anderson los instruyó gentilmente. 
—Por favor tomen asiento. Sé que todo esto debe ser extremadamente 
preocupante sobre todo para su Señoría. 
Mina asintió, sus mejillas estaban desprovistas de sus colores habituales. 
—Gracias. 
Ella se sentó en un sillón. Sus manos retorcieron un pañuelo de lino en su 
regazo. 
Mark se situó detrás de ella, con sus manos descansando sobre la curva del 
respaldo de la silla. 
—Prefiero estar de pie, si está de acuerdo. 
El comisionado asintió. Él también permaneció parado. 
—Como ya me presenté anteriormente en el pasillo, soy Robert Anderson, 
Comisionado Adjunto de la Corte Penal del Departamento de Investigación de
Scotland Yard. Aunque no estoy acostumbrado a participar en el día a día de las 
investigaciones actuales de la policía, debido al alto perfil de esta trágica y 
perturbadora muerte, siento la necesidad de involucrarme a un nivel muy personal. 
Como ustedes probablemente saben por los periódicos, ha habido una serie de 
desagradables descubrimientos a lo largo del Támesis durante la semana pasada. 
Debido a la violencia poco común de la muerte de Lady Trafford, debemos estar 
absolutamente seguros que los incidentes no tienen relación alguna. 
No era una sorpresa que Anderson tuviera un especial interés en el asesinato de 
Lucinda. Su predecesor, Sir Charles Warren, había sido obligado a renunciar a su 
puesto después de perder la confianza de la ciudad por la manera en que había 
manejado la investigación sobre los asesinatos de Jack el Destripador. Ciertamente 
Anderson no deseaba tener un asesino similar rondando por todas partes. 
El comisionado adjunto extendió sus manos con gracia. 
—Dicho esto, espero que entiendan que esta entrevista no implica en absoluto 
que estén bajo sospecha. De hecho, en este momento ni siquiera estamos seguros 
que estemos tratando con un asesino... y le voy a explicar ese comentario en este 
momento. Pero para tener una educada resolución, debemos hablar con todos los 
presentes anoche en el edificio—Anderson cruzó sus brazos—Tengo entendido que 
los dos se casaron ayer. 
Mina asintió. 
—Si comisionado, eso es verdad. 
La mirada de Mark se asentó en la brillante y oscura corona de la cabeza de 
Mina. En algún momento de la noche se había quitado el anillo de su madre, algo 
que lo había herido más profundamente de lo que podría haber esperado. 
Anderson continuó.
—Por favor acepte mis felicitaciones por su boda, pero también mis simpatías 
porque una ocasión tan feliz haya sido oscurecida por los terribles descubrimientos 
de esta mañana. 
—Gracias—respondió suavemente Mina. 
Anderson era pulcro, de maneras tranquilas, pero profundamente observador 
con los ojos. No había duda que el comisionado tomaría nota de cada expresión 
facial y gestos reveladores. 
Percibía hasta la más mínima inflexión de voz, y trataba de convertirla en 
alguna pista, sin importar cuán leve fuera, trataba de descubrir la verdad detrás de 
la muerte de Lucinda. 
—Ahora si pudiera compartir conmigo…—la voz del comisionado se suavizó. 
— ¿Cuándo fue la última vez que vieron a su señoría viva? 
Mark respondió. 
—Ayer, en nuestra boda. Fue pequeña, privada... sólo la familia, aquí en la 
casa. 
Mina asintió. 
—Tuvimos un almuerzo después de la ceremonia, y luego partimos a nuestra… 
a nuestra luna de miel—su voz fue ronca al pronunciar la última palabra. Mark se 
estremeció por dentro. No podía ni quería cambiar la forma despiadada en que la 
había perseguido, pero lamentó el dolor que le había causado. 
— ¿Todo parecía estar bien con Lady Trafford, entonces? 
—Si—respondió Mark. 
Mina asintió. 
— ¿No había problemas entre ella y su señoría?
—Ninguno en absoluto—respondió ella. 
Los ojos de Anderson se estrecharon. 
— ¿Ninguno de ustedes oyó algún rumor de….apuestas de juego o deudas? 
—No. 
— ¿Infidelidades? 
—No señor—respondieron al unísono. 
El comisionado Anderson recogió sus notas del aparador de caoba y 
rápidamente las revisó. 
—Entiendo que, como acabamos de compartir, los dos salieron a su viaje de 
luna de miel ayer a bordo del yate de Lord Alexander... y en realidad, sé que es 
verdad porque su partida y fotos están en los periódicos de esta mañana. 
Debajo de su cuaderno de notas sacó un diario, doblando el marco de varias 
fotos. Anderson entregó a Mina el papel. Mark miró por encima de su hombro. 
El fotógrafo había capturado su cara en su forma más hermosa y optimista. La 
sombra de su sombrero ocultaba la de él. 
Anderson continuó. 
—Obviamente, a medida que se ponían en marcha, algún tipo de percance los 
obligó a abandonar sus planes y volver aquí a la casa. 
Mark ofreció: 
—Uno de los motores se estropeó. 
Anderson borroneó unas pocas líneas. 
— ¿A qué hora llegaron?
—Fue muy tarde antes de que el yate finalmente fuera remolcado hasta el 
muelle—respondió Mark—No regresamos a la casa hasta quizás… la una de la 
mañana. 
—Aproximadamente—confirmó Mina tranquilamente. —Aunque no puedo 
específicamente decir que tomé nota de la hora. 
—Una vez que regresaron, ¿Visitaron a Lord Trafford o a su señoría? ¿A 
cualquiera de sus hijas? 
—Aún no habían regresado de sus compromisos de la noche—Mark apoyó su 
mano en el respaldo de la silla. —Fuimos recibidos solo por los sirvientes. Mi 
esposa y yo nos retiramos directamente para la noche. 
—Me dijeron que su ventana da al patio. ¿Alguno de ustedes oyó algún ruido 
peculiar en la noche que pudiera haber indicado violencia o la eliminación de un 
cuerpo? 
Negaron. 
El comisionado se frotó la barbilla. 
— ¿Y alguno salió de la habitación en algún momento de la noche?, ¿por una 
botella de vino para celebrar? ¿Un viaje nocturno a la cocina? ¿Alguna cosa? 
—Señor, sí puedo decir algo—dijo Mina. 
Mark se tenso, preparándose para lo que ella pudiera decir. 
El comisionado Anderson asintió. 
—Por supuesto, señora. Por favor hable libremente. 
La expresión de Mina, aunque solemne, parecía totalmente tranquila. Su 
mirada no vaciló con la del comisionado.
—Anoche fue nuestra noche de bodas. Estoy segura que entenderá, cuando 
digo más enfáticamente que mi marido y yo estuvimos juntos toda la noche, por 
razones que debe seguramente entender, no fuimos consientes de nada que saliera 
de nuestra habitación, ni salimos hasta esta mañana cuando oímos los obvios 
sonidos de perturbación afuera. 
¿Mark se imaginó cosas o Anderson se ruborizó en realidad? Infiernos, él sintió 
un similar calor en sus mejillas, pero inspirado por el placer de la esperanza. Tal 
vez las cosas con Mina no tenían daños irreparables. 
Anderson inclinó la cabeza y levantó las cejas hacia Mark felicitándolo en 
silencio. Él emitió una sonrisa ronca. 
—En ese sentido, creo que la entrevista ha concluido. ¿Tienen alguna pregunta? 
Curioso Mark preguntó. 
—Hace un momento no estaba seguro de que la muerte de la condesa fuera un 
asesinato. Vi el cuerpo poco después de su descubrimiento. ¿Qué quiso decir con 
eso? 
Anderson apretó sus labios. 
—Este es un caso peculiar—Miró con consideración hacia Mina. 
—Por favor hable con franqueza—lo alentó en voz baja. 
—Bien... —Anderson arrugó el ceño—Por la condición del cuerpo, parece que 
ella ha estado muerta desde hace bastante tiempo. 
Mina respondió. 
—Bueno todos la vimos ayer. Ella era la imagen de la salud. 
Él asintió.
—El doctor Bond, el cirujano de la policía, tendrá que examinar el cuerpo, por 
supuesto, pero debo decir… dada la falta de explicación o motivo del asesinato y la 
condición de deterioro del cuerpo de su señoría, estoy empezando a creer que lo 
que tenemos en manos aquí es algún tipo de enfermedad poco frecuente de 
deterioro. Es casi como si el hueso y la carne que tenía el cuello... se hubieran 
derretido. 
Mina tosió sobre su pañuelo. 
Mark abrió los ojos. 
— ¿Cree que...una enfermedad hizo caer su cabeza? 
Anderson asintió. 
— ¿Ha visto las gallinas o los gansos cuando sufren de una enfermedad de 
cuello flácido?—giró su dedo índice en dirección a su cuello. —Tal vez esto sea 
alguna extrema mutación humana de similar naturaleza—Cruzó sus brazos y se 
acarició la barbilla. —Es una posibilidad terrible, pero ciertamente no contagiosa, 
además hubiéramos oídos de otros casos de muerte similar. 
Mark asistió a Mina para que se levantara de la silla. 
—Mi esposa y yo habíamos planeado salir de la casa Trafford hoy, ¿Será eso 
posible? 
Anderson sacó una tarjeta del bolsillo de su chaleco y se la extendió a Mark. 
—Cuantos menos civiles transiten, menos tendremos para enturbiar la 
evidencia. Hemos pedido a Lord Trafford que conserve sólo el mínimo de personal 
hasta este momento. Solo tiene que mandar unas palabras a mi oficina una vez que 
se haya instalado en otro lugar, en el caso de que debamos contactarlo para 
preguntas adicionales.
No había evidencia en el barro. Ni rastro. Solo una maloliente, sin cabeza 
Lucinda. 
Había sido decapitada en otro lugar por una hoja de plata Amatanthine, y su 
deteriorado cuerpo depositado a propósito en el mismo terreno. Sin duda, era un 
trabajo hábil de su gemela. 
Mina se levantó de la silla. 
—Gracias comisionado. 
Una hora más tarde, después de que Mina había dicho adiós a la familia, dos 
oficiales se empujaron detrás de una aglomeración de espectadores que se habían 
reunido a curiosear en la acera frente a la casa. 
—Retírense—gritó uno—Den espacio, den espacio. 
De repente, Mina se detuvo en las escaleras y miró a la multitud. Mark se 
inclinó llevando su brazo protectoramente alrededor de su hombro. 
— ¿Qué es eso? 
El ligero toque contra su codo le concedió a Mark la visión de un hombre... un 
hombre guapo de pelo negro con furiosos ojos verdes. 
Los hombros de Mina se juntaron, en un leve rechazo a su toque, y ella 
continuó hacia el carruaje. Mark miró por encima de la multitud para ver a un 
hombre alto, de anchos hombros en un traje negro y sombrero de copa dando 
zancadas alejándose. Le tomó un momento identificar sus celos enfermizos, 
experimentando una sensación de agua fría en las venas. Desconcertado la siguió 
hacia el vehículo y se sentó en el asiento opuesto a ella. A pesar de la tentación de 
demandarle la identidad del hombre y su relación con ella, Mark rechazó el papel 
de amante celoso y habló de la segunda cosa importante en su mente. 
— ¿Por qué le dijiste al comisionado que estuvimos juntos toda la noche?
Ella miraba por la ventana afuera. Pronto el coche se mecía con el movimiento, 
y el revuelo de rostros desapareció. 
—Tú no mataste a Lucinda. Me dijiste que la perdiste en la ciudad. A menos 
que me hayas mentido. 
—No, no lo hice. 
— ¿Quién la mató? 
—Tengo mis sospechas. 
— ¿Hay más como tú allá afuera?.... ¿Más...inmortales? 
—Sí. 
— ¿Cuántos? 
Él se encogió de hombros. 
—No tantos como antes. La mayoría permanece dentro de la protección de las 
fronteras del Reino Interior. 
—El Reino Interior…—Ella susurró. 
—Otra dimensión de existencia, aquí en la tierra. Es hermoso ahí. 
Mirándolo cansada, apretó los dedos enguantados en su sien. 
—Pero tú estás aquí en esta dimensión… ¿para cazar almas? ¿Cómo las 
llamaste antes? 
—Para Trascender almas. Si. Almas malvadas. Almas débiles. Mortales 
peligrosos quienes no merecen nada menos que una muerte eterna. 
Ella le lanzó una mirada a su mismo nivel.
—Y si no encuentras los pergaminos… 
—Es correcto—asintió—con el tiempo me convertiré en uno de ellos. Pero eso 
no va a suceder, porque... 
—Tendrás tu deseo—interrumpió ella en voz baja. 
— ¿Qué deseo es ése?—su deseo, en ese momento, era que ella lo mirara en la 
forma que lo había hecho antes. No de la manera fría y distante en que actualmente 
lo consideraba. Su ropa oscura, recatada se burlaba de él, escondiendo la 
combinación precisa de piel pálida y femeninas curvas que él había llegado a 
desear. Con esos límites, su delicada fragancia jugaba con su nariz, mofándose de 
que solo pudiera mirarla pero no tocarla. 
Ella se acercó y apuntaló su sombrero. 
—No tengo idea de donde está mi padre, pero… pero… estoy segura que 
contigo como incentivo, con el tiempo hará acto de presencia. Estoy colgada con 
los dedos de mis pies sobre un pozo de fuego ¿No?—ella se rió bajo con su 
garganta, aunque el humor no llegó a sus ojos marrones. —Pero tú, sí. No tengas 
miedo. Estoy segura que es solo cuestión de tiempo. 
— ¿Y luego qué? ¿Una vez que lo encontremos? 
Ella cruzó sus manos sobre su regazo. 
—Ustedes dos podrán irse y hacer cualquier cosa que deseen. Leer los 
pergaminos. Recuperar los artefactos. Salvar el mundo a través de su conocimiento 
compartido. Admirándose mutuamente uno al otro. No me importa. Solo que 
ambos… 
—Mina. 
Ella sacudió su cabeza, en indicación de que no quería escuchar nada de lo él 
tuviera que decir.
—Solo que ambos me dejen en paz. 
Él se puso rígido y cerró los ojos. 
—No. 
—He tenido aventura suficientes para una vida, gracias, y he terminado con 
ellas. No pedí esto. De ti. Sólo quiero…si, una vida. Una aburrida y pequeña vida 
feliz. 
—No te dejaré sola—respondió él con dureza. —Me casé contigo ayer. 
Una súbita humedad iluminó sus ojos. 
—No digas eso. 
Mark sólo pudo sentir alivio al ver las lágrimas de ella... alivio de que sintiera 
algo por él, incluso si ese algo era miseria. Con un irritado gesto, ella parpadeó y 
señalo con un dedo enguantado el rabillo de su ojo. 
—Oh me has hecho llorar. No soy del tipo de mujer que llore. 
—Entonces ¿Por qué estas llorando? 
—Ni siquiera me mires. 
Mark se sentó rígido sobre el banco, con sus hombros hacia atrás y el sombrero 
en sus manos. 
—Tienes todo el derecho de estar enojada, Mina. Te mentí. 
—No entiendes—ella se centró en el techo de la cabina. Justo encima de su 
cabeza. Pero entonces su mirada cayo sobra la de él. —No estoy enojada. ¿Cómo 
puedo estarlo? Te dije mi parte de mentiras, así que ¿Cómo puedo emitir un juicio 
sobre ti por hacer lo mismo? Me doy cuenta que no habrías tenido que hacer todo
ese extravagante esfuerzo de acercarte a mí a menos que los pergaminos no fueran 
tan importantes para ti. 
—Entonces… ¿Por qué no me dejas acercarme? 
Ella suspiró y respiró hondo varias veces. 
—Por favor entiende que estaba muy impresionada contigo…—ella le ofreció 
una fracturada sonrisa—deslumbrada incluso pero… 
— ¿Qué Mina? 
Una solitaria lágrima recorrió su mejilla. 
—Perdí a mi marido ayer en la noche. 
—No, no lo hiciste—Él se lanzó a través de la cabina para sentarse a su lado, 
tan cerca que su muslo aplastó firme el de ella, a través de la seda y las enaguas. Su 
sombrero desechado cayó al suelo. Él levantó su mano para borrar su lágrima, 
haciendo que se fuera. 
—No lo hagas—ella sacudió su rostro, y con un empuje de sus delgados brazos, 
huyó al otro lado, tomando el espacio que él acababa de abandonar. Su falda negra 
estaba enrollada como una negra cola de sirena alrededor de sus pies. 
Él podía hacer eso bien, hacer que su tiempo juntos fuera suficiente. 
—No lo niego Mina... me proponía llegar a tu padre. Pero yo elegí casarme 
contigo— insistió, enojado de que incluso con esa proximidad, ella se resbalara de 
su agarre. —Porque quiero estar casado contigo. 
—Pero yo no quiero estar casada contigo—insistió, con los ojos muy abiertos y 
vidriosos. —No ahora, ya no. 
La tráquea de Mark se tensó. Siglos de recuerdos antiguos se arrancaron como 
garras en su pecho.
Ella susurró. 
—Quiero niños. Quiero un marido que pueda envejecer conmigo. Quiero 
lápidas una al lado de la otra que digan “Amada esposa y amado esposo” ¿Puedes 
darme eso Mark? Quizás seas inmortal, pero no puedes darme el para siempre. No 
de la clase de para siempre que yo quiero. 
Él la miró. Podía darle protección, riquezas, placer sensual. Pero no…. no 
podía darle la clase de ‘para siempre’ del que hablaba. 
—Así que sí, Mark, ya ves…. perdí a mi marido ayer por la noche—sus 
oscuras, puntiagudas y húmedas pestañas bajaron contra sus pálidas mejillas. —Y 
me he quedado contigo en su lugar. 
Me he quedado contigo en su lugar… la elección de sus palabras lo hirió 
profundamente. 
Las defensas de Mark salieron en forma de rabia latente en la boca de su 
estómago. No era la primera vez que le habían dicho que no era lo suficientemente 
importante, que no valía la pena amarlo. Su propia madre había elegido morir para 
estar con su amado por encima de él. No había habido una diferencia para un niño 
de diez años del hombre que había sido su padre. Él había pasado su existencia 
inmortal trabajando para sofocar el recuerdo y el dolor. Había encontrado 
satisfacción en los brazos de un sinfín borroso de mujeres... reinas, cortesanas y 
famosas bellezas, pero siempre, siempre había dejado su corazón entero e intacto, 
para demostrar que era él quien tomaba la decisión de irse. Estaría condenado si 
dejaba que Willomina Limpett, hija de un profesor, lo echara fuera. 
Mina miró los cambios en la cara de Mark, y por primera vez, realmente le 
temió. La gentileza había dejado sus rasgos. Sus pómulos y mandíbula se pusieron 
tensos y duros en los bordes. Sus ojos celestes estaban fríos y brillantes. ¿Lo habían 
golpeado tan profundamente con sus palabras?, ¿Podría ser posible que le importara 
más profundamente de lo que ella se había imaginado? ¿Cómo? ¿Cuando ella no 
podía ser más que un borrón en el paso del tiempo para él?
El carro giró, viajando en un corto medio arco. Sus cuerpos se balancearon con 
el movimiento. Mina parpadeó la humedad de sus ojos y miró afuera por la cortina 
de la ventana. Había estado tan centrada en el conflicto, que no era consiente 
exactamente de su ubicación, pero parecía estar en algún lugar de Strand cerca del 
terraplén del Támesis. El vehículo retumbó deteniéndose en un patio con sombra 
de la estructura de una torre oculta por andamios y pesadas cortinas de lona. Piedra 
gris se asomaba por debajo. Jardines exteriores y pasillos parecían muy nuevos, 
como si hubieran sido recientemente instalados. 
— ¿Dónde estamos?—pregunto ella con cautela, imaginando el lugar para ser 
abandonada. Pero justo entonces, un portero vestido con un original negro, 
sombreo y guantes, se acercó desde la entrada. 
—En el hotel Savoy—respondió Mark fríamente. —Estaremos aquí unos días 
hasta que la casa esté lista. 
— ¿Tienes una casa?—Creía que el Thais era su única residencia. 
—Tenemos una casa. 
Su corazón se estremeció, oyendo el énfasis de sus palabras. En voz baja reiteró 
su anterior decisión. 
—Te lo acabo de decir, Mark. No hay un nosotros. 
Le puerta se abrió. Mark tomó su sombrero del suelo y salió. Sin mirarla, le 
extendió la mano enguantada. Ella miró desde el interior, y por un momento 
consideró negarse a reunirse con él. 
Él respiraba agitadamente, y entrecerró los ojos. 
—Puedes caminar…o puedo cargarte. 
Los latidos del corazón de Mina se aceleraron, y su nuca se apretó. Era obvio 
que la batalla entre ellos acababa de empezar, y no dudó ni por un segundo que el
haría lo que le había dicho, la promesa estaba en sus ojos sin fondo. No tenía 
ninguna otra opción excepto la casa Trafford, ciertamente no tenía ningún deseo de 
volver. 
Admitía que se sentía segura bajo la protección de Mark... a salvo de todos 
menos de él. 
Ella agarró la cadena de plata de su bolso y se paró en la escalera. Se apoyó 
firmemente en la mano de él. Inclinando su cabeza hacia arriba evaluando el 
edificio, preguntó: 
—Este hotel no está abierto aún ¿Verdad? 
Asistentes adicionales del hotel aparecieron, todos moviéndose en dirección del 
carro que tenía sus baúles. El portero ladró órdenes. 
—Pronto—gruñó Mark. La ayudó hasta que estuvo parada a su lado. Su 
sombra se la tragó. Él parecía haber crecido. Más grande. Más peligroso. 
La idea de estar en un edificio así de grande, a solas con él la puso nerviosa. 
—Entonces ¿por qué estamos aquí? 
Su brillante mirada azul barrió sobre ella, desconcertantemente rapaz. 
—Porque aquí, nadie oirá tus gritos. 
Su mano abierta y firme en la parte baja de su espalda, la llevó por el camino. 
Ella tuvo que alargar la zancada para mantenerse junto a él. 
El calor picó sus mejillas. 
—Eso no es divertido. 
Tirando de la estrecha puerta, él sostuvo el panel con su espalda. Mirándola 
depredadoramente mientras ella caminaba a través de ella.
—No estaba tratando de divertirte. 
Para su alivio el interior del Savoy no consistía en andamios o pilas de basura 
de construcción. Juntos Mark y ella viajaron sobre un mar de azulejos negros y 
blancos. 
Todo olía a nuevo y caro. Gruesas columnas de madera soportaban el alto 
cielo, el cual estaba muy tallado y decorado con escenas de algunos lugares, y 
murales pintados en los demás. Sombras de aparatos eléctricos proveían la cantidad 
ideal de luz ambiental. 
Lo más interesante, sin embargo, era la fila de diez hombres vestidos de levita 
parados hombro con hombro, con sus manos a los lados, obviamente esperándolos. 
Un caballero de corta estatura y barba salió del resto y se abalanzó con las manos 
abiertas. 
—Lord Alexander—sonrío con picardía. —Cuán emocionado estuve cuando 
recibí su nota. 
Mark asintió bruscamente, con su expresión no menos peligrosa que antes. A 
Mina le dijo: 
—Este es el señor Richard D’Orly Carte, gerente del teatro Savoy y un hotelero 
extraordinario—Inclinó su cabeza hacia el activo caballero y continuó—D’Orly 
Carte permítame presentarte… a mi esposa. 
El hombre no parecía preocupado para nada porque Mark había gruñido las 
dos últimas palabras. 
Más bien, sonrió con placer, y con ojos desorbitados y boca abierta, evaluó a 
Mina con mucho entusiasmo, como si fuera la Venus de Milo vuelta a la vida. Ella 
se sonrojó ante la intensidad de su admiración, pero sospechaba que estaba bien 
instruido en el arte de cortejar.
—Un placer, Lady Alexander—dijo efusivamente D’Orly Carte, haciendo un 
clic con los talones y haciendo una profunda reverencia. Le tendió la mano y 
después de que ella le puso la suya dentro, bajó la cabeza y presionó un beso en la 
parte trasera de su guante. —Qué agradable sorpresa fue saber que nuestro 
financiero favorito se había casado. Nadie estuvo más sorprendido que yo al ver las 
noticias en el periódico esta mañana. Al verla, puedo ciertamente entender la 
decisión de su Señoría de poner fin a su gloriosa carrera de soltería. La maldición 
de fallarle el motor de su bote, claramente tenía intención de haceros pasar su luna 
de miel aquí, en el Savoy—Sonrió—Yo, por mí mismo, no puedo pensar en un 
lugar más grande. 
Teniendo en cuenta su comportamiento, Mina concluyó que el todavía no 
sabía lo del asesinato que estaría en todos los periódicos al día siguiente. ¿Cómo 
uno podía compartir noticias de un asesinato? ¿De la cabeza de alguien cortada? 
Ella decidió dejar a Mark sobre la materia. 
Él no dijo nada. 
—Estaremos aquí dos o tres noches solamente, hasta que nuestra residencia 
esté preparada—Frunció el cejo ante la fila de hombres que todavía estaban 
parados a unos metros de distancia, como una hilera de congelados y sonrientes 
pingüinos. — ¿Qué es esto? 
D’Orly Carte miró para atrás. 
—Lo usamos para práctica. Tenía al portero mirándolo como si fuera el 
príncipe regente mismo. Al pulsar el timbre de la realeza todos nosotros nos 
mezclamos en nuestros lugares—sonrió con orgullo. — ¿No se ven muy 
inteligentes? Debemos estar preparados. Es cuestión de tiempo antes que Su Gracia 
pase por esa puerta.
Llevándolo hacia adelante, D’Orly Carte les presentó a cada miembro del 
personal por su nombre y posición, y los despidió para que siguieran adelante con 
su tareas. 
Mark preguntó: 
— ¿Tenemos a Cesar Ritz a bordo como director todavía? 
—Él insiste que no está interesado. Señor, pero—el hotelero le guiñó un ojo— 
Su carta pareció haber funcionado mágicamente. Está de acuerdo en venir a la 
inauguración. 
—Se quedará—Mark dedicó una sonrisa apretada. — ¿Tiene una llave para mí? 
D’Orly Carter sacó una llave etiquetada del bolsillo de su chaqueta y se la 
entregó. Mina clavó la vista en el traspaso. Mark apretó el puño alrededor de la 
llave. 
— ¿Se acuerda de cómo funciona el elevador, su señoría, o debo llamar a un 
operador? 
—Lo recuerdo. 
Sin más simpatía, Mark llevó a Mina hacia una ancha fila de escaleras 
descendientes. 
Ella se lamió el labio inferior, sintiéndose como una gacela que se arrastraba a 
ser mutilada por un león hambriento. Suponía que podía arrojarse a la misericordia 
de D’Orly Carte, pero dada su aparente adoración por su “esposo”, se imaginó que 
sólo llamaría a un equipo de asistentes para ayudar en su secuestro. Reconocía 
también en su corazón con preocupación que no confiaba en si misma a solas con 
Mark. Su yo racional estaba en pánico con la idea de dejar la seguridad de otros... 
pero la aventurera en ella estaba sin lugar a dudas curiosa sobre lo que vendría 
después.
Un puñado de escalera abajo, y llegaron a un gran hall de entrada. Las puertas 
del elevador abiertas le revelaron a Mina la más elevada habitación perversamente 
extravagante que jamás había visto, adornada de pared a pared con paneles lacados 
de color rojo y acentuado por volutas de oro. Una especie de vertiginoso pánico 
estalló en su pulso. Mark se quedo a un lado, en silencio, mirando…esperando que 
ella entrara. 
—Esa llave es para la suite, ¿cierto? No entraré a menos que tengamos dos 
habitaciones—ella insistió en voz baja. —Dormitorios separados. 
Incluso ahora, los recuerdos de su cuerpo desnudo, tendido en las sábanas 
pálidas, la asaltaron. 
Mark se encogió de hombros. 
—No hay escasez de habitaciones. 
Mina asintió. Reforzó su valor y entró, ocupando un lugar contra la pared 
posterior. Él la siguió adentro. La puerta se cerró suavemente detrás de él, 
delineándolo en carmesí. 
—Pero no me casé contigo para dormir en camas separadas.
Capítulo 13 
Sus ojos se ensancharon. 
—No me estas escuchando—insistió ella con voz firme y fuerte. —Se acabó, 
Mark. Esta farsa de matrimonio ha terminado. 
—Por un nuevo comienzo, entonces—Sus ojos tenían una mirada oscura y 
malvada. 
El suave siseo del sonido hidráulico, y la presión alzándose debajo de sus 
plantas anunció su ascenso. Ella se quedó atrapada en cuatro inicuas y escarlatas 
paredes con el más bello, y tentador hombre que jamás había conocido. 
—Ven aquí. 
—No. 
Pero ella lo deseaba. Como una flor, con toda la superficie frontal de su cuerpo 
despierto hacia él, como si fuera un brillante y sensual sol. Ella se tambaleó hacia 
atrás, presionando sus hombros al panel de la muralla como si con ese mero 
esfuerzo, pudiera anclarse y no arrojarse a los brazos de él. Porque, maldición, 
quería sentir la presión de él contra ella. 
Quería darle un beso y ver desnudo hasta lo último de él. Quería experimentar 
todo su espectacular calor, su fuerza y su ardiente deseo. 
Golpeó con su bolso el centro de su pecho. 
—Maldito seas. 
Los ojos de él se pusieron blancos, y sus labios se apretaron. 
Ella juntó sus manos sobre su cara.
—Por favor. No hagas esto. Me estás haciendo muy miserable. 
Su pie sonó contra la alfombra, y luego todo se oscureció como si su sombra 
cayera sobre ella. 
No…no….no… 
Manos grandes y cálidas la cubrieron….inclinándose sobre su cara, casi ásperas 
en su agarre. 
El condimento de su piel llenó su nariz. 
— ¿No lo ves? No puedo detenerme—jadeó él. 
Entre el marco triangular de sus manos juntas, sus labios descendieron hacia 
ella. Mina mantuvo los ojos cerrados. Era más fácil de esa forma, pretender por un 
momento que él no era real, que todo era alguna oscura y prohibida fantasía. 
Oh si, por favor. Más. 
Sus labios se separaron con un suspiro. Él inclinó su boca y profundizó el beso. 
Su lengua se movió sobre sus labios y dientes en una caricia caliente y posesiva. 
Todo dentro de ella le dolió, se regocijó. Como una llave secreta, sus palabras y su 
beso habían abierto su resistencia, y su corazón. 
Él la había lastimado. 
Ella se retorció lejos, presionando su frente febril contra el frio panel. Sus 
brazos, sus hombros alrededor de ella, se sentían una asfixiante y perfecta prisión. 
Húmedos y calientes besos cayeron sobre su cuello. La fricción de su boca y barba 
crecida de la mañana forjaba una seducción en sí misma, enviando un remolino de 
calor a través de su pecho, a sus pechos y a sus pezones. Su lengua jugó en su piel, 
nuca y lóbulos de las orejas. Instintivamente ella presionó sus nalgas contra su 
ingle. Él se deslizó contra la cresta hinchada y dejó escapar un gruñido bajo. Los 
ojos de Mina rodaron de placer.
Atrapada entre Mark y la pared escarlata, Mina se quejó, odiando y amando su 
toque, todo a la vez. Su tamaño y potencia la abrumaba. El olor de su piel y aliento 
llenaron su nariz y boca, embriagándola. El adolorido, pesado punto entre sus 
piernas creció en calor y humedad. 
Él capturó sus muñecas y las presionó a ambos lados de su cabeza, en contra de 
la laca. Deliciosamente sus manos se movieron tanteando, bajo sus brazos, sobre 
sus pechos con reconocimiento, en un masaje circular a través de la seda negra y 
del corsé. Su piel siseó contra la seda. Los sonidos de sus rápidas y mutuas 
respiraciones se mezclaron en una secreta y elemental canción. Los dedos largos se 
deslizaron entre los tres primeros botones de su blusa a través de sus agujeros, y su 
mano se deslizó hábilmente dentro apretando su hinchado y dolorido pecho. 
—Creo…—gruñó ella. 
— ¿Crees que?—murmuró él contra su cuello. 
—Creo que te odio. 
Ella había querido decir las palabras también. Y por supuesto, al mismo tiempo 
no lo hacía. 
Una vez más, por las muñecas, él la obligó en torno con la presión de su 
cuerpo, de su pecho y de su rodilla entre sus muslos, fijándola a la pared. 
—Puedo vivir con eso—sus rasgos eran tensos, con halos de color púrpura 
llenando su visiones. El resto era una sensación: el aire frío contra sus tobillos con 
medias; su respiración, cálida y fuerte contra su expuesta parte superior del pecho. 
El gancho de su cadera contra la de ella, presentándole con valentía su excitación 
contra su muslo. Ella se arqueó, igualando su cuerpo contra el suyo, dolorido… 
deseoso. 
Su mano le tomó la cara.
—No llores, no llores, mi amor—Rozando con su pulgar las lágrimas que no se 
había dado que ella había derramado. —Déjame amarte. Voy hacer las cosas bien. 
Él se inclinó, arrastrando su labio inferior contra el suyo en una tormentosa 
invitación a su boca abierta. Ella avanzó, aceptándolo. Sus dedos marcaron su 
cabello, quitándole el sombrero. 
Ella no sintió el ascensor. Sólo oyó el deslizamiento de la puerta. Y luego… sus 
brazos estuvieron alrededor de ella, alzándola del suelo, contra la rígida pared de su 
pecho. 
El mundo giró en visiones fragmentadas de un techo de paneles… De un largo 
pasillo de puertas…. con poca luz eléctrica. Él la llevó como un botín de guerra 
medieval, y oh, ella se lo había permitido, incluso le había gustado. Ella debería 
estar avergonzada al haber cedido tan fácilmente. Pero estaban solos aquí, y no 
había nadie para verlo, nadie para castigarla por lo mala que se había vuelto en los 
brazos de un inmortal que no era su marido, no realmente, a pesar de los votos, del 
clero y de los papeles. 
Él abrió la puerta, ingresando a una gran habitación con olor a limpio. 
Decorada en azul, crema y rococó. Él la dejó sobre sus pies, y ella anduvo unos 
pasos con piernas temblorosas, que apenas la podían sostener. La luz de la tarde se 
filtraba a través de la elegante persiana roja y blanca. Él puso sus brazos alrededor 
de su cintura, y hábilmente le desabrochó los tres últimos botones de su blusa, 
empujándola más lejos dentro de la sala de estar. Tirando de sus puños, él deslizó 
la chaqueta por sus mangas y dejó caer la prenda al suelo. El aire frio besó sus 
hombros, pero su espalda le quemaba con la presión de la pechera de la camisa de 
él. Una vez más, él encontró con su boca ese lugar en su cuello, y ella se convirtió 
en cera derretida. Se sentía ardiendo, deliciosamente mutilada. Un tirón en la parte 
trasera de su cintura, y su falda cedió. 
Él de repente se apartó. Ella oyó el roce de la tela contra su piel. Vislumbró su 
espalda. Él se arrancó la corbata de su garganta. Su expresión era dura y sus
mejillas estaban llenas por la pasión. Los ojos que se clavaron en ella, prometían 
mucho más de las intimidades que habían compartido en el ascensor. 
Perdida. Estas perdida Mina. Una esclava miserable, a menos que lo detengas ahora. 
—Espera…—Susurró ella, levantando una mano y tambaleándose hacia atrás. 
—No. 
Él la acechó, dejando su abrigo en el suelo. Una hábil manipulación de los 
botones de la parte delantera de su camisa reveló su firme, vital piel entre su ropa 
abierta. Ella apretó su puño en su cadera, dentro de la falda, suspendiendo a la 
prenda en ese lugar. 
—Quiero hablar algo más primero. ¿Podemos hacerlo por favor Mark? 
—Hablar siempre complica las cosas—él inclino su cabeza. El borde de sus 
labios se levantó. —Nunca hablaremos de nuevo. Empezando ahora. 
Ella se rió, un trino agudo que no era como ella en absoluto. Mark era tan 
gracioso cuando quería serlo. Divertido, aterrador y hermoso. 
Su mente le gritó que sólo tenía un arma a su disposición, una distracción digna 
de alejarlo de su camino de seducción, una que ella sola era incapaz de detener. 
— ¿Tú... verdaderamente me deseas?— Ella jadeó entre sus resecos y tiernos 
labios. 
Soltando el agarre de su falda, ella empujó la cintura hacia abajo alrededor de 
sus rodillas y salió del medio del charco de seda. De pie en su corsé, camisa y 
enaguas, retrocedió hacia el centro de la habitación. 
—Oh sí—Él la siguió. Su sonrisa se ensanchó, lujuriosa y atractiva a la vez— 
Yo verdaderamente… realmente te deseo. 
Ella sonrió.
—Creo que tengo algo que podrías desear más. 
La parte de atrás de sus piernas chocaron contra algo. Fuera de balance, ella se 
giró para dar un paso, pero cayó sobre su estómago a lo largo de un diván 
rectangular. Así como una pequeña cama. 
Que conveniente. 
Ella se arrastró, gateando sobre sus manos y rodillas. Una mano grande se cerró 
en su tobillo arrastrándola de vuelta. 
—Oh—su estómago y pecho se aplastaron contra el brocado a rayas. 
Un ruido sordo. El de rodillas detrás de él. Sus manos se deslizaron por sus 
piernas, por encima de sus pantorrillas y por la parte trasera de sus muslos cubiertos 
de lino. Él le apretó las nalgas con ambas manos. 
—No hay nada…. nada que deseé más. 
Mina se giró de espaldas y luego se apoyó en ambos codos. 
—Mira bajo mi enagua—jadeó. 
—Oh, sí, cariño—. Él rió malvadamente, deslizando sus manos por debajo, 
hasta sus medias. —Quiero mirar bajo tu enagua. 
—No, Mark—Ella susurró, desesperada por hacerle entender, antes de rogarle 
que no se detuviera de todas las cosas maravillosas que estaba haciendo con sus 
manos. Ella se puso rígida, mientras la yema de sus dedos cuadrados rozaban las 
bandas de sus medias, y más arriba, a través de la desnuda carne del interior de su 
muslo. Su espalda se arqueó en el cojín. —Quiero decir que mires. Mira bajo mi 
enagua.
Sus ojos se encontraron con los de ella. Él agarró el borde del encaje de la parte 
inferior de su enagua. Como la mayoría de las damas, ella llevaba dos. La cabeza 
de él desapareció bajo la ropa acolchada de color crudo. 
—De la de abajo—le indicó ella sin aliento. — ¿Ves? 
—Sí. 
Por un largo momento él no se movió. 
Ella sintió un tirón, y sintió la resistencia de sus bragas bajos sus piernas. 
— ¿Qué estás haciendo?—murmuro alarmada. 
Manos se apoderaron de la parte superior de sus muslos. Dos pulgares se 
arrastraron pesadamente a lo largo de su húmeda costura del centro. Su cuerpo 
explotó de placer. 
—Creo que es obvio—Su respuesta fue amortiguada. La firme presión 
convenció a sus muslos de separarse, y el bulto que era su cabeza bajo la enagua, 
emergió desde debajo. 
Sus manos retorcieron la ropa a ambos lados de su cabeza. 
—Pero, pero es Akkadian, Mark—Su cabeza cayó hacia atrás con el primer 
golpe audaz de su lengua, un erótico y cómico momento a la vez. Ella rió 
tristemente. —Yo… yo… lo copié… uno de los…— él fue más profundo. Ella se 
retorció. —Oh, Dios mío. Copié uno de los rollos en mi enagua. ¿No lo ves? 
—Gracias—murmuró él, con su respiración clavada contra su carne más 
sensible. —Gracias, cariño, pero ya es demasiado tarde. No puedo detenerme. En 
este momento te deseo más a ti. 
Mark sintió su rendición en la repentina flexibilidad de sus muslos. Ellos ya no 
agarraban su cabeza como un tornillo. No importaba qué hubiera querido decir, por
supuesto. Porque en ese momento se dio cuenta de algo más grande que el placer 
sensual. Él la necesitaba. Necesitaba estar cerca de ella, perderse en su brillantez, 
sólo por la noche, y nadie más serviría. 
— ¿No deberíamos ir a la habitación?—susurró ella, sin aliento. —Es tan 
brillante aquí. Las persianas están abiertas. 
Él pasó su camisa sobre su cabeza, con su deseo chocando con una 
aglomeración de encaje, de corsé quitado y con la suave piel contra su pecho 
desnudo. 
—No, esto es perfecto. 
Además, no podía arriesgarse a perder su lugar en ella entre aquí y allá. Una 
sensual urgencia que no había sentido en siglos -desde que era un hombre mortal- le 
ordenó que se apurara. 
Él empujó sus enaguas hacia arriba, y las enganchó encima de sus, oh tan 
elegantes, muslos y nalgas. 
Había tenido la intención de ser más suave, más romántico, pero no podía 
esperar. Su sexo se alargó. Él gimió ante la exquisita oleada de sangre. La caliente 
punta hinchada subió por encima de la cintura de su pantalón. Él se desabrocho los 
pantalones con una mano y exclamó con alivio cuando la carne hinchada cayó 
pesada contra su muslo. 
Sus ojos se abrieron, y su lengua salió como flecha para mojar su labio inferior. 
—Si Mark…. antes de que cambie de opinión. 
El frotó su pulgar a lo largo de su rosado, brillante centro, extendiéndola. 
Agarrándose el mismo, se deslizó un par de veces por ella, arriba y abajo, sin 
entrar, pero luego se metió completamente en ella. Ah, Dios, qué sensación…. 
húmeda, cálida, cerrándose a su alrededor. Como un erótico primer beso.
—Ahora…—Ella lo urgió en voz baja, levantando sus caderas. Le acarició el 
pecho y enterró sus uñas a lo largo de sus músculos bien dibujados de su bajo 
vientre. —Vente dentro mí. 
Su voz era como de terciopelo. Su hermoso rostro y desordenado cabello 
estaban contra el telón de fondo azul a rayas. Sus ojos estaban en blanco. Sus 
caderas se sacudieron. Él se empujó entre sus muslos, pero su estrecha rendija le 
permitió la entrada solo hasta la mitad del camino. Oh, Dios, deliciosa tortura, pero 
el diván. El bendito y hermoso diván… ¿Por qué molestarse con una cama otra 
vez? El afelpado cuadrado proveía el perfecto escenario para apoyarse en él. Con 
los dedos de los pies en ángulo contrario a la alfombra, maldijo, susurró y alabó. La 
gravedad tiró, empuje tras empuje, centímetro a centímetro, él se hundió dentro de 
ella completamente. Cuando ella se arqueó, la agarró debajo de su arrugada 
enagua. Sus manos se extendieron sobre sus nalgas desnudas apoderándose de 
ellas. 
Presionó su mejilla contra su pecho encorsetado, él se metió una y otra vez, 
mientras ella apretaba sus brazos alrededor de su cuello. Sus muslos se apretaron a 
su cintura. Ella deslizó sus fríos y delgados pies contra sus nalgas. 
—Hay alguien… en la puerta—susurró ella. 
Oh, si alguien estaba golpeando. Muy lejos. 
—Dejemos… que… espere. 
Él se preparó para hacer palanca y perforar dentro de ella, con cada embestida 
frenética llevándola a un borde brillante. Estrechas paredes se estremecieron contra 
su pene. Ella gimió, agarró sus brazos…. gritó. Ciertamente, quien fuera que 
estuviera al otro lado de la puerta la habría escuchado, pero a Mark no le importó. 
No podía detenerse. El diván se corrió algunos centímetros por la alfombra de pelo 
largo, forzándolo a reajustarse.
El cambio de ángulo creó una diferente y firme fricción. Detrás de su ojo un 
prisma de colores explotó en mil puntos. 
—Oh. S-s-sí. Mina perfecto. 
Su pene se sacudió, pulsando. Latiendo en su interior. 
Con un gemido, lentamente él se sentó entre sus piernas. No había espacio 
suficiente para ellos en el diván. Él se dio vuelta, cayendo primero al suelo. La 
arrastró encima de él. El movimiento lanzó su pelo oscuro y sedoso sobre sus 
hombros. Él tanteó con sus manos enmarcando su rostro y la atrajo hacia abajo 
para un beso. Él levantó la cabeza, gimiendo de placer saciado, y llenó su boca con 
su lengua. 
Regresando del colapso, él miró el techo. 
—Dios, fue incluso mejor de lo que imaginé. 
Extendida sobre él, ella habló con voz entrecortada. 
—Yo… creo... que no… podré… caminar… hasta la próxima semana. 
El sexo había sido delirante, había alterado su mente. 
Pero él no había sido su primer amante. Él no tenía derecho a la punzada de 
pesar, muy profunda dentro de su pecho. ¿Quién? No quería preguntar. Tal vez, 
con el tiempo, ella se lo diría. 
Estuvieron tendidos un largo rato, besándose y hablando cosas sin sentido. 
Pretendiendo que el mundo era normal. Ella se sentía perfecta a su lado, bajo su 
brazo, con su cabeza apoyada en su pecho. Si le daban a elegir, podría estar con ella 
sobre la alfombra, junto al diván, por el resto de sus días. Sonrió. 
Ciertamente el pensamiento surgía en el post resplandor del sexo, pero…. deseó 
que las cosas fueran diferentes.
Tic-tac, tic-tac. El reloj seguía corriendo. Él se dio la vuelta debajo de ella y se 
inclinó para besarle el hombro. Se puso de pie, tiró de sus pantalones encima de sus 
caderas, y le dio la mano para ayudarla a levantarse. 
—Echemos una mirada a esa enagua ahora. 
Sus manos fueron a su corbata de satín en la parte de abajo de su espalda. Mina 
se inclinó y tiró de la prenda hacia abajo y afuera. 
—Se suponía que no me tendrías a mí y a la enagua. 
—Gracias de todos modos—Le besó la nariz. 
A pesar de la intimidad que recién habían compartido, él vio cautela en sus 
ojos. Ella aún no confiaba en él completamente. Sin embargo, le entregó su prenda 
y fue alrededor de la habitación a recoger la suya. Dobló la enagua encima de una 
silla, y fue a la puerta, donde miró por el pasillo. El portero había dejado sus baúles 
en una fila contra la pared. Él sonrió. El sombrero de Mina estaba encima. Por 
primera vez le pareció cómico que su baúl fuera más grande que el de ella, como si 
fuera un pavo real que necesitara más ropa. Más cosas. Quería comprarle más 
cosas a ella. Cosas de seda. Cosas brillantes. Cosas caras. Suficientes para que 
cuando viajaran, ella necesitara diez baúles. Todos grandes como el suyo. Él sabía 
que la ropa y las joyas no eran importantes para ella, y suponía que era 
exactamente por eso que deseaba mimarla con ellos. 
Lo haría también, una vez que se hubiera salvado a sí mismo y al mundo. Él 
sería una leyenda entonces. Ella podría ser una con él. 
Mark levantó el baúl de ella primero y llevó el suyo después dentro. Una vez 
ella encontró su bata, se le unió en el sofá. Fue entonces cuando él le contó todo, 
todo de como la había perseguido a ella y a su padre en la India, pero que se había 
despertado tres meses después en Londres. También le habló sobre Elizabeth 
Jackson, y su presentación con la Novia Oscura.
—No quiero atemorizarte—concluyó él. 
—No—murmuró ella, pálida y con ojos grandes. —Quiero saberlo todo. Me 
alegro que me lo digas. 
Él esparció la enagua sobre el mismo diván donde acababan de hacer el amor. 
Entrecerró los ojos. 
—Tiene un poco de barro. 
—Me he puesto esa cosa por tres meses, recuerda. 
— ¿Este es sólo uno de los rollos? 
—El primero de los dos que mi padre tuvo en su poder—Confirmó ella. — 
Marcó uno de ellos con una etiqueta. No tuve tiempo de copiar el segundo. ¿Eres 
consciente de que el tercer rollo se encuentra en el Museo Británico? 
Él asintió. 
—He traducido ese. 
Sus ojos fueron cálidos con admiración. El pecho de Mark se hinchó. Dios, 
amaba a una mujer que encontraba atractiva la traducción de antiguos manuscritos. 
—Mi padre tenía la esperanza de hacer lo mismo. Me dijo que el papiro estaba 
terriblemente deteriorado. 
—Que era un maldito desastre. 
Mina miró hacia abajo a sus pies con zapatillas. 
—Él estaba tan excitado por conseguir la posición de las antiguas lenguas en el 
museo y descubrir el final del rollo que completaba el conjunto de los tres. Incluso 
consideró la donación del suyo a su colección. Eran extremadamente raros. Raros 
incluso para un rollo de museo.
—Porque las tablas del cual fueron copiados no existen más. 
—Sí—su sonrisa se desvaneció. —Pero las cosas cambiaron después que el 
museo acusó a mi padre de robar la tabla cuneiforme original de la cual se 
transcribe el primer rollo. 
— ¿Él tomó la tabla? 
—Tengo que admitir, que en este momento no estoy segura. Cuando se fue 
para un nuevo empleo en Londres, me quedé en nuestra casa en Manchester con la 
idea de reunirme con él a mitad del año. Pero poco después de empezar en su 
nueva posición, empezó a comportarse extraño. En secreto. Y de pronto, con un 
críptico telegrama para mí, partió a Bengala. Cuando la acusación salió del museo, 
viajé todo el camino para confrontarlo sobre todo. 
— ¿Sola? 
Ella se encogió de hombros. 
—El capitán del barco era amigo de mi padre, y yo lo conocía de sus viajes 
anteriores, y me sentía bien viajando sola. Conociendo la ciudad, encontré a mi 
padre con bastante facilidad. Todavía estaba allí en Kolkata, aprovisionándose para 
una expedición. 
— ¿Qué te dijo? 
—Me aseguró que no había robado nada del museo. En cambio, me habló de 
una sociedad secreta de hombres quienes, como él, buscaban los secretos de la 
inmortalidad. Pero a diferencia de mi padre, no sólo deseaban descubrir la 
existencia de la inmortalidad, querían llegar a ser inmortales. Él temía que 
quisieran los pergaminos para sus nefastos propósitos. Eso todo lo que puedo 
decirte. Me dijo que era mejor que no supiera todo. 
— ¿Podías identificar a esos hombres?
Ella negó. 
—Él no sabía quiénes eran. Sólo me dijo que lo habían seguido a Londres, y 
que habían irrumpido en su habitación en la pensión buscando los manuscritos. Me 
siento muy mal ahora, porque dudé de él entonces—Se mordió el labio inferior. — 
En ese momento, temí que se estuviera volviendo loco. Él insistió que me fuera. 
Que volviera a Inglaterra, pero me negué. 
— ¿Por qué fuiste en primer lugar a Bengala, y que pasó allí? Cuando volviste a 
Londres, traías una pistola en tu cartera. 
Una ligera sonrisa curvó sus labios. 
— ¿Cómo sabes eso? 
— ¿Qué te asustó?—Mark preguntó suavemente. —Y ¿Por qué decidiste fingir 
su muerte? 
Los ojos de Mina se nublaron. 
—Sólo salimos de Bengala. Nuestra expedición viajó al Tíbet, a un templo 
cerca de Yang poong, a los pies de los Himalayas. Mi padre solicitó una audiencia 
con los monjes residentes. 
Mark interrumpió. 
— ¿Qué tenían que ver los monjes con todo esto?— El origen de los rollos eran 
de la antigua biblioteca de Alejandría. Eran copias de tablas Akkadian. Esos son 
artefactos de Egipto y Persia. Estaban en un sitio completamente diferente del 
mapa. 
—Me pregunté lo mismo—Mina apoyó las manos sobre las rodillas. —Fui con 
mi padre al templo, y él les mostró los rollos. 
— ¿Qué pasó entonces?
—Bien…—Ella se deslizó de su asiento, claramente emocionada con el 
recuerdo. —Primero que todo, empezaron a tocar inmediatamente el gong. Una y 
otra vez. Y luego le dieron a él las barras de desplazamiento. 
—Espera un minuto—Mark entrecerró los ojos— ¿Barras de emplazamiento? 
—Sí. Mi padre tenía dos papiros. Dos rollos, pero no barras. Le dieron cuatro 
barras de marfil, dos para cada rollo—Ella dobló las rodillas sobre el sofá y las 
rodeó con sus brazos. —Y ahí, Mark, fue cuando los problemas empezaron. 
Nuestra primera noche de vuelta en el campamento, una espesa niebla se asentó 
sobre la ladera de la montaña. La niebla es común en el Tíbet, por supuesto, pero 
esta niebla susurraba. Los bengalíes que habíamos contratado para transportar 
nuestras pertenencias en la montaña se pusieron frenéticos. 
—No tienes que convencerme—le aseguró Mark. —He vistos cosas extrañas. 
Te creo. 
Mina tocó con sus dedos sus labios. 
—A la mañana siguiente, encontramos el cuerpo de uno de nuestros bengalíes 
en el fondo de un barranco. Nuestro guía inglés, el teniente Maskelyne, dijo que 
debió haber vagado en la oscuridad, pero por lo que me dijo mi padre, el cuerpo del 
hombre había quedado destrozado malamente. Demasiado destrozado por las 
heridas que habría tenido por una simple caída. La noche siguiente, nuestro guía 
nativo desapareció. Si nos abandonó por miedo o por un destino peor, dudo que 
alguna vez lo sepamos. La noche siguiente perdimos más hombres. 
— ¿Y por eso tu padre te dejó? 
Ella asintió. 
—Me dijo que nos habían encontrado. Que no arriesgaría mi vida aún más, y 
por eso tuvimos que separarnos. Me dijo que regresara a Inglaterra y que les dijera 
a todos que había muerto en la montaña. Me dijo que… que nunca lo vería de
nuevo—Las lágrimas se amontonaron en sus pestañas. —Aparentemente ya había 
considerado la idea de desaparecer bajo el disfraz de una mentira, porque me dio el 
nombre de un hombre en Kolkata quien me proporcionaría todo los documentos 
falsos que necesitaría. 
— ¿Qué pasó después?—Mark la empujó suavemente. 
—Me negué. Estaba molesta. Me fui afuera de la tienda. No fui lejos, para nada 
lejos. Pero una nube se movió contra la montaña—Mina se estremeció. Mark le 
tomó la mano y se la apretó. —Traté de seguir mis pasos de vuelta al campamento, 
pero no pude ver nada por la niebla. Tuve miedo de caerme dentro de una grieta y 
terminar como esos hombres. Así que me senté y esperé. Esperé por horas, casi 
hasta la mañana. Al fin la niebla se levantó lo suficiente para ver. Yo estaba justo al 
lado de las tiendas. Tan cerca que podía haberme arrastrado un par de metros y 
tocarlas. Pero él se había ido. Él y el teniente Maskelyne se habían ido. 
Ahora Mark entendía la mezcla de emociones que Mina demostraba hacia su 
padre, el amor, enredado con la ira. 
Ella continuó. 
—Y así hice mi camino de vuelta a Kolkata. Sola. Esperé unas pocas semanas 
hasta que el dinero casi se me había acabado. Y luego, una vez que me di cuenta 
que no volvería, hice lo que me dijo que hiciera. 
—Fuiste muy valiente—Mark deslizó su mano sobre su hombro, en la parte 
trasera de su cuello. La atrajo más cerca y apoyó su frente contra la de ella— No 
tenías otra opción. 
—No lo sé—Ella le apretó la pierna. —Le mentí a la gente. A la gente que no 
fue sino amable y me aceptó. A Trafford, a Lucinda. Todavía no puedo creer que 
ella estaría viva hoy si yo no hubiera venido aquí. 
—No sabemos eso—Él le besó la oreja.
Ella se apartó, parpadeó y se secó los ojos. 
—Encuéntralo por mí ¿Lo harás? Cuando aclares todo esto. 
—Lo haré—le aseguro él. 
—Ahora mira mi enagua y dime que escribí. 
—Ya la he traducido. 
Los ojos de Mina se agrandaron. 
— ¿Qué quieres decir con que ya la tradujiste? ¿Mientras estábamos sentados 
aquí conversando? 
Él se encogió de hombros. 
—Soy bueno. También ayudó que tu enagua se encontrara en una condición 
mucho mejor que el primer maldito rollo. 
— ¿Qué dice? 
—Que tengo que poner mis manos en un Ojo.
Capítulo 14 
Mina agarró su brazo. 
—Mi padre me habló de un Ojo. Había visto el carácter en los rollos, pero no 
entendió el contexto. 
Mark inclinó la cabeza hacia la enagua. 
—Los rollos hablan en términos de profecías. De cosas que ocurrirán en los 
próximos siglos. Estoy casi seguro de que el Ojo al que se refiere el rollo es un gran 
espejo que con el tiempo se convirtió en el Ojo de Pharos. 
—Pharos… ¿cómo el faro de Alejandría? ¿Una de las siete maravillas del 
mundo antiguo? 
—Ese mismo—afirmó él—Cuenta la leyenda que un Ojo, un espejo grande, 
podría ser utilizado como una lente especial, no sólo para quemar los barcos de 
guerra que se acercaban, sino para destruir el avance de los ejércitos. 
Sus ojos se abrieron. 
— ¿Es cierto eso? ¿Sostenía ese espejo tal poder? 
Mark se frotó la barbilla. 
—No puedo decirlo con seguridad. Nunca he visto realmente el Ojo. A todas 
luces, el espejo fue robado del faro, quizás tan pronto como en el siglo 1 D.C., y 
según se afirma fue arrojado al océano. Por quién, o por qué, nunca se ha dicho. 
Tal vez, si sus poderes eran reales, se hizo para mantenerlo fuera de aquellas manos 
que deseaban usarlo para malos fines.
—Tal como los hombres que nos seguían. Pero, ¿por qué desearía mi padre 
descubrir el espejo? No tenía ningún deseo de hacer daño. Es un hombre 
excéntrico, pero suave. 
—Tal vez estuviera tratando de detenerlos. Para impedir que llegara a manos de 
estos hombres. 
Las lágrimas llenaron sus ojos. 
—Mi padre… ¿un héroe? Debería habérmelo dicho. Pero entonces… Creo que 
sabía que no le creería—Parpadeó rápidamente y tragó. — ¿Y a ti? ¿Puede ayudarte 
el Ojo? 
Mark contestó simplemente. 
—Sí—Había condiciones, por supuesto. Tendría que tratar con ellas cuando 
llegara el momento. 
—Tenemos que encontrarlo—dijo ella. 
—Si tu padre no lo ha encontrado ya. Tiene el otro rollo con todas las 
instrucciones sobre dónde buscar. 
—Pero yo pensaba… 
Mark manoseó el cordón del dobladillo de su enagua. 
—Este es el tercer rollo, el que cuenta cómo usar el Ojo. No donde encontrarlo. 
Ella se mordió el labio inferior. 
— ¿Recuerdas cuándo te dije que mi padre confunde las cosas a veces? 
—Está bien. Eso será maravilloso saberlo cuando llegue el momento—Mark se 
puso de pie, pasando sus dedos a través de la parte superior de su cabeza. Fue a la 
ventana y miró fijamente.
—Lo siento—Ella se acercó y le tocó la espalda desnuda—Sé que estás 
frustrado. 
—Un poco. 
—Mark… 
— ¿Sí? 
— ¿Quién eres? 
Él se apartó de la ventana. 
—Soy yo—Se inclinó. La besó en los labios. Acarició su cintura. 
—Quiero decir, ¿Quiénes son ustedes? Eres un inmortal—Ella cerró los ojos— 
Todavía tengo problemas creyéndolo. ¿De dónde viniste? ¿Cuánto tiempo llevas 
existiendo en la tierra? 
—Te lo diré más tarde. Hemos tenido bastante conversación por el momento. 
Con su pulgar, él enganchó el borde de su bata, y apartó la delgada tela. 
Presionó un beso en su cuello y deslizó su boca más abajo, lamiéndola, probando la 
piel caliente de su hombro desnudo. Mina suspiró y levantó su mano a la parte 
trasera de su cabeza. Con un empuje suave, la copa de su corsé dejó caer su pecho 
en su palma abierta. Él le chupó el pezón, lo suficiente para provocarle un grito 
ahogado. Retorciéndose, él admiró el anillo rosado que había dejado alrededor de 
su areola, y acarició la carne húmeda con el pulgar. 
— ¿Qué dices si probamos la cama? 
La siguiente mañana, ya tarde, Mina se despertó con el sonido de voces 
masculinas y una puerta cerrándose. Yacía desnuda encima de las sábanas que 
estaban esparcidas en todas las direcciones, en sus esquinas y bordes, ya no metidas
bajo el colchón, como resultado de una larga noche de amor. Habían hecho cosas… 
cosas salvajes… cosas perversas. Cada parte de su cuerpo le dolía, como si hubiera 
librado una gran batalla. Suponía que lo había hecho. Habían luchado, se habían 
enroscado y derribado el uno al otro hasta la mañana. 
Ponte encima. 
No, tú. 
Sobre tus manos y rodillas. Sí. Así. ¡Oh, qué bonito! 
Sonrió, alejando el dolor de la melancolía triste dentro de su pecho, el que le 
decía que no había cambiado nada entre ellos. No realmente. Su corazón 
permanecía encerrado, sano y salvo… pero sacudiéndose en su jaula, descontento y 
quejándose. ¿Cuándo permitiría que el enredo en su pecho se desenmarañara y 
simplemente se enamorara? 
Todavía no. Ahora no. No de él. 
Sonidos reconfortantes vinieron de la sala de estar. El vertido de líquidos, y el 
choque de una taza de té contra un platillo. Ella se apartó de las mantas y se puso la 
bata. Sin molestarse en mirarse al espejo o cepillarse el pelo, se aventuró a salir. 
Mark estaba de pie cerca de la ventana con vista al Támesis. A lo lejos, y visible 
sobre su hombro desnudo, se levantaba el obelisco egipcio, la Aguja de Cleopatra. 
Llevaba sólo un par de pantalones sueltos a rayas. Su piel dorada se doblaba sobre 
los músculos tensos de sus hombros y brazos, y se afilaba hacia sus esculpidas 
caderas. Se le secó la boca. Sabía perfectamente cómo se sentía esa piel, caliente y 
suave. 
—Buenos días—Él se volvió para darle la bienvenida. Perecía un león grande, 
desastrado, con una taza de té diminuta. Tenía una expresión pensativa, pero sus 
ojos… su mirada se calentó cuando la vio. —Hice subir de la cocina el desayuno. 
Hay té para ti, si te gusta.
Una pequeña chispa de timidez se disparó por su espalda y piernas. Las cosas 
habían sido tan fáciles entre ellos en la oscuridad. Pero aquí… ahora… ella no 
podía negar un sentimiento de incomodidad. 
—Gracias—dijo avanzando hacia un carro de bronce, situado entre un banco 
sólido de flores. Se sirvió una taza llena de té. — ¿De dónde vinieron todas estas 
flores? 
—Hay un montón de cartas y telegramas, también en el escritorio—Mark se 
levantó para estar de pie a su lado. Dejó su taza vacía en la bandeja. —El portero 
dijo que las trajeron de la casa Trafford. No he mirado las notas, pero estoy 
completamente seguro de que el arreglo ridículamente enorme de la esquina es de 
mi banquero. 
—Por lo menos no hay ninguna rosa roja y blanca a rayas. 
—Admito que pensé lo mismo. 
Ella sacó la tarjeta del arreglo más cercano. 
—Interesante. 
— ¿Qué dice? 
Sus cejas se levantaron. 
—Solo una palabra. Idiota. Y está subrayada unas veinte veces. 
Él sonrió. 
—Ese será de mi gemela. 
—Tu gemela. ¿Cómo se llama? 
—Su nombre es Selene.
—Parece encantadora—Mina se rió entre dientes, devolviendo la tarjeta a su 
lugar— ¿Cuándo podré conocerla? 
—Estoy seguro que hará acto de presencia más pronto de lo que deseo. 
— ¿Saldremos hoy? 
—Aunque me gustaría largarme lejos de aquí y hacer el amor contigo durante 
un tiempo… tenemos que ponernos en contacto con tu padre, y averiguar si tiene 
en su posesión al Ojo. 
Su frente se arrugó. 
— ¿Has oído la voz de la Novia Oscura de nuevo? 
—No, y es un alivio, sin duda. Pero la Transición no sólo desaparece. Incluso si 
Lucinda fuera la Novia Oscura, es sólo cuestión de tiempo antes de que algo tome 
su lugar. Sólo tengo hasta la siguiente onda de energía moviéndose por Londres 
para intentar hacer algún tipo de progreso. No puedo predecir en qué clase de 
condición estaré después. 
Ella asintió. 
—Empecemos en la oficina de telégrafos. Conozco un puñado de los 
colaboradores más cercanos de mi padre. Contactos que deberá utilizar con el fin 
de moverse alrededor, de país en país. Geográficamente, están ahora bastante 
apartados de Londres y de su sociedad, dudo que hayan oído la noticia de su 
supuesta muerte. 
—Bien—Él se inclinó para darle un beso en el hombro—Tengo una pregunta 
para ti. 
— ¿Sí? 
Los labios de Mark se curvaron. Parecía ligeramente avergonzado.
— ¿Quién era ese hombre que estaba fuera de la casa Trafford? 
— ¿Qué hombre?—Ella se alejó de él y fingió mirar la selección de mermeladas. 
—El de las escaleras, cuando nos marchábamos—Él tiró de un mechón de pelo 
del centro de la parte trasera de su cabeza. —Alto. Pelo oscuro. 
Él tiró, jugando, con una tensión estable, hasta que ella inclinó la cabeza hacia 
atrás. Él le dio un beso en la nariz. 
Ella sonrió con tristeza. 
—No podré ocultarte nada, ¿verdad? 
—No. Así que no te molestes. 
Ella apretó los labios. 
—Es el teniente Philander Maskelyne. Lo mencioné anoche. ¿Recuerdas? Antes 
de que me dijeras que estabas cansado de hablar. 
—Es el guía inglés que tu padre contrató para la expedición tibetana. 
Ella bebió un sorbo de su taza y tragó, lamiendo su labio inferior. 
—Es un aventurero. Un montañista conocido. Y sí. La última vez que le vi—Él 
le ofreció una sonrisa esperanzada—estaba con mi padre. 
Mark parpadeó. 
—Así que hay una posibilidad de que el teniente sepa dónde está el profesor. 
Ella asintió. 
—O se separaron, o mi padre está aquí en Londres, también.
—Muy bien, entonces—Las fosas nasales de Mark llamearon. — ¿Dónde 
podemos encontrar al Teniente Maskelyne? 
Ella dejó su taza en la bandeja. 
—Ese es el problema—susurró, agarrando sus brazos. —No tengo ni idea. 
Estoy tan asustada de arruinar las cosas. Después, su aparición en las escaleras me 
tomó por sorpresa. No quería que supieras sobre él. Las cosas eran diferentes entre 
nosotros ayer por la mañana. Quería encontrarlo yo misma y ver lo que podía 
decirme sobre mi padre. Así que sí, ahora está por ahí en alguna parte de esta gran 
ciudad, y yo no tengo ni idea de dónde. Lo siento, Mark. Sospecho que tratará de 
contactarme, pero no sé cuándo. 
Mark asintió. 
—Está bien. Lo encontraremos. 
—Pero, ¿qué clase de periodo de tiempo es sobre el que estamos trabajando? 
¿Cuánto tienes hasta que… bueno… hasta que te hagas…? 
— ¿Un demonio loco, empeñado en destruir a la humanidad? 
Ella frunció el ceño, sorprendida. 
—No lo digas así. 
Mark pellizcó y rompió el tallo grueso de una rosa rosada y la sacó del arreglo. 
—Basándome en la frecuencia de ondas anteriores del Krakatoa, diría que una 
semana hasta el siguiente. Tal vez dos, si tengo suerte. 
— ¿Y luego? 
—Entonces… no me verás más. 
— ¿A dónde irás?
Mark deslizó la rosa sobre su oreja. 
—A encontrar a mí asesino. 
Ella jadeó. 
— ¿A tu asesino? 
Él se encogió de hombros, como si su revelación no fuera nada. 
—Así son las cosas, Mina. Los Centinelas de las Sombras no me permitirá 
convertirme en una verdadera amenaza para ellos. Me destruirán primero. Y tendré 
que dejarlos. 
—Oh, Mark, no. 
Él miró las flores, y luego la cafetera. 
—Quiero que sepas… que estarás protegida. Si las cosas salen mal, siempre 
tendrás una ventaja en este corto matrimonio nuestro. Serás la viuda más rica de 
Inglaterra y serás capaz de tomar todas tus propias decisiones. 
—Me gusta tomar mis propias decisiones, pero no quiero ser la viuda más rica 
de Inglaterra. No quiero que mueras. 
—Todo esto forma parte del riesgo que tomé cuando crucé la Transición, Mina. 
Sabía que esto podía suceder. Pero quiero que sepas que no tengo la intención de 
que tal cosa llegue a ocurrir alguna vez. Tendrás que aguantarme durante un buen 
tiempo. Voy a ganar—Sus ojos brillaron con fervor. —A pesar de todo lo que pasó, 
nunca he estado más seguro. 
Mina frunció el ceño malhumorada, y volvió su atención a la pila de telegramas 
y tarjetas de visita. Se encontró que eran una mezcla de mensajes de enhorabuena 
por su boda, y notas de condolencia por la muerte de su tía. Y otra vez, una tarjeta 
del Señor Matthews. Ella se detuvo en la siguiente tarjeta de la pila.
Su corazón dio un salto dentro de su pecho. 
—Oh, Mark. Mira. 
— ¿Qué sucede? 
Ella lo levantó. 
—Es del Teniente Maskelyne. Debe haber venido al hotel y la dejó. En la parte 
de atrás ha dejado la dirección de una casa de huéspedes. 
Mark reclamó la tarjeta y examinó las palabras garabateadas. 
—Vístete, cariño. 
Una hora después, bajaron de un coche frente a una envejecida casa de tres 
pisos, distinguida del resto de otras estructuras de la estrecha calle por su pintura 
verde intensa. Mark le pagó al chofer para que los esperara en la acera. A medida 
que entraban en un pasillo oscuro, Mina miró el papel desconchado de las paredes. 
—El Teniente Maskelyne puede ser bastante snob. Este lugar no cumple en 
absoluto con sus estándares. Debe estarse escondiendo, o se ha quedado sin fondos. 
Mark exploró las puertas. 
— ¿Cuál era el número de la puerta? 
Ella echó un vistazo a la tarjeta. 
—C2. 
—Es esa—Él levantó la mano para llamar. Mina lo alcanzó para detenerlo. 
—Mark…
— ¿Qué pasa? 
Ella lo miró debajo del ala de su sombrero. 
—Bien… es sólo que podría enfadarse. 
— ¿Por qué? 
Sus labios se retorcieron. 
—Por un montón de cosas. 
—No me importa cuales, siempre y cuando nos diga dónde está tu padre— 
Golpeó con los nudillos la madera. Se apoyó en el marco de la puerta, pensándolo 
mejor, para permitir que el hombre viera primero una cara familiar. El pomo de 
latón giró. La puerta chirrió abriéndose. 
Una voz baja, masculina murmuró: 
—Willomina. 
Mark frunció el ceño por el tono íntimo. 
Mina miró detenidamente hacia dentro, sonrió alegremente. 
—Teniente Mask… 
Unas manos la agarraron por las muñecas y la arrastraron al interior. 
—Philander, espera… 
La puerta se balanceó para casi cerrarse. Mark paró el movimiento con la 
palma de su mano. Con un empujón rápido, se metió dentro, detrás de Mina. Allí 
se quedó de pie cara a cara con el hombre que había visto afuera de la casa de 
Trafford. Sólo que ahora, en vez de traje y sombrero, el tipo llevaba un pantalón de 
lino y una camiseta blanca. Los músculos magros eran como cables desde sus
hombros a sus brazos y cuello. Llevaba su pelo oscuro corto, estilo militar, un corte 
que hacía hincapié en la masculina angulosidad de su cráneo. Aunque el hombre 
era más alto que la mayoría, Mark le sacaba al menos cinco centímetros. Aun así, 
tenía que admitir… que Philander Maskelyne era inquietantemente guapo. 
Preocupante por la forma que miraba a Mina. 
La mirada de Mark se centró en sus manos, donde seguía tomando a su esposa. 
Quemada. Quemada. Quemada. 
El teniente separó sus manos lejos, luego contempló sus palmas. Parpadeó con 
incredulidad. 
Miró entre ellos, sus labios se curvaron en una mueca de desprecio. 
— ¿Así que es él? ¿Tu rico vizconde? 
La expresión de Mina se quedó en blanco. Obviamente, su saludo redactado sin 
rodeos la aturdió. 
—Te vi ayer en la calle afuera de la casa de mi tío. Estoy tan aliviada de verte a 
salvo aquí, en Inglaterra. 
— ¿Seguro?—Se rió sarcásticamente. —Gracias a tu padre, tengo un objetivo 
en mi cabeza. Es sólo cuestión de tiempo antes de que los fanáticos enloquecidos de 
la inmortalidad me encuentren. No esperes que lo cubra tampoco. Lo venderé en 
un segundo. El hijo de puta me robó novecientas libras. 
Había periódicos esparcidos en el escritorio. Doblados en un rectángulo 
ordenado encima de todo lo demás estaba un recorte de su boda y luna de miel. 
Había también dos pistolas, un rifle, pulidas hasta el brillo. 
—Siento que estés el peligro y que no te haya pagado—Respondió Mina, 
entrelazando sus manos—Pero dime… ¿mi padre está vivo?
—Lo bastante vivo para recogerlo todo y desaparecer en medio de la noche. 
— ¿Dónde le viste por última vez? 
—En Alejandría. 
— ¿Egipto?—Intervino Mark 
Maskelyne asintió bruscamente, con sus fosas nasales llameando. 
—Lo que sea que buscaba… bien, no estaba allí. Le exigí que me pagara en la 
siguiente etapa del viaje. A la mañana siguiente, se había ido. 
Mina le preguntó: 
— ¿Cuál era la siguiente etapa del viaje? 
—No lo sé. El hijo de puta no me lo dijo. 
— ¿Todavía tenía los manuscritos? 
—Maldita sea, los tenía. Si hubiera tenido mis manos sobre ellos, te juro que los 
hubiera tirado al Nilo. Eran una maldita maldición para nosotros. 
Mark le advirtió. 
—Cuida tu lengua delante de mi esposa. 
—Tu esposa—Él se rió entre dientes. Una sonrisa lasciva apareció en los labios 
del teniente. — ¿Quieres apostar a que conozco mejor a tu esposa que tú? 
Mark se lanzó, plantando el puño en la cara de él. Sintió el satisfactorio 
chasquido del hueso contra sus nudillos.
— ¿Te gusta la palabra ‘maldito’?—Gruñó Mark. — ¿Don Juan1 masculino? Ve 
a mirarte al espejo—Él levantó su puño otra vez. 
—Mark, no—La voz de Mina se abrió camino en la neblina densa de su furia. 
Estaba sobre él, una imagen borrosa de brazos, faldas y olor a flores de naranjo, y 
sus dos pequeñas manos le agarraban la muñeca. 
—Me rompiste la nariz—gritó el teniente. La sangre salía de su nariz, sobre sus 
labios. 
—Lo siento mucho—Exclamó Mina. —Por favor envía la cuenta del médico al 
Hotel Savoy—Mina tiró del brazo de Mark, y lo llevó al pasillo. —Hemos 
terminado aquí. Vámonos. 
Con una maldición gritada, Maskelyne cerró de golpe la puerta detrás de ellos. 
— ¿Por qué hiciste eso?—siseó ella. — ¿Fue la voz? ¿Te dijo la voz que lo 
hicieras? 
— ¿La voz?—refunfuñó él. —Tienes toda la razón, era una voz. Mi voz. Él fue 
el primero, ¿verdad? 
— ¿El primero, en qué? 
Sus mejillas se tensaron. 
—Sabes de lo que te hablo. 
Mina enrojeció y su boca cayó abierta, y luego la cerró. 
—Eso no es asunto tuyo—Mark se lanzó hacia la puerta de Maskelyne. 
1 La palabra original es Philanderer, que significa Tenorio, Don Juan, mujeriego, y es un juego de palabras con su nombre, 
Philander.
Mina se metió entre él y la madera. Él se quedó mirando su cara, con la 
mandíbula rígida y sus ojos reflejando la violenta emoción de su interior. 
Ella aferró sus hombros. 
—Lo siento, cariño. No me di cuenta de que eras virgen cuando nos casamos. 
Debería haber sido más suave contigo esa primera vez. 
Él sacudió la cabeza. 
— ¿Qué dijiste? 
— ¿Fui yo la primera?—ella exigió irónicamente. 
—Por supuesto que no. 
Ella golpeó su hombro. 
—Entonces no tienes necesidad de ir golpeando a nadie. 
—Él te sedujo. 
—No, no lo hizo—Su cara se arrugó con impaciencia. Ella salió hacia el 
vestíbulo. —Nos sedujimos uno al otro. Yo tenía curiosidad. Y para tu 
información, estaba totalmente dispuesta. Estúpida, pero complaciente. 
— ¿Lo amaste?—le dijo detrás de ella. 
—No seas ridículo. 
Persiguiéndola, agarró su brazo. 
— ¿Lo amas? 
Ella tiró de su mano y se frotó las sienes.
—Tú dímelo. Puedes hacerlo, ¿verdad? ¿Leer mis emociones? Mis 
pensamientos. Sí, sí, he notado los pinchazos alrededor, sobre todo ayer por la 
noche cuando estábamos… bien, ya sabes. De todos modos, tómalos. Soy un libro 
abierto. 
Él tomó su mano y la apretó en una bola. 
—Quiero que tú me lo digas. 
—No lo quise—Declaró ella. —Y para tu información tampoco lo amo. 
— ¿No?—Él levantó su mano hacia su frente. 
Ella se la golpeó alejándola y volvió a bajar por las escaleras, hacia la calle. Con 
un tirón de sus faldas, subió al coche. En la entrada, le habló al chofer. 
Mark subió detrás de ella, y se dejó caer a su lado. Su peso hundió el banco, y 
Mina rebotó en el aire. 
Ella soltó un bufido. 
—Estás celoso. Me gusta eso. 
—No estoy celoso—No estaba celoso. Él no se ponía celoso. 
Oh, Dios. Estaba celoso. Su cabeza bullía de odio al otro hombre, y todo 
porque el tipo había tenido… ah, sus pensamientos se enturbiaron con la imagen 
horrible de ellos dos juntos en alguna tienda oscura en una ladera, mientras su 
maldito padre roncaba, sin enterarse de la tienda de al lado. Como un niño con mal 
comportamiento, puso mala cara, y quiso agarrar los lados de su sombrero de copa 
y tirar de esa maldita cosa sobre su cabeza y asfixiarse a sí mismo por la envidia. 
Odiaba la debilidad. Odiaba todo el maldito conjunto de la idea de ella con alguien 
más. Dios, nunca había actuado tan estúpidamente antes. 
Mujeres. Bah. ¿Quién las necesitaba?
Él lo hacía. Maldita sea, la necesitaba. 
— ¿A dónde vamos?—Preguntó hoscamente. Su mano se deslizó a su muslo. 
Ella le golpeó otra vez. 
—Si mi padre se ha quedado sin dinero, podría haber vuelto muy bien a 
Londres. Y si lo ha hecho, pienso que se dónde podría ir a por más. 
— ¿A dónde? 
—Hay un hombre en el East End. Colecciona cosas. 
— ¿Cosas? ¿Qué clase de cosas? 
—Ya lo verás. Si todavía existe. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. 
Él se quedó sentado al lado de ella, rígido y silencioso. Su mano se apretó sobre 
el riel al otro lado del banco. La tensión irradiaba de ella. La había hecho enojarse. 
Por supuesto él lo estaba también. Se había enojado también. El coche traqueteaba 
en medio del tráfico, y una neblina densa de polvo y calor, se paró y se detuvo al 
menos mil veces antes de que por fin el vehículo se detuviera delante de un 
almacén. 
—Puedes esperar aquí si lo prefieres—dijo Mina. 
—No te dejaré fuera de mi vista. 
—Sólo mantén tus manos en los bolsillos, si vienes—Le instruyó, abriendo la 
puerta y bajándose sin esperar al conductor. —Ningún puñetazo a nadie. 
Él la siguió alrededor de la parte de atrás del almacén, a una escalera a la 
entrada en el segundo piso. Ella apretó un timbre negro. Esperaron en silencio, pero 
nadie contestó. Ella lo apretó de nuevo. Nada. 
—No oigo nada—dijo él. —Tal vez el timbre no funcione.
Mark golpeó la madera con el puño. Eso no atrajo a nadie tampoco. Rodeando 
el pomo con las dos manos, Mina le dio un fuerte empujón. Una mirada de 
sorpresa iluminó su rostro cuando la puerta se abrió. 
—Entremos. 
—Oh, estoy de acuerdo—Sus cejas subieron. —Me gusta ser invitado por 
extraños en los almacenes de East End, donde nadie abre la puerta. Lo único mejor 
son las casas abandonadas y las criptas, las cuales, de hecho, he visitado más 
durante las últimas semanas. 
Ella lo miró divertida, y Mark lo tomó como un signo muy bueno para que lo 
perdonara por golpear a Maskelyne. Ahora, si podía evitar golpear a alguien más, o 
perder el juicio por la Transición, podría haber una oportunidad más para hacer el 
amor de nuevo esa noche. 
—Oh, sí—suspiró Mina. —Este es todavía el almacén del Señor Thackeray. 
Los ojos de Mark se abrieron. Antiguas columnas dóricas se apoyaban en las 
equinas, y cinco de ellas eran de diferentes épocas y lugares del mundo. Podía 
decirlo por sus tamaños y texturas. Al parecer el Señor Thackeray también tenía 
interés por los animales exóticos. Cuando fueron al centro de la nave, Mark golpeó 
el pecho relleno de un oso polar. Movió el colmillo amarillento de un puma. Más 
animales se encaramaban en las estanterías de todo el almacén. Dos máquinas 
voladoras, con alas, motores y aletas, colgaban del techo. 
Mina señaló a las sombras, hacia un enorme carro, blanco y dorado. 
—Ese fue siempre mi favorito. Solía fingir ser una princesa mientras el Señor 
Thackeray y mi padre discutían cualquier negocio en el que anduvieran. 
Mina se inclinó, levantando la tapa de un sarcófago caído. 
Continuó.
— ¿Mark? ¿Vas a venir? 
—Sólo estoy esperando ver si hay alguien que conozco. 
De repente, un sonido salió de la oscuridad… un gemido bajo, torturado. 
Mina se quedó helada. 
— ¿Oíste eso? 
—Lo hice—Lo había hecho. Y no le gustó. Se movió sigilosamente por delante 
de un barril lleno de herraduras hasta llegar a su lado. 
Ella gritó. 
— ¿Señor Thackeray? ¿Es usted? 
Algo voló sobre ellos desde la oscuridad, un demonio enorme, con la boca 
abierta. Mark tomó a Mina y la empujó detrás de él. Un esqueleto viró sobre sus 
cabezas, pedaleando en una bicicleta. 
Esqueletos. Cabezas cortadas. Maldita sea. 
La sangre caliente se fundió bajo su piel. Sus ojos se volvieron. 
—Willo-mi-na Lim-pett—Bramó una cabeza cortada, en lo alto de la pared. — 
Sé bienvenida a mi fant-as-mago-ricoooooo lugar. 
—Espera un minuto—Mina agarró su brazo por detrás. —Reconozco esa 
cabeza cortada. Es el Señor Thackeray. 
Ella saltó por delante de él, hacia un tabique de madera. Una astilla sospechosa 
de luz emanaba entre los paneles con bisagras. Mark la siguió. Si el Señor 
Thackeray era el que hablaba por una cabeza cortada, podría tener que faltar a su 
promesa de no golpear a nadie. Mina se deslizó sigilosamente tras una caja 
formada por grandes espejos.
—Mina—advirtió Mark. 
Pero entonces los vio. Dos pies calzados sobresalían, unidos a unos flacos 
tobillos, que sólo estaban medio ocultos por caídas medias rojas. 
— ¿Señor Thackeray?—Preguntó Mina. 
— ¿Podría alguien ayudar a un anciano?—gritó una voz. 
Mark palpó sus bolsillos hasta encontrar sus gafas y rápidamente se las deslizó 
en su nariz. Pasó por delante, y sacó, sí, a un hombre de edad avanzada de una caja 
acolchada en el suelo. 
El cabello del anciano, seguía siendo sin embargo una bandera gris rígida 
encima de su cabeza. El desafortunado efecto de la gravedad y demasiado 
ungüento durante el cepillado. 
— ¿Te gustó el espectáculo? Compré todo el inventario de un viejo 
phantasmagorium de Cheshire, y acabo de conseguir que la linterna mágica 
funcione. La cosa no venía con instrucciones. Lamentablemente, tengo que estar al 
revés, para que la imagen aparezca derecha. 
—Por favor permita que le presente a mi marido, el Señor Alexander. 
—Ah, buen Dios. Te has casado—Thackeray entrecerró los ojos. — 
Felicidades—Palmeó las mejillas de ella y alcanzó la mano de Mark. —Felicidades. 
Er... ¿qué está mal en sus ojos, joven? 
—Nada serio, sólo una… sensibilidad a la luz. 
—Oooh—Sus labios se aplastaron y presionó su dedo índice contra ellos. — 
Tengo unas gafas especiales que podrían funcionar mejor que las tuyas. Ven. Ven. 
Siguieron al anciano a través de pilas inclinadas de enciclopedias polvorientas. 
Mina se giró hacia Mark. Le dio un toque sobre su ojo.
¿Qué es esto?, articuló con la boca. 
Él deslizó sus gafas hacia abajo por su nariz. Su boca se abrió. 
Ajeno a todo, el anciano rebuscaba algo. 
—Compro un montón de cosas. Muchas cosas interesantes y valiosas. Cosas 
que la gente ya no quiere. Como el phantasmagorium. ¡Qué divertido! Pero los 
jóvenes de estos días no están impresionados por la tecnología obsoleta anterior. 
Siempre están desconectados, siguiendo los destellos al otro lado de la cazuela. 
Los condujo a una oficina, llena de pared a pared de cajas. Una montaña de 
papeles de todas formas y colores oscurecía el escritorio. Tiró de un cajón y 
revolvió. 
—No, no están aquí—Poniéndose de rodillas, se arrastró debajo de la mesa. — 
Ah, aquí están. Ven aquí, joven. 
Levantó una caja de madera estrecha, abierta en ambos extremos. Aberturas 
para los ojos habían sido cortadas en el frente, y estaban cubiertas por cristal verde 
y listones verticales. Él murmuró. 
—Ingenioso. Un invento ingenioso. 
Mark se preguntó si debería plantarse. Negarse. Incluso huir. Echó un vistazo a 
Mina, y ella le sonrió alentándole. Por lo visto, ella pensaba que era mejor 
mantener al hombre contento, y se suponía que tenía que confiar en ella. Lo hacía, 
después de todo, deseaba complacerla después de haber ido y haber hecho el 
estúpido de un modo tan completo ante Maskelyne. 
El mechón de pelo gris de Thackeray se tambaleó cuando se subió de puntillas 
y levantó la caja arriba, arriba, arriba… Mark cerró los ojos y dobló las rodillas para 
facilitar la concesión del polvoriento artilugio en su cabeza. Así de fácil, todo se 
convirtió en un suave verde.
—Creo que si llevas estas gafas las siguientes… ah... cuatro o cinco semanas, tu 
sensibilidad a la luz debería desaparecer. Yo no me las quitaría ni siquiera para 
bañarme o dormir, si estuviera en tu lugar. 
Mina se cubrió la boca con la mano. Sus ojos brillaban con… bien, con algo 
más que diversión. Alegría. La tensión de Mark se alivió y sonrió también. 
—Muchas Gracias, Señor Thackeray—Dijo Mina con ternura. Mark podría 
decir que tenía un verdadero afecto hacia ese hombre. No sabría decir que extraños 
artilugios se habría visto obligada a sufrir en el pasado—Supongo que se estará 
preguntando por qué estamos aquí. 
—Bien, no… En realidad no lo hacía. Es agradable recibir visitas de vez en 
cuando, sin ninguna razón en absoluto. 
—Realmente tengo una razón—Su expresión se puso seria. —He venido a 
preguntarle si ha tenido noticias de mi padre. 
—Tu… padre—Él se rascó la barbilla. 
—Sí—Ella se mordió el labio inferior. —Me preguntaba si podría haber venido 
aquí tratando de venderle algo. 
Él meneó sus cejas. 
—Sería difícil, ya que está difunto, ¿verdad? 
Una pesada desilusión como una piedra cayó en el pecho de Mina. 
—Sí, y-yo supongo que lo sería. 
El Señor Thackeray tarareó una melodía. Buscó en su escritorio, encontrando 
un lápiz y una hoja de papel. Garabateó unas palabras. Las sostuvo, de modo que 
ambos pudieran verla. 
Sí. Sí. Sí. Vivo y bien. Vendió cosas. Muchas cosas.
Mina sonrió, moviéndose sobre sus pies. Ella y el Señor Thackeray habían 
jugado a eso cuando era una niña. Le diría una cosa -como que pensaba que las 
niñas debían tener dulces- y luego escribiría instrucciones silenciosas de dónde 
encontrar el caramelo. También sospechaba que el juego era un método de poder 
moverse a través de cualquier voto secreto que le hubiera jurado a su padre. Él 
sonrió a Mina, quizás con un poco de aire de culpabilidad. 
Desapareció de nuevo bajo el escritorio. Cuando se levantó, sostenía una caja 
de madera, que abrió ceremoniosamente, una cosa oscura, curtida cosa, se 
acomodaba en el terciopelo azul. Mina se inclinó más cerca. La mano de una 
momia. 
Al otro lado del escritorio, los hombros de Mark se unieron en una mueca de 
dolor, y se frotó la muñeca. 
Mina tomó el lápiz y garabateó. ¿Dónde está? 
Más garabateos. 
No lo sé. Londres. En algún sitio. 
—Bien, entonces, ya que no lo ha visto, supongo que deberíamos irnos y 
dejarlo para que pueda volver a poner en perfecto funcionamiento su demostración 
de phantasmagorium. 
Volvieron hacia atrás por el almacén. 
—Vuelvan pronto—dijo Thackeray, cuando llegaron a las escaleras. —Les 
pondré todo el espectáculo. 
La puerta se cerró. 
Mark la siguió hacia abajo por las escaleras.
— ¿Crees que está mirando por una ventana, o puedo quitarme esta cosa de la 
cabeza? 
Mina soltó un bufido detrás de su mano enguantada. 
—Será mejor que lleguemos hasta el coche. No quiero herir sus sentimientos. 
El conductor lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos. 
—Está bien—le gritó al hombre. —Es un invento ingenioso. 
Una vez que subieron dentro, el conductor espoleó los caballos, y el coche se 
puso en marcha. Mina se giró hacia él. Levantó la caja y le miró fijamente a los 
ojos. Durante un momento él creyó que le besaría, pero… no lo hizo. 
—Gracias—Susurró ella. 
— ¿Gracias por qué? 
—Por ser tan dulce con él. 
Él sonrió. 
—No sé tú, pero volveré para ver el espectáculo completo del 
phantasmagorium—Su sonrisa se desvaneció. —Siempre que aun esté aquí hasta 
entonces. 
¿Por qué había dicho eso? No había perdido la confianza, no había perdido la 
esperanza. 
Mina palmeó su mano. Sus palmaditas lo molestaron. Las madres las daban. 
También las hermanas y los amigos tiernos. Los amantes no se palmeaban. 
—Vas a durar mucho tiempo. Mi padre está aquí, Mark, Está aquí en Londres 
con los rollos. Averiguaremos todo lo que necesitas saber sobre ese conducto de
inmortalidad, y luego conseguiremos arreglarte. Más correcto que la lluvia. Sólo 
tenemos que permanecer visibles, para que él pueda encontrarnos. 
El resto de la tarde la gastaron en el West End, en Mayfair, con el triste tío de 
Mina y con sus primas, que les comunicaron que las autoridades deseaban 
mantener el cuerpo de Lucinda para autopsias adicionales. Teniendo en cuenta que 
el cirujano de la policía se inclinaba hacia un resultado final de enfermedad, en el 
interés de la ciencia y de la salud pública, Trafford había estado de acuerdo. 
Debido a las circunstancias, y al deseo de su señoría de intimidad, habría 
solamente un servicio privado en la capilla en memoria de la condesa, con la 
asistencia de la familia inmediata. Como las muchachas todavía estaban demasiado 
afectadas, Mina ayudó a su tío a escribirles cartas a sus parientes y amigos, 
cercanos y lejanos, retransmitiéndoles la noticia de la muerte de su esposa. Trafford 
también compartió sus planes para llevar a sus hijas a su finca de Lancashire 
durante las tres semanas siguientes al servicio. La ciudad, y todas sus atenciones 
como consecuencia de la muerte de su esposa, eran demasiado para que él pudiera 
sobrellevarlas. 
Mina, por su parte, no podía quitarse la persistente culpa de que ella había 
llevado la miseria sobre la familia, de que era la culpable del reclutamiento y 
muerte de Lucinda. Cuando la tarde acabó, ella y Mark volvieron al Hotel Savoy, 
donde habían llegado más flores y mensajes. Las leyeron rápidamente sobre una 
cena de pollo frío y ensalada, que hicieron subir de la cocina del hotel. 
Mina frunció el ceño a los montones de cartas y sobres rotos. 
—Aquí no hay nada de mi padre. 
Mark cerró el periódico. No había ninguna mención a más partes de cuerpos 
descubiertas a lo largo del Támesis.
—No te preocupes—Murmuró. —La noticia de nuestra boda salió en el 
periódico de ayer, y la necrológica de Lucinda saldrá hoy. Él lo verá todo. Entrará 
en contacto. ¿Qué clase de padre no lo haría? 
Mina sonrió con esperanza. 
—Tienes razón, ya sabes. He estado tan enojada porque me dejó en esa 
montaña, pero… sólo hizo lo que pensaba que tenía que hacer para mantenerme 
segura. No creo que considerara alguna vez que ellos vendrían tras de mí. 
—Yo tampoco—Respondió Mark, pero sus pensamientos estaban ya en el cielo 
oscureciendo tras la ventana. Su instinto le obligaba a salir a la ciudad, y a pasar las 
noches en las calles, sondeando, buscando al profesor, o examinando todo lo malo 
que pudiera encontrar. Una vez que la casa estuviera terminada, mañana tal vez, 
podría dejar a Mina bajo la protección de Leeson. Pero por esa noche, sin otras 
opciones más interesantes para pasar su tiempo… su reloj interno masculino 
contaba los minutos hasta que pudiera seducirla a ir a su cama del hotel. 
Un golpe sonó. Mark se levantó de la mesa y abrió la puerta. Un joven 
atractivo, con una librea real estaba al otro lado. 
Mark se volvió a Mina con un sobre cuadrado grande, y una amplia sonrisa. 
—Entrega del caballerizo real. 
— ¿Un caballerizo real, de verdad?—Mina saltó de la silla para tocar su brazo. 
—Ábrela. ¿Qué dice? 
Mark levantó la tapa y sacó una gruesa tarjeta desde dentro. A medida que leía, 
una sonrisa lenta curvó sus labios. 
— ¿Qué dice? 
Entre dos dedos, hizo rotar la tarjeta hacia ella.
Sus ojos rápidamente buscaron a través del Escudo Real… Ascot… admisión 
para el vizconde y la vizcondesa Alexander.
Capítulo 15 
Sus ojos se abrieron. 
— ¿El príncipe de Gales nos ha invitado a Ascot? 
—No sólo a Ascot, querida—murmuró él. —Al palco real. 
Su rostro se iluminó. 
— ¿Conoces al príncipe? 
Él se encogió de hombros. 
—Supongo. 
—Supones—Ella le apretó el brazo— ¿Es aceptable para mí asistir? Ahora estoy 
de doble duelo. Por mi padre, y por Lucinda. 
—Yo también. Soy tu marido. Pero la gente va a Ascot de luto. Eso sí, no 
hacen un espectáculo de sí mismos, querida—Sonrió. 
Ella se mordió el labio. 
—Si estás seguro. Me gustaría asistir. 
—No podemos hacernos más visibles que en el palco Real de Ascot. Estaremos 
seguros de ser mencionados en los periódicos. 
—Tienes razón—Ella tocó con las yemas de sus dedos su pelo—Pero tengo que 
conseguir un sombrero bonito. 
—Te compraré lo que quieras—Le prometió con voz ronca.
—Mañana iré de tiendas. Y en realidad… enviaré una nota a Astrid y a 
Evangeline, las invitaré a venir conmigo. 
Mark hizo una mueca. 
— ¿Por qué cuando han sido horribles contigo? 
—No son horribles. Sólo están tan mimadas. Necesitan ropas de luto antes de ir 
a Lancashire. Soy su prima casada y pariente de sexo femenino más cercana. Sólo 
es justo que mire que se ocupen de esos detalles. 
—Eres demasiado amable—Él llegó más cerca y frotó sus manos a lo largo de 
sus brazos—Pero eso es lo que te hace tan especial. Eso, y que eres tan 
condenadamente bonita. 
—Me alegro que pienses que soy bonita—Sus mejillas se iluminaron. Vaciló de 
alguna manera. Finalmente, se acercó a la mesa donde recogió su libro—Creo que 
leeré un rato. 
¿Leer? Mark frunció el ceño, atónito. ¿Quién quería leer cuando había una 
cama? 
Abriéndolo, ella le dijo: 
—Mark. Odio decirte esto. 
— ¿Qué? 
Ella giró el libro hacia él. 
—Creo que el hotel tiene ratones. Se han comido la mitad de las páginas de mi 
libro. 
Ah, maldita sea. Selene había estado allí husmeando. Sólo la suerte había 
hecho que decidiera alimentar su fetiche de palabras también.
Con paso llegó a ella. 
—Hablaré con D’Oyly Carte—Él acarició su mejilla, y luego bajó su cara—Ya 
que tu libro está arruinado… 
Ella exhaló y… desvió la cara. 
—Mina… 
Había sentido su renuencia. Había sabido que algo estaba mal. Ella negó, y 
retrocedió ante él, hasta que sus hombros tocaron la pared. 
—No lo hagas, Mark. No si sientes cariño por mí—Sonrió, pero en sus ojos 
había lágrimas. 
— ¿Por qué?—El disgusto salió por sus labios. 
—Porque estoy a poca distancia de enamorarme de ti—Ella sostuvo su pulgar e 
índice espaciados un centímetro. —Muy cerca, ¿ves? No digo que lo de anoche 
fuera un error. No lo fue. Todo fue hermoso. Un sueño. Pero no hagas que te ame. 
Dolerá demasiado, demasiado profundamente cuando te marches. Y me dejarás de 
una u otra forma. Si yo te amara… No creo que pudiera sobrevivir—Mark se quedó 
de pie rígido, entumecido por sus palabras. 
—Buenas noches, Mark. 
Él asintió. Ella desapareció en el dormitorio. Él se quedó de pie en el centro de 
la alfombra y escuchó. Se torturó con el sonido de su vestido y ropa interior al 
quitárselas, con el roce de su piel contra las sábanas. Finalmente ella se quedó en 
silencio y quieta. 
Mark cruzó el cuarto y abrió el pestillo de la puerta del balcón. Salió a la 
estrecha repisa y agarró la barra de hierro. Aire. Dios, necesitaba aire. Las cortinas 
de lona se movieron a ambos lados, volando suavemente con el viento. El deseo se 
lo comía por dentro, un deseo infinitamente más complejo y aterrador por la
necesidad simple de estar cerca de ella. Una mujer. Mina Limpett. Le había 
tomado hasta la última gota de su determinación respetar su petición. Mantenerse 
alejado. 
La Aguja de Cleopatra se levantaba sobre el borde de Thames Embankment, a 
sólo una tirada. No podía explicar por qué, pero siempre se sentía más fuerte cerca 
del objeto, aunque el Obelisco, uno del trío de esas agujas, sostuviera muy poca 
conexión con su madre. Hecho de granito rojo, tenía unos veinte metros de altura, 
y habían existido siglos antes de que la reina egipcia caminara sobre la tierra. Ella 
había pedido, sin embargo, que los retiraran de la ciudad de Heliópolis, y los 
trasladaran a Caesareum en Alejandría, un templo que había sido construido en 
honor de su padre, Marco Antonio. Unos siglos más tarde, la política y los nuevos 
poderes del mundo lo habían traído a Londres. Los otros estaban localizados en 
Paris y en Nueva York. 
—Alexander. 
Echó un vistazo al balcón superior. Su pelo largo y oscuro ondulaba con el 
viento. 
—Hola Selene. 
— ¿Qué recibiste del escudero real? 
—Una invitación a Ascot. Al palco Real. 
Una maldición asquerosa llegó de abajo. Mark se rió entre dientes. 
—He estado tratando de atrapar una invitación así… bien, durante el último 
siglo—se quejó ella. 
—Lo siento. Quizás el próximo año. 
El silencio se prolongó.
—No tenías que casarte con la chica para llegar a esos pergaminos. 
—Me doy cuenta de eso. 
— ¿Lo sabe? 
— ¿Qué soy un Amaranthine? Sí. 
Otro silencio largo. 
— ¿Quieres que vaya ahí arriba?—Preguntó Mark. 
—Cállate. Ni siquiera vine a verte. Sólo a dar un vistazo. 
—Te quiero, Selene. 
Una gota de humedad cayó en su mano desde arriba. 
A la mañana siguiente, Mina se movió en la suite, totalmente vestida. Mark 
estaba tumbado a través del sofá. Sólo verlo, despeinado, sin camisa, con su 
pantalón medio desabrochado, hacía que su boca se secara. 
—No tenías porqué dormir aquí fuera—criticó ella suavemente. 
—Sí, tenía—Él se frotó el cuello. 
— ¿Tienes dolorido el cuello? 
—Mi cuello no es la única cosa dolorida—Sus ojos quemaron los suyos. 
Mina se sonrojó. Ella misma había dormido irregularmente. 
—No me gusta dormir sin ti—gruñó él.
Ella sonrió. No demasiado ampliamente, sin embargo, porque no quería 
bromear o animarlo. 
— ¿Cuándo hemos dormido juntos durante más de media hora? 
Él frotó sus ojos con la palma de su mano. 
—Dime que no tengo que hacerlo otra vez. 
—Sólo te dije que no tenías por qué dormir en el sofá. 
—Sabes lo que quise decir—Una vez más, dos haces de luz azul carnales 
quemaron a través de su ropa. Ella sabía exactamente lo que él había querido decir, 
pero no quería hablar de ello. 
—Las chicas estarán aquí pronto—Dijo ella con ligereza. —Envié una nota 
ofreciendo un coche para recogerlas, pero creo que querían ver el hotel y nuestra 
suite. 
Mark se puso de pie. 
—Me vestiré. 
—No tienes porqué venir con nosotras. Sólo iremos a la tienda de la modista en 
Tavistock Street. Puedes ir a investigar a Leeson y a la casa. 
—No quiero que vayas sola. No quiero que vayas a ninguna parte sola, hasta 
que todo esto con tu padre y los royos, y… y…—Él hizo gestos con la mano. 
—Y las fuerzas oscuras. 
Él la señaló. 
—Sí, hasta que todo eso esté arreglado.
Él se vistió y afeitó. Cuando salió del cuarto de baño, llamaron a la puerta. 
Mina contestó. 
Astrid entró primero, vestida de pies a cabeza de negro, seguida por Evangeline 
con un traje similar. Sus caras brillaban de emoción, pero Mina percibió un 
enrojecimiento en sus ojos, y debajo unas sombras oscuras. 
—Oh, Willomina, ¿sabes a quién vimos abajo en el vestíbulo?—Dijo Astrid a 
borbotones. 
Evangeline exclamó. 
—A la divina Sarah. La actriz, Sarah Bernhardt. El Señor D’Oyly Carte nos la 
presentó. Ha venido para mirar una suit—. 
Astrid se rió. 
—Dicen que solía dormir en un ataúd, así entendería mejor la tragedia para sus 
papeles. ¿Puedes imaginarte la morbosidad de despertar en un ataúd? 
Evangeline susurró lo suficientemente alto, para que cualquiera dentro de las 
tres cuadras alrededor de la ciudad la oyeran. 
—También dicen que es la amante del Príncipe de Gales. ¿Crees que es cierto? 
—Es una mujer muy guapa—afirmó Astrid. 
—Supongo que lo es. Para alguien de su edad. 
—Muchachas—interrumpió Mina, sintiéndose como cincuenta años más vieja 
que cualquiera de ellas, cuando en realidad sólo las separaban unos pocos años. 
Sus ojos volaron a Mark. Ambas se ruborizaron. 
Astrid murmuró.
—Mis disculpas, su señoría. Es sólo que el hotel es tan hermoso, y hemos 
estado confinadas en casa durante tantos días. 
—Sólo un día—susurró Evangeline. 
—Bien, parece que han sido días. 
Mina mostró a las chicas toda la suite. Mark permaneció en la sala, de pie y 
silencioso, con las manos en los bolsillos. Después, todos fueron abajo. El coche 
Trafford les llevó la breve distancia entre el Savoy y la tienda de la modista. 
Detrás de una extensión de limpias ventanas, una sala de recepción elegante 
esperaba, arreglada con ricas alfombras azules y cortinas doradas. Mesas de caoba 
mostraban todo tipo de telas, adornos y accesorios. Otros compradores, en su 
mayoría mujeres, llenaban el espacio. Los asistentes y las dependientas de la tienda 
estaban con ellas. En unos momentos, apareció la propietaria desde los cuartos de 
atrás, con unas cintas de medir sobre los hombros. Las llevó detrás de una pantalla 
para mirar dos mesas llenas de pertrechos de luto, fuera de ojos curiosos. En una 
mesa había bolsos, chales, guantes y velos, y en la otra, rollos de seda y diversas 
bombazines y todo tipo de adornos aceptables. 
—Ven, prima Willomina—Astrid apretó su mano y la atrajo—Dame tu opinión 
para cada cosa de medio luto. Mi primera temporada puede estar arruinada, pero, 
¿quién dice que en verano no puedo terminar con una proposición? Después de 
todo, el negro funcionó bien para ti. 
—Pide algunas cosas—Mark se puso detrás de ella, alto y protector. Ella 
saboreó el timbre profundo de su voz. —Algunos vestidos. Algo fino para Ascot— 
Él agitó sus dedos hacia la mesa. —Me gusta ese, el rollo negro que tiene unos 
reflejos púrpuras. 
La modista sonrió.
—Una elección perfecta. Nuestra más fina seda paduasoy2. 
Con estilo, ella levantó el rollo, y desplegó la seda para que Mina la examinara. 
Al momento presentó un libro encuadernado con figurines, mientras que una 
ayudante ofrecía un libro similar para que las muchachas lo miraran. Con Mark 
gruñendo y haciendo gesto a las imágenes sobre su hombro, Mina hizo tres 
selecciones. 
—Tengo que ir para que me tome las medidas. 
—Estaré aquí—Por su ceño, estaba claro que Mark odiaba totalmente estar en 
la tienda. Pero igual que un mastín impaciente, se instaló en el sillón. 
En el vestidor, Mina permitió que la asistenta le ayudara a quitarse el vestido. 
—Sólo será un momento, mi señora—dijo la chica, colgando su vestido y 
mantón en una percha. 
—Gracias. 
Mina se quedó de pie en ropa interior. Con nada que hacer con su tiempo, se 
contempló en el espejo. ¿Qué habría visto él en ella? Se tocó el pelo. 
Su olor llenó sus fosas nasales, especias exóticas y piel masculina. Un aliento 
caliente rozó su mejilla. Lo había imaginado. Pero entonces… Mark había sido 
invisible en la cripta. 
Un muro de calor la abrazó desde atrás. Mina jadeó. Sus manos subieron, 
buscando, pero no tocando nada más que su propia piel. 
— ¿Mark?—susurró ella. 
Sí… 
2 Una variante del satén.
Su voz respondió dentro de su cabeza. Su ropa se deslizó y se aplastó contra su 
piel mientras manos invisibles y dedos corrían por sus brazos, sus hombros. Una 
cálida boca se apretó contra su cuello. 
Ella cerró los ojos. Exquisito. Cada uno de sus toques era exquisito. 
—Mark, por favor…—susurró ella. 
Por favor, ¿qué? 
La presión onduló sobre sus caderas… cintura… sobre su corsé. Sensual y 
electrizante. Una mano se cerró sobre su pecho. Otra aplastó su combinación y 
acarició su muslo. 
Mina miró el espejo, y no vio nada más que una joven mujer en ropa interior 
enrojecida, desaliñada y con pechos rechonchos, aplastados. 
Ella se lamió los labios. ¡Qué maravilloso! Que erótico. Qué astuto por parte de 
Mark usar ese talento en su contra. 
—Por favor, detente. 
Repentinamente, la soltó. Su combinación cayó en su lugar. Mina se balanceó. 
La modista se paró al entrar. 
— ¿Mi señora?—La mujer se apresuró para estabilizarla— ¿Se encuentra 
enferma? 
—No… 
—Sus mejillas están sonrojadas y parece débil—Ella instó a su ayudante para ir 
por un vaso de agua. 
Ah, pero le dolía. Le dolía por más.
Cuando estés lista, Mina. Cuando estés lista, ven a mí. 
Dos días más tarde, Mina entró a la sombra de Mark a través de la enorme 
multitud. El cielo se extendía sobre ellos, un dosel interminable de azul. El tiempo 
era precioso, cálido sin sentir calor. Circularon a lo largo del Recinto Real, 
habiendo sido escoltados a través de allí por Lord Coventry, el Maestro del Royal 
Buckhounds, en persona. La tribuna surgía sobre la multitud adornada con flores y 
vegetación. Los espectadores atestaban las ventanas y techos. Banderas de todos 
colores se batían en el viento. 
—Mi madre solía hablar sobre asistir a Ascot, pero nunca imaginé algo tan 
impresionante como esto. 
Habían logrado coexistir amablemente durante dos días. Mina había cumplido 
con su decisión de mantener el matrimonio fuera del dormitorio, y Mark no la 
había presionado, con un escalofrío de tensión sensual que electrificaba el aire ente 
ellos. 
—Realmente es algo, ¿verdad?—La hizo acercarse a su lado, protegiéndola de 
los empujones de la muchedumbre. —Han hecho mejoras recientemente, hasta 
ampliar el Recinto Real, aunque no sabrías si esta aglomeración es ridícula. 
Mina vislumbró unos carriles blancos, y más allá, el césped verde brillante. 
—Hay tantas personas, ¿cómo puede ver alguien la carrera o a los caballos? 
Él sonrió. 
—La mayoría no viene aquí para ver la carrera. 
Varios señores gritaron saludos a Mark. Seguramente lo había imaginado, pero 
parecía un eco a su alrededor, una forma de susurros y murmullos.
—Es el punto del caso—La cabeza de Mark bajó, con sus labios cerca de sus 
oídos—Hablan todos de ti, cariño. 
Mina se tocó el sombrero, sintiéndose como una mancha de tinta perdida en 
una extensión de lino blanco. A su alrededor, las damas llevaban creaciones 
diáfanas de sedas, chiffon y encaje en vibrantes colores veraniegos. Mark había 
pagado unos honorarios adicionales para garantizar la entrega oportuna de sus 
nuevos vestidos y sombreros, y ella había elegido el mejor para usarlo hoy. Se 
sentía contenta por el ajuste experto en su corpiño, y la estrechez de sus mangas, 
pero en cuanto a la ornamentación, sólo una larga fila de botones corría desde el 
centro de su pecho y un poco de satén se plisaba en sus puños y dobladillo. 
Se suponía que se veía tan fina como podía llevando su vestimenta de luto. Lo 
mejor de todo era que llevaba una insignia que la proclamaba como la Vizcondesa 
Alexander. No tenía ningún deseo de arreglarse en su estado, pero sabía que 
siempre recordaría ese día. Quizás años después sacaría la insignia de una caja 
especial de tesoros y regalaría el recuerdo a una nieta. 
El pensamiento le puso un pequeño dolor en el pecho, porque Mark, por 
supuesto, sería la pieza central de cualquier recuerdo. Mina no podía menos que 
tener en secreto el corazón inflamado de orgullo por él. No sólo era guapo y 
apuesto, sino también inteligente, y completamente capaz de hacer… bien… todo, 
por lo que ella sabía. Se advirtió de esa admiración entusiasta, sabiendo que tales 
sentimientos solo agravarían su pena cuando inevitablemente se separaran. 
Simplemente disfrutaría de ese día y lo sostendría muy querido una vez que él se 
hubiera ido. 
Las voces se elevaron a su alrededor, y una oleada de excitación recorrió la 
multitud. Casi todo el mundo se dio la vuelta al unísono hacia New Mille. 
—Es la comitiva real—Mark la llevó hacia la valla, donde encontraron espacio 
suficiente para uno. Con una mano en su espalda, la puso delante de él. Él se quedó
muy cerca de ella, con sus piernas aplastando sus faldas. Ella resistió la tentación de 
apoyarse contra él. 
Entre los aplausos de la multitud, una carreta abierta rodó por delante con el 
barbudo y sonriente príncipe Albert Edward dentro, y junto a él, la princesa 
Alexandra, elegante y serena. Cuatro carrozas más seguían, llenas de personajes 
elegantes. La comitiva siguió hasta el centro del recinto. 
Con ellos fuera de la vista, la multitud se movió, aunque sólo ligeramente. 
Mark la dirigió al centro de la tribuna. En la base de un estrecho túnel de la 
escalera, un sirviente comprobó su nombre en una lista, y con una sonrisa cortés, 
los hizo subir. La escena que les dio la bienvenida casi la abrumó. En medio de 
caras conocidas de la nobleza, también había políticos, artistas y actrices. Una mesa 
buffet ocupaba la pared trasera, cubierta de salmón ahumado, queso y fruta. Una 
fuente de plata, rodeada de reluciente cristal, arrojaba arroyos de champán. Una 
cara conocida apareció entre la multitud: la Señora Avermarle, la mujer de la 
papelería. 
—Señora Alexander—La Señora Avermarle extendió la mano. Sus conocidos 
la seguían de cerca, con sus ojos llenos de interés. La misma sonrisa comprensiva 
estaba en todos los labios. — ¿Cómo está tu querido tío? Desconsolado, estoy 
segura. Todos estamos simplemente sorprendidos por la noticia de la muerte de la 
Señora Trafford. Ven, vamos, tienes que contarme todo. 
—Alexander—retumbó una voz. 
Mina echó un vistazo sobre su hombro. El príncipe Edward hacía gestos hacia 
Mark desde el carril con vista a la pista. Su Gracia despidió a unos cuantos señores, 
en una petición obvia de intimidad. Mina se volvió a la Señora Avermarle y forzó 
una sonrisa. 
Por necesidad, Mark dejó a Mina con las señoras. Se deslizó a través de cuatro 
filas de sillas blancas relucientes.
—Su Gracia—hizo una reverencia. 
—Un buen día para las carreras, ¿eh?—El príncipe deslizó una mano en el 
bolsillo delantero de su abrigo. Llevaba un brillante sombrero de copa negro y un 
chaqué gris exquisitamente adaptado y pantalones. Una cadena de oro salía a 
través de las ondas gruesas de su chaleco, terminando en un reloj de oro oscilante. 
—Estas cosas tardan una eternidad en comenzar. A veces aprovecho la 
oportunidad de renunciar al pequeño negocio de la corona. 
— ¿Negocio? 
Edward se acercó. Sonrió con picardía y murmuró en tono clandestino. 
—Para pensar… en todas las fiestas. Juegos de cartas. Derrotas aplastantes. 
Nunca sospeché que fueras uno de ellos.
Capítulo 16 
Mark sostuvo su mirada. 
Edward sonrió. 
—Su Majestad manda sus saludos. Bien—soltó una risita ahogada—su castigo. 
Ha estado mal humor, incapaz de dar con el otro Centinela, Lord Black. 
—Ya veo—respondió Mark. Dudó de informar al príncipe de su estado actual 
de destierro de los Centinelas de las Sombras. Imaginó que tal confesión sería la vía 
más rápida de mandarlos a él y a su bonita y nueva esposa escaleras abajo, y 
demonios, serían más bien expulsados del país. —Voy a transmitirle eso a su 
Señoría. 
Quizás cuando Archer llegara para matarlo. 
Archer siempre había sido el favorito de Victoria. La envejecida reina se había 
negado incondicionalmente a comunicarse con cualquier otro Centinela. Había 
sido ella la que había insistido en que Archer reemplazara a Mark en la búsqueda 
del Destripador. 
—Como bien sabes, la monarca se está volviendo... más vieja—Edward susurró 
la palabra, como si incluso ahí, tan lejos de Bamoral, Victoria pudiera oírlos. —Más 
y más de los asuntos de la Corona están cayendo sobre mí—Él inclinó su cabeza en 
un ángulo descuidado. —Después de los desagradables asuntos del último otoño, 
estamos bastante preocupados con esas partes cortadas de cuerpos femeninos que 
han sido recuperados a lo largo del Támesis—Sus ojos se alzaron hacia Mark. — 
No habrá más, ¿o sí? 
Mark evadió cualquier respuesta directa. 
—Los Centinelas trabaja ahora para asegurarse de eso.
Edward asintió y movió la mano en conocimiento de la multitud que estaba 
abajo. 
—No queremos a otro de esos bro-bro, por Dios, ¿Cómo llamas a esas 
desagradables criaturas? 
—Brotoi. 
El príncipe se encogió de hombros. 
—Demasiado cerca de Bertie para mi gusto. No queremos a otro brotoi por ahí 
suelto, causando una nueva ola de pánico. 
Mark cruzó los brazos sobre el pecho. La verdad sea dicha, no sabía si había 
todavía algún brotoi suelto. 
—Entiendo su preocupación. 
El príncipe tamborileó las yemas de los dedos contra la barandilla. 
—A lo largo de esas líneas, estamos autorizando al comisionado para que 
dictamine que la causa de muerte de Lady Trafforf fue por enfermedad. 
Las cejas de Mark se alzaron. 
—Estoy seguro que el Consejo Primordial estará de acuerdo con esa decisión. 
El príncipe le dio una palmada en el hombro. 
—Estoy condenadamente satisfecho de tratar contigo en este asunto. No estoy 
opuesto a algo de sangre nueva, y a cambiar los rangos actuales. 
El príncipe sería de hecho un contacto valioso en el futuro. Sólo entonces, los 
ojos de Edward se fijaron en algo que estaba al otro lado de la sala. Mark miró por 
encima de su hombro para darse cuenta que la atención del príncipe estaba 
concentrada en... Mina, en el centro de la sociedad de la Inquisición.
—La joven de negro—murmuró Edward. —Es tu nueva vizcondesa, ¿no es así? 
El orgullo se expandió a través del pecho de Mark. 
—Nos casamos la semana pasada. 
Su Gracia asintió. Lentamente sus cejas se levantaron. 
—Tu... er... viajas mucho, ¿no es así? 
—No—Mark frunció el ceño ante el notorio mujeriego y estrechó los ojos. — 
Casi nada, nunca más. 
El príncipe apretó el hombro de Mark y caminó con él hacia las mujeres. 
— ¿Te apetece una copa de champagne? 
Esa tarde, después de las carreras y de que todas las festividades asociadas 
terminaran, un carruaje alquilado llevó a Mark y a Mina a Londres. Ella se reclinó 
contra su hombro, exhausta por las actividades del día. Un bache en el camino la 
despertó de una sacudida y alzó la vista. Había una tensión evidente en los 
músculos de las sienes y en la mandíbula de Mark. 
—No te sientes bien. 
—No. 
— ¿Oyes esas voces? 
—Sólo una. 
— ¿Qué puedo hacer?—murmuró ella. 
—Nada, Mina. No hay nada que puedas hacer.
Mark se levantó y asió el tirador de la campanilla para hacerle una señal al 
chofer. A través del tubo de comunicación, le dio al chofer una dirección que no le 
fue familiar a Mina. Para el momento en que atravesaron Mayfair, la noche 
oscurecía el cielo. El carruaje giró en una avenida corta, alineada con unas casas 
inmensas. Pilas amontonadas de vigas de madera y basura se juntaban en el 
pavimento, como si cada casa estuviera bajo una remodelación. Eventualmente 
pararon enfrente de la más grande. Había luz que se escapaba de las ventanas 
frontales. 
— ¿Dónde estamos?—le preguntó Mina a Mark mientras le ayudaba a bajar las 
escaleras. 
—En mi hogar—La dejó en la acera pavimentada. —Al menos por la noche. 
Su malestar se estaba intensificando, como evidenciaban sus mejillas 
demacradas y la sombra que tenía debajo de los ojos. 
El señor Leeson, a quien ella no había visto desde su malograda salida de 
Londres, bajó las escaleras frontales. 
—Está aquí. ¿Por qué no mandó un mensaje? No estoy listo. 
—Enséñale a Mina la casa—Dijo él ásperamente. —Y ve que tenga cualquier 
cosa que pueda necesitar. 
La comprensión apareció en las facciones del viejo. 
—Oh, señor. Sí, por supuesto. 
Mark se alejó por el césped. 
— ¿A dónde vas?—Mina lo siguió, trotando a su lado para mantener su ritmo. 
Sus enaguas y su falda se arremolinaron entre sus piernas. 
—A dar un paseo.
—Voy contigo—Ella lo alcanzó para tocarle el brazo. 
—No, no puedes. 
Ella plantó las suelas de sus zapatos en el pasto y se interpuso en su camino. 
—No quiero que estés solo. 
Él se paró, tomándola de los hombros lo suficientemente fuerte como para 
hacerle estremecer. 
—Pero estoy solo en esto. No importa cuánto quiera que las cosas sean 
distintas, tengo que hacer esto solo. Tenías razón cuando dijiste que éramos muy 
diferentes, Mina. No debí involucrarte en eso. No de la manera en como lo hice. Es 
que sólo pensé, con toda mi arrogancia, que podría hacer que funcionara. Por 
ahora, lo único que quiero es que estés a salvo. Quiero que entres en la casa con 
Leeson y te quedes ahí hasta que esto haya terminado. Él te protegerá. 
— ¿Por qué estás hablando así, Mark?—Mina parpadeó para espantar sus 
lágrimas. —Como si estuviéramos despidiéndonos. ¿Qué es diferente ahora? 
Mark presionó su puño contra un lado de cabeza. 
—Puedo escucharla, cada vez más fuerte y más furiosa que nunca. Puedo oler 
su rancio aroma en mi nariz. 
Sus palabras le hicieron daño, la torturaron. Estaba herido, y ella quería estar 
con él. 
—No me despediré así de ti. No iré a esa casa, y no me quedaré así, no después 
de todo lo que hemos... 
Él se abalanzó, tomando su rostro entre sus manos, y besándola. Suspendida, 
con los dedos de sus pies apenas tocando el césped. Mina sintió la intensidad de sus 
emociones y su adoración a través de sus labios, de su garganta y de su pecho. Con
un gemido, la apartó de él. 
—Quédate—Se dio la media vuelta, haciéndole un gesto con la palma de la 
mano. 
—Mark... —Lo siguió. 
—Maldita seas, Mina—Le gritó. —Dije que te quedaras ahí. 
El rugido de sus palabras la horrorizaron, quitándole el aire de sus pulmones. 
Afligida y pálida, se quedó en su sitio, paralizada, mientras él se retiraba, 
desvaneciéndose al doblar la esquina de la casa. 
—Más vale que haga lo que él dice, hija mía—la consoló una suave voz. Lesson 
estaba a unos pasos detrás de ella. 
— ¿Se ha ido? ¿Para siempre? 
—Seguramente no. No se preocupe. 
Sus palabras no la tranquilizaron. ¿Mark habría perdido la esperanza? 
Entumecida, siguió al señor Leeson por las escaleras y dentro de la casa. Incluso a 
esa hora tardía, los carpinteros aserraban y martillaban. Cortaban molduras de 
madera y las fijaban en su sitio. Los pintores cubrían las paredes con una suave 
capa de pintura blanca. Leeson la llevó de habitación en habitación, hablando de la 
selección del papel tapiz y de las alfombras, y de cómo la casa era una pizarra en 
blanco y que ella podría hacer los cambios que quisiera. La estructura entera había 
sido equipada con iluminación por gas, así que en cada habitación él giraba las 
válvulas, como si quisiera probarle que funcionaban. Pero sin importar cuán 
valientemente intentaba distraerla, a ella no podía importarle menos la casa. Mina 
sólo podía pensar en Mark. 
Leeson la exhortó en las escaleras centrales. 
—Una vez que todo esté bien en el mundo otra vez, y que su mente pueda
volcarse a pensamientos satisfactorios, podemos cruzar la ciudad a los almacenes 
de su señoría y hacer las selecciones que usted quiera. 
— ¿Tiene almacenes? 
Su bigote se ladeó con una sonrisa. 
—Tiene tres, llenos con muebles, piezas de arte y cualquier cosa deliciosa que 
pueda imaginar. Jarrones. Esculturas. Urnas. Viejas y nuevas. Es casi como si 
hubiera estado esperando todo este tiempo por... 
— ¿Esperando para qué?—murmuró Mina. 
—Para tener un hogar. 
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Mina. Surgieron en los ojos del señor 
Leeson también. 
—Oh, Dios querido. Mírenos—Gimió ella. Él tomó dos pañuelos de su bolsillo 
y le tendió uno a ella. —Gracias—ella se sonó, cerrando los ojos. 
Él se limpió el rostro, incluso levantando el parche del ojo para limpiar debajo. 
—No ha sido nada, querida. 
—Es sólo que no sé cómo ayudarlo. 
—Todo va a salir bien. Ya lo verá. Él es fuerte. 
Mina se paró en el descanso del tercer piso. 
—La casa es encantadora, pero no deseo ver más esta noche. Creo que 
solamente quiero estar sola por ahora—Había muchas puertas a lo largo del pasillo. 
— ¿Hay algún lugar en donde me pueda recostar? 
—Por supuesto. Por aquí, sígame—El señor Leeson la guió por el corredor.
Había parches estriados horizontales, como evidencia de los nuevos conductos de 
gas. —Por supuesto, cubriremos este desorden con papel tapiz, cuando esté 
preparada para hacer la selección. 
Giró la perilla y empujó la puerta. 
—Santo cielo—Mina se quedó sin aliento. 
Aunque el resto de la casa podía estar incompleto con respecto al mobiliario y a 
la decoración, la habitación principal había sido terminada a la perfección. Los 
paneles de madera relucían. Cortinas de color azul marino colgaban de las 
ventanas, y un sólido mobiliario ocupaba cada parte de la habitación, 
perfectamente colocado. El aire olía a madera y a cera para muebles. 
—Es libre de cambiar cualquier cosa que no le guste—dijo él. 
—Es perfecto. No podría cambiar nada. Es muy talentoso, señor Leeson. 
Espero que alguien se lo diga por lo menos un centenar de veces al día. 
El diminuto hombre sonrió orgulloso. 
— ¿Tendremos que traer su baúl desde el Savoy, entonces? 
—Sí, gracias. 
—Voy a despachar el carro para eso ahora. Le avisaré en cuanto hayan llegado. 
Cuando se fue, Mina se quitó el sombreo y su insignia de Ascot y entró en el 
cavernoso vestidor. Unas cuantas cajas se alineaban en las estanterías. Cajas verdes, 
del mismo tipo que se usaban en la tienda de la modista donde compraron su 
vestido de luto. Tirando de un lazo, levantó la tapa de la primera caja. Y luego de la 
segunda. Y de la tercera. Todos eran vestidos. Hermosos vestidos, cada uno en un 
vibrante color diferente. Azul, rojo y verde. En la caja final descubrió una profusión 
de vaporosa ropa interior de encaje y una tarjeta.
Con devoción. M. 
Mark. Sujetando la tarjeta contra su pecho, cruzó la habitación hasta la 
ventana, y miró detenidamente al ensombrecido jardín. Devoción. Le ofrecía 
devoción, incluso cuando ella lo había mantenido a raya. 
Algo se deslizó por el dedo de su pie. 
Mina parpadeó. ¿Se deslizó? No podía pensar en nada que debiera deslizarse 
dentro de las paredes de una habitación. 
Buscó en la alfombra. Los colores oscuros y el patrón entretejido de hojas y 
flores casi ocultaban la estrecha cola mientras desaparecía bajo el brazo de una 
silla. Mina soltó un gemido ahogado. 
Su pulsó se aceleró. Una serpiente. Había visto serpientes antes, casi siempre en 
la India. Una incluso la había sorprendido en su saco de dormir una noche. Podría 
solicitar la ayuda de Leeson, pero ciertamente si se ausentaba aunque fuera 
brevemente para llamarlo, la serpiente podría desaparecer y no podrían encontrar a 
la criatura de nuevo. 
Cómo podría descansar en esa casa, sabiendo que una serpiente, probablemente 
una serpiente venenosa, estaba suelta. ¿De dónde vendría? Con el corazón latiendo 
fuertemente, se inclinó por la cintura y se quitó el zapato. Con los músculos 
cargados de tensión, envolvió los dedos en la punta del zapato para así poder 
utilizar el fuerte y puntiagudo tacón como garrote. 
Avanzando hacia la silla, se arrodilló y miró debajo. La serpiente, oscura y 
brillante, un áspid, creía ella, salió del lado opuesto en dirección a la cama. Ella 
saltó y poniéndose de pie persiguió a la serpiente, levantando su brazo... 
—No, no, nooo. 
Una voz de mujer. Una mano sujetó su muñeca, titubeando mientras tiraba de 
su brazo. Un remolino de faldas negras desdibujó la visión de la presa de Mina.
Mina se escabulló, con la parte trasera de sus piernas golpeando contra el colchón. 
Ella parpadeó, y abrió los ojos. 
Tal alta como un hombre, y de pie tan orgullosa como una reina, una mujer la 
estaba mirando. Pelo oscuro, tan brillante y espeso como la visón, caía sobre sus 
hombros, hasta su cintura. Pasadores de marfil sujetaban su pesado moño en su 
coronilla. Usaba un vestido del color canela, hecho de rica y pesada seda. Un 
granate del tamaño de una cereza brillaba en su dedo. 
— ¿De dónde has salido?—murmuró Mina. 
— ¿Qué intentabas hacer con ese pequeño zapato tuyo?—Sus ojos negros 
reflejaban desagrado. 
Mina bajó el zapato, respirando fuertemente. 
—Bien... hay una serpiente, y está en mi tocador. La iba a aplastar. ¿Quién eres? 
—Soy Selene. La Condesa Pavlenco. Y la serpiente es una hembra—Sorbió con 
la nariz. 
Mina presionó su pecho con una mano. 
—Se me debe de haber pasado de alguna manera, con todo el alboroto. 
Ella sólo le llegaba a la nariz de la condesa. 
—Eres la hermana de Mark. 
—Bien, por supuesto que lo soy—respondió con aire de superioridad. Con 
largas zancadas, se apresuró hacia la serpiente y la recogió. Susurró. —Todo está 
bien, señora Hazelgreaves. Esa pequeña malvada no le hará daño. 
¿Pequeña? Ciertamente lo era, comparada con esa amazona. 
— ¿Señora Hazelgreaves?
Una ceja oscura se levantó. 
—Llamada así por una amiga. 
—La señora Hazelgreaves es un áspid—Mina acusó. —Las áspides son 
venenosas. ¿Estás tratando de matarme? 
—Nooo— Selene metió la serpiente en una bolsa de terciopelo que tenía atada 
a la cintura. —Sólo quería algunos gritos y unos saltos alrededor. Eso es todo, te lo 
juro—Sus labios dibujaron una amplia sonrisa. —Todo en sana diversión. 
Mina no le devolvió la sonrisa. 
—Disculpa si mi reacción te ha decepcionado. ¿Por qué estás en mi habitación? 
La sonrisa se evaporó. 
—Porque todavía no te lo ha dicho. 
— ¿Decirme qué? 
—Quién es él. 
—Es Mark—Mina enderezó los hombros. —Y eso es todo lo que me importa. 
—Esa es una respuesta perfectamente encantadora—Selene apretó con una 
mano de dedos largos y bien cuidados su pecho. —Aunque eres curiosa. Sé que lo 
eres. 
Los Centinelasna de las Sombras se desplazó lentamente hacia el asiento cerca 
de la ventana. Se sentó y se reclinó contra los cojines. Capas de enaguas de encaje 
se arremolinaron contra sus tobillos decididamente femeninos y sus lustrosos 
zapatitos negros. La pesada tela siseó con su movimiento. 
—El verdadero nombre de Mark es...
—No, no me lo digas... 
—Alexander Helios. 
Mina cruzó los brazos sobre su pecho y exhaló. 
—Será mejor que te vayas. 
La condesa solamente sonrió y se hundió más profundamente entre los cojines. 
—No reconoces el nombre, ¿verdad? 
Mina titubeó. 
— ¿Debería? 
—Cleopatra y Marco Antonio fueron nuestros padres—Ella volvió su barbilla 
contra su hombro. — ¿Ves el parecido? Con las representaciones más amables, por 
supuesto. Mark se parece más a nuestro padre. 
Mina se tragó su incredulidad. Si las revelaciones de Selene eran ciertas, eso 
haría que Mark tuviera diecinueve siglos de edad. 
De todas maneras, negó. Simplemente no estaba bien. 
—Por favor detente aquí. Creo que debo escuchar todo esto de él. Cuando esté 
listo. 
—Nunca estará listo—Selene examinó su uña. 
—Eso debe decidirlo él. 
—Conoces la historia, y sí, estuvimos ahí. Nuestra madre consideró un honor 
que nosotros fuéramos testigos de su suicidio. 
La revelación de Selene la dejó sin aire en los pulmones, y sin réplica en sus 
labios.
—Eso es... terrible. 
Selene se encogió de hombros. Sus faldas de seda reflejaban el cálido resplandor 
de la luz de gas. 
—Intriga. Traición. Asesinato político. Eventos así eran la piedra angular de 
nuestra familia, si le puedes decir así a lo que tenemos—Aunque la condesa adoptó 
una pose de languidez indiferente, sus ojos brillaban tan negros y duros como el 
ónice. —Teníamos diez años. No éramos todavía Amaranthines. Ella tenía el poder, 
ves. Podía haberse hecho inmortal. Mientras Octaviano y su ejército avanzaban 
hacia Alejandría, el Consejo Primordial le concedió el poder para hacerlo. Pero una 
vez que se enteró de la muerte de Antonio... ella perdió la razón. Deliró y gritó. 
Nos hizo a Mark y a mí inmortales en cambio. 
— ¿Para salvarlos de Octaviano? 
Ella rodó los ojos. 
—En absoluto. Íbamos a ser sus armas, sus caballos de Troya después de su 
muerte, si quieres. Nos hizo prometer que íbamos a llevar a cabo su venganza 
contra Octaviano. 
Ella se movió y ajustó el bolso de terciopelo de su cintura. 
— ¿Qué pasó después? 
Una cierta cantidad de culpabilidad acompañó esa pregunta. No debería 
preguntarle nada; no debería ser curiosa. No con Selene haciendo todas esas 
revelaciones. 
Selene miró por la habitación. 
— ¿Tienes algún libro? 
—No en la habitación. Lo siento.
Su aquilina nariz se arrugó con irritación. 
—Bien entonces... para entender, tienes que saber que cuando a los niños se les 
es concedida la inmortalidad, deben madurar su edad de máximo rendimiento, a la 
edad en donde son más fuertes mental y físicamente. Así que sí, por años tuvimos 
la inmortalidad en nuestra sangre, pero ninguno de sus poderes asociados. 
Estábamos sin ayuda, y a merced de Octaviano. Nos convertimos en los premios de 
la guerra, Cleopatra debió saberlo. Octaviano nos regresó a Roma—Su voz se hizo 
más silenciosa. —Nos tenía atados con pesadas cadenas de oro, así apenas 
podíamos caminar, y nos llevaron por las calles. Los ciudadanos se burlaban. Nos 
lanzaban basura rancia y cosas peores. 
—Mark tiene cicatrices... 
Selene jaló el puño de su manga y la sujetó contra su muñeca, revelando unas 
cicatrices idénticas a las de Mark. 
—Como insulto final, Octaviano nos obligó a cuidar de su hermana, la 
verdadera esposa que nuestro padre había abandonado para irse con nuestra madre. 
Puedes imaginar lo que hizo por una educación satisfactoria. 
—Lo siento—susurró Mina. 
Una ceja oscura se alzó. 
—No me tengas compasión, pequeña. Y ciertamente no le tengas compasión a 
él. La experiencia sólo nos hizo más fuertes. Más implacables. Más determinados a 
abrir un sendero hacia nuestra propia leyenda, opuestos a convertirnos en un pie de 
nota del histórico, y en mi opinión excesivamente cobarde, fallecimiento de 
nuestros padres. Es por eso que ganamos la atención de los Primordiales, como 
candidatos apropiados para la orden de élite de los Centinelas de las Sombras—Sus 
ojos se estrecharon. —Mirando hacia atrás, no cambiamos nada. 
— ¿Por qué me dices todo esto?
—Dime tú la respuesta. 
— ¿Para qué lo entienda a él mejor? 
—Detén los violines—Selene alzó una mano y se arqueó en una carcajada. — 
Equivocada. 
Un ardor cubrió las mejillas de Mina. El Señor tendría que ayudarla si iba a 
tener pasar las festividades con esta mujer. 
— ¿Entonces por qué?—inquirió crispada. 
—Para decirte, en los términos más claros... que lo dejes. No vales su 
sufrimiento o su legado. Huye y huye ahora, tan rápido como tus pequeñas y 
mortales piernas te dejen—Selena se puso de pie. — ¿Necesitas dinero para poder 
irte? Tengo mucho. 
—No—respondió Mina firmemente. —No lo dejaré. Estamos casados. 
Casados. La intensidad de su convicción la asustó. Estaban casados. Mark era 
su esposo, y ella era su esposa. 
—Casados—Selena se mofó. —Montones de personas están casadas. Y eso no 
significa nada—Selena se acercó lentamente. —Solamente eres una distracción para 
él en esto, en la víspera de su mayor batalla. 
—Él detendrá a la Novia Oscura. 
Ella resopló. 
—No estoy hablando de la Novia Oscura. Estoy hablando de mí. Cuando lo 
veas de nuevo, si lo ves de nuevo, dile que los portales se han abierto lo suficiente 
para que mis órdenes puedan pasar a través de ellos. 
Su imagen se tambaleó. Se disolvió. Poco antes de desaparecer... su sonrisa 
flaqueó. Entonces se fue.
Mina dio un alarido de frustración. Vociferó alrededor de la habitación. Qué 
horrible mujer. Qué horrible historia. Mark. Fue hacia la ventana y miró hacia la 
noche. 
Él estaba afuera. Solo. Sí, ella había visto a la aterradora criatura en la que él se 
podía convertir. Pero también había visto otra parte de él. Había algo en medio del 
césped, algo que se parecía sospechosamente a un sombrero de copa. Su mente 
trabajó, zumbando y haciendo ruido con cada pensamiento. Cuando Mark escuchó 
la voz de la Novia Oscura, había ido allí por una razón, y ciertamente no sólo era 
dejarla en su casa a medio terminar con Leeson. 
En el momento en que la dejó, gritándole que se quedara detrás, no regresó al 
carruaje. Se fue en dirección al jardín. Mina salió de la habitación y bajó por las 
escaleras de servicio. Se las ingenió para evitar a Leeson, y después fue de 
habitación en habitación, eventualmente encontró la puerta que daba al jardín 
lateral de la casa. Sí, su sombrero. Y poco más allá, su capa, que había descartado a 
lo largo de su camino. Los dos objetos la condujeron a un pequeño nicho de 
árboles. 
Un muro de piedra se levantaba, de menos de medio metro o algo así, rodeaba 
una especie de piscina. No había nada más. 
Ningún sendero o alguna torre mágica. Ella puso sus cosas sobre las piedras y 
se sentó, desilusionada. 
Una suave brisa barrió la superficie del agua, pandeando el reflejo de la luna 
llena. Las carpas ornamentales naranjas y plateadas se retorcieron bajo la 
superficie, con sus escamas brillaban a la luz de la luna. 
Su reflejo apareció, como un comprensivo confidente. 
— ¿Qué voy a hacer?—murmuró ella con el corazón suave. —Lo amo. Oh, sí, 
lo hago. Y me siento miserable sin él.
La imagen le sonrió, aparentemente con los dientes expuestos. Ausente, Mina 
tocó la parte trasera de su cabeza y encontró que su pelo, aunque desordenado por 
todo el día, seguía sujeto en su sitio, nada que ver con el largo y oscuro pelo que se 
arremolinaba debajo. 
Una mano salió del agua y la tomó de la muñeca, haciéndola caer de frente 
contra el agua. 
El impacto del agua fría forzó la respiración de sus pulmones. 
Instintivamente ella inhaló. Aire, no agua, invadió su boca y su nariz. Las 
manos en sus muñecas tiraban de ella, hacia bajo... y abajo. La luz de la luna se 
volvió apenas visible. Mina luchó. 
Se retorció. Pateó para liberarse. 
Un rostro pálido se cernió sobre ella. Una afilada, dolorosa presión, dientes, la 
sujetó por la nariz, terminando con un onda de pelo oscuro y un vistazo de escamas 
plateadas. Dos manos la jalaron y la empujaron a través de un agujero, de un túnel. 
Sus pies se toparon con piedra sólida. Escaleras. Con los ojos abiertos, miró un 
brillo ondulante de color naranja. 
Mina salió de golpe del agua. Se colapsó, jadeando, en una extensión de suelo 
de mosaico. Miró las baldosas azules y blancas. Su pelo. Su piel. Sus ropas. Estaban 
completamente secas. 
Mark se puso en cuclillas a un lado de ella, completamente serio. 
— ¿Qué estás haciendo aquí?
Capítulo 17 
—Me mordió la nariz—exclamó Mina. 
Sus cejas se levantaron. 
—Veo las marcas de sus dientes—Él quitó su mano y pasó la punta acolchada 
de su dedo índice sobre el doloroso punto. —No te rompió la piel sin embargo. 
— ¿Qué es ella? 
—Es... una mujer. —Él se encogió de hombros, indiferente. —En el agua. 
Mina se levantó para sentarse. 
—Espero una explicación mejor que esa. 
Él se puso de pie. 
—Ella es una Nereida paria, pasando tiempo hasta que pueda volver a casa. 
—Una Nereida—repitió ella con incredulidad. 
Pero, por supuesto, lo creía. 
Él le tendió la mano y la levantó en brazos. 
—Por el momento, ella es la encargada de esta primavera. No se supone que 
deba dejar que cualquier venga abajo. Debes haberle gustado. 
Una caverna de bloques de piedra muy juntos se extendía por encima de ellos. 
Dos candelabros iluminaban la oscuridad. Las baldosas bajo sus pies formaban un 
gran pulpo, extendiendo sus tentáculos en espiral en todas direcciones. Contra la 
pared había una tarima estrecha, cubierta de mantas. El aroma mineral de 
manantial llenó su nariz.
— ¿Qué es este lugar?—Su voz se hizo eco débil. 
—Es un baño romano, cubierto por la ciudad hace mucho tiempo. 
— ¿Puedes oír la voz de la novia oscura aquí abajo? 
Mark sonrió con fuerza. 
—No mucho. 
Mina abrió la boca, con su corazón creciendo con esperanza. 
— ¿Así que te puedes quedar aquí, protegido, hasta que la ola acabe? 
—Algo así. 
Ella no le quería decir nada más de su padre, del Ojo o de la novia oscura. No 
había nada más que discutir. Cuando la ola terminara, él la cazaría. Y como 
resultado, él viviría o moriría. 
— ¿No estás enfadado conmigo por haber venido aquí?—Preguntó ella. 
—No tan enojado como debería estar—La luz de las velas se reflejaban en la 
mandíbula y en los huecos de sus mejillas. 
Mina se movió a su sombra y con su mano tocó el centro de su camisa. 
—No, Mina—Él retrocedió un paso. 
Ella dejó caer sus brazos a los costados. 
—He venido en busca de ti por una razón. 
Él negó. 
—No deberías haber venido.
—Quería estar con mi esposo. 
Él miró hacia abajo y cerró los ojos. 
—Tenías razón cuando dijiste que un día... que un día tendría que irme—El 
músculo de su cuello se movió al tragar. —No me quedaré, Mina. Nunca lo he 
hecho. Nunca podría ser el marido que mereces. Incluso si logro salir de esto, con 
el tiempo me tendré que ir. No es justo que te impida todas las cosas que te traigan 
felicidad. 
—Felicidad—Ella sonrió, y su visión se volvió borrosa por las lágrimas. —Este 
momento... estar contigo, me trae felicidad. Eso es suficiente. 
Mina retrocedió hacia la tarima. Con dedos temblorosos se desabrochó los 
botones de la parte delantera de su corpiño. 
—Alexander Helios, hijo de Cleopatra y Marco Antonio, sé mi esposo. Sé mi 
lugar seguro ahora, esta noche, y déjame ser tuya. 
Sus labios se separaron con un aliento. 
—Tú... sabes. 
Ella asintió. 
—Tú viciosa hermana, a quien me temo no me importa casi nada, me visitó 
esta noche y me lo dijo todo—Mina empujó la ropa por sus hombros. —Ella quiere 
que sepas que le dieron órdenes de matarte. 
Mark no hizo más que parpadear. En su lugar, observó, fijamente mientras ella 
se quitaba la blusa y se desataba la falda. 
—Me ocuparé de ella mañana. 
Quedándose en su mirada caliente, ella apenas sintió el aire frío de la cámara 
subterránea.
Con una suave maldición, él cerró la distancia entre ellos y la agarró por la 
cintura, levantándola en su contra, llevándola a su cama. Ella se acurrucó en torno 
a él, inhalando su aroma y enterrando las manos en su pelo. 
Suavemente, él se arrodilló y se apoyó en la cima de las mantas. Él tiró la 
camisa de sus hombros. 
—Mi esposa. Mi bella esposa. —Apoyándose en sus brazos, él se sentó encima 
de ella. —Tú eres la única. En toda mi vida, eres la única mujer a la que he amado. 
La única mujer con la que me he casado. 
***** 
—Despierta, cariño. Es por la mañana—Mark estaba apoyado en el codo, 
mirando hacia abajo el rubor de Mina, su cara de sueño. 
Desnuda, ella hundió la cara en su cuello. 
— ¿No podemos quedarnos aquí? 
—Sabes que no podemos—Él se inclinó para darle un beso en la sien. 
Había llegado el momento para que él dejara a Mina y saliera de la ciudad. Se 
vistieron en silencio, cada uno ayudándole al otro a abrocharse los botones. Un 
momento después, se situaron en el borde de las escaleras. Negra-azul, el agua 
ondulaba y golpeaba las piedras. 
El nerviosismo de Mina era evidente. 
—Aquí—Mark puso una moneda en la palma de su mano. —Dale algo 
brillante para el camino. A ella le gustan las cosas bonitas. 
Con un apretón, la llevó a las escaleras. 
— ¿Estás lista?
Mina asintió. 
—Uno. Dos. Tres. 
En conjunto, se hundieron bajo la superficie. Familiarizado con la estrecha 
dimensión del túnel, él la dirigió y tiró de ella. Una vez dentro de la columna del 
pozo, ascendieron. Temprano por la mañana la luz reveló el esquema ágil de la 
Nereida contra la piedra gris. 
Como una princesa antigua, unida para siempre a una torre acuosa, ella los 
rodeó, agitando el agua con su cola plateada. Sin embargo, sus ojos estaban muy 
abiertos, y ella evitó ofrecérselos a Mina. 
En cambio, apuntó hacia arriba. 
Mark miró. Las manos de Mina se cerraron en sus hombros. 
En la superficie de arriba, un rostro miró hacia abajo, un parche negro fue 
claramente visible. 
Con una serie de patadas fuertes, Mark llevó a Mina a la superficie. Ella se 
agarró a la cornisa, y él la levantó hacia arriba. La mano abierta de Leeson se 
agachó. Mark tomó la palma de su mano, y con la presión de sus botas contra la 
piedra, se apeó. El agua salió fuera de su ropa, de su piel, dejándolo seco. 
—Su señoría, tiene visitantes—anunció Leeson. 
— ¿Visitantes peligrosos?—Preguntó Mark oscuro. — ¿O visitantes que me 
gustaría que me... visitaran? 
—Ambos, diría yo. 
La curiosidad de Mark se despertó, tomó a Mina de la mano. Por primera vez, 
llevó a su esposa a la casa que él había esperado podrían compartir como marido y 
mujer. Una casa en construcción. Una con muchas mejoras por realizar.
— ¿Dónde?—Preguntó Mark. 
—Es en el estudio. 
Mark hizo a Mina a un lado. Leeson esperó cerca de la puerta del estudio, con 
la mirada enfocada hacia el hall de entrada de la casa. Todavía era temprano, y los 
obreros no habían llegado. Los pasillos y las habitaciones estaban en silencio. 
Mark pasó la punta de los dedos a lo largo de la mandíbula de Mina. 
—Gracias. 
Fue todo lo que podía decir. Más grandes, palabras más atrevidas patinaron 
hasta detenerse en la parte trasera de su garganta. Ella asintió. 
Él se inclinó y la besó con dulzura en la comisura de su boca, y luego en el 
tope. Un posible adiós. Ella se dio cuenta también, él lo vio, porque ella parpadeó 
con repentina humedad en sus ojos. 
Mina dejó a Mark de mala gana. Temía que en cualquier momento se fuera, y 
ella se quedaría con sólo recuerdos. Arriba, se lavó. Sus baúles se habían entregado 
del Saboya. Enfocada en sus tareas con normalidad, se puso de pie en ropa interior 
en el amplio vestidor y guardó sus cosas. Cuando llegó a uno de sus vestidos negros 
de luto, se detuvo. No. Hoy se pondría el vestido azul que Mark había comprado 
para ella. El de colores fuertes. Del color de sus ojos. Una vez vestida, volvió la 
planta baja. 
Del estudio hubo una andanada de maldiciones gritadas. La madera, las 
lámparas de araña, se estremecieron con su intensidad. Algo se estrelló contra la 
puerta y cayó haciéndose añicos. Ella se estremeció. ¿Se quedaría de pie, 
simplemente allí y escucharía? ¿Debería tratar de interceder? 
Una joven apareció de la dirección de la cocina. Vestida con un elegante traje 
azul oscuro de viaje, llevaba una bandeja redonda de plata con un servicio de té. 
Una sonrisa fácil se levantó en sus labios.
—Usted debe ser la señora Alexander. 
Un poco más corta en estatura que Mina, la mujer era, simplemente, hermosa. 
Pelo claro se retorcía en rollos complejos en la base de su cuello. Sus rizos 
brillaban, perfectamente doblados, a ambos lados de su cara. 
Crash. Más maldiciones vociferadas. 
Ella no se inmutó siquiera. En lugar de eso preguntó alegremente. 
— ¿Le apetece una taza de té? 
Mina la siguió hasta la sala de dibujo, directamente a través del hall de entrada 
del estudio de Mark. 
La mujer rubia más pequeña, bajó la bandeja a una mesa. Con un giro de 
hombros, saludó a Mina de nuevo. 
—Estoy muy emocionada de conocerla. ¿Mark, casado? No puede ser cualquier 
mujer, la que ha capturado su corazón. 
Mina sonrió. Ella había capturado su corazón. Después de su noche juntos, no 
tenía ninguna duda de eso. Días después de su ceremonia de matrimonio, sin duda 
se habían convertido realmente en un hombre y su esposa. A pesar del peligro 
inminente, el resplandor del amor surgió con calor en sus mejillas. 
Ella se acercó a la mujer. 
—Está claro que sabe quién soy, pero estoy un poco asustada por la oscuridad 
en cuanto a su identidad. 
Ella se echó a reír. 
—Por supuesto. Cuán descortés por mi parte. Soy Elena, la Señora Black. El 
Señor Black es mi marido.
—Lord Black—Mina se puso tensa. Mark había mencionado al antiguo 
Centinela en una serie de ocasiones, siempre con el entendimiento de que cuando 
regresara del Reino Interior, sería para asesinarlo. Selene ya había recibido las 
órdenes en ese sentido. ¿Estarían todos de vuelta ahora, como buitres? 
—Oh, Dios mío. Puedo ver que te he disgustado—La sonrisa de Elena cayó. 
Ella se sentó en el sofá y palmeó la almohada a su lado. —Por favor, siéntate. 
Mina se sentó, pero sólo porque la sala daba vueltas salvajemente a su 
alrededor. Con el ceño fruncido, ella miró los ojos de la otra mujer. 
— ¿Por qué están tú y Lord Black aquí? 
—Porque me ayudarán—dijo Mark desde la puerta. 
Otro hombre apareció detrás de él, tan alto como Mark. Su cabello era más 
oscuro que la noche. 
Intensos ojos grises se asentaron en Mina. Un escalofrío la atravesó como si por 
esa simple mirada la evaluara por completo, por dentro y por fuera. 
—Buena elección, Alexander. 
Mark le hizo un guiño a Mina. 
Mina frunció el ceño, perpleja. 
— ¿Qué quieres decir, con que nos ayudarán? Siempre me dijiste que Archer 
era de temer. 
Archer le dio un codazo a Mark. 
— ¿Le dijiste eso? Me siento halagado. 
Mark puso los ojos en blanco.
Elena le tocó la mano. 
—Archer le solicitó al Consejo Primordial retrasar las órdenes de asesinar a 
Mark. Ellos se negaron y él accedió a la petición de Selene. 
—Creo que es terrible—dijo Mina con el ceño fruncido—Esa hermana se 
ofreció de voluntaria para asesinar a su propio hermano. A su gemelo, no menos. 
Llegó a la casa ayer por la noche sólo para burlarse de mí con sus viciosas órdenes. 
Mark la interrumpió: 
—Pero de nosotros, como Centinelas de las Sombras se espera que seamos 
vicioso. Temibles. Despiadados. Entiendo el reto y soporto su mala voluntad. 
Archer asintió, y levantó un trozo de pergamino sellado con un sello triangular, 
negro. 
—Sin embargo, debido a circunstancias especiales, se nos ha otorgado a Elena 
y a mí permiso para ofrecer cualquier ayuda que podamos darle a Mark—Él 
depositó el documento sobre una mesita, y se movió para pararse frente a la 
ventana. 
La mirada se desvió de Mina a su marido y al oscuro Centinela. 
— ¿Circunstancias especiales? 
—Debido a que hace seis meses, Mark se sacrificó trascendiendo para salvar a 
Archer—reveló Elena en voz baja. —No sólo a Archer, sino a su hermana y a mí, y 
a toda la ciudad de Londres. Él se sacrificó por el bien de muchos. 
—Estás exagerando mucho—respondió Mark. Sus mejillas se sonrojaron con 
una sombra rubia y masculina.
—No estoy exagerando—murmuró Elena. —Si no fuera por tu marido, Archer 
no estaría aquí hoy y tampoco yo. El Consejo, a pesar de su cautela, está 
agradecido. Archer los persuadió para premiar a Mark con esta última oportunidad. 
Mark se acercó más y tocó con su mano la parte trasera del cuello de Mina. 
—Los trozos de tiempo que faltan... fueron causados por el Consejo 
Primordial. Ellos utilizaron olas centradas de poder Amaranthine para debilitarme 
durante los tiempos en que me vuelvo más vulnerable con la novia oscura, 
efectivamente impidiéndome ser utilizado para sus oscuros propósitos. Eso retrasó 
los efectos de mi deterioro. 
Archer asintió. 
—Porque quiero que sobrevivas. 
— ¿Entonces por qué la orden de asesinarlo?—Exclamó Mina enojada. 
Ella se levantó y se acercó a la mesa, donde tomó el pergamino que Archer 
había dejado detrás momentos antes. Ella lo levantó para leerlo, pero los personajes 
se desdibujaron... y desaparecieron. Ella parpadeó y una fracción de segundo 
después abrió los ojos, y vislumbró grandes rasgos, oscuros otra vez, pero igual que 
antes, se desvanecieron demasiado rápido para que ella los examinara. Volviendo 
la página, pasó los dedos sobre el sello de cera y profundamente por la imagen 
impresa de tres flores de loto. Se volvió hacia sus compañeros. —Díganme, por 
favor, ¿por qué? 
Archer le explicó en un tono paciente. 
—Porque más allá de todo lo demás, debemos proteger la integridad del Reino 
Interior. No pueden tener la oportunidad de que este esfuerzo final por salvar a 
Mark falle. Selene es consciente de que estamos aquí en nombre de Mark. Ella nos 
estará vigilando y esperará hasta el último momento posible para ejecutar sus 
órdenes.
Mina se llevó una mano a la frente. 
—No me gusta esa mujer. 
—Es un gusto adquirido—le aseguró Elena. —Creo que en otras circunstancias, 
habrías llegado a quererla como yo—Sus labios dibujaron una sonrisa. — ¿Has 
conocido a alguna de sus mascotas? 
Mina asintió. 
—A la señora Hazelgreaves, de hecho. 
—Querida—Archer intervino,—no tenemos tiempo para charlar. 
Elena apretó los labios. 
—Tienes razón. Tenemos que encontrar a tu padre. Todo nuestro Amaranthine 
de inteligencia indica que él está aquí en Londres, buscando El ojo. 
Mina suspiró, aliviada. 
— ¿Así que sabemos a ciencia cierta que el Ojo está aquí? 
Mark respondió: 
—Así es, cariño—Con voz tranquila, agregó:—Tu padre, desafortunadamente, 
ha sido utilizado. 
La cara de Mina se vació de calor. 
— ¿Qué quieres decir? 
La expresión de Archer se convirtió en cruda. 
—Hemos hecho algunas observaciones desde el Reino Interior. Trazando los 
caminos de los individuos a través de la historia, y encontrado patrones
perturbadores. Ese movimiento Tantalyte ha estado en curso con sigilo desde hace 
bastante tiempo. 
—Pero mi padre... Dices que fue utilizado. ¿Cómo? 
—Es como una partida de ajedrez, que se despliega sobre la superficie de la 
tierra—respondió él. —Pero con personas y los artefactos poderosos. 
Elena añadió en voz baja: 
—Esto se ha prolongado durante siglos, bajo la conciencia del Consejo 
Primordial. 
—Es él... —Una repentina opresión en su pecho la cortó. 
— ¿Malo?—Mark completó. —No, en absoluto. Sus motivos son puros. Pero 
igual que una larga línea de los demás, ha sido blanco de ataques debido a sus 
fortalezas e intereses, e insidiosamente presentado con información. Sin saberlo, ha 
actuado en nombre de Tántalus. 
Archer asintió. 
—Es un títere. Tántalus ha manipulado una larga sucesión de eventos, una vez 
más, a lo largo de siglos poniendo los pergaminos en su camino. Tántalus 
necesitaba que un mortal los tradujera y llevara a sus seguidores. 
Mina miró a Mark. 
—En su deseo de descubrir la verdad, ¿Ha estado realmente ayudando a 
ejecutar alguna estrategia de siglos de antigüedad? 
—Así es—contestó Mark uniformemente. —En este mundo existen reliquias de 
extraordinario poder. Reliquias que, cuando se reúnen de manera precisa, se 
pueden utilizar para el bien o para el mal. 
—Y este Ojo es uno de ellos—conjeturó ella.
—Así es—confirmó él. —Está claro que el espejo no comenzó en Londres, pero 
de alguna manera, a través del tiempo, se abrió camino hasta aquí. Archer, me dice 
que los Primordiales todavía están tratando de determinar la forma en que lo 
hicieron. En cualquier caso, no estamos seguros de cuál es la intención final de 
estar aquí, pero no puede ser buena. Tenemos que encontrar a tu padre antes que 
ellos. 
—Entonces, ¿qué estás esperando?—Lo instó, moviendo sus manos sobre él y 
apretándolo—Ve. 
Archer sonrió. 
—Es hora de salir a la ciudad. Nos dividiremos los distritos entre nosotros. 
Elena, aunque no es una Centinelas de las Sombras, puede ayudar en la búsqueda 
también. 
— ¿Elena no es un Centinela?—Preguntó Mina. 
—Soy una interventora—Elena sonrió—Soy experta en sanidad, y en su caso, 
intervengo cuando las vidas mortales son injustamente amenazadas con una muerte 
prematura. 
Archer continuó. 
—Entre los tres, lo encontraremos. Se menciona en the Times de Londres de 
hoy que los trabajadores de la ciudad descubrieron una porción vieja de la muralla 
de la ciudad cerca de Ludgate Hill, cerca del puente Little. De origen romano. 
Quiero investigar la pared. Nunca se sabe, el Ojo podría haber sido escondido allí 
desde hace siglos. 
Leeson entró, llevando dos cajas negras grandes. Mina observó la mirada de 
Mark ir a la caja con una nostalgia feroz, intensa. 
Archer, miró a Mark.
—Una cosa más. Estoy autorizado a transmitirte que para en las próximas 
veinticuatro horas, el Consejo Primordial rescinde tu orden en contra de tu 
posesión y uso de la plata Amaranthine—Sonrió, pero sus ojos y sus labios fueron 
duros—Puedes cazar completamente armado. Si encuentras a la Novia Oscura 
antes que Selene o yo, Reclámala. Ella hará cualquier cosa para preservar el agarre 
cada vez mayor de Tántalus en esta ciudad. Él quiere que Londres sea su trono. 
— ¿Por qué Londres?—Preguntó Mina. Le dolía la cabeza con la enormidad de 
todo lo que había oído. 
Mark le explicó. 
—Londres tiene, por lejos, la mayor concentración de pobreza, pero también de 
excesos y vicio. Creemos que el volumen de la miseria, que el deterioro del alma 
mortal, lo ha atraído aquí. Una vez que llegue, tendría acceso a miles y miles de 
reclutas para su ejército de aduladores. 
La frente de Archer se levantó. 
— ¿Aduladores? 
Mark asintió. 
—Nunca he visto nada igual antes. Pero asisten a la Novia Oscura. No dejan su 
sentido del mal. No están más que vacíos. 
—Hemos observado la proliferación de tales sirvientes—reveló Archer. —Son 
humanos que han tenido sus almas sometidas, mientras sus defensas morales 
estaban en un estado débil. Durante un ataque de ira o un ataque de celos. Son 
condenadamente difíciles de rastrear. 
Los labios de Mark bajaron:
—Pero ¿qué pasa si mi deterioro avanza? No importa cuánto que lo desee... No 
debe tener el poder de Reclamar. No, cuando puedo plenamente ser consumido, 
cuando podría voltear el poder en contra de ti. 
Archer subió hacia él, por lo que quedaron nariz con nariz. Una pequeña 
sonrisa tiró de sus labios. 
— ¿Escuchas su voz ahora? 
—No por el momento. 
—No, es porque ella no está hablando, y tratando malditamente de ponerte en 
contra de nosotros. 
Mark ladeó la cabeza. 
— ¿Qué estás diciendo? 
—Ese mismo poder concentrado que los Primordiales emplean para debilitarte 
es lo que te protegen. Ahora estás siendo exigido por toda la ciudad para silenciar 
sus órdenes. Pero sólo tienen suficiente almacenada, para utilizar ese grado de 
intensidad, hasta mañana. Por lo tanto, esas son las mencionadas veinticuatro 
horas de límite. 
Mark sonrió. 
—Entonces empecemos. 
Mina se acercó a los bordes de la habitación por la siguiente media hora. Los 
tres inmortales propusieron estrategias, sacaron las armas y se prepararon para 
partir. Una cierta excitación, incluso optimismo, electrizaba la habitación. 
Finalmente Mark se acercó a ella. 
—Este no es un adiós.
—Sé que no lo es—Ella sonrió hacia él. —Me gustaría ir contigo, pero sé que 
no es posible. 
—Quédate con Leeson—Él se inclinó para poner un beso en sus labios. 
Sus manos se deslizaron sobre sus hombros, y se doblaron en su cuello de lino. 
Ella lo acercó para un segundo beso, más ferviente. En ese, le susurró. 
—Regresa a mí, marido. Estaré esperando aquí por ti. 
Trece horas completas más tarde, la noche oscurecía la tierra. Mark continuaba 
su búsqueda, examinando metódicamente los distritos a lo largo del Támesis. La 
frustración atenuó su anterior optimismo. No había encontrado nada. A ningún 
profesor. A ningún Ojo. A ninguna Novia Oscura. Ni siquiera un criticado Toadie. 
Las horas azotaban pasando con demasiada rapidez. Trece horas. Once horas 
quedaban. 
El Savoy se levantó antes que él, con su belleza envuelta en cortinas de lona y 
andamios. 
La Aguja de Cleopatra brillaba luminosa en el marco del cielo nublado. Cuatro 
piedras colosales de esfinges custodiaban las esquinas del sitio. El aire de la noche 
aún llevaba el sonido de las ruedas de los carros rodando ruidosamente sobre el 
pavimento. Las campanas repicaban desde los barcos lejanos. Pero aquí el terraplén 
estaba desierto. Su mirada se deslizó hasta el obelisco de granito. Por primera vez 
se dio cuenta de que su madre debió haber sentido como los ejércitos de Octaviano 
se acercaban a ella. 
Date prisa. Date prisa William. Antes de que te encuentren. 
Mark escuchó los pensamientos mortales, tan claros como el día.
Su pulso se aceleró. Con una estocada, rodeó el monumento. Una oscura figura 
estaba encorvada en la sombra más oscura, en una de las esfinges de piedra. Un 
alivio, mayor del que había conocido, pasó como el sol a través de sus venas. 
—Profesor Limpett. 
El hombre se abalanzó encima de su posición en cuclillas y se alejó a 
trompicones. Tenía un martillo y un cincel. Su expresión se volvió intensa por la 
tensión del miedo. 
Era uno de ellos. 
—No, no lo soy—Mark sostuvo su postura y negó. 
—Me acuerdo de ti. Tu rostro. Nos conocimos en... 
Hace treinta años, se hizo eco en sus pensamientos. 
—En Petra, sí. 
—Pero tú eres... eres... 
—Soy al que ha estado buscando—Sonrió Mark. —Y yo he estado buscando 
por usted. 
La mandíbula del profesor cayó. 
—Soy uno de los inmortales que has tratado de demostrar. Y los pergaminos 
que posee, el Ojo que busca... es imperativo que los encontremos, y rápidamente. 
—Ellos quieren lastimar a la gente. 
—Por eso los detendremos. 
El profesor lo miró con recelo.
Un gruñido salió de la oscuridad. Una sombra saltó por el aire, hacia el 
profesor. 
Con un toque de su mano, Mark emitió su espada. Su piel, sus ojos, habían 
cambiado. 
La plata Amaranthine brilló. 
Mark se lanzó y cortó. El Toadie se desplomó sin cabeza. El hedor de su 
repentino deterioro nubló el aire. El profesor se agachó sobre el pavimento, 
jadeando. Miró los restos. 
— ¿Tengo que convencerlo de qué lado estoy? 
—Oh, no—respondió el profesor. —Eso es más que suficiente para mí. ¿Tienes 
alguna otra de esas espadas para mí? 
—La plata le quemaría las manos. La hoja está formada de plata virgen, y de 
fuego. 
—Maravilloso—se maravilló el hombre viejo. 
—Debo informarle, me he casado con su hija. 
—¡Tú! Lo supe por el anuncio del periódico que se había casado, pero su cara 
estaba borrosa. 
—Lo llevaré con ella más tarde—Mark hizo un gesto con la cabeza hacia las 
herramientas que el profesor todavía apretaba en sus manos. — ¿Por qué está aquí? 
¿Tiene los pergaminos? 
El profesor asintió. 
—Sin embargo, están malditos por el momento. Consigamos el Ojo. 
El Ojo.
Mark dobló los puños. Concentrándose, le transmitió la noticia a Archer. 
Aguja de Cleopatra. Ven ahora. El Ojo. 
Limpett señaló el martillo. 
—Tenemos que hacer palanca para extraer esos agujeros perforados a cada lado 
de la aguja. 
— ¿Perforar agujeros? 
Sus cejas grises se levantaron. 
—Los verás cuando mires. Es una palanca para extraer—. Él le ofreció un 
cincel. 
Mark levantó su espada. 
—Estoy cubierto. 
—Voy por el otro. 
Con una presión de la punta de sus dedos contra la superficie de granito, Mark 
descubrió un agujero circular en la base de la aguja. Metió la punta de su espada en 
él. El agujero salió. Por otro lado, Lim luchó para avanzar en su obra. 
—Retroceda—le ordenó Mark. Cuando el profesor se movió, él abrió el agujero 
con la misma eficacia. 
— ¿Y ahora qué? 
—Sólo mira—El profesor señaló un lado de su chaqueta. Allí, atado a sus 
lados, estaban cuatro rollos de color marfil moviéndose. 
Otro rugido salió de la oscuridad, y luego un silbido bajo. Dos aduladores 
fueron hacia ellos, enfrentándolos con miradas lascivas, con los brazos extendidos.
Mark tapó al profesor, luego lanzó la espada. Las cabezas volaron y rebotaron en el 
concreto antes de rodar a la hierba. 
—Maldita sea, William. Date prisa.
Capítulo 18 
Leeson saltó de su asiento. 
—Alguien se acerca a la puerta. 
Mina hizo a un lado el periódico que no había estado leyendo. 
— ¿Sabe quién es? 
Sus ojos se estrecharon. 
—Es tu tío, el Señor Trafford y sus hijas. 
—Oh, Dios mío—Ella presionó sus manos en sus mejillas. —Han pasado días 
desde que les llamé o les envié correspondencia. 
—No los dejaremos entrar—dijo él con firmeza. Se acercó a la puerta del salón 
y se asomó a la sala de entrada. 
Llamaron a la puerta. 
Mina se mordió el labio. 
—No podemos permitir que se queden en las escaleras. 
—Por supuesto que sí. 
—Todas las luces están encendidas. Saben que hay alguien en casa. 
—Cerraré el gas ahora. 
—Señor Leeson. 
—Oh, está bien—Él se debilitó visiblemente. —Simplemente habla con ellos a 
través de la puerta.
— ¿Cuál de mis parientes es sospechoso de qué?—A pesar de la tensión del día, 
Mina se rió entre dientes. — ¿Trafford, o una de las chicas? 
—En la actualidad, todos en Londres son sospechosos. Sobre todo con todas 
esas mutaciones-de-almas de nuevos aduladores al acecho—Movió uno sus 
hombros y fingió un escalofrío. Sonrió. —Sólo abre la puerta. Diles que estás 
enferma. La fiebre tifoidea siempre funciona bien para enviarlos corriendo de vuelta 
a sus carros. 
Como si ella fuera a cumplir su orden, él se deslizó detrás de la puerta. Giró la 
llave y retorció el mango. Él le permitió a ella un, sí, con un crack. 
—Buenas noches—dijo ella. Nunca había sido buena para fingir una 
enfermedad, tal como un niño. 
La puerta se abrió hacia adentro. 
—La casa es hermosa—dijo efusivamente Astrid, corriendo por el costado. 
—Grandiosa—coincidió Evangeline, entornando los ojos hacia todas las 
esquinas. Siguió a su hermana. —Debes darnos un tour. 
Desde detrás de la puerta abierta, Leeson dejó escapar un gemido de 
frustración. Las chicas las dos con sombreros negros corrieron de habitación en 
habitación. 
Trafford se quedó tímidamente en el umbral, con una tarjeta de visita en la 
mano. 
—Siento mucho la intrusión. Nos iremos al norte de mi estado por la mañana, 
y queríamos decirte adiós. El caballero del Savoy nos dio esta dirección. 
—Está todo muy bien—contestó Mina. —Pero me siento un poco enferma con 
el clima y no quisiera darle a las chicas una sorpresa desagradable.
Él asintió. 
—Déjame que las recoja. Sin Lucinda aquí, se han convertido en unas 
impulsivas. Oh—Él levantó un dedo, como si recordara algo. 
— ¿Sí? 
—Había otro señor en el hotel haciendo preguntas sobre ti—Él se volvió para 
echar un vistazo sobre su hombro. —Le dije que eras mi sobrina. Espero que todo 
esté bien. Dice que fue un conocido de tu padre. Creo que nos siguió. 
El corazón de Mina se hundió. Claro como el fuego, el Señor Matthews, 
llevaba un bombín negro, y se precipitó caminando. 
Trafford entró en el edificio. 
—Señorita Limpett—Un sonriente Señor Matthews trepó por las escaleras. 
—Señor Matthews—Ella le dio una sonrisa forzada. 
Una vez más, desde algún lugar detrás de la puerta, Leeson dio un poco 
graznido. 
—Estoy tan contento de finalmente encontrarla aquí en casa. He estado 
intentando desesperadamente darle mis respetos. Estoy avergonzado de haberme 
perdido el servicio del funeral de su padre, pero estaba fuera del país por asuntos del 
museo. 
—Gracias, señor. Sus sentimientos son profundamente apreciados. 
Pasó con valentía. Ella miró a Leeson. Sus mejillas estaban rojas, sus labios 
planos con disgusto. Ella cerró la puerta. 
Un grito salió del piso de arriba, de una de las chicas. Mina se mordió el labio 
inferior. No podía dejar de recordar la última vez que había oído el grito de las 
chicas.
— ¿Qué fue eso?—Preguntó el Señor Matthews, girando sobre sus tacones. 
Trafford salió corriendo de la sala de dibujo. 
— ¿Acabo de escuchar a una de las chicas? 
—Todo está bien—Mina levantó una mano. —Tal vez es sólo sea un ratón—O 
una serpiente. —La casa es vieja, y la renovación podría haber logrado incitarlas. 
Haré que las chicas den marcha atrás. 
Con una mano en su falda, Mina subió las escaleras al primer piso. Encontró a 
Astrid y a Evangeline en la primera habitación, agarradas una a la otra por las 
manos. La habitación todavía tenía que ser amueblada. Sólo había alfombra, y una 
puerta abierta que conducía a un sombreado armario. 
— ¿Están bien? 
Evangeline soltó una risita. 
—Lo siento mucho, Willomina. Astrid me asustó, niña mala. Dijo que vio un 
rostro en la ventana y me agarró, así que grité. 
Astrid se quedó mirando el panel de la noche oscura. 
—Vi una cara. Un rostro blanco. Uno que parecía una máscara. 
Un escalofrío recorrió la espalda de Mina. 
De repente, la luz de gas que iluminaba la habitación se encendió con un 
silbido repentino... y murió. 
Mina parpadeó en la oscuridad. La luz de la luna se filtraba por los cristales de 
la ventana, pero débilmente. 
— ¿Willomina? Las luces—dijo Astrid.
—Por aquí—Ella indicó con tanta calma como su corazón palpitante le 
permitía. —Vengan conmigo. 
Una oscura figura se precipitó afuera en la oscuridad, nada más que una 
sombra, excepto por la máscara blanca que llevaba como cara. 
Demasiado tarde, ella vio el destello de una larga hoja de plata. 
Mark escuchó el grito de Mina en su cabeza. El pánico rasgó a través de él con 
tanta violencia, que casi dejó caer su espada. 
El profesor murmuró entre dientes. 
—Sopas. Esos dos no seguirán, no así de todos modos. Ya ves, hay dos 
agujeros, pero tengo cuatro rollos. Todo es cuestión de encontrar la combinación 
correcta. 
Archer. Date prisa. La Aguja de Cleopatra. 
Sólo un minuto, Archer contestó. Retrasado por aduladores. 
—Me tengo que ir—dijo Mark. 
— ¿Irte?—Los ojos de William se abrieron con alarma. — ¿Qué pasa si hay más 
de esas cosas? 
—Es Mina. 
Él se puso pálido. 
—Entonces, vete. Sí, ve. Yo terminaré aquí y me uniré a ti en tu residencia. Sí, 
sí, conozco la dirección. No siempre he sido el padre perfecto, pero amo a mi hija y 
me he mantenido informado de su situación y de su bienestar.
—Otro inmortal llegará en un momento. Su nombre es Archer. 
Con el ceño fruncido sombrío, el profesor asintió encajando una barra de 
desplazamiento en el estrecho agujero. 
—Dale un beso de su papá. Dile que le explicaré todo muy pronto. 
Mark se transformó en sombra. La luz brilló pasando arroyos brillantes 
mientras él se juntaba, torcía y se elevaba sobre adoquines, casas y coches. Se 
detuvo, tensando su poder más allá de sus extremos anteriores. 
En tres minutos, había llegado a la casa. El miedo lo atenazó en el fondo de sus 
entrañas. Las ventanas estaban negras y la puerta estaba abierta. Con un gruñido 
agónico, se materializó y se metió al interior. 
—Mina—espetó. 
—Se la llevaron—gritó la voz de Leeson desde la sala de dibujo. —Malditos 
Bastardos. 
Mark se encontró el cuerpo decapitado del inmortal en el centro de una 
alfombra manchada de sangre. 
—Por aquí. Por aquí. 
Su cabeza estaba detrás del sofá. Mark se inclinó sobre él y volvió su barbilla 
para mirar sus ojos. 
— ¿Quién se la llevó? 
—No estoy seguro—Leeson movió los labios manchados de sangre. Un ojo le 
vaciló, buscando su enfoque. El parche se mantuvo en su lugar. —O bien fue 
Trafford o ese tipo Matthews, del museo el que me cortó. 
Mark hirvió. El culto a la inmortalidad que originalmente había sospechado 
que había comenzado a tomar forma.
— ¿A dónde? ¿A dónde se la llevarían? 
Una voz respondió: 
—Hay una nota clavada en su pecho. 
Mark se volvió. Archer se inclinó sobre el cuerpo de Leeson. 
—Oh, Dios mío—Elena se apresuró a tomar la cabeza de Leeson. —Una 
decapitación. Una lesión difícil, pero no te preocupes, mi querido pequeño hombre. 
Te repararé en un momento. 
—Te dije que fueras a la Aguja de Cleopatra—gritó Mark. 
—Lo hicimos—Los ojos de Archer brillaron. —No encontramos nada, excepto 
un enorme agujero en la base. 
— ¿Qué pasó con el profesor? 
Archer sacudió la cabeza. 
—No estaba allí. 
—Maldito infierno—maldijo Mark. — ¿Qué dice la nota? 
—Es una invitación—Archer la miró con ecuanimidad. —Es para ti. 
Mark arrebató la tarjeta cuadrada de la mano enguantada del inmortal otro. Un 
familiar olor ofendió a su nariz. 
Frenético por la desaparición de Mina, él rozó las palabras, que eran de tipo 
negro brillante. 
La Novia Oscura solicita su presencia en las bodas de ella misma. La Novia Oscura y 
Jack el Destripador esta noche a la medianoche en la Torre del Reloj de Westminster. Salvo 
preocupante, una X negra gruesa pasaba a través de las palabras “Jack el
Destripador”. El puño y letra eran redondos e infantiles, el nombre de Mark había 
sido sustituido debajo. En el fondo, ella añadió: Posdata Ven solo. 
—Eso está a una hora de aquí. 
—Entonces será mejor que elaboremos las estrategias en el camino. 
Hicieron una pausa sólo para ayudar a Elena a acomodar el cuerpo de Leeson 
en el sofá. Lo dejaron allí, maldiciendo y quejándose por haber sido dejado atrás, 
con el grueso cuello vendado. 
Mina despertó en la oscuridad y por el grito de un hombre. A ciegas, apretó sus 
manos. La habían encerrado en una especie de armario, con sólo una rendija de luz 
visible debajo de la puerta. 
Sus labios estaban secos y ella probó y olió a productos químicos. Alguien se 
dirigió hacia ella. 
—Ay, ay. Detente—Ella se apoderó de una bota y se dirigió la ofensiva. 
— ¿Willomina? 
Su corazón dio un salto por la voz familiar. 
— ¿Padre? 
Él se dejó caer a mitad de camino sobre ella, y después de un momento, se 
encontraron uno en brazos del otro. Oh, Sí. Ella inhaló. Tinta, papel y tabaco. Le 
tocó la cara. Bigotes. Su nariz estaba completa. Él hizo lo mismo. 
— ¿Te lastimaron?—le preguntó él. 
—No.
—Lo siento mucho. Sólo buscaba a protegerte. 
—Ahora lo sé, padre. 
—Pensé que había sido tan inteligente, al evitarte que todo este tiempo. Pero 
una vez que descubrí el Ojo, ellos se acercaron. Había tantos. Demasiados para 
haber escapado. 
— ¿Encontraste el Ojo?—Ella apretó su brazo. — ¿Y ahora ellos lo tienen? Oh, 
no. No, no, no. 
—Lo quieren para el mal, Mina. Pero no te preocupes. Él nos encontrará. 
— ¿Quién? 
—Tu esposo inmortal. 
Ella se rió y lloró al mismo tiempo. 
— ¿Conociste a Mark? 
—Sí, otra vez. Lo conocí hace mucho, en realidad. No me di cuenta de lo que 
era entonces, por supuesto. No puedo decir que estoy seguro de cómo los ustedes 
dos harán que su matrimonio funcione, pero no podía esperar tener un yerno más 
interesante. 
—Oh, Padre—Ella puso su cabeza contra su pecho. Las lágrimas le picaron los 
ojos. —Te extrañé. Estaba tan preocupada por ti, de que te hubieran atrapado, y 
ahora míranos. Nos tienen a los dos. 
—Hija, ¿Quién te trajo aquí? 
—Trafford y el Señor Matthews. 
— ¿Tu tío? ¿Y Matthews?—repitió él con incredulidad.
—Me secuestraron. Estoy segura de que son parte del grupo que te ha estado 
persiguiendo. 
Su cuerpo se puso rígido estrechamente en sus brazos. 
—Dios me perdone, te envié directo al peligro… 
—No es tu culpa. ¿Cómo podrías haberlo sabido?—Se quejó ella en voz baja. 
— ¿Qué nos harán? 
¿Y qué pasaría con Mark? 
Desde la sombra de la Cámara de los Comunes, Mark miró hacia arriba a la 
cara iluminada del Big Ben. 
Susurró. 
— ¿Qué quieres decir con que no puedes escalar paredes? 
Elena interrumpió. 
—Dejen de pelear, señores. Todos estamos aquí con el mismo propósito. 
Archer frunció el ceño y luego exhaló bruscamente. 
—La torre emite algún tipo de energía repelente. Sabes tan bien como yo que, 
incluso en las sombras no tenemos la capacidad de simplemente elevarnos hacia el 
cielo y entrar por las ventanas. Tenemos que tener algún tipo de tracción o de 
agarre. Incluso la puerta está atrincherada con el mismo material, no puedo ni 
siquiera atravesarla como sombra. Probablemente sólo te permita entrar a ti. 
—Maldita sea—maldijo Mark.
—Sospecho que, así como los Primordiales están ejerciendo su poder esta 
noche, en apoyo a esta batalla, también lo hace Tántalo. 
—Faltan cinco minutos para la medianoche. Tendré que ir solo. 
Archer se quedó en la oscuridad. 
— ¿Sabes si Leeson todavía tiene ese globo? 
—Esa es una idea estúpida. 
La frente de Archer subió, como única indicación de una bengala en su 
temperamento. 
Mark murmuró: 
—Pero es mejor que alguna idea de las que tengo, y no tenemos tiempo de más 
estrategias. 
—El almacén no está lejos. 
—Está bien—Asintió Mark con la cabeza. —Pero yo iré arriba. Trataré de 
retrasar las cosas tanto como me sea posible, una hora media en el mejor de los 
casos. 
— ¿Qué sucederá una vez que estés ahí arriba? ¿Qué es lo que dice el tercer 
rollo? 
Mark estiró el cuello, tratando de aliviar la tensión en sus músculos. 
—Que cualquier uso del Ojo es un maldito buen disparo. Por ejemplo, el 
conducto no se pudo utilizar en varias ocasiones para que una persona fuera y 
viniera entre los estados mortal e inmortal. 
—Entonces, ¿cuál es tu plan?
Mark se rió oscuro. 
—No tengo uno. Pero tengo que poner mis manos en el Ojo con el fin de 
revertir mi Transición. Una vez que logre eso, Reclamaré a la Novia Oscura antes 
de que tenga alguna oportunidad de transformarse en un ser inmortal. Estoy seguro 
de que la perra está esperando hacerlo durante la ceremonia—Mark dio unos pocos 
pasos. No mencionó el peor escenario, porque no quería reconocer su propia 
posibilidad. —Te necesito allá arriba, Archer. Haz lo que debas para salvar a Mina. 
—Confía en mí, Mark. Estaré allí. ¿Hay alguna otra cosa que necesite saber? 
—Conoces el orden de las cosas. Si las cosas van mal... si van mal, haz lo que 
tengas que hacer. Mátame si quieres. 
Mark cerró los ojos y pensó en Mina. Por favor, Dios. Permite que esté viva todavía. 
Haría cualquier cosa por salvarla. Daría cualquier cosa. 
Archer le tendió una mano. 
—Bien entonces, parece como si de hecho, tuviéramos un plan. 
Mark aceptó, y se estrecharon las manos. 
—Lo que sea que me pase esta noche, hazte cargo de ella. 
—Lo haremos—respondió Elena. 
Él los dejó, como dos sombras en la oscuridad, y corrió hacia la torre. No había 
centinelas vigilando. A pesar de que escuchaba el ruido de carros en las calles 
cercanas, la torre y los edificios del Parlamento adyacentes parecían desiertos. 
Abandonados. Muertos. Ver eso lo llenó de malos presentimientos. 
Se abrió paso entre las puertas. El calor, el calor del horno del sótano le tocó la 
piel. Viajó a través de varios apartamentos, y llegó como una sombra a la puerta de 
entrada a las escaleras, y se detuvo a escuchar. No oyó ningún sonido.
¿Sería todo esto una trampa? Sin duda alguna. 
Él se adentró por el pozo rectangular. En la parte superior del primer vuelo, 
dobló la esquina para subir al siguiente. 
Se quedó paralizado. Rostros lo encontraron, grises y lascivos, con los ojos 
dándoles vueltas. Había vendedores ambulantes y prostitutas, y caballeros y damas. 
Salieron a las escaleras a ambos lados, los aduladores de la Novia Oscura. Su 
corazón se aceleró. Había más de los que jamás había imaginado. 
—Renuncia a la espada—ordenó el más cercano. 
—Apártate de la hoja—dijo otro. 
Dios, sus susurros... su aliento fétido llenó la escalera. Él podía matarlos a 
todos, pero La Novia Oscura sin duda sostendría a Mina en el campanario de 
arriba. No podía poner en peligro su vida con tan imprudente reacción. Sin otra 
alternativa, abriendo de par la palma de su mano. Su espada arremetió, un destello 
ardiente de metal blanco. Los gritos de admiración se hicieron eco en las paredes, 
casi sensuales con fervor. Con reverencia, él dejó el arma a las escaleras. Una 
sonrisa curvó sus labios mientras se hundía hasta el estrecho espacio entre la 
multitud de aduladores. 
La horda hizo un gesto, echándose a reír, aguijoneados y malditos. Las manos 
se acercaron para tocarlo. A su paso escuchó silbidos y gritos de dolor de los que 
habían osado tocar la plata Amaranthine. Él subió doscientos noventa y dos 
malditos escalones en total. Por fin, llegó al final de la escalera y salió a la 
plataforma. Las cuatro caras grandes del reloj colgaban como ópalos enormes, 
iluminados por quemadores de gas y segmentado de hierro fundido enmarcado. Un 
piano se había colocado en la base de la línea norte. Allí el aire parecía más pesado. 
Un olor fétido le nubló su nariz con azufre y descomposición, el olor distintivo de 
un brotoi. 
Un tranquilo tick rompió el silencio, y se repitió cada dos segundos. Tick.
—Estoy aquí—le espetó él. —Pongamos esta boda en camino. 
Tick. 
Desde los rincones oscuros, cinco hombres cubiertos de pies a cabeza 
aparecieron. Él miró sus rostros. Matthews, Trafford y otros a los que no reconoció. 
Y entonces la vio... La Novia Oscura. 
No una sola mujer, sino dos. 
Evangeline. Astrid. Sonreían con picardía, con maldad, y tenían impenetrables 
velos negros abajo para cubrir sus rostros. La inquietud le rascó la espalda. Pero 
sólo había una Novia Oscura. Sus pasos se recortaron contra el piso de madera. 
—Amante, esposo. Has venido, como sabía que lo harías. —Las dos chicas 
hablaron al unísono, con sus voces entrelazadas en un misterioso tono de doble 
armonía. Unieron sus manos enguantadas negras y volaron en círculos entre sí. El 
silbido de sus faldas oscuras llenó la cámara sombreada. Antes de que los ojos de 
las dos se combinaran y se mezclaran en una sola. 
Mark había visto muchas cosas extrañas... pero esto, sus ojos se abrieron con 
asombro. 
Por supuesto. Era por eso que no había percibido su deterioro en Hurlingham o 
en la casa de Trafford. Eran brotoi sólo cuando se unían. 
La Novia Oscura se deslizó en el banco del piano y pasó los dedos sobre las 
teclas. Las notas discordantes se hicieron eco a través del espacio cavernoso. 
—Siempre me gusta un poco de música para poner a tono una noche, ¿no?— 
Preguntó. 
Pero después de sólo unas cuantas estrofas, ella saltó desde el banquillo y 
caminó entre él y los hombres en los obenques.
Con una inclinación de cabeza, ella se echó hacia atrás el velo. Llevaba la 
misma máscara blanca de antes, pero se había aplicado cosméticos: una raya 
vertical de color rojo gruesa a través de la boca; Kohl de oscuros garabatos, 
alrededor de los ojos. 
—Vayamos a la torre—Ella señaló hacia una pendiente de escalones. —La 
iluminación es mejor allá arriba. Perfecta para una boda. 
Se escabulleron hacia arriba. Sus zapatos resonaron contra el metal. 
—Date prisa—ella lo instó en una voz baja y seductora. —No te quedes 
demasiado atrás. 
Mark la siguió, ansioso por ver a Mina, por confirmar que estaba viva. Los 
cinco hombres se le acercaron por detrás. La oscuridad reclamaba el campanario. Si 
no fuera por su vista Amaranthine, él no habría podido ver siquiera la campana 
colosal en su centro. Una de las cubiertas de las ventanas enrejadas había sido 
quitada para proporcionar una visión clara del Támesis. Allí, en un soporte de 
madera, estaba el Ojo en un espejo plano, circular del tamaño de una tapa de barril. 
La luz de la luna iluminó su superficie. Mark vio algo más. A través de la ventana, 
a cierta distancia, vio la punta de la Aguja de Cleopatra en perfecta alineación con 
el Ojo. 
Es como una partida de ajedrez, que se despliega sobre la superficie de la tierra, 
pero con gente y poderosos artefactos. 
Un movimiento desenfocado le llamó la atención. En la esquina opuesta, un 
grupo de aduladores apareció, arrastrando a Mina y empujando a su padre. 
—Mark—exclamó Mina. 
La novia le susurró: 
—Su sacrificio será tu regalo de bodas para mí.
Mark apretó los dientes para evitar dar un grito. No podía desagradar su 
oportunidad con la brotoi. 
No hasta que Mina estuviera a salvo. 
—Vamos, cariño—La cara pintada, sin expresión se inclinó y lo consideró. — 
No es realmente un sacrificio, a menos que te duela ahora, ¿verdad? Como muestra 
de mi compromiso contigo, yo sacrificaré a alguien también. 
Ella lanzó un brazo hacia la fila de hombres. Trafford tosió y emitió una serie 
de estrangulados ruidos. Más aduladores aparecieron desde las sombras para 
capturarlo. Él luchó. 
La cubierta se deslizó de su cabeza. 
—Me prometiste la inmortalidad—gritó, mientras lo arrastraban. —Matthews 
me exigió renunciar a las chicas por su causa. Todo esto se ha ido de las manos. 
Alguien se rió. Matthews. Los aduladores abandonaron a Trafford y se 
apartaron. 
La Novia Oscura giró en torno al conde en un círculo. Él se quedó helado, 
como paralizado por el miedo. Ella se rió, con un sonido oscuro, malvado. 
—Yo soy tu padre—susurró él. 
—Pero, papá—lo arrulló ella—nos diste a Tántalo para la creación de una 
novia para tu Mensajero. 
Él tembló y envolvió sus brazos alrededor de su cintura. 
—¡Sorpresa!—Gruñó ella—Las chicas no viven aquí. 
Ella echó los brazos sobre su cabeza. Una ráfaga de viento atravesó el 
campanario. Trafford gimió y se dobló. Se desplomó en el suelo. Un ruido sordo. 
Mina lanzó un grito.
Mark se adelantó y se inclinó sobre el conde, poniendo una mano en su 
garganta. Su señoría estaba muerto. La realización oscura de que si la novia lo 
podía matar con tanta facilidad, podía matar a Mina, también le disgustó. 
Una campana sonó alto, y luego otra las campanadas del cuarto de hora en 
cada esquina del campanario. La familiar canción subió y los pájaros revolotearon 
en la oscuridad encima de las vigas del techo. Un minuto de silencio pasó, y luego 
el martillo enorme del Big Ben se levantó y cayó duro en contra de la campana, la 
medianoche llegaba. El viento y el sonido se estrellaron contra el campanario. 
—Sigamos adelante, mi amor. Es hora de que nos reunamos. Es hora de que 
nos casemos. Continuaremos con los sacrificios después. —La novia se acercó al 
Ojo. —Dame tu mano. 
Su intención de llevar a cabo el peor de los escenarios se hizo evidente. Ella 
quería una unión, una verdadera unión, para que sus almas de brotois y su 
Transición se entremezclaran. Llegarían a ser más poderosamente malvados 
compartiéndose. 
De un tirón, ella sacó el guante de su mano, dejando al descubierto los dedos 
retorcidos y anudados de sus articulaciones. Ella extendió su mano sobre la 
superficie del Ojo, aún sin tocar el cristal. Una vez que tocó el espejo, el conducto 
se llenó de su mal, y mientras ella lo disfrutaba, él no pudo revertir su transición 
que sólo podía empatar el mal de la novia y compartir su propio deterioro. Su 
corazón se sintió partido por la mitad. 
O bien él podría retroceder y negarse a tocar el Ojo, con el riesgo de la muerte 
instantánea de Mina y probablemente con la muerte de miles, si el artefacto era una 
especie de arma de destrucción en masa cuando estuviera alineado con la aguja o 
podría utilizar su energía, su más fuerte energía, para tomar todo el mal de su novia 
dentro de él, efectivamente sangrando su energía. Él se quedaría en control de sí 
mismo lo suficiente como para morir por la espada Amaranthine de Archer.
Él miró a su hermosa Mina, su esposa y se dio cuenta de que no había elección 
para nada. Haría cualquier cosa por salvarla. La amaba, mucho más de lo que 
nunca había amado a su maldita arrogante persona. 
Caminando hacia el espejo, Mark miró a Mina. Te amo, mi amor, le dijo en el 
silencio, deseando poder gritarle las palabras, deseando poder decírselo, sólo por 
una vez, con sus labios apretados en los suyos. 
—No, Mark. No—Ella sollozó en sus manos. 
La novia agarró su muñeca. 
—No hay vuelta atrás. 
Ella era más fuerte de lo que esperaba. Jaló su mano más cerca... más cerca... . 
Con la proximidad de su toque, el espejo emitió una brillante luz verde, 
hipnótica. Él ya no trató de liberarse. 
Un ruido diferente llenó el aire, un zumbido repetitivo, en el fondo... whoosh... 
whoosh. 
Más cerca... y más fuerte. Sombras ondularon sobre ambos, y en toda la 
superficie del espejo. A lo largo del perímetro, los aduladores gritaban y gritaban. 
Pasos sonaron en la plataforma. Matthews gritó en evidente agonía. Sin embargo, 
Mark no podía apartar la mirada del espejo. La luz lo hipnotizaba. 
—Estoy aquí, hermano—Una voz de mujer. 
La Novia Oscura empujó su muñeca. Poniéndola en contacto con el espejo. En 
el mismo momento, una mano los empujó a los dos para presionarse contra el 
espejo. Con un grito, la novia voló hacia atrás, desapareciendo de la vista.
Selene, su hermana gemela, había tomado su lugar. Mark la miró a los ojos, y 
por un momento regresó a una época en que tenían diez años de nuevo, sin nadie 
excepto el uno al otro. 
Su pestañas revolotearon y puso los ojos en blanco... de nuevo se centró en él. 
—Vete ahora. Salva a tu chica. 
Antes de que él pudiera reaccionar, ella lo empujó liberándolo. Él se tambaleó 
hacia atrás, mientras se dejaba caer al suelo. ¿Qué había hecho ella? Luz. La luz se 
movió bajo su piel. Calor. Despertar. 
Él se miró las manos, sabiendo... con la sensación de que algo había cambiado, 
de que el deterioro de su mente y alma se habían detenido o revertido. Pero había 
otra cosa. 
La novia se volvió, se abalanzó sobre él, alcanzándolo. Furiosa porque su 
hermana se había sacrificado a sí misma, Mark plantó su bota contra el centro del 
pecho de la brotoi. Ella voló hacia atrás y se estrelló contra la pared. La máscara 
cayó. Él se estremeció al ver la cabeza deforme, la piel manchada y sus ojos ciegos, 
con agujeros negros como ojos. Ella gritó, mostrando filas y filas de irregulares 
dientes amarillos. Se levantó de un salto, para ir sobre Selene, y arrancó el espejo 
liberándolo de su base. 
—¡Detente!—Mark se lanzó sobre ella, pero demasiado tarde. Ella se precipitó 
al Ojo en la noche. El disco brillando intensamente voló... voló... y descendió sobre 
el río. La superficie del Támesis brilló tanto como un rayo, antes de decolorarse al 
instante. 
—¡Mark!—La voz de Archer sonó. 
Él se giró. A través de la angosta ventana del campanario, Mark vislumbró el 
globo, tripulado por Leeson y Elena. Archer saltó a la plataforma.
—Reclámala—El Centinela le lanzó una daga larga, brillante, y él giró sobre 
sus tacones en un segundo. 
Mark la capturó por los puños. El calor arrasó sus palmas. La sensación de 
desconcierto lo llenó. Siseó y apretó duro. 
La novia se lanzó sobre él, como una nube púrpura de negro. Él sumergió 
profundamente la hoja en su pecho. Ella gritó, con un sonido lamentable. Archer se 
lanzó hacia adelante, con la espada nivelada. Mark se agachó. La cabeza de la 
Novia se precipitó por el campanario, sobre un alto, moreno, guerrero vestido de 
cuero negro con alas, que sacó una espada del pecho de Matthews y salió de un 
círculo de aduladores muertos. El Maestro Raven. Mark ahora entendió cómo 
Selene había llegado al campanario. 
La Novia se tambaleó unos pasos, caminando, con su cadáver sin cabeza, y se 
desintegró en un montón de arena volcánica negra, con la desaparición final de un 
brotoi. 
Mark dejó caer la hoja y se miró las palmas de las manos. Ampollas habían 
aparecido en su piel, en su piel mortal. Su hermana se había quitado la Transición a 
sí misma, dejándolo como un inmortal. 
El conducto había percibido al instante la inmortalidad como el estado 
existente y lo había convertido en mortal. 
—¡Mark!—Mina se arrojó a sus brazos. Él envolvió sus brazos alrededor de 
ella, desgarrado entre la euforia y el dolor. Se había preparado para decirle adiós. 
El Maestro Raven estaba agachado en el suelo, con sus alas oscuras abiertas. 
Sostuvo a Selene en sus brazos. Dio una mirada fría con sus ojos verdes a Mark. 
Mark atrajo a Mina, junto a él, y se arrodilló a su lado. 
—Reclámame—susurró ella. —Reclámame a mí también.
— ¿Por qué hiciste esto, Selene?—Exigió Mark ronco por el dolor. 
—Vaya, Avenage—Ella empujó los brazos del Raven con suavidad hasta que 
finalmente la dejó en libertad en el suelo y se alejó. 
Ella levantó la cabeza y se la apretó. 
—Porque la Novia era mi objetivo. Mi tarea. Yo debo ser quien haga el 
sacrificio—Sus fosas nasales se dilataron. —Y Mark... oh, Mark, tienes a alguien 
por quién vivir. Tú y tu chica—Su mirada se deslizó a Mina. —Toda una vida 
mortal de amor es mejor que nada de amor. Nuestra madre lo sabía. Tú también lo 
sabes. 
Él sintió el tacto de una mano sobre su hombro. El rostro de Elena, sereno y 
luminoso, sonrió hacia él. También ella se arrodilló junto a Selene, con sus faldas 
oscuras en el suelo a su alrededor. 
— ¿Puedes salvarla?—Preguntó él. 
—No. Pero puedo protegerla hasta que aprendamos cómo. 
Esperanza. Era todo lo que él podía desear. 
—Elena—susurró Selene, agarrando la mano de la Interventora. —Amiga. 
La palma de Elena se movió sobre el de su hermana, con sus ojos oscuros, y 
pronto la tensión en los miembros de Selene se calmó. Su cabeza rodó hacia un 
lado. 
Mark se unió a Archer en la ventana con vista al Támesis. 
Un círculo de agua brilló... y se desvaneció.
Tres días más tarde, Mark y Archer estaban sentados en el salón de la casa 
Alexander. Leeson entró a la habitación, con una gran bandeja de plata y servicio 
de té en sus brazos. 
Mark tenía un periódico. Leyó el titular de la portada en voz alta. 
—El señor Trafford y sus dos hijas desaparecidos. 
—Y seguirán desaparecidos. Siempre—Archer se levantó y fue a la ventana del 
frente. 
— ¿Qué están tramando las damas? Hay un vagón. Y el señor D'Oyly Carte 
está aquí. 
Mark se unió a él. 
—Es una entrega del Saboy. 
— ¿Qué es?—Archer entornó los ojos. 
—Ah... bien, es una pieza de mobiliario de nuestra habitación en el Savoy— 
Mark se encogió de hombros. —A Mina le gustó la pieza. Por lo tanto... Hice que 
la enviaran aquí. 
—Pareces muy feliz, Mark—Archer tomó su hombro. —Muy contenido con la 
perspectiva de la vida como un mortal. 
Mark sonrió. La verdad sea dicha, era más feliz de lo que jamás había sido. 
Siempre había pensado en sí mismo como en un rompecabezas sin esperanza, con 
sólo la gloria y el reconocimiento para completar. Pero Mina era la pieza que le 
había faltado. Su novia. Su chica. 
La vida sería perfecta una vez que recuperaran el Ojo del Támesis, y 
determinaran cómo salvar a Selene. Él había insistido en cuidarla, pero los deseos 
de una reina habían reemplazado a los de un hermano. Después de oír hablar del
sacrificio de Selene, y del papel fundamental que ella había jugado en la protección 
de los ciudadanos de Londres, Victoria había insistido en que su gemela 
permaneciera bajo protección constante en la Torre de Londres. En la actualidad, 
su hermana estaba siendo vigilada en todo momento no sólo por el propio Maestro 
Raven, sino por los ocho guerreros de Raven. 
Archer se inclinó. 
— ¿Qué pasó, Mark? ¿Qué pasó con toda tu arrogancia y jactancia? ¿Con tu 
determinación de ser la mayor leyenda inmortal en la historia Amaranthine? 
—Soy un inmortal—Sonrió Mark. —Inmortal de la única manera en que me 
importa. Viviré en los corazones y en las mentes de los de mi esposa y de mis hijos 
y de sus hijos. Es suficiente, Archer. Es más que suficiente. 
—Entonces has tenido éxito en esta vida—Archer estrechó su mano, 
agarrándosela con fuerza. Su frente se elevó—Pero no crees que una pequeña cosa 
como la mortalidad te impedirá hacer tu parte... ¿verdad? 
Mina pasó por delante de la puerta del estudio y fue a las escaleras. Sonrió, al 
oír cómo las botas en las escaleras alfombradas iban detrás de ella. Echando un 
vistazo por encima del hombro, se volvió con una sonrisa. En su habitación, 
consideró su entrega del Savoy. 
— ¿Un regalo? ¿Para mí? 
—Para nosotros—Sonrió él. 
— ¿Qué podrá ser?—Ella rompió el papel de estraza, dejando al descubierto el 
diván en el que por primera vez habían hecho el amor. 
—Qué regalo.
Mark se inclinó para presionar un beso en sus labios. 
—Pensé que lo disfrutarías. 
—Creo que debemos ponerlo a trabajar de inmediato. 
—Estoy de acuerdo, cariño—Con otro beso, él la bajó sobre el brocado a 
rayas—Estoy totalmente de acuerdo. 
Fin
Serie Centinelas de las Sombras 
01 - La Noche Cae Oscura 
Un inmortal astuto ha sido llamado para recuperar un 
alma marcada… Desde que un accidente le quitó la 
memoria, la señorita Elene Whitney no puede recordad los 
secretos de su propio pasado. Lo único que sabe es que su 
misterioso benefactor Archer, El Señor Black, ha regresado 
a Londres a instancias de la reina Victoria, y debe 
aprovechar la oportunidad para conseguir algunas 
respuestas. 
Miembro de los Centinelas de las Sombras inmortales, 
Archer ha sido convocado a Londres para eliminar el alma 
de un malvado demonio, Jack el Destripador. Archer no 
solo se siente obligado a proteger a las mujeres de la noche, 
sino también a su joven y hermosa Elena, a quien salvó de 
la muerte dos años antes. Pero con una ola de pánico 
extendiéndose por Londres, los temores de Archer son que 
Elena sea su debilidad - una distracción que no puede 
permitirse - sobre todo porque es probable que se convierta 
en el próximo objetivo del Destripador… 
02 - Tan Quieta la Noche 
Marcus Helios era un miembro de los Centinelas de las 
Sombras hasta que un acto temerario lo cambió todo. 
Su esperanza de salvación consiste en un pergamino 
antiguo que ahora está en posesión de una belleza 
enigmática llamada Mina, quien no tiene intención de 
entregarlo. 
Pero alguien tiene diseños de los misteriosos rollos y de 
Marcus. Ella es la novia despechada de Jack el Destripador, 
cuyos propios y oscuros secretos pondrán a prueba los 
poderes de todos los miembros a su alcance.
Próximamente 
Serie Centinelas de las Sombras III 
Más Negro Que La Noche
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Centinelas de las sombras 2

  • 2.
    AAggrraaddeecciimmiieennttooss AAll SSttaaffffEExxccoommuullggaaddoo:: AArraa88994400,, EElleeccttrraa EElleefftteerriioouu,, MMddff3300yy,, NNeellllyy VVaanneessssaa,, RRoocckkSSttaarrPPaa yy RRooxx1166 ppoorr llaa TTrraadduucccciióónn;; LLaaaavviicc,, LLeelluullii,, TTaattttaa yy ZZaapphhiirraa ppoorr llaa CCoorrrreecccciióónn;; MMookkoonnaa ppoorr llaa DDiiaaggrraammaacciióónn yy CCaassssiiddyy ppoorr llaa LLeeccttuurraa FFiinnaall ddee eessttee LLiibbrroo ppaarraa EEll CClluubb DDee LLaass EExxccoommuullggaaddaass…… AA llaass CChhiiccaass ddeell CClluubb ddee LLaass EExxccoommuullggaaddaass,, qquuee nnooss aaccoommppaaññaarroonn eenn ccaaddaa ccaappííttuulloo,, yy aa NNuueessttrraass LLeeccttoorraass qquuee nnooss aaccoommppaaññaarroonn yy nnooss aaccoommppaaññaann ssiieemmpprree.. AA TTooddaass…….. GGrraacciiaass!!!!!!
  • 3.
    Argumento Marcus Heliosera un miembro de los Centinelas de las Sombras hasta que un acto temerario lo cambió todo. Su esperanza de salvación consiste en un pergamino antiguo que ahora está en posesión de una belleza enigmática llamada Mina, y quien no tiene intención de entregarlo. Pero alguien tiene diseños de los misteriosos rollos, y de Marcus. Ella es la novia despechada de Jack el Destripador, cuyos propios oscuros secretos pondrán a prueba los poderes de todos los miembros a su alcance…
  • 4.
    Prólogo —Nos hanencontrado—El profesor Limpett entró en la tienda. Cristales helados brillaban en su barba gris. Nieve llenaba las pistas y las grietas de su traje de lana, y hombros de su capa gruesa. Mina levantó la vista del libro, donde a la luz de una linterna de aceite, acababa de registrar las coordenadas de su campamento, como siempre le decía el Teniente Maskelyne, el guía británico. Los guantes que llevaba le hacían difícil sostener la pluma, y mientras que la pequeña cocina junto a ella irradiaba una cantidad agradable de calor, estaba tan fuertemente atada y abotonada en capas a las prendas de lana que apenas podía doblar un codo. El viento maltrataba la tienda por todos los lados. Las paredes de lona se habían roto y las cuerdas crujían. — ¿Tenemos visitantes?—Preguntó ella. Quizás uno de los jefes locales se habría acercado al campamento. Tal cosa había sido un hecho bastante común en la expedición cuando habían viajado por la India y al Tíbet hacia el Himalaya. — ¿Debo preparar té? Unas cuantas hojas de té y la mitad de una lata de galletas congelada era todo lo que tenían para ofrecer como forma de hospitalidad. Dos noches antes, la misma noche que habían salido del templo al lado de la montaña habían sido su único destino, uno de sus sherpas contratados había desaparecido del campamento, sólo para ser descubierto a la mañana siguiente, lleno de sangre, roto y muerto en la parte inferior de una grieta. El evento había enviado al campamento al caos. Los Reclamos de niebla y sombras susurrantes que se movían habían recorrido las filas del grupo de cargadores bengalíes. Pero lo peor había llegado esa mañana, cuando los viajeros ingleses se habían despertado a la realidad de un motín. Más de la mitad de los bengalíes habían desaparecido durante la noche, junto con la mayoría de las provisiones del campamento y animales de carga. El teniente Maskelyne había enviado de
  • 5.
    inmediato por suministrosde reemplazo a Yangpoong. Debido a que no podían continuar el viaje de regreso a Calcuta hasta que las existencias necesarias llegaran, la expedición no podía hacer nada más que esperar, en un número reducido y nervioso sin lugar a dudas por los acontecimientos de los días anteriores. A pesar de que Mina no había dicho en voz alta sus sospechas, era casi como si una maldición hubiera caído sobre la expedición después de que sus miembros habían tomado posesión de los cuatro antiguos rollos de marfil de los monjes tibetanos. El sonido de gongs del templo todavía resonaba en la cabeza de Mina. En vez de responder a su pregunta, su padre se había apoderado de la cortina que colgaba y que separaba sus cuarteles y las había hecho a un lado. Él se inclinó sobre su cama cubierta de madera para revolver debajo de la almohada. —Te puse en un peligro tan terrible permitiéndote venir a este viaje conmigo. Mina lentamente puso el libro a un lado y se obligó a tener un ligero tono de voz. —No, no, Padre. Estas cosas pasan. ¿Recuerdas el momento en que en Gangtok nuestros caballos fueron robados, y quedamos varados durante casi una semana?—Ella se frotó las manos enguantadas. —Nuestros suministros llegarán mañana o tal vez un día después, y continuaremos nuestro descenso como estaba previsto. —No estoy hablando de los suministros—Cuando se volvió, sostenía una pistola. —Quiero decir que nos han encontrado. Su mirada se fijó en el arma. Un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura bajó por su espina. —Dime quién, padre. ¿Quién nos ha encontrado? El profesor había tenido un comportamiento extraño durante meses, desde que había sido acusado por el Museo Británico de “haber tomado prestadas
  • 6.
    inapropiadamente” unas piezasdel museo. Sus superiores lo habían obligado a renunciar a su cargo como académico de idiomas, y ella se preguntó de nuevo si la tensión de los acontecimientos lo habían empujado sobre una cornisa emocional, ya que desde esa vez sus palabras y acciones habían se habían visto manchadas por la paranoia. Tomando posesión de su confianza, le había contado de una sociedad secreta de hombres que, como él, querían descubrir los secretos de la inmortalidad, pero para fines oscuros y malvados. Le había advertido que los hombres harían cualquier cosa por hacerse del control de los dos antiguos pergaminos acadios, los rollos que actualmente mantenía en un estuche cerrado con llave en su camastro, y que tenían sólo unos días antes de reunirlos con los rollos originales. Lamentablemente, Mina no sabía si los hombres peligrosos eran reales o si la “sociedad secreta” era una creación de su envejecida y deteriorada mente. El profesor se abalanzó sobre ella, moviendo el arma con su cañón apuntando al piso alfombrado. —Prométeme que llevarás esto en tu persona todo el tiempo. —Padre—Ella se levantó de la silla y se llevó las manos a la espalda, negándose a aceptar el arma. —Tómala. —No. —Haz lo que digo—Un borde afilado llegó a su frenética voz. —Dime lo que ha sucedido—exigió ella. — ¿Los has visto? ¿Están aquí en el campamento? ¿Me puedes decir quiénes son? Sus labios se apretaron firmemente juntos y sus fosas nasales se abrieron, enganchando los dedos en su cinturón y encajando el arma dentro de la correa de
  • 7.
    cuero ancha. Enla siguiente respiración, él tomó su cara entre sus manos desnudas y frías le dio un beso ardiente en la mejilla. Retrocediendo, le susurró: —Tienes que volver a Calcuta. Su alarma creció. — ¿A dónde irás tú? Él le apretó los hombros, pero evitó mirarla a los ojos. —Tenemos que separarnos. Es la única manera. Ella sacudió la cabeza. —No. Él se apartó de ella. —Volverás a Inglaterra. A Londres. Tu tío no querrá que te alejes. Debes decirles a todos que estoy muerto. — ¿Muerto?—Ella chocó sus labios. —Sí, que morí aquí en la montaña en Nepal. Sus palabras resonaron en sus oídos, y aún así, no podía creer que en realidad habían hablado. —Estamos hablando tonterías, Padre—susurró ella. —Es loco. Él puso una mochila a los pies de la cama y habló sobre su hombro. —Ese pobre Sherpa, querida... su muerte no fue un accidente. Sus heridas eran tan horribles, que no podían haber sido sólo por la caída. Lo mataron como una
  • 8.
    advertencia para mí.No dejaré que la misma violencia caiga sobre ti—Exhaló entrecortadamente. —Entiérrame, Willomina, al lado de tu querida madre. Asegúrate de que todo el mundo lo sepa—Retiró un arrugado trozo de papel del bolsillo de su cintura. —Este es el nombre de un hombre en Calcuta que te ayudará con los papeles necesarios y... con todo lo demás. Ella miró el papel como si fuera una araña grande y peligrosa. Él llegó junto a ella y lo puso sobre la mesa. —Este debe ser nuestro adiós. ¿Estaba diciéndole la verdad? ¿Y si el Sherpa había sido asesinado por ésos hombres-nunca-antes-vistos y su padre había perdido la cabeza? Al final, no importaba realmente. —No lo haré—susurró ella. —No te dejaré, y no me dejarás. Nos quedaremos juntos, sin importar qué. Su padre se congeló. —Padre—imploró ella. —Mírame. Con los hombros rígidos, él tomó su lana doblada y la metió en la mochila. De rodillas, agarró la estrecha caja que contenía los rollos. Eso, también, lo empujó dentro. — ¿Es eso todo, entonces?—Las lágrimas picaron sus ojos. — ¿No me dirás nada más?—Ella retrocedió hacia la solapa de la tienda. —Entonces no me dejas otra opción. Tengo que llamar al teniente Maskelyne. Su padre alcanzó un diario encuadernado en cuero y una lata circular de polvo dental.
  • 9.
    Mina tomó suparka del bastidor de madera seca y se empujado a través de la tela colgando. Frígido aire helado llenó sus pulmones. Un grupo de bengalíes de cara solemne levantaron la vista de donde estaban agachados alrededor de una fogata ardiente, calentándose las manos. Sobre el campamento, las montañas se alzaban en el crepúsculo color púrpura, en una densa capa de nubes. Mina empujó sus brazos en las mangas de la capa y se ató el cinturón en la cintura. Sus botas chapotearon en el barro mientras maniobraba a través de copos de nieve cayendo y del laberinto de tiendas de lona. Un pecho robusto apareció frente a ella. Grandes manos se cerraron en sus brazos. Debajo de una gorra de piel oscura, la mandíbula cuadrada del teniente Maskelyne miró hacia abajo. —Mina, te ves angustiada—. Su aliento formó una pequeña nube, vaporosa. — ¿Qué ha pasado? —Por favor, tienes que hablar con él—Ella se tragó sus lágrimas e hizo un gesto sobre su hombro. El viento arrancó su pelo, moviendo una cadena gruesa sobre su mejilla. —Creo que ha perdido el juicio. Está diciendo toda clase de cosas locas. — ¿Cosas locas?—Repitió él frunciendo el ceño. — ¿Cómo cuáles? —Que nos siguen, que la muerte del sherpa no fue un accidente. Él le apretó sus hombros y ladeó la cabeza. —Tal vez es una simple cuestión de altitud. A veces, la altitud hace cosas extrañas a la mente de una persona. Iré con él ahora. Ella asintió, presionándose más allá de él y abriéndose camino hacia el borde del campamento. — ¿A dónde vas?—Gritó él tras ella. —A dar un paseo—Necesitaba estar sola, necesitaba tiempo para pensar.
  • 10.
    —No te vayasahora—Le advirtió él. Su mirada se posó en un pequeño afloramiento de piedras. —No lo haré.
  • 11.
    Capítulo 1 —Tevoy a dar un muy buen empujón, eso es lo que voy a hacer. Mark percibió las palabras a través de una pesada cubierta de sueño, pero no consideró que la amenaza fuera dirigida a él. Después de todo, era invisible. Invencible. Una sombra. —...malditamente cansado de esperar por ti... —La voz, masculina y con un familiar tono de broma, se mantenía detrás de una cortina de oscuridad, junto con otros sonidos distantes. Un agradable y redundante crujido. Agua golpeando madera. El río. Mark sucumbió al abrazo de terciopelo. Oblivion lo tiró hacia abajo, en las imágenes oníricas que momentáneamente había dejado atrás. Bien formado, con sus miembros flotantes, con sus brazos y piernas, todos teñidos de un tono cálido y seductor color escarlata. Algo le pinchó las costillas. Duro. La ira onduló a través de él como una serpiente, provocando que Mark se levantara... sólo para golpear una ardiente pared de sol y sonido. Haciendo sonar cuernos. Voces distantes. Su camisa de lino y pantalones de lana estaban mojados y pegados a su piel. Cada hueso de su cuerpo, cada músculo y cada centímetro de piel hervía con consternación, como si despertara de un sueño de mil años. Como si se despertara de entre los muertos. Su cerebro pulsaba, amenazando con estallar dentro de su cráneo. Con un splash se derrumbó hacia atrás en el agua de sentina reunida frente al centro
  • 12.
    estrecho del casco.Sus dientes se sacudieron mientras el bote se balanceaba sobre las altas, agitadas olas. Mark se enroscó sobre su costado, gimiendo, y apretó los puños en las cuencas de sus ojos, muy débil para importarle que el agua del río marrón lamiera su mejilla. —Infiernos—jadeó. Incluso las cuerdas vocales le picaban, desde el fondo de su pecho. —No, Señor Alexander—corrigió la voz con alegría—No es el infierno. Sino Londres. Con los párpados entrecerrados, Mark enfrentó al individuo pronto-a-ser muy-desafortunado que lo había forzado a estar en ese estado insoportable de conciencia. Un canoso, caballero con bigote y pantalones, con crujiente camisa blanca y chaleco negro y verde a rayas le sonrió desde su posición en la proa de la canoa de madera. Una correa negra le cruzaba la estrecha frente, sosteniendo un parche negro en su lugar sobre un ojo. El hombre se echó a reír, levantando un gancho de palo, y señaló con la punta a Mark. —Me picas con esa cosa de nuevo, Leeson, y te mataré—gruñó él. La corteza inmortal de una carcajada salió y acomodó el garfio en sus rodillas. —Mis disculpas, su señoría. Pensé que se iba a la deriva otra vez. He esperado un buen rato para que usted despertara. Desde Tilbury, no menos. Mark se levantó en un codo. Plantando los tacones de sus botas contra el centro del casco, se impulsó unos cuantos centímetros hacia atrás hasta que pudo sostener sus hombros contra un banco de madera cruzada detrás de él. Dios, le dolía. A través de ojos llenos de arena vio una escena familiar: el muelle y los almacenes de los muelles de Londres, con un enjambre de obreros y marineros, y al oeste, las dentadas agujas de la torre del reloj y el Parlamento. Una barcaza de carga enorme
  • 13.
    pasó pesadamente. Asu paso hizo que los remos del bote hicieran un movimiento de balanceo otra vez. Él puso sus dedos sobre la baranda de madera. ¿Cómo diablos fue que terminé aquí? —No puedo decir que conozco la respuesta a eso, señor. —respondió Leeson— Lo último que supe, es que estaba fuera al otro lado de la tierra en busca de ese profesor y de sus pergaminos. Los Inmortales no podían leer los pensamientos de otro, pero eran capaces de comunicarse en silencio. Mark se recordó a sí mismo no hablar de tal manera en compañía de Leeson si no quería que lo oyera. En la intimidad de su mente recién cerrada, trató de reconstruir un cierto marco de recuerdos. Lo último que podía recordar, era que había anclado en la bahía de Bengala, preparándose para ir a tierra en busca de la expedición interior del profesor Limpett, cuando una densa niebla había caído del mar. ¿Pero Londres? Londres era el último lugar en que deseaba encontrarse a sí mismo, si quería seguir con vida. Rebuscó en el bolsillo de su camisa y sacó las gafas oscuras, con sus alambres de oído irremediablemente torcidos. Con manos temblorosas, las ángulo sobre su rostro. Gracias a Dios, atenuaban el obsceno resplandor de la luz del día. Dios, estaba cálido. Su ropa, el aire, lo sofocaban. —El clima devastador de febrero—murmuró. —Ah, así sería si fuese febrero, señor—coincidió Leeson suavemente—Pero es mayo. Veintinueve de mayo de 1889. Una descarga cayó en Mark, entumeciéndolo y hormigueando sobre los labios a lo largo de su cuero cabelludo. Todo a su alrededor, la temperatura del aire, la luz del sol y la actividad confirmaban que la de afirmación de Leeson era cierta. Tres meses de tiempo perdido. A pesar de que mantuvo la revelación -sus pensamientos internos- para sí mismo, sus facciones debían haberse aflojado o palidecido más aún, porque la sonrisa jovial desapareció los labios de Leeson.
  • 14.
    Mark susurró: —Lostailandeses… Leeson inclinó la cabeza y redirigió su mirada justo por encima de Mark. —Es allí. Mark se movió, retrocediendo mientras una forma de calor rompía a lo largo de sus músculos, y se volvió para mirar. Una generosa longitud de cuerda se deslizó sobre el agua para ascender a la proa de las novecientas toneladas de barco de vapor, a la deriva, preocupantemente sin tripulación. Reuniendo sus fuerzas, Mark se izó a sí mismo en el banco de madera y pescó la línea del agua. Leeson se movió, siempre ágil. —Permítame hacer eso, su señoría. Mark no le hizo caso, tirando de la cuerda, cerrando la distancia entre el bote y el yate. Sus músculos rugieron a la vida, despertados por el uso y la tensión. Tres meses. Tres malditos meses. Las implicaciones eran asombrosas. Él maniobró por debajo de la cuerda colgante de la escalera. Agarrar los lados, enganchó su empapada bota en el peldaño más bajo. — ¿Te envió Black?—Exigió. Detrás de él, el barco se balanceó mientras Leeson se sentaba en el banquillo. Respondió en voz baja: —Yo permanezco a su servicio. — ¿Pero todavía no ha regresado a este lado?
  • 15.
    —No, señor... —Lavoz de Leeson se alejó. Miró a lo lejos—Pero lo hará pronto, quiero pensar. Balanceándose contra el casco, Mark subió hasta llegar a la barandilla de madera pulida. Quitando el seguro de la puerta con bisagras, apretó los dientes y subió a la cubierta. Después, Leeson se equilibró y llegó a la escalera. Mark miró hacia abajo. —No te preocupes, viejo. En cuanto a aspectos prácticos, no requería de Leeson o de otra persona de asistencia para navegar el buque, aunque prefería mantener a los tailandeses totalmente en la tripulación por las apariencias. Leeson estaba más descalificado sobre la base de la honradez. Su lealtad pertenecía a Archer, el Señor Black, el antiguo mentor de Mark dentro de los Centinelas de las Sombras inmortales. Black era también el Recuperador que probablemente sería enviado por el Consejo Gobernante Primordial como asesino de Mark. Él señaló a la escalera, con la mano sobre el puño: —Sólo dile que estaré listo para él. Dejando caer la masa de peso de la cuerda en la cubierta, Mark giró sobre sus talones y se quitó la camisa de los hombros y brazos. Hervía con descontento. Sólo Dios sabía dónde estaría el profesor ahora. Podría regresar directamente a mar abierto y comenzar la caza de nuevo, pero necesitaba recuperar su orientación y el reabastecerse. Cerrando los ojos, pensó en el timón del buque. El barco respondió lentamente alterando su curso a lo largo de la línea del oeste.
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    Él hizo unapausa, con su mano suspendida sobre los botones de su pantalón. A través de dos portales de vidrio vio la cabina interior. Obras de arte enmarcadas colgaban de las paredes en ángulos extraños. Elegantes cortinas estaban hundidas, rasgadas en tiras. Los arcones estaban volcados y abiertos, con su contenido esparcido por todas partes. Todo lo que no había estado clavado estaba totalmente alterado, como si el barco hubiera navegado a través de un tifón. Sin embargo, un alivio cauto corrió a través de él. No había cuerpos, ni sangre, ni rastro de sus tripulantes mortales. Oró porque estuvieran vivos en alguna parte, y que sus asesinos por su mano o de otra manera no estuvieran ocultos en la oscuridad de la bóveda de su mente. Podría estar perdiendo la cordura poco a poco en fragmentos, pero no era idiota. Todavía no, de todos modos. Estaba claro que había sido arrastrado a Londres sobre el océano y a tiempo por un propósito específico. Pero ¿por quién? Hasta hacía poco, debido a que él era un miembro de élite de los Centinelas de las Sombras, cada movimiento de Mark había sido gobernado por el Consejo Primordial. Desde su bastión en el interior del reino interno protegido, que existía en un plano paralelo a la población mortal de la Tierra, los tres Ancianos -Aitha, Hydros y Khaos - enviaban centinelas a todos los rincones del planeta con el propósito de proteger los intereses de la raza Amaranthine. La más importante de las responsabilidades de un Centinela era la de cazar, o de “Recuperar”, las almas más peligrosas de la humanidad, almas tan moralmente corruptas que alcanzaban un estado poderoso y sobrenatural conocida como Trascensión. Tales almas muy depravadas eran capaces de cruzar hacia el mundo interior y causaban la destrucción y la muerte de seres inmortales. Jack el Destripador había sido un alma de esas. Había sido durante la caza de Jack (que no sólo había Trascendido, sino que también rápidamente se había convertido en una fuerza sin igual de maldad
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    conocida como brotoidespués de haber sido reclutado por la oscuridad Antigua, Tántalus), que el destino inmortal de Mark había tomado un giro peligroso, aunque por su propia decisión. Mark, el hijo inmortal de Cleopatra y su amante el triunviro romano, Marco Antonio, había luchado durante siglos por liberarse de la herencia trágica de la pasión de sus padres y de la muerte. Decidido a definirse a sí mismo por su historia, por sus victorias, había llevado a cabo un acto audaz de heroísmo y cruzado hacia el estado de Transición. Su sacrificio había nivelado el campo de juego de los Centinelas de las Sombras en contra de Jack y había garantizado la Recuperación de Archer del desenfrenado y cruel brotoi, a quien Tantalus había escogido como Mensajero en la Tierra, uno que despertaría a una dormido ejército brotoi, y ayudaría en la liberación de Tantalus de su prisión terrenal. No, él no había sido el primero de los Centinelas de las Sombras en ofrecerse a Trascender para asegurar la derrota de un poderoso adversario, pero no había querido seguir el mismo camino que los otros que le habían precedido: es decir, el destierro de los Centinelas, la locura y la eventual muerte final con su captura y ejecución. Los Primordiales, después de todo, no podían permitir a tan peligrosa amenaza para el Reino Interno sacrificarse sin control, valiente o no. Mark sólo tenía una pequeña ventana de tiempo para salvar su existencia inmortal y recuperar su lugar entre los Centinelas, una hazaña que le aseguraría la leyenda sin precedentes en la historia de los Inmortales. Esa ventana se hacía más pequeña con cada latido y cada respiración que pasaba. A veces, voces susurrantes lo invitaban a sucumbir, pero hasta ahora había permanecido fuerte y se había mantenido detrás de una pared gruesa, de mutación dentro de su cabeza. Ah, pero su maldita suerte había explotado. Había perdido ya tres meses de tiempo precioso. ¿La insidiosa locura en su interior se habría retrasado o se habría
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    vuelto más poderosa?¿Más poderosa que su fuerza para contenerla? Los próximos días lo dirían. Ellos están aquí en Londres, sabe. La voz de Leeson hizo eco en su cabeza. Los que busca. Un objeto se precipitó sobre la barandilla desde tierra al lado de su bota. Un diario, apretado dentro como un cilindro. Él se inclinó, tomando el paquete con la mano. Tirando de la cuerda, desenrolló el papel, que había sido doblado para mostrar la página de los obituarios. Un anuncio había sido encerrado en un círculo de tinta negra. William Demerest Limpett, profesor de Antiguos Idiomas e Historia Nacido en: Egremont, Cheshire Muerto: 12 de febrero de 1889, Kolkata Entierro en el cementerio de Highgate, el jueves, 30 de mayo, 18:00 hrs. Mark se volvió a la barra y miró por encima. En la sombra de la embarcación, el vacío bote se balanceaba sobre las olas. — ¿No va a darme las gracias?—Dijo una voz junto a él. Mark rechinó los dientes. — ¿Por qué haces esto? En caso de que lo hayas olvidado, soy un paria. Un desterrado. Estoy perdiendo poco a poco mi mente. Quién sabe cuándo me volveré babeante demonio y te rasgaré la cabeza. Leeson se rió entre dientes. —He Recuperado. Lo he hecho antes. —Se encogió de hombros—Usted ha hecho su decisión por razones nobles. Para salvar a los demás. Para salvar a Archer y a la señorita Elena. Estoy en deuda con usted por eso.
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    Mark hizo unamueca de dolor con el panorama color de rosa, inexacta que él había pintado. —Vamos a ser claros uno con el otro Leeson, o te vas ahora y no vuelves. ¿Qué instrucciones has recibido de los Primordiales, o de Archer con respecto a mí? Una pausa extendida gobernó el espacio entre ellos. Finalmente Leeson dijo: —No he recibido instrucciones del Reino Interior. No en lo que se refiere a usted o a ninguna otra cosa. Los ojos de Mark se estrecharon a eso. El propósito de la existencia de Leeson, como secretario del Señor Black, era la comunicación. Era el hombre con las respuestas, el que transmitía información pertinente del Reino Interior. — ¿Por qué diablos no? La respuesta de Leeson salió. —Porque los portales están cerrados. — ¿Qué quieres decir con que están cerrados? ¿Todos? Leeson asintió lentamente. — ¿Por cuánto tiempo?—Exigió Mark. El pequeño hombre vaciló. Mark escupió: —Como ya he dicho, o me dices todo o te vas. Leeson espetó: —Desde poco después de que su señoría pasara a la señorita Elena. Recibimos la noticia que había sobrevivido al paso y luego... nada.
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    Nunca en lahistoria de la tierra las puertas cerradas habían estado por más de unos días. Tal vez tenían a un alma particularmente desagradable Trascendida suelta, con el fin de proteger el Reino Interior, pero una vez que el alma deteriorada se regeneraba con éxito y era enviada a la prisión eterna de Tantalus, los portales se volvían a abrir. — ¿Por qué han estado cerrados durante tanto tiempo? Su compañero lo miró llanamente. —Por los informes que he oído de este lado, ha habido una proliferación de almas deterioradas con síntomas particulares de brotoisismo. Parecen estarse organizando. Nuestros Centinelas de las Sombras, en todos los lugares del mundo tienen las manos llenas. —Sin embargo, ¿los Centinelas ha sido capaz de contenerlas? Leeson asintió: —Pero supongo que las puertas permanecerán selladas hasta que se determine lo que está pasando allá abajo, aunque sean sólo rumores de una rebelión a gran escala. Es un feo hijo de puta, ese Tantalus. Espero que lo hieran y le recuerden quién está a cargo. —Apretó los puños, pero su atención regresó rápidamente a Mark. —No hay nada qué decir, señor, sin órdenes específicas, estoy bastante a la deriva. Mark sugirió oscuramente. — ¿Por qué no te unes a mi hermana? Ella está siempre en busca de alguien al cual darle órdenes. Leeson resopló.
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    —Ella no meinforma de sus tareas o actividades, y yo no informo de las mías. —Infló las mejillas. — ¿Sabe usted que después que nos dejó en Octubre, se comió toda mi colección de novelas cortas de un centavo? Mark no pudo evitar sonreír. —¡No! Su hermana tenía un fetiche raro de devorar palabras escritas, literalmente. Y a pesar de que tenía un gusto muy bueno en lo que a material comestible, cuando estaba enfadada o frustrada, destrozaba todo a su alcance. Leeson siguió. —No sólo está perturbada por su decisión de Trascender, sino que está furiosa por su fracaso hasta el momento para reclamar a su asesino Thames. La mirada de Mark recorrió en la metrópoli. Meses antes, cuando todos habían estado envueltos en la búsqueda del Destripador, Selene había mencionado que su cargo actual de búsqueda de un asesino que desmembraba a sus víctimas mujeres y depositaba las partes de sus cuerpos alrededor de Londres le estaba resultando difícil. Selene estaba ahí, entonces, todavía en la ciudad. —Por su propia cuenta, que es por lo que me preocupa—Leeson se encogió de hombros—Esa chica siempre ha sido un poco nerviosa para mi gusto, sin ánimo de ofender a usted o a ningún ilustre antepasado, señor. —No importa. Pero ¿por qué has elegido ayudarme? No me sorprendería si los Primordiales te castigaran por ello. —Siempre he sido un poco más jugador, su señoría. E independientemente de lo que diga, creemos que eligió ese camino por las razones correctas y para salvar a los demás. Apuesto a que va a superar esto. Estoy orgulloso de estar a su lado...
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    hasta... hasta... —Apoyóun puño en contra de su cintura, y añadió con seriedad— Entiende que si su señoría vuelve con la asignación de asesinarlo, yo tengo que estar para ayudarlo a la realización de esa orden. —Por supuesto—contestó Mark rotundamente. ***** Mina había perdido a su padre terriblemente, pero a pesar de sus esfuerzos, no podía reunir lágrimas en su funeral. Por el contrario, el impulso de estornudar jugaba en el interior de sus fosas nasales con enloquecedora intensidad, a raíz del incienso picante que nublaba la pequeña capilla Anglicana, y por la gran cantidad de aerosoles de fragantes flores blancas. Se llevó un pañuelo a la nariz. —Ahí, ahí—consoló a la condesa de Trafford. Su tía Lucinda, bella como el sol, era sólo uno o dos años mayor que ella, y era la segunda esposa del tío viudo de Mina, el distinguido Señor Trafford. La hermosa joven envolvió un delgado brazo alrededor de los hombros de Mina. —Estás a salvo aquí con nosotros ahora. No hay necesidad de que tengas miedo nunca más. El perfume profundamente floral de Lucinda la envolvió. Mina asintió, sintiendo náuseas. La Capilla gótica. Los olores. El ataúd. El corsé ridículamente estrecho. En realidad, todo era sólo demasiado. Ella se ahogaba en seda negra. —Trafford—dijo la condesa, instando a su marido—ve buscar una silla. Creo que la señorita Limpett se va a desmayar. La tela crujió. Voces murmuraban bajas, con lástima. Aunque el servicio real había concluido momentos antes, Mina dejó que la acomodaran en un sillón. Nunca se había desmayado en su vida, ni siquiera se había acercado, pero la sensación de ser mimada no era tan terrible. De mala gana su mirada volvió al largo ataúd de palo de rosa, que aparecía en un féretro bordeado de terciopelo. La
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    luz del candelabrose reflejaba en las manijas de plata. La tapa estaba cerrada, por supuesto, como los documentos necesarios por la muerte de su padre en Kolkata que había tenido lugar unos tres meses antes. Habría irritado al profesor saber que ninguno de sus asociados británicos del Museo o de la universidad había ido a presentar sus respetos finales, pero la verdad era que lo habían abandonado hace mucho tiempo, incluso antes de las alegaciones de los préstamos inadecuados. Una cola ordenada de invitados vestidos de negro pasaron ante Mina, ofreciendo sus simpatías, todos conocidos del Señor y de la Señora Trafford y ajenos a ella. No había duda de que serían extraños para su padre. Después de otro rato, su tío la miró por la nariz estrecha, enganchada, y le ofreció su brazo. — ¿Estás lo suficientemente bien, querida? Mina asintió y se levantó, aceptando su escolta. Él la llevó pasando a Lucinda y a sus dos hijas. Astrid, rubia y resplandeciente, incluso en su detestable traje de luto, estiró un brazo a su blanda hermana, Evangeline, terriblemente miope, quien tenía una tendencia a entrecerrar los ojos. Las dos jóvenes, separadas en edad por menos de un año, llevaban idénticas expresiones de aburrimiento. Ella sabía que le achacaban la muerte de su padre, y no podía culparlas realmente. Él había sido un hombre que nunca habían conocido, y los procedimientos de su funeral habían interrumpido las fiestas de su temporada de debut. Ella esperaba que las tres pudieran acercarse más en los días posteriores. Cruzando el umbral, Mina inhaló profundamente el aire a finales de la primavera. El cementerio de Highgate se extendía en todo su exuberante esplendor contra el lado de la empinada colina. A lo lejos, ángeles de piedra oraban. Cruces, algunas cubiertas de hiedra, se alzaban sobre las losas de piedra plana. Un repentino sonido de metal se escuchó desde atrás, sorprendiéndola. Lucinda exclamó, dirigiéndose a mirar por encima de su hombro. Mina hizo lo mismo y
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    observó el ataúdde su padre bajar poco a poco con saltos a un enorme agujero en el suelo. Ella cerró los ojos, casi sobre cogida por... El alivio. El ataúd una vez bajó al nivel inferior, para ser transportado por los trabajadores del cementerio a las catacumbas, donde finalmente, el ataúd sería colocado detrás de una puerta de hierro con llave. Para siempre. Cuando abrió los ojos, se encontró con la condesa mirando a su marido. — ¿No podían haber esperado unos minutos más? —Ya es tarde—. Su tío se tocó el ala de su sombrero de copa y miró hacia el cielo. —Estoy seguro de que prefieren... ah, enterrar al querido William antes del atardecer. El estimado William. Mina sofocó una sonrisa. Si tan sólo su padre pudiera haber sido escuchado el amable cariño. No había tenido las mejores relaciones con el hermano mayor de su esposa. El Señor Trafford había creído, igual que el resto de la sociedad, que el erudito académico estaba lejos del estado de su hermana. Pero, por suerte, el Señor y la Señora Trafford habían sido más que amables y de aceptación hacia ella. Sin ellos, ella no tenía otro lugar a donde ir. Desde la búsqueda de su padre con todo lo relacionado con la inmortalidad, y sus extensos viajes, había dejado a Mina nada menos que con ningún centavo. El Señor y la Señora Trafford ya habían expresado su intención de presentar su próxima temporada, una vez que hubiera salido de luto. En el momento actual, a Mina no se le ocurría nada mejor que sumergirse en las fiestas, en el romance, en las pilas de vestidos y en todas las frivolidades de las otras mujeres y de la permanencia que habían estado hasta ahora negadas en vida.
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    Ella les aseguró: —Todo está muy bien. Por favor no se horroricen en mi nombre. La capilla de los disidentes estaba al otro lado del camino. Allí también, otro funeral parecía llegar a su fin. Los asistentes pasaban por la puerta, en un aumento repentino de negro. Astrid dio un ronroneo bajo. — ¿Quién es? La mirada de Mina se enganchó en un caballero en particular. No había salido con los otros dolientes. Había estado en las sombras al lado de uno de los pequeños miradores, como si esperara a alguien. Alto y ancho de hombros, cerró un periódico doblado y que parecía haber estado leyendo. Llevaba un sombrero de copa alta. Azules lentes escondían sus ojos, pero no hizo nada por ocultar la bolsa sensual de sus labios o el conjunto de su mandíbula tensa. — ¿Dónde?—Exigió Evangeline, entrecerrando los ojos. — ¿Quién? Al doblar el periódico una vez más, él guardó el paquete estrecho bajo el brazo. Incluso a esa distancia, Mina podía sentir la intensidad de su mirada. Su no sonriente atención parecía estar centrada intensa... increíblemente... sobre ella. — ¿No es ese Señor Alexander?—Su tío reflexionó. —Estoy segura de que no lo conozco—respondió Lucinda en voz baja. Las mejillas de la condesa se llenaron de un profundo y rico color. Por supuesto, se dio cuenta Mina, el apuesto caballero no había estado mirándola a ella con tal intensidad, sino a la hermosa Lucinda. —No lo había visto en meses—reflexionó su tío, riendo entre dientes—Algunos de los asistentes en el club incluso bromearon.
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    Sus palabras seinterrumpieron bruscamente. Sus cejas se levantaron, su sonrisa se desvaneció y pareció inmediatamente contrito. — ¿Sugiriendo qué?—Lucinda preguntó, con su voz en un susurro ahogado. —Jested, querida. Lo llamaban Jack... Jack el Destripador, quien... er, redujo sus actividades al mismo tiempo. —Trafford. Humor tan bajo, y en una ocasión como esta. Deberías pedir disculpas de una vez a nuestra sobrina. De repente, una gran bandada de pájaros surgió de las encinas, llenando el aire con un silbido de hojas y alas. Gorras y sombreros de copa se volvieron al unísono, mientras todos los reunidos veían la masa oscura surgir como un fantasma asustado y desaparecer en las copas de los árboles. En secuela, Mina vagamente registró que el apuesto caballero que había estado de pie junto a la capilla ya no estaba. Una decepción inesperada la atravesó. Lucinda y las chicas se alejaron hacia los carruajes. Mina y su tío las siguieron unos pasos atrás, hasta que un señor de edad dio un paso en su camino. Después de ofrecer sus condolencias una vez más, cortésmente él pidió hablar con Trafford en lo referente a un caballo. Excusándose de la conversación, Mina vagó unos pasos, sabiendo que esa sería su última parte de libertad antes de ser superada una vez más por un mar negro y espeso. Había vivido durante tanto tiempo en los bordes de la buena sociedad, que los meses restantes del respetable luto pesaban sobre ella, como un velo denso, asfixiante. Se quedó quieta, escuchando. ¿Alguien había dicho su nombre? Inclinó la cara hacia la voz.
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    Él, el hombreal que su tío se había referido como el Señor Alexander estaba allí, justo a su lado, alto, elegante y con intención. El corazón le dio un pequeño salto. La tarde continuaba y las sombras se hacían más largas, pero, ¿cómo no podía haberlo visto claramente? Un estremecimiento oscuro onduló a través de ella, desde la parte superior de su crespón con adornos en su sombrero a los dedos del pie de sus negros zapatos cuadrado de cuero en una respuesta muy inapropiada, dado el caso de ese momento, pero nadie más necesitaba saberlo. Igual que su tío, él llevaba un traje de corte, preciosamente rico, de la clase que sólo los más ricos señores podrían encargarle a los sastres de la famosa Savile Row de Londres. En alguna parte a lo largo del camino se había deshecho del periódico. — ¿Señorita Limpett?—Repitió, acercándose con pasos medidos. Ella tuvo que impedirse conscientemente mirar a su alrededor para ver si había alguna otra Señorita Limpett en las proximidades. — ¿Sí? —Espero que perdone a mi violación del protocolo de renunciar a una presentación apropiada—. Su voz era rica y cálida, sus palabras tenían elegancia. Hábilmente se quitó el sombrero para revelar una mandíbula con pelo largo rubio, con rayas de un tono más pálido que el de la luna. —Soy… —El Señor Alexander—susurró. Ella se ruborizó, avergonzada, sin tener la intención de decir su nombre en voz alta. Su sonrisa reveló un rastro de vanidad. — ¿Cómo lo sabe? —Mi tío lo reconoció.
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    — ¿Ah, sí?—Suscejas se elevaron con buen humor. —Eso es bueno... o tal vez es muy malo—Rió entre dientes, bajo, con un sonido masculino—El tiempo lo dirá, supongo. Sin embargo, estoy aquí para verla—Su expresión se volvió solemne, una vez más. —Vi el anuncio en el periódico y sabía que tenía que venir a darle el pésame. Ella se calentó con sorpresa. — ¿Conocía a mi padre? Él extendió la mano y se quitó las gafas, un gesto que reveló los más sorprendentes ojos azul pálido. Huecos ligeros oscurecían el espacio justo por encima de sus pómulos, como si no hubiera dormido lo suficiente en los últimos tiempos. Su presencia no disminuía su atractivo. —Me atrapan los idiomas. Un interés personal, de verdad. Nada en el nivel de la experiencia de tu padre. En ese momento, su atractivo adquirió una dimensión diferente. —Ya veo. —Me encontré en posesión de algo y quería que lo tuvieras. Tenía una manera de hablar que se sentía muy personal. Íntima, incluso. Como si fuera la única persona en su mundo, al menos por el momento. Ella recordó la reacción de Lucinda y se preguntó si todas las mujeres sentirían lo mismo cuando se fijaban en su mirada penetrante. — ¿Qué es? Él sacó un objeto delgado y rectangular del bolsillo de su cadera, que le dio a ella. Sus manos enguantadas se tocaron brevemente, y una oleada de calor recorrió de nuevo sus mejillas. Mina bajó la barbilla, con el propósito de retirarse a la sombra de su sombrero, y al mismo tiempo, considerando la caja de cuero. Ella
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    deslizó el pulgarenguantado contra las diminutas doradas del cierre, y en su interior encontró una fotografía con dos hombres agachados al lado del otro, encima de una losa inmensa de piedra. Ella se quedó sin aliento en la garganta. Por primera vez desde que el ataúd de su padre había sido sellado en Nepal, las lágrimas corrieron en contra de sus pestañas. Se le nubló la visión con la imagen de su padre como un hombre joven, con su sombrero de tres picos a un lado, y su rostro radiante de emoción. Él nunca había perdido ese fervor, ese entusiasmo por la aventura. Ni siquiera en los momentos finales cuando le había dicho adiós. Él explicó en voz baja. —La fotografía había sido tomada en las ruinas de… —Petra. Sí. Reconozco el templo. ¿Quién es ese hombre con él?—Ella señaló, levantando el marco para dar una mirada más cercana. —Su rostro estaba borroso. —Por desgracia. —Lo favorece sin embargo. Él es tu padre, ¿no?—Su señoría ladeó la cabeza. —Gracias—le susurró Mina. —Hemos viajado tanto de un lugar a otro. Por necesidad, He recogido algunos dedos de Menem. Atesoraré esto siempre. —Estoy contento—Él presionó los labios, como si reflexionara sobre las palabras que seguirían. —Señorita. Limpett... — ¿Sí, Señor Alexander? —Espero no sobrepasar los límites del decoro con la elección de este momento para abordar un tema en particular, cuando el dolor de su pérdida aún debe estar tan fresco.
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    Con esa proximidad,el atractivo dorado era casi asfixiante. —Por favor, hable libremente. Él asintió. —Soy consciente de que los periódicos acaban de publicar antes de su muerte que el profesor poseía una extensa colección personal más allá de la que de la encomendada por el museo. Un malestar se arrastró hasta la columna de Mina. Miró la fotografía, los ojos de su padre. —Me temo que sabemos muy poco acerca de las colecciones de mi padre—. Ella cerró la caja. —Puedo darle el nombre de sus abogados. Por favor, no dude en contactar con ellos y hacerles sus consultas. Lord Alexander continuó como si no la hubiera oído. —En particular, que era propietario de dos antiguos manuscritos muy raros, facsímiles de las dos tabletas más antiguas cuneiformes acadias, que ya no están en existencia. Mina apretó los labios y cerró los ojos. Si tan sólo el esfuerzo combinado pudiera hacerla desaparecer. Él suavemente presionó. — ¿Conoce los manuscritos a los que me refiero? Su primer instinto fue mentirle, fingir insipidez y fingir que no sabía nada de los dos malditos pergaminos. Nunca había sido buena para contar cuentos. —Yo... lo hago.
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    —Tal vez ahoraque su padre ha muerto, ¿Podría estar dispuesta a desprenderse de ellos? —Me temo que no es posible. —Estoy dispuesto a pagarle generosamente por ellos. Ella intentó una sonrisa amable, fácil, mientras su mente desechaba las opciones de forma rápida para zafarse de su compañía, una inversión lamentable, pero necesaria, debido a su línea de cuestionamiento. —Los rollos no están disponibles para la compra. — ¿Tal vez ya haya vendido la colección a otra persona? ¿Al Museo Británico? —No. Sus cejas se levantaron. — ¿A los Boolak Mina negó. Él se acercó, tan cerca que casi no podía respirar por la magnitud de su presencia. — ¿Del Museo del Louvre? Debe haber un número de partes interesadas. El deshuesado corsé ceñido de Mina cortó incómodamente contra su caja torácica, justo debajo de sus pechos. Su corazón latía estruendosamente. Su voz baja, casi se convirtió en un susurro. —Si simplemente puede proporcionarme un nombre, estaría más que feliz de acercarme a ellos yo mismo. Sus ojos... eran tan penetrantes, como si vieran directamente en su interior. No había, de hecho, habido ofertas. También había habido una amenaza, por lo que
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    llevaba una pistolamuy desagradablemente apoderándose de los flecos, de la bolsa de cuentas en su muñeca. —No le puedo dar ningún nombre. Sus pensamientos se retorcieron dentro de su cabeza, sin duda el resultado desafortunado de su torturada conciencia. Él irradiaba un magnetismo peculiar. De pronto se imaginó a sí misma besándolo duro en la boca, con las manos enredadas en su pelo. Él sonrió, casi como si lo supiera. — ¿Dónde están los manuscritos, señorita Limpett? Ella experimentó un deseo irresistible de confesarle todo, de darle todo lo que quería. —Están con padre—dijo ella abruptamente. La sonrisa brotó de sus labios. — ¿Qué quieres decir... con Padre?
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    Capítulo 2 Minamiro fijamente hacia la Calle de los muertos, donde el camino de tierra desaparecía en las sombras de un corredor de robles. Por ahora el ataúd de su padre había sido transportado por los trabajadores del cementerio a las catacumbas. Incluso a la tenue luz, la cara de Lord Alexander aparecía un tono más blanca. —No puedes hablar en serio. ¿Los rollos fueron….enterrados con tu padre? —Al final lo fueron— ella se aclaró la garganta, y se obligó a hablar aunque sentía una cuerda en torno a su cuello. —Eran sus más preciadas posesiones. — ¿Antiguos papiros, nunca han sido traducidos o transcritos, y tú me quieres decir—Él se rio, y fue un profundo sonido incrédulo—que se han perdido para siempre? Ella retorció sus manos en el cordón de terciopelo de su bolso. —Han pasado tres largos meses, como ve… —Oh eso sí que es brillante. Ella miró debajo del borde de su bonete. — ¿Supongo que le gustaría tener su foto de vuelta? Él respondió con una sonrisa compungida. La sonrisa que usaba, aunque estrecha, parecía sorprendentemente genuina, como si le divirtiera. —No, señorita Limpett, no deseo mi foto de vuelta—Mientras decía las palabras, él imitó su cadencia y tono, con un suave flirteo que envió un temblor de placer a través de ella. —Estoy desilusionado, por supuesto, pero ¿Quién soy yo para oponerme a los últimos deseos de un hombre moribundo? Lo debería haber
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    anticipado. Miró alcementerio, golpeando su sombrero sobre su bien musculado muslo. —William siempre fue bastante excéntrico. O eso es lo que me han dicho. Mina asintió. La excentricidad de su padre había sido la perdición de su existencia. —Supongo que debo dejarla ahora, señorita Limpett, y permitirle que vuelva con su familia—Él se quitó su sombrero. —Gracias por venir—dijo ella, sintiéndose a la vez aliviada y decepcionada de que su tiempo juntos hubiera terminado. —Su presencia habría significado mucho para mi padre. El borde de sus labios se torcieron hacia arriba, y ella vislumbró la maldad de sus ojos. Devolvió el sombrero a su cabeza. —Me gustaría pensar que sí. Mina lo miró mientras se dirigía a la portería, y finalmente desaparecía a través del arco, hacia el camino principal, donde las filas de los cocheros llenaban el carril de Swain, a la espera de personas para transportarlas desde el cementerio. Su tío se acercó, sosteniendo su bastón. —Siento mucho haberte abandonado. —Estaba disfrutando del paisaje. Extendió su mano y la llevó hacia los dos coches fúnebres que se habían alquilado especialmente para ese día. —Era Lord Alexander el que hablaba contigo, ¿no? —Si lo era. — ¿Que era todo lo que te estaba diciendo?
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    Sus zapatos crujieronsobre la grava gris. Al llegar al carruaje el lacayo de Trafford, de librea negra, abrió la puerta y bajó las escaleras. —Aparentemente conocía a mi padre. — ¿Él?—Su señoría se vio confundido. —Imagina eso. Me pregunto si podría alcanzarlo. —Estoy segura que podrías—Dijo ella levantando su mano. —Acaba de pasar por la puerta. —Vete a la casa con las mujeres—El pueblo de Highgate estaba localizado en la ladera norte de la ciudad de Londres. Lord Trafford no solo había arrendado a los cocheros sino también una casa de campo con todo su personal. Para mayor conveniencia, la familia se había alojado ahí, cerca del cementerio la noche anterior. —Por favor transmítale a su señoría que los seguiré un poco más atrás y todos podremos viajar a la cuidad juntos. Su tío la instó hacia el coche y se fue rápidamente en busca de Lord Alexander. Mina miró dentro del vehículo. Tres caras femeninas, enmarcadas en pieles y plumas, se asomaron desde la sombras en el interior. Sin embargo la conversación con Lord Alexander la había dejado inquieta, recordándole que había otros, más suspicaces y peligrosos, quienes no serían tan fáciles de aplacar si descubrían la verdad. Una repentina brisa rozó su nuca y ella se estremeció a pesar del calor de la noche. De alguna manera no se atrevía a subir las escaleras para unirse a las demás. El cementerio la llamaba, como un centinela de secretos. De sus secretos. ¿Cómo podría comer, como podría dormir, hasta que estuviera segura?
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    Cruzando Swain Lane,escondido dentro de un pequeño bosque, Mark cerró sus ojos con la primera poderosa corriente, una oleada de calor de boratos. Gruño desde el fondo de su garganta, con la voluntad de cada hueso, de cada una de sus células y nervios para desvanecerse… para convertirse en nada. Para llegar a ser invisible. Transformado en sombra, emergió, maldiciendo bajo, a través de la carretera para girar entre los vagones, volviendo por donde había venido. Se permitió un placer ilícito. Se sacudió contra la señorita Limpett, enrollándose a ella por detrás. Inhaló su delicioso aroma de azahar, pero más allá de eso, ella exudaba su singular esencia, distinguiéndola como única de todas aquellas a su alrededor. Él sonrió complacido, cuando ella levantó su mano enguantada para tocarse la piel desnuda de su cuello en un inconsciente reconocimiento de su presencia. Él la había visto una vez antes, incluso conversado con ella, aunque ella no lo sabía porque en ese momento su rostro se había transformado en la cara y estatura de otro. Entonces él había encontrado su belleza cautivante y sensual. Y la encontraba aún más atractiva ahora. Encantadora, deliciosa. Pero ya no tenía tiempo para jugar. La abandonó en la capilla y se redujo a algo muy delgado como una navaja de afeitar y se deslizó debajo de la puerta cerrada. Se vanagloriaba de su invisibilidad, de su velocidad mercuriana cuando se movía y de su mayor precisión de pensamiento. Apenas podía permitirse esperar a dentro de unos momentos, en que pudiera finalmente tener es su posesión el conocimiento necesario para revertir el deterioro de su mente y alma. En el agujero abierto en el piso, fue en espiral a través del catafalco hidráulico que había bajado el ataúd del profesor, y fácilmente agarrado persistentemente al camino de dos trabajadores del cementerio. Los siguió por el túnel oscuro, sin continuar bajo la calle Swain hacia el cementerio del Este, sino desviándose hacia una pálida luz afuera, a través del desorden denso de los monumentos del cementerio.
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    Redujo la velocidadsólo cuando llegó a la terraza oscura de las catacumbas cortadas en la base de la tierra debajo de la iglesia de San Miguel. Mina dio un paso atrás del carruaje. —Por favor su señoría, puede irse sin mí. — ¿Irnos?—Lady Trafford agrandó sus ojos azules. — ¿Qué quieres decir, Señorita Limpett? —Yo…—Mina tragó. Nunca había sido buena para lo dramático. —Sólo necesito un poco más de tiempo con mi padre. La plácida expresión de Lucinda se fracturó, pero rápidamente enmascaró su impaciencia con una inclinación favorable de cabeza y una sonrisa. —Por supuesto. Astrid, Evangelina, pueden acompañar a su prima. Un coro de negativas petulantes sonó desde adentro. Mina levantó una mano. —No, por favor. Quiero estar sola. Caminaré de vuelta a la casa cuando haya terminado. No es lejos. —No seas ridícula, hay gitanos acampando en el campo al otro lado del camino—Su señoría miró hacia el cielo, y tocó con su mano enguantada contra el cordón de satín de su cuello. —Y se está haciendo tarde. El cementerio cierra al atardecer. —Si seguimos aquí otro momento, seré yo la próxima que termine aquí— murmuro Astrid en tono severo. —Estoy de acuerdo—Dijo Evangeline.
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    —Por favor—Mina levantósu pañuelo a su nariz y resopló, actuando las lecciones de persuasión que había aprendido de sus primas en días recientes. Susurró—Simplemente no estoy lista para separarme de él aún. —Oh, querida no llores—declaró su tía, juntando sus manos enguantadas. — Muy bien. Dejaremos al segundo cochero para que espere por ti. Por favor no te demores mucho. Recuerda, debemos regresar a la casa Mayfair esta noche, y en nuestro vehículo, ya que estos deben volver al establo local esta noche—Sacó un reloj de su bolso y suspiró. —Tenemos muchas citas mañana. El servicio de comidas y floristería para mi jardín para la fiesta de la próxima semana. No queremos estar agotadas en la mañana. Un momento después, el carruaje rodaba sobre la calle Swain. Mina ascendió por el sendero de las sombras de árboles. Sabía el camino porque lo había caminado el día anterior cuando su tío le había mostrado donde seria enterrado el ataúd de su padre. Entonces el sol estaba colgando alto en el cielo y el cementerio estaba vivo, lleno de visitantes. Ahora, por la tarde las sombras se colaban por la tierra junto a bajos y crespos mechones de neblina amarilla. Solo el sonido de sus zapatos en el sucio camino y el furtivo rasguño de las aves y de otras criaturas invisibles en los árboles y maleza, rompían el silencio. Un triste ángel de piedra apareció en la distancia con las palmas abiertas. Su pulso brincó, pero ella lo calmó por lo que eran los más irracionales miedos, temores que se establecerían con el resto, una vez que estuviera confirmada la seguridad del ataúd de su padre. En las puertas de hierro abiertas de la Avenida Egipto, Mina vaciló. Enormes columnas gemelas y obeliscos se repartían a cada lado del arco de entrada, como un portal de un templo antiguo. Un denso velo de hiedra se desplomaba desde lo alto y más allá… sólo había sombras. Su primer instinto fue retirarse, tan rápido como sus pies la llevaran a los coches, y a toda la parafernalia de la seguridad, normalidad y cordura.
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    Respiró profundamente ypasó por el camino de criptas alineadas, emergiendo rápidamente al Círculo del Líbano, donde se levantaban dos líneas de mausoleos cubiertos de cedro. Aunque los Trafford tenían una propiedad central en la cripta donde se enterraban a los miembros de título, el ataúd de su papá sería colocado junto al de su madre en una menos exclusiva terraza sobre las catacumbas. Mina agarró su falda y ascendió los escalones de piedra. Una fuerte brisa llenó las ramas de los arboles alrededor, llenando el círculo con un coro de susurros ininteligibles. Ella se giró, explorando el círculo, con la certeza que lo que oía procedía de los murmullos de los árboles. Los murmullos se calmaron. Y en su lugar vino un repetitivo y chocante tintineo de metal contra metal. Chink. Chink. Chink. La sospecha y el miedo se retorcieron en su garganta, y más profundo en su pecho, pero ella se lo tragó. Los sonidos que escuchaba eran como los producidos por los trabajadores del cementerio haciendo un último trabajo del día. Chink. Chink. Sus labios latían donde se había mordido un poco la carne. ¿Qué tarea podría necesitar esos golpes repetitivos e insistentes? Con cautela, se acercó a las catacumbas, donde el ataúd de su padre había sido depositado. La puerta de metal apareció con una pequeña abertura cuadrada marcada con barras de hierro. Sonidos de pies que se arrastraban venían de adentro. Chink El miedo a que su secreto pudiera descubrirse superaba cualquier temor de lo que podría estar en el interior haciendo ruido. Ella se puso en marcha en la punta de sus pies y se agarró al borde de la ventana. En la oscuridad, percibió la tenue
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    silueta de numerososataúdes, apilados en los estantes y cubiertos de polvo. Las flores que ella había arreglado ayer sobre el ataúd de su madre, estaban desparramadas en el suelo. Una sombra se movió. —Tú, ahí—llamó ella. La sombra se fusionó con la oscuridad, haciéndola preguntarse si había visto algo o no había sido nada. Abandonó la ventana y agarró el grueso mango de metal. Tiró pero fue en vano. La puerta estaba cerrada. Ella había visto algo. Y había escuchado algo también. Madera astillándose. Ella se volvió, corriendo hasta el borde del círculo, buscando a cualquier trabajador, o visitante, a quien pudiera gritar sus acusaciones de profanación. No vio a nadie. El viento torció sus faldas. Los murmullos volvieron, llenando sus oídos. Otra vez ella volvió a la puerta, presionando la punta de sus dedos contra su boca, suprimiendo la urgencia de un grito. Sin otro recurso giró el cierre de bola de su bolso y sacó su pistola. —Te lo advierto. Sal de ahí— desafió, con su voz retumbando en el silencio. La madera crujió. Ella metió el brazo entre los barrotes de metal, pistola en mano. Dispararía como advertencia y sacaría a la persona, al menos así sabría con quién trataba. Una gran piedra se precipitó en la oscuridad y golpeó la puerta al lado de su cabeza. Mina miró fijamente. Una sombra distinta creció. Se hizo más grande.
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    Ojos color bronceparpadearon…..brillantes. Ella gritó. La criatura rugió, a toda velocidad hacia ella. Ella disparó. Mark se agazapó en la oscuridad, silenciando su rabia. Cerró los ojos, y respiró profundamente por la nariz. Se concentró en la herida, trabajando en desintegrar la bala y reparar el omóplato roto. La intensidad del dolor disminuyó, pero no cesó. Un ruido de zapatos se acercó, y hubo un requerimiento de voces. Él abrió sus ojos. Una llave giró en la cerradura, su rotación metálica se hizo eco a través de la estrecha bóveda. La puerta gimió por dentro. Un operario viejo con la camisa arremangada, chaleco de piel suelto y pantalones cubiertos de suciedad, levantó una linterna para iluminar el interior. Su mirada escrutadora pasó directamente a través de Mark. —No hay nadie aquí señorita. —Eso no puede ser—La señorita Limpett apareció en la puerta, con su cara luminosa contra el telón de fondo de las sombras. Miedo y emoción brillaron en sus ojos. ¿Era posible que se hubiera puesto más bella desde la última vez que la había visto? Sus ojos se estrecharon. Tal vez era el simple hecho de que le había disparado. Siempre había admirado a las mujeres que manejaban armas con confianza, y bien. Su tío apareció a su lado. En su mano apretaba la pistola que ella tenía, con el cañón apuntando al suelo. Él también miro hacia el interior, con su alto sombrero de copa de seda reflejando la luz anaranjada del farol. ¿Estás segura de que viste a alguien?, la punzó suavemente.
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    La señorita Limpettse puso rígida, con su mirada vidriosa se colocó en la robusta plataforma de madera donde estaba depositado el ataúd de su padre. Afortunadamente para ella, Mark había lanzado la tapa de modo que el pesado panel había caído en su alineación original. Su secreto estaba a salvo. El cuidador se aventuró al interior, agachándose. La punta de sus barrosas botas de trabajo afectó varios de los remaches que Mark había aflojado. El silbido del metal golpeó la pared de piedra y se hizo eco a través de la cripta. — ¿Que fue eso?—preguntó su señoría, en un mejor ángulo para ver, pero no tan lejos como para entrar. El cuidador bajó la linterna y miró el piso. Viendo los remaches, los viejos ojos del hombre se agrandaron. Hizo girar la luz hacia los ataúdes en sus nichos. El miedo se reflejó en sus facciones, y su manzana de Adán se movió. —Nada, su señoría. Nada en absoluto. Se retiró hacia atrás, como si tuviera miedo de darle la espalda a la oscuridad. A pesar de su dolor Mark sonrió con depredador placer. —Será mejor que sigamos nuestro camino ahora—susurró él. —Cerrarán las puertas pronto. —Tiene razón, Willomina—Su señoría trató de arrastrarla suavemente, pero su mano enguantada se aferró al borde de piedra de la puerta. —Querida, estás alterada—sugirió él. —Tu dolor te juega malas pasadas, por lo que ves fantasmas donde no los hay. Ella asintió, sin dejar de mirar el interior. —Tienes razón, por supuesto, estoy… alterada.
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    —Vamos a lacasa—la instó su tío. —Puedes descansar un poco ahí, y pronto estaremos lejos de aquí. —Un momento…— ella se empujó hacia adentro y se inclinó para recoger una larga y verde rama trenzada con flores blancas. Agarrando la rama con sus dos manos, cubrió dos ataúdes, el de su padre y el que estaba al lado, que ella suponía que era el de su madre. Girando sobre sus talones, se congeló. Mark siguió su línea de visión al suelo, donde su mirada estaba fija en la piedra había lanzado contra ella cuando había estado furioso. Él no pudo resistir la tentación. Extendió su mano y, después se permitió un ilícito roce de sus dedos entra el borde de su enagua, dándole a la falda exterior un tirón fuerte. La señorita Limpett gritó. Mark se irguió. Voces masculinas exclamaron desde la puerta. Ella se volvió para mirar un punto, pero nada. Lo miró directamente a los ojos, nariz con nariz, aliento con aliento. Oh, si….era bonita. La señorita Limpett era una imagen de piel lustrosa, labios rosados y pelo castaño brillante, perfectamente trenzado en un simple mono en la nuca. Incluso en medio de su enojo por no encontrar nada más que rocas y aire viciado en el ataúd, era lo que era. Siempre había disfrutado de las mujeres, especialmente de las aventureras con secretos. Los tacos de sus estrechos zapatos negros golpearon el suelo mientras ella retrocedía.
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    — ¿Que fueeso?—preguntó su tío. —Nada—susurro ella. —Son solo mis nervios. La puerta se cerró. Una posterior vuelta de metal señaló el cambio en la cerradura. A través de la pequeña ventana, la luz del farol menguó a nada. Sus pasos se desvanecieron. Él se puso de pie, rodeado de polvo y oscuridad, y con el olor de madera mohosa, carne y huesos. Rápidamente su estado de ánimo volvió a desaparecer. Malditos ataúdes llenos de rocas. Mina Limpett le había engañado, y a todos los demás. Era curioso cómo no había percibido sus mentiras. ¿Sería tan buena para decirlas? Se frotó el hombro. El dolor se había aliviado hasta casi desaparecer. La única evidencia externa del disparo era el persistente aroma a pólvora, y la manga de su ropa destruida, que su mente incluso ahora trabajaba en reparar. Como despreciaba coser. Están con padre. La comprensión se extendió por él. No había sentido sus mentiras porque ella no le había mentido. En realidad no. Le había dicho la verdad, y con unos pocos desacuerdos, él se permitió hacer sus propias suposiciones. Los rollos estaban con su padre. El profesor no estaba muerto, aunque claro, él y su hija habían llevado a cabo un elaborado plan para hacerles creer a todos que lo estaba. Tres meses antes, Mark había estado tan cerca. Había rastreado por la tierra y el océano con todo sigilo, seguro de que ellos no tenían conocimiento de su búsqueda. Su sangre golpeó en su cabeza como un reloj marcando el tiempo. No tenía tiempo para intrigas. El hecho que se hubiera resistido al deterioro de la Transición todo ese tiempo, era un testimonio de su fortaleza como guerrero inmortal, y los siglos de estricto entrenamiento mental como Centinela. ¿Cuánto tiempo más iba a durar?
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    Peor aún, lamanera en que la señorita Limpett había manejado el arma le reveló que había anticipado el peligro, planteando la cuestión en su mente… ¿Quién más querría los manuscritos? Aparentemente tenía competencia, lo cual no era sorpresa, dado el mortal interés de la sociedad por los temas metafísicos, por la vida más allá de la tumba de la inmortalidad. Había todo tipo de sectas tontas y sociedades secretas con normas oscuras, trajes divertidos y ceremonias, todas tratando de averiguar sobre la vida y sobre la vida de más allá. Algunas no eran tan agradables y tenían fines oscuros. Tal vez una de esas organizaciones buscaba la posesión de los manuscritos. Una cosa era segura. Él no había terminado con la espinosa señorita Limpett. Seis meses atrás, mientras trabajaba en la Reclamación de Jack el Destripador, había ido al pequeño y lamentable salón de la casa del padre de ella en Manchester, con su rostro transformado en el del señor Matthews, el director adjunto del Museo Británico. La había interrogado sobre el paradero de su padre y de la desaparición de una antigua tablilla cuneiforme de los archivos subterráneos. La tabla tenía grabada la oscura y aún más negra historia sobre las profecías de Tantalytes, un antiguo culto ctónico en el cual se adoraban a los malvados, al inmortal Tántalo, a la oscuridad antigua, siempre enterrada en los Centinelas de las Sombras en el Reino Interior del Tártaro. Sin la tabla, Mark, Lord Black y su hermana gemela, Selene, se habían visto obligados a conformarse con un pobre duplicado, un manuscrito muy fragmentado. Mark, un experto en lenguas antiguas, había sido encargado de la traducción de la reliquia. El manuscrito preservaba la historia y profecías del culto ctónico. Los papiros también contenían una seria de coordinadas numerales, que cuando se traducían coincidían con todo tipo de terribles acontecimientos a través del tiempo, que conducían hasta el presente. Asesinatos, plagas, desastres naturales. El más reciente, la violenta erupción de un volcán en Indonesia, el Krakatoa en 1883. Fue
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    a través deesos sucesos que Tántalo transmitía, a través de una corriente de energía invisible, las comunicaciones desde su eterna prisión en el bajo mundo, en un esfuerzo por despertar su ejército dormido de seguidores brotoi. Mediante la observación, los centinelas habían determinado que los brotoi eran casi idénticos a las almas malignas, que eran almas deterioradas, que ya estaban en la tarea de Recuperar. Sin embargo, a diferencia de las almas que buscaban Trascender de sus malas acciones, los brotoi mostraban una lamentable inclinación a juntar sus fuerzas y organizarse hacia la última desaparición de la civilización, no sólo a la civilización mortal, sino también la de los Amaranthines y su protegido paraíso, el Mundo Interior. Pero lo más importante para Mark ahora era que en su encierro, el manuscrito había mencionado la existencia de dos manuscritos hermanos que contenían detalles sobre la localización y uso de un poderoso conducto a la inmortalidad. El conducto no identificado era su única esperanza de revertir el oscuro estado de Transición presente dentro de su mente. Entre más pronto persuadiera a la Señorita Limpett para que diera a conocer el paradero de su padre y de los rollos, más pronto recuperaría su descarrilado destino y su lugar de honor en los Centinelas de las Sombras de Amaranthine. Recordando sus ojos y labios, y la forma apasionante de sus prendas de luto, lamentó no tener tiempo para una suave seducción. Una cálida brisa sopló a través de la ventana abierta del coche, enviando las cortinas hacia atrás, revoloteando como las alas de una mariposa nocturna. El oscuro, suntuoso interior, combinado con la vibración de las ruedas sobre la calzada, y los meses de agotamiento… La cabeza de Evangeline colgó sobre el hombro de Mina. Un tenue ronquido se tambaleó en sus labios.
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    Mina deseó poderhacer lo mismo. Estaba tan cansada. Con el funeral se suponía que pondría fin a la carrera, a esconderse y al miedo. Tenía la esperanza que al fin, esa noche, pudiera encontrar la paz en el sueño. Astrid estaba sentada al otro lado de Evangeline. Frente a ella, Lady Trafford frunció el ceño pareciendo enredada en sus propios pensamientos. Al final del banco de su esposa, Trafford miraba en solitario por la ventana abierta. Mina había estado tan agradecida cuando había empujado el panel abriéndolo, dispersando el mareador perfume que se había acumulado en el interior. Ella, por su parte, estaba sentada rígida en su asiento, tratando de racionalizar todo lo que había visto y escuchado en la cripta. Era, como había sugerido Trafford. Ella había estado sobreexcitada y había imaginado cosas. Los ojos brillantes habían pertenecido seguramente a una rata del cementerio monstruosamente grande. La piedra que había golpeado la puerta, obviamente, era un pedazo caído de techo de la cripta por el envejecimiento de esta. Los distintos ruidos y rugidos habían sido probablemente debido a la actividad de la rata antes mencionados y a una inexplicable anomalía del viento y del eco. Ella parpadeó en la oscuridad… casi creyéndoselo. Lord Alexander. Recordó sus ojos azules, tan poco comunes, y la forma en que se concentró tan intensamente en ella. ¿Sería uno de ellos? ¿De los hombres que había llegado a temer? Su imaginación se torció bruscamente, transformando sus ojos azules a un impenetrable bronce. Los hombres no tenían los ojos de un brillante color bronce, pero ella se negaba a cualquier noción de lo sobrenatural. Su padre quizás creyera en todas esas tonteras, pero para ella estaba parada sobre sus pies y sospechas es mantenían firmemente basadas en la realidad. Todos aquellos que eran alguien en el mundo de las lenguas antiguas sabían que su padre poseía los dos rollos acadios. Los rollos en sí mismos no eran acadios, por supuesto, pero igual de antiguos y una copia exacta de las tablas cuneiformes
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    acadias, que habíansido hace mucho tiempo destruidos o se habían disuelto en polvo. Ella misma había estado presente en el momento de su compra a una tienda nómada del desierto oscuro, dieciocho meses antes. Habían desaparecido sus barras, pero igualmente estaban muy bien preservados. Al final de la expedición, como había hecho su costumbre. Ella había organizado las notas de su padre y hecho un reporte académico y sólo había mencionado entre paréntesis la adquisición. En ese momento ni siquiera estaban seguros de la autenticidad de los artefactos. Ella había hablado del documento con el nombre de su padre a la Real Sociedad Geográfica. Sin embargo con la publicación de ese papel, su mundo se había vuelto loco. Frente a ella, Lord Trafford se puso rígido en su asiento. Se movió, con su visión fija en algo al lado del camino. Izo su bastón por la ventana abierta, golpeando contra el techo del carruaje. El chofer gritó, y en medio de un tintineo de arneses, el carruaje se sacudió y se detuvo. Lucinda parpadeó. — ¿Qué sucede, Trafford? Evangeline se sacudió en posición horizontal. Murmuró soñolienta. — ¿Por qué nos detenemos? Trafford se agachó abriendo la puerta. Sin esperar por el lacayo bajó las escaleras al pasto, bastón en mano. —Pensé que eras tú—se rió entre dientes, hablando cordialmente en la oscuridad. — ¿Tuviste problemas con tu caballo? Las lámparas laterales del carruaje iluminaron un amplio círculo de grava y césped, lleno de distinta basura. Los vagones traqueteaban pesadamente, el camino a Londres estaba igual de ocupado en ese momento como durante el día.
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    Una figura emergiódesde las sombras, la mitad de su rostro estaba oscurecido por el borde de su sombrero de copa. Un abrigo largo y negro descendía a media pantorrilla y ondulaba con el viento. Llevaba atrás las riendas de un reluciente y negro caballo, con los labios no identificados del caballero apretados en una triste sonrisa. Los ojos de Mina se agrandaron y los latidos de su corazón tronaron en sus oídos. Reconoció esos labios. Reconoció todo desde el contorno masculino de sus hombros, su altura imponente y su confiada postura. Lord Alexander se quitó el sombrero y lo golpeó bruscamente contra su muslo, enviando una tenue nube de polvo del camino. Lucinda se enderezó en su asiento, con sus hombros muy derechos, con su cara de luna pálida en la oscuridad. Las chicas se enfilaron hacia las ventanas, pasando sobre Mina para ver mejor. —En efecto—Su señoría llevando una herradura. —Busqué en la hierba hasta que la encontré. ¿Podría tener un kit de herrero para prestarme? —Incluso mejor—Trafford señalo con su bastón en dirección al carruaje. — Tenemos un herrero. Un instante más tarde un sirviente-uno de los dos que habían seguido a caballo-llegó a pie. Extendió su mano enguantada hacia la herradura. Su tío dijo: — ¿Por qué no viene a la casa con la familia? El señor McAlister le traerá su animal una vez que la reparación haya sido hecha. Lord Alexander levantó su mano enguantada. —Gracias, Trafford, pero sospecho que su familia y en particular su sobrina, deben estar agotados y deseando privacidad.
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    A través delas sombras, él captó la mirada de Mina. Ella corrió la cortina y se hundió en las sombras. Lord Trafford replicó. —Mi querida sobrina me ha dicho que conoció a su padre. No me puedo imaginar que a ella no le gustara que un amigo de la familia estuviera varado en la calle. ¿No es verdad señorita Limpett? Ella escuchó el crujido se los zapatos de su tío en la grava, justo afuera de la ventana. Evangelina le clavó un codo en el costado. Cada músculo de su cuerpo se redujo al menos una pulgada. Mina gritó desde detrás de la cortina. —Por favor... viaje junto a la familia, Lord Alexander.
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    Capítulo 3 Unmomento después, y él estaba instalado entre ellos. Elegante y de largas extremidades, ocupó la esquina opuesta a Mina, con su sombrero de copa en su regazo. El carruaje se sacudió, y luego rodó sobre la carretera, y pronto retomó su velocidad habitual. Las lámparas de gas brillaron con su luz intermitente a través de sus rasgos. El viento hizo caer un mechón de su pelo sobre un ojo, un ojo, que igual que el resto de él, se apoyaba con demasiada frecuencia en la paz mental. Trafford se sentó junto a su Señoría. —Le vi en el cementerio, pero no conseguí hablar con usted a tiempo. Antes, había comentado con su señoría cuanto tiempo había pasado que no lo había visto en el club. Lord Alexander ajustó sus piernas, deslizando sus pies juntos, al más pequeño espacio de Mina. No tocándola, pero casi. —He estado en el extranjero varios meses, y solo volví a Londres ayer. — ¿Dónde estuvo?—Susurró Lucinda. — ¿Perdón?—Alexander se apoyó unas pulgadas hacia adelante para mirar detenidamente a la condesa alrededor de Trafford. —Cuando dejó Londres—Su voz sonó más fuerte pero mantuvo un contorno correcto. — ¿Fue a algún lugar lejano? ¿A algún lugar más… excitante y exótico? Mina escuchaba en silencio. ¿Era la única que comprendía que Lucinda y Lord Alexander compartían algún tipo de pasado?
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    En un rincóndel carruaje, Astrid se estiró como un gatito mimado y terció en la conversación. —Me encanta viajar. Lora Alexander sonrió fácilmente. —Pasé un tiempo en Rangún, antes de proceder a Mandalay. Mina se mordió el labio inferior. Dos ubicaciones no muy lejos de Bengala y del Tíbet. Astrid dejó salir su voz entrecortada. —Me encanta la india. Evangelina susurró: —Burma. —Burr-ma—Astrid ronroneó, sonriendo coquetamente a Lord Alexander— ¿No es eso lo que dije? La diversión iluminó los ojos de su visitante. Parecía el tipo de caballero que estaba acostumbrado a ser lisonjeado. Con una ligera inclinación de su cara con esa mandíbula cuadrada, se encontró con la observadora mirada de Mina. Como un disparo de morfina, el sentimiento de intimidad que habían compartido en el cementerio regresó para marearla, calentándola hasta la medula. Se sintió atractiva, misteriosa. Seducida. Si tan sólo Trafford le hubiera devuelto su arma, la hubiera sacado y le hubiera disparado ahora. No podía evitarlo, pero sentía que él era de peligro que era para ella, en más de un sentido. Lord Trafford giró su bastón contra el piso del carruaje. Las facetas de vidrio del pomo brillaron en la oscuridad.
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    — ¿Ha fijadosu residencia en alguna parte? —Estoy actualmente aún sobre el rio, amarrado en el paseo Cheyne. —He escuchado hablar de su Thais—Trafford sonrió. —Una conversación envidiosa. —Alguien que le tiene cariño—Lucinda pinchó. — ¿Quién?—preguntó Lord Alexander. —Thais—repitió la condesa. Él respondió. —Thais fue….la amante de Alejandro Magno. Las niñas se rieron tontamente detrás de sus manos enguantadas, mirándolo medio escandalizadas. Su señoría volvió significativamente su atención a Trafford. —Lo llevaré a pasear una tarde. —Una espectacular idea—Trafford estuvo de acuerdo. Astrid efusivamente dijo: —Me encanta navegar. —Como a mí—resonó suavemente Evangeline. Lord Alexander hecho un vistazo entre ellas. —Será ciertamente bienvenida si viene—le dijo a Mina,—Todas son...bienvenidos si vienen. —Trafford se movió en su asiento y cruzó una pierna
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    sobre la otra.—ahora que sé donde se aloja, debo insistir en que acepte una invitación para que pase la noche con nosotros. Mark sacudió su cabeza. —No podría imponerme. —Tonterías—Trafford declaró. —Es tarde y tenemos habitaciones vacías rogando por invitados. Evangeline y Astrid asintieron de acuerdo. Lady Lucinda esbozó una alegre sonrisa. Mina rezó para que declinara. —Me temo que no puedo. Tengo llena la mañana de reuniones, y todos los documentos que requiero están en el barco. Astrid y Evangeline dejaron escapar un suspiro de decepción. Lord Alexander sonrió, y como un muchacho, apareció un hoyuelo en su mejilla izquierda que derretía el corazón. Mina se preguntó a cuantas mujeres habría seducido esgrimiendo esa arma. Justo después, el carruaje rodó por Mayfair. —Abramos las ventanas para poder mirar hacia afuera—exclamó Astrid con su cara iluminada por la excitación. Empujó la persiana abriéndola. Mina hizo lo mismo, cobardemente centrando su atención en el paisaje, en lugar de devolver el interés del hombre que estaba frente a ella. Atrás había quedado el olor de la campiña. Aquí, todo olía a polvo y a caballos. Vehículos bien equipados atestaban las carreteras. Lámpara de gas iluminaban la noche, reflejándose en las fachadas de las grandes casas, la mayoría de las cuales se iluminaban como grandes hogueras. Destellos de colores podían ser vistos a través de las ventanas -seda y flores- junto con rostros y cristal brillante. Incluso desde la calle, las risas y el son de la música podían ser escuchados.
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    Después de mediahora de lento y tambaleante tráfico, el carruaje se detuvo frena a la Casa Trafford. A pesar de ser tan impresionante como la de sus vecinos, las ventanas eran solemnes y oscuras. Lacayos se apresuraron para ayudar a las damas a bajar del vehículo, guiándolas entre dos líneas de lámparas, hacia una puerta negra lacada. Momentos después todos estaban reunidos en el hall, una impresionante estructura de madera resplandeciente y con ornamentaciones de yeso. Al lado de la escalera central, varios bustos de notables figuras históricas estaban en lo alto de columnas corintias. Una solitaria lámpara de araña iluminaba la bóveda, dejando la periferia de la habitación en sombras. —Alexander, acabo de adquirir una caja de habanos. ¿Quieres un puro hasta que llegue tu montura? —Ciertamente—El rostro de Lord Alexander dio vueltas. —Buenas noches… Mina miró lejos antes que sus ojos coincidieran. —Señoras— Su voz sostenía una entonación distinta de diversión. Él y Trafford desaparecieron a través de la puerta de arco. Lucinda ya estaba a mitad de la escalera. —Vamos, niñas. Ha sido un tarde cansada, y mañana tenemos un día lleno de citas—Sus faldas crujieron cuando subió las escaleras. Evangelina y Astrid miraron con anhelo hacia el estudio de su padre, y con un suspiro dual, lentamente siguieron a su madrastra. Cuando llegaron al primer piso, Lucinda pausadamente preguntó: — ¿Señorita Limpett, viene? Mina respondió:
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    —No estoy segura,no creo posible que pueda dormir aun. Creo que me quedaré en la biblioteca y encontraré algo que leer. Lucinda apretó su mano contra su frente, y después de un largo momento de silencio, bajó las escaleras y se quedó pie ante ella. —He sido imperdonablemente desconsiderada esta tarde. He permitido que la preocupación de la tonta fiesta del jueves en el jardín me distrajera cuando hoy debería hacer sido todo para ti y la terrible tragedia que ha pasado con tu padre— Tomó las manos de Mina y la miró fijamente a los ojos. Para sorpresa de Mina, vio el brillo de las lágrimas en las pestañas de la joven. —Por favor, perdóname. Mina sospechaba que las emociones de Lucinda no tenían nada que ver con su tonta fiesta del jardín o la muerte de su padre, un perfecto ejemplo de porqué debía evitar a Lord Alexander. —No hay nada que perdonar. —Eres una adorable chica, y estamos muy contentos que seas parte de nuestra familia—Su Señoría abrazó a Mina fuerte, aunque fugazmente, antes de volverse para subir las escaleras y desaparecer con las chicas alrededor de la balaustrada. Mina miró al más cercano de los bustos. Lord Nelson la miró fijamente, con ojos acerados y decididos. —He tenido un día interesante. Él no preguntó los detalles. Moviéndose en dirección opuesta a la que los caballeros habían tomado, Mina viajó por una pasillo oscuro donde a ambos lados había marcos con óleos. Eventualmente pasó por dos gigantes puertas de madera a una habitación cálidamente iluminada. En la semana que había vivido con la familia, la biblioteca se había convertido en su enorme refugio de la casa y siempre ocupado. Dos enormes medallones de yeso, pintados con un blanco glacial, se extendían sobre
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    ella en eltecho. Bustos de los grandes maestros de la literatura asomaban sus narices con idéntica forma alrededor del borde superior de la habitación como decoración. Camino a lo largo, los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Ya había ojeados algunos y hecho una pequeña selección cuando sus ojos se fijaron en el de Nobleza de Debrett. Una repentina curiosidad vino a su mente. Protestando por el peso del volumen se dirigió al otro lado de la habitación, tomando asiento en un escritorio situado al lado de una gran ventana con cortinas y se inclinó. Una pequeña lámpara le proporcionaba toda la luz que requería. Se detuvo solo un momento para abrir su bolso y sacar el pequeño estuche con la fotografía. Lo mantuvo abierto y en posición vertical junto a ella. Mirando a su padre y al señor borroso que lo acompañaba, que asumía era Debrett. Una de Alexander. Echó una ojeada a los títulos aristocráticos y encontró el lugar donde… Hizo un gesto con la boca. Después de A-l-e-x- no había nada más que una mancha borrosa e ilegible, media página estaba entre borrosa y nada. Siguió por el resto de las páginas y todas estuvieron en perfecto estado. Justo para su suerte la página que deseaba leer había sufrido algún percance de publicación. Mina cerró el libro y lo aventó a una lejana esquina de la mesa, más decepcionada de lo que debería estar. —Creo que le debo algo alrededor de cuarenta y cuatros libras por nuestra última partida de cartas—. Trafford estaba sentado en un sillón detrás de un escritorio de caoba. El humo salía en zarcillos grises del puro que tenía aprisionado entre los dedos. Abrió un cajón. —Veamos que tenemos aquí.
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    —No, no—le indicóMark, saboreando la dulce esencia de la madera de su puro. —Me ha permitido ser un intruso en su familia y me ha regalado este excelente puro. Considerémonos a mano. Trafford sonrió. —No es realmente una apuesta si alguien no pierde. Tengo toda la intención de ganar la próxima vez. —No quiero su dinero, Trafford. — ¿Qué tal una hija entonces?—el Conde señaló con la última ceniza del puro hacia Mark. —Tengo dos, por si no se había dado cuenta, ambas debutarán esta temporada. Así que si tiene ánimo de cas… Mark se atragantó con el humo del cigarro y tosió. —Son dos chicas preciosas. Estoy seguro que atraerán posibles pretendientes como moscas. Trafford se rió entre dientes. —Creo que su lista de posibles pretendientes salió por la ventana cuando lo vieron. —Yo estoy…halagado. Pero en la actualidad el matrimonio no es una de mis prioridades. —La vida de soltero. La recuerdo con cariño. Mark sintió no obstante que el hombre no tenía ningún conocimiento de los coqueteos menores que había habido entre él y Lucinda durante su temporada de debut, hace apenas un año. Que habían coqueteado y se habían besado. Sus manos habían vagado un poco -todo un estímulo- pero eso había sido todo. En
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    retrospectiva, lamentaba quelas cosas hubieran ido tan lejos como lo habían hecho. Eso hacía que su presencia en la casa Trafford fuera una maldita incomodidad. Mark asintió, inclinándose en su silla. Extendió sus manos sobre el amplio escritorio. —Es correcto. Usted celebró su boda recientemente. Tengo que felicitarlo. Se estrecharon las manos, en un firme intercambio. Trafford sonrió ampliamente. —Lucinda y yo nos casamos en diciembre en la capilla de la familia en Lancanshire. —Es un hombre con suerte. —Lo soy en efecto, ella ha hecho maravillas con las chicas. De la nada, una punzada de dolor irradió a través de la sien de Mark. Presionó sus dedos sobre ella, y el malestar se desvaneció. Su estado de ánimo cambió. A veces una sensación parecida le advertía que se aproximaba un hechizo y en lo privado había llegado a llamarla su incómoda locura, que hasta ahora se revelaba como estados de ánimo negro y un temperamento irracional e impulsivo, que hasta ahora había tenido la capacidad de contener. No sabía cómo haber perdido tres meses y su regreso a Londres -lugar de su Transición original- podía afectar su frecuencia o intensidad. Esa era la razón de porque había rechazado la invitación de su Señoría a pasar la noche. A pesar de su deseo de ganarse de inmediato los favores de la señorita Limpett, había pensado que era mejor actuar con cautela, por lo menos hasta que estuviera seguro de su conducta mental. —Desafortunadamente, Trafford—dijo él—es hora de irme. Justo en ese momento el reloj dorado que estaba en la repisa de la chimenea tocó las once. Trafford entrecerró los ojos al reloj.
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    —Estoy de acuerdo,ha sido un día terriblemente largo—Su Señoría se paró de la silla. Levantó una bandeja de plata y dejó ahí su puro sobre la superficie brillante y se la ofreció a Mark para que hiciera lo mismo. Doblándose por el escritorio, levantó una mano indicando la puerta. —Veamos tu caballo. El mayordomo se le unió en la base de la escalera y se inclinó con deferencia ante ambos hombres. Trafford descansó su mano en la balaustrada. — ¿La montura de Lord Alexander ha sido entregada? El mayordomo respondió:, —El caballerizo lo llevó a beber agua. Le pediré que lo traiga. —Muy bien. — ¿Y su señoría?—El mayordomo se enfilo hacia adelante, con las manos en la espalda— ¿Es posible hablar con usted un asunto doméstico antes de que se retire? —Por supuesto Señor George—. Trafford levantó su mano. —Solo déjeme ver con su señoría lo de su caballo. Mark le indicó que fuera. —No adelante, estoy seguro que mi caballo será traído, gracias. Esperaré aquí. Trafford agregó: —Lucinda planea una fiesta en el jardín el jueves. Le enviaremos una invitación. La perfecta oportunidad para volver y seducir -sí, porque no- a la señorita Limpett.
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    —No me laperdería. Dejando solo a Mark él se dirigió hacia la puerta, con su sombrero entrelazado detrás de su faldón. Miró por la ventana a la calle oscura pero llena de gente. Gracias a Dios estaba sobre su caballo de lo contrario le llevaría más de un hora salir de ese embotellamiento. Su sangre se aceleró cuando tuvo conciencia de ella. Una sonrisa apareció en sus labios. Detrás de él, leves pasos sonaron contra el mármol. Él se giró. La Señorita Limpett emergió de un pasillo, con clara intención de dirigirse a las escaleras. Su sombrero colgaba de su codo, suspendido por una cinta. También llevaba su bolso y algunos libros. Cuando se dio cuenta de su presencia, se congeló, dejando su paso a medias. Sus mejillas se sonrosaron, pero no sonrió. Enderezó sus hombros, como si un acero pasara por ellos, pero en el proceso, le dio una tentadora exhibición completa de sus altos senos y de su figura de reloj de arena. Su red mental filtró el espacio alrededor de ella. Sospecha. Le encantaba la seducción que se retorcía y era intrigante, pero se dio cuenta, que en ese caso, él no podía moverse demasiado rápido o ella huiría. —Señorita Limpett. —Lord Alexander—respondió ella con toda cordialidad, pero el tope emocional que se instaló entre ellos surgió como un robusto muro de piedra de cuatro metros. Ella se resistía a deshacerlo. A pesar de la urgencia del tiempo que no podía desperdiciar, él estaba encantado con el reto. —Veo que ha regresado al río, después de todo. —Sí—Sombreo en mano, él se paseó delante. —Tenía la esperanza de poder verla de nuevo antes de irme. ¿Podríamos tener una palabra?
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    —Si por supuesto—Sumirada cayó en su corbata, en su barbilla. En todo menos en sus ojos. —Quería preguntarle…bien—él sonrió con su más gallarda sonrisa— ¿si me puede conceder el permiso de visitarla una tarde, aquí en la casa? Sus ojos se agrandaron y sus negras pestañas se fijaron directamente en las suyas. — ¿Visitarme? —Me gustaría verla de nuevo—aclaró él suavemente. —Ya veo—ella cambió la pequeña pila de libros de un brazo a otro, que mantenía sobre su pecho -sobre su corazón- como un escudo contra él. —Como ya le dije en el cementerio, no sé los detalles de la colección de mi padre. —Mi pedido de visitarla no tiene nada que ver con su padre o con su colección. Sus negras cejas se elevaron en una elegante pregunta: — ¿No? —No, me gustaría verla a usted, pasar tiempo con usted—hizo un movimiento con el sombrero en dirección al resto de la casa. —Ni siquiera a todos ellos… sólo a usted. Una escalera de colores se deslizó por sus mejillas. Ella se mojó los labios. —Ya veo. — ¿Entiende?—le sonrió pero suavemente, tratando de no parecer muy confiado en ese esfuerzo por extraño que pareciera. A pesar de que un innegable escalofrió de tensión existía entre ellos, él sentía que no habría garantías a la hora en que la señorita Limpett le concediera sus favores.
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    —Creo que sí. La puerta crujió en el interior, y el lacayo apareció, trayendo consigo los sonidos del traqueteo de los cascos en el pavimento. —Su caballo, su señoría. — ¿Debo preguntar, entonces?—Mark la presionó gentilmente, sosteniendo su sombrero. Su mirada se oscureció. —Me siento halagada por su petición, pero…No creo que esté lista para visitas. Y no creo que esté en un futuro cercano. Sorpresa y disgusto nublaron su mente, pero fácilmente sonrió. —Debo respetar sus deseos, por supuesto—Lentamente se puso el sombrero en la cabeza. —Entonces, buenas noches señorita Limpett. Él salió por la puerta sostenida por el lacayo. En la calle aceptó las riendas de su caballo. Subiéndose a la silla, miró a través de la pulida ventana para ver que ella aún estaba en las escaleras, con su silueta seductora, mirándolo mientras él la observaba. Su sangre se calentó más y más, y cada músculo de su cuerpo se volvió terrible pero deliciosamente tenso. Tocó el ala de su sombreo, y giró su caballo en un amplio círculo, saliendo en dirección al Támesis. Una hora después, descendía por los escalones que crujían en el establo público y caminaba hacia el este por la calle del Rey. Las fachadas de las tiendas eran de dos o tres pisos y las casas se alienaban en su camino. El vapor flotaba en el calor, como aire estancado, formando halos alrededor de las lámparas de gas que revestían la avenida. Aquí en Chelsea, el verde, el olor podrido del rio permeaba todo.
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    Sus pensamientos sedetuvieron en la señorita Limpett -Mina- un enigma intrigante. Un delicioso aplazamiento, cuando era siempre él el que jugaba esa parte. Incluso ahora, la deliciosa demora de su partida se sostenía. Deliciosa era la renuencia que tenía en confiar en él, que le permitiera acercarse a ella lo más rápido y fácil como deseaba, lo que no hacía más que aumentar su interés, un interés que no tenía nada que ver con su padre o con los rollos, y todo que ver con los movimientos sensuales de una llama cada vez mas grande. Una repentina fluctuación en lo profundo de sus huesos, dentro de su médula inmortal, lo alertó de que no estaba solo en la calle. Un ocasional coche de alquiler pasó con un pequeño grupo de hombres y mujeres que se inclinaron en las sombras. Peor había algo más. Él pasó un callejón y con la esquina de su ojo divisó una sombra que se movía en contra de las sombras. No alteró su ritmo, pero mentalmente envió una penetrante ola de energía, una que reveló como una explosión de luz blanca todo a su alrededor independientemente de las paredes de ladrillo, madera o estuco: un pescadero empujaba su carrito en la parte trasera del callejón. Tres ratas estaban dándose un festín en la basura. Un enjambre de cucarachas corría en el sótano de una carnicería a dos calles. Y alguien o algo lo seguían, justo en el borde de su conciencia, era con un movimiento demasiado rápido y errático para identificarlo positivamente. ¿Sería su asesino o algún otro enemigo? Una sonrisa de anticipación salió de su boca por el inminente combate. Las palmas de sus manos ardieron de deseo de sostener una daga o espada de plata Amatanthine, pero se había negado ese privilegio desde su Transición, ya que la haría con las manos. Una casa pública ocupaba un lado lejano de la carretera. Una alegre melodía salía de un piano, sonando a través de la puerta de olmo de la reina. Tal vez tomaría una copa antes de la confrontación. Disfrutaba de sus vicios, del tabaco y del licor, y debido a su constitución inmortal, afortunadamente, no sufría los efectos perjudiciales de su consumo.
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    Entró y seabrió paso entre un revoltijo de sillas y mesas hacia el bar, donde se detuvo, en lugar de tomar un taburete. El olor agridulce de la madera curada con cerveza derramada contaminaba el aire. Dos marineros, con cara de chicos, estaban sobre el piano hombro con hombro. Cantaban una melodía arrastrada, balanceando sus jarras de cerveza al ritmo de la música. Seis pequeñas putas, felices de estar vivas, una furtiva para Jack, quedando cinco. Cuatro y la puta rima correctamente, Así que hay tres y yo, Voy a poner la ciudad en llamas. Jack el Destripador. Bastardo que no merecía una canción. Era peculiar como los mortales glorificaban ese tipo de cosas a las que más le temían. Más hombres vestidos de militares estaban sentados en las mesas, probablemente de pasada por los cuarteles de Chelsea, a solo unas calles de distancia. —Buenas tardes—dijo un calvo tabernero acercándose, limpiando la barra de madera pulida con un trapo a cuadros verdes. —Me gustaría ofrecerle algo más confortable, dijo con una risita tonta, pero alguien ya está ahí. Mark miró la ventana, cortada en la pared a un nivel con el fin de ofrecer anonimato y privacidad de sus ocupantes, pero que daba una completa vista de la sala. —No estaré mucho tiempo—Apuntó a una botella de whisky. El hombre alzó la botella. —Parece que casi terminamos. No me gustaría darle la basura. Vuelvo enseguida. Mark asintió. Eventualmente el tabernero regresó, botella en mano. Con un cuchillo, hizo cuna en el corcho y vertió un chorro de líquido color ámbar en un maltratado y astillado vaso de vidrio. Mark deslizó su mano dentro de su bolsillo por lo necesario para pagar, pero el hombre golpeó la barra. —No es necesario, está pagado.
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    Mark preguntó: —¿Por quién? —Por el caballero de ahí—El barman hizo un gesto con la cabeza en dirección de la ventana oscurecida. Una mano enguantada levanto su tazón a modo de saludo. Lentamente… Mark hizo lo mismo. Bajando el vaso a la mesa, sonrió. Su pulso se disparó. Dios, a pesar del peligro, era bueno estar de vueltas en Londres. Al doblar la barra, se agachó hasta los estrechos escalones y empujó la puerta abriéndola. La pequeña habitación estaba vacía, salvo por un banco de madera. Sintiéndola, él se dio la vuelta. Una figura se lanzó como un borrón con un sombreo de ala ancha y una capa, plantándole una bota alta a la rodilla, en el centro de su pecho. El impacto lo envió estrellándose al interior. Su espalda golpeó hacia abajo deslizándose por el banco. Ya había identificado a su perseguidor, y a modo de saludo, con buen humor permitió su violencia. Su peso cayó sobre su pecho, aplastando la risa de sus pulmones. Dios, un rodillazo en las costillas. Unas manos le tomaron la cabeza por el cuello. Selene lo miró hacia abajo, con sus ojos totalmente negros. Él susurró. —Te he extrañado. —Debería matarte ahora, hermano. —Espejo, espejo en la pared—Con un reflejo rígido de sus músculos ella lanzó a su hermano gemelo contra la pared. Él chocó. El yeso llovió sobre ellos. Ella
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    cayó, como unamaraña de pantalones y vestidos sobre el suelo. —Después de todo, eres tu madre. —No hables de ella—dijo ella entre dientes, saltando sobre sus pies, deslizándose cerca. —No tienes derecho. Te desprecia por lo que hiciste tanto como yo. La alejaste, Mark. Te alejaste de todo por un momento de vanidad. Y no hay duda, he mandado misiva tras misiva al Consejo Primordial, rogando para que me dejaran ser la única. —Selene…—advirtió él. —Tu asesina—su gemela furiosa, se ajustó una gran pluma púrpura que temblaba en su cinturón. —Estoy a la espera de la orden. Ante sus ojos, ella se retorció, con sus rasgos colapsándose en la nada. Dentro de las sombras. Con eso, ella se fue. Mark sabía que con la violencia de su intercambio, había provocado un cambio en el color de sus ojos y rápidamente empujó sus gafas para ocultar el resplandor bronce, justo cuando el tabernero subía corriendo las escaleras. — ¿Qué fue eso?—gritó. —Asuntos privados de familia—Mark gruño. — ¿A dónde se fue? Mark lo pasó. Al menos ahora sabía quién lo había perseguido por la calle. Enderezando su corbata y sombrero lo regresó a su cabeza, se agachó de nuevo y se fue por las escaleras. No esperaba encontrar a Selene en la sala pública de abajo, y ella no estaba allí, ni siquiera en las sombras.
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    Los otros clienteslo evitaron dando un gran rodeo, maldición, alguien se había llevado su bebida. Captó la mirada del barman. —Otra—le gruñó. Mark se sentó en un taburete y miró el gran espejo que abarcaba toda la pared detrás de la barra, y tomó un sorbo de whisky. Sus gafas brillaban en la brumosa oscuridad. La fina capa de plata bajo el cristal se había deteriorado, dejando el reflejo moteado e incompleto, pero dando un retrato de él mucho más preciso que el que le habría gustado admitir. Selene estaba claramente furiosa por la decisión de él de haberse sometido a la Transición como lo había hecho hacía seis meses. Entendía la causa subyacente de su ira, de su miedo a quedarse sola. Durante siglos, se habían tenido el uno al otro en el mundo, nadie más que entendiera realmente la emoción y la historia detrás de sus solitarios y mercenarios caminos. Que ella deseara ser una asesina... bien, no podría esperar nada menos de ella. Al mismo tiempo, su falta de confianza lo aguijoneó. Ella compartía su ambición, y el deseo de hacerse un nombre por sí misma. Seguramente entendería que si él regresaba de la Transición, sería una leyenda sin precedentes entre los Centinelas y entre todos los de la raza Amaranthine. Una vez que encontrara los rollos y repararan el conducto que prometían, ella podría estar segura que él se presentaría y le demandaría una disculpa. Alguien se deslizó en el taburete a su lado. El espejo le mostró un pelo oscuro, ojos oscuros y delgados, y a una de varias prostitutas, quienes controlaban el bar en busca de clientes. Su blusa desabrochada mostraba una profusión de encajes en mal estado y de su pecho. Ella se inclinó, posesionando su seno contra su brazo. — ¿Quieres que Annie desahogue tu frustración?—Una audaz sonrisa curvó sus labios.
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    Nunca había tenidogusto por las prostitutas callejeras. La realidad de sus vidas lo desanimaba. Estaban sucias, desesperadas y enfermas. Aunque, si cerraba los ojos, esa chica en particular podría hacer algo así como la... Señorita Limpett. Tomarla. Usarla. Devorarla. Un dolor atravesó la sien de Mark. Presionó sus dedos contra su palpitante pulso. La orden se hizo eco en su cabeza. Mirando el espejo, a sus propios ojos, se recordó que la voz no le pertenecía a él. No era la primera vez que la había oído, el susurro y la orden a escondidas. A veces la voz pertenecía a un hombre. A veces eran varias. Esa noche... la voz era distintivamente femenina. Suave y aterciopelada, no solo ofrecía sugerencias oscuras, sino que pintaba imágenes espeluznantes y lo instaba a hacer cosas muy malas. Sospechaba fuertemente que su breve indulgencia por la violencia momentos antes despertaría al depredador en su interior, aunque solo era una pequeña fracción del monstruo que podía llegar a ser. Con ese leve giro, debería poder abrir su mente a la locura de adentro, lo mejor era volver al barco y rápido. Justo después otra mujer atrapó su atención, quizás debido a la forma en que la luz se reflejaba en su brillante cabello rubio rojizo. Joven y ciertamente más allá de su vigésimo año, estaba parada en la puerta abierta, mirando a la multitud. La fatiga se pintaba como rayas oscuras debajo de sus ojos. Una capa impermeable colgaba de sus hombros, demasiado grande para su cuerpo. Una falda marrón se asomaba por debajo, con briznas de hierba aferrándose como si hubiera pasado el día y tal vez la noche anterior en los ásperos bancos de la orilla del Támesis.
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    — ¿Que dice?—lesusurró la mujer, justo al lado de su oreja. Su aliento caliente bañó su cuello. Un fuerte pulso agitó su ingle. Devorar. Devorar. Devorar. — ¿Quieres darle a Annie un intento? No te arrepentirás. La chica de pelo brillante dio vuelta a la habitación, con una sonrisa forzada sin color en sus labios. Se acercó más a los dos marineros y apoyó una mano en su brazo. La mano se Annie, sin embargo, se deslizó debajo de la barra para apresar la parte superior de su muslo. Su visión se puso borrosa, y se imaginó que estaba en otro lugar, con alguien más. La idea de perderse a sí mismo en la falsa Mina Limpett, y olvidar sus problemas presentes, aunque fuera por un cuarto de hora, sostenía un miserable reclamo. —Dije que no—la voz de un hombre gritó. Toda conversación en la sala cesó. El marinero miró abajo a la mujer. —Nadie está interesado. ¿Hay algo no entiendas sobre eso? Mark se concentró en la chica. Sus mejillas estaban rojas como manzanas y sus ojos nublados con lágrimas. Lentamente, ella se retiró por la puerta y desapareció en la noche. La intensidad de la desesperación de Annie agrió la excitación de Mark. Él agarro la muñeca de Annie y la alejó. ¿A quién trataba de engañar? La mujer a su lado requería una almohada sobre su cara pero ni remotamente sería la señorita Limpett. Él dejó caer varias monedas sobre la barra y se levantó. La prostituta lo maldijo. La sala brilló anaranjada, como si se iluminara por una bola de fuego invisible. Su mano protegió sus ojos. Calor, más que un sol del desierto, le chamuscó la piel y la ropa le ardió.
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    Esqueletos. Todos enel bar…un esqueleto. Mark los miró fijamente, tratando de tomarle sentido al momento. En realidad no eran esqueletos. En cambio, la peculiar luz anaranjada hizo su piel y músculos transparentes. Todo alrededor de él era una caricatura de normalidad. Los huesos hablaban y reían. Estaban apostados con sus sombreros en sus cabezas, y con sus uniformes o vestidos o lo que sea de vestimenta se sostenían sobre sus formas de cuerpos. Él sintió un tirón en la manga de su chaqueta. La prostituta parada detrás de él. Sus manos con garras se apoyaban en los huesos de alas de mariposa de su pelvis. Ojos hundidos, lo miraron y su dientes amarillos resonaron. — ¿Cambiaste de opinión, cariño? El camarero echó hacia atrás su blanco cráneo y se rió. Mark se precipitó hacia la puerta a la noche. Se inclinó por la cintura, con sus manos sobre las rodillas y jadeó por aire. La confusión llenaba sus pensamientos, como si un millón de cabezas con gusanos se comieran su cráneo. Miró por la ventana dentro del pub, y vio que todos eran…como habían sido antes. No esqueletos, no más risas maníacas. Su piel estaba húmeda… con frío y calor al mismo tiempo. Dos puertas más allá, dos viejos sin zapatos y en harapos, probablemente residentes locales del almacén, lo miraron desde un oscuro punto. Parecía que se habían perdido en la noche cuando cerraron la puerta y los habían forzado a pasar la noche en las calle. Igual que ellos, parecía que el tiempo se le había acabado. Extendió su mano a la pared de ladrillos porque un vértigo amenazó con tumbarlo. Rígidamente continuó al sur tan rápido como se lo permitió el vértigo persistente en su cabeza. Más allá de los rieles del tren, el Támesis brillaba como una serpiente negra cubierta por una manta de niebla vaporosa. Las grandes terrazas de las casas deban
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    al rio. Lucesdistantes flotaban sobre el agua, linternas de un invisible buque y de las barcazas. Una vez que regresó al Thais, liberó al barco de sus amarras y lo llevó a aguas abiertas, donde echó el ancla para la noche. Asegurándose a sí mismo de tal manera, no estaría consiente si alguien se le acercara, y estaría aislado consigo mismo hasta que su mente volviera a su curso. En la distancia el puente Albert iluminaba la noche con sus brillantes lámparas de pagoda y su entramado de cables de suspensión. El muelle Cadogan esperaba un poco más allá. Él sintió cierto alivio. Una densa ola de desesperación lo golpeó, en dirección al puente. En la barandilla estaba la chica del Queens Elm. Estaba inclinada hacia adelante lejos de la precaria seguridad, mirando hacia la negra agua de abajo
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    Capítulo 4 Elcorazón de Mark debería haber latido más rápidamente cuando se dio cuenta de lo que ella pretendía, pero años de agotadora existencia apenas los habían fijado al punto. La chica se susurró a sí misma y se subió a la barandilla, con la pierna balanceándose al fruncir sus faldas. A los Centinelas de las Sombras, por regla estricta, se les prohibía interferir en los asuntos de la vida y de la muerte de los mortales comunes. Pero ahora, desterrado de los Centinelas, suponía que vivía por sus propias reglas. Como para desafiar esa afirmación, la voz en su cabeza mandó: Tómala. Reclámala. Devórala. Un eco de su demanda anterior. Su fortaleza mental se tambaleó, y por un devastador momento... lo malo se convirtió en bueno. Hundió sus dedos en su pelo, deseando poder romper la voz de su cerebro. Haciendo caso omiso de la voz, y de todas las cosas que le ordenaba hacer, avanzó hacia la chica. Ajena de su presencia, ella se apartó, extendió sus brazos y su abrigo, como las alas de un pájaro. Él se desvaneció... y retorció, virando profundo. Un momento después la bajó al puente. La voz fue más fuerte en su cabeza, insistiendo. Siseando en desafío. Con un toque de su mano en su mejilla, la aturdió, enturbiando el recuerdo de su rescate. Al mismo tiempo que sacaba sus recuerdos recientes y pensamientos más vívidos.
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    Ella lo mirócon ojos abiertos e incrédulos. Sus labios se separaron, pero las palabras no brotaron. —Estás teniendo una muy mala noche—dijo él. A través de sus labios blancos, ella jadeó, obviamente perpleja por la cantidad de tiempo perdido y por la repentina presencia del extraño a su lado. —Él te engañó. Y ahora te dejó. Estás sin ningún medio de apoyo. No has tenido más remedio que recurrir a las calles. Ella parpadeó y susurró: —Sí. —Y no tienes familia para ir en busca de ayuda. Ella sacudió la cabeza, y una lágrima se derramó en su mejilla. —Mi mamá está en el asilo. Mi pa…dre nunca me perdonará todo lo que he hecho. Mark metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. —Las cosas serán mejores. Apretó una billetera de cuero fino en su mano. —Es suficiente para que te quedes bien cuidada en una casa de huéspedes respetable por un mes, hasta recuperarte. La sospecha frunció su ceño. — ¿Qué quieres de mí? La voz le suministró una serie de sugerencias malvadas.
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    —Quiero que tevayas—la presionó. Ajena a su tormento, ella se asomó dentro de la cartera. —Oh, señor. —Cayó otra lágrima. —Eres mi ángel de la guarda, ¿no? ¿Enviado desde el cielo? La voz se rió, divertida con claridad. Se burló de él diciéndole que aún había tiempo para secuestrar a la chica. Sin que nadie lo viera. —Vete... ahora—Incluso a sus propios oídos, su voz sonó extraña. Hueca. Ella pareció sentir el peligro en él. Retrocediendo, agarró la billetera contra su pecho y corrió por el puente. Justo antes de desaparecer en las sombras, se volvió para mirar hacia atrás. Levantó la mano en adiós. Con eso se fue. Él siguió el camino que había tomado desde el puente, pero procedió al oeste hacia las amarras, a pocos metros de distancia ahora. No pudo dejar de sentir una satisfacción oscura. Al haber salvado la vida de la chica, había desafiado a la voz y había demostrado que se mantenía al mando, que algún núcleo de humanidad en él todavía existía. Aún no estaba completamente consumido por la Transición. Desde el Támesis una ráfaga de viento frío lo golpeó, causando un cambio brusco de temperatura. El dolor atravesó sus sienes. Se tambaleó. Mina despertó en la oscuridad. Paralizada, ciegamente miró a la nada, con demasiado miedo a moverse. Con demasiado miedo para hacer un sonido. Entonces la vio, una franja de luz de la lámpara de una de las tiendas de campaña. Se arrastró hacia la luz, aferrándose desesperadamente a través de la niebla.
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    No, gracias aDios... Casi sollozó de alivio. No era niebla. Eran cortinas de cama, con rayas en verde y oro. Ella retorció sus dedos en el brocado frío y las hizo a un lado, exhalando su miedo e inhalando los aromas reconfortantes de aceite de limón y jabón de azahar. Había sobrevivido una noche más. Tres noches desde el misterioso suceso en el cementerio. Tres meses desde que su padre había dejado de hacer su camino en solitario. Ella se dejó caer de nuevo en las sábanas suaves y deliciosas en su piel. Un momento después estaba en el piso. Por una ventana, descorrió las pesadas cortinas y no se detuvo hasta que las quitó a todo lo ancho, exponiendo cada pulgada de la elegante sala a la luz. Se paró detrás de un panel, con su deshebillé oculto de cualquier jardinero o transeúnte, y se consoló con la vista de Hyde Park, que se extendía en la distancia más allá del patio. Debía haber dormido hasta tarde, porque los jinetes ya oscurecían La Fila y el hambre roía su estómago. A través del tubo acústico llamó a la cocina por el desayuno. Ayer por la noche se había acostado en la cama hasta que su luz se apagó por falta de aceite. Había estado allí un poco más, escuchando cada crujido y movimiento en la casa, esperando a que un par de ojos de bronce aparecieran. En algún momento, debió haberse quedado dormida. Una mirada a la luz del sol por la ventana, y a las plantas de azafrán blanco, amarillo y morado alegremente que salpicaban los macizos de flores, y se sintió segura de que pronto se olvidaría de sus miedos y podría aceptar plenamente esta nueva vida. Incluso ahora, su pulso trinaba con la sinfonía melodramática de una orquesta de teatro cada vez que recordaba el momento, demasiado guapo para la solicitud de las palabras del Señor Alexander al querer visitarla. Dos días habían pasado sin verlo. Ella rezó, en despecho a su corazón femenino, que se hubiera olvidado de ella. Su atención la puso nerviosa. Él era demasiado, demasiado dorado, demasiado audaz, y ella tenía muchas sospechas, demasiado malas. Y comprendió
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    la importancia delos rollos. Él era exactamente el tipo de hombre en quien no podía permitirse confiar. Hubo un suave golpe en la puerta. A su respuesta, una criada entró con una bandeja de plata con algunas tarjetas de visita. La única que reconoció fue la del señor Matthews, del Museo Británico. El señor Matthews había sido un amigo cercano de su padre, pero hacía seis meses había sido él quien había acusado al profesor de robo. Ella no estaba lista aun para recibirlo. Durante la siguiente media hora, la chica ayudó a Mina con sus enaguas y corsés, y, finalmente con uno de sus tres vestidos de luto, negros. También cepilló el pelo de Mina antes de verter una taza de té y dejarla sola otra vez. La ayuda de una criada era algo que Mina nunca antes había tenido la oportunidad de disfrutar. La experiencia le había tomado tiempo para acostumbrarse. Porque ella había viajado tanto con su padre, y porque ese lujo jamás se le había concedido, siempre había tendido sus propias necesidades. Desde que había llegado para estar con la familia, no podía dejar de sentirse mimada. Para su sorpresa, más bien le gustaba. Quitó el seguro de la ventana más cercana y la abrió. Afuera, los pájaros cantaban en los árboles, y las carrosas rodaban pasando. Cuando se volvió a su taza de té, su mirada se estableció en la bolsa de cuero en la esquina, llena de cuadernos de su padre y papeles. La sonrisa desapareció de sus labios. Los había llevado con ella todo el camino desde Nepal, sin dejar que salieran de su vista. Incluso había dormido con ellos en el viaje por mar. Un día antes los había abierto y comenzado a organizar y transcribir sus notas. Con el tiempo, como siempre había hecho después de que su madre había muerto, presentaría un documento a la Sociedad Geográfica Real, bajo el nombre de su padre, a título póstumo, por supuesto, pero no estaba lista para enfrentarlos todavía. En cambio, disfrutó de un pan tostado con mermelada y una segunda taza de té antes de lavar los platos. Envolviendo una salchicha sin comer en una servilleta, salió al pasillo y se dirigió escaleras abajo. La casa estaba en silencio, sólo con los sirvientes moviéndose.
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    Probablemente Lucinda ylas chicas se habían ido a dar su paseo diario por el parque. Hacía dos días, mientras leía en el jardín de invierno, vislumbró tres pares de ojos verdes asomándose hacia ella desde los arbustos a lo largo de la pared del fondo del jardín. Unos momentos más tarde, Mina se agachó, recogiendo su falda contra sus piernas para que el ruido de sus faldas no asustara a los felinos asustadizos. —Vamos, queridos—Ella desplegó la servilleta y la dejó sobre las losas. —Está bien. Les he traído el desayuno, pero shh, no lo digan. No creo que el cocinero lo aprobaría. Muy pronto, los ojos verdes parpadearon desde las sombras. Con el tiempo, un pequeño felino, de color negro brillante salió de los arbustos. Con la gracia de una reina, le dio la espalda a Mina y se sentó, ignorando las salchichas. Otro fue alrededor de sus faldas, mientras que un tercero dio un manotazo y olió las salchichas, finalmente, las atacaron y hundieron sus dientes en una. Mina pasó sus brazos alrededor de sus rodillas. No trató de acariciar a los animales. Eran salvajes y todavía estaban aprendiendo a confiar. Siempre había amado a los animales, incluso al baboso yak que había montado en las montañas los últimos días de la expedición con su padre. Sin embargo, sus constantes viajes hacían imposible que hubiera tenido alguna vez una mascota. Las mascotas requerían constancia. Permanencia. Algo que, después de la muerte de su madre, de la sucesión de internados en mal estado y de un sinfín de viajes, siempre había anhelado. Una sombra oscureció las piedras. —No dejes que Lucinda te atrape haciendo eso.
  • 79.
    Los gatos salierondisparados a los arbustos. Mina se volvió y vio a Astrid en las escaleras detrás de ella. Se puso de pie mientras su prima se agachaba. —En el pensamiento de mi querida madrastra, los gatos y los perros no son mejores que los roedores. Mina recuperó la servilleta vacía y la dobló con la mano. —Estás preciosa hoy, Lady Astrid. La joven sonrió, como una imagen de la moda y de la gracia. Su pelo rubio había sido levantado, enrizado y cubierto a la perfección, y llevaba un elegante vestido de día color ciruela, acabado en color púrpura. A diferencia de Mina, la familia había guardado tan sólo una semana de duelo, que fue la semana del funeral. Habían pasado tres meses, y con todas las reglas aceptadas de etiqueta, no se esperaba que debieran continuar la práctica en una relación en la que no se había hablado en dos décadas. —Lucinda quiere saber si te gustaría ir a Hurlingham esta mañana. Tenemos un musical al cual asistir en el club. Mina estuvo de acuerdo. —Eso sería encantador. Recogeré mis cosas. Tal vez... tal vez, por casualidad, Lord Alexander estaría allí. Arriba, en su habitación, se ató su sombrero y recogió sus guantes y el bolso. Desde su mesa de noche, sacó el libro que había empezado anoche y se volvió hacia la puerta. Su mirada cayó sobre la bolsa de cuero que contenía los escritos de su padre.
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    Extraño. Habría juradoque esa mañana, cuando se estaba comiendo su desayuno, la aleta lateral, la del cojinete de bronce del seguro, había estado dándole la cara al cuarto, en lugar de a la pared. Se acercó a la bolsa. De rodillas -un movimiento que la dejó sin aliento debido a su corsé- se inclinó sobre el envoltorio. El candado colgaba allí. Ella le dio un tirón al bronce y le pareció seguro. Ciertamente había recordado mal. A pesar de que había hecho ella misma la cama, la bandeja del desayuno se mantenía en su escritorio, por lo que la muchacha no había ni siquiera ido a poner orden. Nadie había estado en su habitación. —Su Señoría. Mark se despertó, con la voz y su canto seductor de palabras ininteligibles todavía en el eco de su mente. La luz azul pálido fluyó a través de un portal para bañar su piel. ¿Amanecer o crepúsculo? No lo sabía. Se extendía sin camisa, con pantalones, con sus miembros enredados en la oscuridad las sábanas azules. Una figura borrosa se acercó, entrando en enfoque. Distinguió una cara y un parche negro. —Esto se está volviendo un desafortunado hábito—gruñó él, frotándose los ojos. —Y buenos días a ti—Leeson llevaba un vaso de agua blanca liso y una taza a juego, una mejora con respecto a la elección previa de un artículo puntiagudo de tortura. Él se sirvió y dejó la taza humeante en el pecho al lado de la cama. Mark se levantó y se asomó al portal. El Chelsea Embankment. Casas adosadas. Árboles. Todas pintadas en el mismo color azul claro... y todas en la distancia. Sintió el movimiento de la embarcación a la deriva en dirección de las amarras bajo el mando de Leeson.
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    Sopló fuerte, aliviadode encontrarse al menos, en las aguas familiares del Támesis y no en la costa de San Francisco o Samoa. La chica en el puente. Debió haber hecho como estaba previsto, y anclado el barco lejos de la costa. Pero ¿por qué no podía recordar? Recordando a Leeson, frunció el ceño. —No me digas que es enero. —Oh, querido. No, señor. Es martes por la mañana—Los labios del anciano se presionaron juntos. —Desapareció durante tres días. La frustración destrozó su calma. Más tiempo perdido. ¿Qué significaba? — ¿No estuve aquí, en el Thais todo ese tiempo? —No puedo decirlo—Leeson se encogió de hombros. —Vi la embarcación a la deriva hasta esta mañana. Tuve que sacar a un carpintero el sábado para terminar las reparaciones de la cocina. Será malditamente difícil que vuelva de nuevo, en algún momento. La idea de que había estado caminando sonámbulo por Londres durante tres días sin recordar nada de sus actividades no le cayó nada bien. Mark recordó la voz y todo lo que le había animado a hacer. No... No le gustaba la idea para nada. Sólo entonces registró las palabras de Leeson. Mark se dio cuenta del cambio en su entorno. Las cortinas, los muebles... todo había sido devuelto a su orden anterior. Leeson se retiró a la mesa donde una yacía pequeña pila de papeles. —Tengo otro diario para usted. Varios, en realidad—El interés de Leeson en todas las cosas mortales era un rasgo conocido. El secretario de Lord Black
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    vorazmente leía periódicos,libros y revistas, cualquier cosa que le transmitiera estudio de la humanidad. Mantenía una meticulosa colección. —Por supuesto que sí—Mark metió los dedos en su pelo, apoyando su frente en sus manos. —No quiero verlo. Sólo dime qué pasó. Leeson se dio la vuelta, con una expresión sombría. —Pues bien... —Miró al papel en su mano. —Me apena compartir que hace tres días un evento horrible se llevó a cabo en Estados Unidos. En Pennsylvania, para ser más específicos. El evento comenzó con lluvias torrenciales e inundaciones, y en cuestión de días, el exceso de agua llevó a una falla catastrófica de la presa. Mark asintió, mirando hacia el suelo. —Adelante. —El diluvio arrasó pueblos enteros en la distancia. Incluso una ciudad. Miles se han perdido, hombres, mujeres y niños. —Trágica noticia—Asintió solemnemente Mark. — ¿Qué tiene eso que ver conmigo? Los desastres naturales ocurrían de vez en cuando. Como inmortales, había sido testigo de cientos de ellos a través de los siglos, y desde una distancia necesaria, la aflicción dejaba atrás sus consecuencias. No había nada que él o cualquier otro Amaranthine pudiera hacer para detenerlos. La mirada de Leeson, sostuvo un significado no dicho. —Creí que debía mantenerlo al tanto.
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    Mark se sentóen silencio y rígido al lado del colchón, no queriendo reconocer que su mente también corría por el mismo largo camino peligroso. Mark se levantó, con sus pantalones sin cinturón cayendo a sus caderas. Gruñó. — ¿Dónde está el resto de mi ropa? —Empaquetada para la lavandera, señor. Hay una selección de prendas limpias en el armario. Mark se bajó los pantalones con los que había dormido. Usando sólo ropa interior, abrió el armario. Leeson se movió hacia adelante y tomó la ropa descartada del suelo. El secretario se retiró al otro lado de la habitación hacia el escritorio, claramente ofreciéndole privacidad a Mark para lavarse y vestirse. Mark echó agua en el cuenco, y en unos instantes, se puso un par de pantalones de lino limpios. Leeson dijo en voz baja. —Ahora que Jack el Destripador se ha ido... no hay peligro, ¿eh? El Mensajero Tantalyte fue silenciado. Estoy seguro de que es sólo una... coincidencia desagradable que sufriera uno de sus hechizos a la vez que ese colapso de la presa se producía. —Señorita Limpett, espero que no le importe si atendemos algunos recados a lo largo del camino—dijo Lucinda, mirando por la ventana. —No, en absoluto—respondió Mina. El carro corría a lo largo de Bond Street. Tiendas elegantes, con ventanas pulidas la tentaban por todos lados. Los bordillos estaban llenos de carrosas, las aceras con las damas espléndidamente equipadas y con sus lacayos acompañándolas. Mina no pudo evitar sentirse un poco invisible comparando su ropa normal, oscura.
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    —En primer lugar,tengo que parar en la papelería—La condesa ajustó la costura de su guante y se dirigió a las primas de Mina. —Evangeline y Astrid, la señorita Gerard está a sólo dos tiendas más, por lo que pueden entrar y preguntar acerca de sus trajes de montar. Deben estar terminados para ahora. Sonriéndole a Mina dijo: —Las damas jóvenes deben ir a París para su ajuar y para la alta costura, pero recuerda que los trajes de montar más refinados se encuentran en Londres. No dejes que nadie trate de convencerte de lo contrario. Mina asintió. Ella no tenía traje de montar, o cualquier cosa que pudiera ser considerada de forma remota como de alta costura. En cuanto a un ajuar de novia, no creía que necesitara uno en un futuro próximo. —Hemos llegado—anunció Lucinda. El carro terminó su recorrido frente de una fila prístina de tiendas, todas con letras doradas pintadas en las ventanas, identificando las mercancías que ofrecían para su compra. El lacayo abrió la puerta y las chicas bajaron. Mina las siguió, y finalmente bajó Lucinda. Se reunieron en la acera, con el lacayo flotando cerca para ofrecerles cualquier asistencia que pudiera ser solicitada. —Señorita Limpett, ¿por qué no me acompaña? Me doy cuenta de que no he tenido la oportunidad de pedir su papelería de luto. Mina estuvo de acuerdo. Lucinda movió la mano a las hermanas en su camino. —Niñas, nos veremos tan pronto como hayamos terminado. Pregunten si los aparejos del nuevo estilo llegaron de París—Astrid y Evangeline fueron en dirección a una tienda bien cuidada, dos puertas más abajo de la acera. Lucinda las observó hasta que desaparecieron en el interior. —Me gusta estar segura de que llegan a su destino asignado. Astrid puede ser un poco traviesa.
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    En conjunto, sevolvieron hacia la tienda de papelería. Para sorpresa de Mina, un hombre las esperaba allí, con una gran cámara Kodak. Lucinda se detuvo y volvió la cabeza hacia un lado y ligeramente hacia abajo, como para ver el perfil de su sombrero de paja, a la corona de la que presumía en una pantalla artística de flores de imitación, bayas doradas y cinta de organza. Sonrió con recato. Mina se alejó rápidamente, para no estropear la imagen. Click. El fotógrafo les hizo un gesto a las dos, y luego se fue por la acera. Como si nada hubiera ocurrido, Lucinda continúo a la tienda. Mina la siguió al interior. El comerciante se levantó de detrás de un escritorio pequeño, dividido. —Lady Trafford—saludó. —Buenos días, señor Abbott. Mi sobrina, la señorita Limpett quisiera poder ver las muestras de duelo de escritorio. —Ahora mismo, mi señora, y llevaré a cabo su pedido también. Una vez que volvió, le tomó sólo unos minutos a Mina para hacer una selección, porque no había una verdadera selección de la que se pudiera hablar. Había tarjetas blancas con gruesos bordes negros, tarjetas de color blanco con bordes negros finos, y de todos los espesores de las fronteras entre ellos. Ella eligió algo en el medio. El señor Abbott llenó el formulario correspondiente. —Déjenme ir a ver si tenemos esa tarjeta en particular en el almacén, o si tendré que traerla desde allá—Desapareció en la parte trasera de la tienda. En el mostrador junto a ella, Lucinda abrió la tapa de una caja pequeña. Sacó una tarjeta de visitas y leyó el texto. Un suspiro escapó de sus labios.
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    —Me temo queestán todas mal, y es la segunda vez—Frunció el ceño, viéndose exasperada. —Parece que no nos iremos pronto. Una mujer alta, vestida a la moda entró en la tienda. Ella y Lucinda se saludaron alegremente. Mina aprovechó la pausa en la conversación. —Su señoría, creo que me uniré a Astrid y Evangeline. Ella sabía muy poco acerca de la moda actual, y quería ver los modelos de París también. —Muy bien, querida. Haz el lacayo te siga—la instruyó Lucinda. —Estaré allí tan pronto como pueda. Mina recogió su bolso en el mostrador, y luego se fue a la acera. El carruaje Trafford ya no esperaba junto a la puerta, después de haber sido aparentemente empujado hacia delante unos pocos espacios para darle cabida a otros. Ella no hizo ningún esfuerzo por ganar la atención del lacayo, que se dedicaba a conversar con el chofer. Era la misma distancia para el transporte, ya que estaba en la dirección opuesta a la tienda de la modista, y Mina se sentiría como una tonta al solicitar una escolta para un breve paseo. Se las había arreglado con los mercados, con las tiendas de campaña y con los lugareños curiosos en muchos más exóticos lugares ¿Por qué no en Bond Street? En realidad, algunas de las reglas que ahora tenía que cumplir eran tontas. Ella pasó un estrecho callejón en su camino. La siguiente ventana mostraba una encantadora colección de cajas musicales de porcelana. Ella hizo una pausa. Había montones de ellas, las más bellas en forma de flor. Su mirada pasó de una a otra, y se maravilló por el detalle y la mano de obra. Con el tiempo se dio la vuelta para continuar y se congeló.
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    Una persona conuna máscara de teatro negra se tambaleó hacia ella, vestida con un manto negro en forma de tienda que descendía hasta sus rodillas. Sus piernas estaban vestidas con medias blancas y terminaban en negros zapatos de hebilla. Por lo menos asumía que el actor de las calles era un hombre. El traje lo hacía difícil de decir. Una institutriz y su carga de hombres jóvenes que pasaba, viajaron en la misma dirección de Mina. El actor giró en un círculo, y de la nada produjo una rosa formada por pétalos de color rojo y blanco a rayas. Se inclinó galantemente y se la presentó a un niño. El niño se rió y aceptó el regalo. Él y su institutriz siguieron caminando. Mina también, encaminándose hacia el modista. Ella sonrió cortésmente. Él saltó frente a ella y posó sus brazos frenéticamente. Tal vez sus travesuras estaban destinadas todas a la diversión, pero le resultaba desconcertante. Incapaz de ver sus ojos por la forma y la profundidad de la máscara, encontró el efecto casi macabro. Ella se rió, un poco nerviosa. —Sí, puedo ver que eres... muy ágil. Ella lo esquivó, y otra vez él salió delante de ella entonces hizo una finta espectacular a la parte alta y desfiló frente a ella con los brazos rígidos como un soldado. Aliviada, y un poco nerviosa, se ella se movió hacia adelante, sólo para sentir un golpe duro contra su hombro.
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    Capítulo 5 Exasperada,le dijo: —Señor… Una mano enguantada se disparó desde dentro del manto, agarrándole el brazo. El mundo giró. Él la arrojó en el callejón. Un grito salió de la dirección de los coches. Él tiró de su pelo. El dolor desgarró a su sien. —¡Ay!—Gritó ella. El metal brilló. Una cuchilla. Pasos sonaron en la acera. Algo la golpeó en el centro del pecho, y cayó al suelo. El agresor huyó hacia el callejón. Mina jadeaba. A sus pies yacía una rosa como la que le había dado al chico. El lacayo Trafford trepó de vuelta en la esquina, con una expresión feroz. — ¿Está bien, señorita? —Sí—Ella presionó una mano en el centro de su pecho, tratando de calmar el ritmo desenfrenado de su corazón. El chofer más tarde regresó, jadeando y con la cara roja. —Lo siento mucho, señorita. Se fue. Ni siquiera puedo decir en qué dirección lo hizo. Un número de espectadores se agruparon alrededor, atraídos por la emoción. Un agente de policía metropolitano sonó un silbato y dio un codazo a través de todos. Tras una investigación de un momento, acompañó a Mina a la papelería. Allí, en medio de exclamaciones de horror femenino de Lucinda y de su conocida,
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    la señora Avermarle,Mina se encontró instalada en una silla de terciopelo. Las chicas, al parecer, habían oído del incidente en la tienda de la modista, y se habían precipitado a la puerta. Un mechón de pelo colgaba sobre la mejilla de Mina, cortado bruscamente a la mitad en su camino hacia abajo. Se suponía que debería estar agradecida con su agresor por no haber tomado más. Evangeline sacó un alfiler de su propio cabello castaño y rápidamente se lo metió el mechón en su lugar. —No, ahora ni siquiera pueden decirlo—le aseguró ella. Astrid tocó el hombro de Mina, viéndose más traumatizada de lo que Mina se sentía. — ¿Está segura de que está bien, señorita Limpett? Mina asintió, incapaz de librarse del recuerdo de la máscara. —Estoy bien. Sólo asustada. Su señoría estaba en lo correcto, supongo. Debería haber pedido una escolta. Simplemente no creí que fuera necesario. — ¿A dónde llegará esta ciudad?—Susurró Lucinda, apretando los hombros de Mina. —Está claro que necesitamos más policías dando vueltas. Un policía apuntó los detalles en un pequeño bloc de notas. —Hacemos todo lo posible, mi señora para mantener fuera a los charlatanes de las calles más ricas, pero a veces pasa. Por lo general, son sólo una molestia. Sospecho, sin embargo, que este hombre era un criminal común en la forma de un actor de la calle. La audacia de su crimen es chocante, pero no es el primer ladrón de pelo que hemos visto. Lucinda se inclinó hacia Mina.
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    —Vamos a casa. Las caras de las chicas cayeron con decepción. Mina no pudo dejar de compadecerse. Habían renunciado a una semana de su temporada de debut por el luto de su padre, un extraño, y luego habían pasado varios días encerradas en la casa, mientras los preparativos para la fiesta en el jardín eran finalizados. Y en verdad, todo lo que Mina quería era olvidar el incidente. Mina le aseguró a Lucinda: —Preferiría que fuéramos a Hurlingham como estaba previsto. Leeson se dirigió a la mesa. —Hablando de peligro, su caja en el amarre contenía una serie de correspondencias, que por su esencia, son de varias damas. Hay una serie de tarjetas de visitas e invitaciones también—Las había acomodado en una pila. Mina. Con tan sólo el recuerdo de ella, algo dentro de él se volvió menos fuerte, menos enojado. Una cosa era permitir que Leeson estuviera a su servicio, pero tal vez... cáspita. ¿Esqueletos? ¿Luz encendida de color naranja? Tal vez las cosas se habían vuelto demasiado peligrosas. Tal vez él se había vuelto demasiado peligroso. A pesar de sus propios engaños, ¿se habría equivocado con lo que ella implicaba? Desconcertado, se acercó a la mesa. ¿Cuándo se había preocupado alguna vez por alguien más que por sí mismo? Se negaba a empezar ahora. Leeson esparció tres tarjetas, todas en una fila. Mark frunció el ceño. Reconoció la escritura en una, y la dejó para el final. Cuando abrió otra, el olor de la lavanda se derramó.
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    En el interiorencontró una nota breve, escrita con un estilo espectacular. Hurlingham. Martes, al mediodía. En la Casa Club. A. La segunda nota olía a violetas y contenía información idéntica. La autora había firmado simplemente “E”. La tercera, por supuesto, era de “L” y por suerte no contenía ningún olor, sin embargo, las palabras “Por favor”, habían sido agregadas y subrayadas. —Hay una de todas las mujeres de la casa, pero no de la chica Limpett. —Ya lo veo. — ¿Cómo está ella? ¿Qué información pudo extraer de ella en el funeral? Mark esperó. Leeson no sabía sobre la muerte falsa del profesor. En circunstancias normales, una cosa así sería fácilmente verificable por el secretario inmortal, pero si las puertas se habían cerrado, quedaba efectivamente aislado de recursos de información de las que todos habían disfrutado antes. Estaba considerando si debía compartir algo de su firme conocimiento, pero al final, decidió que no tenía más remedio que confiar en él, al menos en eso. —El profesor no está muerto. — ¿Qué?—Su parche en el ojo subió en su rostro con la elevación de sus cejas. —Él y su hija falsificaron su muerte. Estoy seguro que para lanzar a alguien fuera de su camino. — ¿A alguien como no usted?—Leeson frunció el ceño con curiosidad. Mark asintió.
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    —Hay alguien ahíafuera que quiere los rollos. Ya se trate de un individuo o de una especie de culto a la inmortalidad, no lo sé todavía. Sólo sé que tengo competencia. Leeson se desvió cerca. Sus sienes aumentaron con sus pensamientos. —Me doy cuenta de que son objetos de valor, pero ¿Cree que su verdadero valor sea conocido? —Diablos, ni siquiera puedo pretender conocer su verdadero valor. Todo lo que sé es que el primer rollo da una idea de la información contenida en el segundo rollo y en el tercero, en concreto, que da detalles de un conducto de renovación y de inmortalidad, que podría reparar a un inmortal afectado por la Transición— contestó Mark. —Tengo que creer que el profesor se encuentra todavía en posesión de los rollos, o al menos sabe dónde están. —Entonces, ¿cuál es su plan para seducir a la muchacha? Mark dio un respingo. ¿Eran sus métodos tan predecibles? ¿Tan cliché? El anciano presionó. —Vamos. No somos dos bribones contándonos nuestros cuentos. Esa es la estrategia. ¿Ya ha conseguido meterla en la cama? —Leeson. —No sea tímido, chico, ¿Has bailado la polca horizontal o no? —Dios mío—exclamó Mark. —Sólo nos conocimos hace tres días y he estado... No sé donde, desde entonces, pero creo que estoy a salvo asumiendo que no con ella, por lo que no. Sólo hemos hablado. —Hablaron—Leeson masticó la uña de su pulgar pensando. —No estoy seguro de que el método sea tan eficaz o conveniente, como el que requiere. Por suerte
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    para usted, unamujer mortal se convierte en verdadera masilla en la mano maestra de un amante inmortal. Usted y yo sabemos eso—Le guiñó un ojo. —Llévela en su cama y ella le dirá todo lo que quiera saber. Mark dijo con firmeza: —No he tomado ninguna decisión sobre cómo, exactamente, procederé con la señorita Limpett. —Su única otra alternativa, como lo veo, es cortar sus dedos uno por uno hasta que hable—Hizo un movimiento de tijera. Mark apretó los dientes. —Esa no es una opción. —Me inclino a estar de acuerdo—Leeson asintió. —La vi por mí mismo. Tiene los dedos hermosos, y por lo tanto la seducción es el plan de acción deseado. Todo lo que tiene que hacer es trabajar la magia de Marco Antonio en ella y le dirá el paradero del profesor. Mark compartió su profunda duda. Una que se había negado a abordar, incluso consigo mismo. —Maldita sea. ¿Y si ella no sabe dónde está su padre? ¿Qué pasa si estoy perdiendo el tiempo? —Oh, voto porque sepa dónde está. Si tuviera una hija como ella, ¿la abandonaría en el sucio y viejo mundo y se olvidaría de ella? No. Puede estar en busca de aventuras, pero tiene el ojo paternal en ella de alguna manera. Tiene que haber confiado en sus conexiones aquí en Londres, que le transmitirían cualquier motivo de alarma a él. Y si alguien es motivo de alarma, ese es usted. —Lo tomaré como un cumplido.
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    —Como debería. Peroen este caso, creo que es necesario ir más allá en cuanto a la chica en cuestión. Tiene que salir fuera a lo grande, directo del tobogán. No hay tiempo que perder. — ¿Qué sugieres?—preguntó con sorna Mark. Era evidente que el hombre no entendía el sarcasmo. Leeson se cruzó de brazos pensando, su mirada se centró en el techo. —Estamos experimentando el más extraño verano, ya sea tostándonos o frío, pero no con lluvia a la vista. Por lo que eso excluye una cuidadosa orquestada seducción-de-atrapados-en-la-choza del jardinero durante la lluvia. —Sonrió. — Siempre es mi escenario favorito. La ropa de todos todos está mojada y pegajosa. Mark negó. —No haré eso. No estratificaré la seducción de la señorita Limpett contigo. Ella no está gastada como... — ¿Como todas las demás?—Sonrió Leeson. —Entonces tenemos que pensar en algo grande. Algo realmente espectacular. Mark se sirvió un vaso de agua de la jarra sobre la mesa. —Si no entendiste lo que acabo de decir, me permito traducírtelo: Mantente alejado de mis asuntos, en lo que a la señorita Limpett se refiere—Se tomó el tibio líquido de un solo trago. Leeson se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron todavía con demasiada travesura. —Haga lo que quiera. Yo estoy, después de todo, a su servicio—Se volvió para mirar el portal. —Nos estamos acercando al muelle. Antes de llegar, hay una cosa
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    más que necesitaverse. Algo que he... Ah, a propósito retrasé en mostrarle ya que.... No creo que esté muy contento. — ¿Qué pasa ahora?—Respondió Mark con desconfianza, y dejó el vaso. —Creo que es mejor que salga y eche un vistazo—Algo en el rostro de Lesson, la caída de sus labios, el endurecimiento de su mandíbula, le dijo a Mark que no hiciera preguntas, simplemente hiciera lo que le pedía. Abrió la puerta de madera lacada y salió al aire fresco de la mañana. Pétalos de rosa blanca alfombraban el umbral. Poco a poco, él los siguió hasta llegar a la proa del yate. Pétalos de rosa. Los desagradables recuerdos surgieron en su cabeza. Jack habría preferido rosas rojas. Estas eran blancas. Bueno, en su mayoría. Algunos de los pétalos se habían manchado por las huellas de sangre por debajo. Leeson se unió a él, trapeador y balde en mano. —Vea por usted mismo en conjunto, señor. Limpiaré este desastre. Vaya a Hurlingham y vea si puede conseguir su nombre, junto con la Señorita Limpett, en los trapos de los chismes. Hurlingham, ubicado en el extremo privado de los jardines de Ranelagh, no estaba lejos de Cheyne Walk. De hecho, los jardines del club privado estaban tan cerca que Mark optó por caminar la distancia. Había usado el tiempo a solas para pensar, y pensar era lo que había hecho.
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    Había pensado enescaldar la luz naranja. En esqueletos. En la voz maldita en su cabeza. Y ahora, además de todo lo demás, había pétalos de rosas blancas manchados de sangre. Por lo menos, claramente, las huellas no pertenecían a él. Eran más pequeñas y más estrechas. Debían de pertenecer a una mujer o a un hombre de menor estatura, él había sido incapaz de discernir. Su mente volvió al mismo pensamiento. Como Leeson había sugerido, ¿Por qué debería sorprenderse de que él, un inmortal En Trascendencia fuera también susceptible a las mismas olas de mensajes destinados a las almas en deterioro, como Jack el Destripador y el resto de los diabólicos brotoi tratando de poblar la tierra? La admisión no era una feliz. Sólo servía para destacar el poco tiempo que tenía para salvarse a sí mismo. Mark esperó en las sombras de la casa club de Hurlingham. La enorme estructura de columnas coloniales ofrecía un gran saludo a los barcos que navegaban por el Támesis. Visible desde donde se encontraba, el río corría a lo largo de la frontera sur de la propiedad. Con su actual avalancha de suerte, probablemente encontraría a Lucinda, Astrid, Evangeline, o (Dios, por favor no) a las tres a la vez y sería informado de que Mina se había quedado en casa. Oró porque una caminata entre semana por los jardines fuera una excursión deseable para una mujer joven de luto. Si tan sólo pudiera tenerla a solas. Su querida madre había escrito el libro sobre la seducción estratégica, y suponía que la manzana no había caído lejos del árbol. Mark procedió a ir al frente de la casa club, por la pendiente. Envió miles de antenas mentales en todas direcciones, en un esfuerzo por captar su rastro. El dramático crescendo de un cuarteto de cuerda salió desde las ventanas abiertas, la adición fue una puntuación casi cómica en su búsqueda. El año pasado, él había
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    sido un truenosobre el Primer caballo en el lejano campo de polo, con el aplauso de la tribuna llena de gente. El club también organizaba partidos de tenis, partidos de cricket y, sólo para miembros masculinos, disparo a las palomas. Probablemente la señorita Limpett no llevaría a cabo ninguno de esos deportes. Él completó el recorrido por un bosque de árboles grueso, lo que lo llevó a un pequeño claro. Ah, ahí. Cerca... sí, ella estaba cerca. Sin embargo, su mirada se redujo a un hombre con sombrero de paja y vestido de algodón blanco, un hombre familiar que no tenía por qué estar en Hurlingham. Mark se había preguntado a menudo si Lesson sería medio duende, por su capacidad de moverse tan rápidamente. Una gran plaza de lona blanca cubría el claro. En su centro, una gran cesta de mimbre yacía de costado y más allá, un globo de gas a medio inflar. Mark identificó la fuente del sonido, un dispensador metálico cilíndrico de gas comprimido, inflando el globo a través de un tubo de llenado grande. Leeson gritaba órdenes a cuatro lacayos del club, que estacaban alineados y colaboraban en la ampliación del globo inflándolo. Mark se le acercó por detrás, y gruñó: — ¿Qué estás haciendo aquí? Leeson le lanzó una mirada de reojo. —Creo que es obvio, señor. Estoy inflando mi globo. Mi gran... espectacular globo. No se preocupe. No interferiré con sus planes. Me doy cuenta de que no necesita de mí o de mis ideas tontas de viejo. Así que estaré aquí divirtiéndome con mi propia emocionante diversión. Tal vez pueda convencer a una dama bonita, aventurera para que se suba conmigo. Por cierto, la suya está a la vuelta de donde doblan los árboles. Mark entrecerró los ojos en alerta y se apartó.
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    Mina se quedómirando su libro, pero sólo vio la máscara. Parpadeó la imagen alejándola, y se asomó sobre el césped. Las parejas casadas paseaban de la mano. Los niños se perseguían unos a otros a través de los árboles. Niñeras empujaban a bebés en cochecitos brillantes. Todo a su alrededor parecía tan normal. Todo era normal. Esa mañana, afuera de la tienda, había sido víctima de un crimen al azar. Si el agresor hubiera querido hacerle daño, se lo habría hecho, pero lo único que había querido era un mechón de su cabello. De acuerdo con la policía, la persona sufría de un fetiche de pelo, y habían visto el crimen antes. Entonces ¿Por qué su mente insistía en pintar el mundo con sombras de peligro y de inminente muerte? ¿Y en fabricar conexiones nebulosa donde debería haber una? Trafford las había encontrado inesperadamente en el club. Por desgracia, había olvidado su boleto, por lo que Mina había insistido en entregarle el suyo. Era comprensible que se hubiera preocupado por la noticia de su ataque, y aunque había expresado su preocupación, no podía evitar sentir como si estuviera siendo marcada como una damisela en constantes apuros. Primero, había sido el arma que había empuñado con pánico en el cementerio, y ahora esto. Con el propósito expreso de probar que el evento no la había molestado, con calma les indicó que fueran a la velada musical, insistiendo en que mejor leería su libro en los jardines. El aliento de Mina se detuvo cuando divisó una figura alta corriendo, en pantalón gris y un abrigo azul oscuro. Ancho de hombros y con confianza, el Señor Alexander caminó en su dirección. Ella se mordió el labio, mitad rezando para que no la viera y mitad orando para que sí lo hiciera. La calma de sus ojos azules recorrió el césped, deslizándose sobre todo, desinteresado... hasta que se asentaron en ella. Su ritmo fue más lento. Su boca se tornó en una sonrisa. Esa sonrisa. Encantadoramente infantil, con una mirada
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    aguda de canalla.El placer se acurrucó en su vientre, para calentar su garganta y rostro. Su arpía interior -a la que siempre imaginaba como malhumorada con cara de una versión de sí misma- le aconsejó permanecer en guardia. Él era demasiado guapo y demasiado tentador, incluso para una joven fuerte, con visión de futuro como ella, que no evitaría el romance, bajo las circunstancias adecuadas. Pero, ¿cómo no iba a estar emocionada por el anuncio de un hombre tan notable? —Buenos días, señorita Limpett—gritó él mientras se acercaba. —Ciertamente no estamos aquí solos, ¿verdad? —No, en absoluto—Ella tiró la cinta entre las páginas para marcar su lugar, y cerró el libro. —La familia recibió entradas para la velada musical en la casa club, y en vez de quedarme solas en la casa, vine con ellos. —Qué suerte para mí—Su sombra se inclinó sobre ella. Ella lo miró bajo el ala de su sombrero, y le preguntó amablemente: — ¿Qué lo trae a Hurlingham? —Una invitación de unos amigos—respondió él vagamente. Sí. Él tendría un montón de amigos. Tenía la suerte de tener un magnetismo que atraía a todo tipo de personalidades, con admiración y con favor. Era a la vez atractivo y agradable, pero debajo de todo eso, un poco misterioso también. Él añadió: —Deben estar retrasados, pero estoy tan contento de encontrarla aquí. ¿Puedo sentarme? Sería mejor evitar esa tentadora situación. A pesar de que era un tipo diferente de peligro, ella había tenido peligro más que suficiente por un día. No quería
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    arriesgarse a laposibilidad de que él tratara de resucitar el tema de los rollos. Ella abrió su bolso y miró su reloj sin siquiera notar la hora. —En realidad, se supone que debo encontrar a la familia. ¿Quiere caminar conmigo a la casa club? Su sonrisa se desvaneció a la más mínima nota. —Por supuesto. Ella deslizó su libro en su bolso y se levantó. Después de quitar unos pocos trozos de hierba de su falda, se le unió. Caminaron lado a lado a lo largo del camino, con él elevándose sobre ella. Furtivamente, ella lo estudió desde debajo del ala de su sombrero. ¿Acaso sólo imaginaba el aire grueso de tensión entre ellos, o él lo sentiría también? Ella curvó los dedos enguantados en ambas manos alrededor del mango de ébano de su bolso. — ¿Ha estado bien en estos últimos días?—preguntó él, con los ojos clavados en su rostro. No, ella no había imaginado la tensión. Recordó que los hombres como él tenían tensión con quien fuera, y utilizaban ese talento como un arma. Al parecer, el había experimentado algún tipo de tensión con su tía, y quizá la seguía sintiendo. Su espíritu de individualidad rechazó la idea de convertirse en una de su grupo de admiradoras, en una competidora por su atención. Ella asintió. —Siempre hay algo pasando en la casa. Las chicas han estado muy ocupadas por supuesto, con sus actividades sociales, y la señora Lucinda ha estado ocupada en los preparativos de una fiesta en el jardín para el próximo jueves. Tiene un gusto maravilloso. Estoy segura de que el evento será la charla de la temporada. — ¿Pero qué hay de ti?—presionó él, obligándola a tener la intimidad que ella evitaba.
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    Ella se encogióde hombros. —Leo. Camino. Leo y camino un poco más. Él rió entre dientes desde el fondo de su pecho, el buen humor se mezcló con su poder masculino. Le gustaba mucho el sonido también. En su mente, ella casi se había atrevido a preguntarle sobre los rollos para que hubiera una buena razón para evitarlo, pero no lo hizo. —Hay otras cosas para ocupar tu tiempo, estoy seguro—dijo él. —Tengo algunos de los papeles de mi padre. Sus notas—Se atrevió a mirarlo ahora, bastante imprudente. —No hay nada de importancia real en ellos, pero creo que asentarán muy bien varios diferentes trabajos académicos. Se las presentaré a la Real Sociedad Geográfica, y veremos si los publican. — ¿Bajo el nombre de su padre? —Sí—respondió ella, enfatizándolo—A título póstumo, por supuesto. —Siempre ha escrito los artículos de tu padre, ¿no?—Preguntó. Ella se encogió de hombros. —Más o menos. Mi madre solía hacerlo por él. Siempre fue muy bueno para hacer traducciones, observaciones y mediciones, pero por alguna razón, organizar sus pensamientos en el papel nunca fue fácil. —He leído todos, sabes—Él inclinó la cabeza, echando la sombra de su sombrero de copa a sus faldas. —Están excepcionalmente bien hechas, y estoy seguro de que usted, como inglesa, ha establecido unos pocos registros en lo que respecta a la exploración territorial y ascensiones de montaña. Debería publicarlos a su nombre, al menos en forma conjunta con el suyo. —Gracias—Su admiración y aliento fueron como una caricia física.
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    —Quizás en algúnmomento podría—se encogió de hombros con elegancia— ayudarme a darle sentido a mis papeles propios expedicionarios. —Tal vez. Su mirada se posó en sus labios. —Sospecho que tenemos muchos intereses en común. Ella se sentía casi segura de que sus palabras tenían un significado oculto, y quizás incluso una invitación, una que no tenía nada que ver con la escritura o los documentos o con la expedición extranjera. Para su consternación, encontró un progreso en la intimidad entre ellos. Quería hacerle preguntas sobre su familia, sobre sus intereses en varios idiomas y artefactos. Por mucho que quisiera un hogar y una familia y permanencia, suponía que una necesidad de aventura también prosperaba en su sangre. Doblaron en un afloramiento de espesos árboles. Para sorpresa de Mina, frente a ellos había un globo flotando alternando gajos verticales de seda escarlata y oro. Una cesta estrecha flotaba debajo de un pie sobre la tierra. —Qué emocionante. Alguien trajo un globo—dijo ella. Sin siquiera mirar la aeronave. Sus ojos permanecieron desconcertantemente en ella. — ¿Alguna vez... ha estado en uno? —No, pero siempre lo he deseado. El vuelo siempre la había intrigado. No podía imaginar lo emocionante que sería mirar hacia abajo a la tierra desde la vista de un pájaro. Se puso rígida cuando el Señor Alexander puso su mano en el centro de su espalda y la llevó hacia el globo.
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    — ¿Vamos aechar un vistazo, entonces? Tan firme. Tan seguro. Tan agradable. A medida que se acercaban, su maravillosa mano se alejó, y él se acercó por delante para hablar con la persona que parecía estar a cargo. El caballero, un hombre alegre y pequeño con el pelo distinguidamente gris, con un parche en un ojo, y un bigote rizado en las puntas, asintió con entusiasmo. Lord Alexander se dirigió a ella, con su mirada oscura acogedora, y le hizo señas con la mano. Mina se movió a pie a su lado. El tipo de cabeza plateada anunció: —Mis honorarios son veinte libras. Los ojos de su señoría se redujeron al hombre. —Por supuesto. Debería haber una cuota, ¿verdad? Su señoría retiró su bolsa y seleccionó a los billetes necesarios de una libra. El corazón le dio un vuelco a Mina. — ¿Va a subir? —No, usted y yo iremos arriba. —Oh—Ella apretó los labios cerrándolos. —No sé... Se suponía que debía encontrar a la familia en la casa club. —Falta un cuarto de hora—contestó él. —Estoy seguro de que la velada musical se prolongará hasta las once.
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    Ella miró asu alrededor, tal vez por un rescate. Sus mejillas se encendieron. Dos manos descendieron entre ella y su señoría, una presentándole una hoja larga de papel lleno de palabras escritas, y la otra, con una pluma de plata. El diminuto del globo interrumpió: —Antes de subir, tengo que pedirles a los dos que por favor firmen en la línea inferior que indica que son responsables de todos los daños que puedan hacer a su propia vida y a sus extremidades, a terceros en el suelo debajo y al globo y/o a sus accesorios. —Oh, Dios mío—ella se rió en voz baja. Con ansiedad. Parecía que iba a ser su primer vuelo en globo. Tal vez eso era lo que necesitaba, literalmente, elevar permanentemente su espíritu encima de los acontecimientos de los meses anteriores. Desafiando a la precaución, Mina garabateó su nombre. Lord Alexander hizo lo mismo. El operador abrió la puerta y con una dramática inclinación, la ayudó a entrar en su interior. El borde donde se apilaban alrededor bolsas estrechas de arena, se tambaleó muy ligeramente bajo sus pies, y ella se agarró a la barandilla del borde de la canasta de mimbre por ayuda. Un pequeño grupo se reunió. Lord Alexander subió a su lado. La puerta se cerró. —Pensé que el operador vendría. —No necesitamos el lastre adicional—La travesura brilló en sus ojos. El caballero de pelo gris se alejó del globo, señalando hacia arriba. Le gritó a los lacayos. —Despacio, despacio... Lento, señores. Mina se quedó sin aliento en el fondo de su garganta. Demasiado tarde. Demasiado tarde para echarse atrás. No sabía si sentirse desesperada por ir en el globo a solas con lord Alexander, o por el hecho de que estaría allí sin el operario.
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    Empujando su bolsopara arreglárselas con la parte interior del codo, agarró con sus manos enguantadas todas las gruesas cuerdas a ambos lados de ella. —Mi estómago está haciendo volteretas—Levantó la vista hacia el cavernoso centro del globo. —No puedo creer que esté haciendo esto. Su señoría, alto y robusto, reflejó su posición, tomando con sus largos brazos las cuerdas. Sonrió. —Sostente. De repente, el globo salió disparado como una bala hacia arriba al cielo. La gente, la hierba y los árboles desaparecieron en una imagen borrosa. La aglomeración cruzó bajo el aire aplanando el ala de su sombrero contra su mejilla, y una alegría salvaje, delicada se clavó en ella, como si su estómago se precipitara a las plantas de sus pies. El sombrero de su señoría salió volando, cayendo en espiral hacia la nada. Él se echó a reír, un sonido profundo y maravilloso. Ella dejó escapar un pequeño grito, pero para su asombro, se dio cuenta de que sus labios sonreían. Tan de repente como el globo se elevó, se balanceó en lo alto sólidamente. La cesta se sacudió, carenada violentamente. A pesar de contenerse, ella tropezó con Lord Alexander. —¡Oh! Con una mano en la barandilla, él se apoderó de la otra alrededor de su cintura, con los tirantes firmemente en su lugar. El suelo se niveló y dejó de hacer sus movimientos erráticos. Su corazón se estrelló contra sus costillas al darse cuenta de que ahora se cernía, suspendida sobre la tierra en una canasta pequeña, pero más aún por la sensación placentera de su brazo flexionado con tanta fuerza alrededor de su cintura.
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    Bajo su ropacara, su pecho parecía formado de piedra, más afín a la constitución de un antiguo guerrero que a un erudito caballero de Londres. Y olía bien. Divino. Como a especias y a piel y a hombre. Ella liberó sus hombros y dio un paso atrás, dos pasos muy pequeños, pero eso fue todo lo que la pequeña área de la canasta le permitió. Sus faldas se aplastaron contra el mimbre. — ¿Se suponía que eso sucedería?—Jadeó ella. Se agarró a la barandilla con ambas manos. Su mirada se apartó de su rostro hermoso, divertido, para ver abajo. La sombra del globo derivó sobre el lienzo, en dirección del césped. Una cuerda guía colgaba todo el camino. La multitud los saludó con la mano y vitorearon. Mina sacó su mano lo suficiente como para saludar. —Pensé que íbamos a quedarnos atados, y mucho más abajo de la tierra. —Debe haber habido alguna... falta de comunicación. —reveló el con énfasis en la palabra final, como su sonrisa, revelando todo. Con la realización, ella espetó: —Es un hombre malvado. Sabía que el ascenso iba a ser así, ¿no? El viento suave y ligero llevó su pelo contra su mejilla. Él hizo una mueca, como un pícaro travieso que sólo había sacado un truco muy bien planeado. —No lo niego. Ni siquiera podía estar enojada. El momento era perfecto. Él era perfecto. Ella se derritió en su interior. ¿Por qué tenía que gustarle tanto?
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    Apenas hubo untoque del viento. El globo avanzó en dirección a la casa club. A su alrededor veía los tejados y campanarios y calles y callejones. Se maravilló al ver el Támesis ondulante como una oscura serpiente contra la frontera sur de los terrenos del club, con el recipiente de agua salpicando en su superficie. — ¿Cómo sabía que estaría de acuerdo en venir?—, preguntó ella. —Porque eres como yo—respondió él. —Eres aventurera. La música fluyó desde la casa club. Rozando las palmas sobre el carril, él dio un paso hacia ella. La canasta se inclinó, y Mina se quedó sin aliento, con los hombros inclinados contra las cuerdas. Con el tacón de su bota, su señoría hábilmente metió un saco de arena en el extremo opuesto. La cesta se niveló. —Esto es una aventura para ti—Él le ofreció su mano. — ¿Alguna vez has bailado en las nubes? Su pulso saltó a su garganta. Mina miró a su lado. Elegante y constante, estaba al revés con sus dedos de punta cuadrada. Algo pasó en el fondo de su pecho: era el espíritu aventurero al que él se refería, despertando. ¿Cómo podía saber él acerca de la joven que había sido antes de que la vida la hubiera dejado con miedo? Miedo. Odiaba la palabra, de hecho, toda la idea. Estaba demasiado cerca de ser “tímida”, y nunca lo había sido. Su corazón latió más rápido, ella le tomó la mano. Con un suave tirón él la hizo acercarse al centro de la canasta. La música tintineó, amplia y luminosa como el cielo a su alrededor. Su brazo llegó a su alrededor. Su mano estaba extendida contra el centro de su espalda, atrayéndola más cerca, más cerca de lo correcto, hacia su pecho, tan cerca que sólo una pulgada de espacio los separó. Su cuerpo despertó, su boca, pezones, muslos, le dolieron por cerrar el espacio. Mina se lamió el labio inferior.
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    Juntos se movieron,muy ligeramente, cambiando el peso y girando con la música. Una repentina ráfaga de viento movió el globo. La cesta se inclinó lo suficiente como para influir en contra de su pecho. La mano en su espalda se abrió, aumentando así la presión de tenerla allí. En una fracción de segundo, ella tomó la decisión de permitir la familiaridad. Estaban de pie, sin bailar, sino abrasándose y escuchando la música. —Señorita Limpett... Él se inclinó. Ella cerró los ojos, sintiendo su intención. Una presión suave levantó su barbilla. —Lord Alexander... —advirtió ella en voz baja. —Mark. Mi nombre es Mark. Él apretó la boca a la suya. Con ese beso, Mark perdió el sentido. O más bien, lo encontró. La realización se produjo, igual que el peso de un muro de piedra derrumbarse sobre él, él la deseaba más de lo que hubiera querido algo en un muy largo tiempo, por razones que nada tenían que ver con la estrategia, o para salvar su propio pellejo. Inocentes, perfectos labios estaban pegados a los suyos. Calentando lentamente su ingle. —Mark... —Ella volvió el rostro para que su mejilla presionara contra el hueco de su mandíbula. — ¿Sí? Ella se zafó bruscamente.
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    —No debería haberhecho eso—Sus ojos marrones, que habían estado brillantes y emocionados, al instante se nublaron. Él se sintió seguro también. — ¿Por qué no? —No soy de esa clase de aventuras. Ella plantó su mano en el centro de su pecho y presionó hasta que él regresó a su lado de la canasta. ¿Qué podía decir? Si trataba de convencerla de lo contrario, hubiera sonado como un postrero. Desde esa distancia, se mantenía a la distancia de un brazo, sólo pudiendo admirarla y maldiciéndose así mismo por haber jugado mal con el nivel de atracción entre ellos. —Te he ofendido—El impulso de besarla se había sentido totalmente natural. —No quise faltarle al respeto. Ella frunció el ceño y miró por encima del sedimento, y de nuevo a él otra vez. —No es que no me haya gustado el beso, es que me temo que me gustas mucho. Espero que entienda lo que quiero decir con eso. Ninguna relación ilícita. Sin tocar. Eso era lo que había querido decir. Sin esperar una respuesta de él, ella se volvió de nuevo a la barra y fijó su mirada en el paisaje de abajo. —Estoy asumiendo que sabe cómo aterrizar esta cosa. —Si lo sé. —Entonces creo que será mejor que bajemos antes de abandonar los jardines. No sé si alguna vez ha tratado de nadar con enaguas, pero no es fácil. Mark sabía que ella tenía razón, pero, maldita sea, esperaba un resultado diferente de su tiempo juntos. Nunca había hecho el amor en un globo de gas, y
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    estaría mintiendo adecir que la idea no le había pasado por la cabeza. A falta de eso, por lo menos había esperado que se hubiera formado una conexión más sólida entre ellos. Tiró de la cuerda de la válvula para liberar la cantidad medida de gas. El globo descendió sobre el club en el que parecía que la velada musical acababa de terminar. Dedos les apuntaron. Voces gritaban. Las caras de todos estaban hacia arriba. Él reconoció a Lucinda y a Trafford sobre las escaleras, así como a las chicas. Cuatro bocas abiertas al mismo tiempo. —Hola—gritó la Señorita Limpett, saludándolos. Mark tiró de la cuerda de la válvula de nuevo. La tierra se precipitó un poco más rápido de lo que pretendía, un resultado probable por su distracción con el inesperado rechazo de la señorita Limpett. —Estamos cayendo muy rápido—chilló ella. Sus mejillas eran de color rosa, radiante. No parecía asustada, solo emocionada. — ¿Vamos a chocar? Él se rió y dejó caer una bolsa de arena encima, y luego otra para una buena medida. El descenso se detuvo un poco, y se movieron horizontalmente a través de la hierba, profundizando a lo largo de una avenida de árboles. Más lento. Más lento. El globo se inclinó detrás de ellos, como una estela ondulante de seda. En la esquina principal la canasta se quedó atrapada contra el césped y se ladeó. El vehículo chocó, lanzándolos a una caída sobre la hierba. Mark rodó, colocándose de espaldas, con la señorita Limpett tirada encima de él. Moviéndose rápidamente, él se revolvió, tirando de ella debajo de él. Se quedó mirándola a los ojos. —Ya me gustas demasiado—murmuró.
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    Enmarcando su rostrocon sus manos, la besó con fuerza, con sus labios, lengua y dientes, tan completamente, tan placenteramente, que sus propios pies se enroscaron en sus botas. Escuchando la aproximación de pasos sobre la hierba, rápidamente rodó fuera. La señorita Limpett se sentó, con sus mejillas brillantes y de color rosa, con el cabello suelto y su sombrero torcido. Echando un vistazo en su dirección, ella le susurró: —Retiro mi anterior decisión, Lord Alexander. Puede llamarme a su voluntad. Una sonrisa se dibujó en los labios de Mark.
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    Capítulo 6 Markse sentó con Mina y Lucinda encima de una manta de rayas rojas y blancas, a la sombra de un árbol grande, disfrutando de lo último de un almuerzo frío. Un criado los había asistido, sirviéndoles de tres grandes canastas. Había rollos crujientes de pan, huevos duros, carne asada, carne de res y de pollo, queso, fruta e incluso champán. Por no hablar de una veintena de miradas secretas, fugaces entre él y Mina. Cada una envió una punzada de anticipación a través suyo, por lo que vendría. Los pergaminos. Mina. Mina. Los pergaminos. La mañana había salido mejor de lo que había previsto. En el pasado él había sido criticado por sus compañeros Amaranthines por sus coqueteos con los mortales. Sin embargo, había algo acerca de las mujeres mortales en la flor de la vida que nunca dejaba de emocionarlo. Eran como flores exóticas que florecían una sola vez. La Señorita Limpett era como una flor. Cada vez que la veía, era como si una capa de invisibilidad se levantara lejos de ella, dejando al descubierto la joya incomparable debajo. Trafford había ido a ver si encontraba al maestro de tiro. Mark había evitado el contacto visual directo con Evangeline y Astrid el tiempo suficiente para que finalmente se hubieran dado por vencidas y accedido a un juego de badminton, con dos hombres jóvenes bien vestidos. Un brillante plumaje de volantes iba y venía entre las parejas en una suave manifestación. Lucinda tomó la mano a Mina. —Señorita Limpett, ¿Está segura de que se ha recuperado de su mareo? Se ve con un poco de fiebre. La mirada de la condesa se desvió a un tono de reproche hacia Mark.
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    —Estoy un pococaliente—Mina levantó su taza de loza blanca y tomó un sorbo de limonada. —Aparte de eso, estoy muy bien. No es tanto como un moretón. Lord Alexander es un excelente aeronauta. Le recomendaría sus habilidades de pilotaje a cualquiera. Astrid se acercó, haciendo girar la raqueta. —Señorita Limpett, Acabamos de perder al Señor Kilmartin por una cita de la tarde y tenemos necesidad de un cuarto. ¿Podría jugar? Las facciones de Mina se calentaron con obvia sorpresa. —Sí, por supuesto. Su mirada se dirigió a Mark mientras se ponía de pie y se unía a su primo en la hierba. Juntos recorrieron la corta distancia a la red, que estaba colgado entre dos postes de bambú. Ella se inclinó para elegir una raqueta de la hierba. El sirviente recogió el resto de los platos. Llevándolos a la última cesta abierta, izó dos y las acomodó para volver al coche. —Su Señoría—dijo la condesa. —Lady Trafford. —Mark. —Lucinda. La condesa hizo girar su sombrilla en verticilos escuetos, entrecortados. —Hemos crecido muy aficionados a nuestra sobrina. Él conocía la discusión que venía. Suspiró.
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    —Puedo ver porqué. Es una joven notable. Sus cejas se levantaron, y sus labios se torcieron hacia abajo como si con ese leve cumplido a otra mujer, la hubiera lastimado. —No me gusta este juego. — ¿Qué juego, Lucinda?—Le preguntó él en voz baja. —El único juego que conozco está ahí sobre la hierba. Incluso ahora, en medio de esa ridícula conversación, él no podía quitar los ojos de Mina. De la curva encantadora de su mejilla o de su hermoso cuello. De la delgada vela de su cintura, o de la influencia seductora de su bullicio. Su beso sólo había inflamado su interés. Su mente bullía con él. Sí, deseaba a su padre por sus pergaminos. Sin embargo, no podía negar que él también deseaba a Mina Limpett. La tendría también. Durante el tiempo que le gustara. —Es muy claro lo que está tratando de hacer—dijo Lucinda. — ¿Y eso sería…? —Ponerme celosa con mi sobrina—Ella giró la sombrilla más rápido. —La idea es absurda. —Especialmente ridícula cuando no estoy en absoluto intentando ponerte celosa. —Entonces, ¿qué fue eso? ¿El paseo en globo? ¿Volar un poco más sobre nuestras cabezas, y luego a la deriva dónde no podíamos verte? Una provocación evidente. —No tengo control sobre las fuerzas de la naturaleza—Una declaración verdadera, para su consternación, aunque tenía que admitir que había hecho una manipulación de la canasta.
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    Ella dijo entredientes: —Eres un despilfarro. Él respondió con calma: —No veo nada de malo en tratar de levantar el espíritu de la señorita Limpett. Se ha pasado unos tres meses muy sombríos rodeada de todos los detalles de la muerte de su padre. Conocí a su padre a través de sus actividades académicas. ¿Cuál es el daño en mi oferta de media hora de diversión completamente correcta? —Su pelo estaba revuelto cuando los encontramos en el césped. Sonreía con ese pequeño secreto con que las mujeres ríen. ¿Estás seguro de que volar fue la única diversión que tuvieron en ese globo? Sus palabras inesperadamente lo irritaron. Se hicieron eco a las pronunciadas por Leeson por la mañana. ¿Lord Alexander, el seductor sin conciencia? ¿Se había convertido en la caricatura de un hombre? En ese momento, se dio cuenta de que sí. Su acusación, en el fondo, era verdad. Él había tenido la intención de seducir a la señorita Limpett, en cualquier grado posible, en el globo. Incluso ahora, planeaba cómo poder tenerla. Mantenerla. Por tanto tiempo como le complaciera hacerlo. —Le aseguro que mis intenciones hacia la Señorita Limpett son honorables y sinceras. Prometía que sería cierto, al menos hasta el máximo de su capacidad. También prometía que sin importar lo mucho que tuviera que manipular a Mina hacia el objetivo final de salvar su propia mente y alma, se lo compensaría diez veces, incluso si eso significaba la construcción de un palacio para su más fina Reina. Miles de mujeres darían cualquier cosa por tal honor. —Pero sus intenciones no fueron sinceras u honorable hacia mí, ¿Verdad Mark?—Lo acusó.
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    —Nunca te heengañado. —No—Ella movió su sombrilla y la apoyó en el tronco del árbol. —Está claro que me he engañado a mí misma. —Fue un coqueteo, Lucinda. Ella se puso rígida. —No sólo eso. —Tú y yo nos besamos. Ella apartó la mirada, moviendo la cabeza y sonriendo amargamente. —Gracias a Dios me salvé para Trafford. Él es la gran pasión de mi vida. Él vio la mentira en sus ojos, y por un momento, sintió pena por ella. Ella se comportaba como todas las jóvenes damas de su posición y clase social habían sido entrenadas para hacer. Había encantado a un rico, titulado caballero y había tenido su boda en la gran sociedad. Ahora se encontraba casada con un hombre al que no conocía del todo bien, un hombre mayor quien no tenía ningún atractivo en particular. Pero su matrimonio no era de su interés. —Es maravilloso. Sólo deseo lo mejor para ti, Lucinda. —Se aburrirá de ella rápidamente—murmuró con rencor. —Es un poco como un ratón marrón, Mark, todo lo contrario de la clase de mujer que necesitas. Había algo cruel en el conjunto de sus labios, y en el brillo de sus ojos, algo que él nunca había percibido antes. Los celos podían hacerle cosas terribles a una persona, como lo había presenciado. No podía recordar alguna experiencia de primera mano con esa emoción. Trafford cruzó el césped de dirección a la trampa de tiro, que se encontraba por el pasillo al lado de los árboles. Plantaba su bastón a cada paso que daba.
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    Un incómodo silenciose cernió en el aire mientras ellos esperaban a que llegara. —Lucinda—Trafford se detuvo en el borde de la manta. El sol transformaba el prisma de su bastón en un arco iris en miniatura de colores. —El maestro de tiro está de acuerdo en que puedes disparar. Por supuesto, he aceptado pagar por las plantaciones de los jardines del norte de la primavera, pero parece que tienes tu deseo. Sólo por hoy, sin embargo. — ¿Ve, señor Alexander? es así como le estaba diciendo—Puntos brillantes de color puntearon sus mejillas. —Mi marido me echa a perder por completo. Trafford sonrió, claramente complacido por su alabanza. Le ofreció la mano y la ayudó a levantarse de la manta. El conde le preguntó: —Señor Alexander, ¿le gustaría venir y ver? Medirán a Lucinda en una sesión con palomas. —Gracias, Trafford, pero me quedo aquí—respondió Mark con cortesía. Siempre había considerado el tiro al pichón un deporte cobarde. El Señor y la Señora Trafford desaparecieron entre los mismos bancos de los árboles de donde el conde acababa de llegar. Él permaneció en la manta, mirando el juego, mirando a Mina. Una sensación intensa de que lo estaban observando le hizo examinar los alrededores. A través de la extensión de césped, una mujer caminaba lentamente detrás de las columnas de la casa club, mirando desde debajo del ala de un sombrero llamativo rojo. Era Selene, vestida con toda su elegancia habitual. El sonido de disparos se hizo eco en los árboles, en una serie de tres, directo en fila.
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    Lucinda estaba disparándolesa las palomas que huían de una trampa. Las reverberaciones se desvanecieron. Mark se sentía como una de esas palomas, salvo que estaba en la mira de su hermana. Si Selene deseaba ser su asesina, que así fuera. Pero no había ninguna razón para que se escondiera en las sombras al acecho, ella quería que viera que lo acechaba. Él se levantó de la manta. Acababa de hablar con ella. Ciertamente, no había venido a tener aquí una batalla con él en un campo de cricket. Moviéndose por todo el césped, miró una vez más a Mina. Esperó la siguiente descarga. La tenue visión de Evangeline le hizo recordar algo del pasado. Sus sentidos le gritaron una advertencia. Algo se precipitó hacia Mina a través de los árboles a una velocidad peligrosa. En el siguiente segundo, la grieta inconfundible de una escopeta rompió todo. Olvidando a Selene, él corrió hacia Mina, con el miedo estrellándose en su pecho. Ella dio un tirón, pero se mantuvo de pie, con la raqueta colgando de su mano. No se movió. En cambio, se quedó como paralizada. Un estampido se hizo eco a través de los árboles. — ¿Te pegó?—Mark la tomó por los hombros y la bajó a la hierba. Tocó la seda destruida de su falda y la miró a la cara, que estaba completamente en blanco. Si había recibido un disparo, ella no se daría cuenta. El Señor y la Señora Trafford corrieron hacia ellos. Lucinda, con cara pálida, tenía una escopeta de doble barril apuntando hacia la tierra. Mark levantó la falda de Mina, y sus enaguas unos pocos centímetros. La sangre manchaba la media.
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    Ella susurró aturdida: —Estoy un poco cansada de tener días interesantes. Cinco minutos después, él la llevaba hacia la calzada en la que el transporte de Trafford esperaba. — ¿Qué quieres decir, con que alguien atacó a la señorita Limpett en la calle esta mañana? Él tuvo que luchar con fuerza por evitar la furia en su voz. —No me lastimaron—insistió Mina, con los brazos alrededor de su cuello. —Y no estoy herida ahora. Es sólo un rasguño de una pequeña bola de perdigones. Si no estaba herida, ¿por qué estaba tan pálida? ¿Por qué temblaba en sus brazos? Cuando se acercaban a la puerta, ella se retorció por salir de su alcance, con sus mejillas enrojecidas. —Gracias, Señor Alexander. No estaba seguro de cuál era el mensaje transmitido por sus ojos, pero bajo el control de su familia, ella subió rápidamente al interior del vehículo. Odiaba dejarla ir. Lucinda, con la cara baja y escondida bajo el ala de su sombrero, subió después, seguida de Evangeline y Astrid. —Oh, querida niña. Lo siento mucho—exclamó la condesa, tomando a Mina en sus brazos. —No es tu culpa—le aseguró Mina en voz baja.
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    En el campode badminton Lucinda tenía lágrimas en los ojos y se había proclamado que Mina había sido víctima de un tiro fallado. Ella había exigido a cualquiera que quisiera escucharla que el rifle debía ser examinado buscando algún defecto. —Astrid, levanta las piernas de tu prima en el colchón. Mina protestó: —Eso no es necesario. Trafford se quitó el sombrero hacia Mark, sacudiendo la cabeza. Murmuró ásperamente: —Demasiadas emociones por un día. Él también subió. Lucinda, con sus ojos encendidos, anunció en voz baja: —Lo siento, Lord Alexander. Simplemente no hay espacio para usted. El lacayo cerró la puerta y dio la vuelta de nuevo para subir. El chofer movió el látigo de caña contra la parte trasera de los caballos, y el carro rodó. Mark exhaló. Poco a poco, se acercó de nuevo al club. Selene no estaba a la vista. Se dirigiría a terreno privado, hacia el sur hasta el terraplén. Mirando el agua, se preguntó qué demonios había sucedido. No podía creer que Lucinda le disparara a Mina a propósito, pero algo no olía bien. Se sentía totalmente impotente, enviándola en ese carro. Llegó junto al jardín Physic, y fue más lento. Una muchedumbre compacta estaba reunida en la pasarela de Cheyne Walk y más allá, pasando el puente Albert. Peatones se agrupaban en los carriles del puente. Una poderosa ola de morbosa curiosidad y horror rezumaba de la zona. En retrospectiva, suponía que había
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    sentido la sensación,incluso al salir de las tierras de Ranelagh, pero se había enredado en la negatividad con su alarma por Mina. Los agentes de policía de uniforme azul y sombreros bobby (típicos sobreros utilizados por la milicia británica, negros, cóncavos) eran puntos en el terraplén, y los periodistas detrás sostenían cámaras de trípode. Un río de Policías cursaba a lo largo del río Támesis en las proximidades de la orilla. Más agentes estaban metidos en el agua, vestidos con pantalones de goma hasta la cadera. Tenían palos y sacaban pedazos de basura con redes. Mirando a través del río, Mark magnificó su visión y percepción de la misma actividad en el lado de Battersea. Leeson surgió de la multitud y se abalanzó sobre él. —¡Su señoría! — ¿Qué está pasando aquí?—preguntó Mark. —Cosas horribles—El inmortal bajó la voz. —Por lo que he recogido, un joven se fue al río a media mañana del lado Battersea y descubrió algo bajo el puente. Mark cerró los ojos. —Cuéntame. Leeson asintió. —No he visto yo mismo las pruebas, pero he estado escuchando cuidadosamente, y conozco a varios de los oficiales de aquí diciendo que es un muslo. Mark parpadeó con incredulidad. Miró hacia el cielo para estar seguro de que el Sol seguía su curso sobre la tierra, porque era ese tipo de día, en que todo se trastocaba. — ¿Cómo la parte de la pierna de una persona?
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    Leeson asintió. —Unmuslo de mujer. Desmembrado. Los tailandeses flotaban a pocos pasos de distancia. Pétalos de flores y sangre. Lo mismo tenía que estar en la mente de Leeson. —Eso no es todo. Al parecer, encontraron un brazo alrededor de la misma hora esta mañana por Horslydown. —Horslydown. Esa es mucha distancia por el río. El bigote plateado de Leeson brilló. —Ambos, dicen, fueron atados con cuidado a secciones cortadas de prendas de vestir. Mark ponderó los detalles. — ¿Son las partes del cuerpo de la misma persona? —No lo sé, señor, pero por supuesto, una gran búsqueda se está llevando a cabo a lo largo de ambos lados del río. Mark miró hacia el agua. Asintió —Este podría ser el trabajo del asesino de torsos de Selene Thames. ***** Mina se recostó sobre las almohadas, sintiéndose como una niña a la que se le había ordenado ponerse su camisón e irse a la cama temprano. No eran más que las siete, y la luz del día aún iluminaba el cielo afuera de sus ventanas.
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    —Ahí—anunció Lucinda. Sentándosea los pies de la cama, metiendo el final del vendaje en el tobillo de Mina. — ¿Cómo te sientes? ¿Está muy ajustado? ¿Demasiado flojo? —El vendaje es perfecto, muchas gracias—contestó Mina con calma, a pesar de sus nervios filiformes. —Pero como he dicho toda la tarde, el rasguño es tan insignificante, que no podría calificar como herida. —Lo sé, lo sé—Lucinda acomodó el pie de Mina sobre un cojín con borlas. — Consentirte me hace sentir mejor. Me siento como si fuera mi culpa lo que debió haber sido un día terrible para ti. Debería haber insistido en que te quedaras en la tienda de la papelería hasta que pudiera acompañarte por la calle, y luego ese horrible suceso con el fallo del arma. Mina sonrió con simpatía. —Por favor, no te preocupes más por mi cuenta. Lucinda puso una manta de vuelta en sus piernas. —Mina, querida, a pesar de todo esto... Espero que te des cuenta que siempre puedes confiar en mí y hablarme en confianza sobre cualquier cosa. —Gracias por esa oferta, Lucinda. Presionando sus labios juntos, Lucinda pareció meditar las palabras que diría a continuación. Su expresión era de preocupación. —Debo decir... Me chocó bastante verte en el globo de gas con el Señor Alexander esta tarde. Sé que debes estar acostumbrada a tomar tus propias decisiones y vivir más... bien, libremente, pero... esto es Londres. Mina hizo una pausa antes de contestar.
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    —Nuestro viaje fuemuy breve. Admito, sin embargo, que pensé que se quedaría atado en un solo lugar. Pido disculpas si he hecho un espectáculo de mí misma. Su tía echó hacia atrás la cabeza. —Las señoritas en luto están atadas a un estándar aún mayor que las que no lo están. No querrás que parezca que estás... impasible ante la reciente muerte de tu padre. Mina no dijo nada, pero sus mejillas se calentaron con su discurso. Tal vez había decidido mal al subir al globo con Mark. Sin embargo, en el fondo de su corazón no podía lamentar el tiempo que había pasado con él. Aparte del beso, que había despertado una parte de ella que se había perdido y admirado. —Si pudiera darte algún consejo, querida Mina, un consejo sobre todos, sería que te mantuvieras al margen de los caballeros de la calaña del Señor Alexander. Mina tragó, tratando de no parecer sorprendida. La discusión sobre la etiqueta de luto era una cosa, pero no esperaba ningún consejo de ese tipo saliendo de la boca de su señoría. Todo lo que había sucedido entre su tía y lord Alexander claramente contaminaba su opinión sobre él. ¿O sería que Lucinda hablaba por celos? Lucinda tomó las manos de Mina y las mantuvo entre las suyas. —Él es todo sonrisas y adornos, pero muy poca sustancia. Es apuesto, sí, pero sus motivos en lo que al sexo femenino se refiere son de dudosa legalidad. Mina pensó que era mejor responder de forma conservadora. Ahora probablemente no era el momento adecuado para informarle a su tía que le había dado su permiso a su señoría para que la cortejara.
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    —Lord Alexander estáaparentemente muy interesado en algunas de las más arcaicas lenguas en las que mi padre se especializaba, así como en los artefactos que había recaudado. Tal vez su interés no sea nada más que eso. La respuesta pareció agradar a Lucinda. La tensión alrededor de los bordes de su boca se alivió, y con una rápida mirada sobre el rostro de Mina y su cabello, concluyó. —Estoy segura de que tienes razón. Mina no estaba segura de cómo debía responder a eso. Lucinda le acarició la mejilla. —Eres muy dulce. Estoy seguro de que encontraremos todo tipo de señores maravillosos cuando llegue el momento apropiado. Nadie puede tomar decisiones sensatas cuando su mente está nublada por el dolor. —Sonrió de repente. —Una vez que la fiesta del jardín del jueves haya pasado, me gustaría llevarte con mi modista. ¿Tal vez te gustaría hacer algunas selecciones para ver una vez que tu duelo haya pasado el año que viene? Llamaron, y Lucinda dejó a Mina para abrir la puerta. A su regreso, llevaba una bandeja. —Pensé que tendrías hambre. He hecho que trajeran la cena para ti. —Eres muy amable. Lucinda bajó la bandeja en su regazo. —Qué delicia con todos los olores. Pero nosotros los Nevils servimos la cena a las nueve, y luego el baile de lady Winbourne a las once, así que no podría faltar. De hecho, será mejor que me vista y vea que las chicas están haciendo lo mismo. Parte de Mina deseó ponerse un vestido de colores e ir a una fiesta también.
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    Pero, por supuesto,estaba de luto por otros nueve meses. No sólo eso, sino que su pierna había sido medio arrancada, al menos es lo que decían todos, excepto ella. Con nostalgia, se preguntó si Mark estaría en la de los Nevils o de la Señora Winbourne. ¿Cuándo iría a verlo de nuevo? —Que tengas una noche maravillosa—dijo Mina, mirando hacia abajo a su plato. Había chirivías hervidas y... algo que ella no conocía. Un sabroso olor a mezcla de relleno y carne deshebrada y verduras. Varios objetos estrechos como palos se asomaban afuera de la montaña culinaria. Ella tomó una. ¿Un hueso? Se mordió el labio inferior. —Esto huele muy... bien—. Tragó y levantó la mirada. — ¿Podrías decirme qué es esto? No la chirivía, la otra cosa. Lucinda se detuvo con la mano en el mango. —Uno de mis favoritos. Es pastel de pichón, por supuesto. Con una sonrisa, jaló la puerta que se cerró detrás de ella. Mina desplegó su servilleta y cubrió con la tela todo el plato. Levantando la bandeja de su regazo, se deslizó hasta el borde del colchón y abandonó la bandeja sin tocar en el pasillo. De regreso en el interior, consideró algunos de los libros que había llevado de la biblioteca, pero su mente estaba demasiado dispersa para centrarse en ninguno de ellos. Su mirada se posó sobre la cartera de papeles de su padre. No podía posponerlo para siempre. Ahora era un momento tan bueno como cualquier otro para comenzar a ordenarlos. El vendaje se aflojó, y ella hizo una pausa para quitarlo. Ella depositó el largo trozo de tela en su papelera y tomó su bolsa. Optó por sentarse en su cama en lugar de en el escritorio.
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    Escalando sobre lassábanas frescas, tiró de la cadena delgada de su cuello. Al girar la pequeña llave en su cerradura, se levantó la tapa. El olor de su padre flotó fuera, a papel, a tinta y a tabaco. Puso los cuadernos en una pila, y los pedacitos de papel en otra. Había unos diagramas y listas, así como notas y mapas dibujados a mano. Una gota cayó a la urdimbre de un golpe de tinta. Mina la limpió cuidadosamente con el borde de su vestido, preservando la palabra en su totalidad. Se secó los ojos. Sin lágrimas. No más lágrimas. Había dejado de llorar por el hombre hacía mucho tiempo. Levantando la página siguiente, se detuvo. Algo se interponía entre los dos trozos de papel, algo que ella no había visto antes. Levantó la rosa por su tallo. Plana y seca, apareció como si hubiera sido presionada entre dos libros pesados durante algún tiempo, como un recuerdo. Aunque el color se había desvanecido, era fácil ver que los pétalos eran de rayas... rojas y blancas. Una alarma se disparó su cabeza, tan fuerte y contundente como un gong en un templo. Tres meses atrás ella había recogido frenéticamente cada pedazo de papel que había encontrado en la caja de piel de la tienda de su padre en la ladera de una montaña tibetana. Se sentía muy segura de que había habido rosas callejeras con rayas rojas y blancas ahí. Rodó sobre las almohadas y abrió el cajón de su mesita de noche. Buscó alrededor hasta que encontró el papelito doblado que había llegado en su lata de jabón de azahar, el que hablaba sobre el lenguaje de las flores. Bajó su dedo al papel, al lugar donde las rosas estaban listadas. Rojas y blancas... Un amor que no podía ser compartido.
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    Capítulo 7 Despuésde dos días enteros, Mark maniobraba a través de los pasillos de la casa Trafford. Todos los notables de la sociedad londinense llenaban los salones y galerías. Había hermosas mujeres con trajes Doucet y Worth. La luz de las velas y el brillo de las fracturadas luces de cristal iluminaban sus rostros. Los señores se pavoneaban como pavos reales en trajes de noche. Varios compañeros mayores tenían fajas vivas y medallas relucientes de las distintas órdenes del Imperio. Las notas alegres de una banda húngara azul extendían las voces de la animada multitud. Gruesos ramos de flores se derramaban de urnas enormes, decorativas y colgadas encima de las puertas con arcos. El evento había estado ya en marcha por varias horas, habiendo empezado al final de la tarde como una fiesta de jardín. La invitación había especificado que también sería una cena oficial, y más tarde, con baile en la terraza, siguiendo durante toda la noche. Él examinó el salón de baile, pero no encontró bailarines ni a Mina. En cambio, los sirvientes habían acomodado la plata y la porcelana en largas filas de mesas, con restos de una comida formal. No había llamado a Mina ayer, a pesar de que había enviado a Leeson a observar la casa Trafford. Después del informe del ataque, al azar, contra ella, y de los disparos, no podía evitar la sensación de que estaba en peligro. Sin embargo, él, por necesidad, se había mantenido en el río, observando la búsqueda continua de las partes del cuerpo. A pesar de que ya no era un Centinelas de las Sombras, los viejos hábitos perduraban. Esa mañana, el tronco de una mujer había sido descubierto en Copington Wharf, junto a una sección cortada de ropa y atado con una cuerda... de nuevo, a sólo un tiro de piedra de los tailandeses. A pesar de que había intercambiado su camino con el de Selene en numerosas ocasiones, no podía evitar sospechar que el asesino se burlaba de él. Que lo incitaba.
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    Trataba de sacarlode la batalla. Tal intención indicaría la existencia de un poderoso brotoi en Londres, a quien él, como Centinela fuera de orden, no tenía autoridad para Reclamar. A pesar de todo, no podía suponer que los restos mutilados eran obra del asesino del torso que había hecho depósitos similares horribles en la ciudad en medio de los crímenes del Destripador seis meses antes. Un número de hospitales estaba en las proximidades de los bancos del Támesis. Era completamente posible que las partes del cuerpo hubieran sido arrojadas ilegalmente por un médico negado. No sería la primera vez que esos descubrimientos se hacían. Muerte e incidentes macabros eran una lamentable realidad, pero esperada en el río. En años recientes, más de 500 cadáveres habían sido descubiertos en el Támesis. Por fin captó la esencia de Mina y la siguió hasta que la encontró en la sala de estar amarilla. Con su simple vestido negro, estaba arrodillada delante de Evangeline. Con aguja e hilo remendaba alguna imperfección en la falda de la debutante. Astrid estaba en el extremo de la pared, mirándose en un espejo de marco dorado y pellizcándose las mejillas. Al ver su reflejo, ella se dio la vuelta, en un torbellino de organza color marfil. —Lord Alexander—exclamó. Evangeline dio un tirón a la falda amarilla liberándola de las manos de Mina. Mina levantó la mirada y su mirada se encontró con la suya. Los músculos del abdomen de Mark se apretaron, con la evidencia de su atracción, mezclada con intención sensual. Mucho dependía de esa noche, y podría conseguir con éxito tener su confianza. Había revisado sus notas de traducción del primer rollo. Las ondas de corriente de energía Tantalyte... las que desencadenaban sus hechizos, ya no coincidían con las profecías. Era como si Tantalus supiera, que con la Recuperación de su Mensajero Jack el Destripador, el juego había cambiado. Mark no tenía forma de saber cuando la siguiente ola podría viajar a través de Londres.
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    —Hemos estado esperandohoras para que llegara—Astrid se precipitó hacia él. Ella susurró, fuera del oído de las otras dos—Va a bailar conmigo ¿no? —Por supuesto—aceptó él. A pesar de que era una invitación más que audaz de su parte, sería grosero declinarla. —Señorita Limpett, ¿cómo se encuentra esta noche? ¿Está recuperada de su lesión? Mina asintió, cortés y distante como antes de su beso. —Completamente, su señoría—Sólo lo miró fugazmente a los ojos. —Le doy las gracias por su preocupación. Astrid suspiró con impaciencia. No deseando perder de vista a Mina en la casa llena, Mark extendió una invitación. —Señorita Limpett... Señora Evangeline, ¿Nos acompañan al jardín? —Por supuesto, su señoría—Evangeline comprendió, moviendo sus faldas y corrió hacia él, oscureciendo su visión de Mina. Cuando la vio otra vez, ella le había vuelto la espalda y recogía sus tijeras e hilo. El mensaje le picó. A pesar de que deseaba tomar su brazo, agarrarla en algún rincón oscuro de la casa y recordarle la atracción entre ellos, se fue sin otra opción, yendo a la parte trasera de la casa. Con una debutante en cada brazo, jugó bien su parte parpadeando sus ojos pícaramente, plenamente consciente de la admiración femenina y de la envidia masculina que recogía en su camino. Sólo el conocimiento sonó hueco. La vanidad no era satisfactoria ya. Lo peor de todo, la mujer que había ido a ver esa noche, la que había imaginado en su cama durante las horas más oscuras de la noche, apenas le había ofrecido un vistazo. Él y sus dos hermosos albatros pasaron por una galería llena de gente. Todas las ventanas estaban abiertas a la noche. En el exterior, lámparas orientales colgaban
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    de los árboles.Un sirviente en ese momento trabajaba para limpiar los fragmentos y las salpicaduras de una copa de champán rota. La siguiente hora transcurrió en una borrosa y miserable danza y conversación aburrida, con Mark a propósito prohibiéndose a sí mismo ir en busca de Mina. — ¿No le pedirá bailar a su anfitriona?—Mark miró hacia abajo para encontrar a Lucinda junto a él. Llevaba un vestido de color rosa, cortado para mostrar su busto y la cintura estrecha de sus mejores galas. Un espeso racimo de diamantes brillaba en su garganta. La suya era una belleza innegable, pero que no provocaba la menor reacción en él. ¿Había encontrado verdaderamente tentación en ella antes? Su fachada helada se derritió ante sus ojos. —Siento mucho lo que pasó en Hurlingham. Me comporté como una tonta— Ella tomó el abanico cerrado con ambas manos. Él la miró atentamente y vio un atisbo de la niña feliz, vivaz, que recordaba. Ella continuó, con lágrimas brillando en sus ojos. —Es sólo que el matrimonio no es como yo esperaba. No me entienda mal; Trafford es una maravilla y complace cada uno de mis deseos—Su mano enguantada tocó el collar en su cuello. —Aun así, supongo que debo confesar tener mucha envidia de las chicas por las decisiones que todavía tienen por delante. Él le ofreció el brazo, aunque fuera más que para permanecer en su buena gracia y continuar siendo su bienvenido en su hogar. —No hay disculpa que sea necesaria. Al entrar en el vals, la guió en medio de las otras parejas. Sillas envolvían al perímetro de la terraza y estaban dispersas por el césped. Su mirada continuamente vagaba, pero Mina no aparecía. Sí, ella estaba de luto, pero dado el paso del tiempo
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    transcurrido desde lamuerte de su padre... aunque fuera una falsa muerte no estaría fuera de lugar que se sentara bajo las estrellas para disfrutar de la música con un vaso de té o limonada. Cuando el vals terminó, él se extrajo de Lucinda, sin problemas depositándola entre un grupo de amigos y rivales. Durante la pasada hora y media, un dolor de cabeza, molesto se había apoderado de él, pero hasta ahora, sin luces extrañas o esqueletos danzantes. Las lámparas de papel colgadas ofendían a sus ojos, junto con toda la charla frenética y el movimiento de los invitados. Su charla, y sus pensamientos, nublaban su mente. Él siguió un sendero del jardín que llevaba a la sombra más profunda contra la casa. Se dejó caer a un banco y se frotó el puente de la nariz. Por primera vez en diecinueve siglos, se preguntó en secreto, en el fondo privado de su mente, cómo se podría sentir la muerte. Mina estaba sentada en una silla, con los codos apoyados en el alféizar oscuro. Desde su ventana había visto la fiesta y admirado a las damas y caballeros con sus mejores galas, el baile, el romance y la politiquería. Se había aprendido los bailes en el internado, pero sólo los había probado con otros estudiantes, en presencia de un maestro de baile. Ciertamente, sería diferente bailar en los brazos de un caballero, sobre todo de uno por el que tuviera sentimientos. Mark había pasado de una pareja deslumbrante a la siguiente. Alto, de cabello dorado y sorprendente, estaba claro que atraía la atención de las damas. Una sonrisa había roto sus labios cuando había tomado a una matrona anciana por un giro más lento por el suelo. El cabello plateado continuamente se movía bajo el
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    abanico, y sumano, a su parte inferior. Cada vez que él le quitaba la mano, ésta bajaba de nuevo. La batalla continuó hasta que la canción terminó, y él caballerosamente regresó a la señora sonriendo a su silla. Su expresión no había revelado nada excepto el menor rastro de diversión. Después, Lucinda había aparecido. Después de una conversación breve pero intensa, habían bailado. ¿Podría haber alguna pareja más perfectamente adaptada? Dorada y elegante, habían hecho un gracioso camino por el suelo. Ella no pudo dejar de notar la manera en que Lucinda se aferraba a su brazo, más aún al final del baile, como si se resistiera a dejarlo ir. Incluso si no hubiera habido una relación entre ellos antes del matrimonio de Lucinda, incluso si no continuaba, ahora Mina de repente se sintió muy apenada por Trafford. Ahora, Mark estaba sentado en la oscuridad, justo debajo de su ventana, como lo había hecho durante los últimos cinco minutos. Ella luchó contra sí misma sobre si hacerle saber de su presencia. Aquí, fuera de la luz de los faroles, parecía tranquilo, incluso pensativo. Se frotó la nariz, como si estuviera cansado. Finalmente, ella no pudo resistir más. — ¿Está disfrutando de la noche? Él miró hacia arriba. —Ahí estás. ¿Qué estás haciendo ahí arriba? Ahí estás. Hablaba como si hubiera estado buscándola. Cada centímetro de su piel se calentó con cauteloso deleite. —Mirando. Tengo un punto de vista encantador de todos los acontecimientos de la noche.
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    —Dime algo interesante. —Bien, si quieres saberlo—respondió ella a la ligera—la facción de América se está comportando más bien mal. — ¿Cómo es eso? —Las señoritas Bonynge acaban de llegar con su padre, y como resultado, su archi-enemiga, la señora Mackay, se ha ido, llevándose a su séquito con ella. De acuerdo con Astrid, tuvieron una larga disputa sobre alguna ligera percepción u otra. —Ahora eso es interesante. Mina se rió. Él no. — ¿Está bien?—Preguntó ella. —No parece usted. —Es mi cuello. Me lo estoy rompiendo para hablar contigo allí. ¿Por qué no vienes aquí y te sientas conmigo? Su solicitud envió un rizo peligroso de excitación a través del estómago de Mina. Ella sabía que no debería... Si Lucinda la veía, habría otra conferencia sobre la propiedad, probablemente estimulada por los sentimientos de la condesa por su señoría, pero Mina no quería echar sal en las heridas. Sin embargo, había estado tan aislada en estos últimos dos días. Sí, había estado constantemente rodeada por gente, ayudando con los preparativos para la fiesta, pero en gran medida había sido dejada sola para que sus nervios se rompieran con sus temores, y las imágenes de rosas con rayas, entre los pensamientos constantes de Mark, por supuesto. —Voy.
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    Jaló de lasventanas cerrándolas, y la sujetó de forma segura, siempre de forma segura. Tomando la escalera de servicio hacia abajo, pasó por la bulliciosa cocina. De una bandeja desatendida tomó un vaso de té con menta, y salió por la puerta de servicio. Evitando las luces de la fiesta, se deslizó a lo largo del sendero del jardín y se encontró a Mark sentado justo donde había estado momentos antes. Mina apareció como una ninfa en la sombra de los árboles, con su rostro luminoso encima de la oscuridad del cuello de su vestido. De inmediato él sintió la pared que ella puso en su lugar entre ellos, una construida precaución. Él no le dio ninguna mirada latente o habló alguna palabra lista. Simplemente hizo espacio para que ella se sentara en el banco. —Tengo algo para ti—Él hurgó en su bolsillo interior y le entregó la tarjeta. — ¿Otra foto?—Su ceño se frunció con confusión. — ¿Qué es esto? —Eres tú—respondió él en voz baja. Ella examinó la foto. —Recuerdo esto. Estaba afuera de la papelería con Lucinda. Supuse que el hombre en la acera me había tomado una foto. ¿De dónde sacaste esto? Leeson había vuelto de los tailandeses de las tiendas de Chelsea esa tarde con suministros y con la foto. Él recogía esas novedades para su colección de parafernalia mortal. —Está publicado en la mitad de los escaparates de las tiendas de Londres, junto a las de Jennie Churchill y Lilly Langtry. Ella palideció.
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    —No puede hablaren serio. —Lo hago. Cada día tu foto es vista por las señoras de toda la ciudad. La próxima semana, todas estarán usando tu sombrero. Ella se rió. —Pero es un sombrero feo. —El sombrero no tiene nada que ver con eso. Ella apartó la mirada, como si estuviera complacida y desconcertada por la idea. — ¿Tiene dolor de cabeza? Porque se frota la cabeza como si lo tuviera. No, no exactamente un dolor de cabeza... pero no le diría a la señorita Limpett que malévolas fuerzas del mal actualmente trabajaban para reclamar su mente y su alma para malos y destructivos fines, y que incluso ahora una sola voz, en particular, llenaba su cabeza con un chirrido de cacofonía con demandas, que apenas podía formar una oración. —Sí—Asintió él. —Un dolor de cabeza. —Aquí. Ella apretó el vaso que había estado sosteniendo en su mano. Estaba muy frío y refrescante y húmedo contra su palma. —Es un poco de té con menta, lo recogí en mi camino hacia abajo, y no le he tomado ni un sorbo. Tal vez lo encuentre suave. Dicen que a veces la menta alivia tales dolores. Él apretó el frío cristal contra su sien. Si sólo una ramita de menta pudiera resolver sus problemas.
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    Ella levantó lavista hacia el cielo. —Tal vez su dolor de cabeza sea el resultado de toda este peculiar tiempo que estamos viviendo. ¿Puede creer que puede hacer calor en un momento, y ráfagas de frío al siguiente? Y no ha habido lluvia. No recuerdo nada como esto antes, no en Inglaterra. La hierba ha comenzado a crujir y a ponerse marrón. —Muy desagradable—respondió él, realmente sin pensar en lo que ella había dicho, mientras ella seguía hablando. Su voz le calmaba la cabeza y precisaba silenciar las incesantes demandas. Ella reflexionó. —Uno tiene que preguntarse si el tiempo terrible en Estados Unidos está de alguna manera conectado. Es tan trágico, como lo qué pasó con las inundaciones, y la ruptura de las presas. Pasé la mañana leyendo todas las cuentas. Muchas vidas se perdieron—Sacudió la cabeza—La tía Lucinda le insistió a Trafford para que diera una generosa donación para reforzar las reconstrucciones. Los acontecimientos estaban relacionados. ¿Le creería ella si le explicaba sobre la explosión de los volcanes y las ondulaciones residuales de la fatalidad que, si se vivían intensamente, a la larga traerían la destrucción de la humanidad? Casi se rió de lo absurdo de todo eso. Él deseaba que su intuición estuviera mal, que la erupción del Krakatoa y las revelaciones de los meses anteriores nunca hubieran ocurrido, y que toda ella no tuviera ningún efecto sobre él. Nunca había querido ser mortal, pero la inconsciencia de los acontecimientos verdaderos del mundo tenía su interés. Ella inclinó la cabeza con simpatía. —Si se sentía tan mal, ¿por qué aventurarse a salir esta noche en absoluto? —Quería verte.
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    —Oh... —Ella parpadeórápidamente y miró a los arbustos. De repente se puso de pie. Maldita sea, la había ahuyentado. Pero no… ella caminó alrededor de la banca para quedar detrás de él. —Un monje del templo Bhutanian le mostró una vez a mi padre un remedio, cuando sufrió dolor de cabeza por la altitud. ¿Quieres probarlo? —Intentaría... cualquier cosa—Él la habría dejado que le cortara un dedo mientras lo tocara al hacerlo. Las yemas de sus dedos bajaron en contra de la corona de sus cabezas… vacilantes al principio, y luego se deslizaron por su pelo. Le dieron vueltas, rascándolo suavemente con las uñas. Su toque dejó un camino de placer en contra de su cuero cabelludo, que disparó un rayo caliente de placer directamente en su ingle. Él cerró los ojos, apretando los dientes contra dar un silbido. Ella dijo en voz baja: —Tiene un pelo muy bonito. De repente, ella agarró su pelo y tiró. Duro. Su boca se abrió. —Ay. No se lo esperaba. Pero para su sorpresa, cada tirón sólido, extendido aliviaba el dolor. — ¿Mejor?—preguntó ella. —Sí.
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    La mano deMark tomó su muñeca. Mina calló. Poco a poco, él puso su mano sobre el corte alto de sus pómulos, y más abajo... presionando los labios contra el centro de la palma de su mano. Sus rodillas se debilitaron. Todo en su interior se derritió. Ella movió la otra mano en su hombro. Esa también fue reclamada, atrayéndola hacia abajo para sentarla junto a él, con sus rodillas y piernas frente a las suyas en el banco. Sus pechos apenas tocaron su pecho. Él llevó la parte de atrás de las yemas de sus dedos a su mejilla, suavemente al principio. Todas las viejas advertencias hicieron eco en su cabeza, pero en esta ocasión... esta vez, ella cerró una puerta sólida en contra de ellas. Se dolía por su toque y oró porque no se detuviera. Él levantó su mentón y la besó suavemente. Un sonido peculiar salió de la oscuridad... un jadeo entrecortado. Los labios de Mark se congelaron contra los de ella. Otro sonido... esta vez un gemido masculino. Una maldición. Mina sintió la curva de sus labios sonriendo. Se apartó, con los ojos brillantes de oscura diversión. Las mejillas de Mina se pusieron calientes. Le hubiera gustado haber fingido ignorancia, pero había pasado muchas noches en hoteles extranjeros malos y tiendas de campaña. Conocía los sonidos de un hombre y de una mujer, siendo íntimos. Los sonidos provenían del grupo de espesos árboles entre ellos y la terraza. Ella y Mark habían sido atrapados con eficacia. Ella se mordió el labio inferior, mortificada. Mark se rió entre dientes. —Ah... es mejor que me quede aquí hasta que ellos… —Terminen. —Sí.
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    Se sentaron unojunto al otro, rígidos. Con las manos de Mark presionando ligeramente los hombros de Mina. Los sonidos se hicieron más fervientes y frecuentes. —Oh…—susurró Mina, levantando una mano a su boca para ahogar su nerviosa risa, pero sus pezones se endurecieron contra su camisa mientras se imaginaba al Señor Alexander tocándola de una manera íntima. Apretó los muslos contra una profusión repentina de calor húmedo. Mark puso la punta de su cabeza más cerca, murmurando contra su mejilla. —No creo que ella esté tirando de su pelo. O... tal vez lo hace. El calor de su aliento en su piel sólo intensificó su malestar. Ella volvió la cara a un lado por miedo a que le besara. — ¿Quiénes cree que son? Dedos firmes le tomaron la barbilla. Ojos azul oscuro se quedaron viendo su boca. — ¿A quién le importa? Él inclinó la cabeza a la suya. Su boca, su aliento, sus labios jugaron con ella hasta que... ella... en un delirio sin sentido de placer, se tambaleó, y apretó los labios a los suyos. Él se quejó en voz baja, desde el fondo de su garganta. Inclinó la cabeza hacia atrás sobre la almohada dura de su brazo. Con su lengua en su boca, su mano se deslizó por su cuello. Tibios dedos le acariciaron la base de su cuello desnudo, desabrochando un botón. Dos. Él la exploró un poco más abajo. Cuando su mano se deslizó entre su blusa y el corsé, ella se arqueó contra él. El cielo se rompió fuerte. Un rayo estrecho dividió la oscuridad.
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    Otro crash siguió,y una rotura de luz brillante. Voces alarmadas se levantaron de la dirección de la terraza. Aturdida, Mina abrió los ojos hacia el cielo. — ¿Es eso... un rayo? Boom. Flash. Crack. La Tierra tembló. Las ventanas encima de ellos se sacudieron. Mark se levantó, tirando de ella hacia arriba. Hábilmente abrochándole su blusa. —No estamos a salvo bajo los árboles. Su cara se había puesto pálida, y él apretó la mano a su sien. Crash. —Por aquí—Mina lo llevó por el camino, a la entrada de servicio que acababa de utilizar poco tiempo antes. Entraron, con su unión oculta por la aglomeración de sirvientes moviéndose por los pasillos traseros. Sin embargo, volteándose, él la inmovilizó contra la pared, con sus manos contra sus hombros. —Me tengo que ir—dijo. — ¿En la tormenta? ¿Por qué no espera...? —Volveré mañana—Él se veía torturado. —Mark. —Ten cuidado, Mina. Otro boom sonó. El suelo se movió bajo los zapatos Mina. Bandejas de plata y cristal se sacudieron.
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    Ten cuidado, Mina.¿Qué había querido él decir con eso? Mark la dejó en libertad, se alejó y desapareció por la puerta de servicio. Por una estrecha ventana, lo vio pasar. Él cortó a través de la puerta del jardín, y entre dos carros en espera. Su andar elegante se había vuelto anormalmente rígido e inflexible. Una lanza de rayos atravesó el cielo. El lapso muscular de sus hombros se puso rígido. Él se tambaleó.
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    Capítulo 8 Lahuella de las botas de Mark contra los adoquines hizo eco en contra de los escaparates y almacenes hasta bien entrada la noche. Su escudo se quebró en el viento. Las calles estaban abandonadas, a raíz de la demostración extrema de la atmósfera superior. La luz destelló, brillante y surrealista, iluminando la avenida. Crash. Él pasó junto a un gran montón de pavimento arrancado de la calle. Un tubo de hierro fundido sobresalía del agujero resultante. Una larga columna de fuego ondulaba y siseaba desde el extremo abierto, un cartel sorprendente para la noche. En la acera adyacente una linterna vacilaba, evidencia de una reparación interrumpida de gas. La voz trató de convertir al depredador sin su consentimiento. Él había sido obligado a dejar a Mina por temor a de pronto transformarse en un demonio descomunal con ojos brillantes y piel etérea, y todos los atributos terribles que le habían hecho un vicioso implacable, cazador. Después de haberse retirado de ella, se había entregado a la bestia que llevaba dentro. Mark sintió un patrón peculiar de movimiento en la oscuridad a cada lado de la calle... uno que no distinguió por el deterioro moral de un alma Trascendida, pero vacante de vacía. Estelar, su conciencia gruñó. No estaba particularmente en estado de ánimo de nuevos descubrimientos. Estaba, sin embargo, en estado de ánimo para matar, y como esa alma en particular no estaba ni Trascendida ni era ni brotoi, su vida era presa fácil del Centinelas de las Sombras con su abrumadora necesidad de cazar. Con los hombros hacia delante y la barbilla hacia abajo, pasó por el callejón que seguía. Inclinando la cabeza, divisó una figura saltando en las sombras más oscuras. El eco mental que
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    tenía llenó laimagen, revelando la figura enjuta de la persona que lo acechaba. Dos seres más corrieron como ratas por los tejados de encima. El poder oscuro de su hambre a raudales era como fuego por sus venas. Que vengan. Él se mordió su labio inferior, con ansias de matar. Ellos lo rodearon más cerca... Mark se transformó en sombra y salió por el lado de la bodega. Ellos chocaron como cucarachas con patas delgadas, altas contra la pared del callejón. Rozando contra los ladrillos, igual que con el golpe vicioso de una cadena, que envió cada espiral hacia abajo de su percha. La huella de las botas al aterrizar entre ellos rebotó en las paredes. Los sucios adoquines se llenaron de basura, los tres hombres yacieron gimiendo y resollando. Curiosamente, los ojos en blanco de sus cuencas eran un torbellino constante de agitación. Ellos se apresuraron a agacharse y bajar la cabeza en una desconcertante actitud de sumisión. —Levántense—dijo él entre dientes. —Mírenme a medida que mueren. En voz baja se escuchó. —Su señoría. —Nuestro amo—se hizo eco el otro. La consternación, oscura y viciosa, cortó a través de su pecho. — ¿Qué dijeron? El demonio más cercano se atrevió a levantar la cara hacia Mark. Una sonrisa bestial tiró sus labios. —No estamos está aquí para lanzarte un desafío. Hemos sido enviados para servirte.
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    Mark plantó subota contra el hombro del demonio y lo derribó. ¿Para servirle? Las palabras, la idea misma, lo molestaron. El sonido de ruedas sobre los adoquines se repitió en las paredes. Desde el otro extremo del callejón con un enorme coche apareciendo, dirigido por un equipo de cuatro personas. Volutas de vapor blanco salieron de las ruedas y de las superficies de la cabina, e incluso de las espaldas de los caballos. El vehículo era como algo que él había visto en las calles un siglo antes. Las grandes lámparas laterales se hicieron añicos. Las llamas de color naranja lamían los fragmentos irregulares de vidrio, altos y sin contención. El chofer, un tipo de rama delgada con la afección peculiar de un ojo, hundió los tacones en los pies de la cama y tiró de las riendas. Los tres demonios se levantaron de un salto. Mark se puso tenso, preparado para ponerle fin a sus vidas, pero sólo se deslizó a mitad de camino por las paredes de ladrillo, haciendo un gesto para que él lo siguiera. Quienesquiera que fuesen, sin duda sabían cómo dar una buena impresión. El chofer cayó al pavimento. Llevaba librea, de estilo de paño negro. El mismo vapor salía de sus hombros. Su traje parecía aplastado y moteado y húmedo, como si hubiera sido arrancado de un cadáver pudriéndose. Una faja ancha, negra le cruzaba desde el hombro hasta la cadera. Sobre ella, bordado en costuras color rojo, tenía el monograma “DB”. —Mi ama le ruega por el placer de su compañía—Él levantó su sombrero de copa y lo bajó. —Tu ama... —Repitió Mark. — ¿Quién es tu ama?
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    Los demonios saltaronmás de cerca, como ranas, y bajaron sobre sus rodillas. Un trueno sonó, y en un instante, se vieron como esqueletos, bañados por una luz naranja. Cuando el rayo se desvaneció, también lo hizo el efecto. Sus susurros sonaron a coro. —Ella está esperando por usted. —Esperando por usted. —Espera a unirse a usted. Mark gruñó: —Cuan halagador. El chofer, que había permanecido en su reverencia cortesana todo ese tiempo, ahora abrió sus brazos y el sombrero en dirección al carro. —Entre, por favor. Lo llevaremos. La puerta se abrió, estrellándose contra el lado de la cabina. La escalera se desplegó, sólo para desalojarse rápidamente del vehículo. Ellos cayeron con un estrépito metálico en los adoquines entonces. Un puñado de mariposas revoloteó desde el interior oscuro y se balancearon por la noche. Él entrecerró los ojos al chofer. —Llámenme mojigato, pero me gustaría saber más acerca de una mujer antes de comprometerme en una relación. Porque... ni siquiera sé su nombre. Los ojos del chofer se abrieron, con sus pupilas girando más rápido. —Ella es la Novia Oscura. Los demonios hicieron eco de “La Novia Oscura”.
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    —La conoce. —Lohace. En ese momento, Mark se dio cuenta de que la conocía. Un escalofrío de anticipación oscuro pasó a través de su pecho. Él dio unos pasos adelante para agarrar la manija y subió. El chofer lo siguió. Con un gruñido él se arrojó por las escaleras al interior. Ellos se deslizaron por el piso para golpear contra la pared al otro extremo. La puerta se cerró. El vehículo rebotó mientras el chofer volvía a su privilegiada posición, y los tres demonios se subieron a la parte de atrás. El carro salió del callejón. Debajo de él, el asiento rebotaba crujiendo, con los muelles oxidados. El espeso olor de humo y decadencia llenó sus fosas nasales. Una polilla batió contra su mejilla. Mark se movió, con cada músculo en su interior rígido con tensión. El vehículo viajó hacia el sur, pasando por el Palacio de Buckingham y por la Plaza Belgrave. El barrio de Chelsea voló pasando en una nebulosa. La oscuridad se cerró sobre el transporte de la ciudad convirtiendo a pueblos y aldeas, volviéndose campo. Con el tiempo, Mark perdió todo el sentido del paso del tiempo. Finalmente, las ruedas se sacudieron, poniéndolo alerta con el sonido característico de cruzar un puente. Otros pocos kilómetros más, y el vehículo fue más lento. Él saltó a la carretera, incluso antes de que el coche hubiera rodado deteniéndose completamente. Una puerta de ladrillo grande se levantó de la tierra. El cartel decía EMPRESAS CHELSEA DE OBRAS HIDRÁULICAS. Su conciencia se extendió, buscando en el silencioso edificio y en los árboles y en la oscuridad por cualquier
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    rastro de lapersona que lo había convocado. El aire sólo tenía el sonido del agua corriendo y del silbido de las máquinas de vapor. El lugar solo, obras hidráulicas, le daba pie a Mark a preocuparse. Las obras preveían a decenas de miles de ciudadanos de Londres con agua. Pero también experimentó un electrizante sentido de esperanza. Sus dedos se curvaron en sus palmas. Esa noche iba a compartir una audiencia con el que había tratado de arrebatar el control de su deteriorada mente por algún oscuro propósito. La Novia Oscura. Los tres demonios saltaron desde una posición en la parte trasera del carro y corrieron como niños entusiasmados hacia la puerta. Mark no vio ninguna evidencia de un equipo de noche o vigilante. Una pesada cadena y un candado colgaban en el suelo, cortándose sin problemas. Lado a lado, empujaron el portal de hierro hacia el interior. El metal se quejó discordantemente. Con los brazos aleteando, con entusiasmo lo acompañaron al atravesar. Dos enormes reservas se extendieron ante él, una al lado de la otra, separadas por una división de cemento. Desde ambos lados sobresalían un par de arcos, que él supuso servían para filtrar el flujo de entrada del Támesis. De repente, la superficie de los embalses brillaron con la aparición de lo que parecían por lo menos un centenar de lámparas de papel rojo. Que estaban arremolinadas alrededor de la corriente, emitiendo su resplandor contra el del agua dando la surrealista apariencia de sangre. Barridas casi inmediatamente contra los filtros, algunos se volcaban y se extinguían en medio de una caída de papel arrugado y empapado, mientras otras giraban a un lado a para tener una muerte más tardía. Sólo entonces él se dio cuenta de que una figura de las sombras estaba situada en el extremo lejano de los embalses, en la estrecha división de hormigón entre ellos. Él se dio cuenta de la silueta de una cabeza, y hombros, y la caída de un largo manto. Los demonios lo instaron a seguir.
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    —Preséntese—lo instó. —Deseprisa, ella espera—el otro silbó. Mark los siguió por el estrecho sendero. A medida que se acercaba, se dio cuenta de una falta de olor en el aire, como un cadáver dejado mucho tiempo en el sol, evidencia de que la Novia Oscura era, sin lugar a dudas, un alma Trascendida. —Viniste—susurró ella. La voz no era una que él reconociera. Pero claro, habló en voz tan baja... Apartándose de él, no pudo ver su rostro. La capucha de la capa cubría la parte de atrás de su cabeza. —He esperado tanto tiempo. —Qué sentimiento tan conmovedor. Lo que es difícil de devolver cuando no tengo idea de quién es usted. Él escudriñó la altura de la Novia Oscura y su forma. Por desgracia, nada se distinguía de ella o la identificaba como alguien que conociera. —Sabes quién soy—respondió ella en broma. —Cuéntame—Él se acercó. Los demonios le bloquearon el paso, pero se agacharon, con sus cabezas inclinadas. Ellos protegían a su ama, pero estaba claro que no querían incurrir en su ira. —He dicho muchas cosas... casi constantemente... pero usted es el elegido... — Su voz se sumergió abajo, en un extremo vicioso. —Ignorándome. Esa voz coincidía con la de una en su cabeza.
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    —Voltea y damela cara—le ordenó él. Sus hombros se ablandaron. Le gustaba recibir órdenes. Ella se volvió, con su manto al viento en un círculo oscuro. Desde las profundidades de la campana ella asomó una cara blanca, una máscara de porcelana, de la especie que se podía ver en un baile veneciano. Los dos agujeros para los ojos revelaban oscuridad solamente... sin visión de lo humano. Sin nada blanco, sin pupilas, sin parpadeos de piel. — ¿Te gustaron mis regalos?—Le preguntó en su tono coqueto de antes, con su respiración sibilante en contra de la porcelana. — ¿Me enviaste... regalos? —Sí, querido—le reprochó ella, sonando como cualquier otra chica normal, exasperada. —Te los entregué todos arriba y abajo del río para que no hubiera manera de que pudieras perderlos. —Mataste a una mujer y la cortaste. —No, hombre tonto. Yo no la corté. Eso sería tan... desordenado. Tengo aduladores para eso. — ¿Aduladores? Ella agitó sus manos en dirección de los agazapados demonios. Ellos sonrieron y asintieron, como perros felices a los pies de su amo. — ¿Por qué hiciste eso? —Tú sabes por qué. Piensa, querido, piensa. Está todo ahí, en tu inmortal guapa, cabeza. —Dime.
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    —Lo hice porti—cantó ella en voz baja. —Por nosotros. Las palabras en su cabeza, hablaron con tal fervor vicioso, sensual... La presentación dramática del carro y de los asistentes aduladores... Los faroles en el agua. La Novia Oscura había sentado las bases para una seducción. Los brazos y piernas cortadas, y todos los demás, no habían caído en el río para burlarse de él o atraerlo a la batalla. La perra estaba tratando de atraerlo. ***** Mina se despertó con un sobresalto. Algo la había despertado. Un sonido. Ella se tensó y fue consciente, escuchando. Al no oír nada, miró a través de la habitación su reloj. A pesar de que apenas podía ver las manecillas, parecían ser casi las tres. Ella había estado en cama durante una hora. Se había tomado ese tiempo para que la casa se calmara tras la fiesta, que había continuado en el interior por la duración de la tormenta. Después de que Mark se había ido, cayéndose por la calle, ella se había retirado a su habitación, pensativa y preocupada. Incluso ahora, se preguntaba: ¿Dónde estaría él? Ella había sospechando de él y de su interés en los pergaminos. Ahora suspiraba por él. Ardía en deseos de confiar en él. Todo en ella gritaba que él podría ser su lugar seguro. El cansancio la arrastró de nuevo hacia el sueño, un alivio, porque sin él ahí, no quería permanecer despierta en la oscuridad.
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    El sonido serepitió, un rasguño o deslizamiento contra la puerta, como si alguien caminara pasando y arrastrara sus dedos a lo largo de la madera. Se quedó muy quieta, con su estómago poco a poco convirtiéndose en nudos. Ella se incorporó, apartando las sábanas. Antes de haberse quedado dormida, había habido varias rondas de voces y pasos en el pasillo. Todas las habitaciones estaban ocupadas por invitados para la noche. Tal vez alguien se había enfermado y necesitaba ayuda. Ella prefería mirar y resolver su mente a esperar e imaginar lo que el sonido pudiera ser. Se levantó y se puso su túnica. En la puerta, miró hacia afuera. A mitad del pasillo, una pequeña lámpara sobre la mesa se había quedado encendida y daba un poco de luz. No vio a nadie. Una neblina blanca peculiar se enroscó en dirección de las escaleras. Su corazón dio un vuelco. ¿Humo? ¿Podría haber fuego abajo? Ella salió corriendo de la puerta. Más cerca de las escaleras, la cosa era más gruesa... pero no olió humo. Parecía más... niebla. No le importaba la niebla. Había visto una niebla similar con su padre en la montaña que duraba una noche. Por supuesto allí, a esa altura, las montañas se empujaban hacia arriba en las nubes. ¿Pero por qué habría niebla en el interior de la casa? El pánico se apretó en su pecho. Poco a poco, bajó las escaleras, por el lado grueso de la misma. Una puerta se cerró detrás de ella. ¿Su puerta? Ella se dio la vuelta, pensando en volver... pero una densa pared de color blanco se había cerrado detrás de ella.
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    Su mente seaceleró. Eso no podría estar sucediendo. Nada de eso tenía sentido. Ella se dio la vuelta en un círculo cuidadoso por las escaleras, rodeada tan densamente que no podía ver más allá de su brazo extendido. Es sólo un sueño, se dijo, un sueño surrealista, absurdo. En cualquier momento despertaría. Desorientada por la consumada blancura, tentó en su camino hasta las escaleras. Pasó las manos sobre la pared y se abrió camino a su habitación. Todo el tiempo esperaba manos esqueléticas, con garras que la alcanzaran y la agarraran. Se tocó el pelo y se mordió el labio inferior. Algo había hecho que se cerrara su puerta. Con cuidado, le dio la vuelta de la manija. En el interior, sólo había oscuridad. Astillas de luz de la luna fluían a través de las cortinas. No había niebla. Miró por encima del hombro. La niebla en el pasillo había desaparecido. Virando dentro, cerró la puerta detrás de ella y giró la llave en la cerradura. Encendió la lámpara. Temblando, envolvió sus brazos alrededor de ella y se volvió en la habitación. La cartera de su padre estaba en el centro de su cama. A su alrededor, en la cama, en el suelo, sobre su escritorio... estaban los restos triturados de sus papeles y cuadernos. Ella llevó su mano a su garganta, pero sólo encontró su piel desnuda. Encontró la llave en medio de la destrucción de su cama. ***** —Quítate la máscara, y déjame ver tu cara—ordenó Mark. El agujero negro lo miró fijamente, sin pestañear y sin fondo.
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    —Todavía no. —Sino confías en mí, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué te hace pensar que soy de alguna utilidad? —Eres el brotoi más poderoso de todos. El Mensajero. —El Mensajero—cantaron los aduladores, flotando entre ellas, abajo en la tierra. El disgusto onduló a través de él. ¿El Mensajero? Él no era el Mensajero. Jack el Destripador había sido el Mensajero, y cuando Archer lo había matado, ese había sido el fin de las cosas... o aparentemente, no lo había sido. Él sometió la rabia de su voz. — ¿Hubo otro mensajero antes de mí? Bajo el manto, los hombros se encogieron. —Nunca nos llevamos muy bien. Le envié varios regalos que nunca reconoció. Incluso uno enterrado profundamente en el corazón de su enemigo, un sacrificio para frustrar sus esfuerzos contra él. ¿Crees que los apreció? No, creo me gustas mucho más tú. En medio de la caza de Jack, el asesino del torso de Selene había depositado un desmembrado cadáver sin cabeza femenino, metido en la tela de un vestido, debajo de la base del Nuevo Scotland Yard. —Tú le sirves... a Tantalus—Sólo decir el nombre le ponía un sabor amargo en la boca. Debajo de la capa los hombros se enderezaron. —Tú y yo juntos le serviremos. Cada sacrificio prepara al río para su llegada.
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    La sangre deMark se quedó helada. La llegada de Tantalus. —Pero debe haber más sacrificios. Muchos más. Te necesito, mi amor. Nuestros aduladores y yo no podemos hacerlo todo solos—Su voz se enfrió. —Sin embargo, puedo sentir tu rechazo a unirte a mí. En realidad, amor, fuerzas mi mano. Mark odió preguntar. — ¿De qué manera? Desde las profundidades de su manto, se produjo un globo blanco, del tamaño de un cráneo, lleno de líquido color marrón-amarillento. Ella se giró y se dirigió lejos de él, a lo largo del separador central de hormigón. Los aduladores cayeron hacia atrás. Mark la siguió entre los siguientes dos depósitos de agua. —Novia Oscura—Realmente, ¿Cómo más se suponía que iba a llamarla?— ¿Qué es eso en tu mano? — ¿Sabes cómo funcionan estos depósitos? Él no le respondió, simplemente la siguió. Escuchando. Mirando. Ella se movía con rapidez. Volteándose ella caminó hacia atrás, perfectamente equilibrada en el angosto camino. —El agua del Támesis entra a los depósitos y corre a través de una serie de filtros—Levantó una mano y habló en un tono agradable, de conversación como de guía de museo. —En el primer depósito, hay grava. El agua se hunde a través de la grava, y se lleva por tuberías perforadas a esta segunda piscina que se filtra por grava menor y por más tuberías.
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    Entraron en eltercer y último depósito ondulando. —Y, por último, en la tercera piscina, hay un filtro de arena. —Fascinante—Mark miró el globo. —Una vez que el lodo del río se filtra a través de estos tres procesos, el agua potable y limpia es llevada a través de acueductos a la ciudad, y a todos los encantadores ciudadanos de Londres. Mark no sabía lo que estaba en su maldito globo, pero se sentía seguro de que no tenía necesidad de ir al agua. Él había sido despojado de la posibilidad de Recuperar su alma, pero se puso tenso, preparado para... —Pero no creo que los filtros funcionen con esto—Ella lanzó el balón al aire sobre el embalse. Mark dio un salto. Otro brazo se desplegó, empuñando una pistola de cañón largo. Crack. Líquido llovió. Chocando, él se fundió en las sombras. Se extendió a través de las frías profundidades, verdes, tratando de tomar el letal veneno, mientras se iba hacia abajo... Pero no había veneno. Sólo había... cerveza de jengibre. Él salió a la superficie. Con la rabia dentro de él, y murmurando con los dientes una maldición gritó. Nadó hacia un lado. La Novia Oscura lo miraba a unos pasos. —Oh, cariño, me dejaste sin aliento. La forma en que saltaste para salvar a los ciudadanos de Londres. ¿De verdad crees que mataría a toda esa gente? Yo no haría eso. Después de todo, si están muertos, ¿Quiénes se convertirán en mis aduladores? Tengo grandes planes para esta ciudad. Y para ti. Pero obviamente, no estás listo todavía.
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    Mark salió, empapado,a la cornisa de hormigón. Se frotó el agua de los ojos. Cuando los abrió de nuevo... Ella y los aduladores se habían ido.
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    Capítulo 9 Markse quedó mirando la fachada de la casa Trafford. Unos pocos coches viajaban por toda la calle, así como los corredores tempraneros se dirigían a la fila, pero Mayfair, a esa hora, todavía parecía estar frotándose el sueño de los ojos. Miró su reloj de bolsillo de nuevo. Las ocho y media. Era temprano. Demasiado temprano para una decisión correcta, pero no podía esperar más. Podía pensar en una sola forma de acelerar una relación más estrecha entre él y la señorita Limpett, y llegar más cerca a la posesión de los manuscritos. Se decía eso ahora, después de todo lo que había oído anoche, no seduciría a Mina Limpett para salvar su propia piel. La seduciría para salvar a Londres. E Inglaterra. Era muy posible que, incluso al mundo. Un poderoso brotoi había preparado el maldito río Támesis, con sacrificios humanos, en preparación para la llegada del señor oscuro desde el submundo, Tantalus. Nunca habían sido de causas más valientes, de una razón más noble, para seducir a una virgen, exuberante, inglesa. Sí, al mundo. Y sólo soy el hombre que hará el trabajo. Sus manos sudaban y su corazón saltaba a cada golpe, una indicación de que sus emociones estaban enredadas en decisión más que en lo que preferiría. Tocó el timbre. Con la tarjeta de Mark en la mano, el lacayo desapareció en los rincones de la casa. Un momento después era llevado al estudio de su señoría. Su señoría se levantó, con una bata de seda encima de su pantalón. —Estás afuera y cerca más temprano esta mañana. Mark se levantó, y los dos hombres se estrecharon la mano. — ¿La pasaste bien anoche?—Le preguntó Trafford.
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    En lugar desentarse detrás del escritorio, su señoría se sentó en el sillón junto a Mark. —Lo hice, sí—respondió Mark con cortesía. — ¿Pudiste creer esa tormenta eléctrica? Tenemos suerte de que no hubiera muertos. Todos esos truenos y ni una gota de lluvia. —Creo que la tormenta sólo sirvió para hacer la noche más memorable—La noche había sido sin duda memorable para él. —Espero que Lucinda esté complacida. —Sí—respondió su señoría, con los labios apretados en una sonrisa. —Ella... debería estarlo. Mark comenzó: —Bueno... yo... eh... —Tragó. No era propio de él tartamudear. — ¿Sí?—Su señoría arqueó las cejas hacia arriba. —Hay una razón por la que he llegado esta mañana a hablar con usted. Tan pronto, tan terriblemente temprano, que debo pedir disculpas—Mark sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente. Dios mío, él nunca sudaba. —No son necesarias las disculpas. Soy un madrugador y le doy bienvenida a la compañía—Trafford asintió y cruzó las piernas. La zapatilla de cuero colgó de los dedos de su pie. —Háblame de tu razón. Atrapado. Apenas podía respirar. —Tengo una cuestión importante qué discutir con usted. Una... propuesta
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    —Una propuesta. Quéinteresante elección de palabras—Trafford se inclinó para tomar dos cigarros de la caja de madera de su escritorio. Tomando un pequeño par de relucientes tijeras de plata, con las que hábilmente cortó los extremos. Chas chas. Uno, dos. —Me he encontrado a mí mismo golpeado por una joven de su casa. — ¿Ah, sí?—El placer calentó las facciones de Trafford. De hecho, parecía francamente vertiginoso. —Astrid estará fuera de sí. Los dos, ayer por la noche en la pista de baile. Perfección. Todo el mundo lo comentó. Mark sonrió ante la incomodidad de la situación. —Lo siento, aunque Astrid es una encantadora, encantadora chica.... —Evangeline—Los ojos Trafford se abrieron. —Incluso mejor. Es una notable conversadora. Una chica inteligente y firme. —En realidad, su señoría, me gustaría su permiso para pedir la mano de la señorita Limpett en matrimonio. Los cigarros cayeron de la mano de su señoría. ***** Mina no había dormido durante el resto de la noche. Estaba sentada en su escritorio, completamente vestida, mirando la bolsa. No había podido decidirse a tirar los cientos de trozos de hojas de papel. En su lugar, los había reunido todos y acomodado. Primero había sido la rosa, descubierta dentro de la bolsa cerrada, y ahora esto. Fragmentadas visiones se arremolinaban alrededor de su cabeza. Los ojos brillantes de la cripta. El actor enmascarado en la calle, manejando el mismo color de rosa. ¿Estaría toda esto diseñado para volverla loca? Alguien trataba muy
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    hábilmente de asustarla.Y mucho. Pero, ¿quién? ¿Un empleado o alguien de fuera de la casa? ¿O podría ser un miembro de su propia familia? No podía pensar con claridad. El recuerdo de la otra niebla hacía que se cuestionara todo. El que había organizado estos eventos serían sólo gente... ¿Verdad? Miró su bandeja del desayuno sin tocar. Como se había convertido en su hábito de mañana, recogió unos pocos trozos en la servilleta y dejó su habitación. Necesitaba aire. Necesitaba la luz del sol. Tenía que pensar con claridad y decidir qué hacer. En el jardín, un vasallo estaba en la cima de una escalera, quitando las linternas de los árboles. Aquí y allí había trozos de flores aplastadas, y perlas extrañas y poco estilizadas. Las mesas y sillas se mantenían, la tormenta eléctrica había hecho las condiciones demasiado peligrosas para guardarlas anoche. Ella se movió al otro extremo del jardín, y dio los pocos pasos hasta donde los arbustos se alineaban en la pared. Puso la servilleta, y se retiró para mirar los escalones. Los gatos no aparecieron. Tal vez estaban un poco nerviosos después de la fiesta y de la tormenta. Esperaría un poco más. Cansada, apoyó la cara entre las manos. Tal vez debería hablar con Trafford y contarle todo. Simplemente no lo sabía, y no había nadie para ayudarla a decidir. Tal vez... ¿Quizá Mark? Lo deseaba —Se han ido, ya sabes. Mina levantó la vista y descubrió a Evangeline sobre los escalones a sus espaldas, vestida con una bata rosa y rayas blancas.
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    — ¿Quiénes sehan ido?—Ella se levantó. —Los gatos. Lucinda hizo que los jardineros pusieran trampas. No los quería a todos escabulléndose en su fiesta. — ¿Trampas? Evangeline murmuró. —Siento si te gustaron. Los jardineros... bien, se aseguraron de que los gatos no volvieran. Los mataron. El dolor atravesó a Mina, una puñalada contundente de dolor. Su estómago dio un vuelco. Sus pequeños tres gatos, muertos. ¿Por una fiesta en el jardín? La miseria, agravada con sus miedos anteriores, se combinó para robarle el aliento. El cielo, las flores, la gran casona... todo se volvió gris. Tal vez debería irse. Irse a algún lugar lejos, incluso a Estados Unidos. En algún lugar donde no la conocieran. Podría tomar un trabajo como institutriz o niñera. No tenía mucho dinero, sólo lo de la venta de la pequeña casa de su padre en Manchester. Sin embargo, Mark... —Me enviaron a encontrarte—dijo Evangeline. —Mi padre quiere hablar contigo. Mina asintió. Sus brazos colgaron a su lado mientras juntas regresaban a la casa. Afuera del estudio, Evangeline agregó: —Creo que hay alguien más allí con él, pero no sé quién. Mina llamó. Al llamar a su tío, ella misma se dejó entrar.
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    Mark se levantóde una silla, sosteniendo su sombrero y sus guantes, con expresión solemne. Verlo al paralizó. No porque no quisiera verlo, sino porque todo lo que quiso hacer fue correr hacia él y arrojarse en sus brazos y llorar en su camisa por sus tres pequeños gatos tontos y un montón de notas hechas trizas. —Buenos días, Señor Trafford—dijo. —Lord Alexander. —Ven, Willomina. Por favor, siéntate—la invitó su tío. Él se movió para estar al lado de la chimenea. Mina hizo lo que le pidió. Con piernas temblorosas se sentó en la silla al lado de Mark. Él también se sentó. Un miedo repentino golpeó través de ella de que estuvieran ahí para hacerle frente sobre su padre. Su rostro... su cuero cabelludo se entumeció. Era la peor cosa que podía imaginar, que el señor Alexander, el hombre que la había besado con tanta dulzura, con tanta pasión, pensara en ella como una mentirosa, como una impostora. La expresión de Trafford no revelaba nada. —Su señoría ha llegado con un pedido especial esta mañana. — ¿Ah, sí?—Respondió ella con voz débil. — ¿Cuál? Mark la miró fijamente. Su tío parecía estar llegando a un acuerdo. En el borde de su silla, ella esperaba expectante, con sus manos apretadas en puños. —Lord Alexander—sus labios se abrieron en una sonrisa lenta, y sus ojos brillaron—ha solicitado y recibido mi permiso para pedir tu mano en matrimonio. — ¿Él... lo ha hecho?—Fueron todas las palabras que pudo decir. Su boca, su cerebro no deseaban funcionar. Miró a Mark. La intensidad de sus rasgos afilados. Él le ofreció una esperanza torcida de sonrisa.
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    —Sí, lo hehecho—confirmó. Esto no era en absoluto lo que ella esperaba. Sus pulmones se colapsaron. No podía tomar aliento. —Yo... yo no lo sé—Su lengua y labios se sentían hinchados, sintiendo la conmoción. —En realidad no nos conocemos el uno al otro. Mark asintió. De cara al Trafford, dijo: —Tal vez podría hablar a solas con la señorita Limpett. —Por supuesto—Trafford se dirigió hacia la puerta. —Regresaré dentro de poco. Cerró la puerta detrás de él con firmeza. —Sé que mi propuesta es repentina. Sé que es totalmente inesperada—Mark le agarró la mano. —Pero tengo que irme de aquí. Fuera de Inglaterra, y quiero que vengas conmigo. Mina le sonrió, y sus ojos se inundaron. —No quieres casarte conmigo. —Sí, quiero—Una expresión de desconcierto alcanzó su rostro. —Puedo decir honestamente que no hay nada que quiera más. — ¿Por qué?—Exigió en voz baja, parpadeando hacia él a través de sus lágrimas. — ¿Por qué? —Por qué todo. ¿Por qué quieres casarte conmigo? ¿Por qué tienes que irte de Inglaterra? ¿Por qué ahora?
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    —Porque te deseo.Te necesito. Es así de simple. Y tenemos mucho en común, Mina. Compartimos el amor por los lugares más auténticos del mundo, y el descubrimiento de cosas antiguas. Sé que esta ciudad no te hace feliz, igual que a mí no me hace feliz. Hay demasiadas reglas, e intrigas. Es un lugar sin alma, y deseo irme y volver a lo que siempre ha sido real para mí. Ven conmigo. —Ni siquiera me conoces—Ella sacudió la cabeza. —Soy un lío confundido. —No, no lo eres—le aseguró en voz baja y persuasiva. —E incluso si lo eres, entonces debe gustarme mucho. Tal vez soy un lío confundido también. —Hay muchas cosas... —Ella se quedó con sus manos entrelazadas. —Cosas que debería decirte, cosas de mí que no puedo. — ¿Crees que no tengo secretos? ¿Sorprendentes, terribles secretos?—Él sonrió con tristeza. —Estoy seguro que los míos sacarían a los tuyos del agua—Negó. — Los compartiremos, cuando el tiempo se sienta correcto. — ¿Y tú? No sé nada de ti, ni siquiera las cosas más simples. ¿Tienes familia? —Mi madre y mi padre murieron cuando era un niño—respondió. —En cuestión de horas uno y otro. Todo fue muy trágico y dramático. Ahora ella entendía la oscuridad subyacente que había sentido bajo su calidez contraria y pícara a su disposición. —Eso es muy triste. ¿No hay nadie más? ¿No tienes hermanos? —Tengo una hermana gemela. Estamos separados—Hizo una pausa, apretándole la mano. —Así que ya ves, ambos estamos muy solos en esta vida. Vamos a estar juntos, y a aprender el resto por el camino—Él dejó la silla, cayendo de rodillas y sus piernas rozaron sus faldas. Tomó sus dos manos. Sus manos eran cálidas, y grandes y fuertes. Su lugar seguro. —Sólo di que sí. — ¿A dónde iremos?
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    —A Europa. Ala India. Al Tíbet. A dondequiera que desees. Tal vez podría tener la aventura y su lugar seguro. Sí, su corazón susurró, tal vez... tal vez al Tíbet. Mina miró sus ojos. Sus manos se acercaron a su barbilla, una a cada lado. Doblándose, apretó los labios en sus mejillas... con sus párpados cerrados calientes, ardientes con besos, desterrando sus lágrimas. —Di que sí—susurró él. —Mina, por favor. La besó en la boca. Todo su miedo y tristeza se desvanecieron. —Sí—respondió ella. —Sí —Gracias—murmuró entre besos calientes y suaves. —Gracias, Mina. Él no declaró su amor por ella, y ella no lo necesitaba. Todavía no. Por ahora, eso era suficiente. — ¿Cuándo?—Murmuró él contra su mejilla. — ¿La semana que viene? Mina le tomó los brazos, borracha por su cercanía. —Tan pronto como sea posible. Un golpe en la puerta. Mark rápidamente se puso de pie, con su mano apoyada en su hombro. Después de un parpadeo rápido de ojos, ella también se dio la vuelta. Trafford se asomó, con sonrisa vacilante. — ¿Tenemos un compromiso?—Preguntó en voz baja. Con un apretón en su hombro, Mark respondió: —Sí.
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    Trafford sonrió, sumirada cayó a Mina, como si buscara su confirmación. Ella asintió y sonrió. Su tío abrió la puerta más, dejando al descubierto tres caras más. Todas cenizas. Todas sin sonreír. Lucinda se empujó más allá de él, a la habitación. —Trafford, no puedo creer que estés apoyando esto—se burló ella, con voz gruesa. —Apenas se conocen entre sí. Mina parpadeó, con su alegría por el momento evaporándose rápidamente. El conde levantó sus manos. — ¿Qué tiene que ver conocerse entre sí con nada? —Señorita Limpett, estoy muy decepcionada de ti—replicó la condesa. —Sólo acaba de enterrar a su padre. Ha estado de luto escasos tres meses. ¿Qué se supone que dirá la gente? Mark levantó a Mina de la silla. El firme apoyo de su mano llegó a su espalda. —No dirá nada. Tendremos una ceremonia tranquila y privada con una licencia especial. —Esos son los peores—Su mirada se desvió entre ellos. Rizos pálidos se balancearon sobre ambos lados de sus mejillas. —Tendrán a todo el mundo hablando del escándalo. —No me importa el escándalo—dijo Mark, buscando a Mina. — ¿Te importa el escándalo? —No—susurró ella. Se aclaró la garganta y repitió con mayor firmeza:—No. Los ojos de Lucinda se abrieron como platos, incrédula. Sus pechos subían y bajaban debajo del equipado corpiño de su vestido azul de la mañana.
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    —Están pensando sóloen sí mismos. El escándalo no sólo los afectará a ustedes, sino a todos nosotros. Trafford intercedió. —Lucinda, estás exagerando las cosas. Mark añadió: —Cualquier conversación morirá rápidamente. Y, además, nos iremos directamente en nuestra luna de miel, con los tailandeses. —Pues bien, creo que está arreglado, ¿no?—Lucinda miró a su alrededor a todos. A Mark y a Mina. Y a Trafford. A las chicas con cara pálida. En una voz más suave, entrecortada dijo:—Tengo que ir acostarme. Tengo dolor de cabeza ahora. Corrió por la puerta abierta, pasando a Astrid y a Evangeline, que flotaban en la esquina. No hablaron, pero sus miradas barrieron condescendientemente a Mina. Al mismo tiempo, también salieron de la habitación. Trafford se balanceó sobre sus tacones, con los brazos cruzadas en la espalda. Para Mark, dijo con complicidad. — ¿Qué tan rápido se puede conseguir la licencia? —Hoy es viernes. Creo que lo conseguiré para el martes. Su tío hizo una mueca. —Ella estará bien hasta entonces. Mark odiaba abandonar a Mina a una casa en tumulto, pero como no se casarían hasta el martes, tenía mucho que hacer... además de conseguir la licencia especial. Oró porque Lucinda, en su ausencia, no hiciera nada drástico para obligar a Mina a cambiar de opinión. Ayer por la noche, cuando la condesa se había
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    disculpado por sucomportamiento en Hurlingham, él realmente había creído que lo sentía. ¿Habría sido siempre tan maníaca con sus estados de ánimo y comportamientos? Un reloj marcaba que el tiempo se acababa rápidamente en su cabeza. Oró por no sufrir otro hechizo antes de la boda, porque sentía que con cada asalto a su mente, se volvía menos capaz de defenderse de la influencia malévola de la Novia Oscura. Su voz había estado notablemente en silencio desde anoche en el abastecimiento de agua, pero él temía que cuando regresara, lo hiciera como una venganza. Su plan era doble: en primer lugar, tenía la certeza de que una vez que estuvieran en marcha, podría ganarse la confianza de Mina y persuadirla para que le confesara todo, sobre todo los detalles del lugar donde se ocultaba su padre. En segundo lugar, sospechaba que la distancia silenciaría la voz de la Novia Oscura... por lo menos el tiempo suficiente para que él tuviera el control de los pergaminos, los tradujera y localizara el conducto. Restaurando sus poderes Amaranthine completamente, volvería a Londres, le pediría al Consejo Primordial su restablecimiento y le pondría fin a la Novia Oscura. Pero, por supuesto, el viaje no sería todo sobre su cordura. Tenía previsto hacer el amor con su nueva hermosa mujer por lo menos mil veces a lo largo del camino. Cerró los ojos, recordando el grosor de la atracción entre ellos que había sentido anoche, y aún más, esta mañana. Había vivido y amado durante siglos. Algunos amores se destacaban entre el resto. Un carruaje pasó junto a la acera donde caminaba. Sus ojos se estrecharon con sospecha, y miró a un lado. Afortunadamente, no había ningún chofer con ojos arremolinándose llevando las riendas. En su lugar, Leeson se asomó desde la cabina abierta de un coche. —Su Señoría—Detuvo el vehículo. —Entre. Mark se acercó al vehículo y se subió.
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    — ¿Cómo estuvosu propuesta? ¿Tuvo éxito con su prometida? El chofer los dirigió a una curva. —Lo tuve en verdad. Tienes noticias, ¿verdad? —Las tengo—Leeson tomó un cuaderno y leyó en voz alta algunas notas garabateadas. —Los descubrimientos de hoy a lo largo del río incluyen un pie unido a parte de una pierna. Este descubrimiento se produjo en—asomó la nariz a través de un monóculo redondo—El puente Wandsworth. Y luego tenemos la pierna izquierda recuperada en Limehouse. — ¿Todo el camino hasta los muelles West India? —Es correcto. Ambos estaban envueltos cuidadosamente en secciones de ropa, y atadas con una cadena. Mark asintió. — ¿Has podido localizar a Selene? —No, señor. Dondequiera que esté residiendo, no quiere ser encontrada. Mark asintió. — ¿Qué más tienes para mí? —Hay una revisión post-mortem de las partes del cuerpo recuperadas hasta el momento programado para esta tarde en la morgue de Battersea con el cirujano de la policía el Dr. Félix Kempster. El Dr. Kempster trabajó en el asesinato de desmembramiento en Rainham de 1887. Muy completo. Muy inteligente. Será un placer trabajar con él otra vez... ah, incluso si no se da cuenta de estamos trabajando juntos. Mark sacó su reloj de bolsillo y evaluó el tiempo. Con todo lo demás que tenía que hacer, tendría tiempo para asistir a la autopsia. Ciertamente, encontraría
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    a Selene ahí.Tenía que decirle todo lo que había averiguado acerca de la Novia Oscura. A pesar de todo, no podía olvidar que él ya no era un Centinelas de las Sombras. El misterio de los desmembramientos del Támesis, desde el principio, había sido su destino oficial, encargado a ella por el Consejo Primordial. Cualquiera de las acciones que él emprendiera en contra de La novia a su regreso a Londres tendría que hacerse en cooperación con su hermana. Miró por la ventana, evaluando su ubicación. —Gracias, Leeson. Si hemos finalizado, déjame salir en la siguiente esquina. —En realidad, no hemos terminado todavía—El hombre puso su cuaderno de notas a un lado y se frotó las manos juntas. —Tengo una sorpresa para usted. —Tengo una tarde ocupada. —Debe hacer tiempo para esto. Ya he arreglado que el chofer nos lleve allí. —Sabes que no me gustan las sorpresas, así que dímelo. —He encontrado una casa para usted. Un lugar que creo que será un refugio, y... tal vez lo pueda proteger en cierta medida de esos hechizos. De esa voz en su cabeza. Sé que la Transición no se puede detener, pero tal vez este refugio pueda disminuir los efectos cuando se encuentre en su estado más vulnerable. La descripción de Leeson despertó su interés. Sin embargo, si su viaje salía como estaba planeado, no necesitaría ningún santuario. —Eso es muy interesante, pero me estaré yendo de Londres el martes y no necesito una casa. —Sólo échele un vistazo—le sugirió Leeson, ajustando la correa de su parche en el ojo. —Eso es todo lo que le pido. Sería bueno tener un lugar preparado para su regreso con la Señora Alexander.
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    Mark supuso queestaba en lo cierto. Nunca había tenido un verdadero hogar, una verdadera base de operaciones. Había preferido el alojamiento transitorio de los tailandeses o los elegantes hoteles. La idea de crear una casa con Mina tenía su secreto, satisfaciendo su ambición. Sin embargo, Archer, El Señor Black, tenía el monopolio de la mejor dirección en la ciudad, una enorme mansión que había construido casi un siglo antes con portal sólo para que el Reino Interior existiera en Londres. ¿Cómo podría cualquier otro bien acercársele? El carro dio vuelta en una carretera lateral, transportándolos a un pequeño barrio al sur de Mayfair, no lejos del río. Desde las ventanas, Mark vio que viajaban a lo largo de una maleza densamente cubierta, una vez una gran calle. Las casas, en su mayor parte, habían sucumbido al mal estado. El coche se detuvo frente a una mansión grande. Leeson lo llevó a un corto paseo hacia una inmensa puerta negra. Muchas de las ventanas habían desaparecido. Las malas hierbas y la hierba sobresalían de la tierra, hasta la rodilla. Leeson hurgó en su bolsillo y sacó una gran llave, con forma caprichosa. —Lo único que pido es que se vea todo antes de tomar su decisión. Mark dudó en cruzar el umbral. —Cuando dijiste que habías encontrado un lugar donde podría estar seguro, un lugar de protección, esto no fue exactamente lo que me imaginé. No soy un vampiro, Leeson. No es mi estilo estar al acecho alrededor de corrientes de aire en viejas mansiones. —Venga—insistió el hombrecillo lacónicamente.
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    Mark lo siguióa regañadientes mientras Leeson le llevaba de una habitación a otra. Había dos salones, una biblioteca, un estudio y un salón de baile, todos magníficamente realzados con colores y con el papel caído y con los techos flojos. Era evidente que algún tipo de animal grande había pasado por lo menos unos pocos días viviendo en la cocina. Y recientemente. —La odio—anunció él, tapándose la nariz con un pañuelo. Nunca podría esperar que Mina viviera allí. No sólo la casa estaba en muy mal estado, sino toda la propiedad de los alrededores lo estaba también. Por no decir qué vagabundos criminales serían sus vecinos. —Le enseñaré el primer piso—Leeson fue a las escaleras. Su pie se estrelló. Él puso a prueba el siguiente. —Espere a ver la habitación principal. Una vez que quitemos a las golondrinas. Mark se quitó el abrigo. Estaba empezando a sudar. —Me voy. Con o sin ti. —Bien—Leeson rodó sus ojos. —Sólo saltaré al fondo de la cuestión. Vamos. Su estado de ánimo era cada vez más sucio, siguió al anciano inmortal a la parte trasera de la casa. Leeson se tropezó afuera, dejando un camino a través de la maleza aplastada. Parches de sobre-crecimiento puntuaban el jardín, junto con varios barriles desechados e incluso un sofá y una silla. —Vamos. Camine—Leeson llegó a un muro bajo de piedra, con una mirada alrededor de una gran piscina, y saltó a la cornisa. Llena de agua limpia, resplandeciente, la piscina al parecer, provenía de un manantial saludable. Mark se frotó la corona de la nariz.
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    —Tienes razón. Esaes una característica muy bonita, pero no es suficiente para compensar el resto de la casa. Leeson miró a través de su único ojo por encima del hombro. —Le dije que viniera. Mark obedeció, a pesar de que estaba muy cansado de seguirle la corriente al hombre, un hombre que afirmaba estar a su servicio. Leeson sacó una moneda de su bolsillo. —Aquí tiene. Pida un deseo. —No soy un niño—respondió Mark. —Está arruinando el momento—le espetó Leeson. — ¿Podría por favor, sólo hacer lo que le estoy pidiendo? La paciencia de Mark se acortó y su temperamento se calentó. —Así sea. Tomó la moneda. Con un movimiento de su dedo pulgar, el pequeño disco fue al aire, girando a través de él. Su metal brilló bajo el sol. Plunk. — ¿Pidió un deseo? Déjame vivir. El bello rostro de Mina cruzó por su mente. —Ahora mire—lo instruyó a Leeson en silencio. —Mire. La moneda descendió a las profundidades verde oscuro, con su cara pulida intermitente con cada vuelta... cada vez más débil y tenue, mientras se hundía en la carpa curiosa de dardos. Mark vio algo.
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    Inclinó la cabezay entrecerró los ojos. —Oh—Su respiración se atoró. —Ya veo.
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    Capítulo 10 Despuésde salir de la corte eclesiástica, donde hizo los trámites necesarios para la licencia especial, Mark le dio instrucciones al chofer del coche para cruzar el Támesis y llevarlo a la morgue de Battersea. Él había dejado a Leeson en la casa, a la espera de reunirse con el actual propietario. De hecho, le había dado autoridad a Leeson para negociar la compra de todas las casas de la calle. Valía la pena, al menos en el mercado mortal jamás podría acercarse al valor de la piscina adivina. Una vez que Mark derrotara a su estado de Transición y hubiera recuperado su estatus entre los Centinelas de las Sombras, volvería a Londres con Mina y supervisaría su renovación tomando las pausas necesarias para las tareas de Reclamación, por supuesto. Se prometió que en dos años la dirección sería la más exclusiva del distrito, una que le daría un ordenado beneficio. ¿Qué hacían estos pensamientos en su cabeza? ¿Pensamientos optimistas de un futuro con Mina? La ciudad pasó por su ventana, y él sonrió para sus adentros. No sabía cuánto tiempo tal futuro podría durar, pero se comprometió a hacerlo bien. Después de un viaje de media hora, llegó a la morgue. Le pagó al chofer y pasó bajo el arco central. Ahí, a la sombra en la tenue luz, se transformó en sombra. A partir de ahí siguió el olor de la muerte hasta que llegó a la sala mortuoria. El Dr. Kempster estaba con dos caballeros de traje oscuro. Mark los rozó, consiguiendo sus nombres: Eran los Detectives inspectores Regan y Tunbridge. Moviéndose más en el interior, se topó directamente con la sombra de Selene. Sintiendo el filo de su furia, tomó una posición en el lado opuesto de la habitación.
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    —Gracias por venir,señores—dijo Kempster, con un aspecto de distinguido caballero con bigote. —Supongo que deberíamos continuar con nuestro terrible negocio. Se movió al centro de la sala, donde una serie de tubos de metal pequeños y profundos ocupaban una mesa larga. —Prepárense—advirtió. —Hemos mantenido las partes recuperadas en formol para frenar su decadencia. La habitación no tenía ese delicioso olor en primer lugar, pero ambos detectives sacaron pañuelos de su bolsillo con los que se cubrieron la nariz y boca. Cuando todos se habían preparado, el cirujano de la policía levantó la tapa del primer recipiente. El fuerte hedor del formol, subrayado por la descomposición, pasó a través de la habitación. El Detective Tunbridge tosió. El Dr. Kempster no pareció afectado en absoluto. Mark sabía que no era la primera vez que veía una obra tan viciosa. —Acérquense para que puedan ver. Los detectives se acercaron y miraron el turbio líquido. Mark ya estaba allí. Su hermana lo quitó de esa posición. Teniendo en cuenta que el asesino del torso sabía que se llamaba La Novia Oscura, y que era la asignación de Selene, cedió su espacio y de nuevo se movió al otro lado de la mesa. — ¿Qué es eso?—Preguntó uno de los detectives. El médico señaló con el dedo.
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    —El muslo descubiertoen Battersea. Esta es la parte superior y esta la inferior. ¿Ve aquí? Hay cuatro golpes que parecen hechos con dedos apretados en la piel. Creo que esto ocurrió mientras la víctima aún estaba viva. El médico guió a los detectives a través del resto de las partes del cuerpo recuperado, abriendo y cerrando cada tapa mientras que se movían a lo largo. Un tronco... una sección de pierna derecha con el pie unido... y, finalmente, la pierna izquierda. — ¿No hay cabeza? —No. — ¿Igual que el torso, que fue descubierto en New Scotland Yard el año pasado, en el Terraplén del Támesis en 1887? —Es correcto. —Pueden ver aquí... los moretones. Ella llevaba un anillo en el dedo. —Debe de haberle sido quitado poco antes, o incluso después de que la asesinaran. —Sus manos. Sus uñas fueron mordidas rápidamente, pero no hay callos. No las usó en su trabajo. Está claro que no era una trabajadora manual. A pesar de que Mark ya conocía la identidad del asesino, al menos en la medida en que era la Novia Oscura, sentía que le debía a la mujer, su respeto y su atención. Después de todo, su cuerpo había sido depositado a lo largo del río, en un extraño acto de homenaje para él. El doctor volvió a poner la tapa de la bandeja final.
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    —Creo que estaránmuy interesados en ver la ropa que llevaba. Creo que las sobras nos ayudarán a identificarla. En realidad, hay un nombre figurando en una pieza en particular. Síganme. Los dos detectives, seguidos por la sombra de dos inmortales invisibles, lo siguieron hasta la siguiente mesa. Allí, grandes secciones de piezas de tejido cortadas de ropa se extendían para su examen, cada una con manchas débiles de sangre diluida por el agua del río. Mark cerró los ojos, y luego apretó los dientes. Dos de las piezas cortadas, una de un oscuro Ulster, y la otra un cuadro de linsey color marrón... coincidían con la ropa que había usado aquella noche la chica en el puente. — ¿Ven las iníciales estampadas en la cintura de esta pieza de lino?—El médico dijo. —“L.E. Fisher”—, dijo el detective Regan. Tunbridge escribió el nombre en su informe. Sin embargo, Mark sabía otra cosa. El nombre de la chica había sido Elizabeth. Elizabeth Jackson. Probablemente, tras la investigación, encontrarían que su ropa había sido comprada de segunda mano y sellada con el nombre de su propietario anterior. Mark no quiso mirarla más. Sí, él había pasado dos siglos como Centinelas de las Sombras, y durante ese tiempo había visto cadáveres... muchos, en las peores condiciones. Pero había estudiado los ojos de esta joven mujer. Le había dado esperanza... y ella le había dado lo mismo. Eso de haber sido reducido a un monstruo de piezas de rompecabezas irregulares lo llenaba de rabia. Dejando a Selene con los oficiales, Mark se precipitó a la sala. Barrió la oficina vacía sólo lo suficiente para transformarse a forma humana, y luego se dirigió a la
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    calle. Allí, conla palma de su mano plantada contra una columna de ladrillo, inhaló el olor de la ciudad, sustituyendo el olor de la muerte en su nariz y pulmones. Aún así, el hedor se aferraba a su ropa y piel, tan fuerte como su recuerdo reclamaba su mente. Ella había sido una muchacha sencilla, pero no se merecía una muerte tan horrible. ¿Estaría su sangre en sus manos? Había ayudado a que las chicas dejaran la arrogancia como una forma de mostrarle a la Novia Oscura que estaba en control. De esa manera, ¿Habría marcado la muerte de Elizabeth? Sí, ella había tenido la intención de quitarse la vida, pero sin duda la Novia Oscura tenía que saber que con el tiempo se sabría la identidad de la víctima. ¿Podría enviarle un mensaje más claro que era ella la que tenía el mango en su mano? —No vuelvas a hacerlo. Mark se volvió. Selene lo miraba desde el escalón más alto. Llevaba un vestido marrón de rica seda, y un sombrero de paja de verano, lujosamente adornado con flores en color naranja y verde y una cinta. Como siempre, su hermana gemela parecía una reina incluso en el más macabro de los alrededores. ¿Quién más podría llevar algo así para ver un cadáver? —Conocía a esa chica—replicó él oscuramente. —Ahora tengo un interés personal en esto también. —Tú no tienes nada—dijo ella entre dientes. —Nunca vuelvas a poner un pie en mi territorio otra vez. Ni siquiera eres más un Centinela, por lo que no tienes derecho. —No estoy tratando de robarte tu asignación. —No podrías aunque lo intentaras—Ella le dio un alboroto y salió fuera. Él la alcanzó, caminando junto a ella.
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    — ¿Tienes ideade quién es tu asesino? Ella le lanzó una mirada oscura. Mark dijo: —La conocí anoche. Se volvió hacia él. La bolsa de plata en su brazo brilló. — ¿Te reuniste con sus tontos, pequeños ojos-de-perro aduladores también? Levantando sus brazos, ella movió el dedo índice sobre sus ojos. —La Novia Oscura. Quiere conocerte—se burló ella. Selene siempre había sido buena con las impresiones. Mark se enderezó, decepcionado. —Veo que ya la has conocido. —Fugazmente, y en varias ocasiones. Sólo está detrás de ti debido a... —Selene levantó la mano junto a su boca, como si compartiera un secreto—que no le gustan las chicas, si entiendes lo que quiero decir. Ah, y también estás perdiendo tu cabeza inmortal, lo que te hace el primer hombre a sus ojos. Estoy segura de que tu buen aspecto y pedigrí familiar no le dolerán tampoco. — ¿Qué sabes de su verdadera identidad? Selene contestó bruscamente. —No es asunto tuyo criticarlo—Con el dedo, pinchó su pecho. —Ella es mi objetivo. El mío. No el tuyo. Bien, de todos... así, excomulgado de los Centinelas de las Sombras, debes entender que los límites deben ser respetados, a menos que estés ya muy lejos para recordarlos.
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    —No lo estoy—replicóél. —Y lo recuerdo. Jack el Destripador había sido originalmente su misión. Después de una petición personal a su Alteza, la reina Victoria, Archer, su favorito desde hace mucho tiempo, había intercedido en la caza. La invasión masiva de su territorio de caza le había picado. Selene parpadeó y miró a través de la calle. —Supongo que eso es todo lo que tenemos que decirnos, entonces. —No del todo—Él se deslizó alrededor, con lo que quedaron cara a cara. — Tienes razón. La caza te pertenece a ti. Y me iré. Saldré de Inglaterra. Cuando regrese, estaré como nuevo. Plenamente reincorporado a los Centinelas. Si no la has Reclamado para entonces... Yo lo haré. Es una advertencia justa, Selene. Ella soltó un bufido. —Que tengas un deterioro mental agradable. Espero que sólo me veas de nuevo una vez que haya recibido el firme pedido de tu asesinato. En ese momento, un coche enorme negro, tirado por cuatro caballos monstruosos, rodó hasta la acera al lado de ellos. Un escudo pulido brillaba en la puerta, con un cuervo negro en su centro. En el interior sombreado, Mark percibió la silueta de un hombre alto con amplios hombros. —Es hora de que me vaya—dijo Selene, alejándose de él hacia el vehículo. Mark hizo una mueca de desagrado. — ¿Uno de los Ravens, Selene? Los Ravens eran un regimiento especializado en la Orden de los Centinelas de las Sombras. Constaban de ocho guerreros inmortales que, en el año 1066, habían
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    dado un juramentopara proteger al reino de Inglaterra de la destrucción y de la anarquía, y a su monarca reinante de cualquier daño. A través de los siglos posteriores, los Ravens habían chocado continuamente con los jefes de sus compañeros de los Centinelas de las Sombras sobre el territorio, favor y prestigio. —Adiós, Mark—respondió ella con firmeza. ***** — ¿Estás segura, Lucinda, que quieres que me ponga tu vestido de novia?— Mina estaba sentada en el borde de su cama, mirando hacia abajo a la caja grande y brillante. Anidado en el papel de color rosa pálido estaba el vestido más bonito que hubiera visto. —Insisto en ello—dijo Lucinda complacida. Si bien todavía no muy alegre por la ceremonia planeada para esa mañana, Lucinda se había suavizado considerablemente, y arrojado a sí misma a la tarea de que Mina que tuviera un buen día de boda. —Gracias, su señoría. —Está hecho por Jacques Doucet—anunció con orgullo la condesa, poniéndolo por sus hombros. Ella cubrió el satén de seda brillante de la colcha. —Los diamantes y las perlas son de hecho reales. Astrid y Evangeline se acercaron para admirar el vestido también. Se había tardado tan sólo dos días para comprar el ajuar de Mina. Ella no había, por supuesto, ido a París, pero la mujer en el mostrador de la ropa interior le había asegurado a Lucinda que estaba lista para llevar corsés, camisones, cubre
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    corsés, faldas ycamisas que habían comprado y que todas llevaban una etiqueta probando un origen parisino. —Es hora—dijo Lucinda, señalando el reloj. —Te ayudaremos a vestirte. Mina se quitó la bata y se puso en su lugar mientras Lucinda, con la ayuda de Astrid y Evangeline, le bajaban la falda y la blusa por encima de su cruda ropa interior. Lucinda meticulosamente alineó los botones, y la imagen de su intención tomó forma. Lucinda se levantó por encima del hombro de Mina, en el espejo. —Esto encaja a la perfección. Bueno, casi. —Se puso de rodillas y le ajustó la falda. —Si hubiéramos tenido más tiempo, habría hecho que la modista le hubiera cogido dos centímetros. Dobló el dobladillo hacia fuera y se detuvo. —Mina, ¿qué es esto? No me digas que es tu vieja enagua—Pellizcó un poco de encaje. Mina miró hacia abajo. —Es algo viejo. Además, me gusta. Creo que tiene buena forma. Lucinda se levantó. —Supongo que todos tenemos nuestras propias supersticiones. Es demasiado tarde para que te cambies de todos modos. Todo, excepto tu traje de viaje se ha embalado en el maletero. Ahora siéntate—Señaló el tocador. Ahí, Lucinda bajó un velo de encaje de Bruselas sobre el cabello de Mina. La condesa se bajó para mirar en el espejo al lado de su cara. —Eres una hermosa novia—la felicitó. Sin embargo, no sonrió.
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    Un sollozo sonódetrás de ellas, y Astrid salió corriendo de la habitación. Evangeline la siguió, deteniéndose en la puerta. —Es una terrible envidiosa. Lloró toda la noche, diciendo una y otra vez que era nuestra primera temporada y que debería ser una de nosotras la que se casara hoy. Siguió a su hermana. —Oh, Dios mío—dijo Mina con el ceño fruncido. —No me había dado cuenta. Lucinda le acarició la mejilla. —No dejes que Astrid te ponga los ojos rojos y llorosos en este día tan especial—Encontró de nuevo los ojos de Mina con reflexión. —Permíteme hacer eso en tu lugar. Mina le devolvió la mirada, estupefacta. — ¿Por qué dices algo así? Los ojos de Lucinda se pusieron brillantes y crueles. —Creo que sabes la verdad, Mina. Eres una mujer joven y perspicaz. Mina no habló. La condesa reparó algún defecto inexistente en el peinado de Mina. —Tu atractivo futuro marido... Bien, tuvimos una relación bastante apasionada. Pero me casé con Trafford en su lugar. Mark te está usando, Mina. Te está utilizando para castigarme por mi elección. Quiero que recuerdes eso hoy mientras estés de pie junto a él, diciendo tus votos.
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    La condesa seechó hacia atrás. En la cama, cruzó la tela y levantó la caja de la colcha. Mina recordó a Mark y su breve tiempo juntos en el estudio después de su propuesta. Se acordó de sus besos apasionados y de sus palabras profundamente serias. Lucinda se detuvo en la puerta, con su rostro como una máscara de fría satisfacción. —Dejaré que te recuperes por unos momentos. —No, estoy lista—respondió Mina de manera uniforme. Se puso de pie y enderezó los hombros. Pasó junto a la condesa, con el mentón en alto. —Lista y recuperada. Mark tomó las escaleras de la casa Trafford. Detrás de él, Leeson bajó desde su puesto junto al lacayo que había contratado y lo siguió a un ritmo ligeramente menor. El lacayo abrió la puerta. Mina estaba en la parte superior de la escalera. Su pecho se oprimió, incluso le dolió un poco con la vista de su belleza brillante. Ella sonrió, viéndose igual de feliz de verlo, y voló por las escaleras a su encuentro. Teniendo en cuenta la conveniencia de su boda, no esperaba que ella se pusiera un vestido real de bodas. Si el vestido había sido prestado o comprado ya hecho, el satinado grueso se aferraba a sus pechos, a su cintura estrecha y a sus calientes caderas, como si hubiera sido diseñado especialmente para ella. No fue hasta que le tomó la mano que se dio cuenta de que Lucinda, tenía la cara tiesa y pálida, detrás de ella, llevaba un ramo de rosas blancas. —Ya tienes las flores—dijo él. —No lo sabía, así que traje un ramo de flores también.
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    Le indicó aLeeson, que sostenía un enorme ramo de orquídeas blancas y lirios del valle, con adornos de encaje. Ella sonrió. —Me gusta más el tuyo. También se había detenido por la oficina de su banco y hecho que sacaran el anillo de su madre de su caja fuerte. La caja actualmente le quemaba un agujero en el bolsillo. Confiaba en que la banda de oro, que mostraba una flor de loto abierta con una piedra turquesa grande en su centro, la valiera al delgado dedo de Mina. Leeson le presentó las flores a Mina con un broche de oro a lo largo de su antebrazo. Mark dijo: —Este es el Señor Leeson. Será mi testigo oficial. —Gracias por venir, Señor Leeson—dijo ella. Mientras Mark la escoltaba hacia el salón, ella le susurró—Me resulta familiar. En una hora la ceremonia había concluido y todos los papeles necesarios habrían sido firmados y atestiguados. También disfrutaron de un pequeño pero elegante almuerzo. Más bien, él y Mina disfrutaron de la comida, mientras Lucinda, Astrid y Evangeline permanecían rígidas en sus sillas, tomando su comida. Trafford se había visto visiblemente avergonzado. Mark abrió sus sentidos inmortales y captó todo tipo de pensamientos envidiosos y rencorosos, la mayoría dirigidos hacia Mina, pero Mina, por su parte, parecía felizmente ajena. Mejor aún, ella no podía dejar de mirar hacia abajo a su anillo. El desprecio de las damas hacia Mina inspiró un brillo agudo de ira en su pecho, pero todo lo que importaba en ese día era que ella estaba feliz, y que llegaran a los Thais lo suficientemente temprano para hacer su camino por el Támesis antes del anochecer. Si podían salir de la casa sin ningún tipo de
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    enfrentamientos, o algunacomida lanzada, habría contado con que su boda había sido un éxito. No había podido evitar ver con recelo por la ventana al clima antes de partir. Había demasiadas cosas que podrían salir mal. Si sufría un hechizo, eso podría retrasar su salida. Leeson, quien los acompañaría en su viaje, se le habían dado instrucciones para interferir de forma discreta y llamar la atención por cualquier comportamiento anormal de parte de Mark. En la actualidad, Mark se paseaba por la base de las escaleras, esperando a que Mina bajara. Trafford esperaba con él, tratando de entablar conversación. Los sirvientes ya habían subido sus equipajes y en la actualidad Leeson supervisaba las operaciones de carga en el autobús de la ciudad. Finalmente, ella apareció en la parte superior de la escalera, vestida con un traje negro de viaje. Nadie había estado nunca más hermosa en negro, pero no podía esperar a llenarla con todos los vestidos y joyas y atavíos femeninos que su belleza merecía. Después de una ronda de despedidas cordiales, Mark acompañó a Mina al coche que había alquilado para la tarde. Leeson se subió a la banqueta al lado del chofer. Una vez que la puerta se cerró y que estuvieron solos, Mark acercó a Mina a su lado. Todos los días había esperado ese momento. Los músculos a lo largo de los lados de su estómago se tensaron con una toma de conciencia extendiéndose hasta su ingle. —Señora Alexander—Él presionó sus labios en su sien. —No puedo esperar hasta que estemos solos esta noche, en nuestro camarote, cuando puedo sacarte todo ese cabello de tus broches. Sus ojos oscuros se volvieron límpidos. —Mark... Él le levantó la barbilla y se inclinó.
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    Ella se apartóbruscamente, con una distancia en sus ojos que no había estado allí antes. — ¿Qué sucede?—Preguntó él. —Tengo que hablar contigo acerca de algo. —Adelante—Él levantó el mentón, pero la mantuvo estrecha, dentro de su posesivo abrazo. —Momentos antes de la ceremonia... — ¿Sí? Ella tragó. —La condesa me informó que te estabas casando conmigo sólo para castigarla. — ¿Ella dijo eso?—La ira irrumpió en sus mejillas, y quemó sus fosas nasales. — ¿Esta mañana? ¿Justo antes de que nos casáramos?—Nunca había sospechado que Lucinda fuera tan maliciosa. — ¿Es cierto?—Preguntó ella con solemnidad. —No lloraré o te maldeciré ni te golpearé. Sólo tengo que saberlo. —No. No es cierto. Lo cierto es que ella y yo compartimos una temporada de coqueteo en el pasado, antes de estuviera desposada con Trafford. Nos besamos, pero eso es todo. Ella examinó su rostro. — ¿Y eso es todo lo que hay en su reclamo? —Te lo juro.
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    Mina se estiróy tocó con la punta de sus dedos el centro de su pecho. Sus ojos eran bochornosos. Agarrando su corbata, lo acercó y le dio un beso en plena boca, con sus exuberantes labios reclamando los suyos. Volviendo la cara ligeramente a un lado, le susurró. — ¿Qué estabas diciendo acerca de esta noche? Muy pronto llegaron a Cadogan Pier. El Thais brillaba a la luz del sol, con su casco recién raspado y pintado, y con todos los accesorios de latón y níquel pulidos hasta tener un brillo radiante. Su equipo recién adquirido estaba preparado en la cubierta. Mark llevó a Mina a lo largo del paseo marítimo, tomando con el orgullo la forma en que ella fácilmente andaba por estrecha la pasarela, como si lo hubiera hecho miles de veces. El nuevo capitán y los diez tripulantes, vestidos con crujientes uniformes blancos, los esperaban. Se hicieron las presentaciones a lo largo de la hilera. Mientras los baúles de Mina estaban siendo llevados a bordo, Mark la llevó a un breve recorrido por el barco. Comenzaron por el salón principal, una sala amplia con paredes verdes esmeralda, con grandes espejos, obras de arte y molduras. — ¿Cuántos camarotes hay?—Preguntó ella. —Además del alojamiento de la tripulación, hay seis habitaciones individuales y cuatro dobles. Suficientes para albergar a quince-veinte personas. —Es maravilloso—respiró Mina. —No puedo creer que esté aquí. Por una escalera interior, él la llevó bajo la cubierta de la cabina principal. —Este puede ser tu camarote—En oro y blanco, la habitación, mientras era íntima, rezumaba confort y elegancia. Dos portales ofrecían una visión de la orilla del río. —O puede ser... nuestro camarote.
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    Sus ojos marronesbrillaban en clara invitación. —Nuestro camarote, Mark. No me casé para tener habitaciones separadas. Él la apoyó contra la pared, deslizando sus dedos en el pelo grueso a lo largo de su nuca y se inclinó para besarla. Cuando respondió, él volvió su rostro, profundizando la intimidad. Su otra mano se deslizó hasta su torso para tomar su pecho. Ella suspiró y dio un pequeño gemido. Sin duda, en cualquier momento, podrían ser interrumpidos por un miembro de la tripulación para entregarles sus baúles. Él se retiró, colocando un beso más en su boca. Pasó su pulgar por encima de su húmedo labio inferior. —Me han dicho que hay champán para disfrutar mientras comenzamos nuestro camino. Encima de la cubierta, observaron desde la barra mientras el Thais se alejaba del muelle. A lo largo de la zona del embalse del río Támesis dos galeras de Policía dragaban el río. Mina frunció el ceño. —Están buscando restos de esa pobre chica, ¿no? Mark asintió. El domingo, dos días antes, otro de los muslos de Elizabeth había sido descubierto dentro de las rejas ornamentales de la finca privada de Sir Percy Florence Shelley, hijo de Mary Wollstonecraft y Godwin Shelley, un autor cuyo legado incluía una pieza oscura de ficción sobre una criatura hecha de partes de cuerpo robados de cadáveres. La Novia Oscura claramente tenía un sentido del humor mórbido. Durante las siguientes dos horas, vieron los edificios del Parlamento y el Big Ben pasar, así como la Torre y todo el resto de monumentos reconocibles de
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    Londres. Detrás deellos, una mesa pequeña se había establecido entre dos sillas de respaldo alto. El portero sacó dos copas de cristal y vertió la mitad del oro líquido espumoso antes de presentárselas a Mark. Mark le dio una a Mina, y se levantó. —Por esta nueva aventura juntos. Sus ojos castaños brillaron con anticipación. — ¿A dónde iremos primero? —Ya te lo dije es tu decisión. — ¿Tienes mapas?—Ella miró por encima del agua. —Lo decidiré en el momento en que dejemos el Támesis. Vuelve a mí. La voz explotó en el interior del cráneo de Mark, y con ella, rompió una explosión de dolor. El aire salió de sus pulmones. La cubierta se inclinó. Él se sujetó. Mina levantó la vista. La sonrisa cayó de sus labios. —Mark, ¿qué pasa? Él negó. —Nada. ¿Nada?, gritó la voz. Su copa de champán cayó sobre la cubierta y se hizo añicos. El dolor atravesó su cerebro y abajo en su columna, como si el veneno de su cabeza tratara de invadir el resto de su cuerpo. Sus piernas se debilitaron, y con todas sus fuerzas luchó por mantenerse en pie.
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    —Todo está bien.Recárgate en mí. —Agarrándolo del brazo, lo guió hasta una silla. Leeson apareció y se apresuró a ayudarla. Mina se arrodilló junto a él, presionando su palma a su cara. Al portero, le dijo— ¿Podría por favor traerle a su señoría un poco de agua? Una vez que el hombre salió corriendo, ella dijo: —Esto te ha ocurrido antes, ¿no? Esa noche en la fiesta. Estás enfermo. ¿Es algo que contrajiste en tus viajes? ¿Es malaria? Mark cerró los ojos, incapaz de responder, ni siquiera asentir. Ya la siguiente ronda de agonía estaba desollando su interior. —Estás tan pálido—dijo Mina con preocupación. La preocupación se alineaba en su frente. —Yo te cuidaré. Leeson flotó detrás de ella, con la frente sombría. Mark presionó de nuevo la silla, rechinando los dientes contra el dolor. Tú me perteneces. —Es cada vez peor, ¿no?—Preguntó Leeson, pero sus palabras se desvanecieron. Mark vio a Mina decir su nombre, pero ya no pudo escuchar su voz por el grito dentro de su cabeza. De repente, el barco se sacudió y vibró. Él sintió el crujido de los motores, a través de las plantas de sus pies. Los motores se detuvieron y la nave se retrasó. Una columna de humo negro se derramó desde el lado de la nave.
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    Capítulo 11 Conla poca luz de una solitaria lámpara, Mina caminaba en su recamara en La Casa Trafford. Había colocado la bolsa de cuero que contenía el peine de Mark y sus artículos de afeitar en su tocador. La verdad era que había fantaseado acerca de él aquí en su cama, pero no bajo esas circunstancias... no como si estuviera aquejado con alguna aflicción no identificada. Afortunadamente, Trafford había escoltado a Lucinda y a las chicas a la feria, así que no había habido preguntas comprometedoras. Él yacía en la cama, con su mano apretada sobre sus ojos. Ella procedió a colgar su abrigo en el vestidor. En el momento que el Thais había sido remolcado al muelle, era demasiado tarde. Simplemente Mina había dado instrucciones al chofer de llevarlos allí. No había necesidad de exponer a Mark a un vestíbulo y a unos ojos curiosos. —Para ya de pensar en eso—dijo él desde bajo el dosel. Yacía en las sombras, observándola, apoyado en un codo. —Nos quedaremos una noche. No es como si estuviéramos construyendo una casa. —Pensé que te habías quedado dormido—contestó ella. —No. Era tan atractivo, con su pelo veteado y desordenado escondido detrás de su oreja. Ella siempre había considerado su cama tan excesivamente grande, pero él yacía en diagonal a través del colchón y sus botas sobresalían al final. Mina se sentó en la orilla del colchón a su lado. — ¿Te sientes mejor?
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    —Vergonzosamente sí—Él fruncióel ceño. Claramente, tenía un humor de perros. Ella sabía que él estaba frustrado por la aparición de su enfermedad, y por el retraso de su viaje. Tal vez su estado de salud había sido uno de los secretos oscuros y profundos al que se había referido en el estudio de Trafford. Pero como ella le había dicho, se haría cargo de él. Era su marido ahora. Ella sonrió. —Yo, por mi parte, estoy contenta de que el motor haya explotado. Sé que te costará una bonita cantidad repararlo, pero es importante que veas a un doctor sobre esos hechizos antes de que viajemos a una zona aislada donde no haya médico con quien hablar. Él no respondió. Frunció el ceño como un niño hosco. —Mark. —Está bien. Veré al doctor si eso te complace. —Me complacerá. Y después, regresaremos a bordo del Thais para tener nuestro hermoso viaje. Pero ahora es tarde—Soltó y le desató la corbata, sintiéndose muy esposa. —Tienes que estar agotado. Vamos a la cama. Ella desabrochó el primer botón, el que cubría su garganta, y reveló un triangulo de firme y dorada piel. Se mordió el labio inferior, y continuó con el segundo botón. Abruptamente Mark le arrancó el corpiño, soltando el botón ubicado al centro de sus pechos. Ella miró abajo. La tela se abrió, revelando una visión de su corsé cubierto de lino por debajo. — ¿Qué estás haciendo?—Ella rio suavemente. Pero claro… ella lo sabía. —Necesitas ir a la cama también, ¿no?—Algo oscuro relució en sus ojos.
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    Ella desabrochó eltercero. Mark arrancó otro. Su ceño fruncido había disminuido y su atención a sus senos había crecido. Otra andanada de botones arrancados y sus dos prendas estaban abiertas hasta su cintura. La respiración de Mina se hizo más rápida. Mark ni siquiera la había tocado, pero su intensidad, sus ojos clavados en ella, su caliente atención, todavía excitaba su cuerpo vestido con cada sensación… con una deliciosa abrasión de su camisa contra sus pezones y la cinta de raso de sus medias, atada alrededor de cada muslo. Largos dedos y uñas cuadradas se deslizaron debajo de la correa de su camisa para acariciar las marcas creadas por la estrechez del corsé. Mina se balanceó hacia él, mareada por un calor febril. Mark sabía que Mina sería aún más hermosa sin sus ropas que con ellas. Ella se sentó a su lado, como un misterioso regalo envuelto en capas y capas de fragante, embalaje femenino. No podía esperar por deshacerse de cada punto. Cada nervio en su cuerpo rugía vivo en anticipación de hacerle el amor... casi ahogando la asombrosa comprensión de que estaba atrapado en la ciudad, de que era un virtual prisionero de la Novia Oscura. Con una intensidad furiosa, deseaba nada más que perderse en el sensual olvido del cuerpo de Mina. Enganchando dos dedos en la más bella muestra de escote que jamás había visto, tiró de su corsé, para un beso. Su boca era suave, abierta y expectante. Inclinando su cabeza, él profundizó el beso, con su hambre voraz y que lo consumía todo. —Te he deseado…de esta forma… desde el principio. Desde el cementerio. Demonios desde que la había visto en ese salón pequeño en Manchester, seis meses antes. Que deberían estar juntos se sentía algo así como el destino. Tomándola por debajo de los brazos, se dejó caer sobre las almohadas, arrastrándola encima de él. Dios, ella era suave y exuberante... una deseosa y brumosa belleza de ojos pintados de negro. Con avidez, metió sus dedos en el pelo
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    fresco y suavede su nuca, y la atrajo hacia abajo. Saqueó su boca, con su pulgar presionando contra su labio inferior, más decido que nunca de unirla a él, para tener una medida de progreso hacia su objetivo final. —Mark…—ella susurró contra sus labios. Sus dedos se curvaron en la parte delantera de su corsé. Él tiró de la tela rígida hacia abajo. Liberados de sus confines, sus pechos se derramaron. Él hizo una pausa en su beso y con audacia dio un vistazo hacia abajo. Sus pechos sobresalían plenos y juveniles, enmarcados por su ropa interior. Pezones de color rosados frambuesa rozaron su camisa. — ¿Sabes cómo de hermosa eres, Mina? Tomándola por el torso, la levantó y tomó uno en su boca. Lo succionó acariciando el rígido pico con tres golpes concisos de su lengua. Ella gimió y pasó sus dedos por su cabello. —Mark... —susurró cerca de su oreja. — ¿Estás seguro de que eres capaz? Él se dio la vuelta, atrapándola debajo de él, gozando de la aglomeración de sus pechos, tan suaves, contra de la dureza de su pecho. Apoyado en un brazo, le quitó un alfiler de su cabello. —Yo quiero… Él sacó otro. —Mi maldita… Y otro. —Noche de bodas. Él se agachó por otro beso.
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    —Espera—Ella se pusorígida en sus brazos. —No—murmuró él, besándole el cuello, saboreando su piel con sus labios y lengua. —No más espera. Ella presionó las palmas de sus manos contra su pecho. Forzó a su mirada a encontrar la de ella. Sus ojos estaban brillantes, su sonrisa, aturdida. —Tengo un vestido especial, solo para esta noche. —Eso no es importante—Él estaba tan duro y tan a punto, que podría penetrarla incluso a través de sus malditos pantalones. —Es importante para mí—respondió ella con suavidad, deslizándose debajo de él. —Quiero que todo sea perfecto. No quiero decepcionarte. Ella tiró de su corsé para cubrir sus pechos, pero su cuerpo aún se hundía seductoramente. Él quiso saltar. Frunció el ceño, consciente de que debía ser un amante gentil… al menos esa noche. —Muy bien. —Regresaré. —Date prisa. Con ojos brillantes, ella desapareció dentro de las profundidades oscuras de su vestidor. Mark se arrancó la camisa de sus hombros y arrojó la prenda a la silla. Con los dedos del pie, se sacó una bota, y luego la otra. Colapsándose de regreso en la cama, cerró los ojos y se defendió de los pensamientos de la realidad mórbida, eligiendo imaginar cómo se vería ella en esos momentos, estar dentro de su suave y acogedora esposa.
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    Cuánto tiempo habíapasado, no estaba seguro, pero… algo revoloteó por su piel desnuda. La esencia de rosas perfumó el aire. Los ojos de Mark se abrieron de golpe... sólo para ser cubiertos por una franja de fría… oscura…tela. Su corbata. La banda se apretó como si unas manos invisibles amarraran las puntas por detrás de su cabeza. Ella se sentó a horcajadas sobre él. —Mina… —Shhhhhh. —Su frío dedo presionó contra sus labios, silenciándolo. Él no sondeó en la oscuridad, no deseando verla con su mente. Más bien se rindió a la sensualidad de su toque. Las manos arrancaron los botones de sus pantalones. Excitado por su entusiasmo, él la ayudó. Labios y manos se presionaron contra su torso. Su lengua fue hacia abajo a lo largo del centro de su pecho, sobre su estómago. Abajo…abajo… Mark gimió y enterró sus manos en su pelo. Mina pasó el cepillo una vez más a través de su pelo. Apagó la lámpara del vestidor y abrió la puerta, pensando en encontrar a Mark en la cama justo donde lo había dejado... guapo, con sus ojos ardientes y esperando retomar donde se habían quedado. Pero la habitación estaba oscura, salvo por un rayo de luna que entraba por las ventanas abiertas. Muy romántico. Después de los acontecimientos dolorosos de los días anteriores, ella había sido muy exigente en bloquear las ventanas, pero se sentía completamente a salvo con Mark. La idea de hacer el amor con él en la cama cubierta con la luz de la luna era una apelación definitiva. Olió, detectando la fragancia de rosas también. ¿De dónde vendrían esas rosas? Un sonido vino de la cama... un gemido.
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    — ¿Mark?—susurró ella. Hubo sólo un sonido de movimiento… un roce contra las sábanas. El miedo golpeó a través de su corazón. ¿Y si se había enfermado otra vez? Él no respondió. Ella se acercó, con sus ojos adaptándose a la oscuridad. La colcha oscura se deslizo fuera del colchón al montón que había en el suelo. En su lugar había sabanas blancas. Con alguien encima de ellas, moviéndose…retorciéndose… convirtiéndose no en una sola persona, sino en dos. —Mina. Querida. Sí. El impacto sacudió a Mina. ¿Podría haber una impostora en su cama? En la mesilla de noche luchó con la lámpara, le temblaban las manos. Finalmente, la luz fluyó. Mina se quedó cerca de la cama. Una mujer rubia, vestida solo con una camisola estaba inclinada sobre su esposo. —¡Mark!—Gritó Mina. Lucinda echó atrás su cabeza, lanzando su cabello en un arco brillante. El sonido se su risa gutural inundó la habitación. Mark se quitó la corbata de los ojos. Los abrió, y sus fosas nasales ardieron. La empujó fuera. —¡Lucinda! La condesa volvió el rostro hacia Mina y sonrió. —Te dije que era mío. Como algo salido de una pesadilla, sus ojos giraron erráticamente en sus órbitas. Antes de que Mina pudiera reaccionar ante la imposibilidad de tal cosa.
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    Lucinda saltó atoda velocidad, y se estrelló contra ella. Mina se fue para atrás. Su cabeza golpeó la alfombra. Ella se retorció...rodó y dio patadas, pero todavía su atacante estaba encaramada encima de ella, a horcajadas en sus hombros, sujetándola con una fuerza extraordinaria. Como si unas manos de alambre atenazaran alrededor de la garganta de Mina, sólo para arrancársela. Mark arrastró a Lucinda lejos por las muñecas. Mina se deslizó hacia atrás, retrocediendo hacia la esquina. —No toques a mi esposa—Mark hervía, con su rostro como una máscara de furia. —¡Ja!, tú esposa—Lucinda se retorció y enroscó como una serpiente, con sus piernas y pies arrastrándose y coleando. —No por mucho tiempo, la cortaré, la cortaré en pedazos. Con una maldición, Mark la lanzó contra la pared. Un frasco de aceite se estrelló contra el piso. Lucinda se hundió, pero inmediatamente saltó a la vida, extrañamente trepando a la pared con manos y rodillas, mitad arrastrándose, mitad deslizándose por la ventana. Mark saltó hacia la ventana, mirando hacia afuera. Los músculos de sus hombros quedaron al descubierto y su espalda eran un manojo de tensión, y en ese momento Mina esperaba que fuera a perseguir a Lucinda. En su lugar, se acercó a ella. —Mina—Él se puso en cuclillas. — ¿Estás herida? Mina presionó su espalda contra la esquina, retrocediendo de su contacto. — ¿Ella te lastimó?—Exigió Mark.
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    —No, No metoques. Por favor—Mina empujó su mano. Ella se refugió en la esquina todo lo que pudo. En la incursión, la correa delgada de su vestido de satén blanco se había roto. Ella aferraba su prenda encima de la curva de sus senos. Madejas oscuras caían sobre sus hombros. Dios, él ardía en deseos de tocarla pero… el horror brillaba en sus ojos, como su fuera un gran arácnido con ocho patas articuladas. O peor aún, como si no fuera diferente a uno de los demonios de ojos desorbitados de la Novia Oscura. Claro…sus ojos. Brillaban como bronce y su piel fluía con calor, un efecto de su giro, provocado por la escaramuza con Lucinda. También sería más grande ahora, alto y más musculoso. De nuevo trató de tocarla para calmar su miedo, pero ella levantó sus manos y brazos a la defensiva… con temor… de él. —He dicho que no me toques. Él retrocedió, con las manos a la altura de sus hombros. Su pecho se oprimió al darse cuenta del terror y la incredulidad que ella debía estar experimentando. No era así como que había querido que ella supiera la verdad sobre él. —No voy a lastimarte Mina, Jamás te lastimaría. Sus pensamientos gritaban: Traición. Miedo. Pérdida. — ¿Qué eres?—exigió ella con sus ojos llenos de lagrimas. Él no era más “Mark” para ella. Se había convertido en un “qué”... no en un quién. Él se alejó de ella, queriendo negar el asco de sus ojos. Lo veía como un monstruo, que por supuesto, a pesar de toda su arrogancia, riqueza y poder, era exactamente lo que era. Él permaneció mirando la mancha negra de la ventana. Consideró correr hacia ella y forzar su toque. Mucho tiempo había pasado; pronto, Lethe, el poder de hacerla olvidar, sería imposible. Su frialdad, cruel consigo mismo persistía permaneciendo de pie y aceptando su juicio, sin importar
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    las consecuencias. Suduplicidad había sido revelada, él se merecía no menos que su desprecio. —Eres uno de ellos, ¿no?—La pregunta fue susurrada desde la esquina. — ¿Uno de los seres que mi padre trató de demostrar? Un inmortal. Él cerró los ojos. —Sí. De alguna manera, en medio de toda la confusión y la miseria del momento, encontró alivio en la confesión. — ¿Qué es Lucinda? Como los aduladores, Lucinda había estado vacía. Ella no había emitido ninguna energía en absoluto, oscura o clara. Solo…nada. ¿Ella sería la Novia Oscura? No lo sabía. Se apartó de la ventana. —Algo peor. Tengo que ir tras ella, de otra manera volverá. Una lágrima resbaló por su mejilla. —Vete—Asintió ella, como si estuviera quitándose basura. —Vete. Mina despertó sobresaltada. Con ardor en los ojos y su corazón enfermo. Mark… Por un momento esperanzador, se dijo que todo había sido una pesadilla. Por supuesto que lo había sido. No había tal cosa como los inmortales y Lucinda no podía haber... Sus ojos se centraron en la silla que había encajado debajo de la manija de la puerta. Poco a poco, levantó la colcha y descubrió que sí, había dormido no con
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    uno de suscamisones, sino con dos, abotonados fuertemente alrededor de su cuello. Y sus botas. Al oír un ruido detrás de ella, se quedó inmóvil. Un bajo, masculino ronquido. Girando con cuidado para no sacudir la cama, miró por encima del hombro. Mark estaba tendido a su lado, sobre su estómago…desnudo. Un puño estaba encrespado en la maraña de su cabello. Ella no pudo evitar preguntarse si el contacto habría sido intencionado o una simple coincidencia para compartir su cama. ¿Cómo había llegado al interior de la habitación? Ella no lo sabía. Su cabeza tronó con los recuerdos de la noche anterior. Había tantas cosas que no sabía ni entendía. La tenue luz revelo sus anchos hombros, su espalda, nalgas y piernas esculpidas. Había también trazos tenues alrededor de la parte superior de sus brazos, muñecas y tobillos, cicatrices cerradas. Apenas unas horas antes había sido una bestia de ojos brillantes, pero ahora… ahora parecía un ángel guerrero durmiendo. ¿Cuál sería la verdad? Ambas, sospechaba. Su padre le había contado acerca de las leyendas antiguas. En ese entonces, ella no las había creído. Debería estar sorprendida y fuera de sí de alegría al encontrarse en compañía de un Inmortal. Algo que su mente aún declaraba como totalmente imposible. Pero no podía encontrar placer en su corazón fracturado. Sólo podía lamentar la pérdida del hombre que había creído era su marido. Su “lugar seguro”, había resultado ser la opción más peligrosa de todas... al menso para su corazón. —Te pesqué mirándome—Mark gruñó adormilado con sus ojos azules estrechos y ardientes. Su brazo fue alrededor de su cintura. La ropa se deslizó bajo sus nalgas y sus hombros mientras él la arrastraba por la sábana, debajo de él, enjaulándola dentro de la prisión de sus brazos y piernas. Ella empujó sus manos sobre la piel desnuda de su pecho. El calor y el olor a macho la envolvieron. Dios la guardara, pero sentía cada doblez de cada músculo… sobre todo de ese músculo, largo, duro y sin complejos contra su estómago. Su cuerpo ardió en llamas. Su rostro adusto se cernió sobre ella, tan cerca que su cabello le rozó la mejilla.
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    —Mina…—Pasó los nudilloscontra su mejilla… su garganta. Ella quería fundirse, permitir su toque, sus besos, su posesión. Pero no podía. Él buscaba controlarla a través del deseo. Ciertamente había tenido mucha práctica con otras mujeres e incluso con otras esposas a lo largo de su existencia. Su corazón latió con más fuerza, ella se empujó liberándose, sólo, ella lo sabía, porque él se lo había permitido...y se escapó debajo de la colcha con las piernas temblando al lado de la cama. Su mente le ordenó control. —Asumí que no volverías. — ¿Por qué no?—Él estrechó la manta contra su cadera y rodó de su lado. Ágil y musculoso, parecía un emperador sensual y exigente en su cama. Sus ojos azules brillaban con calor. —No permitirás que algo tan pequeño como la inmortalidad se interponga entre nosotros, ¿verdad? Estamos casados, Mina. —No digas eso—dijo ella entre dientes, con sus ojos muy abiertos. —No estamos casados. En realidad no. Sus fosas nasales se dilataron, se levantó en una mano. Los músculos de su abdomen se alargaron y doblaron. —Sí lo estamos. Su boca se secó como papel. Ella dobló... y triplicó el cinturón de su bata. —Me casé contigo bajo una identidad falsa. ¿Qué identidad falsa? —Me hiciste creer que me estaba casando con un hombre—replicó ella. —Soy un hombre—. El peligro acechaba en las profundidades de sus ojos. — Puedo probártelo, también…si sólo regresas a la cama.
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    Todo con respectoa él la hipnotizaba. La manera en que la miraba, la manera en que pronunciaba su nombre. Dios la guardara, ella ardía por él. —Quédate aquí—ordenó ella. Ella tenía que retirarse y fortalecer sus defensas. Se escapó al vestidor, y en silencio, frenéticamente, se dedicó a vestirse. El recuerdo de su preludio apasionado de hacer el amor anoche envío a su sangre a hervir por sus mejillas. Ella no había sido más que una estrategia para él, la estrategia para llegar a su padre y a los pergaminos. Ni siquiera conocía al hombre al otro lado de la puerta. Era un extraño. Ella suponía que debería estar temblando, llorando, destruida y temerosa. Pero los tres meses pasados, la habían preparado por algo. Aún para esto, parecía. Una vez vestida, se tomó un momento para endurecerse, antes de girar la manivela. Saliendo, lo encontró en posición vertical sobre el colchón, con los brazos cruzados sobre las rodillas dobladas. La colcha colgaba abajo alrededor de sus caderas desnudas. ¿Cómo se suponía que iba a pensar con él luciendo así? — ¿Por qué no te vistes?—Exigió ella secamente. —Me dijiste que me quedara aquí. Ella indicó el vestidor. —Entra allí, por favor. —Alguien está en la puerta—Él inclinó la cabeza con indiferencia. —No oí tocar a nadie. Llamaron a la puerta. Al parecer él parecía ver a través de la madera…y, probablemente, a través de su ropa también. Ella cruzó los brazos sobre sus pechos.
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    — ¿Alguien porel que considere que debería estar preocupada? Una imagen extraña vino a su mente, una de Lucinda esperando al otro lado con los ojos girando y el pelo revuelto. Teniendo en cuenta los acontecimientos de anoche, no se podía descarta esa posibilidad. Una sonrisa irónica torció el labio de él. —Creo que es el café. Mientras estabas ahí, llamé a la cocina por el tubo acústico. Muy conveniente. Mina arrancó el seguro de debajo de la manija y abrió lentamente la puerta. Justo como Mark había predicho, la criada sostenía una bandeja de plata, coronada por un servicio de café completo. También había un plato pequeño de pan tostado, tocino y salchichas, que esa mañana solo servía para ofender el estómago de Mina. La chica hizo una reverencia. —Buenos días y felicidades por su boda, Lady Alexander. Su señoría pidió café—dijo la muchacha. —Veo que ya se ha vestido. ¿Requerirá de mi ayuda con su cabello? ¿Quizás a su señoría le gustaría que preparara el baño? —No, pero gracias, Jane—Tomando la bandeja de sus manos. Mina cerró la puerta con la punta del zapato. Dejó la bandeja sobre el escritorio. — ¿Tienes hambre?—Le preguntó con suavidad. A pesar de que evitó su mirada, sus ojos siguieron cada movimiento como dos ardientes vigas gemelas. —No. Tal vez, él ya había comido. Tal vez se había comido a Lucinda. —Mina… ¿estás bien? —Estoy bien.
  • 208.
    Él murmuró unamaldición y se levantó de la cama, llevando la sábana cerca de su cadera. —Mina. — ¿Qué?—respondió ella muy fuerte. Él acortó la distancia entre ellos. La tenue luz que entraba por las ventanas revelaba cada corte muscular y estrías a lo largo de sus brazos, pecho y estómago. Ciertamente, él se daba cuenta de su efecto. Mina se mantuvo firme, negándose a retirarse. —Sigo siendo yo. Todavía soy Mark. Su corazón amenazó con estallar con toda la emoción que trató de contener. Finalmente, lo miró a los ojos. — ¿Sabes que nunca le creí a mi padre? Igual que todos los demás, pensé que era un tonto en la búsqueda de un sueño tonto—. Soltó una risa triste. —Pero, Dios mío, estaba en lo cierto al creer en la posibilidad de la inmortalidad. Basta con mirarte. Tú estás aquí. Me encontraste…te casaste conmigo…porque querías esos malditos pergaminos. —Sí—dijo él simplemente — ¿Por qué? —Mi vida depende de ellos. — ¿Tu vida? ¿Tu vida inmortal? —Sí, Mina. —Él asintió. —Durante siglos he sido miembro de una orden de inmortales conocida como los Centinelas de las Sombras. Hace seis meses, mientras participaba en la búsqueda de Jack, el destripador. — ¿Jack, el destripador?—Exclamó, Mina cubriéndose la boca con la mano.
  • 209.
    —Sí—Respondió Mark. —Parapoder enfrentarme a él en su mismo nivel, entré en un estado de deterioro llamado Transición. Es una enfermedad lenta y progresiva de la mente, una afección que normalmente sufren una pequeña población de mortales. — ¿Mortales como Jack el Destripador? —Es correcto. —Oh, Dios mío. —Los Centinelas cazan ese tipo de almas, poniendo fin a su vida mortal y enviándolos a una prisión subterránea segura. No soy un peligro para ti, Mina. Te lo juro. Pero no sé cuánto tiempo tengo antes de que cambie. Antes de convertirme en una de esas almas que alguna vez cacé. Su mirada sostuvo la suya. Un gesto se dibujó en sus labios. Serio. Se veía tan serio. Sin embargo, su confesión le daba miedo. —Tus hechizos… ¿son el resultado de tu deterioro? —Es correcto—Él paso una mano por su cabello. —Los Inmortales como yo no se recuperan. Pero lo haré, Mina. Lo haré. Los pergaminos contienen el conocimiento que necesito. Por un instante fugaz, ella vio la desesperación detrás del parpadeo azul brillante de sus ojos. La mente de Mina se volvió borrosa con la complejidad de todo eso, tratando de alinear los conocimientos previos y eventos con el presente. Trató de secuenciar sus preguntas en categorías ordenadas y sistemáticas, pero una imagen la perseguía: la de Lucinda, y sus ojos girando. — ¿Cómo es que Lucinda está involucrada en todo esto?
  • 210.
    —Te juro queno lo sé—Él examinó su cara con sus ojos azules. —Nuestra relación fue exactamente como te la expliqué, nada más y nada menos. Su aparición ayer por la noche en esta habitación fue tanto un shock para mí como lo fue para ti. Sospecho, sin embargo, que fue reclutada por las fuerzas más oscuras para trabajar aquí en la ciudad. — ¿Reclutada? ¿Por... fuerzas oscuras?—Mina se llevó una mano a la sien, y tuvo una sensación de mareo. —Eso suena de locos—Pero su mente le presentó todas las peculiaridades de los meses anteriores, y de repente, las fuerzas oscuras parecían una explicación completamente plausible. Mark se encogió de hombros. —Hay mucho sobre el mundo que es probable que no desees conocer. Si Lucinda estuvo dispuesta o simplemente la hicieron peón de otra persona, todavía no puedo decirlo, pero creo que, de alguna manera u otra, fue seleccionada por su proximidad a ti. Fue elegida para que te observara. Para conocer lo que sabías acerca de su padre, y de los pergaminos. Mina se llevó la mano a la sien. —Ella fue la que me dio las rosas y destruyó los papeles de mi padre. Sus mejillas se tensaron. ¿Las rosas? ¿Documentos destruidos? —Mina, ¿Cuándo ocurrió eso? Mina apretó los labios. No estaba preparada para responder a sus preguntas. —Lo que le paso a ella, ¿Fue... mi culpa? ¿Si no hubiera venido a vivir con la familia? ¿Si sólo no hubiera estado sola, la habrían reclutado? ¿He traído su transformación con mi presencia aquí? —No lo sé—contestó Mark. —De todos modos, no puedes culparte por el mal que otros hagan.
  • 211.
    Mina se estremeció,recordando el odio feroz de Lucinda. — ¿La encontraste anoche, después de que te fuiste? —Esas cosas con los ojos dando vueltas están... vacías por dentro. No emiten ninguna emoción o pensamientos, lo que los hace difíciles de detectar—. Sacudió la cabeza, frunciendo el ceño. —La perdí en la ciudad. Un escalofrío golpeó a Mina. — ¿Qué pasa si ella está abajo, incluso ahora, bebiendo té y mermelada s...s...sonriendo en su brindis, esperando a que bajemos?—El estómago de Mina se tensó. Puso una mano sobre sus labios. — ¿Qué se supone que debemos hacer? Sólo quiero salir de esta casa. Mark era mucho más alto que ella. —Vamos, entonces. Te lo juro, Mina, no soy tu enemigo ni de tu padre. Dime dónde está. Te lo suplico, como tu marido. —Deja de decir eso—Ella retrocedió. —Tú no eres mi marido, y no puedo. — ¿Por qué no? —Mi padre está muerto—insistió ella. La frustración se mostró en el destello de sus ojos y la estrechez de su boca. —Solo hay sólo piedras en el ataúd. Sus ojos se abrieron. — ¿Estuviste en la cripta? Me levantaste la falda. —Me gustaría volver a hacerlo también—La agarró del antebrazo. —Y él no está muerto.
  • 212.
    Ella se soltó. —Bien, él está muerto para mí. — ¿Por qué? —Me dijo que regresara a Londres—dijo ella abruptamente. —Para decirles a todos que había muerto en la montaña. Le dije que no. Cualquiera que fuera el peligro que corriera necesitábamos estar juntos. Pero me abandonó, Mark. Me dejó sola en la montaña en esa maldita y susurrante niebla, y no sé a dónde se fue. Alguien gritó. Mina se quedó helada. Más gritos... dos voces. La estridencia del sonido envió la sensación de carne de gallina por la parte trasera de su cuello y brazos. Mark dijo: —Viene de afuera. Ella corrió a la ventana y recorrió la cortina justo a tiempo para ver a Evangeline y Astrid en una carrera hacia la casa. Ambas miraban por encima de sus hombros en dirección a la fuente del jardín. La fuente. Los ojos de Mina se clavaron en ella. Agua de color rosa se derramaba, y algo flotaba en la superficie. El cuerpo sin cabeza de una mujer, vestida sólo con ropa delgada. Sintió a Mark a su lado, sintió su poder y su calor. —Infiernos—dijo él. —Es Lucinda.
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    Capítulo 12 Marksiguió a Mina a través de un grupo de agentes uniformados, con el brazo extendido junto a ella para evitar que la empujaran. Más abajo de la sala, el estudio de Trafford estaba cerrado tan herméticamente como una cripta. —Por aquí mi lady. Por favor—El Comisionado Adjunto Anderson de la Policía Metropolitana extendió su mano hacia la sala amarilla. Después de que entró, los siguió y tiró de las pulidas puertas cerrándolas. Durante la noche, las paredes color amarillo sol y las cortinas y muebles tapizados parecían haber tomado un tono chillón. Anderson los guió con una mano, indicando unas sillas arregladas cerca de las ventanas. Hacia la calle, Mark vislumbró la fila de carros de policía, y una acera ancha con sombreros de copa negros flotando y jugadores, un conjunto curioso. —Lord y lady Alexander, gracias por su paciencia. Era, por supuesto, importante que habláramos primero con Lady Astrid y Lady Evangeline, quienes descubrieron primero el cuerpo, además del desafortunado Lord Trafford. Mark levantó la mano asegurando. —Todo está bien. Lo que era mentira, una maldita mentira. Mark no estaba muy bien. Desde el momento de que el cuerpo sin cabeza de Lucinda había sido encontrado en la fuente, la casa había caído en un estado de histeria. Mina se había dividido entre dos chicas incoherentes, llorando, temblando y la pálida cara de Lord Trafford, quien recién había regresado de un paseo por la mañana en Row cuando el cuerpo de su esposa fue descubierto. Mark, por su parte, había salido con una sábana y cubierto el cadáver de la condesa y lo había movido, llevándose la cabeza de los ojos curiosos de los
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    sirvientes boquiabiertos delas ventanas del piso de arriba. Curiosamente, su cuerpo se veía y olía, como si hubiera estado muerta por semanas. Después había convocado a las autoridades, porque, maldita sea, no tenía otra opción dada la disposición extravagante del cuerpo. En medio de esa locura no había tenido tiempo de hablar con Mina a solas. Así que no fue con gran confianza a esa entrevista con el sangriento Comisionado Adjunto de la maldita CPDI, sabiendo que su esposa podría muy bien apuntarlo a él como el maldito asesino. Desde que habían dejado su habitación sobre el jardín, ella ni una vez lo había mirado, y sus pensamientos internos habían permanecido contundentemente cerrados, como si ella tuviera miedo de confiar en alguien, especialmente en él. Anderson los instruyó gentilmente. —Por favor tomen asiento. Sé que todo esto debe ser extremadamente preocupante sobre todo para su Señoría. Mina asintió, sus mejillas estaban desprovistas de sus colores habituales. —Gracias. Ella se sentó en un sillón. Sus manos retorcieron un pañuelo de lino en su regazo. Mark se situó detrás de ella, con sus manos descansando sobre la curva del respaldo de la silla. —Prefiero estar de pie, si está de acuerdo. El comisionado asintió. Él también permaneció parado. —Como ya me presenté anteriormente en el pasillo, soy Robert Anderson, Comisionado Adjunto de la Corte Penal del Departamento de Investigación de
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    Scotland Yard. Aunqueno estoy acostumbrado a participar en el día a día de las investigaciones actuales de la policía, debido al alto perfil de esta trágica y perturbadora muerte, siento la necesidad de involucrarme a un nivel muy personal. Como ustedes probablemente saben por los periódicos, ha habido una serie de desagradables descubrimientos a lo largo del Támesis durante la semana pasada. Debido a la violencia poco común de la muerte de Lady Trafford, debemos estar absolutamente seguros que los incidentes no tienen relación alguna. No era una sorpresa que Anderson tuviera un especial interés en el asesinato de Lucinda. Su predecesor, Sir Charles Warren, había sido obligado a renunciar a su puesto después de perder la confianza de la ciudad por la manera en que había manejado la investigación sobre los asesinatos de Jack el Destripador. Ciertamente Anderson no deseaba tener un asesino similar rondando por todas partes. El comisionado adjunto extendió sus manos con gracia. —Dicho esto, espero que entiendan que esta entrevista no implica en absoluto que estén bajo sospecha. De hecho, en este momento ni siquiera estamos seguros que estemos tratando con un asesino... y le voy a explicar ese comentario en este momento. Pero para tener una educada resolución, debemos hablar con todos los presentes anoche en el edificio—Anderson cruzó sus brazos—Tengo entendido que los dos se casaron ayer. Mina asintió. —Si comisionado, eso es verdad. La mirada de Mark se asentó en la brillante y oscura corona de la cabeza de Mina. En algún momento de la noche se había quitado el anillo de su madre, algo que lo había herido más profundamente de lo que podría haber esperado. Anderson continuó.
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    —Por favor aceptemis felicitaciones por su boda, pero también mis simpatías porque una ocasión tan feliz haya sido oscurecida por los terribles descubrimientos de esta mañana. —Gracias—respondió suavemente Mina. Anderson era pulcro, de maneras tranquilas, pero profundamente observador con los ojos. No había duda que el comisionado tomaría nota de cada expresión facial y gestos reveladores. Percibía hasta la más mínima inflexión de voz, y trataba de convertirla en alguna pista, sin importar cuán leve fuera, trataba de descubrir la verdad detrás de la muerte de Lucinda. —Ahora si pudiera compartir conmigo…—la voz del comisionado se suavizó. — ¿Cuándo fue la última vez que vieron a su señoría viva? Mark respondió. —Ayer, en nuestra boda. Fue pequeña, privada... sólo la familia, aquí en la casa. Mina asintió. —Tuvimos un almuerzo después de la ceremonia, y luego partimos a nuestra… a nuestra luna de miel—su voz fue ronca al pronunciar la última palabra. Mark se estremeció por dentro. No podía ni quería cambiar la forma despiadada en que la había perseguido, pero lamentó el dolor que le había causado. — ¿Todo parecía estar bien con Lady Trafford, entonces? —Si—respondió Mark. Mina asintió. — ¿No había problemas entre ella y su señoría?
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    —Ninguno en absoluto—respondióella. Los ojos de Anderson se estrecharon. — ¿Ninguno de ustedes oyó algún rumor de….apuestas de juego o deudas? —No. — ¿Infidelidades? —No señor—respondieron al unísono. El comisionado Anderson recogió sus notas del aparador de caoba y rápidamente las revisó. —Entiendo que, como acabamos de compartir, los dos salieron a su viaje de luna de miel ayer a bordo del yate de Lord Alexander... y en realidad, sé que es verdad porque su partida y fotos están en los periódicos de esta mañana. Debajo de su cuaderno de notas sacó un diario, doblando el marco de varias fotos. Anderson entregó a Mina el papel. Mark miró por encima de su hombro. El fotógrafo había capturado su cara en su forma más hermosa y optimista. La sombra de su sombrero ocultaba la de él. Anderson continuó. —Obviamente, a medida que se ponían en marcha, algún tipo de percance los obligó a abandonar sus planes y volver aquí a la casa. Mark ofreció: —Uno de los motores se estropeó. Anderson borroneó unas pocas líneas. — ¿A qué hora llegaron?
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    —Fue muy tardeantes de que el yate finalmente fuera remolcado hasta el muelle—respondió Mark—No regresamos a la casa hasta quizás… la una de la mañana. —Aproximadamente—confirmó Mina tranquilamente. —Aunque no puedo específicamente decir que tomé nota de la hora. —Una vez que regresaron, ¿Visitaron a Lord Trafford o a su señoría? ¿A cualquiera de sus hijas? —Aún no habían regresado de sus compromisos de la noche—Mark apoyó su mano en el respaldo de la silla. —Fuimos recibidos solo por los sirvientes. Mi esposa y yo nos retiramos directamente para la noche. —Me dijeron que su ventana da al patio. ¿Alguno de ustedes oyó algún ruido peculiar en la noche que pudiera haber indicado violencia o la eliminación de un cuerpo? Negaron. El comisionado se frotó la barbilla. — ¿Y alguno salió de la habitación en algún momento de la noche?, ¿por una botella de vino para celebrar? ¿Un viaje nocturno a la cocina? ¿Alguna cosa? —Señor, sí puedo decir algo—dijo Mina. Mark se tenso, preparándose para lo que ella pudiera decir. El comisionado Anderson asintió. —Por supuesto, señora. Por favor hable libremente. La expresión de Mina, aunque solemne, parecía totalmente tranquila. Su mirada no vaciló con la del comisionado.
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    —Anoche fue nuestranoche de bodas. Estoy segura que entenderá, cuando digo más enfáticamente que mi marido y yo estuvimos juntos toda la noche, por razones que debe seguramente entender, no fuimos consientes de nada que saliera de nuestra habitación, ni salimos hasta esta mañana cuando oímos los obvios sonidos de perturbación afuera. ¿Mark se imaginó cosas o Anderson se ruborizó en realidad? Infiernos, él sintió un similar calor en sus mejillas, pero inspirado por el placer de la esperanza. Tal vez las cosas con Mina no tenían daños irreparables. Anderson inclinó la cabeza y levantó las cejas hacia Mark felicitándolo en silencio. Él emitió una sonrisa ronca. —En ese sentido, creo que la entrevista ha concluido. ¿Tienen alguna pregunta? Curioso Mark preguntó. —Hace un momento no estaba seguro de que la muerte de la condesa fuera un asesinato. Vi el cuerpo poco después de su descubrimiento. ¿Qué quiso decir con eso? Anderson apretó sus labios. —Este es un caso peculiar—Miró con consideración hacia Mina. —Por favor hable con franqueza—lo alentó en voz baja. —Bien... —Anderson arrugó el ceño—Por la condición del cuerpo, parece que ella ha estado muerta desde hace bastante tiempo. Mina respondió. —Bueno todos la vimos ayer. Ella era la imagen de la salud. Él asintió.
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    —El doctor Bond,el cirujano de la policía, tendrá que examinar el cuerpo, por supuesto, pero debo decir… dada la falta de explicación o motivo del asesinato y la condición de deterioro del cuerpo de su señoría, estoy empezando a creer que lo que tenemos en manos aquí es algún tipo de enfermedad poco frecuente de deterioro. Es casi como si el hueso y la carne que tenía el cuello... se hubieran derretido. Mina tosió sobre su pañuelo. Mark abrió los ojos. — ¿Cree que...una enfermedad hizo caer su cabeza? Anderson asintió. — ¿Ha visto las gallinas o los gansos cuando sufren de una enfermedad de cuello flácido?—giró su dedo índice en dirección a su cuello. —Tal vez esto sea alguna extrema mutación humana de similar naturaleza—Cruzó sus brazos y se acarició la barbilla. —Es una posibilidad terrible, pero ciertamente no contagiosa, además hubiéramos oídos de otros casos de muerte similar. Mark asistió a Mina para que se levantara de la silla. —Mi esposa y yo habíamos planeado salir de la casa Trafford hoy, ¿Será eso posible? Anderson sacó una tarjeta del bolsillo de su chaleco y se la extendió a Mark. —Cuantos menos civiles transiten, menos tendremos para enturbiar la evidencia. Hemos pedido a Lord Trafford que conserve sólo el mínimo de personal hasta este momento. Solo tiene que mandar unas palabras a mi oficina una vez que se haya instalado en otro lugar, en el caso de que debamos contactarlo para preguntas adicionales.
  • 221.
    No había evidenciaen el barro. Ni rastro. Solo una maloliente, sin cabeza Lucinda. Había sido decapitada en otro lugar por una hoja de plata Amatanthine, y su deteriorado cuerpo depositado a propósito en el mismo terreno. Sin duda, era un trabajo hábil de su gemela. Mina se levantó de la silla. —Gracias comisionado. Una hora más tarde, después de que Mina había dicho adiós a la familia, dos oficiales se empujaron detrás de una aglomeración de espectadores que se habían reunido a curiosear en la acera frente a la casa. —Retírense—gritó uno—Den espacio, den espacio. De repente, Mina se detuvo en las escaleras y miró a la multitud. Mark se inclinó llevando su brazo protectoramente alrededor de su hombro. — ¿Qué es eso? El ligero toque contra su codo le concedió a Mark la visión de un hombre... un hombre guapo de pelo negro con furiosos ojos verdes. Los hombros de Mina se juntaron, en un leve rechazo a su toque, y ella continuó hacia el carruaje. Mark miró por encima de la multitud para ver a un hombre alto, de anchos hombros en un traje negro y sombrero de copa dando zancadas alejándose. Le tomó un momento identificar sus celos enfermizos, experimentando una sensación de agua fría en las venas. Desconcertado la siguió hacia el vehículo y se sentó en el asiento opuesto a ella. A pesar de la tentación de demandarle la identidad del hombre y su relación con ella, Mark rechazó el papel de amante celoso y habló de la segunda cosa importante en su mente. — ¿Por qué le dijiste al comisionado que estuvimos juntos toda la noche?
  • 222.
    Ella miraba porla ventana afuera. Pronto el coche se mecía con el movimiento, y el revuelo de rostros desapareció. —Tú no mataste a Lucinda. Me dijiste que la perdiste en la ciudad. A menos que me hayas mentido. —No, no lo hice. — ¿Quién la mató? —Tengo mis sospechas. — ¿Hay más como tú allá afuera?.... ¿Más...inmortales? —Sí. — ¿Cuántos? Él se encogió de hombros. —No tantos como antes. La mayoría permanece dentro de la protección de las fronteras del Reino Interior. —El Reino Interior…—Ella susurró. —Otra dimensión de existencia, aquí en la tierra. Es hermoso ahí. Mirándolo cansada, apretó los dedos enguantados en su sien. —Pero tú estás aquí en esta dimensión… ¿para cazar almas? ¿Cómo las llamaste antes? —Para Trascender almas. Si. Almas malvadas. Almas débiles. Mortales peligrosos quienes no merecen nada menos que una muerte eterna. Ella le lanzó una mirada a su mismo nivel.
  • 223.
    —Y si noencuentras los pergaminos… —Es correcto—asintió—con el tiempo me convertiré en uno de ellos. Pero eso no va a suceder, porque... —Tendrás tu deseo—interrumpió ella en voz baja. — ¿Qué deseo es ése?—su deseo, en ese momento, era que ella lo mirara en la forma que lo había hecho antes. No de la manera fría y distante en que actualmente lo consideraba. Su ropa oscura, recatada se burlaba de él, escondiendo la combinación precisa de piel pálida y femeninas curvas que él había llegado a desear. Con esos límites, su delicada fragancia jugaba con su nariz, mofándose de que solo pudiera mirarla pero no tocarla. Ella se acercó y apuntaló su sombrero. —No tengo idea de donde está mi padre, pero… pero… estoy segura que contigo como incentivo, con el tiempo hará acto de presencia. Estoy colgada con los dedos de mis pies sobre un pozo de fuego ¿No?—ella se rió bajo con su garganta, aunque el humor no llegó a sus ojos marrones. —Pero tú, sí. No tengas miedo. Estoy segura que es solo cuestión de tiempo. — ¿Y luego qué? ¿Una vez que lo encontremos? Ella cruzó sus manos sobre su regazo. —Ustedes dos podrán irse y hacer cualquier cosa que deseen. Leer los pergaminos. Recuperar los artefactos. Salvar el mundo a través de su conocimiento compartido. Admirándose mutuamente uno al otro. No me importa. Solo que ambos… —Mina. Ella sacudió su cabeza, en indicación de que no quería escuchar nada de lo él tuviera que decir.
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    —Solo que ambosme dejen en paz. Él se puso rígido y cerró los ojos. —No. —He tenido aventura suficientes para una vida, gracias, y he terminado con ellas. No pedí esto. De ti. Sólo quiero…si, una vida. Una aburrida y pequeña vida feliz. —No te dejaré sola—respondió él con dureza. —Me casé contigo ayer. Una súbita humedad iluminó sus ojos. —No digas eso. Mark sólo pudo sentir alivio al ver las lágrimas de ella... alivio de que sintiera algo por él, incluso si ese algo era miseria. Con un irritado gesto, ella parpadeó y señalo con un dedo enguantado el rabillo de su ojo. —Oh me has hecho llorar. No soy del tipo de mujer que llore. —Entonces ¿Por qué estas llorando? —Ni siquiera me mires. Mark se sentó rígido sobre el banco, con sus hombros hacia atrás y el sombrero en sus manos. —Tienes todo el derecho de estar enojada, Mina. Te mentí. —No entiendes—ella se centró en el techo de la cabina. Justo encima de su cabeza. Pero entonces su mirada cayo sobra la de él. —No estoy enojada. ¿Cómo puedo estarlo? Te dije mi parte de mentiras, así que ¿Cómo puedo emitir un juicio sobre ti por hacer lo mismo? Me doy cuenta que no habrías tenido que hacer todo
  • 225.
    ese extravagante esfuerzode acercarte a mí a menos que los pergaminos no fueran tan importantes para ti. —Entonces… ¿Por qué no me dejas acercarme? Ella suspiró y respiró hondo varias veces. —Por favor entiende que estaba muy impresionada contigo…—ella le ofreció una fracturada sonrisa—deslumbrada incluso pero… — ¿Qué Mina? Una solitaria lágrima recorrió su mejilla. —Perdí a mi marido ayer en la noche. —No, no lo hiciste—Él se lanzó a través de la cabina para sentarse a su lado, tan cerca que su muslo aplastó firme el de ella, a través de la seda y las enaguas. Su sombrero desechado cayó al suelo. Él levantó su mano para borrar su lágrima, haciendo que se fuera. —No lo hagas—ella sacudió su rostro, y con un empuje de sus delgados brazos, huyó al otro lado, tomando el espacio que él acababa de abandonar. Su falda negra estaba enrollada como una negra cola de sirena alrededor de sus pies. Él podía hacer eso bien, hacer que su tiempo juntos fuera suficiente. —No lo niego Mina... me proponía llegar a tu padre. Pero yo elegí casarme contigo— insistió, enojado de que incluso con esa proximidad, ella se resbalara de su agarre. —Porque quiero estar casado contigo. —Pero yo no quiero estar casada contigo—insistió, con los ojos muy abiertos y vidriosos. —No ahora, ya no. La tráquea de Mark se tensó. Siglos de recuerdos antiguos se arrancaron como garras en su pecho.
  • 226.
    Ella susurró. —Quieroniños. Quiero un marido que pueda envejecer conmigo. Quiero lápidas una al lado de la otra que digan “Amada esposa y amado esposo” ¿Puedes darme eso Mark? Quizás seas inmortal, pero no puedes darme el para siempre. No de la clase de para siempre que yo quiero. Él la miró. Podía darle protección, riquezas, placer sensual. Pero no…. no podía darle la clase de ‘para siempre’ del que hablaba. —Así que sí, Mark, ya ves…. perdí a mi marido ayer por la noche—sus oscuras, puntiagudas y húmedas pestañas bajaron contra sus pálidas mejillas. —Y me he quedado contigo en su lugar. Me he quedado contigo en su lugar… la elección de sus palabras lo hirió profundamente. Las defensas de Mark salieron en forma de rabia latente en la boca de su estómago. No era la primera vez que le habían dicho que no era lo suficientemente importante, que no valía la pena amarlo. Su propia madre había elegido morir para estar con su amado por encima de él. No había habido una diferencia para un niño de diez años del hombre que había sido su padre. Él había pasado su existencia inmortal trabajando para sofocar el recuerdo y el dolor. Había encontrado satisfacción en los brazos de un sinfín borroso de mujeres... reinas, cortesanas y famosas bellezas, pero siempre, siempre había dejado su corazón entero e intacto, para demostrar que era él quien tomaba la decisión de irse. Estaría condenado si dejaba que Willomina Limpett, hija de un profesor, lo echara fuera. Mina miró los cambios en la cara de Mark, y por primera vez, realmente le temió. La gentileza había dejado sus rasgos. Sus pómulos y mandíbula se pusieron tensos y duros en los bordes. Sus ojos celestes estaban fríos y brillantes. ¿Lo habían golpeado tan profundamente con sus palabras?, ¿Podría ser posible que le importara más profundamente de lo que ella se había imaginado? ¿Cómo? ¿Cuando ella no podía ser más que un borrón en el paso del tiempo para él?
  • 227.
    El carro giró,viajando en un corto medio arco. Sus cuerpos se balancearon con el movimiento. Mina parpadeó la humedad de sus ojos y miró afuera por la cortina de la ventana. Había estado tan centrada en el conflicto, que no era consiente exactamente de su ubicación, pero parecía estar en algún lugar de Strand cerca del terraplén del Támesis. El vehículo retumbó deteniéndose en un patio con sombra de la estructura de una torre oculta por andamios y pesadas cortinas de lona. Piedra gris se asomaba por debajo. Jardines exteriores y pasillos parecían muy nuevos, como si hubieran sido recientemente instalados. — ¿Dónde estamos?—pregunto ella con cautela, imaginando el lugar para ser abandonada. Pero justo entonces, un portero vestido con un original negro, sombreo y guantes, se acercó desde la entrada. —En el hotel Savoy—respondió Mark fríamente. —Estaremos aquí unos días hasta que la casa esté lista. — ¿Tienes una casa?—Creía que el Thais era su única residencia. —Tenemos una casa. Su corazón se estremeció, oyendo el énfasis de sus palabras. En voz baja reiteró su anterior decisión. —Te lo acabo de decir, Mark. No hay un nosotros. Le puerta se abrió. Mark tomó su sombrero del suelo y salió. Sin mirarla, le extendió la mano enguantada. Ella miró desde el interior, y por un momento consideró negarse a reunirse con él. Él respiraba agitadamente, y entrecerró los ojos. —Puedes caminar…o puedo cargarte. Los latidos del corazón de Mina se aceleraron, y su nuca se apretó. Era obvio que la batalla entre ellos acababa de empezar, y no dudó ni por un segundo que el
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    haría lo quele había dicho, la promesa estaba en sus ojos sin fondo. No tenía ninguna otra opción excepto la casa Trafford, ciertamente no tenía ningún deseo de volver. Admitía que se sentía segura bajo la protección de Mark... a salvo de todos menos de él. Ella agarró la cadena de plata de su bolso y se paró en la escalera. Se apoyó firmemente en la mano de él. Inclinando su cabeza hacia arriba evaluando el edificio, preguntó: —Este hotel no está abierto aún ¿Verdad? Asistentes adicionales del hotel aparecieron, todos moviéndose en dirección del carro que tenía sus baúles. El portero ladró órdenes. —Pronto—gruñó Mark. La ayudó hasta que estuvo parada a su lado. Su sombra se la tragó. Él parecía haber crecido. Más grande. Más peligroso. La idea de estar en un edificio así de grande, a solas con él la puso nerviosa. —Entonces ¿por qué estamos aquí? Su brillante mirada azul barrió sobre ella, desconcertantemente rapaz. —Porque aquí, nadie oirá tus gritos. Su mano abierta y firme en la parte baja de su espalda, la llevó por el camino. Ella tuvo que alargar la zancada para mantenerse junto a él. El calor picó sus mejillas. —Eso no es divertido. Tirando de la estrecha puerta, él sostuvo el panel con su espalda. Mirándola depredadoramente mientras ella caminaba a través de ella.
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    —No estaba tratandode divertirte. Para su alivio el interior del Savoy no consistía en andamios o pilas de basura de construcción. Juntos Mark y ella viajaron sobre un mar de azulejos negros y blancos. Todo olía a nuevo y caro. Gruesas columnas de madera soportaban el alto cielo, el cual estaba muy tallado y decorado con escenas de algunos lugares, y murales pintados en los demás. Sombras de aparatos eléctricos proveían la cantidad ideal de luz ambiental. Lo más interesante, sin embargo, era la fila de diez hombres vestidos de levita parados hombro con hombro, con sus manos a los lados, obviamente esperándolos. Un caballero de corta estatura y barba salió del resto y se abalanzó con las manos abiertas. —Lord Alexander—sonrío con picardía. —Cuán emocionado estuve cuando recibí su nota. Mark asintió bruscamente, con su expresión no menos peligrosa que antes. A Mina le dijo: —Este es el señor Richard D’Orly Carte, gerente del teatro Savoy y un hotelero extraordinario—Inclinó su cabeza hacia el activo caballero y continuó—D’Orly Carte permítame presentarte… a mi esposa. El hombre no parecía preocupado para nada porque Mark había gruñido las dos últimas palabras. Más bien, sonrió con placer, y con ojos desorbitados y boca abierta, evaluó a Mina con mucho entusiasmo, como si fuera la Venus de Milo vuelta a la vida. Ella se sonrojó ante la intensidad de su admiración, pero sospechaba que estaba bien instruido en el arte de cortejar.
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    —Un placer, LadyAlexander—dijo efusivamente D’Orly Carte, haciendo un clic con los talones y haciendo una profunda reverencia. Le tendió la mano y después de que ella le puso la suya dentro, bajó la cabeza y presionó un beso en la parte trasera de su guante. —Qué agradable sorpresa fue saber que nuestro financiero favorito se había casado. Nadie estuvo más sorprendido que yo al ver las noticias en el periódico esta mañana. Al verla, puedo ciertamente entender la decisión de su Señoría de poner fin a su gloriosa carrera de soltería. La maldición de fallarle el motor de su bote, claramente tenía intención de haceros pasar su luna de miel aquí, en el Savoy—Sonrió—Yo, por mí mismo, no puedo pensar en un lugar más grande. Teniendo en cuenta su comportamiento, Mina concluyó que el todavía no sabía lo del asesinato que estaría en todos los periódicos al día siguiente. ¿Cómo uno podía compartir noticias de un asesinato? ¿De la cabeza de alguien cortada? Ella decidió dejar a Mark sobre la materia. Él no dijo nada. —Estaremos aquí dos o tres noches solamente, hasta que nuestra residencia esté preparada—Frunció el cejo ante la fila de hombres que todavía estaban parados a unos metros de distancia, como una hilera de congelados y sonrientes pingüinos. — ¿Qué es esto? D’Orly Carte miró para atrás. —Lo usamos para práctica. Tenía al portero mirándolo como si fuera el príncipe regente mismo. Al pulsar el timbre de la realeza todos nosotros nos mezclamos en nuestros lugares—sonrió con orgullo. — ¿No se ven muy inteligentes? Debemos estar preparados. Es cuestión de tiempo antes que Su Gracia pase por esa puerta.
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    Llevándolo hacia adelante,D’Orly Carte les presentó a cada miembro del personal por su nombre y posición, y los despidió para que siguieran adelante con su tareas. Mark preguntó: — ¿Tenemos a Cesar Ritz a bordo como director todavía? —Él insiste que no está interesado. Señor, pero—el hotelero le guiñó un ojo— Su carta pareció haber funcionado mágicamente. Está de acuerdo en venir a la inauguración. —Se quedará—Mark dedicó una sonrisa apretada. — ¿Tiene una llave para mí? D’Orly Carter sacó una llave etiquetada del bolsillo de su chaqueta y se la entregó. Mina clavó la vista en el traspaso. Mark apretó el puño alrededor de la llave. — ¿Se acuerda de cómo funciona el elevador, su señoría, o debo llamar a un operador? —Lo recuerdo. Sin más simpatía, Mark llevó a Mina hacia una ancha fila de escaleras descendientes. Ella se lamió el labio inferior, sintiéndose como una gacela que se arrastraba a ser mutilada por un león hambriento. Suponía que podía arrojarse a la misericordia de D’Orly Carte, pero dada su aparente adoración por su “esposo”, se imaginó que sólo llamaría a un equipo de asistentes para ayudar en su secuestro. Reconocía también en su corazón con preocupación que no confiaba en si misma a solas con Mark. Su yo racional estaba en pánico con la idea de dejar la seguridad de otros... pero la aventurera en ella estaba sin lugar a dudas curiosa sobre lo que vendría después.
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    Un puñado deescalera abajo, y llegaron a un gran hall de entrada. Las puertas del elevador abiertas le revelaron a Mina la más elevada habitación perversamente extravagante que jamás había visto, adornada de pared a pared con paneles lacados de color rojo y acentuado por volutas de oro. Una especie de vertiginoso pánico estalló en su pulso. Mark se quedo a un lado, en silencio, mirando…esperando que ella entrara. —Esa llave es para la suite, ¿cierto? No entraré a menos que tengamos dos habitaciones—ella insistió en voz baja. —Dormitorios separados. Incluso ahora, los recuerdos de su cuerpo desnudo, tendido en las sábanas pálidas, la asaltaron. Mark se encogió de hombros. —No hay escasez de habitaciones. Mina asintió. Reforzó su valor y entró, ocupando un lugar contra la pared posterior. Él la siguió adentro. La puerta se cerró suavemente detrás de él, delineándolo en carmesí. —Pero no me casé contigo para dormir en camas separadas.
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    Capítulo 13 Susojos se ensancharon. —No me estas escuchando—insistió ella con voz firme y fuerte. —Se acabó, Mark. Esta farsa de matrimonio ha terminado. —Por un nuevo comienzo, entonces—Sus ojos tenían una mirada oscura y malvada. El suave siseo del sonido hidráulico, y la presión alzándose debajo de sus plantas anunció su ascenso. Ella se quedó atrapada en cuatro inicuas y escarlatas paredes con el más bello, y tentador hombre que jamás había conocido. —Ven aquí. —No. Pero ella lo deseaba. Como una flor, con toda la superficie frontal de su cuerpo despierto hacia él, como si fuera un brillante y sensual sol. Ella se tambaleó hacia atrás, presionando sus hombros al panel de la muralla como si con ese mero esfuerzo, pudiera anclarse y no arrojarse a los brazos de él. Porque, maldición, quería sentir la presión de él contra ella. Quería darle un beso y ver desnudo hasta lo último de él. Quería experimentar todo su espectacular calor, su fuerza y su ardiente deseo. Golpeó con su bolso el centro de su pecho. —Maldito seas. Los ojos de él se pusieron blancos, y sus labios se apretaron. Ella juntó sus manos sobre su cara.
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    —Por favor. Nohagas esto. Me estás haciendo muy miserable. Su pie sonó contra la alfombra, y luego todo se oscureció como si su sombra cayera sobre ella. No…no….no… Manos grandes y cálidas la cubrieron….inclinándose sobre su cara, casi ásperas en su agarre. El condimento de su piel llenó su nariz. — ¿No lo ves? No puedo detenerme—jadeó él. Entre el marco triangular de sus manos juntas, sus labios descendieron hacia ella. Mina mantuvo los ojos cerrados. Era más fácil de esa forma, pretender por un momento que él no era real, que todo era alguna oscura y prohibida fantasía. Oh si, por favor. Más. Sus labios se separaron con un suspiro. Él inclinó su boca y profundizó el beso. Su lengua se movió sobre sus labios y dientes en una caricia caliente y posesiva. Todo dentro de ella le dolió, se regocijó. Como una llave secreta, sus palabras y su beso habían abierto su resistencia, y su corazón. Él la había lastimado. Ella se retorció lejos, presionando su frente febril contra el frio panel. Sus brazos, sus hombros alrededor de ella, se sentían una asfixiante y perfecta prisión. Húmedos y calientes besos cayeron sobre su cuello. La fricción de su boca y barba crecida de la mañana forjaba una seducción en sí misma, enviando un remolino de calor a través de su pecho, a sus pechos y a sus pezones. Su lengua jugó en su piel, nuca y lóbulos de las orejas. Instintivamente ella presionó sus nalgas contra su ingle. Él se deslizó contra la cresta hinchada y dejó escapar un gruñido bajo. Los ojos de Mina rodaron de placer.
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    Atrapada entre Marky la pared escarlata, Mina se quejó, odiando y amando su toque, todo a la vez. Su tamaño y potencia la abrumaba. El olor de su piel y aliento llenaron su nariz y boca, embriagándola. El adolorido, pesado punto entre sus piernas creció en calor y humedad. Él capturó sus muñecas y las presionó a ambos lados de su cabeza, en contra de la laca. Deliciosamente sus manos se movieron tanteando, bajo sus brazos, sobre sus pechos con reconocimiento, en un masaje circular a través de la seda negra y del corsé. Su piel siseó contra la seda. Los sonidos de sus rápidas y mutuas respiraciones se mezclaron en una secreta y elemental canción. Los dedos largos se deslizaron entre los tres primeros botones de su blusa a través de sus agujeros, y su mano se deslizó hábilmente dentro apretando su hinchado y dolorido pecho. —Creo…—gruñó ella. — ¿Crees que?—murmuró él contra su cuello. —Creo que te odio. Ella había querido decir las palabras también. Y por supuesto, al mismo tiempo no lo hacía. Una vez más, por las muñecas, él la obligó en torno con la presión de su cuerpo, de su pecho y de su rodilla entre sus muslos, fijándola a la pared. —Puedo vivir con eso—sus rasgos eran tensos, con halos de color púrpura llenando su visiones. El resto era una sensación: el aire frío contra sus tobillos con medias; su respiración, cálida y fuerte contra su expuesta parte superior del pecho. El gancho de su cadera contra la de ella, presentándole con valentía su excitación contra su muslo. Ella se arqueó, igualando su cuerpo contra el suyo, dolorido… deseoso. Su mano le tomó la cara.
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    —No llores, nollores, mi amor—Rozando con su pulgar las lágrimas que no se había dado que ella había derramado. —Déjame amarte. Voy hacer las cosas bien. Él se inclinó, arrastrando su labio inferior contra el suyo en una tormentosa invitación a su boca abierta. Ella avanzó, aceptándolo. Sus dedos marcaron su cabello, quitándole el sombrero. Ella no sintió el ascensor. Sólo oyó el deslizamiento de la puerta. Y luego… sus brazos estuvieron alrededor de ella, alzándola del suelo, contra la rígida pared de su pecho. El mundo giró en visiones fragmentadas de un techo de paneles… De un largo pasillo de puertas…. con poca luz eléctrica. Él la llevó como un botín de guerra medieval, y oh, ella se lo había permitido, incluso le había gustado. Ella debería estar avergonzada al haber cedido tan fácilmente. Pero estaban solos aquí, y no había nadie para verlo, nadie para castigarla por lo mala que se había vuelto en los brazos de un inmortal que no era su marido, no realmente, a pesar de los votos, del clero y de los papeles. Él abrió la puerta, ingresando a una gran habitación con olor a limpio. Decorada en azul, crema y rococó. Él la dejó sobre sus pies, y ella anduvo unos pasos con piernas temblorosas, que apenas la podían sostener. La luz de la tarde se filtraba a través de la elegante persiana roja y blanca. Él puso sus brazos alrededor de su cintura, y hábilmente le desabrochó los tres últimos botones de su blusa, empujándola más lejos dentro de la sala de estar. Tirando de sus puños, él deslizó la chaqueta por sus mangas y dejó caer la prenda al suelo. El aire frio besó sus hombros, pero su espalda le quemaba con la presión de la pechera de la camisa de él. Una vez más, él encontró con su boca ese lugar en su cuello, y ella se convirtió en cera derretida. Se sentía ardiendo, deliciosamente mutilada. Un tirón en la parte trasera de su cintura, y su falda cedió. Él de repente se apartó. Ella oyó el roce de la tela contra su piel. Vislumbró su espalda. Él se arrancó la corbata de su garganta. Su expresión era dura y sus
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    mejillas estaban llenaspor la pasión. Los ojos que se clavaron en ella, prometían mucho más de las intimidades que habían compartido en el ascensor. Perdida. Estas perdida Mina. Una esclava miserable, a menos que lo detengas ahora. —Espera…—Susurró ella, levantando una mano y tambaleándose hacia atrás. —No. Él la acechó, dejando su abrigo en el suelo. Una hábil manipulación de los botones de la parte delantera de su camisa reveló su firme, vital piel entre su ropa abierta. Ella apretó su puño en su cadera, dentro de la falda, suspendiendo a la prenda en ese lugar. —Quiero hablar algo más primero. ¿Podemos hacerlo por favor Mark? —Hablar siempre complica las cosas—él inclino su cabeza. El borde de sus labios se levantó. —Nunca hablaremos de nuevo. Empezando ahora. Ella se rió, un trino agudo que no era como ella en absoluto. Mark era tan gracioso cuando quería serlo. Divertido, aterrador y hermoso. Su mente le gritó que sólo tenía un arma a su disposición, una distracción digna de alejarlo de su camino de seducción, una que ella sola era incapaz de detener. — ¿Tú... verdaderamente me deseas?— Ella jadeó entre sus resecos y tiernos labios. Soltando el agarre de su falda, ella empujó la cintura hacia abajo alrededor de sus rodillas y salió del medio del charco de seda. De pie en su corsé, camisa y enaguas, retrocedió hacia el centro de la habitación. —Oh sí—Él la siguió. Su sonrisa se ensanchó, lujuriosa y atractiva a la vez— Yo verdaderamente… realmente te deseo. Ella sonrió.
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    —Creo que tengoalgo que podrías desear más. La parte de atrás de sus piernas chocaron contra algo. Fuera de balance, ella se giró para dar un paso, pero cayó sobre su estómago a lo largo de un diván rectangular. Así como una pequeña cama. Que conveniente. Ella se arrastró, gateando sobre sus manos y rodillas. Una mano grande se cerró en su tobillo arrastrándola de vuelta. —Oh—su estómago y pecho se aplastaron contra el brocado a rayas. Un ruido sordo. El de rodillas detrás de él. Sus manos se deslizaron por sus piernas, por encima de sus pantorrillas y por la parte trasera de sus muslos cubiertos de lino. Él le apretó las nalgas con ambas manos. —No hay nada…. nada que deseé más. Mina se giró de espaldas y luego se apoyó en ambos codos. —Mira bajo mi enagua—jadeó. —Oh, sí, cariño—. Él rió malvadamente, deslizando sus manos por debajo, hasta sus medias. —Quiero mirar bajo tu enagua. —No, Mark—Ella susurró, desesperada por hacerle entender, antes de rogarle que no se detuviera de todas las cosas maravillosas que estaba haciendo con sus manos. Ella se puso rígida, mientras la yema de sus dedos cuadrados rozaban las bandas de sus medias, y más arriba, a través de la desnuda carne del interior de su muslo. Su espalda se arqueó en el cojín. —Quiero decir que mires. Mira bajo mi enagua.
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    Sus ojos seencontraron con los de ella. Él agarró el borde del encaje de la parte inferior de su enagua. Como la mayoría de las damas, ella llevaba dos. La cabeza de él desapareció bajo la ropa acolchada de color crudo. —De la de abajo—le indicó ella sin aliento. — ¿Ves? —Sí. Por un largo momento él no se movió. Ella sintió un tirón, y sintió la resistencia de sus bragas bajos sus piernas. — ¿Qué estás haciendo?—murmuro alarmada. Manos se apoderaron de la parte superior de sus muslos. Dos pulgares se arrastraron pesadamente a lo largo de su húmeda costura del centro. Su cuerpo explotó de placer. —Creo que es obvio—Su respuesta fue amortiguada. La firme presión convenció a sus muslos de separarse, y el bulto que era su cabeza bajo la enagua, emergió desde debajo. Sus manos retorcieron la ropa a ambos lados de su cabeza. —Pero, pero es Akkadian, Mark—Su cabeza cayó hacia atrás con el primer golpe audaz de su lengua, un erótico y cómico momento a la vez. Ella rió tristemente. —Yo… yo… lo copié… uno de los…— él fue más profundo. Ella se retorció. —Oh, Dios mío. Copié uno de los rollos en mi enagua. ¿No lo ves? —Gracias—murmuró él, con su respiración clavada contra su carne más sensible. —Gracias, cariño, pero ya es demasiado tarde. No puedo detenerme. En este momento te deseo más a ti. Mark sintió su rendición en la repentina flexibilidad de sus muslos. Ellos ya no agarraban su cabeza como un tornillo. No importaba qué hubiera querido decir, por
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    supuesto. Porque enese momento se dio cuenta de algo más grande que el placer sensual. Él la necesitaba. Necesitaba estar cerca de ella, perderse en su brillantez, sólo por la noche, y nadie más serviría. — ¿No deberíamos ir a la habitación?—susurró ella, sin aliento. —Es tan brillante aquí. Las persianas están abiertas. Él pasó su camisa sobre su cabeza, con su deseo chocando con una aglomeración de encaje, de corsé quitado y con la suave piel contra su pecho desnudo. —No, esto es perfecto. Además, no podía arriesgarse a perder su lugar en ella entre aquí y allá. Una sensual urgencia que no había sentido en siglos -desde que era un hombre mortal- le ordenó que se apurara. Él empujó sus enaguas hacia arriba, y las enganchó encima de sus, oh tan elegantes, muslos y nalgas. Había tenido la intención de ser más suave, más romántico, pero no podía esperar. Su sexo se alargó. Él gimió ante la exquisita oleada de sangre. La caliente punta hinchada subió por encima de la cintura de su pantalón. Él se desabrocho los pantalones con una mano y exclamó con alivio cuando la carne hinchada cayó pesada contra su muslo. Sus ojos se abrieron, y su lengua salió como flecha para mojar su labio inferior. —Si Mark…. antes de que cambie de opinión. El frotó su pulgar a lo largo de su rosado, brillante centro, extendiéndola. Agarrándose el mismo, se deslizó un par de veces por ella, arriba y abajo, sin entrar, pero luego se metió completamente en ella. Ah, Dios, qué sensación…. húmeda, cálida, cerrándose a su alrededor. Como un erótico primer beso.
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    —Ahora…—Ella lo urgióen voz baja, levantando sus caderas. Le acarició el pecho y enterró sus uñas a lo largo de sus músculos bien dibujados de su bajo vientre. —Vente dentro mí. Su voz era como de terciopelo. Su hermoso rostro y desordenado cabello estaban contra el telón de fondo azul a rayas. Sus ojos estaban en blanco. Sus caderas se sacudieron. Él se empujó entre sus muslos, pero su estrecha rendija le permitió la entrada solo hasta la mitad del camino. Oh, Dios, deliciosa tortura, pero el diván. El bendito y hermoso diván… ¿Por qué molestarse con una cama otra vez? El afelpado cuadrado proveía el perfecto escenario para apoyarse en él. Con los dedos de los pies en ángulo contrario a la alfombra, maldijo, susurró y alabó. La gravedad tiró, empuje tras empuje, centímetro a centímetro, él se hundió dentro de ella completamente. Cuando ella se arqueó, la agarró debajo de su arrugada enagua. Sus manos se extendieron sobre sus nalgas desnudas apoderándose de ellas. Presionó su mejilla contra su pecho encorsetado, él se metió una y otra vez, mientras ella apretaba sus brazos alrededor de su cuello. Sus muslos se apretaron a su cintura. Ella deslizó sus fríos y delgados pies contra sus nalgas. —Hay alguien… en la puerta—susurró ella. Oh, si alguien estaba golpeando. Muy lejos. —Dejemos… que… espere. Él se preparó para hacer palanca y perforar dentro de ella, con cada embestida frenética llevándola a un borde brillante. Estrechas paredes se estremecieron contra su pene. Ella gimió, agarró sus brazos…. gritó. Ciertamente, quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta la habría escuchado, pero a Mark no le importó. No podía detenerse. El diván se corrió algunos centímetros por la alfombra de pelo largo, forzándolo a reajustarse.
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    El cambio deángulo creó una diferente y firme fricción. Detrás de su ojo un prisma de colores explotó en mil puntos. —Oh. S-s-sí. Mina perfecto. Su pene se sacudió, pulsando. Latiendo en su interior. Con un gemido, lentamente él se sentó entre sus piernas. No había espacio suficiente para ellos en el diván. Él se dio vuelta, cayendo primero al suelo. La arrastró encima de él. El movimiento lanzó su pelo oscuro y sedoso sobre sus hombros. Él tanteó con sus manos enmarcando su rostro y la atrajo hacia abajo para un beso. Él levantó la cabeza, gimiendo de placer saciado, y llenó su boca con su lengua. Regresando del colapso, él miró el techo. —Dios, fue incluso mejor de lo que imaginé. Extendida sobre él, ella habló con voz entrecortada. —Yo… creo... que no… podré… caminar… hasta la próxima semana. El sexo había sido delirante, había alterado su mente. Pero él no había sido su primer amante. Él no tenía derecho a la punzada de pesar, muy profunda dentro de su pecho. ¿Quién? No quería preguntar. Tal vez, con el tiempo, ella se lo diría. Estuvieron tendidos un largo rato, besándose y hablando cosas sin sentido. Pretendiendo que el mundo era normal. Ella se sentía perfecta a su lado, bajo su brazo, con su cabeza apoyada en su pecho. Si le daban a elegir, podría estar con ella sobre la alfombra, junto al diván, por el resto de sus días. Sonrió. Ciertamente el pensamiento surgía en el post resplandor del sexo, pero…. deseó que las cosas fueran diferentes.
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    Tic-tac, tic-tac. Elreloj seguía corriendo. Él se dio la vuelta debajo de ella y se inclinó para besarle el hombro. Se puso de pie, tiró de sus pantalones encima de sus caderas, y le dio la mano para ayudarla a levantarse. —Echemos una mirada a esa enagua ahora. Sus manos fueron a su corbata de satín en la parte de abajo de su espalda. Mina se inclinó y tiró de la prenda hacia abajo y afuera. —Se suponía que no me tendrías a mí y a la enagua. —Gracias de todos modos—Le besó la nariz. A pesar de la intimidad que recién habían compartido, él vio cautela en sus ojos. Ella aún no confiaba en él completamente. Sin embargo, le entregó su prenda y fue alrededor de la habitación a recoger la suya. Dobló la enagua encima de una silla, y fue a la puerta, donde miró por el pasillo. El portero había dejado sus baúles en una fila contra la pared. Él sonrió. El sombrero de Mina estaba encima. Por primera vez le pareció cómico que su baúl fuera más grande que el de ella, como si fuera un pavo real que necesitara más ropa. Más cosas. Quería comprarle más cosas a ella. Cosas de seda. Cosas brillantes. Cosas caras. Suficientes para que cuando viajaran, ella necesitara diez baúles. Todos grandes como el suyo. Él sabía que la ropa y las joyas no eran importantes para ella, y suponía que era exactamente por eso que deseaba mimarla con ellos. Lo haría también, una vez que se hubiera salvado a sí mismo y al mundo. Él sería una leyenda entonces. Ella podría ser una con él. Mark levantó el baúl de ella primero y llevó el suyo después dentro. Una vez ella encontró su bata, se le unió en el sofá. Fue entonces cuando él le contó todo, todo de como la había perseguido a ella y a su padre en la India, pero que se había despertado tres meses después en Londres. También le habló sobre Elizabeth Jackson, y su presentación con la Novia Oscura.
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    —No quiero atemorizarte—concluyóél. —No—murmuró ella, pálida y con ojos grandes. —Quiero saberlo todo. Me alegro que me lo digas. Él esparció la enagua sobre el mismo diván donde acababan de hacer el amor. Entrecerró los ojos. —Tiene un poco de barro. —Me he puesto esa cosa por tres meses, recuerda. — ¿Este es sólo uno de los rollos? —El primero de los dos que mi padre tuvo en su poder—Confirmó ella. — Marcó uno de ellos con una etiqueta. No tuve tiempo de copiar el segundo. ¿Eres consciente de que el tercer rollo se encuentra en el Museo Británico? Él asintió. —He traducido ese. Sus ojos fueron cálidos con admiración. El pecho de Mark se hinchó. Dios, amaba a una mujer que encontraba atractiva la traducción de antiguos manuscritos. —Mi padre tenía la esperanza de hacer lo mismo. Me dijo que el papiro estaba terriblemente deteriorado. —Que era un maldito desastre. Mina miró hacia abajo a sus pies con zapatillas. —Él estaba tan excitado por conseguir la posición de las antiguas lenguas en el museo y descubrir el final del rollo que completaba el conjunto de los tres. Incluso consideró la donación del suyo a su colección. Eran extremadamente raros. Raros incluso para un rollo de museo.
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    —Porque las tablasdel cual fueron copiados no existen más. —Sí—su sonrisa se desvaneció. —Pero las cosas cambiaron después que el museo acusó a mi padre de robar la tabla cuneiforme original de la cual se transcribe el primer rollo. — ¿Él tomó la tabla? —Tengo que admitir, que en este momento no estoy segura. Cuando se fue para un nuevo empleo en Londres, me quedé en nuestra casa en Manchester con la idea de reunirme con él a mitad del año. Pero poco después de empezar en su nueva posición, empezó a comportarse extraño. En secreto. Y de pronto, con un críptico telegrama para mí, partió a Bengala. Cuando la acusación salió del museo, viajé todo el camino para confrontarlo sobre todo. — ¿Sola? Ella se encogió de hombros. —El capitán del barco era amigo de mi padre, y yo lo conocía de sus viajes anteriores, y me sentía bien viajando sola. Conociendo la ciudad, encontré a mi padre con bastante facilidad. Todavía estaba allí en Kolkata, aprovisionándose para una expedición. — ¿Qué te dijo? —Me aseguró que no había robado nada del museo. En cambio, me habló de una sociedad secreta de hombres quienes, como él, buscaban los secretos de la inmortalidad. Pero a diferencia de mi padre, no sólo deseaban descubrir la existencia de la inmortalidad, querían llegar a ser inmortales. Él temía que quisieran los pergaminos para sus nefastos propósitos. Eso todo lo que puedo decirte. Me dijo que era mejor que no supiera todo. — ¿Podías identificar a esos hombres?
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    Ella negó. —Élno sabía quiénes eran. Sólo me dijo que lo habían seguido a Londres, y que habían irrumpido en su habitación en la pensión buscando los manuscritos. Me siento muy mal ahora, porque dudé de él entonces—Se mordió el labio inferior. — En ese momento, temí que se estuviera volviendo loco. Él insistió que me fuera. Que volviera a Inglaterra, pero me negué. — ¿Por qué fuiste en primer lugar a Bengala, y que pasó allí? Cuando volviste a Londres, traías una pistola en tu cartera. Una ligera sonrisa curvó sus labios. — ¿Cómo sabes eso? — ¿Qué te asustó?—Mark preguntó suavemente. —Y ¿Por qué decidiste fingir su muerte? Los ojos de Mina se nublaron. —Sólo salimos de Bengala. Nuestra expedición viajó al Tíbet, a un templo cerca de Yang poong, a los pies de los Himalayas. Mi padre solicitó una audiencia con los monjes residentes. Mark interrumpió. — ¿Qué tenían que ver los monjes con todo esto?— El origen de los rollos eran de la antigua biblioteca de Alejandría. Eran copias de tablas Akkadian. Esos son artefactos de Egipto y Persia. Estaban en un sitio completamente diferente del mapa. —Me pregunté lo mismo—Mina apoyó las manos sobre las rodillas. —Fui con mi padre al templo, y él les mostró los rollos. — ¿Qué pasó entonces?
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    —Bien…—Ella se deslizóde su asiento, claramente emocionada con el recuerdo. —Primero que todo, empezaron a tocar inmediatamente el gong. Una y otra vez. Y luego le dieron a él las barras de desplazamiento. —Espera un minuto—Mark entrecerró los ojos— ¿Barras de emplazamiento? —Sí. Mi padre tenía dos papiros. Dos rollos, pero no barras. Le dieron cuatro barras de marfil, dos para cada rollo—Ella dobló las rodillas sobre el sofá y las rodeó con sus brazos. —Y ahí, Mark, fue cuando los problemas empezaron. Nuestra primera noche de vuelta en el campamento, una espesa niebla se asentó sobre la ladera de la montaña. La niebla es común en el Tíbet, por supuesto, pero esta niebla susurraba. Los bengalíes que habíamos contratado para transportar nuestras pertenencias en la montaña se pusieron frenéticos. —No tienes que convencerme—le aseguró Mark. —He vistos cosas extrañas. Te creo. Mina tocó con sus dedos sus labios. —A la mañana siguiente, encontramos el cuerpo de uno de nuestros bengalíes en el fondo de un barranco. Nuestro guía inglés, el teniente Maskelyne, dijo que debió haber vagado en la oscuridad, pero por lo que me dijo mi padre, el cuerpo del hombre había quedado destrozado malamente. Demasiado destrozado por las heridas que habría tenido por una simple caída. La noche siguiente, nuestro guía nativo desapareció. Si nos abandonó por miedo o por un destino peor, dudo que alguna vez lo sepamos. La noche siguiente perdimos más hombres. — ¿Y por eso tu padre te dejó? Ella asintió. —Me dijo que nos habían encontrado. Que no arriesgaría mi vida aún más, y por eso tuvimos que separarnos. Me dijo que regresara a Inglaterra y que les dijera a todos que había muerto en la montaña. Me dijo que… que nunca lo vería de
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    nuevo—Las lágrimas seamontonaron en sus pestañas. —Aparentemente ya había considerado la idea de desaparecer bajo el disfraz de una mentira, porque me dio el nombre de un hombre en Kolkata quien me proporcionaría todo los documentos falsos que necesitaría. — ¿Qué pasó después?—Mark la empujó suavemente. —Me negué. Estaba molesta. Me fui afuera de la tienda. No fui lejos, para nada lejos. Pero una nube se movió contra la montaña—Mina se estremeció. Mark le tomó la mano y se la apretó. —Traté de seguir mis pasos de vuelta al campamento, pero no pude ver nada por la niebla. Tuve miedo de caerme dentro de una grieta y terminar como esos hombres. Así que me senté y esperé. Esperé por horas, casi hasta la mañana. Al fin la niebla se levantó lo suficiente para ver. Yo estaba justo al lado de las tiendas. Tan cerca que podía haberme arrastrado un par de metros y tocarlas. Pero él se había ido. Él y el teniente Maskelyne se habían ido. Ahora Mark entendía la mezcla de emociones que Mina demostraba hacia su padre, el amor, enredado con la ira. Ella continuó. —Y así hice mi camino de vuelta a Kolkata. Sola. Esperé unas pocas semanas hasta que el dinero casi se me había acabado. Y luego, una vez que me di cuenta que no volvería, hice lo que me dijo que hiciera. —Fuiste muy valiente—Mark deslizó su mano sobre su hombro, en la parte trasera de su cuello. La atrajo más cerca y apoyó su frente contra la de ella— No tenías otra opción. —No lo sé—Ella le apretó la pierna. —Le mentí a la gente. A la gente que no fue sino amable y me aceptó. A Trafford, a Lucinda. Todavía no puedo creer que ella estaría viva hoy si yo no hubiera venido aquí. —No sabemos eso—Él le besó la oreja.
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    Ella se apartó,parpadeó y se secó los ojos. —Encuéntralo por mí ¿Lo harás? Cuando aclares todo esto. —Lo haré—le aseguro él. —Ahora mira mi enagua y dime que escribí. —Ya la he traducido. Los ojos de Mina se agrandaron. — ¿Qué quieres decir con que ya la tradujiste? ¿Mientras estábamos sentados aquí conversando? Él se encogió de hombros. —Soy bueno. También ayudó que tu enagua se encontrara en una condición mucho mejor que el primer maldito rollo. — ¿Qué dice? —Que tengo que poner mis manos en un Ojo.
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    Capítulo 14 Minaagarró su brazo. —Mi padre me habló de un Ojo. Había visto el carácter en los rollos, pero no entendió el contexto. Mark inclinó la cabeza hacia la enagua. —Los rollos hablan en términos de profecías. De cosas que ocurrirán en los próximos siglos. Estoy casi seguro de que el Ojo al que se refiere el rollo es un gran espejo que con el tiempo se convirtió en el Ojo de Pharos. —Pharos… ¿cómo el faro de Alejandría? ¿Una de las siete maravillas del mundo antiguo? —Ese mismo—afirmó él—Cuenta la leyenda que un Ojo, un espejo grande, podría ser utilizado como una lente especial, no sólo para quemar los barcos de guerra que se acercaban, sino para destruir el avance de los ejércitos. Sus ojos se abrieron. — ¿Es cierto eso? ¿Sostenía ese espejo tal poder? Mark se frotó la barbilla. —No puedo decirlo con seguridad. Nunca he visto realmente el Ojo. A todas luces, el espejo fue robado del faro, quizás tan pronto como en el siglo 1 D.C., y según se afirma fue arrojado al océano. Por quién, o por qué, nunca se ha dicho. Tal vez, si sus poderes eran reales, se hizo para mantenerlo fuera de aquellas manos que deseaban usarlo para malos fines.
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    —Tal como loshombres que nos seguían. Pero, ¿por qué desearía mi padre descubrir el espejo? No tenía ningún deseo de hacer daño. Es un hombre excéntrico, pero suave. —Tal vez estuviera tratando de detenerlos. Para impedir que llegara a manos de estos hombres. Las lágrimas llenaron sus ojos. —Mi padre… ¿un héroe? Debería habérmelo dicho. Pero entonces… Creo que sabía que no le creería—Parpadeó rápidamente y tragó. — ¿Y a ti? ¿Puede ayudarte el Ojo? Mark contestó simplemente. —Sí—Había condiciones, por supuesto. Tendría que tratar con ellas cuando llegara el momento. —Tenemos que encontrarlo—dijo ella. —Si tu padre no lo ha encontrado ya. Tiene el otro rollo con todas las instrucciones sobre dónde buscar. —Pero yo pensaba… Mark manoseó el cordón del dobladillo de su enagua. —Este es el tercer rollo, el que cuenta cómo usar el Ojo. No donde encontrarlo. Ella se mordió el labio inferior. — ¿Recuerdas cuándo te dije que mi padre confunde las cosas a veces? —Está bien. Eso será maravilloso saberlo cuando llegue el momento—Mark se puso de pie, pasando sus dedos a través de la parte superior de su cabeza. Fue a la ventana y miró fijamente.
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    —Lo siento—Ella seacercó y le tocó la espalda desnuda—Sé que estás frustrado. —Un poco. —Mark… — ¿Sí? — ¿Quién eres? Él se apartó de la ventana. —Soy yo—Se inclinó. La besó en los labios. Acarició su cintura. —Quiero decir, ¿Quiénes son ustedes? Eres un inmortal—Ella cerró los ojos— Todavía tengo problemas creyéndolo. ¿De dónde viniste? ¿Cuánto tiempo llevas existiendo en la tierra? —Te lo diré más tarde. Hemos tenido bastante conversación por el momento. Con su pulgar, él enganchó el borde de su bata, y apartó la delgada tela. Presionó un beso en su cuello y deslizó su boca más abajo, lamiéndola, probando la piel caliente de su hombro desnudo. Mina suspiró y levantó su mano a la parte trasera de su cabeza. Con un empuje suave, la copa de su corsé dejó caer su pecho en su palma abierta. Él le chupó el pezón, lo suficiente para provocarle un grito ahogado. Retorciéndose, él admiró el anillo rosado que había dejado alrededor de su areola, y acarició la carne húmeda con el pulgar. — ¿Qué dices si probamos la cama? La siguiente mañana, ya tarde, Mina se despertó con el sonido de voces masculinas y una puerta cerrándose. Yacía desnuda encima de las sábanas que estaban esparcidas en todas las direcciones, en sus esquinas y bordes, ya no metidas
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    bajo el colchón,como resultado de una larga noche de amor. Habían hecho cosas… cosas salvajes… cosas perversas. Cada parte de su cuerpo le dolía, como si hubiera librado una gran batalla. Suponía que lo había hecho. Habían luchado, se habían enroscado y derribado el uno al otro hasta la mañana. Ponte encima. No, tú. Sobre tus manos y rodillas. Sí. Así. ¡Oh, qué bonito! Sonrió, alejando el dolor de la melancolía triste dentro de su pecho, el que le decía que no había cambiado nada entre ellos. No realmente. Su corazón permanecía encerrado, sano y salvo… pero sacudiéndose en su jaula, descontento y quejándose. ¿Cuándo permitiría que el enredo en su pecho se desenmarañara y simplemente se enamorara? Todavía no. Ahora no. No de él. Sonidos reconfortantes vinieron de la sala de estar. El vertido de líquidos, y el choque de una taza de té contra un platillo. Ella se apartó de las mantas y se puso la bata. Sin molestarse en mirarse al espejo o cepillarse el pelo, se aventuró a salir. Mark estaba de pie cerca de la ventana con vista al Támesis. A lo lejos, y visible sobre su hombro desnudo, se levantaba el obelisco egipcio, la Aguja de Cleopatra. Llevaba sólo un par de pantalones sueltos a rayas. Su piel dorada se doblaba sobre los músculos tensos de sus hombros y brazos, y se afilaba hacia sus esculpidas caderas. Se le secó la boca. Sabía perfectamente cómo se sentía esa piel, caliente y suave. —Buenos días—Él se volvió para darle la bienvenida. Perecía un león grande, desastrado, con una taza de té diminuta. Tenía una expresión pensativa, pero sus ojos… su mirada se calentó cuando la vio. —Hice subir de la cocina el desayuno. Hay té para ti, si te gusta.
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    Una pequeña chispade timidez se disparó por su espalda y piernas. Las cosas habían sido tan fáciles entre ellos en la oscuridad. Pero aquí… ahora… ella no podía negar un sentimiento de incomodidad. —Gracias—dijo avanzando hacia un carro de bronce, situado entre un banco sólido de flores. Se sirvió una taza llena de té. — ¿De dónde vinieron todas estas flores? —Hay un montón de cartas y telegramas, también en el escritorio—Mark se levantó para estar de pie a su lado. Dejó su taza vacía en la bandeja. —El portero dijo que las trajeron de la casa Trafford. No he mirado las notas, pero estoy completamente seguro de que el arreglo ridículamente enorme de la esquina es de mi banquero. —Por lo menos no hay ninguna rosa roja y blanca a rayas. —Admito que pensé lo mismo. Ella sacó la tarjeta del arreglo más cercano. —Interesante. — ¿Qué dice? Sus cejas se levantaron. —Solo una palabra. Idiota. Y está subrayada unas veinte veces. Él sonrió. —Ese será de mi gemela. —Tu gemela. ¿Cómo se llama? —Su nombre es Selene.
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    —Parece encantadora—Mina serió entre dientes, devolviendo la tarjeta a su lugar— ¿Cuándo podré conocerla? —Estoy seguro que hará acto de presencia más pronto de lo que deseo. — ¿Saldremos hoy? —Aunque me gustaría largarme lejos de aquí y hacer el amor contigo durante un tiempo… tenemos que ponernos en contacto con tu padre, y averiguar si tiene en su posesión al Ojo. Su frente se arrugó. — ¿Has oído la voz de la Novia Oscura de nuevo? —No, y es un alivio, sin duda. Pero la Transición no sólo desaparece. Incluso si Lucinda fuera la Novia Oscura, es sólo cuestión de tiempo antes de que algo tome su lugar. Sólo tengo hasta la siguiente onda de energía moviéndose por Londres para intentar hacer algún tipo de progreso. No puedo predecir en qué clase de condición estaré después. Ella asintió. —Empecemos en la oficina de telégrafos. Conozco un puñado de los colaboradores más cercanos de mi padre. Contactos que deberá utilizar con el fin de moverse alrededor, de país en país. Geográficamente, están ahora bastante apartados de Londres y de su sociedad, dudo que hayan oído la noticia de su supuesta muerte. —Bien—Él se inclinó para darle un beso en el hombro—Tengo una pregunta para ti. — ¿Sí? Los labios de Mark se curvaron. Parecía ligeramente avergonzado.
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    — ¿Quién eraese hombre que estaba fuera de la casa Trafford? — ¿Qué hombre?—Ella se alejó de él y fingió mirar la selección de mermeladas. —El de las escaleras, cuando nos marchábamos—Él tiró de un mechón de pelo del centro de la parte trasera de su cabeza. —Alto. Pelo oscuro. Él tiró, jugando, con una tensión estable, hasta que ella inclinó la cabeza hacia atrás. Él le dio un beso en la nariz. Ella sonrió con tristeza. —No podré ocultarte nada, ¿verdad? —No. Así que no te molestes. Ella apretó los labios. —Es el teniente Philander Maskelyne. Lo mencioné anoche. ¿Recuerdas? Antes de que me dijeras que estabas cansado de hablar. —Es el guía inglés que tu padre contrató para la expedición tibetana. Ella bebió un sorbo de su taza y tragó, lamiendo su labio inferior. —Es un aventurero. Un montañista conocido. Y sí. La última vez que le vi—Él le ofreció una sonrisa esperanzada—estaba con mi padre. Mark parpadeó. —Así que hay una posibilidad de que el teniente sepa dónde está el profesor. Ella asintió. —O se separaron, o mi padre está aquí en Londres, también.
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    —Muy bien, entonces—Lasfosas nasales de Mark llamearon. — ¿Dónde podemos encontrar al Teniente Maskelyne? Ella dejó su taza en la bandeja. —Ese es el problema—susurró, agarrando sus brazos. —No tengo ni idea. Estoy tan asustada de arruinar las cosas. Después, su aparición en las escaleras me tomó por sorpresa. No quería que supieras sobre él. Las cosas eran diferentes entre nosotros ayer por la mañana. Quería encontrarlo yo misma y ver lo que podía decirme sobre mi padre. Así que sí, ahora está por ahí en alguna parte de esta gran ciudad, y yo no tengo ni idea de dónde. Lo siento, Mark. Sospecho que tratará de contactarme, pero no sé cuándo. Mark asintió. —Está bien. Lo encontraremos. —Pero, ¿qué clase de periodo de tiempo es sobre el que estamos trabajando? ¿Cuánto tienes hasta que… bueno… hasta que te hagas…? — ¿Un demonio loco, empeñado en destruir a la humanidad? Ella frunció el ceño, sorprendida. —No lo digas así. Mark pellizcó y rompió el tallo grueso de una rosa rosada y la sacó del arreglo. —Basándome en la frecuencia de ondas anteriores del Krakatoa, diría que una semana hasta el siguiente. Tal vez dos, si tengo suerte. — ¿Y luego? —Entonces… no me verás más. — ¿A dónde irás?
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    Mark deslizó larosa sobre su oreja. —A encontrar a mí asesino. Ella jadeó. — ¿A tu asesino? Él se encogió de hombros, como si su revelación no fuera nada. —Así son las cosas, Mina. Los Centinelas de las Sombras no me permitirá convertirme en una verdadera amenaza para ellos. Me destruirán primero. Y tendré que dejarlos. —Oh, Mark, no. Él miró las flores, y luego la cafetera. —Quiero que sepas… que estarás protegida. Si las cosas salen mal, siempre tendrás una ventaja en este corto matrimonio nuestro. Serás la viuda más rica de Inglaterra y serás capaz de tomar todas tus propias decisiones. —Me gusta tomar mis propias decisiones, pero no quiero ser la viuda más rica de Inglaterra. No quiero que mueras. —Todo esto forma parte del riesgo que tomé cuando crucé la Transición, Mina. Sabía que esto podía suceder. Pero quiero que sepas que no tengo la intención de que tal cosa llegue a ocurrir alguna vez. Tendrás que aguantarme durante un buen tiempo. Voy a ganar—Sus ojos brillaron con fervor. —A pesar de todo lo que pasó, nunca he estado más seguro. Mina frunció el ceño malhumorada, y volvió su atención a la pila de telegramas y tarjetas de visita. Se encontró que eran una mezcla de mensajes de enhorabuena por su boda, y notas de condolencia por la muerte de su tía. Y otra vez, una tarjeta del Señor Matthews. Ella se detuvo en la siguiente tarjeta de la pila.
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    Su corazón dioun salto dentro de su pecho. —Oh, Mark. Mira. — ¿Qué sucede? Ella lo levantó. —Es del Teniente Maskelyne. Debe haber venido al hotel y la dejó. En la parte de atrás ha dejado la dirección de una casa de huéspedes. Mark reclamó la tarjeta y examinó las palabras garabateadas. —Vístete, cariño. Una hora después, bajaron de un coche frente a una envejecida casa de tres pisos, distinguida del resto de otras estructuras de la estrecha calle por su pintura verde intensa. Mark le pagó al chofer para que los esperara en la acera. A medida que entraban en un pasillo oscuro, Mina miró el papel desconchado de las paredes. —El Teniente Maskelyne puede ser bastante snob. Este lugar no cumple en absoluto con sus estándares. Debe estarse escondiendo, o se ha quedado sin fondos. Mark exploró las puertas. — ¿Cuál era el número de la puerta? Ella echó un vistazo a la tarjeta. —C2. —Es esa—Él levantó la mano para llamar. Mina lo alcanzó para detenerlo. —Mark…
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    — ¿Qué pasa? Ella lo miró debajo del ala de su sombrero. —Bien… es sólo que podría enfadarse. — ¿Por qué? Sus labios se retorcieron. —Por un montón de cosas. —No me importa cuales, siempre y cuando nos diga dónde está tu padre— Golpeó con los nudillos la madera. Se apoyó en el marco de la puerta, pensándolo mejor, para permitir que el hombre viera primero una cara familiar. El pomo de latón giró. La puerta chirrió abriéndose. Una voz baja, masculina murmuró: —Willomina. Mark frunció el ceño por el tono íntimo. Mina miró detenidamente hacia dentro, sonrió alegremente. —Teniente Mask… Unas manos la agarraron por las muñecas y la arrastraron al interior. —Philander, espera… La puerta se balanceó para casi cerrarse. Mark paró el movimiento con la palma de su mano. Con un empujón rápido, se metió dentro, detrás de Mina. Allí se quedó de pie cara a cara con el hombre que había visto afuera de la casa de Trafford. Sólo que ahora, en vez de traje y sombrero, el tipo llevaba un pantalón de lino y una camiseta blanca. Los músculos magros eran como cables desde sus
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    hombros a susbrazos y cuello. Llevaba su pelo oscuro corto, estilo militar, un corte que hacía hincapié en la masculina angulosidad de su cráneo. Aunque el hombre era más alto que la mayoría, Mark le sacaba al menos cinco centímetros. Aun así, tenía que admitir… que Philander Maskelyne era inquietantemente guapo. Preocupante por la forma que miraba a Mina. La mirada de Mark se centró en sus manos, donde seguía tomando a su esposa. Quemada. Quemada. Quemada. El teniente separó sus manos lejos, luego contempló sus palmas. Parpadeó con incredulidad. Miró entre ellos, sus labios se curvaron en una mueca de desprecio. — ¿Así que es él? ¿Tu rico vizconde? La expresión de Mina se quedó en blanco. Obviamente, su saludo redactado sin rodeos la aturdió. —Te vi ayer en la calle afuera de la casa de mi tío. Estoy tan aliviada de verte a salvo aquí, en Inglaterra. — ¿Seguro?—Se rió sarcásticamente. —Gracias a tu padre, tengo un objetivo en mi cabeza. Es sólo cuestión de tiempo antes de que los fanáticos enloquecidos de la inmortalidad me encuentren. No esperes que lo cubra tampoco. Lo venderé en un segundo. El hijo de puta me robó novecientas libras. Había periódicos esparcidos en el escritorio. Doblados en un rectángulo ordenado encima de todo lo demás estaba un recorte de su boda y luna de miel. Había también dos pistolas, un rifle, pulidas hasta el brillo. —Siento que estés el peligro y que no te haya pagado—Respondió Mina, entrelazando sus manos—Pero dime… ¿mi padre está vivo?
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    —Lo bastante vivopara recogerlo todo y desaparecer en medio de la noche. — ¿Dónde le viste por última vez? —En Alejandría. — ¿Egipto?—Intervino Mark Maskelyne asintió bruscamente, con sus fosas nasales llameando. —Lo que sea que buscaba… bien, no estaba allí. Le exigí que me pagara en la siguiente etapa del viaje. A la mañana siguiente, se había ido. Mina le preguntó: — ¿Cuál era la siguiente etapa del viaje? —No lo sé. El hijo de puta no me lo dijo. — ¿Todavía tenía los manuscritos? —Maldita sea, los tenía. Si hubiera tenido mis manos sobre ellos, te juro que los hubiera tirado al Nilo. Eran una maldita maldición para nosotros. Mark le advirtió. —Cuida tu lengua delante de mi esposa. —Tu esposa—Él se rió entre dientes. Una sonrisa lasciva apareció en los labios del teniente. — ¿Quieres apostar a que conozco mejor a tu esposa que tú? Mark se lanzó, plantando el puño en la cara de él. Sintió el satisfactorio chasquido del hueso contra sus nudillos.
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    — ¿Te gustala palabra ‘maldito’?—Gruñó Mark. — ¿Don Juan1 masculino? Ve a mirarte al espejo—Él levantó su puño otra vez. —Mark, no—La voz de Mina se abrió camino en la neblina densa de su furia. Estaba sobre él, una imagen borrosa de brazos, faldas y olor a flores de naranjo, y sus dos pequeñas manos le agarraban la muñeca. —Me rompiste la nariz—gritó el teniente. La sangre salía de su nariz, sobre sus labios. —Lo siento mucho—Exclamó Mina. —Por favor envía la cuenta del médico al Hotel Savoy—Mina tiró del brazo de Mark, y lo llevó al pasillo. —Hemos terminado aquí. Vámonos. Con una maldición gritada, Maskelyne cerró de golpe la puerta detrás de ellos. — ¿Por qué hiciste eso?—siseó ella. — ¿Fue la voz? ¿Te dijo la voz que lo hicieras? — ¿La voz?—refunfuñó él. —Tienes toda la razón, era una voz. Mi voz. Él fue el primero, ¿verdad? — ¿El primero, en qué? Sus mejillas se tensaron. —Sabes de lo que te hablo. Mina enrojeció y su boca cayó abierta, y luego la cerró. —Eso no es asunto tuyo—Mark se lanzó hacia la puerta de Maskelyne. 1 La palabra original es Philanderer, que significa Tenorio, Don Juan, mujeriego, y es un juego de palabras con su nombre, Philander.
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    Mina se metióentre él y la madera. Él se quedó mirando su cara, con la mandíbula rígida y sus ojos reflejando la violenta emoción de su interior. Ella aferró sus hombros. —Lo siento, cariño. No me di cuenta de que eras virgen cuando nos casamos. Debería haber sido más suave contigo esa primera vez. Él sacudió la cabeza. — ¿Qué dijiste? — ¿Fui yo la primera?—ella exigió irónicamente. —Por supuesto que no. Ella golpeó su hombro. —Entonces no tienes necesidad de ir golpeando a nadie. —Él te sedujo. —No, no lo hizo—Su cara se arrugó con impaciencia. Ella salió hacia el vestíbulo. —Nos sedujimos uno al otro. Yo tenía curiosidad. Y para tu información, estaba totalmente dispuesta. Estúpida, pero complaciente. — ¿Lo amaste?—le dijo detrás de ella. —No seas ridículo. Persiguiéndola, agarró su brazo. — ¿Lo amas? Ella tiró de su mano y se frotó las sienes.
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    —Tú dímelo. Puedeshacerlo, ¿verdad? ¿Leer mis emociones? Mis pensamientos. Sí, sí, he notado los pinchazos alrededor, sobre todo ayer por la noche cuando estábamos… bien, ya sabes. De todos modos, tómalos. Soy un libro abierto. Él tomó su mano y la apretó en una bola. —Quiero que tú me lo digas. —No lo quise—Declaró ella. —Y para tu información tampoco lo amo. — ¿No?—Él levantó su mano hacia su frente. Ella se la golpeó alejándola y volvió a bajar por las escaleras, hacia la calle. Con un tirón de sus faldas, subió al coche. En la entrada, le habló al chofer. Mark subió detrás de ella, y se dejó caer a su lado. Su peso hundió el banco, y Mina rebotó en el aire. Ella soltó un bufido. —Estás celoso. Me gusta eso. —No estoy celoso—No estaba celoso. Él no se ponía celoso. Oh, Dios. Estaba celoso. Su cabeza bullía de odio al otro hombre, y todo porque el tipo había tenido… ah, sus pensamientos se enturbiaron con la imagen horrible de ellos dos juntos en alguna tienda oscura en una ladera, mientras su maldito padre roncaba, sin enterarse de la tienda de al lado. Como un niño con mal comportamiento, puso mala cara, y quiso agarrar los lados de su sombrero de copa y tirar de esa maldita cosa sobre su cabeza y asfixiarse a sí mismo por la envidia. Odiaba la debilidad. Odiaba todo el maldito conjunto de la idea de ella con alguien más. Dios, nunca había actuado tan estúpidamente antes. Mujeres. Bah. ¿Quién las necesitaba?
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    Él lo hacía.Maldita sea, la necesitaba. — ¿A dónde vamos?—Preguntó hoscamente. Su mano se deslizó a su muslo. Ella le golpeó otra vez. —Si mi padre se ha quedado sin dinero, podría haber vuelto muy bien a Londres. Y si lo ha hecho, pienso que se dónde podría ir a por más. — ¿A dónde? —Hay un hombre en el East End. Colecciona cosas. — ¿Cosas? ¿Qué clase de cosas? —Ya lo verás. Si todavía existe. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. Él se quedó sentado al lado de ella, rígido y silencioso. Su mano se apretó sobre el riel al otro lado del banco. La tensión irradiaba de ella. La había hecho enojarse. Por supuesto él lo estaba también. Se había enojado también. El coche traqueteaba en medio del tráfico, y una neblina densa de polvo y calor, se paró y se detuvo al menos mil veces antes de que por fin el vehículo se detuviera delante de un almacén. —Puedes esperar aquí si lo prefieres—dijo Mina. —No te dejaré fuera de mi vista. —Sólo mantén tus manos en los bolsillos, si vienes—Le instruyó, abriendo la puerta y bajándose sin esperar al conductor. —Ningún puñetazo a nadie. Él la siguió alrededor de la parte de atrás del almacén, a una escalera a la entrada en el segundo piso. Ella apretó un timbre negro. Esperaron en silencio, pero nadie contestó. Ella lo apretó de nuevo. Nada. —No oigo nada—dijo él. —Tal vez el timbre no funcione.
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    Mark golpeó lamadera con el puño. Eso no atrajo a nadie tampoco. Rodeando el pomo con las dos manos, Mina le dio un fuerte empujón. Una mirada de sorpresa iluminó su rostro cuando la puerta se abrió. —Entremos. —Oh, estoy de acuerdo—Sus cejas subieron. —Me gusta ser invitado por extraños en los almacenes de East End, donde nadie abre la puerta. Lo único mejor son las casas abandonadas y las criptas, las cuales, de hecho, he visitado más durante las últimas semanas. Ella lo miró divertida, y Mark lo tomó como un signo muy bueno para que lo perdonara por golpear a Maskelyne. Ahora, si podía evitar golpear a alguien más, o perder el juicio por la Transición, podría haber una oportunidad más para hacer el amor de nuevo esa noche. —Oh, sí—suspiró Mina. —Este es todavía el almacén del Señor Thackeray. Los ojos de Mark se abrieron. Antiguas columnas dóricas se apoyaban en las equinas, y cinco de ellas eran de diferentes épocas y lugares del mundo. Podía decirlo por sus tamaños y texturas. Al parecer el Señor Thackeray también tenía interés por los animales exóticos. Cuando fueron al centro de la nave, Mark golpeó el pecho relleno de un oso polar. Movió el colmillo amarillento de un puma. Más animales se encaramaban en las estanterías de todo el almacén. Dos máquinas voladoras, con alas, motores y aletas, colgaban del techo. Mina señaló a las sombras, hacia un enorme carro, blanco y dorado. —Ese fue siempre mi favorito. Solía fingir ser una princesa mientras el Señor Thackeray y mi padre discutían cualquier negocio en el que anduvieran. Mina se inclinó, levantando la tapa de un sarcófago caído. Continuó.
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    — ¿Mark? ¿Vasa venir? —Sólo estoy esperando ver si hay alguien que conozco. De repente, un sonido salió de la oscuridad… un gemido bajo, torturado. Mina se quedó helada. — ¿Oíste eso? —Lo hice—Lo había hecho. Y no le gustó. Se movió sigilosamente por delante de un barril lleno de herraduras hasta llegar a su lado. Ella gritó. — ¿Señor Thackeray? ¿Es usted? Algo voló sobre ellos desde la oscuridad, un demonio enorme, con la boca abierta. Mark tomó a Mina y la empujó detrás de él. Un esqueleto viró sobre sus cabezas, pedaleando en una bicicleta. Esqueletos. Cabezas cortadas. Maldita sea. La sangre caliente se fundió bajo su piel. Sus ojos se volvieron. —Willo-mi-na Lim-pett—Bramó una cabeza cortada, en lo alto de la pared. — Sé bienvenida a mi fant-as-mago-ricoooooo lugar. —Espera un minuto—Mina agarró su brazo por detrás. —Reconozco esa cabeza cortada. Es el Señor Thackeray. Ella saltó por delante de él, hacia un tabique de madera. Una astilla sospechosa de luz emanaba entre los paneles con bisagras. Mark la siguió. Si el Señor Thackeray era el que hablaba por una cabeza cortada, podría tener que faltar a su promesa de no golpear a nadie. Mina se deslizó sigilosamente tras una caja formada por grandes espejos.
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    —Mina—advirtió Mark. Peroentonces los vio. Dos pies calzados sobresalían, unidos a unos flacos tobillos, que sólo estaban medio ocultos por caídas medias rojas. — ¿Señor Thackeray?—Preguntó Mina. — ¿Podría alguien ayudar a un anciano?—gritó una voz. Mark palpó sus bolsillos hasta encontrar sus gafas y rápidamente se las deslizó en su nariz. Pasó por delante, y sacó, sí, a un hombre de edad avanzada de una caja acolchada en el suelo. El cabello del anciano, seguía siendo sin embargo una bandera gris rígida encima de su cabeza. El desafortunado efecto de la gravedad y demasiado ungüento durante el cepillado. — ¿Te gustó el espectáculo? Compré todo el inventario de un viejo phantasmagorium de Cheshire, y acabo de conseguir que la linterna mágica funcione. La cosa no venía con instrucciones. Lamentablemente, tengo que estar al revés, para que la imagen aparezca derecha. —Por favor permita que le presente a mi marido, el Señor Alexander. —Ah, buen Dios. Te has casado—Thackeray entrecerró los ojos. — Felicidades—Palmeó las mejillas de ella y alcanzó la mano de Mark. —Felicidades. Er... ¿qué está mal en sus ojos, joven? —Nada serio, sólo una… sensibilidad a la luz. —Oooh—Sus labios se aplastaron y presionó su dedo índice contra ellos. — Tengo unas gafas especiales que podrían funcionar mejor que las tuyas. Ven. Ven. Siguieron al anciano a través de pilas inclinadas de enciclopedias polvorientas. Mina se giró hacia Mark. Le dio un toque sobre su ojo.
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    ¿Qué es esto?,articuló con la boca. Él deslizó sus gafas hacia abajo por su nariz. Su boca se abrió. Ajeno a todo, el anciano rebuscaba algo. —Compro un montón de cosas. Muchas cosas interesantes y valiosas. Cosas que la gente ya no quiere. Como el phantasmagorium. ¡Qué divertido! Pero los jóvenes de estos días no están impresionados por la tecnología obsoleta anterior. Siempre están desconectados, siguiendo los destellos al otro lado de la cazuela. Los condujo a una oficina, llena de pared a pared de cajas. Una montaña de papeles de todas formas y colores oscurecía el escritorio. Tiró de un cajón y revolvió. —No, no están aquí—Poniéndose de rodillas, se arrastró debajo de la mesa. — Ah, aquí están. Ven aquí, joven. Levantó una caja de madera estrecha, abierta en ambos extremos. Aberturas para los ojos habían sido cortadas en el frente, y estaban cubiertas por cristal verde y listones verticales. Él murmuró. —Ingenioso. Un invento ingenioso. Mark se preguntó si debería plantarse. Negarse. Incluso huir. Echó un vistazo a Mina, y ella le sonrió alentándole. Por lo visto, ella pensaba que era mejor mantener al hombre contento, y se suponía que tenía que confiar en ella. Lo hacía, después de todo, deseaba complacerla después de haber ido y haber hecho el estúpido de un modo tan completo ante Maskelyne. El mechón de pelo gris de Thackeray se tambaleó cuando se subió de puntillas y levantó la caja arriba, arriba, arriba… Mark cerró los ojos y dobló las rodillas para facilitar la concesión del polvoriento artilugio en su cabeza. Así de fácil, todo se convirtió en un suave verde.
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    —Creo que sillevas estas gafas las siguientes… ah... cuatro o cinco semanas, tu sensibilidad a la luz debería desaparecer. Yo no me las quitaría ni siquiera para bañarme o dormir, si estuviera en tu lugar. Mina se cubrió la boca con la mano. Sus ojos brillaban con… bien, con algo más que diversión. Alegría. La tensión de Mark se alivió y sonrió también. —Muchas Gracias, Señor Thackeray—Dijo Mina con ternura. Mark podría decir que tenía un verdadero afecto hacia ese hombre. No sabría decir que extraños artilugios se habría visto obligada a sufrir en el pasado—Supongo que se estará preguntando por qué estamos aquí. —Bien, no… En realidad no lo hacía. Es agradable recibir visitas de vez en cuando, sin ninguna razón en absoluto. —Realmente tengo una razón—Su expresión se puso seria. —He venido a preguntarle si ha tenido noticias de mi padre. —Tu… padre—Él se rascó la barbilla. —Sí—Ella se mordió el labio inferior. —Me preguntaba si podría haber venido aquí tratando de venderle algo. Él meneó sus cejas. —Sería difícil, ya que está difunto, ¿verdad? Una pesada desilusión como una piedra cayó en el pecho de Mina. —Sí, y-yo supongo que lo sería. El Señor Thackeray tarareó una melodía. Buscó en su escritorio, encontrando un lápiz y una hoja de papel. Garabateó unas palabras. Las sostuvo, de modo que ambos pudieran verla. Sí. Sí. Sí. Vivo y bien. Vendió cosas. Muchas cosas.
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    Mina sonrió, moviéndosesobre sus pies. Ella y el Señor Thackeray habían jugado a eso cuando era una niña. Le diría una cosa -como que pensaba que las niñas debían tener dulces- y luego escribiría instrucciones silenciosas de dónde encontrar el caramelo. También sospechaba que el juego era un método de poder moverse a través de cualquier voto secreto que le hubiera jurado a su padre. Él sonrió a Mina, quizás con un poco de aire de culpabilidad. Desapareció de nuevo bajo el escritorio. Cuando se levantó, sostenía una caja de madera, que abrió ceremoniosamente, una cosa oscura, curtida cosa, se acomodaba en el terciopelo azul. Mina se inclinó más cerca. La mano de una momia. Al otro lado del escritorio, los hombros de Mark se unieron en una mueca de dolor, y se frotó la muñeca. Mina tomó el lápiz y garabateó. ¿Dónde está? Más garabateos. No lo sé. Londres. En algún sitio. —Bien, entonces, ya que no lo ha visto, supongo que deberíamos irnos y dejarlo para que pueda volver a poner en perfecto funcionamiento su demostración de phantasmagorium. Volvieron hacia atrás por el almacén. —Vuelvan pronto—dijo Thackeray, cuando llegaron a las escaleras. —Les pondré todo el espectáculo. La puerta se cerró. Mark la siguió hacia abajo por las escaleras.
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    — ¿Crees queestá mirando por una ventana, o puedo quitarme esta cosa de la cabeza? Mina soltó un bufido detrás de su mano enguantada. —Será mejor que lleguemos hasta el coche. No quiero herir sus sentimientos. El conductor lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos. —Está bien—le gritó al hombre. —Es un invento ingenioso. Una vez que subieron dentro, el conductor espoleó los caballos, y el coche se puso en marcha. Mina se giró hacia él. Levantó la caja y le miró fijamente a los ojos. Durante un momento él creyó que le besaría, pero… no lo hizo. —Gracias—Susurró ella. — ¿Gracias por qué? —Por ser tan dulce con él. Él sonrió. —No sé tú, pero volveré para ver el espectáculo completo del phantasmagorium—Su sonrisa se desvaneció. —Siempre que aun esté aquí hasta entonces. ¿Por qué había dicho eso? No había perdido la confianza, no había perdido la esperanza. Mina palmeó su mano. Sus palmaditas lo molestaron. Las madres las daban. También las hermanas y los amigos tiernos. Los amantes no se palmeaban. —Vas a durar mucho tiempo. Mi padre está aquí, Mark, Está aquí en Londres con los rollos. Averiguaremos todo lo que necesitas saber sobre ese conducto de
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    inmortalidad, y luegoconseguiremos arreglarte. Más correcto que la lluvia. Sólo tenemos que permanecer visibles, para que él pueda encontrarnos. El resto de la tarde la gastaron en el West End, en Mayfair, con el triste tío de Mina y con sus primas, que les comunicaron que las autoridades deseaban mantener el cuerpo de Lucinda para autopsias adicionales. Teniendo en cuenta que el cirujano de la policía se inclinaba hacia un resultado final de enfermedad, en el interés de la ciencia y de la salud pública, Trafford había estado de acuerdo. Debido a las circunstancias, y al deseo de su señoría de intimidad, habría solamente un servicio privado en la capilla en memoria de la condesa, con la asistencia de la familia inmediata. Como las muchachas todavía estaban demasiado afectadas, Mina ayudó a su tío a escribirles cartas a sus parientes y amigos, cercanos y lejanos, retransmitiéndoles la noticia de la muerte de su esposa. Trafford también compartió sus planes para llevar a sus hijas a su finca de Lancashire durante las tres semanas siguientes al servicio. La ciudad, y todas sus atenciones como consecuencia de la muerte de su esposa, eran demasiado para que él pudiera sobrellevarlas. Mina, por su parte, no podía quitarse la persistente culpa de que ella había llevado la miseria sobre la familia, de que era la culpable del reclutamiento y muerte de Lucinda. Cuando la tarde acabó, ella y Mark volvieron al Hotel Savoy, donde habían llegado más flores y mensajes. Las leyeron rápidamente sobre una cena de pollo frío y ensalada, que hicieron subir de la cocina del hotel. Mina frunció el ceño a los montones de cartas y sobres rotos. —Aquí no hay nada de mi padre. Mark cerró el periódico. No había ninguna mención a más partes de cuerpos descubiertas a lo largo del Támesis.
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    —No te preocupes—Murmuró.—La noticia de nuestra boda salió en el periódico de ayer, y la necrológica de Lucinda saldrá hoy. Él lo verá todo. Entrará en contacto. ¿Qué clase de padre no lo haría? Mina sonrió con esperanza. —Tienes razón, ya sabes. He estado tan enojada porque me dejó en esa montaña, pero… sólo hizo lo que pensaba que tenía que hacer para mantenerme segura. No creo que considerara alguna vez que ellos vendrían tras de mí. —Yo tampoco—Respondió Mark, pero sus pensamientos estaban ya en el cielo oscureciendo tras la ventana. Su instinto le obligaba a salir a la ciudad, y a pasar las noches en las calles, sondeando, buscando al profesor, o examinando todo lo malo que pudiera encontrar. Una vez que la casa estuviera terminada, mañana tal vez, podría dejar a Mina bajo la protección de Leeson. Pero por esa noche, sin otras opciones más interesantes para pasar su tiempo… su reloj interno masculino contaba los minutos hasta que pudiera seducirla a ir a su cama del hotel. Un golpe sonó. Mark se levantó de la mesa y abrió la puerta. Un joven atractivo, con una librea real estaba al otro lado. Mark se volvió a Mina con un sobre cuadrado grande, y una amplia sonrisa. —Entrega del caballerizo real. — ¿Un caballerizo real, de verdad?—Mina saltó de la silla para tocar su brazo. —Ábrela. ¿Qué dice? Mark levantó la tapa y sacó una gruesa tarjeta desde dentro. A medida que leía, una sonrisa lenta curvó sus labios. — ¿Qué dice? Entre dos dedos, hizo rotar la tarjeta hacia ella.
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    Sus ojos rápidamentebuscaron a través del Escudo Real… Ascot… admisión para el vizconde y la vizcondesa Alexander.
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    Capítulo 15 Susojos se abrieron. — ¿El príncipe de Gales nos ha invitado a Ascot? —No sólo a Ascot, querida—murmuró él. —Al palco real. Su rostro se iluminó. — ¿Conoces al príncipe? Él se encogió de hombros. —Supongo. —Supones—Ella le apretó el brazo— ¿Es aceptable para mí asistir? Ahora estoy de doble duelo. Por mi padre, y por Lucinda. —Yo también. Soy tu marido. Pero la gente va a Ascot de luto. Eso sí, no hacen un espectáculo de sí mismos, querida—Sonrió. Ella se mordió el labio. —Si estás seguro. Me gustaría asistir. —No podemos hacernos más visibles que en el palco Real de Ascot. Estaremos seguros de ser mencionados en los periódicos. —Tienes razón—Ella tocó con las yemas de sus dedos su pelo—Pero tengo que conseguir un sombrero bonito. —Te compraré lo que quieras—Le prometió con voz ronca.
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    —Mañana iré detiendas. Y en realidad… enviaré una nota a Astrid y a Evangeline, las invitaré a venir conmigo. Mark hizo una mueca. — ¿Por qué cuando han sido horribles contigo? —No son horribles. Sólo están tan mimadas. Necesitan ropas de luto antes de ir a Lancashire. Soy su prima casada y pariente de sexo femenino más cercana. Sólo es justo que mire que se ocupen de esos detalles. —Eres demasiado amable—Él llegó más cerca y frotó sus manos a lo largo de sus brazos—Pero eso es lo que te hace tan especial. Eso, y que eres tan condenadamente bonita. —Me alegro que pienses que soy bonita—Sus mejillas se iluminaron. Vaciló de alguna manera. Finalmente, se acercó a la mesa donde recogió su libro—Creo que leeré un rato. ¿Leer? Mark frunció el ceño, atónito. ¿Quién quería leer cuando había una cama? Abriéndolo, ella le dijo: —Mark. Odio decirte esto. — ¿Qué? Ella giró el libro hacia él. —Creo que el hotel tiene ratones. Se han comido la mitad de las páginas de mi libro. Ah, maldita sea. Selene había estado allí husmeando. Sólo la suerte había hecho que decidiera alimentar su fetiche de palabras también.
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    Con paso llegóa ella. —Hablaré con D’Oyly Carte—Él acarició su mejilla, y luego bajó su cara—Ya que tu libro está arruinado… Ella exhaló y… desvió la cara. —Mina… Había sentido su renuencia. Había sabido que algo estaba mal. Ella negó, y retrocedió ante él, hasta que sus hombros tocaron la pared. —No lo hagas, Mark. No si sientes cariño por mí—Sonrió, pero en sus ojos había lágrimas. — ¿Por qué?—El disgusto salió por sus labios. —Porque estoy a poca distancia de enamorarme de ti—Ella sostuvo su pulgar e índice espaciados un centímetro. —Muy cerca, ¿ves? No digo que lo de anoche fuera un error. No lo fue. Todo fue hermoso. Un sueño. Pero no hagas que te ame. Dolerá demasiado, demasiado profundamente cuando te marches. Y me dejarás de una u otra forma. Si yo te amara… No creo que pudiera sobrevivir—Mark se quedó de pie rígido, entumecido por sus palabras. —Buenas noches, Mark. Él asintió. Ella desapareció en el dormitorio. Él se quedó de pie en el centro de la alfombra y escuchó. Se torturó con el sonido de su vestido y ropa interior al quitárselas, con el roce de su piel contra las sábanas. Finalmente ella se quedó en silencio y quieta. Mark cruzó el cuarto y abrió el pestillo de la puerta del balcón. Salió a la estrecha repisa y agarró la barra de hierro. Aire. Dios, necesitaba aire. Las cortinas de lona se movieron a ambos lados, volando suavemente con el viento. El deseo se lo comía por dentro, un deseo infinitamente más complejo y aterrador por la
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    necesidad simple deestar cerca de ella. Una mujer. Mina Limpett. Le había tomado hasta la última gota de su determinación respetar su petición. Mantenerse alejado. La Aguja de Cleopatra se levantaba sobre el borde de Thames Embankment, a sólo una tirada. No podía explicar por qué, pero siempre se sentía más fuerte cerca del objeto, aunque el Obelisco, uno del trío de esas agujas, sostuviera muy poca conexión con su madre. Hecho de granito rojo, tenía unos veinte metros de altura, y habían existido siglos antes de que la reina egipcia caminara sobre la tierra. Ella había pedido, sin embargo, que los retiraran de la ciudad de Heliópolis, y los trasladaran a Caesareum en Alejandría, un templo que había sido construido en honor de su padre, Marco Antonio. Unos siglos más tarde, la política y los nuevos poderes del mundo lo habían traído a Londres. Los otros estaban localizados en Paris y en Nueva York. —Alexander. Echó un vistazo al balcón superior. Su pelo largo y oscuro ondulaba con el viento. —Hola Selene. — ¿Qué recibiste del escudero real? —Una invitación a Ascot. Al palco Real. Una maldición asquerosa llegó de abajo. Mark se rió entre dientes. —He estado tratando de atrapar una invitación así… bien, durante el último siglo—se quejó ella. —Lo siento. Quizás el próximo año. El silencio se prolongó.
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    —No tenías quecasarte con la chica para llegar a esos pergaminos. —Me doy cuenta de eso. — ¿Lo sabe? — ¿Qué soy un Amaranthine? Sí. Otro silencio largo. — ¿Quieres que vaya ahí arriba?—Preguntó Mark. —Cállate. Ni siquiera vine a verte. Sólo a dar un vistazo. —Te quiero, Selene. Una gota de humedad cayó en su mano desde arriba. A la mañana siguiente, Mina se movió en la suite, totalmente vestida. Mark estaba tumbado a través del sofá. Sólo verlo, despeinado, sin camisa, con su pantalón medio desabrochado, hacía que su boca se secara. —No tenías porqué dormir aquí fuera—criticó ella suavemente. —Sí, tenía—Él se frotó el cuello. — ¿Tienes dolorido el cuello? —Mi cuello no es la única cosa dolorida—Sus ojos quemaron los suyos. Mina se sonrojó. Ella misma había dormido irregularmente. —No me gusta dormir sin ti—gruñó él.
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    Ella sonrió. Nodemasiado ampliamente, sin embargo, porque no quería bromear o animarlo. — ¿Cuándo hemos dormido juntos durante más de media hora? Él frotó sus ojos con la palma de su mano. —Dime que no tengo que hacerlo otra vez. —Sólo te dije que no tenías por qué dormir en el sofá. —Sabes lo que quise decir—Una vez más, dos haces de luz azul carnales quemaron a través de su ropa. Ella sabía exactamente lo que él había querido decir, pero no quería hablar de ello. —Las chicas estarán aquí pronto—Dijo ella con ligereza. —Envié una nota ofreciendo un coche para recogerlas, pero creo que querían ver el hotel y nuestra suite. Mark se puso de pie. —Me vestiré. —No tienes porqué venir con nosotras. Sólo iremos a la tienda de la modista en Tavistock Street. Puedes ir a investigar a Leeson y a la casa. —No quiero que vayas sola. No quiero que vayas a ninguna parte sola, hasta que todo esto con tu padre y los royos, y… y…—Él hizo gestos con la mano. —Y las fuerzas oscuras. Él la señaló. —Sí, hasta que todo eso esté arreglado.
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    Él se vistióy afeitó. Cuando salió del cuarto de baño, llamaron a la puerta. Mina contestó. Astrid entró primero, vestida de pies a cabeza de negro, seguida por Evangeline con un traje similar. Sus caras brillaban de emoción, pero Mina percibió un enrojecimiento en sus ojos, y debajo unas sombras oscuras. —Oh, Willomina, ¿sabes a quién vimos abajo en el vestíbulo?—Dijo Astrid a borbotones. Evangeline exclamó. —A la divina Sarah. La actriz, Sarah Bernhardt. El Señor D’Oyly Carte nos la presentó. Ha venido para mirar una suit—. Astrid se rió. —Dicen que solía dormir en un ataúd, así entendería mejor la tragedia para sus papeles. ¿Puedes imaginarte la morbosidad de despertar en un ataúd? Evangeline susurró lo suficientemente alto, para que cualquiera dentro de las tres cuadras alrededor de la ciudad la oyeran. —También dicen que es la amante del Príncipe de Gales. ¿Crees que es cierto? —Es una mujer muy guapa—afirmó Astrid. —Supongo que lo es. Para alguien de su edad. —Muchachas—interrumpió Mina, sintiéndose como cincuenta años más vieja que cualquiera de ellas, cuando en realidad sólo las separaban unos pocos años. Sus ojos volaron a Mark. Ambas se ruborizaron. Astrid murmuró.
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    —Mis disculpas, suseñoría. Es sólo que el hotel es tan hermoso, y hemos estado confinadas en casa durante tantos días. —Sólo un día—susurró Evangeline. —Bien, parece que han sido días. Mina mostró a las chicas toda la suite. Mark permaneció en la sala, de pie y silencioso, con las manos en los bolsillos. Después, todos fueron abajo. El coche Trafford les llevó la breve distancia entre el Savoy y la tienda de la modista. Detrás de una extensión de limpias ventanas, una sala de recepción elegante esperaba, arreglada con ricas alfombras azules y cortinas doradas. Mesas de caoba mostraban todo tipo de telas, adornos y accesorios. Otros compradores, en su mayoría mujeres, llenaban el espacio. Los asistentes y las dependientas de la tienda estaban con ellas. En unos momentos, apareció la propietaria desde los cuartos de atrás, con unas cintas de medir sobre los hombros. Las llevó detrás de una pantalla para mirar dos mesas llenas de pertrechos de luto, fuera de ojos curiosos. En una mesa había bolsos, chales, guantes y velos, y en la otra, rollos de seda y diversas bombazines y todo tipo de adornos aceptables. —Ven, prima Willomina—Astrid apretó su mano y la atrajo—Dame tu opinión para cada cosa de medio luto. Mi primera temporada puede estar arruinada, pero, ¿quién dice que en verano no puedo terminar con una proposición? Después de todo, el negro funcionó bien para ti. —Pide algunas cosas—Mark se puso detrás de ella, alto y protector. Ella saboreó el timbre profundo de su voz. —Algunos vestidos. Algo fino para Ascot— Él agitó sus dedos hacia la mesa. —Me gusta ese, el rollo negro que tiene unos reflejos púrpuras. La modista sonrió.
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    —Una elección perfecta.Nuestra más fina seda paduasoy2. Con estilo, ella levantó el rollo, y desplegó la seda para que Mina la examinara. Al momento presentó un libro encuadernado con figurines, mientras que una ayudante ofrecía un libro similar para que las muchachas lo miraran. Con Mark gruñendo y haciendo gesto a las imágenes sobre su hombro, Mina hizo tres selecciones. —Tengo que ir para que me tome las medidas. —Estaré aquí—Por su ceño, estaba claro que Mark odiaba totalmente estar en la tienda. Pero igual que un mastín impaciente, se instaló en el sillón. En el vestidor, Mina permitió que la asistenta le ayudara a quitarse el vestido. —Sólo será un momento, mi señora—dijo la chica, colgando su vestido y mantón en una percha. —Gracias. Mina se quedó de pie en ropa interior. Con nada que hacer con su tiempo, se contempló en el espejo. ¿Qué habría visto él en ella? Se tocó el pelo. Su olor llenó sus fosas nasales, especias exóticas y piel masculina. Un aliento caliente rozó su mejilla. Lo había imaginado. Pero entonces… Mark había sido invisible en la cripta. Un muro de calor la abrazó desde atrás. Mina jadeó. Sus manos subieron, buscando, pero no tocando nada más que su propia piel. — ¿Mark?—susurró ella. Sí… 2 Una variante del satén.
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    Su voz respondiódentro de su cabeza. Su ropa se deslizó y se aplastó contra su piel mientras manos invisibles y dedos corrían por sus brazos, sus hombros. Una cálida boca se apretó contra su cuello. Ella cerró los ojos. Exquisito. Cada uno de sus toques era exquisito. —Mark, por favor…—susurró ella. Por favor, ¿qué? La presión onduló sobre sus caderas… cintura… sobre su corsé. Sensual y electrizante. Una mano se cerró sobre su pecho. Otra aplastó su combinación y acarició su muslo. Mina miró el espejo, y no vio nada más que una joven mujer en ropa interior enrojecida, desaliñada y con pechos rechonchos, aplastados. Ella se lamió los labios. ¡Qué maravilloso! Que erótico. Qué astuto por parte de Mark usar ese talento en su contra. —Por favor, detente. Repentinamente, la soltó. Su combinación cayó en su lugar. Mina se balanceó. La modista se paró al entrar. — ¿Mi señora?—La mujer se apresuró para estabilizarla— ¿Se encuentra enferma? —No… —Sus mejillas están sonrojadas y parece débil—Ella instó a su ayudante para ir por un vaso de agua. Ah, pero le dolía. Le dolía por más.
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    Cuando estés lista,Mina. Cuando estés lista, ven a mí. Dos días más tarde, Mina entró a la sombra de Mark a través de la enorme multitud. El cielo se extendía sobre ellos, un dosel interminable de azul. El tiempo era precioso, cálido sin sentir calor. Circularon a lo largo del Recinto Real, habiendo sido escoltados a través de allí por Lord Coventry, el Maestro del Royal Buckhounds, en persona. La tribuna surgía sobre la multitud adornada con flores y vegetación. Los espectadores atestaban las ventanas y techos. Banderas de todos colores se batían en el viento. —Mi madre solía hablar sobre asistir a Ascot, pero nunca imaginé algo tan impresionante como esto. Habían logrado coexistir amablemente durante dos días. Mina había cumplido con su decisión de mantener el matrimonio fuera del dormitorio, y Mark no la había presionado, con un escalofrío de tensión sensual que electrificaba el aire ente ellos. —Realmente es algo, ¿verdad?—La hizo acercarse a su lado, protegiéndola de los empujones de la muchedumbre. —Han hecho mejoras recientemente, hasta ampliar el Recinto Real, aunque no sabrías si esta aglomeración es ridícula. Mina vislumbró unos carriles blancos, y más allá, el césped verde brillante. —Hay tantas personas, ¿cómo puede ver alguien la carrera o a los caballos? Él sonrió. —La mayoría no viene aquí para ver la carrera. Varios señores gritaron saludos a Mark. Seguramente lo había imaginado, pero parecía un eco a su alrededor, una forma de susurros y murmullos.
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    —Es el puntodel caso—La cabeza de Mark bajó, con sus labios cerca de sus oídos—Hablan todos de ti, cariño. Mina se tocó el sombrero, sintiéndose como una mancha de tinta perdida en una extensión de lino blanco. A su alrededor, las damas llevaban creaciones diáfanas de sedas, chiffon y encaje en vibrantes colores veraniegos. Mark había pagado unos honorarios adicionales para garantizar la entrega oportuna de sus nuevos vestidos y sombreros, y ella había elegido el mejor para usarlo hoy. Se sentía contenta por el ajuste experto en su corpiño, y la estrechez de sus mangas, pero en cuanto a la ornamentación, sólo una larga fila de botones corría desde el centro de su pecho y un poco de satén se plisaba en sus puños y dobladillo. Se suponía que se veía tan fina como podía llevando su vestimenta de luto. Lo mejor de todo era que llevaba una insignia que la proclamaba como la Vizcondesa Alexander. No tenía ningún deseo de arreglarse en su estado, pero sabía que siempre recordaría ese día. Quizás años después sacaría la insignia de una caja especial de tesoros y regalaría el recuerdo a una nieta. El pensamiento le puso un pequeño dolor en el pecho, porque Mark, por supuesto, sería la pieza central de cualquier recuerdo. Mina no podía menos que tener en secreto el corazón inflamado de orgullo por él. No sólo era guapo y apuesto, sino también inteligente, y completamente capaz de hacer… bien… todo, por lo que ella sabía. Se advirtió de esa admiración entusiasta, sabiendo que tales sentimientos solo agravarían su pena cuando inevitablemente se separaran. Simplemente disfrutaría de ese día y lo sostendría muy querido una vez que él se hubiera ido. Las voces se elevaron a su alrededor, y una oleada de excitación recorrió la multitud. Casi todo el mundo se dio la vuelta al unísono hacia New Mille. —Es la comitiva real—Mark la llevó hacia la valla, donde encontraron espacio suficiente para uno. Con una mano en su espalda, la puso delante de él. Él se quedó
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    muy cerca deella, con sus piernas aplastando sus faldas. Ella resistió la tentación de apoyarse contra él. Entre los aplausos de la multitud, una carreta abierta rodó por delante con el barbudo y sonriente príncipe Albert Edward dentro, y junto a él, la princesa Alexandra, elegante y serena. Cuatro carrozas más seguían, llenas de personajes elegantes. La comitiva siguió hasta el centro del recinto. Con ellos fuera de la vista, la multitud se movió, aunque sólo ligeramente. Mark la dirigió al centro de la tribuna. En la base de un estrecho túnel de la escalera, un sirviente comprobó su nombre en una lista, y con una sonrisa cortés, los hizo subir. La escena que les dio la bienvenida casi la abrumó. En medio de caras conocidas de la nobleza, también había políticos, artistas y actrices. Una mesa buffet ocupaba la pared trasera, cubierta de salmón ahumado, queso y fruta. Una fuente de plata, rodeada de reluciente cristal, arrojaba arroyos de champán. Una cara conocida apareció entre la multitud: la Señora Avermarle, la mujer de la papelería. —Señora Alexander—La Señora Avermarle extendió la mano. Sus conocidos la seguían de cerca, con sus ojos llenos de interés. La misma sonrisa comprensiva estaba en todos los labios. — ¿Cómo está tu querido tío? Desconsolado, estoy segura. Todos estamos simplemente sorprendidos por la noticia de la muerte de la Señora Trafford. Ven, vamos, tienes que contarme todo. —Alexander—retumbó una voz. Mina echó un vistazo sobre su hombro. El príncipe Edward hacía gestos hacia Mark desde el carril con vista a la pista. Su Gracia despidió a unos cuantos señores, en una petición obvia de intimidad. Mina se volvió a la Señora Avermarle y forzó una sonrisa. Por necesidad, Mark dejó a Mina con las señoras. Se deslizó a través de cuatro filas de sillas blancas relucientes.
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    —Su Gracia—hizo unareverencia. —Un buen día para las carreras, ¿eh?—El príncipe deslizó una mano en el bolsillo delantero de su abrigo. Llevaba un brillante sombrero de copa negro y un chaqué gris exquisitamente adaptado y pantalones. Una cadena de oro salía a través de las ondas gruesas de su chaleco, terminando en un reloj de oro oscilante. —Estas cosas tardan una eternidad en comenzar. A veces aprovecho la oportunidad de renunciar al pequeño negocio de la corona. — ¿Negocio? Edward se acercó. Sonrió con picardía y murmuró en tono clandestino. —Para pensar… en todas las fiestas. Juegos de cartas. Derrotas aplastantes. Nunca sospeché que fueras uno de ellos.
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    Capítulo 16 Marksostuvo su mirada. Edward sonrió. —Su Majestad manda sus saludos. Bien—soltó una risita ahogada—su castigo. Ha estado mal humor, incapaz de dar con el otro Centinela, Lord Black. —Ya veo—respondió Mark. Dudó de informar al príncipe de su estado actual de destierro de los Centinelas de las Sombras. Imaginó que tal confesión sería la vía más rápida de mandarlos a él y a su bonita y nueva esposa escaleras abajo, y demonios, serían más bien expulsados del país. —Voy a transmitirle eso a su Señoría. Quizás cuando Archer llegara para matarlo. Archer siempre había sido el favorito de Victoria. La envejecida reina se había negado incondicionalmente a comunicarse con cualquier otro Centinela. Había sido ella la que había insistido en que Archer reemplazara a Mark en la búsqueda del Destripador. —Como bien sabes, la monarca se está volviendo... más vieja—Edward susurró la palabra, como si incluso ahí, tan lejos de Bamoral, Victoria pudiera oírlos. —Más y más de los asuntos de la Corona están cayendo sobre mí—Él inclinó su cabeza en un ángulo descuidado. —Después de los desagradables asuntos del último otoño, estamos bastante preocupados con esas partes cortadas de cuerpos femeninos que han sido recuperados a lo largo del Támesis—Sus ojos se alzaron hacia Mark. — No habrá más, ¿o sí? Mark evadió cualquier respuesta directa. —Los Centinelas trabaja ahora para asegurarse de eso.
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    Edward asintió ymovió la mano en conocimiento de la multitud que estaba abajo. —No queremos a otro de esos bro-bro, por Dios, ¿Cómo llamas a esas desagradables criaturas? —Brotoi. El príncipe se encogió de hombros. —Demasiado cerca de Bertie para mi gusto. No queremos a otro brotoi por ahí suelto, causando una nueva ola de pánico. Mark cruzó los brazos sobre el pecho. La verdad sea dicha, no sabía si había todavía algún brotoi suelto. —Entiendo su preocupación. El príncipe tamborileó las yemas de los dedos contra la barandilla. —A lo largo de esas líneas, estamos autorizando al comisionado para que dictamine que la causa de muerte de Lady Trafforf fue por enfermedad. Las cejas de Mark se alzaron. —Estoy seguro que el Consejo Primordial estará de acuerdo con esa decisión. El príncipe le dio una palmada en el hombro. —Estoy condenadamente satisfecho de tratar contigo en este asunto. No estoy opuesto a algo de sangre nueva, y a cambiar los rangos actuales. El príncipe sería de hecho un contacto valioso en el futuro. Sólo entonces, los ojos de Edward se fijaron en algo que estaba al otro lado de la sala. Mark miró por encima de su hombro para darse cuenta que la atención del príncipe estaba concentrada en... Mina, en el centro de la sociedad de la Inquisición.
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    —La joven denegro—murmuró Edward. —Es tu nueva vizcondesa, ¿no es así? El orgullo se expandió a través del pecho de Mark. —Nos casamos la semana pasada. Su Gracia asintió. Lentamente sus cejas se levantaron. —Tu... er... viajas mucho, ¿no es así? —No—Mark frunció el ceño ante el notorio mujeriego y estrechó los ojos. — Casi nada, nunca más. El príncipe apretó el hombro de Mark y caminó con él hacia las mujeres. — ¿Te apetece una copa de champagne? Esa tarde, después de las carreras y de que todas las festividades asociadas terminaran, un carruaje alquilado llevó a Mark y a Mina a Londres. Ella se reclinó contra su hombro, exhausta por las actividades del día. Un bache en el camino la despertó de una sacudida y alzó la vista. Había una tensión evidente en los músculos de las sienes y en la mandíbula de Mark. —No te sientes bien. —No. — ¿Oyes esas voces? —Sólo una. — ¿Qué puedo hacer?—murmuró ella. —Nada, Mina. No hay nada que puedas hacer.
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    Mark se levantóy asió el tirador de la campanilla para hacerle una señal al chofer. A través del tubo de comunicación, le dio al chofer una dirección que no le fue familiar a Mina. Para el momento en que atravesaron Mayfair, la noche oscurecía el cielo. El carruaje giró en una avenida corta, alineada con unas casas inmensas. Pilas amontonadas de vigas de madera y basura se juntaban en el pavimento, como si cada casa estuviera bajo una remodelación. Eventualmente pararon enfrente de la más grande. Había luz que se escapaba de las ventanas frontales. — ¿Dónde estamos?—le preguntó Mina a Mark mientras le ayudaba a bajar las escaleras. —En mi hogar—La dejó en la acera pavimentada. —Al menos por la noche. Su malestar se estaba intensificando, como evidenciaban sus mejillas demacradas y la sombra que tenía debajo de los ojos. El señor Leeson, a quien ella no había visto desde su malograda salida de Londres, bajó las escaleras frontales. —Está aquí. ¿Por qué no mandó un mensaje? No estoy listo. —Enséñale a Mina la casa—Dijo él ásperamente. —Y ve que tenga cualquier cosa que pueda necesitar. La comprensión apareció en las facciones del viejo. —Oh, señor. Sí, por supuesto. Mark se alejó por el césped. — ¿A dónde vas?—Mina lo siguió, trotando a su lado para mantener su ritmo. Sus enaguas y su falda se arremolinaron entre sus piernas. —A dar un paseo.
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    —Voy contigo—Ella loalcanzó para tocarle el brazo. —No, no puedes. Ella plantó las suelas de sus zapatos en el pasto y se interpuso en su camino. —No quiero que estés solo. Él se paró, tomándola de los hombros lo suficientemente fuerte como para hacerle estremecer. —Pero estoy solo en esto. No importa cuánto quiera que las cosas sean distintas, tengo que hacer esto solo. Tenías razón cuando dijiste que éramos muy diferentes, Mina. No debí involucrarte en eso. No de la manera en como lo hice. Es que sólo pensé, con toda mi arrogancia, que podría hacer que funcionara. Por ahora, lo único que quiero es que estés a salvo. Quiero que entres en la casa con Leeson y te quedes ahí hasta que esto haya terminado. Él te protegerá. — ¿Por qué estás hablando así, Mark?—Mina parpadeó para espantar sus lágrimas. —Como si estuviéramos despidiéndonos. ¿Qué es diferente ahora? Mark presionó su puño contra un lado de cabeza. —Puedo escucharla, cada vez más fuerte y más furiosa que nunca. Puedo oler su rancio aroma en mi nariz. Sus palabras le hicieron daño, la torturaron. Estaba herido, y ella quería estar con él. —No me despediré así de ti. No iré a esa casa, y no me quedaré así, no después de todo lo que hemos... Él se abalanzó, tomando su rostro entre sus manos, y besándola. Suspendida, con los dedos de sus pies apenas tocando el césped. Mina sintió la intensidad de sus emociones y su adoración a través de sus labios, de su garganta y de su pecho. Con
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    un gemido, laapartó de él. —Quédate—Se dio la media vuelta, haciéndole un gesto con la palma de la mano. —Mark... —Lo siguió. —Maldita seas, Mina—Le gritó. —Dije que te quedaras ahí. El rugido de sus palabras la horrorizaron, quitándole el aire de sus pulmones. Afligida y pálida, se quedó en su sitio, paralizada, mientras él se retiraba, desvaneciéndose al doblar la esquina de la casa. —Más vale que haga lo que él dice, hija mía—la consoló una suave voz. Lesson estaba a unos pasos detrás de ella. — ¿Se ha ido? ¿Para siempre? —Seguramente no. No se preocupe. Sus palabras no la tranquilizaron. ¿Mark habría perdido la esperanza? Entumecida, siguió al señor Leeson por las escaleras y dentro de la casa. Incluso a esa hora tardía, los carpinteros aserraban y martillaban. Cortaban molduras de madera y las fijaban en su sitio. Los pintores cubrían las paredes con una suave capa de pintura blanca. Leeson la llevó de habitación en habitación, hablando de la selección del papel tapiz y de las alfombras, y de cómo la casa era una pizarra en blanco y que ella podría hacer los cambios que quisiera. La estructura entera había sido equipada con iluminación por gas, así que en cada habitación él giraba las válvulas, como si quisiera probarle que funcionaban. Pero sin importar cuán valientemente intentaba distraerla, a ella no podía importarle menos la casa. Mina sólo podía pensar en Mark. Leeson la exhortó en las escaleras centrales. —Una vez que todo esté bien en el mundo otra vez, y que su mente pueda
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    volcarse a pensamientossatisfactorios, podemos cruzar la ciudad a los almacenes de su señoría y hacer las selecciones que usted quiera. — ¿Tiene almacenes? Su bigote se ladeó con una sonrisa. —Tiene tres, llenos con muebles, piezas de arte y cualquier cosa deliciosa que pueda imaginar. Jarrones. Esculturas. Urnas. Viejas y nuevas. Es casi como si hubiera estado esperando todo este tiempo por... — ¿Esperando para qué?—murmuró Mina. —Para tener un hogar. Las lágrimas se agolparon en los ojos de Mina. Surgieron en los ojos del señor Leeson también. —Oh, Dios querido. Mírenos—Gimió ella. Él tomó dos pañuelos de su bolsillo y le tendió uno a ella. —Gracias—ella se sonó, cerrando los ojos. Él se limpió el rostro, incluso levantando el parche del ojo para limpiar debajo. —No ha sido nada, querida. —Es sólo que no sé cómo ayudarlo. —Todo va a salir bien. Ya lo verá. Él es fuerte. Mina se paró en el descanso del tercer piso. —La casa es encantadora, pero no deseo ver más esta noche. Creo que solamente quiero estar sola por ahora—Había muchas puertas a lo largo del pasillo. — ¿Hay algún lugar en donde me pueda recostar? —Por supuesto. Por aquí, sígame—El señor Leeson la guió por el corredor.
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    Había parches estriadoshorizontales, como evidencia de los nuevos conductos de gas. —Por supuesto, cubriremos este desorden con papel tapiz, cuando esté preparada para hacer la selección. Giró la perilla y empujó la puerta. —Santo cielo—Mina se quedó sin aliento. Aunque el resto de la casa podía estar incompleto con respecto al mobiliario y a la decoración, la habitación principal había sido terminada a la perfección. Los paneles de madera relucían. Cortinas de color azul marino colgaban de las ventanas, y un sólido mobiliario ocupaba cada parte de la habitación, perfectamente colocado. El aire olía a madera y a cera para muebles. —Es libre de cambiar cualquier cosa que no le guste—dijo él. —Es perfecto. No podría cambiar nada. Es muy talentoso, señor Leeson. Espero que alguien se lo diga por lo menos un centenar de veces al día. El diminuto hombre sonrió orgulloso. — ¿Tendremos que traer su baúl desde el Savoy, entonces? —Sí, gracias. —Voy a despachar el carro para eso ahora. Le avisaré en cuanto hayan llegado. Cuando se fue, Mina se quitó el sombreo y su insignia de Ascot y entró en el cavernoso vestidor. Unas cuantas cajas se alineaban en las estanterías. Cajas verdes, del mismo tipo que se usaban en la tienda de la modista donde compraron su vestido de luto. Tirando de un lazo, levantó la tapa de la primera caja. Y luego de la segunda. Y de la tercera. Todos eran vestidos. Hermosos vestidos, cada uno en un vibrante color diferente. Azul, rojo y verde. En la caja final descubrió una profusión de vaporosa ropa interior de encaje y una tarjeta.
  • 299.
    Con devoción. M. Mark. Sujetando la tarjeta contra su pecho, cruzó la habitación hasta la ventana, y miró detenidamente al ensombrecido jardín. Devoción. Le ofrecía devoción, incluso cuando ella lo había mantenido a raya. Algo se deslizó por el dedo de su pie. Mina parpadeó. ¿Se deslizó? No podía pensar en nada que debiera deslizarse dentro de las paredes de una habitación. Buscó en la alfombra. Los colores oscuros y el patrón entretejido de hojas y flores casi ocultaban la estrecha cola mientras desaparecía bajo el brazo de una silla. Mina soltó un gemido ahogado. Su pulsó se aceleró. Una serpiente. Había visto serpientes antes, casi siempre en la India. Una incluso la había sorprendido en su saco de dormir una noche. Podría solicitar la ayuda de Leeson, pero ciertamente si se ausentaba aunque fuera brevemente para llamarlo, la serpiente podría desaparecer y no podrían encontrar a la criatura de nuevo. Cómo podría descansar en esa casa, sabiendo que una serpiente, probablemente una serpiente venenosa, estaba suelta. ¿De dónde vendría? Con el corazón latiendo fuertemente, se inclinó por la cintura y se quitó el zapato. Con los músculos cargados de tensión, envolvió los dedos en la punta del zapato para así poder utilizar el fuerte y puntiagudo tacón como garrote. Avanzando hacia la silla, se arrodilló y miró debajo. La serpiente, oscura y brillante, un áspid, creía ella, salió del lado opuesto en dirección a la cama. Ella saltó y poniéndose de pie persiguió a la serpiente, levantando su brazo... —No, no, nooo. Una voz de mujer. Una mano sujetó su muñeca, titubeando mientras tiraba de su brazo. Un remolino de faldas negras desdibujó la visión de la presa de Mina.
  • 300.
    Mina se escabulló,con la parte trasera de sus piernas golpeando contra el colchón. Ella parpadeó, y abrió los ojos. Tal alta como un hombre, y de pie tan orgullosa como una reina, una mujer la estaba mirando. Pelo oscuro, tan brillante y espeso como la visón, caía sobre sus hombros, hasta su cintura. Pasadores de marfil sujetaban su pesado moño en su coronilla. Usaba un vestido del color canela, hecho de rica y pesada seda. Un granate del tamaño de una cereza brillaba en su dedo. — ¿De dónde has salido?—murmuró Mina. — ¿Qué intentabas hacer con ese pequeño zapato tuyo?—Sus ojos negros reflejaban desagrado. Mina bajó el zapato, respirando fuertemente. —Bien... hay una serpiente, y está en mi tocador. La iba a aplastar. ¿Quién eres? —Soy Selene. La Condesa Pavlenco. Y la serpiente es una hembra—Sorbió con la nariz. Mina presionó su pecho con una mano. —Se me debe de haber pasado de alguna manera, con todo el alboroto. Ella sólo le llegaba a la nariz de la condesa. —Eres la hermana de Mark. —Bien, por supuesto que lo soy—respondió con aire de superioridad. Con largas zancadas, se apresuró hacia la serpiente y la recogió. Susurró. —Todo está bien, señora Hazelgreaves. Esa pequeña malvada no le hará daño. ¿Pequeña? Ciertamente lo era, comparada con esa amazona. — ¿Señora Hazelgreaves?
  • 301.
    Una ceja oscurase levantó. —Llamada así por una amiga. —La señora Hazelgreaves es un áspid—Mina acusó. —Las áspides son venenosas. ¿Estás tratando de matarme? —Nooo— Selene metió la serpiente en una bolsa de terciopelo que tenía atada a la cintura. —Sólo quería algunos gritos y unos saltos alrededor. Eso es todo, te lo juro—Sus labios dibujaron una amplia sonrisa. —Todo en sana diversión. Mina no le devolvió la sonrisa. —Disculpa si mi reacción te ha decepcionado. ¿Por qué estás en mi habitación? La sonrisa se evaporó. —Porque todavía no te lo ha dicho. — ¿Decirme qué? —Quién es él. —Es Mark—Mina enderezó los hombros. —Y eso es todo lo que me importa. —Esa es una respuesta perfectamente encantadora—Selene apretó con una mano de dedos largos y bien cuidados su pecho. —Aunque eres curiosa. Sé que lo eres. Los Centinelasna de las Sombras se desplazó lentamente hacia el asiento cerca de la ventana. Se sentó y se reclinó contra los cojines. Capas de enaguas de encaje se arremolinaron contra sus tobillos decididamente femeninos y sus lustrosos zapatitos negros. La pesada tela siseó con su movimiento. —El verdadero nombre de Mark es...
  • 302.
    —No, no melo digas... —Alexander Helios. Mina cruzó los brazos sobre su pecho y exhaló. —Será mejor que te vayas. La condesa solamente sonrió y se hundió más profundamente entre los cojines. —No reconoces el nombre, ¿verdad? Mina titubeó. — ¿Debería? —Cleopatra y Marco Antonio fueron nuestros padres—Ella volvió su barbilla contra su hombro. — ¿Ves el parecido? Con las representaciones más amables, por supuesto. Mark se parece más a nuestro padre. Mina se tragó su incredulidad. Si las revelaciones de Selene eran ciertas, eso haría que Mark tuviera diecinueve siglos de edad. De todas maneras, negó. Simplemente no estaba bien. —Por favor detente aquí. Creo que debo escuchar todo esto de él. Cuando esté listo. —Nunca estará listo—Selene examinó su uña. —Eso debe decidirlo él. —Conoces la historia, y sí, estuvimos ahí. Nuestra madre consideró un honor que nosotros fuéramos testigos de su suicidio. La revelación de Selene la dejó sin aire en los pulmones, y sin réplica en sus labios.
  • 303.
    —Eso es... terrible. Selene se encogió de hombros. Sus faldas de seda reflejaban el cálido resplandor de la luz de gas. —Intriga. Traición. Asesinato político. Eventos así eran la piedra angular de nuestra familia, si le puedes decir así a lo que tenemos—Aunque la condesa adoptó una pose de languidez indiferente, sus ojos brillaban tan negros y duros como el ónice. —Teníamos diez años. No éramos todavía Amaranthines. Ella tenía el poder, ves. Podía haberse hecho inmortal. Mientras Octaviano y su ejército avanzaban hacia Alejandría, el Consejo Primordial le concedió el poder para hacerlo. Pero una vez que se enteró de la muerte de Antonio... ella perdió la razón. Deliró y gritó. Nos hizo a Mark y a mí inmortales en cambio. — ¿Para salvarlos de Octaviano? Ella rodó los ojos. —En absoluto. Íbamos a ser sus armas, sus caballos de Troya después de su muerte, si quieres. Nos hizo prometer que íbamos a llevar a cabo su venganza contra Octaviano. Ella se movió y ajustó el bolso de terciopelo de su cintura. — ¿Qué pasó después? Una cierta cantidad de culpabilidad acompañó esa pregunta. No debería preguntarle nada; no debería ser curiosa. No con Selene haciendo todas esas revelaciones. Selene miró por la habitación. — ¿Tienes algún libro? —No en la habitación. Lo siento.
  • 304.
    Su aquilina narizse arrugó con irritación. —Bien entonces... para entender, tienes que saber que cuando a los niños se les es concedida la inmortalidad, deben madurar su edad de máximo rendimiento, a la edad en donde son más fuertes mental y físicamente. Así que sí, por años tuvimos la inmortalidad en nuestra sangre, pero ninguno de sus poderes asociados. Estábamos sin ayuda, y a merced de Octaviano. Nos convertimos en los premios de la guerra, Cleopatra debió saberlo. Octaviano nos regresó a Roma—Su voz se hizo más silenciosa. —Nos tenía atados con pesadas cadenas de oro, así apenas podíamos caminar, y nos llevaron por las calles. Los ciudadanos se burlaban. Nos lanzaban basura rancia y cosas peores. —Mark tiene cicatrices... Selene jaló el puño de su manga y la sujetó contra su muñeca, revelando unas cicatrices idénticas a las de Mark. —Como insulto final, Octaviano nos obligó a cuidar de su hermana, la verdadera esposa que nuestro padre había abandonado para irse con nuestra madre. Puedes imaginar lo que hizo por una educación satisfactoria. —Lo siento—susurró Mina. Una ceja oscura se alzó. —No me tengas compasión, pequeña. Y ciertamente no le tengas compasión a él. La experiencia sólo nos hizo más fuertes. Más implacables. Más determinados a abrir un sendero hacia nuestra propia leyenda, opuestos a convertirnos en un pie de nota del histórico, y en mi opinión excesivamente cobarde, fallecimiento de nuestros padres. Es por eso que ganamos la atención de los Primordiales, como candidatos apropiados para la orden de élite de los Centinelas de las Sombras—Sus ojos se estrecharon. —Mirando hacia atrás, no cambiamos nada. — ¿Por qué me dices todo esto?
  • 305.
    —Dime tú larespuesta. — ¿Para qué lo entienda a él mejor? —Detén los violines—Selene alzó una mano y se arqueó en una carcajada. — Equivocada. Un ardor cubrió las mejillas de Mina. El Señor tendría que ayudarla si iba a tener pasar las festividades con esta mujer. — ¿Entonces por qué?—inquirió crispada. —Para decirte, en los términos más claros... que lo dejes. No vales su sufrimiento o su legado. Huye y huye ahora, tan rápido como tus pequeñas y mortales piernas te dejen—Selena se puso de pie. — ¿Necesitas dinero para poder irte? Tengo mucho. —No—respondió Mina firmemente. —No lo dejaré. Estamos casados. Casados. La intensidad de su convicción la asustó. Estaban casados. Mark era su esposo, y ella era su esposa. —Casados—Selena se mofó. —Montones de personas están casadas. Y eso no significa nada—Selena se acercó lentamente. —Solamente eres una distracción para él en esto, en la víspera de su mayor batalla. —Él detendrá a la Novia Oscura. Ella resopló. —No estoy hablando de la Novia Oscura. Estoy hablando de mí. Cuando lo veas de nuevo, si lo ves de nuevo, dile que los portales se han abierto lo suficiente para que mis órdenes puedan pasar a través de ellos. Su imagen se tambaleó. Se disolvió. Poco antes de desaparecer... su sonrisa flaqueó. Entonces se fue.
  • 306.
    Mina dio unalarido de frustración. Vociferó alrededor de la habitación. Qué horrible mujer. Qué horrible historia. Mark. Fue hacia la ventana y miró hacia la noche. Él estaba afuera. Solo. Sí, ella había visto a la aterradora criatura en la que él se podía convertir. Pero también había visto otra parte de él. Había algo en medio del césped, algo que se parecía sospechosamente a un sombrero de copa. Su mente trabajó, zumbando y haciendo ruido con cada pensamiento. Cuando Mark escuchó la voz de la Novia Oscura, había ido allí por una razón, y ciertamente no sólo era dejarla en su casa a medio terminar con Leeson. En el momento en que la dejó, gritándole que se quedara detrás, no regresó al carruaje. Se fue en dirección al jardín. Mina salió de la habitación y bajó por las escaleras de servicio. Se las ingenió para evitar a Leeson, y después fue de habitación en habitación, eventualmente encontró la puerta que daba al jardín lateral de la casa. Sí, su sombrero. Y poco más allá, su capa, que había descartado a lo largo de su camino. Los dos objetos la condujeron a un pequeño nicho de árboles. Un muro de piedra se levantaba, de menos de medio metro o algo así, rodeaba una especie de piscina. No había nada más. Ningún sendero o alguna torre mágica. Ella puso sus cosas sobre las piedras y se sentó, desilusionada. Una suave brisa barrió la superficie del agua, pandeando el reflejo de la luna llena. Las carpas ornamentales naranjas y plateadas se retorcieron bajo la superficie, con sus escamas brillaban a la luz de la luna. Su reflejo apareció, como un comprensivo confidente. — ¿Qué voy a hacer?—murmuró ella con el corazón suave. —Lo amo. Oh, sí, lo hago. Y me siento miserable sin él.
  • 307.
    La imagen lesonrió, aparentemente con los dientes expuestos. Ausente, Mina tocó la parte trasera de su cabeza y encontró que su pelo, aunque desordenado por todo el día, seguía sujeto en su sitio, nada que ver con el largo y oscuro pelo que se arremolinaba debajo. Una mano salió del agua y la tomó de la muñeca, haciéndola caer de frente contra el agua. El impacto del agua fría forzó la respiración de sus pulmones. Instintivamente ella inhaló. Aire, no agua, invadió su boca y su nariz. Las manos en sus muñecas tiraban de ella, hacia bajo... y abajo. La luz de la luna se volvió apenas visible. Mina luchó. Se retorció. Pateó para liberarse. Un rostro pálido se cernió sobre ella. Una afilada, dolorosa presión, dientes, la sujetó por la nariz, terminando con un onda de pelo oscuro y un vistazo de escamas plateadas. Dos manos la jalaron y la empujaron a través de un agujero, de un túnel. Sus pies se toparon con piedra sólida. Escaleras. Con los ojos abiertos, miró un brillo ondulante de color naranja. Mina salió de golpe del agua. Se colapsó, jadeando, en una extensión de suelo de mosaico. Miró las baldosas azules y blancas. Su pelo. Su piel. Sus ropas. Estaban completamente secas. Mark se puso en cuclillas a un lado de ella, completamente serio. — ¿Qué estás haciendo aquí?
  • 308.
    Capítulo 17 —Memordió la nariz—exclamó Mina. Sus cejas se levantaron. —Veo las marcas de sus dientes—Él quitó su mano y pasó la punta acolchada de su dedo índice sobre el doloroso punto. —No te rompió la piel sin embargo. — ¿Qué es ella? —Es... una mujer. —Él se encogió de hombros, indiferente. —En el agua. Mina se levantó para sentarse. —Espero una explicación mejor que esa. Él se puso de pie. —Ella es una Nereida paria, pasando tiempo hasta que pueda volver a casa. —Una Nereida—repitió ella con incredulidad. Pero, por supuesto, lo creía. Él le tendió la mano y la levantó en brazos. —Por el momento, ella es la encargada de esta primavera. No se supone que deba dejar que cualquier venga abajo. Debes haberle gustado. Una caverna de bloques de piedra muy juntos se extendía por encima de ellos. Dos candelabros iluminaban la oscuridad. Las baldosas bajo sus pies formaban un gran pulpo, extendiendo sus tentáculos en espiral en todas direcciones. Contra la pared había una tarima estrecha, cubierta de mantas. El aroma mineral de manantial llenó su nariz.
  • 309.
    — ¿Qué eseste lugar?—Su voz se hizo eco débil. —Es un baño romano, cubierto por la ciudad hace mucho tiempo. — ¿Puedes oír la voz de la novia oscura aquí abajo? Mark sonrió con fuerza. —No mucho. Mina abrió la boca, con su corazón creciendo con esperanza. — ¿Así que te puedes quedar aquí, protegido, hasta que la ola acabe? —Algo así. Ella no le quería decir nada más de su padre, del Ojo o de la novia oscura. No había nada más que discutir. Cuando la ola terminara, él la cazaría. Y como resultado, él viviría o moriría. — ¿No estás enfadado conmigo por haber venido aquí?—Preguntó ella. —No tan enojado como debería estar—La luz de las velas se reflejaban en la mandíbula y en los huecos de sus mejillas. Mina se movió a su sombra y con su mano tocó el centro de su camisa. —No, Mina—Él retrocedió un paso. Ella dejó caer sus brazos a los costados. —He venido en busca de ti por una razón. Él negó. —No deberías haber venido.
  • 310.
    —Quería estar conmi esposo. Él miró hacia abajo y cerró los ojos. —Tenías razón cuando dijiste que un día... que un día tendría que irme—El músculo de su cuello se movió al tragar. —No me quedaré, Mina. Nunca lo he hecho. Nunca podría ser el marido que mereces. Incluso si logro salir de esto, con el tiempo me tendré que ir. No es justo que te impida todas las cosas que te traigan felicidad. —Felicidad—Ella sonrió, y su visión se volvió borrosa por las lágrimas. —Este momento... estar contigo, me trae felicidad. Eso es suficiente. Mina retrocedió hacia la tarima. Con dedos temblorosos se desabrochó los botones de la parte delantera de su corpiño. —Alexander Helios, hijo de Cleopatra y Marco Antonio, sé mi esposo. Sé mi lugar seguro ahora, esta noche, y déjame ser tuya. Sus labios se separaron con un aliento. —Tú... sabes. Ella asintió. —Tú viciosa hermana, a quien me temo no me importa casi nada, me visitó esta noche y me lo dijo todo—Mina empujó la ropa por sus hombros. —Ella quiere que sepas que le dieron órdenes de matarte. Mark no hizo más que parpadear. En su lugar, observó, fijamente mientras ella se quitaba la blusa y se desataba la falda. —Me ocuparé de ella mañana. Quedándose en su mirada caliente, ella apenas sintió el aire frío de la cámara subterránea.
  • 311.
    Con una suavemaldición, él cerró la distancia entre ellos y la agarró por la cintura, levantándola en su contra, llevándola a su cama. Ella se acurrucó en torno a él, inhalando su aroma y enterrando las manos en su pelo. Suavemente, él se arrodilló y se apoyó en la cima de las mantas. Él tiró la camisa de sus hombros. —Mi esposa. Mi bella esposa. —Apoyándose en sus brazos, él se sentó encima de ella. —Tú eres la única. En toda mi vida, eres la única mujer a la que he amado. La única mujer con la que me he casado. ***** —Despierta, cariño. Es por la mañana—Mark estaba apoyado en el codo, mirando hacia abajo el rubor de Mina, su cara de sueño. Desnuda, ella hundió la cara en su cuello. — ¿No podemos quedarnos aquí? —Sabes que no podemos—Él se inclinó para darle un beso en la sien. Había llegado el momento para que él dejara a Mina y saliera de la ciudad. Se vistieron en silencio, cada uno ayudándole al otro a abrocharse los botones. Un momento después, se situaron en el borde de las escaleras. Negra-azul, el agua ondulaba y golpeaba las piedras. El nerviosismo de Mina era evidente. —Aquí—Mark puso una moneda en la palma de su mano. —Dale algo brillante para el camino. A ella le gustan las cosas bonitas. Con un apretón, la llevó a las escaleras. — ¿Estás lista?
  • 312.
    Mina asintió. —Uno.Dos. Tres. En conjunto, se hundieron bajo la superficie. Familiarizado con la estrecha dimensión del túnel, él la dirigió y tiró de ella. Una vez dentro de la columna del pozo, ascendieron. Temprano por la mañana la luz reveló el esquema ágil de la Nereida contra la piedra gris. Como una princesa antigua, unida para siempre a una torre acuosa, ella los rodeó, agitando el agua con su cola plateada. Sin embargo, sus ojos estaban muy abiertos, y ella evitó ofrecérselos a Mina. En cambio, apuntó hacia arriba. Mark miró. Las manos de Mina se cerraron en sus hombros. En la superficie de arriba, un rostro miró hacia abajo, un parche negro fue claramente visible. Con una serie de patadas fuertes, Mark llevó a Mina a la superficie. Ella se agarró a la cornisa, y él la levantó hacia arriba. La mano abierta de Leeson se agachó. Mark tomó la palma de su mano, y con la presión de sus botas contra la piedra, se apeó. El agua salió fuera de su ropa, de su piel, dejándolo seco. —Su señoría, tiene visitantes—anunció Leeson. — ¿Visitantes peligrosos?—Preguntó Mark oscuro. — ¿O visitantes que me gustaría que me... visitaran? —Ambos, diría yo. La curiosidad de Mark se despertó, tomó a Mina de la mano. Por primera vez, llevó a su esposa a la casa que él había esperado podrían compartir como marido y mujer. Una casa en construcción. Una con muchas mejoras por realizar.
  • 313.
    — ¿Dónde?—Preguntó Mark. —Es en el estudio. Mark hizo a Mina a un lado. Leeson esperó cerca de la puerta del estudio, con la mirada enfocada hacia el hall de entrada de la casa. Todavía era temprano, y los obreros no habían llegado. Los pasillos y las habitaciones estaban en silencio. Mark pasó la punta de los dedos a lo largo de la mandíbula de Mina. —Gracias. Fue todo lo que podía decir. Más grandes, palabras más atrevidas patinaron hasta detenerse en la parte trasera de su garganta. Ella asintió. Él se inclinó y la besó con dulzura en la comisura de su boca, y luego en el tope. Un posible adiós. Ella se dio cuenta también, él lo vio, porque ella parpadeó con repentina humedad en sus ojos. Mina dejó a Mark de mala gana. Temía que en cualquier momento se fuera, y ella se quedaría con sólo recuerdos. Arriba, se lavó. Sus baúles se habían entregado del Saboya. Enfocada en sus tareas con normalidad, se puso de pie en ropa interior en el amplio vestidor y guardó sus cosas. Cuando llegó a uno de sus vestidos negros de luto, se detuvo. No. Hoy se pondría el vestido azul que Mark había comprado para ella. El de colores fuertes. Del color de sus ojos. Una vez vestida, volvió la planta baja. Del estudio hubo una andanada de maldiciones gritadas. La madera, las lámparas de araña, se estremecieron con su intensidad. Algo se estrelló contra la puerta y cayó haciéndose añicos. Ella se estremeció. ¿Se quedaría de pie, simplemente allí y escucharía? ¿Debería tratar de interceder? Una joven apareció de la dirección de la cocina. Vestida con un elegante traje azul oscuro de viaje, llevaba una bandeja redonda de plata con un servicio de té. Una sonrisa fácil se levantó en sus labios.
  • 314.
    —Usted debe serla señora Alexander. Un poco más corta en estatura que Mina, la mujer era, simplemente, hermosa. Pelo claro se retorcía en rollos complejos en la base de su cuello. Sus rizos brillaban, perfectamente doblados, a ambos lados de su cara. Crash. Más maldiciones vociferadas. Ella no se inmutó siquiera. En lugar de eso preguntó alegremente. — ¿Le apetece una taza de té? Mina la siguió hasta la sala de dibujo, directamente a través del hall de entrada del estudio de Mark. La mujer rubia más pequeña, bajó la bandeja a una mesa. Con un giro de hombros, saludó a Mina de nuevo. —Estoy muy emocionada de conocerla. ¿Mark, casado? No puede ser cualquier mujer, la que ha capturado su corazón. Mina sonrió. Ella había capturado su corazón. Después de su noche juntos, no tenía ninguna duda de eso. Días después de su ceremonia de matrimonio, sin duda se habían convertido realmente en un hombre y su esposa. A pesar del peligro inminente, el resplandor del amor surgió con calor en sus mejillas. Ella se acercó a la mujer. —Está claro que sabe quién soy, pero estoy un poco asustada por la oscuridad en cuanto a su identidad. Ella se echó a reír. —Por supuesto. Cuán descortés por mi parte. Soy Elena, la Señora Black. El Señor Black es mi marido.
  • 315.
    —Lord Black—Mina sepuso tensa. Mark había mencionado al antiguo Centinela en una serie de ocasiones, siempre con el entendimiento de que cuando regresara del Reino Interior, sería para asesinarlo. Selene ya había recibido las órdenes en ese sentido. ¿Estarían todos de vuelta ahora, como buitres? —Oh, Dios mío. Puedo ver que te he disgustado—La sonrisa de Elena cayó. Ella se sentó en el sofá y palmeó la almohada a su lado. —Por favor, siéntate. Mina se sentó, pero sólo porque la sala daba vueltas salvajemente a su alrededor. Con el ceño fruncido, ella miró los ojos de la otra mujer. — ¿Por qué están tú y Lord Black aquí? —Porque me ayudarán—dijo Mark desde la puerta. Otro hombre apareció detrás de él, tan alto como Mark. Su cabello era más oscuro que la noche. Intensos ojos grises se asentaron en Mina. Un escalofrío la atravesó como si por esa simple mirada la evaluara por completo, por dentro y por fuera. —Buena elección, Alexander. Mark le hizo un guiño a Mina. Mina frunció el ceño, perpleja. — ¿Qué quieres decir, con que nos ayudarán? Siempre me dijiste que Archer era de temer. Archer le dio un codazo a Mark. — ¿Le dijiste eso? Me siento halagado. Mark puso los ojos en blanco.
  • 316.
    Elena le tocóla mano. —Archer le solicitó al Consejo Primordial retrasar las órdenes de asesinar a Mark. Ellos se negaron y él accedió a la petición de Selene. —Creo que es terrible—dijo Mina con el ceño fruncido—Esa hermana se ofreció de voluntaria para asesinar a su propio hermano. A su gemelo, no menos. Llegó a la casa ayer por la noche sólo para burlarse de mí con sus viciosas órdenes. Mark la interrumpió: —Pero de nosotros, como Centinelas de las Sombras se espera que seamos vicioso. Temibles. Despiadados. Entiendo el reto y soporto su mala voluntad. Archer asintió, y levantó un trozo de pergamino sellado con un sello triangular, negro. —Sin embargo, debido a circunstancias especiales, se nos ha otorgado a Elena y a mí permiso para ofrecer cualquier ayuda que podamos darle a Mark—Él depositó el documento sobre una mesita, y se movió para pararse frente a la ventana. La mirada se desvió de Mina a su marido y al oscuro Centinela. — ¿Circunstancias especiales? —Debido a que hace seis meses, Mark se sacrificó trascendiendo para salvar a Archer—reveló Elena en voz baja. —No sólo a Archer, sino a su hermana y a mí, y a toda la ciudad de Londres. Él se sacrificó por el bien de muchos. —Estás exagerando mucho—respondió Mark. Sus mejillas se sonrojaron con una sombra rubia y masculina.
  • 317.
    —No estoy exagerando—murmuróElena. —Si no fuera por tu marido, Archer no estaría aquí hoy y tampoco yo. El Consejo, a pesar de su cautela, está agradecido. Archer los persuadió para premiar a Mark con esta última oportunidad. Mark se acercó más y tocó con su mano la parte trasera del cuello de Mina. —Los trozos de tiempo que faltan... fueron causados por el Consejo Primordial. Ellos utilizaron olas centradas de poder Amaranthine para debilitarme durante los tiempos en que me vuelvo más vulnerable con la novia oscura, efectivamente impidiéndome ser utilizado para sus oscuros propósitos. Eso retrasó los efectos de mi deterioro. Archer asintió. —Porque quiero que sobrevivas. — ¿Entonces por qué la orden de asesinarlo?—Exclamó Mina enojada. Ella se levantó y se acercó a la mesa, donde tomó el pergamino que Archer había dejado detrás momentos antes. Ella lo levantó para leerlo, pero los personajes se desdibujaron... y desaparecieron. Ella parpadeó y una fracción de segundo después abrió los ojos, y vislumbró grandes rasgos, oscuros otra vez, pero igual que antes, se desvanecieron demasiado rápido para que ella los examinara. Volviendo la página, pasó los dedos sobre el sello de cera y profundamente por la imagen impresa de tres flores de loto. Se volvió hacia sus compañeros. —Díganme, por favor, ¿por qué? Archer le explicó en un tono paciente. —Porque más allá de todo lo demás, debemos proteger la integridad del Reino Interior. No pueden tener la oportunidad de que este esfuerzo final por salvar a Mark falle. Selene es consciente de que estamos aquí en nombre de Mark. Ella nos estará vigilando y esperará hasta el último momento posible para ejecutar sus órdenes.
  • 318.
    Mina se llevóuna mano a la frente. —No me gusta esa mujer. —Es un gusto adquirido—le aseguró Elena. —Creo que en otras circunstancias, habrías llegado a quererla como yo—Sus labios dibujaron una sonrisa. — ¿Has conocido a alguna de sus mascotas? Mina asintió. —A la señora Hazelgreaves, de hecho. —Querida—Archer intervino,—no tenemos tiempo para charlar. Elena apretó los labios. —Tienes razón. Tenemos que encontrar a tu padre. Todo nuestro Amaranthine de inteligencia indica que él está aquí en Londres, buscando El ojo. Mina suspiró, aliviada. — ¿Así que sabemos a ciencia cierta que el Ojo está aquí? Mark respondió: —Así es, cariño—Con voz tranquila, agregó:—Tu padre, desafortunadamente, ha sido utilizado. La cara de Mina se vació de calor. — ¿Qué quieres decir? La expresión de Archer se convirtió en cruda. —Hemos hecho algunas observaciones desde el Reino Interior. Trazando los caminos de los individuos a través de la historia, y encontrado patrones
  • 319.
    perturbadores. Ese movimientoTantalyte ha estado en curso con sigilo desde hace bastante tiempo. —Pero mi padre... Dices que fue utilizado. ¿Cómo? —Es como una partida de ajedrez, que se despliega sobre la superficie de la tierra—respondió él. —Pero con personas y los artefactos poderosos. Elena añadió en voz baja: —Esto se ha prolongado durante siglos, bajo la conciencia del Consejo Primordial. —Es él... —Una repentina opresión en su pecho la cortó. — ¿Malo?—Mark completó. —No, en absoluto. Sus motivos son puros. Pero igual que una larga línea de los demás, ha sido blanco de ataques debido a sus fortalezas e intereses, e insidiosamente presentado con información. Sin saberlo, ha actuado en nombre de Tántalus. Archer asintió. —Es un títere. Tántalus ha manipulado una larga sucesión de eventos, una vez más, a lo largo de siglos poniendo los pergaminos en su camino. Tántalus necesitaba que un mortal los tradujera y llevara a sus seguidores. Mina miró a Mark. —En su deseo de descubrir la verdad, ¿Ha estado realmente ayudando a ejecutar alguna estrategia de siglos de antigüedad? —Así es—contestó Mark uniformemente. —En este mundo existen reliquias de extraordinario poder. Reliquias que, cuando se reúnen de manera precisa, se pueden utilizar para el bien o para el mal. —Y este Ojo es uno de ellos—conjeturó ella.
  • 320.
    —Así es—confirmó él.—Está claro que el espejo no comenzó en Londres, pero de alguna manera, a través del tiempo, se abrió camino hasta aquí. Archer, me dice que los Primordiales todavía están tratando de determinar la forma en que lo hicieron. En cualquier caso, no estamos seguros de cuál es la intención final de estar aquí, pero no puede ser buena. Tenemos que encontrar a tu padre antes que ellos. —Entonces, ¿qué estás esperando?—Lo instó, moviendo sus manos sobre él y apretándolo—Ve. Archer sonrió. —Es hora de salir a la ciudad. Nos dividiremos los distritos entre nosotros. Elena, aunque no es una Centinelas de las Sombras, puede ayudar en la búsqueda también. — ¿Elena no es un Centinela?—Preguntó Mina. —Soy una interventora—Elena sonrió—Soy experta en sanidad, y en su caso, intervengo cuando las vidas mortales son injustamente amenazadas con una muerte prematura. Archer continuó. —Entre los tres, lo encontraremos. Se menciona en the Times de Londres de hoy que los trabajadores de la ciudad descubrieron una porción vieja de la muralla de la ciudad cerca de Ludgate Hill, cerca del puente Little. De origen romano. Quiero investigar la pared. Nunca se sabe, el Ojo podría haber sido escondido allí desde hace siglos. Leeson entró, llevando dos cajas negras grandes. Mina observó la mirada de Mark ir a la caja con una nostalgia feroz, intensa. Archer, miró a Mark.
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    —Una cosa más.Estoy autorizado a transmitirte que para en las próximas veinticuatro horas, el Consejo Primordial rescinde tu orden en contra de tu posesión y uso de la plata Amaranthine—Sonrió, pero sus ojos y sus labios fueron duros—Puedes cazar completamente armado. Si encuentras a la Novia Oscura antes que Selene o yo, Reclámala. Ella hará cualquier cosa para preservar el agarre cada vez mayor de Tántalus en esta ciudad. Él quiere que Londres sea su trono. — ¿Por qué Londres?—Preguntó Mina. Le dolía la cabeza con la enormidad de todo lo que había oído. Mark le explicó. —Londres tiene, por lejos, la mayor concentración de pobreza, pero también de excesos y vicio. Creemos que el volumen de la miseria, que el deterioro del alma mortal, lo ha atraído aquí. Una vez que llegue, tendría acceso a miles y miles de reclutas para su ejército de aduladores. La frente de Archer se levantó. — ¿Aduladores? Mark asintió. —Nunca he visto nada igual antes. Pero asisten a la Novia Oscura. No dejan su sentido del mal. No están más que vacíos. —Hemos observado la proliferación de tales sirvientes—reveló Archer. —Son humanos que han tenido sus almas sometidas, mientras sus defensas morales estaban en un estado débil. Durante un ataque de ira o un ataque de celos. Son condenadamente difíciles de rastrear. Los labios de Mark bajaron:
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    —Pero ¿qué pasasi mi deterioro avanza? No importa cuánto que lo desee... No debe tener el poder de Reclamar. No, cuando puedo plenamente ser consumido, cuando podría voltear el poder en contra de ti. Archer subió hacia él, por lo que quedaron nariz con nariz. Una pequeña sonrisa tiró de sus labios. — ¿Escuchas su voz ahora? —No por el momento. —No, es porque ella no está hablando, y tratando malditamente de ponerte en contra de nosotros. Mark ladeó la cabeza. — ¿Qué estás diciendo? —Ese mismo poder concentrado que los Primordiales emplean para debilitarte es lo que te protegen. Ahora estás siendo exigido por toda la ciudad para silenciar sus órdenes. Pero sólo tienen suficiente almacenada, para utilizar ese grado de intensidad, hasta mañana. Por lo tanto, esas son las mencionadas veinticuatro horas de límite. Mark sonrió. —Entonces empecemos. Mina se acercó a los bordes de la habitación por la siguiente media hora. Los tres inmortales propusieron estrategias, sacaron las armas y se prepararon para partir. Una cierta excitación, incluso optimismo, electrizaba la habitación. Finalmente Mark se acercó a ella. —Este no es un adiós.
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    —Sé que nolo es—Ella sonrió hacia él. —Me gustaría ir contigo, pero sé que no es posible. —Quédate con Leeson—Él se inclinó para poner un beso en sus labios. Sus manos se deslizaron sobre sus hombros, y se doblaron en su cuello de lino. Ella lo acercó para un segundo beso, más ferviente. En ese, le susurró. —Regresa a mí, marido. Estaré esperando aquí por ti. Trece horas completas más tarde, la noche oscurecía la tierra. Mark continuaba su búsqueda, examinando metódicamente los distritos a lo largo del Támesis. La frustración atenuó su anterior optimismo. No había encontrado nada. A ningún profesor. A ningún Ojo. A ninguna Novia Oscura. Ni siquiera un criticado Toadie. Las horas azotaban pasando con demasiada rapidez. Trece horas. Once horas quedaban. El Savoy se levantó antes que él, con su belleza envuelta en cortinas de lona y andamios. La Aguja de Cleopatra brillaba luminosa en el marco del cielo nublado. Cuatro piedras colosales de esfinges custodiaban las esquinas del sitio. El aire de la noche aún llevaba el sonido de las ruedas de los carros rodando ruidosamente sobre el pavimento. Las campanas repicaban desde los barcos lejanos. Pero aquí el terraplén estaba desierto. Su mirada se deslizó hasta el obelisco de granito. Por primera vez se dio cuenta de que su madre debió haber sentido como los ejércitos de Octaviano se acercaban a ella. Date prisa. Date prisa William. Antes de que te encuentren. Mark escuchó los pensamientos mortales, tan claros como el día.
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    Su pulso seaceleró. Con una estocada, rodeó el monumento. Una oscura figura estaba encorvada en la sombra más oscura, en una de las esfinges de piedra. Un alivio, mayor del que había conocido, pasó como el sol a través de sus venas. —Profesor Limpett. El hombre se abalanzó encima de su posición en cuclillas y se alejó a trompicones. Tenía un martillo y un cincel. Su expresión se volvió intensa por la tensión del miedo. Era uno de ellos. —No, no lo soy—Mark sostuvo su postura y negó. —Me acuerdo de ti. Tu rostro. Nos conocimos en... Hace treinta años, se hizo eco en sus pensamientos. —En Petra, sí. —Pero tú eres... eres... —Soy al que ha estado buscando—Sonrió Mark. —Y yo he estado buscando por usted. La mandíbula del profesor cayó. —Soy uno de los inmortales que has tratado de demostrar. Y los pergaminos que posee, el Ojo que busca... es imperativo que los encontremos, y rápidamente. —Ellos quieren lastimar a la gente. —Por eso los detendremos. El profesor lo miró con recelo.
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    Un gruñido salióde la oscuridad. Una sombra saltó por el aire, hacia el profesor. Con un toque de su mano, Mark emitió su espada. Su piel, sus ojos, habían cambiado. La plata Amaranthine brilló. Mark se lanzó y cortó. El Toadie se desplomó sin cabeza. El hedor de su repentino deterioro nubló el aire. El profesor se agachó sobre el pavimento, jadeando. Miró los restos. — ¿Tengo que convencerlo de qué lado estoy? —Oh, no—respondió el profesor. —Eso es más que suficiente para mí. ¿Tienes alguna otra de esas espadas para mí? —La plata le quemaría las manos. La hoja está formada de plata virgen, y de fuego. —Maravilloso—se maravilló el hombre viejo. —Debo informarle, me he casado con su hija. —¡Tú! Lo supe por el anuncio del periódico que se había casado, pero su cara estaba borrosa. —Lo llevaré con ella más tarde—Mark hizo un gesto con la cabeza hacia las herramientas que el profesor todavía apretaba en sus manos. — ¿Por qué está aquí? ¿Tiene los pergaminos? El profesor asintió. —Sin embargo, están malditos por el momento. Consigamos el Ojo. El Ojo.
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    Mark dobló lospuños. Concentrándose, le transmitió la noticia a Archer. Aguja de Cleopatra. Ven ahora. El Ojo. Limpett señaló el martillo. —Tenemos que hacer palanca para extraer esos agujeros perforados a cada lado de la aguja. — ¿Perforar agujeros? Sus cejas grises se levantaron. —Los verás cuando mires. Es una palanca para extraer—. Él le ofreció un cincel. Mark levantó su espada. —Estoy cubierto. —Voy por el otro. Con una presión de la punta de sus dedos contra la superficie de granito, Mark descubrió un agujero circular en la base de la aguja. Metió la punta de su espada en él. El agujero salió. Por otro lado, Lim luchó para avanzar en su obra. —Retroceda—le ordenó Mark. Cuando el profesor se movió, él abrió el agujero con la misma eficacia. — ¿Y ahora qué? —Sólo mira—El profesor señaló un lado de su chaqueta. Allí, atado a sus lados, estaban cuatro rollos de color marfil moviéndose. Otro rugido salió de la oscuridad, y luego un silbido bajo. Dos aduladores fueron hacia ellos, enfrentándolos con miradas lascivas, con los brazos extendidos.
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    Mark tapó alprofesor, luego lanzó la espada. Las cabezas volaron y rebotaron en el concreto antes de rodar a la hierba. —Maldita sea, William. Date prisa.
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    Capítulo 18 Leesonsaltó de su asiento. —Alguien se acerca a la puerta. Mina hizo a un lado el periódico que no había estado leyendo. — ¿Sabe quién es? Sus ojos se estrecharon. —Es tu tío, el Señor Trafford y sus hijas. —Oh, Dios mío—Ella presionó sus manos en sus mejillas. —Han pasado días desde que les llamé o les envié correspondencia. —No los dejaremos entrar—dijo él con firmeza. Se acercó a la puerta del salón y se asomó a la sala de entrada. Llamaron a la puerta. Mina se mordió el labio. —No podemos permitir que se queden en las escaleras. —Por supuesto que sí. —Todas las luces están encendidas. Saben que hay alguien en casa. —Cerraré el gas ahora. —Señor Leeson. —Oh, está bien—Él se debilitó visiblemente. —Simplemente habla con ellos a través de la puerta.
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    — ¿Cuál demis parientes es sospechoso de qué?—A pesar de la tensión del día, Mina se rió entre dientes. — ¿Trafford, o una de las chicas? —En la actualidad, todos en Londres son sospechosos. Sobre todo con todas esas mutaciones-de-almas de nuevos aduladores al acecho—Movió uno sus hombros y fingió un escalofrío. Sonrió. —Sólo abre la puerta. Diles que estás enferma. La fiebre tifoidea siempre funciona bien para enviarlos corriendo de vuelta a sus carros. Como si ella fuera a cumplir su orden, él se deslizó detrás de la puerta. Giró la llave y retorció el mango. Él le permitió a ella un, sí, con un crack. —Buenas noches—dijo ella. Nunca había sido buena para fingir una enfermedad, tal como un niño. La puerta se abrió hacia adentro. —La casa es hermosa—dijo efusivamente Astrid, corriendo por el costado. —Grandiosa—coincidió Evangeline, entornando los ojos hacia todas las esquinas. Siguió a su hermana. —Debes darnos un tour. Desde detrás de la puerta abierta, Leeson dejó escapar un gemido de frustración. Las chicas las dos con sombreros negros corrieron de habitación en habitación. Trafford se quedó tímidamente en el umbral, con una tarjeta de visita en la mano. —Siento mucho la intrusión. Nos iremos al norte de mi estado por la mañana, y queríamos decirte adiós. El caballero del Savoy nos dio esta dirección. —Está todo muy bien—contestó Mina. —Pero me siento un poco enferma con el clima y no quisiera darle a las chicas una sorpresa desagradable.
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    Él asintió. —Déjameque las recoja. Sin Lucinda aquí, se han convertido en unas impulsivas. Oh—Él levantó un dedo, como si recordara algo. — ¿Sí? —Había otro señor en el hotel haciendo preguntas sobre ti—Él se volvió para echar un vistazo sobre su hombro. —Le dije que eras mi sobrina. Espero que todo esté bien. Dice que fue un conocido de tu padre. Creo que nos siguió. El corazón de Mina se hundió. Claro como el fuego, el Señor Matthews, llevaba un bombín negro, y se precipitó caminando. Trafford entró en el edificio. —Señorita Limpett—Un sonriente Señor Matthews trepó por las escaleras. —Señor Matthews—Ella le dio una sonrisa forzada. Una vez más, desde algún lugar detrás de la puerta, Leeson dio un poco graznido. —Estoy tan contento de finalmente encontrarla aquí en casa. He estado intentando desesperadamente darle mis respetos. Estoy avergonzado de haberme perdido el servicio del funeral de su padre, pero estaba fuera del país por asuntos del museo. —Gracias, señor. Sus sentimientos son profundamente apreciados. Pasó con valentía. Ella miró a Leeson. Sus mejillas estaban rojas, sus labios planos con disgusto. Ella cerró la puerta. Un grito salió del piso de arriba, de una de las chicas. Mina se mordió el labio inferior. No podía dejar de recordar la última vez que había oído el grito de las chicas.
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    — ¿Qué fueeso?—Preguntó el Señor Matthews, girando sobre sus tacones. Trafford salió corriendo de la sala de dibujo. — ¿Acabo de escuchar a una de las chicas? —Todo está bien—Mina levantó una mano. —Tal vez es sólo sea un ratón—O una serpiente. —La casa es vieja, y la renovación podría haber logrado incitarlas. Haré que las chicas den marcha atrás. Con una mano en su falda, Mina subió las escaleras al primer piso. Encontró a Astrid y a Evangeline en la primera habitación, agarradas una a la otra por las manos. La habitación todavía tenía que ser amueblada. Sólo había alfombra, y una puerta abierta que conducía a un sombreado armario. — ¿Están bien? Evangeline soltó una risita. —Lo siento mucho, Willomina. Astrid me asustó, niña mala. Dijo que vio un rostro en la ventana y me agarró, así que grité. Astrid se quedó mirando el panel de la noche oscura. —Vi una cara. Un rostro blanco. Uno que parecía una máscara. Un escalofrío recorrió la espalda de Mina. De repente, la luz de gas que iluminaba la habitación se encendió con un silbido repentino... y murió. Mina parpadeó en la oscuridad. La luz de la luna se filtraba por los cristales de la ventana, pero débilmente. — ¿Willomina? Las luces—dijo Astrid.
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    —Por aquí—Ella indicócon tanta calma como su corazón palpitante le permitía. —Vengan conmigo. Una oscura figura se precipitó afuera en la oscuridad, nada más que una sombra, excepto por la máscara blanca que llevaba como cara. Demasiado tarde, ella vio el destello de una larga hoja de plata. Mark escuchó el grito de Mina en su cabeza. El pánico rasgó a través de él con tanta violencia, que casi dejó caer su espada. El profesor murmuró entre dientes. —Sopas. Esos dos no seguirán, no así de todos modos. Ya ves, hay dos agujeros, pero tengo cuatro rollos. Todo es cuestión de encontrar la combinación correcta. Archer. Date prisa. La Aguja de Cleopatra. Sólo un minuto, Archer contestó. Retrasado por aduladores. —Me tengo que ir—dijo Mark. — ¿Irte?—Los ojos de William se abrieron con alarma. — ¿Qué pasa si hay más de esas cosas? —Es Mina. Él se puso pálido. —Entonces, vete. Sí, ve. Yo terminaré aquí y me uniré a ti en tu residencia. Sí, sí, conozco la dirección. No siempre he sido el padre perfecto, pero amo a mi hija y me he mantenido informado de su situación y de su bienestar.
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    —Otro inmortal llegaráen un momento. Su nombre es Archer. Con el ceño fruncido sombrío, el profesor asintió encajando una barra de desplazamiento en el estrecho agujero. —Dale un beso de su papá. Dile que le explicaré todo muy pronto. Mark se transformó en sombra. La luz brilló pasando arroyos brillantes mientras él se juntaba, torcía y se elevaba sobre adoquines, casas y coches. Se detuvo, tensando su poder más allá de sus extremos anteriores. En tres minutos, había llegado a la casa. El miedo lo atenazó en el fondo de sus entrañas. Las ventanas estaban negras y la puerta estaba abierta. Con un gruñido agónico, se materializó y se metió al interior. —Mina—espetó. —Se la llevaron—gritó la voz de Leeson desde la sala de dibujo. —Malditos Bastardos. Mark se encontró el cuerpo decapitado del inmortal en el centro de una alfombra manchada de sangre. —Por aquí. Por aquí. Su cabeza estaba detrás del sofá. Mark se inclinó sobre él y volvió su barbilla para mirar sus ojos. — ¿Quién se la llevó? —No estoy seguro—Leeson movió los labios manchados de sangre. Un ojo le vaciló, buscando su enfoque. El parche se mantuvo en su lugar. —O bien fue Trafford o ese tipo Matthews, del museo el que me cortó. Mark hirvió. El culto a la inmortalidad que originalmente había sospechado que había comenzado a tomar forma.
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    — ¿A dónde?¿A dónde se la llevarían? Una voz respondió: —Hay una nota clavada en su pecho. Mark se volvió. Archer se inclinó sobre el cuerpo de Leeson. —Oh, Dios mío—Elena se apresuró a tomar la cabeza de Leeson. —Una decapitación. Una lesión difícil, pero no te preocupes, mi querido pequeño hombre. Te repararé en un momento. —Te dije que fueras a la Aguja de Cleopatra—gritó Mark. —Lo hicimos—Los ojos de Archer brillaron. —No encontramos nada, excepto un enorme agujero en la base. — ¿Qué pasó con el profesor? Archer sacudió la cabeza. —No estaba allí. —Maldito infierno—maldijo Mark. — ¿Qué dice la nota? —Es una invitación—Archer la miró con ecuanimidad. —Es para ti. Mark arrebató la tarjeta cuadrada de la mano enguantada del inmortal otro. Un familiar olor ofendió a su nariz. Frenético por la desaparición de Mina, él rozó las palabras, que eran de tipo negro brillante. La Novia Oscura solicita su presencia en las bodas de ella misma. La Novia Oscura y Jack el Destripador esta noche a la medianoche en la Torre del Reloj de Westminster. Salvo preocupante, una X negra gruesa pasaba a través de las palabras “Jack el
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    Destripador”. El puñoy letra eran redondos e infantiles, el nombre de Mark había sido sustituido debajo. En el fondo, ella añadió: Posdata Ven solo. —Eso está a una hora de aquí. —Entonces será mejor que elaboremos las estrategias en el camino. Hicieron una pausa sólo para ayudar a Elena a acomodar el cuerpo de Leeson en el sofá. Lo dejaron allí, maldiciendo y quejándose por haber sido dejado atrás, con el grueso cuello vendado. Mina despertó en la oscuridad y por el grito de un hombre. A ciegas, apretó sus manos. La habían encerrado en una especie de armario, con sólo una rendija de luz visible debajo de la puerta. Sus labios estaban secos y ella probó y olió a productos químicos. Alguien se dirigió hacia ella. —Ay, ay. Detente—Ella se apoderó de una bota y se dirigió la ofensiva. — ¿Willomina? Su corazón dio un salto por la voz familiar. — ¿Padre? Él se dejó caer a mitad de camino sobre ella, y después de un momento, se encontraron uno en brazos del otro. Oh, Sí. Ella inhaló. Tinta, papel y tabaco. Le tocó la cara. Bigotes. Su nariz estaba completa. Él hizo lo mismo. — ¿Te lastimaron?—le preguntó él. —No.
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    —Lo siento mucho.Sólo buscaba a protegerte. —Ahora lo sé, padre. —Pensé que había sido tan inteligente, al evitarte que todo este tiempo. Pero una vez que descubrí el Ojo, ellos se acercaron. Había tantos. Demasiados para haber escapado. — ¿Encontraste el Ojo?—Ella apretó su brazo. — ¿Y ahora ellos lo tienen? Oh, no. No, no, no. —Lo quieren para el mal, Mina. Pero no te preocupes. Él nos encontrará. — ¿Quién? —Tu esposo inmortal. Ella se rió y lloró al mismo tiempo. — ¿Conociste a Mark? —Sí, otra vez. Lo conocí hace mucho, en realidad. No me di cuenta de lo que era entonces, por supuesto. No puedo decir que estoy seguro de cómo los ustedes dos harán que su matrimonio funcione, pero no podía esperar tener un yerno más interesante. —Oh, Padre—Ella puso su cabeza contra su pecho. Las lágrimas le picaron los ojos. —Te extrañé. Estaba tan preocupada por ti, de que te hubieran atrapado, y ahora míranos. Nos tienen a los dos. —Hija, ¿Quién te trajo aquí? —Trafford y el Señor Matthews. — ¿Tu tío? ¿Y Matthews?—repitió él con incredulidad.
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    —Me secuestraron. Estoysegura de que son parte del grupo que te ha estado persiguiendo. Su cuerpo se puso rígido estrechamente en sus brazos. —Dios me perdone, te envié directo al peligro… —No es tu culpa. ¿Cómo podrías haberlo sabido?—Se quejó ella en voz baja. — ¿Qué nos harán? ¿Y qué pasaría con Mark? Desde la sombra de la Cámara de los Comunes, Mark miró hacia arriba a la cara iluminada del Big Ben. Susurró. — ¿Qué quieres decir con que no puedes escalar paredes? Elena interrumpió. —Dejen de pelear, señores. Todos estamos aquí con el mismo propósito. Archer frunció el ceño y luego exhaló bruscamente. —La torre emite algún tipo de energía repelente. Sabes tan bien como yo que, incluso en las sombras no tenemos la capacidad de simplemente elevarnos hacia el cielo y entrar por las ventanas. Tenemos que tener algún tipo de tracción o de agarre. Incluso la puerta está atrincherada con el mismo material, no puedo ni siquiera atravesarla como sombra. Probablemente sólo te permita entrar a ti. —Maldita sea—maldijo Mark.
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    —Sospecho que, asícomo los Primordiales están ejerciendo su poder esta noche, en apoyo a esta batalla, también lo hace Tántalo. —Faltan cinco minutos para la medianoche. Tendré que ir solo. Archer se quedó en la oscuridad. — ¿Sabes si Leeson todavía tiene ese globo? —Esa es una idea estúpida. La frente de Archer subió, como única indicación de una bengala en su temperamento. Mark murmuró: —Pero es mejor que alguna idea de las que tengo, y no tenemos tiempo de más estrategias. —El almacén no está lejos. —Está bien—Asintió Mark con la cabeza. —Pero yo iré arriba. Trataré de retrasar las cosas tanto como me sea posible, una hora media en el mejor de los casos. — ¿Qué sucederá una vez que estés ahí arriba? ¿Qué es lo que dice el tercer rollo? Mark estiró el cuello, tratando de aliviar la tensión en sus músculos. —Que cualquier uso del Ojo es un maldito buen disparo. Por ejemplo, el conducto no se pudo utilizar en varias ocasiones para que una persona fuera y viniera entre los estados mortal e inmortal. —Entonces, ¿cuál es tu plan?
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    Mark se rióoscuro. —No tengo uno. Pero tengo que poner mis manos en el Ojo con el fin de revertir mi Transición. Una vez que logre eso, Reclamaré a la Novia Oscura antes de que tenga alguna oportunidad de transformarse en un ser inmortal. Estoy seguro de que la perra está esperando hacerlo durante la ceremonia—Mark dio unos pocos pasos. No mencionó el peor escenario, porque no quería reconocer su propia posibilidad. —Te necesito allá arriba, Archer. Haz lo que debas para salvar a Mina. —Confía en mí, Mark. Estaré allí. ¿Hay alguna otra cosa que necesite saber? —Conoces el orden de las cosas. Si las cosas van mal... si van mal, haz lo que tengas que hacer. Mátame si quieres. Mark cerró los ojos y pensó en Mina. Por favor, Dios. Permite que esté viva todavía. Haría cualquier cosa por salvarla. Daría cualquier cosa. Archer le tendió una mano. —Bien entonces, parece como si de hecho, tuviéramos un plan. Mark aceptó, y se estrecharon las manos. —Lo que sea que me pase esta noche, hazte cargo de ella. —Lo haremos—respondió Elena. Él los dejó, como dos sombras en la oscuridad, y corrió hacia la torre. No había centinelas vigilando. A pesar de que escuchaba el ruido de carros en las calles cercanas, la torre y los edificios del Parlamento adyacentes parecían desiertos. Abandonados. Muertos. Ver eso lo llenó de malos presentimientos. Se abrió paso entre las puertas. El calor, el calor del horno del sótano le tocó la piel. Viajó a través de varios apartamentos, y llegó como una sombra a la puerta de entrada a las escaleras, y se detuvo a escuchar. No oyó ningún sonido.
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    ¿Sería todo estouna trampa? Sin duda alguna. Él se adentró por el pozo rectangular. En la parte superior del primer vuelo, dobló la esquina para subir al siguiente. Se quedó paralizado. Rostros lo encontraron, grises y lascivos, con los ojos dándoles vueltas. Había vendedores ambulantes y prostitutas, y caballeros y damas. Salieron a las escaleras a ambos lados, los aduladores de la Novia Oscura. Su corazón se aceleró. Había más de los que jamás había imaginado. —Renuncia a la espada—ordenó el más cercano. —Apártate de la hoja—dijo otro. Dios, sus susurros... su aliento fétido llenó la escalera. Él podía matarlos a todos, pero La Novia Oscura sin duda sostendría a Mina en el campanario de arriba. No podía poner en peligro su vida con tan imprudente reacción. Sin otra alternativa, abriendo de par la palma de su mano. Su espada arremetió, un destello ardiente de metal blanco. Los gritos de admiración se hicieron eco en las paredes, casi sensuales con fervor. Con reverencia, él dejó el arma a las escaleras. Una sonrisa curvó sus labios mientras se hundía hasta el estrecho espacio entre la multitud de aduladores. La horda hizo un gesto, echándose a reír, aguijoneados y malditos. Las manos se acercaron para tocarlo. A su paso escuchó silbidos y gritos de dolor de los que habían osado tocar la plata Amaranthine. Él subió doscientos noventa y dos malditos escalones en total. Por fin, llegó al final de la escalera y salió a la plataforma. Las cuatro caras grandes del reloj colgaban como ópalos enormes, iluminados por quemadores de gas y segmentado de hierro fundido enmarcado. Un piano se había colocado en la base de la línea norte. Allí el aire parecía más pesado. Un olor fétido le nubló su nariz con azufre y descomposición, el olor distintivo de un brotoi. Un tranquilo tick rompió el silencio, y se repitió cada dos segundos. Tick.
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    —Estoy aquí—le espetóél. —Pongamos esta boda en camino. Tick. Desde los rincones oscuros, cinco hombres cubiertos de pies a cabeza aparecieron. Él miró sus rostros. Matthews, Trafford y otros a los que no reconoció. Y entonces la vio... La Novia Oscura. No una sola mujer, sino dos. Evangeline. Astrid. Sonreían con picardía, con maldad, y tenían impenetrables velos negros abajo para cubrir sus rostros. La inquietud le rascó la espalda. Pero sólo había una Novia Oscura. Sus pasos se recortaron contra el piso de madera. —Amante, esposo. Has venido, como sabía que lo harías. —Las dos chicas hablaron al unísono, con sus voces entrelazadas en un misterioso tono de doble armonía. Unieron sus manos enguantadas negras y volaron en círculos entre sí. El silbido de sus faldas oscuras llenó la cámara sombreada. Antes de que los ojos de las dos se combinaran y se mezclaran en una sola. Mark había visto muchas cosas extrañas... pero esto, sus ojos se abrieron con asombro. Por supuesto. Era por eso que no había percibido su deterioro en Hurlingham o en la casa de Trafford. Eran brotoi sólo cuando se unían. La Novia Oscura se deslizó en el banco del piano y pasó los dedos sobre las teclas. Las notas discordantes se hicieron eco a través del espacio cavernoso. —Siempre me gusta un poco de música para poner a tono una noche, ¿no?— Preguntó. Pero después de sólo unas cuantas estrofas, ella saltó desde el banquillo y caminó entre él y los hombres en los obenques.
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    Con una inclinaciónde cabeza, ella se echó hacia atrás el velo. Llevaba la misma máscara blanca de antes, pero se había aplicado cosméticos: una raya vertical de color rojo gruesa a través de la boca; Kohl de oscuros garabatos, alrededor de los ojos. —Vayamos a la torre—Ella señaló hacia una pendiente de escalones. —La iluminación es mejor allá arriba. Perfecta para una boda. Se escabulleron hacia arriba. Sus zapatos resonaron contra el metal. —Date prisa—ella lo instó en una voz baja y seductora. —No te quedes demasiado atrás. Mark la siguió, ansioso por ver a Mina, por confirmar que estaba viva. Los cinco hombres se le acercaron por detrás. La oscuridad reclamaba el campanario. Si no fuera por su vista Amaranthine, él no habría podido ver siquiera la campana colosal en su centro. Una de las cubiertas de las ventanas enrejadas había sido quitada para proporcionar una visión clara del Támesis. Allí, en un soporte de madera, estaba el Ojo en un espejo plano, circular del tamaño de una tapa de barril. La luz de la luna iluminó su superficie. Mark vio algo más. A través de la ventana, a cierta distancia, vio la punta de la Aguja de Cleopatra en perfecta alineación con el Ojo. Es como una partida de ajedrez, que se despliega sobre la superficie de la tierra, pero con gente y poderosos artefactos. Un movimiento desenfocado le llamó la atención. En la esquina opuesta, un grupo de aduladores apareció, arrastrando a Mina y empujando a su padre. —Mark—exclamó Mina. La novia le susurró: —Su sacrificio será tu regalo de bodas para mí.
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    Mark apretó losdientes para evitar dar un grito. No podía desagradar su oportunidad con la brotoi. No hasta que Mina estuviera a salvo. —Vamos, cariño—La cara pintada, sin expresión se inclinó y lo consideró. — No es realmente un sacrificio, a menos que te duela ahora, ¿verdad? Como muestra de mi compromiso contigo, yo sacrificaré a alguien también. Ella lanzó un brazo hacia la fila de hombres. Trafford tosió y emitió una serie de estrangulados ruidos. Más aduladores aparecieron desde las sombras para capturarlo. Él luchó. La cubierta se deslizó de su cabeza. —Me prometiste la inmortalidad—gritó, mientras lo arrastraban. —Matthews me exigió renunciar a las chicas por su causa. Todo esto se ha ido de las manos. Alguien se rió. Matthews. Los aduladores abandonaron a Trafford y se apartaron. La Novia Oscura giró en torno al conde en un círculo. Él se quedó helado, como paralizado por el miedo. Ella se rió, con un sonido oscuro, malvado. —Yo soy tu padre—susurró él. —Pero, papá—lo arrulló ella—nos diste a Tántalo para la creación de una novia para tu Mensajero. Él tembló y envolvió sus brazos alrededor de su cintura. —¡Sorpresa!—Gruñó ella—Las chicas no viven aquí. Ella echó los brazos sobre su cabeza. Una ráfaga de viento atravesó el campanario. Trafford gimió y se dobló. Se desplomó en el suelo. Un ruido sordo. Mina lanzó un grito.
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    Mark se adelantóy se inclinó sobre el conde, poniendo una mano en su garganta. Su señoría estaba muerto. La realización oscura de que si la novia lo podía matar con tanta facilidad, podía matar a Mina, también le disgustó. Una campana sonó alto, y luego otra las campanadas del cuarto de hora en cada esquina del campanario. La familiar canción subió y los pájaros revolotearon en la oscuridad encima de las vigas del techo. Un minuto de silencio pasó, y luego el martillo enorme del Big Ben se levantó y cayó duro en contra de la campana, la medianoche llegaba. El viento y el sonido se estrellaron contra el campanario. —Sigamos adelante, mi amor. Es hora de que nos reunamos. Es hora de que nos casemos. Continuaremos con los sacrificios después. —La novia se acercó al Ojo. —Dame tu mano. Su intención de llevar a cabo el peor de los escenarios se hizo evidente. Ella quería una unión, una verdadera unión, para que sus almas de brotois y su Transición se entremezclaran. Llegarían a ser más poderosamente malvados compartiéndose. De un tirón, ella sacó el guante de su mano, dejando al descubierto los dedos retorcidos y anudados de sus articulaciones. Ella extendió su mano sobre la superficie del Ojo, aún sin tocar el cristal. Una vez que tocó el espejo, el conducto se llenó de su mal, y mientras ella lo disfrutaba, él no pudo revertir su transición que sólo podía empatar el mal de la novia y compartir su propio deterioro. Su corazón se sintió partido por la mitad. O bien él podría retroceder y negarse a tocar el Ojo, con el riesgo de la muerte instantánea de Mina y probablemente con la muerte de miles, si el artefacto era una especie de arma de destrucción en masa cuando estuviera alineado con la aguja o podría utilizar su energía, su más fuerte energía, para tomar todo el mal de su novia dentro de él, efectivamente sangrando su energía. Él se quedaría en control de sí mismo lo suficiente como para morir por la espada Amaranthine de Archer.
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    Él miró asu hermosa Mina, su esposa y se dio cuenta de que no había elección para nada. Haría cualquier cosa por salvarla. La amaba, mucho más de lo que nunca había amado a su maldita arrogante persona. Caminando hacia el espejo, Mark miró a Mina. Te amo, mi amor, le dijo en el silencio, deseando poder gritarle las palabras, deseando poder decírselo, sólo por una vez, con sus labios apretados en los suyos. —No, Mark. No—Ella sollozó en sus manos. La novia agarró su muñeca. —No hay vuelta atrás. Ella era más fuerte de lo que esperaba. Jaló su mano más cerca... más cerca... . Con la proximidad de su toque, el espejo emitió una brillante luz verde, hipnótica. Él ya no trató de liberarse. Un ruido diferente llenó el aire, un zumbido repetitivo, en el fondo... whoosh... whoosh. Más cerca... y más fuerte. Sombras ondularon sobre ambos, y en toda la superficie del espejo. A lo largo del perímetro, los aduladores gritaban y gritaban. Pasos sonaron en la plataforma. Matthews gritó en evidente agonía. Sin embargo, Mark no podía apartar la mirada del espejo. La luz lo hipnotizaba. —Estoy aquí, hermano—Una voz de mujer. La Novia Oscura empujó su muñeca. Poniéndola en contacto con el espejo. En el mismo momento, una mano los empujó a los dos para presionarse contra el espejo. Con un grito, la novia voló hacia atrás, desapareciendo de la vista.
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    Selene, su hermanagemela, había tomado su lugar. Mark la miró a los ojos, y por un momento regresó a una época en que tenían diez años de nuevo, sin nadie excepto el uno al otro. Su pestañas revolotearon y puso los ojos en blanco... de nuevo se centró en él. —Vete ahora. Salva a tu chica. Antes de que él pudiera reaccionar, ella lo empujó liberándolo. Él se tambaleó hacia atrás, mientras se dejaba caer al suelo. ¿Qué había hecho ella? Luz. La luz se movió bajo su piel. Calor. Despertar. Él se miró las manos, sabiendo... con la sensación de que algo había cambiado, de que el deterioro de su mente y alma se habían detenido o revertido. Pero había otra cosa. La novia se volvió, se abalanzó sobre él, alcanzándolo. Furiosa porque su hermana se había sacrificado a sí misma, Mark plantó su bota contra el centro del pecho de la brotoi. Ella voló hacia atrás y se estrelló contra la pared. La máscara cayó. Él se estremeció al ver la cabeza deforme, la piel manchada y sus ojos ciegos, con agujeros negros como ojos. Ella gritó, mostrando filas y filas de irregulares dientes amarillos. Se levantó de un salto, para ir sobre Selene, y arrancó el espejo liberándolo de su base. —¡Detente!—Mark se lanzó sobre ella, pero demasiado tarde. Ella se precipitó al Ojo en la noche. El disco brillando intensamente voló... voló... y descendió sobre el río. La superficie del Támesis brilló tanto como un rayo, antes de decolorarse al instante. —¡Mark!—La voz de Archer sonó. Él se giró. A través de la angosta ventana del campanario, Mark vislumbró el globo, tripulado por Leeson y Elena. Archer saltó a la plataforma.
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    —Reclámala—El Centinela lelanzó una daga larga, brillante, y él giró sobre sus tacones en un segundo. Mark la capturó por los puños. El calor arrasó sus palmas. La sensación de desconcierto lo llenó. Siseó y apretó duro. La novia se lanzó sobre él, como una nube púrpura de negro. Él sumergió profundamente la hoja en su pecho. Ella gritó, con un sonido lamentable. Archer se lanzó hacia adelante, con la espada nivelada. Mark se agachó. La cabeza de la Novia se precipitó por el campanario, sobre un alto, moreno, guerrero vestido de cuero negro con alas, que sacó una espada del pecho de Matthews y salió de un círculo de aduladores muertos. El Maestro Raven. Mark ahora entendió cómo Selene había llegado al campanario. La Novia se tambaleó unos pasos, caminando, con su cadáver sin cabeza, y se desintegró en un montón de arena volcánica negra, con la desaparición final de un brotoi. Mark dejó caer la hoja y se miró las palmas de las manos. Ampollas habían aparecido en su piel, en su piel mortal. Su hermana se había quitado la Transición a sí misma, dejándolo como un inmortal. El conducto había percibido al instante la inmortalidad como el estado existente y lo había convertido en mortal. —¡Mark!—Mina se arrojó a sus brazos. Él envolvió sus brazos alrededor de ella, desgarrado entre la euforia y el dolor. Se había preparado para decirle adiós. El Maestro Raven estaba agachado en el suelo, con sus alas oscuras abiertas. Sostuvo a Selene en sus brazos. Dio una mirada fría con sus ojos verdes a Mark. Mark atrajo a Mina, junto a él, y se arrodilló a su lado. —Reclámame—susurró ella. —Reclámame a mí también.
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    — ¿Por quéhiciste esto, Selene?—Exigió Mark ronco por el dolor. —Vaya, Avenage—Ella empujó los brazos del Raven con suavidad hasta que finalmente la dejó en libertad en el suelo y se alejó. Ella levantó la cabeza y se la apretó. —Porque la Novia era mi objetivo. Mi tarea. Yo debo ser quien haga el sacrificio—Sus fosas nasales se dilataron. —Y Mark... oh, Mark, tienes a alguien por quién vivir. Tú y tu chica—Su mirada se deslizó a Mina. —Toda una vida mortal de amor es mejor que nada de amor. Nuestra madre lo sabía. Tú también lo sabes. Él sintió el tacto de una mano sobre su hombro. El rostro de Elena, sereno y luminoso, sonrió hacia él. También ella se arrodilló junto a Selene, con sus faldas oscuras en el suelo a su alrededor. — ¿Puedes salvarla?—Preguntó él. —No. Pero puedo protegerla hasta que aprendamos cómo. Esperanza. Era todo lo que él podía desear. —Elena—susurró Selene, agarrando la mano de la Interventora. —Amiga. La palma de Elena se movió sobre el de su hermana, con sus ojos oscuros, y pronto la tensión en los miembros de Selene se calmó. Su cabeza rodó hacia un lado. Mark se unió a Archer en la ventana con vista al Támesis. Un círculo de agua brilló... y se desvaneció.
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    Tres días mástarde, Mark y Archer estaban sentados en el salón de la casa Alexander. Leeson entró a la habitación, con una gran bandeja de plata y servicio de té en sus brazos. Mark tenía un periódico. Leyó el titular de la portada en voz alta. —El señor Trafford y sus dos hijas desaparecidos. —Y seguirán desaparecidos. Siempre—Archer se levantó y fue a la ventana del frente. — ¿Qué están tramando las damas? Hay un vagón. Y el señor D'Oyly Carte está aquí. Mark se unió a él. —Es una entrega del Saboy. — ¿Qué es?—Archer entornó los ojos. —Ah... bien, es una pieza de mobiliario de nuestra habitación en el Savoy— Mark se encogió de hombros. —A Mina le gustó la pieza. Por lo tanto... Hice que la enviaran aquí. —Pareces muy feliz, Mark—Archer tomó su hombro. —Muy contenido con la perspectiva de la vida como un mortal. Mark sonrió. La verdad sea dicha, era más feliz de lo que jamás había sido. Siempre había pensado en sí mismo como en un rompecabezas sin esperanza, con sólo la gloria y el reconocimiento para completar. Pero Mina era la pieza que le había faltado. Su novia. Su chica. La vida sería perfecta una vez que recuperaran el Ojo del Támesis, y determinaran cómo salvar a Selene. Él había insistido en cuidarla, pero los deseos de una reina habían reemplazado a los de un hermano. Después de oír hablar del
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    sacrificio de Selene,y del papel fundamental que ella había jugado en la protección de los ciudadanos de Londres, Victoria había insistido en que su gemela permaneciera bajo protección constante en la Torre de Londres. En la actualidad, su hermana estaba siendo vigilada en todo momento no sólo por el propio Maestro Raven, sino por los ocho guerreros de Raven. Archer se inclinó. — ¿Qué pasó, Mark? ¿Qué pasó con toda tu arrogancia y jactancia? ¿Con tu determinación de ser la mayor leyenda inmortal en la historia Amaranthine? —Soy un inmortal—Sonrió Mark. —Inmortal de la única manera en que me importa. Viviré en los corazones y en las mentes de los de mi esposa y de mis hijos y de sus hijos. Es suficiente, Archer. Es más que suficiente. —Entonces has tenido éxito en esta vida—Archer estrechó su mano, agarrándosela con fuerza. Su frente se elevó—Pero no crees que una pequeña cosa como la mortalidad te impedirá hacer tu parte... ¿verdad? Mina pasó por delante de la puerta del estudio y fue a las escaleras. Sonrió, al oír cómo las botas en las escaleras alfombradas iban detrás de ella. Echando un vistazo por encima del hombro, se volvió con una sonrisa. En su habitación, consideró su entrega del Savoy. — ¿Un regalo? ¿Para mí? —Para nosotros—Sonrió él. — ¿Qué podrá ser?—Ella rompió el papel de estraza, dejando al descubierto el diván en el que por primera vez habían hecho el amor. —Qué regalo.
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    Mark se inclinópara presionar un beso en sus labios. —Pensé que lo disfrutarías. —Creo que debemos ponerlo a trabajar de inmediato. —Estoy de acuerdo, cariño—Con otro beso, él la bajó sobre el brocado a rayas—Estoy totalmente de acuerdo. Fin
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    Serie Centinelas delas Sombras 01 - La Noche Cae Oscura Un inmortal astuto ha sido llamado para recuperar un alma marcada… Desde que un accidente le quitó la memoria, la señorita Elene Whitney no puede recordad los secretos de su propio pasado. Lo único que sabe es que su misterioso benefactor Archer, El Señor Black, ha regresado a Londres a instancias de la reina Victoria, y debe aprovechar la oportunidad para conseguir algunas respuestas. Miembro de los Centinelas de las Sombras inmortales, Archer ha sido convocado a Londres para eliminar el alma de un malvado demonio, Jack el Destripador. Archer no solo se siente obligado a proteger a las mujeres de la noche, sino también a su joven y hermosa Elena, a quien salvó de la muerte dos años antes. Pero con una ola de pánico extendiéndose por Londres, los temores de Archer son que Elena sea su debilidad - una distracción que no puede permitirse - sobre todo porque es probable que se convierta en el próximo objetivo del Destripador… 02 - Tan Quieta la Noche Marcus Helios era un miembro de los Centinelas de las Sombras hasta que un acto temerario lo cambió todo. Su esperanza de salvación consiste en un pergamino antiguo que ahora está en posesión de una belleza enigmática llamada Mina, quien no tiene intención de entregarlo. Pero alguien tiene diseños de los misteriosos rollos y de Marcus. Ella es la novia despechada de Jack el Destripador, cuyos propios y oscuros secretos pondrán a prueba los poderes de todos los miembros a su alcance.
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    Próximamente Serie Centinelasde las Sombras III Más Negro Que La Noche
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