Clichés otoñales
Lanzo hacia algún empedrado camuflado entre hojas consumidas, más colores de la
naturaleza para fortificar el lento debilitamiento. Devolviendo lo prestado con raíces que son
matices de salir siempre hacia adelante. Lo insinuó Camus así, una segunda oportunidad en el
año para con esas hojas tener flores en el plano. La vegetación se permite el lujo de maquillarse,
empatizando lo nuevo y lo viejo. Reuniéndose distantes durante un momento el ruido infante y el
silencio maduro. Las piedras sacan toda la belleza indiferente en invierno, forman parte del
encuentro y usan sus muros para unir y no para separar. Porque los bancos esperan compañía.
Calores hogareños, fríos someros. Pájaros de barro y nidos con conejos disfrazados,
salpimentan las sonrisas que deambulan por el camino. Se reúnen en acequias ante la falta de
un oficio, que, por el pico, pica y, por el río, ría. Camino que es río hacia la pérdida de luz y el frío
mañanero. Algo más tristes a pesar de que toda la flora se siente más atractiva, sobria y hermosa.
Magia repleta de la ilusión de un circo algo deprimido. Tan solo con una patada al azar consigo
llegar al cielo, y crear estelas vivas con abanicos muertos. Así, al gris se le quita la tristeza de
volverse eterno. Y es que todo lo anaranjado parece pulirse algo sonrojado, si el rubio y el dorado
hacen de lo pálido un manjar en el verde incesante. No por ser futuro, sino por sentir presente
con temperaturas de paz. Frialdad húmeda, austera y rubescente, sin embargo, cortés con todo
lo que nace y muere. Entre el lastimar de una rama escuálida y lumbres con troncos que se
hicieron los valientes. Y es que siempre la primera brisa del último otoño duerme como la ceniza
de una transeúnte hoguera. Deja al abrigo momentos de velas, olores plomizos, arboledas en su
mar y una nube cuyo pijama contiene hilos que decidieron fundirse en cuadros y rayas. Bajo
delirios de tonalidades se espera esa escena, un paraje robusto a la vista por la sorpresa. Un
paseo por el museo de las setas, con un paraguas abierto, girándolo en el suelo, aguardando
bailar con la niebla. El bosque cae y los hongos con bombín custodian la copa de la victoria para
los que ganan. Herencia reproducida por esporas en la altitud de las aves, aquellas que migran
para defender el arte de remontar el tiempo. Otros hibernan su talento para mostrarse furiosos,
a la vez que se vuelven tiernos entre los brazos de un bebé contento.
Cuando uno se pierde y no le importa encontrarse.
Cuando las hadas se dejan retratar para un cuento.
Cuando los árboles son desnudados por el efecto látigo del viento.
Cuando dos enamorados hacen de la hojarasca el sonido fresco de un corazón, ronchando su
amor a mordiscos pequeños.
Cuando el resplandor del fuego se otea mirando a la ventana desde lejos, y la humareda hace
piruetas ante la mirada atenta de la luna de la cosecha.
Cuando las salpicaduras de luz empapan la oscuridad y mojan la aurora de un sueño.
Cuando se ara la fertilidad, la paciencia en barbecho se enroca con el sosiego.
Cuando lo importante es escucharse a uno mismo.
Miércoles, 2 de octubre de 2019
Félix Sánchez
Un ciudadano más.

Clichés otoñales

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    Clichés otoñales Lanzo haciaalgún empedrado camuflado entre hojas consumidas, más colores de la naturaleza para fortificar el lento debilitamiento. Devolviendo lo prestado con raíces que son matices de salir siempre hacia adelante. Lo insinuó Camus así, una segunda oportunidad en el año para con esas hojas tener flores en el plano. La vegetación se permite el lujo de maquillarse, empatizando lo nuevo y lo viejo. Reuniéndose distantes durante un momento el ruido infante y el silencio maduro. Las piedras sacan toda la belleza indiferente en invierno, forman parte del encuentro y usan sus muros para unir y no para separar. Porque los bancos esperan compañía. Calores hogareños, fríos someros. Pájaros de barro y nidos con conejos disfrazados, salpimentan las sonrisas que deambulan por el camino. Se reúnen en acequias ante la falta de un oficio, que, por el pico, pica y, por el río, ría. Camino que es río hacia la pérdida de luz y el frío mañanero. Algo más tristes a pesar de que toda la flora se siente más atractiva, sobria y hermosa. Magia repleta de la ilusión de un circo algo deprimido. Tan solo con una patada al azar consigo llegar al cielo, y crear estelas vivas con abanicos muertos. Así, al gris se le quita la tristeza de volverse eterno. Y es que todo lo anaranjado parece pulirse algo sonrojado, si el rubio y el dorado hacen de lo pálido un manjar en el verde incesante. No por ser futuro, sino por sentir presente con temperaturas de paz. Frialdad húmeda, austera y rubescente, sin embargo, cortés con todo lo que nace y muere. Entre el lastimar de una rama escuálida y lumbres con troncos que se hicieron los valientes. Y es que siempre la primera brisa del último otoño duerme como la ceniza de una transeúnte hoguera. Deja al abrigo momentos de velas, olores plomizos, arboledas en su mar y una nube cuyo pijama contiene hilos que decidieron fundirse en cuadros y rayas. Bajo delirios de tonalidades se espera esa escena, un paraje robusto a la vista por la sorpresa. Un paseo por el museo de las setas, con un paraguas abierto, girándolo en el suelo, aguardando bailar con la niebla. El bosque cae y los hongos con bombín custodian la copa de la victoria para los que ganan. Herencia reproducida por esporas en la altitud de las aves, aquellas que migran para defender el arte de remontar el tiempo. Otros hibernan su talento para mostrarse furiosos, a la vez que se vuelven tiernos entre los brazos de un bebé contento. Cuando uno se pierde y no le importa encontrarse. Cuando las hadas se dejan retratar para un cuento. Cuando los árboles son desnudados por el efecto látigo del viento. Cuando dos enamorados hacen de la hojarasca el sonido fresco de un corazón, ronchando su amor a mordiscos pequeños. Cuando el resplandor del fuego se otea mirando a la ventana desde lejos, y la humareda hace piruetas ante la mirada atenta de la luna de la cosecha. Cuando las salpicaduras de luz empapan la oscuridad y mojan la aurora de un sueño. Cuando se ara la fertilidad, la paciencia en barbecho se enroca con el sosiego. Cuando lo importante es escucharse a uno mismo. Miércoles, 2 de octubre de 2019 Félix Sánchez Un ciudadano más.