En la Edad Media, las familias reales construyeron grandes castillos y murallas defensivas a medida que sus reinos crecían. Los materiales de construcción dependían de la disponibilidad de recursos locales como piedra, ladrillo o madera. Algunas de las construcciones más importantes fueron el Monte Saint-Michel en el siglo VIII y las Murallas de Ávila en el siglo XI, que requirieron de numerosos artesanos y obreros durante años.