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Hacer lo correcto, sin temor a nada.
Sam Hopkins es un buen chico que ha caído con la gente equivocada. Al
pasar tiempo con ladrones de autos y matones, Sam sabe que es sólo cuestión
de tiempo antes de tomar una muy mala decisión y meterse en serios
problemas.
Pero un día, Sam ve a estos amigos acosando a una compañera de escuela
excéntrica llamada Jennifer. Al encontrar el valor de hacer frente a los matones,
Sam pierde una mala serie de amigos y adquiere uno nuevo muy extraño.
Jennifer no es sólo excéntrica. Para Sam, parece francamente demente.
Tiene alucinaciones aterradoras que involucran demonios, el diablo y la muerte.
Y aquí está la parte “realmente” loca: Sam está empezando a sospechar que
estas visiones en realidad podrían ser profecías… profecías de que algo terrible
va a suceder muy pronto. A menos que él pueda detenerlo.
Sin nadie que crea en él, sin nadie que lo ayude, Sam está solo en una
carrera contra el tiempo. Encontrar la verdad antes de que ocurra un desastre
va a ser a la vez loco y muy, muy peligroso.
3
Sinopsis
Índice
Parte 1: Dragnet
1: Bajo el Puente
2: El Juego de la Gallina
3: El Camaro Rojo
4: El Hijo del Predicador
5: Un Par de Autos
6: Mi Vida Como Rufián
7: Alguien en el Bosque
8: Una Revelación
Parte 2: La Cosa en el Ataúd
9: Yendo a Casa
10: Un Hombre Marcado
11: Lo que Jennifer Vio
Parte 3: El Castillo del Rey
Demonio
12: Día de Pista
13: ¡Ayúdame!
14: Un Demonio Propio
15: Algo Terrible
16: Algo Incluso Peor
17: Sospechoso Principal: Yo
18: Profetas y Locos
Parte 4: Destructor
19: La Peor Noche de mi Vida
20: Ladrón en la Noche
21: Sales, J.
22: Huyendo
23: Lo que Pasó en el Bosque
Parte 5: Locura
24: Y si…
25: El Cobertizo
26: Explosión, 9:15
27: El Tiempo se Agota
28: Bomba
Epílogo
Sobre Andrew Klavan
Créditos
4
¿Ves a ese tipo muerto a un lado de la carretera? Sí, aquel que yace en un charco
de su propia sangre, con el rostro todo destrozado y su ropa toda sucia y rota.
Ese soy yo. Sam Hopkins. Y bien, no estoy realmente muerto, o al menos no del
todo. Acabo de ser golpeado. Mucho. Muy mal. Lo que supongo es un poco
mejor que estar muerto… aunque cuando pienso en cómo voy a tener que
explicar esto a mis padres, francamente, estar muerto no parece una mala
alternativa.
De todos modos, te estás preguntando cómo me metí en una situación como
esta. Probablemente querrás oír hablar de Jennifer y los demonios y cómo reté
en velocidad a un tren de carga y —oh, sí— el extraño asesinato y cómo me
enteré de ello… definitivamente vas a querer escuchar todo acerca de eso.
Pero primero, tengo que contarles acerca de la cosa más estúpida que he
hecho…
5
Parte 1
6
Traducido por LizC
Corregido por Nony_mo
usurros llegan hasta ella desde la oscuridad.
Muerte.
Somos muerte.
Somos ángeles de la muerte.
Vamos a destruirlos.
Vamos a destruir a todos.
Los susurros vienen desde todos los rincones. Se arrastraban por los lados
de su cama, se deslizaban sobre sus mantas, sobre su piel. Al igual que
cucarachas. Primero uno, luego otro, luego un enjambre de ellos, cubriéndola.
Somos ángeles del mal.
Ángeles de la muerte.
Nosotros les enseñaremos a tener miedo.
Jennifer se quedó sin aliento y se sentó rápidamente, mirando hacia las
sombras, estudiando las sombras de su habitación, su habitación durante toda
la vida, su morada infantil, de repente extraño para ella ahora en la oscuridad.
Tantos ojos mirándola fijamente. Animales de peluches, sus amigos durante
toda su infancia, su osito de peluche, su cocodrilo, su bebé jirafa. Ojos de cristal,
ojos de cristal negro, mirando hacia ella. Los carteles en la pared: su cantante
favorito, su banda favorita. Ojos de papel, ojos planos, mirando fijamente. Su
calendario. Las princesas de Disney. Sus sonrisas brillantes de repente
diferentes, conocedoras, burlonas y malvadas. Ojos observándola fijamente
desde las sombras.
Y los susurros en todas partes:
Somos ángeles del mal, ángeles de la muerte.
Nos comprometemos en sangre a matarlos a todos.
¿Quién era? ¿Quién estaba allí? El corazón le latía con fuerza mientras
examinaba la habitación, buscando. Nadie. Sólo su computadora, la pantalla
apagada, observándola desde las sombras. Su equipo de música. Su figura de
Scary-Oh. Sus altavoces circulares como ojos, mirándola fijamente.
Jennifer agarró su almohada, la sostuvo entre sus brazos en busca de
consuelo, la sostuvo frente a ella como si pudiera protegerla.
Pero los susurros siguieron llegando. Se deslizaban por la pared.
Cucarachas pululando oscuramente por la pared y el techo donde podían caer
S
7
sobre la parte superior de ella y escurrirse por su piel, enredarse y arrastrarse
entre su largo cabello castaño.
Verán nuestro poder.
Ellos tendrán miedo.
Miedo de nosotros.
Debido a que somos ángeles de la muerte.
Aterrorizada, Jennifer se deslizó rápidamente de la cama y se puso de pie
en su pijama, sin soltar la almohada delante de ella. Su aliento salía
entrecortado mientras se volvía y estudiaba las sombras. Oso de peluche,
princesas, su espeluznante Scary-Oh, todos observándola.
Sin embargo, no había nadie allí. Todo estaba tranquilo, inmóvil.
Nos comprometemos en sangre a destruirlos…
Dejó caer la almohada. Se llevó las manos a los oídos. ¡Alto! ¡Detente!
Quería gritar. ¿Debería hacerlo? ¿Debería llamar a su madre? Tenía
muchas ganas de hacerlo. Podía sentir el grito con ganas de estallar en su
interior, pero no lo hizo. Sabía lo que pasaría si lo hiciera. Si gritaba, su madre
vendría. Cansada. Con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Necesitando
que ella se durmiera para que así pudiera ir a trabajar por la mañana. Vendría y
encendería la luz…
Y no habría nada. Nada más que los animales de peluche y las princesas y
el Scary-Oh, ya no mirando fijamente, fingiendo no mirar.
―No hay nada ―diría su madre, impaciente, molesta―. Fue sólo una
pesadilla. Vuelve a dormir. ¡Por amor de Dios, tienes dieciséis años!
Eso es lo que sucedería. Jennifer lo sabía. Ya había ocurrido antes.
Entonces su madre apagaría las luces de nuevo, moviendo el interruptor con un
golpe enojado. Jennifer oiría sus pesados, cansados, pasos pacientemente
regresando por el pasillo hacia su habitación. Escucharía la puerta de su
dormitorio cerrarse. Snap.
Y entonces todo volvería a empezar. Los susurros. Las miradas fijas. Todo
volvería y no habría ninguna posibilidad de llamar a mamá esta vez. Jennifer
estaría totalmente indefensa.
Trató de tragar ahora, pero no pudo. Estaba demasiado asustada, tenía la
garganta demasiado seca. Miró a su alrededor por una idea, una salida, una
manera de escapar. Vio la puerta. Entreabierta. ¿Cuándo una puerta no es una
puerta? Cuando está entreabierta, ¿cierto? Podía ver la oscuridad más ligera del
pasillo. Su madre mantenía la luz del baño encendida para que pudiera
encontrar su camino en la noche. El resplandor se vertía un poco en la sala, y la
8
oscuridad más ligera era como una línea delgada donde el borde de la puerta se
separaba de la jamba.
Oh, estoy atrapada, de acuerdo, pensó Jennifer frenéticamente. Pero al menos
la puerta está entreabierta.
Mark, pensó.
Su hermano, Mark. Podría ir por el pasillo. Golpear suavemente a su
puerta para así no despertar a su madre. Mark la ayudaría. Mark la protegería.
Él siempre la protegía. Él era fuerte donde ella era débil, valiente donde ella era
asustadiza. Mark era su héroe, ¡y él estaba aquí! Cuando los niños se burlaban
de ella en la escuela, él los detenía. Cada vez que alguien se metía con ella, la
llamaba loca, la empujaba o la hacía tropezar sobre su bandeja del almuerzo,
Mark los agarraba de la pechera de la camisa, los sujetaba contra la pared y los
hacía pedirle disculpas. Quienquiera que estaba susurrando tendría miedo de
Mark. Lo que sea que se estaba escondiendo en su habitación, observándola…
Mark los haría dejarla en paz y se irían.
Contuvo el aliento para tomar valor y se lanzó rápidamente a través de las
sombras mirando y susurrando hasta la puerta entreabierta. Tenía miedo,
mucho miedo, miedo de que en cualquier momento alguna cosa-sombra
susurrando correría hacia ella desde una esquina, la agarrara y se la llevaría
para siempre a su mundo de oscuridad susurrante. Pero siguió moviéndose, lo
más rápido que pudo, hacia la delgada línea de luz.
Lo logró. Abrió la puerta. En el momento en que entró en el pasillo, los
murmullos cesaron. Estaba tranquilo. Toda la casa era repentinamente un
enorme y oscuro silencio. Podía oír el silencio de ella, estableciéndose,
marcando, esperando.
Exhaló: Oh.
La habitación de su hermano estaba al final del pasillo. A lo lejos, al
parecer. Sus luces estaban apagadas. Su puerta estaba cerrada. Él debe de estar
durmiendo.
Pero Jennifer comenzó a avanzar al final del pasillo. A través del oscuro
silencio, tan silencioso que podía oír el roce de sus piernas al juntarse su pijama
de algodón. Caminando lentamente por el pasillo.
Pero la sala… ¡la sala era diferente! La sala había cambiado. Volvió la
cabeza hacia un lado y hacia el otro. El papel tapiz habitual había desaparecido.
El papel pintado de margaritas amarillas… Vio dibujos en las paredes ahora.
Dibujos horribles. Imágenes horribles, violentas, oscuras, pintadas en aerosol y
destruyendo las paredes.
Y las propias paredes eran diferentes. No como se veían durante el día.
Las paredes eran ásperas, astilladas, rotas. Y debajo de sus pies se sentía… no la
9
alfombra de su propia casa, sino tierra apisonada con piedras que escarbaban
en la carne de sus descalzos pies…
Estaba a medio camino de la puerta de su hermano, cerca de la escalera, la
escalera observándola, cuando sin previo aviso, empezaron de nuevo:
Ellos tendrán miedo.
Miedo de nosotros.
Debido a que somos ángeles del mal.
Jennifer dio un pequeño grito de miedo, no, no, no, deténganse, y tropezó,
girando de un lado a otro tratando de averiguar, ¿quién… quién… quién estaba
susurrando?
¡Y allí! ¡Algo! Una sombra. Sí. Acechando, moviéndose. Una cosa-sombra
terrible, con los susurros danzando a su alrededor como adoradores en un
santuario primitivo.
Vamos a matarlos a todos.
Matarlos a todos.
En un momento repentino de coraje y determinación, Jennifer se acercó al
interruptor de la luz. Encendería las luces. Lo atraparía. Se enfrentaría a él. Era
una cosa de oscuridad. No podría soportar la luz.
Sus dedos sintieron la pared. No su pared. No la pared de su casa. La
pared rugosa, astillada, salpicada de dibujos horribles y signos.
Pero allí. Allí estaba: el interruptor. El interruptor de la luz. Le dio la
vuelta.
Luz, luz bendita, se iluminó a través de la habitación. Jennifer se preparó y
miró, observó el pasillo, su corazón latiendo con fuerza.
Nadie.
No había nadie allí. Nada. El pasillo estaba vacío. Y era su pasillo. El viejo
y conocido papel tapiz de margaritas amarillas. La alfombra. La puerta del baño
con la luz encendida. La puerta de su madre. La de su hermano.
Su casa. Sólo su casa común y corriente. Todo igual.
Se quedó allí un momento mientras el alivio comenzó a arrastrarse a
través de ella. Tal vez mamá tenía razón. Tal vez fue una pesadilla.
Entonces, desde detrás de ella, a centímetros detrás de ella, una sola voz,
profunda y ronca, clara, ordenando:
¡Jennifer!
Gritó, se dio la vuelta, y la cosa permaneció cerniéndose sobre ella, con los
ojos rojos, ardiendo, los colmillos al descubierto, goteando, bajando hacia ella,
¡más y más cerca!
10
Jennifer no pudo ni gritar.
11
1
Traducido por Mari NC
Corregido por Nony_mo
staba corriendo cuando los matones me atacaron.
Yo corro mucho, casi todos los días después de clases. Era
parte de mi plan secreto para ponerme en forma e intentar
entrar al equipo de atletismo. El cual era un plan secreto porque
nunca fui mucho del tipo atleta, y el equipo de atletismo era el
más importante en la escuela, y no quería que nadie se riera de mí por pensar
que podía dar la talla.
Así que casi todos los días, sin mencionárselo a nadie, me iba a casa y me
cambiaba a mi ropa de correr. Montaba mi bicicleta fuera de la ciudad, luego
dejaba la bicicleta por entre los árboles y despegaba a pie a lo largo de uno de
los senderos vacíos del campo.
Este día en particular era a principios de marzo. Estaba abriéndome paso
por el sendero McAdams, el cual sube una colina empinada por el bosque y
luego viene a dar a un largo y constante tramo junto a una loma. Es una buena
carrera con una gran vista de mi ciudad natal por debajo. Puedes ver las casas
agrupadas en el valle verde claro, las torres de ladrillo del ayuntamiento, la
columna del monumento de la Guerra Civil y el río brillando de color rojizo
bajo el sol de la tarde. Incluso podía divisar el campanario de la iglesia de mi
padre mientras corría a lo largo, por encima de ella.
El frío del invierno todavía se aferraba. Los árboles estaban sin hojas, sus
ramas extendiéndose desnudas en el pálido cielo azul. Pero mientras corría,
respiraba un olorcillo ocasional de primavera a la deriva a través del aire. La
última nieve se había derretido. El terreno que había sido de hielo duro durante
todo el invierno se sentía más suave ahora bajo mis zapatillas.
Delante de mí, al final de la loma, había un puente de ferrocarril. Muy
viejo, muy angosto, sólo una pista estrecha sostenida por postes de hormigón.
El puente se extendía desde la loma de la colina, sobre el río, hasta el borde de
E
12
otra colina al otro lado. Luego las vías del tren tomaban una curva larga
serpenteante alrededor de la cresta lejana por encima del valle antes de quedar
fuera de la vista detrás de las colinas de los alrededores. Era una vieja línea,
pero los trenes de cargas todavía la usaban. Pasaban silbando por encima de la
ciudad dos y tres veces al día.
Por lo general, cuando llegaba al grupo de árboles justo antes del puente,
daría la vuelta y seguiría el sendero a lo largo de la pendiente descendente de la
colina, de regreso a casa. Ese era mi plan para hoy. Solo que nunca lo hice.
Acababa de llegar a los árboles. Estaba corriendo justo bajo el encaje de
ramas de invierno enredadas. Me sentía bien, fuerte, mis piernas empujando
enérgicas, mi respiración fácil. Estaba disfrutando el toque de la primavera en el
aire. Y estaba pensando en entrar en el equipo de atletismo. Estaba pensando:
Oye, podría hacer esto. Pensando: Podría realmente ser capaz de hacer esto.
Entonces, de repente, me caí. Sin motivo podía decir al principio, lanzado
hacia adelante, acababa de dar un mal paso y me fui volando por el aire. Caí
con fuerza sobre la tierra. Iba tan rápido que sabía que no podría sostenerme
con mis manos, me habría roto las muñecas. En cambio, giré cuando caí y tomé
la peor parte del impacto en mi hombro. Fue un buen y sólido golpe también.
Lo sentí justo a través de mi frente, un dolor punzante. Mi impulso me llevó a lo
largo del camino de tierra unos centímetros, las piedras desgarrando mi ropa.
Cuando finalmente me detuve, me quedé donde estaba por un momento,
aturdido. Pensando: ¿Qué acaba de pasar?
Luego levanté la vista… y lo supe.
Jeff Winger estaba de pie encima de mí. De diecisiete años, nervudo y con
rostro delgado parecido al de una rata, con cabello color marrón claro cayendo
sobre su frente llena de granos. Sudadera con capucha negra y pantalones
deportivos demasiado bajos en la cintura. Rápidos y penetrantes ojos de
comadreja que parecían estar mirando en todas direcciones buscando
problemas. Un matón.
Y no estaba solo. Ed Polanski y Harry Macintyre también estaban allí.
También eran matones. Ed P. era un gran matón torpe con el cabello rubio muy
corto y una cara como una patata. Harry Mac era un matón musculoso con los
hombros abultados y un amplio pecho.
Deben haber estado por ahí en los espesos matorrales detrás de los
árboles, ocultos desde mi punto de vista mientras los pasaba corriendo. Me
imaginé que uno de ellos, Harry Mac, a juzgar por su posición hacia adelante,
me había visto venir y me hizo tropezar mientras pasaba corriendo.
Ahora Jeff Winger miraba hacia abajo, hacia donde yo estaba. Sonrió por
encima de su hombro a sus dos amigos.
13
―Alguien se cayó ―dijo.
Ed P. rió.
Harry Mac dijo:
―Awww. Pobre bebé.
Dolorosamente, me senté. Me limpié la suciedad de la cara, también
dolorosamente. Escupí la tierra de entre mis dientes. Rodé mi hombro,
probando para ver si aún funcionaba. Me dolió cuando lo moví, pero al menos
estaba en funcionamiento.
Miré a los matones riendo hacia mí.
―Eso es gracioso ―les dije―. Ustedes son chicos realmente divertidos.
Ahora déjame aclarar algo obvio. No soy un tipo duro. De hecho, no soy
un peleador muy bueno en absoluto. Estoy un poco por debajo de la altura
promedio y no soy muy grande. No soy particularmente fuerte, y nunca
aprendí a boxear o algo por el estilo. Cada vez que había estado en una pelea,
me daban una gran paliza. ¿Así que, probablemente? ¿En una situación como
ésta? Debería haber tratado de ser un poco más amable. Hubiera sido lo más
inteligente por hacer, si entiendes lo que quiero decir.
Pero aquí está el problema: no me gusta ser empujado. En serio. Lo odio.
Bastante. Algo sucede en mi interior cuando alguien trata de intimidarme,
cuando alguien me empuja o me golpea o algo por el estilo. Todo se vuelve rojo
en mi interior. Ya no puedo pensar más. Me enloquezco. No puedo evitarlo. Y
contraataco, ya sea que lo intente o no, e incluso si eso significa que me
arranquen la cabeza. Lo cual, en mi limitada experiencia, es exactamente lo que
sucede.
Ahora, ya podía sentir la ira creciendo en mí mientras me ponía de pie. Me
quité el polvo. Vi a Jeff mirándome, sin dejar de sonreír. Eso hizo el enojo
incluso peor.
―Supongo que quieres ser más cuidadoso la próxima vez ―dijo Jeff. Sus
amigos matones se rieron como si esto fuera realmente hilarante, como si fuera
un comediante profesional o algo así―. Correr por aquí puede ser un poco
peligroso.
Una vez más, esto habría sido un excelente momento para mí para
mantener mi boca cerrada. Pero de alguna manera no podía.
―Está bien ―dije―. Me hiciste una zancadilla y me caí. Ja, ja, ja. Eso es
muy gracioso. Si tienes, como, siete años de edad…
Harry Mac no apreció ese comentario.
―¡Oye! ―dijo, y me empujó en el hombro, fuerte. Aparté su mano
bruscamente porque, bueno, porque sí, por eso. Porque no me gusta ser
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empujado. Eso puso a Harry Mac incluso más enojado, tan enojado; él ladeó su
puño como si estuviera a punto de conducirlo a mi cara. Lo que supongo que
estaba.
Pero para mi sorpresa, Jeff lo detuvo. Le dio una ligera palmada a Harry
Mac en el hombro. Harry Mac dudó. Jeff le dio una sacudida negativa con la
cabeza. Harry Mac bajó el puño, haciéndome retroceder con una mirada que
decía: Tuviste suerte esta vez. Lo cual era cierto.
Jeff me miró de arriba a abajo.
―Te he visto en la escuela, ¿no? ―dijo―. Hopkins, ¿cierto?
Poco a poco aparté mis ojos de Harry Mac y los dirigí hacia Jeff.
―Eso es correcto. Sam Hopkins ―le dije.
Jeff asintió.
―Y sabes quiénes somos, ¿cierto?
Asentí en respuesta. Todo el mundo en la escuela conocía a Jeff Winger y
sus compinches matones.
―De acuerdo, bien. ―Jeff pasó a lo que sonaba como una voz
razonable―. Porque éste es el trato, Sam. Este no es un buen lugar para ti, ¿de
acuerdo? Aquí ya no es donde quieres correr.
Una parte de mi mente me decía que simplemente me callara, asintiera y
sonriera mucho y me escapara de esto. Cualquiera de estos chicos podría
haberme golpeado hasta dejarme en el suelo. Los tres podrían bastante bien
patearme como si fuera un balón de fútbol a voluntad. Pero la parte de mi
mente que entendía de alguna manera no estaba comunicándose a la parte de
mi mente que…
Simplemente.
No.
Le Gusta.
Ser.
Empujada.
Así que en lugar de guardar silencio, dije:
―¿Qué quieres decir con que no es un buen lugar? Es un gran lugar. Me
gusta correr aquí.
Jeff se rió. No era una risa amistosa. Dio un paso casual hacia mí, casual
pero amenazante. Siguió sonriendo y negó, como si yo le hubiera entendido
mal.
―No, no, Sam, no lo creo. No creo que te guste correr aquí. Ya no, de todos
modos.
15
―¿Ah, sí? ―dije, y, bueno, no era exactamente una réplica brillante, pero
era todo lo que podía pensar en esas circunstancias.
Y, por supuesto, Jeff respondió:
―Sí. En el futuro, Sam, creo que tal vez deberías correr en otro lugar. En
cualquier otro. Este ya no es tu lugar. Este es nuestro lugar. Es nuestro lugar y
no te queremos aquí.
A través de la neblina roja de mi ira, empecé a entender lo que estaba
pasando. Mis ojos se movieron hacia atrás a los árboles y arbustos que nos
rodeaban. Era un lugar oscuro y solitario aquí. Te puedes sentar en la maleza y
nadie te vería o averiguaría lo que estabas haciendo. Así que supongo que Jeff y
sus amigos estaban metidos en cosas que no deberían haber estado haciendo, y
no me querían a mí o cualquier otra persona viendo.
―Está bien ―dije―. Está bien, lo entiendo.
―Bien ―dijo Jeff.
―Claro. Ustedes quieren que los dejen solos. Y eso está bien conmigo. En
serio. No quiero molestarlos. No quiero molestar a nadie. No me importa lo que
están haciendo aquí. No sé lo que es y no quiero saberlo. Y estoy seguro que no
voy a reportarlos ante nadie ni nada. Sólo quiero continuar corriendo, eso es
todo, ¿de acuerdo?
―Claro ―dijo Jeff con otra carcajada―. Claro, puedes seguir corriendo.
Puedes continuar corriendo en cualquier momento que quieras. Pero no aquí,
Sam. Este no es tu lugar, te lo estoy diciendo. Este es nuestro lugar ahora.
Sólo para asegurarme que tienes la imagen de la situación. Ellos: tres
grandes tipos duros. Yo: un chico pequeño, no matón. Lugar: en medio de la
nada. Levanta tu mano si sabes la que habría sido la cosa más inteligente de
hacer. Correcto. Debería haber sonreído y dicho: «Está bien, Jeff, siento
molestar», cerrar la boca y salir corriendo tan rápido como mis piernas me
llevaran.
En su lugar, dije:
―Olvídalo, Jeff. Aquí es donde corro. Me gusta. No voy a ser ahuyentado.
De ninguna manera.
Jeff dio lo que sonó como un gruñido de sorpresa. Miró por encima de su
hombro a sus amigos. Miró de nuevo hacia mí.
Entonces, tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, agarró la parte
delantera de mi sudadera. Mientras estaba en ello, agarró un puñado de mi
pecho también. Me arrastró hacia él.
―Escucha… ―empezó a decir.
Yo le di un puñetazo en la cara.
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No era mi intención hacerlo. Bueno, era mi intención. Por supuesto que
quise hacerlo. No es el tipo de cosa que haces con alguien por accidente. Lo que
estoy tratando de decir es: no lo planeé. Sólo que me puse tan enojado cuando
él me agarró que en cierto modo automáticamente lo dejé fluir.
Mi puño golpeó la mejilla de Jeff, justo debajo de su ojo. No lo golpeé muy
fuerte, pero fue lo suficientemente fuerte, un buen y sólido puñetazo. Y, por
supuesto, Jeff no lo esperaba… no del todo. Estaba tan sorprendido, que en
realidad me soltó y retrocedió un paso. Agarró su mejilla y se quedó allí,
aturdido.
Todos estaban atónitos. Jeff, Ed P. y Harry Mac. Todos ellos se quedaron
allí por ese largo segundo, mirando fijamente, como si no pudieran creer lo que
había sucedido. Lo que probablemente no podían.
¿Y sabes qué? Yo no podía creerlo tampoco. Me quedé de piedra también,
totalmente tomado por sorpresa. Me quedé allí, mirando a Jeff y a los demás.
Entonces, de la nada parecía, vino un alto y fuerte grito. Rasgó el aire,
ensordecedor. No sabía lo que era al principio, pero fuera lo que fuera, de
alguna manera me despertó de golpe. Mi cerebro empezó a trabajar de nuevo.
Y mi cerebro me dijo: ¿Uh, Sam? ¡Corre por tu vida!
Que es exactamente lo que hice.
17
2
Traducido por Caamille
Corregido por Nony_mo
arry Mac intentó agarrarme, pero demasiado tarde, falló. Me fui
por la cresta de la montaña. Jeff, Ed P. y Harry Mac fueron detrás
de mí. Cuando miré hacia atrás, me di cuenta por las expresiones
en sus rostros que estaban decididos a atraparme y tomar su
venganza. Estaban alcanzándome también. Especialmente Harry Mac. Era
musculoso, como dije, y muchas veces tipos como esos no eran lo
suficientemente flexibles para moverse bien o correr rápido. Pero para mi
suerte, Harry Mac era bastante flexible, y resultó que podía correr como el
viento. Él estaba corriendo como el viento, de hecho, sus gruesas y poderosas
piernas tronaban debajo de él, conduciéndolo detrás de mí, dejando a sus dos
amigos matones detrás y rápidamente cerrando el espacio entre nosotros.
Entonces lo oí de nuevo: ese agudo chillido, el sonido que me había
regresado a mis sentidos. Miré a través del valle mientras corría y vi lo que era.
Era el silbido de un tren de carga. Pude ver el tren serpenteando de detrás de
las colinas, rumbo hacia el final del puente de la vía férrea.
Lo que me dio una idea. Y creo que es prudente decir que era la idea más
loca que alguna vez haya tenido. Es posible que fuera la idea más loca que
alguien alguna vez haya tenido. Pero, ¿qué puedo decir? Estaba totalmente en
pánico. Sabía que si Jeff y sus amigos me atrapaban, iban a romperme en
pequeños pedazos y luego romper esos pedazos en pedazos aún más pequeños.
Vi sólo una oportunidad de escapar de ellos, loco como fuera, tomé la
oportunidad sin pensar realmente.
Corrí por el puente. Alejándome del sendero McAdams hacia la tierra de
grava a lo largo de la cresta de la colina. Esquivando a través de los escasos y
estropeados árboles. Corriendo tan rápido como podía.
Miré hacia atrás sobre mi hombro mientras corría. Harry Mac estaba
acercándose a mí rápidamente. Tuve que subir una pequeña y empinada cuesta
H
18
para llegar al final del puente y eso me hizo disminuir la velocidad, y Harry
Mac consiguió acercarse aún más.
Ahora daba pasos en el puente, sobre las vías, y empecé a correr sobre
ellas. El mundo se desvaneció a cada uno de mis lados. De repente estaba en lo
alto, elevado en el aire sin ninguna ruta de escape, Jeff y sus amigos detrás de
mí, el tren apareciendo delante de mí, con nada excepto el cielo a mi izquierda y
a mi derecha. Permanecí en el centro de las vías, entre los rieles, entre los bordes
del puente. Mis pies volaban sobre las viejas vigas de madera de color marrón
que estaban ensartadas juntas con sólo pequeñas tiras de hierba y grava entre
ellas.
Mientras corría, miré hacia adelante. Podía ver el tren. El que emitió otro
penetrante silbido mientras arrojaba vapor a lo largo del puente sobre el
Sawnee, dirigiéndose hacia el extremo más lejano del puente. Mi idea era esta:
si podía correr a través del puente lo suficientemente rápido, llegaría hacia el
otro extremo antes de que el tren llegara ahí. Jeff y sus amigos no me seguirían
porque no podría ser posible que fueran lo suficientemente ridículos para correr
a través de un puente de una sola vía con un tren de carga a punto de cortar su
única salida.
Puedes ver a lo que me refiero cuando digo que no había pensado
realmente bien en esta idea. Por ejemplo, si pensé que Jeff y sus amigos matones
eran tan inteligentes para no correr a través del puente con el tren viniendo,
bueno, entonces, ¿no debería yo haber sido tan inteligente para no hacerlo
también? Sólo para ahorrarles la molestia de buscar la respuesta, es: ¡Sí! ¡Por
supuesto que sí! ¡Lo que estaba haciendo era absolutamente demente! Pero con
todo pasando tan rápido, y con toda la cosa del pánico yendo y mi miedo de
Jeff, Ed P. y Harry Mac, simplemente no estaba siendo muy inteligente, eso es
todo.
Así que continué corriendo tan rápido como podía, bajando por el centro
de las vías del tren, sobre el puente.
No era fácil correr sobre esas vigas de madera. Tuve que ser cuidadoso de
no atrapar mi pie en uno de los espacios, donde podría haberse torcido, o
incluso, roto mi tobillo, corriendo tan rápido como lo estaba haciendo. Además,
algunas de esas vigas de madera se sentían un poco blandas y podridas bajo
mis pies, como si pudieran romperse en cualquier momento. No sabía qué
sucedería entonces. Si una de ellas se rompía y me sumergía a través de ellas,
¿aterrizaría en la grava debajo? ¿O seguiría cayendo y cayendo hacia el río de
abajo?
Incluso en mi estado de pánico, estaba empezando a darme cuenta: éste
era un plan tonto. Un plan real, realmente tonto.
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Estaba a punto de detenerme. Estaba a punto de darme la vuelta y correr
de regreso. Entonces, asombrosamente, sentí dedos agarrar el cuello de mi
sudadera. Sorprendido, rápidamente di una mirada sobre mi hombro.
¡Tienes que estar bromeando!, pensé.
Pero no, era Harry Mac, su rostro rojo y retorcido con esfuerzo, corriendo
detrás de mí, acercándose, estirando una mano para agarrar mi camisa.
Me había seguido en el puente. ¿Cómo alguien podría ser tan loco? ¿No
vio que había un tren viniendo? ¿Qué era, alguna clase de idiota?
Miré hacia adelante y puse algo de velocidad extra, impulsado por el
miedo. Sentí los dedos de Harry Mac perder su agarre en mi camisa y
desaparecer. Miré hacia adelante y ahí estaba el tren, serpenteando alrededor de
la curva para dirigirse al final del puente. Una vez que llegue ahí, no habría
manera de salir de su camino.
Miré hacia atrás una vez más. Ahora, incluso Harry Mac se había dado
cuenta que era la cosa más loca del mundo. Se había detenido en el puente.
Estaba de pie en el medio de las vías del tren, sin aliento, mirando detrás de mí,
negando.
Justo antes de que mirara hacia adelante, lo vi alejarse. Lo vi comenzar a
correr de regreso hacia donde Jeff y Ed P. estaban de pie en la seguridad de la
entrada del puente. Ellos se habían detenido donde estaban. No habían venido
detrás de mí. No eran completamente idiotas después de todo.
Desearía poder decir lo mismo acerca de mí. Incluso en ese momento,
podría haber tenido tiempo de dar la vuelta. Podría haber regresado hacia
donde Jeff y sus amigos matones estaban de pie y lograr salir de las vías antes
de que el tren llegue. ¿Por qué no hacía eso? ¿Qué era lo peor que podría
pasarme? Jeff y sus amigos me levantarían por los tobillos y empujarían mi
cabeza en el suelo y me dejarían ahí enterrado hasta el cuello con mis pies
colgando en el aire. Eso no habría sido tan malo, de verdad, al menos no
cuando lo comparas con conseguir ser aplastado por esa carga que se
aproximaba.
Pero simplemente no pude pensar con claridad. Todo en lo que podía
pensar era en alejarme de Jeff, y llegar antes que el tren al final del puente. Así
que seguí corriendo, observando como el tren se acercaba más y más.
Ahora estaba a dos tercios del camino. El tren de carga estaba resoplando
fuerte a través del último tramo de la cresta de la colina, serpenteando
alrededor de la curva hacia la entrada del puente. Justo en ese momento, me
gustaron mis posibilidades. Pensé que tenía una buena oportunidad de llegar al
otro lado del camino antes de que el tren me cortara.
20
Di todo lo que tenía, poniendo toda mi fuerza y esfuerzo en mis piernas.
Con el azul desteñido del cielo de la tarde a mí alrededor, sentí como si
estuviera suspendido en el aire, corriendo desesperadamente a través del medio
de la nada. Atrapé rápidos vistazos de las colinas por delante y el pueblo
debajo. Pero principalmente veía el tren. Más y más cerca del puente.
Completamente alrededor de la curva ahora de modo que el frente del mismo
estaba apuntando directamente hacia mí, saliendo disparado directamente
hacia mí.
El silbido perforó el aire otra vez, tan fuerte que lastimó mis oídos. Corrí
apresuradamente hacia el frente del tren. Sí, realmente creía que iba a hacer la
salida antes que la carga llegara ahí y la bloqueara.
Luego di un paso en una viga podrida, y la madera se rompió. Mi pie se
estrelló a través de ella, torciendo mi tobillo. Tropecé hacia adelante tratando de
mantenerme de pie. No pude. Me caí, poniendo mis manos para prepararme a
mí mismo. Mi palma golpeó la irregular madera de las vigas del ferrocarril, y
sentí el ardiente dolor mientras mi piel era perforada por las astillas. Grité y
apreté mi mano herida hacia mi pecho.
Pero no había tiempo para preocuparme de eso. Me puse de pie. Con
horror, vi que el tren estaba a menos de noventa metros del final del puente.
Grité y corrí directamente hacia él, no había otra opción. Si me daba la vuelta y
trataba de correr de regreso ahora, la cosa simplemente pasaría justo sobre mí.
El silbido del tren resonó otra vez como si estuviera en angustia ante lo
que iba a pasar. Grité también, sólo del esfuerzo de correr, y, oh sí, de terror. La
cosa estaba a cuarenta y cinco metros de distancia.
Llegué al final del puente. El tren llegó en el mismo momento. El frente
del tren se cernía, gigante y mortífero. Había quizás diez metros separándonos
ahora.
Me lancé a través de ese espacio.
El silbido del tren llenó el aire, llenó mi mente, lo llenó todo, y mi propio
grito llenó todo también, mientras golpeaba el suelo y caía sobre la cuesta de
grava.
Acostado sobre mi espalda, miré hacia arriba y vi el gran monstruo de un
tren destellando sobre mí, los gigantes vagones destellando y destellando al
pasar por encima de mí, retumbando sobre el puente, toda la gran bestia
pasando sin parar por él pareciendo una eternidad.
Me tendí en el suelo, mirando hacia las sólidas y asesinas ruedas. Estaba
bien. Había jugado al juego de la gallina con un tren de carga y sobreviví.
Bastante estúpido, ¿cierto?
Pero aun así no era la cosa más estúpida que alguna vez haya hecho.
21
3
Traducido por Debs
Corregido por Nony_mo
asó mucho, mucho tiempo, antes de que pudiera recuperar el
aliento, antes de que pudiera dejar de temblar, antes de que
pudiera ponerme lentamente de pie y mirar a mí alrededor.
Cuando lo hice, miré al otro lado del puente. La larga carga ahora
ocupándolo de extremo a extremo. Cuando mis ojos se elevaron a la colina,
esperaba ver a Jeff y sus compinches matones allí de pie, mirándome. Tal vez
sacudiendo sus cabezas. Tal vez murmurando: «¡Maldición, otra vez
frustrados!» O algo así.
Pero para mi sorpresa, ¡no estaban allí en absoluto! No estaban a la vista.
Habían desaparecido. Se habían ido totalmente.
Pasé mi mirada sobre la colina, buscándolos. Nada. Ni siquiera una pista.
Sólo las laderas y los árboles. Sólo el cielo a través del encaje de las ramas de
invierno. Sólo el tren de carga moviéndose ahora cruzando la colina,
desapareciendo en la pendiente descendente hacia el siguiente valle delante.
Me quedé mirando, con la boca abierta, y la respiración rápida. Mi mente
se puso a toda marcha, tratando de entender. Jeff, Ed P. y Harry Mac, habían
estado allí hace un momento y ahora se fueron como si nunca hubieran existido.
Como si los hubiera imaginado o soñado. Pero sabía que no lo había hecho.
Y luego mi boca se cerró.
Y pensé: ¡Oh, no!
No fue fácil empezar a correr de nuevo, pero lo hice. Por lo menos era
cuesta abajo en esta ocasión, muy en pendiente. Me sumergí por la pendiente, a
grandes zancadas sobre el terreno accidentado. Me dolía el tobillo. Mis
pulmones ardían. Mi mano palpitaba de dolor a causa de las astillas todavía
enterradas en mi carne. Ignoré todo y sólo corrí.
P
22
Te voy a decir por qué. Hay una carretera que sube más allá del sendero
McAdams. Justo ahí arriba más allá de los árboles y los arbustos donde Harry
Mac me había hecho tropezar. Es una vieja carretera de asfalto destrozado y
grava que conduce a varios otros caminos, caminos de tierra, que van a varias
áreas silvestres, donde hay fincas, granjas, campamentos y otras cosas por el
estilo, abandonadas.
Me sentí bastante seguro de que Jeff, Ed P. y Harry Mac no habían ido de
excursión al lugar donde los había encontrado. No me parecen del tipo de
excursionista, saludables y felices, si entiendes lo que quiero decir. No,
probablemente habían subido el viejo camino destrozado, estacionado en las
cercanías y dirigidos hacia los árboles para sentarse, fumar y beber cerveza o lo
que fuera que habían estado haciendo que yo no tenía que ver. Así que eso
significaba que probablemente tenían un auto allí, tal vez el Camaro rojo que
Jeff siempre conducía a la escuela, el que tenía el silenciador modificado de
modo que se podía oírlo rugir a tres condados. Y si tenían un auto allí arriba,
bueno, entonces podían buscar ese auto y conducir por la colina, ¿no es así?
Hacia abajo de la colina hasta la carretera por debajo. Que era donde tenía que
ir ahora. Era la única manera de que pudiera volver a mi bicicleta desde aquí.
En otras palabras, si llegaban a su auto lo suficientemente rápido, si conducían
lo suficientemente rápido, todavía podían alcanzarme en la carretera.
Así que corrí colina abajo.
Era tan empinado que debo haber tropezado una docena de veces. Casi
me caí media docena más. Cuando llegué a los árboles más densos junto al
camino, tuve que esquivar entre sus troncos, saltar por encima de sus raíces, y
abrirme camino a través de la maleza que desgarraba mis ropas y mis manos.
Pero seguí adelante, lo más rápido que pude. Y al final llegué a la carretera en la
parte inferior de la colina: County Road 64.
Tuve que detenerme allí. Me faltaba el aliento. Me incliné hacia delante,
con las manos en las rodillas, tratando de recuperarme. Volví la cabeza y miré
por la carretera. Eran dos estrechas callejuelas de pavimento a través de pinos y
fuera de la vista. Me volví y miré hacia otro lado. Era lo mismo: dos carriles
estrechos, con pinos a ambos lados. Sin autos a la vista. Nadie viniendo de
cualquier dirección.
Sabía dónde estaba. A unas tres cuartas partes de un kilómetro de la
entrada del pueblo, tal vez medio kilómetro de donde había dejado mi bicicleta.
Si pudiera correr, debería ser capaz de llegar a casa antes de que oscurezca.
Eché un vistazo a mi mano. El espectáculo hizo que mi corazón se
hundiera. Mi palma estaba roja e hinchada. Había marcas negras en el lugar
donde las astillas de las vías férreas habían enterrado. Peor aún, había dos o tres
grandes viejos trozos de madera en ella, uno de los extremos sobresalía de la
carne, el otro visible bajo la piel. Sabía que debía sacarlos rápido de allí, pero de
23
alguna manera no me atrevía a sacar esas grandes astillas. Agarré el final de
una de ellas, la saqué, gruñendo por el dolor. Agarré el otro, y luego otro.
Líneas de sangre comenzaron a correr por encima de mi mano.
Para estas alturas, había recuperado el aliento y estaba listo para empezar
a correr de nuevo. Pero antes de que pudiera, escuché un motor.
No había duda del sonido, ese rugido agresivo. Ese era el Camaro rojo de
Jeff, que venía detrás de mí.
No había ningún sitio a dónde ir, ningún lugar para esconderme. No
podía volver a subir la colina hacia el bosque. Así que corrí, lejos de la dirección
del ruido, hacia la ciudad, hacia casa.
Corrí tan rápido como pude, pero estaba flaqueando ahora, con muy poca
energía. El motor rápidamente se hizo más fuerte detrás de mí. Miré por encima
del hombro.
Sí, allí estaba. Un destello de luz solar atrapó el guardabarros de plata.
Luego otro destello, y vi la llama roja de su capó.
Traté de poner un poco de velocidad, pero estaba prácticamente acabado
ahora. ¿Cuál era el punto de todos modos? Incluso en mi máxima velocidad, no
podía correr más rápido que un auto. Detrás de mí, el Camaro rojo dio un
rugido gutural de aceleración. En otro momento, el sonido se redujo a un
murmullo gutural y el auto estaba justo a mi lado.
Me volví hacia él. La cara de Harry Mac me sonreía a través de la
ventanilla del copiloto.
En puro pánico, traté de escabullirme, lanzarme al bosque para escapar.
No fue una buena idea. Hice unos dos pasos arriba de la pendiente de tierra y
caí, colapsado. Me deslicé hacia abajo sobre la cama de agujas de pino y me dejé
caer sobre el hombro de arena de la carretera. Me arrodillé allí, jadeante,
agotado.
El Camaro se detuvo. Las puertas se abrieron. Harry Mac y Ed P. salieron.
Uno de ellos me agarró por debajo de un brazo, el otro me agarró por debajo
del otro. Me arrastraron hacia el auto. Me arrojaron al asiento trasero. Entraron,
uno a cada lado. Cerraron las puertas.
Jeff estaba al volante. Apretó el acelerador. El Camaro rugió y volvió a
arrancar. Jeff giró al volante y el auto dio un gran giro, dando una vuelta
completa. Luego se dirigió de nuevo en la dirección por la que había llegado,
sólo que conmigo adentro ahora.
Si nunca has estado en el asiento trasero de un Camaro, déjame decirte
esto: el espacio para las piernas es nulo, cero. Tuve que doblar mis piernas
tanto, que mis rodillas estaban prácticamente en mis dientes. Además, sólo hay
realmente dos lugares para sentarse, uno a la izquierda y otro a la derecha, y yo
24
estaba sentado en el centro. El pesado Ed P. estaba presionado contra un
hombro, y el enorme Harry Mac se presionaba contra el otro. No había espacio
para moverse, así que lo único que podía hacer, era presionar mis brazos a los
costados y hacerme pequeño. Ah, ¿y por cierto? Ed P. y Harry Mac olían a
calcetines viejos.
Estaba nervioso. Muy bien, asustado. No sabía a dónde íbamos o lo que
iban a hacerme una vez que llegáramos allí. Fuera lo que fuese, no pensé que
fuese a ser demasiado bueno.
Oí la risita de Jeff. Me miró por el espejo retrovisor mientras conducía por
la carretera forestal. Pude ver sus ojos de comadreja reflejados en la estrecha
franja del espejo.
―Te tenemos ahora, ¿no? ―dijo lentamente―. Sí que te agarramos, como
era de esperarse.
―Me tienes, está bien ―dije―. Entonces, ¿qué van a hacer conmigo?
―¿Por qué lo preguntas? ―dijo Jeff, y esta vez, los tres se rieron―. Tú no
tienes miedo, ¿verdad?
―Oh, no ―dije―. ¿Por qué tener miedo de un buen grupo de chicos como
ustedes?
Me di cuenta por el reflejo de los ojos de Jeff que estaba sonriendo.
―Eso es gracioso ―dijo―. Eres gracioso, incluso ahora. Eso me gusta.
Eres un pequeño mocoso rudo, ¿no?
Negué.
―No muy rudo, no.
―Oh, sí, lo eres. ¿Me pegas en la cara de esa manera? ¿Con tres de
nosotros allí? ¿Correr a través de ese puente, justo a hacia ese tren así? Eres un
pequeño mocoso rudo, de acuerdo, no nos engañemos.
―Está bien ―dije―. Soy un pequeño mocos rudo. ―Odio admitirlo, pero
en realidad me sentí un poco orgulloso de que Jeff me hubiera dicho eso.
Y él continuó con eso también.
―En serio ―dijo en una especie de fervor, como si estuviera tratando de
convencerme de este punto muy importante―. ¿Correr hacia ese tren? No creo
que jamás haya visto algo así antes. Eso me impresionó. Realmente me
impresionó.
Me encogí de hombros, tratando de ocultar el hecho de que apreciaba el
cumplido.
―Estoy feliz de poder traer un poco de diversión a tu mezquina vida
―dije tan sarcásticamente como pude.
25
Ante eso, Jeff dejó escapar una risa real, una gran carcajada.
―Ves, eso es lo que quiero decir ―dijo, hablando conmigo a través del
retrovisor, mirando hacia atrás y hacia adelante entre el retrovisor y el
parabrisas mientras conducía―. ¿Decir cosas como esas? ¿Cuando te tenemos
como lo hacemos? Eso es ser rudo. Eso me gusta. Me impresiona.
Me encogí de hombros otra vez. Me pregunté si Jeff al estar impresionado
significaba que no iba a matarme.
Me quedé un rato en silencio y Jeff se calló también. Condujo el Camaro
gruñendo a lo largo del sinuoso camino hasta que llegamos a un desvío
escondido en los árboles. Giró allí, y empezamos a dirigirnos a la colina, de
vuelta a donde habíamos estado antes.
Miré por la ventana lateral, más allá del descomunal, por no mencionar
mal olor, de Ed P. En el exterior, vi que estábamos en territorio desierto de
nuevo. Colinas vacías. Un árbol de roble oscuro, con un lago oscuro por debajo
de él. El cielo.
No hay mucho que ver, y no hay manera de escapar. Aparté la mirada y
traté de olvidar mi miedo recogiendo unas cuantas astillas de mi mano
sangrante.
Después de un rato, Jeff comenzó a hablar de nuevo.
―Te voy a decir algo ―dijo―. Normalmente, si un hombre hace lo que
hiciste, si un chico me pega como lo hiciste, tengo que hacer algo al respecto, no
puedo dejar que algo como eso se quede sin respuesta. ¿Ves lo que quiero
decir?
Suspiré.
―Sí. Veo lo que quieres decir.
―¿Normalmente? Si un hombre hace algo así, le tengo que responder,
sólo que un centenar de veces peor, bastantes veces para mandarlo al hospital.
Puedes entender eso, ¿verdad?
No le respondí. Sentí que mi estómago caía. Mandarlo al hospital no
sonaba como un final feliz para mi día.
―Pero no sé ―siguió Jeff―. Lo que hiciste. La forma en la que fuiste. Las
cosas que dices. La forma en que corriste hacia ese tren… ―Dio una especie de
resoplido pensativo mientras guiaba el auto alrededor de otro giro. Ahora
estábamos rebotando y saltando sobre un camino de tierra, pasamos árboles,
colinas, un territorio cada vez más desierto―. Me agradas, Sam ―dijo Jeff
entonces.
26
No pude mantener la sorpresa fuera de mi cara. Jeff era el tipo de chico
que la gente temía. El tipo de chico que la gente trataba con cortesía. Era extraño
que me dijera que le agradaba.
―Lo digo en serio ―dijo―. Eres el tipo de persona que me gusta tener a
mí alrededor. Tú eres el tipo de persona que quiero en mi equipo, si entiendes
lo que estoy diciendo. En serio, me viene bien un tipo rudo como tú.
No sabía qué responder. Nadie me había dicho que me quería en su
equipo, en nada.
El auto se detuvo. Traté de mirar por encima de la cabeza de Jeff, a través
del parabrisas, pero no pude ver mucho. Entonces se abrieron las puertas y
todos se bajaron. Harry Mac me agarró por el brazo y me arrastró hacia fuera
también.
El Camaro estaba estacionado en un lugar arenoso, una especie de camino
de entrada. Había un viejo granero en frente de nosotros. Marrón, sin pintar, las
tablillas podridas y astilladas. A nuestro alrededor había… bueno, nada. Una
colina. Los árboles en la distancia. Ningún otro edificio o persona a la vista. Ni
siquiera una oveja.
Jeff llegó y se paró frente a mí. Levanté la vista hacia él, porque era más
alto que yo, por una cabeza.
Su cara de rata se iluminó con una sonrisa.
―Lo digo en serio ―dijo―. Me agradas, Sam.
Luego me dio un puñetazo en el estómago, fuerte. Muy fuerte. Di un grito
ahogado, quedé sin aliento y me doblé. Entonces me puse de rodillas y jadeé un
poco más.
―Eso fue por pegarme ―dijo Jeff, de pie junto a mí―. No puedo dejar
que eso pase. Lo entiendes, ¿verdad?
―Claro. ―Me las arreglé para jadear después de un segundo―. Claro,
¿qué no habría de entender?
Entonces Jeff se agachó y me agarró por el cuello de la camisa. Me izó a
mis pies. Me dio dos bofetadas en la cara. Picó como el infierno y me puso tan
enojado que quise estrangularlo. Pero me las arreglé para controlarme porque
no quería morir. Con los ojos llenos de lágrimas miré a su borrosa cara,
sonriente.
―Ahora que sacamos eso del medio ―dijo Jeff―, creo que tú y yo
seremos amigos. ¿Qué piensas de eso? ¿Quieres ser mi amigo, Sam?
Jadeé unas cuantas veces más antes de recuperar mi aliento. Entonces
pensé en ello. Pensé: Bueno, ¿por qué no? Amigo de Jeff Winger. En realidad eso
podría ser bastante interesante.
27
Así que después de un segundo o dos, le dije:
―Está bien. Claro.
Y esa fue la cosa más estúpida que he hecho.
28
4
Traducido por AariS
Corregido por Nony_mo
sto es lo que tienes que entender: soy un HP, un hijo de
predicador. Mi padre, Matthew Hopkins, es el rector de la iglesia
de East Valley, que está en la calle Washington, la cual está en
nuestro pueblo, que es Sawnee, el cual es un pequeño lugar de
alrededor de setecientas personas al norte del estado de Nueva York. Y verás,
cuando tienes dieciséis y tu padre es un predicador, y vives en un pueblo
pequeño todo el mundo sabe quién es él y quién eres tú, hay un montón de
presión en ti. No es que alguien espere que seas perfecto o algo así. No tienes
que ser brillante. No tienes que ser un atleta. No tienes que conseguir notas
estupendas en la escuela. Todo lo que tienes que hacer es, bueno, nada. O nada
malo, eso es.
Nunca, jamás puedes hacer nada malo. Jamás. Otros chicos pueden
meterse en problemas, ser enviados a la oficina del director, hacerse un poco el
salvaje a veces. Pero no tú, no el HP. Verás, a la gente le gusta cotillear acerca
del predicador. Ya que él siempre está recordándoles ser morales y buenos,
ellos consiguen una especie de enorme emoción cuando averiguan que su vida
no es perfecta. Y si tú, el hijo del predicador, te metes en problemas, todo el
mundo empezará a susurrar entre sí: ¿Has oído acerca del hijo del predicador? Tsk,
tsk, tsk, el chico del reverendo Matt realmente se ha descarrilado… Esto hace que tu
padre se vea mal. Hace que tu madre se moleste y se enfade. Y te hace sentir
como la peor persona de la tierra. Confía en mí en esto.
Así que, por una parte, está toda esta presión para ser bueno. Pero,
entonces, por otra parte, no quieres ser demasiado bueno. No quieres ser tan
bueno que no puedas ser… bueno, normal. Uno de los chicos. No quieres que
los demás chicos sientan que deben callarse siempre que pases caminando o
que dejen de contar la broma que estaban contando o que te digan
“discúlpame” después de maldecir o algo como si fueras su tía solterona y
nunca hubieras escuchado una mala palabra antes.
E
29
Puede ser un problema. Como, con chicas, por ejemplo. No puedo evitar
notar que muchas de las chicas en la escuela son muy educadas conmigo.
Quiero decir, muy educadas. Extra educadas. Demasiado educadas. Como si
fuera la hermanita de su mejor amiga o algo así. Como si fuera la porcelana
buena de sus madres y quisieran ser cuidadosas para no romperme. De vez en
cuando, por ejemplo, estoy mirando a una chica… bueno, específicamente estoy
mirando a Zoe Miller. Porque tengo lo que es llamado técnicamente “una cosa
importante” por Zoe Miller. Porque ocurre que Zoe Miller es demencialmente
linda y agradable. Tiene este corto cabello negro y estos grandes ojos verdes y
está nariz respingona con pecas y está sonrisa que te hace sentir que realmente
quiere sonreír. Y la cosa es, cuando está con la mayoría de la gente, es realmente
divertida también. No divertida como un payaso de circo ni nada, sino
simplemente del tipo afable, bromista, relajada y cómica. La gente siempre está
riendo cuando ella está alrededor. Es divertido estar con ella, eso es lo que estoy
tratando de decir.
Así que, de cualquier manera, cuando estoy mirando a Zoe mientras ella
está hablando con, digamos, por ejemplo, Mark Sales. Mark Sales, el corredor
estrella de nuestro equipo de atletismo. Mark Sales, quien estableció un nuevo
record escolar en los tres mil metros con obstáculos de once minutos y cinco
segundos. Mark Sales, quien tiene diecisiete y mide casi un metro ochenta y tres
y cuyos dientes prácticamente destellan y relucen cuando sonríe, de modo que
las chicas esperan hasta que pasa y luego agarran sus libros y levantan la
mirada al cielo con sus bocas abiertas como si alguna clase de milagro hubiera
ocurrido sólo porque él les saludó. Y no me malinterpreten: Mark es un chico
genial, un muy buen tipo, pero de algún modo eso sólo hace peor toda la
situación…
Por lo tanto, como iba diciendo, cuando estoy mirando a Zoe mientras ella
está hablando con Mark Sales. Y Zoe estará toda relajada y afable y bromeando
como normalmente es. Y Mark y sus amigos estrellas de atletismo, Nathan
Deutsch y Justin Philips, estarán todos riendo a su alrededor con sus dientes
centelleantes. Sólo serían la linda Zoe y los Grandes Hombres del Campus
estando de pie en el pasillo de la escuela divirtiéndose. ¿Verdad?
Entonces yo les paso por al lado.
Y digo:
―Hola, chicos.
Y de repente todo el mundo deja de reírse. Todos como que carraspean y
se miran el uno al otro. Como si los hubiera atrapado haciendo algo realmente
vergonzoso.
Y luego Mark dice:
―Hola, Sam. ―De esta manera en cierto modo formal.
30
Y Nathan y Justin murmuran: «Hola», porque no son tan buenos
pretendiendo estar relajados como lo es Mark.
Y luego finalmente Zoe me sonríe, pero no es su sonrisa súper genial que
les da a todos los demás. Es su sonrisa siempre-tan-cortés. Y dice: «Oh, hola,
Sam. Es bueno verte», de un modo tan educado, formal, inofensivo y no
bromista que realmente preferiría si simplemente saca un arma y me mata a
tiros allí mismo.
Eso es de lo que estoy hablando. Ser el hijo de un predicador. Puede ser un
problema.
Así que estarás preguntándote: ¿Qué tiene esto que ver con Jeff Winger?
¿Conmigo diciendo que sería amigo de Jeff Winger?
Bueno, ya que preguntas, aquí está la respuesta: independientemente de lo
que se puede decir acerca de él, Jeff Winger no era un hijo de predicador. Jeff
Winger no tenía un padre en absoluto por lo que cualquiera podría decir, y sólo
vivía con su madre cuando podía encontrarla. Como resultado, Jeff no tenía que
preocuparse acerca de ser un buen chico todo el tiempo. ¿Buen chico? ¡Era un
delincuente juvenil hecho y derecho! Había sido arrestado una vez por robar un
auto. Había sido arrestado una vez por conducir bajo influencia, bajo la
influencia de qué, no estoy completamente seguro, pero debe haber sido
bastante influyente porque metió el guardabarros delantero de la camioneta de
su primo en una farola. ¿Qué más? Oh sí, Jeff había sido suspendido de la
escuela dos veces, o tal vez tres, por varias razones: pelearse, fumar, llevar un
arma, un cuchillo, creo que fue. Y una vez apareció para el primer periodo con
el rostro lleno de moratones, el rumor era que había participado en una reyerta
particularmente violenta en el Shamrock, un peligroso bar más allá en Ondaga,
a un pueblo de aquí.
Así que ese era Jeff Winger. Y de nuevo, la gran pregunta: ¿por qué
tendría yo alguna razón para querer ser amigo de un matón como ese?
Bueno, por un lado, no podía evitar notar que las chicas no se quedaban
calladas alrededor de Jeff. No trataban a Jeff como la mejor amiga de su
hermanita. En absoluto. A las chicas les encantaba Jeff. De acuerdo, no a todas
las chicas. No, sólo para ser completamente preciso, a ninguna de las chicas que
yo estaba particularmente interesado en conocer. Pero aun así, había chicas, que
no son pocas, y ellas simplemente lo amaban. No es broma.
Un día recuerdo que estaba sentado en la clase de álgebra. Y
desafortunadamente, en el Instituto Sawnee, el álgebra es enseñada por el Sr.
Gray1
, que es cada centímetro tan interesante como su nombre sugiere. ¿Sabes el
sonido que hace un cortacésped cuando alguien está cortando la hierba a mitad
de la cuadra? Como: ¿uuuuuuuuuhhhhhhhhhh? Así es como el Sr. Gray habla.
1 Gray: Se traduce como Gris, de ahí que diga que su profesor es tan aburrido como su nombre.
31
Así que de todos modos, el Sr. Gray estaba hablando monótonamente con
esa voz uuuuuu-hhhhh acerca de cómo algún tipo imaginario llamado John
Smith consiguió un trabajo y recibió un aumento de un tres por ciento en su
salario cada cuatro años, lo cual, por cierto, sonaba como un trabajo bastante de
mala muerte para mí. Y los números y letras que el Sr. Gray estaba
garabateando en la pizarra estaban comenzando a desdibujarse ante mis ojos en
una sola sombra borrosa. Y después de un rato en cierto modo me di la vuelta y
miré por la ventana, esperando que pudiera haber una invasión alienígena o
una guerra nuclear o algo entretenido ahí fuera para mantenerme despierto. Y
en su lugar, al otro lado de la pista de atletismo, vi a Jeff por las gradas con
Wendy Inge. Y para decirlo sin rodeos, Wendy Inge estaba colgando de sus
labios como un cigarrillo.
Ahora, de nuevo, déjame enfatizar: Wendy Inge no es una chica que
realmente quiera conocer muy bien. De hecho, no es alguien de la que siquiera
quiero estar muy cerca. Todo lo que estoy diciendo es: ella era una chica y no
estaba siendo súper educada o formal o diciendo: «Oh, hola Jeff», como si él
fuera su tía solterona. Nadie nunca confundía a Jeff con la tía solterona de
nadie.
Así que a veces no puedo evitar pensar: Oye, si pudiera aprender a ser sólo un
poco más como Jeff, entonces, tal vez, la gente no esperaría que fuera tan bueno todo el
tiempo. Tal vez las personas se sentirían más relajadas a mí alrededor. Tal vez podrían
hacer payasadas conmigo como lo hacían con todos los demás. Tal vez Zoe reiría
conmigo de la forma en que ríe con Mark Sales.
Y ese es el por qué, cuando Jeff Winger me preguntó si quería ser uno de
sus amigos, ese es el por qué dije: «Está bien. Claro». Porque estaba pensando:
Oye, tal vez esta es mi oportunidad. Quizás esto es exactamente lo que necesito en mi
vida. Quizás puedo aprender algo importante de estos chicos.
Como dije: estúpido. Mucho.
32
5
Traducido por Katt090
Corregido por ☽♏єl
sto es lo que sucedió cuando fuimos al granero… me refiero a
Jeff, Ed P., Harry Mac y yo.
Jeff encabezó la marcha. Ed P. y Harry Mac siguieron. Durante
un minuto más o menos, todo lo que pude hacer fue estar de pie
junto al Camaro, aferrando mi estómago y tratando de no vomitar. Yo estaba en
muy mal estado en ese punto. Mi estómago dolía por los golpes de Jeff, mi
rostro dolía por las bofetadas de Jeff, mi mano dolía por tener astillas en ella,
me dolía el hombro por caer sobre él cuando Harry Mac me hizo tropezar, y mis
pulmones me dolían de correr tanto. Además tenía un montón de cortes
variados y moretones que demostraban mis aventuras de la tarde.
Más que eso, mi cerebro era una especie de remolino. Sabía que no era una
buena idea juntarme con estos chicos. Pero por las razones que ya he explicado,
estaba un poco… no sé, curioso acerca de lo que iba a ocurrir a continuación.
Era interesante. Era emocionante. Era justo el tipo de cosa que el hijo de un
predicador no haría.
Así que después de un momento de recuperar el aliento, me enderecé y
seguí a los tres hacia el arenoso camino de entrada al granero.
Jeff estaba abriendo un candado que mantenía a la gran puerta del granero
cerrada. Luego Ed P. agarró la puerta y de alguna manera la abrió. El interior
era oscuro y sombrío.
―Ponla en marcha ―dijo Jeff a Ed P.
Ed P. se puso en cuclillas junto a la puerta. Podía verlo tirando de algo, del
modo en que tiras del cable de una cortadora de césped o de una lancha.
Después de un par de tirones, oí un motor de gas rugir a la vida. Adiviné lo que
era: un generador portátil. Efectivamente, un momento después, algunas luces
se encendieron en el interior del granero.
E
33
Jeff se giró hacia mí, sonrió e hizo un gran gesto, barriendo su mano hacia
el granero como diciendo: Entra en un mundo de encantos.
Y lo hice.
Las primeras cosas que noté en el interior del granero, las primeras cosas
que cualquiera hubiera notado, fueron dos autos. Unos muy, muy buenos. Eran
autos de lujo, como algo que algunas de las personas más ricas de la ciudad
podrían haber conducido. Uno de ellos era un estupendo Audi negro y grande,
cero kilómetros. El otro era más pequeño, un genial y elegante Mercedes
plateado, también nuevo. El granero estaba iluminado por unas lámparas
cubiertas, sostenidas en postes de plata altos, y las bombillas se dirigían hacia
los autos para que se vieran como si estuvieran en una especie de exposición.
―¡Vaya! ―dije. Me moví alrededor de los dos autos, mirándolos. No me
molesta decir que estaba impresionado. Mi papá conduce un Volkswagen
Passat, que tiene casi cinco años y hace un tipo de traqueteo cuando va a más de
cincuenta kilómetros por hora. Mi mamá conduce una minivan desgarbada que
creo que se remonta a los días de vaqueros e indios. Tengo un permiso de
conducir y he tenido la oportunidad de conducir el Passat algunas veces, pero
más que nada me manejo con la bicicleta. Estaba fascinado mirando al Audi y el
Mercedes en el granero. Me olvidé de todos mis dolores y heridas mientras
imaginaba cómo se sentiría sentarse al volante de uno de esos bebés, manejar
uno de ellos por la ciudad mientras todos se detienen a admirarme.
El resto del granero era principalmente desorden y polvo. Un suelo de
tierra apisonada y enredados cables de extensión. Había también una pequeña
sala de estar en un rincón oscuro, un montón de sillas de oficina viejas,
direccionales con tapicería rasgada, además de un viejo sofá que parecía
rescatado de un basurero. Había una pequeña nevera también, una gran caja
blanca de espuma de poliestireno con una tapa de espuma de poliestireno azul
en ella.
Jeff se dejó caer en una de las sillas. Se extendió en ella como un rey
borracho en su trono. Giró hacia atrás y adelante. Por último, se inclinó hacia
atrás y levantó la parte superior de la nevera de modo que se resbaló y se paró
ladeada, apoyada contra el lado del frigorífico. Metió la mano en la caja y sacó
una lata de cerveza. La arrojó hacia mí muy rápido, y la atrapé
automáticamente. Me aferré a ella por un segundo y luego la tiré nuevamente
hacia Harry Mac.
Jeff se rió de mí.
―No vas a decirme que no bebes, ¿verdad?
―No ―dije―. Voy a dejar que adivines.
34
Todo el mundo dejó de moverse. Harry Mac y Ed P. miraron a Jeff para
ver si se iba a enojar conmigo por ser un sabelotodo. Pero después de un
segundo, Jeff se rió.
―Eso es de lo que estoy hablando ―le dijo a Harry Mac, señalándome―.
Es un pequeño mocoso rudo. Me gusta eso.
Ahora que sabían lo que tenían que pensar, Harry Mac y Ed P. asintieron
en apreciación de mi actitud de pequeño mocoso rudo. Jeff le tiró una lata de
cerveza a Ed P. y agarró una para sí. El granero hizo sonidos de pequeños
estallidos y silbidos mientras abrían la lengüeta de las latas.
―Entonces ―dijo Jeff, relajándose en su silla―. ¿Qué piensas, mocoso?
―Él estaba señalando los autos ahora―. Están muy bien, ¿no?
Miré los dos autos un poco más. Asentí.
―Están excelentes, muy buenos ―le dije.
―¿Cuál te gusta más? ―me preguntó Jeff.
Me moví delante de ellos, examiné su guardabarros.
―Supongo que si tuviera que elegir uno, me quedaría con el Audi ―le
dije―. Se siente como… ―No podía pensar en la palabra correcta.
―Dinero ―dijo, asintiendo hacia él―. Se siente como dinero. Es un auto
lujoso.
Asentí también. Estaba en lo cierto. Eso es lo que era. Era la clase de auto
grande, como limosina, que conducían las personas que tenían mucho dinero.
―Entra ―dijo Jeff.
Lo miré, inseguro, emocionado. ¿Lo decía en serio?
Levantó la barbilla hacia el auto.
―Adelante. Entra en él. Ve lo que se siente.
Me encogí de hombros. ¿Por qué no?, pensé. Me acerqué al Audi y tiré de
la manija. La puerta no abrió.
Miré a Jeff.
―Está cerrado ―le dije.
―¿Lo está? ―dijo Jeff, aunque yo estaba bastante seguro de que ya sabía
que lo estaba. Hizo un gesto a Harry Mac con su lata de cerveza―. Sam dice
que el auto está cerrado, Harry.
―¿Ah, sí? ―respondió Harry Mac torpemente. Harry lo decía todo así.
Tenía el tipo de voz que, en el momento en que lo escuchabas, sabías que tenía
el mismo conocimiento, inteligencia y sensibilidad que un puñado de tierra―.
¡Qué mierda!
35
―Bueno, no te quedes ahí parado ―le dijo Jeff Winger―. Enséñale a
nuestro nuevo amigo Sam cómo entras en un auto cuando está cerrado.
Harry Mac entendió y sonrió lentamente. Se acercó al Audi… no. Se
contoneó hacia el Audi, como si se sintiera un adulto porque Jeff le había dado
esta importante tarea. Llevaba una sudadera con capucha negra. Metió la mano
en su bolsillo y sacó una herramienta: una especie de navaja suiza, una de esas
herramientas con cuchillas y extensiones múltiples. La sostuvo en alto para mí.
―¿Sabes cómo llamamos a esto? ―dijo.
Negué.
―Lo llamamos Destructor ―dijo Harry Mac―. ¿Sabes por qué?
Negué nuevamente.
―Porque echa abajo cualquier cosa. Mira.
Miré. Harry Mac desdobló una hoja larga y delgada del Destructor. Lo
movió sin problemas a través del borde de la ventana del Audi. Un momento
después, la puerta se abrió.
―Genial, ¿eh? ―dijo Jeff desde su silla.
Asentí. Porque tenía que admitir que era bastante genial. Era justo el tipo
de cosas que yo quería ver. El tipo de cosa no tan buena que el hijo de un
predicador nunca ve.
―Ahora mira esto ―dijo Harry Mac.
Me apoyé en la puerta y vi como Harry Mac se tumbó en el asiento
delantero y metió la mano bajo el volante. Usó otra de las extensiones del
Destructor, moviéndolo detrás del tablero por un momento. Entonces, de
repente, con un rugido emocionante, el motor del Audi se encendió.
Harry Mac se sentó y levantó el Destructor para que yo lo examinara.
―Pan comido, ¿no? ―dijo.
Jeff se rió con deleite.
―Deberías ver la expresión de tu cara, mocoso. ―Entonces hizo un gesto
con la lata de cerveza hacia Harry―. Apágalo ―dijo.
Harry Mac utilizó el Destructor para apagar el motor. Salió y cerró la
puerta del auto, que hizo un silbido mientras cerraba.
―Ahora hazlo tú ―dijo Jeff.
Sorprendido, me giré hacia él.
―¿Yo? ―dije.
―Claro. Muéstrale como abres la puerta, Harry.
36
No pasó mucho tiempo. En sólo unos minutos, Harry me enseñó a usar la
cuchilla del Destructor para desbloquear el Audi. Me metí en el auto y me senté
detrás del volante. Oh, Dios, ¡estaba muy bien! Era una sensación agradable.
Los asientos eran de cuero suave. Había un fresco y dulce olor, como si fuera
nuevo, directamente de la fábrica. Y con el monitor de GPS integrado y los
complicados controles de la radio y de la temperatura, el tablero de
instrumentos se veía como algo que ves en la cabina de un avión.
Pasé los dedos sobre la superficie lisa del volante. Era fácil imaginarme
manejando por la carretera en esta belleza. No es probable que ocurriera en la
vida real. Cuando consiguiera mi licencia de conducir, tendría suerte si de vez
en cuando pudiera tomar prestado el Passat como mi hermano mayor a veces
hacía. Era bastante dudoso que alguna vez llegara a manejar algo como esto.
―Ahora muéstrale cómo encenderlo ―dijo Jeff.
Harry Mac me mostró cómo utilizar el Destructor de nuevo. Cuando hice
que el Audi rugiera a la vida por mi cuenta, me reí a carcajadas. Era una
sensación muy emocionante tener esa gran máquina zumbando suavemente a
mí alrededor. Me hizo sentir poderoso, como si ahora pudiera entrar en
cualquier auto que quisiera, en cualquier momento.
Jeff se levantó de su silla. Llevó su cerveza a la puerta abierta del auto.
Miró hacia mí con sus ojos ladinos. Con el mentón señaló el Destructor que yo
todavía estaba sosteniendo en una mano.
―Hay muchas cosas más que eso puede hacer, mocoso. ¿Quieres ver?
Levanté la vista hacia él. El auto zumbaba a mí alrededor. Todo parecía
emocionante, peligroso, diferente de todo lo que había hecho antes.
Pensé: Oye, ¿qué hay de malo? No es como si estuviera robando nada. Los autos
ya están aquí.
―Claro ―dije en voz alta―. Muéstrame.
37
6
Traducido por Xhessii
Corregido por ☽♏єl
ui de nuevo al granero el día siguiente. Y el día después de
ese. Y el día siguiente. Dejé de correr. Dejé de entrenar para
atletismo. En cambio, iba en bicicleta por la colina hacia el
granero y me juntaba con Jeff, Harry Mac y Ed P.
Ellos me enseñaron cómo irrumpir en diferentes tipos de autos y cómo
encenderlos sin llave. Me enseñaron cómo abrir un bloqueador del volante para
poder conducir los autos una vez que los arrancara. Incluso me dejaron
conducir el Audi un par de veces… sólo alrededor de la entrada y unos cuantos
cientos de metros por el camino sucio y vacío. Aun así, fue genial. Era muy
divertido.
También me enseñaron otras cosas. Cómo abrir diferentes cerrojos,
candados y pestillos. Incluso me enseñaron una manera de desactivar un
teclado computarizado si era del tipo correcto. Todo eso usando el pequeño
Destructor con sus muchas herramientas en su interior.
¿Cómo se sentía hacer cosas como estas? Era emocionante. Me hacía sentir
que no era el inocente y aburrido hijo del predicador. Cuando iba a la escuela
durante el día, y Jeff me saludaba en el pasillo, o Harry Mac me asentía, o Ed P.
y yo chocábamos manos mientras caminábamos, pensé que veía a los otros
niños mirándome diferente. Sentía como si estuviera en algo en lo que ellos no
podían entrar, y que sabía algo que ellos no. Algo secreto. Algo peligroso. Algo
prohibido.
Y me decía: Oye, es sólo pasar el rato. No es como si realmente estuvieran
irrumpiendo en el auto de alguien. No es como si realmente estuviera robando algo. No
estoy haciendo algo realmente malo.
Pero sí, sabía que no era verdad. Sabía que los autos en el granero no le
pertenecían a Jeff. Sabía que las cosas que Jeff y sus amigos hacían estaban
mal… sin mencionar que eran ilegales. Sabía que no debería salir con unos
F
38
matones como ellos. Y sabía que cada día que salía con ellos me haría más
difícil decirles que no lo haría más.
Pero sabía que tenía que parar. Jeff seguía diciendo que estaba casi listo
para un “trabajo”. Y tenía una muy buena idea de lo que un trabajo era. Y una
vez que saliera con Jeff y su banda, una vez que realmente robara, iba a ser
incluso más difícil para mí hacer las cosas correctas.
Ahora, durante este tiempo, no hablé mucho con mis padres. De hecho, los
evitaba. Lo que era más fácil de lo que te puedes imaginar. Verás, mi familia
vivía en la rectoría de la iglesia de East Valley, la cual estaba casi diagonalmente
detrás de la iglesia, en la calle Maple. Era una casa enorme, con muchas puertas
(tantas puertas que podía entrar e ir a mi habitación sin que nadie me viera).
Además mis padres y mi hermano mayor siempre estaban ocupados,
usualmente tan ocupados, que ni se daban cuenta de si estaba alrededor o no.
John, mi hermano, usualmente estaba ocupado con la universidad a la que
iba a ir. Sabía esto porque siempre que golpeaba su puerta, él me gritaba:
―Déjame solo. Estoy trabajando en elegir a qué universidad voy a ir.
Eso era difícil porque prácticamente cada universidad en Estados Unidos
lo quería. John siempre fue de trabajar duro, siempre tenía su rostro metido en
los libros, o estaba trabajando en sus habilidades de fútbol o lo que sea. Pero
ahora apenas lo veía.
Mi mamá estaba ocupada con… bueno, con las millones de cosas
diferentes que hacen las mamás. Si ser el hijo del predicador era duro, supongo
que ser la esposa del predicador tampoco era tan fácil. Ella se auto-proclamó la
directora musical de la iglesia que no recibe salario, además, dirigía un puñado
de comités e instituciones de beneficencia, y siempre iba con unos jeans sucios y
una sudadera a reconstruir una casa, a pintar un centro infantil, o a servir
comida a los sin techo. Y también servía la comida a los con techo es decir, a
nosotros; mantenía la casa limpia, lavaba la ropa y cosas como esas. Así que sí,
estaba ocupada.
Y mi papá, por supuesto, estaba ocupado con todas las cosas que hacía:
reunirse con la gente en la iglesia, visitar gente enferma, enterrar gente muerta,
casar a la gente enamorada, escribir sermones, dar sermones y otras cosas como
esas.
Y escucha, mi mamá, mi papá y mi hermano eran todos gente buena…
realmente lo eran. Sólo que estaban ocupados, eso es todo. Lo que me hacía,
como dije, fácil ir y venir a casa al final del día, ir a mi habitación, hacer mi tarea
y todo eso, sin hablar con nadie en absoluto.
Finalmente una tarde, la tarde antes de que todo el problema empezara,
estaba en el granero con Jeff y los chicos. Jeff estaba sentado en su silla-trono de
respaldo alto, con una cerveza en la mano. Ed P. estaba sobre el asiento
39
delantero de uno de los autos, con sus piernas sobresaliendo por la puerta. Él
estaba haciendo algo con la radio, no estaba seguro de qué. De cualquier modo,
no era el mismo auto que antes. Era un gran BMW azul. El Audi se había ido,
no sé a dónde.
Harry Mac estaba acostado en el sofá, leyendo el Sports Illustrated.
Y yo estaba sentado en una de las sillas, examinando uno de los
Destructores que utilizábamos para irrumpir, sacando las diferentes navajas y
herramientas fuera, mirándolas y regresándolas a su lugar.
De repente Jeff dijo:
―Puedes quedarte esa si quieres.
Sobresaltado, lo miré.
―¿Qué?
―Sí. El Destructor. Quédatelo. Es tuyo.
―Oh, no, no quiero…
―Quédatelo, te lo digo ―dijo Jeff―. Es un regalo. No puedes insultarme
regresándolo.
Abrí de nuevo mi boca, pero nada salió. Después de todo, no quería
insultarlo.
―De cualquier modo ―dijo Jeff―, vas a necesitarlo. Para un trabajo.
Pronto.
Sentí que mi boca se secó. Sentí que mi garganta se estrechó. Lamí mis
labios, tratando de pensar en algo que decir. Pero no pude pensar en nada.
Lentamente, casi como si mi mano trabajara por sí misma, deslicé el
Destructor en mi bolsillo.
Esa noche, después de la cena, fui escaleras arriba a mi habitación. Me
sentía mal, realmente mal. Estaba asustado sobre lo que iba a pasar. Quería
zafarme de esto. Había llegado demasiado lejos. Quería decirle a Jeff que no iba
a ir más al granero, pero sabía en mi corazón que no iba a decírselo. Tenía
miedo de hacerlo, de que me golpeara. Temía que ya no le agradara. Tenía
miedo de no sentirme genial cuando fuera a la escuela y de regresar a ser un HP
(hijo de predicador).
Me senté en mi computadora y me di cuenta que Joe Feller estaba
conectado. Joe es un chico grande, amigable y amable, como un perro San
Bernardo en forma humana. Nos conocemos desde que éramos pequeños. Sus
40
padres solían ir a nuestra iglesia, y Joe y yo salíamos juntos después de la
escuela dominical. Hace un año, el papá de Joe consiguió un trabajo en Albania
y se mudaron. Pero Joe y yo seguimos chateando todo el tiempo. Desarrollamos
un código, que es parcialmente las usuales abreviaciones como LOL2 e IMHO3,
pero también es en parte cosas que hemos inventado con el tiempo y que nos
hemos acostumbrado a usar. Así que si transcribo nuestro chat palabra por
palabra, se vería como una sopa de letras que nadie salvo nosotros sabemos. Así
que te ahorraré el trabajo de traducirlo y lo haré yo mismo.
Fue así:
YO: ¿Estás ahí?
JOE: Siempre en el teclado.
YO: Tengo un problema.
JOE: Me fascinas de manera extraña.
YO: Hice algo realmente tonto.
JOE: Cuéntame todo.
YO: Me estoy juntando con Jeff Winger.
JOE: ?????
YO: Lo sé. Y con Ed P. y Harry Mac.
JOE: Eso ES tonto.
YO: Lo sé.
JOE: Eso es dragnet.
YO: Lo sé, lo sé.
(Dragnet es un viejo programa de televisión policíaco que a Joe le gusta
porque piensa que es anticuado y divertido. La canción principal es así: “Dum-
de-dum-dum4”. Así que “dragnet” es su manera de decir que algo es realmente,
muy tonto.)
JOE: ¿Qué haces? ¿Con Jeff?
YO: Nada. Ellos me enseñan cosas.
JOE: ?
YO: Irrumpir en autos. Abrir candados.
JOE: ¡Genial!
2
LOL: Abreviación de “laughing out loud”. En español, riéndome mucho.
3
IMHO: Abreviación de “in my humble opinion”. En español, en mi humilde opinión.
4
Dum-de-dum-dum: Suena como dumb, que en español significa tonto.
41
YO: !!!
JOE: Pero dragnet.
YO: Correcto.
JOE: Deberías detenerte.
YO: Gracias, Yoda. Tu sabiduría me asombra.
JOE: Pero si te detienes, ellos te matarán.
YO: Bingo.
JOE: Además, ya no serás genial.
Sabía que Joe me entendería. Como dije, nos hemos conocido durante
mucho tiempo.
YO: ¿Qué es lo que piensas?
JOE: Es malo.
YO: Lo sé.
JOE: Realmente malo.
YO: Lo sé.
JOE: Dragnet.
YO: ¡LO SÉ!
JOE: No tienes que gritar.
Entonces hubo una gran pausa. Miré al monitor. Como dije, no había más
que un montón de letras: YHAP Rly? SA WDID… y así sucesivamente. Pero vi
toda la conversación en mi mente, como si lo estuviéramos hablando
detalladamente. No fue una visión agradable.
La pausa continuó por un largo momento… y entonces vi algo que hizo
que mi corazón se sintiera pesado en mi pecho. De hecho, hizo que mi corazón
se hundiera como una piedra, bang, directo a mis pies.
Tres números aparecieron en la pantalla: 911.
Gemí en voz alta.
Nueve-uno-uno era parte de nuestro código personal: significaba que la
situación era tan mala, que las cosas se habían salido tanto de las manos, que no
había otra cosa que hacer que decirle la verdad a tus padres sobre ello.
Y mi corazón se hundió cuando lo vi, porque sabía que Joe tenía razón. Y
decirles a mis padres que me juntaba con Jeff Winger no iba a ser nada bonito.
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YO: Tiene que ser mi papá.
JOE: Cierto.
YO: Será malo.
JOE: Muy malo.
YO: Él realmente me la dará. Él me dará La Mirada.
Una vez más, hubo una pausa antes de que Joe respondiera. Entonces…
JOE: Aguanta La Mirada. 911.
Miré la pantalla por mucho tiempo, pero finalmente asentí. Suspiré. Me
levanté, llevándome conmigo mi pesado corazón. Mi pesado corazón y yo
fuimos a la puerta.
Me detuve en el pasillo… y estuve sobresaltado de ver a mi papá justo
enfrente de mí.
Mi papá es alto, delgado, de cara larga, y calvo. Recuerdo que cuando era
un niño pequeño era siempre fácil dibujarlo. Sólo hacía una figura de palitos
muy larga con una cabeza larga y calva. Ah, y con lentes redondos. Él siempre
usa lentes redondos.
Salí al pasillo y ahí estaba él, cernido sobre mí… su espalda, porque estaba
pasando por mi habitación yendo a las escaleras.
―Hola, papá ―dije.
Él se giró como si estuviera sorprendido de verme, tanto como yo lo
estaba. Parpadeó detrás de sus lentes redondos como si lo hubiera despertado
de un sueño.
―Hola, Sam ―dijo él.
Supe enseguida que algo estaba mal. Usualmente mi papá tiene una clase
de expresión seria pero feliz en su rostro. Sé que suena sin sentido, pero lo tiene
cuando lo ves. Me refiero a que mi papá no es la clase de hombre que siempre
camina con una gran sonrisa o hace bromas y se carcajea (como el papá de Joe
Feller, quien es un vendedor). Él es más del tipo que siempre está pensando en
algo, así que se ve serio, pero parece que le gustara pensar en eso, así que
también se ve feliz.
Pero no se veía feliz ahora. Para nada. De hecho, incluso a través de la luz
que se reflejaba en sus lentes redondos, podía ver una expresión de dolor en sus
ojos.
―¿Tienes un minuto? ―le pregunté.
43
Él parpadeó de nuevo. Se veía como si fuera realmente complicado pensar
en una respuesta. Entonces dijo:
―Estaba por salir. Hay una emergencia en la casa de los Boling. ¿Es algo
urgente o puede esperar?
Dudé. Sabía lo que “una emergencia en la casa de los Boling” significaba.
El señor Boling es un amigo cercano de mi padre, quizás sea su mejor amigo.
Ellos se conocen desde la universidad, cuando papá era un estudiante y el señor
Boling era uno de sus profesores. El señor Boling le enseñó a mi papá un
montón e incluso lo ayudó a decidir cuando quiso ser un predicador. Más tarde,
cuando el señor Boling se jubiló de la universidad, ayudó a papá a conseguir el
trabajo en la iglesia de East Valley aquí en Sawnee. Supongo que dirás que el
señor Boling es el mentor de papá. Es mucho más viejo que mi padre,
obviamente. Y ahora se ha enfermado gravemente. Como en: las cosas no se ven
nada bien. Sé que mi papá quería estar con su amigo en caso de que esta fuera
la última vez que lo veía.
Así que puse una voz relajada y dije:
―Oh no, no es urgente. Ve con los Boling. Podemos hablar más tarde.
Espero que las cosas salgan bien.
Mi padre sonrió tristemente.
―Te veo más tarde, Sam ―dijo él.
Se giró y bajó las escaleras.
Permanecí allí de pie en el pasillo y suspiré. Supongo que estaba un poco
aliviado de no haber tenido que decirle a papá sobre Jeff Winger, pero
mayormente estaba decepcionado porque ya había juntado el coraje para
decirle, y realmente necesitaba su consejo. No creo que mi madre sea tan útil.
No es que mi mamá no sea inteligente o algo así, es sólo que tiende a dar
consejos que estarían bien si los fueras a utilizar, pero simplemente no vas a
hacerlo. Me refiero a que dice cosas como: «Repórtalo con tu maestro». O,
«Simplemente explícale que no está bien para él que agarre el dinero de tu
almuerzo». Ese tipo de cosas. Sólo digo que los consejos de mi papá son más
prácticos.
Así que me quedé parado y escuché que la puerta principal se cerraba
mientras papá salía para ver a su amigo. Y entonces metí las manos en mis
bolsillos, preguntándome qué debería hacer. Luego, sin realmente pensarlo,
deambulé por el pasillo hacia el estudio de mi padre.
Realmente no estoy seguro de por qué lo hice. Simplemente sentí que
debía hacerlo. De alguna manera, estar en su estudio me hacía sentir mejor.
Las luces estaban apagadas, excepto por la pequeña luz de lectura en su
escritorio. Él siempre olvidaba apagarla cuando salía. La luz brillaba en el
44
Kindle que había estado leyendo y enviaba un resplandor sobre el resto de la
habitación.
El resto de la habitación eran mayormente libros, estantes de libros en
cada pared excepto una que tenían las ventanas que daban al patio trasero.
También había un par de sillas para que la gente se sentara cuando venían a
visitarlo y a hablar.
El escritorio era enorme: una cosa de madera vieja y enorme que casi se
estiraba de una pared a la otra. Caminé a su alrededor y me senté en la silla de
mi papá. La silla también era grande: de cuero y giratoria, con un respaldo alto.
Mi mamá la había conseguido para papá en Navidad hace unos cuantos años.
Era suave y cómoda.
Me senté en la silla y giré de un lado a otro. Tenía la mano derecha en mi
bolsillo. Estaba envuelta alrededor del Destructor. Acaricié el metal frío con los
dedos. Estaba pensando: ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Una y otra vez. No
era exactamente una oración, estaba demasiado avergonzado para rezar. Era
más como un cántico. Pero secretamente esperaba que Dios tuviera lástima de
mí, y me enviara una respuesta… rápido.
Mientras giraba y pensaba, mis ojos pasaron sobre el escritorio, la
computadora, la carta abierta, el porta-bolígrafos, el Kindle bajo la lámpara de
lectura. Luego giré alrededor y miré los libros en los estantes, los cuales tenían
sus lomos sumidos en las sombras.
También había otras cosas en los estantes. Fotografías de mamá, de mi
hermano y mías. Había un dibujo que yo había hecho cuando tenía, no sé, cinco
o algo así: un dibujo de un cohete hecho con crayolas. No sé por qué papá lo
había enmarcado y guardado, pero lo hizo. También había un dibujo de mi
hermano John. Y había otras cosas: regalos y suvenires que la gente le había
dado a papá, o que él había traído a casa de uno de sus viajes. Una antigua
moneda montada en un bloque de madera. Una cruz tallada de una iglesia de
África. Algunas de estas cosas eran difíciles de reconocer en la sombras, pero las
había visto tantas veces que ya sabía lo que eran.
Pero entonces vi algo que no reconocí, algo que no había visto antes.
Quizás era nuevo, o quizás no me había dado cuenta de él. Era una pequeña
estatuilla de un ángel. Incluso en las sombras podía decir eso porque sus alas
estaban extendidas. También estaba levantando una espada, así que supuse que
era el Arcángel Miguel. Es la cabeza del ejército de Dios y batalla con Satanás en
la Biblia, así que siempre se lo representa con una espada.
Como dije, nunca antes me había dado cuenta de la estatuilla, así que me
levanté de la silla y caminé hacia ella para tener una mejor vista. Era una
estatua pequeña, no mucho más grande que mi mano. La levanté y la miré más
45
de cerca. Era Miguel, todo bien, con su espada angelical levantada. Y en la base
estaban grabadas algunas palabras:
RECTE AGE NIL TIME
Las palabras me dieron una sensación extraña. Pensé que probablemente
eran latín, pero no sabía leer latín, y no tenía idea de lo que significaban. Al
mismo tiempo, tuve esta extraña sensación en mi cabeza de que las palabras
estaban dirigidas especialmente a mí. Quizás necesitaba tanto un consejo que
estaba listo para encontrarlo en cualquier parte, pero aun así, tenía la sensación
de que la estatua del ángel estaba respondiendo a mi cántico: ¿Qué hago? ¿Qué
hago? ¿Qué hago? Se me vino a la cabeza que si podía encontrar el significado de
esas palabras, lo sabría.
Bajé la estatuilla al estante y salí del estudio. Me dirigí por el pasillo a mi
habitación.
Mi habitación no se parece en nada a la de mi padre. Primero, es un gran
desastre. Y no hay tantos libros. La mayoría de las paredes están decoradas con
posters, los cuales mayormente son de mis videojuegos favoritos. Como “La
Evolución de Mario”, mostrando cómo Mario había ido de ser pixelado en los
viejos días a ser tridimensional en la actualidad. Luego estaba Batman del juego
Arkham Asylum, el Príncipe de Persia, y más. También está mi cama y mis cosas.
Y mi computadora, una MacBook, en la mesa grande que está desordenada con
todos mis libros y papeles de la escuela.
Así que me senté frente a la computadora. Abrí Google y escribí las
palabras que había visto en la estatuilla del ángel: Recte Age Nil Time.
La traducción apareció rápidamente en la pantalla. Me incliné sobre mi
silla y respiré profundamente.
Porque ahora no pensaba que las palabras eran la respuesta a mis
oraciones. Ahora sabía que lo eran. Sabía que eran el consejo que estaba
buscando.
Supongo que lo chistoso era que esas palabras habían iniciado todo el
problema. Eran esas palabras las que cambiaron todo.
La traducción en la pantalla decía:
HACER LO CORRECTO. SIN TEMOR A NADA.
46
7
Traducido por RoChIiI
Corregido por ☽♏єl
az lo correcto. Sin temor a nada.
Buen consejo. Y no voy a pretender que no sabía qué era lo
correcto para hacer. Claro que lo sabía. Era la parte de “sin
temor a nada” con la que estaba en problemas. ¿Cómo se
supone que no le temas a nada? Quiero decir, si tienes miedo, ¿cómo se supone
que lo apagues?
Ese día, después de la escuela, monté mi bicicleta por el largo camino
hacia el granero. Mi estómago se sentía hueco y frío, como un cañón vacío con
viento soplando a través de él. Ese era el miedo, supongo. Tenía miedo de lo
que pasaría si le dijera a Jeff que no seguiría yendo, y tenía miedo de lo que
pasaría si no lo hacía.
Todavía era por la tarde. Había mucha luz, pero empezaba a ganar esa
coloración especial de cuando el día se apaga camino al anochecer. La calle
estaba escabrosa y desigual. Mis neumáticos golpeaban en los baches y piedras,
y tuve que trabajar duro para mantener el manubrio estable. Zigzagueé entre
agujeros profundos en el asfalto para mantener las ruedas en las superficies más
lisas. Me tomó mucha concentración. Realmente no podía prestar mucha
atención al paisaje que me rodeaba.
De todos modos, el paisaje era en su mayoría árboles, un bosque disperso
a ambos lados del pavimento. Cuando tuve la oportunidad de mirar hacia
arriba, vi la luz del sol poniente entrando a raudales por las ramas de invierno.
El bosque estaba quieto y en silencio. El único sonido era el traqueteo y el golpe
de mi bicicleta subiendo por la colina.
Entonces, de repente, hubo un crack: un fuerte y alarmante crujido.
Sin pensarlo, levanté la vista hacia el sonido. Al segundo de hacerlo, mi
neumático delantero golpeó un bache. El manubrio se torció en mis manos.
H
47
Tuve que frenar fuerte para no perder el control. La bicicleta se detuvo, mis pies
bajaron a la acera para mantenerla firme.
Me senté allí, mirando hacia el bosque. Mirando fijamente el lugar de
donde el sonido, el fuerte crack, había venido.
Había visto algo… moviéndose allí. Justo antes de que parara la bicicleta,
había visto una figura, una persona, lanzándose detrás de un árbol. Ese sonido
que había oído era el sonido que hace una rama cuando está tendida en el suelo
y alguien, o algo, la pisa.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Mis ojos se movieron lentamente
por los árboles.
Alguien estaba allí. Había alguien en el bosque.
Era una sensación extraña, sentarme en mi bicicleta, solo en la calle al
atardecer, con nada más que árboles a mí alrededor, sabiendo que alguien
estaba allí, escondido, mirándome. No me gustaba.
Mi primera idea fue empezar a pedalear de nuevo y salir de allí, llegar
hasta el granero, pero dudé. No me gustaba la idea de huir tampoco, sobre todo
cuando algo que no podía ver podría estar persiguiéndome. No, pensé que sería
mejor averiguar qué estaba allí.
Así que grité:
―¿Hola?
No hubo respuesta. Silencio desde el bosque. Un gran silencio que pareció
llenar todo.
Estaba a punto de gritar de nuevo cuando un movimiento llamó mi
atención. Una cabeza se asomó desde atrás de un árbol.
Dejé escapar un suspiro de alivio. Era una chica. La reconocí de inmediato.
Su nombre era Jennifer Sales.
Recuerdas a Mark Sales, la estrella de atletismo, ¿no? El guapo con el que
Zoe Miller siempre estaba hablando. Bueno, Jennifer Sales era la hermana
menor de Mark. Su rara hermana menor, para ser más precisos. Rara era
definitivamente la mejor palabra para describirla.
Era una chica encorvada, tímida y tranquila; una niña pequeña, pequeña y
delgada. Era de mi edad, dieciséis. Tenía el cabello marrón, largo y lacio, que
enmarcaba un rostro pálido, serio. En realidad, era algo linda, de una manera
tímida y estudiosa. Pero siempre parecía estar en su propio mundo, viviendo
dentro de su propia cabeza. Estaba sola en la escuela y se movía por el pasillo
cerca de las paredes, como si fuera la sombra de alguien. Cuando tratabas de
hablar con ella, muchas veces decía cosas que eran… bueno, raras, como dije.
Por ejemplo, rimaba las palabras, o hilaba unas que no tenían mucho sentido.
48
Lo hacía como si se tratara de una broma. Decía que era una broma si alguien lo
notaba, y se reía como si pensara que era muy divertido. Pero a veces tenía la
sensación de que no podía dejar de hacerlo, que las palabras simplemente salían
de ella antes de que pudiera detenerlas.
Unos chicos se habían burlado de ella una o dos veces, insultándola o
riéndose. Pero Mark les puso los puntos, y no volvió a ocurrir. Mark era un
buen tipo, pero también era grande, y no querrías ponerte en contra suya. Él
amaba a su hermana. Decía que ella era simplemente diferente, eso es todo,
como que tal vez ella era un poeta o algo así. De todos modos, la mayoría de los
chicos en la escuela eran decentes y trataban de ser amables con ella siempre
que fuera posible. Sin embargo, ella parecía querer estar sola, y un montón de
veces lo estaba.
Jennifer miró hacia mí desde detrás del árbol con grandes ojos, como si
tuviera miedo de mí, como si pudiera ser un monstruo o algo así. Ahora que
sabía quién era, no quería molestarla ni nada, pero estaba un poco preocupado
por ella. Quiero decir, ¿qué estaba haciendo en el medio de la nada, en medio
del bosque, con nadie más por ahí? Si hubiera sido cualquier otra persona,
probablemente no me habría molestado, pero siendo Jennifer… No sé, pensé
que podría estar pérdida o algo.
Así que le hablé:
―Hola, Jennifer. ¿Cómo va todo?
En el momento en que dije su nombre, pareció relajarse un poco. Medio
salió de detrás del árbol, aunque seguía de pie cerca de él, como si pudiera
tener que agacharse detrás de él en cualquier segundo.
Levantó la mano en un saludo tímido.
―Hola ―dijo.
―¿Estás bien? ―le pregunté.
Ella asintió.
―Por supuesto.
Miré a mí alrededor. No había nadie más a la vista.
―¿Estás aquí arriba sola?
Ella asintió.
―Sólo estoy caminando. Y hablando ―agregó. Creo que en gran parte, lo
hizo porque rimaba.
No tenía mucho más que decirle, y pensé en simplemente decir adiós e
irme de nuevo. Pero aun así, algo acerca de esto no parecía bien de alguna
manera. Era un largo camino de regreso a la ciudad a pie. Odiaría dejarla sola
por aquí y que algo malo le ocurriese.
49
―¿Estás bien? ―le pregunté de nuevo―. ¿Te has perdido o algo así?
¿Necesitas que te acompañe de vuelta a la ciudad?
―No. ―Señaló al bosque a sus espaldas―. Tengo mi bici. Bicicleta.
Cicleta.5
Así que puedo ir dando vueltas y vueltas. Y abajo. Colina abajo. A casa.
Ves a lo que me refería con la forma en que hablaba. Era realmente
extraña.
―Está bien ―le dije, pero todavía me sentía mal por dejarla sola―. ¿Estás
segura de que vas a estar bien?
Hasta este punto, Jennifer se había quedado de pie junto al árbol, con una
mano apoyada en él como si quisiera asegurarse de que no iba a huir de ella.
Llevaba un jeans y un suéter con grandes rayas verdes horizontales. Todavía
hacía bastante frío, especialmente en esta hora del día, así que también tenía
una chaqueta de lana azul, aunque la mantenía desabrochada. El sol estaba
detrás de ella, los rayos cayendo a su alrededor. Estaba parada en un pequeño
charco de sombra, una figura oscura. Era difícil distinguir la expresión de su
cara.
Pero ahora se apartó del árbol. Oí las hojas crujir bajo sus zapatos mientras
caminaba lentamente hacia mí. Salió al camino y siguió acercándose, poco a
poco, paso a paso, mientras yo me sentaba en mi bicicleta observándola. Se
acercó a mí. Se detuvo cerca. Muy cerca. Tan cerca que podía sentir su aliento
en mi cara.
Se inclinó hacia mí, mirándome, estudiándome. Yo sólo me quedé sentado
en la bicicleta. No sabía qué hacer ni qué decir. Dejé que mirara tanto como
quisiera.
―Sam ―dijo finalmente. Era como si acabara de descubrir quién era yo―.
Tú eres Sam Hopkins.
―Claro, Jennifer ―dije―. Tú me conoces. Estás en mi clase de inglés.
―Te conozco ―repitió ella―. Te puse en mi celular. ―Lo sacó de su
bolsillo y lo sostuvo en alto, sin dejar de mirarme―. Puse a todos los de la
escuela en mi celular.
―Bueno… muy bien ―le dije. No sabía qué más decir.
Ella guardó el teléfono de nuevo.
―Tu padre es un sacerdote ―dijo entonces.
―Bueno, nosotros no los llamamos sacerdotes, nosotros…
―Un sacerdote es un padre ―dijo―. Tu padre es un Padre. Padre, Padre.
Más lejos y más lejos. Mi padre está lejos y más lejos cada vez6.
5
Bici. Bicicleta. Cicleta: En inglés, “My bike. My bicycle. My-cycle”. Es una rima y un juego de
palabras entre bicycle (bicicleta) y My-cycle (mi bicicleta).
50
Murmuró todo esto en voz baja y rápida, y continuó mirándome al mismo
tiempo. Fue realmente espeluznante. Luego sonrió. ¿Y sabes qué? Eso fue aún
más espeluznante. Era una especie de pequeña sonrisa secreta. Sus ojos
brillaban, como si estuviera a punto de compartir algo conmigo, algo muy
especial que nunca le había dicho a nadie.
―¿Sabes lo que estoy haciendo aquí? ―dijo.
Permanecí allí en mi bicicleta, devolviéndole la mirada. Estaba un poco
hipnotizado por ella, por la forma en que me miraba, y por su sonrisa secreta y
sus ojos brillantes. Poco a poco sacudí la cabeza.
―No ―dije―. ¿Qué estás haciendo aquí?
Se acercó aún más, inclinándose incluso más cerca de mí. Y susurró:
―Estoy buscando al diablo.
Sentí un escalofrío a través de mí y me estremecí Era una cosa extraña de
decir, y la manera en que lo dijo hizo que sonara aún más extraño. Estar allí, en
el medio de la nada, rodeado de bosques, sólo ella y yo, era en realidad un poco
aterrador.
Mis labios se abrieron mientras intentaba pensar en una respuesta.
Pero antes de que pudiera, algo aún más aterrador pasó.
Oí un rugido de motor y me giré para ver el Camaro rojo de Jeff Winger
acelerando hacia nosotros.
6
Tu padre es un Padre. Padre, Padre. Más lejos y más lejos. Mi padre está lejos y más lejos
cada vez: En inglés, “Your father’s a father. Father Father. Farther and Farther. My father’s
farther and farther away. Es una rima entre father (padre) y farther (lejos).
51
8
Traducido por Caamille
Corregido por ☽♏єl
upe inmediatamente que esta era una mala situación. Jeff y sus
amigos eran bravucones, y Jennifer era una víctima natural, si
alguna vez hubo una. Era pequeña, débil, extraña, confundida, y
estaba completamente sola en el medio de la nada. El minuto en que
Jeff fijara sus ojos en ella, habría problemas. Estaba seguro de eso.
Miré el cromado del guardabarros del Camaro abriéndose paso en la
colina hacia nosotros. Entonces miré a Jennifer. Ella ni siquiera se había girado
ante el sonido del auto. Todavía me estaba mirado, todavía me estaba
estudiando, como si esperara encontrar algo sorprendente escondido en mi
cara.
Tuve este instinto de decirle que huyera mientras todavía había tiempo,
antes de que el auto nos alcanzara. Pero no lo hice. Debí hacerlo.
El Camaro rugió justo hacia nosotros, tan rápido que quité mi bicicleta del
camino para asegurarme de que no ser aplastado. Pero justo antes de que el
auto me alcanzara, se detuvo. Las puertas se abrieron inmediatamente. Jeff, Ed
P. y Harry Mac salieron y se acercaron a nosotros.
Solo entonces Jennifer se giró hacia ellos. Fue como si tan sólo se hubiera
dado cuenta que habían llegado en ese momento. La oí tomar una pequeña
respiración temerosa. Vi sus ojos agrandarse. Estaba asustada. No la culpaba.
Yo también lo estaba.
Traté de hablar en un tono de voz normal y relajado.
―Hola, chicos ―dije―. ¿Van hacia el granero? ―Supongo que esperaba
que si pretendía que todo estaba bien, entonces de alguna manera así sería.
Pero Jeff ni siquiera me respondió. Ni siquiera me miró. Se acercó y se
puso en frente de nosotros con sus amigos flanqueándolo, Ed. P. detrás de su
S
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  • 2. 2 Hacer lo correcto, sin temor a nada. Sam Hopkins es un buen chico que ha caído con la gente equivocada. Al pasar tiempo con ladrones de autos y matones, Sam sabe que es sólo cuestión de tiempo antes de tomar una muy mala decisión y meterse en serios problemas. Pero un día, Sam ve a estos amigos acosando a una compañera de escuela excéntrica llamada Jennifer. Al encontrar el valor de hacer frente a los matones, Sam pierde una mala serie de amigos y adquiere uno nuevo muy extraño. Jennifer no es sólo excéntrica. Para Sam, parece francamente demente. Tiene alucinaciones aterradoras que involucran demonios, el diablo y la muerte. Y aquí está la parte “realmente” loca: Sam está empezando a sospechar que estas visiones en realidad podrían ser profecías… profecías de que algo terrible va a suceder muy pronto. A menos que él pueda detenerlo. Sin nadie que crea en él, sin nadie que lo ayude, Sam está solo en una carrera contra el tiempo. Encontrar la verdad antes de que ocurra un desastre va a ser a la vez loco y muy, muy peligroso.
  • 3. 3 Sinopsis Índice Parte 1: Dragnet 1: Bajo el Puente 2: El Juego de la Gallina 3: El Camaro Rojo 4: El Hijo del Predicador 5: Un Par de Autos 6: Mi Vida Como Rufián 7: Alguien en el Bosque 8: Una Revelación Parte 2: La Cosa en el Ataúd 9: Yendo a Casa 10: Un Hombre Marcado 11: Lo que Jennifer Vio Parte 3: El Castillo del Rey Demonio 12: Día de Pista 13: ¡Ayúdame! 14: Un Demonio Propio 15: Algo Terrible 16: Algo Incluso Peor 17: Sospechoso Principal: Yo 18: Profetas y Locos Parte 4: Destructor 19: La Peor Noche de mi Vida 20: Ladrón en la Noche 21: Sales, J. 22: Huyendo 23: Lo que Pasó en el Bosque Parte 5: Locura 24: Y si… 25: El Cobertizo 26: Explosión, 9:15 27: El Tiempo se Agota 28: Bomba Epílogo Sobre Andrew Klavan Créditos
  • 4. 4 ¿Ves a ese tipo muerto a un lado de la carretera? Sí, aquel que yace en un charco de su propia sangre, con el rostro todo destrozado y su ropa toda sucia y rota. Ese soy yo. Sam Hopkins. Y bien, no estoy realmente muerto, o al menos no del todo. Acabo de ser golpeado. Mucho. Muy mal. Lo que supongo es un poco mejor que estar muerto… aunque cuando pienso en cómo voy a tener que explicar esto a mis padres, francamente, estar muerto no parece una mala alternativa. De todos modos, te estás preguntando cómo me metí en una situación como esta. Probablemente querrás oír hablar de Jennifer y los demonios y cómo reté en velocidad a un tren de carga y —oh, sí— el extraño asesinato y cómo me enteré de ello… definitivamente vas a querer escuchar todo acerca de eso. Pero primero, tengo que contarles acerca de la cosa más estúpida que he hecho…
  • 6. 6 Traducido por LizC Corregido por Nony_mo usurros llegan hasta ella desde la oscuridad. Muerte. Somos muerte. Somos ángeles de la muerte. Vamos a destruirlos. Vamos a destruir a todos. Los susurros vienen desde todos los rincones. Se arrastraban por los lados de su cama, se deslizaban sobre sus mantas, sobre su piel. Al igual que cucarachas. Primero uno, luego otro, luego un enjambre de ellos, cubriéndola. Somos ángeles del mal. Ángeles de la muerte. Nosotros les enseñaremos a tener miedo. Jennifer se quedó sin aliento y se sentó rápidamente, mirando hacia las sombras, estudiando las sombras de su habitación, su habitación durante toda la vida, su morada infantil, de repente extraño para ella ahora en la oscuridad. Tantos ojos mirándola fijamente. Animales de peluches, sus amigos durante toda su infancia, su osito de peluche, su cocodrilo, su bebé jirafa. Ojos de cristal, ojos de cristal negro, mirando hacia ella. Los carteles en la pared: su cantante favorito, su banda favorita. Ojos de papel, ojos planos, mirando fijamente. Su calendario. Las princesas de Disney. Sus sonrisas brillantes de repente diferentes, conocedoras, burlonas y malvadas. Ojos observándola fijamente desde las sombras. Y los susurros en todas partes: Somos ángeles del mal, ángeles de la muerte. Nos comprometemos en sangre a matarlos a todos. ¿Quién era? ¿Quién estaba allí? El corazón le latía con fuerza mientras examinaba la habitación, buscando. Nadie. Sólo su computadora, la pantalla apagada, observándola desde las sombras. Su equipo de música. Su figura de Scary-Oh. Sus altavoces circulares como ojos, mirándola fijamente. Jennifer agarró su almohada, la sostuvo entre sus brazos en busca de consuelo, la sostuvo frente a ella como si pudiera protegerla. Pero los susurros siguieron llegando. Se deslizaban por la pared. Cucarachas pululando oscuramente por la pared y el techo donde podían caer S
  • 7. 7 sobre la parte superior de ella y escurrirse por su piel, enredarse y arrastrarse entre su largo cabello castaño. Verán nuestro poder. Ellos tendrán miedo. Miedo de nosotros. Debido a que somos ángeles de la muerte. Aterrorizada, Jennifer se deslizó rápidamente de la cama y se puso de pie en su pijama, sin soltar la almohada delante de ella. Su aliento salía entrecortado mientras se volvía y estudiaba las sombras. Oso de peluche, princesas, su espeluznante Scary-Oh, todos observándola. Sin embargo, no había nadie allí. Todo estaba tranquilo, inmóvil. Nos comprometemos en sangre a destruirlos… Dejó caer la almohada. Se llevó las manos a los oídos. ¡Alto! ¡Detente! Quería gritar. ¿Debería hacerlo? ¿Debería llamar a su madre? Tenía muchas ganas de hacerlo. Podía sentir el grito con ganas de estallar en su interior, pero no lo hizo. Sabía lo que pasaría si lo hiciera. Si gritaba, su madre vendría. Cansada. Con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Necesitando que ella se durmiera para que así pudiera ir a trabajar por la mañana. Vendría y encendería la luz… Y no habría nada. Nada más que los animales de peluche y las princesas y el Scary-Oh, ya no mirando fijamente, fingiendo no mirar. ―No hay nada ―diría su madre, impaciente, molesta―. Fue sólo una pesadilla. Vuelve a dormir. ¡Por amor de Dios, tienes dieciséis años! Eso es lo que sucedería. Jennifer lo sabía. Ya había ocurrido antes. Entonces su madre apagaría las luces de nuevo, moviendo el interruptor con un golpe enojado. Jennifer oiría sus pesados, cansados, pasos pacientemente regresando por el pasillo hacia su habitación. Escucharía la puerta de su dormitorio cerrarse. Snap. Y entonces todo volvería a empezar. Los susurros. Las miradas fijas. Todo volvería y no habría ninguna posibilidad de llamar a mamá esta vez. Jennifer estaría totalmente indefensa. Trató de tragar ahora, pero no pudo. Estaba demasiado asustada, tenía la garganta demasiado seca. Miró a su alrededor por una idea, una salida, una manera de escapar. Vio la puerta. Entreabierta. ¿Cuándo una puerta no es una puerta? Cuando está entreabierta, ¿cierto? Podía ver la oscuridad más ligera del pasillo. Su madre mantenía la luz del baño encendida para que pudiera encontrar su camino en la noche. El resplandor se vertía un poco en la sala, y la
  • 8. 8 oscuridad más ligera era como una línea delgada donde el borde de la puerta se separaba de la jamba. Oh, estoy atrapada, de acuerdo, pensó Jennifer frenéticamente. Pero al menos la puerta está entreabierta. Mark, pensó. Su hermano, Mark. Podría ir por el pasillo. Golpear suavemente a su puerta para así no despertar a su madre. Mark la ayudaría. Mark la protegería. Él siempre la protegía. Él era fuerte donde ella era débil, valiente donde ella era asustadiza. Mark era su héroe, ¡y él estaba aquí! Cuando los niños se burlaban de ella en la escuela, él los detenía. Cada vez que alguien se metía con ella, la llamaba loca, la empujaba o la hacía tropezar sobre su bandeja del almuerzo, Mark los agarraba de la pechera de la camisa, los sujetaba contra la pared y los hacía pedirle disculpas. Quienquiera que estaba susurrando tendría miedo de Mark. Lo que sea que se estaba escondiendo en su habitación, observándola… Mark los haría dejarla en paz y se irían. Contuvo el aliento para tomar valor y se lanzó rápidamente a través de las sombras mirando y susurrando hasta la puerta entreabierta. Tenía miedo, mucho miedo, miedo de que en cualquier momento alguna cosa-sombra susurrando correría hacia ella desde una esquina, la agarrara y se la llevaría para siempre a su mundo de oscuridad susurrante. Pero siguió moviéndose, lo más rápido que pudo, hacia la delgada línea de luz. Lo logró. Abrió la puerta. En el momento en que entró en el pasillo, los murmullos cesaron. Estaba tranquilo. Toda la casa era repentinamente un enorme y oscuro silencio. Podía oír el silencio de ella, estableciéndose, marcando, esperando. Exhaló: Oh. La habitación de su hermano estaba al final del pasillo. A lo lejos, al parecer. Sus luces estaban apagadas. Su puerta estaba cerrada. Él debe de estar durmiendo. Pero Jennifer comenzó a avanzar al final del pasillo. A través del oscuro silencio, tan silencioso que podía oír el roce de sus piernas al juntarse su pijama de algodón. Caminando lentamente por el pasillo. Pero la sala… ¡la sala era diferente! La sala había cambiado. Volvió la cabeza hacia un lado y hacia el otro. El papel tapiz habitual había desaparecido. El papel pintado de margaritas amarillas… Vio dibujos en las paredes ahora. Dibujos horribles. Imágenes horribles, violentas, oscuras, pintadas en aerosol y destruyendo las paredes. Y las propias paredes eran diferentes. No como se veían durante el día. Las paredes eran ásperas, astilladas, rotas. Y debajo de sus pies se sentía… no la
  • 9. 9 alfombra de su propia casa, sino tierra apisonada con piedras que escarbaban en la carne de sus descalzos pies… Estaba a medio camino de la puerta de su hermano, cerca de la escalera, la escalera observándola, cuando sin previo aviso, empezaron de nuevo: Ellos tendrán miedo. Miedo de nosotros. Debido a que somos ángeles del mal. Jennifer dio un pequeño grito de miedo, no, no, no, deténganse, y tropezó, girando de un lado a otro tratando de averiguar, ¿quién… quién… quién estaba susurrando? ¡Y allí! ¡Algo! Una sombra. Sí. Acechando, moviéndose. Una cosa-sombra terrible, con los susurros danzando a su alrededor como adoradores en un santuario primitivo. Vamos a matarlos a todos. Matarlos a todos. En un momento repentino de coraje y determinación, Jennifer se acercó al interruptor de la luz. Encendería las luces. Lo atraparía. Se enfrentaría a él. Era una cosa de oscuridad. No podría soportar la luz. Sus dedos sintieron la pared. No su pared. No la pared de su casa. La pared rugosa, astillada, salpicada de dibujos horribles y signos. Pero allí. Allí estaba: el interruptor. El interruptor de la luz. Le dio la vuelta. Luz, luz bendita, se iluminó a través de la habitación. Jennifer se preparó y miró, observó el pasillo, su corazón latiendo con fuerza. Nadie. No había nadie allí. Nada. El pasillo estaba vacío. Y era su pasillo. El viejo y conocido papel tapiz de margaritas amarillas. La alfombra. La puerta del baño con la luz encendida. La puerta de su madre. La de su hermano. Su casa. Sólo su casa común y corriente. Todo igual. Se quedó allí un momento mientras el alivio comenzó a arrastrarse a través de ella. Tal vez mamá tenía razón. Tal vez fue una pesadilla. Entonces, desde detrás de ella, a centímetros detrás de ella, una sola voz, profunda y ronca, clara, ordenando: ¡Jennifer! Gritó, se dio la vuelta, y la cosa permaneció cerniéndose sobre ella, con los ojos rojos, ardiendo, los colmillos al descubierto, goteando, bajando hacia ella, ¡más y más cerca!
  • 10. 10 Jennifer no pudo ni gritar.
  • 11. 11 1 Traducido por Mari NC Corregido por Nony_mo staba corriendo cuando los matones me atacaron. Yo corro mucho, casi todos los días después de clases. Era parte de mi plan secreto para ponerme en forma e intentar entrar al equipo de atletismo. El cual era un plan secreto porque nunca fui mucho del tipo atleta, y el equipo de atletismo era el más importante en la escuela, y no quería que nadie se riera de mí por pensar que podía dar la talla. Así que casi todos los días, sin mencionárselo a nadie, me iba a casa y me cambiaba a mi ropa de correr. Montaba mi bicicleta fuera de la ciudad, luego dejaba la bicicleta por entre los árboles y despegaba a pie a lo largo de uno de los senderos vacíos del campo. Este día en particular era a principios de marzo. Estaba abriéndome paso por el sendero McAdams, el cual sube una colina empinada por el bosque y luego viene a dar a un largo y constante tramo junto a una loma. Es una buena carrera con una gran vista de mi ciudad natal por debajo. Puedes ver las casas agrupadas en el valle verde claro, las torres de ladrillo del ayuntamiento, la columna del monumento de la Guerra Civil y el río brillando de color rojizo bajo el sol de la tarde. Incluso podía divisar el campanario de la iglesia de mi padre mientras corría a lo largo, por encima de ella. El frío del invierno todavía se aferraba. Los árboles estaban sin hojas, sus ramas extendiéndose desnudas en el pálido cielo azul. Pero mientras corría, respiraba un olorcillo ocasional de primavera a la deriva a través del aire. La última nieve se había derretido. El terreno que había sido de hielo duro durante todo el invierno se sentía más suave ahora bajo mis zapatillas. Delante de mí, al final de la loma, había un puente de ferrocarril. Muy viejo, muy angosto, sólo una pista estrecha sostenida por postes de hormigón. El puente se extendía desde la loma de la colina, sobre el río, hasta el borde de E
  • 12. 12 otra colina al otro lado. Luego las vías del tren tomaban una curva larga serpenteante alrededor de la cresta lejana por encima del valle antes de quedar fuera de la vista detrás de las colinas de los alrededores. Era una vieja línea, pero los trenes de cargas todavía la usaban. Pasaban silbando por encima de la ciudad dos y tres veces al día. Por lo general, cuando llegaba al grupo de árboles justo antes del puente, daría la vuelta y seguiría el sendero a lo largo de la pendiente descendente de la colina, de regreso a casa. Ese era mi plan para hoy. Solo que nunca lo hice. Acababa de llegar a los árboles. Estaba corriendo justo bajo el encaje de ramas de invierno enredadas. Me sentía bien, fuerte, mis piernas empujando enérgicas, mi respiración fácil. Estaba disfrutando el toque de la primavera en el aire. Y estaba pensando en entrar en el equipo de atletismo. Estaba pensando: Oye, podría hacer esto. Pensando: Podría realmente ser capaz de hacer esto. Entonces, de repente, me caí. Sin motivo podía decir al principio, lanzado hacia adelante, acababa de dar un mal paso y me fui volando por el aire. Caí con fuerza sobre la tierra. Iba tan rápido que sabía que no podría sostenerme con mis manos, me habría roto las muñecas. En cambio, giré cuando caí y tomé la peor parte del impacto en mi hombro. Fue un buen y sólido golpe también. Lo sentí justo a través de mi frente, un dolor punzante. Mi impulso me llevó a lo largo del camino de tierra unos centímetros, las piedras desgarrando mi ropa. Cuando finalmente me detuve, me quedé donde estaba por un momento, aturdido. Pensando: ¿Qué acaba de pasar? Luego levanté la vista… y lo supe. Jeff Winger estaba de pie encima de mí. De diecisiete años, nervudo y con rostro delgado parecido al de una rata, con cabello color marrón claro cayendo sobre su frente llena de granos. Sudadera con capucha negra y pantalones deportivos demasiado bajos en la cintura. Rápidos y penetrantes ojos de comadreja que parecían estar mirando en todas direcciones buscando problemas. Un matón. Y no estaba solo. Ed Polanski y Harry Macintyre también estaban allí. También eran matones. Ed P. era un gran matón torpe con el cabello rubio muy corto y una cara como una patata. Harry Mac era un matón musculoso con los hombros abultados y un amplio pecho. Deben haber estado por ahí en los espesos matorrales detrás de los árboles, ocultos desde mi punto de vista mientras los pasaba corriendo. Me imaginé que uno de ellos, Harry Mac, a juzgar por su posición hacia adelante, me había visto venir y me hizo tropezar mientras pasaba corriendo. Ahora Jeff Winger miraba hacia abajo, hacia donde yo estaba. Sonrió por encima de su hombro a sus dos amigos.
  • 13. 13 ―Alguien se cayó ―dijo. Ed P. rió. Harry Mac dijo: ―Awww. Pobre bebé. Dolorosamente, me senté. Me limpié la suciedad de la cara, también dolorosamente. Escupí la tierra de entre mis dientes. Rodé mi hombro, probando para ver si aún funcionaba. Me dolió cuando lo moví, pero al menos estaba en funcionamiento. Miré a los matones riendo hacia mí. ―Eso es gracioso ―les dije―. Ustedes son chicos realmente divertidos. Ahora déjame aclarar algo obvio. No soy un tipo duro. De hecho, no soy un peleador muy bueno en absoluto. Estoy un poco por debajo de la altura promedio y no soy muy grande. No soy particularmente fuerte, y nunca aprendí a boxear o algo por el estilo. Cada vez que había estado en una pelea, me daban una gran paliza. ¿Así que, probablemente? ¿En una situación como ésta? Debería haber tratado de ser un poco más amable. Hubiera sido lo más inteligente por hacer, si entiendes lo que quiero decir. Pero aquí está el problema: no me gusta ser empujado. En serio. Lo odio. Bastante. Algo sucede en mi interior cuando alguien trata de intimidarme, cuando alguien me empuja o me golpea o algo por el estilo. Todo se vuelve rojo en mi interior. Ya no puedo pensar más. Me enloquezco. No puedo evitarlo. Y contraataco, ya sea que lo intente o no, e incluso si eso significa que me arranquen la cabeza. Lo cual, en mi limitada experiencia, es exactamente lo que sucede. Ahora, ya podía sentir la ira creciendo en mí mientras me ponía de pie. Me quité el polvo. Vi a Jeff mirándome, sin dejar de sonreír. Eso hizo el enojo incluso peor. ―Supongo que quieres ser más cuidadoso la próxima vez ―dijo Jeff. Sus amigos matones se rieron como si esto fuera realmente hilarante, como si fuera un comediante profesional o algo así―. Correr por aquí puede ser un poco peligroso. Una vez más, esto habría sido un excelente momento para mí para mantener mi boca cerrada. Pero de alguna manera no podía. ―Está bien ―dije―. Me hiciste una zancadilla y me caí. Ja, ja, ja. Eso es muy gracioso. Si tienes, como, siete años de edad… Harry Mac no apreció ese comentario. ―¡Oye! ―dijo, y me empujó en el hombro, fuerte. Aparté su mano bruscamente porque, bueno, porque sí, por eso. Porque no me gusta ser
  • 14. 14 empujado. Eso puso a Harry Mac incluso más enojado, tan enojado; él ladeó su puño como si estuviera a punto de conducirlo a mi cara. Lo que supongo que estaba. Pero para mi sorpresa, Jeff lo detuvo. Le dio una ligera palmada a Harry Mac en el hombro. Harry Mac dudó. Jeff le dio una sacudida negativa con la cabeza. Harry Mac bajó el puño, haciéndome retroceder con una mirada que decía: Tuviste suerte esta vez. Lo cual era cierto. Jeff me miró de arriba a abajo. ―Te he visto en la escuela, ¿no? ―dijo―. Hopkins, ¿cierto? Poco a poco aparté mis ojos de Harry Mac y los dirigí hacia Jeff. ―Eso es correcto. Sam Hopkins ―le dije. Jeff asintió. ―Y sabes quiénes somos, ¿cierto? Asentí en respuesta. Todo el mundo en la escuela conocía a Jeff Winger y sus compinches matones. ―De acuerdo, bien. ―Jeff pasó a lo que sonaba como una voz razonable―. Porque éste es el trato, Sam. Este no es un buen lugar para ti, ¿de acuerdo? Aquí ya no es donde quieres correr. Una parte de mi mente me decía que simplemente me callara, asintiera y sonriera mucho y me escapara de esto. Cualquiera de estos chicos podría haberme golpeado hasta dejarme en el suelo. Los tres podrían bastante bien patearme como si fuera un balón de fútbol a voluntad. Pero la parte de mi mente que entendía de alguna manera no estaba comunicándose a la parte de mi mente que… Simplemente. No. Le Gusta. Ser. Empujada. Así que en lugar de guardar silencio, dije: ―¿Qué quieres decir con que no es un buen lugar? Es un gran lugar. Me gusta correr aquí. Jeff se rió. No era una risa amistosa. Dio un paso casual hacia mí, casual pero amenazante. Siguió sonriendo y negó, como si yo le hubiera entendido mal. ―No, no, Sam, no lo creo. No creo que te guste correr aquí. Ya no, de todos modos.
  • 15. 15 ―¿Ah, sí? ―dije, y, bueno, no era exactamente una réplica brillante, pero era todo lo que podía pensar en esas circunstancias. Y, por supuesto, Jeff respondió: ―Sí. En el futuro, Sam, creo que tal vez deberías correr en otro lugar. En cualquier otro. Este ya no es tu lugar. Este es nuestro lugar. Es nuestro lugar y no te queremos aquí. A través de la neblina roja de mi ira, empecé a entender lo que estaba pasando. Mis ojos se movieron hacia atrás a los árboles y arbustos que nos rodeaban. Era un lugar oscuro y solitario aquí. Te puedes sentar en la maleza y nadie te vería o averiguaría lo que estabas haciendo. Así que supongo que Jeff y sus amigos estaban metidos en cosas que no deberían haber estado haciendo, y no me querían a mí o cualquier otra persona viendo. ―Está bien ―dije―. Está bien, lo entiendo. ―Bien ―dijo Jeff. ―Claro. Ustedes quieren que los dejen solos. Y eso está bien conmigo. En serio. No quiero molestarlos. No quiero molestar a nadie. No me importa lo que están haciendo aquí. No sé lo que es y no quiero saberlo. Y estoy seguro que no voy a reportarlos ante nadie ni nada. Sólo quiero continuar corriendo, eso es todo, ¿de acuerdo? ―Claro ―dijo Jeff con otra carcajada―. Claro, puedes seguir corriendo. Puedes continuar corriendo en cualquier momento que quieras. Pero no aquí, Sam. Este no es tu lugar, te lo estoy diciendo. Este es nuestro lugar ahora. Sólo para asegurarme que tienes la imagen de la situación. Ellos: tres grandes tipos duros. Yo: un chico pequeño, no matón. Lugar: en medio de la nada. Levanta tu mano si sabes la que habría sido la cosa más inteligente de hacer. Correcto. Debería haber sonreído y dicho: «Está bien, Jeff, siento molestar», cerrar la boca y salir corriendo tan rápido como mis piernas me llevaran. En su lugar, dije: ―Olvídalo, Jeff. Aquí es donde corro. Me gusta. No voy a ser ahuyentado. De ninguna manera. Jeff dio lo que sonó como un gruñido de sorpresa. Miró por encima de su hombro a sus amigos. Miró de nuevo hacia mí. Entonces, tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, agarró la parte delantera de mi sudadera. Mientras estaba en ello, agarró un puñado de mi pecho también. Me arrastró hacia él. ―Escucha… ―empezó a decir. Yo le di un puñetazo en la cara.
  • 16. 16 No era mi intención hacerlo. Bueno, era mi intención. Por supuesto que quise hacerlo. No es el tipo de cosa que haces con alguien por accidente. Lo que estoy tratando de decir es: no lo planeé. Sólo que me puse tan enojado cuando él me agarró que en cierto modo automáticamente lo dejé fluir. Mi puño golpeó la mejilla de Jeff, justo debajo de su ojo. No lo golpeé muy fuerte, pero fue lo suficientemente fuerte, un buen y sólido puñetazo. Y, por supuesto, Jeff no lo esperaba… no del todo. Estaba tan sorprendido, que en realidad me soltó y retrocedió un paso. Agarró su mejilla y se quedó allí, aturdido. Todos estaban atónitos. Jeff, Ed P. y Harry Mac. Todos ellos se quedaron allí por ese largo segundo, mirando fijamente, como si no pudieran creer lo que había sucedido. Lo que probablemente no podían. ¿Y sabes qué? Yo no podía creerlo tampoco. Me quedé de piedra también, totalmente tomado por sorpresa. Me quedé allí, mirando a Jeff y a los demás. Entonces, de la nada parecía, vino un alto y fuerte grito. Rasgó el aire, ensordecedor. No sabía lo que era al principio, pero fuera lo que fuera, de alguna manera me despertó de golpe. Mi cerebro empezó a trabajar de nuevo. Y mi cerebro me dijo: ¿Uh, Sam? ¡Corre por tu vida! Que es exactamente lo que hice.
  • 17. 17 2 Traducido por Caamille Corregido por Nony_mo arry Mac intentó agarrarme, pero demasiado tarde, falló. Me fui por la cresta de la montaña. Jeff, Ed P. y Harry Mac fueron detrás de mí. Cuando miré hacia atrás, me di cuenta por las expresiones en sus rostros que estaban decididos a atraparme y tomar su venganza. Estaban alcanzándome también. Especialmente Harry Mac. Era musculoso, como dije, y muchas veces tipos como esos no eran lo suficientemente flexibles para moverse bien o correr rápido. Pero para mi suerte, Harry Mac era bastante flexible, y resultó que podía correr como el viento. Él estaba corriendo como el viento, de hecho, sus gruesas y poderosas piernas tronaban debajo de él, conduciéndolo detrás de mí, dejando a sus dos amigos matones detrás y rápidamente cerrando el espacio entre nosotros. Entonces lo oí de nuevo: ese agudo chillido, el sonido que me había regresado a mis sentidos. Miré a través del valle mientras corría y vi lo que era. Era el silbido de un tren de carga. Pude ver el tren serpenteando de detrás de las colinas, rumbo hacia el final del puente de la vía férrea. Lo que me dio una idea. Y creo que es prudente decir que era la idea más loca que alguna vez haya tenido. Es posible que fuera la idea más loca que alguien alguna vez haya tenido. Pero, ¿qué puedo decir? Estaba totalmente en pánico. Sabía que si Jeff y sus amigos me atrapaban, iban a romperme en pequeños pedazos y luego romper esos pedazos en pedazos aún más pequeños. Vi sólo una oportunidad de escapar de ellos, loco como fuera, tomé la oportunidad sin pensar realmente. Corrí por el puente. Alejándome del sendero McAdams hacia la tierra de grava a lo largo de la cresta de la colina. Esquivando a través de los escasos y estropeados árboles. Corriendo tan rápido como podía. Miré hacia atrás sobre mi hombro mientras corría. Harry Mac estaba acercándose a mí rápidamente. Tuve que subir una pequeña y empinada cuesta H
  • 18. 18 para llegar al final del puente y eso me hizo disminuir la velocidad, y Harry Mac consiguió acercarse aún más. Ahora daba pasos en el puente, sobre las vías, y empecé a correr sobre ellas. El mundo se desvaneció a cada uno de mis lados. De repente estaba en lo alto, elevado en el aire sin ninguna ruta de escape, Jeff y sus amigos detrás de mí, el tren apareciendo delante de mí, con nada excepto el cielo a mi izquierda y a mi derecha. Permanecí en el centro de las vías, entre los rieles, entre los bordes del puente. Mis pies volaban sobre las viejas vigas de madera de color marrón que estaban ensartadas juntas con sólo pequeñas tiras de hierba y grava entre ellas. Mientras corría, miré hacia adelante. Podía ver el tren. El que emitió otro penetrante silbido mientras arrojaba vapor a lo largo del puente sobre el Sawnee, dirigiéndose hacia el extremo más lejano del puente. Mi idea era esta: si podía correr a través del puente lo suficientemente rápido, llegaría hacia el otro extremo antes de que el tren llegara ahí. Jeff y sus amigos no me seguirían porque no podría ser posible que fueran lo suficientemente ridículos para correr a través de un puente de una sola vía con un tren de carga a punto de cortar su única salida. Puedes ver a lo que me refiero cuando digo que no había pensado realmente bien en esta idea. Por ejemplo, si pensé que Jeff y sus amigos matones eran tan inteligentes para no correr a través del puente con el tren viniendo, bueno, entonces, ¿no debería yo haber sido tan inteligente para no hacerlo también? Sólo para ahorrarles la molestia de buscar la respuesta, es: ¡Sí! ¡Por supuesto que sí! ¡Lo que estaba haciendo era absolutamente demente! Pero con todo pasando tan rápido, y con toda la cosa del pánico yendo y mi miedo de Jeff, Ed P. y Harry Mac, simplemente no estaba siendo muy inteligente, eso es todo. Así que continué corriendo tan rápido como podía, bajando por el centro de las vías del tren, sobre el puente. No era fácil correr sobre esas vigas de madera. Tuve que ser cuidadoso de no atrapar mi pie en uno de los espacios, donde podría haberse torcido, o incluso, roto mi tobillo, corriendo tan rápido como lo estaba haciendo. Además, algunas de esas vigas de madera se sentían un poco blandas y podridas bajo mis pies, como si pudieran romperse en cualquier momento. No sabía qué sucedería entonces. Si una de ellas se rompía y me sumergía a través de ellas, ¿aterrizaría en la grava debajo? ¿O seguiría cayendo y cayendo hacia el río de abajo? Incluso en mi estado de pánico, estaba empezando a darme cuenta: éste era un plan tonto. Un plan real, realmente tonto.
  • 19. 19 Estaba a punto de detenerme. Estaba a punto de darme la vuelta y correr de regreso. Entonces, asombrosamente, sentí dedos agarrar el cuello de mi sudadera. Sorprendido, rápidamente di una mirada sobre mi hombro. ¡Tienes que estar bromeando!, pensé. Pero no, era Harry Mac, su rostro rojo y retorcido con esfuerzo, corriendo detrás de mí, acercándose, estirando una mano para agarrar mi camisa. Me había seguido en el puente. ¿Cómo alguien podría ser tan loco? ¿No vio que había un tren viniendo? ¿Qué era, alguna clase de idiota? Miré hacia adelante y puse algo de velocidad extra, impulsado por el miedo. Sentí los dedos de Harry Mac perder su agarre en mi camisa y desaparecer. Miré hacia adelante y ahí estaba el tren, serpenteando alrededor de la curva para dirigirse al final del puente. Una vez que llegue ahí, no habría manera de salir de su camino. Miré hacia atrás una vez más. Ahora, incluso Harry Mac se había dado cuenta que era la cosa más loca del mundo. Se había detenido en el puente. Estaba de pie en el medio de las vías del tren, sin aliento, mirando detrás de mí, negando. Justo antes de que mirara hacia adelante, lo vi alejarse. Lo vi comenzar a correr de regreso hacia donde Jeff y Ed P. estaban de pie en la seguridad de la entrada del puente. Ellos se habían detenido donde estaban. No habían venido detrás de mí. No eran completamente idiotas después de todo. Desearía poder decir lo mismo acerca de mí. Incluso en ese momento, podría haber tenido tiempo de dar la vuelta. Podría haber regresado hacia donde Jeff y sus amigos matones estaban de pie y lograr salir de las vías antes de que el tren llegue. ¿Por qué no hacía eso? ¿Qué era lo peor que podría pasarme? Jeff y sus amigos me levantarían por los tobillos y empujarían mi cabeza en el suelo y me dejarían ahí enterrado hasta el cuello con mis pies colgando en el aire. Eso no habría sido tan malo, de verdad, al menos no cuando lo comparas con conseguir ser aplastado por esa carga que se aproximaba. Pero simplemente no pude pensar con claridad. Todo en lo que podía pensar era en alejarme de Jeff, y llegar antes que el tren al final del puente. Así que seguí corriendo, observando como el tren se acercaba más y más. Ahora estaba a dos tercios del camino. El tren de carga estaba resoplando fuerte a través del último tramo de la cresta de la colina, serpenteando alrededor de la curva hacia la entrada del puente. Justo en ese momento, me gustaron mis posibilidades. Pensé que tenía una buena oportunidad de llegar al otro lado del camino antes de que el tren me cortara.
  • 20. 20 Di todo lo que tenía, poniendo toda mi fuerza y esfuerzo en mis piernas. Con el azul desteñido del cielo de la tarde a mí alrededor, sentí como si estuviera suspendido en el aire, corriendo desesperadamente a través del medio de la nada. Atrapé rápidos vistazos de las colinas por delante y el pueblo debajo. Pero principalmente veía el tren. Más y más cerca del puente. Completamente alrededor de la curva ahora de modo que el frente del mismo estaba apuntando directamente hacia mí, saliendo disparado directamente hacia mí. El silbido perforó el aire otra vez, tan fuerte que lastimó mis oídos. Corrí apresuradamente hacia el frente del tren. Sí, realmente creía que iba a hacer la salida antes que la carga llegara ahí y la bloqueara. Luego di un paso en una viga podrida, y la madera se rompió. Mi pie se estrelló a través de ella, torciendo mi tobillo. Tropecé hacia adelante tratando de mantenerme de pie. No pude. Me caí, poniendo mis manos para prepararme a mí mismo. Mi palma golpeó la irregular madera de las vigas del ferrocarril, y sentí el ardiente dolor mientras mi piel era perforada por las astillas. Grité y apreté mi mano herida hacia mi pecho. Pero no había tiempo para preocuparme de eso. Me puse de pie. Con horror, vi que el tren estaba a menos de noventa metros del final del puente. Grité y corrí directamente hacia él, no había otra opción. Si me daba la vuelta y trataba de correr de regreso ahora, la cosa simplemente pasaría justo sobre mí. El silbido del tren resonó otra vez como si estuviera en angustia ante lo que iba a pasar. Grité también, sólo del esfuerzo de correr, y, oh sí, de terror. La cosa estaba a cuarenta y cinco metros de distancia. Llegué al final del puente. El tren llegó en el mismo momento. El frente del tren se cernía, gigante y mortífero. Había quizás diez metros separándonos ahora. Me lancé a través de ese espacio. El silbido del tren llenó el aire, llenó mi mente, lo llenó todo, y mi propio grito llenó todo también, mientras golpeaba el suelo y caía sobre la cuesta de grava. Acostado sobre mi espalda, miré hacia arriba y vi el gran monstruo de un tren destellando sobre mí, los gigantes vagones destellando y destellando al pasar por encima de mí, retumbando sobre el puente, toda la gran bestia pasando sin parar por él pareciendo una eternidad. Me tendí en el suelo, mirando hacia las sólidas y asesinas ruedas. Estaba bien. Había jugado al juego de la gallina con un tren de carga y sobreviví. Bastante estúpido, ¿cierto? Pero aun así no era la cosa más estúpida que alguna vez haya hecho.
  • 21. 21 3 Traducido por Debs Corregido por Nony_mo asó mucho, mucho tiempo, antes de que pudiera recuperar el aliento, antes de que pudiera dejar de temblar, antes de que pudiera ponerme lentamente de pie y mirar a mí alrededor. Cuando lo hice, miré al otro lado del puente. La larga carga ahora ocupándolo de extremo a extremo. Cuando mis ojos se elevaron a la colina, esperaba ver a Jeff y sus compinches matones allí de pie, mirándome. Tal vez sacudiendo sus cabezas. Tal vez murmurando: «¡Maldición, otra vez frustrados!» O algo así. Pero para mi sorpresa, ¡no estaban allí en absoluto! No estaban a la vista. Habían desaparecido. Se habían ido totalmente. Pasé mi mirada sobre la colina, buscándolos. Nada. Ni siquiera una pista. Sólo las laderas y los árboles. Sólo el cielo a través del encaje de las ramas de invierno. Sólo el tren de carga moviéndose ahora cruzando la colina, desapareciendo en la pendiente descendente hacia el siguiente valle delante. Me quedé mirando, con la boca abierta, y la respiración rápida. Mi mente se puso a toda marcha, tratando de entender. Jeff, Ed P. y Harry Mac, habían estado allí hace un momento y ahora se fueron como si nunca hubieran existido. Como si los hubiera imaginado o soñado. Pero sabía que no lo había hecho. Y luego mi boca se cerró. Y pensé: ¡Oh, no! No fue fácil empezar a correr de nuevo, pero lo hice. Por lo menos era cuesta abajo en esta ocasión, muy en pendiente. Me sumergí por la pendiente, a grandes zancadas sobre el terreno accidentado. Me dolía el tobillo. Mis pulmones ardían. Mi mano palpitaba de dolor a causa de las astillas todavía enterradas en mi carne. Ignoré todo y sólo corrí. P
  • 22. 22 Te voy a decir por qué. Hay una carretera que sube más allá del sendero McAdams. Justo ahí arriba más allá de los árboles y los arbustos donde Harry Mac me había hecho tropezar. Es una vieja carretera de asfalto destrozado y grava que conduce a varios otros caminos, caminos de tierra, que van a varias áreas silvestres, donde hay fincas, granjas, campamentos y otras cosas por el estilo, abandonadas. Me sentí bastante seguro de que Jeff, Ed P. y Harry Mac no habían ido de excursión al lugar donde los había encontrado. No me parecen del tipo de excursionista, saludables y felices, si entiendes lo que quiero decir. No, probablemente habían subido el viejo camino destrozado, estacionado en las cercanías y dirigidos hacia los árboles para sentarse, fumar y beber cerveza o lo que fuera que habían estado haciendo que yo no tenía que ver. Así que eso significaba que probablemente tenían un auto allí, tal vez el Camaro rojo que Jeff siempre conducía a la escuela, el que tenía el silenciador modificado de modo que se podía oírlo rugir a tres condados. Y si tenían un auto allí arriba, bueno, entonces podían buscar ese auto y conducir por la colina, ¿no es así? Hacia abajo de la colina hasta la carretera por debajo. Que era donde tenía que ir ahora. Era la única manera de que pudiera volver a mi bicicleta desde aquí. En otras palabras, si llegaban a su auto lo suficientemente rápido, si conducían lo suficientemente rápido, todavía podían alcanzarme en la carretera. Así que corrí colina abajo. Era tan empinado que debo haber tropezado una docena de veces. Casi me caí media docena más. Cuando llegué a los árboles más densos junto al camino, tuve que esquivar entre sus troncos, saltar por encima de sus raíces, y abrirme camino a través de la maleza que desgarraba mis ropas y mis manos. Pero seguí adelante, lo más rápido que pude. Y al final llegué a la carretera en la parte inferior de la colina: County Road 64. Tuve que detenerme allí. Me faltaba el aliento. Me incliné hacia delante, con las manos en las rodillas, tratando de recuperarme. Volví la cabeza y miré por la carretera. Eran dos estrechas callejuelas de pavimento a través de pinos y fuera de la vista. Me volví y miré hacia otro lado. Era lo mismo: dos carriles estrechos, con pinos a ambos lados. Sin autos a la vista. Nadie viniendo de cualquier dirección. Sabía dónde estaba. A unas tres cuartas partes de un kilómetro de la entrada del pueblo, tal vez medio kilómetro de donde había dejado mi bicicleta. Si pudiera correr, debería ser capaz de llegar a casa antes de que oscurezca. Eché un vistazo a mi mano. El espectáculo hizo que mi corazón se hundiera. Mi palma estaba roja e hinchada. Había marcas negras en el lugar donde las astillas de las vías férreas habían enterrado. Peor aún, había dos o tres grandes viejos trozos de madera en ella, uno de los extremos sobresalía de la carne, el otro visible bajo la piel. Sabía que debía sacarlos rápido de allí, pero de
  • 23. 23 alguna manera no me atrevía a sacar esas grandes astillas. Agarré el final de una de ellas, la saqué, gruñendo por el dolor. Agarré el otro, y luego otro. Líneas de sangre comenzaron a correr por encima de mi mano. Para estas alturas, había recuperado el aliento y estaba listo para empezar a correr de nuevo. Pero antes de que pudiera, escuché un motor. No había duda del sonido, ese rugido agresivo. Ese era el Camaro rojo de Jeff, que venía detrás de mí. No había ningún sitio a dónde ir, ningún lugar para esconderme. No podía volver a subir la colina hacia el bosque. Así que corrí, lejos de la dirección del ruido, hacia la ciudad, hacia casa. Corrí tan rápido como pude, pero estaba flaqueando ahora, con muy poca energía. El motor rápidamente se hizo más fuerte detrás de mí. Miré por encima del hombro. Sí, allí estaba. Un destello de luz solar atrapó el guardabarros de plata. Luego otro destello, y vi la llama roja de su capó. Traté de poner un poco de velocidad, pero estaba prácticamente acabado ahora. ¿Cuál era el punto de todos modos? Incluso en mi máxima velocidad, no podía correr más rápido que un auto. Detrás de mí, el Camaro rojo dio un rugido gutural de aceleración. En otro momento, el sonido se redujo a un murmullo gutural y el auto estaba justo a mi lado. Me volví hacia él. La cara de Harry Mac me sonreía a través de la ventanilla del copiloto. En puro pánico, traté de escabullirme, lanzarme al bosque para escapar. No fue una buena idea. Hice unos dos pasos arriba de la pendiente de tierra y caí, colapsado. Me deslicé hacia abajo sobre la cama de agujas de pino y me dejé caer sobre el hombro de arena de la carretera. Me arrodillé allí, jadeante, agotado. El Camaro se detuvo. Las puertas se abrieron. Harry Mac y Ed P. salieron. Uno de ellos me agarró por debajo de un brazo, el otro me agarró por debajo del otro. Me arrastraron hacia el auto. Me arrojaron al asiento trasero. Entraron, uno a cada lado. Cerraron las puertas. Jeff estaba al volante. Apretó el acelerador. El Camaro rugió y volvió a arrancar. Jeff giró al volante y el auto dio un gran giro, dando una vuelta completa. Luego se dirigió de nuevo en la dirección por la que había llegado, sólo que conmigo adentro ahora. Si nunca has estado en el asiento trasero de un Camaro, déjame decirte esto: el espacio para las piernas es nulo, cero. Tuve que doblar mis piernas tanto, que mis rodillas estaban prácticamente en mis dientes. Además, sólo hay realmente dos lugares para sentarse, uno a la izquierda y otro a la derecha, y yo
  • 24. 24 estaba sentado en el centro. El pesado Ed P. estaba presionado contra un hombro, y el enorme Harry Mac se presionaba contra el otro. No había espacio para moverse, así que lo único que podía hacer, era presionar mis brazos a los costados y hacerme pequeño. Ah, ¿y por cierto? Ed P. y Harry Mac olían a calcetines viejos. Estaba nervioso. Muy bien, asustado. No sabía a dónde íbamos o lo que iban a hacerme una vez que llegáramos allí. Fuera lo que fuese, no pensé que fuese a ser demasiado bueno. Oí la risita de Jeff. Me miró por el espejo retrovisor mientras conducía por la carretera forestal. Pude ver sus ojos de comadreja reflejados en la estrecha franja del espejo. ―Te tenemos ahora, ¿no? ―dijo lentamente―. Sí que te agarramos, como era de esperarse. ―Me tienes, está bien ―dije―. Entonces, ¿qué van a hacer conmigo? ―¿Por qué lo preguntas? ―dijo Jeff, y esta vez, los tres se rieron―. Tú no tienes miedo, ¿verdad? ―Oh, no ―dije―. ¿Por qué tener miedo de un buen grupo de chicos como ustedes? Me di cuenta por el reflejo de los ojos de Jeff que estaba sonriendo. ―Eso es gracioso ―dijo―. Eres gracioso, incluso ahora. Eso me gusta. Eres un pequeño mocoso rudo, ¿no? Negué. ―No muy rudo, no. ―Oh, sí, lo eres. ¿Me pegas en la cara de esa manera? ¿Con tres de nosotros allí? ¿Correr a través de ese puente, justo a hacia ese tren así? Eres un pequeño mocoso rudo, de acuerdo, no nos engañemos. ―Está bien ―dije―. Soy un pequeño mocos rudo. ―Odio admitirlo, pero en realidad me sentí un poco orgulloso de que Jeff me hubiera dicho eso. Y él continuó con eso también. ―En serio ―dijo en una especie de fervor, como si estuviera tratando de convencerme de este punto muy importante―. ¿Correr hacia ese tren? No creo que jamás haya visto algo así antes. Eso me impresionó. Realmente me impresionó. Me encogí de hombros, tratando de ocultar el hecho de que apreciaba el cumplido. ―Estoy feliz de poder traer un poco de diversión a tu mezquina vida ―dije tan sarcásticamente como pude.
  • 25. 25 Ante eso, Jeff dejó escapar una risa real, una gran carcajada. ―Ves, eso es lo que quiero decir ―dijo, hablando conmigo a través del retrovisor, mirando hacia atrás y hacia adelante entre el retrovisor y el parabrisas mientras conducía―. ¿Decir cosas como esas? ¿Cuando te tenemos como lo hacemos? Eso es ser rudo. Eso me gusta. Me impresiona. Me encogí de hombros otra vez. Me pregunté si Jeff al estar impresionado significaba que no iba a matarme. Me quedé un rato en silencio y Jeff se calló también. Condujo el Camaro gruñendo a lo largo del sinuoso camino hasta que llegamos a un desvío escondido en los árboles. Giró allí, y empezamos a dirigirnos a la colina, de vuelta a donde habíamos estado antes. Miré por la ventana lateral, más allá del descomunal, por no mencionar mal olor, de Ed P. En el exterior, vi que estábamos en territorio desierto de nuevo. Colinas vacías. Un árbol de roble oscuro, con un lago oscuro por debajo de él. El cielo. No hay mucho que ver, y no hay manera de escapar. Aparté la mirada y traté de olvidar mi miedo recogiendo unas cuantas astillas de mi mano sangrante. Después de un rato, Jeff comenzó a hablar de nuevo. ―Te voy a decir algo ―dijo―. Normalmente, si un hombre hace lo que hiciste, si un chico me pega como lo hiciste, tengo que hacer algo al respecto, no puedo dejar que algo como eso se quede sin respuesta. ¿Ves lo que quiero decir? Suspiré. ―Sí. Veo lo que quieres decir. ―¿Normalmente? Si un hombre hace algo así, le tengo que responder, sólo que un centenar de veces peor, bastantes veces para mandarlo al hospital. Puedes entender eso, ¿verdad? No le respondí. Sentí que mi estómago caía. Mandarlo al hospital no sonaba como un final feliz para mi día. ―Pero no sé ―siguió Jeff―. Lo que hiciste. La forma en la que fuiste. Las cosas que dices. La forma en que corriste hacia ese tren… ―Dio una especie de resoplido pensativo mientras guiaba el auto alrededor de otro giro. Ahora estábamos rebotando y saltando sobre un camino de tierra, pasamos árboles, colinas, un territorio cada vez más desierto―. Me agradas, Sam ―dijo Jeff entonces.
  • 26. 26 No pude mantener la sorpresa fuera de mi cara. Jeff era el tipo de chico que la gente temía. El tipo de chico que la gente trataba con cortesía. Era extraño que me dijera que le agradaba. ―Lo digo en serio ―dijo―. Eres el tipo de persona que me gusta tener a mí alrededor. Tú eres el tipo de persona que quiero en mi equipo, si entiendes lo que estoy diciendo. En serio, me viene bien un tipo rudo como tú. No sabía qué responder. Nadie me había dicho que me quería en su equipo, en nada. El auto se detuvo. Traté de mirar por encima de la cabeza de Jeff, a través del parabrisas, pero no pude ver mucho. Entonces se abrieron las puertas y todos se bajaron. Harry Mac me agarró por el brazo y me arrastró hacia fuera también. El Camaro estaba estacionado en un lugar arenoso, una especie de camino de entrada. Había un viejo granero en frente de nosotros. Marrón, sin pintar, las tablillas podridas y astilladas. A nuestro alrededor había… bueno, nada. Una colina. Los árboles en la distancia. Ningún otro edificio o persona a la vista. Ni siquiera una oveja. Jeff llegó y se paró frente a mí. Levanté la vista hacia él, porque era más alto que yo, por una cabeza. Su cara de rata se iluminó con una sonrisa. ―Lo digo en serio ―dijo―. Me agradas, Sam. Luego me dio un puñetazo en el estómago, fuerte. Muy fuerte. Di un grito ahogado, quedé sin aliento y me doblé. Entonces me puse de rodillas y jadeé un poco más. ―Eso fue por pegarme ―dijo Jeff, de pie junto a mí―. No puedo dejar que eso pase. Lo entiendes, ¿verdad? ―Claro. ―Me las arreglé para jadear después de un segundo―. Claro, ¿qué no habría de entender? Entonces Jeff se agachó y me agarró por el cuello de la camisa. Me izó a mis pies. Me dio dos bofetadas en la cara. Picó como el infierno y me puso tan enojado que quise estrangularlo. Pero me las arreglé para controlarme porque no quería morir. Con los ojos llenos de lágrimas miré a su borrosa cara, sonriente. ―Ahora que sacamos eso del medio ―dijo Jeff―, creo que tú y yo seremos amigos. ¿Qué piensas de eso? ¿Quieres ser mi amigo, Sam? Jadeé unas cuantas veces más antes de recuperar mi aliento. Entonces pensé en ello. Pensé: Bueno, ¿por qué no? Amigo de Jeff Winger. En realidad eso podría ser bastante interesante.
  • 27. 27 Así que después de un segundo o dos, le dije: ―Está bien. Claro. Y esa fue la cosa más estúpida que he hecho.
  • 28. 28 4 Traducido por AariS Corregido por Nony_mo sto es lo que tienes que entender: soy un HP, un hijo de predicador. Mi padre, Matthew Hopkins, es el rector de la iglesia de East Valley, que está en la calle Washington, la cual está en nuestro pueblo, que es Sawnee, el cual es un pequeño lugar de alrededor de setecientas personas al norte del estado de Nueva York. Y verás, cuando tienes dieciséis y tu padre es un predicador, y vives en un pueblo pequeño todo el mundo sabe quién es él y quién eres tú, hay un montón de presión en ti. No es que alguien espere que seas perfecto o algo así. No tienes que ser brillante. No tienes que ser un atleta. No tienes que conseguir notas estupendas en la escuela. Todo lo que tienes que hacer es, bueno, nada. O nada malo, eso es. Nunca, jamás puedes hacer nada malo. Jamás. Otros chicos pueden meterse en problemas, ser enviados a la oficina del director, hacerse un poco el salvaje a veces. Pero no tú, no el HP. Verás, a la gente le gusta cotillear acerca del predicador. Ya que él siempre está recordándoles ser morales y buenos, ellos consiguen una especie de enorme emoción cuando averiguan que su vida no es perfecta. Y si tú, el hijo del predicador, te metes en problemas, todo el mundo empezará a susurrar entre sí: ¿Has oído acerca del hijo del predicador? Tsk, tsk, tsk, el chico del reverendo Matt realmente se ha descarrilado… Esto hace que tu padre se vea mal. Hace que tu madre se moleste y se enfade. Y te hace sentir como la peor persona de la tierra. Confía en mí en esto. Así que, por una parte, está toda esta presión para ser bueno. Pero, entonces, por otra parte, no quieres ser demasiado bueno. No quieres ser tan bueno que no puedas ser… bueno, normal. Uno de los chicos. No quieres que los demás chicos sientan que deben callarse siempre que pases caminando o que dejen de contar la broma que estaban contando o que te digan “discúlpame” después de maldecir o algo como si fueras su tía solterona y nunca hubieras escuchado una mala palabra antes. E
  • 29. 29 Puede ser un problema. Como, con chicas, por ejemplo. No puedo evitar notar que muchas de las chicas en la escuela son muy educadas conmigo. Quiero decir, muy educadas. Extra educadas. Demasiado educadas. Como si fuera la hermanita de su mejor amiga o algo así. Como si fuera la porcelana buena de sus madres y quisieran ser cuidadosas para no romperme. De vez en cuando, por ejemplo, estoy mirando a una chica… bueno, específicamente estoy mirando a Zoe Miller. Porque tengo lo que es llamado técnicamente “una cosa importante” por Zoe Miller. Porque ocurre que Zoe Miller es demencialmente linda y agradable. Tiene este corto cabello negro y estos grandes ojos verdes y está nariz respingona con pecas y está sonrisa que te hace sentir que realmente quiere sonreír. Y la cosa es, cuando está con la mayoría de la gente, es realmente divertida también. No divertida como un payaso de circo ni nada, sino simplemente del tipo afable, bromista, relajada y cómica. La gente siempre está riendo cuando ella está alrededor. Es divertido estar con ella, eso es lo que estoy tratando de decir. Así que, de cualquier manera, cuando estoy mirando a Zoe mientras ella está hablando con, digamos, por ejemplo, Mark Sales. Mark Sales, el corredor estrella de nuestro equipo de atletismo. Mark Sales, quien estableció un nuevo record escolar en los tres mil metros con obstáculos de once minutos y cinco segundos. Mark Sales, quien tiene diecisiete y mide casi un metro ochenta y tres y cuyos dientes prácticamente destellan y relucen cuando sonríe, de modo que las chicas esperan hasta que pasa y luego agarran sus libros y levantan la mirada al cielo con sus bocas abiertas como si alguna clase de milagro hubiera ocurrido sólo porque él les saludó. Y no me malinterpreten: Mark es un chico genial, un muy buen tipo, pero de algún modo eso sólo hace peor toda la situación… Por lo tanto, como iba diciendo, cuando estoy mirando a Zoe mientras ella está hablando con Mark Sales. Y Zoe estará toda relajada y afable y bromeando como normalmente es. Y Mark y sus amigos estrellas de atletismo, Nathan Deutsch y Justin Philips, estarán todos riendo a su alrededor con sus dientes centelleantes. Sólo serían la linda Zoe y los Grandes Hombres del Campus estando de pie en el pasillo de la escuela divirtiéndose. ¿Verdad? Entonces yo les paso por al lado. Y digo: ―Hola, chicos. Y de repente todo el mundo deja de reírse. Todos como que carraspean y se miran el uno al otro. Como si los hubiera atrapado haciendo algo realmente vergonzoso. Y luego Mark dice: ―Hola, Sam. ―De esta manera en cierto modo formal.
  • 30. 30 Y Nathan y Justin murmuran: «Hola», porque no son tan buenos pretendiendo estar relajados como lo es Mark. Y luego finalmente Zoe me sonríe, pero no es su sonrisa súper genial que les da a todos los demás. Es su sonrisa siempre-tan-cortés. Y dice: «Oh, hola, Sam. Es bueno verte», de un modo tan educado, formal, inofensivo y no bromista que realmente preferiría si simplemente saca un arma y me mata a tiros allí mismo. Eso es de lo que estoy hablando. Ser el hijo de un predicador. Puede ser un problema. Así que estarás preguntándote: ¿Qué tiene esto que ver con Jeff Winger? ¿Conmigo diciendo que sería amigo de Jeff Winger? Bueno, ya que preguntas, aquí está la respuesta: independientemente de lo que se puede decir acerca de él, Jeff Winger no era un hijo de predicador. Jeff Winger no tenía un padre en absoluto por lo que cualquiera podría decir, y sólo vivía con su madre cuando podía encontrarla. Como resultado, Jeff no tenía que preocuparse acerca de ser un buen chico todo el tiempo. ¿Buen chico? ¡Era un delincuente juvenil hecho y derecho! Había sido arrestado una vez por robar un auto. Había sido arrestado una vez por conducir bajo influencia, bajo la influencia de qué, no estoy completamente seguro, pero debe haber sido bastante influyente porque metió el guardabarros delantero de la camioneta de su primo en una farola. ¿Qué más? Oh sí, Jeff había sido suspendido de la escuela dos veces, o tal vez tres, por varias razones: pelearse, fumar, llevar un arma, un cuchillo, creo que fue. Y una vez apareció para el primer periodo con el rostro lleno de moratones, el rumor era que había participado en una reyerta particularmente violenta en el Shamrock, un peligroso bar más allá en Ondaga, a un pueblo de aquí. Así que ese era Jeff Winger. Y de nuevo, la gran pregunta: ¿por qué tendría yo alguna razón para querer ser amigo de un matón como ese? Bueno, por un lado, no podía evitar notar que las chicas no se quedaban calladas alrededor de Jeff. No trataban a Jeff como la mejor amiga de su hermanita. En absoluto. A las chicas les encantaba Jeff. De acuerdo, no a todas las chicas. No, sólo para ser completamente preciso, a ninguna de las chicas que yo estaba particularmente interesado en conocer. Pero aun así, había chicas, que no son pocas, y ellas simplemente lo amaban. No es broma. Un día recuerdo que estaba sentado en la clase de álgebra. Y desafortunadamente, en el Instituto Sawnee, el álgebra es enseñada por el Sr. Gray1 , que es cada centímetro tan interesante como su nombre sugiere. ¿Sabes el sonido que hace un cortacésped cuando alguien está cortando la hierba a mitad de la cuadra? Como: ¿uuuuuuuuuhhhhhhhhhh? Así es como el Sr. Gray habla. 1 Gray: Se traduce como Gris, de ahí que diga que su profesor es tan aburrido como su nombre.
  • 31. 31 Así que de todos modos, el Sr. Gray estaba hablando monótonamente con esa voz uuuuuu-hhhhh acerca de cómo algún tipo imaginario llamado John Smith consiguió un trabajo y recibió un aumento de un tres por ciento en su salario cada cuatro años, lo cual, por cierto, sonaba como un trabajo bastante de mala muerte para mí. Y los números y letras que el Sr. Gray estaba garabateando en la pizarra estaban comenzando a desdibujarse ante mis ojos en una sola sombra borrosa. Y después de un rato en cierto modo me di la vuelta y miré por la ventana, esperando que pudiera haber una invasión alienígena o una guerra nuclear o algo entretenido ahí fuera para mantenerme despierto. Y en su lugar, al otro lado de la pista de atletismo, vi a Jeff por las gradas con Wendy Inge. Y para decirlo sin rodeos, Wendy Inge estaba colgando de sus labios como un cigarrillo. Ahora, de nuevo, déjame enfatizar: Wendy Inge no es una chica que realmente quiera conocer muy bien. De hecho, no es alguien de la que siquiera quiero estar muy cerca. Todo lo que estoy diciendo es: ella era una chica y no estaba siendo súper educada o formal o diciendo: «Oh, hola Jeff», como si él fuera su tía solterona. Nadie nunca confundía a Jeff con la tía solterona de nadie. Así que a veces no puedo evitar pensar: Oye, si pudiera aprender a ser sólo un poco más como Jeff, entonces, tal vez, la gente no esperaría que fuera tan bueno todo el tiempo. Tal vez las personas se sentirían más relajadas a mí alrededor. Tal vez podrían hacer payasadas conmigo como lo hacían con todos los demás. Tal vez Zoe reiría conmigo de la forma en que ríe con Mark Sales. Y ese es el por qué, cuando Jeff Winger me preguntó si quería ser uno de sus amigos, ese es el por qué dije: «Está bien. Claro». Porque estaba pensando: Oye, tal vez esta es mi oportunidad. Quizás esto es exactamente lo que necesito en mi vida. Quizás puedo aprender algo importante de estos chicos. Como dije: estúpido. Mucho.
  • 32. 32 5 Traducido por Katt090 Corregido por ☽♏єl sto es lo que sucedió cuando fuimos al granero… me refiero a Jeff, Ed P., Harry Mac y yo. Jeff encabezó la marcha. Ed P. y Harry Mac siguieron. Durante un minuto más o menos, todo lo que pude hacer fue estar de pie junto al Camaro, aferrando mi estómago y tratando de no vomitar. Yo estaba en muy mal estado en ese punto. Mi estómago dolía por los golpes de Jeff, mi rostro dolía por las bofetadas de Jeff, mi mano dolía por tener astillas en ella, me dolía el hombro por caer sobre él cuando Harry Mac me hizo tropezar, y mis pulmones me dolían de correr tanto. Además tenía un montón de cortes variados y moretones que demostraban mis aventuras de la tarde. Más que eso, mi cerebro era una especie de remolino. Sabía que no era una buena idea juntarme con estos chicos. Pero por las razones que ya he explicado, estaba un poco… no sé, curioso acerca de lo que iba a ocurrir a continuación. Era interesante. Era emocionante. Era justo el tipo de cosa que el hijo de un predicador no haría. Así que después de un momento de recuperar el aliento, me enderecé y seguí a los tres hacia el arenoso camino de entrada al granero. Jeff estaba abriendo un candado que mantenía a la gran puerta del granero cerrada. Luego Ed P. agarró la puerta y de alguna manera la abrió. El interior era oscuro y sombrío. ―Ponla en marcha ―dijo Jeff a Ed P. Ed P. se puso en cuclillas junto a la puerta. Podía verlo tirando de algo, del modo en que tiras del cable de una cortadora de césped o de una lancha. Después de un par de tirones, oí un motor de gas rugir a la vida. Adiviné lo que era: un generador portátil. Efectivamente, un momento después, algunas luces se encendieron en el interior del granero. E
  • 33. 33 Jeff se giró hacia mí, sonrió e hizo un gran gesto, barriendo su mano hacia el granero como diciendo: Entra en un mundo de encantos. Y lo hice. Las primeras cosas que noté en el interior del granero, las primeras cosas que cualquiera hubiera notado, fueron dos autos. Unos muy, muy buenos. Eran autos de lujo, como algo que algunas de las personas más ricas de la ciudad podrían haber conducido. Uno de ellos era un estupendo Audi negro y grande, cero kilómetros. El otro era más pequeño, un genial y elegante Mercedes plateado, también nuevo. El granero estaba iluminado por unas lámparas cubiertas, sostenidas en postes de plata altos, y las bombillas se dirigían hacia los autos para que se vieran como si estuvieran en una especie de exposición. ―¡Vaya! ―dije. Me moví alrededor de los dos autos, mirándolos. No me molesta decir que estaba impresionado. Mi papá conduce un Volkswagen Passat, que tiene casi cinco años y hace un tipo de traqueteo cuando va a más de cincuenta kilómetros por hora. Mi mamá conduce una minivan desgarbada que creo que se remonta a los días de vaqueros e indios. Tengo un permiso de conducir y he tenido la oportunidad de conducir el Passat algunas veces, pero más que nada me manejo con la bicicleta. Estaba fascinado mirando al Audi y el Mercedes en el granero. Me olvidé de todos mis dolores y heridas mientras imaginaba cómo se sentiría sentarse al volante de uno de esos bebés, manejar uno de ellos por la ciudad mientras todos se detienen a admirarme. El resto del granero era principalmente desorden y polvo. Un suelo de tierra apisonada y enredados cables de extensión. Había también una pequeña sala de estar en un rincón oscuro, un montón de sillas de oficina viejas, direccionales con tapicería rasgada, además de un viejo sofá que parecía rescatado de un basurero. Había una pequeña nevera también, una gran caja blanca de espuma de poliestireno con una tapa de espuma de poliestireno azul en ella. Jeff se dejó caer en una de las sillas. Se extendió en ella como un rey borracho en su trono. Giró hacia atrás y adelante. Por último, se inclinó hacia atrás y levantó la parte superior de la nevera de modo que se resbaló y se paró ladeada, apoyada contra el lado del frigorífico. Metió la mano en la caja y sacó una lata de cerveza. La arrojó hacia mí muy rápido, y la atrapé automáticamente. Me aferré a ella por un segundo y luego la tiré nuevamente hacia Harry Mac. Jeff se rió de mí. ―No vas a decirme que no bebes, ¿verdad? ―No ―dije―. Voy a dejar que adivines.
  • 34. 34 Todo el mundo dejó de moverse. Harry Mac y Ed P. miraron a Jeff para ver si se iba a enojar conmigo por ser un sabelotodo. Pero después de un segundo, Jeff se rió. ―Eso es de lo que estoy hablando ―le dijo a Harry Mac, señalándome―. Es un pequeño mocoso rudo. Me gusta eso. Ahora que sabían lo que tenían que pensar, Harry Mac y Ed P. asintieron en apreciación de mi actitud de pequeño mocoso rudo. Jeff le tiró una lata de cerveza a Ed P. y agarró una para sí. El granero hizo sonidos de pequeños estallidos y silbidos mientras abrían la lengüeta de las latas. ―Entonces ―dijo Jeff, relajándose en su silla―. ¿Qué piensas, mocoso? ―Él estaba señalando los autos ahora―. Están muy bien, ¿no? Miré los dos autos un poco más. Asentí. ―Están excelentes, muy buenos ―le dije. ―¿Cuál te gusta más? ―me preguntó Jeff. Me moví delante de ellos, examiné su guardabarros. ―Supongo que si tuviera que elegir uno, me quedaría con el Audi ―le dije―. Se siente como… ―No podía pensar en la palabra correcta. ―Dinero ―dijo, asintiendo hacia él―. Se siente como dinero. Es un auto lujoso. Asentí también. Estaba en lo cierto. Eso es lo que era. Era la clase de auto grande, como limosina, que conducían las personas que tenían mucho dinero. ―Entra ―dijo Jeff. Lo miré, inseguro, emocionado. ¿Lo decía en serio? Levantó la barbilla hacia el auto. ―Adelante. Entra en él. Ve lo que se siente. Me encogí de hombros. ¿Por qué no?, pensé. Me acerqué al Audi y tiré de la manija. La puerta no abrió. Miré a Jeff. ―Está cerrado ―le dije. ―¿Lo está? ―dijo Jeff, aunque yo estaba bastante seguro de que ya sabía que lo estaba. Hizo un gesto a Harry Mac con su lata de cerveza―. Sam dice que el auto está cerrado, Harry. ―¿Ah, sí? ―respondió Harry Mac torpemente. Harry lo decía todo así. Tenía el tipo de voz que, en el momento en que lo escuchabas, sabías que tenía el mismo conocimiento, inteligencia y sensibilidad que un puñado de tierra―. ¡Qué mierda!
  • 35. 35 ―Bueno, no te quedes ahí parado ―le dijo Jeff Winger―. Enséñale a nuestro nuevo amigo Sam cómo entras en un auto cuando está cerrado. Harry Mac entendió y sonrió lentamente. Se acercó al Audi… no. Se contoneó hacia el Audi, como si se sintiera un adulto porque Jeff le había dado esta importante tarea. Llevaba una sudadera con capucha negra. Metió la mano en su bolsillo y sacó una herramienta: una especie de navaja suiza, una de esas herramientas con cuchillas y extensiones múltiples. La sostuvo en alto para mí. ―¿Sabes cómo llamamos a esto? ―dijo. Negué. ―Lo llamamos Destructor ―dijo Harry Mac―. ¿Sabes por qué? Negué nuevamente. ―Porque echa abajo cualquier cosa. Mira. Miré. Harry Mac desdobló una hoja larga y delgada del Destructor. Lo movió sin problemas a través del borde de la ventana del Audi. Un momento después, la puerta se abrió. ―Genial, ¿eh? ―dijo Jeff desde su silla. Asentí. Porque tenía que admitir que era bastante genial. Era justo el tipo de cosas que yo quería ver. El tipo de cosa no tan buena que el hijo de un predicador nunca ve. ―Ahora mira esto ―dijo Harry Mac. Me apoyé en la puerta y vi como Harry Mac se tumbó en el asiento delantero y metió la mano bajo el volante. Usó otra de las extensiones del Destructor, moviéndolo detrás del tablero por un momento. Entonces, de repente, con un rugido emocionante, el motor del Audi se encendió. Harry Mac se sentó y levantó el Destructor para que yo lo examinara. ―Pan comido, ¿no? ―dijo. Jeff se rió con deleite. ―Deberías ver la expresión de tu cara, mocoso. ―Entonces hizo un gesto con la lata de cerveza hacia Harry―. Apágalo ―dijo. Harry Mac utilizó el Destructor para apagar el motor. Salió y cerró la puerta del auto, que hizo un silbido mientras cerraba. ―Ahora hazlo tú ―dijo Jeff. Sorprendido, me giré hacia él. ―¿Yo? ―dije. ―Claro. Muéstrale como abres la puerta, Harry.
  • 36. 36 No pasó mucho tiempo. En sólo unos minutos, Harry me enseñó a usar la cuchilla del Destructor para desbloquear el Audi. Me metí en el auto y me senté detrás del volante. Oh, Dios, ¡estaba muy bien! Era una sensación agradable. Los asientos eran de cuero suave. Había un fresco y dulce olor, como si fuera nuevo, directamente de la fábrica. Y con el monitor de GPS integrado y los complicados controles de la radio y de la temperatura, el tablero de instrumentos se veía como algo que ves en la cabina de un avión. Pasé los dedos sobre la superficie lisa del volante. Era fácil imaginarme manejando por la carretera en esta belleza. No es probable que ocurriera en la vida real. Cuando consiguiera mi licencia de conducir, tendría suerte si de vez en cuando pudiera tomar prestado el Passat como mi hermano mayor a veces hacía. Era bastante dudoso que alguna vez llegara a manejar algo como esto. ―Ahora muéstrale cómo encenderlo ―dijo Jeff. Harry Mac me mostró cómo utilizar el Destructor de nuevo. Cuando hice que el Audi rugiera a la vida por mi cuenta, me reí a carcajadas. Era una sensación muy emocionante tener esa gran máquina zumbando suavemente a mí alrededor. Me hizo sentir poderoso, como si ahora pudiera entrar en cualquier auto que quisiera, en cualquier momento. Jeff se levantó de su silla. Llevó su cerveza a la puerta abierta del auto. Miró hacia mí con sus ojos ladinos. Con el mentón señaló el Destructor que yo todavía estaba sosteniendo en una mano. ―Hay muchas cosas más que eso puede hacer, mocoso. ¿Quieres ver? Levanté la vista hacia él. El auto zumbaba a mí alrededor. Todo parecía emocionante, peligroso, diferente de todo lo que había hecho antes. Pensé: Oye, ¿qué hay de malo? No es como si estuviera robando nada. Los autos ya están aquí. ―Claro ―dije en voz alta―. Muéstrame.
  • 37. 37 6 Traducido por Xhessii Corregido por ☽♏єl ui de nuevo al granero el día siguiente. Y el día después de ese. Y el día siguiente. Dejé de correr. Dejé de entrenar para atletismo. En cambio, iba en bicicleta por la colina hacia el granero y me juntaba con Jeff, Harry Mac y Ed P. Ellos me enseñaron cómo irrumpir en diferentes tipos de autos y cómo encenderlos sin llave. Me enseñaron cómo abrir un bloqueador del volante para poder conducir los autos una vez que los arrancara. Incluso me dejaron conducir el Audi un par de veces… sólo alrededor de la entrada y unos cuantos cientos de metros por el camino sucio y vacío. Aun así, fue genial. Era muy divertido. También me enseñaron otras cosas. Cómo abrir diferentes cerrojos, candados y pestillos. Incluso me enseñaron una manera de desactivar un teclado computarizado si era del tipo correcto. Todo eso usando el pequeño Destructor con sus muchas herramientas en su interior. ¿Cómo se sentía hacer cosas como estas? Era emocionante. Me hacía sentir que no era el inocente y aburrido hijo del predicador. Cuando iba a la escuela durante el día, y Jeff me saludaba en el pasillo, o Harry Mac me asentía, o Ed P. y yo chocábamos manos mientras caminábamos, pensé que veía a los otros niños mirándome diferente. Sentía como si estuviera en algo en lo que ellos no podían entrar, y que sabía algo que ellos no. Algo secreto. Algo peligroso. Algo prohibido. Y me decía: Oye, es sólo pasar el rato. No es como si realmente estuvieran irrumpiendo en el auto de alguien. No es como si realmente estuviera robando algo. No estoy haciendo algo realmente malo. Pero sí, sabía que no era verdad. Sabía que los autos en el granero no le pertenecían a Jeff. Sabía que las cosas que Jeff y sus amigos hacían estaban mal… sin mencionar que eran ilegales. Sabía que no debería salir con unos F
  • 38. 38 matones como ellos. Y sabía que cada día que salía con ellos me haría más difícil decirles que no lo haría más. Pero sabía que tenía que parar. Jeff seguía diciendo que estaba casi listo para un “trabajo”. Y tenía una muy buena idea de lo que un trabajo era. Y una vez que saliera con Jeff y su banda, una vez que realmente robara, iba a ser incluso más difícil para mí hacer las cosas correctas. Ahora, durante este tiempo, no hablé mucho con mis padres. De hecho, los evitaba. Lo que era más fácil de lo que te puedes imaginar. Verás, mi familia vivía en la rectoría de la iglesia de East Valley, la cual estaba casi diagonalmente detrás de la iglesia, en la calle Maple. Era una casa enorme, con muchas puertas (tantas puertas que podía entrar e ir a mi habitación sin que nadie me viera). Además mis padres y mi hermano mayor siempre estaban ocupados, usualmente tan ocupados, que ni se daban cuenta de si estaba alrededor o no. John, mi hermano, usualmente estaba ocupado con la universidad a la que iba a ir. Sabía esto porque siempre que golpeaba su puerta, él me gritaba: ―Déjame solo. Estoy trabajando en elegir a qué universidad voy a ir. Eso era difícil porque prácticamente cada universidad en Estados Unidos lo quería. John siempre fue de trabajar duro, siempre tenía su rostro metido en los libros, o estaba trabajando en sus habilidades de fútbol o lo que sea. Pero ahora apenas lo veía. Mi mamá estaba ocupada con… bueno, con las millones de cosas diferentes que hacen las mamás. Si ser el hijo del predicador era duro, supongo que ser la esposa del predicador tampoco era tan fácil. Ella se auto-proclamó la directora musical de la iglesia que no recibe salario, además, dirigía un puñado de comités e instituciones de beneficencia, y siempre iba con unos jeans sucios y una sudadera a reconstruir una casa, a pintar un centro infantil, o a servir comida a los sin techo. Y también servía la comida a los con techo es decir, a nosotros; mantenía la casa limpia, lavaba la ropa y cosas como esas. Así que sí, estaba ocupada. Y mi papá, por supuesto, estaba ocupado con todas las cosas que hacía: reunirse con la gente en la iglesia, visitar gente enferma, enterrar gente muerta, casar a la gente enamorada, escribir sermones, dar sermones y otras cosas como esas. Y escucha, mi mamá, mi papá y mi hermano eran todos gente buena… realmente lo eran. Sólo que estaban ocupados, eso es todo. Lo que me hacía, como dije, fácil ir y venir a casa al final del día, ir a mi habitación, hacer mi tarea y todo eso, sin hablar con nadie en absoluto. Finalmente una tarde, la tarde antes de que todo el problema empezara, estaba en el granero con Jeff y los chicos. Jeff estaba sentado en su silla-trono de respaldo alto, con una cerveza en la mano. Ed P. estaba sobre el asiento
  • 39. 39 delantero de uno de los autos, con sus piernas sobresaliendo por la puerta. Él estaba haciendo algo con la radio, no estaba seguro de qué. De cualquier modo, no era el mismo auto que antes. Era un gran BMW azul. El Audi se había ido, no sé a dónde. Harry Mac estaba acostado en el sofá, leyendo el Sports Illustrated. Y yo estaba sentado en una de las sillas, examinando uno de los Destructores que utilizábamos para irrumpir, sacando las diferentes navajas y herramientas fuera, mirándolas y regresándolas a su lugar. De repente Jeff dijo: ―Puedes quedarte esa si quieres. Sobresaltado, lo miré. ―¿Qué? ―Sí. El Destructor. Quédatelo. Es tuyo. ―Oh, no, no quiero… ―Quédatelo, te lo digo ―dijo Jeff―. Es un regalo. No puedes insultarme regresándolo. Abrí de nuevo mi boca, pero nada salió. Después de todo, no quería insultarlo. ―De cualquier modo ―dijo Jeff―, vas a necesitarlo. Para un trabajo. Pronto. Sentí que mi boca se secó. Sentí que mi garganta se estrechó. Lamí mis labios, tratando de pensar en algo que decir. Pero no pude pensar en nada. Lentamente, casi como si mi mano trabajara por sí misma, deslicé el Destructor en mi bolsillo. Esa noche, después de la cena, fui escaleras arriba a mi habitación. Me sentía mal, realmente mal. Estaba asustado sobre lo que iba a pasar. Quería zafarme de esto. Había llegado demasiado lejos. Quería decirle a Jeff que no iba a ir más al granero, pero sabía en mi corazón que no iba a decírselo. Tenía miedo de hacerlo, de que me golpeara. Temía que ya no le agradara. Tenía miedo de no sentirme genial cuando fuera a la escuela y de regresar a ser un HP (hijo de predicador). Me senté en mi computadora y me di cuenta que Joe Feller estaba conectado. Joe es un chico grande, amigable y amable, como un perro San Bernardo en forma humana. Nos conocemos desde que éramos pequeños. Sus
  • 40. 40 padres solían ir a nuestra iglesia, y Joe y yo salíamos juntos después de la escuela dominical. Hace un año, el papá de Joe consiguió un trabajo en Albania y se mudaron. Pero Joe y yo seguimos chateando todo el tiempo. Desarrollamos un código, que es parcialmente las usuales abreviaciones como LOL2 e IMHO3, pero también es en parte cosas que hemos inventado con el tiempo y que nos hemos acostumbrado a usar. Así que si transcribo nuestro chat palabra por palabra, se vería como una sopa de letras que nadie salvo nosotros sabemos. Así que te ahorraré el trabajo de traducirlo y lo haré yo mismo. Fue así: YO: ¿Estás ahí? JOE: Siempre en el teclado. YO: Tengo un problema. JOE: Me fascinas de manera extraña. YO: Hice algo realmente tonto. JOE: Cuéntame todo. YO: Me estoy juntando con Jeff Winger. JOE: ????? YO: Lo sé. Y con Ed P. y Harry Mac. JOE: Eso ES tonto. YO: Lo sé. JOE: Eso es dragnet. YO: Lo sé, lo sé. (Dragnet es un viejo programa de televisión policíaco que a Joe le gusta porque piensa que es anticuado y divertido. La canción principal es así: “Dum- de-dum-dum4”. Así que “dragnet” es su manera de decir que algo es realmente, muy tonto.) JOE: ¿Qué haces? ¿Con Jeff? YO: Nada. Ellos me enseñan cosas. JOE: ? YO: Irrumpir en autos. Abrir candados. JOE: ¡Genial! 2 LOL: Abreviación de “laughing out loud”. En español, riéndome mucho. 3 IMHO: Abreviación de “in my humble opinion”. En español, en mi humilde opinión. 4 Dum-de-dum-dum: Suena como dumb, que en español significa tonto.
  • 41. 41 YO: !!! JOE: Pero dragnet. YO: Correcto. JOE: Deberías detenerte. YO: Gracias, Yoda. Tu sabiduría me asombra. JOE: Pero si te detienes, ellos te matarán. YO: Bingo. JOE: Además, ya no serás genial. Sabía que Joe me entendería. Como dije, nos hemos conocido durante mucho tiempo. YO: ¿Qué es lo que piensas? JOE: Es malo. YO: Lo sé. JOE: Realmente malo. YO: Lo sé. JOE: Dragnet. YO: ¡LO SÉ! JOE: No tienes que gritar. Entonces hubo una gran pausa. Miré al monitor. Como dije, no había más que un montón de letras: YHAP Rly? SA WDID… y así sucesivamente. Pero vi toda la conversación en mi mente, como si lo estuviéramos hablando detalladamente. No fue una visión agradable. La pausa continuó por un largo momento… y entonces vi algo que hizo que mi corazón se sintiera pesado en mi pecho. De hecho, hizo que mi corazón se hundiera como una piedra, bang, directo a mis pies. Tres números aparecieron en la pantalla: 911. Gemí en voz alta. Nueve-uno-uno era parte de nuestro código personal: significaba que la situación era tan mala, que las cosas se habían salido tanto de las manos, que no había otra cosa que hacer que decirle la verdad a tus padres sobre ello. Y mi corazón se hundió cuando lo vi, porque sabía que Joe tenía razón. Y decirles a mis padres que me juntaba con Jeff Winger no iba a ser nada bonito.
  • 42. 42 YO: Tiene que ser mi papá. JOE: Cierto. YO: Será malo. JOE: Muy malo. YO: Él realmente me la dará. Él me dará La Mirada. Una vez más, hubo una pausa antes de que Joe respondiera. Entonces… JOE: Aguanta La Mirada. 911. Miré la pantalla por mucho tiempo, pero finalmente asentí. Suspiré. Me levanté, llevándome conmigo mi pesado corazón. Mi pesado corazón y yo fuimos a la puerta. Me detuve en el pasillo… y estuve sobresaltado de ver a mi papá justo enfrente de mí. Mi papá es alto, delgado, de cara larga, y calvo. Recuerdo que cuando era un niño pequeño era siempre fácil dibujarlo. Sólo hacía una figura de palitos muy larga con una cabeza larga y calva. Ah, y con lentes redondos. Él siempre usa lentes redondos. Salí al pasillo y ahí estaba él, cernido sobre mí… su espalda, porque estaba pasando por mi habitación yendo a las escaleras. ―Hola, papá ―dije. Él se giró como si estuviera sorprendido de verme, tanto como yo lo estaba. Parpadeó detrás de sus lentes redondos como si lo hubiera despertado de un sueño. ―Hola, Sam ―dijo él. Supe enseguida que algo estaba mal. Usualmente mi papá tiene una clase de expresión seria pero feliz en su rostro. Sé que suena sin sentido, pero lo tiene cuando lo ves. Me refiero a que mi papá no es la clase de hombre que siempre camina con una gran sonrisa o hace bromas y se carcajea (como el papá de Joe Feller, quien es un vendedor). Él es más del tipo que siempre está pensando en algo, así que se ve serio, pero parece que le gustara pensar en eso, así que también se ve feliz. Pero no se veía feliz ahora. Para nada. De hecho, incluso a través de la luz que se reflejaba en sus lentes redondos, podía ver una expresión de dolor en sus ojos. ―¿Tienes un minuto? ―le pregunté.
  • 43. 43 Él parpadeó de nuevo. Se veía como si fuera realmente complicado pensar en una respuesta. Entonces dijo: ―Estaba por salir. Hay una emergencia en la casa de los Boling. ¿Es algo urgente o puede esperar? Dudé. Sabía lo que “una emergencia en la casa de los Boling” significaba. El señor Boling es un amigo cercano de mi padre, quizás sea su mejor amigo. Ellos se conocen desde la universidad, cuando papá era un estudiante y el señor Boling era uno de sus profesores. El señor Boling le enseñó a mi papá un montón e incluso lo ayudó a decidir cuando quiso ser un predicador. Más tarde, cuando el señor Boling se jubiló de la universidad, ayudó a papá a conseguir el trabajo en la iglesia de East Valley aquí en Sawnee. Supongo que dirás que el señor Boling es el mentor de papá. Es mucho más viejo que mi padre, obviamente. Y ahora se ha enfermado gravemente. Como en: las cosas no se ven nada bien. Sé que mi papá quería estar con su amigo en caso de que esta fuera la última vez que lo veía. Así que puse una voz relajada y dije: ―Oh no, no es urgente. Ve con los Boling. Podemos hablar más tarde. Espero que las cosas salgan bien. Mi padre sonrió tristemente. ―Te veo más tarde, Sam ―dijo él. Se giró y bajó las escaleras. Permanecí allí de pie en el pasillo y suspiré. Supongo que estaba un poco aliviado de no haber tenido que decirle a papá sobre Jeff Winger, pero mayormente estaba decepcionado porque ya había juntado el coraje para decirle, y realmente necesitaba su consejo. No creo que mi madre sea tan útil. No es que mi mamá no sea inteligente o algo así, es sólo que tiende a dar consejos que estarían bien si los fueras a utilizar, pero simplemente no vas a hacerlo. Me refiero a que dice cosas como: «Repórtalo con tu maestro». O, «Simplemente explícale que no está bien para él que agarre el dinero de tu almuerzo». Ese tipo de cosas. Sólo digo que los consejos de mi papá son más prácticos. Así que me quedé parado y escuché que la puerta principal se cerraba mientras papá salía para ver a su amigo. Y entonces metí las manos en mis bolsillos, preguntándome qué debería hacer. Luego, sin realmente pensarlo, deambulé por el pasillo hacia el estudio de mi padre. Realmente no estoy seguro de por qué lo hice. Simplemente sentí que debía hacerlo. De alguna manera, estar en su estudio me hacía sentir mejor. Las luces estaban apagadas, excepto por la pequeña luz de lectura en su escritorio. Él siempre olvidaba apagarla cuando salía. La luz brillaba en el
  • 44. 44 Kindle que había estado leyendo y enviaba un resplandor sobre el resto de la habitación. El resto de la habitación eran mayormente libros, estantes de libros en cada pared excepto una que tenían las ventanas que daban al patio trasero. También había un par de sillas para que la gente se sentara cuando venían a visitarlo y a hablar. El escritorio era enorme: una cosa de madera vieja y enorme que casi se estiraba de una pared a la otra. Caminé a su alrededor y me senté en la silla de mi papá. La silla también era grande: de cuero y giratoria, con un respaldo alto. Mi mamá la había conseguido para papá en Navidad hace unos cuantos años. Era suave y cómoda. Me senté en la silla y giré de un lado a otro. Tenía la mano derecha en mi bolsillo. Estaba envuelta alrededor del Destructor. Acaricié el metal frío con los dedos. Estaba pensando: ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Una y otra vez. No era exactamente una oración, estaba demasiado avergonzado para rezar. Era más como un cántico. Pero secretamente esperaba que Dios tuviera lástima de mí, y me enviara una respuesta… rápido. Mientras giraba y pensaba, mis ojos pasaron sobre el escritorio, la computadora, la carta abierta, el porta-bolígrafos, el Kindle bajo la lámpara de lectura. Luego giré alrededor y miré los libros en los estantes, los cuales tenían sus lomos sumidos en las sombras. También había otras cosas en los estantes. Fotografías de mamá, de mi hermano y mías. Había un dibujo que yo había hecho cuando tenía, no sé, cinco o algo así: un dibujo de un cohete hecho con crayolas. No sé por qué papá lo había enmarcado y guardado, pero lo hizo. También había un dibujo de mi hermano John. Y había otras cosas: regalos y suvenires que la gente le había dado a papá, o que él había traído a casa de uno de sus viajes. Una antigua moneda montada en un bloque de madera. Una cruz tallada de una iglesia de África. Algunas de estas cosas eran difíciles de reconocer en la sombras, pero las había visto tantas veces que ya sabía lo que eran. Pero entonces vi algo que no reconocí, algo que no había visto antes. Quizás era nuevo, o quizás no me había dado cuenta de él. Era una pequeña estatuilla de un ángel. Incluso en las sombras podía decir eso porque sus alas estaban extendidas. También estaba levantando una espada, así que supuse que era el Arcángel Miguel. Es la cabeza del ejército de Dios y batalla con Satanás en la Biblia, así que siempre se lo representa con una espada. Como dije, nunca antes me había dado cuenta de la estatuilla, así que me levanté de la silla y caminé hacia ella para tener una mejor vista. Era una estatua pequeña, no mucho más grande que mi mano. La levanté y la miré más
  • 45. 45 de cerca. Era Miguel, todo bien, con su espada angelical levantada. Y en la base estaban grabadas algunas palabras: RECTE AGE NIL TIME Las palabras me dieron una sensación extraña. Pensé que probablemente eran latín, pero no sabía leer latín, y no tenía idea de lo que significaban. Al mismo tiempo, tuve esta extraña sensación en mi cabeza de que las palabras estaban dirigidas especialmente a mí. Quizás necesitaba tanto un consejo que estaba listo para encontrarlo en cualquier parte, pero aun así, tenía la sensación de que la estatua del ángel estaba respondiendo a mi cántico: ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Se me vino a la cabeza que si podía encontrar el significado de esas palabras, lo sabría. Bajé la estatuilla al estante y salí del estudio. Me dirigí por el pasillo a mi habitación. Mi habitación no se parece en nada a la de mi padre. Primero, es un gran desastre. Y no hay tantos libros. La mayoría de las paredes están decoradas con posters, los cuales mayormente son de mis videojuegos favoritos. Como “La Evolución de Mario”, mostrando cómo Mario había ido de ser pixelado en los viejos días a ser tridimensional en la actualidad. Luego estaba Batman del juego Arkham Asylum, el Príncipe de Persia, y más. También está mi cama y mis cosas. Y mi computadora, una MacBook, en la mesa grande que está desordenada con todos mis libros y papeles de la escuela. Así que me senté frente a la computadora. Abrí Google y escribí las palabras que había visto en la estatuilla del ángel: Recte Age Nil Time. La traducción apareció rápidamente en la pantalla. Me incliné sobre mi silla y respiré profundamente. Porque ahora no pensaba que las palabras eran la respuesta a mis oraciones. Ahora sabía que lo eran. Sabía que eran el consejo que estaba buscando. Supongo que lo chistoso era que esas palabras habían iniciado todo el problema. Eran esas palabras las que cambiaron todo. La traducción en la pantalla decía: HACER LO CORRECTO. SIN TEMOR A NADA.
  • 46. 46 7 Traducido por RoChIiI Corregido por ☽♏єl az lo correcto. Sin temor a nada. Buen consejo. Y no voy a pretender que no sabía qué era lo correcto para hacer. Claro que lo sabía. Era la parte de “sin temor a nada” con la que estaba en problemas. ¿Cómo se supone que no le temas a nada? Quiero decir, si tienes miedo, ¿cómo se supone que lo apagues? Ese día, después de la escuela, monté mi bicicleta por el largo camino hacia el granero. Mi estómago se sentía hueco y frío, como un cañón vacío con viento soplando a través de él. Ese era el miedo, supongo. Tenía miedo de lo que pasaría si le dijera a Jeff que no seguiría yendo, y tenía miedo de lo que pasaría si no lo hacía. Todavía era por la tarde. Había mucha luz, pero empezaba a ganar esa coloración especial de cuando el día se apaga camino al anochecer. La calle estaba escabrosa y desigual. Mis neumáticos golpeaban en los baches y piedras, y tuve que trabajar duro para mantener el manubrio estable. Zigzagueé entre agujeros profundos en el asfalto para mantener las ruedas en las superficies más lisas. Me tomó mucha concentración. Realmente no podía prestar mucha atención al paisaje que me rodeaba. De todos modos, el paisaje era en su mayoría árboles, un bosque disperso a ambos lados del pavimento. Cuando tuve la oportunidad de mirar hacia arriba, vi la luz del sol poniente entrando a raudales por las ramas de invierno. El bosque estaba quieto y en silencio. El único sonido era el traqueteo y el golpe de mi bicicleta subiendo por la colina. Entonces, de repente, hubo un crack: un fuerte y alarmante crujido. Sin pensarlo, levanté la vista hacia el sonido. Al segundo de hacerlo, mi neumático delantero golpeó un bache. El manubrio se torció en mis manos. H
  • 47. 47 Tuve que frenar fuerte para no perder el control. La bicicleta se detuvo, mis pies bajaron a la acera para mantenerla firme. Me senté allí, mirando hacia el bosque. Mirando fijamente el lugar de donde el sonido, el fuerte crack, había venido. Había visto algo… moviéndose allí. Justo antes de que parara la bicicleta, había visto una figura, una persona, lanzándose detrás de un árbol. Ese sonido que había oído era el sonido que hace una rama cuando está tendida en el suelo y alguien, o algo, la pisa. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Mis ojos se movieron lentamente por los árboles. Alguien estaba allí. Había alguien en el bosque. Era una sensación extraña, sentarme en mi bicicleta, solo en la calle al atardecer, con nada más que árboles a mí alrededor, sabiendo que alguien estaba allí, escondido, mirándome. No me gustaba. Mi primera idea fue empezar a pedalear de nuevo y salir de allí, llegar hasta el granero, pero dudé. No me gustaba la idea de huir tampoco, sobre todo cuando algo que no podía ver podría estar persiguiéndome. No, pensé que sería mejor averiguar qué estaba allí. Así que grité: ―¿Hola? No hubo respuesta. Silencio desde el bosque. Un gran silencio que pareció llenar todo. Estaba a punto de gritar de nuevo cuando un movimiento llamó mi atención. Una cabeza se asomó desde atrás de un árbol. Dejé escapar un suspiro de alivio. Era una chica. La reconocí de inmediato. Su nombre era Jennifer Sales. Recuerdas a Mark Sales, la estrella de atletismo, ¿no? El guapo con el que Zoe Miller siempre estaba hablando. Bueno, Jennifer Sales era la hermana menor de Mark. Su rara hermana menor, para ser más precisos. Rara era definitivamente la mejor palabra para describirla. Era una chica encorvada, tímida y tranquila; una niña pequeña, pequeña y delgada. Era de mi edad, dieciséis. Tenía el cabello marrón, largo y lacio, que enmarcaba un rostro pálido, serio. En realidad, era algo linda, de una manera tímida y estudiosa. Pero siempre parecía estar en su propio mundo, viviendo dentro de su propia cabeza. Estaba sola en la escuela y se movía por el pasillo cerca de las paredes, como si fuera la sombra de alguien. Cuando tratabas de hablar con ella, muchas veces decía cosas que eran… bueno, raras, como dije. Por ejemplo, rimaba las palabras, o hilaba unas que no tenían mucho sentido.
  • 48. 48 Lo hacía como si se tratara de una broma. Decía que era una broma si alguien lo notaba, y se reía como si pensara que era muy divertido. Pero a veces tenía la sensación de que no podía dejar de hacerlo, que las palabras simplemente salían de ella antes de que pudiera detenerlas. Unos chicos se habían burlado de ella una o dos veces, insultándola o riéndose. Pero Mark les puso los puntos, y no volvió a ocurrir. Mark era un buen tipo, pero también era grande, y no querrías ponerte en contra suya. Él amaba a su hermana. Decía que ella era simplemente diferente, eso es todo, como que tal vez ella era un poeta o algo así. De todos modos, la mayoría de los chicos en la escuela eran decentes y trataban de ser amables con ella siempre que fuera posible. Sin embargo, ella parecía querer estar sola, y un montón de veces lo estaba. Jennifer miró hacia mí desde detrás del árbol con grandes ojos, como si tuviera miedo de mí, como si pudiera ser un monstruo o algo así. Ahora que sabía quién era, no quería molestarla ni nada, pero estaba un poco preocupado por ella. Quiero decir, ¿qué estaba haciendo en el medio de la nada, en medio del bosque, con nadie más por ahí? Si hubiera sido cualquier otra persona, probablemente no me habría molestado, pero siendo Jennifer… No sé, pensé que podría estar pérdida o algo. Así que le hablé: ―Hola, Jennifer. ¿Cómo va todo? En el momento en que dije su nombre, pareció relajarse un poco. Medio salió de detrás del árbol, aunque seguía de pie cerca de él, como si pudiera tener que agacharse detrás de él en cualquier segundo. Levantó la mano en un saludo tímido. ―Hola ―dijo. ―¿Estás bien? ―le pregunté. Ella asintió. ―Por supuesto. Miré a mí alrededor. No había nadie más a la vista. ―¿Estás aquí arriba sola? Ella asintió. ―Sólo estoy caminando. Y hablando ―agregó. Creo que en gran parte, lo hizo porque rimaba. No tenía mucho más que decirle, y pensé en simplemente decir adiós e irme de nuevo. Pero aun así, algo acerca de esto no parecía bien de alguna manera. Era un largo camino de regreso a la ciudad a pie. Odiaría dejarla sola por aquí y que algo malo le ocurriese.
  • 49. 49 ―¿Estás bien? ―le pregunté de nuevo―. ¿Te has perdido o algo así? ¿Necesitas que te acompañe de vuelta a la ciudad? ―No. ―Señaló al bosque a sus espaldas―. Tengo mi bici. Bicicleta. Cicleta.5 Así que puedo ir dando vueltas y vueltas. Y abajo. Colina abajo. A casa. Ves a lo que me refería con la forma en que hablaba. Era realmente extraña. ―Está bien ―le dije, pero todavía me sentía mal por dejarla sola―. ¿Estás segura de que vas a estar bien? Hasta este punto, Jennifer se había quedado de pie junto al árbol, con una mano apoyada en él como si quisiera asegurarse de que no iba a huir de ella. Llevaba un jeans y un suéter con grandes rayas verdes horizontales. Todavía hacía bastante frío, especialmente en esta hora del día, así que también tenía una chaqueta de lana azul, aunque la mantenía desabrochada. El sol estaba detrás de ella, los rayos cayendo a su alrededor. Estaba parada en un pequeño charco de sombra, una figura oscura. Era difícil distinguir la expresión de su cara. Pero ahora se apartó del árbol. Oí las hojas crujir bajo sus zapatos mientras caminaba lentamente hacia mí. Salió al camino y siguió acercándose, poco a poco, paso a paso, mientras yo me sentaba en mi bicicleta observándola. Se acercó a mí. Se detuvo cerca. Muy cerca. Tan cerca que podía sentir su aliento en mi cara. Se inclinó hacia mí, mirándome, estudiándome. Yo sólo me quedé sentado en la bicicleta. No sabía qué hacer ni qué decir. Dejé que mirara tanto como quisiera. ―Sam ―dijo finalmente. Era como si acabara de descubrir quién era yo―. Tú eres Sam Hopkins. ―Claro, Jennifer ―dije―. Tú me conoces. Estás en mi clase de inglés. ―Te conozco ―repitió ella―. Te puse en mi celular. ―Lo sacó de su bolsillo y lo sostuvo en alto, sin dejar de mirarme―. Puse a todos los de la escuela en mi celular. ―Bueno… muy bien ―le dije. No sabía qué más decir. Ella guardó el teléfono de nuevo. ―Tu padre es un sacerdote ―dijo entonces. ―Bueno, nosotros no los llamamos sacerdotes, nosotros… ―Un sacerdote es un padre ―dijo―. Tu padre es un Padre. Padre, Padre. Más lejos y más lejos. Mi padre está lejos y más lejos cada vez6. 5 Bici. Bicicleta. Cicleta: En inglés, “My bike. My bicycle. My-cycle”. Es una rima y un juego de palabras entre bicycle (bicicleta) y My-cycle (mi bicicleta).
  • 50. 50 Murmuró todo esto en voz baja y rápida, y continuó mirándome al mismo tiempo. Fue realmente espeluznante. Luego sonrió. ¿Y sabes qué? Eso fue aún más espeluznante. Era una especie de pequeña sonrisa secreta. Sus ojos brillaban, como si estuviera a punto de compartir algo conmigo, algo muy especial que nunca le había dicho a nadie. ―¿Sabes lo que estoy haciendo aquí? ―dijo. Permanecí allí en mi bicicleta, devolviéndole la mirada. Estaba un poco hipnotizado por ella, por la forma en que me miraba, y por su sonrisa secreta y sus ojos brillantes. Poco a poco sacudí la cabeza. ―No ―dije―. ¿Qué estás haciendo aquí? Se acercó aún más, inclinándose incluso más cerca de mí. Y susurró: ―Estoy buscando al diablo. Sentí un escalofrío a través de mí y me estremecí Era una cosa extraña de decir, y la manera en que lo dijo hizo que sonara aún más extraño. Estar allí, en el medio de la nada, rodeado de bosques, sólo ella y yo, era en realidad un poco aterrador. Mis labios se abrieron mientras intentaba pensar en una respuesta. Pero antes de que pudiera, algo aún más aterrador pasó. Oí un rugido de motor y me giré para ver el Camaro rojo de Jeff Winger acelerando hacia nosotros. 6 Tu padre es un Padre. Padre, Padre. Más lejos y más lejos. Mi padre está lejos y más lejos cada vez: En inglés, “Your father’s a father. Father Father. Farther and Farther. My father’s farther and farther away. Es una rima entre father (padre) y farther (lejos).
  • 51. 51 8 Traducido por Caamille Corregido por ☽♏єl upe inmediatamente que esta era una mala situación. Jeff y sus amigos eran bravucones, y Jennifer era una víctima natural, si alguna vez hubo una. Era pequeña, débil, extraña, confundida, y estaba completamente sola en el medio de la nada. El minuto en que Jeff fijara sus ojos en ella, habría problemas. Estaba seguro de eso. Miré el cromado del guardabarros del Camaro abriéndose paso en la colina hacia nosotros. Entonces miré a Jennifer. Ella ni siquiera se había girado ante el sonido del auto. Todavía me estaba mirado, todavía me estaba estudiando, como si esperara encontrar algo sorprendente escondido en mi cara. Tuve este instinto de decirle que huyera mientras todavía había tiempo, antes de que el auto nos alcanzara. Pero no lo hice. Debí hacerlo. El Camaro rugió justo hacia nosotros, tan rápido que quité mi bicicleta del camino para asegurarme de que no ser aplastado. Pero justo antes de que el auto me alcanzara, se detuvo. Las puertas se abrieron inmediatamente. Jeff, Ed P. y Harry Mac salieron y se acercaron a nosotros. Solo entonces Jennifer se giró hacia ellos. Fue como si tan sólo se hubiera dado cuenta que habían llegado en ese momento. La oí tomar una pequeña respiración temerosa. Vi sus ojos agrandarse. Estaba asustada. No la culpaba. Yo también lo estaba. Traté de hablar en un tono de voz normal y relajado. ―Hola, chicos ―dije―. ¿Van hacia el granero? ―Supongo que esperaba que si pretendía que todo estaba bien, entonces de alguna manera así sería. Pero Jeff ni siquiera me respondió. Ni siquiera me miró. Se acercó y se puso en frente de nosotros con sus amigos flanqueándolo, Ed. P. detrás de su S