LITERATURA UNIVERSAL VI 
SELECCIÓN DE CUENTOS POSMODERNISTAS 
FRANZ KAFKA 
EL VIEJO MANUSCRITO 
Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el 
momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos 
acontecimientos recientes nos inquietan. 
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas 
abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la 
plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo 
que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos 
de las f ronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día. 
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en af ilar las 
espadas, en aguzar las f lechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza 
tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de 
nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero 
esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el 
riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos. 
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma 
propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese 
graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan 
incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender 
nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer 
ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con f recuencia hacen muecas; en esas 
ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren 
decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No 
puede af irmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a 
un lado y se las cede. 
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando 
veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se 
la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un 
jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El 
carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros 
comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se 
encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo 
que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días. 
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una 
mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una 
hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y 
almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde 
todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir 
hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, 
estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey. 
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las 
ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín 
más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, 
contemplando cabizbajo lo que ocurría f rente a su palacio. 
-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y 
este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para 
repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir 
marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. 
La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos 
preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de 
cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina. 
ANTE LA LEY 
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta f rente a este guardián, y solicita que le 
permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El 
hombre ref lexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. 
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. 
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un 
lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: 
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda 
que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay 
guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no 
puedo mirarlo siquiera. 
El campesino no había previsto estas dif icultades; la Ley debería ser siempre accesible para 
todos, piensa, pero al f ijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, 
su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da 
un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. 
Allí espera días y años. Intenta inf initas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con 
f recuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre 
muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, 
f inalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de 
muchas cosas para el viaje, sacrif ica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este 
acepta todo, en efecto, pero le dice: 
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. 
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los 
otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala 
suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que 
envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga 
contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también 
suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y 
ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la 
oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda 
poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden 
en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián 
para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián 
se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre 
ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. 
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. 
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que 
durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? 
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos 
perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: 
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla. 
UNA PEQUEÑA FÁBULA 
"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan 
grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al f in veía paredes a lo lejos a 
diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última 
cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer". 
"Solamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió. 
LA PARTIDA 
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al 
establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una 
trompeta, y le pregunté al sirviente qué signif icaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el 
portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera
de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que 
puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo 
acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta". 
JAMES JOYCE 
EVELINE 
Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba 
contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba 
cansada. 
Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de 
sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se 
extendía f rente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos 
acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y 
construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y 
oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, 
los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, 
Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón 
de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y 
avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en 
aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho 
tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la 
madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. 
Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar. 
¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos 
años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde 
provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los 
cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca 
había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el 
viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret 
Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste 
mostraba la fotograf ía a su visitante, agregaba de paso: 
-En la actualidad está en Melbourne. 
Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las 
implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la 
gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar 
mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran 
que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto 
por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de 
tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba. 
-Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando? 
-Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor. 
No lloraría mucho por tener que dejar la tienda. 
Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, 
Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su 
madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la 
violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras 
fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, 
porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba 
de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: 
Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún 
punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la 
noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete 
chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste 
la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que 
había ganado con dif icultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque 
generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y 
preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella 
debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro 
abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga 
de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que 
habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma 
regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no 
le parecía ésa una vida del todo indeseable. 
Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de 
la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que 
aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una 
habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer f recuentes visitas a la familia que 
vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la 
verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. 
Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la 
acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al 
sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran af ición por la música y 
cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la 
canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. 
Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante 
tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había 
comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al 
Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. 
Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios 
patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las 
vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, 
continuar tales relaciones. 
-Conozco a esos marineros... -dijo. 
Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con 
su enamorado. 
La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se 
iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, 
según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que 
ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de 
fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, 
fueron a merendar a la colina de How th. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la 
madre para hacer reír a los niños. 
El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada 
en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un 
organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para 
recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la 
última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del 
otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al 
organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió 
al cuarto de la enferma. 
-¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz! 
Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia 
misma de su propio ser; aquella vida de sacrif icios intrascendentes que desembocó en la 
locura f inal. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, 
con estúpida insistencia, las voces irlandesas: 
-¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! 
Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le
daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía 
derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría. 
*** 
Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y 
ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle 
estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, 
entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No 
respondió. Sentía sus mejillas pálidas y f rías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que 
la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se 
iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido 
reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La 
angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. 
Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano. 
-¡Ven! 
Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la 
ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro. 
-¡Ven! 
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, f renéticamente. Desde el medio de 
los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia. 
-¡Eveline! ¡Evy! 
Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él 
continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, 
como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de 
reconocimiento. 
D.H. LAWRENCE 
EL CABALLITO DE MADERA GANADOR 
Era una mujer hermosa. Había reunido todos los atributos que puede deparar la vida, y sin 
embargo, la suerte no la acompañó. Se casó por amor, y el amor se hizo añicos. Tuvo hermosos 
hijos, y siempre creyó que la obligaron a tenerlos. Entonces no pudo amarlos. Ellos la miraban 
con f rialdad, como si la culparan de algo. Y ella pronto sintió que tenía que ocultar alguna falta. 
Sin embargo, nunca supo cuál fue la culpa que debía encubrir. Y cuando sus hijos estaban 
presentes, se le endurecía el corazón. Esto la inquietaba, y en su inquietud trataba de 
mostrarse afectuosa y siempre predispuesta a ellos, como si los amara. Sólo ella sabía que en 
su corazón conservaba un rincón duro por el que no podía sentir amor, no podía amar a nadie. 
Todos decían: "Es una buena madre. Adora a sus hijos". Sólo ella y sus propios hijos sabían que 
eso no era verdad. En sus miradas se podía cristalizar la verdad. 
Tenía un varón y dos niñas. Vivían en una casa confortable, con jardín, con criados discretos, y 
se sentían superiores a todos los vecinos. 
Aunque no sacaban a relucir las apariencias, en el hogar reinaba siempre cierta ansiedad. El 
dinero nunca era suf iciente. La madre cobraba una pequeña renta, y el padre tenía otra 
pequeña renta, y eso no alcanzaba para conservar la posición social que debían simular. El 
padre trabajaba en una of icina de la ciudad. Tenía expectativas interesantes, pero esas 
expectativas nunca se concretaban. Y aunque conservaran las apariencias, la temible sensación 
de la escasez de dinero persistía siempre. 
Por f in dijo la madre: 
—Veré si yo puedo hacer algo. 
Aunque no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, probó esto y aquello sin encontrar 
nada satisfactorio. El f racaso grabó en su rostro profundos surcos. Sus hijos crecían y pronto 
irían a la escuela. Hacía falta dinero, más dinero. Y el padre, siempre muy elegante y generoso 
para satisfacer sus gustos, nunca podría hacer nada que valiese la pena. Y la madre, con mucha 
fe en sí misma, no logró mejores resultados; y por otra parte, era tan derrochadora como el 
padre. 
Y así fue como en la casa dominó aquella f rase: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más 
dinero!". Los niños la oían en Navidad, cuando los juguetes caros y espléndidos llenaban su 
cuarto. Detrás del espectacular caballito de madera y detrás de la elegante casa de muñecas, 
una voz, de pronto, susurraba: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Y los niños 
interrumpían sus juegos para escuchar la voz. Se miraban entre ellos para comprobar si todos 
la habían oído. Y cada uno veía en los ojos de los otros que también habían oído la f rase 
fatídica: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". 
Las palabras salían, en forma de murmullo, de los resortes del caballito de madera, que aún se 
mecía, y el caballo también las oía, bajando su cabeza de madera. Y la muñeca grande, tan 
rosada, hundida en su cochecito nuevo, también la oía con toda claridad. Y al oírla acentuaba 
una sonrisa de lástima. Y aun el perrito bobo, que ocupaba el lugar que antes era del oso de 
paño, tenía ahora una expresión estúpida muy peculiar, por el hecho de que acababa de oír el 
secreto que deambulaba por la casa: "¡Hace falta más dinero!". 
Sin embargo, nadie se animaba a decirlo en voz alta. El rumor estaba en todas partes, y por lo 
tanto, nadie lo expresaba abiertamente, así como nadie dice: "Estamos respirando", a pesar de 
que lo hacemos diariamente. 
—Mamá —dijo un día Paul—, ¿por qué no tenemos automóvil propio? ¿Por qué usamos 
siempre el de tío o tomamos un taxi? 
—Porque somos los parientes pobres —dijo la madre. 
—¿Y por qué somos los parientes pobres, mamá? 
—Bueno —dijo la madre tranquila y amargada—, supongo que es porque tu padre no tiene 
suerte. 
El niño estuvo un rato en silencio. 
—¿La suerte es dinero, mamá? —preguntó, al rato, con timidez. 
—¡No, Paul! No es exactamente lo mismo. La suerte es lo que hace que uno tenga dinero. 
—¡Oh! —dijo Paul algo confundido—. Yo pensé que cuando tío Oscar decía "sucio lucro" se 
refería al dinero. 
—Lucro quiere decir dinero —dijo la madre—. Pero es lucro y no suerte. 
—¡Oh! —exclamó el niño—. Entonces, ¿qué es la suerte, mamá? 
—Es lo que hace que uno tenga dinero —repitió la madre—. Si tienes suerte, tienes dinero. Es 
mejor nacer con suerte que nacer rico. Si eres rico, en algún momento puedes perder tu 
dinero. En cambio, si tienes suerte, siempre ganarás más dinero. 
—¡Oh! ¿En serio? ¿Y papá no tiene suerte? 
—No, para nada —respondió ella con amargura. 
El niño la miró con una expresión vacilante. 
—¿Por qué? —preguntó. 
—No sé. Nadie sabe por qué algunos tienen suerte y otros no. 
—¿No? ¿Nadie pero nadie? ¿No hay nadie que sepa? 
—¡Quizá lo sepa Dios! Pero Él nunca lo dice. 
—Oh, pero debería decirlo. ¿Tú tampoco tienes suerte, mamá? 
—No puedo tenerla, recuerda que estoy casada con un hombre sin suerte. 
—Pero tú por sí sola, ¿no tienes suerte? 
—Antes de casarme creo que sí. Pero ahora veo que soy una desdichada. 
—¿Por qué? 
—¡Bueno, basta de preguntas! Quizá no sea desdichada en realidad... 
El niño la miró para ver si lo que decía era cierto. Pero advirtió por la expresión de su boca, que 
algo estaba tratando de ocultar. 
—Bueno, de todas maneras —dijo con f irmeza—, yo soy una persona de suerte. 
—¿Por qué? —preguntó su madre echándose a reír. 
Él la miró. Ni siquiera sabía por qué había dicho tal af irmación. 
—Dios me lo confesó —repuso, para no retroceder en su af irmación. 
—¡Ojalá sea así, querido! —contestó la madre, riendo nuevamente, con algo de resentimiento. 
—¡Es cierto, mamá! 
—¡Excelente! —dijo la madre, utilizando una exclamación típica de su marido.
El niño se dio cuenta de que ella no le creía, que no le hacía caso a sus af irmaciones. Esto lo 
ofuscó. Deseó castigarla para que le prestara atención. 
Se marchó, solo, con su andar infantil, buscando la clave de la suerte. Absorto, sin reparar en 
los demás, iba y venía, con cierta prudencia, buscando interiormente la suerte. Quería 
encontrar la suerte, quería encontrarla sí o sí. Cuando las dos niñas jugaban a las muñecas, en 
el cuarto de juegos, él montaba en su gran caballo de madera y se lanzaba al espacio en una 
arremetida salvaje, con un impulso que inquietaba y distraía a sus hermanas. El caballo 
galopaba impetuoso, los cabellos oscuros y ondulados del niño f lameaban y en sus ojos había 
un extraño fulgor. Las chiquillas no se animaban a hablarle. 
Cuando su alocado viaje f inalizaba, ponía pie a tierra y se plantaba ante el caballo de madera, 
observando f ijamente su cabeza gacha. La boca roja del animal estaba apenas abierta, y sus 
grandes ojos vidriosos resplandecían. 
—¡Vamos! —ordenaba quedamente al impetuoso caballo—. ¡Llévame a donde está la suerte! 
¡Anda, llévame! 
Con la fusta que le había pedido al tío Oscar, azotaba al caballo en el pescuezo. Sabía que el 
animal, si él lo obligaba, lo llevaría hasta el lugar de la suerte. Y montaba de nuevo, 
reanudando su furioso galope, con el deseo y la f irmeza de llegar, por f in, a donde estaba la 
suerte. 
—¡Romperás el caballo, Paul! —decía la institutriz. 
—¡Siempre cabalga así! —aclaraba Joan, su hermana mayor—. ¿Por qué no se queda 
tranquilo? 
Y él se limitaba a mirarlas con odio y en silencio. La institutriz se resignó a corregirlo. Imposible 
sacar algo interesante de él. Al f in y al cabo, ya era bastante grande para que ella lo cuidase. 
Un día, su madre y su tío Oscar entraron en mitad de uno de sus galopes impetuosos. El chico 
no les dirigió la palabra. 
—¡Hola, mi pequeño jinete! —dijo el tío—. ¿Corres una carrera? 
—¿No eres demasiado grande para un caballito de madera? Ya no eres una criatura —dijo su 
madre. 
Pero Paul tan sólo la miró irritado, con sus ojos azules, grandes, más bien hundidos. No quería 
hablar con nadie cuando estaba en plena carrera. Su madre lo observó ansiosa, con cierta 
preocupación. 
Por f in, bruscamente, el niño dejó de espolear el mecánico galope del caballo y bajó a tierra. 
—¡Bueno, llegué! —anunció con entusiasmo, con los ojos azules todavía brillosos, bien 
separadas las piernas largas y robustas. 
—¿A dónde llegaste? —preguntó su madre. 
—A donde quería llegar —replicó. 
—Muy bien, hijo —aprobó el tío Oscar—. Nunca hay que detenerse hasta llegar a la meta. 
¿Cómo se llama el caballo? 
—No tiene nombre. 
—¿Se las arregla sin un nombre? —preguntó el tío. 
—Bueno, en verdad tiene varios nombres. La semana pasada se llamaba Sansovino. 
—Sansovino, ¿eh? El ganador del Ascot. ¿Cómo sabes su nombre? 
—Siempre habla de carreras de caballos con Bassett —aportó Joan. 
El tío se quedó maravillado al descubrir que su sobrinito estaba informado de las noticias sobre 
las carreras. Bassett, el jardinero —herido en un pie durante la guerra y que había conseguido 
su empleo por recomendación de Oscar Cressw ell, su antiguo patrón— era un verdadero sabio 
en cosas del turf . Vivía en el ambiente de las carreras. El niño lo acompañaba. 
Oscar Cressw ell lo supo todo por medio de Bassett: 
—El niño viene y me pregunta, y yo no tengo más remedio que contestarle, señor —dijo 
Bassett con total solemnidad, como si hablara de temas religiosos. 
—¿Y alguna vez apuestas algo al caballo que te ha aconsejado él? 
—Bueno... No quisiera delatarlo. Es un jovencito muy discreto, un buen camarada, señor. 
Preferiría que se lo preguntara usted mismo. En cierto modo, le produce placer nuestro 
secreto y por lo tanto, perdóneme, pensaría que yo lo he traicionado. 
Bassett seguía tan serio que parecía en misa. 
El tío fue a buscar al sobrino y lo llevó a dar una vuelta en su automóvil. 
—Dime, Paul —le preguntó—, ¿alguna vez apostaste a un caballo? 
El niño observó atentamente a su tío. 
—¿Por qué? ¿Acaso no debería hacerlo? —replicó, poniéndose a la defensiva. 
—¡No, nada de eso! Pero se me ocurrió que tal vez podrías of recerme un "dato" para el 
Lincoln. 
El automóvil ingresaba en la campiña, por el camino a la casa que el tío Oscar tenía en 
Hampshire. 
—¿De veras? —preguntó el sobrino. 
—¡De veras, hijo! —replicó el tío. 
—Bueno, entonces, juégale a Daf fodil. 
—¡Daf fodil! Dif ícil que gane. ¿Qué opinas de Mirza? 
—Sólo sé cuál será el ganador —dijo el niño—. Y el ganador será Daf fodil. 
—¿Daf fodil, eh? 
Hubo una pausa. Daf fodil era un caballo bastante mediocre. 
—¡Tío! 
—¿Sí, hijo? 
—No lo dirás a nadie, ¿verdad? Se lo he prometido a Bassett. 
—¡Al diablo con Bassett, hombre! ¿Qué tiene que ver él con esto? 
—¡Somos socios! ¡Desde el primer momento hemos sido socios! Tío, él me prestó los primeros 
cinco chelines, y los perdí. Y yo entonces le prometí, bajo palabra de honor, que esto quedaría 
entre nosotros. Entonces tú me diste ese billete de diez chelines, con el que comencé a ganar, 
y pensé que tal vez tú tenías suerte. Pero no se lo dirás a nadie, ¿verdad? 
El niño miró a su tío con sus ojos enormes, ardientes, azules, que parecían demasiado 
próximos. El tío, incómodo, se encogió de hombros y se echó a reír. 
—¡Quédate tranquilo, muchacho! No diré nada a nadie. ¿Daf fodil, eh? ¿Cuánto piensas 
apostarle? 
—Todo menos veinte libras —dijo el chico—. Las mantengo en reserva. 
El tío pensó que era sólo un chiste del niño. 
—¿Así que reservas veinte libras, joven embustero? ¿Y cuánto apuestas? 
—Trescientas —dijo el chico con cierta adultez—. Por favor, tío Oscar, esto queda, entre tú y 
yo. ¿Palabra de honor? 
El tío lanzó una carcajada. 
—Pierde cuidado, mi pequeño Nat Gould —contestó sin parar de reír—, guardaré el secreto. 
Pero ¿y tus trescientas libras dónde están? 
—Las tiene Bassett. Somos socios. 
—¡Ah, ya veo! ¿Y Bassett cuánto apostará a Daf fodil? 
—No creo que le juegue tanto como yo. Ciento cincuenta, quizá. 
—¿Ciento cincuenta peniques? —dijo el tío en tono de broma. 
—No, ciento cincuenta libras —repuso el chico, mirando a su tío sorprendido—. Bassett tiene 
un ahorro más grande que yo. 
Entre divertido e inquieto, Oscar guardó silencio. No volvió a hablar del tema, pero decidió 
llevar a su sobrino a las carreras de Lincoln. 
—Bueno, muchacho —le dijo—, yo apostaré veinte libras a Mirza, y cinco son para ti, para el 
caballo que elijas. ¿Cuál te gusta? 
—¡Daf fodil, tío! 
—¡No, no desperdicies esas cinco libras apostando por Daf fodil! 
—Es lo que yo haría si el dinero fuese mío —dijo el niño. 
—¡Bien! ¡Bien! ¡Tienes razón! Diez libras a Daf fodil: cinco para ti y cinco para mí. 
El niño nunca había presenciado una carrera. Sus ojos eran llamitas azules y su boca estaba 
tensa. Delante de él había un f rancés, que había apostado a Lancelot, subía y bajaba los
brazos, efusivo, gritando con su acento particular: "¡Lancelot! ¡Lancelot!". 
Daf fodil llegó primero, Lancelot segundo, Mirza tercero. El niño, a pesar de su sonrojo y sus 
ojos encendidos, se mantuvo tranquilo. Su tío le trajo cinco billetes de cinco libras. El caballo 
había pagado a razón de cuatro a uno. 
—¿Qué hago con ellos? —preguntó, sacudiéndolos f rente a los ojos del muchacho. 
—Creo que tendremos que hablar con Bassett aclaró el chico—. Si no hice mal las cuentas, 
ahora tengo mil quinientas libras; y veinte de reserva; y estas veinte. 
Su tío lo observó unos instantes. 
—¡Vamos, muchacho! —exclamó—. ¿En serio pretendes que Bassett deba tener tus mil 
quinientas libras? 
—Sí, en serio. ¡Pero no se lo digas a nadie! ¿Palabra de honor? 
—¡Palabra de honor, sí, amiguito! Aunque debo hablar con Bassett. 
—Si quieres, tío, puedes sumarte a nuestra sociedad. Pero deberás prometer, bajo palabra de 
honor, que no dirás nada a nadie. Bassett y yo tenemos suerte, y tú también debes tenerla, 
recuerda que fue con tus diez chelines que yo empecé a ganar... 
El tío Oscar se llevó a Bassett y a Paul a pasar la tarde en Richmond Park, y allí conversaron. 
—Le diré cómo fue, señor —dijo Bassett—. A Paul le gustaba escucharme hablar de carreras, 
contarle anécdotas..., en f in, señor, usted sabe lo que son esas cosas. Y siempre quería saber 
con mucho interés si yo había ganado o perdido. Hará un año, me pidió que le apostara cinco 
chelines a Blush of Daw n. Y perdimos. Después, con esos diez chelines que usted le regaló, la 
suerte se puso de nuestro lado y la mayoría de las veces nos ha sido bastante buena. ¿Qué 
piensa usted, niño? 
—Todo va muy bien cuando estamos seguros —dijo Paul—. Pero cuando no estamos del todo 
seguros, solemos perder. 
—Sí, entonces ahí tomamos recaudos —dijo Bassett. 
—¿Y cuándo están seguros? —preguntó, sonriendo, el tío Oscar. 
—Es Paul, señor —dijo Bassett con voz secreta, religiosa—. Es como si recibiera una señal del 
cielo. Ya vio usted qué sucedió con Daf fodil. Ése era ciento por ciento seguro. 
—¿Tú apostaste a Daf fodil? —preguntó Oscar Cressw ell. 
—Sí, señor. Hice mi ganancia. 
—¿Y mi sobrino? 
Bassett miró a Paul y guardó un silencio prudente. 
—Gané mil doscientas libras, ¿verdad Bassett? Le dije a tío que había apostado trescientas a 
Daf fodil. 
—Eso es —af irmó Bassett. 
—Pero ¿dónde está el dinero? —preguntó el tío. 
—Lo tengo yo, señor, bien guardado. El niño puede pedírmelo cuando quiera. 
—¿Mil quinientas libras? 
—¡Mil quinientas veinte! Es decir, mil quinientas cuarenta, con las veinte que ganó en el 
hipódromo. 
—¡Es increíble! —dijo el tío. 
—Si el niño le of rece entrar en la sociedad, señor, perdóneme, yo en su lugar aceptaría. 
Oscar Cressw ell ref lexionó. —Quiero ver el dinero —dijo. 
Los llevó a la casa. Al rato, Bassett regresaba al invernadero donde lo esperaba Oscar 
Cressw ell, trayendo mil quinientas libras en billetes. Las veinte libras que faltaban las había 
dejado a Joe Glee, en la reserva de la comisión de carreras. 
—Ya ves, tío—dlijo el niño—, todo marcha perfecto cuando yo estoy seguro. Entonces 
apostamos fuerte, todo lo que tenemos. ¿No es así, Bassett? 
—Así es, niño. 
—¿Y cuándo estás seguro? —preguntó otra vez el tío, echándose a reír. 
—Oh, bueno, a veces estoy completamente seguro, como en el caso de Daf fodil —dijo el 
niño—. Otras veces tengo una corazonada; otras, ni siquiera eso, ¿no es así, Bassett? Entonces 
tomamos recaudos, porque en esos casos, la mayoría de las veces perdemos. 
—¡Oh, entiendo! Y cuando estás seguro, como en el caso de Daf fodil, ¿por qué estás tan 
seguro, hijo mío? 
—Oh, bueno, no lo sé —respondió el niño, confundido—. Estoy seguro, tío, eso es todo. 
—Es como si recibiera una señal divina, señor —reiteró Bassett. 
—¿Será posible? erijo el tío. 
El tío ingresó en la sociedad. Y cuando el premio Leger se acercaba, Paul se sintió "seguro" de 
que ganaría Lively Spark, caballo de muy pocos antecedentes. Paul insistió en jugarse con mil 
libras. Bassett le jugó quinientas y Oscar Cressw ell otras doscientas. Lively Spark ganó y pagó a 
razón de diez a uno. Paul había ganado diez mil libras. 
—Ya ves dijo—, yo estaba completamente seguro. Hasta tú mismo has ganado dos mil libras. 
—Mira, muchacho —le dijo—, esta clase de cosas me perturban un poco. 
—¿Por qué, tío? Quizá no volveré a estar "seguro" durante mucho tiempo. 
—Pero ¿qué vas a hacer con el dinero? 
—Empecé a jugar luego de escuchar a mamá —repuso el niño—. Ella dijo que no tenía suerte 
porque papá no la tenía, y pensé que si yo tenía suerte, quizá dejaría de murmurar. 
—¿Quién dejaría de murmurar? 
—¡Nuestra casa! Odio nuestra casa porque nunca deja de murmurar. 
—¿Qué murmura? 
—Bueno... pues —vaciló el chico—... en realidad, no estoy seguro, pero tú sabes, tío, que 
siempre falta dinero. 
—Lo sé, hijo, lo sé. 
—Y sabes, tío, que mamá siempre tiene algo que pagar, ¿verdad? 
—Me temo que sí. 
—Y entonces la casa empieza a murmurar, y parece que hubiera alguien que se ríe de 
nosotros, a nuestras espaldas. ¡Es terrible! Y yo pensé que si tenía suerte... 
—Podrías acabar con eso, ¿no es cierto? —concluyó el tío. 
El niño lo miró con sus grandes ojos azules; parecía un fuego f río y extraño. Pero observó y no 
dijo nada. 
—¡Bueno! —dijo el tío—. ¿Qué hacemos? 
—No quiero que mi madre sepa que tengo suerte —dijo el chico. 
—¿Por qué no? 
—Porque no me lo permitiría. —Creo que te equivocas. 
—¡Oh! —exclamó el chico, agitándose con movimientos raros—. No quiero que ella lo sepa, 
tío. 
—¡Está bien, hijo! Arreglaremos todo para que ella no se entere. 
Y así fue como lo arreglaron, sin complicaciones. Paul, por consejo de su tío, le entregó cinco 
mil libras; se las dio al abogado de la familia, quien debía decir a la madre de Paul que un 
pariente suyo le había entregado ese dinero, con la idea de pagarle mil libras anuales, el día de 
su cumpleaños, durante los próximos cinco años. 
—De esa manera —dijo el tío Oscar—, durante los cinco años próximos, ella recibirá un regalo 
de cumpleaños de mil libras. Espero que eso le alivie la vida luego que deje de recibirlas. 
La madre de Paul cumplía años en noviembre. En los últimos tiempos, la casa había estado 
"murmurando" más que nunca. A pesar de su buena suerte, Paul no podía hacerle f rente. 
Estaba ansioso por ver qué resultados causaría, el día del cumpleaños de su madre, la carta 
con la noticia y con las mil libras. 
Cuando no había visitas, Paul comía con sus padres. Ya se había independizado del cuidado de 
la institutriz. Su madre iba al centro casi todos los días. Había redescubierto su gran capacidad 
para dibujar telas y pieles, y trabajaba en secreto en el estudio de una amiga, que era una de 
las "artistas" más prestigiosas de las principales modistas. Dibujaba, para los anuncios 
periodísticos, f igurines de damas cubiertas con pieles y sedas. Aquella joven artista ganaba 
millares de libras al año. La madre de Paul sólo pudo ganar unos centenares, por lo que volvió 
a sentirse insatisfecha. Tenía muchas ganas de sobresalir en alguna tarea, y no podía 
conseguirlo... ni siquiera dibujando anuncios de modas.
La mañana de su cumpleaños bajó a tomar el desayuno. Paul observaba su rostro cuando leía 
las cartas. Sabía cuál era la carta del abogado. Advirtió que, a medida que su madre la iba 
leyendo, su rostro se volvía duro e inexpresivo. Después, un gesto f río y f irme deformó sus 
labios. Ubicó la carta debajo de las otras y no dijo nada. 
—¿No recibiste nada satisfactorio para tu cumpleaños, mamá? —preguntó Paul. 
—Sí, algo bastante agradable —respondió ella con su voz f ría y ausente. 
Y se fue al centro, sin agregar palabra. 
A la tarde llegó el tío Oscar. Y contó que la madre de Paul había tenido una larga entrevista con 
su abogado, preguntándole si podía adelantarle todo el dinero de una vez, pues debía saldar 
algunas deudas. 
—¿Tú qué piensas, tío? —dijo el chico. —Es cosa tuya, hijo. 
—¡Oh, entonces dale el dinero! Con lo que resta, podemos ganar más. 
—Más vale pájaro en mano que ciento volando, amigo mío —dijo el tío Oscar. 
—Oh, no hay dudas de que sabré quién ganará el Gran Premio Nacional; o el Lincolnshire, o el 
Derby. Alguno de ellos tengo que saber. 
El tío Oscar f irmó los papeles para el dinero y la madre de Paul cobró las cinco mil libras. 
Entonces ocurrió algo muy extraño. De un momento a otro, las voces de la casa parecieron 
enloquecer, como un griterío de ranas en una tarde de primavera. Se habían comprado 
algunos muebles, Paul tenía un preceptor particular, y el próximo otoño iría a Eton, el colegio 
donde había estudiado su padre. Aun en invierno, había f lores en la casa. El lujo al que había 
estado acostumbrada la madre de Paul, parecía renacer en toda su casa. A pesar de eso, las 
voces de la casa, detrás de los ramilletes de mimosas y f lores de almendro, y debajo de las 
pilas de almohadones celestes, parecían aullar y gritar en una especie de éxtasis: "¡Hace falta 
más dinero! ¡Oh! ¡Hace falta más dinero! ¡Ahora, a-ho-ra! ¡A-ho-ra hace falta más dinero! 
¡Más que nunca! ¡Más que nunca!" 
Aquello atemorizó y horrorizó a Paul, mientras intentaba estudiar latín y griego con sus 
preceptores. Pero sus horas más intensas las vivía con Bassett. Ya se había corrido el Nacional. 
Paul no estuvo "seguro" y perdió cien libras. Llegó el verano. Mientras aguardaba la 
competencia del Lincoln, la impaciencia lo consumía. En esta ocasión tampoco estuvo "seguro" 
y perdió cincuenta libras. Entonces se convirtió en un chico extraño, de ojos extraviados. 
Parecía que algo convulsionaba el interior del niño. 
—¡No te preocupes más, hijo mío! —insistía su tío Oscar—. Olvídate de todo eso. 
Pero el muchacho no le hizo caso. 
—¡Tengo que saber para el Derby! ¡Tengo que saber para el Derby! —repetía, con sus ojos 
azules encendidos, dominado por la locura. 
Su madre advirtió esa obsesión que lo acosaba. 
—Será mejor que te llevemos a veranear a la playa. ¿No quieres ir al mar ahora, en vez de 
esperar? Me parece que te haría bien —dijo mirándolo con ansiedad, con el corazón 
consternado a causa del niño. 
Pero el chico alzó sus nerviosos ojos azules. 
—¡No puedo ir antes del Derby, mamá! —respondió—. ¡No puedo! 
—¿Por qué no? —preguntó ella, enojada ante el rechazo de la propuesta—. ¿Por qué no? 
Nadie te negará ir a ver el Derby con tu tío Oscar, si eso es lo que quieres. No tienes necesidad 
de esperar aquí. Además, creo que estás muy interesado por esas carreras de caballos. Es un 
mal síntoma. Toda mi familia ha sido de jugadores. Cuando seas grande, tal vez entiendas los 
daños que eso nos ha causado. Lo cierto es que nos ha perjudicado. Tendré que despedir a 
Bassett y advertirle a tu tío Oscar que no te hable más de carreras, a menos que te conduzcas 
en forma más coherente. Ve a veranear a la playa y olvídate de todo eso. ¡Eres un cuerpo 
dominado por los nervios! 
—Haré lo que tú quieras, mamá, siempre que no me hagas perder la competencia del Derby ni 
salir de esta casa. 
—¿No salir de esta casa? 
—Sí —dijo Paul, mirándola con f irmeza. 
—¡Pues estás muy extraño! ¿De dónde sacaste tanto cariño por esta casa? Jamás me imaginé 
que pudieras quererla. 
Él miró a su madre, sin hablar. Ocultaba un secreto dentro de otro secreto, algo que no había 
confesado ni siquiera a Bassett ni a su tío Oscar. 
Su madre, después de un momento, inerte, indecisa e irritada, dijo: 
—¡Está bien! No vayas a la playa hasta que se corra el Derby, si eso es lo que quieres. Pero 
prométeme dominar tus nervios. ¡Prométeme no preocuparte tanto por las carreras de 
caballos ni por sus "programas", como tú los llamas! 
—¡Claro que no! —dijo el chico, sin prestar atención—. No me interesaré más por eso, mamá. 
En tu lugar, yo no me preocuparía. 
—¡Si tú estuvieras en mi lugar, y yo en el tuyo —dijo la madre—, vaya a saber cómo terminaría 
esto! 
—Tú sabes que no debes preocuparte, mamá, ¿verdad? —repitió el niño. 
—Me gustaría saberlo —respondió ella, ya cansada de tanto rogarle. 
—Bueno, puedes saberlo, mamá. ¡Quiero decir, debes saber que no tienes nada por qué 
preocuparte! 
—¿De verdad? Bueno, ya veremos. 
El máximo secreto de Paul era su caballo de madera, que no tenía nombre. Desde que se 
independizó de institutrices, llevó el caballito a su dormitorio, en el piso de arriba. 
—¡Eres demasiado grande para jugar con un caballito de madera! —le había reprochado su 
madre. 
—Oh, mamá, hasta que pueda tener un caballo verdadero, me conformo con cualquiera —fue 
la extraña respuesta. 
—¿Así te sientes acompañado? —preguntó la madre, echándose a reír. 
—¡Oh, sí! Es muy bueno, siempre me acompaña. 
Así fue como el caballo, bastante arruinado y maltratado, permaneció en el dormitorio del 
niño. 
Se acercaba el Derby y Paul parecía cada vez más concentrado. Casi no prestaba atención a lo 
que le decían, tenía un aspecto muy f rágil y sus ojos se mostraban muy nerviosos. Su madre 
experimentaba bruscas reacciones de desasosiego. A veces, por lapsos de media hora o más, 
sentía por él una ansiedad angustiante. Entonces la atacaba el impulso de correr hacia el chico, 
para comprobar que estaba sano y salvo. 
Dos noches antes del Derby, estando en una gran f iesta en el centro, su corazón fue 
convulsionado por uno de esos ataques de ansiedad por su hijo, el primogénito, y fue tan 
intenso que apenas pudo hablar. Luchó con todas sus fuerzas contra ese sentimiento, porque 
era una mujer coherente. Pero fue inútil. Tuvo que abandonar el baile y bajó para telefonear a 
su casa. La institutriz de los niños se mostró terriblemente sorprendida y alarmada por aquel 
llamado a la madrugada. 
—¿Los niños están bien, Miss Wilmot? 
—Oh, sí, perfectamente. 
—¿Y Paul? ¿Está bien? 
—Se acostó enseguida. ¿Quiere que suba a echarle un vistazo? 
—¡No! —interpuso la madre, a pesar de sus nervios—. No, no se moleste. Está bien. No se 
quede despierta. Volveremos enseguida. 
No quería que la criada interrumpiese la intimidad de su hijo. 
Era cerca de la una cuando los padres de Paul regresaron a la casa. Todo estaba en silencio. La 
madre subió a su cuarto y se quitó su blanco abrigo de pieles. Había ordenado a la criada que 
no la esperase. Oyó a su esposo en la planta baja, que se preparaba un w hisky con soda. 
Después, impulsada por la fatal ansiedad que sentía en el corazón, subió, a escondidas, al 
cuarto de su hijo. Se deslizó en silencio a lo largo del corredor. Creyó oír un ruido pequeño. 
¿Qué era? 
Permaneció junto a la puerta, escuchando, los músculos tensos. Se oía un ruido pequeño y 
extraño. Su corazón se paralizó. Era un rumor sordo, y a la vez impetuoso y fuerte. Como si
algo enorme se moviera con una violencia secreta. ¿Qué era? ¿Qué era, en nombre de Dios? 
Ella debía saberlo. Tuvo la corazonada de que reconocía aquel ruido. Sabía lo que era. 
Y sin embargo, no podía ubicarlo, y menos aún nombrarlo. El rumor continuaba a un ritmo 
delirante. 
Suavemente, paralizada de miedo y ansiedad, giró el picaporte. 
El cuarto estaba oscuro. Sin embargo, junto a la ventana, oyó y vio que algo se balanceaba de 
un lado a otro. Se quedó mirándolo, temerosa y extrañada. 
De pronto, encendió la luz. Descubrió a su hijo, con su pijama verde, cabalgando alocadamente 
en su caballito de madera. La luz de pronto lo dejó al descubierto, mientras espoleaba a su 
corcel. Alumbró también a la mujer rubia inmóvil en la puerta, con su pálido vestido verde y 
plata. 
—¡Paul! —exclamó angustiada—. ¿Qué estás haciendo? 
—¡Es Malabar! —gritaba el chico con voz fuerte y extraña—. ¡Es Malabar! 
Sus ojos encendidos la observaron por unos segundos, extraño e irracional, mientras dejaba de 
espolear a su caballo de madera. Después cayó estrepitosamente al piso, y ella, atormentada 
como toda madre, corrió para socorrerlo. El niño estaba inconsciente. Y así permaneció hasta 
el día siguiente, atacado de f iebre cerebral. Hablaba y se agitaba. Su madre aún sentada a su 
lado, inmóvil, semejaba una piedra. 
—¡Es Malabar! ¡Es Malabar! ¡Bassett, Bassett, ya sé: es Malabar! —gritaba el niño, tratando de 
levantarse para volver a espolear el caballo de madera, su fuente de inspiración. 
¿Quién es Malabar? —preguntó la madre, azorada. 
—No sé —dijo el padre, hecho una piedra. 
—¿Quién es Malabar? —insistió ella, preguntándole a su hermano Oscar. 
—Es uno de los caballos que corren el Derby —respondió. 
A pesar de sí mismo, Oscar Cressw ell habló con Bassett, y él mismo apostó un millar de libras a 
Malabar. Pagó a razón de catorce a uno. El tercer día de la enfermedad fue crítico. Se esperaba 
una reacción. El niño, con sus largos y ensortijados cabellos, se agitaba en forma nerviosa 
sobre la almohada. No dormía ni recobraba el conocimiento. Sus ojos eran como piedras 
azules. Y su madre, descorazonada, también acabó por convertirse en piedra. Durante la 
noche, Oscar no los visitó, pero Bassett mandó preguntar si podía subir un momento, sólo un 
momento. La intromisión molestó mucho a la madre de Paul; pero, pensándolo otra vez, 
consintió. El niño seguía igual. Quizá Bassett podría hacerle recobrar el conocimiento. El 
jardinero, un hombre bajo, de bigotito oscuro y ojos también oscuros, pequeños y 
penetrantes, entró sigilosamente en el cuarto, se llevó la mano a un imaginario sombrero a 
modo de saludo y después se encaminó a la cama, mirando f ijamente con sus ojos brillosos al 
niño, agitado y moribundo. 
—¡Paul! —susurró—. ¡Paul! Malabar entró primero, ganó de punta a punta. Hice lo que usted 
me dijo. Ha ganado más de setenta mil libras. Sí, ha ganado más de ochenta mil. Malabar llegó 
primero. 
—¡Malabar! ¡Malabar! ¿Yo dije Malabar, mamá? ¿Dije Malabar? ¿Crees que tengo suerte? 
Sabía que Malabar ganaría, ¿verdad? ¡Más de ochenta mil libras! Eso es suerte, ¿no es así, 
mamá? ¡Más de ochenta mil libras! Yo sabía, ¿acaso no lo sabía? Ganó Malabar. Yo cabalgo en 
mi caballo hasta sentirme seguro, Bassett, yo sé lo que te digo: puedes apostar todo lo que 
tengas a mano. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett? 
—Jugué mil libras, Paul. 
—¡Nunca te dije, mamá, que si puedo cabalgar en mi caballo, y llegar, entonces estoy seguro... 
oh, completamente seguro! Mamá, ¿te lo dije alguna vez? ¡Yo tengo suerte! 
—No, nunca me lo dijiste —respondió la madre. 
Pero el niño murió esa noche. Aún yacía en su cama cuando la madre escuchó la voz de su 
hermano, que decía: 
—Dios mío, Hester, has ganado ochenta mil libras y has perdido a un hijo. Pobrecito, 
pobrecito, más le vale haberse ido de una vida donde debía montar en su caballito de madera 
para hallar un ganador. 
LOS ESPECTROS 
(DE SU LIBRO PÓSTUMO FÉNIX) 
Y así como el perro con sus fosas nasales, al rastrear los f ragmentos de los miembros de los 
animales y el olor de sus patas que dejan sobre la suave hierba, encuentra un camino sin 
camino para los hombres, así también sigue el alma el rastro de los muertos a través de 
grandes espacios. Porque el viaje es para llegar lejos, para dormir y olvidar y a menudo los 
muertos vuelven los ojos y se rezagan, porque entonces advierten todo lo que se ha perdido. 
Entonces el alma viviente los alcanza y grande es el dolor de los saludos y mortal el volver a 
separarse. Porque, oh, los muertos están desconsolados, ya que ni la muerte puede 
compensar ciertos errores. 
WILLIAM FAULKNER 
EL SACERDOTE 
Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la 
unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su 
estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la 
esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que 
parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta 
que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba 
apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su 
carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, 
un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor 
aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las 
voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de 
sentido entre los desf iladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios. 
Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su 
dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un 
letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no 
albergaba duda ni tampoco pensamiento. La f inalidad de la vida estaba clara: suf rir, utilizar la 
sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magníf ico y 
asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y 
los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar 
la unión espiritual con el Inf inito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer f ísico 
anhelado por su sangre? 
Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los 
puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía 
alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se 
estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo 
a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo 
sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era 
semejante a plata, semejante a una f lor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de 
la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un 
paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía 
tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada 
persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso signif icaba para él no una 
Virgen sosegada por el dolor y f ijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino 
una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida 
por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marf il despojada de su 
primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro 
modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del 
instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, 
porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos 
pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez. 
La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó
como un barco de plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el 
exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del 
crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus 
compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres 
llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que 
podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con 
quien no estaba de acuerdo: 
-A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene 
control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal 
que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre 
siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él 
mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo 
supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su 
vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma 
como la copa de vino de la fábula. 
Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignif icantes poderes para crear 
en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus af irmaciones 
religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó 
cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el suf rimiento humano serían vírgenes, y 
si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran 
castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan 
familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre 
recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el 
satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en 
tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la f ilosof ía global de 
un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que 
quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el 
temor de perder la vida y su sentido por culpa de una f rase, de unas palabras vacías, sin ningún 
signif icado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco signif ican las 
palabras”. 
¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la 
mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero 
perder lo poco que tiene! 
El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de 
mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de 
gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán 
amantes? -se preguntó-. Mañana me mortif icaré, haré penitencia por esto mediante la oración 
y el sacrif icio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado 
pensar”. 
Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas 
que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su 
placer f ísico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para f regar en la cocina; 
chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces 
de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja 
de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de 
caballos con arreos de plata. 
“¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en 
otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda 
f ísica con otros jóvenes de mi sexo? ¿0 es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse 
abajo en este punto toda mi f ilosof ía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales 
compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y 
qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado 
para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la 
abnegación?”. 
“Purif icaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, 
Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes 
cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de 
tiendas, de chicas al f in evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir 
sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el 
hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó. 
“Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos f uera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido 
ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar 
estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos f uera ya Mañana!” 
En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que 
habían f inalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas 
comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas 
o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, 
respondería a blandas compulsiones. 
Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el 
crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes 
únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles 
cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el 
amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se 
alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: 
“¡Mañana! ¡Mañana!”. 
Ave María, deam gratiam... torre de marf il, rosa del Líbano... 
VIRGINIA WOOLF 
LA CASA ENCANTADA 
A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto 
iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes. 
«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba 
ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les 
despertaremos.» 
Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la 
cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han 
encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada 
de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas 
quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su 
contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido 
aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las 
manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba 
quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped. 
Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la 
ventana ref lejaban manzanas, ref lejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos 
se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin 
embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando 
de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo 
cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja 
de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está 
enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro 
enterrado? 
Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles 
tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, f rescamente hundido 
bajo la superf icie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; 
muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, 
abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. El lo
dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; 
buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente 
el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.» 
El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. 
Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. 
Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de 
duendes busca su alegría. 
«Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana…» 
«Plata entre los árboles…» «Arriba…» «En el jardín…» «Cuando llegó el verano…» «En la nieve 
invernal…» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido 
de un corazón. 
Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. 
Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna 
extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. 
Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.» 
Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. 
Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna 
cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que 
consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta. 
«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años…», suspira él. 
«Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el’ jardín leyendo; riendo, 
dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro…» Al 
inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el 
pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es esto vuestro tesoro enterrado? La luz en el 
corazón.» 
MARGARITA YOURCENAR 
ASÍ FUE SALVADO WANG-FO 
El viejo pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han. 
Avanzaban lentamente porque Wang-Fo se detenía de noche a contemplar los astros, y de día 
para mirar las libélulas. Iban poco cargados, pues Wang-Fo amaba la imagen de las cosas y no a 
las cosas en sí mismas, y ningún objeto en, el mundo le parecía digno de ser adquirido, salvo 
pinceles, f rascos de laca y de tintas de China, rollos de seda y de papel de arroz. Eran pobres 
porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de papilla de mijo, y desdeñaba las 
monedas de plata. Ling, su discípulo, doblado bajo el peso de una bolsa llena de bocetos, 
encorvaba respetuosamente la espalda como si cargara la bóveda celeste, pues esa bolsa, a los 
ojos de Ling, estaba repleta de montañas bajo la nieve, de ríos en primavera y del rostro de la 
luna de verano. 
Ling no había nacido para recorrer los caminos al lado de un viejo que se apoderaba de la 
aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre cambiaba oro; su madre era la única hija de un 
mercader de jade que le había heredado sus bienes maldiciéndola por no haber nacido varón. 
Ling había crecido en una casa en donde la riqueza eliminaba los azares. Aquella existencia, 
cuidadosamente protegida, lo había vuelto tímido: le temía a los insectos, al trueno y al rostro 
de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre eligió una esposa para él, y cuidó de 
que fuera muy bella, pues la idea de la felicidad que procuraba a su hijo lo consolaba de haber 
alcanzado la edad en la que la noche sirve para dormir. La esposa de Ling era f rágil como un 
junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de las 
nupcias, los padres de Ling llevaron la discreción hasta morir, y el hijo se quedó solo en su casa 
pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa que sonreía siempre, y de un ciruelo que 
cada primavera daba f lores rosas. Ling amó a esa mujer de corazón cristalino como se ama a 
un espejo que no se empaña jamás, a un talismán que siempre protege. Frecuentaba las casas 
de té para obedecer a la moda y favorecía con moderación a los acróbatas y a las bailarinas. 
Una noche, en una taberna, le tocó Wang-Fo como compañero de mesa. El viejo había bebido 
para ponerse en estado de pintar mejor a un borracho; su cabeza se inclinaba de lado, como si 
se esforzara en medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz 
desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y esa noche Wang hablaba como si el silencio 
fuera un muro; y las palabras, colores destinados a cubrirlo. Gracias a él, Ling conoció la belleza 
de los rostros de los bebedores desvanecidos por el humo de las bebidas calientes, el 
esplendor moreno de las carnes que el fuego había lamido desigualmente, y el rosado 
exquisito de las manchas de vino esparcidas en los manteles como pétalos marchitos. Una 
ráfaga de viento reventó la ventana; el aguacero se metió en la habitación. Wang-Fo se inclinó 
para hacer admirar a Ling el fulgor lívido del rayo; y Ling, maravillado, dejó de temerle a la 
tormenta. 
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; y como Wang-Fo no tenía dinero ni posada, humildemente 
le of reció albergue. Caminaron juntos; Ling llevaba una linterna; su claridad proyectaba sobre 
los charcos fuegos inesperados. Aquella noche, Ling supo, no sin sorpresa, que los muros de su 
casa no eran rojos como él había creído sino que tenían el color de una naranja a punto de 
pudrirse. En el patio, Wang-Fo reparó en la forma delicada de un arbusto, al cual nadie había 
prestado atención hasta entonces, y lo comparó a una joven que deja secar sus cabellos. En el 
corredor, siguió maravillado el camino vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas del 
muro, y el horror de Ling por aquellos bichos se desvaneció. Al comprender que Wang-Fo 
acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al viejo 
pintor en la alcoba en donde su padre y su madre habían muerto. 
Desde hacía años, Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el 
laúd bajo un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling 
podía serlo puesto que no era mujer. Luego Wang-Fo habló de pintar a un joven príncipe 
tensando el arco al pie de un gran cedro. Ningún joven del tiempo presente era lo bastante 
irreal para servirle de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. 
Luego, Wang-Fo la pintó vestida de hada entre las nubes del Poniente, y la joven lloró, pues 
era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang-Fo hacía de ella, su 
rostro ¡se marchitaba como una f lor expuesta al viento caliente o a las lluvias de verano. Una 
mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas del chai que la 
estrangulaba f lotaban mezcladas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, 
y pura como las bellezas celebradas por los poetas de los tiempos cumplidos. Wang-Fo la pintó 
por última vez porque amaba ese tinte verdoso que cubre el rostro de los muertos. Su 
discípulo Ling molía los colores, y aquella tarea le exigía tanta dedicación que se olvidó de 
verter lágrimas. Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque 
para procurar al maestro los f rascos de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa 
estuvo vacía, la dejaron, y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado 
de una ciudad en la cual los rostros no tenían ya ningún secreto de fealdad o de belleza que 
enseñarle; el maestro y el discípulo erraron juntos por los caminos del reino de Han. 
Su reputación los precedía en los pueblos, en el umbral de las fortalezas y bajo el pórtico de los 
templos donde los peregrinos inquietos se refugian en el crepúsculo. Se decía que Wang-Fo 
tenía el poder de dar vida a sus pinturas con el último toque de color que agregaba a los ojos. 
Los granjeros venían a suplicarle que pintara un perro guardián y los señores querían de él 
imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como a un sabio; el pueblo le 
temía como a un brujo. A Wang le alegraban estas diferencias de opinión que le permitían 
estudiar en su entorno las expresiones de gratitud, de temor o de veneración. 
Ling mendigaba el alimento, cuidaba el sueño del maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle 
masaje en los pies. Al despuntar la aurora, mientras el anciano aún dormía, iba a la caza de 
paisajes tímidos, disimulados tras ramos de juncos. Por la tarde, cuando el maestro, 
desalentado, tiraba sus pinceles en el piso, los recogía. Cuando Wang-Fo estaba triste y 
hablaba de su vejez, Ling le mostraba sonriendo el sólido tronco de un viejo roble; cuando 
Wang estaba alegre y bromeaba, Ling f ingía humildemente que lo escuchaba. 
Un día, a la hora en que el sol se pone, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial, y Ling 
buscó para Wang-Fo una posada en donde pasar la noche. El viejo se envolvió en sus harapos y 
Ling se acostó junto a él para calentarlo, pues apenas acababa de nacer la primavera, y el piso
de tierra aún seguía helado. Al romperse el alba, resonaron pasos pesados en los corredores 
de la posada; se escucharon los susurros asustados del posadero, y órdenes gr itadas en una 
lengua bárbara. Ling se estremeció al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz 
para la comida del maestro. No dudando de que habían venido a detenerlo, se preguntó quién 
ayudaría a Wang-Fo a pasar el vado del próximo río. 
Los soldados entraron con linternas. La llama que se f iltraba a través del papel abigarrado 
lanzaba luces rojas o azules sobre sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre su 
hombro, y los más feroces rugían de pronto sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la 
nuca de Wang-Fo quien no pudo evitar f ijarse en que sus mangas no hacían juego con el color 
de sus abrigos. 
Sostenido por su discípulo, tropezando a lo largo de los caminos disparejos, Wang-Fo siguió a 
los soldados. Los transeúntes, amontonados, se burlaban de aquellos dos criminales que sin 
duda llevaban a decapitar. A todas las preguntas de Wang, los soldados contestaban con una 
mueca salvaje. Sus manos atadas suf rían, y Ling, desesperado, miraba sonriendo a su maestro, 
lo que era para él la manera más tierna de llorar. 
Llegaron a la entrada del palacio imperial, que erguía sus muros violetas en pleno día como un 
lienzo de crepúsculo. Los soldados hicieron atravesar a Wang-Fo innumerables salas cuadradas 
o circulares cuyas formas simbolizaban las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo 
femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas, 
emitiendo una nota de música, y estaban dispuestas de tal manera que se recorría toda la 
escala musical al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar la 
idea de un poder y una sutileza sobrehumanos, y se sentía que las mínimas órdenes 
pronunciadas allí, debían de ser def initivas y terribles como la sabiduría de los antepasados. 
Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se volvió tan profundo que ni siquiera un 
ajusticiado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron 
como mujeres, y la pequeña tropa entró en el salón, donde presidía, desde su trono, el Hijo del 
Cielo. 
Era un salón desprovisto de muros, sostenido por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín 
se abría al otro lado de los fustes de mármol, y cada f lor contenida en sus bosquecillos 
pertenecía a una especie rara traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume, 
para que la meditación del Dragón Celeste no se viera turbada jamás por los bellos olores. En 
señal de respeto, por el silencio en que estaban inmersos sus pensamientos, ningún pájaro 
había sido admitido en el interior del recinto; y habían echado hasta las abejas. Un muro 
enorme separaba el jardín del resto del mundo, para que el viento que pasaba sobre los perros 
reventados y los cadáveres de los campos de batalla no pudiera permitirse ni rozar la manga 
del Emperador. 
El Amo Celestial estaba sentado sobre un trono de jade, y sus manos estaban arrugadas como 
las de un anciano aunque tenía apenas veinte años. Su traje era azul para f igurar el invierno y 
verde para recordar la primavera. Su rostro era bello, pero impasible como un espejo colocado 
demasiado alto, que no ref lejara más que los astros y el cielo implacable. Tenía a su derecha al 
Ministro de los Placeres Perfectos; y a su izquierda, al Consejero de los Justos Tormentos. 
Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas alertaban el oído para recoger la menor 
palabra salida de sus labios, se había acostumbrado a hablar siempre en voz baja. 
—Dragón Celeste —dijo Wang-Fo proster-nándose—, soy viejo, soy pobre, soy débil. Eres 
como el verano; soy como el invierno. Tienes Diez Mil Vidas; no tengo más que una que está 
por terminar. ¿Qué te he hecho? Han atado mis manos que nunca te han dañado. 
—¿Me preguntas qué es lo que has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador. 
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó la mano derecha, que los ref lejos 
del pavimento de jade hacían parecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, 
maravillado por el largo de aquellos dedos delgados, buscó en sus recuerdos si no había hecho 
del Emperador, o de sus ascendientes, un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era 
poco probable, pues Wang-Fo hasta entonces no había f recuentado la corte de los 
emperadores, ya que había preferido las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los 
suburbios de las cortesanas y las tabernas de los muelles en las que riñen los estibadores. 
—¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —prosiguió el Emperador 
inclinando su endeble cuello hacia el anciano que lo escuchaba. Te lo voy a decir. Pero como el 
veneno del prójimo no puede deslizarse en nosotros más que por nuestras nueve aberturas, 
para ponerte en presencia de tus culpas, debo pasearte a lo largo de los corredores de mi 
memoria, y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la 
habitación más secreta del palacio, pues era de la opinión que los personajes de los cuadros 
deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En 
esos salones fui educado, viejo Wang-Fo, porque habían organizado la soledad a mi alrededor, 
para permitirme crecer en ella. Con el propósito de evitar a mi candor la salpicadura de las 
almas, habían alejado de mí el oleaje agitado de mis futuros súbditos; y no le estaba permitido 
a nadie pasar f rente al umbral de mi morada, por temor de que la sombra de aquel hombre o 
de aquella mujer se extendiera hasta mí. Los contados viejos servidores que me habían 
adjudicado se mostraban lo menos posible; las horas giraban en círculo; los colores de tus 
pinturas se avivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por la noche, cuando no 
lograba dormir, contemplaba tus cuadros, y, durante casi diez años, los miré todas las noches. 
De día, sentado sobre un tapete cuyo dibujo me sabía de memoria, con las palmas de las 
manos vacías reposando sobre mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las dichas que me 
proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo, con el país de Han en el centro, igual al 
llano monótono y hueco de la mano que surcan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su 
alrededor, el mar donde nacen los monstruos; y más lejos aún, las montañas que sostienen el 
cielo. Y para ayudarme a representar mejor todas esas cosas, utilizaba tus pinturas. Me hiciste 
creer que el mar se parecía al vasto manto de agua extendido sobre tus telas, tan azul que una 
piedra, al caer, no podía sino convertirse en zaf iro; que las mujeres se abrían y se cerraban 
como f lores, iguales a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, en las veredas de tus 
jardines, y que los jóvenes guerreros de cintura delgada que velan en las fortalezas de las 
f ronteras eran como f lechas que podían atravesar el corazón. A los dieciséis años vi abrirse las 
puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero 
eran menos bellas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por los caminos, de 
los que no había previsto ni el lodo ni las piedras, recorrí las provincias del imperio sin 
encontrar tus jardines llenos de mujeres iguales a luciérnagas, tus mujeres cuyo cuerpo es 
como un jardín. Los guijarros de las costas me asquearon de los océanos; la sangre de los 
sacrif icados es menos roja que la granada f igurada sobre tus telas; la miseria de los pueblos me 
impide ver la belleza de los arrozales; la piel de las mujeres vivas me repugna como la carne 
muerta que cuelga de los ganchos de los carniceros; y la risa burda de mis soldados me 
revuelve el corazón. Me has mentido Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es más que un 
montón de manchas confusas, arrojadas sobre el vacío por un pintor insensato, siempre 
borradas por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos, y no soy el 
Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena reinar es aquél en el que tú penetras, 
viejo Wang, por el camino de las Mil Cuevas y de los Diez Mil colores. Sólo tú reinas en paz 
sobre las montañas cubiertas de una nieve que no puede derretirse, y sobre campos de 
narcisos que no pueden morir. 
Y es por ello, Wang-Fo, que busqué cuál suplicio te sería reservado a ti, cuyos sortilegios me 
hastiaron de lo que poseo, y me dieron el deseo de lo que no poseeré. Y para encerrarte en el 
único calabozo del que no puedas salir, he decidido que se te quemen los ojos, puesto que tus 
ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que te abren tu reino. 
Y como tus manos son los dos caminos de diez ramif icaciones que te llevan al corazón de tu 
imperio, he decidido que te sean cortadas las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo? 
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling arrancó de su cinturón un cuchillo mellado y se 
precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió, y agregó en 
un suspiro: 
—Y te odio también, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. 
Ling pegó un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara el traje de su maestro.
Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling quedó separada de la nuca, igual a 
una f lor cortada. Los servidores se llevaron los restos, y Wang-Fo, desesperado, admiró la 
hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo hacía sobre el pavimento de piedra 
verde. 
El Emperador hizo una señal, y los eunucos enjugaron los ojos de Wang-Fo. 
—Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas pues no es el momento 
de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios, para que la poca luz que les queda no sea 
enturbiada por tu llanto, puesto que no deseo tu muerte sólo por rencor; y no es sólo por 
crueldad que quiero verte suf rir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección 
de tus obras una pintura admirable en donde las montañas, el estero de los ríos y el mar se 
ref lejan, inf initamente reducidos, sin duda, pero con una evidencia que sobrepasa la de los 
objetos mismos, como las f iguras que se ref lejan sobre las paredes de una esfera, Pero esta 
pintura no está terminada, Wang-Fo, y tu obra maestra no es más que un boceto. Sin duda, en 
el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, reparaste en un pájaro que pasaba, 
o en un niño que perseguía a aquel pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te 
hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste la orla del manto del mar, ni la 
cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que consagres las horas de luz que te quedan 
a terminar esta pintura, que contendrá así los últimos secretos acumulados en el curso de tu 
larga vida. Seguramente tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda, y 
el inf inito penetrará en tu obra por los plumeados de la desgracia. Y no hay duda de que tus 
ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán relaciones en el límite de los sentidos humanos. 
Ese es mi propósito, viejo Wang-Fo, y puedo forzarte a realizarlo. Si te rehúsas, antes de 
cegarte, haré quemar todas tus obras, y serás entonces igual a un padre cuyos hijos han sido 
asesinados, y destruidas las esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que este 
último mandamiento no se debe más que a mi bondad, pues sé que la tela es la única amante 
que has acariciado en tu vida, y of recerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas 
horas es como dar de limosna una cortesana a un joven que va a ser ejecutado. 
Tras una señal del meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura 
inacabada en donde Wang-Fo había trazado la imagen del mar y del cielo. Wang-Fo secó sus 
lágrimas y sonrió, pues ese pequeño bosquejo le recordaba su juventud. Todo atestiguaba una 
f rescura del alma a la cual Wang-Fo no podía aspirar más; sin embargo, algo le faltaba, pues en 
la época en que Wang la había pintado no había aún contemplado suf icientes montañas, ni 
suf icientes rocas bañando en el mar sus costados desnudos, y no se había impregnado lo 
bastante de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba 
un esclavo, y se puso a extender sobre el mar inacabado largas corrientes azules. Un eunuco 
agachado a sus pies molía los colores; desempeñaba bastante mal aquella tarea, y más que 
nunca Wang-Fo añoró a su discípulo Ling. 
Wang comenzó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada sobre una montaña. 
Luego, agregó sobre la superf icie del mar pequeñas arrugas que volvían más profundo el 
sentimiento de su serenidad. El empedrado de jade se tornaba singularmente húmedo, Pero 
Wang-Fo, absorto en su pintura, no se daba cuenta que trabajaba con los pies en el agua. 
La f rágil barca que había crecido bajo las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer 
plano del rollo de seda. El ruido cadencioso de los remos se levantó de pronto en la distancia, 
rápido y vivo como un aleteo. El ruido se acercó, llenó lentamente toda la sala, luego se detuvo 
y, suspendidas de los remos del barquero, unas gotas temblaban, inmóviles. Hacía tiempo ya 
que el hierro candente destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del 
verdugo. Los cortesanos, inmovilizados por el protocolo, con el agua hasta los hombros, se 
paraban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó f inalmente el nivel del corazón imperial. El 
silencio era tan profundo que se hubiera podido escuchar el caer de unas lágrimas. 
Sí, era Ling. Llevaba su viejo traje de todos los días, y su manga derecha aún tenía las huellas 
de un desgarrón que no había tenido tiempo de zurcir, en la mañana, antes de la llegada de los 
soldados. Pero lucía en torno al cuello una extraña bufanda roja. 
Wang-Fo le dijo quedamente mientras seguía pintando: 
—Te creía muerto. 
—Vivo usted —contestó respetuosamente Ling—, ¿cómo hubiera podido morir? Y ayudó al 
maestro a subir a la embarcación. El techo de jade se ref lejaba sobre el agua, de manera que 
Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos 
ondulaban en la superf icie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador f lotaba como un 
loto. 
—Mira, discípulo mío —dijo melancólicamente Wang-Fo. Estos desgraciados van a perecer, si 
no es que ya han perecido. No sospechaba que hubiese bastante agua en el mar como para 
ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer? 
—No tema, maestro —murmuró el discípulo. Pronto se volverán a encontrar secos y ni 
siquiera recordarán que su manga haya estado mojada. Sólo el Emperador conservará en el 
corazón algo de la amargura marina. Esta gente no está hecha para perderse en el interior de 
una pintura. 
Y agregó: 
—El mar es bello, el viento suave, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, maestro mío, 
hacia el país que se encuentra más allá de las aguas. 
—Partamos —dijo el viejo pintor. 
Wang-Fo se apoderó del timón, y Ling se inclinó sobre los avíos. La cadencia de los remos llenó 
de nuevo toda la sala; era f irme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua 
disminuía insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. 
Pronto, escasos charcos brillaron solos en las depresiones del empedrado de jade. Los ropajes 
de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en 
las f ranjas de su abrigo. 
El cuadro, terminado por Wang-Fo, estaba recargado contra una cortina. Una barca ocupaba 
todo el primer plano. Se alejaba poco a poco, dejando tras ella una delgada estela que se 
cerraba sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la 
embarcación. Pero aún se divisaba la bufanda roja de Ling, y la barba de Wang-Fo que f lotaba 
al viento. 
La pulsación de los remos se debilitó y cesó, obliterada por la distancia. El Emperador, 
inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang que no era 
ya más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó y 
se desplegó sobre el mar. Finalmente, la barca viró tras una roca que cerraba la entrada hacia 
el mar abierto; la sombra de un farallón cayó sobre ella; la estela se borró de la superf icie 
desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre por aquel mar de 
jade azul que Wang-Fo acababa de inventar. 
GRAHAM GREENE 
LOS DESTRUCTORES 
I 
Fue en la víspera del feriado bancario de agosto que el último recluta se convirtió en líder de 
la Pandilla de Wormsley Common. Nadie se sorprendió excepto Mike, pero a los nueve años de 
edad Mike se sorprendía por todo. "Si no cierras la boca" le dijo alguien una vez, "un sapo te 
entrará por ella". Después de eso Mike mantenía los dientes apretados con fuerza salvo 
cuando la sorpresa era demasiado grande. 
El nuevo recluta había estado en la pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y 
había en su silencio meditativo posibilidades que todos reconocían. Jamás desperdiciaba una 
palabra ni siquiera para decir su nombre hasta que las reglas se lo exigían. Cuando dijo 
"Trevor", fue la declaración de un hecho, no, como hubiera sido con los otros, una declaración 
de vergüenza o desaf ío. Ni tampoco rió nadie, excepto Mike, quien, cuando se dio cuenta de 
que se encontraba sin apoyo y cuando vio la mirada oscura del recién llegado, abrió la boca y 
volvió a callarse. Había todas las razones por las que T., como se lo nombró a partir de ese 
momento, debía haber sido objeto de burla; estaba su nombre (y lo reemplazaron por la inicial 
porque de otra manera no habrían tenido excusa para no reírse de él), el hecho de que su 
padre, ex arquitecto y actual empleado administrativo, había "descendido en su posición
social" y que su madre se consideraba mejor que los vecinos. ¿Qué sino una extraña cualidad 
de peligro, de lo impredecible, lo estableció en la pandilla sin tener que pasar por ninguna 
innoble ceremonia de iniciación? 
La pandilla se reunía todas las mañanas en una improvisada playa de estacionamiento, el sitio 
donde había caído la última bomba del primer bombardeo. El líder, a quien conocían como 
Blackie, sostenía haber oído cuando cayó, y nadie tenía las fechas lo suf icientemente precisas 
como para señalar que en ese momento él debía haber tenido un año de edad y debía haber 
estado profundamente dormido en el andén de la Estación de Subterráneos de Wormsley 
Common. A un lado de la playa de estacionamiento se inclinaba la primera casa ocupada, la 
número 3, de la destrozada Northw ood Terrace; se inclinaba literalmente, puesto que había 
sido afectada por el estallido de la bomba y las paredes laterales estaban sostenidas por 
puntales de madera. Más allá había caído una bomba más pequeña y bombas incendiarias, de 
manera que la casa se mantenía en pie como un diente mellado y se continuaba en las ruinas 
linderas de su vecina, un f riso, los restos de una chimenea. T., cuyas palabras estaban casi 
restringidas a votar "sí" o "no" para el plan de operaciones que cada día proponía Blackie, una 
vez sobresaltó a toda la banda cuando dijo, cavilante: 
-Esa casa la construyó Wren, dice mi padre. 
-¿Quién es Wren? 
-El hombre que construyó la catedral de St. Paul. 
-¿A quién le importa? -dijo Blackie-. Es del Viejo Miseria. 
El Viejo Miseria -cuyo verdadero nombre era Thomas-había sido una vez un constructor y 
decorador. Vivía solo en la casa lisiada, ocupándose de sus cosas: una vez por semana se lo 
podía ver regresando por el terreno público con pan y verduras, y en una ocasión, cuando los 
chicos jugaban en la playa de estacionamiento, asomó la cabeza por encima de la quebrada 
pared de su jardín y los miró. -Estaba en el lavatorio -dijo uno de los chicos, porque era de 
público conocimiento que desde que cayeron las bombas algo andaba mal con las cañerías de 
la casa y el Viejo Miseria era demasiado avaro como para invertir dinero en la propiedad. Podía 
ocuparse de redecorar él mismo a precio de costo, pero jamás había aprendido plomería. El 
lavatorio era un cobertizo de madera en el fondo del angosto jardín con un agujero en forma 
de estrella en la puerta: había esquivado el estallido que aplastó la casa de al lado y que hizo 
volar los marcos de las ventanas de la número 3. 
La siguiente ocasión en que la pandilla notó al Sr. Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike 
y un chico delgado y amarillo, a quien por alguna razón se lo llamaba por el apellido, Summers, 
se encontraron con él en el terreno común, cuando volvía del mercado. El Sr. Thomas los 
detuvo. Dijo de manera hosca: 
-¿Ustedes son de ese grupo que juega en la playa de estacionamiento? 
Mike estaba a punto de contestar cuando Blackie se lo impidió. Como líder, tenía 
responsabilidades. -¿Y si lo fuéramos? -dijo con ambigüedad. -Tengo algunos chocolates -dijo 
el Sr. Thomas-. A mí no me gustan. Aquí tienen. No alcanzan para repartir a todos, supongo. 
Nunca alcanza -agregó con sombría convicción. Les dio tres paquetes de Smarties. 
La pandilla quedó desconcertada y perturbada por ese acto y trató de encontrar alguna 
explicación que disminuyera su importancia. 
-Seguro que se le cayeron a alguien y él los recogió -sugirió uno. 
-Los robó y después le agarró un miedo terrible -pensó otro en voz alta. 
-Es un soborno -dijo Summers-. Quiere que dejemos de lanzar la pelota contra la pared de su 
casa. 
-Le mostraremos que no aceptamos sobornos -dijo Blackie, y sacrif icaron toda la mañana al 
juego de lanzar la pelota, que sólo Mike tenía la edad lo suf icientemente corta como para 
disf rutar. No hubo señales del Sr. Thomas. 
Al día siguiente T. los asombró a todos. Había llegado tarde a la reunión, y la votación para las 
actividades de ese día tuvo lugar sin él. De acuerdo con la sugerencia de Blackie la pandilla se 
dispersaría en pares, se subiría a los ómnibus al azar para ver cuántos viajes gratis podrían 
obtener de guardias descuidados (la operación se llevaría a cabo de a pares para evitar que 
alguien hiciera trampa). Estaban sorteando los compañeros cuando llegó T. 
-¿Dónde estabas, T.? -preguntó Blackie-. Ahora no puedes votar. Ya conoces las reglas. 
-Estaba allí -dijo T. Miró el suelo, como si tuviera ideas que ocultar. 
-¿Dónde? 
-En lo del Viejo Miseria. 
La boca de Mike se abrió y después se cerró apresuradamente con un chasquido. Se había 
acordado del sapo. 
-¿En lo del Viejo Miseria? -dijo Blackie. No había nada en las reglas que lo impidiera, pero tenía 
la sensación de que T. estaba pisando terreno peligroso. Preguntó, con esperanza: 
-¿Entraste? 
-No. Toqué el timbre. 
-¿Y qué dijiste? 
-Dije que quería ver la casa. 
-¿Él qué hizo? 
-Me la mostró. 
-¿Robaste algo? 
-No. 
-¿Para qué lo hiciste entonces? 
La pandilla se había reunido alrededor: era como si estuviera a punto de formarse una corte 
improvisada para tratar un caso de desvío. T. dijo: "Es una casa hermosa", y sin dejar de vigilar 
el suelo, sin mirar a nadie a los ojos, se lamió los labios, primero para un lado, después para el 
otro. 
-¿Qué quieres decir con que es una casa hermosa? -preguntó Blackie con sorna. 
-Tiene una escalera de doscientos años de antigüedad, como un sacacorchos. No está 
sostenida por nada. 
-¿Qué quieres decir con que no está sostenida por nada? 
¿Flota? 
-Tiene que ver con fuerzas opuestas, dijo el Viejo Miseria. 
-¿Qué más? 
-Hay paneles. 
-¿Como en el Blue Boar? 
-De doscientos años. 
-¿El Viejo Miseria tiene doscientos años? 
Mike se rió de pronto y luego se quedó callado otra vez. El ánimo de la reunión era serio. Por 
primera vez, desde que T. había entrado en la playa de estacionamiento el primer día de las 
vacaciones, su posición estaba en peligro. Sólo se necesitaba que se mencionara una única vez 
su nombre y la pandilla se le echaría encima. 
-¿Para qué lo hiciste? -preguntó Blackie. Él era justo, no sentía celos, estaba ansioso por 
conservar a T. en la pandilla si podía. Era la palabra "hermosa" lo que le preocupaba; 
pertenecía al mundo de una clase que todavía podía verse parodiada en el Wormsley Common 
Empire por un hombre que llevaba un sombrero alto y un monóculo, y hablaba con un acento 
vacilante. Estuvo tentado de decir: "Mi querido Trevor, viejo amigo" y soltarles la rienda a sus 
sabuesos infernales. 
-Si hubieras entrado por la fuerza -dijo con tristeza...-eso sí hubiera sido una actividad digna de 
la pandilla. 
-Esto era mejor -dijo T.-. Averigüé cosas. 
Continuó mirándose f ijamente los pies, sin mirar a nadie a los ojos, como si estuviera absorto 
en un sueño que no estaba dispuesto a -o que le daba vergüenza- compartir. 
-¿Qué cosas? 
-El Viejo Miseria va a estar fuera todo el día de mañana y el feriado bancario. Blackie dijo con 
alivio: 
-¿Quieres decir que podríamos entrar por la fuerza? 
-¿Y robar cosas? -preguntó alguien.
Blackie dijo: 
-Nadie va a robar cosas. Entrar por la fuerza... con eso alcanza, ¿verdad? No queremos ninguna 
cuestión legal. 
-Yo no quiero robar nada -dijo T. -. Tengo una idea mejor. 
-¿Cuál es? 
T. levantó los ojos, tan grises y perturbados como ese descolorido día de agosto. 
-La derribaremos -dijo-. La destruiremos. 
Blackie lanzó un solitario grito de risa y entonces, como Mike, se quedó callado, intimidado por 
esa mirada seria e implacable. 
-¿Y qué va a hacer la policía todo ese tiempo? -dijo. 
-No se enterarían. Lo haríamos desde adentro. Encontré una forma de entrar. 
Con una especie de intensidad, dijo: 
-Seríamos como gusanos, ven, en una manzana. Cuando volvamos a salir no quedará nada, ni 
escaleras, ni paneles, nada excepto las paredes, y entonces haríamos que las paredes se 
derrumben, de alguna manera. 
-Iríamos a la cárcel -dijo Blackie. 
-¿Quién va a probarlo? Y de todas maneras no robaríamos nada. 
Con un ligerísimo parpadeo de gozo, agregó: 
-No habría nada para robar cuando hubiéramos terminado. 
-Nunca oí que alguien fuera a prisión por romper cosas -dijo Summers. 
-No habría tiempo -dijo Blackie-. Yo he visto trabajar a los que derriban casas. 
-Nosotros somos doce -dijo T.-. Nos organizaríamos. 
-Ninguno de nosotros sabe cómo... 
-Yo sí sé -dijo T. y dirigió la mirada a Blackie-. ¿Tú tienes un plan mejor? 
-Hoy -dijo Mike sin tacto-, vamos a colarnos en los ómnibus y viajar gratis... 
-Viajar gratis -dijo T-. Cosas de niños. Puedes apartarte, Blackie, si es lo que pref ieres... 
-La pandilla tiene que votar. -Entonces somételo a votación. Blackie dijo, incómodo: 
-Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del Viejo Miseria. 
-Yo, yo -dijo un chico gordo llamado Joe. 
-¿Quién está a favor? T dijo: 
-Está aprobado. 
-¿Cómo empezamos? -preguntó Summers. 
-Él va a explicarlo -dijo Blackie. Era el f in de su liderazgo. Se alejó hacia la parte posterior de la 
playa de estacionamiento y comenzó a patear una piedra, haciéndola volverse hacia un lado y 
hacia otro. En la playa sólo había un viejo Morris, ya que quedaban pocos vehículos allí, salvo 
camiones: sin un guardia, no había seguridad. Lanzó una patada al auto e hizo saltar un poco 
de pintura del guardabarros trasero. Más allá, sin prestarle más atención que la que se daría a 
un desconocido, la pandilla había rodeado a T.; Blackie era oscuramente consciente del cambio 
de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la 
falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera 
posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de 
estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. 
Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores 
ambulantes de f rutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa 
del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, 
Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo 
Miseria. 
T. estaba dando órdenes con decisión: era como si ese plan hubiera estado en su cabeza 
durante toda su vida, analizado a través de las estaciones, ahora en su decimoquinto año 
cristalizado con los dolores de la pubertad. 
-Tú -le dijo a Mike- trae algunos clavos grandes, los más grandes que puedas encontrar, y un 
martillo. Todos los que puedan mejor que traigan un martillo y un destornillador. 
Necesitaremos muchos. Formones también. Eso nunca está de más. ¿Alguien puede traer un 
serrucho? 
-Yo puedo -dijo Mike. 
-No un serrucho de juguete -dijo T- uno de verdad. 
Blackie se dio cuenta de que había levantado la mano como cualquier miembro común de la 
pandilla. 
-Correcto, tráelo tú, Blackie. Pero ahora tenemos una dif icultad. Precisamos una sierra. 
-¿Qué es una sierra? -preguntó alguien. 
-Podemos comprar una en Woolw orth's -dijo Summers. 
El chico gordo llamado Joe dijo con melancolía: 
-Yo sabía que esto terminaría con una colecta. 
-Yo mismo conseguiré una -dijo T-. No quiero tu dinero. Pero no puedo comprar una maza. 
Blackie dijo: 
-Están trabajando en la número 15. Sé dónde van a dejar las herramientas durante el feriado 
bancario. 
-Entonces eso es todo -dijo T-. Nos encontraremos aquí a las nueve en punto. 
-Yo tengo que ir a la iglesia -dijo Mike. 
-Asómate por encima de la pared y silba. Te dejaremos entrar. 
II 
El domingo a la mañana todos llegaron puntualmente excepto Blackie, incluso Mike. Mike 
había tenido un golpe de suerte. Su madre había caído enferma, su padre estaba cansado 
después de la noche del sábado, y le habían dicho que fuera a la iglesia solo, con toda clase de 
advertencias sobre lo que le sucedería si se desviaba. Blackie había tenido dif icultades para 
sacar el serrucho, y después para encontrar una maza en los fondos de la número 15. Se 
acercó a la casa desde una calleja que daba a la parte posterior del jardín, por miedo a la 
recorrida del policía en la calle principal. La cansada vegetación perenne mantenía a raya un 
sol de tormenta; en el Atlántico se estaba formando otro feriado mojado, que empezaba con 
remolinos de polvo debajo de los árboles. Blackie trepó por la pared hacia el jardín de Miseria. 
No había señales de nadie por ningún lado. El lavatorio se destacaba como una tumba en un 
cementerio abandonado. Las cortinas estaban cerradas. La casa dormía. Blackie se acercó con 
el serrucho y la maza. Tal vez después de todo no se había presentado nadie: el plan había sido 
una invención descabellada: se habían despertado más sabios. Pero cuando se aproximó a la 
puerta cerrada pudo oír una confusión de sonidos apenas más fuertes que un enjambre en una 
colmena: un clíketi clack, un bangbang, una raspadura, un crujido, un repentino y doloroso 
estrépito de rotura. Pensó: es cierto, y silbó. 
Le abrieron la puerta trasera y entró. De inmediato tuvo la impresión de organización, muy 
diferente de la atmósfera de libertad que existía bajo su liderazgo. Durante un rato 
vagabundeó subiendo y bajando las escaleras buscando a T. Nadie le dirigió la palabra: tuvo la 
sensación de una gran urgencia, y ya podía comenzar a entender el plan. Estaban demoliendo 
cuidadosamente el interior de la casa sin tocar las paredes. Summers, con un martillo y un 
formón, estaba arrancando los zócalos del piso del comedor: ya había destruido los paneles de 
la puerta. En el mismo cuarto Joe estaba levantando los bloques del parquet, dejando al 
descubierto las tablas de madera blanda del piso que estaban encima del sótano. De los 
zócalos dañados se desprendían rollos de cables y Mike estaba sentado alegremente en el 
suelo, cortando los cables. 
En lo alto de la escalera curva había dos miembros de la pandilla dedicándose con esfuerzo al 
pasamanos con un inadecuado serrucho de juguete; cuando vieron el gran serrucho de Blackie 
se lo pidieron con una señal y sin decir palabra. Cuando los volvió a ver ya habían arrojado en 
el vestíbulo un cuarto del pasamanos. Finalmente encontró a T. en el cuarto de baño; estaba 
sentado con expresión de malhumor en el lugar de la casa al que menos importancia se le 
daba, escuchando los sonidos que venían de abajo. 
-Lo hiciste de verdad -dijo Blackie con reverencia-. ¿Qué va a pasar? 
-Recién empezamos -dijo T. Miró la maza y le dio instrucciones-. Tú quédate aquí y rompe la 
bañadera y la pileta. No te preocupes por las cañerías. Nos encargaremos de ellas más tarde.
Mike apareció por la puerta. 
-Ya he terminado con los cables, T -dijo. 
-Bien. Ahora sólo tienes que dar vueltas por ahí. La cocina está en el sótano. Destroza toda la 
porcelana y las copas y las botellas que puedas encontrar. No abras las canillas, no nos 
conviene que haya una inundación, aún no. Después entra en todas las habitaciones y da 
vuelta los cajones. Si están cerrados con llave haz que uno de los otros los abra a golpes. 
Rompe todos los papeles que encuentres y destroza todos los adornos. Mejor que tomes un 
cuchillo de cortar carne de la cocina. El dormitorio está ahí enf rente. Abre las almohadas y 
corta las sábanas. Eso es suf iciente por el momento. Y tú, Blackie, cuando hayas terminado 
aquí quiebra el yeso del pasaje de arriba con la maza. 
-¿Tú qué vas a hacer? -preguntó Blackie. 
-Estoy buscando algo especial -dijo T 
Se hizo casi la hora del almuerzo antes de que Blackie hubiera terminado y fuera a buscar a T El 
caos había avanzado. La cocina era un revoltijo de vidrios y porcelanas rotas. En el comedor 
habían quitado todo el parquet, los zócalos estaban levantados, habían quitado la puerta del 
marco, y los destructores habían subido un piso. Entraban f ranjas de luz a través de los 
postigos cerrados donde trabajaban con la seriedad de creadores; y la destrucción, después de 
todo, es un acto de creación. Cierto tipo de imaginación había visto esta casa de la forma en 
que se había convertido ahora. Mike dijo: 
-Tengo que ir a casa a comer. 
-¿Quién más? -preguntó T, pero todos los demás, con una u otra excusa, habían traído 
provisiones. 
Se acomodaron de cuclillas en las ruinas de la habitación y se intercambiaron los sandw iches 
que no querían. Media hora para almorzar y luego se pusieron a trabajar otra vez. Cuando 
Mike regresó ya estaban en el último piso, y a las seis de la tarde el daño superf icial estaba 
completo. Todas las puertas estaban arrancadas, todos los zócalos levantados, los muebles 
saqueados y arrancados y aplastados; nadie podría haber dormido en esa casa salvo en una 
cama de yeso roto. T. dio órdenes -a las ocho en punto a la mañana siguiente- y para no ser 
vistos salieron de a uno trepando por la pared del jardín, hacia la playa de estacionamiento. 
Sólo quedaron Blackie y T.: ya casi no había luz, y cuando tocaron un interruptor, no funcionó 
nada; Mike había hecho su trabajo a conciencia. 
-¿Encontraste algo especial? -preguntó Blackie. 
T. asintió. 
-Ven aquí -dijo- y mira. 
De ambos bolsillos sacó montones de billetes de una libra. 
-Los ahorros del Viejo Miseria -dijo. 
Mike cortó el colchón, pero no los vio. 
-¿Qué vas a hacer con ellos? ¿Compartirlos? 
-No somos ladrones -dijo T. -. Nadie va a robar nada de esta casa. Éstos los guardé para ti y 
para mí; una celebración. 
Se puso de rodillas en el piso y los contó: en total había setenta. 
-Vamos a quemarlos -dijo- uno por uno. 
Y, turnándose, levantaban un billete hacia arriba y encendían la punta, de manera que la 
llamarada bajara lentamente hacia sus dedos. La ceniza gris f lotaba por encima de ellos y caía 
sobre sus cabezas como los años. 
-Me gustaría ver la cara del Viejo Miseria cuando terminemos -dijo T. 
-¿Lo odias mucho? -preguntó Blackie. 
-Por supuesto que no lo odio -dijo T-. No sería divertido si lo odiara. 
El último billete en llamas iluminó su cara meditativa. 
-Todo eso del odio y el amor -dijo- es blando, es una tontería. Lo único que existe son las cosas, 
Blackie -y miró a su alrededor la sala abarrotada con las sombras no familiares de cosas 
partidas por la mitad, cosas rotas, ex cosas. 
-Te juego una carrera a casa, Blackie -dijo. 
III 
A la mañana siguiente comenzó la destrucción en serio. Faltaban dos: Mike y otro chico cuyos 
padres habían ido a Southend y Brighton a pesar de las gotas lentas y calientes que habían 
comenzado a caer y del rugido del trueno en el estuario como los primeros cañones del 
bombardeo. 
-Tenemos que apurarnos -dijo T. 
Summers estaba impaciente. 
-¿No hicimos suf iciente? -preguntó-. Me dieron dinero para las máquinas tragamonedas. Esto 
es como trabajar. 
-Apenas empezamos -dijo T-. Vamos, todavía quedan los pisos, y las escaleras. No hemos 
quitado una sola de las ventanas. Tú votaste como los demás. Vamos a destruir esta casa. No 
va a quedar nada cuando terminemos. 
Volvieron a empezar en la planta baja levantando las tablas superiores del piso que estaban 
junto a la pared exterior, dejando expuestas las vigas. Después serrucharon las vigas y 
retrocedieron hacia el vestíbulo, a medida que lo que quedaba del piso se inclinaba y se 
hundía. Habían aprendido con la práctica, y el otro piso se derrumbó más fácilmente. Cuando 
estaba anocheciendo los inundó una extraña euforia en el momento en que miraron hacia 
abajo y vieron el gran hueco de la casa. Corrieron riesgos y cometieron errores: cuando 
pensaron en las ventanas ya era demasiado tarde para alcanzarlas. Joe dejó caer un penique 
en el pozo seco y lleno de escombros. La moneda rebotó y giró entre los pedazos de vidrio 
roto. 
-¿Por qué empezamos esto? -preguntó Summers con asombro; T. ya estaba en el suelo, 
cavando entre los escombros, abriendo un claro a lo largo de la pared exterior. 
-Abran las canillas -dijo-. Está demasiado oscuro ahora como para que alguien lo vea, y por la 
mañana ya no tendrá importancia. 
El agua los pasó de largo por la escalera y cayó en las habitaciones sin pisos. Fue en ese 
momento que oyeron que Mike silbaba en el fondo. 
-Algo anda mal -dijo Blackie. Podían oír su respiración urgente cuando abrían el cerrojo de la 
puerta. 
-¿La policía? -preguntó Summers. 
-El Viejo Miseria -dijo Mike-. Viene para acá -dijo con orgullo. 
-¿Pero cómo? -dijo T.-. Él me había dicho... -protestó con la furia del niño que jamás había 
sido-. No es justo. 
-Había ido a Southend -dijo Mike- y estaba en el tren de regreso. Dijo que hacía demasiado f río 
y humedad. 
Hizo una pausa y echó una mirada al agua. 
-Caramba, ustedes tuvieron una tormenta aquí. ¿Gotea el techo? 
-¿Cuánto va a tardar en llegar? 
-Cinco minutos. Me escapé de mi mamá y vine corriendo. 
-Mejor que nos vayamos -dijo Summers-. De todas formas, ya hemos hecho suf iciente. 
-Oh, no, no es así. Cualquiera podría hacer esto... 
"Esto" era la casa destrozada y ahuecada en la que no quedaba nada excepto las paredes. Sin 
embargo las paredes podrían conservarse. Las fachadas eran valiosas. Podrían construir dentro 
de ellas otra vez, algo más hermoso que antes. Esto podría volver a ser un hogar. Dijo, 
enojado: 
-Tenemos que terminar. No se muevan. Déjenme pensar. 
-No hay tiempo -dijo uno de los chicos. 
-Tiene que haber una forma -dijo T-. No podríamos haber llegado tan lejos... 
-Hemos hecho mucho -dijo Blackie. 
-No, no. No es así. Que alguien vigile la parte de adelante. 
-No podemos hacer más. 
-Puede entrar por el fondo. 
-Vigilen el fondo también -T comenzó a rogar-: sólo denme un minuto y yo lo arreglo. Juro que
lo arreglaré. 
Pero su autoridad había desaparecido con su ambigüedad. No era más que uno de la pandilla. 
-Por favor -dijo. 
-Por favor -Summers lo imitó, y entonces de pronto lo golpeó de lleno con el nombre fatal-: 
Vete corriendo a tu casa, Trevor. 
T se quedó con la espalda apoyada contra los escombros como un boxeador a quien habían 
noqueado y dejado semi desmayado contra las sogas. No le quedaban palabras y sus sueños se 
sacudían y se deslizaban. Entonces Blackie intervino antes de que la pandilla tuviera tiempo de 
echarse a reír, y empujó a Summers hacia atrás. 
-Yo vigilaré el f rente, T. -dijo, y con cautela abrió los postigos del vestíbulo. El terreno público, 
mojado y gris, se extendía hacia adelante, y las luces brillaban en los charcos. 
-Alguien viene, T. No, no es él. ¿Cuál es tu plan, T.? 
-Dile a Mike que vaya al lavatorio y se esconda pegado al costado. Cuando oiga que yo silbo 
tiene que contar hasta diez y empezar a gritar. 
-¿Gritar qué? 
-Oh, "Socorro", algo así. 
-Ya oíste, Mike -dijo Blackie. Era el líder otra vez. Echó un rápido vistazo por entre los postigos-. 
Ya viene, T. 
-Rápido, Mike. El lavatorio. Quédate aquí, Blackie, todos ustedes, hasta que yo grite. 
-¿Qué vas a hacer, T.? 
-No te preocupes. Yo me encargo de esto. Dije que lo haría, ¿no? 
El Viejo Miseria venía cojeando por el terreno común. Tenía barro en los zapatos y se detuvo 
para quitárselo raspándolos contra el borde del pavimento. No quería ensuciar su casa, que se 
veía torcida y oscura entre los sitios en los que habían caído las bombas, salvada por tan poco, 
creía él, de la destrucción. El estallido de la bomba ni siquiera había roto las lámparas del 
ventilador. En algún lugar silbó alguien. El Viejo Miseria miró rápidamente a su alrededor. No 
conf iaba en los silbidos. Un niño estaba gritando: el sonido parecía venir de su propio jardín. 
Entonces un chico apareció corriendo en la calle, desde la playa de estacionamiento. 
-Señor Thomas -exclamó-. Señor Thomas. 
-¿Qué pasa? 
-Lo lamento profundamente, señor Thomas. Uno de nosotros tuvo un apuro, y pensamos que 
a usted no le molestaría, y ahora no puede salir. 
-¿A qué te ref ieres, muchacho? 
-Se quedó encerrado en su lavatorio. 
-Él no tenía nada que hacer en... ¿A ti no te había visto antes? 
-Usted me mostró su casa. 
-Es cierto. Es cierto. Eso no te da derecho a... 
-Apresúrese, señor Thomas. Va a asf ixiarse. 
-Tonterías. No puede asf ixiarse. Espera a que deje mi bolso adentro. 
-Yo le llevo el bolso. 
-Oh no, de ninguna manera. Yo llevo mis propias cosas. 
-Por aquí, señor Thomas. 
-No puedo entrar en el jardín por acá. Tengo que entrar por la casa. 
-Pero sí se puede entrar en el jardín por este camino, señor Thomas. Nosotros lo hacemos a 
menudo. 
-¿Ustedes lo hacen a menudo? 
Siguió al muchacho con una fascinación escandalizada. 
-¿Cuándo? ¿Con qué derecho...? 
-¿Ve...? La pared es baja. 
-No voy a trepar una pared para entrar en mi propio jardín. Es absurdo. 
-Así es como lo hacemos nosotros. Un pie aquí, un pie acá, y al otro lado. 
La cara del muchacho se asomó, un brazo se disparó, y el señor Thomas se dio cuenta de que 
le habían quitado el bolso y lo habían depositado al otro lado de la pared. 
-Devuélvanme mi bolso -dijo el Sr. Thomas. Desde el retrete un chico no dejaba de gritar-. Voy 
a llamar a la policía. 
-Su bolso está bien, señor Thomas. Mire. Un pie allí. A la derecha. Ahora apenas más arriba. A 
la izquierda. 
El Sr. Thomas trepó por la pared de su propio jardín. 
-Aquí tiene el bolso, señor Thomas. 
IV 
Mike se había ido a dormir, pero el resto se quedó. La cuestión del liderazgo ya no preocupaba 
a la pandilla. Con clavos, formones, destornilladores, cualquier cosa que fuera f ilosa y 
penetrante, recorrían las paredes interiores, preocupándose por el cemento que unía los 
ladrillos. Comenzaron en un punto demasiado elevado, y fue Blackie quien dio con el recorrido 
de la cañería y se dio cuenta de que podrían reducir el trabajo a la mitad si debilitaban las 
uniones que estaban inmediatamente arriba. Era una tarea larga, cansadora y aburrida, pero 
f inalmente la terminaron. La casa destripada se mantenía en equilibrio sobre unos pocos 
centímetros de cemento entre el paso de los caños y los ladrillos. 
Quedaba por hacer la tarea más peligrosa de todas, afuera, a la vista, en el límite del sitio de la 
bomba. Mandaron a Summers a que vigilara la calle, por si pasaba alguien, y el señor Thomas, 
sentado en el retrete, ahora oía con claridad el sonido de un serrucho. Ya no venía de la casa, y 
eso lo tranquilizó un poco. Se sintió menos preocupado. Tal vez tampoco los otros ruidos 
tuvieran importancia. 
Una voz le habló a través del orif icio. 
-Señor Thomas. 
-Déjame salir -dijo Thomas con f irmeza. 
-Aquí tiene una manta -dijo la voz, y una salchicha larga y gris pasó por el agujero y cayó como 
pañales sobre la cabeza de Thomas. 
-No es nada personal -dijo la voz-. Queremos que esté cómodo esta noche. 
-Esta noche -repitió Thomas con incredulidad. 
-Agarre esto -dijo la voz-. Panecillos; les pusimos manteca, y salchichas. No queremos que pase 
hambre, señor Thomas. 
Thomas rogó desesperadamente. 
-Una broma es una broma, muchacho. Déjame salir y no diré nada. Suf ro de reuma. Tengo que 
dormir cómodo. 
-No estaría cómodo, en su casa no, no lo estaría. Ahora no. 
-¿A qué te ref ieres, muchacho? -pero las pisadas retrocedieron. Sólo quedaba el silencio de la 
noche: ningún sonido de serrucho. Thomas intentó volver a gritar, pero estaba intimidado y 
reprendido por el silencio: a lo lejos un buho graznó y volvió a alejarse en un vuelo asordinado 
a través del mundo sin sonidos. 
A las siete de la mañana siguiente el chofer vino a buscar su camión. Se subió al asiento y trató 
de encender el motor. Le pareció oír vagamente una voz que gritaba, pero no era asunto de él. 
Por f in el motor respondió y él hizo retroceder el camión hasta que tocó el gran puntal de 
madera que sostenía la casa del Sr. Thomas. De esa manera podía salir hacia la calle 
directamente sin poner marcha atrás. El camión se movió hacia adelante, se detuvo un 
momento como si lo estuvieran tironeando desde atrás, y después siguió avanzando con el 
sonido de un largo y estrepitoso derrumbe. El chofer quedó asombrado cuando vio que unos 
ladrillos salían volando delante de él, mientras que unas piedras golpeaban el techo de la 
cabina del camión. Apretó los f renos. Cuando salió del vehículo todo el paisaje se había 
alterado de pronto. Ya no había ninguna casa al lado de la playa de estacionamiento, sólo una 
montaña de escombros. Dio una vuelta y examinó la parte posterior del camión para ver si se 
había dañado, y encontró una soga atada allí que en el otro extremo todavía estaba retorcida 
alrededor de un soporte de madera. 
Otra vez le pareció al chofer que alguien estaba gritando. El sonido venía de la edif icación de 
madera que era lo más parecido a una casa en esa desolación de ladrillos rotos. El chofer trepó 
por la pared destrozada y abrió la puerta. El señor Thomas salió del retrete. Llevaba encima
una manta gris con pedacitos de yeso adheridos. Lanzó un grito sollozante. 
-Mi casa -dijo-. ¿Dónde está mi casa? 
-A mí que me revisen -dijo el chofer. Sus ojos iluminaron los restos de una bañadera y lo que 
alguna vez había sido una cómoda y comenzó a reírse. Ya no quedaba nada en ningún lado. 
-Cómo se atreve a reír -dijo el señor Thomas-. Era mi casa. Mi casa. 
-Lo siento -dijo el chofer, haciendo esfuerzos heroicos, pero cuando recordó el repentino tirón 
de su camión, el ruido de los ladrillos que caían, volvió a suf rir convulsiones. En un momento la 
casa estaba allí, con tanta dignidad entre los sitios de las bombas, como un hombre de 
sombrero alto, y entonces, bang, crash, ya no quedaba nada; nada de nada. 
-Lo siento -dijo-, no puedo evitarlo, señor Thomas. No es nada personal, pero tiene que admitir 
que es gracioso. 
THOMAS MANN 
LA MUERTE 
10 de septiembre 
Por f in ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo... 
El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia f ina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí 
del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al f in ha llegado, 
inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, 
con una sensación de recogimiento y terror íntimo... 
12 de septiembre 
He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a 
veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño. 
Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de 
habernos encontrado a más de una o dos personas. 
Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde 
una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla 
y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. 
Pero yo no me f ijo en eso; miro sólo el mar. 
15 de septiembre 
Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda 
sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando 
estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el 
viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué 
punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, 
cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor Conde", pero me 
miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda. 
¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento 
manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y 
ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, 
misterioso, del doce de octubre... 
18 de septiembre 
Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el 
diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he 
limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable. 
Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo f lores, unas plantas escuálidas y mojadas 
que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba 
"enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico! 
21 de septiembre 
He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. 
Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta 
y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave 
cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y 
variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve 
y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente 
cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y 
murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo. 
La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. 
Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan inf initamente blanda y al mismo tiempo 
algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente. 
¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías 
"enfermo"? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...? 
23 de septiembre 
Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que 
sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de 
octubre del año cuadragésimo de mi vida. 
¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud 
torturante, ese doce de octubre. 
27 de septiembre 
El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la 
pequeña Asunción y conmigo. 
-Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, 
mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un 
f ilósofo, ¡je, je! 
Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos 
referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. 
Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor. 
30 de septiembre 
-¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he 
calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460. 
No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y 
de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El 
doctor Gudehus me toma por un f ilósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: 
¡La muerte! ¡La muerte! 
2 de octubre 
Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, 
cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por 
loco, y me examinaba a mí mismo con desconf ianza. ¡Ah, no! No estoy loco. 
Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub f lore. Por 
eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en 
Florentinum, y murió. ¿Por qué murió? 
Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo 
consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que 
nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y 
acaso el conocimiento f irme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el 
del lugar? 
¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu 
convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la 
hora que tú creas... 
3 de octubre 
Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, 
que me parecen inf initas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones 
de las cosas, y creo reconocer la insignif icancia de los conceptos. 
¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la 
vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la 
consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere 
antes de haberse uno conformado con la idea...
¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el 
doce de octubre... 
5 de octubre 
Pienso continuamente en ello, y me ocupa por completo. Ref lexiono sobre cuándo y cómo 
tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que 
moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día 
tendría lugar, supe también el día. 
Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento f río de la 
muerte. 
7 de octubre 
El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la 
noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre 
una piedra. 
Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la 
pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma 
delante de mis pies. 
Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la 
muerte: enf rente y fuera una oscuridad inf inita, llena de un sordo f ragor. ¿Sobreviviría allí una 
idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido? 
8 de octubre 
He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como 
llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño 
todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un 
momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo? 
Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? 
¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará 
con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad. 
9 de octubre 
Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de 
tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró 
amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. 
Por lo demás, tengo f iebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de f río. 
10 de octubre 
¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es 
ridículo, pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo 
no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras. 
"¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué 
cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan f río y 
sardónico de decepción. 
11 de octubre (a las 11 de la noche) 
¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo! 
Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba. 
-¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida! 
Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un f río estremecimiento. Ella estaba en su 
camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto 
a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus. 
-Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese 
loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo! 
Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el 
mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad 
un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una 
hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a 
esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía 
ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes 
a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha 
llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son 
burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas! 
¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del 
reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu 
mano, pequeña y f ría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con 
la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir: 
-Es mejor que acabemos pronto... 
FIN 
MARGUERITE DURAS 
EL ÚLTIMO CLIENTE DE LA NOCHE 
La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y 
condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno 
verano. Lo conocía desde principios de año. Lo había encontrado en un baile al que había ido 
sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado 
con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a Saint-Tropez. El entierro 
debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel 
«Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, 
durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos 
segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, 
como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje 
muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien 
metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya 
estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El 
lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. 
De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. 
Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos 
hablarnos más. Bebíamos. En la sangre f ría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. 
No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto 
del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del 
castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en 
el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la f rente helada. Mi hermano lloraba. 
En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo 
pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la 
mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con 
el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé. 
Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos 
quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta 
entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos 
a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del 
bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos 
una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya 
no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en 
nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos f rente a esta 
disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, 
fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí Moderato Cantabile. 
FIN 
EL TREN A BURDEOS 
Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, 
después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí 
con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el 
vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enf rente mío que
me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos 
vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este 
hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las 
lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el 
bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando 
uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que 
todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de 
Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la 
familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el 
hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual 
este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo 
en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía 
nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos 
más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la 
que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al 
llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me 
estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y 
volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las 
gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace f río". 
Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba 
muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la 
gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi 
cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía 
todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más 
retardados, contenidos hasta el f inal, el abandono al goce, tan dif ícil de soportar como si 
hubiera gritado. 
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más 
deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó 
sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, 
y la dejé hacer. 
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no 
me acuerdo, debí caer dormida. 
Volvió. 
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de 
humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre 
el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la 
cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. 
Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que 
despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. 
ANGELA CARTER 
EN COMPAÑÍA DE LOBOS. 
Una f iera y sólo una aúlla en las noches del bosque. 
El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne 
humana, ya ninguna otra lo satisfará. 
De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello 
es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna 
para ref lejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo ref lejan tan sólo la luz de la 
luna, destellan un verde f río, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido 
que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, 
sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado. 
Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñan, 
invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. 
Serán como sombras, como espectros, los grises cof rades de una congregación de pesadilla; 
¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible. 
La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de suf rir, de suyo una muerte 
violenta. 
Invierno. Invierno y f río. En esta región de bosques y montañas no ha quedado para los lobos 
nada que comer. Sin cabras ni ovejas, ahora encerradas en los establos, sin los venados que 
han partido hacia laderas más meridionales en busca de las últimas pasturas, los lobos están 
enf laquecidos, hambrientos. Tan escasa es su carne que podrías contar, a través del pellejo, las 
costillas de esas alimañas famélicas, si acaso te dieran tiempo antes de abalanzarse sobre ti. 
Esas mandíbulas que rezuman baba; la lengua jadeante; la escarcha de saliva en el barbijo 
canoso. De todos los peligros que acechan en la noche y el bosque −aparecidos, trasgos, ogros 
que asan niños en la parrilla, brujas que ceban cautivos en jaulas para sus f estines caníbales−, 
de todos, el lobo es el peor porque no atiende razones. 
En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los 
grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus 
red viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí 
moran, como si los pérf idos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los 
soportales bosque, hazlo con la mayor cautela y con inf initas precauciones, pues si por un 
instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, 
despiadados como la peste. 
Los niños de ojos graves de las desperdigadas aldehuelas, siempre llevan cuchillos cuando 
salen a pastorear las pequeñas majadas de cabras que proveen a las familias de leche agria y 
quesos rancios y agusanados. Sus cuchillos son casi tan grandes como ellos; y las hojas se af ilan 
cada día. 
Pero los lobos saben cómo allegarse hasta tu mismo fogón. Y aunque nosotros no les damos 
tregua, no siempre conseguimos mantenerlos a raya. No hay noche de invierno en que el 
leñador no tema ver un hocico af ilado, gris, famélico, husmeando por debajo de la puerta; y 
cierta vez una mujer fue atacada a dentelladas en su propia cocina mientras colaba los 
macarrones. 
Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta. 
Hubo una vez un cazador, cerca de aquí, que atrapó un lobo en un foso. El lobo había 
diezmado los rebaños de cabras y ovejas; se había comido a un viejo loco que vivía solo en una 
choza montaña arriba, entonando alabanzas a Jesús el día entero; había atacado a una 
muchacha que estaba cuidando sus ovejas, pero ella había armado tal alboroto que los 
hombres acudieron con rif les lo ahuyentaron y hasta trataron de seguirle el rastro entre 
f ronda; pero el lobo era astuto y les dio fácilmente el esquinazo. Así que este cazador cavó un 
foso y puso en él un pato, a modo de señuelo, vivito y coleando; luego cubrió el foso con paja 
untada de excrementos de lobo. Cuac, cuac, gritaba el pato, y un lobo emergió sigiloso de la 
espesura; un lobo grande, corpulento, pesado como un hombre adulto: la paja cedió bajo su 
peso y el lobo cayó en la trampa. El cazador saltó detrás de él, lo degolló y le cortó las zarpas a 
modo de trofeo; pero de pronto ya no fue un lobo lo que tuve delante, sino el tronco 
ensangrentado de un hombre, sin cabeza, sin piernas, moribundo, muerto. 
En otra ocasión, una bruja del valle transformó en lobos a todos los convidados a una f iesta de 
bodas, y ello porque el novio había preferido a otra muchacha. Solía ordenarles, por despecho, 
que la fueran a visitar de noche y entonces los lobos se sentaban alrededor de su cabaña y le 
aullaban la serenata de su infortunio. 
No hace mucho, una joven mujer de nuestra aldea casó con un hombre que desapareció como 
por encanto la noche de bodas. La cama estaba tendida con sábanas nuevas y sobre ellas se 
acostó la recién casada; el novio dijo que salía a orinar, insistió en ello, por pudor, y entonces 
ella se tapó con el edredón hasta su barbilla y así lo esperó. Y esperó, y esperó, y siguió 
esperando −¿no está tardando demasiado?− hasta que al f in se incorpora de un salto y grita al 
oír un aullido que el viento trae desde la espesura. 
Ese aullido largo, modulado, parecería insinuar, pese a sus escalof riantes resonancias, un 
trasfondo de tristeza, como si las f ieras mismas desearan ser menos feroces mas no supieran
cómo lograrlo y no cesaran nunca de llorar su desdichada condición. Hay en los cánticos de los 
lobos una vasta melancolía, una melancolía sin f in como la misma f loresta, interminable como 
las largas noches del invierno. Y sin embargo esa horrenda tristeza, ese condolerse de sus 
propios, irremediables apetitos, jamás podrá conmovernos, ya que ni una sola f rase deja 
entrever en ellos una posible redención; para los lobos, la gracia no ha de venir de su propio 
desconsuelo sino a través de un mediador; y es por ello que se diría, a veces, que la f iera acoge 
casi con regocijo el cuchillo que acabará con ella. 
Los hermanos de la joven registraron cobertizos y graneros mas no hallaron resto alguno; de 
modo que la sensata joven secó sus lágrimas y se buscó otro marido menos tímido, que no 
tuviera empacho en orinar en un cacharro y en pasar las noches bajo techo. Ella le dio un par 
de rozagantes bebés y todo anduvo sobre ruedas hasta que cierta noche glacial, la noche del 
solsticio, el momento del año en que las cosas no engranan tan bien como debieran, la más 
larga de todas las noches, su primer marido volvió a casa. 
Un violento puñetazo en la puerta anunció su regreso cuando ella revolvía la sopa para el 
padre de sus hijos; lo reconoció en el instante mismo en que levantó la tranca para hacerlo 
pasar, pese a que hacía años que había dejado de llevar luto por él, y que el hombre estuviera 
ahora vestido de harapos, el pelo pululante de pulgas colgándole a la espalda, sin haber visto 
un peine en años. 
−Aquí me tienes de vuelta, doña −dijo−. Prepárame un plato de coles. Y que sea pronto. 
Cuando el segundo marido entró con la leña para el fuego y el primero comprendió que ella 
había dormido con otro hombre, y lo que es peor, cuando clavó sus ojos enrojecidos en los 
pequeñuelos que se habían deslizado hasta la cocina para ver a qué se debía tanto alboroto, 
gritó: ¡Ojalá fuera lobo otra vez para darle una lección a esta puta! Y al punto en lobo se 
convirtió y arrancó al mayor de los niños el pie izquierdo antes de que con el hacha de cortar la 
leña le partieran en dos la cabeza. Pero cuando el lobo yacía sangrando, lanzando sus últimos 
estertores, su pelaje volvió a desaparecer y fue otra vez tal como había sido años atrás cuando 
huyó del lecho nupcial; y entonces ella se echó a llorar y el segundo marido le propinó una 
tunda. 
Dicen que hay un ungüento que te of rece el Diablo y que te convierte en lobo en el momento 
mismo en que te f rotas con él. O que había nacido de nalgas y tenía por padre a un lobo, y que 
su torso es el de un hombre pero sus piernas y sus genitales los de' un lobo. Y que también su 
corazón es de lobo. 
Siete años es el lapso de vida natural de un lobizón, pero si quemas sus ropas humanas lo 
condenas a ser lobo por el resto de su vida; es por eso que las viejas comadres de estos 
contornos suponen que si le arrojas al lobizón un mandil o un sombrero estarás de algún modo 
protegido, como si el hábito hiciera al monje. Y aun así, por los ojos, esos ojos fosforescentes, 
podrás reconocerlo; son los ojos lo único que permanece invariable en sus metamorfosis. 
Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos 
atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo. 
Es pleno invierno y el petirrojo, el amigo del hombre, se posa en el mango de la pala del 
labrador y canta. Es, para los lobos, la peor época del año, pero esa niña empecinada insiste en 
cruzar el bosque. Está segura de que las f ieras salvajes no pueden hacerle ningún daño pero, 
precavida, pone un cuchillo en la cesta que su madre ha llenado de quesos. Hay una botella de 
áspero licor de zarzamoras, una horneada de pastelillos de avena cocinados en la solera del 
fogón; uno o dos potes de mermelada. La niña de cabellos de lino llevará estos deliciosos 
regalos a su abuela, que vive recluida, tan anciana que el peso de los años la está triturando a 
muerte. Abuelita vive a dos horas de marcha a través del bosque invernal; la pequeña se 
envuelve en su grueso pañolón, cubriéndose con él la cabeza a guisa de caperuza. Se calza los 
recios zuecos; está vestida y pronta, y hoy es la víspera de Navidad. La maligna puerta del 
solsticio se balancea aún sobre sus goznes, pero ella ha sido siempre una niña demasiado 
querida como para sentir miedo. 
En esta región agreste, la infancia de los niños nunca es larga, aquí no existen juguetes, de 
modo que desde pequeños trabajan duro y pronto se vuelven cautos; pero ésta, tan bonita, la 
hija más pequeña y un tanto tardía, ha sido mimada por su madre y por la abuela, que le ha 
tejido el pañolón rojo que hoy luce, brillante pero ominoso como sangre sobre la nieve. Sus 
pechos apenas han empezado a redondearse; su pelo, semejante al lino, es tan claro que casi 
no hace sombra sobre su f rente pálida; sus mejillas, de un blanco y un escarlata emblemáticos; 
y hace poco que ha empezado a sangrar como mujer, ese reloj interior que sonará para ella de 
ahora en adelante una vez al mes. 
Ella existe, existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad. Es un huevo intacto, 
una vasija sellada; tiene en su interior un espacio mágico cuya puerta está cerrada 
herméticamente por una membrana; es un sistema cerrado; no conoce el temblor. Lleva su 
cuchillo y no le teme a nada. 
De haber estado su padre en casa, tal vez se lo hubiera prohibido, pero él está en el bosque, 
cortando leña, y su madre es incapaz de negarle nada. 
Como un par de quijadas, el bosque se ha cerrado sobre ella. 
Siempre hay algo que ver en la espesura, incluso en la plenitud del invierno: los apiñados 
montículos de los pájaros que han sucumbido al letargo de la estación, amontonados en las 
ramas crujientes y demasiado melancólicos para cantar; las brillante orlas de los hongos de 
invierno en los leprosos troncos de los árboles; las pisadas cuneiformes de los conejos y 
venados; las espinosas huellas de las aves; una liebre escuálida como una raja d tocino dejando 
una estela a través del sendero donde la tenue luz del sol motea las ramas bermejas de los 
helechos del año que pasó. 
Cuando la niña oyó a lo lejos el aullido espeluznante de un lobo, su manita avezada saltó hasta 
el mango de su cuchillo, mas no vio rastro alguno de lobo ni de hombre desnudo; oyó, sí, un 
castañeteo entre los matorrales, y uno vestido de pies a cabeza saltó al sendero; muy joven y 
apuesto, con su casaca verde y e sombrero de ala ancha de cazador, y cargado de carcasas de 
ave; silvestres. Al primer crujido de ramas, ella tuvo ya la mano en la empuñadura del cuchillo, 
pero él al verla se echó a reír con destello de dientes blanquísimos y la saludó con una cómica 
pero halagadora reverencia; ella nunca había visto un hombre tan apuesto, no entre los 
rústicos botarates de su aldea natal, y así, juntos, continuaron camino en la creciente 
penumbra del atardecer. 
Pronto estaban riendo y bromeando como viejos amigos. Cuando él se of reció a llevarle la 
cesta, la niña se la entregó, aunque su cuchillo estaba en ella, porque él le dijo que su rif le los 
protegería. Anochecía, y de nuevo empezó a nevar; ella empezó a sentir los primeros copos 
que se posaban en sus pestañas, pero sólo les quedaba media milla de marcha y habría sin 
duda un fuego encendido, un té caliente y una bienvenida cálida para el intrépido cazador y 
para ella misma. 
El joven llevaba en el bolsillo un objeto curioso. Era una brújula. La niña miró la pequeña esfera 
de cristal en la palma de su mano y vio oscilar la aguja con una vaga extrañeza. El le aseguró 
que esa brújula lo había guiado sano y salvo a través del bosque en su partida de caza, ya que 
la aguja siempre decía con perfecta exactitud dónde quedaba el norte. Ella no le creyó; sabía 
que no debía desviarse del camino, pues si lo hacía podría extraviarse en la espesura. Él se rió 
de ella una vez más; rastros de saliva brillaban adheridos a sus dientes. Dijo que si él se 
desviaba del sendero y se adentraba en la espesura circundante, podía garantizarle que 
llegaría a la casa de la abuela un buen cuarto de hora antes que ella, buscando el rumbo a 
través del boscaje con la ayuda de su brújula, en tanto ella tomaba el camino más largo por el 
sendero zigzagueante. 
-No te creo, y además, ¿no tienes miedo de los lobos? 
Él golpeó la reluciente culata de su rif le y sonrió. 
-¿Es una apuesta?, le preguntó; ¿quieres que apostemos algo? ¿Qué me darás si llego a la casa 
de tu abuela antes que tú? 
-¿Qué te gustaría?, dijo ella no sin cierta malicia. 
-Un beso. 
Los lugares comunes de una seducción rústica; ella bajó los ojos y se sonrojó.
El cazador se internó en la espesura llevándose la cesta, pero la niña, pese a que la luna ya 
trepaba por el cielo, se había olvidado de temer a las f ieras; y quería demorarse en el camino 
para estar segura de que el gallardo cazador ganaría su apuesta. 
La casa de la abuela se alzaba, solitaria, un poco apartada del poblado. La nieve recién caída 
burbujeaba en remolinos en la huerta, y el joven se acercó con pasos cautelosos a la puerta, 
como si no quisiera mojarse los pies, balanceando su morral de caza y la cesta de la niña, 
mientras tarareaba por lo bajo una canción. 
Hay un leve rastro de sangre en su barbilla; ha estado mordisqueando sus presas. 
Golpeó a la puerta con los nudillos. 
Vieja y f rágil, abuelita ha sucumbido ya tres cuartas partes a la mortalidad que el dolor de sus 
huesos le promete y está casi pronta a sucumbir por completo. Hace una hora, un muchacho 
ha venido de la aldea para encenderle el fuego de la noche y la cocina crepita con llamas 
inquietas. Su Biblia la acompaña, es una anciana piadosa. Está recostada contra varias 
almohadas, en una cama embutida en la pared, a la usanza campesina, envuelta en la manta 
de retazos que ella misma confeccionó antes de casarse, hace ya más años que los que 
quisiera recordar. Dos perros cocker de porcelana, con manchas bermejas en el cuerpo y 
hocicos negros, están sentados a cada lado del hogar. Hay una alfombrilla brillante, tejida con 
trapos viejos, sobre las tejas acanaladas. El tic tac del gran reloj de pie marca el desgaste de las 
horas de su vida. 
Una vida regalada ahuyenta a los lobos. 
Con sus nudillos velludos, ha llamado a la puerta. 
Tu nietecita, ha entonado, imitando una voz de soprano. 
Levanta la aldaba y entra, mi queridita. 
Se los reconoce por sus ojos, los ojos de una bestia carnicera, ojos nocturnales, devastadores, 
rojos como una herida; ya puedes arrojarle tu Biblia y luego tu mandil, abuelita, tú creías que 
ésta era una prof ilaxis segura contra esta plaga invernal... Ahora apela a Cristo y a su madre y a 
todos los ángeles del cielo para que te protejan, pero de nada habrá de servirte. 
Su hocico bestial es f iloso como un cuchillo; él deja caer sobre la mesa su dorada carga de 
roídos faisanes, y también la cesta de tu niña queridita. Oh, Dios mío, ¿qué le has hecho a ella? 
Fuera el disf raz, esa chaqueta de lienzo de los colores del bosque, el sombrero con la pluma 
ensartada en la cinta; el pelo enmarañado le cae en guedejas sobre la camisa blanca, y ella 
puede ver el bullir de los piojos. En el hogar los leños se agitan y sisean; con la oscuridad 
enredada en hirsuta melena, la noche y el bosque han entrado en la cocina. 
Él se quita la camisa. Su piel tiene el color y la textura del pergamino, una f ranja erizada de 
pelo corre de arriba abajo por su vientre, sus tetillas son maduras y atezadas como f rutos 
ponzoñosos, pero su cuerpo es tan delgado que podrías contarle las costillas bajo la piel si te 
diera tiempo para ello. Se quita los pantalones y ella ve cuán peludas son sus piernas. Sus 
genitales, enormes. ¡Ay, enormes! 
Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, 
desnudo como una piedra, acercándose a su cama. 
El lobo es carnívoro encarnado. 
Cuando concluyó con la abuela se relamió la barbilla y pronto volvió a vestirse hasta quedar tal 
como estaba cuando entró por aquella puerta. Quemó el pelo incomible en el hogar y envolvió 
los huesos en una servilleta que escondió debajo de la cama, en el mismo arcón de madera en 
el que halló un par de sábanas limpias. Las tendió cuidadosamente sobre la cama, en 
reemplazo de las delatoras manchadas de sangre, que amontonó en la cesta de la ropa sucia, 
esponjó las almohadas y sacudió la manta, levantó la Biblia del suelo, la cerró y la puso sobre la 
mesa. Todo estaba igual que antes menos la abuelita, que había desaparecido. La leña 
crepitaba en la parrilla, el reloj hacía tic tac, y el joven esperaba paciente, ladino junto a la 
cama, con la cof ia de dormir de la ancianita. 
Tap-tap-tap. 
¿Quién anda ahí?, trina en el cascado falsete de abuelita 
Tu nietecita. 
Y la niña entró trayendo consigo una ráfaga de nieve que se derritió en lágrimas sobre las 
baldosas, un poco decepcionada tal vez al ver sólo a su abuela sentada junto al fuego. Pero él 
de pronto ha arrojado la manta, ha saltado a la puerta y se ha apoyado contra ella de espalda 
para impedir que la niña vuelva a salir. 
La niña echó una mirada en torno y advirtió que no había ni siquiera el hueco que deja una 
cabeza sobre la tersa mejilla de la almohada y, qué raro, la Biblia, por primera vez, cerrada 
sobre la mesa. El tic tac del reloj chasqueaba como un látigo. Quiso sacar el cuchillo de la cesta 
pero no se atrevió a extender el brazo porque los ojos de él estaban clavados en ella: ojos 
enormes que ahora parecían irradiar una luz única, ojos grandes como cuencos, cuencos de 
fuego griego, fosforescencia diabólica. 
¡Qué ojos tan grandes tienes! 
Para mirarte mejor. 
Ni rastros de la anciana, excepto un mechón de pelo blanco adherido a la corteza de un trozo 
de leña sin quemar. Al verlo, la niña supo que corría peligro de muerte. 
¿Dónde está mi abuela? 
Aquí no hay nadie más que nosotros dos, mi adorada. 
De pronto, un inmenso aullido se elevó en torno de ellos, cercano, muy cercano, tan cercano 
como la huerta; el aullido de una muchedumbre de lobos; ella sabía que los peores lobos son 
peludos por dentro, y tembló, pese al pañolón escarlata que se ciñó un poco más alrededor del 
cuerpo como si pudiera protegerla, aunque era tan rojo como la sangre que ella habría de 
derramar. 
¿Quiénes han venido a cantarnos villancicos?, preguntó. 
Son las voces de mis hermanos, querida; adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana 
y los verás. 
La nieve había obstruido la mirilla y ella la abrió para escudriñar el jardín. Era una noche blanca 
de luna y de nieve; la borrasca se arremolinaba en torno de las f ieras grises, esmirriadas, que, 
sentadas sobre sus ancas en medio de las hileras de coles de invierno, apuntaban sus af ilados 
hocicos a la luna y aullaban como si se les fuera a partir el corazón. Diez lobos; veinte lobos... 
Tantos lobos que ella no podía contarlos, aullando a coro, como enloquecidos o desesperados. 
Sus ojos ref lejaban la luz de la cocina y centelleaban como centenares de bujías. 
Hace mucho f río, pobrecitos, dijo ella; no me extraña que aúllen de ese modo. 
Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las 
amapolas, el color de los sacrif icios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le 
servía su miedo, cesó de tener miedo. 
¿Qué haré con mi pañolón? 
Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás. 
Ella enrolló el pañolón y lo arrojó a las llamas, que al instante lo consumieron. Se sacó la blusa 
por encima de la cabeza. Sus senos pequeños rutilaron como si la nieve hubiera invadido la 
habitación. 
¿Qué haré con mi blusa? 
También al fuego. 
La f ina muselina salió volando como un pájaro mágico en llamaradas por la chimenea, y ella 
ahora se quitó la falda, las medias de lana, los zuecos; y también al fuego fueron a parar y 
desaparecieron para siempre; la luz de las llamas se ref lejaba en ella a través de los contornos 
de su piel; sólo la vestía ahora su intacto tegumento de carne. Así, incandescente, desnuda, se 
peinó el pelo con los dedos. Su pelo parecía blanco, blanco como la nieve de afuera. De pronto 
se encaminó hacia el hombre de los ojos color sangre con la desordenada cabellera pululante 
de piojos; se irguió en puntas de pie y le desabrochó el cuello de la camisa. 
Qué brazos tan grandes tienes. 
Para abrazarte mejor. 
Y cuando por propia voluntad le dio el beso que le debía, todos los lobos del mundo aullaron 
un himno nupcial del otro lado de la ventana. 
Qué dientes tan grandes tienes.
Advirtió que las mandíbulas de él empezaban a salivar, y la estancia se inundó del clamor del 
Liebestod de la selva, pero la astuta niña ni se arredró siquiera al oír la respuesta. 
Para comerte mejor. 
La niña rompió a reír. Sabía que ella no era comida para nadie. Se le rió en la cara, le arrancó la 
camisa de un tirón y la echó al fuego, en la ardiente estela de la ropa que ella misma se 
quitara. Las llamas danzaron como almas en pena en la noche de Walpurgis y los viejos huesos 
debajo de la cama empezaron a castañetear, pero ella no les prestó atención. 
Carnívoro encarnado, sólo la carne inmaculada lo apacigua. 
Ella apoyará sobre su regazo la terrible cabeza, le quitará los piojos del pellejo y se los pondrá, 
quizá, en la boca y los comerá como él se lo ordene, tal como lo haría en una ceremonia 
nupcial salvaje. 
Cesará la borrasca. 
Y la borrasca ha cesado dejando las montañas tan azarosamente cubiertas de nieve como si 
una ciega hubiese arrojado sobre ellas una sábana; las ramas más altas de los pinos del bosque 
se han enjalbegado, crujientes, henchidas de nieve. 
Luz de nieve, luz de luna, una confusión de huellas de zarpas. 
Todo silencio, todo quietud. 
Medianoche; y el reloj da la hora. Es el día de Navidad, el natalicio de los licántropos, la puerta 
del solsticio está abierta de par en par; dejad que todos se hundan. 
¡Mirad! Ella duerme, dulce y profundamente, en la cama de abuelita, entre las zarpas del 
tierno lobo. 
EL EXPERIMENTO DEL PROFESOR KUGELMAS 
WOODY ALLEN 
El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de Humanidades en el City College, estaba 
infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. El también 
tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas 
ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños. 
“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose 
a su analista. ``Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a 
abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es - por 
supuesto - razón suf iciente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta 
los problemas ``operativos'' que tengo. ¿Entiende lo que le digo? 
Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón. 
``Tengo que buscarme otra mujer'', agregó. ``Necesito tener un af fair. Es posible que no sea un 
buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance. 
Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde 
para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el "21" e 
intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo 
que le digo?’’ 
El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: "No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted 
es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves". 
"Debo tener una relación muy discreta", seguía pensando en voz alta Kugelmass. "No puedo 
darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara" 
"Sr. Kugelmass - '' 
"Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De 
hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las 
estudiantes..." 
"Sr. Kugelmass - '' 
"Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con 
una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba "Opciones". Luego me di cuenta de 
que la cesta tenía un agujero". 
"Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted 
debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha 
estado en tratamiento el tiempo suf iciente como para saber que no hay remedios 
instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago". 
"Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago", dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y 
con ello puso f in a su terapia. 
Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento 
como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche. 
"Yo atiendo", dijo Kugelmass. "Aló". 
¨Kugelmass?, se oyó al otro lado del teléfono. "Kugelmass, le habla Persky". 
"¿Quién?" 
"Persky, ¿o debería decir "El Gran Persky?" 
¿Perdón? 
"He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es 
así?" 
"¬Chis!, susurró Kugelmass. "No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?" 
Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edif icio de 
apartamentos situado en el área de Bushw ick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la 
oscuridad del pasillo, Kugelmass f inalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre. 
Voy a lamentarlo, pensó para sí. 
Segundos después, era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa. 
¿Usted es Persky, el Grande?, dijo Kugelmass. 
"El Gran Persky. ¿Quiere una taza de té? 
"No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza". 
"Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento". 
Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. 
Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las 
ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la 
parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado 
y de tosca apariencia. 
"Persky", ¿qué se trae entre manos?, preguntó Kugelmass. 
"Preste atención", le respondió Persky. "Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año 
pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de 
público. Entre en el mueble". 
"¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así? 
¿Usted ve alguna espada? 
Kugelmass puso cara de circunstancia y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El 
profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la 
madera contrachapada justo f rente a su cara. "Esto es un chiste de mal gusto", dijo. 
"Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del 
armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá 
proyectado en ese libro". 
Kugelmass hizo un gesto de incredulidad. 
"Es mi varita mágica", dijo Persky. "Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede 
ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas 
por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo 
lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suf icientes 
experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante. 
"Persky, ¿Usted está enfermo? 
"Le estoy diciendo que todo estará bien", expresó Persky. 
Kugelmass mantuvo su escepticismo. ¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero 
me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito? 
"Por apenas 20 dólares". 
Kugelmass buscó su billetera. "Ver para creer", dijo. 
Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer?
¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¨Tal vez a algún personaje de Saul Bellow ? 
¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella 
sería una prueba muy dif ícil" 
"A una f rancesa. Quiero tener un af f air con una amante f rancesa” 
"¿Nana?" 
"No quiero tener que pagar por ello”. 
¿Qué le parece Natacha de La Guerra y la Paz 
"Le dije que una f rancesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta''. 
"Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto". 
Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert. 
"¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?", preguntó Kugelmass mientras Persky 
comenzaba a cerrar las puertas del armario. 
``Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?'' Persky tocó tres veces el armario y luego 
abrió de par en par las puertas. 
Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles 
y Emma Bovary en Yonville. Ante él, se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda 
a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la 
cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella. 
Emma se volteó sorprendida. ``Dios mío, me asustó'', expresó. ``¿Quién es usted?'' Emma 
habló en perfecto español como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky. 
Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él, a quien ella se 
había dirigido, respondió: ``Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de 
Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo... ¡no 
puedo creerlo! 
Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: ``¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de 
vino? 
Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! 
Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de 
mujer con el que había soñado toda su vida. 
``Sí, un poco de vino'', contestó con voz ronca. ``Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de 
vino blanco''. 
``Charles estará fuera todo el día'', expresó Emma, con voz insinuante. 
Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña f rancesa. ``Yo siempre 
había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de 
esta aburrida existencia rural'', le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron f rente a una 
pequeña iglesia. ``Me encanta la ropa que llevas puesta'', murmuró. ``Nunca había visto un 
traje como ese. Es tan... tan moderno''. 
``Lo llaman traje casual'', le explicó Kugelmass con voz romántica. ``Estaba en oferta''. De 
pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose 
f rases al oído y expresándose ideas profundamente signif icativas con sus miradas. Luego, 
Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en 
Bloomingdale's. ``Debo irme'', le dijo. ``Pero no te preocupes, volveré''. 
``Eso espero'', le dijo Emma. 
Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro 
de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: ``Ya está bien, Persky''. Tengo 
que estar en Bloomingdale's a las tres y media''. 
Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn. 
``¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante. 
``Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la Avenida Lexington. Pero, 
¿cuando puedo volver a viajar? ¿Mañana? 
``Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie''. 
``Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch''. 
. 
Kugelmass tomó un taxi que enf iló hacia la ciudad. Su corazón latía desenf renadamente. Estoy 
enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado 
cuenta era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país le 
estaban preguntando a sus profesores: ``¿Quién es ese personaje que aparece en la página 
100?''. ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary? Un profesor de Sioux Falls, Dakota del 
Sur, suspiró y pensó: Dios mío, las cosas que se le ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de 
la marihuana y de la coca. 
Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en 
Bloomingdale's cuando Kugelmass llegó jadeando. ``¿Dónde estabas metido?'', preguntó 
molesta. ``Son las cuatro y media''. 
``Había mucho tráf ico en la calle'', se excusó Kugelmass. 
Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar 
mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas 
juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el 
amor. ¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!'' dijo entre dientes. ``Yo, a quien le rasparon 
español en primer año''. 
Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y 
desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. ``Asegúrese de que siempre 
entre al libro antes de la página 120'', le dijo un día Kugelmass al mago. ``Siempre tengo que 
encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe'', 
``¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?'' 
``¿Ganarle?''. El pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que 
hacer que f lirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos 
rostros que aparece en la revista Women's Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut 
Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible''. 
``¿Y su esposo no sospecha nada?'' 
``El no sabe ni donde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una 
bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de 
baile. Bueno, ... nos vemos luego''. 
Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. 
¿Cómo te va, mi adorada?, le dijo a Emma. 
¡Oh, Kugelmass!, susurró Emma. ``Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, 
el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos 
mis sentimientos sobre Maxim's y el ballet e inesperadamente oí un ronquido''. 
``No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo'', le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he 
ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume f rancés de Emma y hundía su nariz en el 
cabello de su amada. He suf rido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado 
hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y 
poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar 
perfectamente la situación. 
De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y 
los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadw ay, los automóviles 
veloces y las estrellas de la televisión y de Hollyw ood, embelesaban a la preciosa joven 
f rancesa. 
``Dime algo sobre O. J. Simpson'', le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban 
cerca de la abadía de Bournisien. 
. 
``¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como 
corredor de fútbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy dif ícil tocarlo''. 
``¿Y qué me dices de los premios de la Academia?'', preguntó Emma con melancolía. ``Daría 
cualquier cosa por ganarme un Oscar''. 
``Antes que nada debes recibir una nominación''. 
``Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto,
quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado ....''. 
``Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky''. 
Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso 
la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana. 
``Déjeme pensarlo'', le dijo Persky. ``Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas 
más extrañas''. Desde luego, a ninguno de ellos se les vino a la cabeza ninguna. 
************************************************************************* 
``¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?'', le gritó Dafne Kugelmass a su marido 
cuando él volvió tarde a su casa. ``¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a 
escondidas?'' 
``Sí, claro. Soy un borracho'', contestó Kugelmass con tono de desgano. ``Estaba con Leonard 
Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien 
a Popkin. Es un fanático del tema''. 
``Has estado muy raro en los últimos tiempos'', comentó Dafne. ``Distante. Tu no te olvidas del 
cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no? 
``Sí, claro'', contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño. 
``Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable 
con el primo Hamish. Le caes bien''. 
``Sí, los morochos'', dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de 
su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí 
mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de 
acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo. 
A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se 
apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y 
luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se 
abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje 
estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese 
mismo día y con un gran optimismo, una suite. 
``¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado'', dijo Emma mientras daba saltos de alegría por 
la habitación y veía la ciudad desde su ventana. ``Allí está Schw arz. Y allá veo el Central Park y 
¿cuál es Sherry? Ah, allí está. ¡Es maravilloso! 
En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par 
de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo. 
``Esos pantalones son de Ralph Lauren'', dijo Kugelmass. ``Lucirás estupenda. Anda, cariño. 
Dame un beso''. 
``Nunca había estado tan feliz'', gritó Emma mientras se paraba f rente al espejo. ``Vamos a 
pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical ``Chorus Line'', visitar el Guggenheim y ver el 
personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. ``¿Están presentando alguna de 
sus películas?'' 
``No puedo entender lo que está pasando'', expresó un profesor de Stanford. ``En primer lugar, 
aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. 
Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces 
y siempre hallar algo nuevo''. 
************************************************************************* 
Los amantes pasaron un dichoso f in de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a 
participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, 
Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatow n, pasaron dos horas en una discoteca 
y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, 
visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine's. 
Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche y conversaron 
hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass 
pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, 
pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio signif icativo con 
respecto a Yonville. 
En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio 
un tierno beso a Kugelmass. ``Este será mi lugar la próxima ocasión, dijo con un guiño. Persky 
tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada. 
``Este...'', dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no 
resultó. 
``Algo está funcionando mal'', masculló. 
``Persky, estás bromeando'', gritó Kugelmass. ``¡Cómo es posible que no funcione?''. 
``Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma? ``Sí''. 
Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza. 
``Todavía estoy aquí, Persky''. 
``Ya lo sé, querida. No te muevas''. 
``Persky, tenemos que hacerla volver'', susurró Kugelmass. ``Soy un hombre casado, y tengo 
clase en tres horas. En estos momentos, sólo estoy preparado para un af fair muy discreto''. 
``No puedo entender lo que está ocurriendo'', murmuró Persky. ``Es un truco tan sencillo y conf iable''. 
Sin embargo, no pudo hacer nada. ``Esto me va a tomar algún tiempo'', le dijo a Kugelmass. 
``Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego''. 
Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a 
tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le 
dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema. 
``¿Cómo te fue en el simposio?'', le preguntó Dafne esa noche. 
``Muy bien, muy bien'', le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarrillo. 
``¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso''. 
``¿Yo?'' ¬Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a 
dar un paseo''. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza. 
``Estoy en problemas'', dijo Emma. ``Charles me extrañará''. 
``Ten paciencia, cariño'', le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió 
hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la 
recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche. 
``Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad 
desde 1971'', le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella. 
*********************************************************************** 
Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a 
participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo 
f in de semana no se asemejó en nada al primero. ``Llévame de vuelta a la novela o cásate 
conmigo'', le dijo Emma a Kugelmass. ``Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar 
porque estoy harta de ver televisión todo el día''. 
``Me parece bien. Podremos utilizar el dinero'', le dijo Kugelmass. ``Estás gastando una fortuna 
pidiendo servicio a la habitación del hotel''. 
``Ayer conocí a un productor de Of f Broadw ay en el Central Park y me dijo que podría encajar a 
la perfección en un proyecto que está realizando'', dijo Emma. 
``¿Quién es ese payaso?'', le preguntó Kugelmass. 
``No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jef f ... algo y es candidato a 
un premio Tony''. Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad. 
``Cálmese'', le dijo el mago. ``Puede enfermarse de las coronarias''. 
``¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de f icción escondido en un 
hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?'' 
``Está bien. Sé que estamos metidos en un problema'', Persky se arrastró bajo el mueble y 
comenzó a golpear algo con una llave inglesa. 
``Parezco un animal salvaje'', prosiguió Kugelmass. ``Ando a escondidas por toda la ciudad y 
Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece 
al presupuesto de defensa''. 
``¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia'', masculló Persky. ``Todo es cuestión de matices''.
``Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso 
hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolio con 
fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura 
Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identif icó como el personaje que aparece 
esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a 
Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el 
pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo. 
``¿Qué quiere que le diga?'' Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que 
respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un psicoanalista''. 
El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los 
ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edif icio Wollman Rink y 
contempló la posibilidad de suicidarse. Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo, 
pensó; de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una 
nueva vida... Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas 
muchachas. 
En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído. 
``Traiga a Emma'', dijo Persky. ``Creo que reparé el defecto que tenía el mueble''. 
El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. ¿Está hablando en serio?, le dijo ¿Logró 
arreglarlo?” 
“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar? 
“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto. 
Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se 
introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las 
puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando 
Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a 
su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago. 
“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a f altarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó 
de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín. 
Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y 
abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro. 
“Está bien, Kugelmass’’, ¿adónde quiere ir ahora? 
“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. 
Persky, ¿usted ha leído el libro La Denuncia de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono? 
“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la 
primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”. 
“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le 
quedaban y entraba en el armario. ¿Está f uncionando bien?” 
“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”. 
“Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer 
por una cara bonita”. Persky lanzó al interior un ejemplar de “La Denuncia de Portnoy” y tocó tres veces la 
caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por 
una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, suf rió un ataque 
cardiaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al f inal, se quemó todo el apar tamento. 
Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. El no 
había ido a parar al libro “La Denuncia de Portnoy” ni a ninguna otra novela sobre el mismo 
tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado “Curso básico de 
Español” y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la 
palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.

Cuentos posmodernos

  • 1.
    LITERATURA UNIVERSAL VI SELECCIÓN DE CUENTOS POSMODERNISTAS FRANZ KAFKA EL VIEJO MANUSCRITO Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan. Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las f ronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día. Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en af ilar las espadas, en aguzar las f lechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos. Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con f recuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede af irmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede. También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días. Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey. Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría f rente a su palacio. -¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina. ANTE LA LEY Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta f rente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre ref lexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: -Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. El campesino no había previsto estas dif icultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al f ijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta inf initas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con f recuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, f inalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrif ica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: -Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. -¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. -Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla. UNA PEQUEÑA FÁBULA "Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al f in veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer". "Solamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió. LA PARTIDA Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué signif icaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera
  • 2.
    de aquí, simplementefuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta". JAMES JOYCE EVELINE Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada. Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía f rente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar. ¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotograf ía a su visitante, agregaba de paso: -En la actualidad está en Melbourne. Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba. -Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando? -Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor. No lloraría mucho por tener que dejar la tienda. Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dif icultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable. Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer f recuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran af ición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones. -Conozco a esos marineros... -dijo. Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado. La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de How th. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños. El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma. -¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz! Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrif icios intrascendentes que desembocó en la locura f inal. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas: -¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le
  • 3.
    daría vida, talvez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría. *** Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y f rías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano. -¡Ven! Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro. -¡Ven! ¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, f renéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia. -¡Eveline! ¡Evy! Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento. D.H. LAWRENCE EL CABALLITO DE MADERA GANADOR Era una mujer hermosa. Había reunido todos los atributos que puede deparar la vida, y sin embargo, la suerte no la acompañó. Se casó por amor, y el amor se hizo añicos. Tuvo hermosos hijos, y siempre creyó que la obligaron a tenerlos. Entonces no pudo amarlos. Ellos la miraban con f rialdad, como si la culparan de algo. Y ella pronto sintió que tenía que ocultar alguna falta. Sin embargo, nunca supo cuál fue la culpa que debía encubrir. Y cuando sus hijos estaban presentes, se le endurecía el corazón. Esto la inquietaba, y en su inquietud trataba de mostrarse afectuosa y siempre predispuesta a ellos, como si los amara. Sólo ella sabía que en su corazón conservaba un rincón duro por el que no podía sentir amor, no podía amar a nadie. Todos decían: "Es una buena madre. Adora a sus hijos". Sólo ella y sus propios hijos sabían que eso no era verdad. En sus miradas se podía cristalizar la verdad. Tenía un varón y dos niñas. Vivían en una casa confortable, con jardín, con criados discretos, y se sentían superiores a todos los vecinos. Aunque no sacaban a relucir las apariencias, en el hogar reinaba siempre cierta ansiedad. El dinero nunca era suf iciente. La madre cobraba una pequeña renta, y el padre tenía otra pequeña renta, y eso no alcanzaba para conservar la posición social que debían simular. El padre trabajaba en una of icina de la ciudad. Tenía expectativas interesantes, pero esas expectativas nunca se concretaban. Y aunque conservaran las apariencias, la temible sensación de la escasez de dinero persistía siempre. Por f in dijo la madre: —Veré si yo puedo hacer algo. Aunque no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, probó esto y aquello sin encontrar nada satisfactorio. El f racaso grabó en su rostro profundos surcos. Sus hijos crecían y pronto irían a la escuela. Hacía falta dinero, más dinero. Y el padre, siempre muy elegante y generoso para satisfacer sus gustos, nunca podría hacer nada que valiese la pena. Y la madre, con mucha fe en sí misma, no logró mejores resultados; y por otra parte, era tan derrochadora como el padre. Y así fue como en la casa dominó aquella f rase: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Los niños la oían en Navidad, cuando los juguetes caros y espléndidos llenaban su cuarto. Detrás del espectacular caballito de madera y detrás de la elegante casa de muñecas, una voz, de pronto, susurraba: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Y los niños interrumpían sus juegos para escuchar la voz. Se miraban entre ellos para comprobar si todos la habían oído. Y cada uno veía en los ojos de los otros que también habían oído la f rase fatídica: "¡Hace falta más dinero! ¡Hace falta más dinero!". Las palabras salían, en forma de murmullo, de los resortes del caballito de madera, que aún se mecía, y el caballo también las oía, bajando su cabeza de madera. Y la muñeca grande, tan rosada, hundida en su cochecito nuevo, también la oía con toda claridad. Y al oírla acentuaba una sonrisa de lástima. Y aun el perrito bobo, que ocupaba el lugar que antes era del oso de paño, tenía ahora una expresión estúpida muy peculiar, por el hecho de que acababa de oír el secreto que deambulaba por la casa: "¡Hace falta más dinero!". Sin embargo, nadie se animaba a decirlo en voz alta. El rumor estaba en todas partes, y por lo tanto, nadie lo expresaba abiertamente, así como nadie dice: "Estamos respirando", a pesar de que lo hacemos diariamente. —Mamá —dijo un día Paul—, ¿por qué no tenemos automóvil propio? ¿Por qué usamos siempre el de tío o tomamos un taxi? —Porque somos los parientes pobres —dijo la madre. —¿Y por qué somos los parientes pobres, mamá? —Bueno —dijo la madre tranquila y amargada—, supongo que es porque tu padre no tiene suerte. El niño estuvo un rato en silencio. —¿La suerte es dinero, mamá? —preguntó, al rato, con timidez. —¡No, Paul! No es exactamente lo mismo. La suerte es lo que hace que uno tenga dinero. —¡Oh! —dijo Paul algo confundido—. Yo pensé que cuando tío Oscar decía "sucio lucro" se refería al dinero. —Lucro quiere decir dinero —dijo la madre—. Pero es lucro y no suerte. —¡Oh! —exclamó el niño—. Entonces, ¿qué es la suerte, mamá? —Es lo que hace que uno tenga dinero —repitió la madre—. Si tienes suerte, tienes dinero. Es mejor nacer con suerte que nacer rico. Si eres rico, en algún momento puedes perder tu dinero. En cambio, si tienes suerte, siempre ganarás más dinero. —¡Oh! ¿En serio? ¿Y papá no tiene suerte? —No, para nada —respondió ella con amargura. El niño la miró con una expresión vacilante. —¿Por qué? —preguntó. —No sé. Nadie sabe por qué algunos tienen suerte y otros no. —¿No? ¿Nadie pero nadie? ¿No hay nadie que sepa? —¡Quizá lo sepa Dios! Pero Él nunca lo dice. —Oh, pero debería decirlo. ¿Tú tampoco tienes suerte, mamá? —No puedo tenerla, recuerda que estoy casada con un hombre sin suerte. —Pero tú por sí sola, ¿no tienes suerte? —Antes de casarme creo que sí. Pero ahora veo que soy una desdichada. —¿Por qué? —¡Bueno, basta de preguntas! Quizá no sea desdichada en realidad... El niño la miró para ver si lo que decía era cierto. Pero advirtió por la expresión de su boca, que algo estaba tratando de ocultar. —Bueno, de todas maneras —dijo con f irmeza—, yo soy una persona de suerte. —¿Por qué? —preguntó su madre echándose a reír. Él la miró. Ni siquiera sabía por qué había dicho tal af irmación. —Dios me lo confesó —repuso, para no retroceder en su af irmación. —¡Ojalá sea así, querido! —contestó la madre, riendo nuevamente, con algo de resentimiento. —¡Es cierto, mamá! —¡Excelente! —dijo la madre, utilizando una exclamación típica de su marido.
  • 4.
    El niño sedio cuenta de que ella no le creía, que no le hacía caso a sus af irmaciones. Esto lo ofuscó. Deseó castigarla para que le prestara atención. Se marchó, solo, con su andar infantil, buscando la clave de la suerte. Absorto, sin reparar en los demás, iba y venía, con cierta prudencia, buscando interiormente la suerte. Quería encontrar la suerte, quería encontrarla sí o sí. Cuando las dos niñas jugaban a las muñecas, en el cuarto de juegos, él montaba en su gran caballo de madera y se lanzaba al espacio en una arremetida salvaje, con un impulso que inquietaba y distraía a sus hermanas. El caballo galopaba impetuoso, los cabellos oscuros y ondulados del niño f lameaban y en sus ojos había un extraño fulgor. Las chiquillas no se animaban a hablarle. Cuando su alocado viaje f inalizaba, ponía pie a tierra y se plantaba ante el caballo de madera, observando f ijamente su cabeza gacha. La boca roja del animal estaba apenas abierta, y sus grandes ojos vidriosos resplandecían. —¡Vamos! —ordenaba quedamente al impetuoso caballo—. ¡Llévame a donde está la suerte! ¡Anda, llévame! Con la fusta que le había pedido al tío Oscar, azotaba al caballo en el pescuezo. Sabía que el animal, si él lo obligaba, lo llevaría hasta el lugar de la suerte. Y montaba de nuevo, reanudando su furioso galope, con el deseo y la f irmeza de llegar, por f in, a donde estaba la suerte. —¡Romperás el caballo, Paul! —decía la institutriz. —¡Siempre cabalga así! —aclaraba Joan, su hermana mayor—. ¿Por qué no se queda tranquilo? Y él se limitaba a mirarlas con odio y en silencio. La institutriz se resignó a corregirlo. Imposible sacar algo interesante de él. Al f in y al cabo, ya era bastante grande para que ella lo cuidase. Un día, su madre y su tío Oscar entraron en mitad de uno de sus galopes impetuosos. El chico no les dirigió la palabra. —¡Hola, mi pequeño jinete! —dijo el tío—. ¿Corres una carrera? —¿No eres demasiado grande para un caballito de madera? Ya no eres una criatura —dijo su madre. Pero Paul tan sólo la miró irritado, con sus ojos azules, grandes, más bien hundidos. No quería hablar con nadie cuando estaba en plena carrera. Su madre lo observó ansiosa, con cierta preocupación. Por f in, bruscamente, el niño dejó de espolear el mecánico galope del caballo y bajó a tierra. —¡Bueno, llegué! —anunció con entusiasmo, con los ojos azules todavía brillosos, bien separadas las piernas largas y robustas. —¿A dónde llegaste? —preguntó su madre. —A donde quería llegar —replicó. —Muy bien, hijo —aprobó el tío Oscar—. Nunca hay que detenerse hasta llegar a la meta. ¿Cómo se llama el caballo? —No tiene nombre. —¿Se las arregla sin un nombre? —preguntó el tío. —Bueno, en verdad tiene varios nombres. La semana pasada se llamaba Sansovino. —Sansovino, ¿eh? El ganador del Ascot. ¿Cómo sabes su nombre? —Siempre habla de carreras de caballos con Bassett —aportó Joan. El tío se quedó maravillado al descubrir que su sobrinito estaba informado de las noticias sobre las carreras. Bassett, el jardinero —herido en un pie durante la guerra y que había conseguido su empleo por recomendación de Oscar Cressw ell, su antiguo patrón— era un verdadero sabio en cosas del turf . Vivía en el ambiente de las carreras. El niño lo acompañaba. Oscar Cressw ell lo supo todo por medio de Bassett: —El niño viene y me pregunta, y yo no tengo más remedio que contestarle, señor —dijo Bassett con total solemnidad, como si hablara de temas religiosos. —¿Y alguna vez apuestas algo al caballo que te ha aconsejado él? —Bueno... No quisiera delatarlo. Es un jovencito muy discreto, un buen camarada, señor. Preferiría que se lo preguntara usted mismo. En cierto modo, le produce placer nuestro secreto y por lo tanto, perdóneme, pensaría que yo lo he traicionado. Bassett seguía tan serio que parecía en misa. El tío fue a buscar al sobrino y lo llevó a dar una vuelta en su automóvil. —Dime, Paul —le preguntó—, ¿alguna vez apostaste a un caballo? El niño observó atentamente a su tío. —¿Por qué? ¿Acaso no debería hacerlo? —replicó, poniéndose a la defensiva. —¡No, nada de eso! Pero se me ocurrió que tal vez podrías of recerme un "dato" para el Lincoln. El automóvil ingresaba en la campiña, por el camino a la casa que el tío Oscar tenía en Hampshire. —¿De veras? —preguntó el sobrino. —¡De veras, hijo! —replicó el tío. —Bueno, entonces, juégale a Daf fodil. —¡Daf fodil! Dif ícil que gane. ¿Qué opinas de Mirza? —Sólo sé cuál será el ganador —dijo el niño—. Y el ganador será Daf fodil. —¿Daf fodil, eh? Hubo una pausa. Daf fodil era un caballo bastante mediocre. —¡Tío! —¿Sí, hijo? —No lo dirás a nadie, ¿verdad? Se lo he prometido a Bassett. —¡Al diablo con Bassett, hombre! ¿Qué tiene que ver él con esto? —¡Somos socios! ¡Desde el primer momento hemos sido socios! Tío, él me prestó los primeros cinco chelines, y los perdí. Y yo entonces le prometí, bajo palabra de honor, que esto quedaría entre nosotros. Entonces tú me diste ese billete de diez chelines, con el que comencé a ganar, y pensé que tal vez tú tenías suerte. Pero no se lo dirás a nadie, ¿verdad? El niño miró a su tío con sus ojos enormes, ardientes, azules, que parecían demasiado próximos. El tío, incómodo, se encogió de hombros y se echó a reír. —¡Quédate tranquilo, muchacho! No diré nada a nadie. ¿Daf fodil, eh? ¿Cuánto piensas apostarle? —Todo menos veinte libras —dijo el chico—. Las mantengo en reserva. El tío pensó que era sólo un chiste del niño. —¿Así que reservas veinte libras, joven embustero? ¿Y cuánto apuestas? —Trescientas —dijo el chico con cierta adultez—. Por favor, tío Oscar, esto queda, entre tú y yo. ¿Palabra de honor? El tío lanzó una carcajada. —Pierde cuidado, mi pequeño Nat Gould —contestó sin parar de reír—, guardaré el secreto. Pero ¿y tus trescientas libras dónde están? —Las tiene Bassett. Somos socios. —¡Ah, ya veo! ¿Y Bassett cuánto apostará a Daf fodil? —No creo que le juegue tanto como yo. Ciento cincuenta, quizá. —¿Ciento cincuenta peniques? —dijo el tío en tono de broma. —No, ciento cincuenta libras —repuso el chico, mirando a su tío sorprendido—. Bassett tiene un ahorro más grande que yo. Entre divertido e inquieto, Oscar guardó silencio. No volvió a hablar del tema, pero decidió llevar a su sobrino a las carreras de Lincoln. —Bueno, muchacho —le dijo—, yo apostaré veinte libras a Mirza, y cinco son para ti, para el caballo que elijas. ¿Cuál te gusta? —¡Daf fodil, tío! —¡No, no desperdicies esas cinco libras apostando por Daf fodil! —Es lo que yo haría si el dinero fuese mío —dijo el niño. —¡Bien! ¡Bien! ¡Tienes razón! Diez libras a Daf fodil: cinco para ti y cinco para mí. El niño nunca había presenciado una carrera. Sus ojos eran llamitas azules y su boca estaba tensa. Delante de él había un f rancés, que había apostado a Lancelot, subía y bajaba los
  • 5.
    brazos, efusivo, gritandocon su acento particular: "¡Lancelot! ¡Lancelot!". Daf fodil llegó primero, Lancelot segundo, Mirza tercero. El niño, a pesar de su sonrojo y sus ojos encendidos, se mantuvo tranquilo. Su tío le trajo cinco billetes de cinco libras. El caballo había pagado a razón de cuatro a uno. —¿Qué hago con ellos? —preguntó, sacudiéndolos f rente a los ojos del muchacho. —Creo que tendremos que hablar con Bassett aclaró el chico—. Si no hice mal las cuentas, ahora tengo mil quinientas libras; y veinte de reserva; y estas veinte. Su tío lo observó unos instantes. —¡Vamos, muchacho! —exclamó—. ¿En serio pretendes que Bassett deba tener tus mil quinientas libras? —Sí, en serio. ¡Pero no se lo digas a nadie! ¿Palabra de honor? —¡Palabra de honor, sí, amiguito! Aunque debo hablar con Bassett. —Si quieres, tío, puedes sumarte a nuestra sociedad. Pero deberás prometer, bajo palabra de honor, que no dirás nada a nadie. Bassett y yo tenemos suerte, y tú también debes tenerla, recuerda que fue con tus diez chelines que yo empecé a ganar... El tío Oscar se llevó a Bassett y a Paul a pasar la tarde en Richmond Park, y allí conversaron. —Le diré cómo fue, señor —dijo Bassett—. A Paul le gustaba escucharme hablar de carreras, contarle anécdotas..., en f in, señor, usted sabe lo que son esas cosas. Y siempre quería saber con mucho interés si yo había ganado o perdido. Hará un año, me pidió que le apostara cinco chelines a Blush of Daw n. Y perdimos. Después, con esos diez chelines que usted le regaló, la suerte se puso de nuestro lado y la mayoría de las veces nos ha sido bastante buena. ¿Qué piensa usted, niño? —Todo va muy bien cuando estamos seguros —dijo Paul—. Pero cuando no estamos del todo seguros, solemos perder. —Sí, entonces ahí tomamos recaudos —dijo Bassett. —¿Y cuándo están seguros? —preguntó, sonriendo, el tío Oscar. —Es Paul, señor —dijo Bassett con voz secreta, religiosa—. Es como si recibiera una señal del cielo. Ya vio usted qué sucedió con Daf fodil. Ése era ciento por ciento seguro. —¿Tú apostaste a Daf fodil? —preguntó Oscar Cressw ell. —Sí, señor. Hice mi ganancia. —¿Y mi sobrino? Bassett miró a Paul y guardó un silencio prudente. —Gané mil doscientas libras, ¿verdad Bassett? Le dije a tío que había apostado trescientas a Daf fodil. —Eso es —af irmó Bassett. —Pero ¿dónde está el dinero? —preguntó el tío. —Lo tengo yo, señor, bien guardado. El niño puede pedírmelo cuando quiera. —¿Mil quinientas libras? —¡Mil quinientas veinte! Es decir, mil quinientas cuarenta, con las veinte que ganó en el hipódromo. —¡Es increíble! —dijo el tío. —Si el niño le of rece entrar en la sociedad, señor, perdóneme, yo en su lugar aceptaría. Oscar Cressw ell ref lexionó. —Quiero ver el dinero —dijo. Los llevó a la casa. Al rato, Bassett regresaba al invernadero donde lo esperaba Oscar Cressw ell, trayendo mil quinientas libras en billetes. Las veinte libras que faltaban las había dejado a Joe Glee, en la reserva de la comisión de carreras. —Ya ves, tío—dlijo el niño—, todo marcha perfecto cuando yo estoy seguro. Entonces apostamos fuerte, todo lo que tenemos. ¿No es así, Bassett? —Así es, niño. —¿Y cuándo estás seguro? —preguntó otra vez el tío, echándose a reír. —Oh, bueno, a veces estoy completamente seguro, como en el caso de Daf fodil —dijo el niño—. Otras veces tengo una corazonada; otras, ni siquiera eso, ¿no es así, Bassett? Entonces tomamos recaudos, porque en esos casos, la mayoría de las veces perdemos. —¡Oh, entiendo! Y cuando estás seguro, como en el caso de Daf fodil, ¿por qué estás tan seguro, hijo mío? —Oh, bueno, no lo sé —respondió el niño, confundido—. Estoy seguro, tío, eso es todo. —Es como si recibiera una señal divina, señor —reiteró Bassett. —¿Será posible? erijo el tío. El tío ingresó en la sociedad. Y cuando el premio Leger se acercaba, Paul se sintió "seguro" de que ganaría Lively Spark, caballo de muy pocos antecedentes. Paul insistió en jugarse con mil libras. Bassett le jugó quinientas y Oscar Cressw ell otras doscientas. Lively Spark ganó y pagó a razón de diez a uno. Paul había ganado diez mil libras. —Ya ves dijo—, yo estaba completamente seguro. Hasta tú mismo has ganado dos mil libras. —Mira, muchacho —le dijo—, esta clase de cosas me perturban un poco. —¿Por qué, tío? Quizá no volveré a estar "seguro" durante mucho tiempo. —Pero ¿qué vas a hacer con el dinero? —Empecé a jugar luego de escuchar a mamá —repuso el niño—. Ella dijo que no tenía suerte porque papá no la tenía, y pensé que si yo tenía suerte, quizá dejaría de murmurar. —¿Quién dejaría de murmurar? —¡Nuestra casa! Odio nuestra casa porque nunca deja de murmurar. —¿Qué murmura? —Bueno... pues —vaciló el chico—... en realidad, no estoy seguro, pero tú sabes, tío, que siempre falta dinero. —Lo sé, hijo, lo sé. —Y sabes, tío, que mamá siempre tiene algo que pagar, ¿verdad? —Me temo que sí. —Y entonces la casa empieza a murmurar, y parece que hubiera alguien que se ríe de nosotros, a nuestras espaldas. ¡Es terrible! Y yo pensé que si tenía suerte... —Podrías acabar con eso, ¿no es cierto? —concluyó el tío. El niño lo miró con sus grandes ojos azules; parecía un fuego f río y extraño. Pero observó y no dijo nada. —¡Bueno! —dijo el tío—. ¿Qué hacemos? —No quiero que mi madre sepa que tengo suerte —dijo el chico. —¿Por qué no? —Porque no me lo permitiría. —Creo que te equivocas. —¡Oh! —exclamó el chico, agitándose con movimientos raros—. No quiero que ella lo sepa, tío. —¡Está bien, hijo! Arreglaremos todo para que ella no se entere. Y así fue como lo arreglaron, sin complicaciones. Paul, por consejo de su tío, le entregó cinco mil libras; se las dio al abogado de la familia, quien debía decir a la madre de Paul que un pariente suyo le había entregado ese dinero, con la idea de pagarle mil libras anuales, el día de su cumpleaños, durante los próximos cinco años. —De esa manera —dijo el tío Oscar—, durante los cinco años próximos, ella recibirá un regalo de cumpleaños de mil libras. Espero que eso le alivie la vida luego que deje de recibirlas. La madre de Paul cumplía años en noviembre. En los últimos tiempos, la casa había estado "murmurando" más que nunca. A pesar de su buena suerte, Paul no podía hacerle f rente. Estaba ansioso por ver qué resultados causaría, el día del cumpleaños de su madre, la carta con la noticia y con las mil libras. Cuando no había visitas, Paul comía con sus padres. Ya se había independizado del cuidado de la institutriz. Su madre iba al centro casi todos los días. Había redescubierto su gran capacidad para dibujar telas y pieles, y trabajaba en secreto en el estudio de una amiga, que era una de las "artistas" más prestigiosas de las principales modistas. Dibujaba, para los anuncios periodísticos, f igurines de damas cubiertas con pieles y sedas. Aquella joven artista ganaba millares de libras al año. La madre de Paul sólo pudo ganar unos centenares, por lo que volvió a sentirse insatisfecha. Tenía muchas ganas de sobresalir en alguna tarea, y no podía conseguirlo... ni siquiera dibujando anuncios de modas.
  • 6.
    La mañana desu cumpleaños bajó a tomar el desayuno. Paul observaba su rostro cuando leía las cartas. Sabía cuál era la carta del abogado. Advirtió que, a medida que su madre la iba leyendo, su rostro se volvía duro e inexpresivo. Después, un gesto f río y f irme deformó sus labios. Ubicó la carta debajo de las otras y no dijo nada. —¿No recibiste nada satisfactorio para tu cumpleaños, mamá? —preguntó Paul. —Sí, algo bastante agradable —respondió ella con su voz f ría y ausente. Y se fue al centro, sin agregar palabra. A la tarde llegó el tío Oscar. Y contó que la madre de Paul había tenido una larga entrevista con su abogado, preguntándole si podía adelantarle todo el dinero de una vez, pues debía saldar algunas deudas. —¿Tú qué piensas, tío? —dijo el chico. —Es cosa tuya, hijo. —¡Oh, entonces dale el dinero! Con lo que resta, podemos ganar más. —Más vale pájaro en mano que ciento volando, amigo mío —dijo el tío Oscar. —Oh, no hay dudas de que sabré quién ganará el Gran Premio Nacional; o el Lincolnshire, o el Derby. Alguno de ellos tengo que saber. El tío Oscar f irmó los papeles para el dinero y la madre de Paul cobró las cinco mil libras. Entonces ocurrió algo muy extraño. De un momento a otro, las voces de la casa parecieron enloquecer, como un griterío de ranas en una tarde de primavera. Se habían comprado algunos muebles, Paul tenía un preceptor particular, y el próximo otoño iría a Eton, el colegio donde había estudiado su padre. Aun en invierno, había f lores en la casa. El lujo al que había estado acostumbrada la madre de Paul, parecía renacer en toda su casa. A pesar de eso, las voces de la casa, detrás de los ramilletes de mimosas y f lores de almendro, y debajo de las pilas de almohadones celestes, parecían aullar y gritar en una especie de éxtasis: "¡Hace falta más dinero! ¡Oh! ¡Hace falta más dinero! ¡Ahora, a-ho-ra! ¡A-ho-ra hace falta más dinero! ¡Más que nunca! ¡Más que nunca!" Aquello atemorizó y horrorizó a Paul, mientras intentaba estudiar latín y griego con sus preceptores. Pero sus horas más intensas las vivía con Bassett. Ya se había corrido el Nacional. Paul no estuvo "seguro" y perdió cien libras. Llegó el verano. Mientras aguardaba la competencia del Lincoln, la impaciencia lo consumía. En esta ocasión tampoco estuvo "seguro" y perdió cincuenta libras. Entonces se convirtió en un chico extraño, de ojos extraviados. Parecía que algo convulsionaba el interior del niño. —¡No te preocupes más, hijo mío! —insistía su tío Oscar—. Olvídate de todo eso. Pero el muchacho no le hizo caso. —¡Tengo que saber para el Derby! ¡Tengo que saber para el Derby! —repetía, con sus ojos azules encendidos, dominado por la locura. Su madre advirtió esa obsesión que lo acosaba. —Será mejor que te llevemos a veranear a la playa. ¿No quieres ir al mar ahora, en vez de esperar? Me parece que te haría bien —dijo mirándolo con ansiedad, con el corazón consternado a causa del niño. Pero el chico alzó sus nerviosos ojos azules. —¡No puedo ir antes del Derby, mamá! —respondió—. ¡No puedo! —¿Por qué no? —preguntó ella, enojada ante el rechazo de la propuesta—. ¿Por qué no? Nadie te negará ir a ver el Derby con tu tío Oscar, si eso es lo que quieres. No tienes necesidad de esperar aquí. Además, creo que estás muy interesado por esas carreras de caballos. Es un mal síntoma. Toda mi familia ha sido de jugadores. Cuando seas grande, tal vez entiendas los daños que eso nos ha causado. Lo cierto es que nos ha perjudicado. Tendré que despedir a Bassett y advertirle a tu tío Oscar que no te hable más de carreras, a menos que te conduzcas en forma más coherente. Ve a veranear a la playa y olvídate de todo eso. ¡Eres un cuerpo dominado por los nervios! —Haré lo que tú quieras, mamá, siempre que no me hagas perder la competencia del Derby ni salir de esta casa. —¿No salir de esta casa? —Sí —dijo Paul, mirándola con f irmeza. —¡Pues estás muy extraño! ¿De dónde sacaste tanto cariño por esta casa? Jamás me imaginé que pudieras quererla. Él miró a su madre, sin hablar. Ocultaba un secreto dentro de otro secreto, algo que no había confesado ni siquiera a Bassett ni a su tío Oscar. Su madre, después de un momento, inerte, indecisa e irritada, dijo: —¡Está bien! No vayas a la playa hasta que se corra el Derby, si eso es lo que quieres. Pero prométeme dominar tus nervios. ¡Prométeme no preocuparte tanto por las carreras de caballos ni por sus "programas", como tú los llamas! —¡Claro que no! —dijo el chico, sin prestar atención—. No me interesaré más por eso, mamá. En tu lugar, yo no me preocuparía. —¡Si tú estuvieras en mi lugar, y yo en el tuyo —dijo la madre—, vaya a saber cómo terminaría esto! —Tú sabes que no debes preocuparte, mamá, ¿verdad? —repitió el niño. —Me gustaría saberlo —respondió ella, ya cansada de tanto rogarle. —Bueno, puedes saberlo, mamá. ¡Quiero decir, debes saber que no tienes nada por qué preocuparte! —¿De verdad? Bueno, ya veremos. El máximo secreto de Paul era su caballo de madera, que no tenía nombre. Desde que se independizó de institutrices, llevó el caballito a su dormitorio, en el piso de arriba. —¡Eres demasiado grande para jugar con un caballito de madera! —le había reprochado su madre. —Oh, mamá, hasta que pueda tener un caballo verdadero, me conformo con cualquiera —fue la extraña respuesta. —¿Así te sientes acompañado? —preguntó la madre, echándose a reír. —¡Oh, sí! Es muy bueno, siempre me acompaña. Así fue como el caballo, bastante arruinado y maltratado, permaneció en el dormitorio del niño. Se acercaba el Derby y Paul parecía cada vez más concentrado. Casi no prestaba atención a lo que le decían, tenía un aspecto muy f rágil y sus ojos se mostraban muy nerviosos. Su madre experimentaba bruscas reacciones de desasosiego. A veces, por lapsos de media hora o más, sentía por él una ansiedad angustiante. Entonces la atacaba el impulso de correr hacia el chico, para comprobar que estaba sano y salvo. Dos noches antes del Derby, estando en una gran f iesta en el centro, su corazón fue convulsionado por uno de esos ataques de ansiedad por su hijo, el primogénito, y fue tan intenso que apenas pudo hablar. Luchó con todas sus fuerzas contra ese sentimiento, porque era una mujer coherente. Pero fue inútil. Tuvo que abandonar el baile y bajó para telefonear a su casa. La institutriz de los niños se mostró terriblemente sorprendida y alarmada por aquel llamado a la madrugada. —¿Los niños están bien, Miss Wilmot? —Oh, sí, perfectamente. —¿Y Paul? ¿Está bien? —Se acostó enseguida. ¿Quiere que suba a echarle un vistazo? —¡No! —interpuso la madre, a pesar de sus nervios—. No, no se moleste. Está bien. No se quede despierta. Volveremos enseguida. No quería que la criada interrumpiese la intimidad de su hijo. Era cerca de la una cuando los padres de Paul regresaron a la casa. Todo estaba en silencio. La madre subió a su cuarto y se quitó su blanco abrigo de pieles. Había ordenado a la criada que no la esperase. Oyó a su esposo en la planta baja, que se preparaba un w hisky con soda. Después, impulsada por la fatal ansiedad que sentía en el corazón, subió, a escondidas, al cuarto de su hijo. Se deslizó en silencio a lo largo del corredor. Creyó oír un ruido pequeño. ¿Qué era? Permaneció junto a la puerta, escuchando, los músculos tensos. Se oía un ruido pequeño y extraño. Su corazón se paralizó. Era un rumor sordo, y a la vez impetuoso y fuerte. Como si
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    algo enorme semoviera con una violencia secreta. ¿Qué era? ¿Qué era, en nombre de Dios? Ella debía saberlo. Tuvo la corazonada de que reconocía aquel ruido. Sabía lo que era. Y sin embargo, no podía ubicarlo, y menos aún nombrarlo. El rumor continuaba a un ritmo delirante. Suavemente, paralizada de miedo y ansiedad, giró el picaporte. El cuarto estaba oscuro. Sin embargo, junto a la ventana, oyó y vio que algo se balanceaba de un lado a otro. Se quedó mirándolo, temerosa y extrañada. De pronto, encendió la luz. Descubrió a su hijo, con su pijama verde, cabalgando alocadamente en su caballito de madera. La luz de pronto lo dejó al descubierto, mientras espoleaba a su corcel. Alumbró también a la mujer rubia inmóvil en la puerta, con su pálido vestido verde y plata. —¡Paul! —exclamó angustiada—. ¿Qué estás haciendo? —¡Es Malabar! —gritaba el chico con voz fuerte y extraña—. ¡Es Malabar! Sus ojos encendidos la observaron por unos segundos, extraño e irracional, mientras dejaba de espolear a su caballo de madera. Después cayó estrepitosamente al piso, y ella, atormentada como toda madre, corrió para socorrerlo. El niño estaba inconsciente. Y así permaneció hasta el día siguiente, atacado de f iebre cerebral. Hablaba y se agitaba. Su madre aún sentada a su lado, inmóvil, semejaba una piedra. —¡Es Malabar! ¡Es Malabar! ¡Bassett, Bassett, ya sé: es Malabar! —gritaba el niño, tratando de levantarse para volver a espolear el caballo de madera, su fuente de inspiración. ¿Quién es Malabar? —preguntó la madre, azorada. —No sé —dijo el padre, hecho una piedra. —¿Quién es Malabar? —insistió ella, preguntándole a su hermano Oscar. —Es uno de los caballos que corren el Derby —respondió. A pesar de sí mismo, Oscar Cressw ell habló con Bassett, y él mismo apostó un millar de libras a Malabar. Pagó a razón de catorce a uno. El tercer día de la enfermedad fue crítico. Se esperaba una reacción. El niño, con sus largos y ensortijados cabellos, se agitaba en forma nerviosa sobre la almohada. No dormía ni recobraba el conocimiento. Sus ojos eran como piedras azules. Y su madre, descorazonada, también acabó por convertirse en piedra. Durante la noche, Oscar no los visitó, pero Bassett mandó preguntar si podía subir un momento, sólo un momento. La intromisión molestó mucho a la madre de Paul; pero, pensándolo otra vez, consintió. El niño seguía igual. Quizá Bassett podría hacerle recobrar el conocimiento. El jardinero, un hombre bajo, de bigotito oscuro y ojos también oscuros, pequeños y penetrantes, entró sigilosamente en el cuarto, se llevó la mano a un imaginario sombrero a modo de saludo y después se encaminó a la cama, mirando f ijamente con sus ojos brillosos al niño, agitado y moribundo. —¡Paul! —susurró—. ¡Paul! Malabar entró primero, ganó de punta a punta. Hice lo que usted me dijo. Ha ganado más de setenta mil libras. Sí, ha ganado más de ochenta mil. Malabar llegó primero. —¡Malabar! ¡Malabar! ¿Yo dije Malabar, mamá? ¿Dije Malabar? ¿Crees que tengo suerte? Sabía que Malabar ganaría, ¿verdad? ¡Más de ochenta mil libras! Eso es suerte, ¿no es así, mamá? ¡Más de ochenta mil libras! Yo sabía, ¿acaso no lo sabía? Ganó Malabar. Yo cabalgo en mi caballo hasta sentirme seguro, Bassett, yo sé lo que te digo: puedes apostar todo lo que tengas a mano. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett? —Jugué mil libras, Paul. —¡Nunca te dije, mamá, que si puedo cabalgar en mi caballo, y llegar, entonces estoy seguro... oh, completamente seguro! Mamá, ¿te lo dije alguna vez? ¡Yo tengo suerte! —No, nunca me lo dijiste —respondió la madre. Pero el niño murió esa noche. Aún yacía en su cama cuando la madre escuchó la voz de su hermano, que decía: —Dios mío, Hester, has ganado ochenta mil libras y has perdido a un hijo. Pobrecito, pobrecito, más le vale haberse ido de una vida donde debía montar en su caballito de madera para hallar un ganador. LOS ESPECTROS (DE SU LIBRO PÓSTUMO FÉNIX) Y así como el perro con sus fosas nasales, al rastrear los f ragmentos de los miembros de los animales y el olor de sus patas que dejan sobre la suave hierba, encuentra un camino sin camino para los hombres, así también sigue el alma el rastro de los muertos a través de grandes espacios. Porque el viaje es para llegar lejos, para dormir y olvidar y a menudo los muertos vuelven los ojos y se rezagan, porque entonces advierten todo lo que se ha perdido. Entonces el alma viviente los alcanza y grande es el dolor de los saludos y mortal el volver a separarse. Porque, oh, los muertos están desconsolados, ya que ni la muerte puede compensar ciertos errores. WILLIAM FAULKNER EL SACERDOTE Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a través de la charla con aquellos que parecían haberla alcanzado; mediante una vida de expiación y de negación de sí mismo hasta que los fuegos terrenales que lo atormentaban se extinguieran con el tiempo. Deseaba apasionadamente la mitigación y cesación del hambre y de los apetitos de su sangre y de su carne, los cuales, según le habían enseñado, eran perniciosos: esperaba algo como el sueño, un estado que habría de alcanzar y en el cual las voces de su sangre serían aquietadas. 0, mejor aún, domeñadas. Que, cuando menos, no lo conturbaran más; un plano elevado en el que las voces se perderían, sonarían cada vez más débiles y pronto no serían sino un eco carente de sentido entre los desf iladeros y las cumbres mayestáticas de la Gloria de Dios. Pero no lo había alcanzado. En el seminario, tras una charla con un sacerdote, solía volver a su dormitorio en un éxtasis espiritual, un estado emocional en el cual su cuerpo no era sino un letrero con un mensaje llameante que habría de agitar el mundo. Y veía aliviadas sus dudas; no albergaba duda ni tampoco pensamiento. La f inalidad de la vida estaba clara: suf rir, utilizar la sangre y los huesos y la carne como medios para alcanzar la gloria eterna, algo magníf ico y asombroso, siempre que se olvide que fue la historia y no la época quien creó los Savonarola y los Thomas Becket. Ser de los elegidos, pese a las hambres y las roeduras de la carne, alcanzar la unión espiritual con el Inf inito, morir, ¿cómo podía compararse con esto el placer f ísico anhelado por su sangre? Pero, una vez entre sus compañeros seminaristas, ¡cuán pronto olvidaba todo aquello! Los puntos de vista y la insensibilidad de sus condiscípulos eran un enigma para él. ¿Cómo podía alguien a un tiempo pertenecer y no pertenecer al mundo? Y la pavorosa duda de que acaso se estaba perdiendo algo, de que acaso, después de todo, fuera cierto que la vida se limitaba sólo a lo que uno pudiera obtener en los breves setenta años que al hombre caben. ¿Quién lo sabía? ¿Quién podía saberlo? Existía el cardenal Bembo, que vivió en Italia en una era semejante a plata, semejante a una f lor imperecedera, y que creó un culto al amor más allá de la carne, esquilmado de las torturas de la carne. Pero ¿no sería esto sino una excusa, sino un paliativo a los terribles miedos y dudas? ¿No era la vida de aquel hombre apasionado y hacía tanto tiempo muerto semejante a la suya; un tejido de miedo y duda y una apasionada persecución de algo bello y excelso? Sólo que algo bello y excelso signif icaba para él no una Virgen sosegada por el dolor y f ijada como una bendición vigilante en el cielo del oeste, sino una criatura joven y esbelta e indefensa y (en cierto modo) herida, que había sido sorprendida por la vida y utilizada y torturada; una pequeña criatura de marf il despojada de su primogénito, que alza los brazos vanamente en la tarde que declina. Para decirlo de otro modo, una mujer, con todo lo que en una mujer hay de apasionada persecución del hoy, del instante mismo; pues sabe que el mañana tal vez no llegue nunca y que sólo el hoy importa, porque el hoy es suyo. Se ha tomado una niña y se ha hecho de ella el símbolo de los viejos pesares del hombre, pensó, y también yo soy un niño despojado de su niñez. La tarde era como una mano alzada hacia el oeste; cayó la noche, y la luna nueva se deslizó
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    como un barcode plata por un verde mar. Se sentó sobre su catre y se quedó mirando hacia el exterior, mientras las voces de sus compañeros se iban mitigando a su pesar con la magia del crepúsculo. El mundo sonaba afuera, y se eclipsaba; tranvías y taxímetros y peatones. Sus compañeros hablaban de mujeres, de amor, y él se dijo a sí mismo: ¿Pueden estos hombres llegar a ser sacerdotes y vivir en la abnegación y en la ayuda a la humanidad? Sabía que podían, y que lo harían, lo cual era más duro. Y recordó las palabras del padre Gianotti, con quien no estaba de acuerdo: -A través de la historia el hombre ha fomentado y creado circunstancias sobre las que no tiene control. Y lo único que podrá hacer es dar forma a las velas con las que capeará el temporal que él mismo ha provocado. Y recuerden: la única cosa que no cambia es la risa. El hombre siembra, y recoge siempre tragedia; pone en la tierra semillas que valora en mucho, que son él mismo, ¿y cuál es su cosecha? Algo acerca de lo cual no ha podido aprender nada, algo que lo supera. El hombre sabio es aquel que sabe retirarse del mundo, cualquiera que sea su vocación, y reír. Si tienes dinero, gástalo: ya no tienes dinero. Sólo la risa se renueva a sí misma como la copa de vino de la fábula. Pero la humanidad vive en un mundo de ilusión, utiliza sus insignif icantes poderes para crear en torno un lugar extraño y estrafalario. Lo hacía también él mismo, con sus af irmaciones religiosas, al igual que sus compañeros con su charla eterna sobre mujeres. Y se preguntó cuántos sacerdotes de vida casta y dedicados a aliviar el suf rimiento humano serían vírgenes, y si el hecho de la virginidad supondría alguna diferencia. Sin duda sus compañeros no eran castos; nadie que no haya tenido relación con mujeres puede hablar de ellas tan familiarmente; y sin embargo, llegarían a ser buenos sacerdotes. Era como si el hombre recibiera ciertos impulsos y deseos sin ser consultado por el autor de la donación, y el satisfacerlos o no dependiera exclusivamente de él mismo. Pero él no era capaz de decidir en tal sentido; no podía creer que los impulsos sexuales pudieran desbaratar la f ilosof ía global de un hombre, y que sin embargo pudieran ser aquietados de ese modo. “¿Qué es lo que quieres?”, se preguntó. No lo sabía: no era tanto el deseo particular de alguna cosa cuanto el temor de perder la vida y su sentido por culpa de una f rase, de unas palabras vacías, sin ningún signif icado. “Ciertamente, en razón de mi ministerio, deberías saber cuán poco signif ican las palabras”. ¿Y en caso de que hubiera algo latente, alguna respuesta al enigma del hombre al alcance de la mano pero que él no pudiera ver? “El hombre desea pocas cosas aquí abajo”, pensó. ¡Pero perder lo poco que tiene! El pasear por las calles no hizo que viera más claro su problema. Las calles estaban llenas de mujeres: chicas que volvían del trabajo; sus cuerpos jóvenes y airosos se hacían símbolos de gracia y de belleza, de impulsos anteriores al cristianismo. “¿Cuántas de ellas tendrán amantes? -se preguntó-. Mañana me mortif icaré, haré penitencia por esto mediante la oración y el sacrif icio, pero ahora abrigaré estos pensamientos en los que ha tanto tiempo he deseado pensar”. Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer f ísico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para f regar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata. “¿Es juventud lo que quiero? ¿Es la juventud que hay en mí y que clama hacia la juventud en otros seres lo que me conturba? Entonces, ¿por qué no me satisface el ejercicio, la contienda f ísica con otros jóvenes de mi sexo? ¿0 es la Mujer, el femenino sin nombre? ¿Habrá de venirse abajo en este punto toda mi f ilosof ía? Si uno ha venido al mundo a padecer tales compulsiones, ¿dónde está mi Iglesia, dónde esa mística unión que me ha sido prometida? ¿Y qué es lo que debo hacer: obedecer estos impulsos y pecar, o reprimirlos y verme torturado para siempre por el temor de que en cierto modo he desperdiciado mi vida en aras de la abnegación?”. “Purif icaré mi alma”, se dijo. La vida es más que eso, la salvación es más que eso. Pero oh, Dios, oh, Dios, ¡la juventud está tan presente en el mundo! Está por doquiera en los jóvenes cuerpos de chicas embotadas por el trabajo, sobre máquinas de escribir o tras mostradores de tiendas, de chicas al f in evadidas y libres que exigen la herencia de la juventud, que hacen subir sus ágiles y suaves cuerpos a los tranvías, cada una con quién sabe qué sueño. “Salvo que el hoy es el hoy, y que vale mil mañanas y mil ayeres”, exclamó. “Oh, Dios, oh, Dios. ¡Si al menos f uera ya mañana! Entonces, seguramente, cuando haya sido ordenado y me convierta en un siervo de Dios, hallaré consuelo. Entonces sabré cómo dominar estas voces que hay en mi sangre. Oh, Dios, oh, Dios, ¡si al menos f uera ya Mañana!” En la esquina había una expendeduría de tabaco: había hombres comprando, hombres que habían f inalizado su jornada de trabajo y volvían a sus casas, donde les esperaban suculentas comidas, esposas, hijos; o a cuartos de soltero para prepararse y acudir a citas con prometidas o amantes; siempre mujeres. Y yo, también, soy un hombre: siento como ellos; yo, también, respondería a blandas compulsiones. Dejó la Calle Canal; dejó los parpadeantes anuncios eléctricos que habrían de llenar y vaciar el crepúsculo, inexistentes a sus ojos y por lo tanto sin luz, lo mismo que los árboles son verdes únicamente cuando son mirados. Las luces llamearon y soñaron en la calle húmeda, los ágiles cuerpos de las chicas dieron forma a su apresuramiento hacia la comida y la diversión y el amor; todo quedaba a su espalda ahora; delante de él, a lo lejos, la aguja de una iglesia se alzaba como una plegaria articulada y detenida contra la noche. Y sus pisadas dijeron: “¡Mañana! ¡Mañana!”. Ave María, deam gratiam... torre de marf il, rosa del Líbano... VIRGINIA WOOLF LA CASA ENCANTADA A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes. «Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.» Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped. Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana ref lejaban manzanas, ref lejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado? Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, f rescamente hundido bajo la superf icie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. El lo
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    dejó allí, élla dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.» El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría. «Aquí dormimos», dice ella. Y él añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana…» «Plata entre los árboles…» «Arriba…» «En el jardín…» «Cuando llegó el verano…» «En la nieve invernal…» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón. Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios.» Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta. «A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa. «Tantos años…», suspira él. «Me has vuelto a encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el’ jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro…» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es esto vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.» MARGARITA YOURCENAR ASÍ FUE SALVADO WANG-FO El viejo pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban a lo largo de los caminos del reino de Han. Avanzaban lentamente porque Wang-Fo se detenía de noche a contemplar los astros, y de día para mirar las libélulas. Iban poco cargados, pues Wang-Fo amaba la imagen de las cosas y no a las cosas en sí mismas, y ningún objeto en, el mundo le parecía digno de ser adquirido, salvo pinceles, f rascos de laca y de tintas de China, rollos de seda y de papel de arroz. Eran pobres porque Wang-Fo cambiaba sus pinturas por una ración de papilla de mijo, y desdeñaba las monedas de plata. Ling, su discípulo, doblado bajo el peso de una bolsa llena de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si cargara la bóveda celeste, pues esa bolsa, a los ojos de Ling, estaba repleta de montañas bajo la nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano. Ling no había nacido para recorrer los caminos al lado de un viejo que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre cambiaba oro; su madre era la única hija de un mercader de jade que le había heredado sus bienes maldiciéndola por no haber nacido varón. Ling había crecido en una casa en donde la riqueza eliminaba los azares. Aquella existencia, cuidadosamente protegida, lo había vuelto tímido: le temía a los insectos, al trueno y al rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre eligió una esposa para él, y cuidó de que fuera muy bella, pues la idea de la felicidad que procuraba a su hijo lo consolaba de haber alcanzado la edad en la que la noche sirve para dormir. La esposa de Ling era f rágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de las nupcias, los padres de Ling llevaron la discreción hasta morir, y el hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa que sonreía siempre, y de un ciruelo que cada primavera daba f lores rosas. Ling amó a esa mujer de corazón cristalino como se ama a un espejo que no se empaña jamás, a un talismán que siempre protege. Frecuentaba las casas de té para obedecer a la moda y favorecía con moderación a los acróbatas y a las bailarinas. Una noche, en una taberna, le tocó Wang-Fo como compañero de mesa. El viejo había bebido para ponerse en estado de pintar mejor a un borracho; su cabeza se inclinaba de lado, como si se esforzara en medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y esa noche Wang hablaba como si el silencio fuera un muro; y las palabras, colores destinados a cubrirlo. Gracias a él, Ling conoció la belleza de los rostros de los bebedores desvanecidos por el humo de las bebidas calientes, el esplendor moreno de las carnes que el fuego había lamido desigualmente, y el rosado exquisito de las manchas de vino esparcidas en los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento reventó la ventana; el aguacero se metió en la habitación. Wang-Fo se inclinó para hacer admirar a Ling el fulgor lívido del rayo; y Ling, maravillado, dejó de temerle a la tormenta. Ling pagó la cuenta del viejo pintor; y como Wang-Fo no tenía dinero ni posada, humildemente le of reció albergue. Caminaron juntos; Ling llevaba una linterna; su claridad proyectaba sobre los charcos fuegos inesperados. Aquella noche, Ling supo, no sin sorpresa, que los muros de su casa no eran rojos como él había creído sino que tenían el color de una naranja a punto de pudrirse. En el patio, Wang-Fo reparó en la forma delicada de un arbusto, al cual nadie había prestado atención hasta entonces, y lo comparó a una joven que deja secar sus cabellos. En el corredor, siguió maravillado el camino vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas del muro, y el horror de Ling por aquellos bichos se desvaneció. Al comprender que Wang-Fo acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al viejo pintor en la alcoba en donde su padre y su madre habían muerto. Desde hacía años, Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo puesto que no era mujer. Luego Wang-Fo habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un gran cedro. Ningún joven del tiempo presente era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling hizo posar a su propia mujer bajo el ciruelo del jardín. Luego, Wang-Fo la pintó vestida de hada entre las nubes del Poniente, y la joven lloró, pues era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que Wang-Fo hacía de ella, su rostro ¡se marchitaba como una f lor expuesta al viento caliente o a las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas del chai que la estrangulaba f lotaban mezcladas con su cabellera; parecía aún más delgada que de costumbre, y pura como las bellezas celebradas por los poetas de los tiempos cumplidos. Wang-Fo la pintó por última vez porque amaba ese tinte verdoso que cubre el rostro de los muertos. Su discípulo Ling molía los colores, y aquella tarea le exigía tanta dedicación que se olvidó de verter lágrimas. Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para procurar al maestro los f rascos de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, la dejaron, y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba cansado de una ciudad en la cual los rostros no tenían ya ningún secreto de fealdad o de belleza que enseñarle; el maestro y el discípulo erraron juntos por los caminos del reino de Han. Su reputación los precedía en los pueblos, en el umbral de las fortalezas y bajo el pórtico de los templos donde los peregrinos inquietos se refugian en el crepúsculo. Se decía que Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas con el último toque de color que agregaba a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como a un sabio; el pueblo le temía como a un brujo. A Wang le alegraban estas diferencias de opinión que le permitían estudiar en su entorno las expresiones de gratitud, de temor o de veneración. Ling mendigaba el alimento, cuidaba el sueño del maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al despuntar la aurora, mientras el anciano aún dormía, iba a la caza de paisajes tímidos, disimulados tras ramos de juncos. Por la tarde, cuando el maestro, desalentado, tiraba sus pinceles en el piso, los recogía. Cuando Wang-Fo estaba triste y hablaba de su vejez, Ling le mostraba sonriendo el sólido tronco de un viejo roble; cuando Wang estaba alegre y bromeaba, Ling f ingía humildemente que lo escuchaba. Un día, a la hora en que el sol se pone, llegaron a los suburbios de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fo una posada en donde pasar la noche. El viejo se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para calentarlo, pues apenas acababa de nacer la primavera, y el piso
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    de tierra aúnseguía helado. Al romperse el alba, resonaron pasos pesados en los corredores de la posada; se escucharon los susurros asustados del posadero, y órdenes gr itadas en una lengua bárbara. Ling se estremeció al recordar que la víspera había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No dudando de que habían venido a detenerlo, se preguntó quién ayudaría a Wang-Fo a pasar el vado del próximo río. Los soldados entraron con linternas. La llama que se f iltraba a través del papel abigarrado lanzaba luces rojas o azules sobre sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba sobre su hombro, y los más feroces rugían de pronto sin razón. Pusieron pesadamente la mano sobre la nuca de Wang-Fo quien no pudo evitar f ijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos. Sostenido por su discípulo, tropezando a lo largo de los caminos disparejos, Wang-Fo siguió a los soldados. Los transeúntes, amontonados, se burlaban de aquellos dos criminales que sin duda llevaban a decapitar. A todas las preguntas de Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas suf rían, y Ling, desesperado, miraba sonriendo a su maestro, lo que era para él la manera más tierna de llorar. Llegaron a la entrada del palacio imperial, que erguía sus muros violetas en pleno día como un lienzo de crepúsculo. Los soldados hicieron atravesar a Wang-Fo innumerables salas cuadradas o circulares cuyas formas simbolizaban las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas, emitiendo una nota de música, y estaban dispuestas de tal manera que se recorría toda la escala musical al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar la idea de un poder y una sutileza sobrehumanos, y se sentía que las mínimas órdenes pronunciadas allí, debían de ser def initivas y terribles como la sabiduría de los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se volvió tan profundo que ni siquiera un ajusticiado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina, los soldados temblaron como mujeres, y la pequeña tropa entró en el salón, donde presidía, desde su trono, el Hijo del Cielo. Era un salón desprovisto de muros, sostenido por gruesas columnas de piedra azul. Un jardín se abría al otro lado de los fustes de mármol, y cada f lor contenida en sus bosquecillos pertenecía a una especie rara traída de más allá de los océanos. Pero ninguna tenía perfume, para que la meditación del Dragón Celeste no se viera turbada jamás por los bellos olores. En señal de respeto, por el silencio en que estaban inmersos sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto; y habían echado hasta las abejas. Un muro enorme separaba el jardín del resto del mundo, para que el viento que pasaba sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla no pudiera permitirse ni rozar la manga del Emperador. El Amo Celestial estaba sentado sobre un trono de jade, y sus manos estaban arrugadas como las de un anciano aunque tenía apenas veinte años. Su traje era azul para f igurar el invierno y verde para recordar la primavera. Su rostro era bello, pero impasible como un espejo colocado demasiado alto, que no ref lejara más que los astros y el cielo implacable. Tenía a su derecha al Ministro de los Placeres Perfectos; y a su izquierda, al Consejero de los Justos Tormentos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas alertaban el oído para recoger la menor palabra salida de sus labios, se había acostumbrado a hablar siempre en voz baja. —Dragón Celeste —dijo Wang-Fo proster-nándose—, soy viejo, soy pobre, soy débil. Eres como el verano; soy como el invierno. Tienes Diez Mil Vidas; no tengo más que una que está por terminar. ¿Qué te he hecho? Han atado mis manos que nunca te han dañado. —¿Me preguntas qué es lo que has hecho, viejo Wang-Fo? —dijo el Emperador. Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó la mano derecha, que los ref lejos del pavimento de jade hacían parecer glauca como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado por el largo de aquellos dedos delgados, buscó en sus recuerdos si no había hecho del Emperador, o de sus ascendientes, un retrato mediocre que mereciera la muerte. Pero era poco probable, pues Wang-Fo hasta entonces no había f recuentado la corte de los emperadores, ya que había preferido las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los suburbios de las cortesanas y las tabernas de los muelles en las que riñen los estibadores. —¿Me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fo? —prosiguió el Emperador inclinando su endeble cuello hacia el anciano que lo escuchaba. Te lo voy a decir. Pero como el veneno del prójimo no puede deslizarse en nosotros más que por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas, debo pasearte a lo largo de los corredores de mi memoria, y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la habitación más secreta del palacio, pues era de la opinión que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a la vista de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En esos salones fui educado, viejo Wang-Fo, porque habían organizado la soledad a mi alrededor, para permitirme crecer en ella. Con el propósito de evitar a mi candor la salpicadura de las almas, habían alejado de mí el oleaje agitado de mis futuros súbditos; y no le estaba permitido a nadie pasar f rente al umbral de mi morada, por temor de que la sombra de aquel hombre o de aquella mujer se extendiera hasta mí. Los contados viejos servidores que me habían adjudicado se mostraban lo menos posible; las horas giraban en círculo; los colores de tus pinturas se avivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por la noche, cuando no lograba dormir, contemplaba tus cuadros, y, durante casi diez años, los miré todas las noches. De día, sentado sobre un tapete cuyo dibujo me sabía de memoria, con las palmas de las manos vacías reposando sobre mis rodillas de seda amarilla, soñaba con las dichas que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo, con el país de Han en el centro, igual al llano monótono y hueco de la mano que surcan las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos; y más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a representar mejor todas esas cosas, utilizaba tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía al vasto manto de agua extendido sobre tus telas, tan azul que una piedra, al caer, no podía sino convertirse en zaf iro; que las mujeres se abrían y se cerraban como f lores, iguales a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, en las veredas de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de cintura delgada que velan en las fortalezas de las f ronteras eran como f lechas que podían atravesar el corazón. A los dieciséis años vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos bellas que las de tus crepúsculos. Ordené mi litera: sacudido por los caminos, de los que no había previsto ni el lodo ni las piedras, recorrí las provincias del imperio sin encontrar tus jardines llenos de mujeres iguales a luciérnagas, tus mujeres cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las costas me asquearon de los océanos; la sangre de los sacrif icados es menos roja que la granada f igurada sobre tus telas; la miseria de los pueblos me impide ver la belleza de los arrozales; la piel de las mujeres vivas me repugna como la carne muerta que cuelga de los ganchos de los carniceros; y la risa burda de mis soldados me revuelve el corazón. Me has mentido Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es más que un montón de manchas confusas, arrojadas sobre el vacío por un pintor insensato, siempre borradas por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más bello de los reinos, y no soy el Emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena reinar es aquél en el que tú penetras, viejo Wang, por el camino de las Mil Cuevas y de los Diez Mil colores. Sólo tú reinas en paz sobre las montañas cubiertas de una nieve que no puede derretirse, y sobre campos de narcisos que no pueden morir. Y es por ello, Wang-Fo, que busqué cuál suplicio te sería reservado a ti, cuyos sortilegios me hastiaron de lo que poseo, y me dieron el deseo de lo que no poseeré. Y para encerrarte en el único calabozo del que no puedas salir, he decidido que se te quemen los ojos, puesto que tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que te abren tu reino. Y como tus manos son los dos caminos de diez ramif icaciones que te llevan al corazón de tu imperio, he decidido que te sean cortadas las manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo? Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling arrancó de su cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió, y agregó en un suspiro: —Y te odio también, viejo Wang-Fo, porque has sabido hacerte amar. Maten a ese perro. Ling pegó un salto hacia adelante para evitar que su sangre manchara el traje de su maestro.
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    Uno de lossoldados levantó el sable, y la cabeza de Ling quedó separada de la nuca, igual a una f lor cortada. Los servidores se llevaron los restos, y Wang-Fo, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo hacía sobre el pavimento de piedra verde. El Emperador hizo una señal, y los eunucos enjugaron los ojos de Wang-Fo. —Escucha, viejo Wang-Fo —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer limpios, para que la poca luz que les queda no sea enturbiada por tu llanto, puesto que no deseo tu muerte sólo por rencor; y no es sólo por crueldad que quiero verte suf rir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fo. Poseo en mi colección de tus obras una pintura admirable en donde las montañas, el estero de los ríos y el mar se ref lejan, inf initamente reducidos, sin duda, pero con una evidencia que sobrepasa la de los objetos mismos, como las f iguras que se ref lejan sobre las paredes de una esfera, Pero esta pintura no está terminada, Wang-Fo, y tu obra maestra no es más que un boceto. Sin duda, en el momento en que pintabas, sentado en un valle solitario, reparaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía a aquel pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste la orla del manto del mar, ni la cabellera de algas de las rocas. Wang-Fo, quiero que consagres las horas de luz que te quedan a terminar esta pintura, que contendrá así los últimos secretos acumulados en el curso de tu larga vida. Seguramente tus manos, tan próximas a caer, no temblarán sobre la tela de seda, y el inf inito penetrará en tu obra por los plumeados de la desgracia. Y no hay duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán relaciones en el límite de los sentidos humanos. Ese es mi propósito, viejo Wang-Fo, y puedo forzarte a realizarlo. Si te rehúsas, antes de cegarte, haré quemar todas tus obras, y serás entonces igual a un padre cuyos hijos han sido asesinados, y destruidas las esperanzas de posteridad. Pero cree más bien, si quieres, que este último mandamiento no se debe más que a mi bondad, pues sé que la tela es la única amante que has acariciado en tu vida, y of recerte pinceles, colores y tinta para ocupar tus últimas horas es como dar de limosna una cortesana a un joven que va a ser ejecutado. Tras una señal del meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada en donde Wang-Fo había trazado la imagen del mar y del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, pues ese pequeño bosquejo le recordaba su juventud. Todo atestiguaba una f rescura del alma a la cual Wang-Fo no podía aspirar más; sin embargo, algo le faltaba, pues en la época en que Wang la había pintado no había aún contemplado suf icientes montañas, ni suf icientes rocas bañando en el mar sus costados desnudos, y no se había impregnado lo bastante de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo escogió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo, y se puso a extender sobre el mar inacabado largas corrientes azules. Un eunuco agachado a sus pies molía los colores; desempeñaba bastante mal aquella tarea, y más que nunca Wang-Fo añoró a su discípulo Ling. Wang comenzó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada sobre una montaña. Luego, agregó sobre la superf icie del mar pequeñas arrugas que volvían más profundo el sentimiento de su serenidad. El empedrado de jade se tornaba singularmente húmedo, Pero Wang-Fo, absorto en su pintura, no se daba cuenta que trabajaba con los pies en el agua. La f rágil barca que había crecido bajo las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido cadencioso de los remos se levantó de pronto en la distancia, rápido y vivo como un aleteo. El ruido se acercó, llenó lentamente toda la sala, luego se detuvo y, suspendidas de los remos del barquero, unas gotas temblaban, inmóviles. Hacía tiempo ya que el hierro candente destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Los cortesanos, inmovilizados por el protocolo, con el agua hasta los hombros, se paraban sobre la punta de los pies. El agua alcanzó f inalmente el nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que se hubiera podido escuchar el caer de unas lágrimas. Sí, era Ling. Llevaba su viejo traje de todos los días, y su manga derecha aún tenía las huellas de un desgarrón que no había tenido tiempo de zurcir, en la mañana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía en torno al cuello una extraña bufanda roja. Wang-Fo le dijo quedamente mientras seguía pintando: —Te creía muerto. —Vivo usted —contestó respetuosamente Ling—, ¿cómo hubiera podido morir? Y ayudó al maestro a subir a la embarcación. El techo de jade se ref lejaba sobre el agua, de manera que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superf icie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador f lotaba como un loto. —Mira, discípulo mío —dijo melancólicamente Wang-Fo. Estos desgraciados van a perecer, si no es que ya han perecido. No sospechaba que hubiese bastante agua en el mar como para ahogar a un Emperador. ¿Qué hacer? —No tema, maestro —murmuró el discípulo. Pronto se volverán a encontrar secos y ni siquiera recordarán que su manga haya estado mojada. Sólo el Emperador conservará en el corazón algo de la amargura marina. Esta gente no está hecha para perderse en el interior de una pintura. Y agregó: —El mar es bello, el viento suave, los pájaros marinos hacen su nido. Partamos, maestro mío, hacia el país que se encuentra más allá de las aguas. —Partamos —dijo el viejo pintor. Wang-Fo se apoderó del timón, y Ling se inclinó sobre los avíos. La cadencia de los remos llenó de nuevo toda la sala; era f irme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua disminuía insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Pronto, escasos charcos brillaron solos en las depresiones del empedrado de jade. Los ropajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en las f ranjas de su abrigo. El cuadro, terminado por Wang-Fo, estaba recargado contra una cortina. Una barca ocupaba todo el primer plano. Se alejaba poco a poco, dejando tras ella una delgada estela que se cerraba sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la embarcación. Pero aún se divisaba la bufanda roja de Ling, y la barba de Wang-Fo que f lotaba al viento. La pulsación de los remos se debilitó y cesó, obliterada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia adelante, la mano sobre los ojos, miraba alejarse la barca de Wang que no era ya más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó y se desplegó sobre el mar. Finalmente, la barca viró tras una roca que cerraba la entrada hacia el mar abierto; la sombra de un farallón cayó sobre ella; la estela se borró de la superf icie desierta, y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre por aquel mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar. GRAHAM GREENE LOS DESTRUCTORES I Fue en la víspera del feriado bancario de agosto que el último recluta se convirtió en líder de la Pandilla de Wormsley Common. Nadie se sorprendió excepto Mike, pero a los nueve años de edad Mike se sorprendía por todo. "Si no cierras la boca" le dijo alguien una vez, "un sapo te entrará por ella". Después de eso Mike mantenía los dientes apretados con fuerza salvo cuando la sorpresa era demasiado grande. El nuevo recluta había estado en la pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y había en su silencio meditativo posibilidades que todos reconocían. Jamás desperdiciaba una palabra ni siquiera para decir su nombre hasta que las reglas se lo exigían. Cuando dijo "Trevor", fue la declaración de un hecho, no, como hubiera sido con los otros, una declaración de vergüenza o desaf ío. Ni tampoco rió nadie, excepto Mike, quien, cuando se dio cuenta de que se encontraba sin apoyo y cuando vio la mirada oscura del recién llegado, abrió la boca y volvió a callarse. Había todas las razones por las que T., como se lo nombró a partir de ese momento, debía haber sido objeto de burla; estaba su nombre (y lo reemplazaron por la inicial porque de otra manera no habrían tenido excusa para no reírse de él), el hecho de que su padre, ex arquitecto y actual empleado administrativo, había "descendido en su posición
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    social" y quesu madre se consideraba mejor que los vecinos. ¿Qué sino una extraña cualidad de peligro, de lo impredecible, lo estableció en la pandilla sin tener que pasar por ninguna innoble ceremonia de iniciación? La pandilla se reunía todas las mañanas en una improvisada playa de estacionamiento, el sitio donde había caído la última bomba del primer bombardeo. El líder, a quien conocían como Blackie, sostenía haber oído cuando cayó, y nadie tenía las fechas lo suf icientemente precisas como para señalar que en ese momento él debía haber tenido un año de edad y debía haber estado profundamente dormido en el andén de la Estación de Subterráneos de Wormsley Common. A un lado de la playa de estacionamiento se inclinaba la primera casa ocupada, la número 3, de la destrozada Northw ood Terrace; se inclinaba literalmente, puesto que había sido afectada por el estallido de la bomba y las paredes laterales estaban sostenidas por puntales de madera. Más allá había caído una bomba más pequeña y bombas incendiarias, de manera que la casa se mantenía en pie como un diente mellado y se continuaba en las ruinas linderas de su vecina, un f riso, los restos de una chimenea. T., cuyas palabras estaban casi restringidas a votar "sí" o "no" para el plan de operaciones que cada día proponía Blackie, una vez sobresaltó a toda la banda cuando dijo, cavilante: -Esa casa la construyó Wren, dice mi padre. -¿Quién es Wren? -El hombre que construyó la catedral de St. Paul. -¿A quién le importa? -dijo Blackie-. Es del Viejo Miseria. El Viejo Miseria -cuyo verdadero nombre era Thomas-había sido una vez un constructor y decorador. Vivía solo en la casa lisiada, ocupándose de sus cosas: una vez por semana se lo podía ver regresando por el terreno público con pan y verduras, y en una ocasión, cuando los chicos jugaban en la playa de estacionamiento, asomó la cabeza por encima de la quebrada pared de su jardín y los miró. -Estaba en el lavatorio -dijo uno de los chicos, porque era de público conocimiento que desde que cayeron las bombas algo andaba mal con las cañerías de la casa y el Viejo Miseria era demasiado avaro como para invertir dinero en la propiedad. Podía ocuparse de redecorar él mismo a precio de costo, pero jamás había aprendido plomería. El lavatorio era un cobertizo de madera en el fondo del angosto jardín con un agujero en forma de estrella en la puerta: había esquivado el estallido que aplastó la casa de al lado y que hizo volar los marcos de las ventanas de la número 3. La siguiente ocasión en que la pandilla notó al Sr. Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike y un chico delgado y amarillo, a quien por alguna razón se lo llamaba por el apellido, Summers, se encontraron con él en el terreno común, cuando volvía del mercado. El Sr. Thomas los detuvo. Dijo de manera hosca: -¿Ustedes son de ese grupo que juega en la playa de estacionamiento? Mike estaba a punto de contestar cuando Blackie se lo impidió. Como líder, tenía responsabilidades. -¿Y si lo fuéramos? -dijo con ambigüedad. -Tengo algunos chocolates -dijo el Sr. Thomas-. A mí no me gustan. Aquí tienen. No alcanzan para repartir a todos, supongo. Nunca alcanza -agregó con sombría convicción. Les dio tres paquetes de Smarties. La pandilla quedó desconcertada y perturbada por ese acto y trató de encontrar alguna explicación que disminuyera su importancia. -Seguro que se le cayeron a alguien y él los recogió -sugirió uno. -Los robó y después le agarró un miedo terrible -pensó otro en voz alta. -Es un soborno -dijo Summers-. Quiere que dejemos de lanzar la pelota contra la pared de su casa. -Le mostraremos que no aceptamos sobornos -dijo Blackie, y sacrif icaron toda la mañana al juego de lanzar la pelota, que sólo Mike tenía la edad lo suf icientemente corta como para disf rutar. No hubo señales del Sr. Thomas. Al día siguiente T. los asombró a todos. Había llegado tarde a la reunión, y la votación para las actividades de ese día tuvo lugar sin él. De acuerdo con la sugerencia de Blackie la pandilla se dispersaría en pares, se subiría a los ómnibus al azar para ver cuántos viajes gratis podrían obtener de guardias descuidados (la operación se llevaría a cabo de a pares para evitar que alguien hiciera trampa). Estaban sorteando los compañeros cuando llegó T. -¿Dónde estabas, T.? -preguntó Blackie-. Ahora no puedes votar. Ya conoces las reglas. -Estaba allí -dijo T. Miró el suelo, como si tuviera ideas que ocultar. -¿Dónde? -En lo del Viejo Miseria. La boca de Mike se abrió y después se cerró apresuradamente con un chasquido. Se había acordado del sapo. -¿En lo del Viejo Miseria? -dijo Blackie. No había nada en las reglas que lo impidiera, pero tenía la sensación de que T. estaba pisando terreno peligroso. Preguntó, con esperanza: -¿Entraste? -No. Toqué el timbre. -¿Y qué dijiste? -Dije que quería ver la casa. -¿Él qué hizo? -Me la mostró. -¿Robaste algo? -No. -¿Para qué lo hiciste entonces? La pandilla se había reunido alrededor: era como si estuviera a punto de formarse una corte improvisada para tratar un caso de desvío. T. dijo: "Es una casa hermosa", y sin dejar de vigilar el suelo, sin mirar a nadie a los ojos, se lamió los labios, primero para un lado, después para el otro. -¿Qué quieres decir con que es una casa hermosa? -preguntó Blackie con sorna. -Tiene una escalera de doscientos años de antigüedad, como un sacacorchos. No está sostenida por nada. -¿Qué quieres decir con que no está sostenida por nada? ¿Flota? -Tiene que ver con fuerzas opuestas, dijo el Viejo Miseria. -¿Qué más? -Hay paneles. -¿Como en el Blue Boar? -De doscientos años. -¿El Viejo Miseria tiene doscientos años? Mike se rió de pronto y luego se quedó callado otra vez. El ánimo de la reunión era serio. Por primera vez, desde que T. había entrado en la playa de estacionamiento el primer día de las vacaciones, su posición estaba en peligro. Sólo se necesitaba que se mencionara una única vez su nombre y la pandilla se le echaría encima. -¿Para qué lo hiciste? -preguntó Blackie. Él era justo, no sentía celos, estaba ansioso por conservar a T. en la pandilla si podía. Era la palabra "hermosa" lo que le preocupaba; pertenecía al mundo de una clase que todavía podía verse parodiada en el Wormsley Common Empire por un hombre que llevaba un sombrero alto y un monóculo, y hablaba con un acento vacilante. Estuvo tentado de decir: "Mi querido Trevor, viejo amigo" y soltarles la rienda a sus sabuesos infernales. -Si hubieras entrado por la fuerza -dijo con tristeza...-eso sí hubiera sido una actividad digna de la pandilla. -Esto era mejor -dijo T.-. Averigüé cosas. Continuó mirándose f ijamente los pies, sin mirar a nadie a los ojos, como si estuviera absorto en un sueño que no estaba dispuesto a -o que le daba vergüenza- compartir. -¿Qué cosas? -El Viejo Miseria va a estar fuera todo el día de mañana y el feriado bancario. Blackie dijo con alivio: -¿Quieres decir que podríamos entrar por la fuerza? -¿Y robar cosas? -preguntó alguien.
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    Blackie dijo: -Nadieva a robar cosas. Entrar por la fuerza... con eso alcanza, ¿verdad? No queremos ninguna cuestión legal. -Yo no quiero robar nada -dijo T. -. Tengo una idea mejor. -¿Cuál es? T. levantó los ojos, tan grises y perturbados como ese descolorido día de agosto. -La derribaremos -dijo-. La destruiremos. Blackie lanzó un solitario grito de risa y entonces, como Mike, se quedó callado, intimidado por esa mirada seria e implacable. -¿Y qué va a hacer la policía todo ese tiempo? -dijo. -No se enterarían. Lo haríamos desde adentro. Encontré una forma de entrar. Con una especie de intensidad, dijo: -Seríamos como gusanos, ven, en una manzana. Cuando volvamos a salir no quedará nada, ni escaleras, ni paneles, nada excepto las paredes, y entonces haríamos que las paredes se derrumben, de alguna manera. -Iríamos a la cárcel -dijo Blackie. -¿Quién va a probarlo? Y de todas maneras no robaríamos nada. Con un ligerísimo parpadeo de gozo, agregó: -No habría nada para robar cuando hubiéramos terminado. -Nunca oí que alguien fuera a prisión por romper cosas -dijo Summers. -No habría tiempo -dijo Blackie-. Yo he visto trabajar a los que derriban casas. -Nosotros somos doce -dijo T.-. Nos organizaríamos. -Ninguno de nosotros sabe cómo... -Yo sí sé -dijo T. y dirigió la mirada a Blackie-. ¿Tú tienes un plan mejor? -Hoy -dijo Mike sin tacto-, vamos a colarnos en los ómnibus y viajar gratis... -Viajar gratis -dijo T-. Cosas de niños. Puedes apartarte, Blackie, si es lo que pref ieres... -La pandilla tiene que votar. -Entonces somételo a votación. Blackie dijo, incómodo: -Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del Viejo Miseria. -Yo, yo -dijo un chico gordo llamado Joe. -¿Quién está a favor? T dijo: -Está aprobado. -¿Cómo empezamos? -preguntó Summers. -Él va a explicarlo -dijo Blackie. Era el f in de su liderazgo. Se alejó hacia la parte posterior de la playa de estacionamiento y comenzó a patear una piedra, haciéndola volverse hacia un lado y hacia otro. En la playa sólo había un viejo Morris, ya que quedaban pocos vehículos allí, salvo camiones: sin un guardia, no había seguridad. Lanzó una patada al auto e hizo saltar un poco de pintura del guardabarros trasero. Más allá, sin prestarle más atención que la que se daría a un desconocido, la pandilla había rodeado a T.; Blackie era oscuramente consciente del cambio de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores ambulantes de f rutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo Miseria. T. estaba dando órdenes con decisión: era como si ese plan hubiera estado en su cabeza durante toda su vida, analizado a través de las estaciones, ahora en su decimoquinto año cristalizado con los dolores de la pubertad. -Tú -le dijo a Mike- trae algunos clavos grandes, los más grandes que puedas encontrar, y un martillo. Todos los que puedan mejor que traigan un martillo y un destornillador. Necesitaremos muchos. Formones también. Eso nunca está de más. ¿Alguien puede traer un serrucho? -Yo puedo -dijo Mike. -No un serrucho de juguete -dijo T- uno de verdad. Blackie se dio cuenta de que había levantado la mano como cualquier miembro común de la pandilla. -Correcto, tráelo tú, Blackie. Pero ahora tenemos una dif icultad. Precisamos una sierra. -¿Qué es una sierra? -preguntó alguien. -Podemos comprar una en Woolw orth's -dijo Summers. El chico gordo llamado Joe dijo con melancolía: -Yo sabía que esto terminaría con una colecta. -Yo mismo conseguiré una -dijo T-. No quiero tu dinero. Pero no puedo comprar una maza. Blackie dijo: -Están trabajando en la número 15. Sé dónde van a dejar las herramientas durante el feriado bancario. -Entonces eso es todo -dijo T-. Nos encontraremos aquí a las nueve en punto. -Yo tengo que ir a la iglesia -dijo Mike. -Asómate por encima de la pared y silba. Te dejaremos entrar. II El domingo a la mañana todos llegaron puntualmente excepto Blackie, incluso Mike. Mike había tenido un golpe de suerte. Su madre había caído enferma, su padre estaba cansado después de la noche del sábado, y le habían dicho que fuera a la iglesia solo, con toda clase de advertencias sobre lo que le sucedería si se desviaba. Blackie había tenido dif icultades para sacar el serrucho, y después para encontrar una maza en los fondos de la número 15. Se acercó a la casa desde una calleja que daba a la parte posterior del jardín, por miedo a la recorrida del policía en la calle principal. La cansada vegetación perenne mantenía a raya un sol de tormenta; en el Atlántico se estaba formando otro feriado mojado, que empezaba con remolinos de polvo debajo de los árboles. Blackie trepó por la pared hacia el jardín de Miseria. No había señales de nadie por ningún lado. El lavatorio se destacaba como una tumba en un cementerio abandonado. Las cortinas estaban cerradas. La casa dormía. Blackie se acercó con el serrucho y la maza. Tal vez después de todo no se había presentado nadie: el plan había sido una invención descabellada: se habían despertado más sabios. Pero cuando se aproximó a la puerta cerrada pudo oír una confusión de sonidos apenas más fuertes que un enjambre en una colmena: un clíketi clack, un bangbang, una raspadura, un crujido, un repentino y doloroso estrépito de rotura. Pensó: es cierto, y silbó. Le abrieron la puerta trasera y entró. De inmediato tuvo la impresión de organización, muy diferente de la atmósfera de libertad que existía bajo su liderazgo. Durante un rato vagabundeó subiendo y bajando las escaleras buscando a T. Nadie le dirigió la palabra: tuvo la sensación de una gran urgencia, y ya podía comenzar a entender el plan. Estaban demoliendo cuidadosamente el interior de la casa sin tocar las paredes. Summers, con un martillo y un formón, estaba arrancando los zócalos del piso del comedor: ya había destruido los paneles de la puerta. En el mismo cuarto Joe estaba levantando los bloques del parquet, dejando al descubierto las tablas de madera blanda del piso que estaban encima del sótano. De los zócalos dañados se desprendían rollos de cables y Mike estaba sentado alegremente en el suelo, cortando los cables. En lo alto de la escalera curva había dos miembros de la pandilla dedicándose con esfuerzo al pasamanos con un inadecuado serrucho de juguete; cuando vieron el gran serrucho de Blackie se lo pidieron con una señal y sin decir palabra. Cuando los volvió a ver ya habían arrojado en el vestíbulo un cuarto del pasamanos. Finalmente encontró a T. en el cuarto de baño; estaba sentado con expresión de malhumor en el lugar de la casa al que menos importancia se le daba, escuchando los sonidos que venían de abajo. -Lo hiciste de verdad -dijo Blackie con reverencia-. ¿Qué va a pasar? -Recién empezamos -dijo T. Miró la maza y le dio instrucciones-. Tú quédate aquí y rompe la bañadera y la pileta. No te preocupes por las cañerías. Nos encargaremos de ellas más tarde.
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    Mike apareció porla puerta. -Ya he terminado con los cables, T -dijo. -Bien. Ahora sólo tienes que dar vueltas por ahí. La cocina está en el sótano. Destroza toda la porcelana y las copas y las botellas que puedas encontrar. No abras las canillas, no nos conviene que haya una inundación, aún no. Después entra en todas las habitaciones y da vuelta los cajones. Si están cerrados con llave haz que uno de los otros los abra a golpes. Rompe todos los papeles que encuentres y destroza todos los adornos. Mejor que tomes un cuchillo de cortar carne de la cocina. El dormitorio está ahí enf rente. Abre las almohadas y corta las sábanas. Eso es suf iciente por el momento. Y tú, Blackie, cuando hayas terminado aquí quiebra el yeso del pasaje de arriba con la maza. -¿Tú qué vas a hacer? -preguntó Blackie. -Estoy buscando algo especial -dijo T Se hizo casi la hora del almuerzo antes de que Blackie hubiera terminado y fuera a buscar a T El caos había avanzado. La cocina era un revoltijo de vidrios y porcelanas rotas. En el comedor habían quitado todo el parquet, los zócalos estaban levantados, habían quitado la puerta del marco, y los destructores habían subido un piso. Entraban f ranjas de luz a través de los postigos cerrados donde trabajaban con la seriedad de creadores; y la destrucción, después de todo, es un acto de creación. Cierto tipo de imaginación había visto esta casa de la forma en que se había convertido ahora. Mike dijo: -Tengo que ir a casa a comer. -¿Quién más? -preguntó T, pero todos los demás, con una u otra excusa, habían traído provisiones. Se acomodaron de cuclillas en las ruinas de la habitación y se intercambiaron los sandw iches que no querían. Media hora para almorzar y luego se pusieron a trabajar otra vez. Cuando Mike regresó ya estaban en el último piso, y a las seis de la tarde el daño superf icial estaba completo. Todas las puertas estaban arrancadas, todos los zócalos levantados, los muebles saqueados y arrancados y aplastados; nadie podría haber dormido en esa casa salvo en una cama de yeso roto. T. dio órdenes -a las ocho en punto a la mañana siguiente- y para no ser vistos salieron de a uno trepando por la pared del jardín, hacia la playa de estacionamiento. Sólo quedaron Blackie y T.: ya casi no había luz, y cuando tocaron un interruptor, no funcionó nada; Mike había hecho su trabajo a conciencia. -¿Encontraste algo especial? -preguntó Blackie. T. asintió. -Ven aquí -dijo- y mira. De ambos bolsillos sacó montones de billetes de una libra. -Los ahorros del Viejo Miseria -dijo. Mike cortó el colchón, pero no los vio. -¿Qué vas a hacer con ellos? ¿Compartirlos? -No somos ladrones -dijo T. -. Nadie va a robar nada de esta casa. Éstos los guardé para ti y para mí; una celebración. Se puso de rodillas en el piso y los contó: en total había setenta. -Vamos a quemarlos -dijo- uno por uno. Y, turnándose, levantaban un billete hacia arriba y encendían la punta, de manera que la llamarada bajara lentamente hacia sus dedos. La ceniza gris f lotaba por encima de ellos y caía sobre sus cabezas como los años. -Me gustaría ver la cara del Viejo Miseria cuando terminemos -dijo T. -¿Lo odias mucho? -preguntó Blackie. -Por supuesto que no lo odio -dijo T-. No sería divertido si lo odiara. El último billete en llamas iluminó su cara meditativa. -Todo eso del odio y el amor -dijo- es blando, es una tontería. Lo único que existe son las cosas, Blackie -y miró a su alrededor la sala abarrotada con las sombras no familiares de cosas partidas por la mitad, cosas rotas, ex cosas. -Te juego una carrera a casa, Blackie -dijo. III A la mañana siguiente comenzó la destrucción en serio. Faltaban dos: Mike y otro chico cuyos padres habían ido a Southend y Brighton a pesar de las gotas lentas y calientes que habían comenzado a caer y del rugido del trueno en el estuario como los primeros cañones del bombardeo. -Tenemos que apurarnos -dijo T. Summers estaba impaciente. -¿No hicimos suf iciente? -preguntó-. Me dieron dinero para las máquinas tragamonedas. Esto es como trabajar. -Apenas empezamos -dijo T-. Vamos, todavía quedan los pisos, y las escaleras. No hemos quitado una sola de las ventanas. Tú votaste como los demás. Vamos a destruir esta casa. No va a quedar nada cuando terminemos. Volvieron a empezar en la planta baja levantando las tablas superiores del piso que estaban junto a la pared exterior, dejando expuestas las vigas. Después serrucharon las vigas y retrocedieron hacia el vestíbulo, a medida que lo que quedaba del piso se inclinaba y se hundía. Habían aprendido con la práctica, y el otro piso se derrumbó más fácilmente. Cuando estaba anocheciendo los inundó una extraña euforia en el momento en que miraron hacia abajo y vieron el gran hueco de la casa. Corrieron riesgos y cometieron errores: cuando pensaron en las ventanas ya era demasiado tarde para alcanzarlas. Joe dejó caer un penique en el pozo seco y lleno de escombros. La moneda rebotó y giró entre los pedazos de vidrio roto. -¿Por qué empezamos esto? -preguntó Summers con asombro; T. ya estaba en el suelo, cavando entre los escombros, abriendo un claro a lo largo de la pared exterior. -Abran las canillas -dijo-. Está demasiado oscuro ahora como para que alguien lo vea, y por la mañana ya no tendrá importancia. El agua los pasó de largo por la escalera y cayó en las habitaciones sin pisos. Fue en ese momento que oyeron que Mike silbaba en el fondo. -Algo anda mal -dijo Blackie. Podían oír su respiración urgente cuando abrían el cerrojo de la puerta. -¿La policía? -preguntó Summers. -El Viejo Miseria -dijo Mike-. Viene para acá -dijo con orgullo. -¿Pero cómo? -dijo T.-. Él me había dicho... -protestó con la furia del niño que jamás había sido-. No es justo. -Había ido a Southend -dijo Mike- y estaba en el tren de regreso. Dijo que hacía demasiado f río y humedad. Hizo una pausa y echó una mirada al agua. -Caramba, ustedes tuvieron una tormenta aquí. ¿Gotea el techo? -¿Cuánto va a tardar en llegar? -Cinco minutos. Me escapé de mi mamá y vine corriendo. -Mejor que nos vayamos -dijo Summers-. De todas formas, ya hemos hecho suf iciente. -Oh, no, no es así. Cualquiera podría hacer esto... "Esto" era la casa destrozada y ahuecada en la que no quedaba nada excepto las paredes. Sin embargo las paredes podrían conservarse. Las fachadas eran valiosas. Podrían construir dentro de ellas otra vez, algo más hermoso que antes. Esto podría volver a ser un hogar. Dijo, enojado: -Tenemos que terminar. No se muevan. Déjenme pensar. -No hay tiempo -dijo uno de los chicos. -Tiene que haber una forma -dijo T-. No podríamos haber llegado tan lejos... -Hemos hecho mucho -dijo Blackie. -No, no. No es así. Que alguien vigile la parte de adelante. -No podemos hacer más. -Puede entrar por el fondo. -Vigilen el fondo también -T comenzó a rogar-: sólo denme un minuto y yo lo arreglo. Juro que
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    lo arreglaré. Perosu autoridad había desaparecido con su ambigüedad. No era más que uno de la pandilla. -Por favor -dijo. -Por favor -Summers lo imitó, y entonces de pronto lo golpeó de lleno con el nombre fatal-: Vete corriendo a tu casa, Trevor. T se quedó con la espalda apoyada contra los escombros como un boxeador a quien habían noqueado y dejado semi desmayado contra las sogas. No le quedaban palabras y sus sueños se sacudían y se deslizaban. Entonces Blackie intervino antes de que la pandilla tuviera tiempo de echarse a reír, y empujó a Summers hacia atrás. -Yo vigilaré el f rente, T. -dijo, y con cautela abrió los postigos del vestíbulo. El terreno público, mojado y gris, se extendía hacia adelante, y las luces brillaban en los charcos. -Alguien viene, T. No, no es él. ¿Cuál es tu plan, T.? -Dile a Mike que vaya al lavatorio y se esconda pegado al costado. Cuando oiga que yo silbo tiene que contar hasta diez y empezar a gritar. -¿Gritar qué? -Oh, "Socorro", algo así. -Ya oíste, Mike -dijo Blackie. Era el líder otra vez. Echó un rápido vistazo por entre los postigos-. Ya viene, T. -Rápido, Mike. El lavatorio. Quédate aquí, Blackie, todos ustedes, hasta que yo grite. -¿Qué vas a hacer, T.? -No te preocupes. Yo me encargo de esto. Dije que lo haría, ¿no? El Viejo Miseria venía cojeando por el terreno común. Tenía barro en los zapatos y se detuvo para quitárselo raspándolos contra el borde del pavimento. No quería ensuciar su casa, que se veía torcida y oscura entre los sitios en los que habían caído las bombas, salvada por tan poco, creía él, de la destrucción. El estallido de la bomba ni siquiera había roto las lámparas del ventilador. En algún lugar silbó alguien. El Viejo Miseria miró rápidamente a su alrededor. No conf iaba en los silbidos. Un niño estaba gritando: el sonido parecía venir de su propio jardín. Entonces un chico apareció corriendo en la calle, desde la playa de estacionamiento. -Señor Thomas -exclamó-. Señor Thomas. -¿Qué pasa? -Lo lamento profundamente, señor Thomas. Uno de nosotros tuvo un apuro, y pensamos que a usted no le molestaría, y ahora no puede salir. -¿A qué te ref ieres, muchacho? -Se quedó encerrado en su lavatorio. -Él no tenía nada que hacer en... ¿A ti no te había visto antes? -Usted me mostró su casa. -Es cierto. Es cierto. Eso no te da derecho a... -Apresúrese, señor Thomas. Va a asf ixiarse. -Tonterías. No puede asf ixiarse. Espera a que deje mi bolso adentro. -Yo le llevo el bolso. -Oh no, de ninguna manera. Yo llevo mis propias cosas. -Por aquí, señor Thomas. -No puedo entrar en el jardín por acá. Tengo que entrar por la casa. -Pero sí se puede entrar en el jardín por este camino, señor Thomas. Nosotros lo hacemos a menudo. -¿Ustedes lo hacen a menudo? Siguió al muchacho con una fascinación escandalizada. -¿Cuándo? ¿Con qué derecho...? -¿Ve...? La pared es baja. -No voy a trepar una pared para entrar en mi propio jardín. Es absurdo. -Así es como lo hacemos nosotros. Un pie aquí, un pie acá, y al otro lado. La cara del muchacho se asomó, un brazo se disparó, y el señor Thomas se dio cuenta de que le habían quitado el bolso y lo habían depositado al otro lado de la pared. -Devuélvanme mi bolso -dijo el Sr. Thomas. Desde el retrete un chico no dejaba de gritar-. Voy a llamar a la policía. -Su bolso está bien, señor Thomas. Mire. Un pie allí. A la derecha. Ahora apenas más arriba. A la izquierda. El Sr. Thomas trepó por la pared de su propio jardín. -Aquí tiene el bolso, señor Thomas. IV Mike se había ido a dormir, pero el resto se quedó. La cuestión del liderazgo ya no preocupaba a la pandilla. Con clavos, formones, destornilladores, cualquier cosa que fuera f ilosa y penetrante, recorrían las paredes interiores, preocupándose por el cemento que unía los ladrillos. Comenzaron en un punto demasiado elevado, y fue Blackie quien dio con el recorrido de la cañería y se dio cuenta de que podrían reducir el trabajo a la mitad si debilitaban las uniones que estaban inmediatamente arriba. Era una tarea larga, cansadora y aburrida, pero f inalmente la terminaron. La casa destripada se mantenía en equilibrio sobre unos pocos centímetros de cemento entre el paso de los caños y los ladrillos. Quedaba por hacer la tarea más peligrosa de todas, afuera, a la vista, en el límite del sitio de la bomba. Mandaron a Summers a que vigilara la calle, por si pasaba alguien, y el señor Thomas, sentado en el retrete, ahora oía con claridad el sonido de un serrucho. Ya no venía de la casa, y eso lo tranquilizó un poco. Se sintió menos preocupado. Tal vez tampoco los otros ruidos tuvieran importancia. Una voz le habló a través del orif icio. -Señor Thomas. -Déjame salir -dijo Thomas con f irmeza. -Aquí tiene una manta -dijo la voz, y una salchicha larga y gris pasó por el agujero y cayó como pañales sobre la cabeza de Thomas. -No es nada personal -dijo la voz-. Queremos que esté cómodo esta noche. -Esta noche -repitió Thomas con incredulidad. -Agarre esto -dijo la voz-. Panecillos; les pusimos manteca, y salchichas. No queremos que pase hambre, señor Thomas. Thomas rogó desesperadamente. -Una broma es una broma, muchacho. Déjame salir y no diré nada. Suf ro de reuma. Tengo que dormir cómodo. -No estaría cómodo, en su casa no, no lo estaría. Ahora no. -¿A qué te ref ieres, muchacho? -pero las pisadas retrocedieron. Sólo quedaba el silencio de la noche: ningún sonido de serrucho. Thomas intentó volver a gritar, pero estaba intimidado y reprendido por el silencio: a lo lejos un buho graznó y volvió a alejarse en un vuelo asordinado a través del mundo sin sonidos. A las siete de la mañana siguiente el chofer vino a buscar su camión. Se subió al asiento y trató de encender el motor. Le pareció oír vagamente una voz que gritaba, pero no era asunto de él. Por f in el motor respondió y él hizo retroceder el camión hasta que tocó el gran puntal de madera que sostenía la casa del Sr. Thomas. De esa manera podía salir hacia la calle directamente sin poner marcha atrás. El camión se movió hacia adelante, se detuvo un momento como si lo estuvieran tironeando desde atrás, y después siguió avanzando con el sonido de un largo y estrepitoso derrumbe. El chofer quedó asombrado cuando vio que unos ladrillos salían volando delante de él, mientras que unas piedras golpeaban el techo de la cabina del camión. Apretó los f renos. Cuando salió del vehículo todo el paisaje se había alterado de pronto. Ya no había ninguna casa al lado de la playa de estacionamiento, sólo una montaña de escombros. Dio una vuelta y examinó la parte posterior del camión para ver si se había dañado, y encontró una soga atada allí que en el otro extremo todavía estaba retorcida alrededor de un soporte de madera. Otra vez le pareció al chofer que alguien estaba gritando. El sonido venía de la edif icación de madera que era lo más parecido a una casa en esa desolación de ladrillos rotos. El chofer trepó por la pared destrozada y abrió la puerta. El señor Thomas salió del retrete. Llevaba encima
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    una manta griscon pedacitos de yeso adheridos. Lanzó un grito sollozante. -Mi casa -dijo-. ¿Dónde está mi casa? -A mí que me revisen -dijo el chofer. Sus ojos iluminaron los restos de una bañadera y lo que alguna vez había sido una cómoda y comenzó a reírse. Ya no quedaba nada en ningún lado. -Cómo se atreve a reír -dijo el señor Thomas-. Era mi casa. Mi casa. -Lo siento -dijo el chofer, haciendo esfuerzos heroicos, pero cuando recordó el repentino tirón de su camión, el ruido de los ladrillos que caían, volvió a suf rir convulsiones. En un momento la casa estaba allí, con tanta dignidad entre los sitios de las bombas, como un hombre de sombrero alto, y entonces, bang, crash, ya no quedaba nada; nada de nada. -Lo siento -dijo-, no puedo evitarlo, señor Thomas. No es nada personal, pero tiene que admitir que es gracioso. THOMAS MANN LA MUERTE 10 de septiembre Por f in ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo... El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia f ina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al f in ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo... 12 de septiembre He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño. Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas. Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me f ijo en eso; miro sólo el mar. 15 de septiembre Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor Conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda. ¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre... 18 de septiembre Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable. Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo f lores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico! 21 de septiembre He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo. La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan inf initamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente. ¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...? 23 de septiembre Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida. ¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce de octubre. 27 de septiembre El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo. -Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un f ilósofo, ¡je, je! Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor. 30 de septiembre -¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460. No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un f ilósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte! 2 de octubre Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconf ianza. ¡Ah, no! No estoy loco. Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub f lore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió? Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento f irme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar? ¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas... 3 de octubre Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen inf initas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignif icancia de los conceptos. ¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea...
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    ¿Estoy conforme yo?Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre... 5 de octubre Pienso continuamente en ello, y me ocupa por completo. Ref lexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día. Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento f río de la muerte. 7 de octubre El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra. Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies. Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enf rente y fuera una oscuridad inf inita, llena de un sordo f ragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido? 8 de octubre He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo? Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad. 9 de octubre Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo f iebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de f río. 10 de octubre ¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras. "¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan f río y sardónico de decepción. 11 de octubre (a las 11 de la noche) ¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo! Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba. -¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida! Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un f río estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus. -Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo! Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas! ¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y f ría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir: -Es mejor que acabemos pronto... FIN MARGUERITE DURAS EL ÚLTIMO CLIENTE DE LA NOCHE La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Lo conocía desde principios de año. Lo había encontrado en un baile al que había ido sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a Saint-Tropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel «Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos hablarnos más. Bebíamos. En la sangre f ría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la f rente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé. Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos f rente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí Moderato Cantabile. FIN EL TREN A BURDEOS Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enf rente mío que
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    me miraba. Debíade tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace f río". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el f inal, el abandono al goce, tan dif ícil de soportar como si hubiera gritado. Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer. El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida. Volvió. Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. ANGELA CARTER EN COMPAÑÍA DE LOBOS. Una f iera y sólo una aúlla en las noches del bosque. El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará. De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para ref lejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo ref lejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde f río, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado. Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñan, invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. Serán como sombras, como espectros, los grises cof rades de una congregación de pesadilla; ¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible. La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de suf rir, de suyo una muerte violenta. Invierno. Invierno y f río. En esta región de bosques y montañas no ha quedado para los lobos nada que comer. Sin cabras ni ovejas, ahora encerradas en los establos, sin los venados que han partido hacia laderas más meridionales en busca de las últimas pasturas, los lobos están enf laquecidos, hambrientos. Tan escasa es su carne que podrías contar, a través del pellejo, las costillas de esas alimañas famélicas, si acaso te dieran tiempo antes de abalanzarse sobre ti. Esas mandíbulas que rezuman baba; la lengua jadeante; la escarcha de saliva en el barbijo canoso. De todos los peligros que acechan en la noche y el bosque −aparecidos, trasgos, ogros que asan niños en la parrilla, brujas que ceban cautivos en jaulas para sus f estines caníbales−, de todos, el lobo es el peor porque no atiende razones. En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus red viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí moran, como si los pérf idos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los soportales bosque, hazlo con la mayor cautela y con inf initas precauciones, pues si por un instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, despiadados como la peste. Los niños de ojos graves de las desperdigadas aldehuelas, siempre llevan cuchillos cuando salen a pastorear las pequeñas majadas de cabras que proveen a las familias de leche agria y quesos rancios y agusanados. Sus cuchillos son casi tan grandes como ellos; y las hojas se af ilan cada día. Pero los lobos saben cómo allegarse hasta tu mismo fogón. Y aunque nosotros no les damos tregua, no siempre conseguimos mantenerlos a raya. No hay noche de invierno en que el leñador no tema ver un hocico af ilado, gris, famélico, husmeando por debajo de la puerta; y cierta vez una mujer fue atacada a dentelladas en su propia cocina mientras colaba los macarrones. Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta. Hubo una vez un cazador, cerca de aquí, que atrapó un lobo en un foso. El lobo había diezmado los rebaños de cabras y ovejas; se había comido a un viejo loco que vivía solo en una choza montaña arriba, entonando alabanzas a Jesús el día entero; había atacado a una muchacha que estaba cuidando sus ovejas, pero ella había armado tal alboroto que los hombres acudieron con rif les lo ahuyentaron y hasta trataron de seguirle el rastro entre f ronda; pero el lobo era astuto y les dio fácilmente el esquinazo. Así que este cazador cavó un foso y puso en él un pato, a modo de señuelo, vivito y coleando; luego cubrió el foso con paja untada de excrementos de lobo. Cuac, cuac, gritaba el pato, y un lobo emergió sigiloso de la espesura; un lobo grande, corpulento, pesado como un hombre adulto: la paja cedió bajo su peso y el lobo cayó en la trampa. El cazador saltó detrás de él, lo degolló y le cortó las zarpas a modo de trofeo; pero de pronto ya no fue un lobo lo que tuve delante, sino el tronco ensangrentado de un hombre, sin cabeza, sin piernas, moribundo, muerto. En otra ocasión, una bruja del valle transformó en lobos a todos los convidados a una f iesta de bodas, y ello porque el novio había preferido a otra muchacha. Solía ordenarles, por despecho, que la fueran a visitar de noche y entonces los lobos se sentaban alrededor de su cabaña y le aullaban la serenata de su infortunio. No hace mucho, una joven mujer de nuestra aldea casó con un hombre que desapareció como por encanto la noche de bodas. La cama estaba tendida con sábanas nuevas y sobre ellas se acostó la recién casada; el novio dijo que salía a orinar, insistió en ello, por pudor, y entonces ella se tapó con el edredón hasta su barbilla y así lo esperó. Y esperó, y esperó, y siguió esperando −¿no está tardando demasiado?− hasta que al f in se incorpora de un salto y grita al oír un aullido que el viento trae desde la espesura. Ese aullido largo, modulado, parecería insinuar, pese a sus escalof riantes resonancias, un trasfondo de tristeza, como si las f ieras mismas desearan ser menos feroces mas no supieran
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    cómo lograrlo yno cesaran nunca de llorar su desdichada condición. Hay en los cánticos de los lobos una vasta melancolía, una melancolía sin f in como la misma f loresta, interminable como las largas noches del invierno. Y sin embargo esa horrenda tristeza, ese condolerse de sus propios, irremediables apetitos, jamás podrá conmovernos, ya que ni una sola f rase deja entrever en ellos una posible redención; para los lobos, la gracia no ha de venir de su propio desconsuelo sino a través de un mediador; y es por ello que se diría, a veces, que la f iera acoge casi con regocijo el cuchillo que acabará con ella. Los hermanos de la joven registraron cobertizos y graneros mas no hallaron resto alguno; de modo que la sensata joven secó sus lágrimas y se buscó otro marido menos tímido, que no tuviera empacho en orinar en un cacharro y en pasar las noches bajo techo. Ella le dio un par de rozagantes bebés y todo anduvo sobre ruedas hasta que cierta noche glacial, la noche del solsticio, el momento del año en que las cosas no engranan tan bien como debieran, la más larga de todas las noches, su primer marido volvió a casa. Un violento puñetazo en la puerta anunció su regreso cuando ella revolvía la sopa para el padre de sus hijos; lo reconoció en el instante mismo en que levantó la tranca para hacerlo pasar, pese a que hacía años que había dejado de llevar luto por él, y que el hombre estuviera ahora vestido de harapos, el pelo pululante de pulgas colgándole a la espalda, sin haber visto un peine en años. −Aquí me tienes de vuelta, doña −dijo−. Prepárame un plato de coles. Y que sea pronto. Cuando el segundo marido entró con la leña para el fuego y el primero comprendió que ella había dormido con otro hombre, y lo que es peor, cuando clavó sus ojos enrojecidos en los pequeñuelos que se habían deslizado hasta la cocina para ver a qué se debía tanto alboroto, gritó: ¡Ojalá fuera lobo otra vez para darle una lección a esta puta! Y al punto en lobo se convirtió y arrancó al mayor de los niños el pie izquierdo antes de que con el hacha de cortar la leña le partieran en dos la cabeza. Pero cuando el lobo yacía sangrando, lanzando sus últimos estertores, su pelaje volvió a desaparecer y fue otra vez tal como había sido años atrás cuando huyó del lecho nupcial; y entonces ella se echó a llorar y el segundo marido le propinó una tunda. Dicen que hay un ungüento que te of rece el Diablo y que te convierte en lobo en el momento mismo en que te f rotas con él. O que había nacido de nalgas y tenía por padre a un lobo, y que su torso es el de un hombre pero sus piernas y sus genitales los de' un lobo. Y que también su corazón es de lobo. Siete años es el lapso de vida natural de un lobizón, pero si quemas sus ropas humanas lo condenas a ser lobo por el resto de su vida; es por eso que las viejas comadres de estos contornos suponen que si le arrojas al lobizón un mandil o un sombrero estarás de algún modo protegido, como si el hábito hiciera al monje. Y aun así, por los ojos, esos ojos fosforescentes, podrás reconocerlo; son los ojos lo único que permanece invariable en sus metamorfosis. Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo. Es pleno invierno y el petirrojo, el amigo del hombre, se posa en el mango de la pala del labrador y canta. Es, para los lobos, la peor época del año, pero esa niña empecinada insiste en cruzar el bosque. Está segura de que las f ieras salvajes no pueden hacerle ningún daño pero, precavida, pone un cuchillo en la cesta que su madre ha llenado de quesos. Hay una botella de áspero licor de zarzamoras, una horneada de pastelillos de avena cocinados en la solera del fogón; uno o dos potes de mermelada. La niña de cabellos de lino llevará estos deliciosos regalos a su abuela, que vive recluida, tan anciana que el peso de los años la está triturando a muerte. Abuelita vive a dos horas de marcha a través del bosque invernal; la pequeña se envuelve en su grueso pañolón, cubriéndose con él la cabeza a guisa de caperuza. Se calza los recios zuecos; está vestida y pronta, y hoy es la víspera de Navidad. La maligna puerta del solsticio se balancea aún sobre sus goznes, pero ella ha sido siempre una niña demasiado querida como para sentir miedo. En esta región agreste, la infancia de los niños nunca es larga, aquí no existen juguetes, de modo que desde pequeños trabajan duro y pronto se vuelven cautos; pero ésta, tan bonita, la hija más pequeña y un tanto tardía, ha sido mimada por su madre y por la abuela, que le ha tejido el pañolón rojo que hoy luce, brillante pero ominoso como sangre sobre la nieve. Sus pechos apenas han empezado a redondearse; su pelo, semejante al lino, es tan claro que casi no hace sombra sobre su f rente pálida; sus mejillas, de un blanco y un escarlata emblemáticos; y hace poco que ha empezado a sangrar como mujer, ese reloj interior que sonará para ella de ahora en adelante una vez al mes. Ella existe, existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad. Es un huevo intacto, una vasija sellada; tiene en su interior un espacio mágico cuya puerta está cerrada herméticamente por una membrana; es un sistema cerrado; no conoce el temblor. Lleva su cuchillo y no le teme a nada. De haber estado su padre en casa, tal vez se lo hubiera prohibido, pero él está en el bosque, cortando leña, y su madre es incapaz de negarle nada. Como un par de quijadas, el bosque se ha cerrado sobre ella. Siempre hay algo que ver en la espesura, incluso en la plenitud del invierno: los apiñados montículos de los pájaros que han sucumbido al letargo de la estación, amontonados en las ramas crujientes y demasiado melancólicos para cantar; las brillante orlas de los hongos de invierno en los leprosos troncos de los árboles; las pisadas cuneiformes de los conejos y venados; las espinosas huellas de las aves; una liebre escuálida como una raja d tocino dejando una estela a través del sendero donde la tenue luz del sol motea las ramas bermejas de los helechos del año que pasó. Cuando la niña oyó a lo lejos el aullido espeluznante de un lobo, su manita avezada saltó hasta el mango de su cuchillo, mas no vio rastro alguno de lobo ni de hombre desnudo; oyó, sí, un castañeteo entre los matorrales, y uno vestido de pies a cabeza saltó al sendero; muy joven y apuesto, con su casaca verde y e sombrero de ala ancha de cazador, y cargado de carcasas de ave; silvestres. Al primer crujido de ramas, ella tuvo ya la mano en la empuñadura del cuchillo, pero él al verla se echó a reír con destello de dientes blanquísimos y la saludó con una cómica pero halagadora reverencia; ella nunca había visto un hombre tan apuesto, no entre los rústicos botarates de su aldea natal, y así, juntos, continuaron camino en la creciente penumbra del atardecer. Pronto estaban riendo y bromeando como viejos amigos. Cuando él se of reció a llevarle la cesta, la niña se la entregó, aunque su cuchillo estaba en ella, porque él le dijo que su rif le los protegería. Anochecía, y de nuevo empezó a nevar; ella empezó a sentir los primeros copos que se posaban en sus pestañas, pero sólo les quedaba media milla de marcha y habría sin duda un fuego encendido, un té caliente y una bienvenida cálida para el intrépido cazador y para ella misma. El joven llevaba en el bolsillo un objeto curioso. Era una brújula. La niña miró la pequeña esfera de cristal en la palma de su mano y vio oscilar la aguja con una vaga extrañeza. El le aseguró que esa brújula lo había guiado sano y salvo a través del bosque en su partida de caza, ya que la aguja siempre decía con perfecta exactitud dónde quedaba el norte. Ella no le creyó; sabía que no debía desviarse del camino, pues si lo hacía podría extraviarse en la espesura. Él se rió de ella una vez más; rastros de saliva brillaban adheridos a sus dientes. Dijo que si él se desviaba del sendero y se adentraba en la espesura circundante, podía garantizarle que llegaría a la casa de la abuela un buen cuarto de hora antes que ella, buscando el rumbo a través del boscaje con la ayuda de su brújula, en tanto ella tomaba el camino más largo por el sendero zigzagueante. -No te creo, y además, ¿no tienes miedo de los lobos? Él golpeó la reluciente culata de su rif le y sonrió. -¿Es una apuesta?, le preguntó; ¿quieres que apostemos algo? ¿Qué me darás si llego a la casa de tu abuela antes que tú? -¿Qué te gustaría?, dijo ella no sin cierta malicia. -Un beso. Los lugares comunes de una seducción rústica; ella bajó los ojos y se sonrojó.
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    El cazador seinternó en la espesura llevándose la cesta, pero la niña, pese a que la luna ya trepaba por el cielo, se había olvidado de temer a las f ieras; y quería demorarse en el camino para estar segura de que el gallardo cazador ganaría su apuesta. La casa de la abuela se alzaba, solitaria, un poco apartada del poblado. La nieve recién caída burbujeaba en remolinos en la huerta, y el joven se acercó con pasos cautelosos a la puerta, como si no quisiera mojarse los pies, balanceando su morral de caza y la cesta de la niña, mientras tarareaba por lo bajo una canción. Hay un leve rastro de sangre en su barbilla; ha estado mordisqueando sus presas. Golpeó a la puerta con los nudillos. Vieja y f rágil, abuelita ha sucumbido ya tres cuartas partes a la mortalidad que el dolor de sus huesos le promete y está casi pronta a sucumbir por completo. Hace una hora, un muchacho ha venido de la aldea para encenderle el fuego de la noche y la cocina crepita con llamas inquietas. Su Biblia la acompaña, es una anciana piadosa. Está recostada contra varias almohadas, en una cama embutida en la pared, a la usanza campesina, envuelta en la manta de retazos que ella misma confeccionó antes de casarse, hace ya más años que los que quisiera recordar. Dos perros cocker de porcelana, con manchas bermejas en el cuerpo y hocicos negros, están sentados a cada lado del hogar. Hay una alfombrilla brillante, tejida con trapos viejos, sobre las tejas acanaladas. El tic tac del gran reloj de pie marca el desgaste de las horas de su vida. Una vida regalada ahuyenta a los lobos. Con sus nudillos velludos, ha llamado a la puerta. Tu nietecita, ha entonado, imitando una voz de soprano. Levanta la aldaba y entra, mi queridita. Se los reconoce por sus ojos, los ojos de una bestia carnicera, ojos nocturnales, devastadores, rojos como una herida; ya puedes arrojarle tu Biblia y luego tu mandil, abuelita, tú creías que ésta era una prof ilaxis segura contra esta plaga invernal... Ahora apela a Cristo y a su madre y a todos los ángeles del cielo para que te protejan, pero de nada habrá de servirte. Su hocico bestial es f iloso como un cuchillo; él deja caer sobre la mesa su dorada carga de roídos faisanes, y también la cesta de tu niña queridita. Oh, Dios mío, ¿qué le has hecho a ella? Fuera el disf raz, esa chaqueta de lienzo de los colores del bosque, el sombrero con la pluma ensartada en la cinta; el pelo enmarañado le cae en guedejas sobre la camisa blanca, y ella puede ver el bullir de los piojos. En el hogar los leños se agitan y sisean; con la oscuridad enredada en hirsuta melena, la noche y el bosque han entrado en la cocina. Él se quita la camisa. Su piel tiene el color y la textura del pergamino, una f ranja erizada de pelo corre de arriba abajo por su vientre, sus tetillas son maduras y atezadas como f rutos ponzoñosos, pero su cuerpo es tan delgado que podrías contarle las costillas bajo la piel si te diera tiempo para ello. Se quita los pantalones y ella ve cuán peludas son sus piernas. Sus genitales, enormes. ¡Ay, enormes! Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, desnudo como una piedra, acercándose a su cama. El lobo es carnívoro encarnado. Cuando concluyó con la abuela se relamió la barbilla y pronto volvió a vestirse hasta quedar tal como estaba cuando entró por aquella puerta. Quemó el pelo incomible en el hogar y envolvió los huesos en una servilleta que escondió debajo de la cama, en el mismo arcón de madera en el que halló un par de sábanas limpias. Las tendió cuidadosamente sobre la cama, en reemplazo de las delatoras manchadas de sangre, que amontonó en la cesta de la ropa sucia, esponjó las almohadas y sacudió la manta, levantó la Biblia del suelo, la cerró y la puso sobre la mesa. Todo estaba igual que antes menos la abuelita, que había desaparecido. La leña crepitaba en la parrilla, el reloj hacía tic tac, y el joven esperaba paciente, ladino junto a la cama, con la cof ia de dormir de la ancianita. Tap-tap-tap. ¿Quién anda ahí?, trina en el cascado falsete de abuelita Tu nietecita. Y la niña entró trayendo consigo una ráfaga de nieve que se derritió en lágrimas sobre las baldosas, un poco decepcionada tal vez al ver sólo a su abuela sentada junto al fuego. Pero él de pronto ha arrojado la manta, ha saltado a la puerta y se ha apoyado contra ella de espalda para impedir que la niña vuelva a salir. La niña echó una mirada en torno y advirtió que no había ni siquiera el hueco que deja una cabeza sobre la tersa mejilla de la almohada y, qué raro, la Biblia, por primera vez, cerrada sobre la mesa. El tic tac del reloj chasqueaba como un látigo. Quiso sacar el cuchillo de la cesta pero no se atrevió a extender el brazo porque los ojos de él estaban clavados en ella: ojos enormes que ahora parecían irradiar una luz única, ojos grandes como cuencos, cuencos de fuego griego, fosforescencia diabólica. ¡Qué ojos tan grandes tienes! Para mirarte mejor. Ni rastros de la anciana, excepto un mechón de pelo blanco adherido a la corteza de un trozo de leña sin quemar. Al verlo, la niña supo que corría peligro de muerte. ¿Dónde está mi abuela? Aquí no hay nadie más que nosotros dos, mi adorada. De pronto, un inmenso aullido se elevó en torno de ellos, cercano, muy cercano, tan cercano como la huerta; el aullido de una muchedumbre de lobos; ella sabía que los peores lobos son peludos por dentro, y tembló, pese al pañolón escarlata que se ciñó un poco más alrededor del cuerpo como si pudiera protegerla, aunque era tan rojo como la sangre que ella habría de derramar. ¿Quiénes han venido a cantarnos villancicos?, preguntó. Son las voces de mis hermanos, querida; adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana y los verás. La nieve había obstruido la mirilla y ella la abrió para escudriñar el jardín. Era una noche blanca de luna y de nieve; la borrasca se arremolinaba en torno de las f ieras grises, esmirriadas, que, sentadas sobre sus ancas en medio de las hileras de coles de invierno, apuntaban sus af ilados hocicos a la luna y aullaban como si se les fuera a partir el corazón. Diez lobos; veinte lobos... Tantos lobos que ella no podía contarlos, aullando a coro, como enloquecidos o desesperados. Sus ojos ref lejaban la luz de la cocina y centelleaban como centenares de bujías. Hace mucho f río, pobrecitos, dijo ella; no me extraña que aúllen de ese modo. Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las amapolas, el color de los sacrif icios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo. ¿Qué haré con mi pañolón? Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás. Ella enrolló el pañolón y lo arrojó a las llamas, que al instante lo consumieron. Se sacó la blusa por encima de la cabeza. Sus senos pequeños rutilaron como si la nieve hubiera invadido la habitación. ¿Qué haré con mi blusa? También al fuego. La f ina muselina salió volando como un pájaro mágico en llamaradas por la chimenea, y ella ahora se quitó la falda, las medias de lana, los zuecos; y también al fuego fueron a parar y desaparecieron para siempre; la luz de las llamas se ref lejaba en ella a través de los contornos de su piel; sólo la vestía ahora su intacto tegumento de carne. Así, incandescente, desnuda, se peinó el pelo con los dedos. Su pelo parecía blanco, blanco como la nieve de afuera. De pronto se encaminó hacia el hombre de los ojos color sangre con la desordenada cabellera pululante de piojos; se irguió en puntas de pie y le desabrochó el cuello de la camisa. Qué brazos tan grandes tienes. Para abrazarte mejor. Y cuando por propia voluntad le dio el beso que le debía, todos los lobos del mundo aullaron un himno nupcial del otro lado de la ventana. Qué dientes tan grandes tienes.
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    Advirtió que lasmandíbulas de él empezaban a salivar, y la estancia se inundó del clamor del Liebestod de la selva, pero la astuta niña ni se arredró siquiera al oír la respuesta. Para comerte mejor. La niña rompió a reír. Sabía que ella no era comida para nadie. Se le rió en la cara, le arrancó la camisa de un tirón y la echó al fuego, en la ardiente estela de la ropa que ella misma se quitara. Las llamas danzaron como almas en pena en la noche de Walpurgis y los viejos huesos debajo de la cama empezaron a castañetear, pero ella no les prestó atención. Carnívoro encarnado, sólo la carne inmaculada lo apacigua. Ella apoyará sobre su regazo la terrible cabeza, le quitará los piojos del pellejo y se los pondrá, quizá, en la boca y los comerá como él se lo ordene, tal como lo haría en una ceremonia nupcial salvaje. Cesará la borrasca. Y la borrasca ha cesado dejando las montañas tan azarosamente cubiertas de nieve como si una ciega hubiese arrojado sobre ellas una sábana; las ramas más altas de los pinos del bosque se han enjalbegado, crujientes, henchidas de nieve. Luz de nieve, luz de luna, una confusión de huellas de zarpas. Todo silencio, todo quietud. Medianoche; y el reloj da la hora. Es el día de Navidad, el natalicio de los licántropos, la puerta del solsticio está abierta de par en par; dejad que todos se hundan. ¡Mirad! Ella duerme, dulce y profundamente, en la cama de abuelita, entre las zarpas del tierno lobo. EL EXPERIMENTO DEL PROFESOR KUGELMAS WOODY ALLEN El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de Humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. El también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños. “¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. ``Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es - por supuesto - razón suf iciente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas ``operativos'' que tengo. ¿Entiende lo que le digo? Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón. ``Tengo que buscarme otra mujer'', agregó. ``Necesito tener un af fair. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance. Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el "21" e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’ El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: "No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves". "Debo tener una relación muy discreta", seguía pensando en voz alta Kugelmass. "No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara" "Sr. Kugelmass - '' "Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes..." "Sr. Kugelmass - '' "Ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba "Opciones". Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero". "Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suf iciente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago". "Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago", dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso f in a su terapia. Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche. "Yo atiendo", dijo Kugelmass. "Aló". ¨Kugelmass?, se oyó al otro lado del teléfono. "Kugelmass, le habla Persky". "¿Quién?" "Persky, ¿o debería decir "El Gran Persky?" ¿Perdón? "He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?" "¬Chis!, susurró Kugelmass. "No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?" Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edif icio de apartamentos situado en el área de Bushw ick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass f inalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre. Voy a lamentarlo, pensó para sí. Segundos después, era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa. ¿Usted es Persky, el Grande?, dijo Kugelmass. "El Gran Persky. ¿Quiere una taza de té? "No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza". "Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento". Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia. "Persky", ¿qué se trae entre manos?, preguntó Kugelmass. "Preste atención", le respondió Persky. "Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble". "¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así? ¿Usted ve alguna espada? Kugelmass puso cara de circunstancia y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo f rente a su cara. "Esto es un chiste de mal gusto", dijo. "Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro". Kugelmass hizo un gesto de incredulidad. "Es mi varita mágica", dijo Persky. "Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suf icientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante. "Persky, ¿Usted está enfermo? "Le estoy diciendo que todo estará bien", expresó Persky. Kugelmass mantuvo su escepticismo. ¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito? "Por apenas 20 dólares". Kugelmass buscó su billetera. "Ver para creer", dijo. Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer?
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    ¿A la HermanaCarrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¨Tal vez a algún personaje de Saul Bellow ? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy dif ícil" "A una f rancesa. Quiero tener un af f air con una amante f rancesa” "¿Nana?" "No quiero tener que pagar por ello”. ¿Qué le parece Natacha de La Guerra y la Paz "Le dije que una f rancesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta''. "Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto". Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert. "¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?", preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario. ``Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?'' Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas. Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él, se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella. Emma se volteó sorprendida. ``Dios mío, me asustó'', expresó. ``¿Quién es usted?'' Emma habló en perfecto español como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky. Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él, a quien ella se había dirigido, respondió: ``Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo... ¡no puedo creerlo! Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: ``¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino? Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida. ``Sí, un poco de vino'', contestó con voz ronca. ``Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco''. ``Charles estará fuera todo el día'', expresó Emma, con voz insinuante. Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña f rancesa. ``Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural'', le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron f rente a una pequeña iglesia. ``Me encanta la ropa que llevas puesta'', murmuró. ``Nunca había visto un traje como ese. Es tan... tan moderno''. ``Lo llaman traje casual'', le explicó Kugelmass con voz romántica. ``Estaba en oferta''. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose f rases al oído y expresándose ideas profundamente signif icativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale's. ``Debo irme'', le dijo. ``Pero no te preocupes, volveré''. ``Eso espero'', le dijo Emma. Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: ``Ya está bien, Persky''. Tengo que estar en Bloomingdale's a las tres y media''. Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn. ``¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante. ``Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la Avenida Lexington. Pero, ¿cuando puedo volver a viajar? ¿Mañana? ``Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie''. ``Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch''. . Kugelmass tomó un taxi que enf iló hacia la ciudad. Su corazón latía desenf renadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado cuenta era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país le estaban preguntando a sus profesores: ``¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100?''. ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary? Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: Dios mío, las cosas que se le ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la marihuana y de la coca. Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale's cuando Kugelmass llegó jadeando. ``¿Dónde estabas metido?'', preguntó molesta. ``Son las cuatro y media''. ``Había mucho tráf ico en la calle'', se excusó Kugelmass. Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. ¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!'' dijo entre dientes. ``Yo, a quien le rasparon español en primer año''. Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. ``Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120'', le dijo un día Kugelmass al mago. ``Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe'', ``¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?'' ``¿Ganarle?''. El pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que f lirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women's Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible''. ``¿Y su esposo no sospecha nada?'' ``El no sabe ni donde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno, ... nos vemos luego''. Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. ¿Cómo te va, mi adorada?, le dijo a Emma. ¡Oh, Kugelmass!, susurró Emma. ``Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim's y el ballet e inesperadamente oí un ronquido''. ``No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo'', le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume f rancés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He suf rido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación. De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadw ay, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollyw ood, embelesaban a la preciosa joven f rancesa. ``Dime algo sobre O. J. Simpson'', le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien. . ``¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de fútbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy dif ícil tocarlo''. ``¿Y qué me dices de los premios de la Academia?'', preguntó Emma con melancolía. ``Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar''. ``Antes que nada debes recibir una nominación''. ``Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto,
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    quisiera tomar algunasclases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado ....''. ``Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky''. Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana. ``Déjeme pensarlo'', le dijo Persky. ``Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas''. Desde luego, a ninguno de ellos se les vino a la cabeza ninguna. ************************************************************************* ``¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?'', le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. ``¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?'' ``Sí, claro. Soy un borracho'', contestó Kugelmass con tono de desgano. ``Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema''. ``Has estado muy raro en los últimos tiempos'', comentó Dafne. ``Distante. Tu no te olvidas del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no? ``Sí, claro'', contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño. ``Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien''. ``Sí, los morochos'', dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo. A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite. ``¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado'', dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. ``Allí está Schw arz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está. ¡Es maravilloso! En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo. ``Esos pantalones son de Ralph Lauren'', dijo Kugelmass. ``Lucirás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso''. ``Nunca había estado tan feliz'', gritó Emma mientras se paraba f rente al espejo. ``Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical ``Chorus Line'', visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. ``¿Están presentando alguna de sus películas?'' ``No puedo entender lo que está pasando'', expresó un profesor de Stanford. ``En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo''. ************************************************************************* Los amantes pasaron un dichoso f in de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatow n, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine's. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio signif icativo con respecto a Yonville. En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. ``Este será mi lugar la próxima ocasión, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada. ``Este...'', dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. ``Algo está funcionando mal'', masculló. ``Persky, estás bromeando'', gritó Kugelmass. ``¡Cómo es posible que no funcione?''. ``Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma? ``Sí''. Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza. ``Todavía estoy aquí, Persky''. ``Ya lo sé, querida. No te muevas''. ``Persky, tenemos que hacerla volver'', susurró Kugelmass. ``Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos, sólo estoy preparado para un af fair muy discreto''. ``No puedo entender lo que está ocurriendo'', murmuró Persky. ``Es un truco tan sencillo y conf iable''. Sin embargo, no pudo hacer nada. ``Esto me va a tomar algún tiempo'', le dijo a Kugelmass. ``Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego''. Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema. ``¿Cómo te fue en el simposio?'', le preguntó Dafne esa noche. ``Muy bien, muy bien'', le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarrillo. ``¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso''. ``¿Yo?'' ¬Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo''. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza. ``Estoy en problemas'', dijo Emma. ``Charles me extrañará''. ``Ten paciencia, cariño'', le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche. ``Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971'', le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella. *********************************************************************** Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo f in de semana no se asemejó en nada al primero. ``Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo'', le dijo Emma a Kugelmass. ``Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día''. ``Me parece bien. Podremos utilizar el dinero'', le dijo Kugelmass. ``Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel''. ``Ayer conocí a un productor de Of f Broadw ay en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando'', dijo Emma. ``¿Quién es ese payaso?'', le preguntó Kugelmass. ``No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jef f ... algo y es candidato a un premio Tony''. Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad. ``Cálmese'', le dijo el mago. ``Puede enfermarse de las coronarias''. ``¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de f icción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?'' ``Está bien. Sé que estamos metidos en un problema'', Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa. ``Parezco un animal salvaje'', prosiguió Kugelmass. ``Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa''. ``¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia'', masculló Persky. ``Todo es cuestión de matices''.
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    ``Matices, un carajo.Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolio con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identif icó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo. ``¿Qué quiere que le diga?'' Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un psicoanalista''. El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edif icio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo, pensó; de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida... Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas. En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído. ``Traiga a Emma'', dijo Persky. ``Creo que reparé el defecto que tenía el mueble''. El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. ¿Está hablando en serio?, le dijo ¿Logró arreglarlo?” “Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar? “Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto. Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago. “Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a f altarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín. Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro. “Está bien, Kugelmass’’, ¿adónde quiere ir ahora? “Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted ha leído el libro La Denuncia de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono? “Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”. “Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está f uncionando bien?” “Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”. “Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”. Persky lanzó al interior un ejemplar de “La Denuncia de Portnoy” y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, suf rió un ataque cardiaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al f inal, se quemó todo el apar tamento. Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. El no había ido a parar al libro “La Denuncia de Portnoy” ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado “Curso básico de Español” y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.