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Desde el inicio
Un día se sentó en la mesa y dijo: “voy a escribir sobre las penas y la angustia
que se presentaron luego de encontrarnos en el centro de la ciudad pero lo
contaré evitando dolor, dentro de lo posible”. Al principio pensé: ésta se está
haciendo la superada y con terrible dramatismo contó todo en el inicio de toda
esta situación. Después, unos minutos más tarde y con unas copas de vino
pensé: como todo, la congoja también sabe irse de cada nido y transformarse
en flor. El famoso todo pasa… la vida sigue y hay que gastarla.
Otro tiempo, era más caótico, en medio de la agitación de luces y sombras
propias en la ciudad. Esa noche estaba sola, había descendido del subte,
volvía de una fiesta y la ciudad aparecía fantásticamente colorida y luminosa.
Ahora en otro ciclo de vida, en medio de la cocina de campo, lo cotidiano se
convirtió en aquella tranquilidad que estuve proyectando por años. El eje de
aquel tiempo, estaba construido sobre momentos de agitación y estabilidad,
todo lo cual pendía de un trabajo simple pero intenso hacía que me sintiera
fuera de control.
Por qué yo me quedaba en medio de ruidos y rápidos relampagueos, en una
tierra de relaciones inestables. Todos tenemos una cicatriz de algo, una herida
sin cerrar, un poco de vida y el halo de muerte. A veces no estoy ok y por eso
entrego lo que soy durante algunas noches a la escritura de poesía, como una
viajera que entra cada vez en un territorio nuevo. Porque mientras me siento en
una mesa levemente iluminada, sobre todo en las noches en las cuales no
tengo sueño, pienso en el lenguaje, las relaciones en las cuales fui feliz y en las
que sufrí, en el mundo y en la hermosa sintonía del viento cuando estoy
receptiva con él.
Otras veces estoy mejor. En ciertos tiempos, me encuentro inmersa en las
nubes que atraviesan el jardín, entre broches que cuelgan ropa coloreada por
el sol de la siesta y contaría mi historia al primer vecino que pase, la soledad de
campo no es fácil de llevar, pero no suelo estar para esos ánimos. Entonces
dejo que el halo de sol que pende entre las ropas me atraviese como un
pensamiento que me atrae y miro los caballos en el lote de enfrente a casa.
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.
Y de nuevo, otros días no estoy okey, entonces quisiera llorar pero el día me
ocupa con las labores cotidianas y prefiero pensar en otra cosa.
Aquel encuentro en medio de la noche fue confuso, verlos juntos, la mano de
Juan sobre el hombro de Judith;my las emociones que sentí supieron
pronosticar algo acerca de lo que iba a venir… recuerdo haber sentido colmada
angustia, pero todavía no estaba del todo sobria para comprender lo que
sucedía. Hay períodos o un absoluto momento que de tan fuerte se recuerdan
como fotografías, por segmentos; como un paisaje extenso en blanco y negro.
Al otro día no quería nada. Sí quería sumergirme en una nube enorme que me
llevara lejos, como si fuera un pez que necesitaba apelar a una pileta en medio
de la escasez de río o mar. De todos modos fui a trabajar, toda la noche
busqué algún motivo para sentirme bien, una persona amable y sobria se
acercó a conversar en medio del servicio, definitivamente fue mejor salir de
casa.
La vida poco a poco continuó, entre idas al campo, el bar y la ciudad, un viaje
al sur del país; algunos rencores, por qué no decirlo, pero también amores. De
muchas formas encontré el amor, algunos pocos aún los recuerdo con cierta
potencia y, varias anécdotas. He amado ilógicamente, en detrimento y perdón,
también respaldándome en lo que anhelada; por meses o años.
Sé que estará todo más calmo, cuando la herida que cure se convierta en aire
y polvo en la noche alumbrada por una lámpara, y este sujeto que recuerda su
experiencia en la ciudad puede mejorar y familiarizarse con el todo: la ciudad
es un lugar que parece anónimo y desenlazado pero aun así hay un espacio de
cotidianidad, de voces que hablan y cuentan, de aquello que aparece desde la
intimidad.
Desde el inicio supe que aquel amor no podría llegar a otro lugar que la
desazón. Cuando hay un amor a la par hay un desamor, es el equilibrio del
cosmos y la dinastía de la calidad humana. Eso dijo y luego escribió en su
diario, yo la miraba ensimismada y pensando qué visión un poco jodida de la
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realidad está tirando, pero es mi amiga y la respaldé con mis oídos sin decir ni
una palabra.
En cada amor hay un no amor, en cada pérdida de paciencia hay algo de dolor,
creo que desde aquel día en que nos conocimos en la puerta del cineclub
municipal presentí que lo nuestro sería una historia de juventud más un gran
desencuentro pleno de ternura. Yo tenía un jean gastado y una remera roja, él
una camisa a rayas en colores pasteles, la memoria visual es de lo más fuerte
cuando se trabaja con la fotografía. Se acercó preguntándome qué película
había visto en la última semana, porque algo había que hacer en semejante fila
de espera que se acumulaba en la puerta del cine. Juan era el estudiante de
cine más lindo que yo había visto alguna vez, no conocía mucha gente de cine
pero él definitivamente era un tipo alucinante, desde su tono de voz hasta sus
ojos, todo hacía que fuera maravilloso estar cerca de él.
Ahora lo pienso y viene a mí, una sola idea: la ternura absoluta y el desdén que
acompaña el final de una historia de amor, no todas tiene el tinte del desaire en
su estructura específica pero muchos amores sí.
Ingresamos al cineclub, nos sentamos juntos, recuerdo haber sentido que eso
era lo mejor que estaba viviendo en mi vida de estudiante, él tomó mi mano en
un momento… no puedo rememorar la película, sólo algunas imágenes en
blanco y negro del ciclo de clásicos del cine. En aquel entonces, yo no entendía
cómo todo podía tener esa velocidad en su mente, en nuestra vivencia, en ese
sabor a cerveza que nos llegaba las noches de viernes y que compartíamos
hasta tumbarnos en la cama. Actualmente, en las rememoraciones y los
esfuerzos para escribir el diario, percibo esa dimensional veloz forma de
relacionarnos, compuesta de lecturas nocturnas, de quedarnos sentados en los
sillones de jardín antiguos en un patio de cemento con varias plantas a nuestro
alrededor pensando en cómo sería el mundo y la sociedad en un futuro no tan
lejano. Él tenía sueños grandes, a veces me pregunto si los habrá cumplido.
Espero que sí. El sentir no debería ser reprimido, es parte de la identidad de
cada persona, solía decirme Juan.
Nuestra vivencia había llegado al punto de saber que nos acompañábamos en
el malestar de un tiempo disfuncional, de recuerdos y de presente, a la vez y
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casi como imposible compartíamos un tiempo de armonía y amor casi absoluto.
Nunca discutimos, creo que eso hace que el recuerdo de su voz, de su perfume
y de su vida en la mía sea más presente e intenso que cualquier otro relato de
amor. No es tanto la historia de amor en sí, porque he vivido otras más
particulares y hasta podría decir mágicas, sino la crudeza y morfología de
nuestra experiencia que hace del relato de amor un constante ir y venir en mi
memoria.
Los caminos se alumbran de vez en cuando y veo luces en lejanía, los árboles
del jardín continuarán inmensos y en medio de la noche estrellada me siento a
fumar en un sillón.
No hay mucho por hacer en las noches de campo, el silencio ocupa toda la
casa, yo en profunda soledad pienso en la mujer que fui, a veces leo algún libro
o escucho música, escribo las palabras que no fueron, los poemas que no leeré
otra vez. Sé que el día será pleno si logro descansar un poco por la noche, es
simple, hago el recorrido hacia la cama, dejo un té de lado; a veces lo tomo
tibio o aparece frío y resplandeciente en la mesa de luz.

Desde el inicio

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    1 Desde el inicio Undía se sentó en la mesa y dijo: “voy a escribir sobre las penas y la angustia que se presentaron luego de encontrarnos en el centro de la ciudad pero lo contaré evitando dolor, dentro de lo posible”. Al principio pensé: ésta se está haciendo la superada y con terrible dramatismo contó todo en el inicio de toda esta situación. Después, unos minutos más tarde y con unas copas de vino pensé: como todo, la congoja también sabe irse de cada nido y transformarse en flor. El famoso todo pasa… la vida sigue y hay que gastarla. Otro tiempo, era más caótico, en medio de la agitación de luces y sombras propias en la ciudad. Esa noche estaba sola, había descendido del subte, volvía de una fiesta y la ciudad aparecía fantásticamente colorida y luminosa. Ahora en otro ciclo de vida, en medio de la cocina de campo, lo cotidiano se convirtió en aquella tranquilidad que estuve proyectando por años. El eje de aquel tiempo, estaba construido sobre momentos de agitación y estabilidad, todo lo cual pendía de un trabajo simple pero intenso hacía que me sintiera fuera de control. Por qué yo me quedaba en medio de ruidos y rápidos relampagueos, en una tierra de relaciones inestables. Todos tenemos una cicatriz de algo, una herida sin cerrar, un poco de vida y el halo de muerte. A veces no estoy ok y por eso entrego lo que soy durante algunas noches a la escritura de poesía, como una viajera que entra cada vez en un territorio nuevo. Porque mientras me siento en una mesa levemente iluminada, sobre todo en las noches en las cuales no tengo sueño, pienso en el lenguaje, las relaciones en las cuales fui feliz y en las que sufrí, en el mundo y en la hermosa sintonía del viento cuando estoy receptiva con él. Otras veces estoy mejor. En ciertos tiempos, me encuentro inmersa en las nubes que atraviesan el jardín, entre broches que cuelgan ropa coloreada por el sol de la siesta y contaría mi historia al primer vecino que pase, la soledad de campo no es fácil de llevar, pero no suelo estar para esos ánimos. Entonces dejo que el halo de sol que pende entre las ropas me atraviese como un pensamiento que me atrae y miro los caballos en el lote de enfrente a casa.
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    2 . Y de nuevo,otros días no estoy okey, entonces quisiera llorar pero el día me ocupa con las labores cotidianas y prefiero pensar en otra cosa. Aquel encuentro en medio de la noche fue confuso, verlos juntos, la mano de Juan sobre el hombro de Judith;my las emociones que sentí supieron pronosticar algo acerca de lo que iba a venir… recuerdo haber sentido colmada angustia, pero todavía no estaba del todo sobria para comprender lo que sucedía. Hay períodos o un absoluto momento que de tan fuerte se recuerdan como fotografías, por segmentos; como un paisaje extenso en blanco y negro. Al otro día no quería nada. Sí quería sumergirme en una nube enorme que me llevara lejos, como si fuera un pez que necesitaba apelar a una pileta en medio de la escasez de río o mar. De todos modos fui a trabajar, toda la noche busqué algún motivo para sentirme bien, una persona amable y sobria se acercó a conversar en medio del servicio, definitivamente fue mejor salir de casa. La vida poco a poco continuó, entre idas al campo, el bar y la ciudad, un viaje al sur del país; algunos rencores, por qué no decirlo, pero también amores. De muchas formas encontré el amor, algunos pocos aún los recuerdo con cierta potencia y, varias anécdotas. He amado ilógicamente, en detrimento y perdón, también respaldándome en lo que anhelada; por meses o años. Sé que estará todo más calmo, cuando la herida que cure se convierta en aire y polvo en la noche alumbrada por una lámpara, y este sujeto que recuerda su experiencia en la ciudad puede mejorar y familiarizarse con el todo: la ciudad es un lugar que parece anónimo y desenlazado pero aun así hay un espacio de cotidianidad, de voces que hablan y cuentan, de aquello que aparece desde la intimidad. Desde el inicio supe que aquel amor no podría llegar a otro lugar que la desazón. Cuando hay un amor a la par hay un desamor, es el equilibrio del cosmos y la dinastía de la calidad humana. Eso dijo y luego escribió en su diario, yo la miraba ensimismada y pensando qué visión un poco jodida de la
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    3 realidad está tirando,pero es mi amiga y la respaldé con mis oídos sin decir ni una palabra. En cada amor hay un no amor, en cada pérdida de paciencia hay algo de dolor, creo que desde aquel día en que nos conocimos en la puerta del cineclub municipal presentí que lo nuestro sería una historia de juventud más un gran desencuentro pleno de ternura. Yo tenía un jean gastado y una remera roja, él una camisa a rayas en colores pasteles, la memoria visual es de lo más fuerte cuando se trabaja con la fotografía. Se acercó preguntándome qué película había visto en la última semana, porque algo había que hacer en semejante fila de espera que se acumulaba en la puerta del cine. Juan era el estudiante de cine más lindo que yo había visto alguna vez, no conocía mucha gente de cine pero él definitivamente era un tipo alucinante, desde su tono de voz hasta sus ojos, todo hacía que fuera maravilloso estar cerca de él. Ahora lo pienso y viene a mí, una sola idea: la ternura absoluta y el desdén que acompaña el final de una historia de amor, no todas tiene el tinte del desaire en su estructura específica pero muchos amores sí. Ingresamos al cineclub, nos sentamos juntos, recuerdo haber sentido que eso era lo mejor que estaba viviendo en mi vida de estudiante, él tomó mi mano en un momento… no puedo rememorar la película, sólo algunas imágenes en blanco y negro del ciclo de clásicos del cine. En aquel entonces, yo no entendía cómo todo podía tener esa velocidad en su mente, en nuestra vivencia, en ese sabor a cerveza que nos llegaba las noches de viernes y que compartíamos hasta tumbarnos en la cama. Actualmente, en las rememoraciones y los esfuerzos para escribir el diario, percibo esa dimensional veloz forma de relacionarnos, compuesta de lecturas nocturnas, de quedarnos sentados en los sillones de jardín antiguos en un patio de cemento con varias plantas a nuestro alrededor pensando en cómo sería el mundo y la sociedad en un futuro no tan lejano. Él tenía sueños grandes, a veces me pregunto si los habrá cumplido. Espero que sí. El sentir no debería ser reprimido, es parte de la identidad de cada persona, solía decirme Juan. Nuestra vivencia había llegado al punto de saber que nos acompañábamos en el malestar de un tiempo disfuncional, de recuerdos y de presente, a la vez y
  • 4.
    4 casi como imposiblecompartíamos un tiempo de armonía y amor casi absoluto. Nunca discutimos, creo que eso hace que el recuerdo de su voz, de su perfume y de su vida en la mía sea más presente e intenso que cualquier otro relato de amor. No es tanto la historia de amor en sí, porque he vivido otras más particulares y hasta podría decir mágicas, sino la crudeza y morfología de nuestra experiencia que hace del relato de amor un constante ir y venir en mi memoria. Los caminos se alumbran de vez en cuando y veo luces en lejanía, los árboles del jardín continuarán inmensos y en medio de la noche estrellada me siento a fumar en un sillón. No hay mucho por hacer en las noches de campo, el silencio ocupa toda la casa, yo en profunda soledad pienso en la mujer que fui, a veces leo algún libro o escucho música, escribo las palabras que no fueron, los poemas que no leeré otra vez. Sé que el día será pleno si logro descansar un poco por la noche, es simple, hago el recorrido hacia la cama, dejo un té de lado; a veces lo tomo tibio o aparece frío y resplandeciente en la mesa de luz.