Dios tiene paciencia infinita y no se rinde en su intento de que nos convirtamos. Espera y trabaja en secreto para ayudarnos a dar fruto, cavando alrededor y abonando nuestros corazones, aunque corremos el riesgo de no querer cambiar. Sin embargo, Dios prefiere seguir intentándolo antes de cortar la higuera, para darnos la oportunidad de liberarnos por completo cuando decidamos decirle que sí.