El documento critica cómo los videojuegos y otras formas de entretenimiento están despojando a las personas de su capacidad para imaginar realidades alternativas, fomentando en su lugar el egoísmo y la competitividad destructiva. A través de un análisis profundo, se argumenta que los videojuegos proyectan valores que configuran la mente y la sociedad, contribuyendo a la deshumanización al reforzar estructuras de violencia y acumulación. Se sugiere que nuestra visión del éxito y la diversión está condicionada por estos patrones culturales, lo que impide la creación de un mundo basado en la cooperación y la creatividad.