Julia millones
La vieja Julia se envalentonó. Como que se le subieron los billetes del baloto a la cabeza. No nos
volvió a mirar, ni siquiera de soslayo. Ya sale con esos apestosos filipichines, que se la pasan dando
visaje, en carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y grande del barrio. Se trastearon
el domingo de ramos. Compró de todo: muebles, tres televisores pantalla plana de treinta y dos
pulgadas; un sonido full; tres computadores HP portátiles. Dicen, además, que se compró como
seiscientas mudas nuevas, incluidos zapatos y ropa interior. Se matriculó en la universidad Harvard
made in Medellín. Está estudiando decorador de interiores y afines. Un trasto de carro grandote, tipo
bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados. Se puso esos ganchos de moda, que llaman de
ortodoncia. Todo hay que decirlo, se ve más fea de lo que es, pero lo brillan como al sujeto Pedro
Navajas. Se fueron de vacaciones, todos y todas en familia, para Miami Beach y Punta Cana. Dicen
que se compró un yate inmenso y piensa estrenarlo en el río Medellín; y de seguro que es así. Yo
conozco bien a esa triscona. Sí, cuando trabajaba por el mínimo en la maquila que queda cerca al
hueco, decía que todos los días iba y venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima.
Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en Altos de Bocachica, entre Envigado y el Poblado.
Claro que, aplicándole geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala arriba, en donde
hay unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo mismo. Dejémonos de vainas, todo hay que
decirlo, el man es bien pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando joven.
Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó que incrustó un jacuzzi en el segundo piso. Y que
Julita se baña todos los días en un líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que Ponciano, el
papá, renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a inversionista. Dizque se mantiene
leyendo la República; The Economist; Revista Dinero. Y que hace cábalas. Que aprendió la teoría
combinatoria y la de probabilidades. Y que compró acciones de Ecopetrol y las mandó a laminar para
mostrárselas a todos sus amigos. Que dio un aporte para que “El Poderoso DIM, volviera a comprar
a Neider Morantes y para que le proponga a Romario que pase sus últimos días acá y para que tiente
a Faustino Asprilla, diciéndole que todo y todas tenemos una segunda vida y que él puede hacerlo
ya.
Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de cigarrillos baretos en el primer piso de la gobernación),
está ahora en Manhattan-Tokio City, tramitando la venida de la plana mayor de los negociadores de
los TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en chárter casi todos los días, entre Europa
y Estados Unidos. Que en Italia visitó a Berlusconi, invitándolo para que diserte en el Parque Juanes,
acerca de “La valoración Ética de las Posibilidades de volver a Empezar”.
Y que, (…nos lo contó el marica de Jacinto), la hermanita se mandó a destorcer los dientes a succionar
la barriga; que compró dos juegos de pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está cayendo el pelo).
Que compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de los Tigres del Norte. Que
ya apartó boleta para ir a verlos en octubre allá en Bogotá. Y que se mandó a recortar un poco la
pechuga. Y que consiguió novio; un tal White Black Bush Simpson, que conoció cuando estuvo de
paseo en Las Malvinas
Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a reversar la ligadura de trompas, dizque para probar
un embarazo sin tantas penurias, como lo fueron los otros. Empezando porque fueron siete y solo
hay tres vivos. Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London City, cuando estuvo
con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para que le hagan los oficios en casa. Y que se
levanta a las 12 flat, para ver la seguidilla de telenovelas mejicanas en su TV pantalla plana y que
está en su cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada, sino caviar importado desde Rusia;
ya le aterran la sopa de menudencias y el mondongo. .Le caen mal y ella ya no está para soportar
eso.
¡Oye Wenceslao ¡deja ya de hablar bobadas dormido. Andá donde misia Adela y decile que me preste
dos huevos hasta mañana.
La barragana
Los vi venir, justo en el momento en que cruzaban el parque. Yo ya sabía que me buscaban. Me
había preparado para cuando esto ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la señora
Romelia, a la que llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda se constituyó en
lupanar. Desde las seis de la tarde, hasta las tres de la mañana del día siguiente; sin descansar. No
sé por qué, cada vez que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la canción “Trece años”, de
Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido variado, en edad, tamaño, color, nalgas,
tetas y rostros. Estaba tan bien posicionada, que hasta les fiaba a sus habituales visitantes. Eso nunca
lo había visto ni escuchado, polvos a crédito y sin codeudor.
A decir verdad, con todo lo torcido que he sido, soy y seré; nunca había requerido este tipo de
servicio. Un poco, porque mi hembrita me satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi imagen
de “pelao de bien, sin fisuras, leal”.
Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres años. A veces me va bien; otras no tanto. Pero, en
fin de cuentas, la vieja, el viejo, mi hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi herramienta de trabajo
es un mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha tocado lidiar con personajes
cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive que han tratado de rebelarse. A dos (un hombre y
una mujer) los tuve que mandar al otro lado. En el primero sentí un poco de miedo. Pero ya en el
segundo viajado, con una mona muy jovencita, fue menos traumático. La ventaja mía es que cuando
es necesario mato y mato bien, sin ninguna posibilidad de vivir para contarlo.
Me gustan varios sitios y los frecuento; porque resulta trabajito. Hombres y mujeres que van a retirar
fuertes sumas. Yo los analizo y las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el temor. Esto los
lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo calculo el monto. Bien sea en
el bolso o en el bolsillo. Algunas y algunos llevan taleguitas o bolsas de plástico. Los sigo y las sigo
con la mirada. Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y ¡zas, ¡ les caigo.
Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen algunos agentes de policía; o esos guachimanes
de la privada. Otras veces, les hacen acompañamiento otras personas. Y así es más difícil. Esto a
pesar de que en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren, o me matan; qué más
da.
Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité uno de sus sitios. Me identificaron. Cuando están
a menos de diez metros, saco el hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió lo más malo que
encontró. Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y me descargaron los dos
tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé, en ese momento:”…no me pregunte la gente quienes
me han herido; no soy delator. Déjenme no más que muera. Los hombres estamos para ser hombres,
no batidores”…Y ya. Lo último que vi fue el local de la puta de Romelia, quien me miraba riéndose
desde la puerta.
La clave
Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris. Cansado. Había transitado muchos caminos. Todos
demasiado tortuosos. Incluso, tuvo que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese. Tanto que
para llegar a la periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000 kilómetros. Y, Puerto Maduro
a su vez, está a 8000 kilómetros de Puerto Bermejal. Y, para llegar a Puerto Bermejal, desde Puerto
Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este último está a 16 horas de Puerto Santísimo. Llegar
hasta ahí, requiere caminar 1200 kilómetros, por pura trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto
Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está más allá de Puerto Abuchaibe, casi 2200 kilómetros.
Lo cierto es que llegó, el viejo Aldemar. Transido de hambre. Lo esperaba en la plaza del pueblo,
Adonías Bermejo. Este había llegado hacía ya treinta años. Dicen que llegó en paracaídas, lanzado
desde un avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche de un jueves santo. Al tocar
piso, por esa vaina de ser la primera vez, se rompió el tobillo del pie izquierdo. Como pudo, se arrastró
hasta el Comando Miguel Farías. Este Farías, también llegó en paracaídas. Pero no tuvo la fortuna de
Adonías. Cayó en la Laguna de la Bizca. Allí se hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó. Lo
consideran, por eso, héroe nacional. Y llegando, Bermejo, el de guardia le gritó: ¡santo y seña!.
Adonías que iba a saber de eso. Dos tiros le pegaron el soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el
otro le destrozó la oreja izquierda.
Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció, en el pasado, a un teniente de nombre Abigail
Manzano Fonseca. Que resultó ser el abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de la vida,
Aldemar y Bermejo, estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a orillas del río llamado
Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por Marcio Matacandelas, guerrillero de vieja guardia. Este
Marcio se había hecho capitán, ungido por Romualdo Gualdrón. Este estuvo en la Batalla de San
Benito Abad, pueblito localizado en la ribera norte del río Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto Paz,
a su vez guerrillero desde que tenía diez años, el mandato de acabar con el Batallón Santa Brígida.
Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el Coronel Abundio Armendáriz Alonso. Dice la leyenda que
este Coronel había mandado a fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y todas hijos e
hijas de los cien guerrilleros que atacaron al Comando Ezequiel Perdomo, situado en las afueras de
Guayaran, municipio adscrito al departamento Norte, que abarca todo el sur de la circunscripción
Occidente.
Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron calurosamente. Caminaron hasta la casa de
Bermejo. Allí, el viejo Aldemar, saludó a Paulina Natividad, esposa de Adonías.
Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni Adonías, ni Paulina, ni Aldemar. Lo que dicen es
que se los y se la tragó la tierra con todo y casa. Desde ese día todos y todas se vieron obligados a
conocer el santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango, cambiaba cada tres horas.

Julia millones y la barraga, relatos

  • 1.
    Julia millones La viejaJulia se envalentonó. Como que se le subieron los billetes del baloto a la cabeza. No nos volvió a mirar, ni siquiera de soslayo. Ya sale con esos apestosos filipichines, que se la pasan dando visaje, en carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y grande del barrio. Se trastearon el domingo de ramos. Compró de todo: muebles, tres televisores pantalla plana de treinta y dos pulgadas; un sonido full; tres computadores HP portátiles. Dicen, además, que se compró como seiscientas mudas nuevas, incluidos zapatos y ropa interior. Se matriculó en la universidad Harvard made in Medellín. Está estudiando decorador de interiores y afines. Un trasto de carro grandote, tipo bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados. Se puso esos ganchos de moda, que llaman de ortodoncia. Todo hay que decirlo, se ve más fea de lo que es, pero lo brillan como al sujeto Pedro Navajas. Se fueron de vacaciones, todos y todas en familia, para Miami Beach y Punta Cana. Dicen que se compró un yate inmenso y piensa estrenarlo en el río Medellín; y de seguro que es así. Yo conozco bien a esa triscona. Sí, cuando trabajaba por el mínimo en la maquila que queda cerca al hueco, decía que todos los días iba y venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima. Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en Altos de Bocachica, entre Envigado y el Poblado. Claro que, aplicándole geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala arriba, en donde hay unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo mismo. Dejémonos de vainas, todo hay que decirlo, el man es bien pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando joven. Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó que incrustó un jacuzzi en el segundo piso. Y que Julita se baña todos los días en un líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que Ponciano, el papá, renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a inversionista. Dizque se mantiene leyendo la República; The Economist; Revista Dinero. Y que hace cábalas. Que aprendió la teoría combinatoria y la de probabilidades. Y que compró acciones de Ecopetrol y las mandó a laminar para mostrárselas a todos sus amigos. Que dio un aporte para que “El Poderoso DIM, volviera a comprar a Neider Morantes y para que le proponga a Romario que pase sus últimos días acá y para que tiente a Faustino Asprilla, diciéndole que todo y todas tenemos una segunda vida y que él puede hacerlo ya. Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de cigarrillos baretos en el primer piso de la gobernación), está ahora en Manhattan-Tokio City, tramitando la venida de la plana mayor de los negociadores de los TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en chárter casi todos los días, entre Europa y Estados Unidos. Que en Italia visitó a Berlusconi, invitándolo para que diserte en el Parque Juanes, acerca de “La valoración Ética de las Posibilidades de volver a Empezar”. Y que, (…nos lo contó el marica de Jacinto), la hermanita se mandó a destorcer los dientes a succionar la barriga; que compró dos juegos de pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está cayendo el pelo). Que compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de los Tigres del Norte. Que ya apartó boleta para ir a verlos en octubre allá en Bogotá. Y que se mandó a recortar un poco la pechuga. Y que consiguió novio; un tal White Black Bush Simpson, que conoció cuando estuvo de paseo en Las Malvinas Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a reversar la ligadura de trompas, dizque para probar un embarazo sin tantas penurias, como lo fueron los otros. Empezando porque fueron siete y solo hay tres vivos. Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London City, cuando estuvo con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para que le hagan los oficios en casa. Y que se levanta a las 12 flat, para ver la seguidilla de telenovelas mejicanas en su TV pantalla plana y que está en su cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada, sino caviar importado desde Rusia; ya le aterran la sopa de menudencias y el mondongo. .Le caen mal y ella ya no está para soportar eso.
  • 2.
    ¡Oye Wenceslao ¡dejaya de hablar bobadas dormido. Andá donde misia Adela y decile que me preste dos huevos hasta mañana. La barragana Los vi venir, justo en el momento en que cruzaban el parque. Yo ya sabía que me buscaban. Me había preparado para cuando esto ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la señora Romelia, a la que llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda se constituyó en lupanar. Desde las seis de la tarde, hasta las tres de la mañana del día siguiente; sin descansar. No sé por qué, cada vez que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la canción “Trece años”, de Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido variado, en edad, tamaño, color, nalgas, tetas y rostros. Estaba tan bien posicionada, que hasta les fiaba a sus habituales visitantes. Eso nunca lo había visto ni escuchado, polvos a crédito y sin codeudor. A decir verdad, con todo lo torcido que he sido, soy y seré; nunca había requerido este tipo de servicio. Un poco, porque mi hembrita me satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi imagen de “pelao de bien, sin fisuras, leal”. Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres años. A veces me va bien; otras no tanto. Pero, en fin de cuentas, la vieja, el viejo, mi hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi herramienta de trabajo es un mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha tocado lidiar con personajes cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive que han tratado de rebelarse. A dos (un hombre y una mujer) los tuve que mandar al otro lado. En el primero sentí un poco de miedo. Pero ya en el segundo viajado, con una mona muy jovencita, fue menos traumático. La ventaja mía es que cuando es necesario mato y mato bien, sin ninguna posibilidad de vivir para contarlo. Me gustan varios sitios y los frecuento; porque resulta trabajito. Hombres y mujeres que van a retirar fuertes sumas. Yo los analizo y las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el temor. Esto los lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo calculo el monto. Bien sea en el bolso o en el bolsillo. Algunas y algunos llevan taleguitas o bolsas de plástico. Los sigo y las sigo con la mirada. Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y ¡zas, ¡ les caigo. Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen algunos agentes de policía; o esos guachimanes de la privada. Otras veces, les hacen acompañamiento otras personas. Y así es más difícil. Esto a pesar de que en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren, o me matan; qué más da. Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité uno de sus sitios. Me identificaron. Cuando están a menos de diez metros, saco el hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió lo más malo que encontró. Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y me descargaron los dos tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé, en ese momento:”…no me pregunte la gente quienes me han herido; no soy delator. Déjenme no más que muera. Los hombres estamos para ser hombres, no batidores”…Y ya. Lo último que vi fue el local de la puta de Romelia, quien me miraba riéndose desde la puerta. La clave Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris. Cansado. Había transitado muchos caminos. Todos demasiado tortuosos. Incluso, tuvo que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese. Tanto que
  • 3.
    para llegar ala periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000 kilómetros. Y, Puerto Maduro a su vez, está a 8000 kilómetros de Puerto Bermejal. Y, para llegar a Puerto Bermejal, desde Puerto Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este último está a 16 horas de Puerto Santísimo. Llegar hasta ahí, requiere caminar 1200 kilómetros, por pura trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está más allá de Puerto Abuchaibe, casi 2200 kilómetros. Lo cierto es que llegó, el viejo Aldemar. Transido de hambre. Lo esperaba en la plaza del pueblo, Adonías Bermejo. Este había llegado hacía ya treinta años. Dicen que llegó en paracaídas, lanzado desde un avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche de un jueves santo. Al tocar piso, por esa vaina de ser la primera vez, se rompió el tobillo del pie izquierdo. Como pudo, se arrastró hasta el Comando Miguel Farías. Este Farías, también llegó en paracaídas. Pero no tuvo la fortuna de Adonías. Cayó en la Laguna de la Bizca. Allí se hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó. Lo consideran, por eso, héroe nacional. Y llegando, Bermejo, el de guardia le gritó: ¡santo y seña!. Adonías que iba a saber de eso. Dos tiros le pegaron el soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el otro le destrozó la oreja izquierda. Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció, en el pasado, a un teniente de nombre Abigail Manzano Fonseca. Que resultó ser el abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de la vida, Aldemar y Bermejo, estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a orillas del río llamado Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por Marcio Matacandelas, guerrillero de vieja guardia. Este Marcio se había hecho capitán, ungido por Romualdo Gualdrón. Este estuvo en la Batalla de San Benito Abad, pueblito localizado en la ribera norte del río Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto Paz, a su vez guerrillero desde que tenía diez años, el mandato de acabar con el Batallón Santa Brígida. Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el Coronel Abundio Armendáriz Alonso. Dice la leyenda que este Coronel había mandado a fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y todas hijos e hijas de los cien guerrilleros que atacaron al Comando Ezequiel Perdomo, situado en las afueras de Guayaran, municipio adscrito al departamento Norte, que abarca todo el sur de la circunscripción Occidente. Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron calurosamente. Caminaron hasta la casa de Bermejo. Allí, el viejo Aldemar, saludó a Paulina Natividad, esposa de Adonías. Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni Adonías, ni Paulina, ni Aldemar. Lo que dicen es que se los y se la tragó la tierra con todo y casa. Desde ese día todos y todas se vieron obligados a conocer el santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango, cambiaba cada tres horas.