Un rabino visita a un hombre enfermo en su casa a pedido de su hija. El hombre le confiesa al rabino que aunque nunca supo cómo rezar, desde hace 4 años ha estado teniendo conversaciones con Dios sentado frente a una silla vacía, encontrando consuelo en la práctica. Poco después de la visita del rabino, el hombre fallece pacíficamente con la cabeza recostada en la silla.