Carlos I fue coronado rey de Castilla y Aragón en 1516, a pesar de ser un extranjero sin conocimiento de la lengua y cultura locales. Introdujo nuevos impuestos para financiar su elección como emperador, lo que desató rebeliones comuneras, que fueron aplastadas en 1521, reforzando así su poder. A pesar de la resistencia, Castilla se convirtió en el centro de la política imperial bajo su control.