Primera Comunión
Tema 6: El hombre nuevo configurado con Cristo.
Objetivo: Descubrir que por la vida de fe el hombre adquiere una nueva
identidad: es un hombre nuevo.
Oración: “Señor, haz de mí un hombre nuevo para amar a todos sin
prejuzgar.”
El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene una
nueva luz para saber quién es Dios y quién es el hombre. Nos ha
mostrado nuestro camino. Quiere hacer de nosotros, en Cristo Jesús, un
hombre nuevo. Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio del
hombre: su situación presente, sus aspiraciones profundas, su libertad,
su pecado, su dolor, su muerte, su esperanza de vida futura. Tanto el Viejo
como el Nuevo Testamento anuncian un hecho que conmueve los
cimientos de la experiencia humana común: el hecho es que Dios actúa en
la historia. Su acción es muchas veces inadvertida. El Nuevo Testamento
nos presenta una nueva intervención de Dios, verdaderamente inesperada:
«Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros
crucificaste, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hch 2, 36). Este es el
gran acontecimiento de la historia de
salvación: un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los
hombres, ha sido constituido Señor de la historia. La Iglesia primitiva tiene
experiencia de esto, pues se le ha dado el reconocer a Jesús en los
múltiples signos que se producen como fruto de su pascua. Su misterio
pascual ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo
día, el día de la resurrección, el «tercer día». El «tercer día» no es un día
solar de calendario, sino todo un período, el tiempo que sigue a la
resurrección de Jesús. Pablo sabe por experiencia que el que se ha
encontrado con Cristo es como si hubiera vuelto a nacer, una criatura
nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha encontrado el
verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese
amor: en un sentido profundamente cierto en el encuentro con Cristo ha
sido recreado. La profundidad de la relación interpersonal de Pablo con
Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la siguiente
fórmula: «¡Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí!» (Ga 2,20) Pablo
es un hombre nuevo, radicalmente transformado, está poseído totalmente
por Jesús, con el que se ha encontrado ya para siempre y de cuyo mensaje
será el pregonero más fiel. Entre las enseñanzas de Jesús sobre la
situación y la conducta del hombre nuevo, del hombre que pertenece ya al
Reino de Dios, destaca el mensaje de las bienaventuranzas (Mt 5-7) Las
bienaventuranzas de Jesús no son máximas de sabiduría, sino una
llamada y una exhortación. Jesús, en el sermón de la montaña habla de
los pobres y afligidos que no tienen nada que esperar de este mundo, pero
que lo esperan todo de Dios; los que en su ser y en su conducta son
mendigos ante Dios; los misericordiosos que abren su corazón a los otros;
los artífices de paz que triunfan de la fuerza y de la violencia con la
reconciliación, los que no se encuentran a gusto en un mundo lleno de
astucias, etc. Desde ahora, los dichosos de este mundo no son ya los ricos,
los satisfechos, aquellos que son alabados por los hombres, sino los que
tienen hambre, los que lloran, los pobres, los perseguidos. El mensaje de
las bienaventuranzas se dirige a todos los hombres. Se les invita a tomar
las actitudes de mansedumbre, paciencia y humildad, a renunciar a la
violencia y a no oponerse al mal con el mal. Todas las bienaventuranzas se
orientan al reino inminente de Dios: Dios quiere estar presente y estará
presente en todos los que tienen necesidad de Él, para cada uno en
particular; Dios les consolará, les saciará, tendrá misericordia de ellos, les
llamará hijos suyos; les dará la tierra como heredad, les manifestará su
rostro. Va a establecer su reino en favor de ellos. Y este reino está cerca.
Las bienaventuranzas evangélicas no son sólo la proclamación de una
exigencia, sino ante todo el anuncio de un don. La auténtica felicidad
humana no se encuentra en la satisfacción de los propios egoísmos o en
las posesiones y bienes de este mundo, sino el camino de la generosidad,
del amor, de la entrega total en las manos de Dios. Dios se entrega al
hombre como un don. Jesús nos llama a vivir ya en conformidad con esta
situación de salvación que Él nos ofrece de parte de Dios. El hombre que
nace del Sermón de la Montaña, ése sí que es hombre nuevo, recuperado:
al recobrarse, se manifiesta desconocido, distinto. Por la presencia eficaz
de Jesús en medio de nosotros y la comunicación de su Espíritu, se vuelve
posible el cumplimiento de las bienaventuranzas a quien no podía cumplir
la ley. Escuchar la palabra de Dios no es sólo prestarle un oído atento,
sino abrirle el corazón (Hch 16, 14), ponerla en práctica (Mt 7, 24). Es ser
como la buena tierra que, acogiendo la semilla de la Palabra, responde a
la voluntad del Sembrador (Mt 13, 3)
Para reflexionar y compartir:
Si viviera en la antigüedad: ¿Cómo se reflejan en mí las siguientes
situaciones?:
1. Desde mi juventud, fariseo (de la estricta observancia).
2. Me había creído obligado a combatir a Jesús Nazareno.
3. Perseguía a los cristianos hasta en ciudades extranjeras.
4. En este empeño iba hacia Damasco: una luz, caímos a tierra.
5. Una voz: ¿por qué me persigues?
6. Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
7. Vete a Damasco: allí se te dirá lo que has de hacer.
8. Recobra la vista; serás testigo ante los gentiles.

Primera comunión 6

  • 1.
    Primera Comunión Tema 6:El hombre nuevo configurado con Cristo. Objetivo: Descubrir que por la vida de fe el hombre adquiere una nueva identidad: es un hombre nuevo. Oración: “Señor, haz de mí un hombre nuevo para amar a todos sin prejuzgar.” El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene una nueva luz para saber quién es Dios y quién es el hombre. Nos ha mostrado nuestro camino. Quiere hacer de nosotros, en Cristo Jesús, un hombre nuevo. Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio del hombre: su situación presente, sus aspiraciones profundas, su libertad, su pecado, su dolor, su muerte, su esperanza de vida futura. Tanto el Viejo como el Nuevo Testamento anuncian un hecho que conmueve los cimientos de la experiencia humana común: el hecho es que Dios actúa en la historia. Su acción es muchas veces inadvertida. El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de Dios, verdaderamente inesperada: «Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificaste, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hch 2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido constituido Señor de la historia. La Iglesia primitiva tiene experiencia de esto, pues se le ha dado el reconocer a Jesús en los múltiples signos que se producen como fruto de su pascua. Su misterio pascual ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo día, el día de la resurrección, el «tercer día». El «tercer día» no es un día solar de calendario, sino todo un período, el tiempo que sigue a la resurrección de Jesús. Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con Cristo es como si hubiera vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese amor: en un sentido profundamente cierto en el encuentro con Cristo ha sido recreado. La profundidad de la relación interpersonal de Pablo con Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la siguiente fórmula: «¡Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí!» (Ga 2,20) Pablo es un hombre nuevo, radicalmente transformado, está poseído totalmente por Jesús, con el que se ha encontrado ya para siempre y de cuyo mensaje
  • 2.
    será el pregoneromás fiel. Entre las enseñanzas de Jesús sobre la situación y la conducta del hombre nuevo, del hombre que pertenece ya al Reino de Dios, destaca el mensaje de las bienaventuranzas (Mt 5-7) Las bienaventuranzas de Jesús no son máximas de sabiduría, sino una llamada y una exhortación. Jesús, en el sermón de la montaña habla de los pobres y afligidos que no tienen nada que esperar de este mundo, pero que lo esperan todo de Dios; los que en su ser y en su conducta son mendigos ante Dios; los misericordiosos que abren su corazón a los otros; los artífices de paz que triunfan de la fuerza y de la violencia con la reconciliación, los que no se encuentran a gusto en un mundo lleno de astucias, etc. Desde ahora, los dichosos de este mundo no son ya los ricos, los satisfechos, aquellos que son alabados por los hombres, sino los que tienen hambre, los que lloran, los pobres, los perseguidos. El mensaje de las bienaventuranzas se dirige a todos los hombres. Se les invita a tomar las actitudes de mansedumbre, paciencia y humildad, a renunciar a la violencia y a no oponerse al mal con el mal. Todas las bienaventuranzas se orientan al reino inminente de Dios: Dios quiere estar presente y estará presente en todos los que tienen necesidad de Él, para cada uno en particular; Dios les consolará, les saciará, tendrá misericordia de ellos, les llamará hijos suyos; les dará la tierra como heredad, les manifestará su rostro. Va a establecer su reino en favor de ellos. Y este reino está cerca. Las bienaventuranzas evangélicas no son sólo la proclamación de una exigencia, sino ante todo el anuncio de un don. La auténtica felicidad humana no se encuentra en la satisfacción de los propios egoísmos o en las posesiones y bienes de este mundo, sino el camino de la generosidad, del amor, de la entrega total en las manos de Dios. Dios se entrega al hombre como un don. Jesús nos llama a vivir ya en conformidad con esta situación de salvación que Él nos ofrece de parte de Dios. El hombre que nace del Sermón de la Montaña, ése sí que es hombre nuevo, recuperado: al recobrarse, se manifiesta desconocido, distinto. Por la presencia eficaz de Jesús en medio de nosotros y la comunicación de su Espíritu, se vuelve posible el cumplimiento de las bienaventuranzas a quien no podía cumplir la ley. Escuchar la palabra de Dios no es sólo prestarle un oído atento, sino abrirle el corazón (Hch 16, 14), ponerla en práctica (Mt 7, 24). Es ser como la buena tierra que, acogiendo la semilla de la Palabra, responde a la voluntad del Sembrador (Mt 13, 3)
  • 3.
    Para reflexionar ycompartir: Si viviera en la antigüedad: ¿Cómo se reflejan en mí las siguientes situaciones?: 1. Desde mi juventud, fariseo (de la estricta observancia). 2. Me había creído obligado a combatir a Jesús Nazareno. 3. Perseguía a los cristianos hasta en ciudades extranjeras. 4. En este empeño iba hacia Damasco: una luz, caímos a tierra. 5. Una voz: ¿por qué me persigues? 6. Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 7. Vete a Damasco: allí se te dirá lo que has de hacer. 8. Recobra la vista; serás testigo ante los gentiles.