La educación universitaria que requiere el Perú del siglo XXI: ¿garantizará el
SINEACE su calidad? Por Karlos La Serna Studzinski
Licenciado en Economía de la Universidad del Pacífico. Estudios de Maestría en Educación
Superior en la Universidad Peruana Cayetano Heredia

La educación universitaria, a diferencia de lo que comúnmente se cree, no se originó bajo el
impulso del racionalismo y el libre pensamiento. En efecto, durante la Baja Edad Media, las
universidades surgieron como instituciones autónomas del poder político, en las cuales no
necesariamente se cuestionaba el sistema medieval. En muchos casos, su razón de ser radicaba en
la preparación de las élites y las clases emergentes en los campos del derecho canónico y
comercial, conocimientos indispensables para el ascenso social. Con el término del medioevo,
estos centros transmisores del saber existente se desligaron de las nuevas corrientes de
pensamiento de la modernidad, cuyos representantes se refugiaron en academias y sociedades. El
divorcio entre académicos y universidades duró hasta el siglo XIX, época en la cual se configuraron
los modelos de educación superior que inspiraron los programas tradicionales de las
universidades hasta fines del segundo milenio: el alemán, centrado en postgrados y la
investigación científica; el francés, orientado a la formación de profesionales; y el inglés, abocado a
la formación de una clase superior para el gobierno público y privado.

Actualmente, las universidades se encuentran en una nueva etapa de transición, como resultado
de una serie de tendencias internacionales: la democratización y la masificación de la educación
superior; el estilo del crecimiento económico, en el cual el conocimiento desplaza al trabajo físico
como factor de producción relevante; la globalización, que ha transformado la educación en una
actividad empresarial; y el aumento de la competencia, que presiona a las universidades a
disputarse los alumnos1. A estas tendencias, se debe agregar las facilidades que brindan las redes
telemáticas al accionar de las instituciones de educación superior, lo cual no solo contribuye a la
enseñanza, sino que también ha permitido la expansión de programas de educación a distancia, en
muchos casos, de dudosa calidad
Reyes sanchez mae daisy

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    La educación universitariaque requiere el Perú del siglo XXI: ¿garantizará el SINEACE su calidad? Por Karlos La Serna Studzinski Licenciado en Economía de la Universidad del Pacífico. Estudios de Maestría en Educación Superior en la Universidad Peruana Cayetano Heredia La educación universitaria, a diferencia de lo que comúnmente se cree, no se originó bajo el impulso del racionalismo y el libre pensamiento. En efecto, durante la Baja Edad Media, las universidades surgieron como instituciones autónomas del poder político, en las cuales no necesariamente se cuestionaba el sistema medieval. En muchos casos, su razón de ser radicaba en la preparación de las élites y las clases emergentes en los campos del derecho canónico y comercial, conocimientos indispensables para el ascenso social. Con el término del medioevo, estos centros transmisores del saber existente se desligaron de las nuevas corrientes de pensamiento de la modernidad, cuyos representantes se refugiaron en academias y sociedades. El divorcio entre académicos y universidades duró hasta el siglo XIX, época en la cual se configuraron los modelos de educación superior que inspiraron los programas tradicionales de las universidades hasta fines del segundo milenio: el alemán, centrado en postgrados y la investigación científica; el francés, orientado a la formación de profesionales; y el inglés, abocado a la formación de una clase superior para el gobierno público y privado. Actualmente, las universidades se encuentran en una nueva etapa de transición, como resultado de una serie de tendencias internacionales: la democratización y la masificación de la educación superior; el estilo del crecimiento económico, en el cual el conocimiento desplaza al trabajo físico como factor de producción relevante; la globalización, que ha transformado la educación en una actividad empresarial; y el aumento de la competencia, que presiona a las universidades a disputarse los alumnos1. A estas tendencias, se debe agregar las facilidades que brindan las redes telemáticas al accionar de las instituciones de educación superior, lo cual no solo contribuye a la enseñanza, sino que también ha permitido la expansión de programas de educación a distancia, en muchos casos, de dudosa calidad