1Vida y santidad
2Colección «EL POZO DE SIQUEM»
3 Thomas MertonVida y santidad   Editorial SAL TERRAE          Santander
4    Título del original en inglés:         Life and Holiness                © ++            Traducción:      Josep Vallve...
5 In memoriamLouis Massignon  1883-1962
6                                    ÍndicePrólogo, por Henri J.M. NouwenIntroducción1. Los ideales cristianos      Sacado...
7     Abnegación y santidadConclusión
8                                    PrólogoVida y santidad fue escrito por Thomas Merton hace más de treinta años. Esuna ...
9      LAX: ¿Qué quieres decir con eso de que quieres ser un buen católico?...           Tendrías que decir... que quieres...
10                                  IntroducciónÉste pretende ser un libro muy sencillo, un tratado elemental sobre unas p...
11comprender la naturaleza de su servicio y algunas de sus implicaciones. Estoes aún más cierto cuando el monasterio ofrec...
12contribución válida a las vidas espirituales de todas las personas que lorealizan. De aquí que sea importante considerar...
13                                       1                             Los ideales cristianosSacados de las tinieblasTodo ...
14perfectas»: los consejos evangélicos. Se obligan a sí mismas a ser pobres,castas y obedientes, renunciando con ello a su...
15propiedades con aquellos que carecen de lo que necesitan» (Comentario a laPrimera carta a los Corintios 9,2).       En o...
16      En realidad, todos cuantos hemos sido bautizados en Cristo y nos hemos«vestido de Cristo» como nueva identidad, es...
17necesitamos. Si no acabamos siendo santos, es porque no sabemos aprovecharsu don.Un ideal imperfectoCon todo, hemos de i...
18abstractas, son únicamente una lamentable excusa para la mediocridad. No nosjustifican a los ojos de Dios. No basta hace...
19presencia y la acción de Dios en ella. Es «santa» porque vive tan hondamenteinmersa en la vida, la fe y la caridad de la...
20       La imagen estereotipada es fácil de trazar aquí: es, esencialmente, unaimagen sin el menor defecto moral. El sant...
21naturaleza» no es en modo alguno un cliché ideado para excusar medidastibias en la vida espiritual. Es la pura verdad, y...
22accionar una máquina y ver la televisión sufra más tarde o más temprano unaprivación radical en su naturaleza y humanida...
23      Por eso quien ama a Dios, y busca la gloria de Dios pretende hacerse,por la gracia de Dios, perfecto en el amor, c...
24mismos estemos llenos de la luz de Cristo y de su Espíritu. Para poder tomarparte efectivamente en el trabajo de llevar ...
25«perdamos nuestra vocación», no porque carezcamos de ideales, sino porquenuestros ideales no tengan relación alguna con ...
26este hecho. Si nos diésemos cuenta de la importancia y significación de suíntima relación con nosotros, hallaríamos en É...
27                                       2                         Los ideales, puestos a pruebaLa nueva leyPara ser perfe...
28el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está enel cielo» (Mt 7,21).       Por ello toda n...
29confiado abandono, más unido estará a Cristo en el Espíritu de la filiacióndivina, más verdaderamente se mostrará como h...
30Dios se halla en esta interdependencia mutua. «Lo mismo que el cuerpo es unoy tiene muchos miembros, y todos los miembro...
31      mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn      15,11-17).       He aquí el único «método»...
32       La norma por la cual podemos evaluar y juzgar nuestros sacrificios, porlo tanto, es este orden preciso de caridad...
33      oprimido; sed abogados del huérfano, defensores de la viuda. Ahora      venid y discutamos –dice el Señor–: Aunque...
34apelar al amor frente a la obediencia. Pero también es un error reducir todo elamor, en la práctica, a la obediencia, co...
35de tal desilusión que acabemos por abandonar los intentos de alcanzar lasantidad, y aun de ser profundamente cristianos....
36secularismo de los siglos XIX y XX han penetrado hondamente en lamentalidad y el espíritu del cristiano medio. Por otro ...
37       En todas las cosas, el espíritu cristiano es un espíritu de amor, humildady servicio, no de violencia en defensa ...
38gracia, nuestros ojos se abren para ver el bien real e insospechado en los otros,y para estar verdaderamente agradecidos...
39cierto modo, están más sedientos de perfección. La intensidad y el afán conque tratan de salir de la prisión en que ello...
40                                         3                                Cristo, el caminoLa Iglesia santifica a sus mi...
41       Nuestra perfección, por consiguiente, no es un asunto meramenteindividual, sino también una cuestión de crecer en...
42fidelidad a directrices visibles y generales como de fe: es el acto solitariointerior, angustioso, casi desesperado, por...
43Santo. Nuestro esfuerzo por obedecer el Espíritu Santo constituye nuestrabondad moral.       Por consiguiente, lo que im...
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  1. 1. 1Vida y santidad
  2. 2. 2Colección «EL POZO DE SIQUEM»
  3. 3. 3 Thomas MertonVida y santidad Editorial SAL TERRAE Santander
  4. 4. 4 Título del original en inglés: Life and Holiness © ++ Traducción: Josep Vallverdú i Aixalà Traducción del Prólogo: Ramón Alfonso Díez Aragón © 2006 by Editorial Sal Terrae Polígono de Raos, Parcela 14-I 39600 Maliaño (Cantabria) Fax: 942 369 201 E-mail: salterrae@salterrae.es www.salterrae.es Con las debidas licenciasImpreso en España. Printed in Spain ISBN: Depósito Legal: Fotocomposición: Impresión y encuadernación:
  5. 5. 5 In memoriamLouis Massignon 1883-1962
  6. 6. 6 ÍndicePrólogo, por Henri J.M. NouwenIntroducción1. Los ideales cristianos Sacados de las tinieblas Un ideal imperfecto Santos de escayola Las ideas y la realidad2. Los ideales, puestos a prueba La nueva ley ¿Cuál es la voluntad de Dios? Amor y obediencia Cristianos adultos El realismo en la vida espiritual3. Cristo, el camino La Iglesia santifica a sus miembros Santidad en Cristo La gracia y los sacramentos Vida en el Espíritu Carne y espíritu4. La vida de fe Fe en Dios La existencia de Dios Fe humana La fe en el Nuevo Testamento5. Crecer en Cristo Caridad Perspectivas sociales de la caridad Trabajo y santidad Santidad y humanismo Problemas prácticos
  7. 7. 7 Abnegación y santidadConclusión
  8. 8. 8 PrólogoVida y santidad fue escrito por Thomas Merton hace más de treinta años. Esuna declaración directa, clara, inteligente y muy convincente sobre lo quesignifica ser cristiano. La lectura de este libro me ha traído a la memoria mi único encuentrocon Merton y la breve conversación que mantuvimos durante una visita quehice a la Abadía de Gethsemani. Me impresionó su gravedad. Directo, abierto,sin sentimentalismos y siempre con un brillo en los ojos. Así era Merton. Asíes este libro. Muchas veces me pregunto: «¿Qué libro puedo recomendar a alguienque quiera saber lo que implica ser cristiano?». Éste es el libro, sin dudaalguna. No es un libro sobre doctrinas o dogmas, sino sobre la vida en Cristo.Se podría haber titulado Cristo en el centro, porque en todo lo que Mertondice sobre vida y santidad, pone a Cristo en el centro. Afirma: «...fe es elrechazo de todo lo que no sea Cristo con el fin de que toda vida, toda verdad,toda esperanza, toda realidad puedan ser buscadas y halladas “en Cristo”».Con toda su gran sencillez, éste es un libro radical. Y nos llama a una entregaabsoluta y un compromiso total. La lectura de este libro me pone en contacto con lo que es permanente,duradero y «de Dios». Desde la muerte de Merton han pasado tantas cosas quecasi parece que todos los cimientos sólidos se han desvanecido bajo nuestrospies y parece que nos hemos convertido en personas que tratan de cruzar unlago saltando de un bloque de hielo flotante a otro. Lo que deseamos es algoque nos dé un fundamento sólido, algo en lo que poder confiar, algo que seaverdadero. Merton nos dice: ¡Ese algo es Alguien! Es Jesús quien nos guía através de este valle de tinieblas dándonos su propio espíritu, su propia vida, supropio amor. Y porque está centrado radicalmente en Cristo, este libro es unclásico, no sujeto a las modas intelectuales pasajeras de cada momento. Y hoysu alimento espiritual es tan sabroso como el día en que fue escrito. En su autobiografía La montaña de los siete círculos, Merton recuerdauna conversación con su amigo Bob Lax. Mientras paseaban por la SextaAvenida, en la ciudad de Nueva York, una tarde de primavera, Bob Lax sevolvió de repente hacia él y le preguntó: «LAX: En definitiva, ¿qué es lo que quieres ser? MERTON: No lo sé, supongo que lo que quiero es ser un buen católico.
  9. 9. 9 LAX: ¿Qué quieres decir con eso de que quieres ser un buen católico?... Tendrías que decir... que quieres ser santo. MERTON: ¿Cómo esperas que yo llegue a ser santo? LAX: Queriéndolo. MERTON: No puedo ser santo. No puedo ser santo... LAX: Lo único que necesitas para ser santo es quererlo. ¿Acaso no crees que Dios hará de ti aquello para lo que te creó si tú consientes que Él lo haga? Lo único que tienes que hacer es desearlo».* Merton comprendió el poder del reto de su amigo. Mucho más tarde,después de veintidós años de vida como trapense, escribió este libro esencial ymuy práctico sobre el camino hacia la santidad. ¡Es indudable que sabía sobrequé estaba escribiendo! Escribe con humildad y convicción, con bondad yvigor, con humor y sabiduría. Merton murió hace veintisiete años. Su amigo Bob Lax vive ahora enPatmos. Estoy seguro de que Bob sonreirá con gratitud cuando vea este librode nuevo y recuerde su paseo con Tom hace muchos, muchos años. HENRI J.M. NOUWEN Toronto, 1996
  10. 10. 10 IntroducciónÉste pretende ser un libro muy sencillo, un tratado elemental sobre unas pocasideas fundamentales de la espiritualidad cristiana. De aquí que haya de ser útila todo cristiano y, más aún, a cualquier persona que desee familiarizarse conalgunos principios de la vida interior tal como la entiende la Iglesia católica.Nada se dice aquí de temas como la «contemplación» o la «oración mental».Y, sin embargo, el libro subraya aquel aspecto de la vida cristiana que es a lavez el más común y el más misterioso: la gracia, el poder y la luz de Dios ennosotros, que purifican nuestros corazones, nos transforman en Cristo, noshacen verdaderos hijos de Dios y nos capacitan para actuar en el mundo comoinstrumentos suyos para el bien de todos los hombres y para su gloria. Ésta es, por lo tanto, una meditación sobre algunos temas fundamentalesapropiados para la vida activa. Tenemos que decir de inmediato que la vidaactiva es esencial para todo cristiano. Claro está que la vida activa debe tenermás significado que la vida que se lleva en los institutos religiosos de varonesy mujeres que se dedican a la enseñanza, al cuidado de los enfermos, etcétera.(Cuando se habla de la «vida activa» frente a la «vida contemplativa», elsentido es el descrito). Aquí la acción no se considera opuesta a lacontemplación, sino como una expresión de la caridad y como unaconsecuencia necesaria de la unión con Dios por el bautismo. La vida activa es la participación del cristiano en la misión de la Iglesiaen la tierra, y esto significa llevar a otras personas el mensaje del Evangelio,administrar los sacramentos, realizar obras de misericordia, cooperar en losesfuerzos mundiales por la renovación espiritual de la sociedad y elestablecimiento de la paz y el orden sin los cuales la raza humana no puedealcanzar su destino. Incluso el «contemplativo» enclaustrado está implicadoinevitablemente en las crisis y los problemas de la sociedad a la que todavíapertenece como miembro (ya que participa en sus beneficios y comparte susresponsabilidades). También él tiene que participar «activamente» hasta ciertopunto en la obra de la Iglesia, no sólo con su oración y santidad, sino tambiéncon su comprensión y solicitud. Incluso en los monasterios contemplativos el trabajo productivo esesencial para la vida de la comunidad, y representa por lo general un serviciopara la sociedad en su conjunto. Incluso los contemplativos, pues, quedanimplicados en la economía de la nación a que pertenecen. Es justo que deban
  11. 11. 11comprender la naturaleza de su servicio y algunas de sus implicaciones. Estoes aún más cierto cuando el monasterio ofrece a las personas el «servicio» –muy esencial, por cierto– de cobijo y recogimiento durante los tiempos deretiro espiritual. Pero he declarado que este libro no va a tratar sobre los contemplativos.Baste decir que todos los cristianos deberían poner interés en la «vida activa»tal como aquí será tratada: la vida que, respondiendo a la divina gracia y enunión con la autoridad visible de la Iglesia, dedica sus esfuerzos al desarrolloespiritual y material de toda la comunidad humana. No quiere ello decir que este libro pretenda tratar de las técnicasespecíficas apropiadas para la acción cristiana en el mundo. Su ámbito deinterés se concreta más bien en la vida de la gracia de la cual debe brotar todaacción cristiana válida. Si la vida cristiana es como una vid, entonces estelibro tiene que tratar más del sistema de sus raíces que de las hojas y losfrutos. ¿Es extraño que, en este libro sobre la vida activa, se acentúe no tanto loreferente a la energía, fuerza de voluntad y acción, como lo relativo a la graciay la interioridad? No, puesto que éstos son los verdaderos principios de laactividad sobrenatural. Una actividad basada en las acometidas e impulsos dela ambición humana es un espejismo y un obstáculo puesto a la gracia. Seinterpone en el camino de la voluntad de Dios y crea problemas, en vez deresolverlos. Debemos aprender a distinguir entre la pseudo-espiritualidad delactivismo y la auténtica vitalidad y energía de la acción cristiana guiada por elEspíritu. Al mismo tiempo, no hemos de crear una división en la vida cristianadando por supuesto que toda actividad es en cierto modo peligrosa para la vidaespiritual. La vida espiritual no es una vida de retiro y quietud, un invernaderodonde crecen prácticas ascéticas artificiales fuera del alcance de la gente devida ordinaria. Donde el cristiano puede y tiene que desarrollar su uniónespiritual con Dios es precisamente en sus deberes y trabajos de la vidaordinaria. Este principio no es en modo alguno nuevo. Pero quizá no sea fácil deaplicar en la práctica. Un escritor o predicador que suponga que es fácil, puededesorientar gravemente a aquellos que intentan seguir su consejo. El trabajo enun contexto humano normal y sano, el trabajo con una medida humana sana ymoderada, integrado en un medio social productivo, es por sí solo capaz decontribuir mucho a la vida espiritual. Pero el trabajo desordenado, irracional,improductivo, dominado por los agotadores afanes y excesos de una lucha aescala mundial por el poder y la riqueza, no va necesariamente a aportar una
  12. 12. 12contribución válida a las vidas espirituales de todas las personas que lorealizan. De aquí que sea importante considerar la naturaleza del trabajo y sulugar en la vida cristiana. A dicho asunto dedica este libro algunas páginas, aunque no lo trate deforma exhaustiva. Hemos ignorado zonas enteras de angustia y confusión. Hecreído suficiente indicar brevemente que el trabajo diario del ser humano es unelemento importantísimo de la vida espiritual y que, para que el trabajo searealmente santificador, el cristiano no debe sólo ofrecerlo a Dios en unesfuerzo mental y subjetivo de su voluntad, sino que debe afanarse porintegrarlo en el esquema completo del afán cristiano en pro del orden y la pazen el mundo. El trabajo de todo cristiano no sólo debe ser honrado y decente,ni sólo productivo, sino que debe rendir un servicio positivo a la sociedadhumana. Debe tener parte en el esfuerzo general de todos los hombres por unacivilización pacífica y rectamente ordenada en este mundo, porque de estemodo nos ayuda inmejorablemente a prepararnos para el otro. El esfuerzo cristiano por llegar a la santidad (un esfuerzo que siguesiendo esencial en la vida cristiana) debe, pues, ser situado hoy dentro delcontexto de la acción de la Iglesia en el umbral de una nueva era. No nos estápermitido engañarnos a nosotros mismos con una retirada a un pasado yadesvanecido. La santidad no es ni ha sido nunca una deserción de laresponsabilidad y de la participación en la tarea fundamental del ser humanode vivir justa y productivamente en comunidad con sus semejantes. El papa Juan XXIII inauguró el concilio Vaticano II el 11 de octubre de1962, con estas palabras, profundamente conmovedoras: «En el orden actualde las cosas, la divina Providencia nos guía hacia un nuevo orden derelaciones humanas que, por los esfuerzos de los hombres y aún más allá desus perspectivas, están encaminadas hacia el cumplimiento de los designiosaltísimos e inescrutables de Dios». La santidad cristiana en nuestra época significa más que nunca laconciencia de nuestra común responsabilidad de cooperar con los misteriososdesignios de Dios para la raza humana. Esta conciencia será ilusoria a menosque esté iluminada por la gracia divina, robustecida por un esfuerzo generosoy perseguida en colaboración no sólo con las autoridades de la Iglesia, sinocon todos los hombres de buena voluntad que están trabajando sinceramentepor el bien temporal y espiritual de la raza humana. THOMAS MERTON
  13. 13. 13 1 Los ideales cristianosSacados de las tinieblasTodo cristiano bautizado está obligado por las promesas del bautismo arenunciar al pecado y entregarse por entero, sin reservas, a Cristo, con el finde cumplir su vocación, salvar su alma, entrar en el misterio de Dios y allíencontrarse perfectamente «en la luz de Cristo». Como nos recuerda san Pablo (1 Co 6,19), «no nos pertenecemos».Pertenecemos enteramente a Cristo. Su Espíritu tomó posesión de nosotros enel bautismo. Somos Templos del Espíritu Santo. Nuestros pensamientos,nuestras acciones, nuestros deseos son de pleno derecho más suyos quenuestros. Pero hemos de luchar para asegurarnos de que Dios recibe siemprede nosotros lo que le debemos por derecho propio. Si no nos esforzamos porsuperar nuestra debilidad natural, nuestras pasiones desordenadas y egoístas,lo que en nosotros pertenece a Dios quedará fuera de la influencia del podersantificante de su amor, será corrompido por el egoísmo, cegado por el deseoirracional, endurecido por el orgullo, y a la larga terminará hundiéndose en elabismo de negación moral que llamamos pecado. El pecado es el rechazo de la vida espiritual, el rehusar el orden y la pazinteriores que provienen de nuestra unión con la voluntad divina. En unapalabra, el pecado es el rechazo de la voluntad de Dios y de su amor. No essólo el negarse a «hacer» esto o aquello que Dios quiere, ni la determinaciónde «hacer» lo que Dios prohíbe. Es, más radicalmente, la obstinación en no serlo que somos, el rechazo de nuestra realidad espiritual misteriosa ycontingente, oculta en el misterio mismo de Dios. El pecado es la negativa aser aquello para lo que fuimos creados: hijos de Dios, imágenes de Dios. Enúltimo término, el pecado, aunque parezca una afirmación de libertad, es unahuida de la libertad y la responsabilidad de la filiación divina. Todo cristiano, por consiguiente, está llamado a la santidad y a la unióncon Cristo, mediante la guarda de los mandamientos de Dios. Sin embargo,algunas personas con vocaciones especiales han contraído por votos religiososuna obligación más solemne y se han comprometido a tomar de un modoespecialmente serio la vocación cristiana fundamental a la santidad. Hanprometido emplear ciertos medios definidos y más eficaces para «ser
  14. 14. 14perfectas»: los consejos evangélicos. Se obligan a sí mismas a ser pobres,castas y obedientes, renunciando con ello a su propia voluntad, negándose a símismas, y liberándose de lazos mundanos con el fin de entregarse a Cristo deun modo aún más perfecto. Para ellas, la santidad no es simplemente algo quese busca como un fin último, sino que es su «profesión»: no tienen otro trabajoen la vida que ser santas, y todo se subordina a ese fin, que para ellas esprimario e inmediato. Sin embargo, el hecho de que las religiosas, los religiosos y los clérigostengan una obligación profesional de esforzarse por ser santos debe entendersecon propiedad. No significa que sólo ellos son plenamente cristianos, como silos laicos fueran en algún sentido menos verdaderamente cristianos ymiembros menos plenos de Cristo que ellos. San Juan Crisóstomo, que en sujuventud estuvo muy cerca de creer que nadie se podía salvar si no huía aldesierto, reconoció en su edad madura, siendo obispo de Antioquía y despuésde Constantinopla, que todos los miembros de Cristo son llamados a lasantidad por el mero hecho de ser sus miembros. Sólo hay una moral, unasantidad para los cristianos, y es la que se propone a todos en los Evangelios.El estado laical es necesariamente bueno y santo, ya que el Nuevo Testamentonos deja libres para elegirlo. Pero para vivir el estado laical no es suficientemantener un tipo de santidad estática y mínima, simplemente «evitando elpecado». A veces la diferencia entre los estados de vida se deforma ysimplifica tan exageradamente en las mentes de los cristianos que parece queéstos piensan que, mientras los sacerdotes, los monjes y las monjas estánobligados a crecer y progresar en la perfección, del laico sólo se espera que semantenga en estado de gracia y, pegándose, por decirlo así, a la sotana delsacerdote, se deje llevar al cielo por aquellos especialistas, que son los únicosllamados a la «perfección». San Juan Crisóstomo señala que el mero hecho de que la vida del monjesea más austera y más difícil no debería llevarnos a pensar que la santidadcristiana es principalmente una cuestión de dificultad. Esto llevaría a la falsaconclusión de que, como la salvación parece menos ardua para el laico,también es, de alguna manera extraña, una salvación menos verdadera. Por elcontrario, dice Crisóstomo, «Dios no nos ha tratado [a los laicos y al clerosecular] con tanta severidad como para exigirnos austeridades monásticascomo una obligación, sino que ha dejado a todos la libertad de elegir [enmateria de consejos]. Hay que ser castos en el matrimonio, hay que sermoderados en las comidas... No se os ha ordenado que renunciéis a vuestraspropiedades. Dios sólo os ordena que no robéis y que compartáis vuestras
  15. 15. 15propiedades con aquellos que carecen de lo que necesitan» (Comentario a laPrimera carta a los Corintios 9,2). En otras palabras, la templanza, la justicia y la caridad ordinarias quetodo cristiano debe practicar, son santificantes de la misma manera que lavirginidad y la pobreza de la religiosa. Cierto es que la vida de los religiososconsagrados tiene una dignidad y una perfección intrínseca mayores. Elreligioso asume un compromiso más radical y más total de amor a Dios y alprójimo. Pero no hay que pensar que esto significa que la vida del laico quedadegradada hasta la insignificancia. Por el contrario, hemos de reconocer que elestado matrimonial es también santificante en grado sumo por su mismanaturaleza y puede, ocasionalmente, implicar tales sacrificios y tal abnegaciónque, en determinados casos, podrían ser incluso más efectivos que lossacrificios de la vida religiosa. Quien de hecho ame más perfectamente estarámás cerca de Dios, sea o no laico. De aquí que san Juan Crisóstomo proteste de nuevo contra el error deque sólo los monjes tienen que esforzarse por alcanzar la perfección, mientrasque los laicos sólo tienen que evitar el infierno. Por el contrario, tanto loslaicos como los monjes han de llevar una virtuosa vida cristiana, muy positivay constructiva. No es suficiente que el árbol permanezca vivo, sino quetambién ha de dar fruto. «No basta con dejar Egipto», nos dice, «hay quecaminar, además, hacia la Tierra prometida» (Homilía XVI sobre la Carta a losEfesios). Al mismo tiempo, aun la práctica perfecta de uno u otro de losconsejos, como, por ejemplo, la virginidad, no tendría sentido si quien lopracticara careciese de las virtudes más elementales y universales de justicia ycaridad. Dice: «En vano ayunáis y dormís en el duro suelo, coméis cenizas ylloráis sin cesar. Si no sois útiles a nadie, no hacéis nada de importancia»(Homilía VI sobre la Carta a Tito). «Aunque seas una virgen, serás arrojada dela cámara nupcial si no das limosnas» (Homilía LXXVII sobre el Evangelio deMateo). No obstante, los monjes tienen un papel importante que desempeñardentro de la Iglesia. Sus oraciones y su santidad son de un valor insustituiblepara toda la Iglesia. Su ejemplo enseña al laico a vivir también como «unextraño y peregrino en esta tierra», desasido de las cosas materiales, ypreservando su libertad cristiana en medio de la vana agitación de lasciudades, porque él busca en todas las cosas únicamente complacer a Cristo yservirlo en el prójimo. En pocas palabras, según Juan Crisóstomo, «las bienaventuranzaspronunciadas por Cristo no pueden quedar reservadas para el exclusivo uso delos monjes, porque ello sería la ruina del universo»1.
  16. 16. 16 En realidad, todos cuantos hemos sido bautizados en Cristo y nos hemos«vestido de Cristo» como nueva identidad, estamos obligados a ser santoscomo Él es santo. Estamos obligados a vivir vidas dignas, y nuestras accionesdeben ser testigos de nuestra unión con Él. Él deberá manifestar su presenciaen nosotros y a través de nosotros. Aunque es posible que la cita nos sonroje,hemos de reconocer que estas solemnes palabras de Cristo van dirigidas anosotros: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 5,14-16). Los Padres de la Iglesia, particularmente Clemente de Alejandría, creíanque la «luz» en el hombre es su filiación divina, la Palabra que habita en él.Por lo tanto, enseñaban que toda la vida cristiana se resume en un servicio aDios que no es sólo cuestión de culto externo, sino de «avivar lo que ennosotros hay de divino por medio de una infatigable caridad» (Stromata 7,1).Clemente añade que el propio Cristo nos enseña el camino de la perfección yque toda la vida cristiana es un curso de educación espiritual a cargo del únicoMaestro, a través de su Espíritu Santo. Al escribir esto, se dirigía a los laicos. Se supone que somos la luz del mundo. Se supone que somos luz paranosotros y para los demás. ¡Quizás esto explique por qué el mundo estásumido en tinieblas! Entonces, ¿qué se entiende por la luz de Cristo ennuestras vidas? ¿Qué es la «santidad»? ¿Qué es la filiación divina? ¿En seriose supone que somos santos? ¿Se puede desear tal cosa sin pasar a los ojos delos demás por loco de remate? ¿No será presuntuoso? En todo caso, ¿es elloposible? Para decir la verdad, muchos laicos, e incluso muchos religiosos, nocreen que, en la práctica, la santidad sea posible para ellos. ¿Es esto sólosentido común? ¿Es quizás humildad? ¿O es traición, derrotismo ydesesperanza? Si somos llamados por Dios a la santidad de vida, y si la santidad estáfuera del alcance de nuestra capacidad natural (lo cual es cierto), se sigueentonces que el propio Dios ha de darnos la luz, la fuerza y el valor paracumplir la tarea que Él nos pide. Nos dará ciertamente la gracia que
  17. 17. 17necesitamos. Si no acabamos siendo santos, es porque no sabemos aprovecharsu don.Un ideal imperfectoCon todo, hemos de ir con tiento para no simplificar en extremo este delicadoproblema. No debemos pensar irreflexivamente que el fracaso de los cristianosen ser perfectos es debido siempre a mala voluntad, a pereza o apecaminosidad grosera. Más bien se debe a confusión, ceguera, debilidad ymalentendidos. No apreciamos realmente el sentido y la grandeza de nuestravocación. No sabemos cómo valorar las «insondables riquezas de Cristo» (Ef3,9). El misterio de Dios, de la redención divina y de su infinita misericordiaes generalmente nebuloso e irreal incluso para los «hombres de fe». De aquíque no tengamos valor ni fuerza para responder a nuestra vocación en toda suprofundidad. Inconscientemente la falsificamos, deformamos sus verdaderasperspectivas y reducimos nuestra vida cristiana a una especie de propiedadgentil y social. Así las cosas, la «perfección» cristiana deja de consistir en unaardua y extraña fidelidad al espíritu de gracia en la negrura de la noche de lafe. En la práctica se transforma en una respetable conformidad con lo quecomúnmente se acepta como «bueno» en la sociedad en cuyo seno vivimos.De este modo se pone el acento en los signos externos de respetabilidad. Ciertamente, esta exterioridad no debe rechazarse de plano comofariseísmo, otro cliché demasiado cómodo. Puede, de hecho, haber muchabondad moral real en esta clase de respetabilidad. Las buenas intenciones nose pierden a los ojos del Señor. Sin embargo, siempre habrá cierta falta deprofundidad y una determinada parcialidad y falta de totalidad que haráimposible que tales personas alcancen la plena semejanza con Cristo o, almenos, que logren trascender las limitaciones de su grupo social haciendo lossacrificios que les exige el Espíritu de Cristo, sacrificios que los alejarán dealgunos de sus allegados y que les impondrán decisiones de una solitaria yterrible responsabilidad. El camino de la santidad cristiana es, en todo caso, duro y austero.Hemos de ayunar y orar. Hemos de abrazar las dificultades y el sacrificio poramor a Cristo y con el fin de mejorar la condición del ser humano sobre latierra. No estamos autorizados a gozar meramente de las buenas cosas de lavida, «purificando nuestra intención» de vez en cuando para asegurarnos deque lo hacemos todo «por Dios». Tales operaciones mentales, puramente
  18. 18. 18abstractas, son únicamente una lamentable excusa para la mediocridad. No nosjustifican a los ojos de Dios. No basta hacer gestos piadosos. Nuestro amor aDios y al hombre no puede ser meramente simbólico, ha de ser completamentereal. No se trata simplemente de una operación mental, sino de la entrega y elcompromiso de nuestro ser más íntimo. Claro está, pues, que esto significa ir un poco más allá de los insulsossermones de esa religión popular que ha llevado a cierta gente a creer queentre nosotros tiene lugar un «resurgimiento religioso». ¡No lo aseguremos ala ligera! El mero hecho de que las personas estén asustadas e inseguras, deque se aferren a eslóganes optimistas, de que corran con más frecuencia a laiglesia y busquen pacificar sus atribuladas almas mediante máximasestimulantes y humanitarias, no es en modo alguno índice de que nuestrasociedad se está volviendo «religiosa». De hecho, puede que sea un síntomade enfermedad espiritual. Ciertamente, es buena cosa tener conciencia denuestros síntomas, pero ello no justifica que los paliemos con curanderismos. Por lo tanto, no nos engañemos con fáciles e infantiles concepciones dela santidad. Por desdicha, es muy posible que una religiosidad superficial, sin raícesprofundas ni fructífera relación con las necesidades de los seres humanos y dela sociedad, resulte a la larga una evasión de las obligaciones religiosasimperiosas. Nuestra época necesita otra cosa que gente devota, asiduos altemplo, que evitan faltas graves (al menos, en todo caso, las faltas fácilmenteidentificables como tales), pero que raras veces hacen nada constructivo opositivamente bueno. No basta ser respetable exteriormente. Al contrario, lamera respetabilidad exterior, sin valores morales más profundos o máspositivos, acarrea descrédito sobre la fe cristiana. La experiencia de las dictaduras del siglo XX ha demostrado que esposible que algunos cristianos vivan y trabajen en una sociedadextremadamente injusta cerrando sus ojos a toda suerte de males, y quizáparticipando incluso en dichos males, al menos por defecto, interesados sóloen su propia vida de piedad compartimentada, cerrada a cualquier otra cosa dela faz de la tierra. Claro está, pues, que dicha pobre excusa de religióncontribuye efectivamente a la ceguera e insensibilidad moral y en últimainstancia conduce a la muerte del cristianismo en naciones enteras o zonasenteras de la sociedad. Sin duda es esto lo que ha abocado al gran problemamoderno de la Iglesia: la perdida de la clase trabajadora. Por ello quizá sea aconsejable hablar de «santidad» más que de«perfección». Una persona «santa» es aquella que está santificada por la
  19. 19. 19presencia y la acción de Dios en ella. Es «santa» porque vive tan hondamenteinmersa en la vida, la fe y la caridad de la «santa Iglesia» que ésta manifiestasu santidad dentro de ella y a través de ella. Mas si uno se concentra en la«perfección» con seguridad tendrá una actitud egoísta más sutil. Puede quecorra el riesgo de querer contemplarse a sí mismo como un ser superior,completo y adornado con toda suerte de virtudes, aislado de todos los demás yen grato contraste con ellos. La idea de «santidad» parece implicar algo decomunión y solidaridad con un «santo pueblo de Dios». La noción de«perfección espiritual» es más bien apropiada para un filósofo que, por elconocimiento y la práctica de disciplinas esotéricas, despreocupado de lasnecesidades y deseos de otros hombres, ha llegado a un estado de tranquilidaden que las pasiones ya han dejado de atormentar su alma pura. Ésta no es la idea cristiana de la santidad.Santos de escayolaUn sapientísimo consejo que san Benito da en su Regla a sus monjes es que notienen que desear ser llamados santos antes de ser santos, sino que debenprimero hacerse santos a fin de que su reputación de santidad se base en larealidad. Esto pone de manifiesto la gran diferencia entre la perfecciónespiritual real y la idea humana de perfección. O quizás uno debiera decir, másafinadamente, la diferencia entre la santidad y el narcisismo. La idea popular de un «santo» está, desde luego, basada naturalmente enla santidad que la Iglesia presenta a nuestra veneración, en hombres y mujeresheroicos. No hay nada sorprendente en el hecho de que los santos queden muypronto estereotipados en la mente del cristiano corriente; y todos, sireflexionan, admitirán fácilmente que el estereotipo tiende a ser irreal. Lasconvenciones de la hagiografía han acentuado por lo común la irrealidad dedicha representación, y el arte piadoso en muchos casos ha completado laobra, coronándola de hecho. De esta forma, el cristiano que se esfuerza poralcanzar la santidad tiende inconscientemente a reproducir en sí mismoalgunos rasgos de la imagen estereotipada popular. O más bien, como es pordesgracia difícil lograr el éxito en esta empresa, se imagina a sí mismo encierto sentido obligado a seguir el modelo, como si se tratara realmente de unmodelo propuesto por la misma Iglesia para su imitación, en vez de unacaricatura puramente convencional y popular de una realidad misteriosa: lasemejanza de los santos con Cristo.
  20. 20. 20 La imagen estereotipada es fácil de trazar aquí: es, esencialmente, unaimagen sin el menor defecto moral. El santo, si acaso alguna vez pecó, sevolvió impecable tras una perfecta conversión. Como la impecabilidad no essuficiente, es elevado por encima de la más pequeña posibilidad de sentirtentación. Claro está que es tentado, pero la tentación no presenta dificultades.Él tiene siempre la respuesta absoluta y heroica. Se arroja al fuego, al aguahelada o a las zarzas antes que enfrentarse a una remota ocasión de pecar. Susintenciones son siempre las más nobles. Sus palabras son siempre los másedificantes clichés, que encajan en la situación con una transparencia quedesarma y acalla incluso la intención de diálogo. Ciertamente, los «perfectos»,en este sentido apabullante, son elevados por encima de la necesidad y hastade la capacidad de un diálogo plenamente humano con sus semejantes.Carecen de humor como carecen de asombro, de sentimiento y de interés porlos asuntos corrientes de la humanidad. Aunque, claro está, acuden al lugarcon el preciso acto de virtud requerido por cada situación. Allí están siempre,besando las llagas del leproso en el mismo momento en que el rey y su nobleséquito aparecen por la esquina y se detienen en su camino, mudos deadmiración... No hay nadie que no se sonría ante el ingenuo principiante queconfiadamente se embarca en la reproducción de este tipo de imagen en suvida. Siempre le dirán que afronte la realidad; pero, en cambio, cuando lerecuerdan los crudos hechos de la vida, ¿no llegamos a pensar, secretamente,que, después de todo, él lleva razón? La santidad es, en efecto, un culto a loabsoluto. Es intransigente, y ni siquiera considera que pueda haber un términomedio. En el fondo de nuestros corazones, ¿no queremos decir realmente conesto que el milagro de la santidad es, en cierto modo, no sólo sobrenatural,sino hasta inhumano? De hecho, ¿no igualamos lo sobrenatural con unanegación tajante de lo humano? ¿No son la naturaleza y la graciadiametralmente opuestas? ¿No significa la santidad el rechazo absoluto y larenuncia absoluta de todo lo que concuerda con la naturaleza? Si pensamos de este modo, estamos admitiendo en la práctica larealidad de la imagen estereotipada y, en este caso, no tenemos más alternativaque suponer que éste es el modelo que indefectiblemente debe llevar a cabo elperfecto cristiano. ¿Con qué derecho, pues, disuadimos a nuestros semejantesde realizar lo que es en verdad su perfecto modelo? El hecho es que nuestro concepto de santidad es ambiguo y oscuro, yesto quizá se deba a que nuestro concepto de la gracia y de lo sobrenatural esasimismo confuso. El principio de que «la gracia supone y perfecciona la
  21. 21. 21naturaleza» no es en modo alguno un cliché ideado para excusar medidastibias en la vida espiritual. Es la pura verdad, y hasta que no nos demos cuentade que antes de que una persona pueda hacerse santa debe ser ante todopersona, con toda la humanidad y fragilidad de la condición real del serhumano, nunca podremos entender el sentido de la palabra «santo». No sólotodos los santos han sido perfectamente humanos, no sólo su santidad haenriquecido y profundizado su humanidad, sino que el más Santo de todos lossantos, la Palabra encarnada, Jesucristo, fue el más honda y perfectamentehumano de los seres que han vivido en la faz de la tierra. Debemos recordarque en Él la naturaleza humana fue totalmente perfecta, y al mismo tiempoidéntica a nuestra frágil y castigada naturaleza en todas las cosas, excepto enel pecado. Ahora bien, ¿acaso no es lo «sobrenatural» la economía de nuestrasalvación en y a través de la Palabra encarnada? Si hemos de ser «perfectos» como Cristo es perfecto, hemos deesforzarnos por ser tan perfectamente humanos como Él, con el fin de que Élpueda unirnos con su ser divino y compartir con nosotros su filiación delPadre celestial. De aquí que la santidad no sea cosa de ser menos humano, sinomás humano que otros hombres. Esto implica una mayor capacidad depreocupación, de sufrimiento, de comprensión, de simpatía y también dehumor, alegría, aprecio de las cosas buenas y bellas de la vida. Se sigue de elloque un pretendido «camino de perfección» que simplemente destruya o frustrelos valores humanos precisamente porque son humanos, y con el fin desituarse aparte del resto de las personas, a modo de un objeto de admiración,está condenado a no ser más que una caricatura. Y tal caricaturización de lasantidad es ciertamente un pecado contra la fe en la encarnación. Pone demanifiesto desprecio por la humanidad, por la que Cristo no vaciló en morir enla cruz. Sin embargo, tengamos cuidado en no confundir los valoresgenuinamente humanos con los valores casi menos que humanos que seaceptan en una sociedad desordenada. De hecho, sufrimos más de la distorsióny subdesarrollo de nuestras tendencias humanas más profundas que de unasobreabundancia de instintos animales. Por ello el severo ascetismo que seinventó para controlar las pasiones violentas puede hacer más daño que bien,cuando es aplicado a una persona cuyas emociones no han madurado deverdad nunca y cuya vida instintiva padece debilidad y desorden. Debemos reflexionar más profundamente de lo que solemos acerca delos efectos de la vida tecnológica moderna sobre el desarrollo emocional einstintivo del hombre. Es muy posible que la persona cuya vida se divide entre
  22. 22. 22accionar una máquina y ver la televisión sufra más tarde o más temprano unaprivación radical en su naturaleza y humanidad. La santidad presupone no sólo una inteligencia humana normal,adecuadamente desarrollada y formada mediante una educación cristiana, unavoluntad humana normal, una libertad adiestrada capaz de autoentrega yoblación, sino que incluso antes que esto presupone unas emociones humanassanas y ordenadas. La gracia supone y perfecciona la naturaleza, noreprimiendo el instinto, sino sanándolo y elevándolo a un nivel espiritual.Tiene que haber siempre un lugar adecuado para la espontaneidad saludable einstintiva en la vida cristiana. Las emociones e instintos del hombre actuaronen la sagrada humanidad de Cristo, nuestro Señor: en todas las cosas Élmostró una humanidad sensible y cálidamente receptiva. El cristiano quedesee imitar a su Maestro debe aprender a hacer esto no imponiéndose uncontrol recio y violento de sus emociones (y en la mayoría de los casos susesfuerzos en tal sentido estarán abocados al fracaso), sino dejando que lagracia forme y desarrolle su vida emocional al servicio de la caridad. Jesús preguntó a los fariseos: «¿Cómo podéis creer vosotros, queaceptáis gloria unos de otros?» (Jn 5,44). Buscar una heroicidad de virtud quenos dé gloria a los ojos de los demás es en realidad debilitar nuestra fe. Elverdadero santo no es aquel que se ha convencido de que es santo, sino el queestá anonadado por el convencimiento de que Dios, y sólo Dios, es santo. Estátan sobrecogido por la realidad de la santidad divina, que comienza a verla portodas partes. Acaso pueda verla en sí mismo también, pero seguramente laverá allí en última lugar, porque en sí mismo seguirá experimentando lanulidad, la pseudo-realidad del egoísmo y del pecado. Con todo, aun en lanegrura de nuestra disposición al mal brillan la presencia y la misericordia deldivino Salvador. El santo es capaz, como decía Dostoievski, de amar a losotros incluso en su pecado. Pues lo que el santo ve en todas las cosas y entodas las personas es el objeto de la divina compasión. Así pues, el santo no busca su propia gloria, sino la gloria de Dios. Y, afin de que Dios pueda ser glorificado en todas las cosas, el santo quiere serúnicamente un instrumento puro de la voluntad divina. Quiere sersimplemente una ventana a través de la cual haga Dios brillar su misericordiasobre el mundo. Y por ello se esfuerza en ser santo. Lucha por practicar lavirtud heroicamente, no para que se le tenga por virtuoso y dechado desantidad, sino para que la bondad de Dios no se obscurezca jamás con un actoegoísta por su parte.
  23. 23. 23 Por eso quien ama a Dios, y busca la gloria de Dios pretende hacerse,por la gracia de Dios, perfecto en el amor, como «el Padre del cielo esperfecto» (Mt 5,48).Las ideas y la realidadSiempre resulta un poco insensato tratar de expresar, en unas pocas fórmulasclaras, la esencia de la perfección cristiana. A veces hay que hacerlo. Pero,cuandoquiera que lo intentemos, hemos de recordar que no captamos elsentido de las palabras con exactitud, y hemos de tomar medidas contra elpeligro de crear la impresión de que la santidad puede conseguirse fácilmentesiguiendo una simple fórmula determinada. «Llegar a santo» no es cosa detomar una receta adecuada y guisar los diversos ingredientes de la vidacristiana según una fórmula que sea grata a nuestro paladar. Y, sin embargo,es esto precisamente lo que parece que hacen algunos libros espirituales. Yluego están esas «almas santas» que han descubierto un método nuevo que loresume todo y que de ahora en adelante resuelve el problema del modo mássimple para todos y cada uno. Claro está que es natural que se busque un método sencillo de resolvertodos los problemas espirituales. Tradicionalmente, la pregunta másfundamental que una persona puede formular es: «¿Qué hemos de hacer?»(Hch 2,37). La respuesta cristiana: «Convertíos, haced que os bauticen... paraque se os perdonen los pecados; entonces recibiréis el Espíritu Santo» (2,38),no es la exposición de un método o de una técnica. Al contrario, lo que sanPedro decía con ello a los fieles de su primer sermón en el primer Pentecostésera que la salvación no consistía tanto en seguir un método como en hacersemiembro del pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo, y en vivir como miembro dedicho cuerpo, con la vida de dicho pueblo, que es una vida de amor. Pero eneste contexto «amor» no es simplemente una cuestión de afectividad ydisposición interior benigna. El amor que es esencial para la verdadera vidacristiana requiere participación en todas las luchas, problemas y aspiracionesde la Iglesia. Amar es comprometerse plenamente con la obra de salvación dela Iglesia, la renovación y dedicación del hombre y su sociedad a Dios.Ningún cristiano puede desinteresarse de esta obra. Hoy, las dimensiones deesta tarea son tan amplias como el propio universo. A pesar de ello, la tarea comienza dentro de cada alma cristiana. Nopodemos llevar la esperanza y la redención a otros a menos que nosotros
  24. 24. 24mismos estemos llenos de la luz de Cristo y de su Espíritu. Para poder tomarparte efectivamente en el trabajo de llevar la carga de la Iglesia, tenemos antesque ganar fuerza y sabiduría. Hemos de ser educados en el amor. Hemos deempezar a vivir la santidad. No existen fórmulas simples y eficaces, excepto en los Evangelios,donde las palabras ya no son de hombre, sino de Dios. Y, con toda sutransparente sencillez, las palabras de Cristo, palabras de salvación, siguensiendo profundamente misteriosas, como todo lo que procede de Dios. Así, sibien es totalmente claro que somos llamados «a ser perfectos», y si biensabemos que la perfección consiste en «guardar los mandamientos» (deCristo), sobre todo su «nuevo mandamiento de amarnos los unos a los otroscomo Él nos ha amado», con todo, cada uno tiene que labrarse su salvación enel temor, temblando en el misterio y en la desconcertante confusión de supropia vida individual. Haciéndolo así, todos salimos ganando un nuevo«modo», una nueva «santidad» que es privativa de cada uno, porque cada unode nosotros tiene una vocación peculiar de reproducir la semejanza con Cristode una manera que no es idéntica a la de cualquier otra persona, ya que nuncados personas son del todo iguales. Esta «búsqueda» del escondido e invisible Dios puede parecer muysencilla cuando se reduce a leyes claramente formuladas y consejos de vidaespiritual. No nos resulta difícil imaginarnos nosotros mismos descubriendociertas cosas buenas que hay que hacer y evitando otras cosas que están mal:haciendo cosas buenas generosamente, siempre, claro está, «con la ayuda de lagracia de Dios» y alcanzando así la «unión divina». Con un ideal más o menosdefinido in mente, nos lanzamos a conquistar la santidad forzando a lasrealidades de la vida a conformarse a nuestro ideal. Creemos que todo cuantose requiere es generosidad, fidelidad completa a este ideal. Lamentablemente, olvidamos que nuestro mismo ideal puede serimperfecto y engañoso. Aunque nuestro ideal se base en normas objetivas, esposible que interpretemos esas normas de una forma muy limitada y subjetiva:tal vez las distorsionemos inconscientemente para que se acomoden a nuestrasnecesidades y expectativas desordenadas. Estas necesidades y expectativasnuestras, estas exigencias que nos planteamos a nosotros mismos, a la vida yal mismo Dios, pueden llegar a ser mucho más absurdas e ilusorias de lo quepodemos llegar a comprender. Y, por lo tanto, toda nuestra idea de perfección,aunque pueda ser formulada con palabras teológicamente irreprochables,puede resultar tan totalmente irreal a la hora de la práctica concreta, que nosveamos reducidos a la impotencia y a la frustración. Incluso puede que
  25. 25. 25«perdamos nuestra vocación», no porque carezcamos de ideales, sino porquenuestros ideales no tengan relación alguna con la realidad. La vida espiritual es una especie de dialéctica entre los ideales y larealidad. Digo una dialéctica, no un compromiso. Los ideales, quegeneralmente se basan en normas ascéticas universales «para todas laspersonas» –o al menos para todas las que «buscan la perfección»–, no sepueden realizar de la misma manera en cada individuo. Cada uno se haceperfecto, no llevando a cabo una medida uniforme de perfección universal ensu propia vida, sino respondiendo a la llamada y al amor de Dios, que se dirigea él dentro de las limitaciones y circunstancias de su propia y peculiarvocación. De hecho, nuestra búsqueda de Dios no es cuestión de encontrarlopor medio de ciertas técnicas ascéticas. Más bien, es un aquietamiento yreajuste de toda nuestra vida por medio de la abnegación, la oración y lasbuenas obras, de forma que el propio Dios, que nos busca más de lo quenosotros le buscamos a Él, pueda «hallarnos» y «tomar posesión de nosotros». Reconozcamos también que nuestro concepto de la gracia puede sernebuloso e irreal. De hecho, cuanto más tratemos la noción de gracia de formasemimaterialista y objetivada, más irreal resultará. En la práctica, tendemos aimaginar la gracia como una especie de substancia misteriosa, una «cosa», unproducto que nos otorga Dios, algo así como carburante para un motorsobrenatural. La contemplamos como una especie de gasolina espiritual quecreemos necesaria para recorrer nuestro itinerario hacia Dios. Desde luego, la gracia es un gran misterio, y sólo podemos referirnos aella mediante analogías y metáforas que tienden a confundirnos. Perociertamente esta metáfora es tan desorientadora que resulta totalmente falsa.La gracia no es «algo con que» hacemos buenas obras y alcanzamos a Dios.No es una «cosa» o una «substancia» totalmente separada de Dios. Es lamisma presencia y acción de Dios dentro de nosotros. Por lo tanto, resultaclaro que no se trata de un producto que «necesitamos obtener» de Él para irhacia Él. A todos los efectos prácticos, podríamos igualmente decir que lagracia es la cualidad de nuestro ser resultante de la energía santificante deDios que actúa dinámicamente en nuestra vida. Por eso en la literaturacristiana primitiva, y especialmente en el Nuevo Testamento, no se nos hablatanto de recibir la gracia como de recibir el Espíritu Santo –el propio Dios. Haríamos bien en subrayar la gracia increada, el Espíritu Santo presenteen nosotros, el dulcis hospes animae, el «dulce huésped del alma». Su mismapresencia dentro de nosotros nos transforma: de seres carnales a seresespirituales (Rm 8,9), y es una gran lástima que nos demos tan poca cuenta de
  26. 26. 26este hecho. Si nos diésemos cuenta de la importancia y significación de suíntima relación con nosotros, hallaríamos en Él gozo, fortaleza y pazconstantes. Estaríamos más acordes con aquella secreta e interior «inclinacióndel Espíritu que es vida y paz» (Rm 8,5). Estaríamos más capacitados parasaborear y gozar de los frutos del Espíritu (Ga 5). Tendríamos confianza en elEscondido que ora dentro de nosotros incluso cuando nosotros no somoscapaces de orar bien, que pide por nosotros las cosas que no sabemos quenecesitamos y que busca proporcionarnos los gozos que por nuestros propiosmedios no nos atreveríamos ni a buscar. Ser «perfecto», pues, no es tanto cuestión de buscar a Dios con ardor ygenerosidad como de ser hallado, amado y poseído por Dios, de tal forma quesu acción en nosotros nos hace completamente generosos y nos ayuda atrascender nuestras limitaciones y reaccionar contra nuestra propia debilidad.Nos hacemos santos no a base de superar violentamente nuestra propiadebilidad, sino dejando que el Señor nos dé la fortaleza y pureza de su Espíritua cambio de nuestra debilidad y miseria. No nos compliquemos, pues, nuestrasvidas ni nos frustremos concediéndonos demasiada atención a nosotrosmismos, olvidando con ello el poder de Dios y ofendiendo al Espíritu Santo. Nuestra actitud espiritual, nuestra forma de buscar la paz y laperfección, depende enteramente de nuestro concepto de Dios. Si somoscapaces de creer que Él es realmente nuestro Padre amoroso, si podemos deverdad aceptar la verdad de su infinita y compasiva solicitud por nosotros, sicreemos que nos ama no porque seamos dignos, sino porque necesitamos suamor, entonces podremos avanzar con confianza. No nos desalentaránnuestras inevitables debilidades y fracasos. Podremos hacer cualquier cosa quenos pida. Mas, si creemos que es un legislador severo, frío, que no se interesarealmente por nosotros, que es un mero gobernante, un amo, un juez y no unpadre, tendremos grandes dificultades para vivir la vida cristiana. Porconsiguiente, hemos de empezar por creer que Dios es nuestro Padre; si no esasí, no podremos enfrentarnos a las dificultades del camino de la perfeccióncristiana. Sin la fe, el «camino estrecho» es totalmente imposible.
  27. 27. 27 2 Los ideales, puestos a pruebaLa nueva leyPara ser perfectos hemos de tener ideales racionales concretos y esforzarnosen vivir a la altura de los mismos. Debe haber algunas normas y medidasgenerales que valgan para todos, que sirvan de «reglas» universales que todossigan al vivir su propia vida. Nunca hay que subestimar o desatender talesreglas. Si dedicamos ahora algunas páginas a reflexionar sobre estas normasamplias y generales que son la base de la doctrina espiritual cristiana, no esporque intentemos diseñar un método a toda prueba para llegar a santo.Sencillamente estamos recordando la enseñanza fundamental de la Iglesiaacerca del camino de la perfección cristiana. El camino de la perfección cristiana empieza con un llamamientopersonal dirigido al cristiano individual por Cristo, el Señor, a través delEspíritu Santo. Este llamamiento es una llamada, una «vocación». Todocristiano, de una forma u otra, recibe esta vocación de Cristo que es la llamadaa seguirlo. A veces imaginamos que tal vocación es una prerrogativa de lossacerdotes y religiosos. Es cierto que ellos reciben una llamada especial a laperfección. Se dedican a la búsqueda de la perfección cristiana mediante elempleo de ciertos medios definidos. Pero en realidad todo cristiano es llamadoa seguir a Cristo, a imitar a Cristo tan perfectamente como las circunstanciasde su vida lo permitan y con ello llegar a la santidad. Nuestra respuesta a esta llamada de Cristo no consiste en decir muchasoraciones, hacer muchas novenas, encender velas ante las imágenes de lossantos o comer pescado los viernes. No consiste simplemente en oír misa o enrealizar algunos actos de abnegación. Todas esas cosas pueden ser muy buenasvistas en el contexto pleno de la vida cristiana. Separadas de dicho contexto,pueden quedar desprovistas de significado religioso y ser meros gestos vacíos. Nuestra respuesta a Cristo implica tomar nuestra cruz, y esto a su vezsignifica cargar con nuestra responsabilidad de buscar y hacer en todas lascosas la voluntad del Padre. Ésta fue, en definitiva, toda la esencia de la vidaterrena de Cristo, y de su muerte y resurrección. Todo lo hizo por obedienciaal Padre (Hb 10,58; Lc 2,49; Mt 26,42; Jn 5,30, etcétera). Así también Cristodice a todos los cristianos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en
  28. 28. 28el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está enel cielo» (Mt 7,21). Por ello toda nuestra vida debería estar centrada en la voluntad delPadre. Esta voluntad queda expresada clara y paladinamente en la ley queDios nos dio, resumida en los diez mandamientos y epitomizada del modomás perfecto en el gran mandamiento único de amar a Dios con todo nuestrocorazón, nuestra mente y nuestras fuerzas, y al prójimo como a nosotrosmismos. Pero ahora, que Cristo ha entregado su propia vida y ha resucitado deentre los muertos para tomar posesión de nosotros por su Espíritu, este mismoEspíritu, que habita en nosotros, debería ser nuestra ley. Esta ley interior, la«nueva Ley», que es puramente una ley de amor, se resume en la palabra«filiación». «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos deDios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor,sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: “¡Abbá, Padre!”» (Rm8,15). El Espíritu Santo no abole la antigua Ley, el mandato exterior, sino queesa misma ley la hace interior para nosotros, de tal forma que el cumplir lavoluntad de Dios ya no resulta obra del temor, sino obra de amor espontáneo. De aquí que el Espíritu Santo no nos enseñe a obrar contrariamente a losdictados familiares de la ley. Al contrario, nos conduce a la más perfectaobservancia de la Ley, al cumplimiento amoroso de todos nuestros deberes enla familia, en nuestro trabajo, en el modo de vida que hayamos escogido, ennuestras relaciones sociales, en la vida civil, en nuestras oración y en la íntimaconversación con Dios en la profundidad de nuestras almas. El Espíritu Santo nos enseña no sólo a cumplir activamente la voluntadde Dios tal como el precepto nos lo indica, sino también a aceptar de buengrado la voluntad de Dios en los acontecimientos providenciales que escapana nuestro control. En una palabra, toda la vida cristiana, consiste en buscar la voluntad deDios con fe amorosa y poniendo por obra aquella divina voluntad con amorfidedigno. La perfección, pues, es cuestión de fidelidad y amor: fidelidad, antetodo, al deber; luego, amor a la voluntad de Dios en todas sus manifestaciones.El amor implica preferencia, y la preferencia exige sacrificio. En la práctica,pues, la preferencia de la voluntad de Dios significa poner a un lado ysacrificar nuestra propia voluntad. Cuanto más renuncie el cristiano a supropia voluntad para hacer la voluntad de Dios con sumisión amorosa y
  29. 29. 29confiado abandono, más unido estará a Cristo en el Espíritu de la filiacióndivina, más verdaderamente se mostrará como hijo del Padre celestial y máscerca se encontrará de la perfección cristiana.¿Cuál es la voluntad de Dios?Ahora bien, surge otro problema, y una vez más nos preguntamos si acaso nonos sería menester una especie de modo sistemático y metódico de conocer yhacer la voluntad de Dios. ¿Cómo voy a ser fiel a esa misteriosa y divinavoluntad? ¿Cuándo voy a saber si un sacrificio es grato al Padre celestial o sisólo es una ilusión de mi propia voluntad? No es materia fácil, en modo alguno. No puede dejarse al sentimiento oal capricho subjetivo. Uno podría, por ejemplo, inventar un método, tan falazcomo excesivamente simplificado, de discernir «la voluntad de Dios». Podríaser que uno dijera: «Normalmente, mi voluntad pecadora se opone a lavoluntad de Dios. Por lo tanto, para rectificar mi situación, debo hacer siemprelo que contradice mis deseos espontáneos o mis intereses personales, yentonces estaré seguro de hacer la voluntad de Dios». Pero esto arranca de unafalsa premisa, una especie de creencia maniquea según la cual yo estoynecesariamente inclinado al mal en toda ocasión, y cualquier cosa queespontáneamente desee está condenada a priori a ser pecaminosa La naturaleza humana no es maligna. No todo placer es desaconsejable.No todos los deseos espontáneos son egoístas. La doctrina del pecado originalno quiere decir que la naturaleza humana está completamente corrompida yque la libertad del hombre se inclina siempre hacia el pecado. El hombre no esni un diablo ni un ángel. No es un espíritu puro, sino un ser de carne y espíritu,sujeto a error y malicia, pero fundamentalmente inclinado a buscar la verdad yla bondad. Es, desde luego, un pecador, pero su corazón responde al amor y ala gracia. Y también responde a la bondad y a las necesidades de sussemejantes. La manera cristiana de discernir la voluntad de Dios no es unaoperación lógica abstracta. Tampoco es meramente subjetiva. El cristiano esun miembro de un cuerpo vivo, y su conciencia de la voluntad de Diosdepende de su relación con los otros miembros del mismo cuerpo; porque,como estamos todos unidos, «como miembros unos de otros», la voluntad vivay salvífica de Dios se nos comunica misteriosamente de unos a otros. Todosnos necesitamos mutuamente, nos completamos unos a otros. La voluntad de
  30. 30. 30Dios se halla en esta interdependencia mutua. «Lo mismo que el cuerpo es unoy tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de sermuchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos ygriegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, paraformar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpotiene muchos miembros, no uno solo. Si el pie dijera: “No soy mano, luego noformo parte del cuerpo”, ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oídodijera: “No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo”, ¿dejaría por eso de serparte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpoentero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cadauno de los miembros como él quiso. Si todos fueran un mismo miembro,¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero elcuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y lacabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,12-21). Así pues, el «método» cristiano no es una serie de complejasobservancias rituales y prácticas ascéticas. Por encima de todo, es una ética decaridad espontánea, dictada por la relación objetiva entre el cristiano y suhermano. Y toda persona es, para el cristiano, en cierto sentido un hermano.Algunos son en realidad y visiblemente miembros del cuerpo de Cristo. Peropotencialmente todos los seres humanos son miembros de dicho cuerpo, y¿quién dirá con certeza que el no católico o el no cristiano no está, de modomás o menos oculto, justificado por la inhabitación del Espíritu de Dios y, porlo tanto, no es, aunque no de modo visible y evidente, un verdadero hermano«en Cristo»? La voluntad de Dios, por consiguiente, se manifiesta al cristiano sobretodo en el mandamiento de amar. Jesucristo, nuestro Señor, dijo a susdiscípulos, en el más solemne de sus discursos, que aquellos que le amasenguardarían su mandamiento de amarse unos a otros como Él nos ha amado. «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en
  31. 31. 31 mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,11-17). He aquí el único «método» ascético que Cristo nos ha dado en losEvangelios: que todos se muestren amigos Suyos, haciéndose amigos unos deotros y amando incluso a los enemigos (Mt 5,43-48). Si siempre deben actuarcon un espíritu de sacrificio, paciencia y mansedumbre, incluso frente alinjusto y al violento, todos los cristianos están aún más obligados a sercaritativos y amables unos con otros, no empleando jamás lenguaje hiriente niinsultante en el trato mutuo (Mt 5,20-26). El «método» cristiano de descubrir la voluntad de Dios consiste, pues,en buscar aquella voluntad santa y vivificadora en la mutua relación demiembros reales y potenciales del cuerpo místico de Cristo. La voluntad deDios es que todos los hombres se salven. De aquí se sigue que Dios quiere quetodos cooperemos con Jesucristo y unos con otros para proporcionamos lasalvación y la santidad. Todos estamos obligados a buscar no sólo nuestro propio bien, sino elbien de los demás. La Providencia divina nos pone en contacto, sea directa oindirectamente, con aquellos en cuyas vidas hemos de tomar parte comoinstrumentos de salvación. Y el Espíritu Santo quiere también que recibamosde aquellos a quienes damos y que demos a aquellos de quienes recibimos.Toda la vida cristiana es, pues, una interrelación entre miembros de un cuerpounificado por la caridad sobrenatural, es decir, por la acción del EspírituSanto, que nos hace a todos uno en Cristo. La voluntad de Dios es por encimade todo que cada uno coopere lo más libremente posible con el Espíritu Santode amor, el «vínculo de unidad». Dicha unidad es viva y orgánica. La Iglesia es más que unaorganización que impone a sus miembros una uniformidad externa. Es unorganismo vivo que los une con una vida que es presente y activa en lo másprofundo de la propia naturaleza de cada uno. Esta vida es el amor cristiano. Yse expresa en una variedad casi infinita de maneras, en los innumerablesmiembros del cuerpo místico. La voluntad de Dios es, pues, que cada cual sededique, según su capacidad, su función y posición, al servicio y salvación detodos sus hermanos, especialmente de aquellos que están más cerca de él en elorden de la caridad. Primero debe amar a los más allegados: padres, hijos,dependientes, amigos; pero en todo caso su amor debe abarcar a todos loshombres.
  32. 32. 32 La norma por la cual podemos evaluar y juzgar nuestros sacrificios, porlo tanto, es este orden preciso de caridad. El sacrificio de nuestra propiavoluntad es necesario y grato a Dios cuandoquiera que se trate de renunciar anuestro bien individual y privado en pro de un bien más alto y más común,que obrará tanto para nuestra salvación como para la salvación de los otros.Así, lo que importa no es lo que el sacrificio nos cuesta, sino lo que aporta albien de otros y de la Iglesia. La norma de sacrificio no es la cantidad de dolorque inflige, sino su poder de derribar murallas de división, de restañar heridas,de restaurar el orden y la unidad en el cuerpo de Cristo. «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten: en esto consiste la Ley y los Profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos. Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,12-21). «Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Procura arreglarte con el que te pone pleito enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último cuarto» (Mt, 55,23- 26). «No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones; cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad la justicia, defended al
  33. 33. 33 oprimido; sed abogados del huérfano, defensores de la viuda. Ahora venid y discutamos –dice el Señor–: Aunque sean vuestros pecados como la grana, como nieve blanquearán; aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán» (Is 1,3-18). El principio básico es, por lo tanto, que todos reconozcamos tantonuestras necesidades como las de todos los demás y nuestra obligación deservir a todos los demás. Comenzaremos a ver clara la voluntad de Dios unavez que aceptemos y comprendamos esta verdad fundamental. Pero si noreconocemos que somos miembros de un solo cuerpo y que tenemosobligaciones y responsabilidades vitales hacia otros miembros que vivensegún el mismo principio de vida, jamás comprenderemos el amor de Dios.Amor y obedienciaLa prioridad de la caridad en la vida moral cristiana nos da la clave de todaslas demás obligaciones del cristiano. La Iglesia debe, ciertamente, tenernormas y leyes externas. Por todos los medios debe emplear la disciplinaorganizativa, unos ritos, una autoridad docente. Ha de tener una jerarquía.Pero cuando olvidamos la finalidad de todas estas cosas, cuando pasamos poralto su orientación a la unión en la caridad, obtenemos una idea desfiguradade la Iglesia y de su vida. Si olvidamos que las leyes y la organización de la Iglesia existen sólopara preservar la vida interna de la caridad, tenderemos a considerar laobservancia de la ley como un fin en sí misma. Entonces la vida cristianaqueda reducida a una realidad externa. Quien va cumpliendo la leyexternamente puede tender a contentarse con ello, aunque no estéestrechamente unido a su prójimo cristiano, y a los demás semejantes, encaridad sincera, humilde y desinteresada. Hasta puede quedar tan absorbido enlas manifestaciones externas de la ley y de la organización que pierda elsentido real de la importancia de la caridad en la vida cristiana. Y esto haceimposible la auténtica santidad, ya que la santidad es la plenitud de la vida, laabundancia de la caridad y la irradiación del Espíritu Santo escondido ennuestro interior. La caridad cristiana exige obviamente la obediencia cristiana. La másalta y más perfecta unión de voluntades en el amor no será posible si falta lamás baja y más elemental unión de voluntades en obediencia. Es un error
  34. 34. 34apelar al amor frente a la obediencia. Pero también es un error reducir todo elamor, en la práctica, a la obediencia, como si los dos fuesen sinónimos. Elamor es algo mucho más profundo que la obediencia, pero, a menos que laobediencia revele estas profundidades espirituales, nuestro amor seguirásiendo superficial, un asunto de sentimiento y emoción, y poco más. Laobediencia puede dar al amor la fortaleza para elevarse por encima de lasformalidades de la pura exteriorización. Sin la obediencia, nuestra caridad serásubjetiva e incierta. Necesitamos normas objetivas con las cuales canalizar lafuerza del amor en la dirección querida por Dios dentro y para su Iglesia. Laobediencia nos proporciona estos criterios objetivos. Es muy importante tener presentes estos sencillos principiosfundamentales, que con tanta frecuencia se dan por supuestos y se olvidan enla práctica. Y, con todo, es precisamente esta pérdida de verdadera perspectivala que hace que la santidad parezca como un ideal fuera de la realidad y hastaimposible para el cristiano. Cuando perdemos de vista el elemento central de la santidad cristiana,que es el amor, y cuando olvidamos que la forma de cumplir el mandamientocristiano del amor no es algo remoto y esotérico, sino, por el contrario, algoinmediatamente presente, entonces la vida cristiana se vuelve complicada ymuy confusa. Pierde la sencillez y la unidad que Cristo le dio en su Evangelio,y se convierte en un laberinto de realidades que no guardan relación entreellas: preceptos, consejos, principios ascéticos, casos morales y hastatecnicismos legales y rituales. Estas cosas resultan difíciles de entender en lamedida en que pierden su conexión con la caridad que las une y da a todas unaorientación a Cristo. Aturdidos por las complejidades y dificultades de una vida espiritualdesorganizada y apenas comprensible, empezamos a creer que la verdaderasantidad cristiana es un asunto tan complicado y técnico, que sólo puede serentendido y practicado por expertos. Sin duda alguna, es bueno tener conocimientos teológicos, así comoexperiencia en la vida ascética. Es bueno, asimismo, tener la formaciónsuficiente para darse cuenta del verdadero significado de la ley y lasprescripciones litúrgicas de la vida católica. Un estudio debidamente orientadode estas cosas nos dice lo que afirmó Adán de Perseigne, uno de los escritorescistercienses del siglo XII: «La ley es amor que vincula y obliga» (Lex estamor qui ligat et obligat). Con todo, es posible que la confusión y el malentendido que surgecuando se olvida la primacía de la caridad en la vida cristiana lleve a un estado
  35. 35. 35de tal desilusión que acabemos por abandonar los intentos de alcanzar lasantidad, y aun de ser profundamente cristianos. Esto implica que los idealesson puestos a prueba seriamente. Es una prueba en la que fácilmente podemosfallar. La solución no es simplemente cuestión de «esfuerzo» y «fuerza devoluntad». Al contrario, la luz intelectual y espiritual puede a veces ser elelemento más necesario para poner a salvo la propia vocación a la santidad yaun la fe cristiana personal. La fuerza de voluntad carece de valor sin laverdad. El amor sin la verdad es mero sentimentalismo.Cristianos adultosPuede ocurrir con facilidad que una persona pierda su fe cristiana porque se haforzado a sí misma a aceptar una visión de la Iglesia, o de Dios, o de la vida enCristo, tan deformada que sea prácticamente falsa. Con todo, puede estar bajola impresión de que esta visión de la Iglesia es correcta, ya que parece ser lavisión que sostienen en realidad la mayoría de los cristianos con quienes seasocia. En dichos casos, el esfuerzo por aferrarse a un concepto delcristianismo deficiente e imperfecto no sólo no hace ningún bien, sino que enrealidad contribuye más rápida y eficazmente a la pérdida de la fe. Lo quehace falta en tal situación no es tanto fuerza, ni automortificación y esfuerzosconfusos para adaptarse a un cristianismo de segunda mano, como unesclarecimiento del problema real y una restauración de las perspectivasauténticas. Nuestros ideales han de ser puestos a prueba ciertamente de la maneramás radical. No podemos evitar esta puesta a prueba. No sólo tenemos querevisar y renovar nuestra idea de la santidad y de la madurez cristiana (sinmiedo a desechar las ilusiones de nuestra niñez cristiana), sino que incluso esposible que tengamos que enfrentarnos en nuestras vidas con ideasinadecuadas de Dios y de la Iglesia. En efecto, tal vez topemos con abusosreales en la vida de los cristianos, en una sociedad llamada cristiana, y hastadentro de la misma Iglesia. En realidad, el concepto de «sociedad cristiana» tiene que serclarificado hoy en día. Ciertamente, la sociedad próspera y secularizada de laEuropa moderna y de Norteamérica ha dejado de ser genuinamente cristiana.Pero en esta sociedad los cristianos tienden a aferrarse a vestigios de su propiatradición que todavía sobreviven, y a causa de estos vestigios creen quetodavía están viviendo en un mundo cristiano. Sin duda, el pragmatismo y el
  36. 36. 36secularismo de los siglos XIX y XX han penetrado hondamente en lamentalidad y el espíritu del cristiano medio. Por otro lado, la violenta reaccióndefensiva de la Iglesia en el siglo XIX contra la Revolución francesa y susconsecuencias ha dejado un espíritu de rigidez e incluso un cierto miedo antelos nuevos desarrollos. Esta situación difícil ha producido muchos conflictos ycontradicciones evidentes en la vida católica. No puede haber duda alguna deque hoy la Iglesia se enfrenta a una de las más grandes crisis de su historia.Será inevitable que haya escándalos y problemas de conciencia por todaspartes. Es normal y necesario que todo cristiano maduro tenga que enfrentarseforzosamente, en un momento u otro, a las inevitables limitaciones de loscristianos –tanto de los demás como de él mismo–. Es deshonesto y a la vezinfiel que un cristiano imagine que el único medio de preservar su fe en laIglesia es convencerse de que todo es, en la vida y en la actividad eclesial,siempre ideal, en todo momento y circunstancia. Para probar lo contrario, ahíesta la historia. Lamentablemente es cierto que los cristianos, por una u otrarazón, pueden, en nombre del mismo Dios y de su verdad, aferrarse a sutilesformas de prejuicio, inercia y parálisis mental. De hecho, allí donde debieraprevalecer la santidad, pueden darse incluso serios desórdenes morales einjusticias. Ciertamente, la misma Iglesia nunca enseña el error ni promuevejamás la injusticia. Pero sus fieles pueden, de diversas maneras, valerse de lasenseñanzas y disciplinas de la Iglesia para atrincherarse en una situación queles parezca favorable y que contiene de hecho muchos elementos de falsedad,deshonestidad e injusticia. O bien pueden ejercitarse en ignorar la verdaderaimportancia del magisterio de la Iglesia y eludir entonces su obligación demantener la justicia y la verdad, sea en el ámbito espiritual o en la sociedadmisma. El cristiano tiene que aprender a hacer frente a estos problemas con unasincera y humilde solicitud por la verdad y la gloria de la Iglesia de Dios.Tiene que aprender a prestar su ayuda para corregir estos errores sin caer enun celo indiscreto o rebelde. La arrogancia no es nunca un signo de gracia.Como dijo san Pedro Damián a los monjes de Vallombrosa, que se irritabancontra abusos muy reales de la Iglesia del siglo XI: «Dejemos, a quien quieraser santo, que antes que nada sea santo él mismo ante Dios, y suprima todaarrogancia respecto a su hermano más débil» (Opusculum 30). El mismo santose opuso a la arbitraria y general imposición de muchas y muy severas penas agrupos enteros de cristianos y no creía que las reformas religiosas pudieranllevarse a cabo con éxito por la fuerza de las armas.
  37. 37. 37 En todas las cosas, el espíritu cristiano es un espíritu de amor, humildady servicio, no de violencia en defensa del absolutismo y del poder. De aquíque, aun cuando haya abusos ciertos, siempre presentes en toda institución,incluso en la Iglesia, tales abusos han de ser afrontados con honradez,humildad y amor. No pueden ser disculpados o ignorados. No todos pueden«hacer algo» para resolver problemas que son demasiado vastos para que unsolo individuo los entienda. Pero todos pueden hacer buen uso de ellos en suspropias vidas interiores, considerándolos como oportunidades de purificar sufe, su espíritu de obediencia y su amor sobrenatural a la Iglesia. Algunos cristianos no son ni siquiera capaces de enfrentarsedirectamente con dicha tarea: nunca pueden admitir del todo que ésta lescorresponde. Pero son incapaces de escapar a la angustia que atenaza sucorazón. Quizá no conozcan el origen de la angustia, pero está ahí. Otrospueden admitir que ven lo que ven, pero se convierte para ellos en un graveescándalo. Se rebelan contra la situación, condenan a la Iglesia e inclusointentan hallar los medios de romper con ella. No se dan cuenta de que es enese momento cuando han llegado muy cerca del significado real de suvocación cristiana, y de que están en condiciones de hacer el sacrificio que seexige a las personas cristianas adultas: la aceptación realista de laimperfección y la deficiencia en ellas mismas, en los demás y en susinstituciones más queridas. Deben afrontar la verdad de estas imperfecciones, con el fin de ver quela Iglesia no existe simplemente para hacer todo lo que les convenga, paracrear un abrigo de paz y seguridad para ellas, para santificarlas pasivamente.Por el contrario, éste es el momento de que ellas den a su comunidad sangrede su propio corazón y de que participen activa y generosamente en todas susluchas. Es el momento de que se sacrifiquen por otros que quizá no parezcanmerecerlo mucho. «Hermanos: El que siembra tacañamente, tacañamentecosechará; y el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cadauno dé como haya decidido su conciencia; no a disgusto ni por compromiso,porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmarosde toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobrepara obras de caridad» (2 Co 9,6-8). Requiere gran heroísmo dedicar toda la vida a los otros en una situaciónque es frustrante e insatisfactoria y en la que el propio sacrificio puede ser, engran medida, inútil. Pero aquí, sobre todo, la fe en Dios es lo que se necesita.Él ve nuestro sacrificio y lo hará fructificar, aun cuando a nuestros propiosojos no aparezcan sino la futilidad y la frustración. Cuando aceptamos esta
  38. 38. 38gracia, nuestros ojos se abren para ver el bien real e insospechado en los otros,y para estar verdaderamente agradecidos por nuestra vocación cristiana.El realismo en la vida espiritualJuan Taulero dice en uno de sus sermones que, cuando Dios busca nuestraalma, actúa como la mujer de la parábola del Evangelio, que perdió unadracma y revolvió toda la casa hasta que la encontró. Este «revolver» nuestravida interna es esencial para la madurez espiritual, porque sin él nos limitamosa descansar cómodamente en ideas más o menos ilusorias de lo que es enrealidad la perfección espiritual. En la doctrina de san Juan de la Cruz, esto sedescribe como la «noche oscura» de la purificación pasiva, que nos vacía denuestros conceptos de Dios y de las cosas divinas excesivamente humanos, ynos lleva al desierto donde somos alimentados no sólo de pan, sino de losmedios que sólo pueden venir directamente de Él. Los teólogos modernos hanargumentado detalladamente acerca de la necesidad de la purificación místicapasiva para alcanzar plenamente la santidad cristiana madura. Podemosdesechar aquí los argumentos esgrimidos por ambos bandos, ya que basta condecir que la santidad verdadera significa la plena expresión de la cruz deCristo en nuestras vidas, y esta cruz quiere decir la muerte de lo que nos esfamiliar y normal, la muerte de nuestro yo diario, para poder vivir en un nivelnuevo. Y, con todo, paradójicamente, en este nuevo nivel recobramos nuestroyo antiguo, ordinario. Es el yo familiar que muere y resucita en Cristo. El«hombre nuevo» se transforma totalmente y, sin embargo, sigue siendo lamisma persona. Queda espiritualizado; es más, los Padres dirían que queda«divinizado» en Cristo. Esto debería enseñarnos que es inútil acariciar «ideales» que, segúnimaginamos, nos ayudarán a escapar de un ser con el que estamosinsatisfechos o disgustados. El camino de la perfección no es un camino dehuida. Sólo podemos llegar a ser santos haciendo frente a nuestra propiarealidad, asumiendo la plena responsabilidad de nuestra vida tal y como es,con todas sus deficiencias y limitaciones, y sometiéndonos a la acciónpurificadora y transformadora del Salvador. Es realmente trágico observar la frustración y la ruina que se abatensobre jóvenes de buenas intenciones, pero desorientados, que no pueden captareste hecho elemental. En la práctica, no se plantean la cuestión de uncompromiso religioso serio. Y, sin embargo, parecen ser los únicos que, en
  39. 39. 39cierto modo, están más sedientos de perfección. La intensidad y el afán conque tratan de salir de la prisión en que ellos mismos se han convertido es tanpatética, que no puede por menos de suscitar compasión en todas las personasque intentan ayudarlos. A veces los directores espirituales cometen laequivocación de fomentar el engañoso idealismo que es la fuente de todo elproblema, en lugar de llevar a esos pobres dolientes a hacer frente a larealidad. No hay nada positivo en un mórbido desprecio de sí mismo que a vecespasa por humildad. No hay esperanza en un ideal espiritual teñido de odiomaniqueo al cuerpo y a las cosas materiales. Un angelismo que no es otra cosaque un refinamiento de amor propio infantil no puede llevar ni a la libertadespiritual ni a la santidad. Sin embargo, al mismo tiempo hemos de luchar por dominar nuestraspasiones, hemos de esforzarnos por pacificar nuestro espíritu en humildad yabnegación profundas, hemos de ser capaces de decir «no» firme ydefinitivamente a nuestros desordenados deseos, y hemos de mortificar, pordisciplina, incluso alguna de nuestras legítimas apetencias. La tarea de entregarnos a Dios y renunciar al mundo es profundamenteseria y no admite componendas. No basta con meditar sobre un camino deperfección que incluye sacrificio, oración y renuncia al mundo. Hemos deayunar de verdad, orar, negarnos a nosotros mismos y hacernos hombresinteriores, si queremos escuchar alguna vez la voz de Dios en nuestro interior.No basta hacer que toda la perfección consista en obras activas y decir que lasobservancias y deberes que se nos imponen por obediencia son en sí mismossuficientes para transformar toda nuestra vida en Cristo. El hombre quesimplemente «trabaja por» Dios exteriormente puede estar interiormente faltodel amor por Él que es necesario para la verdadera perfección. El amor buscano sólo servirle, sino conocerle, comulgar con Él en la oración, abandonarse aÉl en la contemplación.
  40. 40. 40 3 Cristo, el caminoLa Iglesia santifica a sus miembrosLa perfección no es un embellecimiento moral que adquirimos fuera de Cristo,con el fin de hacer méritos para la unión con Él. La perfección es la obra deCristo en persona que vive en nosotros por la fe. La perfección es la vida plenade la caridad perfeccionada por los dones del Espíritu Santo. Para quepodamos conseguir la perfección cristiana, Jesús nos ha dejado susenseñanzas, los sacramentos de la Iglesia y todos los consejos con los que nosenseña el modo de vivir más perfectamente en Él y por Él. Para quienes hanrecibido una llamada especial a la perfección, está el estado religioso con susvotos. Bajo la dirección de la misma Iglesia, tratamos de correspondergenerosamente a las inspiraciones del Espíritu Santo. Guiados interiormentepor el Espíritu de Cristo, protegidos exteriormente y formados por la Iglesiavisible con su jerarquía, sus leyes, su magisterio, sus sacramentos y su liturgia,todos juntos crecemos en el «único Cristo». No hemos de ver a la Iglesia puramente como una institución o unaorganización. Ciertamente es visible y claramente reconocible en susenseñanzas, su gobierno y su culto. Éstos son los perfiles exteriores a través delos cuales podemos ver el esplendor interior de su alma. Esta alma no esmeramente humana, es divina. Es el mismo Espíritu Santo. La Iglesia, asemejanza de Cristo, vive y actúa de una forma a la vez humana y divina.Ciertamente, hay imperfecciones en los miembros humanos de Cristo, pero suimperfección está unida inseparablemente a su perfección, sostenida por supoder y purificada por su santidad, en tanto permanezcan en unión viva con Élpor la fe y el amor. A través de estos miembros suyos, el Redentortodopoderoso santifica, guía y nos instruye infaliblemente, y se sirve denosotros también para expresar su amor por ellos. De aquí que la verdaderanaturaleza de la Iglesia sea la de un cuerpo en el que todos los miembros«llevan unos las cargas de otros» y actúan como instrumentos de laProvidencia divina unos respecto a otros. Los más santificados son los queentran más plenamente en la vivificadora comunión de los santos que habitanen Cristo. Su gozo es gustar las puras corrientes de aquel río de vida cuyasaguas alegran toda la ciudad de Dios.
  41. 41. 41 Nuestra perfección, por consiguiente, no es un asunto meramenteindividual, sino también una cuestión de crecer en Cristo, de profundizarnuestro contacto con Él en la Iglesia y mediante la Iglesia y, por consiguiente,de profundizar nuestra participación en la vida de la Iglesia, el Cristo místico.Esto significa, claro está, una unión más estrecha con nuestros hermanos enCristo, una integración más íntima y fructífera con ellos en el organismoespiritual, que vive y crece, del cuerpo místico. Esto no significa que la perfección espiritual sea cuestión deconformismo social. El mero hecho de que uno se vuelva un engranaje exactoen una máquina religiosa eficaz nunca hará de él un santo, a menos quebusque a Dios interiormente en el santuario de su propia alma. Por ejemplo, lavida común del religioso, regulada por observancias tradicionales y bendecidapor la autoridad de la Iglesia, es indudablemente un medio de santificaciónmuy precioso. Es, para el religioso, uno de los elementos esenciales de suestado. Pero esto es todavía sólo un marco. Como tal, tiene su finalidad y hade ser usado. Pero no hay que confundir el andamio con el verdadero edificio.El verdadero edificio de la Iglesia es la unión de corazones en amor, sacrificioy trascendencia personal. La solidez de este edificio depende de la medida enque el Espíritu Santo toma posesión del corazón de cada persona, no de lamedida en que nuestra conducta exterior se organice y discipline por unsistema provechoso. La vida social humana requiere inevitablemente ciertoorden, y quienes aman a su hermano en Cristo se sacrificarán generosamentepara preservar este orden. Pero el orden no es un fin en sí mismo, y el meromantenimiento del orden no es todavía santidad. Con demasiada frecuencia hay gente que toma la vida espiritual enserio, pero desperdicia sus esfuerzos en el andamio, haciéndolo cada vez mássólido, permanente y seguro, sin prestar atención al edificio en sí. Hacen estopartiendo de una especie de miedo inconsciente a las responsabilidades realesde la vida cristiana, que son solitarias e interiores. Éstas son difíciles deexpresar, incluso indirectamente. Es casi imposible comunicarlas a los demás.Por ello nunca podemos estar «seguros» de si el otro tiene razón o no la tiene.En esta esfera interior se tienen siempre pocas pruebas de progreso o deperfección, mientras que en la esfera exterior resulta más fácil medir elprogreso y ver los resultados. Incluso se pueden mostrar a otros para que losaprueben y admiren. La obra más importante, más real y duradera del cristiano se lleva acabo en las profundidades de su propia alma. Nadie puede verla, ni siquiera élmismo. Sólo es conocida por Dios. Esta obra no es tanto una cuestión de
  42. 42. 42fidelidad a directrices visibles y generales como de fe: es el acto solitariointerior, angustioso, casi desesperado, por el que afirmamos nuestra totalsujeción a Dios captando su palabra y la revelación de su voluntad en lo másprofundo de nuestro ser, así como en la obediencia a la autoridad por Élconstituida. El credo que tan triunfalmente cantamos en la liturgia, en unión contoda la Iglesia, es real y válido sólo en la medida en que expresa el íntimocompromiso y entrega de cada uno a la voluntad de Dios, como se manifiestaexteriormente a través de la Iglesia y su jerarquía e interiormente mediante lasinspiraciones de la gracia divina. Nuestra fe es, por lo tanto, una rendición total a Cristo que pone todasnuestras esperanzas en Él y en su Iglesia, y espera toda fuerza y santidad de sumisericordioso amor.Santidad en CristoPor lo que llevamos dicho hasta ahora, debería quedar bien claro que lasantidad cristiana no es una mera cuestión de perfección ética. Comprendetodas las virtudes, pero es evidentemente más que todas las virtudes juntas. Lasantidad no está constituida sólo por buenas obras, y ni siquiera por heroísmomoral, sino antes que nada por la unión ontológica con Dios «en Cristo».Ciertamente, para comprender la enseñanza del Nuevo Testamento acerca dela santidad de vida, hemos de entender el significado de esta expresión de sanPablo. La enseñanza moral de las cartas sigue siempre y clarifica unaexposición doctrinal del significado de nuestra «vida en Cristo». San Juantambién deja bien claro que todo el fruto espiritual de nuestra vida proviene dela unión con Cristo, la integración en su cuerpo, místico como una rama estáunida a la vid e integrada en ella (Jn 15,1-1l). Claro está que esto no reduce enmodo alguno a la insignificancia las virtudes y las buenas obras, pero éstaspermanecen siempre como secundarias con respecto a nuestro nuevo ser.Según una máxima escolástica, «actio sequitur esse», la acción está enconformidad con el ser que actúa. Como el mismo Señor dijo, no podemoscosechar higos de los cardos. Por ello hemos de transformarnos primerointeriormente en hombres nuevos y luego actuar de acuerdo con el Espírituque nos ha sido dado por Dios, el Espíritu de nuestra nueva vida, el Espíritu deCristo. Nuestra santidad ontológica es nuestra unión vital con el Espíritu
  43. 43. 43Santo. Nuestro esfuerzo por obedecer el Espíritu Santo constituye nuestrabondad moral. Por consiguiente, lo que importa por encima de todo no es esta o aquellaobservancia, este o aquel conjunto de prácticas éticas, sino nuestra renovación,nuestra «nueva creación» en Cristo (véase Ga 6,15). Cuando estamos unidos aCristo por «la fe que obra a través de la caridad» (Ga 5,6), poseemos ennosotros el Espíritu Santo, que es la fuente de toda acción virtuosa y de todoamor. La vida virtuosa cristiana no es sólo una vida en la cual nos afanamospor unirnos a Dios mediante la práctica de la virtud, sino que es más bien unavida en la que, llevados a la unión con Dios en Cristo por el Espíritu Santo,nos aplicamos a expresar nuestro amor y nuestro ser nuevo mediante actos devirtud. Estando unidos a Cristo, buscamos con todo el fervor posible que Élmanifieste su virtud y su santidad en nuestras vidas. Nuestros esfuerzosdeberían dirigirse a eliminar los obstáculos del egoísmo, la desobediencia ytodo apego a lo que es contrario a su amor. Cuando la Iglesia canta en el Gloria Tu solus sanctus –«porque sólo túeres Santo»–, podemos interpretar que esto quiere decir, con toda seguridad,que todo lo demás que es santo lo es sólo en Él y por Él. La santidad de Diosse comunica y revela al mundo a través de Cristo. Si hemos de ser santos,Cristo debe ser santo en nosotros. Si hemos de ser «santos», Él debe sernuestra santidad. Pues, como dice san Pablo, «para los llamados, Cristo esfuerza de Dios y sabiduría de Dios... Por Él, vosotros sois en Cristo Jesús, eneste Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación yredención, a fin de que, como dice la Escritura: “El que se gloríe, gloríese enel Señor”» (1 Co 1,24.30-31). Pero todo esto exige nuestro propioconsentimiento y nuestra vigorosa cooperación con la gracia divina. Jesucristo, Dios y hombre, es la revelación de la oculta santidad delPadre, el Rey de los tiempos, inmortal e invisible, que ningún ojo puede ver,que ninguna inteligencia puede contemplar, excepto bajo la luz que Él mismocomunica a quien quiere. De aquí que la «perfección» cristiana no sea unamera aventura ética o un logro en el que el hombre pueda gloriarse. Es un donde Dios que lleva el alma al oculto abismo del divino misterio, a través delHijo, por la acción del Espíritu Santo. Ser cristiano, pues, es hallarsecomprometido en una vida profundamente mística, ya que el cristianismo espreeminentemente una religión mística. Esto no significa, claro está, que todocristiano sea o deba ser un «místico», en el sentido técnico moderno de lapalabra. Pero sí quiere decir que todo cristiano vive, o debe vivir, dentro de lasdimensiones de una revelación y comunicación del ser divino de carácter

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